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A Room with a View

by E. M. (Edward Morgan) Forster · in Spanish

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A Room With A View

Por E. M. Forster

ÍNDICE

Primera parte. Capítulo I. La Bertolini Capítulo II. En Santa Croce sin Baedeker Capítulo III. Música, violetas y la letra «S» Capítulo IV. Cuarto capítulo Capítulo V. Posibilidades de una agradable excursión Capítulo VI. El reverendo Arthur Beebe, el reverendo Cuthbert Eager, el señor Emerson, el señor George Emerson, la señorita Eleanor Lavish, la señorita Charlotte Bartlett y la señorita Lucy Honeychurch salen en carruajes a ver un paisaje; los italianos los sacan a ellos Capítulo VII. Regresan

Segunda parte. Capítulo VIII. Medieval Capítulo IX. Lucy como obra de arte Capítulo X. Cecil como humorista Capítulo XI. En el bien amueblado piso de la señora Vyse Capítulo XII. Duodécimo capítulo Capítulo XIII. Lo insoportable que resultó la caldera de la señorita Bartlett Capítulo XIV. Cómo Lucy hizo frente con valentía a la situación exterior Capítulo XV. El desastre interior Capítulo XVI. Mentir a George Capítulo XVII. Mentir a Cecil Capítulo XVIII. Mentir al señor Beebe, a la señora Honeychurch, a Freddy y a los criados Capítulo XIX. Mentir al señor Emerson Capítulo XX. El fin de la Edad Media

PRIMERA PARTE

Capítulo I La Bertolini

—La Signora no tenía ningún derecho a hacerlo —dijo la señorita Bartlett—; ningún derecho en absoluto. Nos había prometido habitaciones orientadas al sur, con vistas, y juntas; y en cambio aquí estamos en habitaciones orientadas al norte, que dan a un patio, y muy lejos la una de la otra. ¡Ay, Lucy!

—¡Y, además, con un acento londinense! —añadió Lucy, a quien la inesperada pronunciación de la Signora había entristecido aún más—. Podría ser Londres. —Miró las dos filas de ingleses sentados a la mesa; la fila de botellas blancas de agua y rojas de vino que discurría entre los ingleses; los retratos de la difunta Reina y del difunto Poeta Laureado que colgaban, en pesados marcos, detrás de los ingleses; el anuncio de la iglesia inglesa (Rev. Cuthbert Eager, M. A. Oxon.), que era la única decoración restante de la pared—. Charlotte, ¿no sientes tú también que podríamos estar en Londres? Me cuesta creer que todo lo demás esté ahí fuera. Supongo que es el cansancio.

—Esta carne, sin duda, ya ha servido para hacer sopa —dijo la señorita Bartlett, dejando el tenedor.

—Deseo tanto ver el Arno. Las habitaciones que la Signora nos prometía en su carta habrían dado al Arno. La Signona no tenía ningún derecho a obrar así. ¡Oh, es una vergüenza!

—A mí me sirve cualquier rincón —prosiguió la señorita Bartlett—; pero resulta duro que tú no tengas una vista.

Lucy se sintió egoísta. —Charlotte, no debes consentirme: claro que tú también debe ver el Arno. Eso quería decir. La primera habitación libre que dé al frente... — «Tú debes tenerla» —dijo la señorita Bartlett, parte de cuyos gastos de viaje corrían a cargo de la madre de Lucy; detalle de generosidad al que solía aludir con sumo tacto.

—No, no. Tú debes tenerla.

—Insisto. Tu madre no me lo perdonaría, Lucy.

—No me lo perdonaría a mí.

Las voces de las damas se fueron animando y —si hay que decir la triste verdad— algo se agriaron. Estaban cansadas, y bajo la apariencia de generosidad discutían. Algunos de sus vecinos cruzaron miradas, y uno de ellos —uno de esos turistas mal educados que a veces se encuentran en el extranjero— se inclinó sobre la mesa y se entrometió sin más en su conversación. Dijo:

—Yo tengo vista, yo tengo vista.

La señorita Bartlett se sobresaltó. Por lo general, en una pensión la gente las observaba durante uno o dos días antes de hablar, y muchas veces no descubría que «servían» hasta que ya se habían marchado. Supo que el intruso era mal educado aun antes de mirarlo. Era un anciano de complexión robusta, con un rostro claro y afeitado y unos ojos grandes. Había algo infantil en aquellos ojos, aunque no era la infantil senilidad. Qué era exactamente no se detuvo a considerarlo la señorita Bartlett, porque su mirada pasó a la ropa. Ésta no la sedujo. Probablemente intentaba trabar conocimiento con ellas antes de que se adaptaran al ambiente. Así que adoptó un aire ausente cuando él le habló, y luego dijo: —¿Una vista? ¡Oh, una vista! ¡Qué deliciosa es una vista!

—Éste es mi hijo —dijo el anciano—; se llama George. Él también tiene vista.

—¡Ah! —dijo la señorita Bartlett, reprimiendo a Lucy, que estaba a punto de hablar.

—Lo que quiero decir —continuó él— es que pueden ustedes quedarse con nuestras habitaciones, y nosotros con las de ustedes. Cambiaremos.

La concurrencia más selecta se escandalizó ante esto y compadeció a las recién llegadas. La señorita Bartlett, por respuesta, abrió la boca lo menos posible y dijo: «Muchas gracias, de verdad; eso no puede ser.»

—¿Por qué? —dijo el anciano, apoyando ambos puños sobre la mesa.

—Porque es del todo imposible, gracias.

—Verá usted, no nos gusta aceptar... —empezó Lucy. Su prima la reprimió de nuevo.

—Pero ¿por qué? —insistió él—. A las mujeres les gusta mirar una vista; a los hombres, no. Y golpeó la mesa con los puños como un niño malo, y volviéndose hacia su hijo añadió: —¡George, convéncelas!

—Está tan claro que ellas deben tener las habitaciones —dijo el hijo— que no hay más que decir.

No miraba a las damas al hablar, pero su voz era de perplejidad y tristeza. Lucy también estaba perpleja; pero comprendió que aquello iba a degenerar en lo que se llama «toda una escena», y tuvo la rara sensación de que cada vez que aquellos turistas mal educados abrían la boca, el forcejeo se ensanchaba y se ahondaba hasta no versar ya sobre habitaciones y vistas, sino sobre... bueno, sobre algo muy distinto, cuya existencia ella no había sospechado hasta entonces. Ahora el anciano atacó a la señorita Bartlett casi con violencia: ¿Por qué no había de cambiar? ¿Qué objeción posible tenía? Recogerían sus cosas en media hora.

La señorita Bartlett, por mucha habilidad que tuviera en los matices de la conversación, se sentía impotente ante la brutalidad. Resultaba imposible fulminar a alguien tan tosco. Su rostro se enrojeció de disgusto. Miró a su alrededor como diciendo: «¿Son todos ustedes así?» Y dos ancianitas, sentadas más arriba en la mesa, con pañoletas colgadas del respaldo de las sillas, devolvieron la mirada, indicando con claridad: «Nosotros no; nosotros somos distinguidos.»

—Come tu cena, querida —le dijo a Lucy, y volvió a juguetear con aquella carne que antes había censurado.

Lucy murmuró que la gente de enfrente parecía muy rara.

—Come tu cena, querida. Esta pensión es un fracaso. Mañana cambiaremos.

Apenas hubo anunciado tan funesta decisión, se retractó. Las cortinas al fondo del salón se descorrieron y dejaron ver a un clérigo, corpulento pero atractivo, que se apresuró a ocupar su sitio en la mesa, disculpándose alegremente por su tardanza. Lucy, que aún no había aprendido compostura, se levantó de inmediato exclamando: —¡Oh, oh! ¡Pero si es el señor Beebe! ¡Oh, qué maravilla! ¡Oh, Charlotte, tenemos que quedarnos, por malas que sean las habitaciones! ¡Oh!

La señorita Bartlett dijo, con mayor comedimiento:

—¿Cómo está usted, señor Beebe? Me imagino que ya se habrá olvidado de nosotras: la señorita Bartlett y la señorita Honeychurch, que estábamos en Tunbridge Wells cuando usted ayudó al Vicario de San Pedro aquella Pascua tan fría.

El clérigo, que tenía aire de quien está de vacaciones, no las recordaba con tanta claridad como ellas a él. Pero se acercó con amabilidad y aceptó la silla que Lucy le señaló.

—¡Cuánto me alegro de verlo! —dijo la joven, que padecía hambre espiritual y se habría alegrado de ver hasta al camarero si su prima se lo hubiera permitido—. Figúrese qué casualidad. Y además Summer Street, lo hace aún más curioso.

—La señorita Honeychurch vive en la parroquia de Summer Street —aclaró la señorita Bartlett, llenando el silencio—, y casualmente me dijo en el curso de la conversación que usted acaba de obtener la rectoría...

—Sí, mi madre me lo comunicó la semana pasada. Ella no sabía que yo las conocía a ustedes en Tunbridge Wells; pero le contesté enseguida, y le dije: «El señor Beebe es...»

—Ciertísimo —dijo el clérigo—. Tomaré posesión de la rectoría de Summer Street en junio próximo. Tengo mucha suerte de haber sido nombrado para un barrio tan encantador.

—¡Oh, cuánto me alegro! Nuestra casa se llama Windy Corner. —El señor Beebe se inclinó.

—Allí están mi madre y yo por lo general, y mi hermano, aunque no es fácil conseguir que venga a co... Está un poco lejos la iglesia, quiero decir.

—Lucy, querida, deja comer al señor Beebe.

—Estoy comiendo, gracias, y la estoy saboreando.

Él prefería hablar con Lucy, de quien recordaba sus interpretaciones al piano, antes que con la señorita Bartlett, que probablemente recordaba sus sermones. Preguntó a la joven si conocía bien Florencia, y obtuvo una larga respuesta: que nunca había estado allí. Resulta delicioso orientar a un recién llegado, y él fue el primero en hacerlo. —«No descuide usted los alrededores» —concluyó su consejo—. «La primera tarde buena, suba en coche a Fiesole y dé una vuelta por Settignano, o algo por el estilo.»

—¡No! —gritó una voz desde la cabecera de la mesa—. Señor Beebe, está usted equivocado. La primera tarde buena, sus damas deben ir a Prato.

—Esa señora parece muy lista —susurró la señorita Bartlett a su prima—. Estamos de suerte.

Y, en efecto, un torrente de información se abatió sobre ellas. Les dijeron qué ver, cuándo verlo, cómo parar los tranvías eléctricos, cómo librarse de los mendigos, cuánto pagar por un secante de vitela, cuánto llegaría a gustarles el lugar. La Pension Bertolini había decidido, casi con entusiasmo, que eran aceptables. Hacia donde miraran, amables damas les sonreían y les gritaban. Y sobre todo se elevaba la voz de la dama lista, gritando: —¡Prato! Tienen que ir a Prato. ¡Ese lugar es de una pobreza encantadora, no se puede describir con palabras! A mí me encanta; me deleito sacudiéndome las ataduras de la respetabilidad, como usted sabe.

El joven llamado George miró a la dama lista y volvió luego, malhumorado, a su plato. Evidentemente él y su padre no encajaban. Lucy, en medio de su éxito, tuvo tiempo de desear que encajaran. No le producía placer adicional que alguien quedara al margen; y, al levantarse para irse, se volvió y dedicó a los dos excluidos un tímido y nervioso saludo con la cabeza.

El padre no lo vio; el hijo lo devolvió, no con otra reverencia, sino levantando las cejas y sonriendo; parecía sonreír por encima de algo.

Ella se apresuró a seguir a su prima, que ya había desaparecido tras las cortinas —cortinas que azotaban a uno en la cara y parecían cargadas de algo más que tela—. Más allá estaba la poco fiable Signora, despidiendo con reverencias a sus huéspedes, flanqueada por ’Enery, su hijo, y Victorier, su hija. Formaban una pequeña escena curiosa, aquel intento de la londinense por transmitir la gracia y la cordialidad del Sur. Y más curiosa aún era la sala de estar, que pretendía rivalizar con la sólida comodidad de una pensión de Bloomsbury. ¿Era esto, en verdad, Italia?

La señorita Bartlett ya estaba sentada en un sillón densamente relleno, del color y los contornos de un tomate. Hablaba con el señor Beebe, y al hacerlo su cabeza larga y estrecha oscilaba de atrás hacia adelante, lenta, regular, como si estuviera derribando un obstáculo invisible. —«Le estamos muy agradecidos —decía—. La primera noche significa mucho. Cuando usted llegó estábamos pasando un mauvais quart d'heure particularmente malo.»

Él expresó su disgusto.

—¿Sabe usted por casualidad el nombre de un anciano que estaba sentado frente a nosotras en la cena?

—Emerson.

—¿Es amigo suyo?

—Somos amables —como se es en las pensiones.

—Entonces no diré nada más.

Él la apremió con mucha suavidad, y ella añadió algo más.

—Yo soy, por así decir —concluyó—, la carabina de mi joven prima, Lucy, y sería grave que yo la pusiera en deuda con personas de las que no sabemos nada. Su manera fue un tanto desafortunada. Espero haber obrado lo mejor que cabía.

—Obró usted con toda naturalidad —dijo él. Pareció pensativo, y tras una pausa añadió—: Con todo, no creo que hubiese supuesto ningún daño aceptar.

—Ningún daño, claro. Pero no podíamos quedar en deuda.

—Es un hombre algo peculiar. —Otra vez vaciló, y luego dijo con dulzura—: No creo que aprovechara su aceptación ni que esperase muestras de gratitud. Tiene el mérito —si es que lo es— de decir exactamente lo que piensa. Tiene habitaciones que no valora, y cree que ustedes las valorarían. No pensó en absoluto en obligarlas, como tampoco pensó en ser cortés. Resulta tan difícil —al menos a mí me cuesta— entender a la gente que dice la verdad.

Lucy se alegró y dijo: —Yo esperaba que fuera simpático; siempre espero que la gente sea simpática.

—Creo que lo es; simpático y pesado. Discrepo de él en casi todos los puntos de alguna importancia, y por eso, supongo —puedo decir que lo espero— discreparán también ustedes. Pero es un tipo de persona con el que uno discrepa más que deplorar. Cuando llegó aquí, naturalmente, cayó mal a todo el mundo. No tiene tacto ni modales —no quiero decir con eso que tenga malos modales— y no se guarda sus opiniones. Casi nos quejamos de él a nuestra deprimente Signora, pero, por suerte, lo pensamos mejor.

—¿Debo deducir —dijo la señorita Bartlett— que es socialista?

El señor Beebe aceptó la cómoda palabra, sin que sus labios dejaran de contraerse ligeramente.

—Y, presumiblemente, habrá educado a su hijo para que también sea socialista.

—A George apenas lo conozco, porque todavía no ha aprendido a hablar. Parece un buen muchacho, y creo que tiene talento. Naturalmente, tiene todas las manías de su padre, y bien puede ser que también él sea socialista.

—¡Qué alivio! —dijo la señorita Bartlett—. ¿Entonces opina que debí aceptar su ofrecimiento? ¿Cree usted que he sido estrecha de miras y suspicaz?

—En absoluto —contestó—; no he querido decir eso.

—Pero ¿no debería al menos disculparme por mi aparente grosería?

Él respondió, con algo de irritación, que sería del todo innecesario, y se levantó para ir al fumadero.

—¿He sido un plomo? —dijo la señorita Bartlett, en cuanto él hubo desaparecido—. ¿Por qué no hablaste, Lucy? Él prefiere a la gente joven, estoy segura. Espero no haberme apropiado de él toda la noche, además de toda la cena.

—Es encantador —exclamó Lucy—. Justo como lo recordaba. Parece ver lo bueno en todos. Nadie diría que es clérigo.

—Querida Lucía...

—Bueno, ya sabes lo que quiero decir. Y ya sabes cómo se ríen los clérigos en general; el señor Beebe se ríe como un hombre cualquiera.

—¡Qué chica más rara! Cuánto me recuerdas a tu madre. Me pregunto si aprobará al señor Beebe.

—Estoy segura de que sí; y Freddy también.

—Creo que todos en Windy Corner lo aprobarán; es el mundo elegante. Yo estoy acostumbrada a Tunbridge Wells, donde todos vamos lamentablemente a la zaga.

—Sí —dijo Lucy con desaliento.

Había en el aire una bruma de desaprobación, pero Lucy no sabía si la desaprobación era hacia ella, hacia el señor Beebe, hacia el mundo elegante de Windy Corner, o hacia el estrecho mundo de Tunbridge Wells. Trató de localizarla, pero, como de costumbre, se equivocó. La señorita Bartlett negó con gran aplicación que desaprobara a nadie, y añadió: «Me temo que me estás resultando una compañera muy deprimente.»

Y la joven pensó de nuevo: «Debo de haber sido egoísta o desconsiderada; debo tener más cuidado. Es terrible para Charlotte ser pobre.»

Afortunadamente, una de las ancianitas, que durante un rato había estado sonriendo con suma dulzura, se acercó ahora y preguntó si le permitían sentarse donde había estado el señor Beebe. Concedido el permiso, empezó a charlar amablemente sobre Italia, el paso que había sido venir, el éxito gratificante del paso, la mejoría de la salud de su hermana, la necesidad de cerrar las ventanas de los dormitorios por la noche y de vaciar bien las botellas de agua por la mañana. Trataba sus temas con gracia, y tal vez eran más dignos de atención que la elevada charla sobre güelfos y gibelinos que se desarrollaba tempestuosamente al otro extremo de la sala. Fue una verdadera catástrofe, no un mero episodio, aquella noche en Venecia en que halló en su cuarto algo que es peor que una pulga, aunque mejor que otra cosa.

—Pero aquí están ustedes tan seguros como en Inglaterra. La Signora Bertolini es tan inglesa.

—Y, sin embargo, nuestras habitaciones huelen —dijo la pobre Lucy—. Nos da miedo ir a la cama.

—¡Ah!, entonces miran al patio. —Suspiró—. ¡Si al menos el señor Emerson tuviera más tacto! Lo sentimos mucho por ustedes durante la cena.

—Creo que su intención era ser amable.

—Sin duda lo era —dijo la señorita Bartlett.

—El señor Beebe acaba de reprenderme por mi naturaleza suspicaz. Naturalmente, me contenía por mi prima.

—Naturalmente —dijo la ancianita; y murmuraron que no se puede ser demasiado prudente con una joven.

Lucy intentó parecer recatada, pero no pudo evitar sentirse una tonta. Nadie la cuidaba en casa; o, al menos, ella no se había dado cuenta.

—Sobre el anciano señor Emerson... apenas sé. No, no es nada diplomático; y, sin embargo, ¿ha notado usted que hay personas que hacen cosas de lo más inconveniente y, al mismo tiempo... hermosas?

—¿Hermosas? —dijo la señorita Bartlett, desconcertada—. ¿No son lo mismo la belleza y el decoro?

—Eso se habría pensado —dijo la otra, sin saber qué decir—. Pero las cosas son tan difíciles... A veces lo creo.

No siguió adelante, pues el señor Beebe reapareció, con un aspecto muy agradable.

—¡Señorita Bartlett! —exclamó—. Todo está arreglado con las habitaciones. Me alegra muchísimo. El señor Emerson estaba hablando de ello en el fumadero, y, sabiendo lo que sé, lo animé a reiterar la oferta. Me ha dejado venir a preguntárselo a ustedes. Estaría tan contento.

—¡Oh, Charlotte! —exclamó Lucy a su prima—. Ahora tenemos que aceptar las habitaciones. El anciano es tan amable y bueno como puede serlo.

La señorita Bartlett guardó silencio.

—Me temo —dijo el señor Beebe, tras una pausa— que he sido impertinente. Debo pedir disculpas por mi intromisión.

Gravemente disgustado, se volvió para irse. Sólo entonces respondió la señorita Bartlett: «Mis propios deseos, queridísima Lucy, no tienen importancia comparados con los tuyos. Sería muy duro que yo te impidiera hacer lo que te place en Florencia, cuando estoy aquí únicamente gracias a tu generosidad. Si deseas que yo eche a estos caballeros de sus habitaciones, lo haré. ¿Quiere usted entonces, señor Beebe, tener la bondad de decirle al señor Emerson que acepto su amable oferta, y luego traerlo aquí, para que pueda agradecérselo personalmente?»

Alzó la voz al hablar; se la oyó en toda la sala, y apagó a güelfos y gibelinos. El clérigo, maldiciendo para sus adentros al sexo femenino, hizo una reverencia y se fue con el recado.

—Recuerda, Lucy: yo sola quedo comprometida en esto. No deseo que la aceptación provenga de ti. Concédeme al menos eso.

El señor Beebe estaba de vuelta, diciendo con cierto nerviosismo:

—El señor Emerson está ocupado, pero, en su lugar, aquí está su hijo.

El joven miró desde arriba a las tres damas, que parecían sentadas en el suelo, tan bajos eran sus sillones.

—Mi padre —dijo— está en el baño, de modo que no pueden agradecérselo personalmente. Pero cualquier mensaje que le den a mí se lo transmitiré a él en cuanto salga.

La señorita Bartlett fue incapaz de entender lo del baño. Todas sus finas ironías salieron del revés. El joven señor Emerson obtuvo un triunfo notable, para deleite del señor Beebe y para el deleite secreto de Lucy.

—¡Pobre joven! —dijo la señorita Bartlett, en cuanto él se hubo marchado—. ¡Qué enfadado está con su padre por lo de las habitaciones! Apenas si puede mantenerse cortés.

—Dentro de media hora, más o menos, sus habitaciones estarán listas —dijo el señor Beebe. Luego, mirando con aire pensativo a las dos primas, se retiró a sus propias habitaciones para escribir en su diario filosófico.

—¡Ay, Dios mío! —suspiró la ancianita, y se estremeció como si todos los vientos del cielo hubieran entrado en la estancia—. Los caballeros a veces no se dan cuenta... —Se le fue apagando la voz, pero la señorita Bartlett pareció entender, y se entabló una conversación en la que los caballeros que no se daban cuenta del todo desempeñaban un papel principal. Lucy, que tampoco se daba cuenta, quedó reducida a la literatura. Tomó la Guía Baedeker de Italia del Norte y memorizó las fechas más importantes de la historia florentina. Pues estaba resuelta a divertirse al día siguiente. Así la media hora se fue escabullendo provechosamente, y por fin la señorita Bartlett se levantó con un suspiro y dijo:

—Creo que ya se puede tentar. No, Lucy, no te muevas. Yo supervisaré el traslado.

—Cómo haces tú todo —dijo Lucy.

—Es natural, querida. Es asunto mío.

—Pero me gustaría ayudarte.

—No, querida.

¡Qué energía la de Charlotte! ¡Y qué desinterés! Había sido así toda su vida, pero la verdad es que, en este viaje por Italia, se estaba superando a sí misma. Así lo sentía Lucy, o se esforzaba por sentirlo. Y sin embargo, había en ella un espíritu rebelde que se preguntaba si la aceptación no habría podido ser menos delicada y más hermosa. En todo caso, entró en su propia habitación sin ninguna sensación de alegría.

—Quiero explicarte —dijo la señorita Bartlett— por qué he tomado la habitación más grande. Naturalmente, claro está, debería habértela dado a ti; pero da la casualidad de que sé que pertenece al joven, y estaba segura de que a tu madre no le gustaría.

Lucy quedó perpleja.

—Si has de aceptar un favor, es más conveniente que le debas algo a su padre y no a él. Yo soy una mujer de mundo, a mi modesta manera, y sé adónde conducen las cosas. Con todo, el señor Beebe es una garantía, en cierto modo, de que no se propasarán por esto.

—A mamá no le importaría, seguro —dijo Lucy, pero otra vez tuvo la sensación de que había asuntos más vastos e insospechados.

La señorita Bartlett se limitó a suspirar, y la envolvió en un abrazo protector al darle las buenas noches. Le dio a Lucy la sensación de una niebla, y cuando llegó a su habitación abrió la ventana y respiró el aire limpio de la noche, pensando en el bondadoso anciano que le había permitido ver las luces bailando sobre el Arno y los cipreses de San Miniato, y las estribaciones de los Apeninos, negras contra la luna que ascendía.

La señorita Bartlett, en su habitación, ajustó las contraventanas y echó el cerrojo a la puerta, y luego hizo un recorrido por el apartamento para ver adónde conducían los armarios, y si había alguna oubliette o alguna entrada secreta. Fue entonces cuando vio, clavado sobre el lavabo, un papel en el que estaba garrapateado un enorme signo de interrogación. Nada más.

—¿Qué significa esto? —pensó, y lo examinó con cuidado a la luz de una vela. Al principio carente de sentido, poco a poco fue volviéndose amenazador, ofensivo, cargado de mal agüero. La acometió el impulso de destruirlo, pero por fortuna recordó que no tenía derecho a hacerlo, puesto que debía de ser propiedad del joven señor Emerson. Así que lo desclavó con cuidado, y lo puso entre dos hojas de papel secante para conservárselo limpio. Luego terminó de inspeccionar la habitación, suspiró pesadamente según su costumbre, y se fue a la cama.

Capítulo II En Santa Croce sin Baedeker

Resultaba agradable despertar en Florencia, abrir los ojos sobre una habitación clara y desnuda, con un suelo de baldosas rojas que parecen limpias aunque no lo estén; con un techo pintado en el que unos grifos rosados y unos amorcillos azules juguetean en un bosque de violines y fagotes amarillos. Resultaba agradable también abrir de golpe las ventanas, pellizcándose los dedos en unos cierres desacostumbrados, asomarse al sol con bellas colinas, árboles e iglesias de mármol enfrente, y allá abajo, muy cerca, el Arno, que murmuraba contra el terraplén del camino.

Sobre el río, unos hombres trabajaban con palas y cedazos en la ribera arenosa, y en el río había una barca, también afanándose con ahínco para algún misterioso fin. Por debajo de la ventana pasó raudo un tranvía eléctrico. No iba nadie dentro, salvo un turista; pero las plataformas rebosaban de italianos, que preferían ir de pie. Unos niños intentaban colgarse del tranvía por detrás, y el revisor, sin malicia alguna, les escupía a la cara para que soltaran. Luego aparecieron soldados —hombres de buen ver, de talla menuda— que llevaban cada uno una mochila cubierta de una piel sarnosa, y un capote cortado para un soldado de mayor tamaño. A su lado caminaban oficiales, de aspecto necio y feroz, y delante iban unos rapazuelos que daban volteretas al compás de la banda. El tranvía se enredó entre sus filas y avanzó penosamente, como una oruga en un enjambre de hormigas. Uno de los rapazuelos se cayó, y de un arco salieron unos novillos blancos. En verdad, si no hubiera sido por el buen consejo de un anciano que vendía abrochadores, la vía no se habría despejado nunca.

En bagatelas como estas pueden irse deslizando muchas horas valiosas, y el viajero que ha ido a Italia a estudiar los valores táctiles de Giotto, o la corrupción del Papado, puede regresar sin recordar nada más que el cielo azul y los hombres y mujeres que viven bajo él. Así que fue un bien que la señorita Bartlett llamara a la puerta y entrara, y que, tras comentar que Lucy había dejado la puerta sin cerrar y que se asomaba a la ventana antes de estar del todo vestida, la instara a darse prisa, o se les iría lo mejor del día. Para cuando Lucy estuvo lista, su prima había terminado de desayunar y escuchaba a la dama ingeniosa entre las migas.

Se entabló entonces una conversación por derroteros harto conocidos. La señorita Bartlett estaba, después de todo, un poquitín cansada, y pensaba que más les valía pasar la mañana instalándose; a menos que a Lucy le apeteciese de verdad salir. A Lucy le habría gustado salir, ya que era su primer día en Florencia, pero, claro está, podía ir sola. La señorita Bartlett no podía permitir tal cosa. Por supuesto que ella acompañaría a Lucy a todas partes. ¡Oh, de ningún modo! Lucy se quedaría con su prima. ¡Oh, no! Eso no podía ser ni pensarse. ¡Oh, sí!

En ese punto intervino la dama ingeniosa.

—Si quien os preocupa es la señora Grundy, os aseguro que podéis hacer caso omiso de esa buena señora. Por ser inglesa, la señorita Honeychurch estará perfectamente segura. Los italianos lo entienden. Una amiga queridísima mía, la condesa Baroncelli, tiene dos hijas, y cuando no puede enviar a una doncella con ellas a la escuela, las deja ir con sombreros de marinero. Todo el mundo las toma por inglesas, ¿sabéis?, sobre todo si llevan el pelo tirante hacia atrás.

La señorita Bartlett no se dejó convencer por la seguridad de las hijas de la condesa Baroncelli. Estaba decidida a llevar ella misma a Lucy, dado que su cabeza no estaba tan mal. La dama ingeniosa dijo entonces que pensaba pasar una larga mañana en Santa Croce, y que si Lucy quería acompañarla, la encantaría.

—Os llevaré por un camino trasero precioso y sucio, señorita Honeychurch, y si me traéis suerte, tendremos una aventura.

Lucy dijo que era muy amable por su parte, y enseguida abrió el Baedeker para ver dónde estaba Santa Croce.

—¡Tss, tss! ¡Señorita Lucy! Espero que pronto os emanciparemos del Baedeker. Él no hace más que rozar la superficie de las cosas. En cuanto a la verdadera Italia, ni siquiera la sueña. La verdadera Italia solo se encuentra mediante una paciente observación.

Sonó muy interesante, y Lucy dio prisa al desayuno, y partió con su nueva amiga con el ánimo muy elevado. Italia llegaba por fin. La Signora cockney y sus obras habían desaparecido como una pesadilla.

La señorita Lavish —que tal era el nombre de la dama ingeniosa— torció a la derecha por el soleado Lung'Arno. ¡Qué calor tan delicioso! Pero un viento que bajaba por las calles laterales cortaba como una navaja, ¿verdad? Ponte alle Grazie —particularmente interesante, mencionado por Dante—. San Miniato —hermoso además de interesante; el crucifijo que besó a un asesino, la señorita Honeychurch recordaría la historia—. Los hombres del río estaban pescando. (Falso; pero, entonces, también lo es la mayor parte de la información.) Luego la señorita Lavish se lanzó bajo el arco de los novillos blancos, se detuvo, y exclamó:

—¡Un olor! ¡Un auténtico olor florentino! Cada ciudad, dejadme que os enseñe, tiene su propio olor.

—¿Es un olor muy agradable? —dijo Lucy, que había heredado de su madre una aversión a la suciedad.

—Uno no viene a Italia en busca de lo agradable —fue la réplica—; uno viene en busca de vida. ¡Buon giorno! ¡Buon giorno! —inclinándose a derecha e izquierda—. ¡Mirad qué carro del vino tan adorable! Cómo nos mira el conductor, alma buena y sencilla.

Así prosiguió la señorita Lavish por las calles de la ciudad de Florencia, bajita, inquieta y juguetona como un gatito, aunque sin la gracia de un gatito. Era todo un regalo para la chica estar con alguien tan ingenioso y alegre; y una capa militar azul, de las que llevan los oficiales italianos, no hizo más que aumentar la sensación de fiesta.

—¡Buon giorno! Haced caso de una vieja, señorita Lucy: jamás os arrepentiréis de una pequeña cortesía con vuestros inferiores. Esa es la verdadera democracia. Aunque yo también soy una auténtica Radical. ¡Vaya! Ya os he escandalizado.

—¡Pues no, ni mucho menos! —exclamó Lucy—. Nosotros también somos radicales, hasta la médula. Mi padre votó siempre al señor Gladstone, hasta que se puso tan tremendo con lo de Irlanda.

—Ya veo, ya veo. Y ahora os habéis pasado al enemigo.

—¡Oh, por favor...! Si mi padre estuviera vivo, estoy segura de que volvería a votar Radical ahora que lo de Irlanda está arreglado. Y, tal como están las cosas, el cristal de la puerta de casa se rompió en las últimas elecciones, y Freddy está seguro de que fueron los tories; pero mamá dice que tonterías, que fue un vagabundo.

—¡Qué vergüenza! Supongo que será una zona industrial.

—No, en las colinas de Surrey. A unas cinco millas de Dorking, con vistas sobre el Weald.

La señorita Lavish pareció interesarse y aflojó su trote.

—¡Qué zona tan deliciosa! La conozco muy bien. Está llena de las personas más amables. ¿Conocéis a Sir Harry Otway, un Radical como él solo?

—Muy bien, sí.

—¿Y a la vieja señora Butterworth, la filántropa?

—¡Pero si nos arrienda un campo! ¡Qué casualidad!

La señorita Lavish miró la estrecha cinta de cielo y murmuró:

—Ah, ¿tenéis propiedades en Surrey?

—Casi nada —dijo Lucy, temerosa de que la tomaran por esnob—. Solo treinta acres, el jardín, todo en cuesta, y unos campos.

La señorita Lavish no se disgustó, y dijo que era justo el tamaño de la finca de su tía en Suffolk. Italia se alejó. Intentaron recordar el apellido de lady Louisa fulana de tal, que había alquilado una casa cerca de Summer Street el año pasado, pero no le había gustado, lo cual resultaba extraño en ella. Y justo cuando la señorita Lavish había dado con el nombre, se interrumpió y exclamó:

—¡Dios nos bendiga! ¡Dios nos bendiga y nos salve! Hemos perdido el camino.

Ciertamente, parecían haber tardado mucho en llegar a Santa Croce, cuya torre había sido claramente visible desde la ventana del rellano. Pero la señorita Lavish había dicho tantas veces que conocía su Florencia de memoria, que Lucy la había seguido sin recelo.

—¡Perdidas! ¡Perdidas! Querida señorita Lucy, durante nuestras diatribas políticas hemos tomado un camino equivocado. ¡Cómo se reirían de nosotros esos horribles conservadores! ¿Qué vamos a hacer? Dos mujeres solas en una ciudad desconocida. Esto es lo que yo llamo una aventura.

Lucy, que quería ver Santa Croce, sugirió, como posible solución, que preguntasen el camino.

—¡Oh, eso es palabra de cobarde! Y no, no, no debéis mirar vuestro Baedeker. Dádmelo; no pienso dejaros que lo llevéis. Simplemente, nos dejaremos llevar.

En consecuencia, se dejaron llevar por una serie de esas calles parduzcas y grises, que no son ni espaciosas ni pintorescas, y de las que abunda el barrio oriental de la ciudad. Lucy perdió pronto el interés por el descontento de lady Louisa, y ella misma se volvió descontenta. Por un instante arrebatador apareció Italia. Se detuvo en la plaza de la Anunciata y vio, en la terracota viva, a aquellos bebés divinos que ninguna reproducción barata puede jamás deslustrar. Allí estaban, con sus relucientes miembros asomando de las vestiduras de la caridad, y sus fuertes brazos blancos extendidos contra círculos de cielo. Lucy pensó que nunca había visto nada más hermoso; pero la señorita Lavish, con un chillido de desesperación, la arrastró hacia adelante, declarando que se habían desviado de su camino al menos una milla.

Se acercaba el momento en que el desayuno continental empieza, o más bien deja, de notarse, y las señoras compraron una pasta caliente de castañas en una tiendecita, porque tenía un aspecto tan típico. Sabía en parte al papel en que iba envuelta, en parte a aceite de cabello, en parte al gran desconocido. Pero les dio fuerzas para dejarse llevar hasta otra plaza, grande y polvorienta, al otro lado de la cual se alzaba una fachada blanquinegra de una fealdad sin par. La señorita Lavish se dirigió a ella con tono dramático. Era Santa Croce. La aventura había terminado.

—Esperad un momento; dejad que esos dos sigan adelante, o tendré que hablar con ellos. Detesto la relación convencional. ¡Qué asco! También van a entrar en la iglesia. ¡Oh, el inglés en el extranjero!

—Nos sentamos frente a ellos en la cena de anoche. Nos han cedido sus habitaciones. Fueron tan amables.

—¡Mirad sus figuras! —rio la señorita Lavish—. Atraviesan mi Italia como un par de vacas. Es muy malo por mi parte, pero me gustaría ponerles un examen en Dover y rechazar a todo turista que no lo aprobara.

—¿Qué nos preguntaríais?

La señorita Lavish puso su mano amablemente sobre el brazo de Lucy, como sugiriendo que ella, al menos, sacaría la nota máxima. En tan excelso estado de ánimo llegaron a los escalones de la gran iglesia, y estaban a punto de entrar cuando la señorita Lavish se detuvo, chilló, levantó los brazos y exclamó:

—¡Ahí va mi caja de color local! ¡He de decirte una palabra!

Y al instante se alejó cruzando la plaza, su capa militar aleteando al viento; ni aminoró la marcha hasta alcanzar a un anciano de patillas blancas, al que pellizcó juguetonamente en el brazo.

Lucy esperó casi diez minutos. Luego empezó a cansarse. Los mendigos la importunaban, el polvo se le metía en los ojos, y recordó que una jovencita no debe quedarse merodeando por lugares públicos. Descendió despacio a la plaza con la intención de reunirse con la señorita Lavish, que resultaba en verdad demasiado original. Pero en ese momento la señorita Lavish y su caja de color local se movieron también, y desaparecieron por una callejuela lateral, ambos gesticulando sin medida. A los ojos de Lucy asomaron lágrimas de indignación, en parte porque la señorita Lavish la había dejado plantada, en parte porque se había llevado su Baedeker. ¿Cómo iba a encontrar el camino de regreso? ¿Cómo iba a orientarse en Santa Croce? Su primera mañana estaba arruinada, y podía no volver jamás a Florencia. Unos minutos antes había estado llena de brío, hablando como una mujer cultivada, y medio convenciéndose de que rebosaba originalidad. Ahora entró en la iglesia abatida y humillada, sin siquiera poder recordar si la habían construido los franciscanos o los dominicos. Claro que debía de ser un edificio maravilloso. ¡Pero qué parecido a un granero! ¡Y qué frío! Claro que contenía frescos de Giotto, en presencia de cuyos valores táctiles era capaz de sentir lo que correspondía. Pero ¿quién iba a decirle cuáles eran? Deambuló con desprecio, sin querer entusiasmarse con monumentos de autoría o fecha inciertas. No había nadie, ni siquiera, que pudiera decirle cuál, de todas las lápidas sepulcrales que pavimentaban la nave y el crucero, era la verdaderamente hermosa, la que más había elogiado el señor Ruskin.

Entonces obró en ella el pernicioso encanto de Italia, y, en lugar de adquirir información, empezó a sentirse feliz. Descifró los avisos italianos —los avisos que prohibían la entrada de perros en la iglesia, el aviso que rogaba a la gente, en interés de la salud y por respeto al sagrado edificio en que se encontraban, que no escupiera—. Observó a los turistas; sus narices estaban tan rojas como sus Baedekers, tan frío era el ambiente de Santa Croce. Fue testigo del horrible sino que cayó sobre tres papistas —dos niños y una niña— que comenzaron su carrera mojándose unos a otros con el agua bendita, y luego pasaron al monumento a Maquiavelo, goteando pero consagrados. Acercándose a él con suma lentitud y desde distancias inmensas, tocaron la piedra con los dedos, con sus pañuelos, con sus cabezas, y luego se retiraron. ¿Qué podía significar aquello? Lo repitieron una y otra vez. Entonces Lucy comprendió que habían confundido a Maquiavelo con algún santo, esperando adquirir virtud. El castigo llegó enseguida. El más pequeño de los niños tropezó con una de esas lápidas sepulcrales tan admiradas por el señor Ruskin, y enredó los pies en los rasgos de un obispo yacente. Aun siendo protestante, Lucy se lanzó hacia delante. Llegó demasiado tarde. El niño cayó con todo su peso sobre los dedos vueltos hacia arriba del prelado.

—¡Obispo odioso! —exclamó la voz del viejo señor Emerson, que también se había lanzado hacia delante—. Duro en vida, duro en muerte. Sal al sol, niño pequeño, y bésale la mano al sol, que es donde deberías estar. ¡Obispo insufrible!

El niño gritó frenéticamente ante esas palabras y ante aquella gente espantosa que lo levantaba, le sacudía el polvo, le frotaba los cardenales y le decía que no fuera supersticioso.

—¡Mírelo! —dijo el señor Emerson a Lucy—. ¡Vaya un lío: un bebé herido, con frío y asustado! Pero ¿qué otra cosa puede esperarse de una iglesia?

Las piernas del niño se habían vuelto como cera derretida. Cada vez que el viejo señor Emerson y Lucy lo ponían en pie, se desplomaba con un alarido. Por fortuna, una señora italiana, que debería haber estado rezando sus oraciones, acudió al rescate. Por virtud misteriosa que solo poseen las madres, le endureció la columna vertebral y le infundió fuerza en las rodillas. Se tuvo en pie. Siguió farfullando con agitación, y se alejó caminando.

—Es usted una mujer inteligente —dijo el señor Emerson—. Ha hecho más que todas las reliquias del mundo. No soy de su credo, pero sí creo en quienes hacen felices a sus semejantes. No hay sistema del universo...

Hizo una pausa buscando la palabra.

—Niente —dijo la señora italiana, y volvió a sus oraciones.

—No estoy seguro de que entienda el inglés —sugirió Lucy.

En su estado de ánimo amansado, Lucy ya no despreciaba a los Emerson. Estaba resuelta a mostrarse afable con ellos, hermosa más que delicada, y, si era posible, a borrar la cortesía de la señorita Bartlett con alguna amable referencia a las agradables habitaciones.

—Esa mujer lo entiende todo —fue la respuesta del señor Emerson—. Pero ¿qué hacéis vos aquí? ¿Estáis haciendo la iglesia? ¿Habéis terminado con la iglesia?

—No —exclamó Lucy, recordando su agravio—. Vine aquí con la señorita Lavish, que iba a explicármelo todo; y justo en la puerta, ¡es una vergüenza!, salió corriendo, y después de esperar bastante tiempo, no me quedó más remedio que entrar sola.

—¿Y por qué no? —dijo el señor Emerson.

—Sí, ¿por qué no ibais a entrar sola? —dijo el hijo, dirigiéndose por primera vez a la joven.

—Pero la señorita Lavish se ha llevado incluso el Baedeker.

—¿El Baedeker? —dijo el señor Emerson—. Me alegra que lo que os preocupe sea eso. Vale la pena preocuparse, la pérdida de un Baedeker. Eso sí que vale la pena.

Lucy quedó perpleja. Fue de nuevo consciente de alguna idea nueva, y no estaba segura de adónde la conduciría.

—Si no tenéis Baedeker —dijo el hijo—, más vale que os unáis a nosotros. ¿Era esto adonde conducía la idea? Se refugió en su dignidad.

—Muchas gracias, pero no podría ni pensarlo. Espero que no os figuréis que vine a pegarme a vosotros. En realidad vine a ayudar con el niño y a daros las gracias por habernos cedido tan amablemente vuestras habitaciones anoche. Confío en que no os hayamos causado bastante grande molestia.

—Querida mía —dijo el anciano con dulzura—, creo que estáis repitiendo lo que habéis oído decir a las personas mayores. Estáis fingiendo estar susceptible; pero no lo estáis de verdad. Dejad de ser tan fastidiosa, y decidme más bien qué parte de la iglesia queréis ver. Llevaros hasta ella será un verdadero placer.

Esto era abominablemente impertinente, y ella debería haberse puesto furiosa. Pero a veces resulta tan difícil perder la paciencia como en otras ocasiones resulta difícil conservarla. Lucy no lograba enfadarse. El señor Emerson era un anciano, y sin duda una joven podía complacerle. Por otro lado, su hijo era un joven, y ella sentía que una joven debía sentirse ofendida con él, o al menos estar ofendida delante de él. Fue a él a quien miró antes de responder.

—No creo ser susceptible. Lo que quiero ver son los Giottos, si tenéis la bondad de indicarme cuáles son.

El hijo asintió con la cabeza. Con una expresión de sombría satisfacción, los guió hasta la Capilla Peruzzi. Había en él algo de maestro. Ella se sentía como una niña en la escuela que ha respondido correctamente a una pregunta.

La capilla estaba ya llena de una congregación fervorosa, y de entre ellos se elevó la voz de un guía, indicándoles cómo adorar a Giotto, no mediante hábiles valoraciones, sino con las normas del espíritu.

—Recordad —decía—, los hechos relativos a esta iglesia de Santa Croce; cómo fue construida por la fe en el más pleno ardor del medievalismo, antes de que apareciese cualquier sombra del Renacimiento. Observad cómo Giotto en estos frescos —ahora, por desdicha, arruinados por las restauraciones— no se deja atrapar por los escollos de la anatomía y la perspectiva. ¿Podría haber algo más majestuoso, más patético, hermoso, verdadero? ¡Cuán poco, sentimos, valen el conocimiento y la habilidad técnica frente a un hombre que realmente siente!

—¡No! —exclamó el señor Emerson, con una voz demasiado alta para una iglesia—. ¡No recordéis nada de eso! ¡Construida por la fe, claro! Lo que eso significa sencillamente es que a los obreros no se les pagó como es debido. Y en cuanto a los frescos, no veo verdad alguna en ellos. ¡Mirad a ese hombre gordo vestido de azul! Debe de pesar tanto como yo, y está subiendo al cielo como un globo aerostático.

Se refería al fresco de la «Ascensión de San Juan». Dentro, la voz del guía vaciló, como bien podía ser. El público se removió inquieto, y Lucy también. Estaba segura de que no debía estar con aquellos hombres; pero habían hechizado a su pesar. Eran tan serios y tan extraños que no acertaba a recordar cómo debía uno comportarse.

—Ahora bien, ¿ocurrió así o no ocurrió? ¿Sí o no?

George respondió:

—Ocurrió de este modo, si es que ocurrió. Yo preferiría subir al cielo por mí mismo a ser empujado por querubines; y si llegase allí, me gustaría que mis amigos se asomasen desde allí, tal como hacen aquí.

—Tú no subirás jamás —dijo su padre—. Tú y yo, querido muchacho, yaceremos en paz en la tierra que nos dio a luz, y nuestros nombres desaparecerán tan seguro como nuestra obra sobrevivirá.

—Algunas personas solo ven el sepulcro vacío, no al santo, quienquiera que sea, que sube. Ocurrió así, si es que ocurrió.

—Perdonen —dijo una voz glacial—. La capilla es algo pequeña para dos grupos. No les molestaremos más.

El guía era un clérigo, y su auditorio debía de ser a la vez su grey, pues sostenían en las manos libros de oraciones además de guías. Salieron de la capilla en silencio, en fila. Entre ellos iban las dos ancianitas de la Pensión Bertolini: la señorita Teresa y la señorita Catalina Alan.

—¡Esperen! —gritó el señor Emerson—. Hay sitio de sobra para todos. ¡Esperen!

La procesión desapareció sin decir palabra.

Pronto se pudo oír al guía en la capilla contigua, describiendo la vida de san Francisco.

—George, creo que ese clérigo es el coadjutor de Brixton.

George entró en la capilla siguiente y volvió, diciendo:

—Puede que lo sea. No me acuerdo.

—Entonces será mejor que le hable y le recuerde quién soy. Es ese tal señor Eager. ¿Por qué se ha ido? ¿Hablamos demasiado alto? Qué fastidio. Voy a decirle que lo sentimos. ¿No sería mejor? Así quizá vuelva.

—No volverá —dijo George.

Pero el señor Emerson, contrito y apesadumbrado, se apresuró a ir a disculparse ante el reverendo Cuthbert Eager. Lucy, al parecer absorta en una luneta, pudo oír de nuevo la conferencia interrumpida, la voz ansiosa y agresiva del anciano, las respuestas secas y agraviadas de su adversario. El hijo, que tomaba cualquier pequeña contrariedad como si fuese una tragedia, escuchaba también.

—Mi padre causa ese efecto en casi todo el mundo —le dijo—. Intentará ser amable.

—Espero que todos lo intentemos —dijo ella, sonriendo nerviosa.

—Porque pensamos que mejora nuestro carácter. Pero él es amable con la gente porque los quiere; y ellos lo descubren, y se ofenden, o se asustan.

—¡Qué tontos son! —dijo Lucy, aunque en su corazón sentía simpatía—. Yo creo que un acto amable hecho con tacto...

—¡Tacto!

Levantó la cabeza con desdén. Por lo visto, ella había dado la respuesta equivocada. Observó a aquel singular criatura ir y venir por la capilla. Para un hombre joven, su rostro era áspero y —hasta que las sombras caían sobre él— duro. Sumido en sombras, despertaba de pronto a la ternura. Lo vio una vez más en Roma, en el techo de la Capilla Sixtina, cargado con un fardo de bellotas. Sano y musculoso, daba, sin embargo, la sensación de grisura, de tragedia que solo hallaría solución en la noche. La sensación se disipó pronto; no era propio de ella haber abrigado algo tan sutil. Nacida del silencio y de una emoción desconocida, se disipó cuando el señor Emerson volvió, y ella pudo reintegrarse al mundo de la charla rápida, el único que le era familiar.

—¿Le han dado con la puerta? —preguntó su hijo con calma.

—Pero hemos estropeado el placer a no sé cuánta gente. No van a volver.

—«...lleno de simpatía innata...prontitud para percibir el bien en los otros...visión de la fraternidad del hombre...» Trozos de la conferencia sobre san Francisco llegaron flotando por encima del tabique.

—No nos permita estropear el de usted —continuó, dirigiéndose a Lucy—. ¿Ha mirado ya a esos santos?

—Sí —dijo Lucy—. Son preciosos. ¿Saben cuál es la lápida de la que habla Ruskin?

Él no lo sabía, y sugirió que procuraran averiguarlo. George, para alivio de ella, se negó a moverse, y ella y el anciano vagaron no sin agrado por Santa Croce, que, aunque parece un granero, ha cosechado muchas cosas bellas entre sus muros. Había también mendigos que esquivar y guías a los que burlar entre las columnas, y una anciana con su perro, y aquí y allá un sacerdote que se escabullía modestamente hacia su misa entre los grupos de turistas. Pero el señor Emerson estaba solo a medias interesado. Vigilaba al guía, cuya labor creía haber estropeado, y luego vigilaba con ansiedad a su hijo.

—¿Por qué mirará ese fresco? —dijo, inquieto—. Yo no vi nada en él.

—A mí me gusta Giotto —respondió ella—. Es admirable lo que dicen de sus valores táctiles. Aunque prefiero las cosas como los niños de Della Robbia.

—Con razón. Un niño vale por una docena de santos. Y el niño de mi hijo vale por todo el Paraíso, y por lo que yo alcanzo a ver vive en el Infierno.

Lucy volvió a sentir que aquello no estaba bien.

—En el Infierno —repitió—. Es infeliz.

—¡Oh, Dios mío! —dijo Lucy.

—¿Cómo puede ser infeliz, si es fuerte y está vivo? ¿Qué más se le puede dar? Y piense cómo lo han educado: libre de toda superstición e ignorancia que llevan a los hombres a odiarse en nombre de Dios. Con una educación así, yo creía que tenía necesariamente que ser feliz.

No era teóloga, pero presentía que aquel era un anciano muy necio, además de muy irreligioso. Sintió también que quizá a su madre no le agradaría que hablase con aquel tipo de persona, y que Charlotte pondría las más enérgicas objeciones.

—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó—. Sale de vacaciones a Italia, y se porta... así; como el niño pequeño que debería estar jugando, y que se hace daño contra una lápida. ¿Eh? ¿Qué decíais?

Lucy no había hecho ninguna sugerencia. De pronto, él dijo:

—Vamos, no seáis tonta con esto. No os pido que os enamoréis de mi hijo, pero sí creo que podríais intentar comprenderlo. Estáis más cerca de su edad, y si os dejáis llevar estoy seguro de que sois sensata. Podríais ayudarme. Ha conocido a tan pocas mujeres, y vos tenéis tiempo. Os quedáis aquí varias semanas, ¿no? Pero dejaos llevar. Os inclináis a embrollaros, si puedo juzgar por lo de anoche. Dejaos llevar. Sacad a la luz esos pensamientos que no entendéis, ponedlos al sol y averiguad su significado. Comprendiendo a George podréis aprender a comprenderos a vos misma. Será bueno para los dos.

Lucy no encontró respuesta a este discurso extraordinario.

—Yo solo sé qué es lo que le pasa; no por qué le pasa.

—¿Y qué es? —preguntó Lucy con temor, esperando alguna historia desgarradora.

—La vieja preocupación; las cosas no encajan.

—¿Qué cosas?

—Las cosas del universo. Es muy cierto. No encajan.

—¡Oh, señor Emerson! ¿Qué queréis decir con eso?

Con su voz habitual, de modo que ella apenas se dio cuenta de que estaba citando poesía, dijo:

—«Desde lejos, desde el alba y el crepúsculo, y desde aquel cielo de doce vientos, la materia de la vida para tejer sopló hacia aquí: aquí estoy yo.»

George y yo sabemos esto, pero ¿por qué le aflige a él? Sabemos que venimos de los vientos, y que a ellos volveremos; que toda la vida es quizá un nudo, un enredo, una mancha en la eterna lisura. ¿Mas por qué habría esto de hacernos desdichados? Amémonos más bien unos a otros, y trabajemos y regocijémonos. Yo no creo en esta tristeza del mundo.

La señorita Honeychurch asintió.

—Entonces haced que mi hijo piense como nosotros. Hacedle ver que al lado del eterno Porqué hay un Sí: un Sí transitorio, si se quiere, pero un Sí.

De pronto, ella rió; sin duda, había que reír. ¡Un joven melancólico porque el universo no encajaba, porque la vida era un enredo o un viento, o un Sí, o algo así!

—Lo siento mucho —exclamó—. Pensaréis que soy insensible, pero... pero... —Entonces se volvió matronil—. ¡Oh, pero su hijo necesita ocuparse! ¿Es que no tiene una afición especial? Pues yo tengo preocupaciones, pero por lo general se me olvidan al piano; y coleccionar sellos le hizo un bien enorme a mi hermano. Quizá Italia le aburre; deberían probar con los Alpes o con los Lagos.

El rostro del anciano se ensombreció, y la tocó suavemente con la mano. Esto no la alarmó; creyó que su consejo lo había impresionado y que se lo agradecía. En realidad, ya no le inspiraba ningún temor; lo veía como una buena persona, pero bastante necia. Sus sentimientos estaban tan henchidos espiritualmente como lo habían estado una hora antes estéticamente, antes de perder la Baedeker. El querido George, que ahora avanzaba hacia ellos a grandes zancadas entre las lápidas, se le antojaba a un tiempo lastimoso y absurdo. Se acercó, con el rostro en sombra. Dijo:

—La señorita Bartlett.

—¡Oh, Dios mío! —dijo Lucy, derrumbándose de golpe y viendo de nuevo la totalidad de la vida bajo una nueva perspectiva—. ¿Dónde? ¿Dónde?

—En la nave.

—Ya veo. Esas chismosas de las señoritas Alan deben de haber... —Se contuvo.

—¡Pobre chica! —estalló el señor Emerson—. ¡Pobre chica!

No podía dejar pasar esto, pues era exactamente lo que ella estaba sintiendo.

—¿Pobre chica? No entiendo qué quiere decir eso. Me considero una chica muy afortunada, se lo aseguro. Estoy completamente feliz, y me lo estoy pasando de maravilla. Le ruego que no pierda el tiempo compadeciéndome. Ya hay bastantes tristezas en el mundo, ¿no?, sin necesidad de inventarlas. Adiós. Muchísimas gracias a los dos por su amabilidad. ¡Ah, sí! Ahí viene mi prima. ¡Una mañana deliciosa! Santa Croce es una iglesia maravillosa.

Se reunió con su prima.

Capítulo III Música, violetas y la letra «S»

Sucedía que Lucy, que hallaba la vida diaria bastante caótica, entraba en un mundo más sólido cuando abría el piano. Entonces dejaba de ser deferente o protectora; dejaba de ser rebelde o esclava. El reino de la música no es el reino de este mundo; aceptará a aquellos a quienes la cuna, el intelecto y la cultura han rechazado por igual. La persona común empieza a tocar y se lanza al empíreo sin esfuerzo, mientras nosotros levantamos la vista, asombrados de cómo se nos ha escapado, y pensando cómo podríamos adorarlo y amarlo, si tan solo tradujese sus visiones en palabras humanas, y sus experiencias en acciones humanas. Quizá no pueda; desde luego no lo hace, o lo hace muy raras veces. Lucy no lo había hecho nunca.

No era una ejecutante deslumbrante; sus escalas no se parecían en absoluto a sartas de perlas, y no daba más notas acertadas que las convenientes para alguien de su edad y condición. Ni era la joven apasionada que interpreta con tanto dramatismo una tarde de verano, con la ventana abierta. Había pasión, pero no se la podía etiquetar fácilmente; se deslizaba entre el amor y el odio y los celos, y todo el mobiliario del estilo pictórico. Y era trágica solo en el sentido de que era grande, pues le gustaba tocar del lado de la Victoria. Victoria de qué y sobre qué —eso es más de lo que las palabras de la vida cotidiana pueden decimos. Pero que algunas sonatas de Beethoven están escritas de modo trágico, nadie puede negarlo; sin embargo, pueden triunfar o desesperar según decida el intérprete, y Lucy había decidido que triunfasen.

Una tarde muy lluviosa en la Bertolini le permitió hacer lo que de verdad le gustaba, y después del almuerzo abrió el pequeño piano cubierto con su tela. Algunas personas se quedaron un rato y elogiaron su manera de tocar, pero viendo que ella no contestaba, se dispersaron hacia sus habitaciones a escribir sus diarios o a dormir. No prestó atención al señor Emerson buscando a su hijo, ni a la señorita Bartlett buscando a la señorita Lavish, ni a la señorita Lavish buscando su pitillera. Como toda verdadera intérprete, estaba ebria del mero contacto de las notas: eran dedos que acariciaban los suyos; y por el tacto, no solo por el sonido, llegaba a su deseo.

El señor Beebe, sentado inadvertido en la ventana, cavilaba sobre este elemento ilógico de la señorita Honeychurch, y recordó la ocasión en Tunbridge Wells en que lo había descubierto. Fue en uno de esos espectáculos en los que las clases altas entretienen a las bajas. Los asientos estaban llenos de un público respetuoso, y las damas y caballeros de la parroquia, bajo los auspicios de su vicario, cantaban, o recitaban, o imitaban el descorche de una botella de champán. Entre los números anunciados estaba «Miss Honeychurch. Piano. Beethoven», y el señor Beebe se preguntaba si sería Adelaida, o la marcha de Las Ruinas de Atenas, cuando su compostura se vio turbada por los primeros compases de la Opus 111. Estuvo en vilo a lo largo de toda la introducción, pues hasta que el ritmo se acelera no se sabe qué se propone la intérprete. Con el fragor del tema inicial comprendió que las cosas iban de modo extraordinario; en los acordes que anuncian la conclusión oyó los martillazos de la victoria. Se alegró de que tocase solo el primer movimiento, pues no habría podido prestar atención a los intricados meandros de los compases de nueve dieciseisavos. El público aplaudió, no menos respetuoso. Fue el señor Beebe quien inició el pataleo; era todo cuanto se podía hacer.

—¿Quién es? —le preguntó después al vicario.

—Prima de una de mis feligresas. No considero muy afortunada su elección de la pieza. Beethoven acostumbra a ser tan sencillo y directo en su apelación, que es pura perversidad escoger algo así, que, en todo caso, perturba.

—Preséntemela.

—Le encantará. Ella y la señorita Bartlett no paran de alabar su sermón.

—¿Mi sermón? —exclamó el señor Beebe—. ¿Por qué diablos lo escuchó?

Cuando se lo presentaron comprendió por qué, pues la señorita Honeychurch, separada de su taburete, no era más que una señorita con una buena mata de pelo oscuro y un rostro muy bonito, pálido e inexpresivo. Le encantaba ir a conciertos, le encantaba quedarse en casa de su prima, le encantaban el café helado y los merengues. No dudó de que también le encantase su sermón. Mas antes de dejar Tunbridge Wells le hizo al vicario una observación, que ahora le hizo a la propia Lucy cuando esta cerró el pequeño piano y se acercó a él como en sueños:

—Si la señorita Honeychurch llega a vivir algún día como toca, será muy emocionante, tanto para nosotros como para ella.

Lucy volvió al punto a la vida cotidiana.

—¡Oh, qué cosa tan rara! Alguien le dijo exactamente lo mismo a mamá, y ella dijo que confiaba en que yo no viviría jamás en un dúo.

—¿A la señora Honeychurch no le gusta la música?

—No le importa. Pero no le gusta que a una le excite nada; cree que soy tonta con eso. Cree... no acierto a entender. Una vez, sabe usted, dije que mi manera de tocar me gustaba más que la de nadie. No ha acabado de perdonármelo. Por supuesto, no quise decir que yo tocara bien; solo quise decir...

—Por supuesto —dijo él, preguntándose por qué se molestaba en explicarse.

—La música... —dijo Lucy, como ensayando alguna generalidad. No pudo acabarla, y miró distraídamente hacia la Italia bajo la lluvia. Toda la vida del Sur estaba desorganizada, y la nación más elegante de Europa se había convertido en informes montones de ropa.

La calle y el río eran de un amarillo sucio, el puente de un gris sucio, y las colinas de un púrpura sucio. En algún repliegue suyo se ocultaban la señorita Lavish y la señorita Bartlett, que habían elegido precisamente esa tarde para visitar la Torre del Gallo.

—¿Y la música? —dijo el señor Beebe.

—La pobre Charlotte quedará empapada —fue la respuesta de Lucy.

La expedición era típica de la señorita Bartlett, que regresaría fría, cansada, hambrienta y angelical, con una falda arruinada, una Baedeker hecha una pasta y una tos que le picaba en la garganta. Otro día, en que el mundo entero cantaba y el aire entraba en la boca como vino, se negaría a moverse de la sala, diciendo que era ya una anticuada, y nada adecuada para acompañar a una chica animosa.

—La señorita Lavish ha extraviado a su prima. Espero encontrar la verdadera Italia bajo la lluvia, creo.

—La señorita Lavish es tan original —murmuró Lucy. Esta era una observación hecha de molde, la suprema consecución de la Pensión Bertolini en materia de definiciones. La señorita Lavish era tan original. El señor Beebe tenía sus dudas, pero habrían sido atribuidas a estrechez clerical. Por eso, y por otras razones, se calló.

—¿Es verdad —continuó Lucy con tono reverencioso— que la señorita Lavish está escribiendo un libro?

—Se dice.

—¿De qué trata?

—Será una novela —respondió el señor Beebe— que versará sobre la Italia moderna. Para dar cuenta de ella, le remito a la señorita Catalina Alan, que emplea las palabras mejor que nadie que yo conozca.

—Quisiera que la propia señorita Lavish me lo contase. Empezamos siendo tan amigas. Pero no creo que debiera haberse escapado con la Baedeker aquella mañana en Santa Croce. A Charlotte le disgustó mucho encontrarme prácticamente sola, y entonces no pude por menos de estar un poco disgustada con la señorita Lavish.

—Las dos señoras, en todo caso, han hecho las paces.

Le interesaba aquella súbita amistad entre mujeres tan aparentemente dispares como la señorita Bartlett y la señorita Lavish. Estaban siempre en mutua compañía, quedando Lucy como una tercera postergada. A la señorita Lavish creía entenderla, pero la señorita Bartlett podía revelar profundidades insospechadas de rareza, aunque quizá no de sentido. ¿La estaba Italia apartando del camino de la dueña severa, que le había asignado en Tunbridge Wells? Toda su vida le había gustado estudiar a las señoritas; eran su especialidad, y su profesión le había deparado sobradas oportunidades para ello. Chicas como Lucy eran encantadoras de mirar, pero el señor Beebe, por razones más bien profundas, se mantenía algo frío en su actitud hacia el otro sexo, y prefería interesarse antes que dejarse cautivar.

Lucy, por tercera vez, dijo que la pobre Charlotte quedaría empapada. El Arno subía en crecida, arrastrando las huellas de los pequeños carros en la ribera. Pero al sudoeste había aparecido una bruma apagada y amarilla, que podía significar mejor tiempo si no significaba peor. Abrió la ventana para inspeccionar, y una ráfaga fría entró en la habitación, arrancando un quejumbroso grito a la señorita Catalina Alan, que entraba al mismo tiempo por la puerta.

“¡Oh, querida señorita Honeychurch, va usted a pillar un resfriado! Y el señor Beebe aquí además. ¿Quién iba a suponer que esto es Italia? Ahí está mi hermana calentando literalmente la botella de agua caliente; ni comodidades ni provisiones decentes.”

Se deslizó hacia ellos y se sentó, cohibida como siempre al entrar en una habitación que contuviera a un hombre, o a un hombre y una mujer.

“Yo podía oír su preciosa ejecución, señorita Honeychurch, aunque estaba en mi cuarto con la puerta cerrada. Puertas cerradas; en efecto, lo más necesario. Nadie tiene la menor idea de la intimidad en este país. Y uno lo pilla del otro.”

Lucy respondió como correspondía. El señor Beebe no estaba en condiciones de contar a las señoras su aventura en Módena, donde la camarera irrumpió junto a él mientras se bañaba, exclamando jovialmente: “Fa niente, sono vecchia.” Se conformó con decir: “Estoy enteramente de acuerdo con usted, señorita Alan. Los italianos son un pueblo de lo más desagradable. Se entrometen en todas partes, lo ven todo, y saben lo que queremos antes de que nosotros mismos lo sepamos. Estamos a su merced. Nos leen el pensamiento, nos presagian los deseos. Desde el cochero hasta—hasta Giotto, nos vuelven del revés, y yo lo resiento. Sin embargo, en el fondo de su corazón son ellos—¡qué superficialidad! No tienen la menor idea de la vida intelectual. Cuánta razón tiene la signora Bertolini, que me exclamó el otro día: ‘Jo, Mr. Beebe, si supiera lo que sufro con la edjucaishion de los niños. ¡No ’e a que mi pequeno Victorier le enseña un hignorante italiano que no sabe esplicar nada!’”

La señorita Alan no siguió el hilo, pero comprendió que la estaban burlando de un modo agradable. Su hermana quedó un poco decepcionada del señor Beebe, pues esperaba más cosas de un clérigo de cabeza calva y que llevaba un par de patillas rojizas. En efecto, ¿quién hubiera supuesto que la tolerancia, la simpatía y el sentido del humor habitarían aquel cuerpo militante?

En medio de su satisfacción, ella siguió escabulléndose, y por fin se descubrió la causa. De debajo de la silla extrajo una pitillera de acero pavonado, en la que estaban espolvoreadas en turquesa las iniciales “E. L.”

“Eso pertenece a Lavish”, dijo el clérigo. “Lavish es buena persona, pero ojalá se pasara a la pipa.”

“¡Oh, señor Beebe!”, dijo la señorita Alan, dividida entre el pasmo y la risa. “En realidad, aunque es terrible que ella fume, no es tan terrible como usted supone. Acogió el vicio, prácticamente por desesperación, después de que su obra de toda una vida se la llevara un deslizamiento de tierras. Sin duda eso lo hace más disculpable.”

“¿Qué fue eso?”, preguntó Lucy.

El señor Beebe se recostó complacido, y la señorita Alan comenzó así: “Era una novela—y me temo, por lo que he podido colegir, una novela no muy edificante. Es tan triste cuando personas que tienen talentos los usan mal, y debo decir que casi siempre lo hacen. En fin, la dejó casi terminada en la Gruta del Calvario del Hotel Capuccini de Amalfi mientras iba a pedir un poco de tinta. Dijo: ‘¿Me hace el favor de darme un poco de tinta?’ Pero ya sabe usted cómo son los italianos, y entretanto la Gruta se vino abajo con un estruendo sobre la playa, y lo más triste de todo es que ella no puede recordar lo que escribió. La pobre quedó muy enferma después de aquello, y así se vio tentada a caer en los cigarrillos. Es un gran secreto, pero me alegra decir que está escribiendo otra novela. Le contó a Teresa y a la señorita Pole el otro día que ya tenía todo el colorido local—esta novela ha de tratar sobre la Italia moderna; la otra era histórica—pero que no podía empezar mientras no tuviera una idea. Primero intentó Perugia en busca de inspiración, luego vino aquí—esto no debe trascender de ningún modo. ¡Y tan animada a pesar de todo! No puedo evitar pensar que hay algo que admirar en toda persona, aun cuando no la apruebe uno.”

La señorita Alan siempre estaba mostrándose indulgente así, contra su propio criterio. Una delicada piedad perfumaba sus observaciones inconexas, dándoles una belleza inesperada, del mismo modo que en los bosques otoñales en decadencia se alzan a veces aromas que traen a la memoria la primavera. Sintió que casi había sido excesivamente condescendiente, y se disculpó precipitadamente por su tolerancia.

“Aun así, ella es un poco demasiado—casi no me atrevo a decir que poco femenina, pero se portó de la manera más extraña cuando llegaron los Emerson.”

El señor Beebe sonrió mientras la señorita Alan se lanzaba a una anécdota que él sabía que ella no sería capaz de terminar en presencia de un caballero.

“No sé, señorita Honeychurch, si ha notado usted que la señorita Pole, la señora que tiene tanto pelo amarillo, toma limonada. Aquel señor Emerson viejo, que dice las cosas de un modo tan extraño—”

Se le cayó la mandíbula. Se quedó callada. El señor Beebe, cuyos recursos sociales eran inagotables, salió a pedir té, y ella continuó a Lucy en un susurro apresurado:

“Estómago. Él advirtió a la señorita Pole de su acidez de estómago, así lo llamó—y quizá lo hiciera con buena intención. Debo decir que me olvidé de mí misma y me reí; fue tan repentino. Como bien dijo Teresa, no era motivo de risa. Pero el caso es que la señorita Lavish se sintió positivamente atraída por su mención de la E., y dijo que le gustaba la franqueza, y conocer distintos estratos de pensamiento. Ella creyó que eran viajantes de comercio—‘trotamundos’ fue la palabra que usó—y durante toda la comida intentó demostrar que Inglaterra, nuestro grande y amado país, no se sustenta más que en el comercio. Teresa se enfadó mucho, y se levantó de la mesa antes del queso, diciendo al hacerlo: ‘Ahí tiene usted, señorita Lavish, a alguien que puede refutarla mejor que yo’, y señaló aquel retrato tan hermoso de Lord Tennyson. Entonces la señorita Lavish dijo: ‘¡Tonterías! Los primeros victorianos.’ ¡Figúrese usted! ‘¡Tonterías! Los primeros victorianos.’ Mi hermana ya se había ido, y me sentí en el deber de hablar. Dije: ‘Señorita Lavish, yo soy una primera victoriana; al menos, o sea, no toleraré una sola palabra de censura contra nuestra querida Reina.’ Fue horroroso hablar así. Le recordé cómo la Reina había ido a Irlanda cuando no deseaba ir, y debo decir que se quedó pasmada, y no respondió nada. Pero, por desdicha, el señor Emerson oyó aquella parte, y exclamó con su voz profunda: ‘¡Muy bien, muy bien! Honro a la mujer por su visita a Irlanda.’ ¡A la mujer! Yo cuento las cosas tan mal; pero ya ve usted en qué lío nos habíamos metido a esas alturas, todo porque se había mencionado la E. desde el principio. Pero eso no fue todo. Después de comer, la señorita Lavish se acercó y me dijo: ‘Señorita Alan, voy a entrar en el salón de fumadores a hablar con aquellos dos hombres tan simpáticos. Venga usted también.’ Huelga decir que rechacé invitación tan improcedente, y ella tuvo la desfachatez de decirme que aquello ensancharía mis horizontes, y dijo que tenía cuatro hermanos, todos universitarios, excepto uno que estaba en el ejército, que siempre se empeñaban en hablar con viajantes de comercio.”

“Déjeme terminar el relato”, dijo el señor Beebe, que había regresado.

“La señorita Lavish lo intentó con la señorita Pole, conmigo, con todos, y por fin dijo: ‘Iré sola.’ Fue. Al cabo de cinco minutos volvió sin llamar la atención con un tablero de baeta verde, y se puso a jugar a la paciencia.”

“¿Qué pasó entonces?”, exclamó Lucy.

“Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá jamás. La señorita Lavish no se atreverá nunca a contarlo, y el señor Emerson no considera que valga la pena contarlo.”

“Señor Beebe—el viejo señor Emerson, ¿es simpático o no es simpático? Deseo tanto saberlo.”

El señor Beebe se rió y le sugirió que resolviera ella misma la cuestión.

“No; pero es tan difícil. A veces es tan tonto, y entonces no me importa. Señorita Alan, ¿qué opina usted? ¿Es simpático?”

La viejecita meneó la cabeza, y suspiró con desaprobación. El señor Beebe, a quien la conversación divertía, la picó diciendo:

“Considero que usted está obligada a clasificarlo como simpático, señorita Alan, después de lo de las violetas.”

“¿Las violetas? ¡Oh, Dios mío! ¿Quién le ha contado lo de las violetas? ¿Cómo corren las cosas? Una pensión es un mal lugar para los chismosos. No, no puedo olvidar cómo se portaron en la conferencia del señor Eager en Santa Croce. ¡Oh, pobre señorita Honeychurch! Realmente fue demasiado. No, he cambiado por completo. Los Emerson no me gustan. No son simpáticos.”

El señor Beebe sonrió con desenfado. Había hecho un discreto esfuerzo por introducir a los Emerson en la sociedad Bertolini, y el esfuerzo había fracasado. Era casi la única persona que continuaba siendo amiga suya. La señorita Lavish, que representaba la intelectualidad, se había declarado hostil, y ahora las señoritas Alan, que encarnaban la buena crianza, seguían sus pasos. La señorita Bartlett, mortificada por una deuda de gratitud, apenas sería cortés. El caso de Lucy era distinto. Ella le había dado una confusa relación de sus aventuras en Santa Croce, y colegía que los dos hombres habían hecho un intento singular y quizá concertado de apropiársela, de mostrarle el mundo desde su extraño punto de vista, de interesarla en sus dichas y pesares privados. Aquello era impertinente; no deseaba que su causa fuera defendida por una joven: más bien querría que fracasara. Después de todo, él no sabía nada de ellos, y las dichas de pensión, las penas de pensión, son cosas frágiles; mientras que Lucy sería feligresa suya.

Lucy, con un ojo puesto en el tiempo, dijo por fin que le parecía que los Emerson eran simpáticos; aunque ya apenas los veía. Hasta sus asientos en la mesa habían sido cambiados.

“Pero ellos no la acechan a usted sin parar para que salga con ellos, ¿verdad, querida?”, dijo la viejecita con curiosidad.

“Solo una vez. A Charlotte no le gustó, y dijo algo—con mucha educación, claro está.”

“Muy correcto por su parte. No comprenden nuestras costumbres. Deben encontrar su nivel.”

Al señor Beebe más bien le pareció que habían quedado postergados. Habían desistido de su intento—si es que lo era—de conquistar la sociedad, y ahora el padre era casi tan callado como el hijo. Se preguntó si no convendría organizar una jornada agradable para aquella gente antes de que partiesen—alguna excursión, tal vez, con Lucy convenientemente acompañada para ser amable con ellos. Era uno de los principales placeres del señor Beebe procurar a la gente recuerdos dichosos.

La tarde avanzaba mientras charlaban; el aire se hizo más claro; los colores de los árboles y las colinas se purificaron, y el Arno perdió su sólida turbiedad y empezó a centellear. Había algunas vetas azul verdosas entre las nubes, algunas manchas de luz acuosa sobre la tierra, y entonces la goteante fachada de San Miniato brilló espléndidamente al sol declinante.

“Demasiado tarde para salir”, dijo la señorita Alan con voz de alivio. “Todas las galerías están cerradas.”

“Yo creo que saldré”, dijo Lucy. “Quiero dar la vuelta a la ciudad en el tranvía circular—en la plataforma junto al conductor.”

Sus dos acompañantes se pusieron serios. El señor Beebe, que se sentía responsable de ella en ausencia de la señorita Bartlett, se aventuró a decir:

“Ojalá pudiéramos. Por desgracia tengo cartas. Si de verdad quiere usted salir sola, ¿no le convendría más ir a pie?”

“¡Los italianos, querida, ya sabe usted!”, dijo la señorita Alan.

“¡Tal vez me encuentre con alguien que me lea de arriba abajo!”

Pero ellos seguían mostrándose contrarios, y ella concedió al señor Beebe lo suficiente como para decir que solo daría un breve paseo, y que se limitaría a la calle frecuentada por los turistas.

“No debería salir en absoluto”, dijo el señor Beebe, mientras la observaban desde la ventana, “y ella lo sabe. Lo atribuyo a demasiado Beethoven.”

Capítulo IV Cuarto capítulo

El señor Beebe tenía razón. Lucy nunca conocía sus deseos con tanta claridad como después de la música. Ni el ingenio del clérigo ni los sugerentes gorjeos de la señorita Alan los había apreciado verdaderamente. La conversación la aburría; quería algo grande, y creía que le habría llegado en la barrida por el viento de la plataforma de un tranvía eléctrico. A esto no podía aspirar. Era impropio de una dama. ¿Por qué? ¿Por qué la mayoría de las cosas grandes eran impropias de una dama? Charlotte se lo había explicado una vez. No era que las damas fueran inferiores a los hombres; era que eran distintas. Su misión consistía en inspirar a otros para que alcanzasen logros, más que en alcanzarlos ellas mismas. De modo indirecto, mediante el tacto y un nombre sin mancha, una dama podía conseguir mucho. Pero si ella se lanzaba al fragor de la pelea, primero sería censurada, después despreciada, y finalmente ignorada. Se habían escrito poemas para ilustrar este punto.

Hay mucho de inmortal en esta dama medieval. Los dragones se han ido, y los caballeros también, pero ella aún permanece entre nosotros. Reinó en muchos castillos de la primera época victoriana, y fue Reina de mucho canto de la primera época victoriana. Es dulce protegerla en los intervalos de los negocios, dulce rendirle homenaje cuando nos ha guisado bien la cena. Pero ¡ay! la criatura degenera. También en su corazón brotan extraños deseos. También ella está enamorada de los vientos recios, y de las vastas panorámicas, y de las verdes extensiones del mar. Ha observado el reino de este mundo, cuán lleno está de riqueza, y belleza, y guerra—una costra radiante, construida en torno a los fuegos centrales, girando hacia los cielos que se alejan. Los hombres, declarando que ella los inspira a ello, se mueven gozosos sobre la superficie, teniendo los más deleitosos encuentros con otros hombres, dichosos, no porque sean masculinos, sino porque están vivos. Antes de que concluya la representación, a ella le gustaría dejar caer el augusto título de Mujer Eterna, e ir allí en su calidad de yo transitorio.

Lucy no representa a la dama medieval, que era más bien un ideal al que debía levantar los ojos cuando se sentía seria. Ni tiene ella tampoco un sistema de rebeldía. Aquí y allá una restricción la molestaba particularmente, y la transgredía, y acaso lamentaba haberlo hecho. Esta tarde estaba particularmente indómita. Le habría gustado de veras hacer algo que sus bienquerientes desaprobaran. Como no podía subir al tranvía eléctrico, se fue a la tienda de Alinari.

Allí compró una fotografía del “Nacimiento de Venus” de Botticelli. Venus, por lástima, echaba a perder el cuadro, por lo demás tan encantador, y la señorita Bartlett la había persuadido de prescindir de él. (Una lástima en el arte significaba, por supuesto, el desnudo.) La “Tempestad” de Giorgione, el “Idolino”, algunos de los frescos de la Sixtina y el Apóxiomenos se añadieron a la compra. Se sintió un poco más sosegada entonces, y compró la “Coronación” de Fra Angelico, la “Ascensión de San Juan” de Giotto, algunos niños de Della Robbia y algunas Madonas de Guido Reni. Pues su gusto era ecléctico, y extendía una aprobación acrítica a todo nombre conocido.

Pero aun cuando gastó casi siete liras, las puertas de la libertad parecían seguir sin abrirse. Era consciente de su descontento; era nuevo para ella ser consciente de él. “El mundo”, pensó, “está sin duda lleno de cosas hermosas, si solo pudiera topar con ellas.” No era de extrañar que la señora Honeychurch desaprobara la música, declarando que siempre dejaba a su hija quejumbrosa, poco práctica y susceptible.

“Nada me sucede nunca”, reflexionó, al entrar en la Piazza Signoria y mirar con aire indiferente sus maravillas, ya bastante familiares para ella. La gran plaza estaba en sombra; el sol había llegado demasiado tarde para iluminarla. Neptuno era ya irreal en el crepúsculo, medio dios, medio fantasma, y su fuente saltaba con aire soñador hacia los hombres y sátiros que holgazaneaban juntos en su margen. La Loggia aparecía como la triple entrada de una cueva, en la que muchas deidades, sombrías, pero inmortales, miraban hacia afuera las idas y venidas del género humano. Era la hora de lo irreal—la hora, esto es, en que las cosas no familiares son reales. Una persona de más edad, a semejante hora y en semejante lugar, bien podría pensar que ya le estaba ocurriendo bastante, y darse por satisfecha. Lucy deseaba más.

Clavó los ojos con anhelo en la torre del palacio, que se alzaba de entre la oscuridad inferior como un pilar de oro áspero. Ya no parecía una torre, ya no se sostenía sobre la tierra, sino algún tesoro inalcanzable que palpitaba en el cielo tranquilo. Su brillo la fascinaba, y seguía bailando ante sus ojos cuando los bajó al suelo y comenzó a caminar hacia casa.

Entonces algo sucedió.

Dos italianos junto a la Loggia habían estado regateando por una deuda. “Cinque lire”, habían gritado, “cinque lire.” Se acometieron el uno al otro, y a uno de ellos le dieron un golpe ligero en el pecho. Frunció el ceño; se inclinó hacia Lucy con expresión de interés, como si tuviera para ella un mensaje importante. Abrió los labios para transmitirlo, y un chorro de rojo brotó entre ellos y resbaló por su barbilla sin afeitar.

Eso fue todo. Una multitud se alzó del crepúsculo. Ocultó a aquel hombre extraordinario, y se lo llevó hacia la fuente. El señor George Emerson casualmente estaba a pocos pasos, mirándola desde el lugar en que el hombre había estado. ¡Qué extraño! Desde el otro lado de algo. Aun cuando ella lo avistó, él se volvió borroso; el palacio mismo se volvió borroso, se tambaleó por encima de ella, cayó sobre ella suavemente, despacio, sin ruido, y el cielo cayó con él.

Pensó: “Oh, ¿qué he hecho?”

“¡Oh, ¿qué he hecho?”, murmuró, y abrió los ojos.

George Emerson seguía mirándola, pero ya no desde el otro lado de nada. Ella se había quejado de aburrimiento, y ¡he aquí! un hombre había sido apuñalado, y otro la sostenía entre sus brazos.

Estaban sentados en unos escalones del pórtico de los Uffizi. Él debía de haberla cargado. Se levantó cuando ella habló, y empezó a sacudirse las rodillas. Ella repitió:

“¡Oh, ¿qué he hecho?”

“Se ha desmayado usted.”

“Yo—lo siento muchísimo.”

“¿Cómo se encuentra ahora?”

“Perfectamente bien—totalmente bien.” Y se puso a asentir y a sonreír.

“Entonces volvámonos a casa. No tiene objeto que nos quedemos aquí.”

Él le tendió la mano para ayudarla a levantarse. Ella fingió no verla. Los gritos que llegaban de la fuente—no habían cesado nunca—resonaban vacíamente. El mundo entero parecía pálido y privado de su significado original.

“¡Qué amable ha sido usted conmigo! Podría haberme herido al caer. Pero ahora estoy bien. Puedo ir sola, gracias.”

Su mano seguía extendida.

“¡Oh, mis fotografías!”, exclamó de pronto.

“¿Qué fotografías?”

“He comprado unas fotografías en casa de Alinari. Debo de haberlas dejado caer allá en la plaza.” Lo miró con cautela. “¿Tendría usted la bondad de ir a buscarlas?”

Él tuvo la bondad. En cuanto él hubo vuelto la espalda, Lucy se levantó con la carrera de una loca y se deslizó por el pórtico hacia el Arno.

“¡Señorita Honeychurch!”

Se detuvo con la mano sobre el corazón.

“Quédese usted quieta; no está usted en condiciones de volver sola a casa.”

“Sí, lo estoy, muchísimas gracias.”

“No, no lo está. Si lo estuviera, iría usted abiertamente.”

“Pero yo preferiría—”

“Entonces no voy a buscar sus fotografías.”

“Yo preferiría estar sola.”

Él dijo con imperio: “El hombre está muerto—el hombre probablemente está muerto; siéntese hasta que se haya repuesto.” Ella estaba desconcertada, y le obedeció. “Y no se mueva hasta que yo vuelva.”

En la lejanía vio criaturas con capuchas negras, como las que aparecen en los sueños. La torre del palacio había perdido el reflejo del día declinante, y se había unido a la tierra. ¿Cómo iba a hablar con el señor Emerson cuando volviera de la plaza en sombra? De nuevo le sobrevino el pensamiento, “Oh, ¿qué he hecho?”—el pensamiento de que ella, igual que el hombre moribundo, había cruzado alguna frontera espiritual.

Él volvió, y ella habló del asesinato. Curiosamente, fue un tema fácil. Habló del carácter italiano; casi se volvió locuaz sobre el incidente que la había hecho desmayarse cinco minutos antes. Siendo fuerte físicamente, superó pronto el horror de la sangre. Se levantó sin su ayuda, y aunque le parecía que dentro de ella aleteaban alas, caminó con paso bastante firme hacia el Arno. Allí un cochero les hizo señas; lo rechazaron.

“Y el asesino intentó besarlo, según dice usted—¡qué extraños son los italianos!—¡y se entregó a la policía! El señor Beebe decía que los italianos lo saben todo, pero yo creo que son más bien infantiles. Cuando mi prima y yo estuvimos ayer en el Pitti—¿Qué fue eso?”

Él había arrojado algo al río.

“¿Qué ha tirado usted?”

“Cosas que no quería”, respondió él malhumorado.

“¡Señor Emerson!”

“¿Qué?”

“¿Dónde están las fotografías?”

Él guardó silencio.

“Creo que fueron mis fotografías las que usted tiró.”

—No sabía qué hacer con ellas —exclamó, y su voz era la de un muchacho angustiado. El corazón de ella se ablandó hacia él por primera vez. —Estaban cubiertas de sangre. ¡Ahí está! Me alegro de habérselo dicho; y todo el tiempo que estuvimos conversando yo estaba pensando qué hacer con ellas. —Señaló río abajo—. Se han ido. El río giraba bajo el puente. —Las aprecio tanto, y uno es tan necio, parecía mejor que se fuesen al mar... no sé; quizá solo signifique que me asustaron. Entonces el muchacho viró en hombre. —Porque algo tremendo ha ocurrido; debo hacerle frente sin confundirme. No es exactamente que un hombre haya muerto.

Algo le advirtió a Lucy que debía detenerlo.

—Ha ocurrido —repitió él—, y quiero averiguar qué es.

—Señor Emerson...

Él se volvió hacia ella ceñudo, como si lo hubiese perturbado en alguna búsqueda abstracta.

—Quiero pedirle algo antes de que entremos.

Estaban cerca de su pensión. Ella se detuvo y apoyó los codos en el pretil del malecón. Él hizo lo mismo. Hay a veces una magia en la identidad de postura; es una de las cosas que nos han sugerido el eterno compañerismo. Ella movió los codos antes de decir:

—Me he comportado de un modo ridículo.

Él seguía el hilo de sus propios pensamientos.

—Jamás me he avergonzado tanto en mi vida; no puedo imaginarme qué me pasó.

—Casi me desmayo yo también —dijo él; pero ella sintió que su actitud lo repelía.

—Bien, le debo a usted mil disculpas.

—Oh, está bien.

—Y... este es el verdadero punto... ya sabe usted lo chismosas que son las personas tontas... las señoras sobre todo, me temo... ¿comprende lo que quiero decir?

—Me temo que no.

—Quiero decir, ¿no le hablaría usted a nadie de mi necio comportamiento?

—¿De su comportamiento? Oh, sí, está bien... está bien.

—Muchas gracias. Y ¿querría usted...?

No pudo llevar su pedido más lejos. El río corría veloz bajo ellos, casi negro en la noche que avanzaba. Él había arrojado al río sus fotografías, y luego le había contado el porqué. Le sobrevino la convicción de que era inútil buscar caballerosidad en un hombre así. Él no le haría daño con charlas ociosas; era digno de confianza, inteligente, y hasta amable; podría incluso tener una alta opinión de ella. Pero le faltaba caballerosidad; sus pensamientos, igual que su conducta, no se modificarían por reverencia. Era inútil decirle: «¿Y querría usted...?» y esperar que él completase la frase por sí mismo, apartando los ojos de su desnudez como el caballero de aquel hermoso cuadro. Ella había estado en sus brazos, y él lo recordaba, del mismo modo que recordaba la sangre en las fotografías que ella había comprado en la tienda de Alinari. No era exactamente que un hombre hubiera muerto; algo le había ocurrido a los vivos: habían llegado a una situación donde el carácter se revela, y donde la infancia se interna en los caminos divergentes de la Juventud.

—Bueno, muchísimas gracias —repitió ella—. ¡Con qué rapidez ocurren estos accidentes, y luego se vuelve a la vieja vida!

—Yo no.

La ansiedad la movió a interrogarlo.

Su respuesta fue desconcertante: —Probablemente querré vivir.

—Pero ¿por qué, señor Emerson? ¿Qué quiere usted decir?

—Querré vivir, digo.

Apoyando los codos en el pretil, contempló el río Arno, cuyo rumor le sugería a sus oídos alguna melodía inesperada.

Capítulo V Posibilidades de una agradable salida

Era un dicho de la familia que «nunca se sabía por dónde saldría Charlotte Bartlett». Se mostró perfectamente amable y sensata ante la aventura de Lucy, consideró el relato abreviado de ella bastante adecuado y rindió el tributo debido a la cortesía del señor George Emerson. Ella y la señorita Lavish habían tenido también su aventura. Las habían detenido en el Dazio a la vuelta, y los jóvenes oficiales de allí, que parecían insolentes y desocupados, habían intentado registrar sus retículas en busca de provisiones. Podía haber sido muy desagradable. Por fortuna la señorita Lavish estaba a la altura de cualquiera.

Para bien o para mal, Lucy quedó sola frente a su problema. Ninguno de sus amigos la había visto, ni en la Piazza ni, más tarde, junto al malecón. El señor Beebe, en efecto, al notar sus ojos sobresaltados a la hora de la cena, había vuelto a pasarse a sí mismo el comentario de «demasiado Beethoven». Pero solo supuso que estaba lista para una aventura, no que ya la había vivido. Esta soledad la oprimía; estaba acostumbrada a que sus pensamientos le fuesen confirmados por otros o, al menos, contradichos; era demasiado terrible no saber si pensaba bien o mal.

En el desayuno de la mañana siguiente tomó una decisión resuelta. Había dos planes entre los que debía escoger. El señor Beebe subía a pie hasta la Torre del Gallo con los Emerson y unas cuantas señoras americanas. ¿Se unirían la señorita Bartlett y la señorita Honeychurch a la partida? Charlotte rehusó por sí misma; había estado allí bajo la lluvia la tarde anterior. Pero le pareció una idea admirable para Lucy, que odiaba ir de compras, cambiar dinero, recoger cartas y demás deberes engorrosos —todo lo cual la señorita Bartlett debía despachar aquella mañana y podía despachar fácilmente sola.

—¡No, Charlotte! —exclamó la joven con genuino calor—. Es muy amable por parte del señor Beebe, pero sin duda iré con usted. Lo prefiero con mucho.

—Muy bien, querida —dijo la señorita Bartlett con un leve rubor de placer que despertó un profundo rubor de vergüenza en las mejillas de Lucy. ¡Cuán abominablemente se portaba con Charlotte, ahora como siempre! Pero ahora iba a cambiar. Toda la mañana sería realmente amable con ella.

Deslizó su brazo en el de su prima, y partieron a lo largo del Lungarno. El río era un león aquella mañana por fuerza, voz y color. La señorita Bartlett insistió en asomarse al pretil para contemplarlo. Luego hizo su acostumbrada observación, que fue: «¡Cómo quisiera que Freddy y tu madre pudiesen ver esto también!».

Lucy se inquietó; era fastidioso que Charlotte se hubiese detenido precisamente donde lo hizo.

—¡Mira, Lucia! Oh, estás aguardando a la partida de la Torre del Gallo. Temí que te arrepentirías de tu elección.

Por seria que hubiese sido la elección, Lucy no se arrepentía. El día anterior había sido un lío —raro y extraño, del tipo de cosa que no se puede anotar fácilmente en papel—, pero tenía la sensación de que Charlotte y sus compras eran preferibles a George Emerson y la cima de la Torre del Gallo. Como no podía desenredar la maraña, debía cuidarse de no volver a entrar en ella. Podía protestar sinceramente contra las insinuaciones de la señorita Bartlett.

Pero aunque había evitado al actor principal, el escenario desgraciadamente permanecía. Charlotte, con la satisfacción del destino, la condujo desde el río hasta la Piazza Signoria. No habría podido creer que unas piedras, una Loggia, una fuente, una torre palaciega tuviesen tanta significación. Por un momento comprendió la naturaleza de los fantasmas.

El lugar exacto del asesinato no estaba ocupado por un fantasma, sino por la señorita Lavish, que tenía en la mano el periódico de la mañana. Las saludó con energía. La terrible catástrofe del día anterior le había sugerido una idea que pensaba que podría convertirse en libro.

—¡Oh, permítame usted felicitarla! —dijo la señorita Bartlett—. ¡Después de su desesperación de ayer! ¡Qué fortuna!

—¡Ajá! Señorita Honeychurch, acérquese usted, tengo suerte. Ahora, va usted a contarme absolutamente todo lo que vio desde el principio. Lucy pinchó el suelo con su sombrilla.

—¿Quizá preferiría usted no hacerlo?

—Lo siento... si pudiese arreglárselas sin ello, prefiero que no.

Las señoras mayores cruzaron miradas, no de desaprobación; conviene que una muchacha sienta profundamente.

—Soy yo quien lo siente —dijo la señorita Lavish—. Los burros literarios somos criaturas desvergonzadas. Creo que no hay secreto del corazón humano en el que no nos meteríamos.

Marchó alegremente hacia la fuente y de vuelta, e hizo algunos cálculos de realismo. Luego dijo que había estado en la Piazza desde las ocho recogiendo material. Gran parte era inadecuado, pero claro que siempre había que adaptar. Los dos hombres habían discutido por un billete de cinco francos. Por el billete de cinco francos ella iba a sustituir una joven, lo cual elevaría el tono de la tragedia y al mismo tiempo proporcionaría un argumento excelente.

—¿Cómo se llama la heroine? —preguntó la señorita Bartlett.

—Leonora —dijo la señorita Lavish; su propio nombre era Eleanor.

—Espero que sea simpática.

Tal desiderátum no sería omitido.

—¿Y cuál es el argumento?

Amor, asesinato, rapto, venganza, era el argumento. Pero todo ello ocurrió mientras la fuente chapoteaba junto a los sátiros al sol de la mañana.

—Espero que me perdone por aburrir así —concluyó la señorita Lavish—. Es tan tentador hablar con personas realmente comprensivas. Por supuesto, esto es el esquema más descarnado. Habrá bastante colorido local, descripciones de Florencia y sus alrededores, y también introduciré algunos personajes humorísticos. Y déjenme darles a todos un aviso justo: pienso ser despiadada con el turista británico.

—¡Oh, mujer malvada! —exclamó la señorita Bartlett—. Estoy segura de que está usted pensando en los Emerson.

La señorita Lavish esbozó una sonrisa maquiavélica.

—Confieso que en Italia mis simpatías no están con mis compatriotas. Son los italianos descuidados los que me atraen, y cuyas vidas voy a pintar en la medida de mis fuerzas. Porque repito e insisto, y siempre he sostenido con el mayor firmeza, que una tragedia como la de ayer no es menos trágica por haber ocurrido en vida humilde.

Hubo un silencio proporcionado cuando la señorita Lavish hubo concluido. Luego las primas desearon éxito a sus trabajos y se alejaron lentamente a través de la plaza.

—Ella es mi idea de una mujer realmente inteligente —dijo la señorita Bartlett—. Esa última observación me pareció particularmente verdadera. Debería ser una novela muy patética.

Lucy asintió. Por el momento su gran objetivo era no verse incluida en ella. Sus percepciones aquella mañana eran curiosamente agudas, y creía que la señorita Lavish la estaba probando para hacer de ingenua.

—Es emancipada, pero solo en el mejor sentido de la palabra —continuó la señorita Bartlett lentamente—. Solo los superficiales se escandalizarían de ella. Ayer tuvimos una larga charla. Cree en la justicia y la verdad y el interés humano. También me dijo que tiene una alta opinión del destino de la mujer... ¡Señor Eager! ¡Oh, qué amable! ¡Qué agradable sorpresa!

—Ah, no por mí —dijo el capellán con afabilidad—, pues llevo un buen rato observándolas a usted y a la señorita Honeychurch.

—Estábamos charlando con la señorita Lavish.

Su ceño se contrajo.

—Así lo vi. ¿De verdad? ¡Andate via! sono occupato! —La última observación iba dirigida a un vendedor de fotografías panorámicas que se acercaba con sonrisa cortés—. Estoy a punto de aventurar una sugerencia. ¿Estarían usted y la señorita Honeychurch dispuestas a acompañarme un día de esta semana en un paseo en coche, un paseo por las colinas? Podríamos subir por Fiesole y volver por Settignano. Hay un punto en ese camino donde podríamos bajar y dar un paseo de una hora por la ladera. La vista desde allí de Florencia es hermosísima —mucho mejor que la manida vista de Fiesole. Es la vista que a Alessio Baldovinetti le gustaba introducir en sus cuadros. Aquel hombre tenía un sentimiento decidido por el paisaje. Decididamente. Pero ¿quién la mira hoy? ¡Ah, el mundo es demasiado para nosotros!

La señorita Bartlett no había oído hablar de Alessio Baldovinetti, pero sabía que el señor Eager no era un capellán cualquiera. Era miembro de la colonia residencial que había hecho de Florencia su hogar. Conocía a las personas que nunca paseaban con Baedeker, que habían aprendido a echarse la siesta después del almuerzo, que daban paseos en coche de los que los turistas de pensión jamás habían oído hablar, y veían por influencia privada galerías que les estaban cerradas a estos. Viviendo en delicado aislamiento, algunos en pisos amueblados, otros en villas renacentistas en la ladera de Fiesole, leían, escribían, estudiaban e intercambiaban ideas, alcanzando así aquel conocimiento íntimo, o más bien percepción, de Florencia que le está negado a todo aquel que lleva en los bolsillos los cupones de Cook.

Por ello una invitación del capellán era algo de lo que enorgullecerse. Entre las dos secciones de su rebaño era a menudo el único vínculo, y era su costumbre declarada escoger a aquellos de sus ovejas migratorias que pareciesen dignas, y darles unas horas en los pastos de los permanentes. ¿Té en una villa renacentista? Aún no se había dicho nada. Pero si se llegaba a eso... ¡cómo lo disfrutaría Lucy!

Hace unos días y Lucy habría sentido lo mismo. Pero las alegrías de la vida se estaban reagrupando. Un paseo por las colinas con el señor Eager y la señorita Bartlett —aunque culminase en una reunión residencial para el té— ya no era la mayor de ellas. Hizo eco, algo débilmente, de los éxtasis de Charlotte. Solo cuando oyó que el señor Beebe también venía se hicieron sus agradecimientos más sinceros.

—Así que seremos un partie carrée —dijo el capellán—. En estos días de trabajo y tumulto uno tiene grandes necesidades del campo y de su mensaje de pureza. ¡Andate via! ¡andate presto, presto! ¡Ah, la ciudad! Por hermosa que sea, es la ciudad.

Asintieron.

—Esta misma plaza —según me han dicho— fue testigo ayer de la más sórdida de las tragedias. Para quien ama la Florencia de Dante y Savonarola hay algo portentoso en tal profanación —portentoso y humillante.

—Humillante en verdad —dijo la señorita Bartlett—. La señorita Honeychurch pasaba por allí casualmente cuando ocurrió. Apenas puede soportar hablar de ello. —Miró a Lucy con orgullo.

—¿Y cómo fue que la tuvimos a usted aquí? —preguntó el capellán con tono paternal.

El reciente liberalismo de la señorita Bartlett se escurrió ante la pregunta. —No la culpe a ella, por favor, señor Eager. La culpa es mía: la dejé sin chaperón.

—Entonces estaba usted aquí sola, señorita Honeychurch. —Su voz sugería reproche compasivo pero al mismo tiempo indicaba que unos cuantos detalles angustiosos no serían inoportunos. Su rostro oscuro y apuesto se inclinó tristemente hacia ella para captar su respuesta.

—En la práctica.

—Un conocido de nuestra pensión tuvo la amabilidad de traerla a casa —dijo la señorita Bartlett, ocultando con destreza el sexo del salvador.

—Para ella también debió de ser una experiencia terrible. Confío en que ninguna de ustedes estuvo... que no fue en su inmediata proximidad.

De las muchas cosas que Lucy estaba observando hoy, no era la menos notable esta: la moda necrófaga con que las personas respetables mordisquean en pos de sangre. George Emerson había mantenido el asuntoextrañamente puro.

—Murió junto a la fuente, creo —fue su respuesta.

—¿Y usted y su amiga...?

—Estaban en la Loggia.

—Eso debió de salvarlas mucho. No ha visto usted, por supuesto, las ilustraciones vergonzosas que la Prensa del arroyo... Este hombre es una molestia pública; sabe perfectamente que soy residente, y sin embargo sigue molestándome para que compre sus vistas vulgares.

Con certeza el vendedor de fotografías estaba en connivencia con Lucy —en la eterna connivencia de Italia con la juventud. De pronto había extendido su libro ante la señorita Bartlett y el señor Eager, atando sus manos con una larga cinta satinada de iglesias, cuadros y vistas.

—¡Esto es demasiado! —exclamó el capellán, golpeando con petulancia a uno de los ángeles de Fra Angelico. Ella rasgó. Un chillido agudo brotó del vendedor. El libro, al parecer, era más valioso de lo que se habría supuesto.

—Con gusto compraría... —comenzó la señorita Bartlett.

—Ignórelo —dijo el señor Eager secamente, y todos se alejaron rápidamente de la plaza.

Pero a un italiano nunca se le puede ignorar, menos que a nadie cuando tiene una queja. Su misteriosa persecución del señor Eager se volvió implacable; el aire resonó con sus amenazas y lamentaciones. Apeló a Lucy; ¿no intercedería ella? Era pobre —mantenía a una familia— el impuesto sobre el pan. Esperó, farfulló, fue recompensado, quedó insatisfecho, no los abandonó hasta haberles barrido de la mente todo pensamiento, fuese agradable o desagradable.

Las compras fueron el tema que sobrevino. Bajo la guía del capellán escogieron muchos regalos y recuerdos horrendos —floridos marquitos de cuadro que parecían forjados en pastelería dorada; otros marquitos, más severos, que se sostenían en pequeños caballetes, y estaban tallados en roble; una blotting book de vitela; un Dante del mismo material; broches baratos de mosaico que las doncellas, la próxima Navidad, jamás distinguirían de los verdaderos; alfileres, tiestos, platos heráldicos, fotografías artísticas en sepia; Eros y Psiquis en alabastro; San Pedro a juego —todo lo cual habría costado menos en Londres.

Aquella mañana exitosa no dejó impresiones placenteras en Lucy. Había sido un poco asustada, tanto por la señorita Lavish como por el señor Eager, sin saber por qué. Y conforme la asustaban,extrañamente, había dejado de respetarlos. Dudaba que la señorita Lavish fuese una gran artista. Dudaba que el señor Eager estuviese tan lleno de espiritualidad y cultura como se la había inducido a suponer. Los sometía a prueba alguna nueva piedra de toque, y resultaban deficientes. En cuanto a Charlotte —en cuanto a Charlotte era exactamente la misma. Quizá fuese posible ser amable con ella; era imposible amarla.

—El hijo de un jornalero; sé de cierto que lo es. Un mecánico de alguna clase cuando era joven; luego se dedicó a escribir para la Prensa Socialista. Me lo topé en Brixton.

Hablaban de los Emerson.

—¡Cómo se elevan las personas en estos tiempos! —suspiró la señorita Bartlett, palpando una maqueta de la Torre inclinada de Pisa.

—Por lo general —respondió el señor Eager—, uno solo siente simpatía por su éxito. El deseo de educación y de ascenso social —en estas cosas hay algo no del todo vil. Hay algunos trabajadores a los que uno estaría muy dispuesto a ver aquí en Florencia —por poco que sacasen de ello.

—¿Es periodista ahora? —preguntó la señorita Bartlett.

—No; hizo un matrimonio ventajoso.

Pronunció esta observación con una voz llena de intención, y terminó con un suspiro.

—Ah, entonces tiene esposa.

—Muerta, señorita Bartlett, muerta. Me pregunto... sí, me pregunto cómo tiene la desfachatez de mirarme a la cara, de atreverse a reclamar trato conmigo. Estuvo en mi parroquia de Londres hace tiempo. El otro día en Santa Croce, cuando estaba con la señorita Honeychurch, lo traté con frialdad. Que procure no obtener algo más que frialdad.

—¿Qué? —exclamó Lucy, ruborizándose.

—¡Exposición! —siseó el señor Eager.

Él intentó cambiar de tema; pero al anotar un punto dramático había interesado a su auditorio más de lo que había pretendido. La señorita Bartlett estaba llena de una curiosidad muy natural. Lucy, aunque deseaba no volver a ver a los Emerson, no estaba dispuesta a condenarlos por una sola palabra.

—¿Quiere usted decir —preguntó— que es un hombre irreligioso? Eso ya lo sabíamos.

—Lucy, querida... —dijo la señorita Bartlett, reprobando dulcemente la penetración de su prima.

—Me asombraría si lo supiesen todo. Al chico —un niño inocente por entonces— lo excluiré. Dios sabe qué habrán hecho de él su educación y sus cualidades heredadas.

—Quizá —dijo la señorita Bartlett— sea algo que más vale no oír.

—Para hablar claramente —dijo el señor Eager—, lo es. No diré más. Por primera vez los pensamientos rebeldes de Lucy irrumpieron en palabras —por primera vez en su vida.

—Ha dicho usted muy poco.

—Mi intención era decir muy poco —fue su gélida respuesta.

Él miró indignado a la joven, que le hizo frente con igual indignación. Ella se volvió hacia él desde el mostrador de la tienda; su pecho se alzaba con rapidez. Él observó su frente y la fuerza súbita de sus labios. Era intolerable que ella lo desoyese.

—¡Asesinato, si quiere usted saberlo! —exclamó airado—. ¡Ese hombre asesinó a su esposa!

—¿Cómo? —replicó ella.

—A todos los efectos la asesinó. Aquel día en Santa Croce —¿dijeron algo contra mí?

—Ni una palabra, señor Eager —ni una sola palabra.

—Oh, pensé que la habían estado difamando conmigo. Pero supongo que solo son sus encantos personales lo que la hace defenderlos.

—No los estoy defendiendo —dijo Lucy, perdiendo su valor y recayendo en los viejos métodos caóticos—. No son nada para mí.

—¿Cómo iba usted a pensar que ella los defendía? —dijo la señorita Bartlett, muy desconcertada por la escena desagradable. El tendero acaso estaba escuchando.

—Lo hallará difícil. Porque ese hombre ha asesinado a su esposa a la vista de Dios.

No one encouraged him to talk. Presently Mr. Eager gave a signal for the carriages to stop and marshalled the party for their ramble on the hill. A hollow like a great amphitheatre, full of terraced steps and misty olives, now lay between them and the heights of Fiesole, and the road, still following its curve, was about to sweep on to a promontory which stood out in the plain. It was this promontory, uncultivated, wet, covered with bushes and occasional trees, which had caught the fancy of Alessio Baldovinetti nearly five hundred years before. He had ascended it, that diligent and rather obscure master, possibly with an eye to business, possibly for the joy of ascending. Standing there, he had seen that view of the Val d'Arno and distant Florence, which he afterwards had introduced not very effectively into his work. But where exactly had he stood? That was the question which Mr. Eager hoped to solve now. And Miss Lavish, whose nature was attracted by anything problematical, had become equally enthusiastic.

But it is not easy to carry the pictures of Alessio Baldovinetti in your head, even if you have remembered to look at them before starting. And the haze in the valley increased the difficulty of the quest.

The party sprang about from tuft to tuft of grass, their anxiety to keep together being only equalled by their desire to go different directions. Finally they split into groups. Lucy clung to Miss Bartlett and Miss Lavish; the Emersons returned to hold laborious converse with the drivers; while the two clergymen, who were expected to have topics in common, were left to each other.

The two elder ladies soon threw off the mask. In the audible whisper that was now so familiar to Lucy they began to discuss, not Alessio Baldovinetti, but the drive. Miss Bartlett had asked Mr. George Emerson what his profession was, and he had answered "the railway." She was very sorry that she had asked him. She had no idea that it would be such a dreadful answer, or she would not have asked him. Mr. Beebe had turned the conversation so cleverly, and she hoped that the young man was not very much hurt at her asking him.

"The railway!" gasped Miss Lavish. "Oh, but I shall die! Of course it was the railway!" She could not control her mirth. "He is the image of a porter—on, on the South-Eastern."

"Eleanor, be quiet," plucking at her vivacious companion. "Hush! They'll hear—the Emersons—"

"I can't stop. Let me go my wicked way. A porter—"

"Eleanor!"

—Seguro que no tiene importancia —intervino Lucy—. Los Emerson no oirán, y aunque oyeran no les importaría.

La señorita Lavish no pareció complacida con esto.

—¡La señorita Honeychurch escuchando! —dijo más bien agriamente—. ¡Pouf! ¡Wouf! ¡Tonta descarada! ¡Lárgate!

—Oh, Lucy, deberías estar con el señor Eager, seguro.

—No puedo encontrarlos ahora, y además tampoco quiero.

—El señor Eager se ofenderá. Es tu excursión.

—Por favor, prefiero quedarme aquí contigo.

—No, estoy de acuerdo —dijo la señorita Lavish—. Es como un convite escolar; los chicos se han separado de las chicas. Señorita Lucy, debe irse. Queremos conversar de temas elevados impropios para su oído.

La muchacha fue obstinada. A medida que su estancia en Florencia tocaba a su fin, sólo se sentía a gusto entre aquellos hacia los que se sentía indiferente. Tal era la señorita Lavish, y tal era por el momento Charlotte. Desearía no haber llamado la atención sobre sí misma; ambas estaban molestas por su comentario y parecían decididas a deshacerse de ella.

—Qué cansada se queda una —dijo la señorita Bartlett—. Oh, cómo quisiera que Freddy y la tuya estuvieran aquí.

El desinterés en la señorita Bartlett había usurpado por completo las funciones del entusiasmo. Lucy tampoco miró el panorama. No iba a disfrutar de nada hasta estar a salvo en Roma.

—Entonces siéntate —dijo la señorita Lavish—. Observa mi previsión.

Con muchas sonrisas sacó dos de esos cuadrados de hule que protegen el cuerpo del turista de la hierba húmeda o de los fríos escalones de mármol. Ella se sentó en uno; ¿quién iba a sentarse en el otro?

—Lucy; sin la menor duda, Lucy. A mí me bastará el suelo. De veras que no tengo reumatismo desde hace años. Si noto que me va a dar, me pondré de pie. Imagina lo que sentiría tu madre si te dejara sentarte en la humedad con tu ropa blanca. —Se sentó pesadamente donde el suelo parecía particularmente húmedo—. Aquí estamos, instaladas encantadoramente. Aunque mi vestido sea más delgado no se notará tanto, al ser marrón. Siéntate, querida; eres demasiado desinteresada; no te impones lo suficiente. —Se aclaró la garganta—. Ahora no te alarmes; esto no es un resfriado. Es la tosecita más pequeña, y la tengo desde hace tres días. No tiene nada que ver con estar sentada aquí.

No había más que un modo de salir del trance. Al cabo de cinco minutos Lucy partió en busca del señor Beebe y el señor Eager, vencida por el cuadrado de hule.

Se dirigió a los cocheros, que estaban repantigados en los carruajes, perfumando los asientos con cigarros. El bellaco, un joven huesudo tostado por el sol, se levantó a saludarla con la cortesía de un anfitrión y la confianza de un pariente.

—¿Dove? —dijo Lucy, tras mucho pensarlo.

Se le iluminó el rostro. Pues claro que sabía dónde. Tampoco estaba tan lejos. Su brazo recorrió las tres cuartas partes del horizonte. Vaya si sabía dónde. Se apretó las puntas de los dedos contra la frente y luego se los extendió hacia ella, como chorreando un extracto visible de conocimiento.

Parecía necesario algo más. ¿Cuál era el italiano para «clérigo»?

—¿Dove buoni uomini? —dijo por fin.

¿Buenos? ¡Poco menos que el adjetivo para aquellos seres nobles! Le mostró el cigarro.

—Uno—piu—piccolo —fue su siguiente observación, dando a entender: «¿Le ha dado el cigarro el señor Beebe, el más pequeño de los dos hombres buenos?».

Tenía razón como de costumbre. Ató el caballo a un árbol, le dio una patada para que se quedara quieto, sacudió el carruaje, se arregló el pelo, se remodeló el sombrero, se acarició el bigote, y en algo menos de un cuarto de minuto estuvo listo para guiarla. Los italianos nacen sabiendo el camino. Parece como si la tierra entera se extendiera ante ellos, no como un mapa, sino como un tablero de ajedrez, sobre el que contemplan sin cesar tanto las piezas que cambian como las casillas. Cualquiera sabe encontrar lugares, pero encontrar personas es un don de Dios.

Sólo se detuvo una vez, para recogerle unos grandes violetas azules. Ella le dio las gracias con genuino placer. En compañía de aquel hombre común el mundo era hermoso y directo. Por primera vez sintió la influencia de la primavera. Su brazo recorrió el horizonte con gracia; los violetas, como otras cosas, existían allí en gran profusión; ¿le gustaría verlos?

—Ma buoni uomini.

Él se inclinó. Ciertamente. Primero los hombres buenos, luego los violetas. Avanzaron con brío por la maleza, que se hacía cada vez más densa. Se acercaban al borde del promontorio, y la vista se les iba colando alrededor, pero la red parduzca de los arbustos la hacía añicos en mil pedazos. Él estaba ocupado con su cigarro, y en contener las ramas flexibles. Ella se regocijaba de su huida del tedio. Ni un paso, ni una ramita, le era indiferente.

—¿Qué es eso?

Había una voz en el bosque, a lo lejos, detrás de ellos. ¿La voz del señor Eager? Él se encogió de hombros. La ignorancia de un italiano es a veces más notable que su conocimiento. No lograba hacerse entender de que tal vez habían perdido de vista a los clérigos. La vista se estaba formando por fin; podía distinguir el río, la llanura dorada, otras colinas.

—¡Eccolo! —exclamó.

En el mismo instante el suelo cedió, y con un grito cayó fuera del bosque. La luz y la belleza la envolvieron. Había caído en una pequeña terraza abierta, cubierta de violetas de un extremo a otro.

—¡Ánimo! —gritó su acompañante, ahora de pie unos seis pies más arriba—. ¡Ánimo y amor!

Ella no respondió. Desde sus pies el terreno descendía bruscamente a la vista, y los violetas corrían abajo en arroyuelos y riachuelos y cataratas, irrigando la ladera de azul, arremolinándose alrededor de los troncos, juntándose en charcos en los hoyos, cubriendo la hierba de manchas de espuma azul. Pero nunca más estuvieron en tal profusión; aquella terraza era el venero, la fuente primordial de la que la belleza manaba para regar la tierra.

De pie en su borde, como un nadador que se prepara, estaba el hombre bueno. Pero no era el hombre bueno que ella había esperado, y estaba solo.

George se había vuelto al sonido de su llegada. Por un instante la contempló, como a alguien que hubiera caído del cielo. Vio gozo radiante en su rostro, vio las flores golpear contra su vestido en ondas azules. Los arbustos, encima de ellos, se cerraron. Dio un paso rápido hacia adelante y la besó.

Antes de que pudiera hablar, casi antes de poder sentir, una voz llamó: «¡Lucy! ¡Lucy! ¡Lucy!». El silencio de la vida había sido roto por la señorita Bartlett, que se alzaba oscura contra el panorama.

Capítulo VII Regresan

Algún juego complicado había estado subiendo y bajando por la ladera toda la tarde. En qué consistía y exactamente cómo se habían alineado los jugadores, Lucy tardó en averiguarlo. El señor Eager los había recibido con mirada interrogante. Charlotte lo había repelido con mucha charla insustancial. Al señor Emerson, que buscaba a su hijo, le dijeron por dónde encontrarlo. Al señor Beebe, que llevaba el aspecto acalorado de un neutral, le pidieron reuniese a las facciones para la vuelta a casa. Había una sensación general de tanteo y desconcierto. Pan había estado entre ellos —no el gran dios Pan, enterrado hace dos mil años, sino el pequeño dios Pan, que preside los contratiempos sociales y los picnics fracasados. El señor Beebe había perdido a todo el mundo, y había consumido en soledad la cesta del té que había subido como agradable sorpresa. La señorita Lavish había perdido a la señorita Bartlett. Lucy había perdido al señor Eager. El señor Emerson había perdido a George. La señorita Bartlett había perdido un cuadrado de hule. Faetón había perdido el juego.

Este último hecho era innegable. Trepó al pescante temblando, con el cuello levantado, profetizando la rápida llegada del mal tiempo. «Vámonos de inmediato —les dijo—. El signorino irá andando».

—¿Todo el camino? Tardará horas —dijo el señor Beebe.

—Al parecer. Le dije que no era prudente. No miraba a nadie a la cara; tal vez la derrota resultara particularmente mortificante para él. Él solo había jugado con habilidad, usando toda su intuición, mientras los demás habían usado retazos de su inteligencia. Él solo había adivinado qué eran las cosas, y qué deseaba que fuesen. Él solo había interpretado el mensaje que Lucy había recibido cinco días antes de los labios de un moribundo. Perséfone, que pasa media vida en la tumba —también ella podía interpretarlo. No así estos ingleses. Adquieren el conocimiento despacio, y quizá demasiado tarde.

Los pensamientos de un cochero de punto, por muy justos que sean, raras veces afectan la vida de quienes lo contratan. Era el más competente de los oponentes de la señorita Bartlett, pero con mucho el menos peligroso. De vuelta en la ciudad, él y su perspicacia y su conocimiento no molestarían ya a las damas inglesas. Por supuesto, era de lo más desagradable; ella había visto su cabeza negra entre los arbustos; podría convertirlo en una historia de taberna. Pero después de todo, ¿qué tenemos que ver nosotros con las tabernas? La auténtica amenaza pertenece al salón. Era de la gente de salón que pensaba la señorita Bartlett mientras descendía hacia el sol que se apagaba. Lucy iba sentada a su lado; el señor Eager se sentaba enfrente, intentando cruzar su mirada; estaba vagamente receloso. Hablaban de Alessio Baldovinetti.

Lluvia y oscuridad llegaron a la vez. Las dos señoras se acurrucaron juntas bajo una sombrilla insuficiente. Hubo un relámpago, y la señorita Lavish, que era nerviosa, chilló desde el carruaje de delante. Al siguiente relámpago, Lucy chilló también. El señor Eager se dirigió a ella con tono profesional:

—Ánimo, señorita Honeychurch, ánimo y fe. Si me es dado decirlo, hay algo casi blasfemo en este horror de los elementos. ¿Hemos de suponer seriamente que todas estas nubes, todo este inmenso despliegue eléctrico, se ha convocado sencillamente para extinguirla a usted o a mí?

—No, claro—

—Incluso desde el punto de vista científico, las probabilidades en contra de que nos alcance un rayo son enormes. Los cuchillos de acero, únicos artículos que podrían atraer la corriente, están en el otro carruaje. Y, en cualquier caso, estamos infinitamente más seguras que si fuéramos andando. Ánimo —ánimo y fe.

Bajo la manta, Lucy sintió la bondadosa presión de la mano de su prima. A veces nuestra necesidad de un gesto de simpatía es tan grande que no nos importa qué signifique exactamente ni cuánto podamos tener que pagar por ello después. La señorita Bartlett, con aquel oportuno ejercicio de sus músculos, ganó más de lo que habría ganado en horas de prédica o de interrogatorio.

Lo renovó cuando los dos carruajes se detuvieron, a medio camino de Florencia.

—¡Señor Eager! —llamó el señor Beebe—. Necesitamos su ayuda. ¿Quiere hacemos de intérprete?

—¡George! —gritó el señor Emerson—. Pregunte a su cochero por dónde se fue George. El chico puede perder el camino. Puede matarse.

—Vaya, señor Eager —dijo la señorita Bartlett—, no pregunte a nuestro cochero; nuestro cochero no sirve de nada. Vaya y apoye al pobre señor Beebe —está casi enloquecido.

—¡Puede matarse! —gritó el anciano—. ¡Puede matarse!

—Comportamiento típico —dijo el capellán, al apearse del carruaje—. En presencia de la realidad, esa clase de persona se viene abajo invariablemente.

—¿Qué sabe él? —susurró Lucy en cuanto se quedaron a solas—. Charlotte, ¿cuánto sabe el señor Eager?

—Nada, querida; no sabe nada. Pero —señaló al cochero— él lo sabe todo. Querida, ¿sería mejor? ¿Lo hago yo? —Sacó el monedero—. Es espantoso mezclarse con gente de baja condición. Él lo vio todo. Dando golpecitos en la espalda de Faetón con su guía, dijo: «¡Silenzio!» —y le ofreció un franco.

—Va bene —respondió, y lo aceptó. Tan buen final para su día como cualquier otro. Pero Lucy, doncella mortal, quedó decepcionada de él.

Hubo una explosión camino arriba. La tormenta había alcanzado el cable aéreo del tranvía, y uno de los grandes soportes había caído. Si no se hubieran detenido, tal vez habrían resultado heridos. Optaron por verlo como una preservación milagrosa, y las avenidas de amor y sinceridad, que fructifican cada hora de la vida, brotaron tumultuosas. Bajaron de los carruajes; se abrazaron. Era tan gozoso ser perdonado por pasadas indignidades como perdonarlas. Por un instante entrevieron vastas posibilidades de bien.

Los mayores se recobraron pronto. En lo más alto de su emoción sabían que era impropio de un caballero o una dama. La señorita Lavish calculó que, aun de haber continuado, no habrían sido alcanzados por el accidente. El señor Eager masculló una templada oración. Pero los cocheros, a lo largo de millas de camino oscuro y sórdido, derramaban sus almas a las dríadas y a los santos, y Lucy derramaba la suya a su prima.

—Charlotte, querida Charlotte, bésame. Bésame otra vez. Sólo tú puedes entenderme. Me advertiste que tuviera cuidado. Y yo —yo creía que estaba evolucionando.

—No llores, querida. Tómate tu tiempo.

—He sido obstinada y tonta —peor de lo que sabes, mucho peor. Una vez, junto al río... Oh, pero no está muerto —no estaría muerto, ¿verdad?

El pensamiento turbó su arrepentimiento. En realidad, la tormenta era peor a lo largo del camino; pero ella había estado cerca del peligro, y por eso pensaba que debía estarlo para todos.

—Confío en que no. Siempre se rezaría para que no.

—Es realmente —creo que fue cogido por sorpresa, igual que yo antes. Pero esta vez no tengo la culpa; quiero que creas eso. Simplemente resbalé entre aquellos violetas. No, quiero ser de veras sincera. Tengo yo un poquito de culpa. Tuve pensamientos tontos. El cielo, ¿sabes?, era dorado, y el suelo todo azul, y por un momento parecía alguien de un libro.

—¿De un libro?

—Héroes —dioses —las tonterías de las colegialas.

—¿Y luego?

—Pero, Charlotte, ya sabes lo que pasó después.

La señorita Bartlett guardó silencio. En efecto, tenía poco más que aprender. Con cierta dosis de penetración atrajo afectuosamente hacia sí a su joven prima. Durante todo el camino de vuelta el cuerpo de Lucy fue sacudido por hondos suspiros, que nada podía reprimir.

—Quiero ser sincera —susurró—. Es tan difícil ser absolutamente sincera.

—No te inquietes, querida. Espera a estar más serena. Lo hablaremos antes de acostarnos, en mi cuarto.

Así reentraron en la ciudad con las manos entrelazadas. Fue un golpe para la muchacha comprobar hasta qué punto había menguado la emoción en los demás. La tormenta había cesado, y el señor Emerson estaba más tranquilo respecto a su hijo. El señor Beebe había recobrado el buen humor, y el señor Eager ya estaba reprendiendo a la señorita Lavish. Sólo de Charlotte estaba segura —Charlotte, cuyo exterior ocultaba tanta perspicacia y tanto amor.

El lujo de la confesión la mantuvo casi feliz a lo largo de la larga velada. No pensaba tanto en lo ocurrido como en cómo describirlo. Todas sus sensaciones, sus accesos de coraje, sus momentos de gozo sin razón, su misteriosa insatisfacción, debían ser cuidadosamente expuestos ante su prima. Y juntas, en divina confianza, los desentrañarían e interpretarían todos.

«Por fin —pensó— me entenderé a mí misma. No volveré a turbarme por cosas que surgen de la nada, y que significan no sé qué».

La señorita Alan le pidió que tocara. Se negó con vehemencia. La música le parecía ocupación de niña. Se sentó junto a su prima, que, con paciencia encomiable, escuchaba una larga historia sobre equipaje extraviado. Cuando terminó, ella la remató con una historia propia. Lucy se puso casi histérica con la espera. En vano intentaba atajar, o al menos acelerar, el relato. No fue hasta una hora avanzada que la señorita Bartlett hubo recobrado su equipaje y pudo decir en su tono habitual de suave reproche:

—Bueno, querida, yo al menos estoy lista para Bedfordshire. Ven a mi cuarto y te daré un buen cepillado al pelo.

Con cierta solemnidad se cerró la puerta, y se colocó una silla de mimbre para la muchacha. Entonces la señorita Bartlett dijo:

—Entonces, ¿qué se va a hacer?

No estaba preparada para la pregunta. No se le había ocurrido que tuviera que hacer algo. Una detallada exhibición de sus emociones era todo lo que había previsto.

—¿Qué se va a hacer? Un punto, querida, que sólo tú puedes resolver.

La lluvia resbalaba por las negras ventanas, y la gran habitación se sentía húmeda y fría. Una vela ardía temblorosa sobre la cómoda, cerca del tocado de la señorita Bartlett, que proyectaba sombras monstruosas y fantásticas sobre la puerta cerrada con cerrojo. Un tranvía rugió en la oscuridad, y Lucy se sintió inexplicablemente triste, aunque hacía tiempo que se había secado los ojos. Los alzó hacia el techo, donde los grifos y los fagots eran incoloros y vagos, los mismísimos fantasmas de la alegría.

—Llleva lloviendo casi cuatro horas —dijo por fin.

La señorita Bartlett pasó por alto la observación.

—¿Cómo piensas silenciarlo?

—¿Al cochero?

—Querida mía, no; al señor George Emerson.

Lucy empezó a recorrer la habitación de un extremo a otro.

—No lo entiendo —dijo por fin.

Lo entendía muy bien, pero ya no quería ser absolutamente sincera.

—¿Cómo vas a impedir que hable de ello?

—Tengo la sensación de que hablar es algo que él nunca hará.

—Yo también intento juzgarlo con caridad. Pero, por desgracia, ya he tropezado con ese tipo antes. Rara vez guardan sus hazañas para sí.

—¿Hazañas? —exclamó Lucy, estremeciéndose ante el horrible plural.

—Pobre querida mía, ¿suponías que aquélla era la suya primera? Ven aquí y escúchame. Sólo lo estoy reuniendo de sus propios comentarios. ¿Recuerdas aquel día, almorzando, cuando discutía con la señorita Alan que gostar de una persona es una razón más para gostar de otra?

—Sí —dijo Lucy, a quien en su momento el argumento había complacido.

—Bien, yo no soy una mojigata. No hace falta llamarlo un joven malvado, pero está claro que es completamente grosero. Carguémoslo a sus deplorables antecedentes y educación, si quieres. Pero no estamos más adelantadas con nuestra pregunta. ¿Qué propones hacer?

Una idea cruzó como un relámpago el cerebro de Lucy, que, de haberla pensado antes y haberla hecho parte de sí, tal vez habría resultado victoriosa.

—Propono hablarle —dijo.

La señorita Bartlett exhaló un grito de genuina alarma.

—Ves, Charlotte, tu bondad —jamás la olvidaré. Pero —como dijiste— es asunto mío. Mío y suyo.

—¿Y vas a suplicarle, a rogarle que guarde silencio?

—Por supuesto que no. No habría dificultad. Cualquier cosa que le pidas responde sí o no; luego se acabó. He estado asustada de él. Pero ahora ya no lo estoy, ni un poquito.

—Pero le tememos por ti, querida. Eres tan joven e inexperta, has vivido entre gente tan agradable, que no puedes darte cuenta de lo que pueden ser los hombres —cómo pueden tomar un placer brutal en insultar a una mujer que su sexo no protege y en torno a la cual no se agrupa. Esta tarde, por ejemplo, si yo no hubiera llegado, ¿qué habría ocurrido?

—No sabría decir —dijo Lucy gravemente.

Algo en su voz hizo que la señorita Bartlett repitiera la pregunta, entonándola con mayor firmeza.

—¿Qué habría ocurrido si yo no hubiera llegado?

—No sabría decir —repitió Lucy.

—Cuando te insultó, ¿qué le habrías respondido?

—No tuve tiempo de pensar. Llegaste tú.

—Sí, pero ¿no querrás decirme ahora qué habrías hecho?

—Yo habría... —Se contuvo, y cortó la frase. Fue hasta la ventana chorreante y forzó la vista en la oscuridad. No conseguía pensar qué habría hecho.

—Aléjate de la ventana, querida —dijo la señorita Bartlett—. Se te verá desde la calle.

Lucy obedeció. Estaba en poder de su prima. No lograba modular el tono de abyección con que había empezado. Ninguna de las dos volvió a referirse a su sugerencia de hablar con George y arreglar el asunto, fuera cual fuese, con él.

La señorita Bartlett se volvió quejumbrosa.

—¡Ay, un hombre de verdad! No somos más que dos mujeres, tú y yo. El señor Beebe no sirve. Está el señor Eager, pero no confías en él. ¡Ay, si estuviera tu hermano! Es joven, pero sé que el insulto a su hermana despertaría en él un verdadero león. Gracias a Dios, la caballerosidad aún no ha muerto. Quedan aún algunos hombres que saben reverenciar a la mujer.

Mientras hablaba, se quitó los anillos, de los que llevaba varios, y los fue alineando sobre el acerico. Luego sopló dentro de sus guantes y dijo:

—Será un esfuerzo alcanzar el tren de la mañana, pero hay que intentarlo.

—¿Qué tren?

—El tren a Roma. —Miró sus guantes con ojo crítico.

La muchacha recibió el anuncio con la misma facilidad con que fue dado.

—¿A qué hora sale el tren a Roma?

—A las ocho.

—La signora Bertolini se disgustará.

«Tenemos que afrontarlo», dijo Miss Bartlett, disgustada de reconocer que ya había presentado la dimisión.

«Nos hará pagar una semana entera de pensión.»

—Supongo que sí. De todos modos, estaremos mucho más cómodos en el hotel de los Vyse. ¿No sirven allí el té de la tarde sin cobrar?

—Sí, pero cobran aparte el vino. Tras esta observación se quedó inmóvil y callada. Para sus ojos cansados, Charlotte latía y se hinchaba como una figura fantasmal en un sueño.

Empezaron a clasificar la ropa para hacer el equipaje, pues no había tiempo que perder si querían tomar el tren hacia Roma. Lucy, una vez amonestada, comenzó a ir y venir entre las habitaciones, más consciente de las incomodidades de hacer las maletas a la luz de las velas que de un mal más sutil. Charlotte, que era práctica sin ser capaz, se arrodilló junto a una maleta vacía, intentando en vano pavimentarla con libros de grosor y tamaño variables. Suspiró un par de veces, porque la postura encorvada le hacía daño en la espalda, y, a pesar de toda su diplomacia, sentía que estaba envejeciendo. La muchacha la oyó al entrar en la habitación y fue presa de uno de esos impulsos emocionales a los que nunca podía atribuir una causa. Solo sentía que la vela ardería mejor, el equipaje resultaría más llevadero, el mundo sería más feliz, si ella pudiera dar y recibir algo de amor humano. El impulso ya le había venido en otras ocasiones, pero nunca tan intenso. Se arrodilló junto a su prima y la abrazó.

Miss Bartlett le devolvió el abrazo con ternura y calor. Pero no era una mujer tonta, y sabía perfectamente que Lucy no la amaba, sino que la necesitaba para que la quisiera a ella. Pues fue en tonos ominosos como dijo, tras una larga pausa:

—Querida Lucy, ¿cómo vas a perdonarme jamás?

Lucy se puso en guardia de inmediato, sabiendo por amarga experiencia qué significaba que Miss Bartlett pidiera perdón. Se le aflojó la emoción, atenuó un poco el abrazo y dijo:

—Charlotte querida, ¿qué quieres decir? ¡Como si tuviera yo algo que perdonarte!

—Tienes mucho que perdonarme, y yo tengo muchísimo que perdonarme también. Sé bien cuánto te irrito a cada momento.

—Pero no…

Miss Bartlett asumió su papel favorito, el de mártur prematuramente envejecida.

—¡Ah, pero sí! Siento que nuestro viaje juntas dista mucho de ser el éxito que yo había esperado. Podría haber sabido que no funcionaría. Tú necesitas a alguien más joven, más fuerte y más en sintonía contigo. Yo soy demasiado sosa y anticuada: solo sirvo para hacer y deshacer tu equipaje.

—Por favor…

—Mi único consuelo era que encontraras gente más de tu agrado y pudieras dejarme a menudo en casa. Yo tenía mis pobres ideas sobre lo que debe hacer una dama, pero espero no haberte las impuesto más de lo necesario. Al menos en lo que respecta a estas habitaciones, hiciste lo que quisiste.

—No debes decir esas cosas —dijo Lucy con dulzura.

Aún se aferraba a la esperanza de que ella y Charlotte se quisieran, con corazón y alma. Siguieron haciendo el equipaje en silencio.

—He sido un fracaso —dijo Miss Bartlett, forcejeando con las correas de la maleta de Lucy en lugar de cerrar la suya—. Fracasé en hacerte feliz; fracasé en mi deber para con tu madre. Ella ha sido tan generosa conmigo; jamás podré volver a mirarla a la cara después de este desastre.

—Pero madre lo entenderá. No es culpa tuya, esta complicación, y tampoco es un desastre.

—Es culpa mía, y es un desastre. Ella no me perdonará, y con razón. Por ejemplo, ¿qué derecho tenía yo a trabar amistad con Miss Lavish?

—Todo el derecho.

—¿Cuando estaba aquí por ti? Si te he irritado, es igualmente cierto que te he desatendido. Tu madre lo verá tan claro como yo, cuando se lo cuentes.

Lucy, por un deseo cobarde de mejorar la situación, dijo:

—¿Por qué tiene que saberlo madre?

—Pero ¿acaso no se lo cuentas todo?

—Supongo que por lo general sí.

—No me atrevo a traicionar tu confianza. Hay algo sagrado en ella. A menos que sientas que es algo que no podrías contarle.

La muchacha no iba a dejarse degradar hasta ese punto.

—Naturalmente, se lo habría contado. Pero, por si fuera a culparte de algún modo, te prometo que no lo haré; estoy muy dispuesta a no hacerlo. Nunca hablaré de ello ni con ella ni con nadie.

Su promesa puso fin bruscamente a la larga entrevista. Miss Bartlett le plantó un beso sonoro en ambas mejillas, le dio las buenas noches y la mandó a su habitación.

Por un momento, la verdadera aflicción quedó en segundo plano. George parecería haberse portado como un canalla en todo momento; quizá fuera esa la visión que acabaría por imponerse. De momento, no lo absolvía ni lo condenaba; no dictaba sentencia. En el instante en que estaba a punto de juzgarlo, había intervenido la voz de su prima, y, desde entonces, era Miss Bartlett quien había dominado; Miss Bartlett, a quien aún se la oía suspirar al otro lado de una grieta en la pared medianera; Miss Bartlett, que en realidad no había sido ni dócil ni humilde ni voluble. Había trabajado como una gran artista; durante un tiempo —de hecho, durante años— había sido insignificante, pero al final se le presentó a la muchacha el cuadro completo de un mundo sombrío y sin amor en el que los jóvenes se precipitan hacia la perdición hasta que aprenden a obrar mejor —un mundo avergonzado de precauciones y barreras que quizá aparten el mal, pero que no parecen traer el bien, a juzgar por quienes más las han usado—.

Lucy sufría por la más grievosa de las injusticias que este mundo ha descubierto hasta ahora: se había abusado con ventaja diplomática de su sinceridad, de su ansia de simpatía y de amor. Semejante injusticia no se olvida fácilmente. Nunca más volvió a exponerse sin la debida consideración y sin tomar precauciones frente a un rechazo. Y una injusticia así puede repercutir desastrosamente en el alma.

Sonó el timbre de la puerta, y ella se lanzó hacia las persianas. Antes de llegar se detuvo, dio media vuelta y sopló la vela. Así ocurrió que, aunque ella vio a alguien de pie en la lluvia abajo, él, aunque levantó la mirada, no la vio a ella.

Para llegar a su habitación, él tenía que pasar por la de ella. Ella seguía vestida. Se le ocurrió que podía deslizarse al pasillo y decirle simplemente que se habría marchado antes de que él se levantara, y que su extraordinaria relación había terminado.

Si habría osado hacerlo nunca se comprobó. En el momento crítico, Miss Bartlett abrió su propia puerta y su voz dijo:

—Quisiera una palabra con usted en el salón, Mr. Emerson, por favor.

Pronto regresaron sus pasos, y Miss Bartlett dijo: —Buenas noches, Mr. Emerson.

Su respiración pesada y fatigada fue la única respuesta; la carabina había cumplido su cometido.

Lucy gritó en voz alta: —No es verdad. No puede ser todo verdad. No quiero que me embollen. Quiero hacerme mayor cuanto antes.

Miss Bartlett dio unos golpes en la pared.

—Acuéstate enseguida, querida. Necesitas todo el descanso que puedas conseguir.

Por la mañana partieron hacia Roma.

PARTE DOS

Capítulo VIII Medieval

Las cortinas del salón de Windy Corner habían sido corridas hasta juntarse, pues la alfombra era nueva y merecía protección frente al sol de agosto. Eran cortinas pesadas, que llegaban casi al suelo, y la luz que se filtraba a través de ellas resultaba suave y variada. Un poeta —no había ninguno presente— habría podido citar: «La vida como una cúpula de cristal multicolores», o habría comparado las cortinas con compuertas, bajadas contra las mareas intolerables del cielo. Fuera se derramaba un mar de resplandor; dentro, la gloria, aunque visible, estaba atemperada a las capacidades del hombre.

Dos personas agradables estaban sentadas en la habitación. Una —un muchacho de diecinueve años— estudiaba un pequeño manual de anatomía y de vez en cuando lanzaba una ojeada a un hueso que había sobre el piano. De cuando en cuando rebotaba en la silla, resoplaba y gemía, porque el día era caluroso, la letra menuda y el cuerpo humano está hecho de un modo temible; y su madre, que escribía una carta, le leía en voz alta sin cesar lo que iba escribiendo. Y sin cesar se levantaba de su asiento y corría las cortinas para que un hilo de luz cayera sobre la alfombra y hacía la observación de que seguían allí.

—¿Dónde no están? —dijo el muchacho, que era Freddy, el hermano de Lucy—. Te digo que ya empiezo a hartarme.

—¡Por el amor de Dios, sal de mi salón, entonces! —exclamó Mrs. Honeychurch, que esperaba curar a sus hijos de la jerga tomándosela al pie de la letra.

Freddy no se movió ni respondió.

—Creo que las cosas están llegando a un punto crítico —observó, más bien deseando obtener la opinión de su hijo sobre la situación si podía lograrlo sin excesiva súplica.

—Ya era hora.

—Me alegra que Cecil se lo esté pidiendo esta vez.

—Es su tercer intento, ¿no?

—Freddy, de verdad, llamo descortés a la forma en que hablas.

—No era mi intención ser descortés. —Luego añadió—: Pero sí creo que Lucy podría haberlo despachado en Italia. No sé cómo se las apañan las chicas, pero seguro que no supo decir «No» como es debido antes, o no tendría que volver a decirlo ahora. En conjunto —no sé explicarlo— me siento muy incómodo.

—¿De veras, querido? ¡Qué interesante!

—Siento… da igual.

Volvió a su tarea.

—Escucha lo que le he escrito a Mrs. Vyse. He puesto: «Estimada Mrs. Vyse».

—Sí, madre, ya me lo has dicho. Una carta espléndida.

—He puesto: «Estimada Mrs. Vyse: Cecil acaba de pedirme mi permiso al respecto, y estaría encantada, si Lucy lo desea. Pero…» —Dejó de leer—. Me hizo bastante gracia que Cecil me pidiera permiso a mí. Siempre ha ido de lo no convencional, de padres por los suelos y demás. Cuando llega la hora de la verdad, no puede pasar sin mí.

—Ni sin mí.

—¿Sin ti?

Freddy asintió.

—¿Qué quieres decir?

—También me pidió a mí mi permiso.

Exclamó ella: —¡Qué cosa más rara!

—¿Por qué? —preguntó el hijo y heredero—. ¿Por qué no habría de pedírmelo a mí?

—¿Qué sabes tú de Lucy, o de las chicas, o de nada? ¿Qué le dijiste, a fin de cuentas?

—Le dije a Cecil: «Tómala o déjala; no es asunto mío».

—¡Vaya respuesta tan útil! Pero su propia respuesta, aunque más normal en la forma, había ido en el mismo sentido.

—El problema es este —empezó Freddy.

Luego volvió a su tarea, demasiado tímido para decir cuál era el problema. Mrs. Honeychurch volvió a la ventana.

—Freddy, tienes que venir. ¡Ahí siguen!

—No creo que tengas que ir espiando así.

—¡Espiando así! ¿Acaso no puedo asomarme a mi propia ventana?

Pero volvió a la mesa de escribir, observando, al pasar junto a su hijo: «¿Todavía en la página 322?». Freddy resopló y pasó dos hojas. Por un breve espacio guardaron silencio. Cerca, más allá de las cortinas, no había cesado nunca el murmullo suave de una larga conversación.

—El problema es este: he metido la pata con Cecil de un modo espantoso. —Tragó saliva, nervioso—. No contento con el «permiso», que le di —es decir, dije «me da igual»—, pues bien, no contento con eso, quiso saber si no estaba yo loco de alegría. Lo planteó más o menos así: ¿no era una cosa espléndida para Lucy y para Windy Corner en general que se casara con ella? Y quería una respuesta —dijo que le daría más fuerza.

—Espero que le dieras una respuesta prudente, querido.

—¡Dije «No»! —dijo el muchacho, rechinando los dientes—. ¡Toma! ¡Échate a freír! No puedo remediarlo, tuve que decirlo. Tuve que decir que no. No debía haberme preguntado nunca.

—¡Niño ridículo! —exclamó su madre—. Te crees tan virtuoso y sincero, pero en realidad no es más que un engreimiento abominable. ¿Supones que a un hombre como Cecil le va a importar lo más mínimo lo que digas? Espero que te haya dado un par de tortas. ¿Cómo te atreves a decir que no?

—¡Oh, déjame en paz, madre! Tuve que decir que no cuando no podía decir que sí. Intenté reír como si no quisiera decir lo que dije, y, como Cecil también se rió y se fue, puede que todo quede bien. Pero siento que he metido la pata. Oh, déjame en paz, eso sí, y deja que un hombre trabaje.

—No —dijo Mrs. Honeychurch, con aire de quien ha meditado sobre el asunto—, no voy a callarme. Tú sabes todo lo que ha pasado entre ellos en Roma; sabes por qué está aquí, y, aun así, le insultas deliberadamente e intentas echarlo de mi casa.

—¡Qué va! —suplicó él—. Solo dejé caer que no me gusta. No lo odio, pero no me gusta. Lo que me molesta es que se lo cuente a Lucy.

Miró las cortinas con desaliento.

—Pues a mí sí me gusta —dijo Mrs. Honeychurch—. Conozco a su madre; es bueno, es listo, es rico, tiene buenas relaciones —¡Oh, no hace falta que le des patadas al piano! Tiene buenas relaciones —lo repito si quieres: tiene buenas relaciones—. Hizo una pausa, como ensayando su elogio, pero su rostro seguía insatisfecho. Añadió—: Y tiene unos modales preciosos.

—Me cayó bien hasta hace un momento. Supongo que es el tenerlo aquí estropeando la primera semana de Lucy en casa; y también algo que dijo Mr. Beebe, sin querer.

—¿Mr. Beebe? —dijo su madre, procurando disimular su interés—. No veo qué pinta Mr. Beebe aquí.

—Conoces la manera tan rara que tiene Mr. Beebe de hablar, cuando uno no acaba de saber qué quiere decir. Dijo: «Mr. Vyse es un soltero ideal». Yo, que soy muy espabilado, le pregunté qué quería decir. Me dijo: «Oh, es como yo: mejor despegado». No pude sacarle nada más, pero me puso a pensar. Desde que Cecil ha venido detrás de Lucy, no ha resultado tan agradable; al menos —no sé explicarlo—.

—Tú nunca sabes explicarte, querido. Pero yo sí. Tienes celos de Cecil porque puede impedir que Lucy te teja corbatas de seda.

La explicación parecía plausible, y Freddy intentó aceptarla. Pero en el fondo de su cerebro anidaba un recelo difuso. Cecil alababa demasiado a uno por ser atleta. ¿Era eso? Cecil hacía a uno hablar a su manera. Eso cansaba a uno. ¿Era eso? Y Cecil era de esos que jamás llevarían la gorra de otro. Sin ser consciente de su propia profundidad, Freddy se contuvo. Tenía que estar celoso, o de lo contrario no disgustaría de un hombre por unas razones tan tontas.

—¿Esto te vale? —llamó su madre—. «Estimada Mrs. Vyse: Cecil acaba de pedirme mi permiso al respecto, y estaría encantada si Lucy lo desea, y así se lo he dicho a Lucy. Pero Lucy parece muy indecisa, y hoy en día los jóvenes deben decidir por sí mismos.» Lo puse porque no quería que Mrs. Vyse nos tuviese por anticuados. Ella se las da de charlas y de cultivar el espíritu, y todo el tiempo una gruesa capa de pelusa bajo las camas, y las manchas del pulgar sucio de la criada donde se enciende la luz eléctrica. Lleva ese piso de un modo abominable…

—Supón que Lucy se casa con Cecil: ¿vivirá en un piso o en el campo?

—No me interrumpas con esas tonterías. ¿Por dónde iba? Ah, sí: «Los jóvenes deben decidir por sí mismos. Sé que Lucy gusta de su hijo, porque me lo cuenta todo, y me escribió desde Roma cuando se lo pidió por primera vez». No, eso último lo tacharé —queda como de protección—. Me quedo en «porque me lo cuenta todo». ¿O lo tacho también?

—Táchalo también —dijo Freddy.

Mrs. Honeychurch lo dejó puesto.

—Entonces, el conjunto dice: «Estimada Mrs. Vyse: Cecil acaba de pedirme mi permiso al respecto, y estaría encantada si Lucy lo desea, y así se lo he dicho a Lucy. Pero Lucy parece muy indecisa, y hoy en día los jóvenes deben decidir por sí mismos. Sé que Lucy gusta de su hijo, porque me lo cuenta todo. Pero no sé…»

—¡Cuidado! —gritó Freddy.

Las cortinas se abrieron.

El primer movimiento de Cecil fue de irritación. No soportaba la costumbre de los Honeychurch de quedarse a oscuras para proteger los muebles. Por instinto dio un tirón a las cortinas y las hizo oscilar sobre sus varillas. Entró la luz. Quedó al descubierto una terraza, como la de tantas villas con árboles a ambos lados, y en ella un pequeño asiento rústico y dos parterres. Pero quedaba transfigurada por la vista que se extendía más allá, pues Windy Corner estaba construido sobre la sierra que domina el Weald de Sussex. Lucy, que estaba en el pequeño asiento, parecía al borde de una alfombra mágica verde que se cernía en el aire sobre el mundo trémulo.

Cecil entró.

Apareciendo tan tarde en la historia, hay que describir a Cecil de inmediato. Era medieval. Como una estatua gótica. Alto y refinado, con unos hombros que parecían cuadrado el talle merced a un esfuerzo de la voluntad, y una cabeza que mantenía ligeramente más erguida de lo habitual, se parecía a esos santos quisquillosos que custodian las portadas de una catedral francesa. Bien educado, bien dotado y sin mengua física, seguía en las garras de cierto demonio que el mundo moderno conoce como autoconciencia y que el medieval, con visión más turbia, adoraba como ascetismo. Una estatua gótica implica celibato, del mismo modo que una estatua griega implica plenitud, y tal vez fuera eso lo que Mr. Beebe quiso dar a entender. Y Freddy, que ignoraba la historia y el arte, tal vez quiso decir lo mismo cuando era incapaz de imaginar a Cecil llevando la gorra de otro.

Mrs. Honeychurch dejó su carta sobre la mesa de escribir y se acercó a su joven conocido.

—¡Oh, Cecil! —exclamó—. ¡Oh, Cecil, cuéntame!

—I promessi sposi —dijo él.

Le miraron con ansiedad.

—Me ha aceptado —dijo, y el sonido de la cosa en inglés le hizo enrojecer y sonreír de placer, y parecer más humano.

—Me alegro mucho —dijo Mrs. Honeychurch, mientras Freddy le tendía una mano amarilla de productos químicos. Habrían deseado saber también italiano, pues nuestras frases de aprobación y de asombro van tan ligadas a pequeñas ocasiones que tememos emplearlas en las grandes. Nos vemos obligados a volvernos vagamente poéticos, o a refugiarnos en reminiscencias bíblicas.

—¡Bienvenido como uno de la familia! —dijo Mrs. Honeychurch, abarcando los muebles con un gesto—. ¡Es en verdad un día de júbilo! Estoy segura de que harás feliz a nuestra querida Lucy.

—Eso espero —respondió el joven, alzando los ojos al techo.

—Las madres… —dijo Mrs. Honeychurch con afectada timidez, y cayó entonces en la cuenta de que estaba cursi, sentimental, pomposa: todo lo que más aborrecía. ¿Por qué no podía ser Freddy, que estaba tieso en medio de la habitación, con un aspecto muy enfadado y casi guapo?

—¡Oye, Lucy! —llamó Cecil, porque la conversación parecía decaer.

Lucy se levantó del asiento. Cruzó el césped y les sonrió desde allí, como si fuera a proponerles jugar al tenis. Entonces vio la cara de su hermano. Separó los labios y lo abrazó. Él dijo: —¡Sin ceremonias!

—¿Ni un beso para mí? —preguntó su madre.

Lucy la besó también.

—¿Quieres llevártelos al jardín y contarle todo a Mrs. Honeychurch? —sugirió Cecil—. Y yo me quedo aquí y se lo cuento a mi madre.

—¿Vamos con Lucy? —dijo Freddy, como recibiendo órdenes.

—Sí, id con Lucy.

Salieron a la luz del sol. Cecil los vio cruzar la terraza y desaparecer por los escalones. Bajarían —conocía sus pasos— junto al matorral, y junto a la cancha de tenis y al parterre de dalias, hasta llegar a la huerta, y allí, en presencia de las patatas y los guisantes, se comentaría el gran acontecimiento.

Sonriendo con indulgencia, encendió un cigarrillo y repasó los hechos que habían llevado a un desenlace tan feliz.

Conocía a Lucy desde hacía varios años, pero sólo como una chica común que tenía la virtud de ser musical. Aún recordaba la depresión que le sobrevino aquella tarde en Roma, cuando ella y su espantosa prima cayeron sobre él sin aviso y le exigieron que las llevara a San Pedro. Aquel día le había parecido la típica turista —chillona, grosera, enjuta a fuerza de viajar—. Pero Italia obró en ella algún prodigio. Le dio luz, y —lo que él estimaba más precioso— le dio sombra. Pronto descubrió en ella un maravilloso recato. Era como una mujer de Leonardo da Vinci, a quien amamos no tanto por sí misma cuanto por las cosas que no nos dirá. Las cosas no son por cierto de esta vida; ninguna mujer de Leonardo podría tener algo tan vulgar como una «historia». Y se iba desarrollando de un modo prodigioso, día a día.

Así ocurrió que de la amabilidad condescendiente fue pasando poco a poco, si no a la pasión, al menos a una profunda desazón. Ya en Roma le había insinuado que podrían convenirse mutuamente. Le conmovió profundamente que ella no se apartara bruscamente ante la sugerencia. Su negativa había sido clara y suave; después de ella —como se dice en la horrible frase— se había portado con él exactamente igual que antes. Tres meses más tarde, en el confines de Italia, entre los Alpes cubiertos de flores, se lo pidió de nuevo con el lenguaje crudo y tradicional de siempre. Ella le recordó a unaLeonardo más que nunca; sus facciones curtidas por el sol quedaban en sombra bajo unas rocas fantásticas; al oír sus palabras se volvió y se quedó entre él y la luz, con llanuras inconmensurables a sus espaldas. Volvió a casa caminando a su lado, sin avergonzarse, sin sentirse en absoluto como un pretendiente rechazado. Lo que de verdad importaba no se había movido.

Y ahora se lo había pedido una vez más, y, clara y suave como siempre, ella lo había aceptado, sin dar razones melindrosas por su tardanza, limitándose a decir que lo amaba y que haría todo lo posible por hacerlo feliz. A su madre también le complacería; ella le había aconsejado dar el paso; debía escribirle una larga relación.

Mirándose la mano, por si le hubiera quedado algo de los productos químicos de Freddy, se acercó a la mesa de escribir. Allí vio «Querida Mrs. Vyse», seguido de muchos tachones. Retrocedió sin seguir leyendo, y tras una breve vacilación se sentó en otro sitio y garrapateó una nota en la rodilla.

Luego encendió otro cigarrillo, que no le pareció del todo tan divino como el primero, y pensó en lo que podría hacerse para que el salón de Windy Corner resultara más distinguido. Con aquella vista debía de ser un salón agradable, pero llevaba encima la huella de Tottenham Court Road; casi podía imaginarse las camionetas de los señores Shoolbred y los señores Maple deteniéndose ante la puerta y descargando esta butaca, aquellos libreros barnizados, aquella mesa de escribir. La mesa le trajo a la memoria la carta de Mrs. Honeychurch. No quería leer esa carta —sus tentaciones nunca iban por ahí—, pero a pesar de todo le preocupaba. Era culpa suya que ella lo estuviera comentando con su madre; había buscado su apoyo para su tercer intento de conquistar a Lucy; quería sentir que los demás, sin importar quiénes fueran, estaban de acuerdo con él, y por eso había pedido su permiso. Mrs. Honeychurch había sido cortés, pero poco aguda en lo esencial, y en cuanto a Freddy: «No es más que un muchacho», pensó. «Yo represento todo lo que él desprecia. ¿Por qué iba a quererme como cuñado?»

Los Honeychurch eran una familia respetable, pero empezaba a comprender que Lucy era de otra pasta; y acaso —no lo formuló con mucha precisión— debía presentarla en círculos más afines lo antes posible.

—¡Mr. Beebe! —dijo la criada, y el nuevo rector de Summer Street fue introducido; había entrado de inmediato en relaciones amistosas, gracias a las alabanzas que Lucy le había dedicado en sus cartas desde Florencia.

Cecil lo saludó con cierto aire crítico.

—Vengo a tomar el té, Mr. Vyse. ¿Cree usted que me lo servirán?

—Supongo que sí. Aquí lo que se consigue es comida. No se siente en esa butaca; el joven Honeychurch ha dejado un hueso en ella.

—¡Pfui!

—Ya lo sé —dijo Cecil—. Ya lo sé. No acierto a explicar por qué Mrs. Honeychurch lo consiente.

Porque Cecil consideraba el hueso y los muebles de Maple por separado; no caía en la cuenta de que, considerados juntos, encendían la habitación con la vida que él deseaba.

—Vengo a tomar el té y a charlar. ¿No es una noticia?

—¿Noticia? No le entiendo —dijo Cecil—. ¿Noticia?

Mr. Beebe, cuya noticia era de naturaleza muy distinta, parloteó adelante.

—Me he encontrado a Sir Harry Otway al subir; tengo sobrados motivos para esperar que soy el primero en el campo. ¡Ha comprado Cissie y Albert al señor Flack!

—¿De veras? —dijo Cecil, tratando de recobrar el aplomo. ¡En qué error tan grotesco había caído! ¿Era posible que un clérigo y un caballero se refiriera a su compromiso de un modo tan frívolo? Pero su rigidez persistió, y, aunque preguntó quiénes podían ser Cissie y Albert, siguió considerando a Mr. Beebe un tanto patán.

—¡Pregunta imperdonable! ¡Haber estado una semana en Windy Corner y no conocer a Cissie y Albert, las villas adosadas que han construido frente a la iglesia! Pondré a Mrs. Honeychurch sobre aviso.

—Soy espantosamente torpe para los asuntos locales —dijo el joven con desgana—. Ni siquiera recuerdo la diferencia entre un Consejo Parroquial y una Junta de Gobierno Local. Quizá no haya diferencia, o quizá no ése sea el nombre exacto. Yo sólo voy al campo para ver a mis amigos y disfrutar del paisaje. Es una gran falta mía. Italia y Londres son los únicos sitios donde no siento que vivo de tolerancia.

Mr. Beebe, afligido por la pesada acogida de Cissie y Albert, decidió cambiar de tema.

—A ver, Mr. Vyse —se me ha olvidado— ¿cuál es su profesión?

—No tengo profesión —dijo Cecil—. Es otro ejemplo de mi decadencia. Mi postura —bastante indefendible— es que, mientras no sea una molestia para nadie, tengo derecho a hacer lo que me plazca. Sé que debería estar sacándoles dinero a la gente o consagrándome a cosas que me importan un bledo, pero, por algún motivo, no he sido capaz de empezar.

—Es usted muy afortunado —dijo Mr. Beebe—. El poseer ocio es una oportunidad maravillosa.

Su voz era algo parroquial, pero no acababa de ver cómo responder con naturalidad. Sentía, como deben sentirlo todos cuantos tienen una ocupación regular, que los demás deberían tenerla también.

—Me alegra que lo apruebe. No me atrevo a enfrentarme a la persona sana —por ejemplo, Freddy Honeychurch.

—Oh, Freddy es buen chico, ¿no?

—Admirable. De los que han hecho a Inglaterra como es.

Cecil se asombró de sí mismo. ¿Por qué, precisamente en aquel día, se mostraba tan irremediablemente contrario? Trató de enmendarse interesándose con effusion por la madre de Mr. Beebe, una anciana por la que no sentía particular estima. Luego aduló al clérigo, elogió su amplitud de miras, su actitud ilustrada frente a la filosofía y la ciencia.

—¿Dónde están los demás? —dijo al fin Mr. Beebe—. Insisto en obtener mi té antes del servicio vespertino.

—Supongo que Anne no les ha dicho que usted estaba aquí. En esta casa adiestran a uno tanto con la servidumbre el día que llega. El defecto de Anne es que se disculpa cuando te oye perfectamente, y da patadas a las patas de las sillas con los pies. Los defectos de Mary —se me han olvidado los defectos de Mary, pero son muy graves—. ¿Salimos al jardín?

—Yo conozco los defectos de Mary. Deja los recogedores parados en la escalera.

—El defecto de Euphemia es que se niega, lisa y llanamente se niega, a picar lo suficiente la sebo.

Los dos rieron, y las cosas empezaron a ir mejor.

—Los defectos de Freddy... —continuó Cecil.

—Ah, ésos son demasiados. Sólo su madre es capaz de recordar los defectos de Freddy. Pruebe con los defectos de Miss Honeychurch; no son innumerables.

—No tiene ninguno —dijo el joven, con grave sinceridad.

—Coincido del todo. Por ahora no tiene ninguno.

—¿Por ahora?

—No soy cínico. Sólo estoy pensando en mi teoría favorita sobre Miss Honeychurch. ¿Parece razonable que toque de un modo tan maravilloso y viva de un modo tan apacible? Sospecho que un día será maravillosa en ambas cosas. Los compartimentos estancos de su interior acabarán por romperse, y la música y la vida se mezclarán. Entonces la tendremos heroicamente buena, heroicamente mala —demasiado heroica, quizá, para ser buena o mala.

Cecil halló interesante a su compañero.

—Y por ahora, ¿la considera poco admirable en lo que a la vida se refiere?

—Verá, sólo la he visto en Tunbridge Wells, donde no era admirable, y en Florencia. Desde que vine a Summer Street, ella ha estado fuera. Usted la vio, ¿no?, en Roma y en los Alpes. Ah, se me olvidaba; claro que la conocía de antes. No, tampoco fue admirable en Florencia, pero yo no dejaba de esperar que lo fuera.

—¿De qué manera?

La conversación se había vuelto grata para ellos, y paseaban arriba y abajo por la terraza.

—Podría decirle con la misma facilidad qué pieza tocará después. Había simplemente la sensación de que había encontrado alas, y pensaba usarlas. Puedo enseñarle un dibujo precioso en mi diario italiano: Miss Honeychurch como una cometa, Miss Bartlett sujetando el hilo. Dibujo número dos: el hilo se rompe.

El esbozo estaba en su diario, pero lo había hecho después, cuando veía las cosas con mirada de artista. En el momento, él mismo había dado tirones furtivos al hilo.

—Pero el hilo no se rompió nunca.

—No. Quizá no habría visto a Miss Honeychurch elevarse, pero sin duda habría oído a Miss Bartlett caer.

—Ahora se ha roto —dijo el joven, en tonos bajos y vibrantes.

Al instante comprendió que, de todas las formas presuntuosas, ridículas y despreciables de anunciar un compromiso, aquélla era la peor. Maldijo su amor a la metáfora; ¿acaso había sugerido que él era una estrella y que Lucy se remontaba para alcanzarlo?

—¿Roto? ¿Qué quiere decir?

—He querido decir —dijo Cecil, tieso— que va a casarse conmigo.

El clérigo fue consciente de una amarga desilusión que no lograba mantener fuera de su voz.

—Lo siento; debo pedirle perdón. No tenía la menor idea de que usted fuera íntimo suyo, o nunca habría hablado de ese modo frívolo y superficial. Mr. Vyse, debía usted haberme detenido. Y por el jardín vio a la propia Lucy; sí, estaba desilusionado.

Cecil, que naturalmente prefería congratulaciones a disculpas, torció la boca hacia abajo por las comisuras. ¿Aquélla era la acogida que su acción iba a recibir del mundo? Por supuesto, despreciaba al mundo en su conjunto; todo hombre pensador debe hacerlo; casi es una prueba de refinamiento. Pero era sensible a las sucesivas partículas de él con las que topaba.

De cuando en cuando podía ser bastante crudo.

—Siento haberle causado una conmoción —dijo secamente—. Temo que la elección de Lucy no cuente con su aprobación.

—No es eso. Pero debía haberme detenido. Apenas conozco a Miss Honeychurch, según se cuenta el tiempo. Quizá no debí hablar de ella con tanta libertad con nadie; y desde luego, no con usted.

—¿Es usted consciente de haber dicho algo indiscreto?

Mr. Beebe se rehízo. Verdaderamente, Mr. Vyse tenía el don de poner a uno en las situaciones más enojosas. Se vio empujado a usar las prerrogativas de su profesión.

—No, no he dicho nada indiscreto. Preví en Florencia que su infancia silenciosa y sin acontecimientos debía terminar, y ha terminado. Comprendí vagamente que podía dar algún paso transcendental. Lo ha dado. Ha aprendido —me dejará usted que hable con libertad, ya que he empezado con libertad— ha aprendido lo que es amar: la lección más grande, según le dirán algunos, que nos ofrece la vida terrenal. Era ya hora de que agitase el sombrero ante el trío que se acercaba. No dejó de hacerlo. —Lo ha aprendido gracias a usted —y si su voz seguía siendo clerical, era ahora también sincera—; procure usted que ese conocimiento le sea provechoso.

—¡Grazie tante! —dijo Cecil, al que no le hacían gracia los curas.

—¿Se han enterado? —gritó Mrs. Honeychurch mientras subía jadeando por la cuesta del jardín—. ¡Oh, Mr. Beebe, se han enterado de la noticia?

Freddy, rebosante ahora de cordialidad, silbó la marcha nupcial. La juventud rara vez critica el hecho consumado.

—¡Sí, ya me he enterado! —exclamó. Miró a Lucy. En su presencia no podía seguir haciendo de párroco por más tiempo —al menos, no sin pedir disculpas—. Mrs. Honeychurch, voy a hacer lo que se supone siempre que debo hacer, pero que por timidez suelo omitir. Quiero invocar toda clase de bendiciones sobre ellos, graves y alegres, grandes y pequeñas. Quiero que durante toda su vida sean supremamente buenos y supremamente felices como marido y mujer, como padre y madre. Y ahora quiero mi té.

—Lo ha pedido justo a tiempo —replicó la dama—. ¿Cómo se atreve usted a ponerse serio en Windy Corner?

Él adoptó el tono de ella. No hubo más solemnidad enfadosa, ni más intentos de dignificar la situación con poesía o las Escrituras. Ninguno de ellos se atrevió, o pudo, a volver a estar serio.

Un compromiso es algo tan poderoso que, tarde o temprano, reduce a todos cuantos hablan de él a ese estado de regocijada reverencia. Lejos de él, en la soledad de sus aposentos, Mr. Beebe, e incluso Freddy, podían volver a mostrarse críticos. Pero en su presencia, y en presencia de los demás, estaban sinceramente alborozados. Posee un extraño poder, pues obliga no sólo a los labios, sino al mismísimo corazón. El principal paralelo —si se compara una cosa grande con otra— lo constituye el poder que sobre nosotros ejerce un templo de algún credo ajeno. Fuera, nos burlamos de él o lo combatimos, o a lo sumo nos sentimos sentimentales. Dentro, aunque los santos y los dioses no sean los nuestros, nos convertimos en verdaderos creyentes, no sea que haya algún verdadero creyente presente.

Así ocurrió que, después de los tanteos y las dudas de la tarde, se rehícieron y se dispusieron a tomar un té muy agradable. Si eran hipócritas, no lo sabían, y su hipocresía tenía todas las probabilidades de fraguar y volverse verdadera. Anne, depositando cada plato como si fuera un regalo de boda, los estimulaba sobremanera. No podían rezagarse respecto de aquella sonrisa suya, que les ofrecía antes de propinar una patada a la puerta del salón. Mr. Beebe gorjeó. Freddy estaba en su mejor vena, llamando a Cecil «el Fiasco» —juego de palabras familiar basado en fiancé—. Mrs. Honeychurch, divertida y rolliza, prometía como suegra. En cuanto a Lucy y Cecil, para quienes el templo había sido construido, también ellos se sumaron al alegre ritual, pero esperaron, como deben hacer los fieles devotos, a que se descubriera un relicario más santo de alegría.

Capítulo IX Lucy como obra de arte

Unos días después de anunciado el compromiso, Mrs. Honeychurch hizo que Lucy y su Fiasco acudieran a una pequeña garden-party en las cercanías, pues, naturalmente, quería hacer ver a la gente que su hija se casaba con un hombre presentable.

Cecil era más que presentable; tenía un aspecto distinguido, y daba gusto ver su figura esbelta marcando el paso junto a Lucy, y su rostro largo y rubio que respondía cuando Lucy le hablaba. La gente felicitaba a Mrs. Honeychurch, lo que, según creo, es una torpeza social, pero a ella le halagaba, y presentó a Cecil sin mucho discernimiento a unas cuantas señoras acartonadas.

En el momento del té ocurrió una desdicha: se volcó una taza de café sobre la seda estampada de Lucy, y aunque Lucy fingió indiferencia, su madre no fingió nada por el estilo, sino que la arrastró al interior de la casa para que una criada de su confianza se encargara del vestido. Estuvieron ausentes un buen rato, y Cecil se quedó con las viejas acartonadas. Cuando volvieron, él no estaba tan agradable como antes.

—¿Acude usted a muchas de estas cosas? —preguntó cuando regresaban en coche.

—Oh, de cuando en cuando —dijo Lucy, que más bien se había divertido.

—¿Es típico de la sociedad rural?

—Supongo que sí. ¿Verdad, madre?

—Hay sociedad de sobra —dijo Mrs. Honeychurch, que estaba tratando de recordar la caída de uno de los vestidos.

Viendo que sus pensamientos estaban en otra parte, Cecil se inclinó hacia Lucy y dijo:

—A mí me ha parecido absolutamente aterrador, desastroso, portentoso.

—Siento mucho que lo hayan dejado solo.

—No es eso, sino las felicitaciones. Es tan repugnante la manera en que un compromiso es mirado como propiedad pública —una especie de erial donde cualquier extraño puede disparar su sentimiento vulgar—. ¡Esas viejas sonriendo con afectación!

—Hay que pasar por ello, supongo. La próxima vez no se fijarán tanto en nosotros.

—Pero lo que digo es que toda su actitud es errónea. Un compromiso —horrible palabra ya de por sí— es un asunto privado, y debe ser tratado como tal.

Y sin embargo, las viejas que sonreían con afectación, aunque se equivocaran por separado, tenían razón racialmente. El espíritu de las generaciones había sonreído a través de ellas, regocijándose en el compromiso de Cecil y Lucy, porque prometía la continuidad de la vida sobre la tierra. Para Cecil y Lucy prometía algo muy distinto: amor personal. De ahí la irritación de Cecil y la convicción de Lucy de que su irritación estaba justificada.

—¡Qué fastidio! —dijo ella—. ¿No podría haberse escapado a jugar al tenis?

—No juego al tenis, al menos en público. El barrio se ve privado del romanticismo de que yo sea atleta. El único romanticismo que poseo es el del Inglese Italianato.

—¿Inglese Italianato?

—¡E un diavolo incarnato! ¿Conoce el proverbio?

Ella no. Ni parecía aplicable a un joven que había pasado un invierno tranquilo en Roma con su madre. Pero Cecil, desde su compromiso, se había aficionado a fingir una travesura cosmopolita que estaba muy lejos de poseer.

—Bueno —dijo él—, no puedo evitarlo si me desaprueban. Existen entre ellos y yo ciertas barreras infranqueables, y debo aceptarlas.

—Todos tenemos nuestras limitaciones, supongo —dijo la prudente Lucy.

—A veces nos son impuestas, sin embargo —dijo Cecil, que dedujo de su observación que ella no acababa de entender su posición.

—¿Cómo?

—Importa, ¿no?, que nos cerremos por completo nosotros mismos con vallas, o que nos cercen las barreras de los demás.

Ella pensó un momento y convino en que, efectivamente, importaba.

—¿Diferencia? —exclamó Mrs. Honeychurch, sobresaltada de pronto—. No veo yo diferencia alguna. Las vallas son vallas, sobre todo cuando están en el mismo sitio.

—Hablábamos de motivos —dijo Cecil, a quien la interrupción había desazonado.

—Mira, querido Cecil —ella abrió las rodillas y se posó el tarjetero en el regazo—. Esto soy yo. Esto, Windy Corner. El resto del diseño lo ocupan las demás personas. Los motivos están muy bien, pero la valla viene aquí.

—No hablábamos de vallas verdaderas —dijo Lucy, riendo.

—Ah, ya, querido, poesía.

Se recostó plácidamente. Cecil se preguntó por qué Lucy se había divertido.

—Te diré quién no tiene «vallas», como tú las llamas —dijo ella—, y ése es Mr. Beebe.

—Un clérigo sin vallas sería un clérigo sin defensa.

Lucy era lenta en seguir lo que se decía, pero bastante rápida en detectar lo que se quería decir. No captó el epigrama de Cecil, pero sí el sentimiento que lo había inspirado.

—¿Es que no te gusta Mr. Beebe? —preguntó pensativa.

—¡Jamás he dicho tal cosa! —exclamó—. Lo considero muy por encima de la media. Sólo he negado... —y se lanzó de nuevo por el tema de las vallas, y estuvo brillante.

—Hay un clérigo al que sí aborrezco —dijo ella, queriendo decir algo simpático—, un clérigo que sí tiene vallas, y de las más espantosas, y ése es Mr. Eager, el capellán inglés de Florencia. Era verdaderamente insincero —no sólo de maneras desafortunadas—. Era un snob, y tan presumido, y decía cosas tan crueles.

—¿Qué clase de cosas?

—Había un anciano en el Bertolini del que dijo que había asesinado a su esposa.

—Quizá lo había hecho.

—¡No!

—¿Por qué «no»?

—Era un anciano tan amable, estoy segura.

Cecil se rio de su inconsecuencia femenina.

—En fin, sí traté de indagar el asunto. Mr. Eager no quiso ir al grano. Prefiere dejarlo vago —dijo que el anciano había «prácticamente» asesinado a su esposa, que la había asesinado a los ojos de Dios.

—¡Chist, querida! —dijo Mrs. Honeychurch distraídamente.

—Pero ¿no es intolerable que una persona a quien se nos manda imitar ande por ahí difundiendo calumnias? Creo que fue sobre todo por culpa suya que se dejó de tratar al anciano. La gente fingía que era vulgar, pero desde luego no lo era.

—¡Pobre anciano! ¿Cómo se llamaba?

—Harris —dijo Lucy con soltura.

—Esperemos que por allá la señora Harris no fuera nadie de ésos —dijo su madre.

Cecil asintió con aire entendido.

—¿No es Mr. Eager un clérigo del tipo cultivado? —preguntó.

Sólo para mantener la continuidad — éste es el FIN de la sección anterior, ya traducida. No la traduzca de nuevo ni la repita en su salida. Coincida con sus nombres, terminología y registro: --- recibiendo órdenes. —Sí, id con Lucy. Salieron a la luz del sol. Cecil los vio cruzar la terraza y desaparecer por los escalones. Bajarían —conocía sus pasos— junto al matorral, y junto a la cancha de tenis y al parterre de dalias, hasta llegar a la huerta, y allí, en presencia de las patatas y los guisantes, se comentaría el gran acontecimiento. Sonriendo con indulgencia, encendió un cigarrillo y repasó los hechos que habían llevado a un desenlace tan feliz. ---

—No lo sé. Le odio. Le he oído dar una conferencia sobre Giotto. Le odio. Nada puede ocultar una naturleza mezquina. Le odio.

—¡Dios santo bendito, hija! —dijo la señora Honeychurch—. ¡Me vas a reventar la cabeza! ¿A qué vienen esos gritos? Te prohíbo a ti y a Cecil que sigáis odiando a más clérigos.

Él sonrió. Había, en efecto, algo bastante incongruente en la explosión moral de Lucy a propósito del señor Eager. Era como si uno viera el Leonardo en el techo de la Sixtina. Anhelaba insinuarle que no estaba ahí su vocación; que el poder y el encanto de una mujer residen en el misterio, no en el desahogo muscular. Pero quizá el desahogo sea señal de vitalidad: afea a la criatura hermosa, pero demuestra que está viva. Tras un instante, contempló con cierta aprobación su rostro enrojecido y sus ademanes excitados. Se abstuvo de reprimir las fuentes de la juventud.

La naturaleza —pensó— el más sencillo de los temas, los rodeaba. Alabó los pinares, los profundos trechos de helechos, las hojas carmesí que salpicaban los arbaces, la belleza funcional de la carretera. El mundo al aire libre no le era muy familiar, y de cuando en cuando se equivocaba en una cuestión de hecho. La boca de la señora Honeychurch tembló cuando él habló del verdor perenne del alerce.

—Me considero una persona afortunada —concluyó—. Cuando estoy en Londres siento que nunca podría vivir fuera de allí. Cuando estoy en el campo siento lo mismo del campo. Después de todo, creo de veras que los pájaros, los árboles y el cielo son las cosas más maravillosas de la vida, y que las personas que viven entre ellos han de ser las mejores. Es cierto que en nueve de cada diez casos no parecen fijarse en nada. El caballero de campo y el bracero del campo son, cada uno a su modo, los compañeros más deprimentes. Sin embargo, puede que posean una tácita simpatía con el obrar de la Naturaleza que a nosotros, los del pueblo, se nos niega. ¿Lo siente usted así, señora Honeychurch?

La señora Honeychurch se sobresaltó y sonrió. No había estado atendiendo. Cecil, que iba bastante aplastado en el asiento delantero del landó, se sintió irritado y resolvió no volver a decir nada interesante.

Lucy tampoco había atendido. Tenía el ceño fruncido y seguía mirando furiosamente ceñuda —el resultado, dedujo él, de demasiado ejercicio moral—. Era triste verla tan ciega a las bellezas de un bosque en agosto.

—«Baja, oh doncella, de la altura de aquel monte» —citó, y le tocó la rodilla con la suya.

Ella volvió a ruborizarse y dijo:

—¿Qué altura?

—«Baja, oh doncella, de la altura de aquel monte, ¿Qué placer vive en la altura (cantó el pastor). ¿En la altura y en el esplendor de los collados?».

Sigamos el consejo de la señora Honeychurch y no odiemos más a los clérigos. ¿Qué lugar es éste?

—Summer Street, naturalmente —dijo Lucy, y se espabiló.

El bosque se había abierto para dejar espacio a una pradera triangular en pendiente. Lindas casitas la flanqueaban por dos lados, y el lado superior y tercero lo ocupaba una iglesia nueva de piedra, suntuosamente sencilla, con un encantador chapitel de ripias. La casa del señor Beebe estaba cerca de la iglesia. En altura apenas sobrepasaba las casitas. Algunas grandes mansiones había cerca, pero estaban ocultas entre los árboles. El escenario sugería un Alpés suiza más bien que el santuario y centro de un mundo ocioso, y lo afeaban sólo dos villas pequeñas y feas —las villas que habían competido con el compromiso de Cecil, habiendo sido adquiridas por Sir Harry Otway la misma tarde en que Lucy había sido adquirida por Cecil.

«Cissie» era el nombre de una de esas villas, «Albert» el de la otra. Tales títulos no sólo estaban destacados en gótico sombreado sobre las verjas del jardín, sino que aparecían una segunda vez en los porches, donde seguían la curva semicircular del arco de entrada en letras mayúsculas de molde. «Albert» estaba habitada. Su atormentado jardín resplandecía de geranios y lobelias y conchas pulidas. Sus ventanitas estaban castamente envueltas en encaje de Nottingham. «Cissie» estaba por alquilar. Tres carteles, de agentes inmobiliarios de Dorking, se balanceaban perezosamente en su cerca y anunciaban el no sorprendente hecho. Sus senderos ya estaban llenos de maleza; su pañuelo de mano de césped amarilleaba de dientes de león.

—¡El lugar está arruinado! —dijeron las damas mecánicamente—. Summer Street nunca volverá a ser lo que era.

Al pasar el coche, la puerta de «Cissie» se abrió y un caballero salió de ella.

—¡Para! —exclamó la señora Honeychurch, tocando al cochero con su sombrilla—. Ahí está Sir Harry. Ahora nos enteraremos. Sir Harry, derribe esas cosas ahora mismo.

Sir Harry Otway —a quien no es necesario describir— se acercó al coche y dijo:

—Señora Honeychurch, pensaba hacerlo. No puedo, de verdad no puedo echar a la señorita Flack.

—¿No tengo siempre razón? Debió marcharse antes de que se firmara el contrato. ¿Sigue viviendo sin pagar alquiler, como hacía en tiempos de su sobrino?

—Pero ¿qué puedo hacer? —bajó la voz—. Una anciana, tan vulgar, y casi imposibilitada.

—Échela —dijo Cecil con valentía.

Sir Harry suspiró y miró las villas con tristeza. Había recibido cumplida advertencia de las intenciones del señor Flack, y habría podido comprar la parcela antes de que comenzaran las obras: pero era apático y dilatorio. Conocía Summer Street desde hacía tantos años que no podía imaginar que fuera a estropearse. No fue hasta que la señora Flack hubo puesto la primera piedra y la aparición de ladrillo rojo y crema comenzó a elevarse cuando se alarmó. Fue a ver al señor Flack, el constructor local —hombre muy razonable y respetuoso—, quien convino en que las tejas habrían hecho un tejado más artístico, pero señaló que las pizarras eran más baratas. Sin embargo, se permitió discrepar acerca de las columnas corintias que habían de adherirse como sanguijuelas a los marcos de los bow-windows, diciendo que, por su parte, gustaba de aliviar la fachada con un poco de decoración. Sir Harry insinuó que una columna, a ser posible, debía ser tanto estructural como decorativa.

El señor Flack respondió que todas las columnas estaban ya encargadas, añadiendo: «y todos los capiteles diferentes —uno con dragones en el follaje, otro aproximándose al estilo jónico, otro introducing las iniciales de la señora Flack— cada uno diferente». Porque había leído a su Ruskin. Construyó sus villas conforme a su deseo; y no fue sino hasta que hubo introducido a una tía inamovible en una de ellas cuando Sir Harry compró.

Esta transacción fútil y estéril llenó de tristeza al caballero mientras se apoyaba en el coche de la señora Honeychurch. Había faltado a sus deberes para con el campo, y el campo se reía de él también. Había gastado dinero, y, sin embargo, Summer Street estaba tan estropeada como siempre. Lo único que podía hacer ahora era encontrar un inquilino deseable para «Cissie» —alguien verdaderamente deseable.

—El alquiler es absurdamente bajo —les dijo—, y quizá yo sea un casero fácil. Pero tiene un tamaño tan incómodo. Es demasiado grande para la clase campesina y demasiado pequeño para cualquiera que se nos parezca lo más mínimo.

Cecil había estado dudando si debía despreciar las villas o despreciar a Sir Harry por despreciarlas. El segundo impulso parecía el más fecundo.

—Debe encontrar un inquilino enseguida —dijo con malicia—. Sería un paraíso perfecto para un empleado de banca.

—¡Exacto! —dijo Sir Harry muy excitado—. Eso es exactamente lo que temo, señor Vyse. Atraerá al tipo de gente equivocada. El servicio de trenes ha mejorado —mejora fatal, a mi parecer—. ¿Y qué son cinco millas desde una estación en estos días de bicicletas?

—Sería un empleado bastante fornido —dijo Lucy.

Cecil, que tenía su buena ración de malicia medieval, repuso que la complexión de las clases media-bajas estaba mejorando a un ritmo verdaderamente espantoso. Ella vio que se estaba burlando de su inofensivo vecino y se espabiló para detenerle.

—¡Sir Harry! —exclamó—. Tengo una idea. ¿Qué le parecerían solteronas?

—¡Querida Lucy, sería espléndido! ¿Conoces a alguna?

—Sí; las conocí en el extranjero.

—¿Señoras? —preguntó tímidamente.

—Sí, por cierto, y en este momento sin hogar. Tuve noticias suyas la semana pasada —la señorita Teresa y la señorita Catalina Alan. No estoy bromeando en absoluto. Son exactamente la gente adecuada. El señor Beebe las conoce también. ¿Puedo decirles que le escriban?

—¡Por supuesto que puede! —exclamó—. ¡Aquí tenemos ya la dificultad resuelta! ¡Qué delicioso es! Facilidades extra —dígales que tendrán facilidades extra, pues no pagaré comisiones a agentes. ¡Ah, los agentes! ¡La gente espantosa que me han mandado! Una mujer, cuando le escribí —una carta discreta, ya saben—, pidiéndole que me explicase su posición social, respondió que pagaría el alquiler por adelantado. ¡Como si a uno le importase eso! Y varias referencias que investigué fueron de lo más insatisfactorio —gente estafadora, o no respetable. ¡Y, ay, el engaño! He visto mucho de la parte fea esta última semana. ¡El engaño de las personas más prometedoras! ¡Querida Lucy, el engaño!

Ella asintió.

—Mi consejo —intervino la señora Honeychurch— es que no tengan nada que ver con Lucy y sus damiselas venidas a menos. Conozco el tipo. Líbreme Dios de gente que ha conocido mejores días y trae con ella reliquias de familia que hacen que la casa huela a cerrado. Es cosa triste, pero preferiría con mucho alquilar a alguien que va subiendo en el mundo que a alguien que ha bajado.

—Creo entenderla —dijo Sir Harry—, pero es, como usted dice, cosa muy triste.

—¡Las señoritas Alan no son de ésas! —exclamó Lucy.

—Sí lo son —dijo Cecil—. No las he conocido, pero diría que serían una adición absolutamente improcedente al vecindario.

—No le haga caso, Sir Harry —es insoportable.

—Soy yo quien soy insoportable —replicó él—. No debiera venir con mis problemas a unos jóvenes. Pero de veras estoy tan preocupado, y Lady Otway se limita a decir que no puedo ser demasiado prudente, lo cual es muy cierto, pero no es ninguna ayuda de verdad.

—Entonces ¿puedo escribir a mis señoritas Alan?

—¡Por favor!

Pero su mirada vaciló cuando la señora Honeychurch exclamó:

—¡Cuidado! Seguro que tienen canarios. Sir Harry, cuidado con los canarios: escupen la semilla a través de los barrotes de la jaula y luego vienen los ratones. Cuidado con las mujeres en absoluto. Alquile sólo a un hombre.

—Realmente... —murmuró él cortésmente, aunque veía el acierto de su observación.

—Los hombres no chismorrean sobre las tazas de té. Si se emborrachan, se acabó —se tumban cómodamente y duermen la mona. Si son vulgares, de algún modo se lo guardan para sí. No se propaga tanto. Déme un hombre —claro está, siempre que sea limpio.

Sir Harry se sonrojó. Ni él ni Cecil disfrutaron de aquellos cumplidos tan directos a su sexo. Ni siquiera la exclusión de los sucios les dejaba mucho margen de distinción. Él sugirió que la señora Honeychurch, si tenía tiempo, descendiese del coche e inspeccionase «Cissie» por sí misma. Ella quedó encantada. La naturaleza la había destinado a ser pobre y a vivir en una casa así. Los arreglos domésticos siempre le atraían, sobre todo cuando eran a pequeña escala.

Cecil retuvo a Lucy cuando ella iba a seguir a su madre.

—Señora Honeychurch —dijo—, ¿qué le parece si nosotros dos nos vamos andando y la dejamos?

—¡Encantada! —fue su cordial respuesta.

Sir Harry igualmente pareció casi demasiado contento de desembarazarse de ellos. Les sonrió con expresión de complicidad, dijo: «¡Ajá! ¡jóvenes, jóvenes!», y se apresuró luego a abrir la casa.

—¡Vulgar sin remedio! —exclamó Cecil, casi antes de que estuvieran fuera del alcance del oído.

—¡Oh, Cecil!

—No puedo evitarlo. Sería un error no aborrecer a ese hombre.

—No es listo, pero de verdad es amable.

—No, Lucy, él representa todo lo malo de la vida de campo. En Londres guardaría su sitio. Pertenecería a un club sin seso, y su mujer daría cenas sin seso. Pero aquí abajo se hace el diosecillo con su respetabilidad, y su patronazgo, y sus estéticas de pega, y todos —hasta tu madre— se dejan engañar.

—Todo lo que dices es muy cierto —dijo Lucy, aunque se sentía desanimada—. Me pregunto si —si importa tanto.

—Importa sobremanera. Sir Harry es la quintaesencia de ese garden-party. ¡Oh, Dios, qué mal humor tengo! ¡Cómo espero que consiga algún inquilino vulgar en esa villa —alguna mujer tan realmente vulgar que él lo advierta! ¡Gente bien! ¡Uf! ¡con su cabeza calva y su mentón en retirada! Pero olvidémosle.

A esto Lucy se prestó con mucho gusto. Si Cecil sentía aversión por Sir Harry Otway y por el señor Beebe, ¿qué garantía había de que la gente que de veras le importaba a ella se librase? Por ejemplo, Freddy. Freddy no era ni listo, ni sutil, ni hermoso, y ¿qué impedía que Cecil dijera, en cualquier momento, «Sería un error no aborrecer a Freddy»? ¿Y qué respondería ella? Más allá de Freddy no llegó, pero ya le bastaba para darle inquietud. Lo único que podía asegurarse era que Cecil conocía a Freddy desde hacía tiempo, y que siempre se habían llevado bien, excepto quizá durante los últimos días, lo cual era quizá un accidente.

—¿Por dónde iremos? —le preguntó.

La naturaleza —pensó— el más sencillo de los temas, la rodeaba. Summer Street se extendía en lo hondo del bosque, y ella se había detenido allí donde un sendero se bifurcaba de la carretera.

—¿Hay dos caminos?

—Quizá la carretera sea más sensata, ya que vamos tan arregladitos.

—Prefiero ir por el bosque —dijo Cecil, con esa irritación contenida que había notado en él toda la tarde—. ¿Por qué, Lucy, dices siempre la carretera? ¿Sabes que no has estado conmigo una sola vez entre los campos o en el bosque desde que nos prometimos?

—¿Que no? Pues el bosque —dijo Lucy, asustada de su rareza, pero bastante segura de que él se explicaría después; no era su costumbre dejarla en duda sobre lo que quería decir.

Ella abrió camino hacia los pinos susurrantes, y, efectivamente, él se explicó antes de haber avanzado doce pasos.

—Había concebido la idea —probablemente equivocada— de que tú te encuentras más a gusto conmigo en una habitación.

—¿Una habitación? —repitió ella, sin saber a qué atenerse.

—Sí. O, a lo sumo, en un jardín, o en una carretera. Nunca en el campo de verdad, así.

—¡Oh, Cecil, qué quieres decir! Jamás he sentido nada por el estilo. Hablas como si yo fuera una especie de poetisa.

—No sé que no lo seas. Yo te asocio a una vista —a cierto tipo de vista. ¿Por qué no ibas a asociarme a mí con una habitación?

Ella reflexionó un instante, y luego dijo, riendo:

—¿Sabes que tienes razón? Sí. Debo de ser poetisa a fin de cuentas. Cuando pienso en ti es siempre como en una habitación. ¡Qué gracioso!

Para su sorpresa, él pareció molesto.

—¿Un salón de recibo, por favor? ¿Sin vista?

—Sí, sin vista, me parece. ¿Por qué no?

—Preferiría —dijo él con reproche— que me asocieses con el aire libre.

Ella repitió: —¡Oh, Cecil, qué quieres decir!

Como no se ofreciese explicación, sacudió el asunto por demasiado difícil para una muchacha, y le llevó más adentro del bosque, deteniéndose de cuando en cuando ante alguna combinación de los árboles particularmente hermosa o familiar. Conocía el bosque entre Summer Street y Windy Corner desde que podía andar sola; había jugado a perder a Freddy en él, cuando Freddy era un bebé de cara púrpura; y, aunque había estado en Italia, no había perdido nada de su encanto.

Llegaron a un pequeño claro entre los pinos —otro alpino verde y diminuto, solitario esta vez, y que guardaba en su seno un remanso de agua somero.

Ella exclamó: —¡El Lago Sagrado!

—¿Por qué lo llamas así?

—No puedo acordarme de por qué. Supongo que viene de algún libro. No es más que un charco ahora, pero ¿ves aquel arroyo que pasa por él? Pues baja mucha agua después de las lluvias fuertes, y no puede salir en seguida, y el charco se vuelve bastante grande y hermoso. Entonces Freddy solía bañarse allí. Le tiene mucho cariño.

—¿Y tú?

Quería decir: «¿Le tienes cariño?». Pero ella respondió soñadoramente:

—Yo me bañé aquí también, hasta que me descubrieron. Entonces se armó un escándalo.

En otra ocasión él quizá se habría escandalizado, pues tenía abismos de mojigatería dentro de sí. ¿Pero ahora? Con su momentáneo culto al aire libre, estaba encantado de su admirable sencillez. La miró mientras ella estaba al borde del remanso. Iba arregladita, como ella decía, y le recordaba a alguna flor espléndida que no tiene hojas propias, pero florece de golpe en un mundo de verdura.

—¿Quién te descubrió?

—Carlota —murmuró—. Se alojaba en casa. Carlota —Carlota.

—¡Pobre chica!

Sonrió gravemente. Un cierto plan, del que hasta entonces había retrocedido, apareció ahora como viable.

—¡Lucy!

—Sí, supongo que deberíamos irnos —fue su respuesta.

—Lucy, quiero pedirte algo que nunca te he pedido antes.

Ante el tono serio de su voz, ella avanzó franca y bondadosamente hacia él.

—¿Qué, Cecil?

—Hasta ahora nunca —ni siquiera aquel día en el césped cuando aceptaste casarte conmigo...

Tomó conciencia de sí mismo y no cesaba de mirar en torno por si les observaban. Le había abandonado el ánimo.

—¿Sí?

—Hasta hoy no te he besado nunca.

Ella estaba tan escarlata como si él hubiera dicho la cosa más inoportuna.

—No —tampoco lo has hecho —tartamudeó.

—Entonces te pido —¿puedo ahora?

—Por supuesto que puedes, Cecil. Podías haberlo hecho antes. No puedo lanzarme yo a ti, ¿sabes?

En aquel momento supremo no era consciente de nada sino de absurdos. La respuesta de ella fue insuficiente. Ella levantó la voile con un gesto tan práctico. Cuando él se acercaba tuvo tiempo de desear poder retroceder. Al tocarla, sus quevedos de oro se desencajaron y quedaron aplanados entre los dos.

Tal fue el abrazo. Consideró, con razón, que había sido un fracaso. La pasión debe creerse irresistible. Debe olvidar los modales y las consideraciones y todas las demás maldiciones de una naturaleza refinada. Sobre todo, no debe pedir permiso donde hay derecho de paso. ¿Por qué no podía hacer como cualquier bracero o peón —mejor aún, como cualquier joven detrás del mostrador habría hecho? Rehízo la escena. Lucy estaba de pie, flor junto al agua, él se lanzó hacia ella y la tomó en sus brazos; ella le reprendió, se lo permitió y le veneró desde entonces para siempre por su hombría. Pues él creía que las mujeres veneran a los hombres por su hombría.

Abandonaron el remanso en silencio, tras aquel saludo único. Esperó que ella hiciese alguna observación que le mostrara sus más íntimos pensamientos. Por fin ella habló, y con gravedad apropiada.

—Emerson era el apellido, no Harris.

—¿Qué apellido?

—El del anciano.

—¿Qué anciano?

—Aquel anciano de que te hablé. Aquel del que el señor Eager fue tan cruel.

Él no podía saber que aquélla era la conversación más íntima que habían tenido nunca.

Capítulo X Cecil como humorista

La sociedad de la que Cecil proponía rescatar a Lucy quizá no fuese un asunto muy espléndido, y, sin embargo, era más espléndido de lo que sus antecedentes le autorizaban. Su padre, un próspero procurador local, había construido Windy Corner como especulación en la época en que el distrito se estaba abriendo, y, enamorándose de su propia creación, acabó viviendo allí él mismo. Poco después de su boda, la atmósfera social empezó a alterarse. Se levantaron otras casas en la cresta de aquella vertiente meridional y empinada, y otras, también, entre los pinos de detrás, y hacia el norte en la barrera calcárea de los downs. La mayor parte de esas casas eran mayores que Windy Corner, y estaban ocupadas por gente llegada, no del distrito, sino de Londres, y que tomaba a los Honeychurch por los restos de una aristocracia indígena. Él estaba inclinado a asustarse, pero su esposa aceptó la situación sin orgullo ni humildad. «No puedo imaginar qué estará haciendo la gente», decía, «pero es extremadamente afortunado para los niños». Hacía visitas a todo el mundo; sus visitas eran correspondidas con entusiasmo, y, para cuando la gente descubrió que no era exactamente de su medio, ya les caía bien, y no parecía importar. Cuando el señor Honeychurch murió, tuvo la satisfacción —que pocos procuradores honrados desdeñan— de dejar a su familia arraigada en la mejor sociedad obtenible.

La mejor obtenible. Ciertamente, muchos de los inmigrantes eran bastante sosos, y Lucy lo comprendía más vivamente desde su regreso de Italia. Hasta entonces había aceptado sus ideales sin cuestionarlos: su amable opulencia, su religión inofensiva, su aversión a las bolsas de papel, las cáscaras de naranja y los botelles rotos. Radical de arriba abajo, aprendió a hablar con horror del Suburbio. La vida, en la medida en que se molestaba en concebirla, era un círculo de personas ricas y agradables, con idénticos intereses e idénticos enemigos. En aquel círculo se pensaba, se casaba uno y se moría. Fuera de él estaban la pobreza y la vulgaridad tratando siempre de entrar, del mismo modo que la niebla de Londres intenta penetrar en los pinares colándose por las grietas de las colinas del norte. Pero en Italia, donde quien quiera puede calentarse en la igualdad como al sol, aquella concepción de la vida se desvaneció. Sus sentidos se expandieron; sintió que no había nadie a quien no pudiera llegar a tomar cariño, que las barreras sociales eran infranqueables, sin duda, pero no especialmente altas. Se saltaban igual que uno salta al olivar de un campesino en los Apeninos, y él se alegra de verte. Volvió con ojos nuevos.

Cecil también, pero Italia había avivado a Cecil, no hacia la tolerancia, sino hacia la irritación. Veía que la sociedad local era estrecha, pero, en lugar de decir «¿Importa eso mucho?», se rebeló e intentó sustituirla por la sociedad que él llamaba amplia. No se daba cuenta de que Lucy había consagrado su entorno con las mil pequeñas atenciones que crean una ternura con el tiempo, y de que, aunque sus ojos veían sus defectos, su corazón se negaba a despreciarlo por completo. Tampoco se daba cuenta de un punto más importante: que si ella era demasiado grande para aquella sociedad, era demasiado grande para toda sociedad, y había alcanzado la etapa en que solo el trato personal podría satisfacerla. Rebelde, sí, pero no del tipo que él entendía: una rebelde que deseaba, no una vivienda más amplia, sino la igualdad junto al hombre al que amaba. Pues Italia le estaba ofreciendo lo más valioso de todo: su propia alma.

Jugando al bumble-puppy con Minnie Beebe, sobrina del rector, y de trece años —un juego antiguo y muy honorable, que consiste en lanzar pelotas de tenis alto al aire, de modo que caigan sobre la red y reboten desmesuradamente; algunas golpean a la señora Honeychurch; otras se pierden. La frase es confusa, pero ilustra mejor el estado mental de Lucy, pues intentaba hablar al mismo tiempo con el señor Beebe.

—¡Oh, ha sido una lata tan espantosa! Primero él, luego ellas; nadie sabe lo que quiere, y todo el mundo es tan pesado.

—Pero ahora sí que vienen de verdad —dijo el señor Beebe—. Escribí a Miss Teresa hace unos días; ella se preguntaba con qué frecuencia pasaba el carnicero, y mi respuesta de una vez al mes debió de impresionarla favorablemente. Vienen. He tenido noticias suyas esta mañana.

—¡Voy a odiar a esas Miss Alan! —exclamó la señora Honeychurch—. Precisamente porque son viejas y tontas se espera de una que diga «¡Qué dulce!» Odio sus «si» y sus «pero» y sus «y». Y la pobre Lucy, bien le está, está hecha una sombra.

El señor Beebe miraba la sombra que saltaba y gritaba en la pista de tenis. Cecil estaba ausente; no se jugaba al bumble-puppy cuando él estaba.

—Bueno, si vienen... No, Minnie, no Saturno. —Saturno era una pelota de tenis cuya piel estaba parcialmente descosida. En movimiento, su orbe aparecía rodeado por un anillo—. Si vienen, Sir Harry les dejará instalarse antes del veintinueve, y tachará la cláusula sobre blanquear los techos, porque las ponía nerviosas, y pondrá la del desgaste natural. Eso no cuenta. Te dije que no Saturno.

—Saturno sirve para el bumble-puppy —gritó Freddy, uniéndose a ellos—. Minnie, no le hagas caso.

—Saturno no bota.

—Saturno bota lo suficiente.

—No, no bota.

—Bueno, bota mejor que el Hermoso Diablo Blanco.

—Chitón, cielo —dijo la señora Honeychurch.

—Pero mira a Lucy, quejándose de Saturno, y todo el rato tiene al Hermoso Diablo Blanco en la mano, lista para enchufárselo. Eso es, Minnie, ve a por ella, dale en las espinillas con la raqueta, ¡dale en las espinillas!

Lucy cayó, y el Hermoso Diablo Blanco rodó de su mano.

El señor Beebe lo recogió y dijo:

—El nombre de esta pelota es Vittoria Corombona, si no les importa.

Pero su corrección pasó desapercibida.

Freddy poseía en alto grado el poder de enfurecer a las niñas pequeñas, y en medio minuto había transformado a Minnie, de niña bien educada, en un aullante caos. Arriba, en la casa, Cecil los oía y, aunque estaba lleno de noticias interesantes, no bajó a transmitirlas por miedo a que le hicieran daño. No era cobarde y soportaba el dolor necesario tan bien como cualquiera. Pero odiaba la violencia física de los jóvenes. ¡Con cuánta razón! Claro que terminó en un grito.

—Ojalá las Miss Alan pudieran ver esto —observó el señor Beebe, justo cuando Lucy, que estaba consolando a la herida Minnie, fue a su vez levantada en vilo por su hermano.

—¿Quiénes son las Miss Alan? —jadeó Freddy.

—Han tomado Cissie Villa.

—Ese no era el nombre...

En ese momento resbaló su pie, y cayeron todos muy agradablemente sobre la hierba. Trascurre un intervalo.

—¿Qué no era el nombre? —preguntó Lucy, con la cabeza de su hermano en su regazo.

—Alan no era el nombre de la gente a la que Sir Harry ha alquilado.

—¡Tonterías, Freddy! Tú no sabes nada del asunto.

—¡Tonterías las tuyas! Lo acabo de ver a él. Me dijo: «¡Ehem! Honeychurch» —Freddy era un imitador mediocre—, «¡ejem! ¡ejem! Por fin he procurado inquilinos realmente de-se-a-bles». Yo le dije: «¡Hurra, viejo amigo!» y le di una palmada en la espalda.

—Exacto. ¿Las Miss Alan?

—Qué va. Más bien Anderson.

—¡Ay, Dios mío, no irá a haber otro lío! —exclamó la señora Honeychurch—. ¿Te das cuenta, Lucy, de que siempre tengo razón? Dije que no se metieran con Cissie Villa. Siempre tengo razón. Me inquieta tener razón tan a menudo.

—Es solo otro lío de Freddy. Freddy ni siquiera sabe el nombre de la gente que finge que la ha alquilado en su lugar.

—Sí lo sé. Lo tengo. Emerson.

—¿Qué nombre?

—Emerson. Me juego lo que quieras.

—Qué veleta es Sir Harry —dijo Lucy con calma—. Ojalá no me hubiera preocupado de todo esto.

Entonces se tumbó de espaldas y contempló el cielo sin nubes. El señor Beebe, cuya opinión sobre ella subía de día en día, le susurró a su sobrina que esa era la forma correcta de comportarse cuando algo pequeño salía mal.

Mientras tanto, el nombre de los nuevos inquilinos había apartado a la señora Honeychurch de la contemplación de sus propias habilidades.

—¿Emerson, Freddy? ¿Sabes qué Emerson son?

—No sé si son algún Emerson —replicó Freddy, que era democrático. Como su hermana, y como la mayoría de los jóvenes, se sentía atraído de forma natural por la idea de igualdad, y el hecho innegable de que hay distintas clases de Emersons le sacaba de quicio.

—Confío en que sean la clase de personas adecuada. Está bien, Lucy —se había sentado de nuevo—, veo que estás mirando por encima del hombro y pensando que tu madre es una esnob. Pero hay una clase adecuada y una clase inadecuada, y es afectación fingir que no.

—Emerson es un nombre bastante común —observó Lucy.

Miraba de soslayo. Sentada ella misma en un promontorio, alcanzaba a ver los promontorios cubiertos de pinos que descendían unos tras otros hacia el Weald. Cuanto más se descendía en el jardín, más gloriosa era aquella vista lateral.

—Solo iba a observar, Freddy, que confiaba en que no fueran parientes de Emerson el filósofo, un hombre insoportable. Por favor, ¿con eso te quedas tranquilo?

—Oh, sí —gruñó—. Y tú también quedarás tranquila, pues son amigos de Cecil; así que —ironía elaborada— «tú y las otras familias del campo podréis llamar a su puerta con total tranquilidad».

—¿Cecil? —exclamó Lucy.

—No seas maleducado, querido —dijo su madre plácidamente—. Lucy, no chilles. Es una nueva mala costumbre que estás adquiriendo.

—Pero, ¿es que Cecil...?

—Amigos de Cecil —repitió él—, «y por eso realmente de-se-a-bles. ¡Ejem! Honeychurch, acabo de telegrafiarles».

Ella se levantó del césped.

Fue duro para Lucy. El señor Beebe la compadecía mucho. Mientras ella creyó que su desaire sobre las Miss Alan venía de Sir Harry Otway, lo había soportado como una buena chica. Bien podía «chillar» al oír que venía en parte de su novio. El señor Vyse era un bromista; algo peor que un bromista: disfrutaba con malicia frustrando a la gente. El clérigo, sabiéndolo, miró a Miss Honeychurch con más amabilidad que de costumbre.

Cuando ella exclamó: «Pero los Emersons de Cecil... no pueden ser los mismos... hay algo de...», él no consideró extraña la exclamación, sino que vio en ella una oportunidad de desviar la conversación mientras ella recobraba la compostura. La desvió así:

—¿Los Emersons que estaban en Florencia, quieres decir? No, supongo que no resultarán ser ellos. Probablemente hay un abismo entre ellos y los amigos del señor Vyse. ¡Oh, señora Honeychurch, qué gente más rara! ¡La gente más extravagante! Nosotros, por nuestra parte, los encontramos simpáticos, ¿verdad? —se volvió hacia Lucy—. Hubo una escena memorable por unas violetas. Recogieron violetas y llenaron todos los jarrones de la habitación de esas mismas Miss Alan que han dejado de venir a Cissie Villa. ¡Pobres señoras! Tan escandalizadas y tan contentas. Era una de las grandes historias de Miss Catalina. «Mi querida hermana adora las flores», empezaba. Encontraron toda la habitación llena de azul: jarrones y jarritas, y la historia termina con «Tan poco caballeroso y, sin embargo, tan bello». Todo es muy complicado. Sí, yo siempre asocio a esos Emersons florentinos con las violetas.

—El fiasco te ha pillado esta vez —observó Freddy, sin ver que el rostro de su hermana estaba muy rojo. Ella no podía recobrarse. El señor Beebe lo vio, y siguió desviando la conversación.

—Aquellos Emersons en particular se componían de un padre y un hijo: el hijo, un buen mozo, si no un buen joven; no tonto, me parece, pero muy inmaduro: pesimismo y demás. Nuestra alegría especial era el padre, ¡un sentimental tan encantador!, y la gente decía que había asesinado a su esposa.

En su estado normal, el señor Beebe jamás habría repetido tales habladurías, pero intentaba proteger a Lucy en su pequeño apuro. Repetía cualquier tontería que se le ocurriera.

—¿Que asesinó a su esposa? —dijo la señora Honeychurch—. Lucy, no nos abandones; sigue jugando al bumble-puppy. De verdad, la Pension Bertolini debió de ser el lugar más extraño. Es el segundo asesino del que oigo que estuvo allí. Pero ¿qué hacía Charlotte para impedirlo? Por cierto, de verdad que tenemos que invitar a Charlotte aquí algún día.

El señor Beebe no recordaba un segundo asesino. Sugirió que su anfitriona estaba equivocada. Ante la insinuación de oposición, ella se acaloró. Estaba completamente segura de que había habido un segundo turista del que se contaba la misma historia. El nombre se le escapaba. ¿Cuál era el nombre? ¡Oh, cuál era el nombre! Se abrazó las rodillas buscando el nombre. Algo de Thackeray. Se golpeó la frente matronal.

Lucy preguntó a su hermano si Cecil estaba dentro.

—¡Oh, no te vayas! —gritó él, e intentó sujetarla por los tobillos.

—Tengo que irme —dijo ella gravemente—. No seas tonto. Siempre te pasas cuando juegas.

Mientras se alejaba de ellos, el grito de su madre: «¡Harris!», hizo estremecer el aire tranquilo y le recordó que había dicho una mentira y nunca la había corregido. Una mentira tan absurda, además, y, sin embargo, le destrozó los nervios y le hizo conectar a esos Emersons, amigos de Cecil, con un par de turistas sin nombre. Hasta entonces la verdad le había venido de forma natural. Vio que, en adelante, debía estar más alerta, y ser... ¿absolutamente veraz? Bueno, al menos, no debía mentir. Subió apresuradamente por el jardín, aún arrebolada de vergüenza. Una palabra de Cecil la sosegaría, estaba segura.

—¡Cecil!

—¡Hola! —llamó él, asomándose por la ventana del fumador. Parecía de muy buen humor—. Esperaba que vinieras. Os he oído armar jaleo, pero arriba hay diversión mejor. Yo, incluso yo, he obtenido una gran victoria para la Musa Cómica. George Meredith tiene razón: la causa de la Comedia y la causa de la Verdad son, en realidad, la misma; y yo, incluso yo, he encontrado inquilinos para la acongojada Cissie Villa. ¡No te enfades! ¡No te enfades! Me perdonarás cuando lo oigas todo.

Estaba muy atractivo cuando su rostro estaba radiante, y disipó de inmediato sus ridículos presentimientos.

—Ya me he enterado —dijo ella—. Nos lo ha contado Freddy. ¡Cecil, malo! Supongo que tengo que perdonarte. ¡Piensa en todas las molestias que me tomé para nada! Ciertamente, las Miss Alan son un poco pesadas, y preferiría tener aquí a unos buenos amigos tuyos. Pero no deberías atormentarme así.

—¿Amigos míos? —se rio él—. Pero, Lucy, ¡la gracia está por venir! Ven aquí. —Pero ella permaneció de pie donde estaba—. ¿Sabes dónde conocí a esos inquilinos tan deseables? En la National Gallery, cuando subí a ver a mi madre la semana pasada.

—¡Qué lugar más raro para conocer gente! —dijo ella nerviosamente—. No acabo de entenderlo.

—En la Sala Umbra. Un par de desconocidos. Estaban admirando a Luca Signorelli; claro que, de un modo bastante estúpido. Sin embargo, nos pusimos a hablar, y me vinieron muy bien. Habían estado en Italia.

—Pero, Cecil... —prosiguió él con entusiasmo.

—En el curso de la conversación, dijeron que querían una casita de campo: el padre viviría allí, el hijo bajaría los fines de semana. Pensé: «¡Qué oportunidad de anotarle un tanto a Sir Harry!», y me quedé con su dirección y una referencia londinense, averigüé que no eran unos sinvergüenzas —fue muy divertido— y le escribí a él, haciéndole creer...

—¡Cecil! No, no es justo. Probablemente los conocí antes...

Él se la llevó por delante.

—Totalmente justo. Cualquier cosa es justa si castiga a un esnob. Ese viejo irá muy bien al vecindario. Sir Harry es demasiado repugnante con sus «damas venidas a menos». Tenía intención de darle un escarmiento algún día. No, Lucy, las clases deben mezclarse, y no tardarás en estar de acuerdo conmigo. Debería haber matrimonios mixtos, y de todo. Yo creo en la democracia...

—No, no crees —saltó ella—. No sabes lo que significa esa palabra.

Él la miró fijamente, y volvió a sentir que ella no había conseguido ser «leonardesca».

—¡No, no crees!

Su rostro era antiartístico: el de una virago cascarrabias.

—No es justo, Cecil. Te culpo, te culpo mucho. No tenías derecho a deshacer mi trabajo sobre las Miss Alan y hacer que pareciera ridícula. Tú lo llamas anotarle un tanto a Sir Harry, pero ¿te das cuenta de que es a mi costa? Lo considero una deslealtad por tu parte.

Lo dejó.

—¡Genio! —pensó él, levantando las cejas.

No, era peor que genio: era esnobismo. Mientras Lucy pensó que sus propios amigos elegantes estaban suplantando a las Miss Alan, no le importó. Él comprendió que aquellos nuevos inquilinos podían tener valor educativo. Toleraría al padre y sacaría al hijo, que era silencioso. En interés de la Musa Cómica y de la Verdad, los llevaría a Windy Corner.

Capítulo XI En el bien amueblado piso de la señora Vyse

La Musa Cómica, aunque capaz de velar por sus propios intereses, no desdeñó la ayuda del señor Vyse. Su idea de llevar a los Emersons a Windy Corner le pareció decididamente buena, y llevó a cabo las negociaciones sin tropiezo. Sir Harry Otway firmó el contrato, conoció al señor Emerson, que quedó debidamente desilusionado. Las Miss Alan se ofendieron como correspondía y escribieron una carta digna a Lucy, a la que consideraban responsable del fracaso. El señor Beebe planeó momentos agradables para los recién llegados, y dijo a la señora Honeychurch que Freddy debía visitarlos en cuanto llegasen. En verdad, tan coposo era el equipaje de la Musa, que consintió en que el señor Harris, nunca un criminal muy robusto, inclinara la cabeza, fuera olvidado y muriera.

Lucy —por descender del luminoso cielo a la tierra, donde hay sombras porque hay colinas— se vio al principio sumida en la desesperación, pero, tras pensarlo un poco, concluyó que no importaba lo más mínimo. Ahora que estaba prometida, los Emersons difícilmente la insultarían y eran bienvenidos al vecindario. Y Cecil era bienvenido a traer a quien quisiera al vecindario. Por tanto, Cecil era bienvenido a traer a los Emersons al vecindario. Pero, como digo, esto requirió pensar un poco, y —tan ilógicas son las chicas— el suceso quedó bastante más grande y bastante más terrible de lo que debería haber sido. Se alegró de que tocara hacer una visita a la señora Vyse; los inquilinos se instalaron en Cissie Villa mientras ella estaba a salvo en el piso londinense.

—Cecil, Cecil, querido —susurró ella la noche de su llegada, y se refugió en sus brazos.

Cecil también se volvió efusivo. Vio que en Lucy se había encendido el fuego necesario. Por fin, ansiaba atención, como debe hacer una mujer, y lo miraba desde abajo porque él era un hombre.

—Entonces, ¿me quieres, pequeña? —murmuró él.

—¡Oh, Cecil, sí te quiero, sí te quiero! No sabría qué hacer sin ti.

Pasaron varios días. Luego recibió una carta de Miss Bartlett. Entre las dos primas había surgido un enfriamiento, y no se habían escrito desde que se separaron en agosto. El enfriamiento databa de lo que Charlotte llamaría «la huida a Roma», y en Roma había aumentado enormemente. Pues la compañera que resulta meramente antipática en el mundo medieval se vuelve exasperante en el clásico. Charlotte, desinteresada en el Foro, habría tenido un temperamento más dulce que el de Lucy, y una vez, en las Termas de Caracalla, habían dudado de si podrían continuar su viaje. Lucy había dicho que se uniría a los Vyse —la señora Vyse era conocida de su madre, así que el plan no tenía nada de impropio— y Miss Bartlett había respondido que ya estaba acostumbrada a ser abandonada de repente. Al final no pasó nada, pero el enfriamiento permaneció, y, para Lucy, aumentó aún más al abrir la carta y leer lo siguiente. Había sido reexpedida desde Windy Corner.

«TUNBRIDGE WELLS, »Septiembre.

»QUERIDA LUCIA:

»¡Por fin tengo noticias tuyas! Miss Lavish ha estado paseando en bicicleta por tu zona, pero no estaba segura de si una visita sería bien recibida. Al pinchársele la rueda cerca de Summer Street, y mientras se la arreglaban se quedó muy compungida en aquel cementerio tan bonito, vio con asombro que se abría una puerta enfrente y salía el Emerson más joven. Dijo que su padre acababa de alquilar la casa. Dijo que no sabía que tú vivías en el vecindario (?). Jamás se ofreció a ofrecerle a Eleanor una taza de té. Querida Lucy, estoy muy preocupada, y te aconsejo que confieses de plano su comportamiento pasado a tu madre, a Freddy y al señor Vyse, que le prohibirán la entrada en la casa, etc. Fue una gran desgracia, y me imagino que ya se lo habrás contado. El señor Vyse es tan susceptible. Recuerdo cómo yo le ponía los nervios de punta en Roma. Lo siento mucho, y no me quedaría tranquila si no te advirtiese.

»Cree en mí, »tu ansiosa y amorosa prima, »CHARLOTTE.»

Lucy se enfadó mucho y respondió lo siguiente:

«BEAUCHAMP MANSIONS, S.W.

»QUERIDA CHARLOTTE:

»Muchas gracias por tu advertencia. Cuando el señor Emerson se propasó en la montaña, me hiciste prometer que no se lo diría a mamá, porque decías que me culparía a ti por no estar siempre conmigo. He mantenido esa promesa y no puedo contárselo ahora de ningún modo. He dicho tanto a ella como a Cecil que conocí a los Emersons en Florencia, y que son gente respetable, que es lo que creo, y la razón de que no le ofreciera un té a Miss Lavish fue, probablemente, que él no tenía. Debió de probar en la Rectoría. No puedo armar un escándalo en este punto. Debes comprender que sería demasiado absurdo. Si los Emersons oyeran que me he quejado de ellos, se creerían importantes, que es exactamente lo que no son. Me gusta el viejo padre, y espero volver a verlo. En cuanto al hijo, lo siento más por él cuando nos encontremos que por mí. Son conocidos de Cecil, que está muy bien y habló de ti el otro día. Esperamos casarnos en enero.

»Miss Lavish no puede haberte contado mucho de mí, pues no estoy en Windy Corner, sino aquí. Por favor, no vuelvas a poner «Privado» en el sobre. Nadie abre mis cartas.

»Tuya con cariño, »L. M. HONEYCHURCH.»

El secreto tiene este inconveniente: perdemos el sentido de la proporción; no podemos discernir si nuestro secreto es importante o no. ¿Acaso Lucy y su prima estaban encerradas con algo tan grande que destruiría la vida de Cecil si él lo descubría, o con algo tan pequeño que le arrancaría una risa? La señorita Bartlett se inclinaba por lo primero. Quizá tenía razón. Ahora se había convertido en algo grande. Dejada a su aire, Lucy se lo habría contado ingenuamente a su madre y a su prometido, y habría seguido siendo algo pequeño. «Emerson, no Harris»; hace unas semanas no era más que eso. Intentó contárselo a Cecil incluso ahora, mientras se reían de cierta bella dama que le había robado el corazón en la escuela. Pero su cuerpo se portó de un modo tan ridículo que se detuvo.

Ella y su secreto permanecieron diez días más en la Metrópoli desierta, visitando los escenarios que llegarían a conocer tan bien más adelante. A Cecil le parecía que no le hacía ningún daño aprender la estructura de la sociedad mientras la sociedad misma andaba por los campos de golf o por los páramos. El tiempo era fresco, y no le hacía ningún daño. A pesar de la estación, la señora Vyse logró reunir una cena compuesta enteramente por nietos de personas famosas. La comida era mala, pero la conversación tenía un hastío ingenioso que impresionó a la joven. Se estaba cansado de todo, al parecer. Uno se lanzaba a entusiasmos sólo para desplomarse con gracia, y levantarse en medio de risas comprensivas. En esta atmósfera, la Pensione Bertolini y Windy Corner parecían igual de crudos, y Lucy comprendió que su etapa londinense la distanciaría un poco de todo lo que había amado en el pasado.

Los nietos la invitaron a tocar el piano.

Tocó a Schumann. «Ahora algo de Beethoven» pidió Cecil cuando se hubo apagado la beldad quejumbrosa de la música. Ella negó con la cabeza y volvió a tocar a Schumann. La melodía se elevó, mágicamente infecunda. Se quebró; se reanudó quebrada, sin marchar nunca de la cuna a la tumba. La tristeza de lo incompleto —la tristeza que a menudo es la Vida, pero nunca debiera ser el Arte— latía en sus frases dispersas y hacía vibrar los nervios de los oyentes. No así había tocado en el pequeño piano cubierto de la Bertolini, y «Demasiado Schumann» no fue el comentario que el señor Beebe se dirigió a sí mismo cuando ella regresó.

Cuando los invitados se hubieron marchado y Lucy se hubo ido a la cama, la señora Vyse recorrió arriba y abajo el salón, comentando con su hijo la pequeña velada. La señora Vyse era una buena mujer, pero su personalidad, como tantas otras, había sido anegada por Londres, pues hace falta una cabeza fuerte para vivir entre mucha gente. El orbe demasiado vasto de su destino la había aplastado; y había visto demasiadas temporadas, demasiadas ciudades, demasiados hombres para sus fuerzas, e incluso con Cecil se volvía mecánica y se comportaba como si él no fuera un hijo, sino, por así decirlo, una muchedumbre filial.

«Haz de Lucy una de los nuestros», decía, mirando en torno con viveza al final de cada frase y manteniendo los labios separados hasta que volvía a hablar. «Lucy se está volviendo maravillosa, maravillosa.»

«Su música siempre fue maravillosa.»

«Sí, pero está depurándose de la tacha Honeychurch, unos Honeychurch espléndidos, pero ya me entiendes. Ya no anda citando a los criados, ni preguntando cómo se hace el pudding.»

«Italia lo ha hecho.»

«Quizá», murmuró ella, pensando en el museo que representaba Italia para ella. «Cabe la posibilidad. Cecil, acuérdate de casarte con ella el enero que viene. Ya es una de los nuestros.»

«¡Pero su música! —exclamó él—. ¡Su estilo! Cómo se mantuvo en Schumann cuando yo, como un necio, pedía Beethoven. Schumann era lo indicado para esta velada. Schumann era lo que tocaba. Sabes, madre, voy a educar a nuestros hijos igual que a Lucy. Criarlos entre gente honesta del campo para que tengan frescura, mandarlos a Italia para la sutileza, y luego —no antes— traerlos a Londres. No creo en estas educaciones londinenses...» Se interrumpió, acordándose de que él mismo había tenido una, y concluyó: «En todo caso, no para las mujeres».

«Haz de ella una de los nuestros», repitió la señora Vyse, y se retiró a paso lento hacia el dormitorio.

Mientras se adormilaba, un grito —el grito de la pesadilla— resonó desde la habitación de Lucy. Lucy podía llamar a la doncella si quería, pero la señora Vyse consideró amable ir ella misma. Encontró a la muchacha sentada muy erguida, con la mano en la mejilla.

«Lo siento mucho, señora Vyse, son estos sueños.»

«¿Malos sueños?»

«Sólo sueños.»

La dama de más edad sonrió y la besó, diciendo con mucha claridad: «Tendrías que habernos oído hablar de ti, querida. Te admira más que nunca. Sueña con eso».

Lucy le devolvió el beso, sin apartar la mano de la mejilla. La señora Vyse retrocedió hacia el lecho. Cecil, a quien el grito no había despertado, roncaba. La oscuridad envolvía el piso.

Capítulo XII Duodécimo capítulo

Era una tarde de sábado, alegre y luminosa tras lluvias abundantes, y en ella moraba el espíritu de la juventud, aunque la estación fuese ya el otoño. Todo lo que era gentil triunfaba. Al pasar los automóviles por Summer Street levantaban apenas un poco de polvo, y su fetidez la dispersaba pronto el viento, reemplazada por el aroma de los abedules húmedos o de los pinos. El señor Beebe, ocioso para los goces de la vida, se apoyó en la verja de la rectoría. Freddy se apoyó a su lado, fumando una pipa colgante.

«Supón que vamos a molestar un rato a esa gente nueva de enfrente.»

«Mmm.»

«A lo mejor te divierten.»

Freddy, a quien sus semejantes nunca divertían, sugirió que quizá los nuevos estuvieran un poco atareados, y tal y cual, ya que acababan de instalarse.

«He propuesto que vayamos a molestarlos —dijo el señor Beebe—. Merece la pena.» Soltando el pestillo de la verja, se fue paseando por la pradera triangular hasta Cissie Villa. «¡Hola!», gritó asomándose por la puerta abierta, a través de la cual se veía mucha sordidez.

Una voz grave respondió: «¡Hola!».

«Traigo a alguien a verte.»

«Bajo en un minuto.»

El pasillo estaba bloqueado por un armario, que los de la mudanza no habían logrado subir por la escalera. El señor Beebe lo bordeó con trabajo. La sala de estar estaba ella misma bloqueada de libros.

«¿Lee mucho esa gente? —susurró Freddy—. ¿Son de ésos?»

«Me figuro que saben leer, un don poco común. ¿Qué tienen? Byron. Exactamente. A Shropshire Lad. Nunca oído. The Way of All Flesh. Nunca oído. Gibbon. ¡Hola! El querido George lee alemán. Um, um: Schopenhauer, Nietzsche, y así vamos. Bueno, supongo que tu generación sabe lo que se hace, Honeychurch.»

«Señor Beebe, mire eso», dijo Freddy en tono reverente.

En la cornisa del armario, la mano de un aficionado había pintado esta inscripción: «Desconfía de toda empresa que requiera ropa nueva».

«Ya lo sé. ¿No es estupendo? Me gusta. Estoy seguro de que es obra del viejo.»

«¡Qué raro por su parte!»

«Supongo que estarás de acuerdo.»

Pero Freddy era hijo de su madre y sentía que no se debía andar estropeando los muebles.

«¡Cuadros! —siguió el clérigo, revolviendo la habitación—. Giotto: lo han comprado en Florencia, seguro.»

«El mismo que tiene Lucy.»

«Ah, a propósito, ¿disfrutó la señorita Honeychurch en Londres?»

«Volvió ayer.»

«Supongo que lo pasó bien.»

«Sí, muy bien —dijo Freddy, tomando un libro—. Está más unida a Cecil que nunca.»

«Es una buena noticia.»

«Ojalá no fuera tan tonto, señor Beebe.»

El señor Beebe hizo caso omiso del comentario.

«Lucy solía ser casi tan tonta como yo, pero ahora será muy distinto, según madre. Leerá toda clase de libros.»

«Tú también.»

«Sólo libros de medicina. No libros de los que se puede hablar después. Cecil le está enseñando italiano a Lucy, y dice que su manera de tocar es maravillosa. Hay toda clase de cosas en ella que no habíamos notado. Cecil dice...»

«¿Qué demonios hacen esos arriba? Emerson: creemos que volveremos en otro momento.»

George bajó corriendo las escaleras y los empujó al interior de la habitación sin decir palabra.

«Permítame presentarle al señor Honeychurch, un vecino.»

Entonces Freddy lanzó uno de los rayos de la juventud. Quizá era tímido, quizá era amistoso, o tal vez pensó que la cara de George necesitaba un lavado. En todo caso lo saludó con: «¿Qué tal? Vengan a bañarse».

«Ah, de acuerdo», dijo George, impasible.

El señor Beebe estaba muy divertido.

«"¿Qué tal? ¿Qué tal? Vengan a bañarse" —rió entre dientes—. Es el mejor arranque de conversación que he oído en mi vida. Pero me temo que sólo funciona entre hombres. ¿Se imagina usted a una señora a la que otra señora presenta una tercera abriendo las hostilidades con "¿Cómo está usted? Venga a bañarse"? Y todavía me dirá usted que los sexos son iguales.»

«Yo le digo que lo serán —dijo el señor Emerson, que había ido bajando despacio las escaleras—. Buenas tardes, señor Beebe. Le digo que serán compañeros, y George piensa lo mismo.»

«¿Vamos a elevar a las damas a nuestro nivel? —inquirió el clérigo*.

«El Jardín del Edén —prosiguió el señor Emerson, aún bajando—, que usted coloca en el pasado, está en verdad por venir. Entraremos en él cuando dejemos de despreciar nuestros cuerpos.»

El señor Beebe negó estar colocando el Jardín del Edén en parte alguna.

«En esto —no en otras cosas— los hombres vamos por delante. Despreciamos menos el cuerpo que las mujeres. Pero hasta que no seamos compañeros no entraremos en el jardín.»

«Oiga, ¿qué pasa con ese baño? —murmuró Freddy, espantado ante la mole de filosofía que se le echaba encima.**

«Creí una vez en el retorno a la Naturaleza. Pero ¿cómo volver a la Naturaleza si jamás hemos estado con ella? Hoy creo que debemos descubrir la Naturaleza. Tras muchas conquistas alcanzaremos la sencillez. Es nuestra herencia.»

«Permítame presentarle al señor Honeychurch, cuya hermana recordará usted en Florencia.»

«¿Cómo está usted? Muy contento de verle, y de que se lleve a George a bañarse. Muy contento de saber que su hermana va a casarse. El matrimonio es un deber. Estoy seguro de que será feliz, pues también nosotros conocemos al señor Vyse. Ha sido muy amable. Nos topamos con él por casualidad en la National Gallery, y arregló todo lo de esta casa encantadora. Aunque espero no haber disgustado a Sir Harry Otway. He conocido a muy pocos terratenientes liberales, y tenía ganas de comparar su postura ante las leyes de caza con la postura conservadora. ¡Ay, este viento! Hacen bien en bañarse. ¡Bello país el suyo, Honeychurch!»

«¡Qué va! —masculló Freddy—. Debo, es decir, tengo que... tendré el gusto de visitarlos más adelante, dice mi madre, espero.»

«¿Visitar, muchacho? ¿Quién nos enseñó ese sonsonete de salón? ¡Visita a tu abuela! ¡Escucha el viento entre los pinos! Bello país el suyo.»

El señor Beebe salió al quite.

«Señor Emerson, él vendrá a visitarlos, yo vendré a visitarles; usted o su hijo nos devolverán la visita antes de que pasen diez días. Confío en que se haya hecho cargo de lo de los diez días de intervalo. No cuenta que yo le ayudara ayer con los ojos de la escalera. No cuenta que vayan a bañarse esta tarde.»

«Sí, ve a bañarte, George. ¿A qué viene tanta charla? Tráelos a merendar. Trae leche, pasteles, miel. El cambio te sentará bien. George ha trabajado mucho en la oficina. No puedo creer que esté bien.»

George bajó la cabeza, polvoriento y sombrío, exhalando el olor peculiar de quien ha manipulado muebles.

«¿De veras quieres ese baño? —le preguntó Freddy—. No es más que un estanque, ya sabes. Me figuro que estarás acostumbrado a algo mejor.»

«Sí, ya he dicho que sí.»

El señor Beebe se sintió obligado a ayudar a su joven amigo y tomó la delantera fuera de la casa, hacia el pinar. ¡Qué glorioso era! Durante un rato les persiguió la voz del viejo señor Emerson dispensándoles buenos deseos y filosofía. Se apagó, y sólo se oyó el hermoso viento meciendo los helechos y los árboles. El señor Beebe, que sabía estar callado pero que no soportaba el silencio, tuvo que parlotear, pues la expedición amenazaba con ser un fracaso, y ninguno de sus acompañantes decía palabra. Habló de Florencia. George atendía gravemente, asintiendo o disintiendo con gestos leves pero resueltos, tan inexplicables como los movimientos de las copas de los árboles sobre sus cabezas.

«¡Y qué coincidencia que se toparan ustedes con el señor Vyse! ¿Caían en la cuenta de que iban a encontrar aquí a toda la Pensione Bertolini?»

«No caí. Me lo dijo la señorita Lavish.»

«Cuando yo era joven, siempre quise escribir una "Historia de las coincidencias".»

Ni un asomo de entusiasmo.

«Aunque, a decir verdad, las coincidencias son mucho más raras de lo que suponemos. Por ejemplo, no es pura coincidencia que esté usted aquí ahora, bien pensado.»

Para su alivio, George comenzó a hablar.

«Lo es. Lo he pensado. Es el Destino. Todo es Destino. Somos lanzados juntos por el Destino, separados por el Destino; lanzados juntos, separados. Los doce vientos nos arrastran, no decidimos nada...»

«No ha pensado usted nada —atacó el clérigo—. Permítame darle un consejo útil, Emerson: no atribuya nada al Destino. No diga "yo no hice esto", porque lo hizo usted, de diez veces nueve. Ahora le interrogo yo. ¿Dónde nos conoció usted por primera vez a la señorita Honeychurch y a mí?»

«Italia.»

«¿Y dónde conoció al señor Vyse, que va a casarse con la señorita Honeychurch?»

«En la National Gallery.»

«Contemplando arte italiano. Ahí lo tiene, y aún habla usted de coincidencia y Destino. Naturalmente, uno busca lo italiano, y lo mismo hacemos nosotros y nuestros amigos. Esto reduce el campo enormemente, y volvemos a encontrarnos en él.»

«Es el Destino lo que me tiene aquí —persistió George—. Pero puede usted llamarlo Italia si le hace menos infeliz.»

El señor Beebe se escurrió de un tratamiento tan espeso del asunto. Pero era infinitamente tolerante con los jóvenes, y no tenía ganas de cortar a George.

«Y así, por esto y por otras razones, mi "Historia de las coincidencias" sigue por escribir.»

Silencio.

Queriendo redondear el episodio, añadió: «Todos nos alegramos tanto de que hayan venido».

Silencio.

«¡Ya estamos!», gritó Freddy.

«¡Oh, bien!», exclamó el señor Beebe, enjugándose la frente.

«Ahí dentro está el estanque. Ojalá fuera más grande», añadió a modo de disculpa.

Bajaron por una pendiente resbaladiza de acículas de pino. Yacía allí el estanque, enclavado en su pequeño alp verde: sólo un estanque, pero lo bastante grande para contener un cuerpo humano, y lo bastante puro para reflejar el cielo. A causa de las lluvias, las aguas habían inundado la hierba de alrededor, que se mostraba como un bello camino de esmeralda, tentando aquellos pies hacia el remanso central.

«Sin duda tiene su éxito, para ser estanque —dijo el señor Beebe—. No hacen falta disculpas por el estanque.»

George se sentó donde el suelo estaba seco, y con desgana se desató las botas.

«¿No son espléndidas esas matas de adelfilla? Me encanta la adelfilla en semilla. ¿Cómo se llama esta planta aromática?»

Nadie lo supo, ni pareció importarle.

«Esos cambios bruscos de vegetación: este pequeño trecho esponjoso de plantas acuáticas, y a ambos lados todo el crecimiento es duro o quebradizo: brezo, helecho, aulaga, pinos. Muy hermoso, muy hermoso.»

«Señor Beebe, ¿no se baña usted?», llamó Freddy, mientras se desnudaba.

El señor Beebe pensó que no.

«¡El agua es una maravilla!», gritó Freddy, brincando dentro.

«El agua es agua», murmuró George. Mojándose primero el pelo —señal segura de apatía—, siguió a Freddy hasta lo divino, tan indiferente como si fuera una estatua y el estanque un cubo de espuma de jabón. Era menester usar los músculos. Era menester estar limpio. El señor Beebe los miraba, y miraba las semillas de la adelfilla danzar coréicamente sobre sus cabezas.

«¡Apooshú, apooshú, apooshú!», hacía Freddy, nadando dos brazadas en cada dirección y enredándose luego con cañas o barro.

«¿Merece la pena?», preguntó el otro, miguelangelesco en la margen inundada.

La orilla cedió, y cayó al estanque antes de haber sopesado bien la pregunta.

«¡Jipof! Me he tragado un renacuajo, señor Beebe. El agua es una maravilla, el agua es sencillamente estupenda.»

«El agua no está tan mal», dijo George, reapareciendo de su zambullida y escupiendo al sol.

«El agua es una maravilla. Señor Beebe, venga.»

«¡Apooshú, kuf!»

El señor Beebe, que estaba acalorado, y que siempre aceptaba cuando podía, miró en torno. No descubrió feligreses, salvo los pinos, que se alzaban empinados a todos lados y se hacían señas unos a otros contra el azul. ¡Qué glorioso era! El mundo de los automóviles y de los deanes rurales se alejaba de manera inefable. Agua, cielo, perennifolias, un viento: estas cosas ni siquiera las estaciones pueden tocarlas, y sin duda están más allá de la intromisión del hombre.

«Más vale que me lave yo también»; y pronto sus ropas formaron un tercer montoncito sobre el césped, y también él proclamó la maravilla del agua.

Era agua común, y no había mucha, y, como dijo Freddy, recordaba a nadar en una ensalada. Los tres caballeros rotaron en el estanque con el agua al pecho, a la manera de las ninfas del Götterdämmerung. Pero, ya fuera porque las lluvias le hubieran dado frescura, o porque el sol irradiara un calor glorioso, o porque dos de los caballeros eran jóvenes de años y el tercero joven de espíritu, por alguna razón se produjo un cambio en ellos, y olvidaron Italia, la Botánica y el Destino. Se pusieron a jugar. El señor Beebe y Freddy se salpicaron mutuamente. Con cierto miramiento, salpicaron a George. Estaba quieto: temían haberlo ofendido. Entonces estallaron todas las fuerzas de la juventud. Él sonrió, se les echó encima, los salpicó, los sumergió, les dio patadas, los enlodó y los expulsó del estanque.

«¡A ver quién gana la carrera alrededor!», gritó Freddy, y corrieron al sol, y George tomó un atajo y se embarró las espinillas, y tuvo que bañarse por segunda vez. Luego el señor Beebe consintió en correr, espectáculo memorable.

Corrieron para secarse, se bañaron para refrescarse, jugaron a ser indios entre la adelfilla y el helecho, se bañaron para limpiarse. Y entretanto tres hatillos yacían discretos sobre el césped, proclamando:

«No. Nosotros somos lo que importa. Sin nosotros no emprenderá nada empresa alguna. A nosotros acudirá toda carne al fin.»

«¡Ensayar! ¡Ensayar!», aulló Freddy, alzando el hatillo de George y colocándolo junto a un poste imaginario de portería.

«¡Reglas de fútbol!», replicó George, dispersando con una patada el hatillo de Freddy.

«¡Gol!»

«¡Gol!»

«¡Pase!»

«¡Cuidado con mi reloj!», gritó el señor Beebe.

La ropa voló en todas direcciones.

«¡Cuidado con mi sombrero! No, basta, Freddy. ¡Vístete ya! ¡No, digo!»

Pero los dos jóvenes estaban delirantes. Se perdieron entre los árboles, Freddy con un chaleco clerical bajo el brazo, George con un sombrero de fieltro ancho sobre el pelo chorreante.

«¡Basta ya!», voceó el señor Beebe, acordándose de que, después de todo, estaba en su propia parroquia. Entonces su voz cambió, como si cada pino fuera un deán rural. «¡Eh! ¡Quietitos! ¡Veo que viene gente, bribones!»

Gritos, y círculos cada vez más amplios sobre la tierra moteada.

«¡Eh! ¡Eh! ¡Señoras!»

Ni George ni Freddy eran verdaderamente refinados. Aun así, no oyeron la última advertencia del señor Beebe, o de haberla oído habrían evitado a la señora Honeychurch, a Cecil y a Lucy, que iban paseando a ver a la anciana señora Butterworth. Freddy dejó caer el chaleco a sus pies y se metió de un salto entre los helechos. George les aulló a la cara, dio media vuelta y se alejó corriendo por el sendero hacia el estanque, aún tocado con el sombrero del señor Beebe.

«¡Dios santo! —exclamó la señora Honeychurch—. ¿Quiénes eran esos desdichados? ¡Ay, queridas, no miréis! ¡Y pobre señor Beebe también! ¿Qué ha pasado?»

«Vengan por aquí inmediatamente», mandó Cecil, que siempre sentía que debía guiar a las damas, aunque no supiera adónde, y protegerlas, aunque no supiera de qué. Las guio ahora hacia los helechos donde Freddy estaba sentado, oculto.

«¡Oh, pobre señor Beebe! ¿Era ése su chaleco el que dejamos en el camino? Cecil, el chaleco del señor Beebe...»

No es asunto nuestro, dijo Cecil, mirando de reojo a Lucy, toda ella sombrilla y evidentemente «disgustada».

«Me figuro que el señor Beebe habrá vuelto a tirarse al estanque.»

«Por aquí, por favor, señora Honeychurch, por aquí.»

Lo siguieron ladera arriba intentando la expresión tensa y a la vez displicente que conviene a las damas en tales ocasiones.

«Bueno, no tiene remedio —dijo una voz cerca de adelante, y Freddy alzó una cara pecosa y un par de hombros níveos de entre los frondes—. No se puede uno dejar pisotear, ¿no?»

«¡Dios bendito, hijo mío! ¡Conque eras tú! ¡Qué gestión tan miserable! ¿Por qué no tomáis un baño confortable en casa, con agua caliente y fría?»

«Mira, madre, uno tiene que lavarse, y uno tiene que secarse, y si otro...»

«Hijo mío, sin duda tienes razón como siempre, pero no estás en condiciones de discutir. Ven, Lucy.» Dieron media vuelta. «¡Ay, mira, no mires! ¡Oh, pobre señor Beebe! ¡Qué desdicha otra vez...!»

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gusta el viejo padre, y espero volver a verlo. En cuanto al hijo, lo siento más por él cuando nos encontremos que por mí. Son conocidos de Cecil, que está muy bien y habló de ti el otro día. Esperamos casarnos en enero. »Miss Lavish no puede haberte contado mucho de mí, pues no estoy en Windy Corner, sino aquí. Por favor, no vuelvas a poner «Privado» en el sobre. Nadie abre mis cartas. »Tuya con cariño, »L. M. HONEYCHURCH.»

Pues el señor Beebe estaba saliendo del estanque, sobre cuya superficie flotaban prendas de naturaleza íntima; mientras George, el George hastiado del mundo, le gritaba a Freddy que había pescado uno.

—Y yo me he tragado uno —respondió el del helecho—. Me he tragado un renacuajo. Se retuerce en mi tripita. Voy a morir... Emerson, animal, te has puesto en mi ropa.

—Callad, queridos —dijo la señora Honeychurch, que hallaba imposible seguir escandalizándose—. Y aseguraos de secaros bien antes. Todos estos resfriados vienen de no secarse bien.

—Mamá, vete ya, por favor —dijo Lucy—. Por Dios santo, vete.

—¡Hola! —gritó George, de modo que otra vez las señoras se detuvieron.

Se consideraba vestido. Descalzo, con el torso desnudo, radiante y apuesto contra los bosques umbríos, exclamó:

—¡Hola, señorita Honeychurch! ¡Hola!

—Haz una reverencia, Lucy; mejor una reverencia. ¿Quién quiera que sea? Yo haré una reverencia.

La señorita Honeychurch hizo una reverencia.

Aquella tarde y toda aquella noche el agua se fue escurriendo. A la mañana siguiente el estanque había menguado hasta su tamaño antiguo y perdido su gloria. Había sido una llamada a la sangre y a la voluntad relajada, una bendición pasajera cuya influencia no pasaba, una santidad, un hechizo, un cáliz momentáneo para la juventud.

Capítulo XIII Cómo fue tan pesada la caldera de la señorita Bartlett

¡Cuántas veces había ensayado Lucy esta reverencia, esta entrevista! Pero siempre las había ensayado en casa, y con ciertos accesorios, que sin duda tenemos derecho a suponer. ¿Quién podía predecir que ella y George se encontrarían en la derrota de una civilización, en medio de un ejército de abrigos y cuellos y botas que yacían heridos sobre la tierra soleada? Había imaginado a un joven señor Emerson, que tal vez sería tímido o morboso o indiferente o furtivamente insolente. Estaba preparada para todo eso. Pero nunca había imaginado uno que fuese feliz y la saludase con el grito de la estrella de la mañana.

En casa ella, tomando el té con la anciana señora Butterworth, reflexionó que es imposible predecir el futuro con algún grado de exactitud, que es imposible ensayar la vida. Un fallo en el decorado, una cara entre el público, una irrupción del público en el escenario, y todos nuestros gestos cuidadosamente planeados no significan nada, o significan demasiado. «Haré una reverencia», había pensado. «No le estrecharé la mano. Eso será lo correcto.» Había hecho una reverencia, ¿pero a quién? ¡A dioses, a héroes, a las tonterías de las colegialas! Había hecho una reverencia por encima de la basura que atasca el mundo.

Así discurrían sus pensamientos, mientras sus facultades estaban ocupadas con Cecil. Era otra de aquellas horribles visitas de compromiso. La señora Butterworth había querido verle, y él no quería ser visto. No quería oír hablar de las hortensias, de por qué cambian de color junto al mar. No quería ingresar en la C. O. S. Cuando estaba enfadado siempre era prolijo, y daba respuestas largas e ingeniosas donde «Sí» o «No» habrían bastado. Lucy le calmaba y remendaba la conversación de un modo que prometía bien para la paz de su matrimonio. Nadie es perfecto, y sin duda es más prudente descubrir las imperfecciones antes del matrimonio. La señorita Bartlett, en efecto, aunque no de palabra, le había enseñado a la chica que esta nuestra vida no contiene nada satisfactorio. Lucy, aunque disgustaba a la maestra, consideraba la lección profunda, y la aplicaba a su amante.

—Lucy —dijo su madre, cuando llegaron a casa—, ¿le pasa algo a Cecil?

La pregunta era ominosa; hasta entonces la señora Honeychurch se había comportado con caridad y contención.

—No, no lo creo, mamá; Cecil está bien.

—Quizá está cansado.

Lucy transigió: quizá Cecil estaba un poco cansado.

—Porque si no —se sacó las horquillas del sombrero con disgusto creciente—, porque si no no puedo explicármelo.

—Yo creo que la señora Butterworth es bastante pesada, si es a eso a lo que te refieres.

—Cecil te ha mandado pensar eso. Tú le tenías devoción de niña, y nada describirá su bondad contigo durante la fiebre tifoidea. No, es exactamente lo mismo en todas partes.

—Déjame guardar tu sombrero, ¿quieres?

—Sin duda ¿él no podría responderle cortésmente durante media hora?

—Cecil tiene un nivel muy alto para la gente —tartamudeó Lucy, viendo el disgusto que venía—. Es parte de sus ideales... es precisamente eso lo que hace que a veces parezca...

—¡Bobadas! Si los ideales altos hacen que un joven sea grosero, cuanto antes se libre de ellos mejor —dijo la señora Honeychurch, entregándole el sombrero.

—¡Pero mamá! ¡Yo te he visto enfadada con la señora Butterworth!

—No de esa manera. A veces podría retorcerle el cuello. Pero no de esa manera. No. Es lo mismo con Cecil por todas partes.

—A propósito, nunca te lo dije. Recibí una carta de Charlotte mientras estaba en Londres.

Este intento de desviar la conversación era demasiado infantil, y la señora Honeychurch lo tomó a mal.

—Desde que Cecil volvió de Londres, nada parece gustarle. Cuando hablo, se estremece; le veo, Lucy; es inútil que me contradigas. Sin duda yo no soy ni artista ni literaria ni intelectual ni musical, pero no tengo la culpa del mobiliario del salón; lo compró tu padre y tenemos que aguantarlo, si Cecil tiene a bien recordarlo.

—Yo... yo veo lo que quieres decir, y desde luego Cecil no debería. Pero no es su intención ser descortés... él lo explicó una vez... son las cosas lo que le disgusta... se altera fácilmente con las cosas feas... no es descortés con la gente.

—¿Es una cosa o una persona cuando Freddy canta?

—No se puede esperar que una persona realmente musical disfrute de las canciones cómicas como nosotros.

—Entonces, ¿por qué no salió del cuarto? ¿Por qué quedarse retorciéndose y burlándose y estropeando el placer de todos?

—No debemos ser injustos con la gente —tartamudeó Lucy. Algo la había debilitado, y la defensa de Cecil, que había ensayado tan perfectamente en Londres, no le salía de forma convincente. Las dos civilizaciones habían chocado —Cecil insinuó que tal vez lo harían—, y ella estaba deslumbrada y aturdida, como si el resplandor que yace tras toda civilización la hubiera cegado. Buen gusto y mal gusto eran solo consignas, ropajes de diverso corte; y la música misma se deshacía en un susurro entre los pinos, donde la canción no se distingue de la canción cómica.

Siguió muy turbada, mientras la señora Honeychurch se cambiaba el vestido para la cena; y de vez en cuando decía una palabra, y no hacía sino empeorar las cosas. No había forma de disimularlo: Cecil había tenido la intención de ser desdeñoso, y lo había logrado. Y Lucy —no sabía por qué— deseaba que el disgusto hubiera sobrevenido en cualquier otro momento.

—Ve a vestirte, querida; llegarás tarde.

—Está bien, mamá...

—No digas «está bien» y te pares. Ve.

Obedeció, pero se entretuvo melancólica en la ventana del rellano. Miraba al norte, así que había poca vista, y ninguna vista del cielo. Ahora, como en invierno, los pinos colgaban cerca de sus ojos. Se asociaba la ventana del rellano con la melancolía. Ningún problema definido la amenazaba, pero suspiraba para sí: «¡Ay, Dios mío, qué haré, qué haré!» Le parecía que todos los demás se estaban portando muy mal. Y no debería haber mencionado la carta de la señorita Bartlett. Debía ser más cuidadosa; su madre era bastante curiosa, y podría haber preguntado de qué trataba. ¡Ay, Dios mío, qué iba a hacer! —y entonces Freddy subió dando saltos, y se unió a las filas de los mal portados.

—Oye, esa gente es formidable.

—¡Querido niño, qué pesado has sido! No tienes ningún derecho a llevarlos a bañarse al Lago Sagrado; es demasiado público. Para ti estaba bien, pero fue muy violento para todos los demás. Ten más cuidado. Se te olvida que el sitio se está volviendo medio residencial.

—Oye, ¿hay algo la semana que viene?

—Que yo sepa, no.

—Entonces quiero invitar a los Emerson al tenis del domingo.

—Ay, no haría eso, Freddy, no lo haría con todo este lío.

—¿Qué le pasa a la pista? No les importará un bache o dos, y he encargado pelotas nuevas.

—Quiero decir que es mejor no hacerlo. Lo digo en serio.

La agarró por los codos y por juego la hizo bailar arriba y abajo por el pasillo. Fingió no importarle, pero habría podido gritar de rabia. Cecil los miró de pasada mientras se iba a arreglarse, y ellos estorbaron a Mary con su recua de hervidores. Entonces la señora Honeychurch abrió su puerta y dijo: «¡Lucy, qué ruido estás haciendo! Tengo que decirte algo. ¿Dijiste que habías recibido una carta de Charlotte?», y Freddy huyó.

—Sí. De verdad que no puedo parar. Tengo que vestirme también.

—¿Cómo está Charlotte?

—Bien.

—¡Lucy!

La pobre chica volvió.

—Tienes la mala costumbre de irte corriendo en mitad de las frases. ¿Mencionó Charlotte su caldera?

—¿Su qué?

—¿No recuerdas que le iban a sacar la caldera en octubre, y a limpiar el depósito del baño, y todo tipo de obras espantosas?

—No puedo acordarme de todas las preocupaciones de Charlotte —dijo Lucy con amargura—. Ya tendré bastantes con las mías, ahora que tú no estás contenta con Cecil.

La señora Honeychurch podía haber estallado. No lo hizo. Dijo: «Ven aquí, vieja —gracias por guardarme el sombrero— bésame.» Y, aunque nada es perfecto, Lucy sintió por un momento que su madre y Windy Corner y el Weald al sol poniente eran perfectos.

Así que la aspereza se fue de la vida. Generalmente se iba en Windy Corner. En el último momento, cuando la máquina social se atascaba sin remedio, un miembro u otro de la familia echaba una gota de aceite. Cecil despreciaba sus métodos —acertadamente quizá—. En todo caso, no eran los suyos.

La cena era a las siete y media. Freddy farfulló la bendición, y acercaron sus pesadas sillas y se pusieron a comer. Por fortuna, los hombres tenían hambre. No ocurrió nada fuera de lo común hasta el pudding. Entonces Freddy dijo:

—Lucy, ¿cómo es Emerson?

—Le vi en Florencia —dijo Lucy, esperando que esto pasara por respuesta.

—¿Es de los listos, o es un buen tipo?

—Pregúntale a Cecil; fue Cecil quien le trajo aquí.

—Es de los listos, como yo —dijo Cecil.

Freddy le miró dudoso.

—¿Cuánto les llegaste a conocer en el Bertolini? —preguntó la señora Honeychurch.

—Oh, muy poco. Digo, Charlotte les conocía aún menos que yo.

—Ah, eso me recuerda —nunca me dijiste qué decía Charlotte en su carta.

—Cosas de aquí y de allá —dijo Lucy, preguntándose si lograría pasar la comida sin mentir—. Entre otras cosas, que una espantosa amiga suya había estado paseando en bicicleta por Summer Street, se preguntó si subiría a vernos, y por suerte no lo hizo.

—Lucy, de verdad que la forma en que hablas es poco amable.

—Era novelista —dijo Lucy astutamente. La observación fue oportuna, pues nada enardecía tanto a la señora Honeychurch como la literatura en manos de mujeres. Abandonaría cualquier tema para tronar contra aquellas mujeres que (en lugar de atender su casa y a sus hijos) buscan notoriedad por medio de la imprenta. Su postura era: «Si hay que escribir libros, que los escriban hombres»; y la desarrolló con gran extensión, mientras Cecil bostezaba y Freddy jugaba con sus huesos de ciruela al «Este año, el año que viene, ahora, nunca», y Lucy avivaba con arte las llamas de la ira de su madre. Pero pronto la conflagración se apagó, y los fantasmas empezaron a juntarse en la oscuridad. Había demasiados fantasmas. El fantasma original —aquel roce de labios en su mejilla— sin duda había sido exorcizado hacía tiempo; no podía significar nada para ella que un hombre la hubiera besado una vez en una montaña. Pero había engendrado una familia espectral —el señor Harris, la carta de la señorita Bartlett, los recuerdos del señor Beebe sobre las violetas— y uno u otro de ellos estaba destinado a perseguirla ante los mismísimos ojos de Cecil. Fue la señorita Bartlett quien volvía ahora, y con una vivacidad aterradora.

—He estado pensando, Lucy, en esa carta de Charlotte. ¿Cómo está?

—Rompí la cosa aquella.

—¿No decía cómo estaba? ¿Qué tono tiene? ¿Alegre?

—Oh, sí, supongo que sí... no, no muy alegre, supongo.

—Entonces, cuenta con que es la caldera. Yo sé bien cómo el agua corroe el ánimo. Preferiría cualquier otra cosa —incluso una desgracia con la carne.

Cecil se cubrió los ojos con la mano.

—Yo también —afirmó Freddy, secundando a su madre —apoyando el espíritu de la observación más que la sustancia.

—Y he estado pensando —añadió algo nerviosa—, seguramente podríamos hacer un hueco a Charlotte la semana que viene, y darle unas buenas vacaciones mientras los fontaneros terminan en Tunbridge Wells. Hace tanto que no veo a la pobre Charlotte.

Era más de lo que sus nervios podían soportar. Y no podía protestar con violencia después de la bondad de su madre arriba.

—¡Mamá, no! —suplicó—. Es imposible. No podemos tener a Charlotte encima de todo lo demás; estamos que no cabemos ya. Freddy tiene un amigo que viene el martes, está Cecil, y prometiste acoger a Minnie Beebe por la alarma de difteria. Simplemente no puede ser.

—¡Tonterías! Sí puede.

—Si Minnie duerme en la bañera. Si no, no.

—Minnie puede dormir contigo.

—No la quiero.

—Entonces, si eres tan egoísta, el señor Floyd tendrá que compartir cuarto con Freddy.

—¡Señorita Bartlett, señorita Bartlett, señorita Bartlett! —gimió Cecil, cubriéndose de nuevo los ojos con la mano.

—Es imposible —repitió Lucy—. No quiero crear dificultades, pero realmente no es justo para las criadas llenar así la casa.

¡Ay!

—La verdad, querida, es que no te gusta Charlotte.

—No, no me gusta. Y a Cecil tampoco. Nos pone los nervios de punta. No la has visto últimamente, y no te das cuenta de lo pesada que puede llegar a ser, aunque tan buena. Así que, por favor, mamá, no nos atormentes este último verano; pero consiéntenos no pidiéndole que venga.

—¡Muy bien dicho! —dijo Cecil.

La señora Honeychurch, con más gravedad que de costumbre, y con más sentimiento del que solía permitirse, respondió: «No es muy amable por vuestra parte, vosotros dos. Os tenéis el uno al otro y todos estos bosques para pasear, tan llenos de cosas bellas; y la pobre Charlotte solo tiene el agua cortada y a los fontaneros. Sois jóvenes, queridos, y por muy listos que sean los jóvenes, y por muchos libros que lean, nunca adivinarán lo que se siente al envejecer.»

Cecil desmigajó el pan.

—Debo decir que la prima Charlotte fue muy amable conmigo aquel año que fui a verla en bicicleta —terció Freddy—. Me dio las gracias por haber ido hasta que me sentí tan tonto, y se desvivió por hervirme un huevo para el té justo en su punto.

—Lo sé, querido. Es amable con todo el mundo, y sin embargo Lucy pone esta pega cuando tratamos de darle alguna pequeña compensación.

Pero Lucy endureció su corazón. No servía de nada ser amable con la señorita Bartlett. Ella misma lo había intentado demasiadas veces y demasiado recientemente. Se podía acumular tesoro en el cielo con el intento, pero no se enriquecía ni a la señorita Bartlett ni a nadie en la tierra. Se redujo a decir: «No puedo evitarlo, mamá. No me gusta Charlotte. Reconozco que es horrible por mi parte.»

—Por lo que tú misma cuentas, se lo dijiste.

—Bueno, se fue de Florencia tan tontamente. Se alborotó...

Los fantasmas estaban volviendo; llenaban Italia, estaban incluso usurpando los lugares que ella había conocido de niña. El Lago Sagrado nunca volvería a ser el mismo, y, el domingo en una semana, algo le ocurriría incluso a Windy Corner. ¿Cómo lucharía contra los fantasmas? Por un momento el mundo visible se desvaneció, y solo parecían reales los recuerdos y las emociones.

—Supongo que la señorita Bartlett tendrá que venir, ya que hierve tan bien los huevos —dijo Cecil, que estaba de bastante mejor humor, gracias a la admirable cocina.

—No quise decir que el huevo estuviera bien hervido —corrigió Freddy—, porque de hecho se le olvidó quitarlo, y la verdad es que no me gustan los huevos. Solo quise decir lo amable que pareció.

Cecil frunció el ceño de nuevo. ¡Oh, estos Honeychurch! Huevos, calderas, hortensias, criadas —de tales cosas estaban hechas sus vidas—. «¿Puedo bajar yo y Lucy de las sillas? —pidió, con una insolencia apenas velada—. No queremos poste.»

Capítulo XIV Cómo Lucy hizo frente con valentía a la situación exterior

Por supuesto, la señorita Bartlett aceptó. Y, igualmente por supuesto, estaba segura de que iba a resultar una molestia, y suplicó que le diesen una habitación de invitados inferior —algo sin vista, lo que fuera—. Cariños para Lucy. Y, igualmente por supuesto, George Emerson podía venir al tenis del domingo en una semana.

Lucy hizo frente a la situación con valentía, aunque, como la mayoría de nosotros, solo hacía frente a la situación que la rodeaba. Nunca miraba hacia dentro. Si a veces extrañas imágenes surgían de las profundidades, las achacaba a los nervios. Cuando Cecil llevó a los Emerson a Summer Street, le había alterado los nervios. Charlotte sacaría a relucir tonterías pasadas, y eso podía alterarle los nervios. Tenía los nervios de punta por la noche. Cuando hablaba con George —se reencontraron casi de inmediato en la Rectoría—, su voz la conmovía profundamente, y deseaba quedarse cerca de él. ¡Qué horror si de verdad deseaba quedarse cerca de él! Por supuesto, el deseo se debía a los nervios, que gustan de gastarnos tales trastadas perversas. En otro tiempo había padecido «cosas que salían de la nada y que significaban no sabía qué». Ahora Cecil le había explicado la psicología una tarde de lluvia, y todas las penas de la juventud en un mundo desconocido podían despacharse.

Es bastante obvio que el lector concluya: «Ella ama al joven Emerson.» Un lector en el lugar de Lucy no lo hallaría tan obvio. La vida es fácil de cronificar, pero desconcertante de practicar, y acogemos los «nervios» o cualquier otra consigna que disfrace nuestro deseo personal. Ella amaba a Cecil; George la ponía nerviosa; ¿querrá el lector explicarle que las frases deberían haberse invertido?

Pero la situación exterior —a esa se enfrentará con valentía.

El encuentro en la Rectoría había ido lo suficientemente bien. De pie entre el señor Beebe y Cecil, había hecho algunas alusiones templadas a Italia, y George había respondido. Estaba ansiosa por mostrar que no era tímida, y se alegraba de que él tampoco pareciese tímido.

—Un buen chico —dijo después el señor Beebe—. Irá limando sus crudezas con el tiempo. Desconfío más bien de los jóvenes que se deslizan en la vida con gracejo.

Lucy dijo: «Parece de mejor humor. Se ríe más.»

—Sí —respondió el clérigo—. Está despertando.

Eso fue todo. Pero, conforme avanzaba la semana, fueron cayendo más de sus defensas, y abrigó una imagen que poseía belleza física. A pesar de las instrucciones más claras, la señorita Bartlett logró enredar su llegada. Se la esperaba en la estación del South-Eastern en Dorking, adonde la señora Honeychurch había ido en coche a recibirla. Llegó a la estación de Londres y Brighton, y tuvo que tomar un cabriolé hasta allí. No había nadie en casa excepto Freddy y su amigo, que tuvieron que interrumpir su tenis y entretenerla durante una hora entera. Cecil y Lucy aparecieron a las cuatro, y estos, con la pequeña Minnie Beebe, formaron un sexteto más bien lúgubre en el césped alto para el té.

—No me lo perdonaré jamás —dijo la señorita Bartlett, que no paraba de levantarse de su asiento, y hubo que rogarle entre todos que se quedara—. Lo he trastornado todo. ¡Ir a irrumpir así en la juventud! Pero insisto en pagar mi cabriolé. Concededme al menos eso.

—Nuestros invitados no hacen nunca cosas tan horribles —dijo Lucy, mientras su hermano, en cuya memoria el huevo hervido se había vuelto ya inconsistente, exclamó con tono irritado: «¡Justo lo que llevo media hora intentando convencer a la prima Charlotte, Lucy!»

—No me siento una invitada cualquiera —dijo la señorita Bartlett, y miró su guante raído.

—Está bien, si de verdad prefieres. Cinco chelines, y le di un chelín al cochero.

La señorita Bartlett miró en su monedero. Solo soberanos y peniques. ¿Podía alguien cambiarle? Freddy tenía media libra y su amigo cuatro medios coronas. La señorita Bartlett aceptó su dinero y luego dijo: «Pero ¿a quién le doy el soberano?»

—Dejémoslo todo hasta que mamá vuelva —sugirió Lucy.

—No, querida; tu madre puede alargar mucho el paseo ahora que no está conmigo. Todos tenemos nuestras pequeñas manías, y la mía es saldar las cuentas en el acto.

Entonces el amigo de Freddy, el señor Floyd, hizo la única observación suya que merece la pena citar: se ofreció a echar a suertes con Freddy el soberano de la señorita Bartlett. Una solución parecía cercana, e incluso Cecil, que había estado bebiendo su té ostensiblemente ante la vista, sintió la eterna atracción del Azar, y se volvió.

Pero esto tampoco funcionó.

—Por favor, por favor, sé que soy una aguafiestas, pero me haría desdichada. Prácticamente estaría robando al que perdiese.

—Freddy me debe quince chelines —interrumpió Cecil—. Así que todo saldrá a cuenta si me das a mí la libra.

—Quince chelines —dijo la señorita Bartlett con recelo—. ¿Cómo es eso, señor Vyse?

—Porque, ¿no lo ve usted?, Freddy pagó su coche de punto. Déme la libra y nos evitaremos este deplorable juego de azar.

La señorita Bartlett, que era torpe con las cuentas, se aturulló y entregó el soberano entre los sofocados gorgoritos de los demás jóvenes. Por un instante Cecil fue feliz. Jugaba al disparate entre sus iguales. Luego miró a Lucy, en cuyo rostro las pequeñas ansiedades habían agrietado las sonrisas. En enero rescataría a su Leonardo de este aturdidor disparate.

—¡Pero si no lo entiendo! —exclamó Minnie Beebe, que había seguido con atención la inicua transacción—. No veo por qué el señor Vyse se ha de quedar con la libra.

—Por los quince chelines y los cinco —dijeron ellos con tono solemne—. Quince chelines y cinco chelines hacen una libra, ¿sabes?

—Pero si no veo—

Intentaron callarla con pastel.

—No, gracias. Ya no quiero. No veo por qué... Freddy, no me empujes. Señorita Honeychurch, su hermano me está haciendo daño. ¡Ay! ¿Y los diez chelines del señor Floyd? ¡Ay! No, no lo veo y nunca lo veré, por qué la señorita Cómo-se-llame no ha de pagar ese chelín al cochero.

—Se me había olvidado el cochero —dijo la señorita Bartlett, enrojeciendo—. Gracias, querida, por recordármelo. ¿Fue un chelín? ¿Puede alguien darme cambio de media corona?

—Yo lo conseguiré —dijo la joven dueña de la casa, levantándose con resolución.

—Cecil, dame ese soberano. No, dame ese soberano. Buscaré a Euphemia para que me lo cambie, y volveremos a empezar todo desde el principio.

—¡Lucy, Lucy, qué pesada soy! —protestó la señorita Bartlett, y la siguió por el césped. Lucy iba delante, fingiendo hilaridad. Cuando estuvieron fuera del alcance del oído, la señorita Bartlett detuvo sus lamentos y dijo con suma brusquedad:

—¿Se lo has contado ya, lo de él?

—No, no se lo he contado —respondió Lucy, y acto seguido se habría mordido la lengua por haber entendido tan deprisa lo que su prima quería decir—. A ver... plata por valor de un soberano.

Se escabulló hacia la cocina. Las transiciones repentinas de la señorita Bartlett eran demasiado inexplicables. A veces parecía como si calculase cada palabra que decía o hacía decir; como si toda aquella preocupación por los coches y las monedas hubiese sido una estratagema para sorprender el alma.

—No, no le he dicho nada a Cecil ni a nadie —observó al regresar—. Te prometí que no lo haría. Aquí tienes tu dinero, todo en chelines, menos dos medias coronas. ¿Quieres contarlo? Ahora podrás arreglar tu deuda perfectamente.

La señorita Bartlett estaba en la sala de estar, contemplando la fotografía de san Juan ascendiendo, que habían enmarcado.

—¡Qué horror! —murmuró—, qué horror más que horroroso, si el señor Vyse llegara a enterarse por cualquier otra fuente.

—Oh, no, Charlotte —dijo la joven, entrando en combate—. George Emerson no tiene nada de malo, ¿y qué otra fuente hay?

La señorita Bartlett caviló. —Por ejemplo, el cochero. Lo vi mirándote por entre los arbustos, ¿recuerdas que llevaba una violeta entre los dientes?

Lucy se estremeció un poco. —Vamos a ponernos nerviosos con este asunto tan tonto si no tenemos cuidado. ¿Cómo iba un cochero florentino a llegar hasta Cecil?

—Hemos de pensar en toda posibilidad.

—Oh, no pasa nada.

—O quizá lo sepa el viejo señor Emerson. De hecho, seguro que lo sabe.

—No me importa que lo sepa. Te agradecí tu carta, pero incluso si la noticia se sabe, creo que puedo confiar en que Cecil se ría de ello.

—¿De desmentirlo?

—No, de reírse de ello. Pero sabía en su interior que no podía confiar en él, porque la deseaba intacta.

—Muy bien, querida, tú sabrás. Quizá los caballeros sean distintos de lo que eran cuando yo era joven. Las damas, con certeza, son distintas.

—¡Vamos, Charlotte! —le dio un golpe juguetón—. Tú, que eres tan bondadosa y tan solícita. ¿Qué querrías que hiciese? Primero me dices «No cuentes», y luego me dices «Cuenta». ¿Qué ha de ser? ¡Rápido!

La señorita Bartlett suspiró. —No puedo competir contigo en conversación, querida. Me sonrojo al pensar en cómo me entrometí en Florencia, siendo tú tan capaz de cuidar de ti misma, y tan mucho más lista que yo en todo. Nunca me perdonarás.

—¿Salimos, pues? Romperán toda la porcelana si no vamos.

Pues el aire resonaba con los chillidos de Minnie, a quien estaban escalpando con una cucharilla.

—Querida, un momento... puede que no tengamos otra ocasión para hablar. ¿Has visto ya al joven?

—Sí, lo he visto.

—¿Qué pasó?

—Nos encontramos en la Rectoría.

—¿Qué postura ha adoptado?

—Ninguna postura. Habló de Italia, como cualquier otra persona. De verdad que no pasa nada. ¿Qué ventaja sacaría de ser un canalla, por decirlo sin rodeos? Quisiera hacerte ver las cosas como yo las veo. No será ninguna molestia, Charlotte.

—Canalla una vez, canalla siempre. Es mi pobre opinión.

Lucy hizo una pausa. —Cecil dijo un día... y me pareció tan profundo... que hay dos clases de canallas: los conscientes y los subconscientes. —Hizo otra pausa, para estar segura de hacer justicia a la profundidad de Cecil. Por la ventana vio al propio Cecil, pasando las hojas de una novela. Era una recién llegada de la biblioteca Smith. Su madre debía de haber vuelto de la estación.

—Canalla una vez, canalla siempre —repitió la señorita Bartlett con voz monótona.

—Lo que quiero decir con subconsciente es que Emerson perdió la cabeza. Caí en todo aquello de las violetas, y él se portó como un tonto y se sorprendió. No creo que debamos culparle mucho. Hace tanta diferencia cuando ves a una persona con cosas bellas a su espalda de improviso. De verdad que sí; hace una diferencia enorme, y perdió la cabeza: no me admira, ni nada de esas tonterías, ni lo más mínimo. Freddy le tiene bastante afecto y le ha invitado a venir aquí el domingo, así que podrás juzgar por ti misma. Ha mejorado; ya no parece siempre a punto de echarse a llorar. Es empleado en la oficina del Director General de uno de los grandes ferrocarriles... ¡no es mozo de equipajes!, y baja a ver a su padre los fines de semana. Papá tenía que ver con el periodismo, pero está reumático y se ha retirado. ¡Ya está! Ahora al jardín. —Tomó del brazo a su invitada—. Supongamos que no volvemos a hablar de este asunto tan tonto de Italia. Queremos que pases una visita agradable y descansada en Windy Corner, sin más disgustos.

Lucy pensó que era un discurso bastante logrado. El lector quizá haya notado en él un desafortunado desliz. Si la señorita Bartlett lo notó, no se puede decir, pues es imposible penetrar en la mente de las personas mayores. Quizá habría hablado más, pero las interrumpió la entrada de la dueña de la casa. Se dieron explicaciones, y en medio de ellas Lucy se escabulló, latiendo las imágenes con un poco más de viveza en su cerebro.

Capítulo XV La catástrofe interior

El domingo siguiente a la llegada de la señorita Bartlett fue un día glorioso, como la mayoría de los de aquel año. En el Weald, el otoño se acercaba, rompiendo la monotonía verde del verano, tocando los parques con el vago agrisado de la niebla, los hayales con rojizo, las robledas con oro. Arriba, en las alturas, batallones de pinos negros eran testigos del cambio, ellos mismos inmutables. Cualquiera de los dos países se extendía bajo un cielo sin nubes, y en cualquiera de los dos nacía el tintineo de las campanas de la iglesia.

El jardín de Windy Corner estaba desierto, salvo por un libro rojo que tomaba el sol sobre el camino de grava. De la casa llegaban sonidos incoherentes, como de féminas preparándose para el culto. «Los hombres dicen que no irán»... «Pues yo no les culpo»... Minnie dice: «¿tiene que ir ella?»... «Dile que nada de tonterías»... «¡Ana! ¡María! ¡Abrochéame por detrás!»... «Queridísima Lucía, ¿me permitirías abusar de ti para que me prestes un alfiler?». Porque la señorita Bartlett había anunciado que ella, al menos, iba a misa.

El sol ascendía más alto en su camino, guiado, no por Faetón, sino por Apolo, competente, infatigable, divino. Sus rayos caían sobre las damas cada vez que avanzaban hacia las ventanas del dormitorio; sobre el señor Beebe, en Summer Street, mientras sonreía ante una carta de la señorita Catalina Alan; sobre George Emerson, limpiando las botas de su padre; y por último, para completar el catálogo de cosas memorables, sobre el libro rojo mencionado antes. Las damas se mueven, el señor Beebe se mueve, George se mueve, y el movimiento puede engendrar sombra. Pero este libro yace inmóvil, para ser acariciado durante toda la mañana por el sol y para alzar levemente sus tapas, como si agradeciese la caricia.

Al punto aparece Lucy por la ventana de la sala de estar. Su nuevo vestido de color cereza ha sido un fracaso y la hace parecer chillona y mustia. En la garganta lleva un broche de granate, en el dedo un anillo con rubíes: un anillo de compromiso. Sus ojos están vueltos hacia el Weald. Frunce un poco el ceño, no con enojo, sino como un niño valiente frunce el ceño cuando procura no llorar. En toda aquella extensión no hay un solo ojo humano que la mire, y puede fruncir el ceño sin reproche y medir los espacios que aún sobreviven entre Apolo y las colinas del oeste.

—¡Lucy! ¡Lucy! ¿Qué es ese libro? ¿Quién ha cogido un libro del estante y lo ha dejado por ahí para que se estropee?

—Es solo el libro de la biblioteca que estaba leyendo Cecil.

—Pero recógelo y no te quedes ahí parada como un flamenco, sin hacer nada.

Lucy recogió el libro y echó una mirada distraída al título, *Under a Loggia*. Ya no leía novelas ella misma, consagrando todo su tiempo libre a literatura sólida con la esperanza de alcanzar a Cecil. Era horrible lo poco que sabía, y aun cuando creía saber algo, como los pintores italianos, descubría que se le había olvidado. Precisamente aquella mañana había confundido a Francesco Francia con Piero della Francesca, y Cecil había dicho: «¡Cómo! ¿Ya estás olvidando tu Italia?». Y esto también había prestado angustia a sus ojos cuando saludó la querida vista y el querido jardín en primer plano, y sobre ellos, apenas concebible en otro lugar, el querido sol.

—Lucy, ¿tienes un penique de seis para Minnie y un chelín para ti?

Se apresuró a entrar adonde estaba su madre, que se estaba poniendo rápidamente histérica con los preparativos del domingo.

—Es una colecta especial, no recuerdo para qué. Os ruego que no haya un vulgar tintineo de medios peniques en el platillo; mira que Minnie tenga un penique de seis bien reluciente. ¿Dónde está la niña? ¡Minnie! Ese libro está todo alabeado. (¡Dios santo, qué fea te ves!) Mételo bajo el Atlas para que se prensa. ¡Minnie!

—¡Oh, señora Honeychurch...! —desde las alturas.

—Minnie, no llegues tarde. Ahí viene el caballo... siempre era el caballo, nunca el carruaje. ¿Dónde está Charlotte? Sube a darle prisa. ¿Por qué tarda tanto? No tenía nada que hacer. Nunca trae más que blusas. ¡Pobre Charlotte! ¡Cómo detesto las blusas! ¡Minnie!

El paganismo es contagioso, más contagioso que la difteria o la piedad, y la sobrina del Rector fue llevada a la iglesia protestando. Como de costumbre, no veía por qué. ¿Por qué no podía quedarse tomando el sol con los jóvenes? Los jóvenes, que ya habían aparecido, se burlaban de ella con palabras ruines. La señora Honeychurch defendía la ortodoxia, y en medio de la confusión, la señorita Bartlett, vestida a la última moda, bajó paseando por la escalera.

—Querida Marian, lo siento mucho, pero no tengo suelto, nada más que soberanos y medias coronas. ¿Podría alguien darme...?

—Sí, fácilmente. Sube. ¡Dios santo, qué elegante estás! ¡Qué vestido tan precioso! Nos dejas a todas en evidencia.

—Si no llevo ahora mis mejores andrajos y jirones, ¿cuándo voy a llevarlos? —dijo la señorita Bartlett con acento de reproche. Subió a la victoria y se sentó de espaldas al caballo. Se produjo el indispensable estruendo, y luego partieron.

—¡Adiós! ¡Pórtense bien! —gritó Cecil.

Lucy se mordió el labio, porque el tono era burlón. Sobre el tema de «la iglesia y demás» habían tenido una conversación más bien insatisfactoria. Él había dicho que la gente debía examinarse a sí misma, y ella no quería examinarse; no sabía que eso se hiciese. Cecil respetaba la ortodoxia honesta, pero siempre daba por sentado que la honestidad es el resultado de una crisis espiritual; no podía imaginarla como un derecho natural de nacimiento, que puede crecer hacia el cielo como las flores. Todo lo que decía sobre el asunto le hacía daño, aunque destilaba tolerancia por cada poro; de algún modo, los Emerson eran distintos.

Vio a los Emerson después de la iglesia. Había una hilera de carruajes por el camino, y el vehículo de los Honeychurch estaba por casualidad frente a Cissie Villa. Para ahorrar tiempo, cruzaron la pradera hacia ella, y encontraron al padre y al hijo fumando en el jardín.

—Preséntame —dijo su madre—. A menos que el joven considere que ya me conoce.

Probablemente sí, pero Lucy hizo caso omiso del Lago Sagrado y los presentó formalmente. El viejo señor Emerson la reclamó con mucha efusión, y dijo lo contento que estaba de que fuera a casarse. Ella dijo que sí, que ella también estaba contenta; y entonces, como la señorita Bartlett y Minnie se rezagaban con el señor Beebe, llevó la conversación hacia un tema menos turbador, y le preguntó cómo le gustaba su nueva casa.

—Mucho —respondió él, pero había un dejo de resentimiento en su voz; nunca le había conocido ofendido antes. Añadió—: Hemos descubierto, sin embargo, que las señoritas Alan pensaban venir, y que las hemos echado. A las mujeres les importa mucho una cosa así. Estoy muy disgustado por ello.

—Creo que hubo algún malentendido —dijo la señora Honeychurch, incómoda.

—A nuestro propietario le dijeron que íbamos a ser otro tipo de personas —dijo George, que parecía dispuesto a llevar el asunto más lejos—. Pensó que seríamos artistas. Está decepcionado.

—Y me pregunto si deberíamos escribir a las señoritas Alan y ofrecerles devolverles la casa. ¿Qué os parece? —se volvió hacia Lucy.

—Oh, quedaos ahora que habéis venido —dijo Lucy con ligereza. Tenía que evitar censurar a Cecil. Porque de Cecil dependía el pequeño episodio, aunque su nombre no se mencionara jamás.

—Eso dice George. Dice que las señoritas Alan deben irse al paredón. Y, sin embargo, parece tan poco amable.

—Solo hay una cierta cantidad de amabilidad en el mundo —dijo George, viendo cómo el sol hacía destellar los paneles de los carruajes que pasaban.

—¡Sí! —exclamó la señora Honeychurch—. Eso es exactamente lo que yo digo. ¿A qué viene tanta cháchara y tontería por dos señoritas Alan?

—Hay una cierta cantidad de amabilidad, lo mismo que hay una cierta cantidad de luz —continuó él con tono mesurado—. Proyectamos una sombra sobre algo allí donde nos ponemos, y no sirve de nada mudarse de un lugar a otro para salvar las cosas, porque la sombra siempre nos sigue. Escoge un lugar donde no hagas daño, sí, escoge un lugar donde no hagas mucho daño, y quédate en él con todo tu valor, encarando el sol.

—¡Oh, señor Emerson, ya veo que es usted inteligente!

—¿Eh...?

—Ya veo que va usted a ser ingenioso. Espero que no se haya portado usted así con el pobre Freddy.

Los ojos de George rieron, y Lucy sospechó que él y su madre se llevarían bastante bien.

—No, no lo hice —dijo él—. Fue él quien se portó así conmigo. Es su filosofía. Solo que él empieza la vida con ella; y yo he probado primero la Nota de Interrogación.

—¿Qué quiere decir? No, da igual lo que quiera decir. No explique. Espera verle esta tarde. ¿Juega usted al tenis? ¿Le importa el tenis en domingo...?

—¿Que si a George le importa el tenis en domingo? George, después de su educación, ¿distingue entre domingo...?

—Muy bien, a George no le importa el tenis en domingo. A mí tampoco. Decidido. Señor Emerson, si viniese usted con su hijo nos harían ustedes un gran favor.

Les dio las gracias, pero el paseo sonaba bastante lejos; en estos días solo podía ir dando pasitos.

Se volvió hacia George: —Y entonces quiere devolver su casa a las señoritas Alan.

—Ya lo sé —dijo George, y pasó el brazo por el cuello de su padre. La bondad que el señor Beebe y Lucy siempre habían sabido que existía en él salió de pronto a la superficie, como la luz del sol que toca un vasto paisaje... ¿un toque del sol de la mañana? Recordó que en todas sus extravagancias nunca había hablado en contra del cariño.

Se acercó la señorita Bartlett.

—Conoce usted a nuestra prima, la señorita Bartlett —dijo la señora Honeychurch con amabilidad—. La conoció con mi hija en Florencia.

—¡Por supuesto! —dijo el anciano, e hizo ademán de salir del jardín para recibir a la dama. La señorita Bartlett subió con prontitud a la victoria. Así atrincherada, lanzó una reverencia formal. Era otra vez la pensión Bertolini, la mesa del comedor con las botellas de agua y vino. Era la vieja, viejísima batalla del cuarto con vistas.

George no correspondió a la reverencia. Como cualquier muchacho, enrojeció y se avergonzó; sabía que la dueña de la compañía recordaba. Dijo: «Yo... yo subiré a jugar al tenis si me las arreglo», y entró en la casa. Quizá cualquier cosa que él hubiera hecho habría complacido a Lucy, pero su torpeza le llegó directamente al corazón; los hombres no eran dioses al fin, sino tan humanos y tan torpes como las chicas; hasta los hombres podían sufrir deseos sin explicación, y necesitar ayuda. Para alguien de su educación, y de su destino, la debilidad de los hombres era una verdad desconocida, pero la había sospechado en Florencia, cuando George le arrojó sus fotografías al río Arno.

—George, no te vayas —gritó su padre, que consideraba un gran regalo para la gente que su hijo hablase con ella—. George ha estado hoy de muy buen humor, y estoy seguro de que al final subirá esta tarde.

Lucy captó la mirada de su prima. Algo en su muda apelación la hizo audaz. —Sí —dijo, alzando la voz—, espero de veras que venga. —Luego se acercó al carruaje y murmuró—: Al anciano no le han dicho nada; sabía que no había nada que temer. La señora Honeychurch la siguió, y se marcharon.

Satisfactorio que no se le hubiera dicho al señor Emerson nada de la aventura de Florencia; sin embargo, el ánimo de Lucy no habría debido saltar como si hubiera avistado las murallas del cielo. Satisfactorio; pero sin duda lo acogió con una alegría desproporcionada. Durante todo el camino a casa los cascos de los caballos le cantaron una tonada: «No ha dicho nada, no ha dicho nada». Su cerebro amplió la melodía: «No se lo ha dicho a su padre, a quien lo cuenta todo. No fue una hazaña. No se rió de mí cuando me fui». Se llevó la mano a la mejilla. «No me quiere. No. ¡Qué terrible sería si me quisiera! Pero no ha dicho nada. No lo dirá».

Ansiaba gritar las palabras: «Todo está bien. Es un secreto entre nosotros dos para siempre. Cecil nunca se enterará». Hasta se alegraba de que la señorita Bartlett la hubiera hecho prometer el secreto, aquella última tarde oscura en Florencia, cuando habían estado arrodilladas haciendo el equipaje en la habitación de él. El secreto, grande o pequeño, estaba custodiado.

Solo tres personas inglesas lo sabían en el mundo. Así interpretaba ella su gozo. Saludó a Cecil con un resplandor desacostumbrado, porque se sentía tan segura. Mientras la ayudaba a bajar del carruaje, dijo:

—Los Emerson han sido muy amables. George Emerson ha mejorado enormemente.

—¿Cómo están mis protegidos? —preguntó Cecil, que no sentía un interés real por ellos, y había olvidado hacía tiempo su resolución de traerlos a Windy Corner con fines educativos.

—¡Protegidos! —exclamó ella con cierto calor. Pues la única relación que Cecil concebía era feudal: la de protector y protegido. No tenía noción de la camaradería tras la que el alma de la muchacha suspiraba.

—Ya verás por ti mismo cómo están tus protegidos. George Emerson viene esta tarde. Es un hombre interesantísimo con quien hablar. Solo que no... —Casi dice: «No le protejas». Pero la campana llamaba a comer y, como solía ocurrir, Cecil no había prestado gran atención a sus palabras. Su fuerte había de ser el encanto, no la argumentación.

La comida fue alegre. Por lo general, Lucy se mostraba apesadumbrada a la hora de comer. Había que consolar a alguien: o a Cecil, o a la señorita Bartlett, o a un Ser no visible al ojo mortal —un Ser que le susurraba al alma: «No durará esta alegría. En enero tendrás que ir a Londres a entretener a los nietos de hombres célebres»—. Pero hoy sentía que había recibido una garantía. Su madre estaría siempre allí sentada, su hermano aquí. El sol, aunque se había movido un poco desde la mañana, jamás quedaría oculto tras las colinas del occidente. Después del almuerzo le pidieron que tocara. Había visto aquel año la *Armide* de Gluck, y tocó de memoria la música del jardín encantado: la música a la que Renaud se acerca bajo la luz de un alba eterna, la música que nunca crece ni mengua, sino que ondula por siempre como los mares sin marea del país de las hadas. Música así no es para el piano, y su auditorio empezó a impacientarse, y Cecil, compartiendo el descontento, exclamó: «Ahora tócanos el otro jardín: el de *Parsifal*».

Cerró el instrumento.

—No muy obediente —dijo la voz de su madre.

Temiendo haber ofendido a Cecil, se volvió rápidamente. Allí estaba George. Había entrado sin interrumpirla.

—¡Oh, no tenía ni idea! —exclamó, poniéndose muy colorada; y luego, sin una palabra de saludo, volvió a abrir el piano. Cecil tendría el *Parsifal*, y cualquier otra cosa que quisiera.

—Nuestra intérprete ha cambiado de opinión —dijo la señorita Bartlett, tal vez dando a entender que tocará la pieza para el señor Emerson. Lucy no sabía qué hacer ni siquiera qué quería hacer. Tocó unos compases de la canción de las Muchachas Flor muy mal y luego se detuvo.

—Yo voto por el tenis —dijo Freddy, disgustado del entretenimiento tan deshilvanado.

—Sí, yo también. —Cerró otra vez el malhadado piano—. Yo voto porque jueguen ustedes un cuatro masculino.

—Conforme.

—No cuento conmigo, gracias —dijo Cecil—. No arruinaré el partido. —Nunca se le pasó por la cabeza que en un mal jugador puede ser un acto de cortesía completar el cuarto.

—Oh, ven también, Cecil. Yo soy malo, Floyd es pésimo, y seguro que Emerson también.

George le corrigió:

—Yo no soy malo.

Uno miró con altivez ante tamaña descortesía. —Entonces, por supuesto que no jugaré —dijo Cecil, mientras la señorita Bartlett, bajo la impresión de que estaba enmendando a George, añadió:

—Coincido con usted, señor Vyse. Hace usted mucho mejor en no jugar. Mucho mejor.

Minnie, arrojándose donde Cecil temía aventurarse, anunció que ella jugaría. —Fallaré todas las pelotas de todos modos, así que ¿qué más da? Pero el domingo intervino y aplastó con su peso la bondadosa sugerencia.

—Entonces tendrá que ser Lucy —dijo la señora Honeychurch—; hay que recurrir a Lucy. No hay otra salida. Lucy, ve a cambiarte el vestido.

El domingo de Lucy solía ser de esta naturaleza anfibia. Lo guardaba sin hipocresía por la mañana y lo quebrantaba sin remordimiento por la tarde. Mientras se cambiaba de vestido, se preguntó si Cecil se estaría burlando de ella; verdaderamente debía examinarse a fondo y arreglar todo antes de casarse con él.

El señor Floyd fue su pareja. A ella le gustaba la música, ¡pero cuánto mejor parecía el tenis! Cuánto mejor correr con ropa cómoda que estar sentada al piano sintiéndose oprimida bajo los brazos. Una vez más la música se le apareció como ocupación propia de niños. George sacó y la sorprendió con sus ganas de ganar. Recordó cómo había suspirado entre las tumbas de Santa Croce porque las cosas no encajaban; cómo, tras la muerte de aquel oscuro italiano, se había apoyado en el pretil del Arno y le había dicho: «Quiero vivir, te lo digo». Quería vivir ahora, ganar al tenis, mantenerse firme en todo lo que era bajo el sol —el sol que había empezado a declinar y le brillaba en los ojos—; y ganó.

¡Ah, qué hermoso se veía el Weald! Las colinas se alzaban por encima de su resplandor, como Fiesole se alza sobre la llanura toscana, y los South Downs, si se quería, eran las montañas de Carrara. Podría estar olvidando su Italia, pero advertía más cosas en su Inglaterra. Se podía jugar un nuevo juego con la vista e intentar descubrir en sus incontables pliegues alguna ciudad o aldea que sirviera en lugar de Florencia. ¡Ah, qué hermoso se veía el Weald!

Pero ahora Cecil la reclamó. Por suerte estaba de un humor lúcido y crítico, y no iba a comulgar con el arrobamiento. Había resultado más bien un estorbo durante todo el tenis, pues la novela que leía era tan mala que se veía obligado a leerla en voz alta a los demás. Iba paseando por las lindes de la pista y exclamando: «Oye, escucha esto, Lucy. Tres infinitivos partidos».

—¡Espantoso! —dijo Lucy, y falló el golpe. Cuando terminaron su set, él siguió leyendo; había una escena de un asesinato y realmente todo el mundo tenía que escucharla. Freddy y el señor Floyd tuvieron que ir a buscar una pelota perdida entre los laureles, pero los otros dos consintieron.

—La escena transcurre en Florencia.

—¡Qué divertido, Cecil! Lee sin parar. Venga, señor Emerson, siéntese después de tanto ajetreo. Ella había «perdonado» a George, según decía, y se empeñó en mostrarse amable con él.

George saltó la red y se sentó a sus pies preguntando:

—¿Y está usted cansada?

—¡Pues claro que no!

—¿Le molesta haber perdido?

Iba a contestar «No», cuando se le ocurrió que sí le molestaba, de modo que contestó «Sí». Añadió con buen humor:

—Aunque no veo que seas un jugador tan espléndido. Tenías la luz a la espalda y me daba en los ojos.

—Nunca he dicho que lo fuera.

—¡Pues sí lo dijiste!

—No estabas atenta.

—Dijiste... Oh, no te pongas con la exactitud en esta casa. Todos exageramos, y nos enfadamos mucho con los que no.

—«La escena transcurre en Florencia» —repitió Cecil, con un tono ascendente.

Lucy volvió en sí.

—«Atardecer. Leonora corría...»

Lucy le interrumpió.

—¿Leonora? ¿Es Leonora la heroína? ¿De quién es el libro?

—De Joseph Emery Prank. «Atardecer. Leonora cruzando veloz la plaza. Ruega a los santos que no llegue demasiado tarde. Atardecer, el atardecer de Italia. Bajo la Logia de Orcagna, la Logia de' Lanzi, como a veces la llamamos ahora...»

Lucy soltó una carcajada.

—¡«Joseph Emery Prank», vamos! ¡Pues si es la señorita Lavish! Es la novela de la señorita Lavish, y la está publicando bajo el nombre de otro.

—¿Quién es la señorita Lavish?

—Oh, una persona espantosa. Señor Emerson, ¿se acuerda usted de la señorita Lavish?

Excitada por su agradable tarde, batió palmas.

George levantó la mirada.

—Claro que sí. La vi el día que llegué a Summer Street. Fue ella quien me dijo que vivía usted aquí.

—¿No se alegró? —Quería decir «de ver a la señorita Lavish», pero cuando él se inclinó sobre la hierba sin contestar, cayó en la cuenta de que podía querer decir otra cosa. Observó su cabeza, que descansaba casi sobre su rodilla, y pensó que las orejas se le estaban enrojeciendo. —No me extraña que la novela sea mala —añadió—. Nunca me cayó bien la señorita Lavish. Pero supongo que hay que leerla una vez que se la ha conocido.

—Todos los libros modernos son malos —dijo Cecil, disgustado por su distracción, y descargó su disgusto contra la literatura—. Hoy día todo el mundo escribe por dinero.

—¡Oh, Cecil...!

—Es así. No les infligiré más a Joseph Emery Prank.

Cecil, aquella tarde, parecía un vulgar y parlanchín gorrión. Los altibajos de su voz se notaban, pero no la afectaban. Ella había morado entre la melodía y el movimiento, y sus nervios se negaban a responder al estrépito de los suyos. Abandonándolo a su disgusto, volvió a mirar la cabeza negra. No quería acariciarla, pero se vio queriendo acariciarla; la sensación era curiosa.

—¿Qué le parece esta vista nuestra, señor Emerson?

—Nunca noto gran diferencia entre las vistas.

—¿Qué quiere decir?

—Porque todas se parecen. Porque lo único que importa en ellas es la distancia y el aire.

—¡Humm! —dijo Cecil, inseguro de si la observación era aguda o no.

—Mi padre —levantó hacia ella la mirada (y estaba algo ruborizado)— dice que solo hay una vista perfecta, la vista del cielo directamente sobre nuestras cabezas, y que todas estas vistas de la tierra no son sino copias chapuceras de ella.

—Supongo que su padre habrá estado leyendo a Dante —dijo Cecil, hojeando la novela, único medio que le permitía dirigir la conversación.

—Nos contó también otro día que las vistas son en realidad multitudes, multitudes de árboles, casas y colinas, y que tienen que parecerse unas a otras, como las multitudes humanas, y que el poder que ejercen sobre nosotros es a veces sobrenatural, por la misma razón.

Los labios de Lucy se entreabrieron.

—Porque una multitud es más que la gente que la compone. Algo se le añade, nadie sabe cómo, del mismo modo que algo se ha añadido a esas colinas.

Señaló con la raqueta hacia los South Downs.

—¡Qué idea tan espléndida! —murmuró—. Voy a disfrutar escuchando hablar otra vez a su padre. Siento mucho que no esté bien del todo.

—No, no está bien.

—Hay un pasaje absurdo sobre una vista en este libro —dijo Cecil—. Y también aquello de que los hombres se dividen en dos clases: los que olvidan las vistas y los que las recuerdan incluso en habitaciones pequeñas.

—Señor Emerson, ¿tiene usted hermanos o hermanas?

—Ninguno. ¿Por qué?

—Ha dicho «nosotros».

—A mi madre me refería.

Cecil cerró la novela de golpe.

—¡Oh, Cecil, qué susto me has dado!

—No les infligiré más a Joseph Emery Prank.

—Puedo acordarme apenas de los tres yendo al campo por el día y viendo hasta Hindhead. Es lo primero que recuerdo.

Cecil se levantó; el hombre era maleducado, ni siquiera se había puesto la chaqueta después del tenis, no servía. Se habría alejado paseando si Lucy no lo hubiera detenido.

—Cecil, lee de una vez lo de la vista.

—No mientras esté aquí el señor Emerson para entretenernos.

—No, sigue leyendo. Nada me parece más gracioso que oír leer en voz alta tonterías. Si el señor Emerson nos tiene por frívolos, que se vaya.

Esto le pareció sutil a Cecil y le satisfizo. Situaba a su visitante en la posición de un pedante. Algo ablandado, volvió a sentarse.

—Señor Emerson, vaya a buscar pelotas de tenis. Abrió el libro. Cecil tendría su lectura y todo lo demás que quisiera. Pero su atención se desvió hacia la madre de George, que —según el señor Eager— había sido asesinada a la vista de Dios y, según su hijo, había visto hasta Hindhead.

—¿De verdad tengo que irme? —preguntó George.

—No, claro que no de verdad —contestó ella.

—Capítulo dos —dijo Cecil, bostezando—. Búscame el capítulo dos, si no te importa.

Encontraron el capítulo dos, y ella echó un vistazo a sus primeras frases.

Creyó que se había vuelto loca.

—Toma, pásame el libro.

Se oyó decir a sí misma:

—No vale la pena leerlo, es demasiado tonto para leerlo, no he visto nunca unas bobadas tan grandes, no deberían permitir que se imprimieran.

Él tomó el libro de sus manos.

—«Leonora» —leyó—, «sentada pensativa y sola. Ante ella se extendía el rico campo de la Toscana, salpicado de tantas aldeas sonrientes. La estación era primavera».

La señorita Lavish sabía, de algún modo, y había impreso el pasado en prosa desaliñada, para que Cecil lo leyera y George lo oyera.

—«Una bruma dorada» —leyó. Leyó:— «A lo lejos, las torres de Florencia, mientras el bancal en el que estaba sentada se hallaba tapizado de violetas. Sin ser observada, Antonio se le acercó sigilosamente por detrás...»

Para que Cecil no le viera el rostro, se volvió hacia George y vio el rostro de él.

Él leyó:

—«De sus labios no salió ninguna verbosa declaración como las que usan los amantes formales. No tenía elocuencia, ni padecía por carecer de ella. Simplemente la envolvió en sus brazos varoniles».

—Este no es el pasaje que quería —les informó—, hay otro mucho más gracioso, más adelante. Pasó las hojas.

—¿Entramos a tomar el té? —dijo Lucy, cuya voz siguió firme.

Tomó la delantera por el jardín, Cecil tras ella, George el último. Creyó que el desastre se había evitado. Pero al entrar en la arboleda sobrevino. El libro, como si no hubiera hecho bastante daño, se había quedado olvidado, y Cecil tuvo que volver a buscarlo; y George, que amaba con vehemencia, tuvo que tropezar con ella en el sendero estrecho.

—No... —jadeó ella, y, por segunda vez, fue besada por él.

Como si nada más fuera posible, él se escabulló hacia atrás; Cecil se reunió con ella; llegaron al césped superior solos.

Capítulo XVI

Mentir a George

Pero Lucy había madurado desde la primavera. Es decir, estaba ahora más capacitada para sofocar las emociones que las convenciones y el mundo reprueban. Aunque el peligro era mayor, no la sacudieron sollozos profundos. Le dijo a Cecil: «No voy a entrar a tomar el té; diles a mamá... Tengo que escribir unas cartas», y subió a su habitación. Luego se preparó para la acción. El amor sentido y correspondido, amor que nuestros cuerpos exigen y nuestros corazones han transfigurado, amor que es la cosa más real que jamás encontraremos, reapareció ahora como enemigo del mundo, y debía sofocarlo.

Mandó llamar a la señorita Bartlett.

La lucha no estaba entre el amor y el deber. Quizá nunca exista esa lucha. Estaba entre lo real y lo fingido, y la primera aspiración de Lucy fue vencerse a sí misma. Mientras su cerebro se nublaba, mientras el recuerdo de las vistas se difuminaba y las palabras del libro se apagaban, volvió a su viejo santo y seña de los nervios. «Venció su crisis». Manipulando la verdad, olvidó que la verdad hubiera existido jamás. Recordando que estaba prometida con Cecil, se obligó a confusos recuerdos de George; no era nada para ella; nunca había sido nada; se había portado de manera abominable; ella nunca lo había alentado. La armadura de la falsedad está sutilmente forjada de tinieblas, y oculta al hombre no solo de los demás, sino de su propia alma. En unos instantes Lucy estuvo lista para el combate.

—Ha ocurrido algo demasiado terrible —empezó, en cuanto llegó su prima—. ¿Sabes algo de la novela de la señorita Lavish?

La señorita Bartlett pareció sorprendida y dijo que no había leído el libro, ni sabía que estuviera publicado; Eleanor era una mujer reservada en el fondo.

—Hay una escena en él. El héroe y la heroine se declaran su amor. ¿Sabes algo de eso?

—¿Querida...?

—¿Sabes algo de eso, por favor? —repitió—. Están en una ladera, y Florencia se ve a lo lejos.

—Pero, Lucía, estoy completamente perdida. No sé absolutamente nada de eso.

—Hay violetas. No puedo creer que sea una coincidencia. Charlotte, Charlotte, ¿cómo pudiste contárselo? Lo he pensado antes de hablar; tienes que haber sido tú.

—¿Contarle qué? —preguntó, con agitación creciente.

—Lo de aquella tarde espantosa de febrero.

La señorita Bartlett se conmovió de veras.

—¡Oh, Lucy, querida mía! ¿No lo habrá puesto en su libro?

Lucy asintió.

—No de manera que pueda reconocerse. Sí.

—Entonces nunca, nunca, nunca más será Eleanor Lavish amiga mía.

—Entonces sí se lo contaste?

—Sucede que lo hice, cuando tomé el té con ella en Roma, en el curso de la conversación...

—Pero Charlotte, ¿y la promesa que me hiciste cuando estábamos haciendo las maletas? ¿Por qué le contaste a la señorita Lavish lo que ni siquiera me dejaste contar a mamá?

—No perdonaré jamás a Eleanor. Ha traicionado mi confianza.

—Pero ¿por qué se lo contaste? Esto es muy grave.

¿Por qué cuenta alguien cualquier cosa? La pregunta es eterna, y no fue de extrañar que la señorita Bartlett solo suspirara levemente en respuesta. Había obrado mal, lo admitía, solo esperaba no haber causado daño; se lo había contado a Eleanor en la más estricta confianza.

Lucy golpeó el suelo con el pie, irritada.

—Cecil por casualidad leyó el pasaje en voz alta, para mí y para el señor Emerson; turbó al señor Emerson, y él volvió a insultarme. A espaldas de Cecil. ¡Uf! ¿Es posible que los hombres sean tan brutos? A espaldas de Cecil, mientras subíamos por el jardín.

La señorita Bartlett prorrumpió en acusaciones contra sí misma y en lamentaciones.

—¿Qué hacer ahora? ¿Puedes decírmelo?

—¡Oh, Lucy, no me lo perdonaré jamás, nunca, hasta el día de mi muerte! Figúrate si tus perspectivas...

—Ya lo sé —dijo Lucy, estremeciéndose ante la palabra—. Ahora comprendo por qué querías que se lo contara a Cecil, y qué querías decir con «alguna otra fuente». Sabías que se lo habías contado a la señorita Lavish, y que ella no era de fiar.

Le llegó el turno de estremecerse a la señorita Bartlett.

—Sin embargo —dijo la muchacha, despreciando la evasiva de su prima—, lo hecho, hecho está. Me has puesto en una situación muy comprometida. ¿Cómo salgo de ella?

La señorita Bartlett no podía pensar. Los días de su energía habían pasado. Era una invitada, no un chaperón, y una invitada desacreditada, además. Se quedó con las manos juntas mientras la muchacha se encendía en la cólera necesaria.

—Ese hombre tiene que recibir una lección que no olvide. ¿Y quién se la va a dar? No puedo contárselo a mamá ahora, por culpa tuya. Ni a Cecil, Charlotte, por culpa tuya. Estoy atrapada por todas partes. Creo que voy a volverme loca. No tengo a nadie que me ayude. Por eso te he mandado llamar. Lo que hace falta es un hombre con un látigo.

La señorita Bartlett convino: hacía falta un hombre con un látigo.

—Sí, pero no sirve solo con convenir. ¿Qué hay que hacer? Las mujeres seguimos gimoteando. ¿Qué hace una chica cuando se topa con un canalla?

—Siempre dije que era un canalla, querida. Reconóceme al menos eso, desde el primer momento, cuando dijo que su padre estaba tomando un baño.

—¡Oh, déjate de reconocer méritos y de quién tenía razón o no! Las dos hemos hecho un lío. George Emerson sigue ahí abajo en el jardín, y ¿ha de quedar sin castigo, o no? Quiero saberlo.

La señorita Bartlett estaba absolutamente desvalida. Su propia delación la había dejado sin nervio, y los pensamientos chocaban dolorosamente en su cerebro. Se acercó con paso débil a la ventana y trató de distinguir los pantalones blancos del canalla entre los laureles.

—Estuviste bien dispuesta en el Bertolini, cuando me arrastraste a Roma. ¿No puedes hablar otra vez con él ahora?

—Movería cielo y tierra de buena gana...

—Quiero algo más concreto —dijo Lucy con desprecio—. ¿Hablarás con él? Es lo menos que puedes hacer, sin duda, teniendo en cuenta que todo ocurrió porque faltaste a tu palabra.

—Nunca más será Eleanor Lavish amiga mía.

Realmente, Charlotte se estaba superando.

—Sí o no, por favor; sí o no.

—Es el tipo de cosa que solo un caballero puede arreglar. George Emerson estaba subiendo por el jardín con una pelota de tenis en la mano.

—Muy bien —dijo Lucy, con un gesto colérico—. Nadie me va a ayudar. Le hablaré yo misma. —E inmediatamente comprendió que esto era lo que su prima había buscado desde el principio.

—¡Eh, Emerson! —llamó Freddy desde abajo—. ¿Encontraste la pelota perdida? ¡Bien hecho! ¿Quieres té? Y se produjo una irrupción desde la casa hacia la terraza.

—¡Oh, Lucy, eso sí que es valentía! Te admiro...

Se habían agrupado en torno a George, que, sintió ella, hacía señas por encima de la escoria, los pensamientos confusos, los deseos furtivos que comenzaban a estorbar su alma. Su ira se disipó al verlo. ¡Ah! Los Emerson eran buena gente a su modo. Tuvo que dominar un impulso de su sangre antes de decir:

—Freddy se lo ha llevado al comedor. Los demás bajan por el jardín. Ven. Terminemos con esto rápido. Ven. Te quiero en la habitación, naturalmente.

—Lucy, ¿te importa hacerlo?

—¿Cómo puedes hacerme una pregunta tan ridícula?

—Pobre Lucy... —Extendió la mano—. Parece que no traigo más que desgracias allá donde voy. Lucy asintió. Recordó su última velada en Florencia: el equipaje, la vela, la sombra del sombrero de la señorita Bartlett en la puerta. No iba a caer una segunda vez en la trampa del patetismo. Eludiendo la caricia de su prima, tomó la delantera escaleras abajo.

—Prueba la mermelada —estaba diciendo Freddy—. La mermelada está buenísima.

George, que parecía grande y despeinado, iba y venía por el comedor. Al entrar ella, se detuvo y dijo:

—No, no quiero nada de comer.

—Baja con los demás —dijo Lucy—; Charlotte y yo le daremos al señor Emerson todo lo que quiera. ¿Dónde está mamá?

—Ha empezado con su escritura del domingo. Está en el salón.

—Bien. Vete.

Se fue cantando.

Lucy se sentó a la mesa. La señorita Bartlett, profundamente asustada, cogió un libro y fingió leer.

Ella no se dejó arrastrar a un discurso elaborado. Simplemente dijo: «No puedo consentirlo, señor Emerson. No puedo ni siquiera hablar con usted. Salga de esta casa y no vuelva a entrar en ella mientras yo viva aquí», ruborizándose al hablar y señalando hacia la puerta. «Odio los altercados. Vaya, por favor.»

«¿Qué...?»

«Sin discusión.»

«Pero no puedo...»

Ella sacudió la cabeza. «Vaya, por favor. No quiero llamar al señor Vyse.»

«No querrá decir» —dijo él, haciendo absoluto caso omiso de la señorita Bartlett—, «¿no querrá decir que va a casarse con ese hombre?»

La réplica era inesperada.

Ella se encogió de hombros, como si la vulgaridad de él la cansara. «No es más que un absurdo», dijo con calma.

Entonces sus palabras se elevaron graves sobre las de ella: «No puede usted vivir con Vyse. Es solo para un conocido. Es para la sociedad y la conversación cultivada. No debería conocer a nadie íntimamente, y menos aún a una mujer.»

Era una nueva luz sobre el carácter de Cecil.

«¿Ha hablado usted alguna vez con Vyse sin sentirse cansado?»

«Apenas puedo hablar...»

«No, pero ¿lo ha hecho alguna vez? Es de la clase que están bien mientras se atengan a las cosas —libros, cuadros—, pero matan cuando llegan a las personas. Por eso voy a hablar aun en medio de este barullo. Ya es bastante shocking perderla en cualquier caso, pero por lo general un hombre debe negarse la alegría, y yo habría contenido si su Cecil hubiera sido persona distinta. Nunca me habría dejado llevar. Pero lo vi por primera vez en la National Gallery, cuando hizo una mueza porque mi padre pronunciaba mal los nombres de los grandes pintores. Luego nos trae aquí, y descubrimos que es para gastarle una broma tonta a un vecino amable. Ese es el hombre de cabo a rabo — gastando bromas a la gente, sobre la forma más sagrada de vida que pueda encontrar. Después, la encuentro a usted con él, y lo veo protegiéndola y enseñándole a usted y a su madre a escandalizarse, cuando correspondía a usted decidir si se escandalizaba o no. Cecil de nuevo. No se atreve a dejar que una mujer decida. Es el tipo que ha tenido a Europa atrasada mil años. En cada momento de su vida la está formando a usted, diciéndole lo que es encantador o divertido o propio de una dama, diciéndole lo que un hombre piensa que es propio de una mujer; y usted, usted, entre todas las mujeres, escucha su voz en lugar de la suya propia. Así fue en la rectoría, cuando los encontré de nuevo a los dos; así ha sido toda esta tarde. Por lo tanto —no "por eso la besé", porque el libro me empujó a hacerlo, y ojalá tuviera más dominio de mí mismo. No me avergüenzo. No me disculpo. Pero la ha asustado a usted, y quizá no haya notado que la amo. ¿O habría usted mandado que me fuera y habría tratado un asunto tan enorme con tanta ligereza? Pero por eso —por eso me decidí a luchar contra él.»

Lucy pensó en una observación muy buena.

«Dice usted que el señor Vyse quiere que lo escuche a él, señor Emerson. Perdóneme por sugerir que usted ha cogido la misma costumbre.»

Y él tomó la soez reprensión y la tocó hasta la inmortalidad. Dijo:

«Sí, la he cogido», y se hundió como si de pronto se sintiera rendido. «Soy el mismo tipo de bruto en el fondo. Ese deseo de gobernar a una mujer —está muy hondo, y hombres y mujeres han de luchar juntos contra él antes de entrar en el jardín. Pero yo la amo a usted de veras de un modo mejor que el de él.» Pensó. «Sí —de veras de un modo mejor. Quiero que tenga sus propios pensamientos aun cuando yo la tenga entre mis brazos.» Los extendió hacia ella. «Lucy, date prisa —no hay tiempo para hablar ahora —ven a mí como viniste en primavera, y después seré suave y te lo explicaré. Te quiero desde que aquel hombre murió. No puedo vivir sin ti, "No hay remedio", pensé; "se casa con otro"; pero te vuelvo a ver cuando todo el mundo es agua gloriosa y sol. Cuando viniste por el bosque comprendí que nada más importaba. Te llamé. Quería vivir y tener mi oportunidad de alegría.»

«¿Y el señor Vyse? —dijo Lucy, que mantenía una calma loable—. ¿Es que no importa? ¿Que yo quiera a Cecil y vaya a ser su esposa dentro de poco? Un detalle sin importancia, supongo.»

Pero él extendió los brazos por encima de la mesa hacia ella.

«¿Puedo preguntar qué piensa usted ganar con esta exhibición?»

Dijo: «Es nuestra última oportunidad. Haré todo lo que pueda.» Y, como si ya hubiera hecho todo lo demás, se volvió hacia la señorita Bartlett, que estaba sentada como un prodigio contra los cielos de la tarde. «No nos detendría usted esta segunda vez si lo entendiera», dijo. «He bajado a lo oscuro, y volveré a bajar, a menos que usted intente entender.»

Su cabeza larga y estrecha avanzaba y retrocedía, como derribando algún obstáculo invisible. No respondió.

«El ser joven», dijo él con calma, recogiendo la raqueta del suelo y disponiéndose a salir. «El estar seguro de que Lucy me quiere de veras. Es que el amor y la juventud importan intelectualmente.»

En silencio las dos mujeres lo miraron. Su última observación, sabían, era un disparate, pero ¿pensaba hacer algo más tras ella o no? ¿No iba a intentar, el canalla, el charlatán, un final más teatral? No. Aparentemente estaba conforme. Las dejó, cerrando con cuidado la puerta principal; y cuando miraron por la ventana del vestíbulo, lo vieron subir por la avenida y empezar a trepar por las laderas de helechos agostados detrás de la casa. Se les soltó la lengua, y prorrumpieron en regocijos furtivos.

«¡Ay, Lucia, vuelve aquí, ay, qué hombre tan espantoso!»

Lucy no tuvo reacción —al menos, no por el momento. «Pues a mí me divierte», dijo. «O yo estoy loca, o lo está él, y me inclino a pensar que es esto último. Una más que pasa contigo, Charlotte. Muchas gracias. Aunque creo que esta es la última. Mi admirador difícilmente volverá a molestarme.»

Y la señorita Bartlett, a su vez, intentó la zalamera:

«Pues no todo el mundo podría presumir de una conquista así, querida, ¿verdad? Ay, no debería uno reírse, la verdad. Podía haber sido muy serio. Pero estuviste tan sensata y valiente —tan distinta de las chicas de mis tiempos.»

«Bajemos con ellos.»

Pero, una vez al aire libre, se detuvo. Alguna emoción —piedad, terror, amor, pero la emoción era fuerte— se apoderó de ella, y tuvo conciencia del otoño. El verano se acababa, y la tarde le trajo olores de decadencia, tanto más patéticos cuanto que recordaban la primavera. ¿Aquel algo o lo que fuera importaba intelectualmente? Una hoja, violentamente agitada, pasó danzando junto a ella, mientras otras yacían inmóviles. ¿Que la tierra se apresuraba a reentrar en la oscuridad, y que las sombras de aquellos árboles sobre Windy Corner?

«¡Hola, Lucy! Todavía queda luz para otro set, si os dais prisa las dos.»

«El señor Emerson ha tenido que irse.»

«¡Qué fastidio! Eso estropea el partido de cuatro. Oye, Cecil, juega tú, anda, sé buen chico. Es el último día de Floyd. Juega al tenis con nosotros, solo esta vez.»

La voz de Cecil llegó: «Mi querido Freddy, no soy un atleta. Como tú mismo has observado esta misma mañana, "Hay algunos tíos que no sirven para nada más que para los libros"; yo me declaro culpable de ser uno de esos tíos, y no voy a infligirme a vosotros.»

Se le cayeron las vendas de los ojos a Lucy. ¿Cómo había soportado a Cecil un momento? Era absolutamente insoportable, y la misma tarde rompió su compromiso.

Capítulo XVII Mentir a Cecil

Él estaba aturdido. No tenía nada que decir. Ni siquiera estaba enfadado, sino que permanecía con un vaso de güisqui entre las manos, intentando pensar qué la había llevado a tal conclusión.

Ella había elegido el momento antes de acostarse, cuando, conforme a su costumbre burguesa, siempre servía las bebidas a los caballeros. Freddy y el señor Floyd sin duda se retirarían con sus vasos, mientras Cecil invariablemente se quedaba, bebiendo el suyo a sorbos mientras ella cerraba el aparador.

«Siento mucho todo esto», dijo; «lo he pensado muy bien. Somos demasiado distintos. Debo pedirte que me liberes, y que intentes olvidar que hubo nunca una chica tan necia.»

Era un discurso adecuado, pero estaba más enfadada que apenada, y su voz lo delataba.

«Distintos —cómo—cómo—»

«Una cosa es que no he tenido una educación de verdad», prosiguió, aún de rodillas junto al aparador. «Mi viaje a Italia llegó demasiado tarde, y se me está olvidando todo lo que aprendí allí. Jamás podré conversar con tus amigos ni comportarme como una esposa tuya debe.»

«No te entiendo. No pareces tú misma. Estás cansada, Lucy.»

«¿Cansada!», replicó ella, encendiéndose al punto. «Eso es muy propio de ti. Siempre piensas que las mujeres no dicen lo que quieren decir.»

«Bueno, suenas cansada, como si algo te hubiera preocupado.»

«¿Y qué si lo estoy? No me impide darme cuenta de la verdad. No puedo casarme contigo, y algún día me darás las gracias por haberlo dicho.»

«Tenías aquel fuerte dolor de cabeza ayer —De acuerdo» —pues ella había exclamado con indignación—; «ya veo que es mucho más que un dolor de cabeza. Pero concédeme un momento.» Cerró los ojos. «Perdona si digo cosas tontas, pero se me ha ido el juicio. Una parte vive todavía tres minutos atrás, cuando estaba seguro de que me querías, y la otra parte —me cuesta —es probable que diga lo que no es.»

Le pareció que no se estaba portando tan mal, y su irritación aumentó. Deseaba otra vez una pelea, no una discusión. Para provocar la crisis, dijo:

«Hay días en que se ve claro, y hoy es uno de ellos. Las cosas han de llegar a un punto de ruptura alguna vez, y resulta que es hoy. Si quieres saberlo, algo muy pequeño me decidió a hablar contigo —cuando no quisiste jugar al tenis con Freddy.»

«Nunca juego al tenis», dijo Cecil, dolorosamente perplejo; «jamás he sabido jugar. No entiendo una palabra de lo que dices.»

«Juegas lo bastante para completar un cuatro. Me pareció abominablemente egoísta por tu parte.»

«No, no puedo —bueno, no importa lo del tenis. ¿Por qué no pudiste —no pudiste haberme avisado si notabas algo que iba mal? En el almuerzo hablaste de nuestra boda —o al menos me dejaste hablar a mí.»

«Sabía que no lo entenderías», dijo Lucy bastante malhumorada. «Supongo que podía haber sabido que habría estas explicaciones espantosas. Naturalmente, no es lo del tenis —eso fue solo la última gota de todo lo que he ido sintiendo durante semanas. Sin duda fue mejor no hablar hasta estar segura.» Desarrolló esa posición. «A menudo antes me he preguntado si estaba hecha para ser tu esposa —por ejemplo, en Londres; y ¿estás tú hecho para ser mi marido? No lo creo. No te gusta Freddy, ni mi madre. Siempre había mucho en contra de nuestro compromiso, Cecil, pero todas nuestras relaciones parecían contentas, y nos veíamos tan a menudo, y no servía de nada mencionarlo hasta que —bueno, hasta que todas las cosas llegaron a un punto. Han llegado hoy. Lo veo claro. Debo hablar. Eso es todo.»

«No puedo creer que tengas razón», dijo Cecil con suavidad. «No sabría decir por qué, pero, aunque todo lo que dices suena cierto, siento que no me tratas con lealtad. Es todo demasiado horrible.»

«¿De qué sirve una escena?»

«De nada. Pero sin duda tengo derecho a oír algo más.»

Dejó el vaso y abrió la ventana. Desde donde ella estaba arrodillada, haciendo sonar sus llaves, podía verse una franja de oscuridad, y, escrutándola él, como si fuera a decirle aquel «algo más», su rostro largo y pensativo.

«No abras la ventana; y será mejor que corras también la cortina; Freddy o cualquiera podría estar fuera.» Él obedeció. «De verdad creo que será mejor que nos acostemos, si no te importa. Solo diré cosas que después me harán infeliz. Como tú dices, todo es demasiado horrible, y no vale la pena hablar.»

Pero para Cecil, ahora que estaba a punto de perderla, ella le parecía a cada instante más deseable. La miraba, en vez de mirar a través de ella, por primera vez desde que estaban prometidos. De una obra de Leonardo había pasado a ser una mujer viva, con misterios y fuerzas propios, con cualidades que incluso eludían al arte. Su cerebro se recobró de la sacudida, y, en un arranque de genuina devoción, exclamó: «¡Pero yo te amo, y creía que tú me amabas!»

«No», dijo ella. «Lo creí al principio. Lo siento, y debí haberte rechazado también esta última vez.»

Él empezó a recorrer la habitación de un lado a otro, y ella se fue irritando cada vez más con su comportamiento digno. Había contado con que fuera mezquino. Le habría facilitado las cosas. Por una ironía cruel estaba poniendo al descubierto todo lo más fino de su carácter.

«No me quieres, por lo visto. Supongo que tienes razón en no quererme. Pero dolería un poco menos si supiera por qué.»

«Porque» —se le ocurrió una frase y la aceptó—, «eres de los que no pueden conocer a nadie íntimamente.»

Una mirada horrorizada apareció en los suyos.

«No quiero decir exactamente eso. Pero tú me interrogarás, aunque te pido que no lo hagas, y debo decir algo. Es eso, más o menos. Cuando éramos solo conocidos, me dejabas ser yo misma, pero ahora me proteges siempre.» Su voz se fue hinchando. «No quiero que me protejan. Eligiré por mí misma lo que es propio de una dama y lo que está bien. Protegerme es un insulto. ¿Acaso no se puede confiar en mí para hacer frente a la verdad sin que tenga que recibirla de segunda mano a través de ti? ¡El lugar de la mujer! Tú desprecias a mi madre —lo sé— porque es convencional y se preocupa por los budines; pero, ¡Dios mío!» —se puso en pie—, «¡convencional, Cecil, eso eres tú, pues puedes entender las cosas bellas, pero no sabes usarlas; y te envuelves en arte, libros y música, y querrías envolverme a mí también. No voy a ser ahogada, ni siquiera por la música más gloriosa, porque las personas son más gloriosas, y tú me las escondes. Por eso rompo mi compromiso. Estabas bien mientras te atuviste a las cosas, pero cuando llegaste a las personas...» Se detuvo.

Hubo una pausa. Luego Cecil dijo con gran emoción:

«Es verdad.»

«Verdad en conjunto», corrigió ella, llena de una vaga vergüenza.

«Verdad, toda palabra. Es una revelación. Es... yo.»

«En todo caso, esas son mis razones para no ser tu esposa.»

Él repitió: «"De los que no pueden conocer a nadie íntimamente." Es verdad. Me vine abajo el mismo día en que nos comprometimos. Me porté como un canalla con Beebe y con tu hermano. Eres aún mayor de lo que pensaba.» Ella retrocedió un paso. «No voy a atormentarte. Eres infinitamente mejor de lo que merezco. No olvidaré nunca tu penetración; y, querida, solo te culpo de una cosa: pudiste haberme advertido en las primeras fases, antes de sentir que no querías casarte conmigo, y así haberme dado oportunidad de mejorar. No te he conocido hasta esta noche. Te he usado como un perchero para mis necias ideas sobre lo que debe ser una mujer. Pero esta noche eres una persona distinta: pensamientos nuevos —incluso una voz nueva...»

«¿Qué quieres decir con una voz nueva?», preguntó ella, presa de incontenible cólera.

«Quiero decir que parece hablar por ti una persona nueva», dijo él.

Entonces ella perdió el equilibrio. Gritó: «Si piensas que estoy enamorada de otro, estás muy equivocado.»

«Por supuesto que no pienso eso. No eres de esa clase, Lucy.»

«¡Oh, sí lo piensas! Es tu vieja idea, la idea que ha tenido a Europa atrasada —quiero decir la idea de que las mujeres están pensando siempre en los hombres. Si una chica rompe su compromiso, todos dicen: "Ah, tenía a otro en la cabeza; espera pescar a otro." Es asqueroso, brutal. Como si una chica no pudiera romperlo en aras de la libertad.»

Él respondió con reverencia: «Puede que lo haya dicho en el pasado. Nunca volveré a decirlo. Tú me has enseñado mejor.»

Ella empezó a sonrojarse y fingió examinar las ventanas otra vez.

«Por supuesto, aquí no hay cuestión de "otro", no hay "plantón" ni ninguna náusea semejante. Te pido perdón humildemente si mis palabras sugirieron que lo había. Solo quise decir que había en ti una fuerza que yo no conocía hasta ahora.»

«Está bien, Cecil, basta. No me pidas disculpas. Fue culpa mía.»

«Es una cuestión entre ideales, los tuyos y los míos —ideales abstractos y puros, y los tuyos son los más nobles. Yo estaba atado a las viejas nociones viciosas, y todo el tiempo tú eras espléndida y nueva.» Se le quebró la voz. «Debo darte las gracias de veras por lo que has hecho —por mostrarme lo que realmente soy. Solemnemente, te doy las gracias por mostrarme a una mujer verdadera. ¿Quieres estrecharme la mano?»

«Por supuesto», dijo Lucy, retorciendo su otra mano entre las cortinas. «Buenas noches, Cecil. Adiós. Está bien. Lo siento. Muchísimas gracias por tu gentileza.»

«¿Quieres que te encienda la vela?»

Salieron al vestíbulo.

«Gracias. Buenas noches otra vez. Dios te bendiga, Lucy.»

«Adiós, Cecil.»

Ella lo vio subir sigilosamente las escaleras, mientras las sombras de los tres barrotes pasaban sobre su rostro como el batir de unas alas. En el descansillo se detuvo, firme en su renuncia, y le dirigió una mirada de memorable belleza. A pesar de toda su cultura, Cecil era un asceta de corazón, y nada en su amor le sentó tan bien como el dejarlo.

Nunca podría casarse. En el tumulto de su alma, eso se mantenía firme. Cecil creía en ella; algún día debía creer en sí misma. Debía ser una de esas mujeres que ella había elogiado con tanta elocuencia, que cuidan de la libertad y no de los hombres; debía olvidar que George la amaba, que George había estado pensando a través de ella y le había ganado esta honorable liberación, que George se había ido hacia —¿cómo era? —la oscuridad.

Apagó la lámpara.

No convenía pensar, ni, dado el caso, sentir. Renunció a entenderse, y se unió a los vastos ejércitos de los ciegos, que no siguen ni al corazón ni al cerebro, y marchan hacia su destino con palabras de consigna. Los ejércitos están llenos de gente agradable y piadosa. Pero han cedido ante el único enemigo que importa —el enemigo interior. Han pecado contra la pasión y la verdad, y vana será su lucha tras la virtud. Conforme pasan los años, se les censura. Su gracejo y su piedad se resquebrajan, su ingenio se vuelve cinismo, su abnegación hipocresía; siembran malestar dondequiera que van. Han pecado contra Eros y contra Palas Atenea, y sin intervención celeste alguna, sino por el curso ordinario de la naturaleza, esas aliadas deidades serán vengadas.

Lucy entró en ese ejército cuando fingió ante George que no lo amaba, y fingió ante Cecil que no amaba a nadie. La noche la acogió, como había acogido a la señorita Bartlett treinta años antes.

Capítulo XVIII Mentir al señor Beebe, a la señora Honeychurch, a Freddy y a los criados

Windy Corner no se hallaba en la cima de la cresta, sino unos cientos de pies más abajo de la vertiente meridional, en el arranque de uno de los grandes contrafuertes que sostenían la colina. A ambos lados había una hondonada poco profunda, llena de helechos y pinos, y por la hondonada de la izquierda discurría la carretera hacia el Weald.

Cada vez que el señor Beebe cruzaba la cresta y divisaba aquellas nobles disposiciones de la tierra, y, equilibrado en medio de ellas, Windy Corner, se reía. La situación era tan gloriosa, la casa tan vulgar, por no decir impertinente. El difunto señor Honeychurch había optado por el cubo, porque le ofrecía el mayor espacio habitable por su dinero, y la única adición de su viuda había sido una pequeña torreta, en forma de cuerno de rinoceronte, donde ella podía sentarse cuando llovía y ver los carros que subían y bajaban por la carretera. Tan impertinente —y, sin embargo, la casa «funcionaba», pues era el hogar de personas que amaban de veras lo que las rodeaba. Otras casas del vecindario habían sido construidas por arquitectos caros, sobre otras sus moradores se habían afanado sin descanso, y, con todo, todas ellas sugerían lo accidental, lo temporal; mientras que Windy Corner parecía tan inevitable como una fealdad de la propia creación de la Naturaleza. Uno podía reírse de la casa, pero nunca se estremecía. El señor Beebe iba en bicicleta aquella tarde de lunes con un chisme. Se lo habían contado las señoritas Alan. Estas admirables damas, puesto que no podían ir a Cissie Villa, habían cambiado de planes. En vez de eso, se iban a Grecia.

«Ya que Florencia le hizo tanto bien a mi pobre hermana —escribía la señorita Catharine—, no vemos por qué no hemos de probar Atenas este invierno. Claro que Atenas es un salto, y el médico le ha mandado a ella pan digestivo especial; pero, después de todo, podemos llevárnoslo, y no es más que subir primero a un vapor y luego a un tren. Pero, ¿hay una iglesia inglesa?» Y la carta seguía diciendo: «No espero que vayamos más allá de Atenas, pero si supieran ustedes de una pensión verdaderamente cómoda en Constantinopla, les quedaríamos tan agradecidas.»

A Lucy le haría gracia esta carta, y la sonrisa con que el señor Beebe saludó a Windy Corner era en parte por ella. Vería la gracia, y parte de su belleza, pues ella debía ver algo de belleza. Por más que fuese desesperada para los cuadros, y aunque se vestía tan desigualmente —¡ay, aquel vestido cereza de ayer en la iglesia!—, debía ver algo de belleza en la vida, o no podría tocar el piano como lo tocaba. Tenía una teoría: que los músicos son increíblemente complejos, y saben mucho menos que otros artistas lo que quieren y lo que son; que desconciertan tanto a los demás como a sí mismos; que su psicología es un desarrollo moderno, y aún no se ha entendido. Esta teoría, de haberla conocido él, acababa de quedar ilustrada quizá por los hechos. Ignorante de lo acontecido el día anterior, él solo iba en bicicleta a tomar el té, a ver a su sobrina y a observar si la señorita Honeychurch veía algo hermoso en el deseo de dos ancianas de visitar Atenas.

Un carruaje estaba parado delante de Windy Corner, y justo cuando él divisó la casa arrancó, subió rodando por la entrada y se detuvo bruscamente al alcanzar la carretera principal. Por lo tanto debía ser el caballo, que siempre esperaba que la gente subiera la cuesta a pie por si lo cansaban. La portezuela se abrió obedientemente, y aparecieron dos hombres, a quienes el señor Beebe reconoció como Cecil y Freddy. Era una extraña pareja para ir de paseo; pero él vio un baúl junto a las piernas del cochero. Cecil, que llevaba bombín, debía estar marchándose, mientras que Freddy (con gorra) ¿acompañaba a Cecil hasta la estación? Caminaron deprisa, tomando los atajos, y llegaron a la cima mientras el carruaje aún seguía las sinuosidades del camino.

Le dieron la mano al clérigo, pero no hablaron.

—Así que se va usted por un momento, ¿señor Vyse? —preguntó.

Cecil dijo «Sí», mientras Freddy se escabullía.

—Vengo a enseñarles esta deliciosa carta de unas amigas de la señorita Honeychurch —dijo él, y la citó—. ¿No es admirable? ¿No es romántico? Sin duda alguna irán a Constantinopla. Caen en una trampa que no puede fallar. Acabarán dando la vuelta al mundo.

Cecil escuchó cortésmente y dijo estar seguro de que Lucy se divertiría y le interesaría.

—¡Lo caprichosa que es la Novela! Nunca la noto en ustedes, los jóvenes; no hacen ustedes más que jugar al tenis y decir que la novela ha muerto, mientras las señoritas Alan luchan con todas las armas de la propiedad contra la terrible cosa. «¡Una pensión verdaderamente cómoda en Constantinopla!» Así la llaman por decoro, pero en su corazón desean una pensión con mágicas ventanas abiertas a la espuma de mares peligrosos en un País de las Hadas abandonado. Ninguna vista ordinaria contentará a las señoritas Alan. Quieren la Pensión Keats.

—Siento mucho interrumpir, señor Beebe —dijo Freddy—, pero ¿tiene usted fósforos?

—Yo tengo —dijo Cecil, y no escapó a la atención del señor Beebe que hablaba al muchacho con mayor amabilidad.

—Nunca ha conocido usted a estas señoritas Alan, ¿verdad, señor Vyse?

—Nunca.

—Entonces no ve usted la maravilla de esta visita a Grecia. Yo no he estado en Grecia, ni pienso ir, y no me imagino que ninguno de mis amigos vaya. Es, en conjunto, demasiado grande para nuestra pequeña grey. ¿No lo cree usted así? Italia viene a ser casi todo lo que podemos abarcar. Italia es heroica, pero Grecia es divina o diabólica —no estoy seguro de cuál de las dos, y, en cualquier caso, absolutamente fuera de nuestro foco suburbano. Está bien, Freddy —no estoy siendo ingenioso, palabra que no; la idea la tomé de otro tipo; y dame esos fósforos cuando termines. —Encendió un cigarrillo y siguió hablando a los dos jóvenes—. Estaba diciendo que, si nuestra pobre pequeña vida de suburbio ha de tener un fondo, que sea italiano. Ya bastante grande, a fe mía. Para mí, el techo de la Capilla Sixtina. Allí el contraste es todo lo que puedo abarcar. Pero el Partenón no, ni el friso de Fidias a ningún precio; y ahí llega el landó.

—Tiene usted toda la razón —dijo Cecil—. Grecia no es para nuestra pequeña grey —y subió. Freddy lo siguió, haciendo un gesto afirmativo al clérigo, en quien confiaba que, en realidad, no estaba tomándole el pelo. Y antes de haber recorrido una docena de metros saltó del carruaje y volvió corriendo a por la caja de fósforos de Vyse, que no había sido devuelta. Al tomarla, dijo:—Me alegra mucho que no hablara usted más que de libros. Cecil está muy herido. Lucy no se casará con él. Si hubiera seguido usted hablando de ella, como habló de ellas, podría haberse derrumbado.

—Pero cuándo—

—Anoche a última hora. Tengo que irme.

—Quizá no me quieran allí abajo.

—No, ve. Adiós.

—¡Gracias a Dios! —exclamó para sí el señor Beebe, y se dio una palmada aprobatoria en el sillín de la bicicleta—. Fue lo único disparatado que ella hizo jamás. ¡Oh, qué liberación tan espléndida! Y, tras pensarlo un instante, negoció la pendiente hacia Windy Corner, ligero de corazón. La casa volvía a ser como debía ser—: cortada para siempre del mundo pretencioso de Cecil.

Encontraría a la señorita Minnie allá abajo, en el jardín.

En el salón, Lucy estaba tocando con dedos ligeros una sonata de Mozart. Él vaciló un momento, pero bajó al jardín tal como se le había pedido. Allí encontró una compañía melancólica. Era un día tempestuoso, y el viento había arrancado y roto las dalias. La señora Honeychurch, que parecía enfadada, las estaba atando, mientras la señorita Bartlett, vestida de modo inapropiado, la estorbaba con ofrecimientos de ayuda. A corta distancia estaban Minnie y el «niño del jardín», una importación reciente, sosteniendo cada uno un extremo de un largo trozo de rafia.

—¡Oh, cómo está usted, señor Beebe! ¡Dios santo, qué desastre! ¡Mire usted mis pompones escarlata, y el viento revoloteándole las faldas, y la tierra tan dura que no se queda clavado ni un soporte, y luego el carruaje teniendo que salir, cuando yo había contado con tener a Powell, que—: hay que ser justo—: ata bien las dalias!

Era evidente que la señora Honeychurch estaba deshecha.

—¿Cómo está usted? —dijo la señorita Bartlett, con una mirada elocuente, como dando a entender que más que dalias habían sido tronchadas por los vendavales otoñales.

—Aquí, Lennie, la rafia —gritó la señora Honeychurch. El niño del jardín, que no sabía qué era la rafia, se quedó clavado en el sendero con horror. Minnie se escabulló hacia su tío y le susurró que hoy todos estaban muy antipáticos, y que no era culpa suya que las cuerdas de las dalias se rasgaran a lo largo en vez de a lo ancho.

—Ven a dar un paseo conmigo —le dijo él—. Ya les has preocupado todo lo que pueden aguantar. Señora Honeychurch, solo me he dejado caer sin objeto. Me la llevo a tomar el té a la Taberna Beehive, si me lo permite.

—¡Oh, tienen que hacerlo? Sí, vayan.—Las tijeras no, gracias, Charlotte, cuando ya tengo las dos manos llenas—: estoy completamente segura de que el cactus anaranjado se vendrá abajo antes de que yo pueda llegar a él.

El señor Beebe, que era experto en aliviar situaciones, invitó a la señorita Bartlett a acompañarlos a aquella moderada celebración.

—Sí, Charlotte, no te necesito—: anda, ve; no hay nada que valga la pena aquí, ni dentro ni fuera de la casa.

La señorita Bartlett dijo que su deber estaba en el arriate de las dalias, pero, tras exasperar a todos menos a Minnie con una negativa, se volvió y exasperó a Minnie con una aceptación. Mientras subían por el jardín, el cactus anaranjado se vino abajo, y la última visión que tuvo el señor Beebe fue la del niño del jardín abrazándolo como un amante, su oscura cabeza hundida en un caudal de flores.

—Es terrible, este estrago entre las flores —observó él.

—Siempre es terrible cuando la promesa de meses queda destruida en un instante —enunció la señorita Bartlett.

—Quizá deberíamos enviar a la señorita Honeychurch con su madre. ¿O vendrá con nosotros?

—Creo que será mejor dejar a Lucy sola, y entregada a sus propias ocupaciones.

—Están enfadadas con la señorita Honeychurch porque llegó tarde a desayunar —susurró Minnie—, y Floyd se ha ido, y el señor Vyse se ha ido, y Freddy no quiere jugar conmigo. En resumidas cuentas, tío Arthur, la casa no es ni por asomo lo que era ayer.

—No te las des de sabia —dijo el tío Arthur—. Ve a ponerte las botas.

Él entró en el salón, donde Lucy seguía dedicada a las Sonatas de Mozart. Ella se detuvo al entrar él.

—¿Cómo está usted? La señorita Bartlett y Minnie vienen conmigo a tomar el té a la Beehive. ¿Quiere venir usted también?

—No creo que vaya, gracias.

—No, ya supuse que no le apetecería mucho.

Lucy se volvió hacia el piano y tocó unos cuantos acordes.

—¡Qué delicadas son esas sonatas! —dijo el señor Beebe, aunque en el fondo de su corazón las consideraba piececillas tontas.

Lucy pasó a Schumann.

—¡Señorita Honeychurch!

—¿Qué?

—Los encontré en la colina. Su hermano me lo contó.

—¡Ah, sí? —Ella sonó disgustada. El señor Beebe se sintió herido, pues había pensado que le gustaría que se lo contasen.

—No hace falta decir que no irá más lejos.

—Mamá, Charlotte, Cecil, Freddy, usted —dijo Lucy, tocando una nota por cada persona que lo sabía, y tocando luego una sexta nota.

—Si me permite decirlo, me alegro mucho, y estoy seguro de que ha hecho usted lo correcto.

—Eso esperaba yo que pensaran los demás, pero no lo parece.

—Yo veía que la señorita Bartlett lo consideraba poco prudente.

—Mamá también. A mamá le disgusta muchísimo.

—Lo siento mucho por ella —dijo el señor Beebe con sentimiento.

La señora Honeychurch, que odiaba todo cambio, sí se disgustaba, pero ni mucho menos tanto como su hija fingía, y solo por un momento. En realidad era una estratagema de Lucy para justificar su desánimo—: una estratagema de la que ella misma no era consciente, pues marchaba en los ejércitos de las tinieblas.

—Y Freddy se disgusta.

—Con todo, Freddy nunca se entendió demasiado bien con Vyse, ¿verdad? Saqué la impresión de que le disgustaba el compromiso, y le parecía que podía separarlo de ti.

—Los chicos son tan raros.

Se oía a Minnie discutiendo con la señorita Bartlett a través del suelo. El té en la Beehive al parecer exigía un cambio completo de atuendo. El señor Beebe comprendió que Lucy—: muy razonablemente—: no deseaba hablar de su proceder, de modo que, tras una sincera expresión de simpatía, dijo:—He recibido una carta absurda de la señorita Alan. Eso fue en realidad lo que me trajo aquí. Pensé que podría divertirlas a ustedes.

—¡Qué delicia! —dijo Lucy, con voz apagada.

Por hacer algo, empezó a leerle la carta. A las pocas palabras, los ojos de ella se avivaron, y pronto lo interrumpió diciendo:—¿Se van al extranjero? ¿Cuándo salen?

—La semana próxima, según creo.

—¿Dijo Freddy si volvía directamente?

—No, no lo dijo.

—Porque yo espero que no vaya a irse con chismes.

Así que sí quería hablar de su compromiso roto. Siempre complaciente, él guardó la carta. Pero ella exclamó acto seguido con voz alta:—¡Oh, cuénteme más cosas de las señoritas Alan! ¡Qué absolutamente espléndido que se vayan al extranjero!

—¡Quiero que salgan de Venecia, y vayan en un vapor de carga por la costa iliria!

Ella se rio con ganas. —¡Oh, delicioso! Ojalá me llevaran a mí.

—¿Le ha metido Italia la fiebre de los viajes? Quizá George Emerson tenga razón. Dice que «Italia es solo un eufemismo del Destino».

—Oh, no Italia, sino Constantinopla. Siempre he deseado ir a Constantinopla. Constantinopla es prácticamente Asia, ¿no?

El señor Beebe le recordó que Constantinopla seguía siendo improbable, y que las señoritas Alan solo apuntaban a Atenas, «con Delfos, quizá, si las carreteras están seguras». Pero ello no aminoró su entusiasmo. Ella siempre había deseado ir a Grecia incluso más, al parecer. Él vio, con sorpresa, que aparentemente iba en serio.

—No me daba cuenta de que usted y las señoritas Alan siguieran siendo tan amigas, después de Cissie Villa.

—¡Oh, eso no es nada; le aseguro que Cissie Villa no es nada para mí; daría cualquier cosa por irme con ellas!

—¿La soltaría su madre otra vez tan pronto? Apenas lleva usted en casa tres meses.

—¡Tiene que soltarme! —gritó Lucy, con creciente excitación—. Simplemente tengo que irme. Tengo que hacerlo. —Se pasó los dedos histéricamente por el pelo—. ¿No ve usted que tengo que irme? No caí en la cuenta en su momento—: y, claro, deseo ver Constantinopla de un modo especialísimo.

—Quiere usted decir que, como ha roto el compromiso, siente—

—Sí, sí. Sabía que lo entendería.

El señor Beebe no lo entendió del todo. ¿Por qué no podía la señorita Honeychurch reposar en el seno de su familia? Cecil había adoptado manifiestamente la línea digna, y no iba a molestarla. Entonces se le ocurrió que la propia familia podía ser la molestia. Le sugirió esto, y ella aceptó la sugerencia con avidez.

—Sí, claro; irme a Constantinopla hasta que se hayan acostumbrado a la idea y todo se haya calmado.

—Me temo que ha sido un asunto enojoso —dijo él con suavidad.

—No, en absoluto. Cecil fue muy amable, en verdad; solo—: será mejor que le diga toda la verdad, ya que ha oído usted algo—: es que es tan autoritario. Descubrí que no me dejaba ir a mi aire. Querría corregirme en cosas que no tienen arreglo. Cecil no deja a una mujer decidir por sí misma—: en realidad, no se atreve. ¡Qué tonterías digo! Pero esa es la clase de cosa.

—Es lo que deduje de mi propia observación del señor Vyse; es lo que deduzco de todo lo que he conocido de usted. Lo lamento y coincido de la manera más profunda. Coincido tanto que tiene usted que permitirme una pequeña crítica: ¿Merece la pena salir corriendo a Grecia?

—¡Pero es que tengo que ir a alguna parte! —exclamó ella—. He estado cavilando toda la mañana, y aquí llega lo que necesito. —Se golpeó las rodillas con los puños cerrados y repitió—: ¡Tengo que ir! Y el tiempo que pasaré con mamá, y todo el dinero que gastó en mí la primavera pasada. Todos ustedes me estiman demasiado. Quisiera que no fueran tan amables. —En aquel momento entró la señorita Bartlett, y su agitación aumentó—. Tengo que marcharme, muy lejos. Tengo que conocer mi propia mente y adónde quiero ir.

—Venga, venga; té, té, té —dijo el señor Beebe, y empujó a sus invitados hacia la puerta principal. Los empujó tan deprisa que se olvidó del sombrero. Cuando volvió a buscarlo oyó, con alivio y sorpresa, el repiqueteo de una sonata de Mozart.

—Está tocando otra vez —le dijo a la señorita Bartlett.

—Lucy siempre sabe tocar —fue la respuesta agria.

—Uno se congratula mucho de que tenga un recurso así. Está manifiestamente muy preocupada, como, claro, debe estarlo. Yo sé todo. La boda estaba tan próxima que sin duda fue una lucha penosa antes de que pudiera armarse de valor para hablar.

La señorita Bartlett dio una especie de retorcimiento, y él se preparó para una discussion. Nunca había sondeado a la señorita Bartlett. Como él mismo se había dicho en Florencia: «aún podría revelar abismos de rareza, si no de significado». Pero era tan insensible que debía ser fiable. Partía de esa base, y no vaciló en hablar de Lucy con ella. Minnie, afortunadamente, estaba recogiendo helechos.

Ella abrió la discussion diciendo:—Mucho mejor será que dejemos correr el asunto.

—¿Lo cree usted?

—Es de la mayor importancia que no corra chisme por Summer Street. Sería la muerte que chismorrearan sobre la despedida del señor Vyse en estos momentos.

El señor Beebe enarcó las cejas. La muerte es una palabra fuerte—: sin duda, demasiado fuerte. No había cuestión de tragedia. Dijo:—Claro que la señorita Honeychurch hará público el hecho a su manera y cuando lo estime. Freddy solo me lo dijo a mí porque sabía que a ella no le importaría.

—Ya lo sé —dijo la señorita Bartlett cortésmente—. Y, aun así, Freddy no debería habérselo dicho ni siquiera a usted. Nunca se es lo bastante prudente.

—Cierto.

—Imploro el secreto más absoluto. Una palabra al azar a un amigo lenguaraz, y—

—Exacto. —Él estaba acostumbrado a esas solteronas nerviosas y a la importancia exagerada que dan a las palabras. Un rector vive en una tela de secretos menudos, y de confidencias y avisos, y cuanto más sabio es, menos caso les hará. Cambiará de tema, como hizo el señor Beebe, diciendo con buen humor:—¿Ha tenido usted noticias últimamente de la gente de Bertolini? Creo que sigue usted en contacto con la señorita Lavish. Es curioso cómo los de aquella pensión, que parecíamos una reunión tan casual, nos hemos ido entrelazando en las vidas de los demás. Dos, tres, cuatro, seis de nosotros—: no, ocho; había olvidado a los Emerson—: hemos seguido más o menos en contacto. Tendríamos que darle realmente un testimonio a la Signora.

Y, como la señorita Bartlett no secundaba el proyecto, subieron la colina en un silencio que solo rompía el rector nombrando algún helecho. En la cima se detuvieron. El cielo se había vuelto más tormentoso desde que él estuvo allí la hora anterior, dando a la tierra una grandeza trágica rara en Surrey. Nubes grises cargaban a través de telas blancas, que se estiraban y se hacían jirones y se desgarraban despacio, hasta que por sus últimas capas brilló un atisbo del azul que desaparecía. El verano se retiraba. El viento rugía, los árboles gemían, y, con todo, el ruido parecía insuficiente para aquellas vastas operaciones del cielo. El tiempo se estaba rompiendo, rompiendo, roto, y es un sentido de lo congruente, más que de lo sobrenatural, el que pertrecha tales crisis con las salvas de la artillería angélica. Los ojos del señor Beebe se posaron en Windy Corner, donde Lucy estaba sentada, ensayando a Mozart. Ninguna sonrisa le afloró a los labios y, cambiando otra vez de tema, dijo:—No tendremos lluvia, pero tendremos oscuridad, así que démonos prisa. La oscuridad de anoche fue aterradora.

Llegaron a la Taberna Beehive hacia las cinco. Aquel amable hospedaje posee una galería, en la que los jóvenes y los insensatos se deleitan en sentarse, mientras los huéspedes de edad más madura buscan una agradable sala enarenada, y toman el té sentados cómodamente a una mesa. El señor Beebe vio que la señorita Bartlett pasaría frío si se sentaba fuera, y que Minnie se aburriría si se sentaba dentro, de modo que propuso dividir las fuerzas. Le pasarían a la niña su comida por la ventana. Así, de paso, pudo tratar de las vicisitudes de Lucy.

—He estado pensando, señorita Bartlett —dijo—, y, a menos que usted tenga una objeción muy seria, me gustaría reabrir aquella conversación. Ella hizo una reverencia. —Nada del pasado. Sé poco y me importa menos; estoy absolutamente seguro de que ello habla en favor de su prima. Ella ha obrado con grandeza y con razón, y es propio de su dulce modestia decir que exageramos su mérito. Pero el futuro. Con seriedad, ¿qué piensa usted de ese proyecto de Grecia? Sacó de nuevo la carta. —No sé si usted oyó, pero ella quiere sumarse a la alocada carrera de las señoritas Alan. Todo esto —no sé cómo explicarlo— está mal.

La señorita Bartlett leyó la carta en silencio, la dejó, pareció dudar, y la leyó de nuevo.

—No acabo de ver el objeto de todo esto.

Para su asombro, ella respondió: —En esto no puedo estar de acuerdo con usted. En ello veo la salvación de Lucy.

—¡Vaya! Y ¿por qué?

—Ella deseaba dejar Windy Corner.

—Lo sé, pero parece tan raro, tan impropio de ella, tan —iba a decir— egoísta.

—Es natural, sin duda —después de escenas tan dolorosas—, que anhele un cambio.

Aquí, al parecer, había uno de esos puntos que el intelecto masculino no alcanza. El señor Beebe exclamó: —Eso es lo que ella dice, y puesto que otra dama está de acuerdo, he de confesar que me convencen a medias. Quizá necesite un cambio. No tengo hermanas ni —y no entiendo esas cosas. Pero ¿por qué tiene que ir tan lejos como Grecia?

—Bien puede usted preguntarlo —respondió la señorita Bartlett, que evidentemente estaba interesada y había abandonado casi su manera evasiva—. ¿Por qué Grecia? (¿Qué es, Minnie, cariño? ¿Mermelada?) ¿Por qué no Tunbridge Wells? ¡Ay, señor Beebe! He tenido esta mañana una entrevista larga y de lo más insatisfactoria con la pobre Lucy. No puedo ayudarla. No diré más. Quizá ya he dicho demasiado. No me toca hablar. Yo quería que pasara seis meses conmigo en Tunbridge Wells, y lo rehusó.

El señor Beebe pinchaba una migaja con su cuchillo.

—Pero mis sentimientos no importan nada. Sé muy bien que le crispo los nervios a Lucy. Nuestra gira fue un fracaso. Ella quería marcharse de Florencia, y cuando llegamos a Roma no quería estar en Roma, y todo el tiempo sentía yo que estaba gastando el dinero de su madre...

—Pero limitémonos al futuro —interrumpió el señor Beebe—. Quiero su consejo.

—Muy bien —dijo Charlotte, con una brusquedad entrecortada que era nueva para él, aunque familiar para Lucy—. Yo, por mi parte, la ayudaré a ir a Grecia. ¿Y usted?

El señor Beebe lo pensó.

—Es absolutamente necesario —continuó ella, bajando el velo y susurrando a través de él con una pasión, una intensidad, que le sorprendió—. Yo sé, yo sé. La oscuridad iba cerrando, y él sintió que aquella extraña mujer de veras sabía. —No debe detenerse aquí un momento más, y debemos guardar silencio hasta que se vaya. Confío en que los criados no saben nada. Después —pero quizá ya he dicho demasiado. Únicamente, Lucy y yo estamos desarmadas frente a la señora Honeychurch. Si usted nos ayuda, triunfaremos. Si no...

—¿Si no...?

—Si no —repitió ella, como si la palabra encerrase un final.

—Sí; la ayudaré —dijo el clérigo, apretando la mandíbula con firmeza—. Vamos, volvamos ahora y arreglemos todo el asunto.

La señorita Bartlett prorrumpió en una florida gratitud. El cartel de la taberna —una colmena rodeada con regularidad de abejas— chirriaba con el viento afuera mientras ella le daba las gracias. El señor Beebe no acababa de entender la situación; pero, además, no deseaba entenderla, ni saltar a la conclusión de «otro hombre» que habría atraído a una mente más grosera. Solo sentía que la señorita Bartlett sabía de alguna vaga influencia de la que la joven deseaba verse libre, y que bien podría encarnarse en forma carnal. Su misma vaguedad lo espoleó hacia la caballería andante. Su fe en el celibato, tan reticente, tan cuidadosamente oculta bajo su tolerancia y su cultura, afloró entonces y se expandió como una flor delicada. «Los que se casan, bien hacen; los que se abstienen, mejor». Tal era su creencia, y jamás supo de un compromiso roto sin sentir un leve placer. En el caso de Lucy, el sentimiento se intensificaba por la antipatía hacia Cecil; y estaba dispuesto a ir más lejos —a ponerla fuera de peligro hasta que ella pudiese confirmar su resolución de virginidad. El sentimiento era muy sutil y del todo antidogmático, y jamás lo comunicó a ningún otro de los personajes de aquel enredo. Sin embargo, existía, y solo él explica su conducta posterior y su influencia en la conducta de los demás. El pacto que hizo con la señorita Bartlett en la taberna era para ayudar no solo a Lucy, sino también a la religión.

Apresuradamente volvieron a casa a través de un mundo de negro y gris. Él conversaba sobre temas indiferentes: la necesidad que tenían los Emerson de una ama de llaves; los criados; los criados italianos; las novelas sobre Italia; las novelas con propósito; ¿puede la literatura influir en la vida? Windy Corner brillaba a lo lejos. En el jardín, la señora Honeychurch, ayudada ahora por Freddy, seguía luchando con la vida de sus flores.

—Se hace demasiado oscuro —dijo con desaliento—. Esto pasa por dejarlo para el final. Debimos haber sabido que el tiempo iba a quebrarse pronto; y ahora Lucy quiere irse a Grecia. No sé en qué va a parar el mundo.

—Señora Honeychurch —dijo él—, a Grecia ha de ir. Suba a la casa y hablemos del asunto. En primer lugar, ¿le importa que rompa con Vyse?

—Señor Beebe, estoy agradecida —simplemente agradecida.

—Yo también —dijo Freddy.

—Bien. Ahora subamos a la casa.

Deliberaron en el comedor durante media hora.

Lucy nunca habría llevado adelante el proyecto griego por sí sola. Era caro y aparatoso —dos cualidades que su madre aborrecía—. Ni Charlotte lo habría logrado. Los honores del día correspondieron al señor Beebe. Por su tacto y su sentido común, y por su influencia como clérigo —pues un clérigo que no es tonto influía mucho en la señora Honeychurch—, la doblegó a sus designios. «No veo por qué Grecia es necesaria —dijo ella—; pero ya que usted lo ve, supongo que estará bien. Debe de ser algo que yo no puedo entender. ¡Lucy! Vamos a contárselo. ¡Lucy!

—Está tocando el piano —dijo el señor Beebe. Abrió la puerta, y oyó los versos de una canción:

No mires tú al encanto de la hermosura,

—No sabía que la señorita Honeychurch también cantase.

Siéntate quieta cuando los reyes se arman, no pruebes cuando la copa del vino brilla...

—Es una canción que le regaló Cecil. ¡Qué raras son las chicas!

—¿Qué pasa? —llamó Lucy, deteniéndose en seco.

—Está bien, querida —dijo amablemente la señora Honeychurch. Entró en la sala, y el señor Beebe la oyó besar a Lucy y decir:—Siento haber sido tan desagradable con lo de Grecia, pero vino encima de las dalias.

Una voz más bien dura dijo: —Gracias, madre; eso no importa nada.

—Y tienes razón también —Grecia estará bien; puedes irte si las señoritas Alan te aceptan.

—¡Oh, espléndido! ¡Oh, gracias!

El señor Beebe la siguió. Lucy seguía sentada al piano con las manos sobre las teclas. Estaba contenta, pero él habría esperado mayor alegría. Su madre se inclinaba sobre ella. Freddy, a quien ella había estado cantando, estaba recostado en el suelo con la cabeza apoyada contra la suya y una pipa apagada entre los labios. Curiosamente, el grupo era hermoso. Al señor Beebe, que amaba el arte del pasado, le vino a la memoria un tema favorito, la Santa Conversazione, en el que se pinta a personas que se quieren charlando juntas de cosas nobles —un tema ni sensual ni sensacional, y por ello ignorado por el arte de hoy. ¿Por qué iba a querer Lucy casarse o viajar teniendo tales amigos en casa?

No pruebes cuando la copa del vino brilla, no hables cuando el pueblo escucha,

continuó ella.

—Aquí está el señor Beebe.

—El señor Beebe conoce mis modales groseros.

—Es una canción hermosa y sabia —dijo él—. Continúe.

—No es muy buena —dijo ella, sin ganas—. No sé por qué —la armonía o algo así.

—Sospechaba que no era muy académica. Es tan hermosa.

—La melodía está bien —dijo Freddy—, pero la letra es pésima. ¿Por qué tirar la toalla?

—¡Qué tonta eres al hablar! —dijo su hermana. La Santa Conversazione se deshizo. Después de todo, no había razón para que Lucy hablase de Grecia ni le diese las gracias por haber persuadido a su madre, de modo que se despidió.

Freddy le encendió la luz de la bicicleta en el porche, y con su felicidad de expresión habitual, dijo: —Esto ha sido un día y medio.

—Cierra tu oído al cantor...

—Espere un momento; está terminando.

—del oro rojo aparta tu dedo; corazón, mano y ojo vacíos, vive sin pena y muere tranquilo.

—Me gusta un tiempo así —dijo Freddy.

El señor Beebe salió a él.

Los dos hechos principales estaban claros. Ella se había portado magníficamente, y él la había ayudado. No cabía esperar que dominase los detalles de un cambio tan grande en la vida de una muchacha. Si aquí y allí estaba insatisfecho o perplejo, debía acquiescer; ella estaba eligiendo la mejor parte.

—Corazón, mano y ojo vacíos—

Quizá la canción enunciaba «la mejor parte» con demasiada rotundidad. Él medio sospechó que el acompañamiento, que se remontaba —y que él no perdía en el fragor del vendaval—, en realidad coincidía con Freddy y criticaba suavemente la letra que adornaba:

Corazón, mano y ojo vacíos, vive sin pena y muere tranquilo.

Sin embargo, por cuarta vez Windy Corner yacía tendida debajo de él —ahora como un faro en las rugientes mareas de la oscuridad.

Capítulo XIX Mentir al señor Emerson

Las señoritas Alan fueron halladas en su querido hotel de la templanza, cerca de Bloomsbury —un establecimiento limpio y sin aire, muy frecuentado por la Inglaterra de provincias. Siempre se instalaban allí antes de cruzar los grandes mares, y durante una semana o dos se inquietaban con suavidad por la ropa, las guías, los cuadrados de hule, el pan digestivo y otros adminículos continentales. Que haya tiendas en el extranjero, incluso en Atenas, jamás se les ocurrió, pues consideraban el viaje como una especie de guerra, que solo emprenderán quienes se hayan armado por completo en los Almacenes del Haymarket. Confiaban en que la señorita Honeychurch tendría buen cuidado de equiparse como era debido. Ahora se podía obtener la quinina en comprimidos; el jabón de papel era una gran ayuda para refrescarse la cara en el tren. Lucy prometió, un poco deprimida.

—Pero, claro, usted ya sabe todo eso, y tiene al señor Vyse para ayudarla. Un caballero es un gran recurso.

La señora Honeychurch, que había subido a la ciudad con su hija, empezó a tamborilear nerviosamente en su tarjetero.

—Nos parece tan bueno que el señor Vyse le permita a usted irse —continuó la señorita Catalina—. No todo joven sería tan desinteresado. Pero quizá salga más tarde a reunirse con usted.

—¿O le retiene en Londres su trabajo? —dijo la señorita Teresa, la más aguda y la menos bondadosa de las dos hermanas.

—De todos modos, le veremos cuando él la despida a usted. Deseo tanto verle.

—Nadie va a despedir a Lucy —interpuso la señora Honeychurch—. No le gusta.

—No; odio las despedidas —dijo Lucy.

—¿De veras? ¡Qué raro! Yo habría pensado que en este caso...

—¡Oh, señora Honeychurch, no se va usted? ¡Es una satisfacción haberla conocido!

Se escaparon, y Lucy dijo con alivio: —Ya está. Lo hemos capeado esa vez.

Pero su madre estaba disgustada. —Debería decirse, querida, que soy poco comprensiva. Pero no veo por qué no contaste a tus amigas lo de Cecil y sanseacabó. Ahí estuvimos todo el rato teniendo que andar con tapujos, y casi mintiendo, y siendo vistas, además, me imagino, que es lo más desagradable.

Lucy tenía mucho que responder. Describió el carácter de las señoritas Alan: eran tan chismosas, que si una les decía algo, la noticia correría por todas partes en un santiamén.

—¿Y por qué no ha de correr por todas partes en un santiamén?

—Porque acordé con Cecil no anunciarlo hasta que yo dejase Inglaterra. Se lo diré entonces. Es mucho más agradable. ¡Qué mojado está esto! Entremos aquí.

«Aquí» era el Museo Británico. La señora Honeychurch se negó. Si debían guarecerse, que fuese en una tienda. Lucy sintió desprecio, porque ella estaba en la onda de interesarse por la escultura griega, y ya había tomado prestado un diccionario mitológico del señor Beebe para aprender los nombres de las diosas y los dioses.

—Bueno, sea tienda, pues. Vamos a Mudie's. Compraré una guía.

—Sabes, Lucy, tú y Charlotte y el señor Beebe me decís todos que soy tan tonta, así que supongo que lo seré, pero nunca entenderé este juego de tapujos. Te has desembarazado de Cecil —bien está, y doy gracias de que se haya ido, aunque por un momento sentí rabia. Pero ¿por qué no anunciarlo? ¿Por qué este silenciar y este andar de puntillas?

—Es solo por unos días.

—¿Pero por qué en absoluto?

Lucy se quedó callada. Se estaba alejando de su madre. Era muy fácil decir: «Porque George Emerson me ha estado molestando, y si se entera de que he roto con Cecil puede volver a empezar» —muy fácil, y tenía la ventaja accesoria de ser verdad. Pero no podía decirlo. Le desagradaban las confidencias, porque podían llevar al autoconocimiento y a aquel rey de los terrores —la Luz. Desde aquella última velada en Florencia, había considerado imprudente descubrir su alma.

La señora Honeychurch, también, callaba. Pensaba: «Mi hija no me contesta; prefiere estar con aquellas viejas entrometidas antes que con Freddy y conmigo. Cualquier andrajo, trapajo y pingajo al parecer le sirve si puede dejar su casa». Y como en su caso los pensamientos jamás quedaban largo tiempo sin decirse, estalló diciendo:

—Estás harta de Windy Corner.

Esto era perfectamente cierto. Lucy había esperado volver a Windy Corner cuando se libró de Cecil, pero descubrió que su hogar ya no existía. Podría existir para Freddy, que aún vivía y pensaba recto, pero no para quien había deformado deliberadamente el cerebro. No reconocía que su cerebro estuviera deformado, porque el cerebro mismo había de asistir a ese reconocimiento, y ella estaba desordenando los mismos instrumentos de la vida. Solo sentía: «No amo a George; rompí mi compromiso porque no amaba a George; he de ir a Grecia porque no amo a George; es más importante que busque dioses en el diccionario que ayudar a mi madre; todos los demás se están portando muy mal». Solo se sentía irritable y quejumbrosa, y deseosa de hacer lo que no se esperaba de ella, y con ese espíritu prosiguió la conversación.

—¡Oh, madre, qué tonterías dices! Por supuesto que no estoy harta de Windy Corner.

—Entonces, ¿por qué no decirlo de una vez, en lugar de pensarlo media hora?

Rió levemente: —Medio minuto estaría más cerca.

—¿Quizá te gustaría alejarte de tu casa por completo?

—¡Chss, madre! La gente te oirá; porque habían entrado en Mudie's. Compró un Baedeker, y luego prosiguió: —Claro que quiero vivir en casa; pero ya que estamos hablando de eso, tanto vale decir que en adelante querré estar fuera más de lo que he estado. ¿Sabes?, entro en mi dinero el año que viene.

Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas.

Arrastrada por un desconcierto sin nombre, por lo que en la gente mayor se llama «excentricidad», Lucy resolvió aclarar este punto.

—He visto tan poco del mundo —me sentí tan fuera de las cosas en Italia. He visto tan poco de la vida; una debería subir a Londres más —aunque no con un billete barato como el de hoy, sino para quedarse. Incluso podría compartir un piso por un tiempo con alguna otra chica.

—Y enredarte con máquinas de escribir y llaves de la puerta —estalló la señora Honeychurch—. Y agitarte y chillar, y que te arranque la policía a patadas. ¡Y llamarlo Misión —cuando a nadie le haces falta! ¡Y llamarlo Deber —cuando significa que no puedes soportar tu propia casa! ¡Y llamarlo Trabajo —cuando hay miles de hombres pasando hambre con la competencia como está! ¡Y luego prepararte, encontrar a dos ancianas temblonas, e irte al extranjero con ellas!

—Quiero más independencia —dijo Lucy, sin fuerza; sabía que quería algo, y la independencia es un grito útil; siempre podemos decir que no la tenemos. Intentó recordar sus emociones en Florencia: aquellas habían sido sinceras y apasionadas, y le habían sugerido belleza más que faldas cortas y llaves de la puerta. Pero la independencia era, ciertamente, su baza.

—Muy bien. Toma tu independencia y vete. Corre arriba y abajo y alrededor del mundo, y vuelve como una estaca de tan flaca con la mala comida. Desprecia la casa que construyó tu padre y el jardín que él plantó, y nuestra querida vista —y luego comparte un piso con otra chica.

Lucy apretó los labios y dijo: —Tal vez he hablado con demasiada precipitación.

—¡Dios mío! —le replicó su madre—. ¡Cuánto me recuerdas a Charlotte Bartlett!

—¿Charlotte? —le replicó Lucy a su vez, atravesada al fin por un dolor vivo.

—Cada vez más.

—No sé qué quieres decir, madre; Charlotte y yo no nos parecemos en lo más mínimo.

—Pues yo veo el parecido. La misma eterna preocupación, el mismo retirar las palabras. Tú y Charlotte intentando dividir dos manzanas entre tres personas anoche podríais ser hermanas.

—¡Qué tontería! Y si te desagrada tanto Charlotte, es lástima que la invitaras a quedarse. Te advertí sobre ella; te lo supliqué, te lo imploré, pero claro que no se me escuchó.

—Ahí estás.

—¿Perdona?

—Otra vez Charlotte, querida; eso es todo; sus mismas palabras.

Lucy apretó los dientes. —Lo que digo es que no debiste invitar a Charlotte a quedarse. Desearía que te ciñeras al asunto. Y la conversación se apagó en una disputa.

Ella y su madre compraron en silencio, hablaron poco en el tren, poco otra vez en el carruaje, que las esperaba en la estación de Dorking. Había llovido todo el día y, mientras subían por los profundos caminos de Surrey, cortinas de agua caían de las hayas desbordantes y golpeaban en la capota. Lucy se quejó de que la capota resultaba asfixiante. Inclinándose hacia delante, miró hacia el crepúsculo humeante y vio cómo la linterna del carruaje pasaba como un faro buscador sobre barro y hojas, sin descubrir nada hermoso. —El apretujón cuando suba Charlotte será abominable —observó—. Pues iban a recoger a la señorita Bartlett en Summer Street, donde la habían dejado cuando el carruaje bajó, para hacer una visita a la anciana madre del señor Beebe—. Tendremos que sentarnos tres a cada lado, porque de los árboles cae agua, y sin embargo no llueve. ¡Ah, un poco de aire! —Luego escuchó los cascos del caballo—«No lo ha dicho —no lo ha dicho». Aquel ritmo se difuminaba en la suavidad del camino. —¿No podemos bajar la capota? —exigió, y su madre, con súbita ternura, dijo:—Muy bien, viejita, para el caballo. Y pararon al caballo, y Lucy y Powell forcejearon con la capota, y echaron agua por el cuello de la señora Honeychurch. Pero ahora que la capota estaba bajada, sí vio algo que se le habría escapado —no había luces en las ventanas de Cissie Villa, y junto a la verja del jardín creyó ver un candado.

—¿Está esa casa para alquilar de nuevo, Powell? —llamó.

—Sí, señorita —respondió.

—¿Se han ido?

—Está demasiado lejos del centro para el joven caballero, y al padre le ha venido un reuma, y no puede quedarse solo, de modo que están intentando alquilarla amueblada —fue la respuesta.

—Entonces, ¿se han ido?

—Sí, señorita; se han ido.

Lucy se recostó. El carruaje se detuvo en la Rectoría. Bajó a llamar a la señorita Bartlett. Así que los Emerson se habían ido, y todo aquel lío sobre Grecia había sido innecesario. ¡Desperdicio! Aquella palabra parecía resumir la vida entera. Planes desperdiciados, dinero desperdiciado, amor desperdiciado, y ella había herido a su madre. ¿Era posible que lo hubiera echado todo a perder? Muy posible. Otros lo habían hecho. Cuando el criado abrió la puerta, no pudo hablar y se quedó mirando estúpidamente al vestíbulo.

La señorita Bartlett se adelantó en seguida, y tras un largo preámbulo pidió un gran favor: ¿podía ir a la iglesia? El señor Beebe y su madre ya habían salido, pero ella se había negado a partir hasta obtener la plena aprobación de su anfitriona, pues ello significaría tener al caballo esperando diez minutos más.

—Por supuesto —dijo la anfitriona, cansada—. Olvidé que era viernes. Vamos todos. Powell puede ir a las caballerizas.

—Lucy, querida...

—No, gracias, nada de iglesia para mí.

Un suspiro, y partieron. La iglesia era invisible, pero arriba, en la oscuridad, a la izquierda, había un destello de color. Era una vidriera, por la que se filtraba una luz tenue, y cuando se abrió la puerta Lucy oyó la voz del señor Beebe recorriendo la letanía ante una mínima congregación. Hasta su iglesia, construida con tanto ingenio en la ladera, con su hermoso transepto elevado y su aguja de ripias plateadas —hasta su iglesia había perdido su encanto; y eso de lo que nunca se hablaba, la religión, se iba desvaneciendo como todo lo demás.

Siguió a la criada hasta la rectoría.

¿Le importaría sentarse en el despacho del señor Beebe? Solo estaba encendido ese fuego.

No le importaría.

Ya había alguien allí, pues Lucy oyó las palabras: «Una señora que espera, señor.»

El viejo señor Emerson estaba sentado junto al fuego, con el pie sobre un escabel para la gota.

—¡Oh, señorita Honeychurch, que haya venido usted! —temblóle la voz; y Lucy notó en él un cambio desde el domingo pasado.

Ni una palabra le acudía a los labios. A George lo había encarado, y habría podido encararlo de nuevo, pero había olvidado cómo tratar a su padre.

—Señorita Honeychurch, querida, ¡lo sentimos mucho! ¡George lo siente mucho! Creyó que tenía derecho a intentarlo. No puedo culpar a mi hijo, y aun así ojalá me lo hubiera dicho antes. No debiera haberlo intentado. Yo no sabía nada en absoluto.

¡Si al menos pudiera recordar cómo comportarse!

Él levantó la mano.

—Pero no debe usted reñirlo.

Lucy le dio la espalda y comenzó a mirar los libros del señor Beebe.

—Yo le enseñé —dijo con voz trémula— a confiar en el amor. Le dije: «Cuando llega el amor, esa es la realidad.» Le dije: «La pasión no ciega. No. La pasión es cordura, y la mujer a quien amas, es la única persona a quien llegarás a comprender de verdad.» —Suspiró—: Verdadero, eternamente verdadero, aunque mi día haya terminado y aunque ahí esté el resultado. ¡Pobre chico! ¡Lo siente tanto! Dijo que supo que era una locura cuando usted trajo a su prima; que fuera lo que fuese lo que sentía, no iba en serio. Y sin embargo... —su voz cobró fuerza, habló alto para cerciorarse—: Señorita Honeychurch, ¿recuerda Italia?

Lucy escogió un libro, un volumen de comentarios del Antiguo Testamento. Sosteniéndolo a la altura de los ojos, dijo:

—No tengo ningún deseo de hablar de Italia ni de ningún asunto relacionado con su hijo.

—Pero ¿lo recuerda?

—Se ha portado mal desde el principio.

—A mí solo me dijeron que la amaba a usted el domingo pasado. Nunca he sabido juzgar las conductas. Yo... yo... supongo que así es.

Sintiéndose un poco más firme, devolvió el libro a su sitio y se volvió hacia él. Tenía el rostro caído e hinchado, pero los ojos, aunque hundidos en sus cuencas, brillaban con el coraje de un niño.

—Pues se ha portado abominablemente —dijo ella—. Me alegra que lo sienta. ¿Sabe lo que hizo?

—No «abominablemente» —fue la suave corrección—. Solo lo intentó cuando no debía intentarlo. Usted tiene todo lo que quiere, señorita Honeychurch: va a casarse con el hombre al que ama. No salga de la vida de George diciendo que es abominable.

—No, claro —dijo Lucy, avergonzada ante la mención de Cecil—. «Abominable» es demasiado fuerte. Siento haberlo dicho de su hijo. Creo que iré a la iglesia, después de todo. Mi madre y mi prima ya han ido. No llegaré tan tarde...

—Sobre todo porque él se ha hundido —dijo él con calma.

—¿Cómo dice?

—Se ha hundido de forma natural. —Juntó las palmas en silencio; la cabeza le cayó sobre el pecho.

—No comprendo.

—Como su madre.

—Pero, señor Emerson... señor Emerson... ¿de qué está hablando?

—Cuando no quise que bautizaran a George —dijo.

Lucy se asustó.

—Y ella convino en que el bautismo no era nada, pero él cogió aquella fiebre a los doce años y ella cambió de parecer. Lo consideró un juicio divino. —Se estremeció—. Oh, horrible, cuando ya habíamos dejado atrás esas cosas y nos habíamos separado de los padres de ella. ¡Oh, horrible!, lo peor de todo, peor que la muerte, cuando uno ha abierto una pequeña clareza en el bosque, ha plantado su pequeño jardín, ha dejado entrar su luz del sol, y luego las malas hierbas vuelven a entrar. ¡Un juicio! ¡Y nuestro chico tuvo tifus porque ningún clérigo le había echado agua encima en la iglesia! ¿Es posible, señorita Honeychurch? ¿Caeremos otra vez en las tinieblas para siempre?

—No lo sé —jadeó Lucy—. No entiendo esas cosas. No estaba hecha para entenderlas.

—Pero el señor Eager vino mientras yo estaba fuera y actuó conforme a sus principios. No lo culpo ni culpo a nadie... pero cuando George se curó, ella ya estaba enferma. Él la hizo pensar en el pecado, y ella se hundió pensando en ello.

Fue así como el señor Emerson mató a su mujer a los ojos de Dios.

—¡Oh, qué terrible! —dijo Lucy, olvidando por fin sus propios asuntos.

—No fue bautizado —dijo el anciano—. Yo me mantuve firme. —Y miró sin pestañear las filas de libros, como si, ¡a qué precio!, hubiera alcanzado una victoria sobre ellos—. Mi hijo volverá a la tierra intacto.

Ella preguntó si el joven señor Emerson estaba enfermo.

—Oh, el domingo pasado. —Volvió bruscamente al presente—. George, el domingo pasado... no, no enfermo: simplemente se hundió. Nunca está enfermo. Pero es hijo de su madre. Sus ojos eran los de ella, y ella tenía esa frente que a mí me parece tan hermosa, y él no va a considerar que valga la pena vivir. Siempre fue cuestión de vida o muerte. Vivirá, pero no va a considerar que valga la pena vivir. Nunca va a considerar que nada valga la pena. ¿Recuerda aquella iglesia de Florencia?

Lucy sí recordaba, y cómo había sugerido que George coleccionara sellos de correos.

—Después de que usted dejara Florencia... horrible. Entonces tomamos la casa de aquí, y él se bañaba con su hermano y mejoró. ¿Lo vio usted bañarse?

—Lo siento mucho, pero no vale de nada seguir hablando de este asunto. Lo lamento profundamente.

—Luego surgió algo de una novela. No lo entendí en absoluto; tuve que oír tantas cosas, y a él le costaba contármelas; me encuentra demasiado viejo. Ah, bien, hay que tener fracasos. George baja mañana y me lleva a sus habitaciones de Londres. No soporta estar por aquí, y yo tengo que estar donde él esté.

—¡Señor Emerson! —exclamó la joven—. No se vaya al menos, no por mi causa. Me voy a Grecia. No abandone usted su casa confortable.

Era la primera vez que su voz se mostraba amable, y él sonrió.

—¡Qué buena es todo el mundo! Y mire al señor Beebe, que me ha acogido: ¡vino esta mañana y se enteró de que me iba! Aquí estoy tan a gusto con un fuego.

—Sí, pero no volverá usted a Londres. Es absurdo.

—Tengo que estar con George; tengo que conseguir que le importe vivir, y aquí abajo no puede. Dice que la idea de verla a usted y de oír hablar de usted... no lo justifico: solo digo lo que ha pasado.

—Oh, señor Emerson... —le tomó la mano—... no debe hacerlo. Ya he sido bastante fastidio para el mundo. No puedo consentir que usted salga de su casa cuando le gusta, y quizá pierda dinero por ello, todo por mi culpa. ¡Tiene que quedarse! Me voy a Grecia.

—¿Hasta Grecia?

Su porte cambió.

—¿A Grecia?

—Así que tiene que quedarse. Sé que no hablará de este asunto. Puedo fiarme de los dos.

—Por supuesto que puede. O lo tenemos a usted en nuestra vida, o lo dejamos en la vida que ha elegido.

—Yo no querría...

—Supongo que el señor Vyse está muy enfadado con George. No, fue un error por parte de George intentarlo. Hemos llevado nuestras creencias demasiado lejos. Me parece que merecemos el dolor.

Volvió a mirar los libros: negros, pardos, y aquel azul teológico acre. Rodeaban a los visitantes por todas partes; se amontonaban sobre las mesas, apretaban contra el mismo techo. Para Lucy, que no podía ver que el señor Emerson era profundamente religioso y solo se diferenciaba del señor Beebe por su reconocimiento de la pasión, parecía espantoso que el anciano tuviese que arrastrarse hasta aquel sanctasanctórum, cuando estaba triste, y depender de la munificencia de un clérigo.

Más cierto que nunca de que ella estaba cansada, le ofreció su silla.

—No, siéntese usted, por favor. Creo que me sentaré en el carruaje.

—Señorita Honeychurch, sí que suena cansada.

—Nada de eso —dijo Lucy, con los labios temblorosos.

—Pero lo está, y tiene un aire de George. ¿Y qué decía usted de irse al extranjero?

Ella guardó silencio.

—Grecia... —y vio que él estaba dando vueltas a la palabra—... Grecia; pero se iba a casar este año, ¿no?

—No era hasta enero —dijo Lucy, juntando las manos. ¿Sería capaz de decir una mentira verdadera llegado el caso?

—Supongo que el señor Vyse irá con usted. Espero... no será porque George ha hablado que se van los dos.

—No.

—Espero que disfruten de Grecia con el señorVyse.

—Gracias.

En aquel instante volvió de la iglesia el señor Beebe. La sotana estaba empapada de lluvia.

—Está bien —dijo amablemente—. Contaba con que ustedes dos se hicieran compañía. Vuelve a llover a cántaros. Toda la congregación, que se compone de su prima, su madre y mi madre, está esperando en la iglesia hasta que el coche las recoja. ¿Fue Powell por allí?

—Creo que sí; voy a ver.

—No, claro, voy a ver yo. ¿Cómo están las señoritas Alan?

—Muy bien, gracias.

—¿Le contó al señor Emerson lo de Grecia?

—Y... sí.

—¿No le parece muy valiente por su parte, señor Emerson, hacerse cargo de las dos señoritas Alan? Ahora, señorita Honeychurch, vuelva, manténgase caliente. Me parece que tres es un número muy animoso para viajar. —Y se marchó deprisa hacia las caballerizas.

—No va —dijo ella con voz ronca—. Se me escapó. El señor Vyse se queda en Inglaterra, en efecto.

Por alguna razón era imposible engañar a aquel anciano. A George, a Cecil, habría vuelto a mentirles; pero él parecía tan cercano al final de las cosas, tan digno en su aproximación al abismo, del que daba él un testimonio, y los libros que lo rodeaban otro, tan afable con los ásperos senderos que había recorrido, que la verdadera caballería —no la gastada caballería del sexo, sino la verdadera caballería que todos los jóvenes pueden mostrar a todos los viejos— despertó en ella, y, al riesgo que fuera, le dijo que Cecil no era su compañero de viaje a Grecia. Y lo dijo con tanta seriedad que el riesgo se volvió certeza, y él, alzando los ojos, dijo:

—¿Lo va a dejar? ¿Va a dejar al hombre al que ama?

—Yo... tenía que hacerlo.

—Pero, señorita Honeychurch, ¿por qué?

El terror se apoderó de ella, y volvió a mentir. Pronunció el largo y convincente discurso que le había hecho al señor Beebe, y pensaba hacer al mundo cuando anunciase que su compromiso había terminado. Él la escuchó en silencio, y luego dijo:

—Querida mía, me preocupo por usted. Me parece... —con aire soñador; ella no se alarmó—... que está usted en un lío.

Ella negó con la cabeza.

—Haga caso de la palabra de un anciano: no hay nada peor que un lío en todo el mundo. Es fácil hacerle frente a la Muerte y al Destino, y a las cosas que suenan tan terribles. Son mis líos los que miro con horror al volver atrás: las cosas que podría haber evitado. Poco podemos ayudarnos unos a otros. Antes pensaba que podía enseñar a los jóvenes toda la vida, pero ahora sé que no, y toda mi enseñanza a George se reduce a esto: cuidado con los líos. ¿Recuerda en aquella iglesia, cuando fingió estar molesta conmigo y no lo estaba? ¿Recuerda antes, cuando rechazó la habitación con vistas? Aquellos eran líos, pequeños, pero ominosos, y temo que ahora está usted metida en uno. —Ella guardó silencio—. No se fíe de mí, señorita Honeychurch. Aunque la vida es muy gloriosa, es difícil. —Seguía en silencio—. «La vida —escribió un amigo mío— es una interpretación pública de violín, en la que uno tiene que aprender el instrumento sobre la marcha.» Me parece que lo expresa bien. El hombre tiene que ir aprendiendo el uso de sus funciones según avanza, sobre todo la función del Amor. —Entonces prorrumpió con vehemencia—: ¡Eso es, eso es lo que quiero decir! ¡Ama usted a George! —Y, tras su largo preámbulo, las tres palabras estallaron contra Lucy como olas del mar abierto.

—¡Cómo se atreve! —jadeó Lucy, con el rugido de las aguas en los oídos—. ¡Oh, qué típico de un hombre!... Quiero decir, ¡suponer que una mujer está siempre pensando en un hombre!

—Pero es así.

Ella hizo acopio de un disgusto físico.

—Está usted escandalizada, pero pretendo escandalizarla. Es la única esperanza a veces. No puedo alcanzarla de otro modo. Tiene que casarse, o su vida se desperdiciará. Ha ido usted demasiado lejos para retroceder. No tengo tiempo para las ternuras, y la camaradería, y la poesía, y las cosas que de verdad importan, y por las que uno se casa. Sé que, con George, las encontrará, y que lo ama. Entonces sea su esposa. Él ya es parte de usted. Aunque vuele a Grecia y no lo vea jamás, u olvide hasta su nombre, George vivirá en sus pensamientos hasta que muera. No es posible amar y separarse. Querrá que lo sea. Puede usted transmutar el amor, ignorarlo, enmarañarlo, pero nunca podrá arrancarlo de dentro de usted. Sé por experiencia que los poetas tienen razón: el amor es eterno.

Lucy empezó a llorar de rabia, y aunque su rabia se disipó pronto, sus lágrimas permanecieron.

—Ojalá los poetas dijeran también esto: que el amor es del cuerpo, no el cuerpo, pero del cuerpo. ¡Ah!, ¡la miseria que se evitaría si lo confesáramos! ¡Ah!, ¡un poco de franqueza para liberar el alma! ¡Su alma, querida Lucy! Ahora odio la palabra, por toda la hipocresía con que la superstición la ha envuelto. Pero tenemos almas. No puedo decir de dónde vienen ni adónde van, pero las tenemos, y la veo a usted arruinando la suya. No puedo soportarlo. Es otra vez la oscuridad que se cuela; es el infierno. —Entonces se contuvo—. ¡Qué disparate he soltado!, ¡qué abstracto y remoto! ¡Y la he hecho llorar! Querida niña, perdone mi prosopopeya; case con mi hijo. Cuando pienso cómo es la vida, y qué raro es que el amor sea correspondido por el amor... Case con él; es uno de esos momentos para los que el mundo fue hecho.

Ella no podía entenderlo; las palabras eran, en efecto, remotas. Sin embargo, mientras él hablaba, la oscuridad se retiraba, velo tras velo, y ella vio hasta el fondo de su alma.

—Entonces, Lucy...

—Me ha asustado —gimió—. Cecil... el señor Beebe... el billete está comprado... todo. —Cayó sollozando en la silla—. Estoy atrapada en la maraña. Debo sufrir y envejecer lejos de él. No puedo romper toda una vida por él. Confiaron en mí.

Un carruaje se detuvo ante la puerta principal.

—Dale a George mi amor, solo una vez. Dile «lío». —Entonces se arregló el velo, mientras las lágrimas le corrían por las mejillas debajo.

—Lucy...

—No, ya están en el vestíbulo... oh, por favor, no, señor Emerson... confían en mí...

—¿Pero por qué habrían de hacerlo, cuando usted los ha engañado?

El señor Beebe abrió la puerta, diciendo:

—Aquí está mi madre.

—No son dignos de su confianza.

—¿Cómo dice? —preguntó el señor Beebe con viveza.

—Decía que por qué iban a fiarse de usted, cuando ella lo ha engañado.

—Un momento, madre. —Entró y cerró la puerta.

—No lo sigo, señor Emerson. ¿A quién se refiere? ¿Fiarse de quién?

—Quiero decir que ella le ha fingido a usted que no ama a George. Se han amado el uno al otro todo el tiempo.

El señor Beebe miró a la joven que sollozaba. Estaba muy callado, y su rostro blanco, con sus patillas rojizas, pareció de pronto inhumano. Como una larga columna negra, aguardó de pie su respuesta.

—No me casaré nunca con él —tembló la voz de Lucy.

Una expresión de desprecio cruzó su cara, y dijo:

—¿Por qué no?

—Señor Beebe... los he engañado... me he engañado a mí misma...

—¡Oh, tonterías, señorita Honeychurch!

—¡No son tonterías! —dijo el anciano acaloradamente—. Es la parte de las personas que ustedes no entienden.

El señor Beebe le puso la mano en el hombro afablemente.

—¡Lucy! ¡Lucy! —llamaban voces desde el carruaje.

—Señor Beebe, ¿podría ayudarme?

Él miró asombrado la petición, y dijo con voz queda y severa:

—Siento más dolor del que puedo expresar. Es lamentable, lamentable, increíble.

—¿Qué le pasa al chico? —se encrespó el otro de nuevo.

—Nada, señor Emerson, salvo que ya no me interesa. Cásese con George, señorita Honeychurch. Le irá de perlas.

Salió y los dejó. Lo oyeron acompañar a su madre escaleras arriba.

—¡Lucy! —llamaban las voces.

Se volvió hacia el señor Emerson, desesperada. Pero su rostro la reanimó. Era el rostro de un santo que comprendía.

—Ahora todo es oscuro. Ahora la Belleza y la Pasión parecen no haber existido nunca. Lo sé. Pero recuerde las montañas sobre Florencia y la vista. Ah, querida, si yo fuera George, y le diera un beso, la haría valiente. Tiene usted que entrar fría en una batalla que requiere calor, salir a ese lío que se ha hecho usted misma; y su madre y todos sus amigos la despreciarán, ¡oh, mi cielo!, y con razón, si es que alguna vez es justo despreciar. George, todavía a oscuras, todo el forcejeo y la miseria sin una palabra de él. ¿Estoy justificado? —A sus propios ojos asomaron lágrimas—. Sí, porque luchamos por algo más que el Amor o el Placer; está la Verdad. La Verdad cuenta, la Verdad cuenta de veras.

—Béseme —dijo la joven—. Béseme. Lo intentaré.

Él le infundió la sensación de unas deidades reconciliadas, el sentimiento de que, al ganar al hombre al que amaba, ganaría algo para el mundo entero. A lo largo de la sordidez del trayecto de vuelta —habló de inmediato—, su salutación permaneció. Él había despojado al cuerpo de su mancha, a las burlas del mundo de su aguijón; le había mostrado la santidad del deseo directo. «Nunca entendí del todo», diría años después, «cómo consiguió fortalecerme. Era como si me hubiera hecho ver el todo de todo de golpe.»

Capítulo XX El final de la Edad Media

Las señoritas Alan sí fueron a Grecia, pero fueron ellas solas. Solo ellas, de esta pequeña compañía, doblarán Malea y surcarán las aguas del golfo Sarónico. Solo ellas visitarán Atenas y Delfos, y cada santuario del canto intelectual: el de la Acrópolis, ceñido por mares azules; el del Parnaso, donde las águilas anidan y el auriga de bronce avanza impertérrito hacia el infinito. Temblando, ansiosas, cargadas con mucho pan digestivo, prosiguieron rumbo a Constantinopla, dieron la vuelta al mundo. Los demás habremos de contentarnos con una meta hermosa, pero menos ardua. *Italiam petimus*: regresamos a la Pensión Bertolini.

George dijo que era su antigua habitación.

—No, no lo es —dijo Lucy—; porque es la habitación que yo tenía, y yo tenía la de tu padre. No recuerdo por qué; Charlotte me obligó, por algún motivo.

Se arrodilló sobre el suelo de baldosas y hundió el rostro en su regazo.

—George, bebé, levántate.

—¿Y por qué no iba yo a ser un bebé? —murmuró George.

Inc incapaz de contestar a aquella pregunta, dejó el calcetín que intentaba remendar y miró por la ventana. Era de noche y, otra vez, primavera.

—Oh, maldita Charlotte —dijo pensativa—. ¿De qué estarán hechas esas personas?

—De la misma pasta que los párrocos.

—¡Tonterías!

—Muy cierto. Es una tontería.

—Levántate del suelo frío o acabarás con reuma, y deja de reírte y de ser tan bobo.

—¿Y por qué no voy a reírme? —preguntó él, sujetándola con los codos y acercando su rostro al de ella—. ¿Qué hay que llore? Bésame aquí. —Señaló el lugar donde un beso sería bien recibido.

Al fin y al cabo, era un muchacho. Cuando llegó el momento, fue ella quien recordó el pasado, ella, en cuyo alma había entrado el hierro, ella que sabía de quién había sido aquella habitación el año anterior. Le inspiraba una ternura extraña que él tuviese la culpa a veces.

—¿Alguna carta? —preguntó.

—Solo una línea de Freddy.

—Ahora bésame aquí; luego aquí.

Entonces, amenazado otra vez con los reumatismos, se acercó a la ventana, la abrió (como es propio de los ingleses) y se asomó. Ahí estaba el parapeto, ahí el río, ahí a la izquierda el comienzo de las colinas. El cochero, que al punto le saludó con el silbido de una serpiente, bien podía ser aquel mismo Faetón que había puesto en marcha dicha felicidad hacía doce meses. Una pasión de gratitud —todos los sentimientos se tornan pasiones en el Sur— se apoderó del marido, y bendijo a las personas y a las cosas que tanto se habían molestado por causa de un joven necio. Cierto que él había ayudado, pero ¡qué torpemente!

Toda la lucha que importaba la habían hecho otros: Italia, su padre, su esposa.

—Lucy, ven a ver los cipreses; y la iglesia, como se llame, todavía se ve.

—San Miniato. Terminaré tu calcetín ahora mismo.

—Signorino, domani faremo uno giro —gritó el cochero, con atractiva certeza.

George le dijo que estaba equivocado; no tenían dinero que malgastar en coches.

¡Y la gente que no había tenido intención de ayudar —las señoritas Lavish, los Cecil, las señoritas Bartlett! Siempre propenso a magnificar al Destino, George hizo recuento de las fuerzas que lo habían arrastrado a aquella satisfacción.

—¿Hay algo bueno en la carta de Freddy?

—Todavía no.

Su propia dicha era absoluta, pero la de ella encerraba amargura: los Honeychurch no los habían perdonado; estaban disgustados por la hipocresía pasada de ella; había alejado de Windy Corner, quizá para siempre.

—¿Qué dice?

—¡Muchacho tonto! Se figura que está siendo digno. Sabía que nos marcharíamos en primavera —lo sabía desde hacía seis meses— que, si mamá no daba su consentimiento, tomaríamos el asunto en nuestras manos. Tuvieron aviso suficiente, y ahora lo llama una fuga. Muchacho ridículo—

—Signorino, domani faremo uno giro—

—Pero todo se arreglará al final. Tiene que reconstruirnos a los dos partiendo de cero. Quisiera, con todo, que Cecil no se hubiera vuelto tan cínico respecto a las mujeres. Ha cambiado, por segunda vez, por completo. ¿Por qué los hombres tendrán teorías sobre las mujeres? Yo no tengo ninguna sobre los hombres. También quisiera que el señor Beebe—

—Bien puedes desearlo.

—Nunca nos perdonará —quiero decir, nunca volverá a interesarse por nosotros. Quisiera que no influyera tanto en ellos en Windy Corner. Quisiera que no hubiera—Pero si obramos con verdad, los que de verdad nos quieren están seguros de volver con nosotros a la larga.

—Quizá. —Luego dijo con más dulzura—: Bien, yo obré con verdad —lo único que hice— y tú volviste a mí. Así que, posiblemente, lo sabes. —Volvió adentro—. Tonterías con ese calcetín. —La llevó a la ventana, de modo que ella también viera toda la vista. Se arrodillaron, invisibles desde la carretera, según esperaban, y empezaron a susurrarse mutuamente sus nombres. ¡Ah! había valido la pena; era la gran alegría que habían esperado, e incontables alegrías pequeñas con las que nunca habían soñado. Se quedaron en silencio.

—Signorino, domani faremo—

—¡Oh, fastidia a ese hombre!

Pero Lucy se acordó del vendedor de fotografías y dijo: —No, no seas grosero con él. —Luego, con un ahogo, murmuró—: El señor Eager y Charlotte, la horrible Charlotte congelada. ¡Qué cruel sería con un hombre así!

—Mira las luces que cruzan el puente.

—Pero esta habitación me recuerda a Charlotte. ¡Qué horrible envejecer al modo de Charlotte! Pensar que aquella velada en la rectoría no supiera que tu padre estaba en la casa. Porque ella me habría impedido entrar, y él era la única persona viva que habría podido hacerme entrar en razón. Tú no habrías podido. Cuando soy muy feliz —le besó— recuerdo en qué poco se sostiene todo. Si Charlotte lo hubiera sabido, me habría impedido entrar, y yo habría ido a la estúpida Grecia, y me habría vuelto otra para siempre.

—Pero sí lo sabía —dijo George—; vio a mi padre, sin duda. Él lo dijo.

—Oh, no, no lo vio. Estaba arriba con la anciana señora Beebe, ¿no te acuerdas?, y luego se fue directamente a la iglesia. Ella lo dijo.

George se puso otra vez terco. —Mi padre —dijo— la vio, y yo me quedo con su palabra. Estaba adormilado junto a la chimenea del estudio, abrió los ojos, y allí estaba la señorita Bartlett. Unos minutos antes de que entraras tú. Se volvía para irse cuando él se despertó. No le habló.

Entonces hablaron de otras cosas —la charla inconexa de quienes han luchado por alcanzarse y cuya recompensa es descansar quietos en brazos del otro. Pasó mucho tiempo antes de que volvieran a la señorita Bartlett, pero, cuando lo hicieron, su proceder pareció más interesante. George, que detestaba toda oscuridad, dijo: —Está claro que lo sabía. Entonces, ¿por qué arriesgó el encuentro? Sabía que él estaba allí, y, aun así, fue a la iglesia.

Trataron de hilvanar el asunto.

Mientras hablaban, una solución increíble se abrió paso en la mente de Lucy. La rechazó y dijo: —Qué propio de Charlotte deshacer su obra con una torpe confusión en el último momento. —Pero algo en el crepúsculo moribundo, en el rugido del río, en su propio abrazo, les advertía de que sus palabras se quedaban cortas ante la vida, y George susurró—: ¿O lo hizo queriendo?

—¿Queriendo qué?

—Signorino, domani faremo uno giro—

Lucy se inclinó hacia adelante y dijo con dulzura: —Lascia, prego, lascia. Siamo sposati.

—Scusi tanto, signora —respondió con tonos igual de suaves, y arreó al caballo.

—Buona sera—e grazie.

—Niente.

El cochero se alejó cantando.

—Queriendo qué, George?

Susurró: —¿Es esto? ¿Es esto posible? Te propondré un prodigio. Que tu prima lo ha esperado siempre. Que desde el mismísimo primer instante en que nos conocimos, lo esperó, en lo más hondo de su mente, que fuésemos así —claro está, muy en el fondo—. Que en la superficie luchó contra nosotros, y, sin embargo, lo esperaba. No logro explicarla de otro modo. ¿Tú sí? Mira cómo te mantuvo vivo en mí todo el verano; cómo no te dio paz; cómo mes tras mes se volvió más excéntrica e insegura. La visión de nosotros la perseguía —de lo contrario no habría podido describimos como lo hizo a su amiga. Hay detalles —quemó. Leí el libro después. No está congelada, Lucy, no está mustia por completo. Nos separó dos veces, pero en la rectoría aquella velada se le dio una última oportunidad de hacernos felices. Nunca podremos reconciliarnos con ella ni darle las gracias. Pero yo sí creo que, muy en el fondo de su corazón, muy por debajo de toda palabra y conducta, está contenta.

—Es imposible —murmuró Lucy, y luego, recordando las experiencias de su propio corazón, dijo—: No —es posible, apenas.

La juventud los envolvía; el canto de Faetón anunciaba la pasión correspondida, el amor alcanzado. Pero eran conscientes de un amor más misterioso que aquel. La canción se apagó; oyeron el río, arrastrando hacia el Mediterráneo las nieves del invierno.

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