UN PAR DE OJOS AZULES
por Thomas Hardy
"Una violeta en la juventud de la naturaleza primaveral, Temprana, no permanente, dulce y efímera, El perfume y el recurso de un minuto; Nada más."
CONTENIDO
PREFACIO Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII Capítulo VIII Capítulo IX Capítulo X Capítulo XI Capítulo XIIUNA PAREJA DE OJOS AZULES
por Thomas Hardy
“Una violeta en la juventud de la naturaleza primaveral, precoz, no permanente, dulce y pasajera, el perfume y complemento de un minuto; nada más.”
CONTENIDO
PREFACIO Capítulo I Capítulo II Capítulo III Capítulo IV Capítulo V Capítulo VI Capítulo VII Capítulo VIII Capítulo IX Capítulo X Capítulo XI Capítulo XII Capítulo XIIINormally I can help with things like this, but I don't seem to have access to that content. You can try again or ask me for something else.
Elfride se apresuró a decir que sentía mucho comunicarle que el señor Swancourt no estaba en condiciones de recibirle esa noche, y le dio la razón. El señor Smith respondió, con una voz juvenil por naturaleza pero viril por artificio, que lamentaba mucho oír esa noticia; pero que, en lo referente a su recepción, no importaba lo más mínimo.
Stephen fue conducido a su habitación. En su ausencia, Elfride se deslizó sigilosamente hasta la de su padre.
—Ha llegado, papá. ¡Vaya joven para ser un hombre de negocios!
—¡Oh, vaya!
—Su cara es... bueno, BONITA; igual que la mía.
—¡Jum! ¿Y qué más?
—Nada; eso es todo lo que sé de él por ahora. Es bastante agradable, ¿no te parece?
—Bueno, eso ya lo veremos cuando le conozcamos mejor. Baja y dale al pobre muchacho algo de comer y beber, por el amor de Dios. Y cuando termine de comer, dile que me gustaría cambiar unas palabras con él, si no le importa subir aquí.
La joven se deslizó de nuevo escaleras abajo, y mientras espera la entrada del joven Smith, será mejor que se den a conocer las cartas relativas a su visita.
1.—EL SEÑOR SWANCOURT AL SEÑOR HEWBY.
«VICARÍA DE ENDELSTOW, 18 de febrero de 18—.
«SEÑOR: Estamos pensando en restaurar la torre y la nave de la iglesia de esta parroquia; y Lord Luxellian, patrón del curato, ha mencionado su nombre como el de un arquitecto de confianza a quien sería deseable pedir que supervisara la obra.
«Soy sumamente ignorante en cuanto a los pasos preliminares necesarios. Probablemente, sin embargo, el primero sea que (si usted está, como dice Lord Luxellian, dispuesto a ayudarnos) usted mismo o algún miembro de su personal venga a ver el edificio e informe al respecto para satisfacción de los feligreses y otros interesados.
«El lugar es muy remoto: no tenemos ferrocarril en catorce millas; y el lugar más cercano para hospedarse —llamado pueblo, aunque es meramente una gran aldea— es Castle Boterel, dos millas más allá; por lo que le resultaría más conveniente alojarse en la vicaría —que me complace poner a su disposición— en lugar de seguir hasta el hotel de Castle Boterel y tener que volver por la mañana.
«Cualquier día de la próxima semana que desee señalar para la visita nos encontrará totalmente dispuestos a recibirle. Atentamente,
CHRISTOPHER SWANCOURT. 2.—EL SEÑOR HEWBY AL SEÑOR SWANCOURT.
«PERCY PLACE, CHARING CROSS, 20 de febrero de 18—.
«ESTIMADO SEÑOR: De acuerdo con su solicitud del día 18 del presente, he dispuesto inspeccionar y realizar los planos de la nave y la torre de su iglesia parroquial, así como de los deterioros que se han dejado acumular en ellas, con vistas a su restauración.
«Mi ayudante, el señor Stephen Smith, saldrá de Londres en el tren de primera hora de mañana por la mañana con tal fin. Muchas gracias por su propuesta de alojamiento. Él aprovechará su ofrecimiento y probablemente llegará a su casa a alguna hora de la tarde. Puede depositar toda su confianza en él y confiar en su criterio en materia de arquitectura eclesiástica.
«Esperando que los planos para la restauración, que prepararé a partir de los detalles de su inspección, resulten satisfactorios para usted y Lord Luxellian, le saluda atentamente,
WALTER HEWBY.»
Capítulo III
«Melodiosas aves cantan madrigales»
Aquella primera comida en la vicaría de Endelstow fue muy agradable para el joven Stephen Smith. La mesa estaba dispuesta, tal como Elfride había sugerido a su padre, con los ingredientes para esa comida heterogénea llamada «té completo», un tipo de refrigerio bienvenido para todos cuando están lejos de los hombres y las ciudades, y particularmente atractivo para los paladares juveniles. La mesa estaba primorosamente decorada con flores y hojas de invierno, entre las cuales la vista se veía gratificada por chuletas, pollo, pastel, etc., y dos enormes empanadas que sobresalían de los bordes del plato con un alegre aspecto de abundancia.
En el extremo, hacia la chimenea, aparecía el servicio de té, de porcelana de Worcester de estilo antiguo, y detrás de este surgía la esbelta figura de Elfride, intentando añadir una dignidad maternal al movimiento de servir el té, y mostrar una expresión grave y preocupada en asuntos de mermelada, miel y nata cuajada. Habiendo hecho su propia comida antes de que él llegara, descubrió para su bochorno que no le quedaba nada por hacer más que hablar cuando no estaba atendiéndole. Le preguntó si la disculparía por terminar una carta que había estado escribiendo en una mesa auxiliar, y, tras sentarse a ello, se sonrojó con la sensación de estar siendo extremadamente grosera. Sin embargo, al ver que él no notaba nada personalmente inapropiado en ella, y que él también se sentía cohibido cuando ella observaba atentamente su taza para rellenarla, Elfride se sintió más cómoda; y cuando, además, él dio una patada accidental a la pata de la mesa y casi vuelca su taza de té, tal como hacían los colegiales, se sintió dueña de la situación y pudo hablar muy bien. En pocos minutos, la ingenuidad y una edad común borraron todo recuerdo de que eran desconocidos que acababan de encontrarse. Stephen comenzó a volverse elocuente sobre experiencias extremadamente breves relacionadas con sus actividades profesionales; y ella, al no tener experiencias en las que apoyarse, relató con mucha animación historias que le habían sido contadas por su padre, lo cual le habría asombrado de haber oído con qué fidelidad de acción y tono eran interpretadas. En conjunto, aquella tarde se exhibía un cuadro muy interesante de la juventud en la casa del señor Swancourt.
Finalmente, Stephen tuvo que subir arriba y hablar en voz alta con el vicario, recibiendo de él, entre calada y calada, un sinfín de disculpas por llamarle tan poco ceremoniosamente al dormitorio de un desconocido. «Pero —continuó el señor Swancourt—, sentí que quería decirle unas pocas palabras antes de la mañana, sobre el asunto de su visita. La paciencia de uno se agota al permanecer prisionero en la cama todo el día debido a un capricho repentino de mi enemigo; nuevo para mí, eso sí, pues hasta ahora he sabido muy poco de la gota. Sin embargo, ha pasado a mi otro pie de una manera muy leve, y espero que se escabulla por completo por la mañana. ¿Espero que le hayan atendido bien abajo?»
—Perfectamente. Y aunque es una desgracia, y lamento verle postrado, le ruego que no preste la más mínima atención a mi presencia en la casa mientras tanto.
—No lo haré. Pero mañana estaré abajo. Mi hija es una doctora excelente. Una dosis o dos de sus suaves mezclas me pondrán en pie más rápido que todos los medicamentos del mundo. Bien, ahora sobre el asunto de la iglesia. Siéntese, por favor. No podemos permitirnos guardar las formas por estos lares como verá, y por esta razón, que un ser humano civilizado rara vez se queda mucho tiempo con nosotros; y así no podemos perder el tiempo en acercarnos a él, o se habrá ido antes de que hayamos tenido el placer de entablar una relación estrecha. Esta torre nuestra está, como notará, totalmente perdida más allá de la posibilidad de restauración; pero la iglesia en sí está bastante bien. Debería ver algunas de las iglesias de este condado. Suelos podridos: hiedra cubriendo las paredes.
—¡Cielo santo!
—Oh, eso no es nada. La congregación de un vecino mío, cada vez que estalla una tormenta de lluvia durante el oficio, abre sus paraguas y los mantiene levantados hasta que cesa el goteo del techo. Ahora, si tiene la amabilidad de traerme esos papeles y cartas que ve sobre la mesa, le mostraré hasta dónde hemos llegado.
Stephen cruzó la habitación para recogerlos, y el vicario pareció notar con mayor detalle la esbelta figura de su visitante.
—Supongo que usted es plenamente competente —dijo.
—Completamente —dijo el joven, sonrojándose ligeramente.
—Es usted muy joven, me imagino; ¿diría que no tiene más de diecinueve años?
—Tengo casi veintiuno.
—Exactamente la mitad de mi edad; yo tengo cuarenta y dos.
—A propósito —dijo el señor Swancourt, tras un rato de conversación—, dijo que su nombre completo era Stephen Fitzmaurice, y que su abuelo procedía originalmente de Caxbury. Desde que he estado hablando, se me ha ocurrido que sé algo de usted. Pertenece a una conocida y antigua familia del condado; no son unos Smith corrientes en absoluto.
—No creo que tengamos nada de su sangre en nuestras venas.
—¡Tonterías! Debe de ser así. Alcánceme el *Landed Gentry*. Ahora, déjeme ver. Allí, Stephen Fitzmaurice Smith; yace en la iglesia de Santa María, ¿no es así? Pues bien, de esa familia surgieron los Leaseworthy Smith, y colateralmente vino el general Sir Stephen Fitzmaurice Smith de Caxbury...
—Sí; he visto su monumento allí —gritó Stephen—. Pero no hay conexión entre su familia y la mía: no puede haberla.
—No la hay, posiblemente, que usted sepa. Pero mire esto, querido señor —dijo el vicario, golpeando el poste de la cama con el puño para dar énfasis—. Aquí está usted, Stephen Fitzmaurice Smith, viviendo en Londres, pero proveniente de Caxbury. Aquí en este libro hay un árbol genealógico de los Stephen Fitzmaurice Smith de Caxbury Manor. Puede que ahora solo sean una familia de profesionales; no soy curioso: no hago preguntas de ese tipo; no está en mi naturaleza hacerlo, ¡pero es tan claro como la nariz en su cara que ahí está su origen! Y, señor Smith, le felicito por su sangre; sangre azul, señor; y, por mi vida, un color muy deseable, tal como va el mundo.
—Ojalá pudiera felicitarme por alguna cualidad más tangible —dijo el joven, con tristeza no menos que con modestia.
—¡Tonterías! Eso vendrá con el tiempo. Es usted joven: toda su vida está ante usted. Ahora mire; vea cuán atrás en las brumas de la antigüedad tiene su raíz mi propia familia Swancourt. Aquí, verá —continuó, pasando la página—, está Geoffrey, el que entre mis antepasados perdió una baronía porque prefería hacer su chiste. ¡Ah, es nuestra clase! Pero la historia es demasiado larga para contarla ahora. Ay, soy un hombre pobre; un caballero pobre, de hecho: aquellos con los que querría ser amigo, no quieren serlo conmigo; aquellos que están dispuestos a ser amigos míos, están por debajo de mi nivel. Más allá de cenar con un párroco vecino o dos, y una charla ocasional —a veces la cena— con Lord Luxellian, un pariente mío, estoy en absoluta soledad; absoluta.
—Tiene sus estudios, sus libros y a su... hija.
—Oh, sí, sí; y no me quejo de la pobreza. *Canto coram latrone*. Bien, señor Smith, no le retendré más tiempo en una habitación de enfermo. ¡Ja! Eso me recuerda una historia que oí una vez en mis años mozos. —Aquí el vicario comenzó una serie de pequeñas risitas privadas, y Stephen le miró con curiosidad—. ¡Oh, no, no! ¡Es demasiado mala, demasiado mala para contarla! —continuó el señor Swancourt en tonos bajos de sombría alegría—. Bueno, baje; mi hija debe hacer lo que pueda con usted esta noche. Pídale que le cante; toca y canta muy bien. Buenas noches; siento como si le conociera desde hace cinco o seis años. Llamaré a alguien para que le indique el camino.
—No se moleste —dijo Stephen—, puedo encontrar el camino. —Y bajó las escaleras, pensando en la deliciosa libertad de modales en los condados remotos en comparación con la reserva de Londres.
—Olvidé decirle que mi padre está algo sordo —dijo Elfride con ansiedad, cuando Stephen entró en el pequeño salón.
—No se preocupe; ya lo sé todo al respecto, y somos grandes amigos —respondió el hombre de negocios con entusiasmo—. Y, señorita Swancourt, ¿tendría la amabilidad de cantarme algo?
Para la señorita Swancourt esta petición pareció, lo que de hecho era, excepcionalmente directa; aunque supuso que su padre había tenido algo que ver en su formulación, sabiendo, para su desgracia, su forma poco ceremoniosa de utilizarla en beneficio de los huéspedes aburridos. Al mismo tiempo, como los modales del señor Smith eran demasiado francos para provocar críticas, y su edad demasiado corta para inspirar temor, ella estaba dispuesta —por no decir complacida— a acceder. Seleccionando del *canterbury* algunas antiguas canciones familiares que años atrás habían sido tocadas y cantadas por su madre, Elfride se sentó al pianoforte y comenzó: «Era en la tarde de un día de invierno», con una bonita voz de contralto.
—¿Le gusta esa vieja pieza, señor Smith? —dijo al terminar.
—Sí, mucho —dijo Stephen—, palabras que habría pronunciado, y sinceramente, ante cualquier cosa en la tierra, desde un *glee* hasta un réquiem, que ella hubiera elegido.
—Le cantaré una pequeña de De Leyre, que me dio una joven dama francesa que estuvo en Endelstow House:
«Je l’ai planté, je l’ai vu naître, Ce beau rosier où les oiseaux», etc.;
y luego querré cantarle mi favorita para el final, «Cuando la lámpara se rompe», de Shelley, puesta música por mi pobre madre. Me gusta mucho cantar para alguien a quien realmente le importa escucharme.
Toda mujer que causa una impresión permanente en un hombre suele ser recordada en el ojo de su mente tal como apareció en una escena particular, la cual parece destinada a ser su forma especial de manifestación a través de las páginas de su memoria. Como la santa patrona tiene su actitud y accesorios en la iluminación medieval, así se puede decir que la amada tiene los suyos sobre la mesa de la fantasía de su verdadero Amor, sin los cuales rara vez se introduce allí excepto por esfuerzo; y esto aunque ella pueda, en un trato más estrecho, haber sido observada en muchas otras fases que uno imaginaría mucho más apropiadas para el sueño juvenil del amor.
La imagen de la señorita Elfride eligió la forma en que fue vista durante estos minutos de canto para su actitud permanente de visita a los ojos de Stephen durante sus horas de sueño y vigilia en días posteriores. Se ve el perfil de una joven con un vestido de seda gris pálido con adornos de plumón de cisne, y abierto desde un punto en la parte delantera, como un chaleco sin camisa; el color frío contrastando admirablemente con el cálido rubor de su cuello y rostro. La vela más alejada en el piano se alinea inmediatamente con su cabeza y, medio invisible ella misma, forma del cabello accidentalmente encrespado un halo nebuloso de luz, rodeando su coronilla como una aureola. Sus manos están en su lugar sobre las teclas, sus labios entreabiertos, y trinando, en un tierno *diminuendo*, las palabras finales de la triste apostrofe:
«¡Oh, Amor, tú que lamentas La fragilidad de todas las cosas aquí, ¿Por qué eliges a las más frágiles Para tu cuna, tu hogar y tu ataúd!»
Su cabeza está un poco hacia adelante y sus ojos dirigidos intensamente hacia arriba, a la parte superior de la página de música que tiene ante sí. Luego viene una mirada rápida al rostro de Stephen, y una mirada aún más rápida de vuelta a su tarea, habiendo dejado su rostro su tristeza y adquirido una cierta expresión de maliciosa picardía mientras tanto; la cual permaneció allí durante algún tiempo, pero nunca se convirtió en una sonrisa positiva de flirteo.
Stephen cambió repentinamente su posición de la mano derecha a la izquierda de ella, donde había justo espacio suficiente para que una pequeña otomana se colocara entre el piano y el rincón de la habitación. En este rincón se apretó y miró con nostalgia el rostro de Elfride. Tan larga y tan intensamente la miró, que su mejilla se intensificó a un tinte más y más carmesí a medida que cada línea se añadía a su canción. Al concluir, y hacer una pausa inmóvil tras la última palabra durante uno o dos minutos, se aventuró a mirarle de nuevo. Sus rasgos mostraban una expresión de indecible pesadez.
—No oye muchas canciones, ¿verdad, señor Smith, para prestar tanta atención a estas mías?
—Quizás era el medio y vehículo de la canción lo que estaba observando: me refiero a usted misma —respondió él suavemente.
—¡Señor Smith!
—Es perfectamente cierto; no oigo mucho canto. Se equivoca sobre lo que soy, me parece. Porque vengo como un extraño a un lugar apartado, cree que debo venir de una vida de ajetreo y conocer los últimos movimientos del día. Pero no es así. Mi vida es tan tranquila como la suya, y más solitaria; solitaria como la muerte.
—¿La muerte que viene de un exceso de vida? Pero en serio, puedo ver perfectamente que usted no es en absoluto lo que pensé que sería antes de verle. Usted no es crítico, ni experimentado, ni... muy difícil de satisfacer. Por eso no me importa cantarle aires que solo conozco a medias. —Al descubrir que con esta confesión le había molestado de una forma que no pretendía, añadió ingenuamente—: Quiero decir, señor Smith, que usted es mejor, no peor, por ser solo joven y no muy experimentado. Sé que usted no piensa que mi vida aquí sea tan monótona y aburrida.
—No, ciertamente no —dijo él con fervor—. Debe ser deliciosamente poética, chispeante, fresca, y...
—¡Ahí está, señor Smith! Bueno, los hombres de otro tipo, cuando consigo que sean lo suficientemente honestos para admitir la verdad, piensan justo lo contrario: que mi vida debe ser un fastidio terrible en su estado normal, aunque agradable para los pocos días excepcionales que pasan aquí.
—¡Podría vivir aquí siempre! —dijo, y con tal tono y mirada de inconsciente revelación que Elfride se sorprendió al descubrir que sus armonías habían incendiado un pequeño Troya, en la forma del corazón de Stephen. Ella dijo rápidamente:
—Pero usted no puede vivir aquí siempre.
—Oh, no. —Y se retrajo con la sensibilidad de un caracol.
Las emociones de Elfride eran tan repentinas como las suyas al encenderse, pero la menor de las debilidades menores de la mujer —el amor a la admiración— hizo que una disposición inflamable por su parte, tan exactamente similar a la suya propia, pareciera tan meritoria en él como la modestia hacía parecer culpable la suya propia.
Capítulo IV
«Donde se alza la hierba en montón de moho»
Por razones propias, Stephen Smith estaba en pie poco después del amanecer a la mañana siguiente. Desde la ventana de su habitación podía ver, primero, dos escarpes audaces que se inclinaban juntos como la letra V. Hacia el fondo, como líquido en un embudo, aparecía el mar, gris y pequeño. En la cresta de una colina, de mayor altitud que su vecina, se alzaba la iglesia que sería el escenario de sus operaciones. El solitario edificio era negro y desnudo, recortándose en el cielo desde la misma punta de la colina. Tenía una torre cuadrada y mohosa, que no poseía ni almenas ni pináculos, y parecía una terminación monolítica, de la misma sustancia que la cresta, más que una estructura levantada sobre ella. Alrededor de la iglesia corría un muro bajo; superando el muro en el nivel general estaba el cementerio; no como suele ser un cementerio, un fragmento de paisaje con su debida variedad de claroscuro, sino un mero perfil contra el cielo, serrado con los contornos de las tumbas y unas pocas lápidas conmemorativas. Ningún árbol podía existir allí arriba: nada más que la monótona hierba gris verdosa.
Cinco minutos después de realizar este examen casual, su dormitorio estaba vacío y su ocupante había desaparecido silenciosamente de la casa.
Al cabo de dos horas estaba de nuevo en la habitación, con aspecto cálido y radiante. Ahora se dedicaba a los detalles artísticos del vestirse, que al levantarse por primera vez habían sido completamente omitidos. Y un muchacho muy floreciente parecía, después de aquel misterioso correteo matutino. Su boca era un triunfo de su clase. Era la boca limpiamente cortada y picantemente fruncida de William Pitt, tal como se representa en el bien o poco conocido busto de Nollekens; una boca que es en sí misma la fortuna de un joven, si se ejercita adecuadamente. Su barbilla redonda, donde su parte superior se curvaba hacia adentro, todavía continuaba su curva perfecta y plena, pareciendo presionar hacia un punto la parte inferior de su labio inferior en su lugar de unión.
Una vez murmuró el nombre de Elfride. ¡Ah, allí estaba! En el césped, con un vestido sencillo, sin sombrero ni capota, corriendo con la velocidad de un muchacho, añadida a la ligereza de una chica, tras un conejo manso que intentaba capturar, alternando sus entonaciones estratégicas de palabras halagadoras con carreras desesperadas tan poco acordes con ellas, que la vacuidad de tales expresiones era demasiado evidente para su mascota, que saltaba y esquivaba en contrapartida cuidadosamente sincronizada.
La escena allá abajo era completamente diferente a la de las colinas. Un matorral de arbustos y árboles encerraba el lugar favorecido del desierto exterior; incluso en esta época del año la hierba era exuberante allí. Ningún viento soplaba dentro del cinturón protector de perennifolios, desperdiciando su fuerza sobre los árboles más altos y fuertes que formaban el margen exterior de la arboleda.
Entonces oyó a una persona pesada arrastrando los pies en zapatillas y llamando: «¡Señor Smith!». Smith se dirigió al estudio y encontró al señor Swancourt. El joven expresó su alegría al ver a su anfitrión abajo.
«Oh, sí; sabía que pronto volvería a estar bien. No he hecho las presentaciones con la gota desde hace más de dos años, y por lo general se me pasa a la segunda noche. Bien, ¿dónde ha estado esta mañana? ¡Creo que le vi entrar hace un momento!».
«Sí; he salido a dar un paseo».
«¿Empezó temprano?».
«Sí».
«Muy temprano, creo, ¿no?».
«Sí, fue bastante temprano».
«¿Por qué camino fue? Hacia el mar, supongo. Todo el mundo va hacia el mar».
«No; seguí el curso del río hasta el muro del parque».
«Usted es diferente a los de su clase. Bueno, supongo que un lugar tan agreste es una novedad, ¿y eso le tentó a salir de la cama?».
«No del todo una novedad. Me gusta».
El joven parecía reacio a dar explicaciones.
«Debe de ser, debe de ser; ir a observar gallos la mañana siguiente a un viaje de catorce o dieciséis horas. Pero no hay quien entienda los gustos, y me alegra ver que los suyos no son de los más vulgares. Después del desayuno, pero no antes, estaré listo para una caminata de diez millas, maestro Smith».
Ciertamente, no parecía haber nada exagerado en esa afirmación. El señor Swancourt, a la luz del día, se revelaba como un hombre que, en común con las otras dos personas bajo su techo, tenía verdaderos motivos para ser considerado apuesto; apuesto, es decir, en el sentido en que la luna es brillante: dejando fuera de la discusión los barrancos y valles que, tras una inspección minuciosa, se observa que diversifican su superficie. Su rostro era de un tinte que nunca se intensificaba en sus mejillas ni se aclaraba en su frente, sino que permanecía uniforme en todo momento; el habitual color salmón neutro de un hombre que se alimenta bien —por no decir demasiado bien— y no piensa demasiado; cada poro estaba en visible estado de funcionamiento. Su conjunto era el de un agricultor de clase muy mejorada, vestido con la ropa equivocada; el de un hombre perpendicular y de postura firme, cuya caída habría sido hacia atrás si alguna vez hubiera perdido el equilibrio.
El entorno del vicario era, en ese momento, lo que el entorno de un vicario debería ser: su despacho. Aquí terminaba la coherencia. A lo largo de la repisa de la chimenea había dispuestas botellas de medicinas para caballos, cerdos y vacas, y contra la pared había una mesa alta, hecha con los fragmentos de un antiguo pórtico de roble de un cementerio. Sobre ella había especímenes disecados de búhos, colimbos y gaviotas, y sobre ellos manojos de espigas de trigo y cebada, etiquetados con el año de su producción. Algunas cajas y estantes, más o menos cargados de libros, cuyos títulos destacados eran «Notas sobre los romanos» del doctor Brown, «Notas sobre los corintios» del doctor Smith, y «Notas sobre los gálatas, efesios y filipenses» del doctor Robinson, salvaban apenas el carácter del lugar, a pesar de que encima de ellos se encontraba la casa de muñecas de una niña, un acuario marino en la ventana y el sombrero de Elfride colgado en una esquina.
«¡Negocios, negocios!», dijo el señor Swancourt después del desayuno. Empezó a encontrar necesario actuar como volante de inercia ante las fuerzas algo irregulares de su visitante.
Se prepararon para ir a la iglesia; el vicario, pensándolo mejor, montó en su yegua negra como el carbón para evitar esforzar demasiado su pie al empezar. Stephen dijo que necesitaría a un hombre que le ayudara. «¡Worm!», gritó el vicario.
Un minuto o dos después, se oyó una voz tras la esquina del edificio, mascullando: «¡Ah, solía ser lo bastante fuerte, pero ahora ha cambiado! Bueno, allá, soy tan independiente como cualquiera aquí y allá, aunque escriban “esquire” tras sus nombres».
«¿Qué ocurre?», dijo el vicario, cuando apareció William Worm; tras repetirle los comentarios.
«Worm dice algunas cosas muy ciertas a veces», dijo el señor Swancourt, volviéndose hacia Stephen. «Ahora bien, en cuanto a esa palabra “esquire”. Vaya, señor Smith, esa palabra “esquire” se ha ido al garete; se usa en las cartas de cualquier advenedizo que lleva una chaqueta negra. ¿Algo más, Worm?».
«¡Sí, la gente ha empezado a freír de nuevo!».
«¡Cielo santo! Siento oír eso».
«Sí», dijo Worm con gemidos a Stephen, «tengo tal ruido en la cabeza que no hay quien viva ni de día ni de noche. Es igualito a gente friendo pescado: freír, freír, freír, todo el santo día en mi pobre cabeza, hasta que no sé si estoy aquí o allá. Bueno, espero que Dios Todopoderoso lo descubra tarde o temprano y me alivie».
«Ahora bien, mi sordera», dijo el señor Swancourt con énfasis, «es un silencio absoluto; pero la de William Worm es la de gente friendo pescado en su cabeza. Muy notable, ¿verdad?».
«Puedo oír la sartén chisporroteando tan natural como la vida misma», dijo Worm a modo de corroboración.
«Sí, es notable», dijo el señor Smith.
«Muy peculiar, muy peculiar», repitió el vicario; y todos siguieron entonces el camino colina arriba, limitado a cada lado por un pequeño muro de piedra, del que brillaban fragmentos de cuarzo y mármoles rojo sangre, al parecer de inestimable valor, en su marco de aluvión pardo. Stephen caminaba con la dignidad de un hombre junto a la cabeza del caballo, Worm tropezaba a un tiro de piedra por detrás, y Elfride no estaba en ninguna parte en particular, pero sí en todas partes; a veces delante, a veces detrás, a veces a los lados, revoloteando alrededor de la procesión como una mariposa; sin estar dedicada propiamente a viajar, pero de algún modo acompañando el progreso general en algunos puntos.
El vicario explicaba las cosas a medida que avanzaban: «El hecho es, señor Smith, que no quería para nada esta molestia de la restauración de la iglesia, pero era necesario hacer algo en defensa propia, debido a esos malditos disidentes: uso la palabra en su significado bíblico, por supuesto, no como un improperio».
«¡Qué extraño!», dijo Stephen, con la preocupación que exige una amistad seria.
«¿Extraño? Eso no es nada comparado con cómo están en la parroquia de Twinkley. Ambos guardianes de la iglesia son...; bueno, no diré lo que son; y el sacristán y el enterrador también».
«¡Qué muy extraño!», dijo Stephen.
«¿Extraño? Mi querido señor, eso no es nada comparado con cómo están en la parroquia de Sinnerton. Sin embargo, en cuanto a nuestra propia parroquia, espero que pronto hagamos algún progreso».
«Debe confiar en las circunstancias».
«No hay circunstancias en las que confiar. Podríamos confiar en la Providencia si es que confiamos en algo. Pero aquí estamos. Un lugar agreste, ¿no es así? Pero me gusta en días como estos».
Al cementerio se accedía por este lado mediante un escalón de piedra, tras el cual, una vez subido, uno seguía estando en la colina agreste, ya que el interior no estaba tan dividido del exterior como para borrar la sensación de libertad abierta. Un lugar delicioso para ser enterrado, postulando que el deleite pueda acompañar a un hombre a su tumba bajo cualquier circunstancia. No había nada horrible en este cementerio, en forma de túmulos apretados unidos con estacas, que gritan encarcelamiento a los oídos en lugar de susurrar descanso; o flores de jardín cuidadas, que solo evocan imágenes de personas con crespón negro nuevo y pañuelos blancos que vienen a cuidarlas; o huellas de ruedas, que nos recuerdan a coches fúnebres y carruajes de duelo; o arbustos de ciprés, que hacen un desfile de dolor; o tablas de ataúd y huesos tirados detrás de los árboles, mostrando que solo somos inquilinos de nuestras tumbas. No; nada más que hierba larga, salvaje y sin cultivar, diversificando las formas de los montículos que cubría, los cuales tenían formas irregulares, sin intención de efecto; la imponente presencia de la vieja montaña, de la que todo esto formaba parte, no estaba excluida en ninguna parte por un arte disimulado. Fuera había laderas similares y hierba similar; y luego el mar sereno e impasible, visible en una anchura de la mitad del horizonte, y que se presentaba a la vista con el efecto de una vasta concavidad, como el interior de un recipiente azul. Rocas aisladas se erguían a lo lejos, un collar de espuma rodeando sus bases y repitiendo en su blancura el plumaje de una multitud incontable de gaviotas que revoloteaban inquietas.
«¡Ahora, Worm!», dijo el señor Swancourt bruscamente; y Worm adoptó al instante una actitud de atención para recibir órdenes. Stephen y él quedaron entonces al mando, y el trabajo continuó hasta bien entrada la tarde, cuando la cena fue anunciada por Unity, de la cocina de la vicaría, subiendo la colina sin cofia.
Elfride no hizo acto de presencia dentro del edificio hasta última hora de la tarde, y vino entonces por invitación expresa de Stephen durante la cena. Se veía tan intensamente VIVA y llena de movimiento al entrar en el viejo lugar silencioso, que el mundo del joven Smith comenzó a ser iluminado por «la luz púrpura» en toda su definición. Se deshicieron de Worm enviándolo a medir la altura de la torre.
¿Qué podía hacer ella sino acercarse, tan cerca que un arco diminuto de su falda rozó el pie de él, y preguntarle cómo le iba con sus bocetos, y ponerse a aprender los principios de la medición práctica aplicada a edificios irregulares? Luego tuvo que subir al púlpito para volver a imaginar por centésima vez cómo sería ser predicador.
De repente, se inclinó sobre la parte delantera del púlpito.
«No se lo diga a papá, ¿verdad, señor Smith, si le cuento algo?», dijo con un impulso repentino de hacer una confidencia.
«Oh, no, eso no lo haré», dijo él, mirando hacia arriba.
«Bueno, le escribo los sermones a papá muy a menudo, y él los predica mejor que los suyos propios; y luego, más tarde, habla con la gente y conmigo sobre lo que dijo en su sermón de hoy, y olvida que yo los escribí por él. ¿No es absurdo?».
«¡Qué inteligente debe ser usted!», dijo Stephen. «Yo no podría escribir un sermón ni por todo el oro del mundo».
«Oh, es bastante fácil», dijo, bajando del púlpito y acercándose a él para explicárselo con más viveza. «Se hace así. ¿Ha jugado alguna vez a un juego de prendas llamado “¿Cuándo es?, ¿dónde es?, ¿qué es?”?».
«No, nunca».
«Ah, es una lástima, porque escribir un sermón es muy parecido a jugar a ese juego. Tomas el texto. Piensas, ¿por qué es?, ¿qué es?, y así sucesivamente. Pones eso bajo “Generalmente”. Luego procedes al Primero, Segundo y Tercero. Papá no quiere Cuartos; dice que son tonterías mías. Luego tienes un “Colectivamente” final, varias páginas de esto se ponen entre grandes corchetes negros, escribiendo al lado: “DEJAR ESTO FUERA SI LOS GRANJEROS SE ESTÁN QUEDANDO DORMIDOS”. Luego viene tu “En Conclusión”, luego “Unas Pocas Palabras Y He Terminado”. Bueno, todo este tiempo has puesto en el reverso de cada página: “BAJE LA VOZ”; quiero decir», añadió, corrigiéndose, «que eso es lo que hago en el libro de sermones de papá, porque si no, él se vuelve más y más fuerte, hasta que al final grita como un granjero en el campo. ¡Oh, papá es tan divertido en algunas cosas!».
Luego, tras este infantil arranque de confianza, se asustó, como si le advirtiera el instinto femenino, al que por un momento su ardor se había adelantado, de que había sido demasiado confiada con un extraño.
Elfride vio entonces a su padre y se marchó hacia el viento, siendo atrapada por una ráfaga mientras ascendía la ladera del cementerio, ráfaga en la que tuvo los movimientos, sin los motivos, de una marimacho; la gracia, sin la autoconciencia, de una bailarina. Conversó durante un minuto o dos con su padre y se dirigió a casa, mientras el señor Swancourt se acercaba a la iglesia hacia Stephen. El viento había avivado su cálida tez como aviva el resplandor de un tizón. Estaba de humor alegre y observó a Elfride colina abajo con una sonrisa.
«¡Pequeña saltarina! Te ves bastante salvaje ahora», dijo, y se volvió hacia Stephen. «Pero no es una niña salvaje en absoluto, señor Smith. Tan estable como usted; y que usted es estable lo veo por su diligencia aquí».
«Creo que la señorita Swancourt es muy inteligente», observó Stephen.
«Sí, lo es; ciertamente, lo es», dijo papá, convirtiendo su voz tanto como fuera posible en el tono neutro de la crítica desinteresada. «Ahora, Smith, le diré algo; pero ella no debe saberlo por nada del mundo, ni por nada del mundo, recuerde, pues insiste en mantenerlo en secreto absoluto. ¡Vaya, ELLA ESCRIBE MIS SERMONES POR MÍ A MENUDO, y hace un trabajo muy bueno con ellos!».
«Ella puede hacer cualquier cosa».
«Puede hacer eso. La pequeña pícara tiene el truco mismo del oficio. Pero, recuerde, Smith, ¡ni una palabra sobre esto con ella, ni una sola palabra!».
«Ni una palabra», dijo Smith.
«Mire allí», dijo el señor Swancourt. «¿Qué le parece mi techado?». Señaló con su bastón el techo del presbiterio.
«¿Hizo usted eso, señor?».
«Sí, trabajé en mangas de camisa todo el tiempo que eso estuvo en marcha. Derribé las vigas viejas, fijé las nuevas, puse los listones, puse la pizarra en el tejado, todo con mis propias manos, siendo Worm mi asistente. Trabajamos como esclavos, ¿verdad, Worm?».
«Ay, seguro, lo hicimos; más duro que algunos aquí y allá, ¡je, je!», dijo William Worm, apareciendo de algún lugar. «Como esclavos, lo creo, ¡je, je! ¿Y no estaba usted furioso, señor, cuando los clavos no querían entrar rectos? ¡Mighty I! Bueno, no es tan malo maldecir y guardárselo como maldecir y soltarlo, ¿verdad, señor?».
«Bueno, ¿por qué?».
«Porque usted, señor, cuando estaba poniendo el techo, solo solía maldecir en su mente, lo cual, supongo, no es ningún daño en absoluto».
«No creo que sepa lo que pasa por mi mente, Worm».
«Oh, ¿no lo sé, señor? ¡Je, je! Tal vez solo sea un pobre hombre tambaleante, señor, y no pueda leer mucho; pero puedo deletrear tan bien como algunos aquí y allá. ¿No recuerda, señor, esa noche tormentosa en la que me pidió que le sujetara la vela en su taller, cuando estaba haciendo una silla nueva para el presbiterio?».
«Sí; ¿qué hay de eso?».
«Me quedé con la vela, y usted dijo que le gustaba la compañía, aunque fuera un perro o un gato, refiriéndose a mí; y la silla no había forma de que quedara bien».
«Ah, lo recuerdo».
«No; la silla no había forma. Estaba muy bien a la vista; pero, ¡Señor!...».
«Worm, ¿cuántas veces le he corregido por hablar con irreverencia?».
«...Estaba muy bien a la vista, pero no podía sentarse en la silla de ninguna manera. Estaba toda torcida con la silla, como la letra Z, en cuanto se sentaba en ella. “Levántese, Worm”, dijo usted, cuando vio que la silla se tambaleaba conmigo. Cogió la silla y la lanzó como fuego y azufre al otro extremo de su taller, todo en un ataque de rabia. “¡Maldita sea la silla!”, dije yo. “Justo lo que estaba pensando”, dijo usted, señor. “Podía verlo en su cara, señor”, dije yo, “y espero que usted y Dios me perdonen por decir lo que usted no diría”. Por salvar su vida no pudo evitar reírse, señor, ante un pobre tambaleante leyendo sus pensamientos tan claramente. Ay, soy tan sabio como cualquiera aquí y allá».
«Pensé que sería mejor que tuviera a un hombre práctico para revisar la iglesia y la torre con usted», le dijo el señor Swancourt a Stephen a la mañana siguiente, «así que obtuve el permiso de Lord Luxellian para enviar a un hombre cuando usted viniera. Le dije que estuviera allí a las diez en punto. Es un hombre muy inteligente, y le dirá todo lo que quiera saber sobre el estado de los muros. Se llama John Smith».
A Elfride no le gustaba ser vista de nuevo en la iglesia con Stephen. «Vigilaré aquí su aparición en lo alto de la torre», dijo riendo. «Veré su figura contra el cielo».
«Y cuando esté allí arriba agitaré mi pañuelo hacia usted, señorita Swancourt», dijo Stephen. «En doce minutos desde este preciso momento», añadió, mirando su reloj, «estaré en la cima y buscaré verla».
Ella rodeó la esquina del arbusto, desde donde podía observarlo bajar por la pendiente que conducía al pie de la colina en la que se alzaba la iglesia. Allí vio esperando por él una mancha blanca: un albañil con su ropa de trabajo. Stephen se reunió con este hombre y se detuvo.
Para su sorpresa, en lugar de seguir hacia el cementerio, ambos se sentaron tranquilamente sobre una piedra cerca de su lugar de reunión, y permanecieron como en profunda conversación. Elfride miró la hora; nueve de los doce minutos habían pasado, y Stephen no mostraba señales de moverse. Pasaron más minutos; ella se enfrió de esperar y tiritó. No fue hasta el final de un cuarto de hora que comenzaron a ascender lentamente la colina a paso de tortuga.
«¡Grosero y maleducado!», se dijo a sí misma, sonrojándose de despecho. «Cualquiera pensaría que está enamorado de ese horrible albañil en lugar de con...».
La frase quedó sin pronunciar, aunque no sin pensar.
Regresó al pórtico.
«¿El hombre al que envió es una especie de hombre perezoso, sedentario y que no hace nada?», le preguntó a su padre.
«No», dijo él sorprendido; «todo lo contrario. Es el maestro albañil de Lord Luxellian, John Smith».
«Oh», dijo Elfride con indiferencia, y regresó hacia su desolada estación, esperando y tiritando de nuevo. Era una tontería, después de todo, una cosa infantil, mirar desde una torre y agitar un pañuelo. Pero su nuevo amigo se lo había prometido, ¿y por qué iba a molestarla así? El efecto de un golpe es tan proporcional a la textura del objeto golpeado como a su propio impulso; y ella tenía tal capacidad superlativa para ser herida que los pequeños golpes la herían con fuerza.
No fue hasta el final de media hora que se vieron dos figuras sobre el parapeto del lúgubre y antiguo edificio, inmóviles como avetoros en una mezquita en ruinas. Incluso entonces, Stephen no fue lo suficientemente fiel como para cumplir lo que fue tan cortés en prometer, y desapareció sin hacer una señal.
Regresó al mediodía. Elfride parecía molesta cuando no era consciente de que sus ojos estaban sobre ella; cuando era consciente, severa. Sin embargo, su actitud de frialdad había sobrevivido mucho tiempo a la frialdad misma, y ya no podía pronunciar palabras fingidas de indiferencia.
«Ah, no fue amable de su parte hacerme esperar en el frío y romper su promesa», dijo finalmente con reproche, en tonos demasiado bajos para los oídos de su padre.
«¡Perdone, perdóneme!», dijo Stephen con consternación. «¡Había olvidado... olvidado por completo! Algo impidió que lo recordara».
«¿Alguna otra explicación?», dijo la señorita Caprichosa, haciendo un puchero.
Él guardó silencio durante unos minutos y miró de reojo.
«Ninguna», dijo, con el acento de alguien que ocultaba un pecado.
Capítulo V
«En el seno de árboles frondosos».
Era la hora del desayuno.
Visto desde el comedor de la vicaría, que tomaba un tono cálido de luz del fuego, el clima y la escena exterior parecían haberse estereotipado en tonos grises sin relieve. Los árboles y arbustos de brazos largos de variedades de enebro, cedro y pino eran de un negro grisáceo; los de hoja ancha, junto con la hierba, eran de un verde grisáceo; las colinas eternas y la torre detrás de ellas eran de un marrón grisáceo; el cielo, cayendo detrás de todo, gris de la más pura melancolía.
Sin embargo, a pesar de este sombrío efecto artístico, la mañana no era de las que tendían a bajar el ánimo. Incluso era estimulante. Porque no llovía, ni era probable que lloviera en muchos días.
Elfride se había girado de la mesa hacia el fuego y estaba elevando ociosamente una pantalla de mano ante su cara, cuando oyó el chasquido de una pequeña puerta en el exterior.
«¡Ah, ahí está el cartero!», dijo, mientras un hombre activo y de paso arrastrado cruzaba una abertura en el arbusto y atravesaba el césped. Ella desapareció y se encontró con él en el pórtico, entrando después con las manos a la espalda.
«¿Cuántos hay? Tres para papá, uno para el señor Smith, ninguno para la señorita Swancourt. Y, papá, mira aquí, uno de los tuyos es de... ¿de quién crees?... Lord Luxellian. Y tiene algo DURO dentro, un bulto de algo. Lo he estado palpando a través del sobre y no puedo pensar qué es».
«Me pregunto por qué escribe Luxellian», había dicho el señor Swancourt simultáneamente con sus palabras. Le entregó a Stephen su carta y tomó la suya, poniendo en su rostro un aspecto de clase superior al habitual, como correspondía a un pobre caballero que iba a leer una carta de un par.
Stephen leyó su misiva con un semblante totalmente opuesto al del vicario.
«PERCY PLACE, jueves por la noche.
«QUERIDO SMITH: El viejo H. está furioso contigo por haberte demorado tanto con los bocetos de la iglesia. Jura que das más problemas de lo que vales. Dice que debo escribirte para decirte que no te quedes ni un momento más bajo ninguna circunstancia, y que él lo habría hecho todo en tres horas muy fácilmente. Le dije que tú no eras como un experto, lo cual pareció olvidar, pero no sirvió de mucho. Sin embargo, entre tú y yo, en privado, si yo fuera tú no me alarmaría por un día o dos, si no tuviera inclinación a regresar. Completaría la semana y terminaría mi juerga. Se pondrá igual de furioso si apareces aquí el sábado que si te mantienes alejado hasta el lunes por la mañana. Muy atentamente tuyo,
»SIMPKINS JENKINS.
—¡Cielos, qué incómodo! —dijo Stephen, algo al aire y confundido con la clase de confusión que asalta a un subalterno cuando ha sido elevado por accidente a las dimensiones de un superior y luego es reducido con cierta brusquedad a su tamaño original.
—¿Qué es lo que es incómodo? —dijo la señorita Swancourt.
Smith, para entonces, recuperó la compostura y, con ella, la dignidad profesional de un arquitecto experimentado.
—Un asunto importante exige mi presencia inmediata en Londres, lamento decir —respondió.
—¡Qué! ¿Debes irte de inmediato? —dijo el señor Swancourt, mirando por encima del borde de su carta—. ¿Asunto importante? ¡Un joven como tú con asuntos importantes!
—La verdad es —dijo Stephen, ruborizándose y bastante avergonzado por haber fingido, aunque fuera ligeramente, una importancia que no le correspondía—, la verdad es que el señor Hewby ha enviado a decir que debo volver a casa; y debo obedecerle.
—Ya veo, ya veo. Es político hacerlo, eso quieres decir. Ahora puedo ver más de lo que crees. Vas a ser su socio. Te reservé para eso en cuanto leí su carta para mí el otro día, y por la forma en que habló de ti. Tiene un gran concepto de ti, señor Smith, o no estaría tan ansioso por tu regreso.
Para Stephen, tales comentarios no podían sonar desagradables; que se le presentara la expectativa de una sociedad con uno de los arquitectos de mayor práctica en Londres era estimulante, por muy insostenible que sintiera que fuera la idea. Vio que, independientemente de lo que el señor Hewby pudiera pensar, el señor Swancourt ciertamente tenía un gran concepto de él como para albergar tal idea sobre una base tan tenue que era absolutamente inexistente. Y entonces, inexplicablemente, su rostro expresivo mostró una nube de tristeza que una reflexión sobre la lejanía de tal contingencia difícilmente habría bastado para causar.
Elfride quedó impresionada por esa mirada suya; incluso el señor Swancourt la notó.
—Bueno —dijo alegremente—, no te preocupes por eso ahora. Debes volver por tu propia cuenta; no por negocios. Ven a verme como visitante, ya sabes, digamos, en tus vacaciones; todos los hombres de ciudad tenéis vacaciones como los colegiales. ¿Cuándo son?
—En agosto, creo.
—Muy bien; ven en agosto; y entonces no necesitarás irte con tanta prisa. Me alegra encontrar a alguien decente con quien hablar, o a quien hablar, en esta remota *ultima Thule*. Pero, a propósito, tengo algo que decir: ¿no te irás hoy?
—No; no es necesario —dijo Stephen vacilante—. No estoy obligado a volver antes del lunes por la mañana.
—Muy bien, entonces, eso me lleva a lo que voy a proponer. Esta es una carta de Lord Luxellian. Creo que me oíste hablar de él como el terrateniente residente en este distrito y patrón de este curato.
—Sé de él.
—Está en Londres ahora. Parece que ha subido por negocios un día o dos, y se ha llevado a Lady Luxellian con él. Me ha escrito para pedirme que vaya a su casa y busque un papel entre sus memorándum privados, que olvidó llevar consigo.
—¿Qué envió en la carta? —preguntó Elfride.
—La llave de un escritorio privado en el que están los papeles. No le gusta confiar tal asunto a nadie más. He hecho tales cosas por él antes. Y lo que propongo es que hagamos una excursión esta tarde, los tres. Ir a dar un paseo hasta Targan Bay, volver a casa por Endelstow House; y mientras yo reviso los documentos, vosotros podéis pasear por las habitaciones donde queráis. Tengo libre acceso a la casa en cualquier momento, ya sabes. El edificio, aunque no es más que una masa de aguilones por fuera, tiene un vestíbulo, una escalera y una galería espléndidos por dentro; y hay algunos cuadros buenos.
—Sí, los hay —dijo Stephen.
—¿Has visto el lugar, entonces?
—Lo vi al pasar —dijo apresuradamente.
—Oh, sí; pero me refería al interior. Y la iglesia, St. Eval’s, es mucho más antigua que nuestra St. Agnes aquí. Oficio en esa y en esta alternativamente, ya sabes. El hecho es que debería tener algo de ayuda; cabalgar a través de ese parque durante dos millas en una mañana húmeda no es en absoluto lo ideal. Si mi constitución no estuviera bien curtida, como gracias a Dios lo está —aquí el señor Swancourt se miró la parte delantera, como si su constitución fuera visible allí—, estaría tosiendo y ladrando todo el año. Y cuando la familia se va, solo hay unos tres sirvientes a quienes predicar cuando llego allí. Bueno, ese será el plan, entonces. Elfride, ¿te gustaría ir?
Elfride asintió; y el pequeño grupo del desayuno se separó. Stephen se levantó para ir a tomar unas últimas medidas en la iglesia, y el vicario lo siguió hasta la puerta con una expresión misteriosa de interrogación en el rostro.
—Espero que nos disculpes por no haber hecho la oración familiar esta mañana —susurró.
—Sí, claro —dijo Stephen.
—A decir verdad —continuó en el mismo tono bajo—, no lo hacemos de forma habitual; pero cuando tenemos extraños visitándonos, soy de la firme opinión de que es lo correcto, y siempre lo hago. Soy muy estricto en ese punto. Pero tú, Smith, hay algo en tu rostro que me hace sentir como en casa; nada de tonterías contigo, en resumen. Ah, me recuerda a una historia espléndida que solía escuchar cuando era un joven alocado... ¡qué historia! Pero... —aquí el vicario sacudió la cabeza, prohibiéndose a sí mismo, y se rió con severidad.
—¿Era una buena historia? —dijo el joven Smith, sonriendo también.
—Oh, sí; pero es demasiado mala, ¡demasiado mala! ¡No podría contártela por nada del mundo!
Stephen cruzó el césped, escuchando al vicario reírse en privado al recordarla mientras se retiraba.
Partieron a las tres en punto. La mañana gris se había convertido en una tarde brillante con una luz solar pálida y omnipresente, sin que el sol mismo fuera visible. Trotaron ligeramente; las ruedas casi silenciosas, los cascos del caballo golpeando, casi resonando, sobre la dura y blanca carretera que seguía la cresta nivelada en una línea perfectamente recta, pareciendo ser absorbida finalmente por el blanco del cielo.
Targan Bay, que tenía el mérito de ser de fácil acceso, fue debidamente visitada. Luego dieron un rodeo por innumerables caminos, en los que ni siquiera veinte yardas consecutivas eran rectas o niveladas, hasta el dominio de Lord Luxellian. Una mujer con papada y cuello grueso, como la reina Ana retratada por Dahl, abrió la puerta de la portería, con un niño pequeño de pie detrás de ella.
—Le daré algo, pobre criatura —dijo Elfride, sacando su monedero y abriéndolo apresuradamente. Del interior de su monedero, una multitud de trozos de papel, como una bandada de pájaros blancos, flotaron en el aire y fueron arrastrados en todas direcciones.
—¡Vaya, por Dios! —dijo Stephen con una leve risa.
—¿Qué demonios es todo eso? —dijo el señor Swancourt—. ¿No serán mitades de billetes de banco, Elfride?
Elfride parecía molesta y culpable. —Solo son cosas mías, papá —balbuceó, mientras Stephen saltaba fuera y, asistido por el niño pequeño del portero, se arrastraba alrededor de las ruedas y los cascos del caballo hasta que todos los papeles fueron reunidos de nuevo. Se los devolvió y volvió a montar.
—Supongo que te preguntarás qué eran esos restos —dijo, mientras avanzaban por la avenida de sicomoros—. Y por eso, mejor te lo diré. Son notas para una novela que estoy escribiendo.
No pudo evitar sonrojarse ante la confesión, por mucho que intentara evitarlo.
—¿Una historia, quieres decir? —dijo Stephen, mientras el señor Swancourt escuchaba a medias, captando una palabra de la conversación de vez en cuando.
—Sí; EL CORTIJO DEL CASTILLO DE KELLYON; un romance del siglo XV. Sé que tal escritura está pasada de moda ahora, pero me gusta hacerlo.
—¡Un romance llevado en un monedero! Si un bandolero te robara, se llevaría una sorpresa.
—Sí; esa es mi forma de llevar el manuscrito. La verdadera razón es que suelo escribir trozos en trozos de papel cuando estoy a caballo; y los pongo ahí por conveniencia.
—¿Qué vas a hacer con tu novela cuando la hayas escrito? —dijo Stephen.
—No lo sé —respondió ella, y giró la cabeza para mirar el paisaje.
Porque para entonces habían llegado a los terrenos de Endelstow House. Conduciendo a través de una antigua entrada de piedra de color pardo, atravesada por el arco Tudor de hombros altos, se encontraron en un patio espacioso, cerrado por una fachada en cada uno de sus tres lados. Las partes sustanciales del edificio existente databan del reinado de Enrique VIII; pero el pintoresco y protegido lugar había sido el sitio de una edificación de una fecha mucho más temprana. Una licencia para almenar *mansum infra manerium suum* fue concedida por Eduardo II a «Hugo Luxellen chivaler»; pero aunque el débil contorno de la zanja y el montículo era visible en algunos puntos, no quedaba rastro del edificio original.
Las ventanas en todos los lados eran largas y con muchos parteluces; las líneas del techo estaban rotas por buhardillas del mismo estilo. Las piedras de los vértices de estas buhardillas, junto con las de los aguilones, estaban coronadas por figuras grotescas en variedad rampante, pasante y yacente. Chimeneas altas, octogonales y retorcidas, se alzaban hacia el cielo, superadas en altura, sin embargo, por algunos álamos y sicomoros en la parte trasera, que mostraban sus cimas balanceándose suavemente sobre la crestería y el parapeto. En las esquinas del patio, bahías poligonales, cuyas superficies estaban ocupadas enteramente por contrafuertes y ventanas, rompían la cuadratura del recinto; y un mirador de gran proyección, que brotaba de una fantástica serie de molduras, sobresalía sobre el arco de la entrada principal a la casa.
Como había comentado el señor Swancourt, tenía libertad de acceso a la mansión en ausencia de su dueño. Tras explicar el motivo de su visita, fueron admitidos en la biblioteca y dejados completamente solos. El señor Swancourt pronto estuvo inmerso en el examen de un montón de papeles que había sacado del gabinete descrito por su corresponsal. Stephen y Elfride no tenían nada que hacer más que vagar hasta que su padre estuviera listo.
Elfride entró en la galería, y Stephen la siguió sin parecer hacerlo. Era un apartamento largo y sombrío, enriquecido con accesorios de un estilo un siglo posterior al de los muros de la mansión. Pilastras de mano de obra renacentista sostenían una cornisa de la que brotaba un techo curvo, panelado con los torpes giros y rizos de la época. Las antiguas canteras góticas aún permanecían en la parte superior de la gran ventana al fondo, aunque habían dado paso a una forma de acristalamiento más moderna en otros lugares.
Stephen estaba en un extremo de la galería mirando hacia Elfride, quien estaba en medio, empezando a sentirse algo deprimida por la compañía de las sombras de los Luxellian, de tez cadavérica, fijadas por Holbein, Kneller y Lely, y que parecían mirarla y atravesarla en un estado de ánimo moralizante. El silencio, que les lanzaba casi un hechizo, fue roto por la apertura repentina de una puerta al fondo.
Salieron a saltos un par de niñas pequeñas, vestidas de forma ligera pero cálida. Sus ojos brillaban; su cabello se balanceaba de aquí para allá; sus bocas rojas reían con una alegría pura.
—Ah, señorita Swancourt: querida Elfie, te oímos. ¿Vas a quedarte aquí? Eres nuestra pequeña mamá, ¿no es así? Nuestra gran mamá se ha ido a Londres —dijo una.
—Déjame besarte —dijo la otra, muy parecida a la primera en apariencia, pero a menor escala.
Sus mejillas rosadas y su cabello amarillo se entrelazaron rápidamente con los pliegues del vestido de Elfride; ella luego se agachó y las abrazó tiernamente a ambas.
—Es una cosa tan rara —dijo Elfride, sonriendo y volviéndose hacia Stephen—. Les ha dado últimamente por llamarme «pequeña mamá», porque les tengo mucho cariño y llevé un vestido el otro día algo parecido a uno de Lady Luxellian.
Estas dos criaturas jóvenes eran la Honorable Mary y la Honorable Kate, apenas lo suficientemente grandes como para soportar el peso de tales prefijos pesados. Eran las únicas dos hijas de Lord y Lady Luxellian y, como se vio, se habían quedado en casa durante la ausencia temporal de sus padres, bajo la custodia de la niñera y la institutriz. Lord Luxellian sentía un cariño excesivo por las niñas; era más bien indiferente hacia su esposa, desde que ella había comenzado a mostrar una inclinación a no complacerlo dándole un hijo varón.
Todos los niños corrían instintivamente tras Elfride, viéndola más como un espécimen grande y excepcionalmente agradable de su propia tribu que como una adulta mayor. Se había convertido en una regla establecida que, siempre que ella las encontrara, dentro o fuera de casa, días laborables o domingos, debían ser presionadas individualmente contra su rostro y su pecho durante un cuarto de minuto, y ser mimadas de otra manera mediante el sistema encantador de epítetos y caricias acumulativas al que las chicas inexpertas se entregan ocasionalmente.
Una mirada de duda de las jóvenes hacia la puerta por la que habían entrado dirigió la atención a una sirvienta que aparecía por el mismo lugar, para poner fin a esta dulce libertad de las pobres Honorables Mary y Kate.
—Ojalá vivieras aquí, señorita Swancourt —pipió una como un camachuelo melancólico.
—Yo también —pipió la otra como un camachuelo algo más melancólico—. Mamá no puede jugar con nosotras tan bien como tú. No creo que ella aprendiera a jugar cuando era pequeña. ¿Cuándo vendremos a verte?
—Tan pronto como queráis, queridas.
—¿Y dormir en tu casa toda la noche? Eso es lo que quiero decir con ir a verte. No me importa ver a gente con sombreros y gorros, y todos de pie y caminando por ahí.
—Tan pronto como podamos obtener el permiso de mamá, vendréis y os quedaréis todo el tiempo que queráis. ¡Adiós!
Las prisioneras fueron llevadas entonces, y Elfride volvió a prestar atención a su invitado, a quien había dejado de pie en el extremo remoto de la galería. Al buscarlo, no se veía por ninguna parte. Elfride bajó a la biblioteca, pensando que podría haberse reunido con su padre allí. Pero el señor Swancourt, ahora alegremente iluminado por un par de velas, estaba todavía solo, desatando paquetes de cartas y papeles, y volviéndolos a atar.
Como Elfride no estaba en un nivel de intimidad suficientemente estrecho con el objeto de su interés para justificarse, como joven dama decorosa, para comenzar la búsqueda activa de él que le dictaba el impulso juvenil, y dado que, sin embargo, por una razón incipiente relacionada con aquellos labios divinamente cortados, no le gustaba que estuviera ausente de su lado, vagó de forma desordenada de vuelta a la escalera de roble, haciendo pucheros y lanzando miradas en busca de discernir su figura juvenil.
Aunque la luz del día todavía prevalecía en las habitaciones, los pasillos estaban en una profundidad de sombra, fríos, tristes y silenciosos; y solo mirando a lo largo de ellos hacia los espacios de luz más allá, se podía discernir algo o a alguien en ellos. Uno de estos puntos de luz descubrió que estaba causado por una puerta lateral con paneles de vidrio en la parte superior. Elfride la abrió y se encontró frente a un césped secundario o interior, separado del césped principal por un arbusto.
Y ahora vio una visión desconcertante. En ángulo recto con la cara del ala de la que había salido, y a pocos pies de la puerta, sobresalía otra ala de la mansión, más baja y con menos carácter arquitectónico. Inmediatamente enfrente de ella, en la pared de esta ala, había una ventana grande y ancha, con la persiana bajada e iluminada por una luz en la habitación que protegía.
En la persiana había una sombra de alguien cerca del interior: una persona de perfil. El perfil era inconfundiblemente el de Stephen. Era justo posible ver que sus brazos estaban levantados y que sus manos sostenían un objeto de algún tipo. Entonces apareció otra sombra, también de perfil, y se acercó a él. Esta era la sombra de una mujer. Ella volvió la espalda hacia Stephen: él levantó y sostuvo lo que ahora resultó ser un chal o manto, lo colocó cuidadosamente, tan cuidadosamente, alrededor de la dama; desapareció; reapareció frente a ella, abrochó el manto. ¿Entonces la besó? Seguramente no. Sin embargo, el movimiento podría haber sido un beso. Entonces ambas sombras se hincharon hasta dimensiones colosales, se deformaron, se desvanecieron.
Transcurrieron dos minutos.
—¡Ah, señorita Swancourt! Estoy tan contento de encontrarla. La estaba buscando —dijo una voz a su lado: la voz de Stephen. Ella entró en el pasillo.
—¿Conoce a alguno de los miembros de este establecimiento? —dijo ella.
—Ni a uno solo: ¿cómo podría? —respondió él.
Capítulo VI
«¡Que te vaya bien un tiempo!»
Simultáneamente con la conclusión del comentario de Stephen, el sonido del cierre de una puerta externa en su vecindad inmediata llegó a los oídos de Elfride. Provenía del lado más alejado del ala que contenía la habitación iluminada. Luego discernió, con la ayuda de la tenue luz que se desvanecía, una figura, cuyo sexo era indistinguible, caminando por el camino de grava junto al parterre hacia el río. La figura se volvió más tenue y se desvaneció bajo los árboles.
Se escuchó la voz del señor Swancourt llamando sus nombres desde un pasillo distante en el cuerpo del edificio. Volvieron sobre sus pasos y lo encontraron con su abrigo abotonado y su sombrero puesto, esperando su llegada con un aire de autosatisfacción por haber llevado su búsqueda a un final exitoso. El carruaje fue traído y, sin más demora, el trío se alejó de la mansión, bajo el arco de entrada que resonaba, y a lo largo de los sicomoros sin hojas, mientras las estrellas comenzaban a encender sus luces temblorosas detrás del laberinto de ramas y ramitas.
Ninguna palabra fue pronunciada ni por el joven ni por la doncella. Su mente inexperta estaba completamente ocupada en sondear su reciente adquisición. El joven que le había inspirado tal novedad de sentimientos, que había venido directamente de Londres por negocios a su padre, habiendo sido traído por casualidad a Endelstow House, había, de alguna manera u otra, adquirido el privilegio de acercarse a alguna dama que había encontrado en ella, y de honrarla con *petits soins* de un tipo marcado, todo en el espacio de media hora.
¿En qué habitación estaban parados? pensó Elfride. Según pudo adivinar, era la sala de negocios u oficina de Lord Luxellian. ¿Qué personas estaban en la casa? Ninguna más que la institutriz y los sirvientes, hasta donde ella sabía, y de estos él había profesado una ignorancia total. ¿Tenía la persona que había visto vagamente salir de la casa algo que ver con la actuación? Era imposible decirlo sin apelar al mismo culpable, y eso ella nunca lo haría. Cuanto más reflexionaba Elfride, más seguro parecía que el encuentro fue casual y no una cita. En la investigación final sobre la individualidad de la mujer, Elfride asumió de inmediato que no podía ser una inferior. Stephen Smith no era el hombre que se preocupara por aventuras amorosas con mujeres por debajo de él. Aunque amable, la ambición era visible en sus ojos brillantes; evidentemente esperaba mucho; esperaba indefinidamente, pero extensamente. Elfride estaba desconcertada y, al estar desconcertada, fue, por una secuencia natural de sensaciones juveniles, molesta con él. Ya no sentía placer al reconocer que, de querer atraerlo, estaba pasando a amarlo, por muy joven e inocente que hubiera parecido.
Llegaron al puente que servía de unión entre las mitades oriental y occidental de la parroquia. Situado en un valle limitado hacia el exterior por el mar, constituía un punto de depresión desde el cual el camino ascendía con gran pendiente hacia West Endelstow y la vicaría. No había una necesidad absoluta de que ninguno de los dos bajara, pero como era costumbre del vicario, tras un largo viaje, mimar al caballo al realizar este ascenso sinuoso, Elfride, movida por un instinto imitativo, saltó de repente cuando Pleasant acababa de empezar a adoptar el paso deliberado que asociaba con esta parte del camino.
El joven parecía alegrarse de cualquier excusa para romper el silencio. —¡Vaya, señorita Swancourt, qué imprudencia! —exclamó, siguiendo inmediatamente su ejemplo al saltar por el otro lado.
—Oh, no, en absoluto —respondió ella con frialdad; el fenómeno de la sombra en Endelstow House seguía siendo primordial en su interior.
Stephen caminó solo durante dos o tres minutos, envuelto en la rígida reserva dictada por el tono de ella. Entonces, pensando al parecer que solo las chicas debían hacer pucheros, se acercó serenamente a su lado y le ofreció el brazo con galantería castellana, para ayudarla a ascender los tres cuartos restantes de la cuesta.
Esto era una tentación: era la primera vez en su vida que a Elfride se la trataba como a una mujer adulta de esa manera, ofreciéndole un brazo de un modo que implicaba que tenía derecho a rechazarlo. Hasta esa noche, nunca había recibido atenciones masculinas más allá de las que podían estar contenidas en observaciones tan hogareñas como «Elfride, dame la mano»; «Elfride, agárrate de mi brazo», por parte de su padre. Su corazón inexperto convirtió el incidente en un hito; consideró su conjunto de sentimientos, a favor y en contra. Colectivamente, estaban a favor de aceptar aquel brazo ofrecido; el único sentimiento de despecho la decidió a castigar a Stephen rechazándolo.
—No, gracias, Sr. Smith; puedo arreglármelas mejor sola.
Fue el primer intento frágil de Elfride de intimidar a un amante. Temiendo más el resultado de tal empresa que lo que un joven amable pudiera pensar de su capricho, decidió inmediatamente después complacerse a sí misma contradiciéndose.
—Pensándolo bien, lo aceptaré —dijo.
Siguieron lentamente su camino cuesta arriba, a pocos metros detrás del carruaje.
—¡Qué silenciosa está, señorita Swancourt! —observó Stephen.
—Quizás pienso que usted también está silencioso —respondió ella.
—Puedo tener motivos para estarlo.
—Difícilmente; es la tristeza lo que hace que la gente guarde silencio, y usted no puede tener ninguna.
—No lo sabe: tengo una preocupación; aunque algunos podrían pensar que es menos una preocupación que un dilema.
—¿Qué es? —preguntó ella impulsivamente.
Stephen vaciló. —Podría contarlo —dijo—; al mismo tiempo, tal vez, es mejor...
Ella soltó su brazo y lo empujó imperativamente, sacudiendo la cabeza. Acababa de aprender que se pierde mucha dignidad al hacer una pregunta cuya respuesta se niega, aunque sea muy cortésmente; pues aunque la cortesía hace un buen servicio en casos de petición y compromiso, poco ayuda ante una negativa directa. —No deseo saber nada de eso; no lo deseo —continuó—. El carruaje nos espera en la cima de la colina; debemos subir —y Elfride voló hacia adelante—. ¡Papá, aquí está tu Elfride! —exclamó ante la figura oscura del anciano, mientras saltaba y se hundía a su lado sin dignarse a aceptar la ayuda de Stephen.
—¡Ah, sí! —articuló el vicario con tonos artificialmente alerta, despertando de un sueño profundísimo y preparándose de repente para bajar.
—Vaya, ¿qué haces, papá? Todavía no hemos llegado a casa.
—Oh, no, no; por supuesto que no; todavía no estamos en casa —dijo el Sr. Swancourt muy apresuradamente, tratando de esquivar y volver a su posición original con el aire de un hombre que no se había movido en absoluto—. El hecho es que estaba tan perdido en profunda meditación que olvidé dónde estábamos —y en un minuto el vicario estaba roncando de nuevo.
Aquella tarde, siendo la última, pareció arrojar una sombra excepcional de tristeza sobre Stephen Smith, y las repetidas órdenes del vicario de que viniera a visitarlos en verano, al parecer tendieron menos a levantarle el ánimo que a desenterrar algún recelo.
Los dejó a la luz gris del amanecer, mientras los colores de la tierra eran sombríos y el sol aún estaba oculto en el este. Elfride se había inquietado toda la noche en su camita por miedo a que nadie de la casa estuviera despierto lo suficientemente temprano como para despedirlo, y también por miedo a perderse la visión de aquellos ojos brillantes y cabello rizado, a los cuales la posesión de un misterio oculto por parte de su dueño añadía un tinte más profundo de romance. Hasta cierto punto —tan pronto como el interés femenino toma un giro solícito—, se sintió responsable de su buen camino. Desayunaron antes del amanecer; el Sr. Swancourt, cada vez más cautivado por la apariencia ingenua de su huésped, había decidido levantarse temprano y despedirlo amistosamente. Fue, sin embargo, para gran asombro del vicario, ver a Elfride entrar en la mesa del desayuno, con una vela en la mano.
Mientras William Worm realizaba su aseo (durante cuya ejecución los habitantes de la vicaría siempre tenían la costumbre de esperar con paciencia ejemplar), Elfride vagó distraídamente hacia el cenador. Stephen la siguió hasta allí. El valle cubierto de maleza era visible desde esta posición, una niebla que se extendía ahora a lo largo de toda su extensión, ocultando el arroyo que serpenteaba a través de él, aunque los propios observadores estaban en aire despejado.
Permanecieron juntos, apoyados sobre la balaustrada rústica que limitaba el cenador por el lado exterior y formaba la cresta de una pendiente empinada. Por debajo, Elfride señaló con esfuerzo algunas características de las tierras altas distantes que se elevaban irregularmente enfrente. Pero el ojo artístico era, ya fuera por naturaleza o por circunstancia, muy débil en Stephen ahora, y solo atendió a medias a su descripción, como si ahorrara tiempo para algún otro pensamiento que sucedía dentro de él.
—Bueno, adiós —dijo de repente—; supongo que no volveré a verla nunca, señorita Swancourt, a pesar de las invitaciones.
Su tribulación genuina tocó directamente las delicadas cuerdas de la naturaleza de ella. Podía permitirse perdonarlo por un ocultamiento o dos. Además, la timidez que no le permitía mirarla a la cara prestaba valentía a los propios ojos y lengua de ella.
—¡Oh, VUELVA, Sr. Smith! —dijo ella de forma encantadora.
—Me encantaría; pero será mejor si no lo hago.
—¿Por qué?
—Ciertas circunstancias en relación conmigo lo hacen indeseable. No por mi parte; por la suya.
—¡Cielos! Como si algo relacionado con usted pudiera hacerme daño —dijo ella con serenidad suprema; pero viendo que este plan de tratamiento era inapropiado, afinó una nota más baja—. Ah, sé por qué no vendrá. No quiere. ¡Se irá a casa, a Londres y a toda la gente activa de allí, y no querrá volver a vernos nunca más!
—Sabe que no tengo tal razón.
—Y seguirá escribiendo cartas a la dama con la que está comprometido, tal como antes.
—¿Qué significa eso? No estoy comprometido.
—Escribió una carta a una señorita Cualquiera; la vi en el tarjetero.
—¡Puf! Una anciana que tiene una papelería; y era para decirle que guardara mis periódicos hasta que yo regresara.
—No necesitaba explicarlo: no era asunto mío en absoluto —. La señorita Elfride se sintió bastante aliviada al oír esa declaración, sin embargo—. ¿Y no vendrá de nuevo a ver a mi padre? —insistió.
—Me gustaría, y volver a verla a usted, pero...
—¿Revelará ese asunto que oculta? —interrumpió ella con petulancia.
—No; ahora no.
Ella no pudo evitar continuar, por poco elegante que pudiera parecer.
—Dígame esto —inquirió con la boca temblorosa—. ¿Algún encuentro suyo con una dama en la vicaría de Endelstow choca con... algún interés que pueda tener usted en mí?
Él se sobresaltó un poco. —No es así —dijo con énfasis; y miró en las pupilas de los ojos de ella con la confianza que solo la honestidad puede dar, e incluso eso solo a la juventud.
La explicación no había llegado, pero una penumbra la abandonó. No pudo sino creer esa declaración. Cualquiera que fuera el enigma que pudiera yacer en la sombra de la persiana, no era un enigma de pasión oculta.
Se volvió hacia la casa, entrando a través del invernadero. Stephen dio la vuelta hacia la puerta principal. El Sr. Swancourt estaba de pie en el escalón en zapatillas. Worm estaba ajustando una hebilla en el arnés, y murmurando sobre su pobre cabeza; y todo estaba listo para la partida de Stephen.
—Nombró agosto para su visita. Agosto será; es decir, si le importa la compañía de un conservador tan fosilizado —dijo el Sr. Swancourt.
El Sr. Smith solo respondió vacilante que le gustaría volver.
—Dijo que lo haría, y debe hacerlo —insistió Elfride, acercándose a la puerta y hablando bajo el brazo de su padre.
Cualquiera que fuera la razón que el joven pudiera haber tenido para no querer entrar en la casa como invitado, ya no predominaba. Prometió, se despidió y subió al coche de ponis, que se deslizó por la cuesta y lo llevó fuera de su vista.
—Nunca me había sentido tan atraído por nadie en mi vida como lo estoy por ese joven, ¡nunca! No puedo entenderlo, no puedo entenderlo de ninguna manera —dijo el Sr. Swancourt con bastante energía para sí mismo; y entró en casa.
Capítulo VII
«¡Nada más de mí supiste, mi amor!»
Stephen Smith volvió a visitar la vicaría de Endelstow, de acuerdo con su promesa. Tenía una razón artística genuina para venir, aunque ninguna razón de ese tipo parecía ser necesaria. Treinta y seis extremos de bancos antiguos, de exquisita mano de obra del siglo XV, se estaban pudriendo rápidamente en una nave de la iglesia; y se volvió político hacer dibujos de sus contornos carcomidos antes de que fueran golpeados hasta quedar irreconocibles en la confusión de la llamada restauración.
Entró en la casa al atardecer, y el mundo volvía a ser agradable para los dos rubios. Un dolor momentáneo de decepción había pasado, sin embargo, por Elfride cuando descubrió casualmente que no había venido en ese minuto a toda prisa desde Londres, sino que había llegado a la vecindad la tarde anterior. La sorpresa habría acompañado al sentimiento, si no hubiera recordado que varios turistas frecuentaban la costa en esta temporada, y que Stephen podría haber optado por hacer lo mismo.
Hicieron poco más que charlar esa tarde, comenzando el Sr. Swancourt a interrogar a su visitante, estrecha pero paternalmente, y de buena manera, sobre sus esperanzas y perspectivas de la profesión que había abrazado. Stephen dio respuestas vagas. Al día siguiente llovió. Por la tarde, cuando veinticuatro horas de Elfride habían reavivado por completo el ardor de su admirador, se propuso una partida de ajedrez entre ellos.
El juego tuvo su valor al ayudar a los desarrollos de su futuro.
Elfride pronto percibió que su oponente no era más que un principiante. Luego notó que tenía una forma muy extraña de manejar las piezas al enrocar o capturar una pieza. Anteriormente habría supuesto que la misma actuación debía ser realizada por todos los jugadores de la misma manera; aprendió por su acción diferente que todos los jugadores comunes, que aprenden el juego de vista, tocan inconscientemente las piezas de una manera estereotipada. Esta impresión de rareza indescriptible en el toque de Stephen culminó en palabras cuando lo vio, al tomar uno de sus alfiles, empujarlo a un lado con la pieza capturadora en lugar de levantarlo como un preludio al movimiento.
—¡Qué extraño maneja las piezas, Sr. Smith!
—¿Lo hago? Siento eso.
—Oh, no; no lo sienta; no es un asunto lo suficientemente grande para sentirlo. Pero, ¿quién le enseñó a jugar?
—Nadie, señorita Swancourt —dijo—. Aprendí de un libro que me prestó mi amigo, el Sr. Knight, el hombre más noble del mundo.
—¿Pero ha visto a gente jugar?
—Nunca he visto la partida de un solo juego. Esta es la primera vez que he tenido la oportunidad de jugar con un oponente vivo. He resuelto muchos juegos a partir de libros, y estudiado las razones de los diferentes movimientos, pero eso es todo.
Esta fue una explicación completa de sus manierismos; pero el hecho de que un hombre con el deseo de jugar ajedrez hubiera crecido sin ser capaz de ver o participar en un juego la asombró no poco. Reflexionó sobre la circunstancia durante algún tiempo, mirando al vacío y obstaculizando el juego.
El Sr. Swancourt estaba sentado con los ojos fijos en el tablero, pero al parecer pensando en otras cosas. Medio para sí mismo dijo, pendiente del movimiento de Elfride:
—«Quae finis aut quod me manet stipendium?»
Stephen respondió al instante:
—«Effare: jussas cum fide poenas luam.»
—¡Excelente, pronto, gratificante! —dijo el Sr. Swancourt con sentimiento, bajando su mano sobre la mesa y haciendo que tres peones y un caballo bailaran sobre sus bordes por la sacudida—. Estaba meditando sobre esas palabras como aplicables a un extraño curso que estoy siguiendo, pero basta de eso. Estoy encantado con usted, Sr. Smith, porque es tan raro en este desierto que me encuentre con un hombre que sea lo suficientemente caballero y erudito para continuar una cita, por trivial que sea.
—Yo también aplico las palabras a mí mismo —dijo Stephen tranquilamente.
—¿Usted? El último hombre en el mundo que pensaría que lo haría.
—Vamos —murmuró Elfride con un mohín, e insinuándose entre ellos—, cuénteme todo sobre eso. ¡Vamos, traduzca, traduzca!
Stephen miró fijamente a su rostro y dijo lentamente, y con una voz llena de un significado lejano que parecía extrañamente prematuro en alguien tan joven:
—«Quae finis», ¿CUÁL SERÁ EL FIN?, «aut», O, «quod stipendium», ¿QUÉ RECOMPENSA?, «manet me», ¿ME ESPERA? «Effare», ¡HABLA!; «luam», PAGARÉ, «cum fide», CON FE, «jussas poenas», LA PENA REQUERIDA.
El vicario, que había escuchado con una compresión crítica de los labios esta recitación escolar, y debido a su audición imperfecta se había perdido el marcado realismo del tono de Stephen en las palabras en inglés, dijo ahora vacilante: —A propósito, Sr. Smith (sé que disculpará mi curiosidad), aunque su traducción fue irreprochablemente correcta y cercana, usted tiene una forma de pronunciar su latín que para mí parece de lo más peculiar. No es que la pronunciación de una lengua muerta sea de mucha importancia; sin embargo, sus acentos y cantidades tienen un sonido grotesco para mis oídos. Pensé al principio que había adquirido su forma de respirar las vocales de alguna de las universidades del norte; pero no puede ser así con las cantidades. Lo que iba a preguntar era si su instructor en los clásicos podría haber sido un hombre de Oxford o Cambridge.
—Sí; era un hombre de Oxford, miembro de St. Cyprian’s.
—¿De verdad?
—Oh, sí; no hay duda al respecto.
—¡Lo más extraño que he oído nunca! —dijo el Sr. Swancourt, sobresaltado de asombro—. Que el alumno de tal hombre...
—¡El mejor y más inteligente hombre de Inglaterra! —gritó Stephen con entusiasmo.
—Que el alumno de tal hombre deba pronunciar el latín de la forma en que usted lo pronuncia supera todo lo que he oído. ¿Cuánto tiempo le instruyó?
—Cuatro años.
—¡Cuatro años!
—No es tan extraño cuando lo explico —se apresuró a decir Stephen—. Se hizo de esta manera: por carta. Le enviaba ejercicios y traducciones dos veces por semana, y dos veces por semana él me los devolvía corregidos, con notas marginales de instrucción. Así es como aprendí mi latín y griego, tal como es. Él no es responsable de mi escansión. Nunca me ha oído escanear una línea.
—¡Un caso novedoso y un ejemplo singular de paciencia! —gritó el vicario.
—Por su parte, no por la mía. ¡Ah, Henry Knight es uno entre mil! Recuerdo que me habló sobre este mismo tema de la pronunciación. Dice que, muy a su pesar, ve llegar un tiempo en que cada hombre pronunciará incluso las palabras comunes de su propia lengua como le parezca correcto a sus propios oídos, y no se le considerará peor por ello; que la era del habla está pasando, para dar paso a la era de la escritura.
Tanto Elfride como su padre habían esperado atentamente a escuchar a Stephen continuar con lo que habría sido la parte más interesante de la historia, a saber, qué circunstancias podrían haber hecho necesaria tal forma inusual de educación. Pero no se ofreció ninguna explicación adicional; y vieron, por la forma en que el joven se concentraba en el tablero de ajedrez, que estaba ansioso por abandonar el tema.
El juego continuó. Elfride jugaba de memoria; Stephen mediante el pensamiento. Era lo más cruel darle jaque mate después de tanto esfuerzo, consideró ella. ¿Qué fue lo suficientemente deshonesta como para hacer en su compasión? Dejar que él le diera jaque mate. Un segundo juego siguió; y siendo ella absolutamente indiferente al resultado (su juego estaba por encima del promedio entre las mujeres, y lo sabía), le permitió dar jaque mate de nuevo. Un juego final, en el que adoptó el gambito Muzio como su apertura, terminó con la victoria de Elfride en el duodécimo movimiento.
Stephen levantó la vista con sospecha. Su corazón palpitaba aún más excitadamente que el de ella, que en sí mismo se había acelerado cuando ella se puso seriamente a trabajar en esta última ocasión. El Sr. Swancourt había abandonado la habitación.
—¡Ha estado jugando conmigo hasta ahora! —exclamó, con el rostro encendido—. ¿No jugó lo mejor que pudo en los dos primeros juegos?
La culpa de Elfride se mostró en su rostro. Stephen se convirtió en la imagen del disgusto y la tristeza, lo cual, deleitable por un momento, le causó al instante siguiente a ella arrepentirse del error que había cometido.
—Sr. Smith, ¡perdóneme! —dijo dulcemente—. Veo ahora, aunque no al principio, que lo que he hecho parece un desprecio por su habilidad. Pero, de hecho, no lo dije en ese sentido. No podría, sobre mi conciencia, ganar una victoria en esos primeros y segundos juegos sobre alguien que luchó con tal desventaja y tan varonilmente.
Él respiró profundamente y murmuró amargamente: —Ah, usted es más inteligente que yo. Usted puede hacer todo, ¡yo no puedo hacer nada! ¡Oh, señorita Swancourt! —estalló salvajemente, con el corazón hinchándosele en la garganta—, ¡debo decirle cuánto la amo! Todos estos meses de mi ausencia la he adorado.
Saltó de su asiento como el joven impulsivo que era, se deslizó hacia su lado, y casi antes de que ella lo sospechara su brazo estaba alrededor de su cintura, y los dos conjuntos de rizos se entrelazaron.
Tan completamente nuevo era el amor en plena floración para Elfride, que tembló tanto por la novedad de la emoción como por la emoción misma. Luego se retiró repentinamente y se puso de pie, molesta por haber cedido sin resistencia incluso a su presión momentánea. Resolvió considerar esta demostración como prematura.
—No debe empezar tales cosas —dijo con altivez coqueta de naturaleza muy transparente—. Y... no debe volver a hacerlo, y papá viene.
—Déjeme besarla, solo uno pequeño —dijo él con su delicadeza habitual, y sin leer la artificialidad de su manera.
—No; ni uno.
—¿Solo en su mejilla?
—No.
—¿Frente?
—Ciertamente no.
—¿Se preocupa por alguien más, entonces? ¡Ah, lo pensé!
—Estoy segura de que no.
—¿Ni por mí tampoco?
—¿Cómo puedo saberlo? —dijo ella simplemente, residiendo la simplicidad meramente en los rasgos amplios de su manera y discurso. Había el semitono de voz y la expresión medio oculta de los ojos que le dicen a los iniciados cuán frágil es el hielo de la reserva en estos momentos.
Se oyeron pasos. El Sr. Swancourt entró entonces en la habitación, y su coloquio privado terminó.
El día después de esta revelación parcial, el Sr. Swancourt propuso un paseo a los acantilados más allá de Targan Bay, a una distancia de tres o cuatro millas.
Media hora antes de la hora de salida se oyó un choque en el patio trasero, y poco después entró Worm, diciendo en parte para el mundo en general, en parte para sí mismo, y ligeramente para sus auditores:
—¡Ay, ay, seguro! Esa fritura de pescado será el fin de William Worm. Están en ello otra vez esta mañana, igual que siempre, ¡chis, chis, chis!
—¿Tu cabeza mal otra vez, Worm? —dijo el Sr. Swancourt—. ¿Qué fue ese ruido que oímos en el patio?
—Ay, señor, soy un hombre débil y tambaleante; y la fritura ha estado ocurriendo en mi pobre cabeza durante toda la larga noche y esta mañana como de costumbre; y estaba tan aturdido con ella que cayó un trozo de leña sobre el eje del coche de ponis, y lo astilló. «Ay», digo, «lo siento como si fuera mi propio coche; y aunque lo he hecho yo, y la paga de la parroquia es mi destino si me voy de aquí, quizás sea tan independiente como cualquiera de por aquí».
«¡Dios mío, el eje del carruaje se ha roto!», exclamó Elfride. Ella estaba decepcionada; Stephen, el doble. El vicario mostró un temperamento más encendido de lo que el accidente parecía requerir, para gran inquietud de Stephen y con bastante sorpresa por su parte. No se había imaginado que tanta severidad latente pudiera coexistir con la franqueza y la bondad del señor Swancourt.
«No quedaréis decepcionados», dijo finalmente el vicario. «Es una distancia casi demasiado larga para que vayáis a pie. Elfride puede ir al trote en su poni, y tú tendrás a mi viejo rocín, Smith».
Elfride exclamó triunfante: «Nunca me has visto a caballo... ¡Oh, tienes que hacerlo!». Miró a Stephen y leyó sus pensamientos de inmediato. «Ah, ¿no sabes montar, señor Smith?».
«Lamento decir que no».
«¡Imagínate a un hombre que no sabe montar!», dijo ella con bastante impertinencia.
El vicario salió en su rescate. «Eso es bastante común; ha tenido otras lecciones que aprender. Ahora bien, recomiendo este plan: que Elfride vaya a caballo y tú, señor Smith, camines a su lado».
El arreglo fue acogido con secreto deleite por Stephen. Parecía combinar en sí mismo todas las ventajas de un largo y lento paseo con Elfride, sin la posibilidad contingente de que el disfrute se estropeara por el cansancio de ella. El poni fue ensillado y traído.
«Ahora, señor Smith», dijo la dama imperativamente, bajando las escaleras y apareciendo con su hábito de montar, como siempre hacía al cambiarse de vestido, cual nueva edición de un libro delicioso, «tienes una tarea que cumplir hoy. Estos pendientes son mis favoritos, mis preferidos; pero lo peor es que tienen unos ganchos tan cortos que corren el riesgo de caerse si muevo mucho la cabeza, y cuando estoy montando no puedo estar pendiente de ellos. Me harías un servicio de caballero si mantuvieras los ojos fijos en ellos, y los recordaras cada minuto del día, y me avisaras directamente si se me cae uno. Han tenido escapes tan milagrosos, ¿verdad, Unity?», continuó dirigiéndose a la criada, que estaba de pie en la puerta.
«¡Sí, señorita, los han tenido!», dijo Unity con una conmiseración de ojos muy abiertos.
«Una vez fue en el sendero donde encontré uno de ellos», prosiguió Elfride reflexivamente.
«Y luego fue junto a la verja que da a las Dieciocho Acres», añadió Unity.
«Y luego fue sobre la alfombra de mi propia habitación», replicó Elfride alegremente.
«Y después estaba colgando del bordado de su enagua, señorita; y luego se le cayó por la espalda, señorita, ¿no es cierto? Y oh, ¡qué disgusto tenía usted, señorita, no es así? ¡vaya!, ¡hasta que lo encontró!».
Stephen tomó el ligero pie de Elfride sobre su mano: «¡Uno, dos, tres, y arriba!», dijo ella.
Desafortunadamente, no fue así. Él se tambaleó y levantó, y el caballo se movió de lado; y Elfride fue finalmente depositada en el suelo con bastante más fuerza de lo que resultaba agradable. Smith parecía todo contrición.
«No importa», dijo el vicario de forma alentadora; «¡inténtalo de nuevo! Es un pequeño logro que requiere algo de práctica, aunque parezca tan fácil. Ponte más cerca de la cabeza del caballo, señor Smith».
«En realidad, no dejaré que lo intente de nuevo», dijo ella con una mirada microscópica de indignación. «Worm, ven aquí y ayúdame a montar». Worm dio un paso adelante, y ella estuvo en la silla en un santiamén.
Entonces siguieron adelante, avanzando cierta distancia en silencio, mientras el aire caliente del valle era retirado ocasionalmente de sus rostros por una brisa fresca, que serpenteaba a lo largo de los barrancos que subían desde el mar.
«Supongo», dijo Stephen, «que un hombre que no puede ni sentarse en una silla de montar ni ayudar a otra persona a subirse a una parece un estorbo inútil; pero, señorita Swancourt, aprenderé a hacerlo todo por usted; lo haré, de verdad».
«Lo que es tan inusual en ti», dijo ella, en un tono didáctico justificable en el discurso de una amazona hacia un caminante desorientado, «es que tu conocimiento de ciertas cosas se combine con tu ignorancia de otras ciertas cosas».
Stephen levantó sus ojos con fervor hacia los de ella.
«Sabes», dijo, «es simplemente porque hay tantas otras cosas que aprender en este vasto mundo que no me preocupé por ese conocimiento en particular. Pensé que me sería inútil; pero ahora no lo creo. Aprenderé a montar, y todo lo relacionado con ello, porque entonces me querrías más. ¿Me quieres mucho menos por esto?».
Ella lo miró de reojo con una meditación crítica tiernamente expresada.
«¿Parezco LA BELLE DAME SANS MERCI?», comenzó ella de repente, sin responder a su pregunta. «Imagínate diciéndome, señor Smith:
‘La monté en mi corcel de paso, Y no vi nada más en todo el día, Pues de lado se inclinaba, y cantaba Una canción de hadas, Me encontró raíces de dulce sabor, Y miel silvestre, y rocío de maná;’
y eso es todo lo que hizo».
«No, no», dijo el joven con calma, y con el rostro encendido.
«‘Y con lenguaje extraño dijo, Te amo de verdad’».
«En absoluto», replicó ella rápidamente. «Mira cómo puedo galopar. ¡Ahora, Pansy, vamos!». Y Elfride arrancó; y Stephen contempló su figura ligera contrayéndose hasta las dimensiones de un pájaro a medida que se hundía en la distancia, con el cabello al viento.
Él caminó en la misma dirección, y durante un tiempo considerable no pudo ver señales de que ella regresara. Apagado como una flor sin el sol, se sentó sobre una piedra, y ni durante quince minutos se oyó sonido alguno de caballo o jinete. Entonces Elfride y Pansy aparecieron en la colina al trote redondo.
«¡Qué galope tan delicioso hemos tenido!», dijo, con el rostro sonrosado y los ojos chispeantes. Giró la cabeza del caballo, Stephen se levantó y siguieron adelante de nuevo.
«Bueno, ¿qué tienes que decirme, señor Smith, después de mi larga ausencia?».
«¿Recuerdas una pregunta que no pudiste responder exactamente anoche: si yo era más para ti que cualquier otra persona?», dijo él.
«Tampoco puedo responder exactamente ahora».
«¿Por qué no puedes?».
«Porque no sé si soy más para ti que cualquier otra persona».
«¡Sí, de verdad, lo eres!», exclamó él con una voz de la más intensa apreciación, al tiempo que se deslizaba para mirar el rostro de ella.
«Ojos en los ojos», murmuró juguetonamente; y ella, ruborizada, obedeció, mirándolo a él a su vez.
«¿Y por qué no labios en los labios?», continuó Stephen con audacia.
«No, ciertamente no. Cualquiera podría mirar; y sería mi muerte. Puedes besar mi mano si quieres».
Él expresó con una mirada que besar una mano a través de un guante, y encima un guante de montar, no era un gran placer dadas las circunstancias.
«Toma, pues; me quitaré el guante. ¿No es una mano blanca y bonita? ¡Ah, no quieres besarla, y ahora no te dejaré!».
«Si no lo hago, ¡que no vuelva a besar nunca, severa Elfride! Sabes que pienso en ti más de lo que puedo decir; que eres mi reina. ¡Moriría por ti, Elfride!».
Un rojo intenso llenó de nuevo sus mejillas, y ella lo miró con aire meditativo. ¡Qué momento de orgullo fue aquel para Elfride! Por primera vez en su vida, estaba gobernando un corazón con despotismo absoluto.
Stephen se abalanzó sigilosamente sobre su mano.
«¡No; no lo haré, no lo haré!», dijo ella con obstinación; «y no deberías tomarme por sorpresa».
Se produjo una suave forma de forcejeo por la posesión absoluta de la tan codiciada mano, en la cual la vitalidad de chico y chica fue mucho más prominente que la dignidad de hombre y mujer. Entonces Pansy se puso inquieta. Elfride recuperó su posición y recordó quién era.
«¡Me haces comportarme de una manera nada agradable!», exclamó, en un tono que no era ni de placer ni de enfado, sino que participaba de ambos. «¡No debería haber permitido tal juego! Somos demasiado mayores ahora para ese tipo de cosas».
«Espero que no me consideres demasiado... demasiado como un hombre de los que se acercan con sigilo», dijo él en tono penitente, consciente de que él también había perdido un poco de dignidad con el proceder.
«Eres demasiado familiar; ¡y no puedo permitirlo! Considerando lo poco que nos conocemos, señor Smith, te tomas demasiadas confianzas. ¡Crees que soy una chica de campo, y que no importa cómo te comportes conmigo!».
«Te aseguro, señorita Swancourt, que no tenía intención de bromear. Quería imprimir un dulce y serio beso en tu mano; eso es todo».
«¡Ahora, eso es acercarse con sigilo de nuevo! Y no debes mirarme a los ojos así», dijo ella, negando con la cabeza y trotando unos pasos por delante. Así, ella marcó el camino para salir del sendero y cruzar algunos campos en dirección a los acantilados. En el límite de los campos más cercanos al mar, expresó el deseo de desmontar. El caballo fue atado a un poste, y ambos siguieron un camino irregular, que finalmente terminaba en una repisa plana que rodeaba la cara de la enorme roca azul negruzca, a una altura intermedia entre el mar y el borde más elevado. Allí, muy abajo y ante ellos, se extendía la inmensa extensión eterna del océano; allí, sobre rocas aisladas, estaban las gaviotas blancas que gritaban, pareciendo querer posarse siempre y, sin embargo, pasando de largo continuamente. A derecha e izquierda se alineaban las alturas dentadas y en zigzag, desgastadas por las tormentas, formando la serie que culminaba en la que estaba bajo sus pies.
Detrás del joven y la doncella había una alcoba y un asiento tentadores, formados naturalmente en la masa saliente, y lo suficientemente anchos para admitir a dos o tres personas. Elfride se sentó, y Stephen se sentó a su lado.
«Me temo que tampoco es muy apropiado que estemos aquí», dijo ella medio preguntando. «No nos conocemos lo suficiente para este tipo de cosas, ¿verdad?».
«Oh, sí», replicó él con aire juicioso; «lo suficiente».
«¿Cómo lo sabes?».
«No es la duración del tiempo, sino la forma en que laten nuestros minutos, lo que hace que sea suficiente o no en nuestro conocimiento mutuo».
«Sí, ya veo. Pero ojalá papá sospechara o supiera qué COSA TAN NUEVA estoy haciendo. No piensa en ello en absoluto».
«Querida Elfie, ¡ojalá pudiéramos casarnos! Está mal que lo diga —sé que lo está— antes de que sepas más; pero, aun así, ojalá pudiéramos. ¿Me amas profunda, profundamente?».
«¡No!», dijo ella, azorada.
Ante esta negativa directa, Stephen volvió el rostro con decisión y mantuvo un silencio ominoso; siendo los únicos objetos de interés en la tierra para él, aparentemente, las tres o cuatro docenas de aves marinas que daban vueltas en el aire a lo lejos.
«No pretendía detenerte del todo», titubeó ella con cierta alarma; y al ver que él seguía en silencio, añadió más ansiosamente: «Si vuelves a decir eso, quizás, no sea tan... tan obstinada, si... si no te gusta que lo sea».
«¡Oh, mi Elfride!», exclamó él, y la besó.
Fue el primer beso de Elfride. Y qué torpe y poco acostumbrada estaba; llena de resistencia, sin ceder. No hubo ninguno de esos aparentes forcejeos para salir de la trampa que solo resultan en meterse más adentro: ninguna actitud final de receptividad: ningún acercamiento fácil de hombro contra hombro, mano sobre mano, rostro contra rostro y, a pesar de la timidez, los labios en el lugar correcto en el momento supremo. Ese elegante aunque aparentemente accidental acomodo de posición, que muchos han notado que precipita el final y hace que los amantes sean más dulces, no estaba aquí. ¿Por qué? Porque faltaba la experiencia. Una mujer debe haber recibido muchos besos antes de besar bien.
De hecho, el arte de ofrecer los labios para estos saludos amorosos sigue los principios establecidos en los tratados de prestidigitación para realizar el truco llamado «Forzar una carta». La carta debe ser movida con agilidad, retirada, deslizada por debajo y, sin embargo, no ser ofrecida hasta el momento en que la mano de la persona desprevenida llega a la baraja; este forzamiento debe hacerse con tanta modestia y, al mismo tiempo, con tanta persuasión, que la persona con la que se juega imagina que realmente está eligiendo lo que, de hecho, se le pone en la mano.
Bueno, no había tales facilidades ahora; y Stephen era consciente de ello: primero con un momentáneo pesar de que su beso fuera estropeado por la confusa recepción de ella, y luego con la agradable percepción de que su torpeza era su encanto.
«¿Y te importo y me amas?», dijo él.
«Sí».
«¿Mucho?».
«Sí».
«¿Y no debo preguntarte si me esperarás y serás mi esposa algún día?».
«¿Por qué no?», dijo ella con ingenuidad.
«Hay una razón, mi Elfride».
«No conozco ninguna».
«¿Y si hay algo relacionado conmigo que hace que sea casi imposible que accedas a ser mi esposa, o que tu padre vea con buenos ojos tal idea?».
«Nada hará que deje de amarte: no se puede encontrar mancha en tu naturaleza personal. Esa es pura y generosa, lo sé; y teniéndola, ¿cómo puedo ser fría contigo?».
«¿Y nada más nos afectará? ¿Nada más allá de mi naturaleza será parte de mi esencia a tus ojos, Elfie?».
«Nada en absoluto», dijo ella con un suspiro de alivio. «¿Es eso todo? ¿Alguna circunstancia externa? ¿Qué me importa a mí?».
«Difícilmente puedes juzgar, querida, hasta que sepas lo que hay que juzgar. Para eso, esperaremos hasta llegar a casa. Creo en ti, pero no puedo sentirme alegre».
«El amor es nuevo y fresco para nosotros como el rocío; y estamos juntos. Como va el mundo de los amantes, esto es mucho. Stephen, me parece ver la diferencia entre tú y yo; entre hombres y mujeres en general, tal vez. Me contento con construir la felicidad sobre cualquier base accidental que pueda estar a mano; tú eres de los que hacen un mundo que se ajuste a su felicidad».
«Elfride, a veces dices cosas que hacen que parezca que de repente te has vuelto cinco años mayor de lo que eres, o de lo que soy yo; y esa observación es una de ellas. No podría pensar tan VIEJO como eso, por mucho que lo intentara... ¿Y ningún amante te ha besado nunca antes?».
«Nunca».
«Lo sabía; estabas tan desacostumbrada. Montas bien, pero no besas nada bien; y una vez me dijo mi amigo Knight que esa es una falta excelente en una mujer».
«Ahora, vamos; debo volver a montar, o no llegaremos a casa a la hora de cenar». Y regresaron al lugar donde Pansy estaba atada. «En lugar de confiar mi peso a la inestable palma de un joven», continuó ella alegremente, «prefiero un ‘estribo’ más seguro (como lo llaman los aldeanos), en forma de verja. Ahí, ahora vuelvo a ser yo misma».
Siguieron camino a casa al mismo paso de caminata.
Su alegría sacó a Stephen de su reflexión, y cada uno olvidó todo menos el tono del momento.
«¿Por qué me amaste?», dijo ella, después de una larga mirada pensativa a un pájaro que volaba.
«No lo sé», respondió él ociosamente.
«Oh, sí que lo sabes», insistió Elfride.
«Tal vez, por tus ojos».
«¿Qué hay de ellos? Ahora, no me molestes con una respuesta ligera. ¿Qué hay de mis ojos?».
«Oh, nada que mencionar. Son indiferentemente buenos».
«Vamos, Stephen, no permitiré eso. ¿Por qué me amaste?».
«¿Podría haber sido por tu boca?».
«Bueno, ¿qué pasa con mi boca?».
«Pensé que era una boca bastante pasable...».
«Eso no es muy reconfortante».
«Con un lindo puchero y labios dulces; pero, en realidad, nada más que lo que todo el mundo tiene».
«No inventes cosas de tu cabeza sobre la marcha, eres un querido Stephen. Ahora, ¿por qué —me— amaste?».
«Quizás, fue por tu cuello y tu cabello; aunque no estoy seguro: o por tu sangre ociosa, que no hacía más que vagar lejos de tus mejillas y volver de nuevo; pero no estoy seguro. O tus manos y brazos, que eclipsaban a todas las demás manos y brazos; o tus pies, que jugaban debajo de tu vestido como ratoncitos; o tu lengua, que era de un tono querido y delicado. Pero no estoy del todo seguro».
«Ah, eso es bonito de decir; pero no me importa tu amor, si me convirtiera en una simple imagen plana de esa manera, y no estar seguro, y tal razonamiento frío; sino lo que SENTISTE que yo era, ya sabes, Stephen» (aquí una risa furtiva y una mirada juguetona a su cara), «cuando te dijiste a ti mismo: "Sin duda amaré a esa joven"».
«Nunca lo dije».
«Cuando te dijiste a ti mismo, entonces: "Nunca amaré a esa joven"».
«Tampoco dije eso».
«¿Entonces fue: "Supongo que debo amar a esa joven"?».
«No».
«¿Qué, entonces?».
«Fue mucho más fluctuante, no tan definido».
«Dímelo; hazlo, dímelo».
«Era que no debía pensar en ti si te amaba verdaderamente».
«Ah, eso no lo entiendo. No hay forma de sacártelo. Y no te pediré más, nunca más, que digas desde la profunda realidad de tu corazón por qué me amaste».
«Dulce tentadora, ¿para qué sirve? Se reduce a esto: que en un momento nunca te había visto, y no te amaba; que luego te vi, y sí te amé. ¿Es eso suficiente?».
«Sí; haré que baste... Creo que sé por qué te amo. Eres apuesto, por supuesto; pero no me refería a eso. Es porque eres tan dócil y amable».
«Esas no son exactamente las cualidades correctas por las que un hombre debe ser amado», dijo Stephen, en un tono de autocrítica más bien insatisfecho. «Bueno, no importa. Debo pedirle a tu padre que nos permita comprometernos en cuanto entremos. Será por mucho tiempo».
«Me gusta más así... Stephen, no lo menciones hasta mañana».
«¿Por qué?».
«Porque, si él se opusiera —no creo que lo haga; pero si lo hiciera— tendremos un día más de felicidad por nuestra ignorancia... Bueno, ¿en qué piensas tan profundamente?».
«Pensaba en cuánto disfrutaría mi querido amigo Knight esta escena. Ojalá pudiera venir aquí».
«Pareces muy absorto con él», respondió ella, con un pequeño gesto de celos. «Debe ser un hombre interesante para ocupar tanta parte de tu atención».
«¡Interesante!», dijo Stephen, con el rostro resplandeciente de fervor; «noble, deberías decir».
«Oh, sí, sí; lo olvidé», dijo ella medio satíricamente. «El hombre más noble de Inglaterra, como nos dijiste anoche».
«Es un gran tipo, ríete lo que quieras, señorita Elfie».
«Sé que es tu héroe. Pero, ¿qué hace? ¿Algo?».
«Escribe».
«¿Qué escribe? Nunca he oído su nombre».
«Porque su personalidad, y la de otros tantos como él, está absorbida en un enorme NOSOTROS, a saber, la entidad impalpable llamada el PRESENTE, una revista social y literaria».
«¿Es solo un crítico?».
«¡SOLO, Elfie! Vaya, puedo decirte que es algo importante estar en el equipo del PRESENTE. Mucho más que ser novelista, considerablemente».
«Eso es un golpe para mí y para mi pobre CORTE DEL CASTILLO DE KELLYON».
«No, Elfride», susurró él; «no quería decir eso. Quiero decir que es realmente un hombre de letras de cierta eminencia, y no solo un crítico. Escribe cosas de una clase superior a las reseñas, aunque critica algún libro ocasionalmente. Sus producciones habituales son ensayos sociales y éticos; todo lo que contiene el PRESENTE que no es crítica literaria».
«Admito que debe ser talentoso si escribe para el PRESENTE. Nos la envían de forma irregular. Quiero que papá se suscriba, pero es tan conservador. Ahora, el siguiente punto sobre este señor Knight: supongo que es un hombre muy bueno».
«Un hombre excelente. Intentaré ser su amigo íntimo algún día».
«¿Pero no lo eres ahora?».
«No; no tanto como eso», respondió Stephen, como si tal suposición fuera extravagante. «Verás, fue de esta manera: él vino originalmente del mismo lugar que yo, y me enseñó cosas; pero no tengo intimidad con él. ¡No me alegraré cuando sea más rico y más conocido, y me codee con él!». Los ojos de Stephen brillaron.
Un puchero empezó a formarse en los labios suaves de Elfride. «¡Piensas siempre en él, y te gusta más que yo!».
«No, de verdad, Elfride. El sentimiento es completamente diferente. Pero sí me gusta, y merece incluso más afecto del que le doy».
«¡No eres agradable ahora, y me haces estar tan celosa como es posible!», exclamó ella con perversidad. «Sé que nunca hablarás a una tercera persona de mí con tanto entusiasmo como lo haces conmigo de él».
«Pero no entiendes, Elfride», dijo él con un movimiento de ansiedad. «Algún día lo conocerás. Es tan brillante... no, brillante no es la palabra exacta; tan reflexivo... tampoco reflexivo le hace justicia... que te cautivaría hablar con él. Es un amigo de lo más deseable, y eso no es ni la mitad de lo que podría decir».
«No me importa lo bueno que sea; no quiero conocerlo, porque se interpone entre tú y yo. Piensas en él día y noche, mucho más que en nadie; y cuando piensas en él, me dejas fuera de tu mente».
«No, querida Elfride; te quiero entrañablemente».
«Y no me gusta que me hables con tanto entusiasmo de él cuando estás en medio de quererme a mí. Stephen, supón que este hombre tuyo, Knight, y yo nos estuviéramos ahogando, y solo pudieras salvar a uno de nosotros...»
«Sí... la estúpida vieja proposición... ¿a quién salvaría?»
«Bueno, ¿a quién? A mí no».
«A ambos», dijo, apretando la mano que ella tenía colgando.
«No, eso no vale; solo a uno de nosotros».
«No puedo decirlo; no lo sé. Es desagradable... una idea bastante horrible de abordar».
«Ajá, lo sé. Salvarías a él y dejarías que yo me ahogara, ahogara, ahogara; ¡y no me importa tu amor!».
Ella había intentado dar un tono juguetón a sus palabras, pero la última frase sonó algo forzada en su alegría.
En este punto de la discusión, ella se alejó trotando para doblar una esquina que el sendero evitaba, volviéndose a unir el camino y el sendero un poco más adelante. Al aparecer de nuevo, se las arregló continuamente para mirar en una dirección opuesta a él, y lo dejó en el fresco refugio de su disgusto. Stephen fue derrotado pronto en este juego de indiferencia. Dio la vuelta y entró en su campo de visión.
«¿Estás ofendida, Elfie? ¿Por qué no hablas?».
«Sálvame a mí, entonces, y deja que ese señor Sabelotodo tuyo se ahogue. Lo odio. Ahora, ¿a quién elegirías?».
«De verdad, Elfride, no deberías insistir en una pregunta tan difícil. Es ridículo».
«Entonces no volveré a estar a solas contigo. ¡Qué poco amable, herirme así!». Se rió de su propio absurdo, pero persistió.
«Vamos, Elfie, hagamos las paces y seamos amigos».
«Di que me salvarías a mí, entonces, y dejarías que él se ahogara».
«Te salvaría a ti... y a él también».
«Y dejarías que él se ahogara. ¡Vamos, o no me quieres!», continuó ella en tono de burla.
«Y dejaría que él se ahogara», exclamó él desesperado.
«Ahí está; ¡ahora soy tuya!», dijo ella, y un rubor de triunfo femenino iluminó sus ojos.
«Solo un pendiente, señorita, por mi vida», dijo Unity al entrar ellas en el vestíbulo.
Con un rostro que expresaba una miserable inquietud, la mano de Elfride voló como una flecha hacia su oreja.
«¡Ahí está!», exclamó ante Stephen, mirándolo con ojos llenos de reproche.
«Se me olvidó por completo, de verdad. ¡Si tan solo me hubiera acordado!», respondió él, con el rostro marcado por la culpa.
Ella dio media vuelta y se adentró en el arbusto. Stephen la siguió.
«Si me hubieras dicho que vigilara algo, Stephen, lo habría hecho religiosamente», continuó ella caprichosamente, tan pronto como lo oyó detrás de sí.
«El olvido es perdonable».
«Bueno, lo encontrarás si quieres que te respete y me comprometa contigo cuando hayamos hablado con papá». Consideró un momento y añadió más seriamente: «Ahora sé dónde lo perdí, Stephen. Fue en el acantilado. Recuerdo una leve sensación de algún cambio en mí, pero estaba demasiado distraída para pensar en ello entonces. Y ahí es donde está ahora, y tienes que ir a buscar allí».
«Iré ahora mismo».
Y se alejó a zancadas por el valle, bajo un sol abrasador y en medio del silencio sepulcral de las primeras horas de la tarde. Ascendió, con una prisa vertiginosa, la ventosa cadena de rocas hasta donde se habían sentado, palpó y escudriñó entre las piedras y grietas, pero la joya perdida de Elfride no se veía por ninguna parte. Luego, Stephen desandó lentamente sus pasos y, deteniéndose en un cruce para reflexionar un rato, abandonó la meseta y se dirigió hacia abajo a través de unos campos, en dirección a Endelstow House.
Caminó por el sendero junto al río sin la menor duda sobre su rumbo, aparentemente muy familiarizado con cada palmo del terreno. A medida que las sombras empezaban a alargarse y la luz del sol a suavizarse, pasó por dos portillos y se acercó a las afueras de Endelstow Park. El río corría ahora junto a la cerca del parque, antes de entrar en la arboleda misma, un poco más adelante.
Aquí se alzaba una cabaña, entre la cerca y el arroyo, en un terreno ligeramente elevado, alrededor del cual el río daba una curva. El rasgo característico de esta acogedora morada era su única chimenea en el hastial, cuya forma cuadrada estaba disimulada por un enorme manto de hiedra, que había crecido tan exuberantemente y se extendía tanto desde su base, que aumentaba el volumen aparente de la chimenea hasta las dimensiones de una torre. A cierta distancia de la parte trasera de la casa se alzaba el límite del parque, y sobre este podían verse los sicómoros de la arboleda, haciendo lentas inclinaciones ante el aire que apenas despertaba.
Stephen cruzó el pequeño puente de madera que había delante, se acercó a la puerta de la cabaña y la abrió sin llamar ni dar señal alguna.
Exclamaciones de bienvenida brotaron de una o varias personas cuando la puerta se entreabrió, seguidas por el chirrido de las sillas sobre un suelo de piedra, como si sus ocupantes las hubieran apartado al levantarse de la mesa. La puerta se cerró de nuevo y ya no se pudo oír nada desde dentro, salvo una animada charla y el tintineo de los platos.
Capítulo VIII
«Allen-a-Dale no es barón ni señor».
Las nieblas salían de las pozas y pantanos para sus peregrinaciones nocturnas cuando Stephen llegó a la puerta principal de la vicaría. Elfride estaba de pie en el escalón, iluminada por una extensión de cielo occidental de color limón.
«¿Nunca has estado todo este tiempo buscando ese pendiente?», dijo ella con ansiedad.
«Oh no; y no lo he encontrado».
«No importa. Aunque estoy muy disgustada; son mis favoritos. Pero, Stephen, ¿qué has estado haciendo todo este tiempo?, ¿dónde has estado? He estado tan inquieta. Temí por ti, al no conocer ni un palmo de la región. Pensé: ¡y si se ha caído por el acantilado! Pero ahora me inclino a regañarte por haberme asustado así».
«Debo hablar con tu padre ahora», dijo con cierta brusquedad; «tengo mucho que decirle a él... y a ti, Elfride».
«¿Pondrá en peligro lo que tienes que decir este momento tan agradable nuestro, y es ese mismo secreto sombrío al que aludes con tanta frecuencia, y me hará infeliz?».
«Posiblemente».
Ella respiró con dificultad y miró a su alrededor como buscando a alguien que la guiara.
«Déjalo para mañana», dijo ella.
Él suspiró involuntariamente también.
«No; debe ser esta noche. ¿Dónde está tu padre, Elfride?».
«En algún lugar de la huerta, creo», respondió ella. «Es su refugio favorito al atardecer. Te dejaré ahora. Di todo lo que haya que decir, haz todo lo que haya que hacer. Piensa en mí esperando ansiosamente el final». Y volvió a entrar en la casa.
Esperó en el salón, viendo cómo las luces se hundían en sombras, y las sombras en la oscuridad, hasta que su impaciencia por saber qué había ocurrido en el jardín no pudo ser controlada por más tiempo. Rodeó el arbusto, descorrió el cerrojo de la puerta del jardín y escudriñó con sus ojos agudos todo el espacio crepuscular que los cuatro muros encerraban y protegían: no estaban allí. Montó en una pequeña escalera, que se usaba para recoger fruta, y miró por encima del muro hacia el campo. Este campo se extendía hasta los límites de la gleba, que estaba cerrada por ese lado por un seto de aligustre. Bajo el seto estaba el señor Swancourt, caminando de un lado a otro y hablando en voz alta, para sí mismo, como parecía al principio. No: otra voz gritaba respuestas ocasionales; y este interlocutor parecía estar al otro lado del seto. La voz, aunque de calidad suave, no era la de Stephen.
El segundo interlocutor debía de estar en el jardín, abandonado desde hacía mucho tiempo, de una vieja casa solariega cercana, que, junto con una pequeña propiedad anexa, había sido comprada recientemente por una persona llamada Troyton, a quien Elfride nunca había visto. Su padre podría haber entablado amistad con algún miembro de esa familia a través del seto de aligustre, o un extraño al vecindario podría haber vagado hasta allí.
Bueno, no había necesidad de molestarlo.
Y parecía que, después de todo, Stephen aún no había hecho su deseada comunicación a su padre. De nuevo entró en la casa, preguntándose dónde podría estar Stephen. Por falta de algo mejor que hacer, subió a su propia habitación. Allí se sentó junto a la ventana abierta y, apoyando el codo en la mesa y la mejilla sobre la mano, se sumió en la meditación.
Era una noche de agosto cálida y tranquila. Cada perturbación del silencio que alcanzaba la categoría de ruido podía oírse a kilómetros, y el más leve sonido a gran distancia. Así permaneció, pensando en Stephen y deseando que no la hubiera privado de su compañía sin propósito alguno, como parecía. Qué delicado y sensible era, reflexionó; y, sin embargo, era lo suficientemente hombre como para tener un misterio privado, lo cual lo elevaba considerablemente a sus ojos. Así, mirando las cosas con una visión interior, perdió la conciencia del paso del tiempo.
Las extrañas conjunciones de circunstancias, particularmente las de tipo trivial y cotidiano, son tan frecuentes en la vida ordinaria que nos acostumbramos a su falta de explicación y olvidamos cuestionar si las probabilidades tan bajas contra tal yuxtaposición no son casi una prueba de que no es en absoluto una cuestión de azar. Lo que le ocurrió a Elfride en ese momento fue un claro ejemplo. Se imaginaba vívidamente, por vigésima vez, el beso de la mañana, y juntaba sus labios en la posición que otro igual exigiría, cuando oyó la misma operación realizada en el césped, inmediatamente debajo de su ventana.
Un beso, no del tipo silencioso y furtivo, sino decisivo, sonoro y ágil.
Su rostro se sonrojó y miró hacia fuera, pero en vano. El borde oscuro de la tierra alta trazaba una línea aguda y triste contra el pálido resplandor del cielo, ininterrumpida excepto donde un joven cedro en el césped, que había superado a sus árboles compañeros, proyectaba su cabeza puntiaguda a través del horizonte, atravesando el brillo del firmamento como un aguijón.
Era perfectamente posible que, si alguien hubiera estado de pie en las partes cubiertas de hierba del césped, Elfride habría visto sus oscuras formas. Pero los arbustos, que una vez solo habían salpicado el claro, se habían vuelto frondosos y grandes, hasta ocultar al menos la mitad del recinto que los contenía. La pareja que se besaba podía haber estado detrás de algunos de ellos; en cualquier caso, no había nadie a la vista.
Si nunca se hubiera relacionado ningún enigma con su amante mediante sus indirectas y ausencias, Elfride nunca habría pensado en admitir en su mente la sospecha de que él pudiera estar involucrado en el acto anterior. Pero las reservas en las que él insistía en ese momento, aunque añadían misterio sin el cual quizás ella nunca lo habría amado seriamente, estaban calculadas para alimentar dudas de todo tipo, y con un lento rubor de celos se preguntó: ¿podría ser él el culpable?
Elfride bajó las escaleras de puntillas y salió hacia el lugar exacto en el que se había separado de Stephen para permitirle hablar en privado con su padre. Desde allí, vagó por todos los rincones alrededor del lugar del que parecía proceder el sonido, entre los enormes durillos, alrededor de los grupos de hierbas de la Pampa, en medio de los acebos abigarrados, bajo el olmo llorón; no había nadie. Al regresar a casa, llamó: «¡Unity!».
«Se ha ido a casa de su tía, a pasar la noche», dijo el señor Swancourt, asomando la cabeza por la puerta de su estudio y dejando que la luz de sus velas iluminara el rostro de Elfride, creando, más que revelando, como le pareció a ella, el rubor de perplejidad inquieta que ardía en su mejilla.
«No sabía que estuvieras dentro, papá», dijo ella con sorpresa. «¿Seguro que no salía luz de la ventana cuando yo estaba en el césped?», y miró y vio que las contraventanas seguían abiertas.
«Oh sí, estoy dentro», dijo con indiferencia. «¿Para qué querías a Unity? Creo que puso la cena antes de salir».
«¿Lo hizo? No he ido a comprobarlo; no la quería para eso».
Elfride apenas sabía, ahora que se requería una razón definida, cuál era esa razón. Su mente se desvió por un momento hacia otro tema, insignificante al parecer. La brasa roja de una cerilla yacía dentro de la rejilla, lo que explicaba que el motivo por el que no había visto rayos desde la ventana era porque las velas acababan de encenderse.
«Iré enseguida», dijo el vicario. «Pensé que estabas fuera en algún lugar con el señor Smith».
Incluso la inexperta Elfride no pudo evitar pensar que su padre debía de ser maravillosamente ciego si no lograba percibir cuál era la consecuencia naciente de que ella y Stephen se quedaran juntos tan despreocupadamente; maravillosamente descuidado, si lo veía y no pensaba en ello; maravillosamente bueno, si, como le parecía la suposición con mucho más probable, lo veía, pensaba en ello y lo aprobaba. Estas reflexiones fueron interrumpidas por la aparición de Stephen justo fuera del porche, plateado en la cabeza y los hombros con toques de luz de luna, que había comenzado a filtrarse a través de los árboles.
«¿Tu problema tiene algo que ver con un beso en el césped?», preguntó ella bruscamente, casi apasionadamente.
«¿Un beso en el césped?».
«¡Sí!», dijo ella, ahora imperiosamente.
«No comprendí tu significado, ni lo comprendo exactamente ahora. Ciertamente no he besado a nadie en el césped, si eso es realmente lo que quieres saber, Elfride».
«¿No sabes nada sobre tal actuación?».
«Nada en absoluto. ¿Por qué lo preguntas?».
«No me presiones para que te lo diga; no es nada importante. Y, Stephen, ¿todavía no has hablado con papá sobre nuestro compromiso?».
«No», dijo con pesar, «no pude encontrarlo directamente; y luego seguí pensando tanto en lo que dijiste sobre objeciones, negativas... palabras amargas posiblemente... acabando con nuestra felicidad, que decidí dejarlo para mañana; eso nos da un día más de deleite... deleite de un tipo tembloroso».
«Sí; pero creo que sería impropio guardar silencio demasiado tiempo», dijo ella con una voz delicada, que implicaba que su rostro se había calentado. «Quiero que sepa que nos amamos, Stephen. ¿Por qué adoptaste como propia mi idea de retrasarlo?».
«Te lo explicaré; pero antes quiero contarte mi secreto... decírtelo ahora. Todavía faltan dos o tres horas para la hora de acostarse. Vamos a subir la colina hasta la iglesia».
Elfride asintió pasivamente, y salieron del césped por un portillo lateral y ascendieron a la extensión abierta de luz de luna que inundaba el solitario edificio en la cima de la colina.
La puerta estaba cerrada. Se alejaron del porche y caminaron de la mano para buscar un lugar de descanso en el cementerio. Stephen eligió una tumba plana, que parecía ser más nueva y blanca que las que la rodeaban, y sentándose él mismo, atrajo suavemente la mano de ella hacia sí.
«No, ahí no», dijo ella.
«¿Por qué no aquí?».
«Una simple fantasía; pero no importa». Y se sentó.
«Elfie, ¿me amarás, a pesar de todo lo que pueda decirse en mi contra?».
«Oh Stephen, ¿qué te hace repetir eso tan continuamente y tan tristemente? Sabes que sí. Sí, de verdad», dijo ella, acercándose, «diga lo que se diga de ti... y nada malo puede decirse... me aferraré a ti de la misma manera. Tus caminos serán mis caminos hasta que muera».
«¿Alguna vez pensaste quiénes podrían ser mis padres, o en qué sociedad me movía originalmente?».
«No, no particularmente. He observado uno o dos pequeños puntos en tus modales que son bastante pintorescos... nada más. Supongo que te has movido en la sociedad ordinaria de la gente profesional».
«¿Suponiendo que no lo haya hecho... que ninguno de mi familia tiene una profesión excepto yo?».
«No me importa. Lo que tú eres solo me concierne a mí».
«¿Dónde crees que fui a la escuela? Quiero decir, ¿a qué tipo de escuela?».
«A la academia del doctor Alguien», dijo ella sencillamente.
«No. A una escuela de señoras al principio, luego a una escuela nacional».
«¡Solo a esas! Bueno, te amo exactamente igual, Stephen, querido Stephen», murmuró ella tiernamente, «de verdad que sí. ¿Y por qué tienes que decirme estas cosas tan impresionantemente? ¿Qué me importan?».
Él la sostuvo más cerca y continuó:
«¿Qué crees que es mi padre? Quiero decir, ¿a qué se dedica para ganarse la vida?».
«Ejerce alguna profesión u oficio, supongo».
«No; es albañil».
«¿Masón?».
«No; un campesino y albañil jornalero».
Elfride no dijo nada al principio. Al cabo de un rato susurró:
«Esa es una idea extraña para mí. Pero no importa; ¿qué más da?».
«¿Pero no estás enfadada conmigo por no habértelo dicho antes?».
«No, en absoluto. ¿Vive tu madre?».
«Sí».
«¿Es una buena señora?».
«Muy buena... la mejor madre del mundo. Su familia había sido labradores acomodados durante siglos, pero ella solo era una lechera».
«¡Oh, Stephen!», salió de ella en una exclamación susurrada.
«Siguió atendiendo una lechería mucho después de que mi padre se casara con ella», continuó Stephen, sin más vacilación. «Y recuerdo muy bien cómo, cuando yo era muy pequeño, solía ir al ordeño, observar el desnatado, dormir durante el batido y fingir que la ayudaba. ¡Ah, esa fue una época bastante feliz!».
«No, nunca... no feliz».
«Sí, lo era».
«No veo cómo podía haber felicidad donde había que hacer el trabajo penoso de la lechería para ganarse la vida; las manos rojas y agrietadas, y los zapatos obstruidos... Stephen, admito que parece extraño considerarte bajo la luz de... de... haber sido tan rudo en tu juventud, y haber hecho trabajos serviles de ese tipo». (Stephen se retiró un par de centímetros de su lado). «Pero TE AMO igual», continuó ella, acercándose de nuevo bajo su hombro, «y no me importa nada el pasado; y veo que eres aún más digno por haber salido adelante en el mundo de esa manera».
«No es mi valía; es la de Knight, quien me impulsó».
«¡Ah, siempre él, siempre él!».
«Sí, y con razón. Ahora, Elfride, ves la razón de que me enseñara por carta. Lo conocí años antes de que fuera a Oxford, pero no había avanzado lo suficiente en mis lecturas para que él considerara la idea de ayudarme con los clásicos hasta que dejó el hogar. Entonces fui enviado lejos del pueblo, y rara vez nos veíamos; pero mantuvo este sistema de enseñanza por correspondencia con la mayor regularidad. Te contaré toda la historia, pero no ahora. No hay nada más que decir ahora, más allá de dar lugares, personas y fechas». Su voz se volvió tímidamente lenta en este punto.
«No; no te tomes la molestia de decir más. Eres un querido y honesto compañero por decir tanto como has dicho; y tampoco es tan terrible. Se ha vuelto algo normal que los millonarios comiencen yendo a Londres con sus herramientas a la espalda y media corona en el bolsillo. Ese tipo de origen se está volviendo tan respetado», continuó ella alegremente, «que está adquiriendo algo del aroma de la ascendencia normanda».
«Ah, si hubiera HECHO mi fortuna, no me importaría. Pero todavía soy solo un posible hacedor de ella».
«Es suficiente. ¿Y así, esto era lo que te preocupaba?».
«Pensé que estaba haciendo mal al dejar que me amaras sin contarte mi historia; y sin embargo, temía hacerlo, Elfie. Temía perderte, y fui cobarde por eso».
«¡Qué claro parece todo lo relacionado contigo después de esta explicación! Tus peculiaridades en el ajedrez, la pronunciación que papá notó en tu latín, tu extraña mezcla de conocimientos librescos con ignorancia de los logros sociales ordinarios, se explican en un momento. ¿Y tiene esto algo que ver con lo que vi en casa de Lord Luxellian?».
«¿Qué viste?».
«Vi tu sombra poniéndole una capa a una dama. Yo estaba en la puerta lateral; vosotros dos estabais en una habitación con la ventana hacia mí. Viniste hacia mí un momento después».
«Era mi madre».
«¡Tu madre ALLÍ!». Se retiró para mirarlo en silencio, interesada.
—Elfride —dijo Stephen—, iba a contarte el resto mañana; he estado guardándolo, pero después de todo, debo contarlo ahora. El resto de mi revelación se refiere a dónde están mis padres. ¿Dónde crees que viven? Los conoces, al menos de vista.
—¡Los conozco! —dijo ella en un asombro contenido.
—Sí. Mi padre es John Smith, el maestro albañil de Lord Luxellian, que vive bajo el muro del parque, junto al río.
—¡Oh, Stephen! ¿Puede ser cierto?
—Él construyó, o ayudó en la construcción de la casa en la que vives, hace años. Él puso esos pilares de piedra de la entrada al parque de Lord Luxellian. Mi abuelo plantó los árboles que rodean tu jardín; mi abuela, que trabajaba en el campo con él, sostenía cada árbol recto mientras él rellenaba la tierra: me lo contaron cuando era niño. Él también era el sacristán y cavó muchas de las tumbas que nos rodean.
—¿Y tu desaparición inexplicable la primera mañana de tu llegada, y de nuevo esta tarde, fue una escapada para ver a tu padre y a tu madre?... Ahora lo entiendo; ¡con razón parecías conocer el camino por el pueblo!
—Con razón. Pero recuerda, no he vivido aquí desde que tenía nueve años. Entonces me fui a vivir con mi tío, un herrero, cerca de Exonbury, para poder asistir a una escuela nacional como alumno externo; en aquel entonces no había ninguna en esta costa remota. Fue allí donde conocí a mi amigo Knight. Y cuando tuve quince años y recibí una educación aceptable por parte del maestro, y más particularmente de Knight, me colocaron como aprendiz en la oficina de un arquitecto en esa ciudad, porque era hábil con el lápiz. Mis padres pagaron una prima completa gracias a sus esfuerzos, algo en contra de los deseos de Lord Luxellian, quien, sin embargo, aprecia a mi padre y lo tiene en gran estima. Allí permanecí hasta hace seis meses, cuando obtuve un puesto como perfeccionador, como lo llaman, en una oficina de Londres. Eso es todo sobre mí.
—Pensar que TÚ, el visitante de Londres, el hombre de ciudad, debas haber nacido aquí, y haber conocido este pueblo tantos años antes que yo. ¡Qué extraño, qué muy extraño me parece! —murmuró ella.
—Mi madre hizo una reverencia ante ti y ante tu padre el domingo pasado —dijo Stephen, con una sonrisa dolorida ante el pensamiento de la incongruencia—. Y tu papá le dijo: «Me alegra ver que eres tan regular en la iglesia, JANE».
—Lo recuerdo, pero nunca he hablado con ella. Solo llevamos dieciocho meses aquí, y la parroquia es muy grande.
—Contrasta esto —dijo Stephen, con una risa miserable— con la creencia de tu padre en mi «sangre azul», que aún prevalece en su mente. La primera noche que vine, insistió en probar mi ascendencia de una de las familias más antiguas del condado, debido a mi segundo nombre; cuando la verdad es que me lo pusieron porque mi abuelo fue jardinero asistente en la familia Fitzmaurice-Smith durante treinta años. Al haber visto tu rostro, mi querida, no tuve corazón para contradecirlo y decirle lo que me habría apartado de un trato amistoso contigo.
Ella suspiró profundamente. —Sí, ahora veo cómo esta desigualdad puede causarnos problemas —murmuró, y continuó en un susurro bajo y triste—: No me habría importado si hubieran vivido lejos. Papá podría haber consentido un compromiso entre nosotros si tu conexión hubiera sido con aldeanos a cien millas de distancia; la lejanía suaviza los contrastes familiares. Pero a él no le gustará... ¡Oh, Stephen, Stephen! ¿Qué puedo hacer?
—¿Hacer? —dijo él tentativamente, aunque con pesadez—. Déjame; vuelve a Londres y no pienses más en mí.
—No, no; ¡no puedo dejarte! Esta desesperanza en nuestros asuntos hace que me preocupe más por ti... Veo algo que no me llamó la atención al principio. Stephen, ¿por qué nos molestamos? ¿Por qué debería objetar papá? Un arquitecto en Londres es un arquitecto en Londres. ¿Quién pregunta allí? Nadie. Viviremos allí, ¿no es así? ¿Por qué tenemos que estar tan alarmados?
—Y Elfie —dijo Stephen, con sus esperanzas encendidas junto a las de ella—, Knight no piensa nada malo de que yo sea solo el hijo de un campesino; dice que soy tan digno de su amistad como si fuera el de un lord; y si soy digno de su amistad, soy digno de ti, ¿no es así, Elfride?
—No solo nunca he amado a nadie más que a ti —dijo ella, en lugar de dar una respuesta—, sino que ni siquiera he formado una amistad fuerte, como la que tú tienes con Knight. Desearía que no fuera así. Me hace sentir menos.
—Ahora, Elfride, sabes que no es así —dijo él con tono seductor—. ¿Y realmente nunca tuviste ningún pretendiente en absoluto?
—Ninguno que yo haya reconocido como tal.
—¿Pero nadie te amó nunca?
—Sí, un hombre lo hizo una vez; mucho, dijo él.
—¿Hace cuánto tiempo?
—Oh, hace mucho tiempo.
—¿Cuánto, querida?
—Un año.
—Eso no es MUY largo —dijo él con bastante decepción.
—Dije largo, no muy largo.
—¿Y quería casarse contigo?
—Creo que sí. Pero no vi nada en él. No era lo suficientemente bueno, incluso si lo hubiera amado.
—¿Puedo preguntar qué era?
—Un granjero.
—Un granjero no era lo suficientemente bueno... ¡cuánto mejor que mi familia! —murmuró Stephen.
—¿Dónde está ahora? —continuó preguntando a Elfride.
—AQUÍ.
—¿Aquí? ¿Qué quieres decir con eso?
—Quiero decir que está aquí.
—¿Dónde aquí?
—Debajo de nosotros. Está bajo esta tumba. Está muerto, y estamos sentados sobre su tumba.
—Elfie —dijo el joven, levantándose y mirando la tumba—, ¡qué revelación tan extraña y triste parece! Me deprime bastante por el momento.
—¡Stephen! No quería sentarme aquí; pero tú insististe.
—¿Nunca lo alentaste?
—Nunca con una mirada, una palabra o un gesto —dijo ella solemnemente—. Murió de tuberculosis y fue enterrado el día que llegaste por primera vez.
—Vámonos. No me gusta estar de pie junto a ÉL, incluso si nunca lo amaste. Él estuvo ANTES que yo.
—Las preocupaciones te vuelven irracional —dijo ella haciendo un pequeño puchero, siguiendo a Stephen a la distancia de unos pocos pasos—. Quizás debería habértelo dicho antes de sentarnos. Sí, vámonos.
Capítulo IX
«Su padre sí que se enfureció»
Oprimidos, a pesar de sí mismos, por una premonición de complicaciones inminentes, Elfride y Stephen regresaron colina abajo cogidos de la mano. En la puerta se detuvieron melancólicamente, como niños que llegan tarde a la escuela.
Las mujeres aceptan su destino más fácilmente que los hombres. Elfride ya se había resignado a la abrumadora idea de los lamentables antecedentes de su amante; Stephen no había olvidado el insignificante agravio de que Elfride hubiera conocido una admiración anterior a la suya.
—¿Cómo se llamaba ese joven? —preguntó él.
—Felix Jethway; el único hijo de una viuda.
—Recuerdo a la familia.
—Ella me odia ahora. Dice que yo lo maté.
Stephen reflexionó, y entraron en el porche.
—Stephen, solo te amo a ti —susurró ella temblorosa. Él apretó sus dedos, y la sombra insignificante desapareció, para dar paso de nuevo al problema mutuo y más tangible.
El estudio parecía ser la única habitación iluminada. Entraron, cada uno con un porte destinado a ocultar el hecho innegable de que el amor recíproco era su nota dominante. Elfride percibió a un hombre, sentado de espaldas a ella, hablando con su padre. Ella se habría retirado, pero el Sr. Swancourt la había visto.
—Entrad —dijo él—; es solo Martin Cannister, que ha venido por una copia del registro para la pobre Sra. Jethway.
Martin Cannister, el sacristán, era bastante apreciado por Elfride. Solía absorber su atención contándole sus extrañas experiencias al desenterrar, después de muchos años, los cuerpos de personas que había conocido, y reconocerlas por alguna pequeña señal (aunque en realidad nunca había reconocido a nadie). Tenía unos ojos pequeños y astutos y una gran papada, que compensaba en cierta medida una considerable falta de nariz.
La aparición de un trozo de papel en la mano de Cannister, y unos cuantos chelines sobre la mesa frente a él, indicaban que el negocio se había cerrado, y el tenor de su conversación mostraba que un resumen de las noticias del pueblo ocupaba ahora la atención del feligrés y del párroco.
El Sr. Cannister se puso de pie y se tocó la frente sobre el ojo con el dedo, en respetuoso saludo a Elfride, hizo un saludo a medias a Stephen (a quien, al igual que otros aldeanos, nunca había reconocido ni por un momento), luego se sentó de nuevo y reanudó su discurso.
—¿Por dónde iba, señor?
—Por hincar el pilote —dijo el Sr. Swancourt.
—El pilote, eso es. Así que, como iba diciendo, Nat estaba hincando el pilote de esta manera, por así decirlo. —Aquí el Sr. Cannister sostuvo su bastón escrupulosamente vertical con la mano izquierda, y asestó un golpe con gran fuerza en el pomo del bastón con la derecha—. John estaba estabilizando el pilote así, por así decirlo. —Aquí le dio al bastón una ligera sacudida, y miró fijamente a los ojos de los presentes para ver si, antes de continuar, sus oyentes captaban bien el tema en esa etapa—. Bueno, cuando Nat había asestado media docena de golpes más al pilote, se detuvo por un segundo o dos. John, pensando que había terminado de golpear, puso su mano sobre la parte superior del pilote para darle un tirón, y ver si estaba firme en el suelo. —El Sr. Cannister extendió su mano sobre la parte superior del bastón, cubriéndolo por completo con su palma—. Bueno, por así decirlo, Nat no había tenido la intención de dejar de golpear, y cuando John puso su mano sobre el pilote, el mazo...
—¡Oh, qué horror! —dijo Elfride.
—El mazo ya estaba bajando, verá, señor. Nat apenas vio su mano, pero no pudo detener el golpe a tiempo. El mazo cayó sobre la mano del pobre John Smith, y la aplastó hasta dejarla hecha papilla.
—¡Dios mío, Dios mío! ¡Pobre hombre! —dijo el vicario, con una entonación como los gemidos de los heridos en una interpretación al piano de la «Batalla de Praga».
—¿John Smith, el maestro albañil? —gritó Stephen apresuradamente.
—Sí, ninguno otro; y un hombre de mejor corazón nunca hizo Dios Todopoderoso.
—¿Está muy herido?
—He oído —dijo el Sr. Swancourt, sin notar a Stephen—, que tiene un hijo en Londres, un joven muy prometedor.
—¡Oh, cuánto debe estar sufriendo! —repitió Stephen.
—Un mazo no podría herir muy poco. Bueno, señor, buenas noches a usted; y a usted, señor; y a usted, señorita, estoy seguro.
El Sr. Cannister había estado haciendo movimientos imperceptibles de retirada, y para cuando esta observación de despedida salió de sus labios, estaba justo fuera de la puerta de la habitación. Caminó por el pasillo, se detuvo más de un minuto tratando de cerrar la puerta correctamente, y luego se perdió para siempre para sus oídos.
Stephen mientras tanto se había girado y le había dicho al vicario:
—¡Por favor, discúlpeme esta noche! Debo irme. John Smith es mi padre.
El vicario no comprendió al principio.
—¿Qué has dicho? —preguntó.
—John Smith es mi padre —dijo Stephen deliberadamente.
Un tono extra de enrojecimiento subió desde el cuello del Sr. Swancourt y rodeó su rostro, las líneas de sus rasgos se volvieron más firmemente definidas y sus labios parecieron volverse más delgados. Era evidente que una serie de pequeñas circunstancias, hasta ahora ignoradas, estaban encajando ahora, formando una imagen lúcida en la mente del Sr. Swancourt de tal manera que hacía inútil cualquier explicación adicional por parte de Stephen.
—En efecto —dijo el vicario, con una voz seca y sin inflexión.
Siendo esta una palabra que depende enteramente de su tono para su significado, la enunciación del Sr. Swancourt no equivalía a expresión alguna.
—Tengo que irme ahora —dijo Stephen, con un comportamiento agitado y un movimiento como si apenas supiera si debía salir corriendo o quedarse más tiempo—. A mi regreso, señor, ¿tendría la amabilidad de concederme unos minutos de conversación privada?
—Ciertamente. Aunque de antemano no parece posible que pueda haber nada de la naturaleza de un asunto privado entre nosotros.
El Sr. Swancourt se puso su sombrero de paja, cruzó el salón, en el que brillaba la luz de la luna, y salió por la ventana francesa hacia la veranda. No requirió mayor esfuerzo percibir lo que, de hecho, el razonamiento podría haber predicho como el color natural de una mente cuyos placeres se tomaban entre genealogías, buenas cenas y reminiscencias patricias, que los prejuicios del Sr. Swancourt eran demasiado fuertes para su generosidad, y que los momentos de Stephen como su amigo e igual estaban contados, o incluso habían cesado ya.
Stephen avanzó como si fuera a seguir al vicario, luego como si no fuera a hacerlo, y en absoluta perplejidad sobre hacia dónde dirigirse, fue torpemente hacia la puerta. Elfride le siguió rezagada. Antes de que él se hubiera alejado dos yardas del escalón, Unity y Ann, la criada, llegaron a casa de su visita al pueblo.
—¿Habéis oído algo sobre John Smith? El accidente no es tan malo como se informó, ¿verdad? —dijo Elfride intuitivamente.
—Oh, no; el médico dice que es solo un fuerte hematoma.
—¡Eso pensaba! —gritó Elfride alegremente.
—Dice que, aunque Nat cree que no detuvo el mazo mientras bajaba, debe haberlo hecho sin saberlo; deteniéndolo además considerablemente; porque el golpe completo le habría destrozado la mano, y en realidad solo está amoratada.
—¡Qué agradecida estoy! —dijo Stephen.
La perpleja Unity lo miró más con la boca que con los ojos.
—Eso será todo, Unity —dijo Elfride con autoridad; y las dos criadas siguieron su camino.
—Elfride, ¿me perdonas? —dijo Stephen con una débil sonrisa—. «En el amor no hay juego limpio»; —y tomó sus dedos suavemente con los suyos.
Con la cabeza inclinada hacia un lado al estilo Greuze, ella le dirigió un tierno reproche por su duda y apretó su mano. Stephen le devolvió la presión por tres, y luego se fue apresuradamente a la cabaña de su padre junto al muro del parque de Endelstow.
—Elfride, ¿qué tienes que decir a esto? —preguntó su padre, acercándose inmediatamente después de que Stephen se hubiera retirado.
Con rapidez femenina, ella se aferró a cualquier clavo ardiendo que le permitiera defender su causa. —Él me lo había contado —balbuceó—; así que no es un descubrimiento a pesar de él. Estaba viniendo precisamente para contártelo a ti.
—¡Viniendo a contar! ¿Por qué no lo había contado ya? Me opongo tanto, si no más, a su ocultación solapada de esto, como al hecho en sí. Se parece mucho a que se está burlando de mí, y de ti también. Tú y él habéis estado juntos, y escribiéndoos, de una manera que no apruebo en absoluto; de una manera de lo más impropia. Deberías haber sabido lo impropia que es tal conducta. Una mujer no puede ser demasiado cuidadosa para no ser vista sola con no-sé-quién.
—Nos viste, papá, y nunca dijiste una palabra.
—Culpa mía, por supuesto; culpa mía. ¡Qué demonios estaría pensando! Él, hijo de un aldeano; y nosotros, los Swancourt, parientes de los Luxellian. Hemos estado reduciéndonos a nada durante siglos, y ahora creo que hemos llegado al final. ¡Me pregunto qué invitaré aquí la próxima vez!
Elfride comenzó a llorar ante este aspecto tan poco propicio de los asuntos. —¡Oh, papá, papá, perdóname a mí y a él! Nos queremos mucho el uno al otro, papá... ¡Oh, tanto! Y lo que él iba a pedirte es si permitirás un compromiso entre nosotros hasta que él sea un caballero tan bueno como tú. No tenemos prisa, querido papá; no queremos en absoluto casarnos ahora; no hasta que él sea más rico. ¿Solo nos dejarás estar comprometidos, porque lo amo tanto y él me ama a mí?
Los sentimientos del Sr. Swancourt se vieron un poco tocados por esta súplica, y le molestó que así fuera. —¡Ciertamente no! —respondió él. Pronunció la prohibición larga y sonoramente, de modo que el «no» sonó como «¡n-o-o-o-t!».
—No, no, no; ¡no digas eso!
—¡Bah! Una buena historia. No basta con que me hayan engañado y deshonrado teniéndolo aquí, el hijo de uno de mis campesinos del pueblo, ¡sino que ahora tengo que convertirlo en mi yerno! Cielos sobre nosotros, ¿estás loca, Elfride?
—Has visto sus cartas llegar para mí desde su primera visita, papá, y sabías que eran una especie de cartas de amor; y desde que ha estado aquí lo has dejado estar solo conmigo casi por completo; y adivinaste, debes haber adivinado, lo que estábamos pensando y haciendo, y no lo detuviste. Después del cortejo viene la conquista del amor, y sabías que llegaría a eso, papá.
El vicario esquivó este golpe de sentido común. —Sé... ya que me presionas tanto... sé que adiviné que podría surgir algún apego infantil entre vosotros; admito que no me tomé muchas molestias para evitarlo; pero no lo he alentado particularmente; y, Elfride, ¿cómo puedes esperar que lo haga ahora? Es imposible; ningún padre en Inglaterra oiría hablar de tal cosa.
—Pero él es el mismo hombre, papá; el mismo en cada detalle; ¿y cómo puede ser menos apto para mí de lo que era antes?
—Parecía un joven con amigos acomodados y un poco de propiedad; pero al no tener nada, es otro hombre.
—¿No preguntaste nada sobre él?
—Me guié por la presentación de Hewby. Debería habérmelo dicho. También debería haberlo hecho el propio joven; por supuesto que debería. Considero que es algo de lo más deshonroso entrar en la casa de un hombre como un traicionero no-sé-qué.
—Pero tenía miedo de decírtelo, y yo también lo habría tenido. Me quería demasiado como para querer correr el riesgo. Y en cuanto a hablar de sus amigos en su primera visita, no veo por qué debería haberlo hecho en absoluto. Vino aquí por negocios: no era asunto nuestro quiénes eran sus padres. Y luego sabía que si te lo decía, nunca se le invitaría aquí y quizás nunca me volvería a ver. Y él quería verme. ¿Quién puede culparlo por intentar, por cualquier medio, quedarse cerca de mí, la chica a la que ama? En el amor todo vale. Te he oído decir eso a ti mismo, papá; y tú mismo habrías hecho justo lo que él ha hecho; cualquier hombre lo habría hecho.
—Y cualquier hombre, al descubrir lo que he descubierto, también haría lo que yo hago, y enmendaría mi error; es decir, deshacerse de él de nuevo, tan pronto como las leyes de la hospitalidad lo permitan. —Pero el Sr. Swancourt recordó entonces que era cristiano—. No querría, por nada del mundo, parecer que lo echo de casa —añadió—; pero creo que tendrá el tacto de ver que no puede quedarse mucho tiempo después de esto, con buen gusto.
—Lo hará, porque es un caballero. Mira cuán elegantes son sus modales —continuó Elfride; aunque quizás los modales de Stephen, al igual que las hazañas de Euríalo, debían su atractivo a sus ojos más al atractivo de su persona que a su propia excelencia.
—Sí; cualquiera puede ser lo que llamas elegante, si vive un poco de tiempo en una ciudad y mantiene los ojos abiertos. Y podría haber aprendido su elegancia yendo a las galerías de los teatros y observando los modales de salón de escenario. Me recuerda a una de las peores historias que he oído en mi vida.
—¿Qué historia era esa?
—¡Oh, no, gracias! ¡No te contaría un asunto tan impropio por nada del mundo!
—Si su padre y su madre hubieran vivido en el norte o el este de Inglaterra —persistió valientemente Elfride, aunque sus sollozos empezaron a interrumpir su articulación—, en cualquier lugar menos aquí, tú habrías considerado solo a ÉL, ¡y no a ELLOS! Su posición habría sido lo que su profesión hace que sea, y no fijada en absoluto por la humilde posición de su padre; con quien ya no vive. Aunque John Smith ha ahorrado mucho dinero, y dicen que está mejor que nosotros, o no podría haber puesto a su hijo en una profesión tan costosa. Y es inteligente y honorable por parte de Stephen ser el mejor de su familia.
—Sí. «Que una bestia sea señor de bestias, y su pesebre estará en la mesa del rey».
—¡Me insultas, papá! —exclamó ella—. ¡Lo haces, lo haces! ¡Él es mi Stephen, él es!
—Eso puede ser cierto o no, Elfride —respondió su padre, de nuevo incómodamente agitado a pesar de sí mismo—. Confundes las probabilidades futuras con los hechos presentes; lo que el joven puede llegar a ser con lo que es. Debemos mirar lo que es, no lo que un grado improbable de éxito en su profesión pueda hacer de él. El caso es el siguiente: el hijo de un trabajador manual de mi parroquia, que podría o no ser capaz de comprarme, un joven que aún no ha avanzado tanto en la vida como para tener ingresos propios que merezcan tal nombre, y por lo tanto del rango de su padre en lo que a posición se refiere, quiere comprometerse contigo. Su familia vive exactamente en el mismo lugar de Inglaterra que la tuya, así que en todo este condado —que para nosotros es el mundo— siempre serías conocida como la esposa del hijo del albañil Jack Smith, y bajo ninguna circunstancia como la esposa de un profesional londinense. Es el inconveniente, no el hecho compensatorio, de lo que siempre se habla. Ya, no digas más. Puedes discutir toda la noche y demostrar lo que quieras; yo me mantendré en mis palabras.
Elfride miró en silencio y sin esperanza por la ventana con ojos grandes y pesados y mejillas húmedas.
—Llamo a esto una gran temeridad —y me muero por llamarlo audacia— por parte de Hewby —reanudó su padre—. Nunca había oído tal cosa; dar a un muchacho paleto y nativo de este lugar una presentación ante mí como la que le dio. Naturalmente, tú fuiste engañada al igual que yo. No te culpo en absoluto, hasta ahora. —Fue a buscar la carta original del señor Hewby—. Aquí está lo que me dijo: «Estimado señor: Conforme a su solicitud del día 18 del presente, he dispuesto realizar la inspección y hacer los planos», etcétera. «Mi asistente, el señor Stephen Smith»... asistente, ves, le llamó, y naturalmente entendí que se refería a una especie de socio. ¿Por qué no dijo «empleado»?
—En esa profesión nunca los llaman empleados, porque no escriben. Stephen —el señor Smith— me lo dijo. Así que el señor Hewby simplemente usó la palabra aceptada.
—¡Déjame hablar, por favor, Elfride! «Mi asistente, el señor Stephen Smith, saldrá de Londres en el tren de primera hora de mañana por la mañana... MUCHAS GRACIAS POR SU PROPUESTA DE ALOJARLE... PUEDE PONER TODA SU CONFIANZA EN ÉL, y puede confiar en su discernimiento en lo relativo a la arquitectura eclesiástica». Bueno, repito que Hewby debería avergonzarse de sí mismo por dar tanta importancia a un pobre muchacho de esa clase.
—Los profesionales en Londres —argumentó Elfride— no saben nada sobre los padres y madres de sus empleados. Tienen asistentes que acuden a sus oficinas y tiendas durante años y apenas saben dónde viven. Lo que pueden hacer, qué beneficios pueden reportar a la firma, eso es todo lo que le importa a los hombres de Londres. Y eso en él se ve favorecido por su facultad de ser uniformemente agradable.
—La amabilidad uniforme es más un defecto que una facultad. Demuestra que un hombre no tiene suficiente sentido común para saber a quién despreciar.
—Demuestra que actúa por fe y no por vista, como ordenaban aquellos de quienes reclamas sucesión.
—¡Eso es más de lo que él te ha estado contando, supongo! Sí, me incliné a sospechar de él porque no le importaban las salsas de ningún tipo. Siempre dudé de que un hombre fuera un caballero si su paladar no tenía gustos adquiridos. Un paladar no educado es la irreprimible pata de cabra del advenedizo. ¡La idea de que yo sacara una botella de mi Martinez del 40 —solo me quedan once— para un hombre que no supo distinguirla de una de dieciocho peniques! Luego, el verso latino que dio a mi cita; fue muy trillado, mucho; o de lo contrario yo, que no he abierto un autor clásico en los últimos dieciocho años, no lo habría recordado. Bueno, Elfride, será mejor que vayas a tu habitación; se te pasará esta tontería con el tiempo.
—No, no, no, papá —gimió ella. Porque de todas las miserias que acompañan al amor miserable, la peor es la miseria de pensar que la pasión que es la causa de todas ellas puede cesar.
—Elfride —dijo su padre con áspera amabilidad—, tengo un plan excelente entre manos, del cual no puedo hablarte ahora. Un plan para beneficiarte a ti y a mí. Se me ha impuesto desde hace algún tiempo —sí, se me ha impuesto—, pero no soñé con su valor hasta esta tarde, cuando llegó la revelación. Sería muy imprudente de mi parte negarme a considerarlo.
—No me gusta esa palabra —respondió ella con cansancio—. Ya has perdido mucho por culpa de planes. ¿Son de nuevo esas minas miserables?
—No; no es un plan minero.
—¿Ferrocarriles?
—Tampoco ferrocarriles. Es como esas ofertas misteriosas que vemos anunciadas, mediante las cuales cualquier caballero que no tenga nada de cerebro puede ganar mucho a la semana sin riesgo, molestia ni ensuciarse las manos. Sin embargo, no tengo la intención de decir nada hasta que esté resuelto, aunque solo diré esto: que pronto podrías tener otros peces que freír que pensar en Stephen Smith. Recuerda, deseo no estar enfadado, sino ser amistoso con el joven; por tu bien lo consideraré un amigo en cierto sentido. Pero esto es suficiente; en pocos días pensarás exactamente como yo. Vamos, ve ahora a tu dormitorio. Unity te subirá algo de cenar. No deseo que estés aquí cuando él regrese.
Capítulo X
«Bajo el refugio de un árbol anciano».
Stephen volvió sobre sus pasos hacia la cabaña que había visitado solo dos o tres horas antes. Se acercó y pasó bajo el rico follaje que crecía en las afueras de Endelstow Park, donde las luces y sombras moteadas de la luna brillante mantenían una carrera sobre su cabeza y bajaban por su espalda en un gambeteo interminable. Cuando cruzó el puente de madera y entró por la puerta del jardín, vio una figura iluminada que venía desde la parcela cerrada hacia la casa por el otro lado. Era su padre, con la mano en cabestrillo, dando un vistazo general a la luz de la luna al jardín, y particularmente a una parcela de los nabos más jóvenes, antes de cerrar la cabaña por la noche.
Saludó a su hijo con su fuerza habitual. —¡Hola, Stephen! Tendríamos que haber estado en la cama hace otros diez minutos. ¿Has venido a ver qué me pasa, supongo, hijo mío?
El médico había venido y se había ido, y la mano había sido declarada lesionada pero solo levemente, aunque posiblemente se habría considerado un caso mucho más grave si el señor Smith hubiera sido un hombre más importante. La ansiosa pregunta de Stephen provocó en su padre palabras de pesar por el inconveniente para el mundo de no hacer nada durante los próximos dos días, más que de preocupación por el dolor del accidente. Entraron juntos en la casa.
John Smith —moreno como el otoño en cuanto a piel, blanco como el invierno en cuanto a ropas— era un espécimen satisfactorio del artesano de la piedra del pueblo. Al igual que la mayoría de los mecánicos rurales, tenía demasiada individualidad para ser un «trabajador manual» típico, ese resultado de la erosión de guijarros de playa con sus semejantes que solo se experimenta en las grandes ciudades, y que metamorfosea la unidad Yo en una fracción de la unidad Clase.
No había en su trabajo la especialidad que distingue a los artesanos de las ciudades. Aunque solo era un albañil, estrictamente hablando, no estaba por encima de manejar un ladrillo, si los ladrillos eran lo que tocaba ese día; o una pizarra o teja, si un techo tenía que ser cubierto antes de que llegara el tiempo húmedo y no hubiera nadie cerca que pudiera hacerlo mejor. De hecho, en una o dos ocasiones en pleno invierno, cuando la helada prohíbe imperativamente todo uso de la paleta, haciendo que los cimientos se asienten, las piedras salten y el mortero se desmorone, se había dedicado a talar y serrar árboles. Además, había practicado la jardinería en su propia parcela durante tantos años que, en caso de emergencia, podría haberse ganado la vida con ese oficio.
Probablemente nuestro paisano no era un artesano tan consumado en una dirección particular como sus hermanos de las ciudades en los oficios. Pero era, en verdad, como aquel torpe fabricante de alfileres que hacía todo el alfiler, y que era despreciado por Adam Smith por esa razón y respetado por Macaulay, mucho más el artista a pesar de todo.
Apareciendo ahora, en el interior, a la luz de la vela, su robusta salud era un espectáculo digno de ver. Su barba era densa y nudosa como la de un Hércules cincelado; las mangas de su camisa estaban parcialmente remangadas, su chaleco desabotonado; la diferencia de tono entre el lino blanco como la nieve y los brazos y rostro rubicundos contrastaba como la clara de un huevo y su yema. La señora Smith, al oírles entrar, avanzó desde la despensa.
La señora Smith era una matrona cuyo rostro se dirigía a la mente más que al ojo, aunque no exclusivamente. Conservaba su frescura personal incluso ahora, en el anodino tiempo de la tarde de su vida; pero lo que sus rasgos indicaban principalmente era un sano sentido común detrás de ellos; en conjunto, parecían llevar consigo una especie de comentario argumentativo sobre el mundo en general.
Los detalles del accidente fueron entonces ensayados por el padre de Stephen, de la manera dramática también común a Martin Cannister, otros individuos del vecindario y el mundo rural en general. La señora Smith añadía sus sentimientos entre actos, como Corifeo de la tragedia, para completar la descripción. La historia finalmente llegó a su fin, como lo hacen las más largas, y Stephen dirigió la conversación hacia otro cauce.
—Bueno, madre, ya saben todo sobre mí —dijo tranquilamente.
—¡Bien hecho! —respondió su padre—; ahora mi mente está en paz.
—Me culpo a mí mismo, nunca me perdonaré, por no habérselo dicho antes —continuó el joven.
La señora Smith, en este punto, abstrajo su mente del tema anterior. —No veo por qué tienes que afligirte, Stephen —dijo—. La gente que hace amigos por accidente no cuenta, a la primera, el historial de sus familias.
—No has hecho nada malo, ciertamente —dijo su padre.
—No; pero debería haber hablado antes. Hay más en esta visita mía de lo que pensáis, mucho más.
—No más de lo que pienso —respondió la señora Smith, mirándole contemplativamente. Stephen se sonrojó; y su padre miró de uno a otro en un estado de total incomprensión.
—Es una criatura bastante bonita —continuó la señora Smith—, y muy educada e inteligente también. Pero aunque es muy adecuada para ti en cuanto a eso, vaya, misericordia de mí, ¿para qué quieres a ninguna mujer todavía?
John hizo de su boca, naturalmente pequeña, una larga, y arrugó la frente. —Ese es el camino por donde sopla el viento, ¿es eso? —dijo.
—¡Madre! —exclamó Stephen—. ¡Qué absurdamente hablas! Criticar si es adecuada para mí o no, ¡como si hubiera lugar a dudas sobre el asunto! Pues casarme con ella sería la gran bendición de mi vida, social y prácticamente, así como en otros aspectos. Me temo que no tendré esa suerte; está muy por encima de mí. Su familia no quiere a muchachos de campo como yo en ella.
—Entonces, si no te quieren, yo los vería como cadáveres antes de quererlos yo a ellos, e iría a mejores familias que sí te quieran.
—Ah, sí; pero nunca podría soportar el disgusto de ser bienvenido entre gente como la que te refieres, mientras pudiera obtener indiferencia entre gente como la suya.
—¿Qué giro loco de pensamiento entrará en tu cabeza a continuación? —dijo su madre—. Y a propósito, ella no es ni un poco superior a ti, ni tú inferior a ella. Mira lo cuidadosa que soy para mantenerme en mi nivel. Estoy segura de que nunca me detengo más de un minuto seguido a hablar con ningún jornalero; y nunca invito a nadie a nuestras fiestas de Navidad que no tenga su propio negocio. Y hablo con varias personas de clase alta que vienen a casa de mi señor sin decirles señora o señor, y lo toman tan tranquilas como corderos.
—Hiciste una reverencia al vicario, madre; y ojalá no lo hubieras hecho.
—¡Pero fue antes de que me llamara por mi nombre de pila, o habría obtenido muy poca reverencia de mi parte! —dijo la señora Smith, erizándose y brillando de indignación—. ¡Sigues conmigo, Stephen, como si fuera tu peor enemiga! ¿Qué otra cosa podía hacer con el hombre para librarme de él, martilleándome a mí y a tu padre por activa y por pasiva sobre su grandeza, y lo que pasó cuando era un joven en la universidad, y no sé qué más; la lengua de él moviéndose alrededor de su boca como un trapo de fregar alrededor de una lechería. Eso hizo, ¿verdad, John?
—Más o menos así fue —respondió su marido.
—Toda mujer hoy en día —reanudó la señora Smith—, si es que se casa, debe esperar un suegro de un rango inferior al de su padre. Los hombres han ascendido tanto, y las mujeres se han quedado quietas. Cada hombre que conoces es más elegante que su padre; y tú estás al mismo nivel que ella.
—Eso es lo que ella misma piensa.
—Solo demuestra su sensatez. Sabía que iba detrás de ti, Stephen, lo sabía.
—¡Detrás de mí! ¡Dios santo, qué será lo próximo!
—Y realmente debo decir de nuevo que no deberías tener tanta prisa, y esperar unos años. Podrías apuntar más alto que la hija de un párroco arruinado entonces.
—El hecho es, madre —dijo Stephen con impaciencia—, que no sabes nada sobre el asunto. Nunca apuntaré más alto, porque no quiero, ni lo haría si viviera hasta los cien años. En cuanto a que digas que ella va detrás de mí, no me gusta tal comentario sobre ella, porque implica una mujer calculadora, y un hombre que merece la pena calcular, ambas cosas no solo falsas, sino ridículamente falsas en este caso. ¿No es así, padre?
—Me temo que no entiendo el asunto lo suficiente para dar mi opinión —dijo su padre, en el tono del zorro que tenía un resfriado y no podía oler.
—No puede haber sido muy retraída de todos modos, considerando el poco tiempo que la conoces —dijo su madre—. Bueno, creo que dentro de cinco años serás lo suficientemente joven para pensar en tales cosas. Y realmente ella puede permitirse esperar muy bien, y lo hará, créeme. Viviendo en un lugar tan apartado como este, estoy segura de que debería estar muy agradecida de que te fijaras en ella. Lo más probable es que hubiera muerto soltera si tú no hubieras aparecido.
—Todo tonterías —dijo Stephen, pero no en voz alta.
—Es una cosita agradable —continuó la señora Smith en un tono más complaciente ahora que Stephen había sido acallado—; no hay una palabra que decir contra ella, lo admito. La veo a veces engalanada como un caballo que va a la feria, y la admiro por ello. Una pequeña dama perfecta. Pero la gente no puede evitar sus pensamientos, y si hubiera aprendido a hacer cifras en lugar de letras cuando estaba en la escuela, habría sido mejor para su bolsillo; pues como dije, nunca hubo peores tiempos para alguien como ella que ahora.
—¡Ahora, ahora, madre! —dijo Stephen con una sonrisa de desaprobación.
—¡Pero lo diré! —dijo su madre con aspereza—. No leo los periódicos por nada, y sé que los hombres ascienden un peldaño por matrimonio. Los hombres de su clase, es decir, los clérigos, se casan con hijas de escuderos; los escuderos se casan con hijas de lores; los lores se casan con hijas de duques; los duques se casan con hijas de reinas. Todos los peldaños de los caballeros se emparejan un peldaño más alto; y el peldaño más bajo de las damas se queda soltero, o se casa fuera de su clase.
—Pero acabas de decir, querida madre... —replicó Stephen, incapaz de resistir la tentación de mostrarle a su madre su inconsistencia. Luego hizo una pausa.
—Bueno, ¿qué dije? —Y la señora Smith preparó sus labios para una nueva campaña.
Stephen, lamentando haber empezado, ya que podría ser el resultado de un volcán, se vio obligado a continuar.
—Dijiste que yo no estaba fuera de su clase justo antes.
—¡Sí, ahí, ahí! Ese eres tú; ese es mi propia carne y sangre. Apuesto a que le buscarás las cosquillas a todo lo que dice tu madre, si puedes, Stephen. Eres igual que tu padre para eso; apoyas a cualquiera menos a mí. Mientras yo estoy hablando y hablando y esforzándome y esclavizándome por tu bien, tú estás esperando para pillarme de esa manera. Así que estás en su clase, pero es lo que SU gente LLAMARÍA casarse fuera de su clase. ¡No seas tan pendenciero, Stephen!
Stephen mantuvo un silencio discreto, en el que fue imitado por su padre, y durante varios minutos no se oyó nada más que el tictac del reloj de caja verde contra la pared.
—Estoy segura —añadió la señora Smith en un tono más filosófico, y como discurso terminativo—, de que si hubiera habido tantos problemas para conseguir un marido en mi época como los hay en estos días —cuando tienes que hacer un dios todopoderoso de un hombre para conseguir que te quiera—, habría pisado arcilla para hacer ladrillos antes de haber rebajado mi dignidad para casarme, o no hay pan en nueve hogazas.
La discusión decayó, y como se hacía tarde, Stephen se despidió de sus padres por la velada, su madre no menos cálidamente por sus disputas; pues aunque la señora Smith y Stephen siempre estaban contendiendo, nunca estaban enemistados.
—Y posiblemente —dijo Stephen—, deje este lugar del todo mañana; no lo sé. Así que si no paso a saludar de nuevo antes de regresar a Londres, no te alarmes, ¿de acuerdo?
—¿Pero no viniste por quince días? —dijo su madre—. ¿Y no tienes un mes de vacaciones en total? ¿Te van a echar, entonces?
—En absoluto. Puede que me quede más tiempo; puede que me vaya. Si me voy, será mejor que no digas nada sobre el hecho de que he estado aquí, por su bien. ¿A qué hora de la mañana pasa el transportista por el carril de Endelstow?
—A las siete.
Y entonces les dejó. Sus pensamientos eran que, si el vicario le permitía comprometerse, esperar un compromiso o de alguna manera pensar en su amada Elfride, podría quedarse más tiempo. Si se le prohibía pensar en tal cosa, resolvió marcharse de inmediato. Y esto último, incluso para la joven esperanza, parecía la alternativa más probable.
Stephen caminó de regreso a la vicaría a través de los prados, como había venido, rodeado por el suave murmullo musical del agua a través de pequeñas presas, la modesta luz de la luna, el olor refrescante del rocío esparcido alrededor. Era un momento en que el simple ver es meditación, y la meditación es paz. Stephen apenas era lo suficientemente filósofo para aprovechar la oferta de la Naturaleza. Su constitución estaba hecha de detalles muy simples; era una que, rara en la primavera de las civilizaciones, parece crecer abundantemente a medida que una nación envejece, la individualidad se desvanece y la educación se extiende; es decir, su cerebro tenía extraordinarios poderes receptivos, y no gran creatividad. Aprendiendo rápidamente cualquier tipo de conocimiento que veía a su alrededor, y teniendo una adaptabilidad plástica más común en la mujer que en el hombre, cambiaba de color como un camaleón a medida que la sociedad en la que se encontraba asumía un tono más alto y artificial. No tenía muchas ideas originales, y sin embargo apenas había una idea a la que, bajo la formación adecuada, no hubiera podido añadir una coordenada respetable.
No vio nada fuera de sí mismo esta noche; y lo que vio dentro fue un cansancio para su carne. Sin embargo, para un observador imparcial, sus pretensiones hacia Elfride, aunque algo prematuras, estaban lejos de ser absurdas tal como van los matrimonios, a menos que se pudiera decir que la proximidad accidental de padres simples pero honestos las hacía tales.
El reloj dio las once cuando entró en la casa. Elfride había estado esperando con apenas un movimiento desde que él se marchó. Antes de que él le hablara, ella le vio pasar al despacho con su padre. Vio que él había obtenido de alguna manera la entrevista privada que deseaba.
Un dolor de cabeza nervioso había estado creciendo en la chica excitable durante la ausencia de Stephen, y ahora no podía hacer otra cosa que volver a subir a su habitación como había hecho antes. En lugar de acostarse, se sentó de nuevo en la oscuridad sin cerrar la puerta, y escuchó con el corazón palpitante cada sonido que venía de la planta baja. Los sirvientes se habían ido a dormir. Finalmente oyó a los dos hombres salir del despacho y cruzar al comedor, donde la cena había estado esperando durante más de una hora. La puerta quedó abierta, y ella descubrió que la comida, tal como era, transcurrió entre su padre y su amante sin ningún comentario, salvo trivialidades sobre pepinos y melones, su salubridad y cultivo, pronunciadas de una manera rígida y formal. Parecía presagiar el fracaso.
Poco después, Stephen subió a su dormitorio, y casi inmediatamente le siguió su padre, quien también se retiró a descansar. Sin ganas de encender una luz, ella se desvistió parcialmente y se sentó en la cama, donde permaneció sumida en una dolorosa reflexión durante algún tiempo, posiblemente una hora. Luego, levantándose para cerrar su puerta antes de desnudarse por completo, vio una franja de luz que brillaba a través del rellano. La puerta de su padre estaba cerrada y se le podía oír roncar con regularidad. La luz provenía de la habitación de Stephen, y los leves sonidos que también llegaban de allí denotaban enfáticamente lo que él estaba haciendo. En el silencio perfecto, ella pudo oír el cierre de una tapa y el chasquido de una cerradura: estaba asegurando su sombrerera. Luego, el abrochado de correas y el clic de otra llave; estaba asegurando su maleta. Con un presentimiento triplicado, abrió su puerta suavemente y se dirigió a la de él. Una sensación la invadió hasta la distracción. Stephen, su apuesto joven y amado, se iba, y quizá nunca volvería a verlo excepto en secreto y con tristeza; tal vez nunca más. En cualquier caso, ya no podía esperar hasta la mañana para conocer el resultado de la entrevista, como había planeado. Se envolvió en su bata, llamó suavemente a su puerta y susurró: «¡Stephen!». Él acudió al instante, abrió la puerta y salió.
—Dime; ¿tenemos alguna esperanza?
Él respondió con un susurro turbado, y una lágrima se acercó a su salida, aunque ninguna cayó.
—No debo pensar en algo tan absurdo; eso es lo que dijo. Y me voy mañana. Debería haberte llamado para despedirme.
—Pero él no dijo que debieras irte; oh, Stephen, ¿no dijo eso?
—No; no con palabras. Pero no puedo quedarme.
—¡Oh, no, no te vayas! Ven y hablemos. Bajemos al salón por unos minutos; nos oirá aquí.
Ella le precedió por la escalera con la vela en la mano, luciendo una altura y delgadez antinaturales en la larga bata de color paloma que llevaba. No se detuvo a pensar en la propiedad o no de esta entrevista a medianoche bajo tales circunstancias. Pensó que la tragedia de su vida estaba comenzando y, por primera vez casi, sintió que su existencia podría tener un lado grave, cuya sombra envolvía y volvía invisibles los delicados matices de la costumbre y el protocolo. Elfride abrió suavemente la puerta del salón y ambos entraron. Cuando ella hubo colocado la vela sobre la mesa, él la rodeó con sus brazos, secó sus ojos con su pañuelo y besó sus párpados.
—Stephen, se acabó; el amor feliz se acabó; ¡y ya no hay más sol!
—Haré fortuna, vendré a buscarte y te tendré. ¡Sí, lo haré!
—Papá nunca querrá oír hablar de ello; nunca, nunca. No le conoces. Yo sí. O está predispuesto a favor de algo, o tiene prejuicios en contra. La argumentación es impotente ante cualquiera de los dos sentimientos.
—No; no quiero pensar así de él —dijo Stephen—. Si aparezco ante él dentro de un tiempo como un hombre de nombre establecido, me aceptará; sé que lo hará. No es un hombre malvado.
—No, no es malvado. Pero dices «dentro de un tiempo», como si no fuera nada. Para ti, entre el bullicio y la emoción, será comparativamente poco tiempo, quizás; ¡oh, para mí, será su longitud real triplicada! ¡Cada verano será un año, el otoño un año, el invierno un año! ¡Oh, Stephen! ¡Y puede que te olvides de mí!
Olvidar: ese era, y es, el verdadero aguijón de la espera para una mujer de corazón tierno. El comentario despertó en Stephen el temor opuesto. «Tú también puedes ser persuadida a renunciar a mí, cuando el tiempo me haya hecho más tenue en tu memoria. Pues, recuerda, tu amor por mí debe ser alimentado en secreto; no habrá largas visitas mías para apoyarte. Las circunstancias siempre tenderán a borrarme».
—Stephen —dijo ella, llena de sus propias dudas y sin prestar atención a sus últimas palabras—, hay mujeres hermosas donde vives; por supuesto que sé que las hay; y pueden alejarte de mí. —Sus lágrimas brotaron visiblemente mientras trazaba una imagen mental de su infidelidad—. Y no será culpa tuya —continuó, mirando la vela con ojos afligidos—. ¡No! Pensarás que nuestra familia no te quiere y llegarás a incluirme con ellos. Y habrá un vacío en tu corazón, y se dejará entrar a otras.
—No podría, no querría. Elfie, no estés tan llena de presentimientos.
—Oh, sí, lo estarán —respondió ella—. Y las mirarás, sin importarte al principio, y luego mirarás y te interesarás, y después de un tiempo pensarás: «Ah, ellas saben todo sobre la vida en la ciudad, las reuniones, las camarillas y los modales de los titulados, y la pobre pequeña Elfie, con todo el alboroto que se arma por tenerla, no sabe nada más que de una casita, unos cuantos acantilados y un trozo de mar, muy lejos». Y entonces te interesarán más, y harán que las elijas a ellas en lugar de a mí, a propósito para ser crueles conmigo porque soy tonta, y ellas son listas y me odian. ¡Y yo también las odio; sí, lo hago!
Sus palabras impulsivas tuvieron el poder de impresionarlo, al menos, con el reconocimiento de la incertidumbre de todo lo que no está consumado. Y, peor que ese sentimiento general, permanecía, por supuesto, la tristeza que surgía de los rasgos especiales de su propio caso. Por muy lejano que pueda ser un resultado deseado, el mero hecho de haber entrado en el camino que conduce a él anima, hasta cierto punto, con una sensación de logro. Si el señor Swancourt hubiera consentido un compromiso de no menos de diez años, Stephen habría estado comparativamente alegre en la espera; habrían sentido que estaban en algún lugar del camino hacia el jardín de Cupido. Pero, con la posibilidad de un período de prueba más corto, aún no tenían perspectivas del comienzo; el cero de la esperanza aún estaba por alcanzarse. El señor Swancourt tendría que revocar sus formidables palabras antes de que la espera para el matrimonio pudiera siquiera comenzar. Y esto era desesperación.
—Ojalá pudiéramos casarnos ahora —murmuró Stephen, como una fantasía imposible.
—Yo también —dijo ella también, como si considerara un sueño vano—. ¡Es lo único que hace bien a los enamorados!
—Secretamente serviría, ¿no es así, Elfie?
—Sí, secretamente serviría; secretamente sería, de hecho, lo mejor —dijo, y continuó reflexivamente—: Todo lo que queremos es hacer absolutamente imposible que cualquier circunstancia futura arruine nuestra intención futura de ser felices juntos; no empezar a ser felices ahora.
—Exactamente —murmuró él con una voz y un modo que eran la contrapartida de los de ella—. Casarnos y separarnos en secreto, y seguir viviendo como estamos ahora; simplemente para quitarle a cualquiera el poder de apartarte de mí, queridísima.
—O a ti de mí, Stephen.
—O a mí de ti. Es posible concebir una fuerza de las circunstancias lo suficientemente fuerte como para hacer que cualquier mujer del mundo se case contra su voluntad: ninguna presión concebible, hasta la tortura o la inanición, puede hacer que una mujer, una vez casada con su amante, sea la esposa de otro.
Hasta este punto, la idea de un matrimonio secreto inmediato había sido considerada por ambos como una hipótesis insostenible, con la que simplemente engañar un momento miserable. Durante una pausa que siguió al último comentario de Stephen, una percepción fascinante, luego una convicción seductora, cruzó la mente de ambos. La percepción era que se podría organizar un matrimonio inmediato; la convicción, que tal acto, a pesar de su audacia, sus resultados insondables, su carácter engañoso, sería preferido por cada uno a la vida que debían llevar bajo cualquier otra condición.
El joven habló primero, y su voz tembló con la magnitud de la concepción que estaba acariciando. —¡Qué fuertes nos sentiríamos, Elfride! ¡Siguiendo nuestros caminos separados como antes, sin el miedo a una separación definitiva! ¡Oh, Elfride! ¡Piensa en ello, piensa en ello!
Es seguro que el amor de la joven por Stephen recibió un soplo de la oposición de su padre que lo hizo arder con doce veces la intensidad que habría mostrado si se le hubiera dejado solo. Nunca hubo condiciones más favorables para convertir el primer capricho pasajero de una chica por un rostro juvenil y apuesto —un capricho arraigado en la inexperiencia y alimentado por la reclusión— en una pasión salvaje e irreflexiva, lo suficientemente ferviente para cualquier cosa. Todos los elementos de tal desarrollo estaban allí, siendo el principal la desesperanza —un ingrediente necesario siempre para perfeccionar la mezcla de sentimientos unidos bajo el nombre de amar con distracción.
—Le diríamos a papá pronto, ¿no? —preguntó ella tímidamente—. Nadie más necesita saberlo. Entonces se convencería de que no se puede jugar con los corazones; que el amor fomentado está listo para crecer, y el amor desalentado, listo para morir, de un momento a otro. Stephen, ¿no crees que si los matrimonios contra el consentimiento de los padres están alguna vez justificados, es cuando los jóvenes han sido favorecidos hasta un punto, como nosotros, y luego ese favor ha sido retirado repentinamente?
—Sí. No es como si hubiéramos actuado desde el principio en oposición a los deseos de tu padre. Solo piensa, Elfie, ¡qué agradable fue conmigo hace apenas seis horas! Le gustaba, me elogiaba, nunca se opuso a que estuviera a solas contigo.
—Creo que DEBE gustarle ahora —exclamó ella—. Y si descubriera que tú pertenecías irremediablemente a mí, lo admitiría y te ayudaría. —Oh, Stephen, Stephen —exclamó de nuevo, mientras el recuerdo de su equipaje volvía a su mente—, ¡no puedo soportar que te vayas así! Es demasiado espantoso. ¡Todo lo que he estado esperando, miserablemente asesinado dentro de mí de esta manera!
Stephen se sonrojó con un impulso. —¡No seré una duda para ti, el pensamiento de ti no será una miseria para mí! —dijo—. ¡Seremos esposa y esposo antes de separarnos por mucho tiempo!
Ella escondió su rostro en el hombro de él. —¡Cualquier cosa para estar SEGUROS! —susurró.
—No me gustaba proponértelo inmediatamente —continuó Stephen—. Me parecía, me parece ahora, como tratar de atraparte, a una chica mejor en el mundo que yo.
—¡Eso no, ciertamente! ¿Y acaso soy mejor en posición social? ¿De qué sirven los «había sido»? Puede que hayamos sido algo una vez; no somos nada ahora.
Entonces susurraron larga y seriamente juntos; Stephen proponiendo vacilante este y aquel plan, Elfride modificándolos, con respiraciones rápidas, rubor febril y ojos antinaturalmente brillantes. Eran las dos cuando finalmente se llegó a un acuerdo.
Ella le dijo entonces que la dejara, dándole su luz para subir a su propia habitación. Se despidieron con el acuerdo de no volver a encontrarse por la mañana. Después de que su puerta hubo estado cerrada durante algún tiempo, él la oyó deslizarse suavemente hacia su cámara.
Capítulo XI
«Los viajes terminan en el encuentro de los amantes».
Stephen se quedó mirando a la Osa Mayor; Elfride contemplaba un monótono paralelogramo de persiana. Ninguno durmió esa noche.
Temprano a la mañana siguiente —es decir, cuatro horas después de su entrevista secreta, y justo cuando se oía al primer sirviente moverse—, Stephen Smith bajó las escaleras con la maleta en la mano. Durante toda la noche había tenido la intención de volver a ver al señor Swancourt, pero el duro rechazo de la tarde anterior hizo que tal entrevista resultara particularmente desagradable. Quizás hubo otra razón menos honesta. Decidió posponerlo. Cualquiera que fuera la timidez moral u oblicuidad que pudiera haber habido en tal decisión, ninguna percepción de ella fue lo suficientemente fuerte como para retenerlo. Escribió una nota en su habitación, que decía simplemente que no se sentía feliz en la casa después del veto repentino del señor Swancourt sobre lo que había favorecido pocas horas antes; pero que esperaba que llegara un tiempo, y pronto, en el que sus sentimientos originales de placer como invitado del señor Swancourt pudieran recuperarse.
Esperaba encontrar las habitaciones de la planta baja con el aspecto gris y desolado que la madrugada le da a todo lo que está fuera del sol. Encontró en el comedor un desayuno servido, del cual alguien acababa de tomar parte.
Stephen le entregó a la criada su nota de despedida. Ella le informó que el señor Swancourt se había levantado temprano esa mañana y había tomado un desayuno temprano. No se iba de viaje, que ella supiera.
Stephen tomó una taza de café, dejó la casa de su amada y se adentró en el sendero. Era tan temprano que los lugares sombreados aún olían a noche, y los lugares soleados apenas habían sentido el sol. Los rayos horizontales hacían que cada pequeño hundimiento en el suelo se viera como una depresión bien marcada. Incluso el canal del camino era suficiente para proyectar sombra, y las piedras mismas del camino arrojaban trazos de oscuridad ahusados hacia el oeste, tan largos como la estaca de la tienda de Jael.
En un lugar a no más de cien yardas de la residencia del vicario, el camino que conducía de allí cruzaba la carretera principal. Stephen llegó al punto de intersección, se quedó quieto y escuchó. No se oía nada más que la larga y murmurante línea del mar en la costa adyacente. Miró su reloj y luego montó una puerta sobre la cual se sentó, para esperar la llegada del transportista. Mientras estaba sentado, oyó ruedas que venían en dos direcciones.
El vehículo que se acercaba a su derecha pronto lo reconoció como el del transportista. Estaban los sonidos acompañantes de la voz del dueño y el golpe de su látigo, distintos en el aire tranquilo de la mañana, con los que animaba a sus caballos a subir la colina.
El otro par de ruedas sonaba desde el camino que Stephen acababa de recorrer. Tras una observación más cercana, percibió que se movían desde el recinto de la antigua casa solariega adyacente a los terrenos de la vicaría. Un carruaje salió entonces de las puertas de entrada de la casa y, girando, quedó a la vista. Era un carruaje de viaje sencillo, con una pequeña cantidad de equipaje, aparentemente el de una dama. El vehículo llegó al cruce de los cuatro caminos medio minuto antes de que el transportista llegara al mismo punto, y cruzó directamente por delante, continuando por el camino del otro lado.
Dentro del carruaje, Stephen pudo distinguir apenas a una señora mayor con una mujer más joven, que parecía ser su doncella. El camino que habían tomado conducía a Stratleigh, una pequeña estación balnearia dieciséis millas al norte.
Oyó las puertas de la casa solariega oscilar de nuevo y, mirando hacia arriba, vio a otra persona que salía de ellas y se alejaba en dirección a la casa del párroco. «¡Ah, cuánto desearía estar yendo en esa dirección!», sintió entre paréntesis. El caballero era alto y se parecía al señor Swancourt en silueta y vestimenta. Abrió la puerta de la vicaría y entró. Era, ciertamente, el señor Swancourt. En lugar de quedarse en cama esa mañana, el señor Swancourt debía de haber tenido la ocurrencia de despedir a su nueva vecina en un viaje. Debía de estar muy interesado en esa vecina para hacer algo tan inusual.
El transporte del transportista se había detenido, y Stephen subió entonces su maleta y se montó en los ejes. —¿Quién es esa señora en el carruaje? —preguntó con indiferencia a Lickpan, el transportista.
—Esa, señor, es la señora Troyton, una viuda con una mina de dinero. Ella es la propietaria de toda esa parte de Endelstow que no es de Lord Luxellian. Solo ha estado aquí poco tiempo; le vino por ley. El propietario anteriormente era un tipo terriblemente misterioso; nunca vivió aquí, casi nunca se le vio aquí excepto en el mes de septiembre, por así decirlo.
Los caballos arrancaron de nuevo y el ruido hizo que seguir conversando fuera un esfuerzo demasiado grande. Stephen se arrastró hacia adentro bajo la lona y pronto se perdió en sus pensamientos.
Tres horas y media de subir colinas y trotar bajadas los llevaron a St. Launce’s, el pueblo comercial y estación de tren más cercana a Endelstow, y el lugar desde el cual Stephen Smith había viajado por las colinas en la, para él, memorable tarde de invierno al comienzo del mismo año. La camioneta del transportista estaba programada para encontrarse con un tren que salía hacia arriba, en el cual subió Stephen. Dos o tres horas de viaje en tren a través de cortes verticales en roca metamórfica, a través de bosquecillos de robles ricos y verdes, extendiéndose sobre laderas y bajando por encantadores valles, cañadas y barrancos, brillantes con agua como la Ida de muchos arroyos, y se sumergió entre las ciento cincuenta mil personas que componían la ciudad de Plymouth.
Teniendo algo de tiempo libre, dejó su equipaje en la consigna y fue a pie por Bedford Street hasta la iglesia más cercana. Allí, Stephen deambuló entre las múltiples lápidas y miró por la ventana del presbiterio, soñando con algo que probablemente sucedería junto al altar en el transcurso del mes siguiente. Se dio la vuelta y ascendió a Hoe, contempló la magnífica extensión de mar y los macizos promontorios de tierra, pero sin distinguir particularmente un rasgo de la variada perspectiva. Seguía viendo esa perspectiva interior: el evento que esperaba en la iglesia de allá. El amplio estrecho, el rompeolas, el faro en el lejano Eddystone, los oscuros barcos de vapor, bergantines, barcas y goletas, ya fuera flotando silenciosamente o deslizándose con el más mínimo movimiento, eran como el sueño, entonces; el evento soñado era como la realidad.
Pronto Stephen bajó de Hoe y regresó a la estación de tren. Sacó su billete y subió al tren de Londres.
Aquel día fue un tiempo molesto en la vicaría de Endelstow. Ni el padre ni la hija aludieron a la partida de Stephen. El trato del señor Swancourt hacia ella participó de la bondad compungida que surge de un presentimiento sobre la justicia de algún acto previo.
Ya sea por falta de capacidad para captar todo el panorama, o por una dotación natural para ciertos tipos de estoicismo, las mujeres son más frías que los hombres en situaciones críticas de forma pasiva. Probablemente, al menos en el caso de Elfride, fue la ceguera ante las mayores contingencias del futuro para el que se estaba preparando lo que le permitió preguntar a su padre con voz tranquila si podía darle unas vacaciones pronto, para montar hasta St. Launce’s y seguir hasta Plymouth.
Ahora bien, ella solo había ido una vez antes sola a Plymouth, y eso fue como consecuencia de alguna dificultad inevitable. Siendo una chica de campo, y una buena, por no decir salvaje, amazona, había sido su deleite galopar, sin el fantasma de un acompañante, sobre las catorce o dieciséis millas de camino duro que separaban su hogar de la estación en St. Launce’s, dejar el caballo y continuar el resto de la distancia en tren, regresando de la misma manera por la noche. Se resolvió entonces que, aunque había realizado este viaje con éxito una vez, no debía repetirse sin acompañamiento.
Pero Elfride no debe ser confundida con las jóvenes ecuestres ordinarias. Las circunstancias de su vida solitaria y estrecha hacían imperativo que, al trotar por el vecindario, tuviera que trotar sola o de lo contrario no hacerlo en absoluto. La costumbre pronto hizo que esto fuera perfectamente natural para ella misma. A su padre, que había tenido otras experiencias, no le gustaba mucho la idea de una Swancourt, cuyo pedigrí podía rastrearse tan claramente como un hilo en una madeja de seda, correteando por las colinas como la hija de un granjero, aunque habitualmente pudiera descuidarla. Pero entre que no podía permitirse darle un acompañante regular y su hábito inveterado de dejar que cualquier cosa sucediera para ahorrarse problemas, la circunstancia se volvió habitual. Y así surgió una noción crónica en la mente de los aldeanos de que todas las damas montaban sin acompañante, como la señorita Swancourt, excepto unas pocas que a veces estaban de visita en casa de Lord Luxellian.
—No me gusta que vayas a Plymouth sola, particularmente ir a St. Launce’s a caballo. ¿Por qué no vas en carruaje y llevas al hombre?
—No es agradable ser tan vigilada. —La compañía de Worm no habría interferido seriamente en sus planes, pero era su capricho ir sin él.
—¿Cuándo quieres ir? —dijo su padre.
Ella solo respondió: —Pronto.
—Lo consideraré —dijo él.
Solo pasaron unos días antes de que volviera a preguntar. Una carta le había llegado de Stephen. Había sido programada para llegar ese día por un acuerdo especial entre ellos. En ella, él nombraba la mañana más temprana en la que podría encontrarse con ella en Plymouth. Su padre había estado de viaje en Stratleigh y regresó con una alegría de espíritu inusual. Era una buena oportunidad; y desde el despido de Stephen, su padre había estado generalmente de humor para hacer pequeñas concesiones, para mantenerse alejado de las grandes relacionadas con ese amante suyo desterrado.
—El jueves de la semana que viene me voy de casa en una dirección distinta —dijo su padre—. De hecho, saldré la noche anterior. Podrías elegir el mismo día, pues creo que quieren levantar las alfombras o algo así. Como dije, no me gusta que te vean sola a caballo en un pueblo; pero ve si quieres.
El jueves de la semana que viene. Su padre había nombrado exactamente el mismo día que Stephen también había señalado esa misma mañana como el más temprano en el que tendría sentido reunirse con ella; es decir, unos quince días después del día en que él había dejado Endelstow. Quince días: ese fragmento de duración que ha adquirido una individualidad tan interesante por su relación con la ley matrimonial inglesa.
Ella miró a su padre involuntariamente con tal extrañeza que, al ser consciente de su mirada, palideció por la vergüenza. Su padre también parecía confundido. ¿En qué estaría pensando?
Parecía haber una facilidad especial ofrecida por una fuerza externa a ella misma en el hecho de que el señor Swancourt hubiera propuesto salir de casa la noche anterior al día que ella deseaba. Su padre rara vez hacía viajes largos; rara vez dormía fuera de casa, salvo quizá la noche siguiente a una Visita pastoral remota. Bien, no investigaría con demasiada curiosidad la razón de tal oportunidad, y él, como habría sido natural, tampoco procedió a explicarla por propia iniciativa. En cuestiones de hecho no había habido hasta entonces reserva alguna entre ellos, aunque no solían ser confidentes en el sentido pleno de la palabra. Pero la divergencia de sus emociones respecto a Stephen había provocado un distanciamiento que, en ese preciso momento, llegaba incluso al extremo de la reticencia sobre los temas domésticos más corrientes.
Elfride se sintió casi inconscientemente aliviada, persuadiéndose de que la reserva de su padre sobre sus asuntos justificaba su propio secreto respecto a los suyos; un secreto que, para ella, era necesariamente una decisión tomada de antemano. Tan ansiosa está una conciencia joven por descubrir un paliativo que el carácter ex post facto de una razón no cuenta en absoluto para excluirlo.
La quincena intermedia la pasó ella mayormente paseando a solas entre los arbustos y árboles, entregándose a veces a expectativas optimistas; y con mucha, muchísima más frecuencia, a presentimientos. Todas sus flores le parecían de colores apagados; sus mascotas parecían mirarla con nostalgia a los ojos, como si ya no mantuvieran con ella la misma relación amistosa que antes. Llevaba joyas melancólicas, contemplaba las puestas de sol y hablaba con ancianos y ancianas. Era la primera vez que tenía un mundo interior y privado, distinto del mundo visible que la rodeaba. Deseaba que su padre, en lugar de descuidarla aún más de lo habitual, diera algún paso, una sola palabra; entonces ella lo contaría todo y arriesgaría el disgusto de Stephen. Así, vuelta de nuevo hacia el joven, lo veía en su fantasía, de pie, tocándola, con los ojos llenos de una triste afección, renunciando desesperadamente a su intento porque ella había renunciado al suyo; y no podía retroceder.
El miércoles debía recibir otra carta. Se había resuelto a dejar que su padre viera la llegada de esta, fueran cuales fueran las consecuencias: el temor a perder a su amante por este acto de honestidad le impidió llevar a cabo tal resolución. Cinco minutos antes de la llegada prevista del cartero, se escabulló y bajó por el sendero para encontrarse con él. Se cruzó con él justo al doblar un ángulo cerrado, que la ocultaba de la vista en dirección a la vicaría. El hombre le entregó sonriendo una misiva y se disponía a entregarle otra, un circular de algún comerciante.
—No —dijo ella—, llévesela a la casa.
—Vaya, señorita, está haciendo lo mismo que su padre ha hecho durante la última quincena.
Ella no comprendió.
—Pues eso, venir a esta esquina y tomarme una carta cada mañana, todas escritas con la misma letra, y dejar que las otras para él sigan hasta la casa. —Y el cartero siguió su camino.
No bien hubo doblado la esquina a sus espaldas, oyó a su padre encontrarse con el hombre y dirigirse a él. Ella había salvado su carta por dos minutos. Su padre realizó audiblemente exactamente la misma operación de la que ella misma acababa de ser culpable.
Esta conducta furtiva de su parte era, cuanto menos, peculiar.
Dada una joven impulsiva e inconsecuente, descuidada en su vida interior por su único progenitor, y las siguientes fuerzas vivas en su interior, determinar un resultado:
El primer amor actuando bajo el miedo mortal a la separación de su objeto: la inexperiencia, guiando hacia adelante un deseo frenético de evitar el resultado antes mencionado: los remordimientos respecto a la propiedad, enfrentados por la esperanza de una exoneración final: la indignación ante la inconsistencia paterna al alentar primero, y luego prohibir: un escalofriante sentimiento de desobediencia, superado por una incapacidad concienzuda de tolerar el incumplimiento de la fe prometida a un hombre que, en lo esencial, había permanecido inalterado desde el principio: una bendita esperanza de que la oposición cambiaría un juicio erróneo: una fe brillante en que las cosas mejorarían así y acabarían bien.
Probablemente el resultado habría sido nulo, al fin y al cabo, si no se hubieran hecho las siguientes observaciones un día durante el desayuno.
Su padre estaba con su habitual ánimo jovial. Sonreía para sí mismo ante historias demasiado malas para ser contadas, y llamó a Elfride pequeña granuja por salvar subrepticiamente a unos gatitos ciegos que deberían haber sido ahogados. Tras esta expresión, ella le dijo de repente:
—Si el señor Smith ya hubiera sido de la familia, ¿no se habría sentido desgraciado al descubrir que tenía parientes pobres?
—¿Te refieres a si fuera de la familia por matrimonio? —respondió él sin prestar atención, y continuando pelando su huevo.
El escarlata acumulado reveló que eso era lo que quería decir, tanto como la respuesta afirmativa.
—Habría tenido que resignarme, sin duda —observó el señor Swancourt.
—¿De modo que no se habría dejado llevar por una melancolía desesperada, sino que habría tratado de sacar lo mejor de él?
La mente errática de Elfride había tenido desde su juventud la costumbre constante de desconcertar a su padre con preguntas hipotéticas, basadas en condiciones absurdas. La presente parecía estar moldeada tan precisamente sobre las anteriores que, no siendo dado a las síntesis de circunstancias, respondió con su complacencia habitual.
—Si estuviera unido a nosotros de forma irremediable, por supuesto que yo, o cualquier hombre sensato, debería aceptar condiciones que no podrían alterarse; ciertamente no sentir una melancolía desesperada por ello. No creo que nada en el mundo pudiera volverme desesperadamente melancólico. Y no dejes que nada te vuelva así a ti tampoco.
—No lo haré, papá —exclamó ella, con una serenidad brillante que le complació.
Ciertamente, el señor Swancourt debía de estar muy lejos de pensar que aquella brillantez provenía de una estimulante intención de no demorarse más en la acción alocada que había planeado.
Por la tarde, él se marchó en coche hacia Stratleigh, completamente solo. Era un proceder inusual para él. En la puerta, Elfride se había sentido de nuevo casi impulsada por sus sentimientos a contarlo todo.
—¿Por qué vas a Stratleigh, papá? —dijo, y lo miró con anhelo.
—Te lo diré mañana cuando vuelva —dijo alegremente—; antes no, Elfride. No pronunciarás lo que no sabes, y hasta ahí confiaré en ti, dulce Elfride.
Ella se sintió reprimida y herida.
—Yo también te contaré mi recado en Plymouth cuando vuelva —murmuró.
Él se fue. Su jovialidad hizo que su intención pareciera más ligera, al igual que su indiferencia la hizo más decidida a hacer lo que quería.
Era una puesta de sol familiar de septiembre, fragmentos de nubes azul oscuro sobre un cielo naranja amarillento. Estas puestas de sol solían tentarla a caminar hacia ellas, como cualquier cosa hermosa tienta a un acercamiento cercano. Atravesó el campo hasta el seto de aligustre, trepó hasta la mitad y se recostó sobre las ramas gruesas. Tras mirar hacia el oeste durante un tiempo considerable, se culpó por no mirar hacia el este, donde estaba Stephen, y se dio la vuelta. Finalmente, sus ojos se posaron en el suelo.
Debajo de ella se observaba una peculiaridad. Un campo verde se extendía a cada lado del seto, uno perteneciente a la gleba, el otro parte de las tierras anejas a la casa solariega contigua. En el lado de la vicaría vio un pequeño sendero, cuya característica distintiva y totalmente excepcional consistía en que solo tenía unos diez metros de largo; terminaba abruptamente en cada extremo.
Un sendero que empezaba de repente y terminaba de repente, que venía de ninguna parte y no llevaba a ninguna parte; nunca había visto uno así antes.
Sí, lo había visto, pensándolo bien. Había visto exactamente ese tipo de camino pisado frente a un cuartel por el centinela.
Y este recuerdo explicaba el origen del camino allí. Su padre lo había pisado caminando de un lado a otro, como ella una vez lo había visto hacer.
Sentada en el seto como estaba ahora, sus ojos dominaban una vista de ambos lados del mismo. Y unos minutos después, Elfride miró hacia el lado de la mansión.
Allí había otro camino de centinela. Era como el primero en longitud, y empezaba y terminaba exactamente enfrente del principio y fin de su vecino, pero era más fino y menos definido.
Existían dos razones para la diferencia. Este podía haber sido pisado por un peso similar al otro, ejercido un menor número de veces; o podía haber sido recorrido con la misma frecuencia, pero por pies más ligeros.
Probablemente, un caballero de Scotland Yard, si hubiera pasado por allí en ese momento, habría considerado esta última alternativa como la más probable. Elfride pensaba lo contrario, en la medida en que pensaba en ello. Pero su propio gran Mañana era ya inminente; todos los pensamientos inspirados por visiones casuales de la vista solo tenían permiso para ejercerse en rincones inferiores de su cerebro, antes de ser desterrados por completo.
Elfride se vio finalmente obligada a razonar de forma práctica sobre su empresa. Todas sus percepciones definidas al respecto, una vez abstraída la emoción que las acompañaba, no ascendían a más que esto:
«Digamos una hora y tres cuartos para cabalgar hasta St. Launce’s.
»Digamos media hora en el Falcon para cambiarme de ropa.
»Digamos dos horas esperando algún tren y llegando a Plymouth.
»Digamos una hora de margen antes de las doce.
»Tiempo total desde la salida de Endelstow hasta las doce, cinco horas.
»Por lo tanto, tendré que salir a las siete».
Ninguna sorpresa ni sensación de extrañeza entró en las mentes de los sirvientes por su temprano paseo. La monotonía de la vida que asociamos con personas de pocos ingresos en distritos fuera del alcance del silbato del ferrocarril, tiene una excepción, que eclipsa la experiencia de los habitantes de los grandes centros de población: es decir, el hecho de viajar. Cada viaje allí es más o menos una aventura; las horas aventureras son necesariamente elegidas para la salida más común. La señorita Elfride tenía que salir temprano, eso era todo.
Elfride nunca salía a caballo sin traer algo a casa, algo encontrado o algo comprado. Si trotaba hasta el pueblo o la aldea, su carga eran libros. Si hasta las colinas, los bosques o la orilla del mar, eran musgos maravillosos, ramas anormales, un pañuelo de conchas mojadas o algas.
Una vez, en tiempo de barro, cuando Pansy caminaba con ella por la calle de Castle Boterel, en un día de feria, con un paquete delante y otro bajo el brazo, ocurrió un accidente con los paquetes y se deslizaron hacia abajo. A un lado de ella, tres volúmenes de ficción quedaron besando el barro; al otro, numerosas madejas de lanas policromadas quedaron absorbiéndolo. Mujeres desagradables sonreían a través de las ventanas ante el percance, los hombres se giraban para mirar, y un niño, que cuidaba un puesto de pan de jengibre mientras el dueño se había ido a emborracharse, se rió ruidosamente. Los ojos azules se convirtieron en zafiros y las mejillas se tiñeron de carmesí por el disgusto.
Tras aquel percance, puso su ingenio a trabajar y fue lo suficientemente creativa como para inventar una disposición de pequeñas correas alrededor de la silla, mediante la cual se podía llevar una gran cantidad de cosas de forma segura, ocupando poco espacio. Allí extendió y sujetó ahora un vestido de paseo sencillo y oscuro y algunas otras menudencias de ropa. Worm le abrió la puerta y ella desapareció.
Una de las mañanas más brillantes de finales de verano brilló sobre ella. El brezo estaba en su punto más púrpura, el aulaga en su punto más amarillo, los saltamontes chirriaban lo suficientemente fuerte para los pájaros, las serpientes siseaban como pequeñas máquinas, y Elfride al principio se sintió animada. Sentada cómodamente sobre Pansy, con su hábito de montar ortodoxo y su sombrero indescriptible, parecía lo que sentía. Pero el mercurio de aquellos días tenía un truco para caer inesperadamente. Primero, solo durante un minuto de cada diez, tuvo una sensación de depresión. Luego, una gran nube, que había estado colgando en el norte como un vellón negro, vino y se colocó entre ella y el sol. Ayudó a lo que ya era inevitable, y ella se hundió en una uniformidad de tristeza.
Se giró en la silla y miró atrás. Estaban ahora en una meseta abierta, cuya altitud aún le permitía ver el mar cerca de Endelstow. Miró con nostalgia aquel punto.
Durante esta pequeña revulsión de sentimientos, Pansy había seguido avanzando, y Elfride sintió que sería absurdo girar la cabeza de su pequeña yegua hacia el otro lado. «Aun así —pensó—, ¡si tuviera una mamá en casa VOLVERÍA!».
Y haciendo uno de esos movimientos furtivos mediante los cuales las mujeres dejan que sus corazones hagan juegos malabares con sus cerebros, giró la cabeza de la yegua, como si fuera inconscientemente, y fue al galope corto hacia casa durante más de una milla. Para entonces, por el hábito inveterado de valorar lo que hemos renunciado en cuanto se elige la alternativa, el pensamiento de su Stephen abandonado la recordó, y ella dio media vuelta y volvió a trotar hacia St. Launce’s.
Esta miserable lucha de pensamientos comenzó ahora a enfurecerse en toda su salvaje intensidad. Agotada y temblorosa, dejó caer la rienda sobre los hombros de Pansy y juró que se dejaría llevar a donde la yegua quisiera llevarla.
Pansy ralentizó su paso hasta caminar y siguió adelante con su agitada carga durante tres o cuatro minutos. Al cumplirse este tiempo, llegaron a un pequeño camino lateral a la derecha, que conducía por una pendiente hasta una charca de agua. La poni se detuvo, miró hacia la charca y luego avanzó y se inclinó para beber.
Elfride miró su reloj y descubrió que si iba a llegar a St. Launce’s lo suficientemente temprano como para cambiarse de ropa en el Falcon y tener oportunidad de tomar algún tren temprano a Plymouth —solo había dos disponibles—, era necesario continuar de inmediato.
Estaba impaciente. Parecía que Pansy nunca dejaría de beber; y el reposo de la charca, los movimientos ociosos de los insectos y moscas sobre ella, el plácido ondear de las banderas, los esqueletos de hojas, como filigrana genovesa, durmiendo plácidamente en el fondo, por su contraste con su propia agitación, hicieron que su impaciencia fuera mayor.
Pansy giró al fin y volvió a subir la pendiente hacia la carretera principal. La poni salió a ella y se quedó parada, mirando a ambos lados. El corazón de Elfride latía erráticamente, y pensó: «Los caballos, si se les deja solos, van donde mejor se les alimenta. Pansy irá a casa».
Pansy giró y siguió caminando hacia St. Launce’s.
Pansy, en casa, durante el verano, tenía poco más que hierba para vivir. Después de una carrera a St. Launce’s, siempre tenía una ración de grano para apoyarla en el viaje de regreso. Por tanto, estando ahora a más de medio camino, prefería St. Launce’s.
Pero Elfride no recordaba esto ahora. Todo lo que le importaba reconocer era una fantasía soñadora de que la acción precipitada de hoy no era la suya propia. Estaba incapacitada por sus estados de ánimo, y parecía indispensable adherirse al programa. Tan extrañamente implicados están los motivos que, más que por su promesa a Stephen, más incluso que por su amor, se vio forzada por un sentido de la necesidad de mantener su palabra consigo misma, tal como se prometió en el inane voto de hace diez minutos.
No dudó más. Pansy iba, como el corcel de Adonis, como si contara los pasos. Poco después, los pintorescos gabletes y los tejados revueltos de St. Launce’s se extendieron bajo ella, y al bajar la colina entró en el patio del Falcon. La señora Buckle, la dueña, salió a la puerta a recibirla.
Los Swancourt eran bien conocidos aquí. La transición de la indumentaria ecuestre a la vestimenta ordinaria de los viajeros de ferrocarril había sido realizada más de una vez por padre e hija en este establecimiento.
En menos de un cuarto de hora, Elfride emergió por la puerta con su vestido de paseo y se dirigió al ferrocarril. No había dicho nada a la señora Buckle sobre sus intenciones, y se suponía que había ido de compras.
Una hora y cuarenta minutos después, estaba en los brazos de Stephen en la estación de Plymouth. No en el andén, sino en el retiro secreto de una sala de espera desierta.
El rostro de Stephen presagiaba algo malo. Estaba pálido y abatido.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—No podemos casarnos aquí hoy, ¡mi Elfie! Debería haberlo sabido y quedarme aquí. En mi ignorancia, no lo hice. Tengo la licencia, pero solo puede usarse en mi parroquia en Londres. Solo vine ayer por la noche, como sabes.
—¿Qué haremos? —dijo ella sin expresión.
—Solo hay una cosa que podemos hacer, querida.
—¿Qué es?
—Ir a Londres en un tren que está a punto de salir y casarnos allí mañana.
—¡Pasajeros para el tren de las 11:5, ocupen sus asientos! —dijo la voz de un revisor en el andén.
—¿Irás, Elfride?
—Iré.
En tres minutos el tren se había alejado, llevándose consigo a Stephen y Elfride.
Capítulo XII
«¡Adiós!, grita, y agitó su mano de lirio».
Las pocas nubes jirones de la mañana se agrandaron y se unieron, el sol se retiró detrás de ellas para no emerger más ese día, y la tarde llegó a su fin entre ráfagas de lluvia. Las gotas de agua golpeaban como perdigones contra la ventana del vagón de ferrocarril que contenía a Stephen y Elfride.
El viaje de Plymouth a Paddington, incluso en el expreso más precipitado, permite suficiente tiempo para que cualquier pasión se enfríe. La excitación de Elfride había pasado, y se sentó en una especie de estupor durante la segunda mitad del viaje. Fue despertada por el estrépito del laberinto de rieles sobre el que trazaban su camino a la entrada de la estación.
—¿Es esto Londres? —dijo ella.
—Sí, querida —dijo Stephen en un tono de seguridad que estaba lejos de sentir. Para él, tanto como para ella, la realidad difería enormemente de la prefiguración.
Ella miró hacia afuera tanto como la ventana, salpicada de gotas, le permitía, y solo vio las lámparas, que acababan de ser encendidas, parpadeando en la atmósfera húmeda, y filas de horribles tuberías de chimenea de zinc en tenue relieve contra el cielo. Se retorció inquietamente, como cuando un pensamiento se hincha en la mente que debe causar mucho dolor al ser expresado con palabras. Elfride no había sabido más de las picaduras de la mala reputación que lo que las aves silvestres nativas sabían de los efectos del primer disparo de Crusoe. Ahora veía un poco más allá, y un poco más allá todavía.
El tren se detuvo. Stephen soltó la mano suave que había sostenido todo el día y procedió a ayudarla a bajar al andén.
Este acto de descender sobre suelo extraño parecía ser todo lo que se necesitaba para completar una resolución dentro de ella.
Miró a su prometido con ojos desesperados.
—¡Oh, Stephen! —exclamó—, ¡soy tan infeliz! Debo volver a casa... debo... ¡debo! Perdona mi miserable vacilación. ¡No me gusta estar aquí, ni yo misma, ni tú!
Stephen pareció desconcertado y no habló.
—¿Me permitirás volver a casa? —imploró—. No te molestaré para que vengas conmigo. No seré ninguna carga para ti; ¡solo di que estás de acuerdo con que vuelva; que no me odiarás por ello, Stephen! Es mejor que vuelva; de verdad que lo es, Stephen.
—Pero no podemos volver ahora —dijo él en un tono deprecatorio.
—¡Debo! ¡Lo haré!
—¿Cómo? ¿Cuándo quieres irte?
—Ahora. ¿Podemos irnos de inmediato?
El joven miró desesperanzado a lo largo del andén.
—Si debes irte y piensas que está mal quedarse, querida —dijo él tristemente—, lo harás. Harás lo que quieras, mi Elfride. ¿Pero realmente preferirías irte ahora que quedarte hasta mañana e irte como mi esposa?
—Sí, sí, mucho; cualquier cosa con tal de irme ahora. ¡Debo, debo! —exclamó ella.
—Deberíamos haber hecho una de dos cosas —respondió él con tristeza—. Nunca haber empezado, o no haber regresado sin estar casados. No me gusta decirlo, Elfride, de verdad que no; pero debes saber esto: volver sin casarse puede comprometer tu buen nombre ante los ojos de las personas que puedan enterarse.
—No lo harán; y debo irme.
—¡Oh, Elfride! Soy culpable por haberte traído.
—En absoluto. Yo soy la mayor.
—Por un mes; ¿y qué es eso? Pero no importa ahora. —Él miró a su alrededor—. ¿Hay un tren para Plymouth esta noche? —le preguntó a un revisor. El revisor pasó de largo y no habló.
—¿Hay un tren para Plymouth esta noche? —dijo Elfride a otro.
—Sí, señorita; el de las 8.10, sale en diez minutos. Ha venido al andén equivocado; es al otro lado. Haga transbordo en Bristol para el correo nocturno. Baje por esa escalera y pase por debajo de la vía.
Corrieron por la escalera —Elfride primero— hacia la ventanilla de billetes, y entraron en un vagón con un funcionario de pie junto a la puerta. —Muestren sus billetes, por favor. —Los encerraron bajo llave; los hombres en el andén aceleran sus movimientos hasta volar de arriba abajo como lanzaderas en un telar; un silbato; el ondear de una bandera; un grito humano; un gemido de vapor; y se marchan a Plymouth de nuevo, captando apenas estas palabras mientras se deslizan:
—¡Esos dos jovenzuelos se salvaron por los pelos, y no hay duda!
Elfride recuperó el aliento.
—¿Y tú también has venido, Stephen? ¿Por qué lo hiciste?
—No te dejaré hasta verte a salvo en St. Launce’s. No pienses peor de mí de lo que soy, Elfride.
Y entonces traquetearon a través de la noche, de regreso por el camino que habían seguido. El tiempo despejó y las estrellas brillaron sobre ellos. Sus dos o tres compañeros de viaje permanecieron la mayor parte del tiempo con los ojos cerrados. Stephen dormía a ratos; Elfride, sola, permanecía despierta y palpitante hora tras hora.
El día empezó a despuntar y reveló que estaban junto al mar. Rocas rojas se alzaban sobre ellos y, al retroceder hacia la distancia, se tornaban lívidas en la atmósfera gris azulada. El sol salió y envió rayos de luz penetrantes sobre sus rostros cansados. Una hora más, y el mundo comenzó a estar ocupado. Esperaron aún un poco, y el tren redujo su velocidad a la vista del andén de St. Launce’s.
Ella se estremeció y reflexionó con tristeza.
—No vi todas las consecuencias —dijo—. Las apariencias están fatalmente en mi contra. Si alguien me descubre, supongo que estaré deshonrada.
—Entonces las apariencias hablarán falsamente; ¿y qué puede importar eso, incluso si lo hacen? Seré tu esposo tarde o temprano, con seguridad, y así demostraré tu pureza.
—Stephen, una vez en Londres debí haberme casado contigo —dijo ella con firmeza—. Era mi única defensa segura. Ahora veo más cosas de las que veía ayer. Mi única oportunidad restante es no ser descubierta; y eso es por lo que debemos luchar desesperadamente.
Bajaron. Elfride se echó un velo espeso sobre el rostro.
Una mujer con párpados rojos y escamosos y ojos brillantes estaba sentada en un banco justo dentro de la puerta de la oficina. Fijó sus ojos en Elfride con una expresión cuya fuerza era imposible poner en duda, pero cuyo significado no estaba claro; luego en el vagón que acababan de abandonar. Parecía leer una historia siniestra en la escena.
Elfride retrocedió y se volvió hacia el otro lado.
—¿Quién es esa mujer? —dijo Stephen—. Te miró fijamente.
—La señora Jethway; una viuda, y madre de aquel joven sobre cuya tumba nos sentamos la otra noche. Stephen, ella es mi enemiga. ¡Ojalá Dios hubiera tenido suficiente misericordia conmigo como para ocultar esto de ELLA!
—No hables tan desesperanzadamente —objetó él—. No creo que nos haya reconocido.
—Rezo para que no lo haya hecho.
Él adoptó un aire más vigoroso.
—Ahora, vamos a desayunar algo.
—¡No, no! —suplicó ella—. No puedo comer. DEBO volver a Endelstow.
Elfride estaba como si hubiera envejecido años respecto a Stephen ahora.
—Pero no has tomado nada desde anoche más que esa taza de té en Bristol.
—No puedo comer, Stephen.
—¿Vino y galletas?
—No.
—¿Ni té, ni café?
—No.
—¿Un vaso de agua?
—No. Quiero algo que haga a la gente fuerte y enérgica por el presente, que tome prestada la fuerza del mañana para usarla hoy, dejando al mañana sin ninguna, llegado el caso; o incluso algo que se llevara toda la vida mañana, siempre que me permitiera volver a casa ahora. Brandy, eso es lo que quiero. ¡Los ojos de esa mujer me han devorado el corazón!
—Estás alterada; y me afliges, querida. ¿Tiene que ser brandy?
—Sí, por favor.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Nunca he bebido más de una cucharadita a la vez. Todo lo que sé es que lo quiero. No lo consigas en el Falcon.
Él la dejó en los campos y fue a la posada más cercana en esa dirección. Al poco tiempo regresó con un pequeño frasco casi lleno y algunas rebanadas de pan con mantequilla, finas como obleas, en una bolsa de papel. Elfride tomó un sorbo o dos.
—Se me sube a los ojos —dijo con cansancio—. No puedo tomar más. Sí, lo haré; cerraré los ojos. Ah, llega a ellos por una ruta interna. No lo quiero; tíralo.
Sin embargo, pudo comer, y comió. Su atención principal se concentró en cómo obtener el caballo de las cuadras del Falcon sin levantar sospechas. A Stephen no se le permitió acompañarla al pueblo. Ella actuaba ahora según conclusiones alcanzadas sin ayuda de él: su poder sobre ella parecía haberse desvanecido.
—Será mejor que no te vean conmigo, incluso aquí, donde soy tan poco conocida. Hemos comenzado furtivamente como ladrones, y debemos terminar furtivamente como ladrones, a toda costa. Hasta que papá no haya sido informado por mí misma, un descubrimiento sería terrible.
Caminando y hablando sombríamente así, esperaron hasta casi las nueve, momento en el que Elfride pensó que podría llamar al Falcon sin causar mucha sorpresa. Detrás de la estación de tren estaba el río, cruzado por un viejo puente Tudor, desde donde el camino divergía en dos direcciones, una bordeando las afueras del pueblo y serpenteando de nuevo hacia la carretera principal a Endelstow. Junto a este camino, Stephen se sentó y esperó su regreso del Falcon.
Se sentó como quien posa para un retrato, inmóvil, observando las luces y sombras ajedrezadas en los troncos de los árboles, los niños jugando frente a la escuela antes de entrar a la lección de la mañana, los segadores en un campo a lo lejos. La certeza de la posesión no había llegado, y no había nada que mitigara la tristeza del joven, que aumentaba con el pensamiento de la partida ahora tan cercana.
Al fin ella llegó trotando hacia él, en apariencia muy parecida a la romántica mañana de su visita al acantilado, pero despojada del resplandor que brillaba en ella entonces. Sin embargo, su relativa inmunidad a mayores riesgos y problemas la había calmado considerablemente. La capacidad de Elfride para ser herida solo era superada por su capacidad para sanar, lo cual, con razón o sin ella, es considerado por algunos como un índice de la transitoriedad de los sentimientos en general.
—Elfride, ¿qué dijeron en el Falcon?
—Nada. Nadie pareció sentir curiosidad por mí. Sabían que fui a Plymouth, y he estado allí una noche de vez en cuando con la señorita Bicknell. Contaba un poco con eso.
Y ahora la partida surgió como una muerte para estos jóvenes, pues era imperativo que ella partiera de inmediato. Stephen caminó a su lado durante casi una milla. Durante el camino dijo con tristeza:
—Elfride, han pasado veinticuatro horas y el asunto no está hecho.
—Pero has asegurado que se hará.
—¿Cómo lo he hecho?
—¡Oh, Stephen, preguntas cómo! ¿Crees que podría casarme con otro hombre en la tierra después de haber llegado tan lejos contigo? ¿No he demostrado más allá de toda posibilidad de duda que no puedo ser de nadie más? ¿No me he comprometido irremediablemente? El orgullo no ha significado nada ante mi gran amor. Malinterpretaste mi regreso, y no puedo explicarlo. Fue un error ir contigo en absoluto; y aunque hubiera sido peor seguir adelante, quizás habría sido mejor política. Asegúrate de esto: que cuando tengas un hogar para mí —por humilde y pobre que sea— y vengas a reclamarme, estaré lista. —Añadió amargamente—: Cuando mi padre sepa del trabajo de este día, quizás se alegre demasiado de dejarme ir.
—¡Tal vez entonces insista en nuestra boda de inmediato! —respondió Stephen, viendo un rayo de esperanza en el mismo centro de su remordimiento—. Espero que lo haga, incluso si todavía tuviéramos que separarnos hasta que yo esté listo para ti, como pretendíamos.
Elfride no respondió.
—No pareces la misma mujer, Elfie, que eras ayer.
—Ni lo soy. Pero adiós. Vuelve ahora. —Y ella tensó las riendas del caballo para despedirse—. ¡Oh, Stephen! —exclamó—, ¡me siento tan débil! No sé cómo enfrentarlo. ¿No podrías, después de todo, volver conmigo?
—¿Debo ir?
Elfride hizo una pausa para pensar.
—No; no servirá. Es mi absoluta insensatez la que me hace decir tales palabras. Pero él enviará a buscarte.
—Dile —continuó Stephen— que hicimos esto en la absoluta desesperación de nuestras mentes. Dile que no deseamos que nos favorezca, solo que nos trate con justicia. Si dice: cásense ahora, mucho mejor. Si no, di que todo puede arreglarse con su promesa de permitirme tenerte cuando yo sea lo suficientemente bueno para ti, lo cual podría ser pronto. Di que no tengo nada que ofrecerle a cambio de su tesoro —cuanto más lo siento—; pero todo el amor, toda la vida y todo el trabajo de un hombre honesto serán tuyos. En cuanto a cuándo es mejor contar esto, te dejo juzgar a ti.
Sus palabras la hicieron lo suficientemente alegre como para jugar con su posición.
—Y si llegara una mala reputación, Stephen —dijo ella sonriendo—, bueno, el naranjo debe salvarme, como salvó a las vírgenes en tiempos de San Jorge del aliento venenoso del dragón. Ya, perdóname por mi audacia: me voy.
Entonces, el joven y la joven se engañaron a sí mismos con palabras de una despedida a medias.
—Mi propia esposa, ¡que Dios te bendiga hasta que nos volvamos a ver!
—¡Hasta que nos volvamos a ver, adiós!
Y el poni siguió adelante, y ella no le habló más. Él vio su figura disminuir y su velo azul volverse gris; lo vio con las sensaciones agonizantes de una muerte lenta.
Tras separarse así de un hombre mayor que cualquier otro que hubiera conocido hasta el momento, Elfride cabalgó rápidamente hacia adelante, con una lágrima siendo ocasionalmente sacudida de sus ojos hacia el camino. Lo que ayer había parecido tan deseable, tan prometedor, incluso insignificante, había adquirido ahora el cariz de una tragedia.
Vio las rocas y el mar en las cercanías de Endelstow, y lanzó un suspiro de alivio.
Cuando pasó frente a un campo detrás de la vicaría, escuchó las voces de Unity y William Worm. Estaban colgando una alfombra en una cuerda. Unity estaba pronunciando una frase que concluía con "cuando llegue la señorita Elfride".
—¿Cuándo esperas que llegue?
—No hasta la tarde ahora. Está a salvo en casa de la señorita Bicknell, bendito sea Dios.
Elfride rodeó la casa hasta la puerta. No llamó ni tocó el timbre; y al no ver a nadie para hacerse cargo del caballo, Elfride la llevó al patio, quitó la brida y la silla, la dirigió hacia el prado y la soltó. Luego, Elfride entró sigilosamente y miró en todas las habitaciones de la planta baja. Su padre no estaba allí.
Sobre la repisa de la chimenea del salón había una carta dirigida a ella con su letra. La tomó y la leyó mientras subía las escaleras para cambiarse de hábito.
STRATLEIGH, jueves.
"QUERIDA ELFRIDE: Lo he pensado mejor y no regresaré hoy, sino que llegaré solo hasta Wadcombe. Estaré en casa mañana por la tarde y traeré a un amigo conmigo. —Tuyo, con prisa,
C. S."
Tras un rápido aseo se sintió más recuperada, aunque todavía sufría de dolor de cabeza. Al salir de la puerta se encontró con Unity en lo alto de la escalera.
—¡Oh, señorita Elfride! ¡Me dije a mí misma: es su espíritu! Ni soñábamos con que usted no regresara anoche. No dijo nada sobre quedarse fuera.
—Tenía intención de volver la misma tarde, pero cambié mis planes. Después desearía no haberlo hecho. Papá se enfadará, ¿supongo?
—Será mejor que no se lo diga, señorita —dijo Unity.
—Tengo miedo de hacerlo —murmuró ella—. Unity, ¿podrías empezar tú a contárselo cuando llegue a casa?
—¡Qué! ¿Y meterla a usted en problemas?
—Lo merezco.
—No, de verdad, no lo haré —dijo Unity—. No es un asunto tan grave, señorita Elfride. Me digo a mí misma: el amo se está tomando unas vacaciones, y como últimamente no ha sido amable con la señorita Elfride, ella...
—Lo está imitando. Bueno, haz como quieras. ¿Y podrías traerme ahora algo de almuerzo?
Tras satisfacer un apetito que el aire marino fresco le había dado en su victoria sobre una mente agitada, se puso el sombrero y fue al jardín y al cenador. Se sentó y se reclinó con la cabeza en una esquina. Allí se quedó dormida.
Medio despierta, miró apresuradamente la hora. Había estado allí tres horas. En el mismo momento, oyó cerrarse la puerta exterior y el girar de unas ruedas en la entrada; algún ruido previo de la misma fuente había sido probablemente la causa de su despertar. A continuación, se escuchó la voz de su padre llamando a Worm.
Elfride caminó por un sendero hacia la casa detrás de un cinturón de arbustos. Escuchó una lengua conversando con su padre, que no era la de ninguno de los sirvientes. Su padre y el extraño se reían juntos. Luego hubo un crujido de seda, y el señor Swancourt y su acompañante, o acompañantes, al parecer entraron por la puerta de la casa, pues no se oyó nada más de ellos. Elfride se había vuelto para meditar sobre quiénes podrían ser esos amigos, cuando escuchó pasos y a su padre exclamando tras ella:
—¡Oh, Elfride, aquí estás! Espero que te haya ido bien.
El corazón de Elfride dio un vuelco y no habló.
—Vuelve al cenador un minuto —continuó el señor Swancourt—; tengo que contarte lo que prometí.
Entraron en el cenador y se quedaron apoyados sobre la carpintería nudosa de la balaustrada.
—Ahora —dijo su padre radiante—, adivina qué tengo que decirte. Parecía estar contemplando su propia existencia tan intensamente que no le interesaba, ni siquiera veía, el semblante de la de ella.
—No puedo, papá —dijo ella con tristeza.
—Inténtalo, querida.
—Preferiría no hacerlo, en verdad.
—Estás cansada. Te ves agotada. El viaje fue demasiado para ti. Bueno, esto es por lo que me fui. ¡Me fui a casar!
—¡Casar! —balbuceó ella, y apenas pudo contener un "yo también" involuntario. Un momento después, su resolución de confesar pereció como una burbuja.
—Sí; ¿a quién crees? A la señora Troyton, la nueva propietaria de la finca al otro lado del seto, y de la antigua casa solariega. Solo se decidió finalmente entre nosotros cuando fui a Stratleigh hace unos días. —Bajó la voz a un tono pícaro de regocijo—. Ahora, en cuanto a tu madrastra, verás que no es gran cosa a la vista, aunque sí para escuchar. Tiene veinte años más que yo, para empezar.
—Olvidas que la conozco. Llamó aquí una vez, después de que hubiéramos ido, y la encontró fuera de casa.
—Por supuesto, por supuesto. Bueno, sean cuales sean sus aspectos, es una mujer tan excelente como la que más. Recientemente le han dejado en propiedad absoluta tres mil quinientas libras al año, además de la disposición de esta finca y, por cierto, un gran legado que le llegó en satisfacción de la dote, como se le llama.
—¡Tres mil quinientas libras al año!
—Y una gran —bueno, de tamaño razonable— mansión en la ciudad, y un pedigrí tan largo como mi bastón; aunque eso da pruebas de ser algo rebuscado, hecho desde que la familia se hizo rica; la gente hace esas cosas ahora como construyen ruinas en fincas de solteras y funden antigüedades en Birmingham.
Elfride simplemente escuchaba y no decía nada.
Él continuó más tranquilo e impresionantemente. —Sí, Elfride, ella es rica en comparación con nosotros, aunque con pocas conexiones. Sin embargo, ella te introducirá un poco en el mundo. Vamos a cambiar su casa de Baker Street por una en Kensington, por tu bien. Todo el mundo va allí ahora, dice ella. En Pascua volaremos a la ciudad por los tres meses habituales; para entonces tendré un coadjutor, por supuesto. Elfride, ya pasé la edad del amor, sabes, y confieso honestamente que me casé con ella por tu bien. Por qué una mujer de su posición debería haberse desperdiciado conmigo, Dios lo sabe. Pero supongo que su edad y su sencillez eran demasiado pronunciadas para un hombre de ciudad. Con tu buen aspecto, si juegas bien tus cartas ahora, puedes casarte con cualquiera. Por supuesto, será necesario un poco de maña; pero no hay nada que se interponga entre tú y un esposo con título, que yo pueda ver. Lady Luxellian era solo la hija de un escudero. Ahora, ¿no ves lo tonta que era esa vieja fantasía? Pero vamos, ella está dentro esperando verte. Es tan bueno como una obra de teatro —continuó el vicario, mientras caminaban hacia la casa—. La cortejé a través del seto de aligustre de allí: no del todo, sabes, pero solíamos caminar allí por la tarde, casi todas las tardes al final. Pero no necesito contarte los detalles ahora; todo fue terriblemente prosaico, te lo aseguro. Al final, ese día que la vi en Stratleigh, decidimos resolverlo sin más dilación.
—Y nunca me dijiste ni una palabra —respondió Elfride, sin reproche ni en tono ni en pensamiento. De hecho, su sentimiento era todo lo contrario al reproche. Se sentía aliviada e incluso agradecida. Donde no se había dado confianza, ¿cómo se podía esperar confianza?
Su padre confundió su desapasionamiento con un velo de cortesía sobre un sentimiento de agravio. —No soy del todo culpable —dijo—. Hubo dos o tres razones para el secreto. Una fue la reciente muerte de su pariente el testador, aunque eso no se aplicaba a ti. Pero recuerda, Elfride —continuó en un tono más rígido—, te habías mezclado tan tontamente con esa gente baja, los Smith —y fue justo, además, cuando la señora Troyton y yo empezábamos a entendernos— que decidí no decirte nada ni a ti. ¿Cómo sabía yo hasta dónde habías llegado con ellos y su hijo? Podrías haberte empeñado en tomar el té con ellos todos los días, por lo que yo sabía.
Elfride se tragó sus sentimientos como mejor pudo y, lánguida aunque tajantemente, hizo una pregunta.
—¿Besaste a la señora Troyton en el césped hace unas tres semanas? ¿Esa tarde que entré al estudio y encontré que acababan de poner las velas?
El señor Swancourt se puso un poco rojo y avergonzado, como suelen hacer los amantes de mediana edad cuando son atrapados en los trucos de los más jóvenes.
—Bueno, sí; creo que sí —balbuceó—; solo para complacerla, sabes. —Y luego, recuperándose, se rió de buena gana.
—¿Y era a esto a lo que se refería tu cita horaciana?
—Lo era, Elfride.
Entraron en el salón desde la veranda. En ese momento, la señora Swancourt bajó las escaleras y entró en la misma habitación por la puerta.
—Aquí, Charlotte, está mi pequeña Elfride —dijo el señor Swancourt, con el afecto de tono incrementado que a menudo se adopta hacia los parientes cuando son recién presentados.
La pobre Elfride, sin saber qué hacer, no hizo nada en absoluto; sino que se quedó receptiva a todo lo que le llegaba por la vista, el oído y el tacto.
La señora Swancourt avanzó, tomó la mano de su hijastra y luego la besó.
—¡Ah, querida! —exclamó con buen humor—, no pensaste cuando mostraste a una extraña anciana el invernadero hace un mes o dos, y le explicaste las flores tan bonitamente, que ella estaría aquí tan pronto con nuevos colores. Ni ella tampoco, estoy segura.
La nueva madre había sido descrita con bastante veracidad por el señor Swancourt. No era físicamente atractiva. Era oscura —muy oscura— de tez, corpulenta de figura, y con un abundante residuo de cabello en la proporción de media docena de blancas por media docena de negras, aunque estas últimas eran negras de verdad. Sin más observación, no era una mujer que gustara. Pero había más que ver. Para el crítico más superficial era evidente que no intentaba ocultar su edad. Parecía de sesenta años a primera vista, y el trato cercano nunca demostró que fuera mayor.
Otro rasgo, aún más cautivador, era uno que se adhería a las comisuras de sus labios. Antes de hacer un comentario, estas a menudo se contraían suavemente: no hacia atrás y hacia adelante, el índice del nerviosismo; no hacia abajo sobre la mandíbula, la señal de determinación; sino palpablemente hacia arriba, precisamente en la curva adoptada para representar la alegría en las toscas caricaturas de los escolares. Solo este elemento en su rostro era expresivo de algo dentro de la mujer, pero era inconfundible. Expresaba un humor tanto subjetivo como objetivo, que podía contemplar las peculiaridades de uno mismo bajo una luz tan caprichosa como la de los demás.
Esto no es todo acerca de la señora Swancourt. Le había tendido a Elfride unas manos cuyos dedos estaban literalmente rígidos de anillos, signis auroque rigentes, como la túnica de Helena. Estas hileras de anillos aparentemente no se llevaban por vanidad. Eran en su mayoría antiguos y apagados, aunque algunos eran todo lo contrario.
MANO DERECHA.
1º. Ónice ovalado sencillamente engastado, que representa la cabeza de un demonio. 2º. Intaglio de jaspe verde, con vetas rojas. 3º. Enteramente de oro, con la figura de un horrible grifo. 4º. Un diamante monstruoso color verde mar, con pequeños diamantes alrededor. 5º. Intaglio antiguo de cornalina de la figura danzante de un sátiro. 6º. Una banda angular cincelada con cabezas de dragón. 7º. Un carbunclo facetado acompañado de diez pequeñas esmeraldas centelleantes; etcétera, etcétera.
MANO IZQUIERDA.
1º. Una piedra de sapo de color amarillo rojizo. 2º. Un anillo pesado esmaltado en colores y que lleva un jacinto. 3º. Un zafiro amatista. 4º. Un rubí pulido, rodeado de diamantes. 5º. El anillo grabado de una abadesa. 6º. Un sombrío intaglio; etcétera, etcétera.
Más allá de este despliegue bastante pintoresco de piedra y metal, la señora Swancourt no llevaba ningún otro adorno.
Elfride había quedado favorablemente impresionada con la señora Troyton en su encuentro unos dos meses antes; pero estar complacida con una mujer como un conocido momentáneo era distinto a sentirse atraída por ella como madrastra. Sin embargo, la suspensión del sentimiento fue solo por un momento. Elfride decidió que aún le caía bien.
La señora Swancourt era una mujer de mundo en cuanto a conocimientos, y lo contrario en cuanto a la acción, como sugería su matrimonio. Elfride y la dama pronto se vieron inextricablemente involucradas en la conversación, y el señor Swancourt las dejó a solas.
—¿Y qué encuentras para hacerte aquí? —dijo la señora Swancourt, después de unas pocas observaciones sobre la boda—. Montas a caballo, lo sé.
—Sí, monto. Pero no mucho, porque a papá no le gusta que vaya sola.
—Debes tener a alguien que cuide de ti.
—Y leo, y escribo un poco.
—Deberías escribir una novela. El recurso habitual de la gente que no sale lo suficiente al mundo para vivir una novela es escribir una.
—Lo he hecho —dijo Elfride, mirando con duda a la señora Swancourt, como si dudara de si encontraría el ridículo allí.
—Eso está bien. Ahora, pues, ¿de qué trata, querida?
—Sobre... bueno, es un romance de la Edad Media.
—Como no sabes nada de la época actual, sobre la cual todo el mundo sabe, por seguridad elegiste una época que no conocías ni tú ni nadie más. Eso es, ¿eh? No, no; no quise decir eso, querida.
—Bueno, he tenido algunas oportunidades de estudiar el arte y las costumbres medievales en la biblioteca y el museo privado de Endelstow House, y pensé que me gustaría probar suerte con una ficción. Sé que el tiempo para estos cuentos ya pasó; pero me interesaba, estaba muy interesada.
—¿Cuándo aparecerá?
—Oh, nunca, supongo.
—Tonterías, querida niña. Publícalo, por todos los medios. Todas las damas hacen ese tipo de cosas ahora; no por beneficio, sabes, sino como una garantía de respetabilidad mental para sus futuros maridos.
—Una excelente idea la nuestra, las damas.
—Aunque me temo que se parece bastante a la melancólica artimaña de lanzar hogazas por encima de las murallas del castillo a los sitiadores, y sugiere desesperación más que abundancia en el interior.
—¿Alguna vez lo intentaste?
—No; estaba demasiado hundida incluso para eso.
—Papá dice que ningún editor aceptará mi libro.
—Eso queda por demostrar. Te doy mi palabra, querida, de que para esta época el próximo año estará impreso.
—¿De verdad lo hará? —dijo Elfride, iluminándose parcialmente con placer, aunque estaba bastante triste en el fondo—. Pensé que el cerebro era el requisito indispensable, aunque fuera el único, para la admisión en la república de las letras. Una criatura tan corriente como yo pronto será expulsada de nuevo.
—Oh, no; una vez que estés allí serás como una gota de agua en una pieza de cristal de roca; tu medio dignificará tu vulgaridad.
—Será una gran satisfacción —murmuró Elfride, y pensó en Stephen, y deseó poder hacer una gran fortuna escribiendo romances, casarse con él y vivir feliz.
—Y luego iremos a Londres, y luego a París —dijo la señora Swancourt—. He estado hablando con tu padre al respecto. Pero primero tenemos que mudarnos a la casa solariega, y pensamos quedarnos en Torquay mientras eso ocurre. Mientras tanto, en lugar de irnos de luna de miel por nuestra cuenta, hemos venido a casa a buscarte, y a ir todos juntos a Bath durante dos o tres semanas.
Elfride asintió agradablemente, incluso con alegría; pero vio que, con este matrimonio, su padre y ella habían dejado para siempre de ser la estrecha relación que habían sido hasta hace unas semanas. Era imposible ahora contarle la historia de su alocada fuga con Stephen Smith.
Él seguía cómodamente alojado en su corazón. Su ausencia le había devuelto mucho de esa aureola de santidad que casi se había desvanecido durante su estado de reproche en aquel miserable viaje desde Londres. El arrebato a menudo se enfría con el contacto con su causa, especialmente si es bajo condiciones incómodas. Y aquella última experiencia con Stephen había hecho todo menos hacerle brillar ante sus ojos. Su misma amabilidad al dejarla regresar fue su ofensa. Elfride tenía el amor de su sexo por la fuerza pura en un hombre, por muy mal dirigida que estuviera; y en aquella coyuntura crítica en Londres, la única oportunidad de Stephen de retener la ascendencia sobre ella que su rostro y no sus partes habían adquirido para él, habría sido haciendo lo que, por una cosa, era demasiado joven para emprender: es decir, arrastrarla de la muñeca hasta los rieles de algún altar y casarse con ella de manera perentoria. Las mentes apreciativas ven que la acción decisiva suele carecer de objetivo y, a veces, es fatal; pero la decisión, por muy suicida que sea, tiene más encanto para una mujer que el más inequívoco éxito fabiano.
Sin embargo, algunos de los accesorios desagradables de aquella ocasión estaban ahora fuera de la vista de nuevo, y Stephen había recuperado no pocos de sus colores de fantasía.
Capítulo XIII
"Puso en orden muchos proverbios".
Es octubre en Londres, dos meses más adelante en la historia.
Bede’s Inn tiene esta peculiaridad: mira hacia, recibe de y descarga en una concurrida vía pública que habla solo de riqueza y respetabilidad, mientras que su poterna linda con una red de callejones tan abarrotada y pobre como se pueda encontrar en cualquier parte de la metrópoli. Las consecuencias morales son, primero, que aquellos que ocupan habitaciones en el Inn pueden ver gran parte de los hábitos y placeres de la humanidad sin camisa sin hacer más que mirar hacia abajo desde una ventana trasera; y segundo, pueden oír recordatorios sociales saludables aunque desagradables a través del medio de una voz áspera, un paso desigual, el eco de un golpe o una caída, que se origina en la persona de algún borracho o maltratador de esposas, mientras cruza e interfiere con la tranquilidad de la plaza. Personajes de este tipo pasan con frecuencia por el Inn desde una pequeña madriguera de callejón en la parte trasera, pero nunca se detienen allí.
Apenas es necesario decir que todas las vistas y movimientos propios del Inn son de lo más ordenados. En la agradable tarde de octubre en la que seguimos a Stephen Smith a este lugar, un portero plácido está sentado en un taburete bajo un sicómoro en medio, con un pequeño bastón en la mano. Notamos la espesa capa de hollín sobre las ramas, colgando debajo de ellas en copos, como en una chimenea. La negrura de estas ramas no mejora actualmente el árbol, casi abandonado por sus hojas como está, pero en primavera su fresca belleza verde se vuelve doblemente hermosa por el contraste. Dentro de las rejas hay un jardín de flores de dalias y crisantemos respetables, donde un hombre está barriendo las hojas de la hierba.
Stephen elige una puerta y sube por una vieja aunque ancha escalera de madera, con balaustres y pasamanos moldeados, que en una casa solariega rural se consideraría un espécimen notable de artesanía renacentista. Llega a una puerta en el primer piso, sobre la cual está pintado, en letras negras, "Mr. Henry Knight", entendiéndose "Barrister-at-law" (abogado) pero no expresándose. La pared es gruesa, y hay una puerta en su cara exterior e interior. La exterior resulta estar entreabierta: Stephen va a la otra y llama.
—¡Pase! —desde las profundidades distantes.
Primero había una pequeña antecámara, dividida del apartamento interior por un arco revestido de madera de dos o tres yardas de ancho. A través de este arco colgaba un par de cortinas de color verde oscuro, haciendo un misterio de todo lo que había dentro del arco excepto el espasmódico chirrido de una pluma de ganso. Aquí se agrupaba una caótica colección de artículos, principalmente viejos grabados y pinturas enmarcados, apoyados de canto contra la pared, como pizarras de techo en el patio de un constructor. Todos los libros visibles aquí eran folios demasiado grandes para ser robados; algunos yacían sobre una pesada mesa de roble en una esquina, algunos en el suelo entre las imágenes, todo ello mezclado con viejos abrigos, sombreros, paraguas y bastones.
Stephen apartó la cortina y ante él se sentaba un hombre escribiendo como si su vida dependiera de ello, lo cual era así.
Un hombre de treinta años con una chaqueta moteada, cabello castaño oscuro, barba rizada y bigote crespo: este último uniéndose a la barba a cada lado de la boca y, como de costumbre, ocultando la verdadera expresión de ese órgano bajo un aspecto crónico de impasibilidad.
—Ah, mi querido amigo, sabía que eras tú —dijo Knight, levantando la vista con una sonrisa y tendiéndole la mano.
La boca y los ojos de Knight quedaron a la vista ahora. Ambos rasgos eran buenos y tenían la peculiaridad de parecer más jóvenes y frescos que la frente y el rostro a los que pertenecían, que se estaban enfermando bajo el inconfundible tinte pálido. La boca no había renunciado del todo a la redondez de la curva por las firmes angulosidades de la mediana edad; y los ojos, aunque agudos, permeaban más que penetraban: lo que habían perdido de su brillo juvenil por una docena de años de lectura intensa prestaba una quietud a su mirada que les sentaba bien.
Una dama habría dicho que había olor a tabaco en la habitación; un hombre habría dicho que no.
Knight no se levantó. Miró un reloj en la repisa de la chimenea, luego se volvió de nuevo hacia sus cartas, señalando una silla.
—Bueno, me alegra que hayas venido. Solo regresé a la ciudad ayer; ahora, no hables, Stephen, por diez minutos; tengo justo ese tiempo para el correo tardío. En el minuto once, soy todo tuyo.
Stephen se sentó como si este tipo de recepción no fuera nada nuevo, y la pluma de Knight se puso en marcha, subiendo y bajando como un barco en una tormenta.
Cicerón llamó a la biblioteca el alma de la casa; aquí la casa era toda alma. Partes del suelo y la mitad del espacio de la pared estaban ocupadas por estanterías ordinarias y extraordinarias; las partes restantes, junto con soportes, mesas auxiliares, etcétera, estaban ocupadas por moldes, estatuillas, medallones y placas de diversas descripciones, recogidos por el propietario en sus viajes por Francia e Italia.
Un solo rayo de luz solar vespertina entraba en la habitación desde una ventana justo en la esquina, con vistas a un patio. Un acuario estaba en la ventana. Era un paralelepípedo bastante aburrido para las criaturas vivientes la mayor parte de las horas del día; pero durante unos minutos al atardecer, como ahora, un rayo errante y amable iluminaba y calentaba el pequeño mundo allí dentro, cuando los zoófitos multicolores se abrían y extendían sus brazos, las algas adquirían una rica transparencia, las conchas brillaban con un amarillo más dorado y la tímida comunidad expresaba alegría más claramente que con palabras.
Dentro de los diez minutos prescritos, Knight arrojó su pluma, tocó el timbre para que el muchacho llevara las cartas al correo y, al cerrarse la puerta, exclamó: —Ahí; gracias a Dios, eso está hecho. Ahora, Stephen, acerca tu silla y cuéntame qué has estado haciendo todo este tiempo. ¿Has seguido con tu griego?
—No.
—¿Cómo es eso?
—No tengo suficiente tiempo libre.
—Eso es una tontería.
—Bueno, he hecho muchas cosas, si no eso. Y he hecho una cosa extraordinaria.
Knight se volvió completamente hacia Stephen. —¡Ajá! Ahora, pues, déjame mirar tu cara, sumar dos y dos, y hacer una conjetura astuta.
Stephen cambió a un color más rojizo.
—Vaya, Smith —dijo Knight, después de sujetarlo rígidamente por los hombros y escrutar intensamente su rostro durante un minuto en silencio—, te has enamorado.
—Bueno... el hecho es...
—Ahora, suéltalo. —Pero al ver que Stephen parecía bastante angustiado, cambió a un tono amable—. Ahora Smith, muchacho, me conoces lo suficiente a estas alturas, o deberías; y sabes muy bien que si decides darme un relato detallado del fenómeno dentro de ti, escucharé; si no, soy la última persona en el mundo a la que le importa oírlo.
—Diré esto: ME he enamorado, y quiero CASARME.
Knight pareció ominoso cuando esto pasó por los labios de Stephen.
—No me juzgues antes de haber oído más —gritó Stephen ansiosamente, viendo el cambio en el semblante de su amigo.
—No juzgo. ¿Tu madre lo sabe?
—Nada definido.
—¿Tu padre?
—No. Pero te lo diré. La joven...
—Vamos, eso es terriblemente poco galante. Pero tal vez entiendo un poco el estado de ánimo, así que continúa. Tu novia...
—Ella está un poco más arriba en el mundo que yo.
—Como debería ser.
—Y su padre no quiere ni oír hablar de ello, tal como estoy ahora.
—No es un caso infrecuente.
—Y ahora viene sobre lo que quiero tu consejo. Ha sucedido algo en su casa que hace que sea imposible que volvamos a pedirle a su padre ahora. Así que estamos manteniendo silencio. Mientras tanto, un arquitecto en la India acaba de escribir al señor Hewby para preguntarle si puede encontrar para él un joven asistente dispuesto a ir a Bombay para preparar dibujos para trabajos hechos anteriormente por los ingenieros. El salario que ofrece es de 350 rupias al mes, o unas 35 libras. Hewby me lo ha mencionado, y he ido al doctor Wray, quien dice que me aclimatizaré sin mucha enfermedad. Ahora, ¿tú irías?
—Quieres decir, porque es un posible camino hacia la joven dama.
—Sí; pensaba que podría ir y ganar algo de dinero, y luego volver y pedirla. Tengo la opción de ejercer por mi cuenta después de un año.
—¿Sería ella fiel?
—¡Oh, sí! ¡Para siempre, hasta el final de su vida!
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno, ¿cómo sabe la gente las cosas? Por supuesto, lo será.
Knight se reclinó en su silla. —Ahora, aunque la conozco perfectamente tal como existe en tu corazón, Stephen, no la conozco en persona. Todo lo que quiero preguntar es, ¿esta idea de ir a la India se basa enteramente en una creencia en su fidelidad?
—Sí; no iría si no fuera por ella.
—Bueno, Stephen, me has puesto en una posición bastante incómoda. Si doy mis verdaderos sentimientos, heriré tus sentimientos; si no, heriré mi propio juicio. Y recuerda, no sé mucho sobre mujeres.
—Pero has tenido vínculos, aunque me cuentas muy poco sobre ellos.
—Y solo espero que sigas prosperando hasta que te cuente más.
Stephen se encogió ante este golpe. —Nunca he formado un vínculo profundo —continuó Knight—. Nunca he encontrado a una mujer que valga la pena. Tampoco he estado comprometido ni una vez para casarme.
—Escribes como si hubieras estado comprometido cien veces, si se me permite decirlo —dijo Stephen en un tono herido.
—Sí, eso puede ser. Pero, mi querido Stephen, solo aquellos que conocen a medias una cosa escriben sobre ella. Aquellos que la conocen a fondo no se toman la molestia. Todo lo que sé sobre las mujeres, o sobre los hombres, es una masa de generalidades. Avanzo con dificultad, y ocasionalmente levanto los ojos y rozo la superficie agitada de la humanidad que yace entre mí y el horizonte, como haría un cuervo; nada más.
Knight se detuvo como si hubiera caído en un hilo de pensamiento, y Stephen miró con afectuoso asombro a un maestro cuya mente, creía, podría tragarse de una sola vez todo lo que su propia cabeza contenía.
Había simpatía afectiva, pero no una gran camaradería intelectual entre Knight y Stephen Smith. Knight había visto a su joven amigo cuando este era un muchacho feliz de mejillas sonrosadas, se había interesado por él, lo había vigilado y ayudado generosamente al muchacho con libros, hasta que la mera conexión de patrocinio creció hasta convertirse en un conocido, y eso maduró en amistad. Y así, aunque Smith no era en absoluto el hombre que Knight habría elegido deliberadamente como amigo —o incluso para uno de un grupo de una docena de amigos—, de alguna manera era su amigo. Las circunstancias, como siempre, lo hicieron todo. ¿Cuántos de nosotros podemos decir de nuestro más íntimo alter ego, dejando a un lado a los amigos del círculo exterior, que es el hombre que habríamos elegido, como encarnación del resultado neto después de sumar todos los puntos de la naturaleza humana que amamos, y los principios que sostenemos, y restar todo lo que odiamos? El hombre es realmente alguien a quien llegamos a conocer por la mera yuxtaposición física mantenida durante mucho tiempo, y fue tomado en nuestra confianza, e incluso en nuestro corazón, como un recurso provisional.
—¿Y qué piensas de ella? —se aventuró a decir Stephen, después de un silencio.
—Tomando sus méritos bajo confianza por ti —dijo Knight—, como hacemos con los de los poetas romanos de quienes no sabemos nada más que el hecho de que vivieron, sigo pensando que ella no se mantendrá fiel a ti durante, digamos, tres años de ausencia en la India.
—¡Pero lo hará! —gritó Stephen desesperadamente—. Es una chica llena de delicadeza y honor. Y ninguna mujer de esa clase, que se ha entregado tanto en manos de un hombre como ella en las mías, podría casarse con otro.
—¿Cómo se ha entregado? —preguntó Knight con curiosidad.
Stephen no respondió. Knight había mirado su amor con tanto escepticismo que no serviría de nada decir todo lo que tenía la intención de decir, de ninguna manera.
—Bueno, no lo cuentes —dijo Knight—. Pero estás dando por hecho lo que está en cuestión, lo cual, supongo, es inevitable en el amor.
—Y te diré otra cosa —suplicó el joven—. Recuerdas lo que me dijiste una vez sobre las mujeres al recibir un beso. ¿No es así? Vaya, que en lugar de que nos encante la fascinación de su porte en tal momento, deberíamos dudar inmediatamente de ellas si su confusión tiene alguna GRACIA en ella; que la torpeza atolondrada era el verdadero encanto de la ocasión, implicando que somos los primeros que han desempeñado tal papel con ellas.
—Es cierto, completamente —dijo Knight pensativamente.
A menudo sucedía que el discípulo recordaba así las lecciones del maestro mucho después de que el propio maestro las hubiera olvidado.
—¡Bueno, eso fue como ella! —gritó Stephen triunfalmente—. Estaba en tal agitación que no sabía lo que estaba haciendo.
—Espléndido, espléndido —dijo Knight con suavidad—. Así que todo lo que tengo que decir es que si ves una buena oportunidad en Bombay no hay razón por la que no debas ir sin molestarte en trazar distinciones finas en cuanto a las razones. Ningún hombre se da cuenta plenamente de sobre qué opiniones actúa, o qué significan sus acciones.
—Sí; voy a Bombay. Escribiré una nota aquí, si no te importa.
—Duerme sobre ello, es el mejor plan, y escribe mañana. Mientras tanto, ve allí a esa ventana y siéntate, y mira mi Espectáculo de la Humanidad. Voy a cenar fuera esta noche, y tengo que vestirme aquí con mi maleta. Traigo mis cosas así para ahorrarme la molestia de ir hasta mi casa en Richmond y volver.
Knight fue entonces al centro de la habitación y abrió su maleta, y Stephen se acercó a la ventana. El rayo de sol se había arrastrado hacia arriba, se había alejado y desaparecido; los zoófitos dormían: una penumbra oscura invadía la habitación. Y ahora otro volumen de luz brilló sobre la ventana.
—¡Ahí! —dijo Knight—, ¿dónde hay en Inglaterra un espectáculo que iguale a ese? Me siento allí y los observo cada noche antes de irme a casa. Abre suavemente la ventana.
Debajo de ellos había un callejón que subía hacia el muro, y que allí giraba lateralmente y pasaba bajo un arco, de modo que la ventana trasera de Knight estaba justo sobre el ángulo y dominaba una vista longitudinal del callejón. Multitudes —principalmente de mujeres— surgían, se agitaban y caminaban de un lado a otro. Las luces de gas resplandecían desde los puestos de los carniceros, iluminando los trozos de carne con manchas de color naranja y bermellón, como la coloración salvaje de los últimos cuadros de Turner, mientras el murmullo y el parloteo de voces de todo tono y estado de ánimo eran para este bosque humano lo que el susurro de un arroyo para el bosque natural.
Pasaron casi diez minutos. Entonces Knight también se acercó a la ventana.
—Bueno, ahora llamo a un coche de alquiler y desaparezco calle abajo en dirección a Berkeley Square —dijo, abotonándose el chaleco y lanzando su traje de mañana a un rincón. Stephen se levantó para irse.
—¡Qué montón de literatura! —comentó el joven, dando una última mirada anhelante por la habitación, como si permanecer allí para siempre fuera el gran placer de su vida, sintiendo sin embargo que casi había agotado su tiempo de visita. Sus ojos se posaron en un sillón lleno de periódicos, revistas y volúmenes nuevos y brillantes en verde y rojo.
—Sí —dijo Knight, mirándolos también y soltando un suspiro de cansancio—; supongo que pronto habrá que hacer algo con varios de ellos. Stephen, no hace falta que te vayas a toda prisa durante unos minutos, ya sabes, si quieres quedarte; no estoy del todo listo. Examina esos volúmenes mientras me pongo el abrigo y caminaré un poco contigo.
Stephen se sentó junto al sillón y empezó a revolver los libros. Entre otros encontró una novela corta en un solo volumen, THE COURT OF KELLYON CASTLE. Por Ernest Field.
—¿Vas a reseñar esto? —preguntó Stephen con aparente indiferencia, sosteniendo la efusión de Elfride.
—¿Cuál? ¡Oh, eso! Puede que lo haga, aunque no hago muchas reseñas ligeras ahora. Pero es reseñable.
—¿A qué te refieres?
A Knight nunca le gustó que le preguntaran a qué se refería. —¡Me refiero a que la mayoría de los libros publicados no son ni lo suficientemente buenos ni lo suficientemente malos como para provocar una crítica, y que ese libro sí la provoca!
—¿Por su bondad o por su maldad? —dijo Stephen con cierta ansiedad por la pobre Elfride.
—Por su maldad. Parece estar escrito por alguna adolescente.
Stephen no dijo ni una palabra más. No le importaba hablar claramente de Elfride después de aquel desafortunado desliz que había tenido su lengua respecto a que ella se hubiera comprometido; y, aparte de eso, la severa —casi obstinada y voluntariosa— honestidad de Knight al criticar era inatacable ante el humilde deseo de un joven amigo como Stephen.
Knight ya estaba listo. Apagando el gas y cerrando la puerta de un golpe, bajaron las escaleras y salieron a la calle.
Capítulo XIV
«Frolicamos mientras es mayo».
Ahora hay que darse cuenta de que han pasado casi tres cuartas partes de un año. En lugar del paisaje otoñal que formaba el escenario de los actos anteriores, tenemos las flores culminantes del verano en el año siguiente.
Stephen está en la India, esclavizado en una oficina en Bombay; ocasionalmente sube al interior del país en asuntos profesionales y se pregunta por qué las personas que habían estado allí más tiempo que él se quejaban tanto del efecto del clima en sus constituciones. Nunca un joven tuvo un comienzo mejor que el que ahora parecía presentarse ante Stephen. Fue justo en esa época de prosperidad excepcional que brilló sobre Bombay hace algunos años cuando llegó al lugar. La construcción y la ingeniería participaron del impulso general. La especulación se movía con una velocidad acelerada cada día sucesivo, siendo la única contingencia desagradable relacionada con ello la posibilidad de un colapso.
Elfride nunca le había contado a su padre la escapada de veinticuatro horas con Stephen, ni había llegado a sus oídos por ninguna otra vía que ella supiera. Fue un problema y un dolor secretos para la chica durante un corto tiempo, y la partida de Stephen fue otro ingrediente en su tristeza. Pero Elfride poseía facilidades especiales para deshacerse de los problemas después de un intervalo decente. Mientras que una naturaleza lenta absorbía una desgracia poco a poco, ella se había tragado toda la agonía de un solo trago y volvía a brillar. Podía mudar una tristeza y reemplazarla por una esperanza tan fácilmente como un lagarto renueva un miembro enfermo.
Y se le habían presentado dos distracciones excelentes. Una era publicar la novela y buscar reseñas en los periódicos, las cuales, aunque habían sido significativamente breves hasta el momento, habían servido para desviar sus pensamientos. La otra era emigrar de la vicaría a la casa antigua y más cómoda de la señora Swancourt, con vistas al mismo valle. Al señor Swancourt al principio no le gustó la idea de ser trasplantado a suelo femenino, pero las obvias ventajas de tal aumento de dignidad lo reconciliaron con el cambio. Así que hubo una «mudanza» radical; las dos damas se quedaron en Torquay como se había planeado, y el vicario iba y venía.
La señora Swancourt amplió considerablemente las ideas de Elfride en una dirección aristocrática, y ella empezó a perdonar a su padre por su matrimonio político. Ciertamente, en un sentido mundano, un rostro hermoso a los cuarenta y tres años nunca le había servido mejor a un hombre.
La nueva casa en Kensington estaba lista y todos estaban en la ciudad.
Los arbustos de Hyde Park habían sido trasplantados como de costumbre, las sillas alineadas, los bordes de césped recortados, los caminos hechos para parecer como si hubieran sufrido una fuerte tormenta eléctrica; los carruajes habían sido llamados por los perezosos, los caballos por los vivaces, y el Drive y el Row eran de nuevo el surco de la alegría por una hora. Contemplamos el espectáculo, a las seis de esta tarde de pleno verano, en una atmósfera de invernadero de melones y bajo un cielo violeta. El equipaje de los Swancourt formaba uno en la corriente.
La señora Swancourt era una conversadora del tipo incisivo, lo cual su voz baja y musical —el único punto hermoso de la anciana— evitaba que fuera tediosa.
—Ahora —le dijo a Elfride, quien, como Eneas en Cartago, estaba llena de admiración por la brillante escena—, encontrarás que nuestro estado de soledad nos dará, como a todo el mundo, un poder extraordinario para leer los rasgos de nuestros semejantes aquí. Siempre soy una oyente en lugares como estos, no de las narrativas contadas por las lenguas de mis vecinos, sino por sus rostros; la ventaja de lo cual es que, ya sea que esté en el Row, el Bulevar, el Rialto o el Prado, todos hablan el mismo idioma. Puede que haya adquirido cierta habilidad en esta práctica por haber sido una mujer soltera y fea durante tantos años, sin nadie que me diera información; algo que no considerarás extraño cuando se tenga en cuenta el caso paralelo: cuán verdaderamente las personas que no tienen relojes dirán la hora del día.
—Sí, eso lo harán —dijo el señor Swancourt corroborando—. He conocido a trabajadores agrícolas en Endelstow y otras granjas que habían ideado sistemas completos de observación para ese propósito. Por medio de sombras, vientos, nubes, los movimientos de ovejas y bueyes, el canto de los pájaros, el canto de los gallos y otros cien espectáculos y sonidos cuya existencia nunca conocen las personas con relojes en sus bolsillos, son capaces de pronunciar la hora casi con diez minutos de precisión en cualquier instante requerido. Eso me recuerda una vieja historia que me temo que es demasiado mala, demasiado mala para repetir. —Aquí el vicario sacudió la cabeza y se rió interiormente.
—Cuéntala, ¡vamos! —dijeron las damas.
—No debo contarla del todo.
—Eso es absurdo —dijo la señora Swancourt.
—Solo era sobre un hombre que, por el mismo cuidadoso sistema de observación, fue conocido por engañar a personas durante más de dos años con la creencia de que guardaba un barómetro a escondidas, tan exactamente predecía todos los cambios en el clima por el rebuzno de su asno y el temperamento de su esposa.
Elfride se rio.
—Exactamente —dijo la señora Swancourt—. Y de la misma manera que ellos aprendieron los signos de la naturaleza, yo he aprendido el lenguaje de su hermana ilegítima: la artificialidad; y las mentiras de los ojos, el desprecio de las puntas de las narices, la indignación del cabello recogido, la risa de la ropa, el cinismo de los pasos y las diversas emociones que yacen en los giros de los bastones, los levantamientos de sombreros, la elevación de las sombrillas, el porte de los paraguas, se vuelven como el A B C para mí.
—Mira a esa clase de mamá con hija en el carruaje de enfrente —continuó dirigiéndose a Elfride, señalando con solo un giro de ojo—. La autoconciencia absorbente de su posición que muestra su semblante es muy humillante para un amante de su país. Difícilmente creerías, ¿verdad?, que los miembros de un mundo de moda, cuyo cero profesado está muy por encima del grado más alto de los humildes, pudieran ser tan ignorantes de los instintos elementales de la reserva.
—¿Cómo?
—Vaya, llevar en sus rostros, tan claramente como en una filacteria, la inscripción: «Por favor, mira la corona en mis paneles».
—En realidad, Charlotte —dijo el vicario—, ves tanto en los rostros como el señor Puff vio en el asentimiento de Lord Burleigh.
Elfride no pudo evitar admirar la belleza de sus compatriotas, especialmente desde que ella misma y sus pocos conocidos siempre habían estado ligeramente bronceados o marcados en el dorso de las manos por un rasguño de zarza en esta época del año.
—¡Y qué hermosas flores y hojas llevan en sus sombreros! —exclamó.
—Oh, sí —respondió la señora Swancourt—. Algunas de ellas son incluso más llamativas en color que las reales. Mira esa hermosa rosa que lleva la dama dentro de las barandillas. Elegantes zarcillos de vid introducidos en el tallo como una mejora sobre las espinas, y todo creciendo tan naturalmente justo sobre su oreja; digo creciendo deliberadamente, porque el rosa de los pétalos y el rosa de sus hermosas mejillas provienen igualmente de la mano de la naturaleza a los ojos del observador más casual.
—¡Pero elógialas un poco, se lo merecen! —dijo la generosa Elfride.
—Bueno, lo haré. Mira cómo la duquesa de... se balancea de un lado a otro en su asiento, utilizando el vaivén de su landó mirando alrededor solo cuando su cabeza se balancea hacia adelante, con un orgullo pasivo que prohíbe una resistencia a la fuerza de la circunstancia. Mira el bonito puchero en las bocas de esa familia allí, que no conserva rastros de haber sido arreglado de antemano, tan bien hecho está. Mira el cierre recatado de los pequeños puños que sostienen las sombrillas; el diminuto pulgar alerta, erguido contra el tallo de marfil tan sabio como puede ser, el satén de la sombrilla combinando invariablemente con la tez del rostro debajo, aunque aparentemente por un accidente, lo que hace que la cosa sea tan atractiva. Ahí está el libro rojo tirado en el asiento opuesto, lo que demuestra la gran cantidad de sus conocidos. Y admiro particularmente el aspecto de esa mujer abundantemente hija al otro lado; me refiero a su mirada de inconsciencia de que las chicas son observadas por los caminantes, y sobre todo la mirada de las propias chicas, perdiendo su mirada en las profundidades de los ojos de los hombres guapos sin parecer notar si están observando ojos masculinos o las hojas de los árboles. Eso es un elogio para ti. Pero solo estoy bromeando, niña; ya sabes eso.
—Pif-pif-pif, ¡qué calor hace, sin duda! —dijo el señor Swancourt, como si su mente estuviera a una larga distancia de todo lo que veía—. Declaro que mi reloj está tan caliente que apenas puedo soportar tocarlo para ver qué hora es, y todo el mundo huele como el interior de un sombrero.
—¡Cómo te miran los hombres, Elfride! —dijo la señora mayor—. Me matarás por completo, me temo.
—¿Matarte?
—Como un diamante mata a un ópalo en el mismo engaste.
—He notado a varios caballeros y señoras mirándome —dijo Elfride con sencillez, mostrando su placer por ser observada.
—Querida, no debes decir «caballeros» hoy en día —respondió su madrastra en los tonos de astuta preocupación que tan bien le sentaban a su fealdad—. Hemos cedido los «caballeros» a la clase media baja, donde la palabra todavía se puede escuchar en los bailes de comerciantes y las fiestas de té provinciales, creo. Aquí eso ya se acabó.
—¿Qué debo decir, entonces?
—«Damas y HOMBRES» siempre.
En este momento apareció en la corriente de vehículos que se movían en dirección contraria un carro que presentaba en su superficie general el rico tono índigo de un cielo de medianoche, estando las ruedas y los márgenes marcados en delicadas líneas de ultramar; las libreas de los criados eran abrigos azul oscuro y encaje plateado, y pantalones de un rojo indio neutro. Todo el conjunto formaba un todo orgánico y avanzaba detrás de un par de caballos castaños oscuros, que avanzaban en un trote indiferentemente entusiasta, realizado con mucha delicadeza, y ocasionalmente se encogían de hombros en diversos puntos de su superficie venosa como si estuvieran por encima del asunto.
En esto iba sentado un caballero sin características decididas más que la de que se parecía algo a un viajante de comercio bondadoso de la clase superior. A su lado había una dama con ojos y tez de leche desnatada, perteneciente a la clase «interesante» de mujeres, donde esa clase se funde en la enfermiza, siendo su mayor placer aparentemente el no disfrutar de nada. Frente a esta pareja iban sentadas dos niñas pequeñas con sombreros blancos y plumas azules.
La dama vio a Elfride, sonrió y se inclinó, y tocó el codo de su marido, quien se volvió y recibió el gesto de reconocimiento de Elfride con una galante elevación de su sombrero. Entonces las dos niñas levantaron los brazos hacia Elfride y se rieron alegremente.
—¿Quién es esa?
—Vaya, ¿no es Lord Luxellian? —dijo la señora Swancourt, quien con el vicario había estado sentada de espaldas a ellos.
—Sí —respondió Elfride—. Es el único hombre de los que he visto aquí a quien considero más guapo que papá.
—Gracias, querida —dijo el señor Swancourt.
—Sí; pero tu padre es mucho mayor. Cuando Lord Luxellian avance un poco más en la vida, no será ni la mitad de apuesto que nuestro hombre.
—Gracias, querida, igualmente —dijo el señor Swancourt.
—Mira —exclamó Elfride, todavía mirando hacia ellos—, ¡cómo me quieren esos pequeños amores! De hecho, una de ellas está llorando para que vaya.
—Estábamos hablando de pulseras hace un momento. Mira la de Lady Luxellian —dijo la señora Swancourt, mientras esa baronesa levantaba su brazo para sostener a una de las niñas—. Se le está resbalando por el brazo, demasiado grande por la mitad. Odio ver la luz del día entre una pulsera y una muñeca; me pregunto por qué las mujeres no tienen mejor gusto.
—En realidad no es por eso —explicó Elfride—. Es que su brazo se ha vuelto delgado, la pobre. No puedes imaginar cuánto ha cambiado en este último año.
Los carruajes estaban ahora más cerca y hubo un intercambio de saludos más familiares entre las dos familias. Luego los Luxellian cruzaron y se detuvieron bajo los plátanos, justo detrás de los Swancourt. Lord Luxellian bajó y se adelantó con una risa musical.
Era su atractivo como hombre. A la gente le gustaba por esos tonos y olvidaba que no tenía talentos. Los conocidos recordaban al señor Swancourt por sus modales; recordaban a Stephen Smith por su rostro, a Lord Luxellian por su risa.
El señor Swancourt hizo algunos comentarios amistosos, entre otras cosas sobre el calor.
—Sí —dijo Lord Luxellian—, estábamos pasando por el escaparate de un peletero esta tarde y la vista nos llenó a todos con tal sensación de asfixia que nos alegramos de alejarnos. ¡Ja, ja! —Se volvió hacia Elfride—. Señorita Swancourt, apenas la he visto o hablado con usted desde que su hazaña literaria se hizo pública. No tenía idea de que alguien estuviera tomando notas en la tranquila Endelstow, o ciertamente me habría puesto a mí y a mis amigos en nuestro mejor comportamiento. Swancourt, ¿por qué no me diste una pista?
Elfride se agitó, se sonrojó, se rio, dijo que no era nada de lo que hablar, etc., etc.
—Bueno, creo que fue tratada injustamente por el PRESENT, ciertamente lo creo. Escribir una reseña pesada como esa sobre una bagatela elegante como EL CORTE DE KELLYON CASTLE fue absurdo.
—¿Qué? —dijo Elfride, abriendo los ojos—. ¿Fui reseñada en el PRESENT?
—Oh, sí; ¿no lo vio? ¡Vaya, fue hace cuatro o cinco meses!
—No, nunca lo vi. ¡Qué pena me da! ¡Qué vergüenza de mis editores! Prometieron enviarme cada reseña que apareciera.
—Ah, entonces, me temo que le he estado dando información desagradable, retenida intencionalmente por cortesía. Dependa de ello, pensaron que no saldría nada bueno de enviárselo, y así no entristecerla innecesariamente.
—Oh, no; de hecho, me alegra que me lo haya dicho, Lord Luxellian. Es una bondad totalmente equivocada por su parte. ¿La reseña está tan en mi contra? —preguntó temblorosa.
—No, no; no exactamente eso, aunque casi olvido su propósito exacto ahora. Era simplemente, simplemente mordaz, sabe, poco generoso, podría decir. Pero realmente mi memoria no me permite hablar con decisión.
—Iremos a la oficina del PRESENT y conseguiremos uno inmediatamente; ¿verdad, papá?
—Si estás tan ansiosa, querida, lo haremos, o lo enviaremos. Pero mañana servirá.
—Y hágame el favor en un pequeño asunto ahora, Elfride —dijo Lord Luxellian calurosamente, y pareciendo como si lamentara haber traído noticias que la perturbaran—. En realidad, fui enviado aquí como mensajero especial por mis pequeñas Polly y Katie para pedirle que venga a nuestro carruaje con ellas por un corto tiempo. Solo voy a caminar hacia Piccadilly, y mi esposa se queda sola con ellas. Me temo que son niños algo mimados; pero les he prometido a medias que vendría.
Se bajaron los escalones y Elfride fue transferida, para deleite intenso de las niñas y para el interés leve de los paseantes con pieles rojas y cuellos largos, que miraban someramente la actuación con sus bastones en los labios, riendo ocasionalmente desde el fondo de sus gargantas y con sus ojos, no estando sus bocas involucradas en la operación en absoluto. Lord Luxellian le dijo al cochero que siguiera, levantó su sombrero, sonrió una sonrisa que falló su objetivo y se posó en un completo extraño, que se inclinó desconcertado. Lord Luxellian miró largamente a Elfride.
La mirada fue una mirada varonil, abierta y genuina de admiración; un tributo momentáneo de un tipo que cualquier inglés honesto podría haber pagado a la belleza sin avergonzarse del sentimiento, o permitir que invadiera en el más mínimo grado sus obligaciones emocionales como esposo y cabeza de familia. Luego Lord Luxellian se dio la vuelta y caminó pensativo hacia el extremo superior del paseo.
El señor Swancourt había bajado al mismo tiempo que Elfride, cruzando hacia el Row por unos minutos para hablar con un amigo que reconoció allí; y su esposa quedó así como única ocupante del carruaje.
Ahora, mientras este pequeño acto había estado en curso de ejecución, había entre los espectadores que paseaban un hombre de descripción algo diferente a los demás. Detrás de la multitud general, en la retaguardia de las sillas, y apoyado contra el tronco de un árbol, miraba a Elfride con interés silencioso y crítico.
Tres puntos sobre esta persona discreta mostraban prontamente al ojo ejercitado que no era un hombre del Row pur sang. Primero, una arruga o dos irreprimibles en la cintura de su levita, lo que denota que no había maldecido a su sastre lo suficiente como para conducir a ese comerciante hasta la presión ortodoxa de la mano de obra astuta. Segundo, una ligera dejadez del paraguas, causada por el hábito de su dueño de descansar pesadamente sobre él, y usarlo como un verdadero bastón, en lugar de dejar que su punta tocara el suelo en el más coqueto de los besos, como es la manera correcta de hacer en el Row. Tercero, y razón principal, que por mucho que uno intentara, difícilmente podría evitar suponer, al mirar su rostro, que sus ojos no estaban lejos de una mente bien terminada, en lugar de la piel bien terminada et praeterea nihil, que es por derecho la marca del Row.
La probabilidad es que, si la señora Swancourt no hubiera sido dejada sola en su carruaje bajo el árbol, este hombre habría permanecido en su reclusión sin ser observado. Pero viéndola así, dio la vuelta al frente, se inclinó bajo la barandilla y se paró junto a la puerta del carruaje.
La señora Swancourt lo miró reflexivamente durante un cuarto de minuto, luego le tendió la mano riendo:
—Vaya, Henry Knight, ¡por supuesto que es! Mi segundo, tercer, cuarto primo, ¿qué debo decir? De todos modos, mi pariente.
—Sí, uno de un remanente aún no cortado. Apenas estaba seguro de ti, tampoco, desde donde estaba parado.
—No te he visto desde que fuiste a Oxford; ¡considera el número de años! Sabes, supongo, de mi matrimonio.
Y surgió un diálogo sobre asuntos familiares de nacimiento, muerte y matrimonio, que no es necesario detallar. Knight preguntó poco después:
—¿Y dónde está la joven escritora? —preguntó Knight—. ¿La que me ha tenido tan inquieto durante los últimos días con su misiva, con la que me ha obligado a venir aquí a rendir cuentas?
—Está en casa —respondió la señora Swancourt—. Se ha quedado atrás para terminar algunas labores domésticas. Es terriblemente tímida, a pesar de lo que su audaz carta pueda sugerir.
—Me pregunto si es tan terrible como la imaginé.
—Es una chica muy dulce, y no le guardes rencor por lo que escribió. Es una cuestión de temperamento.
Mientras hablaban, llegaron a la puerta de The Crags. Al entrar en el salón, vieron a Elfride. Ella estaba de pie junto a la ventana, con un libro en la mano, aunque no estaba leyendo. Al ver a Knight, su rostro se tiñó de un rojo encendido que se extendió hasta sus sienes.
—Henry, esta es mi hijastra, Elfride —dijo la señora Swancourt.
Elfride hizo una breve inclinación. Knight, en lugar de la joven de aspecto arrogante que su imaginación había bosquejado, se encontró con una criatura de una timidez tan extrema que le resultó desconcertante. Sus ojos, que normalmente brillaban con una viveza traviesa, estaban ahora bajos, y sus manos, que sostenían el libro, temblaban ligeramente.
—Sr. Knight —dijo ella en voz baja, casi inaudible.
—Señorita Swancourt —respondió él con una cortesía que buscaba ser a la vez amable y desarmante—. Debo confesar que me siento un poco como un intruso, habiendo tenido la audacia de criticar una obra cuya autora es tan... tan inesperadamente joven.
Elfride levantó la vista un instante, encontrándose con unos ojos que, aunque severos, no carecían de una curiosidad benevolente.
—No debería haber escrito esa carta —murmuró ella—. Fue una vanidad propia de alguien que no comprende el mundo de la crítica.
—Por el contrario —dijo Knight, sentándose con una naturalidad que ayudó a relajar el ambiente—, fue la carta más refrescante que he recibido en años. La mayoría de los autores se limitan a guardar silencio o a lanzar insultos. Usted, en cambio, presentó sus argumentos. Y, a decir verdad, al volver a leer mi propia reseña a la luz de sus notas, he comenzado a sospechar que tal vez fui demasiado severo en ciertos pasajes.
La conversación fluyó entonces hacia temas menos personales, aunque la sombra de aquel intercambio epistolar seguía flotando en la estancia. Knight, con su porte de hombre de leyes y su aire de intelectualidad un tanto austera, parecía un ser de otro mundo en comparación con la sencillez de Endelstow.
Pasó la hora del té, y la luz de la tarde comenzó a dorar los campos que rodeaban la casa. Elfride, poco a poco, fue recuperando su compostura. Observaba a Knight con una fascinación que no podía ocultar del todo; era el hombre del que Stephen Smith le había hablado con tanta devoción, el mentor, el amigo, el hombre de intelecto superior. Ahora que lo tenía frente a sí, las palabras de Stephen cobraban un nuevo significado.
—¿Y Stephen Smith? —preguntó de repente la señora Swancourt, rompiendo el hilo de la charla—. ¿Tiene noticias de él últimamente?
Knight, que estaba examinando un grabado en la pared, se volvió con una expresión pensativa.
—Hace apenas unos días recibí una carta de Bombay. Se encuentra bien, trabajando arduamente. Es un muchacho de un talento excepcional, aunque a veces me preocupa que sea demasiado idealista para las durezas de su profesión.
Elfride sintió un pinchazo en el corazón al oír el nombre de Stephen en labios de aquel hombre. Era como si el pasado y el presente hubieran chocado en el centro del salón.
—Es un buen amigo —añadió Knight, mirando fijamente a Elfride, como si intentara descifrar si aquel nombre le provocaba alguna reacción.
Elfride bajó la mirada, fingiendo interés en su taza de té.
—Sí, es una persona muy noble —dijo ella con una voz que, a pesar de sus esfuerzos, sonó un poco más aguda de lo habitual.
Knight sonrió levemente, una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que le dio a su rostro un aire de complejidad que la joven no pudo dejar de notar. Aquel encuentro, que ella había temido tanto, estaba resultando ser una experiencia de una intensidad inesperada, un laberinto en el que, sin darse cuenta, acababa de internarse.
Él la miró con una mezcla de curiosidad intelectual y una especie de benevolencia protectora, como si estuviera observando el comportamiento de un espécimen raro bajo el microscopio. Elfride, sintiéndose de pronto expuesta, retiró la mano del vendaje y desvió la mirada hacia la estrecha aspillera de la torre, donde el cielo se había teñido de un gris plomizo y opresivo.
—La tormenta no tardará en descargar —dijo él, siguiendo el hilo de su mirada, aunque en su tono persistía una nota de reproche—. Es una suerte que no nos hayamos quedado a la intemperie. ¿Se siente mejor?
—Sí, gracias —respondió ella, aunque su voz aún denotaba una fragilidad que le resultaba irritante—. Es solo que... estas viejas piedras parecen guardar recuerdos que no siempre son amables con los intrusos.
Knight se puso en pie, permitiendo que un breve silencio se instalara entre ambos, un silencio cargado de las palabras que no se atrevían a decir. La torre, en su decadencia, parecía empequeñecerse a su alrededor, o tal vez era la propia presencia de Knight la que reclamaba todo el espacio, reduciendo los temores y las altiveces de la joven a algo insignificante.
—La historia tiene esas trampas —dijo él finalmente, mientras caminaba hacia la entrada de la escalera de caracol—. Nos hace creer que somos los dueños del presente, cuando en realidad solo estamos pisando los escombros de lo que otros construyeron. Pero será mejor que bajemos; el vicario estará preguntándose qué ha sido de nosotros.
Elfride lo siguió con pasos inciertos, sintiendo que cada giro del descenso la alejaba de la seguridad de su mundo habitual. Había algo en la calma inalterable de aquel hombre, en su manera de diseccionar la realidad sin pestañear, que le provocaba una extraña fascinación, una que, en el fondo de su corazón, empezaba a temer más que a su propia imprudencia.
En el centro de cada pálida mejilla había aparecido ahora una pequeña mancha roja del tamaño de una hostia, que seguía creciendo. Elfride esperó por un momento una reincidencia en la lección sobre su insensatez, pero Knight no dijo más que esto:
«Prométeme que NUNCA volverás a caminar por ese parapeto».
«Lo derribarán pronto; así que lo prometo». A los pocos minutos continuó en un tono más bajo y serio: «Usted está familiarizado, por supuesto, como todo el mundo, con esas extrañas sensaciones que a veces tenemos, de que nuestra vida existe por un momento por duplicado».
«¿De que hemos vivido ese momento antes?».
«O de que lo viviremos de nuevo. Pues bien, sentí en la torre que algo similar a aquella escena volverá a ser común para ambos».
«¡Dios no lo quiera!», dijo Knight. «Prométeme que nunca volverás a caminar por un lugar así bajo ninguna circunstancia».
«Lo prometo».
«Que tal cosa no ha ocurrido antes, lo sabemos. Que no volverá a ocurrir, lo juras. Por lo tanto, no pienses más en semejante fantasía tonta».
Había caído una gran cantidad de lluvia, pero sin rayos. Unos minutos más y la tormenta había cesado.
«Ahora, tómate de mi brazo, por favor».
«Oh, no, no es necesario». Esta recaída en la obstinación se debió a que él había vuelto a asociar el epíteto de tonta con ella.
«Tonterías: es totalmente necesario; volverá a llover enseguida y no te has recuperado ni a medias». Y sin más preámbulos, Knight tomó su mano, la pasó bajo su brazo y la sostuvo allí con tanta firmeza que ella no habría podido retirarla sin luchar. Sintiéndose como una potranca con cabestro por primera vez al ser conducida de aquel modo, pero temerosa de enfadarse, fue para ella un gran alivio ver el carruaje doblando la esquina para recogerlos.
Su caída sobre el tejado tuvo que explicarse necesariamente hasta cierto punto al entrar en la casa; pero ambos evitaron mencionar una palabra de lo que ella había estado haciendo para causar tal accidente. Durante el resto de la tarde Elfride estuvo invisible; pero a la hora de la cena apareció tan radiante como siempre.
En el salón, después de haber estado ocupado exclusivamente con el señor y la señora Swancourt durante la hora intermedia, Knight se encontró de nuevo con Elfride. Ella había estado mirando un problema de ajedrez en una de las revistas ilustradas.
«¿Le gusta el ajedrez, señorita Swancourt?».
«Sí. Es mi juego científico favorito; de hecho, excluye a todos los demás. ¿Usted juega?».
«He jugado; aunque no últimamente».
«Desafíelo, Elfride», dijo el vicario con entusiasmo. «Ella juega muy bien para ser una dama, señor Knight».
«¿Jugamos?», preguntó Elfride con timidez.
«Oh, sin duda. Estaré encantado».
El juego comenzó. El señor Swancourt había olvidado una partida similar con Stephen Smith el año anterior. Elfride no; pero había empezado a tomar como máxima la verdad indudable de que la necesidad de seguir siendo fiel a Stephen, sin sospechas, dictaba un comportamiento voluble casi tan imperativamente como la volubilidad misma; un hecho, sin embargo, que daría una ventaja sorprendente a esta última cualidad si alguna vez llegara a aparecer.
Knight, por uno de esos descuidos inexcusables que a veces afligen a los mejores jugadores, colocó su torre en los brazos de uno de sus peones. Fue su primera ventaja. Ella parecía triunfante, incluso despiadada.
«¡Por Dios! ¿En qué estaría pensando?», dijo Knight con calma; y luego descartó toda preocupación por su accidente.
«Juguemos con las reglas del club, ¿no le parece, señor Knight?», dijo Elfride con persuasión.
«Oh, sí, ciertamente», dijo el señor Knight, aunque a su mente le vino el pensamiento de que él le había permitido un par de veces reemplazar una pieza cuando ella le aseguraba religiosamente que tal movimiento era un error absoluto.
Ella tomó inmediatamente la desafortunada torre y la contienda prosiguió, teniendo Elfride ahora una ligera ventaja en el juego. Luego él ganó el cambio, recuperó su posición y empezó a presionarla con fuerza. Elfride se puso nerviosa y colocó su reina en la fila de su torre restante.
«¡Ahí, qué estúpida! ¡Por mi palabra, no vi su torre! ¡Por supuesto, nadie más que un tonto habría puesto una reina allí a sabiendas!».
Habló con excitación, esperando a medias que su antagonista le devolviera el movimiento.
«Nadie, por supuesto», dijo Knight serenamente, y extendió su mano hacia su víctima real.
«No es muy agradable que se aprovechen de ello, entonces», dijo ella con algo de disgusto.
«¿Reglas de club, creo que dijo?», replicó Knight con suavidad, y apropiándose sin piedad de la reina.
Ella estuvo a punto de hacer un puchero, pero le dio vergüenza mostrarlo; las lágrimas casi asomaron a sus ojos. Había estado esforzándose tanto, muchísimo, pensando y pensando hasta que su cerebro estaba hecho un torbellino; y le parecía tan cruel que él la tratara así, después de todo.
«Creo que es...», empezó ella.
«¿Qué?».
«...Inkindo aprovecharse de un error puro que cometo de esa manera».
«Yo perdí mi torre por un error aún más puro», dijo el enemigo en tono inexorable, sin levantar los ojos.
«Sí, pero...». Sin embargo, como su lógica era absolutamente irrefutable, ella simplemente registró una protesta. «No soporto esas maneras de sangre fría de los clubes y de los jugadores profesionales, como Staunton y Morphy. ¡Como si realmente importara si has levantado los dedos de una pieza o no!».
Knight sonrió tan despiadadamente como antes, y siguieron en silencio.
«Jaque mate», dijo Knight.
«Otra partida», dijo Elfride imperativamente, luciendo muy acalorada.
«Con todo mi corazón», dijo Knight.
«Jaque mate», dijo Knight de nuevo al cabo de cuarenta minutos.
«Otra partida», replicó ella resueltamente.
«Le daré la ventaja de un alfil», le dijo Knight amablemente.
«No, gracias», respondió Elfride en un tono destinado a la indiferencia cortés; pero, de hecho, muy altanero.
«Jaque mate», dijo su oponente sin la menor emoción.
¡Oh, la diferencia entre el estado mental de Elfride ahora y cuando cometía errores a propósito para que Stephen Smith pudiera ganar!
Llegó la hora de dormir. Con la mente tan distraída que parecía querer salírsele de la cabeza, se fue a su alcoba, llena de mortificación por haber sido derrotada una y otra vez cuando ella misma era la agresora. Tras haber disfrutado durante dos o tres años de la reputación ante el mundo —a través del cerebro de su padre, que constituía casi todo su mundo— de ser una excelente jugadora, este fiasco era intolerable; pues, por desgracia, la persona más obstinada en creer en una falsa reputación es siempre aquella, su poseedor, que tiene los mejores medios para saber que no es cierta.
En la cama no llegó el sueño para calmarla; esa cosa gentil que, en este aspecto, es una amiga de pleno verano al salir volando ante la más mínima nube de problemas. Tras estar despierta hasta las dos de la mañana, una idea pareció asaltarla. Se levantó suavemente, encendió una luz y trajo una Praxis de ajedrez de la biblioteca. Al regresar y sentarse en la cama, estudió diligentemente el volumen hasta que el reloj dio las cinco y sus párpados se sintieron pesados y cargados. Entonces apagó la luz y volvió a acostarse.
«Te ves pálida, Elfride», dijo la señora Swancourt a la mañana siguiente en el desayuno. «¿Verdad, primo Harry?».
Una joven que apenas está enferma difícilmente puede evitar estarlo cuando es considerada como tal por todos los ojos que se vuelven hacia ella en la mesa en respuesta a algún comentario. Todo el mundo miró a Elfride. Ciertamente estaba pálida.
«¿Estoy pálida?», dijo con una leve sonrisa. «No dormí mucho. No pude deshacerme de ejércitos de alfiles y caballos, por más que lo intenté».
«El ajedrez es algo malo justo antes de dormir; especialmente para personas excitables como tú, querida. No vuelvas a jugar tarde nunca más».
«Jugaré temprano en su lugar. Primo Knight», dijo imitando a la señora Swancourt, «¿me complacerá en algo?».
«Hasta la mitad de mi reino».
«Bueno, es jugar una partida más».
«¿Cuándo?».
«Ahora, al instante; en cuanto hayamos desayunado».
«Tonterías, Elfride», dijo su padre. «Hacerte esclava del juego de esa manera».
«¡Pero quiero hacerlo, papá! Honestamente, estoy inquieta por haber sido tan ignominiosamente vencida. Y al señor Knight no le importa. Así que, ¿qué daño puede haber?».
«Juguemos, sin duda, si así lo deseas», dijo Knight.
Así, cuando terminó el desayuno, los combatientes se retiraron a la tranquilidad de la biblioteca y se cerró la puerta. Elfride parecía tener la idea de que su conducta era bastante desordenada y sorprendentemente libre de las restricciones convencionales. Y lo que es peor, le pareció ver en el rostro de Knight una mirada ligeramente divertida ante sus actos.
«Me cree tonta, supongo», dijo imprudentemente; «pero quiero hacerlo lo mejor que pueda solo una vez, y ver si puedo vencerle».
«Ciertamente: nada más natural. Aunque me temo que no es el plan adoptado por las mujeres del mundo después de una derrota».
«¿Por qué, dígame?».
«Porque saben que tan bueno como vencer es la habilidad para borrar el recuerdo de haber sido vencido, y centran su atención totalmente en eso».
«Me equivoco de nuevo, por supuesto».
«Quizás tu error sea más agradable que el acierto de ellas».
«No sé muy bien si quiere decir eso, o si se está riendo de mí», dijo, mirándolo con duda, aunque inclinándose a aceptar la interpretación más halagadora. «Estoy casi segura de que piensa que es vanidad por mi parte creer que estoy a su altura. Bueno, si lo piensa, digo que la vanidad no es un crimen en tal caso».
«Bueno, quizás no. Aunque difícilmente sea una virtud».
«¡Oh, sí, en la batalla! La valentía de Nelson residía en su vanidad».
«¿De verdad? Entonces también lo hizo su muerte».
«¡Oh, no, no! Porque está escrito en el libro del profeta Shakespeare:
‘¿Temer y ser muerto? Nada peor puede traer la lucha; ¡Y luchar y morir, es la muerte destruyendo a la muerte!’».
Y se sentaron, y comenzó la contienda, teniendo Elfride el primer movimiento. El corazón de Elfride latía tan violentamente que no podía quedarse quieta. Su miedo era que él lo oyera. Y al final lo descubrió: unas flores sobre la mesa empezaron a palpitar por sus pulsaciones.
«Creo que será mejor que lo dejemos», dijo Knight, mirándola con suavidad. «Es demasiado para ti, lo sé. Anotemos la posición y terminemos en otro momento».
«No, por favor, no», suplicó ella. «No descansaría si no supiera el resultado de inmediato. Es su turno».
Pasaron diez minutos.
Ella se levantó de repente. «¡Sé lo que está haciendo!», exclamó, con un color de enfado en sus mejillas y sus ojos indignados. «¡Estaba pensando en dejarme ganar para complacerme!».
«No me importa admitir que lo estaba haciendo», respondió Knight flemáticamente, y pareciendo aún más flemático por el contraste con la agitación de ella.
«¡Pero no debe! No lo permitiré».
«Muy bien».
«No, eso no servirá; insisto en que prometa no hacer semejante estupidez. ¡Es un insulto hacia mí!».
«Muy bien, señora. No haré semejante estupidez. Usted no ganará».
«¡Eso está por verse!», replicó ella con orgullo; y el juego continuó.
Ya no se oye nada más que el tictac de un reloj antiguo y peculiar sobre la parte superior de una estantería. Pasan diez minutos; él captura su caballo; ella toma su caballo y parece un auténtico Radamanto.
Pasan más minutos; ella toma su peón y tiene la ventaja, mostrando su conciencia de ello de forma bastante prominente.
Cinco minutos más: él toma su alfil; ella iguala las cosas tomando su caballo.
Tres minutos: ella parece audaz y toma su reina; él parece plácido y toma la de ella.
Pasan ocho o diez minutos: él toma un peón; ella suelta un pequeño «¡puf!», pero no puede tomar ni el fantasma de un peón en represalia.
Pasan diez minutos: él toma otro peón y dice: «¡Jaque!». Ella se sonroja, se libera capturando su alfil y parece triunfante. Él inmediatamente toma su alfil; ella parece sorprendida.
Cinco minutos más: ella se lanza y toma su único alfil restante; él responde tomando su único caballo restante.
Dos minutos: él da jaque; la mente de ella está ahora en un estado de tensión doloroso, y se cubre el rostro con la mano.
Aún unos minutos más: él toma su torre y vuelve a dar jaque. Ella tiembla literalmente ahora ante el temor de que una sorpresa astuta que tiene guardada para él sea anticipada por la sorpresa astuta que evidentemente él tiene guardada para ella.
Cinco minutos: «¡Jaque mate en dos jugadas!», exclama Elfride.
«Si puedes», dice Knight.
«Oh, he calculado mal; ¡eso es cruel!».
«Jaque mate», dice Knight; y la victoria está ganada.
Elfride se levantó y se dio la vuelta sin dejarle ver su rostro. Una vez en el vestíbulo, subió las escaleras hacia su habitación y se arrojó sobre su cama, llorando amargamente.
«¿Dónde está Elfride?», dijo su padre durante el almuerzo.
Knight escuchó ansiosamente la respuesta. Había estado esperando verla de nuevo antes de ese momento.
«No se encuentra bien, señor», fue la respuesta.
La señora Swancourt se levantó y salió de la habitación, subiendo al apartamento de Elfride.
En la puerta estaba Unity, quien ocupaba en el nuevo establecimiento un puesto entre doncella de la joven señora y criada de la casa.
«Está profundamente dormida, señora», susurró Unity.
La señora Swancourt abrió la puerta. Elfride estaba tumbada completamente vestida sobre la cama, con el rostro caliente y rojo, y los brazos extendidos. A intervalos de un minuto se removía inquieta de un lado a otro y gemía indistintamente palabras usadas en el juego de ajedrez.
La señora Swancourt tenía afición a la medicina y le tomó el pulso. Vibraba como la cuerda de un arpa, a un ritmo de casi ciento cincuenta latidos por minuto. Moviendo suavemente a la joven dormida a una posición un poco menos tensa, volvió a bajar las escaleras.
«Está dormida ahora», dijo la señora Swancourt. «No parece estar muy bien. Primo Knight, ¿en qué estaba pensando? Su tierno cerebro no soportará el ajetreo como su gran cabeza. Debería haberle prohibido estrictamente volver a jugar».
En verdad, la experiencia del ensayista sobre la naturaleza de las mujeres jóvenes era mucho menos extensa de lo que su conocimiento abstracto de ellas le hacía creer a él mismo y a los demás. Podía meterlas en frases como un artesano, pero en la práctica no estaba en ninguna parte.
«Siento mucho, de verdad», dijo Knight, sintiendo incluso más de lo que expresaba. «¡Pero, ciertamente, la joven sabe mejor lo que es bueno para ella!».
«Bendito sea, eso es precisamente lo que no sabe. Ella nunca piensa en esas cosas, ¿verdad, Christopher? Su padre y yo tenemos que mandarla y mantenerla a raya, como se haría con una niña. Dirá cosas dignas de un epigramatista francés y actuará como un petirrojo en un invernadero. Pero creo que enviaremos a buscar al doctor Granson; no puede haber daño».
Se envió inmediatamente a un hombre a caballo a Castle Boterel, y el caballero conocido como doctor Granson vino en el transcurso de la tarde. Pronunció que su sistema nervioso estaba en un marcado estado de trastorno; envió un calmante y dio órdenes de que bajo ningún concepto volviera a jugar al ajedrez.
A la mañana siguiente, Knight, muy molesto consigo mismo, esperó con un sentimiento curiosamente compuesto su entrada al desayuno. Las criadas entraron a rezar a intervalos irregulares y, al entrar cada una, no pudo, para salvar su vida, evitar girar la cabeza con la esperanza de que fuera Elfride. El señor Swancourt empezó a leer sin esperar por ella. Entonces alguien se deslizó sin hacer ruido; Knight miró suavemente hacia arriba: era solo la pequeña criada de cocina. Knight pensó que leer oraciones era un aburrimiento.
Salió solo y, casi por primera vez, no pudo reconocer que conversar con los encantos de la Naturaleza no era soledad. Al acercarse de nuevo a la casa, percibió a su joven amiga cruzando una pendiente por un sendero que se unía al que él seguía en el ángulo del campo. Allí se encontraron. Elfride estaba a la vez exultante y abochornada: entrar en su presencia tenía sobre ella el efecto de entrar en una catedral.
Knight tenía su cuaderno en la mano y, de hecho, había estado en el mismo acto de escribir en él cuando se vieron. Se detuvo en mitad de una frase y procedió a preguntar con calidez sobre su estado de salud. Ella dijo que estaba perfectamente bien y, de hecho, nunca había tenido mejor aspecto. Su salud era tan inconsecuente como sus acciones. Sus labios estaban rojos, SIN el brillo que tienen las cerezas, y su rojez bordeaba la piel blanca en una línea claramente definida, que no tenía nada de confusión irregular. En conjunto, era la última persona del mundo en ser derribada por una partida de ajedrez, porque parecía demasiado efímera para jugar una.
«¿Está tomando notas?», preguntó ella con una prontitud que claramente surgía menos de interés por el tema que de un deseo de desviar sus pensamientos de sí misma.
«Sí; estaba haciendo una anotación. Y con su permiso, la completaré». Knight se quedó quieto y escribió. Elfride permaneció a su lado un momento y luego siguió caminando.
«Me gustaría ver todos los secretos que hay en ese libro», le lanzó ella alegremente por encima del hombro.
«No creo que encontrara mucho que le interesara».
«Sé que sí».
«Entonces, por supuesto, no tengo nada más que decir».
«Pero primero haría esta pregunta. ¿Es un libro de meros hechos sobre viajes y gastos, y demás, o un libro de pensamientos?».
«Bueno, a decir verdad, no es exactamente ninguna de las dos cosas. Consiste en su mayor parte en apuntes para artículos y ensayos, inconexos y desconectados, de ningún interés posible para nadie más que para mí mismo».
«Contiene, supongo, sus pensamientos desarrollados en embrión».
«Sí».
«Si son interesantes cuando se amplían al tamaño de un artículo, ¿qué deben ser en su forma concentrada? Espíritu puro rectificado, por encima de la graduación; antes de que se rebaje para ser apto para el consumo humano: ‘palabras que queman’, de verdad».
«Más bien como un globo antes de ser inflado: flácido, sin forma, muerto. Difícilmente podrías leerlos».
«¿Puedo intentar?», dijo ella con tono persuasivo. «Escribí mi pobre romance de esa manera —quiero decir en trozos, al aire libre— y me gustaría ver si su manera de anotar las cosas es la misma que la mía».
«Realmente, esa es una petición bastante incómoda. Supongo que difícilmente puedo negarme ahora que lo ha pedido tan directamente; pero...».
«Piensa que soy maleducada al preguntar. Pero, ¿no me justifica esto: su escritura en mi presencia, señor Knight? Si me hubiera topado con su libro por casualidad, habría sido diferente; pero usted se para frente a mí, y dice: ‘Discúlpeme’, sin importarle si lo hago o no, y sigue escribiendo, y luego me dice que no son hechos privados sino ideas públicas».
«Muy bien, señorita Swancourt. Si realmente debe verlo, que las consecuencias recaigan sobre su propia cabeza. Recuerde, mi consejo es que deje mi libro en paz».
«¿Pero con esa advertencia tengo su permiso?».
«Sí».
Ella dudó un momento, miró su mano que contenía el libro, luego rió y, diciendo: «Debo verlo», lo retiró de sus dedos.
Knight siguió caminando hacia la casa, dejándola de pie en el sendero pasando las hojas. Cuando llegó a la verja, vio que ella se había movido y esperó hasta que se acercó.
Elfride había cerrado el cuaderno y lo llevaba con desdén por la esquina entre el dedo y el pulgar; su rostro mostraba una expresión de irritación. Silenciosamente extendió el volumen hacia él, sin levantar los ojos más alto de lo que estaba levantada su mano.
«Tómalo», dijo Elfride rápidamente. «No quiero leerlo».
«¿Pudiste entenderlo?», dijo Knight.
«Hasta donde miré. Pero no me importó leer mucho».
«¿Por qué, señorita Swancourt?».
«Solo porque no quise, eso es todo».
«Le advertí que podría no hacerlo».
«Sí, pero nunca supuse que me habría puesto a mí allí».
«Su nombre no se menciona ni una vez en las cuatro esquinas».
«Mi nombre no, lo sé».
«Ni su descripción, ni nada por lo que alguien pudiera reconocerla».
«Excepto yo misma. ¡Porque, qué es esto!», exclamó, tomándolo de él y abriendo una página. «7 de agosto. Eso fue antes de ayer. Pero no lo leeré», dijo Elfride, cerrando el libro de nuevo con bonita altivez. «¿Por qué debería hacerlo? No tenía por qué pedir ver su libro, y me lo tengo merecido».
Knight apenas recordaba lo que había escrito y pasó las hojas del libro para ver. Llegó a esto:
«7 de agosto. La muchacha entra en la adolescencia y nace su autoconciencia. Tras un cierto intervalo transcurrido en la indefensión infantil, comienza a actuar. Sencilla, joven e inexperta al principio. Las personas observadoras pueden decir con exactitud qué edad tiene esta conciencia por la destreza que ha adquirido en el arte necesario para su éxito: el arte de ocultarse a sí misma. Generalmente comienza su carrera con acciones que popularmente se denominan alardes. El método adoptado depende en cada caso de la disposición, el rango y la residencia de la joven que lo intenta. La chica criada en la ciudad soltará alguna paradoja moral sobre los hombres libertinos o sobre el amor. La señorita de campo adopta los medios más materiales de saltar una valla espantosa, silbar o hacer que se te hiele la sangre aparentando arriesgarse el cuello. (NOTA: Sobre la torre de Endelstow).
»Una vanidad inocente es, por supuesto, el origen de estas exhibiciones. "Mírame", dicen estas jóvenes principiantes en artificios femeninos, sin reflexionar si les resulta o no ventajoso mostrar tanto de sí mismas. (Ampliar y corregir para el artículo sobre las Artes sin arte)».
«Sí, ahora lo recuerdo», dijo Knight. «Las notas fueron ciertamente sugeridas por tu maniobra en la torre de la iglesia. Pero no debes pensar demasiado en observaciones tan aleatorias», continuó de manera alentadora, al notar sus miradas de ofensa. «Una simple fantasía que pasa por mi cabeza adquiere una importancia ficticia para ti, porque se ha hecho permanente al quedar escrita. Toda la humanidad tiene pensamientos tan malos como los de las personas a las que más aman en la tierra, pero como tales pensamientos nunca llegan a plasmarse en papel, se asume que nunca existieron. Me atrevo a decir que tú misma has pensado alguna cosa desagradable u otra sobre mí, que parecería igual de mala que esto si estuviera escrita. Te desafío, ahora, a que me lo digas».
«¿Lo peor que he pensado de ti?».
«Sí».
«No debo».
«Oh, sí».
«Pensé que tenías los hombros un poco caídos».
Knight se puso ligeramente más rojo.
«Y que tenías una pequeña calva en la coronilla».
«¡Je, je! Dos defectos inerradicables», dijo Knight, notándose una leve y fantasmal expresión en su risa. «Supongo que son mucho peores a ojos de una dama que ser considerada autoconsciente».
«Ah, eso está muy bien», dijo ella, demasiado inexperta para percibir su golpe y, por tanto, no del todo dispuesta a perdonar sus notas. «También te referiste a mí en esa entrada como si fuera una niña. Todo el mundo hace eso. No puedo entenderlo. Soy toda una mujer, sabes. ¿Qué edad crees que tengo?».
«¿Qué edad? Pues, diecisiete, diría yo. Todas las chicas tienen diecisiete años».
«Te equivocas. Tengo casi diecinueve. ¿Qué clase de mujeres te gustan más, las que parecen más jóvenes o las que parecen más mayores de lo que son?».
«Sin pensarlo, me inclinaría a decir que las que parecen más mayores».
Así que no era la clase de Elfride.
«Pero es bien sabido», dijo ella con entusiasmo, y había algo conmovedor en la ingenua ansiedad por ser tenida en alta estima que revelaba con sus palabras, «que cuanto más tarda una naturaleza en desarrollarse, más rica es. Los jóvenes y las chicas que son hombres y mujeres antes de alcanzar la mayoría de edad no son nadie para cuando las personas tardías han mostrado toda su capacidad».
«Sí», dijo Knight pensativo. «Realmente hay algo de cierto en esa observación. Pero, arriesgándome a ofenderte, debo recordarte que ahí das por sentado que la mujer que se retrasa a una edad determinada no ha llegado al final de su cuerda. Su atraso puede no deberse a que tarde en desarrollarse, sino a que pronto agotó su capacidad para hacerlo».
Elfride parecía decepcionada. Para entonces ya estaban bajo techo. La señora Swancourt, para quien buscar pretendientes por cualquier medio honesto era pan comido, tenía ahora un pequeño plan de esa índole respecto a esta pareja. El salón de diario, donde ambos esperaban encontrarla, estaba vacío; la anciana, por la razón mencionada, lo había abandonado por la segunda puerta mientras ellos entraban por la primera.
Knight fue a la repisa de la chimenea y examinó con descuido dos retratos sobre marfil.
«Aunque estas damas rosadas tenían rasgos muy rudimentarios, a juzgar por lo que veo aquí», observó, «tenían indudablemente hermosas cabelleras».
«Sí, y eso lo es todo», dijo Elfride, posiblemente consciente de la suya propia, posiblemente no.
«No todo; aunque mucho, ciertamente».
«¿Qué color te gusta más?», se aventuró a preguntar.
«Depende más de su abundancia que de su color».
«Siendo iguales las abundancias, ¿puedo preguntar cuál es tu color favorito?».
«Oscuro».
«Me refiero a las mujeres», dijo ella, con la más mínima caída de semblante y la esperanza de haber sido malinterpretada.
«Yo también», respondió Knight.
Era imposible para cualquier hombre no conocer el color del cabello de Elfride. En las mujeres que lo llevan sencillo, tal rasgo puede pasar desapercibido para los hombres que no prestan atención ocular. Pero el de ella siempre estaba en medio. Veías su cabello tan lejos como podías ver su sexo, y sabías que era del castaño más pálido. Ella supo al instante que Knight, al ser perfectamente consciente de esto, tenía un estándar de admiración independiente en la materia.
Elfride estaba profundamente molesta. No podía dejar de impresionarle la honestidad de sus opiniones, y lo peor de todo era que, cuanto más iban en su contra, más los respetaba. Y ahora, como una jugadora temeraria, arriesgó su último y mejor tesoro. Sus ojos: ahora eran todo lo que tenía.
«¿De qué color te gustan más los ojos, señor Knight?», dijo lentamente.
«¿Honestamente, o como un cumplido?».
«¡Por supuesto que honestamente; no quiero el cumplido de nadie!».
Y, sin embargo, Elfride sabía lo contrario: que un cumplido o una palabra de aprobación de aquel hombre en aquel momento habría sido como un pozo para un árabe hambriento.
«Prefiero el color avellana», dijo él con serenidad.
Ella había jugado y perdido de nuevo.
Capítulo XIX
«El amor estaba en el siguiente grado».
Knight no tenía ninguna de esas familiaridades ligeras en el habla que, mediante toques juiciosos de adulación epigramática, borran el recuerdo de una mujer sobre las opiniones abstractas del hablante. Así que nadie volvió a decir nada sobre el tema del cabello, los ojos o el desarrollo. La mente de Elfride había sido impregnada con sentimientos sobre su propia pequeñez hasta un grado incómodamente nítido, y su incomodidad era visible en su rostro. Toda la tendencia de la conversación había sido últimamente la de menospreciarla, silenciosa pero seguramente; y se vio obligada a tomar a Stephen en consideración en defensa propia. Él no habría sido tan poco cariñoso, dijo, como para admirar una idiosincrasia y unos rasgos diferentes a los suyos. Es cierto, Stephen había declarado que la amaba: el señor Knight nunca había hecho nada parecido. De alguna manera esto no arreglaba las cosas, y la sensación de su pequeñez a ojos de Knight seguía ahí. Si la posición hubiera sido al revés —si Stephen la hubiera amado a pesar de tener un gusto diferente, y si Knight hubiera sido indiferente a pesar de su parecido con su ideal—, habría engendrado pensamientos mucho más felices. Tal como estaban las cosas, la admiración de Stephen podría tener su raíz en una ceguera fruto de la pasión. Quizá el juicio de cualquier hombre agudo fuera condenatorio para ella.
Durante el resto del sábado estuvieron más o menos con sus mayores, y no surgió ninguna conversación que fuera exclusivamente suya. Cuando Elfride estuvo en la cama esa noche, sus pensamientos volvieron al mismo tema. En un momento insistía en que era de mala naturaleza por su parte hablar con tanta contundencia como lo había hecho; al siguiente, que era una honestidad absoluta.
«¡Ah, qué pobre don nadie soy!», dijo, suspirando. «A la gente como él, que recorre el gran mundo, no le importa en lo más mínimo cómo soy, ni en humor ni en rasgos».
Quizá un hombre que se ha introducido profundamente en la mente de una mujer de esta manera, está a medio camino de su corazón; la distancia entre esas dos estaciones es proverbial.
«¿Y realmente se va esta semana?», le dijo la señora Swancourt a Knight a la tarde siguiente, que era domingo.
Todos subían pausadamente la colina hacia la iglesia, donde se iba a celebrar un último oficio a la hora algo excepcional de la tarde en lugar de por la tarde, antes de la demolición de las partes en ruinas.
«Tengo intención de cruzar a Cork desde Bristol», respondió Knight; «y luego sigo hacia Dublín».
«Regrese por este camino y quédese un poco más con nosotros», dijo el vicario. «Una semana no es nada. Apenas hemos podido darnos cuenta de su presencia aún. Recuerdo una historia que...».
El vicario se detuvo de repente. Había olvidado que era domingo y probablemente habría continuado con su modo de pensar de los días laborables si un giro en la brisa no hubiera soplado el faldón de su toga universitaria hasta el alcance de su visión, recordándoselo. De inmediato desvió el curso de su narración con la destreza que la ocasión exigía.
«La historia del levita que viajó a Belén de Judá, de la cual tomé mi texto el domingo antepasado, viene muy al caso», continuó, con la pronunciación de un hombre que, lejos de haber tenido la intención de contar una historia de diario un momento antes, no había pensado en otra cosa que en asuntos del Sabbat durante varias semanas. «¿Qué ganó al final con su inquietud? Si se hubiera quedado en la ciudad de los jebuseos y no hubiera estado tan ansioso por Guibeá, ninguno de sus problemas habría surgido».
«Pero ya había perdido cinco días», dijo Knight, cerrando los ojos a la encomiable distracción del vicario. «Su culpa residió en comenzar el sistema de demora desde el principio».
«Cierto, cierto; mi ilustración falla».
«Pero no la hospitalidad que provocó la historia».
«Así que ha de venir de todos modos», insistió la señora Swancourt, pues había visto una caída casi imperceptible en el rostro de su hijastra ante el anuncio de Knight.
Knight prometió a medias pasar a verlos en su viaje de regreso; pero la incertidumbre con la que habló fue suficiente para llenar a Elfride de un interés lleno de pesar en todo lo que él hizo durante las pocas horas restantes. Habiendo oficiado ya el coadjutor dos veces ese día en las dos iglesias, el señor Swancourt había asumido todo el oficio vespertino, y Knight leyó las lecturas por él. El sol entraba a raudales desde la deteriorada ventana oeste e iluminaba a todos los fieles reunidos con un resplandor dorado, siendo Knight, mientras leía, iluminado por el mismo brillo suave. Elfride, al órgano, lo contemplaba con una tristeza latente en su estado de ánimo que se alimentaba de la sensación de estar muy lejos de su esfera. Mientras recorría deliberadamente el capítulo señalado —una parte de la historia de Elías— y ascendía a ese magnífico clímax del viento, el terremoto, el fuego y la voz suave y delicada, sus tonos profundos resonaron pasando con tal aparente indiferencia ante su existencia, que su presencia le inspiró una sensación desolada de inaccesibilidad, que su ausencia difícilmente habría podido causar.
Al mismo tiempo, volviendo su rostro por un momento para atrapar la gloria del sol poniente mientras caía sobre su figura, sus ojos fueron arrestados por la forma y el aspecto de una mujer en la galería oeste. Era el semblante desolado y estéril de la viuda Jethway, a quien Elfride no había visto mucho desde la mañana de su regreso con Stephen Smith. Poseyendo el más pequeño de los patrimonios, esta infeliz mujer parecía pasar su vida en viajes entre el cementerio de Endelstow y el de un pueblo cerca de Southampton, donde descansaban su padre y su madre.
No había asistido al oficio aquí durante un tiempo considerable, y ahora parecía tener una razón para su elección de asiento. Desde la ventana de la galería, la tumba de su hijo era claramente visible, destacando como el objeto más cercano en un panorama cerrado hacia afuera por el horizonte inmutable del mar.
Los rayos que entraban también inundaron su rostro, ahora inclinado hacia Elfride con una expresión dura y amarga que la solemnidad del lugar elevaba a una dignidad trágica que no poseía intrínsecamente. La muchacha reanudó su actitud normal con una inquietud añadida.
La emoción de Elfride era acumulativa y, al cabo de un tiempo, se manifestaba de repente. Un ligero toque bastaba para liberarla: un poema, una puesta de sol, un acorde de música ingeniosamente compuesto, una vaga imaginación, eran los accidentes habituales de su exhibición. El anhelo por el respeto de Knight, que conducía a un anhelo incipiente por su amor, hizo de la presente coyuntura una suficiente. Mientras se arrodillaba antes de salir, cuando las franjas soleadas habían subido hacia el techo y la parte baja de la iglesia estaba en suave sombra, no pudo evitar pensar en el poema mórbido de Coleridge «Las tres tumbas», y estremeciéndose al preguntarse si la señora Jethway la estaría maldiciendo, lloró como si su corazón fuera a romperse.
Salieron de la iglesia justo cuando el sol se ponía, dejando el paisaje como una plataforma de la cual un orador elocuente se ha retirado, y nada queda por hacer para la audiencia más que levantarse e irse a casa. El señor y la señora Swancourt se fueron en el carruaje, prefiriendo Knight y Elfride caminar, como la hábil casamentera había imaginado. Descendieron la colina juntos.
«Me gustó su lectura, señor Knight», se encontró diciendo Elfride poco después. «Usted lee mejor que papá».
«Alabaré a cualquiera que me alabe. Usted tocó excelentemente, señorita Swancourt, y de forma muy correcta».
«Correctamente, sí».
«Debe ser un gran placer para usted tomar parte activa en el servicio».
«Quiero ser capaz de tocar con más sentimiento. Pero no tengo una buena selección de música, sagrada o profana. Ojalá tuviera una pequeña y agradable biblioteca musical, bien elegida, y que las únicas piezas nuevas que me enviasen fueran las de genuino mérito».
«Me alegra oír tal deseo de su parte. Es extraordinario cuántas mujeres no tienen un amor honesto por la música como fin y no como medio, incluso dejando de lado a aquellas que no tienen nada dentro. Principalmente les gusta por sus accesorios. Nunca he conocido a una mujer que ame la música como lo hacen diez o una docena de hombres que conozco».
«¿Cómo trazaría la línea entre las mujeres con algo dentro y las que no tienen nada?».
«Bueno», dijo Knight, reflexionando un momento, «me refiero a aquellas que no tienen nada dentro, aquellas a las que no les importa nada sólido. Este es un ejemplo: conocí a un hombre que tenía una joven amiga en la que estaba muy interesado; de hecho, iban a casarse. Ella parecía poética, y él le ofreció elegir entre dos ediciones de los poetas británicos, que ella fingió desear mucho. Él dijo: "¿Cuál de ellas te gustaría más que te enviara?". Ella dijo: "Un par de los pendientes más bonitos de Bond Street, si no te importa, sería mejor que cualquiera de las dos". Ahora, a ella la llamo una chica con poco dentro más que vanidad; y usted también, me atrevo a decir».
«Oh, sí», respondió Elfride con un esfuerzo.
Al ver un vislumbre de su rostro mientras hablaba, y notar que su intento de entusiasmo fue un fracaso miserable, pareció tener recelos.
«Usted, señorita Swancourt, ¿no habría preferido, en tales circunstancias, las baratijas?».
«No, no creo que lo hubiera hecho, de verdad», balbuceó ella.
«Se lo plantearé», dijo el inflexible Knight. «¿Qué elegiría usted de estas dos cosas de aproximadamente igual valor: la pequeña biblioteca bien elegida de la mejor música de la que habló, encuadernada en marroquín, con estuche de nogal, llave y cerradura, o un par de los pendientes más bonitos de los escaparates de Bond Street?».
«Por supuesto que la música», respondió Elfride con fingida sinceridad.
«¿Está usted bastante segura?», dijo con énfasis.
«Bastante», titubeó; «si pudiera con seguridad comprar los pendientes después».
Knight, de forma algo censurable, disfrutó intensamente debatiendo con la palpitante y móvil criatura, cuya naturaleza excitable hacía de cualquier cosa así una especie de crueldad.
La miró de forma algo extraña y dijo: «¡Qué vergüenza!».
«Perdóneme», dijo ella, riendo un poco, un poco asustada y sonrojándose muy profundamente.
«Ah, señorita Elfie, ¿por qué no dijo al principio, como habría dicho cualquier mujer firme, soy tan mala como ella y elegiré lo mismo?».
«No lo sé», dijo Elfride con tristeza, y con una sonrisa angustiada.
«¿Creía que usted era excepcionalmente musical?».
«Lo soy, creo. Pero la prueba es tan dura, bastante dolorosa».
«No entiendo».
«La música no hace ningún bien real, o más bien...».
«¡Eso ES algo que decir, señorita Swancourt! Vaya, qué...».
«¡No entiende! ¡No entiende!».
«Vaya, ¿qué uso concebible hay en la joyería de baratija?».
«¡No, no, no, no!», gritó con petulancia; «no quise decir lo que usted piensa. Me gusta más la música, solo que me gusta...».
«¡Los pendientes mejor, admítalo!», dijo él en tono de burla. «Bueno, creo que habría tenido el coraje moral de admitirlo de inmediato, sin fingir una elevación a la que no podía llegar».
Como la soldadesca francesa, Elfride no era valiente cuando estaba a la defensiva. Así que fue casi con lágrimas en los ojos que respondió desesperadamente:
«Mi significado es que me gustan más los pendientes ahora mismo, porque perdí uno de mis pares más bonitos el año pasado, y papá dijo que no compraría más, ni me permitiría comprarlos a mí misma, porque era descuidada; y ahora desearía tener algunos como ellos; eso es lo que significa, de verdad que lo es, señor Knight».
«Me temo que he sido muy duro y grosero», dijo Knight, con una mirada de pesar al ver lo perturbada que estaba. «Pero en serio, si las mujeres solo supieran cómo arruinan su buen aspecto con tales accesorios, estoy seguro de que nunca los querrían».
«¡Eran preciosos, y me sentaban tan bien!».
«No si eran como las cosas horribles ordinarias con las que las mujeres se rellenan las orejas hoy en día; como el regulador de una máquina de vapor, o un par de balanzas, o horcas y cadenas de oro, y paletas de artistas, y péndulos de compensación, y Dios sabe qué más».
«No; no eran ninguna de esas cosas. Tan bonitos, como esto», dijo con entusiasta animación. Y dibujó con la punta de su sombrilla una vista ampliada de uno de los lamentados tesoros, a una escala que habría servido a una giganta de media milla de altura.
«Sí, muy bonitos, muy», dijo Knight con sequedad. «¿Cómo llegó a perder un par de artículos tan preciado?».
«Solo perdí uno; nadie pierde nunca ambos al mismo tiempo».
Hizo este comentario con embarazo y un movimiento nervioso de los dedos. Al ver que la pérdida ocurrió mientras Stephen Smith intentaba besarla por primera vez en el acantilado, su confusión apenas era de extrañar. La pregunta había sido incómoda y no recibió respuesta directa.
Knight pareció no notar su actitud.
«Oh, nadie pierde nunca ambos, ya veo. Y ciertamente el hecho de que fuera un caso de pérdida quita todo rastro de vanidad a su elección».
«Como nunca sé si usted habla en serio, no lo sé ahora», dijo ella, mirando hacia arriba interrogativamente al rostro velludo del oráculo. Y, acudiendo valientemente a su propio rescate: «Si realmente parezco vanidosa, es que solo soy vanidosa en mis modales, no en mi corazón. Las peores mujeres son aquellas vanidosas en sus corazones, y no en sus modales».
«Una distinción diestra. Bueno, ciertamente son las más censurables de las dos», dijo Knight.
«¿Es la vanidad un pecado mortal o venial? Usted sabe lo que es la vida: dígamelo».
«Estoy muy lejos de saber lo que es la vida. Una concepción justa de la vida es algo demasiado grande para captarlo durante el corto intervalo de pasar por ella».
«¿Será el hecho de que a una mujer le guste la joyería probable de hacer que su vida, en su sentido más elevado, sea un fracaso?».
«La vida de nadie es un fracaso absoluto».
«Bueno, usted sabe lo que quiero decir, aunque mis palabras estén mal elegidas y sean comunes», dijo ella con impaciencia. «Porque pronuncie palabras comunes, no debe suponer que solo pienso pensamientos comunes. Mi pobre reserva de palabras es como un número limitado de moldes toscos en los que tengo que fundir todos mis materiales, buenos y malos; y la novedad o delicadeza de la sustancia se pierde a menudo en la tosca trivialidad de la forma».
«Muy bien; creeré esa ingeniosa representación. En cuanto al asunto que nos ocupa —vidas que son fracasos—, no necesita preocuparse. La vida de cualquiera puede ser tan romántica, extraña e interesante si fracasa como si tiene éxito. Toda la diferencia radica en que al relato le falta el último capítulo. Si un hombre poderoso intenta realizar una gran hazaña y se queda corto por un accidente que no es culpa suya, hasta ese momento su historia contenía tanto como la de un gran hombre que ha logrado su gran hazaña. Es un capricho del mundo sostener que los detalles de cómo un muchacho fue a la escuela y demás deban ser un romance interesante o nada para ellos, precisamente en proporción a su renombre posterior».
Caminaban entre la puesta de sol y la salida de la luna. Con la caída del sol, una luna casi llena había comenzado a alzarse. Sus sombras, proyectadas por el resplandor occidental, mostraban signos de quedar obliteradas en favor de un par rival en la dirección opuesta, que la luna estaba haciendo resaltar.
«Considero mi vida hasta cierto punto un fracaso», dijo Knight de nuevo tras una pausa, durante la cual había notado las sombras antagónicas.
«¡Usted! ¿Cómo?»
«No lo sé con precisión. Pero de alguna manera he errado el blanco».
«¿De veras? Haberlo hecho no es motivo para estar triste, pero sentir que lo ha hecho debe ser causa de dolor. ¿Tengo razón?»
«En parte, aunque no del todo. Pues la sensación de tener una experiencia profunda sirve como una especie de consuelo para las personas que son conscientes de haber tomado caminos equivocados. Por contradictorio que parezca, no hay nada más cierto que el hecho de que las personas que siempre han ido por el buen camino no saben ni la mitad sobre la naturaleza y las formas de ir por el buen camino que aquellos que se han equivocado. Sin embargo, no es deseable que yo enfríe su época estival entrando en esto».
«Ni siquiera ahora me ha dicho si soy realmente vanidosa».
«Si digo que sí, la ofenderé; si digo que no, pensará que no lo digo en serio», respondió él, observando con curiosidad su rostro.
«Ah, bueno», respondió ella con un pequeño suspiro de angustia, «"Aquello que es sumamente profundo, ¿quién lo hallará?". Supongo que debo tomarlo a usted como hago con la Biblia: averiguar y comprender todo lo que pueda; y basándome en eso, tragarme el resto de golpe, por simple fe. Créame vanidosa, si quiere. La grandeza mundana requiere tanta pequeñez para crecer, que una flaqueza más o menos no es motivo de pesar».
«En lo que respecta a las mujeres, no puedo decirlo», respondió Knight con indiferencia; «pero es sin duda una desgracia para un hombre que tiene que ganarse la vida haber nacido con una naturaleza verdaderamente noble. Un alma elevada llevará a un hombre al asilo; así que puede que tenga razón al defender la vanidad».
«No, no, no hago eso», dijo ella con pesar.
«Señor Knight, cuando se haya ido, ¿me enviará algo que haya escrito? Creo que me gustaría ver si escribe como ha hablado últimamente o en su mejor estado de ánimo. ¿Cuál es su verdadero yo: el cínico que ha sido esta tarde o el amable filósofo que fue hasta esta noche?»
«Ah, ¿cuál? Usted lo sabe tan bien como yo».
Su conversación los retuvo en el césped y en el pórtico hasta que las estrellas parpadearon. Elfride echó la cabeza hacia atrás y dijo con desgana:
«Hay una estrella brillante exactamente sobre mí».
«Cada estrella brillante está sobre la cabeza de alguien en algún lugar».
«¿Lo está? Oh, sí, por supuesto. ¿Dónde está esa?» y señaló con su dedo.
«Esa está suspendida como un halcón blanco sobre una de las islas de Cabo Verde».
«¿Y esa?»
«Mirando hacia la fuente del Nilo».
«¿Y esa solitaria de aspecto tranquilo?»
«Vigila el Polo Norte y no tiene menos que todo el ecuador por horizonte. Y esa ociosa que está baja sobre el suelo, de la que casi nos hemos alejado, está en la India, sobre la cabeza de un joven amigo mío, quien muy posiblemente mira la estrella en nuestro cenit, mientras cuelga baja sobre su horizonte, y piensa en ella como la señal de donde habita su verdadero amor».
Elfride miró a Knight con recelo. ¿Se refería a ella? No podía ver sus facciones; pero su actitud parecía mostrar inconsciencia.
«La estrella está sobre MI cabeza», dijo ella con vacilación.
«O sobre la de cualquier otra persona en Inglaterra».
«Oh, sí, ya veo», exhaló aliviada.
«Sus padres, creo, son nativos de este condado. No los conozco, aunque he mantenido correspondencia con él durante muchos años hasta hace poco. Afortunada o desafortunadamente para él, se enamoró y luego se fue a Bombay. Desde entonces he sabido muy poco de él».
Knight no fue más allá en su declaración voluntaria, y aunque Elfride en un momento dado estuvo inclinada a aprovechar las lecciones de honestidad que él acababa de darle, la carne era débil y la intención se dispersó en el silencio. Parecía haber un reproche en las palabras ciegas de Knight, y sin embargo ella no era capaz de definir claramente ninguna deslealtad de la que hubiera sido culpable.
Capítulo XX
«Una lejana dulzura en la colina».
Knight dio la espalda a la parroquia de Endelstow y cruzó hacia Cork.
Un día de ausencia se superpuso a otro, y pesó proporcionalmente en su corazón. Siguió adelante hacia los lagos de Killarney, deambuló por sus exuberantes bosques, examinó la infinita variedad de islas, colinas y valles que allí se encuentran, escuchó los maravillosos ecos de aquel lugar romántico; pero perdió por completo la gloria y el sueño que anteriormente encontraba en tales regiones favorecidas.
Mientras estaba en compañía de Elfride, su presencia juvenil no le había afectado perceptiblemente en profundidad. No había sido consciente de que su entrada en su esfera hubiera añadido nada a sí mismo; pero ahora que ella había sido apartada, era muy consciente de que se había sustraído una gran parte. La superfluidad se había convertido en una necesidad, y Knight estaba enamorado.
Stephen se enamoró de Elfride al mirarla: Knight al dejar de hacerlo. Cuándo o cómo el espíritu entró en él, no lo sabía: estaba seguro de que cuando estaba a punto de abandonar Endelstow no había sentido nada de esa exquisita delicadeza de punzante tristeza natural a tales separaciones, viendo lo delicioso que había sido el tema de contemplación de Elfride desde entonces. ¿Había comenzado a amarla cuando ella se encontró con sus ojos después de su percance en la torre? Simplemente la había creído débil. ¿Había llegado a amarla mientras estaba de pie en el césped iluminado por el sol del atardecer? Había pensado que su complexión era buena: nada más. ¿Fue su conversación la que sembró la semilla? Había pensado que sus palabras eran ingeniosas y muy loables para una mujer joven, pero no dignas de mención. ¿Tuvo algo que ver el juego de ajedrez? Ciertamente no: la había considerado en ese momento una niña bastante engreída.
La experiencia de Knight fue una prueba completa de la suposición de que el amor siempre llega por miradas de los ojos y toques comprensivos de los dedos: que, como la llama, se hace palpable en el momento de la generación. No hasta que se separaron, y ella se hubo sublimado en su memoria, pudo decirse que incluso la había mirado con atención.
Así, habiendo acumulado pasivamente imágenes de ella sobre las cuales su mente no actuó hasta que la causa de las mismas ya no estuvo ante él, le pareció haberse enamorado de su alma, que había asumido temporalmente su desencarnación para acompañarlo en su camino.
Ella comenzó a gobernarlo tan imperiosamente ahora que, acostumbrado al análisis, casi temblaba ante el posible resultado de la introducción de esta nueva fuerza entre las ajustadas de su vida ordinaria. Se volvió inquieto: luego olvidó todos los temas colaterales en el placer de pensar en ella.
Sin embargo, hay que decir que Knight amaba filosóficamente más que con romance.
Pensaba en sus modales hacia él. La sencillez roza la coquetería. ¿Estaba ella coqueteando?, se decía a sí mismo. Ninguna traducción forzada del favor a la sospecha era capaz de sostener tal teoría. La actuación había sido demasiado bien ejecutada para ser otra cosa que real. Tenía los defectos sin los cuales nada es genuino. Ninguna actriz de veinte años de trayectoria, ninguna dama de cuello flácido cuya primera temporada «fuera» se perdió en la discreta niebla de la conversación evasiva, podría haber interpretado ante él el papel de chica ingenua como lo vivía Elfride. Ella tenía las pequeñas formas artificiosas que en parte componen la ingenuidad.
Hay solteros por naturaleza y solteros por circunstancia: sin duda también hay solteras de ambos tipos, aunque algunos piensan que solo las del segundo. Sin embargo, Knight había sido visto como un soltero por naturaleza. ¿A qué estaba llegando? Le resultaba muy extraño mirar sus teorías sobre el tema del amor y, leyéndolas ahora a la luz plena de una nueva experiencia, ver cuánto más significaban sus frases de lo que había sentido que significaban cuando fueron escritas. La gente a menudo descubre la fuerza real de una vieja máxima trillada solo cuando se la impone una aventura casual; pero Knight nunca antes había conocido el caso de un hombre que aprendiera el alcance total de sus propios epigramas por tales medios.
Estaba intensamente satisfecho con un aspecto del asunto. Innato en él era una objeción invencible a ser otro que el primero en llegar al corazón de una mujer. Había descubierto dentro de sí mismo la condición de que si alguna vez decidía casarse, debía ser con la certeza de que ningún afloramiento de viejas cartas inconvenientes, ninguna reverencia y sonrojo ante un extraño misterioso encontrado casualmente, pudiera ser una fuente posible de desasosiego. Los sentimientos de Knight eran solo los ordinarios de un hombre de su edad que ama genuinamente, quizás un poco exagerados por sus ocupaciones. Cuando los hombres aman por primera vez siendo muchachos, es con el mismo centro de sus corazones, sin que nada más intervenga en la operación. Con los años añadidos, más facultades intentan una asociación en la pasión, hasta que a la edad de Knight el entendimiento desea tener una mano en ello. Podría dejarse fuera igual de bien. Un hombre enamorado que establece su inteligencia como medida de su posición es como alguien que determina la longitud de un barco desde una luz en la punta del mástil.
Knight argumentó desde la inexperiencia de los modales de Elfride, que era una cuestión de hecho, a una inexperiencia en el amor, que era solo una cuestión de inferencia. Incredules les plus credules. «Elfride», dijo, «apenas había mirado a un hombre hasta que me vio».
Nunca había olvidado su severidad hacia ella porque prefería el adorno a la edificación, y desde entonces la había excusado cien veces pensando en cuán natural para el género femenino era el amor por el adorno, y cuán necesaria se volvía una leve infusión de vanidad personal para completar el tinte delicado y fascinante de la mente femenina. Así que al final de la semana de ausencia, que lo había llevado hasta Dublín, decidió acortar su viaje, regresar a Endelstow y comprometerse haciendo una realidad de la oferta hipotética de aquella tarde de domingo.
A pesar de que había inventado una gran cantidad de teoría en papel sobre las comodidades sociales y los modales modernos en general, faltaba la onza especial de práctica, y ahora, por su vida, Knight no podía recordar si se consideraba correcto dar a una joven adornos personales antes de que se hubiera iniciado un compromiso formal de matrimonio. Pero el día antes de salir de Dublín buscó con ansiedad un establecimiento de joyería de alta clase, en el que compró lo que consideró que mejor le sentaría.
Fue con un sentimiento muy incómodo y desacostumbrado que, tras entrar y cerrar la puerta de su habitación, se sentó, abrió el estuche de marroquinería y sostuvo cada una de las frágiles piezas de oro ante sus ojos. Muchas cosas se habían vuelto viejas para el solitario hombre de letras, pero estas eran nuevas, y manejó como un niño un resultado de la civilización que nunca antes había sido tocado por sus dedos. Una repentina decisión quisquillosa de que el patrón elegido no le sentaría bien después de todo le hizo levantarse a toda prisa y bajar corriendo a la calle para cambiarlos por otros. Después de muchos problemas al volver a elegir, durante los cuales su mente quedó tan desconcertada que la facultad crítica sobre objetos de arte pareció haber abandonado su persona por completo, Knight se llevó otro par de pendientes. Estos permanecieron en su poder hasta la tarde, cuando, después de contemplarlos cincuenta veces con una creciente sospecha de que la última elección era peor que la primera, sintió que ningún sueño visitaría su almohada hasta que hubiera mejorado sus compras anteriores una vez más. Con un calor perfecto de molestia consigo mismo por tal tergiversación, fue de nuevo a la puerta de la tienda, le dio absoluta vergüenza entrar y dar más molestias, fue a otra tienda, compró un par a un precio enormemente aumentado, porque parecían la cosa misma, preguntó a los orfebres si tomarían el otro par a cambio, le dijeron que no podían cambiar artículos comprados a otro fabricante, pagó el dinero y se fue con los dos pares en su poder, preguntándose qué diablos hacer con el par superfluo. Casi deseó poder perderlos, o que alguien los robara, y estaba cargado con la sensación interpuesta de que, como hombre capaz, con verdaderas ideas de economía, debía venderlos en alguna parte, lo cual hizo al final por una miseria. Mezclado con la sensación vacía de que se le había perdido todo un día corriendo por la ciudad en este nuevo y extraordinario tipo de recado, y de que se habían perdido varias libras por su torpeza, había una ligera sensación de satisfacción de que había emergido para siempre de su ignorancia antediluviana sobre el tema de la joyería femenina, además de haber asegurado una producción verdaderamente artística al fin. Durante el resto de aquel día examinó los adornos de cada dama que encontró con el ojo profundamente experimentado de un tasador.
A la mañana siguiente Knight estaba cruzando de nuevo el canal de San Jorge, no regresando a Londres por la ruta de Holyhead como originalmente había planeado, sino hacia Bristol, aprovechando la invitación del señor y la señora Swancourt de volver a visitarlos en su viaje de regreso.
Volemos hacia Elfride.
La pasión dominante de la mujer —fascinar e influir en aquellos más poderosos que ella—, aunque operante en Elfride, carecía decididamente de propósito. Ella había querido la buena opinión de su amigo Knight desde el principio: cuánto más que ese ingrediente elemental de la amistad deseaba ahora, sus miedos apenas le permitían pensarlo. Al desear originalmente complacer a la clase más alta de hombre que jamás había conocido íntimamente, no había deslealtad hacia Stephen Smith. Ella no podía —y pocas mujeres pueden— darse cuenta de la posible inmensidad de un resultado que solo tiene un origen insignificante.
Sus cartas de Stephen eran necesariamente pocas, y su sentido de la fidelidad se aferraba a la última que había recibido como un marinero náufrago se aferra a los restos del naufragio. La joven se convenció de que estaba contenta de que Stephen tuviera tal derecho a su mano como había adquirido (a sus ojos) por la fuga. Se engañaba diciendo: «Quizás si no me hubiera comprometido tanto, podría enamorarme del señor Knight».
Todo esto hizo que la semana de ausencia de Knight fuera muy sombría y desagradable para ella. Mantenía a Stephen en sus oraciones, y sus antiguas cartas eran releídas —como una medicina en realidad, aunque se engañaba a sí misma creyendo que era por placer.
Estas cartas se habían vuelto más y más esperanzadoras. Él le contaba que terminaba su trabajo cada día con la conciencia agradable de haber eliminado una piedra más de la barrera que los dividía. Luego dibujaba imágenes de la buena figura que harían los dos algún día. La gente giraría la cabeza y diría: «¡Qué premio ha ganado!». Ella no debía estar triste por aquel intento salvaje de fuga suyo (Elfride había repetido repetidamente que le entristecía). Independientemente de lo que cualquier otra persona que lo supiera pudiera pensar, él conocía lo suficientemente bien la modestia de su naturaleza. El único reproche era uno gentil por no haber escrito con tanta devoción durante su visita a Londres. Su carta parecía haber tenido una vivacidad derivada de otros pensamientos que no fueran los pensamientos de él.
Siendo la intención de Knight de un pronto regreso a Endelstow originalmente débil, su promesa de hacerlo lo había sido aún más. Era un hombre que mantenía sus palabras muy por detrás de sus posibles acciones. El vicario estaba bastante sorprendido de verlo de nuevo tan pronto: la señora Swancourt no lo estaba. Knight descubrió, al conocerlos a todos, después de que se anunciara su llegada, que habían formado la intención de ir a St. Leonards por unos días a fin de mes.
No se presentó ninguna coyuntura satisfactoria en esta primera noche de su regreso para presentarle a Elfride lo que tanto le había costado conseguir. Era quisquilloso en su lectura de las oportunidades para tal acto pretendido. Al amanecer la mañana siguiente, despejado después de una semana de tiempo nublado, se propuso y decidió que todos irían en coche a Barwith Strand, un león local que ni la señora Swancourt ni Knight habían visto. Knight olfateó ocasiones románticas desde lejos y previó que tal cosa podría esperarse antes de la noche venidera.
El viaje fue a lo largo de un camino por colinas verdes y neutrales, sobre las cuales los setos yacían arrastrándose como cuerdas en un muelle. Las brechas en estas tierras altas revelaban el mar azul, salpicado por algunos trazos de blanco y una solitaria vela blanca, todo ello rebosante hasta un horizonte agudo que yacía como una línea trazada de ladera a ladera. Luego bajaron por un paso, las rocas de tono chocolate formando un muro a ambos lados, de uno de los cuales caía una pesada sombra dentada sobre la mitad de la calzada. Un chorro de agua fresca brotaba de una grieta ocasional y, repiqueteando sobre grandes hojas verdes, corría como un arroyo en el fondo. Mechones despeinados de brezo sobresalían sobre la frente de cada pendiente, desde donde en diversos puntos una zarza se balanceaba en el aire, agarrándose a sus tocados como una garra.
Montaron la última cresta, y la bahía que iba a ser el final de su peregrinaje irrumpió ante ellos. El azul del océano profundizaba su color a medida que se extendía hasta el pie de los riscos, donde terminaba en un fleco de blanco —silencioso a esta distancia, aunque moviéndose y levantándose como una colcha sobre un durmiente inquieto. Las hondonadas sombreadas de las rocas púrpuras y marrones habrían sido llamadas azules si ese tinte no hubiera sido tan enteramente apropiado por el agua a su lado.
El carruaje fue guardado en una pequeña cabaña con un cobertizo adjunto, y un mozo de cuadra y el cochero llevaron la cesta de provisiones hasta la orilla.
Knight encontró su oportunidad. «No olvidé su deseo», comenzó, cuando estuvieron apartados de sus amigos.
Elfride miró como si no entendiera.
«Y le he traído esto», continuó, sacando torpemente el estuche y abriéndolo mientras lo sostenía hacia ella.
«¡Oh, señor Knight!», dijo Elfride confundida, y poniéndose de un rojo vivo; «no sabía que tuviera ninguna intención o significado en lo que dijo. Pensé que era una mera suposición. No los quiero».
Un pensamiento que había pasado por su mente dio a la respuesta una mayor determinación de la que de otro modo podría haber tenido. Mañana era el día para la carta de Stephen.
«¿Pero no los aceptará?», replicó Knight, sintiéndose menos dueño de ella que hasta entonces.
«Preferiría que no. Son hermosos, más hermosos que cualquiera que haya visto jamás», respondió ella con seriedad, mirando medio deseosa la tentación, como Eva pudo haber mirado la manzana. «Pero no quiero tenerlos, si tiene la amabilidad de perdonarme, señor Knight».
«Ninguna amabilidad en absoluto», dijo el señor Knight, detenido por completo ante este giro inesperado de los acontecimientos.
Siguió un silencio. Knight sostuvo el estuche abierto, mirando con tristeza las formas brillantes que había abandonado su órbita para adquirir; girándolo y sosteniéndolo como si, sintiendo que su regalo era despreciado por ella, estuviera intentando admirarlo mucho él mismo.
«¡Ciérrelos y no deje que los vea más, hágalo!», dijo ella riendo, y con una pintoresca mezcla de reticencia y súplica.
«¿Por qué, Elfie?»
«No me llame Elfie, señor Knight. Oh, porque los voy a querer. ¡Vaya, soy una tonta, lo sé, por decir eso! Pero tengo una razón para no aceptarlos... ahora». Retuvo la última palabra un momento, con la intención de dar a entender que su negativa era definitiva, pero de algún modo la palabra se le escapó y deshizo todo lo demás.
«¿Los aceptará algún día?»
«No quiero hacerlo».
«¿Por qué no quiere, Elfride Swancourt?»
«Porque no. No me gusta aceptarlos».
«He leído un hecho de angustiosa significación en eso», dijo Knight. «Puesto que le gustan, ¿su aversión a tenerlos debe de ser hacia mí?»
«No, no lo es».
«¿Qué es, entonces? ¿Le gusto?»
Elfride se sonrojó más y miró a la distancia con facciones configuradas en una expresión de la más fina crítica en lo que a su respuesta se refería.
«Me gusta bastante», murmuró finalmente con suavidad.
«¿No mucho?»
«Es usted tan cortante conmigo, y dice cosas duras, ¿cómo voy a poder?», respondió ella evasivamente.
«¿Me considera un viejo carcamal, supongo?»
«No, no lo hago... quiero decir que sí... no sé qué pienso de usted, eso quiero decir. Vayamos con papá», respondió Elfride, con un discurso algo agitado.
«Bien, le diré mi objetivo al conseguir este regalo», dijo Knight, con una compostura destinada a eliminar de su mente cualquier posible impresión de que él fuera lo que era: su amante. «Verá, era lo mínimo que podía hacer por pura cortesía».
Elfride se sintió algo descolocada ante esta lúcida declaración.
Knight continuó, guardando el estuche: «Sentí, como cualquiera habría sentido naturalmente, sabe usted, que mis palabras sobre su elección el otro día fueron odiosas e injustas, y pensé que una disculpa debía tomar una forma práctica».
«Oh, sí».
A Elfride le pesó —no sabría decir por qué— que él diera una razón tan legítima. Fue una decepción que él tuviera en todo momento un motivo frío, que podría ser expuesto ante cualquiera sin provocar una sonrisa. De haber sabido que se los ofrecía con ese espíritu, sin duda habría aceptado el seductor regalo. Y el rasgo tentador era que, quizá, él sospechaba que ella imaginaba que se los ofrecía como prenda de amante, lo cual era bastante mortificante si no lo eran.
La señora Swancourt llegó ahora al lugar donde estaban sentados para elegir una roca plana sobre la cual extender su mantel y, en medio de la discusión sobre ese tema, el asunto pendiente entre Knight y Elfride quedó aparcado por un tiempo. Él interpretó la negativa de ella tan claramente como la timidez de una chica en una situación novedosa que, a fin de cuentas, pudo tolerar tal comienzo. Si a Knight le hubieran dicho que era un sentido de fidelidad luchando contra un nuevo amor, aunque no menos tranquilizador sobre su victoria final, eso podría haberle abstraído por completo el deseo de asegurarla.
Al mismo tiempo, se hizo visible una ligera tirantez en el trato entre ellos durante el resto de la tarde. La marea cambió y se vieron obligados a ascender a un terreno más alto. El día se deslizó hacia su fin con la habitual pasividad silenciosa y soñadora de tales ocasiones, cuando cada acto realizado y cada pensamiento concebido es un esfuerzo por evitar hacer y pensar más. Mirando distraídamente por el borde de un risco, contemplaron cómo su mesa de piedra era gradualmente salpicada y cómo sus migajas y fragmentos eran arrastrados por el mar entrante. El vicario extrajo una lección moral de la escena; Knight respondió en el mismo tono satisfecho. Y entonces las olas rompieron con furia; las lenguas de agua, de un verde y azul neutros, se deslizaron por las laderas y se metamorfosearon en espuma con un golpe descuidado, cayendo hacia atrás blancas y débiles, dejando tras de sí rastros de espuma.
El paso de un fuerte chubasco fue la siguiente escena, obligándoles a refugiarse en una cueva poco profunda, tras lo cual engancharon los caballos y comenzaron a regresar a casa. Para cuando alcanzaron los niveles más altos, el cielo se había despejado de nuevo y los rayos del sol poniente brillaban directamente sobre el camino húmedo y empinado que habían subido. Las rodaduras formadas por las ruedas de su carruaje en el ascenso —un par de canales liliputienses— eran como barras brillantes de oro, que se reducían a la nada en la distancia. También a esto le dieron la espalda, y la noche se extendió sobre el mar.
La tarde era fría y no había luna. Knight se sentó cerca de Elfride y, cuando la oscuridad convirtió la posición de una persona en una cuestión de incertidumbre, particularmente cerca. Elfride se apartó.
«¿Espero que me permita mi lugar sin resentimiento?», susurró él.
«Oh, sí; es lo mínimo que puedo hacer por pura cortesía», dijo ella, acentuando las palabras para que él pudiera reconocerlas como suyas, devueltas.
Ambos se sintieron delicadamente equilibrados entre dos posibilidades. Así llegaron a casa.
Para Knight, esta leve experiencia fue deliciosa. Fue para él un tiempo amable e inocente, un tiempo que, aunque pueda no tener mucho contenido, rara vez se repite en la vida de un hombre y tiene una peculiar ternura cuando se observa retrospectivamente. No está profundamente enamorado de manera inconveniente, y se siente arrullado por una sensación pacífica de ser capaz de disfrutar de la cosa más trivial con un disfrute infantil. El movimiento de una ola, el color de una piedra, cualquier cosa, era suficiente para que los pensamientos somnolientos de Knight de aquel día se precipitaran sobre ella. Incluso las perogrulladas moralizantes que el vicario había soltado —principalmente porque algo parecía ser profesionalmente requerido de él en presencia de un hombre de las inclinaciones de Knight— fueron tragadas enteras. La presencia de Elfride le llevó no solo a tolerar ese tipo de charla por las necesidades de la cortesía ordinaria, sino que la escuchó, absorbió las ideas con una agradable simulación de que eran apropiadas y necesarias, y se entregó a un sentimiento conservador de que la faz de las cosas estaba completa.
Al entrar en su habitación esa noche, Elfride encontró un paquete para ella sobre el tocador. Cómo llegó allí no lo sabía. Deshizo temblorosa los pliegues de papel blanco que lo cubrían. Sí; era el tesoro de un estuche de marroquinería, que contenía aquellos tesoros de ornamentos que ella había rechazado durante el día.
Elfride se los puso por un momento, se miró en el espejo, se sonrojó intensamente y los guardó. Llenaron sus sueños durante toda la noche. Nunca había visto nada tan hermoso, y nunca estuvo más claro que, como mujer honesta, tenía el deber de rechazarlos. Por qué no le quedó igual de claro que el deber requería también una conducta coordinada más vigorosa, que lo digan aquellos que la diseccionan.
La mañana siguiente se le vino encima como un espectro. Era el día de carta de Stephen, y estaba obligada a encontrarse con el cartero, a realizar furtivamente un acto que nunca le había gustado, para lograr un fin que ahora había dejado de desear.
Pero fue.
Había dos cartas.
Una era del banco de St. Launce’s, en el que tenía un pequeño depósito privado; probablemente algo sobre los intereses. Se la guardó en el bolsillo por un momento y, al entrar en la casa y subir las escaleras para estar más a salvo de la observación, abrió temblorosa la de Stephen.
¿Qué era esto que le decía?
Debía ir al banco de St. Launce’s y tomar una suma de dinero que ellos habían recibido instrucciones privadas para pagarle.
La suma era de doscientas libras.
No había cheque, orden ni nada de la naturaleza de una garantía. De hecho, la información se reducía a esto: el dinero estaba ahora en el banco de St. Launce’s, a su nombre.
Abrió instantáneamente la otra carta. Contenía un resguardo de depósito del banco por la suma de doscientas libras que ese día se habían añadido a su cuenta. La información de Stephen, pues, era correcta, y la transferencia realizada.
«He ahorrado esto en un año», continuaba diciendo la carta de Stephen, «y ¿qué hay más apropiado, además de agradable para mí, que entregártelo para que lo guardes para tu uso? Tengo suficiente para mí, independientemente de esto. Si no estuvieras dispuesta a dejarlo reposar ocioso en el banco, haz que tu padre lo invierta a tu nombre con una buena garantía. Es un pequeño regalo para ti de parte de tu más que prometido. Él, creo, Elfride, sentirá ahora que mis pretensiones a tu mano son cualquier cosa menos el sueño de un chico tonto que no merece una consideración racional».
Con una delicadeza natural, Elfride, al mencionar el matrimonio de su padre, se había abstenido de toda alusión a los recursos pecuniarios de la dama.
Dejando este asunto prosaico, continuó, un poco a su manera juvenil:
«¿Recuerdas, querida, aquella primera mañana de mi llegada a tu casa, cuando tu padre leyó en las oraciones el milagro de la curación del paralítico, donde se le dice que tome su lecho y ande? Lo recuerdo, y ahora puedo comprender tan bien la fuerza de ese pasaje. El trozo más pequeño de estera es el lecho del oriental, y ayer vi a un nativo realizar la misma acción, lo que me recordó mencionarlo. Pero tú estás más leída que yo, y tal vez sabías todo esto hace mucho tiempo... Un día compré algunos pequeños ídolos nativos para enviártelos a casa como curiosidades, pero después, al descubrir que habían sido fundidos en Inglaterra, hechos para parecer antiguos y enviados, los tiré con disgusto.
Hablando de esto, me recuerda que estamos obligados a importar todo nuestro hierro de construcción desde Inglaterra. Nunca se requirió tanta previsión en la construcción de casas como aquí. Antes de empezar, tenemos que pedir cada columna, cerradura, bisagra y tornillo que se necesite. No podemos ir a la calle de al lado, como en Londres, y hacer que los fundan en un momento. El señor L. dice que alguien tendrá que ir a Inglaterra muy pronto y supervisar la selección de un gran pedido de este tipo. Solo deseo ser yo el hombre».
Allí ante ella yacía el resguardo de depósito de las doscientas libras, y a su lado el elegante regalo de Knight. Elfride se quedó fría; entonces sus mejillas se sintieron calientes por la sangre palpitante. Si al destruir aquel trozo de papel toda la transacción hubiera podido ser retirada de su experiencia, habría sacrificado gustosamente el dinero que representaba. No sabía qué hacer en ninguno de los dos casos. Casi temía dejar los dos artículos en yuxtaposición: tan antagónicos eran los intereses que representaban que casi cabía esperar una repulsión milagrosa de uno por parte del otro.
Ese día apenas se la vio. Por la noche había llegado a una resolución y actuó en consecuencia. El paquete fue sellado —con una lágrima de pesar mientras cerraba el estuche sobre las bonitas formas que contenía—, dirigido y colocado sobre la mesa de escribir en la habitación de Knight. Y escribió una carta a Stephen, declarando que aún apenas entendía su posición respecto al dinero enviado; pero afirmando que estaba dispuesta a cumplir su promesa de casarse con él. Después de que esta carta fue escrita, retrasó el enviarla, aunque sin dejar de sentir intensamente que el acto debía cumplirse.
Pasaron varios días. Hubo otra carta de la India para Elfride. Al llegar inesperadamente, su padre la vio, pero no hizo comentario alguno; por qué, no pudo saberlo. Las noticias esta vez eran absolutamente abrumadoras. Stephen, como había deseado, había sido elegido realmente como el más apto para ejecutar el encargo de trabajos en hierro al que había aludido como inminente. Terminado este deber, tendría tres meses de licencia. Su carta continuaba diciendo que la seguiría en una semana y aprovecharía la oportunidad para pedirle claramente a su padre que permitiera el compromiso. Luego vino una página expresiva de su deleite y el de ella por el reencuentro; y finalmente, la información de que escribiría a los agentes navieros, pidiéndoles que telegrafiaran y le dijeran cuándo debería estar a la vista el barco que lo traía a casa, sabiendo cuán aceptable sería tal información.
Elfride vivía y se movía ahora como en un sueño. Knight al principio se había enfadado casi por su persistente negativa a aceptar su ofrecimiento, y no menos por la manera que por el hecho en sí. Pero vio que ella empezaba a parecer consumida y enferma, y su irritación disminuyó hasta convertirse en una simple perplejidad.
Dejó ahora de permanecer en la casa durante largas horas como antes, sino que la convirtió en un simple centro para excursiones anticuarias y geológicas por el vecindario. Tirar sus cartas y marcharse, eso le habría gustado hacer, pero no podía. Y, así, aprovechándose de los privilegios de un pariente, entraba y salía de las instalaciones como le dictaba su capricho, pero aún se demoraba.
«No deseo quedarme aquí ni un día más si mi presencia es desagradable», dijo una tarde. «Al principio solías insinuar que yo era severo contigo; y cuando soy amable, me tratas injustamente».
«No, no. No digas eso».
El origen de su relación había sido tal que volvía su manera de tratarse peculiar y poco común. Era de una clase que les llevaba a decir lo que pensaban sobre cualquier sentimiento de objeción y diferencia: a ser reservados en los asuntos más tiernos.
«Tengo muchas ganas de irme y no molestarte nunca más», continuó Knight.
Ella no dijo nada, pero la elocuente expresión de sus ojos y su rostro pálido bastó para reprocharle su dureza.
«¿Te gusta que esté aquí, entonces?», inquirió Knight con suavidad.
«Sí», dijo ella. La fidelidad al viejo amor y la verdad al nuevo se alineaban en lados opuestos, y la verdad prevaleció sin virtud.
«Entonces me quedaré un poco más», dijo Knight.
«No te molestes si me mantengo mucho tiempo sola, ¿quieres? Quizá suceda algo y pueda contarte algo».
«Pura timidez», se dijo Knight a sí mismo, y se fue con el corazón más ligero. El truco de leer con precisión las fuerzas enigmáticas que actúan en las mujeres en momentos dados, que para algunos hombres es un instinto infalible, es peculiar de mentes menos directas y honestas que la de Knight.
A la tarde siguiente, alrededor de las cinco, antes de que Knight hubiera regresado de una peregrinación a lo largo de la costa, un hombre subió a la casa. Era un mensajero de Camelton, un pueblo a pocas millas de distancia, al cual el ferrocarril había llegado durante el verano.
«Un telegrama para la señorita Swancourt, y tres chelines y seis peniques a pagar por el mensajero especial». La señorita Swancourt envió el dinero, firmó el papel y abrió su carta con mano temblorosa. Leyó:
«Johnson, Liverpool, para la señorita Swancourt, Endelstow, cerca de Castle Boterel.
Amaryllis telegrafiado frente a Holyhead, cuatro en punto. Se espera que atraque y desembarque pasajeros en Canning’s Basin a las diez de la mañana de mañana».
Su padre la llamó al estudio.
«Elfride, ¿quién te envió ese mensaje?», preguntó con sospecha.
«Johnson». «¿Quién es Johnson, por el amor de Dios?»
«No lo sé».
«¡Demonios, no lo sabes! ¿Quién ha de saberlo, entonces?»
«Nunca he oído hablar de él hasta ahora».
«Esa es una historia singular, ¿no es así?»
«No lo sé».
«¡Vamos, vamos, señorita! ¿Qué decía el telegrama?»
«¿De verdad deseas saberlo, papá?»
«Bueno, sí».
«Recuerda que ya soy una mujer adulta».
«Bueno, ¿y qué?»
«Siendo mujer, y no una niña, puedo, creo, tener uno o dos secretos».
«Los tendrás, al parecer».
«Las mujeres los tienen, por regla general».
«Pero no los guardes. Así que habla».
«Si no me presionas ahora, te doy mi palabra de contarte el significado de todo esto antes de que pase la semana».
«¿Bajo tu palabra de honor?»
«Bajo mi palabra de honor».
«Muy bien. He tenido cierta sospecha, ya sabes; y me alegraré de encontrar que es falsa. No me gusta tu actitud últimamente».
«Al final de la semana, dije, papá».
Su padre no respondió, y Elfride salió de la habitación.
Empezó a estar pendiente del cartero de nuevo. Tres mañanas después, él trajo una carta nacional de Stephen. Contenía muy poco contenido, habiendo sido escrita a toda prisa; pero el significado era lo suficientemente voluminoso. Stephen decía que, habiendo ejecutado un encargo en Liverpool, llegaría a la casa de su padre, East Endelstow, a las cinco o seis de esa misma tarde; que después del anochecer caminaría hasta el siguiente pueblo y se reuniría con ella, si ella quería, en el porche de la iglesia, como en los viejos tiempos. Proponía este plan porque pensaba que no era aconsejable hacer una visita formal a su casa tan tarde en la noche; sin embargo, no podía dormir sin haberla visto. Los minutos parecerían horas hasta que la estrechara en sus brazos.
Elfride seguía firme en su opinión de que el honor le obligaba a reunirse con él. Probablemente el mismo anhelo de evitarlo daba peso adicional a la convicción; pues era marcadamente una de esas personas que suspiran por lo inalcanzable, para quienes, superlativamente, una esperanza es agradable porque no es una posesión. Y ella lo sabía tan bien que su intelecto se inclinaba a exagerar este defecto en sí misma.
Así que durante el día miró a su deber firmemente a la cara; leyó la astringente pero deprimente oda de Wordsworth a esa Deidad; se entregó a su guía; y aun así sintió el peso de los deseos fortuitos.
Pero comenzó a sentir un placer melancólico al contemplar el sacrificio de sí misma ante el hombre a quien un sentido femenino de decoro le obligaba a considerar como su único marido posible. Se reuniría con él y haría todo lo que estuviera en su poder para casarse con él. Para evitar una recaída, envió inmediatamente una nota a la cabaña de su padre para Stephen a su llegada, fijando una hora para la entrevista.
Capítulo XXI
«¡Sobre tus frías piedras grises, oh mar!»
Stephen había dicho que vendría por Bristol y de allí en un barco de vapor a Castle Boterel, para evitar el largo viaje por las colinas desde St. Launce’s. No sabía de la extensión del ferrocarril a Camelton.
Durante la tarde, a Elfride se le ocurrió un pensamiento: que desde cualquier acantilado a lo largo de la costa sería posible ver el barco de vapor algunas horas antes de su llegada.
Había acumulado suficiente fuerza religiosa para realizar un acto de supererogación. El acto era este: ir a algún punto de tierra y vigilar el barco que traía a su futuro marido a casa.
Era una tarde nublada. Elfride a menudo se desviaba de un propósito por un cielo gris; y aunque solía persuadirse a sí misma de que el tiempo era tan bueno como fuera posible al otro lado de las nubes, no podía conseguir ningún resultado práctico de esta fantasía. Ahora, su estado de ánimo era tal que el cielo húmedo armonizaba con él.
Habiendo ascendido y pasado sobre una colina detrás de la casa, Elfride llegó a un pequeño arroyo. Lo usó como guía hacia la costa. Era más pequeño que el de su propio valle, y fluía en conjunto a un nivel más alto. Los arbustos bordeaban las laderas de su cauce poco profundo; pero en el fondo, donde corría el agua, había una suave alfombra verde, en una franja de dos o tres yardas de ancho.
En invierno, el agua fluía sobre la hierba; en verano, como ahora, goteaba a lo largo de un canal en medio.
Elfride tuvo la sensación de que unos ojos la observaban desde algún lugar. Se volvió, y allí estaba el señor Knight. Había bajado al valle desde el lado de la colina. Sintió un estremecimiento de placer y, rebelde, permitió que existiera.
«¡Qué absoluta soledad para encontrarte en ella!»
«Voy a la orilla siguiendo el arroyo. Creo que se vacía no muy lejos, en un hilo de agua plateada, sobre una cascada de gran altura».
«¿Por qué te cargas con ese pesado telescopio?»
«Para mirar sobre el mar con él», dijo ella débilmente.
«Lo llevaré por ti hasta el final de tu viaje». Y tomó el anteojo de sus manos que no ofrecieron resistencia. «No puede estar a más de media milla. Mira, ahí está el agua». Señaló un corto fragmento de color gris fangoso y nivelado, que se recortaba contra el cielo.
Elfride ya había escaneado la pequeña superficie del océano visible y no había visto ningún barco.
Caminaron en compañía, a veces con el arroyo entre ellos —pues no era más ancho que el paso de un hombre—, a veces muy juntos. La alfombra verde se volvió pantanosa y se mantuvieron más arriba.
Una de las dos crestas entre las que caminaban disminuyó y se volvió insignificante. La de la derecha se elevó con su avance y terminó en un borde claramente definido contra la luz, como si estuviera cortado abruptamente con una sierra. Un poco más allá, el lecho del arroyo terminaba de la misma manera.
Habían llegado a un banco a la altura del pecho, y sobre él el valle ya no se veía. Fue retirado limpia y completamente. En su lugar había cielo y una atmósfera sin límites; y perpendicularmente bajo ellos —pequeña y lejana— yacía la superficie ondulada del Atlántico.
Aquí encontraba su muerte el pequeño arroyo. Al correr sobre el precipicio, se dispersaba en rocío antes de haber recorrido la mitad del descenso y, al caer como lluvia sobre salientes rocosos, formaba en ellos diminutos prados de hierba. En el fondo, las gotas de agua se filtraban entre los escombros del acantilado. Este era el inglorioso final del río.
—¿Qué estás buscando? —dijo Knight, siguiendo la dirección de sus ojos.
Ella observaba con fijeza un objeto negro —más cerca de la costa que del horizonte—, de cuya cima brotaba una bruma nebulosa que se extendía como gasa sobre el mar.
—El Puffin, un pequeño barco de vapor de verano que va de Bristol a Castle Boterel —dijo ella—. Creo que es ese, mira. ¿Me das el catalejo?
Knight abrió el telescopio, anticuado pero potente, y se lo entregó a Elfride, quien había estado mirando con ojos pesados.
—No puedo sostenerlo ahora —dijo ella.
—Apóyalo en mi hombro.
—Está muy alto.
—Bajo mi brazo.
—Muy bajo. Será mejor que mires tú —murmuró ella débilmente.
Knight alzó el cristal a sus ojos y barrió el mar hasta que el Puffin entró en su campo de visión.
—Sí, es el Puffin, una embarcación diminuta. Puedo ver su mascarón de proa con claridad: un pájaro con un pico tan grande como su cabeza.
—¿Puedes ver la cubierta?
—Espera un momento; sí, bastante bien. Y puedo ver las formas negras de los pasajeros contra su superficie blanca. Uno de ellos ha tomado algo de otro —un catalejo, creo—, sí, lo es, y lo está apuntando en esta dirección. Ten por seguro que somos objetos llamativos contra el cielo para ellos. Ahora parece que llueve sobre ellos, y se ponen abrigos y abren paraguas. Desaparecen y bajan abajo, todos excepto el que tomó prestado el catalejo. Es un joven esbelto, y sigue observándonos.
Elfride palideció y movió sus pequeños pies con inquietud.
Knight bajó el catalejo.
—Creo que será mejor que regresemos —dijo—. Esa nube que les está lloviendo encima pronto podría alcanzarnos. Vaya, pareces enferma. ¿Cómo es eso?
—Algo en el aire me afecta el rostro.
—Esas mejillas son muy delicadas, me temo —respondió Knight con ternura—. Uno pensaría que este aire pondría sonrosadas a las que nunca lo fueron, ¿eh, capricho de la Naturaleza?
El color volvió al rostro de Elfride.
—Después de todo, hay más que ver detrás de nosotros —dijo Knight.
Ella dio la espalda al barco y a Stephen Smith, y vio, elevándose aún más que ellos, la cara vertical de la colina a la derecha, que no se proyectaba hacia el mar tanto como el lecho del valle, sino que formaba la parte posterior de una pequeña cala, siendo visible así como un muro cóncavo que se curvaba desde su posición hacia la izquierda.
La composición de la enorme colina quedaba revelada hasta su espina dorsal y médula aquí, en su extremidad desgarrada. Consistía en una vasta estratificación de pizarra gris negruzca, invariable en toda su altura por un solo cambio de tono.
Ocurre con los acantilados y las montañas lo mismo que con las personas; tienen lo que se llama presencia, que no es necesariamente proporcional a su volumen real. Un pequeño acantilado puede impresionarte poderosamente; uno grande, en absoluto. Depende, al igual que en el hombre, del semblante del acantilado.
—No puedo soportar mirar ese acantilado —dijo Elfride—. Tiene una personalidad horrible y me hace estremecer. Nos iremos.
—¿Puedes trepar? —dijo Knight—. Si es así, ascenderemos por ese camino sobre la frente del sombrío anciano.
—Ponme a prueba —dijo Elfride con desdén—. He ascendido laderas más empinadas que esa.
Desde donde habían estado merodeando, un sendero herboso serpenteaba a lo largo del interior de un terraplén, colocado como salvaguarda para los peatones desprevenidos, hasta la cima del precipicio, y sobre él a lo largo de la colina en dirección al interior.
—Toma mi brazo, señorita Swancourt —dijo Knight.
—Puedo arreglármelas mejor sin él, gracias.
Cuando llevaban una cuarta parte del ascenso, Elfride se detuvo para tomar aliento. Knight estiró su mano.
Ella la tomó, y ascendieron juntos la ladera restante. Al llegar a la cima misma, se sentaron a descansar por consentimiento mutuo.
—¡Cielos, qué altitud! —dijo Knight entre jadeos, mirando lejos sobre el mar. La cascada en el fondo de la ladera parecía apenas un palmo de altura desde donde se encontraban ahora.
Elfride miraba hacia la izquierda. El barco de vapor estaba de nuevo a la vista y, debido a la vasta superficie de mar que su posición más elevada dejaba al descubierto, parecía casi cercano a la orilla.
—Sobre ese borde —dijo Knight—, donde no parece haber nada más que vacío, hay una masa compacta en movimiento. El viento golpea la cara de la roca, sube por ella, se eleva como una fuente a una altura muy por encima de nuestras cabezas, se curva sobre nosotros en un arco y se dispersa a nuestras espaldas. De hecho, hay ahí una cascada invertida, tan perfecta como las cataratas del Niágara, pero subiendo en lugar de cayendo, y de aire en lugar de agua. Ahora mira aquí.
Knight lanzó una piedra sobre el banco, apuntando como para que siguiera adelante sobre el acantilado. Al llegar al borde, se elevó en el aire como un pájaro, regresó y aterrizó en el suelo detrás de ellos. Ellos mismos estaban en una calma absoluta.
—Un barco cruza el Niágara inmediatamente al pie de las cataratas, donde el agua está bastante quieta, curvándose la masa caída bajo él. Estamos exactamente en la misma posición con respecto a nuestra catarata atmosférica aquí. Si corres cincuenta yardas hacia atrás desde el acantilado, estarás en un viento vivaz. Ahora, me atrevería a decir que sobre el banco hay una pequeña corriente hacia atrás.
Knight se levantó y se inclinó sobre el banco. No bien su cabeza estuvo por encima, su sombrero pareció ser succionado de su cabeza, deslizándose sobre su frente en dirección al mar.
—Ese es el remolino hacia atrás, como te dije —gritó, y desapareció sobre el pequeño banco tras su sombrero.
Elfride esperó un minuto; él no regresó. Esperó otro, y no hubo señal de él.
Cayeron unas pocas gotas de lluvia, luego un repentino chaparrón.
Ella se levantó y miró sobre el banco. Al otro lado había dos o tres yardas de terreno llano; luego una breve y empinada ladera preparatoria; luego el borde del precipicio.
En la ladera estaba Knight, con el sombrero puesto. Estaba sobre sus manos y rodillas, tratando de trepar de regreso al terreno llano. La lluvia había humedecido la superficie esquistosa de la pendiente. Un leve humedecimiento superficial del suelo por aquí lo hacía mucho más resbaladizo para mantenerse en pie que el mismo suelo completamente empapado. La sustancia interna seguía dura y estaba lubricada por la película humedecida.
—Encuentro dificultad para volver —dijo Knight.
El corazón de Elfride cayó como plomo.
—¡Pero puedes volver! —preguntó ella con desesperación.
Knight se esforzó con todas sus fuerzas durante dos o tres minutos, y gotas de sudor comenzaron a perlársele en la frente.
—No, soy incapaz de hacerlo —respondió.
Elfride, con un giro de pensamiento, forzó a apartar de su mente la sensación de que Knight estaba en peligro físico. Pero debía intentar ayudarle. Se aventuró en la traicionera pendiente, se apoyó con el telescopio cerrado y le tendió la mano antes de que él viera sus movimientos.
—¡Oh, Elfride! ¿Por qué lo hiciste? —dijo él—. Me temo que solo te has puesto en peligro tú misma.
Y, como para probar su afirmación, al hacer un esfuerzo con su ayuda ambos se deslizaron más abajo, y entonces él quedó detenido de nuevo. Su pie estaba apoyado por un soporte de roca de cuarzo, equilibrado en el borde del precipicio. Fijo gracias a esto, la sostuvo a ella, cuya cabeza quedaba a un pie aproximadamente por debajo del inicio de la pendiente. Elfride había dejado caer el catalejo; rodó hasta el borde y desapareció por él hacia un cielo inferior.
—Sujétate fuerte a mí —dijo él.
Ella lanzó sus brazos alrededor de su cuello con un agarre tan firme que, mientras él permaneciera, era imposible que ella cayera.
—No te pongas nerviosa —continuó Knight—. Mientras permanezcamos sobre este bloque estamos perfectamente a salvo. Espera un momento mientras considero qué es lo mejor que podemos hacer.
Volvió sus ojos a las vertiginosas profundidades bajo ellos y examinó la posición de los asuntos.
Dos miradas le contaron una historia con espantosa claridad. Era que, a menos que realizaran su hazaña de subir la pendiente con la precisión de máquinas, pasarían por encima del borde y girarían en el aire.
Para este propósito, era necesario que recuperara el aliento y la fuerza que sus esfuerzos anteriores le habían costado. Así que esperó aún, y miró a la cara al enemigo.
La cresta de esta terrible fachada natural pasaba entre los habitantes vecinos por estar a setecientos pies sobre el agua que dominaba. Había sido probado por medición real que no era un pie menos de seiscientos cincuenta.
Es decir, tiene casi tres veces la altura de Flamborough, una vez y media la altura de South Foreland, cien pies más alta que Beachy Head —el promontorio más elevado en el lado este o sur de esta isla—, el doble de la altura de St. Aldhelm's, tres veces más alta que Lizard, y justo el doble de la altura de St. Bee's. Un punto costero en la costa occidental es conocido por superarla en altitud, pero solo por unos pocos pies. Este es Great Orme's Head, en Caernarvonshire.
Y debe recordarse que el acantilado exhibe una característica intensificadora de la que algunos de esos carecen: una perpendicularidad absoluta desde el nivel de media marea.
Sin embargo, este notable baluarte no forma ningún promontorio: más bien encierra una ensenada, siendo el promontorio a cada lado mucho más bajo. Por lo tanto, lejos de ser saliente, su sección horizontal es cóncava. El mar, rodando directamente desde las costas de América del Norte, ha devorado de hecho un abismo en medio de una colina, y el gigante, encajonado y discreto, se encuentra tras sus soportes pigmeos. No menos singularmente, ni la colina, ni el abismo, ni el precipicio tienen nombre. Por este motivo, llamaré al precipicio el Acantilado sin Nombre.*
* Ver Prefacio
Lo que daba un terror añadido a su altura era su negrura. Y sobre esta cara oscura el batir de diez mil vientos del oeste había formado una especie de floración, que tenía un efecto visual no diferente al de una uva Hamburgo. Además, parecía flotar hacia la atmósfera e inspirar terror a través de los pulmones.
—Esta pieza de cuarzo que sostiene mis pies está en la nariz misma del acantilado —dijo Knight, rompiendo el silencio tras su rígida meditación estoica—. Ahora, lo que debes hacer es esto. Trepa por mi cuerpo hasta que tus pies estén en mis hombros: cuando estés allí, creo que serás capaz de subir al terreno llano.
—¿Qué harás tú?
—Esperar mientras corres en busca de ayuda.
—Debí haber hecho eso en primer lugar, ¿no es así?
—Yo estaba en el acto de resbalar y, con toda probabilidad, no habría alcanzado ningún punto de apoyo sin tu peso. Pero no hablemos. Sé valiente, Elfride, y trepa.
Ella se preparó para ascender, diciendo: —¡Este es el momento que anticipé cuando estaba en la torre! ¡Pensé que llegaría!
—Este no es momento para supersticiones —dijo Knight—. Deshazte de todo eso.
—Lo haré —dijo ella con humildad.
—Ahora pon tu pie en mi mano: luego el otro. Eso es, bien hecho. Sostente de mi hombro.
Ella colocó sus pies sobre el estribo que él hizo con su mano y estuvo lo suficientemente alta como para obtener una vista de la superficie natural de la colina sobre el banco.
—¿Puedes ahora subir al terreno llano?
—Me temo que no. Lo intentaré.
—¿Qué puedes ver?
—La ladera común.
—¿Qué hay en ella?
—Brezo púrpura y algo de hierba.
—¿Nada más? ¿Ningún hombre o ser humano de ningún tipo?
—Nadie.
—Ahora intenta subir más de esta manera. Ves ese mechón de clavelina de mar sobre ti. Tómalo bien con la mano, pero no confíes totalmente en él. Luego pisa mi hombro y creo que alcanzarás la cima.
Con extremidades temblorosas hizo exactamente lo que él le dijo. La tranquilidad y solemnidad sobrenaturales de sus modales se extendieron sobre ella misma y le dieron un valor que no era suyo. Dio un salto desde lo alto de su hombro y estuvo arriba.
Entonces se volvió para mirarlo.
Por un destino aciago, la fuerza hacia abajo de su salto, sumada a su propio peso, había sido demasiado para el bloque de cuarzo del que dependían sus pies. Era, en efecto, originalmente una intrusión ígnea en las enormes masas de estratos negros, que desde entonces habían sido desgastados de los lados del fragmento extraño por siglos de heladas y lluvia, dejándolo ahora sin mucho apoyo.
Se movió. Knight se aferró a un mechón de clavelina de mar con cada mano.
La roca de cuarzo que había sido su salvación era peor que inútil ahora. Rodó, fuera de la vista, y lejos hacia el mismo cielo inferior que se había tragado el catalejo.
Uno de los mechones por los que se sostenía salió de raíz, y Knight comenzó a seguir al cuarzo. Fue un momento terrible. Elfride lanzó un gemido bajo y salvaje de agonía, inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos.
Entre la ladera cubierta de césped y la gigantesca roca perpendicular intervenía una serie de bordes irregulares desgastados por el clima, formando una cara aún más empinada que la ladera anterior. Mientras se deslizaba lentamente pulgada a pulgada sobre ellos, Knight hizo un último esfuerzo desesperado hacia el mechón de vegetación más bajo —el último nudo periférico de hierba hambrienta antes de que la roca apareciera en toda su desnudez—. Detuvo su descenso. Knight estaba ahora literalmente suspendido por sus brazos; pero siendo la inclinación de la frente lo que los ingenieros llamarían aproximadamente de un cuarto en uno, era suficiente para aliviar a sus brazos de una parte de su peso, pero estaba muy lejos de ofrecer una cara adecuadamente plana para sostenerlo.
A pesar de esta terrible tensión de cuerpo y mente, Knight encontró tiempo para un momento de gratitud. Elfride estaba a salvo.
Ella yacía de lado sobre él, con los dedos entrelazados. Al verlo de nuevo estable, saltó sobre sus pies.
—¡Ahora, si solo pudiera salvarte corriendo por ayuda! —gritó—. ¡Oh, ojalá hubiera muerto yo en su lugar! ¿Por qué te esforzaste tanto por liberarme? —Y se alejó salvajemente para correr en busca de ayuda.
—Elfride, ¿cuánto tardarás en correr a Endelstow y volver?
—Tres cuartos de hora.
—Eso no servirá; mis manos no aguantarán diez minutos. ¿Y no hay nadie más cerca?
—No; a menos que pase alguien por casualidad.
—No llevaría nada consigo que pudiera salvarme. ¿Hay algún poste o palo de algún tipo en la pradera?
Ella miró a su alrededor. La pradera estaba desnuda de todo excepto brezo y hierba.
Un minuto, quizás más tiempo, pasó en pensamiento mudo por ambos. De repente, la agonía vacía y desamparada abandonó su rostro. Desapareció sobre el banco fuera de su vista.
Knight se sintió en presencia de una soledad personalizada.
Capítulo XXII
«A la manera de una mujer.»
Los acantilados escarpados, de toda altura desagradable, son tan comunes como las aves marinas a lo largo de la línea de costa entre Exmoor y Land's End; pero este ejemplar flanqueado y rodeado era el más feo de todos ellos. Sus cimas no son lugares seguros para experimentos científicos sobre los principios de las corrientes de aire, como Knight había descubierto ahora, para su consternación.
Todavía se aferraba a la cara del escarpe, no con el agarre frenético de la desesperación, sino con una determinación obstinada de aprovechar al máximo cada ápice de su resistencia, y así dar el mayor margen posible a las intenciones de Elfride, fueran las que fueran.
Yacía mano a mano con el mundo en su infancia. Ni una brizna, ni un insecto, que hablara del presente, estaba entre él y el pasado. El antagonismo inveterado de estos negros precipicios a todos los luchadores por la vida no se sugiere de ninguna manera más contundente que por la escasez de mechones de hierba, líquenes o confervas en sus salientes más externos.
Knight reflexionó sobre el significado de la apresurada desaparición de Elfride, pero no pudo evitar una conclusión instintiva de que no existía más que una esperanza dudosa para él. Hasta donde podía juzgar, su única posibilidad de liberación residía en la posibilidad de que se trajera una cuerda o un poste; y esta posibilidad era muy remota. El suelo sobre estas altas colinas estaba tan desatendido que permanecían sin cercar por millas, excepto por un banco casual o una pared seca, y rara vez eran visitadas sino con el propósito de recolectar o contar el rebaño que encontraba un escaso medio de subsistencia en ellas.
Al principio, cuando la muerte parecía improbable, porque nunca le había visitado antes, Knight no podía pensar en ningún futuro, ni en nada relacionado con su pasado. Solo podía mirar con severidad el traicionero intento de la Naturaleza de poner fin a su vida, y esforzarse por frustrarla.
Debido al hecho de que el acantilado formaba la cara interna del segmento de un enorme cilindro, que tenía el cielo por techo y el mar por fondo, que encerraba la cala en la extensión de más de un semicírculo, podía ver la cara vertical curvándose alrededor de cada lado suyo. Miró hacia abajo en la fachada y comprendió más profundamente cómo le amenazaba. La sombriedad estaba en cada rasgo, y hasta sus mismas entrañas la forma enemiga era desolación.
Por una de esas conjunciones familiares de cosas con las que el mundo inanimado ceba la mente del hombre cuando hace una pausa en momentos de suspenso, frente a los ojos de Knight había un fósil incrustado, destacando en bajo relieve de la roca. Era una criatura con ojos. Los ojos, muertos y convertidos en piedra, estaban incluso ahora observándolo. Era uno de los primeros crustáceos llamados Trilobites. Separados por millones de años en sus vidas, Knight y este subordinado parecían haberse encontrado en su muerte. Era el único caso al alcance de su visión de algo que alguna vez hubiera estado vivo y hubiera tenido un cuerpo que salvar, como él mismo tenía ahora.
La criatura representaba solo un tipo bajo de existencia animal, pues nunca en sus años primaverales las llanuras indicadas por esas innumerables capas pizarrosas habían sido recorridas por una inteligencia digna de tal nombre. Zoófitos, moluscos, mariscos, eran los desarrollos más altos de aquellas fechas antiguas. Los inmensos lapsos de tiempo que cada formación representaba no habían conocido nada de la dignidad del hombre. Eran tiempos grandiosos, pero también eran tiempos mezquinos, y mezquinas eran sus reliquias. Él iba a estar con los pequeños en su muerte.
Knight era geólogo; y tal es la supremacía del hábito sobre la ocasión, como pionero de los pensamientos de los hombres, que en esta coyuntura terrible su mente encontró tiempo para abarcar, en un barrido momentáneo, las variadas escenas que habían tenido su día entre la época de esta criatura y la suya. No hay lugar como un paisaje con hendiduras para traer a casa tales imaginaciones como estas.
El tiempo se cerró como un abanico ante él. Se vio a sí mismo en un extremo de los años, cara a cara con el principio y todos los siglos intermedios simultáneamente. Hombres feroces, vestidos con las pieles de las bestias, y portando, para defensa y ataque, enormes garrotes y lanzas puntiagudas, surgieron de la roca, como los fantasmas ante el condenado Macbeth. Vivían en huecos, bosques y chozas de barro, quizás en cuevas de las rocas vecinas. Detrás de ellos estaba una banda anterior. Ningún hombre estaba allí. Enormes formas elefantinas, el mastodonte, el hipopótamo, el tapir, antílopes de tamaño monstruoso, el megaterio y el milodón, todos, por un momento, en yuxtaposición. Más atrás, y superpuestos por estos, estaban posadas aves de enormes picos y criaturas porcinas tan grandes como caballos. Aún más sombríos eran los siniestros contornos cocodrilianos, caimanes y otras formas grotescas, culminando en el lagarto colosal, el iguanodonte. Plegadas detrás estaban formas de dragones y nubes de reptiles voladores: aún debajo había seres pisciformes de desarrollo inferior; y así sucesivamente, hasta que las escenas de la vida cotidiana del fósil que lo enfrentaba fueran una condición presente y moderna de las cosas. Estas imágenes pasaron ante el ojo interior de Knight en menos de medio minuto, y estaba de nuevo considerando el presente real. ¿Iba a morir? La imagen mental de Elfride en el mundo, sin él mismo para cuidarla, golpeó su corazón como un látigo. Había esperado la liberación, pero ¿qué podía hacer una chica? No se atrevía a moverse ni un centímetro. ¿Estaba realmente la Muerte extendiendo su mano? La sensación anterior, de que era improbable que muriera, era más tenue ahora.
Sin embargo, Knight seguía aferrado al acantilado.
Para aquellos habitantes del oeste, curtidos por la intemperie, que pasan la mayor parte de sus días y noches al aire libre, la Naturaleza parece tener estados de ánimo que van más allá del sentido poético: predilecciones por ciertos actos en momentos determinados, sin ley aparente que los gobierne ni estación que los justifique. Se la interpreta como a una persona de temperamento curioso; como alguien que no reparte bondades y crueldades de forma alternada, imparcial y ordenada, sino severidades despiadadas o generosidades abrumadoras en un capricho sin ley. El caso del hombre es siempre el del favorito de un pródigo o el del pensionista de un avaro. En sus momentos hostiles, parece haber una diversión felina en sus trucos, engendrada por el anticipado placer de devorar a su víctima.
Tal forma de pensar habría sido absurda para Knight, pero ahora comenzaba a adoptarla. Primero fue ensartado en una roca. Nuevos tormentos siguieron. La lluvia arreció y lo persiguió con una persistencia excepcional que, según se vio inclinado a creer, se debía al hecho de que él ya se encontraba en un estado tan lastimoso. Un orden de cosas totalmente nuevo podía observarse en esta irrupción de la lluvia en la escena. Llovía hacia arriba en lugar de hacia abajo. El fuerte aire ascendente arrastraba las gotas de lluvia consigo en su carrera hacia la escarpadura, golpeándolo con tal velocidad que se le clavaban en la carne como agujas frías. Cada gota era virtualmente un dardo, y le atravesaba hasta la piel. Las ráfagas de agua parecían elevarlo sobre sus puntas: ninguna lluvia descendente tuvo jamás un efecto tan tortuoso. En poco tiempo estaba empapado, excepto en dos lugares. Estos eran la parte superior de sus hombros y la copa de su sombrero.
El viento, aunque no era intenso en otras situaciones, aquí era fuerte. Tiraba de su abrigo y lo levantaba. Estamos acostumbrados a considerar toda oposición que no sea animada como la mano flemática e inexorable de la indiferencia, que desgasta más la paciencia que la fuerza. Aquí, al menos, la hostilidad no adoptaba esa forma lenta y enfermiza. Era una agencia cósmica, activa, flagelante, ávida de conquista: determinación; no un estorbo insensible en el camino.
Knight había sobreestimado la fuerza de sus manos. Ya empezaban a debilitarse. "No volverá; se ha ido hace diez minutos", se dijo a sí mismo.
Este error surgía de la inusual compresión de sus experiencias en ese momento: en realidad solo se había ido hace tres.
"Otros tantos minutos serán mi fin", pensó.
A continuación vino otro ejemplo de la incapacidad de la mente para hacer comparaciones en tales momentos.
"Esta es una tarde de verano", dijo, "y nunca antes en mi vida pudo haber caído una lluvia tan fuerte y fría en un día de verano".
Volvía a estar equivocado. La lluvia era bastante ordinaria en cantidad; el aire, en temperatura. Era, como de costumbre, la actitud amenazante con la que se aproximaban a él lo que magnificaba sus poderes.
Miró de nuevo directamente hacia abajo, mientras el viento y los chorros de agua le levantaban el bigote, recorriéndole las mejillas, bajo los párpados y dentro de los ojos. Esto es lo que vio allá abajo: la superficie del mar, visualmente justo más allá de la punta de sus pies, y bajo ellos; en realidad a un octavo de milla, o más de doscientos metros, por debajo. Coloreamos según nuestro estado de ánimo los objetos que contemplamos. El mar habría sido de un azul neutro y profundo si auspicios más felices hubieran acompañado al observador; ahora, a su vista, no era de otro modo que distintivamente negro. Aquel estrecho borde blanco era espuma, lo sabía bien; pero sus impetuosos vaivenes estaban tan distantes que parecían solo una pulsación, y su chapoteo era apenas audible. Un borde blanco para un mar negro: su mortaja y su cenefa.
El mundo estaba en cierta medida al revés para él. La lluvia descendía desde abajo. Bajo sus pies estaba el espacio aéreo y lo desconocido; sobre él, el suelo firme y familiar, y sobre este, todo lo que más amaba.
La naturaleza despiadada tenía entonces dos voces, y solo dos. La más cercana era la voz del viento en sus oídos, subiendo y bajando a medida que lo maltrataba y lo empujaba con fuerza o suavidad. La segunda y distante era el gemido de aquel océano insondable, allá abajo y a lo lejos, rozando su flanco inquieto contra el Acantilado sin Nombre.
Knight se aferró con perseverancia. ¿Tenía alguna fe en Elfride? Tal vez. El amor es fe, y la fe, como una flor cortada, vivirá sin raíces.
Nadie habría esperado que el sol brillara en una tarde como esta. Sin embargo, apareció, bajo sobre el mar. No con su fleco dorado natural, barriendo los extremos más lejanos del paisaje, no con el extraño resplandor de blancura que a veces adopta como alternativa al color, sino como una mancha de rojo bermellón sobre un fondo de plomo: una cara roja mirando con una mueca de embriaguez.
La mayoría de los hombres que tienen cerebro lo saben, y pocos son tan necios como para ocultar este hecho a sí mismos o a los demás, aunque una muestra ostentosa pueda llamarse engreimiento. Knight, sin exhibirlo mucho, sabía que su intelecto estaba por encima de la media. Y pensó —no pudo evitar pensarlo— que su muerte sería una pérdida deliberada para la tierra de un buen material; que tal experimento de muerte podría haberse practicado sobre alguna vida menos desarrollada.
Una fantasía que algunas personas sostienen, cuando están de mal humor, es que la circunstancia inexorable solo intenta evitar lo que la inteligencia intenta conseguir. Renuncia al deseo por una posición largamente disputada, y toma otro rumbo, y al cabo de un tiempo el premio es arrojado hacia ti, aparentemente por la decepción de que no sea posible atormentarte más.
Knight abandonó los pensamientos sobre la vida total y completamente, y se volvió para contemplar el Valle Oscuro y el futuro desconocido que había más allá. En las profundidades sombrías de estas especulaciones no le seguiremos. Bástele exponer lo que sucedió.
En ese momento de no pensar más en esta vida, algo perturbó el contorno del talud sobre él. Una mancha apareció. Era la cabeza de Elfride.
Knight se preparó inmediatamente para dar la bienvenida a la vida de nuevo.
La expresión de un rostro entregado a la soledad absoluta, cuando un amigo lo mira por primera vez, es conmovedora en extremo. Al remar hacia un buque faro o un faro en el mar, donde, sin terror inmediato a la muerte, los ocupantes experimentan la tristeza de la reclusión monótona, la elocuencia agradecida de sus semblantes al saludar, expresiva de gratitud por la visita, es suficiente para conmover las emociones del observador más despreocupado.
La mirada de Knight hacia Elfride era de una naturaleza similar, pero superando con creces tal caso. Las líneas de su rostro se habían profundizado hasta convertirse en surcos, y cada uno de ellos se lo agradecía visiblemente. Sus labios se movieron para pronunciar la palabra "Elfride", aunque la emoción no produjo sonido alguno. Sus ojos pasaron toda descripción en su combinación de todo el diapasón de la elocuencia, desde el amor profundo del amante hasta la gratitud del prójimo por una muestra de recuerdo de uno de su misma especie.
Elfride había vuelto. Qué había venido a hacer, él no lo sabía. Quizás solo podía observar su muerte. Aun así, había vuelto, y no lo había abandonado del todo, y eso era mucho.
Era una novedad extrema ver a Henry Knight, para quien Elfride no era más que una niña, que la había balanceado como un árbol balancea el nido de un pájaro, que la dominaba y la hacía llorar amargamente por su propia insignificancia, así de agradecido por ver su rostro. Ella lo miraba desde arriba, con el rostro brillante por la lluvia y las lágrimas. Él sonrió levemente.
"¡Qué tranquilo está!", pensó ella. "¡Qué grande y noble es al estar tan tranquilo!" Habría muerto diez veces por él en ese momento.
La forma deslizante del barco de vapor llamó su atención: ya no le prestó más atención.
"¿Cuánto tiempo más puedes esperar?", salió de sus pálidos labios y recorrió el viento hasta su posición.
"Cuatro minutos", dijo Knight con una voz más débil que la de ella.
"¿Pero con una buena esperanza de ser salvado?"
"Siete u ocho".
Él notó entonces que en sus brazos llevaba un fardo de lino blanco, y que su forma era singularmente delgada. Tan sobrenaturalmente delgada y flexible estaba Elfride en ese momento, que parecía doblarse bajo los ligeros golpes de las ráfagas de lluvia, mientras estas se incrustaban en sus costados y pecho, y se astillaban en rocío sobre su rostro. No hay nada como un empapamiento total para reducir los bultos de la ropa, pero la de Elfride parecía adherirse a ella como un guante.
Sin prestar atención al ataque de las nubes más que levantando la mano y limpiándose los chorros de lluvia cuando le entraban más particularmente en los ojos, se sentó y apresuradamente comenzó a desgarrar el lino en tiras. Las anudó punta con punta, y después las retorció como los cordones de una soga. En poco tiempo había formado una soga perfecta por este medio, de seis o siete yardas de largo.
"¿Puedes esperar mientras la ato?", dijo, extendiendo ansiosamente su mirada hacia él.
"Sí, si no es por mucho tiempo. La esperanza me ha dado una maravillosa cuota de fuerza".
Elfride bajó de nuevo los ojos, desgarró el material restante en ligaduras estrechas como cintas, anudó cada una a la otra como antes, pero a menor escala, y enrolló la larga cuerda que había formado así alrededor de la soga de lino, la cual, sin esta ligadura, tenía tendencia a extenderse.
"Ahora", dijo Knight, quien, observando los procedimientos atentamente, no solo había comprendido su esquema, sino que había razonado más allá, "puedo aguantar tres minutos más todavía. Y dedica el tiempo a probar la resistencia de los nudos, uno por uno".
Ella obedeció al instante, probó cada uno por separado poniendo su pie en la cuerda entre cada nudo, y tirando con las manos. Uno de los nudos resbaló.
"¡Oh, piensa! Se habría roto de no ser por tu previsión", exclamó Elfride con aprensión.
Volvió a atar los dos cabos. La cuerda estaba ahora firme en cada parte.
"Cuando la hayas dejado caer", dijo Knight, reasumiendo ya su posición de poder dominante, "vuelve lejos del borde de la pendiente, y sobre el talud tanto como la cuerda te permita. Luego inclínate hacia abajo, y sujeta el extremo con ambas manos".
Él había pensado primero en un plan más seguro para su propia liberación, pero implicaba la desventaja de poner posiblemente en peligro la vida de ella.
"La he atado alrededor de mi cintura", gritó ella, "y me inclinaré directamente sobre el talud, sosteniéndome también con las manos".
Era el arreglo en el que él había pensado, pero que no quiso sugerir.
"Subiré y bajaré la cuerda tres veces cuando esté detrás del talud", continuó, "para significar que estoy lista. ¡Ten cuidado, oh, ten el mayor cuidado, te lo ruego!"
Dejó caer la cuerda sobre él, para saber cuánta longitud sería necesario gastar a ese lado del talud, retrocedió y desapareció como había hecho antes.
La cuerda arrastraba cerca de los hombros de Knight. En pocos instantes, se tensó tres veces.
Esperó todavía un segundo o dos, luego se agarró.
La inclinación de esta parte superior del precipicio, de apenas unos pies de largo, inútil para un escalador con las manos vacías, era inestimable ahora. No más de la mitad de su peso dependía totalmente de la cuerda de lino. Media docena de extensiones de brazos, alternadas con media docena de agarres de la cuerda con los pies, lo llevaron al nivel del suelo.
Estaba salvado, y por Elfride.
Extendió sus miembros acalambrados como un durmiente despertado, y saltó sobre el talud.
Al verlo, ella saltó a sus pies con casi un grito de alegría. Los ojos de Knight se encontraron con los de ella, y con suprema elocuencia la mirada de cada uno contó una historia de emoción largamente oculta en aquel corto medio momento. Movidos por un impulso al que ninguno pudo resistir, corrieron juntos y se abrazaron.
En el momento del abrazo, los ojos de Elfride se dirigieron involuntariamente hacia el barco de vapor Puffin. Había doblado la punta y ya no se veía.
Una abrumadora oleada de júbilo por haber rescatado al hombre que veneraba de una de las formas más terribles de muerte sacudió a la dulce joven hasta el centro de su alma. Se fusionó en un desafío al deber hacia Stephen, y una total indiferencia hacia la fe prometida. Cada nervio de su voluntad estaba ahora totalmente sujeto a su sentimiento: la volición como fuerza guía la había abandonado. Permanecer pasiva, como permanecía ahora, rodeada por sus brazos, era un resultado suficientemente completo: una corona gloriosa para todos los años de su vida. Quizás él solo estaba agradecido y no la amaba. No importaba: era infinitamente más ser incluso la esclava del mayor que la reina del menor. Alguna sensación así, aunque no reconocida como un pensamiento acabado, corrió por el alma impresionable de Elfride.
Con respecto a su actitud, era imposible para dos personas estar más cerca de un beso de lo que estuvieron Knight y Elfride durante esos minutos de abrazo impulsivo bajo la lluvia torrencial. Sin embargo, no se besaron. La peculiaridad de la naturaleza de Knight era tal que no le permitía aprovecharse de la declaración desprotegida y apasionada que ella había hecho tácitamente.
Elfride se recuperó y luchó suavemente por liberarse.
Él la soltó a regañadientes, y luego la examinó de la cabeza a los pies. Parecía pequeña como una niña. Percibió de dónde había obtenido la cuerda.
"¡Elfride, mi Elfride!", exclamó con asombro gratificado.
"Debo dejarte ahora", dijo ella, con el rostro duplicando su rojo, con una expresión entre alegría y vergüenza. "Sígueme, pero a cierta distancia".
"La lluvia y el viento te atraviesan; el frío te matará. ¡Que Dios te bendiga por tal devoción! Toma mi abrigo y póntelo".
"No; entraré en calor corriendo".
Elfride no tenía absolutamente nada entre ella y el clima más que su túnica o "traje" exterior. La puerta se había hecho a la astucia de una mujer, y esta había encontrado su camino de salida. Detrás del talud, mientras Knight yacía sobre la vertiginosa pendiente esperando la muerte, ella se había quitado toda su ropa, y reemplazado solo su corpiño y falda exteriores. Cada hilo del resto yacía en el suelo en forma de una soga de lana y algodón.
"Estoy acostumbrada a estar empapada", añadió. "He estado empapada en Pansy docenas de veces. ¡Adiós hasta que nos encontremos, vestidos y en nuestro sano juicio, junto al fuego en casa!"
Luego salió corriendo de él a través de la lluvia torrencial como una liebre; o más como un faisán cuando, escabulléndose con la cola baja, tiene intención de volar, pero no lo hace. Elfride pronto estuvo fuera de la vista.
Knight se sentía incómodamente mojado y frío, pero brillando con fervor, sin embargo. Comprendía plenamente la delicadeza juvenil de Elfride al rechazar su escolta con los escasos atuendos que llevaba, pero sentía esa necesaria abstracción de ella durante una corta media hora como una pérdida muy dolorosa para él.
Recogió su anudado y retorcido plumaje de lino, encaje y bordado, y lo puso sobre su brazo. Notó en el suelo un sobre, flácido y mojado. Al intentar devolverle a este su forma adecuada, soltó del sobre un trozo de papel que contenía, el cual fue arrebatado por el viento al caer de la mano de Knight. Fue soplado hacia la derecha, soplado hacia la izquierda; flotó hasta el borde del acantilado y sobre el mar, donde fue arrojado a lo alto. Giró en el aire, y luego voló de vuelta sobre su cabeza.
Knight siguió el papel y lo aseguró. Una vez hecho esto, miró para descubrir si había valido la pena asegurarlo.
La molesta hoja era un recibo bancario por doscientas libras, colocadas a crédito de la señorita Swancourt, que la poco práctica joven había olvidado totalmente que llevaba consigo.
Knight lo dobló tan cuidadosamente como su condición húmeda lo permitía, lo puso en su bolsillo y siguió a Elfride.
Capítulo XXIII
"¿Debería olvidarse el viejo conocido?"
Para este momento, Stephen Smith había bajado al muelle en Castle Boterel y respirado su aire natal.
Una piel más oscura, un bigote más pronunciado y una barba incipiente eran las principales adiciones y cambios notables en su apariencia.
A pesar de la lluvia que caía, que había disminuido algo, tomó una pequeña maleta en su mano y, dejando el resto de su equipaje en la posada, ascendió las colinas hacia East Endelstow. Este lugar yacía en un valle propio, más hacia el interior que el pueblo oeste, y aunque tan cerca de él, tenía pocos rasgos físicos en común con este último. East Endelstow era más boscoso y fértil: se jactaba de la mansión y el parque de Lord Luxellian, y estaba libre de esas desoladas tierras altas abiertas que daban tal aire de desolación a las cercanías de la costa, siempre exceptuando el pequeño valle en el que se encontraba la vicaría y la antigua casa de la señora Swancourt, The Crags.
Stephen había llegado casi a la cima de la cresta cuando la lluvia aumentó de nuevo su volumen, y, buscando refugio temporal, ascendió por un camino empinado que penetraba en densos arbustos de avellano en la parte baja de su recorrido. Más arriba emergía en una cornisa inmediatamente sobre la carretera de peaje, y protegido por una cara sobresaliente de roca de escombros, con arbustos encima. Por una razón propia, hizo de este lugar su refugio de la tormenta, y volviendo su rostro hacia la izquierda, estudió el paisaje como un libro.
Estaba pasando por alto el valle que contenía la residencia de Elfride.
Desde este punto de observación, la perspectiva exhibía la peculiaridad de ser o bien un primer plano brillante o el tono atenuado de la distancia, un repentino hundimiento en la superficie del país bajando de la vista toda la perspectiva intermedia. En aparente contacto con los árboles y arbustos que crecían junto a él aparecía la extensión lejana, terminada repentinamente por el borde de la serie de acantilados que culminaban en el alto gigante sin nombre, pequeño y sin importancia tal como aquí se contemplaba. Una hoja en una rama al codo de Stephen ocultaba una colina entera en el distrito contrastante a lo lejos; un racimo verde de nueces cubría una zona elevada completa allí, y el gran acantilado mismo era superado por un risco pigmeo en el banco cercano a él. Stephen había contemplado estas cosas cientos de veces antes de hoy, pero nunca las había visto con tal ternura como ahora.
Avanzando en esta dirección todavía un poco más, pudo ver la torre de la iglesia de West Endelstow, bajo la cual debía encontrarse con su Elfride esa noche. Y al mismo tiempo notó, viniendo sobre la colina desde los acantilados, una mancha blanca en movimiento. Parecía al principio ser una gaviota volando bajo, pero finalmente resultó ser una figura humana, corriendo con gran rapidez. La forma revoloteó, sin prestar atención a la lluvia que había causado la parada de Stephen en este lugar, descendió la colina cubierta de brezo, entró en el valle y quedó fuera de la vista.
Mientras meditaba sobre el significado de este fenómeno, se sorprendió al ver nadar en su campo de visión desde el mismo punto de partida otra mancha en movimiento, tan diferente de la primera como bien podría ser, tanto que era perceptible solo por su negrura. Lenta y regularmente tomó el mismo curso, y no hubo mucha duda de que esta era la forma de un hombre. Él también descendió gradualmente de los niveles superiores y se perdió en el valle de abajo.
La lluvia había disminuido para este momento de nuevo, y Stephen regresó a la carretera. Mirando hacia adelante, vio a dos hombres y un carro. Pronto fueron oscurecidos por la intervención de un seto alto. Justo antes de que emergieran de nuevo, escuchó voces en conversación.
"'A debe estar pronto en el vecindario, también, si es que viene", dijo una lengua tenor, que Stephen reconoció al instante como la de Martin Cannister.
"'A debe creerlo", dijo otra voz, la del padre de Stephen.
Stephen dio un paso adelante y se puso frente a ellos cara a cara. Su padre y Martin caminaban, vestidos con sus segundos mejores trajes, y junto a ellos deambulaba un caballo grisáceo y un carro de resorte brillantemente pintado.
"Todo bien, Sr. Cannister; ¡aquí está el hombre perdido!", exclamó el joven Smith, entrando de inmediato en el viejo estilo de saludo. "Padre, aquí estoy".
"Todo bien, hijo mío; ¡y qué contento estoy por ello!", respondió John Smith, sobrecogido de alegría al ver al joven. "¿Cómo estás? Bueno, ven a casa, y no nos quedemos aquí fuera en la humedad. Tal clima debe ser terrible para un joven que acaba de venir de una nación ardiente como Indy; ¿eh, vecino Cannister?"
«Cierto, cierto. ¿Y acerca de traer a casa sus equipajes? Cajas, fardos monstruosos y paquetes nobles de descripción extranjera, ¡no me cabe la menor duda!»
«No tanto como eso», dijo Stephen riendo.
«Trajimos el carro, con la intención de ir directo a Castle Boterel antes de que desembarcaras», dijo su padre. «"Engancha el caballo", dice Martin. "Sí", digo yo, "así lo haremos"; y lo hicimos al momento. Ahora, quizás, sería mejor que Martin siguiera con el carro a por las cosas, y que tú y yo camináramos hacia casa».
«Y yo estaré de vuelta casi tan pronto como ustedes. Peggy todavía lleva un paso bonito, aunque el tiempo empieza a hacer mella en ella como en el resto de nosotros».
Stephen le indicó a Martin dónde encontrar su equipaje y luego continuó su viaje a casa en compañía de su padre.
«Debido a que has venido un día antes de lo que esperábamos al principio», dijo John, «nos encontrarás en un tremendo lío, señor... ¡"señor", me digo a mi propio hijo! pero es que has subido tanto, Stephen. Hemos matado al cerdo esta mañana para ti, pensando que tendrías hambre y te alegrarías de un bocado de carne fresca. Y no se cortará hasta esta noche. Sin embargo, podemos prepararte una buena cena de fritura, que entrará bien con una pizca de mostaza y unas cuantas patatas nuevas y ricas, y un trago de cerveza de a chelín para bajarlo. ¡Tu madre ha fregado la casa de arriba abajo porque venías, y ha desempolvado todos los muebles de la alcoba, y le ha comprado una palangana y una jarra nuevas a una vendedora ambulante de loza que vino a nuestra puerta, y ha frotado los candeleros, y ha limpiado las ventanas! Sí, no sé qué es lo que no ha hecho. Nunca hubo tal alboroto, creo».
Conversaciones de este tipo e indagaciones de Stephen sobre la salud de su madre les ocuparon el resto del camino. Cuando se acercaron al río y a la cabaña que había detrás, pudieron oír el reloj del maestro albañil marcando las horas transcurridas del día a intervalos de un cuarto de minuto, durante los cuales la imaginación de Stephen representaba fácilmente el dedo índice de su madre vagando alrededor de la esfera en compañía del minutero.
«El reloj se paró esta mañana, y tu madre intentando arreglarlo, al parecer», dijo su padre en tono explicativo; y subieron por el jardín hasta la puerta.
Cuando hubieron entrado, y Stephen hubo saludado aliviado y con calidez a su madre —quien aparecía con un vestido de algodón de fondo azul oscuro, cubierto por todas partes con una multitud de lunas nuevas y llenas, estrellas y planetas, con un toque ocasional de aspecto cometario para diversificar la escena—, se oyó el crujido de las ruedas de un carro fuera, y Martin Cannister entró pisando fuerte por el umbral, bajo la forma de un par de piernas sosteniendo una gran caja, sin que su cuerpo fuera visible. Cuando todo el equipaje hubo sido bajado y Stephen hubo subido a cambiarse de ropa, la mente de la Sra. Smith pareció recuperar un hilo perdido.
«La verdad es que nuestro reloj no vale un penique», dijo, dirigiéndose a él e intentando poner en marcha el péndulo.
«¿Parado otra vez?», preguntó Martin con compasión.
«Sí, claro», respondió la Sra. Smith; y continuó al estilo de ciertas matronas, para cuyas lenguas la armonía de un tema con un estado de ánimo casual es una recomendación mayor que su pertinencia para la ocasión: «John gastaría libras al año en esta vieja antigualla, si pudiera, en hacer que lo limpien, cuando al mismo tiempo puedes arreglarlo tú misma igual de bien. "El reloj se ha parado otra vez, John", le digo. "Mejor que lo limpien", dice él. Son cinco chelines. "Ese reloj vuelve a chirriar", le digo. "Mejor que lo limpien", dice él otra vez. "Ese reloj marca mal, John", digo yo. "Mejor que lo limpien", sigue él. Las ruedas habrían sido pulidas hasta quedar en esqueletos a estas alturas si le hubiera hecho caso, y le aseguro que podríamos haber comprado una belleza de cara de porcelana con el buen dinero que hemos tirado estos últimos diez años en este viejo mortal de cara verde. Y, Martin, debes estar mojado. Mi hijo ha subido a cambiarse. John está más húmedo de lo que a mí me gustaría estar, pero él no le da importancia. Algunos de los sirvientes de la Sra. Swancourt han estado aquí —entraron huyendo de la lluvia cuando iban de paseo— y le aseguro que el estado de sus sombreros era espantoso».
«¿Cómo está la gente? Hemos estado en Castle Boterel, y con eso de correr y parar fuera de las tormentas, ¡mi pobre cabeza está más allá de todo! chis, chis, chis; es como freír pescado de la mañana a la noche», dijo una voz cascada en la puerta en ese mismo instante.
«Señor nuestro, ¿quién es?», dijo la Sra. Smith en una exclamación privada, y al darse la vuelta vio a William Worm, esforzándose por parecer extremadamente cortés y amistoso al extender por su rostro una gran sonrisa que parecía no tener relación con el humor en el que se encontraba. Detrás de él estaba una mujer que le doblaba en tamaño, con un gran paraguas sobre la cabeza. Era la Sra. Worm, la mujer de William.
«Entra, William», dijo John Smith. «No matamos un cerdo todos los días. Y tú también, Sra. Worm. Les doy la bienvenida. Desde que dejaste al párroco Swancourt, William, no te veo mucho».
«No, pues a decir verdad, desde que me dediqué al negocio de la barrera de peaje, he salido poco, y venir a la iglesia los domingos ya no es mi deber, como lo era en la familia de un párroco, ya ve. Sin embargo, nuestro hijo ya puede cuidar de la barrera, y dije: "Barbara, pasemos a ver a John Smith"».
«Siento oír que tu pobre cabeza sigue tan mal».
«Sí, le aseguro que ese freír pescado sigue noche y día. Y, sabe, a veces no es solo pescado, sino tiras de tocino y cebollas. Sí, puedo oír la grasa chisporrotear y freírse tan natural como la vida misma; ¿a que sí, Barbara?»
La Sra. Worm, que había estado todo este tiempo ocupada cerrando su paraguas, corroboró esta afirmación y, al entrar ahora, se mostró como una mujer de rostro ancho y aspecto confortable, con una verruga en la mejilla que tenía un pequeño mechón de pelo en el centro.
«¿Ha probado alguna vez algo para curar su ruido, Maese Worm?», preguntó Martin Cannister.
«Oh, sí; bendito sea, he probado de todo. Sí, la Providencia es un hombre misericordioso, y he tenido la esperanza de que lo habría descubierto a estas alturas, viviendo tantos años en la familia de un párroco, como he vivido, pero no parece aliviarme. Sí, soy un pobre hombre tambaleante, ¡y la vida es un cúmulo de problemas!»
«Cierto, tristemente cierto, William Worm. Así es. El mundo necesita atención, o todo es un caos absoluto para nosotros».
«Quítese las cosas, Sra. Worm», dijo la Sra. Smith. «Estamos algo enredados, a decir verdad, porque mi hijo acaba de llegar de Indy un día antes de lo que esperábamos, y el que mata al cerdo vendrá dentro de poco para descuartizarlo».
La Sra. Barbara Worm, no deseando aprovecharse de personas en un lío observándolas, se quitó el sombrero y el mantón con los ojos fijos en las flores de la parcela fuera de la puerta.
«¡Qué hermosos lirios tigre!», dijo la Sra. Worm.
«Sí, están muy bien, pero son un problema para mí por culpa de los niños que vienen aquí. Se ponen a comerse las bayas del tallo y las llaman grosellas. El gusto de los juveniles es todo fantasía, de verdad».
«Y sus bocas de dragón se ven tan feroces como siempre».
«Bueno, realmente», respondió la Sra. Smith, entrando didácticamente en el tema, «son más como cristianos que como flores. Pero combinan bien con el resto y no requieren mucho cuidado. Y lo mismo se puede decir de estas flores de molinero. Es una flor que me gusta mucho, aunque es tan sencilla. John dice que nunca le importan las flores de ellas, pero los hombres no tienen ojo para nada delicado. Él dice que su flor favorita es una coliflor. Y le aseguro que tiemblo en primavera, porque es un asesinato total».
«¡No me diga, Sra. Smith!»
«John cava alrededor de las raíces, ya sabe. Allí va su torpe pala, atravesando raíces, bulbos, todo lo que no tiene una buena presencia sobre el suelo, convirtiéndolos en rodajas. Justo el último otoño fui a mover unos tulipanes y me encontré cada bulbo al revés, y los tallos torcidos. Él los había volteado en primavera, y las astutas criaturas pronto descubrieron que el cielo no estaba donde solía estar».
«¿Qué es esa flor de aspecto largo bajo el seto?»
«¿Esas? ¡Oh, Señor, son las horribles escaleras de Jacob! En lugar de alabarlas, me pongo loca con ellas por ser tan rápidas para quedarse donde no son deseadas. Están muy bien a su manera, pero no me importan las cosas que el descuido no mata. Haga lo que haga, cavar, arrastrar, raspar, tirar, consigo demasiadas. Corto las raíces: vuelven a salir, el triple de fuertes. Las tiro por encima del seto; allí crecen, mirándome a la cara como un perro hambriento al que han echado, y se arrastran de vuelta en una semana o dos igual que antes. Es escalera de Jacob aquí, escalera de Jacob allá, y plántalas donde nada en el mundo crezca, obtienes multitudes de ellas en un mes o dos. John hizo una nueva mezcla de estiércol el verano pasado, y dijo: "Maria, ahora si tienes algunas flores o algo parecido que no quieras, puedes plantarlas alrededor de mi mezcla para ocultarla un poco, aunque no es probable que crezca nada de mucho valor allí". Pensé: "Ahí están esas escaleras de Jacob; las pondré allí, ya que no pueden hacer daño en tal lugar"; y planté las escaleras de Jacob con toda seguridad. Crecieron y crecieron, dentro de la mezcla y fuera de la mezcla, por todo el estiércol, cubriéndolo por completo. Cuando John quiso usarlo en el jardín, dijo: "¡Que la nación se lleve tus escaleras de Jacob, Maria! ¡Se han comido la bondad de cada pizca de mi estiércol, de modo que no es mejor que la arena misma!". Con toda seguridad, los hambrientos mortales lo habían hecho. Es mi creencia que en sus almas secretas, las escaleras de Jacob son malas hierbas, y no flores en absoluto, si se supiera la verdad».
Robert Lickpan, el matancero y arriero, llegó en ese momento. El animal cebado que colgaba en la cocina trasera fue partido por la mitad de su espina dorsal, mientras la Sra. Smith se ocupaba de preparar la cena.
Entre el corte y el troceo, se pasó la cerveza, y Worm y el matancero escucharon la descripción de John Smith sobre el encuentro con Stephen, con los ojos fijados inexpresivamente en el mantel, para que nada en el mundo exterior interrumpiera sus esfuerzos por conjurar la escena correctamente.
Stephen bajó las escaleras en mitad de la historia, y tras la pequeña interrupción causada por su entrada y bienvenida, la narración continuó de nuevo, exactamente como si él no hubiera estado allí en absoluto, y fue contada de forma inclusiva para él, como para alguien que no sabía nada sobre el asunto.
«"Sí", dije, al verlo a través de las zarzas, "ese es el muchacho, pues lo reconozco por el andar de su abuelo"; porque daba pasos como el pobre padre por todo el mundo. Aun así, había un toque de viveza que me hacía preguntarme. Se acercó más, y dije: "Ese es el muchacho, pues lo reconozco por llevar una caja negra como un hombre viajero". Aun así, un camino es común a todo el mundo, y hay más hombres viajeros que uno. Pero mantuve el ojo alerta, y le dije a Martin: "Es el chico, ahora sí, pues lo reconozco por el viejo giro del bastón y el paso de la familia". Luego se acercó más, y dijo: "Todo bien". Entonces sí que podría jurarlo».
A continuación se criticó el aspecto personal de Stephen.
«Se le ve mucho más delgado de cara, sin duda, que cuando lo vi en casa del párroco, y no lo reconocí, si me cree», dijo Martin.
«Sí, ahí está», dijo otro, sin apartar los ojos de la cara de Stephen, «lo habría reconocido en cualquier parte. Es la nariz de su padre clavada».
«Se ha comentado a menudo», dijo Stephen con modestia.
«Y ciertamente es más alto», dijo Martin, dejando que su mirada recorriera la figura de Stephen de abajo a arriba.
«Yo pensaba que tenía exactamente la misma altura», respondió Worm.
«Bendita sea tu alma, eso es porque es más corpulento también». Y los ojos unidos se movieron todos hacia la cintura de Stephen.
«Soy un pobre hombre tambaleante, pero puedo hacer concesiones», dijo William Worm. «Ah, claro, ¡y cómo vino como un extraño y peregrino a casa del párroco Swancourt aquella vez, sin que nadie lo reconociera después de tantos años! Sí, la vida es una extraña estampa, Stephen: ¿pero supongo que debo decirte Señor?»
«Oh, no es necesario por el momento», respondió Stephen, aunque mentalmente decidió evitar la cercanía de aquel amigo familiar tan pronto como hubiera hecho pretensiones a la mano de Elfride.
«Ah, bien», dijo Worm pensativo, «algunos no habrían esperado menos que un Señor. Hay una gran diferencia entre las personas».
«Y en los cerdos también», observó John Smith, mirando la carcasa partida del suyo.
Robert Lickpan, el matancero, pareció aquí llamado a entrar en la lista de la conversación.
«Sí, tienen sus naturalezas particulares ahora mismo», observó inicialmente. «He conocido muchos cerdos de carácter difícil».
«No lo dudo, Maese Lickpan», respondió Martin, en un tono que expresaba que sus convicciones, no menos que los buenos modales, exigían la respuesta.
«Sí», continuó el matancero, como alguien acostumbrado a ser escuchado. «Uno que conocí era sordo y mudo, y no podíamos entender qué le pasaba al cerdo. Comía lo suficientemente bien cuando veía el comedero, pero cuando le daba la espalda, podías haber hecho sonar el cubo todo el día, el pobre alma nunca te oía. Podías hacerle trucos a sus espaldas, y no se daba cuenta más rápido que la pobre Grammer Cates, que era sorda. Pero engordó bien, y nunca vi a un cerdo abrirse mejor cuando lo mataron, y era muy tierno de comer, muy; un trozo de carne tan bonito como jamás haya visto; podías succionar esa carne a través de una pluma.
Y otro que conocí», reanudó el matancero, después de dejar pasar tranquilamente una pinta de cerveza por su garganta por su propia voluntad, y dejar la taza con exactitud matemática en el lugar del que la había levantado, «otro perdió la cabeza».
«¡Qué muy triste!», murmuró la Sra. Worm.
«Sí, pobre cosa, ¡así fue! Tan fuera de su juicio como el cristiano más inteligente podría estar. En sus primeros años era muy melancólico, y nunca pareció un cerdo esperanzado de ninguna manera. Era el cerdo de Andrew Stainer; de ese era el cerdo».
«Puedo recordar bien al cerdo», atestiguó John Smith.
«Y era un cerdito muy bonito. ¿Y todos conocen la clase del granjero Buckle? Todos y cada uno de ellos sufren de reumatismo hasta el día de hoy, debido a una pocilga húmeda en la que vivieron cuando eran jóvenes, por así decirlo».
«Bueno, ahora vamos a pesar», dijo John.
«Si no fuera tan fino, lo pesaríamos entero: pero tal como está, tomaremos un lado a la vez. John, puedes recordar mi vieja broma, ¿eh?»
«Lo hago; aunque hace unos cuantos años que la escuché por primera vez».
«Sí», dijo Lickpan, «esa vieja broma familiar ha estado en nuestra familia por generaciones, podría decirse. Mi padre usaba esa broma regularmente en las matanzas durante más de cuarenta y cinco años, el tiempo que siguió el oficio. Y me dijo que la heredó de su padre cuando él era apenas un chiquillo, quien hacía uso de ella igual en cada matanza más o menos; y las matanzas eran matanzas en aquellos días».
«Verdaderamente lo eran».
«Nunca he oído la broma», dijo la Sra. Smith tentativamente.
«Ni yo», intervino la Sra. Worm, quien, siendo la única otra dama en la habitación, se sintió obligada por las leyes de la cortesía a sentirse como la Sra. Smith en todo.
«Seguro, seguro que sí», dijo el matancero, mirando escéptico a las mujeres ignorantes. «Sin embargo, no es gran cosa; no deseo decir que lo sea. Comienza así: "Bob dirá el peso de tu cerdo, creo", digo yo. La congregación de vecinos piensa que me refiero a mi hijo Bob, naturalmente; pero el secreto es que me refiero al 'bob' (el contrapeso) de la romana. ¡Ja, ja, ja!»
«¡Jajá, jajá, jajá!», se rió Martin Cannister, quien había oído la explicación de esta llamativa historia por centésima vez.
«¡Juh, juh, juh!», se rió John Smith, quien la había oído por milésima.
«¡Jijí, jijí, jijí!», se rió William Worm, quien nunca la había oído en absoluto, pero tenía miedo de decirlo.
«Tu abuelo, Robert, debía ser un tipo despierto para inventar esa historia», dijo Martin Cannister, calmándose a un aspecto plácido de deleitada crítica.
«Tenía cabeza, según cuentan. Y, verá, como los primogénitos de los Lickpan han sido todos Roberts, todos han sido Bobs, así que la historia se transmitió hasta el día de hoy».
«El pobre Joseph, tu segundo hijo, nunca podrá decirla en compañía, lo cual es bastante desafortunado», dijo la Sra. Worm pensativa.
«No podrá. Sí, el abuelo era un tipo inteligente, como usted dice; pero conocí a uno más inteligente. Era mi tío Levi. El tío Levi hizo una tabaquera que debía ser un rompecabezas para sus amigos al abrirla. Solía pasarla en bodas, bautizos, funerales y en otra compañía alegre, y dejar que probaran su habilidad. Esta extraordinaria tabaquera tenía un resorte detrás que se podía empujar hacia dentro y hacia fuera; una bisagra donde parecía estar la tapa; una corredera en el extremo, un tornillo en la parte delantera y perillas y muescas extrañas por todas partes. Un hombre intentaba el resorte, otro intentaba el tornillo, otro intentaba la corredera; pero por mucho que intentaban, la caja no se abría. Y no podían abrirla, y no la abrían. Ahora, ¿qué podría pensar usted que era el secreto de esa caja?»
Todos pusieron una expresión de que sus pensamientos unidos eran inadecuados para la ocasión.
«Pues que la caja no se abría en absoluto. Estaba hecha para no abrirse, y podrías haber intentado hasta el final del Apocalipsis, habría sido en vano, porque la caja estaba pegada por todas partes».
«Un hombre muy profundo para haber hecho tal caja».
«Sí. Era como el tío Levi en todo».
«Lo era. Puedo recordar al hombre muy bien. El hombre más alto que jamás haya visto».
«Así era. Nunca durmió en una cama después de que creció hasta ser un muchacho duro; nunca pudo conseguir una lo suficientemente larga. Cuando vivía en esa pequeña casa junto al estanque, solía tener que dejar abierta la puerta de su habitación cada noche al ir a acostarse, y dejar que sus pies asomaran al rellano».
«Está muerto y enterrado ahora, sin embargo, pobre hombre, como todos estaremos», observó Worm, para llenar la pausa que siguió a la conclusión del discurso de Robert Lickpan.
El pesaje y descuartizamiento se llevó a cabo en medio de un discurso animado sobre los viajes de Stephen; y al terminar, los primeros frutos de la matanza del día, fritos en cebollas, se pasaron de la sartén a un plato en la mesa, cada trozo humeante y siseante hasta llegar a sus mismas bocas.
Debe reconocerse que el distinguido hijo de la casa parecía estar algo fuera de lugar en el transcurso de esta operación. Ni su mente era lo suficientemente filosófica como para permitirle estar cómodo con estas personas de vieja data, los amigos de su padre. Nunca había vivido mucho tiempo en casa; apenas nada desde su infancia. La presencia de William Worm era la característica más incómoda del caso, pues, aunque Worm había dejado la casa del Sr. Swancourt, el estar tan unido a un antiguo servidor le recordaba a Stephen demasiado forzosamente la clasificación que el vicario hizo de él antes de que se marchara de Inglaterra. La Sra. Smith era consciente del defecto en sus preparativos que había provocado la unión no deseada. Habló con Stephen en privado.
«Estoy por encima de tener a tal gente aquí, Stephen; ¿pero qué podía hacer? Y tu padre es tan rudo en su naturaleza que está más mezclado con ellos de lo necesario».
«No importa, madre», dijo Stephen; «lo soportaré ahora».
«Cuando dejemos el servicio de mi señor, y subamos más hacia el campo, como espero que hagamos pronto, será diferente. Estaremos entre gente nueva, y en una casa más grande, y nos mantendremos un poco mejor, espero».
«¿Está la Srta. Swancourt en casa, sabe usted?», inquirió Stephen.
«Sí, tu padre la vio esta mañana».
«¿La ve usted a menudo?»
—Casi nunca. El Sr. Glim, el vicario, nos visita de vez en cuando, pero los Swancourt ya no vienen al pueblo más que para atravesarlo en coche. Cenan en casa de mi señor más a menudo que antes. Ah, aquí tienes una nota que te trajo un muchacho esta mañana.
Stephen tomó la nota con entusiasmo y la abrió, mientras su madre lo observaba. Leyó lo que Elfride había escrito y enviado antes de partir hacia el acantilado aquella tarde:
«Sí; te veré en la iglesia a las nueve de esta noche. —E. S.»
—No sé, Stephen —dijo su madre con tono significativo—, si todavía piensas en la Srta. Elfride, pero si yo fuera tú, no me preocuparía por ella. Dicen que nada del dinero de la vieja Sra. Swancourt irá a parar a su hijastra.
—Veo que la tarde ha quedado despejada; voy a salir un rato a dar una vuelta por el lugar —dijo él, eludiendo la pregunta directa—. Probablemente, para cuando regrese, nuestros visitantes se habrán ido y podremos tener una charla más confidencial.
Capítulo XXIV
«Brisa, pájaro y flor confiesan la hora».
La lluvia había cesado desde la puesta de sol, pero era una noche nublada; y la luz de la luna, suavizada y dispersa por su velo de niebla, se distribuía sobre la tierra en un gris pálido.
Una figura oscura salió por el umbral de la cabaña de John Smith, a orillas del río, y se dirigió rápidamente hacia West Endelstow con paso ligero. Pronto, al ascender desde las tierras bajas, dobló una esquina, siguió un camino de carros y vio la torre de la iglesia que buscaba, recortada claramente contra el cielo. En menos de media hora desde su partida, saltó por encima del portillo del cementerio.
El recinto, salvaje e irregular, era tanto como siempre una parte integrante de la vieja colina. La hierba seguía estando larga, las tumbas tenían la forma que el paso de los años había elegido alterar de su forma ortodoxa, tal como la estableció Martin Cannister, y el propio abuelo de Stephen antes que él.
Un sonido surcó el aire desde la dirección en que se encontraba Castle Boterel. Era el repique del reloj de la iglesia, tan claro en la atmósfera quieta como si hubiera provenido de la torre cercana, la cual, envuelta en su silencio solitario, no emitía tales sonidos de vida.
—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. —Stephen contó cuidadosamente las campanadas, aunque conocía de sobra el número de antemano. Las nueve. Era la hora que la misma Elfride había señalado como la más conveniente para encontrarse con él.
Stephen se detuvo a la puerta del pórtico y escuchó. Podría haber oído la respiración más leve de cualquier persona dentro del pórtico; no había nadie. Entró, se sentó en el banco de piedra y esperó con el corazón palpitante.
Los tenues sonidos que se oían solo acentuaban el silencio. El fluir y refluir del mar, muy lejos a lo largo de la costa, era el más importante. Un sonido menor era el chirrido de un chotacabras distante. Entre los más minuciosos, donde todos eran minuciosos, estaban el ligero posarse de fragmentos de telarañas flotando en el aire, un sapo laborando humildemente a través de la hierba cerca de la entrada, el crujido de una hoja seca que un gusano intentaba arrastrar hacia la tierra, una ráfaga de aire que se acercaba cada vez más y expiraba a sus pies bajo el peso de una semilla alada.
Entre todos estos sonidos suaves no se encontraba el único sonido suave que le importaba oír: los pasos de Elfride.
Durante un cuarto de hora entero, Stephen permaneció así atento, sin mover un músculo. Al final de ese tiempo, caminó hacia la fachada oeste de la iglesia. Al doblar la esquina de la torre, una forma blanca se le apareció de frente. Retrocedió sobresaltado, y luego se recobró. Era la tumba del joven granjero Jethway, que parecía aún tan fresca y nueva como cuando fue erigida por primera vez; la piedra blanca en la que estaba tallada tenía una singularidad extraña en medio de las losas azul oscuro de las canteras locales, de las que estaban formadas todas las lápidas restantes.
Pensó en la noche en que se había sentado allí con Elfride como compañera, y recordó bien su pesar al saber que ella había recibido, aunque fuera involuntariamente, un homenaje anterior al suyo. Pero su ansiedad tangible presente reducía tal sentimiento a una tontería sentimental en comparación; y siguió paseando sobre las tumbas hasta el límite del cementerio, desde donde durante el día se podían ver claramente la vicaría y la residencia actual de los Swancourt. No se distinguía ninguna huella sobre el sendero de la colina, pero una luz brillaba desde una ventana en la casa mencionada.
Stephen sabía que no podía haber confusión sobre la hora o el lugar, y ninguna dificultad para cumplir la cita. Esperó aún más tiempo, pasando de la impaciencia a un estado de ánimo que no tomaba en cuenta el paso del tiempo. Fue despertado de su ensueño por el reloj de Castle Boterel.
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, DIEZ.
¡Una pequeña caída del martillo adicional al número que había sido un placer agudo escuchar, y qué diferencia para él!
Abandonó el cementerio por el lado opuesto a su punto de entrada y bajó la colina. Lentamente se acercó a la verja de la casa de ella. La abrió suavemente y caminó por el sendero de grava hasta la puerta. Allí hizo una pausa durante varios minutos.
Al finalizar ese tiempo, el habla murmurada de una voz varonil llegó a sus oídos a través de una ventana abierta tras la esquina de la casa. A esto respondió una risa clara y suave. Era la risa de Elfride.
Stephen fue consciente de un dolor punzante en su corazón. Se retiró por donde había venido. Hay decepciones que nos atormentan, y hay aquellas que infligen una herida cuya marca llevamos hasta la tumba. Son tan intensas que ninguna gratificación futura del mismo deseo puede borrarlas jamás: quedan registradas como una pérdida permanente de felicidad. Tal era la de Stephen ahora: el aureola coronaria del sueño había sido el encuentro aquí a escondidas; y si Elfride hubiera acudido a él solo diez minutos después de que él se hubiera marchado, la decepción habría sido reconocible de todos modos.
Cuando el joven llegó a casa, encontró allí una carta que había llegado en su ausencia. Creyendo que contenía alguna razón para su falta de asistencia, aunque incapaz de imaginar una que pudiera justificarla, abrió apresuradamente el sobre.
El papel no contenía ni una palabra de Elfride. Era el pagaré por sus doscientas libras. En el reverso estaba el formulario de un cheque, y ella lo había rellenado con la misma suma, pagadero al portador.
Stephen quedó confundido. Intentó adivinar su motivo. Considerando lo limitado que era su conocimiento de las acciones posteriores de ella, intuyó con bastante acierto que, entre el momento en que ella envió la nota por la mañana y la negativa silenciosa de su regalo por la noche, había ocurrido algo que causó un cambio total en su actitud hacia él.
No sabía qué hacer. Parecía absurdo ahora ir a ver a su padre a la mañana siguiente, como se había propuesto, y pedirle un compromiso con ella, ante la posibilidad latente de que la propia Elfride no estuviera de su lado. Solo un curso de acción se presentaba como sensato. Esperar y ver qué traerían los días; ir a realizar sus encargos en Birmingham; luego regresar, averiguar si había sucedido algo y probar qué podría lograr un encuentro; tal vez su sorpresa ante su reserva la haría acercarse para mostrar una calidez latente tan decididamente como en los viejos tiempos.
Este acto de paciencia solo era coherente con la naturaleza de un hombre precisamente de la constitución de Stephen. Nueve de cada diez hombres habrían salido corriendo, se habrían presentado ante ella, por las buenas o por las malas, y habrían provocado una catástrofe de algún tipo. Posiblemente para mejor, probablemente para peor.
Partió hacia Birmingham a la mañana siguiente. Un día de retraso no habría supuesto ninguna diferencia; pero no podía descansar hasta haber comenzado y terminado el programa que se había propuesto. La actividad corporal a veces elimina el aguijón de la ansiedad tan completamente como la certeza misma.
Capítulo XXV
«Mi propio amigo familiar».
Durante estos días de ausencia, Stephen vivió bajo condiciones alternativas. Cada vez que sus emociones estaban activas, estaba en agonía. Cuando no estaba en agonía, el asunto entre manos había expulsado de su mente, por pura fuerza, toda reflexión profunda sobre el tema de Elfride y el amor.
Para cuando emprendió su viaje de regreso al final de la semana, Stephen casi se había convencido de la intención de llamar y verla cara a cara. En esta ocasión también adoptó su ruta favorita: el pequeño vapor de verano de Bristol a Castle Boterel; el tiempo ahorrado por la velocidad en el ferrocarril se perdía en los empalmes y al seguir un curso tortuoso.
Era una tarde brillante y silenciosa a principios de septiembre cuando Smith volvió a poner pie en la pequeña ciudad. Se sintió inclinado a detenerse un rato en el muelle antes de ascender las colinas, habiendo formado la romántica intención de ir a casa pasando por delante de la casa de ella, aunque sin desear vagar por sus alrededores hasta que las sombras de la tarde lo protegieran suficientemente de la observación.
Y así, esperando la llegada más cercana de la noche, observó la escena plácida, sobre la cual la pálida luminosidad del oeste arrojaba un monocromo triste, que se volvía lentamente marrón por el crepúsculo. Apareció una estrella, y otra, y otra. Centelleaban entre los mástiles y el aparejo de los dos bergantines de carbón atracados al costado, como si fueran diminutas lámparas suspendidas en las cuerdas. Los mástiles se mecían somnolientos ante el flujo infinitesimal de la marea, que chasqueaba y gorgoteaba con ociosa regularidad en los rincones y agujeros del muro del puerto.
El crepúsculo era ya lo suficientemente pronunciado para su propósito; y cuando, con el corazón bastante triste, estaba a punto de continuar, un pequeño bote que contenía a dos personas se deslizó por el medio del puerto con la ligereza de una sombra. El bote pasó frente a él, siguió adelante y tocó los escalones de desembarco en el extremo lejano. Uno de sus ocupantes era un hombre, como Stephen había sabido por la fácil brazada de los remos. Cuando la pareja subió los escalones y se hizo más visible, pudo discernir que la segunda persona era una mujer; también que llevaba un adorno blanco —aparentemente una pluma— en su sombrero o bonete, cuyo punto blanco era la única parte claramente visible de su vestimenta.
Stephen permaneció un momento detrás de ellos, y cuando ellos siguieron adelante, él también continuó su camino y pronto olvidó la circunstancia. Tras cruzar un puente, abandonar la carretera principal y entrar en el sendero que conducía hacia el valle hasta West Endelstow, oyó un pequeño portillo cerrarse suavemente a unos metros por delante. Para cuando Stephen llegó al portillo y lo cruzó, oyó otro clic exactamente de la misma naturaleza desde otra verja aún más adelante. Claramente, una o varias personas lo precedían por el sendero, siendo sus pasos silenciados por la suave alfombra de césped. Stephen caminó ahora un poco más rápido y percibió dos formas. Una de ellas llevaba en alto la pluma blanca que había notado en el sombrero de la mujer en el muelle: eran la pareja que había visto en el bote. Stephen se dejó caer un poco más atrás.
Desde el fondo del valle, por donde el sendero había discurrido hasta entonces, junto al margen del arroyo, otro camino se desviaba ahora y ascendía por la ladera de la colina de la izquierda. Este camino conducía solo a la residencia de la Sra. Swancourt y a una o dos cabañas en sus inmediaciones. Ninguna hierba cubría este camino divergente en partes de su longitud, y a Stephen le recordó que la pareja que iba delante de él había tomado esta ruta por el traqueteo ocasional de piedras sueltas bajo sus pies. Stephen subió en la misma dirección, pero por alguna razón indefinida pisó con más suavidad que los que le precedían. Su mente estaba inconscientemente ejercitándose sobre quién podría ser la mujer: si una visitante de The Crags, una sirvienta o Elfride. Se lo planteó con aún más fuerza: ¿podría ser la dama Elfride? Una posible razón para su inexplicable falta a la cita con él regresó con dolorosa intensidad.
Entraron en los terrenos de la casa por el portillo lateral, desde donde el sendero, ahora ancho y bien cuidado, serpenteaba fantásticamente a través del arbusto hasta un pabellón octogonal llamado Belvedere, debido a la vista panorámica sobre el distrito adyacente que ofrecían sus asientos verdes. El sendero pasaba junto a esta construcción y continuaba hacia la casa, así como hacia la cabaña del jardinero al otro lado, extendiéndose desde allí hacia East Endelstow; por lo que Stephen no sintió dudas en entrar en un paseo que difícilmente podría llamarse privado.
Le pareció oír abrirse la verja y cerrarse de nuevo tras de sí. Al girarse, no vio a nadie.
La gente del bote llegó al cenador. Uno de ellos habló.
—Me temo que nos llevaremos un regaño por llegar tan tarde.
Stephen reconoció al instante la voz familiar, más rica y plena ahora de lo que solía ser. «¡Elfride!», susurró para sí mismo, y se aferró a un retoño para estabilizarse bajo la agitación que le causaba su presencia. Su corazón se desvió de su latido; evitó recibir el significado que buscaba.
—Una brisa se levanta de nuevo; ¡cómo susurra el fresno! —dijo Elfride—. ¿No lo oyes? Me pregunto qué hora será.
Stephen soltó el retoño.
—Traeré una luz y te lo diré. Entra en el cenador; el aire está tranquilo allí.
La cadencia de esa voz —su peculiaridad pareció llegarle como la de algunas notas de las aves del norte a su regreso a su clima natal, como algo natural antiguo renovado, aunque no particularmente notado como natural antes de esa renovación.
Entraron en el Belvedere. En la parte inferior estaba formado por madera cerrada clavada en cruz, y tenía aberturas en la parte superior a modo de ventanas.
Se oyó el rasguño de una luz al encenderse, y un brillo intenso irradió desde el interior del edificio. La luz dio nacimiento a sombras de hojas danzantes, sombras de tallos, vetas brillantes, puntos, destellos y hilos de brillo plateado de toda variedad y fugacidad imaginables. Despertó a los mosquitos, que volaron hacia ella, reveló hilos de telaraña brillantes, perturbó a las lombrices. Stephen prestó poca atención a estos fenómenos, y menos tiempo aún. Vio en el cenador una imagen fuertemente iluminada.
Primero, el rostro de su amigo y preceptor Henry Knight, entre quien y él había surgido un distanciamiento, no por causas definidas más allá de las de la ausencia, la edad creciente y las simpatías divergentes.
Luego, su brillante estrella particular, Elfride. El rostro de Elfride era más femenino que cuando se había llamado a sí misma suya, pero tan claro y saludable como siempre. Sus abundantes bucles de hermoso cabello se veían mucho como de costumbre, con la excepción de una ligera modificación en su disposición en deferencia a los cambios de la moda.
Sus dos frentes estaban juntas, casi tocándose, y ambas miraban hacia abajo. Elfride sostenía su reloj, Knight sostenía la luz con una mano, mientras su brazo izquierdo rodeaba la cintura de ella. Parte de la escena llegaba a los ojos de Stephen a través de las barras horizontales de madera, que cruzaban sus formas como las costillas de un esqueleto.
El brazo de Knight se deslizó aún más alrededor de la cintura de Elfride.
—Son las ocho y media —dijo ella en voz baja, la cual tenía una música peculiar, aparentemente nacida de un estremecimiento de placer ante la nueva prueba de que era amada.
La llama disminuyó, se apagó y todo quedó envuelto en una oscuridad con la que la penumbra anterior a la iluminación no tenía comparación en densidad aparente. Stephen, con el espíritu destrozado y el corazón enfermo hasta la médula, se dio la vuelta. Al girarse, vio un contorno sombrío detrás del cenador al otro lado. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad. ¿Era la forma una forma humana, o era un arbusto de enebro opaco?
Los amantes se levantaron, rozaron los durillos y siguieron su camino hacia la casa. La figura indistinta se había movido y ahora cruzaba frente a Smith. Tan completamente envuelta estaba la persona, que era imposible discernir si era él o ella más que como una silueta. La silueta se deslizó silenciosamente.
Stephen dio un paso adelante, temiendo que se intentara algún daño a los otros dos. —¿Quién es usted? —dijo.
—No importa quién soy —respondió un susurro débil desde los pliegues envolventes—. ¡Lo que soy, ojalá lo sea ella! Quizás conocí bien —¡ah, tan bien!— a un joven cuyo lugar tomaste, como él ahora toma el tuyo. ¿Vas a dejar que ella rompa tu corazón y te lleve a una tumba prematura, como hizo con el anterior a ti?
—Usted es la Sra. Jethway, creo. ¿Qué hace aquí? ¿Y por qué habla tan salvajemente?
—Porque mi corazón está desolado y a nadie le importa. ¡Que así lo esté el de ella, que trajo problemas sobre mí!
—¡Silencio! —dijo Stephen, fiel a Elfride a pesar de sí mismo—. ¡Ella no dañaría a nadie intencionadamente, nunca lo haría! ¿Cómo ha venido usted aquí?
—Vi a los dos subir por el sendero y quería saber si ella era una de ellos. ¿Puedo evitar que me desagrade si pienso en el pasado? ¿Puedo evitar vigilarla si recuerdo a mi hijo? ¿Puedo evitar desearle el mal si le deseo el bien a él?
La forma encorvada siguió adelante, pasó por el portillo y fue envuelta por las sombras del campo.
Stephen había oído que la Sra. Jethway, desde la muerte de su hijo, se había convertido en una mujer enloquecida y desolada; y dedicándole un pensamiento compasivo, descartó sus supuestos agravios de su mente, pero no su condena a la infidelidad de Elfride. Eso entró y se mezcló con las sensaciones que su nueva experiencia había engendrado. La historia contada por la pequeña escena que había presenciado corría paralela a la opinión de la infeliz mujer, la cual, por muy infundada que hubiera sido anteriormente, se había vuelto bastante cierta en lo que respectaba a él.
Un peso lento de desesperación, tan distinto de un paroxismo violento como el hambre de un disparo mortal, lo llenó y lo atormentó en cuerpo y alma. El descubrimiento no había sido del todo inesperado, pues a lo largo de su ansiedad de los últimos días desde la noche en el cementerio, se había inclinado a interpretar la incertidumbre de manera desfavorable para sí mismo. Sus esperanzas de lo mejor habían sido solo interrupciones periódicas de un miedo crónico a lo peor.
Un extraño concomitante de su miseria era la singularidad de su forma. Que su rival fuera Knight, a quien una vez había adorado como un hombre rara vez es adorado por otro en los tiempos modernos, y a quien ahora amaba, añadía deprecación al dolor, y cinismo a ambos. Henry Knight, cuyas alabanzas había pregonado tan frecuentemente en sus oídos, de quien ella incluso había estado celosa, no fuera que ella misma disminuyera en el amor de Stephen a causa de él, probablemente la había ganado más fácilmente debido a esas mismas alabanzas que él solo había dejado de pronunciar por orden de ella. Ella lo había gobernado como a una reina en ese asunto, como en todos los demás. Stephen podía notar por su manera, por breve que hubiera sido su observación de ella, y por sus palabras, pocas como eran, que su posición era muy diferente con Knight. Que ella admiraba y adoraba a su nuevo amante desde abajo de su pedestal, era incluso más perceptible que el hecho de que ella hubiera sonreído a Stephen desde una altura superior a él.
La rapidez de la renuncia de Elfride a él era alimento para más tortura. Para un observador imparcial, admitía al menos dos interpretaciones: podría haber procedido de un esfuerzo por ser fiel a su primera elección, hasta que el amante visto superó absolutamente al amante recordado, o de un deseo de no perder su amor hasta estar segura del amor de otro. Pero para Stephen Smith, el motivo involucrado en la última alternativa la hacía insostenible donde Elfride era la actriz.
Reflexionó sobre sus cartas para él, en las que ella nunca había mencionado una sílaba sobre Knight. Es deseable, sin embargo, observar que solo en dos cartas podría haberlo hecho. Una fue escrita aproximadamente una semana antes de la llegada de Knight, cuando, aunque no mencionó su prometida llegada a Stephen, apenas tenía una razón definida en su mente para dejar de hacerlo. En la siguiente sí aludió casualmente a Knight. Pero Stephen había dejado Bombay mucho antes de que esa carta llegara.
Stephen observó la forma negra de la casa contigua, donde recortaba una oscura muesca poligonal en el cielo, y sintió que detestaba aquel lugar. No conocía muchos detalles del asunto, pero no pudo evitar asociar instintivamente la inconstancia de Elfride con el matrimonio de su padre y la presentación de ambos a la sociedad londinense. Cerró la verja de hierro que limitaba el arbusto con la misma ausencia de ruido con la que la había abierto y se adentró en el campo de hierba. Desde allí podía ver la antigua vicaría, la única casa asociada a aquel dulce y agradable tiempo de su amor incipiente por Elfride. Alejándose con tristeza del lugar que ya no era un rincón en el que sus pensamientos pudieran anidarse cuando él estaba lejos, vagó en dirección al pueblo del este para llegar a la casa de su padre antes de que se retiraran a descansar.
El camino más corto hacia la cabaña era atravesando el parque. No se dio prisa. La felicidad a menudo tiene motivos para apresurarse, pero es raro que la desolación necesite forcejear o esforzarse. A veces se detenía bajo las ramas bajas de los árboles, mirando al vacío en el suelo.
Stephen estaba de pie así, apenas menos paralizado en el pensamiento de lo que estaba vacío en su visión, cuando un sonido claro impregnó el aire tranquilo a su alrededor y se extendió mucho más allá. El sonido era el tañido de una campana de la torre de la iglesia de East Endelstow, que se alzaba en una cañada a no más de cuarenta yardas de la mansión de Lord Luxellian, dentro del recinto del parque. Otro tañido saludó a su oído y dio carácter a ambos; luego vino una lenta sucesión de ellos.
—Alguien ha muerto —dijo en voz alta.
Se estaba doblando el toque de difuntos por un habitante de la parroquia oriental.
Un rasgo inusual en el tañido era que no había comenzado de acuerdo con la costumbre en Endelstow y otras parroquias de los alrededores. Ante cada muerte, el sexo y la edad del difunto se anunciaban mediante un sistema de cambios. Tres veces tres tañidos significaban que el difunto era un hombre; tres veces dos, una mujer; dos veces tres, un niño; dos veces dos, una niña. La continuidad regular del tañido sugería que era la reanudación más que el comienzo de un toque, cuya parte inicial Stephen no había estado lo suficientemente cerca como para oír.
La ansiedad momentánea que había sentido con respecto a sus padres se disipó. Los había dejado con perfecta salud y, si alguna enfermedad grave hubiera afectado a cualquiera de ellos, una comunicación le habría llegado antes de esto. Al mismo tiempo, dado que su camino a casa quedaba bajo los tejos del cementerio, decidió echar un vistazo al campanario al pasar y decirle una palabra a Martin Cannister, que estaría allí.
Stephen llegó a la cima de la colina y se sintió inclinado a renunciar a su idea. Su estado de ánimo era tal que hablar con cualquier persona a quien no pudiera desahogarse le resultaría tedioso. Sin embargo, antes de que pudiera llevar a cabo cualquier inclinación, el joven vio entre los árboles una luz brillante, cuyos rayos se irradiaban como agujas a través del triste y plumoso follaje de los tejos. Su dirección provenía del centro del cementerio.
Stephen avanzó mecánicamente. Nunca podría haber un contraste mayor entre dos lugares con el mismo propósito que entre este cementerio y el del pueblo más lejano. Aquí, la hierba estaba cuidadosamente cuidada y formaba prácticamente parte del césped de la casa señorial; flores y arbustos estaban plantados indistintamente por todo el lugar, mientras que las pocas tumbas visibles eran matemáticamente exactas en forma y suavidad, pareciéndose durante el día a barbillas recién afeitadas. No había muro, pues la división entre el Campo de Dios y la propiedad de Lord Luxellian estaba marcada solo por unas pocas piedras cuadradas colocadas en puntos equidistantes. Entre aquellas personas que tienen sentimientos románticos sobre el tema de su última morada, probablemente la mayor parte habría elegido un lugar como este con preferencia a cualquier otro; unos pocos habrían imaginado una restricción en su pulcra limpieza y habrían preferido la salvaje cima de la colina del sitio vecino, con la Naturaleza en su atuendo más descuidado.
Descubrió a continuación que la luz en el cementerio tenía su origen en un punto muy cercano al suelo, y Stephen imaginó que podría provenir de una linterna en el interior de una tumba parcialmente excavada. Pero un acercamiento mayor le mostró que su posición estaba inmediatamente debajo del muro de la nave y dentro de la boca de un arco. Ahora podía oír voces y la verdad de todo el asunto empezó a aclararse. Caminando hacia la abertura, Smith distinguió a su izquierda un montón de tierra y, ante él, un tramo de escalones de piedra que la tierra removida había dejado al descubierto, conduciendo hacia abajo bajo el edificio. Era la entrada a una gran cripta familiar, que se extendía bajo la nave norte.
Stephen nunca la había visto abierta antes y, bajando uno o dos escalones, se inclinó para mirar bajo el arco. La cripta parecía estar abarrotada de ataúdes, a excepción de un espacio central abierto, que necesariamente se había mantenido libre para la entrada y el acceso a los lados, alrededor de tres de los cuales los ataúdes estaban apilados en nichos o compartimentos de piedra.
El lugar estaba bien iluminado con velas pegadas en astillas de madera que estaban sujetas a la pared. Al bajar otro escalón, se pudieron reconocer los habitantes vivos de la cripta. Eran su padre, el maestro albañil, un ayudante, Martin Cannister y dos o tres jornaleros, jóvenes y viejos. Palancas y martillos de obrero estaban esparcidos por todas partes. Todo el grupo, sentado alrededor sobre ataúdes que habían sido retirados de sus lugares, aparentemente para alguna alteración o ampliación de la cripta, estaba comiendo pan y queso y bebiendo cerveza de una taza con dos asas, que se pasaban de uno a otro.
—¿Quién ha muerto? —preguntó Stephen, bajando.
Capítulo XXVI
«A ese último, nada bajo tierra».
Todos los ojos se volvieron hacia la entrada cuando Stephen habló, y la asamblea de aspecto antiguo lo escudriñó con curiosidad.
—¡Vaya, si es nuestro Stephen! —dijo su padre, levantándose de su asiento; y, sin soltar la jarra espumosa de su mano izquierda, balanceó su derecha hacia adelante para un apretón—. Tu madre te está esperando; pensamos que habrías venido antes de que oscureciera. ¿Pero esperarás para irte a casa conmigo? Ya casi he terminado por hoy y me iba directamente.
—Sí, es el maestro Stephy, sin duda. Me alegra volver a verle tan pronto, maestro Smith —dijo Martin Cannister, moderando la alegría expresada en sus palabras con una estricta neutralidad en el semblante, a fin de armonizar el sentimiento tanto como fuera posible con la solemnidad de una cripta familiar.
—Lo mismo digo, Martin; y tú también, William —dijo Stephen, saludando con la cabeza al resto, quienes, teniendo la boca llena de pan y queso, se veían obligados a responder simplemente comprimiendo sus ojos en líneas y arrugas amistosas.
—¿Y quién ha muerto? —repitió Stephen.
—Lady Luxellian, pobre señora, como todos lo seremos —dijo el ayudante—. Sí, y vamos a ampliar la cripta para hacerle sitio.
—¿Cuándo murió?
—Hoy temprano —respondió su padre, con apariencia de volver a un pensamiento crónico—. Sí, esta mañana. Martin ha estado doblando desde entonces, casi. Bueno, era de esperar. Estaba muy lánguida.
—Sí, pobre alma, esta mañana —prosiguió el ayudante, un hombre maravillosamente anciano, cuya piel parecía tan grande para su cuerpo que no lograba mantenerse en su sitio—. Ya debe saber a estas alturas si va a subir o a bajar, pobre mujer.
—¿Qué edad tenía?
—No más de veintiocho o veintinueve a la luz de las velas. ¡Pero, Señor!, a la luz del día tenía cuarenta si es que tenía una hora.
—Sí, la noche o el día marcan una diferencia de veinte años para las damas ricas —observó Martin.
—Tenía treinta y uno en realidad —dijo John Smith—. Me lo dijeron los que saben.
—¡No más que eso!
—Se veía muy mal, pobre señora. En verdad, se podría decir que llevaba años muerta antes de que ella lo admitiera.
—Como decía mi viejo padre, «muerta, pero no quería desplomarse».
—Yo la vi, pobre alma —dijo un jornalero desde detrás de unos ataúdes retirados—, justo el último día de San Valentín, de entre todos los días del mundo. Iba del brazo de mi señor. Me dije a mí mismo: «Estás marcada para el cementerio, mi noble señora, aunque no lo sueñes».
—Supongo que mi señor escribirá a todos los demás señores ungidos de la nación para hacerles saber que la que era, ya no es más.
—Ya está hecho y pasado. Vi salir un fajo de cartas una hora después de la muerte. Qué bordes negros tan maravillosos tenían esas cartas, de media pulgada de ancho, al menos.
—Demasiado —observó Martin—. En resumen, es imposible que un ser humano pueda estar tan afligido como para usar bordes negros de media pulgada de ancho. Estoy seguro de que la gente no siente más que un borde muy estrecho cuando más siente.
—Y hay dos niñas pequeñas, ¿no es así? —dijo Stephen.
—¡Caritas limpias y bonitas!, ahora huérfanas de madre.
—Solían venir a jugar con la señorita Elfride a casa del reverendo Swancourt cuando yo estaba allí —dijo William Worm—. ¡Ah, y tanto que sí! —La última frase fue introducida para añadir la melancolía necesaria a un comentario que, intrínsecamente, difícilmente podría poseer suficiente para la ocasión—. Sí —continuó Worm—, subían corriendo las escaleras, bajaban corriendo; revoloteando por todas partes con ella. La querían mucho. ¡Ah, bueno!
—Más de lo que jamás quisieron a su madre, eso se dice aquí y allá —añadió un jornalero.
—Bueno, ya veis, es natural. Lady Luxellian se mantenía tan distante de ellas, era tan adormilada, que no podían quererla de la manera alegre y compañera que los niños quieren querer a la gente. Solo el invierno pasado vi a la señorita Elfride hablando con mi señora y las dos niñas, y la señorita Elfride les limpió la nariz con tanto cuidado; mi señora ni una sola vez vio que necesitara hacerse; y, naturalmente, los niños se encariñan con las personas que son sus mejores amigos.
—Sea como sea, la mujer está muerta y enterrada, y debemos hacerle sitio —dijo John—. Vamos, muchachos, bebed vuestra cerveza y limpiaremos este rincón, para que todo esté listo para empezar en el muro tan pronto como haya luz mañana.
Stephen preguntó entonces dónde iba a ser enterrada Lady Luxellian.
—Aquí —dijo su padre—. Vamos a retirar este muro y hacer un hueco; y ya tenemos bastante que hacer antes del funeral. Cuando murió la madre de mi señor, dijo: «John, el lugar debe ser ampliado antes de que se pueda poner a otro». Pero nunca esperó que se necesitara tan pronto. Mejor mover primero a Lord George, supongo, ¿Simeon?
Señaló con el pie un pesado ataúd, cubierto con lo que originalmente había sido terciopelo rojo, cuyo color apenas se podía distinguir ahora.
—Lo que usted crea mejor, maestro John —respondió el albañil arrugado—. ¡Ah, pobre Lord George! —continuó, mirando contemplativamente el enorme ataúd—; él y yo fuimos una vez enemigos tan acérrimos como cualquiera pueda serlo cuando uno es un señor y el otro solo un hombre mortal. ¡Pobre hombre! Me ponía la mano sobre el hombro y me maldecía tan familiar y vecinalmente como si hubiera sido un tipo corriente. Sí, me maldecía hacia arriba y hacia abajo; y luego volvía a desvariar, y los ganchos de oro de sus finos dientes nuevos brillaban al sol como grilletes de bronce, mientras yo, siendo un hombre pequeño y pobre, me veía obligado a no decir nada. ¡Qué caballero tan apuesto y alto era también! Sí, a veces me caía bien. Pero de vez en cuando, cuando miraba su imponente estatura, pensaba en mi interior: «¡Qué peso serás, mi señor, para que nuestros brazos bajen bajo la nave de la iglesia de Endelstow algún día!».
—¿Y lo fue? —preguntó un joven jornalero.
—Lo fue. Pesaba quinientas libras si es que pesaba una. Con su plomo, y su roble, y sus asas, y una cosa y otra —aquí el anciano golpeó su mano sobre la cubierta con una fuerza que causó un traqueteo entre los huesos de adentro—, casi me rompió la espalda cuando agarré sus pies para bajarlo por los escalones de allí. «Ah», le dije a John —¿verdad, John?—, «¡que la gloria de un hombre sea tal carga sobre los brazos de otro!». Pero bueno, a veces me caía bien Lord George.
—Es un pensamiento extraño —dijo otro— que mientras todos estén aquí bajo un mismo techo, una acogedora familia unida de Luxellian, en realidad estén dispersos a kilómetros de distancia unos de otros en forma de buenas ovejas y cabras malvadas, ¿no?
—Cierto; es un pensamiento para reflexionar.
—Y que uno, si se ha ido hacia arriba, no sabe lo que está haciendo su esposa, ni más que el hombre de la luna si ella se ha ido hacia abajo. Y que algún desafortunado en el lugar ardiente está gritando a uno afortunado allá en las nubes, y olvidando por completo que sus cuerpos están encerrados juntos todo el tiempo.
—Sí, es un pensamiento para reflexionar también, que yo puedo decir «¡Hola!» cerca del fogoso Lord George y él no puede oírme.
—Y que yo estoy comiendo mi cebolla cerca de la nariz de la delicada Lady Jane, y ella no puede olerme.
—¿Por qué ponen todas sus cabezas hacia el mismo lado? —preguntó un joven.
—Porque es la ley del cementerio, ingenuo. La ley de los vivos es que un hombre debe ser recto y derecho, y la ley de los muertos es que un hombre debe estar al este y al oeste. Cada estado de la sociedad tiene sus leyes.
—Tenemos que romper la ley con algunos de los pobres, sin embargo. Vamos, a trabajar —dijo el maestro albañil.
Y se pusieron a trabajar de nuevo.
El orden de enterramiento podía rastrearse claramente observando la apariencia de los ataúdes mientras yacían apilados alrededor. En aquellos que habían estado allí solo una generación o dos, los adornos aún permanecían. Los de un período anterior mostraban madera desnuda, con algunos trapos andrajosos colgando de ellos. Más antiguos aún, la madera yacía en fragmentos en el suelo del nicho, y el ataúd consistía solo en plomo desnudo; mientras que en el caso de los más antiguos, incluso el plomo se abultaba y se rompía en pedazos, revelando al ojo curioso un montón de polvo en su interior. Los escudos de muchos estaban completamente sueltos y se podían quitar con la mano, sus superficies sin brillo aún mostraban indistintamente el nombre y el título del difunto.
Arriba, las nervaduras y concavidades de los arcos se curvaban en todas direcciones, bajando hacia los muros, donde la altura no era más que suficiente para permitir que una persona estuviera erguida.
El cuerpo de George, el decimocuarto barón, junto con otros dos o tres, todos de fecha más reciente que la gran mayoría de los ataúdes allí apilados, había sido colocado, por falta de espacio, al final de la cripta sobre caballetes, y no en nichos como los otros. Era necesario moverlos para formar detrás de ellos la cámara en la que finalmente serían depositados. Stephen, encontrando el lugar y los procedimientos acordes con los tonos sombríos de su mente, esperó allí todavía.
—Simeon, supongo que recordarás a la pobre Lady Elfride y cómo se escapó con el actor —dijo John Smith, después de un rato—. Creo que ocurrió en la época en que mi padre era sacristán aquí. Veamos, ¿dónde está ella?
—Aquí en alguna parte —respondió Simeon, mirando a su alrededor.
—Vaya, tengo mis brazos alrededor de la mismísima dama en este momento. —Bajó el extremo del ataúd que sostenía, se secó la cara y, arrojando un trozo de madera podrida sobre otro como indicador, continuó—: Ese es su marido allí. Eran tan buena pareja como se podría ver en cualquier lugar de por aquí; y una pareja de buen corazón también. Sí, puedo recordarlo, aunque solo era un niño en ese entonces. Se enamoró de este joven suyo, y sus amonestaciones se leyeron en alguna iglesia de Londres; y el viejo señor, su padre, realmente las oyó leer las tres veces y no notó su nombre, al ser balbuceado junto a una multitud de otros. Cuando se casó, se lo dijo a su padre, y él se enfureció monstruosamente y dijo que no tendría ni un cuarto. Lady Elfride dijo que no pensaba desearlo; si él la perdonaba, era todo lo que pedía, y en cuanto a ganarse la vida, se conformaba con representar obras con su marido. Esto asustó al viejo señor, y les dio una casa para vivir, y un gran jardín, y un par de campos pequeños, y un carruaje, y unas cuantas guineas. Bueno, la pobre murió en su primer parto, y su marido —que era un hombre de corazón tan tierno como el que más y habría muerto por ella— enloqueció y se rompió el corazón (eso se dijo). De cualquier manera, fueron enterrados el mismo día, padre y madre, pero el bebé vivió. Sí, la familia de mi señor trató muy bien a ese hombre entonces y lo puso aquí con su esposa, y allí en el rincón está el hombre ahora. El domingo siguiente hubo un sermón fúnebre: el texto era: «O antes de que se suelte el cordón de plata, o se rompa el cuenco de oro»; y mientras se predicaba, los hombres se pasaron las manos por los ojos varias veces y todas las mujeres lloraron en voz alta.
—¿Y qué fue del bebé? —dijo Stephen, que había oído partes de la historia con frecuencia.
—Fue criada por su abuela, y era una doncella bonita. Y tuvo que escaparse con el cura, el reverendo Swancourt que es ahora. Luego murió su abuela, y el título y todo pasó a otra rama de la familia por completo. El reverendo Swancourt malgastó gran parte del dinero de su esposa, y ella le dejó a la señorita Elfride. Ese truco de escaparse parece heredarse en las familias, como la locura o la gota. Y esas dos mujeres son como dos gotas de agua.
—¿Cuáles dos?
—Lady Elfride y la joven señorita que está viva ahora. El mismo cabello y ojos: pero la madre de la señorita Elfride era mucho más oscura.
—La vida es una burbuja extraña, ya ve —dijo William Worm pensativamente—. Pues si la unción del Señor hubiera descendido sobre las mujeres en lugar de sobre los hombres, la señorita Elfride sería Lord Luxellian, Lady, quiero decir. Pero tal como es, la sangre se ha agotado y ella no es nada para la familia Luxellian por ley, sea lo que sea por evangelio.
—Solía imaginar —dijo Simeon—, cuando veía a la señorita Elfride abrazando a las pequeñas señoritas, que había un parecido; pero supongo que solo fue un sueño mío, pues los años deben haber alterado la antigua forma de la familia.
—Y ahora moveremos a estos dos y a casa —intervino John Smith, reviviendo, como correspondía a un maestro, el espíritu de trabajo, que había mostrado signos inconfundibles de estar casi vencido por el espíritu de charla—. El barril de cerveza que no queremos, dejémoslo aquí hasta mañana; ninguna de las pobres almas lo tocará, creo.
Así terminó el trabajo de la tarde, y el grupo se retiró de la morada de los muertos tranquilos, cerrando la vieja puerta de hierro y haciendo sonar el cerrojo ruidosamente en la enorme grapa de cobre, un acto incongruente de encarcelamiento hacia aquellos que no tenían sueños de escapar.
Quizás existía una tendencia a la inconstancia en su naturaleza; una naturaleza que, para quienes la contemplan desde un punto de vista ajeno a la influencia de esa inconstancia, es la más exquisita de todas por su plasticidad y sus prontas simpatías. En parte, también, el fracaso de Stephen al intentar asegurar su lugar en el corazón de ella de manera permanente se debió a su hábito demasiado tímido de menospreciarse ante ella; una peculiaridad que, ejercida frente a hombres sensatos, despierta una amable nota de apego que una marcada asertividad dejaría intacta, pero que inevitablemente lleva a la mujer más sensata del mundo a desvalorizar a quien la practica. En cuanto el hombre deja de imponerse, la mujer empieza a menospreciarlo; siendo el hecho, trillado pero no por ello menos lamentable, que la criatura más gentil rara vez tiene la capacidad de apreciar un trato justo por parte de su complemento natural. La percepción constante de la posición de los padres de Stephen tuvo, por supuesto, algo que ver con la renuncia de Elfride. Para tales jóvenes, la pobreza tal vez no sea, como para las masas más mundanas de la humanidad, un pecado en sí mismo; pero lo es, porque los modales gráciles y refinados rara vez existen en tal atmósfera. Pocas mujeres de antigua alcurnia pueden comprender plenamente que un alma noble puede vestir una blusa de trabajo, y un hombre admitidamente común con ella no es más que un gusano ante sus ojos. Las manos y ropas ásperas de John Smith, el dialecto de su madre, la estrechez necesaria de sus vidas, al estar constantemente bajo la observación de Elfride, no dejaron de ejercer su influencia desviadora.
Al llegar a casa tras la peligrosa aventura junto a la orilla del mar, Knight se había sentido indispuesto y se retiró casi de inmediato. La joven que le había asistido tan materialmente hizo lo mismo, pero reapareció, correctamente vestida, alrededor de las cinco. Vagó inquietamente por la casa, pero no a causa de su mutua y estrecha escapatoria de la muerte. La tormenta que había desgarrado el árbol simplemente había inclinado el junco, y con la liberación de Knight, todo pensamiento profundo sobre el accidente la había abandonado. La confesión mutua que había sido el medio de precipitarlo ocupaba un espacio mucho mayor en sus meditaciones.
La inquietud de Elfride ahora se debía a esa miserable promesa de encontrarse con Stephen, que regresaba como un espectro una y otra vez. La percepción de su pequeñez al lado de Knight crecía en ella de manera alarmante. Ahora pensaba cuán sensato había sido el consejo de su padre de dejarlo, y estaba tan apasionadamente deseosa de seguirlo como hasta entonces se había mostrado reacia. Quizás no haya nada que endurezca más el tono de las mentes jóvenes que descubrir así cómo sus deseos más queridos y fuertes se sintonizan gradualmente por el Tiempo, ese cínico, a la misma nota de alguna política egoísta que en días anteriores despreciaban.
Llegó la hora de la cita, y con ella una crisis; y con la crisis, un colapso.
—Que Dios me perdone, ¡no puedo reunirme con Stephen! —exclamó para sí misma—. ¡No lo quiero menos, pero quiero más al señor Knight!
Sí: se salvaría de un hombre que no era adecuado para ella, a pesar de sus votos. Obedecería a su padre y no tendría más trato con Stephen Smith. Así, la resolución voluble mostraba signos de asumir la apariencia de una virtud.
Los días siguientes transcurrieron sin ninguna confesión definitiva de los labios de Knight. Los paseos solitarios y las escenas como la presenciada por Smith en la glorieta fueron frecuentes, pero él la cortejaba de manera tan intangible que, para cualquiera que no tuviera una percepción tan delicada como la de Elfride, no habría parecido cortejo alguno. El tiempo realmente empezó a ser dulce para ella. Descartó la sensación de pecado en sus acciones pasadas y fue automática en la embriaguez del momento. El hecho de que Knight no hiciera una declaración real no era un inconveniente. Sabiendo, desde la traición de sus sentimientos, que el amor por ella realmente existía, lo prefirió por el momento en su forma esencial, y estuvo dispuesta a evitar por un tiempo el medio más grosero de las palabras. Habiendo sido forzados sus sentimientos a una demostración un tanto prematura, ambos se entregaron a una reacción.
Pero apenas se hubo liberado de su conciencia turbada en el asunto de la infidelidad, una nueva ansiedad la enfrentó. Era el temor de que Knight se encontrara accidentalmente con Stephen en la parroquia, y que ella misma fuera el tema de conversación.
Elfride, al conocer a Knight más a fondo, percibió que, lejos de tener noción de la precedencia de Stephen, no tenía idea de que ella hubiera sido cortejada antes por nadie. En ocasiones ordinarias, ella tenía una lengua tan franca como para mostrar toda su mente, y una mente tan directa como para revelar su corazón hasta su santuario más íntimo. Pero el tiempo para un cambio había llegado. Ella nunca aludió siquiera a conocer al amigo de Knight. Cuando las mujeres son secretas, son realmente secretas; y las más de las veces, solo comienzan a serlo con la llegada de un segundo amante.
La fuga era ahora un espectro peor que el primero y, como el Espíritu en Glenfinlas, crecía más alto con cada intento de conjurarlo. Su honestidad natural la invitaba a confiar en Knight y confiar en su generosidad para obtener el perdón: sabía también que, como mera política, sería mejor contárselo pronto si es que se le iba a contar. Cuanto más se prolongara su ocultamiento, más difícil sería la revelación. Pero lo postergó. El miedo intenso que acompaña al amor intenso en las mujeres jóvenes era demasiado fuerte para permitir el ejercicio de una cualidad moral antagónica a sí misma:
"Donde el amor es grande, las dudas más pequeñas son miedo; Donde los pequeños miedos crecen grandes, el gran amor crece allí."
El enlace era visto como un hecho por su padre y su madre. El vicario recordó su promesa de revelar el significado del telegrama que ella había recibido y, dos días después de la escena en la glorieta, le preguntó directamente. Ella fue franca con él ahora.
—He estado carteándome con Stephen Smith desde que se fue de Inglaterra, hasta hace poco —dijo con calma.
—¡Qué! —exclamó el vicario, horrorizado—; ¿bajo la mirada del señor Knight, además?
—No; cuando descubrí que me importaba más el señor Knight, le obedecí a usted.
—Fuiste muy amable, estoy seguro. ¿Cuándo empezaste a sentir afecto por el señor Knight?
—No veo que esa sea una pregunta pertinente, papá; el telegrama era del agente naviero y no fue enviado a petición mía. Anunciaba la llegada del barco que lo traía a casa.
—¡A casa! ¿Cómo? ¿Está aquí?
—Sí; en el pueblo, creo.
—¿Ha intentado verte?
—Solo por medios honestos. Pero no me interrogue más, papá. Es una tortura.
—Solo diré una palabra más —respondió él—. ¿Te has reunido con él?
—No lo he hecho. Puedo asegurarle que en este momento no hay más entendimiento entre mí y el joven que a usted tanto le desagradaba que entre él y usted. Me dijo que lo olvidara; y lo he olvidado.
—Oh, bueno; aunque no me obedeciste al principio, eres una buena chica, Elfride, al obedecerme al fin.
—No me llame "buena", papá —dijo ella con amargura—; usted no sabe, y cuanto menos se diga sobre ciertas cosas, mejor. Recuerde, el señor Knight no sabe nada del otro. Oh, ¡qué mal está todo! No sé a dónde voy a parar.
—Tal como están las cosas, yo estaría inclinado a decírselo; o, al menos, no me alarmaría por si se entera. Él descubrió el otro día que esta es la parroquia donde vive el padre del joven Smith; ¿qué te pone tan nerviosa?
—No puedo decirlo; pero prométame, ¡le ruego que no se lo deje saber! ¡Sería mi ruina!
—Bah, niña. Knight es un buen tipo y un hombre inteligente; pero, al mismo tiempo, no escapa a mi percepción que no es un gran partido para ti. Los hombres de su modo de pensar no son nada del otro mundo como maridos. Si hubieras elegido esperar, podrías haberte casado con un hombre mucho más rico. Pero recuerda, no tengo una palabra que decir en contra de que estés con él, si te gusta. Charlotte está encantada, como sabes.
—Bueno, papá —dijo ella, sonriendo con esperanza a través de un suspiro—, es agradable sentir que al ceder, al sentir afecto por él, he complacido a mi familia. Pero no soy buena; oh no, ¡estoy muy lejos de eso!
—Ninguno de nosotros es bueno, lamento decir —dijo su padre con suavidad—; pero las jóvenes tienen un derecho consagrado a cambiar de opinión, ya sabes. Ha sido reconocido por los poetas desde tiempos inmemoriales. Catulo dice: "Mulier cupido quod dicit amanti, in vento..." ¡Qué memoria la mía! Sin embargo, el pasaje es que las palabras de una mujer a un amante están, como es natural, escritas solo en el viento y el agua. Ahora no te preocupes por eso, Elfride.
—¡Ah, usted no sabe!
Habían estado parados en el césped, y Knight fue visto ahora demorándose un poco más allá en un camino sinuoso. Cuando Elfride se encontró con él, fue con una ligereza de corazón mucho mayor; las cosas eran más sencillas ahora. La responsabilidad de su inconstancia parecía trasladada en parte de sus propios hombros a los de su padre. Aun así, había sombras.
"¡Ah, si él hubiera sabido hasta dónde llegué con Stephen y aun así hubiera dicho lo mismo, qué mucho más feliz sería!" Ese era su pensamiento predominante.
Por la tarde, los amantes salieron juntos a caballo durante una o dos horas; y aunque no deseaban ser observados, debido a la reciente muerte de Lady Luxellian, cuyo funeral había tenido lugar muy privadamente el día anterior, consideraron necesario pasar por la iglesia de East Endelstow.
Los escalones hacia la cripta, como se ha dicho, estaban en el exterior del edificio, inmediatamente bajo el muro de la nave lateral. Estando a caballo, tanto Knight como Elfride podían pasar por encima de los arbustos que protegían el cementerio.
—Mira, la cripta parece estar todavía abierta —dijo Knight.
—Sí, está abierta —respondió ella.
—¿Quién es ese hombre cerca de ella? ¿El albañil, supongo?
—Sí.
—Me pregunto si será John Smith, el padre de Stephen.
—Creo que lo es —dijo Elfride, con aprensión.
—Ah, ¿y puede ser? Me gustaría preguntar cómo le va a su hijo, mi pupilo fugitivo. Y, según la descripción de la cripta que hizo tu padre, el interior debe ser interesante. Supongamos que entramos.
—¿Cree que será mejor? ¿No estará allí Lord Luxellian?
—No es en absoluto probable.
Elfride accedió entonces, ya que no podía hacer otra cosa. Su corazón, que al principio se había acobardado por la consternación, se recuperó cuando consideró el carácter de John Smith. Un hombre tranquilo y sencillo, estaría seguro de actuar hacia ella como antes de aquellos pasajes amorosos con su hijo, que podrían haber dado aires a un mecánico más pretencioso. Así que, sin mucha alarma, tomó el brazo de Knight después de desmontar y fue con él entre y sobre las tumbas. El maestro albañil la reconoció al acercarse y, como de costumbre, se quitó el sombrero respetuosamente.
—Sé que usted es el señor Smith, el padre de mi antiguo amigo Stephen —dijo Knight, tan pronto como hubo escaneado las facciones bronceadas y sonrosadas de John.
—Sí, señor, creo que lo soy.
—¿Cómo está su hijo ahora? Solo he tenido noticias de él una vez desde que se fue a la India. Me imagino que le habrá oído hablar de mí: el señor Knight, que llegó a conocerlo hace algunos años en Exonbury.
—Ay, eso sí. Stephen está muy bien, gracias, señor, y está en Inglaterra; de hecho, está en casa. En resumen, señor, está abajo en la cripta, observando los ataúdes de los difuntos.
El corazón de Elfride revoloteó como una mariposa.
Knight parecía asombrado. —Bueno, eso es extraordinario —murmuró—. ¿Sabía él que yo estaba en la parroquia?
—Realmente no sabría decir, señor —dijo John, deseando estar fuera del enredo que sospechaba más de lo que comprendía por completo.
—¿Se consideraría una intrusión por parte de la familia si bajáramos a la cripta?
—Oh, bendito sea, no, señor; montones de gente ha estado bajando. Se deja abierta a propósito.
—Bajaremos, Elfride.
—Me temo que el aire es pesado —dijo ella apelando.
—Oh no, señora —dijo John—. Encalamos las paredes y arcos el día que se abrió, como siempre hacemos, y otra vez en la mañana del funeral; el lugar es tan fresco como un granero.
—Entonces me gustaría que me acompañaras, Elfie; habiendo también provenido originalmente de la familia.
—No me gusta ir donde la muerte está tan enfáticamente presente. Me quedaré junto a los caballos mientras usted entra; podrían soltarse.
—¡Qué tontería! No tenía idea de que tus sentimientos estuvieran formados tan frágilmente como para ser perturbados por unos pocos restos de mortalidad; pero quédate fuera, si tienes tanto miedo, desde luego.
—Oh no, no tengo miedo; no diga eso.
Ella se aferró miserablemente al brazo de él, pensando que, quizás, la revelación podría llegar tan bien de inmediato como diez minutos después, pues Stephen seguramente acompañaría a su amigo hasta su caballo.
Al principio, la penumbra de la cripta, que estaba iluminada solo por un par de velas, era demasiado grande para permitirles ver algo con claridad; pero al avanzar más, Knight distinguió, frente a las masas negras que bordeaban las paredes, a un joven de pie, escribiendo en una libreta.
Knight dijo una palabra: —¡Stephen!
Stephen Smith, al no estar en tan absoluta ignorancia del paradero de Knight como lo había estado Knight del de Smith, reconoció instantáneamente a su amigo y supo de memoria los contornos de la hermosa mujer que estaba detrás de él.
Stephen se adelantó y le estrechó la mano, sin hablar.
—¿Por qué no has escrito, muchacho? —dijo Knight, sin señalar de ninguna manera la presencia de Elfride a Stephen. Para el ensayista, Smith seguía siendo el chico de campo a quien había patrocinado y cuidado; uno a quien la presentación formal de una dama comprometida con él mismo le habría parecido incongruente y absurda.
—¿Por qué no me has escrito tú? —dijo Stephen.
—Ah, sí. ¿Por qué no lo he hecho? ¿Por qué no lo hemos hecho? Esa es siempre la pregunta que no podemos responder claramente sin una insatisfactoria sensación de nuestras insuficiencias. Sin embargo, no te he olvidado, Smith. Y ahora nos hemos encontrado; y debemos encontrarnos de nuevo, y tener una charla más larga de lo que esta puede ser cómodamente. Debo saber todo lo que has estado haciendo. Que has prosperado, lo sé, y debes enseñarme el camino.
Elfride permaneció en un segundo plano. Stephen había leído la situación de un vistazo e inmediatamente supuso que ella nunca había mencionado su nombre a Knight. Su tacto para evitar catástrofes era la cualidad principal que lo hacía intelectualmente respetable, cualidad en la que superaba con creces a Knight; y decidió que, de ser posible, se intentaría un desenlace tranquilo del encuentro, sin atormentar los sentimientos ni de Knight ni de Elfride. Su viejo sentido de gratitud hacia Knight nunca lo había abandonado del todo; su amor por Elfride era generoso ahora.
En la medida en que se atrevió a mirar sus movimientos, vio que el comportamiento de ella hacia él estaría dictado por el suyo hacia ella; y si él actuaba como un extraño, ella haría lo mismo como medio de liberación. Favoreciendo las circunstancias este curso, también era deseable ser un tanto reservado hacia Knight, para acortar la reunión tanto como fuera posible.
—Me temo que mi tiempo es casi demasiado corto para permitir incluso tal placer —dijo—. Me voy de aquí mañana. Y hasta que parta hacia el continente y la India, que será en quince días, apenas tendré un momento libre.
La decepción y las miradas insatisfechas de Knight ante esta respuesta enviaron una punzada a través de Stephen tan grande como cualquiera que hubiera sentido al ver a Elfride. Las palabras sobre la brevedad del tiempo eran literalmente ciertas, pero su tono estaba lejos de serlo. Se habría sentido gratificado de hablar con Knight como en los viejos tiempos, y veía como una pérdida total para sí mismo que, para salvar a la mujer que no sentía nada por él, estaba deliberadamente desechando a su amigo.
—Oh, lamento oír eso —dijo Knight, con un tono cambiado—. Pero, por supuesto, si tienes asuntos importantes que atender, no deben ser descuidados. Y si esta ha de ser nuestra primera y última reunión, ¡déjame decirte que te deseo éxito con todo mi corazón! —El entusiasmo de Knight revivió hacia el final; las impresiones solemnes que estaba empezando a recibir de la escena a su alrededor abstraían de su corazón como una puerilidad cualquier molestia momentánea por las palabras—. Es un lugar extraño para que nos encontremos —continuó, mirando alrededor de la cripta.
Stephen asintió brevemente, y hubo un silencio. Los ataúdes ennegrecidos se revelaban ahora con más claridad que al principio, las paredes y arcos blanqueados proyectándolos en un fuerte relieve. Era una escena que fue recordada por los tres como una marca indeleble en su historia. Knight, con una cara abstraída, estaba de pie entre sus compañeros, aunque un poco por delante de ellos, Elfride a su derecha y Stephen Smith a su izquierda. La luz blanca del día a su lado derecho brillaba débilmente y se tornaba azulada por contraste con los rayos amarillos de la vela contra la pared. Elfride, encogiéndose tímidamente y más cerca de la entrada, recibía la mayor parte de la luz, mientras que Stephen estaba completamente bajo la luz de las velas, y para él el punto del cielo exterior visible sobre los escalones era como un parche azul acerado, y nada más.
—He estado aquí dos o tres veces desde que se abrió —dijo Stephen—. Mi padre estaba ocupado en el trabajo, ya sabe.
—Sí. ¿Qué estás haciendo? —preguntó Knight, mirando la libreta y el lápiz que Stephen tenía en la mano.
—He estado dibujando algunos detalles en la iglesia, y desde entonces he estado copiando los nombres de algunos de los ataúdes aquí. Antes de salir de Inglaterra solía hacer mucho de este tipo de cosas.
—Sí; por supuesto. Ah, esa es la pobre Lady Luxellian, supongo —Knight señaló un ataúd de madera de satén claro, que estaba sobre los durmientes de piedra en el nuevo nicho—. Y el resto de la familia está de este lado. ¿Quiénes son esos dos, tan cómodos y juntos?
La voz de Stephen se alteró ligeramente al responder: —Esa es Lady Elfride Kingsmore, nacida Luxellian, y ese es Arthur, su esposo. He oído decir a mi padre que ellos... él... se fugó con ella y se casó contra el deseo de sus padres.
—Entonces imagino que es de aquí de donde sacó su nombre de pila, señorita Swancourt —dijo Knight, volviéndose hacia ella—. ¿Creo que me dijo que fue hace tres o cuatro generaciones cuando su familia se separó de los Luxellian?
—Ella era mi abuela —dijo Elfride, esforzándose en vano por humedecer sus labios secos antes de hablar. Elfride tenía entonces la mirada arrepentida de la Magdalena de Guido, reproducida sobre una forma más infantil. Mantuvo su rostro parcialmente alejado de Knight y Stephen, y fijó sus ojos en el cielo visible afuera, como si su salvación dependiera de alcanzarlo rápidamente. Su mano izquierda descansaba ligeramente dentro del brazo de Knight, medio retirada, por un sentido de vergüenza al reclamarlo frente a su antiguo amante, pero sin querer renunciar a él; de modo que su guante apenas rozaba su manga. "¿Puede uno ser perdonado y conservar la ofensa?", se preguntó entonces el corazón de Elfride.
La conversación parecía no tener poder autosustentable y continuó en forma de comentarios inconexos. —La mente de uno se llena de pensamientos mientras se está tan solemnemente aquí —dijo Knight, con una voz medida y tranquila—. ¡Cuánto se ha dicho sobre la muerte de vez en cuando! ¡Cuánto podemos nosotros mismos pensar en ella! Podemos imaginar a cada uno de los que yacen aquí diciendo:
"Pues Tú, para hacer mayor mi caída, me levantaste a lo alto."
¿Qué sigue, Elfride? Es el Salmo ciento dos en el que estoy pensando.
—Sí, lo sé —murmuró ella, y continuó con una voz aún más baja, pareciendo temer que cualquier palabra del lado emocional de su naturaleza llegara a Stephen:
"Mis días, que se apresuran hacia su fin, son como una sombra al atardecer; mi belleza se desvanece, como la hierba marchita, con un lustre que mengua."
—Bueno —dijo Knight pensativo—, dejémoslos. Tales ocasiones como estas parecen obligarnos a vagar fuera de nosotros mismos, lejos del frágil marco en el que vivimos, y a expandirnos hasta que nuestra percepción se vuelve tan vasta que nuestra realidad física no guarda proporción alguna con ella. Miramos hacia atrás al tallo débil y diminuto del que depende este crecimiento exuberante, y preguntamos: ¿Es posible que tal capacidad tenga un fundamento tan pequeño? ¿Debo regresar de nuevo a mi paseo diario en esa celda estrecha, un cuerpo humano, donde los pensamientos mundanos pueden torturarme? ¿No lo hacemos?
[FIN DE LA TRADUCCIÓN]
—Sí —dijeron Stephen y Elfride.
—Uno tiene, además, la sensación de que es injusto que una amplitud tan capaz de apreciación como la que posee un ser sintiente deba quedar confinada en el frágil cofre de un cuerpo. ¿Qué es lo que debilita tanto las intenciones de uno respecto al futuro como el pensamiento de esto?... Sin embargo, afinemos nuestros espíritus en un tono más alegre, pues todavía queda mucho por hacer por parte de todos nosotros.
Mientras Knight se dirigía así a sus jóvenes compañeros, ajeno al engaño practicado, por diferentes razones, por los corazones escindidos a su lado, y de las escenas que en días anteriores los habían unido, cada uno sintió que él y ella no salían ganando en comparación con su reflexivo mentor. Físicamente no tan apuesto como el joven arquitecto o la hija del vicario, la meticulosidad e integridad de Knight iluminaban sus rasgos con una dignidad de la que ni siquiera había rastro en los otros dos. Es difícil establecer reglas que se apliquen a ambos sexos, y Elfride, una joven aún sin formar, tal vez difícilmente deba ser cargada con las responsabilidades morales que se le atribuyen a un hombre en circunstancias similares. El encanto de la mujer, además, reside en parte en su sutileza en los asuntos del amor. Pero si la honestidad es una virtud en sí misma, Elfride, al carecer de ella en este momento, parecía, siendo como era, apenas lo suficientemente buena para Knight. Stephen, aunque engañoso sin un propósito indigno, era, después de todo, engañoso; y cualesquiera que sean los buenos resultados que favorezcan tal estrategia si tiene éxito, rara vez atrae admiración, especialmente cuando fracasa.
En una ocasión ordinaria, si Knight hubiera estado incluso a solas con Stephen, difícilmente habría aludido a su posible relación con Elfride. Pero, movido por las circunstancias concurrentes, Knight se sintió impulsado a ser confidencial.
—Stephen —dijo—, esta dama es la señorita Swancourt. Me estoy quedando en casa de su padre, como probablemente sepas. —Dio unos pasos más cerca de Smith y dijo en un tono más bajo—: Bien podría decirte que estamos comprometidos para casarnos.
Por bajas que hubieran sido las palabras, Elfride las había escuchado y aguardó la respuesta de Stephen en un silencio sofocante, si es que se podía llamar silencio a aquello donde el vestido de Elfride, ante cada latido de su corazón, se sacudía e indicaba su agitación como un termómetro de pulso, rozando también contra la pared en respuesta al mismo palpitar. El rayo de luz diurna que llegaba a su rostro le prestaba una palidez azulada en comparación con los de los otros dos.
—Le felicito —susurró Stephen; y dijo en voz alta—: Conozco a la señorita Swancourt... un poco. Debe recordar que mi padre es feligrés del señor Swancourt.
—Pensé que posiblemente no habrías vivido en casa desde que ellos están aquí.
—Ciertamente, nunca he vivido en casa desde entonces.
—He visto al señor Smith —balbuceó Elfride.
—Bueno, no hay excusa para mí. Como desconocidos entre sí, supongo que debería haberlos presentado; como conocidos, no debería haberme interpuesto tan persistentemente entre ustedes. Pero el hecho es, Smith, que me pareces un chico, incluso ahora.
Stephen parecía tener una conciencia más que anterior de la intensa crueldad de su destino en el momento presente. No pudo reprimir las palabras, pronunciadas con una oscura amargura:
—Debería haber dicho que todavía me parezco al hijo del mecánico rural que soy, y por tanto, un sujeto inadecuado para la ceremonia de las presentaciones.
—¡Oh, no, no! No permitiré eso. —Knight se esforzó por dar a su respuesta un tono risueño a los oídos de Elfride, y uno de seriedad a los de Stephen: en ambos esfuerzos fracasó estrepitosamente y produjo un discurso forzado que no fue agradable para ninguno—. Bueno, salgamos al aire libre de nuevo; señorita Swancourt, usted está particularmente silenciosa. No debe hacer caso a Smith. Le conozco desde hace años, como le he dicho.
—Sí, así es —dijo ella.
—¡Pensar que nunca ha mencionado que me conocía! —murmuró Smith, y pensó con cierto remordimiento cuánto se parecía la conducta de ella a la suya propia cuando llegó por primera vez a su casa como un extraño al lugar.
Ascendieron a la luz del día; Knight no prestó más atención al comportamiento de Elfride, que, como de costumbre, atribuyó a la timidez natural de una joven al ser descubierta paseando con él en términos que no dejaban muchas dudas sobre su significado. Elfride se adelantó un poco y atravesó el cementerio.
—Has cambiado considerablemente, Smith —dijo Knight—, y supongo que no es más de lo que cabía esperar. Sin embargo, no imagines que sentiré menos interés por ti y por tu fortuna siempre que desees confiármelos. No he olvidado el afecto del que hablaste como tu razón para irte a la India. Una joven londinense, ¿no era así? Espero que todo prospere.
—No: el compromiso se ha roto.
Como siempre es difícil saber si expresar tristeza o alegría en tales circunstancias —todo depende del carácter del compromiso—, Knight se refugió en las seguras palabras: —Confío en que haya sido para mejor.
—Espero que lo haya sido. Pero le ruego que no me presione más: no, usted no me ha presionado —no me refiero a eso—, pero preferiría no hablar sobre el tema.
Las palabras de Stephen fueron apresuradas.
Knight no dijo nada más y siguieron los pasos de Elfride, quien aún mantenía cierta distancia por delante y no había escuchado la alusión inconsciente de Knight hacia ella. Stephen se despidió de él en la puerta del cementerio sin salir fuera, y observó mientras él y su novia montaban en sus caballos.
—Cielos, Elfride —exclamó Knight—, ¡qué pálida estás! Supongo que no debería haberte llevado a esa cripta. ¿Qué te sucede?
—Nada —dijo Elfride débilmente—. Estaré bien en un momento. Todo era tan extraño e inesperado allí abajo que me hizo sentir mal.
—Me pareció que hablaste muy poco. ¿Quieres que busque agua?
—No, no.
—¿Crees que es seguro que montes?
—Completamente; de verdad que lo es —dijo ella, con una mirada de súplica.
—¡Bien, pues arriba! —susurró Knight, y la subió tiernamente a la silla.
Su antiguo amante seguía observando la escena mientras se apoyaba en la verja a una docena de yardas de distancia. Una vez en la silla, y tras haber agarrado firmemente las riendas, ella giró la cabeza como por una fascinación irresistible y, por primera vez desde aquella memorable despedida en el páramo a las afueras de St. Launce’s tras el apasionado intento de matrimonio con él, Elfride miró a la cara al joven al que había amado primero. Él era el joven que la había llamado muchas veces su esposa inseparable, y al que ella incluso se había dirigido como su marido. Sus ojos se encontraron. La medida de la vida debería ser proporcional a la intensidad de la experiencia más que a su duración real. Su mirada, aunque solo fuera un momento cronológicamente, fue toda una época en su historia. Para Elfride, la intensa agonía de reproche en los ojos de Stephen fue un clavo que atravesaba su corazón con una letalidad que ninguna palabra puede describir. Con un esfuerzo espasmódico retiró la vista, azuzó al caballo y, en el caos de recuerdos perturbados, fue ajena a cualquier presencia a su lado. El acto de engaño estaba completo.
Al ganar un montículo en el que el parque se transformaba en bosque y espesura, Knight se acercó aún más a ella y dijo: —¿Te sientes mejor ahora, querida?
—Oh, sí. —Se presionó una mano contra los ojos, como para borrar la imagen de Stephen. Un vivo punto escarlata brillaba ahora con luminosidad sobrenatural en el centro de cada mejilla, dejando el resto de su rostro blanco como un lirio, tal como antes.
—Elfride —dijo Knight, más bien en su viejo tono de mentor—, sabes que no te regaño ni por un momento, pero ¿no hay una gran dosis de debilidad poco femenina en permitirte estar tan abrumada por la visión de lo que, después de todo, no es ninguna novedad? Toda mujer digna de tal nombre debería, creo, ser capaz de contemplar la muerte con algo parecido a la compostura. ¿Seguro que tú también lo piensas?
—Sí; lo reconozco.
Su torpeza ante la causa de la indisposición de ella, al evidenciar su total falta de sospecha de cualquier cosa oculta entre bastidores, mostraba cuán incapaz era el propio Knight de engañar, más que cualquier falta inherente de perspicacia respecto a la naturaleza humana. Esto, percibido claramente por Elfride, añadió crudeza a su autorreproche, y ella lo idolatraba aún más debido a su diferencia. Incluso la reciente visión del rostro de Stephen y el sonido de su voz, que por un momento habían tocado una o dos fibras de antiguo cariño, fueron incapaces de sofocar la adoración que volvía a existir ahora que él estaba de nuevo fuera de su vista.
Ella había respondido a la pregunta de Knight con premura, y enseguida pasó a hablar de temas indiferentes. Después de llegar a casa, estuvo apartada de él hasta la hora de la cena. Cuando la cena terminó y observaban el crepúsculo en el salón, Knight salió a la terraza. Elfride fue tras él con mucha decisión, impulsada por una intención virtuosa.
—Señor Knight, quiero contarle algo —dijo ella, con firmeza tranquila.
—¿Y de qué se trata? —respondió alegremente su amante—. De felicidad, espero. No dejes que nada te mantenga tan triste como pareces haber estado hoy.
—No puedo mencionar el asunto hasta que le cuente toda la sustancia del mismo —dijo ella—. Y eso lo haré mañana. Me he acordado de ello hoy. Es sobre algo que hice una vez y no creo que debiera haber hecho.
Esto, hay que decirlo, era una forma bastante leve de referirse a una pasión frenética y una huida que, mucho o poco en sí misma, solo el accidente había salvado de ser un escándalo ante los ojos del público.
Knight pensó que el asunto era una trivialidad y dijo amablemente:
—¿Entonces no voy a escuchar la terrible confesión ahora?
—No, no ahora. No pretendía que fuera esta noche —respondió Elfride, con un ligero descenso en la firmeza de su voz—. No es algo ligero como usted piensa; me preocupa mucho. —Temiendo ahora el efecto de su propia seriedad, añadió forzadamente—: Aunque, tal vez, usted pueda pensar que es ligero después de todo.
—Pero no has dicho cuándo será.
—Mañana por la mañana. Ponga una hora, ¿quiere?, y oblígeme a ello. Quiero que usted fije una hora porque soy débil y, de lo contrario, podría intentar escabullirme. —Añadió una pequeña risa artificial, que mostraba lo temerosa que era aún su resolución.
—Bueno, digamos después del desayuno, a las once.
—Sí, a las once. Se lo prometo. Oblígeme estrictamente a cumplir mi palabra.
Capítulo XXVIII
«Calmo un capricho, atormentado por las penas.»
—Señorita Swancourt, son las once.
Ella estaba mirando por la ventana de su vestidor en el primer piso, y Knight la observaba desde la balaustrada de la terraza, sobre la cual había estado sentado ociosamente durante algún tiempo, dividiendo las miradas de sus ojos entre las páginas de un libro que tenía en la mano, los tonos brillantes de los geranios y las calceolarias, y la ventana abierta mencionada anteriormente.
—Sí, lo sé. Ya voy.
Él se acercó y se situó bajo la ventana.
—¿Cómo estás esta mañana, Elfride? No pareces haberte recuperado de tu largo descanso nocturno.
Ella apareció en la puerta poco después, tomó el brazo que él le ofrecía y juntos caminaron lentamente por el sendero de grava que conducía al río y se alejaba bajo los árboles.
Su resolución, sostenida durante las últimas quince horas, había sido decir toda la verdad, y ahora había llegado el momento.
Avanzaron paso a paso, y ella seguía sin hablar. Estaban casi al final del camino cuando Knight rompió el silencio.
—Bueno, ¿cuál es la confesión, Elfride?
Ella hizo una pausa un momento, respiró hondo; y esto es lo que dijo:
—Le dije un día —o más bien le di a entender— lo que no era cierto. Imagino que usted creyó que quería decir que cumpliría diecinueve en mi próximo cumpleaños, pero fue en el último cuando cumplí diecinueve.
El momento había sido demasiado para ella. Ahora que la crisis había llegado, ningún remordimiento de conciencia, ningún amor por la honestidad, ningún anhelo de hacer una confidencia y obtener el perdón con un beso, podía impulsar a Elfride a la aventura. Su temor a que él fuera implacable se vio intensificado por el pensamiento del artificio de ayer, que posiblemente podría añadir disgusto a su decepción. La certeza de un día más de afecto, que ganaba con el silencio, superaba la esperanza de una perpetuidad combinada con el riesgo de perderlo todo.
La inquietud causada por estos pensamientos sobre lo que había pretendido decir sacudió tan naturalmente las palabras que efectivamente dijo, que Knight nunca sospechó ni por un momento que fueran una sustitución de último minuto. Sonrió y presionó la mano de ella con calidez.
—Mi querida Elfie —sí, lo eres ahora—, no protestes; ¡qué mujercita tan encantadora eres, al ser tan absurdamente escrupulosa por una mera iota! En realidad, ni una sola vez he pensado si tu decimonoveno año fue el último o el presente. Y, por Jorge, bien podría no haberlo hecho; pues no estaría bien que un tipo formal una docena de años mayor se detuviera en tal nadería.
—¡No me elogie, no me elogie! Aunque lo valoro viniendo de sus labios, no lo merezco ahora.
Pero Knight, al estar en un estado de ánimo excepcionalmente jovial, simplemente vio esta penosa exclamación como modestia. —Bueno —añadió, después de un minuto—, me gustas aún más, sabes, por tal precisión moral, aunque la llamara absurda. —Continuó con tierna seriedad—: Porque, Elfride, hay una cosa que sí me encanta ver en una mujer: un alma veraz y clara como la luz del cielo. Podría soportar cualquier cosa si tuviera eso, y no perdonaría nada si no lo tuviera. Elfride, tú tienes esa alma, si es que alguna mujer la ha tenido; y teniéndola, consérvala, y no escuches nunca las teorías de moda del día sobre los privilegios de la mujer y su derecho natural a practicar astucias. Confía en ello, mi querida chica, que una mujer noble debe ser tan honesta como un hombre noble. Me refiero especialmente por honestidad a la justicia, no solo en los asuntos de negocios y detalles sociales, sino en todos los tratos delicados del amor, a los que se refiere particularmente la licencia dada a tu sexo.
Elfride miró con inquietud hacia los árboles.
—Ahora vayamos al río, Elfie.
—Lo haría si tuviera puesto un sombrero —dijo ella con una especie de aflicción reprimida.
—Lo buscaré para ti —dijo Knight, muy dispuesto a comprar su compañía a un precio tan barato—. Siéntate ahí un minuto. —Y se dio la vuelta y caminó rápidamente de regreso a la casa por el artículo en cuestión.
Elfride se sentó en uno de los bancos rústicos que adornaban esta parte del terreno y permaneció con los ojos puestos en la hierba. Se sintió impulsada a levantarlos al escuchar el roce de pasos ligeros e irregulares muy cerca. Al pasar por el camino que se cruzaba con el que ella estaba y atravesaba los arbustos exteriores, Elfride vio a la viuda del granjero, la señora Jethway. Antes de que ella notara a Elfride, se detuvo a mirar la casa, partes de la cual eran visibles a través de los arbustos. Elfride, encogiéndose, esperaba que la desagradable mujer pudiera seguir adelante sin verla. Pero la señora Jethway, apostrofando silenciosamente la casa, con acciones que parecían dictadas por una razón medio alterada, había discernido a la chica e inmediatamente se acercó y se paró frente a ella.
—¡Ah, señorita Swancourt! ¿Por qué me molestó? ¿No debo entrar aquí?
—Puede caminar por aquí si lo desea, señora Jethway. No la molesto.
—Usted molesta a mi mente, y mi mente es toda mi vida; porque mi hijo está allí todavía, y él se ha ido de mi cuerpo.
—Sí, pobre joven. Sentí pena cuando murió.
—¿Sabe usted de qué murió?
—De tuberculosis.
—¡Oh, no, no! —dijo la viuda—. Esa palabra «tuberculosis» cubre muchas cosas. Murió porque usted fue su novia, estaban de acuerdo, y luego resultó ser falsa, y eso lo mató. Sí, señorita Swancourt —dijo en un susurro excitado—, ¡usted mató a mi hijo!
—¡Cómo puede ser tan malvada y necia! —respondió Elfride, levantándose indignada. Pero la indignación no era natural en ella, y habiendo estado tan desgastada y atormentada por los últimos acontecimientos, perdió cualquier poder de defensa que ese estado de ánimo podría haberle prestado—. ¡No pude evitar que me amara, señora Jethway!
—Eso es precisamente lo que podría haber evitado. Usted sabe cómo empezó, señorita Elfride. Sí: usted dijo que le gustaba el nombre de Félix más que cualquier otro nombre en la parroquia, y sabía que era su nombre, y que aquellos a quienes se lo decía se lo informarían a él.
—Sabía que era su nombre, por supuesto que lo sabía; pero estoy segura, señora Jethway, de que no pretendía que nadie se lo dijera.
—Pero sabía que lo harían.
—No, no lo sabía.
—Y luego, después de eso, cuando usted montaba el día de Revels junto a nuestra casa, y los muchachos estaban reunidos allí, y quiso desmontar, cuando Jim Drake y George Upway y tres o cuatro más corrieron hacia adelante para sujetar su poni, y Félix se quedó atrás tímidamente, ¿por qué le hizo señas a él y dijo que preferiría que fuera él quien lo sujetara?
—Oh, señora Jethway, ¡usted piensa de forma tan errónea! Me gustaba más él, por eso quería que lo hiciera él. Era gentil y agradable; siempre lo consideré así, y me gustaba.
—¿Entonces por qué dejó que la besara?
—¡Es una falsedad; oh, lo es, lo es! —dijo Elfride, llorando con desesperación—. Él vino detrás de mí e intentó besarme; y esa fue la razón por la que le dije que no me dejara verlo nunca más.
—Pero no se lo dijo a su padre ni a nadie, como lo habría hecho si hubiera visto aquello entonces como el insulto que ahora pretende que fue.
—Él me suplicó que no lo contara, y, neciamente, no lo hice. Y ahora desearía haberlo hecho. Poco esperaba ser azotada con mi propia bondad. Por favor, déjeme, señora Jethway. —La joven solo suplicaba ahora.
—Bueno, usted lo despidió cruelmente y él murió. Y antes de que su cuerpo estuviera frío, tomó a otro en su corazón. Luego, tan descuidadamente, lo envió a sus asuntos y tomó a un tercero. Y si usted considera que eso no es nada, señorita Swancourt —continuó, acercándose más—; eso condujo a lo que fue muy grave, de hecho. ¿Ha olvidado el intento de matrimonio por fuga? El viaje a Londres y el regreso al día siguiente sin haberse casado, ¿y que hay suficiente desgracia en eso para arruinar el buen nombre de una mujer mucho menos ligera que el suyo? Usted puede haberlo hecho: yo no. La inconstancia hacia un amante es mala, pero la inconstancia después de haber jugado a ser esposa es desenfreno.
—¡Oh, es una mentira cruel y malvada! No lo diga; oh, ¡no lo haga!
—¿Lo sabe su nuevo hombre? ¡Creo que no, o él no sería hombre suyo! Tanto de la historia como se conocía se está extendiendo por el vecindario incluso ahora; pero yo sé más que cualquiera de ellos, ¿y por qué debería respetar su amor?
—¡La desafío! —gritó Elfride tempestuosamente—. Haga y diga todo lo que pueda para arruinarme; inténtelo; ponga su lengua a trabajar; ¡la invito! ¡La desafío como una mujer calumniadora! Mire, allí viene. —Y su voz tembló mucho cuando vio a través de las hojas la amada figura de Knight viniendo de la puerta con su sombrero en la mano—. Dígaselo ahora mismo; puedo soportarlo.
—Ahora no —dijo la mujer, y desapareció por el sendero.
La excitación de sus últimas palabras había devuelto el color a las mejillas de Elfride; y secándose apresuradamente los ojos, caminó más lejos, de modo que para cuando su amante la alcanzó, los rastros de emoción habían desaparecido casi por completo de su rostro. Knight le puso el sombrero en la cabeza, tomó su mano y la llevó dentro de su brazo.
Era el penúltimo día antes de su partida hacia St. Leonards; y Knight parecía tener un propósito al estar mucho en su compañía aquel día. Deambularon por el valle. La estación era aquel periodo del otoño en que el follaje solo de una plantación ordinaria es lo suficientemente rico en matices como para agotar las combinaciones cromáticas de la paleta de un artista. Los más lustrosos de todos son los hayas, graduándose desde un rojo oxidado brillante en la extremidad de las ramas hasta un amarillo brillante en sus partes internas; los robles jóvenes son todavía de un verde neutro; los abetos escoceses y los acebos son casi azules; mientras que punteados ocasionales de otras variedades dan granates y púrpuras de todos los matices.
El río —tal cual era— seguía aquí su curso entre losas tan niveladas como un pavimento, pero divididas por grietas de anchura irregular. Con la sequía estival, el torrente se había estrechado hasta ser ahora solo un hilo de claridad cristalina, serpenteando a lo largo de un canal central en el lecho rocoso de la corriente invernal. Knight se abrió paso a través de los arbustos que en este punto casi ocultaban el arroyo de la vista, y saltó sobre la porción seca del cauce.
—¡Elfride, nunca había visto semejante espectáculo! —exclamó—. Los avellanos cuelgan sobre el curso del río formando un arco perfecto, y el suelo está hermosamente pavimentado. El lugar recuerda a los pasillos de un claustro. Déjame ayudarte a bajar.
La ayudó a cruzar la maleza marginal y a descender hasta las piedras. Caminaron juntos hasta una pequeña cascada de unos treinta centímetros de ancho y altura, y se sentaron a su lado sobre las losas que, durante nueve meses al año, quedaban sumergidas bajo un torrente impetuoso. De sus pies brotaba el tenue hilo de agua que era lo único que quedaba para explicar el propósito y la razón de esta galería cubierta de hojas, y proseguía su camino en línea zigzagueante hasta perderse en la sombra.
Knight, apoyado sobre su codo, tras contemplar todo esto, miró a Elfride con espíritu crítico.
—¿No se agota y se vuelve rala una cabellera tan lujuriante a medida que pasan los años, desde los dieciocho hasta los veintiocho? —preguntó al fin.
—¡Oh, no! —dijo ella rápidamente, con una visible renuencia a albergar tal pensamiento, que le sobrevino con una desagradabilidad cuya fuerza difícilmente podrían comprender los hombres. Añadió después, con una inquietud latente—: ¿De verdad crees que una gran abundancia de cabello tiene más probabilidades de volverse rala que una cantidad moderada?
—Sí, realmente lo creo. Estoy convencido —estoy casi seguro, de hecho— de que, si se pudieran obtener estadísticas sobre el tema, descubrirías que las personas con el pelo ralo son aquellas que tenían una superabundancia al principio, y que quienes comienzan con una cantidad moderada lo conservan sin mucha pérdida.
Las tribulaciones de Elfride se reflejaban tanto en su rostro como en su corazón. Quizá para una mujer sea casi tan terrible pensar en perder su belleza como en perder su reputación. En cualquier caso, parecía tan sombría como en cualquier otro momento de aquel día.
—No deberías sentirte tan atribulada por un mero adorno personal —dijo Knight, con parte de la severidad de tono que le era habitual antes de que ella lo atrajera hacia la blandura.
—Creo que es deber de una mujer ser tan hermosa como pueda. Si fuera una erudita, te citaría el capítulo y versículo de uno de tus propios autores latinos. Sé que existe ese pasaje, pues papá ha hecho alusión a él.
—«Munditiae, et ornatus, et cultus», etcétera, ¿es eso? Un pasaje en Tito Livio que no es defensa alguna.
—No, no es ese.
—No importa, entonces; pues tengo una razón para no sacar a relucir mis viejas armas contra ti, Elfie. ¿Puedes adivinar cuál es la razón?
—No; pero me alegra oírlo —dijo ella con agradecimiento—. Porque es terrible cuando hablas así. Pues, por muy terrible que sea el nombre que merezca esta debilidad, debo admitir con franqueza que me aterra pensar que mi cabello pueda volverse ralo algún día.
—Naturalmente; una mujer sensata preferiría perder el juicio antes que su belleza.
—No me importa si haces sátira y me juzgas con crueldad. Sé que mi cabello es hermoso; todo el mundo lo dice.
—Vaya, mi querida señorita Swancourt —respondió él con ternura—, no he dicho nada en contra de ello. Pero ya sabes lo que se dice sobre el ser hermoso y el hacer cosas hermosas.
—Pobre señorita «La-que-hace-cosas-hermosas» ofrece un aspecto lamentable junto a la señorita «La-que-es-hermosa» ante los ojos de cualquier hombre, los tuyos incluidos, Sr. Knight, aunque te plazca hacerte el desentendido —dijo Elfride con picardía. Y bajando la voz—: No deberías haberte tomado tantas molestias para salvarme de caer por el acantilado, pues evidentemente no crees que la mía sea una vida que valga tanta molestia.
—Quizá tú pienses que la mía no valía la tuya.
—¡Valía la de cualquiera!
Su mano chapoteaba en la pequeña cascada y sus ojos estaban fijos en el mismo lugar.
—Hablas de mi severidad contigo, Elfride. Eres injusta conmigo, sabes.
—¿Cómo? —preguntó, levantando la vista de su ociosa ocupación.
—Después de haberme tomado la molestia de conseguir joyas para complacerte, no quisiste aceptarlas.
—Quizá las querría ahora; quizá las deseo.
—¡Hazlo! —dijo Knight.
Y el paquete fue extraído de su bolsillo y presentado por tercera vez. Elfride lo tomó con deleite. El obstáculo se partió en dos, y el regalo significativo fue suyo.
—Me quitaré estos feos de inmediato —exclamó—, y me pondré los tuyos, ¿te parece?
—Me sentiría gratificado.
Ahora bien, aunque pueda parecer poco probable, considerando lo mucho que habían avanzado en su trato, Knight nunca se había atrevido a besar a Elfride. Era mucho más lento que Stephen Smith en asuntos como ese. El mayor avance que había hecho en tales demostraciones había sido el grado presenciado por Stephen en el cenador. Así pues, siendo la mejilla de Elfride todavía fruta prohibida para él, dijo impulsivamente:
—Elfie, me gustaría tocar esa seductora oreja tuya. Esos son mis regalos; así que déjame que te vista con ellos.
Ella dudó con una vacilación estimulante.
—¿Me dejas poner solo uno en su lugar, entonces?
Su rostro se calentó mucho más.
—No creo que sea el proceder habitual o apropiado —dijo, volviéndose de repente y reanudando su operación de chapotear en la catarata en miniatura.
La quietud de las cosas se vio alterada por un pájaro que acudió al arroyo a beber. Tras verlo sumergir el pico, rociarse y volar hacia un árbol, Knight respondió, con la cortesía brusca que a ella tanto le gustaba oír:
—Elfride, ahora podrías ser justa. Creo que no te importaría mucho que lo hiciera; así que dame permiso, hazlo.
—Seré justa, entonces —dijo ella con confianza, mirándole de frente. Era un placer particular para ella poder actuar con un poco de honestidad sin miedo—. No me importaría que lo hicieras; me gustaría tal atención. Lo que pensaba era: ¿sería correcto dejártelo hacer?
—¡Entonces lo haré! —replicó él, con esa singular seriedad en un asunto menor —que a los ojos de un seductor no es más que un momento de flirteo o broma—, que solo se encuentra en naturalezas profundas que no han estado acostumbradas a jugar con el sexo femenino, y que, por su rareza, es en sí mismo el tributo más precioso que se puede rendir, y el homenaje más exquisito que se puede recibir.
—Y podrás —susurró ella, sin reservas, y ya no dueña de la situación. Y entonces Elfride se inclinó hacia él, echó atrás su cabello y ladeó la cabeza. Al hacerlo, su brazo y su hombro descansaron inevitablemente contra su pecho.
Ante el contacto, la sensación de ambos pareció concentrarse en el punto de unión. Durante todo el tiempo que realizó la delicada maniobra, Knight tembló como un joven cirujano en su primera operación.
—Ahora el otro —dijo Knight en un susurro.
—No, no.
—¿Por qué no?
—No lo sé exactamente.
—Debes saberlo.
—Tu contacto me agita mucho. Vámonos a casa.
—No digas eso, Elfride. ¿Qué es, al fin y al cabo? Una nadería. Ahora date la vuelta, queridísima.
Ella fue incapaz de desobedecer, y se giró de inmediato; y entonces, sin que ninguno de los dos tuviera una intención definida, sus rostros se acercaron más; él la sostuvo allí y la besó.
Knight era a la vez el hombre más ardiente y el más frío que existía. Cuando sus emociones dormían, parecía casi flemático; cuando se conmovían, no era menos que apasionado. Y ahora, sin haber planeado del todo un matrimonio temprano, planteó la pregunta claramente. Surgió con todo el ardor que era la acumulación de largos años tras una reserva natural.
—Elfride, ¿cuándo nos casaremos?
Las palabras fueron dulces para ella; pero había amargura en la dulzura. Estos actos suyos, recientemente manifiestos, que habían culminado en esta clara pregunta, llegando justo el día de los reproches devastadores de la Sra. Jethway, pintaban con claridad su inconstancia como una enormidad. Amarle en secreto no le había parecido una volubilidad tan absoluta como el mismo amor reconocido y actuado frente a las amenazas. Su distracción fue interpretada por él, a su lado, como los signos externos de una experiencia insólita.
—No te presiono para que me des una respuesta ahora, querida —dijo, viendo que no era probable que diera una respuesta lúcida—. Tómate tu tiempo.
Knight era un hombre tan honorable como cualquier otro que haya sido amado y engañado por una mujer. Puede decirse que su ceguera en el amor demostraba el punto, pues la astucia en el amor suele ir acompañada de una mezquindad general. Una vez que la pasión lo dominó, el intelecto no valió de nada. Knight, como amante, era más sincero y mucho más sencillo que su amigo Stephen, quien en otras capacidades era superficial en comparación con él.
Sin decir más sobre el tema de su matrimonio, Knight la mantuvo a distancia, como si fuera un gran ramo de flores, y la miró con afecto crítico.
—¿Me queda bien tu bonito regalo? —inquirió ella, con lágrimas de emoción en el borde de sus ojos.
—¡Indudablemente, perfectamente! —dijo su amante, adoptando un tono más ligero para tranquilizarla—. Ah, deberías verlos; luces más radiante que nunca. ¡Imagínate que he sido capaz de mejorarte!
—¿De verdad estoy tan linda? Me alegro por ti. Ojalá pudiera verme.
—No puedes. Debes esperar a que lleguemos a casa.
—Nunca podré —dijo ella, riendo—. Mira: hay una forma.
—Es verdad. ¡Muy bien hecho, ingenio femenino!
—¡Sujétame bien!
—Oh, sí.
—Y no dejes que me caiga, ¿quieres?
—De ninguna manera.
Debajo de su asiento, el hilo de agua se detuvo para extenderse en un pequeño remanso suave. Knight la sostuvo mientras ella se arrodillaba y se inclinaba sobre él.
—Puedo verme. De verdad, por más que intente con devoción, no puedo evitar admirar mi aspecto con ellos.
—Sin duda. ¿Cómo puedes ser tan aficionada a la vanidad? Creo que me estás contagiando el gusto por ella. Solía odiar todas esas cosas antes de conocerte.
—Me gustan los adornos porque quiero que la gente admire lo que posees, y que te envidien, y digan: «Ojalá fuera él».
—Supongo que no debería objetar después de eso. ¿Y cuánto tiempo más vas a quedarte ahí mirándote?
—¿Hasta que te canses de sujetarme? Oh, quiero preguntarte algo —y se giró—. Ahora dime la verdad, ¿no? ¿Qué color de cabello te gusta más ahora?
Knight no respondió en el momento.
—¡Di que claro, hazlo! —susurró ella con tono persuasivo—. No digas oscuro, como hiciste aquella vez.
—Castaño claro, entonces. Exactamente el color del de mi amada.
—¿De verdad? —dijo Elfride, disfrutando como verdad lo que sabía que era halago.
—Sí.
—¿Y ojos azules, también, no avellana? ¡Di que sí, di que sí!
—Una retractación es suficiente por hoy.
—No, no.
—Está bien, ojos azules —y Knight rió, la atrajo hacia sí y la besó por segunda vez, operaciones que realizó con el cuidado de un frutero que toca un racimo de uvas para no alterar su escarcha.
Elfride se resistió al segundo beso y apartó el rostro, movimiento que causó un ligero desorden en su sombrero y cabello. Sin apenas pensar en lo que decía en la zozobra del momento, exclamó, llevándose la mano a la oreja:
—¡Ah, debemos tener cuidado! Perdí el otro pendiente haciendo esto.
No bien se dio cuenta de sus significativas palabras, una mirada de inquietud cruzó su rostro y cerró los labios como si quisiera contenerlas.
—¿Haciendo qué? —dijo Knight, perplejo.
—Oh, sentándome al aire libre —respondió ella apresuradamente.
Capítulo XXIX
«Cuidado, tú, carcoma».
Es una tarde a principios de octubre, y la más suave de las puestas de sol otoñales irradia Londres, hasta su extremo más oriental. Entre el ojo y el occidente llameante, columnas de humo se alzan en el aire inmóvil como árboles altos. Todo en la sombra es de un azul rico y brumoso.
El Sr. y la Sra. Swancourt y Elfride contemplan estos contrastes lustrosos y lívidos desde la ventana de un gran hotel cerca del puente de Londres. La visita a sus amigos en St. Leonards ha terminado, y se quedan un día o dos en la metrópoli de camino a casa.
Knight pasó el mismo intervalo de tiempo cruzando hacia Bretaña vía Jersey y St. Malo. Luego atravesó Normandía y regresó a Londres también, siendo su llegada dos días después que la de Elfride y sus padres.
Así, la tarde de este día de octubre los vio a todos reunirse en el mencionado hotel, donde habían reservado habitaciones previamente. Durante la tarde, Knight había estado en su alojamiento en Richmond para hacer un pequeño cambio en la naturaleza de su equipaje; y al volver, jamás un camarero amable condujo a una habitación confortable a un hombre más feliz que Knight cuando fue mostrado al lugar donde Elfride y su madrastra estaban sentadas tras un agotador día de compras.
Elfride no parecía estar mejor por su viaje: Knight estaba moreno como una nuez. Pronto se quedaron solos en un rincón de la estancia. Ahora que se habían pronunciado las preciosas palabras de promesa, la joven no tenía intención de mantener su valor mediante el sistema de reserva que usan otras doncellas más consumadas. Su amante estaba con ella de nuevo, y eso era suficiente: le entregó su corazón por completo.
La cena fue despachada pronto. Y cuando se hubo concluido una ronda preliminar de conversación sobre sus actividades desde la última despedida, volvieron al tema del viaje de regreso a casa de mañana.
—Ese viaje enervante a través del clima de mirto del sur de Devon... ¡cuánto lo temo para mañana! —decía la Sra. Swancourt—. Había esperado que el tiempo refrescara para estas fechas.
—¿Alguna vez han ido por agua? —dijo Knight.
—Nunca... por nunca, quiero decir no desde la época de los ferrocarriles.
—Entonces, si pueden permitirse un día adicional, propongo que lo hagamos —dijo Knight—. El Canal está como un lago ahora mismo. Deberíamos llegar a Plymouth en unas cuarenta horas, creo, y los barcos salen justo desde debajo del puente de aquí —señalando por encima de su hombro hacia el este.
—¡Eso, eso! —dijo el vicario.
—Es una idea, ciertamente —dijo su esposa.
—Por supuesto, estos barcos costeros son un poco robustos —dijo Knight—. ¿Pero no les importaría?
—No: no nos importaría.
—Y el salón es un lugar como el mercado de pescado de un pueblo de novena categoría, ¿pero eso no importaría?
—Oh, querido, no. Si hubiéramos pensado en ello lo suficientemente pronto, podríamos haber tenido el uso del yate de Lord Luxellian. Pero no importa, iremos. Nos libraremos del molesto traqueteo por toda la extensión de Londres mañana por la mañana, por no mencionar el riesgo de morir en los trenes de excursión, que no es pequeño en esta época del año, si los periódicos dicen la verdad.
Elfride, también, pensó que el plan era encantador; y, en consecuencia, las diez de la mañana siguiente vieron dos taxis arrastrándose alrededor de la Casa de la Moneda, y entre los muros sobrenaturalmente altos de Nightingale Lane hacia la orilla del río.
El primer vehículo estaba ocupado por los viajeros en persona, y el segundo traía el equipaje, bajo la supervisión de la Sra. Snewson, la doncella de la Sra. Swancourt —y desde hace quince días también de Elfride; pues aunque la joven nunca había estado acostumbrada a tal asistente a la hora de vestirse, su madrastra la obligó a una apariencia de familiaridad con ella cuando estaban fuera de casa.
De pronto, carros, fardos y olores de toda índole aumentaron hasta tal punto que el avance de los taxis fue a la velocidad más lenta posible. A intervalos era necesario detenerse por completo, para que los pesados vehículos que descargaban delante pudieran moverse a un lado, una hazaña que no se logró sin un montón de juramentos y ruido. El vicario sacó la cabeza por la ventana.
—Seguramente debe haber algún error en el camino —dijo con gran preocupación, retirando la cabeza de nuevo—. No se ve un transporte respetable aquí excepto el nuestro. He oído que hay guaridas extrañas en esta parte de Londres, en las que la gente ha sido atrapada y asesinada; ¿seguramente no hay ninguna conspiración por parte del taxista?
—Oh, no, no. Todo está bien —dijo el Sr. Knight, que estaba tan plácido como una tarde de rocío al lado de Elfride.
—Pero en lo que me baso —dijo el vicario, con mayor énfasis de inquietud— son las apariencias claras. Esta no puede ser la carretera de Londres a Plymouth por agua, porque no es camino a ningún lugar. Perderemos nuestro vapor y nuestro tren también; eso es lo que creo.
—Dependa de ello, estamos en lo cierto. De hecho, aquí estamos.
—Muelle de Trimmer —dijo el taxista, abriendo la puerta.
Apenas bajaron, percibieron una pelea entre el taxista que iba detrás y una multitud de mozos ligeros que lo habían cargado en columna para obtener posesión de las bolsas y cajas, viéndose las manos de la Sra. Snewson extendidas hacia el cielo en medio del tumulto. Knight avanzó galantemente y, tras una dura lucha, redujo la multitud a dos, sobre cuyos hombros y carretillas las mercancías desaparecieron en dirección al borde del agua con una rapidez pasmosa.
Entonces se escuchó a otros más de la misma tribu, que se habían adelantado, gritando a los barqueros, tres de los cuales se acercaron, y siendo dos vencidos, el equipaje salió rodando hacia el restante.
—Nunca vi una escena tan espantosa en mi vida, ¡nunca! —dijo el Sr. Swancourt, forcejeando al subir al barco—. Peor que el Hambre y la Espada juntas. Pensé que tales costumbres se limitaban a los puertos continentales. ¿No estás asombrada, Elfride?
—Oh, no —dijo Elfride, apareciendo en medio de la escena lúgubre como un arco iris en un cielo sombrío—. Es una novedad agradable, creo.
—¿Dónde en el vasto océano está nuestro vapor? —preguntó el vicario—. No puedo ver nada más que viejos cascos, por mi vida.
—Justo detrás de aquel —dijo Knight; pronto estaremos rodeándolo.
El objeto de su búsqueda fue revelado poco después: una gran forma pesada de negrura tinta, que parecía como si nunca hubiera conocido el tacto de una brocha de pintura en cincuenta años. Estaba junto a otro igual, y el camino a bordo era a través de un estrecho carril de agua entre ambos, de alrededor de un metro y medio de ancho en un extremo, y convergiendo gradualmente hacia un punto. En el momento de su entrada en este estrecho pasaje, un rival brillantemente pintado remó río abajo como un corcel al trote, creando tal serie de olas y salpicaduras que su frágil bote fue lanzado como una taza de té, y el vicario y su esposa se inclinaron de un lado a otro, golpeando sus cabezas con un aire y semblante de guiñol, mientras las olas golpeaban los costados de los dos cascos y rebotaban hacia sus regazos.
—¡Horrible! ¡espantoso! —murmuró el vicario para sí mismo; y dijo en voz alta—: Pensé que subiríamos caminando a bordo. Realmente, no creo que hubiera venido si hubiera sabido que este problema estaba ligado a ello.
—Si tienen que salpicar, desearía que nos salpicaran con agua limpia —dijo la anciana, limpiando su vestido con su pañuelo.
—Espero que sea perfectamente seguro —continuó el vicario.
—¡Oh, papá! no eres muy valiente —gritó Elfride alegremente.
—La valentía es solo falta de percepción de las contingencias —respondió severamente el Sr. Swancourt.
La Sra. Swancourt rió, y Elfride rió, y Knight rió, en medio de cuya amenidad un hombre les gritó desde alguna posición entre sus cabezas y el cielo, y descubrieron que estaban cerca del Juliet, hacia el cual ascendieron temblorosamente.
Tras descubrirse que la marea baja impediría su partida durante una hora, los Swancourt, sin tener nada más que hacer, permitieron que sus ojos se entretuvieran con hombres en jerséis azules realizando misteriosas operaciones de remiendo con hilo de alquitrán; se giraron para mirar los destellos de luz solar lívida, como estrellas de cobre bruñido a flote en las ondas, que bailaban ante su vista y la tentaban; o escucharon la música fuerte de una grúa de vapor trabajando cerca; o los sonidos de suspiro de las chimeneas de los vapores que pasaban, apagándose a medida que se alejaban; o los gritos desde las cubiertas de diferentes embarcaciones en su vecindad, asumiendo todos ellos la forma de «¡Ah-he-hay!».
Knight permaneció en silencio durante unos instantes, procesando la pregunta con la seriedad de un hombre que nunca ha considerado la inconsistencia de sus ideales frente a la realidad de la vida.
—Es una pregunta muy hipotética, Elfride —dijo por fin—. La fidelidad absoluta es, para mí, un requisito que se encuentra en la raíz misma del amor. No puedo hablar de lo que haría en una situación que no he vivido, pero siempre he sostenido que la pureza de espíritu es un tesoro cuya pérdida es irreparable. Si una mujer ha entregado sus afectos antes, ya no es la misma mujer que yo busqué. Se ha fragmentado.
Elfride sintió que el frío de la noche le calaba hasta los huesos, un frío que ninguna manta podría mitigar. Sus manos, ocultas bajo el cobertor, se cerraron en puños.
—¿Y si ella hubiera cometido un error, un simple error sin importancia, y se arrepintiera con toda su alma? ¿No podría el perdón ser una forma más elevada de amor?
Knight se movió ligeramente, y ella pudo sentir la tensión en su postura.
—El perdón es una virtud cristiana, Elfride, pero en los asuntos del corazón, la preferencia es un instinto. No se trata de condenar, sino de la naturaleza de lo que se busca. Yo busco una entrega total, un primer amor que sea, a la vez, el último. Si ese primer amor ya ha sido reclamado por otro, por muy insignificante que haya sido el episodio, la novedad, la inocencia, el privilegio de ser el primero... todo eso se ha desvanecido. No soy un hombre que pueda contentarse con las sobras de una experiencia ajena.
Ella no respondió. El balanceo del barco, antes hipnótico, se volvió mareante. El mar, en la oscuridad, parecía ahora un abismo insondable que reflejaba la distancia que, en su mente, acababa de abrirse entre ellos. Knight, ajeno a la tormenta interior que agitaba a su compañera, volvió a hablar con la misma calma reflexiva de siempre, ajeno a que sus palabras eran los mismos clavos que sellaban la confesión que ella tanto ansiaba y tanto temía hacer.
—Pero, ¿por qué insistir en estos temas sombríos? —continuó él, con un tono más tierno—. Estamos aquí, en la vasta soledad del canal, rodeados de estrellas y de la inmensidad del océano. Es un momento para la paz, no para el escrutinio de nuestras almas. Duerme un poco, si puedes. Yo vigilaré el amanecer por ambos.
Elfride cerró los ojos, no para dormir, sino para ocultar las lágrimas que, por fin, comenzaban a deslizarse por sus mejillas. Se acurrucó contra él, buscando el calor de su brazo como un náufrago se aferra a un madero, sabiendo, con una lucidez dolorosa, que el abismo entre la persona que él creía que era y la que ella realmente era, se había vuelto infranqueable. La noche, con sus luces distantes y su susurro incesante, parecía burlarse de su silencio.
«Un beso... no, apenas para eso».
«¿Dos?».
«Bueno, difícilmente podría decirlo de forma tan detallada. Demasiado de ese tipo de cosas, sin duda, haría que una mujer me desagradara. Pero limitemos nuestra atención a nosotros mismos, no nos pongamos a pensar en lo que pudo haber sido».
Así que Elfride había dejado que sus pensamientos «se entretuvieran con falsas suposiciones», y cada una de las palabras de Knight caía sobre ella como un peso. Después de esto permanecieron en silencio durante mucho tiempo, contemplando el negro y misterioso mar, y escuchando la extraña voz del viento inquieto. El balanceo de las olas, cuando la brisa no es demasiado violenta ni fría, produce un efecto calmante incluso en la mente más alterada. Elfride se hundió lentamente contra Knight y, al mirar hacia abajo, él descubrió por su respiración suave y regular que se había quedado dormida. No queriendo molestarla, se mantuvo quieto y sintió un placer intenso al sostener su cálida y joven figura mientras subía y bajaba con cada aliento.
Knight también se puso a soñar, aunque permaneció completamente despierto. Era agradable darse cuenta de la confianza implícita que ella depositaba en él, y pensar en la encantadora inocencia de alguien que podía quedarse dormida de una manera tan sencilla y sin ceremonias. Más que nada, el estudiante contemplativo y poco práctico sentía la inmensa responsabilidad que estaba asumiendo al convertirse en protector y guía de una criatura tan confiada. El sueño tranquilo del alma de ella prestó una quietud a la suya propia. Entonces ella gimió y se giró con inquietud. Al poco rato sus murmullos se volvieron claros:
«No se lo digas... él no me amará... No pretendía ninguna deshonra, de verdad que no, así que no se lo digas a Harry. Íbamos a casarnos, por eso me escapé... Y él dice que no quiere a una mujer besada... Y si tú se lo dices, él se irá, y yo moriré. Te ruego que tengas piedad... ¡Oh!».
Elfride se sobresaltó violentamente.
El instante anterior, un repique musical había llenado el aire desde su derecha y la había despertado.
«¿Qué es eso?», exclamó aterrorizada.
«Solo son las "ocho campanadas"», dijo Knight con tono tranquilizador. «No te asustes, pajarillo, estás a salvo. ¿Con qué has estado soñando?».
«¡No puedo decirlo, no puedo decirlo!», dijo ella con un escalofrío. «¡Oh, no sé qué hacer!».
«Quédate tranquila conmigo. Pronto veremos el amanecer. Mira, la estrella de la mañana está preciosa allí. Las nubes se han despejado por completo mientras dormías. ¿Con qué has estado soñando?».
«Con una mujer de nuestra parroquia».
«¿No te agrada?».
«No. Yo no le agrado a ella. ¿Dónde estamos?».
«Más o menos al sur del Exe».
Knight no dijo nada más sobre las palabras de su sueño. Observaron el cielo hasta que Elfride se calmó y apareció el alba. Primero fue solo una luz pálida. Luego el viento sopló con un espíritu diferente y se apagó hasta convertirse en un céfiro. La estrella se disolvió en el día.
«Así es como me gustaría morir», dijo Elfride, levantándose de su asiento e inclinándose sobre la borda para observar el último destello de la estrella.
«Como dicen los versos», respondió Knight:
«“Ocultarse como se oculta la estrella de la mañana, que no desciende detrás del oscuro oeste, ni se esconde oscurecida entre las tempestades del cielo, sino que se funde en la luz del firmamento”».
«Oh, otras personas han pensado lo mismo, ¿verdad? Eso siempre pasa con mis originalidades: no son originales para nadie más que para mí misma».
«No solo te pasa a ti. Cuando empezaba como crítico, solía encontrar que eso era una trampa terrible: explayarme sobre temas que encontraba, que para mí eran novedades, y descubrir después que habían sido agotados por el mundo intelectual cuando yo aún usaba pantalones cortos».
«Eso es delicioso. Siempre que descubro que has hecho algo estúpido me alegro, porque parece acercarte un poco a mí, que he hecho muchas cosas así». Y Elfride pensó de nuevo en su enemiga dormida bajo la cubierta que pisaban.
A lo largo de toda la costa, las prominencias se distinguían de los recesos. Entonces un cielo rosado se extendió sobre el mar oriental y detrás de la baja línea de tierra, lanzando su librea en jirones sobre las finas nubes aéreas en esa dirección. Cada proyección en la tierra parecía ahora un dedo ansioso por atrapar un poco de la luz líquida arrojada con tanta prodigalidad sobre el cielo, y después de un tiempo fantástico de amarillos brillantes en el este, las elevaciones más altas a lo largo de la costa se inundaron con los mismos tonos. Los contornos escarpados y desnudos de Start Point captaron el brillo más brillante y temprano de todos, y también lo hicieron los lados de su faro blanco, encaramado sobre una repisa en su frente precipitado como un santo medieval en un nicho. Su elevado vecino, Bolt Head, a la izquierda, permanecía aún sin dorar y conservaba su gris.
Entonces salió el sol, como a sacudidas, justo hacia el mar desde el punto más oriental de la tierra, lanzando un camino de luz en escalera de Jacob desde sí mismo hasta Elfride y Knight, y cubriéndolos con rayos en pocos minutos. Los dignatarios inferiores de la costa —Froward Point, Berry Head y Prawle— ya habían adquirido su parte de la iluminación antes de esto, y al final, la protuberancia más pequeña de ola, acantilado o ensenada, incluso hasta los recesos más internos del hermoso valle del Dart, tenía su porción; y la luz del sol, ahora posesión común de todos, dejó de ser la cosa maravillosa y codiciada que había sido apenas media hora antes.
Después del desayuno, Plymouth apareció a la vista y se volvió más nítida ante su visión cercana, apareciendo el rompeolas como una raya de luz fosfórica sobre la superficie del mar. Elfride miró furtivamente a su alrededor buscando a la señora Jethway, pero no pudo distinguir ninguna figura como la suya. Más tarde, en el ajetreo del desembarco, volvió a mirar con el mismo resultado, momento en el que la mujer probablemente se había deslizado por el muelle sin ser observada. Expandida con una sensación de alivio, Elfride esperó mientras Knight se ocupaba de su equipaje, y luego vio a su padre acercándose entre la multitud, girando su bastón para llamar su atención. Abriéndose paso a codazos hacia él, todos entraron en la ciudad, que dedicó a Elfride una sonrisa tan soleada como la que le había ofrecido entre uno y dos años antes, cuando entró en ella exactamente a la misma hora como la novia elegida de Stephen Smith.
Capítulo XXX
«Vasallo del Amor».
Elfride se aferró más a Knight a medida que pasaban los días. Cualquier otra cosa podría admitir dudas, pero no podía haber disputa de que la lealtad que le profesaba absorbía toda su alma y existencia. Había surgido alguien más grande que Stephen, y ella lo había dejado todo para seguirlo.
La joven franca nunca fue tacaña a la hora de dejar que su amante descubriera cuánto lo admiraba. Ni una sola vez sostuvo una idea en oposición a ninguna de las suyas, ni insistió en ningún punto con él, ni mostró independencia, ni mantuvo su opinión sobre ningún tema. Respetaba y obedecía sus más ligeros caprichos como si fueran ley, y si, al expresar ella su opinión sobre un asunto, él tomaba el tema y disentía, ella abandonaba al instante su propia opinión por considerarla errónea e insostenible. Incluso sus ambigüedades y espieglerie no eran más que medios de la misma manifestación; charadas representadas que encarnaban las palabras de su prototipo, la tierna y susceptible nuera de Noemí: «Halle yo gracia ante tus ojos, señor mío; pues me has consolado y has hablado al corazón de tu sierva».
Estaba regando las plantas un día lluvioso en el invernadero. Knight estaba sentado bajo una gran pasionaria observando la escena. A veces miraba la lluvia que caía del cielo, y luego la lluvia interna de Elfride, de gotas más grandes, que caían de los árboles y arbustos, después de haber quedado colgadas de las ramitas como pequeños frutos plateados.
«Debo darte algo para que pienses en mí durante este otoño en tus aposentos», decía ella. «¿Qué será? Los retratos hacen más daño que bien, al seleccionar la peor expresión de la que tu rostro es capaz. El cabello trae mala suerte. Y no te gustan las joyas».
«Algo que traiga de vuelta a mi mente las muchas escenas que hemos protagonizado en este invernadero. Veo algo que valoraría mucho. Ese pequeño mirto en la maceta, al que has estado cuidando con tanto esmero».
Elfride miró pensativa el mirto.
«Puedo llevarlo cómodamente en mi sombrerera», dijo Knight. «Y lo pondré en mi ventana, y así, al estar siempre ante mis ojos, pensaré en ti continuamente».
Sucedió que el mirto que Knight había elegido tenía un origen y una historia particulares. Originalmente había sido una ramita usada en el ojal de Stephen Smith, y él la había tomado de allí, la había metido en la maceta y le había dicho que si crecía, debía cuidarla y guardarla en su recuerdo cuando él estuviera lejos.
Ella miró con nostalgia la planta, y un sentido de justicia hacia la memoria de Smith le causó una punzada de arrepentimiento de que Knight hubiera pedido precisamente esa. Parecía superar una insensibilidad común dejarla ir.
«¿No hay nada que te guste más?», dijo con tristeza. «Ese es solo un mirto común».
«No, me gusta el mirto». Al ver que la idea no le agradaba, volvió a decir: «¿Por qué te opones a que me lleve ese?».
«Oh no, no me opongo exactamente, fue una sensación. Ah, aquí hay otro esqueje que acaba de brotar, y es igual de pequeño, de una clase mejor y con hojas más bonitas: myrtus microphylla».
«Eso estará muy bien. Ponlo en mi habitación para que no lo olvide. ¿Qué romance se le atribuye al otro?».
«Fue un regalo para mí».
El tema se dejó de lado. Knight no pensó más en ello hasta que, al entrar en su dormitorio por la noche, encontró el segundo mirto colocado sobre su tocador tal como había indicado. Se quedó un momento admirando el aspecto fresco de las hojas a la luz de las velas, y luego pensó en el intercambio del día.
Los amantes masculinos, al igual que los femeninos, pueden echarse a perder por exceso de bondad, y la sumisión uniforme de Elfride había dado a Knight un aire bastante exigente en momentos críticos, a pesar del apego que sentía por ella. «¿Por qué habría de haber rechazado el primero que elegí?», se preguntó ahora. Incluso una oposición tan leve como la que ella había mostrado entonces era lo suficientemente excepcional como para hacerse notar. No estaba enfadado con ella en absoluto: la mera variación de su actitud hoy respecto a sus formas habituales lo mantenía reflexionando sobre el tema, porque le desconcertaba. «Fue un regalo», esas fueron sus palabras. Admitiendo que fuera un regalo, pensó que ella difícilmente podría valorar a un simple amigo más de lo que lo valoraba a él como amante, y dar la planta a su cuidado no habría supuesto ninguna diferencia. «Salvo, de hecho, que fuera el regalo de un amante», murmuró.
«Me pregunto si Elfride ha tenido alguna vez un amante antes», dijo en voz alta, como una idea nueva, por completo. Este y otros pensamientos similares fueron suficientes para ocuparlo por completo hasta que se quedó dormido, bastante más tarde de lo habitual.
Al día siguiente, cuando volvieron a estar solos, él le dijo de forma bastante repentina:
«¿Me amas más o menos, Elfie, por lo que te dije a bordo del vapor?».
«Me dijiste tantas cosas», respondió ella, levantando los ojos hacia los suyos y sonriendo.
«Me refiero a la confesión que me sacaste: que nunca antes había estado en la posición de amante».
«Supongo que es una satisfacción ser la primera en tu corazón», le dijo ella, intentando seguir sonriendo.
«Voy a hacerte una pregunta ahora», dijo Knight, con cierta torpeza. «Solo la hago de una manera caprichosa, ya sabes, no con gran seriedad, Elfride. Quizás te parezca extraña».
Elfride intentó desesperadamente mantener el color en su rostro. No pudo, aunque le angustiaba pensar que ponerse pálida demostraba una conciencia de culpa más profunda que simplemente ponerse roja.
«Oh no, no pensaré eso», dijo, obligada a decir algo para llenar el silencio que siguió a la observación de su interlocutor.
«Es esto: ¿has tenido alguna vez un amante? Estoy casi seguro de que no, pero, ¿lo has tenido?».
«No, por así decirlo, un amante; quiero decir, no alguien que valga la pena mencionar, Harry», titubeó ella.
Knight, sobreexcitado en el sentimiento como sabía que era la emoción, sintió cierta náusea en el corazón.
«Aun así, ¿fue un amante?».
«Bueno, una especie de amante, supongo», respondió ella con lentitud.
«Un hombre, quiero decir, ya sabes».
«Sí; pero solo una mera persona, y...».
«¿Pero verdaderamente tu amante?».
«Sí; un amante sin duda, eso era. Sí, podría haber sido llamado mi amante».
Knight no dijo nada a esto durante un minuto o más, y mantuvo un silencio acompasado con su dedo al tictac del viejo reloj de la biblioteca, estancia en la que tenía lugar el coloquio.
«No te importa, Harry, ¿verdad?», dijo ella con ansiedad, acurrucándose cerca de él y observando su rostro.
«Por supuesto que no me importa seriamente. En razón, un hombre no puede objetar tal nimiedad. Solo pensé que no habías tenido, eso era todo».
Sin embargo, un rayo se abstrajo de la gloria que rodeaba su cabeza. Pero después, cuando Knight vagaba solo por las colinas desnudas y ventosas, y meditaba sobre el tema, ese rayo regresó de repente. Pues ella podría haber tenido un amante y no haber sentido el menor cariño por él. Podría haber usado la palabra de manera inapropiada, refiriéndose a un «admirador» todo el tiempo. Por supuesto, ella había sido admirada; y un hombre podría haber hecho su admiración más prominente que la del resto, un caso muy natural.
Estaban sentados en uno de los bancos del jardín cuando él encontró la ocasión de poner la suposición a prueba. «¿Amaste a ese amante o admirador tuyo aunque fuera un poquito, Elfie?».
Ella murmuró de mala gana: «Sí, creo que sí».
Knight sintió el mismo leve toque de miseria. «¿Solo un poquito?», dijo.
«No estoy segura de cuánto».
«Pero estás segura, cariño, ¿de que lo amaste un poco?».
«Creo que estoy segura de que lo amé un poco».
«¿Y no mucho, Elfie?».
«Mi amor no estaba respaldado por la reverencia a sus capacidades».
«Pero, Elfride, ¿lo amaste profundamente?», dijo Knight con inquietud.
«No sé exactamente cuán profundo quieres decir con profundamente».
«Eso es una tontería».
«¡Malinterpretas; y has soltado mi mano!», gritó ella, con los ojos llenándose de lágrimas. «Harry, no seas severo conmigo y no me interrogues. No lo amé como te amo a ti. ¿Y podría ser profundamente si no lo creía más inteligente que yo misma? Porque no lo era. Me afliges tanto... no tienes idea».
«No diré ni una palabra más al respecto».
«Y tú tampoco pensarás en ello, ¿verdad? Sé que piensas en mis debilidades cuando no estoy ante tus ojos; y al no saber cuáles son, no puedo combatirlas. Casi desearía que fueras de una naturaleza más vulgar, Harry; ¡en verdad lo deseo! O mejor dicho, desearía poder tener las ventajas que tal naturaleza en ti me proporcionaría, y aun así tenerte como eres».
«¿Qué ventajas serían esas?».
«Menos ansiedad y más seguridad. Los hombres comunes no tienen gustos tan delicados como los tuyos; y cuando el amante o el marido no es exigente, refinado y de naturaleza profunda, las cosas parecen ir mejor, me imagino, hasta donde he podido observar el mundo».
«Sí; supongo que es correcto. La superficialidad tiene esta ventaja: que uno no puede ahogarse en ella».
«¡Pero creo que te tendré como eres; sí, lo haré!», dijo ella con encanto. «Los maridos y esposas prácticos que toman las cosas con filosofía son muy aburridos, ¿no es así? Sí, eso me mataría por completo. Me gustas más tal como eres».
«¿Incluso aunque deseara que nunca hubieras sentido cariño por nadie antes que por mí?».
«Sí. Y no debes desearlo. ¡No lo hagas!».
«Intentaré no hacerlo, Elfride».
Así lo esperaba ella, pero su corazón estaba turbado. Si él se sentía tan profundamente en este punto, ¿qué diría si supiera todo y lo viera como la señora Jethway lo veía? Él nunca la haría la chica más feliz del mundo al tomarla como suya para siempre. El pensamiento la encerraba como una tumba cada vez que se presentaba ante su cerebro perturbado. Intentó creer que la señora Jethway nunca le haría una injusticia tan cruel como aumentar el mal aspecto de su locura mediante insinuaciones; y llegó a la conclusión de que, habiendo comenzado la ocultación, debía persistir en ella, si era posible. Pues lo que él podría considerar tan malo como el hecho en sí, sería su ocultación previa mediante estratagemas.
Pero Elfride sabía que la señora Jethway era su enemiga y que la odiaba. Era posible que hiciera lo peor. Y si lo hacía, todo podría haber terminado.
¿Escucharía la mujer a la razón y sería persuadida de no arruinar a alguien que nunca le había hecho daño intencionadamente?
Era de noche en el valle entre Endelstow Crags y la orilla. El arroyo que corría en esa dirección hacia el mar era distinto en sus murmullos ahora, y sobre la línea de su curso comenzó a colgar una cinta blanca de niebla. Contra el cielo, a la izquierda del valle, se podía ver la forma negra de la iglesia. Del otro lado se alzaban arbustos de avellano, algunos árboles y, donde estos faltaban, matas de aulaga —tan altas como los hombres— sobre tallos casi tan gruesos como la madera. El chillido de algún pájaro se escuchaba de vez en cuando, al volar aterrorizado desde su primer refugio, para buscar un nuevo lugar donde dormir, donde pudiera pasar la noche sin ser molestado.
En la sombra vespertina, un poco más abajo en el valle, y bajo una hilera de robles desaliñados, todavía se podía distinguir una cabaña. Estaba absolutamente sola. La casa era bastante grande, y las ventanas de algunas de las habitaciones estaban clavadas con tablas por el exterior, lo que daba un aspecto particularmente desierto a toda la edificación. Desde la puerta principal, una serie irregular de escalones toscos y deformes, cortados en la roca sólida, conducía hasta el borde del arroyo, que, en su extremo, estaba ahuecado en una cuenca a través de la cual goteaba el agua. Este era evidentemente el medio de suministro de agua para el morador o moradores de la cabaña.
Un paso ligero se escuchó descender desde las laderas más altas de la colina. Indistinta en el camino apareció una forma femenina en movimiento, que avanzó y llamó tímidamente a la puerta. Al no obtener respuesta, el golpe se repitió, con el mismo resultado, y luego se repitió por tercera vez. Esto también fue infructuoso.
Desde una de las dos únicas ventanas de la planta baja que no estaban tapiadas salían rayos de luz, sin que ninguna persiana o cortina ocultara la habitación de los ojos de un transeúnte en el exterior. Tan pocos caminaban por allí después del anochecer que tales medios para asegurar el secreto probablemente se consideraban innecesarios.
La desigualdad de los rayos que caían sobre los árboles del exterior indicaba que la luz tenía su origen solo en un fuego parpadeante. La visitante, tras el tercer golpe, se movió un poco a la izquierda para obtener una vista del interior, y se echó hacia atrás la capucha de la cara. El reflejo amarillo danzante reveló el rostro hermoso y ansioso de Elfride.
Dentro de la casa, esta luz de fuego era suficiente para iluminar la habitación claramente y mostrar que el mobiliario de la cabaña era superior a lo que cabría esperar de un exterior tan poco prometedor. También mostró a Elfride que la habitación estaba vacía. Más allá del ligero temblor y aleteo de las llamas, nada se movía ni se oía en ella.
Ella giró el pomo y entró, deshaciéndose de la capa que la envolvía, bajo la cual aparecía sin sombrero ni bonete, y con el tipo de medio traje con el que la gente de campo suele cenar. Luego, avanzando hasta el pie de la escalera, llamó con claridad, aunque con cierto miedo: «¡Señora Jethway!».
Sin respuesta.
Con una mirada de alivio y pesar combinados, indicando que la calma llegaba al corazón y la decepción al cerebro, Elfride hizo una pausa durante varios minutos, como si estuviera indecisa sobre cómo actuar. Decidida a esperar, se sentó en una silla. Los minutos pasaron, y después de estar sentada sobre las espinas de la impaciencia durante media hora, registró su bolsillo, sacó una carta y arrancó la hoja en blanco. Luego, sacando un lápiz, escribió sobre el papel:
«QUERIDA SRA. JETHWAY: He ido a visitarla. Tenía muchas ganas de verla, pero no puedo esperar más. He venido a rogarle que no lleve a cabo las amenazas que me ha repetido. Se lo suplico, Sra. Jethway, ¡no deje que nadie sepa que me fugué de casa! Me arruinaría ante él y me rompería el corazón. Haré cualquier cosa por usted si es amable conmigo. En nombre de nuestra condición femenina común, no haga, se lo imploro, un escándalo de mí. —Atentamente, E. SWANCOURT».
Dobló la nota en diagonal, escribió la dirección y la puso sobre la mesa. Luego, volviéndose a subir la capucha sobre su cabeza rizada, salió silenciosamente tal como había llegado.
Mientras este episodio tenía lugar en la cabaña de la Sra. Jethway, Knight había pasado del comedor al salón y encontró a la Sra. Swancourt sola allí.
—Elfride se ha esfumado escaleras arriba o a algún otro lugar —dijo ella.
—Y yo he estado leyendo un artículo en un número antiguo del PRESENT con el que me topé por casualidad hace poco; es un artículo que una vez nos dijo que era suyo. Bueno, Harry, con el debido respeto a sus dotes literarias, permítame decirle que esta efusión es pura tontería, en mi opinión.
—¿De qué trata? —dijo Knight, tomando el periódico y leyendo.
—Vamos: no se ponga rojo por ello. Admita que la experiencia le ha enseñado a ser más caritativo. Nunca he leído sentimientos tan poco caballerosos en mi vida; de parte de un hombre, quiero decir. Venga, le perdono; fue antes de que conociera a Elfride.
—Oh, sí —dijo Knight, levantando la vista—. Ahora recuerdo. El texto de aquel sermón no era mío en absoluto, sino que me lo sugirió un joven llamado Smith, el mismo a quien le he mencionado como oriundo de esta parroquia. La idea me pareció bastante ingeniosa en aquel momento y la amplié hasta el peso de unas cuantas guineas, porque no tenía otra cosa en la cabeza.
—¿A qué idea llama el texto? Tengo curiosidad por saberlo.
—Bueno, a esta —dijo Knight, algo a regañadientes—. Que la experiencia enseña, y tu novia, al igual que tu sastre, es necesariamente muy imperfecta en sus deberes si eres su primer cliente: y, a la inversa, la novia que se muestra elegante ante el beso inicial debe suponerse que ha tenido algo de práctica en el oficio.
—¿Y quiere decir que escribió eso basándose en el comentario de otro hombre, sin haberlo probado con la práctica?
—Sí, así es.
—Entonces creo que fue innecesario e injusto. ¿Y cómo sabe que es cierto? Supongo que ahora se arrepiente.
—Ya que me pone en un estado de ánimo serio, hablaré con franqueza. Creo que ese comentario es perfectamente cierto y, habiéndolo escrito, lo defendería en cualquier parte. Pero a menudo me arrepiento de haberlo escrito, así como de otros del mismo estilo. He envejecido desde entonces y encuentro que ese tono de escritura está calculado para hacer daño en el mundo. Cualquier Jack literario se convierte en caballero si solo puede escribir unas cuantas sátiras mediocres sobre el género femenino: las mujeres mismas, también, han tomado la costumbre; y así, en conjunto, empiezo a avergonzarme un poco de mis compañeros.
—Ah, Henry, se ha enamorado desde entonces y eso marca una diferencia —dijo la Sra. Swancourt con un ligero tono de burla.
—Es cierto; pero esa no es mi razón.
—Habiendo descubierto que, en un caso de su propia experiencia, un supuesto ganso era un cisne, parece absurdo negar tal posibilidad en las experiencias de otros hombres.
—Puede golpear con precisión, prima Charlotte —dijo Knight—. Es como el niño que pone una piedra dentro de su bola de nieve, y no jugaré más con usted. Disculpe; voy a dar mi paseo vespertino.
Aunque Knight había hablado en broma, este incidente y esta conversación le habían causado una depresión repentina. Al producirse, bastante singularmente, justo después de su descubrimiento de que Elfride había sabido lo que era amar apasionadamente antes de conocerlo, su mente se detuvo en el tema, y la pipa familiar que fumaba, mientras caminaba de un lado a otro por el sendero del arbusto, no logró ser un consuelo. Pensó de nuevo en aquellas palabras ociosas —hasta entonces olvidadas— sobre el primer beso de una joven, y la teoría parecía más que razonable. Por supuesto, su aguijón residía ahora en su relación con Elfride.
Elfride, bajo el beso de Knight, había sido ciertamente una mujer muy diferente a la que fue bajo el de Stephen. Ya fuera para bien o para mal, había aprendido maravillosamente bien el papel de una dama prometida; y el fascinante acabado de su comportamiento en esta segunda campaña probablemente surgía de su estímulo sin reservas a Stephen. Knight, con toda la rapidez de la sensibilidad celosa, se abalanzó sobre unas palabras que ella había dejado caer inadvertidamente sobre un pendiente, que solo había comprendido parcialmente en su momento. Fue durante aquel «beso inicial» junto a la pequeña cascada:
—Debemos tener cuidado. ¡Perdí el otro haciendo esto!
Un rubor que tenía tanto de orgullo herido como de dolor pasó sobre Knight al pensar en lo que tan frecuentemente le había dicho a ella en su simplicidad: «Siempre quise ser el primero en llegar al corazón de una mujer, labios frescos o ninguno para mí». ¡Qué infantilmente ciego debió parecerle a esta joven! ¡Cómo debió haberse reído de él interiormente! Se retorció absolutamente al pensar en la confesión que ella le había arrancado en el barco en la oscuridad de la noche. La única concepción que había sostenido su dignidad cuando fue sacado de su caparazón en aquella ocasión —la de su encantadora ignorancia de todos esos asuntos—, ¡qué absurda era!
Este hombre, cuya imaginación había sido alimentada hasta un tamaño sobrenatural por el estudio solitario y la observación silenciosa de sus semejantes —cuyas emociones habían sido estiradas, largas y delicadas, por su aislamiento, como plantas en un sótano—, estaba ahora absolutamente dolorido. Además, varios años de estudio poético y, si hay que decir la verdad, de esfuerzos poéticos, habían tendido a desarrollar el lado afectivo de su constitución aún más, en proporción a sus facultades activas. Era su creencia en la absoluta novedad de la seducción para Elfride lo que había constituido su encanto primordial. Empezó a pensar que era tan difícil ser el primero en el corazón de una mujer como ser el primero en el estanque de Betesda.
Que Knight hubiera sido constituido así: que el segundo amante de Elfride no hubiera sido uno de la gran masa de la humanidad bulliciosa, poco dada a la introspección, cuya buena naturaleza podría haber compensado cualquier falta de capacidad de apreciación, fue el azar de las cosas. Que su corazón palpitante, confuso e indiscreto tuviera que defenderse sin ayuda contra el escrutinio agudo y el poder lógico que Knight, ahora que sus sospechas estaban despiertas, tarde o temprano seguramente ejercería contra ella, fue su desgracia. Una incongruencia miserable era aparente en la circunstancia de una mente fuerte practicando su infalible tiro con arco sobre un corazón que el poseedor de esa mente amaba más que el suyo propio.
La devoción dócil de Elfride hacia Knight era ahora su propia enemiga. Aferrándose a él tan dependientemente, le enseñó con el tiempo a presumir de esa devoción, una lección que los hombres no tardan en aprender. Una ligera rebeldía ocasionalmente no le habría hecho daño, y habría sido un mundo de ventaja para ella. Pero ella lo idolatraba y estaba orgullosa de ser su sierva.
Capítulo XXXI
«Un gusano en el capullo».
Un día el crítico dijo: «Vamos a los acantilados otra vez, Elfride»; y, sin consultar sus deseos, se movió como si fuera a empezar de inmediato.
—¿El acantilado de nuestra terrible aventura? —preguntó ella, con un estremecimiento—. La muerte me mira a la cara en la persona de ese acantilado.
Sin embargo, tan completamente había hundido su individualidad en la de él que el comentario no fue pronunciado como una protesta, y se preparó inmediatamente para acompañarlo.
—No, ese lugar no —dijo Knight—. Es espantoso para mí, también. El otro, quiero decir; ¿cuál es su nombre?, Windy Beak.
Windy Beak era el segundo acantilado en altura a lo largo de esa costa, y, como es frecuente en los rasgos naturales del globo no menos que en los rasgos intelectuales de los hombres, gozaba de la reputación de ser el primero. Además, era el acantilado al que Elfride había cabalgado con Stephen Smith, en una mañana bien recordada de su visita de verano.
Así, aunque el pensamiento del acantilado anterior la había hecho estremecerse ante los peligros a los que su amante y ella habían estado expuestos allí, al estar asociado solo con Knight no era tan objetable como Windy Beak. Aquel lugar era peor que sombrío, era un reproche perpetuo para ella.
Pero no queriendo negarse, dijo:
—Está más lejos que el otro acantilado.
—Sí; pero puedes ir a caballo.
—¿Y tú también?
—No, iré a pie.
Un duplicado de su acuerdo original con Stephen. Alguna fatalidad debía estar colgando sobre su cabeza. Pero dejó de objetar.
—Muy bien, Harry, iré a caballo —dijo ella humildemente.
Un cuarto de hora después estaba en la silla. Pero qué diferente era el estado de ánimo del de la vez anterior. Ella había, de hecho, renunciado a su posición de reina de lo menor para ser vasalla de lo mayor. Aquí no había exhibición ahora; ningún correteo fuera de la vista con Pansy, para desconcertar y cansar a su compañero; ningún comentario impertinente sobre LA BELLE DAME SANS MERCI. Elfride estaba agobiada por la misma intensidad de su amor.
Knight hizo la mayor parte de la conversación a lo largo del viaje. Elfride escuchaba en silencio y se resignaba completamente a los movimientos del caballo de paso sobre el que iba sentada, elevándose y hundiéndose suavemente de forma alternativa, como un ave marina sobre una ola.
Cuando llegaron al límite de las posibilidades de un cuadrúpedo al caminar, Knight la bajó tiernamente de la silla, ató el caballo y deambuló con ella hasta el asiento en la roca. Knight se sentó, atrajo a Elfride hábilmente a su lado, y miraron sobre el mar.
Dos o tres grados por encima de esa melancólica y eternamente nivelada línea, el horizonte oceánico, colgaba un sol de bronce, sin rayos visibles, en un cielo de tono cenizo. Era un cielo que el sol no iluminaba ni encendía, como es habitual en las puestas de sol. Esta capa de cielo se encontraba con la masa salina de agua gris, salpicada aquí y allá con blanco. Un soplo de humedad subía ocasionalmente a sus rostros, que probablemente era rocío rarefacto de los golpes del mar en el pie del acantilado.
Elfride deseó que hubiera pasado más tiempo desde que se había sentado allí con Stephen como su amante y aceptado ser su esposa. La cercanía significativa de aquel tiempo al presente era otro elemento para añadir a la lista de miedos apasionados que eran crónicos en ella ahora.
Sin embargo, Knight estuvo muy tierno esta noche y la sostuvo cerca de él mientras estaban sentados.
No se había pronunciado una palabra por ninguno de los dos desde que se sentaron, cuando Knight dijo pensativamente, mirando aún a lo lejos:
—Me pregunto si algunos amantes en años pasados se sentaron alguna vez aquí con los brazos entrelazados, como hacemos ahora. Probablemente sí, pues el lugar parece formado para un asiento.
Su recuerdo de una pareja bien conocida que lo había hecho, y la tan comentada pérdida que se había derivado de ello, y cómo el joven había sido enviado de vuelta a buscar el artículo perdido, llevó a Elfride a mirar hacia su lado, y detrás de su espalda. Muchas personas que pierden una baratija involuntariamente le echan una mirada momentánea al pasar por el lugar mucho tiempo después. No suelen encontrarla. Elfride, al girar la cabeza, vio algo brillar débilmente desde una grieta en el sedile rocoso. Solo durante unos pocos minutos durante el día iluminaba el sol la alcoba hasta sus grietas y rendijas más profundas, pero estos eran los minutos ahora, y sus rayos nivelados le hicieron a Elfride el favor o el daño de revelar el adorno perdido.
Los pensamientos de Elfride se remontaron instantáneamente a las palabras que había pronunciado involuntariamente sobre lo que había estado ocurriendo cuando se perdió el pendiente. Y fue presa inmediatamente de la sospecha de que a Knight, al ver el objeto, se le recordarían sus palabras. Su acto instintivo, por lo tanto, fue asegurarlo en privado.
Estaba tan profundo en la grieta que Elfride no pudo sacarlo con la mano, aunque hizo varios intentos subrepticios.
—¿Qué estás haciendo, Elfie? —dijo Knight, notando sus intentos, y mirando detrás de él también.
Ella había abandonado el esfuerzo, pero demasiado tarde.
Knight escudriñó en la junta de la que ella había retirado la mano, y vio lo que ella había visto. Sacó instantáneamente una navaja de su bolsillo, y a fuerza de sondear y raspar sacó el pendiente a terreno abierto.
—No es tuyo, ¿seguramente? —preguntó.
—Sí, lo es —dijo ella tranquilamente.
—Bueno, ¡es algo de lo más extraordinario que lo encontremos así! —Knight recordó entonces más circunstancias—. ¿Qué, es el que me has contado?
—Sí.
El desafortunado comentario suyo en el beso vino a su mente, si es que los ojos eran un índice en el que confiar. Intentando reprimir las palabras, habló sin embargo sobre el tema, más para obtener la seguridad de que lo que parecía implicar no era cierto que por un deseo de entrometerse en el pasado.
—¿Estuviste realmente comprometida para casarte con ese amante? —dijo, mirando directamente hacia el mar de nuevo.
—Sí, pero no exactamente. Aunque creo que lo estaba.
—Oh, Elfride, ¡comprometida para casarte! —murmuró.
—Se habría llamado un compromiso secreto, supongo. Pero no me mires tan decepcionado; no me culpes.
—No, no.
—¿Por qué dices «no, no» de esa manera? Lo suficientemente dulce, ¿pero tan escuetamente?
Knight no dio respuesta directa a esto.
—Elfride, te dije una vez —dijo, siguiendo sus pensamientos—, que nunca besé a una mujer como amante hasta que te besé a ti. Un beso no es mucho, supongo, y ocurre a pocas personas jóvenes poder evitar todos los halagos y atenciones excepto de la única con la que luego se casan. Pero tengo debilidades peculiares, Elfride; y porque he llevado una vida peculiar, debo sufrir por ello, supongo. Había esperado... bueno, lo que no tenía derecho a esperar en relación contigo. Naturalmente, le concediste a tu antiguo amante los privilegios que me concedes a mí.
Un «sí» vino de ella como el último susurro triste de una brisa.
—Y él solía besarte, por supuesto que lo hacía.
—Sí.
—Y quizás le permitiste una manera más libre en su cortejo de la que yo he mostrado en el mío.
—No, no lo hice. Esto fue dicho con algo más de viveza.
—¿Pero él la adoptó sin que se le permitiera?
—Sí.
—Cuánto te he apreciado, Elfride, ¡y cuánto me he mantenido al margen! —dijo Knight en tonos profundos y agitados—. Tantos días y horas como he esperado en ti... he temido besarte más que esas dos veces. Y él no tuvo escrúpulos para...
Ella se acercó más a él y tembló como si tuviera frío. Su temor a que toda la historia, con adiciones aleatorias, llegara a ser conocida por él, hizo que su actitud estuviera tan agitada que Knight se alarmó y se desconcertó hasta quedar quieto. La inocencia real que la hacía pensar con tanto miedo sobre lo que, tal como va el mundo, no era un gran asunto, magnificó su aparente culpa. Puede haberle dicho a Knight que una mujer que estaba tan alterada en los preliminares debía tener un final terrible para su historia.
—Lo sé —continuó Knight, con un arrastre indescriptible de actitud y entonación—, sé que soy absurdamente escrupuloso contigo, que te quiero demasiado exclusivamente mía. En tu pasado antes de conocerme, desde tu misma cuna, quería pensar que habías sido mía. Te haría mía por fuerza bruta. Elfride —continuó vehementemente—, ¡no puedo evitar estos celos por ti! Es mi naturaleza, y debe ser así, y ODIO el hecho de que hayas sido acariciada antes: ¡sí, lo odio!
Ella respiró largo y profundo, lo cual fue medio sollozo. El rostro de Knight estaba duro, y nunca la miró en absoluto, manteniendo su mirada fija lejos hacia el mar, que el sol había cedido ahora a la sombra. En lugares altos no pasa mucho tiempo desde la puesta del sol hasta la noche, estando el crepúsculo en cierta medida desterrado, y aunque solo era tarde donde estaban sentados, había estado anocheciendo en los valles durante media hora. Sobre la aburrida extensión de mar se intensificó gradualmente hasta existir el brillo de un barco faro distante.
—Cuando ese amante te besó por primera vez, Elfride, ¿fue en un lugar como este?
—Sí, lo fue.
—No me dices nada más que lo que te saco. ¿Por qué es eso? ¿Por qué has suprimido toda mención de esto cuando confidencias casuales mías deberían haber sugerido confianza a cambio? A bordo del Juliet, ¿por qué fuiste tan secreta? Parece como si me hicieran el tonto, Elfride, pensar que, cuando te enseñaba lo deseable que era que no tuviéramos secretos el uno del otro, tú asentías con palabras, pero en el acto me contradecías. La confianza habría sido mucho más prometedora para nuestra felicidad. Si hubieras tenido confianza en mí, y me lo hubieras dicho voluntariamente, yo... sería diferente. Pero lo suprimes todo, y te interrogaré. ¿Vivías en Endelstow en ese momento?
—Sí —dijo ella débilmente.
—¿Dónde estabas cuando él te besó por primera vez?
—Sentada en este asiento.
—¡Ah, lo pensé! —dijo Knight, levantándose y mirándola de frente.
—¡Y eso explica todo, la exclamación que explicaste engañosamente, y todo! Perdona la palabra dura, Elfride, perdónala. —Sonrió con una sonrisa superficial mientras continuaba—: ¡Qué pobre mortal soy para tocar el segundo violín en todo y ser engañado por mentiras!
—Oh, no lo digas; ¡no, Harry!
—¿Dónde te besó además de aquí?
—Sentada en... una tumba en el... cementerio... y otros lugares —respondió ella con lenta imprudencia.
—No importa, no importa —exclamó, al ver sus lágrimas y perturbación—. No quiero afligirte. No me importa.
Pero a Knight sí le importaba.
—No marca ninguna diferencia, ya sabes —continuó, viendo que ella no respondía.
—Siento frío —dijo Elfride—. ¿Volvemos a casa?
—Sí; es tarde en el año para sentarse mucho tiempo al aire libre: deberíamos salir de este saliente antes de que esté demasiado oscuro para dejarnos ver dónde pisamos. Supongo que el caballo está impaciente.
Knight le habló ahora con las más simples banalidades. Había esperado hasta el último momento que ella hubiera ofrecido voluntariamente toda la historia de su primer apego. Se volvía cada vez más desagradable para él que ella tuviera un secreto de esta naturaleza. Tal confianza absoluta como había imaginado que existiría entre él mismo y la inocente joven esposa que no había conocido los tonos de ningún amante salvo los suyos, ¿era este su comienzo? La subió al caballo y fueron a lo largo con dificultad. El veneno de la sospecha estaba haciendo bien su trabajo.
Un incidente ocurrió en este viaje de regreso que fue largamente recordado por ambos, como añadiendo sombra a la sombra. Knight no pudo apartar de su mente las palabras del reproche de Adán a Eva en EL PARAÍSO PERDIDO, y al final se las susurró a sí mismo:
«¡Engañado y seducido: por él tú, yo por ti!»
—¿Qué has dicho? —preguntó Elfride con timidez.
—Solo era una cita.
Ahora habían descendido a una hondonada, y la torre de la iglesia hizo su aparición contra el pálido cielo vespertino, estando su parte inferior oculta por algunos árboles intermedios. Elfride, al serle negada una respuesta, estaba mirando la torre e intentando pensar en alguna cita contrastante que pudiera usar para recuperar su ternura. Después de un poco de reflexión dijo en tonos ganadores:
«Tú has sido mi esperanza, y una torre fuerte para mí contra el enemigo».
Siguieron adelante. Unos minutos después se vio a tres o cuatro pájaros salir volando de la torre.
—La torre fuerte se mueve —dijo Knight, con sorpresa.
Un rincón de la masa cuadrada se balanceó hacia adelante, se hundió y se desvaneció. Un estruendo fuerte siguió, y una nube de polvo se elevó donde todo había estado previamente tan claro.
—¡Los restauradores de la iglesia lo han hecho! —dijo Elfride.
En este minuto se vio al Sr. Swancourt acercándose a ellos. Llegó con un comportamiento bullicioso, aparentemente muy absorto por algún asunto entre manos.
«¡Hemos derribado la torre!», exclamó. «Ha caído bastante más rápido de lo que pretendíamos. La idea inicial era desmontarla piedra a piedra, ya sabe. Al hacerlo, la grieta se ensanchó considerablemente y ya no se consideró seguro que los hombres permanecieran sobre los muros. Entonces decidimos socavarla, y tres hombres se pusieron a trabajar en la esquina más débil esta tarde. Habían parado por la noche, con la intención de dar el golpe final mañana por la mañana, y llevaban en sus casas apenas media hora cuando se vino abajo. Un trabajo muy exitoso, un trabajo muy fino, en efecto. Pero era un viejo y duro ejemplar a pesar de la grieta». Aquí el Sr. Swancourt se secó del rostro el sudor que su excitación le había provocado.
«¡Pobre vieja torre!», dijo Elfride.
«Sí, lo siento por ella», dijo Knight. «Era una interesante pieza de antigüedad; un registro local del arte local».
«Ah, pero mi querido señor, tendremos una nueva», replicó el Sr. Swancourt; «una espléndida torre, diseñada por un hombre de primera categoría de Londres, en el estilo más reciente del arte gótico y llena de sentimiento cristiano».
«¿De veras?», dijo Knight.
«Oh, sí. No en la arquitectura bárbara y torpe de esta vecindad; no se ve nada tan tosco y pagano en ninguna otra parte de Inglaterra. Cuando los hombres se hayan ido, le aconsejaría que fuera a ver la iglesia antes de que se haga algo más en ella. Ahora puede sentarse en el presbiterio y mirar por la nave a través del arco oeste, y a través de él llegar hasta el mar. De hecho», dijo el Sr. Swancourt significativamente, «si se celebrara una boda en el altar mañana por la mañana, podría ser vista desde la cubierta de un barco en viaje a los Mares del Sur, con unos buenos prismáticos. Sin embargo, después de cenar, cuando la luna haya salido, vayan ustedes mismos a verla».
Knight asintió con febril prontitud. Había decidido en los últimos minutos que no podría descansar otra noche sin hablar más con Elfride sobre el asunto que ahora los dividía: estaba decidido a saberlo todo y aliviar su inquietud de alguna manera. Elfride habría escapado gustosa de seguir conversando a solas con él aquella noche, pero parecía inevitable.
Justo después de la salida de la luna abandonaron la casa. Cuán poca relación tenía cualquier expectativa de la visión a la luz de la luna —que era la razón ostensible de su peregrinaje— con el verdadero motivo de Knight para llevar a la gentil joven de nuevo del brazo, lo sabía bien Elfride, no menos que él mismo.
Capítulo XXXII
«Si lo hubiera sabido antes de besar»
Era ya octubre y el aire nocturno estaba frío. Tras asegurarse de que estaba bien abrigada, Knight la llevó por el camino de la ladera que habían subido tantas veces en compañía el uno del otro, cuando la duda era algo desconocido. Al llegar a la iglesia, encontraron que un lado de la torre, como había dicho el vicario, estaba completamente retirado y yacía en forma de escombros a sus pies. La torre, por su lado oriental, aún permanecía firme y podría haber resistido el choque de las tormentas y el asedio de los años batientes durante muchas generaciones aun ahora. Entraron por la puerta lateral, fueron hacia el este y se sentaron junto a los escalones del altar.
El pesado arco que unía la torre y la nave formaba esta noche un marco negro para una vista distante y brumosa que se extendía lejos hacia el oeste. Justo fuera del arco se encontraba el montón de piedras caídas, luego una parte del cementerio iluminado por la luna, y después el ancho y convexo mar a sus espaldas. Era un coup-d’oeil que nunca había sido posible desde que los albañiles medievales unieron por primera vez la vieja torre a la iglesia más antigua que dignificaba, y por lo tanto, cabe suponer que tenía un interés aparte del de la simple luz de la luna sobre el antiguo muro, el mar y la orilla; toda mención de lo cual, me temo, se ha convertido a estas alturas en uno de esos clichés de cuco que se oyen pero no se atienden. Rayos de carmesí, azul y púrpura brillaban sobre ambos desde la ventana este tras ellos, en la que santos y ángeles rivalizaban entre sí en primitivos entornos de paisajes y cielos, y arrojaban sobre el pavimento, a los pies de los sentados, una reproducción más suave de los mismos tintes translúcidos, entre los cuales las sombras de las dos cabezas vivas de Knight y Elfride eran manchas opacas y prominentes. De pronto, la luna quedó cubierta por una nube y la iridiscencia se desvaneció.
«Ahí, ¡se ha ido!», dijo Knight. «He estado pensando, Elfride, que este lugar donde nos sentamos es donde podemos esperar arrodillarnos juntos pronto. Pero estoy inquieto e intranquilo, y tú sabes por qué».
Antes de que ella respondiera, la luz de la luna volvió de nuevo, irradiando aquella parte del cementerio que tenían a la vista. Iluminó primero la parte cercana, y contra el fondo que la sombra de la nube aún no había descubierto se alzaba, más brillante que todo, una tumba blanca: la tumba del joven Jethway.
Knight, aún alerta sobre el asunto del secreto de Elfride, pensó en sus palabras respecto al beso que una vez ocurrió sobre una tumba en este cementerio.
«Elfride», dijo, con una superficial picardía que no cubría ni a medias una corriente subterránea de reproche, «¿sabes?, creo que podrías haberme contado voluntariamente sobre ese pasado —de besos y compromisos— sin haberme causado tanta inquietud y problemas. ¿Era esa la tumba a la que aludiste como aquella en la que te habías sentado con él?».
Ella esperó un instante. «Sí», dijo.
La exactitud de su disparo al azar sobresaltó a Knight; aunque, considerando que casi todos los demás monumentos en el cementerio eran lápidas verticales sobre las que nadie podría sentarse, no era tan sorprendente.
Elfride ni siquiera entonces continuó con la explicación que su exigente amante deseaba tener, y su reticencia comenzó a irritarle como antes. Se inclinó a darle un sermón.
«¿Por qué no me lo cuentas todo?», dijo algo indignado. «Elfride, no hay un solo asunto sobre el que me sienta con más firmeza que este: que todo debería aclararse entre dos personas antes de convertirse en marido y mujer. Mira lo deseable y sabio que es tal proceder para evitar contingencias desagradables en forma de descubrimientos posteriores. Pues, Elfride, un secreto de ninguna importancia en absoluto puede convertirse en la base de algún malentendido fatal solo porque es descubierto y no confesado. Dicen que nunca hubo una pareja de la que uno no tuviera algún secreto que el otro nunca supo ni debió saber. Esto puede ser cierto o no; pero si lo es, algunos han sido felices a pesar, más que como consecuencia, de ello. Si un hombre viera a otro hombre mirando significativamente a su esposa, y ella se ruborizara intensamente y pareciera sobresaltada, ¿crees que estaría tan satisfecho con, por ejemplo, su veraz explicación de que una vez, para su gran molestia, accidentalmente se desmayó en sus brazos, como si se lo hubiera dicho voluntariamente hace mucho tiempo, antes de que ocurriera la circunstancia que la obligó a hacerlo? Supón que ese admirador del que hablaste en relación con la tumba de allí apareciera y me molestara. ¡Amargaría nuestras vidas si yo estuviera entonces medio a oscuras, como estoy ahora!».
Knight pronunció las últimas frases con creciente fuerza.
«No puede ser», dijo ella.
«¿Por qué no?», preguntó él bruscamente.
A Elfride le afligió encontrarlo en un estado de ánimo tan severo, y tembló. En una confusión de ideas, probablemente sin intención de una evasiva deliberada, respondió apresuradamente:
«Si está muerto, ¿cómo puedes encontrarte con él?».
«¿Está muerto? ¡Oh, eso es totalmente diferente!», dijo Knight, inmensamente aliviado. «Pero, a ver, ¿qué dijiste sobre esa tumba y él?».
«Esa es su tumba», continuó ella débilmente.
«¡Qué! ¿Era quien yace enterrado allí el hombre que fue tu amante?», preguntó Knight con voz clara.
«Sí; y no lo amaba ni le di pie».
«Pero dejaste que te besara; tú lo dijiste, ya sabes, Elfride».
Ella no respondió.
«Vaya», dijo Knight, recordando las circunstancias gradualmente, «seguramente dijiste que estabas en cierto grado comprometida con él; y, por supuesto, lo estabas si te besó. Y ahora dices que nunca le diste pie. Y he estado imaginando que dijiste —estoy casi seguro de que lo hiciste— que estabas sentada con él EN esa tumba. ¡Dios mío!», exclamó, levantándose de repente con ira, «¿me estás diciendo falsedades? ¿Por qué juegas así conmigo? Tendré la verdad. ¡Elfride, nunca seremos felices! Hay una plaga sobre nosotros, o sobre mí, o sobre ti, y debe ser eliminada antes de que nos casemos». Knight se alejó impetuosamente como para dejarla.
Ella se levantó de un salto y le agarró del brazo.
«No te vayas, Harry, ¡no!».
«Dímelo, pues», dijo Knight severamente. «Y recuerda esto, no más embustes, o, por mi alma, te odiaré. ¡Cielos! que haya llegado a esto, que una chica me tome por tonto con sus falsedades...».
«¡No, no me trates tan cruelmente! ¡Oh, Harry, Harry, ten piedad y retira esas palabras terribles! Soy veraz por naturaleza, lo soy, ¡y no sé cómo llegué a hacer que me malinterpretaras! ¡Pero estaba asustada!». Se estremeció tanto en su perturbación que lo sacudió con su...
«¿Dijiste que estabas sentada en esa tumba?», preguntó malhumorado.
«Sí; y era verdad».
«Entonces, ¿cómo, en nombre del Cielo, puede un hombre sentarse sobre su propia tumba?».
«Ese era otro hombre. Perdóname, Harry, ¿no me perdonas?».
«¿Qué, un amante en la tumba y un amante sobre ella?».
«¡Oh... oh... sí!».
«¿Entonces hubo dos antes que yo?».
«Supongo que sí».
«Ahora, no seas una mujer tonta con tus suposiciones; odio todo eso», dijo Knight casi con desprecio. «Bueno, aprendemos cosas extrañas. No sé qué podría haber hecho —nadie puede decir en qué forma pueden deformar a uno las circunstancias— pero apenas creo que hubiera tenido la conciencia de aceptar los favores de un nuevo amante mientras estaba sentada sobre los pobres restos del antiguo; por mi alma, no creo». Knight, en meditación sombría, siguió mirando hacia la tumba, que permanecía ante ellos como un fantasma vengador.
«¡Pero me juzgas mal, oh, tan gravemente!», gritó ella. «No medité tal cosa: créeme, Harry, no lo hice. Solo ocurrió así, completamente por sí mismo».
«Bueno, supongo que no PRETENDÍAS tal cosa», dijo. «Nadie lo hace nunca», continuó tristemente.
«Y a él, en la tumba, nunca lo amé ni una vez».
«¿Supongo que el segundo amante y tú, mientras estaban sentados allí, juraron ser fieles el uno al otro para siempre?».
Elfride solo respondió con respiraciones rápidas y pesadas, mostrando que estaba al borde del sollozo.
«¿No eliges ser otra cosa que reservada, entonces?», dijo imperativamente.
«Por supuesto que sí», respondió ella.
«‘¡Por supuesto!’ ¿Pareces tratar el tema muy a la ligera?».
«Es pasado, y no es nada para nosotros ahora».
«Elfride, es una nada que, aunque pueda hacer reír a un hombre despreocupado, no puede sino hacer sufrir a uno genuino. Es un dolor muy corrosivo. Cuéntamelo todo, directamente».
«Nunca. ¡Oh, Harry! ¿Cómo puedes esperarlo cuando tan poco de ello te hace tan duro conmigo?».
«Ahora, Elfride, escucha esto. Sabes que lo que has contado solo irrita las fantasías más sutiles en uno, después de todo. El sentimiento que tengo al respecto sería llamado, y es, pura sensiblería; y no quiero que supongas que un compromiso previo ordinario de tipo directo marcaría ninguna diferencia práctica en mi amor, o en mi deseo de hacerte mi esposa. Pero parece que tienes más que decir, y ahí es donde está el error. ¿Hay más?».
«No mucho más», respondió ella fatigosamente.
Knight mantuvo un grave silencio durante un minuto. «‘No mucho más’», dijo al fin. «¡Debería pensar que no, en efecto!». Su voz asumió un tono bajo y firme. «Elfride, no debes molestarte porque diga algo que suena extraño, porque lo diré. Es esto: que si hubiera mucho más que añadir a un relato que ya incluye todos los pormenores que un compromiso matrimonial roto podría incluir con propiedad, debe ser algo excepcional que podría hacer imposible que yo o cualquier otro te ame y se case contigo».
El estado de ánimo perturbado de Knight lo llevó mucho más lejos de lo que habría ido en un momento más tranquilo. Y, aun así, si ella se hubiera mostrado asertiva en algún grado, él no habría sido tan perentorio; y si ella hubiera sido un personaje más fuerte —más práctico y menos imaginativo—, habría hecho un mejor uso de su posición en el corazón de él para influirle. Pero la ternura confiada que lo había ganado siempre va acompañada de una especie de entrega a la corriente de los acontecimientos, llevando a toda mujer así a confiar más en la bondad del destino para obtener buenos resultados que en cualquier argumento propio.
«Bien, bien», murmuró cínicamente; «no diré que es culpa tuya: es mi mala suerte, supongo. No tenía derecho real a interrogarte; todo el mundo diría que fue un atrevimiento. Pero cuando nos hemos malentendido, nos sentimos heridos por el objeto de nuestro malentendido. Nunca dijiste que no habías tenido a nadie más aquí cortejándote, así que ¿por qué debería culparte? Elfride, te pido perdón».
«¡No, no! Preferiría tu ira a esa fría y agraviada cortesía. ¡Deja eso, Harry! ¿Por qué deberías infligirme eso? Me reduce al nivel de un simple conocido».
«Tú haces eso conmigo. ¿Por qué no confianza por confianza?».
«Sí; pero no te hice ni una sola pregunta respecto a tu pasado: no deseaba saber nada de él. Todo lo que me importaba era que, de dondequiera que vinieras, hicieras lo que hubieras hecho, amaras a quien hubieras amado, finalmente eras mío. Harry, si originalmente hubieras sabido que yo había amado, ¿nunca te habrías preocupado por mí?».
«No diré eso del todo. Aunque admito que la idea de tu estado inexperto tenía un gran encanto para mí. Pero pienso esto: que si hubiera sabido que había alguna fase de tu amor pasado que te negarías a revelar si yo pedía conocerla, nunca te habría amado».
Elfride sollozó amargamente. «¿Soy tal... simple juguete sin carácter... como para no tener atractivo en mí, aparte de... la frescura? ¿No tengo cerebro? Dijiste... que era inteligente e ingeniosa en mis pensamientos, y... ¿no es eso nada? ¿No tengo algo de belleza? Creo que tengo un poco, y sé que lo tengo, ¡sí, lo tengo! Has elogiado mi voz, mis modales y mis talentos. ¡Sin embargo, todo esto junto es pura basura porque... accidentalmente vi a un hombre antes que a ti!».
«Oh, vamos, Elfride. ‘Accidentalmente vi a un hombre’ es muy frío. Amaste a ese hombre, recuerda».
«—¡Y lo amé un poco!».
«Y te niegas ahora a responder a la simple pregunta de cómo terminó. ¿Te niegas aún, Elfride?».
«No tienes derecho a interrogarme así, tú mismo lo dijiste. Es injusto. Confía en mí como yo confío en ti».
«Eso no es nada».
«No te amaré si eres tan cruel. Es cruel conmigo discutir así».
«Quizás lo sea. Sí, lo es. Me dejé llevar por mi sentimiento hacia ti. Dios sabe que no era mi intención; pero te he amado tanto que te he tratado mal».
«¡No me importa, Harry!», respondió al instante, acercándose y acurrucándose contra él; «y no pensaré en absoluto que me trataste duramente si me perdonas y no te enfadas más conmigo. ¡Desearía haber sido exactamente como pensabas que era, pero no pude evitarlo, ya sabes! ¡Si hubiera sabido que venías, qué convento habría buscado para haber sido lo suficientemente buena para ti!».
«Bueno, no importa», dijo Knight; y se volvió para irse. Se esforzó por hablar en tono juguetón mientras avanzaban. «Diógenes Laercio dice que los filósofos solían privarse voluntariamente de la vista para no ser interrumpidos en sus meditaciones. Los hombres, al convertirse en amantes, deberían hacer lo mismo».
«¿Por qué? Pero no importa, no quiero saberlo. No me hables lacónicamente», dijo ella con deprecación.
«¿Por qué? Porque nunca se distraerían descubriendo que su ídolo era de segunda mano».
Ella miró hacia abajo y suspiró; y salieron del desmoronado lugar y cruzaron lentamente hacia la entrada del cementerio. Knight no era él mismo, y no podía pretender serlo. Ella no lo había contado todo.
La ayudó ligeramente a pasar el escalón y fue prácticamente tan atento como podía serlo un amante. Pero se había desvanecido una gloria, y el sueño no era como lo había sido antaño. Tal vez Knight no estaba formado por la Naturaleza para ser un hombre casado. Tal vez su cohibición de toda la vida hacia las mujeres, que él había atribuido al azar, no era casualidad al fin y al cabo, sino el resultado natural de actos instintivos tan minuciosos que ni siquiera él mismo podía discernir. O si la dura disipación de cualquier ilusión brillante, por imaginativa que sea, deprecia el brillo real y no exagerado que pertenece a su base, uno no puede decirlo. Cierto era que la decepción de Knight al encontrarse segundo o tercero en la liza, ante el momentáneo equívoco de Elfride y ante su reticencia a ser franca, lo llevó al borde del cinismo.
Capítulo XXXIII
«Oh, hija de Babilonia, desolada por la miseria».
Un hábito de Knight, cuando no estaba inmediatamente ocupado con Elfride —caminar solo durante media hora más o menos entre la cena y la hora de dormir— se había vuelto familiar para sus amigos en Endelstow, incluida la propia Elfride. Cuando la ayudó a pasar el escalón, ella dijo suavemente: «Si deseas dar tu paseo habitual por la colina, Harry, puedo bajar sola a la casa».
«Gracias, Elfie; entonces creo que lo haré».
Su forma se convirtió en negrura bajo la luz de la luna, y Knight, tras permanecer unos minutos más en el escalón del cementerio, se volvió hacia el edificio. Su costumbre ahora era encender un cigarro o una pipa y entregarse a una tranquila meditación. Pero esta noche su mente estaba demasiado tensa para pensar en tal consuelo. Simplemente rodeó el lugar de la torre caída y se sentó sobre algunas de las grandes piedras que la habían compuesto hasta este día, cuando la cadena de circunstancias iniciada por Stephen Smith, mientras estaba al servicio del Sr. Hewby, el hombre de arte de Londres, había provocado su derribo.
Reflexionando sobre los posibles episodios de la vida pasada de Elfride, y sobre cómo él había supuesto que no tenía un pasado que justificara tal nombre, se sentó y contempló la blanca tumba del joven Jethway, ahora justo frente a él. El mar, aunque comparativamente plácido, podía oírse como de costumbre desde este punto a lo largo de toda la distancia entre los promontorios a derecha e izquierda, forcejeando y enredándose entre las pilas aisladas de roca que salpicaban la orilla del agua: los miserables esqueletos de torturados viejos acantilados que ni siquiera ahora querían sucumbir al desgaste de las mareas.
Como un cambio de pensamientos no muy alegres, Knight intentó hacer ejercicio. Se puso en pie y se preparó para ascender a la cumbre del ruinoso montón de piedras, desde donde se podía obtener una perspectiva más extensa que desde el suelo. Extendió el brazo para agarrar la arista saliente de un bloque más grande de lo normal, y así ayudarse a subir, cuando su mano aterrizó de lleno sobre una sustancia que difería en el mayor grado posible de lo que esperaba agarrar: piedra dura. Era fibrosa y enmarañada, y se arrastraba sobre la piedra. La profunda sombra del muro del pasillo le impedía ver nada con claridad allí, y comenzó a adivinar por necesidad. «Es una especie de musgo o liquen velloso», se dijo a sí mismo.
Pero yacía flojamente sobre la piedra.
«Es un mechón de hierba», dijo.
Pero le faltaba la aspereza y la humedad de la hierba más fina.
«Es una brocha de cal de albañil».
Tales brochas, recordó, eran más cerdosas; y por mucho que se usaran para reparar una estructura, no serían necesarias para derribar una.
Dijo: «Debe ser un fleco de seda filamentosa».
Palpó más a fondo. Estaba algo caliente. Knight se sintió al instante algo frío.
Encontrar la frialdad de la materia inanimada donde esperas calor es lo suficientemente alarmante; pero una temperatura más fría que la del cuerpo siendo la regla más que la excepción en las sustancias comunes, difícilmente transmite tal choque al sistema como encontrar calor donde se anticipa total frigidez.
«Solo Dios sabe lo que es», dijo.
Palpó más a fondo y, en el transcurso de un minuto, puso su mano sobre una cabeza humana. La cabeza estaba caliente, pero inmóvil. La masa filamentosa era el cabello de la cabeza; largo y desgreñado, lo que indicaba que la cabeza era de mujer.
Knight, en su desconcierto, permaneció inmóvil un momento y puso en orden sus pensamientos. El relato del vicario sobre el derrumbe de la torre era que los obreros habían estado socavándola durante todo el día y se habían marchado por la tarde con la intención de dar el golpe de gracia a la mañana siguiente. Media hora después de que se fueran, el ángulo socavado se vino abajo. La mujer que estaba medio enterrada, al parecer, debía de haber estado debajo en el momento del desplome.
Knight saltó y comenzó a intentar retirar los escombros con las manos. El montón que cubría el cuerpo era, en su mayor parte, fino y polvoriento, pero de una cantidad inmensa. Sería una pérdida de tiempo ir a buscar ayuda. Cruzó hacia el muro del cementerio y se apresuró a bajar la colina.
Un poco más abajo, un camino transversal pasaba sobre una pequeña loma, que ahora se recortaba oscuramente contra la luna, y este camino formaba allí una especie de muesca en el horizonte. En el momento en que Knight llegó al cruce, divisó a un hombre en esta eminencia, que venía hacia él. Knight se desvió y se encontró con el desconocido.
—Ha habido un accidente en la iglesia —dijo Knight, sin preámbulos—. La torre ha caído sobre alguien, que ha estado ahí tirado desde entonces. ¿Vendrá a ayudarme?
—Eso haré —dijo el hombre.
—Es una mujer —dijo Knight, mientras se apresuraban a regresar—, y creo que nosotros dos somos suficientes para sacarla. ¿Sabe de alguna pala?
—Las palas de cavar tumbas están por algún lado. Solían estar en la torre.
—Y debe haber algunas que pertenezcan a los obreros.
Buscaron por los alrededores y en un ángulo del pórtico encontraron tres cuidadosamente guardadas. Al rodear hacia el lado oeste, Knight señaló el lugar de la tragedia.
—Deberíamos haber traído una linterna —exclamó—. Pero quizá podamos arreglárnoslas sin ella.
Se puso a trabajar retirando la masa superpuesta.
El otro hombre, que al principio observaba con cierta impotencia, siguió ahora el ejemplo de la actividad de Knight y retiró las piedras más grandes que estaban mezcladas con los escombros. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, pasaron diez minutos antes de que el cuerpo de la desafortunada criatura pudiera ser liberado. La levantaron con el mayor cuidado posible, la llevaron sin aliento hasta la tumba de Felix Jethway, que estaba a pocos pasos hacia el oeste, y la depositaron sobre ella.
—¿Está realmente muerta? —dijo el desconocido.
—Lo parece —dijo Knight—. ¿Cuál es la casa más cercana? La vicaría, supongo.
—Sí; pero como tendremos que llamar a un cirujano de Castle Boterel, creo que sería mejor llevarla en esa dirección, en lugar de alejarla del pueblo.
—¿Y no está mucho más lejos la primera casa a la que llegamos yendo por ese camino que la vicaría o The Crags?
—No mucho —respondió el desconocido.
—Supongamos que la llevamos allí, entonces. Y creo que la mejor manera de hacerlo sería esta, si no le importa unir sus manos con las mías.
—En absoluto; me alegra ayudar.
Haciendo una especie de cuna, al entrelazar sus manos en cruz debajo de la mujer inanimada, la levantaron y caminaron uno al lado del otro por un sendero indicado por el desconocido, quien parecía conocer bien la localidad.
—Había estado sentado en la iglesia durante casi una hora —continuó Knight, una vez que estuvieron fuera del cementerio—. Después caminé alrededor del lugar donde se derrumbó la torre y así la encontré. Es doloroso pensar que, inconscientemente, perdí tanto tiempo en presencia misma de un alma que perecía y huía.
—La torre cayó al anochecer, ¿no es así? Hace ya dos horas, creo.
—Sí. Debe haber estado allí sola. ¿Cuál podría haber sido su objetivo al visitar el cementerio entonces?
—Es difícil de decir. —El desconocido miró inquisitivamente el rostro reclinado de la forma inmóvil que transportaban—. ¿Podría girarla un momento, para que la luz le dé en la cara? —dijo.
Giraron su rostro hacia la luna y el hombre observó más de cerca sus facciones. —¡Vaya, la conozco! —exclamó.
—¿Quién es ella?
—La señora Jethway. Y la cabaña a la que la llevamos es la suya. Es viuda; y estuve hablando con ella esta misma tarde. Estaba en la oficina de correos de Castle Boterel y vino allí a echar una carta. ¡Pobre alma! Demos prisa.
—Sujete mi muñeca un poco más fuerte. ¿No era aquella tumba sobre la que la pusimos la de su único hijo?
—Sí, lo era. Sí, lo veo ahora. Estaba allí para visitar la tumba. Desde la muerte de ese hijo, ha sido una mujer desolada y abatida, siempre llorándolo. Era esposa de un granjero, muy bien educada; una institutriz originalmente, creo.
El corazón de Knight se conmovió con simpatía. Sus propios destinos parecían estar entrelazados de alguna manera extraña con los de esta familia Jethway, a través de la influencia de Elfride sobre él mismo y sobre el infortunado hijo de esa casa. No respondió y siguieron caminando.
—Empieza a pesar —dijo el desconocido, rompiendo el silencio.
—Sí, es verdad —dijo Knight; y tras otra pausa añadió—: Creo que le he visto antes, aunque no recuerdo dónde. ¿Puedo preguntarle quién es usted?
—Oh, sí. Soy Lord Luxellian. ¿Quién es usted?
—Soy un visitante en The Crags, el señor Knight.
—He oído hablar de usted, señor Knight.
—Y yo de usted, Lord Luxellian. Me alegra conocerle.
—Puedo decir lo mismo. Estoy familiarizado con su nombre en letra impresa.
—Y yo con el suyo. ¿Es esta la casa?
—Sí.
La puerta estaba cerrada. Knight, tras reflexionar un momento, registró el bolsillo de la mujer sin vida y encontró en él una llave grande que, al aplicarla a la puerta, la abrió fácilmente. El fuego se había apagado, pero la luz de la luna entraba por la ventana labrada y formaba dibujos en el suelo. Los rayos les permitieron ver que la habitación en la que habían entrado estaba bastante bien amueblada, siendo la misma habitación que Elfride había visitado sola dos o tres noches antes. Depositaron su carga inmóvil en un sofá de estilo antiguo que estaba contra la pared, y Knight buscó una lámpara o vela. Encontró una vela en un estante, la encendió y la colocó sobre la mesa.
Tanto Knight como Lord Luxellian examinaron atentamente el rostro pálido, y ambos quedaron casi convencidos de que no había esperanza. En el examen superficial que hicieron, no se observaron señales de violencia.
—Creo que, como sé dónde vive el doctor Granson —dijo Lord Luxellian—, será mejor que corra a buscarle mientras usted se queda aquí.
Knight estuvo de acuerdo. Lord Luxellian se marchó y sus pasos apresurados se fueron desvaneciendo. Knight continuó inclinado sobre el cuerpo, y unos minutos más de cuidadoso examen le convencieron perfectamente de que la mujer estaba mucho más allá del alcance de la lanceta y el fármaco. Sus extremidades ya empezaban a ponerse rígidas y frías. Knight le cubrió el rostro y se sentó.
Los minutos pasaron. El ensayista permaneció meditando sobre todos los acontecimientos de la noche. Sus ojos estaban dirigidos hacia la mesa y se había dado cuenta desde hacía tiempo de que los materiales de escritura estaban esparcidos sobre ella. Ahora se fijó más en ellos: había un tintero, una pluma, un secante y papel de cartas. Varias hojas de papel estaban apartadas del resto, sobre las cuales se habían iniciado cartas y abandonado, como si su forma no hubiera sido satisfactoria para la redactora. También había una barra de lacre negro y un sello, como si el cierre ordinario no se hubiera considerado suficientemente seguro. Las hojas de papel abandonadas, tal como estaban abiertas sobre la mesa, permitían, mientras estaba sentado, leer las pocas palabras escritas en cada una. Una decía así:
«SEÑOR: Como mujer que una vez fue bendecida con un hijo querido propio, le imploro que acepte una advertencia...»
Otra:
«SEÑOR: Si se digna recibir una advertencia de una desconocida antes de que sea demasiado tarde para cambiar su rumbo, escuche a...»
La tercera:
«SEÑOR: Con esta carta le adjunto otra que, sin ayuda de ninguna explicación mía, cuenta una historia sorprendente. Deseo, sin embargo, añadir unas pocas palabras para hacer su engaño aún más claro para usted...»
Estaba claro que, tras estos inicios renunciados, se había escrito y enviado una cuarta carta, que se había considerado la adecuada. Sobre la mesa había dos gotas de lacre; la barra de la que se tomaron había sido dejada reposando sobre el borde de la mesa; el extremo estaba caído, mostrando que el lacre se colocó allí mientras estaba caliente. Allí estaba la silla en la que se había sentado la redactora, la impresión de la dirección de la carta sobre el secante, y la pobre viuda que había causado estos resultados, yaciendo muerta muy cerca. Knight había visto lo suficiente para llegar a la conclusión de que la señora Jethway, teniendo un asunto de gran importancia que comunicar a algún amigo o conocido, le había escrito una carta muy cuidadosa y había ido ella misma a enviarla; que no había regresado a la casa desde el momento en que salió hasta que Lord Luxellian y él la habían traído de vuelta muerta.
La indecible melancolía de toda la escena, mientras esperaba, silencioso y solo, no chocaba del todo con el estado de ánimo de Knight, a pesar de que estaba prometido con una joven hermosa y cautivadora, y aunque hacía muy poco que había estado en su compañía. Mientras estaba sentado sobre los restos de la torre demolida, había definido una nueva sensación: que el prolongado curso de inacción en el que últimamente se había estado complaciendo por causa de Elfride probablemente no fuera bueno para él como hombre que tenía trabajo que hacer. Podría ponerse fin a ello rápidamente apresurando su matrimonio con ella.
Knight, en su propia opinión, era alguien que había errado el tiro por apuntar demasiado alto. Habiendo renunciado ya, en gran medida, a ambiciones ideales, deseaba fervientemente dirigir sus fuerzas hacia un cauce más práctico y así corregir las tendencias introspectivas que nunca le habían traído mucha felicidad ni hecho mucho bien a sus semejantes. Empezar en esta nueva dirección mediante el matrimonio, que, desde que conocía a Elfride, había sido una idea tan fascinante, era menos exquisito esta noche. Que la reducción de su ilusión respecto a ella tuviera algo que ver con la reacción y con el retorno de sus viejos sentimientos sobre el desperdicio del tiempo es más que probable. Aunque el corazón de Knight le había dominado en gran medida, el dominio no era tan completo como para mantenerse fácilmente frente a un renacimiento intelectual moderado.
Su ensueño se vio interrumpido por el sonido de ruedas y el trote de un caballo. La puerta se abrió para dar paso al cirujano, a Lord Luxellian y a un tal señor Coole, forense de la división (que había estado asistiendo en Castle Boterel ese mismo día y estaba charlando después de cenar con el médico cuando llegó Lord Luxellian); después llegaron dos enfermeras y algunos curiosos.
El señor Granson, tras un examen somero, dictaminó que la mujer había muerto por asfixia, inducida por una presión intensa sobre los órganos respiratorios; y se hicieron arreglos para que la investigación tuviera lugar a la mañana siguiente, antes del regreso del forense a St. Launce’s.
Poco después, la casa de la viuda quedó desierta de todos sus ocupantes vivos, y ella permaneció en la muerte, como lo había hecho en su vida durante los dos últimos años, completamente sola.
Capítulo XXXIV
«Sí, feliz será quien te pague como nos has servido».
Habían pasado dieciséis horas. Knight estaba entrando en el boudoir de las damas en The Crags, a su regreso de asistir a la investigación sobre la muerte de la señora Jethway. Elfride no estaba en la estancia.
La señora Swancourt hizo algunas averiguaciones sobre el veredicto y las circunstancias colaterales. Luego dijo:
—El cartero vino esta mañana un minuto después de que usted saliera de la casa. Solo había una carta para usted y la tengo aquí.
Tomó una carta de la tapa de su costurero y se la entregó. Knight tomó la misiva distraídamente, pero, impresionado por su aspecto, murmuró unas pocas palabras y salió de la habitación.
La carta estaba cerrada con un sello negro, y la caligrafía en la que estaba dirigida había estado bajo sus ojos, de forma larga y prominente, solo la noche anterior.
Knight estaba muy agitado y buscó un lugar donde pudiera estar seguro de no ser interrumpido. Era la estación de los rocíos intensos, que permanecían sobre la hierba en lugares sombreados durante todo el día; sin embargo, entró en un pequeño trozo de césped descuidado cercado por el arbusto y allí leyó la carta, que había abierto de camino hacia allí.
La caligrafía, el sello, el papel, las palabras introductorias, todo había revelado al instante que la carta le había llegado de manos de la viuda Jethway, ahora muerta y fría. Había comprendido al instante que las notas inacabadas que captaron su vista la noche anterior no estaban destinadas a nadie más que a él mismo. Había recordado algunas de las palabras de Elfride mientras dormía en el vapor: que alguien no debía contarle algo, o sería su ruina; una circunstancia hasta entonces considerada tan trivial y carente de sentido que casi la había olvidado. Todas estas cosas infundieron en él una emoción intensa en poder y supremamente angustiosa en calidad. El papel en su mano tembló mientras leía:
«EL VALLE, ENDELSTOW.
SEÑOR: Una mujer que no tiene mucho en el mundo que perder por cualquier censura que este acto pueda atraer sobre ella, desea darle algunas pistas sobre una dama a la que usted ama. Si se digna aceptar una advertencia antes de que sea demasiado tarde, notará lo que su corresponsal tiene que decir.
Está usted siendo engañado. ¿Puede tal mujer ser digna?
Alguien que alentó a un joven honesto a amarla, luego lo despreció, por lo que murió.
Alguien que después tomó a un hombre sin nacimiento como amante, al que su padre le prohibió la entrada a la casa.
Alguien que abandonó secretamente su hogar para casarse con ese hombre, se encontró con él y se fue con él a Londres.
Alguien que, por una razón u otra, regresó de nuevo soltera.
Alguien que, en su correspondencia posterior con él, llegó a dirigirse a él como su marido.
Alguien que escribió la carta adjunta para pedirme, a mí, que mejor que nadie conoce la historia, que mantuviera el escándalo en secreto.
Espero estar pronto fuera del alcance de la culpa o el elogio. Pero antes de llevarme, Dios ha puesto en mi poder vengar la muerte de mi hijo.
GERTRUDE JETHWAY».
La carta adjunta era la nota a lápiz que Elfride había escrito en la cabaña de la señora Jethway:
«QUERIDA SEÑORA JETHWAY: He ido a visitarla. Quería mucho verla, pero no puedo esperar más. Vine a rogarle que no ejecute las amenazas que me ha repetido. ¡No deje, se lo suplico, señora Jethway, que nadie sepa que huí de casa! Me arruinaría con él y me rompería el corazón. Haré cualquier cosa por usted si es amable conmigo. En nombre de nuestra humanidad común, no haga, se lo imploro, un escándalo de mí. —Atentamente,
E. SWANCOURT».
Knight giró la cabeza con cansancio hacia la casa. El terreno se elevaba rápidamente al acercarse al arbusto en el que él estaba, levantándolo casi a un nivel con el primer piso de The Crags. El vestidor de Elfride se encontraba en el ángulo saliente en esta dirección, y estaba iluminado por dos ventanas en una posición tal que, desde el lugar donde estaba Knight, su vista pasaba a través de ambas ventanas y rastrillaba la habitación. Elfride estaba allí; hacía una pausa entre las dos ventanas, mirando su figura en el espejo de cuerpo entero. Se observó a sí misma larga y atentamente de frente; se giró, echó la cabeza hacia atrás y observó el reflejo sobre su hombro.
Nadie puede predecir cuál era su objetivo o fantasía; puede que hiciera el acto en la misma abstracción de una profunda tristeza. Puede que estuviera gimiendo desde el fondo de su corazón: «¡Qué infeliz soy!». Pero la impresión producida en Knight no fue buena. Bajó la vista con tristeza. La carta de la mujer muerta tenía una virtud en el accidente de su coyuntura mucho más allá de cualquier otra que exhibiera intrínsecamente. La circunstancia prestó a las palabras malvadas un eco de justicia implacable resonando desde la tumba. Knight no pudo soportar su posesión. Rompió la carta en pedazos.
Oyó un crujido entre los arbustos detrás y, al girar la cabeza, vio a Elfride siguiéndolo. La hermosa joven le miró a la cara con una sonrisa anhelante de esperanza, demasiado forzadamente esperanzada como para desplazar el temor firmemente establecido bajo ella. Sus severas palabras de la noche anterior todavía pesaban sobre ella.
—Te vi desde mi ventana, Harry —dijo tímidamente.
—El rocío hará que tus pies se mojen —observó él, como alguien sordo.
—No me importa.
—Hay peligro en mojarse los pies.
—Sí... Harry, ¿qué sucede?
—Oh, nada. ¿Debo reanudar la conversación seria que tuve contigo anoche? No, quizá no; quizá sea mejor que no lo haga.
—¡Oh, no sé qué decir! ¡Qué miserable es todo! ¡Ah, desearía que fueras tu querido yo de nuevo, y que me hubieras besado cuando subí! ¿Por qué no me pediste uno? ¿Por qué no lo haces ahora?
«Demasiado libre en los modales, por mucho», le oyó murmurar la voz en su interior.
—Fue esa odiosa conversación de anoche —continuó ella—. ¡Oh, esas palabras! Anoche fue una noche negra para mí.
—¡Beso! ¡Odio esa palabra! ¡No hables de besos, por el amor de Dios! Creo que podrías haber mostrado suficiente tacto como para abstenerte de esa palabra «beso», considerando aquellos que has aceptado.
Se puso muy pálida, y una rigidez y un carácter desolado tomaron posesión de su rostro. Aquel rostro era tan delicado y tierno en apariencia ahora, que uno podría imaginar que la presión de un dedo sobre él causaría una mancha lívida.
Knight siguió caminando, y Elfride con él, silenciosa y sin oponerse. Abrió una verja y entraron en un sendero a través de un campo de rastrojos.
—¿Quizá te estoy molestando? —dijo ella mientras él cerraba la verja—. ¿Debo irme?
—No. Escúchame, Elfride. —La voz de Knight era baja y desigual—. He sido honesto contigo: ¿serás tú así conmigo? Si ha existido alguna conexión —extraña— entre tú y un predecesor mío, dímelo ahora. Es mejor que lo sepa ahora, incluso aunque el conocimiento deba separarnos, a que lo descubra en el tiempo venidero. Y han despertado sospechas en mí. Creo que no diré cómo, porque desprecio los medios. Un descubrimiento de cualquier misterio de tu pasado amargaría nuestras vidas.
Knight esperó con una manera lenta de calma. Sus ojos estaban tristes e imperativos. Caminaron más lejos por el sendero.
—¿Me perdonarás si te lo cuento todo? —exclamó ella suplicante.
—No puedo prometerlo; mucho depende de lo que tengas que contar.
Elfride no pudo soportar el silencio que siguió.
—¿No vas a amarme? —exclamó—. ¡Harry, Harry, ámame y háblame como siempre! Hazlo; ¡te lo suplico, Harry!
—¿Vas a actuar con justicia conmigo? —dijo Knight, con ira creciente—; ¿o no? ¿Qué te he hecho para que me traten así? Ser atrapado como un pájaro en una trampa; ¡todo planeado para ocultármelo! ¿Por qué es, Elfride? Eso es lo que te pregunto.
En su agitación, habían dejado el sendero y vagaban entre los rastrojos húmedos y obstructivos, sin saberlo ni prestar atención.
—¿Qué he hecho? —balbuceó ella.
—¿Qué? ¿Cómo puedes preguntar qué, cuando lo sabes tan bien? Sabes que intencionadamente se me ha mantenido en la ignorancia de algo relacionado contigo, que, de haberlo sabido, podría haber alterado toda mi conducta; ¿y aun así dices qué?
Ella se marchitó visiblemente y no respondió.
«No es que crea en los escritores de cartas malintencionados y en los murmuradores; no, yo no. No sé si lo hago o no: por mi alma, no sabría decirlo. Sé esto: una religión se estaba construyendo en mi corazón en torno a ti. Miré a tus ojos y creí ver en ellos una verdad y una inocencia tan puras y perfectas como jamás Dios haya encarnado en la piel de una mujer. La verdad perfecta es demasiado para esperar, pero la verdad común LA TENDRÉ o nada en absoluto. Dime, pues: ¿es el asunto que te guardas de la mayor importancia, o no lo es?»
«No entiendo todo lo que quieres decir. Si te he ocultado algo, ha sido porque te amaba tanto, y temía —temía— perderte».
«Dado que no eres propensa a la confianza, quiero hacerte algunas preguntas directas. ¿Tengo tu permiso?»
«Sí», dijo ella, y sobre su rostro se extendió una cansada resignación. «Di las palabras más duras que puedas; ¡las soportaré!»
«Hay un escándalo en el aire relacionado contigo, Elfride; y ni siquiera puedo combatirlo sin saber exactamente qué es. Puede que no se refiera a ti en absoluto, o incluso en nada». Knight jugueteó con la amargura misma de su sentimiento. «En la época de la Revolución Francesa, Pariseau, un maestro de ballet, fue decapitado por error por Parisot, un capitán de la Guardia del Rey. Ojalá hubiera otro 'E. Swancourt' en el vecindario. Mira esto».
Él le entregó la carta que ella había escrito y dejado sobre la mesa de la señora Jethway. Ella la miró con vaciedad.
«¡No es tanto como parece!», suplicó. «Parece malvadamente engañoso visto ahora, pero tuvo un origen mucho más natural de lo que piensas. Mi único deseo era no poner en peligro nuestro amor. ¡Oh, Harry! Esa fue toda mi intención. No fue gran daño».
«Sí, sí; pero independientemente de los comentarios de esa pobre criatura miserable, parece implicar... algo malo».
«¿Qué comentarios?»
«Los que me escribió... ahora hechos pedazos. Elfride, ¿te fugaste con un hombre al que amabas? —esa fue la maldita afirmación. ¿Tiene tal acusación algo de vida, real, verdadera, Elfride?»
«Sí», susurró ella.
El semblante de Knight se hundió. «¿Para casarte con él?», salió de sus labios con voz ronca.
«Sí. ¡Oh, perdóname! Nunca te había visto a ti, Harry».
«¿A Londres?»
«Sí; pero yo...»
«Responde a mis preguntas; no digas nada más, Elfride. ¿Alguna vez intentaste deliberadamente casarte con él en secreto?»
«No; no deliberadamente».
«¿Pero lo hiciste?»
Un rojo tenue pasó por su rostro.
«Sí», dijo.
«Y después de eso, ¿le escribiste como tu marido; y él se dirigió a ti como a su esposa?»
«¡Escucha, escucha! Fue...»
«¡Responde, solo respóndeme!»
«Entonces, sí, lo hicimos». Sus labios temblaron; pero con cierta dignidad continuó: «Habría querido decírtelo; porque sabía y sé que había hecho mal. Pero no me atreví; te amaba demasiado. ¡Oh, tan bien! Has sido todo en el mundo para mí... y lo eres ahora. ¿No me perdonarás?»
Es un pensamiento melancólico que los hombres que al principio no permiten que el veredicto de perfección que pronuncian sobre sus novias o esposas sea perturbado por el testimonio de Dios mismo en contra, una vez que sospechan de su pureza, las cuelgan moralmente basándose en pruebas que les daría vergüenza admitir al juzgar a un perro.
La reticencia a hablar, que surgió de la simplicidad de Elfride al pensar que era mucho más culpable de lo que realmente era, había estado haciendo un trabajo fatal en la mente de Knight. El hombre de tantas ideas, ahora que su primer sueño de cosas imposibles había terminado, vibraba demasiado lejos en la dirección contraria; y cada movimiento de sus facciones —cada temblor— cada palabra confusa— fue tomado como una prueba más de su indignidad.
«Elfride, debemos despedirnos de los cumplidos», dijo Knight: «debemos prescindir de la cortesía ahora. Mírame a la cara y, como crees en el Dios de arriba, dime sinceramente una cosa más. ¿Estuviste a solas con él?»
«Sí».
«¿Regresaste a casa el mismo día en que te fuiste?»
«No».
La palabra cayó como un rayo, y la tierra y el cielo mismos parecieron sufrir. Knight se apartó. Mientras tanto, el semblante de Elfride lucía una expresión que indicaba una desesperación absoluta por ser capaz de explicar las cosas de modo que no parecieran más que lo que realmente eran; una desesperación que no solo renuncia a la esperanza de una explicación directa, sino que abandona con cansancio todas las posibilidades colaterales de atenuación.
La escena quedó grabada durante años en la retina de Knight: el rastrojo muerto y marrón, las malas hierbas entre él, la lejana franja de hayas que ocultaba la vista de la casa, cuyas hojas estaban ahora rojas y enfermas de muerte.
«Debes olvidarme», dijo. «No nos casaremos, Elfride».
Cuánta angustia pasó a su alma ante aquellas palabras suyas se vio en la expresión de tortura suprema que ella lucía.
«¿Qué quieres decir, Harry? Solo lo dices, ¿verdad?»
Ella lo miró con duda e intentó reír, como si la irrealidad de sus palabras debiera ser incuestionable.
«Sé que no hablas en serio... ¿espero que no? Seguramente pertenezco a ti, ¿y vas a guardarme para ti?»
«Elfride, he sido demasiado rudo contigo; he dicho lo que solo debería haber pensado. Me gustas; y déjame darte un consejo. Cásate con tu hombre tan pronto como puedas. Por muy cansados que os sintáis el uno del otro, os pertenecéis, y no voy a interponerme entre vosotros. ¿Crees que lo haría? ¿Crees que podría por un momento? Si no puedes casarte con él ahora, y otro te convierte en su esposa, no le reveles este secreto después del matrimonio, si no lo haces antes. La honestidad sería la condenación entonces».
Desconcertada por sus expresiones, ella exclamó:
«No, no; no seré esposa a menos que sea tuya; ¡y debo ser tuya!»
«Si nos hubiéramos casado...»
«Pero no quieres decir... que... que te irás y me dejarás, y no serás nada más para mí... ¡oh, no lo harás!»
Sollozos convulsivos quitaron todo aliento a su expresión. Ella los contuvo y siguió mirándolo a la cara en busca del rayo de esperanza que no se encontraba allí.
«Voy a entrar», dijo Knight. «No me seguirás, Elfride; deseo que no lo hagas».
«Oh, no; de verdad, no lo haré».
«Y luego iré a Castle Boterel. Adiós».
Pronunció la despedida como si fuera solo por el día —a la ligera, como había pronunciado tales despedidas temporales muchas veces antes— y ella pareció entenderlo así. Knight no tuvo el poder de decirle claramente que se iba para siempre; apenas sabía con certeza si lo hacía: si debería correr de vuelta sobre la corriente de una emoción irresistible, o si podría conquistarse lo suficiente, y conquistarla a ella en sí mismo, para establecer aquella partida como una despedida suprema, y presentarse ante el mundo de nuevo como de nadie.
Diez minutos después había abandonado la casa, dejando instrucciones de que si no regresaba por la noche, su equipaje debía ser enviado a sus habitaciones en Londres, desde donde pretendía escribir al señor Swancourt sobre las razones de su repentina partida. Descendió por el valle y no pudo evitar girar la cabeza. Vio el campo de rastrojos y una pequeña figura femenina en medio de él, contra el cielo. Elfride, dócil como siempre, apenas había movido un paso, pues él había dicho: «Quédate». Miró y volvió a verla; la vio durante semanas y meses. Retiró los ojos de la escena, pasó la mano sobre ellos, como para borrar la visión, lanzó un gemido bajo y siguió adelante.
Capítulo XXXV
«¿Y me dejarás así? —di que no, ¡di que no!»
La escena se traslada a las habitaciones de Knight en Bede’s Inn. Era tarde en la noche del día siguiente a su partida de Endelstow. Una lluvia persistente descendía sobre Londres, formando un halo húmedo y lúgubre sobre cada calle bien iluminada. La lluvia aún no había sido lo suficientemente constante como para dar a los vehículos rápidos ese traqueteo claro y distinto que sigue al lavado a fondo de las piedras por una lluvia torrencial, pero era apenas suficiente para hacer que el camino y la carretera fueran resbaladizos, adhesivos y pegajosos tanto para los pies como para las ruedas.
Knight estaba de pie junto al fuego, mirando sus brasas agonizantes, antes de salir por su puerta para un viaje tedioso hacia Richmond. Tenía el sombrero puesto y el gas apagado. La persiana de la ventana que daba al callejón no estaba bajada; y con la luz de abajo, que brillaba sobre el techo de la habitación, venía, en lugar del balbuceo habitual, solo el estrépito reducido y la conversación rápida que eran el resultado de la necesidad más que de la elección.
Mientras estaba así, esperando la expiración de los pocos minutos que faltaban para tomar el tren, un suave golpe en la puerta se mezcló con los otros sonidos que llegaban a sus oídos. Al principio fue tan débil que los ruidos exteriores eran casi suficientes para ahogarlo. Al encontrarlo repetido, Knight cruzó el vestíbulo, abarrotado de libros y basura, y abrió la puerta.
Una mujer, estrechamente envuelta, pero visiblemente de complexión frágil, estaba de pie en el rellano bajo la luz del gas. Ella saltó hacia adelante, rodeó el cuello de Knight con sus brazos y lanzó un grito bajo:
«¡Oh, Harry, Harry, me estás matando! No pude evitar venir. No me envíes lejos, ¡no! ¡Perdona a tu Elfride por venir! ¡Te amo tanto!»
La agitación y el asombro de Knight lo dominaron por unos momentos.
«¡Elfride!», gritó, «¿qué significa esto? ¿Qué has hecho?»
«No me hagas daño ni me castigues, ¡oh, no lo hagas! No pude evitar venir; me estaba matando. Anoche, cuando no regresaste, no pude soportarlo, ¡no pude! Solo déjame estar contigo y ver tu cara, Harry; no pido más».
Sus párpados estaban calientes, pesados y gruesos por el llanto excesivo, y el delicado rosa de sus mejillas estaba desfigurado e inflamado por el roce constante del pañuelo al enjugarse sus muchas lágrimas.
«¿Quién está contigo? ¿Has venido sola?», preguntó apresuradamente.
«Sí. Cuando no viniste anoche, me quedé despierta esperando que vinieras, y la noche fue toda agonía, y esperé y esperé, ¡y no viniste! Luego, cuando fue por la mañana y tu carta decía que te habías ido, no pude soportarlo; y huí de ellos a St. Launce’s y vine en el tren. Y he estado todo el día viajando hacia ti, y no harás que me vaya de nuevo, ¿verdad, Harry? Porque siempre te amaré hasta que muera».
«Sin embargo, está mal que te quedes. ¡Oh, Elfride! ¿A qué te has comprometido? ¡Es la ruina de tu buen nombre venir corriendo hacia mí así! ¿No ha sido tu primera experiencia suficiente para evitarte estas cosas?»
«¡Mi nombre! Harry, pronto moriré, ¿y de qué me servirá mi nombre entonces? ¡Oh, si pudiera ser yo el hombre y tú la mujer, no te dejaría por una falta tan pequeña como la mía! No pienses que fue algo tan vil en mí huir con él. Ah, cómo desearía que hubieras huido con veinte mujeres antes de conocerme, para que pudiera mostrarte que no lo consideraría una falta, sino que me alegraría de tenerte después de todas ellas, ¡con tal de tenerte! Si tan solo me conocieras de principio a fin, lo verdadera que soy, Harry. ¿No puedo ser tuya? Di que me amas igual, y no dejes que me separen de ti de nuevo, ¿quieres? No puedo soportarlo, todas las largas horas y días y noches pasando, y tú no estar allí, sino lejos porque me odias».
«No te odio, Elfride», dijo suavemente, y la sostuvo con su brazo. «Pero no puedes quedarte aquí ahora; justo en este momento, quiero decir».
«Supongo que no debo; ojalá pudiera. Tengo miedo de que si... pierdes de vista, algo oscuro sucederá y no nos volveremos a encontrar. Harry, si no soy lo suficientemente buena para ser tu esposa, desearía poder ser tu sirvienta y vivir contigo, y no ser enviada lejos para no volver a verte nunca más. ¡No me importa lo que sea, excepto eso!»
«No, no puedo enviarte lejos: no puedo. Dios sabe qué futuro oscuro puede surgir de la obra de esta noche; ¡pero no puedo enviarte lejos! Debes sentarte, e intentaré recoger mis pensamientos y ver qué es mejor hacer».
En ese momento, ambos escucharon un fuerte golpe en la puerta de la casa, acompañado por un apresurado tañido del timbre que resonó desde el ático hasta el sótano. La puerta se abrió rápidamente y, tras unas apresuradas palabras de conversación en el vestíbulo, pesados pasos subieron las escaleras.
El rostro del señor Swancourt, enrojecido, afligido y severo, apareció en el rellano de la escalera. Subió más y se colocó a su lado. Lanzando una mirada por encima y más allá de Knight con silenciosa indignación, se volvió hacia la joven temblorosa.
«¡Oh, Elfride! ¿Y te he encontrado al fin? ¿Son estos tus trucos, señora? ¿Cuándo te librarás de tus idioteces y te comportarás como una mujer decente? ¿Mi nombre de familia y mi casa han de ser deshonrados por actos que serían un escándalo para la hija de una lavandera? ¡Ven aquí, señora; vamos!»
«¡Está tan cansada!», dijo Knight, con una voz de la más intensa angustia. «¡Señor Swancourt, no sea duro con ella; le ruego que sea tierno con ella y la ame!»
«A usted, señor», dijo el señor Swancourt, volviéndose hacia él como por la mera presión de las circunstancias, «tengo poco que decir. Solo puedo señalar que cuanto antes pueda retirarme de su presencia, más complacido estaré. Por qué no pudo conducir su cortejo a mi hija como un hombre honesto, no lo sé. Por qué ella —una joven tonta e inexperta— se dejó tentar a este acto de locura, no lo sé. Incluso si ella no hubiera sabido cómo dejar su hogar, usted debería haberlo sabido, creo yo».
«¡No es culpa suya: no me tentó, papá! Yo vine».
«Si deseabas que el matrimonio se rompiera, ¿por qué no lo dijiste claramente? Si nunca tuviste la intención de casarte, ¿por qué no pudiste dejarla en paz? ¡Por mi alma, me irrita hasta el corazón verme obligado a pensar tan mal de un hombre al que consideraba mi amigo!»
Knight, enfermo del alma y cansado de su vida, no se animó a pronunciar una palabra en respuesta. ¿Cómo iba a defenderse cuando su defensa era la acusación de Elfride? Debido a eso, sintió una miserable satisfacción al dejar que su padre siguiera pensando y hablando erróneamente. Fue un tenue rayo de placer que se extraviaba en la gran tristeza de su cerebro pensar que el vicario podría no saber nunca sino que él, como su amante, la tentó a irse, que parecía ser la forma que había tomado la interpretación errónea del señor Swancourt.
«Ahora, ¿vienes?», le dijo el señor Swancourt de nuevo. Tomó su mano que no ofrecía resistencia, la introdujo en su brazo y la guio escaleras abajo. Los ojos de Knight la siguieron, el último momento engendrando en él una esperanza frenética de que ella volviera la cabeza. Ella pasó de largo y nunca miró atrás.
Oyó abrirse la puerta, cerrarse de nuevo. Las ruedas de un coche rozaron el bordillo, siguió una dirección murmurada. La puerta se cerró de golpe, las ruedas se movieron y se alejaron.
Desde aquella hora de su reaparición, un conflicto terrible se desató en el pecho de Henry Knight. Su instinto, emoción, afectividad —o como quiera llamarse— le impulsaban a dar un paso adelante, apoderarse de Elfride y ser su protector y quien la cuidara durante toda la vida. Luego vino el pensamiento devastador de que el acto infantil, irracional e indiscreto de Elfride al huir hacia él solo probaba que las normas debían ser letra muerta para ella; que la falta de reserva, que era en realidad ingenuidad sin lastre, significaba indiferencia hacia el decoro; ¿y qué tan probable era que tal mujer hubiera sido engañada en el pasado? Se dijo a sí mismo, con un estado de ánimo del cinismo más amargo: «La mujer discreta y sospechosa que imagina cosas oscuras y malas de todos sus semejantes es demasiado astuta para ser engañada por el hombre: los seres confiados como Elfride son las mujeres que caen».
Pasaron horas y días, y Knight permaneció inactivo. El paso del tiempo, que debilitaba el poder de despertar el corazón de su presencia, fortalecía la capacidad mental para razonar contra ella. Elfride lo amaba, lo sabía, y no podía dejar de amarla, pero no se casaría con ella. Si tan solo pudiera volver a ser su Elfride —la mujer que había parecido ser—, pero aquella mujer estaba muerta y enterrada, ¡y ya no la conocía! ¿Y cómo podría casarse con esta Elfride, una que, si la hubiera visto originalmente tal como era, apenas habría sido un conocido interesante y digno de lástima a sus ojos, nada más?
Le corroía el corazón pensar que se enfrentaba al caso más cercano a un estado de cosas peor que cualquiera de los que había asumido en la agradable filosofía social y la sátira de sus ensayos.
La rectitud moral de la vida de este hombre era digna de todo elogio; pero a pesar de cierta agudeza intelectual, Knight tenía en sí una pizca de esa obstinación que se encuentra mayormente en personas escrupulosamente honestas. Para él, la verdad parecía una abstracción demasiado limpia y pura para ser mezclada tan irremediablemente con el error como los prácticos encuentran. Habiéndose visto ahora equivocado al suponer que Elfride era inigualable, nada en la tierra podría hacerle creer que no era tan mala después de todo.
Se quedó en la ciudad quince días, haciendo poco más que vibrar entre la pasión y las opiniones. Una idea permaneció intacta: que era mejor que Elfride y él no se encontraran.
Cuando examinaba los volúmenes de sus estanterías —pocos de los cuales habían sido abiertos desde que Elfride se adueñó de su corazón por primera vez—, su disposición intacta y ordenada le reprochaba como un apóstata de la antigua fe de su juventud y su primera madurez. Había abandonado a aquellos amigos infalibles, así parecían decir, por un deleite inestable en una mujer dúctil, que había terminado todo en amargura. El espíritu de abnegación, rayano en el ascetismo, que siempre había animado a Knight en los viejos tiempos, se anunció como habiéndose marchado con el nacimiento del amor, y con él se había ido el autorrespeto que había compensado la falta de autogratificación. La pobre Elfride, en lugar de ocupar, como antes, un lugar en su religión, comenzó a asumir el tinte de una tentación. Quizás era humano y correctamente natural que Knight nunca pensara si no le debía un pequeño sacrificio por su entrega sin reservas al salvar su vida.
Con la conciencia de haber besado así, como Antonio, reinos y provincias hasta perderlos, consideró a continuación cómo le había revelado sus secretos e intenciones más elevados, una falta de reserva que nunca se habría permitido con ningún hombre vivo. ¿Cómo fue que no pudo abstenerse de contarle sobre presentimientos hasta entonces encerrados en las fortalezas más seguras de su mente?
El de Knight era un intelecto robusto, capaz de escapar fuera de la atmósfera del corazón y percibir que su propio amor, así como el de otras personas, podía reducirse por el cambio de escena y circunstancias. Al mismo tiempo, la percepción era una pena superpuesta:
«¡Oh, último pesar, el pesar puede morir!»
Pero estando convencido de que la muerte de este pesar era lo mejor para él, no se encogió por mucho tiempo de intentar conseguirlo. Cerró sus habitaciones, suspendió su conexión con editores y dejó Londres para ir al Continente. Aquí lo dejaremos vagar sin propósito, más allá del nominal de fomentar el olvido de Elfride.
Capítulo XXXVI
«El penique es la joya que embellece todo».
«No puedo pensar qué les está pasando a estas gentes de St. Launce’s en absoluto».
«¿Te refieres a sus 'cómo estás'?»
«Sí, con sus 'cómo estás' y sus apretones de manos, invitándome a entrar y tiernas preguntas por ti, John».
Estas palabras formaban parte de una conversación entre John Smith y su esposa en una tarde de primavera que siguió a la partida de Knight de Inglaterra. Stephen había regresado hacía mucho tiempo a la India; y la pareja perseverante había migrado desde el parque de Lord Luxellian en Endelstow a una cómoda vivienda al borde de la carretera a una milla de St. Launce’s, donde John había abierto un pequeño patio de piedra y pizarra a su propio nombre.
«Cuando vinimos aquí hace seis meses —continuó la señora Smith—, a pesar de que había pagado al contado durante tantos años en la ciudad, mis tenderos más arrogantes solo me hablaban desde el otro lado del mostrador. Si me los encontraba en la calle media hora después, me trataban con una ignorancia fingida, como si no conocieran mi rostro».
«¿Te miraban como a través de un escaparate de cristal?».
«Sí, los más descarados lo hacían. Los tranquilos y fríos miraban por encima de mi cabeza, más allá de mi costado, sobre mi hombro, pero nunca encontraban mis ojos. Las personas gentiles y modestas volvían el rostro hacia el sur si yo venía por el este, o se escabullían por un callejón si estaba a punto de cruzarme con ellos en la acera. El joven y elegante librero solía hacer las mismas jugarretas; las hijas del carnicero; los jóvenes dependientes del tapicero. Íntimos cuando hacían negocios contigo lejos de las miradas, pero sin importarle nada una vieja cuando jugaban a ser gente distinguida, lejos de cualquier señal de su oficio».
«Es muy cierto, María».
«Pues bien, hoy todo es distinto. No bien llegué al mercado cuando la señora Joakes corrió hacia mí a la vista de todo el pueblo y dijo: "¡Mi querida señora Smith, debe de estar cansada de tanto caminar! ¡Entre y tome un almuerzo! Insisto en ello; ¡conociéndola desde hace tantos años como la conozco! ¿No recuerda cuando íbamos juntas a buscar plumas de búho a las ruinas del castillo?". No hay forma de saber lo que una puede llegar a necesitar, así que le respondí a la mujer con cortesía. No había llegado a la esquina cuando ese abogado próspero y joven, Sweet, que es todo un dandi, corrió tras de mí sin aliento. "Señora Smith —dice—, excuse mi rudeza, pero hay una zarza en el bajo de su vestido, que ha traído arrastrando desde el campo; permítame quitársela". Si me cree, esto fue justo delante del Ayuntamiento. ¿Qué significa semejante amor repentino por una vieja?».
«No sabría decirte; a menos que sea arrepentimiento».
«¡Arrepentimiento! ¿Hubo alguna vez un tonto como tú, John? ¿Alguien se ha arrepentido jamás con dinero en el bolsillo y cincuenta años por vivir?».
«Ahora que lo dices, también he estado pensando —dijo John, ignorando la pregunta por considerarla apenas pertinente— que he recibido más amabilidad de la gente hoy que en ningún otro momento desde que nos mudamos aquí. Vaya, el viejo concejal Tope caminó hasta el medio de la calle donde yo estaba, para darme la mano; así lo hizo. Como llevaba mi ropa de trabajo, pensé que era extraño. Sí, y estaba el joven Werrington».
«¿Quién es él?».
«Pues el hombre de Hill Street, que toca y vende flautas, trompetas, violines y grandes pianos. Estaba hablando con Egloskerry, ese solterón tan pequeño que tiene dinero en los fondos públicos. Yo pasaba por allí, estoy seguro, sin pensar ni esperar un saludo de hombres de ese estilo tan escurridizo cuando voy con mi ropa de trabajo...».
«Siempre te empeñas en entrar al pueblo con tu ropa de trabajo. Por más que te ruego que te cambies, no sirve de nada».
«Bueno, sea como sea, yo llevaba mi ropa de trabajo. Werrington me vio. "¡Ah, señor Smith! una hermosa mañana; tiempo excelente para construir", dice él, tan alto y amistoso como si me hubiera encontrado en algún valle profundo, donde no pudiera encontrar a nadie más con quien hablar. Fue extraño: porque Werrington es uno de los cabecillas de la clase elegante».
En ese momento llamaron a la puerta. La señora Smith abrió inmediatamente en persona.
«Nos disculparán, estoy segura, señora Smith, pero este hermoso tiempo de primavera fue demasiado para nosotros. Sí, y no pudimos quedarnos más tiempo dentro; y tomé a la señora Trewen del brazo nada más terminar de tomar una taza de té, y salimos. Y al ver sus hermosos azafranes en plena floración, nos hemos tomado la libertad de entrar. Daremos una vuelta por el jardín, si no le importa».
«En absoluto», dijo la señora Smith; y pasearon por el jardín. Ella levantó las manos con asombro nada más darse la vuelta. «¡Que el cielo nos conceda gracia!».
«¿Quiénes son?», dijo su marido.
«Pues nada menos que el señor Trewen, el director del banco, y su esposa».
John Smith, desconcertado, salió al exterior y miró por encima de la verja del jardín, para poner en orden sus ideas. No llevaba allí ni dos minutos cuando se oyeron unas ruedas, y un carruaje de caballos avanzó por el camino. Una dama de aspecto distinguido, con el porte de una duquesa, iba reclinada en su interior. Cuando estuvo frente a la verja de Smith, volvió la cabeza e instantáneamente ordenó al cochero que se detuviera.
«Ah, señor Smith, me alegra verle con tan buen aspecto. No he podido evitar detenerme un momento para felicitarles a usted y a la señora Smith por la felicidad que deben disfrutar. Joseph, puedes continuar».
Y el carruaje se alejó hacia St. Launce’s.
La señora Smith salió precipitadamente de detrás de un arbusto de laurel, donde había estado reflexionando.
«Justo iba a tocarme el sombrero ante ella», dijo John; «igual que lo habría hecho ante la pobre Lady Luxellian hace años».
«¡Señor! ¿Quién es ella?».
«La mujer de la taberna... ¿cómo se llama? La señora... la señora... la del Falcon».
«La mujer de la taberna. ¡La torpeza de la familia Smith! PODRÍAS decir la propietaria del Hotel Falcon, ya que estamos en esto de la cortesía. La gente es lo bastante ridícula, pero démosles lo que se merecen».
Es posible que la señora Smith se estuviera ablandando, a pesar de sí misma, ante estos fenómenos extraordinariamente amistosos entre la gente de St. Launce’s. Y, en justicia hacia ellos, era muy deseable que lo hiciera. El interés que los más ingenuos de esta ciudad expresaban de forma tan grotesca era genuino en su género, e igual en valor intrínseco a las sonrisas más pulidas de comunidades mayores.
Para entonces, el señor y la señora Trewen regresaban del jardín.
«Se lo preguntaré directamente», susurró John a su esposa. «Les diré: "Estamos en una niebla... disculpen que les haga una pregunta, señor y señora Trewen. ¿Cómo es que son todos tan amables hoy?". ¿Eh? Sonaría correcto y sensato, ¿no crees?».
«¡Ni una palabra! ¡Dios mío, cuándo aprenderá este hombre a tener modales!».
«Debe de ser un momento de orgullo para ustedes, estoy seguro, señor y señora Smith, tener un hijo tan célebre», dijo el director del banco mientras se acercaba.
«Ah, es Stephen... ¡lo sabía!», dijo la señora Smith triunfante para sus adentros.
«No sabemos los detalles», dijo John.
«¡No los saben!».
«No».
«Vaya, está en boca de todo el pueblo. Nuestro digno alcalde aludió a ello en un discurso durante la cena de anoche del Club del "Cada-uno-es-su-propio-fabricante"».
«¿Y qué hay de Stephen?», apremió la señora Smith.
«Pues que su hijo ha sido agasajado por vicegobernadores y príncipes parsis y quién-sabe-quién en la India; está en muy buenas relaciones con nababs, y va a diseñar un gran palacio, una catedral, hospitales, colegios, salones y fortificaciones, por el consentimiento general de los poderes gobernantes, tanto cristianos como paganos».
«Era seguro que al chico le llegaría su momento», dijo el señor Smith con modestia.
«Está en el St. Launce’s Chronicle de ayer; y nuestro digno alcalde, que presidía, introdujo el tema en su discurso de anoche de forma magistral».
«Fue muy amable por parte del digno alcalde que presidía, estoy segura», dijo la madre de Stephen. «Espero que el chico tenga el sentido común de conservar lo que ha conseguido; pero en cuanto a los hombres, son un sexo sencillo. Alguna mujer lo atrapará».
«Bueno, señor y señora Smith, la tarde cae y debemos irnos; y recuerden esto: cada sábado que vengan al mercado, hagan nuestra casa suya. Siempre habrá una taza y un platillo para ustedes, como saben que ha sido durante meses, aunque lo hayan olvidado. Soy una mujer que habla claro, y lo que digo lo cumplo».
Cuando los visitantes se fueron, el sol se hubo puesto y los rayos de la luna comenzaban a imponerse sobre las paredes de la vivienda, John Smith y su esposa se sentaron ante el periódico que habían conseguido apresuradamente en el pueblo. Y cuando terminaron de leer, reflexionaron sobre la mejor manera de satisfacer las nuevas exigencias sociales que se les venían encima, lo cual, según la señora Smith, solo podría lograrse con muebles nuevos y una ampliación de la casa.
«Y, John, recuerda una cosa», dijo al concluir. «Al escribir a Stephen, no menciones por nada del mundo el nombre de Elfride Swancourt otra vez. Nos hemos ido del lugar y no sabemos nada más de ella, salvo por rumores. Parece que se está liberando de ella, y me alegro por ello. Fue una hora sombría para él cuando puso los ojos en la chica por primera vez. Esa familia no le ha traído nada bueno, ni al principio ni al final; así que que se queden su sangre para ellos mismos si así lo quieren. Sé que piensa en ella, pero no tan desesperadamente. Así que no intentes saber nada sobre ella, y así no podremos responder a sus preguntas. Quizás entonces se borre de su mente».
«Así será», dijo John.
Capítulo XXXVII
«Después de muchos días».
Knight vagó por el sur, con el pretexto de estudiar antigüedades continentales.
Recorrió las elevadas naves de Amiens, se demoró en la abadía de las Ardenas, trepó a las extrañas torres de Laon, analizó Noyon y Reims. Luego fue a Chartres y examinó sus agujas escamosas y sus curiosas tallas; después pasó el tiempo en Coutances. Remó bajo la base del Mont Saint-Michel y observó el variado perfil de los edificios desmoronados que lo recubrían. Saint-Ouen, en Rouen, le conoció durante días; al igual que Vézelay, Sens y muchos otros monumentos consagrados. Abandonando la inspección del arte francés primitivo con la misma prisa sin propósito que había mostrado al emprenderla, fue más allá y se demoró en Ferrara, Padua y Pisa. Saciado del medievalismo, probó con el Foro Romano. Después observó los efectos de la luz de la luna y las estrellas en la bahía de Nápoles. Se dirigió a Austria, se sintió debilitado y deprimido en las llanuras húngaras y bohemias, y se refrescó de nuevo con las brisas en las laderas de los Cárpatos.
Luego se encontró en Grecia. Visitó la llanura de Maratón y se esforzó por imaginar la derrota persa; la colina de Marte, para imaginar a San Pablo dirigiéndose a los antiguos atenienses; las Termópilas y Salamina, para repasar los hechos y tradiciones de la Segunda Invasión, siendo el resultado de sus esfuerzos más o menos caótico. Knight se cansó tanto de estos lugares como de todos los demás. Luego sintió el impacto de un terremoto en las Islas Jónicas y se fue a Venecia. Allí recorrió en góndola la serpenteante vía del Gran Canal y merodeó por calles y plazas de noche, cuando las lagunas no eran perturbadas por una onda y no se oía más sonido que el tañido del reloj de medianoche. Después permaneció durante semanas en los museos, galerías y bibliotecas de Viena, Berlín y París; y desde allí regresó a casa.
El tiempo nos arrastra así hasta una tarde de febrero, separada por quince meses de la despedida de Elfride y su amante en el campo de rastrojos marrones hacia el mar.
Dos hombres, evidentemente no londinenses y con un toque extranjero en su apariencia, se encontraron por accidente en uno de los senderos de grava que cruzan Hyde Park. El más joven, más dado a observar su entorno que su compañero, vio y notó la aproximación de su mayor mucho antes de que este último hubiera levantado los ojos del suelo, sobre el cual estaban fijados en una mirada abstraída que parecía habitual en él.
«¡Señor Knight, es usted realmente!», exclamó el joven.
«¡Ah, Stephen Smith!», dijo Knight.
Se pudo observar entonces una operación simultánea en ambos, cuyo resultado fue que una expresión menos franca e impulsiva que la primera se apoderó de sus rasgos. Resultaba evidente que las siguientes palabras pronunciadas eran una cobertura superficial para la tensión que ambos sentían.
«¿Lleva mucho tiempo en Inglaterra?», dijo Knight.
«Solo dos días», dijo Smith.
«¿Ha estado en la India todo este tiempo?».
«Casi todo este tiempo».
«Armaron mucho alboroto por usted en St. Launce’s el año pasado. Me pareció ver algo parecido en los periódicos».
«Sí; creo que se dijo algo sobre mí».
«Debo felicitarle por sus logros».
«Gracias, pero no son nada extraordinario. Un progreso profesional natural allí donde no hubo oposición».
Siguió esa falta de palabras que siempre se impone entre amigos nominales que descubren que han dejado de ser reales, y aún no han descendido al nivel de simples conocidos. Cada uno miraba hacia un lado y otro del parque. Es posible que Knight tuviera presente durante los meses transcurridos la actitud de Stephen la última vez que se vieron, y que hubiera alentado a que su anterior interés por el bienestar de Stephen se extinguiera por considerarlo fuera de lugar. Stephen, sin duda, estaba lleno de los sentimientos nacidos de la creencia de que Knight le había arrebatado a la mujer a la que tanto amaba.
Stephen Smith hizo entonces una pregunta, adoptando cierta imprudencia en su forma y tono para ocultar, si fuera posible, el hecho de que el tema era mucho más importante para él de lo que su amigo jamás había supuesto.
«¿Está casado?».
«No lo estoy».
Knight habló con un tono de amargura indescriptible que rayaba en la hosquedad.
«Y nunca lo estaré», añadió con decisión. «¿Lo está usted?».
«No», dijo Stephen, triste y quedamente, como un hombre en una habitación de enfermo. Totalmente ignorante de si Knight sabía de sus propias pretensiones anteriores sobre Elfride, decidió arriesgar unas palabras más sobre el tema que aún le causaba una dolorosa fascinación.
«Entonces su compromiso con la señorita Swancourt quedó en nada», dijo. «¿Recuerda que le encontré con ella una vez?».
La voz de Stephen flaqueó un poco aquí, desafiando a su voluntad más firme de lo contrario. Los asuntos de la India aún no habían reducido aquellas emociones al punto de control.
«Se rompió», soltó Knight rápidamente. «Los compromisos de matrimonio a menudo terminan así; para bien o para mal».
«Sí; así es. ¿Y qué ha estado haciendo últimamente?».
«¿Haciendo? Nada».
«¿Dónde ha estado?».
«Difícilmente podría decírselo. En general, viajando por Europa; y quizás le interese saber que he estado intentando estudiar seriamente el arte continental de la Edad Media. Mis notas sobre cada ejemplo que visité están a su disposición. A mí no me sirven de nada».
«Le estaré agradecido por ellas... ¡Oh, viajando de un lado a otro!».
«No lejos», dijo Knight, con hosca indiferencia. «Usted sabe, supongo, que las ovejas a veces se vuelven mareadas; se llaman hidátides en la cabeza, en las que sus cerebros se consumen, y el animal exhibe la extraña peculiaridad de caminar en círculos continuamente. He viajado de la misma manera; dando vueltas y vueltas como un carnero mareado».
El estilo imprudente, amargo y divagante con el que Knight hablaba, como si más bien quisiera desahogar sus imágenes que transmitir ideas a Stephen, golpeó al joven dolorosamente. Los días de su antiguo amigo se habían corrompido de alguna manera: Knight era un hombre cambiado. Él mismo había cambiado mucho, pero no como lo había hecho Knight.
«Ayer regresé a casa», continuó Knight, «sin haber, según mi leal saber y entender, absorbido media docena de ideas que valga la pena conservar».
«Usted supera a Hamlet en morbidez de ánimo», dijo Stephen, con franca tristeza.
Knight no respondió.
«¿Sabe?», continuó Stephen, «casi podría haber jurado que usted estaría casado para estas fechas, por lo que vi».
El rostro de Knight se endureció. «¿Podría?», dijo.
Stephen era incapaz de abandonar el tema deprimente y seductor.
«Sí; y simplemente me sorprende».
«¿Con quién esperaba que me casara?».
«Con la que vi que estaba usted».
«Gracias por esa sorpresa».
«¿Le dio calabazas?».
«Smith, ahora una palabra para usted», replicó Knight con firmeza. «No me pregunte nunca sobre ese tema. Tengo una razón para hacer esta petición, tenga en cuenta. Y si me pregunta, no obtendrá respuesta».
«Oh, no deseo en absoluto preguntar lo que le sea desagradable; ni mucho menos. Tuve la sensación momentánea de que me gustaría explicar algo por mi parte y escuchar una explicación similar por la suya. Pero déjelo estar, déjelo estar, sin duda».
«¿Qué explicaría usted?».
«Perdí a la mujer con la que iba a casarme: usted no se ha casado como pretendía. Podríamos haber comparado notas».
«Nunca le he preguntado ni una palabra sobre su caso».
«Lo sé».
«Y la inferencia es obvia».
«Desde luego».
«La verdad es, Stephen, que me he propuesto obstinadamente no aludir nunca al asunto, para lo cual tengo una razón muy buena».
«Sin duda. Tan buena razón como la que tuvo usted para no casarse con ella».
«Habla usted de forma insidiosa. Tenía una buena razón, ¡una razón miserablemente buena!».
La ansiedad de Smith le impulsó a aventurarse con una pregunta más.
«¿Es que no le amaba lo suficiente?». Contuvo el aliento en un hilo lento y atenuado, mientras esperaba con timorata esperanza la respuesta.
«Stephen, usted tensa un poco la cortesía ordinaria al presionar con preguntas de ese tipo después de lo que he dicho. No puedo entenderle en absoluto. Debo seguir adelante ahora».
«¡Pues, por Dios!», exclamó Stephen apasionadamente, «¡habla como si no se la hubiera arrebatado a nadie que tuviera mejores derechos sobre ella que usted!».
«¿Qué quiere decir con eso?», dijo Knight, con aire de desconcierto. «¿Qué ha oído?».
«Nada. Yo también debo seguir. Buenos días».
«Si usted se va», dijo Knight, ahora con reticencia, «supongo que debe hacerlo. Estoy seguro de que no puedo entender por qué se comporta así».
«Ni yo por qué lo hace usted. Siempre le he estado agradecido, y, en lo que a mí respecta, nunca habríamos tenido que distanciarnos tanto como lo hemos hecho».
«¿Y he estado yo alguna vez de otra forma que no fuera bien dispuesto hacia usted, Stephen? ¡Seguro que sabe que no! El sistema de reserva comenzó con usted: usted lo sabe».
«¡No, no! Se equivoca totalmente en nuestra posición. Usted fue siempre, desde el principio, reservado conmigo, aunque yo era confidencial con usted. Eso era, supongo, el resultado natural de nuestras diferentes posiciones en la vida. Y cuando yo, el alumno, me volví reservado como usted, el maestro, no le gustó. Sin embargo, iba a pedirle que viniera a verme».
«¿Dónde se aloja?».
«En el hotel Grosvenor, en Pimlico».
«Yo también».
«Es conveniente, por no decir extraño. Bueno, estoy detenido en Londres un día o dos; luego voy a bajar a ver a mi padre y a mi madre, que ahora viven en St. Launce’s. ¿Me verá esta noche?».
«Quizás; pero no lo prometo. Deseaba estar solo una hora o dos; pero sabré dónde encontrarle, en cualquier caso. Adiós».
Capítulo XXXVIII
«Los celos son crueles como la tumba».
Stephen reflexionó no poco sobre este encuentro con su antiguo amigo y otrora querido ejemplo. Se sentía apenado, pues entre todas las distracciones de sus últimos años, una pequeña voz silenciosa de fidelidad hacia Knight había perdurado en él. Tal vez esta firmeza se debía a que Knight siempre le trató como a un simple discípulo, incluso llegando a despreciarle a veces; y al final, aunque sin saberlo, le había infligido el mayor desprecio de todos: arrebatarle a su novia. El lado emocional de su constitución estaba construido más según un modelo femenino que masculino; y aquella tremenda herida causada por la mano de Knight pudo haber contribuido a mantener viva una calidez que la solicitud habría extinguido por completo.
Knight, por su parte, se sintió molesto, después de haberse separado, por no haber tomado a Stephen bajo su tutela como en los viejos tiempos. Aquellas palabras que Smith había dejado caer sobre alguien que tenía un derecho anterior sobre Elfride, si se hubieran pronunciado cuando el hombre era más joven, habrían provocado una pregunta del tipo: «Vamos, cuéntamelo todo, muchacho», por parte de Knight, y Stephen se habría desahogado inmediatamente con todo lo que sabía sobre el tema.
El ingenuo Stephen, el muchacho, aunque ahora externamente obliterado por el Stephen calculador, volvió a la memoria de Knight esa tarde. Actualmente no era más que un viajero en Londres; y después de ocuparse de los dos o tres asuntos de negocios que quedaban por hacer ese día, entró abstraído en los lúgubres pasillos del Museo Británico durante la media hora previa al cierre. Aquel encuentro con Smith había reunido el presente con el pasado, cerrando el abismo de su ausencia de Inglaterra como si nunca hubiera existido, hasta que las circunstancias finales de su anterior tiempo de residencia en Londres formaron solo un ayer para las circunstancias actuales. El conflicto que entonces había estallado en él sobre Elfride Swancourt revivió, fortalecido por su sueño. De hecho, en esos muchos meses de ausencia, aunque reprimiendo la intención de hacerla su esposa, nunca había olvidado que ella era el tipo de mujer adaptada a su naturaleza; y en lugar de intentar borrar por completo sus pensamientos, había llegado a considerarlos como una dolencia que era necesario tolerar.
Ahora, Knight se veía impelido por una resolución que le quemaba la sangre. Había llegado a la conclusión de que su deber, incluso su derecho, era buscar a Elfride y rectificar el error fatal de su separación. La frialdad con la que había tratado a Stephen la noche anterior, el fingimiento de desapego, le parecían ahora una farsa insoportable. Tenía que verla; tenía que saber si, en la soledad de su hogar, ella aún albergaba el afecto que él, con su juicio precipitado y su orgullo herido, había intentado extinguir.
Stephen, por su parte, alimentaba sus propias fantasías, ajeno a la urgencia de Knight. Se decía a sí mismo que el destino, de algún modo, había intervenido para disolver un vínculo que nunca debió existir. Con la ingenuidad del amante, interpretaba la separación de ambos como un presagio favorable, una señal de que el corazón de Elfride, a pesar de las sombras, seguía siendo un territorio donde él conservaba algún derecho de propiedad.
Así, los dos hombres se movían bajo una extraña y tensa calma, ocultando sus verdaderas intenciones tras la máscara de la cortesía. Knight ya no buscaba la compañía de su amigo por el placer de la camaradería, sino por la necesidad de vigilar, de medir los pasos del otro, sin revelar que el terreno que ambos pisaban era el mismo: el recuerdo, persistente y doloroso, de la joven de Endelstow.
Mientras la mañana avanzaba, el ambiente en la habitación, antes impregnado de un aire de mutua confidencia, se tornó pesado con lo que no se decía. Knight, impaciente por marcharse, apenas probó bocado, mientras que Stephen, con la mente puesta en la inminente partida hacia el oeste, contaba las horas con una ansiedad que apenas lograba disimular. La brecha entre ellos se ensanchaba, no por falta de afecto, sino por la inminente colisión de dos voluntades que, sin confesarlo, se dirigían hacia un mismo objetivo: el pasado, personificado en una mujer que, para ambos, seguía siendo el centro de su universo.
Al despedirse, el apretón de manos de Knight fue breve, casi mecánico. Stephen, al verlo cruzar el umbral, sintió una punzada de inquietud, una sombra de duda que ni siquiera su optimismo juvenil pudo disipar por completo. Sabía que Knight guardaba algo, una tormenta contenida tras esos ojos severos y analíticos. Sin embargo, el impulso de recuperar lo perdido era demasiado fuerte; el camino a St. Launce’s y, más allá, a Castle Poterel, se alzaba ante él como una promesa de redención.
Knight salió a la calle, donde la neblina londinense parecía envolverlo todo con un manto gris y opresivo. No sabía qué le depararía el encuentro, ni cómo reaccionaría ella al verlo aparecer después de tanto tiempo. Pero una cosa era cierta: el silencio había terminado. La verdad, por muy amarga o tardía que fuera, estaba a punto de ser confrontada, y los dos antiguos amigos, sin saberlo, estaban a punto de iniciar una carrera hacia el mismo destino, guiados por la misma desesperación y, en el fondo, por el mismo amor.
Faltaba un cuarto para las nueve. Cuando Knight se hubo marchado, Stephen se sintió aún más impaciente ante la circunstancia de que otro día tendría que arrastrarse penosamente antes de que pudiera partir hacia aquel rincón de la tierra donde un tierno pensamiento hacia él tal vez aún pudiera nutrirse. De repente, admitió en su mente la posibilidad de que el compromiso que esperaba cumplir en la ciudad pudiera posponerse sin mucho perjuicio.
No bien lo percibió, lo intentó. Mirando su reloj, descubrió que faltaban cuarenta minutos para la salida del tren de las diez desde Paddington, lo que le dejaba un cuarto de hora de sobra antes de que fuera necesario salir hacia la estación.
Garabateando una o dos notas apresuradas —una posponiendo la reunión de negocios, otra para Knight disculpándose por no poder verlo por la noche—, pagando su cuenta y dejando que su equipaje más pesado le siguiera en tren de mercancías, saltó a un coche de alquiler y salió traqueteando hacia la estación de Great Western.
Poco después, ocupó su asiento en el vagón del tren.
El guardia hizo una pausa en su silbato para dejar entrar en el compartimento contiguo al de Smith a un hombre a quien Stephen solo había alcanzado a ver apresuradamente mientras corría por el andén en el último momento.
Smith se hundió en el asiento, inmovilizado por la perplejidad. El hombre era como Knight; asombrosamente parecido a él. ¿Era posible que pudiera ser él? Para haber llegado allí, debía de haber conducido como el viento hasta Bede’s Inn, y apenas haber bajado antes de partir de nuevo. No, no podía ser él; esa no era su forma de hacer las cosas.
Durante la primera parte del viaje, los pensamientos de Stephen Smith se ocuparon hasta que su cerebro pareció inflamarse. Un tema concernía a sus propias acciones inminentes. Iba un día antes de lo que su carta a sus padres había indicado, y su acuerdo con ellos era que se reunirían en Plymouth; un plan que complacía a la digna pareja más allá de toda expresión. Una vez antes se había hecho el mismo compromiso, que él había anulado entonces adelantando su llegada. Esta vez iría directamente a Castle Boterel; pasearía por ese conocido vecindario durante la tarde y la mañana siguiente, haciendo indagaciones; y regresaría a Plymouth para reunirse con ellos según lo acordado: una estratagema que dejaría su preciado proyecto intacto, aliviando también su propia impaciencia.
En Chippenham hubo una pequeña espera, y algo de desenganche y enganche de vagones.
Stephen miró hacia afuera. En el mismo momento, la cabeza de otro hombre emergió por la ventana contigua. Cada uno miró el rostro del otro.
Knight y Stephen se enfrentaron.
—¿Tú aquí? —dijo el más joven.
—Sí. Parece que tú también —dijo Knight, extrañamente.
—Sí.
El egoísmo del amor y la crueldad de los celos quedaron fielmente ejemplificados en ese momento. Cada uno de los dos hombres miró a su amigo como nunca antes lo había mirado. Cada uno estaba PERTURBADO por la presencia del otro.
—Creí que dijiste que no vendrías hasta mañana —observó Knight.
—Lo hice. Fue una ocurrencia tardía venir hoy. ¿Este viaje era tu compromiso, entonces?
—No, no lo era. Esta es también una ocurrencia tardía mía. Dejé una nota para explicarlo y dar cuenta de que no podría reunirme contigo esta tarde como habíamos acordado.
—Yo hice lo mismo por ti.
—No te ves bien: no lo parecías esta mañana.
—Tengo dolor de cabeza. Estás más pálido hoy de lo que estabas.
—Yo también he estado sufriendo de dolor de cabeza. Creo que tenemos que esperar unos minutos aquí.
Caminaron de arriba abajo por el andén, cada uno más y más embarazosamente preocupado por la incomodidad de la presencia de su amigo. Llegaron al final del camino peatonal y se detuvieron por pura distracción. Los ojos vacíos de Stephen se posaron en las operaciones de unos mozos que estaban desplazando un furgón oscuro y de aspecto curioso de la parte trasera del tren, para apartar otro que estaba entre él y la parte delantera. Concluida esta operación, los dos amigos regresaron al costado de su vagón.
—¿Vendrás aquí? —dijo Knight, no muy cálidamente.
—Tengo mi manta, mi maleta y mi paraguas conmigo: es bastante molesto moverse ahora —dijo Stephen a regañadientes—. ¿Por qué no vienes tú aquí?
—Yo también tengo mis bártulos. Apenas merece la pena moverlos, pues volveré a verte, ya sabes.
—Oh, sí.
Y cada uno entró en su propio lugar. Justo al partir, un hombre en el andén levantó las manos y detuvo el tren.
Stephen miró hacia afuera para ver qué ocurría.
Uno de los funcionarios exclamaba a otro: —Ese vagón debería haber sido enganchado de nuevo. ¿No ves que es para la línea principal? ¡Rápido! ¡Qué tontos hay en el mundo!
—¡Qué molestia tan irritante son estas paradas! —exclamó Knight con impaciencia, mirando desde su compartimento—. ¿Qué es?
—Ese singular vagón que vimos ha sido desenganchado de nuestro tren por error, al parecer —dijo Stephen.
Estaba observando el proceso de engancharlo. El furgón o vagón, que ahora reconocía haber visto en Paddington antes de partir, era rico y solemne más que lúgubre en su aspecto. Parecía ser bastante nuevo y de diseño moderno, y su impresionante personalidad atrajo la atención de otros además de la suya. Lo vio gradualmente ser llevado hacia adelante por dos hombres a cada lado: más lenta y tristemente parecía acercarse: luego una ligera conmoción, y quedaron conectados a él, y se pusieron en marcha de nuevo.
Stephen se sentó toda la tarde reflexionando sobre la razón de la inesperada reaparición de Knight. ¿Iba tan lejos como a Castle Boterel? Si era así, solo podía tener un objetivo en mente: una visita a Elfride. ¡Y qué idea parecía ser!
En Plymouth, Smith tomó un pequeño refrigerio y luego rodeó hacia el lado desde el que partía el tren para Camelton, la nueva estación cerca de Castle Boterel y Endelstow.
Knight ya estaba allí.
Stephen se acercó y se puso a su lado sin hablar. Dos hombres en este momento se arrastraron de entre las ruedas del tren en espera.
—El vagón es lo suficientemente ligero —dijo uno en tono sombrío—. Ligero como la vanidad; lleno de nada.
—Nada en tamaño, pero mucho en significado —dijo el otro, un hombre de mente y modales más brillantes.
Smith percibió entonces que a su tren estaba enganchado ese mismo vagón de aspecto grandioso y oscuro que los había perseguido todo el camino desde Londres.
—Vas a seguir, supongo —dijo Knight, volviéndose hacia Stephen después de mirar ociosamente el mismo objeto.
—Sí.
—Podemos viajar juntos el resto del camino, ¿no?
—Ciertamente lo haremos; y ambos entraron por la misma puerta.
La tarde avanzaba rápidamente. Dio la casualidad de que era la víspera de San Valentín —aquel obispo de bendita memoria para los amantes jóvenes— y el sol brillaba bajo, bajo el borde de una nube espesa y dura, decorando las eminencias del paisaje con coronas de fuego naranja. Cuando el tren cambió su dirección en una curva, los mismos rayos se extendieron a través de la ventana y convencieron a los ojos entrecerrados de Knight de abrirse.
—Bajarás en St. Launce’s, supongo —murmuró.
—No —dijo Stephen—, no se me espera hasta mañana. —Knight guardó silencio.
—Y tú, ¿vas a Endelstow? —dijo el joven con intención.
—Ya que lo preguntas, no puedo hacer menos que decir que sí, Stephen —continuó Knight lentamente, y con más resolución de modales de la que había mostrado en todo el día—. Voy a Endelstow para ver si Elfride Swancourt sigue libre; y si es así, para pedirle que sea mi esposa.
—Yo también —dijo Stephen Smith.
—Creo que perderás tu esfuerzo —respondió Knight con decisión.
—Naturalmente, eso crees. —Había un fuerte acento de amargura en la voz de Stephen—. Podrías haber dicho ESPERANZA en lugar de CREES —añadió.
—No podría haber hecho tal cosa. Te di mi opinión. Elfride Swancourt pudo haberte amado una vez, sin duda, pero fue cuando era tan joven que apenas conocía su propia mente.
—Gracias —dijo Stephen lacónicamente—. Conocía su mente tan bien como yo. Tenemos la misma edad. Si no hubieras interferido...
—¡No digas eso, no lo digas, Stephen! ¿Cómo puedes afirmar que interferí? ¡Sé justo, por favor!
—Bien —dijo su amigo—, ella era mía antes de ser tuya; ¡lo sabes! Y parecía algo duro encontrar que tú la habías conseguido, y que si no hubiera sido por ti, todo podría haber resultado bien para mí. —Stephen habló con el corazón hinchado y miró por la ventana para ocultar la emoción que se hacía visible en su rostro.
—Es absurdo —dijo Knight en un tono más amable— que mires el asunto bajo esa luz. Lo que te digo es por tu bien. Naturalmente, no te gusta darte cuenta de la verdad: que su afecto por ti fue solo el primer capricho de una niña, que no tiene raíces verdaderas.
—¡No es cierto! —dijo Stephen apasionadamente—. Fuiste tú quien me apartó. ¡Y ahora te vas a meter de nuevo entre nosotros, y a privarme de mi oportunidad otra vez! ¡Mi derecho, eso es lo que es! ¡Qué generoso de tu parte venir de nuevo e intentar quitármela! Cuando tú la habías ganado, yo no interferí; ¡y creo, Sr. Knight, que podría hacer conmigo como yo hice contigo!
—No me llames «Sr.»; eres tan bueno en el mundo como yo ahora.
—El primer amor es el más profundo; y ese fue el mío.
—¿Quién te dijo eso? —dijo Knight con altivez.
—Tuve su primer amor. Y fue por mí que tú y ella se separaron. Puedo adivinar eso bastante bien.
—Lo fue. Y si te explicara de qué manera eso influyó en separarnos, te convencería de que haces muy mal en entrometerte con ella; que, como dije al principio, tu esfuerzo será en vano. No elijo explicarlo, porque los detalles son dolorosos. Pero si no quieres escucharme, adelante, por el amor de Dios. No me importa lo que hagas, muchacho.
—No tienes derecho a dominarme como lo haces. Solo porque, cuando era un muchacho, estaba acostumbrado a admirarte como a un maestro, y me ayudaste un poco, por lo cual te estaba agradecido y te he amado, ahora asumes demasiado y te pones delante de mí. ¡Es cruel, es injusto de tu parte dañarme así!
Knight se mostró profundamente dolido por esto. —Stephen, esas palabras son falsas e indignas de cualquier hombre, y son indignas de ti. Sabes que me haces una injusticia. Si alguna vez te has beneficiado de alguna instrucción mía, me alegra demasiado saberlo. Sabes que se dio sin reservas, y que nunca, ni una sola vez, lo consideré como algo que te hiciera deudor mío en modo alguno.
La naturaleza naturalmente gentil de Stephen fue conmovida, y fue con voz turbada que dijo: —Sí, sí. Soy injusto en eso; lo reconozco.
—Esta es la estación de St. Launce’s, creo. ¿Vas a bajar?
La forma en que Knight volvió al asunto en cuestión retrajo a Stephen de nuevo en sí mismo. —No; te dije que iba a Endelstow —respondió resueltamente.
Las facciones de Knight se volvieron impasibles y no dijo nada más. El tren continuó traqueteando, y Stephen se reclinó en su rincón y cerró los ojos. Los amarillos de la tarde se habían convertido en marrones, las sombras oscuras se espesaron y una nube de polvo voladora acariciaba ocasionalmente la ventana, arrastrada por una brisa fría que soplaba del noreste. Las colinas, antes doradas pero ahora lúgubres, comenzaron a perder sus aspectos de redondez a la luz del día y a convertirse en discos negros recortados contra el cielo, vistiendo toda la naturaleza el manto que las seis de la tarde arroja sobre el paisaje en esta época del año.
Stephen se sobresaltó con desconcierto tras un largo silencio, y pasó algún tiempo antes de que se recuperara.
—¡Vaya, qué real, qué real! —exclamó, pasándose la mano por los ojos.
—¿Qué cosa? —dijo Knight.
—Ese sueño. Me quedé dormido unos minutos y he tenido un sueño; el más vívido que recuerdo.
Miró fatigosamente hacia la penumbra. Ya se acercaban a Camelton. El encendido de las lámparas era perceptible a través del velo de la tarde; cada llama cobraba existencia a intervalos y parpadeaba débilmente contra las ráfagas de viento.
—¿Qué soñaste? —dijo Knight melancólicamente.
—Oh, nada que contar. Fue una especie de íncubo. Nunca hay nada en los sueños.
—Apenas suponía que lo hubiera.
—Lo sé. Sin embargo, lo que soñé tan vívidamente fue esto, ya que te gustaría oírlo. Era la más brillante de las mañanas en la iglesia de East Endelstow, y tú y yo estábamos junto a la pila bautismal. Muy lejos, en el presbiterio, Lord Luxellian estaba de pie solo, frío e impasible, y totalmente diferente de su habitual ser; pero yo sabía que era él. Dentro de la barandilla del altar estaba un extraño clérigo con su libro abierto. Levantó la vista y dijo a Lord Luxellian: «¿Dónde está la novia?». Lord Luxellian dijo: «No hay novia». En ese momento alguien entró por la puerta, y supe que era Lady Luxellian, quien había muerto. Él se volvió y le dijo: «Creí que estabas en la cripta debajo de nosotros; pero eso solo debe haber sido un sueño mío. Vamos». Entonces ella se acercó. Y al rozar entre nosotros, me enfrió tanto con su frialdad que exclamé: «¡La vida se ha ido de mí!» y, a la manera de los sueños, desperté. Pero aquí estamos en Camelton.
Estaban entrando lentamente en la estación.
—¿Qué vas a hacer? —dijo Knight—. ¿Realmente pretendes visitar a los Swancourt?
—De ninguna manera. Primero voy a hacer indagaciones. Me quedaré en el Luxellian Arms esta noche. Tú irás directo a Endelstow, supongo, de inmediato.
—Difícilmente puedo hacer eso a esta hora del día. Quizás no sepas que la familia, su padre al menos, está tan enemistada conmigo como contigo.
—No lo sabía.
—Y que no puedo entrar en la casa como un viejo amigo más de lo que tú puedes. Ciertamente, tengo los privilegios de un parentesco distante, cualesquiera que sean.
Knight bajó la ventana y miró hacia adelante. —Hay mucha gente en la estación —dijo—. Parecen estar todos pendientes de nosotros.
Cuando el tren se detuvo, los amigos medio distanciados pudieron percibir a la luz de la lámpara que la asamblea de ociosos encerraba como núcleo a un grupo de hombres con capas negras. Una puerta lateral en la barandilla del andén estaba abierta, y fuera de ella había un vehículo oscuro, que al principio no pudieron caracterizar. Entonces Knight vio en su parte superior formas contra el cielo como cedros de noche, y supo que el vehículo era un coche fúnebre. Pocas personas estaban en las puertas de los vagones para recibir a los pasajeros; la mayoría se había congregado en este extremo superior. Knight y Stephen bajaron y se volvieron por un momento en la misma dirección.
El sombrío furgón, que los había acompañado todo el día desde Londres, comenzó a revelar ahora que su destino también era el suyo. Había sido colocado exactamente frente a la puerta abierta. Los transeúntes retrocedieron, formando un pasillo despejado desde la puerta hasta el furgón, y los hombres con capas entraron en este último transporte.
—Son trabajadores, me imagino —dijo Stephen—. Ah, es extraño; pero reconozco a tres de ellos como hombres de Endelstow. Bastante notable esto.
Pronto comenzaron a salir, de dos en dos; y bajo los rayos de la lámpara se vio que llevaban entre ellos un ataúd de color claro de madera de satén, brillantemente pulido y sin un clavo. Los ocho hombres tomaron la carga sobre sus hombros y cruzaron lentamente con ella hacia la puerta.
Knight y Stephen salieron y se acercaron a la procesión mientras se alejaba. Un carruaje perteneciente al cortejo se giró cerca de una lámpara. Los rayos iluminaron el rostro del vicario de Endelstow, el Sr. Swancourt, que parecía muchos años mayor que cuando lo habían visto por última vez. Knight y Stephen retrocedieron involuntariamente.
Knight habló con un transeúnte: —¿Qué tiene que ver el Sr. Swancourt con ese funeral?
—Es el padre de la dama —dijo el transeúnte.
—¿El padre de qué dama? —dijo Knight, con una voz tan hueca que el hombre se quedó mirándolo.
—El padre de la dama en el ataúd. Murió en Londres, sabe, y ha sido traída aquí en este tren. Será llevada a casa esta noche y enterrada mañana.
Knight se quedó mirando ciegamente hacia donde había estado el coche fúnebre; como si viera allí a alguien. Luego se volvió y contempló la figura esbelta de Stephen, inclinada como la de un anciano. Tomó el brazo de su joven amigo y lo alejó de la luz.
Capítulo XL
«Bienvenida, orgullosa dama».
Ha pasado media hora. Dos hombres miserables vagan en la oscuridad por las millas de camino de Camelton a Endelstow.
—¿Se le ha roto el corazón? —dijo Henry Knight—. ¿Puede ser que yo la haya matado? Fui amargo con ella, Stephen, ¡y ella ha muerto! ¡Y que Dios NO tenga misericordia de mí!
—¿Cómo puedes haberla matado tú más que yo?
—Por qué, me alejé de ella —casi huí— y no le dije que no volvería; y en ese último encuentro ni siquiera la besé una vez, sino que la dejé ir miserablemente. ¡He sido un tonto, un tonto! ¡Desearía que la más abyecta confesión de ello ante multitudes de mis compatriotas pudiera de alguna manera compensar a mi amada por la intensa crueldad que le he mostrado!
—¡TU amada! —dijo Stephen, con una especie de risa—. Cualquier hombre puede decir eso, supongo; cualquier hombre puede. Sé esto: ella era MI amada antes de ser tuya; y después también. Si alguien tiene derecho a llamarla suya, soy yo.
—Hablas como un hombre en la oscuridad; que es lo que eres. ¿Alguna vez hizo algo por ti? ¿Arriesgar su nombre, por ejemplo, por ti?
—Sí, lo hizo —dijo Stephen enfáticamente.
—No del todo. ¿Alguna vez vivió para ti, demostró que no podía vivir sin ti, rió y lloró por ti?
—Sí.
—¡Nunca! ¿Alguna vez arriesgó su vida por ti? ¡No! Mi amada lo hizo por mí.
—Entonces fue solo por amabilidad. ¿Cuándo arriesgó su vida por ti?
—Para salvar la mía en el acantilado de allá. La pobre niña estaba conmigo mirando la aproximación del barco de vapor Puffin, y resbalé hacia abajo. Ambos tuvimos un escape estrecho. ¡Desearía que hubiéramos muerto allí!
—Ah, pero espera —suplicó Stephen con los ojos húmedos—. Ella fue a ese acantilado para verme llegar a casa: me lo había prometido. Me dijo que lo haría meses antes. ¿Y habría ido allí si no le hubiera importado nada?
—Tienes la idea de que Elfride murió por ti, sin duda —dijo Knight, con un sarcasmo lúgubre demasiado débil para sostenerse.
—No importa. Si descubrimos que... que ella murió siendo tuya, no diré más nunca.
—Y si descubrimos que murió siendo tuya, no diré más.
—Muy bien, así será.
Las nubes oscuras en las que se había hundido el sol habían comenzado a soltar lluvia en un volumen creciente.
—¿Podemos esperar en algún lugar aquí hasta que pase este chaparrón? —dijo Stephen de manera desordenada.
—Como quieras. Pero no merece la pena. Escucharemos los detalles y regresaremos. No dejes que la gente sepa quiénes somos. No soy mucho ahora.
Habían llegado a un punto en el que el camino se bifurcaba en dos, justo fuera de la aldea oeste; un ramal de las rutas divergentes pasaba hacia este último lugar, el otro se extendía hacia East Endelstow. Habiendo recorrido parte de la distancia por el sendero, descubrieron ahora que el coche fúnebre estaba solo un poco por delante de ellos.
—Me parece que se ha desviado hacia East Endelstow. ¿Puedes ver?
—No puedo. Debes estar equivocado.
Knight y Stephen entraron en la aldea. Una franja de luz ardiente se extendía a través del camino, proveniente de la puerta entreabierta de una herrería, en la que se escuchaban fuelles soplando y un martillo repicando. La lluvia había aumentado, y mecánicamente se dirigieron en busca de refugio hacia la escena cálida y acogedora.
Muy cerca de sus talones venía otro hombre, sin abrigo ni paraguas, y con un paquete bajo el brazo.
—Una noche húmeda —dijo a los dos amigos, y pasó junto a ellos. Se quedaron en el cobertizo exterior, pero el hombre entró hacia el fuego.
El herrero dejó de soplar y comenzó a hablar con el hombre que había entrado.
—He caminado todo el camino desde Camelton —dijo este último—. Me vi obligado a venir esta noche, ya sabe.
Sostuvo el paquete, que era plano, hacia la luz del fuego para averiguar si la lluvia lo había penetrado. Apoyándolo de canto sobre la fragua, lo sostuvo perpendicularmente con una mano, mientras se limpiaba la cara con el pañuelo que sostenía en la otra.
—Supongo que sabe lo que tengo aquí —observó al herrero.
—No, no lo sé —dijo el herrero, deteniéndose de nuevo en sus fuelles.
—Como la lluvia no ha cesado, se lo mostraré —dijo el portador.
Puso el paquete, fino y ancho, que tenía ángulos agudos en distintas direcciones, plano sobre el yunque, y el herrero avivó el fuego para darle más luz. Primero, tras desatar el paquete, retiró una hoja de papel de estraza: esta fue extendida. Luego desplegó un trozo de bayeta: también lo extendió sobre el papel. La tercera cubierta fue una envoltura de papel de seda, que fue extendida a su vez. El contenido quedó revelado, y lo sostuvo en alto para la inspección del herrero.
—¡Oh, ya veo! —dijo el herrero, encendiéndose con un interés moderado y acercándose—. Pobre señorita, ah, qué cosa más terriblemente triste... ¡tan pronto también!
Knight y Stephen giraron la cabeza y miraron.
—¿Y qué es eso? —continuó el herrero.
—Es la corona; tiene un acabado magnífico, ¿verdad? ¡Ah, eso costó dinero!
—Es una pieza de metal tan fina como la que mejor he visto, eso es.
—Vino de la misma gente que el ataúd, sabe, pero no estuvo lista lo suficientemente pronto para ser enviada a la casa en Londres ayer. Tengo que fijarla esta misma noche.
Los artículos cuidadosamente empaquetados eran una placa de ataúd y una corona.
Knight y Stephen se adelantaron. El empleado de la funeraria, al verles buscar la inscripción, la giró cortésmente hacia ellos, y cada uno leyó, casi al mismo tiempo, bajo la luz rojiza de los carbones:
E L F R I D E, Esposa de Spenser Hugo Luxellian, Decimoquinto Barón Luxellian: Falleció el 10 de febrero, 18—.
La leyeron, y la leyeron, y la volvieron a leer —Stephen y Knight— como si estuvieran animados por una sola alma. Entonces Stephen puso su mano sobre el brazo de Knight, y se retiraron del resplandor amarillento, más lejos, más lejos, hasta que la oscura frialdad los envolvió y el cielo silencioso afirmó su presencia sobre ellos como una tenue sábana gris de monótona vacuidad.
—¿A dónde iremos? —dijo Stephen.
—No lo sé.
Siguió un largo silencio... —¡Elfride casada! —dijo Stephen entonces en un susurro tenue, como si temiera dejar escapar la afirmación al mundo.
—Falsa —susurró Knight.
—Y muerta. Nos negó a ambos. Odio «falsa», ¡odio esa palabra!
Knight no respondió.
Nada escucharon ya, salvo la lenta medición del tiempo por sus pulsos latentes, el suave contacto de la lluvia goteante sobre sus ropas y el bajo ronroneo de los fuelles del herrero muy cerca.
—¿Seguiremos a Elfie más allá? —dijo Stephen.
—No: dejémosla en paz. Ella está más allá de nuestro amor, y que esté más allá de nuestro reproche. Dado que no conocemos ni la mitad de las razones que la llevaron a hacer lo que hizo, Stephen, ¿cómo podemos decir, incluso ahora, que no era pura y verdadera de corazón? —La voz de Knight se había vuelto ahora suave y gentil como la de un niño. Continuó—: ¿Podemos llamarla ambiciosa? No. Las circunstancias, como de costumbre, han superado sus propósitos, frágiles y delicados como ella, susceptibles de ser derribados en un momento por los elementos groseros del azar. Sé que eso es, ¿no lo crees tú?
—Puede ser, debe ser. Sigamos adelante.
Comenzaron a encaminar sus pasos hacia Castle Boterel, a donde habían enviado sus maletas desde Camelton. Vagaron en silencio durante muchos minutos. Stephen hizo una pausa y puso ligeramente su mano sobre el brazo de Knight.
—Me pregunto cómo llegó a morir —dijo en un susurro entrecortado—. ¿Volveremos y sabremos un poco más?
Dieron media vuelta y, entrando en Endelstow por segunda vez, llegaron a una puerta que estaba abierta. Era la de una posada llamada Welcome Home, y la casa parecía haber sido reformada recientemente y modernizada por completo. El nombre, además, no era el del mismo posadero que antes, sino el de Martin Cannister.
Knight y Smith entraron. La posada estaba completamente silenciosa, y siguieron el pasillo hasta llegar a la cocina, donde ardía un fuego enorme que rugía por la chimenea y lanzaba sobre el suelo, el techo y las paredes recién encaladas un resplandor tan intenso que hacía que la vela fuera una luz secundaria. Una mujer con delantal blanco y vestido negro estaba allí sola detrás de una mesa de pino cuidadosamente fregada. Stephen primero, y Knight después, la reconocieron como Unity, que había sido camarera en la vicaría y doncella de la joven señorita en The Crags.
—Unity —dijo Stephen suavemente—, ¿no me reconoces?
Ella miró inquisitivamente un momento y su rostro se iluminó.
—¡Sr. Smith, sí, es él! —dijo—. Y ese es el Sr. Knight. Les ruego que se sienten. Quizás sepan que desde que les vi por última vez me he casado con Martin Cannister.
—¿Cuánto hace que te casaste?
—Unos cinco meses. Nos casamos el mismo día que mi querida señorita Elfie se convirtió en Lady Luxellian. —Las lágrimas aparecieron en los ojos de Unity, los llenaron y rodaron por sus mejillas, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo.
El dolor de los dos hombres al controlarse resueltamente cuando se les instaba a admitir un alivio del mismo tipo fue angustioso. Ambos les dieron la espalda y caminaron unos pasos.
Entonces Unity dijo: —¿Irán al salón, caballeros?
—Quedémonos aquí con ella —susurró Knight, y al volverse dijo—: No; nos sentaremos aquí. Queremos descansar y secarnos aquí por un tiempo, si usted quiere.
Esa tarde, los amigos dolientes se sentaron con su anfitriona junto al gran fuego, Knight en el hueco formado por la embocadura de la chimenea, donde quedaba en sombra. Y al mostrar un poco de confianza, ganaron la de ella, y les contó lo que se habían quedado a oír: la última historia de la pobre Elfride.
—Un día, después de que usted, Sr. Knight, nos dejara por última vez, fue echada en falta en The Crags, y su padre fue tras ella y la trajo a casa enferma. A dónde fue, nunca lo supe, pero estuvo muy mal durante semanas después. Y me dijo que no le importaba lo que fuera de ella, y que deseaba poder morir. Cuando estuvo mejor, dije que aún viviría para casarse, y ella dijo entonces: «Sí, haré cualquier cosa por el bien de mi familia, para dedicar mi inútil vida a algún fin práctico». Bueno, empezó así, con Lord Luxellian cortejándola. La primera Lady Luxellian había muerto, y él estaba en gran apuro porque las niñas pequeñas se habían quedado sin madre. Después de un tiempo, solían venir a verla con sus vestiditos negros, pues la querían tanto o más que a su propia madre; es verdad. Solían llamarla «pequeña mamá». Estos niños la hicieron un poco más vivaz, pero no era la chica que había sido —pude verlo— y se volvió mucho más delgada. Bueno, mi señor empezó a invitar a los Swancourt cada vez más a cenar —a nadie más de sus conocidos— y al final la familia del vicario iba y venía a todas horas del día. Bueno, la gente dice que las niñas le pidieron a su padre que dejara que la señorita Elfride viniera a vivir con ellas, y que él dijo que tal vez lo haría si eran niñas buenas. Sin embargo, el tiempo pasó, y un día dije: «Señorita Elfride, no se ve tan bien como solía; y aunque nadie más parece notarlo, yo sí». Ella se rio un poco y dijo: «Aún viviré para casarme, como me dijiste».
—«¿En serio, señorita? Me alegra oír eso», dije.
—«¿Con quién crees que me voy a casar?», dijo ella de nuevo.
—«Con el Sr. Knight, supongo», dije yo.
—«¡Oh!», gritó, y se puso tan blanca, y antes de que pudiera llegar a ella, se había desplomado como un montón de ropa y se había desmayado. Bueno, entonces, volvió en sí después de un tiempo y dijo: «Unity, ahora sigamos con nuestra conversación».
—«Mejor no hoy, señorita», dije.
—«Sí, lo haremos», dijo ella. «¿Con quién crees que me voy a casar?»
—«No lo sé», dije esta vez.
—«Adivina», dijo.
—«¿No es con mi señor, verdad?», digo yo.
—«Sí, lo es», dice ella, de una manera enfermiza y salvaje.
—«Pero él no viene mucho a cortejar», dije.
—«¡Ah! No lo sabes», dijo, y me contó que iba a ser en octubre. Después de eso se animó un poco, si fue con la idea de alejarse de casa o no, no lo sé. Porque, quizás, pueda hablar claramente y decirles que su hogar ya no era un hogar para ella. Su padre era amargo con ella y duro; y aunque la Sra. Swancourt era lo suficientemente correcta a su manera, era una especie de cortesía fría que no valía mucho, y la pequeña tuvo un tiempo agobiante en conjunto. Como un mes antes de la boda, ella, mi señor y los dos niños solían montar a caballo juntos, y eran una vista muy hermosa; y si me creen, nunca lo vi una sola vez con ella sin que los niños estuvieran también, lo que hacía que el cortejo pareciera tan extraño. Ah, y mi señor es tan apuesto, ya saben, así que al final creo que ella empezó a quererlo un poco; y la he visto sonreír y sonrojarse un poco ante las cosas que decía. Él la quería más porque los niños lo hacían, pues todos podían ver que ella sería una madre de lo más tierna para ellos, y amiga y compañera de juegos también. Y mi señor no solo es apuesto, sino un cortejador espléndido, y sabe todas las formas de hacerlo. Así que le hizo los regalos más hermosos; ah, uno que recuerdo: un brazalete precioso, con diamantes y esmeraldas. ¡Oh, qué rojo se puso su rostro cuando lo vio! Las viejas rosas volvieron a sus mejillas por un minuto o dos entonces. La ayudé a vestirse el día que ambas nos casamos; ¡fue el último servicio que le hice, pobre niña! Cuando estuvo lista, corrí escaleras arriba y me puse mi propio vestido de novia, y se fueron, y nos fuimos Martin y yo; y tan pronto como mi señor y mi señora se casaron, el párroco nos casó a nosotros. Fueron un par de bodas muy tranquilas, casi nadie lo supo. Bueno, la esperanza se mantendrá en un corazón joven, si puede ser; y mi señora se animó un poco, porque mi señor era TAN apuesto y amable».
—¿Cómo llegó a morir, y lejos de casa? —murmuró Knight.
—¿No ve, señor?, ella decayó de nuevo antes de que llevaran mucho tiempo casados, y mi señor la llevó al extranjero para cambiar de aires. Venían a casa, y habían llegado hasta Londres, cuando se puso muy enferma y no pudo ser trasladada, y allí murió.
—¿Él la quería mucho?
—¿Qué, mi señor? ¡Oh, lo hacía!
—¿MUCHO?
—MUCHO, más que a nada. No de repente, sino poco a poco. Era su naturaleza ganarse a la gente cuando la conocían bien. Habría muerto por ella, lo creo. ¡Pobre mi señor, está desconsolado ahora!
—¿El funeral es mañana?
—Sí; mi marido está ahora en la bóveda con los albañiles, abriendo los escalones y limpiando las paredes.
Al día siguiente, dos hombres subieron por el valle familiar desde Castle Boterel hasta la iglesia de East Endelstow. Y cuando terminó el funeral y todos hubieron abandonado el cementerio, parecido a un césped, la pareja bajó suavemente los escalones de la bóveda de los Luxellian, y bajo los arcos de bóveda baja que habían contemplado una vez antes, iluminados entonces como ahora. En el nuevo nicho de la cripta yacía un ataúd bastante nuevo, que había perdido algo de su brillo, y un ataúd aún más nuevo, brillante y sin deslustrar en lo más mínimo.
Junto a este último estaba la forma oscura de un hombre, arrodillado en el suelo húmedo, su cuerpo arrojado sobre el ataúd, sus manos entrelazadas y todo su ser aparentemente entregado al abandono total del dolor. Todavía era joven —más joven, quizás, que Knight— y aún ahora mostraba cuán elegante era su figura y simétrica su constitución. Murmuraba una oración a media voz y no era consciente de que otros dos estaban de pie a pocos metros de él.
Knight y Stephen habían avanzado hasta donde se habían parado una vez junto a Elfride el día que los tres se habían reunido allí, antes de que ella misma hubiera descendido al silencio como sus antepasados, y cerrado sus brillantes ojos azules para siempre. Solo entonces vieron a la figura arrodillada en la luz tenue. Knight reconoció instantáneamente al doliente como Lord Luxellian, el afligido esposo de Elfride.
Se sintieron intrusos. Knight empujó a Stephen hacia atrás, y se retiraron silenciosamente como habían entrado.
—Vámonos —dijo, con voz quebrada—. No tenemos derecho a estar allí. ¡Otro está ante nosotros, más cerca de ella que nosotros!
Y lado a lado, ambos volvieron sobre sus pasos por el valle gris y silencioso hacia Castle Boterel.