LIBROS DE ERNEST HEMINGWAY
ADIÓS A LAS ARMAS HOMBRES SIN MUJERES FIESTA LOS TORRENTES DE LA PRIMAVERA EN NUESTRO TIEMPO
ADIÓS A LAS ARMAS
ADIÓS A LAS ARMAS
Por ERNEST HEMINGWAY
NUEVA YORK CHARLES SCRIBNER’S SONS 1929
COPYRIGHT, 1929, POR CHARLES SCRIBNER’S SONS
Impreso en los Estados Unidos de América
A G. A. PFEIFFER
LIBRO 1
CAPÍTULO I
A finales del verano de aquel año vivíamos en una casa de un pueblo que miraba, a través del río y la llanura, hacia las montañas. En el lecho del río había guijarros y peñascos, secos y blancos bajo el sol, y el agua era clara, rápida y azul en los canales. Las tropas pasaban junto a la casa y bajaban por el camino, y el polvo que levantaban empolvaba las hojas de los árboles. Los troncos de los árboles también estaban polvorientos y las hojas cayeron temprano aquel año, y veíamos a las tropas marchar por el camino y el polvo elevarse y las hojas, agitadas por la brisa, caer, y a los soldados marchar y, después, el camino desnudo y blanco, salvo por las hojas.
La llanura era rica en cosechas; había muchos huertos de árboles frutales y, más allá de la llanura, las montañas eran pardas y desnudas. Había combates en las montañas y por la noche podíamos ver los destellos de la artillería. En la oscuridad era como el relampagueo estival, pero las noches eran frescas y no había sensación de que se avecinara una tormenta.
A veces, en la oscuridad, oíamos a las tropas marchar bajo la ventana y pasar cañones arrastrados por tractores a motor. Había mucho tráfico por la noche y muchas mulas en los caminos con cajas de municiones a cada lado de sus albardas, y camiones grises que transportaban hombres, y otros camiones con cargas cubiertas de lona que se movían más despacio entre el tráfico. Había también cañones grandes que pasaban durante el día arrastrados por tractores, con los largos cañones cubiertos de ramas verdes y ramas verdes con hojas y enredaderas puestas sobre los tractores. Hacia el norte podíamos mirar a través de un valle y ver un bosque de castaños y, detrás, otra montaña a este lado del río. También hubo combates por esa montaña, pero no tuvieron éxito, y en el otoño, cuando llegaron las lluvias, todas las hojas cayeron de los castaños y las ramas quedaron desnudas y los troncos negros por la lluvia. Los viñedos estaban escasos y también de ramas desnudas, y todo el campo húmedo, pardo y muerto con el otoño. Había nieblas sobre el río y nubes en la montaña, y los camiones salpicaban de barro el camino, y las tropas estaban embarradas y mojadas bajo sus capas; sus fusiles estaban húmedos y, bajo las capas, las dos cajas de cartuchos de cuero en el frente de los cinturones —cajas de cuero gris pesadas por los paquetes de peines de cartuchos delgados y largos de 6,5 mm— abultaban hacia adelante, de modo que los hombres, al pasar por el camino, marchaban como si estuvieran en el sexto mes de embarazo.
Pasaban pequeños coches a motor grises que iban muy rápido; por lo general, había un oficial sentado con el conductor y más oficiales en el asiento trasero. Salpicaban más barro incluso que los camiones, y si uno de los oficiales de atrás era muy pequeño y estaba sentado entre dos generales, él mismo tan pequeño que no se le podía ver la cara, sino solo la parte superior de su gorra y su espalda estrecha, y si el coche iba especialmente rápido, probablemente era el Rey. Vivía en Udine y salía de esta manera casi todos los días para ver cómo iban las cosas, y las cosas iban muy mal.
Al comienzo del invierno llegó la lluvia permanente y con la lluvia llegó el cólera. Pero fue controlado y al final solo murieron siete mil hombres de él en el ejército.
CAPÍTULO II
Al año siguiente hubo muchas victorias. La montaña que estaba más allá del valle y la ladera donde crecía el bosque de castaños fueron capturadas, y hubo victorias más allá de la llanura, en la meseta al sur, y cruzamos el río en agosto y vivimos en una casa en Gorizia que tenía una fuente y muchos árboles espesos y sombreados en un jardín amurallado, y una glicinia púrpura en el costado de la casa. Ahora los combates eran en las montañas siguientes, más allá, y no estaban a una milla de distancia. El pueblo era muy agradable y nuestra casa era muy buena. El río corría detrás de nosotros y el pueblo había sido capturado con gran éxito, pero las montañas más allá no pudieron ser tomadas, y yo me alegraba mucho de que los austriacos parecieran querer volver al pueblo alguna vez, si la guerra terminara, porque no lo bombardearon para destruirlo, sino solo un poco, de manera militar. La gente seguía viviendo allí y había hospitales y cafés y artillería en las calles laterales y dos burdeles, uno para las tropas y otro para los oficiales; y con el final del verano, las noches frescas, los combates en las montañas más allá del pueblo, el hierro marcado por la metralla del puente ferroviario, el túnel destrozado junto al río donde habían sido los combates, los árboles alrededor de la plaza y la larga avenida de árboles que conducía a la plaza; todo esto, junto con la presencia de chicas en el pueblo, el Rey pasando en su coche a motor —viendo ahora a veces su cara y su cuerpo pequeño de cuello largo y su barba gris como la borla de la barbilla de una cabra—; todo esto, junto con los interiores repentinos de casas que habían perdido una pared por el cañoneo, con yeso y escombros en sus jardines y a veces en la calle, y el hecho de que todo fuera bien en el Carso, hizo que el otoño fuera muy diferente al otoño pasado, cuando habíamos estado en el campo. La guerra también había cambiado.
El bosque de robles en la montaña más allá del pueblo había desaparecido. El bosque había estado verde en el verano cuando llegamos al pueblo, pero ahora quedaban los tocones y los troncos rotos y el suelo desgarrado; y un día, a finales del otoño, cuando estaba donde había estado el bosque de robles, vi una nube que venía sobre la montaña. Se acercó muy rápido y el sol se tornó de un amarillo mate y luego todo quedó gris y el cielo se cubrió y la nube bajó por la montaña y, de repente, estábamos dentro de ella y era nieve. La nieve caía oblicuamente con el viento, el suelo desnudo estaba cubierto, los tocones de los árboles sobresalían, había nieve sobre los cañones y había senderos en la nieve que llevaban a las letrinas detrás de las trincheras.
Más tarde, abajo en el pueblo, observé caer la nieve, mirando por la ventana del burdel, la casa para los oficiales, donde estaba sentado con un amigo y dos copas bebiendo una botella de Asti, y, al mirar la nieve caer lenta y pesadamente, supimos que todo había terminado por aquel año. Río arriba, las montañas no habían sido tomadas; ninguna de las montañas más allá del río había sido tomada. Todo eso quedaba para el año siguiente. Mi amigo vio al capellán de nuestra unidad pasar por la calle, caminando con cuidado por el aguanieve, y golpeó la ventana para llamar su atención. El capellán miró hacia arriba. Nos vio y sonrió. Mi amigo le hizo señas para que entrara. El capellán negó con la cabeza y siguió adelante. Esa noche, en el comedor, después del plato de espaguetis, que todos comían muy rápido y con seriedad, levantando los espaguetis con el tenedor hasta que las hebras sueltas quedaban colgando y luego bajándolos a la boca, o usando un movimiento continuo de elevación y succionando hacia la boca, sirviéndonos vino del garrafón de un galón cubierto de hierba; se balanceaba en una cuna de metal y uno tiraba del cuello del garrafón hacia abajo con el dedo índice y el vino, rojo claro, tánico y delicioso, se vertía en la copa sostenida con la misma mano; después de este plato, el capitán comenzó a meterse con el capellán.
El capellán era joven y se sonrojaba fácilmente y vestía un uniforme como el resto de nosotros, pero con una cruz de terciopelo rojo oscuro sobre el bolsillo izquierdo de su guerrera gris. El capitán hablaba italiano macarrónico para mi dudoso beneficio, a fin de que yo pudiera entenderlo perfectamente y no se perdiera nada.
—Capellán hoy con chicas —dijo el capitán mirando al capellán y a mí. El capellán sonrió, se sonrojó y negó con la cabeza. Este capitán lo hostigaba a menudo.
—¿No es cierto? —preguntó el capitán—. Hoy veo al capellán con chicas.
—No —dijo el capellán. Los otros oficiales se divertían con el hostigamiento.
—Capellán no con chicas —continuó el capitán—. Capellán nunca con chicas —me explicó a mí. Tomó mi copa y la llenó, mirándome a los ojos todo el tiempo, pero sin perder de vista al capellán.
—Capellán todas las noches cinco contra uno. —Todos en la mesa rieron—. ¿Entiendes? Capellán todas las noches cinco contra uno. —Hizo un gesto y se rió ruidosamente. El capellán lo aceptó como una broma.
—El Papa quiere que los austriacos ganen la guerra —dijo el mayor—. Ama a Francisco José. De ahí es de donde viene el dinero. Yo soy ateo.
—¿Has leído alguna vez «El cerdo negro»? —preguntó el teniente—. Te conseguiré una copia. Fue eso lo que sacudió mi fe.
—Es un libro sucio y vil —dijo el capellán—. En realidad no te gusta.
—Es muy valioso —dijo el teniente—. Te habla de esos curas. Te gustará —me dijo a mí. Sonreí al capellán y él me devolvió la sonrisa a través de la luz de las velas—. No lo leas —dijo él.
—Te lo conseguiré —dijo el teniente.
—Todos los hombres pensantes son ateos —dijo el mayor—. Sin embargo, no creo en los francmasones.
—Yo creo en los francmasones —dijo el teniente—. Es una organización noble. Alguien entró y, al abrirse la puerta, pude ver la nieve caer.
—No habrá más ofensivas ahora que ha llegado la nieve —dije.
—Ciertamente no —dijo el mayor—. Deberías irte de permiso. Deberías ir a Roma, Nápoles, Sicilia…
—Debería visitar Amalfi —dijo el teniente—. Te escribiré tarjetas para mi familia en Amalfi. Te amarán como a un hijo.
—Debería ir a Palermo.
—Debería ir a Capri.
—Me gustaría que vieras los Abruzos y visitaras a mi familia en Capracotta —dijo el capellán.
—Escúchenlo hablar de los Abruzos. Hay más nieve allí que aquí. Él no quiere ver campesinos. Que vaya a centros de cultura y civilización.
—Debería tener chicas guapas. Te daré las direcciones de lugares en Nápoles. Jóvenes hermosas, acompañadas por sus madres. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —El capitán abrió la mano, con el pulgar hacia arriba y los dedos extendidos como cuando se hacen sombras chinescas. Había una sombra de su mano en la pared. Volvió a hablar en italiano macarrónico—. Tú vas así —señaló el pulgar—, y vuelves así —tocó el dedo meñique. Todos rieron.
—Mira —dijo el capitán. Extendió la mano de nuevo. Otra vez la luz de la vela proyectó sus sombras en la pared. Comenzó con el pulgar erguido y nombró en orden el pulgar y los cuatro dedos: «sottotenente» (el pulgar), «tenente» (primer dedo), «capitano» (siguiente dedo), «maggiore» (el siguiente al meñique) y «tenente colonnello» (el meñique). «¡Te vas sottotenente! ¡Vuelves tenente colonnello!». Todos rieron. El capitán estaba teniendo un gran éxito con los juegos de dedos. Miró al capellán y gritó: «¡Todas las noches capellán cinco contra uno!». Todos volvieron a reír.
—Debes irte de permiso de inmediato —dijo el mayor.
—Me gustaría ir contigo y enseñarte cosas —dijo el teniente.
—Cuando vuelvas, trae un fonógrafo.
—Trae buenos discos de ópera.
—Trae a Caruso.
—No traigas a Caruso. Él brama.
—¿No desearías poder bramar como él?
—Él brama. ¡Digo que brama!
—Me gustaría que fueras a los Abruzos —dijo el capellán. Los otros gritaban—. Hay buena caza. Te gustaría la gente y, aunque hace frío, es claro y seco. Podrías quedarte con mi familia. Mi padre es un cazador famoso.
—Vamos —dijo el capitán—. Vamos al burdel antes de que cierre.
—Buenas noches —le dije al capellán.
—Buenas noches —dijo él.
CAPÍTULO III
Cuando regresé al frente, seguíamos viviendo en aquel pueblo. Había muchos más cañones en los alrededores y la primavera había llegado. Los campos estaban verdes y había pequeños brotes verdes en las vides, los árboles a lo largo del camino tenían hojas pequeñas y una brisa venía del mar. Vi el pueblo con la colina y el viejo castillo encima, en una hondonada entre las colinas, con las montañas más allá, montañas pardas con un poco de verde en sus laderas. En el pueblo había más cañones, había algunos hospitales nuevos, te cruzabas con hombres británicos, y a veces mujeres, en la calle, y algunas casas más habían sido alcanzadas por el fuego de artillería. Hacía calor y era como la primavera, y caminé por el callejón de árboles, calentado por el sol en el muro, y descubrí que seguíamos viviendo en la misma casa y que todo se veía igual que cuando la dejé. La puerta estaba abierta, había un soldado sentado en un banco afuera bajo el sol, una ambulancia esperaba junto a la puerta lateral y, al entrar, dentro de la puerta, estaba el olor a suelos de mármol y hospital. Todo estaba como lo había dejado, excepto que ahora era primavera. Miré por la puerta de la sala grande y vi al mayor sentado a su escritorio, con la ventana abierta y la luz del sol entrando en la estancia. No me vio y no sabía si entrar y presentarme o subir primero y asearme. Decidí subir.
La habitación que compartía con el teniente Rinaldi daba al patio. La ventana estaba abierta, mi cama estaba hecha con mantas y mis cosas colgaban de la pared, la máscara antigás en una lata oblonga, el casco de acero en el mismo clavo. A los pies de la cama estaba mi baúl plano y mis botas de invierno, con el cuero brillante por el aceite, estaban sobre el baúl. Mi fusil de francotirador austriaco, con su cañón octogonal pavonado y la hermosa culata de nogal oscuro ajustada a la mejilla, colgaba sobre las dos camas. El telescopio que le correspondía estaba, recordé, bajo llave en el baúl. El teniente, Rinaldi, yacía dormido en la otra cama. Se despertó al oírme en la habitación y se sentó.
—¡Ciaou! —dijo—. ¿Qué tal te ha ido?
—Magnífico.
Nos dimos la mano y él me rodeó el cuello con el brazo y me besó.
—Oughf —dije.
—Estás sucio —dijo—. Deberías lavarte. ¿Adónde fuiste y qué hiciste? Cuéntamelo todo ahora mismo.
—Fui a todas partes. Milán, Florencia, Roma, Nápoles, Villa San Giovanni, Messina, Taormina…
—Hablas como un horario de trenes. ¿Tuviste alguna aventura hermosa?
—Sí.
—¿Dónde?
—Milano, Firenze, Roma, Napoli…
—Ya basta. Cuéntame realmente cuál fue la mejor.
—En Milano.
—Eso fue porque fue la primera. ¿Dónde la conociste? ¿En el Cova? ¿Adónde fuiste? ¿Cómo te sentiste? Cuéntamelo todo ahora mismo. ¿Te quedaste toda la noche?
—Sí.
—Eso no es nada. Aquí ahora tenemos chicas hermosas. Chicas nuevas que nunca han estado en el frente antes.
—Maravilloso.
—¿No me crees? Iremos ahora esta tarde a verlas. Y en el pueblo tenemos chicas inglesas hermosas. Ahora estoy enamorado de la señorita Barkley. Te llevaré a visitarla. Probablemente me case con la señorita Barkley.
—Tengo que lavarme y presentarme. ¿Nadie trabaja ahora?
—Desde que te fuiste no tenemos más que congelaciones, sabañones, ictericia, gonorrea, heridas autoinfligidas, neumonía y chancros duros y blandos. Cada semana alguien resulta herido por fragmentos de roca. Hay algunos heridos de verdad. La próxima semana comienza la guerra otra vez. Quizás comience otra vez. Eso dicen. ¿Crees que haría bien en casarme con la señorita Barkley, después de la guerra, claro?
—Absolutamente —dije, y llené el palancana de agua.
—Esta noche me lo contarás todo —dijo Rinaldi—. Ahora debo volver a dormir para estar fresco y hermoso para la señorita Barkley.
Me quité la guerrera y la camisa y me lavé en el agua fría del lavabo. Mientras me frotaba con una toalla, miré alrededor de la habitación y por la ventana y a Rinaldi, que yacía con los ojos cerrados sobre la cama. Era apuesto, tenía mi edad y venía de Amalfi. Le encantaba ser cirujano y éramos grandes amigos. Mientras lo miraba, abrió los ojos.
—¿Tienes dinero?
—Sí.
—Préstame cincuenta liras.
Me sequé las manos y saqué mi cartera del interior de mi guerrera, que colgaba de la pared. Rinaldi tomó el billete, lo dobló sin levantarse de la cama y se lo deslizó en el bolsillo del pantalón. Sonrió: —Debo causar en la señorita Barkley la impresión de un hombre de suficiente riqueza. Eres mi gran y buen amigo y protector financiero.
—Vete al infierno —dije.
Esa noche, en el comedor, me senté junto al capellán, quien estaba decepcionado y repentinamente herido porque yo no había ido a los Abruzos. Había escrito a su padre avisándole de que yo iría y habían hecho preparativos. Yo mismo me sentí tan mal como él y no podía entender por qué no había ido. Era lo que quería hacer e intenté explicarle cómo una cosa había llevado a otra y, al final, él lo vio y comprendió que realmente yo había querido ir y casi todo quedó bien. Había bebido mucho vino y después café y Strega, y expliqué, entre vinos, cómo no hacemos las cosas que queremos hacer; nunca hacemos tales cosas.
Nosotros dos hablábamos mientras los demás discutían. Yo había querido ir a los Abruzos. No había ido a ningún lugar donde los caminos estuvieran helados y duros como el hierro, donde hiciera frío claro y seco y la nieve fuera seca y polvorienta, y hubiera huellas de liebre en la nieve y los campesinos se quitaran el sombrero y te llamaran señor y hubiera buena caza. No había ido a tal lugar, sino al humo de los cafés y a noches en las que la habitación daba vueltas y necesitabas mirar la pared para que se detuviera, noches en la cama, borracho, cuando sabías que eso era todo lo que había, y la extraña excitación de despertar y no saber quién estaba contigo, y el mundo todo irreal en la oscuridad y tan excitante que debías volver a empezar sin saber y sin que te importara en la noche, seguro de que esto era todo y todo y todo, y sin que te importara. De repente, importar mucho y dormir para despertar con ello a veces por la mañana y todo lo que había estado allí desaparecido y todo afilado y duro y claro y, a veces, una disputa sobre el coste. A veces aún agradable y cariñoso y cálido y el desayuno y la comida. A veces toda la amabilidad desaparecida y feliz de salir a la calle, pero siempre otro día empezando y luego otra noche. Intenté contar sobre la noche y la diferencia entre la noche y el día y cómo la noche era mejor a menos que el día fuera muy limpio y frío, y no pude contarlo; como no puedo contarlo ahora. Pero si lo has vivido, lo sabes. Él no lo había vivido, pero entendió que yo realmente había querido ir a los Abruzos pero no había ido, y seguíamos siendo amigos, con muchos gustos similares, pero con la diferencia entre nosotros. Él siempre había sabido lo que yo no sabía y lo que, cuando lo aprendía, siempre era capaz de olvidar. Pero yo no lo sabía entonces, aunque lo aprendí más tarde. Mientras tanto, todos estábamos en el comedor, la comida había terminado y la discusión continuaba. Nosotros dos dejamos de hablar y el capitán gritó: «¡Capellán no feliz! ¡Capellán no feliz sin chicas!».
—Soy feliz —dijo el capellán.
—Capellán no feliz. Capellán quiere que los austriacos ganen la guerra —dijo el capitán. Los otros escuchaban. El capellán negó con la cabeza.
—No —dijo.
«El capellán quiere que nunca ataquemos. ¿No quieres tú que nunca ataquemos?»
«No. Si hay una guerra, supongo que debemos atacar».
«¡Debemos atacar! ¡Atacaremos!».
El capellán asintió.
«Déjalo en paz», dijo el mayor. «Él está bien».
«De todas formas no puede hacer nada al respecto», dijo el capitán. Todos nos levantamos y abandonamos la mesa.
CAPÍTULO IV
La batería en el jardín contiguo me despertó por la mañana y vi el sol entrando por la ventana y salí de la cama. Fui a la ventana y miré hacia afuera. Los senderos de grava estaban húmedos y la hierba estaba mojada de rocío. La batería disparó dos veces y el aire llegó cada vez como un golpe, sacudió la ventana e hizo que la parte delantera de mi pijama aleteara. No podía ver los cañones, pero evidentemente disparaban directamente sobre nosotros. Era una molestia tenerlos allí, pero era un consuelo que no fueran más grandes. Mientras miraba hacia el jardín, escuché un camión motorizado arrancando en la carretera. Me vestí, bajé las escaleras, tomé un café en la cocina y salí al garaje.
Diez coches estaban alineados uno al lado del otro bajo el cobertizo largo. Eran ambulancias de techo alto y nariz roma, pintadas de gris y construidas como camiones de mudanzas. Los mecánicos trabajaban en una en el patio. Otros tres estaban arriba en las montañas en los puestos de socorro.
«¿Alguna vez bombardean esa batería?», le pregunté a uno de los mecánicos.
«No, Signor Tenente. Está protegida por la pequeña colina».
«¿Cómo va todo?»
«No tan mal. Esta máquina no sirve, pero las otras marchan». Dejó de trabajar y sonrió. «¿Estaba usted de permiso?»
«Sí».
Se limpió las manos en su mono y sonrió. «¿Se divirtió?» Los otros también sonrieron.
«Muy bien», dije. «¿Qué le pasa a esta máquina?»
«No sirve. Una cosa tras otra».
«¿Qué le pasa ahora?»
«Anillos nuevos».
Los dejé trabajando, con el coche luciendo deshonrado y vacío con el motor abierto y las piezas esparcidas sobre el banco de trabajo, y entré bajo el cobertizo y miré cada uno de los coches. Estaban moderadamente limpios, unos pocos recién lavados, los otros polvorientos. Miré los neumáticos cuidadosamente, buscando cortes o daños por piedras. Todo parecía estar en buenas condiciones. Evidentemente, no marcaba ninguna diferencia si yo estaba allí para ocuparme de las cosas o no. Había imaginado que el estado de los coches, si se podían conseguir cosas o no, el buen funcionamiento del negocio de retirar a los heridos y enfermos de los puestos de socorro, transportarlos desde las montañas hasta la estación de clasificación y luego distribuirlos a los hospitales indicados en sus papeles, dependía en gran medida de mí. Evidentemente, no importaba si yo estaba allí o no.
«¿Ha habido algún problema para conseguir piezas?», le pregunté al sargento mecánico.
«No, Signor Tenente».
«¿Dónde está el parque de gasolina ahora?»
«En el mismo lugar».
«Bien», dije, y volví a la casa y bebí otra taza de café en la mesa del comedor. El café era gris pálido y dulce, con leche condensada. Fuera de la ventana era una hermosa mañana de primavera. Había ese comienzo de una sensación de sequedad en la nariz que significaba que el día sería caluroso más tarde. Ese día visité los puestos en las montañas y regresé al pueblo tarde por la tarde.
Todo parecía funcionar mejor mientras yo no estaba. Escuché que la ofensiva iba a comenzar de nuevo. La división para la que trabajábamos iba a atacar en un lugar río arriba y el mayor me dijo que yo me ocuparía de los puestos durante el ataque. El ataque cruzaría el río por encima del estrecho desfiladero y se extendería por la ladera de la colina. Los puestos para los coches tendrían que estar lo más cerca posible del río, manteniéndose a cubierto. Por supuesto, serían seleccionados por la infantería, pero se suponía que nosotros debíamos resolverlo. Era una de esas cosas que te daban una falsa sensación de ser soldado.
Estaba muy polvoriento y sucio y subí a mi habitación para lavarme. Rinaldi estaba sentado en la cama con un ejemplar de la gramática inglesa de Hugo. Estaba vestido, llevaba sus botas negras y su cabello brillaba.
«Espléndido», dijo cuando me vio. «Vendrás conmigo a ver a la señorita Barkley».
«No».
«Sí. Por favor, ven y haz que tenga una buena impresión de mí».
«Está bien. Espera a que me asee».
«Lávate y ven tal como estás».
Me lavé, me cepillé el cabello y comenzamos a caminar.
«Espera un minuto», dijo Rinaldi. «Quizás deberíamos tomar una copa». Abrió su baúl y sacó una botella.
«Strega no», dije.
«No. Grappa».
«Está bien».
Sirvió dos vasos y brindamos, primero con los dedos extendidos. La grappa era muy fuerte.
«¿Otra?»
«Está bien», dije. Bebimos la segunda grappa, Rinaldi guardó la botella y bajamos las escaleras. Hacía calor caminando por el pueblo, pero el sol comenzaba a ponerse y era muy agradable. El hospital británico era una gran villa construida por alemanes antes de la guerra. La señorita Barkley estaba en el jardín. Otra enfermera estaba con ella. Vimos sus uniformes blancos a través de los árboles y caminamos hacia ellas. Rinaldi saludó. Yo también saludé, pero más moderadamente.
«¿Cómo está usted?», dijo la señorita Barkley. «Usted no es italiano, ¿verdad?»
«Oh, no».
Rinaldi estaba hablando con la otra enfermera. Se estaban riendo.
«Qué cosa tan rara, estar en el ejército italiano».
«En realidad no es el ejército. Es solo la ambulancia».
«Sin embargo, es muy raro. ¿Por qué lo hizo?»
«No lo sé», dije. «No siempre hay una explicación para todo».
«¿Ah, no? Me criaron pensando que la había».
«Eso es muy agradable».
«¿Tenemos que seguir hablando de esta manera?»
«No», dije.
«Eso es un alivio. ¿No es así?»
«¿Qué es el bastón?», pregunté. La señorita Barkley era bastante alta. Llevaba lo que me pareció un uniforme de enfermera, era rubia y tenía una piel bronceada y ojos grises. Pensé que era muy hermosa. Llevaba un bastón delgado de ratán como una fusta de juguete, atado en cuero.
«Pertenecía a un chico que murió el año pasado».
«Lo siento mucho».
«Era un chico muy bueno. Iba a casarse conmigo y murió en el Somme».
«Fue una carnicería espantosa».
«¿Estuvo usted allí?»
«No».
«He oído hablar de ello», dijo. «Realmente no hay ninguna guerra de ese tipo aquí abajo. Me enviaron el bastoncito. Su madre me lo envió. Lo devolvieron con sus cosas».
«¿Llevaban mucho tiempo comprometidos?»
«Ocho años. Crecimos juntos».
«¿Y por qué no se casaron?»
«No lo sé», dijo. «Fui una tonta por no hacerlo. Podría habérselo dado de todas formas. Pero pensé que sería malo para él».
«Ya veo».
«¿Alguna vez ha amado a alguien?»
«No», dije.
Nos sentamos en un banco y la miré.
«Tiene un cabello hermoso», dije.
«¿Le gusta?»
«Mucho».
«Iba a cortármelo todo cuando él murió».
«No».
«Quería hacer algo por él. Verá, no me importaba lo otro y él podría haberlo tenido todo. Podría haber tenido todo lo que quisiera si lo hubiera sabido. Me habría casado con él o cualquier cosa. Ahora lo sé todo al respecto. Pero entonces él quería ir a la guerra y yo no lo sabía».
No dije nada.
«Entonces no sabía nada. Pensé que sería peor para él. Pensé que tal vez no podría soportarlo y luego, por supuesto, murió y ese fue el final».
«No lo sé».
«Oh, sí», dijo. «Ese es el final».
Miramos a Rinaldi hablando con la otra enfermera.
«¿Cómo se llama ella?»
«Ferguson. Helen Ferguson. Su amigo es médico, ¿verdad?»
«Sí. Es muy bueno».
«Eso es espléndido. Rara vez se encuentra a alguien bueno tan cerca del frente. Esto está cerca del frente, ¿no?»
«Bastante».
«Es un frente estúpido», dijo. «Pero es muy hermoso. ¿Va a haber una ofensiva?»
«Sí».
«Entonces tendremos que trabajar. Ahora no hay trabajo».
«¿Lleva mucho tiempo ejerciendo de enfermera?»
«Desde finales del quince. Empecé cuando él lo hizo. Recuerdo haber tenido la idea estúpida de que él podría venir al hospital donde yo estaba. Con un sablazo, supongo, y un vendaje alrededor de la cabeza. O un disparo en el hombro. Algo pintoresco».
«Este es el frente pintoresco», dije.
«Sí», dijo. «La gente no puede darse cuenta de cómo es Francia. Si lo hicieran, todo esto no podría continuar. Él no recibió un sablazo. Lo hicieron pedazos».
No dije nada.
«¿Cree que seguirá así siempre?»
«No».
«¿Qué lo detendrá?»
«Se romperá en algún lugar».
«Nosotros nos romperemos. Nos romperemos en Francia. No pueden seguir haciendo cosas como lo del Somme y no romperse».
«Aquí no se romperán», dije.
«¿Eso cree?»
«No. Lo hicieron muy bien el verano pasado».
«Puede que se rompan», dijo. «Cualquiera puede romperse».
«Los alemanes también».
«No», dijo. «Creo que no».
Fuimos hacia Rinaldi y la señorita Ferguson.
«¿Ama usted a Italia?», le preguntó Rinaldi a la señorita Ferguson en inglés.
«Bastante bien».
«No entiendo», Rinaldi sacudió la cabeza.
«Abbastanza bene», traduje. Él negó con la cabeza.
«Eso no es bueno. ¿Ama usted a Inglaterra?»
«No demasiado. Soy escocesa, ya sabe».
Rinaldi me miró sin comprender.
«Ella es escocesa, así que ama más a Escocia que a Inglaterra», dije en italiano.
«Pero Escocia es Inglaterra».
Traduje esto para la señorita Ferguson.
«Pas encore», dijo la señorita Ferguson.
«¿En serio?»
«Nunca. No nos gustan los ingleses».
«¿No les gustan los ingleses? ¿No le gusta la señorita Barkley?»
«Oh, eso es diferente. No debe tomarse todo tan literalmente».
Al poco tiempo nos despedimos y nos fuimos. Caminando hacia casa, Rinaldi dijo: «La señorita Barkley te prefiere a ti antes que a mí. Eso está muy claro. Pero la escocesa es muy agradable».
«Mucho», dije. No me había fijado en ella. «¿Te gusta?»
«No», dijo Rinaldi.
CAPÍTULO V
A la tarde siguiente fui a visitar a la señorita Barkley de nuevo. No estaba en el jardín y fui a la puerta lateral de la villa donde llegaban las ambulancias. Dentro vi a la enfermera jefa, quien dijo que la señorita Barkley estaba de servicio: «hay una guerra, ya sabe».
Dije que lo sabía.
«¿Es usted el estadounidense en el ejército italiano?», preguntó.
«Sí, señora».
«¿Cómo ocurrió eso? ¿Por qué no se unió a nosotros?»
«No lo sé», dije. «¿Podría unirme ahora?»
«Me temo que ahora no. Dígame, ¿por qué se unió a los italianos?»
«Estaba en Italia», dije, «y hablaba italiano».
«Oh», dijo. «Lo estoy aprendiendo. Es un idioma hermoso».
«Alguien dijo que debería ser capaz de aprenderlo en dos semanas».
«Oh, no lo aprenderé en dos semanas. He estudiado durante meses. Puede venir a verla después de las siete si lo desea. Estará libre entonces. Pero no traiga a muchos italianos».
«¿Ni siquiera por el hermoso idioma?»
«No. Ni por los hermosos uniformes».
«Buenas tardes», dije.
«A rivederci, Tenente».
«A rivederla». Saludé y salí. Era imposible saludar a los extranjeros como italiano sin sentir vergüenza. El saludo italiano nunca pareció hecho para la exportación.
El día había sido caluroso. Había estado río arriba, en la cabeza de puente de Plava. Fue allí donde comenzaría la ofensiva. Había sido imposible avanzar por el lado opuesto el año anterior porque solo había un camino que bajaba desde el paso hasta el puente de pontones y estuvo bajo fuego de ametralladora y artillería durante casi una milla. Tampoco era lo suficientemente ancho como para transportar todo el material de una ofensiva y los austriacos podían convertirlo en una carnicería. Pero los italianos habían cruzado y se habían extendido un poco por el otro lado para mantener cerca de una milla y media en el lado austriaco del río. Era un lugar desagradable y los austriacos no deberían haberles dejado mantenerlo. Supongo que fue tolerancia mutua porque los austriacos todavía mantenían una cabeza de puente más abajo en el río. Las trincheras austriacas estaban arriba, en la ladera, a solo unos metros de las líneas italianas. Había habido un pequeño pueblo, pero todo era escombros. Quedaban los restos de una estación de ferrocarril y un puente permanente destruido que no podía ser reparado ni utilizado porque estaba a la vista.
Recorrí el estrecho camino hacia el río, dejé el coche en el puesto de socorro bajo la colina, crucé el puente de pontones, que estaba protegido por un saliente de la montaña, y atravesé las trincheras en el pueblo destruido y a lo largo del borde de la pendiente. Todos estaban en los refugios. Había soportes con cohetes listos para ser disparados y pedir ayuda a la artillería o para hacer señales si se cortaban las líneas telefónicas. Estaba tranquilo, caluroso y sucio. Miré a través de la alambrada hacia las líneas austriacas. No había nadie a la vista. Tomé una copa con un capitán que conocía en uno de los refugios y regresé cruzando el puente.
Se estaba terminando una nueva carretera ancha que pasaría por encima de la montaña y bajaría en zigzag hasta el puente. Cuando esta carretera estuviera terminada, comenzaría la ofensiva. Bajaba a través del bosque en curvas cerradas. El sistema consistía en llevar todo por la nueva carretera y llevar los camiones vacíos, carros y ambulancias cargadas y todo el tráfico de regreso por el antiguo camino estrecho. El puesto de socorro estaba en el lado austriaco del río, bajo el borde de la colina, y los camilleros llevarían a los heridos de regreso cruzando el puente de pontones. Sería igual cuando empezara la ofensiva. Por lo que pude deducir, la última milla o así de la nueva carretera, donde empezaba a nivelarse, podría ser bombardeada constantemente por los austriacos. Parecía que podría ser un desastre. Pero encontré un lugar donde los coches estarían resguardados después de haber pasado ese último tramo de aspecto peligroso y podrían esperar a que los heridos fueran traídos cruzando el puente de pontones. Me hubiera gustado conducir por la nueva carretera, pero aún no estaba terminada. Parecía ancha y bien hecha, con una buena pendiente, y las curvas parecían muy impresionantes donde se podían ver a través de las aberturas en el bosque en la ladera de la montaña. Los coches estarían bien con sus buenos frenos de metal contra metal y, de todos modos, al bajar no irían cargados. Conduje de regreso por el camino estrecho.
Dos carabineros detuvieron el coche. Había caído un proyectil y, mientras esperábamos, cayeron otros tres por el camino. Eran proyectiles del setenta y siete y llegaron con un susurro de aire, una explosión fuerte y brillante y un destello, y luego humo gris que sopló a través de la carretera. Los carabineros nos hicieron señas para que siguiéramos. Al pasar por donde habían caído los proyectiles, evité los pequeños lugares rotos y olí el alto explosivo y el olor a arcilla y piedra voladas y a sílex recién destrozado. Conduje de regreso a Gorizia y a nuestra villa y, como dije, fui a visitar a la señorita Barkley, que estaba de servicio.
En la cena comí muy rápidamente y me fui a la villa donde los británicos tenían su hospital. Era realmente muy grande y hermosa y había árboles magníficos en los terrenos. La señorita Barkley estaba sentada en un banco en el jardín. La señorita Ferguson estaba con ella. Parecían alegrarse de verme y, al poco tiempo, la señorita Ferguson se disculpó y se fue.
«Los dejaré a los dos», dijo. «Se llevan muy bien sin mí».
«No te vayas, Helen», dijo la señorita Barkley.
«Realmente preferiría irme. Debo escribir algunas cartas».
«Buenas noches», dije.
«Buenas noches, señor Henry».
«No escriba nada que moleste al censor».
«No se preocupe. Solo escribo sobre el lugar tan hermoso en el que vivimos y lo valientes que son los italianos».
«De esa manera le darán una condecoración».
«Eso sería agradable. Buenas noches, Catherine».
«Te veré en un rato», dijo la señorita Barkley. La señorita Ferguson se alejó en la oscuridad.
«Es agradable», dije.
«Oh, sí, es muy agradable. Es enfermera».
«¿No es usted enfermera?»
«Oh, no. Soy algo llamado V. A. D. Trabajamos muy duro pero nadie confía en nosotras».
«¿Por qué no?»
«No confían en nosotras cuando no hay nada que hacer. Cuando hay trabajo de verdad, confían en nosotras».
«¿Cuál es la diferencia?»
«Una enfermera es como un médico. Lleva mucho tiempo serlo. Una V. A. D. es un atajo».
«Ya veo».
«Los italianos no querían mujeres tan cerca del frente. Así que todas nos comportamos de forma muy especial. No salimos».
«Sin embargo, puedo venir aquí».
«Oh, sí. No estamos enclaustradas».
«Dejemos la guerra».
«Es muy difícil. No hay lugar para dejarla».
«Dejémosla de todos modos».
«Está bien».
Nos miramos en la oscuridad. Pensé que era muy hermosa y le tomé la mano. Dejó que se la tomara, la sostuve y puse mi brazo bajo el suyo.
«No», dijo. Mantuve mi brazo donde estaba.
«¿Por qué no?»
«No».
«Sí», dije. «Por favor». Me incliné hacia adelante en la oscuridad para besarla y hubo un destello agudo y punzante. Me había dado una bofetada fuerte en la cara. Su mano había golpeado mi nariz y mis ojos, y me saltaron las lágrimas por el reflejo.
«Lo siento tanto», dijo. Sentí que tenía cierta ventaja.
«Tenía usted toda la razón».
«Lo siento terriblemente», dijo. «Simplemente no podía soportar el aspecto de la noche libre de la enfermera. No quise hacerle daño. Le hice daño, ¿verdad?»
Me miraba en la oscuridad. Estaba enfadado y, sin embargo, seguro, viéndolo todo por delante como los movimientos en una partida de ajedrez.
«Hizo exactamente lo correcto», dije. «No me importa en absoluto».
«Pobre hombre».
«Verá, he estado llevando una vida un tanto divertida. Y ni siquiera hablo inglés. Y además usted es tan hermosa». La miré.
«No necesita decir un montón de tonterías. Dije que lo sentía. Nos llevamos bien».
«Sí», dije. «Y nos hemos alejado de la guerra».
Ella se rió. Fue la primera vez que la escuché reír. Observé su rostro.
«Es usted dulce», dijo.
«No, no lo soy».
«Sí. Es usted un encanto. Me alegraría besarle si no le importa».
Miré a sus ojos, puse mi brazo alrededor de ella como antes y la besé. La besé con fuerza, la abracé con firmeza e intenté abrir sus labios; estaban cerrados con fuerza. Seguía enfadado y, mientras la sostenía, de repente ella se estremeció. La estreché contra mí, pude sentir cómo le latía el corazón, sus labios se abrieron, su cabeza se echó hacia atrás contra mi mano y entonces ella estaba llorando sobre mi hombro.
«Oh, cariño», dijo. «Serás bueno conmigo, ¿verdad?»
Qué demonios, pensé. Le acaricié el cabello y le di palmaditas en el hombro. Estaba llorando.
«Lo serás, ¿verdad?». Me miró. «Porque vamos a tener una vida extraña».
Después de un rato, la acompañé hasta la puerta de la villa, ella entró y yo caminé a casa. Al volver a la villa, subí a la habitación. Rinaldi estaba acostado en su cama. Me miró.
«¿Así que progresas con la señorita Barkley?»
«Somos amigos».
«Tienes ese aire agradable de un perro en celo».
No entendí la palabra.
«¿De un qué?»
Me lo explicó.
«Tú», dije, «tienes ese aire agradable de un perro que...»
«Cállate», dijo. «En un momento diríamos cosas insultantes». Se rió.
«Buenas noches», dije.
«Buenas noches, pequeño cachorro».
Tiré su vela con la almohada y me metí en la cama en la oscuridad.
Rinaldi recogió la vela, la encendió y siguió leyendo.
Estuve fuera dos días en los puestos. Cuando llegué a casa era demasiado tarde y no vi a la señorita Barkley hasta la tarde siguiente. Ella no estaba en el jardín y tuve que esperar en la oficina del hospital hasta que bajó. Había muchos bustos de mármol sobre pilares de madera pintada a lo largo de las paredes de la habitación que usaban como oficina. El vestíbulo, al que daba la oficina, también estaba revestido con ellos. Tenían esa cualidad completa del mármol de parecer todos iguales. La escultura siempre me había parecido un negocio aburrido; aun así, los bronces parecían algo. Pero los bustos de mármol parecían todos un cementerio. Sin embargo, había un buen cementerio: el de Pisa. Génova era el lugar para ver los malos mármoles. Esta había sido la villa de un alemán muy rico y los bustos debieron costarle una fortuna. Me preguntaba quién los habría hecho y cuánto habría ganado. Intenté distinguir si eran miembros de la familia o qué, pero eran todos uniformemente clásicos. No se podía saber nada sobre ellos.
Me senté en una silla y sostuve mi gorra. Se suponía que debíamos usar cascos de acero incluso en Gorizia, pero eran incómodos y demasiado jodidamente teatrales en una ciudad donde los habitantes civiles no habían sido evacuados. Yo usaba uno cuando subíamos a los puestos y llevaba una máscara de gas inglesa. Estábamos empezando a recibir algunas. Eran una máscara de verdad. Además, se nos exigía llevar una pistola automática; incluso a los médicos y oficiales de sanidad. La sentía contra el respaldo de la silla. Podían detenerte si no llevabas una a la vista. Rinaldi llevaba una funda rellena de papel higiénico. Yo llevaba una de verdad y me sentía como un pistolero hasta que practiqué disparándola. Era una Astra de calibre 7.65 con un cañón corto y saltaba tan bruscamente cuando la disparabas que no había forma de acertar a nada. Practiqué con ella, apuntando por debajo del objetivo e intentando dominar el tirón del ridículo cañón corto hasta que pude acertar a menos de un metro de donde apuntaba a veinte pasos, y entonces la ridiculez de llevar una pistola se apoderó de mí y pronto lo olvidé y la llevé dando tumbos contra la base de mi espalda sin ningún sentimiento, salvo una vaga especie de vergüenza cuando me encontraba con personas de habla inglesa. Me senté ahora en la silla y un ordenanza de algún tipo me miró con desaprobación desde detrás de un escritorio, mientras yo miraba el suelo de mármol, los pilares con los bustos de mármol y los frescos de la pared y esperaba a la señorita Barkley. Los frescos no estaban mal. Cualquier fresco era bueno cuando empezaba a pelarse y desprenderse.
Vi a Catherine Barkley bajando por el vestíbulo y me levanté. No parecía alta caminando hacia mí, pero se veía muy encantadora.
—Buenas noches, señor Henry —dijo.
—¿Cómo está usted? —dije. El ordenanza estaba escuchando detrás del escritorio.
—¿Nos sentamos aquí o vamos al jardín?
—Vamos fuera. Refresca mucho más.
Caminé detrás de ella hacia el jardín, con el ordenanza observándonos. Cuando estuvimos en el camino de grava, ella dijo: —¿Dónde has estado?
—He estado en el puesto.
—¿No podrías haberme enviado una nota?
—No —dije—. No muy bien. Pensé que volvería antes.
—Deberías habérmelo hecho saber, querido.
Estábamos fuera del camino de entrada, caminando bajo los árboles. Le tomé las manos, luego me detuve y la besé.
—¿No hay algún lugar al que podamos ir?
—No —dijo—. Solo tenemos que caminar por aquí. Has estado fuera mucho tiempo.
—Este es el tercer día. Pero ya estoy de vuelta.
Ella me miró: —¿Y me quieres?
—Sí.
—Dijiste que me querías, ¿verdad?
—Sí —mentí—. Te quiero. No lo había dicho antes.
—¿Y me llamas Catherine?
—Catherine. Caminamos un trecho y nos detuvimos bajo un árbol.
—Di: «He vuelto con Catherine en la noche».
—He vuelto con Catherine en la noche.
—Oh, querido, has vuelto, ¿verdad?
—Sí.
—Te quiero tanto y ha sido horrible. ¿No te irás?
—No. Siempre volveré.
—Oh, te quiero tanto. Por favor, pon tu mano ahí otra vez.
—No se ha ido. La giré para poder ver su rostro cuando la besara y vi que tenía los ojos cerrados. Besé sus dos ojos cerrados. Pensé que probablemente estaba un poco loca. Estaba bien si lo estaba. No me importaba en lo que me estaba metiendo. Esto era mejor que ir cada noche a la casa de oficiales donde las chicas se te subían encima y te ponían la gorra al revés como señal de afecto entre sus viajes arriba con otros oficiales. Sabía que no quería a Catherine Barkley ni tenía idea de quererla. Esto era un juego, como el bridge, en el que dices cosas en lugar de jugar cartas. Como en el bridge, tenías que fingir que jugabas por dinero o por algún tipo de apuesta. Nadie había mencionado cuáles eran las apuestas. A mí me parecía bien.
—Ojalá hubiera algún lugar al que pudiéramos ir —dije. Estaba experimentando la dificultad masculina de hacer el amor de pie durante mucho tiempo.
—No hay ningún lugar —dijo. Ella volvió de donde quiera que hubiese estado.
—Podríamos sentarnos allí solo por un momento.
Nos sentamos en el banco de piedra plana y sostuve la mano de Catherine Barkley. No me dejó ponerle el brazo alrededor.
—¿Estás muy cansado? —preguntó.
—No.
Ella miró hacia la hierba.
—Este es un juego podrido el que jugamos, ¿verdad?
—¿Qué juego?
—No seas aburrido.
—No lo soy a propósito.
—Eres un buen chico —dijo—. Y lo juegas tan bien como sabes. Pero es un juego podrido.
—¿Siempre sabes lo que piensa la gente?
—No siempre. Pero sí contigo. No tienes que fingir que me quieres. Eso se acabó por esta noche. ¿Hay algo de lo que te gustaría hablar?
—Pero sí te quiero.
—Por favor, no mintamos cuando no tengamos que hacerlo. Tuve un pequeño espectáculo muy agradable y ahora estoy bien. Ya ves que no estoy loca ni me he ido de la cabeza. Solo es un poco a veces.
Le apreté la mano: —Querida Catherine.
—Suena muy gracioso ahora: Catherine. No lo pronuncias muy parecido. Pero eres muy agradable. Eres un chico muy bueno.
—Eso es lo que dijo el sacerdote.
—Sí, eres muy bueno. ¿Y vendrás a verme?
—Por supuesto.
—Y no tienes que decir que me quieres. Eso se acabó por un tiempo —se levantó y extendió su mano—. Buenas noches.
Quería besarla.
—No —dijo—. Estoy terriblemente cansada.
—Bésame, sin embargo —dije.
—Estoy terriblemente cansada, querido.
—Bésame.
—¿Quieres mucho?
—Sí.
Nos besamos y ella se apartó de repente. —No. Buenas noches, por favor, querido. Caminamos hacia la puerta y la vi entrar y bajar por el pasillo. Me gustaba verla moverse. Ella siguió bajando por el pasillo. Yo seguí hacia casa. Era una noche calurosa y ocurrían bastantes cosas en las montañas. Observé los destellos en San Gabriele.
Me detuve frente a la Villa Rossa. Las contraventanas estaban bajadas pero todavía seguía la fiesta dentro. Alguien estaba cantando. Seguí hacia casa. Rinaldi entró mientras me estaba desvistiendo.
—¡Ajá! —dijo—. No va tan bien. El bebé está desconcertado.
—¿Dónde has estado?
—En la Villa Rossa. Fue muy edificante, bebé. Todos cantamos. ¿Dónde has estado tú?
—Visitando a los británicos.
—Gracias a Dios que no me involucré con los británicos.
CAPÍTULO VII
Regresé a la tarde siguiente de nuestro primer puesto en la montaña y detuve el coche en el smistimento, donde los heridos y enfermos eran clasificados por sus documentos y los documentos marcados para los diferentes hospitales. Yo había estado conduciendo, así que me quedé en el coche y el conductor llevó los documentos. Era un día caluroso y el cielo estaba muy brillante y azul, y el camino era blanco y polvoriento. Me senté en el asiento alto del Fiat y no pensé en nada. Un regimiento pasó por el camino y los vi pasar. Los hombres estaban calientes y sudorosos. Algunos llevaban sus cascos de acero, pero la mayoría los llevaba colgados de sus mochilas. La mayoría de los cascos eran demasiado grandes y les bajaban casi hasta las orejas a los hombres que los llevaban. Los oficiales llevaban todos casco; cascos que ajustaban mejor. Era la mitad de la brigata Basilicata. Los identifiqué por su marca de cuello a rayas rojas y blancas. Había rezagados pasando mucho después de que el regimiento hubiera pasado; hombres que no podían seguir el ritmo de sus pelotones. Estaban sudorosos, polvorientos y cansados. Algunos se veían bastante mal. Un soldado vino después del último de los rezagados. Caminaba cojeando. Se detuvo y se sentó al lado del camino. Bajé y me acerqué.
—¿Qué pasa?
Me miró y luego se puso de pie.
—Voy a seguir.
—¿Cuál es el problema?
—... la guerra.
—¿Qué le pasa a tu pierna?
—No es mi pierna. Tengo una hernia.
—¿Por qué no vas en el transporte? —pregunté—. ¿Por qué no vas al hospital?
—No me dejan. El teniente dijo que me quité el braguero a propósito.
—Déjame sentirla.
—Está muy fuera.
—¿En qué lado está?
—Aquí.
La palpé.
—Tose —dije.
—Me temo que la hará más grande. Es el doble de grande que esta mañana.
—Siéntate —dije—. En cuanto entregue los documentos de estos heridos te llevaré por el camino y te dejaré con tus oficiales médicos.
—Él dirá que lo hice a propósito.
—No pueden hacer nada —dije—. No es una herida. Ya la habías tenido antes, ¿verdad?
—Pero perdí el braguero.
—Te enviarán a un hospital.
—¿No puedo quedarme aquí, Tenente?
—No, no tengo documentos para ti.
El conductor salió de la puerta con los documentos para los heridos que estaban en el coche.
—Cuatro para el 105. Dos para el 132 —dijo. Eran hospitales más allá del río.
—Conduce tú —dije. Ayudé al soldado de la hernia a subir al asiento con nosotros.
—¿Hablas inglés? —preguntó.
—Claro.
—¿Cómo te gusta esta maldita guerra?
—Es una porquería.
—Yo digo que es una porquería. Jesucristo, digo que es una porquería.
—¿Estuviste en los Estados Unidos?
—Claro. En Pittsburg. Sabía que eras americano.
—¿No hablo italiano lo suficientemente bien?
—Sabía que eras americano, eso sí.
—Otro americano —dijo el conductor en italiano, mirando al hombre de la hernia.
—Escucha, teniente. ¿Tienes que llevarme a ese regimiento?
—Sí.
—Porque el capitán médico sabía que tenía esta hernia. Tiré el maldito braguero para que se pusiera mal y no tuviera que volver a la línea.
—Ya veo.
—¿No podrías llevarme a otro lugar?
—Si estuviera más cerca del frente, podría llevarte a un primer puesto médico. Pero aquí atrás tienes que tener documentos.
—Si vuelvo, me obligarán a operarme y luego me pondrán en la línea todo el tiempo.
Lo pensé.
—No querrías estar en la línea todo el tiempo, ¿verdad? —preguntó.
—No.
—Jesucristo, ¿no es esta una maldita guerra?
—Escucha —dije—. Bájate y cae al lado del camino y golpéate la cabeza y te recogeré a nuestra vuelta y te llevaré a un hospital. Nos detendremos al lado del camino aquí, Aldo. Nos detuvimos al costado del camino. Le ayudé a bajar.
—Estaré justo aquí, teniente —dijo.
—Hasta luego —dije. Seguimos adelante y pasamos al regimiento a una milla de distancia, luego cruzamos el río, turbio por el agua de nieve y corriendo rápido a través de los pilares del puente, para recorrer el camino a través de la llanura y entregar a los heridos en los dos hospitales. Conduje al volver y fui rápido con el coche vacío para encontrar al hombre de Pittsburg. Primero pasamos al regimiento, más caliente y lento que nunca; luego a los rezagados. Entonces vimos una ambulancia de caballos detenida al lado del camino. Dos hombres estaban levantando al hombre de la hernia para subirlo. Habían vuelto a buscarlo. Él movió la cabeza hacia mí. No llevaba el casco y su frente sangraba por debajo de la línea del cabello. Tenía la nariz raspada y había polvo sobre el parche ensangrentado y polvo en su pelo.
—¡Mire el golpe, teniente! —gritó—. No hay nada que hacer. Han vuelto por mí.
Cuando volví a la villa eran las cinco y fui a donde lavábamos los coches para ducharme. Luego hice mi informe en mi habitación, sentado con los pantalones y una camiseta interior frente a la ventana abierta. En dos días comenzaría la ofensiva y yo iría con los coches a Plava. Hacía mucho tiempo que no escribía a los Estados Unidos y sabía que debería hacerlo, pero lo había dejado pasar tanto tiempo que ahora era casi imposible escribir. No había nada sobre lo que escribir. Envié un par de postales del ejército Zona di Guerra, tachando todo excepto: Estoy bien. Eso debería ser suficiente para ellos. Esas postales serían muy elegantes en América; extrañas y misteriosas. Esta era una zona de guerra extraña y misteriosa, pero supuse que estaba bastante bien dirigida y era sombría comparada con otras guerras contra los austriacos. El ejército austriaco fue creado para dar victorias a Napoleón; a cualquier Napoleón. Ojalá tuviéramos un Napoleón, pero en su lugar teníamos a Il Generale Cadorna, gordo y próspero, y a Vittorio Emmanuele, el hombre pequeño con el cuello largo y delgado y la barba de chivo. A la derecha tenían al Duque de Aosta. Quizás era demasiado atractivo para ser un gran general, pero parecía un hombre. A muchos les habría gustado que fuera rey. Parecía un rey. Era tío del Rey y comandaba el tercer ejército. Nosotros estábamos en el segundo ejército. Había algunas baterías británicas con el tercer ejército. Había conocido a dos artilleros de ese grupo en Milán. Eran muy agradables y pasamos una gran velada. Eran grandes, tímidos, cohibidos y muy agradecidos el uno con el otro por cualquier cosa que sucediera. Ojalá estuviera con los británicos. Habría sido mucho más sencillo. Aun así, probablemente me habrían matado. No en este negocio de ambulancias. Sí, incluso en el negocio de ambulancias. A los conductores de ambulancias británicos a veces los mataban. Bueno, sabía que a mí no me matarían. No en esta guerra. No tenía nada que ver conmigo. No me parecía más peligroso para mí mismo que la guerra en las películas. Sin embargo, ojalá se hubiera acabado. Quizás terminaría este verano. Quizás los austriacos se romperían. Siempre se habían roto en otras guerras. ¿Qué le pasaba a esta guerra? Todo el mundo decía que los franceses estaban acabados. Rinaldi decía que los franceses se habían amotinado y que las tropas marchaban sobre París. Le pregunté qué había pasado y él dijo: —Oh, los detuvieron. Quería ir a Austria sin guerra. Quería ir a la Selva Negra. Quería ir a las montañas Hartz. ¿Dónde estaban las montañas Hartz de todos modos? Estaban luchando en los Cárpatos. De todas formas, no quería ir allí. Aunque podría ser bueno. Podría ir a España si no hubiera guerra. El sol se estaba poniendo y el día se refrescaba. Después de cenar iría a ver a Catherine Barkley. Ojalá estuviera aquí ahora. Ojalá estuviera en Milán con ella. Me gustaría comer en el Cova y luego caminar por la Via Manzoni en la calurosa tarde, cruzar y desviarme por el canal e ir al hotel con Catherine Barkley. Tal vez ella quisiera. Tal vez ella fingiría que yo era su chico que murió y entraríamos por la puerta principal y el portero se quitaría la gorra y yo me detendría en el mostrador del conserje y pediría la llave y ella se quedaría junto al ascensor y luego subiríamos al ascensor y subiría muy lentamente haciendo clic en todos los pisos y luego nuestro piso y el botones abriría la puerta y se quedaría allí y ella saldría y yo saldría y caminaríamos por el pasillo y pondría la llave en la puerta y la abriría y entraría y luego descolgaría el teléfono y les pediría que enviaran una botella de Capri Bianca en una cubeta de plata llena de hielo y oirías el hielo contra el cubo bajando por el pasillo y el botones llamaría y yo diría: déjelo fuera de la puerta por favor. Porque no llevaríamos ninguna ropa porque hacía mucho calor y la ventana abierta y las golondrinas volando sobre los techos de las casas y cuando oscurecía después y te acercabas a la ventana, murciélagos muy pequeños cazando sobre las casas y cerca de los árboles y beberíamos el Capri y la puerta cerrada y hacía calor y solo una sábana y toda la noche y ambos nos amaríamos toda la noche en la calurosa noche de Milán. Así es como debería ser. Comería rápido e iría a ver a Catherine Barkley.
Hablaban demasiado en el comedor y yo bebía vino porque esta noche no éramos todos hermanos a menos que bebiera un poco y hablara con el sacerdote sobre el arzobispo Ireland, quien era, al parecer, un hombre noble y con cuyas injusticias, las injusticias que había recibido y en las que yo participaba como americano, y de las cuales nunca había oído hablar, fingí estar familiarizado. Habría sido descortés no saber nada de ellas cuando había escuchado una explicación tan espléndida de sus causas que eran, después de todo, al parecer, malentendidos. Pensé que tenía un nombre elegante y que venía de Minnesota, lo cual hacía un nombre encantador: Ireland de Minnesota, Ireland de Wisconsin, Ireland de Michigan. Lo que lo hacía bonito era que sonaba como Island (isla). No, no era eso. Había más en ello que eso. Sí, padre. Es verdad, padre. Quizás, padre. No, padre. Bueno, tal vez sí, padre. Usted sabe más sobre eso que yo, padre. El sacerdote era bueno pero aburrido. Los oficiales no eran buenos pero eran aburridos. El Rey era bueno pero aburrido. El vino era malo pero no aburrido. Te quitaba el esmalte de los dientes y lo dejaba en el paladar.
—Y el sacerdote fue encerrado —dijo Rocca—, porque encontraron los bonos del tres por ciento en su persona. Fue en Francia, por supuesto. Aquí nunca lo habrían arrestado. Negó todo conocimiento de los bonos del cinco por ciento. Esto ocurrió en Béziers. Yo estaba allí y al leerlo en el periódico, fui a la cárcel y pedí ver al sacerdote. Era bastante evidente que había robado los bonos.
—No creo ni una palabra de esto —dijo Rinaldi.
—Como quieras —dijo Rocca—. Pero se lo cuento a nuestro sacerdote de aquí. Es muy informativo. Es sacerdote; lo apreciará.
El sacerdote sonrió. —Continúa —dijo—. Estoy escuchando.
—Por supuesto, algunos de los bonos no estaban contabilizados, pero el sacerdote tenía todos los bonos del tres por ciento y varias obligaciones locales, olvido exactamente qué eran. Así que fui a la cárcel, y aquí está el punto de la historia, y me paré fuera de su celda y dije como si fuera a confesarme: "Bendígame, padre, porque ha pecado".
Hubo grandes risas de todos.
—¿Y qué dijo él? —preguntó el sacerdote. Rocca ignoró esto y continuó explicándome el chiste—. Ves el punto, ¿verdad? Parecía ser un chiste muy gracioso si lo entendías debidamente. Me sirvieron más vino y conté la historia del soldado raso inglés que fue metido bajo la ducha. Luego el mayor contó la historia de los once checoslovacos y el cabo húngaro. Después de un poco más de vino, conté la historia del jockey que encontró el penique. El mayor dijo que había una historia italiana parecida sobre la duquesa que no podía dormir por las noches. En este punto el sacerdote se fue y conté la historia del viajante de comercio que llegó a las cinco de la mañana a Marsella cuando soplaba el mistral. El mayor dijo que había oído rumores de que yo sabía beber. Lo negué. Dijo que era verdad y que, por el cadáver de Baco, íbamos a comprobar si era cierto o no. No Baco, dije yo. No Baco. Sí, Baco, dijo él. Debería beber copa por copa y vaso por vaso con Bassi, Fillipo Vincenza. Bassi dijo que no, que esa no era una prueba porque él ya había bebido el doble que yo. Dije que eso era una maldita mentira y que, Baco o no Baco, Fillipo Vincenza Bassi o Bassi Fillipo Vincenza no había tocado ni una gota en toda la velada, ¿y cuál era su nombre de todos modos? Dijo que si mi nombre era Frederico Enrico o Enrico Federico. Le dije que gane el mejor, Baco excluido, y el mayor nos dio vino tinto en jarras. A mitad del vino, ya no quise más. Recordé adónde iba.
—Bassi gana —dije—. Es mejor hombre que yo. Tengo que irme.
—Realmente lo es —dijo Rinaldi—. Tiene una cita. Lo sé todo al respecto.
—Tengo que irme.
—Otra noche —dijo Bassi—. Otra noche en la que te sientas con más fuerzas. Me dio una palmada en el hombro. Había velas encendidas sobre la mesa. Todos los oficiales estaban muy contentos. —Buenas noches, caballeros —dije.
Rinaldi salió conmigo. Nos quedamos fuera de la puerta en el rellano y dijo: —Será mejor que no vayas allá arriba borracho.
—No estoy borracho, Rinin. De verdad.
—Será mejor que mastiques un poco de café.
—Tonterías.
—Conseguiré un poco, nene. Camina de un lado a otro. Volvió con un puñado de granos de café tostados. —Mastícalos, nene, y que Dios esté contigo.
—Baco —dije.
—Te acompañaré caminando.
—Estoy perfectamente bien.
Caminamos juntos por el pueblo mientras yo masticaba el café. En la verja de la entrada que conducía a la villa británica, Rinaldi se despidió.
—Buenas noches —dije—. ¿Por qué no entras?
Sacudió la cabeza. —No —dijo—, me gustan los placeres más sencillos.
—Gracias por los granos de café.
—Nada, nene. Nada.
Empecé a bajar por la entrada. Los contornos de los cipreses que la bordeaban eran nítidos y claros. Miré hacia atrás y vi a Rinaldi de pie observándome y lo saludé con la mano.
Me senté en el vestíbulo de la villa, esperando a que Catherine Barkley bajara. Alguien venía por el pasillo. Me levanté, pero no era Catherine. Era la señorita Ferguson.
—Hola —dijo—. Catherine me pidió que te dijera que siente no poder verte esta tarde.
—Lo siento mucho. Espero que no esté enferma.
—No se siente muy bien.
—¿Le dirás cuánto lo siento?
—Sí, lo haré.
—¿Crees que serviría de algo intentar verla mañana?
—Sí, lo creo.
—Muchas gracias —dije—. Buenas noches.
Salí por la puerta y de repente me sentí solo y vacío. Me había tomado el ver a Catherine con mucha ligereza, me había emborrachado un poco y casi me había olvidado de venir, pero cuando no pude verla, allí estaba yo, sintiéndome solo y hueco.
CAPÍTULO VIII
A la tarde siguiente supimos que iba a haber un ataque río arriba esa noche y que debíamos llevar cuatro coches allí. Nadie sabía nada al respecto, aunque todos hablaban con gran seguridad y conocimiento estratégico. Iba en el primer coche y, al pasar por la entrada del hospital británico, le dije al conductor que se detuviera. Los otros coches pararon. Salí y le dije al conductor que siguiera y que, si no los habíamos alcanzado en el cruce de la carretera a Cormons, que nos esperara allí. Subí apresuradamente por la entrada y, dentro del vestíbulo, pregunté por la señorita Barkley.
—Está de servicio.
—¿Podría verla solo un momento?
Enviaron a un ordenanza para comprobarlo y ella volvió con él.
—Me detuve para preguntar si estabas mejor. Me dijeron que estabas de servicio, así que pedí verte.
—Estoy bastante bien —dijo—. Creo que el calor me tumbó ayer.
—Tengo que irme.
—Saldré un minuto por la puerta.
—¿Y estás bien? —pregunté afuera.
—Sí, cariño. ¿Vas a venir esta noche?
—No. Me marcho ahora para un espectáculo arriba, en Plava.
—¿Un espectáculo?
—No creo que sea nada.
—¿Y volverás?
—Mañana.
Se estaba desabrochando algo del cuello. Lo puso en mi mano. —Es un San Antonio —dijo—. Y ven mañana por la noche.
—No eres católica, ¿verdad?
—No. Pero dicen que San Antonio es muy útil.
—Cuidaré de él por ti. Adiós.
—No —dijo—, adiós no.
—Está bien.
—Sé un buen chico y ten cuidado. No, no puedes besarme aquí. No puedes.
—Está bien.
Miré hacia atrás y la vi de pie en los escalones. Saludó y yo besé mi mano y la extendí. Ella volvió a saludar y luego salí de la entrada y subí al asiento de la ambulancia y nos pusimos en marcha. El San Antonio estaba en una pequeña cápsula de metal blanco. Abrí la cápsula y lo vertí en mi mano.
—¿San Antonio? —preguntó el conductor.
—Sí.
—Yo tengo uno. Su mano derecha dejó el volante, abrió un botón de su túnica y lo sacó de debajo de su camisa.
—¿Ves?
Puse mi San Antonio de vuelta en la cápsula, junté la fina cadena de oro y puse todo en el bolsillo de mi pecho.
—¿No lo llevas puesto?
—No.
—Es mejor llevarlo puesto. Para eso es.
—Está bien —dije. Deshice el cierre de la cadena de oro y me la puse alrededor del cuello y la cerré. El santo quedó colgando por fuera de mi uniforme, así que desabroché el cuello de la túnica, desabotoné el cuello de la camisa y lo dejé caer dentro. Sentí su caja de metal contra mi pecho mientras conducíamos. Luego me olvidé de él. Después de ser herido, nunca lo encontré. Probablemente alguien se lo quedó en uno de los puestos de socorro.
Condujimos rápido una vez que cruzamos el puente y pronto vimos el polvo de los otros coches más adelante en la carretera. La carretera se curvó y vimos los tres coches, que parecían muy pequeños, el polvo levantándose de las ruedas y perdiéndose entre los árboles. Los alcanzamos, los pasamos y nos desviamos por una carretera que subía hacia las colinas. Conducir en convoy no es desagradable si eres el primer coche, así que me recosté en el asiento y observé el paisaje. Estábamos en las estribaciones del lado cercano del río y, a medida que la carretera ascendía, se veían las altas montañas hacia el norte con nieve aún en las cimas. Miré atrás y vi los tres coches subiendo, espaciados por el intervalo de su polvo. Pasamos una larga columna de mulas cargadas, con los conductores caminando al lado de las mulas vistiendo fez rojos. Eran bersaglieri.
Más allá de la fila de mulas, la carretera estaba vacía y subimos por las colinas y luego bajamos por el hombro de una larga colina hacia un valle fluvial. Había árboles a ambos lados de la carretera y, a través de la línea derecha de árboles, vi el río, con el agua clara, rápida y poco profunda. El río estaba bajo y había tramos de arena y guijarros con un canal estrecho de agua, y a veces el agua se extendía como un brillo sobre el lecho de guijarros. Cerca de la orilla vi pozas profundas, el agua azul como el cielo. Vi puentes de piedra arqueados sobre el río donde las vías se desviaban de la carretera y pasamos granjas de piedra con perales en forma de candelabro contra sus muros sur y muros de piedra bajos en los campos. La carretera subía por el valle un largo camino y luego nos desviamos y comenzamos a subir a las colinas de nuevo. La carretera subía empinada, yendo de un lado a otro a través de bosques de castaños para nivelarse finalmente a lo largo de una cresta. Podía mirar hacia abajo a través de los bosques y ver, muy abajo, con el sol sobre ella, la línea del río que separaba a los dos ejércitos. Seguimos por la accidentada nueva carretera militar que seguía la cresta de la colina y miré hacia el norte a las dos cadenas de montañas, verdes y oscuras hasta la línea de nieve y luego blancas y hermosas bajo el sol. Entonces, a medida que la carretera ascendía a lo largo de la cresta, vi una tercera cadena de montañas, montañas de nieve más altas, que parecían blancas como la tiza y surcadas, con planos extraños, y luego había montañas muy lejos, más allá de todas estas, que apenas podías distinguir si realmente veías. Esas eran todas las montañas de los austriacos y nosotros no teníamos nada parecido. Adelante había una curva redondeada en la carretera hacia la derecha y, mirando hacia abajo, podía ver la carretera descendiendo a través de los árboles. Había tropas en esta carretera, camiones a motor y mulas con cañones de montaña, y mientras bajábamos, manteniéndonos a un lado, podía ver el río muy abajo, la línea de traviesas y raíles corriendo a lo largo de él, el viejo puente donde el ferrocarril cruzaba al otro lado y, al otro lado, bajo una colina más allá del río, las casas destrozadas del pequeño pueblo que debía ser tomado.
Estaba casi oscuro cuando bajamos y giramos hacia la carretera principal que corría junto al río.
CAPÍTULO IX
La carretera estaba abarrotada y había pantallas de tallos de maíz y esteras de paja a ambos lados, y esteras sobre la parte superior, de modo que parecía la entrada a un circo o a un pueblo nativo. Conducíamos lentamente por este túnel cubierto de esteras y salimos a un espacio despejado y desnudo donde había estado la estación de ferrocarril. La carretera aquí estaba por debajo del nivel de la orilla del río y, a lo largo del lado de la carretera hundida, había agujeros excavados en el banco con infantería dentro. El sol se estaba poniendo y, al mirar hacia arriba a lo largo de la orilla mientras conducíamos, vi los globos de observación austriacos sobre las colinas del otro lado, oscuros contra la puesta de sol. Aparcamos los coches más allá de un ladrillar. Los hornos y algunos agujeros profundos habían sido equipados como puestos de socorro. Había tres médicos que yo conocía. Hablé con el mayor y supe que cuando comenzara y nuestros coches fueran cargados, los llevaríamos de vuelta por la carretera protegida y subiríamos a la carretera principal a lo largo de la cresta, donde habría un puesto y otros coches para evacuarlos. Esperaba que la carretera no se atascara. Era un espectáculo de una sola vía. La carretera estaba protegida porque estaba a la vista de los austriacos al otro lado del río. Aquí, en el ladrillar, estábamos protegidos del fuego de fusil o ametralladora por la orilla del río. Había un puente destrozado sobre el río. Iban a poner otro puente cuando comenzara el bombardeo y algunas tropas cruzarían por los bajíos más arriba, en la curva del río. El mayor era un hombre pequeño con bigotes hacia arriba. Había estado en la guerra en Libia y llevaba dos galones de herido. Dijo que si la cosa salía bien, se aseguraría de que me condecoraran. Dije que esperaba que saliera bien, pero que era demasiado amable. Le pregunté si había un refugio grande donde los conductores pudieran quedarse y envió a un soldado para que me mostrara. Fui con él y encontré el refugio, que era muy bueno. Los conductores estaban contentos con él y los dejé allí. El mayor me pidió que tomara una copa con él y otros dos oficiales. Bebimos ron y fue muy amistoso. Afuera estaba oscureciendo. Pregunté a qué hora iba a ser el ataque y dijeron que tan pronto como oscureciera. Volví con los conductores. Estaban sentados en el refugio hablando y, cuando entré, se detuvieron. Les di a cada uno un paquete de cigarrillos, Macedonias, cigarrillos mal empaquetados que derramaban tabaco y necesitaban que les retorcieras los extremos antes de fumarlos. Manera encendió su mechero y lo pasó. El mechero tenía forma de radiador de Fiat. Les conté lo que había oído.
—¿Por qué no vimos el puesto cuando bajamos? —preguntó Passini.
—Estaba justo más allá de donde giramos.
—Esa carretera va a ser un desastre inmundo —dijo Manera.
—Nos bombardearán hasta el infierno.
—Probablemente.
—¿Qué hay de comer, teniente? No tendremos oportunidad de comer después de que esto empiece.
—Iré a ver ahora —dije.
—¿Quieres que nos quedemos aquí o podemos echar un vistazo?
—Mejor quédense aquí.
Volví al refugio del mayor y dijo que la cocina de campaña vendría y que los conductores podrían venir a recoger su estofado. Les prestaría platos de rancho si no tenían. Dije que creía que los tenían. Regresé y les dije a los conductores que los buscaría tan pronto como llegara la comida. Manera dijo que esperaba que llegara antes de que empezara el bombardeo. Se quedaron en silencio hasta que salí. Todos eran mecánicos y odiaban la guerra.
Salí a mirar los coches y ver qué estaba pasando y luego volví y me senté en el refugio con los cuatro conductores. Nos sentamos en el suelo con la espalda contra la pared y fumamos. Afuera ya estaba casi oscuro. La tierra del refugio estaba caliente y seca, y dejé caer mis hombros contra la pared, sentándome sobre la parte baja de la espalda, y me relajé.
—¿Quién va al ataque? —preguntó Gavuzzi.
—Bersaglieri.
—¿Todos bersaglieri?
—Creo que sí.
—No hay suficientes tropas aquí para un ataque real.
—Probablemente es para distraer la atención de donde estará el verdadero ataque.
—¿Lo saben los hombres que atacan?
—No lo creo.
—Por supuesto que no —dijo Manera—. No atacarían si lo supieran.
—Sí, lo harían —dijo Passini—. Los bersaglieri son unos tontos.
—Son valientes y tienen buena disciplina —dije.
—Son grandes de pecho por medida, y saludables. Pero siguen siendo unos tontos.
—Los granatieri son altos —dijo Manera. Era un chiste. Todos se rieron.
—¿Estuvo usted allí, teniente, cuando no quisieron atacar y fusilaron a uno de cada diez hombres?
—No.
—Es verdad. Los alinearon después y tomaron a uno de cada diez hombres. Los carabinieri los fusilaron.
—Carabinieri —dijo Passini y escupió en el suelo—. Pero esos granaderos; todos de más de metro ochenta. No quisieron atacar.
—Si todo el mundo no atacara, la guerra habría terminado —dijo Manera.
—No fue así con los granatieri. Tenían miedo. Los oficiales venían todos de familias tan buenas.
—Algunos de los oficiales fueron solos.
—Un sargento fusiló a dos oficiales que no querían salir.
—Algunas tropas salieron.
—Los que salieron no estaban alineados cuando tomaron a los décimos hombres.
—Uno de los fusilados por los carabinieri es de mi pueblo —dijo Passini—. Era un chico grande, listo y alto para estar en los granatieri. Siempre en Roma. Siempre con las chicas. Siempre con los carabinieri. —Se rió—. Ahora tienen un guardia fuera de su casa con una bayoneta y nadie puede ir a ver a su madre, a su padre y a sus hermanas, y su padre pierde sus derechos civiles y ni siquiera puede votar. Están todos sin ley que los proteja. Cualquiera puede tomar sus propiedades.
—Si no fuera porque eso les pasa a sus familias, nadie iría al ataque.
—Sí. Los alpini lo harían. Estos soldados de V. E. lo harían. Algunos bersaglieri.
—Los bersaglieri también han huido. Ahora intentan olvidarlo.
—No debería dejarnos hablar de esta manera, teniente. Evviva l’esercito —dijo Passini con sarcasmo.
—Sé cómo hablan —dije—. Pero mientras conduzcan los coches y se comporten...
—...y no hablen para que otros oficiales puedan oír —terminó Manera.
—Creo que deberíamos terminar la guerra —dije—. No terminaría si un bando dejara de luchar. Solo sería peor si nosotros dejáramos de luchar.
—No podría ser peor —dijo Passini respetuosamente—. No hay nada peor que la guerra.
—La derrota es peor.
—No lo creo —dijo Passini todavía respetuosamente—. ¿Qué es la derrota? Te vas a casa.
—Vienen detrás de ti. Toman tu casa. Toman a tus hermanas.
—No lo creo —dijo Passini—. No pueden hacerle eso a todo el mundo. Que cada uno defienda su casa. Que mantengan a sus hermanas en casa.
—Te cuelgan. Vienen y te obligan a ser soldado otra vez. No en la ambulancia, sino en la infantería.
—No pueden colgar a todo el mundo.
—Una nación extranjera no puede obligarte a ser soldado —dijo Manera—. En la primera batalla todos huyen.
—Como los checos.
—Creo que no saben nada sobre ser conquistados y por eso piensan que no es malo.
—Teniente —dijo Passini—. Entendemos que nos deje hablar. Escuche. No hay nada tan malo como la guerra. Nosotros en la ambulancia ni siquiera podemos darnos cuenta de lo mala que es. Cuando la gente se da cuenta de lo mala que es, no pueden hacer nada para detenerla porque se vuelven locos. Hay personas que nunca se dan cuenta. Hay personas que tienen miedo de sus oficiales. Es con ellos con quienes se hace la guerra.
—Sé que es mala, pero debemos terminarla.
—No termina. No hay final para una guerra.
—Sí, lo hay.
Passini negó con la cabeza.
—La guerra no se gana con la victoria. ¿Qué si tomamos San Gabriele? ¿Qué si tomamos el Carso y Monfalcone y Trieste? ¿Dónde estamos entonces? ¿Vio todas las montañas lejanas hoy? ¿Cree que podríamos tomarlas todas también? Solo si los austriacos dejan de luchar. Un bando debe dejar de luchar. ¿Por qué no dejamos de luchar nosotros? Si vienen a Italia se cansarán y se irán. Tienen su propio país. Pero no, en su lugar hay una guerra.
—Eres un orador.
—Pensamos. Leemos. No somos campesinos. Somos mecánicos. Pero incluso los campesinos saben más que creer en una guerra. Todo el mundo odia esta guerra.
—Hay una clase que controla un país que es estúpida y no se da cuenta de nada y nunca podrá. Por eso tenemos esta guerra.
—También ganan dinero con ella.
—La mayoría no —dijo Passini—. Son demasiado estúpidos. Lo hacen por nada. Por estupidez.
—Debemos callarnos —dijo Manera—. Hablamos demasiado incluso para el teniente.
—Le gusta —dijo Passini—. Lo convertiremos.
—Pero ahora nos callaremos —dijo Manera.
—¿Comemos ya, teniente? —preguntó Gavuzzi.
—Iré a ver —dije. Gordini se levantó y salió conmigo.
—¿Hay algo que pueda hacer, teniente? ¿Puedo ayudar en algo? —Era el más callado de los cuatro—. Ven conmigo si quieres —dije—, y veremos.
Afuera estaba oscuro y la larga luz de los reflectores se movía sobre las montañas. Había grandes reflectores en ese frente montados sobre camiones que a veces te cruzabas en los caminos por la noche, cerca detrás de las líneas, el camión detenido un poco fuera del camino, un oficial dirigiendo la luz y la tripulación asustada. Cruzamos el patio de ladrillos y nos detuvimos en el puesto principal de socorro. Había un pequeño refugio de ramas verdes afuera sobre la entrada y en la oscuridad el viento nocturno hacía susurrar las hojas secas por el sol. Adentro había una luz. El comandante estaba al teléfono sentado sobre una caja. Uno de los capitanes médicos dijo que el ataque se había adelantado una hora. Me ofreció una copa de coñac. Miré las mesas de tablones, los instrumentos brillando bajo la luz, las palanganas y las botellas con tapón. Gordini estaba detrás de mí. El comandante se levantó del teléfono.
—Empieza ahora —dijo—. Se ha retrasado de nuevo.
Miré afuera, estaba oscuro y los reflectores austriacos se movían sobre las montañas detrás de nosotros. Por un momento todavía estuvo tranquilo, luego, desde todos los cañones detrás de nosotros, comenzó el bombardeo.
—Savoia —dijo el comandante.
—Sobre la sopa, comandante —dije. No me oyó. Se lo repetí.
—No ha llegado.
Un obús grande entró y estalló afuera en el patio de ladrillos. Otro estalló y en medio del ruido se podía oír el ruido más pequeño de los ladrillos y la tierra cayendo como lluvia.
—¿Qué hay para comer?
—Tenemos un poco de pasta asciutta —dijo el comandante.
—Tomaré lo que pueda darme.
El comandante habló con un ordenanza que se perdió de vista en la parte trasera y regresó con una palangana de metal con macarrones cocidos fríos. Se la entregué a Gordini.
—¿Tiene algo de queso?
El comandante habló de mala gana al ordenanza que se agachó de nuevo en el agujero y salió con un cuarto de queso blanco.
—Muchas gracias —dije.
—Será mejor que no salga.
Afuera, algo fue depositado al lado de la entrada. Uno de los dos hombres que lo habían llevado miró hacia adentro.
—Tráiganlo —dijo el comandante—. ¿Qué les pasa? ¿Quieren que salgamos y lo traigamos nosotros?
Los dos camilleros levantaron al hombre por debajo de los brazos y por las piernas y lo metieron.
—Corten la túnica —dijo el comandante.
Sostenía unas pinzas con una gasa en la punta. Los dos capitanes se quitaron las casacas. —Salgan de aquí —dijo el comandante a los dos camilleros.
—Vamos —le dije a Gordini.
—Será mejor que esperen a que termine el bombardeo —dijo el comandante por encima del hombro.
—Quieren comer —dije.
—Como desee.
Afuera cruzamos corriendo el patio de ladrillos. Un obús estalló corto cerca de la orilla del río. Luego hubo uno que no oímos venir hasta la repentina acometida. Ambos nos tiramos al suelo y con el destello y el golpe de la explosión y el olor oímos el silbido de los fragmentos al alejarse y el traqueteo de los ladrillos al caer. Gordini se levantó y corrió hacia el refugio. Yo fui tras él, sosteniendo el queso, cuya superficie lisa estaba cubierta de polvo de ladrillo. Dentro del refugio estaban los tres conductores sentados contra la pared, fumando.
—Aquí tienen, patriotas —dije.
—¿Cómo están los coches? —preguntó Manera.
—Bien.
—¿Lo asustaron, Tenente?
—Ya lo creo que sí —dije.
Saqué mi navaja, la abrí, limpié la hoja y corté la superficie sucia del exterior del queso. Gavuzzi me pasó la palangana de macarrones.
—Empiece a comer, Tenente.
—No —dije—. Pónganla en el suelo. Comeremos todos.
—No hay tenedores.
—Qué demonios —dije en inglés.
Corté el queso en trozos y los puse sobre los macarrones.
—Siéntense a comer —dije. Se sentaron y esperaron. Metí el pulgar y los dedos en los macarrones y levanté. Una masa se soltó.
—Levántela bien alto, Tenente.
La levanté hasta extender el brazo y las hebras se soltaron. La bajé hacia la boca, absorbí y chasqueé los extremos, mastiqué, luego di un bocado de queso, mastiqué y tomé un trago de vino. Sabía a metal oxidado. Devolví la cantimplora a Passini.
—Está podrido —dijo—. Ha estado ahí demasiado tiempo. Lo tenía en el coche.
Todos estaban comiendo, manteniendo la barbilla cerca sobre la palangana, echando la cabeza hacia atrás, absorbiendo los extremos. Tomé otro bocado y un poco de queso y un enjuague de vino. Algo aterrizó afuera que sacudió la tierra.
—Cuatrocientos veinte o minnenwerfer —dijo Gavuzzi.
—No hay cuatrocientos veintes en las montañas —dije.
—Tienen grandes cañones Skoda. He visto los agujeros.
—Trescientos cincos.
Seguimos comiendo. Hubo una tos, un ruido como el de una locomotora arrancando y luego una explosión que sacudió la tierra de nuevo.
—Este no es un refugio profundo —dijo Passini.
—Eso fue un mortero de trinchera grande.
—Sí, señor.
Comí el final de mi trozo de queso y tomé un trago de vino. A través del otro ruido oí una tos, luego vino el chuh-chuh-chuh-chuh—luego hubo un destello, como cuando se abre la puerta de un alto horno, y un rugido que comenzó blanco y se volvió rojo y siguió y siguió en un viento impetuoso. Intenté respirar pero mi aliento no salía y sentí que salía corporalmente de mí mismo y hacia afuera y hacia afuera y hacia afuera y todo el tiempo corporalmente en el viento. Salí rápidamente, todo yo, y supe que estaba muerto y que todo había sido un error al pensar que uno simplemente moría. Luego floté, y en lugar de seguir adelante sentí que me deslizaba hacia atrás. Respiré y estaba de vuelta. El suelo estaba desgarrado y frente a mi cabeza había una viga de madera astillada. En la sacudida de mi cabeza oí a alguien llorando. Pensé que alguien estaba gritando. Intenté moverme pero no pude. Oí las ametralladoras y los fusiles disparando al otro lado del río y a lo largo de todo el río. Hubo un gran chapoteo y vi las bengalas subir y estallar y flotar blanquecinamente y cohetes subiendo y oí las bombas, todo esto en un momento, y luego oí cerca de mí a alguien diciendo: "¡Mama mia! ¡Oh, mama mia!". Tiré y me retorcí y finalmente solté mis piernas y me di la vuelta y lo toqué. Era Passini y cuando lo toqué gritó. Sus piernas estaban hacia mí y vi en la oscuridad y la luz que ambas estaban destrozadas por encima de la rodilla. Una pierna había desaparecido y la otra estaba sujeta por tendones y parte del pantalón y el muñón se contraía y se sacudía como si no estuviera conectado. Se mordió el brazo y gimió: "Oh mama mia, mama mia", luego: "Dio te salve, Maria. Dio te salve, Maria. Oh Jesús dispárame Cristo dispárame mama mia mama mia oh purísima encantadora María dispárame. Detente. Detente. Detente. Oh Jesús encantadora María detente. Oh oh oh oh", luego ahogándose, "Mama mama mia". Luego se quedó callado, mordiéndose el brazo, con el muñón de la pierna contrayéndose.
—¡Porta feriti! —grité ahuecando las manos—. ¡Porta feriti! —Intenté acercarme a Passini para tratar de ponerle un torniquete en las piernas pero no pude moverme. Lo intenté de nuevo y mis piernas se movieron un poco. Pude arrastrarme hacia atrás con los brazos y los codos. Passini estaba callado ahora. Me senté a su lado, me desabotoné la túnica e intenté desgarrar el bajo de mi camisa. No se desgarraba y mordí el borde de la tela para empezar. Luego pensé en sus vendas de piernas. Yo llevaba medias de lana pero Passini usaba vendas. Todos los conductores usaban vendas pero Passini solo tenía una pierna. Desenvolví la venda y mientras lo hacía vi que no había necesidad de intentar hacer un torniquete porque ya estaba muerto. Me aseguré de que estaba muerto. Había otros tres que localizar. Me senté derecho y al hacerlo algo dentro de mi cabeza se movió como los pesos en los ojos de una muñeca y me golpeó por dentro, detrás de los globos oculares. Mis piernas se sentían calientes y húmedas y mis zapatos estaban mojados y calientes por dentro. Supe que estaba herido e inclinado puse la mano sobre mi rodilla. Mi rodilla no estaba allí. Mi mano entró y mi rodilla estaba abajo, en la espinilla. Me limpié la mano en la camisa y otra luz flotante descendió muy lentamente y miré mi pierna y sentí mucho miedo. Oh, Dios, dije, sáquenme de aquí. Sabía, sin embargo, que había otros tres. Éramos cuatro conductores. Passini estaba muerto. Quedaban tres. Alguien me sujetó por debajo de los brazos y alguien más levantó mis piernas.
—Hay otros tres —dije—. Uno está muerto.
—Es Manera. Fuimos a buscar una camilla pero no había ninguna. ¿Cómo está, Tenente?
—¿Dónde están Gordini y Gavuzzi?
—Gordini está en el puesto vendándose. Gavuzzi lleva sus piernas. Sujétese de mi cuello, Tenente. ¿Está gravemente herido?
—En la pierna. ¿Cómo está Gordini?
—Está bien. Fue un obús de mortero de trinchera grande.
—Passini ha muerto.
—Sí. Está muerto.
Un obús cayó cerca y ambos se tiraron al suelo y me soltaron. —Lo siento, Tenente —dijo Manera—. Sujétese de mi cuello.
—Si me vuelven a soltar...
—Fue porque estábamos asustados.
—¿Están ilesos?
—Ambos estamos un poco heridos.
—¿Puede Gordini conducir?
—No lo creo.
Me soltaron una vez más antes de llegar al puesto.
—Hijos de puta —dije.
—Lo siento, Tenente —dijo Manera—. No lo volveremos a soltar.
Afuera del puesto muchos de nosotros yacíamos en el suelo en la oscuridad. Llevaban a los heridos adentro y los sacaban. Podía ver la luz salir del puesto de socorro cuando la cortina se abría y traían a alguien adentro o afuera. Los muertos estaban a un lado. Los médicos trabajaban con las mangas subidas hasta los hombros y estaban rojos como carniceros. No había suficientes camillas. Algunos de los heridos hacían ruido pero la mayoría estaban callados. El viento soplaba las hojas en el cenador sobre la puerta del puesto de socorro y la noche se estaba enfriando. Los camilleros entraban todo el tiempo, dejaban sus camillas, las descargaban y se iban. Tan pronto como llegué al puesto de socorro, Manera trajo a un sargento médico y este me puso vendas en ambas piernas. Dijo que había tanta suciedad soplada dentro de la herida que no había habido mucha hemorragia. Me llevarían tan pronto como fuera posible. Él regresó adentro. Gordini no podía conducir, dijo Manera. Tenía el hombro destrozado y la cabeza herida. No se había sentido mal pero ahora el hombro se le había entumecido. Estaba sentado al lado de una de las paredes de ladrillo. Manera y Gavuzzi se fueron cada uno con una carga de heridos. Podían conducir bien. Los británicos habían venido con tres ambulancias y tenían dos hombres en cada una. Uno de sus conductores se acercó a mí, traído por Gordini, quien se veía muy pálido y enfermo. El británico se inclinó.
—¿Está gravemente herido? —preguntó. Era un hombre alto y llevaba gafas con montura de acero.
—En las piernas.
—No es grave, espero. ¿Quiere un cigarrillo?
—Gracias.
—Me dicen que ha perdido a dos conductores.
—Sí. Uno muerto y el tipo que lo trajo.
—Qué mala suerte. ¿Le gustaría que lleváramos los coches?
—Eso es lo que quería pedirle.
—Los cuidaremos muy bien y los devolveremos a la Villa. ¿Es el 206, no?
—Sí.
—Es un lugar encantador. Lo he visto por ahí. Me dicen que es usted estadounidense.
—Sí.
—Yo soy inglés.
—¡No!
—Sí, inglés. ¿Pensaba que era italiano? Había algunos italianos con una de nuestras unidades.
—Sería excelente si pudieran llevarse los coches —dije.
—Tendremos mucho cuidado con ellos —se enderezó—. Este tipo suyo estaba muy ansioso por que lo viera —palmeó a Gordini en el hombro. Gordini hizo una mueca y sonrió. El inglés se lanzó a un italiano fluido y perfecto—. Ahora todo está arreglado. He visto a su Tenente. Nos haremos cargo de los dos coches. Ya no se preocupe. —Se interrumpió—. Debo hacer algo para sacarlo de aquí. Veré a los médicos. Lo llevaremos de regreso con nosotros.
Caminó hacia el puesto de socorro, dando pasos cuidadosos entre los heridos. Vi la manta abrirse, salió la luz y él entró.
—Él cuidará de usted, Tenente —dijo Gordini.
—¿Cómo estás, Franco?
—Estoy bien —se sentó a mi lado. En un momento la manta frente al puesto de socorro se abrió y dos camilleros salieron seguidos por el inglés alto. Me los trajo.
—Aquí está el Tenente estadounidense —dijo en italiano.
—Preferiría esperar —dije—. Hay heridos mucho peor que yo. Estoy bien.
—Vamos, vamos —dijo—. No sea un estúpido héroe —luego en italiano—: Levántenlo con mucho cuidado por las piernas. Sus piernas le duelen mucho. Es el hijo legítimo del presidente Wilson. —Me levantaron y me llevaron a la sala de curas. Adentro estaban operando en todas las mesas. El pequeño comandante nos miró furioso. Me reconoció y agitó unas pinzas.
—¿Ça va bien?
—Ça va.
—Lo he traído —dijo el inglés alto en italiano—. El único hijo del embajador estadounidense. Puede estar aquí hasta que esté listo para llevarlo. Luego lo llevaré con mi primera carga —se inclinó sobre mí—. Buscaré a su ayudante para hacer sus papeles y todo irá mucho más rápido —se agachó para pasar por debajo de la puerta y salió. El comandante estaba desenganchando las pinzas ahora, dejándolas caer en una palangana. Seguí sus manos con la mirada. Ahora estaba vendando. Luego los camilleros sacaron al hombre de la mesa.
—Me ocuparé del Tenente estadounidense —dijo uno de los capitanes. Me levantaron a la mesa. Era dura y resbaladiza. Había muchos olores fuertes, olores químicos y el dulce olor a sangre. Me quitaron los pantalones y el capitán médico comenzó a dictar al sargento ayudante mientras trabajaba: "Múltiples heridas superficiales en el muslo izquierdo y derecho y rodilla izquierda y derecha y pie derecho. Heridas profundas en la rodilla y el pie derecho. Laceraciones en el cuero cabelludo (sondeó: —¿Duele eso? —¡Cristo, sí!) con posible fractura de cráneo. Incurridas en acto de servicio. Eso es lo que evita que le hagan un consejo de guerra por heridas autoinfligidas —dijo—. ¿Le gustaría un trago de brandy? ¿Cómo se metió en este lío de todos modos? ¿Qué estaba intentando hacer? ¿Cometer suicidio? Antitetánica por favor, y marque una cruz en ambas piernas. Gracias. Limpiaré esto un poco, lo lavaré y pondré un vendaje. Su sangre coagula maravillosamente".
El ayudante, levantando la vista del papel: "¿Qué causó las heridas?".
El capitán médico: "¿Qué le alcanzó?".
Yo, con los ojos cerrados: "Un obús de mortero de trinchera".
El capitán, haciendo cosas que dolían agudamente y seccionando tejido: "¿Está seguro?".
Yo, tratando de quedarme quieto y sintiendo mi estómago revolverse cuando cortaban la carne: "Creo que sí".
El capitán médico (interesado en algo que estaba encontrando): "Fragmentos de obús de mortero de trinchera enemigo. Ahora buscaré un poco de esto si quiere, pero no es necesario. Pintaré todo esto y... ¿Eso escuece? Bien, eso no es nada comparado con cómo se sentirá después. El dolor aún no ha comenzado. Tráiganle una copa de brandy. El shock mitiga el dolor; pero esto está bien, no tiene nada de qué preocuparse si no se infecta y raramente lo hace ahora. ¿Cómo está su cabeza?".
—¡Por Dios! —dije.
—Mejor no beba demasiado brandy entonces. Si tiene una fractura no querrá inflamación. ¿Cómo se siente eso?
El sudor corrió por todo mi cuerpo.
—¡Por Dios! —dije.
—Supongo que tiene una fractura, de acuerdo. Lo vendaré y no se golpee la cabeza —vendó, con las manos moviéndose muy rápido y el vendaje quedando tenso y seguro—. Muy bien, buena suerte y Vive la France.
—Es estadounidense —dijo uno de los otros capitanes.
—Pensé que dijo que era francés. Habla francés —dijo el capitán—. Lo conozco de antes. Siempre pensé que era francés —bebió medio vaso de coñac—. Traigan algo serio. Consigan más de esa antitetánica —el capitán me saludó con la mano. Me levantaron y la solapa de la manta pasó por mi cara mientras salíamos. Afuera, el sargento ayudante se arrodilló a mi lado donde yo yacía. "¿Nombre?", preguntó en voz baja. "¿Segundo nombre? ¿Primer nombre? ¿Rango? ¿Dónde nació? ¿Qué clase? ¿Qué cuerpo?", y así sucesivamente. "Siento lo de su cabeza, Tenente. Espero que se sienta mejor. Lo envío ahora con la ambulancia inglesa".
—Estoy bien —dije—. Muchas gracias —el dolor del que había hablado el comandante había comenzado y todo lo que sucedía estaba sin interés ni relación. Al cabo de un rato llegó la ambulancia inglesa y me pusieron en una camilla y levantaron la camilla hasta el nivel de la ambulancia y la empujaron hacia adentro. Había otra camilla al lado con un hombre en ella cuya nariz podía ver, de aspecto ceroso, fuera de las vendas. Respiraba muy pesadamente. Hubo camillas levantadas y deslizadas en los ganchos de arriba. El conductor inglés alto vino y miró adentro. "Lo llevaré con mucha suavidad", dijo. "Espero que esté cómodo". Sentí arrancar el motor, lo sentí subir al asiento delantero, sentí que quitaba el freno y metía el embrague, luego comenzamos. Me quedé quieto y dejé que el dolor siguiera su curso.
Mientras la ambulancia subía por el camino, era lenta en el tráfico, a veces se detenía, a veces retrocedía en una curva, luego finalmente subió bastante rápido. Sentí algo gotear. Al principio goteaba lenta y regularmente, luego repiqueteó en un chorro. Le grité al conductor. Detuvo el coche y miró a través del agujero detrás de su asiento.
—¿Qué es?
—El hombre en la camilla sobre mí tiene una hemorragia.
—No estamos lejos de la cima. No podría sacar la camilla solo —arrancó el coche. El chorro continuó. En la oscuridad no podía ver de dónde venía desde la lona de arriba. Intenté moverme hacia un lado para que no cayera sobre mí. Donde había bajado debajo de mi camisa estaba caliente y pegajoso. Tenía frío y mi pierna dolía de tal manera que me daban náuseas. Después de un rato el chorro de la camilla de arriba disminuyó y comenzó a gotear de nuevo y oí y sentí la lona de arriba moverse mientras el hombre en la camilla se acomodaba mejor.
—¿Cómo está? —preguntó el inglés desde atrás—. Casi estamos arriba.
—Está muerto, creo —dije.
Las gotas caían muy lentamente, como caen de un carámbano después de que se ha ido el sol. Hacía frío en el coche en la noche mientras el camino ascendía. En el puesto de la cima sacaron la camilla y pusieron otra y seguimos adelante.
En la sala del hospital de campaña me dijeron que por la tarde vendría una visita a verme. Era un día caluroso y había muchas moscas en la habitación. Mi enfermero había cortado papel en tiras y las había atado a un palo para hacer un cepillo que espantaba a las moscas. Las veía posarse en el techo. Cuando él dejaba de espantarlas y se dormía, bajaban, y yo las ahuyentaba y finalmente me cubría la cara con las manos y me dormía también. Hacía mucho calor y cuando desperté me picaban las piernas. Desperté al enfermero y él vertió agua mineral sobre las vendas. Eso dejó la cama húmeda y fresca. Los que estábamos despiertos hablábamos de una cama a otra. La tarde era un momento tranquilo. Por la mañana venían a cada cama por turno, tres enfermeros y un médico, y te levantaban de la cama y te llevaban al cuarto de curas para que pudieran hacer las camas mientras nos curaban las heridas. No era un viaje agradable al cuarto de curas y no supe hasta más tarde que las camas podían hacerse con los hombres dentro. Mi enfermero había terminado de verter el agua y la cama se sentía fresca y encantadora, y yo le indicaba dónde rascarme en las plantas de los pies para aliviar el picor cuando uno de los médicos trajo a Rinaldi. Entró muy rápido, se inclinó sobre la cama y me besó. Vi que llevaba guantes.
—¿Cómo estás, nene? ¿Cómo te sientes? Te he traído esto... —Era una botella de coñac. El enfermero trajo una silla y él se sentó—, y buenas noticias. Serás condecorado. Quieren conseguirte la medaglia d’argento, pero quizás solo puedan conseguir la de bronce.
—¿Por qué?
—Porque estás gravemente herido. Dicen que si puedes probar que hiciste algún acto heroico puedes conseguir la de plata. De lo contrario, será la de bronce. Cuéntame exactamente qué pasó. ¿Hiciste algún acto heroico?
—No —dije—. Me volaron por los aires mientras comíamos queso.
—Sé serio. Debes haber hecho algo heroico antes o después. Recuerda bien.
—No lo hice.
—¿No llevaste a nadie a cuestas? Gordini dice que llevaste a varias personas a cuestas, pero el comandante médico del primer puesto declara que es imposible. Él tiene que firmar la propuesta para la citación.
—No llevé a nadie. No podía moverme.
—Eso no importa —dijo Rinaldi.
Se quitó los guantes.
—Creo que podemos conseguirte la de plata. ¿No te negaste a recibir ayuda médica antes que los demás?
—No con mucha firmeza.
—Eso no importa. Mira cómo estás herido. Mira tu conducta valerosa al pedir ir siempre a la primera línea. Además, la operación fue un éxito.
—¿Cruzaron el río bien?
—Enormemente. Hicieron casi mil prisioneros. Está en el boletín. ¿No lo viste?
—No.
—Te lo traeré. Es un coup de main exitoso.
—¿Cómo va todo?
—Espléndido. Todos estamos espléndidos. Todo el mundo está orgulloso de ti. Cuéntame exactamente cómo ocurrió. Estoy seguro de que conseguirás la de plata. Vamos, dímelo. Cuéntamelo todo. Hizo una pausa y pensó—. Tal vez consigas una medalla inglesa también. Había un inglés allí. Iré a verlo y le preguntaré si te recomendará. Debería ser capaz de hacer algo. ¿Sufres mucho? Toma un trago. Enfermero, ve a buscar un sacacorchos. ¡Oh, deberías ver lo que hice al extirpar tres metros de intestino delgado, mejor ahora que nunca! Es un caso para The Lancet. Hazme una traducción y la enviaré a The Lancet. Cada día estoy mejor. Pobre nene querido, ¿cómo te sientes? ¿Dónde está ese maldito sacacorchos? Eres tan valiente y callado que olvido que estás sufriendo. Golpeó sus guantes contra el borde de la cama.
—Aquí está el sacacorchos, Signor Tenente —dijo el enfermero.
—Abre la botella. Trae un vaso. Bebe eso, nene. ¿Cómo está tu pobre cabeza? Revisé tus papeles. No tienes ninguna fractura. Ese comandante del primer puesto era un carnicero. Yo te habría atendido y nunca te habría hecho daño. Nunca le hago daño a nadie. Aprendo cómo hacerlo. Cada día aprendo a hacer las cosas con más suavidad y mejor. Debes perdonarme por hablar tanto, nene. Estoy muy conmovido al verte gravemente herido. Toma, bebe eso. Es bueno. Costó quince liras. Debería ser bueno. Cinco estrellas. Después de salir de aquí, iré a ver a ese inglés y él te conseguirá una medalla inglesa.
—No las dan así.
—Eres muy modesto. Enviaré al oficial de enlace. Él puede tratar con los ingleses.
—¿Has visto a la señorita Barkley?
—La traeré aquí. Iré ahora mismo y la traeré.
—No te vayas —dije—. Cuéntame sobre Gorizia. ¿Cómo están las chicas?
—No hay chicas. Desde hace dos semanas no las han cambiado. Ya no voy allí. Es vergonzoso. No son chicas; son viejos camaradas de guerra.
—¿No vas en absoluto?
—Solo voy a ver si hay algo nuevo. Paso a saludar. Todas preguntan por ti. Es una vergüenza que se queden tanto tiempo que se vuelven amigas.
—Quizás las chicas ya no quieren ir al frente.
—Por supuesto que quieren. Tienen muchas chicas. Es solo una mala administración. Las están guardando para el placer de los que se esconden en los refugios de la retaguardia.
—Pobre Rinaldi —dije—. Todo solo en la guerra sin chicas nuevas.
Rinaldi se sirvió otro vaso de coñac.
—No creo que te haga daño, nene. Tómalo tú.
Bebí el coñac y sentí que me calentaba todo el camino hacia abajo. Rinaldi sirvió otro vaso. Ahora estaba más tranquilo. Levantó el vaso. —Por tus heridas valerosas. Por la medalla de plata. Dime, nene, cuando estás aquí echado todo el tiempo con este calor, ¿no te excitas?
—A veces.
—No puedo imaginarme estar echado así. Me volvería loco.
—Tú estás loco.
—Ojalá estuvieras de vuelta. Nadie que venga de noche de aventuras. Nadie a quien tomarle el pelo. Nadie a quien prestarle dinero. Ningún hermano de sangre y compañero de cuarto. ¿Por qué te haces herir?
—Puedes tomarle el pelo al cura.
—Ese cura. No soy yo quien le toma el pelo. Es el capitán. Me cae bien. Si hay que tener un cura, que sea ese cura. Va a venir a verte. Está haciendo grandes preparativos.
—Me cae bien.
—Oh, lo sabía. A veces pienso que tú y él sois un poco de esa manera. Ya sabes.
—No, no lo sabes.
—Sí, a veces lo sé. Un poco de esa manera, como el número del primer regimiento de la Brigata Ancona.
—Oh, vete al infierno.
Se levantó y se puso los guantes.
—Oh, me encanta provocarte, nene. Con tu cura y tu chica inglesa, y en realidad eres igual que yo por dentro.
—No, no lo soy.
—Sí, lo somos. Eres realmente un italiano. Todo fuego y humo y nada por dentro. Solo finges ser americano. Somos hermanos y nos queremos.
—Pórtate bien mientras no estoy —dije.
—Enviaré a la señorita Barkley. Estás mejor con ella que conmigo. Eres más puro y dulce.
—Oh, vete al infierno.
—La enviaré. Tu encantadora diosa fría. Diosa inglesa. ¡Dios mío, qué haría un hombre con una mujer así sino adorarla! ¿Para qué otra cosa sirve una inglesa?
—Eres un sucio ignorante de boca sucia.
—¿Un qué?
—Un ignorante wop.
—Wop. Tú eres un... wop de cara congelada.
—Eres un ignorante. Estúpido. —Vi que esa palabra le pinchó y continué—. Desinformado. Inexperto, estúpido por falta de experiencia.
—¿De verdad? Te diré algo sobre tus buenas mujeres. Tus diosas. Solo hay una diferencia entre tomar a una chica que siempre ha sido buena y a una mujer. Con una chica es doloroso. Eso es todo lo que sé. —Golpeó la cama con su guante—. Y nunca sabes si a la chica realmente le gustará.
—No te enfades.
—No estoy enfadado. Solo te lo digo, nene, por tu propio bien. Para ahorrarte problemas.
—¿Esa es la única diferencia?
—Sí. Pero millones de idiotas como tú no lo saben.
—Has sido muy amable al decírmelo.
—No nos pelearemos, nene. Te quiero demasiado. Pero no seas idiota.
—No. Seré sabio como tú.
—No te enfades, nene. Ríe. Toma un trago. Debo irme, de verdad.
—Eres un buen muchacho.
—Ya ves. Por dentro somos iguales. Somos hermanos de guerra. Bésame para despedirte.
—Eres un sentimental.
—No. Solo soy más afectuoso.
Sentí su aliento acercarse. —Adiós. Vendré a verte pronto de nuevo. —Su aliento se alejó—. No te besaré si no quieres. Enviaré a tu chica inglesa. Adiós, nene. El coñac está bajo la cama. Recupérate pronto.
Se había ido.
CAPÍTULO XI
Oscurecía cuando llegó el cura. Habían traído la sopa y después se habían llevado los cuencos, y yo estaba echado mirando las filas de camas y, por la ventana, la copa del árbol que se movía un poco con la brisa del atardecer. La brisa entraba por la ventana y refrescaba con la tarde. Las moscas estaban en el techo ahora y en las bombillas eléctricas que colgaban de cables. Las luces solo se encendían cuando alguien era traído por la noche o cuando se estaba haciendo algo. Me hacía sentir muy joven que la oscuridad llegara después del crepúsculo y luego permaneciera. Era como ser enviado a la cama después de la cena temprana. El enfermero bajó por el pasillo entre las camas y se detuvo. Alguien venía con él. Era el cura. Se quedó allí, pequeño, de cara morena y avergonzado.
—¿Cómo estás? —preguntó. Dejó unos paquetes junto a la cama, en el suelo.
—Bien, padre.
Se sentó en la silla que habían traído para Rinaldi y miró por la ventana con aire avergonzado. Noté que su cara se veía muy cansada.
—Solo puedo quedarme un minuto —dijo—. Es tarde.
—No es tarde. ¿Cómo va el comedor?
Sonrió. —Sigo siendo una gran broma —dijo, y también sonaba cansado—. Gracias a Dios, todos están bien.
—Me alegra mucho que estés bien —dijo él—. Espero que no sufras. Parecía muy cansado y yo no estaba acostumbrado a verlo cansado.
—Ya no.
—Te echo de menos en el comedor.
—Ojalá estuviera allí. Siempre disfruté de nuestras charlas.
—Te he traído algunas cositas —dijo. Recogió los paquetes—. Esto es mosquitero. Esto es una botella de vermú. ¿Te gusta el vermú? Estos son periódicos ingleses.
—Por favor, ábrelos.
Se sintió complacido y los desató. Sostuve el mosquitero en mis manos. El vermú lo levantó para que yo lo viera y luego lo puso en el suelo al lado de la cama. Levanté uno de los ejemplares del montón de periódicos ingleses. Pude leer los titulares girándolo para que la luz tenue de la ventana cayera sobre él. Era el News of the World.
—Los otros están ilustrados —dijo.
—Será una gran felicidad leerlos. ¿Dónde los conseguiste?
—Los mandé pedir a Mestre. Tendré más.
—Fuiste muy bueno al venir, padre. ¿Beberás un vaso de vermú?
—Gracias. Quédatelo tú. Es para ti.
—No, bebe un vaso.
—Está bien. Entonces te traeré más.
El enfermero trajo los vasos y abrió la botella. Rompió el corcho y hubo que empujar el extremo hacia adentro de la botella. Pude ver que el cura estaba decepcionado, pero dijo: —Está bien. No importa.
—Por tu salud, padre.
—Por tu mejor salud.
Después, él sostuvo el vaso en la mano y nos miramos el uno al otro. A veces hablábamos y éramos buenos amigos, pero esta noche era difícil.
—¿Qué te pasa, padre? Pareces muy cansado.
—Estoy cansado, pero no tengo derecho a estarlo.
—Es el calor.
—No. Es solo la primavera. Me siento muy decaído.
—Tienes el asco de la guerra.
—No. Pero odio la guerra.
—Yo no la disfruto —dije. Él negó con la cabeza y miró por la ventana.
—A ti no te importa. Tú no la ves. Debes perdonarme. Sé que estás herido.
—Eso es un accidente.
—Aun así, incluso herido, no la ves. Lo noto. Yo mismo no la veo, pero la siento un poco.
—Cuando fui herido hablábamos de eso. Passini estaba hablando.
El cura dejó el vaso. Estaba pensando en otra cosa.
—Los conozco porque soy como ellos —dijo.
—Tú eres diferente, sin embargo.
—Pero, en realidad, soy como ellos.
—Los oficiales no ven nada.
—Algunos sí. Algunos son muy sensibles y se sienten peor que cualquiera de nosotros.
—Son mayormente diferentes.
—No es la educación ni el dinero. Es otra cosa. Incluso si tuvieran educación o dinero, hombres como Passini no desearían ser oficiales. Yo no sería un oficial.
—Tu rango es de oficial. Yo soy un oficial.
—En realidad no lo soy. Tú ni siquiera eres italiano. Eres un extranjero. Pero estás más cerca de los oficiales que de los hombres.
—¿Cuál es la diferencia?
—No puedo decirlo fácilmente. Hay gente que haría la guerra. En este país hay muchos así. Hay otras personas que no harían la guerra.
—Pero los primeros los obligan a hacerla.
—Sí.
—Y yo los ayudo.
—Eres un extranjero. Eres un patriota.
—¿Y los que no harían la guerra? ¿Pueden detenerla?
—No lo sé.
Volvió a mirar por la ventana. Observé su rostro.
—¿Alguna vez han podido detenerla?
—No están organizados para detener las cosas y, cuando se organizan, sus líderes los traicionan.
—¿Entonces no hay esperanza?
—Nunca es desesperado. Pero a veces no puedo tener esperanza. Siempre intento tenerla, pero a veces no puedo.
—Tal vez la guerra termine.
—Eso espero.
—¿Qué harás entonces?
—Si es posible, volveré a los Abruzos.
Su rostro moreno se iluminó de pronto de felicidad.
—¡Amas los Abruzos!
—Sí, los amo mucho.
—Deberías irte allí entonces.
—Sería demasiado feliz. Si pudiera vivir allí y amar a Dios y servirle.
—Y ser respetado —dije.
—Sí, y ser respetado. ¿Por qué no?
—No hay razón para no hacerlo. Deberías ser respetado.
—No importa. Pero allí, en mi país, se entiende que un hombre puede amar a Dios. No es un chiste sucio.
—Entiendo.
Me miró y sonrió.
—Entiendes, pero no amas a Dios.
—No.
—¿No le amas en absoluto? —preguntó.
—A veces le tengo miedo en la noche.
—Deberías amarle.
—No amo mucho.
—Sí —dijo—. Lo haces. Lo que me cuentas en las noches. Eso no es amor. Eso es solo pasión y lujuria. Cuando amas, deseas hacer cosas por alguien. Deseas sacrificarte. Deseas servir.
—Yo no amo.
—Lo harás. Sé que lo harás. Entonces serás feliz.
—Soy feliz. Siempre he sido feliz.
—Eso es otra cosa. No puedes saberlo a menos que lo tengas.
—Bueno —dije—. Si alguna vez lo tengo, te lo diré.
—Me quedo demasiado tiempo y hablo demasiado. Estaba preocupado por si realmente era así.
—No. No te vayas. ¿Qué hay de amar a las mujeres? Si realmente amara a alguna mujer, ¿sería así?
—No sé nada de eso. Nunca he amado a ninguna mujer.
—¿Qué hay de tu madre?
—Sí, debo haber amado a mi madre.
—¿Siempre has amado a Dios?
—Desde que era un niño pequeño.
—Bueno —dije. No sabía qué decir—. Eres un buen chico —dije.
—Soy un chico —dijo—. Pero me llamas padre.
—Eso es por cortesía.
Sonrió.
—Debo irme, de verdad —dijo—. ¿No quieres que haga nada por ti? —preguntó con esperanza.
—No. Solo hablar.
—Daré tus saludos en el comedor.
—Gracias por los muchos regalos excelentes.
—No es nada.
—Ven a verme de nuevo.
—Sí. Adiós —me dio unas palmaditas en la mano.
—Hasta luego —dije en dialecto.
—Ciaou —repitió él.
Estaba oscuro en la habitación y el enfermero, que se había sentado a los pies de la cama, se levantó y salió con él. Me gustaba mucho y esperaba que pudiera volver a los Abruzos algún día. Tenía una vida horrible en el comedor y era bueno al respecto, pero pensaba en cómo sería él en su propio país. En Capracotta, me había contado, había truchas en el arroyo debajo del pueblo. Estaba prohibido tocar la flauta por la noche. Cuando los jóvenes daban serenatas, solo la flauta estaba prohibida. Por qué, había preguntado yo. Porque era malo para las chicas oír la flauta por la noche. Los campesinos todos le llamaban “Don” y cuando los encontraba se quitaban el sombrero. Su padre cazaba todos los días y se detenía a comer en las casas de los campesinos. Siempre eran honrados. Para que un extranjero cazara, debía presentar un certificado de que nunca había sido arrestado. Había osos en el Gran Sasso D’Italia, pero estaba muy lejos. Aquila era un buen pueblo. Refrescaba en verano por la noche y la primavera en los Abruzos era la más hermosa de Italia. Pero lo que era encantador era el otoño, para ir a cazar a través de los bosques de castaños. Los pájaros eran todos buenos porque se alimentaban de uvas y nunca llevabas almuerzo porque los campesinos siempre se sentían honrados si comías con ellos en sus casas. Después de un rato me quedé dormido.
CAPÍTULO XII
La habitación era larga, con ventanas en el lado derecho y una puerta en el extremo lejano que daba al cuarto de curas. La fila de camas en la que estaba la mía daba a las ventanas y otra fila, debajo de las ventanas, daba a la pared. Si te acostabas sobre tu lado izquierdo podías ver la puerta del cuarto de curas. Había otra puerta en el extremo lejano por donde a veces entraba gente. Si alguien iba a morir, ponían un biombo alrededor de la cama para que no pudieras verles morir, sino solo los zapatos y las polainas de los médicos y enfermeros asomando por debajo del biombo, y a veces, al final, se oían susurros. Entonces el cura salía de detrás del biombo y, después, los enfermeros volvían detrás del biombo para salir de nuevo llevando al que había muerto, con una manta sobre él, por el pasillo entre las camas, y alguien plegaba el biombo y se lo llevaba.
Esa mañana, el comandante a cargo de la sala me preguntó si creía que podría viajar al día siguiente. Dije que sí. Dijo que entonces me enviarían temprano por la mañana. Dijo que estaría mejor haciendo el viaje ahora antes de que empezara a hacer demasiado calor.
Cuando te levantaban de la cama para llevarte al cuarto de curas podías mirar por la ventana y ver las tumbas nuevas en el jardín. Un soldado se sentaba fuera de la puerta que daba al jardín haciendo cruces y pintando en ellas los nombres, rangos y regimientos de los hombres enterrados en el jardín. También hacía recados para la sala y en su tiempo libre me hizo un encendedor con un cartucho de rifle austríaco vacío. Los médicos eran muy amables y parecían muy capaces. Estaban ansiosos por enviarme a Milán, donde había mejores instalaciones de rayos X y donde, después de la operación, podría recibir mecanoterapia. Yo también quería ir a Milán. Querían sacarnos a todos y llevarnos lo más lejos posible porque todas las camas eran necesarias para la ofensiva, cuando esta comenzara.
La noche anterior a mi partida del hospital de campaña, Rinaldi vino a verme con el mayor de nuestro comedor. Dijeron que iría a un hospital americano en Milán que acababa de instalarse. Iban a enviar algunas unidades de ambulancias americanas y este hospital se ocuparía de ellas y de cualquier otro americano en servicio en Italia. Había muchos en la Cruz Roja. Los Estados Unidos habían declarado la guerra a Alemania, pero no a Austria.
Los italianos estaban seguros de que Estados Unidos también declararía la guerra a Austria y estaban muy emocionados por la llegada de cualquier americano, incluso de la Cruz Roja. Me preguntaron si creía que el presidente Wilson declararía la guerra a Austria y dije que era solo cuestión de días. No sabía qué teníamos contra Austria, pero parecía lógico que le declararan la guerra si lo hacían contra Alemania. Me preguntaron si declararíamos la guerra a Turquía. Dije que eso era dudoso. Turquía, dije, era nuestra ave nacional, pero el chiste se tradujo tan mal y ellos estaban tan confundidos y suspicaces que dije que sí, que probablemente declararíamos la guerra a Turquía. ¿Y a Bulgaria? Habíamos bebido varias copas de brandy y dije que sí, por Dios, a Bulgaria también y a Japón. Pero, dijeron, Japón es un aliado de Inglaterra. No se puede confiar en los malditos ingleses. Los japoneses quieren Hawái, dije. ¿Dónde está Hawái? Está en el océano Pacífico. ¿Por qué quieren los japoneses eso? En realidad no lo quieren, dije. Todo eso es palabrería. Los japoneses son un pueblo pequeño y maravilloso, amante del baile y de los vinos ligeros. Como los franceses, dijo el mayor. Conseguiremos Niza y Saboya de los franceses. Conseguiremos Córcega y toda la costa del Adriático, dijo Rinaldi. Italia volverá a los esplendores de Roma, dijo el mayor. No me gusta Roma, dije. Es calurosa y está llena de pulgas. ¿No te gusta Roma? Sí, amo Roma. Roma es la madre de las naciones. Nunca olvidaré a Rómulo mamando del Tíber. ¿Qué? Nada. Vamos todos a Roma. Vamos a Roma esta noche y no volvamos nunca. Roma es una ciudad hermosa, dijo el mayor. La madre y el padre de las naciones, dije. Roma es femenino, dijo Rinaldi. No puede ser el padre. ¿Quién es el padre, entonces, el Espíritu Santo? No blasfemes. No estaba blasfemando, estaba pidiendo información. Estás borracho, nene. ¿Quién me emborrachó? Yo te emborraché, dijo el mayor. Te emborraché porque te quiero y porque Estados Unidos está en la guerra. Hasta los topes, dije. Te vas por la mañana, nene, dijo Rinaldi. A Roma, dije. No, a Milán. A Milán, dijo el mayor, al Crystal Palace, al Cova, al Campari, al Biffi, a la galería. Qué chico con suerte. Al Gran Italia, dije, donde le pediré dinero prestado a George. A la Scala, dijo Rinaldi. Irás a la Scala. Todas las noches, dije. No podrás permitírtelo todas las noches, dijo el mayor.
Las entradas son muy caras. Giraré una letra a la vista a mi abuelo, dije. ¿Un qué? Una letra a la vista. Tiene que pagar o iré a la cárcel. El señor Cunningham, en el banco, lo hace. Vivo de letras a la vista. ¿Puede un abuelo encarcelar a un nieto patriota que se está muriendo para que Italia viva? Viva el Garibaldi americano, dijo Rinaldi. Vivan las letras a la vista, dije. Debemos estar tranquilos, dijo el mayor. Ya nos han pedido muchas veces que estemos tranquilos. ¿Te vas mañana de verdad, Federico? Él va al hospital americano, te lo digo yo, dijo Rinaldi. A las enfermeras hermosas. No a las enfermeras con barba del hospital de campaña. Sí, sí, dijo el mayor, sé que va al hospital americano. No me importan sus barbas, dije. Si algún hombre quiere dejarse barba, que lo haga. ¿Por qué no te dejas barba, Signor Maggiore? No podría entrar en una máscara antigás. Sí podría. Cualquier cosa puede entrar en una máscara antigás. He vomitado dentro de una máscara antigás. No hagas tanto ruido, nene, dijo Rinaldi. Todos sabemos que has estado en el frente. Oh, nene elegante, ¿qué haré cuando te hayas ido? Debemos irnos, dijo el mayor. Esto se vuelve sentimental. Escucha, tengo una sorpresa para ti. Tu inglesa. ¿Sabes? ¿La inglesa a la que vas a ver todas las noches a su hospital? Ella también va a Milán. Se va con otra para estar en el hospital americano. Aún no tenían enfermeras de Estados Unidos. Hablé hoy con el jefe de su riparto. Tienen demasiadas mujeres aquí en el frente. Envían a algunas de vuelta. ¿Qué te parece eso, nene? Bien. ¿Sí? Te vas a vivir a una gran ciudad y tendrás allí a tu inglesa para que te mime. ¿Por qué no me hieren a mí? Quizás te hieran, dije. Debemos irnos, dijo el mayor. Bebemos y hacemos ruido y molestamos a Federico. No se vayan. Sí, debemos irnos. Adiós. Buena suerte. Muchas cosas. Ciaou. Ciaou. Ciaou. Vuelve pronto, nene. Rinaldi me besó. Hueles a lisol. Adiós, nene. Adiós. Muchas cosas. El mayor me dio una palmada en el hombro. Salieron de puntillas. Descubrí que estaba bastante borracho, pero me quedé dormido.
Al día siguiente por la mañana partimos hacia Milán y llegamos cuarenta y ocho horas después. Fue un mal viaje. Nos dejaron en una vía muerta durante mucho tiempo a este lado de Mestre y los niños venían a mirar. Conseguí que un niño pequeño fuera a por una botella de coñac, pero volvió y dijo que solo podía conseguir grappa. Le dije que la trajera y, cuando vino, le di el cambio, y el hombre que estaba a mi lado y yo nos emborrachamos y dormimos hasta pasar Vicenza, donde me desperté y vomité mucho en el suelo. No importaba porque el hombre de ese lado ya había vomitado mucho en el suelo varias veces antes. Después, pensé que no podría soportar la sed y, en los patios de maniobras a las afueras de Verona, llamé a un soldado que caminaba de un lado a otro junto al tren y me consiguió un trago de agua. Desperté a Georgetti, el otro chico que estaba borracho, y le ofrecí un poco de agua. Dijo que la vertiera sobre su hombro y se volvió a dormir. El soldado no quiso aceptar la moneda que le ofrecí y me trajo una naranja pulposa. La chupé, escupí la fibra y observé al soldado pasar de un lado a otro junto a un vagón de mercancías, y al cabo de un rato el tren dio un tirón y se puso en marcha.
LIBRO II
CAPÍTULO XIII
Llegamos a Milán temprano por la mañana y nos descargaron en el patio de mercancías. Una ambulancia me llevó al hospital americano. Mientras iba en la ambulancia sobre una camilla, no pude distinguir por qué parte de la ciudad estábamos pasando, pero cuando bajaron la camilla vi un mercado y una tienda de vinos abierta con una chica barriendo. Estaban regando la calle y olía a primera hora de la mañana. Dejaron la camilla y entraron. El portero salió con ellos. Tenía bigotes grises, llevaba una gorra de portero y estaba en mangas de camisa. La camilla no cabía en el ascensor y discutieron si era mejor bajarme de la camilla y subir en el ascensor o llevar la camilla por las escaleras. Los escuché discutirlo. Decidieron usar el ascensor. Me levantaron de la camilla. «Despacio», dije. «Con cuidado».
En el ascensor estábamos apretados y, al doblar las piernas, el dolor fue muy intenso. «Estirad las piernas», dije.
«No podemos, Signor Tenente. No hay espacio». El hombre que dijo esto tenía su brazo alrededor de mí y mi brazo estaba alrededor de su cuello. Su aliento llegó a mi cara, metálico por el ajo y el vino tinto.
«Sed amables», dijo el otro hombre.
«¡Hijo de puta el que no sea amable!»
«Sed amables, digo», repitió el hombre que sostenía mis pies.
Vi las puertas del ascensor cerrarse, la reja echarse y el botón del cuarto piso presionado por el portero. El portero parecía preocupado. El ascensor subió lentamente.
«¿Pesa?», le pregunté al hombre del ajo.
«Nada», dijo. Su cara estaba sudando y gruñía. El ascensor subió constantemente y se detuvo. El hombre que sostenía los pies abrió la puerta y salió. Estábamos en un balcón. Había varias puertas con pomos de latón. El hombre que llevaba los pies presionó un botón que hizo sonar un timbre. Lo oímos dentro de las puertas. Nadie vino. Entonces el portero subió las escaleras.
«¿Dónde están?», preguntaron los camilleros.
«No lo sé», dijo el portero. «Duermen abajo».
«Traiga a alguien».
El portero tocó el timbre, luego llamó a la puerta, luego abrió la puerta y entró. Cuando regresó, venía con él una mujer mayor que llevaba gafas. Tenía el pelo suelto, medio caído, y vestía el uniforme de enfermera.
«No puedo entender», dijo. «No puedo entender italiano».
«Yo puedo hablar inglés», dije. «Quieren ponerme en algún sitio».
«Ninguna de las habitaciones está lista. No se esperaba a ningún paciente». Se tocó el pelo y me miró con miopía.
«Muéstreles cualquier habitación donde puedan ponerme».
«No lo sé», dijo. «No se esperaba a ningún paciente. No podría ponerle en cualquier habitación».
«Cualquier habitación servirá», dije. Luego, al portero en italiano: «Busca una habitación vacía».
«Están todas vacías», dijo el portero. «Usted es el primer paciente». Sostenía su gorra en la mano y miraba a la enfermera mayor.
«Por el amor de Cristo, llévenme a alguna habitación». El dolor había continuado y continuado con las piernas dobladas y podía sentir cómo entraba y salía del hueso. El portero entró por la puerta, seguido por la mujer de pelo gris, y luego volvió apresuradamente. «Sígame», dijo. Me llevaron por un largo pasillo hasta una habitación con las persianas bajadas. Olía a muebles nuevos. Había una cama y un gran armario con un espejo. Me acostaron en la cama.
«No puedo poner las sábanas», dijo la mujer. «Las sábanas están bajo llave».
No le hablé. «Hay dinero en mi bolsillo», le dije al portero. «En el bolsillo con botón». El portero sacó el dinero. Los dos camilleros estaban de pie junto a la cama sosteniendo sus gorras. «Dales cinco liras a cada uno y cinco liras para ti. Mis papeles están en el otro bolsillo. Puedes dárselos a la enfermera».
Los camilleros saludaron y dieron las gracias. «Adiós», dije. «Y muchas gracias». Saludaron de nuevo y salieron.
«Esos papeles», le dije a la enfermera, «describen mi caso y el tratamiento que ya me han dado».
La mujer los recogió y los miró a través de sus gafas. Había tres papeles y estaban doblados. «No sé qué hacer», dijo. «No puedo leer italiano. No puedo hacer nada sin las órdenes del médico». Comenzó a llorar y metió los papeles en el bolsillo de su delantal. «¿Es usted americano?», preguntó llorando.
«Sí. Por favor, ponga los papeles en la mesa junto a la cama».
En la habitación estaba oscuro y fresco. Mientras yacía en la cama, podía ver el gran espejo al otro lado de la habitación, pero no podía ver lo que reflejaba. El portero estaba junto a la cama. Tenía una cara agradable y era muy amable.
«Puede irse», le dije. «Usted también puede irse», le dije a la enfermera. «¿Cómo se llama?»
«Mrs. Walker».
«Puede irse, Mrs. Walker. Creo que me voy a dormir».
Estaba solo en la habitación. Era fresca y no olía a hospital. El colchón era firme y cómodo, y me quedé sin moverme, apenas respirando, feliz al sentir que el dolor disminuía. Al cabo de un rato quise un trago de agua, encontré el timbre en un cordón junto a la cama y lo toqué, pero nadie vino. Me quedé dormido.
Cuando desperté, miré a mi alrededor. Entraba luz del sol a través de las persianas. Vi el gran armario, las paredes desnudas y dos sillas. Mis piernas, con los vendajes sucios, estaban estiradas en la cama. Tuve cuidado de no moverlas. Tenía sed, alcancé el timbre y presioné el botón. Oí la puerta abrirse y miré; era una enfermera. Parecía joven y bonita.
«Buenos días», dije.
«Buenos días», dijo y se acercó a la cama. «No hemos podido conseguir al médico. Se ha ido al lago Como. Nadie sabía que venía un paciente. ¿Qué le pasa, de todos modos?»
«Estoy herido. En las piernas y en los pies, y tengo la cabeza herida».
«¿Cómo se llama?»
«Henry. Frederic Henry».
«Le lavaré. Pero no podemos hacer nada con las curas hasta que venga el médico».
«¿Está aquí Miss Barkley?»
«No. No hay nadie con ese nombre aquí».
«¿Quién era la mujer que lloró cuando llegué?»
La enfermera se rió. «Esa es Mrs. Walker. Estaba en el turno de noche y se había quedado dormida. No esperaba a nadie».
Mientras hablábamos, me estaba desvistiendo, y cuando estuve desnudo, excepto por los vendajes, me lavó, muy suave y delicadamente. El lavado me sentó muy bien. Tenía un vendaje en la cabeza, pero ella lavó todo el borde.
«¿Dónde le hirieron?»
«En el Isonzo, al norte de Plava».
«¿Dónde está eso?»
«Al norte de Gorizia».
Pude ver que ninguno de los lugares significaba nada para ella.
«¿Tiene mucho dolor?»
«No. No mucho ahora».
Me puso un termómetro en la boca.
«Los italianos lo ponen bajo el brazo», dije.
«No hable».
Cuando sacó el termómetro, lo leyó y luego lo sacudió.
«¿Qué temperatura tengo?»
«Se supone que no debe saberlo».
«Dígame cuál es».
«Es casi normal».
«Nunca tengo fiebre. Mis piernas también están llenas de hierro viejo».
«¿Qué quiere decir?»
«Están llenas de fragmentos de mortero de trinchera, tornillos viejos, muelles de cama y cosas así».
Ella sacudió la cabeza y sonrió.
«Si tuviera algún cuerpo extraño en las piernas, le causarían una inflamación y tendría fiebre».
«Está bien», dije. «Veremos qué sale».
Salió de la habitación y volvió con la enfermera mayor de la mañana. Juntas hicieron la cama conmigo dentro. Eso era nuevo para mí y un procedimiento admirable.
«¿Quién está a cargo aquí?»
«Miss Van Campen».
«¿Cuántas enfermeras hay?»
«Solo nosotras dos».
«¿Habrá más?»
«Vienen algunas más».
«¿Cuándo llegarán?»
«No lo sé. Hace muchas preguntas para ser un chico enfermo».
«No estoy enfermo», dije, «estoy herido».
Habían terminado de hacer la cama y yo yacía con una sábana limpia y suave debajo y otra encima. Mrs. Walker salió y volvió con una chaqueta de pijama. Me la pusieron y me sentí muy limpio y vestido.
«Son muy amables conmigo», dije. La enfermera llamada Miss Gage se rio. «¿Podría tomar un poco de agua?», pregunté.
«Ciertamente. Luego podrá desayunar».
«No quiero desayunar. ¿Pueden abrir las persianas, por favor?»
La luz había sido tenue en la habitación y, cuando se abrieron las persianas, entró un sol brillante y miré hacia un balcón; más allá estaban los tejados de tejas de las casas y las chimeneas. Miré por encima de los tejados y vi nubes blancas y el cielo muy azul.
«¿No sabe cuándo vendrán las otras enfermeras?»
«¿Por qué? ¿No le cuidamos bien?»
«Son muy amables».
«¿Le gustaría usar la cuña?»
«Podría intentarlo».
Me ayudaron y me sostuvieron, pero no sirvió de nada. Después me quedé tumbado y miré por las puertas abiertas hacia el balcón.
«¿Cuándo viene el médico?»
«Cuando regrese. Hemos intentado telefonear al lago Como para avisarle».
«¿No hay otros médicos?»
«Él es el médico del hospital».
Miss Gage trajo una jarra de agua y un vaso. Bebí tres vasos y luego me dejaron, miré por la ventana un rato y volví a dormirme. Comí algo y, por la tarde, Miss Van Campen, la supervisora, vino a verme. No le gusté y ella no me gustó a mí. Era pequeña, pulcramente suspicaz y demasiado buena para su puesto. Hizo muchas preguntas y parecía pensar que era un poco vergonzoso que estuviera con los italianos.
«¿Puedo tomar vino con las comidas?», le pregunté.
«Solo si el médico lo receta».
«¿No puedo tomarlo hasta que venga?»
«Absolutamente no».
«¿Tiene pensado que venga en algún momento?»
«Le hemos telefoneado al lago Como».
Ella salió y Miss Gage volvió.
«¿Por qué fue grosero con Miss Van Campen?», preguntó después de haberme hecho algo con mucha habilidad.
«No fue mi intención. Pero ella fue engreída».
«Dijo que usted fue dominante y grosero».
«No lo fui. Pero, ¿cuál es la idea de un hospital sin médico?»
«Viene de camino. Le han telefoneado al lago Como».
«¿Qué hace allí? ¿Nadar?»
«No. Tiene una clínica allí».
«¿Por qué no consiguen otro médico?»
«Chist. Chist. Sea un buen chico y vendrá».
Hice llamar al portero y, cuando llegó, le dije en italiano que me trajera una botella de Cinzano de la tienda de vinos, un fiasco de chianti y los periódicos de la tarde. Se fue y los trajo envueltos en papel de periódico, los desenvolvió y, cuando se lo pedí, sacó los corchos y puso el vino y el vermut debajo de la cama. Me dejaron solo y me quedé en la cama leyendo los periódicos un rato, las noticias del frente y la lista de oficiales muertos con sus condecoraciones, y luego alcancé la botella de Cinzano y la sostuve recta sobre mi estómago, el cristal frío contra mi estómago, y bebí pequeños tragos haciendo círculos en mi estómago al sostener la botella allí entre trago y trago, y vi cómo oscurecía fuera sobre los tejados de la ciudad. Las golondrinas daban vueltas y las observé, junto a los chotacabras volando sobre los tejados, mientras bebía el Cinzano. Miss Gage trajo un vaso con un poco de ponche de huevo. Bajé la botella de vermut al otro lado de la cama cuando ella entró.
«Miss Van Campen le puso un poco de jerez a esto», dijo. «No debería ser grosero con ella. No es joven y este hospital es una gran responsabilidad para ella. Mrs. Walker es demasiado mayor y no le sirve de nada».
«Es una mujer espléndida», dije. «Agradézcaselo mucho».
«Voy a traerle la cena enseguida».
«Está bien», dije. «No tengo hambre».
Cuando trajo la bandeja y la puso en la mesa de la cama, le di las gracias y comí un poco de la cena. Después, afuera estaba oscuro y podía ver los haces de los reflectores moviéndose en el cielo. Observé un rato y luego me quedé dormido. Dormí profundamente, excepto una vez que desperté sudando y asustado, y luego volví a dormirme tratando de mantenerme fuera de mi sueño. Desperté definitivamente mucho antes de que amaneciera, escuché el canto de los gallos y me quedé despierto hasta que empezó a clarear. Estaba cansado y, una vez que hubo luz de verdad, volví a dormirme.
CAPÍTULO XIV
Había un sol brillante en la habitación cuando desperté. Pensé que estaba de vuelta en el frente y me estiré en la cama. Me dolían las piernas y miré hacia abajo, hacia ellas, todavía con los vendajes sucios, y al verlas supe dónde estaba. Alcancé el cordón del timbre y presioné el botón. Oí el zumbido en el pasillo y luego a alguien caminando con suela de goma por el pasillo. Era Miss Gage y parecía un poco mayor bajo la brillante luz del sol, y no tan bonita.
«Buenos días», dijo. «¿Pasó buena noche?»
«Sí. Muchas gracias», dije. «¿Puedo tener un barbero?»
«Entré a verle y usted estaba dormido con esto en la cama».
Abrió la puerta del armario y levantó la botella de vermú. Estaba casi vacía. «También puse ahí la otra botella que había debajo de la cama», dijo. «¿Por qué no me pediste un vaso?»
«Pensé que quizás no me dejarías tomarlo».
«Habría tomado un poco contigo».
«Eres una buena chica».
«No es bueno que bebas solo», dijo. «No debes hacerlo».
«Está bien».
«Ha venido tu amiga, la señorita Barkley», dijo.
«¿De verdad?»
«Sí. No me cae bien».
«Te caerá bien. Es terriblemente agradable».
Ella negó con la cabeza. «Estoy segura de que es encantadora. ¿Puedes moverte un poco hacia este lado? Así está bien. Te dejaré limpio para el desayuno». Me lavó con un paño, jabón y agua tibia. «Levanta el hombro», dijo. «Así está bien».
«¿Puedo ver al barbero antes del desayuno?»
«Enviaré al portero a buscarlo». Salió y regresó. «Ha ido a por él», dijo, y sumergió en el cuenco de agua el paño que sostenía.
El barbero vino con el portero. Era un hombre de unos cincuenta años con un bigote hacia arriba. La señorita Gage terminó conmigo y salió, y el barbero me enjabonó la cara y me afeitó. Era muy solemne y se abstuvo de hablar.
«¿Qué pasa? ¿No sabes ninguna noticia?», pregunté.
«¿Qué noticias?»
«Cualquiera. ¿Qué ha pasado en la ciudad?»
«Es tiempo de guerra», dijo. «Los oídos del enemigo están en todas partes».
Le miré hacia arriba. «Por favor, mantenga la cara quieta», dijo, y siguió afeitándome. «No diré nada».
«¿Qué le pasa a usted?», pregunté.
«Soy italiano. No me comunicaré con el enemigo».
Lo dejé estar. Si estaba loco, cuanto antes pudiera librarme de la navaja, mejor. Una vez intenté mirarlo bien. «Cuidado», dijo. «La navaja está afilada».
Le pagué cuando terminó y le di media lira de propina. Devolvió las monedas.
«No quiero. No estoy en el frente. Pero soy italiano».
«Vete al infierno de aquí».
«Con su permiso», dijo, y envolvió sus navajas en papel de periódico. Salió dejando las cinco monedas de cobre sobre la mesa al lado de la cama. Toqué el timbre. Entró la señorita Gage. «¿Podría pedirle al portero que venga, por favor?»
«Está bien».
El portero entró. Intentaba contener la risa.
«¿Está loco ese barbero?»
«No, signorino. Cometió un error. No entiende muy bien y pensó que dije que usted era un oficial austriaco».
«Oh», dije.
«Jo, jo, jo», se rio el portero. «Fue divertido. Un movimiento suyo, dijo, y le habría...» hizo un gesto con el dedo índice a través de su garganta.
«Jo, jo, jo», intentó contener la risa. «Cuando le dije que usted no era austriaco. Jo, jo, jo».
«Jo, jo, jo», dije con amargura. «Qué divertido si me cortara la garganta. Jo, jo, jo».
«No, signorino. No, no. Estaba tan asustado de un austriaco. Jo, jo, jo».
«Jo, jo, jo», dije. «Lárgate de aquí».
Salió y le oí reírse en el pasillo. Escuché a alguien que venía por el pasillo. Miré hacia la puerta. Era Catherine Barkley.
Entró en la habitación y se acercó a la cama.
«Hola, cariño», dijo. Parecía fresca, joven y muy hermosa. Pensé que nunca había visto a nadie tan hermoso.
«Hola», dije. Cuando la vi, estaba enamorado de ella. Todo se revolvió dentro de mí. Ella miró hacia la puerta, vio que no había nadie, luego se sentó en el borde de la cama, se inclinó y me besó. Tiré de ella hacia abajo, la besé y sentí su corazón latiendo.
«Dulce», dije. «¿No fuiste maravillosa al venir aquí?»
«No fue muy difícil. Puede ser difícil quedarse».
«Tienes que quedarte», dije. «Oh, eres maravillosa». Estaba loco por ella. No podía creer que estuviera realmente allí y la sostuve fuerte contra mí.
«No debes», dijo. «No estás lo suficientemente bien».
«Sí, lo estoy. Vamos».
«No. No estás lo suficientemente fuerte».
«Sí, lo estoy. Sí. Por favor».
«¿De verdad me quieres?»
«Te quiero de verdad. Estoy loco por ti. Vamos, por favor».
«Siente nuestros corazones latir».
«No me importan nuestros corazones. Te quiero a ti. Estoy simplemente loco por ti».
«¿De verdad me quieres?»
«No sigas diciendo eso. Vamos. Por favor. Por favor, Catherine».
«Está bien, pero solo por un minuto».
«Está bien», dije. «Cierra la puerta».
«No puedes. No deberías».
«Vamos. No hables. Por favor, vamos».
Catherine se sentó en una silla junto a la cama. La puerta estaba abierta hacia el pasillo. La locura se había ido y me sentí mejor de lo que me había sentido nunca.
Ella preguntó: «¿Ahora crees que te quiero?»
«Oh, eres encantadora», dije. «Tienes que quedarte. No pueden enviarte lejos. Estoy locamente enamorado de ti».
«Tendremos que tener mucho cuidado. Eso ha sido solo una locura. No podemos hacer eso».
«Podemos por la noche».
«Tendremos que tener mucho cuidado. Tendrás que tener cuidado delante de otras personas».
«Lo tendré».
«Tendrás que tenerlo. Eres dulce. Me quieres, ¿verdad?»
«No digas eso otra vez. No sabes lo que eso me hace».
«Tendré cuidado entonces. No quiero hacerte nada más. Tengo que irme ahora, cariño, de verdad».
«Vuelve enseguida».
«Vendré cuando pueda».
«Adiós».
«Adiós, dulce».
Salió. Dios sabe que yo no había querido enamorarme de ella. No había querido enamorarme de nadie. Pero Dios sabe que lo había hecho y yacía en la cama en la habitación del hospital en Milán y todo tipo de cosas pasaban por mi cabeza, pero me sentía maravilloso y finalmente entró la señorita Gage.
«Viene el médico», dijo. «Ha telefoneado desde el lago de Como».
«¿Cuándo llegará?»
«Estará aquí esta tarde».
CAPÍTULO XV
No ocurrió nada hasta la tarde. El médico era un hombre pequeño, delgado y tranquilo que parecía perturbado por la guerra. Extrajo varias astillas de acero pequeñas de mis muslos con un delicado y refinado disgusto. Utilizó un anestésico local llamado algo así como «nieve», que congelaba el tejido y evitaba el dolor hasta que la sonda, el bisturí o las pinzas llegaban por debajo de la parte congelada. El área anestesiada estaba claramente definida por el paciente y, después de un tiempo, la frágil delicadeza del médico se agotó y dijo que sería mejor hacer una radiografía. Sondar era insatisfactorio, dijo.
La radiografía se tomó en el Ospedale Maggiore y el médico que la hizo era excitable, eficiente y alegre. Se dispuso, sosteniendo los hombros, que el paciente viera personalmente algunos de los cuerpos extraños más grandes a través de la máquina. Las placas se enviarían. El médico me pidió que escribiera en su libreta de bolsillo mi nombre, mi regimiento y algún sentimiento. Declaró que los cuerpos extraños eran feos, desagradables, brutales. Los austriacos eran unos hijos de puta. ¿A cuántos había matado? No había matado a ninguno, pero estaba ansioso por complacer, y dije que había matado a muchos. La señorita Gage estaba conmigo y el médico pasó su brazo alrededor de ella y dijo que era más hermosa que Cleopatra. ¿Entendía eso? Cleopatra, la antigua reina de Egipto. Sí, por Dios que lo era. Regresamos al pequeño hospital en la ambulancia y después de un rato y mucho levantamiento, estaba arriba y en la cama de nuevo. Las placas llegaron esa tarde; el médico había dicho por Dios que las tendría esa tarde y así fue. Catherine Barkley me las mostró. Estaban en sobres rojos y ella las sacó de los sobres y las sostuvo contra la luz y ambos miramos.
«Esa es tu pierna derecha», dijo, luego puso la placa de nuevo en el sobre. «Esta es tu izquierda».
«Guárdalas», dije, «y ven a la cama».
«No puedo», dijo. «Solo las traje un segundo para enseñártelas».
Salió y me quedé allí. Era una tarde calurosa y estaba harto de estar acostado en la cama. Envié al portero a por los periódicos, todos los periódicos que pudiera conseguir.
Antes de que volviera, entraron tres médicos en la habitación. He notado que los médicos que fracasan en el ejercicio de la medicina tienden a buscar la compañía y ayuda de otros en consulta. Un médico que no puede extraerle el apéndice adecuadamente le recomendará a un médico que será incapaz de extirparle las amígdalas con éxito. Estos eran tres de esos médicos.
«Este es el joven», dijo el médico residente de las manos delicadas.
«¿Cómo está?», dijo el médico alto y demacrado con barba. El tercer médico, que llevaba las placas de rayos X en sus sobres rojos, no dijo nada.
«¿Quitar los vendajes?», cuestionó el médico barbudo.
«Ciertamente. Retire los vendajes, por favor, enfermera», dijo el médico residente a la señorita Gage. La señorita Gage retiró los vendajes. Miré hacia mis piernas. En el hospital de campaña tenían el aspecto de carne picada no muy fresca. Ahora estaban costrosas y la rodilla estaba hinchada y descolorida y la pantorrilla hundida, pero no había pus.
«Muy limpio», dijo el médico residente. «Muy limpio y agradable».
«Um», dijo el médico con barba. El tercer médico miró por encima del hombro del médico residente.
«Por favor, mueva la rodilla», dijo el médico barbudo.
«No puedo».
«¿Probar la articulación?», cuestionó el médico barbudo. Tenía una franja al lado de las tres estrellas en su manga. Eso significaba que era primer capitán.
«Ciertamente», dijo el médico residente. Dos de ellos agarraron mi pierna derecha con mucha delicadeza y la doblaron.
«Eso duele», dije.
«Sí. Sí. Un poco más, doctor».
«Eso es suficiente. Hasta ahí llega», dije.
«Articulación parcial», dijo el primer capitán. Se enderezó. «¿Puedo ver las placas de nuevo, por favor, doctor?» El tercer médico le entregó una de las placas. «No. La pierna izquierda, por favor».
«Esa es la pierna izquierda, doctor».
«Tiene razón. Estaba mirando desde un ángulo diferente». Devolvió la placa. La otra placa la examinó durante algún tiempo. «¿Ve, doctor?», señaló uno de los cuerpos extraños que se mostraba esférico y claro contra la luz. Examinaron la placa durante un rato.
«Solo una cosa puedo decir», dijo el primer capitán con barba. «Es cuestión de tiempo. Tres meses, seis meses probablemente».
«Ciertamente, el líquido sinovial debe volver a formarse».
«Ciertamente. Es cuestión de tiempo. No podría abrir concienzudamente una rodilla así antes de que el proyectil estuviera enquistado».
«Estoy de acuerdo con usted, doctor».
«¿Seis meses para qué?», pregunté.
«Seis meses para que el proyectil se enquiste antes de que la rodilla pueda ser abierta con seguridad».
«No lo creo», dije.
«¿Quiere conservar su rodilla, joven?»
«No», dije.
«¿Qué?»
«Quiero que me la corten», dije, «para poder llevar un gancho en ella».
«¿Qué quiere decir? ¿Un gancho?»
«Está bromeando», dijo el médico residente. Me dio unas palmaditas muy delicadas en el hombro. «Quiere conservar su rodilla. Este es un joven muy valiente. Ha sido propuesto para la medalla de plata al valor».
«Todas mis felicitaciones», dijo el primer capitán. Me estrechó la mano. «Solo puedo decir que, para estar en el lado seguro, debería esperar al menos seis meses antes de abrir una rodilla así. Por supuesto, es bienvenido a otra opinión».
«Muchas gracias», dije. «Valoro su opinión».
El primer capitán miró su reloj.
«Debemos irnos», dijo. «Todos mis mejores deseos».
«Todos mis mejores deseos y muchas gracias», dije. Estreché la mano del tercer médico, «Capitano Varini—Tenente Enry», y los tres salieron de la habitación.
«Señorita Gage», llamé. Entró. «Por favor, pídale al médico residente que vuelva un minuto».
Entró sosteniendo su gorra y se quedó de pie junto a la cama. «¿Deseaba verme?»
«Sí. No puedo esperar seis meses para ser operado. Dios mío, doctor, ¿alguna vez estuvo usted en cama seis meses?»
«No estará en cama todo el tiempo. Primero debe exponer las heridas al sol. Luego, después, puede usar muletas».
«¿Durante seis meses y luego tener una operación?»
«Esa es la forma segura. Hay que permitir que los cuerpos extraños se enquisten y el líquido sinovial se volverá a formar. Entonces será seguro abrir la rodilla».
«¿Realmente cree usted que tendré que esperar tanto tiempo?»
«Esa es la forma segura».
«¿Quién es ese primer capitán?»
«Es un cirujano excelente de Milán».
«Es un primer capitán, ¿no?»
«Sí, pero es un cirujano excelente».
«No quiero que un primer capitán juegue con mi pierna. Si fuera bueno, sería comandante. Sé lo que es un primer capitán, doctor».
«Es un cirujano excelente y preferiría tener su juicio que el de cualquier cirujano que conozca».
«¿Podría verla otro cirujano?»
«Ciertamente, si usted desea. Pero yo tomaría la opinión del Dr. Varella».
«¿Podría pedir a otro cirujano que venga a verla?»
«Le pediré a Valentini que venga».
«¿Quién es?»
«Es un cirujano del Ospedale Maggiore».
«Bien. Lo agradezco mucho. Usted entiende, doctor, que no podría estar en cama seis meses».
«No estaría en cama. Primero haría una cura de sol. Luego podría hacer ejercicio ligero. Luego, cuando estuviera enquistado, operaríamos».
«Pero no puedo esperar seis meses».
El médico extendió sus delicados dedos sobre la gorra que sostenía y sonrió. «¿Tiene tanta prisa por volver al frente?»
«¿Por qué no?»
«Es muy hermoso», dijo. «Usted es un joven noble». Se inclinó y me besó muy delicadamente en la frente. «Enviaré a buscar a Valentini. No se preocupe ni se excite. Sea un buen chico».
«¿Quiere una copa?», pregunté.
«No, gracias. Nunca bebo alcohol».
«Solo tome una». Toqué el timbre para que el portero trajera vasos.
«No. No, gracias. Me están esperando».
«Adiós», dije.
«Adiós».
Dos horas después, el Dr. Valentini entró en la habitación. Tenía mucha prisa y las puntas de su bigote estaban tiesas hacia arriba. Era comandante, su cara estaba bronceada y se reía todo el tiempo.
«¿Cómo lo hiciste, esta cosa podrida?», preguntó. «Déjame ver las placas. Sí. Sí. Eso es. Te ves sano como una cabra. ¿Quién es la chica bonita? ¿Es tu chica? Eso pensé. ¿No es esta una guerra sangrienta? ¿Cómo se siente eso? Eres un buen chico. Te haré mejor que nuevo. ¿Eso duele? Apuesto a que duele. Cómo les encanta hacerte daño, estos médicos. ¿Qué han hecho por ti hasta ahora? ¿No puede esa chica hablar italiano? Debería aprender. Qué chica tan encantadora. Podría enseñarle. Yo mismo seré paciente aquí. No, pero haré todo tu trabajo de maternidad gratis. ¿Entiende ella eso? Ella te dará un buen chico. Un rubio fino como ella. Eso está bien. Eso está bien. Qué chica tan encantadora. Pregúntale si cena conmigo. No, no te la quitaré. Gracias. Muchas gracias, señorita. Eso es todo».
«Eso es todo lo que quiero saber». Me dio unas palmaditas en el hombro. «Deja los vendajes quitados».
«¿Quiere una copa, Dr. Valentini?»
«¿Una copa? Ciertamente. Me tomaré diez copas. ¿Dónde están?»
«En el armario. La señorita Barkley traerá la botella».
«Cheery oh. Cheery oh para usted, señorita. Qué chica tan encantadora. Le traeré un coñac mejor que ese». Se limpió el bigote.
«¿Cuándo cree que puede ser operado?»
«Mañana por la mañana. No antes. Tu estómago debe estar vacío. Debes ser lavado. Veré a la anciana de abajo y dejaré instrucciones. Adiós. Te veo mañana. Te traeré un coñac mejor que ese. Estás muy cómodo aquí. Adiós. Hasta mañana. Duerme bien. Te veré temprano». Saludó desde la puerta, sus bigotes estaban tiesos hacia arriba, su rostro moreno sonreía. Había una estrella en una caja en su manga porque era comandante.
CAPÍTULO XVI
Esa noche, un murciélago entró volando en la habitación a través de la puerta abierta que daba al balcón y a través de la cual observábamos la noche sobre los tejados de la ciudad. Estaba oscuro en nuestra habitación, excepto por la pequeña luz de la noche sobre la ciudad, y el murciélago no estaba asustado, sino que cazaba en la habitación como si hubiera estado afuera. Nos quedamos acostados observándolo y no creo que nos viera porque estábamos muy quietos. Después de que salió, vimos encenderse un reflector y observamos el haz moverse por el cielo y luego apagarse y volvió a estar oscuro. Una brisa entró en la noche y escuchamos a los hombres del cañón antiaéreo en el tejado de al lado hablando. Estaba fresco y se estaban poniendo sus capas. Me preocupé en la noche por si alguien subía, pero Catherine dijo que todos estaban dormidos. Una vez en la noche nos dormimos y cuando desperté ella no estaba allí, pero la oí venir por el pasillo y la puerta se abrió y ella volvió a la cama y dijo que todo estaba bien, que había estado abajo y todos estaban dormidos. Había estado fuera de la puerta de la señorita Van Campen y la oyó respirar mientras dormía. Trajo galletas y las comimos y bebimos un poco de vermú. Teníamos mucha hambre, pero ella dijo que todo eso tendría que ser sacado de mí por la mañana. Me volví a dormir por la mañana cuando estaba claro y cuando desperté descubrí que ella se había ido de nuevo. Entró luciendo fresca y encantadora y se sentó en la cama y el sol salió mientras tenía el termómetro en la boca y olíamos el rocío en los tejados y luego el café de los hombres en el cañón en el tejado de al lado.
«Ojalá pudiéramos salir a caminar», dijo Catherine. «Te llevaría si tuviéramos una silla».
«¿Cómo me subiría a la silla?»
«Lo haríamos».
«Podríamos ir al parque y desayunar al aire libre». Miré por la puerta abierta.
«Lo que realmente haremos», dijo, «es prepararte para tu amigo el Dr. Valentini».
«Pensé que era genial».
«No me gustó tanto como a ti. Pero imagino que es muy bueno».
«Vuelve a la cama, Catherine. Por favor», dije.
«No puedo. ¿No pasamos una noche encantadora?»
«¿Y puedes estar de turno de noche esta noche?»
«Probablemente lo estaré. Pero no me querrás».
«Sí, te querré».
«No, no me querrás. Nunca te han operado. No sabes cómo estarás».
«Estaré bien».
«Estarás enfermo y yo no seré nada para ti».
«Vuelve entonces ahora».
«No», dijo. «Tengo que hacer la tabla, cariño, y arreglarte».
«Realmente no me quieres o volverías de nuevo».
«Eres un chico tan tonto». Ella me besó. «Eso está bien para la tabla. Tu temperatura siempre es normal. Tienes una temperatura tan encantadora».
«Tienes un todo encantador».
«Oh, no. Tú tienes la temperatura encantadora. Estoy terriblemente orgullosa de tu temperatura».
«Tal vez todos nuestros hijos tengan temperaturas excelentes».
«Nuestros hijos probablemente tengan temperaturas bestiales».
«¿Qué tienes que hacer para prepararme para Valentini?»
«No mucho. Pero bastante desagradable».
«Ojalá no tuvieras que hacerlo».
«No lo hago. No quiero que nadie más te toque. Soy tonta. Me pongo furiosa si te tocan».
«¿Incluso Ferguson?»
«Especialmente Ferguson y Gage y la otra, ¿cómo se llama?»
«¿Walker?»
«Eso es. Tienen demasiadas enfermeras aquí ahora. Debe haber más pacientes o nos enviarán lejos. Tienen cuatro enfermeras ahora».
«Quizás vengan algunos. Necesitan tantas enfermeras. Es un hospital bastante grande».
«Espero que vengan algunos. ¿Qué haría si me enviaran lejos? Lo harán a menos que haya más pacientes».
«Yo también me iría».
«No seas tonto. Todavía no puedes irte. Pero ponte bien pronto, cariño, y nos iremos a algún lugar».
«¿Y luego qué?»
«Tal vez la guerra haya terminado. No puede continuar siempre».
«Me pondré bien», dije. «Valentini me arreglará».
«Debería hacerlo con esos bigotes. Y, cariño, cuando estés bajo los efectos del éter, piensa en otra cosa; no en nosotros. Porque la gente se vuelve muy habladora bajo los efectos de un anestésico».
«¿En qué debería pensar?»
«En cualquier cosa. En cualquier cosa menos en nosotros. Piensa en tu gente. O incluso en cualquier otra chica».
«No».
«Entonces reza tus oraciones. Eso debería causar una impresión espléndida».
«Quizás no hable».
«Es cierto. A menudo la gente no habla».
«No hablaré».
«No presumas, cariño. Por favor, no presumas. Eres tan dulce y no tienes por qué presumir».
«No diré ni una palabra».
«Ahora estás presumiendo, cariño. Sabes que no necesitas presumir. Empieza tus oraciones o poesía o algo cuando te digan que respires hondo. Serás adorable así y estaré muy orgullosa de ti. De todos modos, estoy muy orgullosa de ti. Tienes una temperatura tan encantadora y duermes como un niño pequeño con el brazo alrededor de la almohada pensando que soy yo. ¿O es alguna otra chica? ¿Alguna bella chica italiana?»
«Eres tú».
«Por supuesto que soy yo. Oh, te quiero mucho y Valentini te hará una pierna estupenda. Me alegro de no tener que verlo».
«Y tú estarás de turno de noche esta noche».
«Sí. Pero no te importará».
«Ya verás».
«Eso es, cariño. Ahora estás todo limpio por dentro y por fuera. Dímelo. ¿A cuántas personas has amado alguna vez?»
«A nadie».
«¿Ni siquiera a mí?»
«Sí, a ti».
«¿A cuántas otras realmente?»
«A ninguna».
«¿Con cuántas has... cómo se dice?... estado?»
«Con ninguna».
«Me estás mintiendo».
«Sí».
«Está bien. Sigue mintiéndome. Eso es lo que quiero que hagas. ¿Eran guapas?»
«Nunca estuve con nadie».
«Eso está bien. ¿Eran muy atractivas?»
«No sé nada de eso».
«Eres solo mío. Eso es verdad y nunca has pertenecido a nadie más. Pero no me importa si lo has hecho. No les tengo miedo. Pero no me cuentes nada sobre ellas. Cuando un hombre está con una chica, ¿cuándo dice ella cuánto cuesta?»
«No lo sé».
«Por supuesto que no. ¿Dice ella que le ama? Dime eso. Quiero saber eso».
«Sí. Si él quiere que ella lo diga».
«¿Dice él que la ama? Dímelo, por favor. Es importante».
«Lo dice si él quiere».
«¿Pero tú nunca lo hiciste? ¿De verdad?»
«No».
«No realmente. ¿Me dices la verdad?»
«No», mentí.
«No lo harías», dijo ella. «Sabía que no lo harías. Oh, te amo, cariño».
Afuera el sol estaba sobre los tejados y podía ver las puntas de la catedral con la luz del sol sobre ellas. Estaba limpio por dentro y por fuera y esperaba al médico.
«¿Y eso es todo?», dijo Catherine. «¿Ella dice exactamente lo que él quiere que diga?»
«No siempre».
«Pero yo lo haré. Diré exactamente lo que desees y haré lo que desees y entonces nunca querrás a otras chicas, ¿verdad?» Me miró muy feliz. «Haré lo que quieras y diré lo que quieras y entonces seré un gran éxito, ¿no?»
«Sí».
«¿Qué te gustaría que hiciera ahora que estás listo?»
«Ven otra vez a la cama».
«Está bien. Iré».
«Oh, cariño, cariño, cariño», dije.
«Ya ves», dijo ella. «Hago cualquier cosa que quieras».
«Eres tan encantadora».
«Me temo que todavía no soy muy buena en esto».
«Eres encantadora».
«Quiero lo que tú quieres. Ya no existe un yo. Solo lo que tú quieres».
«Eres un cielo».
«Soy buena. ¿Verdad que soy buena? No quieres a otras chicas, ¿verdad?»
«No».
«¿Lo ves? Soy buena. Hago lo que quieres».
CAPÍTULO XVII
Cuando desperté después de la operación, no me había ido. No te vas. Solo te asfixian. No es como morir, es solo una asfixia química para que no sientas nada, y después podrías haber estado borracho, excepto que cuando vomitas no sale más que bilis y no te sientes mejor después. Vi sacos de arena al pie de la cama. Estaban sobre los tubos que salían de la escayola. Al poco tiempo vi a la señorita Gage y me dijo: «¿Cómo va ahora?»
«Mejor», dije.
«Hizo un trabajo maravilloso en tu rodilla».
«¿Cuánto duró?»
«Dos horas y media».
«¿Dije algo tonto?»
«Ni una palabra. No hables. Solo estate tranquilo».
Estaba enfermo y Catherine tenía razón. No marcaba ninguna diferencia quién estuviera de turno de noche.
Había otros tres pacientes en el hospital ahora: un chico delgado de la Cruz Roja de Georgia con malaria, un chico agradable, también delgado, de Nueva York, con malaria e ictericia, y un chico excelente que había intentado desenroscar la espoleta de un obús de metralla y alto explosivo para llevarse un recuerdo. Se trataba de un obús de metralla usado por los austriacos en las montañas con una tapa frontal que se colocaba después de la explosión y detonaba al contacto.
Catherine Barkley era muy querida por las enfermeras porque estaba dispuesta a hacer turnos de noche indefinidamente. Tenía bastante trabajo con los enfermos de malaria; el chico que había desenroscado la tapa frontal era amigo nuestro y nunca tocaba el timbre por la noche, a menos que fuera necesario, pero entre los momentos de trabajo estábamos juntos. La quería mucho y ella me quería a mí. Yo dormía durante el día y escribíamos notas durante el día cuando estábamos despiertos y las enviábamos con Ferguson. Ferguson era una chica excelente. Nunca supe nada de ella, salvo que tenía un hermano en la 52.ª División y otro en Mesopotamia, y era muy buena con Catherine Barkley.
«¿Vendrás a nuestra boda, Fergy?», le dije una vez.
«Nunca os casaréis».
«Lo haremos».
«No, no lo haréis».
«¿Por qué no?»
«Os pelearéis antes de casaros».
«Nunca nos peleamos».
«Ya tendréis tiempo».
«No nos peleamos».
«Entonces moriréis. Pelear o morir. Eso es lo que hace la gente. No se casan».
Alcancé su mano. «No me agarres», dijo. «No estoy llorando. Tal vez os vaya bien a los dos. Pero ten cuidado de no meterla en problemas. Si la metes en problemas, te mataré».
«No la meteré en problemas».
«Bueno, entonces ten cuidado. Espero que estéis bien. Que os divirtáis».
«Nos divertimos mucho».
«Entonces no os peleéis y no la metas en problemas».
«No lo haré».
«Asegúrate de tener cuidado. No quiero que esté con ninguno de estos niños de la guerra».
«Eres una chica excelente, Fergy».
«No lo soy. No intentes adularme. ¿Cómo sientes la pierna?»
«Bien».
«¿Cómo está tu cabeza?» Tocó la parte superior con los dedos. Estaba sensible, como un pie que se ha dormido. «Nunca me ha molestado».
«Un golpe así podría volverte loco. ¿Nunca te molesta?»
«No».
«Eres un joven afortunado. ¿Has terminado la carta? Voy a bajar».
«Aquí está», dije.
«Deberías pedirle que no haga turnos de noche durante un tiempo. Está muy cansada».
«Está bien. Lo haré».
«Yo quiero hacerlo, pero ella no me deja. Las otras se alegran de dejárselo a ella. Podrías darle un poco de descanso».
«Está bien».
«La señorita Van Campen habló sobre que duermas todas las mañanas».
«Lo haría».
«Sería mejor si dejaras que se libre de las noches durante un tiempo».
«Quiero que lo haga».
«No quieres. Pero si la obligaras, te respetaría por ello».
«La obligaré».
«No lo creo». Cogió la nota y salió. Toqué el timbre y al poco rato entró la señorita Gage.
«¿Qué pasa?»
«Solo quería hablar contigo. ¿No crees que la señorita Barkley debería dejar el turno de noche un tiempo? Parece terriblemente cansada. ¿Por qué sigue tanto tiempo?»
La señorita Gage me miró.
«Soy tu amiga», dijo. «No tienes que hablarme así».
«¿Qué quieres decir?»
«No seas tonta. ¿Era eso todo lo que querías?»
«¿Quieres un vermú?»
«Está bien. Luego tengo que irme». Sacó la botella del armario y trajo un vaso.
«Tú toma el vaso», dije. «Yo beberé de la botella».
«Por ti», dijo la señorita Gage.
«¿Qué dijo Van Campen sobre que duermo hasta tarde por las mañanas?»
«Solo se quejó de eso. Te llama nuestro paciente privilegiado».
«Al diablo con ella».
«No es mala», dijo la señorita Gage. «Solo es vieja y cascarrabias. Nunca le gustaste».
«No».
«Bueno, a mí sí. Y soy tu amiga. No lo olvides».
«Eres condenadamente amable».
«No. Sé quién crees que es amable. Pero soy tu amiga. ¿Cómo sientes la pierna?»
«Bien».
«Traeré un poco de agua mineral fría para verterla sobre ella. Debe picar bajo la escayola. Hace calor afuera».
«Eres terriblemente amable».
«¿Pica mucho?»
«No. Está bien».
«Arreglaré mejor esos sacos de arena». Se inclinó. «Soy tu amiga».
«Sé que lo eres».
«No, no lo sabes. Pero algún día lo sabrás».
Catherine Barkley se tomó tres noches libres del turno de noche y luego volvió a trabajar. Fue como si nos reencontráramos después de que cada uno hubiera estado fuera en un largo viaje.
CAPÍTULO XVIII
Pasamos un verano encantador. Cuando podía salir, paseábamos en coche de caballos por el parque. Recuerdo el carruaje, el caballo avanzando lentamente, y delante la espalda del cochero con su sombrero de copa barnizado, y a Catherine Barkley sentada a mi lado. Si dejábamos que nuestras manos se tocaran, solo el costado de mi mano rozando la suya, nos emocionábamos. Después, cuando pude moverme con muletas, íbamos a cenar al Biffi o al Gran Italia y nos sentábamos en las mesas de fuera, en el suelo de la galería. Los camareros entraban y salían y había gente pasando y velas con pantallas en los manteles, y después de decidir que nos gustaba más el Gran Italia, George, el jefe de camareros, nos reservaba una mesa. Era un excelente camarero y dejábamos que él pidiera la comida mientras observábamos a la gente, la gran galería en el crepúsculo y el uno al otro. Bebíamos capri blanco seco helado en una cubeta; aunque probamos muchos de los otros vinos, fresa, barbera y los vinos blancos dulces. No tenían sumiller debido a la guerra y George sonreía avergonzado cuando preguntaba por vinos como el fresa.
«Si imagina un país que hace un vino porque sabe a fresas», dijo.
«¿Por qué no debería?», preguntó Catherine. «Suena espléndido».
«Pruébelo, señora», dijo George, «si quiere. Pero déjeme traer una botellita de margaux para el Tenente».
«Yo también lo probaré, George».
«Señor, no puedo recomendárselo. Ni siquiera sabe a fresas».
«Podría», dijo Catherine. «Sería maravilloso si lo hiciera».
«Lo traeré», dijo George, «y cuando la señora esté satisfecha, me lo llevaré».
No era gran cosa de vino. Como él dijo, ni siquiera sabía a fresas. Volvimos al capri. Una noche me quedé sin dinero y George me prestó cien liras. «No pasa nada, Tenente», dijo. «Sé cómo es esto. Sé cómo se queda uno corto. Si usted o la señora necesitan dinero, yo siempre tengo».
Después de cenar caminábamos por la galería, pasando por los otros restaurantes y las tiendas con sus persianas de acero bajadas, y nos deteníamos en el pequeño local donde vendían sándwiches; sándwiches de jamón y lechuga y de anchoas hechos con panecillos marrones glaseados muy pequeños, apenas del largo de un dedo. Eran para comer por la noche cuando teníamos hambre. Luego subíamos a un coche de caballos descubierto frente a la catedral y cabalgábamos hasta el hospital. En la puerta del hospital el portero salía para ayudar con las muletas. Pagaba al cochero y luego subíamos en el ascensor. Catherine bajaba en la planta baja donde vivían las enfermeras y yo seguía subiendo y recorría el pasillo con muletas hasta mi habitación; a veces me desvestía y me metía en la cama y a veces me sentaba en el balcón con la pierna levantada sobre otra silla y observaba a las golondrinas sobre los tejados y esperaba a Catherine. Cuando ella subía, era como si hubiera estado fuera en un largo viaje y yo caminaba por el pasillo con ella apoyado en las muletas y llevaba las palanganas y esperaba fuera de las puertas, o entraba con ella; dependiendo de si eran amigas nuestras o no, y cuando terminaba todo lo que había que hacer, nos sentábamos en el balcón fuera de mi habitación. Después me iba a la cama y, cuando todos dormían y ella estaba segura de que no la llamarían, entraba. Me encantaba soltarle el pelo y ella se sentaba en la cama y se quedaba muy quieta, excepto que de repente se inclinaba para besarme mientras lo hacía, y yo le quitaba las horquillas y las dejaba sobre la sábana y quedaba suelto y la observaba mientras ella se quedaba muy quieta y luego le quitaba las dos últimas horquillas y todo caía y ella bajaba la cabeza y ambos quedábamos dentro de él, y era la sensación de estar dentro de una tienda de campaña o detrás de una cascada.
Tenía un cabello maravillosamente hermoso y a veces me quedaba tumbado observándola retorcerlo con la luz que entraba por la puerta abierta y brillaba incluso en la noche como brilla el agua a veces justo antes de que sea realmente de día. Tenía un rostro y un cuerpo encantadores y también una piel suave y encantadora. Nos tumbábamos juntos y yo le tocaba las mejillas, la frente, debajo de los ojos, la barbilla y la garganta con la punta de los dedos y decía: «Suave como las teclas de un piano», y ella me acariciaba la barbilla con el dedo y decía: «Suave como el papel de lija y muy duro para las teclas de un piano».
«¿Es áspero?»
«No, cariño. Solo me estaba burlando de ti».
Era encantador por las noches y si solo podíamos tocarnos éramos felices. Además de los grandes momentos, teníamos muchas pequeñas formas de hacer el amor e intentábamos poner pensamientos en la cabeza del otro mientras estábamos en habitaciones diferentes. Parecía funcionar a veces, pero eso era probablemente porque de todos modos estábamos pensando lo mismo.
Nos dijimos que estábamos casados el primer día que ella vino al hospital y contábamos los meses desde nuestro día de boda. Yo quería estar realmente casado, pero Catherine decía que si lo estábamos nos enviarían lejos y si simplemente comenzábamos con los trámites nos vigilarían y nos separarían. Tendríamos que casarnos bajo la ley italiana y los trámites eran terribles. Yo quería que nos casáramos de verdad porque me preocupaba tener un hijo si me paraba a pensarlo, pero fingíamos ante nosotros mismos que estábamos casados y no nos preocupábamos mucho y supongo que disfrutaba de no estar casado, realmente. Sé que una noche hablamos de ello y Catherine dijo: «Pero, cariño, me enviarían lejos».
«Quizás no lo harían».
«Lo harían. Me enviarían a casa y entonces estaríamos separados hasta después de la guerra».
«Vendría de permiso».
«No podrías llegar a Escocia y volver en un permiso. Además, no te dejaré. ¿De qué serviría casarse ahora? Estamos realmente casados. No podría estar más casada».
«Solo quería hacerlo por ti».
«No hay un yo. Soy tú. No inventes un yo separado».
«Pensé que las chicas siempre querían casarse».
«Lo quieren. Pero, cariño, estoy casada. Estoy casada contigo. ¿No te hago una buena esposa?»
«Eres una esposa encantadora».
«Ya ves, cariño, tuve una experiencia de esperar a casarme».
«No quiero oír hablar de eso».
«Sabes que no amo a nadie más que a ti. No debería importarte que alguien más me amara».
«Me importa».
«No deberías estar celoso de alguien que está muerto cuando lo tienes todo».
«No, pero no quiero oír hablar de eso».
«Pobre cariño. Y sé que has estado con todo tipo de chicas y no me importa».
«¿No podríamos casarnos en privado de alguna manera? Entonces, si me pasara algo o si tuvieras un hijo».
«No hay forma de casarse excepto por la iglesia o el estado. Estamos casados en privado. Ya ves, cariño, significaría todo para mí si tuviera alguna religión. Pero no tengo ninguna».
«Me diste el San Antonio».
«Eso fue por suerte. Alguien me lo dio».
«¿Entonces nada te preocupa?»
«Solo que me envíen lejos de ti. Eres mi religión. Eres todo lo que tengo».
«Está bien. Pero me casaré contigo el día que digas».
«No hables como si tuvieras que hacer de mí una mujer honrada, cariño. Soy una mujer muy honrada. No puedes avergonzarte de algo si solo eres feliz y estás orgullosa de ello. ¿No eres feliz?»
«Pero nunca me dejarás por otra persona».
«No, cariño. Nunca te dejaré por otra persona. Supongo que nos pasarán todo tipo de cosas terribles. Pero no tienes que preocuparte por eso».
«No lo hago. Pero te amo tanto y amaste a alguien más antes».
«¿Y qué le pasó a él?»
«Murió».
«Sí, y si no lo hubiera hecho, no te habría conocido. No soy infiel, cariño. Tengo muchos defectos, pero soy muy fiel. Te hartarás de mí, seré tan fiel».
«Tendré que volver al frente muy pronto».
«No pensaremos en eso hasta que te vayas. Ya ves, soy feliz, cariño, y pasamos un tiempo encantador. No he sido feliz en mucho tiempo y cuando te conocí tal vez estaba casi loca. Tal vez estaba loca. Pero ahora somos felices y nos amamos. Por favor, seamos felices. Tú eres feliz, ¿no? ¿Hay algo que haga que no te guste? ¿Puedo hacer algo para complacerte? ¿Te gustaría que me soltara el pelo? ¿Quieres jugar?»
«Sí, y ven a la cama».
«Está bien. Iré a ver a los pacientes primero».
CAPÍTULO XIX
pacientes o nos enviarán lejos. Tienen cuatro enfermeras ahora». «Quizás vengan algunos. Necesitan tantas enfermeras. Es un hospital bastante grande». «Espero que vengan algunos. ¿Qué haría si me enviaran lejos? Lo harán a menos que haya más pacientes». «Yo también me iría». «No seas tonto. Todavía no puedes irte. Pero ponte bien pronto, cariño, y nos iremos a algún lugar». «¿Y luego qué?» «Tal vez la guerra haya terminado. No puede continuar siempre». «Me pondré bien», dije. «Valentini me arreglará».
El verano transcurrió de ese modo. No recuerdo mucho de los días, salvo que eran calurosos y que había muchas victorias en los periódicos. Yo estaba muy sano y mis piernas sanaron rápidamente, de modo que no pasó mucho tiempo desde que comencé con las muletas hasta que terminé con ellas y caminaba con bastón. Entonces empecé los tratamientos en el Ospedale Maggiore para flexionar las rodillas, tratamientos mecánicos, horneado en una caja de espejos con rayos violetas, masajes y baños. Iba allí por las tardes y después me detenía en el café a tomar algo y leer los periódicos. No vagaba por la ciudad; lo que quería era volver a casa, al hospital, desde el café. Todo lo que quería era ver a Catherine. El resto del tiempo me alegraba de matarlo. Por lo general, dormía por las mañanas y, a veces, por las tardes, iba a las carreras y, tarde, a los tratamientos de mecanoterapia. A veces me detenía en el Anglo-American Club y me sentaba en un sillón profundo de cuero frente a la ventana a leer las revistas. No nos dejaban salir juntos cuando ya no usaba muletas porque era indecoroso que una enfermera fuera vista sin acompañante con un paciente que no parecía necesitar asistencia, así que no estábamos mucho juntos por las tardes. Aunque a veces podíamos salir a cenar si Ferguson venía con nosotros. La señorita Van Campen había aceptado la situación de que éramos grandes amigos porque Catherine le sacaba una gran cantidad de trabajo. Pensaba que Catherine venía de muy buena familia y eso, finalmente, la predispuso a su favor. La señorita Van Campen admiraba mucho a la familia y ella misma provenía de una familia excelente. El hospital también estaba bastante ocupado, y eso la mantenía ocupada. Era un verano caluroso y yo conocía a mucha gente en Milán, pero siempre estaba ansioso por volver a casa, al hospital, apenas terminaba la tarde. En el frente, avanzaban sobre el Carso, habían tomado Kuk frente a Plava y estaban tomando la meseta de Bainsizza. El frente occidental no sonaba tan bien. Parecía como si la guerra fuera a durar mucho tiempo. Nosotros estábamos en la guerra ahora, pero pensé que tomaría un año llevar una gran cantidad de tropas y entrenarlas para el combate. El año que viene sería un mal año, o quizás un buen año. Los italianos estaban consumiendo una cantidad terrible de hombres. No veía cómo podía continuar. Incluso si tomaban todo Bainsizza y el Monte San Gabriele, quedaban muchas montañas más allá para los austriacos. Las había visto. Todas las montañas más altas estaban más allá. En el Carso avanzaban, pero había ciénagas y pantanos junto al mar. Napoleón habría derrotado a los austriacos en las llanuras. Nunca habría luchado contra ellos en las montañas. Los habría dejado bajar y los habría derrotado cerca de Verona. Aun así, nadie estaba derrotando a nadie en el frente occidental. Quizás las guerras ya no se ganaban. Tal vez duraban para siempre. Quizás era otra Guerra de los Cien Años. Devolví el periódico al estante y salí del club. Bajé los escalones con cuidado y subí por la Via Manzoni. Fuera del Gran Hotel, me encontré con el viejo Meyers y su esposa bajando de un carruaje. Venían de las carreras. Ella era una mujer de busto grande vestida de satén negro. Él era bajo y viejo, con bigote blanco, y caminaba con los pies planos y un bastón.
—¿Cómo están? ¿Cómo están? —Ella me dio la mano. —Hola —dijo Meyers.
—¿Qué tal las carreras?
—Muy bien. Fueron encantadoras. Tuve tres ganadores.
—¿Cómo le fue a usted? —le pregunté a Meyers.
—Bien. Tuve un ganador.
—Nunca sé cómo le va —dijo la señora Meyers—. Nunca me lo cuenta.
—Me va bien —dijo Meyers. Estaba siendo cordial—. Deberías venir. Mientras hablaba, tenías la impresión de que no te estaba mirando o que te confundía con otra persona.
—Lo haré —dije.
—Voy a ir al hospital a verte —dijo la señora Meyers—. Tengo algunas cosas para mis chicos. Ustedes son todos mis chicos. Realmente son mis queridos chicos.
—Se alegrarán de verla.
—Esos queridos chicos. Tú también. Eres uno de mis chicos.
—Tengo que volver —dije.
—Dale mis saludos a todos esos queridos chicos. Tengo muchas cosas que llevar. Tengo un excelente Marsala y pasteles.
—Adiós —dije—. Se alegrarán muchísimo de verla.
—Adiós —dijo Meyers—. Ven por la galería. Sabes dónde está mi mesa. Estamos todos allí cada tarde. Seguí subiendo por la calle. Quería comprar algo en el Cova para llevárselo a Catherine. Dentro, en el Cova, compré una caja de bombones y mientras la chica la envolvía, caminé hacia la barra. Había un par de británicos y algunos aviadores. Me tomé un martini solo, lo pagué, recogí la caja de bombones en el mostrador exterior y caminé hacia casa, hacia el hospital. Fuera del pequeño bar, calle arriba desde la Scala, había algunas personas que conocía, un vicecónsul, dos tipos que estudiaban canto y Ettore Moretti, un italiano de San Francisco que estaba en el ejército italiano. Tomé una copa con ellos. Uno de los cantantes se llamaba Ralph Simmons y cantaba bajo el nombre de Enrico DelCredo. Nunca supe qué tan bien podía cantar, pero siempre estaba a punto de que ocurriera algo muy grande. Era gordo y parecía desgastado alrededor de la nariz y la boca, como si tuviera fiebre del heno. Había vuelto de cantar en Piacenza. Había cantado Tosca y había sido maravilloso.
—Por supuesto, nunca me has oído cantar —dijo.
—¿Cuándo cantarás aquí?
—Estaré en la Scala en otoño.
—Apuesto a que te tiran los bancos —dijo Ettore—. ¿Te enteraste de cómo le tiraron los bancos en Módena?
—Es una maldita mentira.
—Le tiraron los bancos —dijo Ettore—. Yo estaba allí. Yo mismo tiré seis bancos.
—Solo eres un wop de Frisco.
—No sabe pronunciar italiano —dijo Ettore—. Dondequiera que va, le tiran los bancos.
—Piacenza es el teatro más difícil para cantar en el norte de Italia —dijo el otro tenor—. Créeme, ese es un teatro difícil para cantar. Este tenor se llamaba Edgar Saunders y cantaba bajo el nombre de Edouardo Giovanni.
—Me gustaría estar allí para ver cómo te tiran los bancos —dijo Ettore—. No sabes cantar en italiano.
—Es un loco —dijo Edgar Saunders—. Lo único que sabe decir es tirar bancos.
—Eso es todo lo que saben hacer cuando ustedes dos cantan —dijo Ettore—. Luego, cuando vayan a Estados Unidos, contarán sobre sus triunfos en la Scala. No los dejarían pasar de la primera nota en la Scala.
—Cantaré en la Scala —dijo Simmons—. Voy a cantar Tosca en octubre.
—Iremos, ¿verdad, Mac? —le dijo Ettore al vicecónsul—. Necesitarán a alguien que los proteja.
—Quizás el ejército estadounidense esté allí para protegerlos —dijo el vicecónsul—. ¿Quieres otra copa, Simmons? ¿Quieres una copa, Saunders?
—Está bien —dijo Saunders.
—Me enteré de que te van a dar la medalla de plata —dijo Ettore—. ¿Qué tipo de mención vas a recibir?
—No lo sé. No sé si la voy a recibir.
—La vas a recibir. Oh, chico, las chicas del Cova pensarán que eres genial entonces. Todas pensarán que mataste a doscientos austriacos o capturaste una trinchera entera tú solo. Créeme, yo tengo que trabajar para mis condecoraciones.
—¿Cuántas tienes, Ettore? —preguntó el vicecónsul.
—Lo tiene todo —dijo Simmons—. Es el chico para el que llevan la guerra.
—Tengo la de bronce dos veces y tres medallas de plata —dijo Ettore—. Pero los documentos de solo una han llegado.
—¿Qué pasa con las otras? —preguntó Simmons.
—La acción no fue exitosa —dijo Ettore—. Cuando la acción no es exitosa, retienen todas las medallas.
—¿Cuántas veces te han herido, Ettore?
—Tres veces grave. Tengo tres galones de herido. ¿Ves? —Se subió la manga. Los galones eran líneas plateadas paralelas sobre un fondo negro cosidas a la tela de la manga, unos veinte centímetros por debajo del hombro.
—Tú también tienes uno —dijo Ettore—. Créeme, es bueno tenerlos. Prefiero tenerlos que medallas. Créeme, chico, cuando tienes tres, tienes algo. Solo consigues uno por una herida que te mantiene tres meses en el hospital.
—¿Dónde te hirieron, Ettore? —preguntó el vicecónsul.
Ettore se subió la manga. —Aquí —mostró la profunda y lisa cicatriz roja—. Aquí en la pierna. No puedo mostrártelo porque llevo polainas; y en el pie. Tengo hueso muerto en el pie que apesta ahora mismo. Cada mañana saco pedacitos nuevos y apesta todo el tiempo.
—¿Qué te golpeó? —preguntó Simmons.
—Una granada de mano. Una de esas "aplasta-papas". Simplemente me voló todo el costado del pie. ¿Conoces esas aplasta-papas? —se volvió hacia mí.
—Claro.
—Vi al hijo de puta lanzarla —dijo Ettore—. Me tiró al suelo y pensé que estaba muerto, pero esas malditas aplasta-papas no tienen nada dentro. Le disparé al hijo de puta con mi rifle. Siempre llevo un rifle para que no sepan que soy oficial.
—¿Cómo se veía? —preguntó Simmons.
—Esa era la única que tenía —dijo Ettore—. No sé por qué la lanzó. Supongo que siempre quiso lanzar una. Probablemente nunca vio una pelea de verdad. Le disparé al hijo de puta, eso sí.
—¿Cómo se veía cuando le disparaste? —preguntó Simmons.
—Demonios, cómo voy a saberlo —dijo Ettore—. Le disparé en el vientre. Tenía miedo de fallar si le disparaba a la cabeza.
—¿Cuánto tiempo llevas siendo oficial, Ettore? —pregunté.
—Dos años. Voy a ser capitán. ¿Cuánto tiempo llevas de teniente?
—Tres años.
—No puedes ser capitán porque no sabes el idioma italiano lo suficientemente bien —dijo Ettore—. Puedes hablar, pero no puedes leer ni escribir lo suficientemente bien. Tienes que tener educación para ser capitán. ¿Por qué no te unes al ejército estadounidense?
—Tal vez lo haga.
—Ojalá pudiera. Oh, chico, ¿cuánto gana un capitán, Mac?
—No lo sé exactamente. Alrededor de doscientos cincuenta dólares, creo.
—Jesucristo, lo que podría hacer con doscientos cincuenta dólares. Será mejor que te metas rápido en el ejército estadounidense, Fred. Mira si puedes meterme a mí.
—Está bien.
—Puedo comandar una compañía en italiano. Podría aprenderlo en inglés fácilmente.
—Serías general —dijo Simmons.
—No, no sé lo suficiente para ser general. Un general tiene que saber un montón. Ustedes creen que la guerra no es nada. No tienen suficientes sesos para ser cabo de segunda.
—Gracias a Dios que no tengo que serlo —dijo Simmons.
—Quizás lo seas si reúnen a todos ustedes, holgazanes. Oh, chico, me gustaría tenerlos a ustedes dos en mi pelotón. A Mac también. Te haría mi asistente, Mac.
—Eres un gran chico, Ettore —dijo Mac—. Pero me temo que eres militarista.
—Seré coronel antes de que termine la guerra —dijo Ettore.
—Si no te matan.
—No me matarán. —Tocó las estrellas en su cuello con el pulgar y el índice—. ¿Viste lo que hice? Siempre tocamos nuestras estrellas si alguien menciona morir.
—Vámonos, Sim —dijo Saunders levantándose.
—Está bien.
—Hasta luego —dije—. Yo también tengo que irme. Eran las seis menos cuarto según el reloj dentro del bar—. Ciao, Ettore.
—Ciao, Fred —dijo Ettore—. Es bastante bueno que vayas a recibir la medalla de plata.
—No sé si la recibiré.
—La recibirás, Fred. Escuché que la recibirías.
—Bueno, hasta luego —dije—. Mantente fuera de problemas, Ettore.
—No te preocupes por mí. No bebo y no ando por ahí. No soy un borracho ni un putero. Sé lo que es bueno para mí.
—Hasta luego —dije—. Me alegra que te vayan a ascender a capitán.
—No tengo que esperar a que me asciendan. Voy a ser capitán por mérito de guerra. Ya sabes. Tres estrellas con las espadas cruzadas y la corona arriba. Ese soy yo.
—Buena suerte.
—Buena suerte. ¿Cuándo vuelves al frente?
—Muy pronto.
—Bueno, nos veremos.
—Hasta luego.
—Hasta luego. No aceptes billetes falsos.
Caminé por una calle lateral que conducía a un atajo hacia el hospital. Ettore tenía veintitrés años. Había sido criado por un tío en San Francisco y estaba visitando a su padre y a su madre en Turín cuando se declaró la guerra. Tenía una hermana, que había sido enviada a Estados Unidos con él al mismo tiempo para vivir con el tío, que se graduaría de la escuela normal este año. Era un héroe legítimo que aburría a todos los que conocía. Catherine no podía soportarlo.
—Nosotros también tenemos héroes —dijo—. Pero por lo general, cariño, son mucho más tranquilos.
—No me molesta.
—No me molestaría si no fuera tan engreído y no me aburriera, y me aburriera, y me aburriera.
—Me aburre.
—Eres dulce al decir eso, cariño. Pero no es necesario. Puedes imaginarlo en el frente y sabes que es útil, pero es tan el tipo de chico que no me gusta.
—Lo sé.
—Eres terriblemente dulce al saberlo, e intento que me caiga bien, pero es un chico terrible, terrible, en realidad.
—Dijo esta tarde que iba a ser capitán.
—Me alegro —dijo Catherine—. Eso debería complacerlo.
—¿No te gustaría que tuviera un rango más elevado?
—No, cariño. Solo quiero que tengas el rango suficiente para que nos admitan en los mejores restaurantes.
—Ese es justo el rango que tengo.
—Tienes un rango espléndido. No quiero que tengas más rango. Podría subírsete a la cabeza. Oh, cariño, estoy terriblemente contenta de que no seas engreído. Me habría casado contigo incluso si fueras engreído, pero es muy relajante tener un esposo que no es engreído.
Hablábamos en voz baja en el balcón. Se suponía que saldría la luna, pero había una neblina sobre la ciudad y no apareció, y al poco tiempo empezó a lloviznar y entramos. Afuera, la neblina se convirtió en lluvia y al poco tiempo llovía con fuerza y la oímos tamborilear en el techo. Me levanté y me puse en la puerta para ver si entraba la lluvia, pero no era así, así que dejé la puerta abierta.
—¿A quién más viste? —preguntó Catherine.
—Al señor y la señora Meyers.
—Son gente extraña.
—Se supone que estuvo en la penitenciaría allá. Lo dejaron salir para morir.
—Y vivió felizmente en Milán para siempre después.
—No sé qué tan felizmente.
—Lo suficientemente feliz después de la cárcel, debería pensar.
—Ella va a traer algunas cosas aquí.
—Trae cosas espléndidas. ¿Fuiste su "querido chico"?
—Uno de ellos.
—Son todos sus queridos chicos —dijo Catherine—. Ella prefiere a los queridos chicos. Escucha la lluvia.
—Está lloviendo fuerte.
—Y siempre me amarás, ¿no?
—Sí.
—¿Y la lluvia no cambiará nada?
—No.
—Eso es bueno. Porque le tengo miedo a la lluvia.
—¿Por qué? —tenía sueño. Afuera, la lluvia caía constantemente.
—No lo sé, cariño. Siempre le he tenido miedo a la lluvia.
—A mí me gusta.
—Me gusta caminar bajo ella. Pero es muy difícil para el amor.
—Te amaré siempre.
—Te amaré bajo la lluvia y en la nieve y en el granizo y... ¿qué más hay?
—No lo sé. Supongo que tengo sueño.
—Duerme, cariño, y te amaré sin importar cómo esté todo.
—Realmente no le tienes miedo a la lluvia, ¿verdad?
—No cuando estoy contigo.
—¿Por qué le tienes miedo?
—No lo sé.
—Dímelo.
—No me obligues.
—Dímelo.
—No.
—Dímelo.
—Está bien. Le tengo miedo a la lluvia porque a veces me veo muerta en ella.
—No.
—Y a veces te veo muerto en ella.
—Eso es más probable.
—No, no lo es, cariño. Porque puedo mantenerte a salvo. Sé que puedo. Pero nadie puede ayudarse a sí mismo.
—Por favor, para. No quiero que te pongas escocesa y loca esta noche. No estaremos juntos mucho más tiempo.
—No, pero soy escocesa y loca. Pero dejaré de hacerlo. Todo es una tontería.
—Sí, todo es una tontería.
—Todo es una tontería. Solo es una tontería. No le tengo miedo a la lluvia. No le tengo miedo a la lluvia. Oh, oh, Dios, ojalá no lo tuviera. —Estaba llorando. La consolé y dejó de llorar. Pero afuera, la lluvia continuaba.
CAPÍTULO XX
Un día, por la tarde, fuimos a las carreras. Ferguson también fue y Crowell Rodgers, el chico que había sido herido en los ojos por la explosión de la espoleta de un proyectil. Las chicas se vistieron para ir después del almuerzo mientras Crowell y yo nos sentábamos en la cama de su habitación y leíamos las actuaciones pasadas de los caballos y las predicciones en el periódico de carreras. La cabeza de Crowell estaba vendada y no le importaban mucho estas carreras, pero leía constantemente el periódico de carreras y llevaba la cuenta de todos los caballos para hacer algo. Decía que los caballos eran una cantidad terrible, pero que eran todos los caballos que teníamos. Al viejo Meyers le caía bien y le daba consejos. Meyers ganaba en casi todas las carreras, pero le disgustaba dar consejos porque bajaban las cuotas. Las carreras eran muy fraudulentas. Hombres que habían sido expulsados del turf en todas partes corrían en Italia. La información de Meyers era buena, pero odiaba preguntarle porque a veces no respondía, y siempre se podía ver que le dolía decírtelo, pero se sentía obligado a decírnoslo por alguna razón y odiaba menos decírselo a Crowell. Los ojos de Crowell habían sido dañados, uno gravemente, y Meyers tenía problemas con sus ojos, así que le gustaba Crowell. Meyers nunca le decía a su esposa a qué caballos estaba apostando y ella ganaba o perdía, mayormente perdía, y hablaba todo el tiempo.
Los cuatro fuimos a San Siro en un carruaje abierto. Era un día encantador y condujimos a través del parque y a lo largo de la línea del tranvía y fuera de la ciudad donde el camino estaba polvoriento. Había villas con cercas de hierro y grandes jardines descuidados y zanjas con agua fluyendo y huertos verdes con polvo en las hojas. Podíamos mirar a través de la llanura y ver granjas y las ricas granjas verdes con sus zanjas de riego y las montañas hacia el norte. Había muchos carruajes entrando a la pista de carreras y los hombres en la puerta nos dejaron entrar sin tarjetas porque estábamos en uniforme. Dejamos el carruaje, compramos programas y caminamos a través del campo interior y luego a través del suave y grueso césped de la pista hasta el paddock. Las tribunas eran viejas y estaban hechas de madera y las casetas de apuestas estaban debajo de las gradas y en una fila cerca de los establos. Había una multitud de soldados a lo largo de la cerca en el campo interior. El paddock estaba bastante lleno de gente y paseaban a los caballos en un círculo bajo los árboles detrás de la tribuna. Vimos gente que conocíamos y conseguimos sillas para Ferguson y Catherine y observamos a los caballos.
Daban vueltas, uno tras otro, con las cabezas gachas, mientras los mozos los llevaban. Un caballo, de un negro violáceo, Crowell juraba que estaba teñido de ese color. Lo observamos y parecía posible. Solo había salido justo antes de que sonara la campana para ensillar. Lo buscamos en el programa por el número en el brazo del mozo y figuraba como un castrado negro llamado Japalac. La carrera era para caballos que nunca habían ganado una carrera con un premio de mil liras o más. Catherine estaba segura de que su color había sido cambiado. Ferguson dijo que no podía saberlo. Me pareció que tenía un aspecto sospechoso. Todos estuvimos de acuerdo en que debíamos apostar por él y reunimos cien liras. Las hojas de cuotas indicaban que pagaría treinta y cinco a uno. Crowell fue a comprar los boletos mientras observábamos a los jockeys dar una vuelta más y luego salir bajo los árboles hacia la pista para galopar lentamente hasta la curva donde iba a ser la salida.
Subimos a la tribuna principal para ver la carrera. Entonces no tenían barrera elástica en San Siro y el juez de salida alineó a todos los caballos, se veían muy pequeños al fondo de la pista, y luego los envió con un chasquido de su largo látigo. Pasaron ante nosotros con el caballo negro bien al frente y en la curva se estaba alejando de los otros. Los observé al otro lado con los prismáticos y vi al jockey luchando por retenerlo, pero no pudo contenerlo, y cuando tomaron la curva y entraron en la recta, el caballo negro llevaba quince cuerpos de ventaja sobre los demás. Siguió adelante y tomó la curva después de la meta.
—¿No es maravilloso? —dijo Catherine—. Tendremos más de tres mil liras. Debe ser un caballo espléndido.
—Espero que su color no se corra —dijo Crowell— antes de que paguen.
—Era realmente un caballo encantador —dijo Catherine—. Me pregunto si el señor Meyers apostó por él.
—¿Llevaba al ganador? —le grité a Meyers. Él asintió.
—Yo no —dijo la señora Meyers—. ¿A quién apostaron ustedes, niños?
—A Japalac.
—¿De verdad? ¡Está treinta y cinco a uno!
—Nos gustó su color.
—A mí no. Me pareció que tenía un aspecto lamentable. Me dijeron que no apostara por él.
—No pagará mucho —dijo Meyers.
—Está marcado a treinta y cinco a uno en las cotizaciones —dije.
—No pagará mucho. A última hora —dijo Meyers—, pusieron mucho dinero en él.
—¿Quiénes?
—Kempton y los muchachos. Ya verán. No pagará dos a uno.
—Entonces no conseguiremos tres mil liras —dijo Catherine—. ¡No me gustan estas carreras amañadas!
—Conseguiremos doscientas liras.
—Eso no es nada. Eso no nos sirve de nada. Pensé que íbamos a conseguir tres mil.
—Es deshonesto y repugnante —dijo Ferguson.
—Por supuesto —dijo Catherine—, si no hubiera estado amañado, nunca habríamos apostado por él. Pero me habría gustado tener las tres mil liras.
—Vamos abajo a tomar algo y a ver cuánto pagan —dijo Crowell. Fuimos a donde publicaban los números y sonó la campana para pagar, y pusieron 18.50 después de Japalac como ganador. Eso significaba que pagaba menos de lo apostado por una apuesta de diez liras.
Fuimos al bar debajo de la tribuna y tomamos un whisky con soda cada uno. Nos encontramos con un par de italianos que conocíamos y con McAdams, el vicecónsul, y vinieron con nosotros cuando nos reunimos con las chicas. Los italianos estaban llenos de buenos modales y McAdams habló con Catherine mientras nosotros bajábamos a apostar de nuevo. El señor Meyers estaba de pie cerca de la apuesta mutua.
—Pregúntale a qué caballo jugó —le dije a Crowell.
—¿A qué caballo va, señor Meyers? —preguntó Crowell. Meyers sacó su programa y señaló el número cinco con su lápiz.
—¿Le importa si apostamos al mismo? —preguntó Crowell.
—Adelante. Adelante. Pero no le digan a mi mujer que se lo dije yo.
—¿Quiere tomar una copa? —pregunté.
—No, gracias. Nunca bebo.
Apostamos cien liras al número cinco a ganador y cien a colocado, y luego tomamos otro whisky con soda cada uno. Me sentía muy bien y nos encontramos con un par de italianos más, que tomaron una copa con nosotros, y volvimos con las chicas. Estos italianos también tenían muchos modales y rivalizaban en cortesía con los dos que habíamos recogido antes. Al poco tiempo nadie podía sentarse. Le di los boletos a Catherine.
—¿Qué caballo es?
—No lo sé. La elección del señor Meyers.
—¿Ni siquiera sabes el nombre?
—No. Puedes encontrarlo en el programa. El número cinco, creo.
—Tienes una fe conmovedora —dijo ella. El número cinco ganó pero no pagó nada. El señor Meyers estaba enfadado.
—Tienes que poner doscientas liras para ganar veinte —dijo—. Doce liras por diez. No vale la pena. Mi mujer perdió veinte liras.
—Iré abajo contigo —dijo Catherine hacia mí. Los italianos se pusieron todos de pie. Bajamos y salimos al paddock.
—¿Te gusta esto? —preguntó Catherine.
—Sí. Supongo que sí.
—Está bien, supongo —dijo—. Pero, querido, no soporto ver a tanta gente.
—No vemos a mucha.
—No. Pero esos Meyers y el hombre del banco con su mujer y sus hijas...
—Él cobra mis letras a la vista —dije.
—Sí, pero otro lo haría si él no lo hiciera. Esos cuatro últimos chicos eran terribles.
—Podemos quedarnos aquí afuera y ver la carrera desde la valla.
—Eso será encantador. Y, querido, apostemos por un caballo del que nunca hayamos oído hablar y por el que el señor Meyers no vaya a apostar.
—Está bien.
Apostamos por un caballo llamado Light For Me que terminó cuarto en un grupo de cinco. Nos apoyamos en la valla y observamos pasar a los caballos, sus cascos resonando al pasar, y vimos las montañas a lo lejos y Milán más allá de los árboles y los campos.
—Me siento mucho más limpia —dijo Catherine. Los caballos regresaban a través de la puerta, mojados y sudorosos, con los jockeys calmándolos y montando para desmontar bajo los árboles.
—¿No te gustaría tomar algo? Podríamos tomar una copa aquí afuera y ver los caballos.
—Yo las traeré —dije.
—El chico las traerá —dijo Catherine. Ella levantó la mano y el chico salió del bar Pagoda junto a los establos. Nos sentamos a una mesa redonda de hierro.
—¿No te gusta más cuando estamos solos?
—Sí —dije.
—Me sentía muy sola cuando estaban todos allí.
—Es magnífico aquí —dije.
—Sí. Es realmente un hipódromo bonito.
—Es agradable.
—No dejes que estropee tu diversión, querido. Volveré cuando quieras.
—No —dije—. Nos quedaremos aquí y tomaremos nuestra copa. Luego bajaremos y nos pondremos en el salto de agua para el steeplechase.
—Eres muy bueno conmigo —dijo ella.
Después de haber estado solos un rato nos alegramos de ver a los demás otra vez. Lo pasamos bien.
CAPÍTULO XXI
En septiembre llegaron las primeras noches frescas, luego los días fueron frescos y las hojas de los árboles del parque empezaron a cambiar de color y supimos que el verano se había ido. Los combates en el frente fueron muy mal y no pudieron tomar San Gabriele. Los combates en la meseta de Bainsizza terminaron y a mediados de mes los combates por San Gabriele también estaban casi terminados. No pudieron tomarlo. Ettore había regresado al frente. Los caballos se habían ido a Roma y ya no hubo más carreras. Crowell también se había ido a Roma para ser enviado de vuelta a América. Hubo disturbios dos veces en la ciudad contra la guerra y graves disturbios en Turín. Un comandante británico en el club me dijo que los italianos habían perdido ciento cincuenta mil hombres en la meseta de Bainsizza y en San Gabriele. Dijo que además habían perdido cuarenta mil en el Carso. Tomamos una copa y él habló. Dijo que los combates habían terminado por este año aquí abajo y que los italianos habían mordido más de lo que podían masticar. Dijo que la ofensiva en Flandes iba mal. Si mataban hombres como lo hicieron este otoño, los Aliados estarían acabados en otro año. Dijo que estábamos todos acabados, pero que estábamos bien mientras no lo supiéramos. Estábamos todos acabados. La cuestión era no reconocerlo. El último país en darse cuenta de que estaba acabado ganaría la guerra. Tomamos otra copa. ¿Estaba yo en el estado mayor de alguien? No. Él sí. Todo eran tonterías. Estábamos solos en el club sentados en uno de los grandes sofás de cuero. Sus botas eran de cuero mate suavemente pulido. Eran unas botas hermosas. Dijo que todo eran tonterías. Solo pensaban en divisiones y mano de obra. Todos se peleaban por las divisiones y solo las mataban cuando las conseguían. Estaban todos acabados. Los alemanes ganaban las victorias. Por Dios, eran soldados. El viejo huno era un soldado. Pero también estaban acabados. Estábamos todos acabados. Pregunté por Rusia. Dijo que ya estaban acabados. Pronto vería que estaban acabados. Entonces los austriacos también estaban acabados. Si conseguían algunas divisiones de hunos, podrían hacerlo. ¿Creía que atacarían este otoño? Por supuesto que lo harían. Los italianos estaban acabados. Todo el mundo sabía que estaban acabados. El viejo huno bajaría a través del Trentino y cortaría el ferrocarril en Vicenza y entonces, ¿dónde estarían los italianos? Intentaron eso en el dieciséis, dije. No con alemanes. Sí, dije. Pero probablemente no lo harían, dijo. Era demasiado simple. Intentarían algo complicado y serían derrotados estrepitosamente. Tenía que irme, dije. Tenía que volver al hospital. "Adiós", dijo. Luego, alegremente: "¡Toda clase de suerte!". Había un gran contraste entre su pesimismo mundial y su alegría personal.
Pasé por una barbería, me afeité y me fui a casa al hospital. Mi pierna estaba tan bien como lo estaría por mucho tiempo. Había ido a revisión tres días antes. Todavía quedaban algunos tratamientos antes de terminar mi curso en el Ospedale Maggiore y caminé por la calle lateral practicando para no cojear. Un viejo estaba recortando siluetas bajo una arcada. Me detuve a observarlo. Dos chicas posaban y él recortó sus siluetas juntas, cortando muy rápido y mirándolas, con la cabeza ladeada. Las chicas se reían. Me mostró las siluetas antes de pegarlas sobre papel blanco y entregárselas a las chicas.
—Son hermosas —dijo—. ¿Qué hay de usted, Teniente?
Las chicas se fueron mirando sus siluetas y riendo. Eran chicas guapas. Una de ellas trabajaba en la tienda de vinos frente al hospital.
—Está bien —dije.
—Quítese la gorra.
—No. Con ella puesta.
—No será tan hermosa —dijo el viejo—. Pero —se animó—, será más militar.
Recortó el papel negro, luego separó las dos capas y pegó los perfiles en una tarjeta y me los entregó.
—¿Cuánto es?
—No se preocupe. —Agitó la mano—. Se las hice solo por usted.
—Por favor. —Saqué unas monedas—. Por el placer.
—No. Las hice por placer. Déselas a su chica.
—Muchas gracias hasta que nos veamos.
—Hasta que le vea.
Seguí hacia el hospital. Había algunas cartas, una oficial y otras. Tendría tres semanas de permiso de convalecencia y luego volvería al frente. Lo leí atentamente. Bien, eso era todo. El permiso de convalecencia empezaba el cuatro de octubre cuando terminara mi curso. Tres semanas eran veintiún días. Eso daba el veinticinco de octubre. Les dije que no estaría y fui al restaurante a poca distancia del hospital para cenar y leer mis cartas y el Corriere della Sera en la mesa. Había una carta de mi abuelo, con noticias de la familia, ánimo patriótico, un giro de doscientos dólares y algunos recortes; una carta aburrida del capellán de nuestro comedor, una carta de un hombre que conocía que volaba con los franceses y se había metido en una banda salvaje y contaba sobre ello, y una nota de Rinaldi preguntándome cuánto tiempo iba a esconderme en Milán y cuáles eran todas las noticias. Quería que le llevara discos de fonógrafo y adjuntaba una lista. Bebí una pequeña botella de chianti con la comida, tomé un café después con una copa de coñac, terminé el periódico, puse mis cartas en el bolsillo, dejé el periódico en la mesa con la propina y salí. En mi habitación en el hospital me desvestí, me puse el pijama y una bata, corrí las cortinas de la puerta que daba al balcón y, sentado en la cama, leí los periódicos de Boston de una pila que la señora Meyers había dejado para sus muchachos en el hospital. Los Chicago White Sox estaban ganando el banderín de la Liga Americana y los New York Giants lideraban la Liga Nacional. Babe Ruth era un lanzador que entonces jugaba para Boston. Los periódicos eran aburridos, las noticias eran locales y pasadas, y las noticias de la guerra eran todas viejas. Las noticias estadounidenses eran todas sobre campos de entrenamiento. Me alegré de no estar en un campo de entrenamiento. Las noticias de béisbol eran todo lo que podía leer y no tenía el menor interés en ellas. Una cantidad de periódicos juntos hacía imposible leer con interés. No era muy oportuno, pero leí un poco. Me preguntaba si Estados Unidos realmente entraba en la guerra, si cerrarían las grandes ligas. Probablemente no. Todavía había carreras en Milán y la guerra no podía ser mucho peor. Habían detenido las carreras en Francia. De allí venía nuestro caballo Japalac. Catherine no estaba de turno hasta las nueve en punto. La oí pasar por el piso cuando empezó su turno y una vez la vi pasar por el pasillo. Fue a varias habitaciones más y finalmente entró en la mía.
—Llego tarde, querido —dijo—. Había mucho que hacer. ¿Cómo estás?
Le hablé de mis periódicos y del permiso.
—Eso es encantador —dijo—. ¿A dónde quieres ir?
—A ninguna parte. Quiero quedarme aquí.
—Eso es una tontería. Tú elige un lugar al que ir y yo iré también.
—¿Cómo lo harás?
—No lo sé. Pero lo haré.
—Eres bastante maravillosa.
—No lo soy. Pero la vida no es difícil de manejar cuando no tienes nada que perder.
—¿Cómo quieres decir?
—Nada. Solo pensaba en lo pequeños que parecían los obstáculos que antes eran tan grandes.
—Debería pensar que puede ser difícil de manejar.
—No lo será, querido. Si es necesario, simplemente me iré. Pero no llegará a eso.
—¿A dónde deberíamos ir?
—No me importa. A donde quieras. A cualquier lugar donde no conozcamos gente.
—¿No te importa a dónde vayamos?
—No. Me gustará cualquier lugar.
Parecía alterada y tensa.
—¿Qué te pasa, Catherine?
—Nada. No pasa nada.
—Sí, pasa.
—No, nada. Realmente nada.
—Sé que pasa algo. Dímelo, querida. Puedes decírmelo.
—No es nada.
—Dímelo.
—No quiero. Me temo que te haré infeliz o te preocuparé.
—No, no lo harás.
—¿Estás seguro? No me preocupa a mí, pero temo preocuparte a ti.
—No lo hará si a ti no te preocupa.
—No quiero contarlo.
—Dilo.
—¿Tengo que hacerlo?
—Sí.
—Voy a tener un bebé, querido. Estoy casi de tres meses. No estás preocupado, ¿verdad? Por favor, por favor, no lo estés. No debes preocuparte.
—Está bien.
—¿Está bien?
—Por supuesto.
—Hice de todo. Tomé de todo, pero no sirvió de nada.
—No estoy preocupado.
—No pude evitarlo, querido, y no me ha preocupado. No debes preocuparte ni sentirte mal.
—Solo me preocupo por ti.
—Eso es. Eso es lo que no debes hacer. La gente tiene bebés todo el tiempo. Todo el mundo tiene bebés. Es algo natural.
—Eres bastante maravillosa.
—No lo soy. Pero no debes molestarte, querido. Intentaré no causarte problemas. Sé que ahora he causado problemas. Pero, ¿no he sido una buena chica hasta ahora? Nunca lo supiste, ¿verdad?
—No.
—Todo será así. Simplemente no debes preocuparte. Veo que estás preocupado. Déjalo. Déjalo ahora mismo. ¿No te gustaría una copa, querido? Sé que una copa siempre te hace sentir alegre.
—No. Me siento alegre. Y tú eres bastante maravillosa.
—No lo soy. Pero lo arreglaré todo para estar juntos si eliges un lugar para que vayamos. Debería ser encantador en octubre. Pasaremos un tiempo encantador, querido, y te escribiré todos los días mientras estés en el frente.
—¿Dónde estarás?
—No lo sé todavía. Pero en algún lugar espléndido. Me ocuparé de todo eso.
Estuvimos un rato en silencio y no hablamos. Catherine estaba sentada en la cama y yo la miraba, pero no nos tocamos. Estábamos separados como cuando alguien entra en una habitación y la gente se siente cohibida. Ella extendió su mano y tomó la mía.
—No estás enfadado, ¿verdad, querido?
—No.
—¿Y no te sientes atrapado?
—Quizás un poco. Pero no por ti.
—No me refería por mí. No debes ser estúpido. Me refería a estar atrapado en general.
—Siempre te sientes atrapado biológicamente.
Se fue muy lejos sin moverse ni retirar su mano.
—"Siempre" no es una palabra bonita.
—Lo siento.
—Está bien. Pero verás, nunca he tenido un bebé y ni siquiera he amado a nadie. Y he intentado ser como tú querías y luego hablas de "siempre".
—Podría cortarme la lengua —ofrecí.
—¡Oh, querido! —volvió de dondequiera que estuviera—. No debes hacerme caso. —Ambos estábamos juntos de nuevo y la cohibición había desaparecido—. Realmente somos la misma persona y no debemos malentendernos a propósito.
—No lo haremos.
—Pero la gente lo hace. Se aman y se malentienden a propósito y pelean y luego de repente ya no son la misma persona.
—No pelearemos.
—No debemos. Porque solo somos nosotros dos y en el mundo está todo el resto de ellos. Si algo se interpone entre nosotros estamos perdidos y entonces nos tienen.
—No nos atraparán —dije—. Porque eres demasiado valiente. Nunca le pasa nada a los valientes.
—Mueren, por supuesto.
—Pero solo una vez.
—No lo sé. ¿Quién dijo eso?
—¿El cobarde muere mil muertes, el valiente solo una?
—Por supuesto. ¿Quién lo dijo?
—No lo sé.
—Probablemente era un cobarde —dijo ella—. Sabía mucho sobre los cobardes pero nada sobre los valientes. El valiente muere quizás dos mil muertes si es inteligente. Simplemente no las menciona.
—No lo sé. Es difícil ver dentro de la cabeza del valiente.
—Sí. Así es como se mantienen así.
—Eres una autoridad.
—Tienes razón, querido. Eso estuvo bien merecido.
—Eres valiente.
—No —dijo—. Pero me gustaría serlo.
—Yo no —dije—. Sé dónde estoy parado. He estado fuera lo suficiente para saberlo. Soy como un jugador de béisbol que batea doscientos treinta y sabe que no es mejor.
—¿Qué es un jugador de béisbol que batea doscientos treinta? Es terriblemente impresionante.
—No lo es. Significa un bateador mediocre en béisbol.
—Pero aun así un bateador —me instó.
—Supongo que ambos somos engreídos —dije—. Pero tú eres valiente.
—No. Pero espero serlo.
—Ambos somos valientes —dije—. Y soy muy valiente cuando he tomado una copa.
—Somos personas espléndidas —dijo Catherine. Fue hacia el armario y me trajo el coñac y un vaso. —Toma una copa, querido —dijo—. Has sido terriblemente bueno.
—Realmente no quiero una.
—Tómala.
—Está bien. —Vertí el vaso de agua hasta un tercio de su capacidad con coñac y me lo bebí de un trago.
—Eso fue muy grande —dijo ella—. Sé que el brandy es para héroes. Pero no deberías exagerar.
—¿Dónde viviremos después de la guerra?
—En un asilo de ancianos probablemente —dijo—. Durante tres años esperé infantilmente que la guerra terminara en Navidad. Pero ahora espero hasta cuando nuestro hijo sea capitán de corbeta.
—Quizás sea general.
—Si es una guerra de cien años tendrá tiempo de probar ambos servicios.
—¿No quieres una copa?
—No. Siempre te hace feliz, querido, y a mí solo me hace marear.
—¿Nunca bebiste brandy?
—No, querido. Soy una esposa muy anticuada.
Alcancé la botella en el suelo y me serví otra copa.
—Será mejor que vaya a echar un vistazo a tus compatriotas —dijo Catherine. —Quizá leas los periódicos hasta que yo vuelva.
—¿Tienes que irte?
—Ahora o después.
—Está bien. Ahora.
—Volveré más tarde.
—Habré terminado los periódicos —dije.
CAPÍTULO XXII
Aquella noche refrescó y al día siguiente estuvo lloviendo. Al volver a casa desde el Ospedale Maggiore llovía muy fuerte y llegué empapado. En mi habitación, la lluvia caía con fuerza sobre el balcón y el viento la lanzaba contra las puertas acristaladas. Me cambié de ropa y bebí un poco de brandy, pero el brandy no me supo bien. Me sentí mal durante la noche y por la mañana, después del desayuno, tuve náuseas.
—No cabe duda —dijo el médico de guardia—. Mire el blanco de sus ojos, señorita.
La señorita Gage miró. Me hicieron mirar en un espejo. El blanco de los ojos estaba amarillo y era ictericia. Estuve enfermo con eso durante dos semanas. Por esa razón no pasamos juntos el permiso de convalecencia. Habíamos planeado ir a Pallanza, en el Lago Maggiore. Allí se está bien en otoño, cuando las hojas cambian de color. Hay paseos que se pueden dar y se puede pescar truchas al curricán en el lago. Hubiera sido mejor que Stresa porque hay menos gente en Pallanza. A Stresa se llega tan fácilmente desde Milán que siempre hay gente que conoces. Hay un pueblo agradable en Pallanza y se puede remar hasta las islas donde viven los pescadores y hay un restaurante en la isla más grande. Pero no fuimos.
Un día, mientras estaba en la cama con ictericia, la señorita Van Campen entró en la habitación, abrió la puerta del armario y vio las botellas vacías. Yo había mandado bajar un cargamento con el portero y creo que debió de verlas salir y subir a buscar más. Eran en su mayoría botellas de vermú, botellas de marsala, botellas de capri, frascos vacíos de chianti y unas cuantas botellas de coñac. El portero se había llevado las botellas grandes, las que habían contenido vermú, y los frascos de chianti cubiertos de paja, y había dejado las botellas de brandy para el final. Fueron las botellas de brandy y una botella con forma de oso, que había contenido kümmel, lo que encontró la señorita Van Campen. La botella con forma de oso la enfureció particularmente. La levantó; el oso estaba sentado sobre sus cuartos traseros con las patas levantadas; había un corcho en su cabeza de cristal y unos pocos cristales pegajosos en el fondo. Me reí.
—Era kümmel —dije—. El mejor kümmel viene en esas botellas con forma de oso. Viene de Rusia.
—Esas son todas botellas de brandy, ¿no es así? —preguntó la señorita Van Campen.
—No puedo verlas todas —dije—. Pero probablemente lo sean.
—¿Desde hace cuánto tiempo ocurre esto?
—Yo mismo las compré y las traje —dije—. He tenido oficiales italianos visitándome con frecuencia y he tenido brandy para ofrecerles.
—¿No las ha estado bebiendo usted mismo? —dijo.
—También las he bebido yo mismo.
—Brandy —dijo—. Once botellas vacías de brandy y ese líquido de oso.
—Kümmel.
—Mandaré a alguien para que se las lleve. ¿Son todas las botellas vacías que tiene?
—Por el momento.
—Y yo compadeciéndole por tener ictericia. La compasión es algo que se desperdicia con usted.
—Gracias.
—Supongo que no se le puede culpar por no querer volver al frente. Pero pensaría que intentaría algo más inteligente que provocarse una ictericia con alcoholismo.
—¿Con qué?
—Con alcoholismo. Me ha oído decirlo. No dije nada. A menos que encuentre otra cosa, me temo que tendrá que volver al frente cuando termine con su ictericia. No creo que una ictericia autoinfligida le dé derecho a un permiso de convalecencia.
—¿No cree?
—No lo creo.
—¿Ha tenido ictericia alguna vez, señorita Van Campen?
—No, pero he visto una gran cantidad de ella.
—¿Se dio cuenta de cómo la disfrutaban los pacientes?
—Supongo que es mejor que el frente.
—Señorita Van Campen —dije—, ¿conoció alguna vez a un hombre que intentara incapacitarse dándose patadas en el escroto?
La señorita Van Campen ignoró la pregunta real. Tenía que ignorarla o salir de la habitación. No estaba lista para irse porque me había detestado durante mucho tiempo y ahora estaba cobrándose.
—He conocido a muchos hombres que escaparon del frente mediante heridas autoinfligidas.
—Esa no era la pregunta. También he visto heridas autoinfligidas. Le pregunté si había conocido alguna vez a un hombre que intentara incapacitarse dándose patadas en el escroto. Porque esa es la sensación más parecida a la ictericia y es una sensación que creo que pocas mujeres han experimentado jamás. Por eso le pregunté si había tenido ictericia alguna vez, señorita Van Campen, porque... —La señorita Van Campen salió de la habitación. Más tarde entró la señorita Gage.
—¿Qué le dijiste a Van Campen? Estaba furiosa.
—Estábamos comparando sensaciones. Iba a sugerir que ella nunca había experimentado el parto...
—Eres un idiota —dijo Gage—. Va a por tu cabeza.
—Ya tiene mi cabeza —dije—. Me ha hecho perder el permiso y podría intentar que me sometan a un consejo de guerra. Es lo bastante ruin.
—Nunca le gustaste —dijo Gage—. ¿De qué se trata?
—Dice que me he emborrachado hasta tener ictericia para no volver al frente.
—Bah —dijo Gage—. Juraré que nunca has tomado una copa. Todo el mundo jurará que nunca has tomado una copa.
—Encontró las botellas.
—Te he dicho cien veces que quitaras esas botellas. ¿Dónde están ahora?
—En el armario.
—¿Tienes una maleta?
—No. Ponlas en esa mochila.
La señorita Gage guardó las botellas en la mochila. —Se las daré al portero —dijo. Se dirigió a la puerta.
—Un momento —dijo la señorita Van Campen. —Me llevaré esas botellas. —Tenía al portero con ella—. Llévelas, por favor —dijo—. Quiero enseñárselas al médico cuando haga mi informe.
Bajó por el pasillo. El portero llevaba el saco. Sabía lo que contenía.
No ocurrió nada, excepto que perdí mi permiso.
CAPÍTULO XXIII
La noche en que debía regresar al frente, envié al portero para que me guardara un asiento en el tren cuando llegara de Turín. El tren debía salir a medianoche. Se formaba en Turín y llegaba a Milán alrededor de las diez y media de la noche, permaneciendo en la estación hasta la hora de salida. Había que estar allí cuando llegaba, para conseguir un asiento. El portero llevó a un amigo suyo, un ametrallador con permiso que trabajaba en una sastrería, y estaba seguro de que entre los dos podrían guardar un sitio. Les di dinero para los billetes de andén y les hice llevar mi equipaje. Había una mochila grande y dos morrales.
Me despedí en el hospital alrededor de las cinco y salí. El portero tenía mi equipaje en su conserjería y le dije que estaría en la estación poco antes de medianoche. Su mujer me llamó "Signorino" y lloró. Se secó los ojos, me dio la mano y volvió a llorar. Le di una palmada en la espalda y lloró una vez más. Ella me había hecho los remiendos y era una mujer pequeña, rechoncha, de cara alegre y pelo blanco. Cuando lloraba, toda su cara se desmoronaba. Fui hasta la esquina donde había una tienda de vinos y esperé dentro mirando por la ventana. Fuera estaba oscuro, hacía frío y había niebla. Pagué mi café y grappa y observé a la gente que pasaba bajo la luz de la ventana. Vi a Catherine y llamé al cristal. Ella miró, me vio y sonrió, y salí a su encuentro. Llevaba una capa azul oscuro y un sombrero de fieltro suave. Caminamos juntos, por la acera pasando las tiendas de vinos, luego cruzamos la plaza del mercado y subimos por la calle y a través del arco hacia la plaza de la catedral. Había vías de tranvía y más allá estaba la catedral. Estaba blanca y húmeda por la niebla. Cruzamos las vías del tranvía. A nuestra izquierda estaban las tiendas, con sus escaparates iluminados, y la entrada a la galería. Había niebla en la plaza y cuando nos acercamos a la fachada de la catedral, esta era enorme y la piedra estaba mojada.
—¿Quieres entrar?
—No —dijo Catherine. Seguimos caminando. Había un soldado de pie con su novia en la sombra de uno de los contrafuertes de piedra delante de nosotros y los pasamos. Estaban de pie, muy pegados contra la piedra, y él le había puesto su capa alrededor.
—Son como nosotros —dije.
—Nadie es como nosotros —dijo Catherine. No lo dijo con alegría.
—Ojalá tuvieran algún lugar adonde ir.
—Quizá no les sirviera de nada.
—No lo sé. Todo el mundo debería tener algún lugar adonde ir.
—Tienen la catedral —dijo Catherine. Ya la habíamos pasado. Cruzamos el extremo opuesto de la plaza y miramos hacia atrás, hacia la catedral. Estaba hermosa en la niebla. Estábamos parados frente a la tienda de artículos de cuero. Había botas de montar, una mochila y botas de esquí en el escaparate. Cada artículo estaba colocado por separado como una pieza de exposición; la mochila en el centro, las botas de montar a un lado y las botas de esquí al otro. El cuero era oscuro y estaba aceitado, suave como una silla de montar usada. La luz eléctrica creaba reflejos sobre el cuero aceitado y mate.
—Esquiaremos alguna vez.
—Dentro de dos meses habrá esquí en Mürren —dijo Catherine.
—Vayamos allí.
—Muy bien —dijo. Seguimos pasando por otros escaparates y giramos por una calle lateral.
—Nunca he pasado por aquí.
—Este es el camino por el que voy al hospital —dije. Era una calle estrecha y nos mantuvimos por el lado derecho. Mucha gente pasaba entre la niebla. Había tiendas y todos los escaparates estaban iluminados. Miramos en un escaparate una pila de quesos. Me detuve frente a una armería.
—Entra un minuto. Tengo que comprar una pistola.
—¿Qué tipo de pistola?
—Una pistola. Entramos y me desabroché el cinturón y lo puse con la funda vacía sobre el mostrador. Había dos mujeres detrás del mostrador. Las mujeres sacaron varias pistolas.
—Debe encajar en esto —dije, abriendo la funda. Era una funda de cuero gris y la había comprado de segunda mano para llevarla por la ciudad.
—¿Tienen buenas pistolas? —preguntó Catherine.
—Son todas más o menos iguales. ¿Puedo probar esta? —le pregunté a la mujer.
—No tengo lugar ahora para disparar —dijo—. Pero es muy buena. No se equivocará con ella.
Monté el percutor y tiré de la corredera. El muelle estaba algo duro pero funcionaba suavemente. Apunté y volví a montar.
—Es usada —dijo la mujer—. Perteneció a un oficial que era un excelente tirador.
—¿Se la vendió usted?
—Sí.
—¿Cómo la recuperó?
—De su asistente.
—Tal vez tenga la mía —dije—. ¿Cuánto cuesta?
—Cincuenta liras. Es muy barata.
—Está bien. Quiero dos cargadores extra y una caja de cartuchos.
Los trajo de debajo del mostrador.
—¿Necesita una espada? —preguntó—. Tengo algunas espadas usadas muy baratas.
—Voy al frente —dije.
—Oh, sí, entonces no necesitará una espada —dijo.
Pagué los cartuchos y la pistola, llené el cargador y lo puse en su lugar, metí la pistola en mi funda vacía, llené los cargadores extra con cartuchos y los puse en las ranuras de cuero de la funda y luego me abroché el cinturón. La pistola se sentía pesada en el cinturón. Aún así, pensé, era mejor tener una pistola reglamentaria. Siempre se podían conseguir balas.
—Ahora estamos totalmente armados —dije—. Eso era lo único que tenía que recordar hacer. Alguien se llevó la otra cuando iba al hospital.
—Espero que sea una buena pistola —dijo Catherine.
—¿Había algo más? —preguntó la mujer.
—No lo creo.
—La pistola tiene una correa —dijo.
—Ya me di cuenta. —La mujer quería vender algo más.
—¿No necesita un silbato?
—No lo creo.
La mujer se despidió y salimos a la acera. Catherine miró el escaparate. La mujer miró hacia fuera y nos hizo una reverencia.
—¿Para qué son esos espejitos engastados en madera?
—Son para atraer a los pájaros. Los hacen girar en el campo y las alondras los ven y salen y los italianos les disparan.
—Son un pueblo ingenioso —dijo Catherine—. Tú no disparas a las alondras, ¿verdad, querido, en Estados Unidos?
—No especialmente.
Cruzamos la calle y empezamos a caminar por el otro lado.
—Me siento mejor ahora —dijo Catherine—. Me sentía terrible cuando empezamos.
—Siempre nos sentimos bien cuando estamos juntos.
—Siempre estaremos juntos.
—Sí, excepto que me voy a medianoche.
—No pienses en ello, querido.
Caminamos calle arriba. La niebla hacía que las luces se vieran amarillas.
—¿No estás cansada? —preguntó Catherine.
—¿Y tú?
—Estoy bien. Es divertido caminar.
—Pero no lo hagamos demasiado tiempo.
—No.
Doblamos por una calle lateral donde no había luces y caminamos por la calzada. Me detuve y besé a Catherine. Mientras la besaba sentí su mano en mi hombro. Había echado mi capa sobre ella de modo que nos cubriera a los dos. Estábamos de pie en la calle contra un muro alto.
—Vayamos a alguna parte —dije.
—Bien —dijo Catherine. Caminamos por la calle hasta que desembocó en una calle más ancha que estaba al lado de un canal. Al otro lado había un muro de ladrillo y edificios. Más adelante, calle abajo, vi un tranvía cruzar un puente.
—Podemos conseguir un taxi en el puente —dije. Nos quedamos de pie en el puente, entre la niebla, esperando un coche. Pasaron varios tranvías, llenos de gente que volvía a casa. Luego apareció un carruaje, pero llevaba a alguien dentro. La niebla se estaba convirtiendo en lluvia.
—Podríamos caminar o tomar un tranvía —dijo Catherine.
—Vendrá uno —dije—. Pasan por aquí.
—Ahí viene uno —dijo.
El cochero detuvo a su caballo y bajó la señal metálica de su taxímetro. La capota del carruaje estaba subida y había gotas de agua en el abrigo del cochero. Su sombrero barnizado brillaba con la humedad. Nos sentamos juntos en el asiento y la capota del carruaje nos dejó a oscuras.
—¿Adónde le dijiste que fuera?
—A la estación. Hay un hotel frente a la estación adonde podemos ir.
—¿Podemos ir tal como estamos? ¿Sin equipaje?
—Sí —dije.
Fue un largo trayecto hasta la estación por calles laterales bajo la lluvia.
—¿No cenaremos? —preguntó Catherine—. Me temo que tendré hambre.
—Cenaremos en nuestra habitación.
—No tengo nada que ponerme. Ni siquiera tengo un camisón.
—Conseguiremos uno —dije y llamé al cochero.
—Vaya a Via Manzoni y suba por allí. —Él asintió y giró a la izquierda en la siguiente esquina. En la calle grande, Catherine buscaba una tienda.
—Aquí hay un sitio —dijo. Detuve al cochero, Catherine bajó, cruzó la acera y entró. Me recosté en el carruaje y esperé por ella. Estaba lloviendo y podía oler la calle mojada y al caballo humeando bajo la lluvia. Volvió con un paquete, subió y seguimos adelante.
—He sido muy extravagante, querido —dijo—, pero es un camisón fino.
En el hotel le pedí a Catherine que esperara en el carruaje mientras yo entraba a hablar con el gerente. Había muchas habitaciones. Luego salí al carruaje, pagué al cochero y Catherine y yo entramos juntos. El botones con uniforme llevó el paquete. El gerente nos indicó el ascensor con una inclinación de cabeza. Había mucho terciopelo rojo y bronce. El gerente subió con nosotros en el ascensor.
—¿Monsieur y Madame desean cenar en su habitación?
—Sí. ¿Haría que trajeran el menú? —dije.
—¿Desean algo especial para cenar? ¿Alguna pieza de caza o un soufflé?
El ascensor pasó tres pisos con un clic cada vez, luego hizo clic y se detuvo.
—¿Qué tiene de caza?
—Podría conseguir un faisán, o una chocha perdiz.
—Una chocha perdiz —dije. Caminamos por el pasillo. La alfombra estaba gastada. Había muchas puertas. El gerente se detuvo, abrió una puerta con una llave y la abrió.
—Aquí está. Una habitación encantadora.
El botones puso el paquete sobre la mesa en el centro de la habitación. El gerente abrió las cortinas.
—Está nublado fuera —dijo. La habitación estaba amueblada con terciopelo rojo. Había muchos espejos, dos sillas y una cama grande con una colcha de satén. Una puerta conducía al baño.
—Enviaré el menú —dijo el gerente. Hizo una reverencia y salió.
Fui a la ventana y miré hacia fuera, luego tiré de un cordón que cerró las gruesas cortinas de terciopelo. Catherine estaba sentada en la cama, mirando la lámpara de araña de cristal tallado. Se había quitado el sombrero y su pelo brillaba bajo la luz. Se vio a sí misma en uno de los espejos y se llevó las manos al pelo. La vi en otros tres espejos. No parecía feliz. Dejó caer su capa sobre la cama.
—¿Qué te pasa, querida?
—Nunca me sentí como una puta antes —dijo. Fui hacia la ventana, descorrí la cortina y miré fuera. No había pensado que sería así.
—No eres una puta.
—Lo sé, querido. Pero no es agradable sentirse como una. —Su voz era seca y plana.
—Este era el mejor hotel que pudimos conseguir —dije. Miré por la ventana. Al otro lado de la plaza estaban las luces de la estación. Pasaban carruajes por la calle y vi los árboles del parque. Las luces del hotel brillaban sobre el pavimento mojado. Oh, diablos, pensé, ¿tenemos que discutir ahora?
—Ven aquí, por favor —dijo Catherine. La planicie había desaparecido de su voz—. Ven aquí, por favor. Vuelvo a ser una chica buena. —Miré hacia la cama. Ella estaba sonriendo.
Me acerqué, me senté en la cama a su lado y la besé.
—Eres mi chica buena.
—Soy sin duda tuya —dijo.
Después de cenar nos sentimos bien, y luego, después, nos sentimos muy felices y en poco tiempo la habitación se sintió como nuestro propio hogar. Mi habitación en el hospital había sido nuestro propio hogar y esta habitación era también nuestro hogar de la misma manera.
Catherine llevaba mi túnica sobre los hombros mientras comíamos. Teníamos mucha hambre y la comida estaba buena y bebimos una botella de Capri y una botella de St. Estephe. Yo bebí la mayor parte, pero Catherine bebió un poco y eso la hizo sentirse espléndida. Para cenar tuvimos chocha perdiz con patatas soufflé y puré de castañas, una ensalada, y zabaione de postre.
—Es una habitación magnífica —dijo Catherine—. Es una habitación encantadora. Deberíamos habernos quedado aquí todo el tiempo que hemos estado en Milán.
—Es una habitación curiosa. Pero es bonita.
—El vicio es algo maravilloso —dijo Catherine—. La gente que se dedica a él parece tener buen gusto al respecto. El terciopelo rojo es realmente fino. Es justo lo que hace falta. Y los espejos son muy atractivos.
—Eres una chica encantadora.
—No sé cómo sería despertar en una habitación como esta por la mañana. Pero es realmente una habitación espléndida. —Serví otra copa de St. Estephe.
—Ojalá pudiéramos hacer algo realmente pecaminoso —dijo Catherine—. Todo lo que hacemos parece tan inocente y sencillo. No puedo creer que hagamos algo malo.
—Eres una chica estupenda.
—Solo siento hambre. Me entra un hambre terrible.
—Eres una chica buena y sencilla —dije.
—Soy una chica sencilla. Nadie lo entendió nunca excepto tú.
—Una vez, cuando te conocí, pasé una tarde pensando en cómo iríamos juntos al Hotel Cavour y cómo sería.
—Eso fue increíblemente atrevido por tu parte. Este no es el Cavour, ¿verdad?
—No. No nos habrían dejado entrar allí.
—Ya nos acogerán en algún momento. Pero en eso nos diferenciamos, cariño. Yo nunca he pensado en nada.
—¿De verdad nunca en nada?
—Un poco —dijo ella.
—Oh, eres una chica maravillosa.
Serví otro vaso de vino.
—Soy una chica muy sencilla —dijo Catherine.
—Al principio no me lo pareció. Pensé que eras una chica loca.
—Estaba un poco loca. Pero no estaba loca de ninguna manera complicada. No te confundí, ¿verdad, cariño?
—El vino es una cosa magnífica —dije—. Te hace olvidar todo lo malo.
—Es encantador —dijo Catherine—. Pero a mi padre le ha dado una gota terrible.
—¿Tienes padre?
—Sí —dijo Catherine—. Tiene gota. Nunca tendrás que conocerlo. ¿Tú no tienes padre?
—No —dije—. Un padrastro.
—¿Me caerá bien?
—Tampoco tendrás que conocerlo.
—Lo pasamos tan bien —dijo Catherine—. Ya nada más me interesa. Soy muy feliz casada contigo.
El camarero vino y se llevó las cosas. Pasado un rato nos quedamos muy quietos y podíamos oír la lluvia. Abajo, en la calle, tocó el claxon un automóvil.
«Pero a mi espalda siempre oigo el alado carro del tiempo acercándose apresurado»,
dije.
—Conozco ese poema —dijo Catherine—. Es de Marvell. Pero trata de una chica que no quería vivir con un hombre.
Sentía la cabeza muy despejada y fría y tenía ganas de hablar de hechos concretos.
—¿Dónde vas a tener al bebé?
—No lo sé. En el mejor sitio que encuentre.
—¿Cómo lo organizarás?
—Lo mejor que pueda. No te preocupes, cariño. Puede que tengamos varios bebés antes de que termine la guerra.
—Ya casi es hora de irse.
—Lo sé. Puedes hacer que sea la hora si quieres.
—No.
—Entonces no te preocupes, cariño. Estabas bien hasta ahora y ahora te estás preocupando.
—No me preocuparé. ¿Con qué frecuencia escribirás?
—Todos los días. ¿Leen tus cartas?
—No saben suficiente inglés como para molestar.
—Las haré muy confusas —dijo Catherine.
—Pero no demasiado confusas.
—Solo las haré un poco confusas.
—Me temo que tenemos que empezar a irnos.
—Está bien, cariño.
—Odio dejar nuestra bonita casa.
—Y yo.
—Pero tenemos que irnos.
—Está bien. Pero nunca nos instalamos en nuestra casa por mucho tiempo.
—Ya lo estaremos.
—Tendré una casa estupenda para ti cuando vuelvas.
—A lo mejor estoy de vuelta enseguida.
—Tal vez te hieran solo un poco en el pie.
—O en el lóbulo de la oreja.
—No, quiero tus orejas tal como están.
—¿Y no mis pies?
—A tus pies ya les han dado.
—Tenemos que irnos, cariño. De verdad.
—Está bien. Ve tú primero.
CAPÍTULO XXIV
Bajamos por las escaleras en lugar de coger el ascensor. La alfombra de los escalones estaba desgastada. Yo había pagado la cena cuando la subieron y el camarero, que la había traído, estaba sentado en una silla cerca de la puerta. Se levantó de un salto y se inclinó, y yo fui con él a la habitación contigua y pagué la cuenta de la habitación. El director me había recordado como a un amigo y se había negado a aceptar el pago por adelantado, pero al retirarse se había acordado de apostar al camarero junto a la puerta para que yo no saliera sin pagar. Supongo que eso ocurría incluso con sus amigos. Uno tenía tantos amigos en una guerra.
Le pedí al camarero que nos consiguiera un coche de caballos y él cogió el paquete de Catherine que yo llevaba y salió con un paraguas. Desde dentro, a través de la ventana, lo vimos cruzar la calle bajo la lluvia. Nos quedamos en la habitación contigua mirando por la ventana.
—¿Cómo te sientes, Cat?
—Con sueño.
—Yo me siento vacío y hambriento.
—¿Tienes algo de comer?
—Sí, en mi *musette*.
Vi llegar el coche. Se detuvo, con la cabeza del caballo gachando bajo la lluvia, y el camarero bajó, abrió su paraguas y vino hacia el hotel. Lo encontramos en la puerta y salimos bajo el paraguas por la acera mojada hasta el coche junto al bordillo. El agua corría por la cuneta.
—Ahí tiene su paquete en el asiento —dijo el camarero. Se quedó con el paraguas hasta que estuvimos dentro y le hube dado una propina.
—Muchas gracias. Buen viaje —dijo. El cochero levantó las riendas y el caballo arrancó. El camarero se dio la vuelta bajo el paraguas y se dirigió al hotel. Avanzamos por la calle y giramos a la izquierda, luego rodeamos a la derecha frente a la estación. Había dos *carabinieri* de pie bajo la luz, a resguardo de la lluvia. La luz brillaba en sus sombreros. La lluvia era clara y transparente contra la luz de la estación. Un mozo de equipajes salió de debajo del tejad
illo y nos saludó. Giramos y empezamos a subir la cuesta hacia la colina. El coche era pesado y el caballo se esforzaba. La ciudad quedó atrás y empezamos a subir por la carretera de montaña. Las luces de la ciudad se veían abajo. Seguíamos subiendo. La lluvia golpeaba contra la capota. Estábamos en silencio.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Me gusta ir contigo.
—A mí también. —Me tomó la mano—. Estoy muy contenta de que hayas vuelto.
—Yo también.
El coche seguía subiendo por la carretera. El caballo resoplaba.
—¿Tienes que volver pronto?
—Tengo que estar en Gorizia mañana por la mañana.
—Entonces tenemos poco tiempo.
—Sí.
—Bueno —dijo ella—. Entonces no lo desperdiciemos.
El coche se detuvo en una parte oscura de la carretera, bajo unos árboles donde la lluvia caía más suavemente. El cochero no se volvió. La lluvia repiqueteaba sobre la capota del coche. Estaba oscuro y ella estaba allí, y el olor de su pelo era como el de la lluvia, y la besé y ella se inclinó hacia mí, y sentí su cuerpo contra el mío, y en la oscuridad el coche se balanceó.
—Oh, te quiero tanto —dijo ella—. ¿No te quedarás conmigo? No puedo quedarme aquí, pero ¿no te quedarás en algún sitio?
—Tengo que volver a Gorizia.
—Lo sé. Es una lástima. —Se apartó un poco y me miró—. Te quiero mucho. Es una locura, ¿verdad?
—No es ninguna locura.
—Lo es. Es una locura, pero me gusta. ¿Me quieres?
—Sí, te quiero.
—Dímelo de verdad.
—Te quiero de verdad.
—Oh, me alegro. No te sientas obligado a decirlo.
—No me siento obligado.
—Qué bien. Ahora ya no me siento sola.
El coche seguía detenido bajo los árboles. La lluvia caía sobre el techo.
—¿Tienes miedo? —pregunté.
—No. Ya no tengo miedo de nada ahora que estás aquí. ¿Es extraño?
—No, no es extraño.
—Es extraño —dijo ella—. Todo el mundo tiene miedo. Pero yo ya no.
—Yo tampoco.
—Es curioso —dijo ella—. Quizá sea porque los dos estamos un poco locos.
—Eso debe ser.
—No me importa. Estoy feliz. ¿Tú eres feliz?
—Sí.
—Oh, qué bien. Qué bien que estés aquí.
El cochero se aclaró la garganta.
—Debemos continuar —dijo ella—. El hombre se está impacientando.
—¡Adelante! —le grité al cochero.
El coche se puso en marcha. Subimos por la ladera de la montaña. La lluvia se había convertido en una llovizna fina.
—¿A dónde vamos?
—A ninguna parte —dijo ella—. Solo estamos dando una vuelta.
—¿No te vas a resfriar?
—No. Estoy muy bien.
Nos sentamos juntos y el coche avanzó por la oscura carretera de montaña.
—Me siento tan bien —dijo ella—. Es como si estuviéramos solos en el mundo.
—Lo estamos.
—Es una lástima que no podamos estarlo siempre.
—Sí.
—Pero esto es bastante bueno.
—Es mucho mejor que bueno.
El coche siguió subiendo. Las luces de la ciudad estaban muy abajo ahora, pequeñas y distantes.
—¿Crees que la guerra se acabará pronto? —preguntó ella.
—Eso espero.
—Yo también, para que podamos estar juntos de verdad.
—Estaría bien.
—Lo será. —Me apretó la mano—. Será maravilloso.
Subimos hasta que el camino se niveló y pudimos ver las luces de algunos pueblos en la distancia a través de la llovizna. Luego el cochero dio la vuelta y empezamos a bajar.
—Es hora de volver —dijo ella—. No quiero que te metas en líos por mi culpa.
—No me meteré en líos.
—Debes ser cuidadoso. Te quiero tanto que no soportaría que te pasara nada.
—No me pasará nada.
Bajamos la cuesta de regreso a la ciudad. Estaba más oscuro ahora y la lluvia era más fuerte. Cuando llegamos a la entrada del hotel, el cochero se detuvo.
—Gracias —dije.
—No, gracias a ti —dijo ella.
Bajé y la ayudé a bajar. El mozo de equipajes estaba allí.
—Buenas noches —dijo ella.
—Buenas noches —dije.
Ella entró en el hotel y yo me quedé allí un momento. El cochero me miraba. Le pagué y el coche se alejó por la calle mojada. Entré en el hotel. Estaba cansado, pero me sentía bien. Subí las escaleras y entré en mi habitación. Estaba oscura y silenciosa. Me quité la ropa y me metí en la cama. Estaba muy cansado y me dormí enseguida.
—Sí —dije—, pero ese era un caso especial porque era una fortaleza más que una montaña, después de todo. Los austríacos llevaban años fortificándola. Me refería a que, tácticamente, en una guerra donde hay cierto movimiento, una sucesión de montañas no es nada para mantener una línea, porque es demasiado fácil flanquearlas. Deberías tener movilidad posible y una montaña no es muy móvil. Además, la gente siempre dispara por encima del objetivo cuesta abajo. Si se flanqueaba, los mejores hombres quedarían atrapados en las montañas más altas. No creía en una guerra en las montañas. Había pensado mucho en ello, dije. Tú te hacías con una montaña y ellos con otra, pero cuando algo empezaba realmente, todos tenían que bajar de las montañas.
¿Qué ibas a hacer si tuvieras una frontera de montañas? —preguntó.
Aún no lo había resuelto, dije, y ambos nos reímos. —Pero —añadí—, en los viejos tiempos, los austríacos siempre eran derrotados en el cuadrilátero alrededor de Verona. Los dejaban bajar a la llanura y los derrotaban allí.
—Sí —dijo Gino—. Pero aquellos eran franceses y puedes resolver problemas militares con claridad cuando luchas en el país de otro.
—Sí —convine—, cuando es tu propio país no puedes usarlo de forma tan científica.
—Los rusos lo hicieron, para atrapar a Napoleón.
—Sí, pero tenían mucho país. Si intentaras retirarte para atrapar a Napoleón en Italia, te encontrarías en Brindisi.
—Un lugar terrible —dijo Gino—. ¿Has estado allí alguna vez?
—No para quedarme.
—Soy patriota —dijo Gino—. Pero no puedo amar Brindisi ni Tarento.
—¿Amas el Bainsizza? —pregunté.
—El suelo es sagrado —dijo—. Pero ojalá cultivara más patatas. Sabes, cuando vinimos aquí encontramos campos de patatas que habían plantado los austríacos.
—¿Ha habido realmente escasez de comida?
—Yo mismo nunca he tenido suficiente para comer, pero soy de buen comer y no me he muerto de hambre. El rancho es normal. Los regimientos en la línea reciben comida bastante buena, pero los de apoyo no reciben tanta. Algo anda mal en algún lugar. Debería haber mucha comida.
—Los especuladores la están vendiendo en otra parte.
—Sí, les dan a los batallones de primera línea tanto como pueden, pero los de atrás están muy escasos. Se han comido todas las patatas de los austríacos y las castañas de los bosques. Deberían alimentarlos mejor. Somos de buen comer. Estoy seguro de que hay mucha comida. Es muy malo para los soldados estar escasos de comida. ¿Alguna vez has notado la diferencia que marca en tu forma de pensar?
—Sí —dije—. No puede ganar una guerra, pero puede perderla.
—No hablaremos de perder. Ya se habla bastante de perder. Lo que se ha hecho este verano no puede haber sido en vano.
No dije nada. Siempre me avergonzaban las palabras sagrado, glorioso y sacrificio, y la expresión en vano. Las habíamos oído, a veces de pie bajo la lluvia, casi fuera de alcance, de modo que solo llegaban las palabras gritadas, y las habíamos leído en proclamas que eran pegadas por los cartelistas sobre otras proclamas, desde hacía mucho tiempo, y yo no había visto nada sagrado; las cosas que eran gloriosas no tenían gloria y los sacrificios eran como los mataderos de Chicago si no se hacía nada con la carne más que enterrarla. Había muchas palabras que no podías soportar oír y, al final, solo los nombres de los lugares tenían dignidad. Ciertos números eran iguales, al igual que ciertas fechas, y estos, junto con los nombres de los lugares, eran todo lo que podías decir y que significara algo. Las palabras abstractas como gloria, honor, coraje o santo eran obscenas al lado de los nombres concretos de los pueblos, los números de las carreteras, los nombres de los ríos, los números de los regimientos y las fechas. Gino era patriota, así que decía cosas que a veces nos separaban, pero también era un buen chico y entendía que fuera patriota. Había nacido siéndolo. Se fue con Peduzzi en el coche para regresar a Gorizia.
Tormenta durante todo aquel día. El viento arrastraba la lluvia y por todas partes había agua estancada y barro. El yeso de las casas destruidas estaba gris y húmedo. Al final de la tarde la lluvia cesó y, desde el puesto número dos, vi el campo de otoño, desnudo y mojado, con nubes sobre las cimas de las colinas y el revestimiento de paja sobre las carreteras húmedo y goteante. El sol salió una vez antes de ocultarse y brilló sobre los bosques desnudos más allá de la cresta. Había muchos cañones austríacos en los bosques de esa cresta, pero solo unos pocos disparaban. Observé las repentinas bocanadas redondas de humo de metralla en el cielo sobre una granja destruida cerca de donde estaba la línea; suaves bocanadas con un destello blanco amarillento en el centro. Veías el destello, luego oías el chasquido, y después veías la bola de humo deformarse y diluirse con el viento. Había muchas bolas de hierro de metralla en los escombros de las casas y en la carretera junto a la casa destruida donde estaba el puesto, pero no cañonearon cerca del puesto aquella tarde. Cargamos dos coches y condujimos por la carretera que estaba protegida con esteras mojadas, y los últimos rayos del sol se filtraron por las aberturas entre las tiras de estera. Antes de que estuviéramos en la carretera despejada detrás de la colina, el sol ya se había puesto. Seguimos por la carretera despejada y, al doblar una esquina hacia campo abierto y entrar en el túnel cuadrado y arqueado de esteras, la lluvia comenzó de nuevo.
El viento arreció durante la noche y a las tres de la madrugada, con la lluvia cayendo a cántaros, hubo un bombardeo y los croatas cruzaron los prados de la montaña, atravesaron zonas boscosas y entraron en la línea de frente. Lucharon en la oscuridad bajo la lluvia, y un contraataque de hombres aterrorizados de la segunda línea los hizo retroceder. Hubo muchos cañonazos, muchas bengalas bajo la lluvia y fuego de ametralladora y fusilería a lo largo de toda la línea. No volvieron a atacar y se quedó más tranquilo; entre las ráfagas de viento y lluvia podíamos oír el sonido de un gran bombardeo mucho más al norte.
Los heridos llegaban al puesto, algunos transportados en camillas, otros caminando y otros cargados a la espalda por hombres que cruzaban el campo. Estaban empapados hasta los huesos y todos tenían miedo. Llenamos dos coches con los casos de camilla a medida que subían desde el sótano del puesto y, mientras cerraba la puerta del segundo coche y la aseguraba, sentí que la lluvia en mi cara se convertía en nieve. Los copos caían espesos y rápidos entre la lluvia.
Cuando amaneció, la tormenta seguía soplando, pero la nieve había cesado. Se había derretido al caer sobre el suelo mojado y ahora volvía a llover. Hubo otro ataque justo después del amanecer, pero no tuvo éxito. Esperamos un ataque durante todo el día, pero no llegó hasta que el sol se estaba ocultando. El bombardeo comenzó hacia el sur, debajo de la larga cresta boscosa donde estaban concentrados los cañones austríacos. Esperábamos un bombardeo, pero no se produjo. Estaba oscureciendo. Los cañones disparaban desde el campo detrás del pueblo y los proyectiles, al alejarse, tenían un sonido reconfortante.
Nos enteramos de que el ataque hacia el sur no había tenido éxito. No atacaron esa noche, pero supimos que habían logrado romper el frente hacia el norte. Durante la noche llegó la noticia de que debíamos prepararnos para retirarnos. El capitán del puesto me lo dijo. Lo sabía por la Brigada. Poco después regresó del teléfono y dijo que era mentira. La Brigada había recibido órdenes de que la línea del Bainsizza debía mantenerse pasara lo que pasara. Pregunté por la ruptura y dijo que había oído en la Brigada que los austríacos habían roto el vigésimo séptimo cuerpo de ejército hacia Caporetto. Había habido una gran batalla en el norte durante todo el día.
—Si esos bastardos les dejan pasar, estamos acabados —dijo.
—Son alemanes los que están atacando —dijo uno de los oficiales médicos. La palabra alemanes era algo que infundía miedo. No queríamos tener nada que ver con los alemanes.
—Hay quince divisiones de alemanes —dijo el oficial médico—. Han roto el frente y quedaremos aislados.
—En la Brigada dicen que esta línea debe mantenerse. Dicen que no han roto el frente gravemente y que mantendremos una línea a través de las montañas desde Monte Maggiore.
—¿Dónde oyen eso?
—De la División.
—La orden de que debíamos retirarnos vino de la División.
—Trabajamos bajo el Cuerpo de Ejército —dije—. Pero aquí trabajo bajo sus órdenes. Naturalmente, cuando usted me diga que me vaya, me iré. Pero aclare las órdenes.
—Las órdenes son que nos quedemos aquí. Usted evacúe a los heridos desde aquí al puesto de socorro.
—A veces también evacuamos desde el puesto de socorro a los hospitales de campaña —dije—. Dígame, nunca he visto una retirada; si hay una retirada, ¿cómo se evacúa a todos los heridos?
—No se les evacúa. Se llevan a tantos como pueden y dejan al resto.
—¿Qué llevaré en los coches?
—Equipo de hospital.
—Está bien —dije.
La noche siguiente comenzó la retirada. Nos enteramos de que los alemanes y los austríacos habían roto el frente en el norte y bajaban por los valles de las montañas hacia Cividale y Udine. La retirada era ordenada, húmeda y sombría. Durante la noche, avanzando lentamente por las carreteras atestadas, pasamos junto a tropas que marchaban bajo la lluvia, cañones, caballos tirando de carros, mulas, camiones, todo alejándose del frente. No había más desorden que en un avance.
Aquella noche ayudamos a vaciar los hospitales de campaña que se habían instalado en los pueblos menos arruinados de la meseta, llevando a los heridos hasta Plava, en el lecho del río; y al día siguiente trabajamos todo el día bajo la lluvia para evacuar los hospitales y el puesto de socorro en Plava. Llovía sin parar y el ejército del Bainsizza bajaba de la meseta bajo la lluvia de octubre y cruzaba el río donde habían comenzado las grandes victorias en la primavera de aquel año. Llegamos a Gorizia a mediodía del día siguiente. La lluvia había parado y el pueblo estaba casi vacío. Mientras subíamos por la calle, estaban cargando a las chicas del burdel de soldados en un camión. Eran siete chicas, llevaban sus sombreros y abrigos y cargaban pequeñas maletas. Dos de ellas lloraban. De las otras, una nos sonrió, sacó la lengua y la agitó de arriba abajo. Tenía labios gruesos y carnosos y ojos negros.
Detuve el coche, me acerqué y hablé con la matrona. Las chicas de la casa de los oficiales se habían ido temprano esa mañana, dijo. ¿A dónde iban? A Conegliano, dijo. El camión se puso en marcha. La chica de labios gruesos nos sacó la lengua otra vez. La matrona saludó con la mano. Las dos chicas seguían llorando. Las otras miraban con curiosidad hacia el pueblo. Volví al coche.
—Deberíamos ir con ellas —dijo Bonello—. Sería un buen viaje.
—Tendremos un buen viaje —dije.
—Tendremos un viaje infernal.
—A eso me refiero —dije. Llegamos a la entrada de la villa.
—Me gustaría estar allí cuando algunos de esos tipos duros se suban e intenten meterles mano.
—¿Crees que lo harán?
—Seguro. Todo el Segundo Ejército conoce a esa matrona.
Estábamos fuera de la villa.
—La llaman la Madre Superiora —dijo Bonello—. Las chicas son nuevas, pero todos la conocen. Deben de haberlas traído justo antes de la retirada.
—Se lo van a pasar bien.
—Ya lo creo que se lo pasarán bien. Me gustaría probar con ellas gratis. De todas formas, cobran demasiado en esa casa. El gobierno nos roba.
—Saca el coche y haz que los mecánicos lo revisen —dije—. Cambia el aceite y comprueba el diferencial. Llénalo y luego descansa un poco.
—Sí, Signor Tenente.
La villa estaba vacía. Rinaldi se había ido con el hospital. El mayor se había ido llevando al personal del hospital en el coche de estado mayor. Había una nota en la ventana para que cargara los coches con el material amontonado en el pasillo y me dirigiera a Pordenone. Los mecánicos ya se habían ido. Salí a la parte trasera, al garaje. Los otros dos coches llegaron mientras yo estaba allí y sus conductores bajaron. Empezaba a llover de nuevo.
—Tengo tanto sueño que me dormí tres veces viniendo aquí desde Plava —dijo Piani—. ¿Qué vamos a hacer, Tenente?
—Cambiaremos el aceite, los engrasaremos, los llenaremos, luego los llevaremos al frente y cargaremos la chatarra que han dejado.
—¿Entonces nos vamos?
—No, dormiremos tres horas.
—Cristo, me alegra dormir —dijo Bonello—. No podía mantenerme despierto conduciendo.
—¿Cómo está tu coche, Aymo? —pregunté.
—Está bien.
—Tráeme un mono y te ayudaré con el aceite.
—No haga eso, Tenente —dijo Aymo—. No es nada. Vaya a empacar sus cosas.
—Mis cosas ya están empacadas —dije—. Iré a sacar las cosas que dejaron para nosotros. Traed los coches en cuanto estén listos.
Trajeron los coches al frente de la villa y los cargamos con el equipo de hospital que estaba apilado en el vestíbulo. Cuando estuvo todo dentro, los tres coches quedaron alineados en la entrada bajo los árboles, bajo la lluvia. Entramos.
—Haced fuego en la cocina y secad vuestras cosas —dije.
—No me importa la ropa seca —dijo Piani—. Quiero dormir.
—Voy a dormir en la cama del mayor —dijo Bonello—. Voy a dormir donde el viejo se echa la siesta.
—No me importa dónde dormir —dijo Piani.
—Hay dos camas ahí dentro. —Abrí la puerta.
—Nunca supe lo que había en esa habitación —dijo Bonello.
—Esa era la habitación del viejo cara de pescado —dijo Piani.
—Dormid vosotros dos ahí —dije—. Yo os despertaré.
—Los austríacos nos despertarán si duerme demasiado, Tenente —dijo Bonello.
—No me quedaré dormido —dije—. ¿Dónde está Aymo?
—Se fue a la cocina.
—A dormir —dije.
—Dormiré —dijo Piani—. Me he quedado dormido sentado todo el día. Toda la parte superior de mi cabeza se me caía sobre los ojos.
—Quítate las botas —dijo Bonello—. Esa es la cama del viejo cara de pescado.
—Cara de pescado no es nada para mí. —Piani se tumbó en la cama, con sus botas embarradas estiradas y la cabeza sobre el brazo. Fui a la cocina. Aymo tenía fuego en la estufa y una tetera con agua puesta.
—Pensé en preparar algo de pasta asciutta —dijo—. Tendremos hambre cuando despertemos.
—¿No tienes sueño, Bartolomeo?
—No tanto. Cuando el agua hierva, la dejaré. El fuego se apagará.
—Será mejor que duermas un poco —dije—. Podemos comer queso y carne enlatada.
—Esto es mejor —dijo—. Algo caliente será bueno para esos dos anarquistas. Vaya a dormir, Tenente.
—Hay una cama en la habitación del mayor.
—Duerma usted allí.
—No, voy a subir a mi antigua habitación. ¿Quieres una copa, Bartolomeo?
—Cuando nos vayamos, Tenente. Ahora no me vendría bien.
—Si te despiertas en tres horas y no te he llamado, despiértame, ¿quieres?
—No tengo reloj, Tenente.
—Hay un reloj en la pared de la habitación del mayor.
—Está bien.
Entonces salí por el comedor, el vestíbulo y subí las escaleras de mármol hasta la habitación donde había vivido con Rinaldi. Afuera llovía. Fui a la ventana y miré hacia fuera. Estaba oscureciendo y vi los tres coches alineados bajo los árboles. Los árboles goteaban bajo la lluvia. Hacía frío y las gotas colgaban de las ramas. Regresé a la cama de Rinaldi, me acosté y dejé que el sueño me llevara.
Comimos en la cocina antes de empezar. Aymo tenía un cuenco de espaguetis con cebolla y carne enlatada picada. Nos sentamos alrededor de la mesa y bebimos dos botellas del vino que había quedado en la bodega de la villa. Estaba oscuro afuera y seguía lloviendo. Piani estaba sentado a la mesa con mucho sueño.
—Me gusta más una retirada que un avance —dijo Bonello—. En una retirada bebemos barbera.
—Lo bebemos ahora. Mañana quizás bebamos agua de lluvia —dijo Aymo.
—Mañana estaremos en Udine. Beberemos champán. Ahí es donde viven los holgazanes. ¡Despierta, Piani! ¡Mañana beberemos champán en Udine!
—Estoy despierto —dijo Piani. Se llenó el plato con los espaguetis y la carne—. ¿No pudiste encontrar salsa de tomate, Barto?
—No había —dijo Aymo.
—Beberemos champán en Udine —dijo Bonello. Llenó su vaso con el limpio barbera rojo.
—Podemos beber mierda antes de Udine —dijo Piani.
—¿Has comido suficiente, Tenente? —preguntó Aymo.
—Tengo de sobra. Pásame la botella, Bartolomeo.
—Tengo una botella para cada uno para llevar en los coches —dijo Aymo.
—¿Dormiste algo?
—No necesito dormir mucho. Dormí un poco.
—Mañana dormiremos en la cama del rey —dijo Bonello. Se sentía muy bien.
—Mañana quizás durmamos en la mierda —dijo Piani.
—Dormiré con la reina —dijo Bonello. Miró a ver cómo me tomaba la broma.
—Dormirás con la mierda —dijo Piani adormilado.
—Eso es traición, Tenente —dijo Bonello—. ¿No es eso traición?
—Cállate —dije—. Te pones demasiado gracioso con un poco de vino. Afuera llovía fuerte. Miré mi reloj. Eran las nueve y media.
—Es hora de ponerse en marcha —dije y me levanté.
—¿Con quién va a ir usted, Tenente? —preguntó Bonello.
—Con Aymo. Luego vas tú. Luego Piani. Empezaremos por la carretera hacia Cormons.
—Me temo que me quedaré dormido —dijo Piani.
—Está bien. Iré contigo. Luego Bonello. Luego Aymo.
—Esa es la mejor manera —dijo Piani—. Porque tengo mucho sueño.
—Yo conduciré y tú duermes un rato.
—No. Puedo conducir siempre y cuando sepa que alguien me despertará si me duermo.
—Yo te despertaré. Apaga las luces, Barto.
—Más vale que las dejes —dijo Bonello—. Ya no tenemos más uso para este lugar.
—Tengo un pequeño baúl en mi habitación —dije—. ¿Me ayudas a bajarlo, Piani?
—Lo bajaremos —dijo Piani—. Vamos, Aldo. Se fue al pasillo con Bonello. Los oí subir.
—Este era un buen lugar —dijo Bartolomeo Aymo. Puso dos botellas de vino y medio queso en su morral—. No volverá a haber un lugar así. ¿Hasta dónde se retirarán, Tenente?
—Más allá del Tagliamento, dicen. El hospital y el sector estarán en Pordenone.
—Este es un pueblo mejor que Pordenone.
—No conozco Pordenone —dije—. Solo he pasado por allí.
—No es gran cosa —dijo Aymo.
“I guess it is,” he said. “Give me the canteens to fill.” He filled the canteens and some of the wine ran out on the stone paving of the courtyard. Then he picked up the wine jug and put it just inside the door.
Spanish: —Supongo que sí —dijo—. Dame las cantimploras para llenarlas. —Llenó las cantimploras y parte del vino se derramó sobre el pavimento de piedra del patio. Luego recogió la garrafa y la puso justo al lado de la puerta.
Paragraph 83: “The Austrians can find it without breaking the door down,” he said.
Spanish: —Los austriacos podrán encontrarla sin derribar la puerta —dijo.
Paragraph 84: “We’ll roll,” I said. “Piani and I will go ahead.” The two engineers were already on the seat beside Bonello. The girls were eating cheese and apples. Aymo was smoking. We started off down the narrow road. I looked back at the two cars coming and the farmhouse. It was a fine, low, solid stone house and the ironwork of the well was very good. Ahead of us the road was narrow and muddy and there was a high hedge on either side. Behind, the cars were following closely.
Spanish: —Nos ponemos en marcha —dije—. Piani y yo iremos delante. —Los dos ingenieros ya estaban en el asiento junto a Bonello. Las chicas estaban comiendo queso y manzanas. Aymo estaba fumando
«Pondremos su abrigo y su capa debajo», dije. Bonello fue a buscarlos. Yo corté matorrales y Aymo y Piani cavaron delante y entre las ruedas. Corté la capa, luego la desgarré en dos y la puse bajo la rueda en el barro, después apilé matorrales para que las ruedas se agarraran. Estábamos listos para arrancar y Aymo se subió al asiento y puso en marcha el coche. Las ruedas patinaron y empujamos y empujamos. Pero no sirvió de nada.
«Está jodido», dije. «¿Hay algo que quieras del coche, Barto?»
Aymo subió con Bonello, cargando el queso, dos botellas de vino y su capa. Bonello, sentado al volante, estaba registrando los bolsillos del abrigo del sargento.
«Será mejor que tires el abrigo», dije. «¿Qué pasa con las vírgenes de Barto?»
«Pueden subir atrás», dijo Piani. «No creo que vayamos a llegar muy lejos».
Abrí la puerta trasera de la ambulancia.
«Vamos», dije. «Subid». Las dos chicas subieron y se sentaron en el rincón. Parecía que no se habían dado cuenta del tiroteo. Miré hacia atrás, hacia la carretera. El sargento yacía en su ropa interior sucia de manga larga. Subí con Piani y nos pusimos en marcha. Íbamos a intentar cruzar el campo. Cuando el camino entró en el campo, bajé y caminé delante. Si podíamos cruzar, había una carretera al otro lado. No pudimos cruzar. El terreno estaba demasiado blando y embarrado para los coches. Cuando estuvieron final y completamente atascados, con las ruedas hundidas hasta los ejes, los dejamos en el campo y empezamos a caminar hacia Udine.
Cuando llegamos al camino que llevaba de vuelta a la carretera principal, les señalé a las dos chicas.
«Id por ahí», dije. «Encontraréis gente». Ellas me miraron. Saqué mi billetera y les di a cada una un billete de diez liras. «Id por ahí», dije, señalando. «¡Amigos! ¡Familia!»
No entendían, pero sujetaron el dinero con fuerza y empezaron a bajar por el camino. Miraban hacia atrás como si tuvieran miedo de que yo les quitara el dinero. Las vi alejarse por el camino, con sus chales apretados contra el cuerpo, mirando hacia atrás con aprensión hacia nosotros. Los tres conductores se reían.
«¿Cuánto me daría para ir en esa dirección, Tenente?», preguntó Bonello.
«Están mejor entre un grupo de gente que solas si las atrapan», dije.
«Demuéstreme doscientas liras y caminaré directamente hacia Austria», dijo Bonello.
«Te lo quitarían», dijo Piani.
«Quizás la guerra termine», dijo Aymo. Subíamos por el camino lo más rápido que podíamos. El sol intentaba abrirse paso. Junto a la carretera había moreras. A través de los árboles pude ver nuestras dos grandes furgonetas atascadas en el campo. Piani también miró hacia atrás.
«Tendrán que construir una carretera para sacarlas», dijo.
«Ojalá tuviéramos bicicletas», dijo Bonello.
«¿Usan bicicletas en Estados Unidos?», preguntó Aymo.
«Solían hacerlo».
«Aquí es una gran cosa», dijo Aymo. «Una bicicleta es algo espléndido».
«Ojalá tuviéramos bicicletas», dijo Bonello. «No soy un caminante».
«¿Eso son disparos?», pregunté. Creí oír disparos a lo lejos.
«No lo sé», dijo Aymo. Escuchó.
«Creo que sí», dije.
«Lo primero que veremos será la caballería», dijo Piani.
«No creo que tengan caballería».
«Espero que no», dijo Bonello. «No quiero ser atravesado por la lanza de ninguna caballería de mierda».
«Desde luego que disparó a ese sargento, Tenente», dijo Piani. Caminábamos rápido.
«Lo maté», dijo Bonello. «Nunca maté a nadie en esta guerra, y toda mi vida he querido matar a un sargento».
«Lo mataste sentado, eso es seguro», dijo Piani. «No estaba volando muy rápido cuando lo mataste».
«No importa. Es algo que siempre podré recordar. Maté a ese sargento de mierda».
«¿Qué dirá en la confesión?», preguntó Aymo.
«Diré: "Padre, he pecado porque maté a un sargento"». Todos se rieron.
«Es un anarquista», dijo Piani. «No va a la iglesia».
«Piani también es anarquista», dijo Bonello.
«¿Son realmente anarquistas?», pregunté.
«No, Tenente. Somos socialistas. Venimos de Imola».
«¿Nunca han estado allí?»
«No».
«Por Cristo, es un lugar estupendo, Tenente. Usted venga después de la guerra y le enseñaremos algo».
«¿Son todos socialistas?»
«Todo el mundo».
«¿Es un pueblo bonito?»
«Maravilloso. Nunca ha visto un pueblo así».
«¿Cómo llegaron a ser socialistas?»
«Somos todos socialistas. Todo el mundo es socialista. Siempre hemos sido socialistas».
«Venga, Tenente. Le haremos socialista a usted también».
Más adelante, el camino giraba a la izquierda y había una pequeña colina y, tras un muro de piedra, un huerto de manzanos. A medida que el camino ascendía, dejaron de hablar. Caminábamos juntos, todos dándonos prisa contra el tiempo.
CAPÍTULO XXX
Más tarde estábamos en una carretera que conducía a un río. Había una larga fila de camiones y carros abandonados en la carretera que subía al puente. No había nadie a la vista. El río bajaba crecido y el puente había sido volado por el centro; el arco de piedra había caído al río y el agua parda pasaba por encima. Seguimos por la orilla buscando un lugar por donde cruzar. Sabía que más adelante había un puente ferroviario y pensé que podríamos cruzar por allí. El camino estaba mojado y embarrado. No vimos tropas; solo camiones y suministros abandonados. A lo largo de la orilla del río no había nada ni nadie más que matorrales húmedos y suelo fangoso. Llegamos a la orilla y finalmente vimos el puente ferroviario.
«Qué puente más hermoso», dijo Aymo. Era un largo y sencillo puente de hierro sobre lo que solía ser un lecho de río seco.
«Mejor nos damos prisa y cruzamos antes de que lo vuelen», dije.
«No hay nadie para volarlo», dijo Piani. «Se han ido todos».
«Probablemente esté minado», dijo Bonello. «Cruce usted primero, Tenente».
«Escuchen al anarquista», dijo Aymo. «Haz que vaya él primero».
«Iré yo», dije. «No estará minado para volar con un solo hombre».
«¿Lo ve?», dijo Piani. «Eso es cerebro. ¿Por qué no tienes cerebro, anarquista?»
«Si tuviera cerebro no estaría aquí», dijo Bonello.
«Eso está muy bien, Tenente», dijo Aymo.
«Eso está muy bien», dije. Estábamos cerca del puente ahora. El cielo se había nublado de nuevo y llovía un poco. El puente parecía largo y sólido. Subimos el terraplén.
«Vengan de uno en uno», dije y comencé a cruzar el puente. Observé las traviesas y los raíles buscando cables trampa o signos de explosivos, pero no vi nada. Abajo, a través de los huecos entre las traviesas, el río corría turbio y rápido. Más adelante, a través del campo húmedo, podía ver Udine bajo la lluvia. Al otro lado del puente miré hacia atrás. Justo río arriba había otro puente. Mientras miraba, un coche color barro amarillento lo cruzó. Los lados del puente eran altos y la carrocería del coche, una vez encima, quedó fuera de vista. Pero vi las cabezas del conductor, el hombre sentado con él y los dos hombres en el asiento trasero. Todos llevaban cascos alemanes. Luego el coche pasó el puente y quedó oculto tras los árboles y los vehículos abandonados en la carretera. Hice señas a Aymo, que estaba cruzando, y a los demás para que vinieran. Bajé y me agaché junto al terraplén del ferrocarril. Aymo bajó conmigo.
«¿Viste el coche?», pregunté.
«No. Te estábamos mirando a ti».
«Un coche de estado mayor alemán cruzó por el puente de arriba».
«¿Un coche de estado mayor?»
«Sí».
«Santa María».
Los demás llegaron y todos nos agachamos en el barro detrás del terraplén, mirando al otro lado de los raíles hacia el puente, la hilera de árboles, la zanja y la carretera.
«¿Cree que estamos cortados entonces, Tenente?»
«No lo sé. Todo lo que sé es que un coche de estado mayor alemán pasó por ese camino».
«¿No se siente raro, Tenente? ¿No tiene sensaciones extrañas en la cabeza?»
«No seas gracioso, Bonello».
«¿Qué tal un trago?», preguntó Piani. «Si estamos cortados, más vale que bebamos algo». Desenganchó su cantimplora y la descorchó.
«¡Mire! ¡Mire!», dijo Aymo y señaló hacia la carretera. A lo largo de la parte superior del puente de piedra pudimos ver cascos alemanes moviéndose. Iban inclinados hacia adelante y se movían con suavidad, casi sobrenaturalmente. A medida que salían del puente los vimos. Eran tropas ciclistas. Vi las caras de los dos primeros. Eran sonrosadas y saludables. Sus cascos caían bajos sobre sus frentes y los lados de sus caras. Sus carabinas estaban enganchadas al cuadro de las bicicletas. Granadas de mango colgaban con el mango hacia abajo de sus cinturones. Sus cascos y sus uniformes grises estaban mojados y pedaleaban con soltura, mirando hacia adelante y a ambos lados. Eran dos, luego cuatro en fila, luego dos, luego casi una docena; luego otra docena, luego uno solo. No hablaban, pero no los habríamos oído debido al ruido del río. Desaparecieron de nuestra vista por el camino.
«Santa María», dijo Aymo.
«Eran alemanes», dijo Piani. «Esos no eran austriacos».
«¿Por qué no hay nadie aquí para detenerlos?», dije. «¿Por qué no han volado el puente? ¿Por qué no hay ametralladoras a lo largo de este terraplén?»
«Usted dirá, Tenente», dijo Bonello.
Estaba muy enfadado.
«Todo esto es una locura. Abajo vuelan un puente pequeño. Aquí dejan un puente en la carretera principal. ¿Dónde está todo el mundo? ¿No intentan detenerlos siquiera?»
«Usted dirá, Tenente», dijo Bonello. Me callé. No era asunto mío; todo lo que tenía que hacer era llegar a Pordenone con tres ambulancias. Había fracasado en eso. Todo lo que tenía que hacer ahora era llegar a Pordenone. Probablemente no podría ni llegar a Udine. ¡Y un cuerno que no! Lo que había que hacer era mantener la calma y no ser disparado ni capturado.
«¿No tenías una cantimplora abierta?», le pregunté a Piani. Me la pasó. Bebí un trago largo. «Más vale que nos pongamos en marcha», dije. «Aunque no hay prisa. ¿Quieren comer algo?»
«Este no es lugar para quedarse», dijo Bonello.
«Está bien. Nos pondremos en marcha».
«¿Deberíamos mantenernos por este lado, fuera de la vista?»
«Estaremos mejor arriba. Puede que vengan también por este puente. No queremos que nos caigan encima antes de verlos».
Caminamos a lo largo de la vía del tren. A ambos lados se extendía la llanura húmeda. Más adelante, al otro lado de la llanura, estaba la colina de Udine. Los tejados descendían desde el castillo en la colina. Podíamos ver el campanile y la torre del reloj. Había muchas moreras en los campos. Adelante vi un lugar donde los raíles estaban arrancados. Las traviesas también habían sido excavadas y arrojadas por el terraplén.
«¡Abajo, abajo!», dijo Aymo. Nos dejamos caer junto al terraplén. Había otro grupo de ciclistas pasando por la carretera. Miré por encima del borde y los vi seguir adelante.
«Nos vieron, pero siguieron adelante», dijo Aymo.
«Nos matarán ahí arriba, Tenente», dijo Bonello.
«No nos quieren a nosotros», dije. «Buscan otra cosa. Estamos en más peligro si nos encuentran de repente».
«Prefiero caminar aquí, fuera de la vista», dijo Bonello.
«Está bien. Caminaremos a lo largo de las vías».
«¿Cree que podremos pasar?», preguntó Aymo.
«Seguro. Todavía no hay muchos. Pasaremos en la oscuridad».
«¿Qué hacía ese coche de estado mayor?»
«Dios sabe», dije. Seguimos por las vías. Bonello se cansó de caminar en el barro del terraplén y subió con el resto de nosotros. El ferrocarril se movía hacia el sur, lejos de la carretera ahora, y no podíamos ver lo que pasaba por ella. Un puente corto sobre un canal había sido volado, pero cruzamos sobre lo que quedaba del tramo. Oímos disparos delante de nosotros.
Llegamos a la vía más allá del canal. Seguía recta hacia el pueblo a través de los campos bajos. Podíamos ver la línea del otro ferrocarril delante de nosotros. Hacia el norte estaba la carretera principal donde habíamos visto a los ciclistas; hacia el sur había un pequeño camino secundario a través de los campos con árboles espesos a cada lado. Pensé que sería mejor desviarnos hacia el sur y rodear el pueblo por ese camino, atravesando el campo hacia Campoformio y la carretera principal hacia el Tagliamento. Podríamos evitar la línea principal de la retirada manteniéndonos en los caminos secundarios más allá de Udine. Sabía que había muchos caminos laterales a través de la llanura. Empecé a bajar el terraplén.
«Vamos», dije. Nos dirigiríamos al camino lateral y avanzaríamos hacia el sur del pueblo. Todos empezamos a bajar el terraplén. Nos dispararon un tiro desde el camino lateral. La bala se hundió en el barro del terraplén.
«¡Volved atrás!», grité. Empecé a subir el terraplén, resbalando en el barro. Los conductores estaban delante de mí. Subí el terraplén tan rápido como pude. Dos disparos más vinieron de la espesa maleza y Aymo, mientras cruzaba las vías, se tambaleó, tropezó y cayó de bruces. Lo arrastramos al otro lado y le dimos la vuelta. «Su cabeza debería estar cuesta arriba», dije. Piani lo movió. Yacía en el barro en el lado del terraplén, con los pies apuntando hacia abajo, respirando sangre de forma irregular. Los tres nos agachamos sobre él bajo la lluvia. Le habían dado en la parte baja de la nuca y la bala había subido y salido por debajo del ojo derecho. Murió mientras yo le tapaba los dos orificios. Piani le dejó la cabeza apoyada, se limpió la cara con un trozo del vendaje de emergencia y luego lo dejó estar.
«Los hijos de puta», dijo.
«No eran alemanes», dije. «No puede haber alemanes allí».
«Italianos», dijo Piani, usando la palabra como un insulto, «¡Italiani!». Bonello no dijo nada. Estaba sentado junto a Aymo, sin mirarlo. Piani recogió la gorra de Aymo, que había rodado por el terraplén, y se la puso sobre la cara. Sacó su cantimplora.
«¿Quieres beber?», Piani le pasó la cantimplora a Bonello.
«No», dijo Bonello. Se volvió hacia mí. «Eso nos podría haber pasado en cualquier momento en las vías del tren».
«No», dije. «Fue porque empezamos a cruzar el campo».
Bonello negó con la cabeza. «Aymo está muerto», dijo. «¿Quién es el siguiente, Tenente? ¿Adónde vamos ahora?»
«Fueron italianos los que dispararon», dije. «No eran alemanes».
«Supongo que si hubieran sido alemanes nos habrían matado a todos», dijo Bonello.
«Estamos en más peligro por parte de los italianos que de los alemanes», dije. «La retaguardia tiene miedo de todo. Los alemanes saben lo que buscan».
«Usted razona las cosas, Tenente», dijo Bonello.
«¿Adónde vamos ahora?», preguntó Piani.
«Será mejor que nos escondamos en algún lugar hasta que oscurezca. Si pudiéramos llegar al sur, estaríamos bien».
«Tendrían que matarnos a todos para demostrar que tenían razón la primera vez», dijo Bonello. «No voy a ponerlos a prueba».
«Encontraremos un lugar donde escondernos tan cerca de Udine como podamos y luego cruzaremos cuando oscurezca».
«Vamos entonces», dijo Bonello. Bajamos por el lado norte del terraplén. Miré hacia atrás. Aymo yacía en el barro siguiendo el ángulo del terraplén. Parecía muy pequeño y sus brazos estaban a sus lados, sus piernas envueltas en vendas y sus botas embarradas juntas, su gorra sobre la cara. Parecía muy muerto. Estaba lloviendo. Le quería tanto como a cualquier persona que hubiera conocido. Tenía sus papeles en mi bolsillo y escribiría a su familia. Más adelante, a través de los campos, había una casa de campo. Había árboles alrededor y los edificios de la granja estaban construidos contra la casa. Había un balcón en el segundo piso sostenido por columnas.
«Será mejor que nos mantengamos un poco separados», dije. «Yo iré delante». Empecé a caminar hacia la casa de campo. Había un sendero a través del campo.
Cruzando el campo, no sabía si alguien nos dispararía desde los árboles cerca de la casa de campo o desde la propia casa. Caminé hacia ella, viéndola muy claramente. El balcón del segundo piso se unía al granero y salía heno entre las columnas. El patio era de bloques de piedra y todos los árboles goteaban por la lluvia. Había un carro grande y vacío de dos ruedas, con las varas apuntando alto hacia la lluvia. Llegué al patio, lo crucé y me puse bajo el refugio del balcón. La puerta de la casa estaba abierta y entré. Bonello y Piani entraron detrás de mí. Estaba oscuro dentro. Fui a la cocina. Había cenizas de una hoguera en el gran hogar abierto. Las ollas colgaban sobre las cenizas, pero estaban vacías. Miré alrededor, pero no pude encontrar nada para comer.
«Deberíamos escondernos en el granero», dije. «¿Crees que podrías encontrar algo de comer, Piani, y traerlo allí?»
«Miraré», dijo Piani.
«Yo también miraré», dijo Bonello.
—Muy bien —dije—. Subiré y echaré un vistazo al granero. Encontré una escalera de piedra que subía desde el establo de abajo. El establo olía a seco y era agradable bajo la lluvia. Todo el ganado había desaparecido, probablemente se lo llevaron cuando se marcharon. El granero estaba medio lleno de heno. Había dos ventanas en el tejado; una estaba bloqueada con tablones, la otra era una buhardilla estrecha en el lado norte. Había un conducto para poder echar el heno a las reses. Unas vigas cruzaban la abertura hacia el piso principal, donde entraban los carros cuando se traía el heno para almacenarlo. Escuché la lluvia sobre el tejado y olí el heno y, al bajar, el olor limpio a estiércol seco en el establo. Podríamos arrancar un tablón y mirar desde la ventana sur hacia el patio. La otra ventana daba al campo hacia el norte. Podríamos salir por cualquiera de las ventanas al tejado y bajar, o descender por el conducto del heno si las escaleras resultaban impracticables. Era un granero grande y podíamos escondernos en el heno si oíamos a alguien. Parecía un buen lugar. Estaba seguro de que habríamos podido pasar al sur si no nos hubieran disparado. Era imposible que hubiera alemanes allí. Venían del norte y bajaban por la carretera de Cividale. No podrían haber pasado desde el sur. Los italianos eran aún más peligrosos. Estaban asustados y disparaban a todo lo que veían. Anoche, en la retirada, habíamos oído que había muchos alemanes con uniformes italianos mezclados con la retirada en el norte. No lo creí. Era una de esas cosas que siempre se oyen en la guerra. Una de las cosas que el enemigo siempre te hacía. No conocías a nadie que se pasara al bando enemigo con uniforme alemán para confundirlos. Quizás lo hicieran, pero sonaba difícil. No creía que los alemanes lo hicieran. No creía que tuvieran necesidad. No había necesidad de confundir nuestra retirada. El tamaño del ejército y la escasez de carreteras bastaban para ello. Nadie daba órdenes, y menos los alemanes. Aun así, nos dispararían por ser alemanes. Dispararon a Aymo. El heno olía bien y estar tumbado en un granero sobre el heno borraba todos los años transcurridos. Habíamos estado tumbados en el heno hablando y disparando a gorriones con una carabina de aire comprimido cuando se posaban en el triángulo cortado en lo alto de la pared del granero. El granero ya no existía y un año habían cortado el bosque de cicutas y solo quedaban tocones, copas de árboles secas, ramas y hierba de fuego donde antes estaba el bosque. No se podía volver atrás. Si no avanzabas, ¿qué pasaba? Nunca llegabas a Milán. Y si llegabas a Milán, ¿qué pasaba? Escuché los disparos hacia el norte, en dirección a Udine. Podía oír disparos de ametralladora. No había bombardeos. Eso era algo. Debían haber conseguido algunas tropas a lo largo de la carretera. Miré hacia abajo en la penumbra del granero y vi a Piani de pie en el piso de carga. Tenía un salchichón largo, un tarro de algo y dos botellas de vino bajo el brazo.
—Sube —dije—. Ahí está la escalera. Entonces me di cuenta de que debería ayudarle con las cosas y bajé. Tenía la cabeza embotada de estar tumbado en el heno. Casi me había quedado dormido.
—¿Dónde está Bonello? —pregunté.
—Ya te contaré —dijo Piani. Subimos por la escalera. Arriba, en el heno, dejamos las cosas. Piani sacó su navaja con sacacorchos y descorchó una botella de vino.
—Tiene lacre —dijo—. Debe de ser bueno. Sonrió.
—¿Dónde está Bonello? —pregunté.
Piani me miró.
—Se ha marchado, Tenente —dijo—. Quería ser prisionero.
No dije nada.
—Tenía miedo de que nos mataran.
Sostuve la botella de vino y no dije nada.
—Ya ve que, de todas formas, no creemos en la guerra, Tenente.
—¿Por qué no te fuiste tú? —pregunté.
—No quería dejarle.
—¿A dónde ha ido?
—No lo sé, Tenente. Se ha marchado.
—Muy bien —dije—. ¿Quieres cortar el salchichón?
Piani me miró en la penumbra.
—Lo corté mientras hablábamos —dijo. Nos sentamos en el heno, comimos el salchichón y bebimos el vino. Debía ser vino que habían guardado para una boda. Era tan viejo que estaba perdiendo el color.
—Tú vigila por esa ventana, Luigi —dije—. Yo iré a vigilar por la otra.
Cada uno habíamos estado bebiendo de una de las botellas, así que tomé la mía, me fui, me tumbé boca abajo en el heno y miré por la estrecha ventana hacia el campo mojado. No sé qué esperaba ver, pero no vi nada más que los campos, las moreras desnudas y la lluvia cayendo. Bebí el vino y no me hizo sentir bien. Lo habían guardado demasiado tiempo y se había estropeado, perdiendo su calidad y su color. Observé cómo oscurecía afuera; la oscuridad llegó muy deprisa. Sería una noche negra con la lluvia. Cuando oscureció no tenía sentido seguir vigilando, así que fui hacia Piani. Estaba dormido y no le desperté, sino que me senté a su lado un rato. Era un hombre grande y dormía profundamente. Al cabo de un rato le desperté y nos pusimos en marcha.
Aquella fue una noche muy extraña. No sé qué esperaba, quizás la muerte y disparos en la oscuridad y correr, pero no ocurrió nada. Esperamos, tumbados en el suelo más allá de la zanja a lo largo de la carretera principal mientras pasaba un batallón alemán, luego, cuando se fueron, cruzamos la carretera y seguimos hacia el norte. Estuvimos muy cerca de los alemanes dos veces bajo la lluvia, pero no nos vieron. Pasamos el pueblo hacia el norte sin ver a ningún italiano, luego, al cabo de un rato, dimos con las principales vías de la retirada y caminamos toda la noche hacia el Tagliamento. No me había dado cuenta de lo gigantesca que era la retirada. Todo el país se movía, además del ejército. Caminamos toda la noche, avanzando más rápido que los vehículos. Me dolía la pierna y estaba cansado, pero avanzamos bien. Parecía una tontería que Bonello hubiera decidido dejarse hacer prisionero. No había peligro. Habíamos atravesado dos ejércitos sin incidentes. Si Aymo no hubiera muerto, nunca habría parecido haber peligro alguno. Nadie nos molestó cuando estábamos a la vista a lo largo de la vía férrea. La muerte llegó de forma repentina e irracional. Me preguntaba dónde estaría Bonello.
—¿Cómo se siente, Tenente? —preguntó Piani. Íbamos por el arcén de una carretera atestada de vehículos y tropas.
—Bien.
—Estoy harto de caminar.
—Bueno, ahora solo tenemos que caminar. No tenemos de qué preocuparnos.
—Bonello fue un idiota.
—Desde luego, fue un idiota.
—¿Qué hará respecto a él, Tenente?
—No lo sé.
—¿No puede poner simplemente que fue hecho prisionero?
—No lo sé.
—Ya ve, si la guerra continuara, le causarían muchos problemas a su familia.
—La guerra no continuará —dijo un soldado—. Nos vamos a casa. La guerra ha terminado.
—Todo el mundo se va a casa.
—Todos nos vamos a casa.
—Vamos, Tenente —dijo Piani. Quería adelantarlos.
—¿Tenente? ¿Quién es un Tenente? ¡A basso gli ufficiali! ¡Abajo los oficiales!
Piani me tomó del brazo. —Será mejor que le llame por su nombre —dijo—. Podrían intentar causar problemas. Han disparado a algunos oficiales. Nos abrimos paso entre ellos.
—No haré ningún informe que le cause problemas a su familia —seguí con nuestra conversación.
—Si la guerra ha terminado, da igual —dijo Piani—. Pero no creo que haya terminado. Es demasiado bueno para que haya terminado.
—Lo sabremos muy pronto —dije.
—No creo que haya terminado. Todos creen que ha terminado, pero yo no lo creo.
—¡Viva la Pace! —gritó un soldado—. ¡Nos vamos a casa!
—Estaría bien que todos nos fuéramos a casa —dijo Piani—. ¿No le gustaría irse a casa?
—Sí.
—Nunca iremos. No creo que haya terminado.
—¡Andiamo a casa! —gritó un soldado.
—Tiran los fusiles —dijo Piani—. Se los quitan y los dejan caer mientras marchan. Luego gritan.
—Deberían conservar sus fusiles.
—Creen que si tiran sus fusiles no podrán obligarles a luchar.
En la oscuridad y bajo la lluvia, mientras avanzábamos por el arcén de la carretera, pude ver que muchos de los soldados todavía llevaban sus fusiles. Sobresalían por encima de las capas.
—¿De qué brigada son? —gritó un oficial.
—Brigata di Pace —gritó alguien—. ¡Brigada de la Paz! El oficial no dijo nada.
—¿Qué dice? ¿Qué dice el oficial?
—¡Abajo el oficial! ¡Viva la Pace!
—Vamos —dijo Piani. Pasamos junto a dos ambulancias británicas, abandonadas en el atasco de vehículos.
—Son de Gorizia —dijo Piani—. Conozco los coches.
—Llegaron más lejos que nosotros.
—Empezaron antes.
—Me pregunto dónde estarán los conductores.
—Más adelante, probablemente.
—Los alemanes se han detenido a las afueras de Udine —dije—. Toda esta gente cruzará el río.
—Sí —dijo Piani—. Por eso creo que la guerra continuará.
—Los alemanes podrían seguir adelante —dije—. Me pregunto por qué no siguen.
—No lo sé. No sé nada de este tipo de guerra.
—Supongo que tienen que esperar a su transporte.
—No lo sé —dijo Piani. A solas era mucho más amable. Cuando estaba con los demás, su lenguaje era muy grosero.
—¿Está casado, Luigi?
—Ya sabe que estoy casado.
—¿Es por eso que no quería ser prisionero?
—Esa es una razón. ¿Está casado, Tenente?
—No.
—Bonello tampoco.
—No se puede saber nada por el hecho de que un hombre esté casado. Pero pensaría que un hombre casado querría volver con su mujer —dije. Me habría gustado hablar de esposas.
—Sí.
—¿Cómo tiene los pies?
—Bastante doloridos.
Antes del amanecer llegamos a la orilla del Tagliamento y seguimos el curso del río desbordado hasta el puente por donde cruzaba todo el tráfico.
—Deberían ser capaces de resistir en este río —dijo Piani. En la oscuridad, la crecida parecía alta. El agua se arremolinaba y era ancha. El puente de madera tenía casi un kilómetro y cuarto de largo, y el río, que normalmente corría por cauces estrechos en el ancho lecho pedregoso muy por debajo del puente, estaba cerca del entablado de madera. Caminamos por la orilla y luego nos abrimos paso hacia la multitud que cruzaba el puente. Cruzando lentamente bajo la lluvia a pocos metros sobre la crecida, apretados en la multitud, con la caja de un cajón de artillería justo delante, miré por el lado y observé el río. Ahora que no podíamos ir a nuestro propio ritmo me sentía muy cansado. No había euforia por cruzar el puente. Me preguntaba cómo sería si un avión lo bombardeaba durante el día.
—Piani —dije.
—Aquí estoy, Tenente. Estaba un poco más adelante en el atasco. Nadie hablaba. Todos intentaban cruzar lo antes posible: pensando solo en eso. Casi habíamos cruzado. En el extremo lejano del puente había oficiales y carabineros de pie a ambos lados lanzando destellos con linternas. Los vi silueteados contra el horizonte. Al acercarnos a ellos vi a uno de los oficiales señalar a un hombre en la columna. Un carabinero fue a por él y salió sujetando al hombre por el brazo. Lo apartó de la carretera. Llegamos casi a su altura. Los oficiales examinaban a todos en la columna, a veces hablaban entre ellos, adelantándose para lanzar un destello con una linterna en la cara de alguien. Sacaron a otro justo antes de que llegáramos a su altura. Vi al hombre. Era un teniente coronel. Vi las estrellas en la caja de su manga cuando le iluminaron con una linterna. Tenía el pelo gris, era bajo y gordo. El carabinero le arrastró detrás de la fila de oficiales. Al pasar a su lado vi a uno o dos de ellos mirarme. Entonces uno me señaló y habló con un carabinero. Vi al carabinero empezar a dirigirse hacia mí, atravesar el borde de la columna hacia mí, y luego sentí que me agarraba por el cuello.
—¿Qué le pasa a usted? —dije y le golpeé en la cara. Vi su cara bajo el sombrero, bigotes hacia arriba y sangre bajando por su mejilla. Otro se abalanzó hacia nosotros.
—¿Qué le pasa a usted? —dije. No respondió. Estaba buscando una oportunidad para agarrarme. Puse el brazo detrás de mí para soltar mi pistola.
—¿No sabe que no puede tocar a un oficial?
El otro me agarró por detrás y me tiró del brazo hacia arriba de forma que se me torció en la articulación. Me giré con él y el otro me agarró por el cuello. Le di una patada en las espinillas y le metí la rodilla izquierda en la entrepierna.
—Dispárale si se resiste —oí decir a alguien.
—¿Qué significa esto? —intenté gritar, pero mi voz no era muy fuerte. Ya me tenían al lado de la carretera.
—Dispárale si se resiste —dijo un oficial—. Llévalo atrás.
—¿Quién es usted?
—Ya lo averiguará.
—¿Quién es usted?
—Policía militar —dijo otro oficial.
—¿Por qué no me pide que me acerque en lugar de que uno de estos aviones me agarre?
No respondieron. No tenían por qué responder. Eran policía militar.
—Llévalo atrás con los demás —dijo el primer oficial—. Ya ve. Habla italiano con acento.
—Usted también, pedazo de... —dije.
—Llévalo atrás con los demás —dijo el primer oficial. Me llevaron detrás de la fila de oficiales, por debajo de la carretera, hacia un grupo de personas en un campo junto a la orilla del río. Mientras caminábamos hacia ellos se oyeron disparos. Vi destellos de fusiles y oí las detonaciones. Llegamos hasta el grupo. Había cuatro oficiales juntos, con un hombre frente a ellos y un carabinero a cada lado. Un grupo de hombres estaba de pie custodiado por carabineros. Otros cuatro carabineros estaban cerca de los oficiales interrogadores, apoyados en sus carabinas. Eran carabineros de sombrero ancho. Los dos que me llevaban me empujaron hacia el grupo que esperaba ser interrogado. Miré al hombre al que los oficiales estaban interrogando. Era el pequeño teniente coronel gordo de pelo gris que habían sacado de la columna. Los interrogadores tenían toda la eficacia, frialdad y dominio de sí mismos de los italianos que disparan y no reciben disparos.
—¿Su brigada?
Se lo dijo.
—¿Regimiento?
Se lo dijo.
—¿Por qué no está con su regimiento?
Se lo dijo.
—¿No sabe que un oficial debe estar con sus tropas?
Lo sabía.
Eso fue todo. Otro oficial habló.
—Es usted y los de su calaña quienes han dejado entrar a los bárbaros en el suelo sagrado de la patria.
—Le ruego me perdone —dijo el teniente coronel.
—Es por una traición como la suya que hemos perdido los frutos de la victoria.
—¿Ha estado alguna vez en una retirada? —preguntó el teniente coronel.
—Italia nunca debería retirarse.
Nos quedamos allí bajo la lluvia y escuchamos esto. Estábamos frente a los oficiales y el prisionero estaba delante y un poco a un lado de nosotros.
—Si van a dispararme —dijo el teniente coronel—, por favor dispárenme de inmediato sin más preguntas. El interrogatorio es estúpido. Hizo la señal de la cruz. Los oficiales hablaron entre ellos. Uno escribió algo en una libreta.
—Abandonó a sus tropas, ordenado fusilar —dijo.
Dos carabineros llevaron al teniente coronel a la orilla del río. Caminó bajo la lluvia, un hombre mayor sin sombrero, con un carabinero a cada lado. No vi cómo le disparaban, pero oí los disparos. Estaban interrogando a otro. Este oficial también estaba separado de sus tropas. No se le permitió dar explicaciones. Lloró cuando leyeron la sentencia en la libreta, y estaban interrogando a otro mientras le disparaban a él. Se aseguraban de estar concentrados en interrogar al siguiente hombre mientras al que habían interrogado antes le disparaban. De esta forma, obviamente, no podían hacer nada al respecto. No sabía si esperar a ser interrogado o intentar escapar ahora. Era obviamente un alemán con uniforme italiano. Vi cómo funcionaban sus mentes; si es que tenían mentes y si es que funcionaban. Eran todos hombres jóvenes y estaban salvando a su país. El segundo ejército se estaba reorganizando más allá del Tagliamento. Ejecutaban a oficiales del rango de comandante o superior que estuvieran separados de sus tropas. También trataban sumariamente a los agitadores alemanes con uniforme italiano. Llevaban cascos de acero. Solo dos de nosotros llevábamos cascos de acero. Algunos de los carabineros los llevaban. Los otros carabineros llevaban el sombrero ancho. Los llamábamos aviones. Nos quedamos bajo la lluvia y nos sacaban de uno en uno para interrogarnos y dispararnos. Hasta ahora habían disparado a todos los que habían interrogado. Los interrogadores tenían ese hermoso desapego y devoción a la justicia severa de los hombres que comercian con la muerte sin correr ningún peligro. Estaban interrogando a un coronel en activo de un regimiento de línea. Otros tres oficiales acababan de ser puestos con nosotros.
—¿Dónde estaba su regimiento?
Miré a los carabineros. Estaban mirando a los recién llegados. Los otros miraban al coronel. Me agaché, me abrí paso entre dos hombres y corrí hacia el río con la cabeza gacha. Tropecé en el borde y caí con un chapoteo. El agua estaba muy fría y me quedé sumergido todo el tiempo que pude. Podía sentir la corriente arremolinándome y me quedé sumergido hasta que pensé que nunca podría salir. En el momento en que salí, tomé aire y me sumergí de nuevo. Era fácil mantenerse bajo el agua con tanta ropa y las botas. Cuando salí por segunda vez vi un tronco de madera delante de mí, lo alcancé y me agarré con una mano. Mantuve la cabeza detrás de él y ni siquiera miré por encima. No quería ver la orilla. Hubo disparos cuando corrí y disparos cuando salí la primera vez. Los oí cuando estaba casi fuera del agua. Ahora no hubo disparos. El tronco de madera giraba en la corriente y lo sujeté con una mano. Miré la orilla. Parecía pasar muy rápido. Había mucha madera en la corriente. El agua estaba muy fría. Pasamos junto a la maleza de una isla sobre el agua. Me agarré al tronco con ambas manos y dejé que me llevara. La orilla estaba fuera de vista ahora.
CAPÍTULO XXXI
No sabes cuánto tiempo estás en un río cuando la corriente se mueve rápidamente. Parece mucho tiempo y puede ser muy poco. El agua estaba fría y en crecida, y pasaron muchas cosas que habían sido arrastradas desde las orillas cuando el río subió. Tuve suerte de tener un tronco pesado al que agarrarme, y me quedé tumbado en el agua helada con la barbilla sobre la madera, sujetándome con las dos manos tan suavemente como podía. Tenía miedo a los calambres y esperaba que nos moviéramos hacia la orilla. Bajamos por el río en una larga curva. Empezaba a haber suficiente luz para ver los arbustos a lo largo de la orilla. Había una isla de maleza delante y la corriente se movía hacia la orilla. Me pregunté si debería quitarme las botas y la ropa e intentar nadar hasta la orilla, pero decidí no hacerlo. Nunca había pensado en otra cosa que no fuera llegar a la orilla de alguna manera, y estaría en una mala posición si llegaba descalzo. Tenía que llegar a Mestre de alguna manera.
Observé cómo la orilla se acercaba, luego se alejaba, y después se acercaba de nuevo. Estábamos flotando más despacio. La orilla estaba muy cerca ahora. Podía ver las ramitas en el arbusto de sauce. El tronco giraba lentamente de modo que la ribera quedaba detrás de mí y supe que estábamos en un remolino. Dimos la vuelta lentamente. Al ver la orilla otra vez, muy cerca ahora, intenté sujetarme con un brazo y patear y nadar con el tronco hacia la orilla con el otro, pero no logré acercarlo más. Temía que saliéramos del remolino y, sujetándome con una mano, subí los pies hasta que quedaron contra el costado del tronco y empujé con fuerza hacia la orilla. Podía ver la maleza, pero incluso con mi impulso y nadando tan fuerte como podía, la corriente me alejaba. Pensé entonces que me ahogaría a causa de mis botas, pero forcejeé y luché a través del agua, y cuando miré hacia arriba la orilla venía hacia mí, y seguí forcejeando y nadando en un pánico de pies pesados hasta que la alcancé. Me colgué de la rama de sauce y no tuve fuerzas para izarme, pero supe que ya no me ahogaría. Nunca se me había ocurrido en el tronco que pudiera ahogarme. Me sentía vacío y enfermo del estómago y el pecho por el esfuerzo, y me aferré a las ramas y esperé. Cuando la sensación de náusea desapareció, me arrastré hacia los sauces y descansé de nuevo, con los brazos alrededor de algo de maleza, sujetándome fuerte con las manos a las ramas. Luego gateé hacia afuera, empujé a través de los sauces y salí a la orilla. Era media luz del día y no vi a nadie. Me tumbé extendido en la orilla y escuché el río y la lluvia.
Después de un rato me levanté y comencé a caminar a lo largo de la orilla. Sabía que no había puente que cruzara el río hasta Latisana. Pensé que podría estar frente a San Vito. Comencé a pensar qué debía hacer. Delante había una zanja que desembocaba en el río. Fui hacia ella. Hasta ahora no había visto a nadie y me senté junto a unos arbustos a lo largo de la orilla de la zanja y me quité los zapatos y los vacié de agua. Me quité el abrigo, saqué mi billetera con mis papeles y mi dinero, todo mojado, del bolsillo interior y luego escurrí el abrigo. Me quité los pantalones y los escurrí también, luego la camisa y la ropa interior. Me di palmadas y me froté, y luego me vestí de nuevo. Había perdido mi gorra.
Antes de ponerme el abrigo corté las estrellas de tela de mis mangas y las puse en el bolsillo interior con mi dinero. Mi dinero estaba mojado pero estaba bien. Lo conté. Había tres mil y pico de liras. Mi ropa se sentía húmeda y pegajosa y me di palmadas en los brazos para mantener la circulación. Tenía ropa interior de tejido y no creí que fuera a resfriarme si seguía moviéndome. Me habían quitado la pistola en el camino y puse la funda debajo de mi abrigo. No tenía capa y hacía frío bajo la lluvia. Comencé a subir por la orilla del canal. Había luz de día y el campo estaba húmedo, bajo y de aspecto lúgubre. Los campos estaban desnudos y mojados; a lo lejos pude ver un campanario alzándose de la llanura. Salí a un camino. Delante vi a unas tropas que venían por el camino. Cojeé por el costado del camino y pasaron a mi lado y no me prestaron atención. Eran un destacamento de ametralladoras que subía hacia el río. Seguí por el camino.
Aquel día crucé la llanura veneciana. Es un país bajo y llano y bajo la lluvia es aún más plano. Hacia el mar hay marismas saladas y muy pocos caminos. Todos los caminos van a lo largo de las desembocaduras de los ríos hasta el mar y para cruzar el país hay que ir por los senderos junto a los canales. Yo avanzaba a través del país de norte a sur y había cruzado dos líneas ferroviarias y muchos caminos y finalmente salí al final de un sendero a una línea de ferrocarril donde corría junto a una marisma. Era la línea principal de Venecia a Trieste, con un terraplén alto y sólido, una plataforma sólida y doble vía. A cierta distancia por las vías había una estación de bandera y pude ver soldados de guardia. Por la línea arriba había un puente sobre un arroyo que fluía hacia la marisma. También pude ver a un guardia en el puente. Cruzando los campos hacia el norte había visto pasar un tren por este ferrocarril, visible desde muy lejos a través de la llanura plana, y pensé que podría venir un tren desde Portogruaro. Observé a los guardias y me tumbé en el terraplén para poder ver en ambas direcciones a lo largo de la vía. El guardia del puente caminó un trecho por la línea hacia donde yo yacía, luego dio media vuelta y volvió hacia el puente. Me quedé tumbado, y tenía hambre, y esperé al tren. El que había visto era tan largo que la locomotora lo movía muy lentamente y estaba seguro de que podría subir a bordo. Después de haber casi renunciado a esperar uno, vi venir un tren. La locomotora, viniendo directamente hacia mí, se hacía más grande lentamente. Miré al guardia en el puente. Caminaba por el lado cercano del puente pero por el otro lado de las vías. Eso lo dejaría fuera de mi vista cuando pasara el tren. Observé cómo la locomotora se acercaba. Trabajaba con esfuerzo. Pude ver que había muchos vagones. Sabía que habría guardias en el tren, e intenté ver dónde estaban, pero, manteniéndome fuera de la vista, no pude. La locomotora estaba casi donde yo yacía. Cuando pasó frente a mí, esforzándose y resoplando incluso en el llano, y vi pasar al maquinista, me puse de pie y me acerqué a los vagones que pasaban. Si los guardias estaban mirando, yo era un objeto menos sospechoso estando de pie junto a la vía. Pasaron varios vagones de mercancías cerrados. Luego vi un vagón bajo y abierto de los que llaman góndolas que se acercaba, cubierto con lona. Me quedé quieto hasta que casi hubo pasado, luego salté y me agarré a las barras de mano traseras y subí. Me arrastré hacia abajo entre la góndola y el refugio del alto vagón de mercancías que iba detrás. No creí que nadie me hubiera visto. Estaba agarrado a las barras de mano y agachado bajo, con mis pies sobre el enganche. Estábamos casi frente al puente. Recordé al guardia. Mientras pasábamos frente a él, me miró. Era un chico y su casco le quedaba demasiado grande. Le miré con desprecio y él apartó la mirada. Pensó que yo tenía algo que ver con el tren.
Habíamos pasado. Lo vi todavía con aspecto incómodo, mirando pasar los otros vagones, y me agaché para ver cómo estaba sujeta la lona. Tenía ojetes y estaba atada por el borde con un cordel. Saqué mi navaja, corté el cordel y metí el brazo debajo. Había protuberancias duras bajo la lona que se tensaban con la lluvia. Miré hacia arriba y hacia adelante. Había un guardia en el vagón de mercancías de delante pero miraba hacia adelante. Solté las barras de mano y me metí bajo la lona. Mi frente golpeó algo que me dio un golpe violento y sentí sangre en mi cara, pero seguí arrastrándome hacia adentro y me tumbé extendido. Luego me di la vuelta y até la lona.
Estaba bajo la lona con armas. Olían limpiamente a aceite y grasa. Me tumbé y escuché la lluvia sobre la lona y el chasquido del vagón sobre los rieles. Entraba un poco de luz y me tumbé a mirar las armas. Tenían sus fundas de lona puestas. Pensé que debían haber sido enviadas desde el tercer ejército. El golpe en mi frente estaba hinchado y detuve el sangrado quedándome quieto y dejando que se coagulara, luego quité la sangre seca excepto sobre el corte. No era nada. No tenía pañuelo, pero tanteando con mis dedos lavé donde había estado la sangre seca, con agua de lluvia que goteaba de la lona, y lo limpié con la manga de mi abrigo. No quería parecer llamativo. Sabía que tendría que salir antes de que llegaran a Mestre porque estarían cuidando de estas armas. No tenían armas que perder u olvidar. Tenía un hambre terrible.
CAPÍTULO XXXII
Tumbado en el suelo del vagón plataforma con las armas a mi lado bajo la lona, estaba mojado, frío y muy hambriento. Finalmente me di la vuelta y me quedé tumbado boca abajo con la cabeza sobre los brazos. Mi rodilla estaba rígida, pero había sido muy satisfactoria. Valentini había hecho un buen trabajo. Había hecho la mitad de la retirada a pie y nadado parte del Tagliamento con su rodilla. Era su rodilla, sin duda. La otra rodilla era mía. Los médicos te hacían cosas y luego ya no era tu cuerpo. La cabeza era mía, y el interior del vientre. Tenía mucha hambre ahí dentro. Podía sentir cómo se revolvía sobre sí mismo. La cabeza era mía, pero no para usarla, no para pensar con ella; solo para recordar y no recordar demasiado.
Podía recordar a Catherine pero sabía que me volvería loco si pensaba en ella cuando aún no estaba seguro de que la vería, así que no pensaría en ella, solo un poco en ella, solo en ella con el coche yendo lenta y rítmicamente, y algo de luz a través de la lona y yo tumbado con Catherine en el suelo del vagón. Tan duro como el suelo del vagón para estar tumbado sin pensar, solo sintiendo, habiendo estado fuera demasiado tiempo, la ropa mojada y el suelo moviéndose solo un poco cada vez y sintiéndome solo por dentro y solo con ropa mojada y suelo duro para una esposa.
Uno no amaba el suelo de un vagón plataforma ni las armas con fundas de lona y el olor a metal vaselinado o una lona por la que se filtraba la lluvia, aunque es muy fino bajo una lona y placentero con armas; pero amabas a alguien más a quien ahora sabías que ni siquiera podías fingir que estaba allí; viéndolo ahora muy clara y fríamente —no tan fríamente como clara y vacíamente. Veías vacíamente, tumbado sobre tu estómago, habiendo estado presente cuando un ejército se retiraba y otro avanzaba. Habías perdido tus coches y tus hombres como un jefe de planta pierde el inventario de su departamento en un incendio. No había, sin embargo, seguro. Estabas fuera de ello ahora. Ya no tenías obligaciones. Si fusilaban a los jefes de planta después de un incendio en los grandes almacenes porque hablaban con un acento que siempre habían tenido, entonces ciertamente no se esperaría que los jefes de planta regresaran cuando la tienda abriera de nuevo para los negocios. Podrían buscar otro empleo; si es que había algún otro empleo y la policía no los atrapaba.
La ira fue arrastrada por el río junto con cualquier obligación. Aunque eso cesó cuando el carabinero puso sus manos en mi cuello. Me habría gustado haberme quitado el uniforme, aunque no me importaban mucho las formas externas. Me había quitado las estrellas, pero eso fue por conveniencia. No era una cuestión de honor. No estaba en contra de ellos. Había terminado. Les deseaba toda la suerte. Estaban los buenos, y los valientes, y los tranquilos, y los sensatos, y se lo merecían. Pero ya no era mi espectáculo y deseaba que este maldito tren llegara a Mestre y comería y dejaría de pensar. Tendría que parar.
Piani les diría que me habían fusilado. Revisaban los bolsillos y tomaban los papeles de la gente a la que fusilaban. No tendrían mis papeles. Podrían darme por ahogado. Me pregunté qué oirían en los Estados Unidos. Muerto por heridas y otras causas. Dios santo, qué hambre tenía. Me pregunté qué habría sido del sacerdote en el comedor. Y de Rinaldi. Probablemente estaba en Pordenone. Si no se habían retirado más atrás. Bueno, nunca lo vería ahora. Nunca vería a ninguno de ellos ahora. Esa vida había terminado. No creía que él tuviera sífilis. No era una enfermedad grave de todos modos si la cogías a tiempo, decían. Pero él se preocuparía. Yo también me preocuparía si la tuviera. Cualquiera se preocuparía.
No estaba hecho para pensar. Estaba hecho para comer. Dios mío, sí. Comer y beber y dormir con Catherine. Quizás esta noche. No, eso era imposible. Pero mañana por la noche, y una buena comida y sábanas y no irme nunca más excepto juntos. Probablemente tendríamos que irnos muy rápido. Ella iría. Sabía que ella iría. ¿Cuándo nos iríamos? Eso era algo en lo que pensar. Estaba oscureciendo. Me quedé tumbado y pensé a dónde iríamos. Había muchos lugares.
LIBRO IV
CAPÍTULO XXXIII
Me bajé del tren en Milán cuando aminoraba la marcha para entrar en la estación temprano por la mañana, antes de que hubiera luz. Crucé la vía y salí entre unos edificios y bajé a la calle. Una tienda de vinos estaba abierta y entré a por algo de café. Olía a madrugada, a polvo barrido, a cucharas en vasos de café y a los círculos húmedos dejados por las copas de vino. El dueño estaba detrás de la barra. Dos soldados estaban sentados a una mesa. Me quedé en la barra y bebí un vaso de café y comí un trozo de pan. El café estaba gris por la leche, y retiré la nata de la leche de la parte superior con un trozo de pan. El dueño me miró.
—¿Quiere un vaso de grappa?
—No, gracias.
—Por mi cuenta —dijo, y sirvió un vaso pequeño y lo empujó hacia mí—. ¿Qué está pasando en el frente?
—No sabría decirle.
—Están borrachos —dijo, moviendo la mano hacia los dos soldados. Podía creerle. Parecían borrachos.
—Dígame —dijo—, ¿qué está pasando en el frente?
—No sabría nada del frente.
—Le vi bajar del muro. Usted venía del tren.
—Hay una gran retirada.
—Leo los periódicos. ¿Qué pasa? ¿Se ha acabado?
—No lo creo.
Llenó el vaso con grappa de una botella pequeña. —Si tiene problemas —dijo—, puedo esconderle.
—No tengo problemas.
—Si tiene problemas, quédese aquí conmigo.
—¿Dónde se aloja uno?
—En el edificio. Muchos se quedan aquí. Cualquiera que tenga problemas se queda aquí.
—¿Hay muchos con problemas?
—Depende del problema. ¿Usted es sudamericano?
—No.
—¿Habla español?
—Un poco.
Limpió la barra.
—Es difícil ahora salir del país, pero de ninguna manera es imposible.
—No tengo deseos de salir.
—Puede quedarse aquí todo el tiempo que quiera. Verá qué clase de hombre soy.
—Tengo que irme esta mañana, pero recordaré la dirección para volver.
Él negó con la cabeza. —No volverá si habla así. Pensé que estaba en verdaderos problemas.
—No estoy en ningún problema. Pero valoro la dirección de un amigo.
Puse un billete de diez liras sobre la barra para pagar el café.
—Tómese una grappa conmigo —dije.
—No es necesario.
—Tómese una.
Sirvió los dos vasos.
—Recuerde —dijo—. Venga aquí. No deje que otros le acojan. Aquí está a salvo.
—Estoy seguro.
—¿Está seguro?
—Sí.
Él estaba serio. —Entonces déjeme decirle una cosa. No vaya por ahí con ese abrigo.
—¿Por qué?
—En las mangas se nota muy claramente dónde se han cortado las estrellas. La tela es de un color diferente.
No dije nada.
—Si no tiene papeles, puedo darle papeles.
—¿Qué papeles?
—Papeles de licencia.
—No necesito papeles. Tengo papeles.
—Muy bien —dijo—. Pero si necesita papeles puedo conseguir lo que desee.
—¿Cuánto cuestan esos papeles?
—Depende de cuáles sean. El precio es razonable.
—No necesito ninguno ahora.
Se encogió de hombros.
—Estoy bien —dije.
Cuando salí dijo: —No olvide que soy su amigo.
—No.
—Nos volveremos a ver —dijo.
—Bien —dije.
Afuera me mantuve alejado de la estación, donde había policía militar, y tomé un taxi en el borde del pequeño parque. Le di al conductor la dirección del hospital. En el hospital fui a la portería. Su mujer me abrazó. Él me estrechó la mano.
—Ha vuelto. Está a salvo.
—Sí.
—¿Ha desayunado?
—Sí.
—¿Cómo está, Tenente? ¿Cómo está? —preguntó la mujer.
—Bien.
—¿No quiere desayunar con nosotros?
—No, gracias. Dígame, ¿está la señorita Barkley aquí en el hospital ahora?
—¿La señorita Barkley?
—La enfermera inglesa.
—Su chica —dijo la mujer. Me dio palmaditas en el brazo y sonrió.
—No —dijo el portero—. Se ha ido.
Mi corazón se hundió. —¿Está seguro? Me refiero a la joven inglesa alta y rubia.
—Estoy seguro. Se ha ido a Stresa.
—¿Cuándo se fue?
—Se fue hace dos días con la otra señora inglesa.
—Bien —dije—. Quiero que haga algo por mí. No le diga a nadie que me ha visto. Es muy importante.
—No le diré a nadie —dijo el portero. Le di un billete de diez liras. Lo apartó.
—Le prometo que no le diré a nadie —dijo—. No quiero dinero.
—¿Qué podemos hacer por usted, Signor Tenente? —preguntó su mujer.
—Solo eso —dije.
—Somos mudos —dijo el portero—. ¿Me avisará si hay algo que pueda hacer?
—Sí —dije—. Adiós. Nos volveremos a ver.
Se quedaron en la puerta, mirándome mientras me iba.
Subí al taxi y le di al conductor la dirección de Simmons, uno de los hombres que conocía que estudiaba canto.
Simmons vivía muy lejos en la ciudad, hacia la Porta Magenta. Todavía estaba en la cama y adormilado cuando fui a verle.
—Te levantas terriblemente temprano, Henry —dijo.
—Vine en el tren de la mañana.
—¿Qué es todo esto de la retirada? ¿Estuviste en el frente? ¿Quieres un cigarrillo? Están en esa caja sobre la mesa. Era una habitación grande con una cama junto a la pared, un piano al otro lado, una cómoda y una mesa. Me senté en una silla junto a la cama. Simmons se sentó apoyado por las almohadas y fumó.
—Estoy en un lío, Sim —dije.
—Yo también —dijo—. Siempre estoy en un lío. ¿No quieres fumar?
—No —dije—. ¿Cuál es el procedimiento para ir a Suiza?
—¿Para ti? Los italianos no te dejarían salir del país.
—Sí. Lo sé. Pero los suizos. ¿Qué harán?
—Te internan.
—Lo sé. Pero, ¿cuál es la mecánica de eso?
—Ninguna. Es muy sencillo. Puedes ir a cualquier parte. Creo que solo tienes que presentarte o algo así. ¿Por qué? ¿Estás huyendo de la policía?
—Nada definitivo aún.
—No me lo cuentes si no quieres. Pero sería interesante oírlo. Aquí no pasa nada. Fui un gran fracaso en Piacenza.
—Lo siento muchísimo.
—Oh, sí —me fue muy mal. Además canté bien. Voy a intentarlo de nuevo en el Lyrico de aquí.
—Me gustaría estar allí.
—Eres terriblemente educado. No estás en un lío tan grande, ¿verdad?
—No lo sé.
—No me lo cuentes si no quieres. ¿Cómo es que estás lejos del maldito frente?
—Creo que he terminado con eso.
—Buen chico. Siempre supe que tenías sentido común. ¿Puedo ayudarte en algo?
—Estás terriblemente ocupado.
—En absoluto, mi querido Henry. En absoluto. Estaría encantado de hacer cualquier cosa.
—Eres más o menos de mi talla. ¿Irías a comprarme un conjunto de ropa de civil? Tengo ropa, pero está toda en Roma.
—Vivías allí, ¿no? Es un lugar asqueroso. ¿Cómo pudiste vivir allí?
—Quería ser arquitecto.
—Ese no es lugar para eso. No compres ropa. Yo te daré toda la ropa que quieras. Te equiparé de tal manera que serás un gran éxito. Entra en ese vestidor. Hay un armario. Toma todo lo que desees. Mi querido amigo, no tienes por qué comprar ropa.
—Preferiría comprarla, Sim.
—Mi querido amigo, es más fácil para mí dejarte la mía que salir a comprarla. ¿Tienes pasaporte? No llegarás lejos sin pasaporte.
—Sí. Todavía tengo mi pasaporte.
—Entonces vístete, mi querido amigo, y lárgate a la vieja Helvetia.
—No es tan sencillo. Primero tengo que ir a Stresa.
—Ideal, mi querido amigo. Solo tienes que cruzar remando. Si no estuviera intentando cantar, iría contigo. Aún iré.
—Podrías empezar a hacer tirolesa.
—Mi querido amigo, algún día empezaré con la tirolesa. Aunque realmente sé cantar. Eso es lo extraño.
—Apuesto a que sabes cantar.
Se recostó en la cama fumando un cigarrillo.
—No apuestes tanto. Pero es cierto que sé cantar. Es condenadamente gracioso, pero lo sé. Me gusta cantar. Escucha. —Rugió el aria de "Africana", con el cuello hinchado y las venas marcadas—. Puedo cantar —dijo—. Les guste o no. —Miré por la ventana—. Voy a bajar y despedir al taxi.
—Vuelve a subir, mi querido amigo, y desayunaremos. —Se bajó de la cama, se puso de pie, respiró hondo y comenzó a hacer ejercicios de estiramiento. Bajé y pagué al taxi.
CAPÍTULO XXXIV
Con ropa de civil me sentía un impostor. Había estado mucho tiempo de uniforme y echaba de menos la sensación de sentirme sujeto por la ropa. Los pantalones se sentían muy holgados. Había comprado un billete en Milán para Stresa. También había comprado un sombrero nuevo. No podía usar el sombrero de Sim, pero su ropa estaba bien. Olía a tabaco y, mientras estaba sentado en el compartimento mirando por la ventana, el sombrero nuevo se sentía muy nuevo y la ropa muy vieja. Yo mismo me sentía tan triste como la húmeda campiña lombarda que se veía a través del cristal. Había unos aviadores en el compartimento que no tenían muy buena opinión de mí. Evitaban mirarme y despreciaban a cualquier civil de mi edad. No me sentí insultado. Antaño los habría insultado y buscado pelea. Se bajaron en Gallarate y me alegré de estar solo. Tenía el periódico, pero no lo leí porque no quería leer sobre la guerra. Iba a olvidar la guerra. Había firmado una paz por separado. Me sentía condenadamente solo y me alegré cuando el tren llegó a Stresa.
En la estación esperaba ver a los mozos de los hoteles, pero no había nadie. La temporada había terminado hacía mucho tiempo y nadie esperaba el tren. Bajé del tren con mi maleta —era la maleta de Sim y resultaba muy ligera de llevar, pues estaba vacía salvo por dos camisas— y me quedé bajo la marquesina de la estación, bajo la lluvia, mientras el tren se marchaba. Encontré a un hombre en la estación y le pregunté si sabía qué hoteles estaban abiertos. El Grand-Hôtel & des Isles Borromées estaba abierto, así como varios hoteles pequeños que permanecían abiertos todo el año. Comencé a caminar bajo la lluvia hacia el Isles Borromées cargando mi maleta. Vi un coche de caballos que bajaba por la calle y le hice señas al cochero. Era mejor llegar en carruaje. Nos detuvimos en la entrada del gran hotel y el conserje salió con un paraguas y fue muy amable.
Tomé una buena habitación. Era muy grande, luminosa y daba al lago. Las nubes cubrían el lago, pero se vería hermoso con la luz del sol. Esperaba a mi mujer, dije. Había una gran cama de matrimonio, un letto matrimoniale con una colcha de satén. El hotel era muy lujoso. Bajé por los largos pasillos, por las amplias escaleras, cruzando las estancias hasta el bar. Conocía al barman y me senté en un taburete alto a comer almendras saladas y patatas fritas. El martini se sentía fresco y limpio.
—¿Qué hace aquí en borghese? —preguntó el barman después de prepararme un segundo martini.
—Estoy de permiso. Permiso de convalecencia.
—No hay nadie aquí. No sé por qué mantienen el hotel abierto.
—¿Ha estado pescando?
—He pescado algunas piezas hermosas. Al curricán en esta época del año se pescan piezas hermosas.
—¿Recibió alguna vez el tabaco que le envié?
—Sí. ¿No recibió mi tarjeta?
Me reí. No había podido conseguir el tabaco. Era tabaco de pipa americano lo que él quería, pero mis parientes habían dejado de enviarlo o lo habían retenido. En cualquier caso, nunca llegó.
—Conseguiré algo en algún sitio —dije—. Dígame, ¿ha visto a dos chicas inglesas por el pueblo? Llegaron anteayer.
—No están en el hotel.
—Son enfermeras.
—He visto a dos enfermeras. Espere un momento, averiguaré dónde están.
—Una de ellas es mi esposa —dije—. He venido aquí a reunirme con ella.
—La otra es mi esposa.
—No estoy bromeando.
—Perdone mi estúpida broma —dijo—. No lo había entendido. —Se fue y tardó un buen rato. Comí aceitunas, almendras saladas y patatas fritas, y me miré en el espejo detrás de la barra con mi ropa de civil. El barman regresó—. Están en el pequeño hotel cerca de la estación —dijo.
—¿Qué tal unos sándwiches?
—Llamaré para pedir unos. Ya sabe que aquí no hay nada, ahora no hay gente.
—¿De verdad no hay nadie en absoluto?
—Sí. Hay algunas personas.
Llegaron los sándwiches, comí tres y bebí un par de martinis más. Nunca había probado nada tan fresco y limpio. Me hacían sentir civilizado. Había tomado demasiado vino tinto, pan, queso, café malo y grappa. Me senté en el taburete alto frente a la agradable caoba, el latón y los espejos, y no pensé en nada. El barman me hizo alguna pregunta.
—No hable de la guerra —dije. La guerra quedaba muy lejos. Quizás no había guerra. Aquí no había guerra. Entonces me di cuenta de que para mí se había acabado. Pero no tenía la sensación de que realmente hubiera terminado. Tenía la sensación de un chico que piensa en lo que está sucediendo a cierta hora en la escuela de la que se ha escapado.
Catherine y Helen Ferguson estaban cenando cuando llegué a su hotel. De pie en el pasillo, las vi en la mesa. La cara de Catherine estaba vuelta hacia el otro lado y vi la línea de su cabello, su mejilla y su hermoso cuello y hombros. Ferguson estaba hablando. Se detuvo cuando entré.
—Dios mío —dijo.
—Hola —dije.
—¡Pero si eres tú! —dijo Catherine. Su rostro se iluminó. Parecía demasiado feliz para creerlo. La besé. Catherine se sonrojó y me senté a la mesa.
—Eres un buen desastre —dijo Ferguson—. ¿Qué haces aquí? ¿Has comido?
—No. —La chica que servía la comida entró y le pedí que trajera un plato para mí. Catherine me miraba todo el tiempo, con los ojos felices.
—¿Qué haces en mufti? —preguntó Ferguson.
—Estoy en el Gabinete.
—Estás en un buen lío.
—Anímate, Fergy. Anímate solo un poco.
—No me alegra verte. Sé el lío en el que has metido a esta chica. No eres una visión alegre para mí.
Catherine me sonrió y me tocó con el pie debajo de la mesa.
—Nadie me metió en ningún lío, Fergy. Yo misma me meto en mis líos.
—No puedo soportarlo —dijo Ferguson—. No ha hecho más que arruinarte con sus astutos trucos italianos. Los americanos son peores que los italianos.
—Los escoceses son gente tan moral —dijo Catherine.
—No me refiero a eso. Me refiero a su astucia italiana.
—¿Soy astuto, Fergy?
—Lo eres. Eres peor que astuto. Eres como una serpiente. Una serpiente con uniforme italiano: con una capa al cuello.
—Ahora no llevo uniforme italiano.
—Eso es solo otro ejemplo de tu astucia. Tuviste una aventura amorosa todo el verano y dejaste a esta chica embarazada y ahora supongo que te escabullirás.
Le sonreí a Catherine y ella me sonrió a mí.
—Nos escabulliremos los dos —dijo ella.
—Sois dos de la misma calaña —dijo Ferguson—. Me avergüenzo de ti, Catherine Barkley. No tienes vergüenza ni honor y eres tan astuta como él.
—No, Fergy —dijo Catherine y le dio una palmadita en la mano—. No me denuncies. Sabes que nos queremos.
—Quita tu mano —dijo Ferguson. Tenía la cara roja—. Si tuvieras algo de vergüenza sería diferente. Pero estás embarazada de Dios sabe cuántos meses y te parece una broma y estás toda sonrisas porque tu seductor ha vuelto. No tienes vergüenza ni sentimientos. —Comenzó a llorar. Catherine se acercó y la rodeó con el brazo. Mientras estaba allí consolando a Ferguson, no pude ver ningún cambio en su figura.
—No me importa —sollozó Ferguson—. Me parece espantoso.
—Ya, ya, Fergy —la consoló Catherine—. Me avergonzaré. No llores, Fergy. No llores, vieja Fergy.
—No estoy llorando —sollozó Ferguson—. No estoy llorando. Excepto por la cosa terrible en la que te has metido. —Me miró—. Te odio —dijo—. Ella no puede hacer que no te odie. Sucio americano italiano astuto. —Tenía los ojos y la nariz rojos de tanto llorar.
Catherine me sonrió.
—No le sonrías mientras me tienes abrazada.
—Eres irracional, Fergy.
—Lo sé —sollozó Ferguson—. No debéis hacerme caso, ninguno de los dos. Estoy muy alterada. No soy razonable. Lo sé. Quiero que ambos seáis felices.
—Somos felices —dijo Catherine—. Eres una dulce Fergy.
Ferguson volvió a llorar. —No quiero que seáis felices de esta manera. ¿Por qué no os casáis? No tendrás otra esposa, ¿verdad?
—No —dije. Catherine se rió.
—No es motivo de risa —dijo Ferguson—. Muchos de ellos tienen otras esposas.
—Nos casaremos, Fergy —dijo Catherine—, si eso te complace.
—No para complacerme a mí. Deberíais querer casaros.
—Hemos estado muy ocupados.
—Sí. Lo sé. Ocupados haciendo bebés. —Pensé que iba a llorar de nuevo, pero en su lugar se volvió amarga—. Supongo que te irás con él ahora esta noche.
—Sí —dijo Catherine—. Si él me quiere.
—¿Y qué hay de mí?
—¿Tienes miedo de quedarte aquí sola?
—Sí, lo tengo.
—Entonces me quedaré contigo.
—No, vete con él. Vete con él ahora mismo. Estoy harta de veros a los dos.
—Será mejor que terminemos de cenar.
—No. Vete ahora mismo.
—Fergy, sé razonable.
—Digo que salgáis ahora mismo. Largaos los dos.
—Vámonos entonces —dije. Estaba harto de Fergy.
—Sí que quieres irte. Ves, quieres dejarme incluso para cenar sola. Siempre he querido ir a los lagos italianos y así es como resulta. Oh, oh —sollozó, luego miró a Catherine y se ahogó.
—Nos quedaremos hasta después de cenar —dijo Catherine—. Y no te dejaré sola si quieres que me quede. No te dejaré sola, Fergy.
—No. No. Quiero que te vayas. Quiero que te vayas. —Se secó los ojos—. Soy tan irracional. Por favor, no me hagáis caso.
La chica que servía la comida se había sentido alterada por tanto llanto. Ahora, al traer el siguiente plato, parecía aliviada de que las cosas estuvieran mejor.
Aquella noche en el hotel, en nuestra habitación con el largo pasillo vacío fuera y nuestros zapatos fuera de la puerta, una alfombra gruesa en el suelo de la habitación, fuera de las ventanas la lluvia cayendo y en la habitación luz, placer y alegría, luego la luz apagada y la emoción con sábanas suaves y la cama cómoda, sintiendo que habíamos llegado a casa, sin sentirnos ya solos, despertando en la noche para encontrar al otro allí, y no desaparecido; todas las demás cosas eran irreales. Dormíamos cuando estábamos cansados y si nos despertábamos el otro también lo hacía, así que uno no estaba solo. A menudo un hombre desea estar solo y una chica también desea estar sola y, si se aman, tienen celos de eso en el otro, pero puedo decir sinceramente que nunca sentimos eso. Podíamos sentirnos solos cuando estábamos juntos, solos contra los demás. Solo me ha pasado así una vez. He estado solo mientras estaba con muchas chicas y esa es la forma en que uno puede sentirse más solo. Pero nosotros nunca estuvimos solos ni tuvimos miedo cuando estábamos juntos. Sé que la noche no es igual que el día: que todas las cosas son diferentes, que las cosas de la noche no pueden explicarse de día, porque entonces no existen, y la noche puede ser un tiempo terrible para la gente solitaria una vez que su soledad ha comenzado. Pero con Catherine casi no había diferencia en la noche, excepto que era un tiempo aún mejor. Si la gente aporta tanto coraje a este mundo, el mundo tiene que matarlos para romperlos, así que, por supuesto, los mata. El mundo rompe a todos y después muchos son fuertes en los lugares rotos. Pero a los que no se dejan romper, los mata. Mata imparcialmente a los muy buenos, a los muy gentiles y a los muy valientes. Si no eres nada de eso, puedes estar seguro de que también te matará, pero no habrá ninguna prisa especial.
Recuerdo despertar por la mañana. Catherine estaba dormida y la luz del sol entraba por la ventana. La lluvia había parado y me bajé de la cama y crucé el suelo hasta la ventana. Abajo estaban los jardines, ahora desnudos pero hermosamente regulares, los senderos de grava, los árboles, el muro de piedra junto al lago y el lago bajo la luz del sol con las montañas al fondo. Me quedé en la ventana mirando hacia afuera y cuando me di la vuelta vi que Catherine estaba despierta y me observaba.
—¿Cómo estás, cariño? —dijo—. ¿No es un día precioso?
—¿Cómo te sientes?
—Me siento muy bien. Tuvimos una noche encantadora.
—¿Quieres desayunar?
Ella quería desayunar. Yo también, y lo tomamos en la cama, con la luz del sol de noviembre entrando por la ventana y la bandeja del desayuno sobre mi regazo.
—¿No quieres el periódico? Siempre querías el periódico en el hospital.
—No —dije—. No quiero el periódico ahora.
—¿Fue tan malo que ni siquiera quieres leer sobre ello?
—No quiero leer sobre ello.
—Ojalá hubiera estado contigo para saberlo también.
—Te contaré sobre ello si consigo aclararlo en mi cabeza.
—Pero ¿no te arrestarán si te pillan sin uniforme?
—Probablemente me disparen.
—Entonces no nos quedaremos aquí. Saldremos del país.
—Había pensado algo así.
—Saldremos. Cariño, no deberías correr riesgos estúpidos. Dime, ¿cómo viniste de Mestre a Milán?
—Vine en tren. Entonces iba de uniforme.
—¿No estabas en peligro entonces?
—No mucho. Tenía una vieja orden de movimiento. Arreglé las fechas en Mestre.
—Cariño, puedes ser arrestado aquí en cualquier momento. No lo permitiré. Es estúpido hacer algo así. ¿Dónde estaríamos si te llevaran?
—No pensemos en ello. Estoy cansado de pensar en ello.
—¿Qué harías si vinieran a arrestarte?
—Dispararles.
—Ves qué estúpido eres, no dejaré que salgas del hotel hasta que nos vayamos de aquí.
—¿A dónde vamos a ir?
—Por favor, no te pongas así, cariño. Iremos a donde tú digas. Pero, por favor, encuentra algún lugar al que ir enseguida.
—Suiza está al final del lago, podemos ir allí.
—Eso será encantador.
El cielo se estaba cubriendo fuera y el lago se estaba oscureciendo.
—Desearía que no tuviéramos que vivir siempre como criminales —dije.
—Cariño, no te pongas así. No has vivido como un criminal durante mucho tiempo. Y nunca vivimos como criminales. Vamos a pasarlo bien.
—Me siento como un criminal. He desertado del ejército.
—Cariño, por favor, sé sensato. No es desertar del ejército. Es solo el ejército italiano.
Me reí. —Eres una buena chica. Volvamos a la cama. Me siento bien en la cama.
Un poco más tarde, Catherine dijo: —No te sientes como un criminal, ¿verdad?
—No —dije—. No cuando estoy contigo.
—Eres un chico tan tonto —dijo ella—. Pero yo cuidaré de ti. ¿No es espléndido, cariño, que no tenga náuseas matutinas?
—Es grandioso.
—No valoras la buena esposa que tienes. Pero no me importa. Te llevaré a un lugar donde no puedan arrestarte y entonces lo pasaremos de maravilla.
—Vayámonos allí enseguida.
—Lo haremos, cariño. Iré a cualquier parte en cualquier momento que desees.
—No pensemos en nada.
—Muy bien.
CAPÍTULO XXXV
Catherine fue a lo largo del lago hasta el pequeño hotel para ver a Ferguson y yo me senté en el bar y leí los periódicos. Había cómodos sillones de cuero en el bar y me senté en uno de ellos y leí hasta que llegó el barman. El ejército no se había mantenido en el Tagliamento. Se estaban retirando al Piave. Recordaba el Piave. El ferrocarril lo cruzaba cerca de San Donà subiendo hacia el frente. Allí era profundo y lento, y bastante estrecho. Más abajo había marismas de mosquitos y canales. Había algunas villas preciosas. Una vez, antes de la guerra, yendo hacia Cortina d’Ampezzo, había ido a lo largo del río durante varias horas por las colinas. Allí arriba parecía un arroyo de truchas, fluyendo rápidamente con tramos poco profundos y pozas bajo la sombra de las rocas. La carretera se desviaba de él en Cadore. Me preguntaba cómo bajaría el ejército que estaba allí arriba. El barman entró.
—El conde Greffi preguntaba por usted —dijo.
—¿Quién?
—El conde Greffi. Recuerda al anciano que estaba aquí cuando usted estuvo antes.
—¿Está aquí?
—Sí, está aquí con su sobrina. Le dije que usted estaba aquí. Quiere que juegue al billar.
—¿Dónde está?
—Está dando un paseo.
—¿Cómo está?
—Está más joven que nunca. Bebió tres cócteles de champán anoche antes de cenar.
—¿Qué tal su juego de billar?
—Bien. Me ganó. Cuando le dije que estaba aquí, se puso muy contento. No hay nadie aquí con quien pueda jugar.
El conde Greffi tenía noventa y cuatro años. Había sido contemporáneo de Metternich y era un anciano de pelo y bigote blancos y modales exquisitos. Había estado en el servicio diplomático tanto de Austria como de Italia y sus fiestas de cumpleaños eran el gran acontecimiento social de Milán. Vivía para cumplir cien años y jugaba una partida de billar fluida y suave que contrastaba con su propia fragilidad de noventa y cuatro años. Lo había conocido cuando estuve en Stresa una vez antes, fuera de temporada, y mientras jugábamos al billar bebíamos champán. Me pareció una costumbre espléndida y él me daba quince puntos de ventaja en cien y me ganaba.
—¿Por qué no me dijo que estaba aquí?
—Se me olvidó.
—¿Quién más está aquí?
—Nadie que usted conozca. Solo hay seis personas en total.
—¿Qué hace ahora?
—Nada.
—Venga a pescar.
—Podría ir por una hora.
—Venga. Traiga la línea de curricán.
El barman se puso una chaqueta y salimos. Bajamos y conseguimos una barca y yo remé mientras el barman se sentaba en la popa y soltaba la línea con una cucharilla y un plomo pesado en el extremo para pescar truchas de lago. Remamos a lo largo de la orilla, con el barman sosteniendo la línea en la mano y dándole tirones ocasionales hacia adelante. Stresa parecía muy desierta desde el lago. Estaban las largas filas de árboles desnudos, los grandes hoteles y las villas cerradas. Remé hacia Isola Bella y me acerqué a los muros, donde el agua se profundizaba bruscamente, y se veía el muro de roca inclinándose hacia abajo en el agua clara, y luego hacia arriba y a lo largo hasta la isla de los pescadores. El sol estaba bajo una nube y el agua estaba oscura, lisa y muy fría. No tuvimos ninguna picada, aunque vimos algunos círculos en el agua por los peces que saltaban.
Remé hasta quedar frente a la isla de los pescadores, donde había botes varados y hombres remendando redes.
—¿Deberíamos tomar algo?
—Está bien.
Acerqué el bote al muelle de piedra y el camarero tiró del cabo, enrollándolo en el fondo de la embarcación y enganchando la cucharilla en el borde de la borda. Bajé y até el bote. Entramos en un pequeño café, nos sentamos en una mesa de madera desnuda y pedimos vermú.
—¿Estás cansado de remar?
—No.
—Yo remaré de vuelta —dijo él.
—Me gusta remar.
—Quizás si sostienes el sedal cambie la suerte.
—Está bien.
—Dime cómo va la guerra.
—Podrida.
—Yo no tengo que ir. Soy demasiado viejo, como el conde Greffi.
—Tal vez aún tengas que ir.
—El año que viene llamarán a mi quinta. Pero no iré.
—¿Qué harás?
—Salir del país. No iría a la guerra. Estuve en la guerra una vez, en Abisinia. Nada. ¿Por qué vas tú?
—No lo sé. Fui un tonto.
—¿Quieres otro vermú?
—Está bien.
El camarero remó de vuelta. Arrastramos el sedal por el lago más allá de Stresa y luego hacia abajo, no lejos de la orilla. Sostenía el sedal tenso y sentía el débil pulso de la cucharilla girando mientras miraba el agua oscura de noviembre del lago y la orilla desierta. El camarero remaba con brazadas largas y, en el impulso hacia adelante del bote, el sedal palpitaba. Una vez tuve una picada: el sedal se puso rígido de repente y tiró hacia atrás; tiré y sentí el peso vivo de la trucha y luego el sedal volvió a palpitar. La había perdido.
—¿Parecía grande?
—Bastante grande.
—Una vez, cuando estaba pescando solo, tenía el sedal entre los dientes y una picó y casi me arranca la boca.
—La mejor forma es llevarlo sobre la pierna —dije—. Así lo sientes y no pierdes los dientes.
Metí la mano en el agua. Estaba muy fría. Estábamos casi frente al hotel ahora.
—Tengo que entrar —dijo el camarero—, para estar allí a las once. L’heure du cocktail.
—Está bien.
Recogí el sedal y lo enrollé en un palo con muescas en cada extremo. El camarero metió el bote en un pequeño canal en el muro de piedra y lo cerró con una cadena y un candado.
—Cuando lo quieras —dijo—, te daré la llave.
—Gracias.
Subimos al hotel y entramos al bar. No quería otra copa tan temprano por la mañana, así que subí a nuestra habitación. La doncella acababa de terminar de hacerla y Catherine aún no había vuelto. Me tumbé en la cama e intenté dejar de pensar.
Cuando Catherine volvió, todo estuvo bien de nuevo. Ferguson estaba abajo, dijo. Vendría a almorzar.
—Sabía que no te importaría —dijo Catherine.
—No —dije.
—¿Qué te pasa, querido?
—No lo sé.
—Lo sé. No tienes nada que hacer. Solo me tienes a mí y yo me voy.
—Es verdad.
—Lo siento, querido. Sé que debe ser una sensación terrible no tener nada en absoluto de repente.
—Mi vida solía estar llena de todo —dije—. Ahora, si no estás conmigo, no tengo nada en el mundo.
—Pero estaré contigo. Solo me fui por dos horas. ¿No hay nada que puedas hacer?
—Fui a pescar con el camarero.
—¿No fue divertido?
—Sí.
—No pienses en mí cuando no esté.
—Así es como me las arreglaba en el frente. Pero entonces había algo que hacer.
—Otelo con su ocupación perdida —bromeó ella.
—Otelo era un negro —dije—. Además, no soy celoso. Estoy tan enamorado de ti que no hay nada más.
—¿Serás un buen chico y serás amable con Ferguson?
—Siempre soy amable con Ferguson a menos que me maldiga.
—Sé amable con ella. Piensa en cuánto tenemos nosotros y ella no tiene nada.
—No creo que ella quiera lo que nosotros tenemos.
—No sabes mucho, querido, para ser un chico tan sabio.
—Seré amable con ella.
—Sé que lo serás. Eres tan dulce.
—Ella no se quedará después, ¿verdad?
—No. Me desharé de ella.
—Y luego vendremos aquí.
—Por supuesto. ¿Qué crees que quiero hacer?
Bajamos a almorzar con Ferguson. Ella estaba muy impresionada por el hotel y el esplendor del comedor. Tuvimos un buen almuerzo con un par de botellas de capri blanco. El conde Greffi entró al comedor y nos saludó con una inclinación de cabeza. Su sobrina, que se parecía un poco a mi abuela, estaba con él. Les hablé a Catherine y a Ferguson sobre él y Ferguson quedó muy impresionada. El hotel era muy grande, grandioso y estaba vacío, pero la comida era buena, el vino era muy agradable y, finalmente, el vino nos hizo sentir a todos muy bien. Catherine no necesitaba sentirse mejor. Estaba muy feliz. Ferguson se puso bastante alegre. Yo mismo me sentí muy bien. Después del almuerzo, Ferguson volvió a su hotel. Dijo que se iba a acostar un rato.
Hacia el final de la tarde, alguien llamó a nuestra puerta.
—¿Quién es?
—El conde Greffi desea saber si jugará al billar con él.
Miré mi reloj; me lo había quitado y estaba debajo de la almohada.
—¿Tienes que ir, querido? —susurró Catherine.
—Creo que es mejor. —El reloj marcaba las cuatro y cuarto—. En voz alta dije—: Dile al conde Greffi que estaré en la sala de billar a las cinco.
A las cinco menos cuarto besé a Catherine para despedirme y fui al baño a vestirme. Anudándome la corbata y mirándome en el espejo, me sentí extraño con la ropa de civil. Debo recordar comprar más camisas y calcetines.
—¿Estarás fuera mucho tiempo? —preguntó Catherine. Se veía hermosa en la cama—. ¿Me alcanzarías el cepillo?
La vi cepillándose el cabello, manteniendo la cabeza inclinada de modo que todo el peso de su pelo quedara de un lado. Estaba oscuro afuera y la luz sobre la cabecera de la cama brillaba en su cabello, en su cuello y en sus hombros. Fui hacia ella, la besé y sostuve su mano con el cepillo, y su cabeza se hundió en la almohada. Besé su cuello y sus hombros. Me sentí desfallecer por amarla tanto.
—No quiero irme.
—No quiero que te vayas.
—Entonces no iré.
—Sí. Ve. Es solo por un rato y luego volverás.
—Cenaremos aquí arriba.
—Date prisa y vuelve.
Encontré al conde Greffi en la sala de billar. Estaba practicando tiros, luciendo muy frágil bajo la luz que caía sobre la mesa de billar. En una mesa de cartas, un poco más allá de la luz, había una cubitera de plata con los cuellos y corchos de dos botellas de champán asomando sobre el hielo. El conde Greffi se enderezó cuando me acerqué a la mesa y caminó hacia mí. Extendió su mano: —Es un placer tan grande que esté aquí. Fue muy amable al venir a jugar conmigo.
—Fue muy amable de su parte invitarme.
—¿Se encuentra bien? Me dijeron que fue herido en el Isonzo. Espero que esté bien de nuevo.
—Estoy muy bien. ¿Ha estado bien usted?
—Oh, siempre estoy bien. Pero me estoy haciendo viejo. Detecto signos de la edad ahora.
—No puedo creerlo.
—Sí. ¿Quiere saber uno? Me resulta más fácil hablar italiano. Me disciplino a mí mismo, pero descubro que, cuando estoy cansado, es mucho más fácil hablar italiano. Así que sé que debo estar envejeciendo.
—Podríamos hablar italiano. Yo también estoy un poco cansado.
—Oh, pero cuando usted está cansado, le será más fácil hablar inglés.
—Americano.
—Sí. Americano. Por favor, hable americano. Es un lenguaje encantador.
—Casi nunca veo americanos.
—Debe extrañarlos. Uno extraña a sus compatriotas y, especialmente, a sus compatriotas. Conozco esa experiencia. ¿Deberíamos jugar o está demasiado cansado?
—No estoy realmente cansado. Lo dije en broma. ¿Qué ventaja me dará?
—¿Ha estado jugando mucho?
—Para nada.
—Usted juega muy bien. ¿Diez puntos de cien?
—Me halaga.
—¿Quince?
—Eso estaría bien, pero me ganará.
—¿Deberíamos jugar por una apuesta? Usted siempre deseó jugar por una apuesta.
—Creo que sería mejor.
—Está bien. Le daré dieciocho puntos y jugaremos un franco por punto.
Jugó una partida de billar encantadora y, con la ventaja, solo me llevaba cuatro puntos de ventaja al llegar a cincuenta. El conde Greffi pulsó un botón en la pared para llamar al camarero.
—Abra una botella, por favor —dijo. Luego, a mí—: Tomaremos un pequeño estimulante. —El vino estaba helado, muy seco y bueno.
—¿Deberíamos hablar italiano? ¿Le importaría mucho? Es mi gran debilidad ahora.
Seguimos jugando, bebiendo el vino entre tiro y tiro, hablando en italiano, pero conversando poco, concentrados en el juego. El conde Greffi hizo su centésimo punto y, con la ventaja, yo solo estaba en noventa y cuatro. Sonrió y me dio una palmada en el hombro.
—Ahora beberemos la otra botella y me contará sobre la guerra. —Esperó a que me sentara.
—Sobre cualquier otra cosa —dije.
—¿No quiere hablar de ello? Bien. ¿Qué ha estado leyendo?
—Nada —dije—. Me temo que soy muy aburrido.
—No. Pero debería leer.
—¿Qué se escribe en tiempos de guerra?
—Está «Le Feu», de un francés, Barbusse. Está «Mr. Britling Sees Through It».
—No, no lo hace.
—¿Qué?
—No lo ve claro. Esos libros estaban en el hospital.
—Entonces, ¿ha estado leyendo?
—Sí, pero nada bueno.
—Me pareció que «Mr. Britling» era un muy buen estudio del alma de la clase media inglesa.
—No sé nada sobre el alma.
—Pobre muchacho. Ninguno de nosotros sabe nada sobre el alma. ¿Es usted Croyant?
—Por la noche.
El conde Greffi sonrió y giró la copa con sus dedos. —Esperaba volverme más devoto a medida que envejecía, pero de alguna manera no lo he hecho —dijo—. Es una gran lástima.
—¿Le gustaría vivir después de la muerte? —pregunté, y al instante me sentí un tonto por mencionar la muerte. Pero a él no le molestó la palabra.
—Dependería de la vida. Esta vida es muy placentera. Me gustaría vivir para siempre —sonrió—. Casi lo he logrado.
Estábamos sentados en los profundos sillones de cuero, con el champán en la cubitera y nuestras copas sobre la mesa entre nosotros.
—Si alguna vez llega a ser tan viejo como yo, encontrará muchas cosas extrañas.
—Usted nunca parece viejo.
—Es el cuerpo el que es viejo. A veces temo que se me rompa un dedo, como se rompe un trozo de tiza. Y el espíritu no es más viejo ni mucho más sabio.
—Usted es sabio.
—No, esa es la gran falacia: la sabiduría de los ancianos. No se vuelven sabios. Se vuelven cautelosos.
—Quizás eso sea sabiduría.
—Es una sabiduría muy poco atractiva. ¿Qué es lo que más valora?
—A alguien a quien amo.
—En mi caso es lo mismo. Eso no es sabiduría. ¿Valora la vida?
—Sí.
—Yo también. Porque es todo lo que tengo. Y dar fiestas de cumpleaños —rió—. Probablemente usted es más sabio que yo. Usted no da fiestas de cumpleaños.
Ambos bebimos el vino.
—¿Qué piensa realmente de la guerra? —pregunté.
—Creo que es estúpida.
—¿Quién la ganará?
—Italia.
—¿Por qué?
—Son una nación más joven.
—¿Las naciones más jóvenes siempre ganan las guerras?
—Suelen hacerlo durante un tiempo.
—¿Entonces qué sucede?
—Se convierten en naciones más viejas.
—Dijo que no era sabio.
—Querido muchacho, eso no es sabiduría. Eso es cinismo.
—A mí me suena muy sabio.
—No particularmente. Podría citarle ejemplos del otro lado. Pero no está mal. ¿Hemos terminado el champán?
—Casi.
—¿Deberíamos beber un poco más? Entonces debo vestirme.
—Quizás sea mejor que no ahora.
—¿Está seguro de que no quiere más?
—Sí. —Se puso de pie.
—Espero que sea muy afortunado, muy feliz y muy, muy saludable.
—Gracias. Y espero que usted viva para siempre.
—Gracias. Lo he hecho. Y si alguna vez se vuelve devoto, rece por mí si estoy muerto. Le estoy pidiendo a varios de mis amigos que hagan eso. Esperaba volverme devoto yo mismo, pero no ha llegado. —Creí que sonrió con tristeza, pero no pude saberlo. Era tan viejo y su rostro estaba tan arrugado que una sonrisa usaba tantas líneas que todos los matices se perdían.
—Podría volverme muy devoto —dije—. De cualquier manera, rezaré por usted.
—Siempre esperé volverme devoto. Toda mi familia murió siendo muy devota. Pero de alguna manera no llega.
—Es muy temprano.
—Quizás sea muy tarde. Tal vez he sobrevivido a mi sentimiento religioso.
—El mío solo viene por la noche.
—Entonces usted también está enamorado. No olvide que eso es un sentimiento religioso.
—¿Usted cree eso?
—Por supuesto. —Dio un paso hacia la mesa—. Fue muy amable al jugar.
—Fue un gran placer.
—Caminaremos arriba juntos.
CAPÍTULO XXXVI
Esa noche hubo una tormenta y desperté al oír la lluvia azotando los cristales de las ventanas. Estaba entrando por la ventana abierta. Alguien había llamado a la puerta. Fui a la puerta muy suavemente, para no molestar a Catherine, y la abrí. El camarero estaba allí. Llevaba su abrigo y traía su sombrero mojado.
—¿Puedo hablar con usted, Tenente?
—¿Qué sucede?
—Es un asunto muy serio.
Miré a mi alrededor. La habitación estaba oscura. Vi el agua en el suelo desde la ventana. —Entre —dije. Lo llevé del brazo al baño; cerré la puerta y encendí la luz. Me senté en el borde de la bañera.
—¿Qué pasa, Emilio? ¿Estás en problemas?
—No. Usted sí, Tenente.
—¿Sí?
—Van a arrestarlo por la mañana.
—¿Sí?
—Vine a decírselo. Estaba en el pueblo y los oí hablar en un café.
—Ya veo.
Él se quedó allí, con el abrigo mojado, sosteniendo su sombrero mojado y no dijo nada.
—¿Por qué van a arrestarme?
—Por algo relacionado con la guerra.
—¿Sabes qué?
—No. Pero sé que saben que usted estuvo aquí antes como oficial y ahora está aquí sin uniforme. Después de esta retirada, arrestan a todo el mundo.
Pensé un minuto.
—¿A qué hora vendrán a arrestarme?
—Por la mañana. No sé la hora.
—¿Qué sugieres que haga?
Dejó su sombrero en el lavabo. Estaba muy mojado y había estado goteando en el suelo.
—Si no tiene nada que temer, un arresto no es nada. Pero siempre es malo ser arrestado, especialmente ahora.
—No quiero ser arrestado.
—Entonces vaya a Suiza.
—¿Cómo?
—En mi bote.
—Hay una tormenta —dije.
—La tormenta ha pasado. Está agitado, pero usted estará bien.
—¿Cuándo deberíamos irnos?
—Ahora mismo. Podrían venir a arrestarlo temprano por la mañana.
—¿Qué pasa con nuestras maletas?
—Empáquelas. Vista a su dama. Yo me ocuparé de ellas.
—¿Dónde estarás?
—Esperaré aquí. No quiero que nadie me vea afuera en el pasillo.
Abrí la puerta, la cerré y fui al dormitorio. Catherine estaba despierta.
—¿Qué es, querido?
—Está todo bien, Cat —dije—. ¿Te gustaría vestirte ahora mismo e ir en un bote a Suiza?
—¿Te gustaría a ti?
—No —dije—. Me gustaría volver a la cama.
—¿De qué se trata?
—El camarero dice que van a arrestarme por la mañana.
—¿Está loco el camarero?
—No.
—Entonces, por favor, date prisa, querido, y vístete para que podamos empezar. —Se sentó al borde de la cama. Todavía estaba somnolienta—. ¿Es ese el camarero en el baño?
—Sí.
—Entonces no me lavaré. Por favor, mira hacia otro lado, querido, y estaré vestida en un minuto.
Vi su espalda blanca mientras se quitaba el camisón y luego miré hacia otro lado porque ella quería que lo hiciera. Estaba empezando a notársele el embarazo y no quería que la viera. Me vestí escuchando la lluvia en las ventanas. No tenía mucho que meter en mi maleta.
—Hay mucho espacio en mi maleta, Cat, si necesitas algo.
—Ya casi he terminado de empacar —dijo—. Querido, soy terriblemente estúpida, pero ¿por qué está el camarero en el baño?
—Shh, está esperando para llevar nuestras maletas abajo.
—Es terriblemente amable.
—Es un viejo amigo —dije—. Casi le envío tabaco de pipa una vez.
Miré por la ventana abierta hacia la noche oscura. No podía ver el lago, solo la oscuridad y la lluvia, pero el viento estaba más tranquilo.
—Estoy lista, querido —dijo Catherine.
—Está bien. —Fui a la puerta del baño—. Aquí están las maletas, Emilio —dije. El camarero tomó las dos maletas.
—Es muy amable al ayudarnos —dijo Catherine.
—No es nada, señora —dijo el camarero—. Me alegra ayudarles solo con tal de que yo mismo no me meta en problemas. Escuche —me dijo a mí—. Las llevaré por la escalera de servicio hasta el bote. Ustedes simplemente salgan como si fueran a dar un paseo.
—Es una noche encantadora para un paseo —dijo Catherine.
—Es una mala noche, eso es seguro.
—Me alegra tener un paraguas —dijo Catherine.
Caminamos por el pasillo y bajamos la amplia escalera cubierta de alfombras gruesas. Al pie de la escalera, junto a la puerta, el portero estaba sentado detrás de su escritorio.
Pareció sorprendido al vernos.
—¿No van a salir, señor? —dijo.
—Sí —dije—. Vamos a ver la tormenta a lo largo del lago.
—¿No tiene un paraguas, señor?
—No —dije—. Este abrigo repele el agua.
Me miró con duda. —Le conseguiré un paraguas, señor —dijo. Se fue y regresó con un paraguas grande. —Es un poco grande, señor —dijo. Le di un billete de diez liras. —Oh, usted es demasiado bueno, señor. Muchas gracias —dijo. Mantuvo la puerta abierta y salimos a la lluvia. Sonrió a Catherine y ella le sonrió a él. —No se queden afuera en la tormenta —dijo—. Se mojarán, señor y señora. —Él solo era el segundo portero y su inglés todavía era una traducción literal.
—Volveremos —dije. Caminamos por el sendero bajo el paraguas gigante y salimos a través de los jardines oscuros y mojados hacia la carretera, y cruzamos la carretera hacia el sendero enrejado a lo largo del lago. El viento soplaba desde la costa ahora. Era un viento frío y húmedo de noviembre y sabía que estaba nevando en las montañas. Pasamos junto a los botes encadenados en los canales a lo largo del muelle hasta donde debería estar el bote del camarero. El agua estaba oscura contra la piedra. El camarero salió de detrás de la hilera de árboles.
—Las maletas están en el bote —dijo.
—Quiero pagarle por el bote —dije.
—¿Cuánto dinero tiene?
—No mucho.
—Envíeme el dinero después. Eso estará bien.
—¿Cuánto?
—Lo que usted quiera.
—Dígame cuánto.
—Si llega hasta el otro lado, envíeme quinientos francos. No le importará eso si llega.
—Está bien.
—Aquí hay sándwiches. —Me entregó un paquete—. Todo lo que había en el bar. Está todo aquí. Esta es una botella de brandy y una botella de vino. —Los metí en mi maleta—. Déjeme pagarle por eso.
—Está bien, deme cincuenta liras.
Se las di. —El brandy es bueno —dijo—. No tenga miedo de dárselo a su dama. Será mejor que suba al bote. —Sujetó el bote, que subía y bajaba contra el muro de piedra, y ayudé a Catherine a subir. Se sentó en la popa y se envolvió en su capa.
—¿Sabe adónde ir?
—Lago arriba.
—¿Sabe cuánto lejos?
—Más allá de Luino.
—Más allá de Luino, Cannero, Cannobio, Tranzano. Usted no está en Suiza hasta que llega a Brissago. Tiene que pasar Monte Tamara.
—¿Qué hora es? —preguntó Catherine.
—Solo son las once —dije.
—Si rema todo el tiempo, debería estar allí para las siete de la mañana.
—¿Está tan lejos?
—Son treinta y cinco kilómetros.
—¿Cómo debemos ir? Con esta lluvia necesitamos una brújula.
—No. Reme hasta Isola Bella. Luego, al otro lado de Isola Madre, siga con el viento. El viento lo llevará a Pallanza. Verá las luces. Luego reme por la orilla.
—Quizás el viento cambie.
—No —dijo—. Este viento soplará así durante tres días. Viene directo del Mattarone. Hay un tarro para achicar agua.
—Déjeme pagarle algo por el bote ahora.
—No, prefiero arriesgarme. Si logra pasar, me paga todo lo que pueda.
—Está bien.
—No creo que se ahogue.
—Eso es bueno.
—Vaya con el viento lago arriba.
—Está bien. Subí al bote.
—¿Dejó el dinero para el hotel?
—Sí. En un sobre en la habitación.
—Está bien. Buena suerte, Tenente.
—Buena suerte. Le agradecemos muchas veces.
—No me agradecerá si se ahoga.
—¿Qué dice? —preguntó Catherine.
—Dice que buena suerte.
—Buena suerte —dijo Catherine—. Muchas gracias.
—¿Estás lista?
—Sí.
Se inclinó y nos empujó. Cavé en el agua con los remos, luego saludé con una mano. El camarero devolvió el saludo con un gesto de resignación. Vi las luces del hotel y remé hacia afuera, remando en línea recta hasta que quedaron fuera de vista. Había bastante oleaje, pero íbamos a favor del viento.
CAPÍTULO XXXVII
Remé en la oscuridad manteniendo el viento en la cara. La lluvia había cesado y solo caía ocasionalmente en ráfagas. Estaba muy oscuro y el viento era frío. Podía ver a Catherine en la popa, pero no podía ver el agua donde se sumergían las palas de los remos. Los remos eran largos y no tenían cueros para evitar que se salieran. Tiraba, levantaba, me inclinaba hacia adelante, encontraba el agua, sumergía y tiraba, remando tan suavemente como podía. No ponía los remos en bandera porque el viento estaba a nuestro favor. Sabía que me saldrían ampollas en las manos y quería retrasarlo tanto como pudiera. El bote era ligero y se dejaba remar fácilmente. Lo arrastré por el agua oscura. No podía ver y esperaba que pronto llegáramos a la altura de Pallanza.
Nunca vimos Pallanza. El viento soplaba lago arriba y pasamos la punta que oculta Pallanza en la oscuridad sin ver jamás las luces. Cuando finalmente vimos unas luces mucho más arriba en el lago y cerca de la orilla, era Intra. Pero durante mucho tiempo no vimos ninguna luz, ni vimos la orilla, sino que remamos constantemente en la oscuridad cabalgando sobre las olas. A veces perdía el agua con los remos en la oscuridad cuando una ola levantaba el bote. Estaba bastante agitado; pero seguí remando, hasta que de repente estuvimos cerca de la orilla contra una punta de roca que se alzaba a nuestro lado; las olas golpeaban contra ella, subiendo alto, para luego retroceder. Tiré fuerte del remo derecho y remé hacia atrás con el otro, y salimos de nuevo al lago; la punta quedó fuera de vista y seguimos subiendo por el lago.
—Estamos al otro lado del lago —le dije a Catherine.
—¿No íbamos a ver Pallanza?
—La hemos pasado.
—¿Cómo estás, cariño?
—Estoy bien.
—Podría tomar los remos un rato.
—No, estoy bien.
—Pobre Ferguson —dijo Catherine—. Por la mañana irá al hotel y descubrirá que nos hemos ido.
—No me preocupa tanto eso —dije— como llegar a la parte suiza del lago antes de que amanezca y los guardias de aduanas nos vean.
—¿Está muy lejos?
—Hay unos treinta y tantos kilómetros desde aquí.
Remé toda la noche. Finalmente, mis manos estaban tan doloridas que apenas podía cerrarlas sobre los remos. Casi nos estrellamos contra la orilla varias veces. Me mantuve bastante cerca de la costa porque tenía miedo de perderme en el lago y perder tiempo. A veces estábamos tan cerca que podíamos ver una hilera de árboles y el camino a lo largo de la costa con las montañas detrás. La lluvia paró y el viento empujó las nubes de modo que la luna brilló a través de ellas, y mirando hacia atrás pude ver la larga y oscura punta de Castagnola y el lago con crestas blancas y, más allá, la luna sobre las altas montañas nevadas. Luego las nubes cubrieron la luna de nuevo y las montañas y el lago desaparecieron, pero estaba mucho más claro que antes y podíamos ver la orilla. Podía verla demasiado claramente y me alejé hacia donde no verían el bote si hubiera guardias de aduanas a lo largo del camino de Pallanza. Cuando la luna salió de nuevo, pudimos ver villas blancas en la orilla, en las laderas de la montaña, y el camino blanco donde se dejaba ver entre los árboles. Todo el tiempo estuve remando.
El lago se ensanchó y, al otro lado, en la orilla al pie de las montañas, vimos unas pocas luces que debían ser Luino. Vi una brecha en forma de cuña entre las montañas en la otra orilla y pensé que debía ser Luino. Si lo era, íbamos a buen ritmo. Recogí los remos y me recosté en el asiento. Estaba muy, muy cansado de remar. Mis brazos, hombros y espalda me dolían y mis manos estaban irritadas.
—Podría sostener el paraguas —dijo Catherine—. Podríamos navegar con él gracias al viento.
—¿Sabes gobernar?
—Creo que sí.
—Toma este remo y sostenlo bajo tu brazo, cerca del costado del bote, y gobierna, mientras yo sostengo el paraguas. Volví a la popa y le mostré cómo sostener el remo. Tomé el paraguas grande que me había dado el portero y me senté mirando hacia la proa y lo abrí. Se abrió con un chasquido. Lo sostuve por ambos lados, sentado a horcajadas sobre el mango enganchado en el asiento. El viento entró de lleno en él y sentí que el bote era succionado hacia adelante mientras tiraba con tanta fuerza como podía de los dos bordes. Tiraba con fuerza. El bote se movía rápido.
—Vamos maravillosamente —dijo Catherine. Todo lo que podía ver eran las varillas del paraguas. El paraguas se tensó y tiró, y sentí cómo nos desplazábamos con él. Puse los pies firmes y me eché hacia atrás, luego, de repente, se dobló; sentí que una varilla se rompía contra mi frente, traté de agarrar la parte superior que se doblaba con el viento y todo el conjunto colapsó y se dio la vuelta, y yo estaba a horcajadas sobre el mango de un paraguas roto y del revés, donde antes sostenía una vela llena de viento. Desenganché el mango del asiento, dejé el paraguas en la proa y volví con Catherine por el remo. Ella se reía. Tomó mi mano y siguió riendo.
—¿Qué pasa? —Tomé el remo.
—Te veías tan gracioso sosteniendo esa cosa.
—Supongo que sí.
—No te enfades, cariño. Fue terriblemente divertido. Parecías tener veinte pies de ancho y ser muy afectuoso sosteniendo el paraguas por los bordes... —se ahogó de risa.
—Remaré yo.
—Descansa y bebe algo. Es una noche estupenda y hemos recorrido un largo camino.
—Tengo que mantener el bote fuera del seno de las olas.
—Te traeré un trago. Luego descansa un poco, cariño.
Sostuve los remos en alto y navegamos con ellos. Catherine estaba abriendo el bolso. Me entregó la botella de brandy. Quité el corcho con mi navaja y di un largo trago. Era suave y caliente, y el calor recorrió todo mi cuerpo, sintiéndome reconfortado y alegre. —Es un brandy delicioso —dije. La luna estaba cubierta de nuevo, pero podía ver la orilla. Parecía haber otra punta que se adentraba mucho más adelante en el lago.
—¿Tienes suficiente calor, Cat?
—Estoy espléndida. Estoy un poco entumecida.
—Achica esa agua y podrás poner los pies abajo.
Luego remé y escuché los toletes y el chapoteo y el raspado del tarro de achicar bajo el asiento de popa.
—¿Me das el achicador? —dije—. Quiero beber.
—Está terriblemente sucio.
—No importa. Lo enjuagaré.
Escuché a Catherine enjuagándolo por la borda. Luego me lo entregó lleno de agua. Tenía sed después del brandy y el agua estaba helada, tan fría que me hizo doler los dientes. Miré hacia la orilla. Estábamos más cerca de la punta larga. Había luces en la bahía más adelante.
—Gracias —dije, y le devolví el cubo de hojalata.
—De nada —dijo Catherine—. Hay mucha más si quieres.
—¿No quieres comer algo?
—No. Tendré hambre en un rato. Lo guardaremos para entonces.
—Está bien.
Lo que parecía una punta más adelante era un promontorio alto y largo. Me alejé más hacia el lago para pasarlo. El lago era mucho más estrecho ahora. La luna salió de nuevo y la guardia di Finanza podría haber visto nuestro bote negro sobre el agua si hubieran estado vigilando.
—¿Cómo estás, Cat? —pregunté.
—Estoy bien. ¿Dónde estamos?
—No creo que nos falten más de unos trece kilómetros.
—Es mucho trecho para remar, pobre dulce. ¿No estás muerto de cansancio?
—No. Estoy bien. Solo tengo las manos doloridas, eso es todo.
Continuamos lago arriba. Había una interrupción en las montañas en la orilla derecha, un aplanamiento con una línea de costa baja que pensé que debía ser Cannobio. Me mantuve muy lejos porque era a partir de ahora cuando corríamos el mayor peligro de encontrarnos con la guardia. Había una montaña con cúpula alta en la otra orilla un poco más adelante. Estaba cansado. No era una gran distancia para remar, pero cuando uno no está en forma, había sido un largo camino. Sabía que tenía que pasar esa montaña y subir al menos ocho kilómetros más por el lago antes de estar en aguas suizas. La luna ya estaba casi oculta, pero antes de que se pusiera, el cielo se cubrió de nuevo y estaba muy oscuro. Me mantuve bien alejado en el lago, remando un rato, luego descansando y sosteniendo los remos de manera que el viento golpeara las palas.
—Déjame remar un rato —dijo Catherine.
—No creo que debas.
—Tonterías. Me vendría bien. Evitaría que me pusiera tan rígida.
—No creo que debas, Cat.
—Tonterías. Remar con moderación es muy bueno para la mujer embarazada.
—Está bien, rema un poco moderadamente. Yo iré hacia atrás, luego tú subes. Sujétate de ambas bordas cuando subas.
Me senté en la popa con mi abrigo puesto y el cuello levantado y observé a Catherine remar. Remaba muy bien, pero los remos eran demasiado largos y le molestaban. Abrí el bolso, comí un par de sándwiches y di un trago de brandy. Hizo que todo fuera mucho mejor y di otro trago.
—Avísame cuando estés cansada —dije. Luego, un poco más tarde—: ten cuidado de que el remo no te golpee en la barriga.
—Si lo hiciera —dijo Catherine entre paladas—, la vida podría ser mucho más sencilla.
Di otro trago al brandy.
—¿Cómo vas?
—Bien.
—Avísame cuando quieras parar.
—Está bien.
Di otro trago al brandy, luego me sujeté de ambas bordas del bote y me moví hacia adelante.
—No. Voy maravillosamente.
—Vuelve a la popa. He tenido un descanso estupendo.
Por un tiempo, con el brandy, remé con facilidad y constancia. Luego comencé a perder el ritmo y pronto estaba de nuevo chapoteando, con un regusto amargo a bilis por haber remado demasiado fuerte después del brandy.
—Dame un trago de agua, ¿quieres? —dije.
—Eso es fácil —dijo Catherine.
Antes del amanecer comenzó a lloviznar. El viento había amainado o estábamos protegidos por las montañas que delimitaban la curva que había hecho el lago. Cuando supe que se acercaba el día, me acomodé y remé con fuerza. No sabía dónde estábamos y quería llegar a la parte suiza del lago. Cuando empezaba a amanecer, estábamos muy cerca de la orilla. Podía ver la costa rocosa y los árboles.
—¿Qué es eso? —dijo Catherine. Descansé sobre los remos y escuché. Era un bote a motor traqueteando en el lago. Me acerqué a la orilla y permanecí quieto. El traqueteo se acercó; luego vimos el bote a motor en la lluvia un poco detrás de nosotros. Había cuatro guardia di finanza en la popa, con sus sombreros alpinos calados, los cuellos de sus capas levantados y sus carabinas colgadas a la espalda. Todos parecían adormilados tan temprano en la mañana. Podía ver el amarillo en sus sombreros y las marcas amarillas en los cuellos de sus capas. El bote a motor siguió traqueteando y desapareció de nuestra vista bajo la lluvia.
Me alejé hacia el lago. Si estábamos tan cerca de la frontera, no quería que un centinela a lo largo del camino nos diera el alto. Me mantuve afuera, donde apenas podía ver la orilla, y remé durante tres cuartos de hora bajo la lluvia. Escuchamos un bote a motor una vez más, pero permanecí quieto hasta que el ruido del motor se alejó hacia el otro lado del lago.
—Creo que estamos en Suiza, Cat —dije.
—¿De verdad?
—No hay forma de saberlo hasta que veamos tropas suizas.
—O la marina suiza.
—La marina suiza no es ninguna broma para nosotros. Ese último bote a motor que escuchamos era probablemente la marina suiza.
—Si estamos en Suiza, tengamos un gran desayuno. Tienen panecillos, mantequilla y mermelada maravillosos en Suiza.
Ya era pleno día y caía una lluvia fina. El viento seguía soplando afuera, lago arriba, y podíamos ver las crestas blancas alejándose de nosotros lago arriba. Estaba seguro de que estábamos en Suiza ahora. Había muchas casas entre los árboles, lejos de la orilla, y más adelante, a lo largo de la costa, había un pueblo con casas de piedra, algunas villas en las colinas y una iglesia. Había estado mirando el camino que bordeaba la orilla buscando guardias, pero no vi ninguno. El camino se acercaba bastante al lago ahora y vi a un soldado saliendo de un café en la carretera. Llevaba un uniforme gris verdoso y un casco como el de los alemanes. Tenía una cara de aspecto saludable y un pequeño bigote de cepillo. Nos miró.
—Salúdalo —le dije a Catherine. Ella saludó y el soldado sonrió avergonzado y devolvió el saludo con la mano. Aflojé el ritmo. Estábamos pasando frente al muelle del pueblo.
—Debemos estar bien adentro de la frontera —dije.
—Queremos estar seguros, cariño. No queremos que nos devuelvan en la frontera.
—La frontera queda mucho más atrás. Creo que esta es la ciudad de aduanas. Estoy casi seguro de que es Brissago.
—¿No habrá italianos allí? Siempre hay gente de ambos bandos en una ciudad fronteriza.
—No en tiempo de guerra. No creo que dejen que los italianos crucen la frontera.
Era un pueblito de aspecto agradable. Había muchos botes de pesca a lo largo del muelle y redes extendidas en bastidores. Caía una fina lluvia de noviembre, pero se veía alegre y limpio incluso con la lluvia.
—¿Deberíamos desembarcar entonces y desayunar?
—Está bien.
Tiré fuerte del remo izquierdo y me acerqué, luego enderecé el rumbo cuando estuvimos cerca del muelle y puse el bote al costado. Recogí los remos, me sujeté de una argolla de hierro, subí a la piedra mojada y estaba en Suiza. Até el bote y tendí mi mano hacia Catherine.
—Sube, Cat. Es una sensación magnífica.
—¿Qué hay de las maletas?
—Déjalas en el bote.
Catherine subió y estuvimos en Suiza juntos.
—Qué país tan encantador —dijo.
—¿Verdad que es magnífico?
—¡Vamos a desayunar!
—¿No es un país magnífico? Me encanta cómo se siente bajo mis zapatos.
—Estoy tan entumecida que apenas puedo sentirlo. Pero se siente como un país espléndido. Cariño, ¿te das cuenta de que estamos aquí y fuera de ese lugar sangriento?
—Lo sé. Realmente lo sé. Nunca me había dado cuenta de nada antes.
—Mira las casas. ¿No es esta una plaza hermosa? Hay un lugar donde podemos desayunar.
—¿No es encantadora la lluvia? Nunca tuvieron una lluvia como esta en Italia. Es una lluvia alegre.
—¡Y estamos aquí, cariño! ¿Te das cuenta de que estamos aquí?
Entramos al café y nos sentamos en una mesa de madera limpia. Estábamos locamente emocionados. Una mujer espléndida de aspecto limpio, con un delantal, vino y nos preguntó qué queríamos.
—Panecillos, mermelada y café —dijo Catherine.
—Lo siento, no tenemos panecillos en tiempo de guerra.
—Pan entonces.
—Puedo hacerles unas tostadas.
—Está bien.
—Quiero unos huevos fritos también.
—¿Cuántos huevos para el caballero?
—Tres.
—Pide cuatro, cariño.
—Cuatro huevos.
La mujer se fue. Besé a Catherine y le apreté la mano con fuerza. Nos miramos el uno al otro y luego al café.
—Cariño, cariño, ¿no es encantador?
—Es magnífico —dije.
—No me importa que no haya panecillos —dijo Catherine—. Pensé en ellos toda la noche. Pero no me importa. No me importa en absoluto.
—Supongo que pronto nos arrestarán.
—No importa, cariño. Desayunaremos primero. No te importará que te arresten después del desayuno. Y luego no hay nada que puedan hacernos. Somos ciudadanos británicos y estadounidenses de buena reputación.
—Tienes pasaporte, ¿no?
—Por supuesto. Oh, no hablemos de eso. Seamos felices.
—No podría ser más feliz —dije. Un gato gris y gordo con una cola que se levantaba como un penacho cruzó el suelo hacia nuestra mesa y se arqueó contra mi pierna para ronronear cada vez que se restregaba. Me agaché y lo acaricié. Catherine me sonrió muy feliz. —Aquí viene el café —dijo.
Nos arrestaron después del desayuno. Dimos un pequeño paseo por el pueblo y luego bajamos al muelle a buscar nuestras maletas. Un soldado estaba haciendo guardia junto al bote.
—¿Es este su bote?
—Sí.
—¿De dónde vienen?
—Lago arriba.
—Entonces tengo que pedirles que vengan conmigo.
—¿Qué hay de las maletas?
—Pueden llevar las maletas.
Llevé las maletas, Catherine caminó a mi lado y el soldado caminó detrás de nosotros hacia la antigua aduana. En la aduana, un teniente, muy delgado y militar, nos interrogó.
—¿Qué nacionalidad tienen?
—Estadounidense y británica.
—Déjenme ver sus pasaportes.
Le di el mío y Catherine sacó el suyo de su bolso.
Los examinó durante mucho tiempo.
—¿Por qué entran a Suiza de esta manera en un bote?
—Soy deportista —dije—. El remo es mi gran deporte. Siempre remo cuando tengo la oportunidad.
—¿Por qué vienen aquí?
—Para el deporte de invierno. Somos turistas y queremos practicar el deporte de invierno.
—Este no es lugar para el deporte de invierno.
—Lo sabemos. Queremos ir a donde tienen el deporte de invierno.
—¿Qué han estado haciendo en Italia?
—He estado estudiando arquitectura. Mi prima ha estado estudiando arte.
—¿Por qué se van de allí?
—Queremos practicar el deporte de invierno. Con la guerra en curso, no se puede estudiar arquitectura.
—Por favor, quédense donde están —dijo el teniente. Regresó al interior del edificio con nuestros pasaportes.
—Eres espléndido, cariño —dijo Catherine—. Sigue por el mismo camino. Quieres practicar el deporte de invierno.
—¿Sabes algo de arte?
—Rubens —dijo Catherine.
—Grande y gordo —dije.
—Tiziano —dijo Catherine.
—De cabello color Tiziano —dije—. ¿Qué tal Mantegna?
—No preguntes los difíciles —dijo Catherine—. Aunque lo conozco: muy amargo.
—Muy amargo —dije—. Muchos agujeros de clavos.
—Ya ves, seré una buena esposa —dijo Catherine—. Podré hablar de arte con tus clientes.
—Ahí viene —dije. El teniente delgado bajó por el pasillo de la aduana sosteniendo nuestros pasaportes.
—Tendré que enviarlos a Locarno —dijo—. Pueden conseguir un carruaje y un soldado irá con ustedes.
—Está bien —dije—. ¿Qué hay del bote?
—El bote está confiscado. ¿Qué tienen en esas maletas?
Revisó todas las cosas de las dos maletas y levantó la botella de un cuarto de litro de brandy. —¿Me acompañaría a un trago? —pregunté.
—No, gracias. —Se enderezó—. ¿Cuánto dinero tienen?
—Veinticinco mil liras.
Quedó favorablemente impresionado. —¿Cuánto tiene su prima?
Catherine tenía un poco más de mil doscientas liras. El teniente se mostró complacido. Su actitud hacia nosotros se volvió menos altiva.
—Si van a practicar deportes de invierno —dijo—, Wengen es el lugar. Mi padre tiene un hotel muy bueno en Wengen. Está abierto todo el año.
—Eso es espléndido —dije—. ¿Podría darme el nombre?
—Lo escribiré en una tarjeta. —Me entregó la tarjeta muy cortésmente.
—El soldado los llevará a Locarno. Él conservará sus pasaportes. Lamento esto, pero es necesario. Tengo esperanzas de que les den una visa o un permiso policial en Locarno.
Entregó los dos pasaportes al soldado y, cargando las maletas, comenzamos a caminar hacia el pueblo para pedir un carruaje. —¡Oiga! —le gritó el teniente al soldado. Le dijo algo en un dialecto alemán. El soldado se colgó el rifle al hombro y recogió las maletas.
—Es un gran país —le dije a Catherine.
—Es tan práctico.
—Muchas gracias —le dije al teniente. Él hizo un gesto con la mano.
—¡A su servicio! —dijo. Seguimos a nuestro guardia hacia el pueblo.
Fuimos a Locarno en un carruaje con el soldado sentado en el asiento delantero junto al conductor. En Locarno no nos fue mal. Nos interrogaron, pero fueron educados porque teníamos pasaportes y dinero. No creo que creyeran una palabra de nuestra historia y me pareció algo absurdo, pero era como un tribunal de justicia. No buscaban algo razonable, querían algo técnico y luego se aferraban a eso sin explicaciones. Pero teníamos pasaportes y estábamos dispuestos a gastar el dinero. Así que nos dieron visas provisionales. En cualquier momento esta visa podría ser retirada. Debíamos presentarnos a la policía dondequiera que fuéramos.
¿Podíamos ir a donde quisiéramos? Sí. ¿A dónde queríamos ir?
—¿A dónde quieres ir, Cat?
—A Montreux.
—Es un lugar muy agradable —dijo el funcionario—. Creo que les gustará ese lugar.
—Aquí en Locarno es un lugar muy agradable —dijo otro funcionario—. Estoy seguro de que les gustaría mucho estar aquí en Locarno. Locarno es un lugar muy atractivo.
—Nos gustaría algún lugar donde haya deportes de invierno.
—No hay deportes de invierno en Montreux.
—Le ruego me disculpe —dijo el otro funcionario—. Yo vengo de Montreux. Ciertamente hay deportes de invierno en el ferrocarril Montreux Oberland Bernois. Sería falso que usted negara eso.
—No lo niego. Simplemente dije que no hay deportes de invierno en Montreux.
—Lo pongo en duda —dijo el otro funcionario—. Pongo en duda esa afirmación.
—Me mantengo en esa afirmación.
—Pongo en duda esa afirmación. Yo mismo he hecho luge por las calles de Montreux. Lo he hecho no una, sino varias veces. El luge es ciertamente un deporte de invierno.
El otro funcionario se volvió hacia mí.
—¿Es el luge su idea de deporte de invierno, señor? Le digo que estaría muy cómodo aquí en Locarno. Encontraría el clima saludable, encontraría los alrededores atractivos. Le gustaría mucho.
—El caballero ha expresado el deseo de ir a Montreux.
—¿Qué es el luge? —pregunté.
—¡Ya ve, ni siquiera ha oído hablar del luge!
Eso significó mucho para el segundo funcionario. Le complació.
—El luge —dijo el primer funcionario—, es el tobogganing.
—Discrepo —el otro funcionario sacudió la cabeza—. Debo discrepar de nuevo. El trineo es muy diferente del luge. El trineo se construye en Canadá con listones planos. El luge es un trineo común con patines. La precisión significa algo.
—¿No podríamos ir en trineo? —pregunté.
—Por supuesto que podrían ir en trineo —dijo el primer funcionario—. Podrían ir muy bien en trineo. En Montreux se venden excelentes trineos canadienses. Ochs Brothers vende trineos. Importan sus propios trineos.
El segundo funcionario se dio la vuelta. —El tobogganing —dijo—, requiere una pista especial. No se puede ir en trineo por las calles de Montreux. ¿Dónde se alojarán aquí?
—No lo sabemos —dije—. Acabamos de llegar de Brissago. El carruaje está afuera.
—No se equivocarán al ir a Montreux —dijo el primer funcionario—. Encontrarán el clima encantador y hermoso. No tendrán que ir muy lejos para practicar deportes de invierno.
—Si realmente quieren deportes de invierno —dijo el segundo funcionario—, irán a Engadina o a Mürren. Debo protestar por el hecho de que se les aconseje ir a Montreux para practicar deportes de invierno.
—En Les Avants, sobre Montreux, hay excelentes deportes de invierno de todo tipo. —El defensor de Montreux lanzó una mirada fulminante a su colega.
—Caballeros —dije—, me temo que debemos irnos. Mi prima está muy cansada. Iremos provisionalmente a Montreux.
—Los felicito —el primer funcionario me estrechó la mano.
—Creo que lamentarán dejar Locarno —dijo el segundo funcionario—. En cualquier caso, deberán presentarse a la policía en Montreux.
—No habrá ningún inconveniente con la policía —me aseguró el primer funcionario—. Encontrarán a todos los habitantes extremadamente corteses y amables.
—Muchas gracias a ambos —dije—. Agradecemos mucho sus consejos.
—Adiós —dijo Catherine—. Muchas gracias a ambos.
Nos escoltaron con reverencias hasta la puerta, el defensor de Locarno un poco fríamente. Bajamos los escalones y subimos al carruaje.
—Dios mío, cariño —dijo Catherine—. ¿No podríamos habernos ido antes? —Le di al conductor el nombre de un hotel que uno de los funcionarios había recomendado. Él tomó las riendas.
—Has olvidado al ejército —dijo Catherine. El soldado estaba de pie junto al carruaje. Le di un billete de diez liras. —Todavía no tengo dinero suizo —dije. Me dio las gracias, saludó y se marchó. El carruaje se puso en marcha y nos dirigimos al hotel.
—¿Cómo se te ocurrió elegir Montreux? —le pregunté a Catherine—. ¿De verdad quieres ir allí?
—Fue el primer lugar que se me vino a la mente —dijo—. No es un mal lugar. Podemos encontrar algún sitio allá arriba en las montañas.
—¿Tienes sueño?
—Estoy dormida ahora mismo.
—Dormiremos bien. Pobre Cat, tuviste una noche larga y mala.
—La pasé muy bien —dijo Catherine—. Especialmente cuando navegaste con el paraguas.
—¿Te das cuenta de que estamos en Suiza?
—No, me temo que despertaré y no será verdad.
—Yo también.
—Es verdad, ¿no es así, cariño? No estoy simplemente yendo hacia la stazione en Milán para despedirte.
—Eso espero.
—No digas eso. Me asusta. Quizás sea ahí a donde vamos.
—Estoy tan aturdido que no lo sé —dije.
—Déjame ver tus manos.
Las extendí. Ambas estaban llenas de ampollas y carne viva.
—No tengo un agujero en el costado —dije.
—No seas sacrílego.
Me sentía muy cansado y con la mente vaga. La euforia había desaparecido por completo. El carruaje avanzaba por la calle.
—Pobres manos —dijo Catherine.
—No las toques —dije—. Por Dios, no sé dónde estamos. ¿A dónde vamos, conductor? —El conductor detuvo su caballo.
—Al Hotel Metropole. ¿No quieren ir allí?
—Sí —dije—. Está bien, Cat.
—Está bien, cariño. No te alteres. Dormiremos bien y mañana no te sentirás aturdido.
—Me siento bastante aturdido —dije—. Es como una ópera cómica hoy. Quizás tenga hambre.
—Solo estás cansado, cariño. Estarás bien. —El carruaje se detuvo frente al hotel. Alguien salió para recoger nuestras maletas.
—Me siento bien —dije. Estábamos en la acera entrando al hotel.
—Sé que estarás bien. Solo estás cansado. Has estado levantado mucho tiempo.
—De cualquier modo, estamos aquí.
—Sí, realmente estamos aquí.
Seguimos al botones con las maletas hacia el interior del hotel.
LIBRO V
CAPÍTULO XXXVIII
Ese otoño la nieve llegó muy tarde. Vivíamos en una casa de madera marrón entre los pinos en la ladera de la montaña y por la noche había heladas, por lo que por la mañana había una fina capa de hielo sobre el agua en las dos jarras de la cómoda. La señora Guttingen entraba en la habitación temprano por la mañana para cerrar las ventanas y encendía el fuego en la alta estufa de porcelana. La madera de pino crujía y chisporroteaba y luego el fuego rugía en la estufa, y la segunda vez que la señora Guttingen entraba a la habitación, traía grandes trozos de madera para el fuego y una jarra de agua caliente. Cuando la habitación estaba caliente, traía el desayuno. Sentados en la cama desayunando, podíamos ver el lago y las montañas al otro lado del lago, en el lado francés. Había nieve en las cimas de las montañas y el lago era de un color azul acero grisáceo.
Afuera, frente al chalet, un camino subía la montaña. Las rodadas y crestas de las ruedas estaban duras como el hierro por la helada, y el camino subía constantemente a través del bosque y rodeaba la montaña hasta donde había prados, graneros y cabañas en los prados al borde de los bosques que miraban hacia el valle. El valle era profundo y había un arroyo en el fondo que desembocaba en el lago y cuando el viento soplaba a través del valle se podía oír el arroyo entre las rocas.
A veces nos desviábamos del camino por un sendero a través del bosque de pinos. El suelo del bosque era suave para caminar; la helada no lo endurecía como al camino. Pero no nos importaba la dureza del camino porque teníamos clavos en las suelas y tacones de nuestras botas y los clavos de los tacones se clavaban en los surcos congelados, y con botas claveteadas era bueno caminar por el camino y vigorizante. Pero era encantador caminar por el bosque.
Frente a la casa donde vivíamos, la montaña descendía abruptamente hacia la pequeña llanura a lo largo del lago y nos sentábamos en el porche de la casa bajo el sol y veíamos el sinuoso camino bajar por la ladera de la montaña y los viñedos en terrazas en la ladera de la montaña más baja, las vides todas muertas ahora por el invierno y los campos divididos por muros de piedra, y debajo de los viñedos las casas del pueblo en la estrecha llanura a lo largo de la orilla del lago. Había una isla con dos árboles en el lago y los árboles parecían las velas dobles de un barco pesquero. Las montañas eran escarpadas y empinadas al otro lado del lago y, al final del lago, estaba la llanura del valle del Ródano, plana entre las dos cadenas montañosas; y subiendo por el valle, donde las montañas lo cortaban, estaba el Dent du Midi. Era una montaña alta y nevada que dominaba el valle, pero estaba tan lejos que no proyectaba sombra.
Cuando el sol brillaba, almorzábamos en el porche, pero el resto del tiempo comíamos arriba, en una habitación pequeña con paredes de madera lisa y una gran estufa en la esquina. Comprábamos libros y revistas en el pueblo y un ejemplar de “Hoyle” y aprendimos muchos juegos de cartas para dos. La pequeña habitación con la estufa era nuestra sala de estar. Había dos sillas cómodas y una mesa para libros y revistas, y jugábamos a las cartas en la mesa del comedor cuando estaba despejada. El señor y la señora Guttingen vivían abajo y a veces los oíamos hablar por la noche y ellos también eran muy felices juntos. Él había sido jefe de camareros y ella había trabajado como doncella en el mismo hotel y habían ahorrado su dinero para comprar ese lugar. Tenían un hijo que estudiaba para ser jefe de camareros. Estaba en un hotel en Zúrich. Abajo había un salón donde vendían vino y cerveza, y a veces por la noche oíamos carros detenerse afuera en el camino y hombres subir los escalones para entrar al salón a beber vino.
Había una caja de madera en el pasillo fuera de la sala de estar y yo mantenía el fuego encendido con ella. Pero no nos quedábamos despiertos muy tarde. Nos íbamos a la cama en la oscuridad en el gran dormitorio y, cuando estaba desvestido, abría las ventanas y veía la noche y las estrellas frías y los pinos debajo de la ventana y luego me metía en la cama tan rápido como podía. Era encantador estar en la cama con el aire tan frío y claro y la noche fuera de la ventana. Dormíamos bien y si me despertaba por la noche sabía que era solo por una causa y movía el edredón de plumas, muy suavemente para que Catherine no se despertara y luego volvía a dormir, cálido y con la nueva ligereza de las mantas finas. La guerra parecía tan lejana como los partidos de fútbol de la universidad de otra persona. Pero sabía por los periódicos que todavía estaban luchando en las montañas porque la nieve no llegaba.
A veces caminábamos montaña abajo hasta Montreux. Había un sendero que bajaba la montaña, pero era empinado, así que por lo general tomábamos el camino y bajábamos caminando por el ancho y duro sendero entre campos y luego más abajo entre los muros de piedra de los viñedos y seguíamos bajando entre las casas de los pueblos a lo largo del camino. Había tres pueblos; Chernex, Fontanivent y el otro, no recuerdo. Luego, a lo largo del camino, pasamos por un viejo castillo de piedra de construcción cuadrada en una cornisa en la ladera de la montaña con los campos en terrazas de vides, cada vid atada a un palo para sostenerla, las vides secas y marrones y la tierra lista para la nieve y el lago abajo plano y gris como el acero. El camino descendía una larga pendiente por debajo del castillo y luego giraba a la derecha y bajaba muy abruptamente, pavimentado con adoquines, hacia Montreux.
No conocíamos a nadie en Montreux. Caminamos a lo largo del lago y vimos los cisnes y las muchas gaviotas y charranes que volaban cuando te acercabas y chillaban mientras miraban hacia el agua. En el lago había bandadas de somormujos, pequeños y oscuros, que dejaban estelas en el agua al nadar. En el pueblo caminábamos por la calle principal y mirábamos los escaparates de las tiendas. Había muchos hoteles grandes que estaban cerrados, pero la mayoría de las tiendas estaban abiertas y la gente estaba muy contenta de vernos. Había una excelente peluquería donde Catherine iba a peinarse. La mujer que la dirigía era muy alegre y la única persona que conocíamos en Montreux. Mientras Catherine estaba allí, subí a una cervecería y bebí cerveza oscura de Múnich y leí los periódicos. Leí el Corriere Della Sera y los periódicos ingleses y estadounidenses de París. Todos los anuncios estaban tachados, supuestamente para evitar la comunicación de esa manera con el enemigo. Los periódicos eran una mala lectura. Todo iba muy mal en todas partes. Me senté en la esquina con una jarra pesada de cerveza oscura y un paquete abierto de pretzels de papel vidriado y comí los pretzels por el sabor salado y lo bien que hacían saber a la cerveza y leí sobre desastres. Pensé que Catherine pasaría, pero no vino, así que colgué los periódicos de nuevo en el estante, pagué mi cerveza y subí por la calle a buscarla. El día estaba frío, oscuro y invernal y la piedra de las casas se veía fría. Catherine todavía estaba en la peluquería. La mujer le estaba haciendo ondas en el cabello. Me senté en el pequeño cubículo y observé. Era emocionante mirar y Catherine sonreía y me hablaba y mi voz estaba un poco pastosa por la emoción. Las tenazas hacían un agradable sonido de clic y podía ver a Catherine en tres espejos y era agradable y cálido en el cubículo. Luego, la mujer le recogió el cabello a Catherine, y Catherine se miró en el espejo y lo cambió un poco, quitando y poniendo horquillas; luego se puso de pie. —Lamento haber tardado tanto.
—El monsieur estaba muy interesado. ¿No es así, monsieur? —sonrió la mujer.
—Sí —dije.
Salimos y subimos por la calle. Hacía frío y era invierno y el viento soplaba. —Oh, cariño, te amo tanto —dije.
—¿No la pasamos bien? —dijo Catherine—. Mira. Vamos a algún lugar y tomemos cerveza en lugar de té. Es muy buena para la pequeña Catherine. La mantiene pequeña.
—La pequeña Catherine —dije—. Esa holgazana.
—Se ha portado muy bien —dijo Catherine—. Da muy pocos problemas. El médico dice que la cerveza será buena para mí y la mantendrá pequeña.
—Si la mantienes lo suficientemente pequeña y es un niño, quizás sea jinete.
—Supongo que si realmente tenemos este hijo deberíamos casarnos —dijo Catherine. Estábamos en la cervecería en la mesa de la esquina. Estaba oscureciendo afuera. Todavía era temprano, pero el día era oscuro y el crepúsculo llegaba temprano.
—Casémonos ahora —dije.
—No —dijo Catherine—. Es demasiado vergonzoso ahora. Se nota demasiado. No iré ante nadie a casarme en este estado.
—Ojalá nos hubiéramos casado.
—Supongo que hubiera sido mejor. Pero, ¿cuándo podríamos, cariño?
—No lo sé.
—Sé una cosa. No me voy a casar en este espléndido estado maternal.
—No eres maternal.
—Oh, sí que lo soy, cariño. La peluquera me preguntó si era el primero. Mentí y dije que no, que teníamos dos niños y dos niñas.
—¿Cuándo nos casaremos?
—Cualquier momento después de que vuelva a estar delgada. Queremos tener una boda espléndida donde todos piensen qué pareja joven tan apuesta.
—¿Y no estás preocupada?
—Cariño, ¿por qué iba a estar preocupada? La única vez que me sentí mal fue cuando me sentí como una ramera en Milán y eso solo duró siete minutos y, además, era el mobiliario de la habitación. ¿No soy una buena esposa para ti?
—Eres una esposa encantadora.
—Entonces no seas tan técnico, cariño. Me casaré contigo en cuanto vuelva a estar delgada.
—Está bien.
—¿Crees que debería beber otra cerveza? El médico dijo que tenía las caderas bastante estrechas y que es lo mejor si mantenemos a la pequeña Catherine pequeña.
—¿Qué más dijo? —estaba preocupado.
—Nada. Tengo una presión arterial maravillosa, cariño. Admiró mucho mi presión arterial.
—¿Qué dijo sobre que tenías las caderas demasiado estrechas?
—Nada. Nada en absoluto. Dijo que no debería esquiar.
—Muy acertado.
—Dijo que era demasiado tarde para empezar si nunca lo había hecho antes. Dijo que podía esquiar si no me caía.
—Es solo un bromista de gran corazón.
—Realmente fue muy amable. Lo llamaremos cuando llegue el bebé.
—¿Le preguntaste si debían casarse?
—No. Le dije que llevábamos casados cuatro años. Ya ves, cariño, si me caso contigo seré estadounidense y cualquier vez que nos casemos bajo la ley estadounidense el niño es legítimo.
—¿Dónde descubriste eso?
—En el Almanaque Mundial de Nueva York en la biblioteca.
—Eres una chica grandiosa.
—Estaré muy contenta de ser estadounidense e iremos a Estados Unidos, ¿no es así, cariño? Quiero ver las cataratas del Niágara.
—Eres una chica estupenda.
—Hay algo más que quiero ver, pero no puedo recordarlo.
—¿Los mataderos?
—No. No puedo recordarlo.
—¿El edificio Woolworth?
—No.
—¿El Gran Cañón?
—No. Pero me gustaría ver eso.
—¿Qué era?
—¡El puente Golden Gate! Eso es lo que quiero ver. ¿Dónde está el Golden Gate?
—San Francisco.
—Entonces vamos allí. De todos modos, quiero ver San Francisco.
—Está bien. Iremos allí.
—Ahora subamos la montaña. ¿Deberíamos? ¿Podemos tomar el M. O. B.?
—Hay un tren poco después de las cinco.
—Tomemos ese.
—Está bien. Primero beberé una cerveza más.
Cuando salimos para subir por la calle y ascender las escaleras hacia la estación, hacía mucho frío. Un viento helado bajaba por el valle del Ródano. Había luces en los escaparates de las tiendas y subimos por la empinada escalinata de piedra hacia la calle superior, y luego por otras escaleras hasta la estación. El tren eléctrico estaba allí esperando, con todas las luces encendidas. Había un panel que indicaba cuándo salía. Las agujas del reloj marcaban las cinco y diez. Miré el reloj de la estación. Eran las cinco y cinco. Mientras subíamos a bordo, vi al conductor y al revisor saliendo de la taberna de la estación. Nos sentamos y abrimos la ventana. El tren estaba calefactado eléctricamente y se sentía cargado, pero entraba aire fresco y frío a través de la ventana.
—¿Estás cansada, Cat? —pregunté.
—No. Me siento espléndida.
—No es un viaje largo.
—Me gusta el viaje —dijo ella—. No te preocupes por mí, cariño. Me siento bien.
La nieve no llegó hasta tres días antes de Navidad. Una mañana despertamos y estaba nevando. Nos quedamos en la cama con el fuego rugiendo en la estufa y vimos caer la nieve. La señora Guttingen se llevó las bandejas del desayuno y puso más leña en la estufa. Fue una gran tormenta de nieve. Dijo que había empezado alrededor de la medianoche. Fui a la ventana y miré hacia afuera, pero no podía ver nada al otro lado del camino. Estaba ventando y nevando salvajemente. Regresé a la cama y nos quedamos allí hablando.
—Ojalá supiera esquiar —dijo Catherine—. Es una lástima no poder esquiar.
—Conseguiremos un trineo y bajaremos por el camino. Eso no es peor para ti que ir en coche.
—¿No será brusco?
—Ya veremos.
—Espero que no sea demasiado brusco.
—Después de un rato saldremos a caminar por la nieve.
—Antes del almuerzo —dijo Catherine—, para tener buen apetito.
—Siempre tengo hambre.
—Yo también.
Salimos a la nieve, pero se había acumulado en montículos de tal manera que no pudimos caminar mucho. Fui delante e hice un sendero hasta la estación, pero cuando llegamos allí ya habíamos caminado suficiente. La nieve soplaba con tanta fuerza que apenas podíamos ver, así que entramos en la pequeña posada junto a la estación, nos sacudimos la nieve con una escoba, nos sentamos en un banco y tomamos unos vermuts.
—Es una gran tormenta —dijo la camarera.
—Sí.
—La nieve viene muy tarde este año.
—Sí.
—¿Podría comer una tableta de chocolate? —preguntó Catherine—. ¿O es demasiado cerca de la hora del almuerzo? Siempre tengo hambre.
—Adelante, come una —dije.
—Tomaré una con avellanas —dijo Catherine.
—Son muy buenas —dijo la chica—, son mis favoritas.
—Tomaré otro vermut —dije.
Cuando salimos para empezar a subir de vuelta por el camino, nuestras huellas habían sido cubiertas por la nieve. Solo quedaban leves hendiduras donde antes habían estado los huecos. La nieve nos daba en la cara, por lo que apenas podíamos ver. Nos sacudimos y entramos para almorzar. El señor Guttingen sirvió el almuerzo.
—Mañana habrá esquí —dijo—. ¿Esquía usted, señor Henry?
—No. Pero quiero aprender.
—Aprenderá muy fácilmente. Mi hijo vendrá para Navidad y él le enseñará.
—Eso está bien. ¿Cuándo viene?
—Mañana por la noche.
Cuando estábamos sentados junto a la estufa en la pequeña habitación después del almuerzo, mirando por la ventana cómo caía la nieve, Catherine dijo: —¿No te gustaría irte de viaje a algún lugar tú solo, cariño, y estar con hombres y esquiar?
—No. ¿Por qué iba a querer?
—Pensé que a veces querrías ver a otras personas además de a mí.
—¿Tú quieres ver a otras personas?
—No.
—Yo tampoco.
—Lo sé. Pero tú eres diferente. Yo voy a tener un hijo y eso hace que me sienta contenta de no hacer nada. Sé que ahora estoy terriblemente tonta y hablo demasiado, y creo que deberías alejarte para no cansarte de mí.
—¿Quieres que me vaya?
—No. Quiero que te quedes.
—Eso es lo que voy a hacer.
—Ven aquí —dijo ella—. Quiero sentir el chichón en tu cabeza. Es un chichón grande. Pasó su dedo por encima—. Cariño, ¿te gustaría dejarte barba?
—¿Te gustaría que lo hiciera?
—Podría ser divertido. Me gustaría verte con barba.
—Está bien. Me dejaré barba. Empezaré ahora mismo, en este minuto. Es una buena idea. Me dará algo que hacer.
—¿Estás preocupado porque no tienes nada que hacer?
—No. Me gusta. Tengo una vida estupenda. ¿Tú no?
—Tengo una vida encantadora. Pero tenía miedo de que, como ahora estoy grande, tal vez fuera una carga para ti.
—Oh, Cat. No sabes cuánto me vuelves loco.
—¿De esta manera?
—Exactamente como eres. Me lo paso muy bien. ¿No tenemos una buena vida?
—Yo sí, pero pensé que quizás estabas inquieto.
—No. A veces me pregunto sobre el frente y sobre gente que conozco, pero no me preocupo. No pienso mucho en nada.
—¿Sobre quién te preguntas?
—Sobre Rinaldi, el cura y mucha gente que conozco. Pero no pienso mucho en ellos. No quiero pensar en la guerra. He terminado con ella.
—¿En qué estás pensando ahora?
—En nada.
—Sí que estabas pensando en algo. Cuéntamelo.
—Me preguntaba si Rinaldi tendría sífilis.
—¿Eso era todo?
—Sí.
—¿Tiene sífilis?
—No lo sé.
—Me alegro de que tú no la tengas. ¿Alguna vez tuviste algo así?
—Tuve gonorrea.
—No quiero oír hablar de eso. ¿Fue muy doloroso, cariño?
—Mucho.
—Ojalá la hubiera tenido yo.
—No, no querrías.
—Sí. Ojalá la hubiera tenido para ser como tú. Ojalá me hubiera acostado con todas tus chicas para poder burlarme de ellas ante ti.
—Esa es una imagen bonita.
—No es una imagen bonita que tú hayas tenido gonorrea.
—Lo sé. Mira cómo nieva ahora.
—Prefiero mirarte a ti. Cariño, ¿por qué no te dejas crecer el pelo?
—¿Cómo que crecer?
—Solo dejarlo crecer un poco más.
—Ya es lo suficientemente largo.
—No, déjalo crecer un poco más y yo podría cortarme el mío, y seríamos exactamente iguales, solo que uno de nosotros rubio y el otro moreno.
—No dejaría que te cortaras el tuyo.
—Sería divertido. Estoy cansada de él. Es una molestia terrible en la cama por la noche.
—A mí me gusta.
—¿No te gustaría corto?
—Tal vez. Me gusta tal como está.
—Podría ser lindo corto. Entonces ambos seríamos iguales. Oh, cariño, te deseo tanto que también quiero ser tú.
—Lo eres. Somos la misma persona.
—Lo sé. Por la noche lo somos.
—Las noches son grandiosas.
—Quiero que estemos todos mezclados. No quiero que te vayas. Solo dije eso. Vete si quieres. Pero regresa pronto. Oh, cariño, no vivo en absoluto cuando no estoy contigo.
—Nunca me iré —dije—. No sirvo para nada cuando tú no estás. Ya no tengo ninguna vida en absoluto.
—Quiero que tengas una vida. Quiero que tengas una vida estupenda. Pero la tendremos juntos, ¿no?
—Y ahora, ¿quieres que deje de dejarme la barba o que siga adelante?
—Sigue. Déjatela crecer. Será emocionante. Quizás esté lista para Año Nuevo.
—Ahora, ¿quieres jugar al ajedrez?
—Preferiría jugar contigo.
—No. Vamos a jugar al ajedrez.
—¿Y después jugaremos?
—Sí.
—Está bien.
Saqué el tablero de ajedrez y acomodé las piezas. Afuera todavía nevaba con fuerza.
Una noche me desperté y supe que Catherine también estaba despierta. La luna brillaba por la ventana y proyectaba sombras sobre la cama a través de los barrotes de los cristales.
—¿Estás despierta, amor?
—Sí. ¿No puedes dormir?
—Me acabo de despertar pensando en lo loco que estaba cuando te conocí. ¿Te acuerdas?
—Estabas solo un poco loco.
—Ya nunca me siento así. Ahora soy grandioso. Dices "grandioso" tan dulcemente. Di grandioso.
—Grandioso.
—Oh, eres dulce. Y ahora no estoy loco. Solo estoy muy, muy, muy feliz.
—Vuelve a dormir —dije.
—Está bien. Durmamos exactamente al mismo tiempo.
—Está bien.
Pero no fue así. Estuve despierto un buen rato pensando en cosas y mirando a Catherine dormir, con la luz de la luna en su rostro. Luego, yo también me dormí.
CAPÍTULO XXXIX
A mediados de enero yo ya tenía barba y el invierno se había asentado en días brillantes y fríos y noches duras y heladas. Podíamos volver a caminar por los caminos. La nieve estaba compacta, dura y lisa por los trineos de heno y madera y los troncos que arrastraban montaña abajo. La nieve cubría todo el campo, hasta casi llegar a Montreux. Las montañas al otro lado del lago estaban todas blancas y la llanura del valle del Ródano estaba cubierta. Dábamos largas caminatas al otro lado de la montaña hacia los Bains de l’Alliaz. Catherine usaba botas con clavos y una capa, y llevaba un bastón con una punta de acero afilada. No se veía grande con la capa y no caminábamos demasiado rápido, sino que nos deteníamos y nos sentábamos en troncos al borde del camino para descansar cuando ella estaba cansada.
Había una posada entre los árboles en los Bains de l’Alliaz donde los leñadores se detenían a beber, y nos sentábamos dentro, calentados por la estufa, y bebíamos vino tinto caliente con especias y limón. Lo llamaban glühwein y era algo bueno para entrar en calor y para celebrar. La posada era oscura y llena de humo por dentro, y después, al salir, el aire frío entraba bruscamente en los pulmones y adormecía la punta de la nariz al inhalar. Mirábamos hacia atrás, hacia la posada con la luz saliendo de las ventanas, y los caballos de los leñadores pateando y sacudiendo la cabeza afuera para mantenerse calientes. Había escarcha en los pelos de sus hocicos y su respiración formaba columnas de escarcha en el aire. Al subir por el camino hacia casa, el sendero estaba liso y resbaladizo por un rato, y el hielo se teñía de naranja por los caballos hasta que la ruta de transporte de madera se desviaba. Entonces el camino era de nieve compacta y limpia y atravesaba el bosque, y dos veces, volviendo a casa al atardecer, vimos zorros.
Era una tierra hermosa y cada vez que salíamos era divertido.
—Tienes una barba espléndida ahora —dijo Catherine—. Se ve igual a la de los leñadores. ¿Viste al hombre con los diminutos pendientes de oro?
—Es un cazador de gamuzas —dije—. Los usan porque dicen que les ayuda a oír mejor.
—¿En serio? No lo creo. Creo que los usan para demostrar que son cazadores de gamuzas. ¿Hay gamuzas cerca de aquí?
—Sí, más allá de la Dent de Jaman.
—Fue divertido ver al zorro.
—Cuando duerme, se envuelve con esa cola para mantenerse caliente.
—Debe ser una sensación encantadora.
—Siempre quise tener una cola así. ¿No sería divertido si tuviéramos colas como las de un zorro?
—Sería muy difícil vestirse.
—Nos haríamos ropa a medida, o viviríamos en un país donde no importara.
—Vivimos en un país donde nada importa. ¿No es grandioso que nunca veamos a nadie? No querrás ver gente, ¿verdad, cariño?
—No.
—¿Nos sentamos aquí solo un minuto? Estoy un poco cansada.
Nos sentamos juntos en los troncos. Más adelante, el camino bajaba a través del bosque.
—Ella no se interpondrá entre nosotros, ¿verdad? La pequeña mocosa.
—No. No la dejaremos.
—¿Cómo estamos de dinero?
—Tenemos de sobra. Honraron el último giro a la vista.
—¿No intentará tu familia ponerse en contacto contigo ahora que saben que estás en Suiza?
—Probablemente. Les escribiré algo.
—¿No les has escrito?
—No. Solo el giro a la vista.
—Gracias a Dios no soy tu familia.
—Les enviaré un cable.
—¿No te importan nada ellos?
—Me importaban, pero discutimos tanto que se desgastó.
—Creo que me caerían bien. Probablemente me caerían muy bien.
—No hablemos de ellos o empezaré a preocuparme. Después de un rato dije: —Sigamos si has descansado.
—He descansado.
Continuamos bajando por el camino. Ya estaba oscuro y la nieve crujía bajo nuestras botas. La noche era seca, fría y muy clara.
—Amo tu barba —dijo Catherine—. Es un gran éxito. Se ve tan rígida y feroz, y es muy suave y un gran placer.
—¿Te gusta más que sin ella?
—Creo que sí. Sabes, cariño, no voy a cortarme el pelo ahora hasta después de que nazca la pequeña Catherine. Me veo demasiado grande y maternal ahora. Pero después de que nazca y esté delgada otra vez, me lo voy a cortar y entonces seré una chica nueva, fina y diferente para ti. Iremos juntos a cortárnoslo, o iré sola y vendré a sorprenderte.
No dije nada.
—No dirás que no puedo, ¿verdad?
—No. Creo que sería emocionante.
—Oh, eres tan dulce. Y tal vez me vería encantadora, cariño, y estaría tan delgada y sería tan emocionante para ti que te volverías a enamorar de mí otra vez.
—Maldita sea —dije—, ya te amo lo suficiente. ¿Qué quieres hacer? ¿Arruinarme?
—Sí. Quiero arruinarte.
—Bien —dije—, eso es lo que yo también quiero.
CAPÍTULO XL
Teníamos una vida estupenda. Vivimos durante los meses de enero y febrero, el invierno fue muy bueno y fuimos muy felices. Hubo breves deshielos en los que el viento soplaba cálido, la nieve se ablandaba y el aire se sentía como en primavera, pero siempre volvía el frío claro y duro y regresaba el invierno. En marzo llegó la primera ruptura del invierno. Por la noche empezó a llover. Llovió toda la mañana y convirtió la nieve en aguanieve, haciendo que la ladera de la montaña se viera lúgubre. Había nubes sobre el lago y sobre el valle. Llovía en lo alto de la montaña. Catherine llevaba botas de goma pesadas y yo las botas de goma del señor Guttingen, y caminamos a la estación bajo un paraguas, a través del aguanieve y el agua corriente que estaba dejando al descubierto el hielo de los caminos, para parar en el pub antes del almuerzo a tomar un vermut. Afuera podíamos oír la lluvia.
—¿Crees que deberíamos mudarnos a la ciudad?
—¿Qué piensas tú? —preguntó Catherine.
—Si el invierno ha terminado y la lluvia continúa, no será divertido aquí arriba. ¿Cuánto falta para que nazca la pequeña Catherine?
—Como un mes. Tal vez un poco más.
—Podríamos bajar y quedarnos en Montreux.
—¿Por qué no vamos a Lausana? Ahí es donde está el hospital.
—Está bien. Pero pensé que quizás esa era una ciudad demasiado grande.
—Podemos estar tan solos en una ciudad más grande y Lausana podría ser agradable.
—¿Cuándo deberíamos ir?
—No me importa. Cuando tú quieras, cariño. No quiero irme de aquí si tú no quieres.
—Veamos cómo sigue el tiempo.
Llovió durante tres días. La nieve ya había desaparecido en la ladera de la montaña debajo de la estación. El camino era un torrente de agua de nieve lodosa. Estaba demasiado húmedo y fangoso para salir. En la mañana del tercer día de lluvia decidimos bajar a la ciudad.
—Está bien, señor Henry —dijo Guttingen—. No tiene que avisarme con tiempo. No pensé que querría quedarse ahora que ha llegado el mal tiempo.
—De todos modos tenemos que estar cerca del hospital por causa de Madame —dije.
—Entiendo —dijo—. ¿Volverá alguna vez a quedarse, con el pequeño?
—Sí, si tuviera espacio.
—En primavera, cuando esté agradable, podrían venir y disfrutarlo. Podríamos poner al pequeño y a la enfermera en la habitación grande que ahora está cerrada, y usted y Madame podrían tener su misma habitación con vistas al lago.
—Le escribiré sobre volver —dije. Empacamos y salimos en el tren que bajaba después del almuerzo. El señor y la señora Guttingen nos acompañaron a la estación y él cargó nuestro equipaje en un trineo a través del aguanieve. Se quedaron junto a la estación bajo la lluvia despidiéndose.
—Fueron muy dulces —dijo Catherine.
—Fueron muy buenos con nosotros.
Tomamos el tren a Lausana desde Montreux. Mirando por la ventana hacia donde habíamos vivido, no se podían ver las montañas debido a las nubes. El tren se detuvo en Vevey y luego continuó, pasando el lago por un lado y por el otro los campos marrones húmedos, los bosques desnudos y las casas mojadas. Llegamos a Lausana y entramos en un hotel de tamaño mediano para alojarnos. Todavía llovía mientras atravesábamos las calles y entrábamos en la entrada de carruajes del hotel. El conserje con llaves de latón en las solapas, el ascensor, las alfombras en los pisos, los lavabos blancos con grifería brillante, la cama de latón y el dormitorio grande y cómodo, todo parecía un gran lujo después de los Guttingen. Las ventanas de la habitación daban a un jardín húmedo con un muro rematado por una cerca de hierro. Al otro lado de la calle, que tenía una pendiente pronunciada, había otro hotel con un muro y jardín similares. Miré la lluvia cayendo en la fuente del jardín.
Catherine encendió todas las luces y comenzó a desempacar. Pedí un whisky con soda, me acosté en la cama y leí los periódicos que había comprado en la estación. Era marzo de 1918 y la ofensiva alemana había comenzado en Francia. Bebí el whisky con soda y leí mientras Catherine desempacaba y se movía por la habitación.
—Sabes lo que tengo que conseguir, cariño —dijo ella.
—¿Qué?
—Ropa de bebé. No hay mucha gente que llegue a mi tiempo sin cosas para el bebé.
—Puedes comprarlas.
—Lo sé. Eso es lo que haré mañana. Averiguaré qué es lo necesario.
—Deberías saberlo. Eras enfermera.
—Pero muy pocos soldados tenían bebés en los hospitales.
—Yo sí.
Ella me golpeó con la almohada y derramó el whisky con soda.
—Te pediré otro —dijo—. Siento haberlo derramado.
—No quedaba mucho. Ven a la cama.
—No. Tengo que intentar que esta habitación parezca algo.
—¿Como qué?
—Como nuestro hogar.
—Cuelga las banderas de los Aliados.
—Oh, cállate.
—Dilo otra vez.
—Cállate.
—Lo dices con tanta cautela —dije—. Como si no quisieras ofender a nadie.
—No quiero.
—Entonces ven a la cama.
—Está bien. Ella vino y se sentó en la cama—. Sé que no soy divertida para ti, cariño. Soy como un gran barril de harina.
—No, no lo eres. Eres hermosa y eres dulce.
—Solo soy algo muy torpe con lo que te has casado.
—No, no lo eres. Eres más hermosa cada vez.
—Pero volveré a estar delgada, cariño.
—Ya estás delgada.
—Has estado bebiendo.
—Solo whisky con soda.
—Viene otro en camino —dijo—. ¿Y si pedimos la cena aquí?
—Eso estará bien.
—Entonces no saldremos, ¿verdad? Nos quedaremos aquí esta noche.
—Y jugaremos —dije.
—Beberé un poco de vino —dijo Catherine—. No me hará daño. Quizás podamos conseguir algo de nuestro viejo capri blanco.
—Sé que podemos —dije—. Tendrán vinos italianos en un hotel de este tamaño.
El camarero llamó a la puerta. Trajo el whisky en un vaso con hielo y, al lado del vaso, en una bandeja, una pequeña botella de soda.
—Gracias —dije—. Déjelo ahí. ¿Podría traer la cena para dos aquí y dos botellas de capri blanco seco en hielo, por favor?
—¿Desean comenzar su cena con sopa?
—¿Quieres sopa, Cat?
—Por favor.
—Traiga sopa para uno.
—Gracias, señor. Salió y cerró la puerta. Volví a los periódicos y a la guerra en los periódicos y vertí la soda lentamente sobre el hielo en el whisky. Tendría que decirles que no pusieran hielo en el whisky. Que trajeran el hielo por separado. De esa forma uno podía saber cuánto whisky había y no se diluiría demasiado rápido con la soda. Conseguiría una botella de whisky y haría que trajeran hielo y soda. Esa era la forma sensata. Un buen whisky era muy agradable. Era una de las partes placenteras de la vida.
—¿En qué estás pensando, cariño?
—En el whisky.
—¿Y qué hay del whisky?
—En lo bueno que es.
Catherine hizo una mueca. —Está bien —dijo.
Nos quedamos en ese hotel tres semanas. No estaba mal; el comedor solía estar vacío y muy a menudo cenábamos en nuestra habitación. Paseábamos por el pueblo, tomábamos el tren cremallera hasta Ouchy y caminábamos a orillas del lago. El tiempo se volvió bastante cálido y parecía primavera. Deseábamos estar de vuelta en las montañas, pero el tiempo primaveral duró solo unos días y luego volvió la fría crudeza del final del invierno.
Catherine compró las cosas que necesitaba para el bebé en el pueblo. Yo iba a un gimnasio en la galería para boxear y hacer ejercicio. Solía ir por la mañana mientras Catherine se quedaba hasta tarde en la cama. En los días de falsa primavera era muy agradable, después de boxear y ducharme, caminar por las calles oliendo la primavera en el aire, detenerme en un café para sentarme a observar a la gente, leer el periódico y beber un vermú; luego bajar al hotel y almorzar con Catherine. El profesor del gimnasio de boxeo llevaba bigote, era muy preciso y espasmódico, y se desmoronaba por completo si empezabas a perseguirlo. Pero se estaba bien en el gimnasio. Había buen aire y luz, y me esforzaba bastante: saltaba a la comba, boxeaba contra la sombra, hacía ejercicios abdominales tumbado en el suelo bajo un rayo de sol que entraba por la ventana abierta y, de vez en cuando, asustaba al profesor cuando hacíamos guantes. Al principio no podía boxear contra la sombra frente al espejo largo y estrecho porque resultaba muy extraño ver a un hombre con barba boxeando. Pero al final, simplemente me pareció gracioso. Quería afeitarme la barba en cuanto empecé a boxear, pero Catherine no quería que lo hiciera.
A veces, Catherine y yo salíamos a pasear por el campo en coche de caballos. Era agradable pasear cuando los días eran placenteros y encontramos dos buenos lugares a los que podíamos ir a comer. Catherine ya no podía caminar mucho y a mí me encantaba pasear con ella por los caminos rurales. Cuando el día era bueno, lo pasábamos de maravilla, y nunca tuvimos un mal momento. Sabíamos que el nacimiento del bebé estaba ya muy cerca y eso nos daba a ambos la sensación de que algo nos apresuraba y que no podíamos perder ni un minuto juntos.
CAPÍTULO XLI
Una mañana me desperté alrededor de las tres al oír a Catherine moverse en la cama.
—¿Estás bien, Cat?
—He estado teniendo algunos dolores, cariño.
—¿Son regulares?
—No, no mucho.
—Si se vuelven regulares iremos al hospital.
Tenía mucho sueño y volví a dormirme. Poco después me desperté de nuevo.
—Quizá sea mejor que llames al médico —dijo Catherine—. Creo que tal vez sea esto.
Fui al teléfono y llamé al médico. —¿Con qué frecuencia vienen los dolores? —preguntó.
—¿Con qué frecuencia vienen, Cat?
—Diría que cada cuarto de hora.
—Entonces deberían ir al hospital —dijo el médico—. Me vestiré e iré yo mismo enseguida.
Colgué y llamé al garaje cerca de la estación para que enviaran un taxi. Nadie respondió al teléfono durante mucho tiempo. Finalmente me atendió un hombre que prometió enviar un taxi de inmediato. Catherine se estaba vistiendo. Su maleta estaba lista con las cosas que necesitaría en el hospital y las del bebé. En el pasillo, toqué el timbre para llamar al ascensor. No hubo respuesta. Bajé las escaleras. No había nadie abajo salvo el vigilante nocturno. Subí yo mismo el ascensor, metí la maleta de Catherine, ella entró y bajamos. El vigilante nos abrió la puerta y nos sentamos fuera, sobre las losas de piedra junto a las escaleras que bajaban al camino de entrada, y esperamos el taxi. La noche estaba despejada y las estrellas brillaban. Catherine estaba muy emocionada.
—Me alegra tanto que haya empezado —dijo—. Ahora, en poco tiempo, todo habrá terminado.
—Eres una chica buena y valiente.
—No tengo miedo. Aunque ojalá llegara ya el taxi.
Lo oímos subir por la calle y vimos sus faros. Giró hacia el camino de entrada, ayudé a Catherine a subir y el conductor colocó la maleta delante.
—Llévenos al hospital —dije.
Salimos del camino de entrada y empezamos a subir la colina.
Al llegar al hospital, entramos y yo cargué con la maleta. Había una mujer en el mostrador que anotó en un libro el nombre, la edad, la dirección, los parientes y la religión de Catherine. Ella dijo que no tenía ninguna religión y la mujer trazó una raya en el espacio tras esa palabra. Dio su nombre como Catherine Henry.
—La llevaré a su habitación —dijo. Subimos en un ascensor. La mujer lo detuvo, salimos y la seguimos por un pasillo. Catherine se aferraba con fuerza a mi brazo.
—Esta es la habitación —dijo la mujer—. ¿Por favor, podría desvestirse y meterse en la cama? Aquí tiene un camisón para que se lo ponga.
—Yo tengo un camisón —dijo Catherine.
—Es mejor que se ponga este camisón —dijo la mujer.
Salí y me senté en una silla en el pasillo.
—Ya puede pasar —dijo la mujer desde la puerta. Catherine estaba tumbada en la cama estrecha con un camisón sencillo de corte cuadrado que parecía hecho de tela de sábanas basta. Me sonrió.
—Ahora tengo buenos dolores —dijo. La mujer le sostenía la muñeca y cronometraba los dolores con un reloj.
—Ese ha sido fuerte —dijo Catherine. Lo vi en su cara.
—¿Dónde está el médico? —le pregunté a la mujer.
—Está tumbado durmiendo. Vendrá cuando se le necesite.
—Tengo que hacer algo por la señora ahora —dijo la enfermera—. ¿Podría salir otra vez, por favor?
Salí al pasillo. Era un pasillo desnudo con dos ventanas y puertas cerradas a lo largo de todo el corredor. Olía a hospital. Me senté en la silla, miré al suelo y recé por Catherine.
—Ya puede pasar —dijo la enfermera. Entré.
—Hola, cariño —dijo Catherine.
—¿Cómo va todo?
—Vienen bastante a menudo ahora. Su cara se contrajo. Luego sonrió.
—Ese ha sido de los de verdad. ¿Quieres poner tu mano en mi espalda otra vez, enfermera?
—Si eso le ayuda —dijo la enfermera.
—Vete, cariño —dijo Catherine—. Sal y come algo. La enfermera dice que esto puede llevar mucho tiempo.
—El primer parto suele ser prolongado —dijo la enfermera.
—Por favor, ve a comer algo —dijo Catherine—. Estoy bien, de verdad.
—Me quedaré un rato —dije.
Los dolores venían con bastante regularidad, luego disminuían. Catherine estaba muy emocionada. Cuando los dolores eran fuertes, los llamaba "buenos". Cuando empezaban a remitir, se sentía decepcionada y avergonzada.
—Vete, cariño —dijo—. Creo que solo me haces sentir cohibida. Su cara se tensó—. Ahí. Ese ha sido mejor. Deseo tanto ser una buena esposa y tener este hijo sin tonterías. Por favor, ve a desayunar, cariño, y luego vuelve. No te echaré de menos. La enfermera es maravillosa conmigo.
—Tiene tiempo de sobra para desayunar —dijo la enfermera.
—Me voy entonces. Adiós, cielo.
—Adiós —dijo Catherine—, y toma un buen desayuno por mí también.
—¿Dónde puedo desayunar? —le pregunté a la enfermera.
—Hay un café al final de la calle, en la plaza —dijo—. Debería estar abierto ya.
Fuera estaba empezando a clarear. Caminé por la calle vacía hacia el café. Había una luz en el escaparate. Entré, me puse ante la barra de zinc y un anciano me sirvió una copa de vino blanco y un brioche. El brioche era del día anterior. Lo mojé en el vino y luego bebí un café.
—¿Qué hace usted a estas horas? —preguntó el anciano.
—Mi mujer está de parto en el hospital.
—Ya veo. Le deseo buena suerte.
—Deme otra copa de vino.
La sirvió de la botella, derramando un poco que corrió por el zinc. Bebí esa copa, pagué y salí. En la calle estaban los cubos de basura de las casas esperando al camión de recogida. Un perro estaba husmeando uno de los cubos.
—¿Qué quieres? —le pregunté y miré dentro del cubo para ver si había algo que pudiera sacarle; no había nada encima salvo posos de café, polvo y algunas flores marchitas.
—No hay nada, perro —dije. El perro cruzó la calle. Subí las escaleras del hospital hasta la planta en la que estaba Catherine y bajé por el pasillo hasta su habitación. Llamé a la puerta. No hubo respuesta. Abrí la puerta; la habitación estaba vacía, salvo por la maleta de Catherine en una silla y su bata colgada de un gancho en la pared. Salí y bajé por el pasillo buscando a alguien. Encontré a una enfermera.
—¿Dónde está la señora Henry?
—Una señora acaba de ir a la sala de partos.
—¿Dónde está?
—Le acompañaré.
Me llevó hasta el final del pasillo. La puerta de la sala estaba entreabierta. Pude ver a Catherine tumbada en una mesa, cubierta por una sábana. La enfermera estaba a un lado y el médico permanecía al otro lado de la mesa, junto a unos cilindros. El médico sostenía con una mano una máscara de goma unida a un tubo.
—Le daré una bata para que pueda entrar —dijo la enfermera—. Pase por aquí, por favor.
Me puso una bata blanca y la sujetó en la nuca por detrás con un imperdible.
—Ya puede entrar —dijo. Entré en la sala.
—Hola, cariño —dijo Catherine con voz tensa—. No estoy haciendo gran cosa.
—¿Usted es el señor Henry? —preguntó el médico.
—Sí. ¿Cómo va todo, doctor?
—Las cosas van muy bien —dijo el médico—. Hemos venido aquí, donde es más fácil administrar gas para los dolores.
—Lo quiero ahora —dijo Catherine. El médico colocó la máscara de goma sobre su cara, giró un dial y observé a Catherine respirando profunda y rápidamente. Luego apartó la máscara. El médico cerró la llave de paso.
—Ese no ha sido muy fuerte. He tenido uno muy fuerte hace un rato. El médico me hizo perder el conocimiento por completo, ¿verdad, doctor? Su voz sonaba extraña. Se elevó al pronunciar la palabra doctor.
El médico sonrió.
—Quiero más —dijo Catherine. Apretó la goma contra su cara y respiró rápido. La oí gemir un poco. Luego apartó la máscara y sonrió.
—Ese ha sido fuerte —dijo—. Ha sido muy fuerte. No te preocupes, cariño. Vete. Ve a tomar otro desayuno.
—Me quedaré —dije.
Habíamos llegado al hospital alrededor de las tres de la mañana. Al mediodía, Catherine seguía en la sala de partos. Los dolores habían disminuido de nuevo. Se veía muy cansada y desgastada, pero seguía animada.
—No sirvo de mucho, cariño —dijo—. Lo siento mucho. Pensé que lo haría muy fácilmente. Ahora… ahí viene uno… —alargó la mano hacia la máscara y la mantuvo sobre su cara. El médico movió el dial y la observó. Al poco tiempo terminó.
—No ha sido gran cosa —dijo Catherine. Sonrió—. Soy una tonta con el gas. Es maravilloso.
—Conseguiremos algo para casa —dije.
—Ahí viene otro —dijo Catherine rápidamente. El médico giró el dial y miró su reloj.
—¿Cuál es el intervalo ahora? —pregunté.
—Cerca de un minuto.
—¿No quiere almorzar?
—Comeré algo pronto —dijo.
—Debe comer algo, doctor —dijo Catherine—. Siento mucho tardar tanto. ¿No podría darme el gas mi marido?
—Si usted quiere —dijo el médico—. Gírelo hasta el número dos.
—Entiendo —dije. Había un indicador en un dial que se movía con una manivela.
—Lo quiero ahora —dijo Catherine. Mantuvo la máscara apretada contra su cara. Giré el dial hasta el dos y, cuando Catherine bajó la máscara, lo cerré. Fue muy amable por parte del médico dejarme hacer algo.
—¿Lo has hecho tú, cariño? —preguntó Catherine. Me acarició la muñeca.
—Claro.
—Eres tan encantador. Estaba un poco borracha por el gas.
—Comeré algo de una bandeja en la habitación de al lado —dijo el médico—. Puede llamarme en cualquier momento. Mientras pasaba el tiempo, le vi comer y, al cabo de un rato, observé que estaba tumbado y fumando un cigarrillo. Catherine se estaba cansando mucho.
—¿Crees que tendré alguna vez a este bebé? —preguntó.
—Sí, por supuesto que lo tendrás.
—Me esfuerzo tanto como puedo. Empujo hacia abajo, pero se pasa. *Ahí viene. Dámelo.*
A las dos salí a almorzar. Había unos pocos hombres en el café sentados a las mesas con café y copas de kirsch o marc. Me senté a una mesa. —¿Puedo comer? —le pregunté al camarero.
—Ya ha pasado la hora de comer.
—¿No hay nada para cualquier hora?
—Puede tomar choucroute.
—Deme choucroute y cerveza.
—¿Una demi o una bock?
—Una demi clara.
El camarero trajo un plato de chucrut con una loncha de jamón por encima y una salchicha enterrada en la col caliente empapada en vino. Comí y bebí la cerveza. Tenía mucha hambre. Observé a la gente en las mesas del café. En una mesa jugaban a las cartas. Dos hombres en la mesa de al lado hablaban y fumaban. El café estaba lleno de humo. La barra de zinc, donde había desayunado, tenía ahora tres personas detrás: el anciano, una mujer regordeta vestida de negro que se sentaba tras el mostrador y llevaba la cuenta de todo lo que se servía a las mesas, y un chico con delantal. Me pregunté cuántos hijos tendría la mujer y cómo habría sido aquello.
Cuando terminé con el choucroute, volví al hospital. La calle estaba limpia ahora. Ya no había cubos de basura fuera. El día estaba nublado, pero el sol intentaba abrirse paso. Subí en el ascensor, salí y fui por el pasillo hasta la habitación de Catherine, donde había dejado mi bata blanca. Me la puse y la sujeté por detrás en la nuca. Me miré en el espejo y me vi como un falso médico con barba. Bajé por el pasillo hasta la sala de partos. La puerta estaba cerrada y llamé. Nadie respondió, así que giré el pomo y entré. El médico estaba sentado junto a Catherine. La enfermera hacía algo al otro extremo de la sala.
—Aquí está su marido —dijo el médico.
—Oh, cariño, tengo el médico más maravilloso —dijo Catherine con una voz muy extraña—. Me ha estado contando la historia más maravillosa y, cuando el dolor se volvía demasiado intenso, me hacía perder el conocimiento por completo. Es maravilloso. Usted es maravilloso, doctor.
—Estás borracha —dije.
—Lo sé —dijo Catherine—. Pero no deberías decirlo. —Luego—: *Dámelo. Dámelo.* —Aferró la máscara y respiró de forma corta y profunda, jadeando, haciendo que el respirador hiciera clic. Luego dio un largo suspiro y el médico alargó la mano izquierda y retiró la máscara.
—Ese ha sido muy fuerte —dijo Catherine. Su voz era muy extraña—. No voy a morir ahora, cariño. He pasado el punto en el que iba a morir. ¿No te alegras?
—No vuelvas a meterte en eso.
—No lo haré. Aunque no le tengo miedo. No moriré, cariño.
—No cometerá ninguna tontería así —dijo el médico—. Usted no moriría dejando a su marido.
—Oh, no. No moriré. No moriría. Es una tontería morir. Ahí viene. Dámelo.
Al cabo de un rato, el médico dijo: —Salga un momento, señor Henry, y haré una exploración.
—Quiere ver cómo voy —dijo Catherine—. Puedes volver después, cariño, ¿verdad, doctor?
—Sí —dijo el médico—. Le avisaré cuando pueda volver.
Salí por la puerta y bajé por el pasillo hasta la habitación donde Catherine estaría después de que naciera el bebé. Me senté en una silla y miré la habitación. Tenía en el bolsillo de mi chaqueta el periódico que había comprado cuando salí a almorzar y lo leí. Empezaba a oscurecer fuera y encendí la luz para leer. Al cabo de un rato dejé de leer, apagué la luz y observé cómo oscurecía fuera. Me pregunté por qué el médico no me llamaba. Tal vez fuera mejor que estuviera fuera. Probablemente quería que me alejara un rato. Miré mi reloj. Si no me llamaba en diez minutos, bajaría de todos modos.
Pobre, pobre Cat. Y este era el precio que se pagaba por dormir juntos. Este era el fin de la trampa. Esto era lo que la gente obtenía por amarse. Gracias a Dios por el gas, al menos. ¿Cómo habría sido antes de que existieran los anestésicos? Una vez que empezaba, estaban en la rueda del molino. Catherine disfrutó durante el embarazo. No estuvo mal. Apenas se sintió enferma. No estuvo muy incómoda hasta casi el final. Así que ahora la tenían al final. Nunca te librabas de nada. ¡Al diablo con librarse! Hubiera sido lo mismo aunque nos hubiéramos casado cincuenta veces. ¿Y qué si muriera? No morirá. La gente no muere hoy en día en el parto. Eso es lo que piensan todos los maridos. Sí, ¿pero y si muriera? No morirá. Solo está pasando un mal rato. El primer parto suele ser prolongado. Solo está pasando un mal rato. Después diremos qué mal rato pasamos y Catherine dirá que en realidad no fue para tanto. ¿Pero y si muriera? No puede morir. Sí, ¿pero y si muriera? No puede, te lo digo. No seas tonto. Es solo un mal rato. Es solo la naturaleza dándole una paliza. Es solo el primer parto, que casi siempre es prolongado. Sí, ¿pero y si muriera? No puede morir. ¿Por qué iba a morir? ¿Qué razón hay para que muera? Solo hay un niño que tiene que nacer, el subproducto de buenas noches en Milán. Causa problemas y nace, y luego lo cuidas y quizás le tomas cariño. ¿Pero y si muriera? No morirá. ¿Pero y si muriera? No morirá. Ella está bien. ¿Pero y si muriera? No puede morir. ¿Pero y si muriera? Oye, ¿qué hay de eso? ¿Qué pasa si muere?
El médico entró en la habitación.
—¿Cómo va todo, doctor?
—No va —dijo.
—¿Qué quiere decir?
—Eso. He realizado una exploración… —detalló el resultado de la exploración—. Desde entonces he esperado a ver. Pero no va.
—¿Qué aconseja?
—Hay dos cosas. O bien un parto con fórceps altos, que puede desgarrar y ser bastante peligroso, además de ser posiblemente malo para el niño, o una cesárea.
—¿Cuál es el peligro de una cesárea? ¡Qué pasa si muere!
—No debería ser mayor que el peligro de un parto normal.
—¿Lo haría usted mismo?
—Sí. Necesitaría posiblemente una hora para preparar las cosas y conseguir a las personas que me harían falta. Quizá un poco menos.
—¿Qué piensa?
—Aconsejaría una cesárea. Si fuera mi esposa, le haría una cesárea.
—¿Cuáles son los efectos secundarios?
—No hay ninguno. Solo queda la cicatriz.
—¿Qué hay de las infecciones?
—El peligro no es tan grande como en un parto con fórceps altos.
—¿Qué pasa si simplemente sigue adelante y no hace nada?
—Tendría que hacer algo tarde o temprano. La señora Henry ya está perdiendo mucha fuerza. Cuanto antes operemos ahora, más seguro será.
—Opere tan pronto como pueda —dije.
—Iré a dar las instrucciones.
Entré en la sala de partos. La enfermera estaba con Catherine, que yacía sobre la mesa, grande bajo la sábana, viéndose muy pálida y cansada.
—¿Le dijiste que podía hacerlo? —preguntó ella.
—Sí.
—No es eso estupendo. Ahora todo habrá terminado en una hora. Casi he terminado, querido. Me estoy deshaciendo por completo. Por favor, dame eso. No funciona. ¡Oh, no funciona!
—Respira profundamente.
—Lo hago. Oh, ya no funciona. ¡No funciona!
—Busca otro cilindro —le dije a la enfermera.
—Ese es un cilindro nuevo.
—Solo soy una tonta, querido —dijo Catherine—. Pero ya no funciona. —Empezó a llorar—. Oh, deseaba tanto tener este bebé y no causar problemas, y ahora estoy acabada y deshecha y no funciona. Oh, querido, no funciona en absoluto. No me importa morir si tan solo se detiene. Oh, por favor, querido, por favor haz que se detenga. *Ahí viene. ¡Oh, oh, oh!* —Respiró sollozando en la máscara—. No funciona. No funciona. No funciona. No te preocupes por mí, querido. Por favor, no llores. No te preocupes por mí. Estoy completamente deshecha. Pobre dulce mío. Te quiero tanto y volveré a ser buena. Seré buena esta vez. *¿No pueden darme algo?* Si tan solo pudieran darme algo.
—Haré que funcione. Lo giraré hasta el final.
—Dámelo ahora.
Giré el dial hasta el tope y, mientras ella respiraba fuerte y profundamente, su mano se relajó sobre la máscara. Cerré el gas y levanté la máscara. Ella regresó de muy lejos.
—Eso fue encantador, querido. Oh, eres tan bueno conmigo.
—Sé valiente, porque no puedo hacer eso todo el tiempo. Podría matarte.
—Ya no soy valiente, querido. Estoy rota. Me han roto. Lo sé ahora.
—Todo el mundo está así.
—Pero es horrible. Simplemente siguen hasta que te rompen.
—En una hora habrá terminado.
—¿No es encantador? Querido, no moriré, ¿verdad?
—No. Te prometo que no lo harás.
—Porque no quiero morir y dejarte, pero me canso tanto de esto y siento que voy a morir.
—Tonterías. Todo el mundo siente eso.
—A veces sé que voy a morir.
—No lo harás. No puedes.
—¿Pero y si lo hiciera?
—No te dejaré.
—Dámelo rápido. ¡Dámelo!
Luego, después: —No moriré. No dejaré que me muera.
—Por supuesto que no.
—¿Te quedarás conmigo?
—No para mirar.
—No, solo para estar ahí.
—Claro. Estaré ahí todo el tiempo.
—Eres tan bueno conmigo. Ahí, dámelo. Dame un poco más. *¡No está funcionando!*
Giré el dial al tres y luego al cuatro. Deseaba que el médico volviera. Me daban miedo los números superiores a dos.
Finalmente, un médico nuevo entró con dos enfermeras, levantaron a Catherine sobre una camilla con ruedas y empezamos a bajar por el pasillo. La camilla avanzó rápidamente por el pasillo y entró en el ascensor, donde todos tuvieron que apretarse contra la pared para hacer sitio; luego hacia arriba, después una puerta abierta, fuera del ascensor y por el pasillo sobre ruedas de goma hasta el quirófano. No reconocí al médico con su gorro y su máscara puestos. Había otro médico y más enfermeras.
—Tienen que darme algo —dijo Catherine—. *Tienen que darme algo.* ¡Oh, por favor, doctor, deme lo suficiente para que sirva de algo!
Uno de los médicos puso una máscara sobre su rostro y miré a través de la puerta y vi el pequeño y brillante anfiteatro del quirófano.
—Puede ir por la otra puerta y sentarse allí arriba —me dijo una enfermera. Había bancos detrás de una barandilla que daban a la mesa blanca y a las luces. Miré a Catherine. La máscara estaba sobre su rostro y ahora estaba tranquila. Llevaron la camilla hacia adelante. Me di la vuelta y caminé por el pasillo. Dos enfermeras se apresuraban hacia la entrada de la galería.
—Es una cesárea —dijo una—. Van a hacer una cesárea.
La otra se rió: —Justo a tiempo. ¿No tenemos suerte? —Entraron por la puerta que conducía a la galería.
Otra enfermera apareció. Ella también se daba prisa.
—Vaya directamente allí. Vaya —dijo.
—Me quedaré fuera.
Ella entró apresurada. Caminé de un lado a otro del pasillo. Tenía miedo de entrar. Miré por la ventana. Estaba oscuro, pero a la luz que venía de la ventana pude ver que estaba lloviendo. Entré en una habitación al final del pasillo y miré las etiquetas de las botellas en una vitrina. Luego salí y me quedé de pie en el pasillo vacío, mirando la puerta del quirófano.
Un médico salió seguido por una enfermera. Sostenía algo en sus dos manos que parecía un conejo recién despellejado y se apresuró a cruzar el pasillo con ello y a entrar por otra puerta. Fui hasta la puerta por la que había entrado y los encontré en la habitación haciendo cosas a un recién nacido. El médico lo sostuvo en alto para que yo lo viera. Lo sostuvo por los talones y le dio una palmada.
—¿Está bien?
—Es magnífico. Pesará cinco kilos.
No sentí nada por él. No parecía tener nada que ver conmigo. No sentí ninguna sensación de paternidad.
—¿No está orgulloso de su hijo? —preguntó la enfermera. Lo estaban lavando y envolviendo en algo. Vi la carita oscura y la manita oscura, pero no lo vi moverse ni lo oí llorar. El médico estaba haciéndole algo de nuevo. Parecía preocupado.
—No —dije—. Casi mata a su madre.
—No es culpa del pequeñito. ¿No quería un niño?
—No —dije. El médico estaba ocupado con él. Lo sostuvo por los pies y le dio una palmada. No esperé a verlo. Salí al pasillo. Ahora podía entrar y ver. Entré por la puerta y bajé un poco por la galería. Las enfermeras que estaban sentadas en la barandilla me hicieron señas para que bajara donde estaban ellas. Negué con la cabeza. Podía ver suficiente desde donde estaba.
Pensé que Catherine estaba muerta. Parecía muerta. Su rostro era gris, la parte que podía ver. Abajo, bajo la luz, el médico estaba cosiendo la herida grande, larga, abierta por los fórceps y de bordes gruesos. Otro médico con máscara administraba la anestesia. Dos enfermeras con máscaras pasaban cosas. Parecía un dibujo de la Inquisición. Sabía, mientras observaba, que podría haberlo visto todo, pero me alegraba no haberlo hecho. No creo que hubiera podido ver cómo cortaban, pero vi la herida cerrarse en una cresta alta y marcada con puntos rápidos y de aspecto hábil como los de un zapatero, y me sentí aliviado. Cuando la herida estuvo cerrada, salí al pasillo y caminé de un lado a otro de nuevo. Al cabo de un rato salió el médico.
—¿Cómo está ella?
—Está bien. ¿Miró?
Parecía cansado.
—Vi cómo cosía. La incisión parecía muy larga.
—¿Eso cree?
—Sí. ¿Se aplanará esa cicatriz?
—Oh, sí.
Al cabo de un rato sacaron la camilla y la llevaron muy rápidamente por el pasillo hasta el ascensor. Fui junto a ella. Catherine estaba gimiendo. Abajo la pusieron en la cama de su habitación. Me senté en una silla a los pies de la cama. Había una enfermera en la habitación. Me levanté y me puse junto a la cama. Estaba oscuro en la habitación. Catherine sacó la mano: —Hola, querido —dijo. Su voz era muy débil y estaba cansada.
—Hola, dulce mío.
—¿Qué clase de bebé fue?
—Chist, no hables —dijo la enfermera.
—Un niño. Es largo, ancho y oscuro.
—¿Está bien?
—Sí —dije—. Está bien.
Vi a la enfermera mirarme de forma extraña.
—Estoy terriblemente cansada —dijo Catherine—. Y me duele muchísimo. ¿Estás bien, querido?
—Estoy bien. No hables.
—Fuiste encantador conmigo. Oh, querido, me duele terriblemente. ¿Cómo es él?
—Parece un conejo despellejado con la cara arrugada de un viejo.
—Debe salir —dijo la enfermera—. La señora Henry no debe hablar.
—Estaré afuera —dije.
—Vaya a comer algo.
—No. Estaré afuera. —Besé a Catherine. Estaba muy gris, débil y cansada.
—¿Puedo hablar con usted? —le dije a la enfermera. Ella salió al pasillo conmigo. Caminé un poco por el pasillo.
—¿Qué le pasa al bebé? —pregunté.
—¿No lo sabía?
—No.
—No estaba vivo.
—¿Estaba muerto?
—No pudieron hacer que empezara a respirar. El cordón estaba enredado alrededor de su cuello o algo así.
—Entonces está muerto.
—Sí. Es una lástima. Era un niño tan grande y hermoso. Pensé que lo sabía.
—No —dije—. Será mejor que vuelva con la señora.
Me senté en la silla frente a una mesa donde había informes de las enfermeras colgados en clips a un lado y miré por la ventana. No podía ver nada más que la oscuridad y la lluvia cayendo sobre la luz de la ventana. Así que eso era todo. El bebé estaba muerto. Por eso el médico parecía tan cansado. ¿Pero por qué habían actuado así en la habitación con él? Probablemente suponían que reaccionaría y empezaría a respirar. No tenía religión, pero sabía que debería haber sido bautizado. Pero ¿y si nunca llegó a respirar? No lo hizo. Nunca estuvo vivo. Excepto en Catherine. La había sentido patear allí bastantes veces. Pero no lo había hecho en una semana. Quizás estuvo asfixiado todo el tiempo. Pobre pequeño. Ojalá me hubiera asfixiado así. No, no es cierto. Aun así, no habría todo este morir que pasar. Ahora Catherine moriría. Eso era lo que hacías. Morías. No sabías de qué se trataba. Nunca tenías tiempo para aprender. Te arrojaban dentro y te decían las reglas, y la primera vez que te atrapaban fuera de base, te mataban. O te mataban gratuitamente como a Aymo. O te contagiaban la sífilis como a Rinaldo. Pero al final te mataban. Podías contar con eso. Quédate cerca y te matarán.
Una vez en el campamento puse un tronco encima del fuego y estaba lleno de hormigas. A medida que empezaba a arder, las hormigas salían en enjambre y se dirigían primero hacia el centro donde estaba el fuego; luego daban la vuelta y corrían hacia el extremo. Cuando había suficientes en el extremo, caían al fuego. Algunas salían, con sus cuerpos quemados y aplastados, y se alejaban sin saber a dónde iban. Pero la mayoría se dirigían hacia el fuego y luego regresaban hacia el extremo y se amontonaban en el extremo frío para finalmente caer al fuego. Recuerdo haber pensado en ese momento que era el fin del mundo y una oportunidad espléndida para ser un mesías y quitar el tronco del fuego y tirarlo donde las hormigas pudieran bajar a la tierra. Pero no hice nada más que arrojar una taza de hojalata con agua sobre el tronco, para tener la taza vacía y ponerle whisky antes de añadirle agua. Creo que la taza de agua sobre el tronco ardiendo solo vaporizó a las hormigas.
Así que ahora me senté en el pasillo y esperé para saber cómo estaba Catherine. La enfermera no salió, así que al cabo de un rato fui a la puerta, la abrí muy suavemente y miré dentro. Al principio no pude ver nada porque había una luz brillante en el pasillo y estaba oscuro en la habitación. Entonces vi a la enfermera sentada junto a la cama y la cabeza de Catherine sobre una almohada, y ella toda plana bajo la sábana. La enfermera se llevó el dedo a los labios, luego se levantó y vino a la puerta.
—¿Cómo está? —pregunté.
—Está bien —dijo la enfermera—. Debería ir a cenar y luego volver si lo desea.
Bajé por el pasillo, bajé las escaleras, salí por la puerta del hospital y bajé por la calle oscura bajo la lluvia hasta el café. Por dentro estaba muy iluminado y había mucha gente en las mesas. No vi un lugar donde sentarme, y un camarero se acercó, tomó mi abrigo y sombrero mojados y me señaló un lugar en una mesa frente a un hombre mayor que bebía cerveza y leía el periódico de la tarde. Me senté y le pregunté al camarero cuál era el plato del día.
—Estofado de ternera, pero se ha terminado.
—¿Qué puedo comer?
—Jamón con huevos, huevos con queso o choucroute.
—Comí choucroute este mediodía —dije.
—Es verdad —dijo—. Es verdad. Comió choucroute este mediodía. —Era un hombre de mediana edad con la parte superior de la cabeza calva y el cabello peinado sobre ella. Tenía un rostro amable.
—¿Qué quiere? ¿Jamón con huevos o huevos con queso?
—Jamón con huevos —dije—, y cerveza.
—¿Una rubia de barril?
—Sí —dije.
—Lo recordé —dijo—. Tomó una rubia de barril este mediodía.
Comí el jamón con huevos y bebí la cerveza. El jamón y los huevos estaban en un plato redondo, el jamón debajo y los huevos encima. Estaba muy caliente y en el primer bocado tuve que dar un trago de cerveza para refrescarme la boca. Tenía hambre y le pedí al camarero otra ración. Bebí varios vasos de cerveza. No estaba pensando en absoluto, sino que leía el periódico del hombre de enfrente. Se trataba de la ruptura en el frente británico. Cuando se dio cuenta de que estaba leyendo la parte posterior de su periódico, lo dobló. Pensé en pedirle un periódico al camarero, pero no podía concentrarme. Hacía calor en el café y el aire era malo. Muchas de las personas en las mesas se conocían entre sí. Había varios juegos de cartas en marcha. Los camareros estaban ocupados llevando bebidas de la barra a las mesas. Dos hombres entraron y no pudieron encontrar sitio para sentarse. Se quedaron de pie frente a la mesa donde yo estaba. Pedí otra cerveza. Todavía no estaba listo para irme. Era demasiado pronto para volver al hospital. Intenté no pensar y estar perfectamente tranquilo. Los hombres se quedaron esperando, pero nadie se iba, así que se fueron. Bebí otra cerveza. Ahora había un buen montón de platillos en la mesa frente a mí. El hombre de enfrente se había quitado las gafas, las había guardado en un estuche, dobló su periódico, lo puso en su bolsillo y ahora estaba sentado sosteniendo su copa de licor y mirando el salón. De repente supe que tenía que volver. Llamé al camarero, pagué la cuenta, me puse el abrigo, me puse el sombrero y salí por la puerta. Caminé bajo la lluvia hasta el hospital.
Arriba me encontré con la enfermera que bajaba por el pasillo.
—Acabo de llamarlo al hotel —dijo. Algo cayó dentro de mí.
—¿Qué pasa?
—La señora Henry ha tenido una hemorragia.
—¿Puedo entrar?
—No, todavía no. El médico está con ella.
—¿Es peligroso?
—Es muy peligroso. —La enfermera entró en la habitación y cerró la puerta. Me senté afuera en el pasillo. Todo se había ido dentro de mí. No pensaba. No podía pensar. Sabía que iba a morir y recé para que no lo hiciera. No dejes que muera. Oh, Dios, por favor, no dejes que muera. Haré cualquier cosa por ti si no dejas que muera. Por favor, por favor, por favor, querido Dios, no dejes que muera. Querido Dios, no dejes que muera. Por favor, por favor, por favor, no dejes que muera. Dios, por favor haz que no muera. Haré todo lo que digas si no dejas que muera. Te llevaste al bebé, pero no dejes que muera. Eso estuvo bien, pero no dejes que muera. Por favor, por favor, querido Dios, no dejes que muera.
La enfermera abrió la puerta y me hizo una seña con el dedo para que entrara. La seguí a la habitación. Catherine no levantó la vista cuando entré. Me acerqué al lado de la cama. El médico estaba de pie junto a la cama en el lado opuesto. Catherine me miró y sonrió. Me incliné sobre la cama y empecé a llorar.
—Pobre querido —dijo Catherine muy suavemente. Se veía gris.
—Estás bien, Cat —dije—. Vas a estar bien.
—Voy a morir —dijo; luego esperó y añadió—: Lo odio.
Le tomé la mano.
—No me toques —dijo. Solté su mano. Ella sonrió—. Pobre querido. Tócame todo lo que quieras.
—Estarás bien, Cat. Sé que estarás bien.
—Tenía la intención de escribirte una carta para que la tuvieras si pasaba algo, pero no lo hice.
—¿Quieres que busque a un sacerdote o a alguien para que venga a verte?
—Solo a ti —dijo. Luego, un poco más tarde—: No tengo miedo. Solo lo odio.
—No debes hablar tanto —dijo el médico.
—Está bien —dijo Catherine.
—¿Quieres que haga algo, Cat? ¿Puedo traerte algo?
Catherine sonrió: —No. —Luego, un poco más tarde—: No harás nuestras cosas con otra chica, ni dirás las mismas cosas, ¿verdad?
—Nunca.
—Quiero que tengas chicas, sin embargo.
—No las quiero.
—Estás hablando demasiado —dijo el médico—. El señor Henry debe salir. Puede volver más tarde. No vas a morir. No seas tonta.
—Está bien —dijo Catherine—. Vendré y me quedaré contigo por las noches —dijo. Le costaba mucho hablar.
—Por favor, salga de la habitación —dijo el médico—. No puede hablar. —Catherine me guiñó un ojo, con el rostro gris.
—Estaré justo afuera —dije.
—No te preocupes, querido —dijo Catherine—. No tengo ni un poco de miedo. Es solo una mala jugada.
—Eres tan dulce y valiente.
Esperé afuera en el pasillo. Esperé mucho tiempo. La enfermera vino a la puerta y se acercó a mí. —Me temo que la señora Henry está muy enferma —dijo—. Temo por ella.
—¿Ha muerto?
—No, pero está inconsciente.
Parece que tuvo una hemorragia tras otra. No pudieron detenerla. Entré en la habitación y me quedé con Catherine hasta que murió. Estuvo inconsciente todo el tiempo, y no tardó mucho en morir.
Fuera de la habitación, en el pasillo, hablé con el médico: —¿Hay algo que pueda hacer esta noche?
—No. No hay nada que hacer. ¿Puedo llevarlo a su hotel?
—No, gracias. Voy a quedarme aquí un rato.
—Sé que no hay nada que decir. No puedo decirle...
—No —dije—. No hay nada que decir.
—Buenas noches —dijo—. ¿No puedo llevarlo a su hotel?
—No, gracias.
—Era lo único que se podía hacer —dijo—. La operación demostró...
—No quiero hablar de eso —dije.
—Me gustaría llevarlo a su hotel.
—No, gracias.
Bajó por el pasillo. Fui a la puerta de la habitación.
—No puede entrar ahora —dijo una de las enfermeras.
—Sí que puedo —dije.
—No puede entrar todavía.
—Salga —dije—. La otra también.
Pero después de haberlas sacado, cerrar la puerta y apagar la luz, no sirvió de nada. Fue como despedirse de una estatua. Al cabo de un rato salí, dejé el hospital y caminé de regreso al hotel bajo la lluvia.
FIN