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A Journey to the Centre of the Earth

by Jules Verne · in Spanish

"¡Qué desgracia!", exclamó mi tío al volver a entrar en casa unos instantes después. Se desplomó en su sillón, se frotó la frente con ambas manos y, al cabo de unos momentos, murmuró: "¡Tiene que haber una solución!".

Yo no dije nada, pero me puse a examinar el papel. Mi tío, en su arrebato, lo había dejado sobre la mesa. Me puse a garabatear letras al azar, intentando formar palabras. Era un pasatiempo inútil. De repente, mi mirada se posó en el trozo de pergamino. Mis ojos se abrieron de par en par. ¡Había visto algo!

Aquella letra "m", que aparecía al principio, me llamó la atención, y al mirar el final del texto, vi otra letra, la "r", que también estaba allí. Y entonces, como un relámpago, comprendí el secreto. Aquel documento no estaba escrito en una lengua extranjera, ni en latín, ni en ningún idioma extraño. Estaba escrito al revés.

"¡Tío!", grité.

Él no me oyó. Estaba sumido en una profunda meditación. Pero yo, presa de una agitación incontrolable, empecé a leer el texto empezando por el final. ¡Qué sencillo era! Al leerlo de atrás hacia adelante, las palabras empezaron a cobrar sentido.

"¡Tío, mire esto!", volví a gritar.

Se levantó de un salto, se acercó a la mesa y, mirando el papel, leyó lo que yo había descifrado:

"<i>descendas, audas, terris, et, hic, pervenies, ad, centrum, terrae</i>".

Yo me quedé estupefacto. Mi tío, por el contrario, estaba radiante.

"¡Magnífico!", exclamó, dándose un golpe en la frente. "¡Qué idea tan sencilla y brillante!".

Sus ojos brillaban de alegría. Se paseaba por la habitación, gesticulando, y de pronto se detuvo frente a mí.

"Harry", dijo con un tono que no admitía réplica, "¡nos vamos!".

Yo retrocedí. "¿Nos vamos? ¿Adónde?".

"¡Al centro de la Tierra!", respondió con la mayor naturalidad del mundo.

Me quedé helado. Mi tío, el profesor Von Hardwigg, había perdido el juicio. Aquello no podía ser más que una locura.

"¡Pero, tío!", exclamé. "¡Eso es imposible! ¡Nadie puede llegar al centro de la Tierra! ¡El calor, la presión, la profundidad!".

"¡Tonterías!", gritó. "¡Saknussemm lo hizo! ¡Este documento es la prueba!".

Me mostró el papel, donde el nombre de aquel sabio aparecía de nuevo. Yo intenté razonar, pero era inútil. Mi tío ya estaba planeando nuestro viaje, haciendo listas de materiales, mapas y provisiones. Aquella era la locura de un sabio, pero era una locura que, desgraciadamente para mí, estaba a punto de arrastrarme a las profundidades del abismo.

"¡Mañana mismo!", sentenció. "¡Prepara el equipaje!".

Y sin esperar a que yo pudiera decir una sola palabra, salió de la habitación, dejándome solo con mis pensamientos y con la aterradora perspectiva de un viaje hacia lo desconocido.

¿Qué ocurre? —gritó la cocinera, entrando en la habitación—, ¿cuándo cenará el señor?

—Nunca.

—¿Y su cena?

—No lo sé. Dice que no comerá más, y yo tampoco. Mi tío ha decidido ayunar y hacerme ayunar hasta que descifre esta abominable inscripción —respondí.

—Se morirán de hambre —dijo ella.

Yo era muy de la misma opinión, pero, como no me gustaba decirlo, la despedí y comencé con mi labor habitual de clasificación. Sin embargo, por más que me esforzaba, nada podía evitar que pensara alternativamente en el estúpido manuscrito y en la linda Gretchen.

Varias veces pensé en salir, pero mi tío se habría enfadado por mi ausencia. Al cabo de una hora, mi tarea asignada estaba terminada. ¿Cómo pasar el tiempo? Empecé encendiendo mi pipa. Como todos los estudiantes, me encantaba el tabaco; y, sentándome en el gran sillón, comencé a pensar.

¿Dónde estaba mi tío? Podía imaginarlo perfectamente recorriendo a toda prisa algún camino solitario, gesticulando, hablando solo, cortando el aire con su bastón y pensando todavía en aquel absurdo trozo de jeroglíficos. ¿Daría con alguna pista? ¿Volvería a casa de mejor humor? Mientras estos pensamientos pasaban por mi cerebro, tomé mecánicamente el execrable acertijo e intenté todas las formas imaginables de agrupar las letras. Las junté de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro y de cinco en cinco; en vano. No salió nada inteligible, excepto que la decimocuarta, decimoquinta y decimosexta formaban *ice* en inglés; la octogésima cuarta, octogésima quinta y octogésima sexta, la palabra *sir*; y finalmente me pareció encontrar las palabras latinas *rota, mutabile, ira, nec, atra*.

«¡Ja! Parece que hay algo de verdad en la idea de mi tío», pensé.

Luego, de nuevo, me pareció encontrar la palabra *luco*, que significa bosque sagrado. Después, en la tercera línea, me pareció distinguir *labiled*, una palabra hebrea perfecta, y al final las sílabas *mere, are, mer*, que eran francesas.

Era para volverse loco. Cuatro idiomas diferentes en esta absurda frase. ¿Qué relación podía haber entre hielo, señor, ira, cruel, bosque sagrado, cambiante, madre, son y mar? La primera y la última podrían, en una frase relacionada con Islandia, significar mar de hielo. ¿Pero qué decir del resto de este monstruoso criptograma?

Estaba, de hecho, luchando contra una dificultad insuperable; mi cerebro estaba casi en llamas; mis ojos estaban forzados de tanto mirar el pergamino; toda la absurda colección de letras parecía bailar ante mi vista en una serie de pequeñas agrupaciones negras. Mi mente estaba poseída por una alucinación temporal; me estaba asfixiando. Necesitaba aire. Mecánicamente me abaniqué con el documento, del cual ahora veía el reverso y luego el anverso.

Imaginen mi sorpresa cuando, al mirar el reverso del tedioso acertijo, habiendo traspasado la tinta, distinguí claramente palabras latinas y, entre otras, *craterem* y *terrestre*.

¡Había descubierto el secreto!

Me llegó como un rayo. Había dado con la clave. Todo lo que había que hacer para entender el documento era leerlo al revés. Todas las ingeniosas ideas del profesor se hicieron realidad; me lo había dictado correctamente; por un mero accidente había descubierto lo que él tanto deseaba.

Mi deleite, mi emoción pueden imaginarse; mis ojos estaban deslumbrados y temblaba tanto que al principio no pude entender nada. Una mirada, sin embargo, me diría todo lo que quería saber.

«Déjame leer», me dije, después de tomar aliento profundamente.

Lo extendí ante mí sobre la mesa, pasé el dedo por cada letra, lo deletreé; en mi agitación, lo leí en voz alta.

Qué horror y estupor se apoderaron de mi alma. Era como un hombre que ha recibido un golpe demoledor. ¿Era posible que realmente leyera el terrible secreto, y que realmente se hubiera cumplido? Un hombre se había atrevido a hacer... ¿qué?

Ningún ser vivo debería saberlo jamás.

—¡Nunca! —grité, saltando de mi asiento—. Jamás mi tío se enterará del terrible secreto. Sería perfectamente capaz de emprender el terrible viaje. Nada lo frenaría, nada lo detendría. Peor aún, me obligaría a acompañarlo y estaríamos perdidos para siempre. Pero no; tal locura y desatino no pueden permitirse.

Estaba casi fuera de mí por la rabia y la furia.

—Mi digno tío ya está casi loco —grité en voz alta—. Esto acabaría con él. Por algún accidente podría hacer el descubrimiento; en cuyo caso, ambos estaríamos perdidos. Perecerá el espantoso secreto; que las llamas lo entierren para siempre en el olvido.

Arrebaté el libro y el pergamino, y estaba a punto de arrojarlos al fuego cuando la puerta se abrió y mi tío entró.

Apenas tuve tiempo de dejar los malditos documentos antes de que mi tío estuviera a mi lado. Estaba profundamente absorto. Sus pensamientos estaban evidentemente volcados en el terrible pergamino. Alguna nueva combinación se le habría ocurrido probablemente mientras daba su paseo.

Se sentó en su sillón y, con una pluma, comenzó a realizar un cálculo algebraico. Lo observé con ojos ansiosos. Sentí un escalofrío al ver probable que descubriera el secreto.

Sus combinaciones, lo sabía ahora, eran inútiles, pues yo había descubierto la única clave. Durante tres horas mortales continuó sin decir una palabra, sin levantar la cabeza, tachando, reescribiendo, calculando una y otra vez. Sabía que con el tiempo daría con la frase correcta. Las letras de cualquier alfabeto solo tienen un cierto número de combinaciones. Pero podrían transcurrir años antes de que llegara a la solución correcta.

El tiempo seguía pasando; llegó la noche, los sonidos en las calles cesaron, y mi tío continuaba, sin responder siquiera a nuestra digna cocinera cuando nos llamaba para cenar.

No me atreví a dejarlo, así que la hice señas para que se fuera, y al final me quedé dormido en el sofá.

Cuando desperté, mi tío seguía trabajando. Sus ojos rojos, su semblante pálido, su cabello revuelto, sus manos febriles y sus mejillas encendidas febrilmente mostraban cuán terrible había sido su lucha contra lo imposible, y qué espantosa fatiga había sufrido durante aquella larga noche de insomnio. Me sentí mal solo con mirarlo. Aunque era bastante severo conmigo, lo quería, y mi corazón se dolía por sus sufrimientos. ¡Estaba tan dominado por una idea que ni siquiera podía enfadarse! Todas sus energías estaban concentradas en un solo punto. Y sabía que con decir una sola pequeña palabra, todo este sufrimiento cesaría. No podía decirla.

Mi corazón, sin embargo, se inclinaba hacia él. ¿Por qué, entonces, permanecía en silencio? Por el bien de mi propio tío.

—Nada me hará hablar —murmuré—. ¡Querrá seguir los pasos del otro! Lo conozco bien. Su imaginación es un volcán perfecto, y para hacer descubrimientos en beneficio de la geología, sacrificaría su vida. Por lo tanto, guardaré silencio y mantendré estrictamente el secreto que he descubierto. Revelarlo sería un suicidio. No solo se lanzaría él mismo a la destrucción, sino que me arrastraría con él.

Crucé los brazos, miré hacia otro lado y fumé, resuelto a no hablar nunca.

Cuando nuestra cocinera quería salir al mercado, o a cualquier otro recado, encontraba la puerta principal cerrada con llave y la llave sustraída. ¿Se había hecho esto a propósito o no? Seguramente el profesor Hardwigg no pretendía que la anciana y yo fuéramos mártires de su obstinada voluntad. ¿Íbamos a morir de hambre? Un recuerdo espantoso vino a mi mente. Una vez nos alimentamos de restos y sobras durante una semana mientras él clasificaba algunas curiosidades. ¡Me daban calambres solo de pensarlo!

Quería desayunar y no veía forma de conseguirlo. Aun así, mi resolución se mantenía firme. Preferiría morir de hambre antes que ceder. Pero la cocinera empezó a recriminarme seriamente. ¿Qué se podía hacer? Ella no podía salir; y yo no me atrevía.

Mi tío continuaba contando y escribiendo; su imaginación parecía haberlo transportado a los cielos. No pensaba ni en comer ni en beber. De este modo llegaron las doce. Tenía hambre y no había nada en la casa. La cocinera se había comido el último trozo de pan. Esto no podía seguir así. Sin embargo, continuó hasta las dos, momento en el que mis sensaciones eran terribles. Después de todo, empecé a pensar que el documento era muy absurdo. Quizás solo fuera una broma gigantesca. Además, seguramente se encontraría algún medio para impedir que mi tío intentara semejante expedición absurda. Por otro lado, si intentaba algo tan quijotesco, yo no estaría obligado a acompañarlo. Otra línea de razonamiento me decidió parcialmente. Muy probablemente, él haría el descubrimiento por sí mismo cuando yo hubiera sufrido hambre por nada. Bajo la influencia del hambre, este razonamiento parecía admirable. Decidí contarlo todo.

La cuestión ahora era cómo hacerlo. Todavía estaba dándole vueltas al pensamiento cuando él se levantó y se puso el sombrero.

¿Qué? ¿Salir y dejarnos encerrados? ¡Nunca!

—Tío —comencé.

Ni siquiera pareció escucharme.

—Profesor Hardwigg —grité.

—¿Qué? —replicó—, ¿has hablado?

—¿Qué hay de la llave?

—¿Qué llave? ¿La llave de la puerta?

—No, ¿de estos horribles jeroglíficos?

Me miró por encima de sus gafas y se sobresaltó ante la extraña expresión de mi rostro. Corriendo hacia mí, me agarró por el brazo y examinó con agudeza mi semblante. Su misma mirada era un interrogatorio.

Simplemente asentí.

Con un encogimiento de hombros incrédulo, dio media vuelta. Sin duda, pensaba que me había vuelto loco.

—He hecho un descubrimiento muy importante.

Sus ojos brillaron de emoción. Su mano se levantó en actitud amenazante. Por un momento, ninguno de los dos habló. Es difícil decir quién estaba más emocionado.

—¿No querrás decir que tienes alguna idea del significado del garabato?

—La tengo —fue mi respuesta desesperada—. Mira la frase tal como la dictaste tú.

—Bien, pero no significa nada —fue la respuesta airada.

—Nada si lees de izquierda a derecha, pero fíjate, si es de derecha a izquierda...

—¡Al revés! —gritó mi tío, con asombro salvaje—. ¡Oh, astutísimo Saknussemm, y yo ser tan cabeza hueca!

Arrebató el documento, lo miró con ojos demacrados y lo leyó en voz alta tal como yo había hecho.

Decía lo siguiente:

<i>In Sneffels Yoculis craterem kem delibat umbra Scartaris Julii intra calendas descende, audas viator, et terrestre centrum attinges. Kod feci. Arne Saknussemm</i>

Lo cual, traducido al latín macarrónico, dice lo siguiente:

Desciende al cráter del Yocul de Sneffels, que acaricia la sombra del Scartaris antes de las calendas de julio, viajero audaz, y llegarás al centro de la tierra. Yo lo hice.

ARNE SAKNUSSEMM

Mi tío saltó tres pies del suelo de alegría. Lucía radiante y apuesto. Corría por la habitación loco de deleite y satisfacción. Derribó mesas y sillas. Lanzó sus libros por todas partes hasta que, totalmente agotado, cayó en su sillón.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—Alrededor de las tres.

—Mi comida no parece haberme hecho mucho bien —observó—. Déjame comer algo. Podemos partir de inmediato. Prepara mi maleta.

—¿Para qué?

—Y la tuya —continuó—. Partimos enseguida.

Se puede concebir mi horror. Sin embargo, decidí no mostrar miedo. Razones científicas eran las únicas con probabilidades de influir en mi tío. Ahora bien, había muchas en contra de este terrible viaje. La sola idea de bajar al centro de la tierra era sencillamente absurda. Por tanto, decidí discutir el punto después de comer.

La ira de mi tío se dirigió ahora contra la cocinera por no tener la comida lista. Mi explicación, sin embargo, lo satisfizo y, tras conseguir la llave, ella pronto se las arregló para obtener suficiente para satisfacer nuestros voraces apetitos.

Durante la comida, mi tío estuvo más bien alegre que otra cosa. Hizo algunas de esas bromas peculiares que pertenecen exclusivamente a los eruditos. Sin embargo, tan pronto como terminó el postre, me llamó a su estudio. Nos sentamos cada uno a un lado de la mesa.

—Enrique —dijo, con voz suave y seductora—, siempre te he creído ingenioso, y me has prestado un servicio que nunca olvidaré. Sin ti, este gran, este maravilloso descubrimiento, nunca se habría hecho. Es mi deber, por tanto, insistir en que compartas la gloria.

«Está de buen humor», pensé; «pronto le haré saber mi opinión sobre la gloria».

—En primer lugar —continuó—, debes mantener todo el asunto en secreto absoluto. No hay raza de hombres más envidiosa que los descubridores científicos. Muchos emprenderían el mismo viaje. En cualquier caso, seremos los primeros en el campo.

—Dudo que tengas muchos competidores —fue mi respuesta.

—Un hombre con verdaderos conocimientos científicos estaría encantado con la oportunidad. Encontraríamos una corriente constante de peregrinos tras las huellas de Arne Saknussemm si este documento se hiciera público.

—Pero, querido señor, ¿no es muy probable que este papel sea una broma? —insistí.

—El libro en el que lo encontramos es prueba suficiente de su autenticidad —respondió.

—Admito plenamente que el célebre profesor escribió las líneas, pero solo, creo, como una especie de mistificación —fue mi respuesta.

Apenas las palabras salieron de mi boca, me arrepentí de haberlas pronunciado. Mi tío me miró con un ceño oscuro y sombrío, y comencé a alarmarme por los resultados de nuestra conversación. Su humor, sin embargo, pronto cambió y una sonrisa reemplazó al ceño fruncido.

—Ya veremos —observó con énfasis decisivo.

—Pero vea, ¿qué es todo esto sobre Yocul, Sneffels y este Scartaris? Nunca he oído nada sobre ellos.

—Ese es el punto al que quería llegar. Recibí hace poco de mi amigo Augustus Peterman, de Leipzig, un mapa. Baja el tercer atlas del segundo estante, serie Z, lámina 4.

Me levanté, fui al estante y poco después regresé con el volumen indicado.

—Este —dijo mi tío— es uno de los mejores mapas de Islandia. Creo que resolverá todas tus dudas, dificultades y objeciones.

Con una sombría esperanza de lo contrario, me incliné sobre el mapa.

CAPÍTULO 4

PARTIMOS PARA EL VIAJE

—Verás, toda la isla está compuesta por volcanes —dijo el profesor—, y observa cuidadosamente que todos llevan el nombre de Yocul. La palabra es islandesa y significa glaciar. En la mayoría de las altas montañas de esa región, las erupciones volcánicas surgen de cavernas cubiertas de hielo. De ahí el nombre aplicado a cada volcán en esta extraordinaria isla.

—¿Pero qué significa esta palabra, Sneffels?

A esta pregunta no esperaba ninguna respuesta racional. Estaba equivocado.

—Sigue mi dedo hacia la costa occidental de Islandia, ahí ves Reikiavik, su capital. Sigue la dirección de uno de sus innumerables fiordos o brazos de mar, ¿y qué ves por debajo del grado sesenta y cinco de latitud?

—Una península, muy parecida en forma a un hueso de muslo.

—¿Y en el centro de ella?

—Una montaña.

—Bueno, eso es Sneffels.

No tenía nada que decir.

—Ese es Sneffels, una montaña de unos cinco mil pies de altura, una de las más notables de toda la isla, y ciertamente destinada a ser la más célebre del mundo, pues a través de su cráter llegaremos al centro de la tierra.

—¡Imposible! —grité, sobresaltado y conmocionado por el pensamiento.

—¿Por qué imposible? —dijo el profesor Hardwigg en su tono más severo.

—Porque su cráter está obstruido con lava, con rocas ardientes, con infinitos peligros.

—¿Pero si está extinguido?

—Eso marcaría una diferencia.

—Por supuesto que sí. Hay unos trescientos volcanes en toda la superficie del globo, pero la mayor parte están extintos. Sneffels es uno de ellos. No ha ocurrido ninguna erupción desde 1219; de hecho, ha dejado de ser un volcán por completo.

Después de esto, ¿qué más podía decir? Sí, pensé en otra objeción.

—¿Pero qué es todo esto sobre Scartaris y las calendas de julio?

Mi tío reflexionó profundamente. Poco después, dio a conocer el resultado de sus reflexiones con un tono sentencioso: —Lo que a ti te parece oscuro, para mí es luz. Esta misma frase demuestra cuán meticuloso es Saknussemm en sus instrucciones. La montaña Sneffels tiene muchos cráteres. Él es cuidadoso, por tanto, en señalar exactamente el que es la carretera hacia el interior de la Tierra. Nos hace saber, para este propósito, que hacia el final del mes de junio, la sombra del monte Scartaris cae sobre el cráter correcto. No puede haber duda sobre el asunto.

Mi tío tenía una respuesta para todo.

—Acepto todas sus explicaciones —dije—, y Saknussemm tiene razón. Encontró la entrada a las entrañas de la tierra, la ha indicado correctamente, pero suponer que él o cualquier otra persona haya seguido alguna vez el descubrimiento es una locura.

—¿Por qué, joven?

—Toda enseñanza científica, teórica y práctica, demuestra que es imposible.

—No me importan las teorías —replicó mi tío.

—¿Pero no es bien sabido que el calor aumenta un grado por cada setenta pies que se desciende en la tierra? Lo cual da una buena idea del calor central. Todas las materias que componen el globo están en estado de incandescencia; incluso el oro, el platino y las rocas más duras están en estado de fusión. ¿Qué sería de nosotros?

—No te alarmes por el calor, muchacho.

—¿Cómo es eso?

—Ni tú ni nadie sabe nada sobre el estado real del interior de la tierra. Todos los experimentos modernos tienden a desmentir las teorías antiguas. Si tal calor existiera, la corteza superior de la tierra se haría añicos y el mundo habría llegado a su fin.

Siguió una larga, erudita y no poco interesante discusión, que terminó de esta manera:

—No creo en los peligros y dificultades que tú, Enrique, pareces multiplicar; y la única forma de aprender es, como Arne Saknussemm, ir y ver.

—Bueno —grité, vencido al final—, vamos a ver. Aunque cómo podemos hacer eso en la oscuridad es otro misterio.

—No temas nada. Superaremos estas y muchas otras dificultades. Además, a medida que nos acerquemos al centro, espero encontrarlo luminoso...

—Nada es imposible.

—Y ahora que hemos llegado a un entendimiento total, ni una palabra a ninguna alma viva. Nuestro éxito depende del secreto y la rapidez.

Así terminó nuestra memorable conferencia, que despertó una fiebre perfecta en mí. Dejando a mi tío, salí como un poseso. Al llegar a las orillas del Elba, empecé a pensar. ¿Era todo lo que había oído realmente posible? ¿Estaba mi tío en sus cabales, y se podía llegar al interior de la tierra? ¿Era yo la víctima de un loco, o era él un descubridor de raro coraje y grandeza de concepción?

Hasta cierto punto, estaba ansioso por partir. Temía que mi entusiasmo se enfriara. Decidí hacer las maletas de inmediato. Al cabo de una hora, sin embargo, de camino a casa, descubrí que mis sentimientos habían cambiado mucho.

—Estoy totalmente desorientado —grité—; es una pesadilla, debo haberlo soñado.

En ese momento me encontré cara a cara con Gretchen, a quien abracé calurosamente.

—Así que has venido a encontrarme —dijo ella—; qué bueno eres. Pero, ¿qué ocurre?

Bueno, no tenía sentido andarse con rodeos, se lo conté todo. Ella escuchó con asombro y, durante algunos minutos, no pudo hablar.

—¿Y bien? —dije al final, bastante ansioso.

—Qué viaje tan magnífico. ¡Si tan solo fuera un hombre! Un viaje digno del sobrino del profesor Hardwigg. Consideraría un honor acompañarlo.

—Mi querida Gretchen, pensé que serías la primera en protestar contra esta loca empresa.

—No; al contrario, me enorgullece. Es magnífico, espléndido; una idea digna de mi padre. Enrique Lawson, te envidio.

Esto fue, por así decirlo, concluyente. El golpe final de todos.

Cuando entramos en la casa, encontramos a mi tío rodeado de obreros y mozos, que estaban empacando. Él estaba tirando y tirando de una campana.

—¿Dónde has estado perdiendo el tiempo? Tu maleta no está hecha, mis papeles no están en orden, ¡el dichoso sastre no ha traído mi ropa, ni mis polainas, la llave de mi maletín ha desaparecido!

Lo miré estupefacto. Y seguía tirando de la campana.

—¿Nos vamos realmente, entonces? —dije.

—Sí, por supuesto, ¡y sin embargo te vas a dar un paseo, muchacho desafortunado!

—¿Y cuándo nos vamos?

—Pasado mañana, al amanecer.

No escuché nada más; me fui disparado a mi pequeño dormitorio y me encerré. Ya no cabía duda alguna. Mi tío había estado trabajando duro toda la tarde. El jardín estaba lleno de cuerdas, escaleras de cuerda, antorchas, calabazas, abrazaderas de hierro, palancas, bastones de alpinista y picos; suficiente para cargar a diez hombres.

Pasé una noche terrible. Al día siguiente me llamaron temprano para comunicarme que la resolución de mi tío era inalterable e irrevocable. También encontré a mi prima y prometida tan entusiasmada con el asunto como su padre.

Al día siguiente, a las cinco de la mañana, el coche de posta estaba en la puerta. Gretchen y la vieja cocinera recibieron las llaves de la casa; y, apenas deteniéndonos para despedirnos de nadie, comenzamos nuestro aventurado viaje hacia el centro de la tierra.

CAPÍTULO 5

Primeras lecciones de escalada

En Altona, un suburbio de Hamburgo, se encuentra la estación principal del ferrocarril de Kiel, que debía llevarnos a las costas del Belt. En veinte minutos desde el momento de nuestra partida estábamos en Holstein, y nuestro vagón entró en la estación. Nuestro pesado equipaje fue sacado, pesado, etiquetado y colocado en un enorme furgón. Luego sacamos nuestros billetes y, exactamente a las siete, estábamos sentados frente a frente en un vagón de primera clase.

Mi tío no dijo nada. Estaba demasiado ocupado examinando sus papeles, entre los cuales, por supuesto, estaba el famoso pergamino y algunas cartas de recomendación del cónsul danés que debían allanar el camino para una presentación ante el Gobernador de Islandia. Mi única diversión era mirar por la ventana. Pero como atravesábamos un país llano aunque fértil, esta ocupación era ligeramente monótona. En tres horas llegamos a Kiel, y nuestro equipaje fue trasladado inmediatamente al vapor.

Ahora teníamos un día por delante, una demora de unas diez horas. Hecho que puso a mi tío en una furia creciente. No teníamos nada que hacer más que pasear por la bonita ciudad y la bahía. Al final, sin embargo, subimos a bordo, y a las diez y media navegábamos por el Gran Belt. Era una noche oscura, con una brisa fuerte y un mar agitado; no se veía nada más que los fuegos ocasionales en la costa, con un faro aquí y allá. A las siete de la mañana dejamos Korsør, una pequeña ciudad en el lado occidental de Selandia.

Aquí tomamos otro ferrocarril, que en tres horas nos llevó a la capital, Copenhague, donde, apenas tomando tiempo para refrescarnos, mi tío salió apresurado a presentar una de sus cartas de recomendación. Iba dirigida al director del Museo de Antigüedades, quien, habiendo sido informado de que éramos turistas con destino a Islandia, hizo todo lo que pudo para ayudarnos. Una miserable esperanza me sostenía ahora. Quizás ningún barco se dirigía a partes tan lejanas.

¡Ay! una pequeña goleta danesa, la *Valkyrie*, debía zarpar el dos de junio hacia Reikiavik. El capitán, M. Bjarne, estaba a bordo, y se mostró algo sorprendido por la energía y cordialidad con que su futuro pasajero le estrechó la mano. Para él, un viaje a Islandia era simplemente una cuestión rutinaria. Mi tío, por otro lado, consideraba el evento de una importancia sublime. El honesto marinero aprovechó el entusiasmo del profesor para duplicar el precio del pasaje.

—El martes por la mañana a las siete estén a bordo —dijo M. Bjarne, entregándonos nuestros recibos.

—¡Excelente! ¡Capital! ¡Glorioso! —observó mi tío mientras nos sentábamos a un desayuno tardío—; refréscate, muchacho, y daremos una vuelta por la ciudad.

Concluida nuestra comida, fuimos al Kongens-Nytorv; al magnífico palacio del rey; al hermoso puente sobre el canal cerca del Museo; al inmenso cenotafio de Thorvaldsen con sus espantosos grupos navales; al castillo de Rosenborg; y a todas las demás atracciones del lugar, de las cuales mi tío ni siquiera vio una, tan absorbido estaba en sus triunfos anticipados.

Pero una cosa llamó su atención, y fue un campanario singular situado en la isla de Amager, que es el barrio sureste de la ciudad de Copenhague. Mi tío me ordenó de inmediato dirigir mis pasos hacia allí y, en consecuencia, subimos al transbordador de vapor que presta servicio en el canal y muy pronto llegamos al famoso muelle del astillero.

En primera instancia cruzamos algunas calles estrechas, donde encontramos numerosos grupos de galeotes, con pantalones de colores mezclados, grises y amarillos, trabajando bajo las órdenes y los bastones de severos capataces, y finalmente llegamos a la Vor Frelsers Kirke.

Esta iglesia no exhibía nada notable en sí misma; de hecho, el digno profesor solo se había sentido atraído por ella por una circunstancia, que era que su campanario, bastante elevado, partía de una plataforma circular, tras lo cual había una escalera exterior que serpenteaba hasta la misma cima.

—Ascendamos —dijo mi tío.

—Pero nunca he podido subir torres de iglesias —grité—, sufro de vértigo.

—Esa es precisamente la razón por la que debes subir. Quiero curarte de un mal hábito.

—Pero, mi buen señor...

—Te digo que vengas. ¿De qué sirve perder tanto tiempo valioso?

Era imposible disputar las órdenes dictatoriales de mi tío. Cedí con un gemido. Tras el pago de una tarifa, un bedel nos dio la llave. Él, por su parte, no era partidario del ascenso. Mi tío me mostró el camino de inmediato, subiendo los escalones como un colegial. Le seguí tan bien como pude, aunque apenas estuve fuera de la torre, mi cabeza comenzó a dar vueltas. No había nada de águila en mí. La tierra era suficiente para mí, y ningún deseo ambicioso de volar entró jamás en mi mente. Aun así, las cosas no fueron mal hasta que hube subido 150 escalones y estuve cerca de la plataforma, cuando comencé a sentir la ráfaga de aire frío. Apenas podía mantenerme en pie cuando, agarrándome a las barandillas, miré hacia arriba. La barandilla era bastante frágil, pero nada comparada con las que bordeaban la terrible escalera de caracol, que parecía, desde donde yo estaba, ascender hasta los cielos.

—Vamos entonces, Enrique.

—¡No puedo hacerlo! —grité, en acentos de desesperación.

—¿Eres, después de todo, un cobarde, señor? —dijo mi tío en tono despiadado—. ¡Sube, he dicho!

A esto no había respuesta posible. Y, sin embargo, el aire gélido actuaba violentamente sobre mi sistema nervioso; el cielo, la tierra, todo parecía dar vueltas, mientras el campanario se balanceaba como un barco. Mis piernas cedieron como las de un borracho. Gateé sobre mis manos y rodillas; me arrastré lentamente, reptando como una serpiente. Poco después cerré los ojos y me dejé arrastrar hacia arriba.

—Mira a tu alrededor —dijo mi tío con voz severa—, Dios sabe qué abismos profundos tendrás que contemplar. Este es un ejercicio excelente.

Lentamente, y temblando todo el tiempo por el frío, abrí los ojos. ¿Qué vi entonces? Mi primera mirada fue hacia arriba, a las frías nubes vellosas que, por alguna ilusión óptica, parecían quedarse quietas, mientras el campanario, la veleta y nosotros dos éramos arrastrados velozmente. Muy lejos, a un lado, se podía ver la llanura cubierta de hierba, mientras que al otro yacía el mar bañado en una luz translúcida. El Sund, o estrecho como lo llamamos, podía descubrirse más allá de la punta de Elsinor, atestado de velas blancas que, a esa distancia, parecían las alas de las gaviotas; mientras que al este se podía distinguir la lejana costa de Suecia. Todo parecía un panorama mágico.

Pero, débil y aturdido como estaba, no había remedio. Tenía que levantarme y ponerme de pie. A pesar de mis protestas, mi primera lección duró casi una hora. Cuando, casi dos horas después, llegué al seno de la madre tierra, estaba como un anciano reumático doblado en dos por el dolor.

—Suficiente por hoy —dijo mi tío, frotándose las manos—, empezaremos de nuevo mañana.

No hubo remedio. Mis lecciones duraron cinco días, y al final de ese período subí con bastante alegría y me encontré capaz de mirar hacia las profundidades de abajo sin siquiera pestañear, y con cierto grado de placer.

CAPÍTULO 6

Nuestro viaje a Islandia

La hora de la partida llegó al fin. La noche anterior, el digno señor Thompson nos trajo las más cordiales cartas de recomendación para el barón Trampe, Gobernador de Islandia, para M. Pictursson, coadjutor del obispo, y para M. Finsen, alcalde de la ciudad de Reikiavik. A cambio, mi tío casi le aplastó las manos, tan calurosamente se las estrechó.

El día dos del mes, a las dos de la mañana, nuestra preciosa carga de equipaje fue llevada a bordo del buen barco *Valkyrie*. Nosotros le seguimos y fuimos muy cortésmente presentados por el capitán a un pequeño camarote con dos literas, ni muy bien ventiladas ni muy cómodas. Pero en la causa de la ciencia se espera que los hombres sufran.

—Bien, ¿y tenemos buen viento? —exclamó mi tío en sus acentos más melifluos.

—¡Un viento excelente! —respondió el capitán Bjarne—; saldremos del Sund, navegando a favor del viento con todas las velas desplegadas.

Pocos minutos después, la goleta zarpó a favor del viento, con todo el trapo que podía llevar, y entró en el canal. Una hora después, la capital de Dinamarca parecía hundirse en las olas, y no estábamos a gran distancia de la costa de Elsinor. Mi tío estaba encantado; por mi parte, taciturno e insatisfecho, parecía esperar casi un atisbo del fantasma de Hamlet.

—Sublime loco —pensé—, sin duda aprobarías nuestras actuaciones. Quizás incluso nos seguirías al centro de la tierra, para allí resolver tus dudas eternas.

Pero ningún fantasma ni nada más apareció sobre las antiguas murallas. El hecho es que el castillo es mucho más reciente que la época del heroico príncipe de Dinamarca. Ahora es la residencia del guardián del estrecho del Sund, y por ese estrecho pasan cada año más de quince mil barcos de todas las naciones.

El castillo de Kronborg pronto desapareció en la atmósfera brumosa, al igual que la torre de Helsingborg, que levanta su cabeza en la orilla sueca. Y aquí la goleta comenzó a sentir seriamente las brisas del Kattegat. La *Valkyrie* era lo suficientemente rápida, pero con todos los barcos de vela existe la misma incertidumbre. Su carga era carbón, muebles, cerámica, ropa de lana y un cargamento de grano. Como de costumbre, la tripulación era pequeña; cinco daneses hacían todo el trabajo.

—¿Cuánto durará el viaje? —preguntó mi tío.

—Bueno, yo diría que unos diez días —respondió el patrón—, a menos, claro, que nos encontremos con algunos vendavales del noreste cerca de las islas Feroe.

—En cualquier caso, no habrá una demora muy considerable —exclamó el impaciente profesor.

—No, señor Hardwigg —dijo el capitán—, no tema eso. En cualquier caso, llegaremos algún día.

Hacia el atardecer, la goleta dobló el cabo Skagen, la parte más septentrional de Dinamarca, cruzó el Skagerrak durante la noche, bordeó el extremo de Noruega a través del estrecho del cabo Lindesnes y luego llegó a los mares del Norte. Dos días después no estábamos lejos de la costa de Escocia, en algún lugar cerca de lo que los marineros daneses llaman Peterhead, y luego la *Valkyrie* se estiró directamente hacia las islas Feroe, entre las Orcadas y las Shetland. Nuestra embarcación sintió ahora toda la fuerza de las olas del océano y, al cambiar el viento, llegamos con gran dificultad a las islas Feroe. Al octavo día, el capitán divisó Myganness, la más occidental de las islas, y desde ese momento se dirigió directamente a Portland, un cabo en las costas meridionales de la singular isla a la que nos dirigíamos.

El viaje no ofreció ningún incidente digno de mención. Yo lo llevé muy bien, pero mi tío, para su gran molestia e incluso vergüenza, ¡se mareó notablemente! Este *mal de mer* le preocupaba más porque le impedía interrogar al capitán Bjarne sobre el tema de Sneffels, sobre los medios de comunicación y las facilidades de transporte. Todas estas explicaciones tuvo que posponerlas para el período de su llegada. Mientras tanto, pasaba el tiempo acostado en su cama gimiendo y pensando con ansiedad en la esperada terminación del viaje. No le tuve lástima.

El undécimo día avistamos el cabo Portland, sobre el cual se alzaba el monte Myrdalsjökull, que, estando el tiempo despejado, distinguimos muy fácilmente. El cabo en sí mismo no es más que un enorme monte de granito que se alza desnudo y solo frente a las olas del Atlántico. La *Valkyrie* se mantuvo alejada de la costa, navegando hacia el oeste. Por todos lados se podían ver bancos enteros de ballenas y tiburones. Tras algunas horas, divisamos una roca solitaria en el océano que formaba una potente bóveda, a través de la cual las olas espumosas se precipitaban con intensa furia. Los islotes de Vestmannaeyjar parecían saltar del océano, siendo tan bajos en el agua que apenas se veían hasta que estabas justo encima de ellos. Desde ese momento, la goleta se dirigió hacia el oeste para rodear el cabo Reykjanes, la punta occidental de Islandia.

Mi tío, para su gran disgusto, no pudo ni siquiera arrastrarse hasta la cubierta debido al fuerte oleaje, perdiéndose así la primera vista de la Tierra Prometida. Cuarenta y ocho horas después, tras una tormenta que nos alejó mucho mar adentro con los palos desnudos, volvimos a ver tierra y nos recibió un piloto, quien, tras tres horas de peligrosa navegación, llevó la goleta a salvo a anclar en la bahía de Faxa frente a Reikiavik.

Mi tío salió de su camarote pálido, demacrado, delgado, pero lleno de entusiasmo, con los ojos dilatados de placer y satisfacción. Casi toda la población de la ciudad estaba a pie para vernos aterrizar. El hecho es que casi ninguno de ellos esperaba recibir alguna mercancía por el barco periódico.

El profesor Hardwigg tenía prisa por abandonar su prisión, o mejor dicho, como él la llamaba, su hospital; pero antes de intentar hacerlo, me agarró de la mano, me llevó a la cubierta de popa de la goleta, tomó mi brazo con su mano izquierda y señaló hacia el interior con la derecha, sobre la parte norte de la bahía, donde se alzaba una alta montaña de dos picos: un cono doble cubierto de nieve eterna.

—Contempla —susurró con voz llena de asombro—, ¡contempla el monte Sneffels!

Luego, sin más comentarios, se puso el dedo en los labios, frunció el ceño oscuramente y descendió al pequeño bote que nos esperaba. Yo le seguí y, en pocos minutos, ¡estábamos sobre el suelo de la misteriosa Islandia!

Apenas estuvimos en tierra apareció ante nosotros un hombre de excelente aspecto, vistiendo el traje de un oficial militar. Era, sin embargo, solo un servidor civil, un magistrado, el gobernador de la isla: el barón Trampe. El profesor sabía con quién tenía que tratar. Por lo tanto, le entregó las cartas de Copenhague y siguió una breve conversación en danés, de la cual, por supuesto, yo era un extraño, y por una muy buena razón, ya que no conocía el idioma en el que conversaban. Más tarde escuché, sin embargo, que el barón Trampe se puso totalmente a disposición del profesor Hardwigg.

Mi tío fue recibido muy cortésmente por M. Finsen, el alcalde, quien en cuanto a vestimenta era tan militar como el gobernador, pero también, por carácter y ocupación, tan pacífico como él. En cuanto a su coadjutor, M. Pictursson, estaba ausente en una visita episcopal a la parte norte de la diócesis. Nos vimos, por lo tanto, obligados a posponer el placer de ser presentados a él. Su ausencia fue, sin embargo, más que compensada por la presencia de M. Fridriksson, profesor de ciencias naturales en el colegio de Reikiavik, un hombre de una capacidad inestimable. Este modesto erudito no hablaba más idiomas que el islandés y el latín. Por lo tanto, cuando se dirigió a mí en el lenguaje de Horacio, enseguida llegamos a entendernos. Él fue, de hecho, la única persona a la que entendí plenamente durante todo el período de mi estancia en esta isla sumida en las tinieblas.

De las tres habitaciones de las que se componía su casa, se pusieron dos a nuestro servicio, y en pocas horas estábamos instalados con todo nuestro equipaje, cuya cantidad asombró bastante a los sencillos habitantes de Reikiavik.

—Ahora, Harry —dijo mi tío, frotándose las manos—, todo va bien, la peor dificultad ya ha pasado.

—¿Cómo que la peor dificultad ya ha pasado? —grité con renovado asombro.

—Indudablemente. Aquí estamos en Islandia. No queda más que descender a las entrañas de la tierra.

—Bueno, señor, hasta cierto punto tiene razón. Solo tenemos que bajar, pero, en lo que a mí respecta, esa no es la cuestión. Quiero saber cómo vamos a subir de nuevo.

—Esa es la menor parte del asunto, y de ninguna manera me preocupa. Mientras tanto, no hay una hora que perder. Voy a visitar la biblioteca pública. Es muy probable que encuentre allí algunos manuscritos de mano de Saknussemm. Estaré encantado de consultarlos.

—Mientras tanto —respondí—, daré un paseo por la ciudad. ¿No hará usted lo mismo?

—No siento ningún interés por el tema —dijo mi tío—. Lo que para mí es curioso en esta isla no es lo que está sobre la superficie, sino lo que hay debajo.

Hice una inclinación a modo de respuesta, me puse el sombrero y la capa forrada y salí.

No era fácil perderse en las dos calles de Reikiavik; por lo tanto, no tuve necesidad de preguntar el camino. La ciudad se encuentra en una llanura plana y pantanosa, entre dos colinas. Un vasto campo de lava la bordea por un lado, descendiendo en terrazas hacia el mar. Por otro lado se encuentra la gran bahía de Faxa, bordeada al norte por el enorme glaciar de Sneffels, y en cuya bahía la *Valkyrie* era entonces el único barco anclado. Generalmente había uno o dos cañoneros ingleses o franceses para vigilar y proteger la pesca en alta mar. Sin embargo, ahora estaban ausentes por servicio.

La más larga de las calles de Reikiavik corre paralela a la costa. En esta calle, los comerciantes y mercaderes viven en chozas de madera hechas con vigas de madera, pintadas de rojo: simples chozas de troncos, como las que se encuentran en los confines de América. La otra calle, situada más al oeste, corre hacia un pequeño lago entre las residencias del obispo y los otros personajes no dedicados al comercio.

Pronto había visto todo lo que quería de estas cansadas y lúgubres vías públicas. Aquí y allá había una franja de césped descolorido, como un trozo viejo y desgastado de alfombra de lana; y de vez en cuando un trozo de huerto, en el que crecían patatas, col y lechuga, casi lo suficientemente diminutas como para sugerir la idea de Liliput.

En el centro de la nueva calle comercial, encontré el cementerio público, cerrado por un muro de tierra. Aunque no es muy grande, no parecía probable que se llenara en siglos. Desde allí fui a la casa del gobernador, una simple choza en comparación con la Mansión House de Hamburgo, pero un palacio al lado de las otras casas islandesas. Entre el pequeño lago y la ciudad estaba la iglesia, construida en sencillo estilo protestante y compuesta de piedras calcinadas, arrojadas por la acción volcánica. No tengo la menor duda de que con vientos fuertes sus tejas rojas salían volando, para gran molestia del pastor y la congregación. Sobre una eminencia cercana estaba la escuela nacional, en la que se enseñaba hebreo, inglés, francés y danés.

En tres horas mi recorrido estaba completo. La impresión general en mi mente era de tristeza. Sin árboles, sin vegetación, por así decirlo; por todos lados picos volcánicos; las chozas de turba y tierra, más parecidas a techos que a casas. Gracias al calor de estas residencias, crece hierba en el techo, la cual es cuidadosamente cortada para el heno. Vi pocos habitantes durante mi excursión, pero me encontré con una multitud en la playa, secando, salando y cargando bacalao, el principal artículo de exportación. Los hombres parecían robustos pero pesados; rubios como los alemanes, pero de semblante pensativo; exiliados de un peldaño más alto en la escalera de la humanidad que los esquimales, pero, pensé, mucho más infelices, ya que con percepciones superiores están obligados a vivir dentro de los límites del Círculo Polar.

A veces prorrumpían en una risa convulsiva, pero bajo ningún concepto sonreían. Su vestimenta consiste en un tosco capote de lana negra, conocido en los países escandinavos como «vadmel», un sombrero de ala ancha, pantalones de sarga roja y un trozo de cuero atado con cuerdas a modo de zapato: una especie de mocasín tosco. Las mujeres, aunque de aspecto triste y lúgubre, tenían facciones bastante agradables, sin mucha expresión. Llevan un corpiño y una falda de sombrío vadmel. Cuando son solteras usan un pequeño gorro de punto marrón sobre una corona de cabello trenzado; pero cuando están casadas, se cubren la cabeza con un pañuelo de colores, sobre el cual atan un pañuelo blanco.

CAPÍTULO 7

Conversación y descubrimiento

Cuando regresé, la cena estaba lista. Esta comida fue devorada por mi digno pariente con avidez y voracidad. Su dieta a bordo había convertido su interior en un auténtico abismo. El festín, que era más danés que islandés, no era nada en sí mismo, pero la excesiva hospitalidad de nuestro anfitrión hizo que lo disfrutáramos doblemente.

La conversación giró en torno a asuntos científicos, y el señor Fridriksson le preguntó a mi tío qué pensaba de la biblioteca pública.

—¿Biblioteca, señor? —exclamó mi tío—; me parece una colección de volúmenes sueltos inútiles y una cantidad miserable de estantes vacíos.

—¡Cómo! —exclamó el señor Fridriksson—; ¡si tenemos ocho mil volúmenes de obras rarísimas y valiosas, algunas en lengua escandinava, además de todas las nuevas publicaciones de Copenhague!

—Ocho mil volúmenes, mi querido señor... pero ¿dónde están? —exclamó mi tío.

—Dispersos por todo el país, profesor Hardwigg. Somos muy estudiosos, mi querido señor, aunque vivamos en Islandia. Todo granjero, todo trabajador, todo pescador sabe leer y escribir, y pensamos que los libros, en lugar de estar encerrados en armarios, lejos de la vista de los estudiantes, deben distribuirse lo más ampliamente posible. Por lo tanto, los libros de nuestra biblioteca pasan de mano en mano sin regresar a los estantes de la biblioteca, tal vez durante años.

—Entonces, cuando los extranjeros los visitan, ¿no hay nada para que vean?

—Bueno, señor, los extranjeros tienen sus propias bibliotecas, y nuestra primera consideración es que nuestras clases humildes reciban una educación superior. Afortunadamente, el amor por el estudio es innato en el pueblo islandés. En 1816 fundamos una Sociedad Literaria y un Instituto de Mecánica; muchos eruditos extranjeros de renombre son miembros honorarios; publicamos libros destinados a educar a nuestra gente, y estos libros han prestado valiosos servicios a nuestro país. Permítame tener el honor, profesor Hardwigg, de inscribirlo como miembro honorario.

Mi tío, que ya pertenecía a casi todas las instituciones literarias y científicas de Europa, cedió de inmediato a los amables deseos del buen señor Fridriksson.

—Y ahora —dijo, tras muchas expresiones de gratitud y buena voluntad—, si quiere decirme qué libros esperaba encontrar, tal vez pueda serle de alguna ayuda.

Observé a mi tío con atención. Durante un minuto o dos dudó, como si no quisiera hablar; hablar abiertamente era, tal vez, desvelar sus proyectos. Sin embargo, tras reflexionar, se decidió.

—Bueno, señor Fridriksson —dijo con un aire tranquilo y despreocupado—, deseaba averiguar si, entre otras obras valiosas, tenía alguna del erudito Arne Saknussemm.

—¡Arne Saknussemm! —exclamó el profesor de Reikiavik—; usted habla de uno de los estudiosos más distinguidos del siglo XVI, del gran naturalista, el gran alquimista, el gran viajero.

—Exactamente.

—Uno de los hombres más distinguidos relacionados con la ciencia y la literatura islandesas.

—Como usted dice, señor...

—Un hombre ilustre por encima de todos.

—Sí, señor, todo esto es cierto, pero ¿sus obras?

—No tenemos ninguna.

—¿No las hay en Islandia?

—No hay ninguna en Islandia ni en ninguna otra parte —respondió el otro con tristeza.

—¿Por qué?

—Porque Arne Saknussemm fue perseguido por herejía y, en 1573, sus obras fueron quemadas públicamente en Copenhague por manos del verdugo común.

—¡Muy bien! ¡Excelente! —murmuró mi tío, ante el gran asombro del digno islandés.

—Ha dicho usted, señor...

—Sí, sí, todo está claro, veo el eslabón de la cadena; todo se explica, y ahora entiendo por qué Arne Saknussemm, apartado de la corte, obligado a ocultar sus magníficos descubrimientos, se vio forzado a esconder bajo el velo de un criptograma incomprensible el secreto...

—¿Qué secreto?

—Un secreto... que... —balbuceó mi tío.

—¿Ha descubierto algún manuscrito maravilloso? —exclamó el señor Fridriksson.

—¡No! ¡No, me dejé llevar por mi entusiasmo! Una mera suposición.

—Muy bien, señor. Pero, en realidad, pasando a otro tema, espero que no abandone nuestra isla sin investigar sus riquezas mineralógicas.

—Bueno, el hecho es que voy un poco tarde. Muchos hombres eruditos han estado aquí antes que yo.

—Sí, sí, pero aún queda mucho por hacer —exclamó el señor Fridriksson.

—¿Usted cree? —dijo mi tío, con los ojos brillando de satisfacción oculta.

—Sí, no tiene idea de cuántas montañas, glaciares y volcanes desconocidos quedan por estudiar. Sin movernos de donde estamos sentados, puedo mostrarle uno. Allí, en el borde del horizonte, puede ver el Sneffels.

—Oh, sí, el Sneffels —dijo mi tío.

—Uno de los volcanes más curiosos que existen, cuyo cráter ha sido visitado pocas veces.

—¿Extinto?

—Extinto desde hace quinientos años —fue la respuesta rápida.

—Bueno —dijo mi tío, quien clavó las uñas en su carne y apretó las rodillas con fuerza para evitar saltar de alegría—, tengo muchas ganas de empezar mis estudios con un examen de los misterios geológicos de este monte Seffel... Feisel... ¿cómo lo llama usted?

—Sneffels, mi querido señor.

Esta parte de la conversación tuvo lugar en latín, por lo que entendí todo lo que se había dicho. Apenas pude mantener la compostura cuando vi a mi tío ocultando tan astutamente su deleite y satisfacción. Debo confesar que sus muecas artificiales, puestas para ocultar su felicidad, lo hacían parecer un nuevo Mefistófeles.

—Sí, sí —continuó—, su propuesta me deleita. Intentaré subir a la cumbre del Sneffels y, si es posible, descenderé a su cráter.

—Lamento mucho —continuó el señor Fridriksson— que mi ocupación me impida por completo acompañarlo. Habría sido placentero y provechoso si hubiera podido disponer del tiempo.

—No, no, mil veces no —exclamó mi tío—. No deseo perturbar la serenidad de nadie. Le agradezco, sin embargo, con todo mi corazón. La presencia de alguien tan erudito como usted habría sido, sin duda, muy útil, pero los deberes de su cargo y profesión están por encima de todo.

En la inocencia de su sencillo corazón, nuestro anfitrión no percibió la ironía de estos comentarios.

—Apruebo totalmente su proyecto —continuó el islandés tras algunas observaciones más—. Es una buena idea empezar examinando este volcán. Cosechará un montón de observaciones curiosas. En primer lugar, ¿cómo se propone llegar al Sneffels?

—Por mar. Cruzaré la bahía. Por supuesto, esa es la ruta más rápida.

—Por supuesto. Pero, aun así, no se puede hacer.

—¿Por qué?

—No tenemos un bote disponible en todo Reikiavik —respondió el otro.

—¿Qué se puede hacer?

—Debe ir por tierra a lo largo de la costa. Es más largo, pero mucho más interesante.

—Entonces debo tener un guía.

—Por supuesto; y tengo al hombre indicado para usted.

—Alguien de quien pueda depender.

—Sí, un habitante de la península en la que se encuentra el Sneffels. Es un hombre muy astuto y digno, con quien estará complacido. Habla danés como un danés.

—¿Cuándo puedo verlo? ¿Hoy?

—No, mañana; no estará aquí antes.

—Que sea mañana —respondió mi tío con un profundo suspiro.

La conversación terminó con cumplidos por ambas partes. Durante la cena, mi tío había aprendido mucho sobre la historia de Arne Saknussemm y las razones de su misterioso documento jeroglífico. También se dio cuenta de que su anfitrión no lo acompañaría en su aventurera expedición y que al día siguiente tendríamos un guía.

CAPÍTULO 8

EL CAZADOR DE PLUMÓN DE EIDER: POR FIN EN MARCHA

Aquella noche di un breve paseo por la orilla cerca de Reikiavik, tras lo cual regresé para dormir temprano en mi cama de tablones toscos, donde dormí el sueño de los justos. Cuando desperté, oí a mi tío hablar en voz alta en la habitación contigua. Me levanté apresuradamente y me reuní con él. Estaba hablando en danés con un hombre de elevada estatura y complexión perfectamente hercúlea. Este hombre parecía poseer una gran fuerza. Sus ojos, que sobresalían algo prominentemente de una cabeza muy grande, cuyo rostro era sencillo e ingenuo, parecían muy rápidos e inteligentes. Un cabello muy largo, que incluso en Inglaterra se habría considerado excesivamente rojo, caía sobre sus hombros atléticos. Este nativo de Islandia parecía activo y ágil, aunque apenas movía los brazos, siendo, de hecho, uno de esos hombres que desprecian el hábito de gesticular común a las personas del sur.

Todo en los modales de este hombre revelaba un temperamento tranquilo y flemático. No había nada de indolente en él, pero su aspecto denotaba tranquilidad. Era uno de esos que nunca parecen esperar nada de nadie, a quien le gustaba trabajar cuando lo consideraba oportuno, y cuya filosofía no podía ser sorprendida ni perturbada por nada.

Comencé a comprender su carácter, simplemente por la forma en que escuchaba la verborrea salvaje y apasionada de mi digno tío. Mientras el excelente profesor pronunciaba frase tras frase, él permanecía con los brazos cruzados, totalmente quieto, inmóvil ante todos los aspavientos de mi tío. Cuando quería decir «no», movía la cabeza de izquierda a derecha; cuando asentía, inclinaba la cabeza tan levemente que apenas se podía ver el movimiento. Esta economía de movimiento llegaba al extremo de la avaricia.

A juzgar por su aspecto, habría pasado mucho tiempo antes de sospechar que era lo que era: un gran cazador. Ciertamente, sus modales no eran los más indicados para asustar a la presa. ¿Cómo, entonces, se las arreglaba para llegar a ella?

Mi sorpresa se vio ligeramente modificada al saber que este personaje tranquilo y solemne era solo un cazador de patos eider, cuyo plumón es, después de todo, la mayor fuente de riqueza de los islandeses.

A principios del verano, la hembra del eider, una especie de pato muy bonito, construye su nido entre las rocas de los fiordos —nombre que se da a todos los golfos estrechos de los países escandinavos— con los que está dentada cada parte de la isla. Tan pronto como el pato eider ha hecho su nido, lo forra por dentro con el plumón más suave de su pecho. Entonces llega el cazador o comerciante, se lleva el nido, la pobre hembra desconsolada comienza su tarea de nuevo, y esto continúa mientras se pueda encontrar plumón de eider.

Cuando ya no puede encontrar más, el macho se pone manos a la obra para ver qué puede hacer. Como, sin embargo, su plumón no es tan suave y, por tanto, no tiene valor comercial, el cazador no se toma la molestia de robarle el forro del nido. El nido se termina, se ponen los huevos, nacen las crías y al año siguiente se vuelve a recolectar la cosecha de plumón de eider.

Ahora bien, como el pato eider nunca elige rocas escarpadas o laderas para construir su nido, sino más bien acantilados bajos e inclinados cerca del mar, el cazador islandés puede llevar a cabo sus operaciones comerciales sin mucha dificultad. Es como un granjero que no tiene que arar, ni sembrar, ni rastrillar, solo recoger su cosecha.

Este hombre grave, sentencioso y silencioso, tan flemático como un inglés en una obra de teatro francesa, se llamaba Hans Bjelke. Nos había visitado por recomendación del señor Fridriksson. Era, de hecho, nuestro futuro guía. Me llamó la atención que, aunque hubiera buscado en todo el mundo, no podría haber encontrado una mayor contradicción para mi impulsivo tío.

Ellos, sin embargo, se entendieron fácilmente. Ninguno de los dos tenía pensamientos sobre el dinero; uno estaba dispuesto a tomar todo lo que se le ofreciera, el otro dispuesto a ofrecer todo lo que se le pidiera. Se puede concebir, pues, que pronto llegaran a un entendimiento.

Ahora bien, el entendimiento era que él nos llevaría al pueblo de Stapi, situado en la ladera sur de la península de Sneffels, al pie mismo del volcán. Hans, el guía, nos dijo que la distancia era de unas veintidós millas, un viaje que mi tío supuso que llevaría unos dos días.

Pero cuando mi tío llegó a comprender que eran millas danesas, de ocho mil yardas cada una, se vio obligado a moderar sus ideas y, teniendo en cuenta los horribles caminos que debíamos seguir, a dejar pasar ocho o diez días para el viaje.

Se prepararon cuatro caballos para nosotros, dos para llevar el equipaje y dos para soportar el importante peso de mi tío y el mío. Hans declaró que nada del mundo le haría subir al lomo de ningún animal. Conocía cada centímetro de esa parte de la costa y prometió llevarnos por el camino más corto.

Su contrato con mi tío no terminaría de ninguna manera con nuestra llegada a Stapi; debía permanecer a su servicio durante todo el tiempo necesario para completar sus investigaciones científicas, con un salario fijo de tres rigsdalers a la semana, que son exactamente catorce chelines y dos peniques, menos un cuarto, en moneda inglesa. Sin embargo, el guía impuso una condición: el dinero debía pagársele cada sábado por la noche; de lo contrario, su contrato quedaba anulado.

Se fijó el día de nuestra partida. Mi tío quiso darle un adelanto al cazador de plumón de eider, pero este se negó con una sola palabra enfática:

—Efter.

Que, traducido del islandés al inglés sencillo, significa «después».

Concluido el tratado, nuestro digno guía se retiró sin una palabra más.

—Un tipo espléndido —dijo mi tío—; solo que poco sospecha el papel maravilloso que está a punto de desempeñar en la historia del mundo.

—¿Quiere decir, entonces —exclamé con asombro—, que nos acompañará?

—Al interior de la tierra, sí —respondió mi tío—. ¿Por qué no?

Aún faltaban cuarenta y ocho horas para nuestra partida definitiva. Para mi gran pesar, todo nuestro tiempo se dedicó a hacer los preparativos para nuestro viaje. Toda nuestra industria y habilidad se dedicaron a empacar cada objeto de la manera más ventajosa: los instrumentos por un lado, las armas por otro, las herramientas aquí y las provisiones allá. Había, de hecho, cuatro grupos distintos.

Los instrumentos eran, por supuesto, de la mejor fabricación:

1. Un termómetro centígrado de Eigel, que contaba hasta 150 grados, lo cual a mí no me pareció ni la mitad de suficiente ni demasiado. Demasiado caliente si el grado de calor debía ascender tan alto —en cuyo caso sin duda nos asaríamos—, y no lo suficiente si queríamos determinar la temperatura exacta de los manantiales o del metal en estado de fusión.

2. Un manómetro accionado por aire comprimido, un instrumento utilizado para determinar la presión atmosférica superior al nivel del océano. Quizás un barómetro común no habría funcionado tan bien, ya que es probable que la presión atmosférica aumentara en proporción a medida que descendíamos por debajo de la superficie de la tierra.

3. Un cronómetro de primera clase fabricado por Boissonnas, de Ginebra, ajustado al meridiano de Hamburgo, desde el cual los alemanes calculan, al igual que los ingleses desde Greenwich y los franceses desde París.

4. Dos brújulas, una para la orientación horizontal y otra para determinar la inclinación.

5. Un anteojo nocturno.

6. Dos bobinas de Ruhmkorff que, mediante una corriente eléctrica, nos asegurarían un medio excelente, fácil de transportar y seguro para obtener luz.

7. Una batería voltaica de reciente invención.[1]

[1] Termómetro (<i>thermos</i> y <i>metron</i>, medida): instrumento para medir la temperatura del aire. —Manómetro (<i>manos</i> y <i>metron</i>, medida): instrumento para mostrar la densidad o rareza de los gases. —Cronómetro (<i>chronos</i>, tiempo, y <i>metros</i>, medida): un medidor de tiempo o reloj superior. —Bobina de Ruhmkorff: instrumento para producir corrientes de electricidad inducida de gran intensidad. Consiste en una bobina de hilo de cobre, aislada al estar cubierta de seda, rodeada por otra bobina de hilo fino, también aislado, en la que se induce una corriente momentánea cuando se hace pasar una corriente a través de la bobina interna desde una batería voltaica. Cuando el aparato está en funcionamiento, el gas se vuelve luminoso y produce una luz blanca y continua. La batería y el cable se llevan en una bolsa de cuero que el viajero se sujeta con una correa a los hombros. La linterna está en la parte delantera y permite al caminante perdido en la oscuridad ver incluso en la oscuridad más profunda. Puede aventurarse sin miedo a una explosión en medio de los gases más inflamables, y la linterna arderá incluso bajo las aguas más profundas. H. D. Ruhmkorff, un químico hábil y erudito, descubrió la bobina de inducción. En 1864 ganó el premio quinquenal francés de 2.000 libras esterlinas por esta ingeniosa aplicación de la electricidad. —Batería voltaica: llamada así por Volta, su diseñador, es un aparato que consiste en una serie de placas metálicas dispuestas en pares y sometidas a la acción de soluciones salinas para producir corrientes de electricidad.

Nuestras armas consistían en dos rifles y dos revólveres de seis tiros. Por qué se proporcionaron estas armas, me era imposible decirlo. Tenía todas las razones para creer que no teníamos que temer ni bestias salvajes ni nativos salvajes. Mi tío, por otro lado, estaba tan dedicado a su arsenal como a su colección de instrumentos y, sobre todo, era muy cuidadoso con su provisión de algodón fulminante o algodón pólvora, garantizado para conservarse en cualquier clima y cuya fuerza expansiva se sabía que era mayor que la de la pólvora ordinaria.

Nuestras herramientas consistían en dos picos, dos palancas, una escalera de seda, tres bastones alpinos con punta de hierro, un hacha, un martillo, una docena de cuñas, algunos trozos de hierro puntiagudos y una cantidad de cuerda fuerte. ¡Puede imaginarse que todo ello formaba un paquete considerable, especialmente cuando menciono que la escalera en sí medía trescientos pies de largo!

Luego vino la importante cuestión de las provisiones. La cesta no era muy grande, pero sí bastante satisfactoria, pues sabía que en esencia concentrada de carne y galletas había suficiente para seis meses. El único líquido proporcionado por mi tío era ginebra Schiedam. De agua, ni una gota. Teníamos, sin embargo, una amplia provisión de calabazas, y mi tío contaba con encontrar agua, y suficiente para llenarlas, tan pronto como comenzáramos nuestro viaje hacia abajo. Mis comentarios sobre la temperatura, la calidad e incluso la posibilidad de no encontrar ninguna, permanecieron totalmente sin efecto.

Para completar la lista exacta de nuestro equipo de viaje —para orientación de futuros viajeros—, añada que llevábamos un botiquín médico y quirúrgico con todos los aparatos necesarios para heridas, fracturas y golpes; vendas, tijeras, lancetas —de hecho, una colección perfecta de instrumentos de aspecto horrible—; una cantidad de viales que contenían amoníaco, alcohol, éter, agua de Goulard, vinagre aromático; de hecho, todas las drogas posibles e imposibles; ¡finalmente, todos los materiales para manejar la bobina de Ruhmkorff!

Mi tío también había tenido cuidado de almacenar una buena provisión de tabaco, varios frascos de pólvora muy fina, cajas de yesca, además de un cinturón grande repleto de billetes y oro. En la caja de herramientas se encontraban seis pares de botas buenas y resistentes al agua.

—Hijo mío, con tal ropa, con tales botas y tal equipo general —dijo mi tío, en un estado de deleite arrebatador—, podemos esperar viajar lejos.

Llevó todo un día poner todos estos asuntos en orden. Por la noche cenamos con el barón Trampe, en compañía del alcalde de Reikiavik y el doctor Hyaltalin, el gran médico de Islandia. El señor Fridriksson no estuvo presente, y más tarde lamenté saber que él y el gobernador no estaban de acuerdo en algunos asuntos relacionados con la administración de la isla. Desafortunadamente, la consecuencia fue que no entendí ni una palabra de lo que se dijo durante la cena: una especie de recepción semioficial. Una cosa puedo decir: mi tío nunca dejó de hablar.

Al día siguiente nuestro trabajo llegó a su fin. Nuestro digno anfitrión deleitó a mi tío, el profesor Hardwigg, dándole un buen mapa de Islandia, un documento muy importante y precioso para un mineralogista.

Nuestra última noche la pasamos en una larga conversación con el señor Fridriksson, a quien apreciaba mucho, más aún porque nunca esperaba volver a verlo a él ni a nadie más. Después de esta agradable forma de pasar una hora más o menos, intenté dormir. En vano; a excepción de unas pocas cabezadas, mi noche fue miserable.

A las cinco de la mañana me despertó de la única media hora de sueño verdadero de toda la noche el fuerte relincho de los caballos bajo mi ventana. Me vestí apresuradamente y bajé a la calle. Hans estaba ocupado dando los últimos toques a nuestro equipaje, lo cual hacía de una manera silenciosa y tranquila que se ganó mi admiración, y sin embargo lo hacía admirablemente bien. Mi tío desperdició una gran cantidad de aliento dándole instrucciones, pero el digno Hans no prestó la menor atención a sus palabras.

A las seis de la mañana todos nuestros preparativos estaban terminados, y el señor Fridriksson nos estrechó la mano cordialmente. Mi tío le agradeció calurosamente, en lengua islandesa, su amable hospitalidad, hablando verdaderamente desde el corazón.

En cuanto a mí, reuní algunas de mis mejores frases latinas y le dediqué los mayores cumplidos que pude. Cumplido este deber fraternal y amistoso, salimos y montamos en nuestros caballos.

Tan pronto como estuvimos listos, el señor Fridriksson se adelantó y, a modo de despedida, me llamó citando a Virgilio, palabras que parecían haber sido hechas para nosotros, viajeros que partían hacia un destino incierto:

"Et quacunque viam dederit fortuna sequamur."

("¡Y sea cual sea el camino que la fortuna nos depare, sigámoslo!")

CAPÍTULO 9

NUESTRA PARTIDA: ENCONTRAMOS AVENTURAS EN EL CAMINO

El tiempo estaba nublado pero estable cuando comenzamos nuestro aventurado y peligroso viaje. No teníamos que temer ni el calor sofocante ni la lluvia torrencial. Era, de hecho, un tiempo de verdadero turista.

Como no había nada que me gustara más que montar a caballo, el placer de cabalgar por un país desconocido hizo que la primera parte de nuestra empresa me resultara particularmente agradable.

Empecé a disfrutar del deleite estimulante de viajar, una vida de deseo, gratificación y libertad. La verdad es que mi ánimo se elevó tan rápidamente que empecé a mostrarme indiferente a lo que antes me había parecido un viaje terrible.

"Después de todo", me dije, "¿qué arriesgo? Simplemente hacer un viaje a través de un país curioso, escalar una montaña notable y, en el peor de los casos, descender al cráter de un volcán extinguido".

No cabía duda de que eso era todo lo que había hecho aquel terrible Saknussemm. En cuanto a la existencia de una galería, o de pasajes subterráneos que condujeran al interior de la tierra, la idea era simplemente absurda, la alucinación de una imaginación perturbada. Todo lo que se me pueda exigir, pues, lo haré alegremente y sin crear dificultades.

Fue justo antes de salir de Reikiavik cuando tomé esta decisión.

Hans, nuestro extraordinario guía, iba delante, caminando con un paso firme, rápido e invariable. Nuestros dos caballos con el equipaje nos seguían por voluntad propia, sin necesidad de látigo ni espuela. Mi tío y yo íbamos detrás, dando una figura bastante aceptable sobre nuestros pequeños pero vigorosos animales.

Islandia es una de las islas más grandes de Europa. Contiene treinta mil millas cuadradas de superficie y tiene unos setenta mil habitantes. Los geógrafos la han dividido en cuatro partes, y nosotros teníamos que cruzar el cuarto suroeste que, en lengua vernácula, se llama Sudvestr Fjordungr.

Hans, al partir de Reikiavik, había seguido la línea del mar. Tomamos nuestro camino a través de prados pobres y escasos, que hacían un esfuerzo desesperado cada año por mostrar un poco de verde. Muy rara vez logran un buen despliegue de amarillo.

Las cumbres escarpadas de las colinas rocosas eran apenas visibles en el borde del horizonte, a través de las brumas; de vez en cuando, algunos copos pesados de nieve se mostraban conspicuos bajo la luz de la mañana, mientras ciertas rocas elevadas y puntiagudas se perdían primero en las nubes bajas y grises, con sus cumbres claramente visibles por encima, como arrecifes dentados que emergen de un mar turbulento.

De vez en cuando, un espolón de roca descendía a través del suelo árido, dejándonos apenas espacio para pasar. Nuestros caballos, sin embargo, parecían no solo bien familiarizados con el país, sino que, por una especie de instinto, sabían cuál era el mejor camino. Mi tío ni siquiera tuvo la satisfacción de apresurar a su corcel con látigo, espuela o voz. Era totalmente inútil mostrar cualquier signo de impaciencia. No pude evitar sonreír al verlo tan grande sobre su pequeño caballo; sus largas piernas tocando de vez en cuando el suelo lo hacían parecer un centauro de seis patas.

"Buen animal, buen animal", gritaba. "Le aseguro que empiezo a pensar que ningún animal es más inteligente que un caballo islandés. Nieve, tempestad, caminos impracticables, rocas, icebergs... nada lo detiene. Es valiente; es sobrio; es seguro; nunca da un paso en falso; nunca se desliza ni se sale de su camino. Me atrevo a decir que, si hay que cruzar algún río o fiordo —y no me cabe duda de que habrá muchos—, lo verá entrar en el agua sin dudarlo, como un animal anfibio, y llegar a la otra orilla a salvo. No debemos, sin embargo, intentar apresurarlo; debemos dejar que siga su propio criterio, y me comprometo a decir que entre los dos haremos nuestras diez leguas diarias".

"Podríamos hacerlo", fue mi respuesta, "¿pero qué hay de nuestro digno guía?"

"No siento la menor ansiedad por él: esa clase de gente sigue adelante sin saber siquiera lo que hace. Mire a Hans. Se mueve tan poco que es imposible que se fatigue. Además, si se quejara de cansancio, podría prestarle mi caballo. Yo sufriría un violento ataque de calambre si no hiciera algún tipo de ejercicio. Mis brazos están bien, pero mis piernas se están poniendo un poco rígidas".

Mientras tanto, avanzábamos a paso rápido. El país al que habíamos llegado era ya casi un desierto. Aquí y allá se podía ver alguna granja aislada, algún bur solitario, o casa islandesa, construida de madera, tierra y fragmentos de lava, que parecían mendigos en el camino de la vida. Estas chozas miserables despertaban en nosotros tal lástima que nos sentíamos casi dispuestos a dejar limosna en cada puerta. En este país no hay carreteras, los caminos son casi desconocidos y la vegetación, por pobre que fuera, y por muy lentamente que alcanzara su plenitud, borraba pronto todo rastro de los pocos viajeros que pasaban de un lugar a otro.

Sin embargo, esta división de la provincia, situada a solo unas pocas millas de la capital, es considerada una de las mejor cultivadas y más densamente pobladas de toda Islandia. ¿Cuál debe ser, entonces, el estado de las partes menos conocidas y más distantes de la isla? Tras recorrer exactamente media milla danesa, no habíamos encontrado ni a un granjero en la puerta de su choza, ni siquiera a un pastor errante con su rebaño salvaje y feroz.

Solo ocasionalmente se veían algunas vacas y ovejas extraviadas. ¿Qué podemos esperar, pues, cuando lleguemos a las regiones elevadas, a los distritos rotos y endurecidos por erupciones volcánicas y conmociones subterráneas?

Ya lo aprenderíamos a su debido tiempo. Vi, sin embargo, consultando el mapa, que evitábamos gran parte de este país escabroso siguiendo las sinuosas y desoladas costas del mar. En realidad, el gran movimiento volcánico de la isla, y todos los fenómenos que lo acompañan, están concentrados en el interior de la misma; allí, las capas o estratos horizontales de rocas, apilados unos sobre otros, las erupciones de origen basáltico y las corrientes de lava han dado a este país una especie de reputación sobrenatural.

Poco esperaba yo, sin embargo, el espectáculo que nos aguardaba cuando llegáramos a la península de Sneffels, donde las aglomeraciones de las ruinas de la naturaleza forman una especie de caos terrible.

Unas dos horas o más después de haber dejado la ciudad de Reikiavik, llegamos al pequeño pueblo llamado Aoalkirkja, o la iglesia principal. Consiste simplemente en unas pocas casas, no lo que en Inglaterra o Alemania llamaríamos una aldea.

Hans se detuvo aquí media hora. Compartió nuestro frugal desayuno, respondió "sí" y "no" a las preguntas de mi tío sobre la naturaleza del camino, y al final, cuando se le preguntó dónde pasaríamos la noche, fue tan lacónico como siempre.

"¡Gardar!", fue su respuesta de una sola palabra.

Aproveché la ocasión para consultar el mapa y ver dónde se podía encontrar Gardar. Tras mirar con atención, encontré un pequeño pueblo de ese nombre en las orillas del Hvalfjord, a unas cuatro millas de Reikiavik. Se lo señalé a mi tío, quien hizo una mueca muy enérgica.

"¿Solo cuatro millas de veintidós? Pero si eso es solo un pequeño paseo".

Estaba a punto de hacer alguna observación enérgica al guía, pero Hans, sin prestarle la menor atención, se puso frente a los caballos y caminó hacia adelante con la misma flema imperturbable que siempre había mostrado.

Tres horas más tarde, siguiendo por aquellas praderas arenosas y aparentemente interminables, nos vimos obligados a rodear el Kollafjord, un atajo más fácil y corto que cruzar los golfos. Poco después entramos en un lugar de jurisdicción comunal llamado Ejulberg, cuyo reloj habría dado las doce en aquel momento si alguna iglesia islandesa hubiera sido lo suficientemente rica como para poseer un artículo tan valioso y útil. Estos edificios sagrados son, sin embargo, muy parecidos a esta gente, que prescinde de los relojes y nunca los echa de menos.

Aquí se permitió a los caballos tomar algo de descanso y refrigerio; luego, siguiendo una estrecha franja de costa entre altas rocas y el mar, nos llevaron sin más paradas al Aoalkirkja de Brantar, y tras otra milla al Saurboer Annexia, una capilla de ayuda, situada en la orilla sur del Hvalfjord.

Eran las cuatro de la tarde y habíamos recorrido cuatro millas danesas, equivalentes a unas veinte inglesas.

El fiordo tenía en aquel lugar cerca de media milla de ancho. Las olas, arrolladoras y quebradas, rompían contra las rocas puntiagudas; el golfo estaba rodeado por muros rocosos: un poderoso acantilado de tres mil pies de altura, notable por sus estratos marrones, separados aquí y allá por lechos de toba de tono rojizo. Ahora bien, cualquiera que fuera la inteligencia de nuestros caballos, no tenía la menor confianza en ellos como medio para cruzar un brazo de mar tormentoso. Cabalgar sobre agua salada a lomos de un caballito me parecía absurdo.

"Si son realmente inteligentes", me dije, "ciertamente no intentarán hacerlo. En cualquier caso, confiaré más en mi propia inteligencia que en la suya".

Pero mi tío no estaba de humor para esperar. Clavó los talones en los ijares de su corcel y se dirigió a la orilla. Su caballo llegó hasta el mismo borde del agua, olfateó la ola que se acercaba y retrocedió.

Mi tío, que era, a decir verdad, tan obstinado como la bestia que montaba, insistió en que avanzara como se deseaba. Este intento fue seguido por una nueva negativa por parte del caballo, que sacudió la cabeza tranquilamente. Esta demostración de rebelión fue seguida por una descarga de palabras y una enérgica aplicación de látigo; seguida también por coces del caballo, que levantó la cabeza y las patas traseras intentando tirar a su jinete. Finalmente, el robusto caballito, separando las patas en una postura rígida y ridícula, se escabulló de debajo de las piernas del profesor y lo dejó de pie, con cada pie sobre una piedra distinta, como el Coloso de Rodas.

"¡Animal miserable!", gritó mi tío, transformado de repente en peatón, tan enfadado y avergonzado como un oficial de caballería desmontado en el campo de batalla.

"Farja", dijo el guía, dándole una palmada familiar en el hombro.

"¿Qué, un bote de transbordador?"

"Der", respondió Hans, señalando hacia donde estaba el bote en cuestión: "allí".

"Bueno", grité, bastante encantado con la información; "así es".

"¿Por qué no lo dijo antes?", gritó mi tío; "¿por qué no empezar de una vez?"

"Tidvatten", dijo el guía.

"¿Qué dice?", pregunté, bastante desconcertado por el retraso y el diálogo.

"Dice marea", respondió mi tío, traduciendo la palabra danesa para mi información.

"Por supuesto, lo entiendo: debemos esperar a que la marea sea favorable".

"¿For bida?", preguntó mi tío.

"Ja", respondió Hans.

Mi tío frunció el ceño, pisoteó el suelo y luego siguió a los caballos hasta donde estaba el bote.

Entendí y aprecié perfectamente la necesidad de esperar, antes de cruzar el fiordo, aquel momento en que el mar, en su punto más alto, se encuentra en estado de calma. Como entonces no se siente ni el reflujo ni el flujo, el bote de transbordador no corría peligro de ser arrastrado mar adentro o estrellado contra la costa rocosa.

El momento favorable no llegó hasta las seis de la tarde. Entonces mi tío, yo, el guía, dos barqueros y los cuatro caballos subimos a un bote de fondo plano muy incómodo. Acostumbrado como estaba a los ferris de vapor del Elba, encontré los largos remos de los barqueros un medio de locomoción bastante pobre. Tardamos más de una hora en cruzar el fiordo, pero finalmente el paso concluyó sin accidentes.

Media hora más tarde llegamos a Gardar.

CAPÍTULO 10

VIAJANDO EN ISLANDIA

Uno habría pensado que debería haber sido de noche, incluso en el paralelo sesenta y cinco de latitud; pero la iluminación nocturna no me sorprendió. Pues en Islandia, durante los meses de junio y julio, el sol nunca se pone.

La temperatura, sin embargo, era mucho más baja de lo que esperaba. Tenía frío, pero ni siquiera eso me afectaba tanto como un hambre voraz. Fue, por tanto, muy bienvenida la choza que nos abrió hospitalariamente sus puertas.

Era simplemente la casa de un campesino, pero en materia de hospitalidad, era digna de ser el palacio de un rey. Mientras bajábamos a la puerta, el dueño de la casa se adelantó, nos tendió la mano y, sin más ceremonia, nos hizo señas para que lo siguiéramos.

Lo seguimos, pues acompañarlo era imposible. Un pasillo largo, estrecho y sombrío conducía al interior de esta habitación, hecha de vigas escuadradas toscamente con el hacha. Este pasillo daba acceso a cada habitación. Las cámaras eran cuatro: la cocina, el taller donde se realizaba el tejido, la cámara común para dormir de la familia y la mejor habitación, a la que se invitaba especialmente a los extranjeros. Mi tío, cuya elevada estatura no había sido tenida en cuenta cuando se construyó la casa, se las arregló para golpearse la cabeza contra las vigas del techo.

Fuimos introducidos en nuestra habitación, una especie de cuarto grande con un suelo de tierra dura, iluminado por una ventana cuyos cristales estaban hechos de una especie de pergamino procedente de los intestinos de oveja, muy lejos de ser transparente.

La cama estaba compuesta por heno seco arrojado dentro de dos largas cajas rojas de madera, ornamentadas con frases pintadas en islandés. Realmente no tenía idea de que estaríamos tan cómodos. Había un inconveniente en la casa, y era el olor muy fuerte a pescado seco, a carne macerada y a leche agria, fragancias que, combinadas, no se ajustaban en absoluto a mis nervios olfativos.

Tan pronto como nos deshicimos de nuestro pesado traje de viaje, se escuchó la voz de nuestro anfitrión llamándonos a la cocina, la única habitación en la que los islandeses hacen fuego, sin importar el frío que haga.

Mi tío, nada reacio, se apresuró a obedecer esta hospitalaria y amistosa invitación. Yo lo seguí.

La chimenea de la cocina estaba hecha según un modelo antiguo. Una gran piedra situada en el centro de la habitación era el hogar; arriba, en el techo, había un agujero para que pasara el humo. Este apartamento era cocina, sala de estar y comedor, todo en uno.

A nuestra entrada, nuestro digno anfitrión, como si no nos hubiera visto antes, se adelantó ceremoniosamente, pronunció una palabra que significa "sed felices" y luego nos besó a ambos en la mejilla.

Su esposa lo siguió, pronunció la misma palabra con la misma ceremonia, y luego el marido y la mujer, colocando sus manos derechas sobre sus corazones, se inclinaron profundamente.

Esta excelente mujer islandesa era madre de diecinueve hijos, quienes, pequeños y grandes, rodaban, gateaban y caminaban en medio de volúmenes de humo que surgían de la chimenea angular en el centro de la habitación. De vez en cuando podía ver una cabeza blanca y fresca, y una expresión de semblante ligeramente melancólica, mirándome a través del vapor.

Tanto mi tío como yo, sin embargo, fuimos muy amigables con todo el grupo y, antes de darnos cuenta, teníamos tres o cuatro de estos pequeños sobre nuestros hombros, otros tantos sobre nuestras cajas y el resto colgando de nuestras piernas. Los que podían hablar seguían gritando "saellvertu" en todos los tonos posibles e imposibles. Los que no hablaban solo hacían más ruido.

Este concierto fue interrumpido por el anuncio de la cena. En este momento, nuestro digno guía, el cazador de patos eider, entró después de ocuparse de la alimentación y el establo de los caballos, lo cual consistía en dejarlos sueltos para que pastaran en el verde atrofiado de las praderas islandesas. Había poco para que comieran, salvo musgo y algo de hierba muy seca y poco nutritiva; al día siguiente estaban listos ante la puerta, mucho antes que nosotros.

"Bienvenidos", dijo Hans.

Luego, tranquilamente, con el aire de un autómata, sin más expresión en un beso que en otro, abrazó al anfitrión, a la anfitriona y a sus diecinueve hijos.

Concluida esta ceremonia para satisfacción de todas las partes, nos sentamos todos a la mesa, es decir, veinticuatro, un poco apretados. Los que estaban mejor acomodados solo tenían a dos juveniles en sus rodillas.

Sin embargo, tan pronto como la inevitable sopa fue colocada sobre la mesa, la taciturnidad natural, común incluso en los bebés islandeses, prevaleció sobre todo lo demás. Nuestro anfitrión llenó nuestros platos con una porción de sopa de liquen de musgo de Islandia, de sabor nada desagradable, y un trozo enorme de pescado flotando en mantequilla agria. Después de eso vino algo de skyr, una especie de cuajada con suero, servida con galletas y jugo de bayas de enebro. Para beber, teníamos blanda, leche desnatada con agua. Estaba hambriento, tan hambriento que, a modo de postre, terminé con un tazón de gachas de avena espesas.

Tan pronto como terminó la comida, los niños desaparecieron, mientras que los adultos se sentaron alrededor del hogar, sobre el cual se colocó turba, brezo, estiércol de vaca y espinas de pescado seco. Tan pronto como todos estuvieron suficientemente calientes, se produjo una dispersión general y todos se retiraron a sus respectivos lechos. Nuestra anfitriona se ofreció a quitarnos las medias y los pantalones, según la costumbre del país, pero como declinamos gentilmente ser honrados de tal manera, nos dejó en nuestro lecho de forraje seco.

Al día siguiente, a las cinco de la mañana, nos despedimos de estos hospitalarios campesinos. Mi tío tuvo grandes dificultades para hacerles aceptar una remuneración suficiente y adecuada.

Hans dio entonces la señal de partida.

Apenas nos habíamos alejado cien yardas de Gardar cuando el carácter del país cambió. El suelo comenzó a ser pantanoso y cenagoso, menos favorable para el progreso. A la derecha, la cadena de montañas se prolongaba indefinidamente como un gran sistema de fortificaciones naturales, de las cuales bordeábamos el glacis. Nos encontramos con numerosos arroyos y riachuelos que era necesario vadear, y eso sin mojar nuestro equipaje. A medida que avanzábamos, el aspecto desierto aumentaba, y sin embargo, de vez en cuando, podíamos ver sombras humanas que se desvanecían en la distancia. Cuando un giro repentino del camino nos puso al alcance de uno de estos espectros, sentí un impulso repentino de disgusto al ver una cabeza hinchada, con la piel brillante, totalmente sin pelo, y cuyas heridas repulsivas y repugnantes se podían ver a través de sus harapos. Los infelices nunca se adelantaban a pedir limosna; al contrario, huían; no tan rápido, sin embargo, como para que Hans no pudiera saludarlos con el universal "saellvertu".

"Spetelsk", dijo él.

"Un leproso", explicó mi tío.

El solo sonido de tal palabra causaba una sensación de repulsión. La horrible aflicción conocida como lepra, que casi ha desaparecido ante los efectos de la ciencia moderna, es común en Islandia. No es contagiosa, pero sí hereditaria, por lo que el matrimonio está estrictamente prohibido a estas desafortunadas criaturas.

Estos pobres leprosos no tendían a animar nuestro viaje, cuya escena era indescriptiblemente triste y solitaria. Los últimos mechones de vegetación herbácea parecían morir a nuestros pies. No se veía un solo árbol, a excepción de unos pocos sauces achaparrados, más o menos del tamaño de arbustos de zarzamora. De vez en cuando observábamos a un halcón elevarse en el aire gris y brumoso, emprendiendo su vuelo hacia regiones más cálidas y soleadas. No pude evitar sentir que una sensación de melancolía se apoderaba de mí. Suspiré por mi propia tierra natal y deseé estar de vuelta con Gretchen.

Nos vimos obligados a cruzar varios pequeños fiordos y, al final, llegamos a un verdadero golfo. La marea estaba en su punto más alto y pudimos cruzar de inmediato para llegar a la aldea de Alftanes, aproximadamente una milla más allá.

Esa tarde, tras vadear el Alfa y el Heta, dos ríos ricos en truchas y lucios, nos vimos obligados a pasar la noche en una casa desierta, digna de estar encantada por todas las hadas de la mitología escandinava. El Rey del Frío había fijado allí su residencia y nos hizo sentir su presencia durante toda la noche.

El día siguiente fue notable por su falta de incidentes particulares. Siempre el mismo suelo húmedo y pantanoso; la misma lúgubre uniformidad; el mismo aspecto triste y monótono del paisaje. Al atardecer, habiendo completado la mitad de nuestro viaje proyectado, dormimos en el anexo de Krosolbt.

Durante una milla entera no tuvimos bajo nuestros pies más que lava. Esta disposición del suelo se llama *hraun*; la lava desmoronada en la superficie era en algunos casos como cables de barco extendidos horizontalmente, y en otros, enrollada en montones; un inmenso campo de lava provenía de las montañas vecinas, todos volcanes extintos, pero cuyos restos mostraban lo que alguna vez fueron. Aquí y allá se podía distinguir el vapor de fuentes de agua caliente.

No hubo tiempo, sin embargo, para que echáramos más que un vistazo superficial a estos fenómenos. Teníamos que avanzar con toda la velocidad posible. Pronto, el suelo blando y pantanoso volvió a aparecer bajo las patas de nuestros caballos, mientras que cada cien yardas nos encontrábamos con uno o más lagos pequeños. Nuestro viaje era ahora en dirección oeste; de hecho, habíamos bordeado la gran bahía de Faxa, y las gemelas cumbres blancas del Sneffels se alzaban hacia las nubes a una distancia de menos de cinco millas.

Los caballos avanzaban ahora rápidamente. Los accidentes y dificultades del terreno ya no los detenían. Confieso que la fatiga comenzó a afectarme severamente; pero mi tío estaba tan firme y duro como lo había estado el primer día. No pude evitar admirar tanto al excelente profesor como al digno guía; ¡pues parecían considerar esta accidentada expedición como un simple paseo!

El sábado, 20 de junio, a las seis de la tarde, llegamos a Budir, una pequeña ciudad pintorescamente situada a orillas del océano; y allí el guía pidió su dinero. Mi tío liquidó con él inmediatamente. Fue la familia misma de Hans, es decir, sus tíos, sus primos hermanos, quienes nos ofrecieron hospitalidad. Fuimos recibidos extraordinariamente bien y, sin aprovecharme demasiado de la bondad de estas dignas personas, me habría gustado mucho descansar con ellos tras las fatigas del viaje. Pero mi tío, que no necesitaba descanso, no tenía idea de nada parecido; y a pesar del hecho de que el día siguiente era domingo, me vi obligado una vez más a montar mi corcel.

El suelo estaba nuevamente afectado por la vecindad de las montañas, cuyo granito se asomaba por el suelo como las copas de un viejo roble. Estábamos bordeando la enorme base del poderoso volcán. Mi tío nunca le quitó los ojos de encima; no podía dejar de gesticular y de mirarlo con una especie de hosco desafío, como queriendo decir: "Ese es el gigante que he decidido conquistar".

Después de cuatro horas de viaje constante, los caballos se detuvieron por sí mismos ante la puerta de la rectoría de Stapi.

CAPÍTULO 11

LLEGAMOS AL MONTE SNEFFELS—LOS "REYKIR"

Stapi es una ciudad que consiste en treinta chozas, construidas en una gran llanura de lava, expuesta a los rayos del sol reflejados desde el volcán. Extiende sus humildes viviendas a lo largo del extremo de un pequeño fiordo, rodeado por una muralla basáltica del carácter más singular.

El basalto es una roca parda de origen ígneo. Asume formas regulares que asombran por su singular apariencia. Aquí encontramos a la Naturaleza procediendo geométricamente y trabajando de una manera bastante humana, como si hubiera empleado la plomada, el compás y la regla. Si en otros lugares produce grandes efectos artísticos amontonando enormes masas sin orden ni conexión —si en otros lugares vemos conos truncados, pirámides imperfectas, con una extraña sucesión de líneas—, aquí, como si deseara dar una lección de regularidad y precediendo a los arquitectos de las primeras edades, ha erigido un orden severo de arquitectura, que ni los esplendores de Babilonia ni las maravillas de Grecia jamás superaron.

A menudo había oído hablar de la Calzada del Gigante en Irlanda y de la cueva de Fingal en una de las Hébridas, pero el gran espectáculo de una verdadera formación basáltica nunca había pasado ante mis ojos.

Esta, en Stapi, nos dio una idea de una en toda su maravillosa belleza y gracia.

La muralla del fiordo, al igual que casi toda la península, consistía en una serie de columnas verticales de unos treinta pies de altura. Estos pilares de piedra erguidos, de las más finas proporciones, sostenían un arquitrabe de columnas horizontales que formaban una especie de techo semicubierto sobre el mar. A ciertos intervalos, y debajo de esta cuenca natural, el ojo se veía complacido y sorprendido por la vista de aberturas ovaladas a través de las cuales las olas exteriores entraban tronando en salvas de espuma. Algunos bancos de basalto, arrancados de sus fijaciones por la furia de las olas, yacían esparcidos por el suelo como las ruinas de un antiguo templo: ¡ruinas eternamente jóvenes, sobre las cuales las tormentas de las eras pasaban sin producir efecto perceptible alguno!

Esta fue la última etapa de nuestro viaje. Hans nos había traído con fidelidad e inteligencia, y comencé a sentirme algo más cómodo cuando reflexioné que debía acompañarnos aún más lejos en nuestro camino.

Cuando nos detuvimos ante la casa del Rector, una cabaña pequeña e incómoda, ni más hermosa ni más confortable que las de sus vecinos, vi a un hombre en el acto de herrar un caballo, con un martillo en la mano y un delantal de cuero atado a la cintura.

—Sed felices —dijo el cazador de plumón de eider, usando su saludo nacional en su propio idioma.

—God dag, ¡buen día! —respondió el anterior en un excelente danés.

—Kyrkoherde —gritó Hans, dándose la vuelta y presentándoselo a mi tío.

—El Rector —repitió el digno profesor—; parece, mi querido Harry, que este digno hombre es el Rector y no tiene reparos en hacer su propio trabajo.

Mientras pronunciaba estas palabras, el guía le indicó al Kyrkoherde cuál era el verdadero estado del caso. El buen hombre, cesando en su ocupación, dio una especie de grito, tras lo cual una mujer alta, casi una giganta, salió de la choza. Medía al menos seis pies de altura, lo cual en esa región es algo considerable.

Mi primera impresión fue de horror. Pensé que había venido a darnos el beso islandés. Sin embargo, no tenía nada que temer, pues ni siquiera mostró mucha inclinación a recibirnos en su casa.

La habitación dedicada a los extranjeros me pareció, con mucho, la peor de la rectoría; era estrecha, sucia y ofensiva. No obstante, no había elección al respecto. El Rector no tenía noción de practicar la habitual cordial y antigua hospitalidad. Lejos de eso. Antes de que terminara el día, descubrí que teníamos que tratar con un herrero, un pescador, un cazador, un carpintero; cualquier cosa menos un clérigo. Debe decirse a su favor que lo habíamos atrapado en un día laborable; probablemente aparecía con mejor luz el domingo.

Estos pobres sacerdotes reciben del gobierno danés un salario ridículamente inadecuado y recaudan un cuarto del diezmo de su parroquia: no más de sesenta marcos corrientes, o alrededor de 3 libras y 10 chelines esterlinas. De ahí la necesidad de trabajar para vivir. En verdad, pronto descubrimos que nuestro anfitrión no contaba la cortesía entre las virtudes cardinales.

Mi tío pronto se dio cuenta del tipo de hombre con el que tenía que tratar. En lugar de un erudito digno y culto, encontró a un campesino aburrido y de malos modales. Por lo tanto, resolvió comenzar su gran expedición lo antes posible. No le importaba la fatiga y decidió pasar unos días en las montañas.

Los preparativos para nuestra partida se hicieron justo el día después de nuestra llegada a Stapi; Hans contrató entonces a tres islandeses para reemplazar a los caballos, que ya no podían cargar nuestro equipaje. Sin embargo, cuando estos dignos isleños hubieran llegado al fondo del cráter, debían regresar y dejarnos solos. Este punto quedó establecido antes de que aceptaran partir.

En esta ocasión, mi tío confió parcialmente en Hans, el cazador de patos eider, y le dio a entender que su intención era continuar su exploración del volcán hasta los últimos límites posibles.

Hans escuchó con calma y luego asintió con la cabeza. ¡Ir allí, o a cualquier otro lugar, enterrarse en las entrañas de la tierra o viajar sobre sus cumbres, era todo lo mismo para él! En cuanto a mí, divertido y ocupado por los incidentes del viaje, había comenzado a olvidar el futuro inevitable; pero ahora estaba destinado una vez más a darme cuenta del estado real de las cosas. ¿Qué hacer? ¿Huir? Pero si realmente hubiera tenido la intención de dejar al profesor Hardwigg a su suerte, debería haber sido en Hamburgo y no al pie del Sneffels.

Una idea, por encima de todas las demás, comenzó a preocuparme: una idea muy terrible, y calculada para sacudir los nervios de un hombre incluso menos sensible que yo.

"Consideremos el asunto", me dije a mí mismo; "vamos a ascender el monte Sneffels. Muy bien. Vamos a hacer una visita al fondo mismo del cráter. Bien también. Otros lo han hecho y no perecieron por ello".

"Eso, sin embargo, no es todo el asunto a considerar. Si realmente se presenta un camino por el cual descender a las oscuras y subterráneas entrañas de la Madre Tierra, si este tres veces infeliz Saknussemm ha dicho realmente la verdad, estaremos ciertamente perdidos en medio del laberinto de galerías subterráneas del volcán. Ahora bien, no tenemos evidencia que pruebe que el Sneffels esté realmente extinto. ¿Qué prueba tenemos de que no va a tener lugar una erupción en breve? Porque el monstruo haya dormido profundamente desde 1219, ¿se sigue de ello que nunca despertará?".

"Si despierta, ¿qué será de nosotros?".

Estas eran preguntas sobre las que valía la pena pensar, y sobre ellas reflexioné larga y profundamente. No podía acostarme a buscar el sueño sin soñar con erupciones. Cuanto más pensaba, más me oponía a ser reducido al estado de escoria y cenizas.

No pude soportarlo más; así que decidí finalmente someter todo el caso a mi tío, de la manera más astuta posible, y bajo la forma de alguna hipótesis totalmente irreconciliable.

Lo busqué. Expuse ante él mis temores y luego retrocedí para dejarle pasar su pasión a su antojo.

—He estado pensando sobre el asunto —dijo en el tono más tranquilo del mundo.

¿Qué quería decir? ¿Estaba finalmente a punto de escuchar la voz de la razón? ¿Pensaba suspender sus proyectos? Era casi demasiada felicidad para ser verdad.

Sin embargo, no hice comentario alguno. De hecho, estaba demasiado ansioso por no interrumpirlo y le permití reflexionar a su aire. Tras algunos momentos, habló.

—He estado pensando sobre el asunto —continuó—. Desde que estamos en Stapi, mi mente ha estado casi exclusivamente ocupada con la grave cuestión que me has planteado tú mismo; pues nada sería más imprudente e inconsistente que actuar con falta de previsión.

—Estoy totalmente de acuerdo con usted, mi querido tío —fue mi réplica, algo esperanzada.

—Hace seiscientos años que el Sneffels ha hablado, pero aunque ahora reducido a un estado de silencio absoluto, puede volver a hablar. Las nuevas erupciones volcánicas siempre están precedidas por fenómenos perfectamente conocidos. He examinado de cerca a los habitantes de esta región; he estudiado cuidadosamente el suelo y te ruego que te diga enfáticamente, mi querido Harry, que no habrá erupción por el momento.

Al escuchar sus afirmaciones positivas, quedé estupefacto y no pude decir nada.

—Veo que dudas de mi palabra —dijo mi tío—; sígueme.

Obedecí mecánicamente.

Al salir de la rectoría, el profesor tomó un camino a través de una abertura en la roca basáltica que conducía lejos del mar. Pronto estuvimos en campo abierto, si podíamos dar tal nombre a un lugar cubierto por completo de depósitos volcánicos. Toda la tierra parecía aplastada bajo el peso de enormes piedras: de traquita, de basalto, de granito, de lava y de todas las demás sustancias volcánicas.

Podía ver muchos chorros de vapor elevándose en el aire. Estos vapores blancos, llamados en el idioma islandés "reykir", provienen de fuentes de agua caliente e indican, por su violencia, la actividad volcánica del suelo. Ahora bien, la visión de estos parecía justificar mi aprensión. Por lo tanto, me sentí aún más sorprendido y mortificado cuando mi tío se dirigió a mí de esta manera:

—¿Ves todo este humo, Harry, muchacho?

—Sí, señor.

—Bien, mientras los veas así, no tienes nada que temer del volcán.

—¿Cómo puede ser eso?

—Ten cuidado de recordar esto —continuó el profesor—. A la aproximación de una erupción, estos chorros de vapor redoblan su actividad, para desaparecer por completo durante el período de la erupción volcánica; pues los fluidos elásticos, al no tener ya la tensión necesaria, buscan refugio en el interior del cráter en lugar de escapar a través de las fisuras de la tierra. Si, entonces, el vapor permanece en su estado normal o habitual, si su energía no aumenta, y si añades a esto la observación de que el viento no es reemplazado por una fuerte presión atmosférica y una calma muerta, puedes estar completamente seguro de que no hay temor de ninguna erupción inmediata.

—Pero...

—Basta, muchacho. Cuando la ciencia ha pronunciado su decreto, solo queda escuchar y obedecer.

Regresé a la casa bastante abatido y decepcionado. Mi tío me había derrotado completamente con sus argumentos científicos. No obstante, todavía me quedaba una esperanza, y era que, una vez que estuviéramos en el fondo del cráter, sería imposible, a falta de una galería o túnel, descender más profundamente; y esto, a pesar de todos los doctos Saknussemm del mundo.

¡Pasé toda la noche siguiente con una pesadilla sobre mi pecho! Y, tras inauditas miserias y torturas, me encontré en las profundidades mismas de la tierra, desde donde fui lanzado repentinamente al espacio planetario, ¡bajo la forma de una roca eruptiva!

Al día siguiente, 23 de junio, Hans nos esperaba con calma fuera de la rectoría con sus tres compañeros cargados de provisiones, herramientas e instrumentos. Dos bastones con punta de hierro, dos armas y dos grandes bolsas de caza estaban reservados para mi tío y para mí. Hans, que era un hombre que nunca olvidaba ni siquiera las precauciones más minuciosas, había añadido a nuestro equipaje un gran odre lleno de agua, como complemento a nuestras cantimploras. Esto nos aseguraba agua para ocho días.

Eran las nueve de la mañana cuando estuvimos listos. El rector y su enorme esposa o sirvienta, nunca supe cuál, estaban a la puerta para despedirnos. Parecían estar a punto de infligirnos el habitual beso final de los islandeses. Para nuestro supremo asombro, su adiós tomó la forma de una factura formidable, en la que incluso contaron el uso de la casa pastoral, verdaderamente el lugar más abominable y sucio en el que jamás estuve. La digna pareja nos engañó y robó como un posadero suizo, y nos hizo sentir, por la suma que tuvimos que pagar, los esplendores de su hospitalidad.

Mi tío, sin embargo, pagó sin regatear. Un hombre que ha decidido emprender un viaje al interior de la tierra no es alguien que se ponga a discutir por unos miserables riksdaler.

Resuelto este importante asunto, Hans dio la señal de partida y, pocos momentos después, habíamos dejado Stapi.

CAPÍTULO 12

EL ASCENSO AL MONTE SNEFFELS

El enorme volcán que era la primera etapa de nuestro audaz experimento tiene más de cinco mil pies de altura. El Sneffels es la terminación de una larga cadena de montañas volcánicas, de un carácter diferente al sistema de la isla misma. Una de sus peculiaridades son sus dos enormes cumbres puntiagudas. Desde donde empezamos, era imposible distinguir los contornos reales del pico contra el campo gris del cielo. Todo lo que podíamos distinguir era un vasto domo de blanco, que caía hacia abajo desde la cabeza del gigante.

El comienzo de la gran empresa me llenó de asombro. ¡Ahora que realmente habíamos comenzado, empecé a creer en la realidad de la empresa!

Nuestro grupo formaba toda una procesión. Caminábamos en fila india, precedidos por Hans, el imperturbable cazador de patos eider. Nos guiaba con calma por estrechos senderos donde dos personas no podían bajo ningún concepto caminar una al lado de la otra. La conversación era totalmente imposible. Teníamos, por tanto, más oportunidad para reflexionar y admirar la aterradora grandeza del escenario que nos rodeaba.

Más allá de la extraordinaria muralla basáltica del fiordo de Stapi, nos encontramos abriéndonos paso a través de césped fibroso, sobre el cual crecía una escasa vegetación herbácea, el residuo de la antigua vegetación de la pantanosa península. La vasta masa de este combustible, cuyo campo aún está totalmente inexplorado, bastaría para calentar Islandia durante un siglo entero. Esta poderosa turbera, medida desde el fondo de ciertos barrancos, a menudo no tiene menos de setenta pies de profundidad y presenta a la vista el panorama de capas sucesivas de detritos rocosos negros y calcinados, separados por finas vetas de arenisca porosa.

La grandeza del espectáculo era indudable, así como su aire árido y desierto.

Como verdadero sobrino del gran profesor Hardwigg, y a pesar de mi preocupación y mis lúgubres temores de lo que estaba por venir, observé con gran interés la vasta colección de curiosidades mineralógicas extendidas ante mí en este vasto museo de historia natural. Recordando mis recientes estudios, repasé en mi pensamiento toda la historia geológica de Islandia.

Esta extraordinaria y curiosa isla debe haber aparecido desde el gran mundo de las aguas en una fecha comparativamente reciente. Como las islas de coral del Pacífico, puede que, por lo que sabemos, todavía se esté elevando en grados lentos e imperceptibles.

Si este fuera realmente el caso, su origen solo puede atribuirse a una causa: la acción continua de los fuegos subterráneos.

Este fue un pensamiento feliz.

Si es así, si esto fuera cierto, ¡adiós a las teorías de Sir Humphry Davy; adiós a la autoridad del pergamino de Arne Saknussemm; las maravillosas pretensiones de descubrimiento por parte de mi tío... y a nuestro viaje!

Todo debe acabar en humo.

Encantado con la idea, comencé a mirar a mi alrededor con más cuidado. Un estudio serio del suelo era necesario para negar o confirmar mi hipótesis. Absorbí cada detalle de lo que veía y comencé a comprender la sucesión de fenómenos que habían precedido a su formación.

Islandia, al carecer absolutamente de suelo sedimentario, está compuesta exclusivamente de toba volcánica; es decir, de una aglomeración de piedras y de rocas de textura porosa. Mucho antes de la existencia de los volcanes, estaba compuesta por un cuerpo sólido de roca traquita maciza levantado total y lentamente del mar por la acción de la fuerza centrífuga que actúa en la tierra.

Los fuegos internos, sin embargo, aún no habían roto sus límites ni inundado la corteza exterior de la Madre Tierra con lava caliente y furiosa.

Mis lectores deben disculpar esta breve y algo pedante lección de geología. Pero es necesaria para la completa comprensión de lo que sigue.

En un periodo posterior de la historia del mundo, una enorme y poderosa fisura debe haber sido excavada, razonando por analogía, diagonalmente desde el suroeste al noreste de la isla, a través de la cual fluyó gradualmente la corteza volcánica. El gran y maravilloso fenómeno prosiguió entonces sin violencia; la efusión fue enorme, y la materia fundida y hirviente, expulsada de las entrañas de la tierra, se extendió lenta y pacíficamente en forma de vastas llanuras llanas, o lo que se llaman mamelones o montículos.

Fue en esta época cuando aparecieron las rocas llamadas feldespatos, sienitas y pórfidos.

Pero como consecuencia natural de este desbordamiento, la profundidad de la isla aumentó. Puede creerse fácilmente qué enorme cantidad de fluidos elásticos se acumularon en su centro, cuando al fin no ofreció más aberturas, tras producirse el proceso de enfriamiento de la corteza.

Llegó un momento en que, a pesar del enorme espesor y peso de la corteza superior, las fuerzas mecánicas de los gases combustibles de abajo se volvieron tan grandes que, en realidad, levantaron el pesado dorso y se abrieron pozos enormes y gigantescos. De ahí los volcanes que surgieron repentinamente a través de la corteza superior, y luego los cráteres, que estallaron en la cumbre de estas nuevas creaciones.

Se verá que los primeros fenómenos relacionados con la formación de la isla fueron simplemente eruptivos; a éstos, sin embargo, sucedieron poco después los fenómenos volcánicos.

A través de las aberturas recién formadas, escapó la maravillosa masa de piedras basálticas con la que estaba cubierta la llanura que ahora atravesábamos. Íbamos pisando pesadas rocas de color gris oscuro, que, al enfriarse, se habían moldeado en prismas de seis lados. En la "distancia del fondo" podíamos ver una serie de conos aplanados, que antiguamente fueron otras tantas bocas vomitadoras de fuego.

Después de que la erupción basáltica se apaciguó y quedó en reposo, el volcán, cuya fuerza aumentaba con la de los cráteres extintos, dio libre paso al ardiente desbordamiento de lava, y a la masa de cenizas y piedra pómez, ahora esparcida por las laderas de la montaña, como cabellos desordenados sobre los hombros de una bacante.

Aquí, en pocas palabras, tenía toda la historia de los fenómenos de los que surgió Islandia. Todos tienen su origen en la feroz acción de los fuegos interiores, y creer que la masa central no permanecía en un estado de fuego líquido, al rojo vivo, era simple y puramente locura.

Siendo esto satisfactoriamente probado (Q.E.D.), ¡qué insensata necedad pretender penetrar en el interior de la poderosa tierra!

Esta lección mental que me di a mí mismo mientras proseguía el viaje me hizo bien. Quedé totalmente tranquilizado respecto al destino de nuestra empresa; y, por tanto, fui, como un valiente soldado que monta una batería erizada, al asalto del viejo Sneffels.

A medida que avanzábamos, el camino se volvía cada momento más difícil. El suelo estaba roto y era peligroso. Las rocas se quebraban y cedían bajo nuestros pies, y teníamos que ser escrupulosamente cuidadosos para evitar caídas peligrosas y constantes.

Hans avanzaba tan tranquilo como si caminara por Salisbury Plain; a veces desaparecía detrás de enormes bloques de piedra, y lo perdíamos de vista momentáneamente. Había un pequeño periodo de ansiedad y luego un silbido agudo, sólo para decirnos dónde buscarlo.

De vez en cuando se le ocurría detenerse a recoger trozos de roca, y silenciosamente los amontonaba en pequeños montones, para que no perdiéramos el camino a nuestra vuelta.

No tenía idea del viaje que estábamos a punto de emprender.

En cualquier caso, la precaución fue buena; aunque qué completamente inútil e innecesaria... pero no debo anticiparme.

Tres horas de terrible fatiga, caminando incesantemente, sólo nos habían llevado al pie de la gran montaña. Esto dará una idea de lo que aún nos quedaba por sufrir.

De repente, sin embargo, Hans pidió un alto —es decir, hizo señas para ello— y se dispuso un desayuno sumario sobre la lava ante nosotros. Mi tío, que ahora era simplemente el profesor Hardwigg, estaba tan ansioso por avanzar que devoró su comida como un payaso codicioso. Esta parada para el refrigerio fue también una parada para el reposo. El profesor se vio, por tanto, obligado a esperar el buen placer de su imperturbable guía, que no dio la señal de partida hasta pasada una buena hora.

Los tres islandeses, que eran tan taciturnos como su camarada, no dijeron una palabra; sino que siguieron comiendo y bebiendo muy tranquila y sobriamente.

Desde esta, nuestra primera etapa real, comenzamos a ascender las laderas del volcán Sneffels. Su magnífico gorro de nieve, como empezamos a llamarlo, por una ilusión óptica muy común en las montañas, me parecía estar al alcance de la mano; y, sin embargo, ¡cuántas largas y fatigadas horas debían transcurrir antes de llegar a su cumbre! ¡Qué inaudita fatiga debíamos soportar!

Las piedras en la ladera de la montaña, sin cemento de tierra que las sujetara, sin raíces ni hierbas rastreras que las mantuvieran unidas, cedían continuamente bajo nuestros pies y se precipitaban hacia abajo, hacia las llanuras, como una serie de pequeñas avalanchas.

En ciertos lugares, los lados de esta estupenda montaña tenían un ángulo tan pronunciado que era imposible ascender, y nos vimos obligados a sortear estos obstáculos como mejor pudimos.

Quienes entienden de escalada alpina comprenderán nuestras dificultades. A menudo nos vimos obligados a ayudarnos unos a otros mediante nuestros bastones de escalada.

Debo decir esto a favor de mi tío, que se mantuvo lo más cerca posible de mí. Nunca me perdió de vista y, en muchas ocasiones, su brazo me proporcionó un apoyo firme y sólido. Era fuerte, fibroso y aparentemente insensible a la fatiga. Otra gran ventaja en él era que tenía el sentimiento innato del equilibrio, pues nunca resbalaba ni fallaba en sus pasos. Los islandeses, aunque cargados pesadamente, subían con la agilidad de los montañeros.

Mirando hacia arriba, de vez en cuando, a la altura del gran volcán de Sneffels, me parecía totalmente imposible llegar a la cumbre por ese lado; en cualquier caso, si el ángulo de inclinación no cambiaba rápidamente.

Afortunadamente, después de una hora de inauditas fatigas y de ejercicios gimnásticos que hubieran sido agotadores para un acróbata, llegamos a un vasto campo de hielo, que rodeaba totalmente la base del cono del volcán. Los nativos lo llamaban el mantel, probablemente por alguna razón similar a la que los habitantes del Cabo de Buena Esperanza llaman a su montaña Table Mountain, y a sus carreteras Table Bay.

Aquí, para nuestra mutua sorpresa, encontramos una verdadera escalera de piedra, que ayudó maravillosamente a nuestro ascenso. Esta singular escalera era, como todo lo demás, volcánica. Había sido formada por uno de esos torrentes de piedras arrojados por las erupciones, y cuyo nombre islandés es stina. Si este singular torrente no hubiera sido detenido en su descenso por la forma peculiar de los flancos de la montaña, habría barrido hacia el mar y habría formado nuevas islas.

Tal como era, nos sirvió admirablemente. El carácter abrupto de las pendientes aumentaba momentáneamente, pero estos notables escalones de piedra, un poco menos difíciles que los de las pirámides egipcias, eran el único medio natural sencillo por el que pudimos continuar.

Alrededor de las siete de la tarde de aquel día, después de haber trepado por dos mil de estos ásperos escalones, nos encontramos contemplando una especie de espolón o saliente de la montaña, una especie de contrafuerte sobre el que se apoyaba el cráter cónico, propiamente dicho.

El océano yacía bajo nosotros a una profundidad de más de tres mil doscientos pies: un espectáculo grandioso y poderoso. Habíamos llegado a la región de las nieves eternas.

El frío era agudo, penetrante e intenso. El viento soplaba con extraordinaria violencia. Estaba completamente agotado.

Mi digno tío, el profesor, vio claramente que mis piernas se negaban a prestar más servicio y que, de hecho, estaba completamente agotado. A pesar de su impaciencia ardiente y febril, decidió, con un suspiro, hacer un alto. Llamó al cazador de patos eider a su lado. Ese digno hombre, sin embargo, sacudió la cabeza.

—Ofvanfor —fue su única respuesta hablada.

—Parece —dice mi tío con una mirada compungida— que debemos ir más alto.

Entonces se dirigió a Hans y le pidió que diera alguna razón para esta respuesta decisiva.

—Mistour —respondió el guía.

—Ja, mistour; sí, el mistour —gritó uno de los guías islandeses en tono aterrorizado.

Era la primera vez que hablaba.

—¿Qué significa esta misteriosa palabra? —pregunté ansiosamente.

—Mira —dijo mi tío.

Miré hacia la llanura de abajo y vi un vasto, un prodigioso volumen de piedra pómez pulverizada, de arena, de polvo, elevándose hacia los cielos en forma de una poderosa tromba de agua. Se parecía al temible fenómeno de carácter similar conocido por los viajeros en el desierto del gran Sahara.

El viento lo empujaba directamente hacia aquel lado del Sneffels en el que estábamos posados. Este velo opaco que se interponía entre nosotros y el sol proyectaba una profunda sombra sobre los flancos de la montaña. Si esta tromba de arena se rompiera sobre nosotros, seríamos todos destruidos infaliblemente, aplastados en sus temibles abrazos. Este fenómeno extraordinario, muy común cuando el viento sacude los glaciares y barre las llanuras áridas, se llama en lengua islandesa "mistour".

—Hastigt, hastigt! —gritó nuestro guía.

Ahora bien, ciertamente yo no sabía nada de danés, pero entendí perfectamente que sus gestos pretendían apresurarnos.

El guía giró rápidamente en una dirección que nos llevaría a la parte posterior del cráter, todo el tiempo ascendiendo ligeramente.

Le seguimos rápidamente, a pesar de nuestra excesiva fatiga.

Un cuarto de hora después, Hans hizo una pausa para permitirnos mirar atrás. El poderoso torbellino de arena se extendía por la ladera de la montaña hasta el mismo lugar donde habíamos propuesto hacer una pausa. Piedras enormes eran levantadas, lanzadas al aire y arrojadas por todas partes como durante una erupción. Afortunadamente estábamos un poco fuera de la dirección del viento y, por tanto, fuera del alcance del peligro. De no ser por la precaución y el conocimiento de nuestro guía, nuestros cuerpos dislocados, nuestros miembros aplastados y rotos, habrían sido arrojados al viento, como polvo de algún meteorito desconocido.

Hans, sin embargo, no consideró prudente pasar la noche en la ladera desnuda del cono. Continuamos, por tanto, nuestro viaje en dirección en zigzag. Los mil quinientos pies que quedaban por completar nos llevaron al menos cinco horas. Los giros y vueltas, los callejones sin salida, las marchas y más marchas, convirtieron esa distancia insignificante en al menos tres leguas. Nunca sentí tal miseria, fatiga y agotamiento en mi vida. Estaba a punto de desmayarme de hambre y frío. El aire enrarecido, al mismo tiempo, afectaba dolorosamente mis pulmones.

Al fin, cuando me creía en mis últimas fuerzas, alrededor de las once de la noche, siendo en esa región bastante oscuro, ¡llegamos a la cumbre del monte Sneffels! Fue en un estado de ánimo espantoso que, a pesar de mi fatiga, antes de descender al cráter que nos refugiaría por la noche, ¡me detuve a contemplar el sol salir a medianoche en el mismo día de su declinación más baja, y disfruté del espectáculo de sus rayos pálidos y fantasmales proyectados sobre la isla que yacía durmiendo a nuestros pies!

Ya no me extrañaba que la gente viajara desde Inglaterra hasta Noruega para contemplar este espectáculo mágico y maravilloso.

CAPÍTULO 13

LA SOMBRA DE SCARTARIS

Nuestra cena fue consumida con facilidad y rapidez, tras lo cual cada uno hizo lo que pudo por sí mismo dentro de la cavidad del cráter. La cama era dura, el refugio insatisfactorio, la situación penosa: ¡yaciendo al aire libre, a cinco mil pies sobre el nivel del mar!

No obstante, raras veces me ha ocurrido dormir tan bien como en aquella noche en particular. Ni siquiera soñé. Tanto por los efectos de lo que mi tío llamaba "fatiga saludable".

Al día siguiente, cuando despertamos bajo los rayos de un sol brillante y glorioso, estábamos casi congelados por el aire agudo. Abandoné mi lecho de granito y formé parte del grupo para disfrutar de la vista del magnífico espectáculo que se desarrollaba, a modo de panorama, a nuestros pies.

Me encontraba sobre la elevada cumbre del pico sur del monte Sneffels. Desde allí pude obtener una vista de la mayor parte de la isla. La ilusión óptica, común a todas las grandes alturas, elevaba las costas de la isla, mientras que las partes centrales parecían deprimidas. De ninguna manera era un vuelo de fantasía demasiado grande creer que una imagen gigante estaba extendida ante mí. Podía ver los profundos valles que se cruzaban en todas direcciones. Podía ver precipicios que parecían lados de pozos, lagos que parecían transformados en estanques, estanques que parecían charcos y ríos que se transformaban en pequeños arroyos. A mi derecha había glaciares sobre glaciares, y múltiples picos, coronados con ligeras nubes de humo.

La ondulación de este número infinito de montañas, cuyas cumbres nevadas las hacían parecer como cubiertas de espuma, recordaba a mi memoria la superficie de un océano azotado por la tormenta. Si miraba hacia el oeste, el océano se extendía ante mí en toda su majestuosa grandeza, una continuación, por así decirlo, de estas cimas algodonosas.

Donde terminaba la tierra y comenzaba el mar, era imposible para el ojo distinguirlo.

Pronto sentí esa extraña y misteriosa sensación que se despierta en la mente al mirar desde lo alto de las cimas de las colinas, y ahora era capaz de hacerlo sin ningún sentimiento de nerviosismo, habiéndome afortunadamente endurecido a ese tipo de contemplación sublime.

Olvidé por completo quién era y dónde estaba. Me embriagué con un sentido de elevada sublimidad, sin pensar en los abismos en los que mi audacia estaba a punto de precipitarme. Sin embargo, fui traído de vuelta a las realidades de la vida por la llegada del profesor y Hans, quienes se unieron a mí en la elevada cumbre del pico.

Mi tío, girando en dirección oeste, me señaló una ligera nube de vapor, una especie de neblina, con un tenue contorno de tierra elevándose de las aguas.

—¡Groenlandia! —dijo él.

—¿Groenlandia? —grité yo en respuesta.

—Sí —continuó mi tío, que siempre que explicaba algo hablaba como si estuviera en la cátedra de un profesor—; no estamos a más de treinta y cinco leguas de distancia de esa maravillosa tierra. Cuando tiene lugar la gran ruptura anual del hielo, los osos blancos vienen a Islandia, transportados por las masas flotantes de hielo del norte. Esto, sin embargo, es una cuestión de poca importancia. Estamos ahora en la cumbre del gran, del trascendente Sneffels, y aquí están sus dos picos, norte y sur. Hans te dirá el nombre por el que la gente de Islandia llama al que pisamos.

Mi tío se volvió hacia el imperturbable guía, quien asintió y habló como de costumbre: una palabra.

—Scartaris.

Mi tío me miró con una mirada orgullosa y triunfante.

—Un cráter —dijo—, ¿oyes?

Lo oí, pero me fue totalmente imposible responder.

El cráter del monte Sneffels representaba un cono invertido, el orificio abierto aparentemente de media milla de ancho; la profundidad de infinitos pies. Imagínese cómo debió ser este agujero cuando estaba lleno de llamas, truenos y relámpagos. El fondo de la hondonada en forma de embudo tenía unos quinientos pies de circunferencia, por lo que se verá que la pendiente desde la cumbre hasta el fondo era muy gradual, y por lo tanto fuimos claramente capaces de llegar allí sin mucha fatiga o dificultad. Involuntariamente, comparé este cráter con un enorme cañón cargado; y la comparación me aterrorizó por completo.

"Descender al interior de un cañón", pensé para mis adentros, "cuando quizás está cargado, y se disparará ante el menor choque, es el acto de un loco".

Pero ya no había oportunidad para que yo dudara. Hans, con un aire perfectamente tranquilo e indiferente, tomó su puesto habitual a la cabeza de la aventurera pequeña banda. Le seguí sin pronunciar una sílaba.

Me sentía como el cordero llevado al matadero.

Para hacer el descenso menos difícil, Hans se abrió camino hacia el interior del cono de una manera algo zigzag, haciendo, como dicen los marineros, largos recorridos hacia el este, seguidos por otros igualmente largos hacia el oeste. Era necesario caminar a través de medio de rocas eruptivas, algunas de las cuales, sacudidas en su equilibrio, rodaban con un estruendo atronador hasta el fondo del abismo. Estas caídas continuas despertaban ecos de singular potencia y efecto.

Muchas partes del cono consistían en glaciares inferiores. Hans, cada vez que se encontraba con uno de estos obstáculos, avanzaba con gran muestra de precaución, sondeando el suelo con su largo bastón de hierro para descubrir fisuras y capas de nieve profunda y blanda. En muchos lugares dudosos o peligrosos, se hizo necesario que estuviéramos atados unos a otros por una larga cuerda para que, en caso de que alguno de nosotros tuviera la mala suerte de resbalar, fuera sostenido por sus compañeros. Este vínculo de unión era, sin duda, una precaución prudente, pero de ninguna manera exenta de peligro.

No obstante, y a pesar de todas las múltiples dificultades del descenso, a lo largo de laderas que nuestro guía desconocía por completo, avanzamos considerablemente sin accidentes. Uno de nuestros grandes paquetes de cuerda se resbaló de uno de los porteadores islandeses y se precipitó por un atajo hasta el fondo del abismo.

Para el mediodía estábamos al final de nuestro viaje. Miré hacia arriba y sólo vi el orificio superior del cono, que servía como marco circular para una porción muy pequeña del cielo, una porción que me pareció singularmente hermosa. ¡Volvería a contemplar alguna vez aquel precioso cielo bañado por el sol!

La única excepción a este extraordinario paisaje era el Pico de Scartaris, que parecía perdido en el gran vacío de los cielos.

El fondo del cráter estaba compuesto por tres pozos separados, a través de los cuales, durante los periodos de erupción, cuando el Sneffels estaba en acción, el gran horno central lanzaba su lava ardiente y sus vapores venenosos. Cada una de estas chimeneas o pozos se abría de par en par en nuestro camino. Me mantuve lo más lejos posible de ellos, sin siquiera aventurarme a echar el más mínimo vistazo hacia abajo.

En cuanto al profesor, tras un rápido examen de su disposición y características, se quedó sin aliento y jadeante. Corría de uno a otro como un colegial encantado, gesticulando salvajemente y pronunciando frases incomprensibles y desconectadas en todo tipo de idiomas.

Hans, el guía, y sus humildes compañeros se sentaron sobre algunos montones de lava y observaron en silencio. Claramente tomaban a mi tío por un loco; y... esperaron el resultado.

De repente, el profesor profirió un grito salvaje e inhumano. Al principio imaginé que había perdido el equilibrio y estaba cayendo de cabeza en uno de los abismos que se abrían. Nada de eso. Le vi, con los brazos extendidos al máximo, las piernas abiertas, de pie frente a un enorme pedestal, lo suficientemente alto y negro para soportar una estatua gigantesca de Plutón. Su actitud y aire eran los de un hombre totalmente estupefacto. Pero su estupefacción se transformó rápidamente en la alegría más salvaje.

—¡Harry! ¡Harry! ¡Ven aquí! —gritó—; date prisa, maravilloso, ¡maravilloso!

Incapaz de entender a qué se refería, me volví para obedecer sus órdenes. Ni Hans ni los otros islandeses se movieron un paso.

—¡Mira! —dijo el profesor, con algo del estilo del general francés, señalando las pirámides a su ejército.

Y compartiendo plenamente su estupefacción, si no su alegría, leí en el lado oriental del enorme bloque de piedra, los mismos caracteres, medio devorados por la acción corrosiva del tiempo, el nombre, para mí mil veces maldito:

—¡Arne Saknussemm! —gritó mi tío—, ahora, incrédulo, ¿empiezas a tener fe?

Me fue totalmente imposible responder una sola palabra. Volví a mi montón de lava, en un estado de silencio reverencial. ¡La evidencia era irrefutable, abrumadora!

Sin embargo, en unos momentos, mis pensamientos estaban muy lejos, de vuelta en mi hogar alemán, con Gretchen y la vieja cocinera. ¡Qué no habría dado por una de las sonrisas de mi prima, por una de las tortillas de la antigua criada y por mi propia cama de plumas!

No sé cuánto tiempo permanecí en este estado. Todo lo que puedo decir es que, cuando por fin levanté la cabeza de entre mis manos, en el fondo del cráter solo quedábamos mi tío, Hans y yo. Los porteadores islandeses habían sido despedidos y descendían ya por las laderas exteriores del monte Sneffels, camino de Stapi. ¡Cuánto deseaba estar con ellos!

Hans dormía tranquilamente al pie de una roca, en una especie de canalón de lava donde se había hecho un lecho improvisado. Mi tío caminaba de un lado a otro por el fondo del cráter como una fiera en una jaula. Yo no tenía deseos, ni tampoco fuerzas, para moverme de mi posición yacente. Siguiendo el ejemplo del guía, me entregué a una especie de somnolencia dolorosa, durante la cual me pareció escuchar y sentir continuos movimientos y estremecimientos en la montaña.

De este modo pasamos nuestra primera noche en el interior de un cráter.

A la mañana siguiente, un cielo gris, nublado y pesado colgaba como un paño funerario sobre la cima del cono volcánico. No lo noté tanto por la oscuridad que reinaba a nuestro alrededor, como por la rabia que devoraba a mi tío.

Comprendí perfectamente la razón, y de nuevo un destello de esperanza hizo saltar mi corazón de alegría. Explicaré brevemente la causa.

De las tres aberturas que bostezaban bajo nuestros pies, solo una pudo haber sido seguida por el aventurero Saknussemm. Según las palabras del sabio islandés, solo se podía reconocer por aquel detalle particular mencionado en el criptograma: que la sombra de Scartaris caía sobre ella, rozando su boca en los últimos días del mes de junio.

Debíamos, de hecho, considerar el pico puntiagudo como el estilete de un inmenso reloj de sol, cuya sombra señalaba en un día determinado, como el dedo inexorable del destino, el abismo que conducía al interior de la tierra.

Ahora bien, como sucede a menudo en estas regiones, si el sol no lograba abrirse paso entre las nubes, no había sombra. Por consiguiente, no había posibilidad de descubrir la abertura correcta. Habíamos llegado ya al 25 de junio. Si el cielo bondadoso permanecía densamente nublado durante seis días más, tendríamos que posponer nuestro viaje de descubrimiento otro año, en el que, sin duda, habría una persona menos en el grupo. Yo ya estaba harto de tan loca y monstruosa empresa.

Sería absolutamente imposible describir la impotente rabia del profesor Hardwigg. El día transcurrió y no pudo verse ni el más leve contorno de sombra en el fondo del cráter. Hans, el guía, no se movió de su sitio. Debía tener curiosidad por saber qué hacíamos, si es que podía creer que hacíamos algo. En cuanto a mi tío, no me dirigió la palabra. ¡Estaba alimentando su ira para mantenerla caliente! Sus ojos fijos en la atmósfera negra y brumosa, su semblante horrible por la pasión contenida. Nunca sus ojos habían parecido tan fieros, su nariz tan aguileña, su boca tan dura y firme.

El 26 no hubo cambios para mejor. Una mezcla de lluvia y nieve cayó durante todo el día. Hans, muy tranquilamente, se construyó una choza de lava en la que se retiró como Diógenes en su tonel. Sentí un placer malicioso observando las mil pequeñas cascadas que fluían por el costado del cono, arrastrando a veces un torrente de piedras hacia el "vasto abismo" de abajo.

Mi tío estaba casi frenético: sin duda, era suficiente para hacer enfadar incluso a un hombre paciente. Había alcanzado en cierta medida la meta de sus deseos y, sin embargo, corría el riesgo de naufragar en el puerto.

Pero si el cielo y los elementos son capaces de causarnos mucho dolor y pesar, toda medalla tiene su reverso. Y estaba reservada al profesor Hardwigg una sorpresa brillante y repentina que habría de compensarle por todos sus sufrimientos.

Al día siguiente el cielo seguía nublado, pero el domingo 28, el antepenúltimo día del mes, con un cambio repentino de viento y la luna nueva, cambió el tiempo. El sol vertió sus rayos radiantes hasta el mismo fondo del cráter.

Cada montículo, cada roca, cada piedra, cada aspereza del suelo tenía su parte de fulgor luminoso, y su sombra caía pesadamente sobre el terreno. Entre otros, para su deleite demencial, la sombra de Scartaris quedó marcada y clara, y se movió lentamente con el comienzo radiante del día.

Mi tío se movió con ella en un estado de éxtasis mental.

¡A las doce en punto, cuando el sol había alcanzado su mayor altitud del día, la sombra cayó sobre el borde del pozo central!

—Aquí está —jadeó el profesor en una agonía de alegría—, aquí está; la hemos encontrado. Adelante, amigos míos, hacia el interior de la Tierra.

Miré con curiosidad a Hans para ver qué respuesta daría a este anuncio aterrador.

—Forut —dijo el guía tranquilamente.

—Adelante, pues —respondió mi tío, que estaba en el séptimo cielo de deleite.

Cuando estuvimos listos, ¡nuestros relojes marcaban las trece y trece minutos!

CAPÍTULO 14

EL VERDADERO VIAJE COMIENZA

Nuestro verdadero viaje había comenzado. Hasta entonces, nuestro valor y determinación habían superado todas las dificultades. Estábamos fatigados a veces; y eso era todo. Ahora estábamos a punto de enfrentarnos a peligros desconocidos y temibles.

Todavía no me había atrevido a echar un vistazo al horrible abismo en el que, en unos minutos más, estaba a punto de sumergirme. El momento fatal, sin embargo, había llegado por fin. Todavía tenía la opción de rechazar o aceptar mi parte en esta empresa insensata y audaz. Pero me avergonzaba mostrar más miedo que el cazador de patos eider. Hans parecía aceptar las dificultades del viaje con tanta tranquilidad, con tal calma indiferencia, con tal perfecta despreocupación por todo peligro, ¡que me sonrojé al parecer menos hombre que él!

Si hubiera estado solo con mi tío, ciertamente me habría sentado a discutir el punto por completo; pero en presencia del guía, mantuve la lengua quieta. Dediqué un momento a pensar en mi encantadora prima y luego avancé hacia la boca del pozo central.

Medía unos cien pies de diámetro, lo que hacía unos trescientos de circunferencia. Me incliné sobre una roca que se alzaba en su borde y miré hacia abajo. Se me pusieron los pelos de punta, me castañetearon los dientes, mis extremidades temblaron. Parecía perder por completo mi centro de gravedad, mientras mi cabeza daba vueltas, como la de un hombre ebrio. No hay nada más poderoso que esta atracción hacia un abismo. Estaba a punto de caer de cabeza en el pozo boquiabierto cuando fui retirado por una mano firme y poderosa. Era la de Hans. ¡No había tomado suficientes lecciones en la Frelser's-Kirk de Copenhague sobre el arte de mirar hacia abajo desde elevaciones sin pestañear!

Sin embargo, por pocos que fueran los minutos durante los cuales contemplé este tremendo e incluso maravilloso pozo, tuve un vistazo suficiente para hacerme una idea de su conformación física. Sus lados, que eran casi tan perpendiculares como los de un pozo, presentaban numerosas proyecciones que sin duda facilitarían nuestro descenso.

Era una especie de escalera salvaje y primitiva, sin barandilla ni valla. Una cuerda sujeta arriba, cerca de la superficie, sin duda soportaría nuestro peso y nos permitiría llegar al fondo, pero ¿cómo, al llegar a su mayor profundidad, íbamos a soltarla desde arriba? Esta era, pensé, una cuestión de cierta importancia.

Mi tío, sin embargo, era uno de esos hombres que casi siempre están preparados con recursos. Se le ocurrió un método muy sencillo para evitar esta dificultad. Desenvolvió una cuerda de aproximadamente el grosor de mi pulgar y al menos cuatrocientos pies de longitud. Dejó que aproximadamente la mitad bajara por el pozo y se enganchara en un nudo sobre un gran bloque de lava que se alzaba en el borde del precipicio. Hecho esto, lanzó la segunda mitad tras la primera.

Cada uno de nosotros podía descender agarrando las dos cuerdas con una mano. Cuando estuviéramos a unos doscientos pies de profundidad, todo lo que el explorador tenía que hacer era soltar un extremo y tirar del otro, y la cuerda caería a sus pies. Para bajar más, todo lo que se necesitaba era continuar la misma operación.

Esta era una propuesta excelente y, sin duda, correcta. Bajar me parecía lo suficientemente fácil; era el volver a subir lo que ahora ocupaba mis pensamientos.

—Ahora —dijo mi tío, tan pronto como hubo completado esta importante preparación—, ocupémonos del equipaje. Debe dividirse en tres paquetes separados, y cada uno de nosotros debe llevar uno a la espalda. Me refiero a los artículos más importantes y frágiles.

Mi digno e ingenioso tío no parecía considerar que nosotros estuviéramos bajo esa denominación.

—Hans —continuó—, tú te harás cargo de las herramientas y de parte de las provisiones; tú, Harry, debes tomar posesión de otro tercio de las provisiones y de las armas. Yo me cargaré con el resto de los comestibles y con los instrumentos más delicados.

—Pero —exclamé—, nuestra ropa, esta masa de cuerdas y escaleras, ¿quién se encargará de llevarlas abajo?

—Bajarán por sí mismas.

—¿Y cómo es eso? —pregunté.

—Ya verás.

A mi tío no le gustaban las medias tintas, ni le gustaba nada que supusiera vacilación. Dando sus órdenes a Hans, hizo que todos los artículos no frágiles se convirtieran en un solo fardo; y el paquete, firme y sólidamente sujeto, fue simplemente arrojado por el borde del abismo.

Escuché el gemido del aire desplazado repentinamente y el ruido de las piedras al caer. Mi tío, inclinado sobre el abismo, siguió el descenso de su equipaje con un aire de absoluta satisfacción y no se levantó hasta que hubo desaparecido por completo de la vista.

—Ahora bien —gritó—, es nuestro turno.

Lo pregunto de buena fe a cualquier hombre de sentido común: ¿era posible escuchar este grito enérgico sin estremecerse?

El profesor se ató su caja de instrumentos a la espalda. Hans se hizo cargo de las herramientas, yo de las armas. El descenso comenzó entonces en el siguiente orden: Hans iba primero, mi tío le seguía y yo iba último. Nuestro progreso se hizo en un silencio profundo, un silencio solo perturbado por la caída de trozos de roca, que, rompiéndose de los lados dentados, caían con un estruendo hacia las profundidades.

Me dejé deslizar, por así decirlo, agarrándome frenéticamente a la cuerda doble con una mano y con la otra manteniéndome alejado de las rocas con la ayuda de mi bastón de punta de hierro. Una idea estuvo todo el tiempo grabada en mi cerebro. Temía que el soporte superior me fallara. La cuerda me parecía demasiado frágil para soportar el peso de tres personas como nosotros, con nuestro equipaje. Hice el menor uso posible de ella, confiando en mi propia agilidad y haciendo milagros en cuanto a hazañas de destreza y fuerza sobre los estantes y espolones de lava que mis pies parecían agarrar tan fuertemente como mis manos.

El guía iba primero, he dicho, y cuando uno de los soportes resbaladizos y frágiles se rompía bajo sus pies, recurría a su habitual manera monosilábica de hablar.

—Gif akt...

—Atención, ten cuidado —repetía mi tío.

En cerca de media hora llegamos a una especie de pequeña terraza formada por un fragmento de roca que sobresalía a cierta distancia de los lados del pozo.

Hans comenzó entonces a tirar de la cuerda por un solo lado, mientras el otro subía tan silenciosamente como el otro bajaba. Cayó al fin, trayendo consigo una lluvia de piedras pequeñas, lava y polvo, una especie de lluvia o granizo desagradable.

Mientras estábamos sentados en este banco extraordinario, me aventuré una vez más a mirar hacia abajo. Con un suspiro descubrí que el fondo seguía siendo totalmente invisible. ¿Íbamos, pues, directamente al interior de la tierra?

La maniobra con la cuerda recomenzó, y un cuarto de hora más tarde habíamos llegado a una profundidad de otros doscientos pies.

Tengo serias dudas de que el geólogo más resuelto hubiera estudiado, durante aquel descenso, la naturaleza de las diferentes capas de tierra a su alrededor. No me molesté mucho con el asunto; ya estuviéramos entre el carbono combustible, los silurianos o el suelo primitivo, no sabía ni me importaba saberlo.

No así el inveterado profesor. Debió de tomar notas durante todo el camino, pues, en una de nuestras paradas, comenzó una breve lección.

—Cuanto más avanzamos —dijo—, mayor es mi confianza en el resultado. La disposición de estos estratos volcánicos confirma absolutamente las teorías de sir Humphry Davy. Seguimos dentro de la región del suelo primordial, el suelo en el que tuvo lugar la operación química de los metales al inflamarse por entrar en contacto con el aire y el agua. Por fin lamento la vieja teoría, ahora abandonada para siempre, de un fuego central. En cualquier caso, pronto sabremos la verdad.

Tal era la conclusión eterna a la que llegaba. Yo, sin embargo, estaba muy lejos de tener humor para discutir el asunto. Tenía otras cosas en las que pensar. Mi silencio fue tomado por consentimiento; y seguimos descendiendo.

Al cabo de tres horas, a todas luces, estábamos tan lejos como siempre del fondo del pozo. Sin embargo, cuando miré hacia arriba, pude ver que el orificio superior disminuía de tamaño a cada minuto. Los lados del pozo se acercaban cada vez más; ¡nos acercábamos a las regiones de la noche eterna!

¡Y seguíamos descendiendo!

Por fin, noté que cuando se desprendían trozos de piedra de los lados de este estupendo precipicio, eran engullidos con menos ruido que antes. El sonido final se escuchaba antes. ¡Nos acercábamos al fondo del abismo!

Como había tenido mucho cuidado de llevar la cuenta de todos los cambios de cuerda que tenían lugar, pude decir exactamente qué profundidad habíamos alcanzado, así como el tiempo que nos había llevado.

Habíamos cambiado la cuerda veintiocho veces, cada operación tomaba un cuarto de hora, lo que en total sumaba siete horas. A esto había que añadir veintiocho pausas; en total, diez horas y media. Empezamos a la una, por lo tanto, eran ahora las once de la noche aproximadamente.

No se requiere un gran conocimiento de aritmética para saber que veintiocho veces doscientos pies hacen cinco mil seiscientos pies en total (más de una milla inglesa).

Mientras hacía este cálculo mental, una voz rompió el silencio. Era la voz de Hans.

—¡Alto! —gritó.

Me detuve muy repentinamente, justo en el momento en que estaba a punto de darle una patada a mi tío en la cabeza.

—Hemos llegado al final de nuestro viaje —dijo el digno profesor en un tono satisfecho.

—¿Qué, al interior de la Tierra? —dije, deslizándome a su lado.

—¡No, estúpido! Pero hemos llegado al fondo del pozo.

—¿Y supongo que no hay más progreso que hacer? —exclamé esperanzado.

—Oh, sí, puedo ver vagamente una especie de túnel que se desvía oblicuamente a la derecha. En cualquier caso, debemos ver eso mañana. Cenemos ahora y busquemos el sueño como mejor podamos.

Pensé que era hora, pero no hice observaciones sobre ese punto. Estaba lanzado en una carrera desesperada, y todo lo que tenía que hacer era seguir adelante con esperanza y confianza.

Ni siquiera ahora estaba totalmente oscuro, la luz se filtraba de una manera de lo más extraordinaria.

Abrimos la bolsa de provisiones, cenamos frugalmente y cada uno hizo lo posible por encontrar una cama entre el montón de piedras, tierra y lava que se había acumulado durante siglos en el fondo del pozo.

Casualmente palpé el montón de cuerdas, escaleras y ropas que habíamos arrojado; y sobre ellos me extendí. ¡Después del trabajo de un día así, mi lecho áspero me pareció tan suave como el plumón!

Por un momento quedé en una especie de trance agradable.

Poco después, tras estar tumbado tranquilamente durante algunos minutos, abrí los ojos y miré hacia arriba. Al hacerlo, distinguí un pequeño punto brillante en la extremidad de este largo y gigantesco telescopio.

Era una estrella sin rayos parpadeantes. Según mi cálculo, debía ser Beta en la constelación de la Osa Menor.

Tras este pequeño recreo astronómico, caí en un sueño profundo.

CAPÍTULO 15

CONTINUAMOS NUESTRO DESCENSO

A las ocho de la mañana siguiente, una tenue clase de amanecer nos despertó. Los mil y un prismas de la lava recogían la luz a medida que pasaba y nos la traían como una lluvia de chispas.

Pudimos ver con facilidad los objetos a nuestro alrededor.

—Bueno, Harry, muchacho —gritó el encantado profesor, frotándose las manos—, ¿qué dices ahora? ¿Pasaste alguna vez una noche más tranquila en nuestra casa de la Konigstrasse? ¡Sin ruidos ensordecedores de ruedas de carros, sin gritos de vendedores, sin lenguaje soez de barqueros o marineros!

—Bueno, tío, estamos en el fondo de este pozo, pero para mí hay algo terrible en esta calma.

—¿Por qué? —dijo el profesor acaloradamente—. Cualquiera diría que ya estás empezando a tener miedo. ¿Cómo te irá dentro de poco? Sabes que, hasta ahora, no hemos penetrado ni un centímetro en las entrañas de la tierra.

—¿Qué quiere decir, señor? —fue mi respuesta aturdida y asombrada.

—Quiero decir que solo acabamos de llegar al suelo de la isla misma. Este largo tubo vertical, que termina en el fondo del cráter del Sneffels, cesa aquí justo al nivel del mar.

—¿Está seguro, señor?

—Muy seguro. Consulta el barómetro.

Era muy cierto que el mercurio, tras subir gradualmente en el instrumento mientras duraba nuestro descenso, se había detenido precisamente en veintinueve grados.

—Percibes —dijo el profesor—, que hasta ahora solo tenemos que soportar la presión del aire. Tengo curiosidad por reemplazar el barómetro por el manómetro.

El barómetro, de hecho, estaba a punto de volverse inútil, tan pronto como el peso del aire fuera mayor de lo que se calculaba por encima del nivel del océano.

—Pero —dije—, ¿no es muy de temer que esta presión siempre creciente no resulte al final muy dolorosa e inconveniente?

—No —dijo él—. Descenderemos muy lentamente, y nuestros pulmones se acostumbrarán gradualmente a respirar aire comprimido. Es bien sabido que los aeronautas han subido tan alto que casi se quedan sin aire; ¿por qué, entonces, no íbamos a acostumbrarnos nosotros a respirar cuando tengamos, digamos, un poco demasiado de él? Por mi parte, estoy seguro de que lo preferiré. No perdamos un momento. ¿Dónde está el paquete que nos precedió en nuestro descenso?

Se lo señalé sonriendo a mi tío. Hans no lo había visto y creía que se había enganchado en algún lugar sobre nosotros: "Huppe", como él decía.

—Ahora —dijo mi tío—, desayunemos, y desayunemos como personas que tienen un largo día de trabajo por delante.

Bizcocho y carne seca, acompañados por algunos tragos de agua aromatizada con Schiedam, fueron el material de nuestra lujosa comida.

Tan pronto como terminamos, mi tío sacó de su bolsillo un cuaderno destinado a ser llenado con memorandos de nuestros viajes. Ya había colocado sus instrumentos en orden, y esto es lo que escribió:

Lunes, 29 de junio

Cronómetro, 8 h 17 m de la mañana.

Barómetro, 29,6 pulgadas.

Termómetro, 6 grados [43 grados Fahrenheit].

Dirección, E.S.E.

Esta última observación se refería a la oscura galería, y nos fue indicada por la brújula.

—Ahora, Harry —gritó el profesor en tono entusiasta—, estamos verdaderamente a punto de dar nuestro primer paso hacia el interior de la Tierra; nunca antes visitado por el hombre desde la primera creación del mundo. Puedes considerar, por tanto, que en este preciso momento nuestro viaje realmente comienza.

Al hacer mi tío esta observación, tomó con una mano el aparato de bobina de Ruhmkorff que colgaba de su cuello y con la otra puso la corriente eléctrica en comunicación con el serpentín de la linterna. ¡Y una luz brillante iluminó al instante aquel oscuro y sombrío túnel!

¡El efecto fue mágico!

Hans, que llevaba el segundo aparato, también lo puso en funcionamiento. Esta ingeniosa aplicación de la electricidad a fines prácticos nos permitió avanzar a la luz de un día artificial, incluso en medio del flujo de los gases más inflamables y combustibles.

—¡Adelante! —gritó mi tío. Cada uno tomó su carga. Hans fue el primero, mi tío le siguió y, yendo yo el tercero, ¡entramos en la sombría galería!

Justo cuando estábamos a punto de sumergirnos en este lúgubre pasaje, levanté la cabeza y, a través del pozo tubular, vi aquel cielo de Islandia que nunca volvería a ver.

¿Sería lo último que vería de cualquier cielo?

La corriente de lava que fluyó de las entrañas de la Tierra en 1219 se había abierto paso a través del túnel. Recubría todo el interior con su espesa y brillante capa. La luz eléctrica aumentaba considerablemente la brillantez del efecto.

La gran dificultad de nuestro viaje comenzaba ahora. ¿Cómo evitaríamos resbalar por aquel plano fuertemente inclinado? Afortunadamente, algunas grietas, abrasiones del suelo y otras irregularidades hacían las veces de escalones; y descendimos lentamente, dejando que nuestro pesado equipaje se deslizara por delante, sujeto al final de una larga cuerda.

Pero lo que servía de escalones bajo nuestros pies se convertía en otros lugares en estalactitas. La lava, muy porosa en ciertas zonas, tomaba la forma de pequeñas ampollas redondeadas. Cristales de cuarzo opaco, adornados con gotas límpidas de vidrio natural suspendidas del techo como candelabros, parecían incendiarse a medida que pasábamos por debajo de ellos. Uno habría imaginado que los genios de la novela estaban iluminando sus palacios subterráneos para recibir a los hijos de los hombres.

—¡Magnífico, glorioso! —grité en un momento de entusiasmo involuntario—. ¡Qué espectáculo, tío! ¿No admira estos tonos abigarrados de la lava, que recorren toda una serie de colores, desde el marrón rojizo hasta el amarillo pálido, en los grados más insensibles? Y estos cristales, parecen globos luminosos.

—Empiezas a ver los encantos de viajar, maestro Harry —gritó mi tío—. Espera un poco hasta que avancemos más. Lo que hemos descubierto hasta ahora no es nada; ¡adelante, muchacho, adelante!

Habría sido una expresión mucho más correcta y apropiada si hubiera dicho "deslicémonos", pues descendíamos por un plano inclinado con total facilidad. La brújula indicaba que nos movíamos en dirección sureste. El flujo de lava nunca se había desviado ni a la derecha ni a la izquierda. Tenía la inflexibilidad de una línea recta.

Sin embargo, para mi sorpresa, no encontramos un aumento perceptible del calor. Esto demostraba que las teorías de Humphry Davy estaban fundadas en la verdad, y más de una vez me encontré examinando el termómetro con silencioso asombro.

Dos horas después de nuestra partida, solo marcaba cincuenta y cuatro grados Fahrenheit. Tenía todas las razones para creer, por esto, que nuestro descenso era mucho más horizontal que vertical. En cuanto a descubrir la profundidad exacta que habíamos alcanzado, nada podía ser más fácil. El profesor, a medida que avanzaba, medía los ángulos de desviación e inclinación; pero se guardaba el resultado de sus observaciones para sí mismo.

Alrededor de las ocho de la tarde, mi tío dio la señal de alto. Hans se sentó en el suelo. Las lámparas quedaron colgadas de las fisuras de la roca de lava. Estábamos ahora en una gran caverna donde no faltaba el aire. Al contrario, abundaba. ¿Cuál podría ser la causa de esto?, ¿a qué agitación atmosférica podría atribuirse esta corriente? Pero esta era una pregunta que no deseaba discutir en ese momento. La fatiga y el hambre me hacían incapaz de razonar. Una marcha incesante de siete horas no se había mantenido sin un gran agotamiento. Estaba realmente agotado; y me sentí lo suficientemente encantado de oír la palabra "alto".

Hans dispuso algunas provisiones sobre un pedazo de lava y todos cenamos con mucho gusto. Una cosa, sin embargo, nos causaba gran inquietud: nuestra reserva de agua ya estaba medio agotada. Mi tío tenía plena confianza en encontrar recursos subterráneos, pero hasta ahora habíamos fracasado por completo en hacerlo. No pude evitar llamar la atención de mi tío sobre esta circunstancia.

—¿Y te sorprende esta ausencia total de manantiales? —dijo.

—Sin duda; estoy muy inquieto por ese punto. Ciertamente no tenemos suficiente agua para que nos dure cinco días.

—Estate tranquilo sobre ese asunto —continuó mi tío—. Respondo de que encontraremos mucha agua; de hecho, mucha más de la que necesitaremos.

—¿Pero cuándo?

—Cuando logremos atravesar esta corteza de lava. ¿Cómo puedes esperar que los manantiales se abran paso a través de estos muros de piedra sólida?

—¿Pero qué hay que pruebe que esta masa concreta de lava no se extiende hasta el centro de la Tierra? No creo que hayamos hecho mucho en sentido vertical hasta ahora.

—¿Qué te hace pensar eso, muchacho? —preguntó mi tío con suavidad.

—Bueno, me parece que si hubiéramos descendido muy por debajo del nivel del mar, encontraríamos un poco más de calor del que tenemos.

—Según tu sistema —dijo mi tío—, pero ¿qué dice el termómetro?

—Apenas quince grados según Réaumur, lo cual es solo un aumento de nueve desde nuestra partida.

—Bien, ¿y a qué conclusión te lleva eso? —preguntó el profesor.

—La deducción que saco de esto es muy sencilla. Según las observaciones más exactas, el aumento de la temperatura del interior de la Tierra es de un grado por cada cien pies. Pero ciertas causas locales pueden modificar considerablemente esta cifra. Así, en Yakutsk, en Siberia, se ha observado que el calor aumenta un grado cada treinta y seis pies. La diferencia depende evidentemente de la conductibilidad de ciertas rocas. En la vecindad de un volcán extinguido, se ha observado que la elevación de la temperatura era solo de un grado cada veinticinco pies. Sigamos, pues, este cálculo —que es el más favorable— y calculemos.

—Calcula, muchacho.

—Nada más fácil —dije, sacando mi cuaderno y mi lápiz—. Nueve veces ciento veinticinco pies hacen una profundidad de mil ciento veinticinco pies.

—Arquímedes no podría haber hablado con más geometría.

—¿Y bien?

—Bueno, según mis observaciones, estamos al menos a diez mil pies por debajo del nivel del mar.

—¿Puede ser posible?

—O mi cálculo es correcto, o no hay verdad en las cifras.

Los cálculos del profesor eran perfectamente correctos. Estábamos ya a seis mil pies más profundo en las entrañas de la Tierra que nadie antes. La profundidad más baja conocida a la que el hombre había penetrado hasta entonces era en las minas de Kitzbühel, en el Tirol, y en las de Wurtemberg.

La temperatura, que debería haber sido de ochenta y uno, era en este lugar de solo quince. Esto era un asunto de seria consideración.

CAPÍTULO 16

EL TÚNEL ORIENTAL

El día siguiente fue martes, 30 de junio, y a las seis de la mañana reanudamos nuestra marcha.

Seguimos recorriendo la galería de lava, un perfecto camino natural, tan fácil de descender como algunos de esos planos inclinados que, en las casas alemanas muy antiguas, sirven de escalera. Esto continuó hasta las doce y diecisiete minutos, el instante preciso en que nos reunimos con Hans, quien, habiéndose adelantado un poco, se había detenido repentinamente.

—Por fin —gritó mi tío—, hemos llegado al final del pozo.

Miré a mi alrededor con asombro. Estábamos en el centro de cuatro caminos transversales: túneles sombríos y estrechos. La cuestión ahora era cuál era prudente tomar; y esto de por sí no era una pequeña dificultad.

Mi tío, que no quería parecer dudar sobre el asunto ante mí o ante el guía, se decidió de inmediato. Señaló tranquilamente el túnel oriental y, sin demora, entramos en sus sombríos recovecos.

Además, si hubiera tenido alguna duda, esta podría haberse prolongado indefinidamente, pues no había indicación alguna por la cual determinar la elección. ¡Era absolutamente necesario confiar en el azar y en la buena fortuna!

El descenso de esta oscura y estrecha galería fue muy gradual y sinuoso. A veces mirábamos a través de una sucesión de arcos, cuyo curso se parecía mucho a las naves de una catedral gótica. Los grandes escultores y constructores artísticos de la Edad Media podrían haber completado aquí sus estudios con ventaja. Muchas ideas hermosas y sugestivas de belleza arquitectónica habrían sido descubiertas por ellos. Después de pasar por esta fase del camino cavernoso, llegamos repentinamente, una milla más adelante, a un sistema cuadrado de arcos, adoptado por los antiguos romanos, que sobresalía de la roca sólida y sostenía el peso del techo.

¡A veces nos encontrábamos con una serie de túneles subterráneos bajos que parecían madrigueras de castores o el trabajo de zorros, a través de cuyos caminos estrechos y sinuosos teníamos que arrastrarnos literalmente!

El calor seguía siendo de un grado bastante soportable. Con un escalofrío involuntario, reflexioné sobre cómo habría sido el calor cuando el volcán de Sneffels arrojaba su humo, llamas y corrientes de lava hirviente, todo lo cual debía haber subido por el camino que estábamos siguiendo ahora. ¡Podía imaginar los torrentes de piedra caliente y burbujeante precipitándose, con acompañamiento de humo, vapor y hedor sulfuroso!

—Solo de pensar en las consecuencias —medité—, si el viejo volcán volviera a ponerse en marcha...

No comuniqué estas reflexiones bastante desagradables a mi tío. No solo no las habría entendido, sino que se habría sentido profundamente disgustado. Su única idea era seguir adelante. Caminaba, se deslizaba, trepaba por montones de fragmentos, rodaba por montones de lava rota, con una seriedad y convicción que era imposible no admirar.

A las seis de la tarde, después de un viaje muy tedioso, pero no tan fatigoso como el anterior, habíamos avanzado seis millas hacia el sur, pero no habíamos bajado más de una milla.

Mi tío, como de costumbre, dio la señal de alto. Comimos nuestra comida en un silencio pensativo y luego nos retiramos a dormir.

Nuestros arreglos para la noche eran muy primitivos y sencillos. Una manta de viaje, en la que cada uno se envolvía, era toda nuestra ropa de cama. No teníamos necesidad de temer al frío ni a ninguna visita desagradable. Los viajeros que se entierran en las tierras salvajes y profundidades del desierto africano, que buscan beneficio y placer en los bosques del Nuevo Mundo, están obligados a turnarse para vigilar durante las horas de sueño; pero en esta región de la Tierra, la soledad absoluta y la seguridad completa reinaban soberanas.

No teníamos nada que temer ni de los salvajes ni de las bestias salvajes.

Tras una noche de dulce reposo, despertamos frescos y listos para la acción. Sin nada que nos detuviera, comenzamos nuestro viaje. Continuamos excavando a través del túnel de lava como antes. Era imposible saber por qué suelo estábamos avanzando. El túnel, además, en lugar de bajar a las entrañas de la Tierra, se volvió absolutamente horizontal.

Incluso pensé, tras algún examen, que estábamos ascendiendo. Alrededor de las diez de la mañana, este estado de cosas se volvió tan claro que, encontrando el cambio muy fatigoso, me vi obligado a ralentizar mi paso y finalmente a detenerme.

—Bueno —dijo el profesor rápidamente—, ¿qué pasa?

—El hecho es que estoy terriblemente cansado —fue mi respuesta sincera.

—¿Qué? —gritó mi tío—. ¿Cansado después de una caminata de tres horas y por un camino tan fácil?

—Fácil, supongo, pero muy fatigoso.

—¿Pero cómo puede ser eso, cuando todo lo que tenemos que hacer es bajar?

—Le pido perdón, señor. Desde hace algún tiempo he notado que estamos subiendo.

—¿Subiendo? —gritó mi tío, encogiéndose de hombros—. ¿Cómo puede ser eso?

—No cabe duda. Durante la última media hora, las pendientes han sido ascendentes y, si seguimos así mucho más tiempo, nos encontraremos de vuelta en Islandia.

Mi tío sacudió la cabeza con el aire de un hombre que no quiere ser convencido. Intenté continuar la conversación. Él no quiso responderme, pero una vez más dio la señal de salida. Pensé que su silencio era causado solo por un mal humor concentrado.

Como quiera que fuera, una vez más tomé mi carga y seguí audaz y resueltamente a Hans, que iba ahora por delante de mi tío. No me gustaba ser derrotado ni siquiera quedarme atrás. Estaba naturalmente ansioso por no perder de vista a mis compañeros. La sola idea de quedarme atrás, perdido en ese terrible laberinto, me hacía temblar como si tuviera fiebre.

Además, si el camino ascendente era más arduo y doloroso de trepar, tenía una fuente de consuelo y deleite secreto. A todas luces nos estaba llevando de vuelta a la superficie de la Tierra. Eso en sí mismo era esperanzador. Cada paso que daba me confirmaba en mi creencia, y ya empezaba a construir castillos en el aire en relación con mi matrimonio con mi bonita primita.

Alrededor de las doce del mediodía hubo un gran y repentino cambio en el aspecto de los lados rocosos de la galería. Primero lo noté por la disminución de los rayos de luz que reflejaban la lámpara. De estar recubierta de lava brillante y resplandeciente, se convirtió en roca viva. Los lados eran paredes inclinadas, que a veces se volvían completamente verticales.

Estábamos ahora en lo que los profesores de geología llaman estado de transición, en el periodo de las piedras silúricas, llamadas así porque este espécimen de formación temprana es muy común en Inglaterra, en los condados antiguamente habitados por la nación celta conocida como los siluros.

—Puedo verlo claramente ahora —grité—; los sedimentos de las aguas que alguna vez cubrieron toda la Tierra formaron, durante el segundo periodo de su existencia, estos esquistos y estas rocas calcáreas. Estamos dando la espalda a las rocas de granito, y somos como personas de Hamburgo que irían a Lübeck pasando por Hannover.

Podría haberme guardado mis observaciones. Mi entusiasmo geológico superó, sin embargo, a mi juicio más frío, y el profesor Hardwigg escuchó mis observaciones.

—¿Qué pasa ahora? —dijo, en un tono de gran gravedad.

—Bueno —grité—, ¿no ve estas diferentes capas de rocas calcáreas y la primera indicación de estratos de pizarra?

—Bueno, ¿y qué?

—Hemos llegado a ese periodo de la existencia del mundo en el que aparecieron las primeras plantas y los primeros animales.

—¿Eso crees?

—Sí, mire; examine y juzgue usted mismo.

Induje al profesor con cierta dificultad a que proyectara la luz de su lámpara sobre los lados de la larga y sinuosa galería. Esperaba que alguna exclamación brotara de sus labios. Estaba muy equivocado. El digno profesor nunca dijo una palabra.

Era imposible decir si me entendía o no. Quizás era posible que, en su orgullo —mi tío y un profesor instruido—, no le gustara admitir que se había equivocado al haber elegido el túnel oriental, ¿o estaba decidido a toda costa a llegar al final? Era evidente que habíamos abandonado la región de la lava y que el camino por el que íbamos no podía llevarnos de vuelta al gran cráter del monte Sneffels.

Mientras caminábamos, no pude evitar rumiar sobre toda la cuestión y preguntarme si no estaba dando demasiada importancia a estas modificaciones repentinas y peculiares de la corteza terrestre.

Después de todo, era muy probable que estuviera equivocado, y entraba dentro del rango de la probabilidad y la posibilidad que no estuviéramos avanzando a través de los estratos de rocas que yo creía reconocer apilados sobre la capa inferior de formación granítica.

—En cualquier caso, si tengo razón —pensé para mis adentros—, sin duda debo encontrar algunos restos de plantas primitivas, y será absolutamente necesario ceder ante tal evidencia indudable. Hagamos una buena búsqueda.

En consecuencia, no perdí oportunidad de buscar, y no había avanzado más de cien yardas cuando la evidencia que buscaba apareció de la manera más incontestable ante mis ojos. Era muy natural que esperara encontrar estas señales, pues durante el periodo silúrico los mares contenían no menos de mil quinientas especies animales y vegetales diferentes. Mis pies, tan acostumbrados al suelo de lava duro y árido, se encontraron de repente pisando una especie de polvo suave, restos de plantas y conchas.

Sobre las paredes mismas podía distinguir claramente el contorno, tan claro como una imagen solar, del fucus y los licopodios. El digno y excelente profesor Hardwigg no podía, por supuesto, cometer ningún error al respecto; pero creo que cerró deliberadamente los ojos y continuó su camino con paso firme e inalterable.

Empecé a pensar que estaba llevando su obstinación demasiado lejos. Ya no podía actuar con prudencia o compostura. Me incliné de repente y recogí una concha casi perfecta, que indudablemente había pertenecido a algún animal que se parecía mucho a algunos de los actuales. Habiendo asegurado el premio, seguí la estela de mi tío.

—¿Ve esto? —dije.

—Bueno —dijo el profesor, con la más imperturbable tranquilidad—, es la concha de un animal crustáceo del orden extinto de los trilobites; nada más, le aseguro.

—Pero —grité, muy turbado por su frialdad—, ¿no saca ninguna conclusión de ello?

—Bueno, si me permite preguntar, ¿qué conclusión saca usted mismo?

—Bueno, pensé...

—Sé, muchacho, lo que dirías, y tienes razón, perfecta e incontestablemente razón. Hemos abandonado finalmente la corteza de lava y el camino por el que ascendió la lava. Es muy posible que me haya equivocado, pero no podré descubrir mi error hasta que llegue al final de esta galería.

—Tiene usted toda la razón en lo que a eso respecta —respondí—, y aprobaría altamente su decisión, si no tuviéramos que temer el mayor de todos los peligros.

—¿Y cuál es ese?

—La falta de agua.

—Bueno, mi querido Henry, no se puede evitar. Debemos someternos a raciones.

Y siguió adelante.

CAPÍTULO 17

CADA VEZ MÁS PROFUNDO: LA MINA DE CARBÓN

En verdad, nos vimos obligados a someternos a raciones. Nuestro suministro ciertamente no duraría más de tres días. Averigüé esto a la hora de la cena. ¡Lo peor del asunto era que, en lo que se llama rocas de transición, difícilmente cabía esperar que encontráramos agua!

Había leído sobre los horrores de la sed y sabía que donde estábamos, una breve prueba de sus sufrimientos acabaría con nuestras aventuras... ¡y nuestras vidas! Pero era totalmente inútil discutir el asunto con mi tío. Habría respondido con algún axioma de Platón.

Durante todo el día siguiente continuamos nuestro viaje a través de esta interminable galería, arco tras arco, túnel tras túnel. Viajamos sin intercambiar una palabra. Nos habíamos vuelto tan mudos y reticentes como Hans, nuestro guía.

El camino ya no tenía una tendencia ascendente; en cualquier caso, si la tenía, no era muy clara. A veces no cabía duda de que estábamos bajando. Pero esta inclinación apenas podía distinguirse y de ninguna manera era tranquilizadora para el profesor, porque el carácter de los estratos no se modificaba en absoluto, y el carácter de transición de las rocas se volvía cada vez más marcado.

Era un espectáculo glorioso ver cómo la luz eléctrica resaltaba los destellos en las paredes de las rocas calcáreas y la antigua arenisca roja. Uno podría haberse imaginado en uno de esos profundos cortes en Devonshire, que han dado nombre a este tipo de suelo. Algunos magníficos especímenes de mármol sobresalían de los lados de la galería: algunos de un gris ágata con vetas blancas de carácter abigarrado, otros de un color amarillo manchado, con vetas rojas; más lejos se podían ver muestras de color en las que se encontraban costuras de color cereza en sus tonos más brillantes.

La mayor parte de estos mármoles estaban estampados con las marcas de animales primitivos. Desde la tarde anterior, la naturaleza y la creación habían hecho un progreso considerable. En lugar de los trilobites rudimentarios, percibía los restos de un orden más perfecto. Entre otros, el pez en el que el ojo de un geólogo ha sido capaz de descubrir la primera forma del reptil.

Los mares devónicos estaban habitados por un vasto número de animales de esta especie, que se depositaron por decenas de miles en las rocas de nueva formación.

Era bastante evidente para mí que estábamos ascendiendo en la escala de la vida animal, de la cual el hombre forma la cima. Mi excelente tío, el profesor, parecía no darse cuenta de estas advertencias. Estaba decidido a continuar a cualquier precio.

Debía estar esperando una de dos cosas: o que un pozo vertical estuviera a punto de abrirse bajo sus pies, permitiéndole así continuar su descenso, o que algún obstáculo insuperable nos obligara a detenernos y regresar por el camino que habíamos recorrido durante tanto tiempo. Pero llegó la noche de nuevo y, para mi horror, ¡ninguna de las dos esperanzas estaba destinada a realizarse!

El viernes, después de una noche en la que comencé a sentir la agónica punzada de la sed, y en la que, por consecuencia, el apetito disminuyó, nuestra pequeña banda se levantó y una vez más siguió los giros y recovecos, las subidas y bajadas, de esta galería interminable. Todos estaban silenciosos y sombríos. Podía ver que incluso mi tío se había aventurado demasiado lejos.

Tras unas diez horas más de progreso —un progreso aburrido y monótono hasta el último grado—, remarqué que la reverberación y el reflejo de nuestras lámparas sobre los lados del túnel habían disminuido singularmente. El mármol, el esquisto, las rocas calcáreas, la arenisca roja, habían desaparecido, dejando en su lugar una pared oscura y lúgubre, sombría y sin brillo. Cuando llegamos a una parte notablemente estrecha del túnel, apoyé mi mano izquierda contra la roca.

Cuando retiré la mano y casualmente la miré, estaba completamente negra. Habíamos llegado a los estratos de carbón de la Tierra Central.

—¡Una mina de carbón! —exclamé.

—Una mina de carbón sin mineros —respondió mi tío, un poco severo.

—¿Cómo podemos saberlo?

—Yo lo sé —respondió mi tío, en un tono agudo y doctoral—. Estoy perfectamente seguro de que esta galería a través de las sucesivas capas de carbón no fue cortada por la mano del hombre. Pero si es obra de la naturaleza o no, es de poca importancia para nosotros. Ha llegado la hora de nuestra comida vespertina; cenemos.

Hans, el guía, se ocupó de preparar la comida. Había llegado a ese punto en el que ya no podía comer. Lo único que me importaba eran las pocas gotas de agua que me correspondían. Lo que sufrí es inútil registrarlo. ¡La calabaza del guía, ni siquiera medio llena, era todo lo que nos quedaba a los tres!

Tras terminar su banquete, mis dos compañeros se tendieron sobre sus mantas y encontraron en el sueño un remedio para su fatiga y sufrimientos. En cuanto a mí, no pude dormir; me quedé contando las horas hasta la mañana.

A la mañana siguiente, sábado, a las seis, comenzamos de nuevo. Veinte minutos más tarde llegamos de repente a una vasta excavación. Por su inmensa extensión vi de inmediato que la mano del hombre no pudo haber tenido nada que ver con esta mina de carbón; la bóveda superior se habría derrumbado; tal como estaba, solo se mantenía unida por algún milagro de la naturaleza.

Esta inmensa caverna natural tenía unos cien pies de ancho por unos ciento cincuenta de alto. La tierra había sido evidentemente separada por alguna violenta conmoción subterránea. La masa, cediendo a algún prodigioso levantamiento de la naturaleza, se había partido en dos, dejando la vasta brecha en la que nosotros, habitantes de la tierra, habíamos penetrado por primera vez.

Toda la singular historia del periodo del carbón estaba escrita en aquellas paredes oscuras y lúgubres. Un geólogo habría podido seguir fácilmente las diferentes fases de su formación. Las vetas de carbón estaban separadas por estratos de arenisca, una arcilla compacta que parecía estar aplastada por el peso de arriba.

En aquel periodo del mundo que precedió a la época secundaria, la tierra estaba cubierta por una capa de vegetación enorme y rica, debida a la doble acción del calor tropical y la humedad perpetua. Una vasta nube atmosférica de vapor rodeaba la tierra por todos lados, evitando que los rayos del sol llegaran jamás a ella.

De ahí la conclusión de que estos calores intensos no provenían de esta nueva fuente de calórico.

Quizás incluso el astro del día no estaba del todo listo para su brillante labor: iluminar un universo. Los climas aún no existían, y un calor uniforme impregnaba toda la superficie del globo; el mismo calor existía en el Polo Norte que en el ecuador.

¿De dónde venía? ¿Del interior de la tierra?

A pesar de todas las teorías eruditas del profesor Hardwigg, un fuego feroz y vehemente ardía ciertamente dentro de las entrañas del gran esferoide. Su acción se sentía incluso hasta la corteza más superficial de la tierra; las plantas que existían entonces, al estar privadas de los rayos vivificantes del sol, no tenían ni brotes, ni flores, ni olor, pero sus raíces extraían una vida fuerte y vigorosa de la ardiente tierra de los primeros días.

Había pocos de lo que pueden llamarse árboles; solo plantas herbáceas, inmensos céspedes, zarzas, musgos, familias raras que, sin embargo, en aquellos días se contaban por decenas y decenas de miles.

Es enteramente a esta exuberante vegetación a lo que el carbón debe su origen. La corteza del vasto globo aún cedía bajo la influencia de la masa hirviente y burbujeante que trabajaba perpetuamente debajo. De ahí surgieron numerosas fisuras y continuos hundimientos de la tierra superior. La densa masa de plantas, al estar bajo las aguas, pronto se formó en vastas aglomeraciones.

Luego vino la acción de la química natural; en las profundidades del océano, la masa vegetal se convirtió primero en turba, luego, gracias a la influencia de los gases y la fermentación subterránea, experimentó el proceso completo de mineralización.

De esta manera, en los primeros días, se formaron esas vastas y prodigiosas capas de carbón, que un consumo siempre creciente debe agotar por completo en unos tres siglos más, si la gente no encuentra alguna luz más económica que el gas y alguna fuerza motriz más barata que el vapor.

Todas estas reflexiones, los recuerdos de mis estudios escolares, vinieron a mi mente mientras contemplaba estas poderosas acumulaciones de carbón, cuyas riquezas, sin embargo, difícilmente llegarán a ser utilizadas. La explotación de estas minas solo podría llevarse a cabo a un costo que nunca daría beneficios.

El asunto, sin embargo, apenas merece consideración cuando el carbón está esparcido por toda la superficie del globo, a pocos metros de la corteza superior. Por lo tanto, mientras miraba estos estratos intactos, supe que permanecerían mientras dure el mundo.

Mientras continuábamos nuestro viaje, fui el único que olvidó la longitud del camino al entregarme por completo a estas consideraciones geológicas. La temperatura continuó siendo muy similar a la que teníamos mientras viajábamos entre la lava y los esquistos. Por otro lado, mi sentido del olfato se vio muy afectado por un olor muy potente. Inmediatamente supe que la galería estaba llena hasta rebosar de ese gas peligroso que los mineros llaman grisú, cuya explosión ha causado accidentes tan terribles y espantosos, dejando a cien viudas y cientos de huérfanos en una sola hora.

Afortunadamente, pudimos iluminar nuestro progreso mediante el aparato de Ruhmkorff. Si hubiéramos sido tan temerarios e imprudentes como para explorar esta galería antorcha en mano, una terrible explosión habría puesto fin a nuestros viajes, simplemente porque no quedarían viajeros.

Nuestra excursión a través de esta maravillosa mina de carbón en las entrañas de la tierra duró hasta la tarde. Mi tío apenas podía ocultar su impaciencia e insatisfacción ante el hecho de que el camino siguiera avanzando en dirección horizontal.

La oscuridad, densa y opaca unos pocos metros adelante y atrás, hacía imposible distinguir cuál era la longitud de la galería. Por mi parte, comencé a creer que era simplemente interminable y que continuaría de la misma manera durante meses.

De repente, a las seis, nos encontramos frente a una pared. A la derecha, a la izquierda, arriba, abajo, no había pasaje alguno por ninguna parte. Habíamos llegado a un lugar donde las rocas decían en acentos inequívocos: «No hay paso».

Me quedé estupefacto. El guía simplemente se cruzó de brazos. Mi tío permaneció en silencio.

—Bien, bien, tanto mejor —exclamó mi tío al fin—, ahora sé en qué estamos. Decididamente no estamos en el camino seguido por Saknussemm. Todo lo que tenemos que hacer es regresar. Tomemos un buen descanso esta noche, y antes de que pasen tres días, les prometo que habremos recuperado el punto donde se dividían las galerías.

—Sí, tal vez, si nuestras fuerzas duran tanto —grité con voz lamentable.

—¿Y por qué no?

—Mañana, entre nosotros tres, no habrá ni una gota de agua. Se acaba de terminar.

—Y tu coraje con ella —dijo mi tío, hablando en tono severo.

¿Qué podía decir? Me giré sobre mi costado y, por puro agotamiento, caí en un sueño profundo perturbado por sueños de agua. Y me desperté sin haber descansado.

¡Habría cambiado una mina de diamantes por un vaso de agua pura de manantial!

CAPÍTULO 18

¡EL CAMINO EQUIVOCADO!

Al día siguiente, nuestra partida tuvo lugar a una hora muy temprana. No había tiempo para el menor retraso. Según mis cálculos, teníamos cinco días de arduo trabajo para volver al lugar donde se dividían las galerías.

Nunca podré contar todos los sufrimientos que soportamos en nuestro regreso. Mi tío los llevó como un hombre que se ha equivocado, es decir, con ira concentrada y reprimida; Hans, con toda la resignación de su carácter pacífico; y yo... confieso que no hice más que quejarme y desesperarme. No tenía ánimo para esta mala fortuna.

Pero había un consuelo. ¡La derrota al principio probablemente arruinaría todo el viaje!

Como había esperado desde el principio, nuestro suministro de agua se agotó por completo en nuestra primera jornada de marcha. Nuestra provisión de líquidos se redujo a nuestra reserva de Schiedam; pero este horrible —me atrevo a decir— este licor infernal quemaba la garganta, y no podía ni siquiera soportar verlo. Encontré que la temperatura era sofocante. Estaba paralizado por la fatiga. Más de una vez estuve a punto de caer inconsciente al suelo. Todo el grupo se detuvo entonces, y el digno islandés y mi excelente tío hicieron todo lo posible por consolarme y reconfortarme. Sin embargo, podía ver claramente que mi tío estaba luchando dolorosamente contra las extremas fatigas de nuestro viaje y la horrible tortura generada por la ausencia de agua.

¡Llegó al fin un momento en que dejé de recordar nada, cuando todo era un sueño terrible, horrible y fantástico!

Al fin, el martes, día siete del mes de julio, después de arrastrarnos de manos y rodillas durante muchas horas, más muertos que vivos, llegamos al punto de unión entre las galerías. Me quedé como un tronco, una masa inerte de carne humana sobre el suelo árido de lava. Eran entonces las diez de la mañana.

Hans y mi tío, apoyados contra la pared, intentaban mordisquear algunos trozos de galleta, mientras gemidos y suspiros profundos escapaban de mis labios resecos e hinchados. Luego caí en una especie de letargo profundo.

De pronto sentí a mi tío acercarse y levantarme tiernamente en sus brazos.

—Pobre muchacho —le oí decir en un tono de profunda compasión.

Me sentí profundamente conmovido por estas palabras, no estando para nada acostumbrado a muestras de debilidad femenina en el profesor. Cogí sus manos temblorosas entre las mías y les di una suave presión. Me permitió hacerlo sin resistencia, mirándome con amabilidad todo el tiempo. Sus ojos estaban húmedos de lágrimas.

Entonces le vi tomar la calabaza que llevaba a su costado. Para mi sorpresa, o mejor dicho, para mi estupefacción, la puso en mis labios.

—Bebe, muchacho —dijo.

¿Era posible que mis oídos no me hubieran engañado? ¿Estaba loco mi tío? Lo miré con una expresión, estoy seguro, bastante idiota. No podía creerlo. Temía demasiado la reacción de la decepción.

—Bebe —dijo de nuevo.

¿Había oído bien? Antes, sin embargo, de que pudiera hacerme la pregunta por segunda vez, un trago de agua refrescó mis labios y garganta resecos; un trago, pero creo sinceramente que me devolvió a la vida.

Le agradecí a mi tío juntando mis manos. Mi corazón estaba demasiado lleno para hablar.

—Sí —dijo—, un trago de agua, el último de todos... ¿me oyes, muchacho?, ¡el último! Lo he guardado en el fondo de mi botella como a la niña de mis ojos. Veinte veces, cien veces, he resistido el terrible deseo de beberlo. Pero... no, no, Harry, lo guardé para ti.

—Mi querido tío —exclamé, y las grandes lágrimas rodaron por mis mejillas calientes y febriles.

—Sí, pobre muchacho, sabía que cuando llegaras a este lugar, este cruce de caminos en la tierra, caerías medio muerto, y guardé mi última gota de agua para restablecerte.

—Gracias —grité—; gracias desde el fondo de mi corazón.

Por muy poco que mi sed se hubiera saciado realmente, había recuperado parcialmente mis fuerzas. Los músculos contraídos de mi garganta se relajaron, y la inflamación de mis labios disminuyó en cierta medida. Al menos, pude hablar.

—Bueno —dije—, no puede haber duda ahora sobre lo que tenemos que hacer. El agua nos ha faltado totalmente; nuestro viaje, por tanto, ha terminado. Regresemos.

Mientras decía esto, mi tío evitaba claramente mi rostro: bajó la cabeza; sus ojos estaban vueltos en todas las direcciones posibles menos en la correcta.

—Sí —continué, excitándome con mis propias palabras—, debemos volver a Sneffels. Que el cielo nos dé fuerzas para permitirnos volver a ver la luz del día. Ojalá estuviéramos ahora en la cima del cráter.

—Regresar —dijo mi tío para sí mismo—, ¿y debe ser así?

—Regresar, sí, y sin perder un solo momento —grité con vehemencia.

Durante algunos momentos hubo silencio bajo aquella bóveda oscura y lúgubre.

—Entonces, mi querido Harry —dijo el profesor en un tono de voz muy singular—, esas pocas gotas de agua no han bastado para devolverte tu energía y coraje.

—¡Coraje! —grité.

—Veo que estás tan abatido como antes, y que sigues cediendo al desaliento y a la desesperación.

¡De qué estaba hecho aquel hombre, y qué otros proyectos estaban entrando en su fértil y audaz cerebro!

—¿No está usted desalentado, señor?

—¡Qué! ¿Rendirse justo cuando estamos al borde del éxito? —exclamó—. Nunca, nunca se dirá que el profesor Hardwigg retrocedió.

—Entonces debemos resignarnos a perecer —grité con un suspiro de impotencia.

—No, Harry, muchacho, ciertamente no. Ve, déjame, estoy muy lejos de desear tu muerte. Llévate a Hans contigo. <i>Yo seguiré solo.</i>

—¿Nos pide que le dejemos?

—Déjenme, digo. He emprendido esta peligrosa y arriesgada aventura. La llevaré hasta el fin, o nunca regresaré a la superficie de la Madre Tierra. Ve, Harry, una vez más te digo, ¡ve!

Mi tío, mientras hablaba, estaba terriblemente excitado. Su voz, que antes había sido tierna, casi femenina, se volvió áspera y amenazante. Parecía estar luchando con desesperada energía contra lo imposible. No quería abandonarlo en el fondo de aquel abismo, mientras que, por otro lado, el instinto de preservación me decía que huyera.

Mientras tanto, nuestro guía observaba con profunda calma e indiferencia. Parecía ser una parte desinteresada, y sin embargo sabía perfectamente lo que pasaba entre nosotros. Nuestros gestos indicaban suficientemente los diferentes caminos que cada uno deseaba seguir, y los cuales cada uno intentaba influir para que el otro emprendiera. Pero Hans parecía no tomar el menor interés en lo que era realmente una cuestión de vida o muerte para todos nosotros, sino que esperaba, completamente listo para obedecer la señal que dijera subir, o reanudar su desesperado viaje hacia el interior de la tierra.

¡Cuánto deseé entonces con todo mi corazón y mi alma poder hacerle entender mis palabras! Mis representaciones, mis suspiros y gemidos, los acentos fervientes en los que debería haber hablado habrían convencido a aquella naturaleza fría y dura. Aquellos temibles peligros y riesgos de los que el impasible guía no tenía idea, se los habría señalado; se los habría, por así decir, hecho ver y sentir. Entre nosotros, podríamos haber convencido al obstinado profesor. Si lo peor hubiera llegado a lo peor, podríamos haberlo obligado a regresar a la cima de Sneffels.

Me acerqué silenciosamente a Hans. Cogí su mano entre las mías. No movió un solo músculo. Le indiqué el camino hacia la cima del cráter. Permaneció inmóvil. Mi forma jadeante, mi rostro demacrado, debían haber indicado el alcance de mis sufrimientos. El islandés sacudió suavemente la cabeza y señaló a mi tío.

—Amo —dijo.

La palabra es islandesa tanto como inglesa.

—¡El amo! —grité, fuera de mí por la furia—. ¡Loco! no... ¡te digo que no es el amo de nuestras vidas! ¡Debemos huir! ¡Debemos arrastrarlo con nosotros! ¿Me oyes? ¿Entiendes lo que digo?

Ya he explicado que sujetaba a Hans por el brazo. Intenté hacer que se levantara de su asiento. Luché con él e intenté forzarlo a alejarse. Mi tío intervino entonces.

—Mi buen Henry, cálmate —dijo—. No obtendrás nada de mi devoto seguidor; por lo tanto, escucha lo que tengo que decir.

Me crucé de brazos, tanto como pude, y miré a mi tío directamente a la cara.

—Esta miserable falta de agua —dijo— es el único obstáculo para el éxito de mi proyecto. En toda la galería, hecha de lava, esquisto y carbón, es cierto que no encontramos ni una molécula líquida. Es muy posible que tengamos más suerte en el túnel occidental.

Mi única respuesta fue sacudir la cabeza con aire de profunda incredulidad.

—Escúchame hasta el final —dijo el profesor en su conocido tono de conferencia—. Mientras yacías allí sin vida ni movimiento, emprendí un viaje de reconocimiento por la conformación de esta otra galería. He descubierto que desciende directamente hacia las entrañas de la tierra y en pocas horas nos llevará a la antigua formación granítica. En ella encontraremos sin duda innumerables manantiales. La naturaleza de la roca hace de esto una certeza matemática, y el instinto concuerda con la lógica al decir que es así. Ahora bien, esta es la seria propuesta que tengo que hacerte. Cuando Cristóbal Colón pidió a sus hombres tres días para descubrir la tierra prometida, sus hombres, enfermos, aterrorizados y desesperanzados, le dieron tres días; y el Nuevo Mundo fue descubierto. Ahora yo, el Cristóbal Colón de esta región subterránea, solo te pido un día más. Si, cuando ese tiempo expire, no he encontrado el agua que buscamos, te juro que abandonaré mi poderosa empresa y regresaré a la superficie de la tierra.

A pesar de mi irritación y desesperación, sabía cuánto le costaba a mi tío hacer esta propuesta y mantener un lenguaje tan conciliador. En estas circunstancias, ¿qué podía hacer sino ceder?

—Bien —grité—, que sea como usted desea, y que el cielo recompense su energía sobrehumana. Pero como, a menos que descubramos agua, nuestras horas están contadas, no perdamos tiempo, sino sigamos adelante.

CAPÍTULO 19

LA GALERÍA OCCIDENTAL: UNA NUEVA RUTA

Nuestro descenso se reanudó ahora por medio de la segunda galería. Hans tomó su puesto al frente como de costumbre. No habíamos recorrido más de cien yardas cuando el profesor examinó cuidadosamente las paredes.

—Esta es la formación primitiva; estamos en el camino correcto; ¡hacia adelante está nuestra esperanza!

Cuando toda la tierra se enfrió en las primeras horas de la mañana del mundo, la disminución del volumen de la tierra produjo un estado de dislocación en su corteza superior, seguido de rupturas, grietas y fisuras. El pasaje era una fisura de este tipo, a través de la cual, hace siglos, había fluido el granito eruptivo. Los mil rodeos y vueltas formaban un laberinto inextricable a través del suelo antiguo.

Mientras descendíamos, sucesiones de capas que componían el suelo primitivo aparecieron con la mayor fidelidad de detalle. La ciencia geológica considera este suelo primitivo como la base de la corteza mineral, y ha reconocido que está compuesto por tres estratos o capas diferentes, todos descansando sobre la roca inamovible conocida como granito.

Ningún mineralogista se había encontrado jamás en una posición tan maravillosa para estudiar la naturaleza en toda su belleza real y desnuda. La sonda, una mera máquina, no podía traer a la superficie de la tierra los objetos de valor para el estudio de su estructura interna, que estábamos a punto de ver con nuestros propios ojos, de tocar con nuestras propias manos.

Recuerden que escribo esto después del viaje.

A través de la veta de las rocas, coloreada por hermosos tintes verdes, serpenteaban hilos metálicos de cobre, de manganeso, con trazas de platino y oro. ¡No podía evitar contemplar estas riquezas enterradas en las entrañas de la Madre Tierra, y de las cuales ningún hombre disfrutaría hasta el fin de los tiempos! Estos tesoros, poderosos e inagotables, fueron enterrados en la mañana de la historia de la tierra, a profundidades tan terribles, ¡que ninguna palanca o pico los sacará jamás de su tumba!

La luz de nuestra bobina de Ruhmkorff, aumentada diez veces por la miríada de masas prismáticas de roca, enviaba sus chorros de fuego en todas direcciones, y podía imaginarme viajando a través de un enorme diamante hueco, cuyos rayos producían miríadas de efectos extraordinarios.

Hacia las seis, esta fiesta de luz comenzó sensible y visiblemente a disminuir, y pronto casi cesó. Los lados de la galería asumieron un tinte cristalizado, con un matiz sombrío; la mica blanca comenzó a mezclarse más libremente con el feldespato y el cuarzo, para formar lo que puede llamarse la verdadera roca: la piedra que es dura por encima de todo, que soporta, sin ser aplastada, los cuatro pisos del suelo de la tierra.

¡Estábamos amurallados por una inmensa prisión de granito!

Eran ahora las ocho, y todavía no había señales de agua. Los sufrimientos que soporté fueron horribles. Mi tío se mantenía ahora a la cabeza de nuestra pequeña columna. Nada podía inducirlo a detenerse. Yo, mientras tanto, no tenía más que un pensamiento real. Mi oído estaba atentamente alerta para captar el sonido de un manantial. Pero ningún sonido agradable de agua cayendo llegó a mi oído atento.

Pero al fin llegó el momento en que mis miembros se negaron a llevarme más tiempo. Luché heroicamente contra las terribles torturas que soportaba, porque no quería obligar a mi tío a detenerse. Para él, sabía que este sería el último golpe fatal.

De repente sentí que un desmayo mortal se apoderaba de mí. Mis ojos ya no podían ver; mis rodillas temblaban. Lancé un grito desesperado, ¡y caí!

—¡Ayuda, ayuda, me estoy muriendo!

Mi tío se volvió y lentamente volvió sobre sus pasos. Me miró con los brazos cruzados, y luego permitió que una frase escapara, en acentos huecos, de sus labios:

—Todo ha terminado.

Lo último que vi fue un rostro terriblemente distorsionado por el dolor y la pena; y luego mis ojos se cerraron.

Cuando los abrí de nuevo, vi a mis compañeros acostados cerca de mí, inmóviles, envueltos en sus enormes mantas de viaje. ¿Estaban dormidos o muertos? Para mí, el sueño estaba totalmente fuera de toda duda. Pasado mi desmayo, estaba tan despierto como una alondra. Sufría demasiado para que el sueño visitara mis párpados; más aún, porque me creía enfermo de muerte, muriendo. Las últimas palabras pronunciadas por mi tío parecían zumbar en mis oídos: ¡todo ha terminado! Y era probable que tuviera razón. En el estado de postración en el que me encontraba, era una locura pensar en volver a ver la luz del día.

Arriba había kilómetros y kilómetros de corteza terrestre. Al pensarlo, podía imaginar todo el peso descansando sobre mis hombros. ¡Estaba aplastado, aniquilado! y me agoté en vanos intentos de girar en mi lecho de granito.

Pasaron las horas. Un silencio profundo y terrible reinaba a nuestro alrededor: un silencio de tumba. Nada podía hacerse oír a través de estos gigantescos muros de granito. El solo pensamiento era estupendo.

De repente, a pesar de mi apatía, a pesar de la especie de calma mortal en la que estaba sumido, algo me despertó. Era un ruido leve pero peculiar. Mientras observaba atentamente, observé que el túnel se estaba oscureciendo. Entonces, mirando a través de la tenue luz que quedaba, creí ver al islandés marchándose, con la lámpara en la mano.

¿Por qué había actuado así? ¿Acaso Hans, el guía, pretendía abandonarnos? Mi tío yacía profundamente dormido, o muerto. Intenté gritar y despertarlo. Mi voz, saliendo débilmente de mis labios resecos y febriles, no encontró eco en ese lugar aterrador. Mi garganta estaba seca, mi lengua se pegaba al paladar. La oscuridad se había vuelto intensa a estas alturas, y al final incluso el leve sonido de los pasos del guía se perdió en la distancia vacía. Mi alma parecía llena de angustia, y la muerte parecía bienvenida, con tal de que llegara rápidamente.

—Hans nos deja —grité—. Hans, Hans, si eres un hombre, vuelve.

Estas palabras fueron dichas para mí mismo. No podían ser oídas en voz alta. Sin embargo, después de que los primeros momentos de terror pasaron, me avergoncé de mis sospechas contra un hombre que hasta entonces se había comportado tan admirablemente. Nada en su conducta o carácter justificaba la sospecha. Además, un momento de reflexión me tranquilizó. Su partida no podía ser una huida. En lugar de ascender por la galería, se dirigía más profundamente hacia el abismo. Si hubiera tenido algún mal designio, su camino habría sido hacia arriba.

¡Este razonamiento me calmó un poco y comencé a tener esperanza!

El bueno, pacífico e imperturbable Hans ciertamente no se habría levantado de su sueño sin algún motivo serio y grave. ¿Estaba empeñado en un viaje de descubrimiento? ¿Durante el profundo y silencioso silencio de la noche había escuchado al fin ese dulce murmullo sobre el que todos estábamos tan ansiosos?

CAPÍTULO 20

EL AGUA, ¿DÓNDE ESTÁ? UNA AMARGA DECEPCIÓN

Durante una larga, larga y agotadora hora, cruzaron por mi cerebro delirante todo tipo de razones sobre lo que podría haber despertado a nuestro tranquilo y fiel guía. Las ideas más absurdas y ridículas pasaron por mi cabeza, cada una más imposible que la anterior. Creo que estaba medio loco o completamente loco.

De repente, sin embargo, surgió, como de las profundidades de la tierra, una voz de consuelo. ¡Era el sonido de pasos! Hans regresaba.

Pronto la luz incierta comenzó a brillar sobre las paredes del pasaje, y luego apareció muy abajo en el túnel inclinado. Finalmente, apareció el propio Hans.

Se acercó a mi tío, puso su mano sobre su hombro y lo despertó suavemente. Mi tío, tan pronto como vio quién era, se levantó al instante.

—¡Bien! —exclamó el Profesor.

—Vatten —dijo el cazador.

Yo no sabía ni una sola palabra del idioma danés, y sin embargo, por una especie de instinto misterioso, entendí lo que el guía había dicho.

—¡Agua, agua! —grité, en un tono salvaje y frenético, aplaudiendo y gesticulando como un loco.

—¡Agua! —murmuró mi tío, con una voz de profunda emoción y gratitud—. ¿Hvar? ("¿Dónde?")

—Nedat. ("Abajo.")

—¡Dónde? ¡abajo! Entendí cada palabra. Había tomado al cazador por las manos y las sacudí con entusiasmo, mientras él observaba con total calma.

Los preparativos para nuestra partida no llevaron mucho tiempo, y pronto estábamos haciendo un rápido descenso hacia el túnel.

Una hora después habíamos avanzado mil yardas y descendido dos mil pies.

En ese momento escuché un sonido acostumbrado y bien conocido corriendo a lo largo de los pisos de la roca de granito: una especie de rugido sordo y sombrío, como el de una cascada distante.

Durante la primera media hora de nuestro avance, al no encontrar el manantial descubierto, mis sentimientos de intenso sufrimiento parecieron regresar. Una vez más comencé a perder toda esperanza. Mi tío, sin embargo, observando cuán abatido me estaba volviendo de nuevo, retomó la conversación.

—Hans tenía razón —exclamó con entusiasmo—; ese es el rugido sordo de un torrente.

—Un torrente —grité, encantado incluso de escuchar las bienvenidas palabras.

—No hay la menor duda al respecto —respondió—, un río subterráneo fluye a nuestro lado.

No respondí, pero me apresuré, animado una vez más por la esperanza. Comencé a no sentir siquiera la profunda fatiga que hasta entonces me había dominado. El sonido mismo de esta gloriosa agua murmurante ya me refrescaba. Podíamos oírlo aumentar de volumen a cada momento. El torrente, que durante mucho tiempo pudo oírse fluyendo sobre nuestras cabezas, corría ahora claramente a lo largo de la pared izquierda, rugiendo, corriendo, chisporroteando y todavía cayendo.

Varias veces pasé la mano por la roca con la esperanza de encontrar algún rastro de humedad, de la más mínima filtración. Por desgracia, en vano.

De nuevo pasó media hora en el mismo agotador esfuerzo. De nuevo avanzamos.

Ahora se hizo evidente que el cazador, durante su ausencia, no había podido llevar sus investigaciones más lejos. Guiado por un instinto peculiar de los habitantes de las regiones montañosas y los buscadores de agua, "olió" el manantial vivo a través de la roca. Aun así, no había visto el precioso líquido. No había saciado su propia sed, ni nos había traído ni una gota en su calabaza.

Además, pronto hicimos el desastroso descubrimiento de que, si continuábamos nuestro progreso, pronto nos alejaríamos del torrente, cuyo sonido disminuía gradualmente. Regresamos. Hans se detuvo en el lugar preciso donde el sonido del torrente parecía más cercano.

No pude soportar más el suspenso y el sufrimiento, y me senté contra la pared, detrás de la cual podía escuchar el agua hirviendo y efervesciendo a menos de dos pies de distancia. ¡Pero un muro sólido de granito todavía nos separaba de ella!

Hans me miró fijamente y, extrañamente, por una vez me pareció ver una sonrisa en su rostro imperturbable.

Se levantó de una piedra en la que estaba sentado y tomó la lámpara. No pude evitar levantarme y seguirlo. Se movió lentamente a lo largo de la pared de granito firme y sólida. Lo observé con curiosidad y entusiasmo mezclados. Pronto se detuvo y colocó su oído contra la piedra seca, moviéndose lentamente y escuchando con el mayor cuidado y atención. Comprendí de inmediato que estaba buscando el lugar exacto donde el rugido del torrente se escuchaba más claramente. Este punto lo encontró pronto en la pared lateral del lado izquierdo, unos tres pies por encima del nivel del suelo del túnel.

Estaba en un estado de intensa excitación. Apenas me atrevía a creer lo que el cazador de patos eider estaba a punto de hacer. Sin embargo, fue imposible en un momento más no entender y aplaudir, e incluso sofocarlo en mis abrazos, cuando lo vi levantar la pesada palanca y comenzar un ataque contra la propia roca.

—¡Salvados! —grité.

—Sí —gritó mi tío, aún más emocionado y encantado que yo—; Hans tiene toda la razón. ¡Oh, el digno, excelente hombre! Nunca se nos habría ocurrido tal idea.

Y a nadie más, creo, se le habría ocurrido. Tal proceso, por simple que pareciera, ciertamente no habría pasado por nuestras cabezas. Nada podría ser más peligroso que comenzar a trabajar con picos en esa parte particular del globo. Suponiendo que, mientras trabajaba, se produjera una ruptura, y suponiendo que el torrente, una vez ganada una pulgada, tomara una vara y viniera vertiéndose corporalmente a través de la roca rota.

Ninguno de estos peligros era quimérico. Eran solo demasiado reales. Pero en ese momento, ningún miedo al derrumbe del techo, o incluso a una inundación, era capaz de detenernos. Nuestra sed era tan intensa que para saciarla habríamos cavado por debajo del lecho del viejo Océano mismo.

Hans se puso a trabajar tranquilamente, un trabajo que ni mi tío ni yo habríamos emprendido a ningún precio. Nuestra impaciencia era tan grande que si hubiéramos comenzado con pico y palanca, la roca pronto se habría partido en cien fragmentos. El guía, por el contrario, tranquilo, listo, moderado, desgastaba la dura roca con pequeños golpes constantes de su instrumento, sin intentar hacer un agujero mayor de unas seis pulgadas. Mientras estaba de pie, escuché, o creí escuchar, el rugido del torrente aumentando momentáneamente de volumen, y a veces casi sentía la agradable sensación del agua en mis labios resecos.

Al final de lo que pareció una eternidad, Hans había hecho un agujero que permitió a su palanca entrar dos pies en la roca sólida. Había estado trabajando exactamente una hora. Parecieron una docena. Me estaba volviendo loco de impaciencia. Mi tío comenzó a pensar en usar medidas más violentas. Tuve la mayor dificultad para contenerlo. De hecho, acababa de tomar su palanca cuando se escuchó un fuerte y bienvenido silbido. Entonces, un chorro, o mejor dicho un surtidor, de agua irrumpió a través de la pared y salió con tanta fuerza que golpeó el lado opuesto.

Hans, el guía, que fue medio derribado por el impacto, apenas pudo contener un grito de dolor y pena. Entendí lo que quería decir cuando, al sumergir mis manos en el chorro chispeante, yo mismo lancé un grito salvaje y frenético. ¡El agua estaba hirviendo!

—Hirviendo —grité, con amarga decepción.

—Bueno, no importa —dijo mi tío—, pronto se enfriará.

El túnel comenzó a llenarse de nubes de vapor, mientras un pequeño chorro corría hacia el interior de la tierra. En poco tiempo tuvimos suficiente agua fresca para beber. La tragamos en grandes bocados.

¡Oh! ¡qué deleite exaltado, qué rico e incomparable lujo! ¿Qué era esta agua, de dónde venía? ¿Para nosotros qué era eso? El simple hecho era: era agua; y, aunque todavía con un tinte de calor, trajo de vuelta al corazón esa vida que, de no ser por ella, seguramente se habría desvanecido. Bebí con avidez, casi sin saborearla.

Sin embargo, cuando casi había saciado mi sed voraz, hice un descubrimiento.

—¡Vaya, es agua ferruginosa!

—Un excelente estomacal —respondió mi tío—, y altamente mineralizado. Aquí hay un viaje que vale veinte a Spa.

—Es muy buena —respondí.

—Ya lo creo. Agua encontrada a seis millas bajo tierra. Tiene un sabor peculiarmente a tinta que no es para nada desagradable. Hans puede felicitarse por haber hecho un descubrimiento poco común. ¿Qué dices, sobrino, de acuerdo con la costumbre habitual de los viajeros, de ponerle su nombre a la corriente?

—Bien —dije. Y el nombre de "Hansbach" ("Arroyo de Hans") fue acordado de inmediato.

Hans no estaba ni un poco más orgulloso después de escuchar nuestra determinación de lo que estaba antes. Después de haber tomado una cantidad muy pequeña del bienvenido refrigerio, se había sentado en un rincón con su habitual gravedad imperturbable.

—Ahora —dije—, no vale la pena dejar que esta agua se desperdicie.

—De qué sirve —respondió mi tío—, la fuente de la que nace este río es inagotable.

—No importa —continué—, llenemos nuestro odre y nuestras calabazas, y luego intentemos tapar la abertura.

Mi consejo, después de algunas dudas, fue seguido o se intentó seguir. Hans recogió todos los trozos rotos de granito que había sacado, y usando algo de estopa que resultó tener consigo, intentó cerrar la fisura que había hecho en la pared. Todo lo que hizo fue escaldarse las manos. La presión era demasiado grande, y todos nuestros intentos fueron un fracaso absoluto.

—Es evidente —observé— que la superficie superior de estos manantiales está situada a una altura muy grande arriba, como podemos inferir justamente por la gran presión del chorro.

—Eso no es dudoso en absoluto —respondió mi tío—, si esta columna de agua tiene unos treinta y dos mil pies de altura, la presión atmosférica debe ser algo enorme. Pero me acaba de ocurrir una nueva idea.

—¿Y cuál es?

—¿Por qué tomarse tantas molestias para cerrar esta abertura?

—Porque...

Dudé y tartamudeé, sin tener una razón real.

—Cuando nuestras botellas de agua estén vacías, no estamos nada seguros de que seremos capaces de llenarlas —observó mi tío.

—Creo que es muy probable.

—Bueno, entonces, deja que esta agua corra. Naturalmente, seguirá nuestro camino, y servirá para guiarnos y refrescarnos.

—Creo que la idea es buena —grité en respuesta—, y con este arroyo como compañero, no hay más razón para que no tengamos éxito en nuestro maravilloso proyecto.

—Ah, hijo mío —dijo el Profesor, riendo—, después de todo, estás cambiando de opinión.

—Más que eso, ahora estoy seguro del éxito final.

—Un momento, sobrino mío. Comencemos por tomar unas horas de reposo.

Había olvidado por completo que era de noche. El cronómetro, sin embargo, me informó del hecho. Pronto estuvimos suficientemente recuperados y refrescados, y todos habíamos caído en un sueño profundo.

CAPÍTULO 21

BAJO EL OCÉANO

Al día siguiente casi habíamos olvidado nuestros sufrimientos pasados. La primera sensación que experimenté fue sorpresa por no tener sed, y en realidad me pregunté la razón. La corriente que corría, que fluía en ondulaciones rielantes a mis pies, fue la respuesta satisfactoria.

Desayunamos con buen apetito, y luego bebimos hasta saciarnos de la excelente agua. Me sentí como un hombre nuevo, listo para ir a donde mi tío eligiera guiarme. Comencé a pensar. ¿Por qué no debería un hombre tan seriamente convencido como mi tío, tener éxito, con un guía tan excelente como el digno Hans, y un sobrino tan devoto como yo? Estas fueron las ideas brillantes que ahora invadían mi cerebro. Si se hubiera hecho la propuesta de regresar a la cima del monte Sneffels, habría rechazado la oferta de manera más indignada.

Pero afortunadamente no se trataba de subir. Estábamos a punto de descender más hacia el interior de la tierra.

—Pongámonos en marcha —grité, despertando los ecos del viejo mundo.

Reanudamos nuestra marcha el jueves a las ocho de la mañana. El gran túnel de granito, a medida que daba la vuelta por caminos sinuosos y tortuosos, presentaba de vez en cuando giros bruscos, y de hecho toda la apariencia de un laberinto. Su dirección, sin embargo, era en general hacia el suroeste. Mi tío hizo varias pausas para consultar su brújula.

La galería comenzó ahora a inclinarse hacia abajo en una dirección horizontal, con unas dos pulgadas de caída por cada estadio. La corriente murmurante fluía tranquilamente a nuestros pies. No pude evitar compararla con algún espíritu familiar, guiándonos a través de la tierra, y remojé mis dedos en su agua tibia, que cantaba como una náyade a medida que avanzábamos. Mi buen humor comenzó a asumir un carácter mitológico.

En cuanto a mi tío, comenzó a quejarse del carácter horizontal del camino. Su ruta, encontró, comenzaba a prolongarse indefinidamente, en lugar de "deslizarse por el rayo celestial", según su expresión.

Pero no teníamos otra opción; y mientras nuestro camino nos llevara hacia el centro, por poco progreso que hiciéramos, no había razón para quejarse.

Además, de vez en cuando las pendientes eran mucho mayores, la náyade cantaba más fuerte, y comenzamos a descender hacia abajo en serio.

Hasta ahora, sin embargo, no sentí ninguna sensación dolorosa. No había superado la emoción del descubrimiento del agua.

Ese día y el siguiente recorrimos una cantidad considerable de distancia horizontal, y relativamente muy poca vertical.

El viernes por la noche, diez de julio, según nuestra estimación, deberíamos haber estado a treinta leguas al sureste de Reikiavik, y a unas dos leguas y media de profundidad. Recibimos entonces una sorpresa bastante alarmante.

Bajo nuestros pies se abrió un pozo horrible. Mi tío estaba tan encantado que incluso aplaudió al ver cuán empinado y afilado era el descenso.

—¡Ah, ah! —gritó, con deleite arrebatador—; esto nos llevará muy lejos. Mira las proyecciones de la roca. ¡Ja! —exclamó—, ¡es una escalera aterradora!

Hans, sin embargo, que en todos nuestros problemas nunca había soltado las cuerdas, se encargó de disponerlas de tal manera que evitara cualquier accidente. Comenzó entonces nuestro descenso. No me atrevo a llamarlo un descenso peligroso, pues ya estaba demasiado familiarizado con ese tipo de trabajo como para verlo como algo más que un asunto muy ordinario.

Este pozo era una especie de abertura estrecha en el granito macizo del tipo conocido como fisura. La contracción del andamiaje terrestre, al enfriarse repentinamente, había sido evidentemente la causa. Si alguna vez había servido en tiempos pasados como una especie de embudo a través del cual pasaban las masas eruptivas vomitadas por el Sneffels, no alcanzaba a explicar cómo no había dejado huella alguna. De hecho, estábamos descendiendo por una espiral, algo parecido a esas escaleras de caracol que se usan en las casas modernas.

Nos veíamos obligados cada cuarto de hora, más o menos, a sentarnos para descansar las piernas. Nos dolían las pantorrillas. Entonces nos acomodábamos en alguna roca saliente con las piernas colgando y charlábamos mientras comíamos un bocado, bebiendo todavía del arroyo de curso agradablemente cálido que no nos había abandonado.

No es necesario decir que en esta fisura de forma curiosa el Hansbach se había convertido en una cascada en detrimento de su caudal. Sin embargo, seguía siendo suficiente, y más, para nuestras necesidades. Además, sabíamos que, tan pronto como la declividad dejara de ser tan abrupta, el arroyo debería retomar su curso pacífico. En ese momento me recordó a mi tío, su impaciencia y su rabia, mientras que, cuando fluía con más calma, me imaginaba la placidez del guía islandés.

Durante los dos días enteros, el seis y el siete de julio, seguimos la extraordinaria escalera de caracol de la fisura, penetrando dos leguas más en la corteza terrestre, lo que nos situó a cinco leguas por debajo del nivel del mar. El ocho, sin embargo, a las doce del día, la fisura adoptó de repente una pendiente mucho más suave, que seguía dirigiéndose en dirección sureste.

El camino se volvió ahora comparativamente fácil y, al mismo tiempo, terriblemente monótono. Habría sido difícil que las cosas hubieran resultado de otra manera. Nuestro peculiar viaje no tenía posibilidades de diversificarse con paisajes y vistas. En cualquier caso, esa era mi idea.

Finalmente, el miércoles quince, estábamos en realidad a siete leguas (veintiuna millas) por debajo de la superficie de la tierra, y a cincuenta leguas de distancia de la montaña del Sneffels. Aunque, a decir verdad, estábamos muy cansados, nuestra salud había resistido todos los sufrimientos y se encontraba en un estado de lo más satisfactorio. Nuestra caja de medicamentos de viajero ni siquiera se había abierto.

Mi tío se cuidaba de anotar cada hora las indicaciones de la brújula, del manómetro y del termómetro, todo lo cual publicó después en su elaborado informe filosófico y científico de nuestro notable viaje. Por tanto, pudo dar una relación exacta de la situación. Cuando, pues, me informó de que estábamos a cincuenta leguas de distancia en dirección horizontal de nuestro punto de partida, no pude reprimir una exclamación sonora.

—¿Qué pasa ahora? —gritó mi tío.

—Nada muy importante, solo que se me ha ocurrido una idea —fue mi respuesta.

—Bueno, suéltala, muchacho.

—Es mi opinión que, si tus cálculos son correctos, ya no estamos bajo Islandia.

—¿Eso crees?

—Podemos averiguarlo muy fácilmente —respondí, sacando un mapa y un compás.

—Ya ves —dije, tras una medición cuidadosa—, que no me equivoco. Estamos mucho más allá del cabo Portland; y esas cincuenta leguas al sureste nos llevarán a mar abierto.

—Bajo el mar abierto —gritó mi tío, frotándose las manos con aire encantado.

—Sí —grité—, ¡sin duda el viejo Océano fluye sobre nuestras cabezas!

—Bueno, querido muchacho, ¿qué puede haber más natural? ¿Acaso no sabes que en los alrededores de Newcastle hay minas de carbón que se han trabajado muy adentro bajo el mar?

Ahora bien, mi digno tío, el Profesor, sin duda consideraba este descubrimiento como un hecho muy simple, pero para mí la idea no era en absoluto agradable. Y, sin embargo, al ponerse a pensar seriamente en el asunto, ¿qué importaba si las llanuras y montañas de Islandia estaban suspendidas sobre nuestras devotas cabezas o las poderosas olas del océano Atlántico? Toda la cuestión residía en la solidez del techo de granito que estaba sobre nosotros. Sin embargo, pronto me acostumbré a la idea, pues el pasaje, ahora nivelado, ahora descendiendo, y siempre hacia el sureste, seguía profundizando más y más en los profundos abismos de la Madre Tierra.

Tres días después, el dieciocho de julio, un sábado, llegamos a una especie de vasta gruta. Mi tío pagó aquí a Hans sus rix-dólares habituales, y se decidió que el día siguiente sería un día de descanso.

CAPÍTULO 22

DOMINGO BAJO TIERRA

Desperté el domingo por la mañana sin ninguna sensación de prisa y ajetreo asociada a una partida inmediata. Aunque el día que iba a dedicar al reposo y la reflexión transcurriera bajo circunstancias tan extrañas y en un lugar tan maravilloso, la idea era agradable. Además, todos empezábamos a acostumbrarnos a este tipo de existencia. Casi había dejado de pensar en el sol, en la luna, en las estrellas, en los árboles, las casas y las ciudades; de hecho, en cualquier necesidad terrestre. En nuestra posición peculiar estábamos muy por encima de tales reflexiones.

La gruta era una sala vasta y magnífica. A lo largo de su suelo granítico, el arroyo fluía con placidez y agrado. Tan grande era ahora la distancia desde su ardiente fuente que su agua estaba apenas tibia y podía beberse sin demora ni dificultad.

Después de un desayuno frugal, el Profesor se decidió a dedicar algunas horas a poner en orden sus notas y cálculos.

—En primer lugar —dijo—, tengo muchas que verificar y probar, para que podamos conocer nuestra posición exacta. Deseo poder, a nuestro regreso a las regiones superiores, hacer un mapa de nuestro viaje, una especie de sección vertical del globo, que sea, por así decirlo, el perfil de la expedición.

—Eso sería, en verdad, un trabajo curioso, tío; pero ¿puedes hacer tus observaciones con algo parecido a la certeza y la precisión?

—Puedo. Nunca he dejado de anotar con gran cuidado los ángulos y las pendientes en ninguna ocasión. Estoy seguro de no haber cometido error alguno. Toma la brújula y examina cómo apunta.

Miré el instrumento con cuidado.

—Este, un cuarto al sureste.

—Muy bien —reanudó el Profesor, anotando la observación y realizando algunos cálculos rápidos—. Calculo que hemos viajado doscientas cincuenta millas desde nuestro punto de partida.

—¿Entonces las poderosas olas del Atlántico están rodando sobre nuestras cabezas?

—Ciertamente.

—¿Y en este mismo momento es posible que feroces tempestades estén rugiendo arriba, y que hombres y barcos estén luchando contra los vientos iracundos justo sobre nuestras cabezas?

—Está totalmente dentro del rango de la posibilidad —respondió mi tío, sonriendo.

—¿Y que las ballenas estén jugando en bancos, azotando el fondo del mar, el techo de nuestra prisión adamantina?

—Quédate tranquilo en ese punto; no hay peligro de que lo atraviesen. Pero volvamos a nuestros cálculos. Estamos al sureste, a doscientas cincuenta millas de la base del Sneffels y, según mis notas anteriores, creo que hemos recorrido dieciséis leguas en dirección descendente.

—¡Dieciséis leguas, cincuenta millas! —grité.

—Estoy seguro de ello.

—Pero ese es el límite extremo permitido por la ciencia para el espesor de la corteza terrestre —repliqué, refiriéndome a mis estudios geológicos.

—No contradigo esa afirmación —fue su respuesta tranquila.

—Y en esta etapa de nuestro viaje, según todas las leyes conocidas sobre el aumento del calor, debería haber aquí una temperatura de <i>mil quinientos grados de Réaumur</i>.

—Debería haber, dices, muchacho.

—En cuyo caso este granito no existiría, sino que estaría en estado de fusión.

—Pero percibes, muchacho, que no es así, y que los hechos, como de costumbre, son cosas muy tercas, superando todas las teorías.

—Me veo obligado a ceder ante la evidencia de mis sentidos, pero no obstante estoy muy sorprendido.

—¿Qué calor indica realmente el termómetro? —continuó el filósofo.

—Veintisiete grados y seis décimas.

—De modo que la ciencia se equivoca por mil cuatrocientos setenta y cuatro grados y cuatro décimas. Según lo cual, queda demostrado que el aumento proporcional de la temperatura es un error descartado. Humphry Davy brilla aquí en todo su esplendor. Tiene razón, y he actuado sabiamente al creerle. ¿Tienes alguna respuesta que dar a esta afirmación?

Si hubiera elegido hablar, podría haber dicho mucho. De ninguna manera admitía la teoría de Humphry Davy; seguía manteniendo la teoría del aumento proporcional del calor, aunque no lo sintiera.

Estaba mucho más dispuesto a admitir que esta chimenea de un volcán extinguido estaba cubierta por lava de un tipo refractario al calor —de hecho, un mal conductor—, que no permitía que el gran aumento de temperatura se filtrara a través de sus lados. El chorro de agua caliente apoyaba mi punto de vista sobre el asunto.

Pero sin entrar en una larga e inútil discusión, o buscar nuevos argumentos para contradecir a mi tío, me contenté con aceptar los hechos tal como eran.

—Bueno, señor, doy por sentado que todos sus cálculos son correctos, pero permítame extraer de ellos una conclusión rigurosa y definitiva.

—Continúa, muchacho, di lo que tengas que decir —gritó mi tío con buen humor.

—En el lugar donde nos encontramos ahora, bajo la latitud de Islandia, la profundidad terrestre es de unas mil quinientas ochenta y tres leguas.

—Mil quinientas ochenta y tres y un cuarto.

—Bueno, supongamos que decimos mil seiscientas en números redondos. Ahora bien, de un viaje de mil seiscientas leguas hemos completado dieciséis.

—Como dices, ¿y qué?

—A costa de un viaje diagonal de no menos de ochenta y cinco leguas.

—Exactamente.

—Hemos tardado veinte días en ello.

—Exactamente veinte días.

—Ahora bien, dieciséis es la centésima parte de nuestra expedición proyectada. Si continuamos de esta manera, tardaremos dos mil días, es decir, unos cinco años y medio, en bajar.

El Profesor se cruzó de brazos, escuchó, pero no habló.

—Sin contar que, si un descenso vertical de dieciséis leguas nos cuesta una horizontal de ochenta y cinco, tendremos que recorrer unas ocho mil leguas hacia el sureste, y por lo tanto debemos salir por algún lugar de la circunferencia mucho antes de que podamos esperar llegar al centro.

—¡Al diablo con tus cálculos! —gritó mi tío en uno de sus antiguos arrebatos—. ¿Sobre qué base descansan? ¿Cómo sabes que este pasaje no nos lleva directamente al fin que requerimos? Además, tengo a mi favor, afortunadamente, un precedente. Lo que yo he emprendido hacer, otro lo ha hecho, y habiendo tenido éxito, ¿por qué no habría de tener yo el mismo éxito?

—Espero, de verdad, que lo tengas, pero aun así, supongo que se me permitirá...

—Se te permite guardar silencio —gritó el Profesor Hardwigg— cuando hablas tan irrazonablemente como esto.

Vi de inmediato que el viejo Profesor doctoral seguía vivo en mi tío, y temeroso de despertar sus pasiones airadas, dejé el tema desagradable.

—Ahora, pues —explicó—, consulta el manómetro. ¿Qué indica eso?

—Una cantidad considerable de presión.

—Muy bien. Ves, entonces, que al descender lentamente, y al acostumbrarnos gradualmente a la densidad de esta atmósfera inferior, no sufriremos.

—Bueno, supongo que no, excepto quizás por una cierta cantidad de dolor en los oídos —fue mi respuesta bastante sombría.

—Eso, querido muchacho, no es nada, y te librarás fácilmente de esa fuente de incomodidad poniendo el aire exterior en comunicación con el aire contenido en tus pulmones.

—Perfectamente —dije, pues había decidido por completo no contradecir en absoluto a mi tío—. Me imaginaría casi que experimentaría una cierta cantidad de satisfacción al dar un salto en esta atmósfera densa. ¿Has tomado nota de lo maravillosamente que se propaga el sonido?

—Por supuesto que lo he hecho. No puede haber duda de que un viaje al interior de la tierra sería una excelente cura para la sordera.

—Pero entonces, tío —me aventuré a observar suavemente—, esta densidad continuará aumentando.

—Sí, según una ley que, sin embargo, apenas está definida. Es cierto que la intensidad del peso disminuirá justo en proporción a la profundidad a la que vayamos. Sabes muy bien que es en la superficie de la tierra donde su acción se siente con más fuerza, mientras que, por el contrario, en el mismo centro de la tierra los cuerpos dejan de tener peso alguno.

—Sé que ese es el caso, pero a medida que avancemos, ¿no asumirá finalmente la atmósfera la densidad del agua?

—Lo sé; cuando se coloca bajo la presión de setecientas diez atmósferas —gritó mi tío con imperturbable gravedad.

—¿Y cuando estemos todavía más abajo? —pregunté con ansiedad natural.

—Bueno, más abajo, la densidad será aún mayor.

—Entonces, ¿cómo podremos abrirnos camino a través de esta niebla atmosférica?

—Bueno, digno sobrino mío, debemos lastrarnos llenando nuestros bolsillos con piedras —dijo el Profesor Hardwigg.

—Fe, tío, tienes una respuesta para todo —fue mi única respuesta.

Empecé a sentir que no era prudente ir más lejos en el amplio campo de las hipótesis, pues sin duda habría revivido alguna dificultad, o más bien imposibilidad, que habría enfurecido al Profesor.

Era evidente, sin embargo, que el aire bajo una presión que podría multiplicarse por miles de atmósferas terminaría volviéndose perfectamente sólido, y que entonces, admitiendo que nuestros cuerpos resistieran la presión, tendríamos que detenernos, a pesar de todos los razonamientos del mundo. Los hechos superan a todos los argumentos.

Pero pensé que era mejor no insistir en este argumento. Mi tío simplemente habría citado el ejemplo de Saknussemm. Suponiendo que el viaje del sabio islandés hubiera tenido lugar realmente, había una respuesta simple que dar:

En el siglo XVI ni el barómetro ni el manómetro se habían inventado; ¿cómo, entonces, podría Saknussemm haber sido capaz de descubrir cuándo llegó al centro de la tierra?

Esta objeción, irrefutable y erudita, me la guardé para mí y, armándome de valor, esperé el curso de los acontecimientos, poco consciente de cuán aventureros iban a ser aún los incidentes de nuestro notable viaje.

El resto de este día de ocio y reposo se pasó en cálculos y conversaciones. Me propuse estar de acuerdo con el Profesor en todo; pero envidiaba la indiferencia perfecta de Hans, quien, sin tomarse ninguna molestia sobre la causa y el efecto, seguía ciegamente adelante dondequiera que el destino eligiera llevarlo.

CAPÍTULO 23

SOLO

Debe confesarse, en honor a la verdad, que las cosas hasta ahora habían ido bien, y habría actuado de mala fe al quejarme. Si el medio verdadero de nuestras dificultades no aumentaba, estaba dentro del rango de lo posible que finalmente pudiéramos llegar al final de nuestro viaje. ¡Entonces qué gloria sería la nuestra! Empecé, en el ardor recién despertado de mi alma, a hablar con entusiasmo al Profesor. Bueno, ¿hablaba en serio? Todo el estado en el que existíamos era un misterio, y era imposible saber si hablaba en serio o no.

Durante varios días después de nuestra memorable parada, las pendientes se volvieron más rápidas; algunas fueron incluso de carácter espantoso, casi verticales, de modo que íbamos bajando perpetuamente hacia la masa sólida interior. Durante algunos días, descendimos realmente una legua y media, incluso dos leguas hacia el centro de la tierra. Los descensos fueron suficientemente peligrosos, y mientras estábamos ocupados en ellos aprendimos a apreciar plenamente la maravillosa frialdad de nuestro guía, Hans. Sin él, nos habríamos perdido por completo. El grave e impasible islandés se dedicó a nosotros con la sangre fría y la facilidad más incomprensibles; y, gracias a él, se superó más de un paso peligroso donde, de no haber sido por él, nos habríamos quedado atrapados inevitablemente.

Su silencio aumentaba cada día. Creo que empezamos a ser influenciados por este rasgo peculiar de su carácter. Es cierto que los objetos inanimados por los que estás rodeado tienen una acción directa sobre el cerebro. Debe ser que un hombre que se encierra entre cuatro paredes debe perder la facultad de asociar ideas y palabras. ¡Cuántas personas condenadas a los horrores del confinamiento solitario se han vuelto locas simplemente porque las facultades pensantes han permanecido latentes!

Durante las dos semanas que siguieron a nuestra última conversación interesante, no ocurrió nada digno de ser registrado especialmente.

He intentado, mientras escribía estas memorias, forzar mi memoria en vano en busca de un incidente de viaje durante este período en particular.

Pero el siguiente evento que relataré es verdaderamente terrible. Su recuerdo, incluso ahora, hace que mi alma se estremezca y mi sangre se hiele.

Fue el siete de agosto. Nuestros constantes y sucesivos descensos nos habían llevado treinta leguas hacia el interior de la tierra, es decir, que sobre nosotros había treinta leguas, casi cien millas, de rocas, océanos, continentes y ciudades, por no mencionar a los habitantes vivos. Estábamos en dirección sureste, a unas doscientas leguas de Islandia.

En ese memorable día, el túnel había comenzado a tomar un curso casi horizontal.

En esta ocasión, yo caminaba delante. Mi tío estaba a cargo de una de las bobinas de Ruhmkorff, yo tenía la otra en mi poder. Por medio de su luz, estaba ocupado examinando las diferentes capas de granito. Estaba completamente absorto en mi trabajo.

De repente, al detenerme y darme la vuelta, ¡descubrí que estaba solo!

—Bueno —pensé para mis adentros—, sin duda he estado caminando demasiado rápido, o si no, Hans y mi tío se han detenido a descansar. Lo mejor que puedo hacer es volver y encontrarlos. Por suerte, hay muy poca subida que me fatigue.

En consecuencia, desanduve mis pasos y, mientras lo hacía, caminé al menos durante un cuarto de hora. Bastante inquieto, hice una pausa y miré ansiosamente a mi alrededor. Ni un alma viviente. Llamé en voz alta. Ninguna respuesta. ¡Mi voz se perdió en la miríada de ecos cavernosos que despertó!

Comencé por primera vez a sentirme seriamente inquieto. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, y una transpiración, fría y terrible, brotó sobre mi piel.

—Debo estar tranquilo —dije, hablando en voz alta, como los niños silban para ahuyentar el miedo—. No hay duda de que encontraré a mis compañeros. No puede haber dos caminos. Es seguro que yo estaba considerablemente adelantado; todo lo que tengo que hacer es volver.

Habiendo llegado a esta determinación, ascendí por el túnel durante al menos media hora, incapaz de decidir si había visto antes ciertos puntos de referencia. De vez en cuando me detenía para descubrir si se me hacía algún llamamiento fuerte, sabiendo bien que en esa atmósfera densa e intensificada lo oiría desde muy lejos. Pero no. El silencio más extraordinario reinaba en esta inmensa galería. Solo se podían oír los ecos de mis propios pasos.

Al final me detuve. Apenas podía realizar el hecho de mi aislamiento. Estaba muy dispuesto a pensar que me había equivocado, pero no que estaba perdido. Si me había equivocado, podría encontrar mi camino; si estaba perdido... me estremecí al pensarlo.

—Vamos, vamos —me dije a mí mismo—, puesto que solo hay un camino, y ellos deben venir por él, finalmente nos encontraremos. Todo lo que tengo que hacer es seguir subiendo. Quizás, sin embargo, al no verme, y olvidando que yo estaba delante, hayan vuelto en mi busca. Aun así, incluso en este caso, si me doy prisa, los alcanzaré. No puede haber duda sobre el asunto.

Pero mientras pronunciaba estas últimas palabras en voz alta, habría estado bastante claro para cualquier oyente —si hubiera habido alguno— que de ninguna manera estaba convencido del hecho. Además, para asociar estas simples ideas y reunirlas bajo la forma de razonamiento, se requería algo de tiempo. No podía, de repente, hacer que mi cerebro pensara.

Entonces, otra terrible duda se apoderó de mi alma. Después de todo, ¿estaba yo por delante? Por supuesto que sí. Hans sin duda seguía detrás, precedido por mi tío. Recordaba perfectamente que este se había detenido un momento para ajustar su equipaje sobre el hombro. Ahora recordaba este detalle trivial. Fue, creo, justo en ese preciso instante cuando me había decidido a continuar mi ruta.

—De nuevo —pensé, razonando con tanta calma como me era posible—, hay otro medio seguro de no perder el camino, un hilo que me guíe a través del laberíntico retiro subterráneo, uno que había olvidado: mi fiel río.

Este razonamiento animó mi decaído espíritu y resolví reanudar mi viaje sin más demora. No había tiempo que perder.

Fue en este momento cuando tuve motivos para bendecir la previsión de mi tío, cuando se negó a permitir que el cazador de eider cerrara los orificios de la fuente termal, esa pequeña fisura en la gran masa de granito. Este manantial benéfico, después de habernos salvado de la sed durante tantos días, ahora me permitiría recuperar el camino correcto.

Habiendo llegado a esta decisión mental, me propuse, antes de emprender la marcha hacia arriba, que una ablución sin duda me haría mucho bien.

Me detuve para sumergir las manos y la frente en el agradable agua del arroyo Hansbach, bendiciendo su presencia como un consuelo seguro.

¡Imaginad mi horror y estupefacción! Estaba pisando un camino duro, polvoriento y de grava de granito. ¡El arroyo con el que contaba había desaparecido por completo!

CAPÍTULO 24

¡PERDIDO!

Ninguna palabra en lenguaje humano puede describir mi absoluta desesperación. Estaba literalmente enterrado vivo, sin otra expectativa ante mí que morir en toda la lenta y horrible tortura del hambre y la sed.

Mecánicamente me arrastré, palpando la roca seca y árida. Nunca en mi imaginación había sentido nada tan seco.

Pero, me preguntaba frenéticamente, ¿cómo había perdido el curso del arroyo? No cabía duda de que había dejado de fluir en la galería en la que ahora me encontraba. Ahora empezaba a comprender la causa del extraño silencio que prevalecía cuando, la última vez, intenté ver si algún llamamiento a mis compañeros podía, por casualidad, llegar a mis oídos.

Ocurrió que, cuando di mi primer paso imprudente en la dirección equivocada, no percibí la ausencia del importantísimo arroyo.

Ahora estaba bastante claro que, cuando nos detuvimos, otro túnel debió recibir las aguas del pequeño torrente, y que yo, inconscientemente, había entrado en una galería diferente. ¿A qué profundidades desconocidas habrían ido mis compañeros? ¿Dónde estaba yo?

¡Cómo volver! ¡Ni rastro ni punto de referencia, absolutamente ninguno! Mis pies no dejaban huellas sobre el granito y la grava. Mi cerebro palpitaba de agonía mientras intentaba descubrir la solución a este terrible problema. Mi situación, tras toda sofistería y reflexión, finalmente debía resumirse en tres palabras terribles:

¡Perdido! ¡Perdido! ¡¡PERDIDO!!

Perdido a una profundidad que, para mi entendimiento finito, parecía inconmensurable.

Estas treinta leguas de la corteza terrestre pesaban sobre mis hombros como el globo sobre los hombros de Atlas. Me sentía aplastado por el horrible peso. ¡Era, en verdad, una situación capaz de llevar a la locura al hombre más cuerdo!

Intenté devolver mis pensamientos a las cosas del mundo tan olvidadas. Fue con la mayor dificultad que logré hacerlo. Hamburgo, la casa de la Königstrasse, mi querida prima Gretchen... todo ese mundo que antes se había desvanecido como una sombra flotaba ante mi ahora vívida imaginación.

Allí estaban ante mí, pero qué irreales. Bajo la influencia de una terrible alucinación, vi todos los incidentes de nuestro viaje pasar ante mis ojos como las escenas de un panorama. ¡El barco y sus ocupantes, Islandia, el señor Fridriksson y la gran cumbre del monte Sneffels! Me dije a mí mismo que, si en mi posición conservaba el más tenue y sombrío esbozo de esperanza, sería una señal segura de que el delirio se acercaba. ¡Sería mejor entregarse por completo a la desesperación!

De hecho, si razonaba con calma y filosofía, ¿qué poder humano existía capaz de devolverme a la superficie de la tierra y, además, listo para partir en dos, para desgarrar aquellas enormes y poderosas bóvedas que se alzaban sobre mi cabeza? ¿Quién podría permitirme encontrar mi camino y recuperar a mis compañeros?

¡Insensata locura y desvarío albergar siquiera una sombra de esperanza!

—¡Oh, tío! —fue mi grito de desesperación.

Esta fue la única palabra de reproche que acudió a mis labios, pues entendía perfectamente cuán profunda y dolorosamente lamentaría el digno profesor mi pérdida, y cómo, a su vez, me buscaría pacientemente.

Cuando por fin empecé a resignarme al hecho de que no cabía esperar más ayuda del hombre, y sabiendo que era totalmente impotente para hacer nada por mi propia salvación, me arrodillé con fervor sincero y pedí ayuda al Cielo. El recuerdo de mi infancia inocente, la memoria de mi madre, a quien solo conocí en mi infancia, brotaron de mi corazón. Recurrí a la oración. Y por poco derecho que tuviera a ser recordado por Aquel a quien había olvidado en la hora de la prosperidad, y a quien invocaba tan tardíamente, recé con fervor y sinceridad.

Esta renovación de mi fe juvenil trajo consigo una calma mucho mayor, y pude concentrar todas mis fuerzas e inteligencia en las terribles realidades de mi situación sin precedentes.

Tenía conmigo lo que al principio había olvidado por completo: provisiones para tres días. Además, mi cantimplora estaba llena. Sin embargo, lo único que era imposible hacer era permanecer solo. Debía intentar encontrar a mis compañeros a cualquier precio. Pero, ¿qué camino debía tomar? ¿Debía subir o descender de nuevo? Sin duda, lo correcto era desandar mis pasos en dirección ascendente.

Haciendo esto con cuidado y serenidad, debía llegar al punto donde me había desviado del arroyo cristalino. Debía encontrar la bifurcación fatal. Una vez en ese lugar, una vez con el río a mis pies, podría, al menos, recuperar el horrible cráter del monte Sneffels. ¿Por qué no lo había pensado antes? Esta era, por fin, una esperanza razonable de salvación. Lo más importante, pues, era descubrir el lecho del Hansbach.

Tras una ligera comida y un trago de agua, me levanté como un gigante renovado. Apoyándome pesadamente en mi bastón, comencé el ascenso de la galería. La pendiente era muy rápida y bastante difícil. Pero avanzaba con esperanza y cuidado, como un hombre que finalmente sale de un bosque y sabe que solo hay un camino que seguir.

Durante una hora entera no sucedió nada que frenara mi progreso. A medida que avanzaba, intentaba recordar la forma del túnel, rememorar ciertas proyecciones de rocas, persuadirme de que había seguido ciertas rutas sinuosas anteriormente. Pero no pude traer a la mente ningún signo particular, y pronto me vi obligado a admitir que esta galería nunca me llevaría de regreso al punto en el que me había separado de mis compañeros. Era absolutamente sin salida, un callejón sin salida en la tierra.

¡Llegó el momento en que, frente a la roca sólida, conocí mi destino y caí inanimado sobre el árido suelo!

Describir el horrible estado de desesperación y miedo en el que caí entonces sería ahora vano e imposible. ¡Mi última esperanza, el valor que me había sostenido, se desplomó ante la vista de esta despiadada roca de granito!

Perdido en un vasto laberinto, cuyas sinuosidades se extendían en todas direcciones, sin guía, pista ni brújula, sabía que intentar la huida era una tarea vana e inútil. Todo lo que me quedaba era tumbarme y morir. ¡Tumbarme y morir de la más cruel y horrible de las muertes!

En mi estado mental, se me ocurrió la idea de que quizás algún día, cuando mis huesos fósiles fueran encontrados, su descubrimiento tan por debajo del nivel de la tierra podría dar lugar a solemnes e interesantes discusiones científicas.

Intenté gritar, pero solo sonidos roncos, huecos e inarticulados podían hacerse oír a través de mis labios resecos. Literalmente jadeaba por aire.

En medio de todas estas horribles fuentes de angustia y desesperación, un nuevo horror se apoderó de mi alma. Mi lámpara, al caer, se había estropeado. No tenía forma de repararla. Su luz ya se volvía más y más tenue, y pronto se extinguiría.

Con una extraña sensación de resignación y desesperación, observé cómo la corriente luminosa en la mecha disminuía cada vez más. Una procesión de sombras se movía destellando a lo largo de la pared de granito. Apenas me atrevía a bajar los párpados, temiendo perder la última chispa de esta luz fugitiva. ¡A cada instante me parecía que estaba a punto de desaparecer y dejarme para siempre en la oscuridad absoluta!

Al fin, quedó una última llama temblorosa en la lámpara; la seguí con todo el poder de mi vista; jadeé por aliento; me concentré en ella con todo el poder de mi alma, como en la última centella de luz que estaba destinado a ver jamás: y entonces me perdería para siempre en sombras cimerias y tenebrosas.

Un grito salvaje y lastimero escapó de mis labios. En la tierra, durante la oscuridad más profunda y comparativamente completa, la luz nunca permite una destrucción y extinción total de su poder. La luz es tan difusa, tan sutil, que impregna todas partes, y por poca que quede, la retina del ojo logrará encontrarla. En este lugar, nada; la oscuridad absoluta me dejó ciego en todos los sentidos.

Mi cabeza estaba ya perdida por completo. Levanté los brazos, probando los efectos del tacto al chocar contra la pared de piedra fría. Era sumamente doloroso. La locura debió apoderarse de mí. No sabía lo que hacía. Comencé a correr, a volar, precipitándome al azar en este inextricable laberinto, siempre descendiendo, corriendo salvajemente bajo la corteza terrestre, como un habitante de los hornos subterráneos, gritando, rugiendo, aullando, hasta que, magullado por las rocas puntiagudas, cayendo y levantándome todo cubierto de sangre, buscando locamente beber la sangre que goteaba de mis facciones desgarradas, loco porque esta sangre solo escurría por mi cara, y vigilando siempre este horrendo muro que me presentaba siempre el temible obstáculo contra el que no podía estrellar mi cabeza.

¿A dónde iba? Era imposible decirlo. Yo era perfectamente ignorante al respecto.

Varias horas pasaron de esta manera. Después de mucho tiempo, habiendo agotado por completo mis fuerzas, caí como una masa inerte a lo largo del costado del túnel y perdí el conocimiento.

CAPÍTULO 25

LA GALERÍA DE LOS SUSURROS

Cuando al fin volví a tener sentido de la vida y el ser, mi cara estaba mojada, pero mojada, como pronto supe, con lágrimas. Cuánto tiempo duró este estado de insensibilidad, es totalmente imposible para mí decirlo ahora. No me quedaba ningún medio para llevar cuenta del tiempo. Nunca desde la creación del mundo había existido una soledad como la mía. Estaba completamente abandonado.

Tras mi caída perdí mucha sangre. Me sentí inundado por el líquido vivificante. Mi primera sensación fue quizás natural. ¿Por qué no estaba muerto? Porque estaba vivo, todavía quedaba algo por hacer. Intenté decidirme a no pensar más. En la medida de lo posible, alejé todas las ideas y, totalmente superado por el dolor y la pena, me acurruqué contra la pared de granito.

Apenas comenzaba a sentir que el desmayo volvía, y la sensación de que esta era la lucha final antes de la aniquilación completa, cuando, de repente, un alboroto violento llegó a mis oídos. Tenía cierto parecido con la prolongada voz retumbante de un trueno, y distinguí claramente voces sonoras, perdidas una tras otra, en las distantes profundidades del abismo.

¿De dónde venía este ruido? ¡Naturalmente, cabía suponer que de nuevos fenómenos que estaban ocurriendo en el seno de la masa sólida de la Madre Tierra! La explosión de algunos vapores gaseosos, o la caída de algún sólido, de roca granítica u otra.

Escuché de nuevo con profunda atención. ¡Estaba extremadamente ansioso por escuchar si este extraño e inexplicable sonido iba a repetirse! Transcurrió un cuarto de hora entero en dolorosa espera. ¡Reinaba un silencio profundo y solemne en el túnel! ¡Tan quieto que podía oír los latidos de mi propio corazón! Esperé, esperé con una extraña clase de esperanza.

De repente, mi oído, que se apoyaba accidentalmente contra la pared, pareció captar, por así decirlo, el más tenue eco de un sonido. Me pareció oír voces vagas, incoherentes y distantes. ¡Me estremecí por completo de emoción y esperanza!

—Debe ser una alucinación —grité—. ¡No puede ser! ¡No es cierto!

¡Pero no! Al escuchar con más atención, me convencí realmente de que lo que oía era verdaderamente el sonido de voces humanas. Sin embargo, encontrarle algún sentido al sonido estaba más allá de mis fuerzas. Estaba demasiado débil incluso para oír con claridad. Aun así, era un hecho positivo que alguien estaba hablando. De eso estaba bastante seguro.

Hubo un momento de miedo. Un temor cayó sobre mi alma de que pudieran ser mis propias palabras devueltas a mí por un eco distante. Quizás sin saberlo, podría haber estado gritando. Cerré resueltamente los labios y una vez más coloqué mi oído contra la enorme pared de granito.

Sí, con certeza. Era, en verdad, el sonido de voces humanas.

Entonces, mediante el ejercicio de una gran determinación, me arrastré a lo largo de los lados de la caverna, hasta que llegué a un punto donde podía oír con más claridad. Pero aunque podía detectar el sonido, solo distinguía palabras inciertas, extrañas e incomprensibles. Llegaban a mi oído como si hubieran sido pronunciadas en tono bajo, murmuradas, por así decirlo, desde lejos.

Al final, distinguí la palabra *forlorad* repetida varias veces en un tono que denotaba gran angustia y pena mental.

¿Qué podría significar esta palabra, y quién la estaba pronunciando? ¡Debía ser mi tío o el guía Hans! Por lo tanto, si yo podía oírlos, ellos seguramente debían ser capaces de oírme a mí.

—¡Ayuda! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Ayuda, me estoy muriendo!

Luego escuché casi sin aliento; jadeé por el más mínimo sonido en la oscuridad: ¡un grito, un suspiro, una pregunta! Pero el silencio reinaba supremo. ¡No llegó respuesta! De esta manera pasaron algunos minutos. Una marea de ideas pasó por mi mente. Empecé a temer que mi voz, debilitada por la enfermedad y el sufrimiento, no pudiera llegar a mis compañeros que estaban en mi busca.

—Deben ser ellos —grité—; ¿quién más podría estar enterrado a cien millas bajo el nivel de la tierra? La mera suposición era absurda.

Comencé, por lo tanto, a escuchar de nuevo con la más absoluta atención. Mientras movía mis oídos a lo largo del costado del lugar en el que me encontraba, encontré un punto matemático, por así decirlo, donde las voces parecían alcanzar su máxima intensidad. La palabra *forlorad* volvió a llegar claramente a mi oído. Luego vino de nuevo ese ruido rodante como un trueno que me había despertado de mi estupor.

—Empiezo a entender —me dije a mí mismo después de un poco de tiempo dedicado a la reflexión—; no es a través de la masa sólida que el sonido llega a mis oídos. Las paredes de mi refugio cavernoso son de granito sólido, y la explosión más terrible no produciría suficiente alboroto para penetrarlas. El sonido debe venir a lo largo de la galería misma. El lugar en el que estoy debe poseer algunas propiedades acústicas peculiares propias.

Escuché de nuevo; y esta vez... sí, esta vez... oí mi nombre pronunciado claramente: lanzado, por así decirlo, al espacio.

Era mi tío, el profesor, quien estaba hablando. Estaba en conversación con el guía, y la palabra que tan a menudo había llegado a mis oídos, *forlorad*, era una expresión danesa.

Entonces lo comprendí todo. Para hacerme oír, yo también debía hablar, por así decirlo, a lo largo del costado de la galería, que llevaría el sonido de mi voz tal como el cable lleva el fluido eléctrico de un punto a otro.

Pero no había tiempo que perder. Si mis compañeros se alejaran solo unos pocos pies de donde estaban, el efecto acústico terminaría, mi Galería de los Susurros sería destruida. Por lo tanto, me arrastré de nuevo hacia la pared y dije, tan clara y distintivamente como pude:

—Tío Hardwigg.

Luego esperé una respuesta.

El sonido no posee la propiedad de viajar con tal rapidez extrema. Además, la densidad del aire a esa profundidad, lejos de la luz y el movimiento, estaba muy lejos de añadir rapidez a la circulación. Pasaron varios segundos que, para mi excitada imaginación, parecieron siglos; y estas palabras llegaron a mis oídos ansiosos y conmovieron mi corazón que latía salvajemente:

—¿Harry, muchacho, eres tú?

Un breve retraso entre la pregunta y la respuesta.

—Sí... sí.

..........

—¿Dónde estás?

..........

—¡Perdido!

..........

—¿Y tu lámpara?

..........

—Apagada.

..........

—¿Pero el arroyo guía?

..........

—¡Se ha perdido!

..........

—Mantén el ánimo, Harry. Haremos lo que podamos.

..........

—Un momento, tío —grité—; ya no tengo fuerzas para responder a sus preguntas. Pero... por el cielo... ¿siga... hablándome! El silencio absoluto, sentí, sería la aniquilación.

—Mantén el ánimo —dijo mi tío—. Como estás tan débil, no hables. Te hemos estado buscando en todas direcciones, tanto subiendo como bajando por la galería. Muchacho mío, había empezado a perder toda esperanza... y nunca podrás saber cuántas lágrimas amargas de dolor y pesar he derramado. Al final, suponiendo que todavía estuvieras en el camino junto al Hansbach, descendimos de nuevo, disparando armas como señales. Ahora, sin embargo, que te hemos encontrado y que nuestras voces se alcanzan, puede pasar mucho tiempo antes de que nos encontremos realmente. Estamos conversando mediante algún arreglo acústico extraordinario del laberinto. Pero no te desesperes, muchacho mío. Es algo ganado el hecho de poder oírnos.

Mientras hablaba, mi cerebro trabajaba reflexionando. Una cierta esperanza indefinida, vaga y sin forma todavía, hacía que mi corazón latiera salvajemente. En primer lugar, era absolutamente necesario para mí saber una cosa. Una vez más, por lo tanto, apoyé mi cabeza contra la pared, que casi tocaba con mis labios, y hablé de nuevo.

—Tío.

..........

—¿Muchacho? —fue su respuesta al cabo de unos momentos.

..........

—Es de suma importancia que sepamos qué distancia nos separa.

..........

—Eso no es difícil.

..........

—¿Tiene su cronómetro a mano? —pregunté.

..........

—Ciertamente.

..........

—Bien, tómelo en su mano. Pronuncie mi nombre, anotando exactamente el segundo en que habla. Yo responderé tan pronto como oiga sus palabras... y usted anotará exactamente el momento en que mi respuesta le llegue.

..........

—Muy bien; y el tiempo medio entre mi pregunta y tu respuesta será el tiempo que tarde mi voz en llegar a ti.

..........

—Eso es exactamente lo que quiero decir, tío —fue mi respuesta ansiosa.

..........

—¿Estás listo?

..........

—Sí.

..........

—Bien, prepárate, voy a pronunciar tu nombre —dijo el profesor.

Apliqué mi oído cerca de los lados de la galería cavernosa y, tan pronto como la palabra "Harry" llegó a mi oído, me giré y, colocando mis labios en la pared, repetí el sonido.

..........

—Cuarenta segundos —dijo mi tío—. Han transcurrido cuarenta segundos entre las dos palabras. El sonido, por tanto, tarda veinte segundos en ascender. Ahora, contando mil veinte pies por cada segundo, tenemos veinte mil cuatrocientos pies: una legua y media y un octavo.

Estas palabras cayeron sobre mi alma como una especie de toque de difuntos.

—Una legua y media —murmuré con voz baja y desesperada.

..........

—Se superará, muchacho —gritó mi tío en tono alegre—; confía en nosotros.

..........

—¿Pero sabe si debo ascender o descender? —pregunté con bastante debilidad.

«Tenemos que descender, y te diré por qué. Has llegado a un vasto espacio abierto, una especie de encrucijada desnuda de la que divergen galerías en todas direcciones. Aquella por la que ahora yaces debe conducirte necesariamente a este punto, pues parece que todas estas poderosas fisuras, estas fracturas del interior del globo, irradian de la inmensa caverna que ocupamos en este momento. Reanímate, pues, ten valor y continúa tu ruta. Camina si puedes, si no, arrástrate; deslízate, si no hay otra posibilidad. La pendiente debe ser bastante rápida, y encontrarás brazos fuertes que te reciban al final de tu viaje. Ponte en marcha, como un buen muchacho».

Estas palabras sirvieron para despertar una especie de valor en mi cuerpo desfalleciente.

«Adiós por ahora, buen tío, estoy a punto de partir. En cuanto comience, nuestras voces dejarán de mezclarse. Adiós, pues, hasta que nos volvamos a ver».

..........

«Adiós, Harry, hasta que digamos Bienvenido». Tales fueron las últimas palabras que llegaron a mis ansiosos oídos antes de comenzar mi penoso y casi desesperado viaje.

Esta maravillosa y sorprendente conversación que tuvo lugar a través de la vasta masa del laberinto terrestre, estas palabras intercambiadas, estando los interlocutores a unos ocho kilómetros de distancia, terminó con expresiones esperanzadoras y agradables. Elevé una oración más al Cielo, envié palabras de acción de gracias, creyendo en lo más profundo de mi corazón que Él me había conducido al único lugar donde las voces de mis amigos podían llegar a mis oídos.

Este misterio acústico aparentemente asombroso se explica fácilmente mediante leyes naturales sencillas; surgió de la conductibilidad de la roca. Hay muchos casos de esta singular propagación del sonido que no son perceptibles en sus posiciones menos mediatas. En la galería interior de San Pablo, y en medio de las curiosas cavernas de Sicilia, estos fenómenos son observables. El más maravilloso de todos es conocido como la Oreja de Dionisio.

Estos recuerdos del pasado, de mis primeras lecturas y estudios, acudieron frescos a mis pensamientos. Además, empecé a razonar que si mi tío y yo podíamos comunicarnos a tan gran distancia, no podía existir ningún obstáculo serio entre nosotros. Todo lo que tenía que hacer era seguir la dirección de donde me había llegado el sonido; y, lógicamente hablando, debía llegar hasta él si mis fuerzas no flaqueaban.

En consecuencia, me puse en pie. Pronto descubrí, sin embargo, que no podía caminar; que debía arrastrarme. La pendiente, como esperaba, era muy rápida; pero me dejé deslizar hacia abajo.

Pronto la rapidez del descenso comenzó a asumir proporciones espantosas y amenazó con una caída temible. Me agarré a los lados; me aferré a las salientes de las rocas; me eché hacia atrás. Todo en vano. Mi debilidad era tan grande que no podía hacer nada para salvarme.

De repente, la tierra me faltó.

Primero fui lanzado a un vacío oscuro y lúgubre. Luego choqué contra las asperezas salientes de una galería vertical, un pozo perfecto. Mi cabeza rebotó contra una roca puntiaguda y perdí todo conocimiento de la existencia. En lo que a mí respectaba, la muerte me había reclamado como suyo.

CAPÍTULO 26

UNA RÁPIDA RECUPERACIÓN

Cuando volví a la consciencia de la existencia, me encontré rodeado por una especie de penumbra, tendido sobre unas mantas gruesas y suaves. Mi tío estaba vigilando, sus ojos fijos intensamente en mi rostro, una expresión grave en su semblante, una lágrima en sus ojos. Al primer suspiro que luchó por salir de mi pecho, tomó mi mano. Cuando vio mis ojos abrirse y fijarse en los suyos, lanzó un fuerte grito de alegría. «¡Vive! ¡Vive!»

«Sí, mi buen tío», susurré.

«Querido muchacho», continuó el severo Profesor, estrechándome contra su corazón, «¡estás a salvo!»

Me sentí profunda y sinceramente conmovido por el tono en que fueron pronunciadas estas palabras, y aún más por el amable cuidado que las acompañaba. El Profesor, sin embargo, era uno de esos hombres que deben ser duramente probados para inducir cualquier muestra de afecto o emoción tierna. En este momento nuestro amigo Hans, el guía, se unió a nosotros. Vio mi mano en la de mi tío, y me atrevo a decir que, taciturno como era, sus ojos brillaron con viva satisfacción.

«God dag», dijo.

«Buenos días, Hans, buenos días», respondí, con el tono más cordial que pude asumir, «y ahora, tío, que estamos juntos, dime dónde estamos. He perdido toda idea de nuestra posición, como de todo lo demás».

«Mañana, Harry, mañana», respondió. «Hoy estás demasiado débil. Tu cabeza está rodeada de vendajes y cataplasmas que no deben tocarse. Duerme, muchacho, duerme, y mañana sabrás todo lo que necesites».

«Pero», grité, «déjame saber qué hora es, ¿qué día es?»

«Son las once de la noche, y este es de nuevo domingo. Es el día nueve del mes de agosto. Y te prohíbo terminantemente que hagas más preguntas hasta el diez del mismo».

Estaba, si he de decir la verdad, muy débil, y mis ojos pronto se cerraron involuntariamente. Necesitaba un buen descanso nocturno, y me quedé dormido reflexionando en el último momento que mi peligroso viaje por el interior de la tierra, en la oscuridad total, ¡había durado cuatro días!

A la mañana siguiente, al despertar, comencé a mirar a mi alrededor. Mi lugar de descanso, hecho con toda nuestra ropa de cama de viaje, estaba en una gruta encantadora, adornada con magníficas estalagmitas, que brillaban con todos los colores del arco iris, el suelo de arena suave y plateada.

Prevalecía una tenue oscuridad. Ninguna antorcha, ninguna lámpara estaba encendida, y sin embargo, ciertos rayos de luz inexplicables penetraban desde fuera y se abrían paso a través de la abertura de la hermosa gruta.

Además, oía un murmullo vago e indefinido, como el flujo y reflujo de las olas sobre una playa, y a veces creía oír el suspiro del viento.

Empecé a pensar que, en lugar de estar despierto, debía estar soñando. ¿Seguramente mi cerebro no se habría visto afectado por mi caída, y todo lo ocurrido durante las últimas veinticuatro horas no serían las visiones frenéticas de la locura? Y sin embargo, tras alguna reflexión y una prueba de mis facultades, llegué a la conclusión de que no podía estar equivocado. Los ojos y los oídos seguramente no podían engañarme a ambos.

«Es un rayo de la bendita luz del día», me dije, «que ha penetrado a través de alguna poderosa fisura en las rocas. Pero, ¿qué significa este murmullo de olas, este inconfundible gemido de las olas del mar salado? Puedo oír, también, con suficiente claridad, el silbido del viento. ¿Pero puedo estar totalmente equivocado? ¡Si mi tío, durante mi enfermedad, me ha llevado de vuelta a la superficie de la tierra! ¿Ha renunciado por mi causa a su maravillosa expedición, o de alguna manera extraña ha llegado a su fin?»

Estaba devanándome los sesos con estas y otras preguntas, cuando el Profesor se unió a mí.

«Buenos días, Harry», gritó en tono alegre. «Me imagino que estás bastante bien».

«Estoy mucho mejor», respondí, sentándome realmente en mi cama.

«Sabía que ese sería el final, ya que dormiste profunda y tranquilamente. Hans y yo nos hemos turnado para vigilar, y cada hora hemos visto signos visibles de mejoría».

«Debes tener razón, tío», fue mi respuesta, «pues siento que podría hacer justicia a cualquier comida que pudieras ponerme delante».

«Comerás, muchacho, comerás. La fiebre te ha dejado. Nuestro excelente amigo Hans ha frotado tus heridas y contusiones con no sé qué ungüento, del cual los islandeses poseen el secreto. Y han curado tus hematomas de la manera más maravillosa. Ah, es un hombre sabio el señor Hans».

Mientras hablaba, mi tío ponía ante mí varios artículos de comida, que, a pesar de sus serias advertencias, devoré rápidamente. Tan pronto como la primera rabia del hambre fue saciada, le abrumé con preguntas, a las que ya no dudó en responder.

Entonces supe, por primera vez, que mi providencial caída me había llevado al fondo de una galería casi perpendicular. Como bajé en medio de una verdadera lluvia de piedras, la menor de las cuales al caer sobre mí me habría aplastado hasta la muerte, llegaron a la conclusión de que yo había arrastrado conmigo toda una roca dislocada. Cabalgando, por así decirlo, sobre este terrible carro, fui lanzado de cabeza a los brazos de mi tío. Y en ellos caí, insensible y cubierto de sangre.

«Es realmente un milagro», fue la observación final del Profesor, «que no murieras mil veces. Pero tengamos cuidado de no separarnos nunca; pues seguramente arriesgaríamos no volver a encontrarnos jamás».

«Tengamos cuidado de no separarnos nunca más».

Estas palabras cayeron como un escalofrío en mi corazón. El viaje, pues, no había terminado. Miré a mi tío con sorpresa y asombro. Mi tío, tras un instante de examen de mi rostro, dijo: «¿Qué pasa, Harry?»

«Quiero hacerte una pregunta muy seria. ¿Dices que estoy bien de salud?»

«Ciertamente lo estás».

«¿Y todos mis miembros están sanos y capaces de nuevos esfuerzos?», pregunté.

«Indudablemente».

«¿Pero qué hay de mi cabeza?», fue mi siguiente pregunta ansiosa.

«Bueno, tu cabeza, salvo que tienes una o dos contusiones, está exactamente donde debería estar: sobre tus hombros», dijo mi tío riendo.

«Bueno, mi propia opinión es que mi cabeza no está exactamente bien. De hecho, me creo ligeramente delirante».

«¿Qué te hace pensar eso?»

«Explicaré por qué me imagino que he perdido el juicio», grité. «¿No hemos vuelto a la superficie de la Madre Tierra?»

«Ciertamente no».

«Entonces realmente debo estar loco, ¿pues no veo la luz del día? ¿no oigo el silbido del viento? ¿y no puedo distinguir el batir de un gran mar?»

«¿Y eso es todo lo que te inquieta?», dijo mi tío con una sonrisa.

«¿Puedes explicarlo?»

«No intentaré explicarlo; pues todo el asunto es totalmente inexplicable. Pero verás y juzgarás por ti mismo. Entonces encontrarás que la ciencia geológica está aún en su infancia, y que estamos destinados a iluminar al mundo».

«Avancemos, pues», grité con entusiasmo, incapaz de contener más mi curiosidad.

«Espera un momento, mi querido Harry», respondió; «debes tomar precauciones después de tu enfermedad antes de salir al aire libre».

«¿El aire libre?»

«Sí, muchacho. Tengo que advertirte que el viento es bastante violento, y no quiero que te expongas sin las precauciones necesarias».

«Pero te aseguro que estoy perfectamente recuperado de mi enfermedad».

«Ten solo un poco de paciencia, muchacho. Una recaída sería inconveniente para todas las partes. No tenemos tiempo que perder, ya que nuestro próximo viaje por mar puede ser de larga duración».

«¿Viaje por mar?», grité, más desconcertado que nunca.

«Sí. Debes tomar otro día de descanso, y estaremos listos para embarcar mañana», respondió mi tío, con una sonrisa peculiar.

«¡Embarcar!» Las palabras me asombraron profundamente.

Embarcar, ¿qué y cómo? ¿Habíamos dado con un río, un lago, habíamos descubierto algún mar interior? ¿Estaba un barco anclado en alguna parte del interior de la tierra?

Mi curiosidad estaba al máximo nivel. Mi tío hizo vanos intentos por contenerme. Sin embargo, cuando finalmente descubrió que mi impaciencia febril haría más daño que bien, y que la satisfacción de mis deseos era lo único que podría devolverme a un estado de calma, cedió.

Me vestí rápidamente y, tomando la precaución, para complacer a mi tío, de envolverme en una de las mantas, salí apresuradamente de la gruta.

CAPÍTULO 27

EL MAR CENTRAL

Al principio no vi absolutamente nada. Mis ojos, totalmente desacostumbrados al resplandor de la luz, no pudieron soportar el brillo repentino; y me vi obligado a cerrarlos. Cuando pude volver a abrirlos, me quedé quieto, mucho más estupefacto que asombrado. ¡Ni todos los efectos más salvajes de la imaginación podrían haber conjurado tal escena! «El mar, el mar», grité.

«Sí», respondió mi tío, en un tono de orgullo perdonable; «el Mar Central. Ningún futuro navegante negará el hecho de que lo he descubierto; y de ahí el derecho a darle un nombre».

Era totalmente cierto. Una vasta e ilimitada extensión de agua, el final de un lago si no de un océano, se extendía ante nosotros, hasta perderse en la distancia. La orilla, que era muy accidentada, consistía en una hermosa y suave arena dorada, mezclada con pequeñas conchas, el hogar largamente abandonado de algunas de las criaturas de una era pasada. Las olas rompían incesantemente, y con un murmullo peculiarmente sonoro, propio de localidades subterráneas. Un ligero copo de espuma se elevaba a medida que el viento soplaba a lo largo de las aguas translúcidas; y muchas salpicaduras de rocío fueron sopladas hacia mi cara. La poderosa superestructura de roca que se elevaba por encima hasta una altura inconcebible dejaba solo una estrecha abertura, pero donde estábamos, había un gran margen de playa. ¡Por todas partes había cabos y promontorios y enormes acantilados, parcialmente desgastados por el eterno romper de las olas, a través de incontables edades! Y mientras miraba de un lado a otro, las poderosas rocas se desvanecían como una película vellosa de nubes.

Era en realidad un océano, con todas las características habituales de un mar interior, solo que horriblemente salvaje; tan rígido, frío y salvaje.

Una cosa me sorprendió y desconcertó enormemente. ¿Cómo era posible que pudiera contemplar esa vasta masa de agua en lugar de estar sumido en la oscuridad total? El vasto paisaje ante mí estaba iluminado como si fuera de día. Pero faltaba el brillo deslumbrante, la espléndida irradiación del sol; la pálida y fría iluminación de la luna; el brillo de las estrellas. El poder iluminador en esta región subterránea, por su carácter tembloroso y parpadeante, su claridad de blancura seca, la muy ligera elevación de su temperatura, su gran superioridad respecto a la de la luna, era evidentemente eléctrico; algo en la naturaleza de la aurora boreal, solo que sus fenómenos eran constantes y capaces de iluminar toda la caverna oceánica.

La tremenda bóveda sobre nuestras cabezas, el cielo, por así decirlo, parecía estar compuesto por una conglomeración de vapores nebulosos, en constante movimiento. Originalmente habría supuesto que, bajo tal presión atmosférica como la que debía existir en ese lugar, la evaporación del agua realmente no podría tener lugar, y sin embargo, por la acción de alguna ley física, que escapaba a mi memoria, había nubes pesadas y densas rodando a lo largo de aquella poderosa bóveda, ocultando parcialmente el techo. Las corrientes eléctricas producían un asombroso juego de luces y sombras en la distancia, especialmente alrededor de las nubes más pesadas. Se proyectaban sombras profundas debajo, y entonces, de repente, entre dos nubes, aparecía un rayo de belleza inusual y notable intensidad. Y sin embargo, no era como el sol, pues no daba calor.

El efecto era triste y exquisitamente melancólico. En lugar de un noble firmamento azul, tachonado de estrellas, había sobre mí un pesado techo de granito, que parecía aplastarme.

Mirando alrededor, comencé a pensar en la teoría del capitán inglés que comparaba la tierra con una vasta esfera hueca en cuyo interior el aire se mantiene en un estado luminoso mediante la presión atmosférica, mientras dos estrellas, Plutón y Proserpina, giraban allí en sus misteriosas órbitas. ¡Después de todo, supongamos que el viejo tenía razón!

En verdad, estábamos prisioneros, atados por así decirlo, en una vasta excavación. Su anchura era imposible de determinar; la orilla, a ambos lados, se ensanchaba rápidamente hasta perderse de vista; mientras que su longitud era igualmente incierta. Una neblina en el horizonte distante limitaba nuestra vista. En cuanto a su altura, podíamos ver que debía haber muchos kilómetros hasta el techo. Mirando hacia arriba, era imposible descubrir dónde comenzaba el estupendo techo. La más baja de las nubes debía estar flotando a una elevación de dos mil yardas, una altura mayor que la de los vapores terrestres, circunstancia que sin duda se debía a la extrema densidad del aire.

Uso la palabra «caverna» para dar una idea del lugar. No puedo describir su asombrosa grandeza; el lenguaje humano falla al transmitir una idea de su salvaje sublimidad. Si este singular vacío había sido causado o no por el enfriamiento repentino de la tierra cuando estaba en estado de fusión, no podría decirlo. Había leído sobre las más maravillosas y gigantescas cavernas, ¡pero ninguna en absoluto como esta!

La gran gruta de Guachara, en Colombia, visitada por el sabio Humboldt; la vasta y parcialmente explorada Cueva de Mamut en Kentucky, ¡qué eran estos agujeros en la tierra comparados con aquel en el que me encontraba en muda admiración! ¡Con sus nubes vaporosas, su luz eléctrica y el poderoso océano durmiendo en su seno! La imaginación, no la descripción, puede por sí sola dar una idea del esplendor y la vastedad de la cueva.

Contemplé estas maravillas en profundo silencio. Las palabras faltaban por completo para indicar las sensaciones de asombro que experimentaba. Me sentía, mientras estaba de pie en aquella misteriosa orilla, como si fuera algún habitante errante de un planeta distante, presente por primera vez en el espectáculo de algún fenómeno terrestre perteneciente a otra existencia. Dar cuerpo y existencia a tales nuevas sensaciones habría requerido la acuñación de nuevas palabras, y aquí mi débil cerebro se encontró totalmente fallido. ¡Miraba, pensaba, reflexionaba, admiraba, en un estado de estupefacción no del todo exento de miedo!

El espectáculo inesperado devolvió algo de color a mis pálidas mejillas. Parecía estar mejorando realmente bajo la influencia de esta novedad. Además, la vivacidad de la densa atmósfera reanimaba mi cuerpo al inflar mis pulmones con un oxígeno inusitado.

Se comprenderá fácilmente que, tras un encarcelamiento de cuarenta y siete días en un túnel oscuro y miserable, fue con infinito deleite que respiré este aire salino. Era como la influencia genial y revitalizante de las olas del mar salado.

Mi tío ya había superado la primera sorpresa.

Con el poeta latino Horacio, su idea era que:

No admirar es todo el arte que conozco,

Para hacer al hombre feliz y mantenerlo así.

«Bueno», dijo, después de darme tiempo para apreciar a fondo las maravillas de este mar subterráneo, «¿te sientes lo suficientemente fuerte para caminar de un lado a otro?»

«Ciertamente», fue mi pronta respuesta, «nada me daría mayor placer».

«Bueno, entonces, muchacho», dijo, «apóyate en mi brazo, y pasearemos por la playa».

Acepté su oferta con entusiasmo, y comenzamos a caminar a lo largo de las orillas de este extraordinario lago. A nuestra izquierda había rocas abruptas, apiladas una sobre otra, una estupenda pila titánica; por sus lados saltaban innumerables cascadas que, al final, convirtiéndose en arroyos límpidos y murmurantes, se perdían en las aguas del lago. Ligeros vapores, que se elevaban aquí y allá, y flotaban en nubes vellosas de roca en roca, indicaban aguas termales, que también vertían su superfluidad en el vasto depósito a nuestros pies.

Entre ellas reconocí nuestro viejo y fiel arroyo, el Hansbach, que, perdido en aquella cuenca salvaje, parecía como si hubiera estado fluyendo desde la creación del mundo.

«Echaremos de menos a nuestro excelente amigo», remarqué con un profundo suspiro.

«¡Bah!», dijo mi tío con irritación, «¿qué importa? Ese u otro, es todo lo mismo».

Pensé que el comentario era desagradecido, y me sentí casi inclinado a decirlo; pero me contuve.

En este momento mi atención fue atraída por un espectáculo inesperado. Después de haber avanzado unos quinientos metros, doblamos repentinamente un promontorio escarpado y nos encontramos cerca de un bosque elevado. Consistía en troncos rectos con copas tupidas, con forma de parasoles. El aire parecía no tener efecto sobre estos árboles, que, a pesar de una brisa tolerable, permanecían tan quietos e inmóviles como si hubieran sido petrificados.

Me apresuré hacia adelante. No pude encontrar nombre para estas singulares formaciones. ¿Acaso no pertenecían a los más de dos mil árboles conocidos, o estábamos a punto de hacer el descubrimiento de un nuevo crecimiento? De ningún modo. Cuando finalmente llegamos al bosque y estuvimos bajo los árboles, mi sorpresa dio paso a la admiración.

En verdad, simplemente me encontraba ante un producto muy ordinario de la tierra, de proporciones singulares y gigantescas. Mi tío los llamó sin vacilar por sus verdaderos nombres.

—Es solo —dijo, de la manera más tranquila—, un bosque de hongos.

Al examinarlo de cerca, descubrí que no se equivocaba. Juzgad el desarrollo alcanzado por este producto de suelos húmedos y calientes. Había oído decir que el Lycoperdon giganteum alcanza nueve pies de circunferencia, pero aquí había hongos blancos de casi cuarenta pies de altura y con copas de dimensiones iguales. Crecían por miles, sin número; la luz no podía abrirse paso a través de su masa sólida, y bajo ellos reinaba una oscuridad sombría y mística.

Aun así, deseaba seguir adelante. El frío en las sombras de este singular bosque era intenso. Durante casi una hora vagamos en esta oscuridad visible. Finalmente abandoné el lugar y regresé una vez más a las orillas del lago, a la luz y a una calidez comparativa.

Pero la asombrosa vegetación de la tierra subterránea no se limitaba a los hongos gigantescos. Nuevas maravillas nos esperaban a cada paso. No habíamos avanzado muchos cientos de yardas cuando dimos con un poderoso grupo de otros árboles de hojas descoloridas, los humildes árboles comunes de la Madre Tierra, pero de un tamaño exorbitante y fenomenal: licopodios de cien pies de altura, helechos con flores tan altos como pinos, ¡pastos gigantescos!

—¡Asombroso, magnífico, espléndido! —exclamó mi tío—. Tenemos ante nosotros toda la flora del segundo periodo del mundo, el de transición. Contempla las humildes plantas de nuestros jardines que, en las primeras edades del mundo, fueron árboles poderosos. Mira a tu alrededor, mi querido Harry. ¡Ningún botánico había contemplado jamás tal espectáculo!

El entusiasmo de mi tío, siempre un poco más de lo necesario, era ahora excusable.

—Tienes razón, tío —observé—. La Providencia parece haber diseñado la preservación, en este vasto y misterioso invernadero, de plantas antediluvianas, para probar la sagacidad de los hombres doctos al recrearlas tan maravillosamente sobre el papel.

—Bien dicho, muchacho, muy bien dicho; es, en efecto, un invernadero poderoso. Pero también estarías dentro de los límites de la razón y el sentido común si añadieras que es, además, una vasta casa de fieras.

Miré a mi alrededor con cierta ansiedad. Si los animales eran tan exagerados como las plantas, el asunto sería ciertamente serio.

—¿Una casa de fieras?

—Sin duda. Mira el polvo que estamos pisando bajo nuestros pies, contempla los huesos con los que está cubierto todo el suelo de la orilla del mar...

—Huesos —respondí—, sí, ciertamente, los huesos de animales antediluvianos.

Me incliné mientras hablaba y recogí uno o dos restos singulares, reliquias de una era pasada. Era fácil poner nombre a estos huesos gigantescos, en algunos casos tan grandes como troncos de árboles.

—Aquí está, claramente, la mandíbula inferior de un mastodonte —grité, casi con el mismo entusiasmo y calor que mi tío—; aquí están los molares del Dinotherium; aquí hay un hueso de la pierna que perteneció al Megatherium. Tienes razón, tío, es en verdad una casa de fieras; pues los poderosos animales a los que estos huesos pertenecieron vivieron y murieron en las orillas de este mar subterráneo, bajo la sombra de estas plantas. Mira, allá hay esqueletos enteros, y sin embargo...

—¿Y sin embargo, sobrino? —dijo mi tío, notando que me detuve en seco.

—No comprendo la presencia de tales bestias en cavernas de granito, por vastas y prodigiosas que sean —fue mi respuesta.

—¿Por qué no? —dijo mi tío, con gran parte de su vieja impaciencia profesional.

—Porque es bien sabido que la vida animal solo existió en la tierra durante el periodo secundario, cuando el suelo sedimentario fue formado por los aluviones, reemplazando así las rocas calientes y ardientes de la era primitiva.

—Te he escuchado con atención y paciencia, Harry, y tengo una respuesta simple y clara a tus objeciones: y es que este es, en sí mismo, un suelo sedimentario.

—¿Cómo puede ser eso a tal profundidad de la superficie de la tierra?

—El hecho puede explicarse de manera sencilla y geológica. En cierto periodo, la tierra consistía solo en una corteza elástica, sujeta a movimientos alternativos de ascenso y descenso en virtud de la ley de atracción. Es muy probable que muchos derrumbes ocurrieran en aquellos días, y que grandes porciones de suelo sedimentario fueran arrojadas a enormes y poderosas simas.

—Muy posible —observé secamente—. Pero, tío, si estos animales antediluvianos vivieron antiguamente en estas regiones subterráneas, qué más probable que uno de estos monstruos pueda estar en este momento escondido detrás de una de esas poderosas rocas.

Mientras hablaba, miré atentamente a mi alrededor, examinando con cuidado cada punto del horizonte; pero nada vivo parecía existir en estas orillas desiertas.

Me sentí bastante fatigado y así se lo hice saber a mi tío. La caminata y la agitación fueron demasiado para mí en mi estado de debilidad. Por lo tanto, me senté al final de un promontorio, al pie del cual las olas rompían en oleadas incesantes. Miré alrededor de una bahía formada por proyecciones de vastas rocas graníticas. En el extremo había un pequeño puerto protegido por enormes pirámides de piedras. Un bergantín y tres o cuatro goletas podrían haber yacido allí con perfecta facilidad. Parecía tan natural que, a cada minuto, mi imaginación me inducía a esperar un navío saliendo a toda vela y dirigiéndose a mar abierto bajo la influencia de una cálida brisa del sur.

Pero la ilusión fantástica nunca duraba más de un minuto. ¡Éramos las únicas criaturas vivientes en este mundo subterráneo!

Durante ciertos periodos había un cese absoluto del viento, cuando un silencio más profundo, más terrible que el silencio del desierto, caía sobre estas rocas solitarias y áridas, y parecía colgar como un peso de plomo sobre las aguas de este singular océano. Intenté, en medio de la terrible quietud, penetrar a través de la lejana niebla, rasgar el velo que ocultaba la misteriosa distancia. Qué palabras inefables fueron murmuradas por mis labios temblorosos, qué preguntas deseaba hacer y no hacía. ¿Dónde terminaba este mar?, ¿a dónde conducía? ¿Seríamos capaces alguna vez de examinar sus lejanas orillas?

Pero mi tío no tenía dudas al respecto. Estaba convencido de que nuestra empresa tendría éxito al final. Por mi parte, me encontraba en un estado de dolorosa indecisión: deseaba embarcarme en el viaje y tener éxito, y aun así temía el resultado.

Después de que pasamos una hora o más en la silenciosa contemplación del maravilloso espectáculo, nos levantamos y bajamos hacia la orilla en camino a la gruta, adonde no me pesó llegar. Tras una ligera colación, busqué refugio en el sueño y, finalmente, después de muchas y tediosas luchas, el sueño se apoderó de mis cansados ojos.

CAPÍTULO 28

BOTANDO LA BALSA

En la mañana del día siguiente, para mi gran sorpresa, desperté completamente restablecido. Pensé que un baño sería delicioso después de mi larga enfermedad y sufrimientos. Así que, poco después de levantarme, fui y me sumergí en las aguas de este nuevo Mediterráneo. El baño fue fresco, renovador y vigorizante.

Regresé a desayunar con un apetito excelente. Hans, nuestro digno guía, entendía perfectamente cómo cocinar los comestibles que podíamos proveer; tenía tanto fuego como agua a discreción, lo que le permitía variar ligeramente la tediosa monotonía de nuestro refrigerio habitual.

Nuestra comida matutina fue como un magnífico desayuno inglés, con café como colofón. Y jamás esta deliciosa bebida había sido tan bienvenida y refrescante.

Mi tío tuvo suficiente consideración por mi estado de salud como para no interrumpirme en el disfrute de la comida, pero estaba evidentemente encantado cuando terminé.

—Ahora pues —dijo—, ven conmigo. Es la hora de la marea alta y estoy ansioso por estudiar sus curiosos fenómenos.

—¿Qué? —exclamé, levantándome con asombro—. ¿Has dicho la marea, tío?

—Ciertamente lo dije.

—No querrás decir —respondí, en un tono de respetuosa duda— que la influencia del sol y la luna se siente aquí abajo.

—Y, por favor, ¿por qué no? ¿Acaso no están todos los cuerpos influenciados por la ley de la atracción universal? ¿Por qué este vasto mar subterráneo habría de estar exento de la ley general, la regla del universo? Además, no hay nada como lo que está probado y demostrado. A pesar de la gran presión atmosférica aquí abajo, notarás que este mar interior sube y baja con tanta regularidad como el propio Atlántico.

Mientras mi tío hablaba, llegamos a la orilla arenosa y vimos y escuchamos las olas rompiendo monótonamente en la playa. Evidentemente estaban subiendo.

—Esta es verdaderamente la marea alta —grité, mirando el agua a mis pies.

—Sí, mi excelente sobrino —respondió mi tío, frotándose las manos con el gusto de un filósofo—, y ves por estas varias vetas de espuma que la marea sube al menos diez o doce pies.

—Es realmente maravilloso.

—De ninguna manera —respondió—; al contrario, es bastante natural.

—Puede parecerlo ante tus ojos, mi querido tío —fue mi respuesta—, pero todos los fenómenos del lugar me parecen participar de lo maravilloso. Es casi imposible creer lo que veo. ¡Quién en sus sueños más locos habría imaginado que, bajo la corteza de nuestra tierra, podría existir un océano real, con mareas de flujo y reflujo, con sus cambios de vientos e incluso sus tormentas! Yo, por mi parte, habría rechazado la sugerencia con desdén.

—Pero, Harry, muchacho, ¿por qué no? —preguntó mi tío, con una sonrisa compasiva—; ¿existe alguna razón física en contra?

—Bueno, si abandonamos la gran teoría del calor central de la tierra, ciertamente no puedo ofrecer razones por las cuales algo deba ser considerado imposible.

—¿Entonces admitirás —añadió— que el sistema de Sir Humphry Davy está totalmente justificado por lo que hemos visto?

—Admito que lo está; y, una vez concedido ese punto, ciertamente no veo razón para dudar de la existencia de mares y otras maravillas, incluso países, en el interior del globo.

—Así es, pero, por supuesto, ¿estos variados países están deshabitados?

—Bueno, concedo que es más probable que no; aun así, no veo por qué este mar no habría dado refugio a alguna especie de pez desconocido.

—Hasta ahora no hemos descubierto ninguno, y las probabilidades están más bien en contra de que lleguemos a hacerlo —observó el Profesor.

Estaba perdiendo mi escepticismo ante estas maravillas.

—Bueno, estoy decidido a resolver la cuestión. Es mi intención probar suerte con mi sedal y anzuelo.

—Ciertamente; haz el experimento —dijo mi tío, complacido con mi entusiasmo—. Mientras estamos en ello, ciertamente solo será apropiado descubrir todos los secretos de esta extraordinaria región.

—Pero, después de todo, ¿dónde estamos ahora? —pregunté—; durante todo este tiempo me he olvidado por completo de hacerte una pregunta que, sin duda, tus instrumentos filosóficos han respondido hace mucho.

—Bueno —respondió el Profesor—, examinando la situación desde un solo punto de vista, estamos ahora a trescientas cincuenta leguas de Islandia.

—¿Tanto? —fue mi exclamación.

—He revisado el asunto varias veces y estoy seguro de no haberme equivocado ni por quinientas yardas —respondió mi tío positivamente.

—Y en cuanto a la dirección, ¿seguimos yendo hacia el sureste?

—Sí, con una declinación occidental de diecinueve grados y cuarenta y dos minutos, tal como es arriba. En cuanto a la inclinación, he descubierto un hecho muy curioso.

—¿Qué podría ser, tío? Tu información me interesa.

—Pues que la aguja, en lugar de inclinarse hacia el polo como lo hace en la tierra, en el hemisferio norte, tiene una tendencia hacia arriba.

—Esto prueba —grité— que el gran punto de atracción magnética se encuentra en algún lugar entre la superficie de la tierra y el lugar al que hemos logrado llegar.

—Exactamente, mi observador sobrino —exclamó mi tío, eufórico y encantado—, y es bastante probable que si logramos dirigirnos hacia las regiones polares, en algún lugar cercano al grado setenta y tres de latitud, donde Sir James Ross descubrió el polo magnético, veremos a la aguja apuntar directamente hacia arriba. Hemos descubierto, por analogía, que este gran centro de atracción no está situado a una profundidad muy grande.

—Bueno —dije, bastante sorprendido—, este descubrimiento asombrará a los filósofos experimentales. Nunca se sospechó.

—La ciencia, grande, poderosa y al final infalible —respondió mi tío dogmáticamente—, la ciencia ha caído en muchos errores; errores que han sido afortunados y útiles más que otra cosa, pues han sido los peldaños hacia la verdad.

Después de una discusión más, pasé a otro asunto.

—¿Tienes alguna idea de la profundidad que hemos alcanzado?

—Estamos ahora —continuó el Profesor— exactamente a treinta y cinco leguas, más de cien millas, bajo el interior de la tierra.

—Entonces —dije, después de medir la distancia en el mapa—, estamos ahora bajo las Tierras Altas de Escocia y tenemos sobre nuestras cabezas las elevadas colinas Grampian.

—Tienes mucha razón —dijo el Profesor, riendo—; suena muy alarmante, siendo el peso pesado, pero la bóveda que sostiene esta vasta masa de tierra y roca es sólida y segura; el poderoso Arquitecto del Universo la ha construido de materiales sólidos. ¡El hombre, incluso en sus vuelos más elevados de viva y poética imaginación, nunca pensó en tales cosas! ¡Qué son los arcos más finos de nuestros puentes, qué son los techos abovedados de nuestras catedrales, ante esa poderosa cúpula sobre nosotros, y bajo la cual flota un océano con sus tormentas, sus calmas y sus mareas!

—Lo admiro todo tanto como tú, tío, y no tengo miedo de que nuestro cielo de granito caiga sobre nuestras cabezas. Pero ahora que hemos discutido asuntos de ciencia y descubrimiento, ¿cuáles son tus intenciones futuras? ¿No estás pensando en regresar a la superficie de nuestra hermosa tierra?

Esto fue dicho más como un tanteo que con esperanza de éxito.

—¿Regresar, sobrino? —gritó mi tío en tono de alarma—. No estarás pensando en nada tan absurdo o cobarde. No, mi intención es avanzar y continuar nuestro viaje. Hemos sido hasta ahora singularmente afortunados, y de aquí en adelante espero que lo seamos más.

—Pero —dije—, ¿cómo vamos a cruzar esa llanura líquida?

—No es mi intención saltar a ella de cabeza, ni siquiera cruzarla a nado, como Leandro el Helesponto. Pero como los océanos son, después de todo, solo grandes lagos, en la medida en que están rodeados por tierra, es razonable suponer que este mar central está circunscrito por alrededores de granito.

—Sin duda —fue mi respuesta natural.

—Bueno, entonces, ¿no crees que una vez que lleguemos al otro extremo, encontraremos algún medio para continuar nuestro viaje?

—Probablemente, pero ¿qué extensión le concedes a este océano interno?

—Bueno, me imagino que se extiende unas cuarenta o cincuenta leguas, más o menos.

—Pero incluso suponiendo que esta aproximación sea correcta, ¿entonces qué? —pregunté.

—Querido muchacho, no tenemos tiempo para más discusiones. Embarcaremos mañana.

Miré a mi alrededor con sorpresa e incredulidad. No podía ver nada que tuviera forma de barco o navío.

—¡Qué! —grité—. Estamos a punto de lanzarnos a un mar desconocido; y, si se me permite preguntar, ¿dónde está el navío que nos llevará?

—Bueno, querido muchacho, no será exactamente lo que llamarías un navío. Por el momento debemos contentarnos con una buena y sólida balsa.

—Una balsa —grité, incrédulo—, pero aquí abajo una balsa es tan imposible de construir como un navío, y no me cabe imaginar...

—Mi buen Harry, si escucharas en lugar de hablar tanto, oirías —dijo mi tío, volviéndose un poco impaciente.

—¿Debería oír?

—Sí, los golpes de martillo que Hans está empleando ahora para hacer la balsa. Ha estado trabajando durante muchas horas.

—¿Haciendo una balsa?

—Sí.

—Pero ¿dónde ha encontrado árboles adecuados para tal construcción?

—Encontró los árboles listos para su mano. Ven, y verás a nuestro excelente guía trabajando.

Más y más asombrado por lo que oía y veía, seguí a mi tío como alguien en un sueño.

Después de una caminata de cerca de un cuarto de hora, vi a Hans trabajando al otro lado del promontorio que formaba nuestro puerto natural. Unos minutos más y estaba junto a él. Para mi gran sorpresa, en la orilla arenosa yacía una balsa a medio terminar. Estaba hecha de vigas de una madera muy peculiar, y un gran número de miembros, articulaciones, ramas y piezas yacían por allí, suficientes para haber construido una flota de barcos y botes.

Me volví hacia mi tío, en silencio por el asombro y el respeto.

—¿De dónde vino toda esta madera? —grité—. ¿Qué madera es?

—Bueno, hay madera de pino, abeto y palmas de las regiones del norte, mineralizadas por la acción del mar —respondió sentenciosamente.

—¿Es posible?

—Sí —dijo el docto Profesor—, lo que ves se llama madera fósil.

—Pero entonces —grité, tras reflexionar por un momento—, como los lignitos, debe ser tan dura y pesada como el hierro, y por lo tanto, ciertamente no flotará.

—A veces es el caso. Muchas de estas maderas se han convertido en verdaderas antracitas, pero otras, como las que ves ante ti, solo han sufrido una fase de transformación fósil. Pero no hay prueba como la demostración —añadió mi tío, recogiendo uno o dos de estos preciosos restos y arrojándolos al mar.

El trozo de madera, tras desaparecer por un momento, salió a la superficie y flotó con la oscilación producida por el viento y la marea.

—¿Estás convencido? —dijo mi tío, con una sonrisa de autosatisfacción.

—Estoy convencido —grité— de que lo que veo es increíble.

El hecho era que mi viaje al interior de la tierra estaba cambiando rápidamente todas las nociones preconcebidas y, día a día, preparándome para lo maravilloso.

No me habría sorprendido ver una flota de canoas nativas flotando sobre aquel mar silencioso.

A la tarde siguiente, gracias a la laboriosidad y habilidad de Hans, la balsa estaba terminada. Tenía unos diez pies de largo y cinco de ancho. Las vigas, unidas con cuerdas fuertes, eran sólidas y firmes, y una vez botada por nuestros esfuerzos conjuntos, la embarcación improvisada flotó tranquilamente sobre las aguas de lo que el Profesor había bien llamado el Mar Central.

CAPÍTULO 29

EN LAS AGUAS: UN VIAJE EN BALSA

El trece de agosto estábamos en pie desde temprano. No había tiempo que perder. Ahora debíamos inaugurar un nuevo tipo de locomoción que tendría la ventaja de ser rápida y no fatigante.

Un mástil, hecho de dos piezas de madera sujetas juntas para darle mayor fuerza; una verga hecha de otra; la vela, una sábana de lino de nuestra cama. Afortunadamente no nos faltaban cordajes, y el conjunto, tras una prueba, pareció sólido y apto para la navegación.

A las seis de la mañana, cuando el ansioso y entusiasta Profesor dio la señal de embarcar, los víveres, el equipaje, todos nuestros instrumentos, nuestras armas y un buen suministro de agua dulce, que habíamos recolectado de manantiales en las rocas, fueron colocados en la balsa.

Hans había, con considerable ingenio, ideado un timón que le permitía guiar el aparato flotante con facilidad. Tomó la caña, como era natural. El digno hombre era tan buen marinero como guía y cazador de patos. Entonces solté la amarra que nos sujetaba a la costa, la vela fue puesta al viento y nos alejamos rápidamente.

Nuestro viaje marítimo había comenzado finalmente; y una vez más nos dirigíamos a regiones lejanas y desconocidas.

Justo cuando estábamos a punto de dejar el pequeño puerto donde la balsa había sido construida, mi tío, que era muy fuerte en nomenclatura geográfica, quiso darle un nombre y, entre otros, sugirió el mío.

—Bueno —dije—, antes de que decidas tengo otro que proponer.

—Bueno, suéltalo.

—Me gustaría llamarla Gretchen. Puerto Gretchen sonará muy bien en nuestro futuro mapa.

—Bueno, pues que sea Puerto Gretchen —dijo el Profesor.

Y así fue como el recuerdo de mi querida joven quedó unido a nuestra aventurada y memorable expedición.

Cuando dejamos la orilla, el viento soplaba del norte y del este. Navegamos directamente a favor del viento a una velocidad mucho mayor de la que cabría esperar de una balsa. Las densas capas de atmósfera a esa profundidad tenían un gran poder propulsor y actuaban sobre la vela con una fuerza considerable.

Al cabo de una hora, mi tío, que había estado tomando observaciones cuidadosas, pudo juzgar la rapidez con la que nos movíamos. Era muy superior a cualquier cosa vista en el mundo superior.

—Si —dijo—, continuamos avanzando a nuestro ritmo actual, habremos recorrido al menos treinta leguas en veinticuatro horas. Con una simple balsa, esta es una velocidad casi increíble.

Ciertamente estaba sorprendido y, sin responder, me dirigí a la parte delantera de la balsa. Ya la orilla norte se desvanecía en el límite del horizonte. Las dos orillas parecían separarse cada vez más, dejando un espacio amplio y abierto para nuestra partida. Ante mí no podía ver más que el mar vasto y aparentemente ilimitado sobre el que flotábamos, los únicos objetos vivos a la vista.

Nubes enormes y oscuras proyectaban sus sombras grises abajo, sombras que parecían aplastar esa agua incolora y hosca con su peso. Jamás vi nada que sugiriera más melancolía y regiones de oscuridad profunda. Rayos plateados de luz eléctrica, reflejados aquí y allá sobre algunos pequeños puntos de agua, hacían surgir destellos luminosos en la larga estela de nuestra pesada embarcación. Pronto estuvimos totalmente fuera de la vista de tierra; no se veía ni un vestigio, ni indicación alguna de adónde íbamos. Tan inmóviles parecíamos, sin ningún punto distante en el cual fijar nuestros ojos, que, de no ser por la luz fosfórica en la estela de la balsa, habría imaginado que estábamos quietos y sin movimiento.

Pero sabía que avanzábamos a un ritmo muy rápido.

Alrededor de las doce del día, vastas acumulaciones de algas fueron descubiertas rodeándonos por todos lados. Yo era consciente del extraordinario poder vegetativo de estas plantas, que se sabe que se arrastran a lo largo del fondo del gran océano y detienen el avance de grandes barcos. Pero nunca se vieron algas tan gigantescas y maravillosas como las del Mar Central. Podía imaginar bien cómo, vistas a distancia, agitándose y elevándose en la cresta de las olas, las largas líneas de algas han sido tomadas por seres vivos y, por lo tanto, han sido fuentes fértiles de la creencia en serpientes marinas.

Nuestra balsa pasó rozando grandes especímenes de fucus o sargazo, de tres a cuatro mil pies de longitud, inmensos, increíblemente largos, que parecían serpientes que se extendían mucho más allá de nuestro horizonte. Me resultó muy divertido contemplar sus interminables longitudes abigarradas y similares a cintas. Pasaban las horas sin que llegáramos al final de estas algas flotantes. Si mi asombro aumentaba, mi paciencia estaba casi agotada.

¿Qué fuerza natural pudo haber producido plantas tan anormales y extraordinarias? ¿Cuál debió ser el aspecto del globo durante los primeros siglos de su formación, cuando bajo la acción combinada del calor y la humedad, el reino vegetal ocupaba su vasta superficie con exclusión de todo lo demás?

Estas eran consideraciones de interés inagotable para el geólogo y el filósofo.

Durante todo este tiempo seguíamos avanzando en nuestro viaje; y al fin llegó la noche; pero, como había observado la noche anterior, el estado luminoso de la atmósfera no disminuyó en nada. Cualquiera que fuera la causa, era un fenómeno sobre cuya duración podíamos calcular con certeza.

Tan pronto como terminamos nuestra cena y mantuvimos una pequeña conversación especulativa, me extendí al pie del mástil y pronto me quedé dormido.

Hans permaneció inmóvil en el timón, permitiendo que la balsa subiera y bajara con las olas. Como el viento venía de popa y la vela era cuadra, todo lo que tenía que hacer era mantener su remo en el centro.

Desde que habíamos partido del recién bautizado Puerto Gretchen, mi digno tío me había indicado que llevara un registro regular de nuestra navegación diaria, con instrucciones de anotar incluso los detalles más minuciosos, cada fenómeno interesante y curioso, la dirección del viento, nuestra velocidad de navegación, la distancia recorrida; en una palabra, cada incidente de nuestro extraordinario viaje.

De nuestro registro, por lo tanto, cuento la historia de nuestro viaje en el Mar Central.

Viernes, 14 de agosto. Brisa constante del noroeste. La balsa progresa con extrema rapidez y va perfectamente recta. La costa aún es visible débilmente a unas treinta leguas a sotavento. Nada que ver más allá del horizonte frente a nosotros. La extraordinaria intensidad de la luz no aumenta ni disminuye. Es singularmente estacionaria. El tiempo notablemente bueno; es decir, las nubes han ascendido muy alto, son ligeras y algodonosas, y están rodeadas por una atmósfera que recuerda a la plata en fusión.

Termómetro, +32 grados centígrados.

Alrededor de las doce del día, nuestro guía Hans, habiendo preparado y cebado un anzuelo, lanzó su línea a las aguas subterráneas. El cebo que utilizó fue un pequeño trozo de carne, con el que ocultó su anzuelo. Ansioso como estaba, estuve mucho tiempo condenado a la decepción. ¿Estaban estas aguas provistas de peces o no? Esa era la pregunta importante. No, fue mi respuesta decidida. Entonces hubo un tirón repentino y bastante fuerte. Hans lo recogió con calma y con él un pez, que luchaba violentamente por escapar.

—¡Un pez! —gritó mi tío.

—¡Es un esturión! —grité—. Ciertamente un esturión pequeño.

El Profesor examinó el pez cuidadosamente, anotando cada característica; y no coincidió con mi opinión. El pez tenía la cabeza plana, el cuerpo redondo y las extremidades inferiores cubiertas de escamas óseas; su boca carecía totalmente de dientes; las aletas pectorales, que estaban altamente desarrolladas, brotaban directamente del cuerpo, que propiamente hablando no tenía cola. El animal ciertamente pertenecía al orden en el que los naturalistas clasifican al esturión, pero difería de ese pez en muchos detalles esenciales.

Mi tío, después de todo, no estaba equivocado. Tras un examen largo y paciente, dijo:

—Este pez, mi querido muchacho, pertenece a una familia que se ha extinguido durante siglos, y de la cual nunca se ha encontrado rastro alguno en la tierra, excepto restos fósiles en los estratos devónicos.

—No querrá decir —exclamé— que hemos capturado un espécimen vivo de un pez perteneciente a la estirpe primitiva que existía antes del diluvio.

—Así es —dijo el Profesor, que todo este tiempo continuaba sus observaciones—, y puedes ver mediante un examen cuidadoso que estos peces fósiles no tienen identidad con las especies existentes. Sostener, por lo tanto, en la mano un espécimen vivo del orden, es suficiente para hacer feliz a un naturalista de por vida.

—Pero —grité—, ¿a qué familia pertenece?

—Al orden de los Ganoideos —un orden de peces que tienen escamas angulares, cubiertas de esmalte brillante—, formando una de la familia de los Cefaláspidos, del género...

—Bien, señor —observé, al notar que mi tío dudaba en concluir.

—Al género Pterychtis; sí, estoy seguro de ello. Aun así, aunque confío en la corrección de mi suposición, este pez nos ofrece una peculiaridad notable, nunca conocida en ningún otro pez excepto aquellos que son nativos de aguas subterráneas, pozos, lagos, en cavernas y estanques ocultos por el estilo.

—¿Y cuál puede ser esa?

—Es ciego.

—¡Ciego! —grité, muy sorprendido.

—No solo ciego —continuó el Profesor—, sino absolutamente sin órganos de visión.

Ahora examiné nuestro descubrimiento por mí mismo. Era singular, sin duda, pero era realmente un hecho. Esto, sin embargo, podría ser un caso aislado, sugerí. El anzuelo fue cebado de nuevo y una vez más lanzado al agua. Este océano subterráneo debía estar bastante bien provisto de peces, pues en dos horas capturamos un gran número de Pterychtis, así como otros peces pertenecientes a otra familia supuestamente extinta: los Dipterides (un género de peces provisto de dos aletas solamente, de ahí el nombre), aunque mi tío no podía clasificarlo exactamente. Todos, sin excepción, sin embargo, eran ciegos. Esta captura inesperada nos permitió renovar nuestras provisiones de una manera muy satisfactoria.

Estábamos ahora convencidos de que este mar subterráneo contenía solo peces conocidos por nosotros como especímenes fósiles, y tanto los peces como los reptiles eran tanto más perfectos cuanto más antigua era su procedencia.

Comenzamos a albergar la esperanza de encontrar algunos de esos saurios que la ciencia ha logrado reconstruir a partir de fragmentos de hueso o cartílago.

Tomé el telescopio y examiné cuidadosamente el horizonte; miré sobre todo el mar; estaba absoluta y totalmente desierto. Sin duda estábamos todavía demasiado cerca de la costa.

Tras un examen del océano, miré hacia arriba, hacia el extraño y misterioso cielo. ¿Por qué no habría de batir sus estupendas alas en los estratos opacos del aire subterráneo alguna de las aves reconstruidas por el inmortal Cuvier? Encontraría, por supuesto, suficiente alimento en los peces del mar. Contemplé durante algún tiempo el vacío superior. Estaba tan silencioso y desierto como las orillas que acabábamos de dejar.

Sin embargo, aunque no podía ver ni descubrir nada, mi imaginación me llevó a hipótesis descabelladas. Estaba en una especie de sueño despierto. Creí ver en la superficie del agua esas enormes tortugas antediluvianas tan grandes como islas flotantes. Sobre esas orillas opacas y sombrías pasaba una fila espectral de los mamíferos de los primeros días, el gran Liptotherium encontrado en la cavidad cavernosa de las colinas brasileñas, el Mesicotherium, nativo de las regiones glaciales de Siberia.

Más allá, el paquidermo Lophrodon, ese tapir gigantesco que se ocultaba tras las rocas, listo para luchar por su presa con el Anoplotherium, un animal singular que participaba de la naturaleza del rinoceronte, el caballo, el hipopótamo y el camello.

Allí estaba el Mastodonte gigante, retorciendo y girando su horrible trompa, con la que trituraba las rocas de la orilla hasta convertirlas en polvo, mientras el Megatherium —con el lomo arqueado como un gato enfurecido, sus enormes garras extendidas— cavaba en la tierra en busca de alimento, al mismo tiempo que despertaba los sonoros ecos de todo el lugar con su terrible rugido.

Más arriba aún, el primer mono jamás visto en la faz del globo trepaba, retozando y jugando por las colinas de granito. Todavía más lejos corría el Pterodáctilo, con la mano alada, deslizándose o más bien navegando a través del aire denso y comprimido como un enorme murciélago.

Por encima de todo, cerca del cielo granítico plomizo, había aves inmensas, más poderosas que el casuario y el avestruz, que extendían sus poderosas alas y aleteaban contra la enorme bóveda de piedra del mar interior.

Pensé, tal era el efecto de mi imaginación, que veía toda esta tribu de criaturas antediluvianas. Me transporté a épocas lejanas, mucho antes de que existiera el hombre; cuando, de hecho, la tierra estaba en un estado demasiado imperfecto para que él viviera en ella.

Mi sueño era de incontables edades antes de la existencia del hombre. Los mamíferos desaparecieron primero, luego las poderosas aves, luego los reptiles del período secundario, pronto los peces, los crustáceos, los moluscos y finalmente los vertebrados. Los zoófitos del período de transición se hundieron a su vez en la aniquilación.

¡Todo el panorama de la vida del mundo antes del período histórico parecía nacer de nuevo, y el mío era el único corazón humano que latía en este mundo despoblado! Ya no había estaciones; ya no había climas; el calor natural del mundo aumentaba incesantemente y neutralizaba el del gran Sol radiante.

La vegetación estaba exagerada de una manera extraordinaria. Pasé como una sombra en medio de maleza tan alta como los árboles gigantes de California, y pisé el suelo húmedo y mojado, que apestaba con una vegetación densa y variada.

Me apoyé contra los enormes troncos columnares de árboles gigantes, ante los cuales los de Canadá eran como helechos. Pasaron edades enteras, cientos y cientos de años se concentraron en un solo día.

Luego, desenrollándose ante mí como un panorama, vino la gran y maravillosa serie de transformaciones terrestres. Las plantas desaparecieron; las rocas graníticas perdieron todo rastro de solidez; el estado líquido se sustituyó repentinamente por el que existía antes. Esto fue causado por el calor intenso que actuaba sobre la materia orgánica de la tierra. Las aguas fluyeron sobre toda la superficie del globo; hirvieron; se volatilizaron o se convirtieron en vapor; una especie de nube de vapor envolvió toda la tierra, convirtiéndose el globo mismo al final en nada más que una enorme esfera de gas, indescriptible en color, entre el blanco caliente y el rojo, tan grande y tan brillante como el sol.

En el mismo centro de esta prodigiosa masa, catorce millones de veces más grande que nuestro globo, fui arremolinado en el espacio y traído a estrecha conjunción con los planetas. ¡Mi cuerpo se sutilizó, o más bien se volvió volátil, y se mezcló en un estado de vapor atómico con las prodigiosas nubes, que se precipitaron como un poderoso cometa hacia el espacio infinito!

¡Qué sueño tan extraordinario! ¿Adónde me llevaría finalmente? Mi mano febril comenzó a escribir los detalles maravillosos, detalles más parecidos a las imaginaciones de un lunático que a algo sobrio y real. Había olvidado todo durante este período de alucinación: al Profesor, al guía y la balsa sobre la que flotábamos. Mi mente estaba en un estado de semiolvido.

—¿Qué te pasa, Harry? —dijo mi tío de repente.

Mis ojos, que estaban bien abiertos como los de un sonámbulo, estaban fijos en él, pero no lo veía, ni podía distinguir claramente nada a mi alrededor.

—Ten cuidado, muchacho —gritó de nuevo mi tío—, caerás al mar.

Mientras pronunciaba estas palabras, me sentí sujeto por el otro lado por la firme mano de nuestro devoto guía. De no haber sido por la presencia de ánimo de Hans, habría caído infaliblemente a las olas y me habría ahogado.

—¿Te has vuelto loco? —gritó mi tío, sacudiéndome del otro lado.

—¿Qué... qué sucede? —dije al fin, volviendo en mí.

—¿Estás enfermo, Henry? —continuó el Profesor en tono ansioso.

—No... no; pero he tenido un sueño extraordinario. Sin embargo, ya ha pasado. Todo parece estar bien ahora —añadí, mirando a mi alrededor con ojos extrañamente desconcertados.

—Todo bien —dijo mi tío—; una brisa hermosa, un mar espléndido. Avanzamos a un ritmo rápido y, si no me equivoco en mis cálculos, pronto veremos tierra. No me pesará cambiar los estrechos límites de nuestra balsa por la misteriosa playa del océano subterráneo.

Mientras mi tío pronunciaba estas palabras, me levanté y escudriñé cuidadosamente el horizonte. Pero la línea de agua todavía se confundía con las nubes bajas que colgaban arriba y que, en la distancia, parecían tocar el borde del agua.

CAPÍTULO 30

TERRIBLE COMBATE DE SAURIOS

Sábado, 15 de agosto. El mar conserva su monotonía uniforme. El mismo tono plomizo, el mismo brillo eterno desde arriba. Ninguna indicación de que haya tierra a la vista. El horizonte parece retroceder ante nosotros cada vez más a medida que avanzamos.

Mi cabeza sigue apagada y pesada por los efectos de mi sueño extraordinario, que todavía no puedo desterrar de mi mente.

El Profesor, que no ha soñado, se encuentra, sin embargo, en uno de sus humores hoscos e inexplicables. Pasa el tiempo escudriñando el horizonte en todos los puntos de la brújula. Su telescopio se eleva a sus ojos a cada momento y, cuando no encuentra nada que dé alguna pista sobre nuestro paradero, adopta una actitud napoleónica y camina con ansiedad.

Observé que mi tío, el Profesor, tenía una fuerte tendencia a retomar su antiguo carácter impaciente, y no pude dejar de tomar nota de esta circunstancia desagradable en mi diario. Vi claramente que había hecho falta toda la influencia de mi peligro y sufrimiento para extraer de él una centella de sentimiento humano. Ahora que estaba completamente recuperado, su naturaleza original había conquistado y obtenido la ventaja.

Y, al fin y al cabo, ¿por qué tenía que estar enojado y molesto ahora más que en cualquier otro momento? ¿No se estaba realizando el viaje en las circunstancias más favorables? ¿No progresaba la balsa con la más maravillosa rapidez?

¿Qué podía pasarle, pues? Después de un par de carraspeos preliminares, decidí preguntar.

—Parece inquieto, tío —dije, cuando por centésima vez bajó su telescopio y caminó de un lado a otro, murmurando para sí mismo.

—No, no estoy inquieto —respondió con un tono seco y áspero—, de ninguna manera.

—Quizás debería haber dicho impaciente —repliqué, suavizando la fuerza de mi comentario.

—Suficiente para que lo esté, creo.

—Y, sin embargo, avanzamos a un ritmo rara vez alcanzado por una balsa —observé.

—¿Qué importa eso? —gritó mi tío—. No me molesta el ritmo al que vamos, sino que me molesta encontrar el mar mucho más vasto de lo que esperaba.

Entonces recordé que el Profesor, antes de nuestra partida, había estimado la longitud de este océano subterráneo como máximo en unas treinta leguas. Ahora habíamos recorrido al menos tres veces esa distancia sin descubrir rastro alguno de la costa distante. Empecé a comprender el enojo de mi tío.

—No estamos bajando —exclamó de repente el Profesor—. No estamos progresando con nuestros grandes descubrimientos. Todo esto es una pérdida total de tiempo. Después de todo, no vine de casa para emprender una fiesta de placer. Este viaje en balsa sobre un estanque me molesta y me cansa.

¡Llamaba a este viaje aventurero una fiesta de placer, y a este gran mar interior un estanque!

—Pero —argumenté—, si hemos seguido la ruta indicada por el gran Saknussemm, no podemos estar muy equivocados.

—«Esa es la cuestión», como diría el gran, el inmortal Shakespeare. ¿Estamos siguiendo la ruta indicada por ese sabio maravilloso? ¿Se encontró Saknussemm alguna vez con esta gran masa de agua? Si lo hizo, ¿la cruzó? Empiezo a temer que el riachuelo que tomamos como guía nos haya llevado por mal camino.

—En cualquier caso, nunca podremos lamentar haber llegado tan lejos. Vale la pena todo el viaje haber disfrutado de este magnífico espectáculo; es algo haberlo visto.

—No me importa ver, ni los espectáculos magníficos. Bajé al interior de la tierra con un objetivo, y ese objetivo pretendo alcanzar. No me hables de admirar el paisaje, ni de ninguna otra basura sentimental.

Después de esto, pensé que era mejor mantener la lengua quieta y permitir que el Profesor se mordiera los labios hasta que saliera sangre, sin más comentarios.

A las seis de la tarde, nuestro pragmático guía, Hans, pidió su salario semanal y, recibiendo sus tres táleros, los guardó cuidadosamente en su bolsillo. Estaba perfectamente contento y satisfecho.

Domingo, 16 de agosto. Nada nuevo que registrar. El mismo clima que antes. El viento tiene una ligera tendencia a refrescar, con señales de una tormenta próxima. Cuando desperté, mi primera observación fue respecto a la intensidad de la luz. Sigo temiendo, día tras día, que el extraordinario fenómeno eléctrico se vuelva primero oscuro y luego se apague por completo, dejándonos en total oscuridad. Nada de eso ocurre, sin embargo. La sombra de la balsa, su mástil y velas, se distingue claramente en la superficie del agua.

Este maravilloso mar es, al fin y al cabo, infinito en su extensión. Debe ser tan ancho como el Mediterráneo, o quizás incluso como el gran Océano Atlántico. ¿Por qué, después de todo, no habría de ser así?

Mi tío, en más de una ocasión, ha intentado sondeos de alta mar. Ató la cruz de una de nuestras palancas más pesadas al extremo de una cuerda, que dejó correr hasta la extensión de doscientas brazas. Tuvimos la mayor dificultad para izar nuestra novedosa clase de plomada.

Cuando la palanca fue finalmente arrastrada a bordo, Hans llamó mi atención sobre algunas marcas singulares en su superficie. El trozo de hierro parecía haber sido aplastado entre dos sustancias muy duras.

Miré a nuestro digno guía con una mirada inquisitiva.

—Tander —dijo él.

Por supuesto, no entendía. Me volví hacia mi tío, absorto en sombrías reflexiones. Tenía poco deseo de interrumpir su ensueño. Por consiguiente, me dirigí una vez más hacia nuestro digno islandés.

Hans muy tranquila y significativamente abrió la boca una o dos veces, como si estuviera a punto de morder, y de esta manera me hizo entender su significado.

«¡Dientes!», grité, estupefacto, mientras examinaba la barra de hierro con mayor atención.

Sí. No puede haber duda alguna sobre el asunto. ¡Las muescas en la barra de hierro son marcas de dientes! ¡Qué mandíbulas debe poseer el dueño de tales molares! ¿Nos hemos topado, pues, con un monstruo de especie desconocida, que aún existe dentro del vasto desierto de las aguas; un monstruo más voraz que un tiburón, más terrible y voluminoso que una ballena? ¡Soy incapaz de apartar los ojos de la barra de hierro, realmente medio aplastada!

¿Acaso mi sueño está a punto de hacerse realidad, una realidad atroz y terrible?

Todo el día mis pensamientos estuvieron volcados en estas especulaciones, y mi imaginación apenas recuperó cierto grado de calma y capacidad de reflexión hasta después de un sueño de muchas horas.

Este día, como los demás domingos, lo observamos como un día de descanso y piadosa meditación.

Lunes, 17 de agosto. He estado intentando comprender de memoria los instintos particulares de aquellos animales antediluvianos del periodo secundario, que, sucediendo a los moluscos, a los crustáceos y a los peces, precedieron a la aparición de la raza de los mamíferos. La generación de reptiles reinaba entonces de forma suprema sobre la tierra. Estos monstruos horribles gobernaban todo en los mares del periodo secundario, que formaron los estratos de los que se componen las montañas del Jura. La naturaleza los había dotado de una organización perfecta. ¡Qué estructura tan gigantesca era la suya; qué vasta y prodigiosa fuerza poseían!

Los saurios existentes, que incluyen a todos los reptiles como lagartos, cocodrilos y caimanes, incluso los más grandes y formidables de su clase, no son sino débiles imitaciones de sus poderosos progenitores, los animales de hace mucho tiempo. Si hubo gigantes en los días de antaño, también hubo animales gigantescos.

Me estremecí mientras evocaba de mi mente la idea y el recuerdo de estos terribles monstruos. Ningún ojo humano los había visto en carne y hueso. Paseaban por la faz de la tierra miles de edades antes de que el hombre existiera, y sus huesos fósiles, descubiertos en la piedra caliza, nos han permitido reconstruirlos anatómicamente y, por tanto, hacernos una vaga idea de su formación colosal.

Recuerdo haber visto una vez en el gran Museo de Hamburgo el esqueleto de uno de estos maravillosos saurios. Medía nada menos que treinta pies desde la nariz hasta la cola. ¿Estoy, pues, yo, un habitante de la tierra de la época actual, destinado a encontrarme cara a cara con un representante de esta familia antediluviana? Apenas puedo creerlo posible; apenas puedo creerlo cierto. ¡Y, sin embargo, estas marcas de poderosos dientes sobre la barra de hierro! ¿Puede haber duda por su forma de que la mordedura es la mordedura de un cocodrilo?

Mis ojos miran con angustia y terror hacia el mar subterráneo. A cada momento espero que uno de estos monstruos emerja de sus vastas profundidades cavernosas.

Imagino que el digno profesor comparte en cierta medida mis nociones, si no mis temores, pues, tras un examen atento de la palanca, lanzó sus ojos rápidamente sobre el poderoso y misterioso océano.

«¿Qué podría poseerlo para abandonar la tierra —pensé—, como si la profundidad de esta agua tuviera alguna importancia para nosotros? Sin duda ha perturbado a algún monstruo terrible en su hogar acuático, y tal vez paguemos caro nuestra temeridad».

Ansioso por estar preparado para lo peor, examiné nuestras armas y vi que estaban en buen estado para su uso. Mi tío me observó y asintió con la cabeza aprobatoriamente. Él también ha notado lo que tenemos que temer.

Ya el levantamiento de las aguas en la superficie indica que algo está en movimiento debajo. El peligro se acerca. Viene más y más cerca. Nos conviene estar alerta.

Martes, 18 de agosto. Llegó por fin la tarde, la hora en que el deseo de dormir hacía que nuestros párpados pesaran. Noche no la hay, propiamente hablando, en este lugar, del mismo modo que no la hay en verano en las regiones árticas. Hans, sin embargo, permanece inmóvil en el timón. Cuándo arrebata un momento de descanso, realmente no puedo decirlo. Aprovecho su vigilancia para tomar un poco de reposo.

Pero dos horas después me despertó de un sueño profundo un golpe terrible. La balsa parecía haber chocado contra una roca sumergida. Fue levantada fuera del agua por algún poder maravilloso y misterioso, y luego salió despedida a veinte brazas de distancia.

—¿Eh, qué es eso? —gritó mi tío sobresaltado—. ¿Estamos naufragando, o qué?

Hans levantó la mano y señaló hacia donde, a unos doscientos metros, una gran masa negra se movía arriba y abajo.

Miré con temor. Mis peores temores se habían hecho realidad.

—¡Es un monstruo colosal! —grité, juntando mis manos.

—Sí —exclamó el agitado profesor—, y allí, allá, hay un enorme lagarto marino de terrible tamaño y forma.

—Y más allá, contemplad un cocodrilo prodigioso. Mirad sus mandíbulas horribles y esa hilera de dientes monstruosos. ¡Ja! Se ha ido.

—¡Una ballena! ¡Una ballena! —gritó el profesor—, puedo ver sus enormes aletas. ¡Mirad, mirad cómo expulsa aire y agua!

Dos columnas líquidas se elevaron a gran altura sobre el nivel del mar, en el cual cayeron con un estruendo terrorífico, despertando los ecos de aquel lugar espantoso. Nos quedamos inmóviles, sorprendidos, estupefactos, aterrorizados ante la visión de este grupo de temibles monstruos marinos, más horribles en la realidad que en mi sueño. Eran de dimensiones sobrenaturales; el más pequeño de todo el grupo podría haber aplastado fácilmente nuestra balsa y a nosotros mismos con un solo bocado.

Hans, agarrando el timón que se le había escapado de las manos, lo pone a barlovento con fuerza para escapar de tan peligrosa cercanía; pero no bien lo hace, se encuentra huyendo de Escila a Caribdis. A sotavento hay una tortuga de unos cuarenta pies de ancho, y una serpiente casi igual de larga, con una cabeza enorme y horrible que asoma fuera de las aguas.

Miremos por donde miremos, nos es imposible huir. Los temibles reptiles avanzaron hacia nosotros; giraban y se retorcían alrededor de la balsa con una rapidez espantosa. Formaron alrededor de nuestra desdichada embarcación una serie de círculos concéntricos. Tomé mi rifle desesperado. Pero, ¿qué efecto puede producir una bala de rifle sobre las escamas blindadas con las que están cubiertos los cuerpos de estos horribles monstruos?

Permanecemos quietos y mudos por el puro horror. Avanzan hacia nosotros, más y más cerca. Nuestro destino parece cierto, temeroso y terrible. Por un lado, el poderoso cocodrilo; por el otro, la gran serpiente marina. ¡El resto de la temible multitud de prodigios marinos se ha sumergido bajo las olas saladas y ha desaparecido!

Estoy a punto de disparar a cualquier precio y probar el efecto de un tiro. Hans, el guía, sin embargo, intervino con una seña para contenerme. Los dos horribles y voraces monstruos pasaron a cincuenta brazas de la balsa y luego se abalanzaron el uno contra el otro; su furia y rabia les impedían vernos.

El combate comenzó. Distinguimos claramente cada acción de los dos horribles monstruos.

Pero para mi imaginación excitada, los otros animales parecían estar a punto de participar en la feroz y mortal lucha: el monstruo, la ballena, el lagarto y la tortuga. Los vi claramente en todo momento. Se los señalé al islandés. Pero él solo negó con la cabeza.

—Tva —dijo.

—¿Qué? ¿Dos solo dice? Seguramente está equivocado —grité en tono de asombro.

—Tiene toda la razón —respondió mi tío con calma y filosofía, examinando el terrible duelo con su telescopio y hablando como si estuviera en una sala de conferencias.

—¿Cómo puede ser eso?

—Sí, es así. El primero de estos horribles monstruos tiene el hocico de una marsopa, la cabeza de un lagarto, los dientes de un cocodrilo; y esto es lo que nos ha engañado. Es el más temible de todos los reptiles antediluvianos, el mundialmente famoso Ichthyosaurus o gran lagarto pez.

—¿Y el otro?

—El otro es una serpiente monstruosa, oculta bajo la dura concha arqueada de la tortuga, el terrible enemigo de su temible rival, el Plesiosaurus, o cocodrilo marino.

Hans tenía toda la razón. ¡Solo los dos monstruos perturbaban la superficie del mar!

¡Por fin ojos mortales han contemplado a dos reptiles del gran océano primitivo! Veo los ojos rojos llameantes del Ichthyosaurus, cada uno tan grande o más grande que la cabeza de un hombre. La naturaleza, en su infinita sabiduría, había dotado a este maravilloso animal marino de un aparato óptico de extremo poder, capaz de resistir la presión de las pesadas capas de agua que rodaban sobre él en las profundidades del océano donde solía alimentarse. Ha sido llamado con razón por algunos autores la ballena de la raza de los saurios, pues es tan grande y rápido en sus movimientos como nuestro rey de los mares. Este no mide menos de cien pies de largo, y puedo formarme una idea de su grosor cuando lo veo levantar su prodigiosa cola fuera de las aguas. Su mandíbula es de tamaño y fuerza espantosos y, según los naturalistas mejor informados, no contiene menos de ciento ochenta y dos dientes.

El otro era el poderoso Plesiosaurus, una serpiente con tronco cilíndrico, con una cola corta y rechoncha, con aletas como un banco de remos en una galera romana.

¡Todo su cuerpo cubierto por un caparazón o concha, y su cuello, tan flexible como el de un cisne, se elevaba más de treinta pies sobre las olas, una torre de carne animada!

Estos animales se atacaron con una furia inconcebible. Tal combate jamás fue visto antes por ojos mortales, y para nosotros que sí lo vimos, parecía más la creación fantasmagórica de un sueño que cualquier otra cosa. Levantaron montañas de agua que se estrellaron en espuma sobre la balsa, ya zarandeada de un lado a otro por las olas. Veinte veces parecimos estar a punto de volcar y ser arrojados de cabeza a las olas. Horribles siseos parecían sacudir el sombrío techo de granito de aquella poderosa caverna, siseos que sembraron el terror en nuestros corazones. Los terribles combatientes se mantuvieron en un abrazo apretado. No podía distinguir uno de otro. Aun así, el combate no podía durar para siempre; y ay de nosotros, quienquiera que resultara el vencedor.

Una hora, dos horas, tres horas pasaron, sin resultado decisivo. La lucha continuó con la misma tenacidad mortal, pero sin resultado aparente. Los mortales oponentes se acercaban, luego se alejaban de la balsa. Una o dos veces pensamos que estaban a punto de dejarnos por completo, pero en lugar de eso, se acercaban más y más.

Nos agazapamos en la balsa listos para dispararles en cualquier momento, por pobre que fuera la perspectiva de herirlos o aterrorizarlos. Aun así, estábamos decididos a no perecer sin luchar.

De repente, el Ichthyosaurus y el Plesiosaurus desaparecieron bajo las olas, dejando tras de sí un remolino en medio del mar. ¡Casi fuimos arrastrados por la succión del agua!

Transcurrieron varios minutos antes de que se volviera a ver nada. ¿Había terminado este maravilloso combate en las profundidades del océano? ¿Debía tener lugar el último acto de este terrible drama sin espectadores?

Nos era imposible saberlo.

De repente, a poca distancia de nosotros, una masa enorme se eleva de las aguas: la cabeza del gran Plesiosaurus. El terrible monstruo está ahora herido de muerte. No puedo ver nada ahora de su enorme cuerpo. Todo lo que se podía distinguir era su cuello serpentino, que retorcía y enroscaba en todas las agonías de la muerte. Ahora golpeaba las aguas con él como si fuera un látigo gigantesco, y luego se retorcía como un gusano cortado en dos. El agua salpicaba a gran distancia en todas direcciones. Gran parte de ella barrió nuestra balsa y casi nos deja ciegos. Pero pronto el fin de la bestia se acercó más y más; sus movimientos se ralentizaron visiblemente; sus contorsiones casi cesaron; y al final el cuerpo de la poderosa serpiente yacía como una masa inerte y muerta sobre la superficie de las aguas ahora tranquilas y plácidas.

En cuanto al Ichthyosaurus, ¿ha bajado a su poderosa caverna bajo el mar para descansar, o reaparecerá para destruirnos?

Esta pregunta quedó sin respuesta. Y tuvimos un respiro.

CAPÍTULO 31

EL MONSTRUO MARINO

Miércoles, 19 de agosto. Afortunadamente, el viento, que por el momento sopla con cierta violencia, nos ha permitido escapar de la escena de la lucha sin parangón y extraordinaria. Hans, con su habitual calma imperturbable, permaneció al timón. Mi tío, quien por poco tiempo había sido apartado de sus absorbentes ensueños por los nuevos incidentes de esta lucha marina, volvió a caer aparentemente en un profundo ensimismamiento. Sus ojos estaban fijos con impaciencia en el océano extendido.

Nuestro viaje se volvió ahora monótono y uniforme. Tan aburrido como se ha vuelto, no tengo deseo de que se vea interrumpido por ninguna repetición de los peligros y aventuras de ayer.

Jueves, 20 de agosto. El viento es ahora N. N. E. y sopla muy irregularmente. Ha cambiado a ráfagas caprichosas. La temperatura es extremadamente alta. Ahora estamos progresando a una velocidad media de unas diez millas y media por hora.

Alrededor de las doce, un sonido distante como de trueno llegó a nuestros oídos. Tomo nota del hecho sin siquiera aventurarme a sugerir su causa. Era un rugido continuo como el de un mar cayendo sobre rocas poderosas.

—A lo lejos, en la distancia —dijo el profesor dogmáticamente—, hay alguna roca o alguna isla contra la cual el mar, azotado a furia por el viento, está rompiendo violentamente.

Hans, sin decir una palabra, trepó a la cima del mástil, pero no pudo distinguir nada. El océano estaba nivelado en todas direcciones hasta donde alcanzaba la vista.

Pasaron tres horas sin ninguna señal que indicara lo que podría haber ante nosotros. El sonido comenzó a asumir el de una poderosa catarata.

Expresé mi opinión sobre este punto con firmeza a mi tío. Él simplemente negó con la cabeza. Yo, sin embargo, estoy fuertemente impresionado por la convicción de que no me equivoco. ¿Estamos avanzando hacia alguna poderosa cascada que nos arroje al abismo? Probablemente este modo de descender al abismo sea agradable para el profesor, porque sería algo parecido al descenso vertical que tanto ansía realizar. Yo tengo una opinión muy diferente.

Sea cual sea la verdad, es seguro que no a muchas leguas de distancia debe haber algún fenómeno muy extraordinario, pues a medida que avanzamos el rugido se vuelve algo poderoso y estupendo. ¿Está en el agua o en el aire?

Lanzo miradas rápidas hacia arriba a los vapores suspendidos, y busco penetrar sus profundidades poderosas. Pero la bóveda de arriba está tranquila. Las nubes, que ahora están elevadas hasta la misma cumbre, parecen completamente inmóviles y quietas, y completamente perdidas en la irradiación de luz eléctrica. Es necesario, por tanto, buscar la causa de este fenómeno en otra parte.

Examino el horizonte, ahora perfectamente tranquilo, puro y libre de toda neblina. Su aspecto sigue sin cambios. Pero si este ruido espantoso procede de una catarata —si, por decirlo en inglés claro, este vasto océano interior se precipita en una cuenca inferior—, si estos tremendos rugidos son

actividad, y su creciente rapidez me daría alguna idea de la extensión del peligro con el que estamos amenazados. Consulto la corriente. Simplemente no existe: no hay tal cosa. Una botella vacía arrojada al agua queda a sotavento sin movimiento.

Alrededor de las cuatro, Hans se levanta, trepa por el mástil y llega hasta el tope mismo. Desde esta posición elevada, sus miradas se lanzan alrededor. Abarcan una vasta circunferencia del océano. Por fin, sus ojos permanecen fijos. Su rostro no expresa asombro, pero sus ojos se dilatan ligeramente.

—Ha visto algo al fin —gritó mi tío.

—Eso creo —respondí.

Hans bajó, se puso junto a nosotros y señaló con su mano derecha hacia el sur.

—Der nere —dijo.

—Allí —respondió mi tío.

Y tomando su telescopio, lo miró con gran atención durante aproximadamente un minuto, que a mí me pareció una eternidad. No sabía qué pensar ni qué esperar.

—Sí, sí —exclamó en un tono de considerable sorpresa—, ahí está.

—¿Qué? —pregunté.

—Un tremendo chorro de agua elevándose de las olas.

—Algún otro monstruo marino —grité, ya alarmado.

—Quizás.

—Entonces dirijámonos más hacia el oeste, pues ya sabemos lo que podemos esperar de los animales antediluvianos —fue mi respuesta ansiosa.

—Adelante —dijo mi tío.

Me volví hacia Hans. Hans estaba al timón dirigiendo con su habitual calma imperturbable.

Sin embargo, si desde la distancia que nos separaba de esta criatura, una distancia que debe estimarse en no menos de una docena de leguas, uno podía ver la columna de agua brotando del espiráculo del gran animal, sus dimensiones deben ser algo preternaturales. Huir es, por tanto, el curso que sugiere la prudencia ordinaria. Pero no hemos venido a esa parte del mundo para ser prudentes. Tal es la determinación de mi tío.

Nosotros, en consecuencia, continuamos avanzando. Cuanto más nos acercamos, más elevado es el chorro de agua. ¿Qué monstruo puede llenarse con volúmenes tan enormes de agua y luego lanzarlos incesantemente en chorros tan elevados?

A las ocho de la tarde, contando como sobre la tierra, donde hay día y noche, no estamos a más de dos leguas de la poderosa bestia. Su cuerpo largo, negro, enorme y montañoso yace sobre la superficie del agua como una isla. Pero se ha dicho que los marineros han desembarcado en ballenas dormidas, confundiéndolas con tierra. ¿Es ilusión o es miedo? Su longitud no puede ser menor de mil brazas. ¿Qué es entonces este monstruo cetáceo en el que ningún Cuvier pensó jamás?

Está completamente inmóvil y presenta la apariencia de dormir. El mar parece incapaz de elevarlo hacia arriba; son más bien las olas las que rompen en su marco enorme y gigantesco. La tromba de agua, elevándose a una altura de quinientos pies, rompe en espuma con un rugido sordo y sombrío.

Avanzamos, como lunáticos sin sentido, hacia esta masa poderosa.

Confieso honestamente que tenía un miedo abyecto. Declaré que no iría más lejos. Amenacé en mi terror con cortar la escota de la vela. Ataqué al profesor con considerable acrimonia, llamándolo temerario, loco, no sé qué más. Él no respondió.

De repente, el imperturbable Hans señaló una vez más con su dedo hacia el objeto amenazante:

—Holme!

—¡Una isla! —gritó mi tío.

—¿Una isla? —respondí, encogiéndome de hombros ante este pobre intento de engaño.

—Por supuesto que lo es —exclamó mi tío, estallando en una risa sonora y alegre.

—¿Pero el chorro de agua?

—Géiser —dijo Hans.

—Sí, por supuesto, un géiser —respondió mi tío, todavía riendo—, un géiser como los comunes en Islandia. Chorros como este son las grandes maravillas del país.

Al principio no quería admitir que me habían engañado tan burdamente. ¿Qué podría ser más ridículo que haber tomado una isla por un monstruo marino? Pero por mucho que uno se resista, hay que ceder ante la evidencia, y finalmente me convencí de mi error. No era nada, después de todo, más que un fenómeno natural.

A medida que nos acercábamos más y más, las dimensiones del haz líquido de aguas se volvieron verdaderamente grandiosas y estupendas. La isla había presentado, a distancia, la apariencia de una enorme ballena, cuya cabeza se elevaba muy por encima de las aguas. El géiser, palabra que los islandeses pronuncian geysir, y que significa furia, se elevaba majestuosamente desde su cumbre. Sordas detonaciones se escuchan de vez en cuando, y el enorme chorro, tomado por así decir con repentina furia, sacude su pluma de vapor y salta hacia la primera capa de las nubes. Está solo. Ni chorros de vapor ni aguas termales lo rodean, y todo el poder volcánico de esa región está concentrado en una columna sublime. Los rayos de luz eléctrica se mezclan con este haz deslumbrante, y cada gota que cae asume los colores prismáticos del arco iris.

—Vayamos a tierra —dijo el profesor, después de algunos minutos de silencio.

Es necesario, sin embargo, tomar grandes precauciones, para evitar el peso de las aguas que caen, lo cual haría que la balsa se hundiera en un instante. Hans, sin embargo, dirige admirablemente y nos lleva a la otra extremidad de la isla.

Fui el primero en saltar sobre la roca. Mi tío me siguió, mientras que el cazador de patos eider permanecía inmóvil, como un hombre por encima de cualquier fuente infantil de asombro. Caminábamos ahora sobre granito mezclado con arenisca silícea; el suelo se estremecía bajo nuestros pies como los costados de las calderas en las que el vapor sobrecalentado está confinado por la fuerza. Quema. Pronto avistamos la pequeña cuenca central de la que surgía el géiser. Sumergí un termómetro en el agua que brotaba burbujeante desde el centro, ¡y marcó una temperatura de ciento sesenta y tres grados!

Esta agua, por lo tanto, provenía de algún lugar donde el calor era intenso. Esto estaba singularmente en contradicción con las teorías del profesor Hardwigg. No pude evitar decirle mi opinión sobre el asunto.

—Bueno —dijo él bruscamente—, ¿y qué prueba esto contra mi doctrina?

—Nada —respondí secamente, viendo que me estaba dando cabezazos contra una idea preconcebida.

Sin embargo, me veo obligado a confesar que hasta ahora hemos sido notablemente afortunados, y que este viaje se está realizando en condiciones de temperatura de lo más favorables; pero parece evidente, de hecho, cierto, que tarde o temprano llegaremos a una de esas regiones donde el calor central alcanzará sus límites extremos, y superará con mucho todas las gradaciones posibles de los termómetros.

Visiones del Hades de los antiguos, que se creía estaba en el centro de la Tierra, flotaban en mi imaginación.

Sin embargo, ya veremos lo que veremos. Esa es la frase favorita del profesor ahora. Tras bautizar la isla volcánica con el nombre de su sobrino, el jefe de la expedición se dio la vuelta y dio la señal de embarque.

Yo, sin embargo, me quedé inmóvil durante algunos minutos, contemplando el magnífico géiser. Pronto pude percibir que la tendencia ascendente del agua era irregular; ahora disminuía en intensidad y luego, de repente, recuperaba nuevo vigor, lo cual atribuí a la variación de la presión de los vapores acumulados en su depósito.

Por fin partimos, rodeando con cuidado las rocas salientes, y bastante peligrosas, del lado sur. Hans había aprovechado este breve alto para reparar la balsa.

Antes de nuestra partida definitiva de la isla, no obstante, hice algunas observaciones para calcular la distancia que habíamos recorrido, y las anoté en mi diario. Desde que dejamos Port Gretchen, habíamos viajado doscientas setenta leguas —más de ochocientas millas— por este gran mar interior; estábamos, por tanto, a seiscientas veinte leguas de Islandia, y exactamente bajo Inglaterra.

CAPÍTULO 32

LA BATALLA DE LOS ELEMENTOS

Viernes, 21 de agosto. Esta mañana el magnífico géiser había desaparecido por completo. El viento había refrescado y dejábamos rápidamente los alrededores de la isla de Henry. Incluso el estruendo de la poderosa columna se había perdido para el oído.

El tiempo, si en estas circunstancias podemos usar tal expresión, está a punto de cambiar muy repentinamente. La atmósfera se está cargando gradualmente de vapores, que arrastran consigo la electricidad formada por la constante evaporación de las aguas salinas; las nubes caen lenta pero sensiblemente hacia el mar, y están asumiendo una textura de color oliva oscuro; los rayos eléctricos apenas pueden atravesar la cortina opaca que ha caído como un telón ante este maravilloso teatro, en cuyo escenario pronto se representará otro drama terrible. Esta vez no es una lucha de animales; es la temible batalla de los elementos.

Siento que estoy peculiarmente influenciado, como todas las criaturas en tierra cuando un diluvio está a punto de ocurrir.

Los cúmulos, un tipo de nube perfectamente ovalada, amontonados hacia el sur, presentaban un aspecto de lo más terrible y siniestro, con la apariencia despiadada que a menudo se ve antes de una tormenta. El aire es extremadamente pesado; el mar está comparativamente en calma.

A lo lejos, las nubes han tomado la apariencia de enormes bolas de algodón, o más bien vainas, amontonadas unas sobre otras en pintoresca confusión. Poco a poco, parecen hincharse, romperse y ganar en número lo que pierden en grandeza; su pesadez es tan grande que son incapaces de elevarse desde el horizonte; pero bajo la influencia de las corrientes de aire superiores, se rompen gradualmente, se vuelven mucho más oscuras y presentan entonces el aspecto de una sola capa de carácter formidable; de vez en cuando, una nube más ligera, aún iluminada desde arriba, rebota sobre esta alfombra gris y se pierde en la masa opaca.

No puede haber duda de que toda la atmósfera está saturada de fluido eléctrico; yo mismo estoy totalmente impregnado; mis cabellos se erizan literalmente como si estuvieran bajo la influencia de una batería galvánica. Si uno de mis compañeros se aventurara a tocarme, creo que recibiría una descarga bastante violenta y desagradable.

Alrededor de las diez de la mañana, los síntomas de la tormenta se volvieron más completos y decisivos; el viento pareció suavizarse como para tomar aliento para un nuevo ataque; el vasto palio fúnebre sobre nosotros parecía una enorme bolsa, como la cueva de Eolo, en la que la tormenta estaba acumulando sus fuerzas para el ataque.

Intenté por todos los medios no creer en los signos amenazantes del cielo, y sin embargo no pude evitar decir, como involuntariamente:

—Creo que vamos a tener mal tiempo.

El profesor no me respondió. Estaba de un humor horrible, detestable, al ver el océano extenderse interminablemente ante sus ojos. Al oír mis palabras simplemente se encogió de hombros.

—Tendremos una tormenta tremenda —dije de nuevo, señalando el horizonte—. Estas nubes están bajando más y más sobre el mar, como si quisieran aplastarlo.

Reinó un gran silencio. El viento cesó por completo. La naturaleza asumió una calma absoluta y dejó de respirar. Sobre el mástil, donde noté una especie de ligero fuego fatuo, la vela cuelga en pliegues pesados y sueltos. La balsa está inmóvil en medio de un mar oscuro y pesado, sin ondulación, sin movimiento. Está tan quieta como el cristal. Pero como no avanzamos, ¿de qué sirve mantener la vela, que puede ser la causa de nuestra perdición si la tempestad nos golpea repentinamente sin previo aviso?

—Bajemos la vela —dije—, es solo un acto de prudencia común.

—No, no —gritó mi tío en tono exasperado—, cien veces no. Que el viento nos golpee y haga lo peor que pueda, que la tormenta nos arrastre donde quiera; solo déjame ver el destello de alguna costa, de algún acantilado rocoso, aunque eso haga añicos nuestra balsa. ¡No! Mantén la vela, pase lo que pase.

Apenas pronunció estas palabras cuando el horizonte sur experimentó un cambio repentino y violento. Los vapores largamente acumulados se resolvieron en agua, y el aire necesario para llenar el vacío producido se convirtió en una tempestad salvaje y furiosa.

Provenía de los rincones más distantes de la poderosa caverna. Rugía desde todos los puntos de la brújula. Bramaba; aullaba; chillaba con la alegría de demonios sueltos. La oscuridad aumentó y se convirtió en verdad en oscuridad visible.

La balsa subía y bajaba con la tormenta, y saltaba sobre las olas. Mi tío fue arrojado de cabeza sobre la cubierta. Con gran dificultad me arrastré hacia él. Se sujetaba con todas sus fuerzas al extremo de un cable y parecía contemplar con placer y deleite el espectáculo de los elementos desencadenados.

Hans no movió ni un músculo. Su larga cabellera, arrastrada aquí y allá por la tempestad y esparcida salvajemente sobre su rostro inmóvil, le daba un aspecto de lo más extraordinario, pues cada cabello estaba iluminado por pequeñas chispas brillantes.

Su semblante presenta el aspecto extraordinario de un hombre antediluviano, un verdadero contemporáneo del megaterio.

Aun así, el mástil resiste bien la tormenta. La vela se despliega y se hincha como una pompa de jabón a punto de estallar. La balsa corre a un ritmo imposible de estimar, pero menos velozmente que la masa de agua desplazada bajo ella, cuya rapidez puede verse por las líneas que vuelan a derecha e izquierda en la estela.

—¡La vela, la vela! —grité, haciendo un megáfono con las manos, y luego esforzándome por bajarla.

—¡Déjala! —dijo mi tío, más exasperado que nunca.

—*Nej* —dijo Hans, negando suavemente con la cabeza.

No obstante, la lluvia formaba una catarata rugiente ante este horizonte que buscábamos, y hacia el cual corríamos como locos.

Pero antes de que este desierto de aguas nos alcanzara, el poderoso velo de nubes se rasgó en dos; el mar comenzó a espumar salvajemente; y la electricidad, producida por alguna vasta y extraordinaria acción química en la capa superior de las nubes, entra en juego. A los terribles truenos se añaden relámpagos deslumbrantes, tales como nunca había visto. Los rayos se cruzaban, lanzados desde todos los lados, mientras el trueno retumbaba como un eco. La masa de vapor se vuelve incandescente; los granizos que golpean el metal de nuestras botas y nuestras armas son realmente luminosos; las olas al levantarse parecen monstruos devoradores de fuego, bajo los cuales hierve un fuego intenso, con sus crestas coronadas por crestas de llamas.

Mis ojos están deslumbrados, cegados por la intensidad de la luz, mis oídos ensordecidos por el terrible rugido de los elementos. Me veo obligado a sujetarme al mástil, que se dobla como una caña bajo la violencia de la tormenta, a la cual ninguna otra vista antes por los marinos guardaba semejanza.

* * * * *

Aquí mis notas de viaje se vuelven muy incompletas, sueltas y vagas. Solo he podido distinguir una o dos observaciones fugitivas, anotadas de una manera puramente mecánica. Pero incluso su brevedad, incluso su oscuridad, muestran las emociones que me embargaron.

* * * * *

Domingo, 23 de agosto. ¿A dónde hemos llegado? ¿En qué región vagamos? Seguimos siendo arrastrados con una rapidez inconcebible.

La noche ha sido terrible, algo que no se puede describir. La tormenta no muestra signos de cesar. Existimos en medio de un estruendo que no tiene nombre. Las detonaciones como de artillería son incesantes. Nuestros oídos sangran literalmente. Somos incapaces de intercambiar una palabra, o de oírnos hablar.

El relámpago no deja de destellar ni por un solo instante. Puedo ver los zigzags después de un rápido dardo golpear el techo arqueado de esta, la más poderosa de las poderosas bóvedas. ¡Si se derrumbara y cayera sobre nosotros! Otros relámpagos sumergen sus haces bifurcados en todas direcciones, y toman la forma de globos de fuego, que explotan como bombas sobre una ciudad sitiada. El estruendo y rugido general aparentemente no aumenta; ya ha ido mucho más allá de lo que el oído humano puede apreciar. Si todos los polvorines del mundo explotaran juntos, sería imposible para nosotros oír un ruido peor.

Hay una emisión constante de luz desde las nubes de tormenta; la materia eléctrica se libera incesantemente; evidentemente los principios gaseosos del aire están desordenados; innumerables columnas de agua se precipitan hacia arriba como trombas marinas, y caen de nuevo sobre la superficie del océano en espuma.

¿A dónde vamos? Mi tío aún yace a cuerpo tendido sobre la balsa, sin hablar, sin tomar nota del tiempo.

El calor aumenta. Miro el termómetro, para mi sorpresa indica... *La cifra exacta está aquí borrada en mi manuscrito.*

Lunes, 24 de agosto. Esta terrible tormenta no terminará nunca. ¿Por qué este estado de la atmósfera, tan densa y sombría, una vez modificado, no habría de permanecer definitivo?

Estamos totalmente rotos y hostigados por la fatiga. Hans permanece exactamente igual. La balsa corre hacia el sureste invariablemente. Hemos recorrido ya doscientas leguas desde la isla recién descubierta.

Alrededor de las doce la tormenta se volvió peor que nunca. Nos vemos obligados ahora a sujetar cada trozo de carga fuertemente sobre la cubierta de la balsa, o todo sería arrastrado. Nos sujetamos nosotros también, atándonos unos a otros. Las olas pasan sobre nosotros, de modo que varias veces estamos realmente bajo el agua.

Habíamos estado bajo la dolorosa necesidad de abstenernos de hablar durante tres días y tres noches. Abríamos la boca, movíamos los labios, pero no salía sonido alguno. Incluso cuando poníamos nuestras bocas cerca de los oídos del otro, era lo mismo.

El viento se llevaba la voz.

Mi tío consiguió una vez acercar su cabeza a la mía después de varios intentos casi vanos. Pareció a mis sentidos casi agotados articular alguna palabra. Tuve la impresión, más por intuición que por otra cosa, de que me decía: "Estamos perdidos".

Saqué mi cuaderno, del que en las circunstancias más desesperadas nunca me separé, y escribí unas pocas palabras tan legiblemente como pude:

"Bajad la vela."

Con un profundo suspiro, asintió con la cabeza y accedió.

Apenas había tenido tiempo su cabeza de volver a la posición de la que la había levantado momentáneamente cuando un disco o bola de fuego apareció en el mismo borde de la balsa, nuestra entregada, nuestra condenada embarcación. El mástil y la vela son arrancados de cuajo, y los veo arrastrados a una altura prodigiosa como una cometa.

Estábamos helados, literalmente temblando de terror. La bola de fuego, mitad blanca, mitad azulada, del tamaño de una bomba de diez pulgadas, se movía, girando con prodigiosa rapidez a sotavento de la tormenta. Corría aquí, allá y en todas partes, trepaba por una de las bordas de la balsa, saltaba sobre el saco de provisiones y luego descendía ligeramente, caía como un balón y aterrizaba sobre nuestro barril de pólvora.

Situación horrible. Una explosión, por supuesto, era ahora inevitable.

Por misericordia del cielo, no fue así.

El disco deslumbrante se movió hacia un lado, se acercó a Hans, quien lo miró con singular fijeza; luego se acercó a mi tío, quien se arrojó de rodillas para evitarlo; vino hacia mí, mientras yo permanecía pálido y estremecido bajo la luz y el calor deslumbrantes; giró alrededor de mis pies, que intenté retirar.

Un olor a gas nitroso llenó todo el aire; penetró hasta la garganta, hasta los pulmones. Me sentí a punto de asfixiarme.

¿Por qué no puedo retirar mis pies? ¿Están remachados al suelo de la balsa?

No.

La caída del globo eléctrico ha convertido todo el hierro a bordo en imanes; los instrumentos, las herramientas, las armas chocan entre sí con un ruido terrible y horrible; los clavos de mis pesadas botas se adhieren estrechamente a la placa de hierro incrustada en la madera. No puedo retirar mi pie.

Es la vieja historia de la montaña de adamantina.

Por fin, con un esfuerzo violento y casi sobrehumano, la arranco justo cuando la bola, que sigue ejecutando sus movimientos giratorios, está a punto de rodearla y arrastrarme con ella, si...

¡Oh, qué luz intensa y estupenda! El globo de fuego estalla; estamos envueltos en cascadas de fuego vivo, que inundan el espacio circundante con materia luminosa.

¡Entonces todo se apagó y la oscuridad cayó una vez más sobre las profundidades! Apenas tuve tiempo de ver a mi tío una vez más tendido aparentemente sin sentido sobre el suelo de la balsa, a Hans al timón, "escupiendo fuego" bajo la influencia de la electricidad que parecía haberlo atravesado.

¿A dónde vamos?, pregunto. Y el eco responde: ¿A dónde?

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Martes, 25 de agosto. Acabo de salir de un largo desmayo. La terrible y espantosa tormenta aún continúa; el relámpago ha aumentado en viveza, y derrama su ira ardiente como una cría de serpientes sueltas en la atmósfera.

¿Seguimos en el mar? Sí, y siendo arrastrados con una velocidad increíble.

Hemos pasado bajo Inglaterra, bajo el Canal, bajo Francia, probablemente bajo toda la extensión de Europa.

* * * * *

Otro clamor terrible a lo lejos. Esta vez es seguro que el mar está rompiendo contra las rocas a poca distancia. Entonces...

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CAPÍTULO 33

NUESTRA RUTA INVERTIDA

Aquí termina lo que llamo "Mi Diario" de nuestro viaje a bordo de la balsa, diario que fue felizmente salvado del naufragio. Prosigo con mi relato como lo hacía antes de comenzar mis notas diarias.

Lo que sucedió cuando ocurrió el terrible choque, cuando la balsa fue arrojada sobre la costa rocosa, me sería imposible decirlo ahora. Me sentí precipitado violentamente hacia las hirvientes olas, y si escapé de una muerte cierta y cruel, se debió totalmente a la determinación del fiel Hans, quien, sujetándome por el brazo, me salvó del abismo que se abría.

El valeroso islandés me llevó entonces en sus poderosos brazos, lejos del alcance de las olas, y me depositó sobre una ardiente extensión de arena, donde me encontré algún tiempo después en compañía de mi tío, el profesor.

Luego regresó tranquilamente hacia las rocas fatales, contra las cuales golpeaban las furiosas olas, para salvar cualquier resto del naufragio. Este hombre era siempre práctico y reflexivo. No pude articular palabra; estaba completamente superado por la emoción; todo mi cuerpo estaba roto y magullado por la fatiga; tomó horas antes de que fuera algo parecido a mí mismo.

Mientras tanto, cayó un terrible diluvio de lluvia, empapándonos hasta los huesos. Su violencia, sin embargo, proclamaba el final inminente de la tormenta. Algunas rocas sobresalientes nos proporcionaron una ligera protección contra los torrentes.

Bajo este refugio, Hans preparó algo de comida, que, sin embargo, fui incapaz de probar; y, agotados por los tres cansados días y noches de vigilancia, caímos en un sueño profundo y doloroso. Mis sueños fueron terribles, pero al fin la naturaleza agotada afirmó su supremacía, y dormí.

Al día siguiente, cuando desperté, el cambio fue mágico. El tiempo era magnífico. El aire y el mar, como por consentimiento mutuo, habían recuperado su serenidad. Todo rastro de la tormenta, incluso el más leve, había desaparecido. Fui saludado al despertar por los primeros tonos alegres que había oído del profesor en muchos días. Su alegría, de hecho, era algo terrible.

—Bueno, muchacho —gritó, frotándose las manos—, ¿has dormido profundamente?

¿No podría haberse supuesto que estábamos en la vieja casa de la Konigstrasse; que acababa de bajar tranquilamente a mi desayuno; y que mi matrimonio con Gretchen iba a tener lugar ese mismo día? La calma de mi tío era exasperante.

Por desgracia, considerando cómo la tempestad nos había conducido en dirección este, habíamos pasado bajo toda Alemania, bajo la ciudad de Hamburgo donde había sido tan feliz, bajo la misma calle que contenía todo lo que amaba y me importaba en el mundo.

Era un hecho positivo que solo me separaba de ella una distancia de cuarenta leguas. ¡Pero estas cuarenta leguas eran de granito duro e impenetrable!

Todas estas lúgubres y miserables reflexiones pasaron por mi mente, antes de intentar responder a la pregunta de mi tío.

—Bueno, ¿qué pasa? —gritó—. ¿No puedes decir si has dormido bien o no?

—He dormido muy bien —fue mi respuesta—, pero me duele cada hueso de mi cuerpo. Supongo que eso no llevará a nada.

—A nada en absoluto, muchacho. Es solo el resultado de la fatiga de los últimos días, eso es todo.

—Pareces —si se me permite decirlo— estar muy alegre esta mañana —dije.

—Encantado, mi querido muchacho, encantado. Nunca estuve más feliz en mi vida. Por fin hemos llegado al puerto deseado.

—¿El fin de nuestra expedición? —grité, en tono de considerable sorpresa.

—No; pero sí a los confines de ese mar que empezaba a temer que nunca terminaría, sino que rodearía todo el mundo. Ahora reanudaremos tranquilamente nuestro viaje por tierra, y trataremos una vez más de sumergirnos en el centro de la Tierra.

—Mi querido tío —comencé, de una manera vacilante—, permítame hacerle una pregunta.

—Ciertamente, Harry; una docena si lo consideras oportuno.

—Una bastará. ¿Qué hay sobre el regreso? —pregunté.

—¿Qué hay sobre el regreso? Qué pregunta tan extraña. Aún no hemos llegado al final de nuestro viaje.

—Lo sé. Todo lo que quiero saber es cómo propone usted que gestionemos el viaje de vuelta.

—De la manera más sencilla del mundo —dijo el imperturbable profesor—. Una vez que alcancemos el centro exacto de esta esfera, o bien encontraremos un nuevo camino por el cual ascender a la superficie, o simplemente daremos media vuelta y regresaremos por donde vinimos. Tengo todas las razones para creer que, mientras avanzamos, el camino no se cerrará tras nosotros.

—Entonces, uno de los primeros asuntos de los que habrá que ocuparse será reparar la balsa —fue mi respuesta, bastante melancólica.

—Por supuesto. Debemos atender eso por encima de todas las cosas —continuó el profesor.

—Luego viene la importantísima cuestión de las provisiones —insistí—. ¿Nos queda algo parecido a lo suficiente para permitirnos llevar a cabo diseños tan grandes, tan asombrosos, como los que usted contempla realizar?

—He examinado el asunto y mi respuesta es afirmativa. Hans es un tipo muy listo y tengo razones para creer que ha salvado la mayor parte de la carga. Pero la mejor manera de satisfacer sus escrúpulos es venir y juzgar por usted mismo.

Dicho esto, abrió camino saliendo de la especie de gruta abierta en la que nos habíamos refugiado. Yo casi había empezado a esperar aquello que más bien debería haber temido, y esto era la imposibilidad de que tal naufragio dejara ni siquiera el más mínimo rastro de lo que había transportado como carga. Estaba, sin embargo, completamente equivocado.

Tan pronto como llegué a las orillas de este mar interior, encontré a Hans de pie, con gravedad, en medio de un gran número de cosas dispuestas en perfecto orden. Mi tío se retorció las manos con una gratitud profunda y silenciosa. Su corazón estaba demasiado lleno para hablar.

Este hombre, cuya devoción sobrehumana hacia sus empleadores no solo nunca vi superada, ni siquiera igualada, había estado trabajando duramente todo el tiempo que dormimos, y a riesgo de su vida había logrado salvar los artículos más preciosos de nuestra carga.

Por supuesto, dadas las circunstancias, experimentamos necesariamente varias pérdidas graves. Nuestras armas habían desaparecido por completo. Pero la experiencia nos había enseñado a prescindir de ellas. La provisión de pólvora, sin embargo, había permanecido intacta, tras haber escapado por poco de hacernos saltar a todos en pedazos durante la tormenta.

—Bueno —dijo el profesor, quien ahora estaba listo para sacar el mejor partido de todo—, como no tenemos armas, todo lo que tenemos que hacer es abandonar cualquier idea de caza.

—Sí, querido señor, podemos prescindir de ellas, ¿pero qué pasa con todos nuestros instrumentos?

—Aquí está el manómetro, el más útil de todos, y el cual acepto con gusto en lugar del resto. Con él solo puedo calcular la profundidad a medida que avanzamos; por su medio solamente podré decidir cuándo hemos llegado al centro de la Tierra. ¡Ja, ja! ¡De no ser por este pequeño instrumento, podríamos cometer un error y correr el riesgo de salir por las antípodas!

Todo esto fue dicho entre estallidos de una risa antinatural.

—Pero la brújula —exclamé—, sin eso, ¿qué podemos hacer?

—¡Aquí está, sana y salva! —gritó con verdadera alegría—. ¡Ah, ah, y aquí tenemos el cronómetro y los termómetros! ¡Hans el cazador es, en verdad, un hombre de valor incalculable!

Era imposible negar este hecho. En lo que respecta a los instrumentos náuticos y otros, no faltaba nada. Luego, tras un examen más detenido, encontré escaleras, cuerdas, picos, palancas y palas, todo esparcido por la orilla.

Quedaba, sin embargo, finalmente la cuestión más importante de todas, y esa era la de las provisiones.

—¿Pero qué vamos a hacer para comer? —pregunté.

—Veamos el departamento de intendencia —respondió mi tío con gravedad.

Las cajas que contenían nuestra provisión de alimentos para el viaje estaban colocadas en fila a lo largo de la playa y se encontraban en un excelente estado de conservación; el mar había respetado en cada caso su contenido y, para resumir en una frase, teniendo en cuenta las galletas, la carne salada, el Schiedam y el pescado seco, todavía podíamos contar con tener suministros para unos cuatro meses, si se usaban con prudencia y cautela.

—Cuatro meses —exclamó el optimista profesor con gran alborozo—. Entonces tendremos tiempo de sobra tanto para ir como para volver, y con lo que sobre me comprometo a ofrecer una gran cena a mis colegas del Johanneum.

Suspiré. A estas alturas debería haberme acostumbrado al temperamento de mi tío, y sin embargo, este hombre me asombraba cada día más y más. Era el mayor enigma humano que jamás había conocido.

—Ahora —dijo—, antes de hacer cualquier otra cosa, debemos hacernos con una reserva de agua dulce. La lluvia ha caído en abundancia y ha llenado las cavidades del granito. Hay una rica provisión de agua y no tenemos miedo de sufrir de sed, lo cual, en nuestras circunstancias, es de la mayor importancia. En cuanto a la balsa, le recomendaré a Hans que la repare lo mejor que pueda; aunque tengo todas las razones para creer que no la necesitaremos de nuevo.

—¿Cómo es eso? —exclamé, más asombrado que nunca por el estilo de razonamiento de mi tío.

—Tengo una idea, querido muchacho; no es otra que este simple hecho: no saldremos por la misma abertura por la que entramos.

Comencé a mirar a mi tío con vaga sospecha. Una idea se había apoderado de mí más de una vez; y era que se estaba volviendo loco. Y sin embargo, poco imaginaba cuán verdaderos y proféticos estaban destinados a ser sus palabras.

—Y ahora —dijo—, habiendo atendido todos estos asuntos de detalle, a desayunar.

Lo seguí hacia una especie de cabo saliente, después de que diera sus últimas instrucciones a nuestro guía. En esta original posición, con carne seca, galleta y una deliciosa taza de té, hicimos una comida satisfactoria; podría decir que una de las más bienvenidas y agradables que recuerdo. El agotamiento, la atmósfera intensa, el estado de calma después de tanta agitación, todo contribuyó a darme un excelente apetito. De hecho, contribuyó mucho a producir un estado de ánimo agradable y alegre.

Mientras tomábamos el desayuno, y entre sorbos de té caliente, le pregunté a mi tío si tenía alguna idea de cómo estábamos situados ahora en relación con el mundo de arriba.

—Por mi parte —añadí—, creo que será bastante difícil determinarlo.

—Bueno, si estuviéramos obligados a fijar el lugar exacto —dijo mi tío—, podría ser difícil, ya que durante los tres días de esa terrible tempestad no pude llevar cuenta ni de la rapidez de nuestro paso ni de la dirección en la que iba la balsa. Aún así, intentaremos aproximarnos a la verdad. No creo que estemos tan lejos.

—Bueno, si no recuerdo mal —repliqué—, nuestra última observación se hizo en la isla del géiser.

—¡Isla Harry, muchacho! Isla Harry. No rechaces el honor de haberla nombrado; ¡da tu nombre a una isla descubierta por nosotros, los primeros seres humanos que la pisaron desde la creación del mundo!

—Que así sea, entonces. En la Isla Harry ya habíamos recorrido doscientas setenta leguas de mar, y estábamos, creo, a unas seiscientas leguas, más o menos, de Islandia.

—Bien. Me alegra ver que recuerdas tan bien. Partamos de ese punto y contemos cuatro días de tormenta, durante los cuales nuestro ritmo de viaje debió ser muy grande. Yo diría que nuestra velocidad debió ser de unas ochenta leguas cada veinticuatro horas.

Estuve de acuerdo en que me parecía un cálculo justo. Había entonces trescientas leguas que añadir al gran total.

—Sí, y el Mar Central debe extenderse al menos seiscientas leguas de lado a lado. ¿Sabes, muchacho, Harry, que hemos descubierto un lago interior más grande que el Mediterráneo?

—Ciertamente, y solo conocemos su extensión de una manera. Puede tener cientos de millas de largo.

—Muy probable.

—Entonces —dije, después de calcular durante algunos minutos—, si sus previsiones son correctas, estamos en este momento exactamente bajo el propio Mediterráneo.

—¿Eso crees?

—Sí, estoy casi seguro de ello. ¿No estamos a novecientas leguas de distancia de Reikiavik?

—Eso es perfectamente cierto, y un famoso trecho de camino el que hemos recorrido, muchacho. Pero por qué deberíamos estar bajo el Mediterráneo más que bajo Turquía o el Océano Atlántico solo podrá saberse cuando estemos seguros de no haber desviado nuestro rumbo; y de esto no sabemos nada.

—No creo que nos hayamos desviado mucho de nuestro rumbo; el viento me parece haber sido siempre más o menos el mismo. Mi opinión es que esta orilla debe estar situada al sureste de Puerto Gretchen.

—Bien, espero que así sea. Sin embargo, será fácil decidir el asunto tomando las marcaciones desde nuestra partida mediante la brújula. Vamos, consultaremos ese invento de valor incalculable.

El profesor caminó ahora con entusiasmo en dirección a la roca donde el infatigable Hans había puesto los instrumentos a salvo. Mi tío estaba alegre y ligero de espíritu; se frotaba las manos y adoptaba todo tipo de actitudes. A todas luces, volvía a ser un hombre joven. Desde que le conocía, nunca había estado tan amable y agradable. Lo seguí, bastante curioso por saber si había cometido algún error en mi estimación de nuestra posición.

Tan pronto como llegamos a la roca, mi tío tomó la brújula, la colocó horizontalmente ante sí y miró con atención la aguja.

Como al principio la había sacudido para darle vivacidad, osciló considerablemente y luego, lentamente, asumió su posición correcta bajo la influencia del poder magnético.

El profesor inclinó los ojos con curiosidad sobre el maravilloso instrumento. Un violento sobresalto mostró inmediatamente el alcance de su emoción.

Cerró los ojos, se los frotó y realizó otro examen más atento.

Luego se volvió lentamente hacia mí, con el estupor retratado en su rostro.

—¿Qué ocurre? —dije, empezando a alarmarme.

No podía hablar. Estaba demasiado abrumado para las palabras. Simplemente señaló el instrumento.

Lo examiné con avidez según sus mudas indicaciones, y un fuerte grito de sorpresa escapó de mis labios. ¡La aguja de la brújula apuntaba al norte, en la dirección en la que esperábamos que estuviera el sur!

Apuntaba a la orilla en lugar de a alta mar.

Sacudí la brújula; la examiné con ojo curioso y ansioso. Estaba en un estado de perfección. Ninguna mancha explicaba de ninguna manera el fenómeno. Fuera cual fuera la posición en la que forzáramos la aguja, invariablemente regresaba al mismo punto inesperado.

Era inútil intentar ocultarnos la fatal verdad.

No cabía duda, por muy inoportuno que fuera el hecho, de que durante la tempestad se había producido un cambio repentino de viento, del cual no habíamos podido dar cuenta, ¡y así la balsa nos había llevado de vuelta a las orillas que habíamos abandonado, aparentemente para siempre, tantos días atrás!

CAPÍTULO 34

UN VIAJE DE DESCUBRIMIENTO

Me resultaría totalmente imposible dar una idea del asombro absoluto que embargó al profesor al hacer este extraordinario descubrimiento. El asombro, la incredulidad y la rabia se mezclaban de tal manera que me alarmaron.

Durante todo el curso de mi vida nunca había visto a un hombre primero tan abatido y luego tan furiosamente indignado.

Las terribles fatigas de nuestro viaje por mar, los temibles peligros que habíamos atravesado, todo, todo, había sido en vano. Teníamos que empezar de nuevo.

En lugar de progresar, como esperábamos con tanto cariño, durante un viaje de tantos días, habíamos retrocedido. ¡Cada hora de nuestra expedición en la balsa había sido tiempo perdido!

Sin embargo, pronto la energía indomable de mi tío superó cualquier otra consideración.

—Así que —dijo entre dientes apretados—, la fatalidad me jugará estas terribles pasadas. Los elementos mismos conspiran para abrumarme de mortificación. El aire, el fuego y el agua combinan sus esfuerzos unidos para oponerse a mi paso. Bueno, verán lo que puede hacer la voluntad ferviente de un hombre decidido. No cederé, no retrocederé ni una pulgada; y veremos quién triunfa en este gran concurso: el hombre o la naturaleza.

De pie sobre una roca, irritado y amenazante, el profesor Hardwigg, como el feroz Áyax, parecía desafiar a los hados. Yo, sin embargo, me tomé la libertad de intervenir y de imponer algún tipo de freno a tal entusiasmo insensato.

—Escúcheme, tío —dije, con un tono de voz firme pero moderado—, debe haber algún límite a la ambición aquí abajo. Es totalmente inútil luchar contra lo imposible. Por favor, escuche a la razón. Estamos totalmente desprevenidos para un viaje por mar; es simplemente una locura pensar en realizar un viaje de quinientas leguas sobre un mísero montón de vigas, con una colcha como vela, un palo miserable como mástil y una tempestad con la que lidiar. Como somos totalmente incapaces de dirigir nuestra frágil embarcación, nos convertiremos en el mero juguete de la tormenta, y es actuar como locos si, por segunda vez, corremos algún riesgo en este peligroso y traicionero Mar Central.

Estas son solo algunas de las razones y argumentos que reuní, razones y argumentos que para mí parecían irrefutables. Se me permitió continuar sin interrupción durante unos diez minutos. Pronto descubrí la explicación de esto. El profesor ni siquiera estaba escuchando y no oyó una palabra de toda mi elocuencia.

—¡A la balsa! —gritó con voz ronca cuando hice una pausa para obtener respuesta.

Tal fue el resultado de mi arduo esfuerzo por resistir su voluntad de hierro. Intenté de nuevo; le rogué y supliqué; me puse furioso; pero tuve que lidiar con una voluntad más decidida que la mía. Me pareció sentirme como las olas que luchaban y batallaban contra la enorme masa de granito a nuestros pies, que había sonreído con severidad durante tantos siglos ante sus esfuerzos insignificantes.

Hans, mientras tanto, sin participar en nuestra discusión, había estado reparando la balsa. Uno habría supuesto que instintivamente adivinaba los proyectos posteriores de mi tío.

Por medio de algunos fragmentos de cordaje, había hecho de nuevo la balsa navegable.

Mientras yo hablaba, había izado un nuevo mástil y una vela, esta última ya ondeando y flameando en la brisa.

El digno profesor dijo algunas palabras a nuestro imperturbable guía, quien inmediatamente comenzó a poner nuestro equipaje a bordo y a prepararse para nuestra partida. La atmósfera estaba ahora bastante clara y pura, y el viento del noreste soplaba constante y sereno. Parecía probable que durara algún tiempo.

¿Qué podía hacer, entonces? ¿Podía emprender la tarea de resistir la voluntad de hierro de dos hombres? Era simplemente imposible, incluso si hubiera podido esperar el apoyo de Hans. Esto, sin embargo, estaba fuera de toda duda. Me parecía que el islandés había dejado de lado toda voluntad e identidad personal. Era una imagen de abnegación.

No podía esperar nada de alguien tan infatuado y devoto de su amo. Todo lo que podía hacer, por tanto, era dejarme llevar por la corriente.

En un estado de resignación estólida y hosca, estaba a punto de tomar mi lugar habitual en la balsa cuando mi tío puso su mano sobre mi hombro.

—No hay prisa, muchacho —dijo—, no partiremos hasta mañana.

Yo era la viva imagen de la resignación ante la terrible voluntad del destino.

—Dadas las circunstancias —dijo—, no debo descuidar ninguna precaución. Como el destino me ha arrojado a estas costas, no me iré sin haberlas examinado completamente.

Para entender este comentario, debo explicar que, aunque nos habían llevado de vuelta a la orilla norte, habíamos aterrizado en un lugar muy diferente al que había sido nuestro punto de partida.

Puerto Gretchen debía estar, calculamos, mucho más hacia el oeste. Nada, por tanto, era más natural y razonable que debiéramos reconocer esta nueva orilla en la que habíamos aterrizado tan inesperadamente.

—Vamos a emprender un viaje de descubrimiento —grité.

Y dejando a Hans en su importante operación, comenzamos nuestra expedición. La distancia entre la orilla en marea alta y el pie de las rocas era considerable. Llevaría una media hora de caminata llegar de una a otra.

Mientras caminábamos, nuestros pies aplastaban innumerables conchas de todas las formas y tamaños, antaño morada de animales de todos los períodos de la creación.

Noté particularmente algunas conchas enormes, caparazones (de especies de tortugas y galápagos), cuyo diámetro excedía los quince pies.

Habían pertenecido en épocas pasadas a aquellos gigantescos Gliptodontes del período Plioceno, de los cuales la tortuga moderna es solo un espécimen diminuto. Además, todo el suelo estaba cubierto por una vasta cantidad de reliquias pétreas, con apariencia de pedernales desgastados por la acción de las olas, y que yacían en capas sucesivas una sobre otra. Llegué a la conclusión de que en épocas pasadas el mar debía haber cubierto todo el distrito. Sobre las rocas dispersas, ahora lejos de su alcance, las poderosas olas de los siglos habían dejado marcas evidentes de su paso.

Reflexionando, esto me pareció explicar parcialmente la existencia de este notable océano, cuarenta leguas por debajo de la superficie de la corteza terrestre. Según mi nueva, y quizás fantasiosa, teoría, esta masa líquida debía perderse gradualmente en las profundidades de las entrañas de la Tierra. Tampoco tuve duda de que este misterioso mar era alimentado por la infiltración del océano superior a través de fisuras imperceptibles.

Sin embargo, era imposible no admitir que estas fisuras debían estar ahora casi obstruidas, pues de lo contrario, la caverna, o mejor dicho, el inmenso y estupendo depósito, se habría llenado por completo en un corto espacio de tiempo. Quizás incluso esta agua, al tener que luchar contra los fuegos subterráneos acumulados del interior de la Tierra, se había vaporizado parcialmente. De ahí la explicación de esas pesadas nubes suspendidas sobre nuestras cabezas y el despliegue superabundante de esa electricidad que ocasionaba tormentas tan terribles en este mar profundo y cavernoso.

Esta lúcida explicación de los fenómenos que habíamos presenciado me pareció bastante satisfactoria. Por grandes y poderosas que nos parezcan las maravillas de la naturaleza, siempre se explican por razones físicas. Todo está subordinado a alguna gran ley de la naturaleza.

Ahora parecía claro que caminábamos sobre una especie de suelo sedimentario, formado como todos los suelos de ese período, tan frecuente en la superficie del globo, por el hundimiento de las aguas. El profesor, que ahora estaba en su elemento, examinó cuidadosamente cada fisura rocosa. Con solo encontrar una abertura, se volvía directamente importante para él examinar su profundidad.

Durante una milla entera seguimos los sinuosos caminos del Mar Central, cuando de repente se produjo un cambio importante en el aspecto del suelo. Parecía haber sido arrojado bruscamente, convulsionado, por así decirlo, por un violento levantamiento de los estratos inferiores. En muchos lugares, huecos aquí y montículos allá atestiguaban grandes dislocaciones en algún otro período de la masa terrestre.

Avanzábamos con gran dificultad sobre masas rotas de granito mezcladas con pedernal, cuarzo y depósitos aluviales, cuando un gran campo, más que un campo, ¡una llanura de huesos apareció repentinamente ante nuestros ojos! Parecía un inmenso cementerio, donde generación tras generación habían mezclado su polvo mortal.

Elevados túmulos de restos tempranos se alzaban a intervalos. Ondulaban hasta los límites del horizonte lejano y se perdían en una espesa y parda niebla.

En aquel lugar, de unas tres millas cuadradas de extensión, estaba acumulada toda la historia de la vida animal; apenas una criatura sobre el suelo comparativamente moderno del mundo superior y habitado no había existido allí.

Sin embargo, nos sentíamos atraídos por una curiosidad absorbente e impaciente. Nuestros pies aplastaban con un sonido seco y crujiente los restos de aquellos fósiles prehistóricos por los que los museos de las grandes ciudades se pelean, incluso cuando obtienen solo piezas raras y curiosas. Mil naturalistas como Cuvier no habrían bastado para recomponer los esqueletos de los seres orgánicos que yacían en esta magnífica colección ósea.

Quedé completamente confundido. Mi tío permaneció durante unos minutos con los brazos levantados hacia lo alto, hacia la espesa bóveda de granito que nos servía de cielo. Tenía la boca abierta de par en par; sus ojos brillaban con furor tras sus gafas (que afortunadamente había conservado), su cabeza se agitaba de arriba abajo y de un lado a otro, mientras toda su actitud y semblante expresaban un asombro sin límites.

Se encontraba ante una colección interminable, maravillosa e inagotablemente rica de monstruos antediluvianos, amontonados para su propia y particular satisfacción.

¡Imagínese a un entusiasta amante de los libros trasladado de repente al centro mismo de la famosa biblioteca de Alejandría, quemada por el sacrílego Omar, y que algún milagro hubiera devuelto a su esplendor original! Tal era, poco más o menos, el estado de ánimo en el que se encontraba ahora el tío Hardwigg.

Durante algún tiempo permaneció así, literalmente espantado ante la magnitud de su descubrimiento.

Pero fue aún mayor su excitación cuando, lanzándose frenéticamente sobre aquella masa de polvo orgánico, cogió un cráneo desnudo y se dirigió a mí con voz temblorosa:

—¡Harry, muchacho... Harry... esto es una cabeza humana!

—¡Una cabeza humana, tío! —dije, no menos asombrado y estupefacto que él.

—Sí, sobrino. ¡Ah! Sr. Milne-Edwards... ¡ah! Sr. De Quatrefages... ¿por qué no estáis aquí donde estoy yo, el profesor Hardwigg?

CAPÍTULO 35

DESCUBRIMIENTO TRAS DESCUBRIMIENTO

Para comprender plenamente la exclamación de mi tío y sus alusiones a estos ilustres y doctos hombres, será necesario entrar en ciertas explicaciones relativas a una circunstancia de la mayor importancia para la paleontología, o ciencia de la vida fósil, que había tenido lugar poco antes de nuestra partida de las regiones superiores de la Tierra.

El 28 de marzo de 1863, unos trabajadores, bajo la dirección del Sr. Boucher de Perthes, se encontraban faenando en las grandes canteras de Moulin-Quignon, cerca de Abbeville, en el departamento del Somme, en Francia. Mientras trabajaban, dieron inesperadamente con una mandíbula humana enterrada a catorce pies bajo la superficie del suelo. Era el primer fósil de esta clase que veía la luz del día. Cerca de esta inesperada reliquia humana se encontraron hachas de piedra y sílex tallado, coloreados y revestidos por el tiempo con un tinte uniforme y brillante de cardenillo.

La noticia de este extraordinario e inesperado descubrimiento se extendió no solo por toda Francia, sino también por Inglaterra y Alemania. Muchos hombres doctos pertenecientes a diversos organismos científicos, y notablemente, entre otros, los señores Milne-Edwards y De Quatrefages, se tomaron el asunto muy a pecho, demostraron la autenticidad incontestable del hueso en cuestión y se convirtieron —por utilizar la frase entonces reconocida en Inglaterra— en los más ardientes defensores de la "cuestión de la mandíbula".

A los eminentes geólogos del Reino Unido que consideraban el hecho como cierto —los señores Falconer, Buck, Carpenter y otros— se unieron pronto los hombres doctos de Alemania, y entre los de primer rango, el más ansioso, el más entusiasta, era mi digno tío, el profesor Hardwigg.

La autenticidad de un fósil humano del periodo cuaternario parecía entonces estar demostrada de forma incontestable, e incluso ser admitida por los más escépticos.

Este sistema o teoría, llámese como se quiera, tenía, es cierto, un encarnizado adversario en el Sr. Elie de Beaumont. Este hombre docto, que ocupa un lugar tan elevado en el mundo científico, sostiene que el suelo de Moulin-Quignon no pertenece al diluvio, sino a un estrato mucho menos antiguo y, de acuerdo con Cuvier a este respecto, no admitiría de ninguna manera que la especie humana fuera contemporánea de los animales de la época cuaternaria. Mi digno tío, el profesor Hardwigg, de acuerdo con la gran mayoría de los geólogos, se había mantenido firme, había disputado, discutido y finalmente, después de mucho hablar y escribir, el Sr. Elie de Beaumont se había quedado prácticamente solo en sus opiniones.

Conocíamos todos los detalles de esta discusión, pero estábamos lejos de saber entonces que, desde nuestra partida, el asunto había entrado en una nueva fase. Otras mandíbulas similares, aunque pertenecientes a individuos de tipos variados y naturalezas muy diferentes, habían sido encontradas en las arenas grises móviles de ciertas grutas de Francia, Suiza y Bélgica; junto con armas, utensilios, herramientas, huesos de niños, de hombres en la flor de la vida y de ancianos. La existencia de hombres en el periodo cuaternario se hacía, por tanto, más positiva cada día.

Pero esto estaba lejos de ser todo. Nuevos restos, desenterrados de los depósitos pliocenos o terciarios, habían permitido a los más clarividentes o audaces entre los hombres doctos asignar incluso un grado de antigüedad mucho mayor a la raza humana. Estos restos, es cierto, no eran los de hombres; es decir, no eran huesos humanos, sino objetos que decididamente habían servido a la raza humana: tibias, fémures de animales fósiles, regularmente vaciados y, de hecho, esculpidos, portadores de las inconfundibles señales de la mano humana.

Mediante estos maravillosos e inesperados descubrimientos, el hombre ascendía innumerables siglos en la escala del tiempo; de hecho, precedía al mastodonte; se convertía en contemporáneo del *Elephas meridionalis* —el elefante del sur—; adquiría una antigüedad de más de cien mil años, pues esa es la fecha que los geólogos más eminentes dan al periodo plioceno de la Tierra. Tal era entonces el estado de la ciencia paleontológica, y lo que además sabíamos bastaba para explicar nuestra actitud ante este gran cementerio de las llanuras del Mar Hardwigg.

¡Será ahora fácil comprender el asombro y la alegría mezclados del profesor cuando, al avanzar unos veinte metros, se encontró ante, podría decir cara a cara con, un espécimen de la raza humana perteneciente en realidad al periodo cuaternario!

Se trataba, en efecto, de un cráneo humano, perfectamente reconocible. ¿Había sido preservado durante incontables edades por un suelo de naturaleza muy peculiar, como el del cementerio de San Miguel en Burdeos? Esta era la pregunta que me hacía a mí mismo, pero que era totalmente incapaz de responder. ¡Pero aquella cabeza de piel estirada y apergaminada, con los dientes intactos, el cabello abundante, estaba ante nuestros ojos como si tuviera vida!

Permanecí mudo, casi paralizado de asombro y reverencia ante aquella temible aparición de otra era. Mi tío, que en casi todas las ocasiones era un gran conversador, permaneció por un tiempo completamente estupefacto. Estaba demasiado lleno de emoción como para que el habla fuera posible. Sin embargo, al cabo de un rato, levantamos el cuerpo al que pertenecía el cráneo. Lo pusimos en posición vertical. A nuestras excitadas imaginaciones nos pareció que nos miraba con sus terribles ojos vacíos.

Tras algunos minutos de silencio, el hombre fue vencido por el profesor. Los instintos humanos sucumbieron ante el orgullo y la exaltación científicos. El profesor Hardwigg, llevado por su entusiasmo, olvidó todas las circunstancias de nuestro viaje, la extraordinaria posición en la que nos encontrábamos, la inmensa caverna que se extendía lejos sobre nuestras cabezas. No cabe duda de que se creía en la Institución dirigiéndose a sus atentos alumnos, pues adoptó su estilo más doctoral, agitó la mano y comenzó:

—Caballeros, tengo el honor en esta auspiciosa ocasión de presentarles a un hombre del periodo cuaternario de nuestro globo. Muchos hombres doctos han negado su existencia, mientras que otras personas capaces, quizás de autoridad aún mayor, han afirmado su creencia en la realidad de su vida. Si los santos tomases de la paleontología estuvieran presentes, lo tocarían reverencialmente con sus dedos y creerían en su existencia, reconociendo así su obstinada herejía. Sé que la ciencia debe ser cuidadosa en relación con todos los descubrimientos de esta naturaleza. No sin haber oído hablar de los muchos Barnums y otros charlatanes que han hecho negocio con tales supuestos descubrimientos. He oído hablar, por supuesto, del descubrimiento de las rótulas de Áyax, del pretendido hallazgo del cuerpo de Orestes por los espartiatas, y del cuerpo de Asterius, de diez palmos de largo, quince pies, del que leemos en Pausanias.

—He leído todo lo relacionado con el esqueleto de Trapani, descubierto en el siglo XIV, y que muchas personas eligieron considerar como el de Polifemo, y la historia del gigante desenterrado durante el siglo XVI en los alrededores de Palmira. Ustedes conocen tan bien como yo, caballeros, la existencia del célebre análisis realizado cerca de Lucerna, en 1577, de los grandes huesos que el célebre doctor Félix Plater declaró que pertenecían a un gigante de unos diecinueve pies de altura. He devorado todos los tratados de Cassanion, y todas esas memorias, panfletos, discursos y réplicas publicados en referencia al esqueleto de Teutobochus, rey de los cimbrios, el invasor de la Galia, desenterrado de una gravera en el Delfinado, en 1613. En el siglo XVIII habría negado, con Peter Campet, la existencia de los preadamitas de Scheuchzer. He tenido en mis manos el escrito llamado Gigans...

Aquí mi tío se vio afligido por la infirmidad natural que le impedía pronunciar palabras difíciles en público. No era exactamente tartamudez, sino una extraña clase de vacilación constitucional.

—El escrito llamado Gigans... —repitió.

Sin embargo, no pudo seguir adelante.

—¡Giganteo...!

¡Imposible! La desafortunada palabra no salía. Se habrían producido grandes risas en la Institución si el error hubiera ocurrido allí.

—¡Giganteosteología! —exclamó por fin el profesor Hardwigg entre dos gruñidos salvajes.

Habiendo superado nuestra dificultad, y cada vez más excitado:

—Sí, caballeros, conozco bien todos estos asuntos, y sé, también, que Cuvier y Blumenbach reconocieron plenamente en estos huesos los innegables restos de mamuts del periodo cuaternario. Pero después de lo que vemos ahora, permitir una duda es insultar la investigación científica. Ahí está el cuerpo; pueden verlo; pueden tocarlo. No es un esqueleto, es un cuerpo completo e intacto, preservado con un objeto antropológico.

No intenté contradecir esta singular y pasmosa afirmación.

—Si pudiera lavar este cadáver en una solución de ácido sulfúrico —continuó mi tío—, me comprometería a eliminar todas las partículas terrosas y estas resplandecientes conchas que están incrustadas por todo este cuerpo. Pero carezco de este precioso medio disolvente. Sin embargo, tal como es, este cuerpo contará su propia historia.

Aquí el profesor levantó el cuerpo fósil y lo exhibió con rara destreza. Ningún feriante profesional habría mostrado más actividad.

—Como verán al examinarlo —continuó mi tío—, solo tiene unos seis pies de longitud, lo cual dista mucho de los pretendidos gigantes de los primeros días. En cuanto a la raza particular a la que pertenecía, es indiscutiblemente caucásica. Es de la raza blanca, es decir, de la nuestra. El cráneo de este ser fósil es un ovoide perfecto sin ningún desarrollo notable o prominente de los pómulos, y sin ninguna proyección de la mandíbula. No presenta indicación alguna del prognatismo que modifica el ángulo facial. Midan ustedes mismos el ángulo y verán que es exactamente de noventa grados. Pero iré aún más lejos en el camino de la investigación y la deducción, y me atrevo a aventurar que esta muestra o espécimen humano pertenece a la familia jafética, que se extendió por el mundo desde la India hasta los límites más remotos de la Europa occidental. No hay motivo, caballeros, para sonreír ante mis observaciones.

Por supuesto, nadie sonrió. Pero el excelente profesor estaba tan acostumbrado a ver rostros radiantes en sus conferencias, que creyó ver a toda su audiencia riendo durante la exposición de su docta disertación.

—Sí —continuó, con renovada animación—, este es un hombre fósil, contemporáneo de los mastodontes, con cuyos huesos está cubierto todo este anfiteatro. Pero si se me pide que explique cómo llegó a este lugar, cómo estos diversos estratos por los que está cubierto han caído en esta vasta cavidad, no puedo comprometerme a darles ninguna explicación. Sin duda, si nos remontamos a la época cuaternaria, encontraremos que grandes y poderosas convulsiones tuvieron lugar en la corteza terrestre; la operación de enfriamiento continuo, por la que tuvo que pasar la Tierra, produjo fisuras, desprendimientos de tierra y abismos, a través de los cuales una gran porción de la Tierra se abrió paso. No llego a ninguna conclusión absoluta, pero ahí está el hombre, rodeado por las obras de sus manos, sus hachas y sus sílex tallados, que pertenecen al periodo de la piedra; y la única suposición racional es que, al igual que yo, visitó el centro de la Tierra como un turista viajero, un pionero de la ciencia. En cualquier caso, no puede haber duda de su gran antigüedad y de ser uno de los miembros de la raza más antigua de seres humanos.

El profesor cesó su oración con estas palabras, y yo estallé en fuertes y "unánimes" aplausos. Además, después de todo, mi tío tenía razón. Hombres mucho más doctos que su sobrino habrían encontrado bastante difícil refutar sus hechos y argumentos.

Pronto se presentó otra circunstancia. Este cuerpo fosilizado no era el único en esta vasta llanura de huesos, el cementerio de un mundo extinguido. Otros cuerpos fueron encontrados, mientras caminábamos por la polvorienta llanura, y mi tío pudo elegir el más maravilloso de estos especímenes para convencer a los más incrédulos.

En verdad, era un espectáculo sorprendente, los restos sucesivos de generaciones y generaciones de hombres y animales confundidos en un vasto cementerio. Pero una gran pregunta se presentó ahora ante nuestra consideración, y una que realmente temíamos contemplar en todas sus consecuencias.

¿Habían sido enterrados estos seres, otrora animados, tan profundamente bajo el suelo por alguna tremenda convulsión de la naturaleza, después de que hubieran vuelto tierra a la tierra y cenizas a las cenizas, o habían vivido aquí abajo, en este mundo subterráneo, bajo este cielo ficticio, nacido, casado y dado en matrimonio, y muerto finalmente, igual que los habitantes ordinarios de la Tierra?

¡Hasta el momento, solo se habían visto vivos monstruos marinos, peces y animales por el estilo!

La pregunta que nos inquietaba era pertinente. ¿Había alguno de estos hombres del abismo vagando por las costas desiertas de este maravilloso mar del centro de la Tierra?

Esta era una pregunta que me hacía sentir muy inquieto e incómodo. ¿Cómo, si realmente existían, nos recibirían a nosotros, hombres de arriba?

CAPÍTULO 36

¿QUÉ ES ESO?

Durante una larga y cansada hora caminamos sobre este gran lecho de huesos. Avanzamos sin prestar atención a nada, arrastrados por una ardiente curiosidad. ¿Qué otras maravillas contenía esta gran caverna, qué otros maravillosos tesoros para el hombre de ciencia? Mis ojos estaban bien preparados para cualquier cantidad de sorpresas, mi imaginación vivía a la espera de algo nuevo y maravilloso.

Las orillas del gran Océano Central habían desaparecido hacía tiempo detrás de las colinas que estaban dispersas por el terreno ocupado por la llanura de huesos. El imprudente y entusiasta profesor, a quien no le importaba si se perdía o no, me apresuró a seguir adelante. Avanzábamos en silencio, bañados por olas de fluido eléctrico.

Debido a un fenómeno que no puedo explicar, y gracias a su extrema difusión, ya completa, la luz iluminaba por igual los lados de cada colina y roca. Su asiento no parecía estar en ninguna parte, en ninguna fuerza determinada, y no producía sombra alguna.

La apariencia presentada era la de un país tropical al mediodía en verano, en medio de las regiones ecuatoriales y bajo los rayos verticales del sol.

Todos los signos de vapor habían desaparecido. ¡Las rocas, las montañas distantes, algunas masas confusas de bosques lejanos, asumían un aspecto extraño y misterioso bajo esta distribución igualitaria del fluido luminoso!

Nos parecíamos, en cierta medida, al misterioso personaje de uno de los cuentos fantásticos de Hoffmann: el hombre que perdió su sombra.

Después de haber caminado alrededor de una milla más, llegamos al borde de un vasto bosque, no, sin embargo, uno de los vastos bosques de setas que habíamos descubierto cerca de Port Gretchen.

Era la gloriosa y salvaje vegetación del periodo terciario, en toda su soberbia magnificencia. Enormes palmeras, de una especie ahora desconocida, soberbios palmacites —un género de palmeras fósiles de la formación carbonífera—, pinos, tejos, cipreses y coníferas o árboles portadores de conos, todo ello unido por una inextricable y complicada masa de plantas trepadoras.

Una hermosa alfombra de musgos y helechos crecía bajo los árboles. Arroyos agradables murmuraban bajo ramas umbrosas, poco dignas de este nombre, pues ninguna sombra daban. En sus orillas crecían pequeños arbustos arbóreos, tales como los que se ven en los países cálidos de nuestro propio globo habitado.

¡Lo único que faltaba en estas plantas, estos arbustos, estos árboles, era color! Privados para siempre del calor vivificante del sol, eran insípidos e incoloros. Toda sombra se perdía en un tinte uniforme, de carácter marrón y descolorido. Las hojas carecían por completo de verdor, y las flores, tan numerosas durante el periodo terciario que les dio nacimiento, estaban sin color y sin perfume, algo así como papel descolorido por una larga exposición a la atmósfera.

Mi tío se aventuró bajo las gigantescas arboledas. Yo le seguí, aunque no sin cierta cantidad de aprensión. Puesto que la naturaleza se había mostrado capaz de producir suministros vegetales tan estupendos, ¿por qué no podíamos encontrarnos con mamíferos igual de grandes y, por tanto, peligrosos?

Observé particularmente, en los claros dejados por árboles que habían caído y sido parcialmente consumidos por el tiempo, muchos arbustos leguminosos (parecidos a las judías), tales como el arce y otros árboles comestibles, queridos por los animales rumiantes. Luego aparecieron confundidos y mezclados, los árboles de tierras tan variadas, especímenes de la vegetación de cada parte del globo; estaba el roble junto a la palmera, el eucalipto australiano, una clase interesante del orden de las Mirtáceas, apoyado contra el alto pino noruego, el álamo del norte, mezclando sus ramas con las de los kauris de Nueva Zelanda. Era suficiente para hacer perder la cabeza al clasificador más ingenioso de las regiones superiores, y para trastornar todas sus ideas recibidas sobre botánica.

De repente me detuve en seco y retuve a mi tío.

La extrema difusión de la luz me permitía ver los objetos más pequeños en las espesuras distantes. Pensé que veía —no, realmente veía con mis propios ojos— inmensos, gigantescos animales moviéndose bajo los poderosos árboles. Sí, eran verdaderamente animales gigantescos, toda una manada de mastodontes, no fósiles, sino vivos, y exactamente iguales a los descubiertos en 1801, en las orillas pantanosas del gran Ohio, en América del Norte.

¡Sí, podía ver a estos enormes elefantes, cuyas trompas arrancaban grandes ramas, y trabajaban dentro y fuera de los árboles como una legión de serpientes! ¡Podía oír los sonidos de los poderosos colmillos desarraigando enormes árboles!

¡Las ramas crujían, y masas enteras de hojas y ramas verdes bajaban por las espaciosas gargantas de estos terribles monstruos!

¡Aquel maravilloso sueño, cuando vi revividos los tiempos antehistóricos, cuando los periodos terciario y cuaternario pasaron ante mí, se había hecho realidad!

¡Y estábamos allí solos, muy abajo en las entrañas de la Tierra, a merced de sus feroces habitantes!

Mi tío hizo una pausa, lleno de asombro y sorpresa.

—¡Vamos! —dijo al fin, cuando su primera sorpresa terminó—. Vamos, muchacho, y veámoslos más de cerca.

—No —repliqué, conteniendo sus esfuerzos por arrastrarme hacia adelante—, estamos completamente sin armas. ¿Qué haríamos en medio de esa manada de cuadrúpedos gigantescos? Vámonos, tío, se lo imploro. Ninguna criatura humana puede desafiar impunemente la feroz ira de estos monstruos.

—Ninguna criatura humana —dijo mi tío, bajando de repente la voz a un susurro misterioso—, te equivocas, mi querido Henry. ¡Mira! ¡Mira allá! Me parece ver a un ser humano... un ser como nosotros... ¡un hombre!

Miré, encogiéndome de hombros, decidido a llevar la incredulidad hasta sus últimos límites. Pero, cualesquiera que hubieran sido mis deseos, me vi obligado a ceder ante el peso de la demostración ocular.

Sí, a no más de un cuarto de milla de distancia, apoyado contra el tronco de un árbol enorme, había un ser humano, un Proteo de estas regiones subterráneas, un nuevo hijo de Neptuno cuidando esta innumerable manada de mastodontes.

*Immanis pecoris custos, immanior ipse!*

Sí, ya no era un fósil cuyo cadáver habíamos desenterrado del suelo en el gran cementerio, sino un gigante capaz de guiar y conducir a estos monstruos prodigiosos. Su estatura superaba los doce pies. Su cabeza, tan grande como la de un búfalo, se perdía en una melena de pelo apelmazado. Era, en efecto, una melena enorme, como aquellas que poseían los elefantes de las eras más antiguas del mundo.

En su mano sostenía la rama de un árbol, que le servía de cayado a este pastor antediluviano.

Permanecimos profundamente inmóviles, mudos de sorpresa.

Pero en cualquier momento podríamos ser vistos por él. No nos quedaba más que la huida inmediata.

—¡Ven, ven! —grité, arrastrando a mi tío; y, por primera vez, no ofreció resistencia a mis deseos.

¡Un cuarto de hora más tarde estábamos lejos de aquel terrible monstruo!

Ahora que pienso en el asunto con calma y que reflexiono sobre ello sin apasionamiento; ahora que han pasado meses, años, desde que esta extraña y antinatural aventura nos ocurriera... ¿qué debo pensar, qué debo creer?

¡No, es absolutamente imposible! ¡Nuestros oídos deben habernos engañado y nuestros ojos habernos burlado! No hemos visto lo que creíamos haber visto. ¡Ningún ser humano podría haber existido en ese mundo subterráneo bajo ninguna circunstancia! Ninguna generación de hombres podría habitar las cavernas inferiores del globo sin reparar en aquellos que poblaban la superficie, sin comunicación con ellos. ¡Era locura, locura, locura! ¡Nada más!

Me inclino más bien a admitir la existencia de algún animal semejante en estructura a la raza humana, de algún mono de las primeras épocas geológicas, como aquel descubierto por el señor Lartet en el depósito osífero de Sansan.

Pero este animal, o ser, fuera lo que fuese, superaba en altura a todo lo conocido por la ciencia moderna. No importa. Por improbable que sea, podría haber sido un mono; pero un hombre, un hombre vivo, y con él toda una generación de animales gigantescos, enterrados en las entrañas de la tierra... ¡era demasiado monstruoso para creerlo!

CAPÍTULO 37

EL PUÑAL MISTERIOSO

Durante este tiempo, habíamos dejado el bosque brillante y transparente muy atrás. Estábamos mudos de asombro, dominados por una especie de sentimiento que rozaba la apatía. Seguíamos corriendo a pesar de nosotros mismos. Era una huida perfecta, que se parecía a una de esas sensaciones horribles que a veces experimentamos en nuestros sueños.

Instintivamente nos dirigimos hacia el Mar Central, y ahora no sabría decir qué pensamientos salvajes pasaron por mi mente, ni de qué locuras podría haber sido culpable, de no ser por una preocupación muy seria que me devolvió a la vida práctica.

Aunque era consciente de que pisábamos un suelo completamente nuevo para nosotros, observaba, sin embargo, de vez en cuando ciertas acumulaciones de roca cuya forma me recordaba a la fuerza a las cercanas a Port Gretchen.

Esto confirmaba, además, las indicaciones de la brújula y nuestro extraordinario e inesperado, así como involuntario, regreso al norte de este gran Mar Central. Era tan parecido a nuestro punto de partida, que apenas podía dudar de la realidad de nuestra posición. Arroyos y cascadas caían por cientos sobre los numerosos salientes de las rocas.

Llegué a creer que veía a nuestro fiel y monótono Hans y la maravillosa gruta en la que había vuelto a la vida tras mi tremenda caída.

Luego, a medida que avanzábamos más, la posición de los acantilados, el aspecto de un arroyo, el perfil inesperado de una roca, me arrojaban de nuevo a un estado de duda desconcertante.

Después de algún tiempo, expliqué mi estado de indecisión mental a mi tío. Confesó sentir una duda similar. Era totalmente incapaz de decidirse en medio de este extraordinario pero uniforme panorama.

—No cabe duda —insistí— de que no hemos desembarcado exactamente en el lugar del que partimos por primera vez; pero la tempestad nos ha traído sobre nuestro punto de partida. Creo, por tanto, que si seguimos la costa, encontraremos una vez más Port Gretchen.

—En ese caso —exclamó mi tío—, es inútil continuar nuestra exploración. Lo mejor que podemos hacer es volver a la balsa. ¿Estás bien seguro, Harry, de que no te equivocas?

—Es difícil —fue mi respuesta— llegar a ninguna conclusión, pues todas estas rocas son exactamente iguales. No hay diferencia marcada entre ellas. Al mismo tiempo, la impresión en mi mente es que reconozco el promontorio al pie del cual nuestro buen Hans construyó la balsa. Estamos, estoy casi convencido, cerca del pequeño puerto: si no es este —añadí, examinando cuidadosamente una cala que me resultaba singularmente familiar.

—Mi querido Harry, si fuera así, encontraríamos rastros de nuestros propios pasos, alguna señal de nuestro paso; y realmente no veo nada que indique que hayamos pasado por aquí.

—Pero yo veo algo —grité, en tono impetuoso, mientras me lanzaba hacia adelante y recogía con avidez algo que brillaba en la arena bajo mis pies.

—¿Qué es? —exclamó el asombrado y desconcertado profesor.

—Esto —fue mi respuesta.

Y entregué a mi sorprendido pariente un puñal oxidado de forma singular.

—¿Qué te hizo traer contigo un arma tan inútil? —exclamó—. Te estabas cargando innecesariamente.

—¿Yo traerlo? Es completamente nuevo para mí. Nunca lo había visto antes; ¿estás seguro de que no es de tu colección?

—Que yo sepa, no —dijo el profesor, intrigado—. No tengo recuerdo alguno de tal circunstancia. Nunca fue de mi propiedad.

—Esto es muy extraordinario —dije, reflexionando sobre el nuevo y singular incidente.

—En absoluto. Hay una explicación muy sencilla, Harry. Es sabido que los islandeses mantienen el uso de estas armas anticuadas, y esta debe haber pertenecido a Hans, quien la dejó caer sin darse cuenta.

Negué con la cabeza. Aquel puñal nunca había estado en posesión del pacífico y taciturno Hans. Le conocía demasiado bien, así como a sus hábitos.

—Entonces, ¿qué puede ser, a menos que sea el arma de algún guerrero antediluviano? —continué—, ¿de algún hombre vivo, contemporáneo de ese poderoso pastor del que acabamos de escapar? Pero no... misterio sobre misterio... esta no es un arma de la edad de piedra, ni siquiera de la edad del bronce. Está hecha de un acero excelente...

Antes de que pudiera terminar mi frase, mi tío me interrumpió, impidiéndome comenzar toda una serie de teorías, y habló con su tono más frío y decidido.

—Cálmate, muchacho, e intenta usar la razón. Esta arma, con la que nos hemos topado tan inesperadamente, es una verdadera *dague*, una de las que los caballeros llevaban al cinto durante el siglo dieciséis. Su uso era dar el *coup de grâce*, el golpe final, al enemigo que no se rendía. Es claramente de fabricación española. No pertenece ni a ti, ni a mí, ni al cazador de plumón, ni a ninguno de los seres vivos que puedan existir aún tan maravillosamente en el interior de la tierra.

—¿Qué quieres decir, tío? —dije, perdido ya en una multitud de conjeturas.

—Míralo de cerca —continuó—; estos bordes dentados nunca fueron hechos por la resistencia de sangre y hueso humanos. La hoja está cubierta con una capa regular de óxido de hierro, que no tiene un día, ni un año, ni un siglo, sino mucho más...

El profesor comenzó a entusiasmarse, según su costumbre, y se dejaba llevar por su fértil imaginación. Yo podría haber dicho algo. Él me detuvo.

—Harry —gritó—, estamos ahora al borde de un gran descubrimiento. Esta hoja de puñal que has descubierto tan maravillosamente, tras haber sido abandonada en la arena durante más de cien, doscientos, incluso trescientos años, ha sido mellada por alguien que intentaba grabar una inscripción en estas rocas.

—Pero este puñal no llegó aquí solo —exclamé—, no pudo haberse retorcido por sí mismo. Alguien, por tanto, debe habernos precedido en las orillas de este extraordinario mar.

—Sí, un hombre.

—¿Pero qué hombre ha sido lo suficientemente desesperado para hacer tal cosa?

—Un hombre que en alguna parte ha escrito su nombre con este mismo puñal; un hombre que ha intentado una vez más indicar el camino correcto hacia el interior de la tierra. Busquemos a nuestro alrededor, muchacho. No sabes la importancia de tu singular y feliz descubrimiento.

Prodigiosamente interesados, caminamos a lo largo de la pared de roca, examinando las grietas más pequeñas, que podrían finalmente abrirse hacia la tan deseada hondonada o pozo.

Llegamos por fin a un lugar donde la orilla se volvía extremadamente estrecha. El mar casi bañaba el pie de las rocas, que aquí eran muy elevadas y escarpadas. Apenas había un camino de más de dos yardas de ancho en ningún punto. Por fin, bajo una enorme roca saliente, descubrimos la entrada de un túnel oscuro y sombrío.

Allí, en una tableta cuadrada de granito, que había sido alisada frotándola con otra piedra, pudimos ver dos letras misteriosas y muy desgastadas, las dos iniciales del audaz y extraordinario viajero que nos había precedido en nuestro aventurero viaje.

—¡A. S.! —exclamó mi tío—. Ya ves, tenía razón. ¡Arne Saknussemm, siempre Arne Saknussemm!

CAPÍTULO 38

SIN SALIDA: VOLANDO LA ROCA

Desde el comienzo de nuestro maravilloso viaje, había experimentado muchas sorpresas, había sufrido muchas ilusiones. Pensé que estaba curtido contra toda sorpresa y que ya no podría ver ni oír nada que me asombrara de nuevo.

Era como un hombre que, habiendo dado la vuelta al mundo, se encuentra completamente hastiado e inmune a lo maravilloso.

Sin embargo, cuando vi estas dos letras, que habían sido grabadas trescientos años antes, me quedé inmóvil en una actitud de muda sorpresa.

No solo estaba allí la firma del culto y emprendedor alquimista escrita en la roca, sino que yo mismo sostenía en mi mano el mismo instrumento con el que lo había grabado laboriosamente.

Era imposible, sin mostrar una incredulidad apenas digna de un hombre cuerdo, negar la existencia del viajero y la realidad de aquel viaje que había creído todo el tiempo que era un mito, la mistificación de algún cerebro fértil.

Mientras estas reflexiones pasaban por mi mente, mi tío, el profesor, se entregó a un acceso de febril y poética excitación.

—Maravilloso y glorioso genio, gran Saknussemm —gritó—, no has dejado piedra sin remover, ni recurso omitido, para mostrar a otros mortales el camino al interior de nuestro poderoso globo, y tus congéneres pueden encontrar el rastro dejado por tus ilustres pasos, hace trescientos años, en el fondo de estas oscuras moradas subterráneas. Te has preocupado de asegurar para otros la contemplación de estas maravillas y portentos de la creación. Tu nombre grabado en cada etapa importante de tu glorioso viaje conduce al viajero esperanzado directamente al gran y poderoso descubrimiento al que dedicaste tal energía y coraje. El audaz viajero que siga tus pasos hasta el final, sin duda encontrará tus iniciales grabadas con tu propia mano en el centro de la tierra. Yo seré ese audaz viajero; yo también firmaré mi nombre en el mismo lugar, sobre la piedra central de granito de esta maravillosa obra del Creador. Pero en justicia a tu devoción, a tu coraje y a ser el primero en indicar el camino, que este cabo, visto por ti en las orillas de este mar descubierto por ti, sea llamado, por siempre, Cabo Saknussemm.

Esto es lo que escuché, y comencé a sentirme impulsado al grado de entusiasmo indicado por aquellas palabras. Una excitación feroz me embargó. Olvidé todo. ¡Los peligros del viaje y los riesgos del camino de regreso no eran ya nada!

Lo que otro hombre había hecho en edades pasadas podía, lo sentía, hacerse de nuevo; estaba decidido a hacerlo yo mismo, y ahora nada de lo que el hombre hubiera logrado me parecía imposible.

—Adelante, adelante —grité en un arrebato de entusiasmo genuino y sincero.

Ya me había puesto en marcha en dirección a la sombría y lúgubre galería cuando el profesor me detuvo; él, el hombre tan temerario y precipitado, él, el hombre que se dejaba llevar tan fácilmente al más alto grado de entusiasmo, me contuvo y me pidió que fuera paciente y mostrara más calma.

—Volvamos junto a nuestro buen amigo, Hans —dijo—; luego traeremos la balsa hasta este lugar.

Debo decir que, aunque cedí de inmediato a la petición de mi tío, no fue sin insatisfacción, y me apresuré a lo largo de las rocas de aquella maravillosa costa.

—¿Sabes, mi querido tío? —dije mientras caminábamos—, que nos hemos visto singularmente ayudados por una concurrencia de circunstancias, hasta este preciso momento.

—¿Así que empiezas a verlo, Harry? —dijo el profesor con una sonrisa.

—Sin duda —respondí—, y curiosamente, incluso la tempestad ha sido el medio de ponernos en el camino correcto. ¡Bendita sea la tempestad! Nos trajo sanos y salvos exactamente al punto del que el buen tiempo nos habría alejado para siempre. Suponiendo que hubiéramos logrado llegar a las costas meridionales y lejanas de este extraordinario mar, ¿qué habría sido de nosotros? El nombre de Saknussemm nunca habría aparecido ante nosotros, y en este momento habríamos naufragado en una costa inhóspita, probablemente sin salida.

—Sí, Harry, muchacho, hay ciertamente algo providencial en ese deambular a merced del viento y las olas hacia el sur: hemos vuelto exactamente al norte; y lo que es mejor aún, nos topamos con este gran descubrimiento del Cabo Saknussemm. Quiero decir que es más que sorprendente; hay algo en ello que va mucho más allá de mi comprensión. ¡La coincidencia es inaudita, maravillosa!

—¡Qué importa! No es nuestro deber explicar los hechos, sino hacer el mejor uso posible de ellos.

—Sin duda, muchacho; pero si me permites... —dijo el profesor realmente encantado.

—Disculpa, señor, pero veo exactamente cómo será; tomaremos la ruta del norte; pasaremos bajo las regiones septentrionales de Europa, bajo Suecia, bajo Rusia, bajo Siberia, y quién sabe dónde... en lugar de enterrarnos bajo las ardientes llanuras y desiertos de África, o bajo las poderosas olas del océano; y eso es todo lo que, en esta etapa de nuestro viaje, me importa saber. ¡Avancemos, y el Cielo será nuestro guía!

—Sí, Harry, tienes razón, mucha razón; todo es para bien. Abandonemos este mar horizontal, que nunca podría haber conducido a nada satisfactorio. Descenderemos, descenderemos y descenderemos eternamente. ¡Sabes, mi querido muchacho, que para llegar al interior de la tierra solo tenemos cinco mil millas que recorrer!

—¡Bah! —exclamé, arrastrado por un arrebato de entusiasmo—, la distancia apenas merece la pena ser mencionada. Lo importante es empezar.

Mis discursos salvajes, locos e incoherentes continuaron hasta que nos reunimos con nuestro paciente y flemático guía. Todo estaba, encontramos, preparado para una partida inmediata. No había un solo paquete que no estuviera en su lugar. Todos tomamos nuestros puestos en la balsa, y, al izar la vela, Hans recibió sus instrucciones y guió la frágil barca hacia el Cabo Saknussemm, como lo habíamos llamado definitivamente.

El viento era muy desfavorable para una embarcación que no era capaz de navegar contra el viento. Estaba construida para ir a favor de la ráfaga. Nos vimos continuamente reducidos a empujarnos hacia adelante con pértigas. En varias ocasiones las rocas se adentraban mucho en aguas profundas y nos vimos obligados a hacer un largo rodeo. Por fin, tras tres largas y cansadas horas de navegación, es decir, alrededor de las seis de la tarde, encontramos un lugar en el que pudimos desembarcar.

Salté a tierra primero. En mi actual estado de excitación y entusiasmo, siempre era el primero. Mi tío y el islandés siguieron. El viaje desde el puerto hasta este punto del mar no me había calmado en absoluto. Más bien había producido el efecto contrario. Incluso propuse quemar nuestra embarcación, es decir, destruir nuestra balsa, para cortar completamente nuestra retirada. Pero mi tío se opuso severamente a este proyecto descabellado. Empecé a pensar que estaba particularmente tibio y poco entusiasta.

—En cualquier caso, mi querido tío —dije—, empecemos sin demora.

—Sí, muchacho, estoy tan ansioso por hacerlo como tú. Pero, en primer lugar, examinemos esta misteriosa galería, para ver si necesitaremos preparar y reparar nuestras escaleras.

Mi tío comenzó entonces a comprobar la eficacia de nuestra bobina de Ruhmkorff, que sin duda pronto necesitaríamos; la balsa, amarrada de forma segura a una roca, se quedó sola. Además, la abertura hacia la nueva galería no estaba a veinte pasos de distancia del lugar. Nuestra pequeña tropa, conmigo a la cabeza, avanzó.

El orificio, que era casi circular, presentaba un diámetro de unos cinco pies; el sombrío túnel estaba cortado en la roca viva, y recubierto por dentro por el material diferente que alguna vez había pasado por él en estado de fusión. La parte inferior estaba casi a nivel del agua, por lo que pudimos penetrar en el interior sin dificultad.

Seguimos una dirección casi horizontal; cuando, al final de una docena de pasos, nuestro avance fue detenido por la interposición de un enorme bloque de roca de granito.

—¡Maldita piedra! —grité furioso, al percibir que estábamos detenidos por lo que parecía un obstáculo insuperable.

En vano miramos a derecha e izquierda; en vano examinamos arriba y abajo. No existía paso alguno, ninguna señal de otro túnel. Experimenté la más amarga y dolorosa decepción. Estaba tan enfurecido que no quería admitir la realidad de ningún obstáculo. Me puse de rodillas; miré bajo la masa de piedra. Ningún agujero, ningún intersticio. Entonces miré arriba. ¡La misma barrera de granito! Hans, con la lámpara, examinó los lados del túnel en todas direcciones.

¡Pero todo en vano! Era necesario renunciar a toda esperanza de pasar.

Me había sentado en el suelo. Mi tío caminaba de un lado a otro, enfadado y sin esperanzas. Estaba evidentemente desesperado.

—Pero —grité, tras unos momentos de reflexión—, ¿qué pasa con Arne Saknussemm?

—Tienes razón —respondió mi tío—, nunca pudo haber sido detenido por un trozo de roca.

—No... diez mil veces no —grité, con extrema vivacidad—. Este enorme trozo de roca, a consecuencia de alguna conmoción singular, o proceso, uno de esos fenómenos magnéticos que tantas veces han sacudido la corteza terrestre, ha cerrado de alguna manera inesperada el paso. Muchos, muchos años han pasado desde el regreso de Saknussemm y la caída de este enorme bloque de granito. ¿No es evidente que esta galería fue antiguamente la salida de la lava acumulada en el interior de la tierra, y que estas materias eruptivas circulaban entonces libremente? Mira estas fisuras recientes en el techo de granito; está formado evidentemente por piezas de piedra enorme, colocadas aquí como por la mano de un gigante, que había trabajado para hacer un arco fuerte y sólido. Un día, tras un choque inusualmente fuerte, la vasta roca que se interpone en nuestro camino, y que era sin duda la clave de una especie de arco, cayó hasta el nivel del suelo y ha impedido nuestro progreso. ¡Tenemos razón, pues, al pensar que este es un obstáculo inesperado, con el que Saknussemm no se encontró; y si no lo derribamos de alguna manera, somos indignos de seguir los pasos del gran descubridor; e incapaces de encontrar nuestro camino al centro de la tierra!

De esta manera salvaje me dirigí a mi tío. El celo del profesor, su ferviente anhelo de éxito, se habían convertido en parte de mi ser. Olvidé por completo el pasado; desprecié totalmente el futuro. Nada existía para mí sobre la superficie de este esferoide en cuyo seno estaba engullido: ni ciudades, ni países, ni Hamburgo, ni Koenigstrasse, ¡ni siquiera mi pobre Gretchen, que a estas alturas me creería perdido irremediablemente en el interior de la tierra!

«Bien», gritó mi tío, estimulado por mis palabras, «pongámonos manos a la obra con picos, con palancas, con cualquier cosa que tengamos a mano, pero abajo con estos muros terribles».

«Es demasiado duro y demasiado grande para ser destruido por un pico o una palanca», respondí.

«¿Entonces qué?»

«Como dije, es inútil pensar en superar tal dificultad por medio de herramientas comunes».

«¿Entonces qué?»

«¿Qué otra cosa sino pólvora, una mina subterránea? Hagamos saltar por los aires el obstáculo que se interpone en nuestro camino».

«¡Pólvora!»

«Sí; todo lo que tenemos que hacer es deshacernos de este obstáculo insignificante».

«¡Al trabajo, Hans, al trabajo!», gritó el Profesor.

El islandés regresó a la balsa y pronto volvió con una enorme palanca, con la cual comenzó a cavar un agujero en la roca que serviría como mina. No era en absoluto una tarea sencilla. Era necesario para nuestro propósito hacer una cavidad lo suficientemente grande como para contener cincuenta libras de algodón pólvora fulminante, cuyo poder expansivo es cuatro veces mayor que el de la pólvora ordinaria.

Me había despertado a un estado de excitación casi milagroso. Mientras Hans trabajaba, ayudé activamente a mi tío a preparar una mecha larga, hecha de pólvora húmeda, cuya masa finalmente encerramos en una bolsa de lino.

«Estamos destinados a pasar», grité con entusiasmo.

«Estamos destinados a pasar», respondió el Profesor, dándome una palmada en la espalda.

A medianoche, nuestro trabajo como mineros estaba completamente terminado; la carga de algodón fulminante fue introducida en el hueco y la mecha, que habíamos hecho de considerable longitud, estaba lista.

¡Una chispa era ahora suficiente para encender este formidable ingenio y reducir la roca a átomos!

«Ahora descansaremos hasta mañana».

¡Era absolutamente necesario resignarme a mi destino y consentir en esperar la explosión durante seis tediosas horas!

CAPÍTULO 39

LA EXPLOSIÓN Y SUS RESULTADOS

El día siguiente, que era el veintisiete de agosto, fue una fecha celebrada en nuestro maravilloso viaje subterráneo. Incluso ahora, cuando pienso en ello, me estremezco de horror. Mi corazón late con fuerza ante el solo recuerdo de aquel día terrible.

De aquí en adelante, nuestra razón, nuestro juicio, nuestro ingenio humano, no tienen nada que ver con el curso de los acontecimientos. ¡Estamos a punto de convertirnos en el juguete de los grandes fenómenos de la tierra!

A las seis estábamos todos levantados y listos. Llegaba el momento temido en que íbamos a buscar una apertura hacia el interior de la tierra mediante pólvora. ¿Cuáles serían las consecuencias de romper la corteza terrestre?

Supliqué que fuera mi deber prender fuego a la mina. Lo consideraba un honor. Una vez realizada esta tarea, podría reunirme con mis amigos en la balsa, que no había sido descargada. Tan pronto como estuviéramos todos listos, navegaríamos a cierta distancia para evitar las consecuencias de la explosión, cuyos efectos ciertamente no se concentrarían en el interior de la tierra.

Calculamos que la mecha lenta ardería durante unos diez minutos, más o menos, antes de llegar a la cámara en la que estaba confinado el gran cuerpo de pólvora. Por tanto, tendría tiempo de sobra para llegar a la balsa y alejarnos a una distancia segura.

Me preparé para ejecutar mi tarea autoasignada, no sin considerable emoción, hay que confesarlo.

Tras un reparador festín, mi tío y el guía cazador se embarcaron en la balsa, mientras yo permanecía solo en la orilla desolada.

Estaba provisto de una linterna que me permitiría prender fuego a la mecha de la máquina infernal.

«Ve, muchacho», dijo mi tío, «y que el Cielo te acompañe. Pero vuelve tan pronto como puedas. Estaré impaciente».

«Estate tranquilo al respecto», respondí, «no hay miedo de que me retrase en el camino».

Dicho esto, avancé hacia la abertura de la sombría galería. Mi corazón latía con fuerza. Abrí mi linterna y agarré el extremo de la mecha.

El Profesor, que observaba, sostenía su cronómetro en la mano.

«¿Estás listo?», gritó.

«Completamente listo».

«¡Bien, pues fuego!»

Me apresuré a acercar la luz a la mecha, que chisporroteó y brilló, siseando y escupiendo como una serpiente; luego, corriendo tan rápido como pude, regresé a la orilla.

«Sube a bordo, muchacho, y tú, Hans, empuja», gritó mi tío.

Con un vigoroso uso de su pértiga, Hans nos envió volando sobre el agua. La balsa estaba a veinte brazas de distancia.

Fue un momento de palpitante interés, de profunda ansiedad. Mi tío, el Profesor, no apartó los ojos del cronómetro.

«Solo cinco minutos más», dijo en voz baja, «solo cuatro, solo tres».

Mi pulso iba a cien por minuto. Podía oír latir mi corazón.

«¡Solo dos, uno! ¡Ahora, montañas de granito, desmoronaos bajo el poder del hombre!»

¿Qué sucedió después? En cuanto al estruendo aterrador de la explosión, no creo haberlo oído. Pero la forma de las rocas cambió por completo ante mis ojos: parecían apartarse como una cortina. Vi un abismo insondable, sin fondo, que se abría bajo las olas encrespadas. El mar, que parecía haberse vuelto loco de repente, se convirtió entonces en una gran masa montañosa, sobre cuya cima la balsa se elevó perpendicularmente.

Todos fuimos derribados. En menos de un segundo, la luz dio paso a la más profunda oscuridad. Entonces sentí que todo apoyo sólido cedía, no bajo mis pies, sino bajo la balsa misma. Pensé que se precipitaba de lleno por un pozo tremendo. Intenté hablar, preguntarle a mi tío. No se oía nada más que el rugir de las olas poderosas. Nos aferramos los unos a los otros en absoluto silencio.

A pesar de la oscuridad aterradora, a pesar del ruido, la sorpresa, la emoción, entendí perfectamente lo que había sucedido.

Más allá de la roca que había sido volada, existía un abismo poderoso. La explosión había provocado una especie de terremoto en este suelo, resquebrajado por fisuras y grietas. El golfo, así abierto repentinamente, estaba a punto de tragarse el mar interior que, transformado en un torrente poderoso, nos arrastraba con él.

Solo una idea llenaba mi mente. ¡Estábamos total y completamente perdidos!

Una hora, dos horas... cuánto más no puedo decir, pasaron de esta manera. ¡Nos sentamos juntos, codo con codo, rodilla con rodilla! Nos sosteníamos de las manos para no salir despedidos de la balsa. Estábamos sometidos a los golpes más violentos cada vez que nuestro único recurso, una frágil balsa de madera, chocaba contra los lados rocosos del canal. Afortunadamente para nosotros, estas conmociones se hicieron cada vez menos frecuentes, lo que me hizo imaginar que la galería se estaba volviendo más y más ancha. ¡Ya no cabía duda de que habíamos dado con el camino seguido antaño por Saknussemm, pero en lugar de bajar de manera adecuada, habíamos, por nuestra propia imprudencia, arrastrado todo un mar con nosotros!

Estas ideas se presentaban a mi mente de manera muy vaga y oscura. Sentía más que razonaba. Solo unía mis ideas confusamente, mientras giraba como un hombre que cae por una catarata. A juzgar por el aire que, por así decirlo, azotaba mi rostro, debíamos estar avanzando a una velocidad verdaderamente relampagueante.

Intentar en estas circunstancias encender una antorcha era sencillamente imposible, y los últimos restos de nuestra máquina eléctrica, de nuestra bobina de Ruhmkorff, habían sido destruidos durante la temible explosión.

Por tanto, me sentí muy confundido al ver por fin una luz brillante resplandeciendo cerca de mí. El rostro tranquilo del guía parecía brillar ante mí. El inteligente y paciente cazador había logrado encender la linterna; y aunque, en la corriente de aire intensa y completa, la llama parpadeaba y vacilaba y estaba casi extinguida, sirvió parcialmente para disipar la oscuridad aterradora.

La galería en la que habíamos entrado era muy ancha. Tenía, por tanto, mucha razón en esa parte de mi conjetura. La luz insuficiente no nos permitía ver ambas paredes al mismo tiempo. La pendiente de las aguas que nos arrastraba era mucho mayor que la del río más rápido de América. Toda la superficie de la corriente parecía estar compuesta de flechas líquidas, lanzadas hacia adelante con extrema violencia y poder. No puedo dar una idea de la impresión que me causó.

La balsa, a veces, quedaba atrapada en ciertos remolinos y se precipitaba hacia adelante, girando sobre sí misma todo el tiempo. Cómo no se volcó es algo que nunca podré entender. Cuando se acercaba a los lados de la galería, me ocupaba de lanzar sobre ellos la luz de la linterna, y pude juzgar la rapidez del movimiento observando las masas de roca saliente, que tan pronto como eran vistas volvían a ser invisibles. Tan rápido era nuestro progreso que los puntos de roca a una distancia considerable unos de otros aparecían como porciones de líneas transversales que nos encerraban en una especie de red, como la de una línea de cables telegráficos.

Creo que ahora íbamos a una velocidad de no menos de cien millas por hora.

Mi tío y yo nos miramos con ojos salvajes y demacrados; nos aferramos convulsivamente al tocón del mástil que, en el momento en que ocurrió la catástrofe, se había roto de golpe. Dimos la espalda tanto como fue posible al viento, para no ser sofocados por una rapidez de movimiento que nada humano podría enfrentar y vivir.

Y aún las largas y monótonas horas pasaban. La situación no cambió en lo más mínimo, aunque un descubrimiento que hice de repente pareció complicarla mucho.

Cuando recuperamos ligeramente el equilibrio, procedí a examinar nuestra carga. Hice entonces el insatisfactorio descubrimiento de que la mayor parte de ella había desaparecido por completo.

Me alarmé y decidí averiguar cuáles eran nuestros recursos. Mi corazón latía ante la idea, pero era absolutamente necesario saber de qué dependíamos. Con este fin, tomé la linterna y miré a mi alrededor.

De toda nuestra antigua colección de instrumentos náuticos y filosóficos, solo quedaban el cronómetro y la brújula. Las escaleras y cuerdas estaban reducidas a un pequeño trozo de cuerda atado al tocón del mástil. Ni un pico, ni una palanca, ni un martillo, y, peor que todo, ¡sin comida, ni siquiera para un día!

Este descubrimiento fue el preludio de una muerte segura y horrible.

Sentado sombríamente en la balsa, aferrándome mecánicamente al tocón del mástil, pensé en todo lo que había leído sobre los sufrimientos por inanición.

Recordé todo lo que la historia me había enseñado sobre el tema y me estremecí ante el recuerdo de las agonías que habría que soportar.

Enloquecido ante la perspectiva de sufrir las miserias del hambre, me persuadí de que debía estar equivocado. Examiné las grietas de la balsa; busqué entre las juntas y las vigas; examiné cada rincón y recoveco posible. El resultado fue, sencillamente, ¡nada!

Nuestra provisión de alimentos no consistía más que en un trozo de carne seca y algunas galletas empapadas y medio enmohecidas.

Miré a mi alrededor, asustado y temeroso. No podía comprender la terrible verdad. ¿Y qué importancia tenía con respecto a cualquier nuevo peligro? Suponiendo que hubiéramos tenido provisiones para meses, e incluso para años, ¿cómo íbamos a salir jamás del terrible abismo en el que nos precipitaba el torrente irresistible que habíamos desatado?

¿Por qué habríamos de preocuparnos por los sufrimientos y torturas que habría que soportar por el hambre cuando la muerte nos miraba a la cara bajo tantas otras formas más rápidas y quizás aún más horribles?

Era muy dudoso, en las circunstancias en las que estábamos, que tuviéramos tiempo de morir de inanición.

Pero el marco humano está singularmente constituido.

No sé cómo fue; pero, por una singular alucinación de la mente, olvidé el peligro real, serio e inmediato al que estábamos expuestos, para pensar en las amenazas del futuro, que aparecían ante nosotros en toda su desnuda desnudez. Además, después de todo, sugería la Esperanza, tal vez podríamos finalmente escapar de la furia del torrente embravecido y visitar una vez más los atisbos de la luna, en la superficie de nuestra hermosa Madre Tierra.

¿Cómo se iba a hacer? No tenía la más remota idea. ¿Por dónde íbamos a salir? No importaba, con tal de que lo hiciéramos.

Una posibilidad entre mil es siempre una posibilidad, mientras que la muerte por hambre no nos daba ni el más mínimo atisbo de esperanza. ¡No dejaba a la imaginación más que un horror vacío, sin la más mínima posibilidad de escape!

Tuve el mayor deseo de revelárselo todo a mi tío, de explicarle la extraordinaria y miserable posición a la que estábamos reducidos, para que, entre los dos, pudiéramos hacer un cálculo del tiempo exacto que nos quedaba de vida.

Era, me parecía, lo único que se podía hacer. Pero tuve el valor de mantener la lengua quieta, de roer mis propias entrañas como el niño espartano. Quería dejarle toda su serenidad.

¡En ese momento, la luz de la linterna cayó lentamente y al final se apagó!

La mecha se había consumido por completo. La oscuridad se hizo absoluta. ¡Ya no era posible ver a través de la oscuridad impenetrable! Quedaba una antorcha, pero era imposible mantenerla encendida. Entonces, como un niño, cerré los ojos para no ver la oscuridad.

Tras un gran lapso de tiempo, la rapidez de nuestro viaje aumentó. Podía sentirlo por la ráfaga de aire sobre mi cara. La pendiente de las aguas era excesiva. Empecé a sentir que ya no bajábamos por una pendiente; estábamos cayendo. Me sentía como en un sueño, bajando físicamente: cayendo; cayendo; cayendo.

Sentí que las manos de mi tío y de Hans se aferraban vigorosamente a mis brazos.

De repente, tras un lapso de tiempo apenas apreciable, sentí algo parecido a un choque. La balsa no había golpeado un cuerpo duro, sino que se había detenido repentinamente en su curso. Una tromba de agua, una columna líquida de agua, cayó sobre nosotros. Me sentía sofocado. Me estaba ahogando.

Aun así, la inundación repentina no duró. En pocos segundos me sentí capaz de respirar una vez más. Mi tío y Hans presionaron mis brazos, y la balsa nos llevó a los tres lejos.

CAPÍTULO 40

EL APE GIGANS

Me resulta difícil determinar cuál era la hora real, pero supongo, por cálculos posteriores, que debían ser las diez de la noche.

Yacía en un estupor, un medio sueño, durante el cual tuve visiones de carácter asombroso. Monstruos de las profundidades estaban lado a lado con el poderoso pastor elefantino. Peces y animales gigantescos parecían formar extrañas conjunciones.

La balsa dio un giro repentino, giró, entró en otro túnel, esta vez iluminado de una manera muy singular. El techo estaba formado por estalactitas porosas, a través de las cuales parecía pasar un vapor iluminado por la luna, arrojando su luz brillante sobre nuestras figuras demacradas y macilentas. La luz aumentó a medida que avanzábamos, mientras el techo ascendía; hasta que, al fin, ¡estábamos una vez más en una especie de caverna acuática, cuya elevada cúpula desaparecía en una nube luminosa!

Una caverna escarpada de pequeña extensión parecía ofrecer un lugar de descanso a nuestros cuerpos cansados.

Mi tío y el guía se movían como hombres en un sueño. Tuve miedo de despertarlos, conociendo el peligro de un sobresalto tan repentino. Me senté a su lado para observar.

Mientras lo hacía, me di cuenta de algo que se movía en la distancia, lo cual fascinó mis ojos de inmediato. Flotaba, aparentemente, sobre la superficie del agua, avanzando por medio de lo que al principio parecieron remos. Miré con ojos desorbitados. Una mirada me dijo que era algo monstruoso.

¿Pero qué?

Era el gran «cocodrilo tiburón» de los antiguos escritores sobre geología. Aproximadamente del tamaño de una ballena común, con mandíbulas horribles y dos ojos gigantescos, avanzaba. Sus ojos se fijaron en mí con terrible severidad. Alguna advertencia indefinida me dijo que me había marcado para él.

Intenté levantarme, escapar, no importaba a dónde, pero mis rodillas temblaban bajo mí; mis miembros temblaban violentamente; casi perdí el sentido. Y aun así el poderoso monstruo avanzaba. Mi tío y el guía no hicieron esfuerzo por salvarse.

Con un ruido extraño, como ningún otro que hubiera oído jamás, la bestia se acercó. Sus mandíbulas estaban al menos a siete pies de distancia, y su boca distendida parecía lo suficientemente grande como para haberse tragado un bote lleno de hombres.

Estábamos a unos diez pies de distancia cuando descubrí que, por mucho que su cuerpo se pareciera al de un cocodrilo, su boca era totalmente la de un tiburón.

Su naturaleza doble se hizo ahora evidente. Para atraparnos de un bocado era necesario que se girara sobre su espalda, cuyo movimiento necesariamente provocaba que sus patas patearan inútilmente en el aire.

¡De hecho, me reí incluso en las mismas fauces de la muerte!

Pero al minuto siguiente, con un grito salvaje, ¡salí disparado hacia el interior de la cueva, dejando a mis infelices camaradas a su suerte! Esta caverna era profunda y lúgubre. Después de unos cien metros, me detuve y miré a mi alrededor.

Todo el suelo, compuesto de arena y malaquita, estaba sembrado de huesos, huesos recién roídos de reptiles y peces, con una mezcla de mamíferos. Mi alma misma se enfermó mientras mi cuerpo se estremecía de horror. Había caído verdaderamente, según el viejo proverbio, de la sartén al fuego. Alguna bestia más grande y feroz incluso que el cocodrilo tiburón habitaba esta guarida.

¿Qué podía hacer? La boca de la cueva estaba custodiada por un monstruo feroz, el interior estaba habitado por algo demasiado horrible de contemplar. ¡La huida era imposible!

Solo quedaba un recurso, y era encontrar algún pequeño escondite al que los temibles habitantes de la caverna no pudieran penetrar. Miré salvajemente a mi alrededor y al final descubrí una fisura en la roca, hacia la cual corrí con la esperanza de recuperar mis sentidos dispersos.

Acurrucándome, esperé temblando como en un ataque de fiebre. Ningún hombre es valiente ante un terremoto, o una caldera estallando, o un torpedo explotando. No se podía esperar que sintiera mucho valor ante el destino temible que parecía esperarme.

Pasó una hora. Oí todo el tiempo un extraño estruendo fuera de la cueva.

¿Cuál fue el destino de mis infelices compañeros? Me resultó imposible detenerme a preguntar. Mi propia existencia miserable era todo en lo que podía pensar.

De repente, un gemido, como el de cincuenta osos en una pelea, llegó a mis oídos —siseos, escupitajos, lamentos, horribles de oír— y entonces vi...

Jamás, aunque pasaran edades sobre mi cabeza, olvidaré la horrible aparición.

¡Era el Ape Gigans!

Catorce pies de altura, cubierto de pelo grueso, de un marrón negruzco, el pelo en los brazos, desde el hombro hasta las articulaciones del codo, apuntando hacia abajo, mientras que el de la muñeca al codo apuntaba hacia arriba, avanzaba. Sus brazos eran tan largos como su cuerpo, mientras que sus piernas eran prodigiosas. Tenía dientes gruesos, largos y afilados como una sierra de mamut.

¡Se golpeaba el pecho a medida que se acercaba oliendo y olfateando, recordándome las historias que leíamos en nuestra primera infancia sobre gigantes que comían la carne de hombres y niños pequeños!

De repente se detuvo. Mi corazón latía con fuerza, pues era consciente de que, de alguna manera u otra, el temible monstruo me había olido y escudriñaba con sus ojos horribles para tratar de descubrir mi paradero.

Mi lectura, que por regla general es una bendición, pero que en esta ocasión parecía demostrar ser momentáneamente una maldición, me dijo la verdadera verdad. Era el Ape Gigans, el gorila antediluviano.

¡Sí! Este monstruo aterrador, confinado por fortuna al interior de la tierra, era el progenitor del horrible monstruo de África.

Miraba salvajemente a su alrededor, buscando algo... sin duda a mí. Me di por perdido. Ninguna esperanza de seguridad o escape parecía quedar.

En ese momento, justo cuando mis ojos parecían cerrarse ante la muerte, un extraño ruido provino de la entrada de la caverna; y al girarme, el gorila reconoció evidentemente a algún enemigo más digno de su prodigiosa talla y fuerza. Era el enorme tiburón-cocodrilo, que quizá, tras haberse deshecho de mis amigos, venía en busca de más presas.

El gorila se puso a la defensiva y, aferrando un hueso de unos dos metros y medio de largo, un garrote perfecto, lanzó un golpe mortal a la horrible bestia, que se irguió y cayó con todo su peso sobre su adversario.

Un terrible combate, cuyos detalles es imposible dar, sobrevino entonces. La lucha fue espantosa y feroz; yo, sin embargo, no esperé a presenciar el resultado. Considerándome el objeto de la disputa, decidí alejarme de la presencia del vencedor. Me deslicé desde mi escondite, llegué al suelo y, deslizándome contra la pared, me esforcé por alcanzar la boca abierta de la caverna.

Pero no había dado muchos pasos cuando el temeroso clamor cesó, para ser seguido por un murmullo y unos gemidos que parecían ser indicativos de victoria.

Miré atrás y vi al enorme simio, cubierto de sangre, persiguiéndome con ojos llameantes y con fosas nasales dilatadas que exhalaban dos columnas de vapor caliente. Podía sentir su aliento fétido y ardiente en mi cuello; y con un salto horroroso, desperté de mi sueño de pesadilla.

Sí, todo era un sueño. Todavía estaba en la balsa con mi tío y el guía.

El alivio no fue instantáneo, pues bajo la influencia de la espantosa pesadilla mis sentidos se habían entumecido. Después de un rato, sin embargo, mis sentimientos se tranquilizaron. La primera de mis percepciones que volvió con toda su fuerza fue la del oído. Escuché con oídos atentos y agudos. Todo estaba tan quieto como la muerte. Todo lo que comprendía era el silencio. Al rugido de las aguas, que había llenado la galería con terribles reverberaciones, sucedió una paz perfecta.

Tras un poco de tiempo, mi tío habló en un tono bajo y apenas audible: —¿Harry, muchacho, dónde estás?

—Aquí estoy —fue mi débil respuesta.

—Bueno, ¿no ves lo que ha pasado? Estamos subiendo.

—Querido tío, ¿qué quieres decir? —fue mi respuesta medio delirante.

—Sí, te digo que estamos ascendiendo rápidamente. Nuestro viaje descendente ha cesado por completo.

Extendí la mano y, después de alguna dificultad, logré tocar la pared. Mi mano quedó al instante cubierta de sangre. La piel estaba arrancada de la carne. Estábamos ascendiendo con una rapidez extraordinaria.

—¡La antorcha, la antorcha! —gritó el profesor con frenesí—. Debe encenderse.

Hans, el guía, tras muchos intentos vanos, logró al fin encenderla, y la llama, al no tener ahora nada que impidiera su combustión, arrojó una luz bastante clara. Pudimos hacernos una idea aproximada de la verdad.

—Es justo como pensaba —dijo mi tío tras uno o dos momentos de silenciosa atención—. Estamos en un pozo estrecho de unas cuatro brazas cuadradas. Las aguas del gran mar interior, al haber llegado al fondo del abismo, se están abriendo paso ahora por el poderoso conducto. Como consecuencia natural, estamos siendo lanzados sobre la cresta de las aguas.

—Eso puedo verlo —fue mi respuesta lúgubre—; pero ¿dónde terminará este conducto y a qué caída estaremos expuestos?

—De eso soy tan ignorante como tú. Todo lo que sé es que debemos estar preparados para lo peor. Vamos subiendo a una velocidad terriblemente rápida. Por lo que puedo juzgar, estamos ascendiendo a razón de dos brazas por segundo, ciento veinte brazas por minuto, o algo más de tres leguas y media por hora. A este ritmo, nuestro destino será pronto una certeza.

—Sin duda —repliqué—. La gran preocupación que tengo ahora, sin embargo, es saber si este conducto tiene alguna salida. Puede terminar en un techo de granito, en cuyo caso seremos asfixiados por el aire comprimido o estrellados en mil pedazos contra la cima. Me parece, ya, que el aire empieza a estar cerrado y condensado. Me cuesta respirar.

Esto podía ser imaginación o el efecto de nuestro rápido movimiento, pero ciertamente sentía una gran opresión en el pecho.

—Enrique —dijo el profesor—, creo que la situación es, hasta cierto punto, desesperada. Quedan, sin embargo, muchas posibilidades de salvación definitiva, y las he estado repasando en mi mente durante tu pesado pero agitado sueño. He llegado a esta conclusión lógica: puesto que podemos perecer en cualquier momento, ¡en cualquier momento podemos ser salvados! Debemos, por tanto, prepararnos para lo que sea que surja en el gran capítulo de los accidentes.

—¿Pero qué querrías que hiciéramos? —grité—. ¿No estamos totalmente indefensos?

—¡No! Mientras hay vida hay esperanza. En cualquier caso, hay una cosa que podemos hacer: comer, y así obtener fuerzas para afrontar la victoria o la muerte.

Mientras hablaba, miré a mi tío con una mirada demacrada. Había pospuesto la comunicación fatal tanto como fue posible. Ahora se me imponía, y debía decirle la verdad.

Aun así, dudé.

—Come —dije en un tono suplicante, como si no hubiera prisa.

—Sí, y de inmediato. Me siento como un prisionero hambriento —dijo, frotándose sus manos amarillas y temblorosas.

Y, volviéndose hacia el guía, le dirigió unas palabras cordiales y animadas, según juzgué por su tono, en danés. Hans sacudió la cabeza de una manera terriblemente significativa. Intenté parecer despreocupado.

—¿Qué! —gritó el profesor—, ¿no querrás decir que todas nuestras provisiones se han perdido?

—Sí —fue mi respuesta pronunciada en voz baja, mientras extendía algo en mi mano—, este bocado de carne seca es todo lo que nos queda a nosotros tres.

Mi tío me miró como si no pudiera comprender del todo el significado de mis palabras. El golpe pareció aturdirlo por su severidad. Le permití reflexionar durante algunos momentos.

—Bueno —dije, tras una breve pausa—, ¿qué piensas ahora? ¿Hay alguna posibilidad de que escapemos de nuestros horribles peligros subterráneos? ¿No estamos condenados a perecer en los grandes huecos del centro de la tierra?

Pero mis preguntas pertinentes no obtuvieron respuesta. Mi tío o no me oyó, o pareció no hacerlo.

Y de esta forma pasó una hora entera. Ninguno de nosotros quiso hablar. Por mi parte, empecé a sentir el hambre más temible y devoradora. Mis compañeros, sin duda, sentían las mismas horribles torturas, pero ninguno de ellos quiso tocar el miserable bocado de carne que quedaba. ¡Ahí estaba, un último resto de todos nuestros grandes preparativos para aquel loco y absurdo viaje!

Miré atrás, con asombro, hacia mi propia insensatez. Era plenamente consciente de que, a pesar de su entusiasmo y del siempre odiado pergamino de Saknussemm, mi tío nunca debería haber emprendido su peligroso viaje. ¡Qué recuerdos del pasado feliz, qué previsiones del futuro horrible, llenaban ahora mi cerebro!

CAPÍTULO 41

EL HAMBRE

¡El hambre prolongada es una locura temporal! El cerebro trabaja sin el alimento necesario, y las nociones más fantásticas llenan la mente. Hasta ahora nunca había sabido lo que realmente significaba el hambre. Probablemente iba a entenderlo ahora.

Y, sin embargo, tres meses antes podía contar mi terrible historia de inanición, como yo la llamaba. De niño solía hacer excursiones frecuentes por los alrededores de la casa del profesor.

Mi tío siempre actuaba por sistema, y creía que, además del día de descanso y culto, debería haber un día de recreo. Por consiguiente, yo siempre era libre de hacer lo que quisiera los miércoles.

Como tenía la idea de combinar lo útil y lo agradable, mi pasatiempo favorito era la búsqueda de nidos de pájaros. Tenía una de las mejores colecciones de huevos de toda la ciudad. Estaban clasificados y bajo vitrinas.

Había un bosque al que, levantándome de madrugada y tomando el tren barato, podía llegar a las once de la mañana. Allí botanizaba o geologizaba a mi antojo. Mi tío siempre se alegraba de obtener especímenes para su herbario y piedras para examinar. Cuando llenaba mi morral, procedía a buscar nidos.

Tras unas dos horas de duro trabajo, un día me senté junto a un arroyo para comer mi humilde pero copioso almuerzo. ¡Cómo el recuerdo de la salchicha especiada, el pan de trigo y la cerveza me hacían babear ahora! Habría dado cualquier perspectiva de riqueza mundana por una comida así. Pero a mi historia.

Mientras estaba sentado así a mis anchas, miré hacia las ruinas de un viejo castillo, no muy lejos. Eran los restos de una morada histórica, cubierta de hiedra y ahora desmoronándose.

Mientras miraba, vi a dos águilas dando vueltas sobre la cima de una torre elevada. Pronto me convencí de que allí había un nido. Ahora bien, en toda mi colección me faltaban huevos de águila nativa y del gran búho.

Mi decisión estaba tomada. Alcanzaría la cima de aquella torre o moriría en el intento. Me acerqué y examiné las ruinas. La vieja escalera se había desplomado años atrás. Las paredes exteriores, sin embargo, estaban intactas. No había posibilidad por ese lado, a menos que confiara únicamente en la hiedra como apoyo. Esto resultó ser, como pronto descubrí, inútil.

Quedaba la chimenea, que aún subía hasta la cima y que alguna vez había servido para evacuar el humo de cada piso de la torre.

Me decidí a aventurarme por ella. Era estrecha, ruguosa y, por tanto, más fácil de escalar. Me quité la chaqueta y me arrastré por la chimenea. Mirando hacia arriba, vi una pequeña abertura luminosa que anunciaba la cima del conducto.

Subí y subí, durante algún tiempo usando manos y rodillas, al estilo de un deshollinador. Era un trabajo lento, pero, al haber salientes continuos, la tarea era relativamente fácil. De este modo, llegué a la mitad. La chimenea se volvió más estrecha. La atmósfera era pesada y, al final, para terminar con el asunto, me quedé atascado. No podía subir más.

No cabía duda, y no quedaba más recurso que descender y renunciar a mi gloriosa presa con desesperación. Me rendí al destino e intenté bajar. Pero no podía moverme. Algún obstáculo invisible y misterioso intervino y me detuvo. En un instante, todo el horror de mi situación se apoderó de mí.

Era incapaz de moverme en cualquier dirección y estaba condenado a una muerte terrible y horrible, la de la inanición. En la mente de un niño, sin embargo, hay una cantidad extraordinaria de elasticidad y esperanza, y empecé a pensar en toda clase de planes para escapar de mi sombrío destino.

En primer lugar, no necesitaba comida en aquel momento, pues había hecho una comida excelente, y por tanto tenía tiempo para reflexionar. Mi primer pensamiento fue intentar mover el mortero con la mano. Si hubiera tenido un cuchillo, algo podría haberse hecho, pero aquel útil instrumento lo había dejado en el bolsillo de mi chaqueta.

Pronto descubrí que todos los esfuerzos de este tipo eran vanos e inútiles, y que todo lo que podía esperar hacer era contorsionarme hacia abajo.

Pero aunque me sacudí y luché, y me esforcé por girar, todo fue en vano. No podía moverme ni un centímetro, ni en un sentido ni en otro. Y el tiempo voló rápidamente. Mis madrugones probablemente contribuyeron al hecho de que me sentía somnoliento, y poco a poco cedí a la sensación de sopor.

Dormí, y desperté en la oscuridad, con un hambre voraz.

Había llegado la noche y seguía sin poder moverme. Estaba fuertemente atascado y no logré cambiar mi posición ni un centímetro. Gemí en voz alta. Nunca desde los días de mi feliz infancia, cuando era una penuria pasar de una comida a otra sin comer, había experimentado realmente el hambre. La sensación era tan nueva como dolorosa. Empecé a perder la cabeza y a gritar en mi agonía. Algo apareció, asustado por mis ruidos. Era un lagarto inofensivo, pero me pareció un reptil repugnante. Volví a hacer resonar las viejas ruinas con mis gritos y finalmente me agoté tanto que me desmayé.

Cuánto tiempo permanecí en una especie de trance o sueño no puedo decirlo, pero cuando volví a recuperar el conocimiento era de día. Qué enfermo me sentía, cómo el hambre seguía royéndome, sería difícil de decir. Estaba demasiado débil para gritar ahora, demasiado débil para luchar.

De repente, un rugido me sobresaltó.

—¿Estás ahí, Enrique? —dijo la voz de mi tío—. ¿Estás ahí, muchacho?

Solo pude responder débilmente, pero también hice un esfuerzo desesperado por girarme. Algo de mortero cayó. A esto debí que me descubrieran. Cuando se realizó la búsqueda, fue fácil ver que mortero y pequeños trozos de piedra habían caído recientemente desde arriba. De ahí el grito de mi tío.

—Cálmate —gritó—, si tenemos que derribar toda la ruina, serás salvado.

Fueron palabras deliciosas, pero tenía pocas esperanzas.

Sin embargo, poco después, cerca de un cuarto de hora más tarde, oí una voz encima de mí, en una de las chimeneas superiores.

—¿Estás abajo o arriba?

—Abajo —fue mi respuesta.

Al instante se bajó una cesta con leche, una galleta y un huevo. Mi tío temía ser demasiado generoso con el suministro de comida. Bebí la leche primero, pues la sed casi había adormecido el hambre. Luego, mucho más refrescado, comí mi pan y el huevo duro.

Ahora estaban trabajando en la pared. Podía oír un pico. Deseando escapar de cualquier peligro por esta terrible arma, hice un esfuerzo desesperado, y el cinturón que rodeaba mi cintura y que se había enganchado en una piedra, cedió. Estaba libre y solo evité caer gracias a un rápido movimiento de mis manos y rodillas.

Diez minutos después estaba en los brazos de mi tío, tras haber pasado dos días y dos noches en aquella horrible prisión. Mi delirio ocasional me impidió contar el tiempo.

Pasé semanas recuperándome de aquella terrible aventura de inanición; ¿y qué fue aquello comparado con los espantosos sufrimientos que ahora padecía?

Tras soñar durante algún tiempo y pensar en este y otros asuntos, miré una vez más a mi alrededor. Seguíamos ascendiendo con una rapidez temible. De vez en cuando el aire parecía bloquear nuestra respiración, como hace con los aeronautas cuando el ascenso del globo es demasiado rápido. Pero si ellos sienten un grado de frío proporcional a la elevación que alcanzan en la atmósfera, nosotros experimentamos un efecto contrario. El calor empezó a aumentar de una manera amenazadora y excepcional. No puedo decir exactamente la media, pero creo que debió alcanzar los ciento veintidós grados Fahrenheit.

¿Qué significaba este cambio extraordinario en la temperatura? Hasta donde habíamos llegado, los hechos habían demostrado que las teorías de Davy y de Lidenbrock eran correctas. Hasta ahora, todas las condiciones peculiares de las rocas refractarias, de la electricidad, del magnetismo, habían modificado las leyes generales de la naturaleza y habían creado para nosotros una temperatura moderada; pues la teoría del fuego central seguía siendo, a mis ojos, la única explicable.

¿Íbamos, entonces, a alcanzar una posición en la que estos fenómenos se llevaran a cabo en todo su rigor, y en la que el calor redujera las rocas a un estado de fusión?

Tal era mi no antinatural temor, y no oculté el hecho a mi tío. Mi manera de hacerlo pudo ser fría y cruel, pero no pude evitarlo.

—Si no nos ahogamos, o nos convertimos en tortitas, y si no morimos de hambre, tenemos la satisfacción de saber que seremos quemados vivos.

Mi tío, ante este brusco ataque, simplemente se encogió de hombros y reanudó sus reflexiones, cualesquiera que fueran.

Pasó una hora y, salvo que hubo un ligero aumento de la temperatura, ningún incidente modificó la situación.

Mi tío, al fin, por voluntad propia, rompió el silencio.

—Bueno, Enrique, muchacho —dijo de manera alegre—, debemos decidirnos.

—¿Decidirnos a qué? —pregunté con considerable sorpresa.

—Bueno, a algo. Debemos, a cualquier riesgo, recuperar nuestra fuerza física. Si cometemos el error fatal de ahorrar nuestro pequeño resto de comida, probablemente prolongaremos nuestra miserable existencia unas pocas horas, pero permaneceremos débiles hasta el final.

—Sí —gruñí—, hasta el final. Eso, sin embargo, no nos hará esperar mucho.

—Bueno, solo deja que se presente una oportunidad de salvación, solo permite que sea necesario un momento de acción, ¿dónde encontraremos los medios para actuar si nos dejamos reducir a la debilidad física por inanición?

—Cuando este trozo de carne sea devorado, tío, ¿qué esperanza nos quedará?

—Ninguna, querido Enrique, ninguna. ¿Pero te servirá de algo devorarla con los ojos? Me pareces razonar como alguien sin voluntad ni decisión, como un ser sin energía.

—Entonces —grité, exasperado hasta un grado difícil de explicar—, no querrás decirme que tú... que tú... no has perdido toda esperanza.

—Ciertamente no —respondió el profesor con una calma consumada.

—¿Quieres decirme, tío, que saldremos de este monstruoso conducto subterráneo?

—Mientras hay vida hay esperanza. Me permito afirmar, Enrique, que mientras el corazón de un hombre late, mientras la carne de un hombre se estremece, no admito que un ser dotado de pensamiento y voluntad pueda permitirse desesperar.

¡Qué valor! El hombre colocado en una posición como la que ocupábamos debía de ser muy valiente para hablar así.

—Bueno —grité—, ¿qué piensas hacer?

—Comer lo que queda de la comida que tenemos en nuestras manos; traguemos la última migaja. Será, si el cielo quiere, nuestro último festín. Bueno, no importa, en lugar de ser esqueletos agotados, seremos hombres.

—Es cierto —murmuré en tono desesperado—, saciémonos.

—Debemos —respondió mi tío con un profundo suspiro—, llámalo como quieras.

Mi tío tomó un trozo de la carne que quedaba y algunas cortezas de galleta que se habían salvado del naufragio. Dividió todo en tres partes.

Cada uno tenía una libra de comida para que le durara mientras permaneciera en el interior de la tierra.

Cada uno actuó entonces de acuerdo con su propio carácter.

Mi tío, el profesor, comió con avidez, pero evidentemente sin apetito, comiendo simplemente por algún movimiento mecánico. Yo puse la comida entre mis labios y, hambriento como estaba, mastiqué mi bocado sin placer y sin satisfacción.

Hans, el guía, tal como si hubiera estado cazando eider, tragó cada bocado como si fuera un asunto habitual. Parecía un hombre igualmente preparado para disfrutar de la superfluidad o de la carencia total.

Hans, con toda probabilidad, no estaba más acostumbrado a la inanición que nosotros, pero su ruda naturaleza islandesa lo había preparado para muchos sufrimientos. Mientras recibiera sus tres riksdaler cada sábado por la noche, estaba preparado para cualquier cosa.

El hecho era que Hans nunca se preocupaba de mucho más que de su dinero. Se había comprometido a servir a cierto hombre por tanto a la semana, y no importaba qué males recayeran sobre su empleador o sobre sí mismo, nunca se quejaba ni refunfuñaba mientras su salario fuera debidamente pagado.

De repente, mi tío se animó. Había visto una sonrisa en el rostro de nuestro guía. No pude entenderlo.

—¿Qué pasa? —dijo mi tío.

—Schiedam —dijo el guía, sacando una botella de este precioso líquido.

Bebimos. Mi tío y yo reconoceremos hasta nuestro último día que de ahí obtuvimos la fuerza para existir hasta el último momento amargo. Esa preciosa botella de Hollands estaba en realidad solo medio llena; pero, dadas las circunstancias, era néctar.

Nos tomó algunos minutos a mi tío y a mí formarnos una opinión decidida sobre el asunto. El digno profesor tragó cerca de medio litro y no pareció capaz de beber más.

—<i>Fortrafflig</i> —dijo Hans, tragando casi todo lo que quedaba.

—Excelente, muy bueno —dijo mi tío, con tanto gusto como si acabara de dejar los escalones del club en Hamburgo.

Había empezado a sentir como si hubiera un destello de esperanza. ¡Ahora todo pensamiento sobre el futuro se desvaneció!

Habíamos consumido nuestra última onza de comida, ¡y eran las cinco de la mañana!

CAPÍTULO 42

EL POZO VOLCÁNICO

La constitución del hombre es tan peculiar que su salud es puramente una cuestión negativa. No bien se apacigua la rabia del hambre, cuando se vuelve difícil comprender el significado de la inanición. Solo cuando uno sufre, comprende realmente.

En cuanto a que cualquiera que no haya soportado la privación tenga idea alguna del asunto, es simplemente absurdo.

Para nosotros, después de un largo ayuno, algunos bocados de pan y carne, un poco de bizcocho mohoso y carne salada triunfaron sobre todos nuestros anteriores pensamientos sombríos y saturninos.

Sin embargo, tras este banquete, cada cual se entregó a sus propias reflexiones. Me preguntaba qué serían las de Hans, el hombre del extremo norte, dotado aun así de la resignación fatalista del carácter oriental. Pero ni el mayor esfuerzo de la imaginación me permitiría comprender la verdad. En cuanto a mi persona, mis pensamientos habían dejado de ser otra cosa que recuerdos del pasado, y todos estaban conectados con aquel mundo superior que nunca debí haber abandonado. Lo veía todo ahora: la hermosa casa en la Konigstrasse, mi pobre Gretchen, la buena Martha; pasaban ante mi mente como visiones del pasado. Cada vez que llegaba a mis oídos alguno de los lúgubres gemidos que se distinguían en los huecos a nuestro alrededor, me parecía escuchar el murmullo lejano de las grandes ciudades sobre mi cabeza.

En cuanto a mi tío, siempre pensando en su ciencia, examinaba la naturaleza del pozo mediante una antorcha. Analizaba minuciosamente los diferentes estratos, unos sobre otros, a fin de reconocer su situación mediante la teoría geológica. Este cálculo, o más bien esta estimación, de ninguna manera podía ser otra cosa que aproximada. Pero un hombre instruido, un filósofo, no es nada si no es filósofo cuando mantiene sus ideas serenas y recogidas; y ciertamente el Profesor poseía esta cualidad a la perfección.

Lo escuchaba, mientras permanecía sentado en silencio, murmurando palabras de ciencia geológica. Como entendía su objetivo y su significado, no pude sino interesarme, a pesar de mi preocupación en aquella hora terrible.

—Granito eruptivo —decía para sí—, todavía estamos en la época primitiva. Pero subimos... subimos, seguimos subiendo. Pero ¿quién sabe? ¿Quién sabe?

Entonces, él aún tenía esperanza. Palpaba con la mano los lados verticales del pozo y, algunos minutos después, continuaba de la siguiente manera:

—Esto es gneis. Esto es esquisto micáceo, mineral silíceo. Bien otra vez; esta es la época de transición, en todo caso, estamos cerca de ellas... y luego, y luego...

¿Qué podría significar el Profesor? ¿Podría, por algún medio concebible, medir el espesor de la corteza terrestre suspendida sobre nuestras cabezas? ¿Poseía algún medio posible para aproximarse a este cálculo? No.

Faltaba el manómetro, y ninguna estimación sumaria podía reemplazarlo.

Y sin embargo, a medida que progresábamos, la temperatura aumentaba en el grado más extraordinario, y comencé a sentirme como si estuviera bañado en una atmósfera caliente y ardiente. Nunca antes había sentido nada parecido. Solo podía compararlo con el vapor caliente de una fundición de hierro, cuando el hierro líquido está en estado de ebullición y se desborda. Poco a poco, y uno tras otro, Hans, mi tío y yo nos habíamos quitado las chaquetas y los chalecos. Eran insoportables. Incluso la prenda más ligera no solo era incómoda, sino causa de extremo sufrimiento.

—¿Ascendemos hacia un fuego vivo? —grité; cuando, para mi horror y asombro, el calor se volvió mayor que antes.

—No, no —dijo mi tío—, es simplemente imposible, del todo imposible.

—Y sin embargo —dije, tocando con la mano desnuda el costado del pozo—, esta pared arde literalmente.

En ese momento, sintiendo como sentía que los costados de este extraordinario muro estaban al rojo vivo, sumergí las manos en el agua para refrescarlas. Las retiré con un grito de desesperación.

—¡El agua está hirviendo! —grité.

Mi tío, el Profesor, no respondió más que con un gesto de rabia y desesperación.

Algo muy parecido a la verdad se había apoderado probablemente de su imaginación.

Pero yo no podía tomar parte ni en lo que ocurría ni en sus especulaciones. Un miedo invencible se había apoderado de mi cerebro y mi alma. Solo podía esperar una catástrofe inminente, tal catástrofe como ni siquiera la imaginación más vívida habría podido concebir. Una idea, al principio vaga e incierta, se transformaba gradualmente en certeza.

Al principio la rechacé temblorosamente, pero se me impuso poco a poco con extrema obstinación. Era una idea tan terrible que apenas me atrevía a susurrármela a mí mismo.

Y, aun así, todo el tiempo, ciertas observaciones, involuntarias por así decirlo, determinaban mis convicciones. Bajo el brillo dudoso de la antorcha, pude distinguir algunos cambios singulares en los estratos graníticos; un extraño y terrible fenómeno estaba a punto de producirse, en el cual la electricidad desempeñaba un papel.

¿Entonces esta agua hirviente, este calor terrible y excesivo? Decidí, como último recurso, examinar la brújula.

¡La brújula se había vuelto loca!

Sí, totalmente loca. La aguja saltaba de polo a polo con sacudidas repentinas y sorprendentes, giraba en redondo, o como se dice, daba vueltas completas, y luego regresaba de repente como si tuviera vértigo.

Yo era consciente de que, de acuerdo con las mejores teorías reconocidas, era una noción aceptada que la corteza mineral del globo nunca está, ni ha estado nunca, en estado de reposo completo.

Se somete perpetuamente a las modificaciones causadas por la descomposición de la materia interna, la agitación consecuente al flujo de extensas corrientes líquidas, la acción excesiva del magnetismo que tiende a sacudirla incesantemente, en un momento en que ni siquiera la multitud de seres en su superficie sospecha que el proceso de ebullición está ocurriendo.

Aun así, este fenómeno no me habría alarmado solo; no habría despertado en mi mente una idea terrible, espantosa.

Pero otros hechos no permitían que mi autoengaño durara.

Terribles detonaciones, como la artillería del Cielo, comenzaron a multiplicarse con intensidad temerosa. Solo podía compararlas con el ruido producido por cientos de carros cargados pesadamente siendo conducidos locamente sobre un pavimento de piedra. Era un estruendo continuo de pesado trueno.

Y entonces la brújula loca, sacudida por los salvajes fenómenos eléctricos, me confirmó en mi opinión rápidamente formada. La corteza mineral estaba a punto de estallar, las pesadas masas de granito estaban a punto de reunirse, la fisura estaba a punto de cerrarse, el vacío estaba a punto de llenarse, ¡y nosotros, pobres átomos, de ser aplastados en su espantoso abrazo!

—¡Tío, tío! —grité—, ¡estamos total e irremediablemente perdidos!

—¿Cuál es, pues, mi joven amigo, tu nueva causa de terror y alarma? —dijo en su tono más calmado—. ¿Qué temes ahora?

—¡Que qué temo ahora! —grité en tonos feroces y airados—. ¿No ves que las paredes del pozo están en movimiento? ¿No ves que las masas sólidas de granito se están agrietando? ¿No sientes el terrible calor tórrido? ¿No observas el espantoso agua hirviente sobre la que flotamos? ¿No notas esta aguja loca? ¡Cada señal y presagio de un terrible terremoto!

Mi tío meneó la cabeza con frialdad.

—¿Un terremoto? —respondió en el tono más calmado y provocador.

—Sí.

—Sobrino, te digo que estás completamente equivocado —continuó.

—¿No reconoces, no puedes reconocer todos los síntomas bien conocidos...?

—¿De un terremoto? De ninguna manera. Espero algo mucho más importante.

—Mi cerebro está tenso más allá de la resistencia... ¿qué, qué quieres decir? —grité.

—Una erupción, Harry.

—Una erupción —balbuceé—. Estamos, pues, en el pozo volcánico de un cráter en plena acción y vigor.

—Tengo todas las razones para creerlo —dijo el Profesor en tono sonriente—, y te ruego que te diga que es lo más afortunado que podría habernos ocurrido.

¡Lo más afortunado! ¿Se había vuelto mi tío realmente loco? ¿Qué significaban estas palabras espantosas? ¿Qué significaba esta calma terrible, esta sonrisa solemne?

—¡Qué! —grité en el colmo de mi exasperación—. ¿Estamos camino de una erupción? ¿La fatalidad nos ha arrojado a un pozo de lava ardiente y hirviente, de rocas en llamas, de agua hirviente, en una palabra, lleno de toda clase de materia eruptiva? ¿Estamos a punto de ser expulsados, lanzados hacia arriba, vomitados, escupidos del interior de la tierra, junto con enormes bloques de granito, con lluvias de cenizas y escorias, en un torbellino salvaje de llamas, y dices: "lo más afortunado que podría habernos ocurrido"?

—Sí —respondió el Profesor, mirándome con calma desde debajo de sus gafas—, es la única oportunidad que nos queda de escapar alguna vez del interior de la tierra a la luz del día.

Es imposible que pueda poner sobre el papel los miles de pensamientos extraños y salvajes que siguieron a este anuncio extraordinario.

Pero mi tío tenía razón, mucha razón, y nunca me había parecido tan audaz y tan convencido como cuando me miró con calma a la cara y habló de las posibilidades de una erupción, ¡de que volviéramos a ser arrojados a la Madre Tierra a través del cráter abierto de un volcán!

Sin embargo, mientras hablábamos, seguíamos ascendiendo; pasamos toda la noche subiendo, o para hablar más científicamente, en movimiento ascensional. El ruido espantoso se redobló; estaba a punto de sofocarme. Creía seriamente que mi última hora se acercaba y, sin embargo, tan extraña es la imaginación, todo en lo que pensaba era en alguna hipótesis infantil u otra. En tales circunstancias, uno no elige sus propios pensamientos. Ellos te vencen.

Era evidente que estábamos siendo arrojados hacia arriba por materia eruptiva; bajo la balsa había una masa de agua hirviente, y bajo esta una masa de lava más pesada, y un agregado de rocas que, al llegar a la cima del agua, se dispersarían en todas direcciones.

Que estábamos dentro de la chimenea de un volcán ya no podía haber sombra de duda. ¡No se podía concebir nada más terrible!

Pero en esta ocasión, en lugar de Sneffels, un volcán viejo y extinto, estábamos dentro de una montaña de fuego en plena actividad. Varias veces me sorprendí preguntando qué montaña era y en qué parte del mundo seríamos expulsados. ¡Como si tuviera alguna importancia!

En las regiones del norte, no podía haber duda razonable sobre eso. Antes de volverse decididamente loca, la brújula nunca había cometido el más mínimo error. Desde el cabo de Saknussemm, habíamos sido arrastrados hacia el norte muchos cientos de leguas. Ahora la pregunta era, ¿estábamos una vez más bajo Islandia? ¿Seríamos expulsados a la tierra a través del cráter del monte Hecla, o reapareceríamos a través de uno de los otros siete embudos de fuego de la isla? Tomando en mi visión mental un radio de quinientas leguas hacia el oeste, solo podía ver bajo este paralelo los poco conocidos volcanes de la costa noroeste de América.

Hacia el este solo existía uno en algún lugar cerca del octogésimo grado de latitud, el Esk, en la isla de Jan Mayen, no lejos de las regiones heladas de Spitsbergen.

No eran cráteres lo que faltaba, y muchos de ellos eran lo suficientemente grandes como para vomitar a todo un ejército; todo lo que quería saber era el particular hacia el cual nos dirigíamos con tan temerosa velocidad.

A menudo pienso ahora en mi locura: ¡como si hubiera debido esperar escapar!

Hacia la mañana, el movimiento ascendente se volvió cada vez mayor. Si el grado de calor aumentaba en lugar de disminuir, a medida que nos acercábamos a la superficie de la tierra, era simplemente porque las causas eran locales y totalmente debidas a la influencia volcánica. Nuestro propio estilo de locomoción no dejaba en mi mente duda alguna sobre el asunto. Una fuerza enorme, una fuerza de varios cientos de atmósferas producida por los vapores acumulados y largamente comprimidos en el interior de la tierra, nos izaba hacia arriba con poder irresistible.

Pero aunque nos acercábamos a la luz del día, ¿a qué peligros temerosos estábamos a punto de ser expuestos?

La muerte instantánea parecía el único destino que podíamos esperar o contemplar.

Pronto, una luz tenue y sepulcral penetró en la galería vertical, que se hacía cada vez más ancha. Podía distinguir a derecha e izquierda largos corredores oscuros como inmensos túneles, de los cuales brotaban vapores espantosos y horribles. Lenguas de fuego, centelleantes y crepitantes, parecían a punto de lamernos.

¡Había llegado la hora!

—¡Mira, tío, mira! —grité.

—Bueno, lo que ves son las grandes llamas sulfurosas. Nada más común en relación con una erupción.

—¡Pero si nos envuelven! —respondí airadamente.

—No nos envolverán —fue su respuesta tranquila y serena.

—Pero será lo mismo al final si nos sofocan —grité.

—No seremos sofocados. La galería se está volviendo rápidamente cada vez más ancha y, si es necesario, dejaremos pronto la balsa y buscaremos refugio en alguna fisura de la roca.

—¿Pero el agua, el agua, que asciende continuamente? —respondí desesperadamente.

—Ya no hay agua, Harry —respondió—, sino una especie de pasta de lava, que nos está izando, junto con ella misma, hacia la boca del cráter.

En verdad, la columna líquida de agua había desaparecido por completo para dar paso a densas masas de materia eruptiva hirviente. La temperatura se volvía totalmente insoportable, y un termómetro expuesto a esta atmósfera habría marcado entre ciento ochenta y nueve y ciento noventa grados Fahrenheit.

La transpiración corría por cada poro. De no haber sido por la rapidez extraordinaria de nuestro ascenso, nos habríamos sofocado.

Sin embargo, el Profesor no llevó a cabo su propuesta de abandonar la balsa; y lo hizo muy sabiamente. Aquellas pocas vigas mal unidas ofrecían, de todos modos, una superficie sólida, un apoyo que en cualquier otro lugar nos habría fallado por completo.

Hacia las ocho de la mañana, un nuevo incidente nos sobresaltó. El movimiento ascensional cesó repentinamente. La balsa quedó quieta e inmóvil.

—¿Qué pasa ahora? —dije, con queja, muy sobresaltado por este cambio.

—Una simple parada —respondió mi tío.

—¿Está a punto de fallar la erupción? —pregunté.

—Espero que no.

Sin responder, me levanté. Intenté mirar a mi alrededor. Quizás la balsa, frenada por alguna roca saliente, oponía una resistencia momentánea a la masa eruptiva. En este caso, era absolutamente necesario liberarla tan rápido como fuera posible.

No había ocurrido nada parecido. La columna de cenizas, de escorias, de rocas rotas y tierra, había cesado por completo de ascender.

—Te digo, tío, que la erupción se ha detenido —fue mi decisión oracular.

—Ah —dijo mi tío—, eso crees, muchacho. Te equivocas. No te alarmes en lo más mínimo; este momento repentino de calma no durará mucho, tenlo por seguro. Ya ha durado cinco minutos, y antes de que seamos muchos minutos más viejos, continuaremos nuestro viaje hacia la boca del cráter.

Todo el tiempo que hablaba, el Profesor continuaba consultando su cronómetro, y probablemente tenía razón en sus pronósticos. Pronto la balsa reanudó su movimiento, de una manera muy rápida y desordenada, que duró dos minutos o poco más; y luego se detuvo otra vez tan repentinamente como antes.

—Bien —dijo mi tío, observando la hora—, en diez empezaremos de nuevo.

—¿En diez minutos?

—Sí, precisamente. Tenemos que ver con un volcán cuya erupción es intermitente. Estamos obligados a respirar tal como él lo hace.

Nada podría ser más cierto. En el minuto exacto que había indicado, fuimos lanzados de nuevo a lo alto con extrema rapidez. Para no ser arrojados de la balsa, era necesario agarrarse a las vigas. Luego, el izado cesó de nuevo.

Muchas veces desde entonces he pensado en este fenómeno singular sin poder encontrar para él ninguna explicación satisfactoria. Sin embargo, me parecía bastante claro que no estábamos en la chimenea principal del volcán, sino en un conducto accesorio, donde sentíamos el contragolpe del gran y principal túnel lleno de lava ardiente.

Me es imposible decir cuántas veces se repitió esta maniobra. Todo lo que puedo recordar es que, en cada movimiento ascensional, éramos izados con velocidad cada vez mayor, como si hubiéramos sido lanzados desde un proyectil enorme. Durante las paradas repentinas casi nos sofocábamos; durante los momentos de proyección, el aire caliente nos quitaba el aliento.

¡Pensé por un momento en la alegría voluptuosa de encontrarme repentinamente en las regiones hiperbóreas con el frío a treinta grados bajo cero!

Mi imaginación exaltada se representaba las vastas llanuras nevadas de las regiones árticas, y estaba impaciente por rodar sobre la alfombra helada del Polo Norte.

Poco a poco mi cabeza, totalmente vencida por una serie de emociones violentas, comenzó a ceder a la alucinación. Deliraba. De no haber sido por los poderosos brazos de Hans, el guía, me habría roto la cabeza contra las masas graníticas del pozo.

No he conservado, en consecuencia, cuenta de lo que siguió durante muchas horas. Tengo un recuerdo vago y confuso de detonaciones continuas, del sacudimiento de la enorme masa granítica y de la balsa girando como una peonza. Flotaba en la corriente de lava caliente, en medio de una nube de cenizas que caía. Las enormes llamas rugientes nos envolvían.

Una tormenta de viento que parecía ser arrojada desde un inmenso ventilador avivaba los fuegos interiores de la tierra. ¡Era una ráfaga caliente e incandescente!

Al final vi la figura de Hans como envuelta en el enorme halo de fuego ardiente, y no me quedó otro sentido que aquel miedo siniestro que puede suponerse siente la víctima condenada cuando es conducida a la boca de un cañón, en el momento supremo en que se dispara el tiro y sus miembros se dispersan en el espacio vacío.

CAPÍTULO 43

LUZ DEL DÍA AL FIN

Cuando abrí los ojos, sentí la mano del guía agarrándome firmemente por el cinturón. Con la otra mano sostenía a mi tío. No estaba gravemente herido, pero sí magullado por todas partes de la manera más notable.

Tras un momento miré a mi alrededor y descubrí que estaba acostado en la ladera de una montaña, a no dos yardas de un golfo abierto en el que habría caído si hubiera dado el más mínimo paso en falso. Hans me había salvado de la muerte mientras rodaba insensible por los flancos del cráter.

—¿Dónde estamos? —preguntó soñadoramente mi tío, que literalmente parecía estar disgustado por haber regresado a la tierra.

El cazador de plumón simplemente se encogió de hombros como señal de total ignorancia.

—¿En Islandia? —dije, no afirmativa sino interrogativamente.

—Nej —dijo Hans.

—¿Qué quieres decir? —gritó el Profesor—; no, ¿cuáles son tus razones?

—Hans se equivoca —dije, levantándome.

Después de todas las innumerables sorpresas de este viaje, nos estaba reservada una aún más singular. Esperaba ver un cono cubierto por nieve, por extensos y extendidos glaciares, en medio de los áridos desiertos de las regiones del extremo norte, bajo los rayos plenos de un cielo polar, más allá de las latitudes más altas.

Pero al contrario de todas nuestras expectativas, yo, mi tío y el islandés fuimos arrojados sobre la ladera de una montaña calcinada por los rayos ardientes de un sol que nos horneaba literalmente con sus fuegos.

No podía creer lo que veían mis ojos, pero el calor real que afectaba a mi cuerpo no me permitía dudar. Salimos del cráter semidesnudos, y la estrella radiante de la que no habíamos pedido nada durante dos meses tuvo la bondad de ser pródiga con nosotros en luz y calor, una luz y calor de los que fácilmente habríamos prescindido.

Cuando nuestros ojos se acostumbraron a la luz que habíamos perdido de vista durante tanto tiempo, la usé para rectificar los errores de mi imaginación. Pase lo que pase, debíamos haber estado en Spitsbergen, y yo no estaba de humor para ceder a otra cosa que no fuera la prueba más absoluta.

Tras una pausa, el Profesor habló.

—¡Hem! —dijo, de una manera vacilante—, realmente no parece Islandia.

—¿Pero suponiendo que fuera la isla de Jan Mayen? —me aventuré a observar.

—En absoluto, muchacho. Este no es uno de los volcanes del norte, con sus colinas de granito y su corona de nieve.

—Sin embargo…

—Mira, mira, muchacho —dijo el Profesor, tan dogmáticamente como de costumbre.

Justo encima de nuestras cabezas, a gran altura, se abría el cráter de un volcán del que escapaba, de un cuarto de hora a otro, con una explosión muy fuerte, un elevado chorro de llama mezclado con piedra pómez, cenizas y lava. Podía sentir las convulsiones de la naturaleza en la montaña, que respiraba como una enorme ballena, arrojando de vez en cuando fuego y aire a través de sus enormes respiraderos.

Abajo, y flotando a lo largo de una ladera de considerable angularidad, el flujo de materia eruptiva se extendía hasta una profundidad que no confería al volcán una altura de trescientas brazas.

Su base desaparecía en un auténtico bosque de árboles verdes, entre los cuales percibí olivos, higueras y vides cargadas de ricos racimos.

Ciertamente, este no era el aspecto habitual de las regiones árticas. Sobre eso no podía caber la menor duda.

Cuando el ojo se sació de vislumbrar esta extensión verdeante, cayó sobre las aguas de un mar encantador o un hermoso lago, que hacía de esta tierra hechizada una isla de no muchas leguas de extensión.

En el lado del sol naciente se dejaba ver un pequeño puerto, atestado de casas, y cerca del cual botes y navíos de peculiar construcción flotaban sobre ondas azuladas.

Más allá, grupos de islas se elevaban sobre la llanura líquida, tan numerosos y próximos entre sí que recordaban a una vasta colmena.

Hacia el sol poniente, se alcanzaban a distinguir algunas costas distantes en el borde del horizonte. Algunas presentaban el aspecto de montañas azules de armoniosa conformación; sobre otras, mucho más lejanas, aparecía un cono prodigiosamente elevado, sobre cuya cumbre colgaban nubes oscuras y pesadas.

Hacia el norte, una inmensa extensión de agua brillaba bajo los rayos solares, permitiendo ver ocasionalmente la extremidad de un mástil o la convexidad de una vela hinchada por el viento.

El carácter inesperado de tal escena añadía cien veces más a sus maravillosas bellezas.

—¿Dónde podemos estar? —pregunté, hablando en voz baja y solemne.

Hans cerró los ojos con aire de indiferencia, y mi tío observaba sin entender claramente.

—Sea lo que sea esta montaña —dijo, al fin—, debo confesar que hace bastante calor. Las explosiones no cesan, y no creo que valga la pena haber salido del interior de un volcán para quedarnos aquí recibiendo un enorme pedazo de roca sobre la cabeza. Descendamos con cuidado la montaña y descubramos el verdadero estado de la situación. A decir verdad, me muero de hambre y sed.

Decididamente, el Profesor ya no era un carácter verdaderamente reflexivo. Por mi parte, olvidando todas mis necesidades, ignorando mis fatigas y sufrimientos, me habría quedado inmóvil varias horas más, pero era necesario seguir a mis compañeros.

La ladera del volcán era muy empinada y resbaladiza; nos deslizábamos sobre montones de cenizas, evitando las corrientes de lava caliente que se deslizaban como serpientes ardientes. Aún así, mientras avanzábamos, hablaba con extrema volubilidad, pues mi imaginación estaba demasiado llena como para no estallar en palabras.

—¡Estamos en Asia! —exclamé—; ¡estamos en la costa de la India, en las grandes islas malayas, en el centro de Oceanía! ¡Hemos cruzado la mitad del globo para salir justo en las antípodas de Europa!

—¡Pero la brújula! —exclamó mi tío—; ¡explícame eso!

—Sí, la brújula —dije con considerable vacilación—. Admito que es una dificultad. Según ella, siempre hemos ido hacia el norte.

—Entonces mintió.

—Hem, decir que mintió es una palabra bastante dura —fue mi respuesta.

—Entonces estamos en el Polo Norte…

—El Polo, no, bueno, bueno, me rindo —fue mi réplica.

La pura verdad era que no había explicación posible. No sacaba nada en claro.

Y todo el tiempo nos acercábamos a este hermoso verdor, el hambre y la sed me atormentaban terriblemente. Afortunadamente, tras dos largas horas de marcha, un hermoso país se extendió ante nosotros, cubierto de olivos, granados y vides, que parecían pertenecer a todos y a nadie. En cualquier caso, en el estado de indigencia en que habíamos caído, no estábamos de humor para reflexionar con demasiados escrúpulos.

Qué delicia fue llevar estos frutos deliciosos a nuestros labios, y morder uvas y granadas recién cogidas de la vid.

No muy lejos, cerca de una hierba fresca y musgosa, bajo la deliciosa sombra de algunos árboles, descubrí un manantial de agua fresca, en el que nos lavamos voluptuosamente la cara, las manos y los pies.

Mientras nos entregábamos a los goces de los placeres recién descubiertos, un niño pequeño apareció entre dos tupidos olivos.

—Ah —grité—, un habitante de este feliz país.

El pequeño iba mal vestido, débil y sufriente, y parecía terriblemente alarmado por nuestra apariencia. Semidesnudos, con barbas enmarañadas, apelmazadas y harapientas, ciertamente lucíamos un aspecto sumamente desagradable; y a menos que el país fuera tierra de bandidos, ¡no era probable que alarmáramos a los habitantes!

Justo cuando el niño estaba a punto de echar a correr, Hans corrió tras él y lo trajo de vuelta, a pesar de sus gritos y patadas.

Mi tío intentó parecer lo más amable posible, y luego habló en alemán.

—¿Cuál es el nombre de esta montaña, amigo mío?

El niño no respondió.

—Bien —dijo mi tío, con un aire de convicción muy positivo—, no estamos en Alemania.

Luego hizo la misma pregunta en inglés, idioma del cual era un excelente erudito.

El niño negó con la cabeza y no respondió. Empecé a sentirme considerablemente desconcertado.

—¿Es mudo? —gritó el Profesor, quien estaba bastante orgulloso de su conocimiento políglota de los idiomas, e hizo la misma pregunta en francés.

El muchacho solo le miró a la cara.

—Me veo obligado a probar en italiano —dijo mi tío, encogiéndose de hombros.

—*Dove noi siamo?*

—Sí, ¡dime dónde estamos! —añadí impaciente y con ansias.

De nuevo el niño permaneció en silencio.

—Buen muchacho, ¿piensas hablar o no? —gritó mi tío, que empezaba a enfadarse. Lo sacudió y le habló en otro dialecto del idioma italiano.

—*Come si noma questa isola?* —¿Cuál es el nombre de esta isla?

—Stromboli —respondió el raquítico pastorcillo, zafándose de Hans y desapareciendo entre los olivares.

Pensamos poco en él.

¡Stromboli! ¡Qué efecto produjo en la imaginación estas pocas palabras! Estábamos en el centro del Mediterráneo, en medio del archipiélago oriental de memoria mitológica, en el antiguo Strongylos, donde Eolo mantenía encadenados el viento y la tempestad. Y aquellas montañas azules, que se elevaban hacia el sol naciente, eran las montañas de Calabria.

Y aquel poderoso volcán que se alzaba en el horizonte meridional era el Etna, el feroz y célebre Etna.

—¡Stromboli! ¡Stromboli! —repetía para mis adentros.

Mi tío tocaba un acompañamiento regular a mis gestos y palabras. Cantábamos juntos como un antiguo coro.

Ah, qué viaje, ¡qué maravilloso y extraordinario viaje! Aquí habíamos entrado en la tierra por un volcán y habíamos salido por otro. Y este otro estaba situado a más de mil doscientas leguas de Sneffels, de ese lúgubre país de Islandia arrojado a los confines de la tierra. Los maravillosos cambios de esta expedición nos habían transportado a la más armoniosa y hermosa de las tierras terrenales. ¡Habíamos abandonado la región de las nieves eternas por la de verdor infinito, y habíamos dejado sobre nuestras cabezas la niebla gris de las regiones gélidas para volver al cielo azul de Sicilia!

Tras un delicioso banquete de frutas y agua fresca, continuamos nuestro viaje para llegar al puerto de Stromboli. Decir cómo habíamos llegado a la isla apenas habría sido prudente. El carácter supersticioso de los italianos habría entrado en juego y nos habrían llamado demonios vomitados de las regiones infernales. Por tanto, era necesario pasar por humildes y desafortunados viajeros náufragos. Ciertamente era menos llamativo y romántico, pero era decididamente más seguro.

Mientras avanzábamos, podía oír a mi digno tío murmurando para sí mismo:

—Pero la brújula. La brújula marcaba con toda certeza el norte. Este es un hecho que no puedo explicar de ninguna manera.

—Bueno, el caso es —dije yo, con aire de desdén— que no debemos explicar nada. Será mucho más fácil.

—Me gustaría ver a un profesor del Instituto Johanneum que sea incapaz de explicar un fenómeno cósmico; sería realmente extraño.

Y hablando así, mi tío, semidesnudo, su bolsa de cuero alrededor de los lomos y sus gafas sobre la nariz, volvió a ser el terrible Profesor de Mineralogía.

Una hora después de dejar el bosque de olivos, llegamos al puerto de San Vicenza, donde Hans pidió el pago de su decimotercera semana de servicio. Mi tío le pagó con muchos y calurosos apretones de manos.

En ese momento, si es que no compartía realmente nuestra emoción natural, permitió que sus sentimientos se dejaran llevar hasta el punto de expresar una muestra de afecto extraordinaria para él.

Con la punta de dos dedos apretó suavemente nuestras manos y sonrió.

CAPÍTULO 44

EL VIAJE TERMINADO

Esta es la conclusión final de una narración que probablemente no será creída ni siquiera por personas a las que nada asombra. Estoy, sin embargo, armado en todos los puntos contra la incredulidad humana.

Fuimos amablemente recibidos por los pescadores de Stromboli, quienes nos trataron como viajeros náufragos. Nos dieron ropa y comida. Tras una demora de cuarenta y ocho horas, el 30 de septiembre un pequeño navío nos llevó a Messina, donde unos pocos días de delicioso y completo reposo nos devolvieron a nosotros mismos.

El viernes 4 de octubre nos embarcamos en el Volturne, uno de los paquetes postales de las Messageries Impériales de Francia; y tres días después desembarcamos en Marsella, sin otra preocupación en nuestras mentes que la de nuestra preciosa pero errática brújula. Esta circunstancia inexplicable me atormentaba terriblemente. El 9 de octubre, por la tarde, llegamos a Hamburgo.

¡Cuál fue el asombro de Martha, cuál la alegría de Gretchen! No intentaré definirlo.

—Ahora, Harry, que realmente eres un héroe —dijo ella—, no hay razón para que vuelvas a dejarme jamás.

La miré. Estaba llorando lágrimas de alegría.

Dejo a la imaginación si el regreso del Profesor Hardwigg causó o no sensación en Hamburgo. Gracias a la indiscreción de Martha, la noticia de su partida hacia el interior de la tierra se había extendido por todo el mundo.

Nadie quería creerlo, y cuando le vieron regresar a salvo, lo creyeron aún menos.

Pero la presencia de Hans y muchos fragmentos dispersos de información modificaron poco a poco la opinión pública.

Entonces mi tío se convirtió en un gran hombre y yo en el sobrino de un gran hombre, lo cual, en cualquier caso, es algo. Hamburgo ofreció un festival en nuestro honor. Se celebró una reunión pública del Instituto Johanneum, en la que el Profesor relató toda la historia de sus aventuras, omitiendo solo los hechos relacionados con la brújula.

Ese mismo día depositó en los archivos de la ciudad el documento que había encontrado escrito por Saknussemm, y expresó su gran pesar por el hecho de que circunstancias, más fuertes que su voluntad, no le permitieran seguir el rastro del viajero islandés hasta el mismo centro de la tierra. Fue modesto en su gloria, pero su reputación solo aumentó.

Tanto honor le creó necesariamente muchos enemigos envidiosos. Por supuesto que existían, y como sus teorías, apoyadas por ciertos hechos, contradecían el sistema de la ciencia sobre la cuestión del calor central, mantuvo sus propios puntos de vista tanto con la pluma como con la palabra contra los sabios de todos los países. Aunque sigo creyendo en la teoría del calor central, confieso que ciertas circunstancias, hasta ahora muy mal definidas, pueden modificar las leyes de tales fenómenos naturales.

En el momento en que estas cuestiones eran discutidas con interés, mi tío recibió un rudo golpe, uno que sintió mucho. Hans, a pesar de todo lo que pudiera decir en contra, abandonó Hamburgo; el hombre al que tanto debíamos no permitiría que pagáramos nuestra profunda deuda de gratitud. Le había entrado nostalgia; amor por su hogar islandés.

—*Farval* —dijo un día, y con esta única y breve palabra de adiós, partió hacia Reikiavik, adonde llegó pronto a salvo.

Estábamos profundamente apegados a nuestro valiente cazador de patos eider. Su ausencia nunca hará que le olviden aquellos cuyas vidas salvó, y espero, en un día no lejano, volver a verle.

Para concluir, puedo decir que nuestro viaje al interior de la tierra creó una enorme sensación en todo el mundo civilizado. Fue traducido e impreso en muchos idiomas. Todos los principales periódicos publicaron extractos del mismo, que fueron comentados, discutidos, atacados y apoyados con igual animación por aquellos que creían en sus episodios y por aquellos que eran totalmente incrédulos.

¡Maravilloso! Mi tío disfrutó durante su vida de toda la gloria que merecía; e incluso le ofreció una gran suma de dinero, el señor Barnum, para exhibirse en los Estados Unidos; mientras que me informa creíblemente un viajero de que se le puede ver en figuras de cera en el museo de Madame Tussaud.

Pero una preocupación le carcomía la mente, una preocupación que le hacía muy infeliz. Un hecho permanecía inexplicable: el de la brújula. Para un hombre sabio, ser desconcertado por un fenómeno tan inexplicable era muy agravante. Pero el Cielo fue misericordioso y, al final, mi tío fue feliz.

Un día, mientras ponía en orden algunos minerales pertenecientes a su colección, me topé con la famosa brújula y la examiné detenidamente.

Durante seis meses había estado allí, inadvertida e intacta.

La miré con curiosidad, que pronto se convirtió en sorpresa. Lancé un fuerte grito. El Profesor, que estaba cerca, pronto se unió a mí.

—¿Qué pasa? —gritó.

—¡La brújula!

—¿Qué pasa con ella?

—Pues su aguja apunta al sur y no al norte.

—Querido muchacho, debes estar soñando.

—No estoy soñando. Mira, los polos están cambiados.

—¡Cambiados!

Mi tío se puso las gafas, examinó el instrumento y saltó de alegría, haciendo temblar toda la casa.

Una luz clara cayó sobre nuestras mentes.

—¡Aquí está! —gritó, tan pronto como hubo recuperado el uso de la palabra—, una vez que pasamos el Cabo Saknussemm, la aguja de esta brújula apuntaba hacia el sur en lugar de hacia el norte.

—Evidentemente.

—Nuestro error ahora se explica fácilmente. Pero, ¿a qué fenómeno debemos esta alteración en la aguja?

—Nada más sencillo.

—Explícate, muchacho. Estoy sobre ascuas.

—Durante la tormenta, sobre el Mar Central, la bola de fuego que convirtió en imán el hierro de nuestra balsa, puso nuestra brújula patas arriba.

—¡Ah! —gritó el Profesor con una risa sonora y resonante—, fue una jugarreta de esa inexplicable electricidad.

Desde esa hora mi tío fue el más feliz de los sabios, y yo el más feliz de los mortales comunes. Pues mi linda joven de Virland, abdicando de su posición como pupila, ocupó su lugar en la casa de la Königstrasse en doble calidad de sobrina y esposa.

Casi no hace falta mencionar que su tío era el ilustre Profesor Hardwigg, miembro correspondiente de todas las sociedades científicas, geográficas, mineralógicas y geológicas de las cinco partes del globo.

Fin del Voyage Extraordinaire

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