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Alice's Adventures in Wonderland

by Lewis Carroll · in Spanish

Alicia en el país de las maravillas

por Lewis Carroll

LA EDICIÓN FULCRUM DEL MILENIO 3.0

Índice

CAPÍTULO I. En la madriguera del conejo CAPÍTULO II. El charco de lágrimas CAPÍTULO III. Una carrera caucus y un cuento largo CAPÍTULO IV. El conejo envía una esquela CAPÍTULO V. Consejos de una oruga CAPÍTULO VI. Cerdo y pimienta CAPÍTULO VII. Una merienda de locos CAPÍTULO VIII. El campo de croquet de la Reina CAPÍTULO IX. La historia de la Falsa Tortuga CAPÍTULO X. La cuadrilla de la langosta CAPÍTULO XI. ¿Quién robó las tartas? CAPÍTULO XII. Las pruebas de Alicia

CAPÍTULO I. En la madriguera del conejo

Alicia empezaba a cansarse mucho de estar sentada con su hermana en la orilla, y de no tener nada que hacer: una o dos veces había ojeado el libro que su hermana leía, pero no tenía ilustraciones ni diálogos, «¿y de qué sirve un libro —pensaba Alicia— sin ilustraciones ni diálogos?».

Así pues, sopesaba en su interior (lo mejor que podía, pues el día caluroso la hacía sentirse muy adormilada y lela), si el placer de hacer un collar de margaritas valdría la pena de levantarse a coger las margaritas, cuando de repente un Conejo Blanco de ojos rosados pasó corriendo muy cerca de ella.

No había nada tan extraordinario en eso; ni a Alicia le pareció tampoco tan extraño oír que el Conejo se decía a sí mismo: «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!» (cuando lo pensó después, se le ocurrió que debería haberse asombrado por aquello, pero en su momento todo le pareció de lo más natural); sin embargo, cuando el Conejo _sacó en efecto un reloj del bolsillo de su chaleco_, lo miró y luego se apresuró a seguir su camino, Alicia se puso en pie de un salto, pues se le pasó fugazmente por la cabeza que jamás antes había visto un conejo con bolsillo en el chaleco, ni con reloj que sacar de él, y, devorada por la curiosidad, salió corriendo tras él por el campo, y por suerte llegó justo a tiempo de verle meterse de un salto en una gran madriguera de conejo bajo el seto.

Al instante siguiente, Alicia se metió tras él sin pararse a pensar cómo en el mundo iba a salir de nuevo.

La madriguera siguió en línea recta como un túnel durante un trecho, y luego descendió de golpe, tan de repente que Alicia no tuvo un solo segundo para pensar en frenarse antes de verse cayendo por un pozo muy profundo.

O el pozo era muy hondo, o caía muy despacio, pues tuvo tiempo de sobra mientras descendía para mirar a su alrededor y preguntarse qué iba a pasar después. Primero, intentó mirar hacia abajo para adivinar a dónde iba a parar, pero estaba demasiado oscuro para ver nada; luego miró a las paredes del pozo y advirtió que estaban repletas de alacenas y estantes para libros; aquí y allá vio mapas y cuadros colgados de escarpias. Al pasar, cogió un tarro de uno de los estantes; llevaba la etiqueta «MERMELADA DE NARANJA», pero para su gran desilusión estaba vacío: no quiso soltar el tarro por miedo a matar a alguien que estuviera debajo, así que se apañó para meterlo en una de las alacenas mientras caía a su altura.

«¡Vaya! —pensó Alicia para sus adentros—, ¡después de una caída como esta, ya no me parecerá nada bajar rodando por las escaleras! ¡Qué valiente me creerán todos en casa! ¡Si es que no diría ni pío, ni aunque me cayera del tejado!» (Lo cual era muy probable que fuera cierto).

Abajo, abajo, abajo. ¿No iba a tener nunca fin la caída? «Me pregunto cuántas millas habré caído ya a estas alturas —dijo en voz alta—. Debo de estar llegando más o menos al centro de la tierra. A ver: eso serían unas cuatro mil millas hacia abajo, creo...» (pues, ya veis, Alicia había aprendido varias cosas de este tipo en sus lecciones en el aula, y aunque esta no era una ocasión muy propicia para presumir de sus conocimientos, puesto que no había nadie para escucharla, aun así era un buen ejercicio repetirlo en voz alta)—«sí, esa es más o menos la distancia correcta... pero entonces, ¿en qué latitud o longitud habré caído?». (Alicia no tenía la más remota idea de qué era la latitud ni tampoco la longitud, pero pensaba que eran palabras grandilocuentes y bonitas de decir).

Al poco rato volvió a empezar. «¡A ver si voy a atravesar la tierra de parte a parte! ¡Qué divertido parecerá salir entre esa gente que camina con la cabeza hacia abajo! Los Antípodas, creo...» (se alegró bastante de que no hubiera nadie escuchando esta vez, pues no sonaba en absoluto como la palabra correcta)—«pero claro, tendré que preguntarles cómo se llama el país. Perdone, señora, ¿esto es Nueva Zelanda o Australia?» (e intentó hacer una reverencia mientras hablaba; ¡imaginaos hacer una reverencia mientras caéis por el aire! ¿Creéis que podríais apañaros?). «¡Y qué niña tan ignorante creerá ella que soy por preguntar! No, nunca resultará; tal vez lo vea escrito en alguna parte».

Abajo, abajo, abajo. No había nada más que hacer, así que Alicia pronto empezó a hablar de nuevo. «¡Creo que Dinah me echará mucho de menos esta noche!» (Dinah era la gata). «Espero que se acuerden de su plato de leche a la hora del té. ¡Mi querida Dinah! ¡Ojalá estuvieras aquí abajo conmigo! Me temo que no hay ratones por los aire, pero podrías cazar un murciélago, y eso se parece mucho a un ratón, ya sabes. Pero me pregunto, ¿comerán los gatos murciélagos?». Y aquí Alicia empezó a quedarse bastante adormilada, y siguió diciéndose a sí misma, de un modo ensimismado: «¿Comen los gatos murciélagos? ¿Comen los gatos murciélagos?» y a veces: «¿Comen los murciélagos los gatos?», pues, ya veis, como no podía responder a ninguna de las dos preguntas, daba igual cómo lo planteara. Sintió que se estaba durmiendo y acababa de empezar a soñar que paseaba cogida de la mano de Dinah, y le decía con mucha seriedad: «Ahora, Dinah, dime la verdad: ¿alguna vez te has comido un murciélago?», cuando de repente, ¡pum!, ¡pum!, fue a parar sobre un montón de ramas y hojas secas, y la caída se acabó.

A Alicia no le dolió lo más mínimo y se puso en pie de un salto en un abrir y cerrar de ojos; miró hacia arriba, pero todo era oscuridad allá arriba; ante ella había otro pasillo largo, y el Conejo Blanco seguía a la vista, alejándose a prisa por él. No había ni un momento que perder; Alicia salió zumbando como el viento y llegó justo a tiempo de oírle decir, al doblar una esquina: «¡Oh, mis orejas y mis bigotes, qué tarde se está haciendo!». Estaba justo detrás de él cuando dobló la esquina, pero el Conejo ya no se veía; se hallaba en una sala larga y baja, iluminada por una hilera de lámparas que colgaban del techo.

Había puertas por toda la sala, pero estaban todas cerradas con llave; y cuando Alicia hubo recorrido todo un lateral de arriba abajo y vuelto por el otro, probando en cada puerta, caminó con tristeza por el centro, preguntándose cómo iba a salir de nuevo.

De repente se topó con una mesita de tres patas, toda de cristal macizo; no había nada sobre ella salvo una diminuta llave de oro, y el primer pensamiento de Alicia fue que podría pertenecer a una de las puertas de la sala; pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes, o la llave era demasiado pequeña, el caso es que no abría ninguna. Sin embargo, al dar la segunda vuelta, se tropezó con una cortinilla baja que no había visto antes, y detrás había una puertecilla de unas quince pulgadas de alto: probó la llavecita de oro en la cerradura y, para su enorme alegría, ¡encajaba!

Alicia abrió la puerta y descubrió que conducía a un pasillo pequeño, no mucho más grande que una madriguera de ratas; se arrodilló y miró a lo largo del pasillo hacia el jardín más hermoso que jamás habíais visto. ¡Cuánto ansiaba salir de aquella oscura sala y pasear entre aquellos arriates de flores brillantes y aquellas fuentes frescas, pero ni siquiera podía meter la cabeza por la abertura!; «y aunque mi cabeza cupiera —pensó la pobre Alicia—, de muy poco serviría sin mis hombros. ¡Ay, ojalá pudiera encogerme como un catalejo! Creo que podría, si tan solo supiera por dónde empezar». Pues, ya veis, habían sucedido tantas cosas insólitas últimamente, que Alicia había empezado a creer que muy pocas cosas eran verdaderamente imposibles.

Parecía no servir de nada aguardar junto a la puertecilla, así que regresó a la mesa, abrigando la esperanza de encontrar otra llave en ella, o al menos un libro de instrucciones para encoger a la gente como a los catalejos; esta vez encontró una botellita sobre la mesa («que desde luego no estaba aquí antes», dijo Alicia), y alrededor del cuello de la botella había una etiqueta de papel con las palabras «BÉBEME», bellamente impresas en letras grandes.

Estaba muy bien decir «Bébeme», pero la prudente Alicia no iba a hacerlo a la ligera. «No, primero miraré —dijo—, y veré si está marcado como "veneno" o no»; pues había leído unas cuantas historietas muy bonitas sobre niños que se habían quemado, o que habían sido devorados por fieras y otras desgracias desagradables, todo por no recordar las reglas sencillas que sus amigos les habían enseñado: como que un hierro al rojo vivo te quema si lo agarras demasiado tiempo; y que si te cortas un dedo profundamente con un cuchillo, por lo general sangra; y nunca había olvidado que, si bebes mucho de una botella marcada como «veneno», es casi seguro que te sentará mal tarde o temprano.

Sin embargo, esta botella no estaba marcada como «veneno», así que Alicia se atrevió a probarla y, al encontrarla muy agradable (tenía, de hecho, una especie de sabor mezcla de tarta de cereza, crema pastelera, piña, pavo asado, caramelo blando y tostada caliente con mantequilla), se la tragó enseguida hasta el fondo.

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«¡Qué sensación tan curiosa! —dijo Alicia—. Debo de estar encogiéndome como un catalejo».

Y así era en efecto: ahora medía apenas diez pulgadas de altura, y su rostro se iluminó al pensar que ya tenía el tamaño idóneo para pasar por la puertecilla hacia aquel hermoso jardín. Primero, sin embargo, esperó unos minutos para ver si seguía menguando; se sentía un poco nerviosa al respecto: «pues podría acabar, ya sabes —se dijo Alicia—, por desaparecer del todo, como una vela. ¿Cómo sería entonces?». E intentó imaginar cómo es la llama de una vela después de haberla soplado, pues no recordaba haber visto nunca tal cosa.

Al cabo de un rato, al ver que no ocurría nada más, decidió entrar en el jardín de inmediato; pero, ¡ay de la pobre Alicia!, cuando llegó a la puerta, descubrió que se había olvidado de la llavecita de oro, y cuando volvió a la mesa para cogerla, vio que le era imposible alcanzarla: se veía con toda claridad a través del cristal, y probó por todos los medios a trepar por una de las patas de la mesa, pero estaba demasiado resbaladiza; y cuando se hubo agotado de tanto intentarlo, la pobrecita se sentó y se echó a llorar.

«¡Venga, no sirve de nada llorar de esa manera! —se dijo Alicia con bastante severidad—. ¡Te aconsejo que lo dejes este mismo instante!». Por lo general se daba a sí misma muy buenos consejos (aunque rara vez los seguía), y a veces se regañaba con tanta dureza que se le llenaban los ojos de lágrimas; y una vez recordaba haber intentado propinarse un bofetón por haberse trampeado a sí misma en una partida de croquet que jugaba contra ella sola, ya que a esta curiosa niña le encantaba fingir que eran dos personas. «¡Pero de nada sirve ahora —pensó la pobre Alicia— fingir que soy dos personas! ¡Vaya, si apenas queda lo suficiente de mí para hacer una persona decente!».

Pronto reparó en una cajita de cristal que había debajo de la mesa: la abrió y halló dentro un pastelito muy pequeño, en el que las palabras «CÓMEME» estaban bellamente delineadas con pasas de corinto. «Bueno, me lo comeré —dijo Alicia—, y si me hace crecer más, podré alcanzar la llave; y si me hace más pequeña, podré meterme arrastrándome bajo la puerta; así que de cualquier modo entraré en el jardín, ¡y me da igual lo que pase!».

Se comió un trocito y se dijo con ansiedad: «¿Para dónde? ¿Para dónde?», poniendo la mano en la coronilla para notar hacia dónde crecía, y se quedó bastante sorprendida al comprobar que seguía del mismo tamaño; por supuesto, esto es lo que suele pasar cuando uno come bizcocho, pero Alicia se había acostumbrado tanto a esperar que solo pasaran cosas extrañas, que le parecía de lo más aburrido y tonto que la vida continuara de forma corriente.

Así que se puso manos a la obra y se acabó el pastelito en un abrir y cerrar de ojos.

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CAPÍTULO II. El charco de lágrimas

«¡Curioso y más curioso! —exclamó Alicia (estaba tan sorprendida que por un momento olvidó por completo cómo hablar un buen inglés)—; ¡ahora me estoy abriendo como el mayor catalejo que ha existido jamás! ¡Adiós, pies!» (pues al mirar hacia abajo, sus pies parecían estar casi fuera de su vista, se estaban alejando tanto). «¡Oh, mis pobrecitos pies, me pregunto quién os pondrá ahora los zapatos y las medias, queridos míos! ¡Seguro que yo no seré capaz! Estaré demasiado lejos para preocuparme por vosotros: tendréis que apañaros como podréis; —pero debo ser bondadosa con ellos —pensó Alicia—, o tal vez ¡no quieran caminar por donde yo quiera ir! A ver: les regalaré un par de botas nuevas cada Navidad».

Y siguió planeando cómo se apañaría. «Tendrán que ir por correo —pensó—, ¡y qué divertido parecerá enviar regalos a los propios pies! ¡Y qué extrañas se verán las señas!

Al pie derecho de Alicia, Esq., Alfombra de la chimenea, cerca del guardafuegos, (_con todo el cariño de Alicia_).

¡Dios mío, qué tonterías estoy diciendo!».

Justo en ese momento su cabeza chocó contra el techo de la sala: de hecho, ahora medía más de nueve pies de altura, así que cogió al instante la llavecita de oro y se precipitó hacia la puerta del jardín.

¡Pobre Alicia! A duras penas pudo, tumbándose de lado, mirar hacia el jardín con un solo ojo; pero pasar al otro lado era más imposible que nunca: se sentó y rompió a llorar de nuevo.

«Tendría que darte vergüenza —dijo Alicia—, una niña tan grande como tú» (bien podía decir esto), «¡seguir llorando de esta manera! ¡Cesa ahora mismo, te lo digo!». Pero aun así siguió llorando, derramando arroyos de lágrimas, hasta que se formó un gran charco a su alrededor, de unas cuatro pulgadas de profundidad y que llegaba hasta la mitad de la sala.

Al cabo de un rato oyó un ligero repiqueteo de pasos a lo lejos y se secó de prisa los ojos para ver qué se acercaba. Era el Conejo Blanco que regresaba, primorosamente vestido, con un par de guantes blancos de cabritilla en una mano y un gran abanico en la otra; venía trotando a gran velocidad, murmurando para sí mientras se acercaba: «¡Oh! ¡La Duquesa, la Duquesa! ¡Oh! ¡Se va a poner furiosa si la he hecho esperar!». Alicia se sentía tan desesperada que estaba dispuesta a pedir ayuda a cualquiera; así que, cuando el Conejo se le acercó, empezó diciendo con voz baja y tímida: «Por favor, señor...». El Conejo dio un sobresalto tremendo, dejó caer los guantes blancos de cabritilla y el abanico, y huyó a la carrera hacia la oscuridad tan deprisa como pudo.

Alicia recogió el abanico y los guantes y, como hacía mucho calor en la sala, estuvo abanicándose todo el tiempo que siguió hablando: «¡Válgame Dios! ¡Qué extraño es todo hoy! Y ayer las cosas iban como de costumbre. Me pregunto si habré cambiado durante la noche. A ver: ¿era la misma al levantarme esta mañana? Casi me parece recordar que me sentía un poco distinta. Pero si no soy la misma, la siguiente pregunta es: ¿quién en el mundo soy yo? ¡Ah, ese es el gran enigma!». Y se puso a repasar a todos los niños que conocía de su misma edad, para ver si la habían cambiado por alguno de ellos.

«Estoy segura de que no soy Ada —dijo—, porque su pelo cae en bucles larguísimos, y el mío no tiene bucles en absoluto; y estoy segura de que no puedo ser Mabel, porque yo sé toda clase de cosas y ella, ¡oh!, ¡ella sabe muy poca cosa! Además, ella es ella, y yo soy yo, y... ¡ay, qué lio tan confuso! Voy a comprobar si sé todas las cosas que solía saber. A ver: cuatro por cinco son doce, y cuatro por seis son trece, y cuatro por siete son... ¡Dios mío! ¡Jamás llegaré a veinte a este paso! De todos modos, las tablas de multiplicar no importan: probemos con la geografía. Londres es la capital de París, y París es la capital de Roma, y Roma... no, ¡todo eso está mal, estoy segura! ¡Deben de haberme cambiado por Mabel! Intentaré recitar "Cómo el pequeño..."» y cruzó las manos sobre su regazo como si estuviera recitando la lección, y empezó a repetirlo, pero su voz sonaba ronca y extraña, y las palabras no salían como solían hacerlo:

«¡Mirad cómo el cocodrilo su brillante cola afina, y del Nilo vierte el agua sobre cada escama fina!

¡Con qué alegría sonríe y despliega con primor sus garras, para acoger al pececillo mejor!»

«Seguro que esas no son las palabras correctas —dijo la pobre Alicia, y sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo mientras continuaba—: debo de ser Mabel después de todo, y tendré que ir a vivir a esa casucha tan atiborrada, y no tener casi juguetes con los que jugar, ¡y ay!, ¡tantísimo que aprender! No, ya me he decidido; si soy Mabel, ¡me quedaré aquí abajo! De nada servirá que asomen la cabeza y digan: "¡Sube otra vez, cariño!". Yo solo levantaré la vista y diré: "¿Quién soy entonces? Dime eso primero y, si me gusta ser esa persona, subiré; si no, me quedaré aquí abajo hasta que sea otra persona"... pero, ¡ay de mí! —exclamó Alicia con un repentino raudal de lágrimas—, ¡cómo desearía que asomaran la cabeza! ¡Estoy tan cansada de estar aquí completamente sola!».

Mientras decía esto, bajó la vista hacia sus manos y se sorprendió al ver que se había puesto uno de los guantes blancos de cabritilla del Conejo mientras hablaba. «¿Cómo habré hecho eso? —pensó—. Debo de estar volviendo a hacerme pequeña». Se levantó y fue hacia la mesa para medirse con ella, y descubrió que, más o menos a ojo, ya medía unos dos pies de altura y seguía menguando rápidamente; enseguida se dio cuenta de que la causa de aquello era el abanico que sostenía en la mano, y lo soltó a toda prisa, justo a tiempo para evitar encogerse del todo.

«¡De buena me he librado! —dijo Alicia, bastante asustada por el cambio repentino, pero muy contenta de comprobar que todavía existía—; ¡y ahora, al jardín!». Y corrió a toda velocidad hacia la puertecilla; pero, ¡ay!, la puertecilla estaba cerrada de nuevo, y la llavecita de oro yacía sobre la mesa de cristal como antes, «y las cosas están peor que nunca —pensó la pobre niña—, pues jamás había sido tan pequeña como ahora, ¡jamás! Y os aseguro que esto pasa de la raya, ¡vaya que sí!».

Mientras decía estas palabras, su pie resbaló y, al momento siguiente, ¡chap! estaba cubierta hasta el mentón de agua salada. Su primera idea fue que de algún modo había caído al mar, «y en ese caso puedo volver en tren», se dijo a sí misma. (Alicia había estado una vez en su vida en la playa y había llegado a la conclusión general de que, dondequiera que uno fuera en la costa inglesa, encontraba una serie de casetas de baño en el mar, algunos niños cavando en la arena con palas de madera, luego una fila de casas de huéspedes y, detrás de ellas, una estación de tren.) Sin embargo, pronto se dio cuenta de que estaba en el estanque de lágrimas que había derramado cuando medía dos metros y medio.

«¡Ojalá no hubiera llorado tanto!», dijo Alicia mientras nadaba, tratando de encontrar la salida. «¡Ahora me castigarán por ello, supongo, ahogándome en mis propias lágrimas! ¡Eso será algo raro, desde luego! Aunque, en fin, hoy todo es raro».

Justo en ese momento oyó algo chapoteando en el estanque, no muy lejos, y nadó hacia allí para averiguar qué era: al principio pensó que debía de ser una morsa o un hipopótamo, pero luego recordó lo pequeña que era ahora y pronto se dio cuenta de que solo era un ratón que había caído como ella.

«¿Servirá de algo —pensó Alicia— hablarle a este ratón? Todo es tan raro aquí abajo que creo que muy probablemente puede hablar: en cualquier caso, no pierdo nada con intentarlo». Así que comenzó: «Oh, Ratón, ¿sabes cómo salir de este estanque? Estoy muy cansada de nadar aquí, ¡oh, Ratón!». (Alicia pensó que esa debía de ser la manera correcta de hablarle a un ratón: nunca había hecho algo así antes, pero recordaba haber visto en la gramática latina de su hermano: «A ratón, de ratón, a ratón, un ratón, ¡oh, ratón!»). El Ratón la miró con curiosidad y le pareció que le guiñaba un ojito, pero no dijo nada.

«Tal vez no entienda el inglés —pensó Alicia—; seguramente es un ratón francés, que vino con Guillermo el Conquistador». (Pues, a pesar de todos sus conocimientos de historia, Alicia no tenía una idea muy clara de cuánto tiempo había pasado desde cualquier cosa.) Así que comenzó de nuevo: «Où est ma chatte?», que era la primera frase de su libro de francés. El Ratón dio un salto repentino fuera del agua y pareció temblar de miedo por todas partes. «¡Oh, perdóname!», exclamó Alicia apresuradamente, temiendo haber herido los sentimientos del pobre animal. «Se me olvidó que no te gustan los gatos».

«¡No gustar de los gatos!», exclamó el Ratón con una voz aguda y apasionada. «¿A ti te gustarían los gatos si fueras yo?».

«Bueno, tal vez no», dijo Alicia con un tono conciliador: «no te enfades por eso. Y, sin embargo, me gustaría poder mostrarte a nuestra gata Dina: creo que te gustarían los gatos si solo pudieras verla. Es tan buena y tranquila», continuó Alicia, casi para sí misma, mientras nadaba perezosamente en el estanque, «y ronronea tan bien junto al fuego, lamiéndose las patas y lavándose la cara… y es tan buena y suave para acurrucarse… y es tan buena cazando ratones… ¡oh, perdóname de nuevo!», exclamó Alicia, pues esta vez el Ratón se erizó por completo y sintió que seguramente debía de estar realmente ofendido. «No hablaremos más de ella si prefieres».

«¡Nosotros, desde luego!», exclamó el Ratón, que temblaba hasta la punta de la cola. «¡Como si fuera a hablar de un tema así! Nuestra familia siempre ha odiado a los gatos: ¡son cosas desagradables, bajas y vulgares! ¡No quiero oír ese nombre de nuevo!».

«¡No lo haré, te lo prometo!», dijo Alicia, con muchas prisas por cambiar el tema de conversación. «¿Te gustan… te gustan los perros?». El Ratón no respondió, así que Alicia continuó con entusiasmo: «¡Hay un perrito tan bonito cerca de nuestra casa que me gustaría mostrarte! Un pequeño terrier de ojos brillantes, ya sabes, ¡con un pelo largo, rizado y marrón! Y traerá cosas cuando las lanzas, y se sentará y mendigará su cena, y hará todo tipo de cosas… no puedo recordar la mitad de ellas… y pertenece a un granjero, ya sabes, y dice que es tan útil que vale cien libras. Dice que mata a todos los ratones y… ¡ay!». Exclamó Alicia con un tono triste, «¡me temo que lo he ofendido de nuevo!». Pues el Ratón nadaba alejándose de ella lo más rápido que podía, causando un gran alboroto en el estanque a su paso.

Así que lo llamó suavemente: «¡Ratoncito, por favor! Vuelve, y no hablaremos de gatos ni de perros si no te gustan». Cuando el Ratón oyó esto, se dio la vuelta y nadó lentamente de regreso hacia ella: su cara estaba bastante pálida (de pasión, pensó Alicia) y dijo con una voz baja y temblorosa: «Vamos a la orilla, y entonces te contaré mi historia, y entenderás por qué odio a los gatos y a los perros».

Era hora de irse, pues el estanque estaba bastante lleno de pájaros y animales que habían caído en él: había una Pata, un Dodo, un Loro y un Aguilucho, y varias otras criaturas curiosas. Alicia tomó la iniciativa y todo el grupo nadó hacia la orilla.

CAPÍTULO III Una carrera de cangrejos y un largo relato

Ciertamente, eran un grupo extraño el que se reunió en la orilla: los pájaros con las plumas empapadas, los animales con el pelaje pegado al cuerpo y todos mojados, enfadados e incómodos.

La primera pregunta, por supuesto, fue cómo secarse: tuvieron una consulta al respecto y, después de unos minutos, le pareció bastante natural a Alicia encontrarse hablando familiarmente con ellos, como si los conociera de toda la vida. De hecho, tuvo una larga discusión con el Loro, que al final se puso de mal humor y solo dijo: «Soy mayor que tú y debo saber más»; y Alicia no lo permitió sin saber cuántos años tenía, y, como el Loro se negó rotundamente a decir su edad, no había más que hablar.

Por fin, el Ratón, que parecía ser una persona de autoridad entre ellos, gritó: «¡Siéntense todos y escúchenme! ¡Pronto los secaré!». Todos se sentaron al momento, en un gran círculo, con el Ratón en el centro. Alicia mantuvo los ojos fijos en él con ansiedad, pues estaba segura de que cogería un resfriado si no se secaba muy pronto.

«¡Ejém!», dijo el Ratón con un aire importante, «¿están todos listos? Esto es lo más seco que conozco. ¡Silencio, por favor! “Guillermo el Conquistador, cuya causa fue favorecida por el papa, pronto fue reconocido por los ingleses, que necesitaban líderes y que últimamente se habían acostumbrado mucho a la usurpación y la conquista. Edwin y Morcar, los condes de Mercia y Northumbria…”».

«¡Puaj!», dijo el Loro con un escalofrío.

«¡Perdón!», dijo el Ratón, frunciendo el ceño, pero con mucha cortesía: «¿Ha hablado?».

«¡No!», dijo el Loro apresuradamente.

«Pensé que lo había hecho», dijo el Ratón. «—Prosigo. “Edwin y Morcar, los condes de Mercia y Northumbria, se declararon a su favor: e incluso Stigand, el patriótico arzobispo de Canterbury, consideró conveniente…”».

«¿Consideró qué?», dijo la Pata.

«Consideró», respondió el Ratón con cierto enfado: «por supuesto que sabes lo que significa “consideró”».

«Sé lo que significa “consideró” perfectamente, cuando encuentro algo», dijo la Pata: «por lo general es una rana o un gusano. La cuestión es, ¿qué encontró el arzobispo?».

El Ratón no hizo caso de esta pregunta, sino que continuó apresuradamente: «“—consideró conveniente ir con Edgar Atheling a encontrarse con Guillermo y ofrecerle la corona. La conducta de Guillermo al principio fue moderada. Pero la insolencia de sus normandos…” ¿Cómo van las cosas ahora, querida?», continuó, volviéndose hacia Alicia mientras hablaba.

«Tan mojada como siempre», dijo Alicia con un tono melancólico: «no parece que me seque en absoluto».

«En ese caso», dijo el Dodo solemnemente, poniéndose de pie, «propongo que la reunión se levante, para la adopción inmediata de remedios más enérgicos…».

«¡Habla en inglés!», dijo el Aguilucho. «¡No entiendo la mitad de esas palabras largas y, lo que es más, no creo que tú tampoco!». Y el Aguilucho inclinó la cabeza para ocultar una sonrisa: algunos de los otros pájaros se rieron en voz baja.

«Lo que iba a decir», dijo el Dodo con un tono ofendido, «era que lo mejor para secarnos sería una carrera de cangrejos».

«¿Qué es una carrera de cangrejos?», dijo Alicia; no porque quisiera saberlo, sino porque el Dodo había hecho una pausa como si pensara que alguien debía hablar y nadie más parecía dispuesto a decir nada.

«Bueno», dijo el Dodo, «la mejor manera de explicarlo es hacerlo». (Y, como es posible que quieras probarlo tú mismo algún día de invierno, te diré cómo lo hizo el Dodo).

Primero marcó un recorrido en forma de círculo («la forma exacta no importa», dijo) y luego colocó a todo el grupo a lo largo del recorrido, aquí y allá. No hubo un «uno, dos, tres y ya», sino que comenzaron a correr cuando quisieron y pararon cuando quisieron, así que no era fácil saber cuándo terminaba la carrera. Sin embargo, cuando llevaban corriendo media hora o así, y ya estaban bastante secos, el Dodo gritó de repente: «¡La carrera ha terminado!» y todos se apiñaron a su alrededor, jadeando y preguntando: «¿Pero quién ha ganado?».

Esta pregunta el Dodo no pudo responderla sin mucha reflexión y se quedó mucho tiempo con un dedo presionado sobre la frente (la posición en la que suele verse a Shakespeare en los cuadros de él), mientras el resto esperaba en silencio. Por fin, el Dodo dijo: «Todos han ganado y todos deben recibir premios».

«¿Pero quién va a dar los premios?», preguntó todo un coro de voces.

«Bueno, ella, por supuesto», dijo el Dodo, señalando a Alicia con un dedo; y todo el grupo se apiñó a su alrededor, gritando de manera confusa: «¡Premios! ¡Premios!».

Alicia no tenía ni idea de qué hacer y, desesperada, metió la mano en el bolsillo y sacó una caja de confites (afortunadamente el agua salada no había entrado en ella) y los repartió como premios. Había exactamente uno para cada uno.

«Pero ella también debe tener un premio, ya sabes», dijo el Ratón.

«Por supuesto», respondió el Dodo con mucha seriedad. «¿Qué más tienes en el bolsillo?», continuó, volviéndose hacia Alicia.

«Solo una aguja», dijo Alicia con tristeza.

«Entregadla aquí», dijo el Dodo.

Entonces todos se apiñaron a su alrededor una vez más, mientras el Dodo presentaba solemnemente la aguja, diciendo: «Rogamos que acepte esta elegante aguja»; y, cuando terminó este breve discurso, todos aplaudieron.

Alicia pensó que todo era muy absurdo, pero todos parecían tan serios que no se atrevió a reírse; y, como no se le ocurría nada que decir, simplemente se inclinó y tomó la aguja, mirando con la mayor seriedad que pudo.

Lo siguiente fue comer los confites: esto causó algo de ruido y confusión, pues los pájaros grandes se quejaron de que no podían saborear los suyos y los pequeños se atragantaron y tuvieron que ser palmeados en la espalda. Sin embargo, todo terminó por fin y se sentaron de nuevo en un círculo y rogaron al Ratón que les contara algo más.

«Prometiste contarme tu historia, ya sabes», dijo Alicia, «y por qué es que odias… C y D», añadió en un susurro, con miedo de que se ofendiera de nuevo.

«¡La mía es una historia larga y triste!», dijo el Ratón, volviéndose hacia Alicia y suspirando.

«Es una cola larga, ciertamente», dijo Alicia, mirando hacia abajo con asombro la cola del Ratón; «pero ¿por qué la llamas triste?». Y siguió pensando en ello mientras el Ratón hablaba, de modo que su idea de la historia era algo así:

«Furia dijo a un ratón, que conoció en la casa: “Vamos los dos a juicio: yo te demandaré. —Vamos, no acepto negativas; debemos tener un juicio: porque realmente esta mañana no tengo nada que hacer”. Dijo el ratón al perro: “Un juicio así, querido señor, sin jurado ni juez, sería una pérdida de tiempo”. “Yo seré el juez, yo seré el jurado”, dijo el astuto Furia: “juzgaré todo el caso y te condenaré a muerte”».

«¡No estás prestando atención!», dijo el Ratón a Alicia con severidad. «¿En qué estás pensando?».

«Perdóname», dijo Alicia con mucha humildad: «creo que habías llegado al quinto recodo».

«¡No había llegado!», gritó el Ratón, con brusquedad y mucho enfado.

«¡Un nudo!», dijo Alicia, siempre dispuesta a ser útil y mirando a su alrededor con ansiedad. «¡Oh, déjame ayudarte a deshacerlo!».

«No haré nada de eso», dijo el Ratón, levantándose y alejándose. «¡Me insultas hablando así de tonterías!».

«¡No lo quise decir!», suplicó la pobre Alicia. «¡Pero te ofendes tan fácilmente, ya sabes!».

El Ratón solo gruñó en respuesta.

«¡Por favor, vuelve y termina tu historia!», llamó Alicia; y los demás se unieron en coro: «¡Sí, por favor, hazlo!», pero el Ratón solo sacudió la cabeza con impaciencia y caminó un poco más rápido.

«¡Qué pena que no se quedara!», suspiró el Loro, en cuanto estuvo fuera de la vista; y un viejo Cangrejo aprovechó la oportunidad para decirle a su hija: «Ah, querida mía, ¡que esto te sirva de lección para no perder nunca los estribos!». «¡Cállate, mamá!», dijo el joven Cangrejo, un poco brusco. «¡Eres suficiente para poner a prueba la paciencia de una ostra!».

«¡Ojalá tuviera aquí a nuestra Dina, ya lo creo!», dijo Alicia en voz alta, dirigiéndose a nadie en particular. «¡Ella lo haría volver enseguida!».

«Y ¿quién es Dina, si se me permite hacer la pregunta?», dijo el Loro.

Alicia respondió con entusiasmo, pues siempre estaba dispuesta a hablar de su mascota: «Dina es nuestra gata. Y es tan buena cazando ratones que no te lo puedes imaginar. Y ¡ay!, ¡ojalá pudieras verla con los pájaros! ¿Sabes?, se comerá un pajarito tan pronto como lo mira».

Este discurso causó una notable sensación entre el grupo. Algunos de los pájaros se alejaron enseguida: una vieja Urraca comenzó a envolverse con mucho cuidado, comentando: «Realmente debo irme a casa; el aire nocturno no me sienta bien en la garganta»; y un Canario gritó con voz temblorosa a sus hijos: «¡Vamos, queridos míos! ¡Ya es hora de que estéis todos en la cama!». Con varios pretextos, todos se alejaron y Alicia pronto se quedó sola.

«¡Ojalá no hubiera mencionado a Dina!», se dijo a sí misma con un tono melancólico. «Nadie parece gustarle aquí abajo y estoy segura de que es la mejor gata del mundo. ¡Oh, querida Dina mía! ¿Me pregunto si alguna vez te volveré a ver?». Y aquí la pobre Alicia comenzó a llorar de nuevo, pues se sentía muy sola y desanimada. Al poco rato, sin embargo, volvió a oír un ligero pataleo de pasos en la distancia y alzó la vista con entusiasmo, con la esperanza de que el Ratón hubiera cambiado de opinión y estuviera volviendo para terminar su historia.

—Pero entonces —pensó Alicia—, ¿acaso no voy a hacerme nunca más vieja de lo que soy ahora? Eso será un consuelo por un lado —no ser nunca una vieja—, ¡pero entonces— tener siempre lecciones que aprender! ¡Ay, eso no me gustaría nada!

—¡Ay, qué Alicia tan tonta! —se respondió a sí misma—. ¿Cómo vas a aprender lecciones aquí dentro? ¡Vaya, si apenas hay espacio para ti, y no queda nada de sitio para ningún libro de lecciones!

Y así seguía, poniéndose primero de una parte y luego de otra, y armando una buena conversación ella sola; pero al cabo de unos minutos oyó una voz afuera y se detuvo a escuchar.

—¡Mary Ann! ¡Mary Ann! —dijo la voz—. ¡Tráeme mis guantes ahora mismo! Luego se oyó un ligero pataleo de pies en la escalera. Alicia supo que era el Conejo que venía a buscarla, y tembló hasta hacer temblar la casa, olvidando por completo que ahora era unas mil veces más grande que el Conejo y que no tenía motivo para tenerle miedo.

Al poco rato el Conejo se acercó a la puerta e intentó abrirla; pero, como la puerta se abría hacia adentro y el codo de Alicia estaba apretado contra ella con fuerza, aquel intento resultó un fracaso. Alicia le oyó decirse a sí mismo: «Entonces daré la vuelta y entraré por la ventana».

—¡Eso ni hablar! —pensó Alicia, y tras esperar hasta que le pareció oír al Conejo justo debajo de la ventana, extendió de repente la mano y dio un manotazo en el aire. No alcanzó nada, pero oyó un pequeño chillido, una caída y el estrépito de unos cristales rotos, de lo que dedujo que era muy posible que hubiera caído en un invernadero de pepinos o algo por el estilo.

Luego vino una voz enfadada —la del Conejo—: «¡Pat! ¡Pat! ¿Dónde estás?». Y después una voz que nunca antes había oído: «¡Pues claro que estoy aquí! ¡Cavando en busca de manzanas, su señoría!».

—¡Cavando en busca de manzanas, faltaría más! —dijo el Conejo enfadado—. ¡Eh! ¡Ven a ayudarme a salir de aquí! (Se oyen más cristales rotos).

—Dime ahora, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana?

—¡Pues claro, es un brazo, su señoría! (Lo pronunciaba «arrmo»).

—¡Un brazo, pedazo de ánsar! ¿Quién ha visto uno de ese tamaño? ¡Vaya, si llena toda la ventana!

—¡Pues claro que sí, su señoría; pero no deja de ser un brazo!

—Bueno, ¡no pinta nada ahí de todos modos; ve a quitarlo!

Hubo un largo silencio después de esto, y Alicia solo pudo oír susurros de vez en cuando; cosas como: «¡Pues claro, no me gusta nada, su señoría, nada de nada!», «¡Haz lo que te digo, cobarde!» y, por fin, volvió a extender la mano y dio otro manotazo en el aire. Esta vez se oyeron dos pequeños chillidos y más ruidos de cristales rotos. «¡Qué de invernaderos de pepinos debe de haber! —pensó Alicia—. ¡A ver qué hacen ahora! En cuanto a sacarme por la ventana, ¡ya quisiera yo que pudieran! ¡Seguro que no quiero seguir aquí dentro ni un minuto más!».

Esperó un buen rato sin oír nada más: por fin llegó el rumor de unas pequeñas ruedas de carro y el sonido de bastantes voces hablando a la vez; pudo distinguir las palabras: «¿Dónde está la otra escalera?—Pues yo no tenía que traer más que una; Bill tiene la otra—¡Bill! ¡tráela aquí, muchacho!—Eh, ponedlas en esta esquina—No, atadlas primero—aún no llegan ni a la mitad de alto—¡Bah! ya servirán bastante; no os pongáis exquisitos—¡Eh, Bill! agarra esta cuerda—¿Aguantará el tejado?—Cuidado con esa teja suelta—¡Vaya, se viene abajo! ¡Abajo las cabezas!» (un fuerte estrépito)—«Y bien, ¿quién ha hecho eso?—Ha sido Bill, me parece—¿Quién va a bajar por la chimenea?—¡Pues no a que baje yo! ¡Hazlo tú!—¡Eso sí que no!—Tiene que bajar Bill—¡Eh, Bill! ¡dice el amo que tienes que bajar por la chimenea!».

—¡Vaya! ¿Así que a Bill le toca bajar por la chimenea? —se dijo Alicia para sus suyos—. ¡Vaya, parece que le echan todo a Bill! Yo no estaría en el pellejo de Bill por nada del mundo: esta chimenea es estrecha, desde luego, ¡pero creo que puedo dar unas patadas!

Retiró el pie por la chimenea todo lo que pudo y esperó hasta oír a un animalito (no supo adivinar de qué clase era) arañando y forcejeando por la chimenea justo encima de ella; entonces, diciéndose «Este es Bill», dio una fuerte patada y esperó a ver qué pasaba a continuación.

Lo primero que oyó fue un coro general de «¡Ahí va Bill!», luego la voz del Conejo que gritaba: «¡Atrapadlo vosotros los del seto!», después silencio, y a continuación otra confusión de voces: «Sostenedle la cabeza—Traed brandy—No lo ahoguéis—¿Cómo ha sido, viejo amigo? ¿Qué te ha pasado? ¡Cuéntanoslo todo!».

Por último se oyó una vocecilla débil y chillona («Ese es Bill», pensó Alicia): «Bueno, casi ni lo sé... No más, gracias; ya estoy mejor—pero estoy demasiado aturdido para contaros... Todo lo que sé es que algo se me viene encima como un payaso en caja de resortes, ¡y salgo disparado como un cohete!».

—¡Pues sí que saliste, viejo amigo! —dijeron los otros.

—¡Tenemos que quemar la casa! —dijo la voz del Conejo; y Alicia gritó tan fuerte como pudo: «¡Si lo hacéis, lanzo a Dina contra vosotros!».

Se hizo un silencio de muerte al instante, y Alicia pensó para sus adentros: «¡A ver qué hacen ahora! Si tuvieran dos dedos de frente, le quitarían el tejado». Al cabo de un minuto o dos volvieron a moverse, y Alicia oyó decir al Conejo: «Con una carretilla bastará para empezar».

—¿Una carretilla de qué? —pensó Alicia; pero no tardó en salir de dudas, pues al momento siguiente una lluvia de piedrecitas entró repiqueteando por la ventana, y algunas le dieron en la cara. «Voy a poner fin a esto», se dijo, y gritó: «¡Más os vale no volver a hacer eso!», lo que provocó otro silencio de muerte.

Alicia notó con cierta sorpresa que las piedrecitas se estaban convirtiendo en pastelitos a medida que yacían en el suelo, y se le ocurrió una brillante idea. «Si me como uno de estos pasteles —pensó—, seguro que provoca algún cambio en mi tamaño; y como es imposible que me haga más grande, supongo que tendrá que hacerme más pequeña».

Así que se tragó uno de los pasteles y se alegró al comprobar que empezaba a encogerse de inmediato. Tan pronto como fue lo suficientemente pequeña como para pasar por la puerta, salió corriendo de la casa y se encontró con un buen gentío de animalitos y pájaros esperando fuera. El pobre lagarto Bill estaba en el medio, sostenido por dos cobayas que le daban algo de una botella. Todos se abalanzaron sobre Alicia en cuanto apareció; pero ella echó a correr con todas sus fuerzas y pronto se vio a salvo en un espeso bosque.

—Lo primero que tengo que hacer —se dijo Alicia mientras vagaba por el bosque— es volver a crecer hasta mi tamaño normal; y lo segundo, encontrar el camino hacia ese jardín tan hermoso. Creo que ese será el mejor plan.

Parecía un plan excelente, sin duda, y muy bien y sencillamente dispuesto; la única dificultad era que no tenía la menor idea de cómo llevarlo a cabo; y mientras miraba a su alrededor con ansiedad entre los árboles, un ladrido agudo justo encima de su cabeza la hizo levantar la vista con mucha prisa.

Un cachorro enorme la miraba con grandes ojos redondos y estiraba débilmente una pata, intentando tocarla. —¡Pobrecillo! —dijo Alicia en tono cariñoso, e intentó silbarle con fuerza; pero estaba aterrorizada todo el tiempo ante la idea de que pudiera tener hambre, en cuyo caso sería muy probable que se la comiera a pesar de todos sus mimos.

Apenas sabiendo lo que hacía, recogió un palito y se lo tendió al cachorro; con lo cual el cachorro dio un salto en el aire con las cuatro patas a la vez, con un ladrido de delgada alegría, se abalanzó sobre el palo y amagó con mordisquearlo; entonces Alicia se escabulló detrás de un gran cardo para evitar que la atropellara; y en cuanto apareció por el otro lado, el cachorro dio otra embestida hacia el palo y dio una voltereta de cabeza en su prisa por agarrarlo; entonces Alicia, pensando que era muy parecido a jugar con un caballo de carromato, y esperando a cada instante ser pisoteada bajo sus patas, volvió a dar la vuelta al cardo; entonces el cachorro comenzó una serie de breves cargas contra el palo, corriendo un trecho muy corto hacia adelante cada vez y un buen trecho hacia atrás, y ladrando roncamente todo el tiempo, hasta que por fin se sentó bastante lejos, jadeando, con la lengua colgando de la boca y los grandes ojos medio cerrados.

Esto le pareció a Alicia una buena oportunidad para escapar; así que se puso en marcha de inmediato y corrió hasta estar muy cansada y sin aliento, y hasta que los ladridos del cachorro se oyeron muy tenues en la distancia.

—¡Y sin embargo, qué cachorro tan adorable! —dijo Alicia apoyándose en un botón de oro para descansar y abanicándose con una de las hojas—: ¡Me habría encantado enseñarle trucos, si... si hubiera tenido el tamaño adecuado para hacerlo! ¡Vaya por Dios! ¡Casi olvidaba que tengo que volver a crecer! A ver, ¿cómo se las arregla uno? Supongo que debería comer o beber algo; pero la gran pregunta es: ¿el qué?

La gran pregunta era sin duda: ¿el qué? Alicia miró a su alrededor, a las flores y a las briznas de hierba, pero no vio nada que pareciera lo apropiado para comer o beber en tales circunstancias. Cerca de ella crecía una gran seta, de la misma altura que ella; y cuando hubo mirado debajo, a ambos lados y detrás de ella, se le ocurrió que bien podría mirar qué había encima.

Se estiró de puntillas y cotilleó por el borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los de una gran oruga azul, que estaba sentada en la cumbre con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa turca y sin prestarle la menor atención ni a ella ni a nada más.

CAPÍTULO V Consejos de una oruga

La oruga y Alicia se miraron durante un buen rato en silencio: al fin la oruga se quitó la pipa de la boca y se dirigió a ella con voz lánguida y somnolienta.

—¿Quién eres? —dijo la oruga.

No era un comienzo muy alentador para una conversación. Alicia respondió con cierta timidez: —Yo... yo casi no lo sé, señor, por ahora... al menos sé quién era cuando me levanté esta mañana, pero creo que debo de haber cambiado varias veces desde entonces.

—¿Qué quieres decir con eso? —dijo la oruga con severidad—. ¡Explícate!

—Me temo que no puedo explicarme, señor —dijo Alicia—, porque no soy yo misma, ya ve.

—No lo veo —dijo la oruga.

—Me temo que no puedo decirlo con más claridad —respondió Alicia muy educadamente—, pues para empezar ni yo misma lo entiendo; y ser de tantos tamaños distintos en un solo día es muy confuso.

—No lo es —dijo la oruga.

—Bueno, tal vez todavía no te lo haya parecido —dijo Alicia—; pero cuando tengas que convertirte en crisálida —algún día lo harás, ya sabes— y luego en mariposa, supongo que te parecerá un poco raro, ¿no?

—Ni un pizca —dijo la oruga.

—Bueno, quizás tus sentimientos sean diferentes —dijo Alicia—; todo lo que sé es que a mí me parecería muy raro.

—¡Tú! —dijo la oruga con desprecio—. ¿Quién eres?

Lo cual los devolvió al principio de la conversación. Alicia se sintió un poco irritada por los comentarios tan breves de la oruga, se irguió y dijo muy gravemente: —Creo que deberías decirme tú primero quién eres.

—¿Por qué? —dijo la oruga.

He aquí otra pregunta desconcertante; y como a Alicia no se le ocurrió ninguna buena razón, y la oruga parecía estar de muy mal humor, se dio la vuelta.

—¡Vuelve! —le gritó la oruga desde atrás—. ¡Tengo algo importante que decir!

Eso sonaba prometedor, sin duda: Alicia se dio la vuelta y regresó.

—Conserva la calma —dijo la oruga.

—¿Eso es todo? —dijo Alicia, tragándose la ira lo mejor que pudo.

—No —dijo la oruga.

Alicia pensó que bien podía esperar, ya que no tenía nada más que hacer, y tal vez al final le diría algo que valiera la pena escuchar. Durante unos minutos estuvo chupando la pipa sin hablar, pero al fin cruzó los brazos, se volvió a quitar la pipa de la boca y dijo: —Con que te crees cambiada, ¿eh?

—Me temo que sí, señor —dijo Alicia—; ya no recuerdo las cosas como antes... ¡y no mantengo el mismo tamaño ni diez minutos seguidos!

—¿Qué cosas no recuerdas? —dijo la oruga.

—Bueno, he intentado decir «Cómo zumba la abejita», ¡pero todo ha salido diferente! —respondió Alicia con voz muy melancólica.

—Recita: «Eres viejo, Padre Guillermo» —dijo la oruga.

Alicia cruzó las manos y empezó:

—Eres viejo, Padre Guillermo —dijo el joven—, y tu pelo se ha vuelto muy blanco; y sin embargo te pones de cabeza sin cesar— ¿Crees que a tu edad eso es correcto?

—En mi juventud —respondió el Padre Guillermo a su hijo—, temí que pudiera dañar el cerebro; pero ahora que estoy plenamente seguro de no tener ninguno, pues lo hago una y otra vez.

—Eres viejo —dijo el joven, como ya mencioné, y te has vuelto de lo más extraordinariamente gordo; sin embargo, diste una voltereta hacia atrás al entrar por la puerta— dime, ¿cuál es la razón de eso?

—En mi juventud —dijo el sabio, sacudiendo sus canas—, mantuve todos mis miembros muy flexibles gracias al uso de este ungüento —un chelín la caja—, ¿te permito que te venda un par?

—Eres viejo —dijo el joven—, y tus mandíbulas son demasiado débiles para cualquier cosa más dura que el sebo; sin embargo, te comiste el ganso entero, con huesos y pico— dime, ¿cómo te apañaste para hacerlo?

—En mi juventud —dijo su padre—, me dio por la abogacía, y defendí cada caso con mi esposa; y la fuerza muscular que eso dio a mi mandíbula me ha durado el resto de la vida.

—Eres viejo —dijo el joven—, y apenas cabría suponer que tus ojos estuvieran tan firmes como siempre; sin embargo, equilibraste una anguila en la punta de la nariz— ¿qué te hizo tan rematadamente listo?

—He contestado a tres preguntas, y con eso basta — dijo su padre; ¡no te des importancia! ¿Crees que puedo escuchar semejantes tonterías todo el día? ¡Lárgate o te tiraré escaleras abajo!

—Eso no está bien dicho —dijo la oruga.

—No del todo bien, me temo —dijo Alicia tímidamente—; algunas palabras han cambiado.

—Está mal de principio a fin —dijo la oruga rotundamente, y se hizo el silencio durante unos minutos.

La oruga fue la primera en hablar.

—¿De qué tamaño quieres ser? —preguntó.

—Oh, no soy quisquillosa con el tamaño —respondió Alicia deprisa—; solo que a uno no le gusta cambiar tan a menudo, ya sabe.

—No lo sé —dijo la oruga.

Alicia no dijo nada: jamás le habían llevado la contraria tanto en su vida, y sintió que estaba perdiendo los estribos.

—¿Estás contenta ahora? —dijo la oruga.

—Bueno, me gustaría ser un poco más grande, señor, si no le importa —dijo Alicia—; tres pulgadas es una altura de lo más mezquina.

—¡Es una altura buenísima! —dijo la oruga enfadada, irguiéndose al hablar (medía exactamente tres pulgadas de alto).

—¡Pero no estoy acostumbrada! —suplicó la pobre Alicia en un tono lastimero. Y pensó para sus adentros: «¡Ojalá las criaturas no se ofendieran tan fácilmente!».

—Ya te acostumbrarás con el tiempo —dijo la oruga; y se metió la pipa en la boca y se puso a fumar de nuevo.

Esta vez Alicia esperó pacientemente hasta que le plació volver a hablar. Al cabo de uno o dos minutos, la oruga se quitó la pipa de la boca, bostezó un par de veces y se estiró. Luego bajó de la seta y se arrastró por la hierba, limitándose a decir al marchar: —Un lado te hará crecer más alta, y el otro lado te hará crecer más baja.

—¿Un lado de qué? ¿El otro lado de qué? —pensó Alicia para sus adentros.

—De la seta —dijo la oruga, exactamente como si se lo hubiera preguntado en voz alta; y al momento siguiente desapareció de vista.

Alicia se quedó mirando pensativa la seta durante un minuto, intentando averiguar cuáles eran los dos lados; y como era perfectamente redonda, le pareció una cuestión muy difícil. Sin embargo, al final la rodeó con los brazos todo lo que pudo y arrancó un trozo del borde con cada mano.

—Y ahora, ¿cuál es cuál? —se dijo, y mordisqueó un poco del trozo de la derecha para probar el efecto: al instante sintió un golpe violento debajo de la barbilla: ¡le había dado al pie!

Se asustó bastante por aquel cambio tan repentino, pero sintió que no había tiempo que perder, pues estaba encogiéndose a toda velocidad; así que se puso manos a la obra de inmediato para comer un poco del otro trozo. Tenía la barbilla tan pegada al pie que apenas había sitio para abrir la boca; pero al fin lo hizo y se apañó para tragarse un mendrugo del trozo izquierdo.

* * * * * *

* * * * * *

* * * * * * *

—¡Vaya, por fin tengo la cabeza libre! —dijo Alicia en un tono de alegría que se convirtió en alarma al momento siguiente, al descubrir que sus hombros habían desaparecido por completo: todo lo que pudo ver al mirar hacia abajo fue una longitud inmensa de cuello, que parecía alzarse como un tallo de un mar de hojas verdes que yacía muy por debajo de ella.

—¿Qué será toda esa porquería verde? —dijo Alicia—. ¿Y a dónde han ido a parar mis hombros? Y ay, mis pobres manos, ¿cómo es que no os veo? —Las estaba moviendo mientras hablaba, pero parecía no haber ningún resultado, salvo un ligero temblor entre las hojas verdes lejanas.

Como no parecía haber ninguna posibilidad de llevarse las manos a la cabeza, intentó bajar la cabeza hacia ellas, y se alegró al comprobar que el cuello se doblaba con facilidad en cualquier dirección, como una serpiente. Acababa de conseguir curvarlo en un elegante zigzag y se disponía a zambullirse entre las hojas, que descubrió que no eran sino las copas de los árboles bajo los cuales había estado vagando, cuando un silbido agudo la hizo retroceder a toda prisa: una gran paloma le había volado a la cara y la golpeaba violentamente con las alas.

—¡Serpiente! —chilló la paloma.

—¡No soy ninguna serpiente! —dijo Alicia indignada—. ¡Déjame en paz!

—¡Serpiente, lo digo otra vez! —repitió la paloma, pero en un tono más apagado, y añadió con una especie de sollozo—: ¡Lo he intentado de todas las maneras, y nada parece contentarlos!

—No tengo la menor idea de lo que hablas —dijo Alicia.

—He probado en las raíces de los árboles, he probado en los ribazos y he probado en los setos —continuó la paloma sin prestarle atención—; ¡pero esas serpientes! ¡No hay quien los contente!

Alicia estaba cada vez más desconcertada, pero pensó que no servía de nada decir nada más hasta que la paloma hubiera terminado.

—¡Como si no fuera bastante fastidio empollar los huevos —dijo la paloma—, sino que tengo que estar al acecho de las serpientes día y noche! Vaya, ¡si no he pegado ojo en tres semanas!

—Siento mucho que te hayas molestado —dijo Alicia, que empezaba a comprender el sentido de sus palabras.

—Y justo cuando había cogido el árbol más alto del bosque —continuó la paloma alzando la voz hasta un chillido—, y justo cuando pensaba que por fin me libraría de ellos, ¡tienen que venir serpenteando desde el cielo! ¡Uf, serpiente!

—¡Pero que no soy ninguna serpiente, te digo! —dijo Alicia—. Yo soy una... yo soy una...

—¡Vaya! ¿Qué eres tú? —dijo la paloma—. ¡Se ve que estás intentando inventar algo!

—Yo... yo soy una niña —dijo Alicia con cierta duda, al recordar la cantidad de cambios por los que había pasado aquel día.

—¡Una historia muy creíble, desde luego! —dijo la Paloma con un tono del más profundo desprecio—. ¡He visto a bastantes niñas en mi época, pero jamás a una con semejante cuello! ¡No, no! Eres una serpiente, y es inútil negarlo. ¡Supongo que ahora me dirás que jamás has probado un huevo!

—He probado huevos, desde luego —dijo Alicia, que era una niña muy veraz—, pero las niñas comen huevos tanto como las serpientes, ya sabes.

—No lo creo —dijo la Paloma—, pero si lo hacen, pues entonces son una especie de serpiente, eso es todo lo que puedo decir.

Esta fue una idea tan nueva para Alicia, que se quedó completamente callada durante uno o dos minutos, lo cual le dio a la Paloma la oportunidad de añadir: —Buscas huevos, eso lo sé muy bien; y ¿qué me importa a mí si eres una niña o una serpiente?

—A mí me importa muchísimo —dijo Alicia apresuradamente—, pero da la casualidad de que no estoy buscando huevos; y si lo estuviera, no querría los tuyos: no me gustan crudos.

—¡Bueno, pues lárgate! —dijo la Paloma en tono mal humorado, mientras volvía a acomodarse en su nido. Alicia se agachó entre los árboles lo mejor que pudo, pues su cuello seguía enredándose entre las ramas, y de vez en cuando tenía que detenerse y desenredarlo. Al cabo de un rato recordó que todavía tenía los trozos de hongo en las manos, y se puso a trabajar con mucho cuidado, mordisqueando primero uno y luego el otro, y creciendo a veces más alta y a veces más baja, hasta que logró reducirse a su estatura habitual.

Hacía tanto tiempo que no medía nada cercano al tamaño correcto, que al principio le pareció de lo más extraño; pero se acostumbró en pocos minutos y empezó a hablar sola, como de costumbre. —¡Vaya, ya tengo la mitad de mi plan cumplido! ¡Qué desconcertantes son todos estos cambios! ¡Nunca estoy segura de lo que voy a ser de un minuto para otro! Sin embargo, he recuperado mi tamaño correcto: lo siguiente es entrar en ese hermoso jardín... me pregunto cómo se hará eso. Al decir esto, se encontró de repente con un claro, en el que había una casita de unos cuatro pies de altura. —Viva quien viva ahí —pensó Alicia—, de este tamaño no se puede ir a verlos de ninguna manera; ¡vaya, los asustaría aterrorizados! —Así que empezó a mordisquear el trozo del lado derecho otra vez, y no se atrevió a acercarse a la casa hasta que se hubo reducido a nueve pulgadas de alto.

CAPÍTULO VI. Cerdo y pimienta

Durante uno o dos minutos se quedó mirando la casa, preguntándose qué hacer a continuación, cuando de repente un lacayo con librea salió corriendo del bosque —ella lo consideró un lacayo porque iba de librea; de otro modo, juzgando únicamente por su cara, lo habría tomado por un pez— y llamó con fuerza a la puerta con los nudillos. La abrió otro lacayo con librea, de cara redonda y grandes ojos como de rana; y ambos lacayos, notó Alicia, tenían el pelo empolvado que se rizaba por toda la cabeza. Sintió una gran curiosidad por saber de qué se trataba todo aquello y avanzó un poco fuera del bosque para escuchar.

El Lacayo-Pez comenzó sacando de debajo del brazo una gran carta, casi tan grande como él, y se la entregó al otro, diciendo con tono solemne: —Para la Duquesa. Una invitación de la Reina para jugar al críquet. El Lacayo-Rana repitió en el mismo tono solemne, cambiando solo un poco el orden de las palabras: —De la Reina. Una invitación para la Duquesa para jugar al críquet.

Luego ambos hicieron una reverencia profunda y sus rizos se enredaron.

Alicia se rio tanto con esto que tuvo que correr de vuelta al bosque por miedo a que la oyeran; y cuando volvió a asomarse, el Lacayo-Pez había desaparecido y el otro estaba sentado en el suelo cerca de la puerta, mirando estúpidamente hacia el cielo.

Alicia se acercó tímida a la puerta y llamó.

—De nada sirve llamar —dijo el Lacayo—, y eso por dos razones. Primero, porque estoy en el mismo lado de la puerta que tú; segundo, porque hay tanto jaleo dentro que nadie podría oírte. —Y ciertamente se oía un ruido de lo más extraordinario en el interior: un aullido y estornudo constantes, y de vez en cuando un gran estrépito, como si se hubiera roto un plato o una tetera en mil pedazos.

—Por favor, entonces —dijo Alicia—, ¿cómo hago para entrar?

—Tendría algún sentido que llamaras —prosiguió el Lacayo sin prestarle atención— si tuviéramos la puerta entre los dos. Por ejemplo, si estuvieras dentro, podrías llamar y yo podría dejarte salir, ya sabes. —Estaba mirando hacia el cielo todo el tiempo que hablaba, y a Alicia esto le pareció de lo más maleducado—. Pero tal vez no pueda evitarlo —se dijo a sí misma—; tiene los ojos casi en lo más alto de la cabeza. Pero en cualquier caso podría responder a las preguntas.—¿Cómo hago para entrar? —repitió en voz alta.

—Me sentaré aquí —observó el Lacayo— hasta mañana...

En ese momento se abrió la puerta de la casa y un plato grande salió planeando, directo a la cabeza del Lacayo; le rozó apenas la nariz y se hizo añicos contra uno de los árboles que tenía detrás.

—...o pasado mañana, tal vez —continuó el Lacayo en el mismo tono, exactamente como si no hubiera pasado nada.

—¿Cómo hago para entrar? —preguntó Alicia de nuevo, con más fuerza.

—¿Es que tienes que entrar? —dijo el Lacayo—. Esa es la primera pregunta, ya sabes.

Lo era, sin duda; solo que a Alicia no le gustaba que le dijeran eso. —Es verdaderamente espantoso —murmuró para sus adentros— la forma en que discuten todas las criaturas. ¡Es como para volverse loco!

El Lacayo pareció pensar que era una buena oportunidad para repetir su observación con variaciones. —Me sentaré aquí —dijo—, a ratos, durante días y días.

—Pero ¿qué voy a hacer? —dijo Alicia.

—Lo que te dé la gana —dijo el Lacayo, y se puso a silbar.

—¡Ay, no sirve de nada hablar con él! —dijo Alicia desesperada—: ¡está completamente idiota! —Y abrió la puerta y entró.

La puerta daba directamente a una cocina grande, que estaba llena de humo de un extremo a otro: la Duquesa estaba sentada en un taburete de tres patas en el medio, acunando a un bebé; la cocinera estaba inclinada sobre el fuego, batiendo un gran caldero que parecía lleno de sopa.

—¡Desde luego, hay demasiada pimienta en esa sopa! —se dijo Alicia, tan bien como pudo entre estornudo y estornudo.

Desde luego, había demasiada en el aire. Hasta la Duquesa estornudaba de vez en cuando; y en cuanto al bebé, estornudaba y aullaba alternativamente sin un momento de pausa. Lo único de la cocina que no estornudaba era la cocinera y un gato grande que estaba sentado junto a la chimenea sonriendo de oreja a oreja.

—¿Podría decirme, por favor —dijo Alicia con cierta timidez, pues no estaba muy segura de si era de buena educación hablar ella primero—, por qué su gato sonríe así?

—Es un gato de Cheshire —dijo la Duquesa—, y por eso. ¡Cerdo!

Dijo esta última palabra con tal y tan repentina violencia que Alicia dio un brinco; pero enseguida se dio cuenta de que iba dirigida al bebé y no a ella, así que cobró valor y continuó:

—No sabía que los gatos de Cheshire siempre sonrieran; de hecho, no sabía que los gatos pudieran sonreír.

—Todos pueden —dijo la Duquesa—, y la mayoría lo hace.

—No conozco a ninguno que lo haga —dijo Alicia con mucha educación, sintiéndose muy contenta de haber entablado conversación.

—No sabes mucho —dijo la Duquesa—, y eso es un hecho.

A Alicia no le gustó nada el tono de este comentario y pensó que sería buena idea sacar otro tema de conversación. Mientras intentaba decidirse por uno, la cocinera retiró el caldero de sopa del fuego y se puso inmediatamente a arrojar todo lo que tenía al alcance contra la Duquesa y el bebé: primero fueron los arreos de la chimenea, y luego una lluvia de cacerolas, platos y fuentes. La Duquesa no les prestó atención ni siquiera cuando la golpeaban; y el bebé ya aullaba tanto que era completamente imposible saber si los golpes le hacían daño o no.

—¡Ay, por favor, tenga cuidado con lo que hace! —gritó Alicia, dando saltos en un agónico terror—. ¡Ay, ahí va su precioso naricito! —cuando una cacerola desacostumbradamente grande pasó volando muy cerca y por poco se lo arranca.

—Si todo el mundo se ocupara de sus propios asuntos —dijo la Duquesa con un ronco gruñido—, el mundo giraría mucho más deprisa de lo que lo hace.

—Lo cual no sería una ventaja —dijo Alicia, que se alegró mucho de tener la oportunidad de presumir un poco de sus conocimientos—. ¡Imagínese el lío que armaría con el día y la noche! Ya ve que la tierra tarda veinticuatro horas en dar la vuelta sobre su eje...

—Hablando de ejes —dijo la Duquesa—, ¡córtenle la cabeza!

Alicia miró con cierta inquietud a la cocinera para ver si tenía la intención de seguir el consejo; pero la cocinera estaba muy ocupada batiendo la sopa y parecía no estar escuchando, así que prosiguió: —Veinticuatro horas, creo; ¿o son doce? Yo...

—¡Ay, no me molestes! —dijo la Duquesa—; ¡nunca he podido soportar las cifras! —Y dicho esto, volvió a acunar a su hijo, cantándole una especie de nana mientras lo hacía y dándole una sacudida violenta al final de cada verso:

—Habla con rudeza a tu niño, y auméntale los castigos: lo hace solo por fastidio sabiendo que causa hastíos.

CORO (en el que participan la cocinera y el bebé):

—¡Hulf! ¡hulf! ¡hulf!

Mientras la Duquesa cantaba la segunda estrofa de la canción, no dejaba de zarandear al bebé violentamente de arriba abajo, y el pobrecito aullaba tanto que Alicia apenas podía oír la letra:

—Yo le hablo con severidad y lo castigo al estornudar: ¡pues le da gran felicidad la pimienta a su voluntad!

CORO

—¡Hulf! ¡hulf! ¡hulf!

—¡Toma! ¡Puedes acunarlo un poco si quieres! —le dijo la Duquesa a Alicia, arrojándole el bebé al tiempo que hablaba—. ¡Tengo que ir a prepararme para jugar al críquet con la Reina! —y salió zumbando de la habitación. La cocinera le tiró una sartén a la cabeza al salir, pero por poco la erró.

Alicia atrapó al bebé con cierta dificultad, ya que era una criatura de forma extraña que extendía los brazos y las piernas en todas direcciones, "igual que una estrella de mar", pensó Alicia. El pobrecito resoplaba como una locomotora cuando lo agarró, y no hacía más que doblarse y estirarse de nuevo, de modo que, en total, durante el primer minuto o dos, lo máximo que pudo hacer fue sujetarlo.

En cuanto averiguó la manera correcta de acunarlo (que consistía en enrollarlo en una especie de nudo y luego agarrar firmemente su oreja derecha y su pie izquierdo para evitar que se deshiciera), se lo llevó al aire libre. —Si no me llevo a este niño conmigo —pensó Alicia—, seguro que lo matan en uno o dos días: ¿no sería un asesinato dejarlo atrás? —Dijo las últimas palabras en voz alta, y el pequeño gruñó como respuesta (para entonces ya había dejado de estornudar). —No gruñas —dijo Alicia—; esa no es en absoluto una forma adecuada de expresarse.

El bebé volvió a gruñir y Alicia lo miró muy preocupada a la cara para ver qué le pasaba. No cabía duda de que tenía la nariz muy respingona, mucho más parecida a un hocico que a una nariz de verdad; además, sus ojos se estaban volviendo extremadamente pequeños para ser los de un bebé. En conjunto, a Alicia no le gustaba nada el aspecto de la criatura. —Pero tal vez solo estaba sollozando —pensó, y volvió a mirarle los ojos para ver si había alguna lágrima.

No, no había lágrimas. —Si vas a convertirte en cerdo, querido —dijo Alicia seriamente—, no quiero saber nada más de ti. ¡Acuérdate! —El pobrecito volvió a sollozar (o a gruñir, era imposible saber cuál de las dos cosas), y siguieron durante un rato en silencio.

Alicia empezaba a pensar para sus adentros: "¿Ahora qué voy a hacer con esta criatura cuando llegue a casa?", cuando volvió a gruñir con tanta fuerza que miró su cara con cierta alarma. Esta vez no cabía la menor duda: no era ni más ni menos que un cerdo, y sintió que sería de lo más absurdo seguir cargando con él.

Así que dejó a la criatura en el suelo y se sintió muy aliviada al verla trotar tranquilamente hacia el bosque. —Si hubiera crecido —se dijo a sus adentros—, se habría convertido en un niño horriblemente feo; pero creo que hace un cerdo bastante hermoso. —Y empezó a pensar en otros niños que conocía a los que les iría muy bien convertirse en cerdos, y estaba diciéndose a sí misma: "si uno supiera cuál es la manera correcta de cambiarlos...", cuando se llevó un pequeño sobresaltó al ver al Gato de Cheshire sentado en la rama de un árbol a pocos metros de distancia.

El Gato se limitó a sonreír cuando vio a Alicia. Le pareció que tenía un aspecto bondadoso; aun así, tenía unas garras muy largas y una dentadura enorme, por lo que sintió que debía tratarlo con respeto.

—Minino de Cheshire —empezó, con bastante timidez, ya que no sabía en absoluto si le gustaría ese nombre; sin embargo, el Gato solo ensanchó un poco más su sonrisa. —Vaya, por lo menos está contento —pensó Alicia, y continuó—: ¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?

—Eso depende mucho de a dónde quieras llegar —dijo el Gato.

—No me importa mucho a dónde... —dijo Alicia.

—Entonces no importa qué camino tomes —dijo el Gato.

—...con tal de llegar a alguna parte —añadió Alicia a modo de aclaración.

—Ah, seguro que lo consigues —dijo el Gato—, con tal de que camines lo suficiente.

Alicia sintió que eso era indiscutible, así que probó con otra pregunta: —¿Qué clase de gente vive por aquí?

—En esa dirección —dijo el Gato, agitando su pata derecha en círculo— vive un Sombrerero; y en esa dirección —agitando la otra pata— vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos.

—Pero no quiero ir entre gente loca —observó Alicia.

—Ah, de eso no te puedes escapar —dijo el Gato—; aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.

—¿Cómo sabes que estoy loca? —dijo Alicia.

—Tienes que estarlo —dijo el Gato—, o no habrías venido aquí.

A Alicia aquello no le demostraba nada en absoluto; sin embargo, continuó: —Y ¿cómo sabes que tú estás loco?

—Para empezar —dijo el Gato—, un perro no está loco. ¿Concedes eso?

—Supongo que sí —dijo Alicia.

—Bueno, entonces —prosiguió el Gato—, ya ves, un perro gruñe cuando está enfadado y menea la cola cuando está contento. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento y meneó la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.

—Yo a eso lo llamo ronronear, no gruñir —dijo Alicia.

—Llámalo como quieras —dijo el Gato—. ¿Juegas hoy al críquet con la Reina?

—Me gustaría muchísimo —dijo Alicia—, pero aún no me han invitado.

—Me verás allí —dijo el Gato, y desapareció.

A Alicia no le sorprendió mucho esto, pues ya se estaba acostumbrando a que pasaran cosas extrañas. Mientras miraba el lugar donde había estado, este reapareció de repente.

—A propósito, ¿qué fue del bebé? —dijo el Gato—. Casi se me olvidaba preguntar.

—Se convirtió en cerdo —dijo Alicia tranquilamente, exactamente como si hubiera regresado de forma natural.

—Ya me lo imaginaba —dijo el Gato, y volvió a desaparecer.

Alicia esperó un poco, medio esperando volver a verlo, pero no apareció, y al cabo de un minuto o dos echó a andar en la dirección en la que se decía que vivía la Liebre de Marzo. —Ya he visto sombrereros antes —se dijo a sí—¡Una historia de lo más verosímil, de verdad! —dijo la paloma con un tono de la más profunda altivez—. ¡He visto a un buen puñado de niñas en mi vida, pero jamás a ninguna con un cuello semejante! ¡No, no! Eres una serpiente, y es inútil negarlo. ¡Supongo que lo siguiente que me dirás es que jamás has probado un huevo!

—He probado huevos, desde luego —dijo Alicia, que era una niña muy veraz—, pero las niñas comen huevos tanto como las serpientes, ya sabes.

—No me lo creo —dijo la paloma—, pero si es así, entonces son una especie de serpiente, eso es todo lo que tengo que decir.

Esta fue una idea tan novedosa para Alicia, que se quedó callada durante un minuto o dos, lo que le dio a la paloma la oportunidad de añadir: —Estás buscando huevos, eso lo sé de sobra, y ¿qué me importa a mí que seas una niña o una serpiente?

—A mí me importa muchísimo —dijo Alicia apresuradamente—, pero da la casualidad de que no estoy buscando huevos; y si lo estuviera, no querría los tuyos: no me gustan crudos.

—¡Pues vete de una vez, entonces! —dijo la paloma en un tono malhumorado, mientras volvía a acomodarse en su nido. Alicia se agachó entre los árboles lo mejor que pudo, pues su cuello se enredaba una y otra vez entre las ramas, y a cada momento tenía que detenerse para desenredarlo. Al cabo de un rato se acordó de que todavía tenía los trozos de hongo en las manos, y se puso a trabajar con mucho cuidado, mordisqueando primero uno y luego el otro, creciendo a veces más alta y a veces más baja, hasta que consiguió reducirse a su estatura habitual.

hacía tanto tiempo que no medía nada parecido a su tamaño correcto, que al principio le pareció de lo más extraño; pero se acostumbró en unos pocos minutos y se puso a hablar sola, como de costumbre. —¡Vaya, ya tengo la mitad de mi plan cumplido! ¡Qué desconcertantes son todos estos cambios! ¡Nunca estoy segura de lo que voy a ser de un minuto para otro! Sin embargo, he recuperado mi tamaño normal: lo siguiente es entrar en ese hermoso jardín... ¿cómo se hará eso, me pregunto? Al decir esto, se encontró de repente ante un claro, con una casita en él de unos cuatro pies de altura. —Viva quien viva ahí —pensó Alicia—, de nada servirá presentarme con este tamaño: ¡vaya, los espantaría hasta dejarlos sin sentido! Así que empezó a mordisquear de nuevo el trozo de la derecha y no se atrevió a acercarse a la casa hasta haberse reducido a nueve pulgadas de altura.

CAPÍTULO VI. Cerdo y pimienta

Durante uno o dos minutos se quedó mirando la casa, preguntándose qué debía hacer a continuación, cuando de repente un lacayo con librea salió corriendo del bosque —ella lo consideró un lacayo porque llevaba librea; de lo contrario, a juzgar únicamente por su rostro, lo habría tomado por un pez— y llamó con fuerza a la puerta usando los nudillos. La abrió otro lacayo con librea, de rostro redondo y ojos grandes como los de una rana; y ambos lacayos, advirtió Alicia, llevaban el cabello empolvado con rizos por toda la cabeza. Le dio muchísima curiosidad saber de qué se trataba todo aquello y avanzó un poco fuera del bosque para escuchar.

El lacayo pez comenzó sacando de debajo del brazo una gran carta, casi tan grande como él mismo, y se la entregó al otro diciendo con tono solemne: —Para la Duquesa. Una invitación de la Reina para jugar al críquet. El lacayo rana repitió con el mismo tono solemne, cambiando apenas un poco el orden de las palabras: —De la Reina. Una invitación para la Duquesa para jugar al críquet.

Entonces ambos hicieron una profunda reverencia y sus rizos se enredaron.

Alicia se rio tanto con aquello que tuvo que huir de vuelta al bosque por miedo a que la oyesen; y cuando volvió a asomarse, el lacayo pez ya no estaba y el otro se hallaba sentado en el suelo junto a la puerta, mirando tontamente hacia el cielo.

Alicia se acercó con timidez a la puerta y llamó.

—De nada sirve que llames —dijo el lacayo—, y eso por dos razones. Primero, porque estoy en el mismo lado de la puerta que tú; segundo, porque hay tanto escándalo dentro que nadie podría oírte jamás. Y ciertamente dentro se oía un ruido de lo más extraordinario: un aullido y unos estornudos constantes y, de vez en cuando, un estrépito tremendo, como si se hubiera hecho añicos un plato o una tetera.

—Por favor, entonces —dijo Alicia—, ¿cómo se hace para entrar?

—Tendría algún sentido que llamaras —prosiguió el lacayo sin prestarle atención— si la puerta estuviera entre los dos. Por ejemplo, si estuvieras dentro, podrías llamar y yo te dejaría salir, ya ves. Estaba mirando hacia el cielo todo el tiempo que hablaba, lo cual a Alicia le pareció de una descortesía rotunda. —Pero tal vez no pueda evitarlo —se dijo—; tiene los ojos tan rematadamente arriba en la cabeza. Sea como fuere, podría responder a las preguntas.—¿Cómo hago para entrar? —repitió en voz alta.

—Me sentaré aquí —comentó el lacayo— hasta mañana...

En ese preciso instante se abrió la puerta de la casa y un plato grande salió zumbando, directo a la cabeza del lacayo; le rozó apenas la nariz y se hizo añicos contra uno de los árboles que tenía detrás.

—...o pasado mañana, tal vez —continuó el lacayo con el mismo tono, exactamente como si no hubiera pasado nada.

—¿Cómo hago para entrar? —volvió a preguntar Alicia con más fuerza.

—¿Acaso tienes que entrar? —dijo el lacayo—. Esa es la primera cuestión, ya lo sabes.

Lo era, sin duda; solo que a Alicia no le gustaba que se lo dijeran así. —Es verdaderamente espantoso —murmuró para sus adentros— el modo en que todas las criaturas discuten. ¡Es como para volverse loca!

El lacayo pareció pensar que era una buena ocasión para repetir su observación, con algunas variantes. —Me sentaré aquí —dijo—, a ratos, durante días y días.

—Pero ¿qué se supone que debo hacer? —dijo Alicia.

—Lo que te plazca —dijo el lacayo, y se puso a silbar.

—¡Ay, no sirve de nada hablar con este! —dijo Alicia desesperada—: ¡está completamente lelo! Y abrió la puerta y entró.

La puerta conducía directamente a una cocina amplia, llena de humo de un extremo a otro: la Duquesa estaba sentada en un taburete de tres patas en el centro, amamantando a un bebé; la cocinera se inclinaba sobre el fuego, batiendo un gran caldero que parecía rebosar de sopa.

¡Desde luego, hay demasiada pimienta en esa sopa! —se dijo Alicia, tan bien como pudo entre estornudos.

Ciertamente, había demasiada en el aire. Hasta la Duquesa estornudaba de vez en cuando; y en cuanto al bebé, no paraba de estornudar y aullar alternativamente ni un solo segundo. Las únicas cosas en toda la cocina que no estornudaban eran la cocinera y un gato grandote que estaba sentado junto a la chimenea sonriendo de oreja a oreja.

—Por favor, ¿podría decirme —dijo Alicia un poco tímida, pues no estaba muy segura de si era de buena educación hablar primero— por qué su gato sonríe de esa manera?

—Es un gato de Cheshire —dijo la Duquesa—, y por eso. ¡Cerdo!

Dijo esta última palabra con una brusquedad tan repentina que Alicia dio un respingo; pero al momento se dio cuenta de que iba dirigida al bebé y no a ella, así que recobró el valor y continuó:

—No sabía que los gatos de Cheshire siempre sonrieran; de hecho, ni siquiera sabía que los gatos pudieran sonreír.

—Todos pueden —dijo la Duquesa—, y la mayoría lo hace.

—Yo no conozco a ninguno que lo haga —dijo Alicia con mucha educación, sintiéndose bastante complacida por haber entablado conversación.

—No sabes gran cosa —dijo la Duquesa—, y eso es un hecho.

A Alicia no le gustó nada el tono de este comentario y pensó que valdría la pena introducir otro tema de conversación. Mientras trataba de decidirse por uno, la cocinera retiró el caldero de sopa del fuego y se puso inmediatamente a arrojar todo lo que tenía al alcance contra la Duquesa y el bebé: primero fueron los avíos de la chimenea; luego cayó una lluvia de cazuelas, platos y fuentes. La Duquesa no les hizo el menor caso ni cuando la golpeaban; y el bebé ya aullaba tanto que resultaba imposible saber si los golpes le hacían daño o no.

—¡Ay, por favor, tenga cuidado con lo que hace! —gritó Alicia, dando saltos en un agónico terror—. ¡Ay, ahí va su precioso hocico! —mientras una cazuela inusualmente grande pasaba volando muy cerca y por poco se lo arrancaba.

—Si cada uno se metiera en sus propios asuntos —dijo la Duquesa con un ronco gruñido—, el mundo giraría mucho más deprisa de lo que lo hace.

—Lo cual no sería ninguna ventaja —dijo Alicia, muy contenta de encontrar la ocasión de lucir un poco sus conocimientos—. ¡Imagínese el lío que armaría con el día y la noche! Ya ve que la tierra tarda veinticuatro horas en dar una vuelta sobre su eje...

—Hablando de ejes —dijo la Duquesa—, ¡córtenle la cabeza!

Alicia miró con cierta inquietud a la cocinera para ver si pensaba tomarse la indirecta al pie de la letra, pero esta seguía removiendo la sopa con ahínco y parecía no escuchar, así que prosiguió: —Veinticuatro horas, creo; ¿o son doce? Yo...

—¡Oh, no me molestes! —dijo la Duquesa—. ¡Nunca he podido soportar las cifras! Y dicho esto, volvió a coger al niño en brazos, canturreándole una especie de nana mientras lo mecía con violencia y le daba un fuerte sacudimiento al final de cada verso:

«Háblale al crío con aspereza, pégale si estornuda al fin: lo hace solo por torpeza, sabe bien que causa a mín.» [Nota del traductor: se mantiene la rima imperfecta del original].

CORO (en el que participan la cocinera y el bebé):

«¡Guau, guau, guau!»

Mientras la Duquesa entonaba la segunda estrofa de la canción, no dejaba de zarandear al bebé con furia hacia arriba y hacia abajo, y el pobre angelito aullaba tanto que Alicia apenas lograba distinguir las palabras:

«Yo le hablo al crío con fiereza, le pego si estornuda al fin: ¡Goza con toda certeza cuando la pimienta pon a mil!» [Nota del traductor: adaptación para reflejar la rima consonante del original inglés].

CORO

«¡Guau, guau, guau!»

—¡Toma! ¡Puedes tenerlo un rato en brazos si quieres! —le dijo la Duquesa a Alicia, arrojándole el bebé al tiempo que hablaba—. ¡Tengo que ir a prepararme para jugar al críquet con la Reina! Y salió precipitadamente de la estancia. La cocinera le tiró una sartén según se iba, pero por poco le da.

Alicia atajó al bebé con cierta dificultad, ya que era una criatura de forma muy extraña que estiraba los brazos y las piernas hacia todas partes, «exactamente igual que una estrella de mar», pensó Alicia. El pobrecillo resoplaba como una locomotora cuando lo cogió y no paraba de doblarse y estirarse, de modo que al principio le costó lo suyo conseguir sujetarlo.

Tan pronto como averiguó la manera correcta de sostenerlo (que consistía en enroscarlo en una especie de nudo y luego agarrar bien fuerte su oreja derecha y su pie izquierdo para impedir que se deshiciera), se lo llevó al aire libre. —Si no me llevo a esta criatura conmigo —pensó Alicia—, seguro que la matan en un par de días: ¿no sería un asesinato dejarla atrás? Dijo estas últimas palabras en voz alta, y el pequeño gruñó como respuesta (para entonces ya había dejado de estornudar). —No gruñas —dijo Alicia—; esa no es forma de expresarse en absoluto.

El bebé volvió a gruñir y Alicia lo miró muy preocupada a la cara para ver qué le pasaba. No cabía duda de que tenía la nariz muy respingona, mucho más parecida a un hocico que a una nariz de verdad; además, sus ojos se estaban volviendo diminutos para ser los de un bebé. En conjunto, a Alicia no le gustaba nada el aspecto de la criatura. —Pero tal vez solo esté sollozando —pensó, y volvió a mirarle los ojos para ver si había alguna lágrima.

No, no había lágrimas. —Si te vas a convertir en un cerdo, cariño —dijo Alicia con seriedad—, no volveré a saber nada de ti. ¡Avisado quedas! El pobrecillo volvió a sollozar (o a gruñir, era imposible distinguirlo) y continuaron un buen trecho en silencio.

Alicia empezaba a pensar para sus adentros: «Y ahora, ¿qué hago con esta criatura cuando llegue a casa?», cuando este gruñó con tanta fuerza que ella bajó la vista hacia su cara con cierta alarma. Esta vez no cabía la menor duda: era pura y simplemente un cerdo, y comprendió que sería de lo más absurdo seguir cargando con él.

Así que dejó a la criatura en el suelo y sintió un gran alivio al verla trotar tranquilamente hacia el bosque. —De haber crecido —se dijo—, habría sido un niño horriblemente feo; pero creo que da un cerdo bastante apuesto. Y se puso a pensar en otros niños que conocía y que harían muy buen papel como cerdos, y justo se decía a sí misma: «si uno supiera la manera correcta de transformarlos...», cuando se sobresaltó un poco al ver al gato de Cheshire sentado en la rama de un árbol a pocas yardas de distancia.

El gato se limitó a sonreír al ver a Alicia. Tenía aspecto bondadoso, pensó ella; aun así, poseía unas garras muy largas y muchísimos dientes, por lo que sintió que debía tratarlo con respeto.

—Minino de Cheshire —comenzó con bastante timidez, pues ignoraba por completo si le agradecía el nombre; no obstante, el gato ensanchó un poco más su sonrisa—. Vaya, al menos parece contento —pensó Alicia, y continuó—: ¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?

—Eso depende mucho de a dónde quieras llegar —dijo el gato.

—Me importa poco el sitio... —dijo Alicia.

—Entonces da igual el camino que tomes —dijo el gato.

—...con tal de llegar a alguna parte —añadió Alicia a modo de aclaración.

—Ah, de eso puedes estar segura —dijo el gato—, con tal de que camines lo suficiente.

Alicia sintió que no se le podía argüir nada a aquello, así que probó con otra pregunta. —¿Qué clase de gente vive por aquí?

—En esa dirección —dijo el gato agitando su pata derecha— vive un sombrerero; y en aquella dirección —agitando la otra pata— vive una liebre de marzo. Visita al que prefieras: los dos están locos.

—Pero no quiero andar entre locos —observó Alicia.

—Ah, de eso no te puedes librar —dijo el gato—; aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.

—¿Cómo sabes que estoy loca? —dijo Alicia.

—A la fuerza —dijo el gato—, si no, no habrías venido aquí.

A Alicia aquello no le demostraba nada en absoluto; con todo, prosiguió: —Y tú, ¿cómo sabes que estás loco?

—Para empezar —dijo el gato—, un perro no está loco. ¿Concedes eso?

—Supongo que sí —dijo Alicia.

—Bien, entonces —continuó el gato—, verás que un perro gruñe cuando se enfada y menea la cola cuando está contento. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento y menea la cola cuando me enfado. Por lo tanto, estoy loco.

—Yo a eso lo llamo ronronear, no gruñir —dijo Alicia.

—Llámalo como te plazca —dijo el gato—. ¿Vas a jugar al críquet con la Reina hoy?

—Me gustaría muchísimo —dijo Alicia—, pero todavía no me han invitado.

—Me verás allí —dijo el gato, y desapareció.

A Alicia no le sorprendió demasiado, pues ya se iba acostumbrando a que sucedieran cosas extravagantes. Mientras miraba el lugar exacto donde había estado, este reapareció de pronto.

—A todo esto, ¿qué fue del bebé? —dijo el gato—. Casi se me olvidaba preguntar.

—Se convirtió en un cerdo —dijo Alicia con toda tranquilidad, exactamente como si hubiera regresado por medios naturales.

—Ya me lo figuraba —dijo el gato, y volvió a desaparecer.

Alicia esperó un momento, medio con la esperanza de volver a verlo, pero no apareció; y al cabo de uno o dos minutos se echó a andar en dirección al lugar donde se decía que vivía la liebre de marzo. —Ya he visto sombrereros antes —se dijo—; la liebre de marzo será mucho más interesante y, tal vez, como estamos en mayo, no esté rematadamente loca... al menos no tanto como en marzo. Mientras decía esto, alzó la vista y allí estaba de nuevo el gato, sentado en la rama de un árbol.

—¿Dijiste cerdo o higo? —dijo el gato.

—Dije cerdo —replicó Alicia—, y desearía que no estuvieras apareciendo y desapareciendo de un modo tan repentino: a una le da mareo.

—De acuerdo —dijo el gato; y esta vez se desvaneció muy lentamente, empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa, que permaneció un buen rato después de que el resto se hubiera esfumado.

—¡Vaya! ¡He visto a menudo gatos sin sonrisa —pensó Alicia—, pero una sonrisa sin gato! ¡Es lo más curioso que he visto en toda mi vida!

No había avanzado mucho trecho cuando divisó la casa de la liebre de marzo: pensó que tenía que ser la correcta porque las chimeneas tenían forma de oreja y el tejado estaba cubierto de pelo. Era una casa tan grande que no se atrevió a acercarse hasta haber mordisqueado un poco más del trozo izquierdo del hongo y haberse alzado hasta unos dos pies de altura; aun así, se encaminó hacia allí con bastante timidez, diciéndose: «¡A ver si va a estar rematadamente loca después de todo! ¡Casi desearía haber ido a ver al sombrerero!».

CAPÍTULO VII. Una merienda de locos

Había una mesa puesta bajo un árbol frente a la casa, y la liebre de marzo y el sombrerero tomaban el té en ella; un lirón estaba sentado entre ambos, profundamente dormido, y los otros dos lo utilizaban como cojín, apoyando los codos sobre él y hablando por encima de su cabeza. «Qué incómodo para el lirón —pensó Alicia—; solo que, como está dormido, supongo que no le importa.»

La mesa era grande, pero los tres se apiñaban en una esquina: —¡No hay sitio! ¡No hay sitio! —gritaron al ver que se acercaba Alicia. —¡Pues sobra sitio! —dijo indignada Alicia, y se sentó en un gran sillón en un extremo de la mesa.

—Toma un poco de vino —dijo la liebre de marzo con tono alentador.

Alicia miró por toda la mesa, pero sobre ella no había más que té. —No veo ningún vino —observó.

—Es que no lo hay —dijo la liebre de marzo.

—Entonces no ha sido muy educado de tu parte ofrecerlo —dijo Alicia enfadada.

—Tampoco ha sido muy educado de tu parte sentarte sin ser invitada —dijo la liebre de marzo.

—No sabía que fuera vuestra mesa —dijo Alicia—; está puesta para muchos más de tres.

—Necesitas que te corten el cabello —dijo el sombrerero. Llevaba un rato mirando a Alicia con gran curiosidad, y aquella fue su primera intervención.

—Deberías aprender a no hacer observaciones personales —dijo Alicia con cierta severidad—; es muy de mala educación.

El sombrerero abrió muchísimo los ojos al oír esto; pero lo único que dijo fue: —¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

—¡Vaya, ahora nos divertiremos un poco! —pensó Alicia—. Me alegro de que hayan empezado con las adivinanzas.—Creo que puedo adivinar eso —añadió en voz alta.

—¿Quieres decir que crees que puedes hallar la respuesta? —dijo la liebre de marzo.

—Exactamente —dijo Alicia.

—Entonces debes decir lo que piensas —prosiguió la liebre de marzo.

—Lo hago —replicó Alicia a toda prisa—; al menos... al menos pienso lo que digo... que viene a ser lo mismo, ya sabes.

—¡Ni mucho menos es lo mismo! —dijo el sombrerero—. ¡Bien podrías decir que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

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—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

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—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «me gusta lo que tengo» es lo mismo que «tengo lo que me gusta»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «veo lo que como» es lo mismo que «como lo que veo»!

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—¡Bien podrías decir —añadió la liebre de marzo— que «respiro cuando duermo» es lo mismo que «duermo cuando respiro»!

—¡Bien podrías decir —añadió el lirón, que parecía hablar en sueños— que «me gustan los gatos» es lo mismo que «los gatos me gustan»!

—¡Bien podrías decir —añadió el sombrerero—

«¡No importa! —dijo el Rey con aire de gran alivio—. Que llame al siguiente testigo». Y añadió en voz baja a la Reina: «¡De verdad, querida, debes interrogar tú al siguiente testigo! ¡Me hace doler la frente!».

Alicia observó al Conejo Blanco mientras hojeaba la lista, con mucha curiosidad por saber cómo sería el próximo testigo: «—porque todavía no tienen muchas pruebas—», se dijo. ¡Imaginad su sorpresa cuando el Conejo Blanco leyó, con el tono más agudo de su vocecita, el nombre de «¡Alicia!»!

CAPÍTULO XII. La prueba de Alicia

«¡Presente!», gritó Alicia, olvidando por completo en la agitación del momento lo grande que se había vuelto en los últimos minutos, y se levantó de un salto con tanta prisa que volcó el palco del jurado con el borde de su falda, derribando a todos los jurados sobre las cabezas de la muchedumbre de abajo; allí quedaron desparramados, recordándole muchísimo a una pecera de colores que había volcado por accidente la semana anterior.

«¡Ay, perdónenme!», exclamó con tono de gran consternación, y empezó a recogerlos de nuevo tan rápido como pudo, porque el accidente de los peces rojos le rondaba la cabeza y tenía la vaga idea de que debían ser recogidos enseguida y devueltos al palco del jurado, o se morirían.

«El juicio no puede continuar —dijo el Rey con voz muy grave— hasta que todos los jurados estén de vuelta en sus lugares debidos; todos», repitió con gran énfasis, mirando fijamente a Alicia al decirlo.

Alicia miró el palco del jurado y vio que, en su prisa, había puesto a la Lagartija cabeza abajo, y el pobre animalito agitando la cola de manera melancólica, totalmente incapaz de moverse. Pronto la sacó y la puso bien; «no es que tenga mucha importancia —se pensó—; supongo que serviría igual para el juicio de un modo que del otro».

Tan pronto como el jurado se hubo recuperado un poco del susto de la caída, y les hubieron encontrado y devuelto las pizarritas y los lápices, se pusieron a trabajar con mucha diligencia para redactar una crónica del accidente, todos excepto la Lagartija, que parecía demasiado abrumada para hacer otra cosa que sentarse con la boca abierta, contemplando el techo de la sala.

«¿Qué sabes tú de este asunto?», le dijo el Rey a Alicia.

«Nada», dijo Alicia.

«¿Nada en absoluto?», insistió el Rey.

«Nada en absoluto», dijo Alicia.

«Eso es muy importante», dijo el Rey, volviéndose hacia el jurado. Estaban empezando a apuntar esto en sus pizarras, cuando el Conejo Blanco interrumpió: «Sin importancia, Su Majestad quiere decir, por supuesto», dijo en tono muy respetuoso, pero frunciendo el ceño y haciéndole muecas mientras hablaba.

«Sin importancia, por supuesto, quería decir», dijo el Rey apresuradamente, y continuó para sí en voz baja:

«importante—sin importancia—sin importancia—importante—», como si estuviera probando qué palabra sonaba mejor.

Algunos de los jurados lo anotaron como «importante», y otros como «sin importancia». Alicia pudo verlo, ya que estaba lo suficientemente cerca como para mirar por encima de sus pizarras; «pero no importa lo más mínimo», pensó para sus adentros.

En ese momento el Rey, que llevaba un rato escribiendo afanosamente en su libreta, cacareó un «¡Silencio!» y leyó de su libro: «Regla Cuarenta y dos. Todas las personas que midan más de una milla de altura deben abandonar la sala».

Todo el mundo miró a Alicia.

«No mido una milla de altura», dijo Alicia.

«Sí que mides», dijo el Rey.

«Casi dos millas de altura», añadió la Reina.

«Pues no me voy, pase lo que pase —dijo Alicia—; además, esa no es una regla oficial: la acaban de inventar ahora mismo».

«Es la regla más antigua del libro», dijo el Rey.

«Entonces debería ser la Número Uno», dijo Alicia.

El Rey se puso pálido y cerró la libreta apresuradamente. «Consideren su veredicto», le dijo al jurado con voz baja y temblorosa.

«¡Aún quedan más pruebas por presentar, si Su Majestad lo permite!», dijo el Conejo Blanco, saltando con gran prisa; «acaban de recoger este papel».

«¿Qué hay en él?», dijo la Reina.

«Aún no lo he abierto —dijo el Conejo Blanco—, pero parece ser una carta escrita por el preso a... a alguien».

«Debió de ser a eso —dijo el Rey—, a menos que estuviera escrita a nadie, cosa que no es habitual, ya sabes».

«¿A quién va dirigida?», dijo uno de los jurados.

«No va dirigida a nadie en absoluto —dijo el Conejo Blanco—; de hecho, no hay nada escrito por fuera». Desplegó el papel mientras hablaba y añadió: «Al fin y al cabo no es una carta: es un poema».

«¿Están escritos con la letra del prisionero?», preguntó otro de los jurados.

«No, no lo están —dijo el Conejo Blanco—, y eso es lo más extraño de todo». (El jurado puso cara de desconcierto).

«Debe de haber imitado la letra de otra persona», dijo el Rey. (El jurado volvió a alegrarse).

«Por favor, Su Majestad —dijo la Sota—, yo no lo escribí, y no pueden demostrar que lo haya hecho: no hay ningún nombre firmado al final».

«Si no lo firmaste —dijo el Rey—, eso no hace más que empeorar las cosas. Debías de llevar malas intenciones, o habrías firmado con tu nombre como un hombre honrado».

Hubo un aplauso general ante esto: era lo primero realmente ingenioso que el Rey había dicho en todo el día.

«Eso demuestra su culpabilidad», dijo la Reina.

«¡No demuestra nada por el estilo! —dijo el rostro de Alicia—. ¡Si ni siquiera sabéis de qué trata!».

«Léelo», dijo el Rey.

El Conejo Blanco se puso las gafas. «¿Por dónde empiezo, Su Majestad?», preguntó.

«Empieza por el principio —dijo el Rey con gravedad— y sigue hasta llegar al final: luego para».

Estos fueron los versos que leyó el Conejo Blanco:

«Me dijeron que ibas a verla, y a él le hablaste de mí: muy bien habló ella de su acera, mas dijo que no sé nadar, di.

Él les mandó decir que no había ido (y bien cierto que es tal cosa): si ella sigue insistiendo en lo oído, ¿qué va a ser de ti, hermosa?

Yo le di una, ellos le dieron dos, vos nos disteis tres o más; de él a ti volvieron las de Dios, siendo mías antes jamás.

Si llegáramos ella o yo a estar metidos en este lío, él confía en que sepas librar, dejándonos tal cual fuimos, tío.

Yo creía que tú habías sido (antes de que le diera el ataque) un estorbo que se había interpuesto en el nido entre él, nosotros y el paquete.

No le digas que a ella le gustaban más, pues esto habrá de ser siempre un secreto que a todos ocultarás, entre tú y yo fervientemente.»

«Esta es la prueba más importante que hemos escuchado hasta ahora», dijo el Rey, frotándose las manos; «así que ahora que el jurado...»

«Si alguno de ellos sabe explicarlo —dijo Alicia (se había vuelto tan grande en los últimos minutos que no temía en absoluto interrumpirle)—, le doy seis peniques. No creo que tenga ni un átomo de sentido».

El jurado entero apuntó en sus pizarras: «Ella no cree que tenga ni un átomo de sentido», pero ninguno intentó explicar el papel.

«Si no tiene ningún sentido —dijo el Rey—, eso nos ahorra un mundo de problemas, ya sabes, puesto que no necesitamos buscar ninguno. Y, sin embargo, no sé —prosiguió, extendiendo los versos sobre su rodilla y mirándolos con un solo ojo—, me parece que sí tienen algo de sentido, después de todo. “—mas dijo que no sé nadar, di—” tú no sabes nadar, ¿verdad?», añadió, volviéndose hacia la Sota.

La Sota meneó la cabeza con tristeza. «¿Tengo cara de ello?», dijo. (Lo cual ciertamente no tenía, ya que estaba hecho enteramente de cartulina).

«Por ahora vamos bien», dijo el Rey, y siguió musitando los versos para sí: «“Y bien cierto que es tal cosa—” eso es el jurado, por supuesto— “Yo le di una, ellos le dieron dos—” vaya, ¡eso debe de ser lo que hizo con las tartas, ya sabes...!».

«Pero luego sigue diciendo: “de él a ti volvieron las de Dios”», dijo Alicia.

«¡Vaya, ahí están!», dijo el Rey triunfante, señalando las tartas sobre la mesa. «Nada puede ser más claro que eso. Luego, de nuevo... “antes de que le diera el ataque—” tú nunca has tenido ataques, querida, ¿o sí?», le preguntó a la Reina.

«¡Jamás!», dijo la Reina furiosa, arrojándole un tintero a la Lagartija mientras hablaba. (El desgraciado pequeño Bill había dejado de escribir en su pizarra con un dedo, al ver que no dejaba marca; pero ahora comenzó de nuevo apresuradamente, usando la tinta que le escurría por la cara mientras le duró).

«Entonces las palabras no van contigo», dijo el Rey, mirando a su alrededor en la sala con una sonrisa. Hubo un silencio sepulcral.

«¡Es un juego de palabras!», añadió el Rey en tono ofendido, y todo el mundo se echó a reír. «Que el jurado considere su veredicto», dijo el Rey por enésima vez en el día.

«¡No, no! —dijo la Reina—. ¡Primero la condena y el veredicto después!».

«¡Qué pataña y qué tontería! —dijo Alicia en voz alta—. ¡La idea de tener primero la condena!».

«¡Cierra la boca!», dijo la Reina, poniéndose morada.

«¡No me la da la gana!», dijo Alicia.

«¡Que le corten la cabeza!», gritó la Reina a todo pulmón. Nadie se movió.

«¿Quién te teme a ti? —dijo Alicia (para entonces ya había crecido hasta alcanzar toda su estatura)—. ¡No sois más que una baraja de cartas!».

A esto, toda la baraja se levantó en el aire y cayó volando sobre ella; dio un pequeño grito, mitad de susto y mitad de ira, e intentó espantarlos, y se encontró tumbada en la orilla con la cabeza en el regazo de su hermana, que le apartaba suavemente algunas hojas secas que habían caído de los árboles sobre su rostro.

«¡Despierta, querida Alicia!», dijo su hermana; «¡Vaya, qué sueño tan largo has tenido!».

«¡Ay, he tenido un sueño tan extraño!», dijo Alicia, y le contó a su hermana, tan bien como pudo recordarlas, todas aquellas extrañas aventuras suyas de las que acabáis de leer; y cuando hubo terminado, su hermana la besó y le dijo: «Fue un sueño curioso, querida, desde luego; pero corre ahora a tomar el té; se está haciendo tarde». Así que Alicia se levantó y salió corriendo, pensando mientras corría, como no podía ser menos, en lo maravilloso que había sido aquel sueño.

Pero su hermana se quedó sentada tal como la había dejado, apoyando la cabeza en la mano, contemplando la puesta de sol y pensando en la pequeña Alicia y en todas sus maravillosas aventuras, hasta que ella también empezó a soñar a su manera, y este fue su sueño:

Primero, soñó con la propia pequeña Alicia, y una vez más las diminutas manos estaban cruzadas sobre su regazo, y los ojos brillantes y ansiosos la miraban fijamente; podía oír hasta el tono de su voz y ver aquel extraño pequeño movimiento de cabeza para apartar el cabello rebelde que siempre se le metía en los ojos; y mientras escuchaba, o creía escuchar, todo el lugar a su alrededor cobró vida con las extrañas criaturas del sueño de su hermanita.

La hierba alta crujió a sus pies cuando el Conejo Blanco pasó corriendo; el ratón asustado chapoteaba al abrirse paso por el estanque cercano; podía oír el tintineo de las tazas de té mientras la Liebre de Marzo y sus amigos compartían su banquete sin fin, y la voz chillona de la Reina ordenando la ejecución de sus desdichados invitados; una vez más el bebé-cerdo estornudaba sobre las rodillas de la Duquesa, mientras platos y fuentes se estrellaban a su alrededor; una vez más el alarido del Grifo, el chirrido del lápiz de pizarra de la Lagartija y los ahogos de los conejillos de indias reprimidos llenaban el aire, mezclados con los lejanos sollozos de la dolorida Falsa Tortuga.

Así se quedó sentada, con los ojos cerrados, y medio creyó encontrarse en el País de las Maravillas, aunque sabía que solo tenía que abrirlos de nuevo y todo se transformaría en la realidad sosa: la hierba solo crujiríá con el viento, y el estanque se rizaría al ritmo de la ondulación de los juncos; el tintineo de las tazas de té se trocaría en el esquileo de las campanas de las ovejas, y los gritos chillones de la Reina en la voz del pastorcito; y el estornudo del bebé, el chillido del Grifo y todos los demás ruidos extraños cambiarían (bien lo sabía) en el clamor confinado de un bullicioso corral, mientras que el mugido del ganado a lo lejos tomaría el lugar de los pesados sollozos de la Falsa Tortuga.

Por último, se imaginó cómo esa misma hermanita suya sería, en el porvenir, una mujer adulta; y cómo conservaría, a través de sus años más maduros, el corazón sencillo y amoroso de su infancia; y cómo reuniría a su alrededor a otros niños pequeños, haciendo que sus ojos brillaran y se mostraran ansiosos con muchos cuentos extraños, quizás incluso con el sueño de aquel lejano País de las Maravillas de antaño; y cómo se compadecería de todas sus sencillas penas y hallaría placer en todas sus sencillas alegrías, recordando su propia vida de niña y los felices días de verano.

FIN

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