AUTOBIOGRAFÍA
DE
BENJAMIN
FRANKLIN
CON ILUSTRACIONES de E. BOYD SMITH
EDITADA por FRANK WOODWORTH PINE
Nueva York HENRY HOLT AND COMPANY 1916
Copyright, 1916,
POR HENRY HOLT AND COMPANY
Junio, 1922
THE QUINN & BODEN CO. PRESS RAHWAY, N. J.
CONTENIDO
PÁGINA Introducción vii
La Autobiografía
I. Ascendencia y primeros años en Boston 3 II. Comienzos de la vida como impresor 21 III. Llegada a Filadelfia 41 IV. Primera visita a Boston 55 V. Primeros amigos en Filadelfia 69 VI. Primera visita a Londres 77 VII. Comienzos en los negocios en Filadelfia 99 VIII. Éxito empresarial y primer servicio público 126 IX. Plan para alcanzar la perfección moral 146 X. El Almanaque del Pobre Ricardo y otras actividades 169 XI. Interés en los asuntos públicos 188 XII. Defensa de la provincia 201 XIII. Servicios y deberes públicos 217 XIV. Plan de unión de Albany 241 XV. Querellas con los gobernadores propietarios 246 XVI. La expedición de Braddock 253 XVII. La defensa de la frontera por parte de Franklin 274 XVIII. Experimentos científicos 289 XIX. Agente de Pensilvania en Londres 296
Apéndice
Cometa eléctrica 327 El camino a la riqueza 331 El silbato 336 Una carta a Samuel Mather 340
Bibliografía 343
ILUSTRACIONES
Franklin en la corte de Luis XVI Frontispicio
"Por consiguiente, fue agasajado e invitado a todas las reuniones de la corte. En ellas conocía a veces a la vieja duquesa de Borbón, quien, siendo jugadora de ajedrez de un nivel similar al suyo, jugaban muy a menudo juntos. Ocurrió una vez que, al poner ella su rey en peligro, el Doctor lo tomó. 'Ah', dice ella, 'nosotros no tomamos a los reyes así'. 'Nosotros sí en América', dijo el Doctor." --Thomas Jefferson.
PÁGINA Retrato de Franklin vii
Páginas 1 y 4 de The Pennsylvania Gazette, número XL, el primer número después de que Franklin tomara el control xxi
Primera página de The New England Courant del 4 al 11 de diciembre de 1721 33
"Fui empleado para llevar los periódicos por las calles a los clientes" 36
"Ella, de pie en la puerta, me vio y pensó que, como ciertamente lo hacía, presentaba un aspecto de lo más torpe y ridículo" 48
"Me puse a trabajar en la prensa" 88
"Todavía lo veo trabajando cuando regreso del club" 120
Dos páginas del Almanaque del Pobre Ricardo para 1736 171
"Cumplí regularmente mi turno de servicio allí como soldado raso" 204
"Por la tarde, al oír un gran ruido entre ellos, los comisionados salieron a ver qué ocurría" 224
"Nuestras hachas... se pusieron inmediatamente a trabajar para cortar árboles" 278
"Ahora parecíamos muy distantes, y tan alejados el uno del otro en nuestras opiniones como para desalentar toda esperanza de acuerdo" 318
"Verá cómo brota abundantemente de la llave al acercar su nudillo" 328
El padre Abraham en su estudio 330
Las guardas muestran, al frente, el escudo de armas y el sello de Franklin; al dorso, la medalla otorgada por las escuelas públicas de Boston a partir del fondo dejado por Franklin para ese propósito, según lo dispuesto en el siguiente extracto de su testamento:
"Nací en Boston, Nueva Inglaterra, y debo mis primeras instrucciones en literatura a las escuelas gratuitas de gramática allí establecidas. Por lo tanto, doy cien libras esterlinas a mis ejecutores, para que sean por ellos... pagadas a los administradores o directores de las escuelas gratuitas de mi ciudad natal de Boston, para que sean por ellos... puestas a interés, y así continúen a interés para siempre, cuyo interés se destinará anualmente a medallas de plata, y se entregará como recompensas honoríficas anualmente por los directores de dichas escuelas gratuitas pertenecientes a dicha ciudad, de la manera que a la discreción de los concejales de dicha ciudad parezca conveniente."
INTRODUCCIÓN
Los estadounidenses devoramos con avidez cualquier escrito que pretenda contarnos el secreto del éxito en la vida; sin embargo, ¡cuántas veces nos decepciona encontrar solo declaraciones comunes, o recetas que sabemos de memoria pero que nunca seguimos! La mayoría de las historias de vida de nuestros hombres famosos y exitosos no logran inspirar porque carecen del elemento humano que hace real el registro y pone la historia a nuestro alcance. Mientras buscamos por todas partes alguna lámpara de Aladino que nos dé la fortuna codiciada, tenemos a mano, si tan solo nos estiráramos para tomarlo, como el encanto en el Comus de Milton,
"Desconocido, y así estimado, y el torpe patán Lo pisa a diario con sus zapatos claveteados;"
la interesante, humana y vívidamente contada historia de una de las vidas más sabias y útiles de nuestra propia historia, y quizás de cualquier historia. En la Autobiografía de Franklin no se ofrece tanto una fórmula prefabricada para el éxito, sino el compañerismo de un hombre real, de carne y hueso, de mente y calidad extraordinarias, cuyo caminar y conversación diarios nos ayudarán a enfrentar nuestras propias dificultades, tal como lo hace el ejemplo de un amigo sabio y fuerte. Mientras nos fascina la historia, absorbemos la experiencia humana a través de la cual un carácter fuerte y servicial se va construyendo.
Lo que hace que la Autobiografía de Franklin sea diferente de cualquier otra historia de vida de un hombre grande y exitoso es precisamente este aspecto humano del relato. Franklin contó la historia de su vida, como él mismo dice, para beneficio de su posteridad. Quería ayudarlos con el relato de su propio ascenso desde la oscuridad y la pobreza hasta la eminencia y la riqueza. No es ajeno a la importancia de sus servicios públicos y su reconocimiento, sin embargo, sus relatos de estos logros se dan solo como parte de la historia, y la vanidad exhibida es incidental y coherente con la honestidad del relato. No hay nada de imposible en el método y la práctica de Franklin tal como los expone. El joven que lee esta fascinante historia se asombra al descubrir que Franklin, en sus primeros años, luchó con las mismas pasiones y dificultades cotidianas que él mismo experimenta, y pierde la sensación de desaliento que surge al darse cuenta de sus propias deficiencias e incapacidad para lograrlo.
Hay otras razones por las que la Autobiografía debería ser un amigo íntimo de los jóvenes estadounidenses. Aquí pueden establecer una relación estrecha con uno de los estadounidenses más destacados, así como con uno de los hombres más sabios de su época.
La vida de Benjamin Franklin es importante para todo estadounidense principalmente por el papel que desempeñó en asegurar la independencia de los Estados Unidos y en establecerla como nación. Franklin comparte con Washington los honores de la Revolución y de los acontecimientos que condujeron al nacimiento de la nueva nación. Mientras que Washington fue el espíritu animador de la lucha en las colonias, Franklin fue su más capaz defensor en el extranjero. Al razonamiento contundente y la aguda sátira de Franklin debemos la presentación clara y vigorosa del caso estadounidense en Inglaterra y Francia; mientras que a su personalidad y diplomacia, así como a su pluma fácil, debemos la alianza extranjera y los fondos sin los cuales la obra de Washington habría fracasado. Su paciencia, fortaleza y sabiduría práctica, junto con una devoción abnegada a la causa de su país, son apenas menos notables que cualidades similares mostradas por Washington. De hecho, Franklin como hombre público era muy parecido a Washington, especialmente en el desinterés total de su servicio público.
Franklin también nos resulta interesante porque, a través de su vida y sus enseñanzas, ha hecho más que cualquier otro estadounidense para promover la prosperidad material de sus compatriotas. Se dice que sus máximas, leídas amplia y fielmente, hicieron ricos a Filadelfia y a Pensilvania, mientras que los dichos concisos del Pobre Ricardo, traducidos a muchos idiomas, han tenido una influencia mundial.
Franklin es un buen tipo de nuestra hombría estadounidense. Aunque no es el más rico ni el más poderoso, es sin duda, en la versatilidad de su genio y sus logros, el mayor de nuestros hombres hechos a sí mismos. La sencilla pero gráfica historia de la Autobiografía sobre su ascenso constante desde una humilde infancia en una tienda de velas de sebo, mediante la industria, la economía y la perseverancia en el auto-mejoramiento, hasta la eminencia, es la más notable de todas las historias notables de nuestros hombres hechos a sí mismos. Es, en sí misma, una maravillosa ilustración de los resultados que es posible alcanzar en una tierra de oportunidades inigualables al seguir las máximas de Franklin.
La fama de Franklin, sin embargo, no se limitó a su propio país. Aunque vivió en un siglo notable por la rápida evolución del pensamiento y la actividad científicos y políticos, sin embargo, un juez y crítico tan agudo como Lord Jeffrey, el famoso editor de la Edinburgh Review, hace un siglo dijo que "desde un punto de vista, el nombre de Franklin debe considerarse como superior a cualquiera de los otros que ilustraron el siglo XVIII. Distinguido como estadista, fue igualmente grande como filósofo, uniendo así en sí mismo un raro grado de excelencia en ambas disciplinas, destacar en cualquiera de las cuales se considera el mayor elogio".
Franklin ha sido llamado acertadamente "polifacético". Fue eminente en la ciencia y el servicio público, en la diplomacia y en la literatura. Fue el Edison de su época, convirtiendo sus descubrimientos científicos en beneficio de sus semejantes. Percibió la identidad del rayo y la electricidad e instaló el pararrayos. Inventó la estufa Franklin, todavía muy utilizada, y se negó a patentarla. Poseía una astucia magistral en los negocios y en los asuntos prácticos. Carlyle lo llamó el padre de todos los yanquis. Fundó una compañía de bomberos, ayudó a fundar un hospital y mejoró la limpieza y la iluminación de las calles. Desarrolló el periodismo, estableció la Sociedad Filosófica Estadounidense, la biblioteca pública en Filadelfia y la Universidad de Pensilvania. Organizó un sistema postal para las colonias, que fue la base del actual Servicio Postal de los Estados Unidos. Bancroft, el eminente historiador, lo llamó "el diplomático más grande de su siglo". Perfeccionó el Plan de Unión de Albany para las colonias. Es el único estadista que firmó la Declaración de Independencia, el Tratado de Alianza con Francia, el Tratado de Paz con Inglaterra y la Constitución. Como escritor, ha producido, en su Autobiografía y en el Almanaque del Pobre Ricardo, dos obras que no son superadas por escritos similares. Recibió títulos honoríficos de Harvard y Yale, de Oxford y St. Andrews, y fue nombrado miembro de la Royal Society, que le otorgó la medalla de oro Copley por mejorar el conocimiento natural. Fue uno de los ocho asociados extranjeros de la Academia Francesa de Ciencias.
El estudio cuidadoso de la Autobiografía también es valioso debido al estilo en que está escrita. Si Robert Louis Stevenson tiene razón al creer que su estilo notable fue adquirido por imitación, entonces el joven que quiera ganar el poder de expresar sus ideas de manera clara, contundente e interesante no puede hacer nada mejor que estudiar el método de Franklin. La fama de Franklin en el mundo científico se debió casi tanto a su manera modesta, sencilla y sincera de presentar sus descubrimientos y a la precisión y claridad del estilo en que describió sus experimentos, como a los resultados que pudo anunciar. Sir Humphry Davy, el célebre químico inglés, él mismo un excelente crítico literario además de un gran científico, dijo: "Una singular felicidad guio todas las investigaciones de Franklin, y por medios muy pequeños estableció verdades muy grandes. El estilo y la manera de su publicación sobre la electricidad son casi tan dignos de admiración como la doctrina que contiene".
El lugar de Franklin en la literatura es difícil de determinar porque no era principalmente un hombre de letras. Su objetivo en sus escritos, como en su trabajo de vida, era ser útil a sus semejantes. Para él, escribir nunca fue un fin en sí mismo, sino siempre un medio para un fin. Sin embargo, su éxito como científico, estadista y diplomático, así como socialmente, se debió en no poca medida a su habilidad como escritor. "Sus cartas encantaban a todos, y hacían que su correspondencia fuera buscada con avidez. Sus argumentos políticos eran la alegría de su partido y el temor de sus oponentes. Sus descubrimientos científicos se explicaban en un lenguaje tan sencillo y claro que el campesino y el exquisito podían seguir su pensamiento o su experimento hasta su conclusión."[1]
[1] El polifacético Franklin. Paul L. Ford.
En lo que respecta a la literatura estadounidense, Franklin no tiene contemporáneos. Antes de la Autobiografía, solo se había producido en este país una obra literaria de importancia: Magnalia de Cotton Mather, una historia de la iglesia de Nueva Inglaterra en un estilo pesado y rígido. Franklin fue el primer autor estadounidense en ganar una reputación amplia y permanente en Europa. La Autobiografía, el Pobre Ricardo, el Discurso del padre Abraham o El camino a la riqueza, así como algunas de las Bagatelas, son tan conocidas en el extranjero como cualquier escrito estadounidense. Franklin también debe clasificarse como el primer humorista estadounidense.
La literatura inglesa del siglo XVIII se caracterizó por el desarrollo de la prosa. La literatura periódica alcanzó su perfección a principios de siglo en The Tatler y The Spectator de Addison y Steele. Los panfletistas florecieron durante todo el período. La prosa más sencilla de Bunyan y Defoe dio paso gradualmente al lenguaje más elegante y artificial de Samuel Johnson, quien estableció el estándar para la redacción en prosa a partir de 1745. Este siglo vio los inicios de la novela moderna, en Tom Jones de Fielding, Clarissa Harlowe de Richardson, Tristram Shandy de Sterne y El vicario de Wakefield de Goldsmith. Gibbon escribió La decadencia y caída del Imperio Romano, Hume su Historia de Inglaterra y Adam Smith La riqueza de las naciones.
En la sencillez y el vigor de su estilo, Franklin se parece más al grupo anterior de escritores. En sus primeros ensayos no fue un imitador inferior de Addison. En sus numerosas parábolas, alegorías morales y apólogos mostró la influencia de Bunyan. Pero Franklin era esencialmente un periodista. En su estilo rápido y conciso, es más parecido a Defoe, quien fue el primer gran periodista inglés y maestro de la narrativa periodística. El estilo de ambos escritores está marcado por una expresión sencilla y vigorosa, la sátira, el burlesco, la réplica. Aquí debe terminar la comparación. Defoe y sus contemporáneos eran autores. Su vocación era escribir y su éxito descansa en el poder imaginativo o creativo que desplegaron. Franklin no reclamó la autoría. No escribió ninguna obra de imaginación. Desarrolló solo incidentalmente un estilo en muchos aspectos tan notable como el de sus contemporáneos ingleses. Escribió la mejor autobiografía existente, una de las colecciones de máximas más conocidas y una serie insuperable de sátiras políticas y sociales, porque era un hombre de una amplitud de poder y utilidad inusuales, que sabía cómo contar a sus semejantes los secretos de ese poder y esa utilidad.
La historia de la Autobiografía
El relato de cómo llegó a escribirse la Autobiografía de Franklin y de las aventuras del manuscrito original forma en sí mismo una historia interesante. La Autobiografía es la obra más larga de Franklin, y sin embargo es solo un fragmento. La primera parte, escrita como una carta a su hijo, William Franklin, no estaba destinada a la publicación; y la composición es más informal y el relato más personal que en la segunda parte, a partir de 1730, que fue escrita con miras a la publicación. Todo el manuscrito muestra poca evidencia de revisión. De hecho, la expresión es tan sencilla y natural que su nieto, William Temple Franklin, al editar la obra, cambió algunas de las frases porque pensaba que eran ineleantes y vulgares.
Franklin comenzó la historia de su vida durante una visita a su amigo, el obispo Shipley, en Twyford, en Hampshire, al sur de Inglaterra, en 1771. Llevó el manuscrito, completado hasta 1731, consigo cuando regresó a Filadelfia en 1775. Allí se dejó con sus otros papeles cuando fue a Francia al año siguiente, y desapareció durante la confusión incidente a la Revolución. Veintitrés páginas de manuscrito escrito de cerca cayeron en manos de Abel James, un viejo amigo, quien envió una copia a Franklin en Passy, cerca de París, instándolo a completar la historia. Franklin retomó el trabajo en Passy en 1784 y llevó el relato unos meses más adelante. Cambió el plan para cumplir su nuevo propósito de escribir para beneficiar al joven lector. Su trabajo pronto se interrumpió y no se reanudó hasta 1788, cuando estaba en casa, en Filadelfia. Ahora era viejo, estaba enfermo y sufría, y todavía estaba involucrado en el servicio público. Bajo estas condiciones desalentadoras, el trabajo progresó lentamente. Finalmente se detuvo cuando el relato llegó al año 1757. Se enviaron copias del manuscrito a amigos de Franklin en Inglaterra y Francia, entre otros al señor Le Veillard en París.
La primera edición de la Autobiografía se publicó en francés en París en 1791. Fue traducida torpemente y sin cuidado, y estaba incompleta e inacabada. De dónde obtuvo el traductor el manuscrito no se sabe. Le Veillard negó tener conocimiento de la publicación. A partir de esta edición francesa defectuosa se imprimieron muchas otras, algunas en Alemania, dos en Inglaterra y otra en Francia, tan grande era la demanda de la obra.
Mientras tanto, el manuscrito original de la Autobiografía había comenzado una carrera variada y aventurera. Franklin lo dejó con sus otras obras a su nieto, William Temple Franklin, a quien Franklin designó como su albacea literario. Cuando Temple Franklin publicó las obras de su abuelo en 1817, envió el manuscrito original de la Autobiografía a la hija de Le Veillard a cambio de la copia de su padre, probablemente pensando que la transcripción más clara serviría mejor como copia para el impresor. El manuscrito original encontró así su camino hacia la familia Le Veillard y sus allegados, donde permaneció hasta que se vendió en 1867 al señor John Bigelow, ministro de los Estados Unidos en Francia. Más tarde fue vendido por él al señor E. Dwight Church de Nueva York, y pasó con el resto de la biblioteca del señor Church a posesión del señor Henry E. Huntington. El manuscrito original de la Autobiografía de Franklin descansa ahora en la bóveda de la residencia del señor Huntington en la Quinta Avenida y la calle Cincuenta y siete, en la ciudad de Nueva York.
Cuando el señor Bigelow examinó su compra, se asombró al descubrir que lo que la gente había estado leyendo durante años como la auténtica Vida de Benjamin Franklin por él mismo, era solo una versión alterada e incompleta de la verdadera Autobiografía. Temple Franklin se había tomado libertades injustificadas con el original. El señor Bigelow dice que encontró más de mil doscientas modificaciones en el texto. En 1868, por lo tanto, el señor Bigelow publicó la edición estándar de la Autobiografía de Franklin. Corrigió errores en las ediciones anteriores y fue la primera edición inglesa en contener la corta cuarta parte, que comprende las últimas páginas del manuscrito, escritas durante el último año de la vida de Franklin. El señor Bigelow volvió a publicar la Autobiografía, con material interesante adicional, en tres volúmenes en 1875, en 1905 y en 1910. El texto en este volumen es el de las ediciones del señor Bigelow.[2]
[2] Sin embargo, el presente editor es responsable de la división en capítulos y los títulos de los capítulos.
La Autobiografía se ha reimpreso en los Estados Unidos muchas decenas de veces y se ha traducido a todos los idiomas de Europa. Nunca ha perdido su popularidad y todavía tiene una demanda constante en las bibliotecas circulantes. La razón de esta popularidad no es difícil de encontrar. Porque en esta obra Franklin contó de manera notable la historia de una vida notable. Mostró un gran sentido común y un conocimiento práctico del arte de vivir. Seleccionó y organizó su material, tal vez inconscientemente, con el instinto infalible del periodista para lograr los mejores efectos. Su éxito se debe en no poca medida a su inglés llano, claro y vigoroso. Usó frases y palabras cortas, expresiones sencillas, ilustraciones acertadas y alusiones directas. Franklin tuvo una vida muy interesante, variada e inusual. Fue uno de los mejores conversadores de su tiempo.
Su libro es el registro de esa vida inusual contada en el insuperable estilo conversacional de Franklin. Se dice que las mejores partes de la famosa biografía de Samuel Johnson de Boswell son aquellas en las que Boswell permite que Johnson cuente su propia historia. En la Autobiografía, un hombre y conversador no menos notable que Samuel Johnson está contando su propia historia de principio a fin.
F. W. P.
The Gilman Country School, Baltimore, septiembre de 1916.
[Nota del transcriptor: La transcripción de estas páginas se proporciona al final del texto.]
AUTOBIOGRAFÍA DE BENJAMIN FRANKLIN
I
ASCENDENCIA Y PRIMERA JUVENTUD EN BOSTON
Twyford,[3] en casa del obispo de St. Asaph, 1771.
Querido hijo: Siempre he sentido placer al obtener pequeñas anécdotas de mis antepasados. Quizás recuerdes las averiguaciones que hice entre los restos de mis parientes cuando estuviste conmigo en Inglaterra, y el viaje que emprendí con ese propósito. Imaginando que pueda serte igualmente agradable conocer las circunstancias de mi vida, muchas de las cuales aún desconoces, y esperando disfrutar de una semana de ininterrumpido ocio en mi actual retiro campestre, me siento a escribirlas para ti. A lo cual tengo, además, otros motivos. Habiendo emergido de la pobreza y la oscuridad en las que nací y fui criado, a un estado de holgura y cierto grado de reputación en el mundo, y habiendo recorrido gran parte de la vida con una considerable cuota de felicidad, a mi posteridad podría agradarle conocer los medios que utilicé, los cuales, con la bendición de Dios, tuvieron tanto éxito, ya que podrían encontrar algunos de ellos adecuados a sus propias situaciones y, por tanto, dignos de ser imitados.
[3] Un pequeño pueblo no lejos de Winchester en Hampshire, sur de Inglaterra. Aquí estaba la casa de campo del obispo de St. Asaph, el Dr. Jonathan Shipley, el "buen obispo", como solía llamarle el Dr. Franklin. Sus relaciones eran íntimas y confidenciales. En su púlpito y en la Cámara de los Lores, así como en sociedad, el obispo siempre se opuso a las duras medidas de la Corona hacia las Colonias.—Bigelow.
Esa felicidad, cuando reflexionaba sobre ella, me ha inducido a veces a decir que, si se ofreciera a mi elección, no tendría objeción alguna a una repetición de la misma vida desde su comienzo, solo pidiendo las ventajas que tienen los autores en una segunda edición para corregir algunos fallos de la primera. Así podría, además de corregir los fallos, cambiar algunos accidentes y eventos siniestros de la misma por otros más favorables. Pero aunque esto fuera denegado, aun así aceptaría la oferta. Puesto que no cabe esperar tal repetición, lo siguiente más parecido a vivir la propia vida de nuevo parece ser el recuerdo de esa vida, y hacer que dicho recuerdo sea lo más duradero posible poniéndolo por escrito.
Por medio de esto, también, satisfaré la inclinación tan natural en los hombres viejos de hablar de sí mismos y de sus acciones pasadas; y la satisfaré sin ser tedioso para otros quienes, por respeto a la edad, podrían considerarse obligados a prestarme oído, ya que esto puede leerse o no, según cada cual guste. Y, por último (bien podría confesarlo, ya que nadie creerá mi negación), quizás gratificaré en gran medida mi propia vanidad.[4] En verdad, rara vez escuché o vi las palabras introductorias, "Sin vanidad puedo decir", etc., sin que algo vanidoso siguiera de inmediato. A la mayoría de la gente le disgusta la vanidad en los demás, cualquiera que sea la parte que ellos mismos tengan de ella; pero yo le doy buena acogida dondequiera que la encuentro, estando persuadido de que a menudo es productiva de bien para quien la posee y para otros que están dentro de su esfera de acción; y por lo tanto, en muchos casos, no sería del todo absurdo si un hombre agradeciera a Dios por su vanidad entre las otras comodidades de la vida.
[4] En este sentido dice Woodrow Wilson: "Y, sin embargo, lo sorprendente y delicioso de este libro (la Autobiografía) es que, en conjunto, no tiene el tono bajo de la presunción, sino que es una evaluación sobria y sencilla de un hombre firme sobre sí mismo y las circunstancias de su carrera".
Gibbon y Hume, los grandes historiadores británicos, que fueron contemporáneos de Franklin, expresan en sus autobiografías el mismo sentimiento sobre la propiedad de la justa autoalabanza.
Y ahora que hablo de agradecer a Dios, deseo con toda humildad reconocer que debo la mencionada felicidad de mi vida pasada a Su bondadosa providencia, la cual me condujo a los medios que utilicé y les dio éxito. Mi creencia en esto me induce a esperar, aunque no debo presumir, que la misma bondad seguirá ejerciéndose hacia mí, continuando esa felicidad o capacitándome para soportar un revés fatal que pueda experimentar, como otros lo han hecho; siendo el cariz de mi fortuna futura conocido solo por Él, en cuyo poder está bendecirnos incluso nuestras aflicciones.
Las notas que uno de mis tíos (quien tenía el mismo tipo de curiosidad al coleccionar anécdotas familiares) puso una vez en mis manos, me proporcionaron varios detalles relativos a nuestros antepasados. De estas notas aprendí que la familia había vivido en el mismo pueblo, Ecton, en Northamptonshire,[5] durante trescientos años, y cuánto más tiempo no lo sabía (quizás desde el tiempo en que el nombre de Franklin, que antes era el nombre de una clase de personas,[6] fue asumido por ellos como apellido cuando otros tomaron apellidos por todo el reino), en una propiedad libre de unos treinta acres, ayudados por el oficio de herrero, que había continuado en la familia hasta su tiempo, siendo el hijo mayor siempre educado en ese oficio; una costumbre que él y mi padre siguieron respecto a sus hijos mayores. Cuando busqué en los registros de Ecton, encontré un recuento de sus nacimientos, matrimonios y entierros desde el año 1555 solamente, al no haber registros guardados en esa parroquia en ningún tiempo anterior. Por ese registro percibí que yo era el hijo menor del hijo menor durante cinco generaciones atrás. Mi abuelo Thomas, que nació en 1598, vivió en Ecton hasta que se hizo demasiado viejo para seguir con el oficio, momento en el que se fue a vivir con su hijo John, un tintorero en Banbury, en Oxfordshire, con quien mi padre cumplió un aprendizaje. Allí murió mi abuelo y yace enterrado. Vimos su lápida en 1758. Su hijo mayor, Thomas, vivió en la casa de Ecton y la dejó con la tierra a su única hija, una mujer que, con su marido, un tal Fisher, de Wellingborough, la vendió al Sr. Isted, ahora señor del señorío allí. Mi abuelo tuvo cuatro hijos que llegaron a la edad adulta, a saber: Thomas, John, Benjamin y Josiah. Te daré el recuento que pueda de ellos a esta distancia de mis papeles, y si estos no se han perdido en mi ausencia, encontrarás entre ellos muchos más detalles.
[5] Ver Introducción.
[6] Un pequeño terrateniente.
Thomas fue educado como herrero bajo su padre; pero, siendo ingenioso y alentado en el aprendizaje (como todos mis hermanos lo fueron) por un Esquire Palmer, entonces el caballero principal en esa parroquia, se calificó para el negocio de escribiente; llegó a ser un hombre considerable en el condado; fue uno de los principales impulsores de todas las empresas de espíritu público para el condado o la ciudad de Northampton, y su propio pueblo, del cual se contaron muchos ejemplos sobre él; y muy notado y patrocinado por el entonces Lord Halifax. Murió en 1702, el 6 de enero, antiguo estilo,[7] exactamente cuatro años al día antes de que yo naciera. El relato que recibimos de su vida y carácter de algunas personas mayores en Ecton, recuerdo que te impresionó como algo extraordinario, por su similitud con lo que sabías del mío. "Si hubiera muerto el mismo día", dijiste, "uno podría haber supuesto una transmigración".
[7] 17 de enero, nuevo estilo. Este cambio en el calendario fue hecho en 1582 por el Papa Gregorio XIII, y adoptado en Inglaterra en 1752. Cada año cuyo número en el cómputo común desde Cristo no es divisible por 4, así como cada año cuyo número es divisible por 100 pero no por 400, tendrá 365 días, y todos los demás años tendrán 366 días. En el siglo XVIII hubo una diferencia de once días entre el antiguo y el nuevo estilo de cómputo, la cual el Parlamento inglés canceló haciendo que el 3 de septiembre de 1752 fuera el 14. El calendario juliano, o "antiguo estilo", todavía se conserva en Rusia y Grecia, cuyas fechas, por consiguiente, están ahora 13 días por detrás de las de otros países cristianos.
John fue educado como tintorero, creo que de lanas; Benjamin fue educado como tintorero de seda, cumpliendo un aprendizaje en Londres. Era un hombre ingenioso. Lo recuerdo bien, pues cuando yo era un niño vino a ver a mi padre en Boston, y vivió en la casa con nosotros algunos años. Vivió hasta una edad avanzada. Su nieto, Samuel Franklin, vive ahora en Boston. Dejó tras de sí dos volúmenes en cuarto, manuscritos, de su propia poesía, consistente en pequeñas piezas ocasionales dirigidas a sus amigos y parientes, de las cuales la siguiente, enviada a mí, es una muestra.[8] Había formado una taquigrafía propia, la cual me enseñó, pero, al no practicarla nunca, la he olvidado ahora. Fui nombrado en honor a este tío, habiendo un afecto particular entre él y mi padre. Era muy piadoso, gran asistente a sermones de los mejores predicadores, los cuales anotaba en su taquigrafía, y tenía con él muchos volúmenes de ellos. Era también muy político; demasiado, quizás, para su posición. Cayeron recientemente en mis manos, en Londres, una colección que él había hecho de todos los folletos principales relacionados con los asuntos públicos, desde 1641 hasta 1717; muchos de los volúmenes faltan, como aparece por la numeración, pero aún quedan ocho volúmenes en folio, y veinticuatro en cuarto y en octavo. Un vendedor de libros antiguos se encontró con ellos, y conociéndome por mis compras ocasionales, me los trajo. Parece que mi tío debe haberlos dejado aquí cuando se fue a América, lo cual fue hace unos cincuenta años. Hay muchas notas suyas en los márgenes.
[8] La muestra no está en el manuscrito de la Autobiografía.
Esta oscura familia nuestra estuvo temprano en la Reforma, y continuó protestante a través del reinado de la reina María, cuando estaban a veces en peligro de problemas debido a su celo contra el papismo. Habían conseguido una Biblia en inglés, y para ocultarla y asegurarla, estaba sujeta abierta con cintas debajo y dentro de la cubierta de un taburete. Cuando mi tatarabuelo la leía a su familia, ponía el taburete sobre sus rodillas, pasando las hojas que entonces quedaban bajo las cintas. Uno de los niños se paraba en la puerta para dar aviso si veía venir al apparitor, quien era un oficial del tribunal espiritual. En ese caso, el taburete era bajado de nuevo sobre sus patas, cuando la Biblia permanecía oculta bajo él como antes. Esta anécdota la recibí de mi tío Benjamin. La familia continuó toda en la Iglesia de Inglaterra hasta cerca del final del reinado de Carlos II, cuando algunos de los ministros que habían sido expulsados por no conformismo, celebrando conventículos[9] en Northamptonshire, Benjamin y Josiah se adhirieron a ellos, y así continuaron toda su vida: el resto de la familia permaneció con la Iglesia Episcopal.
[9] Reuniones secretas de disidentes de la Iglesia establecida.
Josiah, mi padre, se casó joven y llevó a su esposa con tres hijos a Nueva Inglaterra, alrededor de 1682. Los conventículos habiendo sido prohibidos por ley, y frecuentemente perturbados, indujeron a algunos hombres considerables de su conocimiento a mudarse a ese país, y él fue persuadido de acompañarlos allí, donde esperaban disfrutar de su modo de religión con libertad. Por la misma esposa tuvo cuatro hijos más nacidos allí, y por una segunda esposa diez más, en total diecisiete; de los cuales recuerdo a trece sentados una vez a su mesa, quienes todos llegaron a ser hombres y mujeres, y se casaron; yo fui el hijo menor, y el hijo menor menos dos, y nací en Boston, Nueva Inglaterra.[10] Mi madre, la segunda esposa, era Abiah Folger, hija de Peter Folger, uno de los primeros colonos de Nueva Inglaterra, de quien se hace mención honorable por Cotton Mather,[11] en su historia de la iglesia de ese país, titulada Magnalia Christi Americana, como "_un piadoso y culto inglés_", si recuerdo las palabras correctamente. He oído que escribió varias pequeñas piezas ocasionales, pero solo una de ellas fue impresa, la cual vi hace ya muchos años. Fue escrita en 1675, en el verso sencillo de aquel tiempo y gente, y dirigida a aquellos entonces preocupados en el gobierno allí. Fue en favor de la libertad de conciencia, y en nombre de los bautistas, cuáqueros, y otros sectarios que habían estado bajo persecución, atribuyendo las guerras indias, y otras angustias que habían acaecido al país, a esa persecución, como tantos juicios de Dios para castigar una ofensa tan atroz, y exhortando a la derogación de esas leyes poco caritativas. El conjunto me pareció escrito con bastante decencia, sencillez y libertad varonil. Las seis líneas concluyentes las recuerdo, aunque he olvidado las dos primeras de la estrofa; pero el propósito de ellas era que sus censuras procedían de buena voluntad, y, por lo tanto, querría ser conocido como el autor.
"Porque ser un difamador (dice él) Lo odio con mi corazón; Desde el pueblo de Sherburne,[12] donde ahora moro Mi nombre pongo aquí; Sin ofensa su amigo real, Es Peter Folgier."
[10] Franklin nació el domingo 6 de enero, antiguo estilo, 1706, en una casa en Milk Street, frente a la Old South Meeting House, donde fue bautizado el día de su nacimiento, durante una tormenta de nieve. La casa donde nació fue quemada en 1810.—Griffin.
[11] Cotton Mather (1663-1728), clérigo, autor y erudito. Pastor de la North Church, Boston. Tomó una parte activa en la persecución de la brujería.
[12] Nantucket.
Mis hermanos mayores fueron todos puestos de aprendices en diferentes oficios. Yo fui puesto en la escuela de gramática a los ocho años de edad, pretendiendo mi padre dedicarme, como el diezmo[13] de sus hijos, al servicio de la Iglesia. Mi prontitud temprana en aprender a leer (lo que debe haber sido muy temprano, ya que no recuerdo cuándo no podía leer), y la opinión de todos sus amigos, de que ciertamente llegaría a ser un buen erudito, lo alentaron en este propósito suyo. Mi tío Benjamin, también, lo aprobó, y propuso darme todos sus volúmenes de taquigrafía de sermones, supongo que como un fondo para empezar, si aprendía su carácter.[14] Continué, sin embargo, en la escuela de gramática no del todo un año, aunque en ese tiempo había subido gradualmente desde el medio de la clase de ese año a ser el jefe de ella, y más lejos fui removido a la clase siguiente por encima de ella, para ir con esa a la tercera al final del año. Pero mi padre, mientras tanto, desde una visión del gasto de una educación universitaria, la cual, teniendo una familia tan grande, no podía permitirse bien, y el medio vivir que muchos así educados eran después capaces de obtener —razones que dio a sus amigos a mi oído—, alteró su primera intención, me tomó de la escuela de gramática, y me envió a una escuela de escritura y aritmética, mantenida por un hombre entonces famoso, el Sr. George Brownell, muy exitoso en su profesión generalmente, y eso por métodos suaves y alentadores. Bajo él adquirí buena escritura bastante pronto, pero fallé en la aritmética, y no hice progreso en ella. A los diez años fui llevado a casa para asistir a mi padre en su negocio, el cual era el de fabricante de velas de sebo y jabonero; un negocio al que él no fue criado, pero había asumido a su llegada a Nueva Inglaterra, y al encontrar que su oficio de tintorero no mantendría a su familia, siendo poco solicitado. En consecuencia, fui empleado en cortar mecha para las velas, llenando el molde de inmersión y los moldes para velas fundidas, atendiendo la tienda, haciendo recados, etc.
[13] Décima parte.
[14] Sistema de taquigrafía.
Me disgustaba el oficio, y tenía una fuerte inclinación por el mar, pero mi padre declaró en contra de ello; sin embargo, viviendo cerca del agua, estaba mucho en ella y a su alrededor, aprendí temprano a nadar bien, y a manejar botes; y cuando estaba en un bote o canoa con otros muchachos, comúnmente se me permitía gobernar, especialmente en cualquier caso de dificultad; y en otras ocasiones era generalmente un líder entre los muchachos, y a veces los llevaba a aprietos, de los cuales mencionaré un ejemplo, ya que muestra un espíritu público proyectante temprano, aunque no entonces justamente conducido.
Había una marisma salada que limitaba parte del estanque del molino, en cuyo borde, en marea alta, solíamos pararnos a pescar pececillos. Por mucho pisotear, lo habíamos convertido en un mero lodazal. Mi propuesta era construir un muelle allí adecuado para que nos paráramos, y mostré a mis camaradas un gran montón de piedras, las cuales estaban destinadas para una nueva casa cerca de la marisma, y que muy bien servirían a nuestro propósito. En consecuencia, por la tarde, cuando los trabajadores se habían ido, reuní a un número de mis compañeros de juego, y trabajando con ellos diligentemente como tantas hormigas, a veces dos o tres por una piedra, las trajimos todas y construimos nuestro pequeño muelle. A la mañana siguiente los trabajadores estaban sorprendidos de echar de menos las piedras, las cuales fueron encontradas en nuestro muelle. Se hizo averiguación tras los removedores; fuimos descubiertos y nos quejamos de ellos; varios de nosotros fuimos corregidos por nuestros padres; y, aunque alegué la utilidad del trabajo, el mío me convenció de que nada era útil que no fuera honesto.
Creo que puede gustarte saber algo de su persona y carácter. Tenía una excelente constitución de cuerpo, era de estatura media, pero bien formado, y muy fuerte; era ingenioso, podía dibujar bastante bien, era hábil un poco en música, y tenía una voz clara y agradable, de modo que cuando tocaba melodías de salmos en su violín y cantaba a la vez, como a veces hacía en una tarde después de que el negocio del día terminaba, era extremadamente agradable de escuchar. Tenía un genio mecánico también, y, en ocasiones, era muy hábil en el uso de herramientas de otros comerciantes; pero su gran excelencia residía en un entendimiento sólido y un juicio firme en asuntos de prudencia, tanto en asuntos privados como públicos. En esto último, de hecho, nunca fue empleado, la numerosa familia que tenía que educar y la estrechez de sus circunstancias manteniéndolo cerca de su oficio; pero recuerdo bien que era frecuentemente visitado por personas líderes, que lo consultaban por su opinión en asuntos de la ciudad o de la iglesia a la que pertenecía, y mostraban un buen trato de respeto por su juicio y consejo: también era muy consultado por personas privadas sobre sus asuntos cuando ocurría alguna dificultad, y frecuentemente elegido árbitro entre partes contendientes. En su mesa le gustaba tener, tan a menudo como podía, algún amigo o vecino sensato con quien conversar, y siempre tenía cuidado de iniciar algún tema ingenioso o útil para el discurso, lo cual podría tender a mejorar las mentes de sus hijos. Por este medio, volvió nuestra atención a lo que era bueno, justo y prudente en la conducta de la vida; y poco o ninguna atención se prestaba nunca a lo que se refería a los víveres en la mesa, si estaba bien o mal preparado, dentro o fuera de temporada, de buen o mal sabor, preferible o inferior a esta o aquella otra cosa del tipo, de modo que fui criado en una perfecta falta de atención a esos asuntos como para ser bastante indiferente a qué tipo de comida se ponía ante mí, y tan poco observador de ella, que hasta el día de hoy si se me pregunta apenas puedo decir unas horas después de la cena sobre qué cené. Esto ha sido una conveniencia para mí viajando, donde mis compañeros han sido a veces muy infelices por falta de una gratificación adecuada de sus gustos y apetitos más delicados, porque mejor instruidos.
Mi madre tenía asimismo una excelente constitución: amamantó a todos sus diez hijos. Nunca supe que mi padre o mi madre tuvieran alguna enfermedad sino aquella de la cual murieron, él a los 89, y ella a los 85 años de edad. Yacen enterrados juntos en Boston, donde hace algunos años coloqué un mármol sobre su tumba,[15] con esta inscripción:
Josiah Franklin, y Abiah su esposa, yacen aquí enterrados. Vivieron amorosamente juntos en matrimonio cincuenta y cinco años. Sin una herencia, o cualquier empleo lucrativo, Por constante labor e industria, con la bendición de Dios, Mantuvieron una gran familia cómodamente, y criaron trece hijos y siete nietos respetablemente. De este ejemplo, lector, Sé alentado a la diligencia en tu vocación, Y no desconfíes de la Providencia. Él era un hombre piadoso y prudente; Ella, una mujer discreta y virtuosa. Su hijo menor, En respeto filial a su memoria, Coloca esta piedra. J. F. nacido 1655, murió 1744, Ætat 89. A. F. nacida 1667, murió 1752,----85.
Habiéndose deteriorado este mármol, los ciudadanos de Boston erigieron en su lugar en 1827 un obelisco de granito, de veintiún pies de altura, que lleva la inscripción original citada en el texto y otra que explica la erección del monumento.
Por mis divagaciones errantes percibo que me he hecho viejo. Solía escribir con más método. Pero uno no se viste para una compañía privada como para un baile público. Es quizás solo negligencia.
Para volver al asunto: continué así empleado en el negocio de mi padre durante dos años, es decir, hasta que tuve doce años; y habiendo dejado a mi padre mi hermano John, quien fue formado en ese oficio, se casó y se estableció por su cuenta en Rhode Island, había toda apariencia de que yo estaba destinado a ocupar su lugar y convertirme en fabricante de velas de sebo. Pero como mi aversión al oficio continuaba, mi padre temía que, si no encontraba uno más agradable para mí, me escapara y me hiciera a la mar, como había hecho su hijo Josiah, para su gran disgusto. Por tanto, a veces me llevaba a pasear con él para ver a carpinteros, albañiles, torneros, latoneros, etc., en su trabajo, para poder observar mi inclinación y esforzarse por fijarla en algún oficio u otro en tierra. Desde entonces, siempre ha sido un placer para mí ver a buenos trabajadores manejar sus herramientas; y me ha sido útil, habiendo aprendido tanto de ello como para ser capaz de hacer pequeños trabajos yo mismo en mi casa cuando un trabajador no podía conseguirse fácilmente, y construir pequeñas máquinas para mis experimentos, mientras la intención de realizar el experimento estaba fresca y cálida en mi mente. Mi padre finalmente se decidió por el oficio de cuchillero, y como el hijo de mi tío Benjamin, Samuel, quien fue formado en ese oficio en Londres, estaba establecido por aquel entonces en Boston, fui enviado a estar con él algún tiempo a prueba. Pero sus expectativas de recibir una paga por mí disgustaron a mi padre, y fui llevado a casa de nuevo.
II
COMIENZO DE LA VIDA COMO IMPRESOR
Desde niño fui aficionado a la lectura, y todo el poco dinero que llegaba a mis manos se gastaba siempre en libros. Complacido con El progreso del peregrino, mi primera colección fue de las obras de John Bunyan en pequeños volúmenes separados. Más tarde los vendí para permitirme comprar las Colecciones históricas de R. Burton; eran pequeños libros de buhoneros, y baratos, 40 o 50 en total. La pequeña biblioteca de mi padre consistía principalmente en libros de teología polémica, la mayoría de los cuales leí, y desde entonces he lamentado a menudo que, en un momento en que tenía tal sed de conocimiento, no hubieran caído en mis manos libros más apropiados, ya que ahora estaba decidido que yo no sería clérigo. Estaban las Vidas de Plutarco, que leí abundantemente, y todavía pienso que ese tiempo fue empleado con gran ventaja. Había también un libro de DeFoe, llamado un Ensayo sobre proyectos, y otro del Dr. Mather, llamado Ensayos para hacer el bien, que quizás me dieron una forma de pensar que tuvo influencia en algunos de los principales acontecimientos futuros de mi vida.
Esta inclinación libresca determinó finalmente a mi padre a hacerme impresor, aunque ya tenía un hijo (James) de esa profesión. En 1717 mi hermano James regresó de Inglaterra con una imprenta y letras para establecer su negocio en Boston. Me gustaba mucho más que el de mi padre, pero aún tenía antojo por el mar. Para evitar el efecto temido de tal inclinación, mi padre estaba impaciente por que me vincularan a mi hermano. Me resistí algún tiempo, pero al final fui persuadido y firmé el contrato cuando aún tenía solo doce años. Debía servir como aprendiz hasta cumplir los veintiún años de edad, solo que se me permitiría el salario de oficial durante el último año. En poco tiempo hice grandes progresos en el negocio y me convertí en una mano útil para mi hermano. Ahora tenía acceso a mejores libros. Un conocido de los aprendices de los libreros me permitió a veces tomar prestado uno pequeño, que yo tenía cuidado de devolver pronto y limpio. A menudo me quedaba sentado en mi habitación leyendo la mayor parte de la noche, cuando el libro era prestado por la tarde y debía devolverse temprano por la mañana, para que no se echara en falta o se necesitara.
Y después de algún tiempo, un ingenioso comerciante, el Sr. Matthew Adams, quien tenía una bonita colección de libros y frecuentaba nuestra imprenta, se fijó en mí, me invitó a su biblioteca y muy amablemente me prestó los libros que yo elegía leer. Ahora me dio por la poesía e hice algunas pequeñas piezas; mi hermano, pensando que podría resultar provechoso, me animó y me puso a componer baladas ocasionales. Una se llamaba La tragedia del faro, y contenía un relato del ahogamiento del capitán Worthilake, con sus dos hijas: la otra era una canción de marinero, sobre la captura de Teach (o Barbanegra), el pirata. Eran cosas miserables, al estilo de las baladas de Grub-street; y cuando se imprimieron, me envió por la ciudad para venderlas. La primera se vendió maravillosamente, al ser el evento reciente, habiendo hecho un gran ruido. Esto halagó mi vanidad; pero mi padre me desanimó ridiculizando mis actuaciones y diciéndome que los versificadores eran generalmente mendigos. Así que escapé de ser poeta, muy probablemente uno muy malo; pero como la escritura en prosa ha sido de gran utilidad para mí en el curso de mi vida, y fue un medio principal de mi avance, les contaré cómo, en tal situación, adquirí la poca habilidad que tengo en ese camino.
Había otro muchacho aficionado a los libros en la ciudad, John Collins de nombre, con quien estaba íntimamente relacionado. A veces discutíamos, y éramos muy aficionados a la argumentación y muy deseosos de refutarnos mutuamente, cuyo carácter disputador, dicho sea de paso, tiende a convertirse en un muy mal hábito, haciendo a las personas a menudo extremadamente desagradables en compañía por la contradicción que es necesaria para llevarlo a la práctica; y de ahí, además de agriar y estropear la conversación, es productivo de disgustos y, tal vez, enemistades donde uno puede tener ocasión de amistad. Lo había contraído leyendo los libros de disputa sobre religión de mi padre. Las personas de buen juicio, he observado desde entonces, rara vez caen en él, excepto los abogados, los universitarios y los hombres de todo tipo que han sido educados en Edimburgo.
Una vez, de alguna manera, se inició una pregunta entre Collins y yo, sobre la propiedad de educar al sexo femenino en el aprendizaje, y sus habilidades para el estudio. Él opinaba que era impropio y que ellas eran naturalmente incapaces para ello. Tomé el lado contrario, quizás un poco por amor a la disputa. Él era naturalmente más elocuente, tenía una lista preparada de palabras y a veces, como pensé, me superaba más por su fluidez que por la fuerza de sus razones. Como nos separamos sin resolver el punto, y no íbamos a vernos de nuevo por algún tiempo, me senté a poner mis argumentos por escrito, los cuales copié en limpio y se los envié. Él respondió, y yo repliqué. Tres o cuatro cartas por lado habían pasado, cuando mi padre encontró mis papeles y los leyó. Sin entrar en la discusión, aprovechó la ocasión para hablarme sobre la manera de escribir; observó que, aunque yo tenía la ventaja sobre mi antagonista en la ortografía correcta y la puntuación (que debía a la imprenta), me quedaba muy atrás en elegancia de expresión, en método y en perspicacia, de lo cual me convenció con varios ejemplos. Vi la justicia de sus observaciones, y desde entonces me volví más atento a la manera de escribir, y decidí esforzarme por mejorar.
Alrededor de este tiempo encontré un volumen suelto del Spectator. Era el tercero. Nunca antes había visto ninguno de ellos. Lo compré, lo leí una y otra vez, y quedé muy encantado con él. Pensé que la escritura era excelente y deseaba, si era posible, imitarla. Con este fin tomé algunos de los artículos y, haciendo breves notas del sentimiento en cada oración, los dejé por unos días, y luego, sin mirar el libro, intenté completar los artículos de nuevo, expresando cada sentimiento anotado extensamente, y tan completamente como se había expresado antes, con cualquier palabra adecuada que me viniera a la mano. Luego comparé mi Spectator con el original, descubrí algunos de mis errores y los corregí. Pero descubrí que me faltaba un repertorio de palabras, o una prontitud en recordarlas y usarlas, que pensé que habría adquirido antes de ese tiempo si hubiera continuado haciendo versos; ya que la ocasión continua de palabras del mismo significado, pero de diferente longitud, para adaptarse a la medida, o de diferente sonido para la rima, me habría puesto bajo una necesidad constante de buscar variedad, y también habría tendido a fijar esa variedad en mi mente, y hacerme dueño de ella. Por lo tanto, tomé algunos de los cuentos y los convertí en verso; y, después de un tiempo, cuando había olvidado bastante la prosa, los convertí de nuevo. También a veces mezclaba mis colecciones de notas en confusión, y después de algunas semanas intentaba reducirlas al mejor orden, antes de comenzar a formar las oraciones completas y completar el artículo. Esto era para enseñarme método en la disposición de los pensamientos. Al comparar mi trabajo después con el original, descubrí muchos errores y los enmendé; pero a veces tuve el placer de imaginar que, en ciertos detalles de poca importancia, había tenido la suerte de mejorar el método del lenguaje, y esto me animó a pensar que podría posiblemente con el tiempo llegar a ser un escritor inglés tolerable, de lo cual era extremadamente ambicioso. Mi tiempo para estos ejercicios y para la lectura era por la noche, después del trabajo o antes de que comenzara por la mañana, o los domingos, cuando me las arreglaba para estar en la imprenta solo, evadiendo tanto como podía la asistencia común al culto público que mi padre solía exigirme cuando estaba bajo su cuidado, y que de hecho todavía pensaba que era un deber, aunque no podía, como me parecía, permitirme tiempo para practicarlo.
Cuando tenía unos 16 años, me topé con un libro, escrito por un tal Tryon, que recomendaba una dieta vegetariana. Decidí adoptarla. Mi hermano, al ser aún soltero, no mantenía casa, sino que se alojaba él mismo y a sus aprendices en otra familia. Mi negativa a comer carne causó un inconveniente, y fui reprendido frecuentemente por mi singularidad. Me familiaricé con la manera de Tryon de preparar algunos de sus platos, como hervir patatas o arroz, hacer gachas y algunos otros, y luego le propuse a mi hermano que, si me daba, semanalmente, la mitad del dinero que pagaba por mi alojamiento, me alojaría yo mismo. Él accedió instantáneamente, y descubrí inmediatamente que podía ahorrar la mitad de lo que él me pagaba. Este fue un fondo adicional para comprar libros. Pero tuve otra ventaja en ello. Mi hermano y los demás yéndose de la imprenta a sus comidas, yo permanecía allí solo, y, despachando inmediatamente mi ligera comida, que a menudo no era más que una galleta o una rebanada de pan, un puñado de pasas o una tarta de la pastelería, y un vaso de agua, tenía el resto del tiempo hasta su regreso para el estudio, en el cual hice mayor progreso, por esa mayor claridad de cabeza y rapidez de comprensión que usualmente acompañan a la templanza en el comer y beber.
Y ahora fue que, siendo en alguna ocasión avergonzado de mi ignorancia en cifras, en las cuales había fallado dos veces en aprender cuando estaba en la escuela, tomé el libro de Aritmética de Cocker, y pasé por todo él por mí mismo con gran facilidad. También leí los libros de Navegación de Seller y Shermy, y me familiaricé con la poca geometría que contienen; pero nunca avancé mucho en esa ciencia. Y leí por este tiempo Sobre el entendimiento humano de Locke, y el Arte de pensar, por los señores de Port Royal.
Mientras estaba atento a mejorar mi lenguaje, me encontré con una gramática inglesa (creo que era la de Greenwood), al final de la cual había dos pequeños esbozos de las artes de la retórica y la lógica, terminando esta última con una muestra de una disputa en el método socrático; y poco después procuré las Cosas memorables de Sócrates de Jenofonte, donde hay muchos ejemplos del mismo método. Quedé encantado con ello, lo adopté, dejé mi abrupta contradicción y argumentación positiva, y me puse en el papel del humilde investigador y dudoso. Y estando entonces, de leer a Shaftesbury y Collins, convertido en un verdadero dudoso en muchos puntos de nuestra doctrina religiosa, encontré este método más seguro para mí y muy embarazoso para aquellos contra quienes lo usaba; por tanto, me deleité en él, lo practiqué continuamente y me volví muy astuto y experto en atraer a la gente, incluso de superior conocimiento, hacia concesiones, cuyas consecuencias no preveían, enredándolos en dificultades de las cuales no podían liberarse, y así obteniendo victorias que ni yo mismo ni mi causa merecíamos siempre. Continué este método algunos pocos años, pero gradualmente lo dejé, conservando solo el hábito de expresarme en términos de modesta desconfianza; sin usar nunca, cuando adelantaba algo que posiblemente puede ser disputado, las palabras ciertamente, indudablemente, o cualquier otras que den el aire de positividad a una opinión; sino más bien decir, concibo o comprendo que una cosa es de tal o cual manera; me parece, o debería pensar que es así o asá, por tales y tales razones; o imagino que es así; o es así, si no estoy equivocado. Este hábito, creo, ha sido de gran ventaja para mí cuando he tenido ocasión de inculcar mis opiniones, y persuadir a los hombres a medidas que he estado de vez en cuando comprometido en promover; y, como los fines principales de la conversación son informar o ser informado, complacer o persuadir, deseo que los hombres bienintencionados y sensatos no disminuyeran su poder de hacer el bien por una manera positiva y presuntuosa, que rara vez deja de disgustar, tiende a crear oposición y a derrotar a cada uno de esos propósitos para los cuales nos fue dado el habla, a saber, dar o recibir información o placer. Porque, si usted desea informar, una manera positiva y dogmática al exponer sus sentimientos puede provocar contradicción y prevenir una atención cándida. Si usted desea información y mejora del conocimiento de los demás, y sin embargo al mismo tiempo se expresa como firmemente fijado en sus opiniones presentes, los hombres modestos y sensatos, que no aman la disputa, probablemente lo dejarán imperturbado en la posesión de su error. Y de tal manera, rara vez puede esperar recomendarse a sí mismo complaciendo a sus oyentes, o persuadir a aquellos cuya concurrencia desea. Pope dice, juiciosamente:
"A los hombres se les debe enseñar como si no se les enseñara, Y las cosas desconocidas propuestas como cosas olvidadas;"
recomendándonos además
"Hablar, aunque seguro, con aparente desconfianza."
Y podría haber acoplado con esta línea aquella que ha acoplado con otra, creo, menos apropiadamente,
"Porque la falta de modestia es falta de sentido."
Si usted pregunta, ¿Por qué menos apropiadamente? Debo repetir las líneas,
"Las palabras immodestas no admiten defensa, Porque la falta de modestia es falta de sentido."
Ahora, ¿no es la falta de sentido (donde un hombre es tan desafortunado como para carecer de ella) alguna disculpa por su falta de modestia? ¿Y no quedarían las líneas más justamente así?
"Las palabras inmodestas no admiten sino esta defensa, Que la falta de modestia es falta de sentido."
Esto, sin embargo, debería someterlo a mejores juicios.
Mi hermano había, en 1720 o 1721, comenzado a imprimir un periódico. Era el segundo que apareció en América, y se llamaba el New England Courant. El único antes que él era el Boston News-Letter. Recuerdo que algunos de sus amigos lo disuadieron de la empresa, por no ser probable que tuviera éxito, siendo un periódico, según su juicio, suficiente para América. En este momento (1771) hay no menos de veinticinco. Siguió, sin embargo, con la empresa, y después de haber trabajado en la composición de los tipos y la impresión de las hojas, fui empleado para llevar los periódicos por las calles a los clientes.
Tenía algunos hombres ingeniosos entre sus amigos, que se divertían escribiendo pequeñas piezas para este periódico, lo que le dio crédito y lo hizo más demandado, y estos caballeros nos visitaban a menudo. Al escuchar sus conversaciones, y sus relatos de la aprobación con la que sus artículos eran recibidos, me sentí excitado a probar mi mano entre ellos; pero, siendo todavía un muchacho, y sospechando que mi hermano se opondría a imprimir algo mío en su periódico si supiera que era mío, me las arreglé para disfrazar mi letra, y, escribiendo un artículo anónimo, lo puse por la noche debajo de la puerta de la imprenta. Fue encontrado por la mañana, y comunicado a sus amigos escritores cuando llamaron como de costumbre. Lo leyeron, lo comentaron en mi presencia, y tuve el exquisito placer de descubrir que se encontró con su aprobación, y que, en sus diferentes conjeturas sobre el autor, ninguno fue nombrado sino hombres de cierto carácter entre nosotros por su aprendizaje e ingenio. Supongo ahora que tuve bastante suerte en mis jueces, y que quizás no eran realmente tan buenos como entonces los estimaba.
Animado, sin embargo, por esto, escribí y envié de la misma manera a la prensa varios artículos más que fueron igualmente aprobados; y guardé mi secreto hasta que mi pequeño fondo de sentido para tales actuaciones estuvo bastante bien agotado, y entonces lo descubrí, cuando comencé a ser considerado un poco más por los conocidos de mi hermano, y de una manera que no le complacía del todo, ya que pensaba, probablemente con razón, que tendía a hacerme demasiado vanidoso. Y, quizás, esta podría ser una ocasión de las diferencias que comenzamos a tener alrededor de este tiempo. Aunque hermano, él se consideraba como mi maestro, y a mí como su aprendiz, y, en consecuencia, esperaba los mismos servicios de mí que esperaría de otro, mientras que yo pensaba que me degradaba demasiado en algunos que me exigía, quien de un hermano esperaba más indulgencia. Nuestras disputas eran a menudo llevadas ante nuestro padre, y me imagino que yo estaba generalmente en lo correcto, o bien era un mejor abogado, porque el juicio era generalmente a mi favor. Pero mi hermano era apasionado, y a menudo me había golpeado, lo cual tomé extremadamente a mal; y, pensando que mi aprendizaje era muy tedioso, deseaba continuamente alguna oportunidad de acortarlo, lo cual finalmente se ofreció de una manera inesperada.
Uno de los artículos en nuestro periódico sobre algún punto político, que ahora he olvidado, ofendió a la Asamblea. Fue arrestado, censurado y encarcelado durante un mes, por orden del portavoz, supongo, porque no quiso revelar a su autor. Yo también fui arrestado y examinado ante el consejo; pero, aunque no les di ninguna satisfacción, se contentaron con amonestarme y me despidieron, considerándome, tal vez, como un aprendiz que estaba obligado a guardar los secretos de su maestro.
Durante el confinamiento de mi hermano, lo cual me dolió bastante, a pesar de nuestras diferencias privadas, tuve la gestión del periódico; y me atreví a dar a nuestros gobernantes algunos roces en él, lo cual mi hermano tomó muy amablemente, mientras que otros comenzaron a considerarme bajo una luz desfavorable, como un joven genio que tenía inclinación por la difamación y la sátira. El descargo de mi hermano fue acompañado por una orden de la Cámara (una muy extraña), de que "James Franklin ya no debería imprimir el periódico llamado New England Courant".
Se celebró una consulta en nuestra imprenta entre sus amigos, sobre qué debería hacer él en este caso. Algunos propusieron evadir la orden cambiando el nombre del periódico; pero mi hermano, viendo inconvenientes en eso, finalmente se concluyó como una mejor manera dejar que se imprimiera en el futuro bajo el nombre de Benjamin Franklin; y para evitar la censura de la Asamblea, que podría caer sobre él por seguir imprimiéndolo mediante su aprendiz, el artificio fue que mi antiguo contrato de aprendizaje me fuera devuelto, con un descargo completo al reverso, para mostrarse en caso necesario, pero para asegurarle a él el beneficio de mi servicio, debía firmar nuevos contratos por el resto del término, los cuales debían mantenerse privados. Fue un plan muy endeble; sin embargo, se ejecutó de inmediato, y el periódico continuó en consecuencia, bajo mi nombre durante varios meses.
Finalmente, surgiendo una nueva diferencia entre mi hermano y yo, asumí la responsabilidad de afirmar mi libertad, presumiendo que él no se arriesgaría a producir los nuevos contratos. No fue justo de mi parte aprovechar esta ventaja, y por lo tanto considero esto como una de las primeras erratas de mi vida; pero la falta de justicia de ello pesó poco en mí, cuando estaba bajo las impresiones del resentimiento por los golpes que su pasión a menudo le instaba a darme, aunque por lo demás no era un hombre de mala naturaleza: quizás yo era demasiado insolente y provocador.
Cuando descubrió que lo dejaría, se encargó de evitar que consiguiera empleo en cualquier otra imprenta de la ciudad, yendo por ahí y hablando con cada dueño, quienes en consecuencia se negaron a darme trabajo. Entonces pensé en ir a Nueva York, como el lugar más cercano donde había un impresor; y estaba más inclinado a dejar Boston cuando reflexioné que ya me había hecho un poco odioso al partido gobernante, y, por los procedimientos arbitrarios de la Asamblea en el caso de mi hermano, era probable que, si me quedaba, pronto me metería en problemas; y además, que mis indiscretas disputas sobre religión comenzaban a hacer que la gente buena me señalara con horror como un infiel o ateo. Me decidí sobre el punto, pero como mi padre ahora se ponía del lado de mi hermano, me di cuenta de que, si intentaba irme abiertamente, se usarían medios para impedírmelo. Mi amigo Collins, por lo tanto, se encargó de arreglar un poco las cosas para mí. Acordó con el capitán de una balandra de Nueva York mi pasaje, bajo la noción de ser yo un joven conocido suyo. Así que vendí algunos de mis libros para reunir un poco de dinero, fui llevado a bordo en privado, y como tuvimos un viento favorable, en tres días me encontré en Nueva York, a casi 300 millas de casa, un chico de solo 17 años, sin la menor recomendación ni conocimiento de ninguna persona en el lugar, y con muy poco dinero en el bolsillo.
III
LLEGADA A FILADELFIA
Mis inclinaciones por el mar se habían agotado para este momento, o podría haberlas satisfecho ahora. Pero, teniendo un oficio, y suponiéndome un trabajador bastante bueno, ofrecí mis servicios al impresor del lugar, el viejo Sr. William Bradford, quien había sido el primer impresor en Pensilvania, pero se mudó de allí tras la disputa de George Keith. No pudo darme empleo, teniendo poco que hacer y ayuda suficiente ya; pero dice él: "Mi hijo en Filadelfia ha perdido recientemente a su principal operario, Aquilla Rose, por muerte; si vas allá, creo que él puede emplearte". Filadelfia estaba a cien millas más lejos; sin embargo, partí en un bote hacia Amboy, dejando mi baúl y mis cosas para que me siguieran por mar.
Al cruzar la bahía, nos encontramos con una ráfaga que hizo pedazos nuestras velas podridas, nos impidió entrar en el Kill y nos llevó a Long Island. En nuestro camino, un holandés borracho, que también era pasajero, cayó por la borda; cuando se estaba hundiendo, metí la mano en el agua hacia su cabeza greñuda y lo saqué, de modo que lo metimos de nuevo. Su chapuzón lo serenó un poco, y se fue a dormir, sacando primero de su bolsillo un libro, que deseó que le secara. Resultó ser mi antiguo autor favorito, El progreso del peregrino de Bunyan, en holandés, impreso finamente en buen papel, con grabados en cobre, un vestido mejor de lo que jamás había visto en su propia lengua. Desde entonces he descubierto que ha sido traducido a la mayoría de las lenguas de Europa, y supongo que ha sido más leído en general que cualquier otro libro, excepto tal vez la Biblia. El honesto John fue el primero que yo sepa que mezcló narración y diálogo; un método de escritura muy atractivo para el lector, que en las partes más interesantes se encuentra, por así decirlo, llevado a la compañía y presente en el discurso. De Foe en su Crusoe, su Moll Flanders, Cortejo religioso, Instructor familiar y otras piezas, lo ha imitado con éxito; y Richardson ha hecho lo mismo en su Pamela, etc.
Cuando nos acercamos a la isla, descubrimos que era en un lugar donde no podía haber desembarco, habiendo un gran oleaje en la playa pedregosa. Así que echamos el ancla y giramos hacia la orilla. Algunas personas bajaron a la orilla del agua y nos gritaron, como nosotros a ellos; pero el viento era tan fuerte y el oleaje tan ruidoso que no podíamos oírnos para entendernos. Había canoas en la orilla, e hicimos señas y gritamos para que vinieran por nosotros; pero o no nos entendieron, o pensaron que era impracticable, así que se fueron, y llegando la noche, no tuvimos más remedio que esperar a que el viento amainara; y, mientras tanto, el barquero y yo decidimos dormir, si podíamos; y así nos apretujamos en la escotilla, con el holandés, que todavía estaba mojado, y la espuma golpeando sobre la cabeza de nuestro bote, se filtró hacia nosotros, de modo que pronto estuvimos casi tan mojados como él. De esta manera estuvimos toda la noche, con muy poco descanso; pero, amainando el viento al día siguiente, logramos llegar a Amboy antes de la noche, habiendo estado treinta horas en el agua, sin víveres ni bebida más que una botella de ron asqueroso, y siendo salada el agua sobre la que navegábamos.
Por la tarde me sentí muy afiebrado y me fui a la cama; pero, habiendo leído en alguna parte que el agua fría bebida abundantemente era buena para una fiebre, seguí la prescripción, sudé profusamente la mayor parte de la noche, mi fiebre me dejó, y por la mañana, cruzando el transbordador, continué mi viaje a pie, teniendo cincuenta millas hasta Burlington, donde me dijeron que encontraría botes que me llevarían el resto del camino hasta Filadelfia.
Llovió muy fuerte todo el día; estaba completamente empapado y al mediodía bastante cansado; así que me detuve en una posada pobre, donde me quedé toda la noche, empezando ya a desear no haber dejado nunca mi casa. Presentaba una figura tan miserable, también, que descubrí, por las preguntas que me hicieron, que se sospechaba que era algún sirviente fugitivo, y en peligro de ser detenido bajo esa sospecha. Sin embargo, procedí al día siguiente y llegué por la tarde a una posada, a ocho o diez millas de Burlington, regentada por un tal Dr. Brown. Entabló conversación conmigo mientras tomaba un refrigerio y, al descubrir que había leído un poco, se volvió muy sociable y amistoso. Nuestro conocimiento continuó mientras él vivió. Había sido, imagino, un médico itinerante, pues no había ciudad en Inglaterra, o país en Europa, del cual no pudiera dar una cuenta muy particular. Tenía algunas letras, y era ingenioso, pero muy incrédulo, y malvadamente se encargó, algunos años después, de parodiar la Biblia en verso vulgar, como Cotton había hecho con Virgilio. Por este medio puso muchos de los hechos bajo una luz muy ridícula, y podría haber herido mentes débiles si su obra se hubiera publicado; pero nunca lo fue.
En su casa dormí esa noche, y a la mañana siguiente llegué a Burlington, pero tuve la mortificación de descubrir que los botes regulares se habían ido un poco antes de mi llegada, y no se esperaba que saliera otro hasta el martes, siendo esto sábado; por lo tanto, regresé a una anciana en la ciudad, a quien le había comprado pan de jengibre para comer en el agua, y le pedí consejo. Me invitó a alojarme en su casa hasta que se presentara un pasaje por agua; y estando cansado de mi viaje a pie, acepté la invitación. Ella, entendiendo que yo era impresor, habría querido que me quedara en esa ciudad y siguiera con mi negocio, siendo ignorante del capital necesario para comenzar. Fue muy hospitalaria, me dio una cena de carrillera de buey con gran buena voluntad, aceptando solo un tarro de cerveza a cambio; y me consideré instalado hasta que llegara el martes. Sin embargo, caminando por la tarde por la orilla del río, pasó un bote, que descubrí que iba hacia Filadelfia, con varias personas en él. Me llevaron, y como no había viento, remamos todo el camino; y alrededor de la medianoche, sin haber visto aún la ciudad, algunos de la compañía estaban seguros de que debíamos haberla pasado, y no querían remar más; los otros no sabían dónde estábamos; así que nos dirigimos hacia la orilla, entramos en un arroyo, desembarcamos cerca de una vieja cerca, con cuyos rieles hicimos un fuego, siendo la noche fría, en octubre, y allí permanecimos hasta el amanecer. Entonces uno de la compañía reconoció el lugar como Cooper's Creek, un poco por encima de Filadelfia, que vimos tan pronto como salimos del arroyo, y llegamos allí alrededor de las ocho o nueve de la mañana del domingo, y desembarcamos en el muelle de la calle Market.
He sido más minucioso en esta descripción de mi viaje, y lo seré de mi primera entrada en esa ciudad, para que puedas en tu mente comparar inicios tan inverosímiles con la figura que he hecho desde entonces allí. Estaba con mi ropa de trabajo, pues mis mejores prendas debían llegar por mar. Estaba sucio por el viaje; mis bolsillos estaban llenos de camisas y medias, y no conocía a nadie ni sabía dónde buscar alojamiento. Estaba fatigado por el viaje, el remo y la falta de descanso, tenía mucha hambre; y todo mi capital consistía en un dólar holandés y alrededor de un chelín en cobre. Esto último se lo di a la gente del bote por mi pasaje, quienes al principio se negaron, debido a mi remada; pero insistí en que lo tomaran. Un hombre a veces es más generoso cuando tiene poco dinero que cuando tiene mucho, quizás por miedo a que se piense que tiene poco.
Luego subí por la calle, mirando alrededor hasta que cerca del mercado me encontré con un chico con pan. Había hecho muchas comidas a base de pan y, preguntando dónde lo consiguió, fui inmediatamente a la panadería a la que me dirigió, en la Segunda calle, y pedí un bizcocho, intentando conseguir uno como los que teníamos en Boston; pero ellos, al parecer, no se hacían en Filadelfia. Luego pedí una hogaza de tres peniques, y me dijeron que no tenían tal cosa. Así que, sin considerar o conocer la diferencia de dinero, y la mayor baratura ni los nombres de su pan, le pedí que me diera tres peniques de cualquier tipo. Me dio, en consecuencia, tres grandes panecillos inflados. Me sorprendió la cantidad, pero la tomé y, no teniendo espacio en mis bolsillos, me alejé con un panecillo bajo cada brazo, y comiendo el otro. Así subí por la calle Market hasta la cuarta calle, pasando por la puerta del Sr. Read, el padre de mi futura esposa; cuando ella, de pie en la puerta, me vio, y pensó que presentaba, como ciertamente lo hice, un aspecto de lo más torpe y ridículo. Luego giré y bajé por la calle Chestnut y parte de la calle Walnut, comiendo mi panecillo todo el camino, y, dando la vuelta, me encontré de nuevo en el muelle de la calle Market, cerca del bote en el que vine, al que fui por un trago de agua del río; y, estando lleno con uno de mis panecillos, le di los otros dos a una mujer y a su hijo que venían por el río en el bote con nosotros, y estaban esperando para ir más lejos.
Así refrescado, caminé de nuevo por la calle, que para entonces tenía muchas personas vestidas limpiamente, que iban todas por el mismo camino. Me uní a ellos, y así fui conducido a la gran casa de reuniones de los cuáqueros cerca del mercado. Me senté entre ellos, y, después de mirar alrededor un rato y no escuchar nada, estando muy somnoliento por el trabajo y la falta de descanso la noche anterior, caí profundamente dormido, y continué así hasta que la reunión terminó, cuando alguien tuvo la amabilidad de despertarme. Esta fue, por lo tanto, la primera casa en la que estuve, o en la que dormí, en Filadelfia.
Caminando de nuevo hacia el río, y mirando a las caras de la gente, me encontré con un joven cuáquero, cuyo semblante me gustó, y, abordándolo, le pedí que me dijera dónde podía conseguir alojamiento un extraño. Estábamos entonces cerca del letrero de los Tres Marineros. "Aquí", dice él, "hay un lugar que recibe a extraños, pero no es una casa de buena reputación; si vienes conmigo, te mostraré una mejor". Me llevó al Crooked Billet en la calle Water. Aquí conseguí una cena; y, mientras la comía, se me hicieron varias preguntas astutas, ya que parecía sospecharse por mi juventud y apariencia, que yo podría ser algún fugitivo.
Después de la cena, mi somnolencia regresó, y al ser llevado a una cama, me acosté sin desvestirme, y dormí hasta las seis de la tarde, fui llamado a cenar, me fui a la cama de nuevo muy temprano, y dormí profundamente hasta la mañana siguiente. Luego me puse lo más arreglado posible y fui a la imprenta de Andrew Bradford. Encontré en la tienda al viejo, su padre, a quien había visto en Nueva York, y quien, viajando a caballo, había llegado a Filadelfia antes que yo. Me presentó a su hijo, quien me recibió cortésmente, me dio un desayuno, pero me dijo que por el momento no necesitaba un operario, estando recientemente abastecido con uno; pero había otro impresor en la ciudad, recientemente establecido, un tal Keimer, que, quizás, podría emplearme; si no, sería bienvenido a alojarme en su casa, y él me daría un poco de trabajo para hacer de vez en cuando hasta que se ofreciera un negocio más completo.
El viejo caballero dijo que iría conmigo a ver al nuevo impresor; y cuando lo encontramos, "Vecino", dice Bradford, "he traído para verle a un joven de su oficio; quizás necesite uno así". Me hizo algunas preguntas, puso un componedor en mi mano para ver cómo trabajaba, y luego dijo que me emplearía pronto, aunque no tenía nada para mí en ese momento; y, tomando al viejo Bradford, a quien nunca antes había visto, como una de las personas del pueblo que tenía buena voluntad hacia él, entró en una conversación sobre sus actuales emprendimientos y perspectivas; mientras Bradford, sin descubrir que él era el padre del otro impresor, al decir Keimer que esperaba pronto obtener la mayor parte del negocio en sus manos, lo atrajo mediante preguntas astutas, y planteando pequeñas dudas, a explicar todos sus puntos de vista, en qué intereses confiaba, y de qué manera pretendía proceder. Yo, que estaba allí y escuchaba todo, vi de inmediato que uno de ellos era un viejo sofista astuto, y el otro un mero novato. Bradford me dejó con Keimer, quien quedó muy sorprendido cuando le dije quién era el anciano.
La imprenta de Keimer, descubrí, consistía en una vieja prensa destrozada y una pequeña fuente de inglés desgastada, que él mismo estaba usando en ese momento, componiendo una Elegía sobre Aquilla Rose, antes mencionado, un joven ingenioso, de excelente carácter, muy respetado en el pueblo, secretario de la Asamblea, y un poeta bastante bueno. Keimer también hacía versos, pero muy mediocremente. No se podía decir que los escribiera, pues su manera era componerlos en los tipos directamente de su cabeza. Así que al no haber copia, y solo un par de cajas, y la Elegía probablemente requiriendo toda la letra, nadie podía ayudarlo. Intenté poner su prensa (que aún no había usado, y de la cual no entendía nada) en orden para ser trabajada; y, prometiendo venir e imprimir su Elegía tan pronto como la tuviera lista, regresé a la de Bradford, quien me dio un pequeño trabajo para hacer por el momento, y allí me alojé y comí. Unos días después, Keimer me envió a buscar para imprimir la Elegía. Y ahora había conseguido otro par de cajas, y un panfleto para reimprimir, en el cual me puso a trabajar.
Estos dos impresores me parecieron mal calificados para su negocio. Bradford no había sido formado para ello, y era muy iletrado; y Keimer, aunque algo erudito, era un mero cajista, sin saber nada del trabajo de prensa. Había sido uno de los profetas franceses, y podía actuar sus agitaciones entusiastas. En este momento no profesaba ninguna religión particular, sino algo de todas según la ocasión; era muy ignorante del mundo, y tenía, como descubrí después, una buena parte de pícaro en su composición. No le gustaba que me alojara en casa de Bradford mientras trabajaba con él. Tenía una casa, de hecho, pero sin muebles, así que no podía alojarme; pero me consiguió un alojamiento en casa del mencionado Sr. Read, quien era el dueño de su casa; y, habiendo llegado mi baúl y mi ropa para entonces, presenté una apariencia más respetable a los ojos de la señorita Read de la que había tenido cuando ella me vio por primera vez comiendo mi panecillo en la calle.
Empecé entonces a tener cierto trato entre los jóvenes de la ciudad amantes de la lectura, con quienes pasaba mis tardes muy gratamente; y, ganando dinero con mi industria y frugalidad, vivía de manera muy agradable, olvidando Boston tanto como podía y sin desear que nadie allí supiera dónde residía, salvo mi amigo Collins, quien estaba al tanto de mi secreto y lo guardaba cuando le escribía. Al fin, ocurrió un incidente que me hizo regresar mucho antes de lo que había previsto. Tenía un cuñado, Robert Holmes, capitán de un balandro que comerciaba entre Boston y Delaware. Estando él en Newcastle, cuarenta millas río abajo de Filadelfia, supo de mí y me escribió una carta mencionando la preocupación de mis amigos en Boston por mi abrupta partida, asegurándome su buena voluntad hacia mí y que todo se acomodaría a mi gusto si regresaba, a lo cual me exhortaba con mucha vehemencia. Escribí una respuesta a su carta, le agradecí su consejo, pero expuse mis razones para dejar Boston detalladamente y bajo una luz tal que lo convenciera de que yo no estaba tan equivocado como él había pensado.
IV
PRIMERA VISITA A BOSTON
Sir William Keith, gobernador de la provincia, se encontraba entonces en Newcastle, y el capitán Holmes, al hallarse en su compañía cuando llegó mi carta, le habló de mí y le mostró la misiva. El gobernador la leyó y pareció sorprendido cuando le dijeron mi edad. Dijo que yo parecía un joven de dotes prometedoras y que, por tanto, debía ser alentado; los impresores de Filadelfia eran unos desgraciados y, si yo decidía establecerme allí, no le cabía duda de que tendría éxito; por su parte, él me conseguiría los asuntos públicos y me haría cualquier otro servicio que estuviera en su poder. Mi cuñado me contó esto más tarde en Boston, pero yo aún no sabía nada al respecto; cuando, un día, mientras Keimer y yo trabajábamos juntos cerca de la ventana, vimos al gobernador y a otro caballero (que resultó ser el coronel French, de Newcastle), elegantemente vestidos, cruzar directamente la calle hacia nuestra casa, y los oímos en la puerta.
Keimer bajó inmediatamente, pensando que era una visita para él; pero el gobernador preguntó por mí, subió y, con una condescendencia y cortesía a las que yo no estaba nada acostumbrado, me hizo muchos cumplidos, deseó conocer más de mí, me reprendió amablemente por no haberme dado a conocer ante él cuando llegué por primera vez al lugar, y quiso llevarme con él a la taberna, adonde se dirigía con el coronel French para probar, según dijo, un excelente Madeira. No estaba poco sorprendido, y Keimer se quedó mirando como un cerdo envenenado. Fui, sin embargo, con el gobernador y el coronel French a una taberna en la esquina de Third-street, y sobre el Madeira me propuso establecer mi negocio, me expuso las probabilidades de éxito y tanto él como el coronel French me aseguraron que contaría con su interés e influencia para conseguir los asuntos públicos de ambos gobiernos. Al dudar yo de que mi padre me ayudara en ello, Sir William dijo que me daría una carta para él, en la que expondría las ventajas, y que no dudaba de que lograría convencerlo. Así se concluyó que yo regresaría a Boston en el primer navío, con la carta del gobernador recomendándome ante mi padre. Entretanto, la intención debía mantenerse en secreto, y yo seguí trabajando con Keimer como de costumbre, mientras el gobernador me enviaba a llamar de vez en cuando para comer con él, un gran honor en mi opinión, conversando conmigo de la manera más afable, familiar y amistosa que pudiera imaginarse.
Hacia finales de abril de 1724, una pequeña embarcación se ofreció para ir a Boston. Me despedí de Keimer con la excusa de ir a ver a mis amigos. El gobernador me dio una carta amplia, diciendo muchas cosas halagadoras sobre mí a mi padre y recomendando encarecidamente el proyecto de que me estableciera en Filadelfia como algo que debía hacer mi fortuna. Chocamos contra un banco de arena al bajar por la bahía y tuvimos una vía de agua; pasamos un tiempo tempestuoso en el mar y nos vimos obligados a bombear casi continuamente, tarea en la que tomé mi turno. Llegamos, sin embargo, a salvo a Boston en cerca de una quincena. Había estado ausente siete meses y mis amigos no habían sabido nada de mí; pues mi cuñado Holmes aún no había regresado y no había escrito nada sobre mí. Mi inesperada aparición sorprendió a la familia; todos, sin embargo, se alegraron mucho de verme y me dieron la bienvenida, excepto mi hermano. Fui a verlo a su imprenta. Yo estaba mejor vestido que nunca mientras estuve a su servicio, con un elegante traje nuevo de pies a cabeza, un reloj y los bolsillos forrados con cerca de cinco libras esterlinas en plata. Me recibió no muy francamente, me miró de arriba abajo y volvió a su trabajo.
Los oficiales preguntaron dónde había estado, qué clase de país era y si me gustaba. Lo alabé mucho, así como la vida feliz que llevaba allí, expresando firmemente mi intención de regresar; y, al preguntar uno de ellos qué clase de dinero teníamos allí, saqué un puñado de plata y lo extendí ante ellos, lo cual fue una especie de espectáculo de curiosidades al que no estaban acostumbrados, siendo el papel el dinero de Boston. Luego aproveché la oportunidad para dejar que vieran mi reloj; y, por último (estando mi hermano aún hosco y malhumorado), les di una pieza de ocho para beber y me despedí. Esta visita mía le ofendió extremadamente; pues, cuando mi madre, algún tiempo después, le habló de una reconciliación y de sus deseos de vernos en buenos términos y que pudiéramos vivir en el futuro como hermanos, él dijo que yo lo había insultado de tal manera ante su gente que nunca podría olvidarlo ni perdonarlo. En esto, sin embargo, estaba equivocado.
Mi padre recibió la carta del gobernador con cierta sorpresa aparente, pero dijo poco al respecto durante algunos días, hasta que, regresando el capitán Holmes, se la mostró y le preguntó si conocía a Keith y qué clase de hombre era; añadiendo su opinión de que debía tener poca discreción para pensar en establecer en un negocio a un muchacho al que aún le faltaban tres años para alcanzar la edad adulta. Holmes dijo lo que pudo en favor del proyecto, pero mi padre tenía clara su inconveniencia y, al final, se negó rotundamente. Entonces escribió una carta cortés a Sir William, agradeciéndole el patrocinio que tan amablemente me había ofrecido, pero declinando ayudarme por el momento a establecerme, pues yo era, en su opinión, demasiado joven para ser depositario de la gestión de un negocio tan importante y para el cual la preparación debía ser tan costosa.
Mi amigo y compañero Collins, que era empleado en la oficina de correos, complacido con el relato que le hice de mi nuevo país, decidió ir también allá; y, mientras yo esperaba la decisión de mi padre, él partió antes que yo por tierra hacia Rhode Island, dejando sus libros, que eran una bonita colección de matemáticas y filosofía natural, para que vinieran conmigo a Nueva York, donde se propuso esperarme.
Mi padre, aunque no aprobaba la propuesta de Sir William, se alegró de que yo hubiera sido capaz de obtener un carácter tan ventajoso de una persona de tal renombre donde había residido, y de que hubiera sido tan industrioso y cuidadoso como para equiparme tan bien en tan poco tiempo; por lo tanto, no viendo perspectivas de un acuerdo entre mi hermano y yo, dio su consentimiento para que regresara a Filadelfia, me aconsejó comportarme respetuosamente con la gente de allí, tratar de obtener la estima general y evitar los pasquines y libelos, a los que pensaba que yo tenía demasiada inclinación; diciéndome que, mediante una industria constante y una parsimonia prudente, podría ahorrar lo suficiente para cuando tuviera veintiún años para establecerme; y que, si me acercaba a la cifra, él me ayudaría con el resto. Esto fue todo lo que pude obtener, además de algunos pequeños obsequios como muestras del amor de él y de mi madre, cuando me embarqué de nuevo para Nueva York, ahora con su aprobación y su bendición.
El balandro hizo escala en Newport, Rhode Island, donde visité a mi hermano John, que se había casado y establecido allí hacía algunos años. Me recibió muy afectuosamente, pues siempre me había querido. Un amigo suyo, un tal Vernon, al que le debían algo de dinero en Pensilvania, unas treinta y cinco libras corrientes, deseó que yo lo recibiera por él y lo guardara hasta que tuviera sus instrucciones sobre en qué remitirlo. Así pues, me dio una orden. Esto me causó más tarde una buena dosis de inquietud.
En Newport embarcamos a varios pasajeros para Nueva York, entre ellos dos jóvenes, compañeras, y una cuáquera seria, sensata y con aspecto de matrona, con sus acompañantes. Yo había mostrado una prontitud servicial para hacerle algunos pequeños favores, lo que la impresionó, supongo, con cierto grado de buena voluntad hacia mí; por eso, cuando vio una creciente familiaridad diaria entre mí y las dos jóvenes, la cual parecían fomentar, me llevó aparte y me dijo: "Joven, me preocupo por ti, pues no tienes a ningún amigo contigo y parece que no conoces mucho el mundo, ni las trampas a las que está expuesta la juventud; cuenta con ello, esas son mujeres muy malas; puedo verlo en todas sus acciones; y si no estás en guardia, te arrastrarán a algún peligro; son extrañas para ti y te aconsejo, con un interés amistoso por tu bienestar, que no tengas trato con ellas". Como al principio no parecía pensar tan mal de ellas como ella, mencionó algunas cosas que había observado y oído que se me habían escapado, pero que ahora me convencían de que tenía razón. Le agradecí su amable consejo y prometí seguirlo. Cuando llegamos a Nueva York, me dijeron dónde vivían e invitaron a ir a verlas; pero lo evité, y fue bueno que lo hiciera; pues al día siguiente el capitán echó en falta una cuchara de plata y otras cosas que habían sido sacadas de su camarote y, sabiendo que eran un par de rameras, obtuvo una orden para registrar su alojamiento, encontró los objetos robados e hizo castigar a las ladronas. Así que, aunque nos habíamos librado de una roca sumergida, contra la que rozamos durante la travesía, pensé que este escape tenía un poco más de importancia para mí.
En Nueva York encontré a mi amigo Collins, que había llegado allí algún tiempo antes que yo. Habíamos sido íntimos desde niños y habíamos leído los mismos libros juntos; pero él tenía la ventaja de disponer de más tiempo para leer y estudiar, y una inteligencia maravillosa para el aprendizaje matemático, en el que me superaba con creces. Mientras viví en Boston, la mayor parte de mis horas de ocio para conversar las pasaba con él, y seguía siendo un muchacho sobrio además de industrioso; era muy respetado por su aprendizaje por varios clérigos y otros caballeros, y parecía prometer hacer un buen papel en la vida. Pero, durante mi ausencia, había adquirido el hábito de embriagarse con brandy; y comprobé por su propio relato y por lo que oí de otros que se había emborrachado todos los días desde su llegada a Nueva York y se había comportado de forma muy extraña. Había jugado también y perdido su dinero, de modo que me vi obligado a pagar su alojamiento y sufragar sus gastos hasta y en Filadelfia, lo que me resultó extremadamente inconveniente.
El entonces gobernador de Nueva York, Burnet (hijo del obispo Burnet), al oír por el capitán que un joven, uno de sus pasajeros, tenía muchos libros, deseó que me llevara a verlo. Lo visité en consecuencia y debería haber llevado a Collins conmigo, pero no estaba sobrio. El gobernador me trató con gran civilidad, me mostró su biblioteca, que era muy grande, y tuvimos una buena conversación sobre libros y autores. Este fue el segundo gobernador que me hizo el honor de fijarse en mí; lo cual, para un pobre muchacho como yo, fue muy agradable.
Continuamos hacia Filadelfia. Recibí en el camino el dinero de Vernon, sin el cual difícilmente habríamos podido terminar nuestro viaje. Collins deseaba ser empleado en algún escritorio; pero, ya fuera porque descubrieran su afición a la bebida por su aliento o por su comportamiento, aunque tenía algunas recomendaciones, no tuvo éxito en ninguna solicitud y continuó alojándose y comiendo en la misma casa que yo, y a mi costa. Sabiendo que yo tenía aquel dinero de Vernon, me pedía constantemente prestado, prometiéndome siempre el reembolso tan pronto como tuviera empleo. Al fin, había obtenido tanto de él que me angustiaba pensar qué debería hacer en caso de que me llamaran a remitirlo.
Su bebida continuaba, por lo que a veces discutíamos; pues, cuando estaba un poco intoxicado, era muy pendenciero. Una vez, en un bote en el Delaware con otros jóvenes, se negó a remar en su turno. "Seré remado a casa", dice él. "Nosotros no te remaremos", digo yo. "Deben hacerlo, o quedarse toda la noche en el agua", dice él, "como gusten". Los otros dijeron: "Dejémoslo remar; ¿qué importa?". Pero mi mente, agriada por su otra conducta, continuó negándose. Entonces juró que me obligaría a remar, o me arrojaría por la borda; y al acercarse, pisando los bancos de boga hacia mí, cuando llegó y me lanzó un golpe, puse mi mano bajo su entrepierna y, levantándome, lo lancé de cabeza al río. Sabía que era un buen nadador, así que no me preocupaba mucho por él; pero antes de que pudiera darse la vuelta para agarrarse al bote, lo habíamos alejado de su alcance con unas cuantas paladas; y siempre que se acercaba al bote, preguntábamos si quería remar, dando unas cuantas paladas para alejarlo de él. Estaba a punto de morir de rabia y obstinadamente no quería prometer remar. Sin embargo, viéndolo al final empezar a cansarse, lo subimos y lo llevamos a casa empapado por la tarde. Casi no intercambiamos una palabra civil después, y un capitán de las Indias Occidentales, que tenía el encargo de conseguir un tutor para los hijos de un caballero en Barbados, al encontrarse con él, acordó llevarlo allí. Me dejó entonces, prometiendo remitirme el primer dinero que recibiera para pagar la deuda; pero nunca supe de él después.
El quebrantar este dinero de Vernon fue uno de los primeros grandes errores de mi vida; y este asunto demostró que mi padre no estaba muy desencaminado en su juicio cuando supuso que yo era demasiado joven para gestionar negocios importantes. Pero Sir William, al leer su carta, dijo que era demasiado prudente. Había una gran diferencia entre las personas; y la discreción no siempre acompañaba a los años, ni la juventud carecía siempre de ella. "Y puesto que él no quiere establecerte", dice, "lo haré yo mismo. Dame un inventario de las cosas necesarias que hay que traer de Inglaterra y yo las pediré. Me pagarás cuando puedas; estoy resuelto a tener un buen impresor aquí, y estoy seguro de que debes tener éxito". Esto fue dicho con tal apariencia de cordialidad que no tuve la menor duda de que decía lo que pensaba. Hasta entonces había mantenido en secreto en Filadelfia la propuesta de establecerme, y seguía manteniéndola. Si se hubiera sabido que dependía del gobernador, probablemente algún amigo, que lo conocía mejor, me habría aconsejado no confiar en él, pues más tarde oí que era su carácter conocido ser liberal con promesas que nunca pensaba cumplir. Sin embargo, no solicitado por mí, ¿cómo podría pensar que sus generosas ofertas eran insinceras? Lo creía uno de los mejores hombres del mundo.
Le presenté un inventario de una pequeña imprenta, que ascendía, según mis cálculos, a unas cien libras esterlinas. Le gustó, pero me preguntó si el hecho de estar yo en Inglaterra para elegir los tipos y ver que todo fuera de buena calidad no podría ser de alguna ventaja. "Entonces", dice, "cuando estés allí, podrás hacer conocidos y establecer correspondencias en el ramo de la venta de libros y papelería". Estuve de acuerdo en que esto podría ser ventajoso. "Entonces", dice, "prepárate para ir con el Annis"; que era el barco anual, y el único en aquel tiempo que solía pasar entre Londres y Filadelfia. Pero faltarían algunos meses para que el Annis zarpara, así que continué trabajando con Keimer, preocupado por el dinero que Collins había sacado de mí, y con temores diarios de ser reclamado por Vernon, lo cual, sin embargo, no ocurrió hasta algunos años después.
Creo que he omitido mencionar que, en mi primer viaje desde Boston, al quedar en calma frente a Block Island, nuestra gente se puso a pescar bacalao y sacó muchos. Hasta entonces me había mantenido en mi resolución de no comer alimentos de origen animal, y en esta ocasión consideré, con mi maestro Tryon, que el hecho de tomar cada pez era una especie de asesinato no provocado, ya que ninguno de ellos nos había hecho, ni podría hacernos nunca, daño alguno que justificara la matanza. Todo esto parecía muy razonable. Pero yo había sido anteriormente un gran amante del pescado y, cuando este salió caliente de la sartén, olía admirablemente bien. Equilibré durante algún tiempo el principio y la inclinación, hasta que recordé que, cuando se abrían los peces, veía peces más pequeños sacados de sus estómagos; entonces pensé: "Si ustedes se comen unos a otros, no veo por qué nosotros no podemos comerlos a ustedes". Así que cené bacalao de muy buena gana y continué comiendo con otras personas, volviendo solo de vez en cuando a una dieta vegetal. Tan conveniente es ser una criatura razonable, ya que le permite a uno encontrar o crear una razón para todo lo que tiene ganas de hacer.
V
PRIMEROS AMIGOS EN FILADELFIA
Keimer y yo vivíamos en un pie de bastante buena familiaridad y nos llevábamos tolerablemente bien, pues él no sospechaba nada de mi intención de establecerme. Conservaba gran parte de sus viejos entusiasmos y le encantaba la argumentación. Por tanto, tuvimos muchas disputas. Yo solía machacarlo con mi método socrático y lo había atrapado tantas veces con preguntas aparentemente tan distantes de cualquier punto que tuviéramos entre manos, y sin embargo, poco a poco, lo llevaba al punto y lo metía en dificultades y contradicciones, que al final se volvió ridículamente cauteloso y apenas me contestaba a la pregunta más común sin preguntar primero: "¿Qué pretendes inferir de eso?". Sin embargo, eso le dio una opinión tan alta de mis capacidades en el arte de refutar que me propuso seriamente ser su colega en un proyecto que tenía de fundar una nueva secta. Él debía predicar las doctrinas y yo debía confundir a todos los opositores. Cuando llegó a explicarme las doctrinas, encontré varios acertijos a los que me opuse, a menos que yo también pudiera hacer las cosas a mi manera un poco e introducir algunas de las mías.
Keimer llevaba la barba a toda su longitud, porque en alguna parte de la ley mosaica se dice: «No estropearás las esquinas de tu barba». Asimismo, guardaba el séptimo día, el sábado; y estos dos puntos eran esenciales para él. A mí me disgustaban ambos, pero acepté admitirlos con la condición de que él adoptara la doctrina de no consumir alimentos de origen animal. «Dudo», dijo él, «que mi constitución lo soporte». Le aseguré que lo haría y que se sentiría mejor por ello. Por lo general, era un gran glotón y me prometí cierta diversión al tenerlo medio hambriento. Accedió a probar la práctica si yo le hacía compañía. Así lo hice, y lo mantuvimos durante tres meses. Nuestras viandas eran preparadas y traídas regularmente por una mujer del vecindario, quien tenía de mi parte una lista de cuarenta platos para ser preparados en diferentes momentos, en los cuales no había pescado, carne ni ave; y el capricho me resultó aún más conveniente en aquel tiempo por lo barato que era, pues no nos costaba más de dieciocho peniques esterlinas a cada uno por semana. Desde entonces he guardado varias cuaresmas con la mayor estrictez, dejando la dieta común por esa, y viceversa, bruscamente y sin el menor inconveniente, de modo que creo que no hay mucho en el consejo de hacer esos cambios mediante graduaciones fáciles. Yo seguí adelante placenteramente, pero el pobre Keimer sufrió gravemente, cansado del proyecto, ansiando las ollas de carne de Egipto, y encargó un cerdo asado. Me invitó a mí y a dos amigas a cenar con él; pero, como fue llevado demasiado pronto a la mesa, no pudo resistir la tentación y se lo comió todo antes de que llegáramos.
Durante este tiempo, había cortejado un poco a la señorita Read. Sentía un gran respeto y afecto por ella, y tenía razones para creer que ella sentía lo mismo por mí; pero, como estaba a punto de emprender un largo viaje y ambos éramos muy jóvenes, apenas poco más de dieciocho años, su madre consideró más prudente evitar que fuéramos demasiado lejos por el momento, pues un matrimonio, si llegaba a realizarse, sería más conveniente después de mi regreso, cuando yo estuviera, como esperaba, establecido en mi negocio. Quizás, también, ella pensaba que mis expectativas no estaban tan bien fundadas como yo imaginaba.
Mis principales conocidos en aquel entonces eran Charles Osborne, Joseph Watson y James Ralph, todos amantes de la lectura. Los dos primeros eran empleados de un eminente escribano o notario de la ciudad, Charles Brockden; el otro era empleado de un comerciante. Watson era un joven piadoso y sensato, de gran integridad; los otros, algo más laxos en sus principios religiosos, particularmente Ralph, quien, al igual que Collins, había sido desestabilizado por mí, por lo cual ambos me hicieron sufrir. Osborne era sensato, cándido, franco; sincero y afectuoso con sus amigos; pero, en asuntos literarios, demasiado aficionado a criticar. Ralph era ingenioso, de modales refinados y extremadamente elocuente; creo que nunca conocí a alguien que hablara mejor. Ambos eran grandes admiradores de la poesía y comenzaron a probar suerte con pequeñas piezas. Muchos paseos agradables dimos los cuatro juntos los domingos por los bosques, cerca del Schuylkill, donde nos leíamos unos a otros y conferenciábamos sobre lo leído.
Ralph estaba inclinado a seguir el estudio de la poesía, sin dudar de que podría llegar a ser eminente en ello y hacer su fortuna, alegando que los mejores poetas debían, cuando empezaron a escribir, cometer tantos errores como él. Osborne lo disuadió, le aseguró que no tenía genio para la poesía y le aconsejó que no pensara en nada más allá del negocio para el que fue formado; que, en el ámbito mercantil, aunque no tuviera capital, podría, mediante su diligencia y puntualidad, recomendarse para un empleo como agente y, con el tiempo, adquirir con qué comerciar por cuenta propia. Yo aprobaba el divertirse con la poesía de vez en cuando, hasta el punto de mejorar el lenguaje de uno, pero no más allá.
Sobre esto, se propuso que cada uno de nosotros, en nuestra siguiente reunión, produjera una pieza de nuestra propia composición, con el fin de mejorar mediante nuestras observaciones, críticas y correcciones mutuas. Como el lenguaje y la expresión eran lo que teníamos en vista, excluimos toda consideración de invención acordando que la tarea sería una versión del salmo decimoctavo, que describe el descenso de una deidad. Cuando se acercó el momento de nuestra reunión, Ralph me llamó primero y me hizo saber que su pieza estaba lista. Le dije que había estado ocupado y, teniendo poca inclinación, no había hecho nada. Entonces me mostró su pieza para pedir mi opinión, y la aprobé mucho, ya que me pareció de gran mérito. «Ahora», dice él, «Osborne nunca admitirá el menor mérito en nada mío, sino que hace mil críticas por pura envidia. Él no está tan celoso de ti; deseo, por lo tanto, que tomes esta pieza y la presentes como tuya; yo fingiré no haber tenido tiempo y así no presentaré nada. Veremos entonces qué dice él». Se acordó, y de inmediato la transcribí para que apareciera con mi propia letra.
Nos reunimos; se leyó el trabajo de Watson; había algunas bellezas en él, pero muchos defectos. Se leyó el de Osborne; era mucho mejor; Ralph le hizo justicia; señaló algunos errores, pero aplaudió las bellezas. Él mismo no tenía nada que presentar. Yo me mostraba reacio; parecía deseoso de ser disculpado; no había tenido suficiente tiempo para corregir, etc.; pero no se podía admitir excusa alguna; debía presentar algo. Fue leído y repetido; Watson y Osborne abandonaron la contienda y se unieron en aplaudirlo. Solo Ralph hizo algunas críticas y propuso algunas enmiendas; pero yo defendí mi texto. Osborne estaba en contra de Ralph y le dijo que no era mejor crítico que poeta, así que abandonó el argumento. Mientras los dos iban a casa juntos, Osborne se expresó aún más fuertemente a favor de lo que pensaba que era mi producción; habiéndose contenido antes, según dijo, para que yo no pensara que era adulación. «Pero, ¿quién hubiera imaginado», dijo, «que Franklin fuera capaz de tal desempeño? ¡Qué pintura, qué fuerza, qué fuego! Incluso ha mejorado el original. En su conversación común parece no tener elección de palabras; duda y balbucea; ¡y sin embargo, Dios mío! ¡Cómo escribe!». Cuando nos reunimos de nuevo, Ralph descubrió el truco que le habíamos jugado y Osborne fue un poco motivo de burla.
Esta transacción fijó a Ralph en su resolución de convertirse en poeta. Hice todo lo que pude para disuadirlo, pero él continuó garabateando versos hasta que Pope lo curó. Se convirtió, sin embargo, en un escritor de prosa bastante bueno. Más sobre él más adelante. Pero, como puede que no tenga ocasión de mencionar a los otros dos de nuevo, simplemente señalaré aquí que Watson murió en mis brazos unos años después, muy lamentado, siendo el mejor de nuestro grupo. Osborne fue a las Indias Occidentales, donde se convirtió en un eminente abogado y ganó dinero, pero murió joven. Él y yo habíamos hecho un acuerdo serio: que el que muriera primero debía, si era posible, hacer una visita amistosa al otro e informarle cómo se encontraba en aquel estado separado. Pero nunca cumplió su promesa.
VI
PRIMER VIAJE A LONDRES
El gobernador, pareciendo disfrutar de mi compañía, me tenía frecuentemente en su casa, y mi establecimiento siempre se mencionaba como algo fijo. Yo debía llevar conmigo cartas de recomendación para varios de sus amigos, además de la carta de crédito para proporcionarme el dinero necesario para comprar la imprenta, los tipos, el papel, etc. Para estas cartas fui citado en diferentes momentos, cuando debían estar listas; pero siempre se nombraba una fecha futura. Así continuó él hasta que el barco, cuya partida también había sido pospuesta varias veces, estuvo a punto de zarpar. Entonces, cuando llamé para despedirme y recibir las cartas, su secretario, el doctor Bard, salió a mi encuentro y dijo que el gobernador estaba extremadamente ocupado escribiendo, pero que estaría en Newcastle antes que el barco, y que allí me serían entregadas las cartas.
Ralph, aunque casado y con un hijo, había decidido acompañarme en este viaje. Se pensaba que pretendía establecer una correspondencia y obtener mercancías para vender por comisión; pero descubrí después que, por cierto descontento con los familiares de su esposa, se proponía dejarla en sus manos y no volver nunca más. Tras despedirme de mis amigos e intercambiar algunas promesas con la señorita Read, dejé Filadelfia en el barco, que ancló en Newcastle. El gobernador estaba allí; pero cuando fui a su alojamiento, el secretario vino a mí de su parte con el mensaje más cortés del mundo, diciendo que no podía verme en ese momento por estar ocupado en asuntos de la mayor importancia, pero que me enviaría las cartas a bordo, deseándome sinceramente un buen viaje y un rápido regreso, etc. Regresé a bordo un poco desconcertado, pero aún sin dudar.
El señor Andrew Hamilton, un famoso abogado de Filadelfia, había tomado pasaje en el mismo barco para él y su hijo, y junto con el señor Denham, un comerciante cuáquero, y los señores Onion y Russel, dueños de una herrería en Maryland, habían alquilado el gran camarote; por lo que Ralph y yo nos vimos obligados a conformarnos con un lugar en el entrepuente, y como nadie a bordo nos conocía, fuimos considerados personas comunes. Pero el señor Hamilton y su hijo (era James, futuro gobernador) regresaron de Newcastle a Filadelfia, al ser llamado el padre por un gran honorario para defender un barco incautado; y, justo antes de que zarpáramos, el coronel French subió a bordo y, mostrándome gran respeto, fui más tomado en cuenta y, con mi amigo Ralph, invitado por los otros caballeros a entrar en el camarote, habiendo ahora lugar. En consecuencia, nos trasladamos allí.
Entendiendo que el coronel French había traído a bordo los despachos del gobernador, le pedí al capitán las cartas que debían estar bajo mi cuidado. Dijo que todas fueron puestas juntas en la bolsa y que no podía acceder a ellas en ese momento; pero que, antes de desembarcar en Inglaterra, tendría la oportunidad de seleccionarlas; así que quedé satisfecho por el momento y proseguimos nuestro viaje. Teníamos una compañía sociable en el camarote y vivíamos inusualmente bien, teniendo la adición de todas las provisiones del señor Hamilton, quien había hecho acopio de forma abundante. En este pasaje el señor Denham contrajo una amistad conmigo que continuó durante toda su vida. El viaje no fue, por lo demás, placentero, ya que tuvimos mucho mal tiempo.
Cuando entramos en el Canal, el capitán cumplió su palabra conmigo y me dio la oportunidad de examinar la bolsa en busca de las cartas del gobernador. No encontré ninguna en la que estuviera puesto mi nombre como bajo mi cuidado. Seleccioné seis o siete que, por la letra, pensé que podrían ser las cartas prometidas, especialmente porque una de ellas estaba dirigida a Basket, el impresor del rey, y otra a algún papelero. Llegamos a Londres el 24 de diciembre de 1724. Visité al papelero, que fue el primero que me salió al paso, entregándole la carta como si fuera del gobernador Keith. «No conozco a tal persona», dice él; pero, al abrir la carta: «¡Oh! Esta es de Riddlesden. Últimamente he descubierto que es un completo sinvergüenza, y no quiero tener nada que ver con él, ni recibir cartas suyas». Así que, poniéndome la carta en la mano, se dio la vuelta y me dejó para atender a algún cliente. Me sorprendió descubrir que estas no eran las cartas del gobernador; y, tras recordar y comparar circunstancias, comencé a dudar de su sinceridad. Encontré a mi amigo Denham y le conté todo el asunto. Él me reveló el carácter de Keith; me dijo que no había la menor probabilidad de que hubiera escrito carta alguna para mí; que nadie que lo conociera tenía la más mínima confianza en él; y se rió de la idea de que el gobernador me diera una carta de crédito, ya que, según dijo, no tenía crédito que dar. Al expresar cierta preocupación sobre qué debería hacer, me aconsejó intentar conseguir algún empleo en mi oficio. «Entre los impresores de aquí», dijo, «te perfeccionarás, y cuando regreses a Estados Unidos, te establecerás con mayor ventaja».
Ambos coincidimos en saber, al igual que el papelero, que Riddlesden, el abogado, era un gran granuja. Casi había arruinado al padre de la señorita Read al persuadirlo de que fuera fiador suyo. Por esta carta parecía que había un plan secreto en marcha en perjuicio de Hamilton (que se suponía venía con nosotros); y que Keith estaba involucrado en ello con Riddlesden. Denham, que era amigo de Hamilton, pensó que debería ser informado; así que, cuando llegó a Inglaterra, lo cual fue poco después, en parte por resentimiento y mala voluntad hacia Keith y Riddlesden, y en parte por buena voluntad hacia él, lo visité y le entregué la carta. Me agradeció cordialmente, siendo la información importante para él; y desde aquel momento se convirtió en mi amigo, en gran ventaja mía después en muchas ocasiones.
¡Pero qué podemos pensar de un gobernador que juega tales trucos mezquinos e impone tan groseramente a un pobre muchacho ignorante! Era un hábito que había adquirido. Deseaba complacer a todo el mundo; y, teniendo poco que dar, daba expectativas. Por lo demás, era un hombre ingenioso, sensato, un escritor bastante bueno y un buen gobernador para el pueblo, aunque no para sus mandantes, los propietarios, cuyas instrucciones a veces ignoraba. Varias de nuestras mejores leyes fueron idea suya y se aprobaron durante su administración.
Ralph y yo éramos compañeros inseparables. Tomamos alojamiento juntos en Little Britain, a tres chelines y seis peniques por semana, tanto como podíamos permitirnos entonces. Él encontró algunos parientes, pero eran pobres e incapaces de ayudarlo. Ahora me hizo saber sus intenciones de permanecer en Londres y que nunca pensó regresar a Filadelfia. No había traído dinero consigo, pues todo lo que pudo reunir se había gastado en pagar su pasaje. Yo tenía quince pistolas; así que me pedía prestado ocasionalmente para subsistir mientras buscaba trabajo. Primero intentó entrar en el teatro, creyéndose calificado para actor; pero Wilkes, a quien acudió, le aconsejó sinceramente no pensar en ese empleo, ya que era imposible que tuviera éxito. Luego propuso a Roberts, un editor en Paternoster Row, escribir para él un periódico semanal como el Spectator, bajo ciertas condiciones que Roberts no aprobó. Después intentó conseguir empleo como escritor a sueldo, para copiar para los papeleros y abogados alrededor del Temple, pero no pudo encontrar ninguna vacante.
Inmediatamente conseguí trabajo en Palmer's, entonces una famosa imprenta en Bartholomew Close, y aquí continué casi un año. Fui bastante diligente, pero gastaba con Ralph gran parte de mis ganancias en ir a obras de teatro y otros lugares de diversión. Habíamos consumido juntos todas mis pistolas y ahora apenas vivíamos al día. Él parecía olvidar por completo a su esposa e hijo, y yo, gradualmente, mis compromisos con la señorita Read, a quien nunca escribí más que una carta, y fue para hacerle saber que no era probable que regresara pronto. Este fue otro de los grandes errores de mi vida, el cual desearía corregir si tuviera que vivirla de nuevo. De hecho, por nuestros gastos, me veía constantemente incapaz de pagar mi pasaje.
En Palmer's fui empleado en la composición de la segunda edición de la «Religión de la Naturaleza» de Wollaston. Algunos de sus razonamientos no pareciéndome bien fundados, escribí una pequeña pieza metafísica en la que hice observaciones sobre ellos. Se tituló «Una disertación sobre la libertad y la necesidad, el placer y el dolor». La dediqué a mi amigo Ralph; imprimí un pequeño número. Ocasionó que fuera más considerado por el señor Palmer como un joven de cierto ingenio, aunque se quejó seriamente conmigo sobre los principios de mi panfleto, que para él parecían abominables. Mi impresión de este panfleto fue otro error.
Mientras me alojaba en Little Britain, hice amistad con un tal Wilcox, un librero, cuya tienda estaba al lado. Tenía una inmensa colección de libros de segunda mano. Las bibliotecas circulantes no estaban en uso entonces; pero acordamos que, bajo ciertos términos razonables que ahora he olvidado, podría tomar, leer y devolver cualquiera de sus libros. Esto lo consideré una gran ventaja y le saqué tanto provecho como pude.
Mi panfleto, por algún medio, cayó en manos de un tal Lyons, un cirujano, autor de un libro titulado «La infalibilidad del juicio humano», lo que ocasionó un conocimiento entre nosotros. Me prestó gran atención, me llamaba a menudo para conversar sobre esos temas, me llevó a The Horns, una taberna de cerveza clara en Lane, Cheapside, y me presentó al doctor Mandeville, autor de la «Fábula de las abejas», quien tenía allí un club del que era el alma, siendo un compañero sumamente jocoso y entretenido. Lyons también me presentó al doctor Pemberton, en el café de Batson, quien prometió darme la oportunidad, en algún momento u otro, de ver a sir Isaac Newton, cosa que deseaba extremadamente; pero esto nunca sucedió.
Había traído algunas curiosidades, entre las cuales la principal era un bolso hecho de asbesto, que se purifica con el fuego. Sir Hans Sloane se enteró, vino a verme y me invitó a su casa en Bloomsbury Square, donde me mostró todas sus curiosidades y me persuadió para que le permitiera añadir aquel al número, por lo cual me pagó generosamente.
En nuestra casa se alojaba una joven, una sombrerera, que creo tenía una tienda en los Cloisters. Había sido educada con refinamiento, era sensata y vivaz, y de una conversación de lo más agradable. Ralph le leía obras de teatro por las noches, se hicieron íntimos, ella tomó otro alojamiento y él la siguió. Vivieron juntos algún tiempo; pero, estando él todavía sin trabajo, y los ingresos de ella no siendo suficientes para mantenerlos con su hijo, tomó la resolución de irse de Londres para intentar conseguir una escuela rural, para lo cual se creía bien calificado, ya que escribía una letra excelente y era maestro de aritmética y contabilidad. Esto, sin embargo, lo consideraba un negocio por debajo de él, y confiado en una mejor fortuna futura, cuando no desearía que se supiera que una vez estuvo tan vilmente empleado, cambió su nombre y me hizo el honor de asumir el mío; pues poco después recibí una carta suya, informándome que estaba establecido en un pequeño pueblo (en Berkshire, creo que era, donde enseñaba a leer y escribir a diez o una docena de niños, a seis peniques cada uno por semana), recomendándome a la señora T---- a mi cuidado, y deseándome que le escribiera, dirigiéndome al señor Franklin, maestro de escuela, en tal lugar.
Continuó escribiendo con frecuencia, enviándome amplios fragmentos de un poema épico que componía por aquel entonces, y solicitando mis observaciones y correcciones. Se las di de vez en cuando, pero me esforcé más bien por desalentarlo en su empeño. Una de las Sátiras de Young[41] acababa de publicarse. Copié y le envié una gran parte de ella, lo cual dejaba bien claro lo insensato que resulta perseguir a las Musas con la esperanza de obtener algún provecho de ellas. Todo fue en vano; las hojas del poema siguieron llegando por cada correo. Entretanto, la señora T----, habiendo perdido por su culpa a sus amigos y sus negocios, se encontraba a menudo en apuros, y solía enviarme a buscar para pedirme prestado lo que yo pudiera ahorrar para ayudarla a salir de ellos. Empecé a disfrutar de su compañía y, al no estar en aquel tiempo bajo ninguna restricción religiosa y presumiendo de mi importancia para ella, intenté familiaridades (otro erratum) que ella rechazó con un resentimiento apropiado, comunicándole a él mi comportamiento. Esto provocó una ruptura entre nosotros; y, cuando volvió a Londres, me hizo saber que pensaba que yo había cancelado todas las obligaciones que él había contraído conmigo. Así que descubrí que nunca debía esperar que me devolviera lo que le había prestado o adelantado. Esto, sin embargo, no tuvo entonces mayor consecuencia, ya que él era totalmente incapaz de hacerlo; y en la pérdida de su amistad me sentí aliviado de una carga. Empecé entonces a pensar en ahorrar algo de dinero y, esperando un trabajo mejor, dejé la imprenta de Palmer para trabajar en la de Watts, cerca de Lincoln's Inn Fields, una imprenta aún mayor.[42] Aquí continué todo el resto de mi estancia en Londres.
[41] Edward Young (1681-1765), poeta inglés. Véanse sus sátiras, vol. III, Epist. ii, página 70.
[42] La imprenta en la que trabajó Franklin se conserva en la Oficina de Patentes de Washington.
A mi ingreso en esta imprenta me puse a trabajar en la prensa, imaginando que sentía la falta del ejercicio físico al que estaba acostumbrado en América, donde el trabajo de prensa se mezcla con la composición. Yo solo bebía agua; los demás obreros, cerca de cincuenta, eran grandes bebedores de cerveza. En ocasiones, subía y bajaba escaleras cargando una gran forma de tipos en cada mano, mientras otros solo llevaban una con ambas manos. ¡Les asombraba ver, por este y otros varios casos, que el Americano-del-Agua, como me llamaban, fuera más fuerte que ellos, que bebían cerveza fuerte! Teníamos un muchacho de la taberna que siempre estaba en la casa para abastecer a los obreros. Mi compañero de prensa bebía cada día una pinta antes del desayuno, una pinta en el desayuno con su pan y queso, una pinta entre el desayuno y la comida, una pinta en la comida, una pinta por la tarde alrededor de las seis, y otra cuando terminaba su jornada laboral. Me parecía una costumbre detestable; pero suponía que era necesario beber cerveza fuerte para tener fuerzas para trabajar. Intenté convencerlo de que la fuerza física que proporcionaba la cerveza solo podía ser proporcional al grano o la harina de la cebada disuelta en el agua con la que estaba hecha; que había más harina en un penique de pan; y, por tanto, si comiera eso con una pinta de agua, le daría más fuerza que un cuarto de cerveza. Sin embargo, siguió bebiendo y tenía que pagar de su salario cuatro o cinco chelines cada sábado por la noche por aquel licor embotellador; un gasto del que yo estaba libre. Y así es como estos pobres diablos se mantienen siempre hundidos.
Watts, al cabo de unas semanas, deseando tenerme en la sala de composición,[43] dejé a los prensistas; los cajistas me exigieron un nuevo bien venu o cuota para bebida, de cinco chelines. Me pareció una imposición, pues ya había pagado abajo; el maestro también lo pensó y me prohibió pagarlo. Me resistí dos o tres semanas, fui considerado en consecuencia como un excomulgado, y se me hicieron tantas pequeñas maldades privadas —mezclando mis tipos, transponiendo mis páginas, rompiendo mi composición, etcétera, etcétera, si me ausentaba aunque fuera un momento de la sala—, y todo atribuido al fantasma de la capilla, que, según decían, siempre acechaba a los que no habían sido admitidos formalmente, que, a pesar de la protección del maestro, me vi obligado a cumplir y pagar el dinero, convencido de la necedad de estar en malos términos con aquellos con quienes uno ha de vivir continuamente.
[43] Franklin dejó aquí el trabajo de operar las prensas, que era en gran medida trabajo manual, y comenzó a componer tipos, lo cual requería más habilidad e inteligencia.
Ahora estaba en buenas condiciones con ellos y pronto adquirí una influencia considerable. Propuse algunas modificaciones razonables en las leyes de su capilla[44] y las saqué adelante a pesar de toda oposición. Siguiendo mi ejemplo, gran parte de ellos dejaron su desayuno empalagoso de cerveza, pan y queso, al descubrir que podían obtener conmigo, de una casa vecina, un gran tazón de gachas calientes, espolvoreadas con pimienta, migas de pan y un poco de mantequilla, por el precio de una pinta de cerveza, es decir, tres medios peniques. Este era un desayuno más cómodo, además de más barato, y les mantenía la cabeza más despejada. Aquellos que continuaban emborrachándose con cerveza todo el día, a menudo, por no pagar, perdían el crédito en la taberna y solían interceder conmigo para conseguir cerveza; cuando su luz, como ellos decían, se había apagado. Yo vigilaba la mesa de pagos el sábado por la noche y cobraba lo que me había comprometido por ellos, teniendo que pagar a veces cerca de treinta chelines a la semana en sus cuentas. Esto, y el hecho de ser considerado un buen riggite, es decir, un satírico verbal jocoso, respaldaba mi posición en la sociedad. Mi asistencia constante (nunca hacía un San Lunes)[45] me recomendó ante el maestro; y mi extraordinaria rapidez en la composición hizo que me asignaran todo el trabajo urgente, que generalmente estaba mejor pagado. Así que ahora todo iba muy bien.
[44] A una imprenta se la llama capilla porque Caxton, el primer impresor inglés, realizaba su trabajo en una capilla conectada con la Abadía de Westminster.
[45] Un día festivo que se tomaba para prolongar la disipación del salario del sábado.
Como mi alojamiento en Little Britain estaba demasiado lejos, encontré otro en Duke-street, frente a la Capilla Romana. Era un segundo piso interior, en un almacén italiano. Una viuda llevaba la casa; tenía una hija, una criada y un oficial que atendía el almacén, pero se alojaba fuera. Después de enviar a preguntar por mi reputación a la casa donde me había alojado por última vez, aceptó acogerme por la misma tarifa, 3 chelines y 6 peniques a la semana; más barato, como decía, por la protección que esperaba al tener a un hombre alojado en la casa. Era una viuda, una mujer de edad avanzada; había sido educada como protestante, siendo hija de un clérigo, pero se convirtió a la religión católica por su marido, cuya memoria veneraba mucho; había vivido mucho entre gente distinguida y conocía mil anécdotas sobre ellos, remontándose a los tiempos de Carlos II. Tenía las rodillas lisiadas por la gota, por lo que rara vez salía de su habitación, así que a veces necesitaba compañía; y la suya era tan sumamente divertida para mí que no dejaba de pasar una velada con ella siempre que lo deseaba. Nuestra cena consistía solo en media anchoa cada uno, sobre una tira muy pequeña de pan con mantequilla, y media pinta de cerveza entre los dos; pero el entretenimiento estaba en su conversación. Mi costumbre de mantener siempre buenos horarios y dar pocas molestias a la familia hizo que no quisiera separarse de mí, de modo que, cuando hablé de un alojamiento del que me habían hablado, más cerca de mi trabajo, por dos chelines a la semana, lo cual, con el afán que tenía entonces por ahorrar, suponía alguna diferencia, me pidió que no pensara en ello, pues me rebajaría dos chelines a la semana en el futuro; así que me quedé con ella por un chelín y seis peniques mientras estuve en Londres.
En una buhardilla de su casa vivía una señorita de setenta años, de la manera más retirada, de la cual mi casera me dio esta relación: que era católica romana, que había sido enviada al extranjero cuando era joven y se había alojado en un convento con la intención de convertirse en monja; pero, como el país no le sentó bien, regresó a Inglaterra, donde, al no haber conventos, había hecho voto de llevar una vida de monja, tanto como fuera posible en aquellas circunstancias. En consecuencia, había entregado toda su fortuna a fines caritativos, reservándose solo doce libras al año para vivir, y de esta suma todavía daba una gran parte en caridad, viviendo ella misma solo de gachas y sin usar fuego más que para hervirlas. Había vivido muchos años en aquella buhardilla, permitiéndosele permanecer allí gratis por sucesivos inquilinos católicos de la casa de abajo, pues consideraban una bendición tenerla allí. Un sacerdote la visitaba para confesarla todos los días. "Le he preguntado", dice mi casera, "¿cómo ella, tal como vivía, podía encontrar tanto trabajo para un confesor?". "Oh", dijo ella, "es imposible evitar los pensamientos vanos". Se me permitió visitarla una vez. Era alegre y educada, y conversaba agradablemente. La habitación estaba limpia, pero no tenía más muebles que un colchón, una mesa con un crucifijo y un libro, un taburete que me dio para que me sentara, y un cuadro sobre la chimenea de Santa Verónica mostrando su pañuelo, con la figura milagrosa del rostro sangrante de Cristo en él,[46] lo cual me explicó con gran seriedad. Parecía pálida, pero nunca estaba enferma; y lo menciono como otro ejemplo de con cuántos pocos ingresos pueden sostenerse la vida y la salud.
[46] La historia cuenta que se encontró con Cristo en su camino a la crucifixión y le ofreció su pañuelo para secar la sangre de su rostro, tras lo cual el pañuelo siempre llevó la imagen del rostro sangrante de Cristo.
En la imprenta de Watts hice amistad con un joven ingenioso, un tal Wygate, quien, teniendo parientes ricos, había recibido mejor educación que la mayoría de los impresores; era un latinista aceptable, hablaba francés y le gustaba leer. Le enseñé a él y a un amigo suyo a nadar en dos sesiones en el río, y pronto se convirtieron en buenos nadadores. Me presentaron a algunos caballeros de campo, que iban a Chelsea por agua para ver el College y las curiosidades de Don Saltero.[47] A nuestro regreso, a petición de la compañía, cuya curiosidad Wygate había despertado, me desnudé y salté al río, nadando desde cerca de Chelsea hasta Blackfriar's,[48] realizando en el camino muchas proezas de agilidad, tanto sobre como bajo el agua, que sorprendieron y complacieron a aquellos para quienes eran novedades.
[47] James Salter, antiguo sirviente de Hans Sloane, vivía en Cheyne Walk, Chelsea. "Su casa, una barbería, era conocida como 'Cafetería de Don Saltero'. Las curiosidades estaban en vitrinas y constituían una colección asombrosa y variopinta: un cangrejo petrificado de China, un 'cerdo lignificado', lágrimas de Job, lanzas de Madagascar, la espada llameante de Guillermo el Conquistador y la cota de malla de Enrique VIII."--Smyth.
[48] Unas tres millas.
Desde niño siempre me había deleitado este ejercicio, había estudiado y practicado todos los movimientos y posiciones de Thevenot, añadido algunos propios, buscando la gracia y la facilidad tanto como la utilidad. Aproveché esta ocasión para exhibir todo esto ante la compañía, y me sentí muy halagado por su admiración; y Wygate, que deseaba convertirse en maestro, se sintió cada vez más unido a mí por ese motivo, así como por la similitud de nuestros estudios. Al final me propuso viajar juntos por toda Europa, manteniéndonos en todas partes trabajando en nuestro oficio. Una vez estuve inclinado a ello; pero, al mencionárselo a mi buen amigo el señor Denham, con quien a menudo pasaba una hora cuando tenía tiempo libre, me disuadió de ello, aconsejándome que pensara solo en regresar a Pensilvania, lo cual él estaba ahora a punto de hacer.
Debo registrar un rasgo del carácter de este buen hombre. Antiguamente había tenido negocios en Bristol, pero fracasó endeudado con un buen número de personas, hizo un acuerdo y se fue a América. Allí, mediante una estrecha aplicación a los negocios como comerciante, adquirió una fortuna abundante en pocos años. Regresando a Inglaterra en el barco conmigo, invitó a sus antiguos acreedores a un banquete, en el que les agradeció el fácil acuerdo con el que le habían favorecido, y, cuando no esperaban más que el convite, cada hombre al primer servicio encontró bajo su plato una orden bancaria por el importe total del resto impagado con intereses.
Ahora me dijo que estaba a punto de regresar a Filadelfia y que llevaría una gran cantidad de mercancías para abrir una tienda allí. Me propuso llevarme como su dependiente, para llevar sus libros, en lo que me instruiría, copiar sus cartas y atender la tienda. Añadió que, tan pronto como me familiarizara con los negocios mercantiles, me ascendería enviándome con un cargamento de harina y pan, etc., a las Indias Occidentales, y me conseguiría comisiones de otros que serían rentables; y, si lo administraba bien, me establecería holgadamente. La idea me agradó; pues me había cansado de Londres, recordaba con placer los felices meses que había pasado en Pensilvania y deseaba volver a verla; por lo tanto, acepté inmediatamente las condiciones de cincuenta libras al año,[49] moneda de Pensilvania; menos, ciertamente, que mis ganancias actuales como cajista, pero ofreciendo una mejor perspectiva.
[49] Unos 167 dólares.
Me despedí de la imprenta, como pensé, para siempre, y estuve empleado diariamente en mi nuevo negocio, yendo de un lado a otro con el señor Denham entre los comerciantes para comprar diversos artículos, y viendo cómo los empaquetaban, haciendo recados, llamando a los obreros para darse prisa, etc.; y, cuando todo estuvo a bordo, tuve unos días de descanso. Uno de esos días, para mi sorpresa, fui llamado por un gran hombre a quien solo conocía de nombre, un Sir William Wyndham, y lo visité. Había oído de alguna manera lo de mi nado de Chelsea a Blackfriars, y que había enseñado a nadar a Wygate y a otro joven en pocas horas. Tenía dos hijos, a punto de emprender sus viajes; deseaba que primero aprendieran a nadar y me propuso recompensarme generosamente si les enseñaba. Aún no habían llegado a la ciudad, y mi estancia era incierta, así que no pude emprenderlo; pero, a raíz de este incidente, pensé que era probable que, si me quedaba en Inglaterra y abría una escuela de natación, podría ganar bastante dinero; y me impresionó tanto, que, si la propuesta se me hubiera hecho antes, probablemente no habría regresado tan pronto a América. Después de muchos años, usted y yo tuvimos algo de más importancia que hacer con uno de estos hijos de Sir William Wyndham, convertido en Conde de Egremont, lo cual mencionaré en su lugar.
Así pasé unos dieciocho meses en Londres; la mayor parte del tiempo trabajé duro en mi oficio y gasté poco en mí mismo, excepto en ver obras de teatro y en libros. Mi amigo Ralph me había mantenido pobre; me debía unas veintisiete libras, que ahora ya nunca recibiría; ¡una gran suma de mis pequeñas ganancias! Sin embargo, le quería, pues tenía muchas cualidades amables. No había mejorado en absoluto mi fortuna; pero había hecho algunas amistades muy ingeniosas, cuya conversación fue de gran provecho para mí; y había leído considerablemente.
VII
COMIENZOS DE LOS NEGOCIOS EN FILADELFIA
Zarpamos de Gravesend el 23 de julio de 1726. Para los incidentes del viaje, le remito a mi Diario, donde los encontrará todos minuciosamente relatados. Quizá la parte más importante de ese diario es el plan[50] que en él se encuentra, que formé en el mar, para regular mi futura conducta en la vida. Es tanto más notable cuanto que fue formado cuando yo era tan joven, y aun así seguido bastante fielmente hasta la vejez.
[50] "No se encuentra en el diario manuscrito, que quedó entre los papeles de Franklin."--Bigelow.
Aterrizamos en Filadelfia el 11 de octubre, donde encontré varias alteraciones. Keith ya no era gobernador, siendo sustituido por el Mayor Gordon. Lo vi caminando por las calles como un ciudadano común. Parecía un poco avergonzado al verme, pero pasó sin decir nada. Me habría sentido igual de avergonzado al ver a la señorita Read, si sus amigos, desesperando con razón de mi regreso tras la recepción de mi carta, no la hubieran persuadido a casarse con otro, un tal Rogers, un alfarero, lo cual se hizo en mi ausencia. Con él, sin embargo, nunca fue feliz, y pronto se separó de él, negándose a cohabitar con él o llevar su nombre, pues ahora se decía que tenía otra esposa. Era un tipo despreciable, aunque un excelente trabajador, que fue la tentación para sus amigos. Se endeudó, huyó en 1727 o 1728, se fue a las Indias Occidentales y allí murió. Keimer había conseguido una casa mejor, una tienda bien surtida de papelería, abundancia de tipos nuevos, un número de operarios, aunque ninguno bueno, y parecía tener muchos negocios.
El señor Denham tomó una tienda en Water-street, donde abrimos nuestras mercancías; yo atendí el negocio con diligencia, estudié contabilidad y, en poco tiempo, me hice experto en ventas. Nos alojamos y comimos juntos; él me aconsejaba como un padre, teniéndome un afecto sincero. Yo le respetaba y le quería, y podríamos haber seguido juntos muy felices; pero, a principios de febrero de 1726/7, cuando acababa de cumplir mis veintiún años, ambos caímos enfermos. Mi dolencia fue una pleuresía, que estuvo a punto de acabar conmigo. Sufrí bastante, me di por vencido en mi propia mente, y me sentí bastante decepcionado cuando me encontré recuperándome, lamentando, en cierto modo, que tuviera que realizar, tarde o temprano, todo aquel trabajo desagradable de nuevo. Olvidé cuál era su dolencia; lo tuvo mucho tiempo y finalmente acabó con él. Me dejó un pequeño legado en un testamento nuncupativo, como muestra de su bondad hacia mí, y me dejó una vez más ante el ancho mundo; pues la tienda quedó bajo el cuidado de sus albaceas y mi empleo a su cargo terminó.
Mi cuñado, Holmes, estando ahora en Filadelfia, me aconsejó que volviera a mi oficio; y Keimer me tentó, con una oferta de un gran salario anual, para que fuera a hacerme cargo de su imprenta, para que él pudiera atender mejor su papelería. Había oído hablar mal de él en Londres por parte de su esposa y sus amigos, y no me apetecía tener nada más que ver con él. Intenté conseguir empleo como dependiente de comerciante; pero, al no encontrar ninguno fácilmente, volví a aceptar con Keimer. Encontré en su casa a estos operarios: Hugh Meredith, un galés de Pensilvania, de treinta años, educado para el trabajo del campo; honesto, sensato, tenía una gran capacidad de observación, era algo lector, pero dado a la bebida. Stephen Potts, un joven campesino mayor de edad, educado en lo mismo, de dotes naturales poco comunes y gran ingenio y humor, pero un poco ocioso. Con ellos había acordado salarios extremadamente bajos por semana para ser aumentados un chelín cada tres meses, según se lo merecieran mejorando en su oficio; y la expectativa de estos altos salarios, que llegarían más tarde, era con lo que él los había atraído. Meredith debía trabajar en la prensa, Potts en la encuadernación, la cual él, por acuerdo, debía enseñarles, aunque no sabía ni lo uno ni lo otro. John----, un irlandés salvaje, que no había aprendido ningún oficio, cuyos servicios, por cuatro años, Keimer había comprado al capitán de un barco; él también debía convertirse en prensista. George Webb, un erudito de Oxford, cuyo tiempo por cuatro años también había comprado, destinándolo a cajista, de quien hablaré más adelante; y David Harry, un muchacho de campo, a quien había tomado como aprendiz.
Pronto percibí que la intención de contratarme con un salario mucho más alto de lo que acostumbraba pagar era que estos empleados inexpertos y baratos se formaran a través de mí; y, tan pronto como los hubiera instruido, puesto que todos tenían contratos con él, podría arreglárselas sin mi ayuda. Proseguí, sin embargo, muy alegremente, puse en orden su imprenta, que se encontraba en gran confusión, y logré que sus empleados, poco a poco, atendieran a sus obligaciones y las desempeñaran mejor.
Fue algo extraño encontrar a un erudito de Oxford en la situación de criado comprado. No tenía más de dieciocho años y me dio esta cuenta de sí mismo: que había nacido en Gloucester, educado allí en una escuela de gramática, se había distinguido entre los escolares por cierta aparente superioridad al desempeñar su papel cuando representaban obras de teatro; pertenecía al Club de los Ingeniosos de allí y había escrito algunas piezas en prosa y verso, que fueron impresas en los periódicos de Gloucester; desde allí fue enviado a Oxford, donde permaneció cerca de un año, pero no muy satisfecho, deseando sobre todas las cosas ver Londres y convertirse en actor. Finalmente, al recibir su asignación trimestral de quince guineas, en lugar de saldar sus deudas, se marchó de la ciudad, escondió su toga en un arbusto de aulagas y se fue a pie a Londres, donde, al no tener a nadie que lo aconsejara, cayó en malas compañías, pronto gastó sus guineas, no encontró medios para ser introducido entre los actores, se vio necesitado, empeñó sus ropas y le faltó el pan. Caminando por la calle muy hambriento, y sin saber qué hacer consigo mismo, le pusieron en la mano un volante de un reclutador, ofreciendo entretenimiento y estímulo inmediato a aquellos que quisieran comprometerse a servir en América. Fue directamente, firmó los contratos, lo metieron en el barco y vino, sin escribir jamás una línea para informar a sus amigos de lo que había sido de él. Era vivaz, ingenioso, de buen carácter y un compañero agradable, pero ocioso, irreflexivo e imprudente hasta el último grado.
John, el irlandés, pronto se escapó; con el resto empecé a vivir muy agradablemente, pues todos me respetaban más al ver que Keimer era incapaz de instruirlos y que de mí aprendían algo a diario. Nunca trabajábamos los sábados, por ser el día de reposo de Keimer, así que tenía dos días para leer. Mi trato con gente ingeniosa de la ciudad aumentó. El propio Keimer me trataba con gran cortesía y aparente estima, y nada me inquietaba ahora salvo mi deuda con Vernon, que aún era incapaz de pagar, siendo hasta entonces un pobre administrador. Él, sin embargo, amablemente no me la reclamó.
A nuestra imprenta a menudo le faltaban tipos, y no había fundidor de letras en América; yo había visto fundir tipos en James's, en Londres, pero sin prestar mucha atención al procedimiento; sin embargo, ahora ideé un molde, utilicé las letras que teníamos como punzones, acuñé las matrices en plomo y, de este modo, suplí de una manera bastante tolerable todas las deficiencias. También grabé varias cosas según la ocasión; yo fabricaba la tinta; yo era almacenista y todo, en resumen, un auténtico factótum.
Pero, por muy servicial que pudiera ser, descubrí que mis servicios se volvían cada día de menos importancia a medida que los otros empleados mejoraban en el oficio; y, cuando Keimer pagó mi salario del segundo trimestre, me hizo saber que lo sentía demasiado pesado y pensó que debería hacer una rebaja. Poco a poco se volvió menos cortés, adoptó más aires de amo, frecuentemente encontraba faltas, era caprichoso y parecía listo para un estallido. Proseguí, no obstante, con bastante paciencia, pensando que sus circunstancias agobiadas eran en parte la causa. Finalmente, una pequeñez rompió nuestras conexiones; pues, ocurriendo un gran ruido cerca del palacio de justicia, saqué la cabeza por la ventana para ver qué sucedía. Keimer, que estaba en la calle, miró hacia arriba y me vio, me gritó en voz alta y tono airado que me ocupara de mis asuntos, añadiendo algunas palabras reprochables que me escocieron más por su publicidad, siendo testigos todos los vecinos que miraban hacia afuera en la misma ocasión de cómo se me trataba. Subió inmediatamente a la imprenta, continuó la disputa, se dijeron palabras fuertes por ambas partes, me dio el aviso de trimestre que habíamos estipulado, expresando el deseo de no haber estado obligado a un aviso tan largo. Le dije que su deseo era innecesario, pues lo dejaría al instante; y así, tomando mi sombrero, salí por la puerta, deseándole a Meredith, a quien vi abajo, que se hiciera cargo de algunas cosas que dejé y las llevara a mi alojamiento.
Meredith vino según lo previsto por la tarde, cuando hablamos sobre mi asunto. Había concebido un gran aprecio por mí y estaba muy reacio a que yo dejara la casa mientras él permaneciera en ella. Me disuadió de regresar a mi país natal, en lo que empezaba a pensar; me recordó que Keimer estaba endeudado por todo lo que poseía; que sus acreedores empezaban a inquietarse; que llevaba su tienda miserablemente, vendía a menudo sin beneficio por dinero contante y a menudo fiaba sin llevar cuentas; que, por lo tanto, debía quebrar, lo que crearía una vacante que yo podría aprovechar. Objeté mi falta de dinero. Entonces me hizo saber que su padre tenía una alta opinión de mí y, por alguna conversación que había pasado entre ellos, estaba seguro de que adelantaría dinero para establecer nuestro negocio si yo entraba en sociedad con él. "Mi tiempo", dice él, "terminará con Keimer en la primavera; para entonces podremos tener nuestra prensa y tipos de Londres. Soy consciente de que no soy un trabajador experto; si te parece bien, tu destreza en el oficio se computará contra el capital que yo aporte, y compartiremos las ganancias por igual".
La propuesta fue agradable y accedí; su padre estaba en la ciudad y la aprobó; más aún al ver que yo tenía gran influencia sobre su hijo, le había convencido de abstenerse durante mucho tiempo de beber aguardiente y esperaba que pudiera librarlo de ese hábito miserable por completo cuando llegáramos a estar tan estrechamente relacionados. Entregué un inventario al padre, quien lo llevó a un comerciante; las cosas fueron pedidas, el secreto debía guardarse hasta que llegaran y, mientras tanto, yo debía conseguir trabajo, si podía, en la otra imprenta. Pero no encontré vacante allí, así que permanecí ocioso unos días, cuando Keimer, ante la perspectiva de ser contratado para imprimir papel moneda en Nueva Jersey, lo cual requeriría cortes y tipos variados que solo yo podía suministrar, y temiendo que Bradford pudiera contratarme y arrebatarle el trabajo, me envió un mensaje muy cortés, diciendo que los viejos amigos no deberían separarse por unas palabras, fruto de una pasión repentina, y deseando que volviera. Meredith me persuadió de acceder, ya que daría más oportunidad para su mejora bajo mis instrucciones diarias; así que volví y seguimos adelante con más fluidez que en algún tiempo atrás. Se obtuvo el trabajo de Nueva Jersey, ideé una prensa de placa de cobre para ello, la primera que se había visto en el país; corté varios ornamentos y marcas para los billetes. Fuimos juntos a Burlington, donde ejecuté todo a satisfacción; y él recibió una suma tan grande por el trabajo que pudo mantenerse a flote mucho más tiempo.
En Burlington hice amistad con muchas personas principales de la provincia. Varios de ellos habían sido nombrados por la Asamblea como comité para asistir a la imprenta y cuidar de que no se imprimieran más billetes de los que la ley disponía. Por lo tanto, estaban, por turnos, constantemente con nosotros, y generalmente el que asistía traía consigo a un amigo o dos para hacer compañía. Habiendo mejorado mi mente mucho más por la lectura que la de Keimer, supongo que fue por esa razón que mi conversación parecía ser más valorada. Me llevaban a sus casas, me presentaban a sus amigos y me mostraban mucha cortesía; mientras que él, aunque fuera el amo, era un poco descuidado. En verdad, era un bicho raro; ignorante de la vida común, aficionado a oponerse rudamente a las opiniones recibidas, desaliñado hasta la suciedad extrema, entusiasta en algunos puntos de la religión y un poco bribón a la vez.
Continuamos allí cerca de tres meses; y para entonces ya podía contar entre mis amigos adquiridos al Juez Allen, Samuel Bustill, secretario de la Provincia, Isaac Pearson, Joseph Cooper, y varios de los Smith, miembros de la Asamblea, e Isaac Decow, el agrimensor general. Este último era un anciano astuto y sagaz, quien me dijo que empezó por su cuenta, cuando era joven, transportando arcilla para los fabricantes de ladrillos, aprendió a escribir después de ser mayor de edad, llevó la cadena para los agrimensores, quienes le enseñaron agrimensura, y ahora había adquirido, por su industria, un buen patrimonio; y dice él: "Preveo que pronto desplazarás a este hombre de su negocio y harás fortuna en él en Filadelfia". Entonces no tenía la menor idea de mi intención de establecerme allí ni en ninguna otra parte. Estos amigos me fueron después de gran utilidad, como yo lo fui ocasionalmente para algunos de ellos. Todos continuaron su aprecio por mí mientras vivieron.
Antes de entrar en mi aparición pública en los negocios, puede ser bueno hacerle saber el estado de mi mente en aquel entonces con respecto a mis principios y moral, para que pueda ver hasta qué punto influyeron en los eventos futuros de mi vida. Mis padres me habían dado pronto impresiones religiosas y me llevaron a través de mi infancia piadosamente en la vía disidente. Pero apenas tenía quince años cuando, después de dudar por turnos de varios puntos, a medida que los encontraba discutidos en los diferentes libros que leía, empecé a dudar de la Revelación misma. Algunos libros contra el deísmo cayeron en mis manos; se decía que eran la sustancia de los sermones predicados en las Conferencias de Boyle. Sucedió que produjeron en mí un efecto totalmente contrario al pretendido por ellos; pues los argumentos de los deístas, que se citaban para ser refutados, me parecieron mucho más fuertes que las refutaciones; en resumen, pronto me convertí en un deísta absoluto. Mis argumentos pervirtieron a algunos otros, particularmente a Collins y Ralph; pero, habiéndome hecho cada uno de ellos después un gran mal sin el menor remordimiento, y recordando la conducta de Keith hacia mí (que era otro librepensador), y la mía hacia Vernon y la señorita Read, lo cual a veces me causaba gran pesar, empecé a sospechar que esta doctrina, aunque pudiera ser verdadera, no era muy útil. Mi panfleto de Londres, que tenía como lema estos versos de Dryden:
"Todo lo que es, es justo. Aunque el hombre cegato Solo ve una parte de la cadena, el eslabón más cercano: Sus ojos no llegan al haz igual Que todo lo equilibra arriba;"
y desde los atributos de Dios, su infinita sabiduría, bondad y poder, concluía que nada podía ser posiblemente incorrecto en el mundo, y que el vicio y la virtud eran distinciones vacías, no existiendo tales cosas, me pareció ahora no una obra tan inteligente como una vez pensé; y dudé si algún error no se habría deslizado inadvertidamente en mi argumento, de modo que infectara todo lo que siguió, como es común en los razonamientos metafísicos.
Me convencí de que la verdad, la sinceridad y la integridad en los tratos entre hombre y hombre eran de la mayor importancia para la felicidad de la vida; y formé resoluciones escritas, que aún permanecen en mi libro de diario, para practicarlas siempre mientras viviera. La Revelación, en efecto, no tenía peso para mí, como tal; pero mantuve la opinión de que, aunque ciertas acciones no pudieran ser malas porque estuvieran prohibidas por ella, o buenas porque las ordenara, sin embargo, probablemente estas acciones podrían estar prohibidas porque eran malas para nosotros, o ser ordenadas porque eran beneficiosas para nosotros, en su propia naturaleza, consideradas todas las circunstancias de las cosas. Y esta persuasión, con la mano bondadosa de la Providencia, o algún ángel guardián, o circunstancias y situaciones favorables accidentales, o todo junto, me preservó, a través de este tiempo peligroso de la juventud y las situaciones azarosas en las que a veces me encontraba entre extraños, lejos de la mirada y el consejo de mi padre, sin ninguna inmoralidad o injusticia deliberada y grave que pudiera haberse esperado de mi falta de religión. Digo deliberada, porque los casos que he mencionado tenían algo de necesidad en ellos, por mi juventud, inexperiencia y la picardía de otros. Tenía, por tanto, un carácter tolerable con el cual empezar en el mundo; lo valoré adecuadamente y decidí preservarlo.
No habíamos regresado hacía mucho a Filadelfia cuando llegaron los nuevos tipos de Londres. Liquidamos con Keimer y lo dejamos con su consentimiento antes de que él se enterara. Encontramos una casa para alquilar cerca del mercado y la tomamos. Para disminuir el alquiler, que era entonces de solo veinticuatro libras al año, aunque desde entonces he sabido que se alquila por setenta, acogimos a Thomas Godfrey, un vidriero, y su familia, quienes debían pagar una parte considerable a nosotros, y nosotros debíamos comer con ellos. Apenas habíamos abierto nuestras letras y puesto nuestra prensa en orden, cuando George House, un conocido mío, nos trajo a un paisano suyo, a quien había conocido en la calle preguntando por un impresor. Todo nuestro efectivo estaba ahora gastado en la variedad de detalles que habíamos tenido que procurar, y los cinco chelines de este paisano, siendo nuestras primicias y llegando tan oportunamente, me dieron más placer que cualquier corona que haya ganado desde entonces; y la gratitud que sentí hacia House me ha hecho a menudo más dispuesto de lo que quizás hubiera sido de otro modo a ayudar a los principiantes.
Hay agoreros en todos los países, siempre presagiando su ruina. Uno de ellos vivía entonces en Filadelfia; una persona notable, un hombre mayor, con aspecto sabio y una manera de hablar muy grave; su nombre era Samuel Mickle. Este caballero, extraño para mí, se detuvo un día en mi puerta y me preguntó si yo era el joven que recientemente había abierto una nueva imprenta. Siendo respondido afirmativamente, dijo que lo sentía por mí, porque era una empresa costosa y el gasto se perdería; pues Filadelfia era un lugar en declive, la gente ya estaba medio en bancarrota, o cerca de estarlo; todas las apariencias en contra, tales como las nuevas construcciones y el aumento de los alquileres, siendo por su conocimiento cierto falaces; pues eran, de hecho, parte de las cosas que pronto nos arruinarían. Y me dio tal detalle de desgracias que ya existían, o que pronto iban a existir, que me dejó medio melancólico. Si lo hubiera conocido antes de comprometerme en este negocio, probablemente nunca lo habría hecho. Este hombre continuó viviendo en este lugar decadente y declamando en el mismo tono, negándose durante muchos años a comprar una casa allí, porque todo iba a la destrucción; y al final tuve el placer de verlo dar cinco veces más por una de lo que podría haberla comprado cuando empezó con sus vaticinios.
Debería haber mencionado antes que, en el otoño del año anterior, había formado a la mayoría de mis ingeniosos conocidos en un club de mejora mutua, que se llamó el Junto; nos reuníamos los viernes por la noche. Las reglas que redacté requerían que cada miembro, en su turno, presentara una o más preguntas sobre cualquier punto de moral, política o filosofía natural, para ser discutidas por la compañía; y una vez cada tres meses presentara y leyera un ensayo de su propia escritura, sobre cualquier tema que deseara. Nuestros debates debían estar bajo la dirección de un presidente y ser conducidos con el espíritu sincero de búsqueda de la verdad, sin afición por la disputa o deseo de victoria; y, para prevenir el calor, todas las expresiones de positividad en las opiniones, o contradicción directa, fueron después de algún tiempo declaradas contrabando y prohibidas bajo pequeñas multas pecuniarias.
Los primeros miembros fueron Joseph Breintnal, un copista de escrituras para los escribanos, un hombre de mediana edad de buen carácter y amistoso, gran amante de la poesía, leyendo todo lo que podía encontrar, y escribiendo algo que era tolerable; muy ingenioso en muchas pequeñas chucherías, y de conversación sensata.
Thomas Godfrey, un matemático autodidacta, grande en su camino, y posteriormente inventor de lo que ahora se llama el Cuadrante de Hadley. Pero sabía poco fuera de su camino y no era un compañero agradable; pues, como la mayoría de los grandes matemáticos que he conocido, esperaba una precisión universal en todo lo que se decía, o estaba siempre negando o distinguiendo sobre pequeñeces, para perturbación de toda conversación. Pronto nos dejó.
Nicholas Scull, un agrimensor, después agrimensor general, que amaba los libros y a veces hacía algunos versos.
William Parsons, criado como zapatero, pero, amante de la lectura, había adquirido una parte considerable de matemáticas, que estudió primero con vistas a la astrología, de la que después se rio. También se convirtió en agrimensor general.
William Maugridge, un carpintero de armar, un mecánico de lo más exquisito, y un hombre sólido y sensato.
Hugh Meredith, Stephen Potts y George Webb los he caracterizado antes.
Robert Grace, un joven caballero de cierta fortuna, generoso, vivaz e ingenioso; amante de los juegos de palabras y de sus amigos.
Y William Coleman, entonces empleado de comerciante, de mi edad, que tenía la cabeza más fría y clara, el mejor corazón y la moral más exacta de casi cualquier hombre que haya conocido. Se convirtió después en un comerciante de gran renombre y uno de nuestros jueces provinciales. Nuestra amistad continuó sin interrupción hasta su muerte, más de cuarenta años; y el club continuó casi tanto tiempo, y fue la mejor escuela de filosofía, moralidad y política que existía entonces en la provincia; pues nuestras preguntas, que se leían la semana anterior a su discusión, nos ponían a leer con atención sobre los diversos temas, para que pudiéramos hablar más al propósito; y aquí, también, adquirimos mejores hábitos de conversación, siendo estudiado todo en nuestras reglas que pudiera evitar que nos disgustáramos unos a otros. De aquí la larga duración del club, de la que tendré frecuentes ocasiones de hablar más adelante.
Pero mi relato de esto aquí es para mostrar algo del interés que tenía, esforzándose cada uno de ellos en recomendarnos trabajo. Breintnal particularmente nos procuró de los cuáqueros la impresión de cuarenta pliegos de su historia, siendo el resto para ser hecho por Keimer; y sobre esto trabajamos extremadamente duro, pues el precio era bajo. Era un folio, tamaño pro patria, en tipos pica, con notas en long primer. Componía de ello un pliego al día, y Meredith lo sacaba en la prensa; a menudo eran las once de la noche, y a veces más tarde, antes de haber terminado mi distribución para el trabajo del día siguiente, pues los pequeños trabajos enviados por nuestros otros amigos nos retrasaban de vez en cuando. Pero estaba tan decidido a continuar haciendo un pliego al día del folio, que una noche, cuando, habiendo compuesto mis formas, pensaba que mi trabajo diario había terminado, una de ellas por accidente se rompió y dos páginas se redujeron a pi, inmediatamente distribuí y compuse de nuevo antes de irme a dormir; y esta industria, visible para nuestros vecinos, empezó a darnos carácter y crédito; particularmente, se me dijo que, al hacerse mención de la nueva imprenta en el club de todas las noches de los comerciantes, la opinión general era que debía fracasar, habiendo ya dos impresores en el lugar, Keimer y Bradford; pero el Dr. Baird (a quien usted y yo vimos muchos años después en su lugar de nacimiento, St. Andrew's en Escocia) dio una opinión contraria: "Pues la industria de ese Franklin", dice él, "es superior a cualquier cosa que haya visto de ese tipo; lo veo aún trabajando cuando regreso del club, y está trabajando de nuevo antes de que sus vecinos estén fuera de la cama". Esto impresionó a los demás, y poco después tuvimos ofertas de uno de ellos para suministrarnos papelería; pero aún no elegimos dedicarnos al negocio de tienda.
[55] Una hoja de 8-1/2 por 13-1/2 pulgadas, que lleva las palabras pro patria en letras translúcidas en el cuerpo del papel. Pica: un tamaño de tipo; como, A B C D: Long Primer: un tamaño de tipo más pequeño; como, A B C D.
[56] Disponer y asegurar páginas o columnas de tipos en un marco rectangular de hierro, listo para la impresión.
[57] Reducido a un completo desorden.
Menciono esta industria de manera más particular y libre, aunque parezca que hablo en mi propia alabanza, para que aquellos de mi posteridad que la lean puedan conocer el uso de esa virtud, cuando vean sus efectos a mi favor a lo largo de este relato.
George Webb, que había encontrado una amiga que le prestó con qué comprar su tiempo a Keimer, vino ahora a ofrecerse como oficial para nosotros. No podíamos emplearlo entonces; pero tontamente le hice saber como un secreto que pronto pensaba comenzar un periódico, y que entonces podría tener trabajo para él. Mis esperanzas de éxito, como le dije, se fundaban en esto, en que el único periódico de entonces, impreso por Bradford, era una cosa insignificante, miserablemente dirigida, de ninguna manera entretenida, y sin embargo le era rentable; por lo tanto, pensé que un buen periódico difícilmente dejaría de recibir un buen estímulo. Le pedí a Webb que no lo mencionara; pero él se lo contó a Keimer, quien inmediatamente, para adelantárseme, publicó propuestas para imprimir uno él mismo, en el cual Webb iba a ser empleado. Me molestó esto; y, para contrarrestarlos, como aún no podía comenzar nuestro periódico, escribí varias piezas de entretenimiento para el periódico de Bradford, bajo el título de The Busy Body, que Breintnal continuó durante algunos meses. Por este medio, la atención del público se fijó en ese periódico, y las propuestas de Keimer, que parodiamos y ridiculizamos, fueron ignoradas. Comenzó su periódico, sin embargo, y, después de llevarlo adelante durante tres cuartos de año, con a lo sumo solo noventa suscriptores, me lo ofreció por una bagatela; y yo, habiendo estado listo algún tiempo para continuar con él, lo tomé en mis manos directamente; y resultó en pocos años extremadamente rentable para mí.
Percibo que soy propenso a hablar en primera persona del singular, aunque nuestra sociedad aún continuaba; la razón puede ser que, de hecho, toda la gestión del negocio recaía sobre mí. Meredith no era cajista, era un mal prensista y rara vez estaba sobrio. Mis amigos lamentaban mi relación con él, pero yo debía sacar el mejor provecho de ella.
Nuestros primeros periódicos tuvieron una apariencia bastante diferente a cualquiera de los anteriores en la provincia; un tipo mejor, y mejor impresos; pero algunos comentarios enérgicos escritos por mí, sobre la disputa que entonces ocurría entre el gobernador Burnet y la Asamblea de Massachusetts, llamaron la atención de las personas principales, hicieron que se hablara mucho del periódico y de su director, y en pocas semanas los llevaron a todos a ser nuestros suscriptores.
Su ejemplo fue seguido por muchos, y nuestro número siguió creciendo continuamente. Este fue uno de los primeros buenos efectos de haber aprendido un poco a garabatear; otro fue que los hombres principales, al ver un periódico ahora en manos de alguien que también podía manejar una pluma, pensaron que era conveniente obligarme y animarme. Bradford todavía imprimía las actas, las leyes y otros asuntos públicos. Había impreso un discurso de la Cámara al gobernador, de una manera tosca y chapucera; nosotros lo reimprimimos de forma elegante y correcta, y enviamos uno a cada miembro. Se dieron cuenta de la diferencia: fortaleció las manos de nuestros amigos en la Cámara, y nos votaron como sus impresores para el año siguiente.
Entre mis amigos en la Cámara no debo olvidar al Sr. Hamilton, mencionado antes, quien había regresado entonces de Inglaterra y tenía un escaño en ella. Él se interesó fuertemente por mí en esa instancia, como lo hizo en muchas otras después, continuando su patrocinio hasta su muerte.[58]
[58] Una vez conseguí 500 libras para su hijo.—Nota marginal.
El Sr. Vernon, alrededor de este tiempo, me recordó la deuda que le debía, pero no me presionó. Le escribí una carta ingenua de reconocimiento, le supliqué su indulgencia un poco más de tiempo, lo cual me concedió, y tan pronto como pude, pagué el capital con intereses, y muchas gracias; así que ese erratum fue en cierto grado corregido.
Pero ahora surgió otra dificultad que nunca tuve la menor razón para esperar. El padre del Sr. Meredith, que debía haber pagado nuestra imprenta, de acuerdo con las expectativas que me dieron, solo pudo adelantar cien libras de la moneda local, que habían sido pagadas; y se debían cien más al comerciante, quien se impacientó y nos demandó a todos. Dimos fianza, pero vimos que, si el dinero no se podía recaudar a tiempo, la demanda pronto llegaría a una sentencia y ejecución, y nuestras esperanzadoras perspectivas debían, junto con nosotros, quedar arruinadas, ya que la prensa y los tipos debían ser vendidos para el pago, quizás a mitad de precio.
En esta angustia, dos verdaderos amigos, cuya amabilidad nunca he olvidado, ni olvidaré jamás mientras pueda recordar algo, vinieron a mí por separado, sin que el uno supiera del otro, y, sin ninguna solicitud de mi parte, ofreciéndose cada uno de ellos a adelantarme todo el dinero que fuera necesario para permitirme tomar todo el negocio por mi cuenta, si eso fuera practicable; pero no les gustaba que continuara la sociedad con Meredith, quien, según decían, era visto a menudo borracho en las calles y jugando a juegos bajos en tabernas, muy para nuestro descrédito. Estos dos amigos eran William Coleman y Robert Grace. Les dije que no podía proponer una separación mientras quedara alguna perspectiva de que los Meredith cumplieran su parte de nuestro acuerdo, porque me consideraba bajo grandes obligaciones hacia ellos por lo que habían hecho, y harían si pudieran; pero, si finalmente fracasaban en su cumplimiento, y nuestra sociedad debía disolverse, entonces me consideraría en libertad de aceptar la asistencia de mis amigos.
Así quedó el asunto por algún tiempo, cuando le dije a mi socio: "Quizás tu padre está insatisfecho con la parte que has tomado en este asunto nuestro, y no está dispuesto a adelantar por ti y por mí lo que haría por ti solo. Si ese es el caso, dímelo, y yo renunciaré a todo en tu favor, y seguiré con mis asuntos". "No", dijo él, "mi padre realmente ha sido decepcionado, y realmente es incapaz; y no estoy dispuesto a angustiarlo más. Veo que este es un negocio para el que no sirvo. Fui criado como granjero, y fue una locura de mi parte venir a la ciudad, y ponerme, a los treinta años, de aprendiz para aprender un oficio nuevo. Muchos de nuestros galeses se van a establecer en Carolina del Norte, donde la tierra es barata. Estoy inclinado a ir con ellos, y seguir mi antiguo empleo. Puedes encontrar amigos que te ayuden. Si tomas las deudas de la compañía sobre ti; devuelves a mi padre las cien libras que ha adelantado; pagas mis pequeñas deudas personales, y me das treinta libras y una silla de montar nueva, renunciaré a la sociedad y dejaré todo en tus manos". Estuve de acuerdo con esta propuesta: fue redactada por escrito, firmada y sellada inmediatamente. Le di lo que exigía, y se fue poco después a Carolina, de donde me envió al año siguiente dos cartas largas, conteniendo la mejor descripción que se había dado de ese país, el clima, el suelo, la agricultura, etc., pues en esos asuntos él era muy juicioso. Las imprimí en los periódicos, y dieron gran satisfacción al público.
Tan pronto como se fue, recurrí a mis dos amigos; y porque no quería dar una preferencia poco amable a ninguno de los dos, tomé la mitad de lo que cada uno había ofrecido y yo necesitaba de uno, y la otra mitad del otro; pagué las deudas de la compañía y continué con el negocio en mi propio nombre, anunciando que la sociedad estaba disuelta. Creo que esto fue en o alrededor del año 1729.
VIII
ÉXITO EN LOS NEGOCIOS Y PRIMER SERVICIO PÚBLICO
Alrededor de este tiempo hubo un clamor entre la gente por más papel moneda, ya que solo había quince mil libras circulando en la provincia, y pronto debían ser retiradas.[59] Los habitantes ricos se opusieron a cualquier adición, estando en contra de toda moneda de papel, por el temor de que se depreciara, como había sucedido en Nueva Inglaterra, en perjuicio de todos los acreedores. Habíamos discutido este punto en nuestra Junto, donde yo estaba del lado de una adición, persuadido de que la primera pequeña suma acuñada en 1723 había hecho mucho bien al aumentar el comercio, el empleo y el número de habitantes en la provincia, ya que ahora veía todas las casas antiguas habitadas, y muchas nuevas siendo construidas: mientras que recordaba bien que, cuando caminé por primera vez por las calles de Filadelfia, comiendo mi panecillo, vi la mayoría de las casas en Walnut Street, entre las calles Second y Front,[60] con carteles en sus puertas, "Se alquila"; y muchas también en Chestnut Street y otras calles, lo que me hizo pensar entonces que los habitantes de la ciudad la estaban abandonando uno tras otro.
[59] Retirado para ser redimido.
[60] Esta parte de Filadelfia es ahora el centro del distrito de negocios mayoristas.
Nuestros debates me poseyeron tan completamente del tema, que escribí e imprimí un panfleto anónimo sobre ello, titulado "_The Nature and Necessity of a Paper Currency_". Fue bien recibido por la gente común en general; pero a los hombres ricos les disgustó, pues aumentó y fortaleció el clamor por más dinero, y como no tenían entre ellos escritores capaces de responderlo, su oposición disminuyó, y el punto fue ganado por una mayoría en la Cámara. Mis amigos allí, que consideraban que yo había sido de alguna utilidad, pensaron conveniente recompensarme empleándome en la impresión del dinero; un trabajo muy rentable y una gran ayuda para mí. Esta fue otra ventaja ganada por mi capacidad de escribir.
La utilidad de esta moneda se volvió por el tiempo y la experiencia tan evidente que nunca después fue muy disputada; de modo que pronto creció a cincuenta y cinco mil libras, y en 1739 a ochenta mil libras, desde lo cual surgió durante la guerra a más de trescientas cincuenta mil libras, aumentando todo el tiempo el comercio, la construcción y los habitantes, aunque ahora pienso que hay límites más allá de los cuales la cantidad puede ser perjudicial.[61]
[61] El papel moneda es una promesa de pagar su valor nominal en oro o plata. Cuando un estado o nación emite más de tales promesas de las que hay posibilidad de redimir, el papel que representa las promesas se deprecia en valor. Antes de que el éxito de las Colonias en la Revolución estuviera asegurado, se necesitaban cientos de dólares de su papel moneda para comprar un par de botas.
Poco después obtuve, a través de mi amigo Hamilton, la impresión del papel moneda de Newcastle, otro trabajo rentable como pensé entonces; las cosas pequeñas parecen grandes a aquellos en circunstancias pequeñas; y estas, para mí, fueron realmente grandes ventajas, ya que fueron grandes estímulos. Él consiguió para mí, también, la impresión de las leyes y actas de ese gobierno, lo cual continuó en mis manos mientras seguí con el negocio.
Ahora abrí una pequeña tienda de papelería. Tenía en ella formularios en blanco de todo tipo, los más correctos que jamás aparecieron entre nosotros, siendo asistido en eso por mi amigo Breintnal. Tenía también papel, pergamino, libros de vendedores ambulantes, etc. Un tal Whitemash, un cajista que había conocido en Londres, un excelente trabajador, vino ahora a mí, y trabajó conmigo constante y diligentemente; y tomé un aprendiz, el hijo de Aquilla Rose.
Comencé ahora gradualmente a pagar la deuda que tenía por la imprenta. Con el fin de asegurar mi crédito y carácter como comerciante, me preocupé no solo de ser en realidad trabajador y frugal, sino de evitar todas las apariencias de lo contrario. Vestía sencillamente; no se me veía en ningún lugar de diversiones ociosas. Nunca salí a pescar o cazar; un libro, de hecho, a veces me seducía de mi trabajo, pero eso era raro, acogedor y no daba escándalo; y, para mostrar que no estaba por encima de mi negocio, a veces traía a casa el papel que compraba en los almacenes a través de las calles en una carretilla. Así, siendo estimado como un joven trabajador y próspero, y pagando debidamente por lo que compraba, los comerciantes que importaban papelería solicitaron mi clientela; otros propusieron abastecerme de libros, y seguí adelante viento en popa. Mientras tanto, el crédito y el negocio de Keimer declinaban diariamente, hasta que al final se vio obligado a vender su imprenta para satisfacer a sus acreedores. Se fue a Barbados, y allí vivió algunos años en condiciones muy precarias.
Su aprendiz, David Harry, a quien yo había instruido mientras trabajaba con él, se estableció en su lugar en Filadelfia, habiendo comprado sus materiales. Al principio temía a un rival poderoso en Harry, ya que sus amigos eran muy capaces y tenían mucho interés. Por lo tanto, le propuse una sociedad, la cual él, afortunadamente para mí, rechazó con desdén. Era muy orgulloso, vestía como un caballero, vivía de forma costosa, se tomaba muchas diversiones y placeres fuera, se endeudó y descuidó su negocio; tras lo cual, todo el negocio lo dejó; y, al no encontrar nada que hacer, siguió a Keimer a Barbados, llevándose la imprenta con él. Allí este aprendiz empleó a su antiguo maestro como oficial; se peleaban a menudo; Harry se atrasaba continuamente, y al fin se vio obligado a vender sus tipos y regresar a su trabajo rural en Pensilvania. La persona que los compró empleó a Keimer para usarlos, pero en pocos años murió.
No quedaba ahora ningún competidor conmigo en Filadelfia más que el antiguo, Bradford; quien era rico y despreocupado, hacía un poco de impresión de vez en cuando con manos errantes, pero no estaba muy ansioso por el negocio. Sin embargo, como él mantenía la oficina de correos, se imaginaba que tenía mejores oportunidades de obtener noticias; su periódico era considerado un mejor distribuidor de anuncios que el mío, y por lo tanto tenía muchos más, lo cual era una cosa rentable para él, y una desventaja para mí; pues, aunque yo recibía y enviaba periódicos por el correo, la opinión pública era otra, pues lo que enviaba era sobornando a los jinetes, quienes los tomaban privadamente, siendo Bradford lo suficientemente poco amable como para prohibirlo, lo que causó cierto resentimiento de mi parte; y pensaba tan mal de él por eso, que, cuando más tarde llegué a su situación, me preocupé de nunca imitarlo.
Hasta entonces había continuado viviendo con Godfrey, quien vivía en una parte de mi casa con su esposa e hijos, y tenía un lado de la tienda para su negocio de vidriero, aunque trabajaba poco, estando siempre absorto en sus matemáticas. La Sra. Godfrey proyectó un casamiento para mí con la hija de un pariente, aprovechó las oportunidades de reunirnos a menudo, hasta que siguió un cortejo serio de mi parte, siendo la chica en sí misma muy merecedora. Los viejos me animaron con continuas invitaciones a cenar, y dejándonos solos, hasta que al fin llegó el momento de explicar. La Sra. Godfrey manejó nuestro pequeño tratado. Le hice saber que esperaba tanto dinero con su hija como para pagar mi deuda restante de la imprenta, que creo que no era entonces más de cien libras. Ella me trajo la noticia de que no tenían tal suma de sobra; dije que podrían hipotecar su casa en la oficina de préstamos. La respuesta a esto, después de algunos días, fue que no aprobaban el matrimonio; que, tras investigar a Bradford, habían sido informados de que el negocio de impresión no era rentable; los tipos pronto se desgastarían, y se necesitarían más; que S. Keimer y D. Harry habían fracasado uno tras otro, y que yo probablemente pronto los seguiría; y, por lo tanto, se me prohibió la casa, y la hija fue encerrada.
Si esto fue un cambio real de sentimiento o solo artificio, bajo la suposición de que estábamos demasiado comprometidos en afecto como para retractarnos, y que por lo tanto deberíamos robar un matrimonio, lo que les dejaría en libertad de dar o retener lo que quisieran, no lo sé; pero sospeché lo último, me resentí y no fui más. La Sra. Godfrey me trajo después algunas noticias más favorables de su disposición, y habría querido atraerme de nuevo; pero declaré absolutamente mi resolución de no tener nada más que ver con esa familia. Esto fue resentido por los Godfrey; diferimos, y se mudaron, dejándome toda la casa, y resolví no tomar más inquilinos.
Pero habiendo este asunto vuelto mis pensamientos al matrimonio, miré a mi alrededor e hice propuestas de conocimiento en otros lugares; pero pronto descubrí que, siendo el negocio de impresor generalmente considerado pobre, no debía esperar dinero con una esposa, a menos que fuera con alguien que no me pareciera agradable de otro modo. Una correspondencia amistosa como vecinos y antiguos conocidos había continuado entre mí y la familia de la Sra. Read, quienes tenían un aprecio por mí desde el tiempo de mi primer alojamiento en su casa. A menudo era invitado allí y consultado en sus asuntos, en los cuales a veces fui de servicio. Me compadecía de la desafortunada situación de la pobre señorita Read, quien estaba generalmente deprimida, rara vez alegre, y evitaba la compañía. Consideré mi mareo e inconstancia cuando estaba en Londres como en gran medida la causa de su infelicidad, aunque la madre fue lo suficientemente buena como para pensar que la culpa era más suya que mía, ya que ella había evitado nuestro matrimonio antes de que yo fuera allí, y persuadido el otro enlace en mi ausencia. Nuestro afecto mutuo fue revivido, pero había ahora grandes objeciones a nuestra unión. El enlace era de hecho considerado como inválido, diciendo que una esposa precedente estaba viviendo en Inglaterra; pero esto no podía ser probado fácilmente, debido a la distancia; y, aunque hubo un reporte de su muerte, no era seguro. Entonces, aunque fuera cierto, él había dejado muchas deudas, que su sucesor podría ser llamado a pagar. Nos aventuramos, sin embargo, por encima de todas estas dificultades, y la tomé por esposa, el 1 de septiembre de 1730. Ninguno de los inconvenientes sucedió que habíamos temido; ella resultó una buena y fiel compañera,[62] me ayudó mucho atendiendo la tienda; prosperamos juntos, y siempre nos hemos esforzado mutuamente por hacernos felices el uno al otro. Así corregí ese gran erratum tan bien como pude.
[62] La Sra. Franklin sobrevivió a su matrimonio más de cuarenta años. La correspondencia de Franklin abunda en evidencia de que su unión fue feliz. "Hemos envejecido juntos, y si ella tiene alguna falta, estoy tan acostumbrado a ellas que no las percibo". Lo siguiente es una estrofa de una de las propias canciones de Franklin escrita para la Junto:
"De sus Cloes y Filis pueden los poetas parlotear, Yo canto a mi sencilla Juana campesina, Estos doce años mi esposa, siempre la alegría de mi vida, Bendito día en que la hice mía".
Alrededor de este tiempo, nuestra reunión del club, no en una taberna, sino en una pequeña habitación del Sr. Grace, apartada para ese propósito, fue hecha una proposición por mí, que, dado que a menudo se recurría a nuestros libros en nuestras disquisiciones sobre las consultas, podría ser conveniente para nosotros tenerlos todos juntos donde nos reuníamos, para que en ocasión pudieran ser consultados; y al agrupar así nuestros libros en una biblioteca común, tendríamos, mientras nos gustara mantenerlos juntos, cada uno de nosotros la ventaja de usar los libros de todos los otros miembros, lo cual sería casi tan beneficioso como si cada uno poseyera todo. Fue del gusto de todos y acordado, y llenamos un extremo de la habitación con tales libros de los que podíamos prescindir mejor. El número no fue tan grande como esperábamos; y aunque habían sido de gran utilidad, sin embargo, ocurriendo algunos inconvenientes por falta del debido cuidado de ellos, la colección, después de aproximadamente un año, fue separada, y cada uno llevó sus libros a casa de nuevo.
Y ahora puse en marcha mi primer proyecto de naturaleza pública, el de una biblioteca de suscripción. Redacté las propuestas, hice que nuestro gran escribano, Brockden, les diera forma y, con la ayuda de mis amigos de la Junto, conseguí cincuenta suscriptores de cuarenta chelines cada uno para empezar, y diez chelines al año durante cincuenta años, el plazo que nuestra compañía debía continuar. Más tarde obtuvimos una carta constitucional, al aumentar la compañía a cien miembros: esta fue la madre de todas las bibliotecas de suscripción de América del Norte, ahora tan numerosas. Se ha convertido en una gran cosa en sí misma, y continuamente aumenta. Estas bibliotecas han mejorado la conversación general de los estadounidenses, han hecho que los comerciantes comunes y los agricultores sean tan inteligentes como la mayoría de los caballeros de otros países, y quizás han contribuido en algún grado a la postura tan generalmente adoptada en todas las colonias en defensa de sus privilegios.[63]
Mem°. Hasta aquí se escribió con la intención expresada al principio y, por lo tanto, contiene varias pequeñas anécdotas familiares de ninguna importancia para otros. Lo que sigue fue escrito muchos años después en cumplimiento del consejo contenido en estas cartas y, en consecuencia, destinado al público. Los asuntos de la Revolución causaron la interrupción.[64]
[63] Aquí termina la primera parte de la Autobiografía, escrita en Twyford en 1771. La segunda parte, que sigue, fue escrita en Passy en 1784.
[64] Después de este memorando, Franklin insertó cartas de Abel James y Benjamin Vaughan, instándolo a continuar su Autobiografía.
[_Continuación del Relato de mi Vida, comenzado en Passy, cerca de París, 1784._]
Hace algún tiempo que recibí las cartas anteriores, pero he estado demasiado ocupado hasta ahora para pensar en cumplir con la solicitud que contienen. También podría hacerse mucho mejor si estuviera en casa entre mis papeles, lo que ayudaría a mi memoria y serviría para verificar fechas; pero siendo mi regreso incierto, y teniendo justo ahora un poco de ocio, me esforzaré por recordar y escribir lo que pueda; si vivo para llegar a casa, allí podrá ser corregido y mejorado.
No teniendo aquí ninguna copia de lo ya escrito, no sé si se ha dado cuenta de los medios que utilicé para establecer la biblioteca pública de Filadelfia, la cual, desde un pequeño comienzo, se ha vuelto ahora tan considerable, aunque recuerdo haber llegado casi hasta el tiempo de esa transacción (1730). Por lo tanto, comenzaré aquí con un relato de ella, que podrá ser eliminado si se encuentra que ya ha sido dado.
En la época en que me establecí en Pensilvania, no había una buena librería en ninguna de las colonias al sur de Boston. En Nueva York y Filadelfia, los impresores eran en verdad papeleros; solo vendían papel, etc., almanaques, baladas y unos pocos libros escolares comunes. Aquellos que amaban la lectura estaban obligados a enviar a pedir sus libros desde Inglaterra; los miembros de la Junto tenían cada uno unos pocos. Habíamos dejado la taberna donde nos reuníamos primero y alquilamos una habitación para celebrar nuestras reuniones. Propuse que todos lleváramos nuestros libros a esa habitación, donde no solo estarían listos para consultar en nuestras conferencias, sino que se convertirían en un beneficio común, siendo cada uno de nosotros libre de tomar prestados los que deseara leer en casa. Esto se hizo en consecuencia, y por un tiempo nos satisfizo.
Al encontrar la ventaja de esta pequeña colección, propuse hacer más común el beneficio de los libros, comenzando una biblioteca pública de suscripción. Redacté un esbozo del plan y las reglas que serían necesarias, y conseguí que un hábil abogado, el Sr. Charles Brockden, pusiera todo en forma de artículos de acuerdo para ser suscritos, por los cuales cada suscriptor se comprometía a pagar una suma determinada al contado para la primera compra de libros, y una contribución anual para aumentarlos. Tan pocos eran los lectores en aquel entonces en Filadelfia, y la mayoría de nosotros tan pobres, que no fui capaz, con gran esfuerzo, de encontrar más de cincuenta personas, en su mayoría jóvenes comerciantes, dispuestas a pagar al contado para este fin cuarenta chelines cada uno, y diez chelines por año. Con este pequeño fondo comenzamos. Los libros fueron importados; la biblioteca se abría un día a la semana para prestar a los suscriptores, bajo sus pagarés de abonar el doble del valor si no eran devueltos debidamente. La institución pronto manifestó su utilidad, fue imitada por otras ciudades y en otras provincias. Las bibliotecas fueron aumentadas por donaciones; la lectura se puso de moda; y nuestra gente, al no tener diversiones públicas que distrajeran su atención del estudio, se familiarizó mejor con los libros y, en pocos años, los extraños observaron que estaban mejor instruidos y eran más inteligentes que las personas del mismo rango generalmente en otros países.
Cuando estábamos a punto de firmar los artículos mencionados anteriormente, que debían ser vinculantes para nosotros, nuestros herederos, etc., durante cincuenta años, el Sr. Brockden, el escribano, nos dijo: "Ustedes son hombres jóvenes, pero es apenas probable que alguno de ustedes viva para ver el vencimiento del plazo fijado en el instrumento". Varios de nosotros, sin embargo, todavía estamos vivos; pero el instrumento fue, después de unos pocos años, anulado por una carta constitucional que incorporó y dio perpetuidad a la compañía.
Las objeciones y reticencias que encontré al solicitar las suscripciones me hicieron sentir pronto la inconveniencia de presentarse uno mismo como el proponente de cualquier proyecto útil que pudiera suponerse que aumenta la propia reputación en el menor grado por encima de la de los vecinos, cuando uno necesita su ayuda para llevar a cabo dicho proyecto. Por lo tanto, me puse tanto como pude fuera de la vista, y lo expuse como un plan de un número de amigos que me habían solicitado que fuera y lo propusiera a quienes consideraban amantes de la lectura. De esta manera, mi asunto avanzó más suavemente, y desde entonces lo practiqué siempre en tales ocasiones; y, por mis frecuentes éxitos, puedo recomendarlo de todo corazón. El pequeño sacrificio actual de su vanidad será después ampliamente recompensado. Si permanece un tiempo incierto a quién pertenece el mérito, alguien más vanidoso que usted se sentirá alentado a reclamarlo, y entonces incluso la envidia estará dispuesta a hacerle justicia arrancando esas plumas asumidas y restaurándolas a su legítimo dueño.
Esta biblioteca me proporcionó los medios de mejora mediante el estudio constante, para lo cual reservaba una o dos horas cada día, y así reparé en algún grado la pérdida de la educación culta que mi padre alguna vez pretendió para mí. La lectura era la única diversión que me permitía. No pasaba tiempo en tabernas, juegos o juergas de ninguna clase; y mi diligencia en mi negocio continuó siendo tan infatigable como necesaria. Estaba endeudado por mi imprenta; tenía una familia joven que empezaba a crecer y debía educar, y tenía que luchar por el negocio con dos impresores que estaban establecidos en el lugar antes que yo. Mis circunstancias, sin embargo, mejoraron diariamente. Mis hábitos originales de frugalidad continuaron, y habiendo mi padre, entre sus instrucciones para mí cuando era niño, repetido frecuentemente un proverbio de Salomón: "Mira al hombre diligente en su oficio, él estará ante los reyes, no estará ante los hombres viles", desde entonces consideré la industria como un medio para obtener riqueza y distinción, lo cual me alentó, aunque no pensé que alguna vez literalmente estaría ante los reyes, lo cual, sin embargo, ha sucedido desde entonces; pues he estado ante cinco, e incluso tuve el honor de sentarme a cenar con uno, el Rey de Dinamarca.
Tenemos un proverbio inglés que dice: "_El que quiera prosperar, debe preguntárselo a su esposa_". Fue una suerte para mí tener una tan dispuesta a la industria y la frugalidad como yo. Ella me ayudaba alegremente en mi negocio, doblando y cosiendo folletos, atendiendo la tienda, comprando trapos de lino viejo para los fabricantes de papel, etc., etc. No manteníamos sirvientes ociosos, nuestra mesa era sencilla y simple, nuestros muebles de los más baratos. Por ejemplo, mi desayuno fue durante mucho tiempo pan y leche (nada de té), y lo comía en una escudilla de barro de dos peniques, con una cuchara de estaño. Pero noten cómo el lujo entra en las familias y hace progresos, a pesar de los principios: habiendo sido llamado una mañana a desayunar, ¡lo encontré en un cuenco de porcelana, con una cuchara de plata! Habían sido comprados para mí sin mi conocimiento por mi esposa, y le habían costado la enorme suma de veintitrés chelines, por lo cual no tenía otra excusa o disculpa que dar, más que pensaba que su marido merecía una cuchara de plata y un cuenco de porcelana tanto como cualquiera de sus vecinos. Esta fue la primera aparición de plata y porcelana en nuestra casa, lo cual después, en el transcurso de los años, a medida que nuestra riqueza aumentó, se incrementó gradualmente hasta varios cientos de libras en valor.
Había sido educado religiosamente como presbiteriano; y aunque algunos de los dogmas de esa persuasión, tales como los decretos eternos de Dios, la elección, la reprobación, etc., me parecían ininteligibles, otros dudosos, y desde temprano me ausenté de las asambleas públicas de la secta, siendo el domingo mi día de estudio, nunca estuve sin algunos principios religiosos. Nunca dudé, por ejemplo, de la existencia de la Deidad; que Él hizo el mundo y lo gobierna por su Providencia; que el servicio más aceptable de Dios era hacer el bien al hombre; que nuestras almas son inmortales; y que todo crimen será castigado y la virtud recompensada, ya sea aquí o en el más allá. Estos los consideraba los elementos esenciales de toda religión; y, al encontrarse en todas las religiones que teníamos en nuestro país, las respetaba a todas, aunque con diferentes grados de respeto, según las encontraba más o menos mezcladas con otros artículos que, sin ninguna tendencia a inspirar, promover o confirmar la moralidad, servían principalmente para dividirnos y hacernos poco amistosos los unos con los otros. Este respeto por todas, junto con la opinión de que la peor tenía algunos buenos efectos, me indujo a evitar todo discurso que pudiera tender a disminuir la buena opinión que otro pudiera tener de su propia religión; y a medida que nuestra provincia aumentaba en población, y continuamente se necesitaban nuevos lugares de culto, y generalmente se erigían por contribución voluntaria, mi contribución para tal propósito, fuera cual fuera la secta, nunca fue rechazada.
Aunque rara vez asistía a algún culto público, todavía tenía una opinión de su propiedad y de su utilidad cuando se conducía correctamente, y pagaba regularmente mi suscripción anual para el apoyo del único ministro o reunión presbiteriana que teníamos en Filadelfia. Solía visitarme a veces como amigo y me amonestaba a asistir a sus administraciones, y de vez en cuando me dejaba persuadir para hacerlo, una vez durante cinco domingos consecutivos. Si hubiera sido en mi opinión un buen predicador, quizás habría continuado,[65] a pesar de la ocasión que tenía para el ocio del domingo en mi curso de estudio; pero sus discursos eran principalmente argumentos polémicos o explicaciones de las doctrinas peculiares de nuestra secta, y eran todos para mí muy áridos, poco interesantes y poco edificantes, ya que no se inculcaba ni se reforzaba un solo principio moral, pareciendo que su objetivo era más bien hacernos presbiterianos que buenos ciudadanos.
[65] Franklin expresó un punto de vista diferente sobre el deber de asistir a la iglesia más tarde.
Al final, tomó por texto aquel versículo del cuarto capítulo de Filipenses: "_Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad_". Y me imaginé que, en un sermón sobre tal texto, no podíamos dejar de tener algo de moralidad. Pero se limitó a cinco puntos únicamente, según lo que quería decir el apóstol, a saber: 1. Santificar el día de reposo. 2. Ser diligente en la lectura de las sagradas Escrituras. 3. Asistir debidamente al culto público. 4. Participar del Sacramento. 5. Prestar el debido respeto a los ministros de Dios. Estas podrían ser todas buenas cosas; pero, como no eran el tipo de buenas cosas que yo esperaba de aquel texto, desesperé de encontrarlas alguna vez en cualquier otro, me disgusté y no asistí más a su predicación. Algunos años antes había compuesto una pequeña Liturgia, o forma de oración, para mi uso privado (a saber, en 1728), titulada, _Artículos de Creencia y Actos de Religión_. Volví al uso de esta y no fui más a las asambleas públicas. Mi conducta podría ser censurable, pero la dejo así, sin intentar excusarla más; siendo mi propósito actual relatar hechos, y no hacer disculpas por ellos.
IX
PLAN PARA ALCANZAR LA PERFECCIÓN MORAL
Fue alrededor de este tiempo que concebí el audaz y arduo proyecto de alcanzar la perfección moral. Deseaba vivir sin cometer ninguna falta en ningún momento; quería conquistar todo lo que la inclinación natural, la costumbre o la compañía pudieran inducirme a hacer. Como sabía, o pensaba que sabía, lo que era correcto y lo que estaba mal, no veía por qué no podría hacer siempre lo primero y evitar lo segundo. Pero pronto descubrí que había emprendido una tarea de mayor dificultad de la que había imaginado.[66] Mientras mi cuidado estaba empleado en protegerme contra una falta, a menudo era sorprendido por otra; el hábito sacaba ventaja de la falta de atención; la inclinación era a veces demasiado fuerte para la razón. Concluí, al final, que la mera convicción especulativa de que era nuestro interés ser completamente virtuosos, no era suficiente para evitar que resbaláramos; y que los hábitos contrarios deben romperse, y los buenos adquirirse y establecerse, antes de que podamos depender de una rectitud de conducta constante y uniforme. Para este propósito, pues, ideé el siguiente método.
[66] Compare Filipenses iv, 8.
En las diversas enumeraciones de las virtudes morales que había encontrado en mis lecturas, encontré el catálogo más o menos numeroso, según diferentes escritores incluían más o menos ideas bajo el mismo nombre. La templanza, por ejemplo, era por algunos limitada al comer y beber, mientras que por otros se extendía a significar la moderación de cualquier otro placer, apetito, inclinación o pasión, corporal o mental, incluso nuestra avaricia y ambición. Me propuse, para mayor claridad, usar más nombres, con menos ideas anexas a cada uno, que pocos nombres con más ideas; e incluí bajo trece nombres de virtudes todo lo que en aquel momento se me ocurrió como necesario o deseable, y anexé a cada uno un breve precepto, que expresaba completamente la extensión que daba a su significado.
Estos nombres de virtudes, con sus preceptos, eran:
1. Templanza.
No comas hasta la pesadez; no bebas hasta la elevación.
2. Silencio.
No hables más que lo que pueda beneficiar a otros o a ti mismo; evita la conversación trivial.
3. Orden.
Que todas tus cosas tengan su lugar; que cada parte de tu negocio tenga su tiempo.
4. Resolución.
Resuélvete a realizar lo que debes; realiza sin falta lo que resuelves.
5. Frugalidad.
No hagas gasto sino para hacer bien a otros o a ti mismo; es decir, no desperdicies nada.
6. Industria.
No pierdas tiempo; mantente siempre empleado en algo útil; corta todas las acciones innecesarias.
7. Sinceridad.
No uses engaños dañinos; piensa inocente y justamente; y, si hablas, habla de acuerdo con ello.
8. Justicia.
No perjudiques a nadie haciendo daños, u omitiendo los beneficios que son tu deber.
9. Moderación.
Evita los extremos; abstente de resentir los daños tanto como crees que merecen.
10. Limpieza.
No toleres ninguna suciedad en el cuerpo, la ropa o la habitación.
11. Tranquilidad.
No te alteres por pequeñeces, o por accidentes comunes o inevitables.
12. Castidad.
Raramente uses la venereidad sino para salud o descendencia; nunca hasta la pesadez, la debilidad o el perjuicio de tu paz o reputación o la de otro.
13. Humildad.
Imita a Jesús y a Sócrates.
Siendo mi intención adquirir el hábito de todas estas virtudes, juzgué que sería bueno no distraer mi atención intentando todas a la vez, sino fijarla en una de ellas a la vez; y, cuando fuera maestro de esa, entonces proceder a otra, y así sucesivamente, hasta haber pasado por las trece; y, como la adquisición previa de algunas podría facilitar la adquisición de ciertas otras, las dispuse con ese fin, como aparecen arriba. La templanza primero, ya que tiende a procurar esa frescura y claridad de cabeza que es tan necesaria donde debía mantenerse una vigilancia constante, y guardia mantenida contra la atracción incesante de los antiguos hábitos y la fuerza de las tentaciones perpetuas. Siendo esto adquirido y establecido, el Silencio sería más fácil; y siendo mi deseo ganar conocimiento al mismo tiempo que mejoraba en virtud, y considerando que en la conversación se obtenía más por el uso de los oídos que de la lengua, y deseando por tanto romper un hábito que estaba adquiriendo de parlotear, hacer juegos de palabras y bromear, lo cual solo me hacía aceptable para la compañía trivial, le di al Silencio el segundo lugar. Esto y lo siguiente, el Orden, esperaba que me permitieran más tiempo para atender mi proyecto y mis estudios. La Resolución, una vez convertida en hábito, me mantendría firme en mis esfuerzos por obtener todas las virtudes subsiguientes; la Frugalidad y la Industria, liberándome de mi deuda restante y produciendo abundancia e independencia, harían más fácil la práctica de la Sinceridad y la Justicia, etc., etc. Concibiendo entonces que, de acuerdo con el consejo de Pitágoras[67] en sus Versos Dorados, sería necesario un examen diario, ideé el siguiente método para realizar ese examen.
Hice un pequeño libro, en el que asigné una página para cada una de las virtudes.[68] Pauté cada página con tinta roja, de modo que tuviera siete columnas, una para cada día de la semana, marcando cada columna con una letra para el día. Crucé estas columnas con trece líneas rojas, marcando el comienzo de cada línea con la primera letra de una de las virtudes, línea en la cual, y en su columna adecuada, podría marcar, con un pequeño punto negro, cada falta que al examinar encontrara que había sido cometida respecto a esa virtud en ese día.
[67] Un famoso filósofo griego, que vivió alrededor de 582-500 a. C. Los Versos Dorados aquí atribuidos a él son probablemente de origen posterior. "El tiempo que él recomienda para este trabajo es alrededor de la tarde o la hora de acostarse, para que podamos concluir la acción del día con el juicio de la conciencia, haciendo del examen de nuestra conversación una canción vespertina a Dios".
[68] Este "pequeño libro" está fechado el 1 de julio de 1733.--W. T. F.
Forma de las páginas.
TEMPLANZA.
NO COMAS HASTA LA PESADEZ. NO BEBAS HASTA LA ELEVACIÓN.
Determiné dedicar una semana de estricta atención a cada una de las virtudes sucesivamente. Así, en la primera semana, mi gran guardia debía ser evitar hasta la más mínima ofensa contra la Templanza, dejando las otras virtudes a su azar ordinario, solo marcando cada tarde las faltas del día. De este modo, si en la primera semana lograba mantener mi primera línea, marcada con T, libre de manchas, suponía que el hábito de esa virtud estaba tan fortalecido, y su opuesto debilitado, que podría aventurarme a extender mi atención para incluir la siguiente, y durante la semana siguiente mantener ambas líneas libres de manchas. Procediendo así hasta la última, podría completar un curso en trece semanas, y cuatro cursos en un año. Y al igual que quien, teniendo un jardín que deshierbar, no intenta erradicar todas las malas hierbas a la vez, lo cual excedería su alcance y su fuerza, sino que trabaja en uno de los bancales cada vez, y, habiendo logrado el primero, procede a un segundo, así yo tendría, esperaba, el alentador placer de ver en mis páginas el progreso que hacía en la virtud, limpiando sucesivamente mis líneas de sus manchas, hasta que al final, mediante una serie de cursos, sería feliz al ver un libro limpio, después de trece semanas de examen diario.
Este pequeño libro mío tenía por lema estos versos del Catón de Addison:
"Aquí me mantendré. Si hay un poder sobre nosotros (Y que lo hay, toda la naturaleza clama en voz alta A través de todas sus obras), Él debe deleitarse en la virtud; Y aquello en lo que Él se deleita debe ser feliz."
Otro de Cicerón,
"O vitæ Philosophia dux! O virtutum indagatrix expultrixque vitiorum! Unus dies, bene et ex præceptis tuis actus, peccanti immortalitati est anteponendus."[69]
[69] "¡Oh filosofía, guía de la vida! ¡Oh buscadora de la virtud y exterminadora del vicio! Un día pasado bien y de acuerdo con tus preceptos es preferible a una inmortalidad de pecado."--Cuestiones Tusculanas, Libro V.
Otro de los Proverbios de Salomón, hablando de la sabiduría o la virtud:
"Largura de días está en su mano derecha; en su izquierda, riquezas y honra. Sus caminos son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz." iii. 16, 17.
Y concibiendo a Dios como la fuente de la sabiduría, pensé que era correcto y necesario solicitar su asistencia para obtenerla; con este fin formé la siguiente pequeña oración, que fue puesta como prefacio a mis tablas de examen, para uso diario.
"_¡Oh poderosa Bondad! ¡Padre generoso! ¡Guía misericordioso! Aumenta en mí esa sabiduría que descubre mi interés más verdadero. Fortalece mis resoluciones para cumplir lo que esa sabiduría dicta. Acepta mis buenos oficios hacia tus otros hijos como la única retribución en mi poder por tus continuos favores hacia mí_."
Usaba también a veces una pequeña oración que tomé de los Poemas de Thomson, a saber:
"¡Padre de la luz y de la vida, tú, Bien Supremo! ¡Oh, enséñame lo que es bueno; enséñame a Ti mismo! Sálvame de la locura, la vanidad y el vicio, De toda búsqueda baja; y llena mi alma Con conocimiento, paz consciente y virtud pura; ¡Bienaventuranza sagrada, sustancial y nunca marchita!"
El precepto del Orden requiriendo que _cada parte de mis asuntos tuviera su tiempo asignado_, una página en mi pequeño libro contenía el siguiente esquema de empleo para las veinticuatro horas de un día natural.
{ 5} Levantarse, lavarse y dirigirse { 6} ¡Poderosa Bondad! La Mañana. { } Planear los asuntos Pregunta. ¿Qué bien { } del día, y tomar la haré hoy? { } resolución del día; { 7} realizar el estudio { } presente, y desayunar.
8} 9} Trabajo. 10} 11}
Mediodía. {12} Leer, o revisar mis { 1} cuentas, y almorzar.
2} 3} Trabajo. 4} 5} Tarde. { 6} Poner las cosas en sus Pregunta. ¿Qué bien { 7} lugares. Cena. Música he hecho hoy? { 8} o diversión, o conversación. { 9} Examen del { } día.
Noche. {10} Dormir. {11} {12} { 1} { 2} { 3} { 4}
Comencé la ejecución de este plan de autoexamen, y lo continué con intermitencias ocasionales durante algún tiempo. Me sorprendió encontrarme mucho más lleno de faltas de lo que había imaginado; pero tuve la satisfacción de verlas disminuir. Para evitar la molestia de renovar de vez en cuando mi pequeño libro, el cual, al raspar las marcas en el papel de las viejas faltas para dejar espacio a las nuevas en un nuevo curso, se llenaba de agujeros, transferí mis tablas y preceptos a las hojas de marfil de una libreta de notas, en la que las líneas estaban trazadas con tinta roja, que dejaba una mancha duradera, y sobre esas líneas marcaba mis faltas con un lápiz de plomo negro, marcas que podía borrar fácilmente con una esponja húmeda. Después de un tiempo, hice un solo curso al año, y más tarde solo uno en varios años, hasta que al final los omití por completo, al estar empleado en viajes y negocios en el extranjero, con una multiplicidad de asuntos que interferían; pero siempre llevaba mi pequeño libro conmigo.
Mi esquema de Orden me dio la mayor parte del trabajo;[70] y descubrí que, aunque podría ser practicable cuando el negocio de un hombre es tal que le permite la disposición de su tiempo, el de un impresor oficial, por ejemplo, no era posible que fuera observado exactamente por un maestro, quien debe mezclarse con el mundo y, a menudo, recibir a personas de negocios en sus propios horarios. El Orden, también, con respecto a los lugares para las cosas, papeles, etc., me resultó extremadamente difícil de adquirir. No me había acostumbrado a ello desde temprano, y, teniendo una memoria extremadamente buena, no era tan consciente del inconveniente que conlleva la falta de método. Este artículo, por lo tanto, me costó tanta atención dolorosa, y mis faltas en él me molestaban tanto, y hice tan poco progreso en la enmienda, y tuve recaídas tan frecuentes, que estuve casi a punto de abandonar el intento y contentarme con un carácter defectuoso en ese aspecto, como el hombre que, al comprar un hacha a un herrero, mi vecino, deseaba tener toda su superficie tan brillante como el filo. El herrero accedió a pulirla hasta que brillara si él giraba la rueda; él giraba, mientras el herrero presionaba la cara ancha del hacha con fuerza y pesadez sobre la piedra, lo que hacía que girarla fuera muy fatigoso. El hombre venía de vez en cuando de la rueda para ver cómo iba el trabajo, y al final quiso llevarse su hacha tal como estaba, sin más pulido. "No", dijo el herrero, "siga girando, siga girando; la tendremos brillante poco a poco; por ahora, solo está moteada". "Sí", dice el hombre, "pero creo que prefiero un hacha moteada". Y creo que este puede haber sido el caso de muchos, quienes, habiendo encontrado, por falta de tales medios como los que yo empleé, la dificultad de obtener buenos hábitos y romper los malos en otros puntos de vicio y virtud, han abandonado la lucha y concluido que "un hacha moteada era lo mejor"; pues algo, que pretendía ser la razón, me sugería de vez en cuando que tal delicadeza extrema como la que me exigía a mí mismo podría ser una especie de afectación en la moral, que, si se supiera, me haría ridículo; que un carácter perfecto podría conllevar el inconveniente de ser envidiado y odiado; y que un hombre benevolente debería permitirse algunas faltas para mantener a sus amigos en confianza.
[70] El profesor McMaster nos dice que cuando Franklin era agente estadounidense en Francia, su falta de orden en los negocios era una fuente de molestia para sus colegas y amigos. "Los extraños que venían a verlo se quedaban asombrados al ver papeles de la mayor importancia esparcidos de la manera más descuidada sobre la mesa y el suelo."
En verdad, me encontré incorregible con respecto al Orden; y ahora que he envejecido y mi memoria es mala, siento muy sensiblemente la falta de él. Pero, en conjunto, aunque nunca llegué a la perfección que tanto había ambicionado obtener, sino que me quedé muy lejos de ella, sin embargo fui, por el esfuerzo, un hombre mejor y más feliz de lo que de otro modo habría sido si no lo hubiera intentado; como aquellos que aspiran a una escritura perfecta imitando las copias grabadas, aunque nunca alcanzan la excelencia deseada de esas copias, su mano mejora con el esfuerzo, y es tolerable mientras siga siendo clara y legible.
Puede ser bueno que mi posteridad sea informada de que a este pequeño artificio, con la bendición de Dios, su antepasado debió la constante felicidad de su vida, hasta su año 79, en el que esto está escrito. Qué reveses pueden esperar al resto está en manos de la Providencia; pero, si llegan, la reflexión sobre la felicidad pasada disfrutada debería ayudarle a sobrellevarlos con más resignación. A la Templanza atribuye su salud prolongada, y lo que aún le queda de una buena constitución; a la Industria y la Frugalidad, la temprana facilidad de sus circunstancias y la adquisición de su fortuna, con todo ese conocimiento que le permitió ser un ciudadano útil, y obtuvo para él cierto grado de reputación entre los eruditos; a la Sinceridad y la Justicia, la confianza de su país, y los empleos honorables que le confirió; y a la influencia conjunta de toda la masa de las virtudes,[71] incluso en el estado imperfecto en que pudo adquirirlas, toda esa ecuanimidad de temperamento, y esa alegría en la conversación, que hace que su compañía sea aún buscada, y agradable incluso para sus conocidos más jóvenes. Espero, por tanto, que alguno de mis descendientes siga el ejemplo y coseche el beneficio.
[71] Si bien no puede haber duda de que la mejora moral y la felicidad de Franklin se debieron a la práctica de estas virtudes, la mayoría de las personas estará de acuerdo en que tendremos que ir más allá de su plan para encontrar el motivo impulsor hacia una vida virtuosa. La propia sugerencia de Franklin de que el esquema suena a "afectación en la moral" parece justificada. Woodrow Wilson lo expresa bien: "Los hombres no se encienden con tales pensamientos, a menos que algo más profundo, que falta aquí, brille a través de ellos. Lo que pudo haber parecido al siglo XVIII un sistema de moral nos parece a nosotros nada más vital que una colección de preceptos de sentido común y conducta sana. Lo que lo redime de la pequeñez en este libro es el alcance del poder y de la utilidad que se puede ver en el propio Franklin, quien estableció estos estándares con toda seriedad y franqueza para su propia vida." Véase Gálatas, capítulo V, para el plan cristiano de perfección moral.
Se observará que, aunque mi esquema no estaba totalmente desprovisto de religión, no había en él ninguna marca de ninguno de los principios distintivos de ninguna secta en particular. Los había evitado a propósito; pues, estando plenamente persuadido de la utilidad y excelencia de mi método, y de que podría ser útil a personas de todas las religiones, e intentando tarde o temprano publicarlo, no quería que hubiera nada en él que pudiera predisponer a nadie, de cualquier secta, en su contra. Me propuse escribir un pequeño comentario sobre cada virtud, en el que habría mostrado las ventajas de poseerla y los males que conlleva su vicio opuesto; y habría llamado a mi libro El Arte de la Virtud,[72] porque habría mostrado los medios y la manera de obtener la virtud, lo que lo habría distinguido de la mera exhortación a ser bueno, que no instruye ni indica los medios, sino que es como el hombre de caridad verbal del apóstol, quien, sin mostrar al desnudo y al hambriento cómo o dónde podrían conseguir ropa o víveres, les exhortaba a ser alimentados y vestidos.--Santiago ii. 15, 16.
[72] Nada es tan probable que haga la fortuna de un hombre como la virtud.--Nota marginal.
Pero sucedió que mi intención de escribir y publicar este comentario nunca se cumplió. De hecho, de vez en cuando, anoté breves indicios de los sentimientos, razonamientos, etc., que se utilizarían en él, algunos de los cuales todavía conservo; pero la necesaria atención estrecha a los asuntos privados en la primera parte de mi vida, y los asuntos públicos después, han ocasionado que lo posponga; pues, estando conectado en mi mente con un proyecto grande y extenso, que requería al hombre entero para ejecutarlo, y que una sucesión imprevista de empleos me impidió atender, ha permanecido hasta ahora sin terminar.
En esta pieza fue mi diseño explicar y hacer cumplir esta doctrina, que las acciones viciosas no son dañinas porque están prohibidas, sino prohibidas porque son dañinas, considerada solo la naturaleza del hombre; que era, por lo tanto, interés de todos ser virtuosos si deseaban ser felices incluso en este mundo; y debería haber intentado convencer a los jóvenes (habiendo siempre en el mundo un número de ricos comerciantes, nobleza, estados y príncipes, que tienen necesidad de instrumentos honestos para la gestión de sus asuntos, y siendo tales tan raros) de que ninguna cualidad era tan probable que hiciera la fortuna de un hombre pobre como las de probidad e integridad.
Mi lista de virtudes contenía al principio solo doce; pero un amigo cuáquero habiéndome informado amablemente de que generalmente se pensaba que yo era orgulloso; que mi orgullo se mostraba con frecuencia en la conversación; que no me contentaba con tener la razón al discutir cualquier punto, sino que era dominante y más bien insolente, de lo cual me convenció mencionando varios ejemplos; determiné intentar curarme, si podía, de este vicio o locura entre el resto, y añadí Humildad a mi lista, dando un significado extenso a la palabra.
No puedo presumir de mucho éxito en la adquisición de la realidad de esta virtud, pero tuve mucho con respecto a la apariencia de ella. Hice una regla evitar toda contradicción directa a los sentimientos de los demás, y toda afirmación positiva de los míos. Incluso me prohibí, de acuerdo con las antiguas leyes de nuestra Junto, el uso de cada palabra o expresión en el lenguaje que importara una opinión fija, tales como ciertamente, indudablemente, etc., y adopté, en su lugar, _concibo, comprendo o imagino_ que una cosa es de tal o cual manera; o así me parece a mí en el presente. Cuando otro afirmaba algo que yo pensaba que era un error, me negaba el placer de contradecirlo bruscamente, y de mostrar inmediatamente algún absurdo en su proposición; y al responder comenzaba observando que en ciertos casos o circunstancias su opinión sería correcta, pero en el caso presente parecía o me parecía a mí alguna diferencia, etc. Pronto encontré la ventaja de este cambio en mi manera; las conversaciones en las que participaba transcurrían más agradablemente. La manera modesta en que proponía mis opiniones les procuraba una recepción más pronta y menos contradicción; tenía menos mortificación cuando se descubría que yo estaba equivocado, y prevalecía más fácilmente con otros para que abandonaran sus errores y se unieran a mí cuando sucedía que yo tenía la razón.
Y este modo, que al principio me puse con cierta violencia a la inclinación natural, se volvió al final tan fácil y tan habitual para mí, que quizás durante estos últimos cincuenta años nadie ha escuchado jamás una expresión dogmática escaparse de mí. Y a este hábito (después de mi carácter de integridad) creo que se debe principalmente que tuve desde temprano tanto peso con mis conciudadanos cuando proponía nuevas instituciones, o alteraciones en las antiguas, y tanta influencia en los consejos públicos cuando me convertí en miembro; pues yo era un mal orador, nunca elocuente, sujeto a mucha vacilación en mi elección de palabras, apenas correcto en el lenguaje, y, sin embargo, generalmente lograba mis puntos.
En realidad, quizás no hay ninguna de nuestras pasiones naturales tan difícil de domar como el orgullo. Disfrázalo, lucha con él, golpéalo, escóndelo, mortifícalo tanto como uno quiera, sigue vivo, y de vez en cuando asomará y se mostrará; lo verás, quizás, a menudo en esta historia; pues, incluso si pudiera concebir que lo había superado por completo, probablemente estaría orgulloso de mi humildad.
[Escrito hasta aquí en Passy, 1784.]
[_"Estoy ahora a punto de escribir en casa, agosto de 1788, pero no puedo tener la ayuda esperada de mis papeles, muchos de ellos perdidos en la guerra. He encontrado, sin embargo, lo siguiente."_][73]
[73] Este es un memorando marginal.--B.
Habiendo mencionado un proyecto grande y extenso que había concebido, parece apropiado que se dé aquí alguna cuenta de ese proyecto y su objeto. Su primer surgimiento en mi mente aparece en el siguiente pequeño papel, preservado accidentalmente, a saber:
Observaciones sobre mi lectura de historia, en la Biblioteca, 19 de mayo de 1731.
"Que los grandes asuntos del mundo, las guerras, revoluciones, etc., son llevados a cabo y efectuados por partidos.
"Que la visión de estos partidos es su interés general presente, o lo que ellos consideran que es tal.
"Que las diferentes visiones de estos diferentes partidos ocasionan toda confusión.
"Que mientras un partido lleva a cabo un diseño general, cada hombre tiene su interés privado particular a la vista.
"Que tan pronto como un partido ha ganado su punto general, cada miembro se vuelve atento a su interés particular; lo cual, frustrando a otros, rompe ese partido en divisiones, y ocasiona más confusión.
"Que pocos en los asuntos públicos actúan desde una mera visión del bien de su país, por mucho que puedan fingir; y, aunque sus acciones traen un bien real a su país, sin embargo, los hombres consideraban principalmente que su propio interés y el de su país estaba unido, y no actuaban desde un principio de benevolencia.
"Que menos aún, en los asuntos públicos, actúan con una visión al bien de la humanidad.
"Me parece actualmente que hay gran ocasión para elevar un Partido Unido por la Virtud, formando a los hombres virtuosos y buenos de todas las naciones en un cuerpo regular, para ser gobernado por reglas buenas y sabias adecuadas, a las que los hombres buenos y sabios probablemente puedan ser más unánimes en su obediencia, que la gente común a las leyes comunes.
"Actualmente pienso que quien intenta esto correctamente, y está bien calificado, no puede dejar de complacer a Dios y de encontrar el éxito.
B. F."
Dando vueltas a este proyecto en mi mente, para ser emprendido en el futuro, cuando mis circunstancias me permitieran el ocio necesario, anotaba de vez en cuando, en trozos de papel, tales pensamientos que me ocurrían al respecto. La mayoría de estos están perdidos; pero encuentro uno que pretende ser la sustancia de un credo pretendido, conteniendo, como pensaba, los elementos esenciales de toda religión conocida, y estando libre de todo lo que pudiera escandalizar a los profesores de cualquier religión. Está expresado en estas palabras, a saber:
"Que hay un Dios, que hizo todas las cosas.
"Que Él gobierna el mundo por su providencia.
"Que debe ser adorado mediante la adoración, la oración y la acción de gracias.
"Pero que el servicio más aceptable de Dios es hacer el bien al hombre.
"Que el alma es inmortal.
"Y que Dios recompensará ciertamente la virtud y castigará el vicio, ya sea aquí o en el más allá."
Mis ideas en ese momento eran que la secta debería comenzar y extenderse al principio solo entre hombres jóvenes y solteros; que cada persona a ser iniciada no solo debería declarar su asentimiento a tal credo, sino que debería haberse ejercitado con el examen y la práctica de las virtudes de trece semanas, como en el modelo mencionado anteriormente; que la existencia de tal sociedad debería mantenerse en secreto, hasta que se hubiera vuelto considerable, para evitar solicitudes para la admisión de personas inapropiadas, pero que los miembros deberían buscar cada uno entre sus conocidos jóvenes ingenuos y bien dispuestos, a quienes, con prudente precaución, el esquema debería ser comunicado gradualmente; que los miembros deberían comprometerse a ofrecer su consejo, asistencia y apoyo unos a otros para promover los intereses, negocios y avance en la vida de los otros; que, para distinción, deberíamos ser llamados La Sociedad de los Libres y Desahogados: libres, como estando, por la práctica y el hábito general de las virtudes, libres del dominio del vicio; y particularmente por la práctica de la industria y la frugalidad, libres de deudas, lo que expone a un hombre al confinamiento, y a una especie de esclavitud a sus acreedores.
Esto es todo lo que ahora puedo recordar del proyecto, salvo que lo comuniqué en parte a dos jóvenes, quienes lo adoptaron con cierto entusiasmo; pero mis entonces limitadas circunstancias, y la necesidad en la que me encontraba de dedicarme de lleno a mi negocio, ocasionaron que postergara su ulterior persecución en aquel momento; y mis multifacéticas ocupaciones, públicas y privadas, me indujeron a seguir postergándolo, de modo que se ha omitido hasta que ya no me queda fuerza ni actividad suficientes para tal empresa; aunque sigo siendo de la opinión de que era un plan practicable, y que podría haber sido muy útil, al formar a un gran número de buenos ciudadanos; y no me desalentó la aparente magnitud de la empresa, pues siempre he pensado que un hombre de habilidades tolerables puede lograr grandes cambios y realizar grandes asuntos entre la humanidad, si primero forma un buen plan y, eliminando todas las diversiones u otros empleos que distraerían su atención, hace de la ejecución de ese mismo plan su único estudio y ocupación.
X
EL ALMANAQUE DEL POBRE RICARDO Y OTRAS ACTIVIDADES
En 1732 publiqué por primera vez mi Almanaque, bajo el nombre de Richard Saunders; fue continuado por mí durante unos veinticinco años, comúnmente llamado el Almanaque del Pobre Ricardo.[74] Me esforcé por hacerlo a la vez entretenido y útil, y en consecuencia llegó a tener tal demanda que obtuve un beneficio considerable de él, vendiendo anualmente cerca de diez mil ejemplares. Y observando que era leído generalmente, sin que apenas hubiera vecindario en la provincia que no lo tuviera, lo consideré como un vehículo apropiado para transmitir instrucción entre la gente común, que apenas compraba otros libros; por lo tanto, llené todos los pequeños espacios que quedaban entre los días notables del calendario con sentencias proverbiales, principalmente aquellas que inculcaban la industria y la frugalidad como medios para procurar riqueza y, por ende, asegurar la virtud; siendo más difícil para un hombre necesitado actuar siempre con honestidad, pues, por usar aquí uno de esos proverbios, es difícil que un saco vacío se mantenga en pie.
[74] El almanaque en aquella época era una especie de publicación periódica, además de una guía de fenómenos naturales y del tiempo. Franklin tomó su título de Poor Robin, un famoso almanaque inglés, y de Richard Saunders, un conocido editor de almanaques. Para las máximas del Pobre Ricardo, véanse las páginas 331-335.
Estos proverbios, que contenían la sabiduría de muchas épocas y naciones, los reuní y formé en un discurso conectado como prefacio al Almanaque de 1757, como la arenga de un sabio anciano a la gente que asistía a una subasta. El reunir todos estos consejos dispersos en un foco les permitió causar mayor impresión. La pieza, al ser universalmente aprobada, fue copiada en todos los periódicos del Continente; reimpresa en Gran Bretaña en una hoja volante, para ser pegada en las casas; se hicieron dos traducciones al francés, y grandes cantidades fueron compradas por el clero y la nobleza para distribuirlas gratuitamente entre sus pobres feligreses y arrendatarios. En Pensilvania, como desalentaba el gasto inútil en superfluidades extranjeras, algunos pensaron que tuvo su cuota de influencia en producir esa creciente abundancia de dinero que fue observable durante varios años después de su publicación.
Dos páginas del Almanaque del Pobre Ricardo de 1736. Tamaño del original. Reproducido de una copia en la Biblioteca Pública de Nueva York.
IV Mes. Junio tiene xxx días.
Las cosas que son amargas, más amargas que la hiel, dicen los médicos que siempre son medicinales: Ahora, las lenguas de las mujeres si en polvo se machacan, pueden en una poción o una píldora ser comidas, y como no hay nada más amargo, me pregunto, que las lenguas de las mujeres en medicina nunca las usen. Yo mismo y otros que llevamos vidas inquietas, perdonaríamos ese miembro amargo de nuestras esposas.
1 3 buen tiempo, 4 Le 4 36 8 Luna se pone 10 12 tarde 2 4 Día de la Ascensión 5 19 4 35 8 El que puede tener 3 5 Marte Sat. Ven. repentinos 6 Vi 4 35 8 paciencia, puede 4 6 chubascos 6h 19 4 35 8 tener lo que él 5 7 de Lluvia. 7 Li 4 35 8 Primer Cuarto. 6 C Eraudi 8 19 4 35 8 quiera. 7 2 Trino Marte Merc. truenos, 9 Sc 4 35 8 Le. Vi. Li. 8 3 quizás granizo. 10 17 4 35 8 Sol entra en Cn. hoy 9 4 7* sale 2 15 10 Sa 4 34 8 haciendo el día 10 5 muy caluroso, 11 13 4 34 8 más largo 14 h. 51 m. 11 6 San Bernabé. 12 26 4 34 8 Luna Llena 12 día, 12 7 luego lluvia. 1 Cp 4 34 8 a la 1 de la madrug. 13 C Pentecostés. 2 20 4 35 8 Luna sale 8 20 tarde 14 2 2h Aq 4 35 8 Ahora que tengo una oveja 15 3 Procl. Rey Jorge II 3 15 4 35 8 y una vaca, todo 16 4 ff. Sol Sat. viento, lluvia, 4 27 4 35 8 el mundo me da los 17 5 Sextil Sat. Merc. granizo y 5 Pi 4 35 8 buenos días. 18 6 truenos 6 21 4 35 8 Luna sale 11 10 noche 19 7 Día más corto 2 m. 6h Ar 4 35 8 20 C Domingo de Trinidad. 7 15 4 36 8 Último Cuarto 21 2 Si tenemos lluvia cerca 8 27 4 36 8 Dios ayuda a aquellos 22 3 del Cambio, 9 Ta 4 36 8 que se ayudan a sí mismos 23 4 No permita mi lector 10 22 4 36 8 24 5 San Juan Baut. 10 Gm 4 36 8 Luna sale 2 madrug. 25 6 7* sale 1 8 11 18 4 37 8 ¿Por qué la mujer 26 7 vc Sol Jup. le parezca 12 Cn 4 37 8 del ciego 27 C extraño. 1 16 4 38 8 Luna nueva 27 día, 28 2 Sextil Sat. Marte granizo y 2 Le 4 38 8 cerca mediodía. 29 3 San Pedro y San Pablo 2h 15 4 39 8 se maquilla. 30 4 Cuadratura Marte Ven. lluvia. 3 Vi 4 40 8 Luna se pone 9 30
V Mes. Julio tiene xxxi días.
¿Quién puede acusar a Ebrio de sed de riqueza? Mira cómo consume su dinero, tiempo y salud, en borracheras que todo lo confundirán, descuida su granja, olvida labrar su tierra, su ganado disminuye, el cual podría mantenerse con facilidad; en nada más que en tripas y deudas encuentra incremento. En la ciudad se tambalea como si fuera a derribar cada muro, sin embargo, los muros deben mantenerse, pobre alma, o él debe caer.
1 5 Día corto 11 min. 4 15 4 40 8 Nadie predica 2 6 7* sale 12 32 5 Li 4 41 8 mejor que la 3 7 tiempo ventoso. 6 15 4 41 8 hormiga, y ella no dice 4 C 2º Dom. después de Trin. 6h Sc 4 42 8 nada. Primer Cuarto. 5 2 Vc Jup. Ven. ahora 7 14 4 43 8 Luna se pone 12 30 m 6 3 tiempo agradable 8 27 4 44 8 Los ausentes 7 4 algunos días 9 Sa 4 45 8 nunca están sin 8 5 seguidos, 10 23 4 48 8 falta, ni los 9 6 pero tiende a 10 Cp 4 47 8 presentes sin 10 7 caer 11 18 4 48 8 Luna llena 11 día, 11 C 3º Dom. después de Trin. 12 Aq 4 49 8 2 tarde. 12 2 Sextil Sat. Merc. tiempo. 1 13 4 50 8 sol en Leo 13 3 Comienzan los días caniculares 2 25 4 50 8 Luna sale 8 35 tarde 14 4 Días 14h. 20 m 2h Pi 4 51 8 excusa. 15 5 San Swithin. 3 19 4 52 8 16 6 Le 1 Li 4 Ar 4 53 8 Los regalos rompen 17 7 conj. Sol Merc. lluvia 5 13 4 54 8 las rocas 18 C 7* sale 11 40 6 25 4 55 8 Último Cuarto. 19 2 granizo o lluvia, 6h Ta 4 56 8 Luna sale 11 52 noche 20 3 Sextil Sol Sat. truenos. 7 19 4 57 8 Si el viento te sopla 21 4 7* sale 11 18 8 Gm 4 57 8 a través de un agujero, 22 5 entonces viento 9 14 4 58 8 haz tu testamento 23 6 fuerte. 10 27 4 59 8 y cuida de 24 7 op. Sol Júpiter 10 Cn 4 59 8 tu alma. 25 C San Jaime. 11 25 5 0 7 Luna nueva 26 día, 26 2 granizo 12 Le 5 1 7 cerca 8 noche 27 3 Luna cerca de cor Leo 1 24 5 2 7 Luna se pone 8 noche 28 4 op. Jup. Ven. aire 2 Vi 5 3 7 La manzana podrida 29 5 claro; y buen 2h 24 5 4 7 estropea a su 30 6 tiempo 3 Li 5 5 7 compañero. 31 7 7* sale 10 40 4 23 5 6 7
Consideré mi periódico, también, como otro medio de comunicar instrucción, y con ese fin reimprimí frecuentemente en él extractos del Spectator y de otros escritores morales; y a veces publiqué pequeñas piezas propias, que habían sido compuestas primero para ser leídas en nuestro Junto. De ellas son un diálogo socrático, que tiende a probar que, cualesquiera que fueran sus dotes y habilidades, un hombre vicioso no podría ser llamado propiamente un hombre de juicio; y un discurso sobre la abnegación, demostrando que la virtud no estaba segura hasta que su práctica se convirtiera en un hábito y estuviera libre de la oposición de inclinaciones contrarias. Estas pueden encontrarse en los periódicos alrededor de principios de 1735.[75]
[75] 23 de junio y 7 de julio de 1730.--Smyth.
En la dirección de mi periódico, excluí cuidadosamente toda difamación y abuso personal, lo cual en los últimos años se ha vuelto tan vergonzoso para nuestro país. Siempre que se me solicitaba insertar algo de esa índole, y los escritores alegaban, como generalmente hacían, la libertad de prensa, y que un periódico era como una diligencia, en la que cualquiera que quisiera pagar tenía derecho a un asiento, mi respuesta era que imprimiría la pieza por separado si se deseaba, y el autor podría tener tantas copias como quisiera para distribuirlas él mismo, pero que no asumiría la tarea de propagar su detrimento; y que, habiendo contratado con mis suscriptores proveerles lo que pudiera ser útil o entretenido, no podía llenar sus periódicos con altercados privados, en los cuales no tenían interés alguno, sin hacerles una manifiesta injusticia. Ahora, muchos de nuestros impresores no tienen escrúpulos en satisfacer la malicia de individuos mediante falsas acusaciones contra los caracteres más honestos entre nosotros, aumentando la animosidad incluso hasta el punto de producir duelos; y son, además, tan indiscretos como para imprimir reflexiones insolentes sobre el gobierno de estados vecinos, e incluso sobre la conducta de nuestros mejores aliados nacionales, lo cual puede conllevar las consecuencias más perniciosas. Estas cosas las menciono como una advertencia para los impresores jóvenes, y para que se sientan alentados a no contaminar sus prensas y deshonrar su profesión con tales prácticas infames, sino a negarse firmemente, pues pueden ver por mi ejemplo que tal curso de conducta no será, en conjunto, perjudicial para sus intereses.
En 1733 envié a uno de mis oficiales a Charleston, Carolina del Sur, donde se necesitaba un impresor. Le proporcioné una prensa y tipos, bajo un acuerdo de sociedad, por el cual yo recibiría un tercio de las ganancias del negocio, pagando un tercio de los gastos. Él era un hombre culto, y honesto, pero ignorante en asuntos de contabilidad; y, aunque a veces me hacía remesas, no pude obtener ninguna cuenta de él, ni un estado satisfactorio de nuestra sociedad mientras vivió. Tras su fallecimiento, el negocio fue continuado por su viuda, quien, habiendo nacido y sido criada en Holanda, donde, según tengo entendido, el conocimiento de la contabilidad forma parte de la educación femenina, no solo me envió un estado tan claro como pudo encontrar de las transacciones pasadas, sino que continuó rindiendo cuentas con la mayor regularidad y exactitud cada trimestre después, y gestionó el negocio con tal éxito que no solo crió dignamente a una familia de hijos, sino que, al expirar el plazo, pudo comprarme la imprenta y establecer a su hijo en ella.
Menciono este asunto principalmente con el fin de recomendar esa rama de la educación para nuestras mujeres jóvenes, por ser probable que les sea de mayor utilidad a ellas y a sus hijos, en caso de viudez, que la música o el baile, al preservarlas de pérdidas por la imposición de hombres astutos, y capacitarlas para continuar, tal vez, una casa mercantil rentable, con correspondencia establecida, hasta que un hijo haya crecido lo suficiente para emprender y continuarla, para el beneficio duradero y el enriquecimiento de la familia.
Alrededor del año 1734 llegó entre nosotros desde Irlanda un joven predicador presbiteriano, llamado Hemphill, quien pronunciaba con buena voz, y aparentemente de forma improvisada, discursos excelentes, los cuales atrajeron a un número considerable de personas de diferentes persuasiones, quienes se unieron en admirarlos. Entre los demás, me convertí en uno de sus oyentes constantes; sus sermones me complacían, ya que tenían poco de dogmático, pero inculcaban fuertemente la práctica de la virtud, o lo que en el estilo religioso se llaman buenas obras. Aquellos, sin embargo, de nuestra congregación, que se consideraban presbiterianos ortodoxos, desaprobaron su doctrina, y se les unieron la mayoría de los viejos clérigos, quienes lo acusaron de heterodoxia ante el sínodo, a fin de que fuera silenciado. Me convertí en su celoso partidario, y contribuí en todo lo que pude para levantar un partido a su favor, y combatimos por él durante un tiempo con algunas esperanzas de éxito. Hubo mucho escrito a favor y en contra en la ocasión; y al descubrir que, aunque era un predicador elegante, era un pobre escritor, le presté mi pluma y escribí para él dos o tres panfletos, y una pieza en la Gaceta de abril de 1735. Esos panfletos, como suele ser el caso con los escritos polémicos, aunque fueron leídos con avidez en su momento, pronto pasaron de moda, y dudo si existe actualmente una sola copia de ellos.[76]
[76] Véase "Una lista de libros escritos por, o relativos a, Benjamin Franklin", por Paul Leicester Ford. 1889. p. 15.--Smyth.
Durante la contienda, un suceso desafortunado perjudicó excesivamente su causa. Uno de nuestros adversarios, habiéndole oído predicar un sermón que fue muy admirado, pensó que había leído el sermón en algún lugar antes, o al menos una parte del mismo. Al buscar, encontró esa parte citada extensamente, en una de las Revistas Británicas, de un discurso del Dr. Foster.[77] Esta detección causó disgusto a muchos de los de nuestro partido, quienes abandonaron su causa, y ocasionó nuestra más rápida derrota en el sínodo. Sin embargo, me mantuve a su lado, ya que prefería que nos diera buenos sermones compuestos por otros, a malos de su propia manufactura, aunque esto último era la práctica de nuestros maestros comunes. Más tarde me confesó que ninguno de los que predicaba eran suyos; añadiendo que su memoria era tal que le permitía retener y repetir cualquier sermón después de una sola lectura. Tras nuestra derrota, nos dejó en busca de mejor fortuna en otro lugar, y yo abandoné la congregación, sin volver a unirme a ella jamás, aunque continué durante muchos años mi suscripción para el apoyo de sus ministros.
[77] Dr. James Foster (1697-1753):--
"Deje al modesto Foster, si quiere sobresalir, Diez metropolitanos en predicar bien." --Pope (Epílogo a las Sátiras, I, 132).
"Aquellos que no habían oído cantar a Farinelli y predicar a Foster no estaban calificados para aparecer en buena compañía", Hawkins. "Historia de la Música".--Smyth.
Había comenzado en 1733 a estudiar idiomas; pronto me hice tan dueño del francés como para poder leer los libros con facilidad. Entonces emprendí el italiano. Un conocido, que también estaba aprendiéndolo, solía tentarme a menudo para jugar al ajedrez con él. Al descubrir que esto consumía demasiado tiempo del que tenía para dedicar al estudio, al fin me negué a jugar más, a menos que fuera bajo esta condición: que el vencedor en cada juego tuviera derecho a imponer una tarea, ya fuera en partes de la gramática para aprender de memoria, o en traducciones, etc., cuyas tareas el vencido debía realizar bajo palabra, antes de nuestro siguiente encuentro. Como jugábamos con bastante igualdad, nos inculcamos así ese idioma el uno al otro a golpes. Más tarde, con un poco de esfuerzo, adquirí tanto del español como para leer también sus libros.
Ya he mencionado que solo tuve un año de instrucción en una escuela de latín, y eso cuando era muy joven, después de lo cual descuidé ese idioma por completo. Pero, cuando alcancé un conocimiento del francés, el italiano y el español, me sorprendió descubrir, al mirar un Testamento en latín, que entendía mucho más de ese idioma de lo que había imaginado, lo cual me animó a aplicarme de nuevo a su estudio, y obtuve más éxito, ya que esos idiomas precedentes habían suavizado mucho mi camino.
Debido a estas circunstancias, he pensado que existe cierta inconsistencia en nuestro modo común de enseñar idiomas. Se nos dice que es apropiado comenzar primero con el latín, y que, habiéndolo adquirido, será más fácil alcanzar esos idiomas modernos que derivan de él; y sin embargo, no comenzamos con el griego para adquirir más fácilmente el latín. Es cierto que, si uno puede trepar y llegar a lo alto de una escalera sin usar los peldaños, le será más fácil ganarlos al descender; pero ciertamente, si comienzas por el más bajo, ascenderás con más facilidad a la cima; y, por tanto, ofrecería a la consideración de aquellos que supervisan la educación de nuestra juventud, si, dado que muchos de los que comienzan con el latín lo abandonan después de pasar algunos años sin haber hecho grandes progresos, y lo que han aprendido se vuelve casi inútil, de modo que su tiempo se ha perdido, ¿no habría sido mejor haber comenzado con el francés, procediendo al italiano, etc.? Pues, aunque después de pasar el mismo tiempo abandonaran el estudio de los idiomas y nunca llegaran al latín, habrían adquirido, sin embargo, otra lengua o dos que, al ser de uso moderno, podrían serles útiles en la vida común.[78]
[78] "La autoridad de Franklin, el hombre más eminentemente práctico de su época, a favor de reservar el estudio de las lenguas muertas hasta que la mente haya alcanzado cierta madurez, está confirmada por la confesión de uno de los eruditos más eminentes de cualquier época.
"'Nuestros seminarios de enseñanza', dice Gibbon, 'no se corresponden exactamente con el precepto de un rey espartano, de que el niño debe ser instruido en las artes que serán útiles al hombre; ya que un erudito acabado puede salir de la dirección de Westminster o Eton, en total ignorancia de los asuntos y la conversación de los caballeros ingleses a finales del siglo XVIII. Pero estas escuelas pueden atribuirse el mérito de enseñar todo lo que pretenden enseñar, las lenguas latina y griega'".--Bigelow.
Tras diez años de ausencia de Boston, y habiendo logrado una situación desahogada, hice un viaje allí para visitar a mis parientes, lo cual no pude permitirme bien antes. Al regresar, hice una parada en Newport para ver a mi hermano, entonces establecido allí con su imprenta. Nuestras diferencias anteriores estaban olvidadas, y nuestro encuentro fue muy cordial y afectuoso. Su salud decaía rápidamente y me solicitó que, en caso de su muerte, que preveía no muy lejana, me llevara a su hijo, entonces de solo diez años de edad, y lo educara en el oficio de la imprenta. Esto lo cumplí en consecuencia, enviándolo unos años a la escuela antes de llevarlo a la oficina. Su madre llevó el negocio hasta que él creció, momento en el cual le ayudé con un surtido de tipos nuevos, pues los de su padre estaban en cierto modo desgastados. Así fue como hice a mi hermano una amplia reparación por el servicio del que le había privado al dejarlo tan pronto.
En 1736 perdí a uno de mis hijos, un niño encantador de cuatro años, a causa de la viruela contraída de la manera habitual. Durante mucho tiempo lamenté amargamente, y aún lamento, no habérsela inoculado. Menciono esto en beneficio de aquellos padres que omiten dicha operación bajo la suposición de que jamás se perdonarían si un niño muriera a causa de ella; mi ejemplo demuestra que el pesar puede ser el mismo en ambos casos y que, por lo tanto, se debe elegir el camino más seguro.
Nuestro club, el Junto, resultó ser tan útil y proporcionó tal satisfacción a sus miembros que varios desearon presentar a sus amigos, lo cual no podía hacerse bien sin exceder el número que habíamos fijado como conveniente, a saber, doce. Desde el principio habíamos establecido la regla de mantener nuestra institución en secreto, lo cual se observó bastante bien; la intención era evitar las solicitudes de personas inadecuadas para su admisión, algunas de las cuales, tal vez, nos resultaría difícil rechazar. Yo era uno de los que se oponían a cualquier aumento en nuestro número, pero, en su lugar, propuse por escrito que cada miembro se esforzara por formar, por separado, un club subordinado, con las mismas reglas respecto a las consultas, etc., y sin informarles de la conexión con el Junto. Las ventajas propuestas eran: el perfeccionamiento de muchos más jóvenes ciudadanos mediante el uso de nuestras instituciones; un mejor conocimiento de los sentimientos generales de los habitantes ante cualquier ocasión, dado que el miembro del Junto podía proponer las consultas que deseáramos e informar al Junto de lo que ocurría en su club particular; la promoción de nuestros intereses comerciales mediante recomendaciones más amplias, y el aumento de nuestra influencia en los asuntos públicos, así como nuestra capacidad de hacer el bien difundiendo entre los diversos clubes los sentimientos del Junto.
El proyecto fue aprobado y cada miembro se comprometió a formar su club, pero no todos tuvieron éxito. Solo se completaron cinco o seis, que recibieron nombres distintos, como la Vid, la Unión, la Banda, etc. Fueron útiles para ellos mismos y nos proporcionaron una buena dosis de diversión, información e instrucción, además de cumplir, en una medida considerable, nuestros puntos de vista de influir en la opinión pública en ocasiones particulares, de lo cual daré algunos ejemplos a su debido tiempo, a medida que fueron sucediendo.
Mi primer ascenso fue mi elección, en 1736, como secretario de la Asamblea General. La elección se realizó ese año sin oposición; pero al año siguiente, cuando fui propuesto de nuevo (la elección, al igual que la de los miembros, era anual), un nuevo miembro pronunció un largo discurso en mi contra para favorecer a otro candidato. Sin embargo, fui elegido, lo cual me resultó más grato, pues, además de la paga por el servicio inmediato como secretario, el puesto me brindaba una mejor oportunidad de mantener un interés entre los miembros, lo que me aseguraba el trabajo de imprimir los votos, las leyes, el papel moneda y otros encargos ocasionales para el público, que, en conjunto, resultaban muy rentables.
Por lo tanto, no me gustó la oposición de este nuevo miembro, quien era un caballero de fortuna y educación, con talentos que probablemente le darían, con el tiempo, una gran influencia en la Cámara, como de hecho sucedió después. Sin embargo, no intenté ganarme su favor rindiéndole ningún respeto servil, sino que, pasado un tiempo, adopté otro método. Tras haber oído que tenía en su biblioteca un libro muy escaso y curioso, le escribí una nota expresándole mi deseo de examinar dicho libro y rogándole que me hiciera el favor de prestármelo por unos días. Lo envió inmediatamente y yo se lo devolví a la semana siguiente con otra nota, expresando vivamente mi gratitud por el favor. Cuando nos reunimos en la Cámara, me habló (lo que nunca había hecho antes) y con gran cortesía; y desde entonces manifestó siempre una disposición a servirme en todas las ocasiones, de modo que nos hicimos grandes amigos y nuestra amistad continuó hasta su muerte. Este es otro ejemplo de la verdad de una vieja máxima que había aprendido, la cual dice: "Quien te ha hecho un favor una vez estará más dispuesto a hacerte otro que aquel a quien tú mismo has obligado". Y demuestra cuánto más provechoso es eliminar prudentemente los procedimientos hostiles que resentirlos, devolverlos y continuarlos.
En 1737, el coronel Spotswood, antiguo gobernador de Virginia y entonces administrador general de correos, al estar insatisfecho con la conducta de su adjunto en Filadelfia respecto a cierta negligencia en la rendición de cuentas e inexactitud en sus libros, le retiró la comisión y me la ofreció a mí. La acepté de buen grado y la encontré de gran provecho; pues, aunque el salario era pequeño, facilitó la correspondencia que mejoró mi periódico, aumentó el número de ejemplares solicitados, así como los anuncios que se insertaban, de modo que llegó a proporcionarme unos ingresos considerables. El periódico de mi antiguo competidor decayó en proporción, y yo me sentí satisfecho sin tomar represalias por su negativa, cuando era administrador de correos, a permitir que mis periódicos fueran transportados por sus jinetes. Así, sufrió enormemente por su descuido en la contabilidad debida; y lo menciono como una lección para aquellos jóvenes que puedan ser empleados en la gestión de asuntos ajenos: que siempre deben rendir cuentas y realizar remesas con gran claridad y puntualidad. El carácter de observar tal conducta es la más poderosa de todas las recomendaciones para nuevos empleos y para el incremento de los negocios.
XI
INTERÉS EN LOS ASUNTOS PÚBLICOS
Comencé ahora a dirigir mis pensamientos un poco hacia los asuntos públicos, empezando, sin embargo, por pequeñas cuestiones. La guardia urbana fue una de las primeras cosas que consideré que necesitaban regulación. Estaba gestionada por los alguaciles de los respectivos distritos por turnos; el alguacil avisaba a un grupo de cabezas de familia para que le acompañaran durante la noche. Aquellos que elegían no asistir nunca pagaban seis chelines al año para ser eximidos, lo que se suponía destinado a contratar sustitutos, pero que, en realidad, era mucho más de lo necesario para ese propósito, haciendo del cargo de alguacil un puesto lucrativo; y el alguacil, por un poco de bebida, a menudo reunía a su alrededor a tales granujas como guardia, que los cabezas de familia respetables no deseaban mezclarse con ellos. Además, a menudo se descuidaba el patrullaje y la mayoría de las noches se pasaban bebiendo. Escribí entonces un documento para ser leído en el Junto, exponiendo estas irregularidades, pero insistiendo más particularmente en la desigualdad de este impuesto de seis chelines de los alguaciles respecto a las circunstancias de quienes lo pagaban, dado que una pobre viuda, cuya única propiedad a proteger por la guardia no excedía tal vez el valor de cincuenta libras, pagaba tanto como el comerciante más rico, que tenía miles de libras en mercancías en sus almacenes.
En conjunto, propuse como una guardia más eficaz la contratación de hombres adecuados para servir constantemente en ese trabajo; y como una forma más equitativa de cubrir el gasto, la imposición de una tasa que fuera proporcional a la propiedad. Esta idea, al ser aprobada por el Junto, fue comunicada a los otros clubes, pero como si hubiera surgido en cada uno de ellos; y aunque el plan no se llevó a ejecución de inmediato, al preparar las mentes de la gente para el cambio, allanó el camino para la ley que se obtuvo unos años después, cuando los miembros de nuestros clubes hubieron ganado más influencia.
Por aquella época escribí un documento (que primero se leyó en el Junto, pero que posteriormente se publicó) sobre los diferentes accidentes y descuidos por los cuales se producían incendios en las casas, con advertencias contra ellos y medios propuestos para evitarlos. Se habló mucho de esto como un escrito útil, y dio lugar a un proyecto, que pronto lo siguió, de formar una compañía para la extinción más rápida de los incendios y la asistencia mutua en la retirada y protección de bienes cuando estuvieran en peligro. Pronto se encontraron asociados en este plan, llegando a treinta. Nuestros artículos de acuerdo obligaban a cada miembro a mantener siempre en buen orden, y listos para su uso, un cierto número de cubos de cuero, con sacos y cestas resistentes (para empaquetar y transportar bienes), que debían llevarse a cada incendio; y acordamos reunirnos una vez al mes y pasar una velada social juntos, conversando y comunicando las ideas que nos ocurrieran sobre el tema de los incendios, que pudieran ser útiles para nuestra conducta en tales ocasiones.
La utilidad de esta institución pronto se hizo patente, y como muchos más deseaban ser admitidos de los que considerábamos convenientes para una sola compañía, se les aconsejó formar otra, lo cual se hizo así; y esto continuó, formándose una compañía nueva tras otra, hasta que fueron tan numerosas que incluyeron a la mayoría de los habitantes que eran propietarios; y ahora, en el momento en que escribo esto, aunque han pasado más de cincuenta años desde su establecimiento, la que formé primero, llamada la Unión Fire Company, todavía subsiste y prospera, aunque los primeros miembros han fallecido todos excepto yo y otro, que es un año mayor que yo. Las pequeñas multas que han pagado los miembros por ausencia en las reuniones mensuales se han destinado a la compra de bombas de incendios, escaleras, ganchos de fuego y otros implementos útiles para cada compañía, de modo que dudo que haya una ciudad en el mundo mejor provista con los medios para poner freno a los incendios incipientes; y, de hecho, desde estas instituciones, la ciudad nunca ha perdido por incendio más de una o dos casas a la vez, y las llamas a menudo han sido extinguidas antes de que la casa en la que empezaron haya sido consumida a medias.
En 1739 llegó entre nosotros desde Irlanda el reverendo Sr. Whitefield, quien se había hecho notable allí como predicador itinerante. Al principio se le permitió predicar en algunas de nuestras iglesias; pero el clero, tomando aversión hacia él, pronto le negó sus púlpitos, y se vio obligado a predicar en los campos. Las multitudes de todas las sectas y denominaciones que asistían a sus sermones eran enormes, y fue motivo de especulación para mí, que era uno de ellos, observar la extraordinaria influencia de su oratoria sobre sus oyentes, y cuánto lo admiraban y respetaban, a pesar de sus habituales insultos hacia ellos, asegurándoles que eran naturalmente "mitad bestias y mitad demonios". Fue maravilloso ver el cambio que pronto se produjo en las costumbres de nuestros habitantes. De ser indiferentes o descuidados respecto a la religión, parecía como si todo el mundo se estuviera volviendo religioso, de tal manera que uno no podía caminar por la ciudad al atardecer sin oír salmos cantados en diferentes familias de cada calle.
Y siendo inconveniente reunirse al aire libre, sujeto a sus inclemencias, no bien se propuso la construcción de una casa donde reunirse, y se nombraron personas para recibir contribuciones, cuando pronto se recibieron sumas suficientes para conseguir el terreno y erigir el edificio, que tenía cien pies de largo y setenta de ancho, aproximadamente el tamaño del Westminster Hall; y la obra se llevó a cabo con tal espíritu que se terminó en mucho menos tiempo del que se habría esperado. Tanto la casa como el terreno fueron cedidos a fideicomisarios, expresamente para el uso de cualquier predicador de cualquier persuasión religiosa que deseara decir algo a la gente de Filadelfia; el diseño al construir no era acomodar a ninguna secta en particular, sino a los habitantes en general; de modo que incluso si el Muftí de Constantinopla enviara un misionero a predicarnos el mahometanismo, encontraría un púlpito a su servicio.
El Sr. Whitefield, al dejarnos, se fue predicando por todas las colonias hasta Georgia. La colonización de esa provincia se había iniciado hacía poco, pero, en lugar de realizarse con labradores robustos e industriosos, acostumbrados al trabajo, las únicas personas aptas para tal empresa, se hizo con familias de tenderos arruinados y otros deudores insolventes, muchos de hábitos indolentes y ociosos, sacados de las cárceles, quienes, al ser instalados en los bosques, sin cualificación para limpiar tierras y sin capacidad para soportar las penurias de un nuevo asentamiento, perecieron en gran número, dejando a muchos niños indefensos sin provisión. La visión de su miserable situación inspiró al corazón benevolente del Sr. Whitefield con la idea de construir allí un orfanato, en el que pudieran ser mantenidos y educados. Al regresar hacia el norte, predicó sobre esta caridad y realizó grandes colectas, pues su elocuencia tenía un poder maravilloso sobre los corazones y las bolsas de sus oyentes, de lo cual yo mismo fui un ejemplo.
No desaprobé el diseño, pero, como Georgia carecía entonces de materiales y trabajadores, y se proponía enviarlos desde Filadelfia a gran costo, pensé que habría sido mejor construir la casa aquí y traer a los niños a ella. Así lo aconsejé; pero él se mostró resuelto en su primer proyecto, rechazó mi consejo y, por lo tanto, me negué a contribuir. Poco después coincidió que asistí a uno de sus sermones, en el transcurso del cual percibí que pretendía terminar con una colecta, y resolví en silencio que no obtendría nada de mí. Tenía en mi bolsillo un puñado de monedas de cobre, tres o cuatro dólares de plata y cinco pistolas de oro. A medida que avanzaba, comencé a ablandarme y decidí dar el cobre. Otro golpe de su oratoria me hizo avergonzarme de ello y me determinó a dar la plata; y terminó tan admirablemente que vacié mi bolsillo por completo en la bandeja del recolector, oro y todo. En este sermón también estaba uno de los de nuestro club, quien, siendo de mis mismas opiniones respecto a la construcción en Georgia y sospechando que podría haber una colecta, había, por precaución, vaciado sus bolsillos antes de salir de casa. Hacia la conclusión del discurso, sin embargo, sintió un fuerte deseo de dar y se dirigió a un vecino que estaba cerca de él para pedirle dinero prestado con ese fin. La petición fue desafortunadamente hecha a quizás el único hombre de la compañía que tenía la firmeza de no dejarse afectar por el predicador. Su respuesta fue: "En cualquier otro momento, amigo Hopkinson, te prestaría libremente; pero ahora no, pues pareces estar fuera de tus cabales".
Algunos de los enemigos del Sr. Whitefield fingieron suponer que destinaría estas colectas a su propio beneficio privado; pero yo, que estaba íntimamente familiarizado con él (al estar empleado en la impresión de sus Sermones y Diarios, etc.), nunca tuve la menor sospecha de su integridad, sino que hasta el día de hoy soy de la opinión decidida de que fue, en toda su conducta, un hombre perfectamente honesto; y me parece que mi testimonio a su favor debería tener más peso, ya que no teníamos ninguna conexión religiosa. Solía, en efecto, rezar a veces por mi conversión, pero nunca tuvo la satisfacción de creer que sus oraciones eran escuchadas. La nuestra era una simple amistad civil, sincera por ambas partes, y duró hasta su muerte.
El siguiente ejemplo mostrará algo de los términos en los que nos encontrábamos. Tras una de sus llegadas de Inglaterra a Boston, me escribió que vendría pronto a Filadelfia, pero que no sabía dónde podría alojarse, ya que entendía que su viejo amigo y anfitrión, el Sr. Benezet, se había trasladado a Germantown. Mi respuesta fue: "Conoces mi casa; si puedes arreglártelas con sus escasas comodidades, serás más que bienvenido". Él respondió que, si yo hacía esa amable oferta por el bien de Cristo, no me faltaría una recompensa. Y yo contesté: "No te equivoques; no fue por el bien de Cristo, sino por el tuyo". Uno de nuestros conocidos comunes observó jocosamente que, sabiendo que era costumbre de los santos, cuando recibían algún favor, trasladar el peso de la obligación de sus propios hombros y colocarlo en el cielo, yo había ideado fijarlo en la tierra.
La última vez que vi al Sr. Whitefield fue en Londres, cuando me consultó sobre el asunto de su orfanato y su propósito de destinarlo al establecimiento de un colegio.
Tenía una voz alta y clara, y articulaba sus palabras y frases con tal perfección que podía ser oído y comprendido a gran distancia, especialmente porque sus auditorios, por numerosos que fueran, observaban el silencio más exacto. Predicó una tarde desde lo alto de los escalones del Palacio de Justicia, que se encuentran en medio de Market Street, y en el lado oeste de Second Street, que lo cruza en ángulo recto. Ambas calles estaban llenas de sus oyentes a una distancia considerable. Estando entre los últimos en Market Street, tuve la curiosidad de saber hasta dónde se le podía oír retirándome hacia atrás por la calle hacia el río; y descubrí que su voz era distinta hasta que llegué cerca de Front Street, cuando algún ruido en esa calle la ocultó. Imaginando entonces un semicírculo, del cual mi distancia fuera el radio, y que estuviera lleno de auditores, a cada uno de los cuales asigné dos pies cuadrados, calculé que bien podría ser oído por más de treinta mil personas. Esto me reconcilió con los relatos de los periódicos sobre sus sermones a veinticinco mil personas en los campos, y con las antiguas historias de generales arengando a ejércitos enteros, de las cuales a veces había dudado.
Al escucharlo a menudo, llegué a distinguir fácilmente entre los sermones recién compuestos y aquellos que había predicado con frecuencia en el curso de sus viajes. Su entrega de estos últimos estaba tan mejorada por las frecuentes repeticiones que cada acento, cada énfasis, cada modulación de la voz, estaba tan perfectamente bien girado y bien colocado que, sin estar interesado en el tema, uno no podía evitar estar complacido con el discurso; un placer del mismo tipo que el recibido de una excelente pieza musical. Esta es una ventaja que los predicadores itinerantes tienen sobre aquellos que son estacionarios, ya que estos últimos no pueden mejorar bien su entrega de un sermón mediante tantos ensayos.
Su escritura e impresión periódicas dieron gran ventaja a sus enemigos; expresiones poco cuidadosas, e incluso opiniones erróneas entregadas al predicar, podrían haber sido explicadas o matizadas después suponiendo otras que podrían haberlas acompañado, o podrían haber sido negadas; pero litera scripta manet. Los críticos atacaron sus escritos violentamente y con tanta apariencia de razón como para disminuir el número de sus devotos y evitar su aumento; por lo que soy de la opinión de que si nunca hubiera escrito nada, habría dejado tras de sí una secta mucho más numerosa e importante, y su reputación podría en ese caso haber seguido creciendo, incluso después de su muerte, ya que al no haber nada escrito suyo sobre lo cual fundar una censura y darle un carácter inferior, sus prosélitos habrían quedado en libertad de fingir para él una variedad tan grande de excelencias como su entusiasta admiración pudiera desear que poseyera.
Mi negocio aumentaba ahora continuamente y mi situación era cada día más holgada, habiéndose vuelto mi periódico muy rentable, al ser por un tiempo casi el único en esta y las provincias vecinas. Experimenté, también, la verdad de la observación: "que después de conseguir las primeras cien libras, es más fácil conseguir las segundas", siendo el dinero mismo de naturaleza prolífica.
Habiendo tenido éxito la asociación en Carolina, me sentí animado a participar en otras y a promover a varios de mis trabajadores, que se habían comportado bien, estableciéndolos con imprentas en diferentes colonias, en los mismos términos que la de Carolina. A la mayoría les fue bien, al poder, al final de nuestro plazo de seis años, comprarme los tipos y seguir trabajando por su cuenta, por lo cual se levantaron varias familias. Las asociaciones a menudo terminan en disputas; pero fui afortunado en esto, ya que todas las mías se llevaron a cabo y terminaron amigablemente, debido, creo, en gran medida a la precaución de haber establecido muy explícitamente, en nuestros artículos, todo lo que debía hacerse por o esperarse de cada socio, de modo que no hubo nada por lo cual disputar, precaución que, por lo tanto, recomendaría a todos los que entran en asociaciones; pues, cualquier estima que los socios puedan tener entre sí y confianza en el momento del contrato, pueden surgir pequeños celos y disgustos, con ideas de desigualdad en el cuidado y la carga del negocio, etc., que a menudo van acompañados de ruptura de la amistad y de la conexión, quizás con pleitos y otras consecuencias desagradables.
XII
DEFENSA DE LA PROVINCIA
Por lo general, tenía razones abundantes para estar satisfecho de haberme establecido en Pensilvania. Había, sin embargo, dos cosas que lamentaba: la falta de previsión para la defensa y la carencia de una educación completa para los jóvenes; no había milicia ni universidad. Por lo tanto, en 1743, redacté una propuesta para establecer una academia; y en aquel tiempo, pensando que el reverendo Sr. Peters, quien estaba sin empleo, era una persona adecuada para supervisar tal institución, le comuniqué el proyecto; pero él, teniendo miras más lucrativas al servicio de los propietarios, las cuales tuvieron éxito, declinó la empresa; y, no conociendo a otro en aquel momento adecuado para tal encargo, dejé el plan en suspenso durante un tiempo. Tuve más éxito al año siguiente, 1744, al proponer y establecer una Sociedad Filosófica. El documento que escribí para ese propósito se encontrará entre mis escritos, cuando sean recopilados.
Con respecto a la defensa, habiendo estado España varios años en guerra contra Gran Bretaña y al fin unida a Francia, lo cual nos puso en gran peligro; y habiendo resultado infructuosos los laboriosos y prolongados esfuerzos de nuestro gobernador, Thomas, para convencer a nuestra Asamblea cuáquera de que aprobara una ley de milicias y tomara otras disposiciones para la seguridad de la provincia, determiné probar qué podría hacerse mediante una asociación voluntaria del pueblo. Para promover esto, primero escribí y publiqué un panfleto titulado Verdad Clara, en el cual expuse nuestra situación indefensa bajo una luz cruda, junto con la necesidad de unión y disciplina para nuestra defensa, y prometí proponer en unos pocos días una asociación para ser firmada generalmente con ese propósito. El panfleto tuvo un efecto repentino y sorprendente. Se me solicitó el instrumento de asociación y, habiendo acordado el borrador con unos pocos amigos, convoqué una reunión de los ciudadanos en el gran edificio antes mencionado. La casa estaba bastante llena; había preparado una cantidad de copias impresas y proporcionado plumas y tinta dispersas por toda la sala. Les arengué un poco sobre el tema, leí el documento y lo expliqué, y luego distribuí las copias, que fueron firmadas con entusiasmo, sin que se hiciera la menor objeción.
Cuando la compañía se separó y se recogieron los documentos, encontramos más de mil doscientas firmas; y, al dispersarse otras copias por el campo, los suscriptores ascendieron al final a más de diez mil. Todos ellos se proveyeron tan pronto como pudieron de armas, se formaron en compañías y regimientos, eligieron a sus propios oficiales y se reunieron cada semana para ser instruidos en el ejercicio manual y otras partes de la disciplina militar. Las mujeres, mediante suscripciones entre ellas, proporcionaron banderas de seda que presentaron a las compañías, pintadas con diferentes dispositivos y lemas que yo suministré.
Los oficiales de las compañías que componían el regimiento de Filadelfia, al reunirse, me eligieron como su coronel; pero, considerándome inepto, decliné ese puesto y recomendé al Sr. Lawrence, una persona distinguida y hombre de influencia, quien fue nombrado en consecuencia. Entonces propuse una lotería para sufragar los gastos de construcción de una batería debajo de la ciudad y dotarla de cañones. Se llenó rápidamente y la batería fue pronto erigida, siendo las almenas armadas con troncos y rellenas de tierra. Compramos algunos cañones viejos de Boston, pero, como estos no eran suficientes, escribimos a Inglaterra por más, solicitando, al mismo tiempo, a nuestros propietarios algo de ayuda, aunque sin muchas esperanzas de obtenerla.
Mientras tanto, el coronel Lawrence, William Allen, el Sr. Abram Taylor y yo fuimos enviados a Nueva York por los asociados, comisionados para pedir prestados algunos cañones al gobernador Clinton. Al principio nos rechazó de manera terminante; pero en la cena con su consejo, donde hubo gran consumo de vino de Madeira, como era costumbre en aquel lugar entonces, se suavizó gradualmente y dijo que nos prestaría seis. Después de algunos brindis más avanzó a diez; y al final, muy bondadosamente, concedió dieciocho. Eran buenos cañones, de dieciocho libras, con sus cureñas, los cuales transportamos pronto y montamos en nuestra batería, donde los asociados mantuvieron una guardia nocturna mientras duró la guerra, y, entre los demás, yo tomé regularmente mi turno de servicio allí como un soldado raso.
Mi actividad en estas operaciones fue grata para el gobernador y el consejo; me tomaron en su confianza y fui consultado por ellos en cada medida en la que su concurrencia se consideró útil para la asociación. Invocando la ayuda de la religión, les propuse proclamar un ayuno para promover la reforma e implorar la bendición del Cielo sobre nuestra empresa. Aceptaron la moción; pero, como era el primer ayuno en el que se pensaba en la provincia, el secretario no tenía precedentes de los cuales extraer la proclamación. Mi educación en Nueva Inglaterra, donde se proclama un ayuno cada año, fue aquí de alguna ventaja: lo redacté en el estilo acostumbrado, fue traducido al alemán, impreso en ambos idiomas y divulgado por toda la provincia. Esto dio al clero de las diferentes sectas una oportunidad de influir en sus congregaciones para unirse a la asociación, y probablemente habría sido general entre todos, excepto los cuáqueros, si la paz no hubiera intervenido pronto.
Algunos de mis amigos pensaron que, por mi actividad en estos asuntos, ofendería a esa secta y, por lo tanto, perdería mi interés en la Asamblea de la provincia, donde formaban una gran mayoría. Un joven caballero, que tenía también algunos amigos en la Cámara y deseaba sucederme como su secretario, me informó que se había decidido desplazarme en la siguiente elección; y él, por lo tanto, con buena voluntad, me aconsejó renunciar, como más consistente con mi honor que ser expulsado. Mi respuesta a él fue que había leído o escuchado de algún hombre público que hizo de ello una regla: nunca pedir un cargo y nunca rechazar uno cuando se le ofreciera. "Apruebo", dije, "su regla, y la practicaré con una pequeña adición; nunca pediré, nunca rechazaré, ni nunca renunciaré a un cargo. Si quieren disponer de mi cargo de secretario para dárselo a otro, deberán quitármelo ellos. No perderé, al entregarlo, mi derecho a tomar represalias en algún momento contra mis adversarios". No escuché, sin embargo, nada más sobre esto; fui elegido de nuevo unánimemente, como de costumbre, en la siguiente elección. Posiblemente, como les disgustaba mi reciente intimidad con los miembros del consejo, quienes se habían unido a los gobernadores en todas las disputas sobre preparativos militares, con las cuales la Cámara había sido hostigada durante mucho tiempo, podrían haberse alegrado si yo los hubiera dejado voluntariamente; pero no les importaba desplazarme simplemente por mi celo a favor de la asociación, y no podían dar bien otra razón.
De hecho, tuve motivos para creer que la defensa del país no era desagradable para ninguno de ellos, siempre que no se les exigiera ayudar en ella. Y descubrí que un número mucho mayor de ellos de lo que habría imaginado, aunque estaban en contra de la guerra ofensiva, eran claramente partidarios de la defensiva. Muchos panfletos a favor y en contra fueron publicados sobre el tema, y algunos por buenos cuáqueros, a favor de la defensa, lo cual creo que convenció a la mayoría de sus jóvenes.
Una transacción en nuestra compañía de bomberos me dio alguna idea de sus sentimientos predominantes. Se había propuesto que debíamos fomentar el plan de construir una batería invirtiendo el capital actual, entonces de unas sesenta libras, en boletos de lotería. Por nuestras reglas, no se podía disponer de dinero hasta la siguiente reunión después de la propuesta. La compañía constaba de treinta miembros, de los cuales veintidós eran cuáqueros y solo ocho de otras creencias. Nosotros ocho asistimos puntualmente a la reunión; pero, aunque pensábamos que algunos de los cuáqueros se unirían a nosotros, no estábamos de ninguna manera seguros de una mayoría. Solo un cuáquero, el Sr. James Morris, apareció para oponerse a la medida. Expresó mucha pena de que se hubiera propuesto alguna vez, pues dijo que los Amigos estaban todos en contra de ello y que crearía tal discordia que podría disolver la compañía. Le dijimos que no veíamos razón para ello; éramos la minoría, y si los Amigos estaban en contra de la medida y nos superaban en votos, debíamos y debíamos, de acuerdo con el uso de todas las sociedades, someternos. Cuando llegó la hora de los asuntos, se propuso someterlo a votación; él admitió que entonces podíamos hacerlo según las reglas, pero, como podía asegurarnos que varios miembros pretendían estar presentes con el propósito de oponerse, sería honesto permitir un poco de tiempo para que aparecieran.
Mientras discutíamos esto, un mesero vino a decirme que dos caballeros abajo deseaban hablar conmigo. Bajé y encontré que eran dos de nuestros miembros cuáqueros. Me dijeron que había ocho de ellos reunidos en una taberna allí cerca; que estaban determinados a venir y votar con nosotros si fuera necesario, lo cual esperaban que no fuera el caso, y desearon que no pidiéramos su ayuda si podíamos prescindir de ella, pues el hecho de que ellos votaran por tal medida podría enemistarlos con sus ancianos y amigos. Estando así asegurada la mayoría, subí y, tras una pequeña vacilación aparente, acepté un retraso de otra hora. Esto, el Sr. Morris, lo admitió como extremadamente justo. Ni uno de sus amigos opositores apareció, ante lo cual expresó gran sorpresa; y, al cumplirse la hora, llevamos a cabo la resolución por ocho a uno; y como, de los veintidós cuáqueros, ocho estaban listos para votar con nosotros, y trece, por su ausencia, manifestaron que no estaban inclinados a oponerse a la medida, estimé después la proporción de cuáqueros sinceramente en contra de la defensa como solo uno a veintiuno; pues todos estos eran miembros regulares de esa sociedad, de buena reputación entre ellos, y tenían el debido aviso de lo que se proponía en esa reunión.
El honorable y docto Sr. Logan, quien siempre había sido de esa secta, fue uno de los que escribió una dirección para ellos, declarando su aprobación de la guerra defensiva y apoyando su opinión con muchos argumentos contundentes. Puso en mis manos sesenta libras para ser invertidas en boletos de lotería para la batería, con instrucciones de aplicar los premios que pudieran ser obtenidos enteramente a ese servicio. Me contó la siguiente anécdota de su antiguo maestro, William Penn, respecto a la defensa. Vino de Inglaterra, cuando era joven, con ese propietario y como su secretario. Era tiempo de guerra y su barco fue perseguido por una embarcación armada, supuestamente un enemigo. Su capitán se preparó para la defensa; pero le dijo a William Penn y a su compañía de cuáqueros que no esperaba su ayuda y que podían retirarse a la cabina, lo cual hicieron, excepto James Logan, quien eligió quedarse en la cubierta y fue asignado a un cañón. El supuesto enemigo resultó ser un amigo, así que no hubo lucha; pero cuando el secretario bajó para comunicar la información, William Penn lo reprendió severamente por quedarse en la cubierta y emprender ayudar a defender el barco, contrariamente a los principios de los Amigos, especialmente porque no había sido requerido por el capitán. Esta reprimenda, al ser delante de toda la compañía, picó al secretario, quien respondió: "Siendo yo tu sirviente, ¿por qué no me ordenaste bajar? Pero estabas lo suficientemente dispuesto a que yo me quedara y ayudara a luchar con el barco cuando pensabas que había peligro".
El haber estado muchos años en la Asamblea, cuya mayoría eran constantemente cuáqueros, me dio frecuentes oportunidades de ver el desconcierto que les causaba su principio contra la guerra, siempre que se les solicitaba, por orden de la corona, otorgar ayudas para fines militares. Eran reacios a ofender al gobierno, por una parte, mediante una negativa directa; y a sus amigos, el cuerpo de los cuáqueros, por otra, mediante un cumplimiento contrario a sus principios; de ahí una variedad de evasivas para evitar cumplir, y modos de disfrazar el cumplimiento cuando se volvía inevitable. El modo común al final era conceder dinero bajo la frase de que era "para el uso del rey", y nunca preguntar cómo se aplicaba.
Pero, si la demanda no era directamente de la corona, esa frase se consideraba no tan apropiada y debía inventarse alguna otra. Como cuando se necesitaba pólvora (creo que era para la guarnición en Louisburg) y el gobierno de Nueva Inglaterra solicitó una subvención de Pensilvania, lo cual fue muy instado en la Cámara por el gobernador Thomas, no podían conceder dinero para comprar pólvora, porque ese era un ingrediente de la guerra; pero votaron una ayuda a Nueva Inglaterra de tres mil libras, para ser puesta en manos del gobernador, y la destinaron a la compra de pan, harina, trigo u otro grano. Algunos del consejo, deseosos de dar a la Cámara aún más desconcierto, aconsejaron al gobernador no aceptar la provisión, por no ser lo que él había demandado; pero él replicó: "Tomaré el dinero, pues entiendo muy bien su significado; otro grano es pólvora", la cual compró en consecuencia, y ellos nunca objetaron a ello.
Fue en alusión a este hecho que, cuando en nuestra compañía de bomberos temimos el éxito de nuestra propuesta a favor de la lotería, y yo le había dicho a mi amigo el Sr. Syng, uno de nuestros miembros: "Si fallamos, propongamos la compra de una máquina de bomberos con el dinero; los cuáqueros no pueden tener objeción a eso; y entonces, si tú me nominas a mí y yo a ti como comité para ese propósito, compraremos un gran cañón, que es ciertamente una máquina de bomberos". "Veo", dijo él, "que has mejorado tras estar tanto tiempo en la Asamblea; tu proyecto equívoco sería exactamente igual a su trigo u otro grano".
Estos desconciertos que los cuáqueros sufrían por haber establecido y publicado como uno de sus principios que ningún tipo de guerra era lícito, y que, una vez publicado, no podían después, por mucho que cambiaran de opinión, deshacerse fácilmente, me recuerda lo que creo que es una conducta más prudente en otra secta entre nosotros, la de los Dunkers. Conocí a uno de sus fundadores, Michael Welfare, poco después de que apareciera. Se quejó conmigo de que eran gravemente calumniados por los fanáticos de otras creencias y acusados de principios y prácticas abominables que les eran totalmente ajenos. Le dije que este siempre había sido el caso con las nuevas sectas y que, para poner fin a tal abuso, imaginé que podría ser bueno publicar los artículos de su creencia y las reglas de su disciplina. Dijo que se había propuesto entre ellos, pero no se había acordado, por esta razón: "Cuando fuimos reunidos por primera vez como una sociedad", dice, "había placido a Dios iluminar nuestras mentes hasta el punto de ver que algunas doctrinas, que una vez consideramos verdades, eran errores; y que otras, que habíamos considerado errores, eran verdades reales. De vez en cuando le ha placido concedernos más luz, y nuestros principios han estado mejorando, y nuestros errores disminuyendo. Ahora no estamos seguros de haber llegado al final de esta progresión, y a la perfección del conocimiento espiritual o teológico; y tememos que, si imprimiéramos alguna vez nuestra confesión de fe, nos sentiríamos como si estuviéramos atados y confinados por ella, y quizás seríamos reacios a recibir más mejoras, y nuestros sucesores aún más, al concebir lo que nosotros, sus ancianos y fundadores, habíamos hecho, como algo sagrado, que nunca debe ser abandonado".
Esta modestia en una secta es quizás un ejemplo singular en la historia de la humanidad, suponiendo cada otra secta estar en posesión de toda la verdad, y que aquellos que difieren están en la medida equivocada; como un hombre que viaja con tiempo brumoso, a los que están a cierta distancia delante de él en el camino los ve envueltos en la niebla, al igual que a los que están detrás, y también a la gente en los campos a cada lado, pero cerca de él todo aparece claro, aunque en verdad está tan en la niebla como cualquiera de ellos. Para evitar este tipo de desconcierto, los cuáqueros han estado en los últimos años declinando gradualmente el servicio público en la Asamblea y en la magistratura, eligiendo dejar su poder antes que su principio.
En orden de tiempo, debería haber mencionado antes que, habiendo, en 1742, inventado una estufa abierta para calentar mejor las habitaciones, y al mismo tiempo ahorrar combustible, ya que el aire fresco admitido se calentaba al entrar, hice un regalo del modelo al Sr. Robert Grace, uno de mis primeros amigos, quien, al tener un horno de hierro, encontró que la fundición de las placas para estas estufas era un negocio rentable, ya que estaban creciendo en demanda. Para promover esa demanda, escribí y publiqué un panfleto, titulado "Un relato de las chimeneas de Pensilvania recién inventadas; en las cuales su construcción y manera de funcionamiento se explican particularmente; sus ventajas sobre cualquier otro método de calentar habitaciones demostradas; y todas las objeciones que se han planteado contra el uso de ellas respondidas y obviadas", etc. Este panfleto tuvo un buen efecto. El gobernador Thomas quedó tan complacido con la construcción de esta estufa, tal como se describía en él, que se ofreció a darme una patente para la venta exclusiva de ellas por un término de años; pero la decliné por un principio que siempre ha pesado sobre mí en tales ocasiones, a saber: "Que, como disfrutamos de grandes ventajas de las invenciones de otros, deberíamos alegrarnos de una oportunidad de servir a otros mediante cualquier invención nuestra; y esto deberíamos hacerlo libre y generosamente".
Un ferretero en Londres, sin embargo, asumiendo gran parte de mi panfleto, elaborándolo a su manera y haciendo algunos pequeños cambios en la máquina, que más bien perjudicaron su funcionamiento, obtuvo una patente para ella allí e hizo, según me dijeron, una pequeña fortuna con ella. Y este no es el único caso de patentes obtenidas para mis invenciones por otros, aunque no siempre con el mismo éxito, lo cual nunca disputé, al no tener deseo de lucrarme yo mismo con patentes y odiando las disputas. El uso de estas chimeneas en muchísimas casas, tanto de esta como de las colonias vecinas, ha sido y es un gran ahorro de leña para los habitantes.
XIII
SERVICIOS PÚBLICOS Y DEBERES
(1749-1753)
Concluida la paz, y habiendo terminado por tanto el asunto de la asociación, volví a pensar en el asunto de establecer una academia. El primer paso que di fue asociar al diseño a un número de amigos activos, de los cuales la Junto proporcionó una buena parte; el siguiente fue escribir y publicar un panfleto titulado Propuestas relativas a la educación de la juventud en Pensilvania. Esto lo distribuí entre los principales habitantes gratuitamente; y tan pronto como pude suponer que sus mentes estaban un poco preparadas por la lectura del mismo, puse en marcha una suscripción para abrir y apoyar una academia; debía ser pagada en cuotas anualmente durante cinco años; al dividirlo así, juzgué que la suscripción podría ser mayor, y creo que así fue, ascendiendo a nada menos, si mal no recuerdo, que cinco mil libras.
En la introducción a estas propuestas, declaré su publicación, no como un acto mío, sino de algunos caballeros de espíritu público, evitando tanto como pude, de acuerdo con mi regla habitual, presentarme al público como el autor de cualquier plan para su beneficio.
Los suscriptores, para llevar el proyecto a ejecución inmediata, eligieron de entre su número a veinticuatro fideicomisarios, y me nombraron al Sr. Francis, entonces fiscal general, y a mí para redactar las constituciones para el gobierno de la academia; lo cual, estando hecho y firmado, se alquiló una casa, se contrataron maestros y se abrieron las escuelas, creo, en el mismo año, 1749.
[86] Tench Francis, tío de Sir Philip Francis, emigró de Inglaterra a Maryland y se convirtió en abogado de Lord Baltimore. Se mudó a Filadelfia y fue fiscal general de Pensilvania desde 1741 hasta 1755. Murió en Filadelfia el 16 de agosto de 1758.—Smyth.
Aumentando rápidamente el número de alumnos, pronto se vio que la casa era demasiado pequeña, y buscábamos un terreno debidamente situado con la intención de construir, cuando la Providencia puso en nuestro camino una casa grande ya construida que, con unas pocas reformas, bien podría servir a nuestro propósito. Este era el edificio antes mencionado, erigido por los oyentes del Sr. Whitefield, y se obtuvo para nosotros de la siguiente manera.
Cabe señalar que, siendo las contribuciones para este edificio hechas por personas de diferentes sectas, se tuvo cuidado al nombrar a los fideicomisarios, en quienes habrían de recaer el edificio y el terreno, de que no se diera predominancia a ninguna secta, no fuera que con el tiempo esa predominancia pudiera ser un medio para apropiarse de todo para el uso de dicha secta, contrariamente a la intención original. Fue por ello que se nombró a uno de cada secta, a saber: un miembro de la Iglesia de Inglaterra, un presbiteriano, un bautista, un moravo, etcétera; estos, en caso de vacante por fallecimiento, debían cubrirla mediante elección de entre los contribuyentes. Al moravo dio la casualidad de que no le agradó a sus colegas y, a su muerte, resolvieron no tener a nadie más de esa secta. La dificultad entonces fue cómo evitar tener a dos de alguna otra secta mediante la nueva elección.
Se mencionaron varias personas y, por esa razón, no hubo acuerdo. Finalmente, alguien me mencionó a mí, observando que yo era simplemente un hombre honesto y sin secta alguna, lo cual les convenció de elegirme. El entusiasmo que existía cuando se construyó la casa había disminuido hacía mucho tiempo, y sus fideicomisarios no habían podido obtener nuevas contribuciones para pagar el alquiler del terreno y liquidar algunas otras deudas que el edificio había ocasionado, lo cual les avergonzaba enormemente. Siendo ahora miembro de ambos grupos de fideicomisarios, el del edificio y el de la academia, tuve una buena oportunidad de negociar con ambos y finalmente los llevé a un acuerdo, por el cual los fideicomisarios del edificio debían cederlo a los de la academia, comprometiéndose estos últimos a liquidar la deuda, a mantener siempre abierta en el edificio una gran sala para predicadores ocasionales, de acuerdo con la intención original, y a mantener una escuela gratuita para la instrucción de niños pobres. Se redactaron los documentos en consecuencia y, al pagar las deudas, los fideicomisarios de la academia fueron puestos en posesión de las instalaciones; y, dividiendo el gran y elevado salón en pisos, con diferentes habitaciones arriba y abajo para las diversas escuelas, y comprando algo de terreno adicional, el conjunto pronto quedó apto para nuestro propósito, y los alumnos se trasladaron al edificio. El cuidado y el trabajo de acordar con los obreros, comprar materiales y supervisar la obra recayeron sobre mí; y lo hice con tanta más alegría cuanto que no interfería entonces con mis asuntos privados, habiendo tomado el año anterior un socio muy capaz, trabajador y honesto, el Sr. David Hall, con cuyo carácter estaba bien familiarizado, pues había trabajado para mí cuatro años. Él me quitó de encima todo el cuidado de la imprenta, pagándome puntualmente mi parte de las ganancias. La sociedad duró dieciocho años, con éxito para ambos.
Los fideicomisarios de la academia, al cabo de un tiempo, fueron incorporados mediante una carta patente del gobernador; sus fondos se incrementaron con contribuciones en Gran Bretaña y concesiones de tierras de los propietarios, a las cuales la Asamblea ha hecho desde entonces considerables adiciones; y así se estableció la actual Universidad de Filadelfia.[87] He seguido siendo uno de sus fideicomisarios desde el principio, hace ya casi cuarenta años, y he tenido el gran placer de ver a un número de jóvenes que han recibido su educación en ella distinguirse por sus capacidades mejoradas, ser útiles en cargos públicos y ser un orgullo para su país.
[87] Más tarde llamada Universidad de Pensilvania.
Cuando me desvinculé, como se mencionó anteriormente, de los negocios privados, me halagué pensando que, con la fortuna suficiente aunque moderada que había adquirido, me había asegurado tiempo libre durante el resto de mi vida para estudios filosóficos y diversiones. Compré todo el aparato del Dr. Spence, quien había venido de Inglaterra para dar conferencias aquí, y procedí con mis experimentos eléctricos con gran presteza; pero el público, considerándome ahora como un hombre de ocio, se apoderó de mí para sus propósitos, imponiéndome cada parte de nuestro gobierno civil, y casi al mismo tiempo, algún deber. El gobernador me puso en la comisión de paz; la corporación de la ciudad me eligió para el consejo común y, poco después, concejal; y los ciudadanos en general me eligieron burgués para representarlos en la Asamblea. Este último cargo me fue más agradable, pues finalmente estaba cansado de sentarme allí a escuchar debates en los que, como secretario, no podía tomar parte, y que a menudo eran tan poco entretenidos que me veía inducido a entretenerme haciendo cuadrados o círculos mágicos, o cualquier cosa para evitar el aburrimiento; y concebí que convertirme en miembro ampliaría mi poder de hacer el bien. No quisiera, sin embargo, insinuar que mi ambición no se vio halagada por todos estos ascensos; ciertamente lo fue, pues, considerando mis bajos comienzos, eran grandes cosas para mí; y eran aún más placenteros por ser tantos testimonios espontáneos de la buena opinión pública, y por mí totalmente no solicitados.
El cargo de juez de paz lo probé un poco, asistiendo a algunos tribunales y sentándome en el estrado para escuchar causas; pero, al descubrir que era necesario un mayor conocimiento del derecho consuetudinario del que yo poseía para actuar en ese puesto con crédito, me retiré gradualmente de él, excusándome por estar obligado a atender los deberes superiores de legislador en la Asamblea. Mi elección para este cargo se repitió cada año durante diez años, sin que yo pidiera jamás a ningún elector su voto, ni manifestara, directa o indirectamente, deseo alguno de ser elegido. Al tomar mi asiento en la Cámara, mi hijo fue nombrado secretario de la misma.
Al año siguiente, debiendo celebrarse un tratado con los indios en Carlisle, el gobernador envió un mensaje a la Cámara proponiendo que nombrasen a algunos de sus miembros para que se unieran a algunos miembros del consejo como comisionados para ese fin.[88] La Cámara nombró al presidente (el Sr. Norris) y a mí mismo; y, siendo comisionados, fuimos a Carlisle y nos reunimos con los indios en consecuencia.
[88] Véanse las votaciones para tener esto con mayor exactitud.—Nota marginal.
Como esa gente es extremadamente propensa a emborracharse y, cuando lo están, son muy pendencieros y desordenados, prohibimos estrictamente la venta de cualquier licor a ellos; y cuando se quejaron de esta restricción, les dijimos que si permanecían sobrios durante el tratado, les daríamos abundante ron cuando terminara el asunto. Lo prometieron y mantuvieron su promesa, porque no pudieron conseguir licor, y el tratado se llevó a cabo con mucho orden y concluyó para satisfacción mutua. Entonces reclamaron y recibieron el ron; esto fue por la tarde: eran cerca de cien hombres, mujeres y niños, y estaban alojados en cabañas temporales, construidas en forma de cuadrado, justo fuera de la ciudad. Por la noche, al oír un gran ruido entre ellos, los comisionados salieron a ver qué ocurría. Encontramos que habían hecho una gran hoguera en medio del cuadrado; estaban todos borrachos, hombres y mujeres, peleando y luchando. Sus cuerpos de color oscuro, medio desnudos, vistos solo por la luz lúgubre de la hoguera, corriendo tras otros y golpeándose con tizones, acompañados por sus horribles alaridos, formaban una escena de lo más parecida a nuestras ideas del infierno que bien pudiera imaginarse; no había forma de apaciguar el tumulto y nos retiramos a nuestro alojamiento. A medianoche, varios de ellos llegaron aporreando nuestra puerta, exigiendo más ron, de lo cual no hicimos caso.
Al día siguiente, conscientes de que se habían portado mal al causarnos tal perturbación, enviaron a tres de sus viejos consejeros para presentar sus disculpas. El orador reconoció la falta, pero se la achacó al ron; y luego intentó excusar el ron diciendo: "El Gran Espíritu, que hizo todas las cosas, hizo cada cosa para algún uso, y para cualquier uso que destinara algo, a ese uso debería ponerse siempre. Ahora bien, cuando hizo el ron, dijo: 'Dejad que esto sea para que los indios se emborrachen', y así debe ser". Y, de hecho, si es el diseño de la Providencia exterminar a estos salvajes para hacer lugar a los cultivadores de la tierra, no parece improbable que el ron sea el medio designado. Ya ha aniquilado a todas las tribus que antiguamente habitaban la costa.
En 1751, el Dr. Thomas Bond, un amigo particular mío, concibió la idea de establecer un hospital en Filadelfia (un diseño muy benéfico, que se me ha atribuido a mí, pero que fue originalmente suyo), para la recepción y curación de pobres enfermos, ya fueran habitantes de la provincia o extranjeros. Se mostró celoso y activo en intentar conseguir suscripciones para ello, pero, siendo la propuesta una novedad en América y al principio no bien comprendida, no tuvo gran éxito.
Finalmente vino a mí con el cumplido de que encontraba que no había forma de llevar a cabo un proyecto de espíritu público sin que yo estuviera involucrado en él. "Porque", dice él, "a menudo me preguntan aquellos a quienes propongo suscribirse: ¿Ha consultado a Franklin sobre este asunto? ¿Y qué piensa él de esto? Y cuando les digo que no (suponiendo que es algo más bien fuera de su línea), no se suscriben, sino que dicen que lo considerarán". Indagué sobre la naturaleza y la probable utilidad de su esquema y, recibiendo de él una explicación muy satisfactoria, no solo me suscribí yo mismo, sino que me comprometí de corazón en el diseño de conseguir suscripciones de otros. Previamente, sin embargo, a la solicitud, intenté preparar las mentes de la gente escribiendo sobre el tema en los periódicos, lo cual era mi costumbre habitual en tales casos, pero lo que él había omitido.
Las suscripciones fueron después más libres y generosas; pero, al empezar a decaer, vi que serían insuficientes sin alguna ayuda de la Asamblea, y por lo tanto propuse solicitarla, lo cual se hizo. Los miembros del campo no aceptaron al principio el proyecto; objetaron que solo podría ser útil para la ciudad y que, por lo tanto, los ciudadanos solos deberían correr con los gastos; y dudaban de que los propios ciudadanos aprobaran el proyecto en general. Mi alegato en contra, de que contaba con tal aprobación que no dejaba duda de que podríamos recaudar dos mil libras mediante donaciones voluntarias, lo consideraron una suposición de lo más extravagante y totalmente imposible.
En esto formé mi plan; y, pidiendo permiso para presentar un proyecto de ley para incorporar a los contribuyentes de acuerdo con la petición de su solicitud, y concediéndoles una suma de dinero en blanco, cuyo permiso se obtuvo principalmente por la consideración de que la Cámara podía desechar el proyecto si no les gustaba, lo redacté de manera que la cláusula importante fuera una condicional, a saber: "Y sea promulgado, por la autoridad mencionada, que cuando dichos contribuyentes se hayan reunido y elegido a sus administradores y tesorero, y hayan recaudado mediante sus contribuciones un capital social de ---- valor (cuyo interés anual debe aplicarse al alojamiento de los enfermos pobres en dicho hospital, sin cargo por dieta, asistencia, consejo y medicinas), y hagan que esto conste a satisfacción del presidente de la Asamblea por el momento, que entonces será y podrá ser legal para dicho presidente, y se le requiere por la presente, firmar una orden al tesorero provincial para el pago de dos mil libras, en dos pagos anuales, al tesorero de dicho hospital, para ser aplicado a la fundación, construcción y terminación del mismo".
Esta condición hizo que el proyecto de ley saliera adelante; pues los miembros, que se habían opuesto a la subvención y ahora concebían que podrían tener el crédito de ser caritativos sin el gasto, acordaron su aprobación; y entonces, al solicitar suscripciones entre la gente, instamos a la promesa condicional de la ley como un motivo adicional para dar, ya que la donación de cada hombre se duplicaría; así, la cláusula funcionó en ambos sentidos. Las suscripciones pronto superaron la suma requerida, y reclamamos y recibimos el donativo público, lo que nos permitió llevar el diseño a ejecución. Pronto se erigió un edificio conveniente y hermoso; la institución ha demostrado ser útil por experiencia constante, y florece hasta el día de hoy; y no recuerdo ninguna de mis maniobras políticas cuyo éxito me diera en su momento más placer, o en la que, después de pensarlo, me excusara más fácilmente por haber hecho algún uso de la astucia.
Fue por esta época cuando otro proyectista, el reverendo Gilbert Tennent,[89] vino a mí con la petición de que le ayudara a conseguir una suscripción para erigir una nueva casa de reuniones. Debía ser para el uso de una congregación que había reunido entre los presbiterianos, quienes eran originalmente discípulos del Sr. Whitefield. Poco dispuesto a hacerme desagradable ante mis conciudadanos por solicitar con demasiada frecuencia sus contribuciones, me negué rotundamente. Entonces deseó que le proporcionara una lista de los nombres de personas que yo supiera por experiencia que eran generosas y de espíritu público. Pensé que sería impropio de mi parte, después de su amable cumplimiento con mis solicitudes, señalarlas para ser acosadas por otros mendigos, y por lo tanto también me negué a dar tal lista. Entonces deseó que al menos le diera mi consejo. "Eso lo haré de buena gana", dije; "y, en primer lugar, le aconsejo que se dirija a todos aquellos que sabe que darán algo; después, a aquellos de quienes no está seguro de si darán algo o no, y muéstreles la lista de los que han dado; y, por último, no descuide a los que está seguro de que no darán nada, pues en algunos de ellos puede estar equivocado". Se rió y me dio las gracias, y dijo que tomaría mi consejo. Así lo hizo, pues pidió a todo el mundo y obtuvo una suma mucho mayor de la que esperaba, con la cual erigió la espaciosa y muy elegante casa de reuniones que se alza en Arch-street.
[89] Gilbert Tennent (1703-1764) vino a América con su padre, el reverendo William Tennent, y enseñó durante un tiempo en el "Log College", del cual surgió el College of New Jersey.—Smyth.
Nuestra ciudad, aunque trazada con una hermosa regularidad, con las calles anchas, rectas y que se cruzan entre sí en ángulos rectos, tenía la desgracia de sufrir que esas calles permanecieran mucho tiempo sin pavimentar, y en tiempo de lluvia las ruedas de los carros pesados las convertían en un cenagal, por lo que era difícil cruzarlas; y en tiempo seco, el polvo era ofensivo. Yo había vivido cerca de lo que se llamaba el Jersey Market, y veía con dolor a los habitantes vadeando en el barro mientras compraban sus provisiones. Una franja de terreno a lo largo del centro de ese mercado fue finalmente pavimentada con ladrillo, de modo que, una vez en el mercado, tenían una base firme, pero a menudo se hundían en la suciedad hasta los zapatos para llegar allí. Hablando y escribiendo sobre el tema, finalmente fui fundamental para que la calle fuera pavimentada con piedra entre el mercado y el pavimento de ladrillo que había a cada lado junto a las casas. Esto, durante algún tiempo, dio un fácil acceso al mercado con los pies secos; pero, al no estar pavimentado el resto de la calle, cada vez que un carruaje salía del barro hacia este pavimento, sacudía y dejaba su suciedad en él, y pronto quedó cubierto de lodo, el cual no se retiraba, pues la ciudad todavía no tenía barrenderos.
Tras algunas averiguaciones, encontré a un hombre pobre y trabajador que estaba dispuesto a encargarse de mantener limpio el pavimento, barriéndolo dos veces por semana, retirando la suciedad de delante de las puertas de todos los vecinos, por la suma de seis peniques al mes, que pagaría cada casa. Luego escribí e imprimí un papel exponiendo las ventajas para el vecindario que podrían obtenerse con este pequeño gasto; la mayor facilidad para mantener nuestras casas limpias, al no traer tanta suciedad los pies de la gente; el beneficio para las tiendas por tener más clientela, etc., etc., ya que los compradores podían llegar más fácilmente a ellas; y al no tener, en tiempo de viento, el polvo que se metía en sus mercancías, etc., etc. Envié uno de estos papeles a cada casa, y en un día o dos fui por ahí para ver quién suscribiría un acuerdo para pagar esos seis peniques; fue firmado unánimemente y, durante un tiempo, bien ejecutado. Todos los habitantes de la ciudad estaban encantados con la limpieza del pavimento que rodeaba el mercado, siendo una comodidad para todos, y esto despertó un deseo general de tener todas las calles pavimentadas, e hizo a la gente más dispuesta a someterse a un impuesto para ese propósito.
Después de algún tiempo, redacté un proyecto de ley para pavimentar la ciudad y lo presenté a la Asamblea. Fue justo antes de ir a Inglaterra, en 1757, y no se aprobó hasta que me fui,[90] y entonces con una alteración en el modo de evaluación, que pensé que no era para mejor, pero con una disposición adicional para iluminar, además de pavimentar, las calles, lo cual fue una gran mejora. Fue por una persona privada, el difunto Sr. John Clifton, al dar una muestra de la utilidad de las lámparas colocando una en su puerta, que la gente se impresionó por primera vez con la idea de iluminar toda la ciudad. El honor de este beneficio público también se me ha atribuido a mí, pero pertenece verdaderamente a ese caballero. Solo seguí su ejemplo, y solo tengo algún mérito que reclamar respecto a la forma de nuestras lámparas, por diferir de las lámparas de globo con las que al principio nos suministraron desde Londres. Esas las encontramos inconvenientes en estos aspectos: no admitían aire por debajo; el humo, por lo tanto, no salía fácilmente por arriba, sino que circulaba en el globo, se alojaba en su interior y pronto obstruía la luz que pretendían proporcionar; dando, además, la molestia diaria de limpiarlas; y un golpe accidental en una de ellas la destruiría y la dejaría totalmente inútil. Por lo tanto, sugerí componerlas de cuatro paneles planos, con un largo embudo arriba para extraer el humo, y rendijas que admitieran aire por debajo, para facilitar el ascenso del humo; de esta manera se mantenían limpias y no se oscurecían en pocas horas, como las lámparas de Londres, sino que continuaban brillantes hasta la mañana, y un golpe accidental generalmente rompía solo un panel, fácil de reparar.
A veces me he preguntado por qué los londinenses no aprendieron, por el efecto que tienen los agujeros en el fondo de las lámparas de globo usadas en Vauxhall[91] para mantenerlas limpias, a tener tales agujeros en las lámparas de sus calles. Pero, siendo estos agujeros hechos para otro propósito, a saber, comunicar la llama más repentinamente a la mecha mediante un poco de lino que cuelga a través de ellos, el otro uso, el de dejar entrar aire, parece no haber sido pensado; y por lo tanto, después de que las lámparas han estado encendidas unas pocas horas, las calles de Londres están muy mal iluminadas.
[90] Véanse las votaciones.
[91] Vauxhall Gardens, antaño un lugar de recreo londinense popular y de moda, situado en el Támesis, por encima de Lambeth. Los jardines cerraron en 1859, pero siempre serán recordados por la visita que les hizo Sir Roger de Coverley en el Spectator y por las descripciones en el Humphry Clinker de Smollett y en la Vanity Fair de Thackeray.
La mención de estas mejoras me recuerda una que propuse, cuando estaba en Londres, al Dr. Fothergill, quien fue uno de los mejores hombres que he conocido y un gran promotor de proyectos útiles. Había observado que las calles, cuando estaban secas, nunca se barrían ni se retiraba el polvo ligero; sino que se dejaba acumular hasta que el clima húmedo lo reducía a lodo, y entonces, tras permanecer algunos días tan profundo en el pavimento que no había forma de cruzar más que por senderos mantenidos limpios por gente pobre con escobas, se rastrillaba con gran esfuerzo y se arrojaba en carros abiertos por arriba, cuyos costados permitían que parte del fango se sacudiera y cayera en cada bache del empedrado, molestando a veces a los peatones. La razón dada para no barrer las calles polvorientas era que el polvo volaría hacia las ventanas de las tiendas y casas.
Un suceso accidental me había enseñado cuánto barrido podía hacerse en poco tiempo. Encontré a una mujer pobre en mi puerta en Craven-street, una mañana, barriendo mi pavimento con una escoba de abedul; parecía muy pálida y débil, como si acabara de salir de una enfermedad. Le pregunté quién la empleaba para barrer allí; dijo: "Nadie, pero soy muy pobre y paso necesidad, y barro ante las puertas de la gente principal, y espero que me den algo". Le pedí que barriera toda la calle hasta dejarla limpia y que le daría un chelín; esto fue a las nueve; a las 12 vino a buscar el chelín. Por la lentitud que vi al principio en su trabajo, difícilmente podía creer que la tarea estuviera hecha tan pronto, y envié a mi criado a examinarlo, quien informó que toda la calle estaba perfectamente barrida y todo el polvo colocado en la alcantarilla, que estaba en el centro; y la siguiente lluvia lo lavó por completo, de modo que el pavimento e incluso el canalón estaban perfectamente limpios.
[92] Una calle corta cerca de Charing Cross, Londres.
Entonces juzgué que, si esa mujer débil podía barrer tal calle en tres horas, un hombre fuerte y activo podría haberlo hecho en la mitad de tiempo. Y aquí permítaseme señalar la conveniencia de tener una sola alcantarilla en una calle tan estrecha, que corra por su medio, en lugar de dos, una a cada lado, cerca de la acera; pues donde toda la lluvia que cae sobre una calle corre desde los lados y se encuentra en el medio, forma allí una corriente lo suficientemente fuerte como para arrastrar todo el lodo que encuentra; pero cuando se divide en dos canales, a menudo es demasiado débil para limpiar ninguno, y solo hace más fluido el lodo que halla, de modo que las ruedas de los carruajes y los cascos de los caballos lo lanzan y salpican sobre el pavimento peatonal, que queda así sucio y resbaladizo, y a veces salpica a quienes caminan. Mi propuesta, comunicada al buen doctor, era la siguiente:
"Para la limpieza más eficaz y para mantener limpias las calles de Londres y Westminster, se propone que se contrate a los diversos serenos para que el polvo sea barrido en las estaciones secas, y el lodo rastrillado en otras ocasiones, cada uno en las diversas calles y callejones de su ronda; que se les provea de escobas y otros instrumentos adecuados para estos fines, que se guardarán en sus respectivos puestos, listos para suministrar a las personas pobres que puedan emplear en el servicio.
"Que en los meses secos de verano todo el polvo sea barrido en montones a distancias adecuadas, antes de que las tiendas y las ventanas de las casas se abran habitualmente, cuando los barrenderos, con carros cubiertos, también lo lleven todo lejos.
"Que el lodo, cuando sea rastrillado, no se deje en montones para ser esparcido de nuevo por las ruedas de los carruajes y el pisoteo de los caballos, sino que los barrenderos estén provistos de cajas de carros, no colocadas altas sobre ruedas, sino bajas sobre patines, con fondos de celosía, que, al estar cubiertos con paja, retendrán el lodo arrojado en ellos y permitirán que el agua drene, con lo cual se volverá mucho más ligero, siendo el agua la mayor parte de su peso; estas cajas de carros se colocarán a distancias convenientes, y el lodo será llevado a ellas en carretillas; permaneciendo donde se colocaron hasta que el lodo esté drenado, y entonces se traerán caballos para arrastrarlos".
Desde entonces he tenido dudas sobre la viabilidad de la última parte de esta propuesta, debido a la estrechez de algunas calles y la dificultad de colocar los trineos de drenaje sin estorbar demasiado el paso; pero sigo opinando que la anterior, que requiere que el polvo sea barrido y retirado antes de que las tiendas se abran, es muy practicable en el verano, cuando los días son largos; pues, al caminar por el Strand y Fleet-street una mañana a las siete en punto, observé que no había ni una tienda abierta, aunque había sido de día y el sol llevaba arriba más de tres horas; los habitantes de Londres eligen voluntariamente vivir mucho a la luz de las velas y dormir bajo el sol, y sin embargo a menudo se quejan, un poco absurdamente, del impuesto sobre las velas y del alto precio del sebo.
Algunos pueden pensar que estos asuntos triviales no merecen la pena de ser tenidos en cuenta o relatados; pero cuando consideran que, aunque el polvo que entra en los ojos de una sola persona, o en una sola tienda en un día ventoso, es de poca importancia, sin embargo, el gran número de casos en una ciudad populosa y sus frecuentes repeticiones le dan peso y consecuencia, tal vez no censuren muy severamente a quienes dedican algo de atención a asuntos de esta naturaleza aparentemente baja. La felicidad humana no se produce tanto por grandes golpes de fortuna que rara vez ocurren, como por pequeñas ventajas que ocurren todos los días. Así, si enseñas a un joven pobre a afeitarse a sí mismo y a mantener su navaja en orden, puedes contribuir más a la felicidad de su vida que dándole mil guineas. El dinero puede gastarse pronto, quedando solo el pesar de haberlo consumido tontamente; pero en el otro caso, él evita la frecuente molestia de esperar a los barberos, y de sus dedos a veces sucios, alientos ofensivos y navajas desafiladas; se afeita cuando le resulta más conveniente y disfruta a diario del placer de que se haga con un buen instrumento. Con estos sentimientos he arriesgado las pocas páginas precedentes, esperando que puedan ofrecer pistas que en algún momento puedan ser útiles a una ciudad que amo, habiendo vivido en ella muchos años muy felizmente, y tal vez a algunos de nuestros pueblos en América.
Habiendo estado durante algún tiempo empleado por el administrador general de correos de América como su interventor en la regulación de varias oficinas, y haciendo que los funcionarios rindieran cuentas, fui, tras su muerte en 1753, nombrado, conjuntamente con el Sr. William Hunter, para sucederle, mediante una comisión del administrador general de correos en Inglaterra. La oficina americana nunca había pagado hasta entonces nada a la de Gran Bretaña. Debíamos tener seiscientas libras al año entre los dos, si podíamos obtener esa suma de los beneficios de la oficina. Para hacer esto, fueron necesarias diversas mejoras; algunas de estas fueron inevitablemente costosas al principio, de modo que en los primeros cuatro años la oficina llegó a tener más de novecientas libras de deuda con nosotros. Pero poco después comenzó a pagarnos; y antes de que fuera desplazado por un capricho de los ministros, de lo cual hablaré más adelante, habíamos logrado que rindiera tres veces más ingresos netos a la corona que la oficina de correos de Irlanda. ¡Desde esa transacción imprudente, no han recibido de ella ni un céntimo!
El negocio de la oficina de correos ocasionó que hiciera un viaje este año a Nueva Inglaterra, donde el College of Cambridge, por iniciativa propia, me presentó el título de Maestro en Artes. Yale College, en Connecticut, me había hecho antes un cumplido similar. Así, sin estudiar en ningún colegio, llegué a participar de sus honores. Fueron conferidos en consideración a mis mejoras y descubrimientos en la rama eléctrica de la filosofía natural.
XIV
PLAN DE UNIÓN DE ALBANY
En 1754, al temerse de nuevo una guerra con Francia, un congreso de comisionados de las diferentes colonias debía, por orden de los Lords of Trade, reunirse en Albany, allí para conferenciar con los jefes de las Seis Naciones sobre los medios de defender tanto su país como el nuestro. El gobernador Hamilton, habiendo recibido esta orden, informó a la Cámara de ella, solicitando que proporcionaran regalos adecuados para los indios, para ser dados en esta ocasión; y nombrando al presidente (Sr. Norris) y a mí mismo para unirnos al Sr. Thomas Penn y al Sr. Secretario Peters como comisionados para actuar en nombre de Pennsylvania. La Cámara aprobó la nominación y proporcionó los bienes para el presente, y aunque no les gustaba mucho tratar fuera de las provincias; y nos reunimos con los otros comisionados en Albany hacia mediados de junio.
En nuestro camino hacia allí, proyecté y redacté un plan para la unión de todas las colonias bajo un solo gobierno, en la medida en que fuera necesario para la defensa y otros fines generales importantes. Mientras pasábamos por Nueva York, allí había mostrado mi proyecto al Sr. James Alexander y al Sr. Kennedy, dos caballeros de gran conocimiento en asuntos públicos, y, siendo fortalecido por su aprobación, me aventuré a presentarlo ante el Congreso. Entonces apareció que varios de los comisionados habían formado planes del mismo tipo. Se tomó primero una cuestión previa, si se debía establecer una unión, lo cual se aprobó afirmativamente por unanimidad. Se nombró entonces un comité, un miembro de cada colonia, para considerar los diversos planes e informar. El mío resultó ser el preferido, y, con algunas enmiendas, fue informado en consecuencia.
Según este plan, el gobierno general sería administrado por un presidente general, nombrado y mantenido por la corona, y un gran consejo sería elegido por los representantes del pueblo de las diversas colonias, reunidos en sus respectivas asambleas. Los debates sobre el mismo en el Congreso continuaron diariamente, mano a mano con el asunto indio. Se plantearon muchas objeciones y dificultades, pero al final todas fueron superadas, y el plan fue acordado por unanimidad, y se ordenó que se enviaran copias a la Board of Trade y a las asambleas de las diversas provincias. Su destino fue singular; las asambleas no lo adoptaron, pues todas pensaron que había demasiada prerrogativa en él, y en Inglaterra se juzgó que tenía demasiado de democrático. La Board of Trade, por tanto, no lo aprobó, ni lo recomendó para la aprobación de su majestad; sino que se formó otro esquema, que se suponía respondía mejor al mismo propósito, mediante el cual los gobernadores de las provincias, con algunos miembros de sus respectivos consejos, debían reunirse y ordenar el levantamiento de tropas, la construcción de fuertes, etc., y girar contra el tesoro de Gran Bretaña para los gastos, que posteriormente serían reembolsados por un acto del Parlamento que imponía un impuesto sobre América. Mi plan, con mis razones en apoyo del mismo, se encuentra entre mis papeles políticos que están impresos.
Estando el invierno siguiente en Boston, tuve mucha conversación con el gobernador Shirley sobre ambos planes. Parte de lo que pasó entre nosotros en la ocasión también puede verse entre esos papeles. Las diferentes y contrarias razones de disgusto hacia mi plan me hacen sospechar que era realmente el justo medio; y sigo opinando que habría sido feliz para ambos lados del agua si se hubiera adoptado. Las colonias, así unidas, habrían sido lo suficientemente fuertes como para haberse defendido a sí mismas; entonces no habría habido necesidad de tropas de Inglaterra; por supuesto, el posterior pretexto para gravar a América, y la sangrienta contienda que ocasionó, habrían sido evitados. Pero tales errores no son nuevos; la historia está llena de los errores de estados y príncipes.
"¡Mira alrededor del mundo habitable, cuán pocos Conocen su propio bien, o, conociéndolo, lo persiguen!"
Aquellos que gobiernan, teniendo mucho trabajo en sus manos, generalmente no les gusta tomarse la molestia de considerar y llevar a la ejecución nuevos proyectos. Las mejores medidas públicas, por tanto, rara vez son adoptadas por sabiduría previa, sino forzadas por la ocasión.
El gobernador de Pennsylvania, al enviarlo a la Asamblea, expresó su aprobación del plan, "por parecerle redactado con gran claridad y fuerza de juicio, y por lo tanto lo recomendó como muy digno de su más estrecha y seria atención". La Cámara, sin embargo, por la gestión de un cierto miembro, lo trató cuando yo estaba ausente, lo cual pensé que no era muy justo, y lo reprobó sin prestarle ninguna atención en absoluto, para mi no pequeña mortificación.
XV
RIÑAS CON LOS GOBERNADORES PROPIETARIOS
En mi viaje a Boston este año, me encontré en Nueva York con nuestro nuevo gobernador, el Sr. Morris, recién llegado allí desde Inglaterra, con quien ya había estado íntimamente relacionado. Traía una comisión para reemplazar al Sr. Hamilton, quien, cansado de las disputas a las que sus instrucciones propietarias le sometían, había dimitido. El Sr. Morris me preguntó si pensaba que debía esperar una administración tan incómoda. Dije: "No; puede, por el contrario, tener una muy cómoda, si solo tiene cuidado de no entrar en ninguna disputa con la Asamblea". "Mi querido amigo", dice él, alegremente, "¿cómo puedes aconsejarme que evite las disputas? Sabes que me encanta disputar; es uno de mis mayores placeres; sin embargo, para mostrar el respeto que tengo por tu consejo, te prometo que, si es posible, las evitaré". Tenía alguna razón para amar disputar, siendo elocuente, un sofista agudo y, por tanto, generalmente exitoso en la conversación argumentativa. Había sido educado en ello desde niño, su padre, según he oído, acostumbraba a sus hijos a disputar unos con otros para su diversión, mientras estaban sentados a la mesa después de la cena; pero creo que la práctica no fue sabia; pues, en el curso de mi observación, estas personas que disputan, contradicen y refutan son generalmente desafortunadas en sus asuntos. A veces obtienen la victoria, pero nunca obtienen la buena voluntad, que les sería de mayor utilidad. Nos separamos, él yendo a Philadelphia, y yo a Boston.
Al regresar, me encontré en Nueva York con los votos de la Asamblea, por los cuales aparecía que, a pesar de su promesa hacia mí, él y la Cámara ya estaban en alta contención; y fue una batalla continua entre ellos mientras retuvo el gobierno. Tuve mi parte de ella; pues, tan pronto como regresé a mi escaño en la Asamblea, fui puesto en cada comité para responder a sus discursos y mensajes, y por los comités siempre deseado para hacer los borradores. Nuestras respuestas, así como sus mensajes, eran a menudo agrias, y a veces indecentemente abusivas; y, como él sabía que yo escribía para la Asamblea, uno podría haber imaginado que, cuando nos reuniéramos, difícilmente podríamos evitar cortarnos el cuello; pero él era un hombre de tan buen carácter que ninguna diferencia personal entre él y yo fue ocasionada por la contienda, y a menudo cenábamos juntos.
Una tarde, en el apogeo de esta riña pública, nos encontramos en la calle. "Franklin", dice él, "debes ir a casa conmigo y pasar la velada; voy a tener algo de compañía que te gustará"; y, tomándome del brazo, me llevó a su casa. En alegre conversación con nuestro vino, después de la cena, nos contó, en broma, que admiraba mucho la idea de Sancho Panza,[93] quien, cuando se propuso darle un gobierno, solicitó que fuera un gobierno de negros, ya que entonces, si no podía estar de acuerdo con su gente, podría venderlos. Uno de sus amigos, que estaba sentado a mi lado, dice: "Franklin, ¿por qué continúas poniéndote del lado de estos malditos cuáqueros? ¿No sería mejor que los vendieras? El propietario te daría un buen precio". "El gobernador", digo yo, "todavía no los ha ennegrecido lo suficiente". Él, de hecho, se había esforzado mucho por ennegrecer a la Asamblea en todos sus mensajes, pero ellos limpiaban su colorante tan rápido como él lo aplicaba, y lo colocaban, a cambio, espeso sobre su propia cara; de modo que, descubriendo que era probable que él mismo fuera negrofilizado, él, al igual que el Sr. Hamilton, se cansó de la contienda y dejó el gobierno.
Estas riñas públicas[94] se debían en el fondo a los propietarios, nuestros gobernadores hereditarios, quienes, cuando había que incurrir en algún gasto para la defensa de su provincia, con una mezquindad increíble instruían a sus diputados para no aprobar ningún acto para recaudar los impuestos necesarios, a menos que sus vastas propiedades fueran expresamente excusadas en el mismo acto; y habían incluso tomado fianzas de estos diputados para observar tales instrucciones. Las Asambleas durante tres años resistieron contra esta injusticia, aunque constreñidas a ceder al final. Finalmente, el capitán Denny, que fue el sucesor del gobernador Morris, se aventuró a desobedecer esas instrucciones; cómo se logró eso lo mostraré más adelante.
[93] El escudero "redondo, egoísta e importante" de Don Quijote en la novela de Cervantes de ese nombre.
[94] Mis actos en tiempos de Morris, militares, etc.—Nota al margen.
Pero me he adelantado demasiado con mi historia: todavía hay algunas transacciones que mencionar que ocurrieron durante la administración del gobernador Morris.
Estando la guerra en cierto modo iniciada con Francia, el gobierno de Massachusetts Bay proyectó un ataque sobre Crown Point,[95] y envió al Sr. Quincy a Pennsylvania, y al Sr. Pownall, más tarde gobernador Pownall, a Nueva York, para solicitar asistencia. Como yo estaba en la Asamblea, conocía su temperamento y era compatriota del Sr. Quincy, él se dirigió a mí por mi influencia y ayuda. Dicté su discurso hacia ellos, el cual fue bien recibido. Votaron una ayuda de diez mil libras, para ser gastadas en provisiones. Pero al negarse el gobernador a dar su asentimiento al proyecto de ley (que incluía esto con otras sumas otorgadas para el uso de la corona), a menos que se insertara una cláusula que eximiera a la propiedad propietaria de soportar cualquier parte del impuesto que sería necesario, la Asamblea, aunque muy deseosa de hacer efectiva su subvención a Nueva Inglaterra, estaba en duda sobre cómo lograrlo. El Sr. Quincy trabajó duro con el gobernador para obtener su asentimiento, pero él fue obstinado.
[95] En el lago Champlain, noventa millas al norte de Albany. Fue capturado por los franceses en 1731, atacado por los ingleses en 1755 y 1756, y abandonado por los franceses en 1759. Fue finalmente capturado a los ingleses por los americanos en 1775.
Entonces sugerí un método para hacer el negocio sin el gobernador, mediante órdenes sobre los fideicomisarios de la oficina de préstamos, que, por ley, la Asamblea tenía el derecho de girar. Había, de hecho, poco o nada de dinero en ese momento en la oficina, y por lo tanto propuse que las órdenes fueran pagaderas en un año, y que llevaran un interés del cinco por ciento. Con estas órdenes supuse que las provisiones podrían comprarse fácilmente. La Asamblea, con muy poca vacilación, adoptó la propuesta. Las órdenes fueron impresas inmediatamente, y yo fui uno de los miembros del comité encargado de firmarlas y disponer de ellas. El fondo para pagarlas era el interés de toda la moneda de papel entonces existente en la provincia en préstamo, junto con los ingresos derivados del impuesto especial, que siendo conocidos por ser más que suficientes, obtuvieron crédito instantáneo, y no solo fueron recibidos en pago por las provisiones, sino que muchas personas adineradas, que tenían efectivo guardado, lo invirtieron en esas órdenes, lo que encontraron ventajoso, ya que llevaban interés mientras estaban en mano, y podían en cualquier ocasión ser usadas como dinero; de modo que todas fueron compradas ávidamente, y en pocas semanas ninguna de ellas se veía. Así, este importante asunto fue completado por mis medios. El Sr. Quincy agradeció a la Asamblea en un hermoso memorial, se fue a casa muy complacido con este éxito de su embajada, y siempre después mantuvo por mí la amistad más cordial y afectuosa.
XVI
EXPEDICIÓN DE BRADDOCK
El gobierno británico, no queriendo permitir la unión de las colonias según se propuso en Albany, y no queriendo confiar tal unión a su propia defensa, por temor a que de ese modo se volvieran demasiado militares y sintieran su propia fuerza, al haber sospechas y celos de ellas en ese momento, envió al General Braddock con dos regimientos de tropas regulares inglesas para ese propósito. Desembarcó en Alexandria, en Virginia, y de allí marchó a Frederictown, en Maryland, donde se detuvo en busca de carruajes. Nuestra Asamblea, recelosa por cierta información de que él había concebido violentos prejuicios contra ellos, como contrarios al servicio, deseó que yo lo visitara, no como enviado de ellos, sino como administrador general de correos, bajo el pretexto de proponerle establecer el modo de conducir con mayor celeridad y certeza los despachos entre él y los gobernadores de las diversas provincias, con quienes necesariamente debía mantener correspondencia continua, y de cuyos gastos ellos proponían hacerse cargo. Mi hijo me acompañó en este viaje.
Encontramos al general en Frederictown, esperando impacientemente el regreso de aquellos que había enviado a través de las partes interiores de Maryland y Virginia para recoger carretas. Permanecí con él varios días, cené con él a diario y tuve plena oportunidad de eliminar todos sus prejuicios mediante la información de lo que la Asamblea ya había hecho antes de su llegada, y lo que aún estaba dispuesta a hacer, para facilitar sus operaciones. Cuando estaba a punto de partir, llegaron los informes de las carretas que se podían obtener, por los cuales parecía que ascendían solo a veinticinco, y no todas ellas estaban en condiciones de servicio. El general y todos los oficiales se sorprendieron, declararon que la expedición había llegado a su fin, al ser imposible, y protestaron contra los ministros por desembarcarlos por ignorancia en un país desprovisto de los medios para transportar sus suministros, equipaje, etc., siendo necesarias no menos de ciento cincuenta carretas.
Se me ocurrió decir que me parecía una lástima que no hubieran desembarcado mejor en Pennsylvania, ya que en ese país casi todos los agricultores tenían su carreta. El general se aferró ávidamente a mis palabras y dijo: "Entonces usted, señor, que es un hombre de influencia allí, probablemente pueda conseguirlas para nosotros; y le ruego que se encargue de ello". Pregunté qué condiciones se ofrecerían a los dueños de las carretas, y se me pidió que pusiera por escrito las condiciones que me parecían necesarias. Así lo hice, fueron aceptadas, y de inmediato se prepararon una comisión y las instrucciones correspondientes. Cuáles fueron esas condiciones aparecerá en el anuncio que publiqué tan pronto como llegué a Lancaster, el cual, por el gran y repentino efecto que produjo, siendo una pieza de cierta curiosidad, lo insertaré íntegramente, de la siguiente manera:
"Anuncio.
"Lancaster, 26 de abril de 1755.
"Por cuanto se necesitan ciento cincuenta carretas, con cuatro caballos para cada una, y mil quinientos caballos de silla o de carga, para el servicio de las fuerzas de su majestad que están a punto de reunirse en Will's Creek, y habiendo tenido su excelencia el General Braddock a bien facultarme para contratar el alquiler de las mismas, por la presente doy aviso de que atenderé con ese propósito en Lancaster desde el día de hoy hasta la tarde del próximo miércoles, y en York desde la mañana del próximo jueves hasta la tarde del viernes, donde estaré dispuesto a acordar el alquiler de carretas y equipos, o caballos sueltos, bajo las siguientes condiciones, a saber: 1. Que se pagarán por cada carreta, con cuatro buenos caballos y un conductor, quince chelines por día; y por cada caballo apto con silla de carga, u otra silla y aparejos, dos chelines por día; y por cada caballo apto sin silla, dieciocho peniques por día. 2. Que el pago comience desde el momento en que se unan a las fuerzas en Will's Creek, lo cual debe ser el 20 de mayo próximo o antes, y que se pague una compensación razonable adicional por el tiempo necesario para viajar a Will's Creek y regresar a casa después de su licenciamiento. 3. Cada carreta y equipo, y cada caballo de silla o carga, debe ser tasado por personas imparciales elegidas entre mí y el dueño; y en caso de pérdida de cualquier carreta, equipo u otro caballo en el servicio, se permitirá y pagará el precio conforme a dicha tasación. 4. Se adelantarán siete días de pago y serán abonados por mí al dueño de cada carreta y equipo, o caballo, en el momento de la contratación, si así se requiere, y el resto será pagado por el General Braddock, o por el pagador del ejército, en el momento de su licenciamiento, o de vez en cuando, según se demande. 5. Ningún conductor de carretas, ni personas que cuiden de los caballos alquilados, deberán bajo ninguna circunstancia ser llamados a cumplir funciones de soldados, ni ser empleados de otra forma que no sea en la conducción o el cuidado de sus vehículos o caballos. 6. Toda la avena, el maíz indio u otro forraje que las carretas o caballos traigan al campamento, más allá de lo necesario para la subsistencia de los caballos, será tomado para uso del ejército, y se pagará un precio razonable por ello.
"Nota.--Mi hijo, William Franklin, está facultado para celebrar contratos similares con cualquier persona en el condado de Cumberland.
"B. Franklin."
_"A los habitantes de los condados de Lancaster, York y Cumberland._
"Amigos y compatriotas,
"Estando ocasionalmente en el campamento de Frederic hace unos días, encontré al general y a los oficiales extremadamente exasperados por no haber sido provistos de caballos y carretas, lo cual se esperaba de esta provincia, por ser la más capaz de suministrarlos; pero, debido a las disensiones entre nuestro gobernador y la Asamblea, no se había provisto dinero ni se habían tomado medidas para ese propósito.
"Se propuso enviar una fuerza armada inmediatamente a estos condados, para incautar tantas de las mejores carretas y caballos como fueran necesarios, y obligar a tantas personas al servicio como fuera necesario para conducirlos y cuidarlos.
"Comprendí que el avance de los soldados británicos a través de estos condados en tal ocasión, especialmente considerando el temperamento en que se encuentran y su resentimiento contra nosotros, traería consigo muchos y grandes inconvenientes para los habitantes, y por lo tanto, preferí tomarme la molestia de intentar primero lo que se podría lograr por medios justos y equitativos. La gente de estos condados del interior se ha quejado recientemente ante la Asamblea de que faltaba moneda suficiente; ustedes tienen la oportunidad de recibir y dividir entre ustedes una suma muy considerable; pues, si el servicio de esta expedición continuara, como es más que probable que así sea, durante ciento veinte días, el alquiler de estas carretas y caballos ascenderá a más de treinta mil libras, las cuales les serán pagadas en plata y oro del dinero del rey.
"El servicio será ligero y fácil, pues el ejército difícilmente marchará más de doce millas por día, y las carretas y los caballos de equipaje, dado que transportan las cosas que son absolutamente necesarias para el bienestar del ejército, deben marchar con el ejército, y no más rápido; y están, por el bien del ejército, siempre colocados donde puedan estar más seguros, ya sea en una marcha o en un campamento.
"Si son realmente, como creo que lo son, buenos y leales súbditos de su majestad, pueden ahora prestar un servicio de lo más aceptable y hacérselo fácil a ustedes mismos; pues tres o cuatro de aquellos que no puedan prescindir por separado del trabajo de sus plantaciones de una carreta, cuatro caballos y un conductor, pueden hacerlo juntos, uno proporcionando la carreta, otro uno o dos caballos, y otro el conductor, y dividir el pago proporcionalmente entre ustedes; pero si no hacen este servicio a su rey y a su país voluntariamente, cuando se les ofrecen tan buen pago y condiciones razonables, su lealtad será fuertemente sospechada. El trabajo del rey debe hacerse; tantas tropas valientes, que han venido de tan lejos para su defensa, no deben permanecer ociosas por su reticencia a hacer lo que razonablemente se espera de ustedes; las carretas y los caballos deben conseguirse; probablemente se utilizarán medidas violentas, y se verán obligados a buscar una compensación donde puedan encontrarla, y su caso, quizás, sea poco compadecido o tomado en cuenta.
"No tengo ningún interés particular en este asunto, ya que, excepto por la satisfacción de intentar hacer el bien, solo tendré mi trabajo por mis esfuerzos. Si este método de obtener las carretas y caballos no parece tener éxito, estoy obligado a enviar aviso al general en catorce días; y supongo que Sir John St. Clair, el húsar, con un cuerpo de soldados, entrará inmediatamente en la provincia para ese propósito, lo cual lamento oír, porque soy muy sincera y verdaderamente su amigo y bienintencionado,
"B. Franklin."
Recibí del general unas ochocientas libras, para ser desembolsadas como dinero de anticipo a los dueños de las carretas, etc.; pero siendo insuficiente esa suma, adelanté más de doscientas libras adicionales, y en dos semanas las ciento cincuenta carretas, con doscientos cincuenta y nueve caballos de carga, estaban en marcha hacia el campamento. El anuncio prometía el pago según la tasación, en caso de que se perdiera alguna carreta o caballo. Los dueños, sin embargo, alegando que no conocían al General Braddock, o qué confianza se podía tener en su promesa, insistieron en mi fianza para el cumplimiento, la cual les di consecuentemente.
Mientras estaba en el campamento, cenando una noche con los oficiales del regimiento del Coronel Dunbar, él me manifestó su preocupación por los subalternos, quienes, dijo, generalmente no tenían riquezas y difícilmente podían permitirse, en este país tan caro, almacenar las provisiones que podrían ser necesarias en una marcha tan larga, a través de una tierra salvaje donde nada se podía comprar. Me compadecí de su caso y resolví intentar conseguirles algún alivio. No le dije nada, sin embargo, de mi intención, sino que escribí la mañana siguiente al comité de la Asamblea, que tenía la disposición de algún dinero público, recomendando encarecidamente el caso de estos oficiales a su consideración, y proponiendo que se les enviara un regalo de necesidades y refrigerios. Mi hijo, que tenía alguna experiencia en la vida de campamento y en sus carencias, redactó una lista para mí, que incluí en mi carta. El comité aprobó y puso tal diligencia que, conducidos por mi hijo, los suministros llegaron al campamento tan pronto como las carretas. Consistían en veinte paquetes, cada uno conteniendo
6 libras de azúcar en terrones. 6 libras de buen azúcar mascabado. 1 libra de buen té verde. 1 libra de buen té bohea. 6 libras de buen café molido. 6 libras de chocolate. media quintal de la mejor galleta blanca. media libra de pimienta. 1 cuarto de galón del mejor vinagre de vino blanco. 1 queso de Gloucester. 1 barril pequeño conteniendo 20 libras de buena mantequilla. 2 docenas de vino de Madeira añejo. 2 galones de aguardiente de Jamaica. 1 botella de harina de mostaza. 2 jamones bien curados. media docena de lenguas secas. 6 libras de arroz. 6 libras de pasas.
Estos veinte paquetes, bien empaquetados, fueron colocados en otros tantos caballos, estando destinado cada paquete, junto con el caballo, como un regalo para un oficial. Fueron recibidos con mucha gratitud, y la amabilidad fue reconocida mediante cartas enviadas a mí por los coroneles de ambos regimientos, en los términos más agradecidos. El general, también, quedó altamente satisfecho con mi conducta al conseguirle las carretas, etc., y pagó prontamente mi cuenta de desembolsos, agradeciéndome repetidamente y solicitando mi asistencia adicional para enviarle provisiones. También me encargué de esto, y estuve ocupado en ello hasta que supimos de su derrota, adelantando para el servicio más de mil libras esterlinas de mi propio dinero, de las cuales le envié una cuenta. Llegó a sus manos, afortunadamente para mí, unos días antes de la batalla, y me devolvió inmediatamente una orden al pagador por la suma redonda de mil libras, dejando el resto para la siguiente cuenta. Considero este pago como buena suerte, no habiendo podido obtener nunca ese resto, de lo cual hablaré más adelante.
Este general era, creo, un hombre valiente, y probablemente habría destacado como un buen oficial en alguna guerra europea. Pero tenía demasiada confianza en sí mismo, una opinión demasiado alta de la validez de las tropas regulares y una demasiado baja tanto de los estadounidenses como de los indios. George Croghan, nuestro intérprete indio, se unió a él en su marcha con cien de esas personas, quienes podrían haber sido de gran utilidad para su ejército como guías, exploradores, etc., si los hubiera tratado con amabilidad; pero los menospreció y los descuidó, y gradualmente lo abandonaron.
En una conversación con él un día, me estaba dando cuenta de su progreso previsto. "Después de tomar el Fuerte Duquesne", dice, "debo proceder a Niagara; y, habiendo tomado eso, a Frontenac, si la estación permite el tiempo; y supongo que lo hará, pues Duquesne difícilmente puede retenerme más de tres o cuatro días; y entonces no veo nada que pueda obstruir mi marcha a Niagara". Habiendo reflexionado antes en mi mente sobre la larga línea que su ejército debía formar en su marcha por un camino muy estrecho, que debía ser abierto para ellos a través de los bosques y arbustos, y también sobre lo que había leído de una derrota anterior de mil quinientos franceses, que invadieron el país iroqués, había concebido algunas dudas y algunos temores por el resultado de la campaña. Pero me aventuré solo a decir: "Sin duda, señor, si llega bien ante Duquesne, con estas excelentes tropas, tan bien provistas de artillería, ese lugar que aún no está completamente fortificado, y como oímos, sin una guarnición muy fuerte, probablemente solo pueda ofrecer una breve resistencia. El único peligro de obstrucción a su marcha que temo es el de las emboscadas de los indios, quienes, por constante práctica, son diestros en prepararlas y ejecutarlas; y la línea delgada, de casi cuatro millas de largo, que su ejército debe formar, puede exponerlo a ser atacado por sorpresa en sus flancos, y a ser cortado como un hilo en varias piezas, las cuales, por su distancia, no pueden llegar a tiempo para apoyarse mutuamente".
Él sonrió ante mi ignorancia y respondió: "Estos salvajes pueden, en efecto, ser un enemigo formidable para su milicia estadounidense inexperta, pero contra las tropas regulares y disciplinadas del rey, señor, es imposible que puedan causar alguna impresión". Yo era consciente de la impropiedad de discutir con un hombre militar en asuntos de su profesión, y no dije más. El enemigo, sin embargo, no aprovechó la ventaja de su ejército a la que temía que su larga línea de marcha lo exponía, sino que lo dejó avanzar sin interrupción hasta quedar a nueve millas del lugar; y entonces, cuando estaba más agrupado (pues acababa de cruzar un río, donde la vanguardia se había detenido hasta que todos hubieran cruzado), y en una parte más abierta de los bosques que cualquiera por la que hubiera pasado, atacó a su guardia avanzada con un fuerte fuego desde detrás de los árboles y arbustos, que fue la primera noticia que tuvo el general de que un enemigo estaba cerca. Desordenada esta guardia, el general apresuró a las tropas en su auxilio, lo cual se hizo en gran confusión, a través de las carretas, el equipaje y el ganado; y de repente el fuego cayó sobre su flanco: los oficiales, al estar a caballo, fueron distinguidos más fácilmente, elegidos como blancos y cayeron muy rápidamente; y los soldados fueron apiñados juntos en un montón, sin tener ni escuchar órdenes, y quedándose allí para ser disparados hasta que dos tercios de ellos fueron asesinados; y entonces, siendo presa del pánico, el resto huyó con precipitación.
Los conductores de carretas tomaron cada uno un caballo de su equipo y huyeron; su ejemplo fue seguido inmediatamente por otros; de modo que todas las carretas, provisiones, artillería y suministros quedaron para el enemigo. El general, siendo herido, fue retirado con dificultad; su secretario, el Sr. Shirley, fue asesinado a su lado; y de ochenta y seis oficiales, sesenta y tres fueron asesinados o heridos, y setecientos catorce hombres asesinados de mil cien. Estos mil cien habían sido hombres escogidos de todo el ejército; el resto se había quedado atrás con el Coronel Dunbar, quien debía seguir con la parte más pesada de los suministros, provisiones y equipaje. Los fugitivos, al no ser perseguidos, llegaron al campamento de Dunbar, y el pánico que trajeron con ellos se apoderó instantáneamente de él y de toda su gente; y, aunque ahora tenía más de mil hombres, y el enemigo que había derrotado a Braddock no excedía, a lo sumo, cuatrocientos indios y franceses juntos, en lugar de continuar e intentar recuperar algo del honor perdido, ordenó destruir todos los suministros, municiones, etc., para poder tener más caballos para ayudar a su huida hacia los asentamientos, y menos carga que remover. Allí fue recibido con solicitudes de los gobernadores de Virginia, Maryland y Pennsylvania, para que colocara sus tropas en la frontera, de modo que ofreciera alguna protección a los habitantes; pero continuó su apresurada marcha a través de todo el país, no sintiéndose a salvo hasta que llegó a Philadelphia, donde los habitantes podían protegerlo. Toda esta transacción nos dio a los estadounidenses la primera sospecha de que nuestras exaltadas ideas sobre la destreza de las tropas regulares británicas no habían estado bien fundamentadas.
En su primera marcha, además, desde su desembarco hasta que estuvieron más allá de los asentamientos, habían saqueado y despojado a los habitantes, arruinando totalmente a algunas familias pobres, además de insultar, abusar y confinar a las personas si protestaban. Esto fue suficiente para hacernos perder la fe en tales defensores, si es que realmente hubiéramos necesitado alguno. Qué diferente fue la conducta de nuestros amigos franceses en 1781, quienes, durante una marcha a través de la parte más habitada de nuestro país desde Rhode Island hasta Virginia, cerca de setecientas millas, no causaron la más mínima queja por la pérdida de un cerdo, un pollo o incluso una manzana.
El Capitán Orme, quien era uno de los ayudantes de campo del general, y, habiendo sido gravemente herido, fue retirado con él, y continuó con él hasta su muerte, que ocurrió pocos días después, me dijo que estuvo totalmente silencioso todo el primer día, y por la noche solo dijo: "_¿Quién lo hubiera pensado?_". Que estuvo silencioso otra vez al día siguiente, diciendo solo al final: "_Sabremos mejor cómo tratar con ellos la próxima vez_"; y murió pocos minutos después.
Los papeles del secretario, con todas las órdenes, instrucciones y correspondencia del general, al caer en manos del enemigo, estos seleccionaron y tradujeron al francés una cantidad de artículos, los cuales imprimieron para probar las intenciones hostiles de la corte británica antes de la declaración de guerra. Entre ellos vi algunas cartas del general al ministerio, hablando muy bien del gran servicio que yo había prestado al ejército y recomendándome a su atención. David Hume, también, quien fue algunos años después secretario de Lord Hertford, cuando era ministro en Francia, y más tarde del General Conway, cuando era secretario de estado, me dijo que había visto entre los papeles de esa oficina cartas de Braddock recomendándome encarecidamente. Pero, habiendo sido desafortunada la expedición, mi servicio, al parecer, no fue considerado de mucho valor, pues esas recomendaciones nunca me sirvieron de nada.
En cuanto a las recompensas de él mismo, solo pedí una, que era que diera órdenes a sus oficiales de no reclutar a más de nuestros sirvientes comprados, y que licenciara a aquellos que ya habían sido reclutados. Esto lo concedió prontamente, y varios fueron devueltos a sus amos, según mi solicitud. Dunbar, cuando el mando recayó en él, no fue tan generoso. Estando él en Philadelphia, en su retirada, o más bien huida, le pedí el licenciamiento de los sirvientes de tres pobres agricultores del condado de Lancaster que él había reclutado, recordándole las órdenes del fallecido general al respecto. Me prometió que, si los amos iban a verlo a Trenton, donde él estaría en pocos días en su marcha hacia Nueva York, allí les entregaría a sus hombres. Ellos, en consecuencia, incurrieron en el gasto y la molestia de ir a Trenton, y allí se negó a cumplir su promesa, para su gran pérdida y decepción.
Tan pronto como la pérdida de los carros y caballos fue conocida generalmente, todos los propietarios acudieron a mí exigiendo la valoración que me había comprometido mediante fianza a pagar. Sus demandas me causaron una gran cantidad de problemas; el hacerles saber que el dinero estaba listo en manos del pagador, pero que primero debían obtenerse órdenes para su pago por parte del general Shirley,[101] y el asegurarles que yo había solicitado dicha orden por carta a ese general; pero, como él se encontraba a distancia, no se podía recibir una respuesta pronto, y debían tener paciencia, todo esto no fue suficiente para satisfacerlos, y algunos comenzaron a demandarme. El general Shirley finalmente me liberó de esta terrible situación nombrando comisionados para examinar las reclamaciones y ordenando el pago. Estas ascendieron a cerca de veinte mil libras, suma que, de haber tenido que pagar yo, me habría arruinado.
[101] Gobernador de Massachusetts y comandante de las fuerzas británicas en América.
Antes de que tuviéramos la noticia de esta derrota, los dos doctores Bond vinieron a mí con un pliego de suscripción para recaudar dinero destinado a sufragar los gastos de unos grandes fuegos artificiales, los cuales se pretendía exhibir en una celebración tras recibir la noticia de nuestra toma del Fort Duquesne. Puse rostro grave y dije que, en mi opinión, ya habría tiempo suficiente para preparar la celebración cuando supiéramos que tendríamos motivos para regocijarnos. Parecieron sorprendidos de que no accediera de inmediato a su propuesta. «¡Qué demonios!», dijo uno de ellos, «seguramente no supondrá usted que el fuerte no será tomado». «No sé si no será tomado, pero sé que los sucesos de la guerra están sujetos a una gran incertidumbre». Les di las razones de mis dudas; la suscripción fue abandonada y los proyectistas se libraron así de la mortificación que habrían sufrido si los fuegos artificiales hubieran estado preparados. El doctor Bond, en alguna otra ocasión posterior, dijo que no le gustaban los presentimientos de Franklin.
El gobernador Morris, quien había preocupado continuamente a la Asamblea con mensaje tras mensaje antes de la derrota de Braddock, para forzarlos a promulgar leyes que recaudaran dinero para la defensa de la provincia sin gravar, entre otros, los bienes de los propietarios, y que había rechazado todos sus proyectos de ley por no contener tal cláusula de exención, redobló ahora sus ataques con más esperanza de éxito, siendo el peligro y la necesidad mayores. La Asamblea, sin embargo, continuó firme, creyendo que tenían la justicia de su lado y que sería renunciar a un derecho esencial si permitían que el gobernador enmendara sus proyectos de ley de dinero. En uno de los últimos, de hecho, que era para conceder cincuenta mil libras, su enmienda propuesta era solo de una única palabra. El proyecto expresaba «que todos los bienes, reales y personales, debían ser gravados, los de los propietarios no exceptuados». Su enmienda era, para el «no» leer «solo»: una pequeña, pero muy material alteración. Sin embargo, cuando la noticia de este desastre llegó a Inglaterra, nuestros amigos allí, a quienes nos habíamos ocupado de proporcionar todas las respuestas de la Asamblea a los mensajes del gobernador, levantaron un clamor contra los propietarios por su mezquindad e injusticia al dar a su gobernador tales instrucciones; algunos llegaron tan lejos como para decir que, al obstruir la defensa de su provincia, perdían su derecho a ella. Se sintieron intimidados por esto y enviaron órdenes a su receptor general para añadir cinco mil libras de su dinero a cualquier suma que pudiera ser dada por la Asamblea para tal propósito.
Esto, al ser notificado a la Cámara, fue aceptado en lugar de su parte de un impuesto general, y se formó un nuevo proyecto de ley, con una cláusula de exención, que fue aprobado en consecuencia. Por este acto fui nombrado uno de los comisionados para disponer del dinero, sesenta mil libras. Había sido activo en modelar el proyecto de ley y procurar su aprobación, y había, al mismo tiempo, redactado un proyecto para establecer y disciplinar una milicia voluntaria, el cual llevé a través de la Cámara sin mucha dificultad, ya que se tuvo cuidado en él de dejar a los cuáqueros en su libertad. Para promover la asociación necesaria para formar la milicia, escribí un diálogo,[102] exponiendo y respondiendo a todas las objeciones que pude pensar contra tal milicia, el cual fue impreso y tuvo, según creía, un gran efecto.
[102] Este diálogo y el acta de milicia están en el Gentleman's Magazine de febrero y marzo de 1756.—Nota marginal.
XVII
LA DEFENSA DE LA FRONTERA POR PARTE DE FRANKLIN
Mientras las diversas compañías en la ciudad y en el campo se estaban formando y aprendiendo sus ejercicios, el gobernador me convenció de que me hiciera cargo de nuestra frontera noroeste, la cual estaba infestada por el enemigo, y proveyera para la defensa de los habitantes reclutando tropas y construyendo una línea de fuertes. Emprendí este asunto militar, aunque no me consideraba bien calificado para ello. Me dio una comisión con plenos poderes y un paquete de comisiones en blanco para oficiales, para ser dadas a quien yo considerara conveniente. Tuve pocas dificultades para reclutar hombres, teniendo pronto quinientos sesenta bajo mi mando. Mi hijo, quien había sido oficial en la guerra precedente en el ejército levantado contra Canadá, fue mi ayudante de campo y de gran utilidad para mí. Los indios habían quemado Gnadenhut,[103] una aldea establecida por los moravos, y masacrado a los habitantes; pero el lugar fue considerado una buena situación para uno de los fuertes.
[103] Pronunciado Gna-den-jut.
Para marchar hacia allí, reuní a las compañías en Bethlehem, el establecimiento principal de aquellas personas. Me sorprendió encontrarlo en una postura de defensa tan buena; la destrucción de Gnadenhut los había hecho temer el peligro. Los edificios principales estaban defendidos por una empalizada; habían comprado una cantidad de armas y municiones de Nueva York, y habían incluso colocado cantidades de pequeñas piedras de pavimentación entre las ventanas de sus altas casas de piedra, para que sus mujeres las lanzaran sobre las cabezas de cualquier indio que intentara entrar en ellas. Los hermanos armados, también, montaban guardia y se relevaban tan metódicamente como en cualquier ciudad guarnición. En conversación con el obispo, Spangenberg, mencioné esta sorpresa mía; pues, sabiendo que habían obtenido una ley del Parlamento que los eximía de deberes militares en las colonias, había supuesto que eran concienzudamente escrupulosos de portar armas. Me respondió que no era uno de sus principios establecidos, sino que, en el momento de obtener aquella ley, se pensaba que era un principio para muchos de su gente. En esta ocasión, sin embargo, encontraron, para su sorpresa, que solo era adoptado por unos pocos. Parece que estaban engañados en sí mismos, o engañaron al Parlamento; pero el sentido común, ayudado por el peligro presente, será a veces demasiado fuerte para las opiniones caprichosas.
Era el comienzo de enero cuando partimos para este asunto de construir fuertes. Envié un destacamento hacia Minisink, con instrucciones de erigir uno para la seguridad de esa parte alta del país, y otro hacia la parte baja, con instrucciones similares; y concluí ir yo mismo con el resto de mis fuerzas a Gnadenhut, donde se pensaba que un fuerte era más inmediatamente necesario. Los moravos me proporcionaron cinco carros para nuestras herramientas, provisiones, equipaje, etc.
Justo antes de abandonar Bethlehem, once agricultores, que habían sido expulsados de sus plantaciones por los indios, vinieron a mí solicitando un suministro de armas de fuego, para que pudieran regresar y recuperar su ganado. Les di a cada uno un arma con la munición adecuada. No habíamos marchado muchas millas cuando comenzó a llover, y continuó lloviendo todo el día; no había viviendas en el camino para refugiarnos, hasta que llegamos cerca de la noche a la casa de un alemán, donde, y en su granero, estuvimos todos apiñados, tan mojados como el agua podía ponernos. Fue bueno que no fuéramos atacados en nuestra marcha, pues nuestras armas eran del tipo más ordinario y nuestros hombres no podían mantener secas sus llaves de chispa.[104] Los indios son diestros en artificios para ese propósito, los cuales nosotros no teníamos. Aquel día se encontraron con los once pobres agricultores mencionados anteriormente y mataron a diez de ellos. El único que escapó informó que las armas de sus compañeros y la suya propia no disparaban, pues la pólvora de cebado estaba mojada con la lluvia.
[104] Armas de llave de chispa, disparadas por medio de una chispa golpeada desde un pedernal y acero hacia la pólvora (cebado) en una cazoleta abierta.
Siendo el día siguiente despejado, continuamos nuestra marcha y llegamos a la desolada Gnadenhut. Había un aserradero cerca, alrededor del cual quedaron varias pilas de tablas, con las cuales pronto nos hicimos chozas; una operación tanto más necesaria en esa inclemente estación, ya que no teníamos tiendas de campaña. Nuestro primer trabajo fue enterrar más efectivamente a los muertos que encontramos allí, quienes habían sido medio enterrados por la gente del campo.
A la mañana siguiente nuestro fuerte fue planeado y marcado, midiendo la circunferencia cuatrocientos cincuenta y cinco pies, lo que requeriría otros tantos palos de empalizada hechos de árboles, uno con otro, de un pie de diámetro cada uno. Nuestras hachas, de las cuales teníamos setenta, se pusieron inmediatamente a trabajar para talar árboles, y, siendo nuestros hombres diestros en el uso de ellas, se hizo con gran rapidez. Viendo caer los árboles tan rápido, tuve la curiosidad de mirar mi reloj cuando dos hombres comenzaron a cortar un pino; en seis minutos lo tuvieron en el suelo, y encontré que era de catorce pulgadas de diámetro. Cada pino proporcionaba tres palos de empalizada de dieciocho pies de largo, apuntados en un extremo. Mientras se preparaban estos, nuestros otros hombres cavaron una zanja alrededor, de tres pies de profundidad, en la cual se plantarían las empalizadas; y, nuestros carros, quitadas las cajas y separadas las ruedas delanteras y traseras mediante la extracción del perno que unía las dos partes de la lanza,[105] teníamos diez carruajes, con dos caballos cada uno, para traer las empalizadas desde los bosques hasta el lugar. Cuando fueron erigidas, nuestros carpinteros construyeron una plataforma de tablas alrededor por dentro, de unos seis pies de altura, para que los hombres estuvieran de pie cuando dispararan a través de las aspilleras. Teníamos un cañón giratorio, que montamos en uno de los ángulos, y lo disparamos tan pronto como fue fijado, para dejar saber a los indios, si alguno estaba al alcance del oído, que teníamos tales piezas; y así nuestro fuerte, si tal nombre magnífico puede darse a una empalizada tan miserable, quedó terminado en una semana, aunque llovió tan fuerte cada otro día que los hombres no podían trabajar.
[105] Aquí, el palo que conecta las ruedas delanteras y traseras de un carro.
Esto me dio ocasión para observar que, cuando los hombres están empleados, están más contentos; pues en los días en que trabajaban eran de buen carácter y alegres, y, con la conciencia de haber hecho el trabajo de un buen día, pasaban la velada alegremente; pero en nuestros días ociosos eran amotinados y pendencieros, encontrando fallos en su carne de cerdo, el pan, etc., y en un continuo mal humor, lo que me recordó a un capitán de barco cuya regla era mantener a sus hombres constantemente trabajando; y, cuando su contramaestre le dijo una vez que habían hecho todo y no quedaba nada en qué emplearlos, «Oh», dijo él, «haz que frieguen el ancla».
Este tipo de fuerte, aunque despreciable, es una defensa suficiente contra los indios, que no tienen cañones. Encontrándonos ahora apostados de forma segura, y teniendo un lugar al cual retirarnos en caso necesario, nos aventuramos a salir en partidas para rastrear el campo adyacente. No encontramos indios, pero descubrimos los lugares en las colinas vecinas donde se habían tumbado a observar nuestros procedimientos. Había un arte en su planificación de esos lugares que parece digno de mención. Siendo invierno, era necesario un fuego para ellos; pero un fuego común en la superficie del suelo habría descubierto su posición a distancia por su luz. Habían cavado, por lo tanto, agujeros en el suelo de unos tres pies de diámetro, y algo más profundos; vimos donde habían cortado con sus hachas el carbón de los lados de troncos quemados que yacían en el bosque. Con estos carbones habían hecho pequeños fuegos en el fondo de los agujeros, y observamos entre las malas hierbas y la hierba las huellas de sus cuerpos, hechas por su disposición alrededor, con las piernas colgando dentro de los agujeros para mantener sus pies calientes, lo cual, para ellos, es un punto esencial. Este tipo de fuego, tan manejado, no podía descubrirlos, ni por su luz, llama, chispas, o incluso humo: parecía que su número no era grande, y parece que vieron que éramos demasiados para ser atacados por ellos con perspectiva de ventaja.
Teníamos como capellán a un celoso ministro presbiteriano, el señor Beatty, quien se quejaba conmigo de que los hombres no asistían generalmente a sus oraciones y exhortaciones. Cuando se alistaron, se les prometió, además de la paga y las provisiones, una medida de ron al día, la cual se servía puntualmente, la mitad por la mañana y la otra mitad por la noche; y observé que eran tan puntuales en asistir para recibirla; por lo que dije al señor Beatty: «Tal vez esté por debajo de la dignidad de su profesión actuar como administrador del ron, pero si usted lo repartiera justo después de las oraciones, los tendría a todos a su alrededor». Le gustó la idea, asumió el cargo y, con la ayuda de algunos hombres para medir el licor, lo ejecutó a satisfacción, y nunca las oraciones fueron asistidas de manera más general y puntual; así que pensé que este método era preferible al castigo infligido por algunas leyes militares por la inasistencia al servicio divino.
Apenas había terminado este asunto, y tenido mi fuerte bien surtido de provisiones, cuando recibí una carta del gobernador, informándome que había convocado a la Asamblea y deseaba mi asistencia allí, si la situación de los asuntos en las fronteras era tal que mi permanencia allí ya no fuera necesaria. Mis amigos, también, de la Asamblea, presionándome mediante sus cartas para estar, si fuera posible, en la reunión, y mis tres fuertes previstos estando ahora completados, y los habitantes contentos de permanecer en sus granjas bajo esa protección, resolví regresar; tanto más voluntariamente cuanto que un oficial de Nueva Inglaterra, el coronel Clapham, experimentado en la guerra india, estando de visita en nuestro establecimiento, consintió en aceptar el mando. Le di una comisión y, desfilando la guarnición, hice que fuera leída ante ellos y lo presenté como un oficial quien, por su habilidad en los asuntos militares, era mucho más apto para comandarlos que yo; y, dándoles una pequeña exhortación, me despedí. Fui escoltado hasta Bethlehem, donde descansé unos días para recuperarme de la fatiga que había sufrido. La primera noche, estando en una buena cama, apenas pude dormir, era tan diferente de mi duro alojamiento en el suelo de nuestra choza en Gnaden envuelto solo en una o dos mantas.
Mientras estaba en Bethlehem, inquirí un poco sobre la práctica de los moravos: algunos de ellos me habían acompañado, y todos fueron muy amables conmigo. Descubrí que trabajaban para un fondo común, comían en mesas comunes y dormían en dormitorios comunes, gran número juntos. En los dormitorios observé aspilleras, a ciertas distancias a lo largo justo bajo el techo, que pensé estaban juiciosamente colocadas para el cambio de aire. Estuve en su iglesia, donde fui entretenido con buena música, siendo el órgano acompañado con violines, oboes, flautas, clarinetes, etc. Entendí que sus sermones no se predicaban usualmente a congregaciones mixtas de hombres, mujeres y niños, como es nuestra práctica común, sino que reunían a veces a los hombres casados, otras veces a sus esposas, luego a los jóvenes, las jóvenes y los niños pequeños, cada división por separado. El sermón que escuché fue para estos últimos, quienes entraron y fueron colocados en filas en bancos; los niños bajo la dirección de un joven, su tutor, y las niñas conducidas por una joven. El discurso parecía bien adaptado a sus capacidades, y fue entregado de una manera agradable y familiar, engatusándolos, por así decirlo, para ser buenos. Se comportaron de manera muy ordenada, pero se veían pálidos y poco saludables, lo que me hizo sospechar que eran mantenidos demasiado dentro de casa, o no se les permitía suficiente ejercicio.
Inquirí sobre los matrimonios moravos, si era cierto el informe de que eran por sorteo. Se me dijo que los sorteos se usaban solo en casos particulares; que generalmente, cuando un joven se encontraba dispuesto a casarse, informaba a los ancianos de su clase, quienes consultaban a las mujeres ancianas que gobernaban a las jóvenes. Como estos ancianos de los diferentes sexos estaban bien familiarizados con los temperamentos y disposiciones de sus respectivos alumnos, podían juzgar mejor qué parejas eran adecuadas, y sus juicios eran generalmente aceptados; pero si, por ejemplo, sucediera que dos o tres jóvenes resultaran ser igualmente adecuadas para el joven, se recurría entonces al sorteo. Objeté que, si los matrimonios no se hacen por la elección mutua de las partes, algunos de ellos pueden resultar muy infelices. «Y así pueden», respondió mi informador, «si dejas que las partes elijan por sí mismas»; lo cual, de hecho, no pude negar.
Habiendo regresado a Filadelfia, encontré que la asociación iba sobre ruedas, los habitantes que no eran cuáqueros se habían unido bastante generalmente, se formaron en compañías y eligieron a sus capitanes, tenientes y alféreces, según la nueva ley. El doctor B. me visitó y me dio cuenta de los esfuerzos que había tomado para extender un buen gusto general por la ley, y atribuyó mucho a esos esfuerzos. Yo había tenido la vanidad de atribuirlo todo a mi Diálogo; sin embargo, no sabiendo si él podría estar en lo cierto, le dejé disfrutar de su opinión, lo cual tomo como generalmente la mejor manera en tales casos. Los oficiales, reuniéndose, me eligieron para ser coronel del regimiento, lo cual acepté esta vez. Olvido cuántas compañías teníamos, pero desfilamos cerca de mil doscientos hombres de buen aspecto, con una compañía de artillería, quienes habían sido provistos con seis piezas de campaña de bronce, en cuyo uso se habían vuelto tan expertos como para disparar doce veces por minuto. La primera vez que revisé mi regimiento me acompañaron a mi casa, y quisieron saludarme con algunas rondas disparadas ante mi puerta, lo que sacudió y rompió varios cristales de mi aparato eléctrico. Y mi nuevo honor resultó no mucho menos frágil; pues todas nuestras comisiones fueron poco después rotas por una derogación de la ley en Inglaterra.
Durante este corto tiempo de mi coronelato, estando a punto de emprender un viaje a Virginia, los oficiales de mi regimiento se metieron en la cabeza que sería apropiado para ellos escoltarme fuera de la ciudad, hasta el Lower Ferry. Justo cuando estaba montando a caballo llegaron a mi puerta, entre treinta y cuarenta, montados y todos en sus uniformes. No había sido informado previamente del proyecto, o lo habría evitado, siendo naturalmente reacio a la asunción de boato en cualquier ocasión; y estaba bastante disgustado por su aparición, ya que no podía evitar que me acompañaran. Lo que lo hizo peor fue que, tan pronto como comenzamos a movernos, desenvainaron sus espadas y cabalgaron con ellas desnudas todo el camino. Alguien escribió un relato de esto al propietario, y le causó gran ofensa. Ningún honor tal se le había pagado a él cuando estaba en la provincia, ni a ninguno de sus gobernadores; y dijo que era solo apropiado para príncipes de la sangre real, lo cual puede ser cierto por lo que sé, quien era, y sigo siendo, ignorante de la etiqueta en tales casos.
Este asunto tonto, sin embargo, aumentó enormemente su rencor contra mí, el cual ya no era poco, a causa de mi conducta en la Asamblea respecto a la exención de su patrimonio de impuestos, la cual siempre había opuesto muy calurosamente, y no sin severas reflexiones sobre su mezquindad e injusticia de luchar por ella. Me acusó ante el ministerio de ser el gran obstáculo para el servicio del Rey, impidiendo, por mi influencia en la Cámara, la forma adecuada de los proyectos de ley para recaudar dinero, y ejemplificó este desfile con mis oficiales como prueba de mi intención de tomar el gobierno de la provincia de sus manos por la fuerza. También solicitó al sir Everard Fawkener, el administrador general de correos, que me privara de mi cargo; pero no tuvo más efecto que procurar de sir Everard una suave amonestación.
A pesar de la continua disputa entre el gobernador y la Cámara, en la que yo, como miembro, tuve tan gran participación, seguía subsistiendo un trato civil entre aquel caballero y mi persona, y nunca tuvimos diferencia personal alguna. A veces he pensado después que su poco o nulo resentimiento hacia mí, por las respuestas que se sabía yo redactaba a sus mensajes, podría ser efecto de un hábito profesional, y que, habiéndose formado como abogado, podía considerarnos a ambos meramente como defensores de clientes en conflicto en un pleito, él por los propietarios y yo por la Asamblea. Por tanto, a veces me llamaba de forma amistosa para consultar conmigo sobre puntos difíciles, y a veces, aunque no a menudo, seguía mi consejo.
Actuamos de común acuerdo para suministrar provisiones al ejército de Braddock; y, cuando llegaron las impactantes noticias de su derrota, el gobernador envió a buscarme con urgencia para consultar conmigo sobre medidas para impedir la deserción de los condados interiores. Olvido ahora el consejo que le di; pero creo que fue que se escribiera a Dunbar y se le persuadiera, si era posible, de apostar sus tropas en las fronteras para su protección, hasta que, con refuerzos de las colonias, pudiera estar en condiciones de proseguir con la expedición. Y, tras mi regreso de la frontera, habría querido que yo emprendiera la conducción de tal expedición con tropas provinciales, para la reducción del Fort Duquesne, estando Dunbar y sus hombres empleados en otras cosas; y propuso nombrarme general. Yo no tenía tan buena opinión de mis capacidades militares como él profesaba tener, y creo que sus profesiones debieron exceder sus sentimientos reales; pero probablemente pensaba que mi popularidad facilitaría el reclutamiento de los hombres, y mi influencia en la Asamblea, la concesión de dinero para pagarles, y que, tal vez, sin gravar la propiedad de los propietarios. Al encontrarme no tan dispuesto a comprometerme como él esperaba, el proyecto se abandonó, y poco después dejó el gobierno, siendo reemplazado por el capitán Denny.
XVIII
EXPERIMENTOS CIENTÍFICOS
Antes de proceder a relatar la parte que tuve en los asuntos públicos bajo la administración de este nuevo gobernador, puede no estar de más dar aquí cuenta del origen y progreso de mi reputación filosófica.
En 1746, estando en Boston, me encontré allí con un tal Dr. Spence, que acababa de llegar de Escocia, y me mostró algunos experimentos eléctricos. Fueron realizados de forma imperfecta, pues él no era muy experto; pero, al ser un tema totalmente nuevo para mí, me sorprendieron y complacieron por igual. Poco después de mi regreso a Filadelfia, nuestra compañía de biblioteca recibió del Sr. P. Collinson, miembro de la Royal Society[106] de Londres, un regalo consistente en un tubo de vidrio, con alguna explicación sobre su uso para realizar tales experimentos. Aproveché ansiosamente la oportunidad de repetir lo que había visto en Boston; y, con mucha práctica, adquirí gran destreza en la realización de aquellos, también, de los cuales teníamos noticias desde Inglaterra, añadiendo una cantidad de otros nuevos. Digo mucha práctica, pues mi casa estuvo continuamente llena, durante algún tiempo, de personas que venían a ver estas nuevas maravillas.
Para repartir un poco esta carga entre mis amigos, hice que soplaran un número de tubos similares en nuestra cristalería, con los cuales se proveyeron, de modo que al final tuvimos varios ejecutantes. Entre ellos, el principal fue el Sr. Kinnersley, un vecino ingenioso, quien, al estar sin trabajo, animé a emprender la exhibición de los experimentos por dinero, y redacté para él dos conferencias, en las que los experimentos estaban dispuestos en tal orden, y acompañados de tales explicaciones en tal método, que los anteriores ayudaran a comprender los siguientes. Consiguió un elegante aparato para el propósito, en el cual todas las pequeñas máquinas que yo había hecho toscamente para mí fueron formadas pulcramente por fabricantes de instrumentos. Sus conferencias fueron muy concurridas y dieron gran satisfacción; y después de algún tiempo recorrió las colonias, exhibiéndolas en cada ciudad capital, y recogió algo de dinero. En las islas de las Indias Occidentales, en verdad, fue con dificultad que los experimentos pudieron realizarse, debido a la humedad general del aire.
Obligados como estábamos con el Sr. Collinson por su regalo del tubo, etc., pensé que era correcto que fuera informado de nuestro éxito al usarlo, y le escribí varias cartas conteniendo relatos de nuestros experimentos. Él logró que fueran leídas en la Royal Society, donde al principio no se consideraron dignas de tanta atención como para ser impresas en sus Transactions. Un escrito, que redacté para el Sr. Kinnersley, sobre la identidad del rayo con la electricidad,[107] lo envié al Dr. Mitchel, un conocido mío, y uno de los miembros también de aquella sociedad, quien me escribió diciendo que había sido leído, pero que fue motivo de risa por parte de los entendidos. Los escritos, sin embargo, al ser mostrados al Dr. Fothergill, él los consideró de demasiado valor como para ser silenciados, y aconsejó imprimirlos. El Sr. Collinson entonces se los dio a Cave para su publicación en su Gentleman's Magazine; pero él decidió imprimirlos por separado en un panfleto, y el Dr. Fothergill escribió el prefacio. Cave, al parecer, juzgó correctamente para su beneficio, pues con las adiciones que llegaron después, se hincharon hasta un volumen en cuarto, el cual ha tenido cinco ediciones, y no le costó nada por derechos de autor.
Fue, sin embargo, algún tiempo antes de que se prestara mucha atención a aquellos escritos en Inglaterra. Una copia de ellos, al caer en manos del Conde de Buffon,[108] un filósofo merecidamente de gran reputación en Francia, y, de hecho, en toda Europa, convenció a M. Dalibard[109] de traducirlos al francés, y fueron impresos en París. La publicación ofendió al Abad Nollet, preceptor de Filosofía Natural de la familia real, y un hábil experimentador, quien había formado y publicado una teoría de la electricidad, la cual tenía entonces el favor general. No podía al principio creer que tal obra viniera de América, y dijo que debía haber sido fabricada por sus enemigos en París, para desprestigiar su sistema. Después, habiendo sido asegurado de que realmente existía tal persona como Franklin en Filadelfia, lo cual había dudado, escribió y publicó un volumen de Cartas, dirigidas principalmente a mí, defendiendo su teoría, y negando la veracidad de mis experimentos, y de las posiciones deducidas de ellos.
Una vez me propuse responder al abad, y realmente comencé la respuesta; pero, considerando que mis escritos contenían una descripción de experimentos que cualquiera podía repetir y verificar, y que si no podían ser verificados, no podían ser defendidos; o de observaciones ofrecidas como conjeturas, y no entregadas dogmáticamente, por tanto no imponiéndome ninguna obligación de defenderlas; y reflexionando que una disputa entre dos personas, escribiendo en diferentes idiomas, podría ser alargada grandemente por traducciones erróneas, y de ahí malentendidos del significado del otro, basándose mucho de una de las cartas del abad en un error de traducción, concluí dejar que mis escritos se defendieran por sí solos, creyendo que era mejor emplear el tiempo que pudiera ahorrar de los asuntos públicos en hacer nuevos experimentos, que en disputar sobre los ya hechos. Por tanto, nunca respondí a M. Nollet, y el resultado no me dio motivo para arrepentirme de mi silencio; pues mi amigo M. le Roy, de la Real Academia de Ciencias, tomó mi causa y lo refutó; mi libro fue traducido a los idiomas italiano, alemán y latín; y la doctrina que contenía fue siendo gradualmente adoptada de forma universal por los filósofos de Europa, con preferencia a la del abad; de modo que vivió para verse a sí mismo como el último de su secta, excepto el Monsieur B----, de París, su élève y discípulo inmediato.
Lo que dio a mi libro la celebridad más repentina y general fue el éxito de uno de sus experimentos propuestos, realizado por los Sres. Dalibard y De Lor en Marly, para atraer el rayo de las nubes. Esto atrajo la atención del público en todas partes. M. de Lor, quien tenía un aparato para la filosofía experimental, y daba conferencias en esa rama de la ciencia, se encargó de repetir lo que llamó los Experimentos de Filadelfia; y, después de que fueron realizados ante el rey y la corte, todos los curiosos de París acudieron en masa a verlos. No hincharé esta narración con un relato de aquel capital experimento, ni del infinito placer que recibí con el éxito de uno similar que hice poco después con una cometa en Filadelfia, ya que ambos se encuentran en las historias de la electricidad.
El Dr. Wright, un médico inglés, cuando estaba en París, escribió a un amigo, que era de la Royal Society, un relato de la alta estima en que estaban mis experimentos entre los sabios del extranjero, y de su asombro de que mis escritos hubieran sido tan poco notados en Inglaterra. La sociedad, ante esto, reanudó la consideración de las cartas que les habían sido leídas; y el célebre Dr. Watson redactó un resumen de ellas, y de todo lo que había enviado después a Inglaterra sobre el tema, el cual acompañó con algunos elogios al autor. Este resumen fue luego impreso en sus Transactions; y algunos miembros de la sociedad en Londres, particularmente el muy ingenioso Sr. Canton, habiendo verificado el experimento de obtener rayos de las nubes mediante una varilla puntiaguda, y al informarles del éxito, pronto me compensaron con creces por el desdén con que me habían tratado antes. Sin que yo hubiera hecho solicitud alguna por tal honor, me eligieron miembro, y votaron que debería ser eximido de los pagos habituales, los cuales habrían ascendido a veinticinco guineas; y desde entonces me han enviado sus Transactions gratuitamente. También me presentaron la medalla de oro de Sir Godfrey Copley[110] para el año 1753, cuya entrega fue acompañada por un discurso muy elegante del presidente, Lord Macclesfield, en el cual fui altamente honrado.
XIX
AGENTE DE PENSILVANIA EN LONDRES
Nuestro nuevo gobernador, el capitán Denny, trajo para mí la susodicha medalla de la Royal Society, la cual me presentó en un banquete que le ofreció la ciudad. La acompañó con expresiones muy corteses de su estima por mí, habiendo, según dijo, estado familiarizado desde hace mucho con mi carácter. Después de la cena, cuando la compañía, como era costumbre en aquel tiempo, estaba ocupada bebiendo, me llevó aparte a otra habitación, y me informó que sus amigos en Inglaterra le habían aconsejado cultivar una amistad conmigo, como alguien capaz de darle el mejor consejo, y de contribuir más eficazmente a hacer fácil su administración; que por tanto deseaba sobre todas las cosas tener un buen entendimiento conmigo, y me rogó que estuviera seguro de su disposición en todas las ocasiones para rendirme todo servicio que pudiera estar en su poder. Dijo mucho a mi favor, también, de la buena disposición del propietario hacia la provincia, y de la ventaja que podría ser para todos nosotros, y para mí en particular, si se abandonaba la oposición que se había mantenido durante tanto tiempo a sus medidas, y se restauraba la armonía entre él y el pueblo; en cuyo logro, se pensaba que nadie podría ser más servicial que yo; y que podría contar con reconocimientos y recompensas adecuadas, etc., etc. Los bebedores, al ver que no regresábamos inmediatamente a la mesa, nos enviaron un decantador de Madeira, del cual el gobernador hizo uso liberal, y en proporción se volvió más profuso en sus solicitudes y promesas.
Mis respuestas fueron a este propósito: que mis circunstancias, gracias a Dios, eran tales como para hacer innecesarios para mí los favores del propietario; y que, siendo miembro de la Asamblea, no podría aceptar ninguno; que, sin embargo, no tenía enemistad personal con el propietario, y que, siempre que las medidas públicas que propusiera parecieran ser para el bien del pueblo, nadie debería apoyarlas y promoverlas más celosamente que yo; habiendo estado mi oposición pasada fundada en esto, que las medidas que se habían urgido estaban evidentemente destinadas a servir al interés del propietario, con gran perjuicio para el del pueblo; que estaba muy agradecido a él (el gobernador) por sus profesiones de estima hacia mí, y que podía confiar en todo lo que estuviera en mi poder para hacer su administración lo más fácil posible, esperando al mismo tiempo que no hubiera traído consigo la misma desafortunada instrucción con la que su predecesor había estado obstaculizado.
Sobre esto no se explicó entonces; pero cuando después llegó a tratar asuntos con la Asamblea, aparecieron de nuevo, las disputas se renovaron, y yo fui tan activo como siempre en la oposición, siendo el redactor, primero, de la solicitud para tener una comunicación de las instrucciones, y luego de las observaciones sobre ellas, que pueden encontrarse en los votos de la época, y en la Revisión Histórica que publiqué después. Pero entre nosotros personalmente no surgió enemistad; estábamos a menudo juntos; era un hombre de letras, había visto mucho mundo, y era muy entretenido y agradable en la conversación. Me dio la primera noticia de que mi viejo amigo Jas. Ralph todavía vivía; que era estimado como uno de los mejores escritores políticos en Inglaterra; que había sido empleado en la disputa[111] entre el príncipe Federico y el rey, y había obtenido una pensión de trescientas al año; que su reputación era en verdad pequeña como poeta, habiendo Pope condenado su poesía en la Dunciad,[112] pero que su prosa se consideraba tan buena como la de cualquiera.
La Asamblea, encontrando finalmente que el propietario persistía obstinadamente en encadenar a sus diputados con instrucciones incompatibles no solo con los privilegios del pueblo, sino con el servicio de la corona, resolvió pedir al rey contra ellas, y me nombró su agente para ir a Inglaterra, a presentar y apoyar la petición. La Cámara había enviado un proyecto de ley al gobernador, concediendo una suma de sesenta mil libras para el uso del rey (diez mil libras de las cuales estaban sujetas a las órdenes del entonces general, Lord Loudoun), el cual el gobernador se negó absolutamente a aprobar, en cumplimiento de sus instrucciones.
Había acordado con el capitán Morris, del paquebote en Nueva York, mi pasaje, y mis provisiones estaban a bordo, cuando Lord Loudoun llegó a Filadelfia, expresamente, según me dijo, para intentar un arreglo entre el gobernador y la Asamblea, para que el servicio de su majestad no fuera obstruido por sus disensiones. En consecuencia, deseó que el gobernador y yo nos reuniéramos con él, para que pudiera escuchar lo que se debía decir de ambas partes. Nos reunimos y discutimos el asunto. En nombre de la Asamblea, expuse todos los diversos argumentos que pueden encontrarse en los documentos públicos de aquel tiempo, los cuales eran de mi redacción, y están impresos con las actas de la Asamblea; y el gobernador alegó sus instrucciones, la fianza que había dado de observarlas, y su ruina si desobedecía, aunque no parecía reacio a arriesgarse si Lord Loudoun lo aconsejaba. Esto su señoría no quiso hacer, aunque una vez pensé que casi lo había convencido de hacerlo; pero finalmente prefirió más bien instar al cumplimiento de la Asamblea; y me suplicó que usara mis esfuerzos con ellos para ese propósito, declarando que no escatimaría ninguna de las tropas del rey para la defensa de nuestras fronteras, y que, si no continuábamos proporcionando esa defensa nosotros mismos, tendrían que permanecer expuestas al enemigo.
Informé a la Cámara de lo que había pasado, y, presentándoles un conjunto de resoluciones que había redactado, declarando nuestros derechos, y que no renunciábamos a nuestra reclamación sobre tales derechos, sino que solo suspendíamos el ejercicio de los mismos en esta ocasión por la fuerza, contra la cual protestamos, finalmente acordaron abandonar aquel proyecto de ley, y redactar otro conforme a las instrucciones del propietario. Esto, por supuesto, lo aprobó el gobernador, y yo quedé entonces en libertad de proceder con mi viaje. Pero, mientras tanto, el paquebote había zarpado con mis provisiones de mar, lo cual fue alguna pérdida para mí, y mi única recompensa fueron las gracias de su señoría por mi servicio, recayendo todo el crédito de lograr el arreglo en su parte.
Partió hacia Nueva York antes que yo; y, como el tiempo para despachar los paquebotes estaba a su disposición, y quedaban dos allí, uno de los cuales, dijo, zarparía muy pronto, solicité conocer el tiempo preciso, para no perderlo por cualquier demora mía. Su respuesta fue: "He anunciado que zarpará el próximo sábado; pero puedo hacerle saber, entre nous, que si usted está allí para el lunes por la mañana, llegará a tiempo, pero no se demore más". Por algún impedimento accidental en un transbordador, era mediodía del lunes antes de que llegara, y estaba muy temeroso de que hubiera zarpado, ya que el viento era favorable; pero pronto me tranquilicé con la información de que aún estaba en el puerto, y no se movería hasta el día siguiente. Uno imaginaría que yo estaba ya en el punto mismo de partir hacia Europa. Yo lo pensé así; pero no estaba entonces tan bien familiarizado con el carácter de su señoría, del cual la indecisión era uno de los rasgos más fuertes. Daré algunos ejemplos. Fue hacia el comienzo de abril cuando llegué a Nueva York, y creo que fue cerca del final de junio antes de que zarpáramos. Había entonces dos de los paquebotes, que habían estado largo tiempo en puerto, pero estaban detenidos por las cartas del general, las cuales siempre debían estar listas mañana. Otro paquebote llegó; también fue detenido; y, antes de que zarpáramos, se esperaba un cuarto. El nuestro fue el primero en ser despachado, por haber estado allí más tiempo. Los pasajeros estaban contratados en todos, y algunos extremadamente impacientes por marcharse, y los comerciantes inquietos por sus cartas, y las órdenes que habían dado para el seguro (siendo tiempo de guerra) para los bienes de otoño; pero su ansiedad no sirvió de nada; las cartas de su señoría no estaban listas; y, sin embargo, quienquiera que lo visitaba lo encontraba siempre en su escritorio, pluma en mano, y concluía que debía escribir abundantemente.
Al ir yo mismo una mañana a presentar mis respetos, encontré en su antecámara a un tal Innis, un mensajero de Filadelfia, que había venido desde allí expreso con un paquete del gobernador Denny para el general. Me entregó algunas cartas de mis amigos allí, lo cual motivó que preguntara cuándo regresaría, y dónde se alojaba, para que pudiera enviar algunas cartas con él. Me dijo que tenía orden de pasar mañana a las nueve por la respuesta del general al gobernador, y que partiría inmediatamente. Puse mis cartas en sus manos ese mismo día. Quince días después lo encontré de nuevo en el mismo lugar. "¿Así que ya regresó, Innis?" "¿Regresado? No, aún no me he ido". "¿Cómo es eso?". "He pasado por aquí por orden cada mañana estas últimas dos semanas por la carta de su señoría, y aún no está lista". "¿Es posible, cuando es un escritor tan grande? Pues lo veo constantemente en su escritorio". "Sí", dice Innis, "pero es como San Jorge en los letreros, siempre a caballo, y nunca cabalga". Esta observación del mensajero estaba, al parecer, bien fundada; pues, cuando estuve en Inglaterra, comprendí que el Sr. Pitt[113] dio como una razón para destituir a este general, y enviar a los generales Amherst y Wolfe, que el ministro nunca tenía noticias de él, y no podía saber qué estaba haciendo.
Esta expectativa diaria de zarpar, y con los tres paquebotes dirigiéndose a Sandy Hook para unirse allí a la flota, hizo que los pasajeros consideraran mejor estar a bordo, no fuera que, por una orden repentina, los barcos partieran y ellos quedaran atrás. Allí, si mal no recuerdo, estuvimos unas seis semanas consumiendo nuestras provisiones de mar y obligados a adquirir otras. Finalmente la flota zarpó, con el general y todo su ejército a bordo, rumbo a Louisburg, con la intención de sitiar y tomar aquella fortaleza; todos los paquebotes fueron obligados a acompañar al barco del general, listos para recibir sus despachos cuando estuvieran preparados. Estuvimos cinco días fuera antes de recibir una carta con permiso para separarnos, y entonces nuestro barco abandonó la flota y puso rumbo a Inglaterra. Los otros dos paquebotes fueron retenidos por él, los llevó consigo a Halifax, donde permaneció algún tiempo ejercitando a los hombres en simulacros de ataques contra simulacros de fuertes, luego cambió de opinión respecto a sitiar Louisburg y regresó a Nueva York con todas sus tropas, junto con los dos paquebotes antes mencionados y todos sus pasajeros. Durante su ausencia, los franceses y los salvajes habían tomado el Fort George, en la frontera de aquella provincia, y los salvajes habían masacrado a gran parte de la guarnición tras la capitulación.
Vi después en Londres al capitán Bonnell, quien comandaba uno de aquellos paquebotes. Me contó que, cuando llevaba un mes detenido, le hizo saber a su señoría que su barco se había ensuciado a un grado que necesariamente debía dificultar su navegación rápida, un punto de importancia para un paquebote, y solicitó un tiempo para vararlo y limpiar su casco. Se le preguntó cuánto tiempo requeriría eso. Respondió que tres días. El general replicó: "Si puede hacerlo en un día, le doy permiso; de lo contrario, no; pues debe zarpar sin falta pasado mañana". Así que nunca obtuvo el permiso, aunque después fue retenido día tras día durante tres meses completos.
Vi también en Londres a uno de los pasajeros de Bonnell, quien estaba tan enfurecido contra su señoría por engañarlo y retenerlo tanto tiempo en Nueva York, y luego llevarlo a Halifax y traerlo de vuelta, que juró que lo demandaría por daños y perjuicios. Si lo hizo o no, nunca lo supe; pero, tal como él representaba el perjuicio para sus asuntos, fue muy considerable.
En conjunto, me maravillaba mucho cómo tal hombre llegó a ser investido con un asunto tan importante como la dirección de un gran ejército; pero, habiendo visto desde entonces más del gran mundo, y los medios para obtener puestos y los motivos para concederlos, mi asombro ha disminuido. El general Shirley, en quien recayó el mando del ejército tras la muerte de Braddock, habría, en mi opinión, de haber continuado en el cargo, hecho una campaña mucho mejor que la de Loudoun en 1757, que fue frívola, costosa y vergonzosa para nuestra nación más allá de toda imaginación; pues, aunque Shirley no era un soldado de carrera, era sensato y sagaz en sí mismo, atento a los buenos consejos de otros, capaz de formar planes juiciosos, y rápido y activo al llevarlos a ejecución. Loudoun, en lugar de defender las colonias con su gran ejército, las dejó totalmente expuestas mientras desfilaba ociosamente en Halifax, por lo cual se perdió el Fort George; además, trastornó todas nuestras operaciones mercantiles y afligió nuestro comercio mediante un largo embargo a la exportación de provisiones, so pretexto de evitar que el enemigo obtuviera suministros, pero en realidad para reducir su precio en favor de los contratistas, en cuyas ganancias, se decía, quizás solo por sospecha, él tenía participación. Y, cuando finalmente se levantó el embargo, al descuidar enviar el aviso a Charlestown, la flota de Carolina fue retenida cerca de tres meses más, por lo cual sus cascos fueron tan dañados por el gusano que una gran parte de ellos naufragó en su viaje de regreso.
Shirley estaba, creo, sinceramente contento de ser relevado de una carga tan gravosa como debe ser la dirección de un ejército para un hombre ajeno a los asuntos militares. Estuve en la recepción ofrecida por la ciudad de Nueva York a Lord Loudoun, al tomar este el mando. Shirley, aunque por ello reemplazado, también estaba presente. Había una gran concurrencia de oficiales, ciudadanos y extranjeros, y, habiéndose tomado prestadas algunas sillas del vecindario, había una entre ellas muy baja, que cayó en suerte al Sr. Shirley. Al percibirlo mientras me sentaba a su lado, dije: "Le han dado a usted, señor, un asiento demasiado bajo". "No importa", dice él, "Sr. Franklin, encuentro que un asiento bajo es el más cómodo".
Mientras estaba, como antes mencioné, detenido en Nueva York, recibí todas las cuentas de las provisiones, etc., que había suministrado a Braddock, algunas de las cuales no pudieron obtenerse antes de las diferentes personas que empleé para ayudar en el negocio. Se las presenté a Lord Loudoun, deseando que se me pagara el saldo. Él hizo que fueran examinadas regularmente por el oficial apropiado, quien, tras comparar cada artículo con su justificante, certificó que eran correctas; y por el saldo adeudado su señoría prometió darme una orden para el pagador. Esto, sin embargo, fue pospuesto de vez en cuando; y aunque reclamé a menudo por ello según lo acordado, no lo conseguí. Finalmente, justo antes de mi partida, me dijo que había concluido, tras una mejor consideración, no mezclar sus cuentas con las de sus predecesores. "Y usted", dice él, "cuando esté en Inglaterra, solo tiene que presentar sus cuentas en el tesoro, y será pagado inmediatamente".
Mencioné, pero sin efecto, el gran e inesperado gasto al que me había visto sometido por haber sido retenido tanto tiempo en Nueva York, como una razón para desear ser pagado en ese momento; y al observar que no era justo que se me sometiera a más molestias o demoras en obtener el dinero que yo había adelantado, ya que no cobraba comisión por mi servicio, "Oh, señor", dice él, "no debe pensar en persuadirnos de que usted no es un beneficiario; entendemos mejor esos asuntos, y sabemos que todos los involucrados en abastecer al ejército encuentran medios, al hacerlo, para llenar sus propios bolsillos". Le aseguré que ese no era mi caso, y que no me había embolsado ni un cuarto; pero pareció claramente no creerme; y, de hecho, he sabido desde entonces que a menudo se hacen fortunas inmensas en tales empleos. En cuanto a mi saldo, no se me ha pagado hasta el día de hoy, de lo cual hablaré más adelante.
Nuestro capitán del paquebote había alardeado mucho, antes de zarpar, de la rapidez de su barco; desafortunadamente, cuando salimos a la mar, resultó ser el más lento de noventa y seis velas, para su no pequeña mortificación. Tras muchas conjeturas respecto a la causa, cuando estábamos cerca de otro barco casi tan lento como el nuestro, que, sin embargo, nos ganaba terreno, el capitán ordenó a toda la tripulación venir a popa y situarse tan cerca del asta de la bandera como fuera posible. Éramos, incluidos los pasajeros, unas cuarenta personas. Mientras estuvimos allí, el barco aceleró su paso y pronto dejó a su vecino muy atrás, lo que demostró claramente lo que nuestro capitán sospechaba, que estaba demasiado cargado de proa. Los barriles de agua, al parecer, habían sido colocados todos hacia adelante; por lo tanto, ordenó que fueran movidos más hacia popa, tras lo cual el barco recuperó su reputación y resultó ser el mejor velero de la flota.
El capitán dijo que una vez había ido a una velocidad de trece nudos, que se considera trece millas por hora. Teníamos a bordo, como pasajero, al capitán Kennedy, de la Marina, quien sostenía que era imposible, y que ningún barco había navegado jamás tan rápido, y que debía haber algún error en la división de la corredera o alguna equivocación al lanzar la corredera. Se produjo una apuesta entre los dos capitanes, para decidirse cuando hubiera suficiente viento. Kennedy examinó entonces rigurosamente la corredera y, estando satisfecho con ella, decidió lanzar la corredera él mismo. En consecuencia, algunos días después, cuando el viento soplaba muy favorable y fresco, y el capitán del paquebote, Lutwidge, dijo que creía que entonces íbamos a una velocidad de trece nudos, Kennedy hizo el experimento y confesó que había perdido su apuesta.
El hecho anterior lo doy en aras de la siguiente observación. Se ha señalado, como una imperfección en el arte de la construcción naval, que nunca puede saberse, hasta que es probado, si un barco nuevo será o no un buen velero; pues el modelo de un barco de buena navegación ha sido seguido exactamente en uno nuevo, que ha resultado ser, por el contrario, notablemente lento. Presumo que esto puede deberse en parte a las diferentes opiniones de los marinos respecto a los modos de carga, aparejo y navegación de un barco; cada uno tiene su sistema; y el mismo navío, cargado por el juicio y las órdenes de un capitán, navegará mejor o peor que cuando es por las órdenes de otro. Además, casi nunca sucede que un barco sea formado, equipado para el mar y navegado por la misma persona. Un hombre construye el casco, otro lo apareja, un tercero lo carga y lo navega. Ninguno de ellos tiene la ventaja de conocer todas las ideas y la experiencia de los demás y, por lo tanto, no puede sacar conclusiones justas de una combinación del todo.
Incluso en la sencilla operación de navegar cuando se está en el mar, a menudo he observado juicios diferentes en los oficiales que comandaban las guardias sucesivas, siendo el viento el mismo. Uno quería tener las velas ajustadas más tensas o más planas que otro, de modo que parecían no tener una regla cierta por la cual gobernarse. Sin embargo, creo que se podría instituir una serie de experimentos; primero, para determinar la forma más adecuada del casco para una navegación veloz; después, las mejores dimensiones y el lugar más apropiado para los mástiles; luego la forma y cantidad de velas, y su posición, según pueda estar el viento; y, finalmente, la disposición de la carga. Esta es una era de experimentos, y creo que una serie realizada y combinada con precisión sería de gran utilidad. Estoy persuadido, por tanto, de que dentro de poco algún filósofo ingenioso lo emprenderá, a quien le deseo éxito.
Fuimos perseguidos varias veces en nuestra travesía, pero superamos en velocidad a todo, y en treinta días tuvimos sondas. Tuvimos una buena observación, y el capitán se juzgó tan cerca de nuestro puerto, Falmouth, que, si hacíamos un buen recorrido durante la noche, podríamos estar frente a la boca de aquel puerto por la mañana, y navegando en la oscuridad podríamos escapar a la atención de los corsarios enemigos, que a menudo cruzaban cerca de la entrada del canal. En consecuencia, se desplegó toda la vela que podíamos hacer posiblemente, y siendo el viento muy fresco y favorable, fuimos directamente ante él y recorrimos gran camino. El capitán, después de su observación, trazó su curso, según pensaba, para pasar lejos de las islas Sorlingas; pero parece que a veces hay una fuerte corriente de arrastre que sube por el canal de San Jorge, la cual engaña a los marinos y causó la pérdida del escuadrón de Sir Cloudesley Shovel. Esta corriente de arrastre fue probablemente la causa de lo que nos sucedió.
Teníamos un vigía colocado en la proa, a quien a menudo le gritaban: "¡Atención al frente!", y él contestaba igual de a menudo: "¡Sí, sí!"; pero quizás tenía los ojos cerrados y estaba medio dormido en ese momento, respondiendo a veces, como se dice, mecánicamente; pues no vio una luz justo frente a nosotros, la cual había sido ocultada por las velas rastreras al hombre del timón y al resto de la guardia, pero por un guiño accidental del barco fue descubierta y causó una gran alarma, estando nosotros muy cerca de ella, pareciéndome la luz tan grande como una rueda de carro. Era medianoche y nuestro capitán dormía profundamente; pero el capitán Kennedy, saltando a cubierta y viendo el peligro, ordenó al barco virar, con todas las velas puestas; una operación peligrosa para los mástiles, pero nos sacó de apuros, y escapamos al naufragio, pues íbamos directamente sobre las rocas en las que estaba erigido el faro. Esta liberación me impresionó fuertemente con la utilidad de los faros, y me hizo decidir alentar la construcción de más de ellos en América si vivía para regresar allí.
Por la mañana se comprobó por las sondas, etc., que estábamos cerca de nuestro puerto, pero una espesa niebla ocultaba la tierra de nuestra vista. Alrededor de las nueve, la niebla comenzó a levantarse y pareció elevarse del agua como el telón de un teatro, descubriendo debajo la ciudad de Falmouth, los barcos en su puerto y los campos que la rodeaban. Este fue un espectáculo de lo más placentero para aquellos que habían estado tanto tiempo sin más perspectivas que la vista uniforme de un océano vacío, y nos dio tanto más placer cuanto que estábamos ahora libres de las ansiedades que el estado de guerra ocasionaba.
Partí inmediatamente, con mi hijo, para Londres, y solo nos detuvimos un poco en el camino para ver Stonehenge en Salisbury Plain, y la casa y los jardines de Lord Pembroke, con sus muy curiosas antigüedades en Wilton. Llegamos a Londres el 27 de julio de 1757.
Tan pronto como me establecí en un alojamiento que el Sr. Charles había proporcionado para mí, fui a visitar al Dr. Fothergill, a quien me recomendaron encarecidamente, y cuyo consejo respecto a mis actuaciones se me aconsejó obtener. Él estaba en contra de una queja inmediata al gobierno, y pensaba que primero se debería acudir personalmente a los propietarios, quienes posiblemente podrían ser inducidos, mediante la interposición y persuasión de algunos amigos privados, a acomodar las cosas amigablemente. Luego esperé a mi viejo amigo y corresponsal, el Sr. Peter Collinson, quien me dijo que John Hanbury, el gran comerciante de Virginia, había pedido ser informado cuando llegara, para poder llevarme ante Lord Granville, quien era entonces Presidente del Consejo y deseaba verme tan pronto como fuera posible. Acordé ir con él a la mañana siguiente. En consecuencia, el Sr. Hanbury pasó a buscarme y me llevó en su carruaje a casa de aquel noble, quien me recibió con gran cortesía; y tras algunas preguntas respecto al estado actual de los asuntos en América y conversación sobre ello, me dijo: "Ustedes, los estadounidenses, tienen ideas erróneas de la naturaleza de su constitución; sostienen que las instrucciones del rey a sus gobernadores no son leyes, y se creen en libertad de considerarlas o desatenderlas a su propia discreción. Pero esas instrucciones no son como las instrucciones de bolsillo dadas a un ministro que va al extranjero, para regular su conducta en algún punto trivial de etiqueta. Son redactadas primero por jueces doctos en las leyes; luego son consideradas, debatidas y quizás enmendadas en el Consejo, después de lo cual son firmadas por el rey. Son entonces, en lo que a ustedes respecta, la ley de la tierra, pues el rey es el Legislador de las Colonias". Le dije a su señoría que esta era una doctrina nueva para mí. Siempre había entendido por nuestras cartas reales que nuestras leyes debían ser hechas por nuestras Asambleas, presentadas ciertamente al rey para su asentimiento real, pero que, una vez dado, el rey no podía revocarlas ni alterarlas. Y como las Asambleas no podían hacer leyes permanentes sin su asentimiento, tampoco podía él hacer una ley para ellas sin el de ellas. Me aseguró que estaba totalmente equivocado. No lo creí así, sin embargo, y habiéndome alarmado un poco la conversación de su señoría sobre cuáles podrían ser los sentimientos de la corte respecto a nosotros, lo puse por escrito tan pronto como regresé a mi alojamiento. Recordé que unos 20 años antes, una cláusula en un proyecto de ley presentado al Parlamento por el ministerio había propuesto hacer de las instrucciones del rey leyes en las colonias, pero la cláusula fue rechazada por los Comunes, por lo cual los adoramos como nuestros amigos y amigos de la libertad, hasta que por su conducta hacia nosotros en 1765 pareció que habían rehusado ese punto de soberanía al rey solo para reservárselo para sí mismos.
Tras algunos días, habiendo hablado el Dr. Fothergill con los propietarios, acordaron una reunión conmigo en la casa del Sr. T. Penn en Spring Garden. La conversación al principio consistió en declaraciones mutuas de disposición a acomodos razonables, pero supongo que cada parte tenía sus propias ideas de lo que debía entenderse por razonable. Luego entramos en la consideración de nuestros diversos puntos de queja, que enumeré. Los propietarios justificaron su conducta tanto como pudieron, y yo la de la Asamblea. Ahora parecíamos muy distantes, y tan lejos el uno del otro en nuestras opiniones como para desalentar toda esperanza de acuerdo. Sin embargo, se concluyó que yo debía darles los puntos principales de nuestras quejas por escrito, y ellos prometieron entonces considerarlos. Lo hice poco después, pero pusieron el papel en manos de su abogado, Ferdinand John Paris, quien gestionaba para ellos todos sus asuntos legales en su gran pleito con el propietario vecino de Maryland, Lord Baltimore, que había subsistido 70 años, y escribía para ellos todos sus documentos y mensajes en su disputa con la Asamblea. Era un hombre orgulloso y colérico, y como ocasionalmente en las respuestas de la Asamblea había tratado sus escritos con cierta severidad, siendo estos realmente débiles en cuanto a argumentos y altaneros en su expresión, él había concebido una enemistad mortal hacia mí, la cual, manifestándose cada vez que nos encontrábamos, hizo que yo declinara la propuesta del propietario de que él y yo discutiéramos los puntos de queja entre nosotros dos, y rehusé tratar con nadie más que con ellos. Entonces, por consejo suyo, pusieron el papel en manos del Fiscal General y del Procurador General para su opinión y consejo sobre él, donde permaneció sin respuesta un año menos ocho días, durante cuyo tiempo hice frecuentes demandas de una respuesta a los propietarios, pero sin obtener ninguna otra que la de que aún no habían recibido la opinión del Fiscal General y del Procurador General. Cuál fue cuando la recibieron, nunca lo supe, pues no me la comunicaron, sino que enviaron un largo mensaje a la Asamblea redactado y firmado por Paris, recitando mi papel, quejándose de su falta de formalidad como una grosería de mi parte, y dando una justificación endeble de su conducta, añadiendo que estarían dispuestos a acomodar los asuntos si la Asamblea enviara a alguna persona de candidez para tratar con ellos a ese propósito, insinuando con ello que yo no era tal.
La falta de formalidad o grosería fue, probablemente, el no haber dirigido el escrito a ellos con sus títulos asumidos de Verdaderos y Absolutos Propietarios de la Provincia de Pennsylvania, lo cual omití por no considerarlo necesario en un documento cuya intención era solo reducir a certeza, por escrito, lo que en conversación había expresado de viva voce.
Pero durante esta demora, la Asamblea habiendo convencido al Gobernador Denny de aprobar una ley que gravaba la propiedad propietaria en común con las propiedades del pueblo, lo cual era el gran punto en disputa, omitieron responder al mensaje.
Cuando esta ley, sin embargo, llegó, los propietarios, aconsejados por Paris, decidieron oponerse a que recibiera el asentimiento real. En consecuencia, elevaron una petición al rey en Consejo, y se fijó una audiencia en la que fueron empleados dos abogados por ellos en contra de la ley, y dos por mí en apoyo de la misma. Alegaron que la ley tenía la intención de cargar la propiedad propietaria para ahorrar las del pueblo, y que si se permitía que continuara en vigor, y los propietarios, quienes estaban en odium con el pueblo, quedaban a su merced en la proporción de los impuestos, inevitablemente quedarían arruinados. Nosotros respondimos que la ley no tenía tal intención, y que no tendría tal efecto. Que los asesores eran hombres honestos y discretos bajo juramento de tasar justa y equitativamente, y que cualquier ventaja que cada uno de ellos pudiera esperar al disminuir su propio impuesto mediante el aumento del de los propietarios era demasiado insignificante para inducirlos a perjurarse. Este es el sentido de lo que recuerdo que fue instado por ambos lados, excepto que insistimos fuertemente en las consecuencias maliciosas que debían acompañar a una derogación, pues al estar el dinero, 100.000 libras, impreso y entregado para el uso del rey, gastado en su servicio, y ahora repartido entre la gente, la derogación lo golpearía de muerte en sus manos para la ruina de muchos, y el desaliento total de futuras subvenciones, y el egoísmo de los propietarios al solicitar tal catástrofe general, meramente por un temor infundado de que su patrimonio fuera gravado excesivamente, fue insistido en los términos más fuertes. Ante esto, Lord Mansfield, uno de los abogados, se levantó y, haciéndome señas, me llevó a la cámara del secretario, mientras los abogados estaban alegando, y me preguntó si realmente era de la opinión de que no se haría ningún daño a la propiedad propietaria en la ejecución de la ley. Dije que ciertamente. "Entonces", dijo él, "puede tener pocas objeciones a entrar en un compromiso para asegurar ese punto". Respondí, "Ninguna en absoluto". Llamó entonces a Paris, y después de algún discurso, la proposición de su señoría fue aceptada por ambos lados; un papel a tal efecto fue redactado por el Secretario del Consejo, el cual firmé con el Sr. Charles, quien también era Agente de la Provincia para sus asuntos ordinarios, cuando Lord Mansfield regresó a la Cámara del Consejo, donde finalmente se permitió que la ley pasara. Algunos cambios fueron, sin embargo, recomendados y también nos comprometimos a que serían hechos por una ley posterior, pero la Asamblea no los consideró necesarios; pues habiéndose recaudado un año de impuestos por la ley antes de que llegara la orden del Consejo, nombraron un comité para examinar los procedimientos de los asesores, y en este comité pusieron a varios amigos particulares de los propietarios. Después de una investigación completa, firmaron unánimemente un informe de que encontraron que el impuesto había sido tasado con perfecta equidad.
La Asamblea consideró mi entrada en la primera parte del compromiso como un servicio esencial para la Provincia, ya que aseguraba el crédito del papel moneda entonces extendido por todo el país. Me dieron sus gracias en forma cuando regresé. Pero los propietarios estaban enfurecidos con el Gobernador Denny por haber aprobado la ley, y lo despidieron con amenazas de demandarlo por incumplimiento de las instrucciones que había dado fianza de observar. Él, sin embargo, habiéndolo hecho a instancias del General, y para el servicio de Su Majestad, y teniendo algún interés poderoso en la corte, despreció las amenazas y nunca fueron puestas en ejecución....
APÉNDICE
COLETA ELÉCTRICA
A Peter Collinson
[Philadelphia], 19 de octubre de 1752.
Señor,
Como se hace mención frecuente en los papeles públicos de Europa del éxito del experimento de Philadelphia para extraer el fuego eléctrico de las nubes mediante varas de hierro puntiagudas erigidas en edificios altos, etc., puede ser agradable para los curiosos estar informados de que el mismo experimento ha tenido éxito en Philadelphia, aunque hecho de una manera diferente y más fácil, la cual es como sigue:
Haga una pequeña cruz de dos tiras ligeras de cedro, con los brazos tan largos como para alcanzar las cuatro esquinas de un pañuelo de seda grande y fino cuando esté extendido; ate las esquinas del pañuelo a las extremidades de la cruz, así tendrá el cuerpo de una cometa; la cual, estando debidamente acomodada con una cola, un lazo y un cordel, se elevará en el aire, como las hechas de papel; pero siendo esta de seda, es más apta para soportar la humedad y el viento de una ráfaga de tormenta sin rasgarse. En la parte superior del palo vertical de la cruz se debe fijar un alambre muy puntiagudo, que se eleve un pie o más por encima de la madera. Al extremo del cordel, cerca de la mano, debe atarse una cinta de seda, y donde la seda y el cordel se unen, se puede sujetar una llave. Esta cometa debe elevarse cuando parezca que se acerca una ráfaga de tormenta, y la persona que sostiene el cordel debe pararse dentro de una puerta o ventana, o bajo algún refugio, de modo que la cinta de seda no se moje; y se debe tener cuidado de que el cordel no toque el marco de la puerta o ventana. Tan pronto como alguna de las nubes de tormenta pase sobre la cometa, el alambre puntiagudo extraerá el fuego eléctrico de ellas, y la cometa, con todo el cordel, quedará electrificada, y los filamentos sueltos del cordel se erizarán en todas direcciones y serán atraídos por un dedo que se aproxime. Y cuando la lluvia haya mojado la cometa y el cordel, de modo que pueda conducir el fuego eléctrico libremente, encontrará que brota abundantemente de la llave al acercar su nudillo. En esta llave se puede cargar el frasco; y del fuego eléctrico así obtenido, se pueden encender licores, y realizar todos los experimentos eléctricos que usualmente se hacen con la ayuda de un globo o tubo de vidrio frotado, y mediante ello, la igualdad de la materia eléctrica con la del relámpago queda completamente demostrada.
B. Franklin.
Del "Discurso del Padre Abraham", 1760. Reproducido de una copia en la Biblioteca Pública de Nueva York.
EL CAMINO A LA RIQUEZA
(Del "Discurso del Padre Abraham", que forma el prefacio del Almanaque del Pobre Ricardo para 1758.)
Se consideraría un gobierno duro aquel que gravase a su pueblo con una décima parte de su tiempo para ser empleado en su servicio. Pero la ociosidad grava a muchos de nosotros mucho más, si contamos todo lo que se gasta en pereza absoluta, o en no hacer nada, con lo que se gasta en empleos o diversiones ociosas que no significan nada. La pereza, al traer enfermedades, acorta absolutamente la vida. *La pereza, como el óxido, consume más rápido de lo que el trabajo desgasta; mientras que la llave usada siempre está brillante, como dice el Pobre Ricardo. Pero si amas la vida, entonces no desperdicies el tiempo, pues esa es la materia de la que está hecha la vida, como dice el Pobre Ricardo*. Cuánto más de lo necesario gastamos durmiendo, olvidando que *el zorro dormilón no caza aves, y que habrá suficiente tiempo para dormir en la tumba, como dice el Pobre Ricardo*.
*Si el tiempo es de todas las cosas lo más precioso, desperdiciar el tiempo debe ser, como dice el Pobre Ricardo, la mayor prodigalidad*; ya que, como nos dice en otra parte, *el tiempo perdido nunca se vuelve a encontrar; y lo que llamamos tiempo suficiente, siempre resulta ser poco*: Levantémonos pues y pongámonos a hacer, y a hacer con propósito; así, con diligencia, haremos más con menos perplejidad. *La pereza hace que todas las cosas sean difíciles, pero la industria hace todo fácil, como dice el Pobre Ricardo; y el que se levanta tarde debe trotar todo el día, y apenas alcanzará sus asuntos al anochecer; mientras que la pereza viaja tan lentamente que la pobreza pronto lo alcanza*, como leemos en el Pobre Ricardo, quien añade, *conduce tus asuntos, no dejes que ellos te conduzcan a ti; y acostarse temprano y levantarse temprano, hace a un hombre sano, rico y sabio*.
*La industria no necesita desear, y el que vive de la esperanza morirá ayunando.*
No hay ganancias sin penas.
*El que tiene un oficio tiene un patrimonio; y el que tiene una vocación, tiene un cargo de beneficio y honor; pero entonces el oficio debe ser trabajado, y la vocación bien seguida, o ni el patrimonio ni el cargo nos permitirán pagar nuestros impuestos.*
Qué importa que no hayas encontrado un tesoro, ni ningún pariente rico te haya dejado un legado, la diligencia es la madre de la buena suerte, como *dice el Pobre Ricardo, y Dios da todas las cosas a la industria*.
Un "hoy" vale por dos "mañana", y además, *tienes algo que hacer mañana, hazlo hoy*.
Si fueras un sirviente, ¿no te avergonzarías de que un buen amo te sorprendiera ocioso? Siendo entonces tu propio amo, *avergüénzate de sorprenderte ocioso*.
Aférrate a ello constantemente; y verás grandes efectos, pues *el goteo constante desgasta las piedras, y con diligencia y paciencia el ratón cortó el cable; y los pequeños golpes derriban grandes robles*.
Me parece oír a algunos de ustedes decir, *¿no debe permitirse un hombre ningún ocio? Te diré, amigo mío, lo que dice el Pobre Ricardo: Emplea bien tu tiempo, si pretendes ganar ocio; y, como no estás seguro de un minuto, no desperdicies una hora*. El ocio es tiempo para hacer algo útil; este ocio el hombre diligente lo obtendrá, pero el hombre perezoso nunca; de modo que, como dice el Pobre Ricardo, *una vida de ocio y una vida de pereza son dos cosas*.
Cuida tu tienda, y tu tienda te cuidará a ti; y de nuevo, *si quieres que tu negocio se haga, ve; si no, envía*.
Si quieres un sirviente fiel, y uno que te guste, sírvete a ti mismo.
Un pequeño descuido puede engendrar grandes males: añadiendo, *por falta de un clavo se perdió la herradura; por falta de una herradura se perdió el caballo; y por falta de un caballo se perdió el jinete, siendo alcanzado y asesinado por el enemigo; todo por la falta de cuidado sobre el clavo de una herradura*.
Tanto por la industria, mis amigos, y la atención a los propios asuntos; pero a estos debemos añadir la frugalidad.
Lo que mantiene un vicio, criaría a dos hijos. Quizás pienses que un poco de té, o un poco de ponche de vez en cuando, una dieta un poco más costosa, ropa un poco más fina, y un poco de entretenimiento de vez en cuando, no pueden ser gran cosa; pero recuerda lo que dice el Pobre Ricardo, muchos pocos hacen un mucho.
Cuidado con los pequeños gastos; una pequeña fuga hundirá un gran barco; y de nuevo, quien ama las delicadezas, probará ser un mendigo; y además, *los tontos hacen fiestas, y los sabios las comen*.
Compra lo que no necesitas, y pronto venderás tus necesidades.
Si quieres saber el valor del dinero, ve e intenta pedir prestado un poco; porque, el que pide prestado, se va con pesar.
El segundo vicio es mentir, el primero es endeudarse.
La mentira cabalga sobre la espalda de la deuda.
La pobreza a menudo priva a un hombre de todo espíritu y virtud: *Es difícil para un saco vacío mantenerse en pie*.
Y ahora para concluir, *la experiencia enseña en una escuela cara, pero los tontos no aprenderán en ninguna otra, y apenas en esa; porque es verdad, podemos dar consejos, pero no podemos dar conducta, como dice el Pobre Ricardo*: Sin embargo, recuerda esto, los que no quieren ser aconsejados, no pueden ser ayudados, como dice el Pobre Ricardo: y además, que *si no quieres escuchar a la razón, ella seguramente te golpeará los nudillos*.
EL SILBATO
A Madame Brillon
Passy, 10 de noviembre de 1779.
Estoy encantado con su descripción del Paraíso, y con su plan de vivir allí; y apruebo mucho su conclusión de que, mientras tanto, deberíamos sacar todo el bien que podamos de este mundo. En mi opinión, todos podríamos sacar más bien de él del que sacamos, y sufrir menos mal, si tuviéramos cuidado de no pagar demasiado por los silbatos. Porque para mí parece que la mayoría de las personas infelices con las que nos encontramos, se han vuelto así por negligencia de esa precaución.
¿Pregunta qué quiero decir? Usted ama las historias, y excusará que cuente una propia.
Cuando era un niño de siete años, mis amigos, en un día festivo, llenaron mi bolsillo con monedas de cobre. Fui directamente a una tienda donde vendían juguetes para niños; y estando encantado con el sonido de un silbato, que encontré en el camino en manos de otro niño, ofrecí voluntariamente y di todo mi dinero por uno. Luego vine a casa, y fui silbando por toda la casa, muy complacido con mi silbato, pero molestando a toda la familia. Mis hermanos, y hermanas, y primos, entendiendo el trato que había hecho, me dijeron que había pagado cuatro veces más de lo que valía; me recordaron qué buenas cosas podría haber comprado con el resto del dinero; y se rieron tanto de mí por mi locura, que lloré de rabia; y la reflexión me dio más disgusto que el placer que el silbato me dio.
Esto, sin embargo, fue después útil para mí, permaneciendo la impresión en mi mente; así que a menudo, cuando estaba tentado a comprar alguna cosa innecesaria, me decía a mí mismo: No pagues demasiado por el silbato; y ahorraba mi dinero.
A medida que crecí, vine al mundo, y observé las acciones de los hombres, pensé que me encontraba con muchos, muchísimos, que *pagaban demasiado por el silbato*.
Cuando veía a alguien demasiado ambicioso de favor cortesano, sacrificando su tiempo en la asistencia a audiencias, su reposo, su libertad, su virtud, y quizás a sus amigos, para alcanzarlo, me he dicho a mí mismo: *Este hombre paga demasiado por su silbato*.
Cuando veía a otro aficionado a la popularidad, empleándose constantemente en ajetreos políticos, descuidando sus propios asuntos, y arruinándolos por negligencia, Paga, de hecho, decía yo, demasiado por su silbato.
Si conocía a un avaro que renunciaba a toda clase de vida cómoda, a todo el placer de hacer el bien a otros, a toda la estima de sus conciudadanos, y a las alegrías de la amistad benevolente, por el bien de acumular riqueza, Pobre hombre, decía yo, *pagas demasiado por tu silbato*.
Cuando me encontraba con un hombre de placer, sacrificando toda mejora loable de la mente, o de su fortuna, a meras sensaciones corporales, y arruinando su salud en su búsqueda, Hombre equivocado, decía yo, *estás proporcionando dolor para ti mismo, en lugar de placer; pagas demasiado por tu silbato*.
Si veo a uno aficionado a la apariencia, o ropas finas, casas finas, muebles finos, carruajes finos, todo por encima de su fortuna, por lo cual contrae deudas, y termina su carrera en una prisión, ¡Ay!, digo, *ha pagado caro, muy caro, por su silbato*.
Cuando veo a una chica hermosa y de carácter dulce casada con un marido bruto y de mal genio, Qué lástima, digo, *que ella tenga que pagar tanto por un silbato*!
En resumen, concibo que gran parte de las miserias de la humanidad son provocadas por las falsas estimaciones que han hecho del valor de las cosas, y por pagar demasiado por sus silbatos.
Sin embargo, debería tener caridad por estas personas infelices, cuando considero que, con toda esta sabiduría de la que me jacto, hay ciertas cosas en el mundo tan tentadoras, por ejemplo, las manzanas del Rey Juan, que afortunadamente no se pueden comprar; pues si se pusieran a la venta en subasta, podría ser llevado muy fácilmente a arruinarme en la compra, y encontrar que una vez más había pagado demasiado por el silbato.
Adiós, mi querida amiga, y créame siempre suyo muy sinceramente y con inalterable afecto,
B. Franklin.
UNA CARTA A SAMUEL MATHER
Passy, 12 de mayo de 1784.
Reverendo Señor,
Hace ya más de 60 años que dejé Boston, pero recuerdo bien tanto a su padre como a su abuelo, habiéndolos escuchado a ambos en el púlpito, y visto en sus casas. La última vez que vi a su padre fue a principios de 1724, cuando lo visité después de mi primer viaje a Pennsylvania. Me recibió en su biblioteca, y al despedirme me mostró un camino más corto para salir de la casa a través de un pasaje estrecho, que estaba atravesado por una viga por encima. Todavía estábamos hablando mientras me retiraba, él acompañándome detrás, y yo girándome parcialmente hacia él, cuando dijo apresuradamente: "¡Agáchate, agáchate!". No lo entendí, hasta que sentí mi cabeza golpear contra la viga. Él era un hombre que nunca perdía ninguna ocasión de dar instrucción, y sobre esto me dijo: "*Eres joven, y tienes el mundo ante ti; agáchate mientras pasas a través de él, y evitarás muchos golpes duros*". Este consejo, así golpeado en mi cabeza, me ha sido frecuentemente útil; y a menudo pienso en ello, cuando veo el orgullo mortificado, y las desgracias traídas sobre las personas por llevar sus cabezas demasiado altas.
B. Franklin.
EL FIN
Publicado como prefacio al Almanaque del Pobre Ricardo y recopilando en un solo escrito las máximas del Pobre Ricardo, que ya habían aparecido en números anteriores del Almanaque. El discurso fue publicado posteriormente en forma de panfleto como El camino a la riqueza.
1760. De los medios para disponer al enemigo a la paz.
Una sátira en favor de la prosecución de la guerra contra Francia.
1760. El interés de Gran Bretaña considerado, con respecto a sus colonias y a las adquisiciones de Canadá y Guadalupe.
1764. Pensamientos serenos sobre la situación actual de nuestros asuntos públicos.
Un panfleto a favor de un gobierno real para Pensilvania a cambio del de los propietarios.
1766. El examen del doctor Benjamin Franklin, etc., en la Cámara de los Comunes británica, relativo a la derogación de la Ley del Timbre americana.
1773. Reglas mediante las cuales un gran imperio puede reducirse a uno pequeño.
Unas veinte reglas satíricas que encarnan la línea de conducta que Inglaterra seguía con América.
1773. Un edicto del rey de Prusia.
Una sátira en la que se hace que el rey de Prusia trate a Inglaterra como Inglaterra trataba a América, debido a que Inglaterra fue poblada originalmente por germanos.
1777. Comparación entre Gran Bretaña y los Estados Unidos con respecto a la base del crédito en ambos países.
Uno de varios panfletos similares escritos para lograr préstamos para la causa americana.
1782. Sobre la teoría de la Tierra.
El mejor de los documentos de Franklin sobre geología.
1782. Carta que pretende emanar de un pequeño príncipe alemán y estar dirigida a su oficial al mando en América.
1785. Sobre las causas y el remedio de las chimeneas humeantes.
1786. Réplica cortés.
El envío de criminales a América.
Respuestas al clamor británico por el pago de las deudas americanas.
1789. Discurso al público de la Sociedad de Pensilvania para promover la abolición de la esclavitud.
1789. Un relato del tribunal de justicia supremo de Pensilvania, a saber: el tribunal de la prensa.
1790. Relato de Martin sobre su consulado.
Una parodia de un discurso esclavista en el Congreso.
1791. Autobiografía.
La primera edición.
1818. Bagatelas.
Las Bagatelas fueron publicadas por primera vez en 1818 en la edición de William Temple Franklin de las obras de su abuelo. Los siguientes son los más famosos de estos ensayos y las fechas en que fueron escritos:
1774? Una parábola contra la persecución.
Franklin llamó a esto el capítulo LI del Génesis.
1774? Una parábola sobre el amor fraternal.
1778. La efímera, emblema de la vida humana.
Una nueva versión de un ensayo anterior sobre la vanidad humana.
1779. La historia del silbato.
1779? La recepción.
1779? Propuesta de nueva versión de la Biblia.
Parte del primer capítulo de Job modernizada.
(1779. Publicado) La moral del ajedrez.
1780? La pierna hermosa y la deforme.
1780. Diálogo entre Franklin y la gota.
(Publicado en 1802).
1802. Una petición de la mano izquierda.
1806. El arte de procurar sueños placenteros.
[Transcripciones de páginas de periódicos]
[Página 1 de The Pennsylvania Gazette].
Núm. XL.
LA
Gaceta de Pensilvania. Conteniendo las más frescas noticias extranjeras y domésticas.
Desde el jueves 25 de septiembre hasta el jueves 2 de octubre de 1729.
Estando la Gaceta de Pensilvania ahora bajo el manejo de otras manos, el lector puede esperar alguna explicación del método que nos proponemos seguir.
Al observar los grandes diccionarios de Chambers, de donde se tomaron los materiales del Instructor universal en todas las artes y ciencias, que solía constituir la primera parte de este periódico, encontramos que además de contener muchas cosas abstrusas o insignificantes para nosotros, probablemente pasarán cincuenta años antes de que se pueda terminar el todo de esta manera de publicación. También hay en esos libros referencias continuas de asuntos bajo una letra del alfabeto a otros bajo otra, que se relacionan con el mismo tema y son necesarios para explicarlo y completarlo; aquellos que se tomen a su debido tiempo pueden estar tal vez a diez años de distancia; y puesto que es probable que quienes deseen familiarizarse con cualquier arte o ciencia en particular, quisieran tener el todo ante sí en mucho menos tiempo, creemos que nuestros lectores no considerarán tal método de comunicar conocimiento como uno adecuado.
Sin embargo, aunque no pretendemos continuar la publicación de esos diccionarios en un método alfabético regular, como se ha hecho hasta ahora; no obstante, dado que varias cosas exhibidas de ellos en el curso de estos periódicos han sido entretenidas para aquellos curiosos que nunca tuvieron y no pueden tener la ventaja de buenas bibliotecas; y como todavía hay muchas cosas pendientes, que al ser hechas generalmente conocidas de esta manera, pueden quizás llegar a ser de considerable utilidad, al dar tales sugerencias a los excelentes genios naturales de nuestro país, que puedan contribuir ya sea al mejoramiento de nuestras manufacturas actuales o hacia la invención de otras nuevas; nos proponemos de vez en cuando comunicar aquellas partes particulares que parecen ser de la mayor consecuencia general.
En cuanto al Cortejo religioso, parte del cual ha sido distribuido al público en estos periódicos, se informa al lector que el libro completo será probablemente impreso y encuadernado por sí solo en poco tiempo; y aquellos que lo aprueben, sin duda estarán más complacidos de tenerlo completo, que de esta manera interrumpida y fragmentada.
Hay muchos que han deseado ver durante mucho tiempo un buen periódico en Pensilvania; y esperamos que aquellos caballeros que puedan, contribuyan a hacer de este uno así. Pedimos asistencia, porque somos plenamente conscientes de que publicar un buen periódico no es una empresa tan fácil como mucha gente imagina. El autor de una Gaceta (en opinión de los instruidos) debería estar calificado con un extenso conocimiento de idiomas, una gran facilidad y dominio para escribir y relatar las cosas de forma clara e inteligible, y en pocas palabras; debería ser capaz de hablar de la guerra tanto por tierra como por mar; estar bien familiarizado con la geografía, con la historia de la época, con los diversos intereses de príncipes y estados, los secretos de las cortes y los modales y costumbres de todas las naciones. Hombres así dotados son muy raros en esta parte remota del mundo; y sería bueno que el escritor de estos periódicos pudiera compensar entre sus amigos lo que le falta a sí mismo.
En conjunto, podemos asegurar al público que, en la medida en que el aliento que recibamos nos lo permita, no se omitirá ningún cuidado ni esfuerzo que pueda hacer de la Gaceta de Pensilvania un entretenimiento tan agradable y útil como la naturaleza de la cosa lo permita.
El siguiente es el último mensaje enviado por su excelencia el gobernador Burnet a la Cámara de Representantes en Boston.
Caballeros de la Cámara de Representantes,
No es con la vana esperanza de convencerles que me tomo la molestia de responder a sus mensajes, sino, si es posible, de abrir los ojos al pueblo engañado al que representan, y al que ustedes se esfuerzan tanto en mantener en la ignorancia del verdadero estado de sus asuntos. No necesito ir más allá para obtener una prueba innegable de este esfuerzo por cegarlos, que el hecho de que ordenaran publicar la carta de los señores Wilks y Belcher del 7 de junio último dirigida a su presidente. Se dice en esta carta (en la página 1 de sus votaciones) que adjunta una copia del informe de los Lores del Comité del Consejo Privado de Su Majestad, con la aprobación y órdenes de Su Majestad al respecto en el Consejo; sin embargo, estos caballeros tuvieron al mismo tiempo la presunción inigualable de escribir al presidente de esta manera: observarán por la conclusión, lo que se propone que sea la consecuencia de no cumplir con la instrucción de Su Majestad (el asunto completo por ser presentado
[Página 4 de The Pennsylvania Gazette.]
falsificados sino los de 13 peniques. Y es notable que todos los intentos de esta clase contra el papel moneda de esta y de las provincias vecinas, han sido detectados y han corrido con mala suerte.
Aduana, Filadelfia, entradas.
Balandra Hope, Elias Naudain, de Boston. Balandra Dove, John Howel, de Antigua. Bergantín Pennswood, Thomas Braly, de Madeira.
Salidas.
Goleta John, Thomas Wright, a Boston. Bergantín Richard and William, W. Mayle, para Lisboa. Barco Diligence, James Bayley, para Maryland.
Despachados para partida.
Barco London Hope, Thomas Annis, para Londres. Barco John and Anna, James Sherley, para Plymouth.
Anuncios.
A la venta por Edward Shippen, jabón duro de elección, muy razonable.
Escapado el 25 de septiembre pasado, de Rice Prichard de Whiteland en el condado de Chester, un criado llamado John Cresswel, de estatura mediana y rostro rubicundo, el cabello tendiente a rojo: Llevaba puesto cuando se marchó, una pequeña peluca blanca corta, un sombrero viejo, chaleco de estameña, el cuerpo forrado con lino; calzones de lino grueso, medias de lana gris y zapatos de punta redonda.
Quien asegure a dicho criado de modo que su amo pueda tenerlo de nuevo, tendrá tres libras de recompensa y los gastos razonables pagados por
Rice Prichard.
Escapado el 10 de septiembre pasado, de William Dewees del municipio de Germantown, en el condado de Filadelfia, un criado llamado Mekbizedarh Arnold, de estatura mediana y cabello rizado rojizo: Llevaba puesto cuando se marchó, un buen sombrero de fieltro, un abrigo color canela oscuro, chaqueta de estameña negra, calzones de estameña color ratón, medias grises y zapatos nuevos.
Quien asegure a dicho fugitivo, de modo que su amo pueda tenerlo de nuevo, tendrá veinte chelines de recompensa y los gastos razonables pagados por mí
William Dewees.
Reimpreso recientemente y a la venta en la nueva oficina de impresión cerca del mercado.
Los Salmos de David, imitados en el lenguaje del Nuevo Testamento, y aplicados al estado y culto cristiano por I. Watts, V. D. M. La séptima edición.
N. B. Esta obra ha tenido tal recepción y estima general entre los disidentes protestantes en Gran Bretaña, etc., ya sean presbiterianos, independientes o bautistas, que seis grandes impresiones anteriores a esta se han agotado en muy poco tiempo.
El diseño principal de esta excelente obra (como el autor nos informa en su anuncio al lector) es mejorar la salmodia o el canto religioso, y así alentar y ayudar a la práctica frecuente del mismo en las asambleas públicas y en las familias privadas con más honor y deleite; sin embargo, su lectura también puede entretener el salón y el gabinete con devoto placer y santas meditaciones. Por lo tanto, solicitaría a sus lectores, en las estaciones apropiadas, que lo lean de cabo a rabo, y entre 340 himnos sagrados pueden encontrar varios que se adapten a su propio caso y temperamento, o a las circunstancias de sus familias o amigos, pueden enseñar a sus hijos aquellos que son apropiados para su edad y, al atesorarlos en su memoria, pueden estar preparados para el retiro piadoso, o pueden entretener a sus amigos con santa melodía.
Recientemente importados de Londres, por John Le, y a la venta por él a los precios más bajos, ya sea al por mayor o al por menor, en su tienda en Market Street, frente a la casa de reuniones presbiteriana, estos bienes siguientes, a saber:
Percales, de diversas clases. Holandas y varias clases de lienzos para sábanas. Varias clases de manteles y telas de mesa. Varias clases de cambray. Sedas de Mantua y Grassets. Beryllan y callimanco liso. Tamie de una yarda de ancho. Guantes de gamuza teñidos para hombres. Ídem para mujeres, de cordero. Seda para coser, hilo y seda. Hilo retorcido para mujeres. Seda y cintas. Medias de hilo doble. Guantes de gamuza blanca para hombres. Pañuelos de seda y otras clases de pañuelos. Guantes abrillantados para hombres, con remate. Hebillas de zapato para hombres, de metal de Bath. Máscaras para mujeres. Varias clases de cortaplumas. Botones de metal liso para abrigos y chaquetas de hombre. Cuchillos de marfil para estuches y varias clases de cuchillos de bolsillo. Dowlasses de varias clases. Huckabags y lienzo de Rusia. Oznaburghs. Varias clases de espejos. Garlicks y holanda marrón. Ídem bag-Holland. Varias clases de estameña. Kerseys finos. Drab de doble molido superfino. Paños anchos. Shalloons de Londres. Sombreros finos y gruesos. Zapatos ingleses para hombres y mujeres. Medias, varias clases, para hombres, mujeres y niños. Varias clases de gorras. Capotas para mujeres. Varias clases de peines de cuerno y marfil. Pólvora, perdigones y pedernales. Biblias de varias clases. Testamentos, salterios y cartillas. Libros de papel grande y pequeños, con libros de bolsillo y otros artículos de papelería. Varias clases de lino a cuadros. Franelas y Duroys. Rapé escocés.
A alquilar por la persona arriba mencionada. Una mitad de la casa que ahora posee. Pregunte a él y sabrá más.
Biblias, testamentos, salterios, libros de salmos, libros de contabilidad, conocimientos de embarque encuadernados y sin encuadernar, bonos en blanco comunes para dinero, bonos con sentencia, contrabonos, bonos de arbitraje, bonos de arbitraje con arbitrio, bonos de fianza, contrabonos para salvar la fianza, facturas de venta, poderes notariales, autos judiciales, citaciones, contratos de aprendizaje, contratos de criados, letras penales, pagarés, etc., todos los formularios en blanco en las formas más auténticas, y correctamente impresos; pueden obtenerse en la editorial de este periódico, que realiza todas las clases de impresión mencionadas a tarifas razonables.
Plumas de ganso vivo muy buenas a la venta en casa de Evan Powel en Chesnut-street, a dos puertas de Andrew Hamilton, Esq.
Recién publicado:
Almanaque de Titan Leeds, para el año 1730 en su método sencillo habitual; siendo muy preferible a cualquiera publicado hasta ahora en América. A la venta por David Harry en la antigua oficina de impresión de Samuel Keimer, a tres chelines y nueve peniques la docena.
N. B. Como este almanaque por su valor ha tenido una recepción universal, ha elevado el precio de la copia a 25 libras al año, por cuya razón el impresor no puede permitírselos por debajo del precio mencionado anteriormente: pero da esta advertencia amistosa al público, que cuando compren almanaques por 3 chelines la docena, no deben esperar el de Titan Leeds, ni ninguno tan valioso.
Pronto se publicará:
Almanaque de Godfrey, para el año 1730. Conteniendo las lunaciones, eclipses, juicio del tiempo, mareas de primavera, salida y puesta de la luna, salida y puesta del sol, duración de los días, salida, paso por el meridiano y puesta de las siete estrellas, hora de la marea alta, ferias, tribunales y días observables. Ajustado a la latitud de 40 grados, y un meridiano de cinco horas al oeste de Londres. Bellamente impreso en rojo y negro, en un lado de una hoja grande de papel demi, según el modelo del marinero de Londres. A la venta por los impresores de este documento, en la nueva oficina de impresión cerca del mercado, por 3 chelines la docena.
Filadelfia: Impreso por B. Franklin y H. Meredith, en la nueva oficina de impresión cerca del mercado, donde se aceptan anuncios y todas las personas pueden ser abastecidas con este periódico, a diez chelines al año.
[Primera página de The New England Courant.]
[N.º 19
El Courant de Nueva Inglaterra.
Desde el lunes 4 de diciembre hasta el lunes 11 de diciembre de 1721.
Sobre Sylvia la Bella. Una rima.
Un enjambre de galanes, jóvenes, alegres y audaces, Amaron a Sylvia mucho tiempo, pero ella era fría; El interés y el orgullo controlaban a la ninfa, Así que en vano contaron su pasión. Al final vino Dalman, él era viejo; Es más, era feo, pero tenía oro. Vino, vio y tomó el control, Mientras los otros galanes se condolían de su pérdida. Algunos dicen que está casada; yo digo que está vendida.
La carta contra la inoculación de la viruela (firmada Absinthium), que da cuenta del número de personas que han muerto bajo esa operación, será insertada en nuestro próximo número.
ASUNTOS EXTRANJEROS.
Ispahan, 6 de marzo. La conspiración formada por el Gran Visir el año pasado, en enero, con el diseño de hacerse rey de Persia, fue descubierta a tiempo, y él y sus cómplices asegurados; desde entonces el Estado ha disfrutado de su antigua tranquilidad, y un nuevo visir ha sido nombrado en su lugar. Habiendo sido vaciados los ojos del viejo, se le mantiene vivo (pero en prisión) para obligarle a revelar todas sus riquezas; las cuales deben ser inmensamente grandes, puesto que encontraron en uno de sus cofres cuatrocientos mil ducados persas, además de moneda extranjera, y en otro lugar abundancia de joyas, oro y plata; y así en proporción entre varios de sus cómplices; con ayuda de cuyo tesoro esperaban lograr sus fines.
Trípoli, 12 de julio. Tan pronto como nuestro escuadrón equipado contra el famoso Baffaw Gianur, Cogia, apareció frente a Dasna y Bengan, con dos mil quinientos caballos moriscos y mil infantes, y escaramuceó un poco con su escuadrón, abandonó ambos lugares y huyó a la isla de Serby en los territorios de Túnez; pero habiéndole negado refugio el bey de ese lugar, navegó más lejos, en una barca francesa, no sabemos hacia dónde; y sus propias galeras y barcas han ido tras él, de modo que ahora estamos enteramente libres de ese huésped molesto. Nuestros corsarios se mantienen todos en puerto, por temor a los malteses.
Cádiz, 12 de agosto. Se espera la llegada de la Flota de las Indias Occidentales antes de finales de este mes. Trece piezas de cañón y dos morteros fueron enviados recientemente desde aquí a Ceuta. Los tres buques de guerra españoles de 50 a 60 cañones cada uno, que llevaron a los cardenales españoles a Italia, están ahora en Alicante: se dice que se unirán al vicealmirante holandés, que está ahora en esta bahía con cuatro barcos de su escuadrón de 50 cañones cada uno, y patrullarán contra los argelinos. Siendo el trigo y la cebada muy baratos en estas partes, se han enviado grandes cantidades recientemente a las Canarias, donde desde hace algún tiempo los habitantes han estado en gran necesidad de grano. El día 9 del presente murió el señor Charles, cónsul de Su Majestad Británica en Sanlúcar.
Berna, 20 de agosto. Los diputados de este cantón que fueron a la Dieta en Frawenfeldt, están ahora reunidos en Baden con los de Zúrich y Glaris, para regular ciertos asuntos relacionados con la ciudad y el condado de Baden, que anteriormente pertenecían a los ocho cantones más antiguos, pero que en la última guerra suiza fueron cedidos a Zúrich y Berna en propiedad, con una reserva para el cantón de Glaris (que es mayoritariamente protestante) de la parte que tenía antes en la soberanía de ese distrito. Los tres diputados de Zúrich, Lucerna y Uri, comisionados por la pasada dieta general para ir a Wilchingen, para tratar de componer las diferencias que han existido durante mucho tiempo entre los habitantes de ese lugar y el cantón de Schaffhausen, cuyos súbditos son, han ofrecido a esos habitantes un perdón total por todo mal comportamiento pasado, y el mantenimiento de sus privilegios para el futuro, siempre que vuelvan inmediatamente a su deber; pero se informa que los de Wilchingen persisten hasta ahora en esta desobediencia.
Schaffhausen, 1 de septiembre. Escriben desde Italia que la peste ya no se observa en Marsella, Aix y varios otros lugares; y que en Tolón ha disminuido mucho: Pero, ¡ay! ¿cómo podría ser de otra manera, cuando a la enfermedad apenas le quedan objetos sobre los cuales actuar? En Arles también ha disminuido, tememos que por la misma razón. Mientras tanto, se extiende por el Gévaudan; y dos grandes aldeas en las cercanías de Fréjus fueron atacadas a principios de este mes. La corte francesa ha prohibido toda comunicación con el Gévaudan bajo severas penas. La peste ha entrado ciertamente en la pequeña ciudad de Marvegue en ese distrito, ciudad que está cercada por ochocientos hombres. Cartas de Ginebra dicen que los dos batallones empleados en rodear La Canourgue están infectados; y que Maages es muy sospechoso. El marqués de Quelus se había retirado a un castillo cerca de Aviñón; pero habiéndose introducido la enfermedad entre sus criados, había huido más lejos.
París, 5 de septiembre. El distrito sobre el cual el duque de Berwick va a tener el mando, se extiende hasta las fronteras del Borbonés; y la corte pone gran confianza en el cuidado de ese general para evitar que la infección se extienda. El marqués de Verceil está trazando líneas para cerrar el Gévaudan; y doce regimientos de infantería, y otros tantos de dragones, marchan para reforzar a las tropas ya apostadas en ese lado. La peste parece haberse agotado casi por completo en Provenza. Aunque todavía está muy lejos de nosotros, se habla, sin embargo, de almacenar provisiones de toda clase aquí, y de fabricar veinte mil camas, para ser instaladas en los hospitales y canchas de tenis.
La Haya, 9 de septiembre. Los diputados de nuestros almirantazgos tuvieron, el pasado sábado, una conferencia extraordinaria con los de los Estados Generales, sobre la difusión de un informe de que diez o doce personas morían diariamente en cierto lugar de Normandía, que era por tanto sospechoso de haber recibido el contagio; pero en el fondo, no parece que hubiera la menor base para tal informe; aunque es demasiado claro que la enfermedad gana terreno rápidamente en las partes del sur de Francia.
De ninguna manera podemos penetrar en los designios del Zar, quien, a pesar de que se escribe con confianza que la paz entre él y Suecia está prácticamente concluida, tiene una flota de treinta barcos de guerra y doscientos galeras en el mar cerca de Åland. Sin embargo, un expreso que ha pasado desde Estocolmo no lo confirma.
[Fin de las transcripciones.]