BIOGRAPHIA LITERARIA
Por Samuel Taylor Coleridge
ÍNDICE DE CONTENIDOS
CAP.
I Motivos de la presente obra—Recepción de la primera publicación del Autor—Disciplina de su gusto en la escuela—Efecto de los escritores contemporáneos en las mentes juveniles—Los Sonetos de Bowles—Comparación entre los poetas anteriores y posteriores a Pope
II La supuesta irritabilidad del genio sometida a la prueba de los hechos—Causas y ocasiones de la acusación—Su injusticia
III Las obligaciones del Autor para con los críticos, y la probable ocasión—Principios de la crítica moderna—Las obras y el carácter del Sr. Southey
IV Las Baladas Líricas con el Prefacio—Los primeros poemas del Sr. Wordsworth—Sobre la Fantasía y la Imaginación—La investigación de la distinción, importante para las Bellas Artes
V Sobre la ley de la Asociación—Su historia rastreada desde Aristóteles hasta Hartley
VI Que el sistema de Hartley, en tanto en cuanto difiere del de Aristóteles, no es sostenible en teoría ni está fundado en hechos
VII De las consecuencias necesarias de la Teoría Hartleiana—Del error original o equivocación que procuró su admisión—Memoria technica
VIII El sistema del Dualismo introducido por Des Cartes—Refinado primero por Spinoza y después por Leibnitz en la doctrina de la Harmonia praestabilita—Hilozoísmo—Materialismo—Ninguno de estos sistemas, ni cualquier teoría posible de la Asociación, suministra o sustituye una teoría de la Percepción, ni explica la formación de lo Asociable
IX ¿Es la Filosofía posible como ciencia, y cuáles son sus condiciones?—Giordano Bruno—Aristocracia literaria, o la existencia de un pacto tácito entre los doctos como orden privilegiada—Las obligaciones del Autor para con los Místicos—Para con Immanuel Kant—La diferencia entre la letra y el espíritu de los escritos de Kant, y una vindicación de la Prudencia en la enseñanza de la Filosofía—El intento de Fichte de completar el sistema Crítico—Su éxito parcial y fracaso final—Obligaciones para con Schelling; y entre los escritores ingleses, para con Saumarez
X Un capítulo de digresiones y anécdotas, como interludio que precede al de la naturaleza y génesis de la Imaginación o Poder Plástico—Sobre la Pedantería y las expresiones pedantes—Consejo a los jóvenes autores respecto a la publicación—Varias anécdotas de la vida literaria del Autor, y el progreso de sus opiniones en Religión y Política
XI Una exhortación afectuosa a aquellos que en su temprana vida se sienten dispuestos a convertirse en autores
XII Un capítulo de peticiones y premoniciones concernientes a la lectura o la omisión del capítulo que sigue
XIII Sobre la Imaginación, o poder Esemplástico
XIV Ocasión de las Baladas Líricas, y los objetivos originalmente propuestos—Prefacio a la segunda edición—La controversia subsiguiente, sus causas y acritud—Definiciones filosóficas de un Poema y de la Poesía con escolios
XV Los síntomas específicos del poder poético dilucidados en un análisis Crítico de Venus y Adonis y La violación de Lucrecia de Shakespeare
XVI Puntos notables de diferencia entre los Poetas de la época actual y los de los siglos quince y dieciséis—Deseo expresado de la unión de los méritos característicos de ambos
XVII Examen de los principios peculiares al Sr. Wordsworth—La vida rústica (sobre todo, la vida baja y rústica) especialmente desfavorable para la formación de una dicción humana—Las mejores partes del lenguaje, producto de filósofos, no de payasos o pastores—Poesía esencialmente ideal y genérica—El lenguaje de Milton, tanto lenguaje de la vida real, sí, incomparablemente más que el del habitante de una choza
XVIII Lenguaje de la composición métrica, por qué y en qué es esencialmente diferente del de la prosa—Origen y elementos del metro—Sus consecuencias necesarias, y las condiciones impuestas por ello al escritor métrico en la elección de su dicción
XIX Continuación—Concerniente al objeto real que, es probable, el Sr. Wordsworth tenía ante sí en su prefacio crítico—Dilucidación y aplicación de esto
XX Continuación del tema anterior—El estilo neutro, o el común a la Prosa y la Poesía, ejemplificado con especímenes de Chaucer, Herbert y otros
XXI Observaciones sobre el modo actual de dirigir las revistas críticas
XXII Los defectos característicos de la poesía de Wordsworth, con los principios de los que se deduce el juicio de que son defectos—Su proporción respecto a las bellezas—En su mayor parte, característicos solo de su teoría
CARTAS DE SATYRANE
XXIII Crítica sobre Bertram
XXIV Conclusión
So wenig er auch bestimmt seyn mag, andere zu belehren, so wuenscht er doch sich denen mitzutheilen, die er sich gleichgesinnt weis, (oder hofft,) deren Anzahl aber in der Breite der Welt zerstreut ist; er wuenscht sein Verhaeltniss zu den aeltesten Freunden dadurch wieder anzuknuepfen, mit neuen es fortzusetzen, und in der letzten Generation sich wieder andere fur seine uebrige Lebenszeit zu gewinnen. Er wuenscht der Jugend die Umwege zu ersparen, auf denen er sich selbst verirrte. (Goethe. Einleitung in die Propylaeen.)
TRADUCCIÓN. Por poca vocación que pueda tener para instruir a otros, desea, sin embargo, abrir su corazón a aquellos que sabe (o espera) que son afines a él, pero cuyo número está esparcido por la anchura del mundo; desea estrechar de nuevo sus relaciones con sus amigos más antiguos, continuar las formadas recientemente, y ganar otros amigos entre la generación venidera para el curso restante de su vida. Desea ahorrar a los jóvenes los caminos tortuosos en los que él mismo perdió el rumbo.
BIOGRAPHIA LITERARIA
CAPÍTULO I
Motivos de la presente obra—Recepción de la primera publicación del Autor—Disciplina de su gusto en la escuela—Efecto de los escritores contemporáneos en las mentes juveniles—Los Sonetos de Bowles—Comparación entre los poetas anteriores y posteriores a Pope.
Ha sido mi destino ver mi nombre introducido tanto en la conversación como en la imprenta con más frecuencia de la que me resulta fácil explicar, ya sea que considere la escasez, la falta de importancia y la limitada circulación de mis escritos, o el retiro y la distancia en los que he vivido, tanto del mundo literario como del político. Muy a menudo se ha conectado con alguna acusación que no podía reconocer, o algún principio que nunca había albergado. Sin embargo, si no hubiera tenido otro motivo o incentivo, el lector no habría sido molestado con esta exculpación. Cuáles fueron mis propósitos adicionales se verá en las páginas siguientes. Se descubrirá que lo menos de lo que he escrito me concierne personalmente. He utilizado la narración principalmente con el propósito de dar una continuidad a la obra, en parte por causa de las reflexiones misceláneas sugeridas por eventos particulares, pero aún más como introducción a una exposición de mis principios en Política, Religión y Filosofía, y a una aplicación de las reglas, deducidas de principios filosóficos, a la poesía y la crítica. Pero de los objetivos que me propuse, no fue el menos importante efectuar, en la medida de lo posible, un acuerdo sobre la controversia largamente continuada concerniente a la verdadera naturaleza de la dicción poética; y al mismo tiempo definir con la mayor imparcialidad el carácter poético real del poeta por cuyos escritos se encendió primero esta controversia, y desde entonces ha sido alimentada y avivada.
En la primavera de 1796, cuando apenas había pasado el umbral de la madurez, publiqué un pequeño volumen de poemas juveniles. Fueron recibidos con un grado de favor que, joven como era, bien sé que les fue otorgado no tanto por algún mérito positivo, sino porque fueron considerados brotes de esperanza y promesas de mejores obras por venir. Los críticos de aquella época, tanto los más halagadores como los más severos, coincidieron en objetarles oscuridad, una grandilocuencia general en la dicción y una profusión de epítetos dobles recién acuñados [1]. Lo primero es el defecto que un escritor es menos capaz de detectar en sus propias composiciones; y mi mente no estaba entonces lo suficientemente disciplinada como para aceptar la autoridad de otros como sustituto de mi propia convicción. Satisfecho de que los pensamientos, tales como eran, no podrían haber sido expresados de otro modo, o al menos más perspicuamente, olvidé indagar si los pensamientos mismos no exigían un grado de atención inadecuado a la naturaleza y los objetivos de la poesía. Esta observación, sin embargo, se aplica principalmente, aunque no exclusivamente, a las Meditaciones Religiosas. Admití el resto de la acusación en toda su extensión, y no sin sinceros agradecimientos tanto a mis censores privados como públicos por sus amonestaciones amistosas. En las ediciones posteriores, podé los epítetos dobles sin mano ahorradora, e hice mis mejores esfuerzos para domesticar la hinchazón y el brillo tanto del pensamiento como de la dicción; aunque, en verdad, estas plantas parásitas de la poesía juvenil se habían insinuado en mis poemas más largos con tal intrincación de unión que a menudo me veía obligado a omitir desenredar la maleza por miedo a romper la flor. Desde ese período hasta la fecha de la presente obra, no he publicado nada con mi nombre que pudiera haber llegado de ninguna manera ante el tribunal de la crítica anónima. Incluso los tres o cuatro poemas impresos con las obras de un amigo [2], en la medida en que fueron censurados en absoluto, fueron acusados de los mismos o similares defectos (aunque estoy persuadido de que no con igual justicia), con un exceso de ornamentos, además de una dicción forzada y elaborada. Debo añadir que, incluso en el temprano período de mis poemas juveniles, vi y admití la superioridad de un estilo más austero y natural, con una percepción no menos clara de la que poseo en la actualidad. Mi juicio era más fuerte que mis facultades para realizar sus dictados; y los defectos de mi lenguaje, aunque de hecho se debían en parte a una elección equivocada de temas y al deseo de dar un colorido poético a verdades abstractas y metafísicas, en las que entonces parecía abrirse ante mí un nuevo mundo, se originaban, sin embargo, en parte también en una falta de confianza innegable en mi propio talento comparativo. Durante varios años de mi juventud y temprana madurez, reverencié a aquellos que habían reintroducido la viril simplicidad del griego y de nuestros propios poetas más antiguos, con tal entusiasmo que hacía parecer presuntuosa la esperanza de escribir exitosamente en el mismo estilo. Quizás un proceso similar ha ocurrido a otros; pero mis primeros poemas estaban marcados por una facilidad y sencillez que he estudiado, quizás con éxito inferior, imprimir en mis composiciones posteriores.
En la escuela (Christ’s Hospital), disfruté de la ventaja inestimable de un maestro muy sensato, aunque al mismo tiempo muy severo, el reverendo James Bowyer. Moldeó pronto mi gusto hacia la preferencia de Demóstenes sobre Cicerón, de Homero y Teócrito sobre Virgilio, y de este sobre Ovidio. Me habituó a comparar a Lucrecio (en los extractos que entonces leía), Terencio y, sobre todo, los poemas más castos de Catulo, no solo con los poetas romanos de las llamadas edades de plata y bronce, sino incluso con los de la era augusta; y a ver y afirmar, basándome en el sentido común y la lógica universal, la superioridad de los primeros en la verdad y naturalidad tanto de sus pensamientos como de su dicción. Al mismo tiempo que estudiábamos a los poetas trágicos griegos, nos hacía leer a Shakespeare y a Milton como lecciones; y eran, además, las lecciones que requerían más tiempo y esfuerzo para prepararlas, a fin de escapar a su censura. Aprendí de él que la poesía, incluso la de las odas más elevadas y, aparentemente, las más salvajes, tenía una lógica propia, tan severa como la de la ciencia; y más difícil, porque era más sutil, más compleja y dependía de causas más numerosas y más fugitivas. En los poetas verdaderamente grandes, solía decir, hay una razón asignable no solo para cada palabra, sino para la posición de cada palabra; y recuerdo bien que, aprovechándose de los sinónimos del Homero de Dídimo, nos hacía intentar mostrar, con respecto a cada uno, por qué no habría servido al mismo propósito, y en qué consistía la idoneidad peculiar de la palabra en el texto original.
En nuestras propias composiciones en inglés (al menos durante los últimos tres años de nuestra educación escolar), no mostró piedad con frases, metáforas o imágenes no respaldadas por un sentido sólido, o donde el mismo sentido podría haber sido transmitido con igual fuerza y dignidad en palabras más sencillas [3]. Laúd, arpa y lira, Musa, Musas e inspiraciones, Pegaso, Parnaso e Hipocrene eran todos una abominación para él. En mi imaginación, casi puedo oírlo ahora exclamando: “¿Arpa? ¿Arpa? ¿Lira? ¡Papel y pluma, muchacho, eso es lo que quieres decir! ¿Musa, muchacho, Musa? ¡La hija de tu nodriza, eso es lo que quieres decir! ¿Manantial de Pieria? ¡Oh, sí! ¡La bomba del claustro, supongo!”. Es más, ciertas introducciones, símiles y ejemplos fueron colocados por su nombre en una lista de interdicción. Entre los símiles, recuerdo el de la fruta del manzanillo, por ajustarse igual de bien a demasiados temas; en lo cual, sin embargo, cedió la palma inmediatamente al ejemplo de Alejandro y Clito, que era igualmente bueno y apto, fuera cual fuera el tema. ¿Era ambición? ¡Alejandro y Clito! ¿Adulación? ¡Alejandro y Clito! ¿Ira, borrachera, orgullo, amistad, ingratitud, arrepentimiento tardío? ¡Aún, aún Alejandro y Clito! Finalmente, habiendo sido ejemplificadas las alabanzas a la agricultura con la sagaz observación de que, si Alejandro hubiera estado sosteniendo el arado, no habría atravesado con una lanza a su amigo Clito, este probado y servicial viejo amigo fue desterrado por edicto público in saecula saeculorum. A veces me he aventurado a pensar que una lista de este tipo, o un index expurgatorius de ciertas frases bien conocidas y recurrentes, tanto introductorias como de transición, incluyendo un amplio surtido de modestos egoísmos y halagadores illeísmos y similares, podría colgarse en nuestros tribunales de justicia y en ambas Cámaras del Parlamento con gran ventaja para el público, como un ahorro importante de tiempo nacional, un alivio incalculable para los ministros de Su Majestad, pero, sobre todo, como asegurando los agradecimientos de los abogados rurales y sus clientes, que tienen proyectos de ley privados que llevar a través de la Cámara.
Sea como fuere, hubo una costumbre de nuestro maestro que no puedo pasar por alto en silencio, porque creo que es imitable y digna de imitación. A menudo permitía que nuestros ejercicios, bajo algún pretexto de falta de tiempo, se acumularan hasta que cada muchacho tuviera cuatro o cinco para ser revisados. Entonces, colocando todo el número alineado en su escritorio, preguntaba al autor por qué esta o aquella oración no podría haber encontrado un lugar tan apropiado bajo esta o aquella otra tesis; y si no se podía dar una respuesta satisfactoria, y se encontraban dos defectos del mismo tipo en un ejercicio, seguía el veredicto irrevocable: el ejercicio era destruido y debía producirse otro sobre el mismo tema, además de las tareas del día. El lector, confío, disculpará este tributo de recuerdo a un hombre cuyas severidades, incluso ahora, no pocas veces proporcionan los sueños mediante los cuales la fantasía ciega intenta interpretar para la mente las dolorosas sensaciones del sueño enfermizo; pero no disminuyen ni oscurecen el profundo sentido de mis obligaciones morales e intelectuales. Nos envió a la Universidad como excelentes eruditos en latín y griego, y como hebreístas tolerables. Sin embargo, nuestro conocimiento clásico fue el menor de los buenos dones que derivamos de su celosa y concienzuda tutoría. Ahora se ha ido a su recompensa final, lleno de años y lleno de honores, incluso de aquellos honores que eran más queridos para su corazón, por ser otorgados con gratitud por esa escuela, y todavía ligándolo a los intereses de la escuela en la que él mismo había sido educado, y a la cual durante toda su vida fue un ser dedicado.
Por causas que no es este el lugar para investigar, ningún modelo de tiempos pasados, por perfecto que sea, puede tener el mismo efecto vívido en la mente juvenil que las producciones del genio contemporáneo. La disciplina por la que mi mente había pasado, Ne falleretur rotundo sono et versuum cursu, cincinnis, et floribus; sed ut inspiceret quidnam subesset, quae, sedes, quod firmamentum, quis fundus verbis; an figurae essent mera ornatura et orationis fucus; vel sanguinis e materiae ipsius corde effluentis rubor quidam nativus et incalescentia genuina;—eliminó todos los obstáculos para la apreciación de la excelencia en el estilo sin disminuir mi deleite. Que yo estuviera así preparado para la lectura de los sonetos y primeros poemas del Sr. Bowles aumentó a la vez su influencia y mi entusiasmo. Las grandes obras de épocas pasadas parecen a un hombre joven cosas de otra raza, respecto a las cuales sus facultades deben permanecer pasivas y sumisas, incluso como ante las estrellas y las montañas. Pero los escritos de un contemporáneo, quizás no muchos años mayor que él, rodeado de las mismas circunstancias y disciplinado por las mismas costumbres, poseen una realidad para él e inspiran una amistad real, de hombre a hombre. Su propia admiración es el viento que aviva y alimenta su esperanza. Los poemas mismos asumen las propiedades de carne y hueso. Recitarlos, ensalzarlos, luchar por ellos no es más que el pago de una deuda debida a alguien que existe para recibirla.
Existen, de hecho, modos de enseñanza que han producido, y están produciendo, jóvenes de un sello muy diferente; modos de enseñanza en comparación con los cuales se nos ha llamado a despreciar nuestras grandes escuelas públicas y universidades,
en cuyos salones cuelgan La armería de los invencibles caballeros de antaño—
modos por los cuales los niños deben ser metamorfoseados en prodigios. ¡Y prodigios con venganza he conocido así producidos; prodigios de engreimiento, superficialidad, arrogancia e infidelidad! En lugar de almacenar la memoria, durante el período en que la memoria es la facultad predominante, con hechos para el ejercicio posterior del juicio; y en lugar de despertar mediante los modelos más nobles el amor y la admiración puros y sin mezcla, que son el temperamento natural y elegante de la temprana juventud; a estos niños de la pedagogía mejorada se les enseña a disputar y decidir; a sospechar de todo excepto de su propia sabiduría y la de su profesor; y a no mantener nada sagrado frente a su desprecio, sino su propia arrogancia despreciable; graduados niños en todos los tecnicismos y en todas las pasiones sucias y la insolencia de la crítica anónima. Solo para tales disposiciones puede ser necesaria la amonestación de Plinio: Neque enim debet operibus ejus obesse, quod vivit. An si inter eos, quos nunquam vidimus, floruisset, non solum libros ejus, verum etiam imagines conquireremus, ejusdem nunc honor praesentis, et gratia quasi satietate languescet? At hoc pravum, malignumque est, non admirari hominem admiratione dignissimum, quia videre, complecti, nec laudare tantum, verum etiam amare contingit.
Acababa de entrar en mi decimoséptimo año cuando los sonetos del Sr. Bowles, veinte en número y publicados justo entonces en un panfleto en cuarto, fueron conocidos por primera vez y presentados a mí por un compañero de escuela que nos había dejado para ir a la Universidad y que, durante todo el tiempo que estuvo en nuestro primer curso (o en nuestro lenguaje escolar un Griego), había sido mi patrón y protector. Me refiero al Dr. Middleton, el verdaderamente erudito y en todos los sentidos excelente Obispo de Calcuta:
qui laudibus amplis Ingenium celebrare meum, calamumque solebat, Calcar agens animo validum. Non omnia terra Obruta; vivit amor, vivit dolor; ora negatur Dulcia conspicere; at flere et meminisse relictum est.
Fue un doble placer para mí, y sigue siendo un tierno recuerdo, haber recibido de un amigo tan reverenciado el primer conocimiento de un poeta por cuyas obras, año tras año, fui tan entusiastamente deleitado e inspirado. Mis primeros conocidos no habrán olvidado el entusiasmo indisciplinado y el celo impetuoso con el que me esforcé por hacer prosélitos, no solo de mis compañeros, sino de todos con quienes conversaba, de cualquier rango y en cualquier lugar. Como mis finanzas escolares no me permitían comprar copias, hice, en menos de un año y medio, más de cuarenta transcripciones, como los mejores presentes que podía ofrecer a aquellos que de alguna manera habían ganado mi estima. Y con casi igual deleite recibí las tres o cuatro publicaciones siguientes del mismo autor.
Though I have seen and known enough of mankind to be well aware, that I shall perhaps stand alone in my creed, and that it will be well, if I subject myself to no worse charge than that of singularity; I am not therefore deterred from avowing, that I regard, and ever have regarded the obligations of intellect among the most sacred of the claims of gratitude. A valuable thought, or a particular train of thoughts, gives me additional pleasure, when I can safely refer and attribute it to the conversation or correspondence of another. My obligations to Mr. Bowles were indeed important, and for radical good. At a very premature age, even before my fifteenth year, I had bewildered myself in metaphysics, and in theological controversy. Nothing else pleased me. History, and particular facts, lost all interest in my mind. Poetry--(though for a school-boy of that age, I was above par in English versification, and had already produced two or three compositions which, I may venture to say, without reference to my age, were somewhat above mediocrity, and which had gained me more credit than the sound, good sense of my old master was at all pleased with,)--poetry itself, yea, novels and romances, became insipid to me. In my friendless wanderings on our leave-days [4], (for I was an orphan, and had scarcely any connections in London,) highly was I delighted, if any passenger, especially if he were dressed in black, would enter into conversation with me. For I soon found the means of directing it to my favourite subjects
Of providence, fore-knowledge, will, and fate, Fixed fate, free will, fore-knowledge absolute, And found no end in wandering mazes lost.
This preposterous pursuit was, beyond doubt, injurious both to my natural powers, and to the progress of my education. It would perhaps have been destructive, had it been continued; but from this I was auspiciously withdrawn, partly indeed by an accidental introduction to an amiable family, chiefly however, by the genial influence of a style of poetry, so tender and yet so manly, so natural and real, and yet so dignified and harmonious, as the sonnets and other early poems of Mr. Bowles. Well would it have been for me, perhaps, had I never relapsed into the same mental disease; if I had continued to pluck the flower and reap the harvest from the cultivated surface, instead of delving in the unwholesome quicksilver mines of metaphysic lore. And if in after time I have sought a refuge from bodily pain and mismanaged sensibility in abstruse researches, which exercised the strength and subtilty of the understanding without awakening the feelings of the heart; still there was a long and blessed interval, during which my natural faculties were allowed to expand, and my original tendencies to develop themselves;--my fancy, and the love of nature, and the sense of beauty in forms and sounds.
The second advantage, which I owe to my early perusal, and admiration of these poems, (to which let me add,) though known to me at a somewhat later period, the Lewesdon Hill of Mr. Crowe bears more immediately on my present subject. Among those with whom I conversed, there were, of course, very many who had formed their taste, and their notions of poetry, from the writings of Pope and his followers; or to speak more generally, in that school of French poetry, condensed and invigorated by English understanding, which had predominated from the last century. I was not blind to the merits of this school, yet, as from inexperience of the world, and consequent want of sympathy with the general subjects of these poems, they gave me little pleasure, I doubtless undervalued the kind, and with the presumption of youth withheld from its masters the legitimate name of poets. I saw that the excellence of this kind consisted in just and acute observations on men and manners in an artificial state of society, as its matter and substance; and in the logic of wit, conveyed in smooth and strong epigrammatic couplets, as its form: that even when the subject was addressed to the fancy, or the intellect, as in the Rape of the Lock, or the Essay on Man; nay, when it was a consecutive narration, as in that astonishing product of matchless talent and ingenuity Pope’s Translation of the Iliad; still a point was looked for at the end of each second line, and the whole was, as it were, a sorites, or, if I may exchange a logical for a grammatical metaphor, a conjunction disjunctive, of epigrams. Meantime the matter and diction seemed to me characterized not so much by poetic thoughts, as by thoughts translated into the language of poetry. On this last point, I had occasion to render my own thoughts gradually more and more plain to myself, by frequent amicable disputes concerning Darwin’s Botanic Garden, which, for some years, was greatly extolled, not only by the reading public in general, but even by those, whose genius and natural robustness of understanding enabled them afterwards to act foremost in dissipating these “painted mists” that occasionally rise from the marshes at the foot of Parnassus. During my first Cambridge vacation, I assisted a friend in a contribution for a literary society in Devonshire: and in this I remember to have compared Darwin’s work to the Russian palace of ice, glittering, cold and transitory. In the same essay too, I assigned sundry reasons, chiefly drawn from a comparison of passages in the Latin poets with the original Greek, from which they were borrowed, for the preference of Collins’s odes to those of Gray; and of the simile in Shakespeare
How like a younker or a prodigal The scarfed bark puts from her native bay, Hugg’d and embraced by the strumpet wind! How like the prodigal doth she return, With over-weather’d ribs and ragged sails, Lean, rent, and beggar’d by the strumpet wind! (Merch. of Ven. Act II. sc. 6.)
to the imitation in the Bard;
Fair laughs the morn, and soft the zephyr blows While proudly riding o’er the azure realm In gallant trim the gilded vessel goes, Youth at the prow and pleasure at the helm; Regardless of the sweeping whirlwind’s sway, That hush’d in grim repose, expects it’s evening prey.
(in which, by the bye, the words “realm” and “sway” are rhymes dearly purchased)--I preferred the original on the ground, that in the imitation it depended wholly on the compositor’s putting, or not putting, a small capital, both in this, and in many other passages of the same poet, whether the words should be personifications, or mere abstractions. I mention this, because, in referring various lines in Gray to their original in Shakespeare and Milton, and in the clear perception how completely all the propriety was lost in the transfer, I was, at that early period, led to a conjecture, which, many years afterwards was recalled to me from the same thought having been started in conversation, but far more ably, and developed more fully, by Mr. Wordsworth;--namely, that this style of poetry, which I have characterized above, as translations of prose thoughts into poetic language, had been kept up by, if it did not wholly arise from, the custom of writing Latin verses, and the great importance attached to these exercises, in our public schools. Whatever might have been the case in the fifteenth century, when the use of the Latin tongue was so general among learned men, that Erasmus is said to have forgotten his native language; yet in the present day it is not to be supposed, that a youth can think in Latin, or that he can have any other reliance on the force or fitness of his phrases, but the authority of the writer from whom he has adopted them. Consequently he must first prepare his thoughts, and then pick out, from Virgil, Horace, Ovid, or perhaps more compendiously from his Gradus, halves and quarters of lines, in which to embody them.
I never object to a certain degree of disputatiousness in a young man from the age of seventeen to that of four or five and twenty, provided I find him always arguing on one side of the question. The controversies, occasioned by my unfeigned zeal for the honour of a favourite contemporary, then known to me only by his works, were of great advantage in the formation and establishment of my taste and critical opinions. In my defence of the lines running into each other, instead of closing at each couplet; and of natural language, neither bookish, nor vulgar, neither redolent of the lamp, nor of the kennel, such as I will remember thee; instead of the same thought tricked up in the rag-fair finery of,
------thy image on her wing Before my fancy’s eye shall memory bring,--
I had continually to adduce the metre and diction of the Greek poets, from Homer to Theocritus inclusively; and still more of our elder English poets, from Chaucer to Milton. Nor was this all. But as it was my constant reply to authorities brought against me from later poets of great name, that no authority could avail in opposition to Truth, Nature, Logic, and the Laws of Universal Grammar; actuated too by my former passion for metaphysical investigations; I laboured at a solid foundation, on which permanently to ground my opinions, in the component faculties of the human mind itself, and their comparative dignity and importance. According to the faculty or source, from which the pleasure derived by any poem or passage was derived, I estimated the merit of such poem or passage. As the result of all my reading and meditation, I abstracted two critical aphorisms, deeming them to comprise the conditions and criteria of poetic style;--first, that not the poem which we have read, but that to which we return, with the greatest pleasure, possesses the genuine power, and claims the name of essential poetry;--secondly, that whatever lines can be translated into other words of the same language, without diminution of their significance, either in sense or association, or in any worthy feeling, are so far vicious in their diction. Be it however observed, that I excluded from the list of worthy feelings, the pleasure derived from mere novelty in the reader, and the desire of exciting wonderment at his powers in the author. Oftentimes since then, in pursuing French tragedies, I have fancied two marks of admiration at the end of each line, as hieroglyphics of the author’s own admiration at his own cleverness. Our genuine admiration of a great poet is a continuous undercurrent of feeling! it is everywhere present, but seldom anywhere as a separate excitement. I was wont boldly to affirm, that it would be scarcely more difficult to push a stone out from the Pyramids with the bare hand, than to alter a word, or the position of a word, in Milton or Shakespeare, (in their most important works at least,) without making the poet say something else, or something worse, than he does say. One great distinction, I appeared to myself to see plainly between even the characteristic faults of our elder poets, and the false beauty of the moderns. In the former, from Donne to Cowley, we find the most fantastic out-of-the-way thoughts, but in the most pure and genuine mother English, in the latter the most obvious thoughts, in language the most fantastic and arbitrary. Our faulty elder poets sacrificed the passion and passionate flow of poetry to the subtleties of intellect and to the stars of wit; the moderns to the glare and glitter of a perpetual, yet broken and heterogeneous imagery, or rather to an amphibious something, made up, half of image, and half of abstract [5] meaning. The one sacrificed the heart to the head; the other both heart and head to point and drapery.
The reader must make himself acquainted with the general style of composition that was at that time deemed poetry, in order to understand and account for the effect produced on me by the Sonnets, the Monody at Matlock, and the Hope, of Mr. Bowles; for it is peculiar to original genius to become less and less striking, in proportion to its success in improving the taste and judgment of its contemporaries. The poems of West, indeed, had the merit of chaste and manly diction; but they were cold, and, if I may so express it, only dead-coloured; while in the best of Warton’s there is a stiffness, which too often gives them the appearance of imitations from the Greek. Whatever relation, therefore, of cause or impulse Percy’s collection of Ballads may bear to the most popular poems of the present day; yet in a more sustained and elevated style, of the then living poets, Cowper and Bowles [6] were, to the best of my knowledge, the first who combined natural thoughts with natural diction; the first who reconciled the heart with the head.
It is true, as I have before mentioned, that from diffidence in my own powers, I for a short time adopted a laborious and florid diction, which I myself deemed, if not absolutely vicious, yet of very inferior worth. Gradually, however, my practice conformed to my better judgment; and the compositions of my twenty-fourth and twenty-fifth years--(for example, the shorter blank verse poems, the lines, which now form the middle and conclusion of the poem entitled the Destiny of Nations, and the tragedy of Remorse)--are not more below my present ideal in respect of the general tissue of the style than those of the latest date. Their faults were at least a remnant of the former leaven, and among the many who have done me the honour of putting my poems in the same class with those of my betters, the one or two, who have pretended to bring examples of affected simplicity from my volume, have been able to adduce but one instance, and that out of a copy of verses half ludicrous, half splenetic, which I intended, and had myself characterized, as sermoni propiora.
Every reform, however necessary, will by weak minds be carried to an excess, which will itself need reforming. The reader will excuse me for noticing, that I myself was the first to expose risu honesto the three sins of poetry, one or the other of which is the most likely to beset a young writer. So long ago as the publication of the second number of the Monthly Magazine, under the name of Nehemiah Higginbottom, I contributed three sonnets, the first of which had for its object to excite a good-natured laugh at the spirit of doleful egotism, and at the recurrence of favourite phrases, with the double defect of being at once trite and licentious;--the second was on low creeping language and thoughts, under the pretence of simplicity; the third, the phrases of which were borrowed entirely from my own poems, on the indiscriminate use of elaborate and swelling language and imagery. The reader will find them in the note [7] below, and will I trust regard them as reprinted for biographical purposes alone, and not for their poetic merits. So general at that time, and so decided was the opinion concerning the characteristic vices of my style, that a celebrated physician (now, alas! no more) speaking of me in other respects with his usual kindness, to a gentleman, who was about to meet me at a dinner party, could not however resist giving him a hint not to mention ‘The house that Jack built’ in my presence, for “that I was as sore as a boil about that sonnet;” he not knowing that I was myself the author of it.
CHAPTER II
Supposed irritability of men of genius brought to the test of facts--Causes and occasions of the charge--Its injustice.
I have often thought, that it would be neither uninstructive nor unamusing to analyze, and bring forward into distinct consciousness, that complex feeling, with which readers in general take part against the author, in favour of the critic; and the readiness with which they apply to all poets the old sarcasm of Horace upon the scribblers of his time
------genus irritabile vatum.
A debility and dimness of the imaginative power, and a consequent necessity of reliance on the immediate impressions of the senses, do, we know well, render the mind liable to superstition and fanaticism. Having a deficient portion of internal and proper warmth, minds of this class seek in the crowd circum fana for a warmth in common, which they do not possess singly. Cold and phlegmatic in their own nature, like damp hay, they heat and inflame by co-acervation; or like bees they become restless and irritable through the increased temperature of collected multitudes. Hence the German word for fanaticism, (such at least was its original import,) is derived from the swarming of bees, namely, schwaermen, schwaermerey. The passion being in an inverse proportion to the insight,--that the more vivid, as this the less distinct--anger is the inevitable consequence. The absense of all foundation within their own minds for that, which they yet believe both true and indispensable to their safety and happiness, cannot but produce an uneasy state of feeling, an involuntary sense of fear from which nature has no means of rescuing herself but by anger. Experience informs us that the first defence of weak minds is to recriminate.
There’s no philosopher but sees, That rage and fear are one disease; Tho’ that may burn, and this may freeze, They’re both alike the ague.
But where the ideas are vivid, and there exists an endless power of combining and modifying them, the feelings and affections blend more easily and intimately with these ideal creations than with the objects of the senses; the mind is affected by thoughts, rather than by things; and only then feels the requisite interest even for the most important events and accidents, when by means of meditation they have passed into thoughts. The sanity of the mind is between superstition with fanaticism on the one hand, and enthusiasm with indifference and a diseased slowness to action on the other. For the conceptions of the mind may be so vivid and adequate, as to preclude that impulse to the realizing of them, which is strongest and most restless in those, who possess more than mere talent, (or the faculty of appropriating and applying the knowledge of others,)--yet still want something of the creative and self-sufficing power of absolute genius. For this reason therefore, they are men of commanding genius. While the former rest content between thought and reality, as it were in an intermundium of which their own living spirit supplies the substance, and their imagination the ever-varying form; the latter must impress their preconceptions on the world without, in order to present them back to their own view with the satisfying degree of clearness, distinctness, and individuality. These in tranquil times are formed to exhibit a perfect poem in palace, or temple, or landscape-garden; or a tale of romance in canals that join sea with sea, or in walls of rock, which, shouldering back the billows, imitate the power, and supply the benevolence of nature to sheltered navies; or in aqueducts that, arching the wide vale from mountain to mountain, give a Palmyra to the desert. But alas! in times of tumult they are the men destined to come forth as the shaping spirit of ruin, to destroy the wisdom of ages in order to substitute the fancies of a day, and to change kings and kingdoms, as the wind shifts and shapes the clouds [8]. The records of biography seem to confirm this theory. The men of the greatest genius, as far as we can judge from their own works or from the accounts of their contemporaries, appear to have been of calm and tranquil temper in all that related to themselves. In the inward assurance of permanent fame, they seem to have been either indifferent or resigned with regard to immediate reputation. Through all the works of Chaucer there reigns a cheerfulness, a manly hilarity which makes it almost impossible to doubt a correspondent habit of feeling in the author himself. Shakespeare’s evenness and sweetness of temper were almost proverbial in his own age. That this did not arise from ignorance of his own comparative greatness, we have abundant proof in his Sonnets, which could scarcely have been known to Pope [9], when he asserted, that our great bard--
------grew immortal in his own despite. (Epist. to Augustus.)
Speaking of one whom he had celebrated, and contrasting the duration of his works with that of his personal existence, Shakespeare adds:
Tu nombre de aquí en adelante inmortal vida tendrá, Aunque yo una vez ido al mundo entero deba morir; La tierra puede cederme solo una tumba común, Cuando tú sepultado en los ojos de los hombres yazcas. Tu monumento será mi gentil verso, Que ojos aún no creados leerán; Y lenguas por venir tu ser recitarán, Cuando todos los que respiran de este mundo estén muertos: Tú aún vivirás, tal virtud tiene mi pluma, Donde el aliento más respira, aun en la boca de los hombres. SONETO LXXXI.
He tomado el primero que se me ocurrió; pero la prontitud de Shakespeare para alabar a sus rivales, ore pleno, y la confianza de su propia igualdad con aquellos a quienes consideraba más dignos de su elogio, se manifiestan por igual en otro Soneto.
¿Fue la orgullosa vela desplegada de su gran verso, Rumbo a la alabanza de tu ser demasiado precioso, Lo que hizo que mis maduros pensamientos en mi cerebro se enterraran, Haciendo de su tumba el vientre donde crecieron? ¿Fue su espíritu, por espíritus enseñado a escribir Por encima de un tono mortal, lo que me dejó muerto? No, ni él, ni sus pares por la noche Dándole ayuda, a mi verso asombraron. Él, ni ese afable fantasma familiar, Que noche tras noche lo engaña con inteligencia, Como vencedores de mi silencio pueden jactarse; ¡No estaba yo enfermo de miedo alguno por ello! Pero cuando tu semblante llenó su línea, Entonces me faltó materia, lo que debilitó la mía. S. LXXXVI.
En Spenser, en efecto, rastreamos una mente constitucionalmente tierna, delicada y, en comparación con sus tres grandes pares, casi habría dicho, afeminada; y esto adicionalmente entristecido por la injusta persecución de Burleigh, y las severas calamidades que abrumaron sus últimos días. Estas causas han difundido sobre todas sus composiciones “una melancólica gracia”, y han provocado estrofas ocasionales, tanto más patéticas por su gentileza. Pero en ninguna parte encontramos el menor rastro de irritabilidad, y menos aún de pendenciero o afectado desprecio hacia sus censores.
La misma calma, e incluso mayor dominio de sí mismo, puede afirmarse de Milton, en lo que a sus poemas y carácter poético se refiere. Él reservaba su ira para los enemigos de la religión, la libertad y su país. Mi mente no es capaz de formar una concepción más augusta que la que surge de la contemplación de este gran hombre en sus últimos días; pobre, enfermo, viejo, ciego, calumniado, perseguido,—
Oscuridad delante, y la voz del peligro detrás,—
en una época en la que fue tan poco comprendido por el partido por quien, como por aquel contra quien, había contendido; y entre hombres ante quienes caminaba tan lejos que se empequeñecía por la distancia; sin embargo, escuchando todavía la música de sus propios pensamientos, o si era adicionalmente alentado, alentado solo por la fe profética de dos o tres individuos solitarios, él, no obstante,
------no discutió Contra la mano o la voluntad del Cielo, ni rebajó un ápice De corazón o esperanza; sino que se mantuvo firme y se dirigió Recto hacia adelante.
Solo de otros derivamos nuestro conocimiento de que Milton, en sus últimos días, tuvo sus despreciadores y detractores; e incluso en su día de juventud y esperanza, que tuvo enemigos nos habría sido desconocido, si no hubieran sido también los enemigos de su país.
Soy bien consciente de que, en etapas avanzadas de la literatura, cuando existen muchos y excelentes modelos, un alto grado de talento, combinado con gusto y juicio, y empleado en obras de imaginación, adquirirá para un hombre el nombre de gran genio; aunque incluso ese análogo del genio, que, en ciertos estados de la sociedad, puede hacer que sus escritos sean más populares de lo que la realidad absoluta podría haber hecho, sería buscado en vano en la mente y el temperamento del propio autor. Sin embargo, incluso en casos de este tipo, un examen minucioso detectará a menudo que la irritabilidad, que se ha atribuido al genio del autor como su causa, se originó realmente en una mala conformación corporal, dolor obtuso o defecto constitucional de sensación placentera. Lo que se carga al autor, pertenece al hombre, quien probablemente habría sido aún más impaciente, de no ser por las influencias humanizadoras de la misma búsqueda, que sin embargo carga con la culpa de su irritabilidad.
¿Cómo explicar entonces la fácil credulidad generalmente otorgada a esta acusación, si la acusación misma no está, como he intentado mostrar, respaldada por la experiencia? Esto me parece de solución no muy difícil. En cualquier país donde la literatura esté ampliamente difundida, habrá muchos que confundan un intenso deseo de poseer la reputación de genio poético con las facultades reales y las tendencias originales que lo constituyen. Pero los hombres, cuyos deseos más queridos están fijados en objetos totalmente fuera de su propio poder, se vuelven en todos los casos más o menos impacientes y propensos a la ira. Además, aunque pueda ser paradójico afirmar que un hombre puede conocer una cosa y creer lo opuesto, sin duda una persona vanidosa puede haber consentido tan habitualmente el deseo, y perseverado en el intento, de parecer lo que no es, como para convertirse ella misma en uno de sus propios prosélitos. Aún así, como esta persuasión artificial y falsificada debe diferir, incluso en los propios sentimientos de la persona, de un sentido real de poder interior, ¿qué puede ser más natural que el que esta diferencia se delate en una irritabilidad sospechosa y celosa? Tal como el césped florido que cubre un hueco puede ser detectado a menudo por su agitación y temblor.
Pero, ¡ay!, la multitud de libros y la difusión general de la literatura han producido otros efectos más lamentables en el mundo de las letras, y tales que son abundantes para explicar, aunque de ninguna manera para justificar, el desprecio con el que las quejas mejor fundadas del genio herido son rechazadas como frívolas, o entretenidas como motivo de diversión. En los días de Chaucer y Gower, nuestro lenguaje podría (con el debido margen para las imperfecciones de un símil) compararse con un desierto de juncos vocales, de los cuales los favoritos solo de Pan o Apolo podrían construir incluso la ruda siringa; y de esta solo los constructores podían extraer melodías. Pero ahora, en parte por las labores de sucesivos poetas, y en parte por el estado más artificial de la sociedad y el trato social, el lenguaje, mecanizado como si fuera un organillo, suministra a la vez el instrumento y la melodía. Así, incluso los sordos pueden tocar, de modo que deleiten a la mayoría. A veces (pues ocurre con los símiles lo mismo que con las bromas en una mesa de vino, uno siempre sugiere otro) he intentado ilustrar el estado actual de nuestro lenguaje, en su relación con la literatura, mediante una sala de prensa de piezas estereotipadas, grandes y pequeñas, que, en la actual moda anglo-galicana de períodos inconexos y epigramáticos, requieren solo una porción ordinaria de ingenio para variar indefinidamente, y sin embargo producir algo que, si no es sentido, será tan parecido a él que servirá igual. Quizás mejor: pues ahorra al lector la molestia de pensar; previene el vacío, mientras complace la indolencia; y asegura la memoria contra todo peligro de una pletora intelectual. De aquí que, de todos los oficios, la literatura demande actualmente el menor talento o información; y, de todos los modos de literatura, la fabricación de poemas. La diferencia, de hecho, entre estos y las obras de genio no es menor que entre un huevo y su cáscara; sin embargo, desde lejos, ambos parecen iguales.
Ahora bien, no es menos notable que cierto, con cuán poca atención se leen comúnmente las obras de literatura culta, no solo por la masa de lectores, sino por hombres de habilidad de primer orden, hasta que algún accidente o discusión fortuita ha despertado su atención y los ha puesto en guardia. Y de aquí que individuos por debajo de la mediocridad no menos en poder natural que en conocimiento adquirido; es más, chapuceros que han fracasado en los oficios mecánicos más bajos, y cuya presunción está en debida proporción a su falta de sentido y sensibilidad; hombres, que siendo primero garabateadores por ociosidad e ignorancia, se convierten después en libelistas por envidia y malevolencia, han sido capaces de llevar un comercio exitoso al servicio de los libreros, es más, se han elevado a un nombre y reputación temporales ante el público en general, mediante esa más poderosa de todas las adulaciones, el llamamiento a las pasiones bajas y malignas de la humanidad. Pero como es la naturaleza del desprecio, la envidia y todas las propensiones malignas requerir un cambio rápido de objetos, tales escritores están seguros, tarde o temprano, de despertar de su sueño de vanidad a la decepción y el olvido con sentimientos amargados y envenenados. Incluso durante su éxito efímero, conscientes a pesar de sí mismos del cimiento movedizo sobre el que descansa, resienten la mera negativa de elogio como un robo, y ante las censuras más justas estallan de inmediato en un abuso violento y desenfrenado; hasta que, cambiando la enfermedad aguda en crónica, tanto más mortal cuanto menos violenta, se convierten en los instrumentos adecuados de la detracción literaria y la calumnia moral. ¡Ya no se les puede cuestionar sin exponer al demandante al ridículo, porque, por vida mía, son críticos anónimos, y autorizados, en frase de Andrew Marvell, como “individuos sinodales” a hablar de sí mismos plurali majestatico! ¡Como si la literatura formara una casta, como la de los Parias en Indostán, quienes, por muy maltratados que sean, no deben atreverse a creerse agraviados! ¡Como si aquello que en todos los demás casos añade un tinte más profundo a la calumnia, la circunstancia de ser anónima, actuara aquí solo para hacer al calumniador inviolable! Así, en parte, por los temperamentos accidentales de los individuos (hombres de talento indudable, pero no hombres de genio), temperamentos vueltos aún más irritables por su deseo de parecer hombres de genio; pero aún más eficazmente por los excesos de los meros simulacros tanto del talento como del genio; siendo el número además incomparablemente mayor de aquellos que se cree que son, que de aquellos que realmente son hombres de genio; y en parte por la distinción natural, pero no por ello menos parcial e injusta, hecha por el propio público entre la propiedad literaria y todas las demás; creo que ha surgido el prejuicio que considera una irascibilidad inusual respecto a la recepción de sus productos como característica del genio.
Podría corregir los sentimientos morales de una numerosa clase de lectores suponer una Revista puesta en marcha, cuyo objeto fuera criticar todas las obras principales presentadas al público por nuestros tejedores de cintas, estampadores de percal, ebanistas y fabricantes de porcelana; la cual se llevara a cabo con el mismo espíritu, y tomara la misma libertad con el carácter personal, que nuestras revistas literarias. Difícilmente, creo, negarían su creencia, no solo en que el genus irritabile incluiría muchas otras especies además de la de los bardos; sino en que la irritabilidad del comercio pronto reduciría los resentimientos de los poetas a meras luchas de sombra en comparación. ¿O es la riqueza el único objeto racional de interés humano? O, incluso si esto fuera admitido, ¿no tiene el poeta propiedad en sus obras? ¿O es un caso raro, o culpable, que quien sirve en el altar de las Musas deba verse obligado a derivar su sustento del altar, cuando también ha abandonado quizás deliberadamente las perspectivas más hermosas de rango y opulencia para dedicarse, como hombre íntegro y sin distracciones, a la instrucción o refinamiento de sus conciudadanos? O, si pasáramos por alto todos los objetos y motivos superiores, toda benevolencia desinteresada, e incluso esa ambición de fama duradera que es a la vez la muleta y el adorno, que a la vez apoya y traiciona la fragilidad de la virtud humana, ¿es el carácter y la propiedad del hombre que trabaja para nuestros placeres intelectuales menos merecedor de una parte de nuestra solidaridad que la del comerciante de vinos o la modista? La sensibilidad, de hecho, tanto rápida como profunda, no es solo un rasgo característico, sino que puede considerarse una parte constituyente del genio. Pero no es menos una marca esencial del verdadero genio que su sensibilidad sea excitada por cualquier otra causa más poderosamente que por sus propios intereses personales; por esta simple razón, que el hombre de genio vive más en el mundo ideal, en el que el presente está constituido todavía por el futuro o el pasado; y porque sus sentimientos han sido habitualmente asociados con pensamientos e imágenes, a cuyo número, claridad y vivacidad la sensación del yo es siempre inversamente proporcional. Y sin embargo, si por casualidad tuviera ocasión de repeler alguna falsa acusación, o rectificar alguna censura errónea, nada es más común que el hecho de que la mayoría confunda la vivacidad general de su manera y lenguaje, sea cual sea el tema, con los efectos de una irritación peculiar por su relación accidental con él mismo.
Por mi parte, si por mis propios sentimientos, o por la prueba menos sospechosa de las observaciones de otros, me hubiera dado cuenta de cualquier irritabilidad o celo literario, confío en que no habría sido, sin embargo, ni tan tonto ni tan arrogante como para cargar la imperfección al genio. Pero una experiencia (y no necesitaría documentos en abundancia para probar mis palabras, si añadiera) una experiencia probada de veinte años, me ha enseñado que el pecado original de mi carácter consiste en una indiferencia descuidada hacia la opinión pública, y hacia los ataques de aquellos que la influyen; que la alabanza y la admiración se han vuelto cada año menos deseables, excepto como marcas de simpatía; es más, que me resulta difícil y angustioso pensar con interés alguno incluso sobre la venta y ganancia de mis obras, por importantes que, en mis circunstancias actuales, tales consideraciones deban ser. Sin embargo, nunca se me ocurrió creer o imaginar que el quantum de poder intelectual otorgado a mí por la naturaleza o la educación estuviera de alguna manera conectado con este hábito de mis sentimientos; o que necesitara otros padres o protectores que la indolencia constitucional, agravada hasta convertirse en languidez por la mala salud; los crecientes apuros de la postergación; la cobardía mental, que es el compañero inseparable de la postergación, y que nos hace ansiosos por pensar y conversar sobre cualquier cosa antes que sobre lo que nos concierne; en fin, todas esas preocupaciones cercanas, ya sean imputables a mis faltas o a mis fortunas, que me dejan poco dolor de sobra para los males comparativamente distantes y ajenos.
La indignación ante los agravios literarios la dejo a los hombres nacidos bajo estrellas más felices. No puedo permitírmela. Pero lejos de condenar a aquellos que pueden, considero que es un deber del escritor, y creo que es un crédito para su corazón, sentir y expresar un resentimiento proporcionado a la grosería de la provocación y a la importancia del objeto. No hay profesión en la tierra que requiera una atención tan temprana, tan larga o tan ininterrumpida como la de la poesía; y, de hecho, como la de la composición literaria en general, si es tal que satisface en absoluto las demandas tanto del gusto como de la lógica sana. Qué tarea tan difícil y delicada es incluso el mero mecanismo del verso, puede conjeturarse por el fracaso de aquellos que han intentado la poesía tarde en la vida. ¿Dónde, pues, un hombre ha dedicado, desde su primera juventud, todo su ser a un objeto que, por admisión de todas las naciones civilizadas en todas las épocas, es honorable como búsqueda y glorioso como logro; qué, de todo lo que se refiere a sí mismo y a su familia, si solo exceptuamos su carácter moral, puede tener reclamos más justos a su protección, o autorizar más actos de autodefensa, que los elaborados productos de su intelecto e industria intelectual? La prudencia misma nos ordenaría mostrar, incluso si el defecto o la desviación de la sensibilidad natural nos hubiera impedido sentir, un interés debido y una ansiedad calificada por la descendencia y los representantes de nuestro ser más noble. Lo sé, ¡ay!, por experiencia penosa. He puesto demasiados huevos en las arenas calientes de este desierto, el mundo, con descuido de avestruz y olvido de avestruz. La mayor parte, de hecho, han sido pisoteados y están olvidados; pero aún así, un número no pequeño se ha arrastrado a la vida, algunos para proporcionar plumas para los gorros de otros, y aún más para emplumar las flechas en los carcajes de mis enemigos, de aquellos que sin provocación han acechado contra mi alma.
Sic vos, non vobis, mellificatis, apes!
CAPÍTULO III
Las obligaciones del autor para con los críticos, y la probable ocasión--Principios de la crítica moderna--Las obras y el carácter del Sr. Southey.
A los críticos anónimos en revistas, semanarios y diarios de noticias de diversos nombres y rangos, y a los satíricos con o sin nombre en verso o prosa, o en texto en verso ayudado por comentarios en prosa, creo seriamente y profeso que debo dos tercios de cualquier reputación y publicidad que posea. Pues cuando el nombre de un individuo ha aparecido tan frecuentemente, en tantas obras, durante tanto tiempo, los lectores de estas obras (que con un estante o dos de bellezas, Extractos elegantes y Anas, forman nueve décimas partes de la lectura del Público lector) no pueden sino estar familiarizados con el nombre, sin recordar claramente si fue introducido para el elogio o para la censura. Y esto se vuelve aún más probable si (como creo) el hábito de leer obras periódicas puede añadirse adecuadamente al catálogo de Anti-Mnemotécnicos de Averroes, o debilitadores de la memoria. Pero donde este no ha sido el caso, el lector tenderá a sospechar que debe haber algo más fuerte y extenso de lo habitual en una reputación que pudiera requerir o soportar un cañoneo tan despiadado y prolongado. Sin sentimiento de ira, por tanto (para lo cual, de hecho, por mi propia cuenta, no tengo pretexto), se me puede permitir expresar cierto grado de sorpresa, que, después de haber corrido la carrera de obstáculos crítica por una cierta clase de faltas que tenía, sin que nada hubiera llegado al tribunal de juicio mientras tanto, yo deba, año tras año, trimestre tras trimestre, mes tras mes (por no mencionar varios periódicos triviales de revolución aún más rápida, “ya sean semanales o diarios”), haber sido, durante al menos diecisiete años consecutivos, arrastrado por ellos a las primeras filas de los proscritos, y obligado a soportar el peso del abuso por faltas directamente opuestas, y que ciertamente no tenía. ¿Cómo explicaré esto?
Cualquiera que haya sido el caso con otros, ciertamente no puedo atribuir esta persecución a la antipatía personal, o a la envidia, o a sentimientos de animosidad vengativa. No a lo primero, pues con la excepción de muy pocos que son mis amigos íntimos, y lo eran antes de que fueran conocidos como autores, he tenido poca relación con personajes literarios, más allá de lo que pueda implicar una introducción accidental o un encuentro casual en una compañía mixta. Y hasta donde las palabras y las miradas pueden ser confiables, debo creer que, incluso en estos casos, no había excitado ninguna disposición hostil. Ni por carta, ni en conversación, he tenido jamás disputa o controversia más allá del común intercambio social de opiniones. Es más, donde tenía razones para suponer que mis convicciones eran fundamentalmente diferentes, ha sido mi hábito, y puedo añadir, el impulso de mi naturaleza, asignar los fundamentos de mi creencia, más que la creencia misma; y no expresar disenso hasta que pudiera establecer algunos puntos de completa simpatía, algunos fundamentos comunes a ambos lados, desde los cuales comenzar su explicación.
Menos aún puedo atribuir estos ataques a la carga de la envidia. Las pocas páginas que he publicado son de una fecha demasiado lejana, y la extensión de su venta una prueba demasiado concluyente en contra de haber sido populares en cualquier momento, para hacer probable, casi habría dicho posible, la excitación de la envidia a causa de ellas; ¡y el hombre que me envidiara por cualquier otra cosa, verdaderamente debe estar loco de envidia!
Por último, con tan poca apariencia de razón, podría sospechar que la causa sea una animosidad hacia mí por sentimientos vengativos. He dicho antes que mi trato con hombres de letras ha sido limitado y distante, y que no he tenido ni disputas ni controversias. Desde mis primeros pasos en la vida, he vivido, con pocos y breves intervalos, ya sea en el extranjero o en el retiro. Mis diversos ensayos sobre temas de interés nacional, publicados en diferentes épocas, primero en el Morning Post y después en el Courier, junto con mis cursos de conferencias sobre los principios de la crítica aplicados a Shakespeare y Milton, constituyen la totalidad de mi vida pública; las únicas ocasiones en las que pude ofender a algún miembro de la república de las letras. Con una solitaria excepción en la que mis palabras fueron primero malinterpretadas y luego aplicadas de forma caprichosa a un individuo, jamás pude saber que hubiera despertado el descontento de alguno entre mis contemporáneos literarios. Habiendo anunciado mi intención de impartir un curso de conferencias sobre los méritos y defectos característicos de la poesía inglesa en sus diferentes épocas; primero, desde Chaucer hasta Milton; segundo, desde Dryden inclusive hasta Thomson; y tercero, desde Cowper hasta nuestros días; cambié mi plan y limité mi investigación a los dos primeros períodos, para no proporcionar ningún pretexto posible a los irreflexivos para malinterpretar, ni a los malintencionados para tergiversar mis palabras y, habiéndoles estampado su propio significado, hacerlas pasar como moneda corriente en los mercados de la locuacidad o la difamación.
Los elogios a los indignos son sentidos por las mentes ardientes como robos a quienes los merecen; y es demasiado cierto, y demasiado frecuente, que no se lean a Bacon, Harrington, Machiavel y Spinoza, porque se leen a Hume, Condillac y Voltaire. Pero en compañía promiscua, ningún hombre prudente impugnará los méritos de un contemporáneo en su supuesto departamento; contentándose con alabar a su vez a aquellos a quienes considera excelentes. Si alguna vez considerara mi deber oponerme a las pretensiones de los individuos, lo haría en libros que pudieran ser sopesados y respondidos, en los que pudiera desarrollar la totalidad de mis razones y sentimientos, con sus límites y modificaciones necesarios; no en una conversación irrecuperable, donde por muy fuertes que fueran las razones, los sentimientos que las motivaron serían atribuídos sin duda por alguien o por otro a la envidia y al descontento. Además, sé bien, y confío en haber actuado bajo ese conocimiento, que deben ser los ignorantes e insensatos quienes ensalzan a los indignos; y los elogios de los críticos sin gusto ni juicio son la recompensa natural de los autores sin sentimiento ni genio. Sint unicuique sua praemia.
¿Cómo entonces, descartando, como hago, estas tres causas, he de explicar unos ataques cuya larga duración y arraigo requerirían las tres para ser explicados? La solución parece ser esta: ¡estaba en hábitos de intimidad con el Sr. Wordsworth y el Sr. Southey! Esto, sin embargo, transfiere, más que elimina, la dificultad. Sea que, por una extensión desmesurada del viejo adagio, noscitur a socio, mis amigos literarios nunca estén bajo la catarata de la crítica sin que yo deba terminar empapado por el rocío; ¿pero cómo llegó el torrente a descender sobre ellos?
Primero, pues, respecto al Sr. Southey. Recuerdo bien la acogida general de sus primeras publicaciones; a saber, los poemas publicados con el Sr. Lovell bajo los nombres de Moschus y Bion; los dos volúmenes de poemas bajo su propio nombre, y el Joan of Arc. Las censuras de los críticos de profesión existen y pueden consultarse fácilmente: líneas descuidadas, desigualdad en el mérito de los diferentes poemas y (en las obras más ligeras) una predilección por lo extraño y caprichoso; en suma, tales faltas como las que cabría esperar de un escritor joven y rápido, fueron ciertamente lo suficientemente enfatizadas. Tampoco faltaba en aquella época un espíritu de partido para agravar los defectos de un poeta, quien con todo el valor de una juventud incorrupta había profesado su celo por una causa que consideraba la de la libertad, y su aborrecimiento de la opresión bajo cualquier nombre que estuviera consagrada. Pero otros tan poco objetaron, como el propio poeta soñó, que prefiriera líneas descuidadas y prosaicas por regla y premeditación, o incluso que pretendiera algún otro arte o teoría de la dicción poética, excepto aquella que todos podemos aprender de Horacio, Quintiliano, el admirable diálogo De Oratoribus, generalmente atribuido a Tácito, o las Prolusions de Strada; si es que el buen sentido natural y el estudio temprano de los mejores modelos en su propia lengua no hubieran infundido las mismas máximas de forma más segura y, si me atrevo a expresarlo, más vitalmente. Todo lo que se podría haber deducido justamente era que, en su gusto y estimación por los escritores, el Sr. Southey coincidía mucho más con Thomas Warton que con el Dr. Johnson. Tampoco pretendo negar que en todo momento el Sr. Southey fue de la misma opinión que Sir Philip Sidney al preferir una excelente balada en el estilo más humilde de la poesía a veinte poemas indiferentes que se pavoneaban en el más elevado. ¿Y por qué han sido caracterizadas sus obras publicadas desde entonces, cada una más sorprendentemente que la precedente, sino por un mayor esplendor, un patetismo más profundo, reflexiones más profundas y una dignidad más sostenida en el lenguaje y en el metro? Lejana sea la fecha, pero cuando llegue el momento en que todas sus obras sean reunidas por algún editor digno de ser su biógrafo, confío en que un apéndice de excerpta de todos los pasajes en los que sus escritos, nombre y carácter han sido atacados, provenientes de los panfletos y obras periódicas de los últimos veinte años, pueda servir de acompañamiento. Sin embargo, no me atrevo a esperar que resulte medicinal en tiempos futuros; pues mientras haya lectores que se deleiten con la calumnia, se encontrarán críticos que calumnien. Y tales lectores se volverán con toda probabilidad más numerosos, en proporción a medida que una difusión aún mayor de la literatura produzca un aumento de esciolistas, y el esciolismo traiga consigo petulancia y presunción. En tiempos antiguos, los libros eran como oráculos religiosos; a medida que la literatura avanzó, se convirtieron en preceptores venerables; luego descendieron al rango de amigos instructivos; y, a medida que su número aumentó, se hundieron aún más hasta el de compañeros entretenidos; y en la actualidad parecen degradados a la condición de reos que deben levantar las manos ante el tribunal de cada juez autoelegido, aunque no por ello menos perentorio, que elige escribir por humor o interés, por enemistad o arrogancia, y someterse a la decisión «de aquel que lee con malicia, o de aquel que lee después de cenar».
El mismo movimiento retrógrado puede rastrearse en la relación que los propios autores han asumido hacia sus lectores. Desde la elevada alocución de Bacon: «estas son las meditaciones de Francis of Verulam, las cuales consideró de interés para la posteridad que las poseyera»: o desde la dedicatoria a Monarca o Pontífice, en la que el honor otorgado se afirmaba en equilibrio con el patrocinio reconocido: desde el
------’ep’ alloi-- si d’alloi megaloi: to d’eschaton koryphoutai basilensi. Maeketi paptaine porsion. Eiae se te touton upsou chronon patein, eme te tossade nikaphorois omilein, prophanton sophian kath’ Ellanas eonta panta.--OLYMP. OD. I.
de Píndaro, hubo un hundimiento gradual en la etiqueta o estilo permitido de pretensión.
Los poetas y filósofos, vueltos tímidos por su propio número, se dirigieron a los «lectores doctos»; luego apuntaron a conciliar las gracias del «lector cándido»; hasta que, elevándose el crítico a medida que el autor se hundía, los aficionados a la literatura colectivamente fueron erigidos en una municipalidad de jueces, ¡y dirigidos como el Town! Y ahora, finalmente, siendo todos los hombres supuestamente capaces de leer, y todos los lectores capaces de juzgar, el multitudinario Público, formado en unidad personal por la magia de la abstracción, se sienta déspota nominal en el trono de la crítica. Pero, ¡ay!, como en otros despotismos, solo hace eco de las decisiones de sus ministros invisibles, cuyas pretensiones intelectuales a la tutela de las Musas parecen, en su mayor parte, análogas a las cualidades físicas que adaptan a sus hermanos orientales para la supervisión del Harén. Así se dice que San Nepomuc fue instalado como guardián de los puentes porque se había caído de uno y se hundió fuera de la vista; así también se dice que Santa Cecilia fue primero propiciada por los músicos porque, habiendo fracasado en sus propios intentos, había tomado aversión al arte y a todos sus exitosos profesores. Pero probablemente tendré ocasión más adelante de expresar mis convicciones más ampliamente sobre este estado de cosas y sus influencias en el gusto, el genio y la moral.
En el Thalaba, el Madoc, y aún más evidentemente en el único Cid, en el Kehama, y, como último, el mejor, el Roderick; Southey ha dado pruebas abundantes, se cogitare quam sit magnum dare aliquid in manus hominum: nec persuadere sibi posse, non saepe tractandum quod placere et semper et omnibus cupiat. Pero, por otro lado, concibo que el Sr. Southey era totalmente incapaz de comprender en qué podría consistir el crimen o el perjuicio de imprimir media docena o más de poemas juguetones; o, para hablar con mayor generalidad, composiciones que serían disfrutadas o ignoradas, según el gusto y el humor que el lector pudiera tener, siempre que no contuvieran nada inmoral. En la era actual, periturae parcere chartae es enfáticamente una demanda irrazonable. La más insignificante bagatela que jamás haya enviado al mundo tenía diez veces más derechos a su tinta y papel que todas las críticas estúpidas sobre ella, que no probaron más que el hecho de que el crítico no era uno de aquellos para quienes fue escrita la bagatela; y más que todas las graves exhortaciones a una mayor reverencia por el público, como si la página pasiva de un libro, al tener impreso en ella un epigrama o un cuento de mala calidad, asumiera instantáneamente tanto poder de locomoción como una especie de ubicuidad, de modo que revoloteara y zumbara en el oído del público para molestia dolorosa de dicho misterioso personaje. Pero lo que confiere un absurdo adicional y más ridículo a estos lamentos es el curioso hecho de que, si en un volumen de poesía el crítico encuentra un poema o pasaje que considera especialmente indigno, se asegura de seleccionarlo y reimprimirlo en la reseña; con lo cual, bajo sus propios términos, desperdicia mucha más cantidad de papel que el autor, ya que las copias de una reseña de moda son mucho más numerosas que las del libro original; en algunos casos, y aquellos los más destacados, como diez mil a quinientos. No conozco nada que supere la vileza de decidir sobre los méritos de un poeta o pintor (no por defectos característicos, pues donde hay genio, estos siempre apuntan a sus bellezas características; sino) por fracasos accidentales o pasajes defectuosos; excepto la impudicia de defenderlo como el deber propio y la parte más instructiva de la crítica. Omitir o pasar ligeramente por alto la expresión, la gracia y la agrupación de las figuras de Rafael; pero ridiculizar en detalle las agujas de tejer y las ramas de escoba que representan árboles en sus fondos; ¡y no dejar nunca de hablar de sus botes de galos! Admitir que el Allegro y Penseroso de Milton no están exentos de mérito; pero compensarse por esta concesión reimprimiendo íntegramente los dos poemas sobre el University Carrier. Como muestra justa de sus sonetos, citar:
“A Book was writ of late called Tetrachordon;”
y, como característico de su ritmo y metro, ¡citar su traducción literal del primer y segundo Salmo! Para justificarse, solo necesita afirmar que, si se hubiera detenido principalmente en las bellezas y excelencias del poeta, la admiración por estas podría seducir la atención de futuros escritores, alejándolos de los objetos de su amor y asombro, hacia una imitación de los pocos poemas y pasajes en los que el poeta era menos parecido a sí mismo.
Pero hasta que las reseñas no se realicen bajo principios muy diferentes y con motivos muy distintos; hasta que, en lugar de la imposición arbitraria y las burlas petulantes, los críticos no respalden sus decisiones haciendo referencia a cánones fijos de crítica, previamente establecidos y deducidos de la naturaleza del hombre; las mentes reflexivas considerarán una arrogancia que se anuncien así ante los hombres de letras como guías de su gusto y juicio. Para el comprador y el mero lector es, en cualquier caso, una injusticia. Quien me dice que hay defectos en una nueva obra, no me dice nada que no hubiera dado por hecho sin su información. Pero quien señala y dilucida las bellezas de una obra original, sí me proporciona información interesante, tal como la experiencia no me habría autorizado a anticipar. Y en cuanto a las composiciones que los propios autores anuncian con
Haec ipsi novimus esse nihil,
¿por qué habríamos de juzgar mediante una regla diferente dos obras impresas, solo porque el autor de una está vivo y el otro en su tumba? ¿Qué hombre literario no ha lamentado el puritanismo de Spratt al negarse a dejar que su amigo Cowley apareciera en pantuflas y bata? Quizás no soy el único que ha derivado una diversión inocente de los acertijos, adivinanzas, líneas trisílabas y similares de Swift y sus corresponsales, en horas de languidez, cuando haber leído sus obras más acabadas habría sido inútil para mí y, en cierto modo, un acto de injusticia hacia el autor. Pero me cuesta concebir por qué perversidad de juicio podrían emplearse estos relajos de su genio para disminuir su fama como escritor de Gulliver, o de la Tale of a Tub. Si el Sr. Southey hubiera escrito el doble de poemas de mérito inferior o interés parcial de los que han animado las revistas del día, habrían añadido a su honor ante los hombres buenos y sabios, no solo o principalmente como prueba de la versatilidad de sus talentos, sino como evidencias de la pureza de esa mente que, incluso en sus levedades, nunca dictó una línea de la que tuviera que arrepentirse por motivos morales.
He trasladado en mi imaginación al futuro biógrafo el deber de contrastar la fama fija y bien ganada de Southey con el abuso y la hostilidad infatigable de sus críticos anónimos desde su temprana juventud hasta su madurez más plena. Pero no puedo pensar tan mal de la naturaleza humana como para no creer que estos críticos ya se han avergonzado de sí mismos, ya sea que consideren al objeto de su abuso en su carácter moral o en su carácter literario. ¡Pues reflexionen tan solo sobre la variedad y extensión de sus conocimientos! No ocupa el segundo lugar detrás de nadie, ni como historiador ni como bibliógrafo; y cuando lo considero como ensayista popular (pues los artículos de sus composiciones en las reseñas son, en su mayor parte, ensayos sobre temas de interés profundo o curioso más que críticas sobre obras particulares), busco en vano a cualquier escritor que haya transmitido tanta información, desde tantas y tan recónditas fuentes, con tantas reflexiones justas y originales, en un estilo tan vivo y punzante, pero tan uniformemente clásico y perspicuo; nadie, en resumen, que haya combinado tanta sabiduría con tanto ingenio; tanta verdad y conocimiento con tanta vida y fantasía. Su prosa es siempre inteligible y siempre entretenida. En poesía ha intentado casi todas las especies de composición conocidas anteriormente, y ha añadido otras nuevas; y si exceptuamos la lírica más elevada (en la cual cuántas, cuán pocas incluso de las mentes más grandes han sido afortunadas), ha intentado con éxito todas las especies; desde la canción política del día, lanzada en el desbordamiento juguetón de la alegría honesta y la exaltación patriótica, hasta la balada salvaje; desde la soltura epistolar y la narrativa graciosa hasta la austera e impetuosa declamación moral; desde los encantos pastorales y las luces salvajes y fluidas del Thalaba, en las cuales el sentimiento y las imágenes han dado permanencia incluso a la excitación de la curiosidad; y desde el resplandor total del Kehama (una galería de cuadros acabados en una espléndida pieza de fantasía, en la cual, no obstante, la grandeza moral se eleva gradualmente por encima del brillo del colorido y la audacia y novedad de la maquinaria) hasta las bellezas más sobrias del Madoc; y por último, desde el Madoc hasta su Roderick, en el cual, conservando todas sus anteriores excelencias de poeta eminentemente inventivo y pintoresco, se ha superado a sí mismo en el lenguaje y el metro, en la construcción del conjunto y en el esplendor de pasajes particulares.
¿He de concluir aquí, pues? ¡No! Los caracteres de los difuntos, al igual que los elogios en las lápidas, tal como se describen con ternura religiosa, así también se leen, ciertamente con una simpatía indulgente, pero también con una deducción racional. Hay hombres que merecen un registro más elevado; hombres con cuyos caracteres interesa a sus contemporáneos, no menos que a la posteridad, familiarizarse; mientras todavía sea posible para una censura imparcial, e incluso para una envidia de aguda visión, examinar el relato sin ofender las cortesías de la humanidad; y mientras el panegirista, descubierto en la exageración o la falsedad, deba pagar la pena completa de su bajeza en el desprecio que marca al adulador convicto. Públicamente ha sido vilipendiado el señor Southey por hombres que, como quisiera esperar por el honor de la naturaleza humana, lanzaron tizones contra una figura de su propia imaginación; públicamente han sido depreciados sus talentos, denunciados sus principios; tan públicamente considero yo, pues, que lo he conocido íntimamente, que es mi deber dejar registrado que es una felicidad casi sin parangón la de Southey, el poseer los mejores dones del talento y el genio libres de todos sus defectos característicos. Para aquellos que recuerdan el estado de nuestras escuelas públicas y universidades hace unos veinte años, no parecerá una alabanza ordinaria en ningún hombre haber pasado de la inocencia a la virtud, no solo libre de todo hábito vicioso, sino sin mancha por un solo acto de intemperancia, o las degradaciones afines a la intemperancia. Ese esquema de cabeza, corazón y conducta habitual, que en su temprana juventud, y en sus primeros escritos polémicos, Milton, reclamando el privilegio de la autodefensa, afirma de sí mismo, y desafía a sus calumniadores a desmentir; esto atestiguarán sus compañeros de escuela, sus colegas universitarios y sus amigos más maduros, con una confianza proporcional a la intimidad de su conocimiento, como realizado de nuevo en la vida de Robert Southey. Pero aún más sorprendente para aquellos que, por la biografía o por su propia experiencia, están familiarizados con los hábitos generales del genio, parecerá la inigualable industria y perseverancia del poeta en sus ocupaciones; la dignidad y el valor de esas ocupaciones; su generosa sumisión a tareas de interés transitorio, o tales como solo su genio podría hacer de otra manera; y que, habiendo satisfecho así más que de sobra las demandas del afecto o la prudencia, se haya hecho tiempo y poder, sin embargo, para lograr más, y en departamentos más diversos, de lo que casi cualquier otro escritor ha hecho, aunque empleado enteramente en temas de su propia elección y ambición. Pero así como Southey posee, y no es poseído por, su genio, así también es él dueño incluso de sus virtudes. El tenor regular y metódico de sus labores diarias, que se consideraría raro en las ocupaciones más mecánicas, y podría ser envidiado por el simple hombre de negocios, pierde toda apariencia de formalidad en la digna sencillez de sus modales, en el brío y la saludable alegría de su espíritu. Siempre empleado, sus amigos lo encuentran siempre ocioso. No menos puntual en las pequeñeces que constante en el cumplimiento de los deberes más elevados, no inflige ninguna de esas pequeñas penas e incomodidades que los hombres irregulares esparcen a su alrededor, y que en conjunto se convierten tan a menudo en obstáculos formidables tanto para la felicidad como para la utilidad; mientras que, por el contrario, otorga todos los placeres e inspira toda esa paz mental en aquellos que lo rodean o están conectados con él, que la perfecta consistencia, y (si tal palabra pudiera ser acuñada) la absoluta fiabilidad, tanto en los asuntos pequeños como en los grandes, no puede sino inspirar y otorgar; cuando esto, además, es suavizado sin ser debilitado por la bondad y la gentileza. Conozco pocos hombres que merezcan tan bien el carácter que un antiguo atribuye a Marco Catón, a saber, que era lo más parecido a la virtud, en la medida en que parecía actuar rectamente, no en obediencia a ninguna ley o motivo externo, sino por la necesidad de una naturaleza feliz, que no podía actuar de otra manera. Como hijo, hermano, esposo, padre, maestro, amigo, se mueve con pasos firmes pero ligeros, igualmente sin ostentación e igualmente ejemplar. Como escritor, ha hecho uniformemente que sus talentos sean subordinados a los mejores intereses de la humanidad, de la virtud pública y de la piedad doméstica; su causa ha sido siempre la causa de la religión pura y de la libertad, de la independencia nacional y de la iluminación nacional. Cuando los críticos futuros pesen su recompensa de alabanza y censura, será Southey el poeta solamente quien les suministrará los escasos materiales para esta última. Tampoco dejarán de registrar que, como ningún hombre fue nunca un amigo más constante, ningún poeta tuvo más amigos y admiradores entre los buenos de todos los partidos; y que los charlatanes en la educación, los charlatanes en la política y los charlatanes en la crítica fueron sus únicos enemigos.
CAPÍTULO IV
Las Lyrical Ballads con el Prefacio--Los poemas anteriores del señor Wordsworth--Sobre la fantasía y la imaginación--La investigación de la distinción es importante para las Bellas Artes.
He vagado lejos del objeto a la vista, pero como imaginé para mí lectores que respetarían los sentimientos que me habían tentado a salir del camino principal, me atrevo a contar con no pocos que simpatizarán calurosamente con ellos. Por el presente será suficiente para mi propósito si he probado que los escritos del señor Southey, no más que los míos, proporcionaron la ocasión original para esta ficción de una nueva escuela de poesía, y para los clamores contra sus supuestos fundadores y prosélitos.
Tan poco creo que las Lyrical Ballads del señor Wordsworth fueran en sí mismas la causa. Hablo exclusivamente de los dos volúmenes así titulados. Un examen cuidadoso y repetido de estos me confirma en la creencia de que la omisión de menos de cien versos habría evitado nueve décimas partes de la crítica sobre esta obra. Arriesgo esta declaración, sin embargo, bajo la suposición de que el lector la ha tomado, como lo habría hecho con cualquier otra colección de poemas que pretenda derivar sus temas o intereses de los incidentes de la vida doméstica u ordinaria, mezclados con cepas más elevadas de meditación que el poeta pronuncia en su propia persona y carácter; con la salvedad de que estos poemas fueron leídos sin conocimiento de, o referencia a, las opiniones peculiares del autor, y que el lector no había tenido su atención previamente dirigida a esas peculiaridades. En ese caso, como sucedió realmente con las obras anteriores del señor Southey, los versos y pasajes que podrían haber ofendido el gusto general habrían sido considerados como meras desigualdades, y atribuidos a la falta de atención, no a la perversidad de juicio. Los hombres de negocios que habían pasado sus vidas principalmente en ciudades, y de quienes, por tanto, se podría esperar que derivaran el mayor placer de las agudas observaciones sobre los hombres y las costumbres expresadas en un lenguaje fácil, pero correcto y directo; y todos aquellos que, leyendo poca poesía, son más estimulados con esa especie de ella que parece más distante de la prosa, probablemente habrían pasado por alto los volúmenes por completo. Otros más católicos en su gusto, y sin embargo habituados a estar más complacidos cuando más excitados, se habrían contentado con decidir que el autor había tenido éxito en proporción a la elevación de su estilo y tema. No pocos, quizás, podrían, por su admiración de las *Lines written near Tintern Abbey, on revisiting the Wye*, las *Left upon a Yew Tree Seat*, *The Old Cumberland Beggar* y *Ruth*, haber sido gradualmente llevados a leer con sentimiento afín *The Brothers*, el *Hart-leap Well*, y cualquier otro poema en esa colección que pueda describirse como ocupando un lugar medio entre aquellos escritos en el estilo más elevado y aquellos en el más humilde; como, por ejemplo, entre *Tintern Abbey* y *The Thorn*, o *Simon Lee*. Si su gusto no se sometiera a ningún cambio posterior, y permaneciera aún sin reconciliarse con las frases coloquiales, o las imitaciones de ellas, que están, más o menos, esparcidas a través de la clase mencionada en último lugar; aun así, incluso del pequeño número de estas últimas, las habrían considerado solo como una sustracción insignificante del mérito de toda la obra; o, lo que a veces no es desagradable en la publicación de un nuevo escritor, como sirviendo para determinar la tendencia natural, y consecuentemente la dirección propia del genio del autor.
En las observaciones críticas, por lo tanto, prefijadas y anejas a las Lyrical Ballads, creo que podemos descansar con seguridad como el verdadero origen de la oposición sin parangón que los escritos del señor Southey han estado desde entonces condenados a encontrar. Los pasajes más humildes en los poemas mismos fueron enfatizados y citados para justificar el rechazo de la teoría. Lo que en sí mismos y por sí mismos habría sido olvidado o perdonado como imperfecciones, o al menos fracasos comparativos, provocó una hostilidad directa cuando se anunció como intencional, como el resultado de una elección tras plena deliberación. Así, los poemas, admitidos por todos como excelentes, unidos a aquellos que habían complacido a la gran mayoría, aunque formaban dos tercios de toda la obra, en lugar de ser considerados (como en toda justicia deberían haber sido, incluso si damos por sentado que el lector juzgó correctamente) una expiación por las pocas excepciones, dieron viento y combustible a la animosidad contra ambos, los poemas y el poeta. En toda perplejidad hay una porción de miedo, que predispone a la mente a la ira. No capaces de negar que el autor poseía tanto genio como un intelecto poderoso, se sentían muy positivos, pero sin embargo no estaban del todo seguros de que él pudiera no estar en lo correcto, y ellos mismos en el error; un estado de ánimo inquieto, que busca alivio peleándose con la ocasión de este, y maravillándose de la perversidad del hombre que había escrito un ensayo largo y argumentativo para persuadirlos de que
Lo hermoso es feo, y lo feo es hermoso;
en otras palabras, que habían estado toda su vida admirando sin juicio, y que estaban ahora a punto de censurar sin razón.
Que esta conjetura no está lejos de la marca, me siento inducido a creer por el hecho notable, que puedo afirmar por mi propio conocimiento, de que la misma censura general ha sido fundamentada por casi cada persona diferente en algún poema diferente. Entre aquellos cuya candidez y juicio estimo altamente, recuerdo distintamente a seis que expresaron sus objeciones a las Lyrical Ballads casi con las mismas palabras, y totalmente con el mismo propósito, admitiendo al mismo tiempo que varios de los poemas les habían dado gran placer; y, extraño como pudiera parecer, la composición que uno citaba como execrable, otro la citaba como su favorita. Estoy de hecho convencido en mi propia mente de que, si el mismo experimento hubiera podido ser probado con estos volúmenes que el que se hizo en la conocida historia del cuadro, el resultado habría sido el mismo; las partes que habían sido cubiertas por manchas negras un día, se encontrarían igualmente *albo lapide notatae* al siguiente.
Como sea que esto sea, era ciertamente duro e injusto fijar la atención en unos pocos poemas separados y aislados con tanta aversión como si hubieran sido tantas manchas de peste en toda la obra, en lugar de pasarlos por alto en silencio, como tanto papel en blanco, u hojas del catálogo de un librero; especialmente, ya que nadie pretendió haber encontrado en ellos ninguna inmoralidad o indelicadeza; y los poemas, por tanto, en el peor de los casos, solo podían ser considerados como tantas monedas ligeras o inferiores en un rollo de oro, no como tanta aleación en un peso de lingotes. Un amigo cuyos talentos sostengo en el más alto respeto, pero cuyo juicio y fuerte sentido común he tenido casi continua ocasión de reverenciar, haciéndome las quejas habituales sobre el estilo y los temas de los poemas menores del señor Wordsworth; admití que había algunos pocos de los relatos e incidentes en los que yo mismo no podía encontrar una causa suficiente para haber sido registrados en metro. Mencioné *Alice Fell* como un ejemplo; "No", respondió mi amigo con una rapidez de manera más que habitual, "¡no puedo estar de acuerdo contigo ahí! Eso, lo confieso, me parece un poema notablemente agradable". En las Lyrical Ballads, (pues mi experiencia no me permite extender la observación igualmente sin reservas a los dos volúmenes subsiguientes), he oído en diferentes momentos, y de diferentes individuos, cada poema elogiado y reprobado, con la excepción de aquellos de tipo más elevado, que, como se observó antes, parecen haber ganado una alabanza universal. Este hecho por sí mismo me habría hecho tímido en mis censuras, si no hubiera sido proporcionado una base aún más fuerte por el extraño contraste del calor y la larga duración de la oposición con la naturaleza de las faltas declaradas como justificándola. Las faltas seductoras, los *dulcia vitia* de Cowley, Marini o Darwin podrían razonablemente pensarse capaces de corromper el juicio público durante medio siglo, y requerir una guerra de veinte años, campaña tras campaña, para destronar al usurpador y restablecer el gusto legítimo. Pero que una llaneza absoluta, bajo la afectación de la simplicidad, palabras prosaicas en metro débil, pensamientos tontos en frases infantiles, y una preferencia por asociaciones y caracteres mezquinos, degradantes o, en el mejor de los casos, triviales, debería tener éxito en formar una escuela de imitadores, una compañía de admiradores casi religiosos, y esto también entre jóvenes de mentes ardientes, educación liberal, y no
------sin laureles académicos otorgados;
y que esta falsificación desnuda y calva de la poesía, que se caracteriza como por debajo de toda crítica, debería durante casi veinte años haber casi acaparado la crítica, como el blanco principal, si no el único, de revistas, periódicos, panfletos, poemas y párrafos; esto es de hecho materia de asombro. De mayor aún es que la contienda debería seguir tan indecisa como la que hubo entre Baco y las ranas en Aristófanes; cuando el primero descendió a los reinos de los difuntos para traer de vuelta el espíritu de la vieja y genuina poesía;--
CORO: Brekekekex, koax, koax. DIONISIO: ¡Que perezcáis con vuestro koax! Pues no es nada más, ay, que koax. CORO: ¡Gritad! Que no me importa. DIONISIO: Pero sí, gritaremos, tanto como nuestra garganta pueda contener durante el día, ¡brekekekex, koax, koax! DIONISIO: ¡Pues en esto no ganaréis! CORO: ¡Ni tú a nosotros de ningún modo! DIONISIO: ¡Ni vosotros a mí, ni nunca! Pues gritaré, aunque me cueste la vida, durante el día, ¡hasta que prevalezca sobre vuestro koax! CORO: ¡Brekekekex, KO’AX, KOAX!
Durante el último año de mi residencia en Cambridge, 1794, conocí la primera publicación del señor Wordsworth titulada *Descriptive Sketches*; y rara vez, si acaso, el surgimiento de un genio poético original por encima del horizonte literario fue anunciado más evidentemente. En la forma, el estilo y la manera de todo el poema, y en la estructura de los versos y períodos particulares, hay una aspereza y acerbidad conectadas y combinadas con palabras e imágenes todas resplandecientes, que podrían recordar aquellos productos del mundo vegetal, donde hermosos capullos surgen de una corteza y cáscara dura y espinosa, dentro de la cual se está elaborando el rico fruto. El lenguaje no solo es peculiar y fuerte, sino a veces nudoso y contorsionado, como por su propia fuerza impaciente; mientras que la novedad y la multitud luchadora de imágenes, actuando en conjunción con las dificultades del estilo, demanda siempre una mayor cercanía de atención de la que la poesía, —al menos, de la que la poesía descriptiva— tiene derecho a reclamar. No pocas veces, por lo tanto, justificó la queja de oscuridad. En el siguiente extracto he imaginado a veces que veía un emblema del poema mismo, y del genio del autor tal como se mostraba entonces.--
Es tormenta; y ocultos en la niebla hora tras hora, Todo el día las inundaciones vierten un murmullo que se ahonda; El cielo está velado, y cada visión alegre Oscura es la región como con la noche que llega; ¡Sin embargo, qué repentino estallido de luz avasalladora! Triunfante en el seno de la tormenta, Relumbra la forma giratoria del águila revestida de fuego; Hacia el este, en larga perspectiva brillando, resplandecen Los acantilados coronados de bosques que sobre el lago se reclinan; Esos acantilados orientales despliegan cien corrientes, Convertidas a la vez en pilares que llamean con oro; Detrás de su vela el campesino se esfuerza por evitar El oeste, que arde como un sol dilatado, Donde en un poderoso crisol expiran Las montañas, ardiendo al rojo vivo, como carbones de fuego.
La Psique poética, en su proceso hacia el desarrollo completo, experimenta tantos cambios como su homónimo griego, la mariposa. Y es notable cuán pronto el genio se limpia y purifica a sí mismo de las faltas y errores de sus primeros productos; faltas que, en sus primeras composiciones, son tanto más intrusivas y confluyentes porque, como elementos heterogéneos que solo tuvieron un uso temporal, constituyen la fermentación misma por la cual son eliminados. O podemos compararlos con algunas enfermedades, que deben trabajar sobre los humores y ser arrojadas a la superficie, para asegurar al paciente de su recurrencia futura. Estaba en mi vigésimo cuarto año cuando tuve la felicidad de conocer al señor Wordsworth personalmente, y mientras dure la memoria, difícilmente olvidaré el repentino efecto producido en mi mente por su recitación de un poema manuscrito, que aún permanece inédito, pero del cual la estrofa y el tono de estilo eran los mismos que los de *The Female Vagrant*, tal como se imprimió originalmente en el primer volumen de las Lyrical Ballads. No había aquí ninguna marca de pensamiento forzado o dicción forzada, ninguna multitud o turbulencia de imaginería; y, como el poeta ha descrito bien él mismo en sus *Lines on revisiting the Wye*, la reflexión varonil y las asociaciones humanas habían dado tanto variedad como un interés adicional a los objetos naturales, los cuales, en la pasión y el apetito del primer amor, le habían parecido ni necesitar ni permitir. Las oscuridades ocasionales, que habían surgido de un control imperfecto sobre los recursos de su lengua materna, habían desaparecido casi totalmente, junto con ese peor defecto de frases arbitrarias e ilógicas, a la vez gastadas y fantásticas, que ocupan un lugar tan distinguido en la técnica de la poesía ordinaria, y que más o menos alearán los poemas anteriores del genio más verdadero, a menos que la atención haya sido dirigida especialmente a su falta de valor e incongruencia. No percibí nada particular en el estilo mismo del poema aludido durante su recitación, excepto, de hecho, tal diferencia como no era separable del pensamiento y la manera; y la estrofa spenseriana, que siempre, más o menos, recuerda a la mente del lector el estilo propio de Spenser, habría autorizado sin duda, en mi opinión de entonces, un descenso más frecuente a las frases de la vida ordinaria, de lo que podría haberse arriesgado sin un efecto negativo en el pareado heroico. No fue, sin embargo, la libertad de falso gusto, ya sea en cuanto a defectos comunes, o a aquellos más propiamente suyos, lo que hizo una impresión tan inusual en mis sentimientos inmediatamente, y posteriormente en mi juicio. Fue la unión del sentimiento profundo con el pensamiento profundo; el fino equilibrio de la verdad al observar, con la facultad imaginativa al modificar, los objetos observados; y, sobre todo, el don original de extender el tono, la atmósfera, y con ella la profundidad y la altura del mundo ideal, alrededor de formas, incidentes y situaciones de las cuales, para la visión común, la costumbre había empañado todo el brillo, había secado el centelleo y las gotas de rocío.
Esta excelencia, que en todos los escritos del Sr. Wordsworth es más o menos predominante, y que constituye el carácter de su mente, no bien la sentí, busqué comprenderla. Meditaciones repetidas me llevaron primero a sospechar —y un análisis más íntimo de las facultades humanas, sus marcas, funciones y efectos apropiados, maduró mi conjetura hasta convertirla en plena convicción— que la Fantasía y la Imaginación eran dos facultades distintas y ampliamente diferentes, en lugar de ser, según la creencia general, o bien dos nombres con un mismo significado, o, a lo sumo, el grado inferior y el superior de una misma potencia. No es, lo reconozco, fácil concebir una traducción más apropiada del griego phantasia que la latina imaginatio; pero es igualmente cierto que en todas las sociedades existe un instinto de crecimiento, un cierto sentido común colectivo e inconsciente que trabaja progresivamente para desinonimizar [22] aquellas palabras originalmente del mismo significado, que la confluencia de dialectos suministró a las lenguas más homogéneas, como el griego y el alemán: y que la misma causa, unida a accidentes de traducción de obras originales de diferentes países, provoca en lenguas mixtas como la nuestra. El primer y más importante punto a probar es que dos concepciones perfectamente distintas se confunden bajo una misma palabra, y —hecho esto— apropiarse de esa palabra exclusivamente para un significado, y del sinónimo, si lo hubiera, para el otro. Pero si —como ocurrirá a menudo en las artes y las ciencias— no existe sinónimo, debemos inventar o pedir prestada una palabra. En el presente caso, la apropiación ya ha comenzado y ha sido legitimada en el adjetivo derivado: Milton tenía una mente altamente imaginativa, Cowley una muy fantasiosa. Si, por lo tanto, lograra establecer la existencia real de dos facultades generalmente diferentes, la nomenclatura quedaría determinada de inmediato. A la facultad por la cual había caracterizado a Milton, deberíamos limitar el término «imaginación»; mientras que la otra sería distinguida como «fantasía». Ahora bien, si una vez se determinara plenamente que esta división no está menos fundamentada en la naturaleza que la del delirio frente a la manía, o la de los versos de Otway:
Laúdes, laureles, mares de leche y barcos de ámbar,
frente a los de Shakespeare:
¡Qué! ¿Le han traído sus hijas a este estado?
o frente al apóstrofe precedente a los elementos; la teoría de las bellas artes, y de la poesía en particular, no podría sino derivar alguna luz adicional e importante. En sus efectos inmediatos suministraría una antorcha de guía al crítico filosófico; y, en última instancia, al poeta mismo. En las mentes energéticas, la verdad se transforma pronto por domesticación en poder; y de dirigir en la discriminación y valoración del producto, se vuelve influyente en la producción. Admirar por principio es la única manera de imitar sin pérdida de originalidad.
Ya se ha insinuado que la metafísica y la psicología han sido durante mucho tiempo mi caballo de batalla. Pero tener un caballo de batalla y vanagloriarse de él se encuentran tan comúnmente juntos que pasan casi por lo mismo. Confío, por tanto, en que habrá más buen humor que desprecio en la sonrisa con la que el lector castiga mi complacencia, si confieso mi incertidumbre sobre si la satisfacción por la percepción de una verdad nueva para mí no habrá sido hecha más punzante por la vanidad de que lo sería igualmente para el público. Hubo un tiempo, ciertamente, en el que me atribuí cierto mérito al creer que había sido el primero de mis compatriotas en señalar el significado diverso del que eran capaces los dos términos y en analizar las facultades a las que debían apropiarse. El reciente volumen de sinónimos del Sr. W. Taylor aún no lo he visto [23]; pero la especificación de los términos en cuestión ha sido claramente demostrada como insuficiente y errónea por el Sr. Wordsworth en el Prefacio añadido a la reciente colección de sus Poemas. La explicación que el Sr. Wordsworth mismo ha dado diferirá de la mía, quizás principalmente porque nuestros objetivos son diferentes. Difícilmente podría haber ocurrido de otra manera, dada la ventaja que he disfrutado de frecuentes conversaciones con él sobre un tema al que un poema suyo atrajo mi atención por primera vez, y cuyas conclusiones sobre el mismo él me hizo más lúcidas mediante muchos ejemplos felices extraídos de la operación de los objetos naturales sobre la mente. Pero el propósito del Sr. Wordsworth era considerar las influencias de la fantasía y la imaginación tal como se manifiestan en la poesía, y a partir de los diferentes efectos concluir su diversidad de clase; mientras que mi objetivo es investigar el principio seminal y luego, a partir de la clase, deducir el grado. Mi amigo ha trazado un boceto magistral de las ramas con su fruto poético. Yo deseo añadir el tronco, e incluso las raíces en la medida en que se elevan sobre el suelo y son visibles al ojo desnudo de nuestra conciencia común.
Sin embargo, incluso en este intento, soy consciente de que me veré obligado a recurrir más ampliamente a la atención del lector de lo que una miscelánea tan imetódica como esta puede autorizar; cuando en tal obra (la *Polity* Eclesiástica) de una mente como la de Hooker, el juicioso autor, aunque no menos admirable por la perspicuidad que por el porte y la dignidad de su lenguaje —y aunque escribía para hombres cultos en una era culta—, vio sin embargo ocasión de anticiparse y protegerse contra «las quejas de oscuridad», tantas veces como debía rastrear su tema «hasta el manantial y la fuente más elevados». Lo cual (continúa él) «debido a que los hombres no están acostumbrados a ello, las penas que tomamos son mucho más necesarias que aceptables; y los asuntos que manejamos parecen, por razón de su novedad (hasta que la mente se familiariza mejor con ellos), oscuros e intrincados». Me gustaría, por tanto, ahorrarme tanto a mí como a otros este trabajo si supiera cómo presentar sin él una declaración inteligible de mi credo poético; no como mis opiniones, que no pesan nada, sino como deducciones de premisas establecidas transmitidas de una forma calculada ya sea para efectuar una convicción fundamental o para recibir una refutación fundamental. Si me atrevo una vez más a adoptar las palabras de Hooker: «aquellos ante quienes parezcamos tediosos no son en modo alguno perjudicados por nosotros, porque está en sus propias manos ahorrar el trabajo que no están dispuestos a soportar». A aquellos al menos, permítaseme añadir, que se han tomado tantas molestias para ridiculizarme por una perversión del gusto, y han apoyado la acusación atribuyéndome nociones extrañas sin más autoridad que sus propias conjeturas, les corresponde, tanto a sí mismos como a mí, no rechazar su atención a mi propia declaración de la teoría que sí reconozco; o retroceder ante el esfuerzo de examinar los fundamentos en los que la apoyo, o los argumentos que ofrezco en su justificación.
CAPÍTULO V
Sobre la ley de Asociación. Su historia rastreada desde Aristóteles hasta Hartley.
Ha habido hombres en todas las épocas que se han sentido impulsados, como por un instinto, a proponer su propia naturaleza como un problema, y que dedican sus intentos a su solución. El primer paso fue construir una tabla de distinciones, que parecen haber formado sobre el principio de la ausencia o presencia de la Voluntad. Nuestras diversas sensaciones, percepciones y movimientos fueron clasificados como activos o pasivos, o como medios que participan de ambos. Pronto se estableció una distinción aún más fina entre lo voluntario y lo espontáneo. En nuestras percepciones nos sentimos meramente pasivos ante un poder externo, ya sea como un espejo que refleja el paisaje, o como un lienzo en blanco sobre el cual una mano desconocida lo pinta. Pues es digno de notar que este último, o el sistema del Idealismo, puede rastrearse hasta fuentes igualmente remotas que el primero, o Materialismo; y Berkeley puede alabar una ascendencia al menos tan venerable como la de Gassendi o Hobbes. Estas conjeturas, sin embargo, sobre el modo en que se originaron nuestras percepciones, no podían alterar la diferencia natural de las Cosas y los Pensamientos. En las primeras, la causa parecía totalmente externa, mientras que en los segundos, a veces nuestra voluntad interfería como causa productora o determinante, y a veces nuestra naturaleza parecía actuar por un mecanismo propio, sin ningún esfuerzo consciente de la voluntad, o incluso contra ella. Nuestras experiencias internas fueron así organizadas en tres clases separadas: el sentido pasivo, o lo que los escolásticos llaman la cualidad meramente receptiva de la mente; lo voluntario; y lo espontáneo, que ocupa el lugar intermedio entre ambos. Pero no está en la naturaleza humana meditar sobre cualquier modo de acción sin preguntar por la ley que lo gobierna; y en la explicación de los movimientos espontáneos de nuestro ser, el metafísico tomó la delantera sobre el anatomista y el filósofo natural. En Egipto, Palestina, Grecia e India el análisis de la mente había alcanzado su cenit y edad adulta, mientras que la investigación experimental estaba aún en su aurora e infancia. Durante muchos, muchísimos siglos, ha sido difícil avanzar una verdad nueva, o incluso un error nuevo, en la filosofía del intelecto o de la moral. Con respecto, sin embargo, a las leyes que dirigen los movimientos espontáneos del pensamiento y el principio de su mecanismo intelectual, existe, se ha afirmado, una excepción importante muy honorable para los modernos, y en cuyo mérito nuestro propio país reclama la mayor parte. Sir James Mackintosh —quien, en medio de la variedad de sus talentos y logros, no goza de menos reputación por la profundidad y precisión de sus investigaciones filosóficas que por la elocuencia con la que se dice que hace que sus resultados más difíciles sean perspicuos, y los más áridos atractivos—, afirmó en las Conferencias pronunciadas por él en Lincoln’s Inn Hall que la ley de asociación, tal como se establece en la contemporaneidad de las impresiones originales, formaba la base de toda psicología verdadera; y que cualquier ciencia ontológica o metafísica, no contenida en tal (es decir, una psicología empírica), no era sino una red de abstracciones y generalizaciones. De esta verdad prolífica, de esta gran ley fundamental, declaró a Hobbes como el descubridor original, mientras que su plena aplicación a todo el sistema intelectual se la debíamos a Hartley; quien guardaba con Hobbes la misma relación que Newton con Kepler; siendo la ley de asociación para la mente lo que la gravitación es para la materia.
De la primera cláusula de esta afirmación, en lo que respecta a los méritos comparativos de los antiguos metafísicos, incluyendo sus comentaristas, los escolásticos, y de los filósofos modernos, británicos y franceses, desde Hobbes hasta Hume, Hartley y Condillac, no es este el lugar para hablar. Tan ancho es, de hecho, el abismo entre el credo filosófico de Sir James Mackintosh y el mío, que lejos de poder unir nuestras manos, apenas podríamos hacernos inteligibles el uno al otro: y tender un puente sobre él requeriría más tiempo, habilidad y poder de los que creo poseer. Pero la última cláusula implica en su mayor parte una mera cuestión de hecho e historia, y la precisión de la declaración debe ser juzgada por documentos más que por razonamientos.
Primero, entonces, niego la pretensión de Hobbes *in toto*: pues había sido anticipado por Des Cartes, cuya obra *De Methodo* precedió a la *De Natura Humana* de Hobbes en más de un año. Pero lo que es de mucha mayor importancia, Hobbes no construye nada sobre el principio que había anunciado. Ni siquiera lo anuncia como diferente en algún aspecto de las leyes generales del movimiento material y el impacto: ni era, de hecho, posible para él hacerlo, de manera compatible con su sistema, que era exclusivamente material y mecánico. Muy de otra manera es con Des Cartes; por mucho que él también en sus escritos posteriores (y aún más egregiamente sus seguidores De la Forge y otros) oscureciera la verdad con sus intentos de explicarla bajo la teoría de los fluidos nerviosos y las configuraciones materiales. Pero, en su interesante obra, *De Methodo*, Des Cartes relata la circunstancia que lo llevó por primera vez a meditar sobre este tema, y que desde entonces ha sido a menudo notada y empleada como instancia e ilustración de la ley. Un niño que, con los ojos vendados, había perdido varios de sus dedos por amputación, continuó quejándose durante muchos días sucesivos de dolores, ahora en esta articulación y ahora en aquella, de los mismos dedos que habían sido cortados. Des Cartes fue llevado por este incidente a reflexionar sobre la incertidumbre con la que atribuimos cualquier lugar particular a cualquier dolor o inquietud interna, y procedió después de larga consideración a establecerlo como una ley general: que las impresiones contemporáneas, ya sean imágenes o sensaciones, se recuerdan mecánicamente unas a otras. Sobre este principio, como base, construyó todo el sistema del lenguaje humano, como un proceso continuo de asociación. Mostró en qué sentido no solo los términos generales, sino las imágenes genéricas —bajo el nombre de ideas abstractas—, existían realmente, y en qué consisten su naturaleza y poder. Como una palabra puede convertirse en el exponente general de muchas, así por asociación una imagen simple puede representar a toda una clase. Pero, en verdad, Hobbes mismo no hace ninguna pretensión de descubrimiento, e introduce esta ley de asociación, o (en su propio lenguaje) discurso de la mente, como un hecho admitido, en cuya solución solamente, y esto por causas puramente fisiológicas, se arroga alguna originalidad. Su sistema es brevemente este: siempre que los sentidos son impactados por objetos externos, ya sea por los rayos de luz reflejados desde ellos, o por efluvios de sus partículas más finas, resulta un movimiento correspondiente de los órganos más internos y sutiles. Este movimiento constituye una representación, y queda una impresión de lo mismo, o una cierta disposición a repetir el mismo movimiento. Siempre que sentimos varios objetos al mismo tiempo, las impresiones que quedan (o en el lenguaje del Sr. Hume, las ideas) [24] están vinculadas. Siempre que, por lo tanto, uno de los movimientos que constituyen una impresión compleja se renueva a través de los sentidos, los otros suceden mecánicamente. Se sigue de necesidad, por lo tanto, que Hobbes, así como Hartley y todos los demás que derivan la asociación de la conexión e interdependencia de la supuesta materia, cuyos movimientos constituyen nuestros pensamientos, deben haber reducido todas sus formas a la única ley del Tiempo. Pero incluso el mérito de anunciar esta ley con precisión filosófica no puede concedérsele justamente a él. Pues los objetos de dos ideas cualesquiera no necesitan haber coexistido en la misma sensación para llegar a ser mutuamente asociables. El mismo resultado seguirá cuando solo una de las dos ideas ha sido representada por los sentidos, y la otra por la memoria.
Mucho antes, sin embargo, que Hobbes o Des Cartes, la ley de asociación había sido definida, y sus importantes funciones expuestas, por Ludovicus Vives. *Phantasia*, debe notarse, es empleada por Vives para expresar la potencia mental de comprensión, o la función activa de la mente; e *imaginatio* para la receptividad (*via receptiva*) de las impresiones, o para la percepción pasiva. El poder de combinación lo apropia a la primera: «quae singula et simpliciter acceperat imaginatio, ea conjungit et disjungait phantasia». Y la ley por la cual los pensamientos son presentados espontáneamente sigue así: «quae simul sunt a phantasia comprehensa, si alterutrum occurrat, solet secum alterum representare». Al tiempo, por tanto, subordina todas las demás causas excitantes de la asociación. El alma procede «a causa ad effectum, ab hoc ad instrumentum, a parte ad totum»; de ahí al lugar, del lugar a la persona, y de esta a lo que precedió o siguió, todo como partes de una impresión total, cada una de las cuales puede recordar a la otra. Los saltos aparentes, «saltus vel transitus etiam longissimos», los explica por el mismo pensamiento haber sido una parte componente de dos o más impresiones totales. Así: «ex Scipione venio in cogitationem potentiae Turcicae, propter victorias ejus de Asia, in qua regnabat Antiochus».
Pero de Vives paso de inmediato a la fuente de sus doctrinas, y (en la medida en que podemos juzgar por los restos aún existentes de la filosofía griega) como a la primera, así a la enunciación más completa y perfecta del principio asociativo, a saber, a los escritos de Aristóteles; y de estos en particular a los tratados *De Anima* y «De Memoria», que este último pertenece a la serie de ensayos titulados en las traducciones antiguas *Parva Naturalia*. En la medida en que los escritores posteriores han desviado o añadido a sus doctrinas, me parecen haber introducido ya sea error o suposiciones sin fundamento.
En primer lugar, debe observarse que las posiciones de Aristóteles sobre este tema están libres de ficción. El sabio Estagirita no habla de partículas sucesivas que propagan movimiento como bolas de billar, como Hobbes; ni de espíritus nerviosos o animales, donde sólidos inanimados e irracionales son descongelados, destilados o filtrados por ascensión en fluidos vivos e inteligentes, que graban y vuelven a grabar impresiones en el cerebro, como los seguidores de Des Cartes y los patólogos humorales en general; ni de un éter oscilante que debía realizar el mismo servicio para los nervios del cerebro considerados como fibras sólidas, que los espíritus animales realizan para ellos bajo la noción de tubos huecos, como enseña Hartley; ni finalmente (con soñadores aún más recientes) de composiciones químicas por afinidad electiva, o de una luz eléctrica que es a la vez el objeto inmediato y el órgano último de la visión interna, que se eleva al cerebro como una Aurora Boreal, y allí, retozando en diversas formas —a medida que el equilibrio de más y menos, o negativo y positivo, es destruido o restablecido—, imagina tanto lo pasado como lo presente. Aristóteles entrega una teoría justa sin pretender una hipótesis; o en otras palabras, un examen exhaustivo de los diferentes hechos y de sus relaciones entre sí sin suposición, es decir, un hecho colocado bajo un número de hechos, como su apoyo y explicación común; aunque en la mayoría de los casos estas hipótesis o suposiciones merecen mejor el nombre de *upopoiaeseis*, o suficciones. Usa de hecho la palabra *kinaeseis* para expresar lo que llamamos representaciones o ideas, pero las distingue cuidadosamente del movimiento material, designando este último siempre añadiendo las palabras *en topo* o *kata topon*. Por el contrario, en su tratado *De Anima*, excluye el lugar y el movimiento de todas las operaciones del pensamiento, ya sean representaciones o voliciones, como atributos absoluta y absurdamente heterogéneos.
La ley general de asociación, o, más exactamente, la condición común bajo la cual actúan todas las causas excitantes y en la cual pueden generalizarse, según Aristóteles, es esta. Las ideas, al haber estado juntas, adquieren un poder de recordarse mutuamente; o toda representación parcial despierta la representación total de la cual había sido parte. En la determinación práctica de este principio común a recuerdos particulares, admite cinco agentes o causas ocasionales: primero, conexión en el tiempo, ya sea simultánea, precedente o sucesiva; segundo, vecindad o conexión en el espacio; tercero, interdependencia o conexión necesaria, como causa y efecto; cuarto, semejanza; y quinto, contraste. Como solución adicional a los aparentes abismos ocasionales en la continuidad de la reproducción, prueba que los movimientos o ideas que poseían uno u otro de estos cinco caracteres habían pasado a través de la mente como eslabones intermedios, lo suficientemente claros como para recordar otras partes de las mismas impresiones totales con las que habían coexistido, aunque no lo suficientemente vívidos como para excitar ese grado de atención que es necesario para el recuerdo distinto, o como podemos expresar aptamente, la post-conciencia. En la asociación, entonces, consiste todo el mecanismo de la reproducción de las impresiones en la Psicología aristotélica. Es la ley universal de la fantasía pasiva y la memoria mecánica; la que suministra a todas las demás facultades sus objetos, a todo pensamiento los elementos de sus materiales.
Al consultar el excelente comentario de Santo Tomás de Aquino sobre los *Parva Naturalia* de Aristóteles, me llamó la atención de inmediato su estrecha semejanza con el Ensayo sobre la Asociación de Hume. Los pensamientos principales eran los mismos en ambos, el orden de los pensamientos era el mismo, e incluso las ilustraciones diferían solo por la sustitución ocasional de Hume de ejemplos más modernos. Mencioné la circunstancia a varios de mis conocidos literarios, quienes admitieron la cercanía de la semejanza, y que parecía demasiado grande para ser explicada por una mera coincidencia; pero pensaron que era improbable que Hume hubiera considerado las páginas del Doctor Angélico dignas de ser hojeadas. Pero algún tiempo después, el Sr. Payne mostró a Sir James Mackintosh algunos volúmenes extraños de Santo Tomás de Aquino, en parte quizás por haber oído que había pasado en sus Conferencias un alto encomio sobre este filósofo canonizado; pero principalmente por el hecho de que los volúmenes habían pertenecido al Sr. Hume, y tenían aquí y allá marcas marginales y notas de referencia de su propia mano. Entre estos volúmenes estaba el que contiene los *Parva Naturalia*, en la antigua versión latina, envuelto y fajado en el comentario antes mencionado.
Queda, pues, por mi parte, primero, exponer en qué difiere Hartley de Aristóteles; después, exhibir los fundamentos de mi convicción de que solo difería para errar; y a continuación, como resultado, mostrar mediante qué influencias de la elección y el juicio el poder asociativo se convierte en memoria o en fantasía; y, en conclusión, asignar las funciones restantes de la mente a la razón y a la imaginación. Con mis mejores esfuerzos por ser tan perspicuo como la naturaleza del lenguaje lo permita en tal materia, solicito encarecidamente los buenos deseos y la amistosa paciencia de mis lectores, mientras prosigo así «sondeando mi camino oscuro y peligroso».
CAPÍTULO VI
Que el sistema de Hartley, en tanto en cuanto difiere del de Aristóteles, no es sostenible en teoría ni está fundado en hechos.
De las vibraciones hipotéticas de Hartley en su hipotético éter oscilante de los nervios, que es la distinción primera y más obvia entre su sistema y el de Aristóteles, diré poco. Esto, junto con todos los demás intentos similares de convertir en objeto de la vista aquello que no tiene relación con la vista, ya ha sido suficientemente expuesto por el joven Reimarus, Maasz y otros, como una violación de los axiomas mismos de la mecánica en un esquema cuyo mérito consiste en ser mecánico. Si es posible alguna otra filosofía que no sea la mecánica; y, de nuevo, si el sistema mecánico puede tener derecho alguno a ser llamado filosofía; son preguntas para otro lugar. Es, sin embargo, cierto que, mientras neguemos lo primero y afirmemos lo segundo, debemos desorientarnos siempre que queramos penetrar en los adytum de la causalidad; y todo lo que la laboriosa conjetura puede hacer es llenar los vacíos de la fantasía. Bajo ese despotismo del ojo (la emancipación del cual Pitágoras con sus símbolos numerales, y Platón con los suyos musicales, y ambos mediante la disciplina geométrica, buscaron como el primer propaideuma de la mente) —bajo esta fuerte influencia sensorial, estamos inquietos porque las cosas invisibles no son objetos de la visión; y los sistemas metafísicos, en su mayor parte, se vuelven populares, no por su verdad, sino en proporción a que atribuyen a las causas una susceptibilidad de ser vistas, si tan solo nuestros órganos visuales fueran suficientemente poderosos.
De un centenar de posibles refutaciones, baste una. Según este sistema, la idea o vibración a del objeto externo A se vuelve asociable con la idea o vibración m del objeto externo M, porque la oscilación a se propagó de tal manera que reprodujo la oscilación m. Pero la impresión original de M era esencialmente diferente de la impresión A: a menos, por tanto, que diferentes causas puedan producir el mismo efecto, la vibración a nunca podría producir la vibración m: y esto, por consiguiente, nunca podría ser el medio por el cual a y m se asocian. Para entender esto, al lector atento solo hace falta recordarle que las ideas mismas son, en el sistema de Hartley, nada más que sus correspondientes vibraciones configurativas. Es una mera ilusión de la fantasía concebir la preexistencia de las ideas, en cualquier cadena de asociación, como tantas bolas de billar de diferentes colores en contacto, de modo que cuando un objeto, el taco de billar, golpea la primera o bola blanca, el mismo movimiento se propaga a través de la roja, verde, azul y negra, y pone a todo el conjunto en movimiento. ¡No! Debemos suponer que la misma fuerza que constituye la bola blanca constituye la roja o la negra; o que la idea de un círculo constituye la idea de un triángulo; lo cual es imposible.
Pero puede decirse que, mediante las sensaciones de los objetos A y M, los nervios han adquirido una disposición a las vibraciones a y m, y por lo tanto a solo necesita ser repetida para reproducir m. Ahora bien, concederemos por un momento la posibilidad de tal disposición en un nervio material, lo cual, sin embargo, parece apenas menos absurdo que decir que una veleta había adquirido el hábito de girar hacia el este porque el viento había estado tanto tiempo en ese cuadrante: pues si se responde que debemos incluir la circunstancia de la vida, ¿qué queda entonces de la filosofía mecánica? ¿Y qué es el nervio sino la piedra que el bromista colocó en la olla como el primer ingrediente de su sopa de piedra, requiriendo solo sal, nabos y cordero para el resto! Pero si prescindimos de esto y presuponemos la existencia real de tal disposición, dos casos son posibles. O bien cada idea tiene su propio nervio y oscilación correspondiente, o este no es el caso. Si lo último es la verdad, no ganaríamos nada con estas disposiciones; pues entonces, teniendo cada nervio varias disposiciones, cuando el movimiento de cualquier otro nervio se propaga en él, no habrá presente ninguna razón o causa por la cual deba surgir exactamente la oscilación m, en lugar de cualquier otra para la cual estuviera igualmente predispuesto. Pero si tomamos lo primero, y dejamos que cada idea tenga su propio nervio, entonces cada nervio debe ser capaz de propagar su movimiento a muchos otros nervios; y, de nuevo, no hay ninguna razón asignable por la cual la vibración m deba surgir en lugar de cualquier otra ad libitum.
Está de moda sonreír ante las vibraciones y vibratiúnculas de Hartley; y su obra ha sido reeditada por Priestley, con la omisión de la hipótesis material. Pero Hartley era un hombre demasiado grande, un pensador demasiado coherente, para que esto se hubiera hecho de manera consistente o con algún fin sensato. Pues todas las demás partes de su sistema, en tanto son peculiares a ese sistema, una vez eliminadas de su base mecánica, no solo pierden su apoyo principal, sino el motivo mismo que llevó a su adopción. Así, el principio de contemporaneidad, que Aristóteles había hecho la condición común de todas las leyes de asociación, Hartley se vio obligado a representarlo como la ley única por sí misma. Pues ¿a qué ley puede estar sujeta la acción de los átomos materiales, sino a la de la proximidad en el lugar? ¿Y a qué ley pueden estar sujetos sus movimientos, sino a la del tiempo? De nuevo, de esto resulta inevitable que la voluntad, la razón, el juicio y el entendimiento, en lugar de ser las causas determinantes de la asociación, deban ser necesariamente representados como sus criaturas, y entre sus efectos mecánicos. Imagínese, por ejemplo, un ancho arroyo serpenteando a través de un país montañoso con un número indefinido de corrientes, que varían y se funden unas con otras según soplen las ráfagas desde la apertura de las montañas. La unión temporal de varias corrientes en una, de modo que forme la corriente principal del momento, presentaría una imagen precisa de la teoría de la voluntad de Hartley.
Si esto hubiera sido realmente así, la consecuencia habría sido que toda nuestra vida estaría dividida entre el despotismo de las impresiones externas y el de la memoria insensible y pasiva. Tomemos su ley en su mayor abstracción y forma más filosófica, a saber, que toda representación parcial recuerda la representación total de la cual era una parte; y la ley se vuelve nugatoria, aunque solo fuera por su universalidad. En la práctica sería, de hecho, pura falta de ley. Considérese cuán inmensa debe ser la esfera de una impresión total desde la cima de la iglesia de San Pablo; y cuán rápida y continua la serie de tales impresiones totales. Si, por tanto, suponemos la ausencia de toda interferencia de la voluntad, la razón y el juicio, una u otra de estas dos consecuencias debe resultar. O bien las ideas, o reliquias de tal impresión, imitarán exactamente el orden de la impresión misma, lo cual sería un delirio absoluto: o cualquier parte de esa impresión podría recordar cualquier otra parte, y —como por la ley de continuidad debe existir en toda impresión total alguna o varias partes que sean componentes de alguna otra impresión total siguiente, y así ad infinitum— cualquier parte de cualquier impresión podría recordar cualquier parte de cualquier otra, sin una causa presente que determine lo que debería ser. Pues introducir la voluntad, o la razón, como causas de su propia causa, es decir, como causas y efectos a la vez, solo puede satisfacer a aquellos que, en sus pretendidas evidencias de un Dios, habiendo exigido primero la organización como la única causa y fundamento del intelecto, exigirán entonces con calma la preexistencia del intelecto como la causa y base de la organización. En verdad, solo hay un estado al que esta teoría se aplica en absoluto, a saber, el de la completa desorientación mental; e incluso a esto se aplica solo parcialmente, porque la voluntad y la razón quizás nunca estén totalmente suspendidas.
Un caso de este tipo ocurrió en una ciudad católica romana en Alemania un año o dos antes de mi llegada a Gotinga, y entonces no había dejado de ser un tema frecuente de conversación. Una joven de veinticuatro o veinticinco años, que no sabía leer ni escribir, fue presa de una fiebre nerviosa; durante la cual, según las aseveraciones de todos los sacerdotes y monjes de la vecindad, fue poseída y, al parecer, por un diablo muy culto. Continuó hablando incesantemente latín, griego y hebreo, con tonos muy pomposos y con la enunciación más distinta. Esta posesión se hizo más probable por el hecho conocido de que ella era o había sido una hereje. Voltaire aconseja humorísticamente al diablo que decline toda relación con médicos; y habría sido más a favor de su reputación si hubiera tomado este consejo en el presente caso. El caso había atraído la atención particular de un joven médico y, según su declaración, muchos fisiólogos y psicólogos eminentes visitaron la ciudad y examinaron el caso en el lugar. Se tomaron hojas llenas de sus desvaríos de su propia boca y se descubrió que consistían en frases coherentes e inteligibles cada una por sí misma, pero con poca o ninguna conexión entre sí. Del hebreo, solo una pequeña porción pudo ser rastreada hasta la Biblia; el resto parecía estar en dialecto rabínico. Todo engaño o conspiración estaba fuera de toda duda. No solo la joven había sido siempre una criatura inofensiva y sencilla; sino que estaba evidentemente sufriendo una fiebre nerviosa. En la ciudad, en la que había residido durante muchos años como sirvienta en diferentes familias, no se presentó ninguna solución. El joven médico, sin embargo, decidió rastrear su vida pasada paso a paso; pues la paciente misma era incapaz de dar una respuesta racional. Al final logró descubrir el lugar donde habían vivido sus padres; viajó hasta allí, los encontró muertos, pero a un tío sobreviviente; y de él aprendió que la paciente había sido acogida caritativamente por un viejo pastor protestante a los nueve años, y había permanecido con él algunos años, incluso hasta la muerte del anciano. De este pastor, el tío no sabía nada, sino que era un hombre muy bueno. Con gran dificultad, y después de mucha búsqueda, nuestro joven filósofo médico descubrió a una sobrina del pastor, que había vivido con él como ama de llaves y había heredado sus bienes. Ella recordaba a la chica; relató que su venerable tío había sido demasiado indulgente y no podía soportar oír que regañaran a la chica; que ella estaba dispuesta a haberla mantenido, pero que, después de la muerte de su patrón, la chica misma se negó a quedarse. Se hicieron entonces, por supuesto, ansiosas indagaciones sobre los hábitos del pastor; y pronto se obtuvo la solución del fenómeno. Pues resultó que había sido costumbre del anciano, durante años, caminar de arriba abajo por un pasillo de su casa en el que se abría la puerta de la cocina, y leer para sí mismo en voz alta, de sus libros favoritos. Un número considerable de estos todavía estaba en posesión de la sobrina. Ella añadió que él era un hombre muy culto y un gran hebraísta. Entre los libros se encontró una colección de escritos rabínicos, junto con varios de los Padres griegos y latinos; y el médico logró identificar tantos pasajes con los tomados al pie de la cama de la joven, que no podía quedar duda en ninguna mente racional sobre el verdadero origen de las impresiones hechas en su sistema nervioso.
Este caso autenticado proporciona tanto prueba como ejemplo de que las reliquias de la sensación pueden existir por un tiempo indefinido en un estado latente, en el mismo orden en que fueron impresas originalmente; y como no podemos suponer racionalmente que el estado febril del cerebro actúe de otra manera que como un estímulo, este hecho (y no sería difícil aducir varios del mismo tipo) contribuye a hacer incluso probable que todos los pensamientos son en sí mismos imperecederos; y que si la facultad inteligente fuera hecha más comprensiva, solo requeriría una organización diferente y proporcionada —el cuerpo celestial en lugar del cuerpo terrestre— para traer ante toda alma humana la experiencia colectiva de toda su existencia pasada. Y este, este, tal vez, es el temible libro del juicio, en cuyos jeroglíficos misteriosos cada palabra ociosa está registrada! Sí, en la naturaleza misma de un espíritu viviente, puede ser más posible que el cielo y la tierra pasen, que que un solo acto, un solo pensamiento, sea soltado o perdido de esa cadena viviente de causas, con todos cuyos eslabones, conscientes o inconscientes, el libre albedrío, nuestro único Yo absoluto, es coextensivo y copresente. Pero no me atrevo ya a discurrir más sobre esto, esperando un estado de ánimo más elevado y un tema más noble, advertido desde dentro y desde fuera de que es profanación hablar de estos «misterios tois maede phantasteisin, os kalon to taes dikaiosynaes kai sophrosynaes prosopon, kai oute hesperos oute eoos outo kala. To gar horon pros to horomenon syngenes kai homoion poiaesamenon dei epiballein tae thea, ou gar an popote eiden ophthalmos haelion, haelioeidaes mae gegenaemenos oude to kalon an idae psychae, mae kagae genomenae—a aquellos a cuya imaginación nunca se le ha presentado cuán hermoso es el semblante de la justicia y la sabiduría; y que ni la estrella de la mañana ni la de la tarde son tan bellas. Pues para dirigir la vista rectamente, es necesario que el observador se haya hecho congenerado y similar al objeto observado. Jamás el ojo habría podido contemplar el sol, si su propia esencia no hubiera sido soliforme» (es decir, preconfigurada para la luz por una similitud de esencia con la de la luz) «ni puede un alma que no es hermosa alcanzar una intuición de la belleza».
CAPÍTULO VII
De las consecuencias necesarias de la Teoría de Hartley—Del error original o equivocación que procuró su admisión—Memoria technica.
Pasaremos por alto la total incompatibilidad de tal ley —si ley puede llamarse a lo que sería en sí misma esclava de las casualidades— con incluso esa apariencia de racionalidad que nos imponen los fenómenos externos de la conducta humana, abstraídos de nuestra propia conciencia. Acordaremos olvidar esto por el momento, con el fin de fijar nuestra atención en esa subordinación de las causas finales a las eficientes en el ser humano, que fluye de la necesidad de la suposición de que la voluntad y, con la voluntad, todos los actos de pensamiento y atención son partes y productos de este mecanismo ciego, en lugar de ser poderes distintos cuya función es controlar, determinar y modificar el caos fantasmal de la asociación. El alma se convierte en un mero ens logicum; pues, como ser separable real, sería más inútil y ridículo que los gatos en el clavecín de gatos, descrito en el Spectator. Pues estos sí formaban parte del proceso; pero, en el esquema de Hartley, el alma está presente solo para ser pellizcada o acariciada, mientras que los chillidos mismos o el ronroneo son producidos por una agencia totalmente independiente y ajena. Involucra todas las dificultades, toda la incomprensibilidad (si no es, de hecho, os emoige dokei, el absurdo) de la intercomunión entre sustancias que no tienen una sola propiedad en común, sin ninguna de las consecuencias convenientes que sobornaron el juicio para la admisión de la hipótesis dualista. En consecuencia, este caput mortuum del proceso de Hartley ha sido rechazado por sus seguidores, y la conciencia considerada como un resultado, como una melodía, el producto común de la brisa y el arpa, aunque esto, de nuevo, es la mera eliminación de un absurdo para dar paso a otro, igualmente disparatado. Pues ¿qué es la armonía sino un modo de relación, cuyo esse mismo es percipi? —un ens rationale, que presupone el poder que, al percibir, lo crea? El filo de la navaja se convierte en sierra para la visión armada; y las deliciosas melodías de Purcell o Cimarosa podrían ser balbuceos desarticulados para un oyente cuya partición del tiempo fuera mil veces más sutil que la nuestra. Pero imaginemos también haber superado este obstáculo, y «de un salto sobrepasar por alto todo límite». Sin embargo, según esta hipótesis, se puede decir con tanta propiedad que la disquisición a la que solicito actualmente la atención del lector fue escrita por la iglesia de San Pablo como por mí: pues es el mero movimiento de mis músculos y nervios; y estos a su vez son puestos en movimiento por causas externas igualmente pasivas, las cuales se encuentran a sí mismas en conexión interdependiente con todo lo que existe o ha existido. Así, todo el universo coopera para producir el trazo más minúsculo de cada letra, salvo que yo mismo, y solo yo, no tengo nada que ver con ello, sino meramente la contemplación sin causa y sin efecto cuando está hecho. Sin embargo, apenas puede llamarse contemplación; pues no es ni un acto ni un efecto; sino una creación imposible de un algo-nada salido de su propio contrario! Es el mero plateado de azogue detrás de un espejo; y en esto solo consiste el pobre y despreciable Yo! La suma total de mi intercambio moral e intelectual, disuelto en sus elementos, se reduce a extensión, movimiento, grados de velocidad, y esas copias disminuidas de movimiento configurativo, que forman lo que llamamos nociones, y nociones de nociones. De tal filosofía bien podría decir Butler:
La metafísica es solo un movimiento de marioneta Que va con tornillos, la noción de una noción; La copia de una copia y un dibujo cojo Innaturalmente tomado de un pensamiento Que falsifica todos los trucos pantomímicos, Y gira los ojos, como un viejo crucifijo; Que cambia lo que sea que llame Por otro nombre, y lo hace verdadero o falso; Convierte la verdad en falsedad, la falsedad en verdad, En virtud del diente del babilonio.
El inventor del reloj, si esta doctrina es cierta, en realidad no lo inventó; él solo miraba mientras las causas ciegas, los únicos verdaderos artistas, se estaban desplegando a sí mismas. Así debe haber sido también con mi amigo Allston, cuando esbozó su cuadro del hombre muerto revivido por los huesos del profeta Elías. Así debe haber sido con el Sr. Southey y Lord Byron, cuando el uno se imaginaba componiendo su Roderick, y el otro su Childe Harold. Lo mismo debe aplicarse a todos los sistemas de filosofía; a todas las artes, gobiernos, guerras por mar y por tierra; en suma, a todas las cosas que alguna vez han sido o que alguna vez serán producidas. Pues, según este sistema, no son los afectos y las pasiones los que están trabajando, en tanto en cuanto son sensaciones o pensamientos. Solo nos imaginamos que actuamos por resoluciones racionales, o motivos prudentes, o por impulsos de ira, amor o generosidad. En todos estos casos, el agente real es un algo-nada-todo, que hace todo lo que conocemos, y no sabe nada de todo lo que él mismo hace.
La existencia de un espíritu infinito, de una voluntad inteligente y santa, debe, en este sistema, ser meros movimientos articulados del aire. Pues como la función del entendimiento humano no es otra que meramente aparecerse a sí mismo para combinar y aplicar los fenómenos de la asociación; y como estos derivan toda su realidad de las sensaciones primarias; y las sensaciones a su vez toda su realidad de las impresiones ab extra; un Dios no visible, audible o tangible, puede existir solo en los sonidos y letras que forman su nombre y atributos. Si en nosotros mismos no existen tales facultades como las de la voluntad y la razón científica, debemos tener una idea innata de ellas, lo cual derribaría todo el sistema; o no podemos tener idea alguna. El proceso por el cual Hume degradó la noción de causa y efecto en un producto ciego de ilusión y hábito, en la mera sensación de vida en curso (nisus vitalis) asociada con las imágenes de la memoria; este mismo proceso debe ser repetido para la igual degradación de toda idea fundamental en ética o teología.
¡Qué lejos, muy lejos estoy de cargar con el odio de estas consecuencias los caracteres morales de quienes formaron primero, o han adoptado después, este sistema! Es muy notable en el excelente y piadoso Hartley que, en las pruebas de la existencia y los atributos de Dios con las que comienza su segundo volumen, no haga referencia al principio ni a los resultados del primero. Es más, asume como fundamento ideas que, si abrazamos las doctrinas de su primer volumen, no pueden existir más que en las vibraciones del medio etéreo común a los nervios y a la atmósfera. De hecho, la totalidad del segundo volumen es, con las menores excepciones posibles, independiente de su peculiar sistema. Tan cierto es que la fe, que salva y santifica, es una energía colectiva, un acto total de todo el ser moral; que su sensorio vital está en el corazón; y que ningún error del entendimiento puede ser moralmente procesado a menos que haya procedido del corazón. Pero si lo son o no, ningún hombre puede estar seguro en el caso de otro, y quizás apenas en el suyo propio. De ahí se sigue por consecuencia inevitable que el hombre puede, tal vez, determinar qué es una herejía; pero solo Dios puede saber quién es un hereje. No se sigue, sin embargo, de ninguna manera que las opiniones fundamentalmente falsas sean inofensivas. Cien causas pueden coexistir para formar un antídoto complejo. Sin embargo, el aguijón de la víbora sigue siendo venenoso, aunque haya muchos que han tomado la cosa maligna y no les haya hecho daño. Algunos, en verdad, parece que ha habido, al menos en una infortunada nación vecina, que han abrazado este sistema con una visión completa de todas sus consecuencias morales y religiosas; algunos...
------que se creen los más libres, Cuando dentro de esta esfera visible y grosera Encadenan el pensamiento alado, burlándose del ascenso, Orgullosos en su bajeza; y a sí mismos se engañan Con la ruidosa vacuidad de la frase docta, Sus fluidos sutiles, impactos, esencias, Herramientas que obran por sí mismas, efectos sin causa, y todos Esos ciegos omniscientes, esos esclavos todopoderosos, ¡Despojando a la creación de su Dios!
Tales hombres necesitan disciplina, no argumentación; deben ser convertidos en mejores hombres antes de que puedan llegar a ser más sabios.
La atención se empleará más provechosamente en intentar descubrir y exponer los paralogismos mediante cuya magia tal fe pudo encontrar admisión en mentes forjadas para un credo más noble. Estos, me parece, pueden reducirse todos a un sofisma como su género común: el confundir las condiciones de una cosa con sus causas y su esencia; y el proceso por el cual llegamos al conocimiento de una facultad, con la facultad misma. El aire que respiro es la condición de mi vida, no su causa. Nunca hubiéramos aprendido que teníamos ojos sino por el proceso de ver; sin embargo, habiendo visto, sabemos que los ojos deben haber preexistido para hacer posible el proceso de la visión. Examinemos el esquema de Hartley bajo la guía de esta distinción; y descubriremos que la contemporaneidad (la Lex Continui de Leibniz) es el límite y la condición de las leyes de la mente, siendo ella misma más bien una ley de la materia, al menos de los fenómenos considerados como materiales. A lo sumo, es para el pensamiento lo mismo que la ley de la gravitación es para la locomoción. En todo movimiento voluntario primero contrarrestamos la gravitación para aprovecharnos de ella. Debe existir, para que haya algo que contrarrestar, y que, por su reacción, pueda ayudar a la fuerza que se ejerce para resistirla. Consideremos lo que hacemos cuando saltamos. Primero resistimos el poder gravitatorio mediante un acto puramente voluntario y luego, mediante otro acto, en parte voluntario, cedemos a él para aterrizar en el lugar que nos habíamos propuesto previamente. Ahora, que un hombre observe su mente mientras compone; o, para tomar un caso aún más común, mientras intenta recordar un nombre; y encontrará que el proceso es completamente análogo. La mayoría de mis lectores habrá observado un pequeño insecto acuático en la superficie de los arroyos, que proyecta una sombra de cinco puntos bordeada de colores prismáticos en el fondo soleado del arroyo; y habrá notado cómo el pequeño animal se abre camino contra la corriente mediante pulsos alternos de movimiento activo y pasivo, resistiendo ahora la corriente y cediendo ahora a ella para reunir fuerzas y un punto de apoyo momentáneo para una mayor propulsión. Este no es un emblema inapropiado de la autoexperiencia de la mente en el acto de pensar. Hay evidentemente dos poderes en juego que, en relación el uno con el otro, son activos y pasivos; y esto no es posible sin una facultad intermedia que es a la vez activa y pasiva. En lenguaje filosófico, debemos denominar a esta facultad intermedia en todos sus grados y determinaciones, la IMAGINACIÓN. Pero, en el lenguaje común, y especialmente en el tema de la poesía, apropiamos el nombre a un grado superior de la facultad, unido a un control voluntario superior sobre ella.
La contemporaneidad, pues, siendo la condición común de todas las leyes de asociación, y un elemento componente en la materia sujeta, cuyas partes han de ser asociadas, debe necesariamente ser copresente con todas. Nada, por tanto, puede ser más fácil que hacer pasar ante una mente incauta este compañero constante de cada una, por la sustancia esencial de todas. Pero si apelamos a nuestra propia conciencia, encontraremos que incluso el tiempo mismo, como causa de un acto particular de asociación, es distinto de la contemporaneidad como condición de toda asociación. Al ver una caballa, puede suceder que piense inmediatamente en grosellas, porque al mismo tiempo comí caballa con grosellas como salsa. Siendo la primera sílaba de esta última palabra la que había coexistido con la imagen del ave así llamada, puedo entonces pensar en un ganso. En el momento siguiente, la imagen de un cisne puede surgir ante mí, aunque nunca hubiera visto a las dos aves juntas. En los dos primeros casos, soy consciente de que su coexistencia en el tiempo fue la circunstancia que me permitió recordarlos; y soy igualmente consciente de que el último me fue recordado por la operación conjunta de semejanza y contraste. Así es con la causa y el efecto: así también con el orden. Así soy capaz de distinguir si fue la proximidad en el tiempo, o la continuidad en el espacio, lo que me llevó a recordar B ante la mención de A. No pueden ser, en verdad, separados de la contemporaneidad; pues eso sería separarlos de la mente misma. El acto de conciencia es, en efecto, idéntico al tiempo considerado en su esencia. Me refiero al tiempo per se, en contraposición a nuestra noción del tiempo; pues esta está siempre mezclada con la idea de espacio, que, como opuesto del tiempo, es por tanto su medida. No obstante, el accidente de ver dos objetos en el mismo momento, y el accidente de verlos en el mismo lugar, son dos causas distintas o distinguibles: y la verdadera ley general práctica de asociación es esta; que todo lo que hace que ciertas partes de una impresión total sean más vívidas o distintas que el resto, determinará a la mente a recordar estas preferentemente a otras igualmente vinculadas entre sí por la condición común de contemporaneidad, o (lo que considero un término más apropiado y filosófico) de continuidad. Pero la voluntad misma, al confinar e intensificar la atención, puede arbitrariamente dar viveza o distinción a cualquier objeto; y de aquí podemos deducir la inutilidad, si no el absurdo, de ciertos esquemas recientes que prometen una memoria artificial, pero que en realidad solo pueden producir una confusión y envilecimiento de la fantasía. Una lógica sana, como subordinación habitual del individuo a la especie, y de la especie al género; el conocimiento filosófico de los hechos bajo la relación de causa y efecto; un temperamento alegre y comunicativo que nos disponga a notar las semejanzas y contrastes de las cosas, para que podamos ser capaces de ilustrar las unas con las otras; una conciencia tranquila; una condición libre de ansiedades; una salud sólida y, sobre todo (en lo que respecta al recuerdo pasivo), una digestión saludable; estas son las mejores, estas son las únicas Artes de la Memoria.
CAPÍTULO VIII
El sistema de dualismo introducido por Des Cartes--Refinado primero por Spinoza y después por Leibniz en la doctrina de la Harmonia praestabilita--Hilozoísmo--Materialismo--Ninguno de estos sistemas, o cualquier teoría posible de asociación, suministra o sustituye una teoría de la percepción, o explica la formación de lo asociable.
Que yo sepa, Des Cartes fue el primer filósofo que introdujo la heterogeneidad absoluta y esencial del alma como inteligencia, y el cuerpo como materia. La suposición y la forma de hablar han permanecido, aunque la negación de todas las demás propiedades a la materia que no fuera la de la extensión, negación sobre la cual se fundamenta todo el sistema del dualismo, ha sido descartada hace mucho tiempo. Pues dado que la impenetrabilidad es inteligible solo como un modo de resistencia, su admisión sitúa la esencia de la materia en un acto o poder que posee en común con el espíritu; y el cuerpo y el espíritu no son, por tanto, absolutamente heterogéneos, sino que pueden suponerse, sin absurdo alguno, como diferentes modos, o grados de perfección, de un sustrato común. A esta posibilidad, sin embargo, no era costumbre prestar atención. El alma era una sustancia pensante, y el cuerpo una sustancia que llena el espacio. Sin embargo, la aparente acción de cada uno sobre el otro presionaba fuertemente al filósofo por una parte; y no menos pesadamente presionaba por la otra parte la verdad evidente de que la ley de causalidad solo se sostiene entre cosas homogéneas, es decir, cosas que tienen alguna propiedad común; y no puede extenderse de un mundo a otro, su contrario. Un análisis minucioso demostró que no era menos absurdo que la pregunta de si el afecto de un hombre por su esposa se encontraba al noreste o al suroeste del amor que sentía por su hijo. La doctrina de Leibniz de una armonía preestablecida, que ciertamente tomó prestada de Spinoza, quien a su vez había tomado la pista de las máquinas animales de Des Cartes, era, en su interpretación común, demasiado extraña para sobrevivir al inventor, demasiado repugnante para nuestro sentido común; el cual, en verdad, no tiene derecho a una voz judicial en los tribunales de la filosofía científica, pero cuyos susurros aún ejercen una fuerte influencia secreta. Incluso Wolf, el admirador e ilustre sistematizador de la doctrina leibniziana, se contenta con defender la posibilidad de la idea, pero no la adopta como parte del edificio.
La hipótesis del hilozoísmo, por otro lado, es la muerte de toda fisiología racional, y de hecho de toda ciencia física; pues eso requiere una limitación de términos, y no puede ser consistente con el poder arbitrario de multiplicar atributos mediante cualidades ocultas. Además, no sirve para nada; a menos que, en efecto, una dificultad pueda resolverse multiplicándola, o podamos adquirir una noción más clara de nuestra alma al ser informados de que tenemos un millón de almas, y que cada átomo de nuestros cuerpos tiene un alma propia. Mucho más prudente es admitir la dificultad de una vez por todas, y dejarla luego descansar. Hay, en verdad, un sedimento en el fondo del recipiente, pero toda el agua que está por encima es clara y transparente. El hilozoísta solo lo agita y vuelve todo turbio.
Pero no es la naturaleza del hombre, ni el deber del filósofo, desesperar ante ningún problema importante hasta que, como en la cuadratura del círculo, se haya demostrado la imposibilidad de una solución. Cómo el esse asumido como originalmente distinto del scire, puede unirse alguna vez con él; cómo el ser puede transformarse a sí mismo en un conocer, se vuelve concebible bajo una única condición: a saber, si puede demostrarse que la vis representativa, o el Sintiente, es en sí mismo una especie de ser; esto es, ya sea como una propiedad o atributo, o como una hipóstasis o subsistencia propia. Lo primero —que el pensar es una propiedad de la materia bajo condiciones particulares— es, en efecto, la suposición del materialismo; un sistema que no podría dejar de ser patrocinado por el filósofo, si tan solo realizara realmente lo que promete. Pero cómo puede cualquier afecto desde fuera metamorfosearse en percepción o voluntad, el materialista lo ha dejado hasta ahora, no solo tan incomprensible como lo encontró, sino que lo ha agravado hasta convertirlo en un absurdo comprensible. Pues, concedamos que un objeto desde fuera pudiera actuar sobre el yo consciente, como sobre un objeto consustancial; sin embargo, tal afecto solo podría engendrar algo homogéneo a sí mismo. El movimiento solo podría propagar el movimiento. La materia no tiene interioridad. Eliminamos una superficie, pero solo para encontrarnos con otra. Solo podemos dividir una partícula en partículas; y cada átomo comprende en sí mismo las propiedades del universo material. Que cualquier mente reflexiva haga el experimento de explicarse a sí misma la evidencia de nuestras intuiciones sensoriales, a partir de la hipótesis de que en cualquier percepción dada hay algo que le ha sido comunicado por un impacto, o una impresión ab extra. En primer lugar, por el impacto sobre el percipiente, o ens representans, no el objeto mismo, sino solo su acción o efecto, pasará al mismo. No la lengua de hierro, sino sus vibraciones, pasan al metal de la campana. Ahora, en nuestra percepción inmediata, no es el mero poder o acto del objeto, sino el objeto mismo, el que está inmediatamente presente. Podríamos, en verdad, intentar explicar este resultado mediante una cadena de deducciones y conclusiones; pero que, primero, la facultad misma de deducir y concluir exigiría igualmente una explicación; y segundo, que no existe de hecho tal intermediación por nociones lógicas, como las de causa y efecto. Es el objeto mismo, no el producto de un silogismo, el que está presente a nuestra conciencia. ¿O quisiéramos explicar esta supervención del objeto a la sensación, mediante una facultad productiva puesta en movimiento por un impulso? Aún así, la transición, hacia el percipiente, del objeto mismo, del cual procedió el impulso, asume un poder que puede permear y poseer totalmente el alma,
Y como un Dios por arte espiritual, Ser todo en todo, y todo en cada parte.
¿Y cómo llegó aquí el percipiente? ¿Y qué ha sido de la Materia, esa promesa de maravillas, que iba a realizar todas estas maravillas por fuerza de mera figura, peso y movimiento? El proceder más consistente del materialista dogmático es volver a caer en el rango común de los dualistas de alma y cuerpo; afectar lo misterioso, y declarar que todo el proceso es una revelación dada, y no para ser entendida, la cual sería profano examinar demasiado de cerca. Datur non intelligitur. Pero una revelación no confirmada por milagros, y una fe no comandada por la conciencia, un filósofo puede aventurarse a pasar por alto, sin sospecharse a sí mismo de ninguna tendencia irreligiosa.
Así, como el materialismo se ha enseñado generalmente, es totalmente ininteligible, y debe todos sus prosélitos a la propensión tan común entre los hombres a confundir imágenes distintas con conceptos claros; y viceversa, a rechazar como inconcebible todo lo que por su propia naturaleza es inimaginable. Pero tan pronto como se vuelve inteligible, deja de ser materialismo. Para explicar el pensamiento como un fenómeno material, es necesario refinar la materia hasta convertirla en una mera modificación de la inteligencia, con la doble función de aparecer y percibir. Incluso así lo hizo Priestley en su controversia con Price. Despojó a la materia de todas sus propiedades materiales; sustituyó poderes espirituales; y cuando esperábamos encontrar un cuerpo, ¡he aquí! no teníamos nada más que su fantasma: ¡la aparición de una sustancia difunta!
No voy a extenderme más en este tema; porque será (si Dios concede salud y permiso) tratado amplia y sistemáticamente en una obra que llevo muchos años preparando, sobre el Logos productivo humano y divino; con, y como introducción a, un comentario completo sobre el Evangelio de San Juan. Para hacerme inteligible en la medida en que mi tema actual lo requiere, será suficiente observar brevemente: 1. Que toda asociación exige y presupone la existencia de los pensamientos e imágenes a ser asociados. 2. Que la hipótesis de un mundo externo exactamente correspondiente a esas imágenes o modificaciones de nuestro propio ser, que son las únicas que, según este sistema, contemplamos realmente, es un idealismo tan completo como el de Berkeley, en tanto que elimina igualmente, tal vez en un grado más perfecto, toda realidad e inmediatez de la percepción, y nos coloca en un mundo onírico de fantasmas y espectros, el enjambre inexplicable y la generación equívoca de movimientos en nuestros propios cerebros. 3. Que esta hipótesis ni implica la explicación, ni excluye la necesidad, de un mecanismo y fuerzas coadecuadas en el percipiente, que ante el toque más que mágico del impulso desde fuera debe crear de nuevo para sí mismo el objeto correspondiente. La formación de una copia no se resuelve por la mera preexistencia de un original; el copista de la Transfiguración de Rafael debe repetir más o menos perfectamente el proceso de Rafael. Sería fácil explicar un pensamiento a partir de la imagen en la retina, y esa a partir de la geometría de la luz, si esta misma luz no presentara la misma dificultad. Podríamos cantar con la misma racionalidad el credo brahmán de la tortuga que sostenía al oso, que sostenía al elefante, que sostenía al mundo, al son de "Esta es la casa que construyó Jack". El sic Deo placitum est lo admitimos todos como la causa suficiente, y la bondad divina como la razón suficiente; pero una respuesta al De dónde y al Por qué no es una respuesta al Cómo, que es lo único que preocupa al fisiólogo. Es un sophisma pigrum, y (como ha dicho Bacon) la arrogancia de la pusilanimidad, que levanta el ídolo de la fantasía de un mortal y nos ordena postrarnos y adorarlo, como una obra de sabiduría divina, un ancile o paladio caído del cielo. Con el mismo argumento, los defensores del sistema ptolemaico podrían haber rechazado al newtoniano, y señalando al cielo con una mueca de autocomplacencia, haber apelado al sentido común, sobre si el sol no se movía y la tierra permanecía inmóvil.
CAPÍTULO IX
¿Es la filosofía posible como ciencia, y cuáles son sus condiciones?--Giordano Bruno--Aristocracia literaria, o la existencia de un pacto tácito entre los doctos como orden privilegiada--Las obligaciones del autor con los místicos--con Immanuel Kant--La diferencia entre la letra y el espíritu de los escritos de Kant, y una vindicación de la prudencia en la enseñanza de la filosofía--El intento de Fichte de completar el sistema crítico--Su éxito parcial y fracaso final--Obligaciones con Schelling; y entre los escritores ingleses con Saumarez.
Después de haber estudiado sucesivamente en las escuelas de Locke, Berkeley, Leibniz y Hartley, y no haber podido encontrar en ninguna de ellas un lugar de reposo para mi razón, comencé a preguntarme: ¿es posible un sistema de filosofía, distinto de la mera historia y la clasificación histórica? Si es posible, ¿cuáles son sus condiciones necesarias? Durante un tiempo estuve dispuesto a responder a la primera pregunta negativamente, y a admitir que el único empleo practicable para la mente humana era observar, recoger y clasificar. Pero pronto sentí que la naturaleza humana misma luchaba contra esta resignación voluntaria del intelecto; y tan pronto descubrí que el esquema, tomado con todas sus consecuencias y aclarado de todas sus inconsistencias, no era menos impracticable que contranatural. Asumid en toda su extensión la posición, nihil in intellectu quod non prius in sensu, asumidla sin el praeter ipsum intellectum que la matiza según Leibniz, y en el mismo sentido en que la posición fue entendida por Hartley y Condillac: y entonces lo que Hume había deducido demostrativamente de esta concesión sobre la causa y el efecto, se aplicará con igual fuerza aplastante a todas las otras once formas categóricas, y a las funciones lógicas correspondientes a ellas. ¿Cómo podemos hacer ladrillos sin paja, o construir sin cemento? Aprendemos todas las cosas, en verdad, con ocasión de la experiencia; pero los hechos mismos así aprendidos nos fuerzan hacia el interior, hacia los antecedentes que deben ser presupuestos para hacer posible la experiencia misma. El primer libro del Ensayo de Locke, (si el supuesto error que se esfuerza por subvertir no es una mera cosa de paja, un absurdo que nadie creyó jamás, o que nadie podría, de hecho, creer), está formado sobre un sophisma heterozaetaeseos, e involucra el viejo error de Cum hoc: ergo, propter hoc.
El término, Filosofía, se define a sí mismo como una búsqueda afectuosa de la verdad; pero la Verdad es el correlativo del Ser. Esto, a su vez, no es concebible de otro modo que asumiendo como postulado que ambos son, ab initio, idénticos y coinherentes; que la inteligencia y el ser son recíprocamente el sustrato del otro. Presumí que esta era una concepción posible (es decir, que no implicaba ninguna inconsonancia lógica) por el largo período de tiempo durante el cual la definición escolástica del Ser Supremo, como actus purissimus sine ulla potentialitate, fue recibida en las escuelas de Teología, tanto por los doctores pontificios como por los reformados. El estudio temprano de Platón y Plotino, con los comentarios y la THEOLOGIA PLATONICA del ilustre florentino; de Proclo y Gemisto Pletón; y, en un período posterior, del De Immenso et Innumerabili y el “De la causa, principio et uno” del filósofo de Nola, quien pudo jactarse de contar a sir Philip Sidney y Fulke Greville entre sus mecenas, y a quien los idólatras de Roma quemaron como ateo en el año 1600; todo ello había contribuido a preparar mi mente para la recepción y acogida del Cogito quia Sum, et Sum quia Cogito; una filosofía de aparente audacia, pero ciertamente la más antigua y, por lo tanto, presuntivamente la más natural.
¿Por qué habría de tener miedo? Digamos más bien, ¿cómo me atrevería a avergonzarme del teósofo teutónico Jacob Behmen? Muchos, en verdad, y graves fueron sus delirios; y tales que brindan frecuente y amplia ocasión para el triunfo de los doctos sobre el pobre zapatero ignorante que se había atrevido a pensar por sí mismo. Pero mientras recordamos que estos delirios eran tales como cabría esperar de su total falta de toda disciplina intelectual y de su ignorancia de la psicología racional, no olvidemos que este último defecto lo compartía con los teólogos más instruidos de su época. No estaba familiarizado ni con los libros ni con los hombres letrados. Un quietista manso y tímido, sus facultades intelectuales nunca fueron estimuladas hacia una energía febril por multitudes de prosélitos, ni por la ambición de hacer prosélitos. Jacob Behmen era un entusiasta, en el sentido más estricto, no meramente distinguido, sino contra-distinguido, de un fanático. Mientras traduzco en parte las siguientes observaciones de un escritor contemporáneo del Continente, permítaseme premisar que podría haber transcrito la sustancia de mis propios memorandos, que fueron escritos muchos años antes de que su panfleto fuera dado al mundo; y que prefiero las palabras de otro a las mías, en parte como un tributo debido a la prioridad de publicación; pero aún más por el placer de la simpatía en un caso donde solo la coincidencia era posible.
Quienquiera que esté familiarizado con la historia de la filosofía, durante los últimos dos o tres siglos, no puede sino admitir que parece haber existido una especie de pacto secreto y tácito entre los doctos para no traspasar cierto límite en la ciencia especulativa. El privilegio del libre pensamiento, tan altamente ensalzado, en ningún momento ha sido considerado válido en la práctica real, excepto dentro de este límite; y ni un solo paso más allá de él se ha aventurado jamás sin atraer el oprobio sobre el transgresor. Los pocos hombres de genio entre la clase docta, que efectivamente sobrepasaron este límite, evitaron ansiosamente la apariencia de haberlo hecho. Por lo tanto, la verdadera profundidad de la ciencia y la penetración hasta el centro más íntimo, desde el cual todas las líneas del conocimiento divergen hacia su circunferencia siempre distante, fue abandonada a los analfabetos y a los simples, a quienes un anhelo incesante y una ebullición original de espíritu habían impulsado a la investigación del fundamento interior y viviente de todas las cosas. Estos, entonces, porque sus nombres nunca habían sido inscritos en los gremios de los doctos, fueron perseguidos por los uniformados registrados como intrusos en sus derechos y privilegios. Todos sin distinción fueron marcados como fanáticos y fantastas; no solo aquellos cuyas imaginaciones salvajes y exorbitantes habían engendrado en realidad solo fantasmas extravagantes y grotescos, y cuyas producciones eran, en su mayor parte, copias pobres y caricaturas groseras de la inspiración genuina; sino también los verdaderamente inspirados, los originales mismos. Y esto por ninguna otra razón, sino porque eran los iletrados, hombres de ocupaciones humildes y oscuras. ¿Cuándo, y de quién entre los literatos de profesión, hemos oído jamás repetir la divina doxología: ¡Te doy gracias, oh Padre! ¡Señor del Cielo y de la Tierra! porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños [28]. No; los altivos sacerdotes del saber no solo desterraron de las escuelas y los mercados de la ciencia a todos los que se habían atrevido a extraer aguas vivas de la fuente, sino que los expulsaron del mismo Templo, al que entretanto se permitía a los compradores, vendedores y cambistas convertir en cueva de ladrones.
Y sin embargo, no sería fácil descubrir ningún fundamento sustancial para este orgullo despreciativo en aquellos literatos que más se han distinguido por su desdén hacia Behmen, Thaulerus, George Fox y otros; a menos que sea porque podían escribir ortográficamente, hacer períodos fluidos y tenían las modas de la autoría casi literalmente al alcance de la mano, mientras que los últimos, en sencillez de alma, hacían de sus palabras ecos inmediatos de sus sentimientos. De ahí la frecuencia de esas frases entre ellos, que han sido confundidas con pretensiones de inspiración inmediata; como, por ejemplo, “Me fue entregado;” — “Me esforcé por no hablar;” — “Dije, guardaré silencio;” — “Pero la palabra estaba en mi corazón como un fuego ardiente;” — “y no pude contenerme.” De ahí también la renuencia a dar ofensa; de ahí la previsión y el miedo a los clamores que se levantarían contra ellos, tan frecuentemente confesados en los escritos de estos hombres, y expresados, como era natural, con las palabras del único libro con el que estaban familiarizados [29]. “¡Ay de mí que me he convertido en un hombre de discordia, y un hombre de contienda! Amo la paz: las almas de los hombres me son queridas; ¡pero porque busco luz, todos ellos me maldicen!” ¡Oh! se requiere un sentimiento más profundo y una imaginación más fuerte de lo que poseen la mayoría de aquellos para quienes el razonamiento y la expresión fluida han sido como un oficio aprendido en la infancia, para concebir con qué fuerza, con qué luchas internas y conmoción, la percepción de una verdad nueva y vital se apodera de un hombre de genio sin educación. Sus meditaciones se emplean casi inevitablemente en lo eterno, o en lo imperecedero; pues “el mundo no es su amigo, ni la ley del mundo”. ¿Necesitamos entonces sorprendernos de que, bajo una excitación a la vez tan fuerte e inusual, el cuerpo del hombre simpatice con las luchas de su mente; o que en ocasiones esté tan engañado como para confundir las sensaciones tumultuosas de sus nervios y los espectros coexistentes de su fantasía, como partes o símbolos de las verdades que se estaban abriendo ante él? Se ha observado, de hecho, de manera plausible, que para obtener alguna ventaja, o para recoger algún significado inteligible de los escritos de estos místicos ignorantes, el lector debe traer consigo un espíritu y un juicio superiores a los de los propios escritores:
Y lo que él trae, ¿qué necesita buscar en otra parte?
—un sofisma, que coincido plenamente con Warburton en que es indigno de Milton; ¡cuánto más de la augusta Persona en cuya boca lo ha puesto! Una afirmación me aventuraré a hacer, sugerida por mi propia experiencia, que existen folios sobre el entendimiento humano y la naturaleza del hombre, que tendrían un derecho mucho más justo a su alto rango y celebridad, si en todo el enorme volumen pudiera encontrarse tanta plenitud de corazón e intelecto, como la que brota en muchas páginas sencillas de George Fox, Jacob Behmen, e incluso del comentarista de Behmen, el piadoso y ferviente William Law.
El sentimiento de gratitud que guardo hacia estos hombres me ha hecho divagar más de lo que había previsto o propuesto; pero haberlos omitido en un bosquejo histórico de mi vida literaria y mis opiniones me habría parecido como la negación de una deuda, el ocultamiento de un beneficio. Pues los escritos de estos místicos actuaron en no pequeña medida para evitar que mi mente fuera encarcelada dentro del contorno de un solo sistema dogmático. Contribuyeron a mantener vivo el corazón en la cabeza; me dieron un presentimiento confuso, pero estimulante y activo, de que todos los productos de la mera facultad reflexiva participaban de la muerte, y eran como las ramitas y brotes crujientes en invierno, hacia los cuales todavía debía ser impulsada una savia desde alguna raíz a la que no había penetrado, si es que debían proporcionar a mi alma alimento o refugio. Si a menudo fueron para mí una nube de humo en movimiento durante el día, siempre fueron una columna de fuego a través de la noche, durante mis vagabundeos por el desierto de la duda, y me permitieron bordear, sin cruzar, los desiertos arenosos de la incredulidad absoluta. Que el sistema es capaz de convertirse en un panteísmo irreligioso, bien lo sé. La Ética de Spinoza puede, o no, ser un ejemplo. Pero en ningún momento pude creer que, en sí mismo y esencialmente, sea incompatible con la religión, natural o revelada: y ahora estoy más completamente persuadido de lo contrario. Los escritos del ilustre sabio de Königsberg, el fundador de la Filosofía Crítica, más que cualquier otra obra, vigorizaron y disciplinaron a la vez mi entendimiento. La originalidad, la profundidad y la compresión de los pensamientos; la novedad y sutileza, aunque solidez e importancia de las distinciones; la cadena adamantina de la lógica; y me aventuraré a añadir —(paradoja como parecerá a aquellos que han tomado su noción de Immanuel Kant de los críticos y franceses)— la claridad y evidencia de la Crítica de la Razón Pura, y la Crítica del Juicio; de los Elementos Metafísicos de la Filosofía Natural; y de su Religión dentro de los límites de la Razón Pura, se apoderaron de mí como con la mano de un gigante. Tras quince años de familiaridad con ellos, todavía leo estas y todas sus otras producciones con deleite inminente y creciente admiración. Los pocos pasajes que permanecieron oscuros para mí, después de los debidos esfuerzos de pensamiento (como el capítulo sobre la apercepción original), y las aparentes contradicciones que ocurren, descubrí pronto que eran indicios e insinuaciones referidas a ideas que KANT o bien no consideró prudente reconocer, o que consideró que podían dejarse atrás coherentemente en un análisis puro, no de la naturaleza humana in toto, sino del intelecto especulativo solo. Aquí, por lo tanto, se vio obligado a comenzar en el punto de la reflexión, o conciencia natural: mientras que en su sistema moral se le permitió asumir un terreno más alto (la autonomía de la voluntad) como un postulado deducible del mandato incondicional, o (en el lenguaje técnico de su escuela) el imperativo categórico, de la conciencia. Había estado en peligro inminente de persecución durante el reinado del último rey de Prusia, esa extraña mezcla de libertinaje desenfrenado y superstición dominada por los sacerdotes: y es probable que tuviera pocas inclinaciones, en su vejez, a representar de nuevo las fortunas y los escapes por los pelos de Wolf. La expulsión del primero de los discípulos de Kant, que intentó completar su sistema, de la Universidad de Jena, con la confiscación y prohibición de la obra objetable por los esfuerzos conjuntos de las cortes de Sajonia y Hannover, proporcionó una prueba experimental de que la precaución del venerable anciano no era infundada. A pesar, por tanto, de sus propias declaraciones, nunca pude creer que fuera posible que él no hubiera querido decir nada más con su Noúmeno, o Cosa en sí, de lo que expresan sus meras palabras; o que en su propia concepción limitara todo el poder plástico a las formas del intelecto, dejando para la causa externa, para el materiale de nuestras sensaciones, una materia sin forma, lo cual es indudablemente inconcebible. Albergué dudas también sobre si, en su propia mente, puso siquiera todo el énfasis, que parece poner, en los postulados morales.
Una idea, en el sentido más elevado de esa palabra, no puede ser transmitida sino por un símbolo; y, excepto en geometría, todos los símbolos implican necesariamente una contradicción aparente. Phonaese synetoisin: y para aquellos que no podían atravesar esta cáscara simbólica, sus escritos no estaban destinados. Las preguntas que no pueden ser respondidas plenamente sin exponer al respondiente a un peligro personal, no tienen derecho a una respuesta justa; y sin embargo, decir esto abiertamente proporcionaría en muchos casos la misma ventaja que el adversario está buscando insidiosamente. La veracidad no consiste en decir, sino en la intención de comunicar, la verdad; y el filósofo que no puede pronunciar toda la verdad sin transmitir falsedad, y al mismo tiempo, tal vez, excitar las pasiones más malignas, se ve obligado a expresarse ya sea míticamente o equívocamente. Cuando a Kant se le importunaba para que resolviera las disputas de sus comentaristas él mismo, declarando lo que quería decir, ¿cómo podría declinar los honores del martirio con menos ofensa, que simplemente respondiendo: “Quise decir lo que dije, y a la edad de casi ochenta años, tengo algo más, y más importante, que hacer que escribir un comentario sobre mis propias obras.”
La Wissenschaftslehre de Fichte, o Doctrina de la Ciencia Última, debía añadir la piedra angular del arco: y al comenzar con un acto, en lugar de una cosa o sustancia, Fichte dio sin duda el primer golpe mortal al espinozismo, tal como lo enseñó el propio Spinoza; y proporcionó la idea de un sistema verdaderamente metafísico, y de una metafísica verdaderamente sistemática (es decir, que tiene su resorte y principio dentro de sí misma). Pero esta idea fundamental la sobrecargó con una pesada masa de meras nociones y actos psicológicos de reflexión arbitraria. Así, su teoría degeneró en un crudo [30] egoísmo, una jactanciosa e hiperestoica hostilidad hacia la Naturaleza, como algo sin vida, sin Dios y totalmente impío: mientras que su religión consistía en la asunción de un mero Ordo ordinans, al que se nos permitía exoterice llamar DIOS; y su ética en una mortificación ascética, y casi monacal, de las pasiones y deseos naturales. En la Natur-Philosophie de Schelling, y el System des transcendentalen Idealismus, encontré por primera vez una coincidencia genial con mucho de lo que me había esforzado por obtener por mí mismo, y una poderosa ayuda en lo que aún tenía que hacer.
He introducido esta declaración, como apropiada para la naturaleza narrativa de este bosquejo; aunque más bien en referencia a la obra que he anunciado en una página anterior, que a mi tema presente. Sería un mero acto de justicia hacia mí mismo si advirtiera a mis futuros lectores que una identidad de pensamiento, o incluso una similitud de frase, no será en todo momento una prueba segura de que el pasaje ha sido tomado prestado de Schelling, o que las concepciones fueron aprendidas originalmente de él. En este caso, como en las lecciones dramáticas de Schlegel a las que me he referido antes, por el mismo motivo de autodefensa contra la acusación de plagio, muchas de las semejanzas más llamativas, de hecho todas las ideas principales y fundamentales, nacieron y maduraron en mi mente antes de que hubiera visto una sola página del filósofo alemán; y podría afirmar con verdad, antes de que las obras más importantes de Schelling hubieran sido escritas, o al menos hechas públicas. Ni esta coincidencia debe sorprendernos en absoluto. Habíamos estudiado en la misma escuela; habíamos sido disciplinados por la misma filosofía preparatoria, a saber, los escritos de Kant; ambos teníamos iguales obligaciones con la lógica polar y la filosofía dinámica de Giordano Bruno; y Schelling ha reconocido recientemente, y como una adquisición reciente, esa misma reverencia afectuosa por las labores de Behmen y otros místicos, que yo había formado en un período mucho más temprano. La coincidencia del sistema de Schelling con ciertas ideas generales de Behmen, declara que ha sido mera coincidencia; mientras que mis obligaciones han sido más directas. Él solo necesita dar a Behmen sentimientos de simpatía; mientras que yo le debo una deuda de gratitud. ¡Dios no quiera! que se sospeche de mí el deseo de entrar en rivalidad con Schelling por los honores inequívocamente suyos, no solo como un genio grande y original, sino como fundador de la Filosofía de la Naturaleza, y como el mejorador más exitoso del Sistema Dinámico [31] que, iniciado por Bruno, fue reintroducido (en una forma más filosófica, y libre de todas sus impurezas y acompañamientos visionarios) por Kant; en quien fue el crecimiento nativo y necesario de su propio sistema. Los seguidores de Kant, sin embargo, sobre quienes (en su mayor parte) había caído el manto de su maestro sin, o con una porción muy escasa de, su espíritu, habían adoptado sus ideas dinámicas solo como una especie más refinada de mecánica. Con excepción de una o dos ideas fundamentales, que no pueden ser negadas a Fichte, a Schelling debemos la culminación y las victorias más importantes de esta revolución en la filosofía. Para mí será felicidad y honor suficiente si logro hacer inteligible el sistema a mis compatriotas, y aplicarlo al más terrible de los temas para los propósitos más importantes. Si una obra es fruto del espíritu propio de un hombre y producto de un pensamiento original, será descubierto por aquellos que son sus únicos jueces legítimos, mediante mejores pruebas que la mera referencia a las fechas. Para los lectores en general, que todo lo que se encuentre en esta o en cualquier obra futura mía, que se parezca o coincida con las doctrinas de mi predecesor alemán, aunque contemporáneo, se atribuya totalmente a él: siempre que la ausencia de referencias distintas a sus libros, que no pude en todo momento hacer con verdad como designando citas o pensamientos realmente derivados de él; y que, confío, serían superfluas después de este reconocimiento general; no se me impute como una ocultación generosa o un plagio intencional. No he podido, de hecho, (eheu! res angusta domi!) hasta ahora obtener más que dos de sus libros, a saber, el primer volumen de sus Tratados recopilados, y su Sistema del Idealismo Trascendental; a los cuales, sin embargo, debo añadir un pequeño panfleto contra Fichte, cuyo espíritu era para mis sentimientos dolorosamente incongruente con los principios, y que (con la concesión habitual concedida a una antítesis) mostraba el amor a la sabiduría más que la sabiduría del amor. Considero la verdad como un ventrílocuo divino: no me importa de qué boca procedan los sonidos, si solo las palabras son audibles e inteligibles. “Aunque debo confesar que estoy en duda, si debo sacarlo a la luz o no, siendo tan contrario a los ojos del mundo, y el mundo tan potente en los corazones de la mayoría de los hombres, que me arriesgaré a no ser tenido en cuenta o no ser entendido.”
Y para concluir el tema de la cita, con un conjunto de citas, que al estar tomadas de libros de uso poco común, pueden contribuir a la diversión del lector, como un voluntario antes de un sermón: “Dolet mihi quidem deliciis literarum inescatos subito jam homines adeo esse, praesertim qui Christianos se profitentur, et legere nisi quod ad delectationem facit, sustineant nihil: unde et discipline severiores et philosophia ipsa jam fere prorsus etiam a doctis negliguntur. Quod quidem propositum studiorum, nisi mature corrigitur, tam magnum rebus incommodum dabit, quam dedit barbaries olim. Pertinax res barbaries est, fateor: sed minus potent tamen, quam illa mollities et persuasa prudentia literarum, si ratione caret, sapientiae virtutisque specie mortales misere circumducens. Succedet igitur, ut arbitror, haud ita multo post, pro rusticana seculi nostri ruditate captatrix illa communi-loquentia robur animi virilis omne, omnem virtutem masculam, profligatura nisi cavetur.”
Una observación demasiado profética, que se ha estado cumpliendo desde el año 1680 hasta el presente 1815. Por persuasa prudentia, Grynaeus quiere decir el sentido común autocomplaciente opuesto a la ciencia y a la razón filosófica.
Est medius ordo, et velut equestris, ingeniorum quidem sagacium, et commodorum rebus humanis, non tamen in primam magnitudinem patentium. Eorum hominum, ut sic dicam, major annona est. Sedulum esse, nihil temere loqui, assuescere labori, et imagine prudentiae et modistiae tegere angustiores partes captus, dum exercitationem ac usum, quo isti in civilibus rebus pollent, pro natura et magnitudine ingenii plerique accipiunt.
“Como, por tanto, los médicos se ven muchas veces obligados a dejar los métodos de curación que ellos mismos saben que son los más adecuados, y al ser anulados por la impaciencia del paciente, se ven obligados a probar lo mejor que pueden: de la misma manera, considerando cómo está el caso con esta era actual, llena de lengua y débil de cerebro, he aquí que cederíamos (si nuestro tema lo permitiera) a la corriente de la misma. De esa manera estaríamos contentos de probar nuestra tesis, la cual, siendo la peor en sí misma, es sin embargo ahora, debido a la imbecilidad común, la más apta y más probable de ser tolerada.”
Si este temor podía abrigarse racionalmente en la polémica era de Hooker, bajo la por entonces robusta disciplina de la lógica escolástica, perdonable es que un escritor de los tiempos presentes anticipe una audiencia escasa para temas abstrusos y verdades que no pueden ser comunicadas ni recibidas sin un esfuerzo de pensamiento, así como paciencia de atención.
“Che s’io non erro al calcolar de’ punti, Par ch’ Asinina Stella a noi predomini, E’l Somaro e’l Castron si sian congiunti. Il tempo d’Apuleio piu non si nomini: Che se allora un sol huom sembrava un Asino, Mille Asini a’ miei di rassembran huomini!”
CAPÍTULO X
Un capítulo de digresión y anécdotas, como intermedio que precede al de la naturaleza y génesis de la Imaginación o Poder Plástico--Sobre la pedantería y las expresiones pedantes--Consejos a los jóvenes autores respecto a la publicación--Varias anécdotas de la vida literaria del Autor, y el progreso de sus opiniones en Religión y Política.
“Esemplastic. La palabra no está en Johnson, ni la he encontrado en otra parte”. Tampoco yo. La construí yo mismo a partir de las palabras griegas, eis en plattein, dar forma en una sola; porque, al tener que transmitir un sentido nuevo, pensé que un término nuevo ayudaría tanto a la retención de mi significado como a evitar que se confundiera con la acepción habitual de la palabra imaginación. “¡Pero esto es pedantería!”. No necesariamente, espero. Si no estoy mal informado, la pedantería consiste en el uso de palabras inadecuadas para el tiempo, el lugar y la compañía. El lenguaje del mercado sería en las escuelas tan pedante, aunque quizá no fuera reprobado con ese nombre, como el lenguaje de las escuelas en el mercado. El simple hombre de mundo, que insiste en que no deben emplearse en una disquisición científica otros términos que los que ocurren en la conversación común, y sin mayor precisión, es tan verdaderamente un pedante como el hombre de letras que, o bien sobrevalora los conocimientos de sus oyentes, o bien, engañado por su propia familiaridad con términos técnicos o escolásticos, conversa en la mesa de vino con la mente fija en su museo o laboratorio; incluso aunque este último pedante, en lugar de pedir a su esposa que prepare el té, le ordene añadir al quant. suff. de thea Sinensis el óxido de hidrógeno saturado con calórico. Para usar la metáfora coloquial (y en verdad algo vulgar), si el pedante del claustro y el pedante del vestíbulo huelen ambos igualmente a tienda, el olor de la encuadernación rusa de buenos folios y cuartos de aspecto auténtico es menos molesto que los vapores de la taberna o el burdel. Es más, aunque la pedantería del erudito delatara un poco de ostentación, una mente bien condicionada toleraría más fácilmente, me parece, el rastro de la vanidad erudita que la sans culotterie de una ignorancia desdeñosa, que asume un mérito de la mutilación en la burla autoconso-ladora ante el pomposo estorbo de las colas.
La primera lección de la disciplina filosófica es destetar la atención del estudiante de los grados de las cosas, que forman por sí solos el vocabulario de la vida común, y dirigirla hacia el género abstraído del grado. Así, al estudiante de química se le enseña a no sobresaltarse ante las disquisiciones sobre el calor en el hielo, o sobre la luz latente y fijable. En tal discurso, el instructor no tiene otra alternativa que utilizar palabras antiguas con nuevos significados (el plan adoptado por Darwin en su Zoonomia); o introducir nuevos términos, siguiendo el ejemplo de Linneo y los redactores de la nomenclatura química actual. El último modo es evidentemente preferible, aunque solo sea porque el primero exige un doble esfuerzo de pensamiento en un mismo acto. Pues al lector, o al oyente, se le exige no solo aprender y tener presente la nueva definición, sino desaprender y mantener fuera de su vista el significado antiguo y habitual; una tarea mucho más difícil y desconcertante, y para la cual el simple simulacro de evitar la pedantería me parece una compensación inadecuada. Donde, en verdad, está en nuestro poder recuperar un término inapropiado que se había vuelto obsoleto sin razón suficiente, es sin duda un mal menor restaurarlo que acuñar uno nuevo. Así, para expresar en una sola palabra todo lo que pertenece a la percepción, considerada como pasiva y meramente receptiva, he adoptado de nuestros clásicos más antiguos la palabra sensuous; porque sensual no se usa actualmente, salvo en un sentido negativo, o al menos como una distinción moral; mientras que sensitive y sensible transmitirían cada una un significado diferente. Así también he seguido a Hooker, Sanderson, Milton y otros, al designar la inmediatez de cualquier acto u objeto de conocimiento con la palabra intuition, usada a veces de forma subjetiva, a veces objetiva, tal como usamos la palabra thought; ahora como el pensamiento, o acto de pensar, y ahora como un pensamiento, o el objeto de nuestra reflexión; y hacemos esto sin confusión u oscuridad. Las palabras mismas, objective y subjective, de tan constante recurrencia en las escuelas de antaño, me he aventurado a reintroducirlas, porque no podría distinguir de forma tan breve o conveniente mediante términos más familiares el percipere del percipi. Por último, he distinguido cuidadosamente los términos, la razón y el entendimiento, alentado y confirmado por la autoridad de nuestros genuinos teólogos y filósofos, antes de la Revolución.
------both life, and sense, Fancy and understanding; whence the soul Reason receives, and reason is her being, Discursive or intuitive: discourse Is oftest yours, the latter most is ours, Differing but in degree, in kind the same.
Digo que fui confirmado por una autoridad tan venerable: pues tenía motivos previos y superiores en mi propia convicción de la importancia, es más, de la necesidad de la distinción, como condición indispensable y parte vital de toda especulación sólida en metafísica, ética o teología. Establecer esta distinción era uno de los objetivos principales de The Friend; si es que en una biografía de mi propia vida literaria puedo referirme con propiedad a una obra que se imprimió más que se publicó, o que se publicó de tal manera que hubiera sido mejor para el infortunado autor que hubiera permanecido en manuscrito. Tengo incluso en este momento motivos amargos para recordar aquello que un número de mis suscriptores tiene un motivo trivial para olvidar. Esta efusión podría haberse evitado; pero quisiera halagarme con la idea de que el lector será menos austero que un profesor oriental de bastonazos, quien durante un intento de extorsionar per argumentum baculinum una confesión completa a un reo, interrumpió su grito de dolor recordándole que era “¡una mera digresión!”. “¡Todo este ruido, señor! no viene al caso, y no es respuesta alguna a mis preguntas”. “¡Ah! pero,” (replicó el doliente), “es la respuesta más pertinente de la naturaleza a sus golpes”.
Un hombre imprudente con una bondad de corazón común no puede dejar de desear convertir incluso sus imprudencias en beneficio de los demás, en la medida en que esto sea posible. Si, por tanto, alguno de los lectores de esta semi-narrativa estuviera preparando o intentando una obra periódica, le advierto, en primer lugar, contra la confianza en el número de nombres en su lista de suscripción. Porque no puede estar seguro de que los nombres fueran puestos por autoridad suficiente; o, si eso se comprobara, todavía queda por saber si no fueron extorsionados por la importunidad de algún amigo demasiado celoso; si el suscriptor no había cedido su nombre simplemente por falta de coraje para responder “no”, y con la intención de abandonar la obra tan pronto como fuera posible. Un caballero me consiguió casi cien nombres para THE FRIEND, y no solo aprovechó frecuentes oportunidades para recordarme su éxito en su captación, sino que se esforzó por impresionar mi mente con el sentido de la obligación que yo tenía con los suscriptores; pues, (como me amonestó muy pertinentemente), “cincuenta y dos chelines al año era una suma grande para ser otorgada a un solo individuo, cuando había tantos objetos de caridad con fuertes reclamos a la asistencia de los benevolentes”. De estos cien patrocinadores, noventa abandonaron la publicación antes del cuarto número, sin previo aviso; aunque les constaba que, debido a la distancia y a la lentitud e irregularidad del transporte, me veía obligado a abastecerme de papel sellado con al menos ocho semanas de antelación; cada hoja de las cuales me costaba cinco peniques antes de su llegada a mi impresor; aunque el dinero de la suscripción no debía recibirse hasta la vigésima primera semana después del comienzo de la obra; y por último, aunque en nueve de cada diez casos era impracticable para mí recibir el dinero de dos o tres números sin pagar una suma igual por el franqueo.
En confirmación de mi primera advertencia, seleccionaré un hecho entre muchos. En mi lista de suscriptores, entre un número considerable de nombres igualmente halagadores, estaba el de un Conde de Cork, con su dirección. Podría haber sido un Conde de Botella, por lo que yo sabía de él, que se había contentado con reverenciar a la nobleza in abstracto, más que in concretis. Por supuesto, THE FRIEND se enviaba regularmente hasta, si mal no recuerdo, el decimoctavo número; es decir, hasta quince días antes de que se pagara la suscripción. ¡Y he aquí que, justo en este momento, recibí una carta de su Señoría, reprendiéndome en un lenguaje mucho más señorial que cortés por mi insolencia al dirigir mis panfletos a él, que no sabía nada de mí ni de mi obra! Diecisiete o dieciocho números de la cual, sin embargo, su Señoría tuvo a bien retener, probablemente para las conveniencias culinarias o post-culinarias de sus sirvientes.
En segundo lugar, advierto a todos los demás de intentar desviarse del modo ordinario de publicar una obra a través del comercio. Pensé, en efecto, que para el comprador era indiferente si el treinta por ciento del dinero de la compra iba a los libreros o al gobierno; y que la conveniencia de recibir la obra por correo en su propia puerta daría preferencia a esto último. Es duro, lo reconozco, haber estado trabajando durante años en recopilar y organizar los materiales; haber gastado cada chelín que se podía ahorrar después de haber satisfecho las necesidades de la vida, en comprar libros, o en viajes con el propósito de consultarlos o de adquirir hechos en la fuente misma; luego comprar el papel, pagar la impresión y cosas similares, todo al menos un quince por ciento por encima de lo que habría pagado el comercio; y luego, después de todo, dar el treinta por ciento no de los beneficios netos, sino de los resultados brutos de la venta, a un hombre que simplemente tiene que dar estantería o espacio de almacén a los libros, y permitir a su aprendiz entregarlos por el mostrador a quienes puedan pedirlos; y esto también ejemplar por ejemplar, aunque, si la obra es sobre algún tema filosófico o científico, pueden pasar años antes de que la edición se venda. Todo esto, confieso, debe parecer una dificultad, y una a la que los productos de la industria no están sujetos en ningún otro modo de ejercicio. Sin embargo, incluso esto es mejor, mucho mejor, que intentar de cualquier manera unir las funciones de autor y editor. Pero el modo más prudente es vender el copyright, al menos de una o más ediciones, por lo máximo que el comercio ofrezca. Por pocos solo se puede esperar una gran remuneración; pero cincuenta libras y la tranquilidad de espíritu son de mayor ventaja real para un hombre literario que la posibilidad de quinientas con la certeza de insultos y ansiedades degradantes. Habré sido gravemente malinterpretado si esta declaración se interpreta como escrita con el deseo de restar valor al carácter de los libreros o editores. Los individuos no hicieron las leyes y costumbres de su comercio, sino que, como en cualquier otro comercio, las toman tal como las encuentran. Hasta que se pueda probar que el mal es remediable, y sin la sustitución de un inconveniente igual o mayor, no sería sabio ni varonil siquiera quejarse de ello. Pero usarlo como pretexto para hablar, o incluso para pensar o sentir, con unkindad o de manera oprobiosa sobre los comerciantes, como individuos, sería algo peor que poco sabio o incluso que poco varonil; sería inmoral y calumnioso. Mis motivos apuntan en una dirección muy distinta y hacia otros objetos, como se verá en la conclusión del capítulo.
Un anciano clérigo, culto y ejemplar, que hace muchos años fue a su recompensa seguido por los pesares y bendiciones de su congregación, publicó a sus propias expensas dos volúmenes en octavo, titulados, UNA NUEVA TEORÍA DE LA REDENCIÓN. La obra fue tratada con la mayor severidad en THE MONTHLY o CRITICAL REVIEW, no recuerdo cuál; y esta hostilidad no provocada se convirtió en el tema favorito de conversación del buen anciano entre sus amigos. “¡Bien!”, (solía exclamar), “en la segunda edición, tendré la oportunidad de exponer tanto la ignorancia como la malignidad del crítico anónimo”. Sin embargo, pasaron dos o tres años sin noticias del librero, que había emprendido la impresión y publicación de la obra, y que estaba perfectamente tranquilo, pues se sabía que el autor era un hombre de gran propiedad. Finalmente, se solicitó por escrito las cuentas; y en el curso de unas pocas semanas fueron presentadas por el jinete de la casa, en persona. Mi viejo amigo se puso las gafas y, sosteniendo el pergamino con mano no muy firme, comenzó:--“Papel, tanto: O, moderado suficiente--¡para nada más allá de mi expectativa! Impresión, tanto: ¡bien! moderado suficiente. Encuadernación, cubiertas, anuncios, transporte, y así sucesivamente, tanto”.--Aún nada malo. Selleridge (pues la ortografía no es parte necesaria de los conocimientos literarios de un librero) L3. 3s. “¡Bendito sea! ¿Solo tres guineas por el qué-dices-tú--el selleridge?”. “¡Nada más, señor!”, respondió el jinete. “¡No, pero eso es demasiado moderado!”, respondió mi viejo amigo. “¿Solo tres guineas por vender mil copias de una obra en dos volúmenes?”. “¡O, señor!” (grita el joven viajero) “usted ha confundido la palabra. No se ha vendido ninguna de ellas; han sido devueltas desde Londres hace mucho tiempo; y estas L3. 3s. son por el cellaridge, o espacio de almacén en nuestra bodega de libros”. La obra fue, en consecuencia, trasladada del ominoso sótano del editor a la buhardilla del autor; y, al presentar una copia a un conocido, el anciano solía contar la anécdota con gran humor y aún mayor bondad.
Con igual falta de conocimiento mundano, fui un sufridor mucho más que igual por ello, en el mismo inicio de mi carrera de autor. Hacia el final del primer año desde el momento en que, en una hora poco auspiciosa, dejé los amistosos claustros y la feliz arboleda de tranquilidad, el siempre honrado Jesus College, Cambridge, fui persuadido por varios filántropos y antipolemistas para poner en marcha una obra periódica, titulada THE WATCHMAN, para que, según el lema general de la obra, ¡todos pudieran conocer la verdad, y que la verdad pudiera hacernos libres! Con el fin de eximirla del impuesto de timbre, y también de contribuir tan poco como fuera posible a la supuesta culpa de una guerra contra la libertad, debía publicarse cada octavo día, treinta y dos páginas, gran octavo, densamente impresas, y precio solo cuatro peniques. En consecuencia, con un folleto llameante,--“El conocimiento es poder”, “Para proclamar el estado de la atmósfera política”,--y así sucesivamente, partí en una gira al Norte, desde Bristol a Sheffield, con el propósito de conseguir clientes, predicando por el camino en la mayoría de las grandes ciudades, como un voluntario sin sueldo, con un abrigo azul y chaleco blanco, para que no se viera ni un harapo de la mujer de Babilonia sobre mí. Pues yo era en aquel entonces y mucho después, aunque trinitario (esto es, ad normam Platonis) en filosofía, sin embargo un celoso unitario en religión; más precisamente, yo era un psilantropista, uno de los que creen que nuestro Señor fue el verdadero hijo de José, y que ponen el énfasis principal en la resurrección más que en la crucifixión. ¡Oh! Nunca podré recordar aquellos días ni con vergüenza ni con pesar. Pues era de lo más sincero, de lo más desinteresado. Mis opiniones eran en efecto erróneas en muchos y en los puntos más importantes; pero mi corazón era sencillo. La riqueza, el rango, la vida misma parecían entonces baratos para mí, comparados con los intereses de lo que creía que era la verdad, y la voluntad de mi Creador. Ni siquiera puedo acusarme de haber sido movido por la vanidad; pues en la expansión de mi entusiasmo no pensaba en mí mismo en absoluto.
Mi campaña comenzó en Birmingham; y mi primer ataque fue contra un rígido calvinista, un fabricante de velas de sebo de oficio. Era un hombre alto y sombrío, en quien la longitud predominaba tanto sobre la anchura que casi podría haber sido prestado como un atizador de fundición. ¡Oh, ese rostro! ¡un rostro kat’ emphasin! Lo tengo ante mí en este momento. El cabello lacio, negro, como cordel, pingui-nitescente, cortado en línea recta a lo largo de la rala rastrojera negra de sus cejas delgadas color pólvora, que parecían un rastrojo chamuscado de un afeitado de la semana pasada. El cuello de su abrigo por detrás en perfecta unión, tanto de color como de lustre, con el cordaje grueso pero resbaladizo, que supongo llamaba su cabello, y que con una curva hacia adentro en la nuca,--el único acercamiento a la flexión en toda su figura,--se escabullía detrás de su chaleco; mientras que el semblante lacio, oscuro, muy duro, y con fuertes surcos perpendiculares, me daba una vaga noción de alguien que me miraba a través de una parrilla usada, ¡todo hollín, grasa y hierro! Pero él era uno de los pura sangre, un verdadero amante de la libertad, y, según me informaron, había probado a satisfacción de muchos, que el Sr. Pitt era uno de los cuernos de la segunda bestia en EL APOCALIPSIS, que hablaba como un dragón. Una persona, a quien una de mis cartas de recomendación había sido dirigida, fue mi introductor. Fue un nuevo evento en mi vida, mi primer golpe en el nuevo negocio que había emprendido de autor, sí, y de autor comerciando por cuenta propia. Mi compañero, tras algunas frases imperfectas y una multitud de “hums” y “has”, abandonó la causa a su cliente; y yo comencé una arenga de media hora ante Phileleutheros, el fabricante de velas de sebo, variando mis notas a través de toda la gama de la elocuencia, desde la ratiocinativa a la declamatoria, y en esta última desde lo patético a lo indignado. Argumenté, describí, prometí, profeticé; y comenzando con el cautiverio de las naciones, terminé con el cercano acercamiento del milenio, terminando todo el conjunto con algunos de mis propios versos describiendo ese estado glorioso de las Religious Musings:
------Such delights As float to earth, permitted visitants! When in some hour of solemn jubilee The massive gates of Paradise are thrown Wide open, and forth come in fragments wild Sweet echoes of unearthly melodies, And odours snatched from beds of amaranth, And they, that from the crystal river of life Spring up on freshened wing, ambrosial gales!
Mi hombre de luces escuchó con perseverante y loable paciencia, aunque, como me dijeron después, al quejarme de ciertos vientos que no eran del todo ambrosiales, fue un día de derretimiento para él. “¿Y cuánto, señor”, dijo, tras una breve pausa, “podría ser el costo?”. “Solo cuatro peniques”,--(¡Oh! ¡cómo sentí el anticlímax, el abismal bathos de esos cuatro peniques!)--“solo cuatro peniques, señor, cada número, para ser publicado cada octavo día”.--“Eso supone mucho dinero al final de un año. ¿Y cuánto, dijo usted, habría por el dinero?”.--“Treinta y dos páginas, señor, gran octavo, densamente impresas”.--“¿Treinta y dos páginas? ¡Bendito sea! ¡por qué, excepto lo que hago en familia el día de reposo, eso es más de lo que jamás leo, señor! durante todo el año. Soy tan partidario, como cualquier hombre en Brummagem, señor, de la libertad y la verdad y todas esas cosas, pero en cuanto a esto--sin ofensa, espero, señor--debo pedir ser excusado”.
Así terminó mi primera campaña de suscripción: por causas que mencionaré pronto, no hice más que otra solicitud en persona. Esta tuvo lugar en Mánchester ante un majestuoso y opulento comerciante mayorista de algodones. Tomó mi carta de presentación y, tras haberla leído, me midió de pies a cabeza y de nuevo de cabeza a pies, para luego preguntarme si tenía alguna factura o recibo del artículo. Le presenté mi prospecto. Lo hojeó rápidamente y tarareó sobre la primera cara, y aún más rápido sobre la segunda y última página; lo estrujó entre sus dedos y la palma de la mano; luego, con la mayor deliberación y significación, frotó y alisó una parte contra la otra; y, finalmente, metiéndolo en su bolsillo, me dio la espalda con un «¡estamos desbordados con estos artículos!» y, sin otra sílaba, se retiró a su despacho. Y, puedo decir con total sinceridad, para mi indecible diversión.
Esto, he dicho, fue mi segundo y último intento. Al regresar desconcertado del primero, en el que había intentado en vano repetir el milagro de Orfeo con el patriota de Brummagem, cené con el comerciante que me había presentado a él. Después de la cena, me importunó para que fumara una pipa con él y otros dos o tres iluminados de su misma clase. Me negué, tanto porque tenía el compromiso de pasar la velada con un ministro y sus amigos, como porque nunca había fumado más que una o dos veces en mi vida, y entonces fue tabaco de hierbas mezclado con Oronooko. Sin embargo, ante la seguridad de que el tabaco era igualmente suave, y al ver también que era de un color amarillento; sin olvidar la lamentable dificultad que siempre he experimentado para decir «no» y para abstenerme de lo que la gente a mi alrededor estaba haciendo, me tomé media pipa, llenando la mitad inferior de la cazoleta con sal. Pronto, no obstante, me vi obligado a dejarla, debido a un mareo y a una sensación angustiosa en los ojos, lo cual, habiendo bebido solo una copa de cerveza, sabía que tenía que ser efecto del tabaco. Poco después, creyéndome recuperado, salí hacia mi compromiso; pero el paseo y el aire fresco provocaron de nuevo todos los síntomas y, apenas había entrado en el salón del ministro y abierto un pequeño paquete de cartas que él había recibido de Bristol para mí, cuando me hundí en el sofá en una especie de desmayo más que de sueño. Afortunadamente, había encontrado el tiempo justo para informarle del estado confuso de mis sentimientos y de la ocasión. Porque aquí y así yacía yo, con el rostro como una pared recién encalada, mortalmente pálido y con gotas frías de sudor resbalando por mi frente, mientras uno tras otro iban entrando los distintos caballeros que habían sido invitados para conocerme y pasar la velada conmigo, en número de quince a veinte. Como el veneno del tabaco actúa solo por poco tiempo, finalmente desperté de mi insensibilidad y miré a mi alrededor, con los ojos deslumbrados por las velas que habían sido encendidas mientras tanto. A modo de aliviar mi embarazo, uno de los caballeros comenzó la conversación con un: «¿Ha visto usted el periódico hoy, Sr. Coleridge?». «¡Señor!», respondí, frotándome los ojos, «estoy lejos de estar convencido de que a un cristiano le esté permitido leer periódicos o cualquier otra obra de interés meramente político y temporal». Esta observación, tan ridículamente inoportuna o, mejor dicho, incongruente con el propósito por el que se sabía que yo había visitado Birmingham, y para ayudarme en el cual todos ellos se habían reunido, produjo un involuntario y general estallido de risa; y rara vez he pasado tantas horas deliciosas como las que disfruté en esa habitación desde el momento de esa risa hasta la madrugada del día siguiente. Nunca, quizás, en un grupo tan mixto y numeroso he vuelto a escuchar una conversación sostenida con tal animación, enriquecida con tal variedad de información y animada con tal flujo de anécdotas. Tanto entonces como después, todos se unieron para disuadirme de seguir con mi plan; me aseguraron con las expresiones más amistosas y, a la vez, más halagadoras, que ni el empleo era adecuado para mí, ni yo adecuado para el empleo. Sin embargo, si decidía perseverar en ello, prometieron esforzarse al máximo para conseguir suscriptores, e insistieron en que no hiciera más solicitudes en persona, sino que llevara a cabo la campaña por medio de un representante. La misma hospitalaria recepción, la misma disuasión y, al fallar esta, las mismas amables gestiones en mi favor, encontré en Mánchester, Derby, Nottingham, Sheffield; de hecho, en cada lugar en el que me hospedé. A menudo recuerdo con afecto a los muchos hombres respetables que se interesaron por mí, un completo desconocido para ellos, de los cuales todavía puedo nombrar a no pocos entre mis amigos. Ellos darán testimonio de lo opuestos que eran mis principios incluso entonces a los del jacobinismo o incluso de la democracia, y pueden atestiguar la estricta exactitud de la declaración que he dejado registrada en los números décimo y undécimo de THE FRIEND.
De esta memorable gira regresé con casi mil nombres en la lista de suscriptores de THE WATCHMAN; sin embargo, estaba más que convencido de que la prudencia dictaba el abandono del plan. Pero precisamente por esta razón perseveré en él; pues en aquel periodo de mi vida estaba tan completamente obsesionado por el temor a ser influenciado por motivos egoístas, que saber que un modo de conducta era el dictado de la prudencia era una especie de prueba presuntiva para mis sentimientos de que lo contrario era el dictado del deber. En consecuencia, comencé la obra, que fue anunciada en Londres mediante largos carteles con letras más grandes de las que jamás se hubieran visto antes, y que, según me han informado, pues yo no los vi, eclipsaron incluso las glorias de los anuncios de lotería. ¡Pero ay! la publicación del primer número se retrasó más allá del día anunciado para su aparición. En el segundo número, un ensayo contra los días de ayuno, con una aplicación de lo más censurable de un texto de Isaías como lema, me hizo perder cerca de quinientos suscriptores de un solo golpe. En los dos números siguientes me gané la enemistad de todos mis patrocinadores jacobinos y democráticos; pues, disgustado por su infidelidad y su adopción de las morales francesas con la filosofía francesa; y pensando quizá que la caridad debe empezar por casa, en lugar de abusar del gobierno y de los aristócratas principal o totalmente, como se esperaba de mí, dirigí mis ataques al «patriotismo moderno», e incluso me aventuré a declarar mi creencia de que, cualesquiera que hubieran sido los motivos de los ministros para las leyes de sedición, o como entonces estaba de moda llamarlas, las leyes mordaza, los proyectos de ley en sí mismos producirían un efecto deseable para todos los verdaderos amigos de la libertad, en la medida en que contribuyeran a disuadir a los hombres de declamar abiertamente sobre temas cuyos principios nunca habían fundamentado y de «pleitear ante los pobres e ignorantes, en lugar de pleitear por ellos». Al mismo tiempo, declaré mi convicción de que la educación nacional y una difusión concurrente del Evangelio eran la condición indispensable de cualquier verdadera mejora política. Así, para cuando se publicó el séptimo número, tuve la mortificación —(¿pero por qué debería decir esto, cuando en verdad me importaba tan poco cualquier cosa que concerniera a mis intereses mundanos como para mortificarme por ello?)— de ver los números anteriores expuestos en varias tiendas de hierro viejo a un penique la pieza. En el noveno número abandoné la obra. Pero del editor de Londres no pude obtener ni un chelín; era un ------ y me desafió. De otros lugares obtuve poco, y tras tales retrasos que hicieron que ese poco no valiera nada; y me habría visto inevitablemente arrojado a la cárcel por mi impresor de Bristol, que se negó a esperar ni un mes por una suma de entre ochenta y noventa libras, si el dinero no hubiera sido pagado por mí por un hombre de ninguna manera acomodado, un querido amigo, que se unió a mí desde mi primera llegada a Bristol, que ha seguido siendo mi amigo con una fidelidad no conquistada por el tiempo ni siquiera por mi propia negligencia aparente; un amigo de quien nunca recibí un consejo que no fuera sabio, ni una amonestación que no fuera amable y afectuosa.
Conscientemente opositor a la primera guerra revolucionaria, aunque con los ojos completamente abiertos a la verdadera naturaleza e impotencia de los partidarios de los principios revolucionarios en Inglaterra, principios que yo aborrecía —(pues era parte de mi credo político que quien dejaba de actuar como individuo al hacerse miembro de cualquier sociedad no sancionada por su Gobierno perdía los derechos de ciudadano)—, un vehemente antimisterialista, pero después de la invasión de Suiza, un antigalicista más vehemente, y aún más intensamente un antijacobino, me retiré a una cabaña en Stowey y proveí a mi escaso sustento escribiendo versos para un periódico matutino de Londres. Vi claramente que la literatura no era una profesión de la que pudiera esperar vivir; pues no podía ocultarme que, cualesquiera que fueran mis talentos o no en otros aspectos, no eran del tipo que pudiera permitirme convertirme en un escritor popular; y que, cualesquiera que fueran mis opiniones en sí mismas, estaban casi a la misma distancia de los tres partidos prominentes, los pittistas, los foxistas y los demócratas. De la naturaleza invendible de mis escritos tuve un divertido recordatorio una mañana de nuestra propia criada. Pues, al levantarme a una hora más temprana de lo habitual, la observé poniendo una cantidad extravagante de papel en la rejilla para encender el fuego, y la reprendí suavemente por su despilfarro; «¡Vaya, señor!», respondió la pobre Nanny, «¿por qué?, si solo son Watchmen».
Ahora me dediqué a la poesía y al estudio de la ética y la psicología; y tan profunda era mi admiración en aquel momento por el ENSAYO SOBRE EL HOMBRE de Hartley, que le puse su nombre a mi primogénito. Además del caballero, mi vecino, cuyo jardín se unía a mi pequeño huerto, y cuyo cultivo de su amistad había sido mi único motivo para elegir Stowey como mi residencia, tuve la fortuna de adquirir, poco después de mi establecimiento allí, una bendición inestimable en la sociedad y vecindad de alguien a quien podía admirar con igual reverencia, ya fuera que lo considerara como poeta, filósofo o hombre. Su conversación se extendía a casi todos los temas, excepto la física y la política; con esta última nunca se preocupaba. Sin embargo, ni mi retiro ni mi absoluta abstracción de todas las disputas del día pudieron asegurarme en aquellos tiempos celosos contra la sospecha y el oprobio, que no se detuvieron en mí, sino que se extendieron a mi excelente amigo, cuya perfecta inocencia fue incluso aducida como prueba de su culpabilidad. Uno de los muchos sicofantes ocupados de aquel día —(aquí uso la palabra sicofante en su sentido original, como un desdichado que adula al partido predominante denunciando a sus vecinos, bajo el pretexto de que son exportadores de higos prohibidos o fantasías; para la aplicación moral del término no importa cuál)—, uno de estos sabuesos legales sicofánticos, discurriendo sobre la política de la vecindad, pronunció la siguiente profunda observación: «En cuanto a Coleridge, no hay tanto daño en él, pues es un cabeza loca que dice lo primero que le viene a la boca; ¡pero ese ------! él es el oscuro traidor. Nunca le oyes decir una sílaba sobre el tema».
Ahora que la mano de la Providencia ha disciplinado a toda Europa hacia la sobriedad, como los hombres domestican a los elefantes salvajes, mediante alternancia de golpes y caricias; ahora que los ingleses de todas las clases han sido restaurados a sus antiguas nociones y sentimientos ingleses; difícilmente se creerá cuán grande influencia poseía y ejercía en aquel momento el espíritu de la difamación secreta —(el acompañante demasiado constante del celo partidista)— durante el inquieto ínterin desde 1793 hasta el comienzo de la administración Addington, o el año anterior a la tregua de Amiens. Pues para este último período, las mentes de los partidistas, agotadas por el exceso de estimulación y humilladas por la decepción mutua, se habían vuelto lánguidas. Las mismas causas que inclinaron a la nación a la paz dispusieron a los individuos a la reconciliación. Ambos partidos se habían encontrado en el error. Uno había confesado haber confundido el carácter moral de la revolución, y el otro había calculado mal tanto sus recursos morales como físicos. El experimento se realizó al precio de grandes, casi podríamos decir humillantes, sacrificios; y los sabios previeron que fracasaría, al menos en su objetivo directo y ostensible. Sin embargo, se compró a bajo precio y realizó un objetivo de igual valor y, si fuera posible, de importancia aún más vital. Pues trajo consigo una unanimidad nacional sin precedentes en nuestra historia desde el reinado de Isabel; y la Providencia, nunca ausente en una buena obra cuando los hombres han hecho su parte, pronto proporcionó un foco común en la causa de España, que nos hizo a todos una vez más ingleses al gratificar y corregir a la vez las predilecciones de ambos partidos. Los sinceros reverenciadores del trono sintieron la causa de la lealtad ennoblecida por su alianza con la de la libertad; mientras que los honestos fanáticos del pueblo no pudieron dejar de admitir que la libertad misma asumía una forma más atrayente, humanizada por la lealtad y consagrada por el principio religioso. Los entusiastas juveniles que, halagados por el arco iris matutino de la revolución francesa, se habían jactado de expatriar sus esperanzas y temores, ahora, disciplinados por las tormentas sucesivas y serenados por el aumento de años, habían aprendido a valorar y honrar el espíritu de nacionalidad como la mejor salvaguarda de la independencia nacional, y esto a su vez como el prerrequisito absoluto y la base necesaria de los derechos populares.
Si en España también la decepción ha truncado nuestras expectativas demasiado avanzadas, sin embargo, no todo lo que está frenado está destruido. La cosecha quizás brotaba demasiado frondosa en el tallo para granar bien; y había, sin duda, síntomas de la plaga galicana en ella. Si la superstición y el despotismo han permitido que sus ovejas lobunas la pisoteen y la coman hasta la superficie, sin embargo, las raíces permanecen vivas, y el segundo crecimiento puede resultar más fuerte y saludable por la interrupción temporal. En cualquier caso, para nosotros el cielo ha sido justo y misericordioso. El pueblo de Inglaterra hizo lo mejor que pudo y ha recibido sus recompensas. ¡Que sigamos mereciéndolo por mucho tiempo! Las causas, que antes los estadistas tenían la costumbre demasiado generalizada de considerar como pertenecientes a otro mundo, son ahora admitidas por todos los rangos como los principales agentes de nuestro éxito. «Luchamos desde el cielo; las estrellas en sus cursos lucharon contra Sísara». Si entonces la unanimidad basada en sentimientos morales ha estado entre las fuentes menos equívocas de nuestra gloria nacional, ese hombre merece la estima de sus compatriotas, incluso como patriotas, quien dedica su vida y los mayores esfuerzos de su intelecto a la preservación y continuación de esa unanimidad mediante la revelación y el establecimiento de principios. Pues por estos todas las opiniones deben ser finalmente probadas; y (como los sentimientos de los hombres son dignos de consideración solo en la medida en que son los representantes de sus opiniones fijas), en el conocimiento de estos debe basarse toda unanimidad, no accidental y fugaz. Que el erudito que duda de esta afirmación se remita solo a los discursos y escritos de Edmund Burke al comienzo de la guerra de América y los compare con sus discursos y escritos al comienzo de la revolución francesa. Encontrará que los principios son exactamente los mismos y las deducciones las mismas; pero las inferencias prácticas son casi opuestas en un caso a las extraídas en el otro; sin embargo, en ambos son igualmente legítimas y en ambos están igualmente confirmadas por los resultados. ¿De dónde obtuvo la superioridad de previsión? ¿De dónde surgió la notable diferencia, y en la mayoría de los casos incluso la discrepancia, entre las bases asignadas por él y por aquellos que votaron con él, en las mismas cuestiones? ¿Cómo explicar el hecho notorio de que los discursos y escritos de Edmund Burke son más interesantes en la actualidad de lo que fueron en el momento de su primera publicación; mientras que los de sus ilustres confederados están olvidados o existen solo para proporcionar pruebas de que la misma conclusión que un hombre había deducido científicamente puede ser obtenida por otro como consecuencia de errores que afortunadamente coincidieron en neutralizarse mutuamente? Sería descortés como conjetura, incluso si no fuera, como realmente es, falso en cuanto al hecho, atribuir esta diferencia a la deficiencia de talento por parte de los amigos de Burke, o de experiencia, o de conocimiento histórico. La solución satisfactoria es que Edmund Burke poseía y había afilado minuciosamente ese ojo que ve todas las cosas, acciones y eventos, en relación con las leyes que determinan su existencia y circunscriben su posibilidad. Se refería habitualmente a los principios. Era un estadista científico; y por tanto, un vidente. Pues todo principio contiene en sí mismo los gérmenes de una profecía; y, como el poder profético es el privilegio esencial de la ciencia, así el cumplimiento de sus oráculos proporciona la prueba externa y (para los hombres en general) la única prueba de su pretensión al título. Por tediosas que parecieran las sutilezas de Burke a sus auditores parlamentarios, las clases cultivadas de toda Europa tienen motivos para estar agradecidas de que él
------seguía refinando, Y pensaba en convencer, mientras ellos pensaban en cenar.
Nuestros propios letreros (me dijo un ilustre amigo) dan testimonio de que ha habido un Tiziano en el mundo. Del mismo modo, no solo los debates en el parlamento, no solo nuestras proclamas y documentos de estado, sino los ensayos y párrafos principales de nuestros diarios son otros tantos recordatorios de Edmund Burke. De esto el lector puede convencerse fácilmente si, ya sea por recuerdo o referencia, compara los periódicos de la oposición al comienzo y durante los cinco o seis años siguientes a la revolución francesa con los sentimientos y bases de argumentación asumidos en la misma clase de diarios en la actualidad y desde hace algunos años.
Si el espíritu de jacobinismo, que los escritos de Burke exorcizaron de las clases altas y literarias, no puede, como el fantasma en Hamlet, ser escuchado moviéndose y minando en las cámaras subterráneas con una actividad más peligrosa porque es menos ruidosa, puede admitir una pregunta. He dado mis opiniones sobre este punto, y las bases de las mismas, en mis cartas al juez Fletcher motivadas por su carga al gran jurado de Wexford, y publicadas en el Courier. Sea como fuere, el espíritu maligno de los celos, y con él los cachorros cerberinos de la discordia y la calumnia, ya no recorren sus rondas en la sociedad cultivada.
Muy diferentes eran los días a los que estas anécdotas me han hecho retroceder. Las oscuras conjeturas de algún celoso Quidnunc encontraron un suelo tan propicio en el grave temor de un Dogberry titulado de nuestro vecindario, que se envió a un espía desde el gobierno para la vigilancia de mi amigo y mía. Debió de haber no solo abundancia, sino variedad de estos "hombres honorables" a disposición de los ministros: pues este resultó ser un tipo muy honesto. Tras tres semanas de perseverancia verdaderamente india rastreándonos (pues solíamos estar juntos), durante todo cuyo tiempo rara vez salíamos de casa sin que él se las arreglase para estar al alcance del oído (y todo el tiempo sin ser sospechado en absoluto; ¿cómo podría tal sospecha entrar en nuestras fantasías?), no solo rechazó la petición de Sir Dogberry de que lo intentase un poco más, sino que le declaró su creencia de que tanto mi amigo como yo éramos tan buenos súbditos, por lo que él podía descubrir en contra, como cualquiera en los dominios de Su Majestad. Había estado repetidamente escondido, dijo, durante horas enteras detrás de un banco a la orilla del mar (nuestro asiento favorito), y escuchado nuestra conversación. Al principio imaginó que éramos conscientes de nuestro peligro; pues a menudo me oía hablar de un tal Spy Nozy, al que se inclinaba a interpretar como a él mismo, y a una característica notable que poseía; pero pronto se convenció de que era el nombre de un hombre que había escrito un libro y vivido hacía mucho tiempo. Nuestra charla giraba mayormente en torno a libros, y perpetuamente nos pedíamos el uno al otro que mirásemos esto y escuchásemos aquello; pero no pudo captar ni una palabra sobre política. Una vez se me unió en el camino (esto ocurrió mientras regresaba a casa solo de la casa de mi amigo, que estaba a unas tres millas de mi propia cabaña) y, haciéndose pasar por viajero, entabló conversación conmigo y habló a propósito de manera demócrata para intentar sacarme. El resultado, al parecer, no solo le convenció de que yo no era partidario del jacobinismo, sino que (añadió) yo "había demostrado claramente que era algo tan tonto como malvado, que se sintió avergonzado aunque solo se lo hubiera puesto". Recordaba claramente el suceso, y lo había mencionado inmediatamente a mi regreso, repitiendo lo que el viajero con su nariz de Bardolph había dicho, con mi propia respuesta; y tan poco sospeché el verdadero objeto de mi "tentador convertido en acusador", que expresé con no poco placer mi esperanza y creencia de que la conversación había servido de algo al pobre malcontento descarriado. Este incidente, por tanto, evitó toda duda sobre la veracidad del informe, que a través de un medio amistoso me llegó del dueño de la posada del pueblo, a quien se le había ordenado entretener al caballero del Gobierno de la mejor manera posible, pero sobre todo guardar silencio acerca de que tal persona estuviera en su casa. Al final recibió las órdenes de Sir Dogberry de acompañar a su huésped en la entrevista final; y, tras el sufragio absolutorio del caballero honrado con la confianza de los ministros, respondió lo siguiente a las siguientes preguntas: D. "¡Bien, posadero! ¿Y qué sabe usted de la persona en cuestión?" P. "Lo veo pasar a menudo con el maister ----, mi casero (es decir, el dueño de la casa), y a veces con los recién llegados a Holford; pero nunca le dije una palabra ni él a mí". D. "¿Pero no sabe usted que ha distribuido papeles y octavillas de naturaleza sediciosa entre la gente común?" P. "¡No, su Señoría! Nunca oí tal cosa". D. "¿No ha visto a este Sr. Coleridge, ni oído hablar de él, arengando y hablando a grupos y corrillos de los habitantes? ¿De qué se ríe, señor?" P. "¡Perdóneme su Señoría! Pero solo estaba pensando en cómo se habrían quedado mirándolo. Si lo que he oído es cierto, ¡su Señoría! no habrían entendido ni una palabra de lo que decía. Cuando nuestro Vicario estuvo aquí, el Dr. L., el maestro de la gran escuela y Canónigo de Windsor, hubo una gran cena en casa del maister; y uno de los granjeros que estaba allí nos contó que él y el Doctor hablaron griego hebreo real el uno al otro durante una hora después de la cena". D. "¡Responda a la pregunta, señor! ¿Arenga alguna vez a la gente?" P. "Espero que su Señoría no esté enfadado conmigo. No puedo decir más de lo que sé. Nunca le vi hablando con nadie, excepto con mi casero, y con nuestro vicario, y con el caballero extraño". D. "¿No se le ha visto vagando por las colinas hacia el Canal, y a lo largo de la costa, con libros y papeles en la mano, tomando cartas y mapas del país?" P. "Bueno, en cuanto a eso, ¡su Señoría! reconozco que he oído; estoy seguro de que no desearía hablar mal de nadie; pero es cierto que he oído..." D. "¡Hable claro, hombre! No tenga miedo, está cumpliendo con su deber para con su Rey y su Gobierno. ¿Qué ha oído?" P. "Bueno, la gente dice, ¡su Señoría! que es un Poeta, y que va a imprimir Quantock y todo lo de por aquí; y como están tan juntos, supongo que el caballero extraño tiene algún interés en el asunto". Así terminó esta formidable inquisición, cuya última parte requiere explicación, y al mismo tiempo da derecho a la anécdota a un lugar en mi vida literaria. Había considerado un defecto en el admirable poema de THE TASK que el tema, que da título a la obra, no fuera, y de hecho no pudiera ser, llevado más allá de las tres o cuatro primeras páginas, y que, a lo largo del poema, las conexiones sean frecuentemente torpes, y las transiciones bruscas y arbitrarias. Busqué un tema que diera igual espacio y libertad para la descripción, el incidente y las reflexiones apasionadas sobre los hombres, la naturaleza y la sociedad, pero que proporcionara en sí mismo una conexión natural a las partes, y unidad al conjunto. Tal tema creí haberlo encontrado en un arroyo, rastreado desde su fuente en las colinas entre el musgo amarillo rojizo y los penachos cónicos de hierba en forma de vidrio, hasta la primera ruptura o caída, donde sus gotas se vuelven audibles y comienza a formar un canal; desde allí hasta el granero de turba y césped, construido él mismo de los mismos cuadrados oscuros que albergaba; hasta el redil; hasta la primera parcela de tierra cultivada; hasta la solitaria cabaña y su desolado jardín ganado al brezal; hasta la aldea, los pueblos, la ciudad comercial, las manufacturas y el puerto. Mis paseos, por tanto, eran casi diarios por la cima de Quantock, y entre sus valles inclinados. Con mi lápiz y mi cuaderno de notas en la mano, estaba haciendo estudios, como los llaman los artistas, y a menudo moldeando mis pensamientos en verso, con los objetos y las imágenes inmediatamente ante mis sentidos. Muchas circunstancias, malas y buenas, intervinieron para impedir la finalización del poema, que se habría titulado THE BROOK. Si hubiera terminado la obra, mi propósito en el calor del momento habría sido dedicarlo a nuestro entonces comité de seguridad pública por contener las cartas y mapas con los que habría abastecido al Gobierno francés en ayuda de sus planes de invasión. ¡Y esto para un tramo de costa que, desde Clevedon hasta Minehead, apenas permite la aproximación de un barco pesquero!
Toda mi experiencia, desde mi entrada en la vida hasta la presente hora, está a favor de la máxima de advertencia de que el hombre que se opone in toto a los fanáticos políticos o religiosos de su época está más a salvo de su oprobio que quien difiere de ellos solo en uno o dos puntos, o quizás solo en grado. Mediante esa transferencia de los sentimientos de la vida privada a la discusión de las cuestiones públicas, que es la abeja reina en la colmena del fanatismo partidista, el partidista tiene más simpatía por un oponente intemperante que por un amigo moderado. Ahora disfrutamos de un intermedio, ¡y ojalá continúe mucho tiempo! Además de méritos mucho más altos e importantes, nuestras actuales sociedades bíblicas y otras numerosas asociaciones para fines nacionales o benéficos pueden servir quizás para desviar la actividad y el fervor superfluos de las mentes inquietas en hipérboles inocentes y el ajetreo de la gestión. Pero el árbol del veneno no está muerto, aunque la savia pueda haber descendido por una temporada a sus raíces. Al menos no nos dejemos arrullar por tal noción de nuestra entera seguridad como para no mantener la vigilancia, incluso sobre nuestros mejores sentimientos. He visto una intolerancia grosera mostrada en apoyo de la tolerancia; una antipatía sectaria mostrada de manera más intrusiva en la promoción de una comprensión indiferenciada de las sectas; y actos de crueldad (casi diría) de traición, cometidos en pro de un objeto vitalmente importante para la causa de la humanidad; y todo esto por hombres también de disposiciones naturalmente amables y conducta ejemplar.
La vara mágica del fanatismo se conserva en los mismos adytos de la naturaleza humana; y solo necesita la calidez reactivadora de una mano maestra para brotar de nuevo y producir los viejos frutos. El horror de la guerra de los campesinos en Alemania, y los nefastos efectos de los principios de los anabaptistas (que solo diferían de los del jacobinismo por la sustitución de la jerga filosófica por la teológica), sobrecogieron a toda Europa durante un tiempo. Sin embargo, poco más de un siglo fue suficiente para borrar todo recuerdo efectivo de estos acontecimientos. Los mismos principios con consecuencias similares, aunque menos terribles, volvieron a actuar desde el encarcelamiento del primer Carlos hasta la restauración de su hijo. La máxima fanática de extirpar el fanatismo mediante la persecución produjo una guerra civil. La guerra terminó con la victoria de los insurgentes; pero el temperamento sobrevivió, y Milton tuvo abundantes motivos para afirmar que "¡Presbítero no era más que el VIEJO SACERDOTE escrito en mayúsculas!". Un buen resultado, ¡gracias al cielo!, de este fanatismo fue el restablecimiento de la iglesia. Y ahora cabría esperar que el espíritu malicioso hubiera sido atado por una temporada, "y puesto un sello sobre él, para que no engañase más a la nación". Pero no. La pelota de la persecución fue recogida con vigor inminente por los perseguidos. El mismo principio fanático que, bajo el solemne juramento y pacto, había convertido catedrales en establos, destruido los trofeos más raros del arte y la piedad ancestral, y cazado a los adornos más brillantes de la cultura y la religión hasta los agujeros y rincones, marchó ahora bajo estandartes episcopales, y, tras haber llenado primero las cárceles de Inglaterra, vació todo su frasco de ira sobre los miserables Covenanters de Escocia. Una providencia misericordiosa obligó finalmente a ambas partes a unirse contra un enemigo común. Siguió un gobierno sabio; y la iglesia establecida se convirtió, y ahora es, no solo el ejemplo más brillante, sino nuestro mejor y único baluarte seguro de la tolerancia; el verdadero e indispensable banco contra una nueva inundación de celo persecutorio. Esto perpetua!
Un largo intervalo de quietud siguió; o más bien, el agotamiento había producido un acceso de frío de la fiebre que se sintió como indiferencia entre la multitud, y una tendencia a la infidelidad o escepticismo en las clases educadas. Al final, esos sentimientos de disgusto y odio, que durante un breve tiempo la multitud había atribuido a los crímenes y absurdidades del fanatismo sectario y democrático, se transfirieron a los privilegios opresivos de la nobleza, y al lujo, intrigas y favoritismo de las cortes continentales. Los mismos principios, vestidos con el ropaje ostentoso de una filosofía de moda, volvieron a alzarse triunfantes y efectuaron la revolución francesa. ¿Y no hemos tenido en los últimos tres o cuatro años motivos para temer que las detestables máximas y las medidas correspondientes del difunto despotismo francés ya hubieran empañado los recuerdos públicos del frenesí democrático; hubieran desviado hacia otros objetos la fuerza eléctrica de los sentimientos que habían masificado y sostenido esos recuerdos; y que solo faltaba una concurrencia favorable de ocasiones para despertar el trueno y precipitar el rayo desde el lado opuesto del cielo político?
En parte por una indolencia constitucional, que en el mismo apogeo de la esperanza había mantenido mi entusiasmo bajo control, pero aún más por los hábitos y las influencias de una educación clásica y los estudios académicos, apenas había transcurrido un año desde el comienzo de mis aventuras literarias y políticas cuando mi mente se hundió en un estado de completo disgusto y desaliento, tanto con respecto a las disputas como a las partes contendientes. Con un sentimiento más que poético exclamé:
Los sensuales y los oscuros se rebelan en vano, ¡Esclavos por su propia compulsión! En loco juego Rompen sus grilletes, para llevar el nombre De libertad, grabado en una cadena más pesada. ¡Oh Libertad! con infructuoso esfuerzo Te he perseguido muchas horas fatigosas; Pero tú ni te inflas en la pompa del vencedor, ni jamás ¡Inspiraste tu alma en formas de poder humano! Igual de todos, por mucho que te alaben, (Ni la oración ni el nombre jactancioso te retrasan) De los secuaces harpíos de la Superstición Y de los esclavos más obscenos de la Blasfemia facciosa, ¡Te apresuras sobre tus alas de querubín, La guía de los vientos sin hogar y compañera de las olas!
Me retiré a una cabaña en Somersetshire, al pie de Quantock, y dediqué mis pensamientos y estudios a los fundamentos de la religión y la moral. Aquí me encontré completamente a la deriva. Las dudas se precipitaron; irrumpieron sobre mí "desde las fuentes del gran abismo", y cayeron "desde las ventanas del cielo". Las verdades fundamentales de la religión natural y los libros de la Revelación contribuyeron por igual a la inundación; y pasó mucho tiempo antes de que mi arca tocara un Ararat y descansara. La idea del Ser Supremo me pareció tan necesariamente implícita en todos los modos particulares de ser como la idea de espacio infinito en todas las figuras geométricas por las que el espacio está limitado. Me complacía la opinión cartesiana de que la idea de Dios se distingue de todas las demás ideas por implicar su realidad; pero no estaba totalmente satisfecho. Comencé entonces a preguntarme: ¿qué prueba tenía de la existencia exterior de cualquier cosa? De esta hoja de papel, por ejemplo, como cosa en sí misma, separada del fenómeno o imagen en mi percepción. Vi que, en la naturaleza de las cosas, tal prueba es imposible; y que de todos los modos de ser que no son objetos de los sentidos, la existencia se asume por una necesidad lógica que surge de la constitución de la misma mente; por la ausencia de todo motivo para dudarla, no por ninguna contradicción absoluta en la suposición de lo contrario. Aun así, la existencia de un Ser, el fundamento de toda existencia, no era todavía la existencia de un creador y gobernador moral. "En la posición de que toda realidad está contenida en el ser necesario como un atributo, o existe a través de él como su fundamento, sigue sin decidirse si las propiedades de inteligencia y voluntad deben referirse al Ser Supremo en el primer o solo en el último sentido; como atributos inherentes, o solo como consecuencias que tienen existencia en otras cosas a través de él. Si esto último fuera la verdad, entonces, a pesar de toda la preeminencia que debe asignarse al Eterno Primero por la suficiencia, unidad e independencia de su ser, como el temible fundamento del universo, su naturaleza se quedaría muy corta de aquello que estamos obligados a comprender en la idea de DIOS. Pues, sin ningún conocimiento o resolución determinante propia, sería solo un fundamento ciego y necesario de otras cosas y otros espíritus; y así no se distinguiría del DESTINO de ciertos filósofos antiguos en nada, salvo en el hecho de ser descrito de manera más definida e inteligible".
Durante mucho, mucho tiempo, de hecho, no pude reconciliar la personalidad con la infinitud; y mi cabeza estaba con Spinoza, aunque todo mi corazón permanecía con Pablo y Juan. Sin embargo, había amanecido sobre mí, incluso antes de haber conocido la CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA, una cierta luz guía. Si el mero intelecto no podía hacer ningún descubrimiento cierto de una causa primera santa e inteligente, podría proporcionar una demostración de que no se podía extraer ningún argumento legítimo del intelecto contra su verdad. ¿Y qué es esto más que la afirmación de San Pablo de que, por la sabiduría (más propiamente traducida por los poderes del razonamiento), ningún hombre llegó jamás al conocimiento de Dios? ¿Qué más que lo que nos ha enseñado el libro más sublime, y probablemente el más antiguo, de la tierra?
La plata y el oro los busca el hombre: Saca el mineral de la tierra, y la oscuridad a la luz.
¿Pero dónde encuentra la sabiduría? ¿Dónde está el lugar del entendimiento?
El abismo clama: ¡no está en mí! El océano hace eco: ¡no está en mí!
¿De dónde viene entonces la sabiduría? ¿Dónde habita el entendimiento?
¡Oculta a los ojos de los vivos, mantenida en secreto de las aves del cielo!
El infierno y la muerte responden: ¡Hemos oído el rumor de ella desde lejos!
DIOS marca el camino hacia ella; ¡DIOS conoce su lugar de residencia!
Él contempla los confines de la tierra; ¡Él inspecciona lo que está bajo los cielos!
Y mientras pesaba los vientos, y medía el mar, Y establecía leyes para la lluvia, Y un camino para el trueno, ¡Un camino para los destellos del relámpago!
Entonces la vio, Y la contó; Escudriñó la profundidad de ella, ¡Y con una línea la rodeó!
Pero al hombre dijo: ¡El temor del Señor es sabiduría para ti! Y evitar el mal, Ese es tu entendimiento.
Me convencí de que la religión, como piedra angular y piedra clave de la moralidad, debe tener un origen moral; al menos en la medida en que la evidencia de sus doctrinas no podría, como las verdades de la ciencia abstracta, ser totalmente independiente de la voluntad. Por tanto, cabría esperar que su verdad fundamental fuera tal que pudiera ser negada; aunque solo por el necio, ¡y aun así por el necio únicamente por la locura del corazón!
La cuestión entonces sobre nuestra fe en la existencia de un Dios, no solo como fundamento del universo por su esencia, sino como su hacedor y juez por su sabiduría y santa voluntad, parecía plantearse así. La razón científica, cuyos objetos son puramente teóricos, permanece neutral mientras su nombre y apariencia no sean usurpados por los oponentes de la doctrina. Pero entonces se convierte en un aliado eficaz al exponer la falsa apariencia de demostración, o al demostrar la igual demostrabilidad de lo contrario a partir de premisas igualmente lógicas. El entendimiento mientras tanto sugiere, la analogía de la experiencia facilita, la creencia. La naturaleza la excita y la recuerda, como por una revelación perpetua. Nuestros sentimientos casi la necesitan; y la ley de la conciencia la ordena perentoriamente. Los argumentos que se aplican a ella están a su favor; y no hay nada en su contra, salvo su propia sublimidad. No podría ser intelectualmente más evidente sin volverse moralmente menos efectiva; sin contrarrestar su propio fin al sacrificar la vida de la fe al frío mecanismo de un asentimiento sin valor porque es obligatorio. La creencia en un Dios y en un estado futuro (si se puede halagar con el nombre de creencia a una aquiescencia pasiva) no engendra siempre, de hecho, un buen corazón; pero un buen corazón engendra tan naturalmente la creencia que las muy pocas excepciones deben considerarse como anomalías extrañas debidas a circunstancias extrañas y desafortunadas.
De estas premisas procedí a sacar las siguientes conclusiones. Primero, que habiendo admitido una vez plenamente la existencia de un Creador infinito pero autoconsciente, no se nos permite fundamentar la irracionalidad de ningún otro artículo de fe en argumentos que probarían igualmente que es irracional lo que habíamos admitido como real. En segundo lugar, que lo que sea deducible de la admisión de un espíritu autocomprensivo y creativo puede usarse legítimamente como prueba de la posibilidad de cualquier misterio ulterior sobre la naturaleza divina. Possibilitatem mysteriorum (Trinitatis, etc.) contra insultus Infidelium et Haereticorum a contradictionibus vindico; haud quidem veritatem, quae revelatione sola stabiliri possit; dice Leibniz en una carta a su Duque. Añade entonces la siguiente observación justa e importante: "En vano se aducirán la tradición o los textos de las escrituras en apoyo de una doctrina, donec clava impossibilitatis et contradictionis e manibus horum Herculum extorta fuerit. Pues el hereje seguirá replicando que los textos, cuyo sentido literal no está tanto por encima como directamente en contra de toda razón, deben entenderse figuradamente, como que Herodes es un zorro, y así sucesivamente".
Estos principios los mantuve, filosóficamente, mientras que en lo referente a la religión revelada permanecí como un unitarista celoso. Consideraba la idea de la Trinidad una inferencia escolástica justa a partir del ser de Dios, como inteligencia creativa; y que, por tanto, tenía derecho al rango de doctrina esotérica de la religión natural. Pero, al no ver en ella ningún alcance práctico o moral, la limité a las escuelas de filosofía. La admisión del Logos, como hipostasiado (es decir, ni un mero atributo ni una personificación), no eliminó en absoluto mis dudas sobre la Encarnación y la Redención por la cruz; las cuales no podía reconciliar en la razón con la impasibilidad del Ser Divino, ni en mis sentimientos morales con la distinción sagrada entre cosas y personas, el pago vicario de una deuda y la expiación vicaria de la culpa. Una revolución más profunda en mis principios filosóficos, y una visión más clara de mi propio corazón, eran aún necesarias. No obstante, no puedo dudar de que la diferencia de mis nociones metafísicas respecto a las de los unitaristas en general contribuyó a mi reconversión final a la verdad plena en Cristo; tal como, según su propia confesión, los libros de ciertos filósofos platónicos (libri quorundam Platonicorum) comenzaron el rescate de la fe de San Agustín del mismo error, agravado por el acompañamiento mucho más oscuro de la herejía maniquea.
Mientras mi mente estaba así perpleja, por una gracia providencial por la cual nunca podré estar suficientemente agradecido, el generoso y munífico patrocinio del Sr. Josiah y del Sr. Thomas Wedgwood me permitió terminar mi educación en Alemania. En lugar de molestar a otros con mis propias nociones crudas y composiciones juveniles, me dediqué de ahí en adelante a emplearme mejor en intentar almacenar en mi cabeza la sabiduría de otros. Hice el mejor uso de mi tiempo y mis medios; y por ello no hay periodo de mi vida al que pueda mirar atrás con tal satisfacción inalterada. Tras adquirir una suficiencia tolerable en el idioma alemán en Ratzeburg, lo cual he descrito junto con mi viaje hasta allí en The Friend, procedí a través de Hannover hasta Gotinga.
Aquí asistí regularmente a las clases de fisiología por la mañana, y de historia natural por la tarde, bajo Blumenbach, ¡un nombre tan querido para todo inglés que haya estudiado en esa universidad, como venerable para los hombres de ciencia de toda Europa! Las clases de Eichhorn sobre el Nuevo Testamento me fueron repetidas a partir de apuntes por un estudiante de Ratzeburg, un joven de sólido saber e infatigable industria, quien ahora, creo, es profesor de lenguas orientales en Heidelberg. Pero mis esfuerzos principales se dirigieron hacia un conocimiento fundamentado del idioma y la literatura alemanes. Del profesor Tychsen recibí tantas lecciones sobre el gótico de Ulfilas como bastaron para familiarizarme con su gramática y las palabras radicales de uso más frecuente; y con la ayuda ocasional del mismo lingüista filosófico, leí por completo la paráfrasis métrica del evangelio de Ottfried, y los restos más importantes del teotisco, o el estado de transición de la lengua teutónica desde el gótico al alto alemán del periodo suabo. De este periodo —cuyo dialecto pulido es análogo al de nuestro Chaucer, y que deja al estudiante filosófico en la duda de si la lengua no ha perdido desde entonces más en dulzura y flexibilidad de lo que ha ganado en condensación y copiosidad— leí con escrupulosa exactitud a los Minnesinger (o cantores de amor, los poetas provenzales de la corte suaba) y los romances métricos; y luego trabajé a través de suficientes muestras de los maestros cantores, sus sucesores degenerados; no sin el placer ocasional, sin embargo, que brindan las rudas, aunque interesantes, estrofas de Hans Sachs, el zapatero de Núremberg. Del genio de este hombre existen cinco volúmenes en folio con doble columna impresos, y casi un número igual en manuscrito; sin embargo, el infatigable bardo se cuida de informar a sus lectores de que nunca hizo un zapato menos, sino que había criado virtuosamente a una familia numerosa mediante el trabajo de sus manos.
En Píndaro, Chaucer, Dante, Milton y muchos otros, tenemos ejemplos de la estrecha conexión del genio poético con el amor a la libertad y a la reforma genuina. El sentido moral, al menos, no se sentirá ultrajado si añado a la lista el nombre de este honesto zapatero (un oficio, dicho sea de paso, notable por la producción de filósofos y poetas).
Su poema titulado LA ESTRELLA DE LA MAÑANA fue la primera publicación que apareció en alabanza y apoyo a Lutero; y un excelente himno de Hans Sachs, que ha sido merecidamente traducido a casi todos los idiomas europeos, se cantaba comúnmente en las iglesias protestantes cada vez que el heroico reformador las visitaba.
En los propios escritos alemanes de Lutero, y eminentemente en su traducción de la Biblia, comenzó el idioma alemán. Me refiero al lenguaje tal como se escribe actualmente; lo que se llama el alto alemán, en contraposición al Platt-Teutsch, el dialecto de las tierras llanas o del norte, y al Ober-Teutsch, la lengua del centro y del sur de Alemania. El alto alemán es, en efecto, una lingua communis, no realmente la lengua nativa de ninguna provincia, sino la elección y la fragancia de todos los dialectos. Por esta causa es, a la vez, la más copiosa y la más gramatical de todas las lenguas europeas.
Menos de un siglo después de la muerte de Lutero, el alemán fue inundado de barbarismos pedantescos. Leí algunos volúmenes de este periodo por motivos de curiosidad; pues no es fácil imaginar algo más fantástico que la propia apariencia de sus páginas. Casi cada tercera palabra es una palabra latina con una terminación germanizada, siendo la parte latina siempre impresa en letras romanas, mientras que en la última sílaba se conserva el carácter alemán.
Finalmente, alrededor del año 1620, surgió Opitz, cuyo genio se parecía más al de Dryden que al de cualquier otro poeta que ahora venga a mi memoria. En opinión de Lessing, el más agudo de los críticos, y de Adelung, el primero de los lexicógrafos, Opitz y los poetas silesianos, sus seguidores, no solo restauraron el idioma, sino que aún siguen siendo los modelos de dicción pura. Un extranjero no tiene voto en tal cuestión; pero tras repetida lectura de las obras de Opitz, mis sentimientos justificaron el veredicto, y me pareció haber adquirido de ellas una especie de tacto para lo que es genuino en el estilo de los escritores posteriores.
De la espléndida era que comenzó con Gellert, Klopstock, Ramler, Lessing y sus pares, no necesito hablar. Con las oportunidades de las que disfruté, habría sido vergonzoso no estar familiarizado con sus escritos; y ya he dicho lo que el presente bosquejo biográfico requiere sobre los filósofos alemanes, cuyas obras, en su mayor parte, conocí en un periodo mucho más tardío.
Poco después de mi regreso de Alemania, se me solicitó emprender el departamento literario y político del Morning Post; y accedí a la propuesta con la condición de que el periódico fuera conducido de ahí en adelante bajo ciertos principios fijos y anunciados, y que no se me obligara ni se me pidiera desviarme de ellos en favor de ningún partido o acontecimiento. En consecuencia, ese periódico se convirtió, y continuó durante muchos años, en antiministerial, ciertamente, pero con una aprobación muy calificada de la oposición, y con mucha mayor seriedad y celo, tanto antijacobino como antigalicano. Hasta la hora presente no encuentro motivos para aprobar la primera guerra, ni en su comienzo ni en su conducción. Tampoco puedo entender con qué razón el Sr. Perceval (a quien soy lo suficientemente singular para considerar como el mejor y más sabio ministro de este reinado) ni la actual Administración pueden decirse haber seguido los planes del Sr. Pitt. El amor a su país y la perseverante hostilidad a los principios franceses y a la ambición francesa son, en efecto, cualidades honorables comunes a ellos y a su predecesor. Pero me parece tan claro como la evidencia de los hechos puede hacer cualquier cuestión de historia, que los éxitos de Perceval y del ministerio existente se han debido a que han seguido medidas directamente contrarias a las del Sr. Pitt. Tales, por ejemplo, son la concentración de la fuerza nacional en un solo objetivo; el abandono de la política de subsidios, al menos en la medida de no aguijonear ni sobornar a las cortes continentales para que entraran en guerra hasta que las convicciones de sus súbditos la hubieran convertido en una guerra de su propia búsqueda; y, sobre todo, su varonil y generosa confianza en el buen sentido del pueblo inglés, y en esa lealtad que está ligada al corazón mismo de la nación por el sistema de crédito y la interdependencia de la propiedad.
Sea como fuere, estoy persuadido de que el Morning Post demostró ser un aliado mucho más útil para el Gobierno en sus objetivos más importantes, a consecuencia de ser considerado generalmente como moderadamente antiministerial, que si hubiera sido el confeso elogista del Sr. Pitt. Los pocos cuya curiosidad o fantasía les lleve a hojear los diarios de aquella fecha, podrán hallar una pequeña prueba de ello en las frecuentes acusaciones hechas por el Morning Chronicle, de que tal o cual ensayo o artículo de fondo había sido enviado desde la Tesorería. El rápido e inusual aumento en la venta del Morning Post es prenda suficiente de que una imparcialidad genuina, con una respetable porción de talento literario, asegurará el éxito de un periódico sin la ayuda de partidos o patrocinio ministerial. Pero por imparcialidad quiero decir una adhesión honesta e ilustrada a un código de principios inteligibles anunciados previamente, y a los que se hace referencia fielmente en apoyo de todo juicio sobre hombres y eventos; no el abuso indiscriminado, no la complacencia en las propias pasiones malignas de un editor, y todavía menos, si ello es posible, la determinación de ganar dinero adulando la envidia y la codicia, la inquieta vindicta y la presunción de los vulgares de escaso juicio; una determinación casi diabólica, pero que, según se me ha informado, ha sido jactanciosamente reconocida por un hombre, ¡el más notorio de estos sicofantes de la chusma! Desde el comienzo de la administración de Addington hasta el día de hoy, todo lo que he escrito en THE MORNING POST, o (después de que ese periódico fuera transferido a otros propietarios) en THE COURIER, ha sido en defensa o fomento de las medidas del Gobierno.
Cosas de esta índole apenas sobreviven a la noche Que les da vida; perecen a la vista; ¡Arrojadas tan lejos de la vida ulterior, que allí apenas puede decirse nada, más que el hecho de que fueron!
Sin embargo, en estas labores empleé, y, en la creencia de amigos parciales, desperdicié, la plenitud y la madurez de mi intelecto. Con toda seguridad, no añadieron nada a mi fortuna ni a mi reputación. La industria de la semana proveía a las necesidades de la semana. Del gobierno o de los amigos del gobierno no solo nunca recibí remuneración, ni la esperé jamás; sino que nunca fui honrado con un solo reconocimiento o expresión de satisfacción. No obstante, la retrospectiva dista mucho de ser dolorosa o motivo de pesar. No soy, de hecho, lo suficientemente tonto como para tomar más que como una violenta hipérbole del debate político la afirmación del Sr. Fox de que la guerra pasada (confío en que el epíteto no sea prematuramente aplicado) fue una guerra producida por el Morning Post; o me sentiría orgulloso de tener tales palabras inscritas en mi tumba. Tan poco me importa la circunstancia de que fui un objeto específico del resentimiento de Buonaparte durante mi residencia en Italia, como consecuencia de aquellos ensayos en el Morning Post durante la paz de Amiens. De esto me advirtió, directamente, el Barón Von Humboldt, el plenipotenciario prusiano, quien en aquel entonces era el ministro de la corte prusiana en Roma; e indirectamente, a través de su secretario, el mismo Cardenal Fesch. Tampoco doy mayor peso al hecho confirmatorio de que se envió una orden de arresto contra mí desde París, peligro del cual fui rescatado por la bondad de un noble benedictino y la amable connivencia de aquel buen anciano, el Papa actual. Pues el apetito vengativo del último tirano era omnívoro, y se cebaba igualmente en un Duque d'Enghien y en el escritor de un artículo de periódico. Como un verdadero buitre, Napoleón, con un ojo no menos telescópico y con un gusto igualmente tosco en su rapiña, podía descender desde las alturas más deslumbrantes para abalanzarse sobre la liebre en el matorral, o incluso sobre el ratón de campo en medio de la hierba. Pero sí obtengo una gratificación del conocimiento de que mis ensayos contribuyeron a introducir la práctica de situar las cuestiones y acontecimientos del día bajo un punto de vista moral; de dar dignidad a medidas particulares rastreando su política o impolítica hasta principios permanentes, y un interés a los principios mediante la aplicación de ellos a medidas individuales. En los escritos del Sr. Burke, de hecho, pueden encontrarse los gérmenes de casi todas las verdades políticas. Pero me atrevo a asumir para mí el mérito de haber definido y analizado primero explícitamente la naturaleza del jacobinismo; y que al distinguir al jacobino del republicano, del demócrata y del mero demagogo, tanto rescaté la palabra de permanecer como un mero término de abuso, como puse en guardia a muchas mentes honestas que, incluso en su ardor de celo contra el jacobinismo, admitían o apoyaban principios de los cuales las peores partes de ese sistema pueden deducirse legítimamente. Que estos no sean resultados prácticos necesarios de tales principios, se lo debemos a esa afortunada inconsecuencia de nuestra naturaleza, que permite al corazón rectificar los errores del entendimiento. El examen detallado del Gobierno consular y su pretendida constitución, y la prueba dada por mí de que era un despotismo consumado disfrazado, arrancó una retractación incluso del Morning Chronicle, que previamente había ensalzado esta constitución como la perfección de una libertad sabia y regulada. En cada gran suceso intenté descubrir en la historia pasada el evento que más se le parecía. Procuré, dondequiera que fuera posible, los historiadores, memorialistas y panfletistas contemporáneos. Entonces, restando justamente los puntos de diferencia de los de semejanza, según si el balance favorecía a los primeros o a los segundos, conjeturé que el resultado sería el mismo o diferente. En la serie de ensayos titulada “Una comparación de Francia bajo Napoleón con Roma bajo los primeros Césares”, y en los que siguieron “Sobre la probable restauración final de los Borbones”, me siento autorizado a afirmar, por el efecto producido en muchos hombres inteligentes, que, de faltar las fechas, podría haberse sospechado que los ensayos habían sido escritos en los últimos doce meses. El mismo plan seguí al comienzo de la revolución española, y con el mismo éxito, tomando la guerra de las Provincias Unidas con Felipe II como base de la comparación. He mencionado esto sin motivos de vanidad, ni siquiera por motivos de autodefensa, lo cual justificaría cierto grado de egoísmo, especialmente si se considera cuán a menudo y groseramente he sido atacado por sentimientos que he ejercido mis mejores poderes para refutar y exponer, y cuán gravemente estas acusaciones actuaron en mi desventaja mientras estuve en Malta. O mejor dicho, lo habrían hecho, si mis propios sentimientos no hubieran excluido el deseo de un establecimiento permanente en aquella isla. Pero lo he mencionado por la plena persuasión de que, armado con el doble conocimiento de la historia y de la mente humana, un hombre difícilmente errará en su juicio concerniente a la suma total de cualquier futuro evento nacional, si ha sido capaz de procurar los documentos originales del pasado, junto con relatos auténticos del presente, y si posee un tacto filosófico para lo que es verdaderamente importante en los hechos, y en la mayoría de los casos, por tanto, para tales hechos como la dignidad de la historia ha excluido de los volúmenes de nuestros compiladores modernos, por la cortesía de la era titulados historiadores.
Haber vivido en vano debe ser un pensamiento doloroso para cualquier hombre, y especialmente para aquel que ha hecho de la literatura su profesión. Debería, por tanto, más bien compadecer que enfadarme con la mente que pudiera atribuir a sentimientos no más dignos que los de la vanidad o el amor propio la satisfacción que reconocí haber disfrutado por la republicación de mis ensayos políticos (ya sea completos o como extractos) no solo en muchos de nuestros propios periódicos provinciales, sino en los diarios federales de toda América. Lo consideré como prueba de no haber trabajado del todo en vano que, a partir de los artículos escritos por mí poco antes y al comienzo de la última infeliz guerra con América, no solo se adoptaran los sentimientos, sino en algunos casos el lenguaje mismo, en varios de los documentos oficiales del estado de Massachusetts.
Pero ninguno de estos motivos, ni todos en conjunto, me habrían impulsado a una declaración tan incómoda para mis propios sentimientos, si mi carácter no hubiera sido atacado repetidamente, mediante una intrusión injustificable en la vida privada, como el de un hombre incorregiblemente ocioso, y quien, confiado no solo con amplios talentos, sino favorecido con inusuales oportunidades de mejorarlos, los había, sin embargo, dejado oxidar sin ningún esfuerzo eficiente, ni para su propio bien ni para el de sus semejantes. Incluso si las composiciones que he hecho públicas, y eso además en una forma la más segura de una circulación extensa, aunque la menos halagadora para el amor propio de un autor, se hubieran publicado en libros, habrían llenado un número respetable de volúmenes, aunque se omitiera cada pasaje de interés meramente temporal. Mis escritos en prosa han sido acusados de una demanda desproporcionada de atención; de un exceso de refinamiento en el modo de llegar a las verdades; de batir el terreno por lo que podría haber sido abatido a simple vista; de la longitud y laboriosa construcción de mis periodos; en resumen, de oscuridad y amor por la paradoja. Pero mis críticos más severos no han pretendido haber hallado en mis composiciones trivialidad, ni rastros de una mente que rehuía el esfuerzo de pensar. Nadie me ha acusado de disfrazar con otras palabras los pensamientos de otros, o de refritar el cramben jam decies coctam de la literatura o filosofía inglesas. Rara vez he escrito en un día aquello cuya adquisición o investigación no me hubiera costado el trabajo previo de un mes.
¿Pero son los libros el único canal por el cual puede fluir el torrente de la utilidad intelectual? ¿Ha de calcularse la difusión de la verdad mediante las publicaciones; o las publicaciones mediante la verdad que difunden o, al menos, contienen? Lo digo en el calor excusable de una mente picada por una acusación que no solo ha sido presentada en revistas de la más amplia circulación, no solo registrada en las obras más voluminosas de la literatura periódica, sino que, por la frecuencia de su repetición, se ha convertido en un hecho admitido en los círculos literarios privados, y repetido irreflexivamente por demasiados que se llaman a sí mismos mis amigos, y cuyas propias reminiscencias deberían haber sugerido un testimonio contrario. ¡Ojalá el criterio de la utilidad de un erudito fuera el número y el valor moral de las verdades que ha tenido a bien arrojar a la circulación general; o el número y el valor de las mentes a las que, mediante su conversación o sus cartas, ha incitado a la actividad y provisto con los gérmenes de su crecimiento posterior!
Un rango distinguido podría no ser, incluso entonces, otorgado a mis esfuerzos; pero me atrevería a esperar con confianza una absolución honorable. Me atrevería a apelar a las numerosas y respetables audiencias que en diferentes momentos y en diferentes lugares honraron mis salas de conferencias con su asistencia, sobre si los puntos de vista desde los cuales se examinaban los temas tratados, si las bases de mi razonamiento eran tales como las que habían escuchado o leído en otra parte, o si las han encontrado desde entonces en publicaciones anteriores. Puedo declarar concienzudamente que el éxito total de REMORSE en la primera noche de su representación no me produjo un placer tan grande o tan sentido como la observación de que la platea y los palcos estaban llenos de rostros familiares para mí, aunque fueran de individuos cuyos nombres desconocía, y de quienes no sabía nada, salvo que habían asistido a uno u otro de mis cursos de conferencias. Es un proverbio excelente, aunque quizás algo vulgar, que hay casos en los que a un hombre le da lo mismo "pagar una libra que un penique". A aquellos que, por ignorancia del grave perjuicio que he recibido por este rumor de haber soñado mi vida en vano —perjuicios que recuerdo a disgusto, y mucho menos estoy dispuesto a registrar en un esbozo de mi vida literaria—; o a aquellos que, por sus propios sentimientos o por la gratificación que derivan de pensar con desprecio de los demás, quisieran, como los consoladores de Job, atribuir estas quejas, arrancadas de mí por el sentido de la injusticia, a la vanidad o a la presunción engreída, ya les he proporcionado materiales tan amplios que nada ganaré ocultando el resto. No dudaré, por tanto, en apelar a la conciencia de aquellos que, por su largo trato conmigo y con las circunstancias, están mejor calificados para decidir o ser mis jueces, si la restitución del suum cuique aumentaría o restaría valor a mi reputación literaria. En esta exculpación espero que se me entienda hablando de mí mismo comparativamente, y en proporción a las demandas que otros tienen derecho a hacer sobre mi tiempo o mis talentos. Por lo que he logrado he de ser juzgado por mis semejantes; lo que podría haber hecho es una cuestión para mi propia conciencia. Por mi cuenta, quizás haya tenido razones suficientes para lamentar mi deficiencia en el autocontrol y el descuido de concentrar mis poderes en la realización de alguna obra permanente. Pero a los versos más que a la prosa, si a alguno de ellos, pertenece la voz del luto por:
Agudos dolores de Amor, despertando como un infante Turbulento, con un clamor en el corazón; Y miedos voluntarios que rehuían el ojo de la esperanza; Y esperanza que apenas se reconocería a sí misma del miedo; Sentido de la juventud pasada, y la virilidad llegada en vano, Y el genio otorgado y el conocimiento ganado en vano; Y todo lo que había recogido en salvajes paseos por el bosque, Y todo lo que el paciente esfuerzo había criado, y todo, Lo que la comunión contigo había abierto... ¡pero flores Esparcidas sobre mi cadáver, y llevadas sobre mi féretro, En el mismo ataúd, para la misma tumba!
Estos existirán, en el futuro, confío, solo en las estrofas poéticas que los sentimientos de aquel momento suscitaron. Solo en ellos, gentil lector,
Affectus animi varios, bellumque sequacis Perlegis invidiae, curasque revolvis inanes, Quas humilis tenero stylus olim effudit in aevo. Perlegis et lacrymas, et quod pharetratus acuta Ille puer puero fecit mihi cuspide vulnus. Omnia paulatim consumit longior aetas, Vivendoque simul morimur, rapimurque manendo. Ipse mihi collatus enim non ille videbor; Frons alia est, moresque alii, nova mentis imago, Vox aliudque sonat--Jamque observatio vitae Multa dedit--lugere nihil, ferre omnia; jamque Paulatim lacrymas rerum experientia tersit.
CAPÍTULO XI
Una exhortación afectuosa a aquellos que en la vida temprana se sienten dispuestos a convertirse en autores.
Era una observación favorita del difunto Sr. Whitbread que nadie hace nada por un solo motivo. Los motivos separados, o más bien los estados de ánimo que produjeron las reflexiones y anécdotas anteriores, han sido expuestos al lector en cada caso por separado. Pero un interés por el bienestar de aquellos que en la actualidad puedan encontrarse en circunstancias no muy distintas a las mías en mi primera entrada en la vida, ha sido el acompañamiento constante, y (por así decirlo) el canto de fondo de todos mis sentimientos. Whitehead, ejerciendo la prerrogativa de su puesto de poeta laureado, dirigió a los poetas jóvenes una Carga poética, que es quizás la mejor, y ciertamente la más interesante, de sus obras. Sin más privilegio que el de la simpatía y los sinceros buenos deseos, dirigiría una exhortación afectuosa a los jóvenes literatos, basada en mi propia experiencia. Será breve; pues el principio, el medio y el fin convergen en una sola orden: nunca persigáis la literatura como un oficio. Con la excepción de un hombre extraordinario, nunca he conocido a un individuo, y menos aún a un individuo de genio, sano o feliz sin una profesión, es decir, algún empleo regular que no dependa de la voluntad del momento, y que pueda llevarse a cabo de forma tan mecánica que solo se requiera una cantidad media de salud, ánimo y esfuerzo intelectual para su fiel desempeño. Tres horas de ocio, sin la molestia de ninguna ansiedad ajena, y esperadas con deleite como un cambio y una recreación, bastarán para realizar en la literatura un producto mayor de lo que es verdaderamente genial, que semanas de compulsión. El dinero y la reputación inmediata constituyen solo un fin arbitrario y accidental de la labor literaria. La esperanza de aumentarlos mediante cualquier esfuerzo dado a menudo servirá de estímulo para la industria; pero la necesidad de adquirirlos convertirá, en todas las obras de genio, el estímulo en un narcótico. Los motivos por exceso invierten su propia naturaleza, y en lugar de excitar, aturden y entorpecen la mente. Porque es una contradistinción del genio frente al talento que su fin predominante esté siempre comprendido en los medios; y este es uno de los muchos puntos que establecen una analogía entre el genio y la virtud. Ahora bien, aunque los talentos pueden existir sin genio, como el genio no puede existir, y ciertamente no manifestarse, sin talentos, aconsejaría a todo erudito que sienta el poder genial trabajando dentro de sí, que haga una división entre ambos, de modo que dedique sus talentos a la adquisición de una competencia en algún oficio o profesión conocida, y su genio a objetos de su elección tranquila y sin prejuicios; mientras que la conciencia de ser impulsado en ambos por igual por el deseo sincero de cumplir con su deber, ennoblecerá a ambos. "Mi querido joven amigo", (diría yo) "supóngase establecido en cualquier ocupación honorable. Desde la fábrica o el despacho, desde el tribunal de justicia, o después de haber visitado a su último paciente, usted regresa al atardecer,
Querido tiempo tranquilo, cuando el dulce sentido del Hogar Es más dulce------
a su familia, preparado para sus goces sociales, con los propios semblantes de su esposa e hijos iluminados, y su voz de bienvenida hecha doblemente bienvenida por el conocimiento de que, en lo que a ellos respecta, usted ha satisfecho las demandas del día mediante el trabajo del día. Entonces, cuando se retira a su estudio, en los libros de sus estantes vuelve a visitar a tantos amigos venerables con quienes puede conversar. ¡Su propio espíritu apenas menos libre de ansiedades personales que las grandes mentes que en esos libros todavía viven para usted! Incluso su escritorio con su papel en blanco y todos sus otros implementos parecerá una cadena de flores, capaz de vincular sus sentimientos, así como sus pensamientos, a eventos y personajes pasados o venideros; no una cadena de hierro, que le obliga a pensar en el futuro y lo remoto al recordar las exigencias y sentimientos del perentorio presente. ¿Pero por qué habría de decir retirarse? Los hábitos de la vida activa y el trato diario con el ajetreo del mundo tenderán a darle tal dominio de sí mismo que la presencia de su familia no será ninguna interrupción. Es más, el silencio social, o las voces no perturbadoras de una esposa o una hermana, serán como una atmósfera reparadora, o música suave que moldea un sueño sin convertirse en su objeto. Si se requieren hechos para probar la posibilidad de combinar actuaciones importantes en la literatura con un empleo pleno e independiente, las obras de Cicerón y Jenofonte entre los antiguos; de Sir Thomas More, Bacon, Baxter, o para referirme de inmediato a instancias posteriores y contemporáneas, Darwin y Roscoe, son a la vez decisivas para la cuestión".
Pero no todos los hombres pueden atreverse a prometerse a sí mismos suficiente autocontrol para la imitación de esos ejemplos: aunque siempre debería hacerse un escrutinio estricto de si la indolencia, la inquietud o una vanidad impaciente por la gratificación inmediata no han interferido con el juicio y asumido la máscara de la humildad para fines de autoengaño. Aun así, la Iglesia presenta a todo hombre de saber y genio una profesión en la que puede albergar una esperanza racional de ser capaz de unir los esquemas más amplios de utilidad literaria con el cumplimiento más estricto de los deberes profesionales. Entre las numerosas bendiciones del cristianismo, la introducción de una Iglesia establecida hace una reclamación especial a la gratitud de los eruditos y filósofos; en Inglaterra, al menos, donde los principios del protestantismo han conspirado con la libertad del gobierno para duplicar todos sus poderes saludables mediante la eliminación de sus abusos.
Que no solo las máximas, sino los fundamentos de una moral pura, cuyos meros fragmentos
------enseñaron los elevados y graves trágicos En coro o yámbico, los mejores maestros De la prudencia moral, recibidos con deleite En breves preceptos sentenciosos; [43]
y que las verdades sublimes de la unidad y los atributos divinos, que un Platón encontró más difíciles de aprender y consideró aún más difícil de revelar; que estas se hayan convertido en la propiedad casi hereditaria de la infancia y la pobreza, de la choza y el taller; que incluso para los iletrados suenen como lugares comunes, es un fenómeno que debe disuadir a todos, excepto a las mentes de la clase más vulgar, de subestimar los servicios incluso del púlpito y del atril. Sin embargo, aquellos que limitan la eficacia de una Iglesia establecida a sus funciones públicas difícilmente pueden ser colocados en un rango de intelecto mucho más alto. Que en cada parroquia de todo el reino se trasplante un germen de civilización; que en las aldeas más remotas exista un núcleo alrededor del cual las capacidades del lugar puedan cristalizar y brillar; un modelo lo suficientemente superior como para excitar, pero lo suficientemente cercano como para alentar y facilitar la imitación; esto, la agencia discreta y continua de una institución eclesiástica protestante, esto es lo que el patriota, y el filántropo que quisiera unir el amor a la paz con la fe en la mejora progresiva de la humanidad, no pueden valorar a un precio demasiado alto. No puede ser valorado con el oro de Ofir, con el precioso ónice o el zafiro. No se hará mención del coral o de las perlas: porque el precio de la sabiduría está por encima de los rubíes. El clérigo está con sus feligreses y entre ellos; no está en la celda del claustro, ni en el desierto, sino que es un vecino y un hombre de familia, cuya educación y rango lo admiten en la mansión del rico terrateniente, mientras que sus deberes lo convierten en visitante frecuente de la granja y la cabaña. Él está, o puede llegar a estar, conectado con las familias de su parroquia o de sus alrededores mediante el matrimonio. Y entre las instancias de la ceguera, o en el mejor de los casos de la miopía, que es la naturaleza de la codicia infligir, conozco pocas más sorprendentes que los clamores de los agricultores contra los bienes de la Iglesia. Todo lo que no se pagara al clérigo sería inevitablemente, en el siguiente contrato de arrendamiento, pagado al terrateniente, mientras que, tal como están las cosas actualmente, los ingresos de la Iglesia son en cierto modo la propiedad revertible de cada familia que pueda tener un miembro educado para la Iglesia, o una hija que pueda casarse con un clérigo. En lugar de estar embargada e inamovible, es de hecho la única especie de propiedad territorial que es esencialmente móvil y circulante. ¿Quién se atreverá a afirmar que no existen inconvenientes? Pero todavía espero la prueba de que los inconvenientes sean mayores en esta que en cualquier otra especie; o que ni los agricultores ni el clero se beneficiarían obligando a estos últimos a convertirse en Trullibers o funcionarios asalariados. Es más, no dudo en declarar mi firme persuasión de que, cualquier razón de descontento que los agricultores puedan asignar, la verdadera causa es esta; que pueden engañar al párroco, pero no pueden engañar al administrador; y que se decepcionan si habiendo podido retener solo dos libras menos de la reclamación legal, esperaban retener cinco. En cualquier caso, considerado en relación con el fomento del aprendizaje y el genio, el establecimiento presenta un patrocinio a la vez tan eficaz y sin cargas, que sería imposible ofrecer algo igual en otro país que no fuera cristiano y protestante. Casi no hay departamento del conocimiento humano sin alguna relación con las diversas verdades críticas, históricas, filosóficas y morales en las que el erudito debe estar interesado como clérigo; ninguna búsqueda digna de un hombre de genio que no pueda ser seguida sin incongruencia. Dar la historia de la Biblia como libro sería poco menos que relatar el origen o el primer estímulo de toda la literatura y la ciencia que poseemos ahora. El mismo decoro que impone la profesión es favorable a los mejores propósitos del genio y tiende a contrarrestar sus defectos más frecuentes. Finalmente, debe ser deficiente en sensibilidad aquel hombre que no encuentre un incentivo para la emulación en las grandes y ardientes luces que en una larga serie han ilustrado a la iglesia de Inglaterra; que no oiría desde dentro un eco a la voz de sus santuarios sagrados,
Et Pater Aeneas et avunculus excitat Hector.
Pero, sea cual sea la profesión u oficio elegido, las ventajas son muchas e importantes, en comparación con el estado de un simple hombre de letras, que en cualquier grado depende de la venta de sus obras para las necesidades y comodidades de la vida. En la primera, un hombre vive en simpatía con el mundo en el que vive. Al menos adquiere un tacto mejor y más rápido para el conocimiento de aquello con lo que los hombres en general pueden simpatizar. Aprende a manejar su genio con más prudencia y eficacia. Sus poderes y adquisiciones le ganan también una admiración más real; porque superan las expectativas legítimas de los demás. Es algo más que un autor, y por lo tanto no es considerado simplemente como un autor. Los corazones de los hombres están abiertos a él, como a uno de su propia clase; y ya sea que se esfuerce o no en los círculos conversacionales de sus conocidos, su silencio no se atribuye al orgullo, ni su comunicatividad a la vanidad. A estas ventajas me atreveré a añadir una mayor probabilidad de felicidad en la vida doméstica, aunque solo sea porque es tan natural para el hombre estar fuera del círculo de su hogar durante el día, como es meritorio para la mujer permanecer en su mayor parte dentro de él. Pero este tema involucra puntos de consideración tan numerosos y tan delicados, y no solo permitiría, sino que requeriría documentos tan amplios de la biografía de hombres literarios, que ahora solo lo aludo in transitu. Cuando la misma circunstancia ha ocurrido en momentos muy diferentes a personas muy diferentes, todas las cuales tienen alguna cosa en común; hay razones para suponer que tal circunstancia no es solo atribuible a las personas involucradas, sino que es en cierta medida causada por el único punto en común que tienen todas ellas. En lugar de la vehemente y casi calumniosa exhortación contra el matrimonio que el Misógino, Boccaccio [44], dirige a los hombres literarios, yo sustituiría el consejo simple: ¡no sea meramente un hombre de letras! ¡Deje que la literatura sea un aumento honorable para sus armas; pero no constituya el escudo, ni llene el blasón!
A las objeciones de conciencia puedo, por supuesto, responder de otra manera que no sea solicitando al joven objetor (como ya he hecho en una ocasión anterior) que determine con un autoexamen estricto si no pueden estar operando otras influencias; si espíritus, "no de salud", y con susurros "no del cielo", no pueden estar caminando en el crepúsculo de su conciencia. Que catalogue sus escrúpulos y los reduzca a una forma distinta e inteligible; que esté seguro de que ha leído con una mente dócil y disposiciones favorables las mejores y más fundamentales obras sobre el tema; que ha tenido tanto la mente como el corazón abiertos a las grandes e ilustres cualidades de los muchos personajes renombrados que habían dudado como él, y cuyas investigaciones habían terminado en la clara convicción de que sus dudas habían sido infundadas, o al menos no proporcionales al contrapeso. ¡Feliz será para tal hombre si entre sus contemporáneos mayores que él encuentra a uno que, con poderes similares y sentimientos tan agudos como los suyos, hubiera albergado los mismos escrúpulos; hubiera actuado conforme a ellos; y quien por investigaciones posteriores (cuando el paso era, ¡ay!, irremediable, pero por esa misma razón su investigación indudablemente desinteresada) se hubiera descubierto a sí mismo habiendo discutido con opiniones recibidas solo para abrazar errores, haber dejado la dirección trazada para él en el camino principal del esfuerzo honorable, solo para desviarse hacia un laberinto donde, cuando había vagado hasta que su cabeza estaba mareada, su mejor fortuna fue finalmente haber encontrado la salida de nuevo, ¡demasiado tarde para la prudencia, aunque no demasiado tarde para la conciencia o para la verdad! El tiempo pasado en tal demora es tiempo ganado: porque la virilidad mientras tanto está avanzando, y con ella el aumento del conocimiento, la fuerza del juicio y, sobre todo, la templanza de los sentimientos. E incluso si estos no produjeran ningún cambio, la demora al menos evitará que la aprobación final de la decisión se vea empañada por la censura interior de la precipitación y la vanidad, por las cuales se había precipitado. Sería una especie de irreligión, y poco menos que un libelo contra la naturaleza humana creer que existe alguna profesión u empleo establecido y reputado en el que un hombre no pueda continuar actuando con honestidad y honor; y sin duda tampoco hay ninguno que no pueda presentar a veces tentaciones a lo contrario. Pero lamentablemente se encontrará equivocado aquel hombre que imagina que la profesión de la literatura, o (para hablar más claramente) el oficio de autor, rodea a sus miembros con menos o con menos insidiosas tentaciones que la Iglesia, la ley o las diferentes ramas del comercio. Pero he tratado suficientemente este tema desagradable en un capítulo anterior de este volumen. Concluiré, por tanto, el presente con un breve extracto de Herder, cuyo nombre podría haber añadido a la ilustre lista de aquellos que han combinado la búsqueda exitosa de las Musas, no solo con el fiel cumplimiento, sino con los más altos honores y honorables emolumentos de una profesión establecida. El lector encontrará la traducción en una nota al pie [45]. "Am sorgfaeltigsten, meiden sie die Autorschaft. Zu frueh oder unmaessig gebraucht, macht sie den Kopf wueste and das Herz leer; wenn sie auch sonst keine ueble Folgen gaebe. Ein Mensch, der nur lieset um zu druecken, lieset wahrscheinlich uebel; und wer jeden Gedanken, der ihm aufstosst, durch Feder and Presse versendet, hat sie in kurzer Zeit alle versandt, und wird bald ein blosser Diener der Druckerey, ein Buchstabensetzer werden."
CAPÍTULO XII
Un capítulo de peticiones y premoniciones relativas a la lectura u omisión del capítulo que sigue.
En la lectura de obras filosóficas me he beneficiado enormemente de una resolución que, en forma antitética y con la pintoresquismo permitido de un adagio o máxima, he acostumbrado a formular así: hasta que comprendas la ignorancia de un escritor, presúmete ignorante de su entendimiento. Esta regla de oro mía, lo reconozco, se parece a las de Pitágoras más en su oscuridad que en su profundidad. Si, sin embargo, el lector me permite ser mi propio Hierocles, confío en que encontrará su significado plenamente explicado mediante los siguientes ejemplos. Tengo ahora ante mí un tratado de un fanático religioso, lleno de sueños y experiencias sobrenaturales. Veo claramente los fundamentos del escritor, y su vacuidad. Tengo una percepción completa de las causas que, a través del medio de su cuerpo, han actuado sobre su mente; y mediante la aplicación de leyes recibidas y verificadas puedo explicar satisfactoriamente a mi propia razón todos los incidentes extraños que el escritor registra sobre sí mismo. Y esto puedo hacerlo sin sospechar de él falsedad intencionada alguna. Como cuando a plena luz del día un hombre sigue los pasos de un viajero que había perdido el camino en una niebla o por el brillo traicionero de la luna, así mismo, y con el mismo sentido tranquilo de certeza, puedo seguir las huellas de este visionario desconcertado. Comprendo su ignorancia.
Por otra parte, he estado releyendo con las mejores energías de mi mente el TIMEO de Platón. Todo lo que comprendo me impresiona con un sentido reverencial del genio del autor; pero hay una parte considerable de la obra a la que no puedo atribuir ningún significado coherente. En otros tratados del mismo filósofo, destinados a la comprensión media de los hombres, me he deleitado con el magistral sentido común, con la perspicuidad del lenguaje y la aptitud de las inducciones. Recuerdo, asimismo, que numerosos pasajes en este autor, que comprendo perfectamente, me resultaban anteriormente no menos ininteligibles que los pasajes en cuestión. Sería, soy consciente, bastante habitual descartarlos de inmediato como jerga platónica. Pero esto no puedo hacerlo con satisfacción para mi propia mente, porque he buscado en vano causas adecuadas para la solución de la inconsistencia supuesta. No tengo ninguna percepción de la posibilidad de que un hombre tan eminentemente sabio utilice palabras con tales medios sentidos para sí mismo, que necesariamente deban convertirse en ningún significado para sus lectores. Cuando, además de los motivos sugeridos así por mi propia razón, traigo a clara memoria el número y la serie de grandes hombres que, tras un largo y celoso estudio de estas obras, se habían unido para honrar el nombre de Platón con epítetos que casi trascienden la humanidad, siento que un veredicto despectivo de mi parte podría argüir falta de modestia, pero difícilmente sería recibido por los juiciosos como prueba de una penetración superior. Por lo tanto, totalmente desconcertado en todos mis intentos por comprender la ignorancia de Platón, me concluyo ignorante de su entendimiento.
En lugar de las diversas peticiones que la ansiedad de la autoría dirige al lector desconocido, no presento más que esta: que omita el siguiente capítulo por completo o lo lea de forma conectada. La parte más justa del cuerpo más hermoso parecerá deforme y monstruosa si se separa de su lugar en el todo orgánico. Es más, en temas delicados, donde una diferencia aparentemente insignificante de más o menos puede constituir una diferencia de clase, incluso una exposición fiel de las ideas principales y de apoyo, si están separadas de las formas por las que son a la vez revestidas y modificadas, puede presentar quizás un esqueleto en verdad; pero un esqueleto para alarmar y disuadir. Aunque podría encontrar numerosos precedentes, no desearé que el lector despoje a su mente de todos los prejuicios, ni que mantenga todos los sistemas previos fuera de vista durante su examen del presente. Pues en verdad, tales peticiones me parecen no muy diferentes del consejo dado a los pacientes hipocondríacos en la medicina doméstica del Dr. Buchan; a saber, mantenerse uniformemente tranquilos y con buen ánimo. Hasta que hubiera descubierto el arte de destruir la memoria a parte post, sin perjuicio para sus operaciones futuras y sin detrimento para el juicio, suprimiría la petición por prematura; y por lo tanto, por mucho que desee ser leído con una mente sin prejuicios, no presumo establecerlo como una condición necesaria.
El alcance de mi atrevimiento es sugerir un criterio, mediante el cual pueda conjeturarse racionalmente de antemano si un lector perdería o no su tiempo, y quizás su temperamento, en la lectura de este o cualquier otro tratado construido sobre principios similares. Pero sería cruelmente malinterpretado como si implicara el menor desprecio por las cualidades morales o intelectuales de los individuos excluidos por ello. El criterio es este: si un hombre recibe como hechos fundamentales, y por lo tanto, por supuesto, indemostrables e incapaces de un análisis posterior, las nociones generales de materia, espíritu, alma, cuerpo, acción, pasividad, tiempo, espacio, causa y efecto, conciencia, percepción, memoria y hábito; si siente que su mente está completamente en reposo respecto a todo esto, y está satisfecho si solo puede analizar todas las demás nociones en uno o más de estos supuestos elementos con plausible subordinación y disposición apta: a tal mente le transmitiría tan cortésmente como fuera posible la sugerencia de que para él el capítulo no fue escrito.
Vir bonus es, doctus, prudens; ast haud tibi spiro.
Porque estos términos incluyen en verdad todas las dificultades que la mente humana puede proponer para su solución. Tomándolos, por lo tanto, en masa, y sin examinar, solo requería un aprendizaje decente en lógica para extraer sus contenidos en todas las formas y colores, como los profesores de prestidigitación en nuestras ferias de pueblo sacan cinta tras cinta de sus bocas. Y no es más difícil reducirlos de nuevo a sus diferentes géneros. Pero aunque este análisis es altamente útil para hacer nuestro conocimiento más distinto, no añade realmente a él. No aumenta, aunque nos da un mayor dominio sobre la riqueza que poseíamos antes. Para fines forenses, para todas las profesiones establecidas de la sociedad, esto es suficiente. Pero para la filosofía en su sentido más elevado como la ciencia de las verdades últimas, y por lo tanto scientia scientiarum, este mero análisis de términos es solo preparatorio, aunque como disciplina preparatoria indispensable.
Menos aún puede anticiparse una lectura favorable de los prosélitos de esa filosofía compendiosa, que hablando de mente pero pensando en ladrillo y mortero, u otras imágenes igualmente abstraídas del cuerpo, idea una teoría del espíritu apodando a la materia, y en pocas horas puede capacitar a sus discípulos más aburridos para explicar el omne scibile reduciendo todas las cosas a impresiones, ideas y sensaciones.
Pero es hora de decir la verdad; aunque requiere algo de coraje admitirlo en una época y país en el que las disquisiciones sobre todos los temas, no privilegiados para adoptar términos técnicos o símbolos científicos, deben dirigirse al Público. Digo entonces, que no es posible ni necesario para todos los hombres, ni para muchos, ser filósofos. Existe una conciencia filosófica (y en tanto que es actualizada por un esfuerzo de libertad, artificial) que yace debajo o (por así decirlo) detrás de la conciencia espontánea natural a todos los seres reflexivos. Como los antiguos romanos distinguieron sus provincias del norte en Cisalpina y Transalpina, así podemos dividir todos los objetos del conocimiento humano en aquellos de este lado, y aquellos del otro lado de la conciencia espontánea; citra et trans conscientiam communem. Este último es exclusivamente el dominio de la filosofía pura, que por lo tanto se titula propiamente trascendental, para distinguirla de inmediato, tanto de la mera reflexión y representación por un lado, como por el otro de esos vuelos de especulación sin ley que, abandonados por toda conciencia distinta, porque transgreden los límites y propósitos de nuestras facultades intelectuales, son justamente condenados, como trascendentes [46]. La primera cordillera de colinas que rodea el escaso valle de la vida humana es el horizonte para la mayoría de sus habitantes. En sus crestas nace y parte el sol común. De ellas salen las estrellas, y al tocarlas se desvanecen. Por muchos, incluso esta cordillera, el límite natural y baluarte del valle, es solo imperfectamente conocida. Sus ascensos más altos están demasiadas veces ocultos por nieblas y nubes de pantanos incultivados, que pocos tienen el coraje o la curiosidad de penetrar. Para la multitud de abajo, estos vapores aparecen, ahora como las guaridas oscuras de agentes terroríficos, en los que nadie puede intrusarse impunemente; y ahora todos brillantes, con colores que no son suyos, son contemplados como los espléndidos palacios de la felicidad y el poder. Pero en todas las edades ha habido unos pocos que, midiendo y sondando los ríos del valle a los pies de sus caídas más lejanas e inaccesibles, han aprendido que las fuentes deben estar mucho más altas y mucho más adentro; unos pocos que, incluso en las corrientes niveladas, han detectado elementos que ni el valle mismo ni las montañas circundantes contenían o podían suministrar [47]. Cómo y de dónde a estos pensamientos, estas fuertes probabilidades, la visión verificadora, el conocimiento intuitivo pueden sobrevenir finalmente, solo puede aprenderse por el hecho. Podría oponer a la pregunta las palabras con las que [48] Plotino supone que la Naturaleza responde a una dificultad similar: "Si alguno la interrogara, cómo obra, si gentilmente se digna escuchar y hablar, ella responderá: no te corresponde inquietarme con interrogatorios, sino entender en silencio, así como yo estoy en silencio, y obro sin palabras".
Asimismo, en el quinto libro de la quinta Enéada, hablando del conocimiento más elevado e intuitivo como distinto del discursivo, o en el lenguaje de Wordsworth,
"La visión y la facultad divina;"
dice: "no es lícito inquirir de dónde brotó, como si fuera una cosa sujeta a lugar y movimiento, pues ni se acercó aquí, ni de nuevo parte de aquí hacia algún otro lugar; sino que o aparece ante nosotros o no aparece. De modo que no debemos perseguirla con el fin de detectar su fuente secreta, sino observar en quietud hasta que brille repentinamente sobre nosotros; preparándonos para el espectáculo bendito como el ojo espera pacientemente al sol naciente". Ellos y solo ellos pueden adquirir la imaginación filosófica, el poder sagrado de la autointuición, quienes dentro de sí mismos pueden interpretar y entender el símbolo, de que las alas de la sílfide del aire se están formando dentro de la piel de la oruga; solo aquellos que sienten en sus propios espíritus el mismo instinto que impele a la crisálida de la mosca cornuda a dejar espacio en su involucro para las antenas, todavía por venir. ¡Saben y sienten que lo potencial obra en ellos, así como lo actual obra sobre ellos! En resumen, todos los órganos de los sentidos están formados para un mundo correspondiente de los sentidos; y lo tenemos. Todos los órganos del espíritu están formados para un mundo correspondiente de espíritu: aunque los últimos órganos no están desarrollados en todos por igual. Pero existen en todos, y su primera aparición se revela en el ser moral. ¿Cómo podría ser, de otro modo, que incluso los mundanos, no totalmente degradados, contemplen al hombre de bondad simple y desinteresada con sentimientos contradictorios de lástima y respeto? "¡Pobre hombre! no está hecho para este mundo". Oh, aquí profetizan una profecía de cumplimiento universal; pues el hombre debe ascender o hundirse.
Es la marca esencial del verdadero filósofo no descansar satisfecho con ninguna luz imperfecta, mientras no se haya demostrado la imposibilidad de alcanzar un conocimiento más pleno. Que la conciencia común misma proporcionará pruebas por su propia dirección, de que está conectada con corrientes maestras bajo la superficie, simplemente lo asumiré como un postulado pro tempore. Habiendo sido concedido esto, aunque solo fuera en expectativa del argumento, puedo deducir con seguridad de ello la igual verdad de mi anterior afirmación, de que la filosofía no puede ser inteligible para todos, ni siquiera de las clases más instruidas y cultivadas. Un sistema cuyo primer principio es hacer que la mente sea intuitiva de lo espiritual en el hombre (es decir, de lo que yace al otro lado de nuestra conciencia natural) debe tener necesariamente una gran oscuridad para aquellos que nunca han disciplinado y fortalecido esta conciencia ulterior. Debe ser en verdad una tierra de tinieblas, un Anti-Gosén perfecto, para hombres a quienes los tesoros más nobles de su propio ser solo se les reportan mediante la traducción imperfecta de movimientos sin vida y sin vista. Quizás, en gran parte, a través de palabras que son solo las sombras de nociones; así como el entendimiento nocional mismo es solo la abstracción sombría de la verdad viva y actual. En lo INMEDIATO, que habita en cada hombre, y en la intuición original, o afirmación absoluta de ello, (que está asimismo en cada hombre, pero no en cada hombre se eleva a la conciencia) depende toda la certeza de nuestro conocimiento; y esto no se vuelve inteligible para ningún hombre por el ministerio de meras palabras desde fuera. El medio, por el cual los espíritus se comprenden unos a otros, no es el aire circundante; sino la libertad que poseen en común, como el elemento etéreo común de su ser, cuyas reciprocaciones temblorosas se propagan incluso hasta lo más íntimo del alma. Donde el espíritu de un hombre no está lleno con la conciencia de la libertad (aunque solo sea por su inquietud, como de alguien que todavía lucha en la esclavitud) todo intercambio espiritual es interrumpido, no solo con otros, sino incluso consigo mismo. No es de extrañar entonces que permanezca incomprensible para sí mismo tanto como para los demás. ¡No es de extrañar que, en el desierto temeroso de su conciencia, se agote con palabras vacías, a las que ningún eco amistoso responde, ni desde su propio corazón, ni desde el corazón de un semejante; o se desconcierta en la búsqueda de fantasmas nocionales, las meras refracciones de verdades invisibles y distantes a través del medio distorsionador de su propio entendimiento carente de vida y estancado! Permanecer ininteligible para tal mente, exclama Schelling en una ocasión similar, es honor y buen nombre ante Dios y los hombres.
La historia de la filosofía (observa el mismo escritor) contiene ejemplos de sistemas que durante generaciones sucesivas han permanecido enigmáticos. Tal considera el sistema de Leibniz, a quien otro escritor (temerariamente creo, y con envidia) ensalza como el único filósofo que estuvo profundamente convencido de sus propias doctrinas. Sin embargo, tal como se han interpretado hasta ahora, no han producido el efecto que Leibniz mismo, en un pasaje de lo más instructivo, describe como el criterio de una verdadera filosofía; a saber, que explicaría y recogería a la vez los fragmentos de verdad dispersos a través de sistemas aparentemente de lo más incongruentes. La verdad, dice, está difundida más ampliamente de lo que comúnmente se cree; pero a menudo está pintada, más a menudo enmascarada, y a veces está mutilada y a veces, ¡ay!, en estrecha alianza con errores dañinos. Cuanto más profundamente, sin embargo, penetramos en el fundamento de las cosas, más verdad descubrimos en las doctrinas del mayor número de las sectas filosóficas. La falta de realidad sustancial en los objetos de los sentidos, según los escépticos; las armonías o números, los prototipos e ideas, a los que los pitagóricos y platónicos redujeron todas las cosas: el UNO y TODO de Parménides y Plotino, sin [49] espinosismo; la conexión necesaria de las cosas según los estoicos, conciliable con la espontaneidad de las otras escuelas; la filosofía vital de los cabalistas y hermetistas, que asumieron la universalidad de la sensación; las formas sustanciales y entelequias de Aristóteles y los escolásticos, junto con la solución mecánica de todos los fenómenos particulares según Demócrito y los filósofos recientes--todos estos los encontraremos unidos en un punto central de perspectiva, que muestra regularidad y una coincidencia de todas las partes en el mismo objeto, que desde cualquier otro punto de vista debe aparecer confuso y distorsionado. El espíritu del sectarismo ha sido hasta ahora nuestra falta, y la causa de nuestros fracasos. Hemos aprisionado nuestras propias concepciones mediante las líneas que hemos trazado, para excluir las concepciones de los demás. J’ai trouve que la plupart des Sectes ont raison dans une bonne partie de ce qu’elles avancent, mais non pas tant en ce qu’elles nient.
Un sistema que aspira a deducir la memoria con todas las demás funciones de la inteligencia, debe, por supuesto, colocar su primera posición desde más allá de la memoria, y anterior a ella, de lo contrario el principio de solución sería en sí mismo una parte del problema a resolver. Tal posición, por lo tanto, debe, en primera instancia, ser exigida, y la primera pregunta será, ¿con qué derecho es exigida? Por esta razón, creo conveniente hacer algunas observaciones preliminares sobre la introducción de Postulados en la filosofía. La palabra postulado está tomada de la ciencia de las matemáticas [50]. En geometría, la construcción primaria no se demuestra, sino que se postula. Esta primera y más simple construcción en el espacio es el punto en movimiento, o la línea. Si el punto se mueve en una y la misma dirección, o si su dirección cambia continuamente, permanece aún indeterminado. Pero si la dirección del punto ha sido determinada, es ya sea por un punto fuera de él, y entonces surge la línea recta que no encierra ningún espacio; o la dirección del punto no está determinada por un punto fuera de él, y entonces debe fluir de vuelta sobre sí misma, es decir, surge una línea cíclica, que sí encierra un espacio. Si la línea recta se asume como la positiva, la cíclica es entonces la negación de la recta. Es una línea que en ningún punto se desvía hacia la recta, sino que cambia su dirección continuamente. Pero si la línea primaria se concibe como indeterminada, y la línea recta como determinada en todas partes, entonces la cíclica es la tercera compuesta de ambas. Es a la vez indeterminada y determinada; indeterminada a través de cualquier punto fuera, y determinada a través de sí misma. La geometría, por lo tanto, proporciona a la filosofía el ejemplo de una intuición primaria, de la cual toda ciencia que reclama evidencia debe tomar su comienzo. El matemático no comienza con una proposición demostrable, sino con una intuición, una idea práctica.
Pero aquí se presenta una distinción importante. La filosofía se emplea en objetos del SENTIDO interno, y no puede, como la geometría, apropiarse para cada construcción una intuición exterior correspondiente. Sin embargo, la filosofía, si ha de llegar a la evidencia, debe proceder de la construcción más original, y la pregunta entonces es, cuál es la construcción más original o primer acto productivo para el sentido interno. La respuesta a esta pregunta depende de la dirección que se dé al sentido interno. Pero en filosofía, el sentido interno no puede tener su dirección determinada por un objeto exterior. A la construcción original de la línea puedo ser obligado por una línea trazada ante mí en la pizarra o en la arena. El trazo así dibujado no es, en efecto, la línea misma, sino solo la imagen o representación de la línea. No es de ella de donde aprendemos primero a conocer la línea; sino, por el contrario, llevamos este trazo a la línea original generada por el acto de la imaginación; de lo contrario, no podríamos definirla como carente de anchura o espesor. Aún así, sin embargo, este trazo es la imagen sensible de la línea original o ideal, y un medio eficiente para excitar toda imaginación a la intuición de ella.
Se pregunta entonces si existe algún medio en la filosofía para determinar la dirección del sentido interno, del mismo modo que en las matemáticas es determinable por su imagen específica o figura externa. Ahora bien, la dirección del sentido interno está determinada en su mayor parte solo por un acto de libertad. La conciencia de un hombre se extiende solo a las sensaciones agradables o desagradables causadas en él por impresiones externas; otro amplía su sentido interno hasta la conciencia de las formas y la cantidad; un tercero, además de la imagen, es consciente de la concepción o noción de la cosa; un cuarto alcanza una noción de sus nociones: reflexiona sobre sus propias reflexiones; y así podemos decir, sin impropiedad, que uno posee más o menos sentido interno que otro. Este más o menos delata ya que la filosofía, en sus primeros principios, debe tener un lado práctico o moral, así como uno teórico o especulativo. Esta diferencia de grado no existe en las matemáticas. Sócrates, en Platón, demuestra que un esclavo ignorante puede ser llevado a comprender y a resolver por sí mismo el problema geométrico más difícil. Sócrates dibujó las figuras para el esclavo en la arena. Los discípulos de la filosofía crítica podrían asimismo (como de hecho lo hicieron La Forge y algunos otros seguidores de Des Cartes) representar el origen de nuestras representaciones en láminas de cobre; pero nadie lo ha intentado aún, y sería totalmente inútil. Para un esquimal o un neozelandés, nuestra filosofía más popular sería totalmente ininteligible. El sentido, el órgano interior, aún no ha nacido en él. Así hay muchos entre nosotros, sí, y algunos que se creen filósofos, a quienes el órgano filosófico les falta por completo. Para tal hombre, la filosofía es un mero juego de palabras y nociones, como una teoría de la música para un sordo, o como la geometría de la luz para un ciego. La conexión de las partes y sus dependencias lógicas pueden verse y recordarse; pero el todo carece de fundamento y está vacío, sin el sostén de un contacto vivo, sin ir acompañado de ninguna intuición realizadora que exista mediante y en el acto que afirma su existencia, que es conocida porque es, y es porque es conocida. Las palabras de Plotino, en la persona supuesta de la Naturaleza, son verdaderas respecto de la energía filosófica. To theoroun mou, theoraema poiei, osper oi geometrai theorountes graphousin; all’ emon mae graphousaes, theorousaes de, uphistantai ai ton somaton grammai. Conmigo, el acto de contemplación hace la cosa contemplada, tal como los geómetras, al contemplar, describen las líneas correspondientes; pero yo, no describiendo líneas, sino simplemente contemplando, hago que las formas representativas de las cosas surjan a la existencia.
El postulado de la filosofía, y al mismo tiempo la prueba de la capacidad filosófica, no es otro que el descendido del cielo ¡CONÓCETE A TI MISMO! (E coelo descendit, Gnothi seauton). Y esto, tanto práctica como especulativamente. Pues como la filosofía no es ni una ciencia de la razón o del entendimiento solamente, ni meramente una ciencia de la moral, sino la ciencia del SER en su totalidad, su fundamento primario no puede ser ni meramente especulativo ni meramente práctico, sino ambos en uno. Todo conocimiento descansa en la coincidencia de un objeto con un sujeto. (Mis lectores han sido advertidos en un capítulo anterior de que, para su conveniencia tanto como para la del autor, el término sujeto es usado por mí en su sentido escolástico como equivalente a mente o ser sintiente, y como el correlativo necesario del objeto o quicquid objicitur menti.) Pues solo podemos conocer aquello que es verdadero: y la verdad se sitúa universalmente en la coincidencia del pensamiento con la cosa, de la representación con el objeto representado.
Ahora bien, a la suma de todo lo que es meramente OBJETIVO lo llamaremos en adelante NATURALEZA, limitando el término a su sentido pasivo y material, como lo que comprende todos los fenómenos mediante los cuales se nos da a conocer su existencia. Por otra parte, la suma de todo lo que es SUBJETIVO podemos comprenderla bajo el nombre del YO o INTELIGENCIA. Ambas concepciones están en necesaria antítesis. La inteligencia es concebida como exclusivamente representativa, la naturaleza como exclusivamente representada; una como consciente, la otra sin conciencia. Ahora bien, en todos los actos de conocimiento positivo se requiere un concurso recíproco de ambos, a saber, del ser consciente y de aquello que es en sí mismo inconsciente. Nuestro problema es explicar este concurso, su posibilidad y su necesidad.
Durante el acto del conocimiento mismo, lo objetivo y lo subjetivo están tan instantáneamente unidos que no podemos determinar a cuál de los dos pertenece la prioridad. Aquí no hay primero ni segundo; ambos son coinstantáneos y uno. Mientras intento explicar esta coalición íntima, debo suponerla disuelta. Debo necesariamente partir de uno, al que por tanto otorgo una precedencia hipotética, para llegar al otro. Pero como solo hay dos factores o elementos en el problema, sujeto y objeto, y como queda indeterminado por cuál de ellos debería comenzar, hay dos casos igualmente posibles.
1. O BIEN SE TOMA LO OBJETIVO COMO LO PRIMERO, Y ENTONCES TENEMOS QUE EXPLICAR LA SOBREVENIENCIA DE LO SUBJETIVO, QUE SE COALIGA CON ELLO.
La noción de lo subjetivo no está contenida en la noción de lo objetivo. Por el contrario, se excluyen mutuamente. Lo subjetivo, por tanto, debe sobrevenir a lo objetivo. La concepción de la naturaleza no implica aparentemente la copresencia de una inteligencia que haga un duplicado ideal de ella, es decir, que la represente. Este escritorio, por ejemplo, sería (según nuestras nociones naturales) aunque no existiera ningún ser sintiente que lo mirara. Este es, pues, el problema de la filosofía natural. Asume la naturaleza objetiva o inconsciente como lo primero, y por tanto debe explicar cómo la inteligencia puede sobrevenir a ella, o cómo ella misma puede crecer hasta convertirse en inteligencia. Si pareciera que todos los naturalistas ilustrados, sin haberse propuesto distintivamente el problema a sí mismos, se han movido constantemente en la línea de su solución, esto debe proporcionar una fuerte presunción de que el problema mismo está fundado en la naturaleza. Pues si todo conocimiento tiene, por así decir, dos polos recíprocamente requeridos y presupuestos, todas las ciencias deben proceder de uno u otro, y deben tender hacia el opuesto hasta el punto ecuatorial en el que ambos se reconcilian y se vuelven idénticos. La tendencia necesaria, por tanto, de toda filosofía natural es de la naturaleza a la inteligencia; y esta, y no otra, es la verdadera base y ocasión del esfuerzo instintivo por introducir teoría en nuestras visiones de los fenómenos naturales. La mayor perfección de la filosofía natural consistiría en la perfecta espiritualización de todas las leyes de la naturaleza en leyes de intuición e intelecto. Los fenómenos (lo material) desaparecen por completo, y solo deben quedar las leyes (lo formal). De ahí proviene que, en la naturaleza misma, cuanto más irrumpe el principio de ley, más se desprende la cáscara; los fenómenos mismos se vuelven más espirituales y, a la larga, cesan por completo en nuestra conciencia. Los fenómenos ópticos no son más que una geometría cuyas líneas son trazadas por la luz, y la materialidad de esta luz misma ya se ha convertido en materia de duda. En las apariencias del magnetismo se pierde todo rastro de materia, y de los fenómenos de la gravitación, que no pocos entre los más ilustres newtonianos han declarado no comprensibles de otra manera que como una influencia espiritual inmediata, no queda nada más que su ley, cuya ejecución a gran escala es el mecanismo de los movimientos celestiales. La teoría de la filosofía natural quedaría completada cuando toda la naturaleza fuera demostrada como idéntica en esencia a aquello que, en su más alto poder conocido, existe en el hombre como inteligencia y autoconciencia; cuando los cielos y la tierra declaren no solo el poder de su hacedor, sino la gloria y la presencia de su Dios, tal como él apareció al gran profeta durante la visión del monte en las faldas de su divinidad.
Esto puede bastar para mostrar que incluso la ciencia natural, que comienza con el fenómeno material como la realidad y sustancia de las cosas existentes, termina sin embargo, por la necesidad de teorizar inconsciente e instintivamente, en la naturaleza como una inteligencia; y por esta tendencia, la ciencia de la naturaleza se convierte finalmente en filosofía natural, uno de los dos polos de la ciencia fundamental.
2. O BIEN SE TOMA LO SUBJETIVO COMO LO PRIMERO, Y EL PROBLEMA ES ENTONCES CÓMO SOBREVIENE A ELLO UN OBJETIVO COINCIDENTE.
En la búsqueda de estas ciencias, nuestro éxito en cada una depende de una adhesión austera y fiel a sus propios principios, con una cuidadosa separación y exclusión de aquellos que pertenecen a la ciencia opuesta. Así como el filósofo natural, que dirige sus puntos de vista a lo objetivo, evita por encima de todas las cosas la mezcla de lo subjetivo en su conocimiento, como por ejemplo suposiciones arbitrarias o, mejor dicho, suficciones, cualidades ocultas, agentes espirituales y la sustitución de causas finales por causas eficientes; así, por otro lado, el filósofo trascendental o intelectivo está igualmente ansioso por excluir toda interpelación de lo objetivo en los principios subjetivos de su ciencia, como por ejemplo la asunción de impresiones o configuraciones en el cerebro, correspondientes a imágenes en miniatura en la retina pintadas por rayos de luz de supuestos originales, que no son los objetos inmediatos y reales de la visión, sino deducciones a partir de ella para fines de explicación. Esta purificación de la mente se efectúa mediante un escepticismo absoluto y científico, al cual la mente se determina voluntariamente con el propósito específico de una certeza futura. Des Cartes, quien (en sus meditaciones) dio él mismo el primer ejemplo, al menos entre los modernos, de esta duda voluntaria, de esta indeterminación autodeterminada, expresa felizmente su total diferencia con el escepticismo de la vanidad o la irreligión: Nec tamen in Scepticos imitabar, qui dubitant tantum ut dubitent, et praeter incertitudinem ipsam nihil quaerunt. Nam contra totus in eo eram ut aliquid certi reperirem. Ni es menos distinta en sus motivos y fin último que en sus objetos propios, que no son, como en el escepticismo ordinario, los prejuicios de la educación y las circunstancias, sino aquellos prejuicios originales e innatos que la naturaleza misma ha plantado en todos los hombres, y que para todos, excepto para el filósofo, son los primeros principios del conocimiento y la prueba final de la verdad.
Ahora bien, estos prejuicios esenciales son todos reducibles a la única presunción fundamental: QUE EXISTEN COSAS FUERA DE NOSOTROS. Como esto, por una parte, no se origina ni en fundamentos ni en argumentos, y sin embargo, por otra parte, permanece a prueba contra todos los intentos de eliminarlo mediante fundamentos o argumentos (naturam furca expellas tamen usque redibit); por una parte reclama una certeza INMEDIATA como una posición a la vez indemostrable e irresistible, y sin embargo, por otra parte, en la medida en que se refiere a algo esencialmente diferente de nosotros mismos, incluso en oposición a nosotros mismos, deja inconcebible cómo podría convertirse posiblemente en una parte de nuestra conciencia inmediata (en otras palabras, cómo aquello que, ex hypothesi, es y sigue siendo extrínseco y ajeno a nuestro ser, debería convertirse en una modificación de nuestro ser), el filósofo se obliga, por tanto, a tratar esta fe como nada más que un prejuicio, innato ciertamente y connatural, pero aun así un prejuicio.
La otra posición, que no solo reclama sino que hace necesaria la admisión de su certeza inmediata, tanto para la razón científica del filósofo como para el sentido común de la humanidad en general, a saber, YO SOY, no puede ser titulada tan apropiadamente como un prejuicio. Es infundada, ciertamente; pero entonces, en la idea misma, excluye todo fundamento, y separada de la conciencia inmediata pierde todo su sentido e importancia. Es infundada; pero solo porque es ella misma el fundamento de toda otra certeza. Ahora bien, la contradicción aparente de que la posición anterior, a saber, la existencia de cosas fuera de nosotros, que por su naturaleza no puede ser inmediatamente cierta, sea recibida tan ciegamente e independientemente de todos los fundamentos como la existencia de nuestro propio ser, el filósofo trascendental solo puede resolverla mediante la suposición de que la primera está inconscientemente involucrada en la última; que no solo es coherente, sino idéntica, y una misma cosa con nuestra propia autoconciencia inmediata. Demostrar esta identidad es el oficio y objeto de su filosofía.
Si se dice que esto es idealismo, recuérdese que solo es idealismo en la medida en que es, al mismo tiempo y por esa misma razón, el realismo más verdadero y vinculante. Pues, ¿en qué consiste propiamente el realismo de la humanidad? ¿En la afirmación de que existe algo fuera de ellos, qué, o cómo, o dónde no saben, que ocasiona los objetos de su percepción? ¡Oh, no! Esto no es ni connatural ni universal. Es lo que unos pocos han enseñado y aprendido en las escuelas, y lo que muchos repiten sin preguntarse acerca de su propio significado. El realismo común a toda la humanidad es mucho más antiguo y yace infinitamente más profundo que esta explicación hipotética del origen de nuestras percepciones, una explicación espumada de la mera superficie de la filosofía mecánica. Es la mesa misma la que el hombre de sentido común cree ver, no el fantasma de una mesa, a partir del cual puede deducir argumentativamente la realidad de una mesa que no ve. Si destruir la realidad de todo lo que realmente contemplamos es idealismo, ¿qué puede ser más egregiamente tal que el sistema de la metafísica moderna, que nos destierra a una tierra de sombras, nos rodea de apariciones y distingue la verdad de la ilusión solo por la mayoría de aquellos que sueñan el mismo sueño? "Afirmé que el mundo estaba loco", exclamó el pobre Lee, "y el mundo dijo que yo estaba loco, y confúndalos, me superaron en votos".
Es al realismo verdadero y original al que quiero dirigir la atención. Este no cree ni requiere ni más ni menos que el objeto que contempla o se presenta a sí mismo sea el objeto real y verdadero. En este sentido, por mucho que nos esforcemos contra ello, todos nacemos colectivamente idealistas, y por eso, y solo por eso, somos al mismo tiempo realistas. Pero de esto los filósofos de las escuelas no saben nada, o desprecian la fe como el prejuicio del vulgo ignorante, porque viven y se mueven en una multitud de frases y nociones de las que la naturaleza humana ha desaparecido hace mucho tiempo. ¡Oh, vosotros que os veneráis a vosotros mismos, y camináis humildemente con la divinidad en vuestros propios corazones, sois dignos de una filosofía mejor! Que los muertos entierren a sus muertos, pero preservad vuestra naturaleza humana, cuya profundidad nunca fue sondeada por una filosofía hecha de nociones y meras entidades lógicas.
En el tercer tratado de mi Logosophia, anunciado al final de este volumen, daré (Deo volente) las demostraciones y construcciones de la Filosofía Dinámica organizadas científicamente. No es, según mi convicción, otra cosa que el sistema de Pitágoras y de Platón revivido y purificado de mezclas impuras. Doctrina per tot manus tradita tandem in vappam desiit! La ciencia de la aritmética proporciona ejemplos de que una regla puede ser útil en la aplicación práctica, y para el propósito particular puede ser suficientemente autenticada por el resultado, antes de que ella misma haya sido plenamente demostrada. Basta con que sea hecha inteligible. Esto, confío, se habrá efectuado en las siguientes Tesis para aquellos de mis lectores que estén dispuestos a acompañarme a través del siguiente capítulo, en el que los resultados se aplicarán a la deducción de la Imaginación, y con ella, a los principios de producción y de crítica genial en las bellas artes.
TESIS I
La verdad es correlativa al ser. El conocimiento sin una realidad correspondiente no es conocimiento; si conocemos, debe haber algo conocido por nosotros. Conocer es, en su misma esencia, un verbo activo.
TESIS II
Toda verdad es mediata, es decir, derivada de alguna otra verdad o verdades; o inmediata y original. La última es absoluta, y su fórmula A. A.; la primera es de certeza dependiente o condicional, y representada en la fórmula B. A. La certeza que se adhiere en A, es atribuible a B.
ESCOLIO. Una cadena sin un eslabón principal, del cual todas las demás derivaran su estabilidad, o una serie sin un primero, ha sido no inapropiadamente alegorizada como una fila de ciegos, cada uno sosteniendo el borde de la ropa del hombre que tiene delante, extendiéndose lejos fuera de la vista, pero todos moviéndose sin la menor desviación en una línea recta. Se daría naturalmente por sentado que había un guía al frente de la fila: ¿qué pasaría si se respondiera: ¡No, señor, los hombres son sin número, y la ceguera infinita suple el lugar de la vista!?
Igualmente inconcebible es un ciclo de verdades iguales sin un principio común y central, que prescriba a cada una su esfera propia en el sistema de la ciencia. Que el absurdo no nos golpee tan inmediatamente, que no parezca igualmente inimaginable, se debe a un acto subrepticio de la imaginación, que, instintivamente y sin que lo notemos, no solo llena los espacios intermedios y contempla el ciclo (de B. C. D. E. F., etc.) como un círculo continuo (A.), dando a todos colectivamente la unidad de su órbita común; sino que también suministra, mediante una especie de subintelligitur, la única potencia central que hace que el movimiento sea armonioso y cíclico.
TESIS III
Debemos buscar, por tanto, alguna verdad absoluta capaz de comunicar a otras posiciones una certeza que ella misma no ha tomado prestada; una verdad autogestionada, incondicional y conocida por su propia luz. En resumen, tenemos que encontrar algo que es, simplemente porque es. Para ser tal, debe ser algo que sea su propio predicado, al menos en la medida en que todos los demás predicados nominales deban ser modos y repeticiones de sí mismo. Su existencia también debe ser tal que excluya la posibilidad de requerir una causa o antecedente sin caer en el absurdo.
TESIS IV
Que solo puede haber un principio tal puede probarse a priori; pues si hubiera dos o más, cada uno debería referirse a algún otro por el cual se afirme su igualdad; en consecuencia, ninguno estaría autoestablecido, como exige la hipótesis. Y a posteriori, será probado por el principio mismo cuando sea descubierto, al implicar una precedencia universal en su propia concepción.
ESCOLIO. Si afirmamos de una tabla que es azul, el predicado (azul) es accidental y no está implícito en el sujeto, tabla. Si afirmamos de un círculo que es equirradial, el predicado sí está implícito en la definición del sujeto; pero la existencia del sujeto mismo es contingente y supone tanto una causa como un percipiente. El mismo razonamiento se aplicará al número indefinido de supuestas verdades indemostrables exentas del acceso profano de la investigación filosófica por el amable Beattie, y otros inauguradores menos elocuentes y no más profundos del sentido común en el trono de la filosofía; un intento infructuoso, si fuera solo porque es la doble función de la filosofía reconciliar la razón con el sentido común, y elevar el sentido común a razón.
TESIS V
Tal principio no puede ser ninguna COSA u OBJETO. Cada cosa es lo que es como consecuencia de alguna otra cosa. Una cosa infinita e independiente es una contradicción no menor que un círculo infinito o un triángulo sin lados. Además, una cosa es aquello que es capaz de ser un objeto que no es, él mismo, el único percipiente. Pero un objeto es inconcebible sin un sujeto como su antítesis. Omne perceptum percipientem supponit.
Pero tampoco puede encontrarse el principio en un sujeto como sujeto, contra-distinguido de un objeto: pues unicuique percipienti aliquid objicitur perceptum. Por tanto, no se encuentra ni en el objeto ni en el sujeto tomados por separado y, en consecuencia, como no es concebible ningún otro tercero, debe encontrarse en aquello que no es ni sujeto ni objeto exclusivamente, sino que es la identidad de ambos.
TESIS VI
Este principio, así caracterizado, se manifiesta en el SUM o YO SOY; que en lo sucesivo expresaré indistintamente con las palabras espíritu, yo y autoconciencia. En esto, y solo en esto, objeto y sujeto, ser y conocer, son idénticos, implicándose y suponiéndose mutuamente. En otras palabras, es un sujeto que se convierte en sujeto por el acto de construirse objetivamente a sí mismo; pero que nunca es un objeto excepto para sí mismo, y solo en la medida en que, por el mismo acto, se convierte en sujeto. Puede describirse, por tanto, como una duplicación perpetua de una misma potencia en objeto y sujeto, los cuales se presuponen mutuamente y solo pueden existir como antítesis.
ESCOLIO. Si se le pregunta a un hombre cómo sabe que es, solo puede responder: sum quia sum. Pero si (admitida la absolutidad de esta certeza) se le pregunta de nuevo cómo él, la persona individual, llegó a ser, entonces, en relación con el fundamento de su existencia —no con el fundamento de su conocimiento de esa existencia—, podría responder: sum quia Deus est, o, aún más filosóficamente: sum quia in Deo sum.
Pero si elevamos nuestra concepción al yo absoluto, al gran YO SOY eterno, entonces el principio del ser y del conocimiento, de la idea y de la realidad; el fundamento de la existencia y el fundamento del conocimiento de la existencia, son absolutamente idénticos: Sum quia sum; soy porque me afirmo a mí mismo como tal; me afirmo a mí mismo como tal porque soy.
TESIS VII
Si, pues, me conozco solo a través de mí mismo, es contradictorio requerir cualquier otro predicado del yo que no sea el de la autoconciencia. Solo en la autoconciencia de un espíritu existe la requerida identidad de objeto y de representación; pues en esto consiste la esencia de un espíritu: en que es autorrepresentativo. Si, por tanto, esta es la única verdad inmediata, en cuya certeza se fundamenta la realidad de nuestro conocimiento colectivo, debe seguirse que el espíritu, en todos los objetos que contempla, se contempla solo a sí mismo. Si esto pudiera probarse, la realidad inmediata de todo conocimiento intuitivo quedaría asegurada. Se ha demostrado que un espíritu es aquello que es su propio objeto, aunque no originalmente un objeto, sino un sujeto absoluto para el cual todo, incluido él mismo, puede convertirse en objeto. Debe, por tanto, ser un ACTO; pues todo objeto es, como objeto, muerto, fijo, incapaz en sí mismo de acción alguna y necesariamente finito. De nuevo, el espíritu (originalmente la identidad de objeto y sujeto) debe, en cierto sentido, disolver esta identidad para poder ser consciente de ella; fit alter et idem. Pero esto implica un acto, y se sigue, por consiguiente, que la inteligencia o autoconciencia es imposible excepto por y en una voluntad. El espíritu autoconsciente es, por tanto, una voluntad; y la libertad debe asumirse como fundamento de la filosofía, y nunca puede deducirse de ella.
TESIS VIII
Todo lo que en su origen es objetivo, es asimismo, como tal, necesariamente finito. Por tanto, dado que el espíritu no es originalmente un objeto, y dado que el sujeto existe en antítesis a un objeto, el espíritu no puede ser originalmente finito. Pero tampoco puede ser un sujeto sin convertirse en objeto, y, como es originalmente la identidad de ambos, no puede concebirse ni como infinito ni como finito exclusivamente, sino como la unión más original de ambos. En la existencia, en la reconciliación y en la recurrencia de esta contradicción consiste el proceso y el misterio de la producción y de la vida.
TESIS IX
Este principium commune essendi et cognoscendi, en cuanto subsistente en una VOLUNTAD, o ACTO primario de autoduplicación, es el principio mediato o indirecto de toda ciencia; pero es el principio inmediato y directo únicamente de la ciencia última, es decir, de la filosofía trascendental. Pues debe recordarse que todas estas tesis se refieren únicamente a una de las dos Ciencias Polares, a saber, a aquella que comienza con lo subjetivo y se limita estrictamente a ello, dejando lo objetivo (en la medida en que es exclusivamente objetivo) a la filosofía natural, que es su polo opuesto. Por tanto, en su misma idea como conocimiento sistemático de nuestro CONOCER colectivo (scientia scientiae), implica la necesidad de algún principio supremo de conocimiento, que sea a la vez fuente y forma acompañante en todos los actos particulares del intelecto y la percepción. Esto, como se ha demostrado, puede encontrarse solo en el acto y evolución de la autoconciencia. No estamos investigando un principium essendi absoluto; pues entonces, admito, podrían plantearse muchas objeciones válidas contra nuestra teoría; sino un principium cognoscendi absoluto. El resultado de ambas ciencias, o su punto ecuatorial, sería el principio de una filosofía total e indivisa, como, por razones de prudencia, he elegido anticipar en el Escolio a la Tesis VI y en la nota adjunta. En otras palabras, la filosofía pasaría a ser religión, y la religión llegaría a incluir a la filosofía. Comenzamos con el YO ME CONOZCO, para terminar con el YO SOY absoluto. Procedemos desde el YO, para perder y encontrar todo yo en DIOS.
TESIS X
El filósofo trascendental no inquiere qué fundamento último de nuestro conocimiento puede yacer fuera de nuestro conocer, sino qué es lo último en nuestro conocer mismo, más allá de lo cual no podemos pasar. El principio de nuestro conocer se busca dentro de la esfera de nuestro conocer. Debe ser, por tanto, algo que pueda ser conocido a su vez. Se afirma solamente que el acto de la autoconciencia es para nosotros la fuente y principio de todo nuestro conocimiento posible. Si existe algo más alto y más allá de este autoconocimiento primario —que es para nosotros la forma de todo nuestro conocer— abstraído de nosotros, debe decidirlo el resultado.
Que la autoconciencia es el punto fijo al que, para nosotros, todo está ensamblado y anexo, no necesita más pruebas. Pero que la autoconciencia pueda ser la modificación de una forma de ser superior, tal vez de una conciencia superior, y esta a su vez de una aún más alta, y así sucesivamente en un regressus infinito; en suma, que la autoconciencia pueda ser ella misma algo explicable mediante algo que debe yacer más allá de la posibilidad de nuestro conocimiento, porque la síntesis completa de nuestra inteligencia se forma primero en y a través de la autoconciencia, no nos concierne en absoluto como filósofos trascendentales. Pues, para nosotros, la autoconciencia no es un tipo de ser, sino un tipo de conocer, y además el más alto y lejano que existe para nosotros. Puede mostrarse, sin embargo, y en parte se ha mostrado ya antes, que incluso cuando se asume lo Objetivo como lo primero, nunca podemos pasar más allá del principio de la autoconciencia. Si lo intentáramos, seríamos rechazados de fundamento en fundamento, cada uno de los cuales dejaría de ser fundamento en el momento en que presionáramos sobre él. Seríamos arrojados al abismo de una serie infinita. Pero esto haría que nuestra razón frustrara el fin y propósito de toda razón, a saber, la unidad y el sistema. O bien debemos romper la serie arbitrariamente y afirmar un algo absoluto que es en y por sí mismo a la vez causa y efecto (causa sui), sujeto y objeto, o más bien la identidad absoluta de ambos. Pero como esto es inconcebible, excepto en una autoconciencia, se sigue que incluso como filósofos naturales debemos llegar al mismo principio del que partimos como filósofos trascendentales; es decir, a una autoconciencia en la cual el principium essendi no se encuentra con el principium cognoscendi en la relación de causa a efecto, sino que uno y otro son coinherentes e idénticos. Así, el verdadero sistema de la filosofía natural coloca la única realidad de las cosas en un ABSOLUTO, que es a la vez causa sui et effectus, pater autopator, uios heautou—en la identidad absoluta de sujeto y objeto, que denomina naturaleza, y que en su potencia más alta no es otra cosa que voluntad autoconsciente o inteligencia. En este sentido, la posición de Malebranche, de que vemos todas las cosas en Dios, es una verdad filosófica estricta; e igualmente verdadera es la afirmación de Hobbes, de Hartley y de sus maestros en la antigua Grecia, de que todo conocimiento real supone una sensación previa. Pues la sensación misma no es sino visión naciente, no la causa de la inteligencia, sino la inteligencia misma revelada como un poder anterior en el proceso de autoconstrucción.
Makar, ilathi moi; Pater, ilathi moi Ei para kosmon, Ei para moiran Ton son ethigon!
Teniendo esto presente, que la inteligencia es un autodesarrollo, no una cualidad que sobreviene a una sustancia, podemos abstraer de todo grado y, a efectos de la construcción filosófica, reducirla al género, bajo la idea de un poder indestructible con dos fuerzas opuestas y contrapuestas, a las que, mediante una metáfora tomada de la astronomía, podemos llamar fuerzas centrífuga y centrípeta. La inteligencia, en una, tiende a objetivarse a sí misma, y en la otra a conocerse a sí misma en el objeto. Será de aquí en adelante mi tarea construir, mediante una serie de intuiciones, los esquemas progresivos que deben seguirse de tal poder con tales fuerzas, hasta llegar a la plenitud de la inteligencia humana. Para mi propósito presente, asumo tal poder como mi principio, a fin de deducir de él una facultad, cuya generación, agencia y aplicación forman el contenido del capítulo siguiente.
En una página precedente he justificado el uso de términos técnicos en filosofía siempre que tiendan a evitar la confusión de pensamiento, y cuando ayudan a la memoria por la unicidad exclusiva de su significado más de lo que puedan, por un corto tiempo, desconcertar la atención por su extrañeza. Confío en no haber extendido este privilegio más allá de los fundamentos en los que lo he reclamado: a saber, la conveniencia de la fraseología escolástica para distinguir el género de todos los grados, o más bien para expresar el género con la abstracción del grado, como por ejemplo multeidad en lugar de multitud; o en segundo lugar, por el bien de la correspondencia sonora en términos interdependientes o antitéticos, como sujeto y objeto; o por último, para evitar la cansina recurrencia de circunloquios y definiciones. Así, me aventuraré a usar potencia, para expresar un grado específico de un poder, a imitación de los algebristas. Incluso he arriesgado el nuevo verbo potencizar, con sus derivados, para expresar la combinación o transferencia de poderes. Sucede con los términos nuevos o inusuales lo que con los privilegios en los tribunales de justicia o en el legislativo; no puede haber privilegio legítimo donde ya existe una ley positiva adecuada al propósito; y cuando no existe ley, el privilegio se justifica por su conformidad con el fin, o causa final, de toda ley. Las palabras inusuales y recién acuñadas son sin duda un mal; pero la vaguedad, la confusión y la comunicación imperfecta de nuestros pensamientos son un mal mucho mayor. Todo sistema que tenga la necesidad de usar términos no familiarizados por la metafísica de moda, será descrito como escrito en un estilo ininteligible, y el autor debe esperar la acusación de haber sustituido una jerga docta por una concepción clara; mientras que, de acuerdo con el credo de nuestros filósofos modernos, nada se considera una concepción clara sino aquello que es representable mediante una imagen distinta. Así, lo concebible se reduce dentro de los límites de lo pictórico. Hinc patet, qui fiat, ut cum irrepraesentabile et impossibile vulgo ejusdem significatus habeantur, conceptus tam continui, quam infiniti, a plurimis rejiciantur, quippe quorum, secundum leges cognitionis intuitivae, repraesentatio est impossibilis. Quanquam autem harum e non paucis scholis explosarum notionum, praesertim prioris, causam hic non gero, maximi tamen momendi erit monuisse gravissimo illos errore labi, qui tam perverse argumentandi ratione utuntur. Quicquid enim repugnat legibus intellectus et rationis, utique est impossibile; quod autem, cum rationis purae sit objectum, legibus cognitionis intuitivae tantummodo non subest, non item. Nam hic dissensus inter facultatem sensitivam et intellectualem, (quarum indolem mox exponam,) nihil indigitat, nisi, quas mens ab intellectu acceptas fert ideas abstractas, illas in concreto exsequi et in intuitus commutare saepenumero non posse. Haec autem reluctantia subjectiva mentitur, ut plurimum, repugnantiam aliquam objectivam, et incautos facile fallit, limitibus, quibus mens humana circumscribitur, pro iis habitis, quibus ipsa rerum essentia continetur.
Los críticos, que están más dispuestos a lanzar esta acusación de pedantería e ininteligibilidad, son los más propensos a pasar por alto el hecho importante de que, además del lenguaje de las palabras, existe un lenguaje de los espíritus (sermo interior), y que el primero no es más que el vehículo del segundo. Por consiguiente, su seguridad de que no entienden al escritor filosófico, en lugar de probar nada contra la filosofía, puede proporcionar una presunción igual, y (caeteris paribus) incluso más fuerte, contra su propio talento filosófico.
Grandes son, en verdad, los obstáculos que un metafísico inglés tiene que encontrar. Entre sus jueces más respetables e inteligentes habrá muchos que han dedicado su atención exclusivamente a las preocupaciones e intereses de la vida humana, y que traen consigo a la lectura de un sistema filosófico una aversión habitual a todas las especulaciones cuya utilidad y aplicación no sean evidentes e inmediatas. A estos me opondría en primera instancia simplemente a una autoridad que ellos mismos consideran venerable, la de Lord Bacon: non inutiles Scientiae existimandae sunt, quarum in se nullus est usus, si ingenia acuant et ordinent.
Hay otros cuyos prejuicios son aún más formidables, en la medida en que están fundamentados en sus sentimientos morales y principios religiosos, los cuales habían sido alarmados y conmocionados por los principios impíos y perniciosos defendidos por Hume, Priestley y los fatalistas o necesitarianos franceses; algunos de los cuales habían pervertido los razonamientos metafísicos para la negación de los misterios y, de hecho, de todas las doctrinas peculiares del cristianismo; y otros incluso para la subversión de toda distinción entre el bien y el mal. Pediría a tales hombres que consideren lo que un eminente y exitoso defensor de la fe cristiana ha observado: que la verdadera metafísica no es otra cosa que la verdadera divinidad, y que, de hecho, los escritores que les han causado tal ofensa fueron sofistas que habían sacado provecho del descuido general en el que la ciencia de la lógica ha caído desgraciadamente, más que metafísicos, un nombre, por cierto, que aquellos escritores fueron los primeros en rechazar por carecer de sentido. En segundo lugar, les recordaría que mientras haya hombres en el mundo para quienes el Gnothi seauton sea un instinto y un mandato de su propia naturaleza, mientras tanto habrá metafísicos y especulaciones metafísicas; que la falsa metafísica puede ser contrarrestada eficazmente solo por la verdadera metafísica; y que si el razonamiento es claro, sólido y pertinente, la verdad deducida nunca podrá ser menos valiosa a causa de la profundidad desde la que pueda haber sido extraída.
Una tercera clase se profesa amiga de la metafísica y cree que ellos mismos son metafísicos. No tienen objeción al sistema o a la terminología, siempre que sea el método y la nomenclatura a los que se han familiarizado en los escritos de Locke, Hume, Hartley, Condillac o tal vez el Dr. Reid y el profesor Stewart. A las objeciones por esta causa, es respuesta suficiente que uno de los objetivos principales de mi intento era demostrar la vaguedad o insuficiencia de los términos utilizados en las escuelas metafísicas de Francia y Gran Bretaña desde la revolución, y que los errores que propongo atacar no pueden subsistir excepto si se ocultan tras la máscara de una nomenclatura plausible e indefinida.
Pero el peor y más amplio impedimento aún permanece. Es el predominio de una filosofía popular, a la vez la falsificación y el enemigo mortal de toda investigación metafísica verdadera y varonil. Es esa corrupción, introducida por ciertos eclécticos aforísticos sin método, quienes, descartando no solo todo sistema, sino toda conexión lógica, eligen y seleccionan lo que es más plausible y llamativo; quienes seleccionan cualquier palabra a la que se pueda atribuir alguna apariencia de sentido sin el menor gasto de pensamiento; en suma, lo que pueda permitir a los hombres hablar de lo que no entienden, evitando cuidadosamente todo lo que pudiera despertarlos a un momento de sospecha de su ignorancia. ¡Esto, ay!, es una enfermedad irremediable, pues trae consigo no tanto una indisposición hacia un sistema particular, sino una pérdida total del gusto y la facultad para todo sistema y para toda filosofía. Como ecos que se engendran unos a otros entre las montañas, la alabanza o la culpa de tales hombres rueda en descargas mucho después de que el disparo del trabuco original haya sonado. Sequacitas est potius et coitio quam consensus: et tamen (quod pessimum est) pusillanimitas ista non sine arrogantia et fastidio se offert.
Procederé ahora a la naturaleza y génesis de la Imaginación; pero primero debo pedir permiso para observar que, tras una lectura más precisa de las observaciones del Sr. Wordsworth sobre la Imaginación, en su prefacio a la nueva edición de sus poemas, encuentro que mis conclusiones no son tan concordantes con las suyas como, confieso, había dado por sentado. En un artículo aportado por mí a la Omniana del Sr. Southey, Sobre el alma y sus órganos de sentido, se encuentran las siguientes frases: "Estas (las facultades humanas) las ordenaría bajo los diferentes sentidos y poderes: como el ojo, el oído, el tacto, etc.; el poder imitativo, voluntario y automático; la imaginación, o poder conformador y modificador; la fantasía, o poder agregativo y asociativo; el entendimiento, o poder regulador, sustanciador y realizador; la razón especulativa, vis theoretica et scientifica, o el poder mediante el cual producimos o aspiramos a producir unidad, necesidad y universalidad en todo nuestro conocimiento mediante principios a priori; la voluntad, o razón práctica; la facultad de elección (Germanice, Willkuehr) y (distinto tanto de la voluntad moral como de la elección), la sensación de volición, que he encontrado razones para incluir bajo el rubro de tacto simple y doble". A esto, en lo que se refiere al tema en cuestión, a saber, las palabras (el poder agregativo y asociativo), "la objeción del Sr. Wordsworth es solo que la definición es demasiado general. Agregar y asociar, evocar y combinar, pertenecen tanto a la Imaginación como a la Fantasía". Respondo que si, por el poder de evocar y combinar, el Sr. Wordsworth quiere decir lo mismo que yo entendía por agregativo y asociativo, sigo negando que pertenezca en absoluto a la Imaginación; y me inclino a conjeturar que ha confundido la copresencia de la Fantasía con la Imaginación con la operación de esta última por sí sola. Un hombre puede trabajar con dos herramientas muy diferentes en el mismo momento; cada una tiene su parte en el trabajo, pero el trabajo efectuado por cada una es distinto y diferente. Pero probablemente aparecerá en el siguiente capítulo que, considerando necesario retroceder mucho más de lo que el tema del Sr. Wordsworth requería o permitía, he adjuntado un significado tanto a la Fantasía como a la Imaginación, que él no tenía en vista, al menos mientras escribía ese prefacio. Él juzgará. ¡Ojalá pudiera encontrarme con muchos lectores así! Concluiré con las palabras del obispo Jeremy Taylor: "Aquel para quien todas las cosas son una, que atrae todas las cosas hacia una, y ve todas las cosas en una, puede disfrutar de verdadera paz y descanso de espíritu".
CAPÍTULO XIII
Sobre la imaginación, o poder esemplástico
Oh Adán, un Todopoderoso hay, de quien Todas las cosas proceden, y a él retornan, Si no depravadas del bien, creadas todas Tales a la perfección, una materia primera toda, Dotada de varias formas, varios grados De sustancia, y, en las cosas que viven, de vida; Pero más refinada, más espirituosa y pura, A medida que más cerca de él colocada, o más tendente, Cada una en sus diversas esferas activas asignadas, Hasta que el cuerpo trabaje hacia el espíritu, en límites Proporcionados a cada género. Así, de la raíz Brota más ligero el tallo verde, de allí las hojas Más aéreas: al final la flor brillante consumada Espíritus olorosos respira: las flores y sus frutos, Nutrición del hombre, por escala gradual sublimada, A espíritus vitales aspiran: a animales: ¡A intelectuales!—dan tanto vida como sentido, Fantasía y entendimiento; de donde el alma RECIBE la RAZÓN, y la razón es su ser, Discursiva o intuitiva.
"Sane dicerentur si res corporales nil nisi materiale continerent, verissime in fluxu consistere, neque habere substantiale quicquam, quemadmodum et Platonici olim recte agnovere."
"Hinc igitur, praeter pure mathematica et phantasiae subjecta, collegi quaedam metaphysica solaque mente perceptibilia, esse admittenda et massae materiali principium quoddam superius et, ut sic dicam, formale addendum: quandoquidem omnes veritates rerum corporearum ex solis axiomatibus logisticis et geometricis, nempe de magno et parvo, toto et parte, figura et situ, colligi non possint; sed alia de causa et effectu, actioneque et passione, accedere debeant, quibus ordinis rerum rationes salventur. Id principium rerum, an entelecheian an vim appellemus, non refert, modo meminerimus, per solam Virium notionem intelligibiliter explicari."
Sebomai noeron Kruphian taxin Chorei TI MESON Ou katachuthen.
Des Cartes, hablando como naturalista e imitando a Arquímedes, dijo: dadme materia y movimiento y os construiré el universo. Debemos, por supuesto, entender que quiso decir: haré inteligible la construcción del universo. En el mismo sentido, el filósofo trascendental dice: concededme una naturaleza que tenga dos fuerzas contrarias, una de las cuales tiende a expandirse infinitamente, mientras que la otra se esfuerza por aprehenderse o encontrarse a sí misma en esta infinitud, y haré que el mundo de las inteligencias, con todo el sistema de sus representaciones, surja ante vosotros. Cualquier otra ciencia presupone la inteligencia como ya existente y completa: el filósofo la contempla en su crecimiento y, por así decirlo, representa su historia ante la mente desde su nacimiento hasta su madurez.
El venerable sabio de Königsberg ha precedido la marcha de este pensamiento maestro como un pionero eficaz en su ensayo sobre la introducción de las cantidades negativas en la filosofía, publicado en 1763. En él ha demostrado que, en lugar de atacar la ciencia de las matemáticas mediante la metafísica, como hizo Berkeley en su ANALYST, o de sofisticarla, como hizo Wolf, con el vano intento de deducir los primeros principios de la geometría a partir de supuestos fundamentos más profundos de la ontología, convenía más bien al metafísico examinar si la única provincia del conocimiento que el hombre ha logrado erigir en ciencia pura no podría proporcionar materiales, o al menos indicios, para establecer y pacificar el dominio inestable, beligerante y enmarañado de la filosofía. Se había intentado, en efecto, una imitación del método matemático, pero sin mayor éxito que el que tuvo el intento de David de vestir la armadura de Saúl. Sin embargo, es posible otro uso de mucha mayor promesa: a saber, la aplicación real de las posiciones que habían ampliado tan maravillosamente los descubrimientos de la geometría, mutatis mutandis, a los temas filosóficos. Kant, habiendo ilustrado brevemente la utilidad de tal intento en las cuestiones del espacio, el movimiento y las cantidades infinitamente pequeñas tal como las emplea el matemático, procede a la idea de las cantidades negativas y a su traslado a la investigación metafísica. Los opuestos, observa acertadamente, son de dos clases: o lógicos, es decir, aquellos que son absolutamente incompatibles; o reales, sin ser contradictorios. A los primeros los denomina Nihil negativum irrepraesentabile, cuya conexión produce sinsentido. Un cuerpo en movimiento es algo —Aliquid cogitabile—; pero un cuerpo, al mismo tiempo en movimiento y no en movimiento, es nada o, a lo sumo, aire articulado en un sinsentido. Pero una fuerza motriz de un cuerpo en una dirección y una fuerza igual del mismo cuerpo en una dirección opuesta no son incompatibles, y el resultado, a saber, el reposo, es real y representable. Para los propósitos del cálculo matemático, es indiferente qué fuerza denominemos negativa y cuál positiva y, en consecuencia, apropiamos esta última a aquello que resulta ser el objeto principal de nuestros pensamientos. Así, si el capital de un hombre es diez y sus deudas ocho, la resta será la misma, ya sea que llamemos al capital deuda negativa o a la deuda capital negativo. Pero como este último guarda prácticamente referencia con el primero, representamos, por supuesto, la suma como 10-8. Es igualmente claro que dos fuerzas iguales que actúan en direcciones opuestas, siendo ambas finitas y distinguiéndose cada una de la otra solo por su dirección, deben neutralizarse o reducirse mutuamente a la inacción. Ahora bien, la filosofía trascendental exige: primero, que se conciban dos fuerzas que se contrarrestan mutuamente por su naturaleza esencial; no solo no como consecuencia de la dirección accidental de cada una, sino como algo previo a toda dirección, es más, como las fuerzas primarias de las que las condiciones de todas las direcciones posibles son derivables y deducibles; segundo, que se asuma que estas fuerzas son ambas igualmente infinitas, ambas igualmente indestructibles. El problema será entonces descubrir el resultado o producto de dos fuerzas tales, a diferencia del resultado de aquellas fuerzas que son finitas y derivan su diferencia únicamente de la circunstancia de su dirección. Cuando hayamos formado un esquema o esbozo de estos dos tipos diferentes de fuerza, y de sus diferentes resultados, mediante el proceso del razonamiento discursivo, nos quedará entonces elevar la tesis de lo nocional a lo real, contemplando intuitivamente este único poder con sus dos fuerzas inherentes, indestructibles pero contrapuestas, y los resultados o generaciones a los que da existencia su interpenetración, en el principio viviente y en el proceso de nuestra propia autoconciencia. Mediante qué instrumento es esto posible, la solución misma lo descubrirá, al mismo tiempo que revelará a quién y para quién es posible. Non omnia possumus omnes. Existe un genio filosófico, no menos que uno poético, que se diferencia de la mayor perfección del talento no por grado, sino por especie.
La contraposición, pues, de las dos fuerzas asumidas no depende de que se encuentren desde direcciones opuestas; el poder que actúa en ellas es indestructible; es, por tanto, inagotablemente reebulliente; y como algo debe ser el resultado de estas dos fuerzas, ambas igualmente infinitas y ambas igualmente indestructibles; y como el reposo o la neutralización no pueden ser este resultado; no es posible otra concepción que la de que el producto debe ser un tertium aliquid, o generación finita. En consecuencia, esta concepción es necesaria. Ahora bien, este tertium aliquid no puede ser otro que una interpenetración de los poderes contrapuestos, participando de ambos.
* * * * * *
Hasta aquí se había transcrito la obra para la imprenta cuando recibí la siguiente carta de un amigo, cuyo juicio práctico he tenido amplios motivos para estimar y reverenciar, y cuyo gusto y sensibilidad excluyen todas las excusas que mi amor propio podría haberme impulsado a presentar como alegato contra la decisión de asesores de igual buen juicio, pero con menos tacto y sensibilidad.
«Querido C.
Me pides mi opinión sobre tu capítulo sobre la Imaginación, tanto en cuanto a las impresiones que me causó a mí, como a las que creo que causará al público, es decir, a esa parte del público que, por el título de la obra y por formar una especie de introducción a un volumen de poemas, probablemente constituya la gran mayoría de tus lectores.
En cuanto a mí, y exponiendo en primer lugar el efecto en mi entendimiento, tus opiniones y método de argumentación no solo fueron tan nuevos para mí, sino tan directamente opuestos a todo lo que siempre había estado acostumbrado a considerar como verdad, que incluso si hubiera comprendido tus premisas lo suficiente como para haberlas admitido, y hubiera visto la necesidad de tus conclusiones, habría permanecido en ese estado mental que en tu nota al cap. IV has desarrollado tan ingeniosamente como la antítesis de aquel en el que se encuentra un hombre cuando comete un despropósito. En tus propias palabras, me habría sentido como si hubiera estado caminando sobre mi cabeza.
El efecto en mis sentimientos, por otra parte, no puedo representarlo mejor que suponiendo que solo hubiera conocido nuestras ligeras y ventiladas capillas modernas, y que luego, por primera vez, me hubieran dejado solo en una de nuestras mayores catedrales góticas en una ventosa noche de otoño a la luz de la luna. “Ahora en destello, ahora en penumbra”; a menudo en una oscuridad palpable, no sin una escalofriante sensación de terror; luego emergiendo repentinamente a luces amplias pero visionarias con sombras coloreadas de formas fantásticas, aunque todo adornado con insignias sagradas y símbolos místicos; y de vez en cuando encontrándome de lleno con pinturas e imágenes de piedra de grandes hombres, con cuyos nombres estaba familiarizado, pero que me miraban con semblantes y una expresión de lo más disímil a todo lo que había estado acostumbrado a asociar con esos nombres. Aquellos a quienes me habían enseñado a venerar como casi sobrehumanos en magnitud de intelecto, los encontré encaramados en pequeños nichos de tracería, como enanos grotescos; mientras que los grotescos, en mi creencia hasta ahora, estaban custodiando el altar mayor con todos los caracteres de la apoteosis. En resumen, lo que había supuesto sustancias se diluyó en sombras, mientras que por todas partes las sombras se profundizaban hasta convertirse en sustancias:
¡Si sustancia pudiera llamarse lo que sombra parecía, pues cada una parecía la otra!
Sin embargo, después de todo, no pude dejar de repetir los versos que habías citado de un poema manuscrito tuyo en el FRIEND, y aplicado a una obra del Sr. Wordsworth, aunque con algunas de las palabras alteradas:
------Un relato órfico en verdad, ¡un relato oscuro de pensamientos elevados y apasionados cantado con una música extraña!
Ten por seguro, sin embargo, que espero con ansiedad tu gran libro sobre la FILOSOFÍA CONSTRUCTIVA, que has prometido y anunciado, y que haré todo lo posible por entenderlo. Solo que no prometeré descender contigo a la oscura cueva de Trofonio, para restregarme allí los ojos con el fin de provocar las chispas y destellos figurados que se requiere que vea.
Tanto en cuanto a mí. Pero en cuanto al público, no dudo ni un momento en aconsejarte e instarte a que retires el capítulo de la presente obra y lo reserves para tus anunciados tratados sobre el Logos o intelecto comunicativo en el Hombre y la Deidad. Primero, porque, aunque comprendo imperfectamente el presente capítulo, veo claramente que has hecho demasiado y, sin embargo, no lo suficiente. Te has visto obligado a omitir tantos eslabones, por la necesidad de compresión, que lo que queda parece (si puedo recurrir a mi ilustración anterior) los fragmentos de los escalones de caracol de una vieja torre en ruinas. En segundo lugar, un argumento aún más fuerte (al menos uno que estoy seguro de que será más contundente para ti) es que tus lectores tendrán derecho y razón para quejarse de ti. Este capítulo, que no puede ascender, cuando esté impreso, a menos de cien páginas, aumentará necesariamente en gran medida el gasto de la obra; y todo lector que, como yo, no esté preparado ni quizás capacitado para el estudio de un tema tan abstruso tratado tan abstrusamente, tendrá, como he insinuado antes, casi derecho a acusarte de una especie de imposición. Porque, ¿quién, podría observar verdaderamente, podría haber anticipado, o incluso conjeturado, a partir de tu portada, a saber, “Mi vida y opiniones literarias”, publicada además como introductoria a un volumen de poemas misceláneos, un largo tratado sobre el Realismo Ideal que guarda la misma relación en abstrusidad con Plotino que la que Plotino guarda con Platón? Será bueno si no tienes ya demasiada disquisición metafísica en tu obra, aunque, como la mayor parte de la disquisición es histórica, sin duda será interesante e instructiva para muchos a cuyas mentes desprevenidas tus especulaciones sobre el poder esemplástico les resultarían totalmente ininteligibles. Ten por seguro que, si publicas este capítulo en la presente obra, se te recordará la Siris del obispo Berkeley, anunciada como un ensayo sobre el agua de alquitrán, que empezando con el alquitrán termina con la Trinidad, formando el omne scibile el espacio intermedio. Digo en la presente obra. En esa obra mayor a la que has dedicado tantos años, y un estudio tan intenso y variado, estará en su lugar apropiado. Tu prospecto habrá descrito y anunciado tanto su contenido como su naturaleza; y si alguna persona lo compra y no siente interés en los temas que trata, solo tendrá que culparse a sí misma.
Podría añadir a estos argumentos uno derivado de motivos pecuniarios, y particularmente de los probables efectos en la venta de tu presente publicación; pero pesarían poco contigo en comparación con los anteriores. Además, he observado durante mucho tiempo que los argumentos extraídos de tus propios intereses personales actúan más a menudo sobre ti como narcóticos que como estimulantes, y que en cuestiones de dinero tienes alguna pequeña porción de naturaleza porcina en tu idiosincrasia moral y, al igual que estas amables criaturas, debes ser tirado ocasionalmente hacia atrás desde el bote para que entres en él. Que todo éxito te acompañe, pues si el pensamiento duro y la lectura dura son méritos, te los has ganado.
Tu afectuoso, etc.»
Como consecuencia de esta carta tan juiciosa, que produjo una completa convicción en mi mente, me contentaré por el momento con exponer el resultado principal del capítulo, que he reservado para esa futura publicación, cuyo prospecto detallado encontrará el lector al final del segundo volumen.
La Imaginación, pues, la considero primaria o secundaria. La Imaginación primaria la considero el poder viviente y el agente principal de toda percepción humana, y como una repetición en la mente finita del acto eterno de creación en el infinito YO SOY. La Imaginación secundaria la considero como un eco de la anterior, coexistente con la voluntad consciente, pero aún idéntica a la primaria en el tipo de su agencia, y difiriendo solo en grado y en el modo de su operación. Disuelve, difunde, disipa, para recrear: o, donde este proceso se hace imposible, aun así, en cualquier caso, lucha por idealizar y unificar. Es esencialmente vital, incluso cuando todos los objetos (como objetos) son esencialmente fijos y muertos.
La FANTASÍA, por el contrario, no tiene otros contadores con los que jugar que los fijos y definidos. La fantasía no es, en efecto, más que un modo de memoria emancipado del orden del tiempo y del espacio; mientras que se mezcla con, y es modificada por, ese fenómeno empírico de la voluntad que expresamos con la palabra Elección. Pero, al igual que la memoria ordinaria, la Fantasía debe recibir todos sus materiales listos de la ley de asociación.
CAPÍTULO XIV
Ocasión de las Baladas Líricas, y los objetivos propuestos originalmente —Prefacio a la segunda edición— La controversia consiguiente, sus causas y acrimonia —Definiciones filosóficas de un Poema y de la Poesía con escolios.
Durante el primer año en que el Sr. Wordsworth y yo fuimos vecinos, nuestras conversaciones giraron frecuentemente sobre los dos puntos cardinales de la poesía: el poder de suscitar la simpatía del lector mediante una adhesión fiel a la verdad de la naturaleza, y el poder de dar el interés de la novedad mediante los colores modificadores de la imaginación. El encanto repentino que los accidentes de luz y sombra, que la luz de la luna o el ocaso difundían sobre un paisaje conocido y familiar, parecía representar la viabilidad de combinar ambos. Esta es la poesía de la naturaleza. Se nos ocurrió la idea (no recuerdo a cuál de nosotros) de que se podría componer una serie de poemas de dos clases. En la primera, los incidentes y agentes debían ser, en parte al menos, sobrenaturales; y la excelencia a la que se aspiraba debía consistir en interesar los afectos mediante la verdad dramática de tales emociones como las que acompañarían naturalmente a tales situaciones, suponiéndolas reales. Y reales en este sentido lo han sido para todo ser humano que, por cualquier fuente de engaño, se haya creído en algún momento bajo una agencia sobrenatural. Para la segunda clase, se debían elegir temas de la vida ordinaria; los caracteres y los incidentes debían ser tales como los que se encuentran en cualquier aldea y sus alrededores, donde hay una mente meditativa y sensible para buscarlos o para notarlos cuando se presentan.
En esta idea se originó el plan de las BALADAS LÍRICAS; en las que se acordó que mis esfuerzos se dirigirían a personas y personajes sobrenaturales, o al menos románticos; pero de tal manera que transfirieran desde nuestra naturaleza interior un interés humano y una apariencia de verdad suficiente para procurar para estas sombras de la imaginación esa suspensión voluntaria de la incredulidad por el momento, que constituye la fe poética. El Sr. Wordsworth, por otro lado, debía proponerse como objetivo dar el encanto de la novedad a las cosas de cada día, y suscitar un sentimiento análogo a lo sobrenatural, despertando la atención de la mente al letargo de la costumbre, y dirigiéndola hacia la hermosura y las maravillas del mundo que tenemos ante nosotros; un tesoro inagotable, pero para el cual, debido al velo de la familiaridad y la solicitud egoísta, tenemos ojos, pero no vemos; oídos que no oyen, y corazones que ni sienten ni comprenden.
Con este fin escribí EL ANCIANO MARINERO, y estaba preparando, entre otros poemas, THE DARK LADIE y CHRISTABEL, en los que habría realizado mi ideal más fielmente de lo que lo había hecho en mi primer intento. Pero la laboriosidad del Sr. Wordsworth había resultado mucho más exitosa, y el número de sus poemas mucho mayor, de modo que mis composiciones, en lugar de formar un equilibrio, parecían más bien una interpolación de materia heterogénea. El Sr. Wordsworth añadió dos o tres poemas escritos con su propio carácter, en la dicción apasionada, elevada y sostenida que es característica de su genio. En esta forma se publicaron las BALADAS LÍRICAS; y fueron presentadas por él como un experimento para ver si temas que, por su naturaleza, rechazaban los ornamentos habituales y el estilo extra-coloquial de los poemas en general, podían ser manejados en el lenguaje de la vida ordinaria de tal manera que produjeran el interés placentero que es la tarea peculiar de la poesía impartir. A la segunda edición añadió un prefacio de considerable extensión; en el que, a pesar de algunos pasajes de aparente sentido contrario, se entendió que defendía la extensión de este estilo a la poesía de todo tipo, y que rechazaba como viciosas e indefendibles todas las frases y formas de habla que no estuvieran incluidas en lo que él (desafortunadamente, creo, al adoptar una expresión equívoca) llamó el lenguaje de la vida real. De este prefacio, antepuesto a poemas en los que era imposible negar la presencia de un genio original, por muy equivocada que pudiera considerarse su dirección, surgió toda la larga controversia. Pues de la conjunción de un poder percibido con una supuesta herejía explico la inveteración y, en algunos casos, me entristece decirlo, las pasiones acrimoniosas con las que la controversia ha sido conducida por los atacantes.
Si los poemas del Sr. Wordsworth hubieran sido las cosas tontas e infantiles que durante mucho tiempo se describieron como tales; si realmente se hubieran distinguido de las composiciones de otros poetas meramente por la mezquindad del lenguaje y la inanidad del pensamiento; si de hecho no hubieran contenido nada más que lo que se encuentra en las parodias y pretendidas imitaciones de ellos, se habrían hundido de inmediato, como un peso muerto, en el pantano del olvido, y habrían arrastrado al prefacio con ellos. Pero año tras año aumentó el número de admiradores del Sr. Wordsworth. Además, no se encontraban en las clases bajas del público lector, sino principalmente entre hombres jóvenes de fuerte sensibilidad y mentes meditativas; y su admiración (inflamada quizás en cierto grado por la oposición) se distinguía por su intensidad, casi podría decir, por su fervor religioso. Estos hechos, y la energía intelectual del autor, que se sentía más o menos conscientemente donde era exterior e incluso estrepitosamente negada, al encontrarse con sentimientos de aversión a sus opiniones y de alarma por sus consecuencias, produjeron un remolino de crítica que habría sostenido por sí mismo a los poemas por la violencia con la que los hacía girar una y otra vez. Con muchas partes de este prefacio, en el sentido que se les atribuye y que las palabras sin duda parecen autorizar, nunca estuve de acuerdo; por el contrario, me opuse a ellas como erróneas en principio y como contradictorias (en apariencia al menos) tanto con otras partes del mismo prefacio como con la propia práctica del autor en la mayor parte de los poemas mismos. El Sr. Wordsworth, en su reciente colección, ha degradado, según veo, esta disquisición prefatoria al final de su segundo volumen, para ser leída o no a elección del lector. Pero no ha anunciado, hasta donde puedo descubrir, ningún cambio en su credo poético. En cualquier caso, considerándolo como la fuente de una controversia en la que se me ha honrado más de lo que merezco por la frecuente conjunción de mi nombre con el suyo, creo conveniente declarar de una vez por todas en qué puntos coincido con las opiniones defendidas en ese prefacio y en qué puntos difiero por completo. Pero para hacerme inteligible debo explicar previamente, en el menor número de palabras posible, mis puntos de vista, primero, sobre un Poema; y segundo, sobre la Poesía misma, en clase y en esencia.
La oficina de la disquisición filosófica consiste en la distinción justa; mientras que es privilegio del filósofo mantenerse constantemente consciente de que distinción no es división. Para obtener nociones adecuadas de cualquier verdad, debemos separar intelectualmente sus partes distinguibles; y este es el proceso técnico de la filosofía. Pero habiendo hecho esto, debemos entonces restaurarlas en nuestras concepciones a la unidad en la que coexisten realmente; y este es el resultado de la filosofía. Un poema contiene los mismos elementos que una composición en prosa; la diferencia, por tanto, debe consistir en una combinación distinta de ellos, como consecuencia de que se propone un objeto diferente. Según la diferencia del objeto será la diferencia de la combinación. Es posible que el objeto sea meramente facilitar el recuerdo de hechos u observaciones dados mediante una disposición artificial; y la composición será un poema simplemente porque se distingue de la prosa por el metro, o por la rima, o por ambos conjuntamente. En este, el sentido más bajo, un hombre podría atribuir el nombre de poema a la conocida enumeración de los días en los distintos meses;
«Treinta días trae septiembre, abril, junio y noviembre», etcétera.
y otros de la misma clase y propósito. Y como se encuentra un placer particular en anticipar la recurrencia de sonidos y cantidades, todas las composiciones que tienen este encanto añadido, cualesquiera que sean sus contenidos, pueden titularse poemas.
Hasta aquí la forma superficial. Una diferencia de objeto y contenido proporciona un fundamento adicional de distinción. El propósito inmediato puede ser la comunicación de verdades; ya sea de verdad absoluta y demostrable, como en las obras de ciencia; o de hechos experimentados y registrados, como en la historia. El placer, y ese del tipo más elevado y permanente, puede resultar del logro del fin; pero no es en sí mismo el fin inmediato. En otras obras, la comunicación del placer puede ser el propósito inmediato; y aunque la verdad, ya sea moral o intelectual, debería ser el fin último, esto distinguirá el carácter del autor, no la clase a la que pertenece la obra. ¡Bendito sea, en verdad, ese estado de sociedad en el que el propósito inmediato se vería frustrado por la perversión del fin último adecuado; en el que ningún encanto de dicción o imaginería podría eximir al BATHYLLUS incluso de un Anacreonte, o al ALEXIS de Virgilio, del disgusto y la aversión!
Pero la comunicación del placer puede ser el objeto inmediato de una obra no compuesta métricamente; y ese objeto puede haber sido alcanzado en alto grado, como en las novelas y romances. ¿Darían entonces la mera superposición de metro, con o sin rima, derecho a estos al nombre de poemas? La respuesta es que nada puede complacer permanentemente si no contiene en sí mismo la razón de por qué es así y no de otra manera. Si se añade el metro, todas las demás partes deben hacerse consonantes con él. Deben ser tales que justifiquen la atención perpetua y distinta a cada parte, que una recurrencia exacta y correspondiente de acento y sonido está calculada para excitar. La definición final, así deducida, puede formularse como sigue. Un poema es aquella especie de composición que se opone a las obras de ciencia al proponer como objeto inmediato el placer, no la verdad; y de todas las demás especies —teniendo este objeto en común con ella— se distingue al proponerse tal deleite del conjunto como es compatible con una gratificación distinta de cada parte componente.
La controversia no es rara vez suscitada como consecuencia de que los disputantes atribuyan cada uno un significado diferente a la misma palabra; y en pocos casos ha sido esto más llamativo que en las disputas relativas al presente tema. Si un hombre elige llamar poema a toda composición que tenga rima, o medida, o ambas, debo dejar su opinión sin controvertir. La distinción es al menos competente para caracterizar la intención del escritor. Si se añadiera que el todo es asimismo entretenido o conmovedor, como un cuento o como una serie de reflexiones interesantes; admito, por supuesto, esto como otro ingrediente adecuado de un poema y un mérito adicional. Pero si la definición que se busca es la de un poema legítimo, respondo que debe ser uno cuyas partes se apoyen y expliquen mutuamente; todas en su proporción armonizando con, y apoyando el propósito y las influencias conocidas de la disposición métrica. Los críticos filosóficos de todas las épocas coinciden con el juicio final de todos los países en negar igualmente los elogios de un poema justo, por una parte, a una serie de versos o dísticos llamativos, cada uno de los cuales, absorbiendo toda la atención del lector hacia sí mismo, se desliga de su contexto y forma un todo separado, en lugar de una parte armonizadora; y, por otra parte, a una composición no sostenida, de la cual el lector extrae rápidamente el resultado general sin sentirse atraído por las partes componentes. El lector debería ser llevado hacia adelante, no meramente o principalmente por el impulso mecánico de la curiosidad, o por un deseo inquieto de llegar a la solución final; sino por la actividad placentera de la mente excitada por las atracciones del viaje mismo. Como el movimiento de una serpiente, que los egipcios hicieron emblema del poder intelectual; o como el camino del sonido a través del aire; a cada paso él se detiene y retrocede a medias; y del movimiento retrógrado recoge la fuerza que de nuevo lo lleva hacia adelante. Praecipitandus est liber spiritus, dice Petronio muy acertadamente. El epíteto, liber, equilibra aquí al verbo precedente; y no es fácil concebir más significado condensado en menos palabras.
Pero si esto debe admitirse como un carácter satisfactorio de un poema, todavía nos queda buscar una definición de poesía. Los escritos de Platón y Jeremy Taylor, y la Teoría de la Tierra de Burnet, proporcionan pruebas innegables de que la poesía del tipo más elevado puede existir sin metro, e incluso sin los objetos que contradistinguen a un poema. El primer capítulo de Isaías —de hecho, una parte muy grande de todo el libro— es poesía en el sentido más enfático; sin embargo, no sería menos irracional que extraño afirmar que el placer, y no la verdad, era el objeto inmediato del profeta. En resumen, cualquier importancia específica que atribuyamos a la palabra Poesía, se encontrará involucrada en ella, como consecuencia necesaria, que un poema de cualquier extensión ni puede ser, ni debería ser, toda poesía. Sin embargo, si se ha de producir un todo armonioso, las partes restantes deben mantenerse en consonancia con la poesía; y esto no puede efectuarse de otro modo que mediante una selección estudiada y una disposición artificial que participe de una, aunque no peculiar, propiedad de la poesía. Y esta, a su vez, no puede ser otra que la propiedad de excitar una atención más continua e igual que a la que aspira el lenguaje de la prosa, ya sea coloquial o escrito.
Mis propias conclusiones sobre la naturaleza de la poesía, en el uso más estricto de la palabra, han sido en parte anticipadas en algunas de las observaciones sobre la Fantasía y la Imaginación en la primera parte de esta obra. ¿Qué es la poesía? es una pregunta tan cercana a la de ¿qué es un poeta?, que la respuesta a la una está involucrada en la solución de la otra. Pues es una distinción resultante del genio poético mismo, que sostiene y modifica las imágenes, pensamientos y emociones de la propia mente del poeta.
El poeta, descrito en su perfección ideal, pone en actividad toda el alma del hombre, con la subordinación de sus facultades entre sí según su valor y dignidad relativos. Difunde un tono y un espíritu de unidad que mezcla, y por así decirlo, funde, una con otra, por ese poder sintético y mágico al que reservaría exclusivamente el nombre de Imaginación. Este poder, puesto en acción primero por la voluntad y el entendimiento, y retenido bajo su irremisible, aunque suave y desapercibido, control, laxis effertur habenis, se revela «en el equilibrio o reconciliación de cualidades opuestas o discordantes»: de la semejanza con la diferencia; de lo general con lo concreto; la idea con la imagen; el individuo con el representante; el sentido de novedad y frescura con objetos antiguos y familiares; un estado de emoción más que habitual con un orden más que habitual; el juicio siempre despierto y la calma propia firme con el entusiasmo y el sentimiento profundo o vehemente; y mientras mezcla y armoniza lo natural y lo artificial, subordina todavía el arte a la naturaleza; la manera a la materia; y nuestra admiración por el poeta a nuestra simpatía con la poesía. Sin duda, como observa Sir John Davies sobre el alma —y sus palabras pueden, con ligera alteración, aplicarse, e incluso más apropiadamente, a la Imaginación poética—:
Sin duda esto no podría ser, de no ser porque ella convierte los cuerpos en espíritu por sublimación extraña, como el fuego convierte en fuego las cosas que quema, como nosotros cambiamos nuestro alimento en nuestra naturaleza.
De su materia grosera ella abstrae sus formas, y extrae una especie de quintaesencia de las cosas; que transforma a su propia naturaleza para llevarlas ligeras sobre sus alas celestiales.
Así lo hace ella, cuando de estados individuales abstrae los géneros universales; que luego, vueltos a vestir con diversos nombres y destinos, roban acceso a través de los sentidos a nuestras mentes.
Finalmente, el Buen Sentido es el Cuerpo del genio poético, la Fantasía su Atuendo, el Movimiento su Vida, y la Imaginación el Alma que está en todas partes, y en cada una; y forma todo en un todo elegante e inteligente.
CAPÍTULO XV
Los síntomas específicos del poder poético dilucidados en un análisis crítico de VENUS Y ADONIS y la VIOLACIÓN DE LUCRECIA de Shakespeare.
En la aplicación de estos principios a los fines de la crítica práctica, tal como se emplea en la valoración de obras más o menos imperfectas, he intentado descubrir cuáles son las cualidades en un poema que pueden considerarse promesas y síntomas específicos del poder poético, en distinción del talento general determinado a la composición poética por motivos accidentales, por un acto de la voluntad, más que por la inspiración de una naturaleza genial y productiva. En esta investigación, pensé que no podía hacer nada mejor que mantener ante mí la obra más temprana del mayor genio que quizás la naturaleza humana haya producido todavía, nuestro Shakespeare de mil mentes. Me refiero a VENUS Y ADONIS y a LUCRECIA; obras que dan a la vez fuertes promesas de la fuerza, y sin embargo pruebas obvias de la inmadurez, de su genio. De estas abstraje las siguientes marcas como características del genio poético original en general.
1. En VENUS Y ADONIS, la primera y más obvia excelencia es la perfecta dulzura de la versificación; su adaptación al tema; y el poder desplegado al variar la marcha de las palabras sin pasar a un ritmo más elevado y majestuoso del que exigían los pensamientos, o permitía la propiedad de preservar un sentido de melodía predominante. El deleite en la riqueza y la dulzura del sonido, incluso hasta un exceso defectuoso, si es evidentemente original y no el resultado de un mecanismo fácilmente imitable, lo considero una promesa altamente favorable en las composiciones de un hombre joven. El hombre que no tiene música en su alma no puede, en verdad, ser nunca un poeta genuino. La imaginería —incluso tomada de la naturaleza, mucho más cuando es trasplantada de libros, como viajes, navegaciones y obras de historia natural—, los incidentes conmovedores, los pensamientos justos, los sentimientos personales o domésticos interesantes, y con esto el arte de su combinación o intertextura en la forma de un poema—, todo puede ser adquirido por esfuerzo incesante como un oficio, por un hombre de talento y mucha lectura, quien, como observé antes, ha confundido un deseo intenso de reputación poética con un genio poético natural; el amor por el fin arbitrario con la posesión de los medios peculiares. Pero el sentido del deleite musical, con el poder de producirlo, es un don de la imaginación; y esto, junto con el poder de reducir la multitud a la unidad de efecto, y modificar una serie de pensamientos por algún pensamiento o sentimiento predominante, puede cultivarse y mejorarse, pero nunca puede aprenderse. Es en estos donde «poeta nascitur non fit».
2. Una segunda promesa de genio es la elección de temas muy alejados de los intereses y circunstancias privados del propio escritor. Al menos he descubierto que, donde el tema se toma inmediatamente de las sensaciones y experiencias personales del autor, la excelencia de un poema particular es solo una marca equívoca, y a menudo una promesa falaz, de poder poético genuino. Quizás recordemos el cuento del estatuario, que había adquirido una reputación considerable por las piernas de sus diosas, aunque el resto de la estatua concordaba solo indiferentemente con la belleza ideal; hasta que su esposa, alentada por los elogios de su marido, reconoció modestamente que ella había sido su modelo constante. En VENUS Y ADONIS esta prueba de poder poético existe incluso hasta el exceso. Es en todas partes como si un espíritu superior, más intuitivo, más íntimamente consciente, incluso que los propios personajes, no solo de cada mirada y acto exterior, sino del flujo y reflujo de la mente en todos sus pensamientos y sentimientos más sutiles, estuviera colocando el todo ante nuestra vista; él mismo, mientras tanto, no participa de las pasiones, y movido solo por esa excitación placentera que había resultado del fervor enérgico de su propio espíritu al exhibir tan vívidamente lo que había contemplado tan precisa y profundamente. Creo que debería haber conjeturado a partir de estos poemas que, incluso entonces, el gran instinto que impulsó al poeta al drama estaba trabajando secretamente en él, incitándolo —mediante una serie y una cadena ininterrumpida de imaginería, siempre vívida y, porque ininterrumpida, a menudo minuciosa; por el mayor esfuerzo de lo pintoresco en las palabras, de lo que las palabras son capaces, mayor quizás de lo que jamás fue realizado por cualquier otro poeta, sin excluir a Dante— a proporcionar un sustituto para ese lenguaje visual, esa intervención constante y comentario continuo mediante tono, mirada y gesto, que en sus obras dramáticas tenía derecho a esperar de los actores. Su Venus y Adonis parecen a la vez los personajes mismos y la representación completa de esos personajes por los actores más consumados. Parece que no se te dice nada, sino que lo ves y oyes todo. De ahí que, por la actividad perpetua de la atención requerida por parte del lector; por el flujo rápido, el cambio veloz y la naturaleza juguetona de los pensamientos e imágenes; y sobre todo por la alienación, y, si me atrevo a usar tal expresión, la absoluta lejanía de los sentimientos del propio poeta respecto a aquellos de los que es a la vez pintor y analista; que, aunque el tema mismo no puede dejar de restar placer a una mente delicada, sin embargo, nunca hubo poema menos peligroso desde un punto de vista moral. En lugar de hacer como Ariosto, y como, aún más ofensivamente, Wieland ha hecho, en lugar de degradar y deformar la pasión en apetito, los ensayos del amor en las luchas de la concupiscencia; Shakespeare ha representado aquí el impulso animal mismo, de modo que excluye toda simpatía con él, disipando la atención del lector entre las mil imágenes exteriores, y circunstancias ahora bellas, ahora fantásticas, que forman sus vestidos y su escenario; o desviando nuestra atención del tema principal mediante aquellas frecuentes reflexiones ingeniosas o profundas que la mente siempre activa del poeta ha deducido de, o conectado con, la imaginería y los incidentes. El lector es forzado a demasiada acción como para simpatizar con lo meramente pasivo de nuestra naturaleza. Tan poco puede una mente así despertada ser incubada por una emoción baja e indistinta, como la niebla baja y perezosa puede arrastrarse sobre la superficie de un lago, mientras una fuerte ráfaga la impulsa hacia adelante en olas y oleadas.
3. Se ha observado antes que las imágenes, por hermosas que sean, aunque fielmente copiadas de la naturaleza y representadas con tanta precisión en palabras, no caracterizan por sí mismas al poeta. Solo se convierten en pruebas de genio original en la medida en que son modificadas por una pasión predominante; o por pensamientos o imágenes asociados despertados por esa pasión; o cuando tienen el efecto de reducir la multitud a la unidad, o la sucesión a un instante; o finalmente, cuando se les transfiere una vida humana e intelectual desde el propio espíritu del poeta,
Que dispara su ser a través de la tierra, el mar y el aire.
En los dos versos siguientes, por ejemplo, no hay nada objetable, nada que les impida formar, en su lugar adecuado, parte de un poema descriptivo:
Contempla esa fila de pinos, que trasquilados y encorvados se inclinan ante la ráfaga del mar, vistos al crepúsculo.
Pero con una pequeña alteración del ritmo, las mismas palabras estarían igualmente en su lugar en un libro de topografía, o en un recorrido descriptivo. La misma imagen se elevará a apariencia de poesía si se transmite así:
Aquella fila de pinos sombríos y visionarios, vistos por el vislumbre del crepúsculo, ¡mira! cómo huyen de la feroz ráfaga del mar, con todos sus mechones salvajes ondeando ante ellos.
He dado esto como una ilustración, de ninguna manera como un ejemplo, de esa excelencia particular que tenía en vista, y en la cual Shakespeare, incluso en sus obras más tempranas, como en las más tardías, supera a todos los demás poetas. Es por esto que él todavía da una dignidad y una pasión a los objetos que presenta. Sin ayuda de ninguna excitación previa, irrumpen sobre nosotros a la vez en vida y en poder:
«¡Cuántas mañanas gloriosas he visto halagar las cimas de las montañas con ojo soberano».
«Ni mis propios temores, ni el alma profética del ancho mundo soñando en cosas por venir—
* * * * * * * * * * * *
La luna mortal ha soportado su eclipse, y los tristes augures se burlan de su propio presagio; las incertidumbres ahora se coronan como aseguradas, y la Paz proclama olivos de edad infinita. Ahora con las gotas de este tiempo tan balsámico mi amor luce fresco, y la Muerte me suscribe, pues a pesar de él, viviré en esta pobre rima, mientras él insulta sobre tribus sordas y mudas. Y tú en esto hallarás tu monumento, cuando las crestas de los tiranos y las tumbas de bronce se agoten».
Como de mayor valor, sin duda todavía más característica del genio poético se vuelve la imaginería cuando se moldea y colorea a las circunstancias, pasión o carácter presente y principal en la mente. Para ejemplos inigualables de esta excelencia, la propia memoria del lector le remitirá al LEAR, a OTHELLO, en resumen, ¿a cuál no de las obras dramáticas del «gran hombre muerto, siempre vivo»? Inopem em copia fecit. Cuán fiel es a la naturaleza, él mismo lo ha expresado bellamente en el ejemplo del amor en su Soneto 98.
De ti he estado ausente en la primavera, cuando el orgulloso abril vestido con todo su adorno, ha puesto un espíritu de juventud en todas las cosas; que el pesado Saturno rió y saltó con él. Sin embargo, ni los cantos de los pájaros, ni el dulce olor de diferentes flores en aroma y en matiz, pudieron hacerme contar ninguna historia de verano, o arrancarlas de su orgulloso regazo, donde crecían. Ni me maravillé ante los lirios blancos, ni alabé el profundo bermellón en la rosa; eran, aunque dulces, solo figuras de deleite, dibujadas tras ti, tú patrón de todas ellas. ¡Sin embargo, parecía invierno todavía, y tú ausente, como con tu sombra, yo jugué con ellas!
Apenas menos segura, o si es una marca menos valiosa, no menos indispensable
Gonimon men poiaetou------ ------hostis rhaema gennaion lakoi,
proporcionará la imaginería cuando, con más poder que el del pintor, el poeta nos da la imagen más vívida de la sucesión con el sentimiento de la simultaneidad:
Con esto, él se aparta del dulce abrazo de esos hermosos brazos, que lo ataban a su pecho, y corre apresuradamente a casa a través del oscuro prado;—
* * * * * *
¡Mira! cómo una estrella brillante dispara desde el cielo, así se desliza él en la noche de los ojos de Venus.
4. El último carácter que mencionaré, el cual, en verdad, probaría bien poco, excepto cuando se toma en conjunto con los anteriores; mas sin el cual los anteriores difícilmente podrían existir en alto grado, e (incluso si esto fuera posible) solo daría promesas de destellos transitorios y un poder meteórico; es la profundidad y la energía del pensamiento. Ningún hombre ha sido todavía un gran poeta sin ser, al mismo tiempo, un filósofo profundo. Pues la poesía es la flor y la fragancia de todo el conocimiento humano, los pensamientos humanos, las pasiones humanas, las emociones, el lenguaje. En los poemas de Shakespeare, el poder creativo y la energía intelectual luchan como en un abrazo de guerra. Cada uno, en su exceso de fuerza, parece amenazar la extinción del otro. Finalmente, en el drama se reconciliaron y lucharon cada uno con su escudo ante el pecho del otro. O, como dos rápidos arroyos que, al encontrarse por primera vez dentro de estrechas y rocosas orillas, se esfuerzan mutuamente por repelarse y se mezclan a regañadientes y en tumulto; pero que pronto, al encontrar un canal más ancho y riberas más cedentes, se funden, se dilatan y fluyen en una sola corriente y con una sola voz. *Venus y Adonis* quizás no permitió el despliegue de las pasiones más profundas. Pero la historia de Lucrecia parece favorecer e incluso exigir sus funcionamientos más intensos. Y, sin embargo, no encontramos en el manejo que hace Shakespeare del relato ni patetismo, ni ninguna otra cualidad dramática. Existe la misma imaginería minuciosa y fiel que en el poema anterior, en los mismos colores vívidos, inspirada por el mismo ímpetu de pensamiento, y divergiendo y contrayéndose con la misma actividad de las facultades asimilativas y modificadoras; y con un despliegue aún mayor, un rango más amplio de conocimiento y reflexión; y, por último, con el mismo dominio perfecto, a menudo dominación, sobre todo el mundo del lenguaje. ¿Qué diremos entonces? Incluso esto: que Shakespeare, ningún mero hijo de la naturaleza; ningún autómata del genio; ningún vehículo pasivo de inspiración, poseído por el espíritu, no poseyéndolo; primero estudió pacientemente, meditó profundamente, comprendió minuciosamente, hasta que el conocimiento, convertido en habitual e intuitivo, se desposó con sus sentimientos habituales y, finalmente, dio a luz ese poder estupendo mediante el cual permanece solo, sin igual ni segundo en su propia clase; ese poder que lo sentó en una de las dos cumbres bañadas por la gloria de la montaña poética, con Milton como su par, no rival. Mientras el primero se lanza hacia fuera y pasa a todas las formas del carácter y la pasión humanos, el único Proteo del fuego y el diluvio; el otro atrae todas las formas y cosas hacia sí mismo, a la unidad de su propio ideal. Todas las cosas y modos de acción se configuran de nuevo en el ser de Milton; mientras que Shakespeare se convierte en todas las cosas, permaneciendo, sin embargo, siempre él mismo. ¡Oh, qué grandes hombres no has producido, Inglaterra, mi país! Verdaderamente, en efecto:
Debemos ser libres o morir, quienes hablamos la lengua Que Shakespeare habló; la fe y la moral mantener, Que Milton mantuvo. En todo brotamos De la primera sangre de la tierra, poseemos títulos múltiples.
CAPÍTULO XVI
Puntos notables de diferencia entre los poetas de la edad actual y los de los siglos quince y dieciséis.—Deseo expresado por la unión de los méritos característicos de ambos.
La cristiandad, desde su primer asentamiento sobre derechos feudales, ha sido, en gran medida, un solo cuerpo, por imperfectamente organizado que estuviera, de modo que se encontrará que un espíritu similar ha estado actuando en todos sus miembros durante cada período. El estudio de los poemas de Shakespeare (no incluyo sus obras dramáticas, por mucho que también merezcan ese título) me condujo a un examen más cuidadoso de los poetas contemporáneos, tanto en Inglaterra como en otros países. Pero mi atención se fijó especialmente en los de Italia, desde el nacimiento hasta la muerte de Shakespeare; siendo ese el país en el que las bellas artes habían sido más asiduamente, y hasta ahora más exitosamente, cultivadas. Abstraídas de los grados y peculiaridades del genio individual, las propiedades comunes a los buenos escritores de cada período parecen establecer un punto notable de diferencia entre la poesía de los siglos quince y dieciséis y la de la edad actual. La observación puede extenderse tal vez a la hermana arte de la pintura. Al menos, esta última servirá para ilustrar la primera. En la edad actual, el poeta (desearía que se me entendiera hablando en general, y sin alusión a nombres individuales) parece proponerse como su objeto principal, y como aquello que es más característico de su arte, imágenes nuevas y sorprendentes; con incidentes que interesen a los afectos o exciten la curiosidad. Tanto sus personajes como sus descripciones los hace, tanto como es posible, específicos e individuales, incluso hasta el grado del retrato. En su dicción y metro, por otra parte, es comparativamente descuidado. La medida se construye sobre ningún sistema previo y no reconoce otro principio justificativo que el de la conveniencia del escritor; o bien se adopta algún movimiento mecánico, del cual un pareado o estrofa es una muestra tan adecuada, que las diferencias ocasionales parecen surgir evidentemente de un accidente, o de las cualidades del mismo lenguaje, no de la meditación y un propósito inteligente. Y el lenguaje, desde la traducción de Homero de Pope hasta *El templo de la naturaleza* de Darwin, puede, a pesar de algunas excepciones ilustres, ser caracterizado demasiado fielmente como pretendiendo ser poético por ninguna otra razón que la de que sería intolerable en la conversación o en la prosa. Aunque, ¡ay!, incluso nuestros escritos en prosa, es más, incluso el estilo de nuestros discursos más formales, se esfuerzan por estar a la moda y se adornan con las galas sucias y desgastadas de la musa meretricia. Es cierto que últimamente se observa una gran mejora a este respecto en nuestros escritores más populares. Pero es igualmente cierto que este retorno al sentido común y al auténtico inglés materno está lejos de ser general; y que la composición de nuestras novelas, revistas, arengas públicas y similares es comúnmente tan trivial en el pensamiento, y sin embargo enigmática en la expresión, como si Eco y la Esfinge hubieran unido sus cabezas para construirla. Es más, incluso de aquellos que más se han rescatado de este contagio, me declararía interiormente culpable del cargo de duplicidad o cobardía si ocultara mi convicción de que pocos han custodiado la pureza de su lengua materna con ese celo celoso que el sublime Dante, en su tratado *De la volgare Eloquenza*, declara ser el primer deber de un poeta. Pues el lenguaje es la armería de la mente humana; y contiene a la vez los trofeos de su pasado y las armas de sus conquistas futuras. *Animadverte*, dice Hobbes, *quam sit ab improprietate verborum pronum hominibus prolabi in errores circa ipsas res! Sat [vero]*, dice Sennertus, *in hac vitae brevitate et naturae obscuritate, rerum est, quibus cognoscendis tempus impendatur, ut [confusis et multivotis] sermonibus intelligendis illud consumere opus non sit. [Eheu! quantas strages paravere verba nubila, quae tot dicunt ut nihil dicunt;--nubes potius, e quibus et in rebus politicis et in ecclesia turbines et tonitrua erumpunt!]* Y por consiguiente, consideramos dicho rectamente por Platón en el *Gorgias*: *os an ta onomata eidei, eisetai kai ta pragmata*: y por Epicteto, *archae paideuseos hae ton onomaton episkepsis*: y prudentísimamente Galeno escribe: *hae ton onomaton chraesis tarachtheisa kai taen ton pragmaton epitarattei gnosin*.
*Egregie vero* J. C. Scaliger, en el Lib. I. *de Plantis*: *Est primum, inquit, sapientis officium, bene sentire, ut sibi vivat: proximum, bene loqui, ut patriae vivat*.
Algo análogo a los materiales y la estructura de la poesía moderna parezco haber notado (pero aquí ruego que se me entienda hablando con la mayor desconfianza) en nuestros pintores de paisajes comunes. Sus primeros planos y distancias intermedias son comparativamente poco atractivos, mientras que el interés principal del paisaje se arroja al fondo, donde las montañas, los torrentes y los castillos prohíben que el ojo prosiga, y nada lo tienta a rastrear su camino de regreso. Pero en las obras de los grandes maestros italianos y flamencos, los objetos frontales y medios del paisaje son los más obvios y determinados, el interés desaparece gradualmente en el fondo, y el encanto y valor peculiar del cuadro consiste, no tanto en los objetos específicos que transmite al entendimiento en un lenguaje visual formado por la sustitución de figuras por palabras, sino en la belleza y armonía de los colores, líneas y expresión con que se representan los objetos. De ahí que la novedad del tema fuera más bien evitada que buscada. La excelencia superior en la manera de tratar los mismos temas era la prueba y el examen del mérito del artista.
No de otro modo ocurre con los poetas más pulidos de los siglos quince y dieciséis, especialmente los de Italia. La imaginería es casi siempre general: el sol, la luna, las flores, las brisas, los arroyos murmurantes, los cantores gorjeantes, las deliciosas sombras, las bellas damas tan crueles como hermosas, ninfas, náyades y diosas, son los materiales comunes a todos, y que cada uno configuraba y arreglaba según su juicio o fantasía, poco solícito por añadir o particularizar. Si hacemos una excepción honorable en favor de algunos poetas ingleses, los pensamientos también son tan poco novedosos como las imágenes; y la fábula de sus poemas narrativos, en su mayor parte extraída de la mitología o de fuentes de igual notoriedad, deriva sus principales atracciones de la manera de tratarlos; del flujo apasionado o el arreglo pintoresco. En oposición a la edad actual, y quizás en un extremo igual de erróneo, colocaron la esencia de la poesía en el arte. La excelencia a la que aspiraban consistía en el exquisito pulido de la dicción, combinado con una perfecta simplicidad. Este su objeto principal lo alcanzaban mediante la evitación de toda palabra que un caballero no usaría en una conversación digna, y de toda palabra y frase que solo un hombre culto usaría; mediante la posición estudiada de palabras y frases, de modo que no solo cada parte fuera melodiosa en sí misma, sino que contribuyera a la armonía del todo, refiriéndose y conduciendo cada nota a la melodía de todas las palabras precedentes y siguientes del mismo período o estrofa; y, finalmente, con igual labor, mayor por ser inadvertida, mediante la variación y las diversas armonías de su movimiento métrico. Sus medidas, sin embargo, no debían su variedad a la introducción de nuevos metros, tales como los que se han intentado últimamente en *Alonzo e Imogen*, y otros tomados del alemán, que tienen en su propia mecánica una melodía específica y abrumadora, a la cual el lector generoso adapta su voz y énfasis, con más indulgencia hacia el autor que atención al significado o la cantidad de las palabras; pero que, para un oído familiarizado con los numerosos sonidos de los poetas griegos y romanos, tiene un efecto no diferente al de galopar sobre un camino pavimentado en una diligencia alemana sin muelles. Por el contrario, los bardos antiguos tanto de Italia como de Inglaterra produjeron una variedad mucho mayor, así como más encantadora, mediante innumerables modificaciones y sutiles equilibrios de sonido en los metros comunes de su país. Una reputación duradera y envidiable aguarda a aquel hombre de genio que intente y realice una unión; que recuerde el alto acabado, la propiedad, la facilidad, la delicada proporción y, sobre todo, la gracia difusiva y omnipresente que han preservado, como en un santuario de ámbar precioso, el *Gorrión* de Catulo, la *Golondrina*, la *Cigarra* y todos los demás pequeños amores de Anacreonte; y que, con glorias brillantes, aunque disminuidas, revisitó la juventud y la madurez temprana de la Europa cristiana en los valles del Arno y en las arboledas de Isis y Cam; y que con estos combine el interés más agudo, el patetismo más profundo, la reflexión más varonil y la imaginería más fresca y variada que otorgan un valor y un nombre que no pasarán a los poetas que han hecho honor a nuestros propios tiempos y a los de nuestros predecesores inmediatos.
CAPÍTULO XVII
Examen de los principios peculiares del Sr. Wordsworth.—La vida rústica (sobre todo, la vida baja y rústica) especialmente desfavorable para la formación de una dicción humana.—Las mejores partes del lenguaje son producto de filósofos, no de payasos o pastores.—La poesía es esencialmente ideal y genérica.—El lenguaje de Milton es tanto el lenguaje de la vida real, es más, incomparablemente más, que el del aldeano.
En la medida, pues, en que el Sr. Wordsworth, en su prefacio, sostuvo, y sostuvo muy hábilmente, una reforma en nuestra dicción poética, en la medida en que ha demostrado la verdad de la pasión y la propiedad dramática de aquellas figuras y metáforas en los poetas originales que, despojadas de sus razones justificativas y convertidas en meros artificios de conexión u ornamento, constituyen la falsedad característica en el estilo poético de los modernos; y en la medida en que ha señalado, con igual agudeza y claridad, el proceso mediante el cual se efectuó este cambio, y las semejanzas entre ese estado en el que la mente del lector es arrojada por la placentera confusión de pensamiento de un tren de palabras e imágenes no acostumbrado, y ese estado que es inducido por el lenguaje natural del sentimiento apasionado; emprendió una tarea útil y merece toda alabanza, tanto por el intento como por la ejecución. Las provocaciones para esta protesta en defensa de la verdad y la naturaleza fueron todavía de recurrencia perpetua antes y después de la publicación de este prefacio. No puedo, asimismo, dejar de añadir que la comparación de tales poemas de mérito como se han entregado al público en los últimos diez o doce años, con la mayoría de aquellos producidos anteriormente a la aparición de ese prefacio, no deja duda en mi mente de que el Sr. Wordsworth está plenamente justificado al creer que sus esfuerzos no han sido en absoluto ineficaces. No solo en los versos de aquellos que han profesado su admiración por su genio, sino incluso de aquellos que se han distinguido por la hostilidad a su teoría y la depreciación de sus escritos, las impresiones de sus principios son claramente visibles. Es posible que con estos principios se hayan mezclado otros que no son igualmente evidentes; y algunos que son inestables y subvertibles por la estrechez o imperfección de su base. Pero es más que posible que estos errores de defecto o exageración, al encender y alimentar la controversia, puedan haber contribuido no solo a la más amplia propagación de las verdades acompañantes, sino que, por su frecuente presentación a la mente en un estado excitado, pueden haber ganado para ellas un resultado más permanente y práctico. Un hombre tomará prestada una parte de su oponente más fácilmente si se siente justificado en seguir rechazando otra parte. Mientras queden puntos importantes en los que todavía pueda sentirse en lo correcto, en los que todavía encuentre un pie firme para una resistencia continua, adoptará gradualmente aquellas opiniones que estaban menos alejadas de sus propias convicciones, como no menos congruentes con su propia teoría que con la que reprueba. Del mismo modo, con una especie de prudencia instintiva, abandonará poco a poco sus puestos más débiles, hasta que finalmente parezca olvidar que alguna vez le habían pertenecido, o finja considerarlos a lo sumo como accidentales y “pequeños anexos”, cuya eliminación deja a la ciudadela intacta y sin peligro.
Mis propias diferencias con ciertas partes supuestas de la teoría del Sr. Wordsworth se basan en la suposición de que sus palabras habían sido correctamente interpretadas, como si pretendieran que la dicción adecuada para la poesía en general consiste totalmente en un lenguaje tomado, con las debidas excepciones, de las bocas de los hombres en la vida real, un lenguaje que constituye realmente la conversación natural de los hombres bajo la influencia de sentimientos naturales. Mi objeción es, primero, que en cualquier sentido esta regla es aplicable solo a ciertas clases de poesía; segundo, que incluso a estas clases no es aplicable, excepto en tal sentido como nunca ha sido negado o dudado por nadie (hasta donde sé o he leído); y, por último, que en la medida, y en el grado, en que es practicable, es sin embargo una regla inútil, si no perjudicial, y por lo tanto, o no necesita, o no debe ser practicada. El poeta informa a su lector que generalmente ha elegido la vida baja y rústica; pero no como baja y rústica, o con el fin de repetir ese placer de dudoso efecto moral que las personas de rango elevado y refinamiento superior derivan a menudo de una imitación feliz de los modales y discursos rudos y sin pulir de sus inferiores. Pues el placer así derivado puede rastrearse hasta tres causas excitantes. La primera es la naturalidad, de hecho, de las cosas representadas. La segunda es la aparente naturalidad de la representación, tal como es elevada y calificada por una infusión imperceptible del propio conocimiento y talento del autor, cuya infusión, de hecho, la constituye como una imitación, a diferencia de una mera copia. La tercera causa puede encontrarse en el sentimiento consciente del lector de su superioridad, despertado por el contraste que se le presenta; incluso como, para el mismo propósito, los reyes y grandes barones de antaño retenían, a veces, payasos y bufones reales, pero con mayor frecuencia hombres astutos e ingeniosos en ese carácter. Estos, sin embargo, no fueron los objetos del Sr. Wordsworth. Eligió la vida baja y rústica, “porque en esa condición las pasiones esenciales del corazón encuentran un mejor suelo en el cual pueden alcanzar su madurez, están menos bajo restricción y hablan un lenguaje más claro y enfático; porque en esa condición de vida nuestros sentimientos elementales coexisten en un estado de mayor simplicidad y, por consiguiente, pueden ser contemplados con mayor precisión y comunicados con mayor fuerza; porque los modales de la vida rural germinan de esos sentimientos elementales; y, por el carácter necesario de las ocupaciones rurales, son más fácilmente comprendidos y son más duraderos; y, por último, porque en esa condición las pasiones de los hombres están incorporadas con las formas bellas y permanentes de la naturaleza”.
Ahora bien, me resulta claro que en los poemas más interesantes, en los que el autor es más o menos dramático, como *Los hermanos*, *Michael*, *Ruth*, *La madre loca* y otros, las personas introducidas no están en absoluto tomadas de la vida baja o rústica en la acepción común de esas palabras. Y no es menos claro que los sentimientos y el lenguaje, hasta donde pueden ser concebidos como realmente transferidos de las mentes y la conversación de tales personas, son atribuibles a causas y circunstancias no necesariamente conectadas con “sus ocupaciones y morada”. Los pensamientos, sentimientos, lenguaje y modales de los pastores-granjeros en los valles de Cumberland y Westmoreland, hasta donde son realmente adoptados en esos poemas, pueden explicarse por causas que producirán y producen los mismos resultados en cada estado de la vida, ya sea en la ciudad o en el campo. Como las dos principales, clasifico esa independencia que eleva a un hombre por encima de la servidumbre, o el trabajo diario para el beneficio de otros, aunque no por encima de la necesidad de la industria y una frugal simplicidad de vida doméstica; y la educación acompañante, carente de ambición pero sólida y religiosa, que ha hecho familiares pocos libros, pero la Biblia y la Liturgia o el libro de Himnos. A esta última causa, de hecho, que es tan accidental que es la bendición de países particulares y una edad particular, no el producto de lugares o empleos particulares, el poeta debe la apariencia de probabilidad de que sus personajes pudieran realmente sentir, pensar y hablar con alguna semejanza tolerable a su representación. Es una excelente observación del Dr. Henry More que: “un hombre de educación confinada, pero de buenas facultades, mediante la lectura constante de la Biblia formará naturalmente una retórica más seductora y dominante que aquellos que son eruditos: la mezcla de lenguas y de frases artificiales degrada su estilo”.
Además, debe considerarse que para la formación de sentimientos sanos y una mente reflexiva, las negaciones suponen impedimentos no menos formidables que la sofisticación y la mezcla viciosa. Estoy convencido de que, para que el alma humana prospere en la vida rústica, es requisito previo un cierto punto ventajoso. No todo hombre es susceptible de mejorar por una vida en el campo o por las labores campesinas. La educación, o la sensibilidad original, o ambas, deben preexistir si se quiere que los cambios, formas e incidentes de la naturaleza resulten un estímulo suficiente. Y allí donde estas no son suficientes, la mente se contrae y se endurece por falta de estímulos; y el hombre se vuelve egoísta, sensual, grosero y de corazón duro. Que se compare la gestión de las Leyes de Pobres en Liverpool, Manchester o Bristol con la administración ordinaria de las tasas para los pobres en las aldeas agrícolas, donde los granjeros son los supervisores y guardianes de los pobres. Si mi propia experiencia no ha sido particularmente desafortunada, así como la de los muchos respetables clérigos rurales con quienes he conversado sobre el tema, el resultado engendraría algo más que escepticismo respecto a las influencias deseables de la vida baja y rústica en sí misma y para sí misma. Cualquier cosa que pueda concluirse en el otro sentido, a partir de los vínculos locales más fuertes y el espíritu emprendedor de los suizos y otros montañeses, se aplica a un modo particular de vida pastoral, bajo formas de propiedad que permiten y engendran modales verdaderamente republicanos, no a la vida rústica en general, ni a la ausencia de cultivo artificial. Por el contrario, los montañeses, cuyos modales han sido tan a menudo elogiados, son en general mejor educados y mayores lectores que los hombres de igual rango en otros lugares. Pero donde esto no es el caso, como ocurre entre el campesinado del Norte de Gales, las antiguas montañas, con todos sus terrores y todas sus glorias, son cuadros para el ciego y música para el sordo.
No me habría extendido tanto en este pasaje, pero aquí parece estar el punto al que convergen todas las líneas de diferencia como a su fuente y centro; quiero decir, hasta donde, y en cualquier respecto, mi credo poético difiere de las doctrinas promulgadas en este prefacio. Adopto con plena fe el principio de Aristóteles de que la poesía, como poesía, es esencialmente ideal; que evita y excluye todo accidente; que sus aparentes individualidades de rango, carácter u ocupación deben ser representativas de una clase; y que las personas de la poesía deben estar revestidas de atributos genéricos, con los atributos comunes de la clase: no con aquellos que un individuo dotado podría posiblemente poseer, sino con aquellos que, por su situación, es más probable de antemano que posea. Si mis premisas son correctas y mis deducciones legítimas, se sigue que no puede haber un medio poético entre los zagales de Teócrito y los de una imaginaria edad de oro.
Los personajes del vicario y el pastor-marinero en el poema de THE BROTHERS, y el del pastor de Green-head Ghyll en MICHAEL, tienen toda la verosimilitud y calidad representativa que los propósitos de la poesía pueden requerir. Son personas de una clase conocida y permanente, y sus modales y sentimientos, el producto natural de circunstancias comunes a dicha clase. Tomemos a Michael, por ejemplo:
Un viejo de corazón robusto y fuertes miembros. Su estructura corporal había sido desde la juventud a la vejez De una fuerza inusual: su mente era aguda, Intensa y frugal, apta para todos los asuntos, Y en su oficio de pastor era pronto Y vigilante más que los hombres comunes. De ahí que hubiese aprendido el significado de todos los vientos, De ráfagas de todo tono; y a menudo Cuando otros no prestaban atención, Él escuchaba al Sur Hacer música subterránea, como el ruido De gaiteros en las lejanas colinas de las Tierras Altas. El Pastor, ante tal advertencia, de su rebaño Se acordaba, y se decía a sí mismo: «¡Los vientos están ahora tramando trabajo para mí!». Y verdaderamente, en todo momento, la tormenta, que conduce Al viajero a un refugio, lo llamaba Hacia las montañas: él había estado solo En medio del corazón de muchos miles de nieblas, Que venían a él y lo dejaban en las alturas. Así vivió, hasta que su octogésimo año hubo pasado. Y yerra groseramente aquel hombre que suponga Que los verdes valles, y los arroyos y rocas, Eran cosas indiferentes a los pensamientos del Pastor. Campos, donde con espíritu alegre había respirado El aire común; las colinas, que tan a menudo Había escalado con pasos vigorosos; que habían impreso Tantos incidentes en su mente De adversidad, destreza o coraje, alegría o miedo; Que, como un libro, preservaron la memoria De los animales mudos, a quienes había salvado, Había alimentado o refugiado, vinculando a tales actos, Tan agradecidos en sí mismos, la certeza De una ganancia honorable; estos campos, estas colinas Que eran su Ser viviente, aún más Que su propia sangre —¿qué podrían menos?— habían puesto Fuerte asidero en sus afectos, eran para él Un sentimiento placentero de amor ciego, El placer que hay en la vida misma.
Por otra parte, en los poemas que están entonados en una clave menor, como HARRY GILL y THE IDIOT BOY, los sentimientos son los de la naturaleza humana en general; aunque el poeta ha situado juiciosamente la escena en el campo, con el fin de colocarse en la vecindad de imágenes interesantes, sin la necesidad de atribuir una percepción sentimental de su belleza a las personas de su drama. En THE IDIOT BOY, ciertamente, el carácter de la madre no es tanto el producto real y nativo de una «situación donde las pasiones esenciales del corazón encuentran un mejor suelo, en el cual pueden alcanzar su madurez y hablar un lenguaje más llano y enfático», como es una personificación de un instinto abandonado por el juicio. De aquí que los dos siguientes cargos me parezcan no del todo infundados: al menos, son las únicas objeciones plausibles que he oído a ese fino poema. La una es que el autor no ha tenido, en el poema mismo, suficiente cuidado para excluir de la fantasía del lector las imágenes repugnantes de la idiocia mórbida ordinaria, que sin embargo no era de ninguna manera su intención representar. Incluso fue, por el «burr, burr, burr», no contrarrestado por ninguna descripción previa de la belleza del muchacho, ayudado a recordarlas. La otra es que la idiocia del muchacho está tan equilibrada por la necedad de la madre, que presenta al lector general más bien una burla risible sobre la ceguera de la decrepitud senil, que una exhibición analítica del afecto maternal en sus operaciones ordinarias.
En THE THORN, el poeta mismo reconoce en una nota la necesidad de un poema introductorio, en el cual debería haber retratado el carácter de la persona de quien se supone que proceden las palabras del poema: un hombre supersticioso moderadamente imaginativo, de facultades lentas y sentimientos profundos, «un capitán de una pequeña embarcación mercante, por ejemplo, quien, habiendo pasado la edad madura de la vida, se había retirado con una anualidad, o pequeños ingresos independientes, a alguna aldea o pueblo rural del cual no era nativo, o en el cual no había estado acostumbrado a vivir. Tales hombres, al no tener nada que hacer, se vuelven crédulos y locuaces por indolencia». Pero en un poema, más aún en un poema lírico —y la Nodriza en ROMEO Y JULIETA por sí sola me impide extender la observación incluso a la poesía dramática, si es que incluso la Nodriza puede considerarse del todo un caso pertinente— no es posible imitar verdaderamente a un discursante aburrido y charlatán sin repetir los efectos del aburrimiento y la charlatanería. Como sea esto, me atrevo a afirmar que las partes —y estas forman la porción mucho mayor del todo— que podrían haber procedido igual o mejor de la propia imaginación del poeta, y haber sido dichas en su propio carácter, son aquellas que han dado, y que continuarán dando, un deleite universal; y que los pasajes exclusivamente apropiados al narrador supuesto, tales como el último pareado de la tercera estrofa; las siete últimas líneas de la décima; y las cinco estrofas siguientes, con la excepción de las cuatro admirables líneas al comienzo de la decimocuarta, son sentidas por muchos corazones desprejuiciados y no sofisticados como hundimientos repentinos y desagradables desde la altura a la que el poeta los había levantado previamente, y a la que él vuelve a elevarse a sí mismo y a su lector.
Si entonces me veo obligado a dudar de la teoría por la cual debía dirigirse la elección de los personajes, no solo a priori, desde fundamentos de razón, sino tanto por los pocos casos en los que se debe suponer que el poeta mismo se ha regido por ella, como por la inferioridad comparativa de dichos casos; aún más debo dudar en mi asentimiento a la sentencia que sigue inmediatamente a la anterior cita; y la cual no puedo admitir ni como hecho particular ni como regla general. «El lenguaje, también, de estos hombres ha sido adoptado (purificado ciertamente de lo que parecen ser sus defectos reales, de todas las causas duraderas y racionales de disgusto o repugnancia) porque tales hombres se comunican cada hora con los mejores objetos de los cuales la mejor parte del lenguaje se deriva originalmente; y porque, por su rango en la sociedad y la igualdad y estrecho círculo de su trato, al estar menos bajo la acción de la vanidad social, comunican sus sentimientos y nociones en expresiones simples y no elaboradas». A esto respondo: que el lenguaje de un rústico, purificado de todo provincialismo y grosería, y reconstruido de tal manera que sea consistente con las reglas de la gramática —las cuales no son en esencia más que las leyes de la lógica universal, aplicadas a materiales psicológicos—, no diferirá del lenguaje de cualquier otro hombre de sentido común, por muy culto o refinado que sea, excepto en la medida en que las nociones que el rústico tiene que comunicar sean menores e indiscriminadas. Esto se volverá aún más claro si añadimos la consideración —igualmente importante aunque menos obvia— de que el rústico, debido al desarrollo más imperfecto de sus facultades, y al estado inferior de su cultivo, aspira casi únicamente a transmitir hechos aislados, ya sean los de su escasa experiencia o su creencia tradicional; mientras que el hombre educado busca principalmente descubrir y expresar aquellas conexiones de las cosas, o aquellas relaciones de hecho a hecho, de las cuales es deducible alguna ley más o menos general. Pues los hechos son valiosos para un hombre sabio principalmente en cuanto conducen al descubrimiento de la ley inherente, que es el verdadero ser de las cosas, la única solución de sus modos de existencia, y en cuyo conocimiento consiste nuestra dignidad y nuestro poder.
Tan poco puedo estar de acuerdo con la aseveración de que, de los objetos con los que el rústico se comunica cada hora, se forma la mejor parte del lenguaje. Porque primero, si comunicarse con un objeto implica tal familiaridad con él que lo hace capaz de ser reflexionado discriminadamente, el conocimiento distinto de un rústico sin educación proporcionaría un vocabulario muy escaso. Las pocas cosas y modos de acción necesarios para sus conveniencias corporales serían los únicos individualizados; mientras que todo el resto de la naturaleza sería expresado por un pequeño número de términos generales confusos. En segundo lugar, niego que las palabras y combinaciones de palabras derivadas de los objetos, con los cuales el rústico está familiarizado, ya sea con conocimiento distinto o confuso, puedan decirse justamente que forman la mejor parte del lenguaje. Es más que probable que muchas clases de la creación bruta posean sonidos discriminatorios, por los cuales pueden transmitir unos a otros noticias de tales objetos que conciernen a su alimento, refugio o seguridad. Sin embargo, dudamos en llamar al agregado de tales sonidos un lenguaje, de otro modo que no sea metafóricamente. La mejor parte del lenguaje humano, propiamente llamado así, se deriva de la reflexión sobre los actos de la mente misma. Está formado por una apropiación voluntaria de símbolos fijos a actos internos, a procesos y resultados de la imaginación, la mayor parte de los cuales no tienen lugar en la conciencia del hombre sin educación; aunque en la sociedad civilizada, por imitación y recuerdo pasivo de lo que escuchan de sus instructores religiosos y otros superiores, los más incultos comparten la cosecha que ni sembraron ni segaron. Si se rastreara la historia de las frases en circulación horaria entre nuestros campesinos, una persona no advertida previamente del hecho se sorprendería al encontrar un número tan grande que, hace tres o cuatro siglos, eran propiedad exclusiva de las universidades y las escuelas; y que, al comienzo de la Reforma, habían sido transferidas de la escuela al púlpito, y así pasaron gradualmente a la vida común. La extrema dificultad, y a menudo la imposibilidad, de encontrar palabras para los procesos morales e intelectuales más simples en las lenguas de las tribus incivilizadas ha demostrado ser quizás el obstáculo más pesado para el progreso de nuestros misioneros más celosos y hábiles. Sin embargo, estas tribus están rodeadas por la misma naturaleza que nuestros campesinos; pero en formas aún más impresionantes; y están, además, obligadas a particularizar muchas más de ellas. Cuando, por lo tanto, el Sr. Wordsworth añade: «en consecuencia, tal lenguaje» —refiriéndose, como antes, al lenguaje de la vida rústica purificado de provincialismo— «que surge de la experiencia repetida y los sentimientos regulares, es un lenguaje más permanente, y mucho más filosófico, que aquel que es frecuentemente sustituido por él por Poetas, que piensan que están confiriendo honor a sí mismos y a su arte en proporción a como se entregan a hábitos de expresión arbitrarios y caprichosos»; se puede responder que el lenguaje, que él tiene a la vista, puede atribuirse a los rústicos sin mayor derecho que el estilo de Hooker o Bacon a Tom Brown o Sir Roger L’Estrange. Indudablemente, si lo que es peculiar a cada uno se omitiera en cada uno, el resultado tendría que ser el mismo. Además, que el poeta, que usa una dicción ilógica, o un estilo ajustado a excitar solo el placer bajo y cambiable del asombro por medio de una novedad sin fundamento, sustituye un lenguaje de locura y vanidad, no por el del rústico, sino por el del buen sentido y el sentimiento natural.
Aquí permítaseme recordar al lector que las posiciones que controvierto están contenidas en las frases: «una selección del lenguaje real de los hombres»; «el lenguaje de estos hombres» (es decir, hombres en la vida baja y rústica) «ha sido adoptado; me he propuesto imitar, y, en tanto es posible, adoptar el lenguaje mismo de los hombres».
«Entre el lenguaje de la prosa y el de la composición métrica, no hay, ni puede haber, ninguna diferencia esencial»: es contra esto exclusivamente que mi oposición va dirigida.
Objetó, en la primera instancia, a un equívoco en el uso de la palabra «real». El lenguaje de cada hombre varía, según la extensión de su conocimiento, la actividad de sus facultades y la profundidad o rapidez de sus sentimientos. El lenguaje de cada hombre tiene, primero, sus individualidades; segundo, las propiedades comunes de la clase a la que pertenece; y tercero, palabras y frases de uso universal. El lenguaje de Hooker, Bacon, el Obispo Taylor y Burke difiere del lenguaje común de la clase letrada solo por el número superior y la novedad de los pensamientos y relaciones que tenían que comunicar. El lenguaje de Algernon Sidney no difiere en absoluto del que todo caballero bien educado desearía escribir, y (con las debidas concesiones por la irreflexión, y el tren de pensamiento menos conectado natural y propio de la conversación) tal como él desearía hablar. Ni uno ni otro difieren ni la mitad de lo que el lenguaje general de la sociedad cultivada difiere del lenguaje de la composición más sencilla del Sr. Wordsworth comparado con el de un campesino común. Por «real», por tanto, debemos sustituir ordinario, o lingua communis. Y esto, hemos probado, no se encuentra más en la fraseología de la vida baja y rústica que en la de cualquier otra clase. Omítanse las peculiaridades de cada una y el resultado, por supuesto, debe ser común a todas. Y ciertamente las omisiones y cambios que deben hacerse en el lenguaje de los rústicos, antes de que pudiera ser transferido a cualquier especie de poema, excepto el drama u otra imitación profesada, son al menos tan numerosos y pesados como los que se requerirían al adaptar al mismo propósito el lenguaje ordinario de comerciantes y fabricantes. Sin mencionar que el lenguaje tan altamente ensalzado por el Sr. Wordsworth varía en cada condado, es más, en cada aldea, según el carácter accidental del clérigo, la existencia o no existencia de escuelas; o incluso, tal vez, según sean o no sean el recaudador de impuestos, el tabernero y el barbero celosos políticos, y lectores del periódico semanal pro bono publico. Anterior al cultivo, la lingua communis de cada país, como Dante ha observado bien, existe en todas partes en partes, y en ninguna parte como un todo.
Tampoco el caso se vuelve más sostenible con la adición de las palabras «en un estado de excitación». Pues la naturaleza de las palabras de un hombre, cuando está fuertemente afectado por la alegría, el dolor o la ira, debe necesariamente depender del número y la calidad de las verdades generales, concepciones e imágenes, y de las palabras que las expresan, con las que su mente había sido previamente almacenada. Porque la propiedad de la pasión no es crear, sino poner en mayor actividad. Al menos, cualesquiera que sean las nuevas conexiones de pensamientos o imágenes, o —lo cual es igual, si no más que igual, el efecto apropiado de una fuerte excitación— cualesquiera que sean las generalizaciones de la verdad o experiencia que el calor de la pasión pueda producir; los términos de su comunicación deben haber preexistido en sus conversaciones anteriores, y son solo recolectados y amontonados por la estimulación inusual. Es ciertamente muy posible adoptar en un poema las repeticiones sin significado, frases habituales y otros contadores en blanco que un entendimiento desprovisto o confuso interpone a intervalos cortos, con el fin de mantener el control de su tema, que se le está escapando, y para darse tiempo para la recolección; o, en mera ayuda de la vaciedad, como en las escasas compañías de un escenario rural el mismo actor aparece y desaparece, para evitar la aparición de espacios vacíos, en la procesión de Macbeth o Enrique VIII. Pero qué asistencia al poeta, o qué ornamento al poema, pueden estos suministrar, me quedo perplejo para conjeturar. Ciertamente nada puede diferir más ampliamente, ya sea en origen o en modo, de las aparentes tautologías del sentimiento intenso y turbulento, en las cuales la pasión es mayor y de más larga duración que para ser agotada o satisfecha por una sola representación de la imagen o incidente que la excita. Tales repeticiones admito que son una belleza del más alto tipo; como se ilustra por el mismo Sr. Wordsworth con el cántico de Débora. A sus pies se inclinó, cayó, quedó tendido: a sus pies se inclinó, cayó: donde se inclinó, allí cayó muerto. Jueces v. 27.
CAPÍTULO XVIII
Lenguaje de la composición métrica, por qué y en qué es esencialmente diferente del de la prosa — Origen y elementos del metro — Sus consecuencias necesarias y las condiciones impuestas por ello al escritor métrico en la elección de su dicción.
Concluyo, por lo tanto, que el intento es impracticable; y que, si no fuera impracticable, sería aún inútil. Pues el poder mismo de hacer la selección implica la posesión previa del lenguaje seleccionado. ¿O dónde puede haber vivido el poeta? ¿Y por qué reglas podría dirigir su elección, que no le hubieran permitido seleccionar y organizar sus palabras a la luz de su propio juicio? No adoptamos el lenguaje de una clase por la mera adopción de tales palabras exclusivamente que esa clase usaría, o al menos entendería; sino también siguiendo el orden en que las palabras de tales hombres acostumbran sucederse unas a otras. Ahora bien, este orden, en el trato de los hombres sin educación, se distingue de la dicción de sus superiores en conocimiento y poder por la mayor disyunción y separación en las partes componentes de aquello, sea lo que sea, que desean comunicar. Hay una falta de esa prospectiva de la mente, de esa visión de conjunto, que permite a un hombre prever la totalidad de lo que va a comunicar, correspondiente a cualquier punto; y por este medio, subordinar y organizar las diferentes partes de acuerdo con su importancia relativa, para comunicarlo de una vez y como un todo organizado.
Ahora tomaré la primera estrofa, sobre la cual he tenido la suerte de abrir el libro, en las Lyrical Ballads. Es una de las más simples y menos peculiares en su lenguaje.
«En países lejanos he estado, Y sin embargo, no he visto a menudo A un hombre sano, un hombre ya crecido, Llorar en los caminos públicos, solo. Pero a uno así, en suelo inglés, Y en la ancha carretera, me encontré; Por la ancha carretera venía, Sus mejillas por las lágrimas mojadas; Robusto parecía, aunque estaba triste; Y en sus brazos un cordero llevaba.»
Las palabras aquí son, sin duda, tales como las que circulan en todos los estratos de la vida; y, por supuesto, no menos en la aldea y en la cabaña que en la tienda, la fábrica, la universidad o el palacio. Pero ¿es este el orden en el que el rústico habría colocado las palabras? Estoy gravemente engañado si el siguiente modo, menos compacto, de comenzar el mismo relato no es una copia mucho más fiel: «He estado en muchas partes, lejos y cerca, y no sé si he visto antes a un hombre llorando solo en el camino público; un hombre crecido, quiero decir, que no estaba ni enfermo ni herido», etcétera, etcétera. Pero cuando paso a la siguiente estrofa en The Thorn:
«A todas horas del día y de la noche Esta desgraciada mujer va hacia allá; Y la conoce cada estrella, Y cada viento que sopla; Y allí, junto al Espino, se sienta, Cuando la luz azul del día está en los cielos, Y cuando el torbellino está en la colina, O el aire gélido es intenso y silencioso, Y para sí misma llora, ¡Oh miseria! ¡Oh miseria! ¡Ay de mí! ¡Oh miseria!»
y comparo esto con el lenguaje de los hombres comunes; o con el que puedo concebir como probable que proceda, en la vida real, de un narrador tal como el que se supone en la nota del poema; compárelo ya sea en la sucesión de las imágenes o de las oraciones; me recuerda a la oración sublime y al himno de alabanza que Milton, en oposición a una liturgia establecida, presenta como un ejemplo justo de devoción extemporánea común, ¡y tal como podríamos esperar escuchar de cada ministro autoinspirado de un conventículo! Y reflexiono con deleite cuán poco una mera teoría, aunque sea de su propia hechura, interfiere con los procesos de la imaginación genuina en un hombre de verdadero genio poético, quien posee, como el Sr. Wordsworth, si es que algún hombre lo ha poseído, con toda seguridad lo posee:
«La Visión y la Facultad divina.»
Queda entonces un solo punto, pero es el más importante; siendo su examen, de hecho, mi principal incentivo para la inquisición precedente. «No existe ni puede existir diferencia esencial alguna entre el lenguaje de la prosa y el de la composición métrica». Tal es la afirmación del Sr. Wordsworth. Ahora bien, la prosa misma, al menos en todas las obras argumentativas y consecutivas, difiere, y debe diferir, del lenguaje de la conversación; así como la lectura debe diferir de la charla. Por lo tanto, a menos que la diferencia negada sea la de las meras palabras, como materiales comunes a todos los estilos de escritura, y no la del estilo mismo en el sentido universalmente admitido del término, podría presumirse naturalmente que debe existir una aún mayor entre la ordenanza de la composición poética y la de la prosa, de la que se espera que distinga a la prosa de la conversación ordinaria.
No faltan, ciertamente, en la historia de la literatura, ejemplos de paradojas aparentes que han convocado el asombro público como verdades nuevas y sorprendentes, pero que, al ser examinadas, se han reducido a lugares comunes mansos e inofensivos; como los ojos de un gato, vistos en la oscuridad, han sido confundidos con llamas de fuego. Pero el Sr. Wordsworth está entre los últimos hombres a quienes alguien que haya disfrutado de la más mínima oportunidad de comprender su mente y su carácter atribuiría una ilusión de este tipo. Cuando una objeción ha sido anticipada por un autor tal como natural, su respuesta a ella debe ser interpretada necesariamente en algún sentido que sea, o haya sido, o sea capaz de ser controvertido. Mi objetivo, entonces, debe ser descubrir algún otro significado para el término «diferencia esencial» en este lugar, excluyendo la indistinción y comunidad de las palabras mismas. Pues si debe existir o no una clase de palabras en el inglés que se parezcan en algún grado al dialecto poético del griego y el italiano, es una cuestión de importancia muy subordinada. El número de tales palabras sería ciertamente pequeño en nuestra lengua; e incluso en el italiano y el griego, no consisten tanto en palabras diferentes, como en ligeras diferencias en las formas de declinar y conjugar las mismas palabras; formas, sin duda, que habiendo sido, en algún período más o menos remoto, las flexiones gramaticales comunes de alguna tribu o provincia, habían sido accidentalmente apropiadas para la poesía por la admiración general de ciertos intelectos maestros, las primeras luces establecidas de la inspiración, a quienes ese dialecto resultaba ser nativo.
La esencia, en su significación primaria, significa el principio de individuación, el principio más íntimo de la posibilidad de cualquier cosa, como esa cosa particular. Es equivalente a la idea de una cosa, siempre que usamos la palabra «idea» con precisión filosófica. La existencia, por otro lado, se distingue de la esencia por la sobreinducción de la realidad. Así hablamos de la esencia y las propiedades esenciales de un círculo; pero no afirmamos por ello que nada de lo que realmente existe sea matemáticamente circular. Así también, sin tautología alguna, defendemos la existencia del Ser Supremo; es decir, una realidad correspondiente a la idea. Existe, a continuación, un uso secundario de la palabra esencia, en el cual significa el punto o terreno de contradistinción entre dos modificaciones de la misma sustancia o sujeto. Así, se nos permitiría decir que el estilo arquitectónico de la Abadía de Westminster es esencialmente diferente del de San Pablo, aunque ambos hubieran sido construidos con bloques cortados con la misma forma y de la misma cantera. Solo en este último sentido del término debe haber negado el Sr. Wordsworth (pues solo en este sentido es afirmado por la opinión general) que el lenguaje de la poesía (esto es, la construcción formal, o arquitectura, de las palabras y frases) sea esencialmente diferente del de la prosa. Ahora bien, la carga de la prueba recae en el impugnador, no en los partidarios de la creencia común. El Sr. Wordsworth, en consecuencia, asigna como prueba de su posición «que no solo el lenguaje de una gran parte de cada buen poema, incluso del de carácter más elevado, debe necesariamente, excepto en lo referente al metro, no diferir en ningún aspecto del de la buena prosa, sino también que algunas de las partes más interesantes de los mejores poemas resultarán ser estrictamente el lenguaje de la prosa, cuando la prosa está bien escrita. La verdad de esta afirmación podría demostrarse con innumerables pasajes de casi todos los escritos poéticos, incluso del propio Milton». Luego cita el soneto de Gray:
«En vano para mí brillan las mañanas sonrientes, Y el enrojecido Febo levanta su fuego dorado; Los pájaros en vano unen su amoroso canto, O los campos alegres reanudan su verde atavío. Estos oídos, ¡ay!, por otras notas suspiran; _Un objeto diferente requieren estos ojos; Mi solitaria angustia no derrite corazón más que el mío; Y en mi pecho las alegrías imperfectas expiran._ Sin embargo, la mañana sonríe para alegrar a la raza ocupada, Y el placer recién nacido trae a hombres más felices; Los campos ofrecen a todos su tributo acostumbrado; Para calentar sus pequeños amores los pájaros se quejan: _Yo lamento infructuosamente ante quien no puede oír, Y lloro más, porque lloro en vano.»_
y añade la siguiente observación: «Se percibirá fácilmente que la única parte de este Soneto que tiene algún valor son los versos impresos en cursiva; es igualmente obvio que, excepto en la rima y en el uso de la sola palabra 'fruitless' por 'fruitlessly', que es hasta cierto punto un defecto, el lenguaje de estos versos no difiere en ningún aspecto del de la prosa».
A un idealista que defendía su sistema con el hecho de que, al dormir, a menudo creemos estar despiertos, le respondió bien su sencillo vecino: «Ah, ¿pero cuando estamos despiertos creemos alguna vez estar dormidos?». Las cosas idénticas deben ser convertibles. El pasaje precedente parece descansar sobre un sofisma similar. Pues la pregunta no es si puede ocurrir en prosa un orden de palabras que sería igualmente apropiado en un poema; ni si no hay versos y oraciones hermosas de ocurrencia frecuente en buenos poemas, que serían igualmente adecuados además de hermosos en la buena prosa; pues ni lo uno ni lo otro ha sido jamás negado o puesto en duda por nadie. La verdadera pregunta debe ser si no existen modos de expresión, una construcción y un orden de oraciones que están en su lugar apropiado y natural en una composición seria en prosa, pero que serían desproporcionados y heterogéneos en la poesía métrica; y, viceversa, si en el lenguaje de un poema serio no puede haber una disposición tanto de palabras como de oraciones, y un uso y selección de (lo que se llama) figuras retóricas, tanto en cuanto a su tipo, su frecuencia y sus ocasiones, que en un tema de igual peso serían viciosos y ajenos en una prosa correcta y varonil. Sostengo que en ambos casos esta falta de aptitud de cada uno para el lugar del otro existirá frecuente y debidamente.
Y primero, desde el origen del metro. Esto lo atribuiría al equilibrio en la mente efectuado por ese esfuerzo espontáneo que se esfuerza por mantener bajo control las manifestaciones de la pasión. También podría explicarse fácilmente de qué manera este antagonismo saludable es asistido por el mismo estado que contrarresta; y cómo este equilibrio de antagonistas se organizó en metro (en la acepción habitual de ese término), mediante un acto sobreviniente de la voluntad y el juicio, consciente y con el propósito previsto de placer. Asumiendo estos principios como los datos de nuestro argumento, deducimos de ellos dos condiciones legítimas que el crítico tiene derecho a esperar en toda obra métrica. Primero, que, así como los elementos del metro deben su existencia a un estado de excitación aumentada, así el metro mismo debería ir acompañado del lenguaje natural de la excitación. Segundo, que, así como estos elementos se forman en metro artificialmente, mediante un acto voluntario, con el diseño y el propósito de combinar el deleite con la emoción, así las huellas de la volición presente deberían ser proporcionalmente discernibles a lo largo del lenguaje métrico. Ahora bien, estas dos condiciones deben reconciliarse y estar copresentes. Debe haber no solo una asociación, sino una unión; una interpenetración de la pasión y de la voluntad, del impulso espontáneo y del propósito voluntario. De nuevo, esta unión solo puede manifestarse en una frecuencia de formas y figuras retóricas (originalmente descendientes de la pasión, pero ahora hijos adoptivos del poder) mayor de la que se desearía o toleraría cuando la emoción no es alentada voluntariamente y mantenida en aras de ese placer que tal emoción, así templada y dominada por la voluntad, resulta capaz de comunicar. No solo dicta, sino que por sí misma tiende a producir un empleo más frecuente de un lenguaje pintoresco y vivificador del que sería natural en cualquier otro caso en el que no existiera, como existe en el presente, un pacto previo y bien entendido, aunque tácito, entre el poeta y su lector, de que este último tiene derecho a esperar, y el primero está obligado a suministrar, esta especie y grado de excitación placentera. Podemos aplicar en cierta medida a esta unión la respuesta de Polixenes, en El cuento de invierno, al descuido de Perdita por las clavelinas veteadas, porque había oído decir:
«Existe un arte que, en su matiz, comparte Con la gran naturaleza creadora. POL. Digamos que sea así; Sin embargo, la naturaleza no es mejorada por ningún medio, Sino que la naturaleza hace ese medio; así, sobre ese arte, Que dices que añade a la naturaleza, hay un arte Que la naturaleza hace. Ves, dulce doncella, que casamos Un vástago más gentil al tronco más salvaje; Y hacemos concebir una corteza de clase más baja Por un brote de raza más noble. Esto es un arte, Que enmienda la naturaleza... o mejor dicho, la cambia; pero El arte mismo es naturaleza.»
En segundo lugar, argumento desde los efectos del metro. En la medida en que el metro actúa en y por sí mismo, tiende a aumentar la vivacidad y la susceptibilidad tanto de los sentimientos generales como de la atención. Este efecto lo produce mediante la continua excitación de la sorpresa, y mediante las rápidas reciprocidades de la curiosidad, siempre gratificada y siempre reexcitada, que son, en efecto, demasiado leves en cualquier momento para ser objetos de conciencia distinta, pero que se vuelven considerables en su influencia agregada. Como una atmósfera medicada, o como el vino durante una conversación animada, actúan poderosamente, aunque no sean notados. Por lo tanto, cuando no se proporcionan alimento y materia apropiados para la atención y los sentimientos así despertados, debe sentirse necesariamente una decepción; como la de saltar en la oscuridad desde el último escalón de una escalera, cuando habíamos preparado nuestros músculos para un salto de tres o cuatro.
La discusión sobre los poderes del metro en el prefacio es altamente ingeniosa y toca en todos los puntos la verdad. Pero no puedo encontrar ninguna declaración de sus poderes considerados de manera abstracta y separada. Por el contrario, el Sr. Wordsworth parece estimar siempre el metro por los poderes que ejerce durante (y, como pienso, a consecuencia de) su combinación con otros elementos de la poesía. Así, la dificultad previa queda sin respuesta: cuáles son los elementos con los que debe combinarse para producir sus propios efectos con algún propósito placentero. Las rimas dobles y trisílabas, de hecho, forman una especie inferior de ingenio y, atendidas exclusivamente por su propio bien, pueden convertirse en una fuente de diversión momentánea; como en el dístico del pobre Smart al escudero galés que le había prometido una liebre:
«¡Dime, tú, hijo del gran Cadwallader! ¿Has enviado la liebre? ¿O te la has tragado?»
Pero para cualquier propósito poético, el metro se asemeja (si la idoneidad del símil puede excusar su vulgaridad) a la levadura, inútil o desagradable por sí sola, pero que da vivacidad y espíritu al licor con el que se combina proporcionalmente.
La referencia a THE CHILDREN IN THE WOOD de ninguna manera satisface mi juicio. Todos nos arrojamos voluntariamente por un tiempo a los sentimientos de nuestra infancia. Esta balada, por lo tanto, la leemos bajo tales recuerdos de nuestros propios sentimientos infantiles, como nos harían apreciar igualmente poemas que el propio Sr. Wordsworth consideraría defectuosos en el extremo opuesto del adorno llamativo y técnico. Antes de la invención de la imprenta, y en un grado aún mayor antes de la introducción de la escritura, el metro, especialmente el metro aliterado (ya sea aliterado al principio de las palabras, como en PIERCE PLOWMAN, o al final, como en las rimas), poseía un valor independiente como ayuda para el recuerdo y, consecuentemente, para la preservación de cualquier serie de verdades o incidentes. Pero no me convence, mediante el cotejo de hechos, que THE CHILDREN IN THE WOOD deba su preservación o su popularidad a su forma métrica. El repositorio del Sr. Marshal ofrece una serie de cuentos en prosa inferiores en patetismo y mérito general, algunos de fecha tan antigua y muchos tan ampliamente populares. TOM HICKATHRIFT, JACK THE GIANT-KILLER, GOODY TWO-SHOES y LITTLE RED RIDING-HOOD son rivales formidables. Y que hayan continuado en prosa no puede explicarse equitativamente por la suposición de que la relativa mezquindad de sus pensamientos e imágenes excluyera incluso las formas más humildes de metro. La escena de GOODY TWO-SHOES en la iglesia es perfectamente susceptible de narración métrica; y, entre los thaumata thaumastotata incluso de la edad actual, ¡no recuerdo una imagen más asombrosa que la de «toda la colonia de grajos, que salió volando de la barba del gigante», asustada por la voz tremenda con la que este monstruo respondió al desafío del heroico TOM HICKATHRIFT!
Si de estos pasamos a composiciones universalmente, e independientemente de todas las asociaciones tempranas, amadas y admiradas; ¿serían MARIA, THE MONK o THE POOR MAN’S ASS de Sterne leídos con más deleite, o tendrían una mejor oportunidad de inmortalidad, si hubieran sido compuestos en rima sin ningún cambio en la dicción, que en su estado actual? Si no estoy gravemente equivocado, la respuesta general sería negativa. Es más, confesaré que, en los propios volúmenes del Sr. Wordsworth, ANECDOTE FOR FATHERS, SIMON LEE, ALICE FELL, BEGGARS y THE SAILOR’S MOTHER, a pesar de las bellezas que se pueden encontrar en cada uno de ellos donde el poeta interpone la música de sus propios pensamientos, habrían sido más deliciosos para mí en prosa, contados y manejados, como habrían sido por el Sr. Wordsworth, en un ensayo moral o en un tour a pie.
El metro en sí es simplemente un estimulante de la atención y, por lo tanto, suscita la pregunta: ¿Por qué debe estimularse la atención de esta manera? Ahora bien, la pregunta no puede ser respondida por el placer del metro mismo; pues hemos demostrado que esto es condicional y dependiente de la idoneidad de los pensamientos y expresiones a los que se añade la forma métrica. Tampoco puedo concebir ninguna otra respuesta que pueda darse racionalmente, aparte de esta: escribo en metro porque estoy a punto de usar un lenguaje diferente al de la prosa. Además, donde el lenguaje no es tal, por interesantes que sean las reflexiones que una mente filosófica pueda extraer de los pensamientos o incidentes del poema, el metro mismo a menudo debe volverse débil. Tomemos las tres últimas estrofas de THE SAILOR’S MOTHER, por ejemplo. Si pudiera por un momento abstraerme del efecto producido en los sentimientos del autor, como hombre, por el incidente en el momento de su ocurrencia real, me atrevería a apelar a su propio juicio: ¿encontró en el metro mismo una razón suficiente para que fueran escritas métricamente?
Y, continuando así, ella dijo: «Tuve un hijo que durante muchos días Navegó por los mares; pero está muerto; En Dinamarca naufragó; Y he viajado hasta Hull para ver Qué ropa pudo haber dejado, u otra propiedad.
El pájaro y la jaula eran ambos suyos, Eran el pájaro de mi hijo; y pulcro y ordenado Lo mantenía: muchos viajes Este pájaro cantor ha hecho con él; Cuando zarpó por última vez dejó al pájaro atrás; Como podría ser, quizás, por presentimientos de su mente.
Al cuidado de un compañero de cuarto Lo había dejado, para que fuera vigilado y alimentado, Hasta que regresara; y allí Lo encontré cuando mi hijo hubo muerto; Y ahora, ¡que Dios me ayude por mi poco juicio! Lo arrastro conmigo, ¡señor! Él se deleitaba tanto en él.»
Si al desproporcionar el énfasis leemos estas estrofas de modo que las rimas sean perceptibles, incluso las rimas trisílabas apenas podrían producir un sentido igual de rareza y extrañeza, como sentimos aquí al encontrar rimas en oraciones tan exclusivamente coloquiales. Preguntaría además si, de no ser por ese estado visionario en el que la figura de la mujer y la susceptibilidad de su propio genio habían colocado la imaginación del poeta (un estado que extiende su influencia y coloración sobre todo lo que coexiste con la causa excitante, y en el cual
«Las cosas más simples y más familiares Ganan un extraño poder de extender el temor a su alrededor»);
Preguntaría al poeta si no habría sentido una caída abrupta en estos versos desde la estrofa precedente:
«El antiguo espíritu no está muerto; Los viejos tiempos, pensé, respiran allí; Orgulloso estaba de que mi país criara Tal fuerza, una dignidad tan justa: Ella pedía una limosna, como alguien en mala situación; La miré de nuevo, y mi orgullo no disminuyó.»
No debe omitirse, y además es digno de mención, que esas estrofas proporcionan el único ejemplo justo que he podido descubrir en todos los escritos del Sr. Wordsworth de una adopción real, o verdadera imitación, del lenguaje real y verdadero de la vida baja y rústica, libre de provincialismos.
En tercer lugar, deduzco la posición de todas las causas asignadas en otra parte, las cuales hacen del metro la forma apropiada de la poesía, y de la poesía algo imperfecto y defectuoso sin el metro. El metro, por consiguiente, al haber estado conectado con la poesía con mayor frecuencia y por una aptitud peculiar, todo aquello que se combine con el metro debe, aunque no sea esencialmente poético en sí mismo, poseer no obstante alguna propiedad en común con la poesía, como un intermediario de afinidad, una especie (si me atrevo a tomar prestada una conocida frase de la química técnica) de mordiente entre ella y el metro sobreañadido. Ahora bien, la poesía, afirma verdaderamente el Sr. Wordsworth, siempre implica pasión: palabra que debe entenderse aquí en su sentido más general, como un estado excitado de los sentimientos y las facultades. Y como toda pasión tiene su pulso propio, así también tendrá sus modos característicos de expresión. Pero donde existe ese grado de genio y talento que faculta a un escritor para aspirar a los honores de un poeta, el acto mismo de la composición poética es, y se admite que implica y produce, un estado inusual de excitación, que por supuesto justifica y exige una diferencia correspondiente de lenguaje, tan verdaderamente, aunque quizás no en un grado tan marcado, como la excitación del amor, el miedo, la ira o los celos. La viveza de las descripciones o declamaciones en Donne o Dryden se deriva tanto y tan a menudo de la fuerza y el fervor del descriptor como de las reflexiones, formas o incidentes que constituyen su tema y materiales. Las ruedas se incendian por la mera rapidez de su movimiento. Hasta qué punto, y bajo qué modificaciones, puede admitirse que esto actúe, intentaré definirlo en una observación posterior sobre la réplica del Sr. Wordsworth a esta objeción, o mejor dicho, sobre su objeción a esta réplica, como ya se anticipó en su prefacio.
En cuarto lugar, y como algo íntimamente relacionado con esto, si no es el mismo argumento en una forma más general, aduzco el alto instinto espiritual del ser humano que nos impulsa a buscar la unidad mediante un ajuste armonioso, estableciendo así el principio de que todas las partes de un todo organizado deben ser asimiladas a las partes más importantes y esenciales. Este y los argumentos precedentes pueden fortalecerse con la reflexión de que la composición de un poema se encuentra entre las artes imitativas; y que la imitación, en contraposición a la copia, consiste ya sea en la interfusión de lo mismo a lo largo de lo radicalmente diferente, o de lo diferente a lo largo de una base radicalmente la misma.
Por último, apelo a la práctica de los mejores poetas, de todos los países y en todas las épocas, como autorizante de la opinión (deducida de todo lo anterior) de que, en cada acepción de la palabra esencial que no implique aquí una mera perogrullada, puede haber, existe y debe haber una diferencia esencial entre el lenguaje de la prosa y el de la composición métrica.
En la crítica del Sr. Wordsworth sobre el soneto de Gray, la simpatía del lector con su elogio o censura de las diferentes partes se da por sentada, quizás con demasiada facilidad. Al menos, no ha intentado ganársela o compelerla mediante un análisis argumentativo. En mi concepción al menos, los versos rechazados por carecer de valor, con la excepción de los dos primeros, difieren tanto y tan poco del lenguaje de la vida común como aquellos que él ha impreso en cursiva por poseer una excelencia genuina. De los cinco versos así honrosamente distinguidos, dos de ellos difieren de la prosa aún más ampliamente, por la posición de las palabras, que los versos que los preceden o siguen:
«Un objeto diferente requieren estos ojos; Mi solitaria angustia no ablanda corazón más que el mío; Y en mi pecho las imperfectas alegrías expiran.»
Pero si fuera de otro modo, ¿qué probaría esto sino una verdad de la que nadie dudó jamás? A saber, que hay frases que estarían igualmente en su lugar tanto en verso como en prosa. Ciertamente, no prueba el punto que es el único que requiere prueba; a saber, que no hay pasajes que se ajustarían al uno y no al otro. El primer verso de este soneto se distingue del lenguaje ordinario de los hombres por el epíteto aplicado a la mañana. Pues dejaremos de lado, por el momento, la consideración de que la palabra particular «sonriente» está trillada y, como implica una especie de personificación, no es del todo congruente con el atributo común y material de «brillante». Y, sin duda, esta adición de epítetos con el fin de una descripción adicional, allí donde no se exige una atención particular por la cualidad de la cosa, sería notada como algo que da un tinte poético a la conversación de un hombre. Si el deportista exclamara: «¡Vamos muchachos! la rosada mañana os llama a levantaros:», se supondrá que tiene alguna canción en la cabeza. Pero nadie sospecha esto cuando dice: «Una mañana húmeda no nos confinará a nuestras camas». Esto, pues, es un defecto en la poesía, o no lo es. A quien decidiera en sentido afirmativo, le pediría que relea cualquier poema de cualquier poeta confesadamente grande, desde Homero hasta Milton, o desde Esquilo hasta Shakespeare; y que tache (en pensamiento, quiero decir) cada instancia de este tipo. Si el número de estos borrados imaginarios no le sobresaltara; o si continuara considerando que la obra mejora con su total omisión; debe presentar razones de no común fuerza y evidencia, razones fundadas en la esencia de la naturaleza humana. De lo contrario, no dudaría en considerarle como un hombre no tanto a prueba contra toda autoridad, sino muerto ante ella.
El segundo verso:
«Y el Febo enrojecedor levanta su fuego dorado;--»
tiene, en efecto, casi tantos defectos como palabras. Pero entonces es un mal verso, no porque el lenguaje sea distinto al de la prosa; sino porque transmite imágenes incongruentes; porque confunde la causa y el efecto; lo real con el representante personificado de lo real; en resumen, ¡porque difiere del lenguaje del buen sentido! Que «Febo» esté trillado, y sea una imagen de colegial, es un defecto accidental, dependiente de la época en la que el autor escribió, y no deducido de la naturaleza de la cosa. Que sea parte de una mitología obsoleta es una objeción más profundamente fundamentada. Sin embargo, cuando la antorcha del saber antiguo fue reencendida, tan alentadores fueron sus rayos que nuestros poetas más antiguos, cortados por el cristianismo de toda maquinaria acreditada, y privados de todos los guardianes y símbolos reconocidos de los grandes objetos de la naturaleza, fueron naturalmente inducidos a adoptar, como lenguaje poético, aquellos personajes fabulosos, aquellas formas de lo sobrenatural en la naturaleza que les habían proporcionado tal deleite en los poemas de sus grandes maestros. Es más, incluso hoy en día, ¿qué erudito de gusto genial no simpatizará tanto con ellos como para leer con placer en Petrarca, Chaucer o Spenser lo que quizás condenaría por pueril en un poeta moderno?
No recuerdo ningún poeta cuyos escritos soportarían más seguramente la prueba de la teoría del Sr. Wordsworth que Spenser. ¿Dirá, sin embargo, el Sr. Wordsworth que el estilo de la siguiente estrofa no se distingue de la prosa y del lenguaje de la vida ordinaria? ¿O que es vicioso, y que las estrofas son manchas en LA REINA DE LAS HADAS?
«Por entonces el boyero del norte había colocado Su tiro de siete bueyes tras la estrella constante, Que en las olas del océano aún nunca estuvo mojada, Sino firme y fija y enviando luz desde lejos A todos los que en el profundo y salvaje errar están; Y el alegre gallo con su nota estridente Había advertido una vez que el carro fogoso de Febo Con prisa estaba subiendo la colina oriental, Pleno de envidia porque la noche tanto tiempo su espacio ocupó.»
«Al fin la puerta oriental dorada Del mayor cielo comenzó a abrirse hermosa, Y Febo fresco, como novio para su compañera, Salió danzando, sacudiendo su cabellera de rocío, Y lanzó sus brillantes rayos a través del aire sombrío: Lo cual, cuando el elfo atento percibió, al instante Se puso en pie, y se dispuso En armas brillantes como el sol y en batalla ordenada; Pues con aquel pagano orgulloso combatirá ese día.»
Por el contrario, a cuántos pasajes, tanto en libros de himnos como en poemas en verso blanco, podría yo (si no fuera invidioso) dirigir la atención del lector, cuyo estilo es de lo más impoético porque, y solo porque, es el estilo de la prosa. No supondrá que tengo en mente tales versos como:
«Puse mi sombrero sobre mi cabeza Y caminé hacia el Strand; Y allí encontré a otro hombre, Cuyo sombrero estaba en su mano.»
Para tales especímenes sería, en efecto, una respuesta justa y completa que estos versos no son malos porque sean impoéticos, sino porque están vacíos de todo sentido y sentimiento; y que sería un vano intento probar que «un mono no es un Newton, cuando es evidente por sí mismo que no es un hombre». Pero el sentido será bueno y de peso, el lenguaje correcto y dignificado, el tema interesante y tratado con sentimiento; y, sin embargo, el estilo será, a pesar de todos estos méritos, justamente censurable como prosaico, y solo porque las palabras y el orden de las palabras encontrarían su lugar apropiado en la prosa, pero no son adecuadas para la composición métrica. Las GUERRAS CIVILES de Daniel es una obra instructiva e incluso interesante; pero tómense las siguientes estrofas (y de los cien ejemplos que abundan podría haber seleccionado otros mucho más llamativos):
«Y a fin de que podamos con mayor facilidad Discernir el verdadero discurso, dignaos mostrar Cuáles fueron los tiempos precedentes cercanos a estos, Para que podamos conocerlos con mejor provecho. Decid cómo cayó el mundo en esta enfermedad; Y cómo creció tan gran destemplanza; Así veremos con qué grados llegó; Cómo las cosas en su plenitud pronto pierden su forma.»
«Diez reyes habían reinado desde el Conquistador normando Con suerte entremezclada y variable, Cuando Inglaterra alcanzó su mayor altura De poder, dominio, gloria, riqueza y estado; Después de haber sostenido con mucho trabajo La violencia de los príncipes, con debate Por títulos y los frecuentes motines De los nobles por sus antiguas libertades.»
«Pues primero, el normando, conquistando todo por la fuerza, Por la fuerza fue obligado a mantener lo que había obtenido; Mezclando nuestras costumbres y la forma del derecho Con constituciones extranjeras, que él había traído; Dominando a los poderosos, humillando al pobre desdichado, Por todos los medios más severos que pudieron obrarse; Y, haciendo dudosa la sucesión, desgarró Su estado recién adquirido, y lo dejó turbulento.»
¿Se sostendrá, por un lado, que estos versos son mezquinos y carentes de sentido? ¿O, por otro, que no son prosaicos y, por esa razón, impoéticos? El bien merecido epíteto de este poeta es el de «Daniel el bien hablado»; pero también, y por el consentimiento de sus contemporáneos no menos que de todos los críticos sucesivos, «el Daniel prosaico». Sin embargo, aquellos que así designan a este sabio y amable escritor por la frecuente incorrespondencia de su dicción con su metro en la mayoría de sus composiciones, no solo las consideran valiosas e interesantes por otros motivos, sino que admiten voluntariamente que se pueden encontrar a lo largo de sus poemas, y especialmente en sus EPÍSTOLAS y en EL TRIUNFO DE HIMEN, muchos y exquisitos especímenes de ese estilo que, como terreno neutral de la prosa y el verso, es común a ambos. Un extracto fino y casi sin defectos, eminente tanto por otras bellezas como por su perfección en este tipo de dicción, puede verse en los ESPECÍMENES DRAMÁTICOS de Lamb, una obra de interés variado por la naturaleza de las selecciones mismas (todas de las obras de los contemporáneos de Shakespeare), y que deriva un alto valor adicional de las notas, que están llenas de una crítica justa y original, expresada con toda la frescura de la originalidad.
Entre los posibles efectos de la adhesión práctica a una teoría que apunta a identificar el estilo de la prosa y el verso (si es que no reclama para este último un parecido aún mayor con el estilo promedio de los hombres en el trato de viva voz de la vida real), podríamos anticipar el siguiente como no el menos probable que ocurra. Sucederá, como ya he observado antes, que el metro mismo, la única diferencia reconocida, se convertirá ocasionalmente en metro solo para el ojo. La existencia de prosaísmos, y que estos restan mérito a un poema, debe concederse finalmente cuando una serie de versos sucesivos pueden hacerse, incluso para el oído más delicado, irreconocibles como verso, o como haber sido incluso destinados a ser verso, simplemente transcribiéndolos como prosa; cuando, si el poema está en verso blanco, esto puede efectuarse sin ninguna alteración, o a lo sumo simplemente restaurando una o dos palabras a sus lugares apropiados, de donde han sido trasplantadas sin causa o razón asignable que la de la conveniencia del autor; pero si es en rima, mediante el mero intercambio de la palabra final de cada verso por alguna otra del mismo significado, igualmente apropiada, dignificada y eufónica.
La respuesta u objeción en el prefacio a la observación anticipada de que «el metro allana el camino a otras distinciones» se contiene en las siguientes palabras: «La distinción de rima y metro es regular y uniforme, y no, como la producida por (lo que usualmente se llama) dicción poética, arbitraria y sujeta a infinitos caprichos, sobre los cuales no se puede hacer cálculo alguno. En el primer caso, el lector está totalmente a merced del poeta respecto a qué imaginería o dicción pueda elegir conectar con la pasión». ¿Pero es este un poeta, de quien está hablando un poeta? ¡No, ciertamente! ¡Más bien de un loco o un insensato: o en el mejor de los casos de un vanidoso o ignorante fantaseador! ¿Y no podrían cerebros tan salvajes y deficientes causar el mismo estragos con las rimas y los metros que se supone que efectúan con los modos y figuras del discurso? ¿Cómo está el lector a merced de tales hombres? Si continúa leyendo sus tonterías, ¿no es su propia culpa? El fin último de la crítica es mucho más establecer los principios de la escritura que proporcionar reglas sobre cómo juzgar lo que ha sido escrito por otros; si es que fuera posible que ambos pudieran separarse. Pero si se pregunta, ¿por qué principios debe regular el poeta su propio estilo, si no se adhiere estrechamente al tipo y orden de palabras que oye en el mercado, la feria, la carretera o el campo de labranza? Respondo: por principios, cuya ignorancia o descuido le condenarían a no ser poeta, sino un tonto o presuntuoso usurpador del nombre. Por los principios de la gramática, la lógica, la psicología. En una palabra, por tal conocimiento de los hechos, materiales y espirituales, que más pertenecen a su arte, que, si ha sido gobernado y aplicado por el buen sentido, y hecho instintivo por el hábito, se convierte en el representante y recompensa de nuestros pasados razonamientos conscientes, intuiciones y conclusiones, y adquiere el nombre de Gusto. ¿Por qué regla que no deje al lector a merced del poeta, y al poeta a la suya, ha de distinguir este último entre el lenguaje adecuado a la ira reprimida y el lenguaje característico de la ira consentida? ¿O entre el de la rabia y el de los celos? ¿Se obtiene vagando en busca de gente airada o celosa en una sociedad inculta, para copiar sus palabras? ¿O no más bien mediante el poder de la imaginación que procede sobre el «todo en cada uno» de la naturaleza humana? ¿Mediante la meditación, más que mediante la observación? ¿Y mediante esta última solo en consecuencia de la primera? ¿Como ojos para los cuales la primera ha predeterminado su campo de visión, y a los cuales, como a su órgano, comunica un poder microscópico? No hay, creo firmemente, un hombre que viva hoy que tenga, por su propia experiencia interna, una intuición más clara que el propio Sr. Wordsworth de que estas últimas son las verdaderas fuentes de la discriminación genial. A través del mismo proceso y por la misma agencia creativa, el poeta distinguirá el grado y el tipo de excitación producida por el acto mismo de la composición poética. Intuitivamente sabrá qué diferencias de estilo inspira y justifica a la vez; qué intermezcla de volición consciente es natural a ese estado; y en qué instancias tales figuras y colores del discurso degeneran en meras criaturas de un propósito arbitrario, fríos artificios técnicos de adorno o conexión. Pues, así como la verdad es su propia luz y evidencia, descubriéndose a sí misma y a la falsedad a la vez, es prerrogativa del genio poético distinguir por instinto paternal su propia descendencia de los sustitutos que los gnomos de la vanidad o las hadas de la moda pueden haber dejado en su cuna o llamado por sus nombres. Si se pudiera dar una regla desde fuera, la poesía dejaría de ser poesía y se hundiría en un arte mecánico. Sería morfogénesis, no poiesis. Las reglas de la Imaginación son en sí mismas los poderes mismos del crecimiento y la producción. Las palabras a las que son reducibles presentan solo los contornos y la apariencia externa del fruto. Se puede elaborar un falso duplicado de la forma y los colores superficiales; pero el melocotón de mármol se siente frío y pesado, y solo los niños se lo llevan a la boca. No encontramos dificultad en admitir como excelente, y como lenguaje legítimo del fervor poético autoapasionado, el apóstrofe de Donne al Sol en la segunda estrofa de su PROGRESO DEL ALMA.
«¡A ti, ojo del cielo!, esta gran Alma no envidia; Por tu fuerza masculina es todo lo que tenemos engendrado. En el primer Oriente comienzas ahora a brillar, Absorbes el bálsamo temprano y las especias isleñas allí, Y pronto querrás en tu carrera de riendas sueltas En Tajo, Po, Sena, Támesis y Danubio cenar, Y ver de noche este mundo occidental mío: Sin embargo, no has visto más naciones que ella, Que antes que tú un día comenzó a existir, Y, extinguida tu frágil luz, vivirá mucho, mucho después que tú.»
O la penúltima estrofa:
«¡Gran Destino, comisario de Dios, Que has marcado un camino y un período Para cada cosa! Tú, que, donde tomamos descendencia, Nuestros caminos y fines ves en un instante: ¡tú, Nudo de todas las causas! ¡Tú, cuya frente inmutable Nunca sonríe ni frunce el ceño! ¡Oh! dígnate mirar, Y muestra mi historia en tu libro eterno», etc.
Con la misma poca dificultad encontramos la exclusión de los honores de la calidez y elevación no afectada la locura deliberada de la pseudopoesía, o la sorprendente histeria de la debilidad que se sobreesfuerza a sí misma, que irrumpe en el lector desprevenido en diversas odas y apóstrofes a términos abstractos. Tales son las Odas a los celos, a la Esperanza, al Olvido y similares, en la colección de Dodsley y en las revistas de aquel día, que rara vez dejan de recordarme una copia de versos de Oxford sobre los dos SUTTON, que comienza con:
«¡Inoculación, doncella celestial! ¡desciende!»
No se puede negar que hombres de indudable talento, e incluso poetas de genio verdadero, aunque no de primer orden, se han engañado a sí mismos y a otros en el extremo opuesto a causa de una teoría equivocada. Leí una vez a una compañía de mujeres sensatas y bien educadas el periodo introductorio del prefacio de Cowley a sus «Odas Pindáricas», escritas a imitación del estilo y manera de las odas de Píndaro. «Si», (dice Cowley), «un hombre emprendiera traducir a Píndaro, palabra por palabra, se pensaría que un loco ha traducido a otro, como puede aparecer cuando aquel que no entiende el original lee la traducción verbal de él a prosa latina, que no parece sino desvarío». Luego procedí con su propia versión libre de la segunda Olímpica, compuesta con el propósito caritativo de racionalizar al Águila Tebana.
«Reina de todas las cosas armoniosas, Palabras danzantes y cuerdas parlantes, ¿Qué dios, qué héroe cantarás? ¿A qué hombre feliz traerás glorias iguales? Comienza, comienza tu noble elección, Y deja que las colinas de alrededor reflejen la imagen de tu voz. Pisa pertenece a Jove, Jove y Pisa reclaman tu canto. Las bellas primicias de la guerra, los juegos Olímpicos, Alcides, ofrecidas a Jove; Alcides, también, tus cuerdas pueden mover, Pero, ¡oh!, ¿qué hombre puede probar ser digno de unirse a estos? Une a Terón audazmente a sus sagrados nombres; Terón reclama el siguiente honor; Terón no cede su lugar a nadie, Es el primero en la carrera de Pisa y de la Virtud; Terón allí, y él solo, Incluso a sus propios rápidos antepasados ha superado.»
Uno de los miembros de la compañía exclamó, con el pleno asentimiento de los demás, que si el original era más loco que esto, debía de ser una locura incurable. Entonces traduje la oda del griego, y tan cerca como fue posible, palabra por palabra; y la impresión fue que, en el movimiento general de los períodos, en la forma de las conexiones y transiciones, y en la sobria majestad de un sentido elevado, les parecía acercarse más, que cualquier otra poesía que hubieran escuchado, al estilo de nuestra Biblia, en los libros proféticos. La primera estrofa bastará como muestra:
«¡Oh, himnos que domináis las arpas! (o) ¡oh, himnos soberanos de las arpas! ¿Qué Dios? ¿Qué Héroe? ¿Qué Hombre celebraremos? Ciertamente Pisa es de Jove, Pero la Olimpiada (o los juegos olímpicos) estableció Hércules, Las primicias de los despojos de la guerra. Pero a Terón por el carro de cuatro caballos, Que le trajo la victoria, Nos corresponde ahora alzar la voz: El Justo, el Hospitalario, El Baluarte de Agrigento, De renombrados padres La Flor, incluso a él Que conserva su ciudad natal erguida y a salvo.»
Pero, ¿son tales caprichos retóricos condenables solo por su desviación del lenguaje de la vida real? ¿Y no pueden ser evitados por otros medios que no sean el rechazo de toda distinción entre prosa y verso, salvo la del metro? Seguramente el sentido común, y una percepción moderada de la constitución de la mente humana, bastarían ampliamente para probar que tal lenguaje y tales combinaciones no son el producto natural ni de la fantasía ni de la imaginación; que su operación consiste en el estímulo de la sorpresa mediante la yuxtaposición y aparente reconciliación de cosas muy diferentes o incompatibles. Como cuando, por ejemplo, se hace que las colinas reflejen la imagen de una voz. Ciertamente, no se requiere un gusto inusual para ver claramente que esta yuxtaposición forzada no es producida por la presentación de formas impresionantes o deleitables a la visión interior, ni por simpatía alguna con los poderes modificadores con los que el genio del poeta había unido e infundido vida a todos los objetos de su pensamiento; que es, por tanto, una especie de ingenio, una obra pura de la voluntad, e implica un ocio y un autocontrol tanto del pensamiento como del sentimiento, incompatibles con el fervor constante de una mente poseída y llena de la grandeza de su tema. Para resumir todo en una frase: cuando se presente un poema, o una parte de un poema, que sea evidentemente vicioso en las figuras y en la textura de su estilo, y sin embargo, para cuya condena no pueda asignarse razón alguna, excepto que difiere del estilo en que los hombres realmente conversan, entonces, y solo entonces, podré considerar esta teoría como plausible, o practicable, o capaz de proporcionar regla, guía o precaución alguna que no pudiera, más fácil y seguramente, así como más naturalmente, haberse deducido en la mente del propio autor a partir de consideraciones de gramática, lógica y la verdad y naturaleza de las cosas, confirmadas por la autoridad de obras cuya fama no pertenece a un solo país ni a una sola época.
CAPÍTULO XIX
Continuación: sobre el objeto real que, es probable, el Sr. Wordsworth tenía ante sí en su prefacio crítico. Esclarecimiento y aplicación de esto.
Podría parecer por algunos pasajes en la primera parte del prefacio del Sr. Wordsworth, que pretendía limitar su teoría del estilo, y la necesidad de una estrecha conformidad con el lenguaje real de los hombres, a aquellos temas particulares de la vida humilde y rústica, que a modo de experimento se había propuesto naturalizar como una nueva especie en nuestra poesía inglesa. Pero por el hilo de la argumentación que sigue; por la referencia a Milton; y por el espíritu de su crítica sobre el soneto de Gray; esas frases parecen haber sido más bien cortesías de modestia que limitaciones reales de su sistema. Sin embargo, tan infundado parece este sistema en un examen detenido; y tan extraño y abrumador en sus consecuencias, que no puedo, y no quiero, creer que el poeta mismo lo adoptara jamás en el sentido absoluto en que sus expresiones han sido entendidas por otros, y que, en efecto, según todas las leyes comunes de interpretación, parecen tener. ¿Qué quiso decir entonces? Sospecho que, en la clara percepción, no exenta de disgusto o desprecio, de las llamativas afectaciones de un estilo que pasaba como corriente para demasiados como dicción poética (aunque en verdad tenía tan pocas pretensiones a la poesía como a la lógica o al sentido común), estrechó su visión por un tiempo; y sintiendo una preferencia justificable por el lenguaje de la naturaleza y del buen sentido, incluso en sus formas más humildes y menos ornamentadas, se permitió expresar, en términos a la vez demasiado amplios y demasiado exclusivos, su predilección por un estilo lo más alejado posible del falso y ostentoso esplendor que deseaba erradicar. Es posible que esta predilección, al principio meramente comparativa, se desviara por un tiempo hacia una parcialidad directa. Pero el verdadero objeto que tenía a la vista era, no me cabe duda, una especie de excelencia que había sido caracterizada mucho antes de la manera más feliz por el juicioso y amable Garve, cuyas obras son tan justamente amadas y estimadas por los alemanes, en sus observaciones sobre Gellert, de las cuales se traduce literalmente lo siguiente: «El talento que se requiere para hacer versos excelentes es quizás mayor de lo que el filósofo está dispuesto a admitir, o encontraría en su poder adquirir: el talento de buscar solo la expresión apta del pensamiento y, sin embargo, encontrar al mismo tiempo con ella la rima y el metro. Gellert poseía este don feliz, si es que alguno de nuestros poetas lo poseyó; y nada contribuyó quizá más a la gran y universal impresión que sus fábulas causaron en su primera publicación, o conduce más a su continua popularidad. Fue un fenómeno extraño y curioso, y tal como en Alemania no se había escuchado anteriormente, leer versos en los que todo se expresaba tal como uno desearía hablar, y sin embargo todo era digno, atractivo e interesante; y todo al mismo tiempo perfectamente correcto en cuanto a la medida de las sílabas y la rima. Es cierto que la poesía, cuando ha alcanzado esta excelencia, causa una impresión mucho mayor que la prosa. Tanto es así, de hecho, que incluso la gratificación que las propias rimas proporcionan, se convierte entonces ya no en una gratificación despreciable o trivial».
Por muy novedoso que este fenómeno pudiera haber sido en Alemania en tiempos de Gellert, no es de ninguna manera nuevo, ni de existencia reciente en nuestra lengua. A pesar de la licencia con la que Spenser obliga ocasionalmente a la ortografía de sus palabras a someterse a sus rimas, toda la FAIRY QUEEN es un ejemplo casi continuo de esta belleza. La canción de Waller GO, LOVELY ROSE, es sin duda familiar para la mayoría de mis lectores; pero si hubiera tenido a mano los Poemas de Cotton, más pero mucho menos merecidamente célebre como autor del VIRGIL TRAVESTIED, me habría complacido, y creo que habría gratificado a muchos que no están familiarizados con sus obras serias, seleccionando algunas muestras admirables de este estilo. No hay pocos poemas en ese volumen repletos de toda excelencia de pensamiento, imagen y pasión que esperamos o deseamos en la poesía de la musa más amable; y sin embargo, redactados de tal manera que el lector no ve ninguna razón, ni en la selección ni en el orden de las palabras, por la que no pudiera haber dicho lo mismo en una conversación apropiada, y no puede concebir cómo, en efecto, podría haber expresado tales pensamientos de otra manera sin pérdida o daño para su significado.
Pero en verdad nuestra lengua es, y desde los albores de la poesía siempre ha sido, particularmente rica en composiciones distinguidas por esta excelencia. La e final, que ahora es muda, en la época de Chaucer se pronunciaba o se omitía indistintamente. Nosotros mismos todavía usamos «beloved» o «belov’d» según lo requiera la rima, la medida o el propósito de mayor o menor solemnidad. Deje entonces el lector que adopte la pronunciación del poeta y de la corte en la que vivió, tanto con respecto a la e final como a la acentuación de la última sílaba; me aventuraría entonces a preguntar qué, incluso en el lenguaje coloquial de mujeres elegantes y naturales (que son las dueñas particulares del «inglés puro y sin mancilla»), qué podríamos escuchar más natural, o aparentemente menos estudiado, que las siguientes estrofas del TROILUS AND CRESEIDE de Chaucer.
«Y después de esto se dirigió a la puerta, Donde Creseide salía a muy buen paso, Y arriba y abajo hizo allí muchos rodeos, Y para sí mismo muy a menudo dijo: ¡Ay! De aquí cabalgó mi dicha y mi consuelo ¡Como quisiera el dichoso Dios ahora por su alegría, Que pudiera verla de nuevo venir a Troya! Y a la colina de allá me fui a esperar, ¡Ay! y allí tomé de ella mi despedida Y allí la vi cabalgar hacia su padre; Por cuya pena mi corazón se partirá; Y aquí a casa vine cuando era el atardecer, Y aquí habito, desterrado de toda alegría, Y espero, hasta que pueda verla de nuevo en Troya. Y de sí mismo imaginaba a menudo Estar deshecho, pálido y vuelto menor De lo que solía, y que los hombres decían suavemente, ¿Qué puede ser? ¿Quién puede adivinar la verdad, Por qué Troilo tiene toda esta pesadumbre? Y todo esto no era sino su melancolía, Que tenía de sí mismo tal fantasía. En otro tiempo imaginaría Que cada persona, que pasaba junto a él en el camino, Tenía de él piedad, y que deberían decir, ¡Estoy muy apenado, Troilo morirá! Y así pasó un día aún o dos, Como habéis oído: tal vida comenzó a llevar Como quien estaba entre la esperanza y el miedo: Por lo cual le plació en sus canciones mostrar La causa de su aflicción como mejor pudo, E hizo una canción de palabras solo unas pocas, Algo para aliviar su afligido corazón, Y cuando estuvo fuera de la vista de todo hombre Con voz suave, de su dama querida, Que ausente estaba, comenzó a cantar como podéis oír:
* * * * * *
Esta canción, cuando así cantado había, muy pronto Cayó de nuevo en sus suspiros antiguos Y cada noche, como era su costumbre hacer; Estaba la brillante luna a contemplar Y toda su pena a la luna contaba, Y dijo: ¡Ciertamente, cuando estés cornuda de nuevo, Estaré alegre, si todo el mundo es veraz!»
Otro exquisito maestro de esta especie de estilo, donde el erudito y el poeta suministran el material, pero el caballero perfectamente educado las expresiones y la disposición, es George Herbert. Como por la naturaleza del tema, y la demasiado frecuente singularidad de los pensamientos, su TEMPLE; o SACRED POEMS AND PRIVATE EJACULATIONS son comparativamente poco conocidos, extraeré dos poemas. El primero es un soneto, igualmente admirable por el peso, número y expresión de los pensamientos, y por la simple dignidad del lenguaje. A menos, claro, que un gusto fastidioso objetara la segunda mitad del sexto verso. El segundo es un poema de mayor extensión, que he elegido no solo para el presente propósito, sino también como un ejemplo sorprendente e ilustración de una afirmación arriesgada en una página anterior de estos esbozos: a saber, que el defecto característico de nuestros poetas antiguos es el reverso de lo que distingue a demasiados de nuestros versificadores más recientes; los unos transmitiendo los pensamientos más fantásticos en el lenguaje más correcto y natural; los otros, en el lenguaje más fantástico, transmitiendo los pensamientos más triviales. Aquello es un acertijo de palabras; esto, un enigma de pensamientos. Aquello me recuerda un extraño pasaje en las IDEAS de Drayton:
Como otros hombres, yo mismo medito, ¿Por qué de esta forma retuerzo la invención; Y por qué uso estas metáforas vertiginosas, Dejando el camino que la mayoría sigue; Os resolveré: ¡soy lunático!
El otro recuerda un pasaje aún más extraño en THE SYNAGOGUE: or THE SHADOW OF THE TEMPLE, una serie conectada de poemas en imitación del TEMPLE de Herbert y, en algunas ediciones, anexa a él.
¡Oh, cómo mi mente Está atascada! Ni un pensamiento, Que pueda encontrar, Que no esté enredado ¡Todo hasta la nada! Cabos cortos de hilos, Y estrechas tiras De listas, Nudos, gorgueras enredadas, Copetes sueltos y rotos De torzales, Son el ropaje harapiento de mis meditaciones desgarradas, Que, enrolladas y tejidas, dan forma a un traje para nada: Un rato pienso, y luego me duele Pensar cómo despensar ese pensamiento de nuevo.
Inmediatamente después de estos pasajes burlescos no puedo proceder a los extractos prometidos sin cambiar el tono jocoso del sentimiento mediante la interposición de las tres estrofas siguientes de Herbert.
VIRTUD.
Dulce día, tan fresco, tan tranquilo, tan brillante, Las bodas de la tierra y el cielo, El rocío llorará tu caída esta noche; Pues debes morir.
Dulce rosa, cuyo matiz airado y valiente Insta al espectador imprudente a secarse el ojo, Tu raíz está siempre en su tumba, Y tú debes morir.
Dulce primavera, llena de dulces días y rosas, Una caja donde yacen los dulces compactados, Mi música muestra, tenéis vuestros finales, Y todo debe morir.
EL PECADO DEL PECHO: UN SONETO DE GEORGE HERBERT.
Señor, con qué cuidado nos has rodeado, Los padres nos preparan primero; luego los maestros Nos entregan a las leyes; nos envían atados A reglas de razón, mensajeros santos, Púlpitos y domingos, la pena siguiendo al pecado, Aflicciones ordenadas, angustia de todos los tamaños, Redes finas y estratagemas para atraparnos, Biblias abiertas, millones de sorpresas; Bendiciones de antemano, lazos de gratitud, El sonido de la Gloria resonando en nuestros oídos, Por fuera, nuestra vergüenza; por dentro, nuestras conciencias; Ángeles y gracia, esperanzas y miedos eternos. Sin embargo, todas estas defensas y todo su despliegue Un astuto pecado del pecho se los lleva por completo.
AMOR DESCONOCIDO.
Querido amigo, siéntese, la historia es larga y triste Y en mis desmayos, presumo, su amor Se avendrá más que ayudará. Un Señor tenía, Y tengo, de quien poseo algunas tierras, que pueden mejorar, Por dos vidas, y ambas vidas en mí. A él le llevé un plato de frutas un día, Y en el medio coloqué mi corazón. Pero él (Suspiro al decir) Miró a un sirviente, que conocía su ojo, Mejor de lo que usted me conoce a mí, o (que es lo mismo) Que yo mismo. El sirviente al instante, Abandonando la fruta, se apoderó solo de mi corazón, Y lo arrojó en una fuente, en la que caía Un chorro de sangre, que brotaba del costado De una gran roca: recuerdo bien todo, Y tengo buenas razones: allí fue sumergido y teñido, Y lavado, y escurrido: el mismo escurrir todavía Fuerza lágrimas. «Su corazón estaba sucio, me temo.» En efecto es verdad. Cometo y cometí Muchas faltas, más de las que mi contrato puede soportar; Sin embargo, seguí pidiendo perdón, y no me fue negado. Pero escuchará. Después de que mi corazón estuvo bien, Y limpio y justo, como una tarde (Suspiro al contarlo) Caminé solo por el exterior, vi una gran Y espaciosa fragua ardiendo, y sobre ella Un caldero hirviendo, alrededor de cuyo borde Estaba escrito en grandes letras AFLICCIÓN. La grandeza mostraba al dueño. Así que fui A buscar un sacrificio de mi redil, Pensando con eso, que presentaba así, Calentar su amor, que, temía, se enfriaba. Pero mientras mi corazón lo ofrecía, el hombre Que debía tomármelo, resbaló su mano, Y lanzó mi corazón a la cazuela hirviente; Mi corazón que lo traía (¿entiende usted?) El corazón del oferente. «Su corazón estaba duro, me temo.» En efecto es verdad. Encontré una materia callosa Que comenzaba a extenderse y a expandirse allí: Pero con una droga más rica que el agua hirviendo Lo bañé a menudo, incluso con sangre santa, Que en una mesa, mientras muchos bebían vino puro, Un amigo robó en mi copa para bien, Incluso tomada interiormente, y de lo más divina Para suavizar durezas. Pero al final Saliendo del caldero, pronto hui A mi casa, donde para reparar la fuerza Que había perdido, me apresuré a mi lecho: Pero cuando pensé en dormir todas estas faltas, (Suspiro al hablar) Descubrí que algunos habían rellenado el lecho con pensamientos, Diría espinas. Querido, ¿no podía mi corazón romperse, Cuando con mis placeres hasta mi descanso se había ido? Muy bien comprendí quién había estado allí: Porque no había dado la llave a nadie más que a uno: Debía ser él. «Su corazón estaba torpe, me temo.» En efecto, un estado de mente flojo y soñoliento Me poseía a menudo; de modo que cuando rezaba, Aunque mis labios se movían, mi corazón se quedaba atrás. Pero todas mis deudas fueron pagadas por otro, Que tomó mi culpa sobre sí. «Ciertamente, Amigo, Por lo que escucho, su Maestro le muestra a usted Más favor del que usted sabe. Marque el final. La fuente solo renovó lo que era viejo: El caldero suavizó lo que se había vuelto demasiado duro: Las espinas avivaron lo que se había vuelto demasiado torpe: Todo no hizo sino esforzarse por reparar lo que usted había estropeado. Por lo tanto, anímese, y alábelo plenamente Cada día, cada hora, cada momento de la semana, Quien desea que usted sea nuevo, tierno, rápido.»
CAPÍTULO XX
Continuación del tema anterior: el estilo neutral, o el común a la prosa y la poesía, ejemplificado por muestras de Chaucer, Herbert y otros.
No tengo miedo de declarar mi convicción de que la excelencia definida y ejemplificada en el capítulo precedente no es la excelencia característica del estilo del Sr. Wordsworth; porque puedo añadir con igual sinceridad que está excluida por facultades superiores. El elogio de la adhesión uniforme al inglés genuino y lógico es indudablemente suyo; es más, poniendo el énfasis principal en la palabra uniforme, me atreveré a añadir que, de todos los poetas contemporáneos, es solo suyo. Porque, en un sentido menos absoluto de la palabra, ciertamente incluiría al Sr. Bowles, a Lord Byron y, en cuanto a todos sus escritos posteriores, al Sr. Southey, siendo las excepciones en sus obras tan pocas y poco importantes. Pero de la excelencia específica descrita en la cita de Garve, me parece encontrar más, y más indudables muestras, en las obras de otros; por ejemplo, entre los poemas menores del Sr. Thomas Moore y de nuestro ilustre Laureado. Para mí siempre seguirá siendo un hecho singular y notable que una teoría que establecería esta lingua communis, no solo como el mejor, sino como el único estilo encomiable, haya procedido de un poeta cuya dicción, después de la de Shakespeare y Milton, me parece de todas las demás la más individualizada y característica. Y recuérdese también que ahora estoy interpretando los pasajes controvertidos del prefacio crítico del Sr. Wordsworth por el propósito y objeto que se puede suponer que pretendía, en lugar de por el sentido que las palabras mismas deben transmitir si se toman sin esta concesión.
Una persona con cualquier gusto, que solo hubiera estudiado tres o cuatro de las principales obras de Shakespeare, difícilmente dejaría de reconocer como de Shakespeare, sin el nombre adjunto, una cita de cualquier otra obra, aunque fuera solo de unas pocas líneas. Una peculiaridad similar, aunque en menor grado, acompaña al estilo del Sr. Wordsworth siempre que habla en su propia persona; o siempre que, aunque bajo un nombre fingido, está claro que él mismo sigue hablando, como en los diferentes dramatis personae de THE RECLUSE. Incluso en los otros poemas, en los que pretende ser más dramático, hay pocos en los que no irrumpa ocasionalmente. El lector a menudo podría dirigirse al poeta con sus propias palabras en referencia a las personas introducidas:
«Parece, mientras vuelvo a trazar la balada línea por línea, Que solo la mitad es de ellos, y la mejor mitad es tuya.»
¿Quién, habiendo estado previamente familiarizado con una parte considerable de las publicaciones del Sr. Wordsworth, y habiéndolas estudiado con un pleno sentimiento del genio del autor, no reclamaría de inmediato como wordsworthiano el pequeño poema sobre el arcoíris?
«El Niño es padre del Hombre, etc.»
¿O en LUCY GRAY?
«Sin compañera, sin camarada Lucy conocía; Habitaba en un amplio páramo; La cosa más dulce que jamás creció Junto a una puerta humana.»
¿O en los IDLE SHEPHERD-BOYS?
«A lo largo del margen pedregoso del río La alondra cantora entona un canto alegre; El zorzal está ocupado en el bosque, Y canta fuerte y con fuerza. Mil corderos hay en las rocas, ¡Todos recién nacidos! tanto la tierra como el cielo Celebran jubileo, y más que todos, Aquellos muchachos con sus coronas verdes; Nunca oyen el grito, ¡Ese lamento! que sube por la colina Desde lo profundo de Dungeon-Ghyll.»
¿Hace falta que mencione la exquisita descripción del brazo de mar en EL CIEGO MUCHACHO DE LAS TIERRAS ALTAS? ¿Quién si no un poeta cuenta una historia en tal lenguaje a los pequeños junto al fuego como—
«Sin embargo, tuvo muchos sueños inquietos; Tanto cuando oía el grito del águila, Como cuando oía el rugido de los torrentes, Y oía el agua batir la orilla Cerca de donde se alzaba su cabaña.
Junto a un lago se alzaba su cabaña, No pequeña como la nuestra, una inundación pacífica; Sino una de tamaño imponente, y extraña; Que, agitada o tranquila, está llena de cambios, Y bullente en su lecho.
Pues a este lago, noche y día, El gran agua del mar encuentra su camino A través de largos, largos sinuosos caminos de las colinas, Y bebe todos los hermosos arroyuelos Y ríos grandes y fuertes:
Luego se apresura de vuelta por el camino que vino Regresa en recado todavía el mismo; Esto lo hacía cuando la tierra era nueva; Y esto hará por siempre jamás, Mientras la tierra dure.
Y, con la llegada de la marea, Vienen botes y barcos que dulcemente navegan, Entre los bosques y las rocas elevadas; Y a los pastores con sus rebaños Traen cuentos de tierras distantes.»
Podría citar casi la totalidad de su RUTH, pero tomad las siguientes estrofas:
Mas, como se os ha dicho antes, Este Joven, deportivo, alegre y audaz, Y, con su cresta danzante, Tan hermoso, a través de tierras salvajes Había vagado con bandas errantes De indios en el Oeste.
El viento, la tempestad rugiendo en lo alto, El tumulto de un cielo tropical, Bien podría ser alimento peligroso Para él, un Joven a quien se le había dado Tanto de la tierra... tanto del cielo, Y tal sangre impetuosa.
Cualquier cosa que en esos climas encontrara Irregular a la vista o al oído Impartía a su mente Un impulso afín, parecía aliado A sus propias facultades, y justificaba Los trabajos de su corazón.
Ni menos, para alimentar el pensamiento voluptuoso, Las hermosas formas de la naturaleza obraban, Árboles bellos y flores encantadoras; Las brisas prestaban su propia languidez; Las estrellas tenían sentimientos, que enviaban A esos mágicos cenadores.
Sin embargo, en sus peores empresas, creo, Que a veces allí intervenía Puras esperanzas de alta intención Pues las pasiones ligadas a formas tan hermosas Y majestuosas, deben necesariamente tener su parte De sentimiento noble.»
Pero de las composiciones más elevadas del Sr. Wordsworth, que ya forman tres cuartas partes de sus obras; y que, confío, constituirán en adelante una proporción aún mayor; de estas, ya sea en rima o en verso libre, sería difícil y casi superfluo seleccionar ejemplos de una dicción peculiarmente suya, de un estilo que no puede ser imitado sin que sea reconocido al instante como originario del Sr. Wordsworth. No sería fácil abrir cualquiera de sus aires más elevados que no contenga ejemplos de esto; y más en proporción a medida que los versos son más excelentes, y más parecidos al autor. Para aquellos que puedan haber estado menos familiarizados con sus escritos, daré tres especímenes tomados con poca elección. El primero de los versos sobre el MUCHACHO DE WINANDER-MERE, quien
«Soplaba imitaciones de ululatos a los búhos silenciosos, Para que pudieran responderle... Y ellos gritaban A través del valle acuoso, y gritaban de nuevo, Con largos alaridos, y chillidos, y ecos fuertes Redoblados y redoblados; concurso salvaje ¡De alegría y regocijo! Y cuando sucedía, Que pausas de profundo silencio se burlaban de su destreza, Entonces a veces en ese silencio, mientras él pendía Escuchando, un suave choque de leve sorpresa Había llevado muy dentro de su corazón la voz De torrentes de montaña; o la escena visible Entraba sin aviso en su mente Con toda su solemnidad de imágenes, sus rocas, Sus bosques, y ese cielo incierto, recibido En el seno del lago sereno.»
El segundo será esa noble imitación de Drayton (si no fue más bien una coincidencia) en los versos A JOANNA.
—«Cuando hube contemplado quizás el espacio de dos minutos, Joanna, mirándome a los ojos, contempló Ese mi arrobamiento, y se rió a carcajadas. ¡La Roca, como algo que despierta de un sueño, Tomó la voz de la Dama, y se rió de nuevo! Aquella mujer anciana sentada en Helm-crag Estaba lista con su caverna; Hammar-scar Y la alta Pendiente de Silver-How enviaron Un ruido de risa; el Lougbrigg del sur oyó, Y Fairfield respondió con un tono montañés. ¡Helvellyn muy dentro del claro cielo azul Llevó la voz de la dama!... ¡el viejo Skiddaw sopló Su trompeta parlante!... de vuelta de las nubes Desde Glaramara hacia el sur vino la voz: ¡Y Kirkstone la arrojó desde su cabeza brumosa!»
El tercero, que es en rima, lo tomo de la CANCIÓN EN EL FESTÍN DEL CASTILLO DE BROUGHAM, sobre la restauración de Lord Clifford, el Pastor, a las fincas y honores de sus antepasados.
------«Ahora otro día ha llegado, Esperanza más apta, y destino más noble; Ha arrojado su cayado, Y ha enterrado profundamente su libro; Armadura oxidándose en sus salones A la sangre de Clifford llama—, ¡‘Someted al escocés’, exclama la Lanza! Llevadme al corazón de Francia, Es el anhelo del Escudo— ¡Di tu nombre, Campo tembloroso!— Campo de muerte, dondequiera que estés, ¡Gime con nuestra victoria! Día feliz, y hora poderosa, Cuando nuestro Pastor, en su poder, Acorazado y montado, con lanza y espada, A sus antepasados restaurado, Como una Estrella que reaparece, Como una gloria desde lejos, ¡Primero encabezará el rebaño de la guerra!»
«¡Ay! el ferviente arpista no sabía, Que para un Alma tranquila el Canto fue enmarcado, Quien, largo tiempo compelido a ir por humildes senderos, Fue suavizado hacia el sentimiento, calmado y domesticado.
Amor había encontrado en chozas donde yace el hombre pobre; Sus maestros diarios habían sido bosques y arroyuelos, El silencio que hay en el cielo estrellado, El sueño que está entre las colinas solitarias.»
Las palabras mismas en los extractos anteriores son, sin duda, lo suficientemente comunes en su mayor parte. Pero, ¿en qué poema no lo son, si exceptuamos unos pocos intentos desafortunados de traducir las artes y las ciencias al verso? En LA EXCURSIÓN el número de palabras polisílabas (o lo que la gente común llama de diccionario) es mayor de lo habitual. Y así debe ser necesariamente, en proporción al número y variedad de las concepciones de un autor, y a su solicitud por expresarlas con precisión. Pero, ¿son esas palabras en esos lugares comúnmente empleadas en la vida real para expresar el mismo pensamiento o cosa externa? ¿Son el estilo utilizado en el trato ordinario de las palabras habladas? ¡No! ni lo son los modos de conexión; y mucho menos las rupturas y transiciones. ¿Habría alguien más que un poeta —al menos, podría alguien, sin ser consciente de que se había expresado con notable viveza— haber descrito a un pájaro cantando fuerte con: «El zorzal está ocupado en el bosque»? —o haber hablado de muchachos con una cuerda de licopodio alrededor de sus sombreros oxidados, como los muchachos «con sus coronas verdes»? —o haber traducido un hermoso día de mayo en «¡Tanto la tierra como el cielo celebran jubileo!»— o haber traído todas las diferentes marcas y circunstancias de un brazo de mar ante la mente, como las acciones de un poder vivo y actuante? ¿O haber representado el reflejo del cielo en el agua, como «Ese cielo incierto recibido en el seno del lago sereno»? Incluso la construcción gramatical no es infrecuentemente peculiar; como «El viento, la tempestad rugiendo en lo alto, el tumulto de un cielo tropical, bien podría ser alimento peligroso para él, un joven a quien se le había dado, etc.». Existe una peculiaridad en el uso frecuente del asindeton (es decir, la omisión de la partícula conectiva antes de la última de varias palabras, o varias oraciones usadas gramaticalmente como palabras únicas, estando todas en el mismo caso y gobernando o siendo gobernadas por el mismo verbo) y no menos en la construcción de palabras por aposición («para él, un joven»). En resumen, si se excluyera de las composiciones poéticas del Sr. Wordsworth todo lo que una adhesión literal a la teoría de su prefacio excluiría, dos tercios al menos de las bellezas marcadas de su poesía tendrían que ser borrados. Pues se sacrificaría un número mucho mayor de versos que en cualquier otro poeta reciente; porque el placer recibido de los poemas de Wordsworth se deriva menos de la excitación de la curiosidad o del flujo rápido de la narración, por lo que los pasajes llamativos forman una mayor proporción de su valor. No lo aduzco como un criterio justo de excelencia comparativa, ni siquiera lo pienso como tal; sino simplemente como un hecho. Afirmo que de ningún escritor contemporáneo se podrían citar tantos versos, sin referencia al poema en el que se encuentran, por su propio peso o belleza independiente. De la esfera de mi propia experiencia puedo traer a mi memoria tres personas de facultades y conocimientos que no son de todos los días, que habían leído los poemas de otros con un placer cada vez más absoluto, y habían pensado más altamente de sus autores como poetas; quienes sin embargo me han confesado que de ninguna obra moderna habían surgido tantos pasajes de nuevo en sus mentes en diferentes momentos, y a medida que diferentes ocasiones habían despertado un estado de ánimo meditativo.
CAPÍTULO XXI
Observaciones sobre el modo actual de dirigir las revistas críticas.
Hace mucho tiempo que deseo ver una investigación justa y filosófica sobre el carácter de Wordsworth, como poeta, sobre la evidencia de sus obras publicadas; y una apreciación positiva, no comparativa, de sus excelencias, deficiencias y defectos característicos. No conozco ninguna pretensión que la mera opinión de cualquier individuo pueda tener para sopesar la opinión del autor mismo; contra la probabilidad de cuya parcialidad paternal deberíamos establecer la de haber pensado más larga y profundamente sobre el tema. Pero llamaría justa y filosófica a aquella investigación en la que el crítico anuncia y se esfuerza por establecer los principios que sostiene como base de la poesía en general, con la especificación de estos en su aplicación a las diferentes clases de poesía. Habiendo preparado así sus cánones de crítica para la alabanza y la condena, procedería a particularizar los pasajes más llamativos a los que considera aplicables, notando fielmente la recurrencia frecuente o infrecuente de méritos o defectos similares, y distinguiendo tan fielmente lo que es característico de lo que es accidental, o un mero desfallecimiento del ala. Entonces, si sus premisas son racionales, sus deducciones legítimas y sus conclusiones justamente aplicadas, el lector, y posiblemente el poeta mismo, puede adoptar su juicio a la luz del juicio y en la independencia del libre albedrío. Si se ha equivocado, presenta sus errores en un lugar definido y forma tangible, y sostiene la antorcha y guía el camino hacia su detección.
Admito de muy buena gana, y estimo en alto valor, los servicios que la EDINBURGH REVIEW, y otras formadas después con el mismo plan, han rendido a la sociedad en la difusión del conocimiento. Creo que el inicio de la EDINBURGH REVIEW es una época importante en la crítica periódica; y que tiene un derecho a la gratitud de la república literaria, y de hecho del público lector en general, por haber originado el esquema de reseñar solo aquellos libros que son susceptibles y merecedores de crítica argumentativa. No menos meritorio, y mucho más fielmente y, en general, mucho más hábilmente ejecutado, es su plan de suplir el lugar vacante de la basura o mediocridad, sabiamente dejada caer en el olvido por su propio peso, con ensayos originales sobre los temas más interesantes de la época, religiosos o políticos; en los cuales los títulos de los libros o panfletos prefijados proporcionan solo el nombre y la ocasión de la disquisición. No censuro la agudeza, o aspereza de su estilo condenatorio, en y por sí mismo, siempre que el autor sea dirigido o tratado como la mera personificación de la obra entonces bajo juicio. No tengo disputa con ellos por esta razón, siempre que no se admitan alusiones personales, y ningún nuevo compromiso (para un nuevo juicio) de actuaciones juveniles, que fueron publicadas, tal vez olvidadas, muchos años antes del comienzo de la revista: dado que para forzar el retorno de tales obras a la atención pública no son fácilmente asignables motivos, sino tales como los que proporciona al crítico su propia malignidad personal; o lo que es peor, por un hábito de malignidad en forma de mera lascivia.
«¡Ningún rencor privado necesitan, ningún despecho personal, La viva sectio es su propio deleite! Toda enemistad, toda envidia, ellos la rechazan, Ladrones desinteresados de nuestro buen nombre: ¡Fríos, sobrios asesinos de la fama de su vecino!» S. T. C.
Toda censura, todo sarcasmo respecto a una publicación que el crítico, con la obra criticada ante él, puede validar, es derecho del crítico. El escritor está autorizado a responder, pero no a quejarse. Tampoco puede nadie prescribir al crítico cuán suave o cuán duro; cuán amistoso o cuán amargo deben ser las frases que seleccione para la expresión de tal reprensión o ridículo. El crítico debe saber qué efecto es su objetivo producir; y con vistas a este efecto debe sopesar sus palabras. Pero tan pronto como el crítico traiciona que sabe más de su autor de lo que las publicaciones del autor le podrían haber dicho; tan pronto como de este conocimiento más íntimo, obtenido en otra parte, se aprovecha del más mínimo rasgo contra el autor; su censura se convierte instantáneamente en lesión personal, sus sarcasmos en insultos personales. Deja de ser un crítico y asume el carácter más despreciable al que una criatura racional puede ser degradada, el de un chismoso, difamador y pasquinante: pero con esta pesada agravante, que roba las pasiones inquietas y deformantes del mundo hacia el museo; hacia el lugar mismo que, después de la capilla y el oratorio, debería ser nuestro santuario, y lugar seguro de refugio; ofrece abominaciones en el altar de las Musas; y hace de su cercado sagrado el círculo mismo en el que conjura al espíritu mentiroso y profano.
Esta determinación de la personalidad sin licencia, y de la censura permitida y legítima (que debo en parte al ilustre Lessing, él mismo un modelo de crítica aguda, enérgica, a veces hiriente, pero siempre argumentativa y honorable), es indiscutiblemente la verdadera: y aunque yo mismo no ejercería todos los derechos de esta última, sin embargo, con solo que se excluya la primera, me someto a su ejercicio en manos de otros, sin queja y sin resentimiento.
Que se forme una comunicación entre cualquier número de hombres doctos en las diversas ramas de la ciencia y la literatura; y si el presidente y el comité central están en Londres o Edimburgo, si solo dejan de lado previamente su individualidad, y se comprometen interna, así como ostensiblemente, a administrar justicia de acuerdo con una constitución y un código de leyes; y si al basar este código en la doble base de la moral universal y la razón filosófica, independiente de toda aplicación prevista a obras y autores particulares, obtienen el derecho a hablar cada uno como representante de su cuerpo corporativo; recibirán honor y buenos deseos de mi parte, y les concederé sus justas dignidades, aunque autoasumidas, no menos alegremente que si pudiera indagar sobre ellos en la oficina del heraldo, o recurrir a ellos en el libro de la nobleza. Por muy fuertes que sean los clamores por una reputación impedida o subvertida, por muy numerosas e impacientes que sean las quejas de severidad despiadada y despotismo insoportable, no sentiré ni pronunciaré nada más que la defensa y justificación de la máquina crítica. Si algún Quijote literario se encontrara provocado por sus sonidos y movimientos regulares, le amonestaría con Sancho Panza, que no es un gigante sino un molino de viento; allí está en su propio lugar, y en su propio montículo, nunca se sale de su camino para atacar a nadie, y a nadie y de nadie da ni pide asistencia. Cuando la prensa pública ha vertido alguna parte de su producto entre sus piedras de molino, lo muele, el saco de un hombre igual que el de otro, y con cualquier viento que pueda estar soplando entonces. Los treinta y dos vientos son por igual sus amigos. De toda la atmósfera amplia no desea ni un dedo más de lo necesario para que sus velas giren. Pero este espacio debe dejarse libre y sin impedimentos. Mosquitos, escarabajos, avispas, mariposas y toda la tribu de efímeros e insignificantes pueden revolotear dentro y fuera y entre medias; pueden zumbar, y zumbar, y chirriar; pueden agudizar sus minúsculos pitos, y hacer sonar sus diminutas trompas, sin castigo y sin ser notados. Pero los ociosos y fanfarrones de mayor tamaño y más orgullosa apariencia deben tener cuidado de cómo se colocan dentro de su alcance. Mucho menos pueden presumir de poner las manos sobre las velas, cuya fuerza no es ni mayor ni menor que como el viento es, que las hace girar. Quienquiera que el brazo implacable lanza en alto, o hace girar consigo en el aire, él mismo tiene la culpa; aunque, cuando el mismo brazo lo arroja de sí, más a menudo doblará que romperá la fuerza de su caída.
Dejando de lado la demasiado manifiesta y demasiado frecuente interferencia de partido nacional, e incluso la predilección o aversión personal; y reservando para sentimientos más profundos aquellas peores y más criminales intrusiones en la santidad de la vida privada, que no pocas veces merecen un castigo legal en lugar de literario, los dos principales objetos y ocasiones que encuentro para culpar y lamentar en la conducta de la revista en cuestión son, primero, su falta de fidelidad a su propio plan anunciado y excelente, al someter a crítica obras ni indecentes ni inmorales, sin embargo de tan trivial importancia incluso en cuanto a tamaño y, según el propio veredicto del crítico, tan desprovistas de todo mérito, como debe excitar en la mente más cándida la sospecha de que, o bien el disgusto o los sentimientos vindicativos estaban en juego; o que hubo una fría predeterminación prudencial de aumentar la venta de la revista halagando las pasiones malignas de la naturaleza humana. Para que yo mismo no me convierta en objeto del cargo que estoy dirigiendo contra otros, mediante una acusación sin pruebas, me refiero al artículo sobre el sermón del Dr. Rennell en el primer número de la EDINBURGH REVIEW como ilustración de lo que quiero decir. Si al mirar a través de todos los volúmenes siguientes el lector encuentra que este es un caso aislado, debo someterme a esa dolorosa pérdida de estima que espera a un cargo infundado o exagerado.
El segundo punto de objeción pertenece a esta revista solo en común con todas las demás obras de crítica periódica: al menos, se aplica en común al sistema general de todas, cualquiera que sea la excepción que pueda haber a favor de artículos particulares. O si se adhiere a la EDINBURGH REVIEW, y a su única rival (LA QUARTERLY), con alguna fuerza peculiar, esto resulta de la superioridad de talento, conocimiento e información que ambas han exhibido tan innegablemente; y que sin duda profundiza el pesar aunque no la culpa. Me refiero a la sustitución de la afirmación por el argumento; a la frecuencia de veredictos arbitrarios y a veces petulantes, no pocas veces no apoyados ni siquiera por una sola cita de la obra condenada, que al menos podría haber explicado el significado del crítico, si no hubiera probado la justicia de su sentencia. Incluso donde este no es el caso, los extractos se hacen con demasiada frecuencia sin referencia a ningún fundamento o regla general de la que se pueda deducir la falta de idoneidad o inadmisibilidad de las cualidades atribuidas; y sin ningún intento de mostrar que las cualidades son atribuibles al pasaje extraído. Me he encontrado con tales extractos de los poemas del Sr. Wordsworth, anexados a tales afirmaciones, que me llevaron a imaginar que el reseñador, habiendo escrito su crítica antes de haber leído la obra, había pinchado luego con un alfiler los pasajes con los que ilustrar las diversas ramas de sus opiniones preconcebidas. ¿Por qué principio de elección racional podemos suponer que un crítico ha sido dirigido (al menos en un país cristiano, y siendo él mismo, esperamos, un cristiano) quien da los siguientes versos, retratando el fervor de la devoción solitaria excitada por la magnífica exhibición de las obras del Todopoderoso, como prueba y ejemplo de la tendencia de un autor a desvaríos directos y a una ininteligibilidad absoluta?
«¡Oh, entonces, qué alma era la suya, cuando en las cumbres De las altas montañas contemplaba al sol Levantarse y bañar al mundo en luz! Miraba… El océano y la tierra, la sólida estructura de la tierra, Y la masa líquida del océano, yacían bajo él En regocijo y profunda alegría. Las nubes eran tocadas, Y en sus rostros silenciosos leía Un amor inefable. No necesitaba sonido alguno, Ni ninguna voz de alegría: ¡su espíritu bebía El espectáculo! sensación, alma y forma, Todo se fundía en él; devoraban Su ser animal; en ellos vivía, Y por ellos vivía: eran su vida».
¿Puede esperarse que tanto el autor como sus admiradores se sientan inducidos a prestar una atención seria a decisiones que no prueban más que el lamentable estado del gusto y la sensibilidad del propio crítico? Al abrir la reseña, ven un pasaje favorito, de cuya fuerza y verdad tenían una certeza intuitiva en su propia experiencia interior, confirmada, si es que necesitaba confirmación, por la simpatía de sus amigos más ilustrados; algunos de los cuales, tal vez, incluso en la opinión del mundo, ocupan un rango intelectual superior al que el propio crítico se atrevería a reclamar. ¡Y este mismo pasaje lo encuentran seleccionado como la efusión característica de una mente abandonada por la razón!, ¡como si proporcionara la evidencia de que el escritor deliraba, pues de otro modo no habría ensartado así palabras sin sentido ni propósito! Ninguna diversidad de gusto parece capaz de explicar tal contraste en el juicio.
Que yo hubiera sobrevalorado el mérito de un pasaje o poema, que hubiera errado respecto al grado de su excelencia, podría ser inducido fácilmente a creerlo o temerlo. Pero que unos versos, cuyo sentido había analizado y hallado consonante con todas las mejores convicciones de mi entendimiento; y cuyas imágenes y dicción habían reunido en torno a esas convicciones mis sentimientos más nobles así como mis más deliciosos; que yo admita que tales versos son mera tontería o locura, es demasiado para que los argumentos más ingeniosos lo logren. Pero que tal revolución del gusto sea provocada por unas pocas afirmaciones categóricas, parece poco menos que imposible. Por el contrario, requeriría un esfuerzo de caridad no desestimar la crítica con el aforismo del sabio: in animam malevolam sapientia haud intrare potest.
¿Qué decir entonces si este mismo crítico hubiera citado un gran número de líneas sueltas e incluso párrafos largos, que él mismo reconoce que poseen una belleza eminente y original? ¿Qué si él mismo ha confesado que bellezas tan grandes están esparcidas en abundancia por todo el libro? Y sin embargo, aun bajo esta impresión, ¿hubiera comenzado su crítica en vulgar exaltación con una profecía destinada a asegurar su propio cumplimiento? Con un «¡Esto no servirá!». ¿Qué? ¿Si tras tales reconocimientos arrancados de su propio juicio procediera de cargo en cargo de insipidez y delirio; vuelos y llanuras; y, finalmente, consignando al autor a la casa de los incurables, concluyera con un tono del más rudo desprecio, evidentemente basado en el estado alterado de sus propias asociaciones morales? Supongamos, además, que todo esto se hace sin que se establezca o incluso se anuncie un solo principio rector, y sin ningún intento de deducción argumentativa, a pesar de que el poeta había ofrecido una oportunidad más que inusual para ello, al haber hecho públicos previamente sus propios principios de juicio en la poesía, ¡y haberlos apoyado mediante una cadena conectada de razonamientos!
El oficio y deber del poeta es seleccionar lo más digno así como
«La actitud más alegre y feliz de las cosas».
Lo contrario, pues en todos los casos es posible lo contrario, es el negocio apropiado de la burla y la parodia, un gusto predominante por lo cual siempre se ha considerado una marca de una mente baja y degradada. Cuando estaba en Roma, entre muchas otras visitas a la tumba de Julio II, fui allí una vez con un artista prusiano, un hombre de genio y gran vivacidad de sentimiento. Mientras contemplábamos el MOISÉS de Miguel Ángel, nuestra conversación giró en torno a los cuernos y la barba de esa estupenda estatua; de la necesidad de cada uno para sostener al otro; del efecto sobrehumano del primero, y la necesidad de la existencia de ambos para dar una armonía e integridad tanto a la imagen como al sentimiento que esta despertaba. Imagínenlos eliminados, y la estatua se volvería antinatural, sin ser sobrenatural. Recordamos los cuernos del sol naciente, y repetí el noble pasaje de HOLY DYING de Taylor. Que los cuernos eran el emblema de poder y soberanía entre las naciones orientales, y todavía se conservan como tales en Abisinia; el Aqueloo de los antiguos griegos; y las probables ideas y sentimientos que originalmente sugirieron la mezcla de la forma humana y la bruta en la figura, mediante la cual materializaron la idea de su misterioso Pan, como representación de la inteligencia mezclada con un poder más oscuro, más profundo, más poderoso y más universal que el intelecto consciente del hombre; que la inteligencia; —todos estos pensamientos y recuerdos pasaron en procesión ante nuestras mentes. Mi compañero, que poseía más que su parte del odio que sus compatriotas sentían por los franceses, acababa de observarme: «¡Un francés, señor! es el único animal con forma humana que, por ninguna posibilidad, puede elevarse hasta la religión o la poesía»: cuando, ¡he aquí!, ¡dos oficiales franceses de distinción y rango entraron en la iglesia! «Fíjese bien», susurró el prusiano, «lo primero que notarán esos sinvergüenzas —pues comenzarán notando al instante la estatua por partes, sin un momento de pausa de admiración impresionado por el conjunto— serán los cuernos y la barba. Y las asociaciones que conectarán inmediatamente con ellos serán las de un macho cabrío y un cornudo». Nunca un hombre adivinó con mayor fortuna. Si hubiera heredado una porción de los poderes proféticos del gran legislador cuya estatua estábamos contemplando, difícilmente podría haber pronunciado palabras más coincidentes con el resultado: pues tal como lo había dicho, así sucedió.
En THE EXCURSION, el poeta ha introducido a un anciano, nacido en circunstancias humildes pero no abyectas, que había disfrutado de ventajas educativas más que habituales, tanto por los libros como por la disciplina más temible de la naturaleza. A esta persona la representa como alguien a quien la inquietud de los sentimientos fervientes y un intelecto ávido habían impulsado a una vida itinerante; y como alguien que, en consecuencia, había pasado la mayor parte de su tiempo, desde la más temprana madurez, en aldeas y caseríos de puerta en puerta,
«Un mercader vagabundo encorvado bajo su carga».
Ahora bien, si este es un personaje apropiado para un poema didáctico elevado, es quizás cuestionable. Presenta un tema justo para la controversia; y la cuestión debe ser determinada por la congruencia o incongruencia de tal personaje con lo que se probará que son los componentes esenciales de la poesía. Pero, ciertamente, el crítico que, pasando por alto todas las oportunidades que tal modo de vida ofrecería a tal hombre; todas las ventajas de la libertad de la naturaleza, de la soledad y del pensamiento solitario; todas las variedades de lugares y estaciones a través de las cuales se había extendido su camino, con todas las imágenes cambiantes que traen consigo; y, por último, todas las observaciones de los hombres,
«Sus costumbres, sus disfrutes y ocupaciones, Sus pasiones y sus sentimientos=»
que la memoria de estos viajes anuales debe haber dado y recordado a tal mente —el crítico, digo, que de la multitud de posibles asociaciones pasara por alto todas ellas para fijar su atención exclusivamente en los alfileres y cintas de corsé que podrían haber estado entre las mercancías de su zurrón; este crítico, en mi opinión, no puede pensarse que posea un estado de sentimiento moral mucho más elevado o mucho más saludable que el de los franceses antes mencionados.
CAPÍTULO XXII
Los defectos característicos de la poesía de Wordsworth, con los principios de los cuales se deduce el juicio de que son defectos.—Su proporción con las bellezas.—En su mayor parte, característicos solo de su teoría.
Si el Sr. Wordsworth ha expuesto principios de poesía que sus argumentos son insuficientes para sostener, que él y aquellos que han adoptado sus sentimientos sean corregidos mediante la refutación de tales argumentos y la sustitución de principios más filosóficos. Y aun así, que se dé el debido crédito a la porción e importancia de las verdades que se mezclan con su teoría; verdades cuya atención demasiado exclusiva había ocasionado sus errores, al tentarlo a llevar esas verdades más allá de sus límites apropiados. Si su teoría errónea ha influido en absoluto en sus composiciones poéticas, que se señalen los efectos y se den los ejemplos. Pero que se muestre, asimismo, hasta dónde ha actuado la influencia; si de forma difusa o solo a saltos; si el número e importancia de los poemas y pasajes así infectados es grande o insignificante en comparación con la porción sana; y, por último, si están entretejidos en la textura de sus obras o son sueltos y separables. El resultado de tal prueba demostraría sin lugar a dudas, lo que ya es hora de anunciar decisiva y abiertamente, que las supuestas características de la poesía del Sr. Wordsworth, ya sean admiradas o reprobadas; ya sean simplicidad o simpleza; adhesión fiel a la naturaleza esencial, o selecciones voluntarias de la naturaleza humana de sus formas más viles y bajo las asociaciones menos atractivas; son tan poco las características reales de su poesía en general, como de su genio y la constitución de su mente.
En un número comparativamente pequeño de poemas eligió probar un experimento; y supondremos que este experimento ha fracasado. Sin embargo, incluso en estos poemas es imposible no percibir que la tendencia natural de la mente del poeta es hacia los grandes objetos y las concepciones elevadas. El poema titulado FIDELITY está escrito en su mayor parte con un lenguaje tan poco elevado y desnudo como quizás cualquiera en los dos volúmenes. Sin embargo, tomen la siguiente estrofa y compárenla con las estrofas precedentes del mismo poema.
«A veces un pez saltarín Envía a través del tarn un alegre sollozo solitario; Los riscos repiten el graznido del cuervo, En sinfonía austera; Hacia allí viene el arco iris —la nube— Y brumas que extienden el sudario volador; Y rayos de sol; y el sonoro vendaval, Que, si pudiera, se apresuraría a pasar; Pero esa enorme barrera lo retiene firme».
O comparen los cuatro últimos versos de la estrofa final con la mitad anterior.
«Sí, la prueba era clara de que, desde el día En que el Viajero así había muerto, El Perro había velado en torno al lugar, O al lado de su Amo: Cómo nutrido aquí durante tanto tiempo Lo sabe quien dio ese amor sublime—, ¡Y dio esa fuerza de sentimiento, grande Por encima de toda estimación humana!»
¿Puede alguna mente cándida e inteligente dudar al determinar cuál de estos representa mejor la tendencia y el carácter nativo del genio del poeta? ¿No decidirá que uno fue escrito porque el poeta quería escribir así, y el otro porque no podía reprimir tan completamente la fuerza y grandeza de su mente, sino que debía, en alguna parte u otra de cada composición, escribir de otra manera? En resumen, que su única enfermedad es estar fuera de su elemento; como el cisne que, tras haberse divertido por un tiempo aplastando las malas hierbas en la orilla del río, pronto regresa a sus propios movimientos majestuosos sobre su superficie reflectante y sustentadora. Obsérvese que aquí supongo que el juez imaginario a quien apelo ya ha decidido en contra de la teoría del poeta, en la medida en que esta difiere de los principios del arte generalmente reconocidos.
No puedo entrar aquí en un examen detallado de las obras del Sr. Wordsworth; pero intentaré dar los resultados principales de mi propio juicio, tras un conocimiento de muchos años y lecturas repetidas. Y aunque, para apreciar los defectos de una mente grande, es necesario comprender previamente sus excelencias características, ya me he expresado con suficiente plenitud para evitar la mayoría de los efectos adversos que podrían surgir si siguiera un orden contrario. Comenzaré, por tanto, con lo que considero los defectos prominentes de sus poemas publicados hasta ahora.
El primer defecto característico, aunque solo ocasional, que me parece encontrar en estos poemas es la inconstancia del estilo. Bajo este nombre me refiero a las transiciones repentinas e inesperadas desde líneas o frases de una felicidad peculiar —(a todas luces impactante y original)— a un estilo, no solo impasible sino indistinguible. Desciende demasiado a menudo y demasiado abruptamente a ese estilo que yo situaría en la segunda división del lenguaje, dividiéndolo en tres especies: primero, la que es peculiar a la poesía; segundo, la que solo es propia de la prosa; y tercero, la neutral o común a ambas. Ha habido obras, como el Ensayo sobre Cromwell de Cowley, en las que la prosa y el verso están mezclados (no como en la Consolación de Boecio, o la ARGENIS de Barclay, mediante la inserción de poemas supuestamente hablados o compuestos en ocasiones previamente relatadas en prosa, sino) pasando el poeta de uno a otro, según lo dictaba la naturaleza de los pensamientos o sus propios sentimientos. Sin embargo, este modo de composición no satisface a un gusto cultivado. Hay algo desagradable en verse así obligado a alternar estados de sentimiento tan disímiles, y esto además en un género de escritura cuyo placer se deriva en parte de la preparación y la expectativa previa del lector. Se siente una porción de esa torpeza que acompaña a la introducción de canciones en nuestras óperas cómicas modernas; y para evitar lo cual, el juicioso Metastasio (sobre cuyo gusto exquisito no puede haber dudas, cualesquiera que sean las que se tengan sobre su genio poético) colocaba uniformemente el aria al final de la escena, al mismo tiempo que casi siempre eleva y apasiona el estilo del recitativo inmediatamente precedente. Incluso en la vida real, la diferencia es grande y evidente entre las palabras utilizadas como marcas arbitrarias del pensamiento, nuestra moneda de curso corriente y suave, con la imagen y la inscripción desgastadas por el uso; y aquellas que transmiten imágenes tomadas de un objeto externo para animar y particularizar algún otro; o utilizadas alegóricamente para encarnar el estado interior de la persona que habla; o tales que son, al menos, exponentes de su giro peculiar y su inusual extensión de facultades. Tanto es así, de hecho, que en los círculos sociales de la vida privada a menudo encontramos que un uso impactante de estas últimas detiene el flujo general de la conversación y, por la excitación derivada de la atención concentrada, produce una suerte de frialdad e interrupción durante algunos minutos después. Pero en la lectura de obras de arte literario, nos preparamos para tal lenguaje; y el trabajo del escritor, como el de un pintor cuyo tema requiere un esplendor y prominencia inusuales, es elevar los tonos bajos y neutros de tal manera que lo que en un estilo diferente serían los colores dominantes, aquí se utilicen como los medios de esa degradación suave necesaria para producir el efecto de un todo. Donde esto no se logra en un poema, el metro simplemente recuerda al lector sus pretensiones solo para decepcionarlas; y donde este defecto ocurre con frecuencia, sus sentimientos se ven alternativamente sorprendidos por anticlímax e hiperclímax.
Remito al lector a las exquisitas estrofas citadas con otro propósito de THE BLIND HIGHLAND BOY; y añado entonces, por ser en mi opinión ejemplos de esta falta de armonía en el estilo, los dos siguientes:
«Y una, la más rara, era una concha, Que él, pobre niño, había estudiado bien: La concha de una tortuga verde, fina Y hueca;—podrías sentarte dentro, Era tan ancha y profunda».
«Nuestro Muchacho de las Tierras Altas visitaba a menudo La casa que guardaba este premio; y, guiado Por elección o azar, llegó allí Un día, cuando no había nadie en casa, Y encontró la puerta sin cerrar».
O la página 172, vol. I.
«Se ha ido, olvidado, déjame hacer Lo mejor que pueda. Hubo un par de sonrisas— Puedo recordarlas, veo Las sonrisas que valen todo el mundo para mí. ¡Querido bebé! Debo dejarte: Me turbas con extrañas alarmas; Tienes sonrisas, dulces sonrisas propias; No puedo mantenerte en mis brazos; Porque me confunden: tal como están, ¡He olvidado esas sonrisas suyas!».
O la página 269, vol. I.
«Tienes un nido, para tu amor y tu descanso Y aunque poco preocupado por la pereza ¡Alondra borracha! serías reacia A ser un viajero como yo. ¡Feliz, feliz viviente! _Con un alma tan fuerte como un río de montaña Derramando alabanzas al Dador Todopoderoso,_ ¡Que la alegría y el júbilo estén con ambos! Escuchándote o a algún otro, Tan alegre hermano Yo en la tierra seguiré caminando penosamente Por mi cuenta alegremente hasta que el día termine».
La incongruencia que me parece encontrar en este pasaje es la de los dos nobles versos en cursiva con el precedente y el siguiente. Así, vol. II, página 30.
«Junto a un estanque, en el lado más alejado, Él estaba solo; un minuto calculo, Lo observé, él continuando inmóvil Hacia el margen más alejado del estanque entonces me dirigí; Él estando todo el tiempo ante mí a plena vista».
Compárese esto con la repetición de la misma imagen, dos estrofas más adelante.
«Y, aun cuando me acerqué con paso suave, Junto al pequeño estanque o la inundación pantanosa Inmóvil como una Nube el Anciano estaba, Que no oye los vientos fuertes cuando llaman; Y se mueve en conjunto, si es que se mueve».
O, por último, la segunda de las tres estrofas siguientes, comparada tanto con la primera como con la tercera.
«Mis pensamientos anteriores regresaron; el miedo que mata; Y la esperanza que no quiere ser alimentada; Frío, dolor y trabajo, y todos los males carnales; Y poetas poderosos muertos en su miseria. Pero ahora, perplejo por lo que el Anciano había dicho, Renové con entusiasmo mi pregunta, "¿Cómo es que vive, y qué es lo que hace?"»
«Él, con una sonrisa, repitió entonces sus palabras; Y dijo que recolectando sanguijuelas a lo largo y ancho Viajaba; removiendo así alrededor de sus pies Las aguas de los estanques donde habitan. "Una vez podía encontrarlas por todos lados; "Pero han disminuido hace mucho por lenta decadencia; "Sin embargo, todavía persevero y las encuentro donde puedo"».
Mientras hablaba así, el lugar solitario, La forma y el habla del Anciano, todo me turbaba En el ojo de mi mente me parecía verlo caminar Por los páramos cansados continuamente, Vagando solo y en silencio.
Ciertamente, este magnífico poema es especialmente característico del autor. Apenas hay un defecto o excelencia en sus escritos de los que no presentaría una muestra. Pero sería injusto no repetir que este defecto es solo ocasional. Tras una cuidadosa relectura de los dos volúmenes de poemas, dudo que los pasajes objetables lleguen en total a cien versos; ni la octava parte del número de páginas. En THE EXCURSION, el sentimiento de incongruencia rara vez es excitado por la dicción de ningún pasaje considerado en sí mismo, sino por la repentina superioridad de algún otro pasaje que forma el contexto.
El segundo defecto puedo generalizarlo con tolerable exactitud, si el lector me perdona un término tosco y recién acuñado. Existe, diría yo, no con poca frecuencia, una cualidad de «apego a los hechos» en ciertos poemas. Esto puede dividirse, primero, en una laboriosa minuciosidad y fidelidad en la representación de los objetos y sus posiciones, tal como aparecieron ante el propio poeta; segundo, en la inserción de circunstancias accidentales para la plena explicación de sus personajes vivos, sus disposiciones y acciones; circunstancias que podrían ser necesarias para establecer la verosimilitud de una declaración en la vida real, donde el oyente no da nada por sentado, pero que parecen superfluas en la poesía, donde el lector está dispuesto a creer por su propio bien. Me opongo a esta accidentalidad por contravenir la esencia de la poesía, que Aristóteles proclama como spoudaiotaton kai philosophotaton genos, el producto más intenso, profundo y filosófico del arte humano; añadiendo, como razón, que es el más católico y abstracto. El siguiente pasaje de la carta prefatoria de Davenant a Hobbes expresa bien esta verdad. «Cuando consideré las acciones que pretendía describir (aquellas que dan a entender a las personas), me vi persuadido de nuevo a elegir las de una época pasada más que las del presente; y en un siglo tan alejado como para preservarme de los exámenes impropios de quienes no conocen los requisitos de un poema, ni cuánto placer pierden (y aun los placeres de la poesía heroica no son inútiles), quienes arrebatan la libertad de un poeta y encadenan sus pies con los grillos de un historiador. Pues, ¿por qué habría de dudar un poeta en una historia de enmendar las intrigas de la fortuna mediante recursos más deleitables de ficciones probables, porque los austeros historiadores se hayan comprometido con la verdad? Una obligación que en los poetas sería tan necia e innecesaria como la esclavitud de los falsos mártires, que yacen encadenados por una opinión errónea. Pero con esto quiero implicar que la verdad, narrativa y pasada, es el ídolo de los historiadores (que adoran una cosa muerta), y la verdad operativa, viva continuamente por sus efectos, es la dueña de los poetas, la cual no tiene su existencia en la materia, sino en la razón».
Para esta precisa exactitud en la pintura de imágenes locales, las líneas en THE EXCURSION, págs. 96, 97 y 98, pueden tomarse, si no como un ejemplo impactante, sí como una ilustración de lo que quiero decir. Debe haber algún motivo fuerte —como, por ejemplo, que la descripción fuera necesaria para la inteligibilidad del relato— que pudiera inducirme a describir en varios versos lo que un dibujante podría presentar a la vista con una satisfacción incomparablemente mayor mediante media docena de trazos de su lápiz, o el pintor con otros tantos toques de su pincel. Tales descripciones causan con demasiada frecuencia en la mente de un lector, que está decidido a comprender a su autor, una sensación de trabajo, no muy distinta a la que experimentaría al construir un diagrama, línea a línea, para una larga proposición geométrica. Parece como sacar las piezas de un mapa troquelado de su caja. Primero miramos una parte, y luego otra, después las unimos y encajamos; y cuando los sucesivos actos de atención se han completado, se produce un esfuerzo regresivo de la mente para contemplarlo como un todo. El poeta debería pintar para la imaginación, no para la fantasía; y no conozco mejor caso para ejemplificar la distinción entre estas dos facultades. Las obras maestras del primer modo de pintura poética abundan en los escritos de Milton, por ejemplo:
«La higuera; no la especie famosa por su fruto, Sino aquella que hoy, conocida por los indios, En Malabar o Decán extiende sus brazos Ramificándose tan ancha y larga que, en el suelo, Las ramas curvadas echan raíces, y crecen hijas Alrededor del árbol madre, una sombra sostenida Por pilares, fuertemente arqueada y con CAMINOS RESONANTES ENTRE MEDIO; Allí, a menudo, el pastor indio, evitando el calor, Se refugia en la frescura y atiende a sus rebaños que pastan Por aberturas cortadas a través de la sombra más espesa».
Esto es creación más que pintura, o si es pintura, es tal, y con tal copresencia de la imagen completa destellando de golpe ante la vista, como el sol pinta en una cámara oscura. Pero el poeta debe asimismo entender y dominar lo que Bacon llama los vestigia communia de los sentidos, la latencia de todo en cada uno, y más especialmente, mediante una magia casi doble, la excitación de la visión por el sonido y los exponentes del sonido. Así, «los caminos resonantes entre medio» bien podría decirse que invierten la fábula tradicional de la cabeza de Memnón en la estatua egipcia. Tales pueden ser merecidamente tituladas palabras creativas en el mundo de la imaginación.
La segunda división respecta a una aparente adhesión minuciosa a los hechos reales en el carácter y los incidentes; una atención biográfica a la verosimilitud y una ansiedad por la explicación y la retrospección. Bajo este epígrafe expondré, sin fingida timidez, los resultados de mi mejor reflexión sobre el gran punto de controversia entre el señor Wordsworth y sus objetores; a saber, sobre la elección de sus personajes. Ya he declarado, y confío que justificado, mi absoluto desacuerdo con el modo de argumentar que sus críticos han empleado hasta ahora. A su pregunta: «¿Por qué elegiste tal personaje, o un personaje de tal rango social?», el poeta podría, en mi opinión, replicar con justicia: ¿por qué, con la concepción de mi personaje, hiciste una elección deliberada de asociaciones mezquinas o ridículas no proporcionadas por mí, sino suministradas por tus propios sentimientos enfermizos y fastidiosos? ¿Cómo era posible, en efecto, que tales argumentos pudieran tener algún peso ante un autor cuyo plan, cuyo principio rector y cuyo objeto principal era atacar y someter ese estado de asociación que nos lleva a dar el valor principal a aquellas cosas en las que el hombre difiere del hombre, y a olvidar o ignorar las altas dignidades que pertenecen a la Naturaleza Humana, el sentido y el sentimiento que pueden y deben encontrarse en todos los rangos? Los sentimientos con los que, como cristianos, contemplamos a una congregación mixta levantándose o arrodillándose ante su Creador común, el señor Wordsworth querría que los mantuviéramos en todo momento, como hombres y como lectores; y mediante la excitación de esta imparcialidad elevada, pero carente de orgullo, en la poesía, podría esperar haber alentado su continuidad en la vida real. ¡Que el elogio de los hombres buenos sea suyo! En la vida real, y confío que incluso en mi imaginación, honro a un hombre virtuoso y sabio sin referencia a la presencia o ausencia de ventajas artificiales. Ya sea en la persona de un barón armado, un bardo laureado, o un viejo vendedor ambulante, o un aún más viejo recolector de sanguijuelas, las mismas cualidades de cabeza y corazón deben reclamar la misma reverencia. E incluso en la poesía no soy consciente de haber permitido nunca que mis sentimientos se vieran perturbados u ofendidos por pensamientos o imágenes que el propio poeta no haya presentado.
Pero aun así me opongo, sin embargo, y por las siguientes razones. Primero, porque el objeto a la vista, como objeto inmediato, pertenece al filósofo moral, y se perseguiría, no solo de manera más apropiada, sino en mi opinión con mucha mayor probabilidad de éxito, en sermones o ensayos morales que en un poema elevado. Parece, en efecto, destruir la distinción fundamental principal, no solo entre un poema y la prosa, sino incluso entre la filosofía y las obras de ficción, en la medida en que propone la verdad como su objeto inmediato, en lugar del placer. Ahora bien, hasta que llegue el bendito momento en que la verdad misma sea placer, y ambas estén tan unidas que solo puedan distinguirse en palabras, no en sentimientos, seguirá siendo el oficio del poeta proceder sobre ese estado de asociación que realmente existe como general; en lugar de intentar primero hacerlo como debería ser, y luego dejar que el placer le siga. Pero aquí hay desafortunadamente un pequeño hysteron-proteron. Pues la comunicación del placer es el medio introductorio por el cual el poeta debe esperar moralizar a sus lectores. En segundo lugar: aunque admitiera por un momento que este argumento carece de fundamento, ¿cómo se ha de producir el efecto moral simplemente añadiendo el nombre de alguna profesión humilde a poderes que son los menos probables, y a cualidades que ciertamente no son más probables de ser halladas en ella? El poeta, hablando en su propia persona, puede deleitarnos y mejorarnos a la vez mediante sentimientos que nos enseñan la independencia de la bondad, de la sabiduría e incluso del genio frente a los favores de la fortuna. Y tras haber rendido una debida reverencia ante el trono de Antonino, puede inclinarse con igual asombro ante Epicteto entre sus compañeros esclavos
------«y regocijarse En la sencilla presencia de su dignidad».
¿Quién no se siente a la vez deleitado y mejorado cuando el poeta Wordsworth mismo exclama:
«¡Oh! muchos son los poetas que son sembrados Por la Naturaleza; hombres dotados con los más altos dones, La visión y la facultad divina, Pero carentes del logro del verso, Ni habiendo sido nunca, a medida que avanzaba la vida, llevados Por las circunstancias a tomar la altura De su propia medida; estos seres favorecidos, Salvo unos pocos dispersos, viven su tiempo, Reservando lo que poseen en su interior, Y van a la tumba sin ser pensados. Las mentes más fuertes Son a menudo aquellas de las que el mundo ruidoso Menos oye».
Para usar una frase coloquial, tales sentimientos, en tal lenguaje, le hacen a uno bien al corazón; aunque yo, por mi parte, no tengo la más plena fe en la verdad de la observación. Por el contrario, creo que los casos son extremadamente raros; y sentiría una objeción casi tan fuerte a introducir tal personaje en una ficción poética como un par de cisnes negros en un lago, en un paisaje fantástico. Cuando pienso en cuántos y cuántos libros mejores de los que Homero, o incluso Heródoto, Píndaro o Esquilo, pudieron haber leído, están al alcance de casi cualquier hombre, en un país donde casi todo hombre es instruido para leer y escribir; y cuán inquietos, cuán difícilmente ocultables son los poderes del genio; y aun así encuentro, incluso en situaciones las más favorables, según el señor Wordsworth, para la formación de un lenguaje puro y poético; en situaciones que aseguran la familiaridad con los objetos más grandiosos de la imaginación; solo un Burns, entre los pastores de Escocia, y ni un solo poeta de vida humilde entre los de los lagos y montañas inglesas; concluyo que el Genio Poético no es solo una planta muy delicada, sino muy rara.
Pero sea como sea, los sentimientos con los que,
«Pienso en Chatterton, el niño maravilloso, El alma insomne, que pereció en su orgullo; En Burns, que caminaba en gloria y en alegría Detrás de su arado, en la ladera de la montaña»--
son ampliamente diferentes de aquellos con los que leería un poema donde el autor, necesitando el carácter de un poeta y un filósofo en la fábula de su narración, hubiera elegido convertirlo en un deshollinador; y luego, para eliminar todas las dudas sobre el tema, hubiera inventado un relato de su nacimiento, ascendencia y educación, con todos los extraños y afortunados accidentes que habían concurrido en hacerlo a la vez poeta, filósofo y deshollinador. Nada, salvo la biografía, puede justificar esto. Si es admisible incluso en una novela, debe ser una al estilo de las de Defoe, que pretendían pasar por historias, no al estilo de las de Fielding: en LA VIDA DE MOLL FLANDERS, o COLONEL JACK, no en un TOM JONES, o incluso en un JOSEPH ANDREWS. Menos aún, pues, puede ser legítimamente introducido en un poema, cuyos personajes, en medio de la más fuerte individualización, deben seguir siendo representativos. Los preceptos de Horacio, sobre este punto, se basan en la naturaleza tanto de la poesía como de la mente humana. No son más perentorios que sabios y prudentes. Pues, en primer lugar, una desviación de ellos desconcierta los sentimientos del lector, y todas las circunstancias que se fingen para hacer tales accidentes menos improbables, dividen y perturban su fe, en lugar de ayudarla y apoyarla. A pesar de todos los intentos, la ficción aparecerá, y desafortunadamente no como ficticia, sino como falsa. El lector no solo sabe que los sentimientos y el lenguaje son propios del poeta, y suyos también en su carácter artificial como poeta; sino que, por los esfuerzos infructuosos para hacerle pensar lo contrario, ni siquiera se le permite olvidarlo. El efecto es similar al producido por un poeta épico cuando la fábula y los personajes se derivan de la historia de las Escrituras, como en EL MESÍAS de Klopstock, o en CALVARY de Cumberland; y no meramente sugeridos por ella, como en EL PARAÍSO PERDIDO de Milton. Esa ilusión, contrapuesta al engaño, esa fe negativa que simplemente permite que las imágenes presentadas operen por su propia fuerza, sin negar ni afirmar su existencia real mediante el juicio, se vuelve imposible por su vecindad inmediata a palabras y hechos de verdad conocida y absoluta. Una fe que trasciende incluso la creencia histórica debe apagar absolutamente este mero análogo poético de la fe, como se dice que el sol de verano extingue nuestros fuegos domésticos cuando brilla plenamente sobre ellos. Lo que de otro modo se habría aceptado como ficción agradable, es repelido como falsedad repugnante. El efecto producido en este último caso por la creencia solemne del lector es, en menor grado, provocado en los casos a los que me he estado oponiendo por los intentos frustrados del autor para hacerle creer.
Añádase a todo lo anterior la aparente inutilidad tanto del proyecto como de las anécdotas de las que debe derivar su apoyo. ¿Hay una sola palabra, por ejemplo, atribuida al vendedor ambulante en THE EXCURSION, que sea característica de un vendedor ambulante? ¿Un solo sentimiento que no podría haber procedido de manera más plausible, incluso sin la ayuda de ninguna explicación previa, de cualquier anciano sabio y benéfico, de un rango o profesión en la que el lenguaje del aprendizaje y el refinamiento sean naturales y esperables? ¿Necesitaba el rango haber sido detallado en absoluto, cuando no sigue nada que el conocimiento de ese rango deba explicar o ilustrar? Cuando, por el contrario, esta información convierte el lenguaje, los sentimientos, los pensamientos y la información del hombre en un acertijo, que debe ser resuelto por episodios anecdóticos. Finalmente, cuando esto, y solo esto, podría haber inducido a un poeta genuino a entretejer en un poema del estilo más elevado, y sobre temas de la más elevada y universal importancia, tales minucias de hechos (no diferentes a las proporcionadas para el obituario de una revista por los amigos de algún oscuro «adorno de la sociedad recientemente fallecido» en algún pueblo oscuro), como:
«Entre las colinas de Athol nació, Allí, en una pequeña granja hereditaria, Una tira improductiva de terreno escabroso, Vivió su padre; y murió en la pobreza; Mientras Él, cuya humilde fortuna rememoro, El menor de tres hijos, era aún un bebé, Un pequeño -inconsciente de su pérdida. Pero antes de que hubiera dejado atrás sus días infantiles, Su madre viuda, como segundo compañero, Desposó al maestro de la escuela del pueblo; Quien a su descendencia dedicó celosamente La instrucción necesaria».
«Desde su sexto año, el niño del que hablo, En verano cuidaba el ganado en las colinas; Pero, a través de los días inclementes y peligrosos Del largo invierno, acudía A la escuela de su padrastro»-etc.
Pues todos los pasajes admirables interpuestos en esta narración podrían, con alteraciones triviales, haber sido contados de manera mucho más apropiada, y con mucha mayor verosimilitud, de un poeta bajo el carácter de poeta; y sin incurrir en otro defecto que mencionaré ahora, y una ilustración suficiente del cual habrá sido aquí anticipada.
Tercero: una indebida predilección por la forma dramática en ciertos poemas, de la cual resulta uno u otro de dos males. O los pensamientos y la dicción son diferentes de los del poeta, y entonces surge una incongruencia de estilo; o son los mismos e indistinguibles, y entonces presenta una especie de ventriloquía, donde se representa a dos hablando, mientras que, en verdad, solo un hombre habla.
La cuarta clase de defectos está estrechamente relacionada con la anterior; pero son, sin embargo, tales que surgen asimismo de una intensidad de sentimiento desproporcionada con respecto al conocimiento y valor de los objetos descritos, tal como puede ser razonablemente esperado de los hombres en general, incluso de las clases más cultivadas; y con los cuales, por tanto, pocos, y esos pocos particularmente circunstanciados, pueden suponerse capaces de simpatizar. En esta clase, incluyo la prolijidad ocasional, la repetición y un remolino, en lugar de progresión, del pensamiento. Como instancias, véanse las páginas 27, 28 y 62 de los Poemas, vol. I, y las primeras ochenta líneas del Libro VI de THE EXCURSION.
Quinto y último: pensamientos e imágenes demasiado grandes para el tema. Esto es una aproximación a lo que podría llamarse grandilocuencia mental, a diferencia de la verbal: pues, al igual que en esta última hay una desproporción de las expresiones con respecto a los pensamientos, así en esta hay una desproporción del pensamiento con respecto a la circunstancia y la ocasión. Esto, dicho sea de paso, es un defecto del que solo un hombre de genio es capaz. Es la torpeza y la fuerza de Hércules con la rueca de Ónfale.
Es un hecho bien conocido que los colores brillantes en movimiento producen y dejan las impresiones más fuertes en el ojo. Nada es más probable, también, que una imagen vívida o espectro visual, así originado, pueda convertirse en el vínculo de asociación al recordar los sentimientos e imágenes que habían acompañado a la impresión original. Pero si describimos esto en líneas como:
«¡Destellan en ese ojo interior, Que es la dicha de la soledad!»
¿en qué palabras describiremos la alegría de la retrospección, cuando las imágenes y las acciones virtuosas de toda una vida bien vivida pasan ante esa conciencia que es, en efecto, el ojo interior: que es, en efecto, «la dicha de la soledad»? Ciertamente, parece que nos hundimos de la manera más abrupta, por no decir burlesca, y casi como en una mezcla, desde este pareado hasta:
«Y entonces mi corazón se llena de placer, Y danza con los narcisos». Vol. I, pág. 328.
El segundo ejemplo es del vol. II, página 12, donde el poeta, habiendo salido para un día de excursión de placer, se encuentra temprano por la mañana con un grupo de gitanos, que habían instalado sus tiendas de mantas y camas de paja, junto con sus hijos y asnos, en algún campo junto al camino. Al final del día, a su regreso, nuestro turista los encontró en el mismo lugar. «Doce horas», dice él,
«Doce horas, doce horas generosas han pasado, mientras yo He sido un viajero bajo el cielo abierto, Presenciando mucho cambio y alegría, ¡Sin embargo, tal como los dejé, los encuentro aquí!»
Ante lo cual el poeta, sin parecer reflexionar que los pobres vagabundos de piel oscura probablemente habían estado caminando durante semanas a través de caminos y senderos, sobre páramos y montañas, y por consiguiente debían de estar muy contentos de descansar ellos mismos, a sus hijos y a su ganado, por un día entero; y pasando por alto la verdad obvia de que tal reposo podría ser tan necesario para ellos como un paseo de la misma duración era agradable o saludable para el poeta más afortunado; expresa su indignación en una serie de versos, cuya dicción e imágenes habrían estado más bien por encima que por debajo de la marca, si se hubieran aplicado al inmenso imperio de China, sin progresar durante treinta siglos:
«El sol cansado se dispuso a descansar:-- --Entonces salió Véspero del fulgente oeste, Superando, como un Dios visible, El glorioso camino por el que andaba. Y ahora, ascendiendo, después de una hora oscura, Y una noche de disminución de su poder, ¡Contemplad la poderosa Luna! de esta manera Ella mira, como si fuera a ellos--pero ellos No la consideran:--oh, ¡mejor el error y la lucha, Mejores las acciones vanas o el mal que tal vida! ¡Los Cielos silenciosos tienen sus caminos, Las estrellas tienen tareas!--¡pero estos no tienen ninguna!»
El último ejemplo de este defecto (pues no conozco otro que estos ya citados) es de la Oda, página 351, vol. II, donde, hablando de un niño, «un querido de seis años de tamaño pigmeo», se dirige a él de este modo:
«Tú, el mejor Filósofo, que aún guardas Tu herencia, tú, Ojo entre los ciegos, Que, sordo y silencioso, lees lo eterno profundo, Embrujado para siempre por la Mente Eterna,-- ¡Poderoso Profeta! ¡Vidente bendito! Sobre quien descansan esas verdades ¡Que nos afanamos toda la vida por encontrar! Tú, sobre quien tu Inmortalidad Incuba como el Día, un Maestro sobre un Esclavo, ¡Un Presente que no debe ser rechazado!»
Ahora bien, sin detenernos en el espíritu audaz de la metáfora que conecta los epítetos «sordo y silencioso» con el ojo interpelado; o (si hemos de referirlo a la palabra precedente, «Filósofo»), la sintaxis defectuosa y equívoca del pasaje; y sin examinar la propiedad de hacer que un «Maestro incube sobre un Esclavo», o que «el Día» incube en absoluto; simplemente preguntaremos, ¿qué significa todo esto? ¿En qué sentido es un niño de esa edad un Filósofo? ¿En qué sentido lee «lo eterno profundo»? ¿En qué sentido se declara que está «embrujado para siempre» por el Ser Supremo? ¿O tan inspirado como para merecer los espléndidos títulos de Poderoso Profeta, un Vidente bendito? ¿Por reflexión? ¿por conocimiento? ¿por intuición consciente? ¿o por cualquier forma o modificación de la conciencia? Estas serían noticias verdaderamente extraordinarias; pero tales que presupondrían una revelación inmediata al comunicador inspirado, y requerirían milagros para autenticar su inspiración. Los niños a esta edad no nos dan tal información sobre sí mismos; ¿y en qué momento fuimos sumergidos en el Leteo, que ha producido tal olvido absoluto de un estado tan divino? Muchos de nosotros todavía poseemos algunos recuerdos, más o menos distintos, respecto a nosotros mismos a los seis años de edad; lástima que solo floten las pajas sin valor, mientras que tesoros, comparados con los cuales todas las minas de Golconda y México no serían sino pajas, sean absorbidos por algún golfo desconocido hacia algún abismo desconocido.
Pero si esto es demasiado salvaje y exorbitante para ser sospechado de haber sido el significado del poeta; si estos dones, facultades y operaciones misteriosos no van acompañados de conciencia, ¿quién más es consciente de ellos? ¿O cómo puede llamarse al niño, si no es parte del ser consciente del niño? Por lo que yo sé, el Espíritu pensante dentro de mí puede ser sustancialmente uno con el principio de la vida y de la operación vital. Por lo que yo sé, podría ser empleado como un agente secundario en la maravillosa organización y los movimientos orgánicos de mi cuerpo. Pero, seguramente, ¡sería un lenguaje extraño decir que yo construyo mi corazón! ¡O que propulso las influencias más sutiles a través de mis nervios! ¡O que comprimo mi cerebro, y corro las cortinas del sueño alrededor de mis propios ojos! Spinoza y Behmen eran, bajo sistemas diferentes, ambos Panteístas; y entre los antiguos hubo filósofos, maestros del EN KAI PAN, que no solo enseñaban que Dios era Todo, sino que este Todo constituía a Dios. Sin embargo, ni siquiera estos confundirían la parte, como parte, con el todo, como el todo. Es más, en ningún sistema la distinción entre el individuo y Dios, entre la Modificación y la única Sustancia, está trazada con mayor nitidez que en el de Spinoza. Jacobi, de hecho, relata de Lessing que, después de una conversación con él en la casa del poeta Gleim (el Tirteo y Anacreonte del Parnaso alemán), en la cual Lessing había confesado en privado a Jacobi su renuencia a admitir cualquier existencia personal del Ser Supremo, o la posibilidad de personalidad excepto en un Intelecto finito, y mientras estaban sentados a la mesa, una lluvia comenzó inesperadamente. Gleim expresó su pesar por la circunstancia, porque habían pretendido beber su vino en el jardín: a lo cual Lessing, en uno de sus estados de ánimo mitad serio, mitad bromista, asintió a Jacobi y dijo: «Soy yo, quizás, quien está haciendo eso», es decir, ¡lloviendo!— y Jacobi respondió: «o quizás yo»; Gleim se contentó con mirar a ambos, sin pedir ninguna explicación.
Así con respecto a este pasaje. ¿En qué sentido pueden los magníficos atributos, arriba citados, apropiarse a un niño, que no los hiciera igualmente adecuados para una abeja, o un perro, o un campo de maíz: o incluso para un barco, o para el viento y las olas que lo impulsan? El Espíritu omnipresente trabaja igualmente en ellos que en el niño; y el niño es tan inconsciente de ello como ellos. ¿No puede ser, seguramente, que las cuatro líneas que siguen inmediatamente contengan la explicación?
«Para quien la tumba Es solo un lecho solitario sin el sentido o la vista Del día o la luz cálida, Un lugar de pensamiento donde yacemos a la espera;»--
¡Seguramente, no puede ser que esta apostrofe que suscita asombro no sea más que un comentario sobre el pequeño poema «Somos siete»! --¿que todo el significado del pasaje sea reducible a la aseveración de que un niño, quien por cierto a los seis años habría estado mejor instruido en la mayoría de las familias cristianas, no tiene otra noción de la muerte que la de yacer en un lugar oscuro y frío? ¡Y todavía, espero, no como en un lugar de pensamiento! ¡no la noción espantosa de yacer despierto en su tumba! La analogía entre la muerte y el sueño es demasiado simple, demasiado natural, para hacer posible una creencia tan horrible para los niños; incluso si no hubieran tenido la costumbre, como todos los niños cristianos, de oír usar el último término para expresar el primero. Pero si la creencia del niño es solo que «no está muerto, sino que duerme»: ¿en qué difiere de la de su padre y su madre, o cualquier otra persona adulta e instruida? Formarse una idea de que una cosa se convierta en nada; o de que la nada se convierta en una cosa; es imposible para todos los seres finitos por igual, de cualquier edad, y por educados o no educados que estén. Así sucede con las paradojas espléndidas en general. Si las palabras se toman en el sentido común, transmiten un absurdo; y si, en desprecio de los diccionarios y la costumbre, se interpretan de tal manera que se evite el absurdo, el significado se reduce a algún lugar común simplón. Así, uno debe entender las palabras a la vez contrarias a su significado común, para llegar a cualquier sentido; y de acuerdo con su significado común, si es que se ha de recibir de ellas algún sentimiento de sublimidad o admiración.
Aunque los ejemplos de este defecto en los poemas del Sr. Wordsworth son tan pocos, que por sí mismos apenas habría sido justo atraer la atención del lector hacia ellos; sin embargo, me he detenido en él, y tal vez más por esta misma razón. Pues siendo tan pocos, no pueden restar mérito sensiblemente a la reputación de un autor que se caracteriza incluso por el número de verdades profundas en sus escritos, que resistirán el análisis más severo; y sin embargo, por pocos que sean, son exactamente aquellos pasajes que sus admiradores ciegos serían más propensos, y más capaces, de imitar. Pero Wordsworth, donde es realmente Wordsworth, puede ser imitado por copistas, puede ser saqueado por plagiarios; pero no puede ser imitado, excepto por aquellos que no han nacido para ser imitadores. Pues sin su profundidad de sentimiento y su poder imaginativo, su sentido carecería de su calidez vital y peculiaridad; y sin su sentido común, su misticismo se volvería enfermizo: ¡mera niebla y penumbra!
A estos defectos que, como se desprende de los extractos, son solo ocasionales, puedo oponer, con mucho menos temor a encontrar la disidencia de cualquier lector cándido e inteligente, las siguientes (en su mayor parte correspondientes) excelencias. Primero, una pureza austera del lenguaje, tanto gramatical como lógicamente; en resumen, una adecuación perfecta de las palabras al significado. Cuán alto valoro esto, y cuán particularmente estimable considero el ejemplo en el día de hoy, ya ha sido declarado: y en parte también las razones en las que baso tanto la importancia moral como la intelectual de acostumbrarnos a una estricta precisión de expresión. Es notable cuán limitado conocimiento de las obras maestras del arte bastará para formar un gusto correcto e incluso sensible, donde solo se han visto y admirado obras maestras: mientras que, por otro lado, las nociones más correctas y el conocimiento más amplio de las obras de excelencia de todas las épocas y países no nos asegurarán perfectamente contra la contagiosa familiaridad con los mucho más numerosos vástagos del mal gusto o de un gusto pervertido. Si este es el caso, como notoriamente lo es, con las artes de la música y la pintura, mucho más difícil será evitar la infección de ejemplos multiplicados y diarios en la práctica de un arte que utiliza palabras, y solo palabras, como sus instrumentos. En la poesía, en la cual cada línea, cada frase, puede pasar la prueba de la deliberación y la elección deliberada, es posible, y apenas posible, alcanzar ese ultimátum que me he aventurado a proponer como la prueba infalible de un estilo irreprochable; a saber: su intraducibilidad en palabras del mismo idioma sin daño para el significado. Obsérvese, sin embargo, que incluyo en el significado de una palabra no solo su objeto correspondiente, sino también todas las asociaciones que recuerda. Porque el lenguaje está diseñado para transmitir no solo el objeto, sino también el carácter, el estado de ánimo y las intenciones de la persona que lo representa. En poesía es practicable preservar la dicción incorrupta por las afectaciones y apropiaciones indebidas que la autoría promiscua, y la lectura no solo promiscua porque está desproporcionadamente más familiarizada con las composiciones del día, han hecho generales. Sin embargo, incluso para el poeta, que compone en su propia provincia, es un trabajo arduo: y como resultado y prenda de un buen sentido vigilante, de una distinción fina y luminosa, y de una completa autodominio, puede reclamar justamente todo el honor que pertenece a un logro igualmente difícil y valioso, y más valioso por ser raro. Es en todo momento el alimento propio del entendimiento; pero en una era de elocuencia corrupta es tanto alimento como antídoto.
En prosa dudo que sea siquiera posible preservar nuestro estilo totalmente sin aleación por la fraseología viciosa que nos encontramos en todas partes, desde el sermón hasta el periódico, desde la arenga del legislador hasta el discurso desde la presidencia de convivencia, anunciando un brindis o un sentimiento. Nuestras cadenas traquetean, incluso mientras nos quejamos de ellas. Los poemas de Boecio se elevan alto en nuestra estimación cuando los comparamos con los de sus contemporáneos, como Sidonio Apolinar y otros. Incluso podrían referirse a una época más pura, si no fuera porque la prosa, en la que están incrustados, como joyas en una corona de plomo o hierro, traiciona la verdadera época del escritor. Mucho, sin embargo, puede lograrse mediante la educación. Creo, no solo por fundamentos de la razón, sino por haberme asegurado en gran medida del hecho mediante una experiencia real aunque limitada, que, para un joven llevado desde su primera infancia a investigar el significado de cada palabra y la razón de su elección y posición, la lógica se presenta como una vieja conocida bajo nuevos nombres.
En alguna ocasión futura, que demande más especialmente tal disquisición, intentaré probar la estrecha conexión entre la veracidad y los hábitos de precisión mental; los efectos secundarios beneficiosos de la precisión verbal en la exclusión del fanatismo, que domina los sentimientos más especialmente mediante consignas indistintas; y mostrar las ventajas que el lenguaje solo, al menos que el lenguaje con incomparablemente mayor facilidad y certeza que cualquier otro medio, presenta al instructor para impresionar modos de energía intelectual tan constantemente, tan imperceptiblemente, y como si fuera por tales elementos y átomos, como para asegurar a su debido tiempo la formación de una segunda naturaleza. Cuando reflexionamos que el cultivo del juicio es un mandato positivo de la ley moral, ya que la razón puede dar el principio solo, y la conciencia da testimonio solo del motivo, mientras que la aplicación y los efectos deben depender del juicio; cuando consideramos que la mayor parte de nuestro éxito y comodidad en la vida depende de distinguir lo similar de lo mismo, lo que es peculiar en cada cosa de lo que tiene en común con otras, de modo que todavía seleccionemos lo más probable, en lugar de lo meramente posible o positivamente inadecuado, aprenderemos a valorar seriamente y con una seriedad práctica un medio, ya preparado para nosotros por la naturaleza y la sociedad, de enseñar a la mente joven a pensar bien y sabiamente mediante el mismo proceso no recordado y con los mismos resultados nunca olvidados, que aquellos por los cuales se le enseña a hablar y conversar. Ahora bien, cuán más cálido es el interés, cuán mucho más geniales los sentimientos de realidad y practicabilidad, y de ahí cuán mucho más fuertes los impulsos a la imitación que un escritor contemporáneo, y especialmente un poeta contemporáneo, excita en la juventud y en el inicio de la edad adulta, ha sido tratado en las páginas anteriores de estos esbozos. Solo tengo que añadir que todo el elogio que se debe al ejercicio de tal influencia para un propósito tan importante, unido al que debe reclamarse por la infrecuencia de la misma excelencia en la misma perfección, pertenece por pleno derecho al Sr. Wordsworth. Estoy lejos, sin embargo, de negar que tenemos poetas cuyo estilo general posee la misma excelencia, como el Sr. Moore, Lord Byron, el Sr. Bowles, y, en todas sus obras posteriores y más importantes, nuestro laureado honorador de laureles. Pero no hay ninguno, en cuyas obras no me parezca encontrar más excepciones que en las de Wordsworth. Las citas o muestras estarían aquí totalmente fuera de lugar, y deben dejarse para el crítico que duda y que invalidaría la justicia de este elogio así aplicado.
La segunda excelencia característica de la obra del Sr. Wordsworth es: un peso y una cordura correspondientes de los Pensamientos y Sentimientos, ganados, no de los libros, sino de la propia observación meditativa del poeta. Son frescos y tienen el rocío sobre ellos. Su musa, al menos cuando está en su fuerza de ala, y cuando se cierne en lo alto en su elemento propio,
¡Hace audible un canto entrelazado de verdad, De verdad profunda un dulce canto continuo, No aprendido, sino nativo, ¡sus propias notas naturales!
Incluso a lo largo de sus poemas más pequeños apenas hay uno que no se vea valorado por alguna reflexión justa y original.
Véase la página 25, vol. II.: o los dos pasajes siguientes en una de sus composiciones más humildes.
«¡O Lector! si tuvieras en tu mente Tales tesoros como el pensamiento silencioso puede traer, ¡O gentil Lector! encontrarías Un cuento en cada cosa;»
y
«He oído de corazones crueles, hechos amables Devueltos siempre con frialdad; ¡Ay! la gratitud de los hombres Más a menudo me ha dejado de luto;»
o en un tono aún más elevado las seis hermosas cuartetas, página 134.
«Así va siempre en nuestra decadencia: Y sin embargo, la mente más sabia Llora menos por lo que la edad se lleva Que por lo que deja atrás.
El Mirlo en los árboles de verano, La Alondra sobre la colina, Sueltan sus villancicos cuando les place, Están quietos cuando quieren.
Con la Naturaleza nunca entablan Una disputa tonta; ven ¡Una juventud feliz, y su vejez Es hermosa y libre!
Pero nos presionan leyes pesadas; Y a menudo ya no alegres, Llevamos un rostro de alegría, porque Hemos sido alegres antaño.
Si hay uno, que deba lamentar A sus parientes puestos en la tierra, Los corazones del hogar que eran suyos, Es el hombre de alegría.
Mis días, amigo mío, casi se han ido, Mi vida ha sido aprobada, Y muchos me aman; pero por nadie Soy lo suficientemente amado;»
o el soneto sobre Buonaparte, página 202, vol. II. o finalmente (pues un volumen apenas bastaría para agotar los casos), la última estrofa del poema sobre la Celidonia marchita, vol. II. p. 312.
«Ser el Favorito de un Pródigo, luego, verdad peor, Pensionista de un Avaro, ¡he aquí nuestra suerte! ¡O Hombre! Que de tu juventud justa y brillante La edad pudiera tomar las cosas que la Juventud no necesitaba.»
Tanto respecto a esta como a la anterior excelencia, el Sr. Wordsworth se asemeja notablemente a Samuel Daniel, uno de los escritores dorados de nuestra dorada era isabelina, ahora muy injustificadamente descuidado: Samuel Daniel, cuya dicción no lleva marca del tiempo, ninguna distinción de época que ha sido, y mientras dure nuestro idioma, será tan lejos el lenguaje del hoy y para siempre, que es más inteligible para nosotros que las modas transitorias de nuestra propia época particular. Un elogio similar se debe a sus sentimientos. Ninguna frecuencia de lectura puede privarlos de su frescura. Pues aunque son traídos a la plena luz del día de la comprensión de cada lector; sin embargo, son extraídos de profundidades que pocos en cualquier época tienen el privilegio de visitar, hacia las cuales pocos en cualquier época tienen el valor o la inclinación para descender. Si el Sr. Wordsworth no es igualmente con Daniel inteligible para todos los lectores de comprensión promedio en todos los pasajes de sus obras, la dificultad comparativa no surge de la mayor impureza del mineral, sino de la naturaleza y usos del metal. Un poema no es necesariamente oscuro porque no aspire a ser popular. Es suficiente si una obra es perspicua para aquellos para quienes está escrita, y
«Encuentre una audiencia adecuada, aunque sea poca.»
A la «Oda sobre las intuiciones de la inmortalidad a partir de los recuerdos de la primera infancia» el poeta podría haber antepuesto los versos que Dante dirige a una de sus propias Canzoni--
«Canzone, i’ credo, che saranno radi Color, che tua ragione intendan bene, Tanto lor sei faticoso ed alto.»
«¡Oh canción lírica, habrá pocos, creo, Que puedan entender bien tu importación: ¡Eres para ellos tan ardua y tan alta!»
Pero la oda estaba destinada solo a aquellos lectores que se habían acostumbrado a observar el flujo y reflujo de su naturaleza más íntima, a aventurarse a veces en los reinos crepusculares de la conciencia, y a sentir un profundo interés en modos del ser más íntimo, a los cuales saben que los atributos del tiempo y el espacio son inaplicables y ajenos, pero que sin embargo no pueden ser transmitidos, excepto en símbolos de tiempo y espacio. Para tales lectores el sentido es suficientemente claro, y estarán tan poco dispuestos a acusar al Sr. Wordsworth de creer en la preexistencia platónica en la interpretación ordinaria de las palabras, como yo de creer que el propio Platón alguna vez lo quiso decir o enseñar.
Polla oi ut’ ankonos okea belae endon enti pharetras phonanta synetoisin; es de to pan hermaeneon chatizei; sophos o polla eidos phua; mathontes de labroi panglossia, korakes os, akranta garueton Dios pros ornicha theion.
Tercero (y donde se eleva mucho por encima de Daniel) la fuerza nervuda y originalidad de líneas y párrafos individuales: la frecuente curiosa felicitas de su dicción, de la cual no necesito aquí dar muestras, habiéndolas anticipado en una página precedente. Esta belleza, y como eminentemente característica de la poesía de Wordsworth, sus atacantes más rudos se han sentido obligados a reconocer y admirar.
Cuarto; la verdad perfecta de la naturaleza en sus imágenes y descripciones tomadas inmediatamente de la naturaleza, y demostrando una intimidad larga y genial con el espíritu mismo que da la expresión fisonómica a todas las obras de la naturaleza. Como un campo verde reflejado en un lago tranquilo y perfectamente transparente, la imagen se distingue de la realidad solo por su mayor suavidad y brillo. Como la humedad o el pulimento en un guijarro, el genio ni distorsiona ni colorea falsamente sus objetos; sino que, por el contrario, resalta muchas vetas y muchos tintes, que escapan al ojo de la observación común, elevando así al rango de gemas lo que a menudo había sido pateado por el pie apresurado del viajero en el polvoriento camino principal de la costumbre.
Permítanme referirme a toda la descripción del patinaje, vol. I. página 42 a 47, especialmente a las líneas
«Así volamos a través de la oscuridad y el frío, Y ninguna voz estaba ociosa. con el estruendo Mientras tanto los precipicios resonaban en voz alta; Los árboles sin hojas y cada risco helado Tintineaban como hierro; mientras las colinas distantes Hacia el tumulto enviaban un sonido extraño De melancolía, no desapercibido, mientras las estrellas, Hacia el este, brillaban claras, y en el oeste El cielo naranja del atardecer se desvanecía.»
O al poema sobre EL JILGUERO VERDE, vol. I. página 244. ¿Qué puede ser más preciso y sin embargo más encantador que las dos estrofas finales?
«Sobre ese grupo de avellanos, Que centellean con la brisa racheada, Contémplalo posado en éxtasis, Y sin embargo pareciendo todavía flotar; ¡Allí! donde el aleteo de sus alas Sobre su espalda y cuerpo arroja Sombras y destellos soleados, Que lo cubren por completo.
Mientras así ante mis ojos brilla, Parece un Hermano de las Hojas; Cuando en un momento lanza hacia afuera Su pequeña canción en ráfagas Como si le complaciera desdeñar Y burlarse de la Forma que fingió Mientras bailaba con el séquito De Hojas entre los arbustos.»
O la descripción del herrerillo, y del silencio del mediodía, página 284; o el poema al cuco, página 299; o, por último, aunque podría multiplicar las referencias a diez veces el número, al poema, tan completamente de Wordsworth, que comienza
«Tres años creció bajo el sol y el aguacero»--
Quinto: un pathos meditativo, una unión de pensamiento profundo y sutil con la sensibilidad; una simpatía con el hombre como hombre; la simpatía, ciertamente, de un contemplador, más que de un compañero en el sufrimiento o un igual (espectador, haud particeps), pero de un contemplador a cuya vista ninguna diferencia de rango oculta la igualdad de la naturaleza; ninguna injuria del viento o el clima, o del trabajo, o incluso de la ignorancia, disfraza por completo el rostro divino humano. La inscripción y la imagen del Creador permanecen aún legibles para él bajo las líneas oscuras con las que la culpa o la calamidad la habían cancelado o tachado. Aquí el Hombre y el Poeta se pierden y se encuentran el uno en el otro, el primero como glorificado, el último como sustanciado. En este pathos suave y filosófico, Wordsworth me parece sin par. Tal como es, así escribe. Véase el vol. I, páginas 134 a 136, o esa composición tan conmovedora, THE AFFLICTION OF MARGARET ---- OF ----, páginas 165 a 168, que ninguna madre, y si puedo juzgar por mi propia experiencia, ningún padre puede leer sin una lágrima. O diríjase a esa lírica genuina, en la edición anterior, titulada THE MAD MOTHER, páginas 174 a 178, de la cual no puedo dejar de citar dos de las estrofas, ambas por su pathos, y la primera por la fina transición en los dos versos finales de la estrofa, tan expresivos de ese estado perturbado en el que, debido a la sensibilidad aumentada, la atención del que sufre es apartada bruscamente por cada pequeñez, y en el mismo instante arrastrada de vuelta por el único pensamiento despótico, trayendo consigo, por el poder de mezcla y fusión de la Imaginación y la Pasión, el objeto extraño al que había sido tan bruscamente desviada, ya no como un extraño sino como un aliado y un inquilino.
«Succiona, pequeño bebé, ¡oh, succiona de nuevo! Refresca mi sangre; refresca mi cerebro; Tus labios, los siento, ¡bebé! Ellos Extraen el dolor de mi corazón. ¡Oh! presióname con tu pequeña mano; Afloja algo en mi pecho Alrededor de esa banda apretada y mortal Siento tus pequeños dedos presionando. ¡La brisa veo que está en el árbol! Viene a refrescar a mi bebé y a mí.»
«Tu padre no se preocupa por mi pecho, Es tuyo, dulce bebé, descansar ahí; ¡Es todo tuyo!—y si su tono Ha cambiado, el que era tan hermoso de ver, ¡Es lo suficientemente hermoso para ti, mi paloma! Mi belleza, pequeño niño, ha volado, Pero tú vivirás conmigo en el amor; ¿Y qué si mi pobre mejilla es morena? Es bueno para mí que no puedas ver Cuán pálida y marchita sería de otro modo.»
Por último, y de manera preeminente, reclamo para este poeta el don de la Imaginación en el sentido más elevado y estricto de la palabra. En el juego de la fantasía, Wordsworth, para mis sentimientos, no siempre es elegante y, a veces, es oscuro. La semejanza es ocasionalmente demasiado extraña, o exige un punto de vista demasiado peculiar, o es tal que parece criatura de una investigación predeterminada, más que de una presentación espontánea. Ciertamente, su fantasía rara vez se despliega como fantasía pura y no modificada. Pero en poder imaginativo, se sitúa más cerca que cualquier escritor moderno de Shakespeare y Milton; y, sin embargo, de una clase perfectamente no prestada y propia. Por emplear sus propias palabras, que son a la vez un ejemplo y una ilustración, él añade ciertamente a todos los pensamientos y a todos los objetos—
«------el destello, La luz que nunca estuvo, en mar o tierra, La consagración, y el sueño del Poeta.»
Seleccionaré algunos ejemplos por manifestar esta facultad de la manera más evidente; pero si alguna vez fuera lo suficientemente afortunado como para hacer que mi análisis de la Imaginación, su origen y sus caracteres, fuera completamente inteligible para el lector, difícilmente abrirá una página de las obras de este poeta sin reconocer, más o menos, la presencia y las influencias de esta facultad. Del poema sobre los TEJOS, vol. I, páginas 303, 304.
«Pero aún más dignos de nota Son esos cuatro hermanos de Borrowdale, Unidos en una arboleda solemne y espaciosa; ¡Troncos enormes!—y cada tronco particular un crecimiento De fibras entrelazadas serpentinas Enrollándose hacia arriba, e inveteradamente revueltas; No carentes de fantasía, y miradas Que amenazan al profano;—una sombra columnada, Sobre cuyo suelo sin hierba de tono pardo rojizo, Teñido perennemente por los despojos Del follaje del pino—bajo cuyo techo sombrío De ramas, como si fuera para un propósito festivo, adornado Con bayas sin alegría—formas fantasmales Pueden reunirse al mediodía; el MIEDO y la ESPERANZA temblorosa, el SILENCIO y la PREVISIÓN; la MUERTE, el Esqueleto, Y el TIEMPO, la Sombra; allí para celebrar, Como en un templo natural esparcido Con altares inalterados de piedra musgosa, Adoración unida; o en mudo reposo Yacer, y escuchar al torrente de montaña Murmurando desde las cuevas más internas de Glazamara.»
El efecto de la figura del viejo en el poema de RESOLUCIÓN E INDEPENDENCIA, vol. II, página 33.
«Mientras hablaba así, el lugar solitario, La forma del Viejo, y su habla, todo me perturbó; En el ojo de mi mente me pareció verlo pasear Por los páramos cansados continuamente, Vagando solo y en silencio.»
O el octavo, noveno, decimonoveno, vigesimosexto, trigésimo primero y trigésimo tercero, en la colección de sonetos misceláneos—el soneto sobre la subyugación de Suiza, página 210, o la última oda, de la cual selecciono especialmente las dos estrofas o párrafos siguientes, páginas 349 a 350.
«Nuestro nacimiento no es más que un sueño y un olvido: El Alma que se eleva con nosotros, la Estrella de nuestra vida, Ha tenido en otro lugar su ocaso, Y viene de lejos. No en completo olvido, Y no en total desnudez, Sino arrastrando nubes de gloria venimos De Dios, que es nuestro hogar: ¡El Cielo yace a nuestro alrededor en nuestra infancia! Las sombras de la casa de prisión comienzan a cerrarse Sobre el Niño que crece; ¡Pero Él contempla la luz, y de dónde fluye, La ve en su alegría! El Joven que diariamente más lejos del Este Debe viajar, sigue siendo el Sacerdote de la Naturaleza, Y por la visión espléndida Es atendido en su camino; Al final el Hombre la percibe morir, Y desvanecerse en la luz del día común.»
Y páginas 352 a 354 de la misma oda.
«¡Oh alegría! que en nuestras brasas Hay algo que vive, ¡Que la naturaleza aún recuerda Lo que era tan fugitivo! El pensamiento de nuestros años pasados engendra en mí Perpetuas bendiciones: no ciertamente Por aquello que es más digno de ser bendecido; Deleite y libertad, el credo simple De la Infancia, ya sea ocupada o en reposo, Con una esperanza recién nacida todavía aleteando en su pecho:— No por estos elevo El canto de gracias y alabanza; Sino por esos cuestionamientos obstinados Del sentido y de las cosas externas, Caídas de nosotros, desapariciones; Presentimientos vacíos de una Criatura Moviéndose en mundos no realizados, ¡Altos instintos, ante los cuales nuestra Naturaleza mortal Temblaba como una Cosa culpable sorprendida! Sino por esos primeros afectos, Esos recuerdos sombríos, Que, sean lo que sean, Son aún la fuente de luz de todo nuestro día, Son aún una luz maestra de toda nuestra visión; Nos sostienen—nos aprecian—y tienen el poder de hacer Que nuestros años ruidosos parezcan momentos en el ser Del Silencio eterno; verdades que despiertan Para no perecer jamás; Que ni el desgano, ni el esfuerzo loco, Ni Hombre ni Niño, ¡Ni todo lo que está en enemistad con la alegría, Puede abolir o destruir por completo! Por lo tanto, en una estación de clima tranquilo, Aunque estemos lejos en el interior, Nuestras Almas tienen visión de ese mar inmortal Que nos trajo aquí; Pueden en un momento viajar hasta allí— Y ver a los niños jugar en la orilla, Y escuchar las aguas poderosas rodando por siempre jamás.»
Y dado que sería injusto concluir con un extracto que, aunque altamente característico, debe ser, por la naturaleza de los pensamientos y el tema, interesante o quizás inteligible para solo un número limitado de lectores; añadiré, de la última obra publicada del poeta, un pasaje igualmente wordsworthiano; sobre cuya belleza, y el poder imaginativo allí desplegado, solo puede haber una opinión y un sentimiento. Véase White Doe, página 5.
«Rápido se llena el cementerio;—pronto Mira de nuevo y todos se han ido; ¡El grupo alrededor del pórtico, y la gente Que se sentaba a la sombra del Roble del Prior! Y apenas han desaparecido Cuando se escucha el himno preludial;— ¡Con un solo consentimiento la gente se regocija, Llenando la iglesia con una voz elevada! Ellos cantan un servicio que sienten: Pues es ahora el amanecer del celo; Y la fe y la esperanza están en su apogeo En el gran tiempo dorado de Eliza.»
«Un momento termina el fervoroso estruendo, Y todo queda en silencio, por fuera y por dentro; Pues aunque el sacerdote, más tranquilamente, Recita la santa liturgia, La única voz que puedes oír Es la del río murmurando cerca. —¡Cuando suave!—entre los árboles oscuros, Y bajando por el sendero a través del verde abierto, Donde no se ve ninguna cosa viviente; Y a través de aquel portal, donde se encuentra, Bajo el arco rodeado de hiedra, Entrada libre al terreno del cementerio— Y justo a través del césped verdeante, Hacia la misma casa de Dios; Viene deslizándose con un destello encantador, Viene deslizándose serena y lenta, Suave y silenciosa como un sueño. ¡Una Cierva solitaria! ¡Blanca es como lirio de junio, Y hermosa como la luna plateada Cuando fuera de la vista las nubes son expulsadas Y ella se queda sola en el cielo! O como un barco algún día apacible Navegando lejos bajo el sol Un barco brillante que tiene la llanura Del océano por su propio dominio.»
* * * * * *
«¡Qué cambios armoniosos y pensativos La esperan mientras ella deambula Alrededor y a través de este Edificio de estado Derribado y desolado! Ahora un paso o dos su camino Es a través de un espacio de día abierto, Donde la luz soleada enamorada La ilumina a ella que era tan brillante; Ahora cae una sombra delicada, Cae sobre ella como un aliento, Desde algún arco o muro elevado, Mientras ella pasa por debajo.»
La siguiente analogía, me temo, parecerá oscura y fantástica, pero al leer los Viajes de Bartram no pude evitar transcribir las siguientes líneas como una especie de alegoría, o símil y metáfora conectados del intelecto y el genio de Wordsworth.—«El suelo es un molde profundo, rico y oscuro, sobre un estrato profundo de arcilla tenaz; y eso sobre una base de rocas, que a menudo atraviesan ambos estratos, levantando sus espaldas sobre la superficie. Los árboles que crecen principalmente aquí son el roble negro gigantesco; magnolia grandi-flora; fraximus excelsior; platano; y unos pocos y majestuosos árboles de tulipán.» Lo que el Sr. Wordsworth producirá no me corresponde profetizar, pero podría pronunciar con las más vivas convicciones de lo que es capaz de producir. Es el PRIMER POEMA FILOSÓFICO GENUINO.
La crítica precedente no servirá, soy consciente, para superar los prejuicios de aquellos que han hecho un negocio de atacar y ridiculizar las composiciones del Sr. Wordsworth.
La verdad y la prudencia podrían ser imaginadas como círculos concéntricos. El poeta quizás haya pasado más allá de este último, pero se ha confinado muy dentro de los límites del primero, al designar a estos críticos como «demasiado petulantes para ser pasivos ante un poeta genuino, y demasiado débiles para luchar con él;----hombres de imaginaciones paralizadas, en cuyas mentes toda acción saludable es lánguida;----que, por lo tanto, se alimentan como los muchos les dirigen, o con los muchos están ávidos de provocaciones viciosas.»
Tanto por los detractores de los méritos de Wordsworth. Por otro lado, por mucho que pudiera desear una simpatía más completa de su parte, no me atrevo a adularme con que la libertad con la que he declarado mis opiniones respecto tanto a su teoría como a sus defectos, la mayoría de los cuales están más o menos conectados con su teoría, ya sea como causa o efecto, será satisfactoria o agradable para todos los admiradores y defensores del poeta. Más indiscriminada que la mía puede ser su admiración: más profunda y sincera no puede serlo. Pero no he avanzado ninguna opinión, ya sea para alabanza o censura, sino como textos introductorios a las razones que me obligan a formarla. Sobre todo, estaba plenamente convencido de que tal crítica no solo era necesaria; sino que, si se ejecutaba con la capacidad adecuada, debía contribuir, en no menor grado, a la reputación del Sr. Wordsworth. Su fama pertenece a otra edad, y no puede ser ni acelerada ni retardada. Cuán pequeña es la proporción de los defectos respecto a las bellezas, lo he declarado repetidamente; y que ninguno de ellos se origina en la deficiencia del genio poético. Si hubieran sido más y mayores, aún consideraría, como amigo de su carácter literario en la presente edad, una exhibición analítica de ellos como una ganancia pura; si tan solo eliminara, como seguramente para todas las mentes reflexivas incluso el análisis precedente debe haber eliminado, el extraño error, tan ligeramente fundamentado, pero tan amplia e industriosamente propagado, ¡del giro del Sr. Wordsworth hacia la simplicidad! No me irrita ni la mitad escuchar a sus enemigos abusar de él por la vulgaridad de estilo, tema y concepción, de lo que me disgusta el lado dorado del mismo significado, como es desplegado por algunos admiradores afectados, con quienes es, en verdad, un «poeta dulce y simple!» y tan natural, que el pequeño maestro Charles y su hermana menor están tan encantados con ellos, ¡que juegan a «Goody Blake», o a «Johnny and Betty Foy!»
Si la colección de poemas, publicada con estos bocetos biográficos, fuera lo suficientemente importante (lo cual no soy tan vanidoso como para creer) para merecer tal distinción; así como lo he hecho, así se haría conmigo.
Durante más de dieciocho meses, el volumen de Poemas, titulado SIBYLLINE LEAVES, y el presente volumen, hasta esta página, han estado impresos y listos para su publicación. Pero, antes de hablar de mí mismo en los tonos que son los únicos naturales para mí bajo las circunstancias de los últimos años, me gustaría presentarme ante el Lector tal como era en el primer amanecer de mi vida literaria:
Cuando la Esperanza crecía a mi alrededor, como la vid trepadora, ¡Y frutos, y follaje, no míos, parecían míos!
Para este propósito he seleccionado de las cartas que escribí a casa desde Alemania, aquellas que parecían ser las más interesantes y, al mismo tiempo, más pertinentes al título de esta obra.
CARTAS DE SATYRANE
CARTA I
El domingo por la mañana, 16 de septiembre de 1798, el paquete de Hamburgo zarpó de Yarmouth; y yo, por primera vez en mi vida, contemplé a mi tierra natal alejándose de mí. En el momento de su desaparición—en todas las kirks, iglesias, capillas y casas de reunión, en las que el mayor número, espero, de mis compatriotas estaban en ese momento reunidos, me atreveré a cuestionar si hubo una oración más ardiente ofrecida al cielo que la que entonces preferí por mi país. «Ahora pues», (le dije a un caballero que estaba de pie cerca de mí), «estamos fuera de nuestro país». «¡Todavía no, todavía no!», respondió, y señaló al mar; «Esto, también, es el país de un británico». Este bon mot dio un impulso a mis espíritus, me levanté y miré a mi alrededor a mis compañeros de viaje, que estaban todos en la cubierta. Éramos dieciocho en número, a saber, cinco ingleses, una dama inglesa, un caballero francés y su sirviente, un hanoveriano y su sirviente, un prusiano, un sueco, dos daneses y un chico mulato, un sastre alemán y su esposa (la pareja más pequeña que jamás haya visto), y un judío. Estábamos todos en la cubierta; pero en poco tiempo observé signos de consternación. La dama se retiró al camarote algo confundida, y muchos de los rostros a mi alrededor asumieron una apariencia muy lúgubre y de color rana; y en una hora el número de los que estaban en cubierta se redujo a la mitad. Estaba mareado, pero no enfermo, y el mareo pronto desapareció, pero dejó una fiebre y falta de apetito, que atribuí, en gran medida, a la saeva Mephitis del agua de sentina; y ciertamente no disminuyó por las exportaciones desde el camarote. Sin embargo, estaba lo suficientemente bien como para unirme a los pasajeros sanos, uno de los cuales observó, no sin acierto, que Momus podría haber descubierto una forma más fácil de ver el interior de un hombre que colocando una ventana en su pecho. Solo necesitaba haber hecho un viaje de agua salada en un barco de correo.
Me inclino a creer que un barco de correo es muy superior a una diligencia como medio para hacer que los hombres se abran unos a otros. En esta última, la uniformidad de postura predispone al adormecimiento, y la definitividad del período en el que la compañía se separará hace que cada individuo piense más en aquellos a quienes va, que en aquellos con quienes va. Pero en el mar se despierta más curiosidad, aunque solo sea por este motivo: que las cualidades agradables o desagradables de sus compañeros son de mayor importancia para usted, por la incertidumbre de cuánto tiempo puede estar obligado a albergarse con ellos. Además, si son compatriotas, eso comienza a formar una distinción y un vínculo de hermandad; y si son de diferentes países, hay nuevos incentivos para la conversación, más que preguntar y más que comunicar. Descubrí que había interesado a los daneses en un grado nada común. Me había arrastrado al bote en la cubierta y me había quedado dormido; pero fui despertado por uno de ellos, alrededor de las tres de la tarde, quien me dijo que me habían estado buscando en cada agujero y rincón, e insistió en que me uniera a su grupo y bebiera con ellos. Hablaba inglés con tal fluidez que me dejó totalmente incapaz de explicar la singular e incluso ridícula incorrección con la que lo hablaba. Fui y encontré unos vinos excelentes y un postre de uvas con una piña. Los daneses me habían bautizado Doctor Teology, y vestido como estaba todo de negro, con zapatos grandes y medias de estambre negras, ciertamente podría haber pasado muy bien por un misionero metodista. Sin embargo, rechacé mi título. ¿Qué puede ser entonces? ¿Un hombre de fortuna? ¡No!—¿Un comerciante? ¡No!—¿Un viajante de comercio? ¡No!—¿Un empleado? ¡No!—¿Un Philosophe, tal vez? Fue en ese momento de mi vida en el que de todos los nombres y caracteres posibles tenía el mayor disgusto por el de «un Philosophe». Pero estaba cansado de ser interrogado, y antes que no ser nada, o a lo sumo solo la idea abstracta de un hombre, me sometí con una reverencia, incluso a la calumnia implícita en la palabra «un Philosophe».—El danés entonces me informó que todos en el grupo presente eran también Filósofos. Ciertamente no éramos de la escuela estoica. Pues bebimos, hablamos y cantamos, hasta que hablamos y cantamos todos juntos; y luego nos levantamos y bailamos en la cubierta un conjunto de bailes que, en un sentido de la palabra al menos, se titulaban muy inteligiblemente y apropiadamente reels. Los pasajeros, que yacían en el camarote de abajo en todas las agonías del mareo, deben haber encontrado nuestra alegría bacanal
------una melodía Áspera y de humor disonante a sus quejas.
Lo pensé en ese momento; y (a modo, supongo, de apoyar mi carácter filosófico recién asumido), pensé también cuán estrechamente la mayor parte de nuestras virtudes están conectadas con el miedo a la muerte, y cuánta poca simpatía otorgamos al dolor, donde no hay peligro.
Los dos daneses eran hermanos. Uno era un hombre de tez blanca clara, cabello blanco y cejas blancas; parecía tonto, y nada de lo que pronunció desmintió su aspecto. El otro, a quien por vía de eminencia he llamado el danés, tenía también el cabello blanco, pero era mucho más bajo que su hermano, con extremidades delgadas y un rostro muy fino, ligeramente marcado por la viruela. Este hombre me convenció de la justicia de una vieja observación: que muchos retratos fieles en nuestras novelas y farsas han sido censurados precipitadamente por ser caricaturas escandalosas, o quizás naderías. Me había retirado a mi puesto en el bote—él vino y se sentó a mi lado, y parecía no poco achispado. Comenzó la conversación al estilo más magnífico, y, como una especie de vanguardia de su propia vanidad, ¡me halagó con tal grosería! Los parásitos de la vieja comedia eran modestos en comparación. Su lenguaje y acentuación eran tan sumamente singulares que decidí por una vez en mi vida tomar notas de una conversación. Aquí sigue, algo abreviada, ciertamente, pero en todos los demás aspectos tan precisa como mi memoria lo permitió.
EL DANÉS. ¡Vat imaginación! ¡vat lenguaje! ¡vat vasta ciencia! ¡y vat ojos! ¡vat una frente blanco-leche! ¡O mi heafen! ¡vy, usted es un Got!
RESPUESTA. Me hace demasiado honor, señor.
EL DANÉS. ¡O mi! ¡si usted debiera pensar que le estoy adulando!—¡No, no, no! Yo tengo diez mil al año—sí, diez mil al año—sí, ¡diez mil libras al año! Bien—¿y qué es eso? ¡una mera pequeñez! No daría mi sincero corazón por diez veces ese dinero. ¡Sí, usted es un Dios! ¡Yo un mero hombre! Pero, ¡mi querido amigo! ¡piense en mí como en un hombre! Es, es—quiero preguntarle ahora, mi querido amigo—¿no soy yo muy elocuente? ¿No hablo yo inglés muy bien?
RESPUESTA. ¡Admirablemente! Créame, señor, rara vez he oído incluso a un nativo hablar con tanta fluidez.
EL DANÉS. (Apretándome la mano con gran vehemencia.) ¡Mi querido amigo! ¡qué afecto y fidelidad tenemos el uno por el otro! Pero dígame, dígame por favor,—¿no hablo yo, de vez en cuando, con algún error? ¿No estoy yo en algún error?
RESPUESTA. Bueno, señor, quizá podría ser observado por críticos minuciosos de la lengua inglesa que ocasionalmente usa la palabra “es” en lugar de “soy”. En nuestras mejores compañías generalmente decimos yo soy, y no yo es o yo’se. Discúlpeme, señor, es una mera pequeñez.
EL DANÉS. ¡O!—es, es, soy, soy, soy. Sí, sí—lo sé, lo sé.
RESPUESTA. Yo soy, tú eres, él es, nosotros somos, vosotros sois, ellos son.
EL DANÉS. Sí, sí,—lo sé, lo sé—soy, soy, soy es el praesens, y es es el perfectum—sí, sí—y son es el plusquam perfectum.
RESPUESTA. ¿Y eres, señor, es...?
EL DANÉS. ¡Mi querido amigo! es el plusquam perfectum, no, no—eso es una gran mentira; son es el plusquam perfectum—y eres es el plasquam plue-perfectum—(entonces balanceando mi mano de un lado a otro, y clavando sus pequeños ojos color avellana brillantes en mí, que bailaban con vanidad y vino)—¿Ve usted, mi querido amigo, que yo también tengo algo de lehrning?
RESPUESTA. ¿Erudición, señor? ¿Quién se atreve a sospecharlo? ¿Quién puede escucharle por un minuto, quién puede siquiera mirarle, sin percibir la magnitud de ella?
EL DANÉS. ¡Mi querido amigo!—(entonces con una mirada que pretende ser humilde, y en un tono de voz como si estuviera razonando) ¿Podría yo hablar así de gambas e imperfectum, y futurum y plusquamplue perfectum, y todo eso, mi querido amigo! ¿sin algo de lehrning?
RESPUESTA. ¡Señor! un hombre como usted no puede hablar sobre ningún tema sin descubrir la profundidad de su información.
EL DANÉS. Dhe grammatic Greek, mi amigo; ¡ja! ¡ja! ¡ja! (riendo, y balanceando mi mano de un lado a otro—entonces con una transición repentina a una gran solemnidad) Ahora le contaré, ¡mi querido amigo! Ahí sucedió respecto a mí lo que toda la historia de Dinamarca no registra instancia respecto a nadie más. El obispo me hizo todas las preguntas sobre toda la religión en la gramática latina.
RESPUESTA. ¿La gramática, señor? El idioma, supongo...
EL DANÉS. (Un poco ofendido.) Gramática es idioma, e idioma es gramática—
RESPUESTA. ¡Diez mil perdones!
EL DANÉS. Bien, y yo tenía solo catorce años—
RESPUESTA. ¿Solo catorce años de edad?
EL DANÉS. Nada más. Yo tenía catorce años de edad—y él me hizo todas las preguntas, religión y filosofía, y todo en el idioma latino—y le respondí a todas y cada una, ¡mi querido amigo! todo en el idioma latino.
RESPUESTA. ¡Un prodigio! ¡un prodigio absoluto!
EL DANÉS. ¡No, no, no! él era un obispo, un gran superintendente.
RESPUESTA. ¡Sí! un obispo.
EL DANÉS. Un obispo—no un mero predicante, no un prediger.
RESPUESTA. ¡Mi querido señor! nos hemos malentendido. Dije que su respuesta en latín a una edad tan temprana era un prodigio, es decir, una cosa que es maravillosa; que no sucede a menudo.
EL DANÉS. ¡A menudo! No hay una instancia registrada en toda la historia de Dinamarca.
RESPUESTA. ¿Y desde entonces, señor...?
EL DANÉS. Fui enviado a las Indias Occidentales—a nuestra isla, y allí no tuve más que hacer con libros. ¡No! ¡no! puse mi genio de otra manera—y he ganado diez mil libras al año. ¿No es eso ghenius, mi querido amigo?—Pero ¿qué es el dinero?—Creo que el hombre más pobre con vida es mi igual. Sí, mi querido amigo; mi pequeña fortuna es agradable a mi generoso corazón, porque puedo hacer el bien—ningún hombre con tan poca fortuna hizo jamás tanta generosidad—ninguna persona—ninguna persona hombre, ninguna persona mujer lo niega jamás. Pero todos somos hijos de Dios.
Aquí el hannoveriano le interrumpió, y el otro danés, el sueco y el prusiano se unieron a nosotros, junto con un joven inglés que hablaba el alemán con fluidez, y me interpretó muchas de las bromas del prusiano. El prusiano era un comerciante ambulante, de más de sesenta años, un hombre robusto, alto, fuerte y corpulento, lleno de historias, gesticulaciones y bufonadas, con el alma tanto como el aspecto de un saltimbanqui, quien, mientras le hace reír a uno, le roba la cartera. Entre todas sus miradas y gestos cómicos, permanecía una mirada intocada por la risa; y esa única mirada era el rostro verdadero, los otros no eran más que su máscara. El hannoveriano era un joven pálido, gordo e hinchado, cuyo padre había hecho una gran fortuna en Londres como contratista del ejército. Parecía emular los modales de los jóvenes ingleses adinerados. Era un tipo bonachón, no sin información o literatura; pero un petimetre de lo más flagrante. Tenía la costumbre de asistir a la Cámara de los Comunes, y una vez había hablado, según me informó, con gran aplauso en una sociedad de debate. Para esto parecía haberse calificado con loable industria: pues era perfecto en el Diccionario de Pronunciación de Walker, y con un acento que me recordaba a la fuerza al escocés de Roderic Random, quien profesaba enseñar la pronunciación inglesa, constantemente difería a mi juicio superior, si había pronunciado o no tal o cual palabra con propiedad, o con "la verdadera delicadeza". Cuando hablaba, aunque solo fueran media docena de frases, siempre se ponía en pie: para lo cual no pude detectar otro motivo que su parcialidad por esa elegante frase tan liberalmente introducida en las oraciones de nuestros legisladores británicos, "Mientras estoy sobre mis piernas". El sueco, a quien por razones que pronto aparecerán, distinguiré con el nombre de Nobleza, era un hombre de rasgos fuertes y rostro picado, cuya tez se asemejaba en color a un atizador al rojo vivo empezando a enfriarse. Parecía miserablemente dependiente del danés; pero era, sin embargo, incomparablemente el mejor informado y más racional del grupo. De hecho, sus modales y conversación descubrían que era tanto un hombre de mundo como un caballero. El judío estaba en la bodega: el caballero francés estaba acostado en la cubierta tan enfermo, que no pude observar nada sobre él, excepto las afectuosas atenciones de su criado hacia él. El pobre estaba muy enfermo también, y de vez en cuando corría hacia el costado del barco, sin dejar de mantener su ojo en su amo, pero regresaba en un momento y se sentaba de nuevo junto a él, unas veces sosteniendo su cabeza, otras limpiándole la frente y hablándole todo el tiempo con los tonos más tranquilizadores. Había habido una disputa matrimonial de un tipo muy ridículo en el camarote, entre el pequeño sastre alemán y su mujercita. Él había asegurado dos camas, una para sí mismo y otra para ella. Esto le había parecido a la mujercita una acción muy cruel; ella insistió en que debían tener solo una, y aseguró al segundo de a bordo en los tonos más lastimeros que ella era su esposa legítima. El segundo de a bordo y el grumete decidieron a su favor, insultaron al hombrecillo por su falta de ternura con mucho humor, y lo izaron al mismo compartimento con su esposa mareada. Esta disputa fue interesante para mí, ya que me consiguió una cama, que de otro modo no habría tenido.
Por la tarde, a las siete, el mar rodaba más alto, y el danés, mediante la mayor agitación, eliminó suficiente de lo que había estado tragando para hacer sitio para mucho más. Su bebida favorita era azúcar y brandy, es decir, un poco de agua caliente con una gran cantidad de brandy, azúcar y nuez moscada. Su criado, un mulato de ojos negros, tenía una cara redonda y bonachona, exactamente del color de la piel del núcleo de la nuez. El danés y yo estábamos sentados de nuevo, tete-a-tete, en el bote del barco. La conversación, que ahora era de hecho más una oración que un diálogo, se volvió extravagante más allá de todo lo que jamás escuché. Me contó que había hecho una gran fortuna en la isla de Santa Cruz, y que ahora regresaba a Dinamarca para disfrutarla. Explayó el estilo en el que pensaba vivir, y las grandes empresas que se proponía comenzar, hasta que, ayudando el brandy a su vanidad, y su vanidad y locuacidad ayudando al brandy, hablaba como un loco—me rogó que le acompañara a Dinamarca—allí vería su influencia con el gobierno, y me presentaría al rey, etc., etc. Así continuó soñando en voz alta, y luego pasando con una transición muy lírica al tema de la política general, declamó, como un miembro de la Sociedad Correspondiente, sobre (no concerniente a) los Derechos del Hombre, y me aseguró que, a pesar de su fortuna, consideraba al hombre más pobre con vida su igual. "¡Todos son iguales, mi querido amigo! ¡todos son iguales! Todos somos hijos de Dios. El hombre más pobre tiene los mismos derechos que yo. ¡Jack! ¡Jack! un poco más de azúcar y brandy. ¡Ahí está ese tipo ahora! Es un mulato—pero es mi igual.—¡Eso es correcto, Jack! (tomando el azúcar y el brandy.) ¡Aquí usted, señor! ¡estreche la mano de este caballero! ¡Estreche mi mano, perro! ¡Ahí, ahí!—¡Somos todos iguales, mi querido amigo! ¿Acaso no hablo como Sócrates, y Platón, y Catón—todos ellos eran filósofos, mi querido philosophe! ¡todos hombres muy grandes!—y así eran Homero y Virgilio—pero eran poetas. ¡Sí, sí! ¡Lo sé todo al respecto!—¿Pero qué puede decir alguien más que esto? Todos somos iguales, todos hijos de Dios. Tengo diez mil al año, pero no soy más que el hombre más humilde con vida. No tengo orgullo; y sin embargo, ¡mi querido amigo! puedo decir, ¡haz!, y está hecho. ¡Ja! ¡ja! ¡ja! mi querido amigo! Ahora ahí está ese caballero (señalando a Nobleza) él es un barón sueco—usted verá. ¡Ho! (llamando al sueco) consígame, ¿quiere?, una botella de vino del camarote. SUECO.—¡Aquí, Jack! ve y consigue a tu amo una botella de vino del camarote. DANÉS. ¡No, no, no! ve tú ahora—¡ve tú mismo, ve tú ahora! SUECO. ¡Pah!—DANÉS. ¡Ahora ve! ¡Ve, te lo ruego!". ¡¡Y el sueco fue!!
Después de esto el danés comenzó una arenga sobre religión, y confundiéndome con un philosophe en el sentido continental de la palabra, habló de la Deidad en un estilo declamatorio, muy parecido a los arrebatos devocionales de aquel rudo torpe, el Sr. Thomas Paine, en su Edad de la Razón, y me susurró al oído qué maldita hipocresía era todo el asunto de Jesucristo. Me atrevo a asegurar que pocos hombres tienen menos motivos para acusarse de entregarse a la persiflage que yo mismo. Lo odiaría, aunque solo fuera porque es un vicio francés, y siento orgullo en evitarlo, porque nuestro propio idioma es demasiado honesto para tener una palabra con la que expresarlo. Pero en este caso la tentación había sido demasiado poderosa, y la he colocado en la lista de mis ofensas. Pericles respondió a uno de sus amigos más queridos, quien le había solicitado en un caso de vida o muerte, que prestara un juramento equívoco para su preservación: Debeo amicis opitulari, sed usque ad Deos. La amistad misma debe colocar su último y más audaz paso de este lado del altar. Lo que Pericles no haría para salvar la vida de un amigo, puede estar seguro de que yo no lo arriesgaría simplemente para remover el molinillo de chocolate de la vanidad de un borracho hasta que rebosara. Adoptando una mirada seria, me profesé creyente, y me hundí de inmediato cien brazas en su gracia. Se retiró a su camarote, y yo me envolví en mi abrigo y miré el agua. Una hermosa nube blanca de espuma corría a intervalos momentáneos al costado del barco con un rugido, y pequeñas estrellas de llama bailaban y brillaban y se apagaban en ella: y de vez en cuando ligeros destacamentos de esta espuma blanca como nubes salían disparados del costado del barco, cada uno con su propia pequeña constelación, sobre el mar, y se alejaban de la vista como una tropa tártara sobre un desierto.
Hacía frío, el camarote estaba en guerra abierta con mi olfato, y encontré motivos para alegrarme de mi abrigo, una pesada manta respetable de cuello alto, cuyo cuello se doblaba y hacía el papel de gorro de dormir muy pasablemente. Al mirar hacia dos o tres estrellas brillantes, que oscilaban con el movimiento de las velas, me quedé dormido, pero fui despertado a la una de la madrugada, el lunes, por una lluvia. Me vi obligado a bajar al camarote, donde dormí muy profundamente, y desperté con muy buen apetito a la hora del desayuno, mis fosas nasales, las más placenteras de todos los sentidos, reconciliadas con, o de hecho insensibles a, la mefitis.
Lunes, 17 de septiembre, tuve una larga conversación con el sueco, quien habló con el más profundo desprecio del danés, a quien describió como un tonto, loco por el dinero; pero confirmó las jactancias del danés respecto a la magnitud de su fortuna, que había adquirido en primera instancia como abogado, y después como plantador. Del danés y de él mismo deduje que era efectivamente un noble sueco, que había dilapidado una fortuna que nunca fue muy grande, y había traspasado sus propiedades al danés, de quien ahora dependía totalmente. Parecía sufrir muy poco dolor por la insolencia del danés. Era en alto grado humano y atento con la dama inglesa, que sufría de manera terrible, y para quien realizó muchos pequeños servicios con una ternura y delicadeza que parecían probar una verdadera bondad de corazón. De hecho, sus modales generales y conversación no solo eran agradables, sino incluso interesantes; y me esforcé por creer que su insensibilidad respecto al danés era fortaleza filosófica. Pues aunque el danés estaba ahora completamente sobrio, su carácter rezumaba de él por cada poro. Y después de la cena, cuando estaba de nuevo sofocado por el vino, cada cuarto de hora o quizá más a menudo gritaba al sueco: "¡Ho! Nobleza, ve—¡haz tal cosa! ¡Sr. Nobleza!—cuente a los caballeros tal historia, y así sucesivamente;"; con una insolencia que debería haber excitado repugnancia y odio, si sus vulgares arrebatos sobre los sagrados derechos de la igualdad, unidos a su salvaje destrozo de la gramática general así como del idioma inglés, no lo hubieran hecho tan irresistiblemente risible.
A las cuatro de la tarde observé un pato salvaje nadando sobre las olas, un solo y solitario pato salvaje. No es fácil concebir qué cosa tan interesante parecía en ese desierto redondo y sin objetos de aguas. Había asociado tal sentimiento de inmensidad con el océano, que me sentí sumamente decepcionado, cuando estuve fuera de la vista de toda tierra, por la estrechez y cercanía, por así decirlo, del círculo del horizonte. Tan poco son capaces las imágenes de satisfacer los sentimientos oscuros conectados con las palabras. Por la tarde las velas fueron bajadas, para que no chocáramos contra la tierra, que puede verse solo a una pequeña distancia. Y a las cuatro de la mañana, el martes, fui despertado por el grito de "¡tierra! ¡tierra!". Era una isla rocosa fea a lo lejos a nuestra izquierda, llamada Heiligeland, bien conocida por muchos pasajeros de Yarmouth a Hamburgo, quienes han sido obligados por el tiempo tormentoso a pasar semanas y semanas en un cautiverio tedioso en ella, despojados de todo su dinero por las demandas exorbitantes de los desgraciados que la habitan. Así al menos me informaron los marineros.—Alrededor de las nueve vimos la tierra firme, que parecía apenas capaz de mantener su cabeza sobre el agua, baja, plana y lúgubre, con faros y puntos de referencia que parecían dar un carácter y lenguaje a la melancolía. Entramos en la boca del Elba, pasando Neu-werk; aunque todavía solo la orilla derecha del río era visible para nosotros. En esta vi una iglesia, y di gracias a Dios por mi viaje seguro, no sin pensamientos afectuosos hacia aquellos que había dejado en Inglaterra. A las once de la mañana del mismo día llegamos a Cuxhaven, el barco echó el ancla, y el bote fue izado para llevar al hannoveriano y a unos pocos otros a tierra. El capitán accedió a llevarnos a los que quedábamos a Hamburgo por diez guineas, a lo cual el danés contribuyó tan generosamente que los otros pasajeros pagaron solo media guinea cada uno. En consecuencia, levantamos el ancla y pasamos suavemente río arriba. En Cuxhaven se pueden ver ambos lados del río en tiempo despejado; nosotros ahora podíamos ver solo la orilla derecha. Pasamos una multitud de comerciantes ingleses que habían estado esperando muchas semanas por un viento. En poco tiempo ambos bancos se hicieron visibles, ambos planos y evidenciando el trabajo de manos humanas por su extrema pulcritud. En la orilla izquierda vi una o dos iglesias a lo lejos; en la orilla derecha pasamos junto a campanario y molino de viento y cabaña, y molino de viento y casa aislada, molino de viento y molino de viento, y casa aislada pulcra, y campanario. Estos eran los objetos y en esa sucesión. Las costas eran muy verdes y plantadas con árboles no de manera ineleante. A treinta y cinco millas de Cuxhaven nos alcanzó la noche, y, como la navegación del Elba es peligrosa, echamos el ancla.
¿Sobre qué lugar, pensé, cuelga la luna ante tus ojos, mi queridísimo amigo? Para mí colgaba sobre la orilla izquierda del Elba. Cerca, sobre la luna, había un enorme volumen de nube negra profunda, mientras una cinta muy delgada cruzaba el medio del orbe, tan estrecha y delgada y negra como una cinta de crespón. El largo camino tembloroso de luz de luna, que yacía sobre el agua y llegaba hasta la popa de nuestro barco, brillaba tenue y oscuramente. Vimos dos o tres luces desde la orilla derecha, probablemente desde dormitorios. Sentí el contraste sorprendente entre el silencio de este majestuoso río, cuyas orillas están pobladas de hombres y mujeres y niños, y rebaños y manadas—entre el silencio nocturno de este río poblado, y el ruido incesante, y el alboroto, y las fuertes agitaciones de la desolada soledad del océano. Los pasajeros de abajo se habían retirado a sus camas; y sentí el interés de esta escena tranquila más profundamente por la circunstancia de haberlos dejado justo ahora. Pues el prusiano había mostrado durante toda la velada todos sus talentos para cautivar al danés, quien le había admitido en el séquito de sus dependientes. El joven inglés continuó interpretando las bromas del prusiano para mí. Eran todas sin excepción profanas y abominables, pero algunas suficientemente ingeniosas, y unos pocos incidentes, que relató en su propia persona, fueron valiosos como ilustración de los modales de los países en los que habían tenido lugar.
A la mañana siguiente, jueves, nos levantamos temprano para ir a Ratzeburg. La distancia es de unas tres o cuatro millas alemanas. El camino es, en su mayor parte, de arena profunda, y el país, una llanura ininterrumpida; sin embargo, no es monótono, pues está salpicado por todas partes de pequeñas aldeas y granjas, con una gran abundancia de lagos, algunos de ellos muy extensos, y todos ellos bordeados de bosques de hayas, cuya madera, al ser aquí tan valiosa, se cuida y se poda con gran esmero. La mayoría de los campesinos parecen estar en una situación de comodidad, si bien el aspecto de sus casas es tosco y desaliñado; los establos están bajo el mismo techo que la vivienda, y la entrada a ambos es la misma. Esto, sin embargo, parece ser más un rasgo de la vieja costumbre que de la pobreza, pues los establos son grandes, limpios y están bien ventilados.
Llegamos a Ratzeburg, una ciudad situada en una isla en medio de un gran lago. Es el centro de un pequeño principado, y su catedral, que es un edificio antiguo, se alza con una gravedad impresionante sobre el resto de las casas. Las calles son estrechas y están bordeadas de tilos, que dan a la ciudad un aire de tranquilidad y retiro. Aquí me he instalado, esperando con impaciencia que el tiempo pase para poder dedicarme de lleno al estudio de la lengua y a la observación de las costumbres de este pueblo, cuya hospitalidad, por lo poco que he visto, parece ser tan sincera como su exterior es sencillo.
El Amtsschreiber, a quien mencioné anteriormente, es un hombre de lo más peculiar. Su afán por aprender inglés, o al menos por dar a entender que lo sabe, le lleva a situaciones cómicas. Ayer mismo, al encontrarnos cerca de la plaza del mercado, se acercó a mí con una sonrisa radiante y, tras soltar su acostumbrado saludo, intentó hacerme una pregunta sobre el tiempo, pero, al no encontrar las palabras, terminó por dar un salto, señalar al cielo y exclamar: "¡Very hot, mister Englander, very hot, and my head is all a-fire!". No pude evitar reírme, y él, al ver mi reacción, soltó una carcajada tan sonora que atrajo las miradas de todos los transeúntes. Es imposible no sentir afecto por un hombre tan desprovisto de malicia y tan lleno de una vitalidad tan ruidosa.
Sin embargo, debo admitir que Ratzeburg, aunque encantador, me parece un poco solitario. Las veladas, en particular, son largas, y a menudo me encuentro sentado junto a la ventana, observando cómo las sombras de los tilos se alargan sobre el lago mientras la luna se refleja en sus aguas tranquilas. Es en esos momentos cuando más pienso en ti y en nuestras lecturas invernales, y me pregunto si estas cartas, que escribo con la esperanza de compartir contigo el mundo que voy descubriendo, lograrán transmitirte aunque sea una pequeña parte de la paz que encuentro en esta tierra extraña.
Mañana tengo la intención de visitar el bosque de hayas del que tanto me han hablado. Dicen que es uno de los más hermosos de la región, y que desde sus colinas se puede ver todo el lago de Ratzeburg en su extensión. Espero que el tiempo me acompañe, pues, como bien sabes, el sol de otoño tiene una luz especial que transforma el paisaje y le da una melancolía que a menudo prefiero a la alegría desbordante del verano. Hasta entonces, recibirás noticias mías tan pronto como tenga algo más que contarte. No olvides que, aunque esté lejos, mi pensamiento vuelve siempre a ti.
Nuestro hotel DIE WILDE MAN (cuyo letrero no era un mal retrato del posadero, quien había injertado en un rostro muy severo una sonrisa inquieta que estaba a disposición de cualquiera, y que, en efecto, como un actor ensayando para sí mismo, mantenía en juego a la espera de una ocasión para usarla), ni nuestro hotel, digo, ni su posadero eran de la clase más distinguida. Pero posee una gran ventaja para un extranjero, al encontrarse en la plaza del mercado y ser el vecino inmediato de la enorme iglesia de San Nicolás: una iglesia con tiendas y casas adosadas a ella, de cuyas excrecencias, verrugas y granos se eleva su alto y macizo campanario, adornado cerca de la cima con un collar de grandes bolas doradas. Difícilmente se podría desear una estrella polar mejor. Conservaré por mucho tiempo la impresión que dejó en mi mente el eco sobrecogedor, tan fuerte, prolongado y trémulo, del reloj de tono profundo dentro de esta iglesia, el cual me despertó a las dos de la mañana de un sueño angustioso, provocado, creo, por el colchón de plumas que se utiliza aquí en lugar de las mantas. Prefiero llevar mi manta conmigo como un indio salvaje antes que someterme a esta costumbre abominable. Resultó que nuestro conocido emigrado era un amigo íntimo del célebre abate de Lisle y, de la gran fortuna que poseía bajo la monarquía, había rescatado lo suficiente no solo para la independencia, sino también para la respetabilidad. Había ofendido a algunos de sus compañeros emigrados en Londres, a quienes había favorecido con sumas considerables, al negarse a hacer más adelantos, y como consecuencia de sus intrigas había recibido la orden de abandonar el reino. Consideré una prueba de su inocencia el hecho de que no culpara ni a la ley de extranjería ni al ministro que la había ejercido contra él; y una prueba aún mayor, el que hablara de Londres con arrebato y de su sobrina favorita, que se había casado y establecido en Inglaterra, con todo el fervor y el orgullo de un padre cariñoso. Un hombre enviado por la fuerza fuera de un país, obligado a vender sus acciones con gran pérdida y exiliado de aquellos placeres y de ese estilo de sociedad que la costumbre había hecho esenciales para su felicidad, cuyos sentimientos predominantes eran, sin embargo, todos de naturaleza privada, resentimiento por una amistad ultrajada y angustia por los afectos domésticos interrumpidos; de tal hombre, creo, podría atreverme a garantizar que es inocente de espionaje al servicio de quien sea, y mucho más al de la actual Directiva francesa. Habló con éxtasis de París bajo la monarquía, y sin embargo, los hechos particulares que componían su descripción dejaron en mi mente una convicción tan profunda de la indignidad francesa como su propia historia lo había hecho de la ingratitud de los emigrados. Desde mi llegada a Alemania, no he conocido a una sola persona, incluso entre aquellos que aborrecen la Revolución, que hablara con favor o siquiera con caridad de los emigrados franceses. Aunque la creencia en su influencia en la organización de esta desastrosa guerra (de cuyos horrores el norte de Alemania se considera solo aplazado, no asegurado) puede tener alguna parte en la aversión general con la que son considerados, estoy profundamente convencido de que la mayor parte se debe a su propia disipación, a su traición y dureza de corazón hacia los demás, y a la miseria doméstica o los principios corruptos que tantos de ellos han introducido en las familias de sus protectores. ¡Mi corazón se dilató con honesto orgullo al recordar los caracteres severos pero amables de los patriotas ingleses que buscaron refugio en el continente durante la Restauración! ¡Oh, que no se compare nuestra guerra civil bajo el primer Carlos con la Revolución francesa! En la primera, el carácter se desbordaba por exceso de principios; en la segunda, ¡por la fermentación de las heces! La primera fue una guerra civil entre las virtudes y los prejuicios virtuosos de ambos bandos; la segunda, entre los vicios. El cristal veneciano de la monarquía francesa se hizo añicos y saltó en pedazos con la acción de un doble veneno.
20 de septiembre. Fui presentado al señor Klopstock, hermano del poeta, quien a su vez me presentó al profesor Ebeling, un hombre inteligente y animado, aunque sordo: tan sordo, de hecho, que era un esfuerzo doloroso hablar con él, ya que estábamos obligados a dejar caer nuestras perlas en una enorme trompetilla para el oído. De este cortés y bondadoso hombre de letras (espero que los literatos alemanes en general se parezcan a este primer espécimen) escuché un juego de palabras italiano tolerable y una anécdota interesante. Cuando Bonaparte estaba en Italia, habiendo sido irritado por algún caso de perfidia, dijo en un tono alto y vehemente, en compañía pública: “’tis a true proverb, gli Italiani tutti ladroni” (esto es, los italianos son todos ladrones). Una dama tuvo el valor de responder: “Non tutti; ma BUONA PARTE” (no todos, sino una buena parte, o Buonaparte). Esto, confieso, sonó a mis oídos como una de las muchas cosas buenas que podrían haberse dicho. La anécdota es más valiosa, pues ejemplifica las formas y medios de la insinuación francesa. Hoche había recibido mucha información sobre la topografía del país gracias a un mapa de inusual plenitud y precisión, cuyo autor, según supo, residía en Düsseldorf. Durante el asalto a Düsseldorf por el ejército francés, Hoche ordenó previamente que se preservaran la casa y los bienes de este hombre, y confió el cumplimiento de la orden a un oficial en cuya tropa podía confiar. Al enterarse después de que el hombre había escapado antes de que comenzara el asalto, Hoche exclamó: “¡NO tenía razón para huir! Es por tales hombres, no contra ellos, que la nación francesa hace la guerra y consiente en derramar la sangre de sus hijos”. Recuerdas el soneto de Milton:
“El gran conquistador ematiano ordenó salvar la casa de Píndaro cuando templo y torre cayeron por tierra”------
Ahora bien, aunque el cartógrafo de Düsseldorf pueda guardar la misma relación con el bardo tebano que el caracol, que marca su camino con hilos de baba en la pared sobre la que se arrastra, con el águila que se eleva hacia el sol y vence la tempestad con sus alas; no se sigue de ello que el jacobino de Francia no pueda ser un general tan valiente y un político tan bueno como el loco de Macedonia.
Desde la casa del profesor Ebeling, el señor Klopstock nos acompañó a mi amigo y a mí a la suya, donde vi un hermoso busto de su hermano. Había una grandeza solemne y pesada en su semblante que correspondía a mis preconcepciones sobre su estilo y genio. Vi allí, asimismo, un retrato muy fino de Lessing, cuyas obras son en la actualidad el principal objeto de mi admiración. Sus ojos eran extraordinariamente parecidos a los míos, si acaso, un poco más grandes y prominentes. Pero la parte inferior de su rostro y su nariz... ¡oh, qué exquisita expresión de elegancia y sensibilidad! No parecía haber profundidad, peso o amplitud en la frente. Todo el rostro parecía decir que Lessing era un hombre de sentimientos rápidos y voluptuosos; de una imaginación activa pero ligera; agudo; pero agudo no en la observación de la vida real, sino en los arreglos y la gestión del mundo ideal, es decir, en el gusto y en la metafísica. Te aseguro que escribí estas mismas palabras en mi libreta de notas con el retrato ante mis ojos, y cuando no sabía nada de Lessing más que su nombre y que era un escritor alemán de renombre.
Consumimos más de dos horas en una mala cena en la table d’hôte. “Paciencia en un ordinario alemán, sonriendo al tiempo”. Los alemanes son los peores cocineros de Europa. Se coloca para cada dos personas una botella de vino común, alternando entre el del Rin y el clarete; pero en las casas de los opulentos, durante los muchos y largos intervalos de la cena, los sirvientes hacen circular copas de vinos más ricos. En casa del señor de Culpin vinieron en este orden: Borgoña, Madeira, Oporto, Frontignan, Pacchiaretti, viejo Hock, Mountain, Champaña, otra vez Hock, Bishop y, por último, ponche. ¡Un quantum tolerable, a mi juicio! El último plato en el ordinario, a saber, rebanadas de cerdo asado (pues todos los platos grandes se traen, se cortan y primero se pasan y luego se ponen en la mesa), con ciruelas pasas guisadas y otras frutas dulces, y esto seguido de queso y mantequilla, con platos de manzanas, me recordó a Shakespeare [76], y Shakespeare me puso en la cabeza ir a la comedia francesa.
¡Válgame Dios! ¡Por qué es peor que nuestras modernas obras de teatro inglesas! El primer acto me informó de que se va a celebrar un consejo de guerra contra un conde Vatron, que había desenvainado su espada contra el coronel, su cuñado. Los oficiales abogan en su favor, ¡en vano! Su esposa, la hermana del coronel, suplica con agonías tempestuosas, ¡en vano! Ella cae en histeria y se desmaya, ¡al bajar el telón interior! En el segundo acto se dicta sentencia de muerte contra el conde; su esposa, tan frenética e histérica como antes: más no podría ser (¡buena criatura industriosa!). El tercer y último acto, la esposa sigue frenética, ¡muy frenética en verdad! Los soldados a punto de disparar, el pañuelo realmente caído; cuando, ¡indulto! ¡indulto! se oye desde detrás de escena: y entra el Príncipe No-sé-quién, perdona al conde, y la esposa sigue frenética, solo que de alegría; ¡eso fue todo!
¡Oh, querida dama! Este es uno de los casos en los que la risa es seguida por la melancolía: pues tal es el tipo de drama que ahora se sustituye en todas partes por Shakespeare y Racine. Bien sabes que me violento a mí mismo al unir estos nombres. Pero, por muy poco que piense del drama serio francés, incluso en sus muestras más perfectas; y con todo el derecho que pueda tener para quejarme de su perpetua falsificación del lenguaje y de las conexiones y transiciones del pensamiento, que la Naturaleza ha apropiado a los estados de pasión; aun así, las tragedias francesas son obras de arte consistentes y producto de un gran poder intelectual. Preservando una adecuación en las partes y una armonía en el todo, forman una naturaleza propia, aunque sea una naturaleza falsa. Aun así, excitan las mentes de los espectadores hacia un pensamiento activo, hacia un esfuerzo por alcanzar la excelencia ideal. El alma no es aturdida hasta convertirse en mera sensación por una simpatía sin valor con nuestros propios sufrimientos ordinarios, o por una curiosidad vacía de lo sorprendente, no dignificada por el lenguaje o las situaciones que infunden respeto y deleitan la imaginación. ¿Qué (preguntaría a la multitud que se apresura hacia las tragedias pantomímicas y comedias lacrimógenas de Kotzebue y sus imitadores), qué buscáis? ¿Es comedia? Pero en la comedia de Shakespeare y Molière, cuanto más preciso es mi conocimiento y más profundamente pienso, mayor es la satisfacción que se mezcla con mi risa. Pues aunque las cualidades que estos escritores retratan son ciertamente ridículas, ya sea por su tipo o por su exceso, y exquisitamente ridículas, son, sin embargo, el crecimiento natural de la mente humana y tales que, con más o menos cambio en el ropaje, puedo aplicar a mi propio corazón, o al menos a clases enteras de mis semejantes. ¡Cuántas veces el moralista y el metafísico no se ven obligados, para obtener las ilustraciones más felices de verdades generales y de las leyes subordinadas del pensamiento y la acción humanos, a recurrir a citas, no solo de los personajes trágicos, sino igualmente de Jaques, Falstaff, e incluso de los bufones y payasos de Shakespeare, o del Avaro, el Hipocondríaco y el Hipócrita de Molière! No digas que estoy recomendando abstracciones: pues estas características de clase, que constituyen la capacidad instructiva de un personaje, están tan modificadas y particularizadas en cada persona del drama shakesperiano que la vida misma no excita con más distinción ese sentido de individualidad que pertenece a la existencia real. Por paradójico que pueda sonar, una de las propiedades esenciales de la geometría no es menos esencial para la excelencia dramática, y (si puedo mencionar su nombre sin pedantería ante una dama), Aristóteles ha exigido en consecuencia al poeta una involución de lo universal en lo individual. Las principales diferencias son que en geometría es la verdad universal misma la que está en la cima de la conciencia, y en la poesía, la forma individual en la que la verdad está vestida. Para los antiguos, y no menos para los dramaturgos mayores de Inglaterra y Francia, tanto la comedia como la tragedia eran consideradas como tipos de poesía. No buscaban en la comedia hacernos reír simplemente, mucho menos hacernos reír mediante muecas, accidentes de jerga, frases coloquiales del día o el revestimiento de moralejas comunes con metáforas extraídas de las tiendas u ocupaciones mecánicas de sus personajes; ni condescendían en la tragedia a sonsacar el aplauso de los espectadores, representando ante ellos facsímiles de sus propios seres mezquinos en toda su mezquindad existente, o a trabajar sobre sus perezosas simpatías mediante un patetismo no más respetable que las lágrimas almibaradas de la embriaguez. Sus escenas trágicas pretendían afectarnos, es cierto, pero dentro de los límites del placer, y en unión con la actividad tanto de nuestro entendimiento como de nuestra imaginación. Deseaban transportar la mente a un sentido de su posible grandeza, e implantar los gérmenes de esa grandeza durante el olvido temporal de la despreciable “cosa que somos” y del estado peculiar en el que cada hombre se encuentra por casualidad; suspendiendo nuestros recuerdos individuales y arrullándolos para que se duerman en medio de la música de pensamientos más nobles.
¡Basta! (creo oír al portavoz de la multitud responder, y le escucharemos. Yo soy el demandante, y él el demandado).
DEMANDADO. ¡Basta! ¿Acaso nuestras modernas obras sentimentales no están llenas de la mejor moralidad cristiana?
DEMANDANTE. ¡Sí! ¡Justo tanto de ella, y justo esa parte de ella, que podéis ejercitar sin una sola virtud cristiana, sin un solo sacrificio que sea realmente doloroso para vosotros! ¡Justo tanto como os adula, os envía a casa complacidos con vuestros propios corazones y completamente reconciliados con vuestros vicios, de los cuales nunca se puede pensar muy mal cuando mantienen tan buena compañía y caminan de la mano con tanta compasión y generosidad; una adulación tan repugnante que escupiríais en la cara del hombre que se atreviera a ofrecérosla en una compañía privada, a menos que la interpretarais como una ironía insultante, la apropiáis con infinita satisfacción cuando compartís el desperdicio con toda la pocilga y lo engullís de un abrevadero común! ¡Ningún César debe caminar por vuestras tablas, ningún Antonio, ningún rey danés, ningún Orestes, ninguna Andrómaca!
D. No; o tan pocos de ellos como sea posible. ¿Qué tiene que ver un simple ciudadano de Londres o Hamburgo con vuestros reyes y reinas, y vuestros viejos héroes paganos de colegial? Además, todo el mundo conoce las historias; y qué curiosidad podemos sentir...
P. ¿Qué, señor, no por el estilo? ¿No por el lenguaje delicioso del poeta? ¿No por las situaciones, la acción y reacción de las pasiones?
D. ¡Es usted impaciente, señor! La única curiosidad que sentimos es por la historia: ¿y cómo podemos estar ansiosos por el final de una obra, o ser sorprendidos por él, cuando sabemos cómo terminará?
P. ¡Le pido perdón por haberle interrumpido! Ahora nos entendemos. Buscáis entonces, en una tragedia, que los sabios de la antigüedad consideraban el máximo esfuerzo del genio humano, la misma gratificación que recibís de una nueva novela, el último romance alemán y otros manjares del día, que solo pueden disfrutarse una vez. Si lleváis estos sentimientos al arte hermano de la pintura, la Capilla Sixtina de Miguel Ángel y la Galería de las Escrituras de Rafael no pueden esperar ningún favor de vuestra parte. Lo sabéis todo sobre ellas de antemano; y sois, sin duda, más familiares con los temas de esas pinturas que con las historias trágicas de las edades históricas o heroicas. Hay una consistencia, por tanto, en vuestra preferencia por los escritores contemporáneos: pues los grandes hombres de tiempos pasados, al menos aquellos que eran considerados grandes por nuestros antepasados, buscaban tan poco satisfacer este tipo de curiosidad que parecían haber considerado la historia bajo una luz no mucho mayor que la que el pintor considera su lienzo: como aquello sobre lo cual, no por lo cual, debían mostrar su excelencia apropiada. Ninguna obra, semejante a un cuento o romance, puede mostrar menos variedad de invención en los incidentes, o menos ansiedad en entretejerlos, que el DON QUIJOTE de Cervantes. Sus admiradores sienten la disposición de volver atrás y releer algún capítulo anterior al menos diez veces por cada una en que sienten el deseo de apresurarse hacia adelante; o abren el libro por aquellas partes que mejor recuerdan, del mismo modo que visitamos con más frecuencia a aquellos amigos a quienes más amamos, y con cuyos caracteres y acciones estamos más íntimamente familiarizados. En el divino Ariosto (como llaman sus compatriotas a este, su poeta predilecto), dudo que haya un solo cuento de su propia invención, o cuyos elementos no fueran familiares para los lectores del “viejo romance”. Dejaré de lado a los antiguos griegos, quienes consideraban incluso necesario para la fábula de una tragedia que su sustancia fuera conocida de antemano. Que hubiera habido al menos cincuenta tragedias con el mismo título sería uno de los motivos que determinaron a Sófocles y Eurípides en la elección de Electra como tema. Pero Milton...
D. ¡Ah, Milton, en verdad! Pero, ¿no nos dicen el doctor Johnson y otros grandes hombres que nadie lee ya a Milton sino como una tarea?
P. ¡Tanto peor para ellos, de quienes esto pueda decirse con verdad! Pero, ¿por qué entonces fingís admirar a Shakespeare? La mayor parte, si no todos, de sus dramas eran, en lo que respecta a los nombres y los incidentes principales, obras ya consabidas. Todas las historias, al menos, sobre las que están construidos, preexistían en las crónicas, baladas o traducciones de escritores ingleses contemporáneos o anteriores. ¿Por qué, repito, fingís admirar a Shakespeare? ¿Es, tal vez, que solo fingís admirarlo? Sin embargo, como de una vez por todas habéis descartado los eventos y personajes bien conocidos de la historia, o la musa épica, ¿qué habéis tomado en su lugar? ¿A quién ha armado vuestra musa trágica con su copa y su daga? ¡La musa sentimental debería haber dicho, a quien habéis sentado en el trono de la tragedia! ¿Qué héroes ha criado ella en sus coturnos?
D. ¡Oh! nuestros buenos amigos y vecinos de al lado: honestos comerciantes, valientes marinos, oficiales de media paga de alto espíritu, filantrópicos judíos, cortesanas virtuosas, caldereros de tierno corazón y sentimentales cazadores de ratas (un poco rudos o así, pero todos nuestros personajes generosos y de tierno corazón son un poco rudos o misántropos, y todos nuestros misántropos, muy tiernos de corazón).
P. Pero le ruego, amigo, ¿en qué acciones grandes o interesantes pueden estar involucrados tales hombres?
D. Regalan mucho dinero; encuentran ricas dotes para jóvenes y doncellas que tienen todas las demás buenas cualidades; intimidan a lores, baronetos y jueces de paz (¡porque son tan audaces como Héctor!); rescatan diligencias en el instante en que están a punto de caer por precipicios; se llevan a infantes ante la vista de ejércitos opuestos; y algunos de nuestros intérpretes actúan a un hombre musculoso y de cuerpo capaz con tal perfección que nuestros poetas dramáticos, que siempre tienen a los actores en mente, rara vez dejan de hacer que su personaje masculino favorito sea tan fuerte como Sansón. ¡¡Y luego dan saltos tan prodigiosos!! Y lo que se hace en el escenario es aún más sorprendente que lo que se actúa. Recuerdo una vez una explosión tan ensordecedora que no pude oír una palabra de la obra durante medio acto después de ella; y al encenderse un poco de pólvora real al mismo tiempo, y ser olida por todos los espectadores, ¡la naturalidad de la escena fue realmente asombrosa!
P. Pero, ¿cómo podéis conectar con tales hombres y tales acciones esa dependencia de miles respecto al destino de uno, que da un interés tan elevado a los personajes de Shakespeare y de los trágicos griegos? ¿Cómo podéis conectar con ellos ese sentimiento más sublime de todos, el poder del destino y la fuerza controladora del cielo, que parece elevar a los personajes que se hunden bajo su golpe irresistible?
D. ¡Oh, meras fantasías! Buscamos y encontramos en el escenario actual nuestras propias necesidades y pasiones, nuestras propias vejaciones, pérdidas y embarazos.
P. ¿Es vuestra propia naturaleza mezquina y de poca monta, entonces, lo que deseáis ver representado ante vosotros?, ¿no la naturaleza humana en su altura y vigor? Pero seguramente podríais encontrar a la primera, con todas sus alegrías y penas, más cómodamente en vuestras propias casas y parroquias.
D. ¡Cierto! Pero aquí viene una diferencia. La fortuna es ciega, pero el poeta tiene los ojos abiertos y es, además, tan complaciente como la fortuna es caprichosa. Hace que todo resulte exactamente como desearíamos. Nos gratifica representando como odiosos o despreciables a aquellos a quienes odiamos y deseamos despreciar.
P. (aparte.) Es decir, gratifica vuestra envidia calumniando a vuestros superiores.
D. Hace que todos esos moralistas precisos, que fingen ser mejores que sus vecinos, resulten al final abyectos hipócritas, traidores y villanos de corazón endurecido; y vuestros hombres de espíritu, que disfrutan de su chica y de su copa con igual libertad, demuestran ser los verdaderos hombres de honor y, (para que ninguna parte del público quede insatisfecha,) se reforman en la última escena y no dejan duda en las mentes de las damas de que serán los maridos más fieles y excelentes: ¡aunque parece una lástima que se vean obligados a deshacerse de las cualidades que los habían hecho tan interesantes! Además, los pobres se vuelven ricos de repente; y en la elección matrimonial final, los opulentos y de alto linaje son obligados ellos mismos a confesar: ¡¡QUE LA VIRTUD ES LA ÚNICA VERDADERA NOBLEZA, Y QUE UNA MUJER ADORABLE ES UNA DOTE EN SÍ MISMA!!
P. ¡Excelente! Pero habéis olvidado esos brillantes destellos de lealtad, esos elogios patrióticos al Rey y a la Vieja Inglaterra, que, especialmente si se transmiten mediante una metáfora del barco o de la tienda, ¡tan a menudo solicitan y tan infaliblemente reciben el aplauso público! Reconozco vuestra prudencia por la omisión. Pues todo el sistema de vuestro drama es un jacobinismo moral e intelectual de la clase más peligrosa, y esos desvaríos comunes sobre la lealtad no son más que hipocresía en vuestros dramaturgos, y vuestra propia simpatía hacia ellos, un craso autoengaño. Pues todo el secreto de la popularidad dramática consiste para vosotros en la confusión y subversión del orden natural de las cosas, de sus causas y sus efectos; en el estímulo de la sorpresa, al representar las cualidades de liberalidad, sentimiento refinado y un delicado sentido del honor, (aquellas cosas más bien que pasan entre vosotros por tales), en personas y clases sociales donde la experiencia nos enseña a esperarlas menos; ¡y en recompensar con todas las simpatías, que son el debido tributo a la virtud, a aquellos criminales a quienes la ley, la razón y la religión han excomulgado de nuestra estima!
Y ahora... ¡buenas noches! ¡De verdad! Podría haber escrito esta última hoja sin haber ido a Alemania; pero me imaginaba hablando con vosotros junto a vuestra propia chimenea, ¿y acaso podéis pensar que es un pequeño placer para mí olvidar de vez en cuando que no estoy allí? Además, vosotros y mis otros buenos amigos os habéis hecho a la idea de que soy como soy, y desde cualquier lugar que escriba esperaréis que parte de mis "Viajes" consista en excursiones por mi propia mente.
CARTA III
RATZEBURG. Ningún pececillo devuelto al agua, ninguna mosca liberada de la mano de un niño, podría disfrutar de su elemento con mayor vivacidad que yo de esta casa limpia y apacible, con esta hermosa vista de la ciudad, las arboledas y el lago de Ratzeburg desde la ventana ante la que estoy escribiendo. Mis ánimos ciertamente, y mi salud me imaginaba, comenzaban a decaer bajo el ruido, la suciedad y el aire malsano de nuestro hotel de Hamburgo. Lo dejé el domingo, 23 de septiembre, con una carta de presentación del poeta Klopstock para el Amtmann de Ratzeburg. El Amtmann me recibió con amabilidad y me presentó al digno pastor, quien convino en darme pensión y alojamiento por cualquier periodo de tiempo no inferior a un mes. El vehículo en el que tomé asiento era considerablemente más grande que una diligencia inglesa, con la que guardaba la misma proporción y tosca semejanza que la oreja de un elefante con la humana. Su techo estaba compuesto por tablas desnudas de diferentes colores, que parecían haber sido partes de diferentes revestimientos de madera. En lugar de ventanas, había cortinas de cuero con un pequeño ojo de cristal en cada una: cumplían perfectamente el propósito de impedir la vista y dejar entrar el frío. Por tanto, pude observar poco, salvo las posadas y granjas en las que nos deteníamos. Todas eran iguales, salvo en el tamaño: una gran sala, como un granero, con un pajar encima, con la paja y el heno colgando en mechones a través de las tablas que formaban el techo de la sala y el suelo del pajar. De esta sala, que está pavimentada como una calle, a veces se cierran uno, a veces dos cuartos más pequeños en un extremo. Estos suelen tener suelo. En la sala grande, el ganado, los cerdos, las aves de corral, hombres, mujeres y niños viven en amistosa comunidad; sin embargo, había una apariencia de limpieza y confort rústico. Medí una de estas casas. Tenía cien pies de longitud. Los apartamentos estaban separados en una esquina. Entre estos y los establos había un pequeño espacio intermedio, y aquí la anchura era de cuarenta y ocho pies, pero de treinta y dos donde estaban los establos; por supuesto, los establos estaban a cada lado con ocho pies de profundidad. Las caras de las vacas, etc., estaban vueltas hacia la sala; de hecho, estaban dentro de ella, de modo que al menos tenían el consuelo de ver las caras de las demás. La estabulación es universal en esta parte de Alemania, una práctica sobre la cual el agricultor y el poeta probablemente sostengan opiniones opuestas, o al menos, tengan sentimientos muy diferentes. La carpintería de estos edificios por fuera se deja sin enlucir, como en las casas antiguas entre nosotros, y, al estar pintada de rojo y verde, recorta y tesela los edificios de forma muy alegre. Desde tres millas de Hamburgo casi hasta Molln, que está a treinta millas de ella, el campo, hasta donde pude ver, era un llano absoluto, solo variado por bosques. En Molln se volvió más hermoso. Observé un pequeño lago casi rodeado de arboledas, y un palacio a la vista perteneciente al Rey de Gran Bretaña, habitado por el Inspector de los Bosques. Tardamos casi el mismo tiempo en recorrer las treinta y cinco millas desde Hamburgo hasta Ratzeburg que el que habíamos tardado en ir de Londres a Yarmouth, ciento veintiséis millas.
El lago de Ratzeburg se extiende de sur a norte, con unas nueve millas de longitud y una anchura que varía de tres millas a media milla. A una milla aproximadamente del punto más meridional, se divide en dos partes, naturalmente muy desiguales, por una isla que, al estar conectada por un puente y una estrecha franja de tierra con una orilla, y por otro puente de inmensa longitud con la otra orilla, forma un istmo completo. En esta isla está construida la ciudad de Ratzeburg. La casa del pastor o vicaría, junto con la del Amtmann, la del Amtsschreiber y la iglesia, se alza cerca de la cima de una colina que desciende hasta la franja de tierra y el pequeño puente, desde el cual, a través de una soberbia puerta militar, se entra en la ciudad-isla de Ratzeburg. Esta, a su vez, es en sí misma una pequeña colina, ascendiendo y descendiendo la cual, se llega al puente largo y así a la otra orilla. El agua al sur de la ciudad se llama el Lago Pequeño, el cual, sin embargo, casi absorbe las bellezas de todo el conjunto, siendo las orillas lo suficientemente verdes y desnudas a menudo como para dar el efecto adecuado a las magníficas arboledas que ocupan la mayor parte de su circunferencia. Debido a las vueltas, rodeos y hendiduras de la orilla, las vistas varían casi cada diez pasos, y el conjunto tiene una especie de belleza majestuosa, una grandeza femenina. En el norte del Gran Lago, y asomando sobre él, veo las siete torres de las iglesias de Lübeck, a una distancia de doce o trece millas, pero tan claramente como si no estuvieran a tres. El único defecto en la vista es que Ratzeburg está construida enteramente de ladrillos rojos, y todas las casas techadas con tejas rojas. A la vista, por tanto, presenta un grupo de color polvo de ladrillo. Sin embargo, esta tarde, 10 de octubre, a las cinco y veinte, vi la ciudad perfectamente hermosa, y todo suavizado hasta alcanzar una perfecta armonía, si se me permite pedir prestado un término de los pintores. El cielo sobre Ratzeburg y todo el este era de un azul vespertino puro, mientras que sobre el oeste estaba cubierto de nubes ligeras y arenosas. De ahí que una luz roja profunda se extendiera sobre todo el panorama, en armonía imperturbable con la ciudad roja, los bosques de color rojo pardo y los juncos rojo amarillentos en las orillas del lago. Dos o tres barcas, con personas remando en ellas, flotaban arriba y abajo bajo la rica luz, que no solo estaba en armonía con todo, sino que armonizaba el conjunto.
Debería haberos dicho que volví a Hamburgo el jueves (27 de septiembre) para despedirme de mi amigo, quien viaja hacia el sur, y regresé aquí el lunes siguiente. Desde Empfelde, un pueblo a mitad de camino desde Ratzeburg, caminé hasta Hamburgo a través de caminos de arena profunda y un llano desolado: el suelo en todas partes blanco, hambriento y excesivamente pulverizado; pero la aproximación a la ciudad es agradable. Ligeras y frescas casas de campo, a través de las cuales puedes mirar y ver los jardines detrás de ellas, con glorietas y enrejados, y espesos muros vegetales, y árboles en claustros y soportales, cada casa con barandillas pulcras frente a ella, y asientos verdes dentro de las barandillas. Todo objeto, ya fuera producto de la naturaleza o obra del hombre, era pulcro y artificial. Me complació mucho más que si las casas y los jardines, y los campos de recreo, hubieran tenido un gusto más noble: pues este gusto más noble habría sido mera imitación. El ocupado, ansioso y amante del dinero comerciante de Hamburgo solo podría haber adoptado, no habría podido disfrutar, la simplicidad de la naturaleza. La mente comienza a amar la naturaleza imitando las comodidades humanas en la naturaleza; pero este es un paso en el intelecto, aunque bajo, y si no fuera así, aun así todo a mi alrededor hablaba de disfrute inocente y comodidades sensibles, y entré con simpatía sin escrúpulos en los disfrutes y comodidades incluso de los ocupados, ansiosos y amantes del dinero comerciantes de Hamburgo. Con este estado de ánimo caritativo y católico llegué a las vastas murallas de la ciudad. Son enormes cojines verdes, uno elevándose sobre el otro, con árboles creciendo en los espacios intermedios, promesas y símbolos de una larga paz. De mi regreso no tengo nada que comunicar, salvo que tomé postas extras, lo que equivale a viajar por correo en Inglaterra. Estas calesas de posta del norte de Alemania son carros de mimbre descubiertos. Un carro de basura inglés es una pieza de lujo, un chef-d'œuvre de la mecánica, comparado con ellos y con los caballos... ¡un salvaje podría usar sus costillas en lugar de sus dedos como tabla de contar! Dondequiera que nos deteníamos, el postillón alimentaba a sus cabalgaduras con el pan de centeno integral que él mismo comía, desayunando todos juntos; solo que los caballos no tenían ginebra para su agua, y el postillón no tenía agua para su ginebra. Ahora y de aquí en adelante, temas de mayor interés para vosotros, y para los objetivos en busca de los cuales os dejé: a saber, los literatos y la literatura de Alemania.
Creedme, caminé con una impresión de asombro en mi ánimo, mientras W---- y yo acompañábamos al Sr. Klopstock a la casa de su hermano, el poeta, que se encuentra a un cuarto de milla de la puerta de la ciudad. Es una de una fila de pequeñas casas de verano comunes, (pues eso parecían), con cuatro o cinco filas de jóvenes y flacos olmos frente a las ventanas, más allá de los cuales hay un verde, y luego un llano absoluto atravesado por varios caminos. Cualquier belleza, (pensé), que pueda haber ante los ojos del poeta en este momento, debe ser ciertamente pura creación suya. Esperamos unos minutos en un pequeño y pulcro salón, adornado con las figuras de dos de las Musas y con grabados, cuyos temas eran de las odas de Klopstock. El poeta entró. Quedé muy decepcionado con su semblante, y no reconocí en él parecido alguno con el busto. No había comprensión en la frente, ni peso sobre las cejas, ni expresión de peculiaridad, moral o intelectual, en los ojos, ni masividad en el rostro en general. Es, si acaso, más bien de estatura inferior a la media. Llevaba unas botas muy grandes que sus piernas llenaban, tan espantosamente hinchadas estaban. Sin embargo, aunque ni W---- ni yo pudimos descubrir indicio alguno de sublimidad o entusiasmo en su fisionomía, ambos quedamos igualmente impresionados con su vivacidad, y su amable y pronta cortesía. Habló en francés con mi amigo, y con dificultad me dijo algunas frases en inglés. Su pronunciación no se vio afectada en lo más mínimo por la total ausencia de sus dientes superiores. La conversación comenzó por su parte con la expresión de su arrebato ante la rendición del destacamento de tropas francesas bajo el mando del General Humbert. Sus procedimientos en Irlanda con respecto al comité que habían designado, con el resto de su sistema de organización, parecían haberle dado al poeta un gran entretenimiento. Luego declaró su optimista creencia en la victoria de Nelson, y anticipó su confirmación con un placer agudo y triunfante. Sus palabras, tonos y miradas implicaban el más vehemente antigalicanismo. El tema cambió a la literatura, e indagué en latín sobre la historia de la poesía alemana y los poetas alemanes más antiguos. Para mi gran asombro, confesó que sabía muy poco sobre el tema. De hecho, había leído ocasionalmente a uno o dos de sus escritores antiguos, pero no como para permitirle hablar de sus méritos. El profesor Ebeling, dijo, probablemente me daría toda la información de este tipo: el tema no había despertado particularmente su curiosidad. Luego habló de Milton y Glover, y pensó que el verso libre de Glover era superior al de Milton. W---- y yo expresamos nuestra sorpresa: y mi amigo dio su definición y noción de verso armonioso, que consistía, (el verso libre yámbico inglés por encima de todo), en la disposición apta de pausas y cadencias, y en el barrido de párrafos enteros,
"con un sinuoso giro de dulce encadenamiento largamente prolongado",
y no en el flujo uniforme, mucho menos en la prominencia del vigor antitético, de líneas sueltas, que eran de hecho perjudiciales para el efecto total, excepto donde se introducían para algún propósito específico. Klopstock asintió y dijo que pretendía limitar la superioridad de Glover a líneas sueltas. Nos dijo que había leído a Milton en una traducción en prosa cuando tenía catorce años. Yo mismo lo entendí así, y W---- interpretó el francés de Klopstock como yo ya lo había traducido. Parecía saber muy poco de Milton o, de hecho, de nuestros poetas en general. Habló con gran indignación de la traducción inglesa en prosa de su MESÍAS. Todas las traducciones habían sido malas, muy malas... pero la inglesa no era traducción: había páginas y páginas que no estaban en el original, y la mitad del original no se encontraba en la traducción. W---- le dijo que yo pretendía traducir algunas de sus odas como ejemplos de la lírica alemana; entonces me dijo en inglés: "¡Desearía que tradujeras al inglés algunos pasajes selectos del MESÍAS, y me vengaras de tu compatriota!". Fue lo más animado que produjo en toda la conversación. Nos dijo que su primera oda era cincuenta años más antigua que la última. Lo miré con mucha emoción; lo consideré como el venerable padre de la poesía alemana; como un buen hombre; como un cristiano; de setenta y cuatro años; con las piernas enormemente hinchadas; pero activo, animado, alegre, amable y comunicativo. Sentí como si una lágrima se hinchara en mis ojos. En el retrato de Lessing había una peluca con tupé, que perjudicaba enormemente el efecto de su fisionomía; Klopstock llevaba la misma, empolvada y rizada. A propósito, los ancianos nunca deberían usar polvos; el contraste entre una peluca grande de color blanco nieve y el color de la piel de un anciano es repugnante, y las arrugas en tal vecindad solo parecen canales para la suciedad. Es un honor para los poetas y los grandes hombres que pienses en ellos como partes de la naturaleza; y cualquier engaño o moda te hiere en ellos tanto como cuando ves venerables tejos recortados en miserables pavos reales. El autor del MESÍAS debería haber usado su propio cabello gris. Sus polvos y su peluca eran para la vista lo que el Sr. Virgilio sería para el oído.
Klopstock insistió mucho en el poder superior que poseía la lengua alemana para concentrar el significado. Dijo que a menudo había traducido partes de Homero y Virgilio, línea por línea, y una línea alemana siempre resultó suficiente para una griega o latina. En inglés no se puede hacer esto. Respondí que en inglés podíamos traducir comúnmente una línea heroica griega en una línea y media de nuestro metro heroico común, y conjeturé que esta línea y media no contendría más sílabas que un hexámetro alemán o griego. No me entendió: y yo, que deseaba escuchar sus opiniones, no corregirlas, me alegré de que no lo hiciera.
Nos despedimos entonces. Al comienzo de la Revolución Francesa, Klopstock escribió odas de felicitación. Recibió algunos presentes honoríficos de la República Francesa (una corona de oro, creo), y, al igual que nuestro Priestley, fue invitado a ocupar un escaño en la legislatura, lo cual declinó. Pero cuando la libertad francesa se metamorfoseó en una furia, devolvió estos regalos con una palinodia, declarando su aborrecimiento por sus procedimientos: y desde entonces ha sido quizás más que suficiente un antigalicano. Quiero decir que, en su justo desprecio y detestación de los crímenes y locuras de los revolucionarios, se permite olvidar que la revolución misma es un proceso de la Divina Providencia; y que así como la locura de los hombres es la sabiduría de Dios, así también sus iniquidades son instrumentos de su bondad. Desde la casa de Klopstock caminamos hacia las murallas, charlando juntos sobre el poeta y su conversación, hasta que nuestra atención se desvió hacia la belleza y singularidad de la puesta de sol y sus efectos sobre los objetos a nuestro alrededor. Había bosques en la distancia. Una rica luz arenosa, (qué digo, de un color mucho más profundo que el arenoso), yacía sobre estos bosques que se ennegrecían en el resplandor. Sobre esa parte de los bosques que yacía inmediatamente bajo la luz más intensa, flotaba una bruma cobriza. Los árboles en las murallas, y la gente que se movía de aquí para allá entre ellos, estaban cortados o divididos en segmentos iguales de sombra profunda y luz cobriza. Si los árboles, y los cuerpos de los hombres y mujeres, hubieran sido divididos en segmentos iguales por una regla o un compás, las porciones no podrían haber sido más regulares. Todo lo demás era oscuro. ¡Era una escena de cuento de hadas!, y para aumentar su carácter romántico, entre los objetos en movimiento, divididos así en sombra y brillo alternos, había un hermoso niño, vestido con la elegante sencillez de un niño inglés, montado en una majestuosa cabra, cuya silla, brida y otros arreos eran en alto grado costosos y espléndidos. Antes de abandonar el tema de Hamburgo, dejadme decir que permanecí un día o dos más de lo que de otro modo lo habría hecho, con el fin de estar presente en la fiesta de San Miguel, el santo patrón de Hamburgo, esperando ver la pompa cívica de esta República comercial. Sin embargo, me decepcionó. No hubo procesiones, dos o tres sermones fueron predicados a dos o tres viejas en dos o tres iglesias, y San Miguel y su patronazgo deseados en otra parte por las clases altas, estando todos los lugares de entretenimiento, teatro, etc., cerrados en este día. En Hamburgo, parece que no hay religión en absoluto; en Lübeck está limitada a las mujeres. Los hombres parecían decididos a divorciarse de sus esposas en el otro mundo, si no pueden en este. No concebiréis fácilmente una vista más singular que la que presenta la vasta nave de la iglesia principal de Lübeck, vista desde el coro: pues al estar llena de criadas y personas de la misma clase social, y todas sus cofias teniendo cofias interiores de oro y plata, parece un rico pavimento de oro y plata.
Concluiré esta carta con la mera transcripción de las notas que mi amigo W---- tomó de sus conversaciones con Klopstock, durante las entrevistas que tuvieron lugar tras mi partida. Sobre estas solo haré una observación por el momento, y parecerá presuntuosa: a saber, que las observaciones de Klopstock sobre el venerable sabio de Koenigsberg son, según mi propio conocimiento, injuriosas y erróneas; y tan lejos está de ser cierto que su sistema haya sido abandonado, que en todas las universidades de Alemania no hay un solo profesor que no sea kantiano o discípulo de Fichte, cuyo sistema se construye sobre el kantiano y presupone su verdad; o, finalmente, que, aun siendo antagonista de Kant en cuanto a su obra teórica, no haya abrazado total o parcialmente su sistema moral y adoptado parte de su nomenclatura. «Habiendo expresado Klopstock el deseo de ver el CALVARY de Cumberland, y preguntado qué se pensaba de él en Inglaterra, fui a la tienda de Remnant (el librero inglés), donde conseguí la Analytical Review, que contiene la reseña del CALVARY de Cumberland. Recordé haber leído allí algunas muestras de una traducción en verso blanco de EL MESÍAS. Se lo mencioné a Klopstock y sintió un gran deseo de verlas. Caminé hasta su casa y puse el libro en sus manos. Al referirse a su propio poema, me dijo que comenzó EL MESÍAS cuando tenía diecisiete años; dedicó tres años enteros al plan sin componer un solo verso. Estaba muy perdido sobre cómo ejecutar su obra. No había por aquel entonces muestras exitosas de versificación en la lengua alemana. Los tres primeros cantos los escribió en una especie de prosa medida o numerosa. Esto, aunque hecho con mucho trabajo y cierto éxito, estaba lejos de satisfacerlo. Había compuesto hexámetros tanto latinos como griegos como ejercicio escolar, y también había habido en la lengua alemana intentos en ese estilo de versificación. Estos eran solo de un mérito muy moderado. Un día le sobrevino la idea de lo que se podía hacer por este camino; se quedó en su habitación todo el día, incluso prescindió de su cena, y descubrió que por la noche había escrito veintitrés hexámetros, versificando una parte de lo que había escrito antes en prosa. Desde aquel momento, complacido con sus esfuerzos, no compuso más en prosa. Hoy me informó que había terminado su plan antes de leer a Milton. Se sintió encantado de ver a un autor que antes que él había transitado el mismo camino. Esto es una contradicción de lo que dijo antes. No quería hablar de su poema con nadie hasta que estuviera terminado; pero algunos de sus amigos que habían visto lo que había terminado, le atormentaron hasta que consintió en publicar unos pocos libros en una revista. Era entonces, creo, muy joven, alrededor de veinticinco años. El resto fue impreso en diferentes periodos, cuatro libros a la vez. La acogida dada a las primeras muestras fue sumamente halagadora. Tardó casi treinta años en terminar todo el poema, pero de esos treinta años no se emplearon más de dos en la composición. Solo componía en momentos favorables; además, tenía otras ocupaciones. Se enorgullece del plan de sus odas y acusa a los escritores líricos modernos de una grave deficiencia a este respecto. Dirigí la misma acusación contra Horacio: no quiso oír hablar de ello, pero evitó la discusión. Calificó la ODA A LA FORTUNA de Rousseau de disertación moral en estrofas. Hablé de la SANTA CECILIA de Dryden, pero no parecía familiarizado con nuestros escritores. Quiso saber las distinciones entre nuestro verso blanco dramático y el épico. Me recomendó leer su HERMANN antes de leer EL MESÍAS o las odas. Se halagaba pensando que tarde o temprano sus poemas dramáticos serían conocidos en Inglaterra. No había oído hablar de Cowper. Pensó que Voss, en su traducción de LA ILIADA, había violentado el idioma de los alemanes y lo había sacrificado a los griegos, no recordando lo suficiente que cada lengua tiene su espíritu y genio particulares. Dijo que Lessing era el primero de sus escritores dramáticos. Me quejé de que NATHAN era tedioso. Dijo que no había suficiente acción en ella, pero que Lessing era el más casto de sus escritores. Habló favorablemente de Goethe; pero dijo que sus PENAS DEL JOVEN WERTHER era su mejor obra, mejor que cualquiera de sus dramas: prefería el primero escrito al resto de los dramas de Goethe. Los BANDIDOS de Schiller le resultaron tan extravagantes que no pudo leerlos. Hablé de la escena del sol poniente. No la conocía. Dijo que Schiller no podría perdurar. Pensó que DON CARLOS era el mejor de sus dramas, pero dijo que la trama era inextricable. Era evidente que sabía poco de las obras de Schiller: de hecho, dijo que no podía leerlas. Bürger, dijo, era un verdadero poeta y perduraría; que Schiller, por el contrario, pronto sería olvidado; que se entregó a la imitación de Shakespeare, quien a menudo era extravagante, pero que Schiller lo era diez mil veces más. Habló muy despectivamente de Kotzebue, como un autor inmoral en primer lugar, y luego, como falto de fuerza. En Viena, dijo, están transportados con él; pero no consideramos a la gente de Viena ni la más sabia ni la más ingeniosa de Alemania. Dijo que Wieland era un autor encantador y un maestro soberano de su propia lengua: que a este respecto Goethe no podía compararse con él, ni de hecho nadie más. Dijo que su defecto era ser fértil hasta la exuberancia. Le dije que el OBERON acababa de ser traducido al inglés. Me preguntó si no estaba encantado con el poema. Le respondí que me parecía que la historia empezaba a flaquear alrededor del séptimo u octavo libro; y observé que era indigno de un hombre de genio hacer que el interés de un poema largo girara enteramente sobre la gratificación animal. Pareció al principio dispuesto a excusar esto diciendo que hay diferentes temas para la poesía y que los poetas no están dispuestos a ser restringidos en su elección. Respondí que pensaba que la pasión del amor se adecuaba tan bien a los propósitos de la poesía como cualquier otra pasión, pero que era una forma barata de complacer fijar la atención del lector a través de un poema largo en el mero apetito. ¡Bueno!, pero dijo, ya ve usted que tales poemas complacen a todo el mundo. Le respondí que era deber de un gran poeta elevar a la gente a su propio nivel, no descender al de ellos. Estuvo de acuerdo y confesó que bajo ninguna circunstancia habría escrito una obra como el OBERON. Habló con entusiasmo del estilo de Wieland y señaló el pasaje donde Retzia da a luz a su hijo como exquisitamente hermoso. Dije que no percibía pasajes muy llamativos, pero que tenía en cuenta las imperfecciones de una traducción. Sobre los robos de Wieland, dijo que estaban tan exquisitamente gestionados que los mayores escritores podrían estar orgullosos de robar como él lo hacía. Consideraba los libros y fábulas de los antiguos autores de romances a la luz de la mitología antigua, como una especie de propiedad común, de la que un hombre era libre de tomar lo que pudiera aprovechar. Un inglés le había obsequiado las odas de Collins, que había leído con placer. Sabía poco o nada de Gray, excepto su ELEGÍA escrita en un cementerio rural. Se quejó del loco en LEAR. Observé que parecía darle una terrible naturaleza salvaje a la angustia, pero aun así se quejó. Preguntó si no se admitía que Pope había escrito poesía rimada con más destreza que cualquiera de nuestros escritores. Dije que prefería a Dryden, porque sus pareados tenían mayor variedad en su movimiento. Pensó que mi razón era buena, pero preguntó si la rima de Pope no era más exacta. Esta pregunta la entendí como referida a las terminaciones finales y le observé que creía que era el caso, pero que pensaba que era fácil excusar cierta inexactitud en los sonidos finales si el barrido general del verso era superior. Le dije que no éramos tan exactos con respecto a las terminaciones finales de los versos como los franceses. No parecía saber que no hacíamos distinción entre rimas masculinas y femeninas (es decir, simples o dobles); al menos me hizo preguntas sobre este tema. Parecía pensar que ninguna lengua podía estar tan formada como para no ser enriquecida por modismos tomados de otra lengua. Dije que esta era una práctica muy peligrosa, y añadí que pensaba que Milton a menudo había dañado tanto su prosa como su verso al tomarse esta libertad con demasiada frecuencia. Le recomendé las obras en prosa de Dryden como modelos de inglés puro y nativo. Estaba pisando terreno resbaladizo, ya que tengo razones para suponer que él mismo se ha entregado generosamente a la práctica».
Ese mismo día cené en casa del Sr. Klopstock, donde tuve el placer de una tercera entrevista con el poeta. Hablamos principalmente de cosas indiferentes. Le pregunté qué pensaba de Kant. Dijo que su reputación estaba muy en declive en Alemania. Que, por su parte, no le sorprendía que así fuera, ya que las obras de Kant le resultaban absolutamente incomprensibles; que a menudo había sido molestado por los kantianos, pero rara vez tenía la costumbre de discutir con ellos. Su costumbre era sacar el libro, abrirlo y señalar un pasaje, y rogarles que lo explicaran. Por lo general, intentaban hacerlo sustituyéndolo por sus propias ideas. «No quiero —digo— una explicación de sus propias ideas, sino del pasaje que tenemos ante nosotros». De este modo, por lo general, llevo la disputa a una conclusión inmediata. Habló de Wolfe como el primer metafísico que tuvieron en Alemania. Wolfe tuvo seguidores, pero apenas podían llamarse una secta, y afortunadamente, hasta la aparición de Kant, hace unos quince años, Alemania no había sido molestada por ninguna secta de filósofos en absoluto; sino que cada hombre había perseguido por separado sus investigaciones sin ser controlado por los dogmas de un maestro. Kant se había mostrado ambicioso de ser el fundador de una secta; lo había logrado, pero los alemanes estaban volviendo a entrar en razón ahora. Que Nicolai y Engel habían contribuido de diversas maneras a desencantar a la nación, pero sobre todo la incomprensibilidad del filósofo y su filosofía. Pareció complacido al saber que, hasta ahora, las doctrinas de Kant no habían encontrado muchos admiradores en Inglaterra; no dudó de que teníamos demasiada sabiduría para ser engañados por un escritor que desafiaba el sentido común y el entendimiento común de los hombres. Hablamos de tragedia. Parecía valorar mucho el poder de provocar lágrimas. Dije que nada era más fácil que inundar a una audiencia, que se hacía todos los días por los escritores más mediocres.
Debo recordarle, amigo mío, primero, que estas notas no pretenden ser muestras del poder intelectual de Klopstock, ni siquiera de su «destreza coloquial», juzgar la cual mediante una conversación accidental, y además con extraños, y extranjeros para colmo, no solo sería irrazonable, sino calumnioso. En segundo lugar, atribuyo poco interés a las observaciones más allá del derivado de la celebridad de la persona que las hizo. Por último, si me pregunta si he leído EL MESÍAS y qué pienso de él, respondo: hasta ahora solo los cuatro primeros libros; y en cuanto a mi opinión (cuyas razones daré más adelante), puede adivinarla por lo que no pude evitar murmurar para mí mismo cuando el buen pastor me dijo esta mañana que Klopstock era el Milton alemán: «¡¡¡Un Milton muy alemán, ciertamente!!!».
El cielo le preserve, y S. T. COLERIDGE.
CAPÍTULO XXIII
Quid quod praefatione praemunierim libellum, qua conor omnem offendiculi ansam praecidere? [79] Neque quicquam addubito, quin ea candidis omnibus faciat satis. Quid autem facias istis, qui vel ob ingenii pertinaciam sibi satisfieri nolint, vel stupidiores sint, quam ut satisfactionem intelligant? Nam quemadmodum Simonides dixit, Thessalos hebetiores esse, quam ut possint a se decipi, ita quosdam videas stupidiores, quam ut placari queant. Adhaec, non mirum est invenire quod calumnietur, qui nihil aliud quaerit, nisi quod calumnietur. ERASMUS ad Dorpium, Theologum.
En el rifacimento de EL AMIGO, he insertado extractos de los CONCIONES AD POPULUM, impresos, aunque apenas publicados, en el año 1795, en pleno calor y apogeo de mi entusiasmo antiministerial: estos son prueba de que mis principios políticos no han sufrido cambio alguno. En el presente capítulo, he adjuntado a mis Cartas desde Alemania, con particular referencia a aquella que contiene una disquisición sobre el drama moderno, una crítica a la tragedia de BERTRAM, escrita en los últimos doce meses: en prueba de que he sido falsamente acusado de cualquier volubilidad en mis principios de gusto. La carta fue escrita a un amigo: y la aparente brusquedad con la que comienza se debe a la omisión de las frases introductorias.
Recuerda usted, mi querido señor, que el Sr. Whitbread, poco antes de su muerte, propuso a los suscriptores reunidos del Drury Lane Theatre que el negocio fuera arrendado a algún individuo responsable bajo ciertas condiciones y limitaciones: y que su propuesta fue rechazada, no sin indignación, por considerarse subversiva del objetivo principal para cuya consecución la ilustrada y patriótica asamblea de filodramáticos había sido inducida a arriesgar sus suscripciones. Ahora bien, se proclamó que este objetivo no era menos que la redención del escenario británico no solo de caballos, perros, elefantes y otras rarezas zoológicas similares, sino también de las barbaries y «kotzebuismo» más perniciosos en cuanto a moral y gusto. Drury Lane debía ser restaurado a su antigua fama clásica; Shakespeare, Jonson y Otway, con las musas expurgadas de Vanbrugh, Congreve y Wycherley, debían ser reinaugurados en su dominio legítimo sobre las audiencias británicas; y el proceso hercúleo debía comenzar exterminando a los monstruos parlantes importados de las orillas del Danubio, comparados con los cuales sus parientes mudos, los emigrantes de Exeter ’Change y las carretas de espectáculos de Polito (antes de Pidcock), eran mansos e inofensivos. ¿Podría un proyecto heroico, tan refinado como arduo, ser confiado consistentemente a un gerente mercenario, a cuya cuarentena crítica el lucri bonus odor conciliaría un certificado de salud para la mismísima peste, o podría esperarse racionalmente su éxito de él? ¡No! Como el trabajo propuesto, tales deben ser los maestros de obra. Rango, fortuna, educación liberal y (sus acompañantes o consecuencias naturales) discernimiento crítico, tacto delicado, desinterés, moralidad insospechada, patriotismo notorio y probado mecenazgo: estas fueron las recomendaciones que influyeron en los votos de los suscriptores propietarios del Drury Lane Theatre, estos los motivos que ocasionaron la elección de su Comité Supremo de Gestión. Esta circunstancia por sí sola habría despertado un fuerte interés en la mente pública respecto a la primera producción de la Musa Trágica que se había anunciado bajo tales auspicios, y había pasado el calvario de tales juicios: y la tragedia, sobre la cual ha solicitado mi opinión, fue la obra en la que las grandes expectativas, justificadas por tantas causas, estaban destinadas finalmente a depositarse.
Pero antes de entrar en el examen de BERTRAM, o EL CASTILLO DE ST. ALDOBRAND, interpondré unas palabras sobre la frase drama alemán, que considero un nombre totalmente inapropiado. En la época de Lessing, el escenario alemán, tal como era, parece haber sido una copia plana y servil del francés. Fue Lessing quien introdujo por primera vez el nombre y las obras de Shakespeare a la admiración de los alemanes; y quizás no iría demasiado lejos si añado que fue Lessing quien demostró por primera vez a todos los hombres pensantes, incluso a los propios compatriotas de Shakespeare, la verdadera naturaleza de sus aparentes irregularidades. Estas, demostró, eran solo desviaciones de los accidentes de la tragedia griega; y de tales accidentes como colgaban un pesado lastre en las alas de los poetas griegos y estrechaban su vuelo dentro de los límites de lo que podemos llamar la ópera heroica. Probó que, en todos los elementos esenciales del arte, no menos que en la verdad de la naturaleza, las obras de Shakespeare coincidían incomparablemente más con los principios de Aristóteles que las producciones de Corneille y Racine, a pesar de la cacareada regularidad de estos últimos. Bajo estas convicciones se compusieron las propias obras dramáticas de Lessing. Su deficiencia está en la profundidad y la imaginación: su excelencia está en la construcción de la trama; el buen sentido de los sentimientos; la sobriedad de la moral; y el alto pulimento de la dicción y el diálogo. En resumen, sus dramas son las antípodas de todos aquellos que ha sido moda en los últimos años abusar y disfrutar a la vez bajo el nombre de drama alemán. De este último, LOS BANDIDOS de Schiller fue la muestra más temprana; los primeros frutos de su juventud (casi diría de su infancia), y como tal, la prenda y promesa de un genio no común. Solo como tal, el juicio más maduro del autor toleró la obra. Durante toda su vida se expresó sobre esta producción con una aspereza más que necesaria, como un monstruo no menos ofensivo para el buen gusto que para la sana moral; y, en sus últimos años, su indignación ante la inusitada popularidad de LOS BANDIDOS le sedujo a los extremos contrarios, a saber: una estudiada debilidad de interés (en la medida en que el interés debía derivarse de los incidentes y el estímulo de la curiosidad); una dicción elaboradamente métrica; la afectación de las rimas; y la pedantería del coro.
Pero para entender el verdadero carácter de LOS BANDIDOS, y de las innumerables imitaciones que fueron su progenie, debo informarle, o al menos traer a su memoria, que, por aquella época, y durante algunos años antes, tres de los libros más populares en lengua alemana eran las traducciones de los PENSAMIENTOS NOCTURNOS de Young, las MEDITACIONES de Hervey y la CLARISSA HARLOWE de Richardson. Ahora bien, solo tenemos que combinar el estilo hinchado y el ritmo peculiar de Hervey, que es poético solo debido a su total ineptitud para la prosa, y podría llamarse igualmente prosaico por su total ineptitud para la poesía; solo tenemos, repito, que combinar estos «herveyismos» con los pensamientos forzados, la metafísica figurativa y los solemnes epigramas de Young, por un lado; y con la sensibilidad cargada, el detalle minucioso, la conciencia morbosa de cada pensamiento y sentimiento en todo el flujo y reflujo de la mente, en resumen, la autoinvolución y la continuidad onírica de Richardson, por el otro; y luego añadir los incidentes horripilantes y los villanos misteriosos (genios de intelecto sobrenatural, si quiere tomar la palabra de los autores, pero al nivel de los más viles rufianes de las celdas de los condenados, si hemos de juzgar por sus acciones y artimañas); añadir los castillos en ruinas, las mazmorras, las trampillas, los esqueletos, los fantasmas de carne y hueso y la luz de luna perpetua de un autor moderno (ellos mismos la cría literaria de EL CASTILLO DE OTRANTO, cuyas traducciones, con las imitaciones y mejoras mencionadas, empezaban por aquel entonces a hacer tanto ruido en Alemania como sus originales hacían en Inglaterra); y como compuesto de estos ingredientes debidamente mezclados, reconocerá el llamado drama alemán. La olla podrida así cocinada fue denunciada, por los mejores críticos de Alemania, como meros calambres de debilidad y orgasmos de una imaginación enfermiza por parte del autor, y la provocación más baja del sentimiento entumecido por parte de los lectores. El viejo error, sin embargo, sobre la irregularidad y el salvajismo de Shakespeare, en el que el alemán no hizo sino repetir al francés, quien a su vez no eran sino el eco de nuestros propios críticos, estaba aún en boga, y se citaba a Shakespeare como autoridad para el drama más anti-shakespeareano. Tenemos de hecho dos poetas que escribieron como uno solo, cerca de la época de Shakespeare, a quienes (como la peor característica de sus escritos) el corifeo del drama actual puede desafiar por el honor de ser un pariente pobre o un descendiente empobrecido. Pues si quisiéramos consentir caritativamente en olvidar el humor cómico, el ingenio, las felicidades de estilo, en otras palabras, toda la poesía y nueve décimas partes de todo el genio de Beaumont y Fletcher, lo que quedaría se convierte en un Kotzebue.
El llamado drama alemán, por lo tanto, es inglés en su origen, inglés en sus materiales e inglés por readopción; y hasta que podamos probar que Kotzebue, o cualquiera de toda la estirpe de los Kotzebue, ya sean dramaturgos o escritores románticos, o escritores de dramas románticos, fueron admitidos en algún otro estante en las bibliotecas de los alemanes cultos que no fueran los ocupados por sus originales, y por los monos de los monos en su propia patria, deberíamos resignarnos a cargar a nuestro propio mocoso sobre nuestras propias espaldas; o mejor dicho, considerarlo como un descarriado que regresa de la deportación solo con las mejoras en crecimiento y modales con las que los jóvenes convictos deportados suelen volver a casa.
No conozco nada que contribuya más a una visión más clara de la verdadera naturaleza de cualquier fenómeno literario que su comparación con alguna producción más antigua, cuya semejanza es sorprendente, pero solo aparente, mientras que la diferencia es real. En el presente caso, esta oportunidad nos la brinda la vieja obra española titulada Atheista Fulminato, representada antaño, y tal vez todavía, en las iglesias y monasterios de España, y que, bajo varios nombres (Don Juan, el libertino, etc.), ha tenido su día de favor en todos los países de Europa. Una popularidad tan extensa, y de una obra tan grotesca y extravagante, reclama y merece atención e investigación filosófica. El primer punto a notar es que la obra es, en todo momento, imaginativa. Nada de ella pertenece al mundo real, salvo los nombres de los lugares y las personas. Las partes cómicas, al igual que las trágicas; los personajes vivos, al igual que los difuntos, son criaturas del cerebro; tan poco sujetas a las reglas de la probabilidad ordinaria como el Satanás de EL PARAÍSO PERDIDO o el Calibán de LA TEMPESTAD, y por lo tanto deben entenderse y juzgarse como abstracciones personificadas. Rango, fortuna, ingenio, talento, conocimiento adquirido y logros liberales, junto con belleza física, salud vigorosa y resistencia constitucional: se supone que todas estas ventajas, elevadas por los hábitos y simpatías del noble nacimiento y el carácter nacional, se han combinado en Don Juan, de modo que le otorgan los medios para llevar a todas sus consecuencias prácticas la doctrina de una naturaleza sin Dios, como fundamento único y causa eficiente no solo de todas las cosas, eventos y apariencias, sino también de todos nuestros pensamientos, sensaciones, impulsos y acciones. La obediencia a la naturaleza es la única virtud: la gratificación de las pasiones y apetitos, su único dictado: la voluntad propia de cada individuo, el único órgano a través del cual la naturaleza expresa sus mandamientos, y
«¡La contradicción propia es el único mal! Pues, por las leyes del espíritu, tiene razón todo carácter individual que actúa en estricta coherencia consigo mismo».
Que las opiniones especulativas, por impías y audaces que sean, no siempre van seguidas de una conducta correspondiente, es muy cierto, así como que apenas pueden en ningún caso realizarse sistemáticamente, debido a su falta de adecuación a la naturaleza humana y a las instituciones de la sociedad. Solo puede haber infierno donde todo es infierno: y se necesita un mundo separado de demonios para la existencia de un solo demonio completo. Pero, por otro lado, no es menos claro, ni, con la biografía de Carrier y sus compañeros ateos ante nosotros, se puede negar sin ceguera voluntaria, que el (llamado) sistema de la naturaleza (es decir, el materialismo, con el rechazo absoluto de la responsabilidad moral, de una Providencia presente y de la retribución tanto presente como futura) puede influir en los caracteres y acciones de los individuos, e incluso de las comunidades, hasta un grado que casi elimina la distinción entre hombres y demonios, y hará que la página del historiador del futuro se asemeje a la narración de los sueños de un loco. No es, por tanto, la maldad de Don Juan lo que constituye al personaje en una abstracción y lo aleja de las reglas de la probabilidad; sino la rápida sucesión de los actos e incidentes correspondientes, su superioridad intelectual y la espléndida acumulación de sus dones y cualidades deseables, coexistentes con una maldad absoluta en una misma persona. Pero esta es también la circunstancia misma que da a esta extraña obra su encanto e interés universal. Don Juan es, de principio a fin, un personaje inteligible: tanto como el Satanás de Milton. El poeta solo pide al lector lo que, como poeta, tiene el privilegio de pedir: a saber, esa suerte de fe negativa en la existencia de tal ser, que otorgamos voluntariamente a las producciones declaradamente ideales, y una disposición al mismo estado de sentimiento que aquel con el que contemplamos las figuras idealizadas del Apolo de Belvedere y el Hércules Farnesio. Lo que el Hércules es para el ojo en fuerza corporal, Don Juan lo es para la mente en fuerza de carácter. Lo ideal consiste en el feliz equilibrio de lo genérico con lo individual. Lo primero hace que el personaje sea representativo y simbólico, por lo tanto, instructivo; porque, mutatis mutandis, es aplicable a clases enteras de hombres. Lo segundo le da un interés vivo; pues nada vive o es real, sino como algo definido e individual. Para entender esto completamente, el lector solo necesita recordar el estado específico de sus sentimientos cuando, al mirar un cuadro de la clase histórica (más propiamente de la poética o heroica), objeta una figura particular por ser demasiado parecida a un retrato; y esta interrupción de su complacencia la siente sin la menor referencia a, o el menor conocimiento de, ninguna persona en la vida real a quien pudiera reconocer en esta figura. Basta con que tal figura no sea ideal: y por lo tanto no es ideal, porque uno de los dos factores o elementos de lo ideal está en exceso. Una objeción similar y más poderosa sentiría hacia un conjunto de figuras que fueran meras abstracciones, como las de Cipriani, y lo que se ha llamado formas y rostros griegos, es decir, contornos dibujados según una receta. Estos, a su vez, no son ideales; porque en ellos el otro elemento está en exceso. «Forma formans per formam formatam translucens» es la definición y perfección del arte ideal.
Esta excelencia se logra tan felizmente en el Don Juan, que es capaz de interesar sin poesía, es más, incluso sin palabras, como en nuestra pantomima de ese nombre. Vemos claramente cómo se forma el carácter; y la extravagancia misma de los incidentes, y la entereza sobrehumana de la actuación de Don Juan, evita que la maldad conmocione nuestras mentes hasta un grado doloroso. No lo creemos lo suficiente para este efecto; no, ni siquiera con ese tipo de creencia o aquiescencia temporal y negativa que he descrito anteriormente. Mientras tanto, las cualidades de su carácter son demasiado deseables, demasiado halagadoras para nuestro orgullo y nuestros deseos, como para no compensar por este lado tanta fe adicional como se perdió por el otro. ¡No hay peligro (piensa el espectador o lector) de que yo me convierta en tal monstruo de iniquidad como Don Juan! ¡Nunca seré ateo! ¡Nunca rechazaré toda distinción entre el bien y el mal! ¡No tengo la menor inclinación a ser un fanfarrón tan escandaloso en mis asuntos amorosos! Pero poseer tal poder de cautivar y encantar los afectos del otro sexo... ¡ser capaz de inspirar en una mujer encantadora e incluso virtuosa un amor tan profundo, y tan enteramente personal hacia mí!... ¡que ni mis peores vicios (si fuera vicioso), ni siquiera mi crueldad y perfidia (si fuera cruel y pérfido), pudieran erradicar la pasión!... ¡ser amado por mí mismo, que incluso con un conocimiento claro de mi carácter, ella moriría por salvarme!... esto, señor, se apodera de dos lados de nuestra naturaleza, el mejor y el peor. Pues el desinterés heroico, al que el amor puede transportar a una mujer, no puede ser contemplado sin una honorable emoción de reverencia hacia la feminidad: y, por otro lado, es una de las miserias, y reside en el oscuro fundamento de nuestra naturaleza, anhelar una confirmación externa de ese algo dentro de nosotros que es nuestro propio yo, ese algo, no compuesto de nuestras cualidades y relaciones, sino que es en sí mismo el apoyo y la base sustancial de todas ellas. Ámame, y no a mis cualidades, puede ser un deseo vicioso y loco, pero no es un deseo totalmente carente de significado.
Sin poder, la virtud sería insuficiente e incapaz de revelar su ser. Se parecería a la transformación mágica de la heroína de Tasso en un árbol, en el que solo podía gemir y sangrar. De ahí que el poder sea necesariamente un objeto de nuestro deseo y de nuestra admiración. Pero de todo poder, el de la mente es, en todos los sentidos, el gran desiderátum de la ambición humana. Seremos como dioses en conocimiento, fue y debe haber sido la primera tentación: y la coexistencia de un gran señorío intelectual con la culpa nunca ha sido representada adecuadamente sin excitar el más fuerte interés, y por esta razón, que en esta mala y heterogénea coordinación podemos contemplar el intelecto del hombre más exclusivamente como una auto-subsistencia separada, que en su estado propio de subordinación a su propia conciencia, o a la voluntad de un ser infinitamente superior.
Este es el encanto sagrado de los personajes masculinos de Shakespeare en general. Todos están moldeados en el intelecto gigantesco del propio Shakespeare; y esta es la atracción abierta de su Ricardo, Yago, Edmundo y otros en particular. Pero, de nuevo, de todo poder intelectual, el de la superioridad ante el miedo al mundo invisible es el más deslumbrante. Su influencia queda abundantemente probada por la única circunstancia de que puede sobornarnos hacia una sumisión voluntaria de nuestro mejor conocimiento, hacia la suspensión de todo nuestro juicio derivado de la experiencia constante, y permitirnos leer con el más vivo interés los cuentos más salvajes de fantasmas, magos, genios y talismanes secretos. Sobre esta propensión, tan profundamente arraigada en nuestra naturaleza, un verdadero poeta puede elevar una probabilidad dramática específica, si el conjunto de su obra está en armonía: una probabilidad dramática, suficiente para el placer dramático, incluso cuando los personajes e incidentes componentes bordean la imposibilidad. El poeta no nos exige estar despiertos y creer; solo nos solicita que nos entreguemos a un sueño; y esto, además, con los ojos abiertos y con nuestro juicio en espera detrás de la cortina, listo para despertarnos al primer movimiento de nuestra voluntad: y mientras tanto, solo, no dejar de creer. Y en tal estado de ánimo, ¿quién no podría quedar impresionado con la fría intrepidez de Don Juan ante la aparición del fantasma de su padre?
«FANTASMA.—¡Monstruo! ¡Contempla estas heridas!
«D. JUAN.—¡Lo hago! Estaban bien intencionadas y bien ejecutadas, ya veo.
«FANTASMA.—Arrepiéntete, arrepiéntete de todas tus villanías. Mi clamorosa sangre clama venganza al cielo, el cielo derramará sus juicios sobre todos vosotros. El infierno bosteza por vosotros, por vosotros llama cada demonio, y espera cada hora vuestra caída impenitente. Os atormentarán con horrores eternos, a menos que te arrepientas de repente de todos tus crímenes. (El fantasma se hunde).
«D. JUAN.—Adiós, eres un fantasma necio. ¡Arrepiéntete, dice! ¿Qué podría significar esto? Nuestros sentidos están todos en una niebla, seguro.
«D. ANTONIO.—(uno de los compañeros réprobos de D. Juan.) ¡No lo están! Era un fantasma.
«D. LÓPEZ.—(otro réprobo.) Nunca creí en esos cuentos tontos antes.
«D. JUAN.—¡Vamos! No importa. Sea lo que sea, debe ser natural.
«D. ANT.—Y la naturaleza es inalterable en nosotros también.
«D. JUAN.—¡Es verdad! La naturaleza de un fantasma no puede cambiar la nuestra».
¿Quién puede también negar una porción de sublimidad a la tremenda consistencia con la que resiste la última prueba aterradora, como un segundo Prometeo?
«Coro de demonios.
«ESTATUA-FANTASMA.—¿No te arrepentirás y sentirás remordimiento?
«D. JUAN.—Si pudieras darme otro corazón, tal vez podría. Pero con este corazón que tengo, no puedo.
«D. LÓPEZ.—Estas cosas son prodigiosas.
«D. ANTON.—Tengo una especie de reticencia a arrepentirme, pero algo me retiene.
«D. LOP.—Si pudiéramos, ahora es demasiado tarde. No quiero.
«D. ANT.—¡Te desafiamos!
«FANTASMA.—¡Pereced, impíos desgraciados, id y encontrad los castigos guardados para vosotros!
(Truenos y relámpagos. D. Lop. y D. Ant. son tragados).
«FANTASMA a D. JUAN.—¡Contempla sus terribles destinos, y sabe que tu último momento ha llegado!
«D. JUAN.—No pienses en asustarme, fantasma tonto; haré pedazos tu cuerpo de mármol y derribaré tu caballo. (Truenos y relámpagos—coro de demonios, etc.)
«D. JUAN.—Veo estas cosas con asombro, pero sin miedo. Si todos los elementos fueran confundidos, y mezclados todos en su antiguo caos; si hubiera mares de azufre ardiendo a mi alrededor, y toda la humanidad rugiendo dentro de esos fuegos, no podría temer, ni sentir el menor remordimiento. Hasta el último instante desafiaría tu poder. Aquí permanezco firme, y desdeño todas tus amenazas. ¡Tu asesino (al fantasma de uno a quien había asesinado) está aquí! ¡Ahora haz tu peor esfuerzo!» (Es tragado por una nube de fuego).
En fin, el carácter de Don Juan consiste en la unión de todo lo deseable para la naturaleza humana, como medio, y que por lo tanto, por la bien conocida ley de asociación, se vuelve finalmente deseable por sí mismo. Por sí mismos, y en su propia dignidad, se despliegan aquí como empleados para fines tan inhumanos, que en el efecto parecen casi como medios sin un fin. Los ingredientes también están mezclados en la proporción más feliz, de modo que se sostienen y alivian mutuamente, más especialmente en ese constante contrapunto de ingenio, alegría y generosidad social, que evita que el criminal, incluso en sus momentos más atroces, se hunda en el mero rufián, al menos en tanto nuestra imaginación juzgue. Sobre todo, la fina infusión a través de todo, con los modales y sentimientos característicos de un caballero altamente educado, da vida al drama. Así, habiendo invitado a cenar a la estatua-fantasma del gobernador, a quien había asesinado, invitación que el fantasma de mármol aceptó con un movimiento de cabeza, Don Juan ha preparado un banquete.
«D. JUAN.—¡Algo de vino, pícaro! Aquí va por el fantasma de Don Pedro; debería haber sido bienvenido.
«D. LOP.—El sinvergüenza te tiene miedo después de muerto. (Alguien golpea fuerte en la puerta).
«D. JUAN.—(al sirviente)—Levántate y cumple con tu deber.
«SIRV.—¡Oh, el diablo, el diablo! (Entra el fantasma de mármol).
«D. JUAN.—¡Ja! ¡Es el fantasma! ¡Levantémonos y recibámoslo! Ven, gobernador, eres bienvenido, siéntate allí; si hubiéramos pensado que habrías venido, habríamos esperado por ti.
* * * * * *
¡Aquí, gobernador, por tu salud! ¡Amigos, hacedla circular! Aquí hay excelente carne, probad este ragú. Vamos, te serviré, vamos, come, y dejemos que las viejas rencillas sean olvidadas. (El fantasma lo amenaza con venganza).
«D. JUAN.—Estamos demasiado confirmados; maldito sea este discurso seco. Vamos, aquí va por tu amante, tenías una cuando vivías: sin olvidar a tu dulce hermana. (entran demonios).
«D. JUAN.—¿Son estos parte de tu séquito? ¿Demonios, dices? Siento no tener aguardiente quemado para convidarles, esa es bebida apta para demonios», etc.
Ni la escena de la que citamos es interesante solo por su probabilidad dramática; es susceptible también de una moral sólida; de una moral que tiene reclamos más que comunes a la atención de una clase demasiado numerosa, que está dispuesta a aceptar las cualidades del coraje caballeroso y el honor escrupuloso (en todas las leyes reconocidas del honor) como sustitutos de la virtud, en lugar de sus adornos. Este, de hecho, es el valor moral de la obra en general, y lo que la coloca a una distancia sideral del espíritu del jacobinismo moderno. Este último nos presenta copias torpes de estas vistosas cualidades instrumentales, para reconciliarnos con el vicio y la falta de principios; mientras que el Atheista Fulminato presenta un retrato exquisito de las mismas cualidades, en todo su brillo y resplandor, pero las presenta con el único propósito de mostrar su vaciedad, y con el fin de ponernos en guardia demostrando su absoluta indiferencia hacia el vicio y la virtud, siempre que estos y otros logros similares sean contemplados por sí mismos.
Hace dieciocho años observé que todo el secreto del drama jacobino moderno (que, y no el alemán, es su designación apropiada), y de toda su popularidad, consiste en la confusión y subversión del orden natural de las cosas en sus causas y efectos: a saber, en la excitación de la sorpresa mediante la representación de las cualidades de liberalidad, sentimiento refinado y un fino sentido del honor (aquellas cosas más bien que pasan entre nosotros por tales) en personas y en clases donde la experiencia nos enseña menos a esperarlas; y recompensando con todas las simpatías que son debidas a la virtud, a aquellos criminales a quienes la ley, la razón y la religión han excomulgado de nuestra estima.
Esto por sí solo me llevaría de vuelta a BERTRAM, o EL CASTILLO DE ST. ALDOBRAND; pero, en mi propia mente, esta tragedia fue puesta en relación con EL LIBERTINO (la adaptación de Shadwell del Atheista Fulminato al escenario inglés en el reinado de Carlos II) por el hecho de que nuestro drama moderno está tomado, en su sustancia, de la primera escena del tercer acto de EL LIBERTINO. ¡Pero con qué palpable superioridad de juicio en el original! La tierra y el infierno, los hombres y los espíritus están en armas contra Don Juan; los dos primeros actos de la obra no solo nos han preparado para lo sobrenatural, sino que nos han acostumbrado a lo prodigioso. Es, por lo tanto, ni más ni menos que lo que anticipamos cuando el Capitán exclama: «En todos los peligros en los que he estado, tales horrores nunca conocí. Estoy completamente desanimado»; y cuando el Ermitaño dice que había «contemplado el océano con la furia más salvaje, sin embargo, nunca antes vi una tormenta tan terrible; tales destellos horribles de relámpagos y tales estallidos de truenos nunca estuvieron en mi memoria». Y el estallido de impiedad sorprendente de Don Juan es igualmente inteligible en su motivo, como dramático en su efecto.
¿Pero qué hay para explicar el prodigio de la tempestad en el naufragio de Bertram? Es un mero efecto sobrenatural, sin ni siquiera una pista de ninguna agencia sobrenatural; un prodigio, sin ninguna circunstancia mencionada que sea prodigiosa; y un milagro introducido sin fundamento, y terminando sin resultado. Cada evento y cada escena de la obra podría haber tenido lugar igual si Bertram y su barco hubieran sido arrastrados por un vendaval fuerte común, o por falta de provisiones. El primer acto habría perdido, de hecho, su imagen más grande y sonora; una escena por el bien de una escena, sin una palabra hablada; como tal, por tanto (una rareza sin precedente), ¡debemos tomarla y estar agradecidos! En opinión de no pocos, fue, en todos los sentidos de la palabra, la mejor escena de la obra. Estoy bastante seguro de que fue la más inocente: y la firme y silenciosa verticalidad de la llama de las velas de cera, que los monjes sostenían sobre las olas rugientes en medio de la tormenta de viento y lluvia, fue realmente milagrosa.
La costa siciliana: un convento de monjes: noche: una tormenta más portentosa y sobrenatural: un barco naufraga contra toda expectativa humana, un hombre se salva gracias a sus poderes prodigiosos como nadador, ayudado por la peculiaridad de su destino—
«PRIOR.—Todos, todos perecieron.
PRIMER MONJE.—Cambia, cambia esas vestiduras empapadas—
PRIOR.—No sabía de ellos—cada alma pereció— Entra el tercer monje apresuradamente.
«TERCER MONJE.—No, hubo uno que luchó con la tormenta con una fuerza descuidada y desesperada; muchas veces su vida fue ganada y perdida, como si no le importara— ninguna mano lo ayudó, y él no ayudó a nadie— solo, desafió la gran ola, solo ese hombre fue salvado».
¡Bien! Este hombre es conducido por los monjes, supuestamente empapado, y ante preguntas muy naturales, o bien permanece en silencio, o da respuestas muy breves y hoscas, y después de tres o cuatro de estas cortesías de medio verso, «apartando a los monjes» que lo habían salvado, exclama con la verdadera sublimidad de nuestro heroísmo misantrópico moderno—
«¡Fuera! Sois hombres; hay veneno en vuestro contacto. Pero debo ceder, pues esto» (¿qué?) «me ha dejado sin fuerzas».
Así terminan las tres primeras escenas. En la siguiente (el Castillo de St. Aldobrand), encontramos a los sirvientes allí igualmente asustados por esta tormenta sobrenatural, aunque no se nos dice en qué difería de otras tormentas violentas, excepto que Hugo nos informa, página 9—
«PIET.—Hugo, bien hallado. ¿Acaso tu edad guarda memoria de una tormenta tan terrible?
HUGO.—Han sido frecuentes últimamente.
PIET.—Siempre lo son en Sicilia.
HUGO.—Eso se dice. Pero las tormentas cuando yo era joven aún pasaban como fiebres intermitentes de la naturaleza, y lo volvían todo más sano. Ahora su furia, enviada así fuera de tiempo y sin provecho, habla como las amenazas del cielo».
¡Qué teoría tan desconcertante la de las tormentas sicilianas esta del viejo Hugo! Y, lo que es muy notable, al parecer no fundamentada en una gran familiaridad propia con este molesto asunto. Pues cuando Pietro afirma la «frecuencia cada vez mayor» de tempestades en Sicilia, el anciano profesa no saber nada más del hecho que por oídas. «Eso se dice». Pero por qué asumió que esta tormenta era inoportuna, y en qué basó su profecía (pues la tormenta aún está en plena furia) de que sería infructuosa y carecería de las facultades físicas comunes a todos los demás vientos marinos violentos para purificar la atmósfera, quedamos a oscuras; así como respecto a los puntos particulares en los que sabía que, durante su transcurso, difería de aquellas que había conocido en su juventud. Al fin se nos presenta a Lady Imogine, de quien sabemos que no había descansado «a través de» la noche; no a causa de la tempestad, pues
«Mucho antes de que la tormenta surgiera, sus gestos inquietos Prohibían toda esperanza de verla bendecida con el sueño».
Sentada a una mesa y mirando un retrato, nos informa: primero, que los retratistas pueden hacer un retrato de memoria,
«El arte del pintor puede trazar el rasgo ausente».
Pues ciertamente estas palabras nunca podrían significar que un pintor puede hacer que una persona se siente ante él, ¡quien después puede abandonar la habitación o tal vez el país! En segundo lugar, que un retratista puede permitir a una dama de luto poseer una buena semejanza de su amante ausente, pero que el retratista no puede, y quién habrá de:
«¿Restaurar las escenas en las que se conocieron y se separaron?»
La respuesta natural habría sido: ¡pues el pintor de decorados, sin duda! Pero esta dama irracional requiere además que se pinten cosas diversas que no tienen líneas ni colores:
«Los pensamientos, los recuerdos, dulces y amargos, O los sueños elíseos de los amantes cuando amaban».
Cuya última frase debe suponerse que significa: cuando estaban presentes y haciendo el amor el uno al otro. Entonces, si este retrato pudiera hablar, «absolvería la fe del género femenino». ¿Cómo? ¿Había permanecido ella constante? No, ha sido casada con otro hombre, de quien ahora es esposa. ¿Cómo entonces? Pues que, a pesar de su voto matrimonial, había seguido anhelando y deseando a su antiguo amante:
«Este tiene su cuerpo, aquel su mente: ¿Cuál ha hecho el mejor negocio?»
El amante, sin embargo, no estaba contento con este precioso arreglo, como pronto descubriremos. La dama procede a informarnos que durante los muchos años de su separación, han ocurrido en diferentes partes del mundo un número de «tales cosas»; incluso tales como en el curso de los años siempre han ocurrido, y hasta el Milenio, sin duda siempre ocurrirán en algún lugar u otro. Sin embargo, este pasaje, tanto en lenguaje como en métrica, es quizás de las mejores partes de la obra. La compañera de amor de la dama y asistente más estimada, Clotilda, entra ahora y explica este amor y estima demostrándose ser una oyente de lo más pasiva y desapasionada, así como una interrogadora breve y afortunada, que pregunta por casualidad cuestiones que habríamos pensado hechas por el mero bien de las respuestas. En resumen, nos recuerda mucho a esas heroínas de títeres para quienes el titiritero se las arregla para dialogar sin ninguna habilidad en la ventriloquía. Esto, no obstante, es la mejor escena de la obra, y aunque atestada de solecismos, dicción corrupta y ofensas contra la métrica, poseería méritos suficientes para superarlas si pudiéramos suspender el sentido moral durante la lectura. Narra bien y apasionadamente las circunstancias preliminares, y así supera la dificultad principal de la mayoría de los primeros actos, a saber, la de la narración retrospectiva. Nos cuenta de haber sido honradamente cortejada por un noble joven, de rango y fortuna vastamente superiores a los suyos: de su amor mutuo, acrecentado por su parte por la gratitud; de su pérdida del favor de su soberano; su desgracia, proscripción y huida; que él (así degradado) se hundió en un vil rufián, el jefe de una banda asesina; y que, por la indulgencia habitual de los hábitos más reprobados y las pasiones feroces, había quedado tan cambiado, incluso en apariencia y rasgos,
«Que aquella que lo dio a luz se había retraído de él, Ni conocido el rostro alienígena de su hijo, Sin embargo, ella (Imogine) aún lo amaba».
Ella es obligada por las súplicas silenciosas de un padre, que perece con «amarga y vergonzosa necesidad sobre la fría tierra», a entregar su mano, con un corazón así irremediablemente comprometido de antemano, a Lord Aldobrand, el enemigo de su amante, incluso al hombre mismo que había frustrado sus ambiciosos planes, y que, en ese momento, estaba encargado de la ejecución de la sentencia de muerte que había sido dictada contra Bertram. Ahora, la prueba del «amor de mujer», tan industriosamente presentada para la simpatía, si no para la estima de la audiencia, consiste en esto, que, aunque Bertram se había convertido en un ladrón y asesino de profesión, un rufián en sus modales, sí, con forma y rasgos ante los cuales su propia madre no podía sino «retraerse», aun así ella (Lady Imogine) «la esposa de un noble y honradísimo Lord», estimable como hombre, ejemplar y afectuoso como esposo, y el cariñoso padre de su único hijo; que ella, a pesar de todo esto, golpeándose el corazón, se atreve a decirle:
«Pero tú eres de Bertram todavía, y de Bertram por siempre».
Un monje entra ahora, y ruega en nombre de su Prior por la acostumbrada hospitalidad, y el «libre y noble uso» del Castillo de St. Aldobrand para algunas desgraciadas almas náufragas, y de esto nos enteramos, por primera vez, para nuestra infinita sorpresa, que a pesar de la sobrenaturalidad de la tempestad susodicha, no solo Bertram, sino toda su banda, habían sido salvados, por qué medios se nos deja conjeturar, y solo podemos concluir que tenían todos las mismas desesperadas dotes de nado, y el mismo destino salvador que el héroe, el propio Bertram. Así termina el primer acto, y con él el relato de los eventos, tanto aquellos con los que comienza la tragedia, como aquellos que habían ocurrido antes de la fecha de su comienzo. El segundo muestra a Bertram en un sueño perturbado, que el Prior, quien se cierne sobre él, prefiere llamar un «trance sobresaltado», y con una voz tensa, que habría despertado a uno de los siete durmientes, observa a la audiencia:
«¡Cómo trabaja el labio! ¡Cómo rechinan los dientes desnudos! ¡Y gotas perladas recorren su frente retorcida!»
El efecto dramático de cuyo pasaje no solo concedemos a los admiradores de esta tragedia, sino que reconocemos las ventajas adicionales de preparar a la audiencia para la serie más sorprendente de muecas, bocas profladas y gestos lunáticos que jamás fueron «lanzados» a una audiencia para «abrasar el sentido».
«PRIOR.—Lo despertaré de este horrible trance. ¡Este no es un sueño natural! ¡Ho, despierta, extraño!»
Esta es una aplicación más bien caprichosa del verbo reflexivo debemos confesar, aunque recordamos una transferencia similar del agente al paciente en una tragedia manuscrita, en la que el Bertram de la pieza, postrando a un hombre con un solo golpe de su puño, exclama: «Túmbate tú, entonces pregúntate si vives». Bien; el extraño obedece, y cualquiera que haya sido su sueño, su despertar fue perfectamente natural; pues el letargo mismo no podría resistir la estentórea reprimenda del Sr. Holland, el Prior. Aprendemos a continuación de la mejor autoridad, su propia confesión, que el héroe misántropo, cuyo destino era incompatible con el ahogamiento, es el Conde Bertram, quien no solo revela sus fortunas pasadas, sino que confiesa con abierta atrocidad su odio satánico al señor de Imogine, y su frenética sed de venganza; y así el personaje delirante delira, y el personaje que regaña regaña, ¿y qué más? ¿No actúa el Prior? ¿No envía a buscar una cuadrilla de alguaciles o cazadores de ladrones para ponerle las esposas al villano, o llevarlo ya sea a Bedlam o a Newgate? Nada de eso; el autor conserva la unidad de carácter, y el Prior que regaña de principio a fin no hace más que regañar, con la excepción, en verdad, de la última escena del último acto, en la que, con una revolución de lo más sorprendente, gime, llora y se arrodilla ante el condenado asesino blasfemo por puro afecto al hombre de gran corazón, cuya sublimidad de pecado angelical rivaliza con el apóstata brillante como una estrella, (es decir, que era tan orgulloso como Lucifer, y tan malvado como el Diablo), y «lo había estremecido» (al mencionado Prior Holland) con salvaje admiración.
En consecuencia, en la misma escena siguiente, tenemos a este Macheath trágico, con toda su banda, en el Castillo de St. Aldobrand, sin ningún intento por parte del Prior ya sea de impedírselo, o de poner a la señora y a los sirvientes del Castillo en guardia contra sus nuevos inquilinos; aunque él (el Prior) sabía, y confiesa que sabía, que los «temibles compañeros» de Bertram eran asesinos tan habituados y naturalizados en la culpa, que:
«Cuando su bodega empapada abandonó oro y equipo, Aferraron sus dagas con instinto de asesino»;
y aunque también sabía que Bertram era el líder de una banda cuyo oficio era la sangre. Al Castillo, sin embargo, se dirige, así con el consentimiento del santo Prior, si no con su asistencia; y allí sigámoslo.
Tan pronto como nuestro héroe está alojado a salvo en el Castillo de St. Aldobrand, atrae la atención de la dama y su confidente, por sus «ojos oscuros, salvajes y terribles», su «forma envuelta», «forma temerosa», «oscuramente salvaje», «orgullosamente severa», y otros indefinidos de lugar común semejantes, sazonados por antítesis meramente verbales, y en el mejor de los casos, copiados con muy ligero cambio, del Conrade de la JUANA DE ARCO de Southey. La dama Imogine, que ha estado (como es el caso, nos dice, con todos los espíritus suaves y solemnes) adorando a la luna en una terraza o muralla a la vista del Castillo, insiste en tener una entrevista con nuestro héroe, y esto además a solas. ¿Aprendería el lector el porqué y el para qué se excluye a la confidente, quien muy apropiadamente protesta contra tal «conferencia, a solas, de noche, con alguien que lleva tan temerosa forma»? La razón sigue: «¡pues, por lo tanto, envíalo!». Digo sigue, porque la siguiente línea, «todas las cosas de miedo han perdido su poder sobre mí», está separada de la anterior por una ruptura o pausa, y además de que es una respuesta muy pobre al peligro, no es respuesta alguna a la grosera falta de delicadeza de esta exposición deliberada. Debemos, por tanto, considerarlo como una mera ocurrencia tardía, que suaviza un poco la rudeza, pero no añade nada al peso de esa exquisita razón de mujer antes mencionada. Y así sale Clotilda y entra Bertram, quien «permanece sin mirarla», esto es, con sus extremidades inferiores horcajadas, sus brazos en jarras, su costado al frente de la dama, toda la figura asemejándose a una Y invertida. Es pronto sin embargo despertado del estado hosco al estado frenético, y luego siguen delirios, gritos, maldiciones, ella desmayándose, él cediendo, entra corriendo el hijo de Imogine, chirría «¡madre!». Él lo arrebata, y con un «¡Dios te bendiga, niño! Bertram ha besado a tu hijo», el telón cae. El tercer acto es corto, y corto sea nuestro relato de él. Introduce a Lord St. Aldobrand en su camino a casa, y luego a Imogine en el convento, confesando la suciedad de su corazón al Prior, quien primero se entrega a su viejo humor con un ataque de regaño sin sentido, luego la deja sola con su amante rufián, con quien hace de inmediato una cita infame, y el telón cae, para que pueda ser llevada a cabo y consumada.
Me faltan palabras para describir el horror y el disgusto mezclados con los que presencié la apertura del cuarto acto, considerándolo como una prueba melancólica de la depravación de la mente pública. El espíritu impactante del jacobinismo parecía no estar ya confinado a la política. La familiaridad con eventos y personajes atroces parecía haber envenenado el gusto, incluso donde no había desorganizado directamente los principios morales, y dejado los sentimientos insensibles a todos los llamamientos suaves, y anhelando solo los estímulos más groseros y escandalosos. El hecho mismo presente a nuestros sentidos, de que una audiencia británica pudiera permanecer pasiva bajo tal insulto a la decencia común, es más, recibir con un trueno de aplausos a un ser humano supuesto de haber venido rezumando de la consumación de esta compleja suciedad y bajeza, estas y otras reflexiones similares presionaron con el peso del plomo sobre mi corazón, de modo que el actor, el autor y la tragedia habrían sido olvidados, de no ser por un hombre sencillo y anciano sentado a mi lado, quien, con una cara muy seria, que expresaba a la vez sorpresa y aversión, me tocó el codo y, señalando al actor, me dijo en un susurro: «¿Ve usted a ese pequeño ahí? ¡Acaba de cometer adulterio!». Algo aliviado por la risa que esta respuesta graciosa ocasionó, forcé mi atención hacia el escenario lo suficiente para aprender que Bertram se ha recuperado de un ataque transitorio de remordimiento por la información de que St. Aldobrand estaba comisionado (para hacer lo que todo hombre honesto debería haber hecho sin comisión, si cumplía con su deber) para capturarlo y entregarlo a la justa venganza de la ley; una información que (como él sabía desde hace mucho que era un traidor proscrito y un forajido proclamado, y no solo un traficante de sangre él mismo, sino notoriamente el Capitán de una banda de ladrones, piratas y asesinos) ciertamente no podría haber sido nueva para él. Es esto, sin embargo, lo que solo e instantáneamente lo devuelve a su acostumbrado estado de delirio, blasfemia y sinsentido. A continuación sigue la entrevista forzada de Imogine con su esposo agraviado, y su repentina partida de nuevo, todo en amor y bondad, con el fin de asistir a la fiesta de St. Anselmo en el convento. Este era, hay que reconocerlo, un compromiso muy extraño para un esposo tan tierno de hacer a los pocos minutos de tan larga ausencia. Pero primero su dama le ha dicho que tiene «un voto sobre ella», y desea «que la perdición negra engulla su alma perjura»—(Nota: ella está mintiendo en ese mismo momento)—si asciende a su lecho, hasta que su penitencia sea cumplida. ¿Cómo, por lo tanto, ha de divertirse el pobre esposo en este intervalo de su penitencia? ¡Pero no se angustie, lector, a causa de la ausencia de St. Aldobrand! Como el autor se las ha arreglado para enviarlo fuera de la casa, cuando un esposo estaría en la suya y en el camino del amante, sin duda no estará perdido para traerlo de vuelta tan pronto como sea necesario. ¡Bien! El esposo se ha ido por un lado, y por el otro aparece el amante, y con el propósito diabólico de atormentar el alma de su miserable cómplice en la culpa, anunciándole, con las más brutales y blasfemas execraciones, su resuelta y deliberada intención de asesinar a su esposo; todo esto también sin ningún propósito descubrible por parte del autor, sino el de introducir una serie de sobresaltos, pausas, gritos, forcejeos, lanzamiento de dagas, caer al suelo, levantarse de nuevo salvajemente, jurar, gritos de auxilio, caer de nuevo al suelo, levantarse de nuevo, tambalearse débilmente hacia la puerta, y, para terminar la escena, un desmayo de lo más conveniente de nuestra dama, justo a tiempo para darle a Bertram una oportunidad de buscar al objeto de su odio, antes de que ella alarme a la casa, lo cual de hecho ella ha tenido tiempo de sobra para haber hecho antes, pero que el autor prefirió que ella se divirtiera y divirtiera a la audiencia con los delirios y sobresaltos antes descritos. Ella se recupera lentamente, y entra Clotilda, la confidente y madre confesor; luego comienza, lo que en lenguaje teatral se llama la locura, pero que el autor titula más precisamente delirio, pareciendo de hecho una especie de fiebre intermitente con ataques de aturdimiento de vez en cuando, siempre que la ocasión y el efecto escénico ocurran para requerirlo. Un conveniente regreso de la tormenta, (le dijimos al lector de antemano cómo sería), había cambiado—
«El riachuelo, que bañaba los muros del convento, En una inundación espumante: al borde El Lord y su pequeña comitiva se quedan consternados. Con antorcha y campana desde sus altas almenas Los monjes convocan al paso en vano; Él debe regresar esta noche».
Habla del Diablo y aparecen sus cuernos, dice el proverbio, y ciertamente, a diez líneas de la salida del mensajero, enviado para detenerlo, se anuncia la llegada de Lord St. Aldobrand. La banda de rufianes de Bertram entra ahora, y se alinea a través del escenario, dando fresca causa para los gritos y la locura de Imogine. St. Aldobrand, habiendo recibido su herida mortal detrás del escenario, entra tambaleándose para revolcarse en su sangre, y morir a los pies de esta adúltera doblemente condenada.
De ella, en lo que a ella respecta en este cuarto acto, tenemos dos puntos adicionales que notar: primero, la baja astucia y el truco jesuítico con el que engaña a su marido hacia palabras de perdón, que él mismo no entiende; y segundo, que en todas partes se la hace objeto de interés y simpatía, y no es culpa del autor si, en cualquier momento, ella excita sentimientos menos gentiles que aquellos que estamos acostumbrados a asociar con las autoacusaciones de una penitente religiosa sincera. ¿Y soportó todo esto una audiencia británica? Lo recibieron con aplausos que, de no ser por la rivalidad de las carretas y los coches de alquiler, podrían haber perturbado las oraciones vespertinas de la escasa congregación de día de semana en la catedral de St. Paul.
Tempora mutantur, nos et mutamur in illis.
Del quinto acto, lo único notable, (pues el desvarío y el sinsentido, aunque abundantes como siempre, se han convertido mucho antes del último acto en cosas de rutina), es la representación profana del altar mayor en una capilla, con todos los vasos y otros preparativos para el santo sacramento. ¡Un himno es realmente cantado en el escenario por los niños del coro! Por lo demás, Imogine, quien de vez en cuando habla delirantemente, pero quien siempre está aturdida en la medida en que su vestido y cabello pueden hacerla estarlo, vaga por bosques oscuros con rocas cavernosas y precipicios en el fondo del escenario; y un número de personajes mudos se mueven dentro y fuera continuamente, para cuya presencia hay siempre al menos esta razón, que ofrecen algo que ver, por esa parte muy grande de una audiencia de Drury Lane que tiene pocas posibilidades de escuchar una palabra. Ella había, al parecer, llevado a su hijo con ella, pero qué sucede con el niño, si ella lo asesinó o no, nadie puede decirlo, nadie puede aprender; era un enigma en la representación, y después de una lectura más atenta de la obra, sigue siendo un enigma.
«No sé más, desearía saberlo, Y se lo contaría todo a ustedes; Pues qué fue de este pobre niño Nadie lo supo jamás».
Toda nuestra información proviene de las siguientes palabras—
«PRIOR.—¿Dónde está tu hijo?
CLOTIL.—(Señalando a la caverna en la que ha mirado) ¡Oh, yace frío dentro de su tumba de caverna! ¿Por qué la instas con el tema horrible?
PRIOR.—(quien no será, el lector puede observar, privado de su dosis de regaño) Era para hacer (pregunta despierta) una cuerda viva del corazón, Y lo intentaré, aunque el mío se rompa en ello. ¿Dónde está tu hijo?
IMOG.—(con una risa frenética) El demonio del bosque lo ha arrebatado— Él (¿quién? ¿el demonio o el niño?) cabalga la pesadilla a través de los bosques de magos».
Ahora bien, estos dos versos consisten en un plagio sin sentido de la locura fingida de Edgar en Lear, quien, imitando los encantamientos gitanos, juega con la vieja palabra mair, una bruja; y en la no menos absurda adopción del demonio del bosque de Dryden, y el arroyo del mago mediante el cual Milton, en su Lycidas, caracteriza tan finamente al caudaloso Deva, fabulosus amnis. Obsérvese también que estas imágenes resultan únicas en los discursos de Imogine, sin la menor semejanza con nada de lo que dice antes o después. Pero estamos cansados. Los personajes en este acto retozan aquí, allá y en todas partes, tan molestamente como las luces fatuas que los muchachos traviesos, desde el otro lado de una calle estrecha, proyectan con un espejo sobre los rostros de sus vecinos de enfrente. Bertram, desarmado, superando a Charles de Moor en Los bandidos, desafía a los caballeros reunidos de San Anselmo (todos con armadura completa) y así, por pura fuerza de malas miradas, los intimida hasta convertirlos en poltrones pasivos. La repentina revolución en los modales del Prior ya la hemos señalado antes, y es, en efecto, tan outre, que muchos espectadores imaginaron que se iba a revelar un gran secreto, a saber: que el Prior era uno de los muchos casos de un pecador juvenil metamorfoseado en un viejo cascarrabias, y que este Bertram aparecería al final como su hijo. Imogine reaparece en el convento y muere por su propia voluntad. Bertram se apuñala y muere a su lado, y para que la obra pueda concluir como empezó, a saber, en una superfetación de blasfemia sobre sinsentido, debido a que había arrebatado una espada a un despreciable cobarde, quien retrocede aterrorizado cuando se le apunta en broma; este felo de se y capitán de ladrones —esta repugnante y leprosa confluencia de robo, adulterio, asesinato y cobarde asesinato—, este monstruo, cuya mejor acción es haber salvado a sus superiores de la degradación de ahorcarlo al convertirse él mismo en su verdugo; primero recomienda a los caritativos monjes y al santo Prior que recen por su alma, y luego tiene la necedad y la insolencia de exclamar:
«¡No muero una muerte de felón, Un arma de guerrero liberó el alma de un guerrero!»
CAPÍTULO XXIV
CONCLUSIÓN
Sucede a veces que somos castigados por nuestras faltas mediante incidentes en cuya causalidad dichas faltas no tuvieron parte: y esto siempre lo he sentido como el castigo más severo. La herida, en efecto, es de las mismas dimensiones; pero los bordes son irregulares, y hay un sordo dolor subyacente que sobrevive al escozor que había agravado. Pues siempre existe un sentimiento consolador que acompaña a la sensación de proporción entre antecedentes y consecuentes. El sentido del Antes y el Después se vuelve inteligible e intelectual cuando, y solo cuando, contemplamos la sucesión en las relaciones de Causa y Efecto, las cuales, como los dos polos del imán, manifiestan el ser y la unidad de un solo poder mediante opuestos relativos, y dan, por así decirlo, un sustrato de permanencia, de identidad y, por tanto, de realidad, al flujo sombrío del Tiempo. Es la Eternidad revelándose a sí misma en los fenómenos del Tiempo: y la percepción y reconocimiento de la proporcionalidad y adecuación del Presente al Pasado prueban al Alma afligida que aún no ha sido privada de la visión de Dios, que todavía puede reconocer la presencia efectiva de un Padre, aunque a través de un cristal oscurecido y una atmósfera turbia, aunque sea un Padre que la está castigando. Y por esta causa, sin duda, estamos tan constituidos en la mente, e incluso tan organizados en el cerebro y los nervios, que toda confusión es dolorosa. Está dentro de la experiencia de muchos médicos que un paciente, con síntomas extraños e inusuales de enfermedad, se ha sentido más angustiado mentalmente, más desdichado, por el hecho de ser ininteligible para sí mismo y para los demás, que por el dolor o el peligro de la enfermedad: es más, que el paciente ha recibido el consuelo más sólido, y ha reanudado una alegría genial y duradera, a partir de algún síntoma o producto nuevo que había determinado de inmediato el nombre y la naturaleza de su dolencia, y la había convertido en un efecto inteligible de una causa inteligible: incluso aunque el descubrimiento impidiera en ese mismo momento toda esperanza de recuperación. De aquí que los teólogos místicos, cuyas ilusiones podemos esperar con más confianza separar de sus intuiciones reales cuando nos dignamos a leer sus obras sin la presunción de que todo aquello de lo que nuestra fantasía (siempre el simio, y demasiadas veces el adulterador y falsificador de nuestra memoria) no ha hecho o no puede hacer una imagen, debe ser un sinsentido; de aquí, digo, que los místicos se hayan unido para representar el estado de los espíritus réprobos como un sueño espantoso en el que no hay sentido de realidad, ni siquiera de los tormentos que están soportando: una eternidad sin tiempo, y como si estuviera por debajo de él; Dios presente sin manifestación de su presencia. Pero estas son profundidades sobre las que no nos atrevemos a detenernos. Pasemos a un ejemplo más al nivel de las simpatías ordinarias de la humanidad. Aquí, pues, y en esta misma influencia sanadora de la Luz y la Observación distinta, podemos detectar la causa final de aquel instinto que, en la gran mayoría de los casos, conduce, y casi obliga, a los Afligidos a comunicar sus pesares. De aquí fluye también el alivio que resulta de «abrir nuestras penas», las cuales se presentan así en formas distinguibles en lugar de la niebla, a través de la cual todo lo que es informe se vuelve magnificado y (literalmente) enorme. Casimiro, en la quinta Oda de su tercer Libro, ha expresado felizmente [85] este pensamiento.
Me longus silendi Edit amor, facilesque luctus Hausit medullas. Fugerit ocyus, Simul negantem visere jusseris Aures amicorum, et loquacem Questibus evacuaris iram.
Olim querendo desinimus queri, Ipsoque fletu lacryma perditur Nec fortis [86] aeque, si per omnes Cura volat residetque ramos.
Vires amicis perdit in auribus, Minorque semper dividitur dolor, Per multa permissus vagari Pectora.--
No haré de esto una excusa, sin embargo, para molestar a mis lectores con quejas o explicaciones que, como lectores, poco o nada les incumben. Puede bastar (al menos por el momento) declarar que las causas que han retrasado la publicación de estos volúmenes durante tanto tiempo después de haber sido impresos no estaban relacionadas con ningún descuido por mi parte; y que formarían un comentario instructivo sobre el capítulo relativo al oficio de autor, dirigido a los jóvenes genios en el primer volumen de esta obra. Recuerdo el efecto irrisorio producido en mi mente por la primera frase de una autobiografía que, afortunadamente para el escritor, era tan escasa en incidentes como es posible que sea la vida de un individuo: «La vida llena de acontecimientos que estoy a punto de registrar, desde la hora en que surgió mi existencia en este planeta, etc.». Sin embargo, cuando, a pesar de este ejemplo de advertencia sobre la propia importancia ante mí, repaso mi propia vida, no puedo evitar aplicarle el mismo epíteto, y con un énfasis más que ordinario; y ningún sentimiento privado, que me afectara solo a mí, debería impedirme publicarlo (pues ciertamente lo escribiré, si la vida y el ocio me son concedidos), si la reflexión continua fortaleciera mi creencia actual de que mi historia añadiría su contingente a la aplicación de una verdad importante, a saber: que no solo debemos amar a nuestros vecinos como a nosotros mismos, sino también a nosotros mismos como a nuestros vecinos; y que no podemos hacer ninguna de las dos cosas a menos que amemos a Dios por encima de ambas.
¿Quién vive que no sea depravado o deprave? ¿Quién muere que no lleve al sepulcro algún desaire por regalo de sus amigos?
Por extraña que parezca la ilusión, es muy cierto que hace tres años no sabía ni creía que tuviera un enemigo en el mundo; y ahora incluso mis sensaciones más fuertes de gratitud se mezclan con el miedo, y me reprocho a menudo estar demasiado dispuesto a preguntar: ¿Tengo un amigo? Durante los muchos años que mediaron entre la composición y la publicación de CHRISTABEL, llegó a ser casi tan conocida entre los literatos como si hubiera estado a la venta común; se hicieron las mismas referencias a ella y se tomaron las mismas libertades, incluso hasta los nombres mismos de las personas imaginarias en el poema. De casi todos nuestros poetas más célebres, y de algunos con quienes no tenía relación personal, recibí o supe de expresiones de admiración que (puedo decir verdaderamente) me parecieron totalmente desproporcionadas para una obra que no pretendía ser más que un cuento de hadas común. Muchos, que no habían concedido mérito alguno a mis otros poemas, ya fueran impresos o manuscritos, y que me lo habían dicho francamente, hicieron uniformemente una excepción a favor de CHRISTABEL y del poema titulado AMOR. Año tras año, y en sociedades de los tipos más diferentes, se me había rogado que lo recitara, y el resultado era siempre el mismo en todas, y totalmente diferente a este respecto del efecto producido por la recitación ocasional de cualquier otro poema que hubiera compuesto. Esto antes de la publicación. Y desde entonces, salvo muy pocas excepciones, no he escuchado más que abusos, y esto también en un espíritu de amargura al menos tan desproporcionado a las pretensiones del poema, si hubiera estado lamentablemente por debajo de la mediocridad, como los elogios previos, y mucho más inexplicable. Esto puede servir como advertencia a los autores de que, en sus cálculos sobre la probable recepción de un poema, deben restar una gran cantidad del panegírico que pudo haberlos animado a publicarlo, por muy desprevenidos y por muy diversas que hayan sido las fuentes de este panegírico. Y, en primer lugar, deben hacerse concesiones por la enemistad privada, de cuya existencia quizás no habían tenido sospecha; por la enemistad personal tras la máscara de la crítica anónima; en segundo lugar, por la necesidad de una cierta proporción de abuso y ridículo en una Reseña para hacerla vendible, a consecuencia de lo cual, si no tienen amigos entre bastidores, las probabilidades deben estar necesariamente en su contra; pero por último, y principalmente, por la excitación y la simpatía temporal de sentimiento que la recitación del poema por un admirador, especialmente si es a la vez un admirador cálido y un hombre de celebridad reconocida, provoca en la audiencia. Pues esto es realmente una especie de magnetismo animal, en el que el recitador encendedor, mediante el comentario perpetuo de miradas y tonos, presta su propia voluntad y facultad aprensiva a sus oyentes. Viven por el momento dentro de la esfera dilatada de su ser intelectual. Es igualmente posible, aunque no igualmente común, que un lector dejado a sí mismo se hunda por debajo del poema, como que el poema dejado a sí mismo languidezca bajo los sentimientos del lector. Pero, en mi propio caso, tuve la desgracia adicional de haber sido objeto de chismes como alguien dedicado a la metafísica y, peor que todo, a un sistema incomparablemente más cercano a los vuelos visionarios de Platón, e incluso a la jerga de los místicos, que a los principios establecidos de Locke. Por lo tanto, todo lo que aparecía con mi nombre era condenado de antemano como metafísica predestinada. En un poema dramático que yo había sometido a un caballero de gran influencia en el mundo teatral, aparecía el siguiente pasaje:
«¡Oh, somos criaturas quejumbrosas! Poco menos que todas las cosas pueden bastar para hacernos felices: y poco más que nada es suficiente para hacernos desgraciados».
¡Sí, ahí está ahora! (exclamó el crítico) ¡aquí viene la metafísica de Coleridge! Y el mismo motivo (es decir, no que los versos fueran inadecuados para el estado actual de nuestros inmensos teatros, sino que eran metafísica [87]) fue asignado en otra parte para el rechazo de los dos pasajes siguientes. El primero se dice en respuesta a un usurpador, que había basado su alegato en la circunstancia de que había sido elegido por las aclamaciones del pueblo.
«¿Qué pueblo? ¿Cómo convocado? o, si convocado, ¿no debe el poder mágico que atrae a millones de hombres en consejo, tener necesariamente poder para ganarlos o manejarlos? Más bien, oh, mucho más bien grita tus títulos a esas montañas circundantes, y con una reverberación mil veces multiplicada haz que las rocas te adulen, y que el aire que vuela, sin soborno, te devuelva el grito, ¡Rey Emerick! Por leyes saludables para contener el poder soberano, para profundizar mediante la restricción, y mediante la prevención de la voluntad ilegal acumular y guiar la inundación en su majestuoso canal, ¡es la tarea del hombre y la gloria del verdadero patriota! En todo lo demás los hombres confían más seguramente en el Cielo, que en sí mismos cuando menos son ellos mismos: incluso en esas multitudes arremolinadas donde la locura es contagiosa, y demasiadas veces incluso los hombres sabios dejan su mejor juicio en casa, para reprenderse y maravillarse de ellos, cuando regresan».
El segundo pasaje está en boca de un cortesano viejo y experimentado, traicionado por el hombre en quien más había confiado.
«Y sin embargo Sarolta, sencilla, sin experiencia, podía verlo como era, y a menudo me advirtió. ¿De dónde aprendió ella esto? ¡Oh, ella era inocente! ¡Y ser inocente es la sabiduría de la Naturaleza! La paloma emplumada conoce a los merodeadores del aire, temidos tan pronto como vistos, y revolotea de vuelta al refugio. Y el joven corcel retrocede sobre sus ancas, al oír por primera vez el siseo de la víbora nunca antes vista. Oh, más seguro que los cien ojos de la sospecha es ese sentido fino, que a los puros de corazón, por mera oposición de su propia bondad, revela la aproximación del mal».
Por lo tanto, como mi carácter de escritor no podía ser fácilmente más dañado por un acto manifiesto de lo que ya lo estaba como consecuencia del informe, publiqué una obra, una gran parte de la cual era profesamente metafísica. Ocurrió un largo retraso entre su primer anuncio y su aparición; por lo tanto, fue revisada por anticipación con una malignidad tan abierta y exclusivamente personal como es, creo, sin precedentes incluso en el desprecio actual por toda humanidad común que deshonra y pone en peligro la libertad de prensa. Tras su aparición, el autor de este libelo se encargó de reseñarla en la Edinburgh Review; y bajo la única condición de que hubiera escrito lo que realmente pensaba, y hubiera criticado la obra como lo habría hecho si su autor le hubiera sido indiferente, yo mismo habría elegido a ese hombre, tanto por el vigor y la originalidad de su mente, como por su particular agudeza en el razonamiento especulativo, por encima de todos los demás. Recordé las líneas de Catulo.
Desine de quoquam quicquam bene velle mereri, Aut aliquem fieri posse putare pium. Omnia sunt ingrata: nihil fecisse benigne est: Immo, etiam taedet, taedet obestque magis; Ut mihi, quem nemo gravius nec acerbius urget, Quam modo qui me unum atque unicum amicum habuit.
Pero puedo decir sinceramente que la pena con la que leí esta rapsodia de insulto predeterminado tuvo al rapsoda mismo como su único y exclusivo objeto.
* * * * * *
Me refiero a esta reseña en la actualidad, debido a que se me ha informado de que la insinuación de mi «infidelidad potencial», basada en un pasaje de mi primer Sermón Laico, ha sido recibida y propagada con un grado de credibilidad del que puedo exonerar con seguridad al autor de la calumnia. Doy las frases, tal como aparecen en el sermón, adelantando solo que hablaba exclusivamente de milagros realizados para los sentidos externos de los hombres. «Fue solo para derrocar la usurpación ejercida en y a través de los sentidos, que se apeló milagrosamente a los sentidos. LA RAZÓN Y LA RELIGIÓN SON SU PROPIA EVIDENCIA. El sol natural es en este sentido un símbolo del espiritual. Antes de que haya surgido por completo, y mientras sus glorias están aún bajo velo, llama a la brisa para que ahuyente los vapores usurpadores de la estación nocturna, y así convierte el aire mismo en el ministro de su propia purificación: no ciertamente como prueba o elucidación de la luz del cielo, sino para evitar su interceptación».
«Dondequiera, por tanto, que circunstancias similares coexistan con las mismas causas morales, los principios revelados, y los ejemplos registrados, en las escrituras inspiradas, hacen que los milagros sean superfluos: y si descuidamos aplicar las verdades en espera de maravillas, o bajo pretexto del cese de estas últimas, tentamos a Dios, y merecemos la misma respuesta que nuestro Señor dio a los fariseos en una ocasión similar».
En el sermón y en las notas se afirma con fuerza y frecuencia tanto la verdad histórica como la necesidad de los milagros. «El testimonio de los libros de historia (es decir, en relación con los signos y maravillas con los que vino Cristo) es uno de los pilares fuertes y majestuosos de la iglesia: ¡pero no es el fundamento!». En lugar, por tanto, de defenderme, lo cual podría efectuar fácilmente mediante una serie de pasajes que expresen la misma opinión, provenientes de los Padres y de los más eminentes teólogos protestantes, desde la Reforma hasta la Revolución, expondré simplemente cuál es mi creencia respecto a las verdaderas evidencias del cristianismo. 1. Su consistencia con la recta Razón, la considero como el atrio del templo: el área común dentro de la cual se encuentra. 2. Los milagros, con y a través de los cuales la Religión fue revelada y atestiguada por primera vez, los considero como los escalones, el vestíbulo y el portal del templo. 3. El sentido, el sentimiento interior, en el alma de cada creyente de su extrema deseabilidad —la experiencia, de que necesita algo, unido al fuerte presentimiento de que la redención y las gracias propuestas para nosotros en Cristo son lo que necesita— esto sostengo que es el verdadero fundamento del edificio espiritual. Con la fuerte probabilidad a priori que fluye de 1 y 3 sobre la evidencia histórica correspondiente de 2, ningún hombre puede rechazar o descuidar hacer el experimento sin culpa. Pero, 4, es la experiencia derivada de una conformidad práctica con las condiciones del Evangelio; es el ojo que se abre; la luz que despunta; los terrores y las promesas del crecimiento espiritual; la bienaventuranza de amar a Dios como Dios, el sentido naciente del pecado odiado como pecado, y de la incapacidad de alcanzar cualquiera de los dos sin Cristo; es la pena que todavía surge desde abajo y el consuelo que la recibe desde arriba; las traiciones internas del principal en la guerra y la extrema fidelidad y paciencia del aliado poco interesante; en una palabra, es la prueba real de la fe en Cristo, con sus acompañamientos y resultados, la que debe formar el techo arqueado, y la fe misma es la piedra angular que completa. Para una creencia eficiente en el cristianismo, un hombre debe haber sido cristiano, y este es el aparente argumentum in circulo, incidente a todas las Verdades espirituales, a todo sujeto no presentable bajo las formas del Tiempo y el Espacio, mientras intentemos dominar mediante los actos reflejos del Entendimiento lo que solo podemos conocer por el acto de llegar a ser. Haced la voluntad de mi Padre, y sabréis si soy de Dios. Estas cuatro evidencias creo que han sido y siguen siendo, para el mundo, para toda la Iglesia, todas necesarias, todas igualmente necesarias: pero en el presente, y para la mayoría de los cristianos nacidos en países cristianos, creo que la tercera y la cuarta evidencia son las más operativas, no como sustitutivas sino como involucrando una alegre fe indudable en las dos anteriores. Credidi, ideoque intellexi, me parece el dictado tanto de la Filosofía como de la Religión, del mismo modo que creo que la Redención es el antecedente de la Santificación, y no su consecuente. Todos los predicados espirituales pueden interpretarse indiferentemente como modos de Acción o como estados de Ser. Así, la Santidad y la Bienaventuranza son la misma idea, vista ahora en relación con el acto y ahora con la existencia. La creencia inmediata que se ha otorgado a la calumnia de mi «infidelidad potencial», la atribuyo en parte a la franqueza con la que he reconocido mis dudas sobre si el pesado interdicto bajo el cual yace el nombre de Benedict Spinoza es merecido en su totalidad o en su totalidad. Sea como fuere, desearía, sin embargo, poder encontrar en los libros de filosofía, teórica o moral, que son los únicos recomendados a los actuales estudiantes de teología en nuestras escuelas establecidas, algunos pasajes tan profundamente paulinos, tan completamente acordes con las doctrinas de la Iglesia Establecida, como las siguientes frases en la página final de la Ética de Spinoza. Deinde quo mens hoc amore divino, seu beatitudine magis gaudet, eo plus intelligit, hoc est, eo majorem in affectus habet potentiam, et eo minus ab affectibus, qui mali sunt, patitur; atque adeo ex eo, quod mens hoc amore divino, seu beatitudine gaudet, potestatem habet libidines coercendi; et quia humana potentia ad coercendos affectus in solo intellectu consistit; ergo nemo beatitudine gaudet, quia affectus coercuit, sed contra potestas libidines coercendi ex ipsa beatitudine oritur.
Con respecto a los unitarios, se ha afirmado descaradamente que he negado que sean cristianos. ¡Dios me libre! Porque ¿cómo podría yo saber cuál sea la piedad del corazón, o qué cantidad de error en el entendimiento pueda ser compatible con una fe salvadora en las intenciones y disposiciones reales de todo el ser moral en cualquier individuo? Jamás rechazará Dios a un alma que sinceramente lo ama: sean cuales fueren sus opiniones especulativas; y si en un caso dado ciertas opiniones, ya sean incredulidad o creencias erróneas, son compatibles con un amor sincero a Dios, solo Dios puede saberlo. Pero esto he dicho, y seguiré diciendo: que si las doctrinas, cuya suma creo que constituye la verdad en Cristo, son el cristianismo, entonces el unitarismo no lo es, y viceversa: y que, al hablar teológica e impersonalmente, es decir, del psilantropismo y del teantropismo como esquemas de creencia, sin referencia a los individuos que profesan uno u otro, sería absurdo emplear un lenguaje diferente mientras sea el dictado del sentido común que dos opuestos no pueden ser llamados correctamente por el mismo nombre. No me sentiría ofendido si un unitario aplicara lo mismo a mí, del mismo modo que si dijera que, siendo dos y dos cuatro, cuatro y cuatro deben ser ocho.
alla broton ton men keneophrones auchai ex agathon ebalon; ton d’ au katamemphthent’ agan ischun oikeion paresphalen kalon, cheiros elkon opisso, thumos atolmos eon.
Este ha sido mi objetivo, y este solo puede ser mi defensa —¡y ojalá que con esto pudiera concluir mi vida personal tanto como mi VIDA LITERARIA!— me refiero al deseo inextinguible, no sin la conciencia de haberme esforzado seriamente por encender las mentes jóvenes y protegerlas contra las tentaciones de los burlones, mostrando que el esquema del cristianismo, tal como se enseña en la liturgia y las homilías de nuestra Iglesia, aunque no sea descubrible por la razón humana, está sin embargo en concordancia con ella; que eslabón sigue a eslabón por consecuencia necesaria; que la religión sale del alcance de la razón solo donde el ojo de la razón ha llegado a su propio horizonte; y que la fe es entonces solo su continuación: así como el día se suaviza hacia el dulce crepúsculo, y el crepúsculo, silencioso y sin aliento, se desliza en la oscuridad. ¡Es la noche, la noche sagrada! El ojo levantado contempla solo el cielo estrellado que se manifiesta por sí solo: y la mirada exterior se fija en las chispas que titilan en la profunda majestad, aunque sean soles de otros mundos, solo para preservar el alma firme y recogida en su puro acto de adoración interior al gran YO SOY, y al VERBO filial que lo reafirma desde la eternidad hasta la eternidad, cuyo eco coral es el universo.
THEO, MONO, DOXA.
NOTAS AL PIE
[Nota 1: La autoridad de Milton y Shakespeare puede señalarse útilmente a los autores jóvenes. En el Comus y otros poemas tempranos de Milton hay una superfluidad de epítetos dobles; mientras que en el Paraíso Perdido encontramos muy pocos, y en el Paraíso Recuperado apenas ninguno. La misma observación es casi igualmente cierta para Trabajos de amor perdidos, Romeo y Julieta, Venus y Adonis y Lucrecia, en comparación con el Lear, Macbeth, Otelo y Hamlet de nuestro gran dramaturgo. La regla para la admisión de epítetos dobles parece ser esta: o que ya sean ciudadanos de nuestro lenguaje, como manchado de sangre, aterrorizado, que se aplaude a sí mismo: o cuando se arriesga un epíteto nuevo, o uno encontrado solo en los libros, que al menos sea una palabra, no dos palabras hechas una por la mera virtud del guion del impresor. Un lenguaje que, como el inglés, casi no tiene casos, es de hecho, por su propia naturaleza, inadecuado para los compuestos. Si un escritor, cada vez que se le sugiere una palabra compuesta, buscara algún otro modo de expresar el mismo sentido, las probabilidades están siempre en gran medida a favor de que encuentre una palabra mejor. Ut tanquam scopulum sic fugias insolens verbum, es el sabio consejo de César a los oradores romanos, y el precepto se aplica con doble fuerza a los escritores en nuestro propio lenguaje. Pero no debe olvidarse que el mismo César escribió un tratado con el propósito de reformar el lenguaje ordinario llevándolo a una mayor concordancia con los principios de la lógica o la gramática universal.]
[Nota 2: Véanse las críticas sobre el Ancient Mariner, en las Monthly y Critical Reviews del primer volumen de las Lyrical Ballads.]
[Nota 3: Esto es digno de ser clasificado como una máxima (regula maxima) de la crítica. Todo lo que es traducible a otras palabras más simples del mismo idioma, sin pérdida de sentido o dignidad, es malo. N.B.—Por dignidad entiendo la ausencia de asociaciones ridículas y degradantes.]
[Nota 4: La frase de Christ’s Hospital, no para los días festivos por completo, sino para aquellos en los que se permite a los chicos salir de los límites de la escuela.]
[Nota 5: Recuerdo un caso ridículo en el poema de un joven comerciante:
“Ya no soportaré el agradable dolor del amor, Ni alrededor de la pierna de mi corazón ataré su cadena hiriente.”]
[Nota 6: El Task de Cowper se publicó algún tiempo antes de los Sonetos del Sr. Bowles; pero no estuve familiarizado con él hasta muchos años después. La vena de sátira que recorre ese excelente poema, junto con el tono sombrío de sus opiniones religiosas, probablemente, en ese momento, habría impedido que se apoderara con fuerza de mis afectos. El amor a la naturaleza parece haber llevado a Thomson a una religión alegre; y una religión sombría parece haber llevado a Cowper a un amor a la naturaleza. El uno llevaría a sus semejantes consigo a la naturaleza; el otro huye a la naturaleza de sus semejantes. En castidad de dicción, sin embargo, y en la armonía del verso blanco, Cowper deja a Thomson inconmensurablemente por debajo de él; aun así, siento que este último fue el poeta nato.]
[Nota 7: SONETO I
Pensativo al atardecer, sobre el duro mundo medité, Y mi pobre corazón estaba triste; así que a la Luna Miré y suspiré, y suspiré; pues ¡ay, qué pronto El atardecer se entristece en la noche! Mis ojos examinaron Con llorosa vacuidad la hierba húmeda Que lloraba y centelleaba bajo el pálido rayo Y me detuve en mi solitario camino Y medité sobre los desdichados que pasan Sobre el desolado brezal de la tristeza. ¡Pero ay! ¡Más en mí mismo pensé! cuando sucedió, Que el espíritu suave del bosque ventoso Susurró en mi oído: “Todo esto está muy bien, Pero mucho de una sola cosa, para ninguna cosa es bueno”. ¡Oh, el inexplicable latido de mi pobre corazón!
SONETO II
¡Oh, te amo, mansa Simplicidad! Pues de tus cantos la adormecedora sencillez Llega a mi corazón, y calma cada pequeña angustia, Angustia pequeña, mas quizás grande para mí. Es verdad que sobre el más suave cojín de Lady Fortune Troto; ¡y aun así no sé por qué Estoy tan triste! pero si un amigo y yo Fruncimos el ceño, hacemos pucheros y nos separamos, entonces estoy muy triste. Y luego con sonetos y con simpatía Calmo los místicos pesares de mi soñador pecho: Ahora quejándome lastimeramente de mi falso amigo, Ahora despotricando contra la humanidad en general; Pero ya sea triste o feroz, es todo simple, Todo muy simple, ¡mansa Simplicidad!
SONETO III
Y esta casa derruida es aquella que él construyó, ¡Lamentado Jack! y aquí su malta amontonó, ¡Cauteloso en vano! estas ratas, que chillan tan salvajemente, No chillan inconscientes de la culpa de su padre. ¡No la vio ella brillando a través del claro! Tal vez era ella, la doncella abandonada. Aunque no ordeñe vaca con cuernos retorcidos, Aún así, siempre frecuenta el valle donde antaño vagó: Y siempre, a su lado acecha su amoroso caballero Aún en sus muslos llevan sus acostumbrados calzones, Y a través de esos calzones, aún andrajosos y desgarrados, Sus encantos traseros brillan con un blanco sobrenatural. ¡Ah! ¡así, a través de las nubes rotas en el cenit de la noche Se asoma a bellos fragmentos la luna de cosecha llena!]
[Nota 8: --
De las cosas antiguas todas son demasiado viejas, De las cosas buenas ninguna es lo suficientemente buena;-- Mostraremos que podemos ayudar a formar Un mundo de otro material.
Yo también tendré mis reyes, que toman De mí el signo de la vida y de la muerte: Los reinos cambiarán, como nubes, Obedientes a mi aliento. Rob Roy de Wordsworth.—Obras poéticas, vol. III. p. 127.]
[Nota 9: Pope estaba bajo el error común de su época, un error lejos de haber sido suficientemente refutado incluso en el día de hoy. Consiste (como expliqué ampliamente, y probé en detalle en mis conferencias públicas) en confundir con los elementos esenciales del teatro griego ciertas reglas que los sabios poetas se impusieron a sí mismos, para hacer que todas las partes restantes del drama fueran coherentes con aquellas que les habían sido impuestas por circunstancias independientes de su voluntad; circunstancias de las cuales surgió el drama mismo. Las circunstancias en la época de Shakespeare, que también estaban fuera de su poder alterar, eran diferentes, y tales que, en mi opinión, permitían una esfera mucho más amplia y un interés más profundo y humano. Los críticos tienden demasiado a olvidar que las reglas son solo medios para un fin; por consiguiente, donde los fines son diferentes, las reglas deben serlo también. Debemos haber determinado cuál es el fin, antes de poder determinar cuáles deberían ser las reglas. Juzgando bajo esta impresión, no dudé en declarar mi plena convicción de que el juicio consumado de Shakespeare, no solo en la construcción general, sino en todos los detalles de sus dramas, me impresionó con mayor asombro que incluso el poder de su genio o la profundidad de su filosofía. Espero publicar pronto el contenido de estas conferencias; y es una deuda de justicia hacia mí mismo y mis amigos notar que el primer curso de conferencias, que difería de los siguientes solo en variar ocasionalmente las ilustraciones de los mismos pensamientos, fue dirigido a audiencias muy numerosas, y no necesito añadir, respetables, en la Royal Institution, antes de que el Sr. Schlegel diera sus conferencias sobre los mismos temas en Viena.]
[Nota 10: En el transcurso de una de mis conferencias, tuve ocasión de señalar la posición y elección de palabras casi impecables en las composiciones originales de Pope, particularmente en sus Sátiras y Ensayos morales, con el propósito de compararlas con su traducción de Homero, la cual, no soy el único en considerar, es la fuente principal de nuestra dicción seudopoética. Y esto, por cierto, es una confirmación adicional de una observación hecha, creo, por Sir Joshua Reynolds, de que después del hombre que forma y eleva el gusto del público, el que lo corrompe es comúnmente el mayor genio. Entre otros pasajes, analicé frase por frase, y casi palabra por palabra, los populares versos:
Como cuando la luna, resplandeciente lámpara de la noche, etc. (Ilíada. B. viii.)
de manera muy similar a como se ha hecho desde entonces en un excelente artículo sobre los Poetas Británicos de Chalmers en la Quarterly Review. La impresión en la audiencia en general fue repentina y evidente: y un número de personas ilustradas y altamente educadas, que en diferentes ocasiones posteriores se dirigieron a mí sobre el tema, expresaron su asombro de que una verdad tan obvia no les hubiera impactado antes; pero al mismo tiempo reconocieron —(tanto se habían acostumbrado, al leer poesía, a recibir placer de las imágenes y frases separadas sucesivamente, sin preguntarse si el significado colectivo era sentido o sinsentido)— que probablemente podrían haber leído el mismo pasaje otras veinte veces con admiración ininterrumpida, y sin reflexionar una sola vez, que
astra phaeinaen amphi selaenaen phainet aritretea--
(es decir, las estrellas alrededor, o cerca de la luna llena, brillan preeminentemente brillantes) transmite una imagen justa y feliz de un cielo a la luz de la luna: mientras que es difícil determinar si, en los versos,
Alrededor de su trono los vívidos planetas giran, Y estrellas innumerables doran el polo brillante,
el sentido o la dicción es más absurdo. Mi respuesta fue: que, aunque había obtenido ventajas peculiares de mi disciplina escolar, y aunque mi teoría general de la poesía era la misma entonces que ahora, había experimentado las mismas sensaciones yo mismo, y me sentí casi como si me hubieran operado de cataratas nuevamente, cuando, por la conversación del Sr. Wordsworth, fui inducido a reexaminar con imparcial severidad la célebre Elegía de Gray. Hacía mucho tiempo que había detectado los defectos en El Bardo; pero la Elegía la había considerado a prueba de todos los ataques justos; y hasta el día de hoy no puedo leer ninguna de las dos sin deleite, y una porción de entusiasmo. En cualquier caso, cualquier placer que haya perdido por la percepción más clara de las faltas en ciertos pasajes, ha sido más que compensado para mí por el deleite adicional con el que leo el resto.
Otro ejemplo en confirmación de estas observaciones se me ocurre en la Faithful Shepherdess. Seward rastrea primero los versos de Fletcher:
Más enfermedades repugnantes de las que jamás el ardiente Sol crió a través de sus quemaduras, mientras el perro Persigue al león furioso, arrojando la niebla Y el vapor mortal de su aliento colérico, Llenando el mundo inferior con peste y muerte,
hasta el Calendario del Pastor de Spenser:
El león desenfrenado caza rápido Con perros de aliento nocivo; Cuyo funesto ladrido trae, a toda prisa, ¡Pena, plagas y muerte lúgubre!
Luego aprovecha la ocasión para introducir el símil de Homero de la aparición de la armadura de Aquiles ante Príamo comparada con la Estrella del Perro; literalmente así:
“Porque esto de hecho es espléndido, pero se hizo una señal maligna, y trae muchas enfermedades consumidoras a los mortales desdichados”. Nada puede ser más simple como descripción, o más preciso como símil; lo cual, (dice Seward,) es así finamente traducido por el Sr. Pope:
¡Gloria terrorífica! ¡pues su aliento ardiente Tiñe el aire rojo con fiebres, pestes y muerte!
Ahora aquí —(por no mencionar la tremenda ampulosidad)— la Estrella del Perro, llamada así, se convierte en un perro real, un perro muy extraño, un perro que respira fuego, fiebre, peste y muerte, que tiñe el aire de rojo: y toda la semejanza visual se pierde, mientras que la semejanza en los efectos se vuelve absurda por la exageración. En Spenser y Fletcher el pensamiento es justificable; pues las imágenes son al menos consistentes, y era la intención de los escritores marcar las estaciones mediante esta alegoría de juegos de palabras visualizados.]
[Nota 11: Especialmente en esta era de personalidad, esta era de chismes literarios y políticos, cuando los insectos más viles son adorados con una especie de superstición egipcia, si solo la cabeza sin cerebro es expiada por el aguijón de la malignidad personal en la cola; —cuando las sátiras más insípidas se han convertido en objetos de un intenso interés público, puramente por el número de personajes contemporáneos nombrados en las notas de retazos, (que poseen, sin embargo, el mérito comparativo de ser más poéticas que el texto), y porque, para aumentar el estímulo, el autor ha dejado sagazmente su propio nombre para susurros y conjeturas.]
[Nota 12: Si valiera la pena mezclar, como ingredientes, la mitad de las anécdotas que yo mismo sé que son ciertas, o que he recibido de hombres incapaces de falsedad intencional, sobre los personajes, calificaciones y motivos de nuestros críticos anónimos, cuyas decisiones son oráculos para nuestro público lector; podría pedir prestadas con seguridad las palabras del Daniel apócrifo: “Permítame, oh SOBERANO PÚBLICO, y mataré a este dragón sin espada ni bastón”. Porque el compuesto sería como la “brea, y la grasa, y el pelo, que tomó Daniel, y los coció juntos, e hizo trozos de ellos; esto lo puso en la boca del dragón, y así el dragón estalló en pedazos; y dijo Daniel: HE AQUÍ, ESTOS SON LOS DIOSES QUE ADORÁIS”.]
[Nota 13: Este es un ejemplo entre muchos de engaño, al contar la mitad de un hecho, y omitir la otra mitad, cuando es de su mutua contraposición y neutralización, que surge toda la verdad, como un tertium aliquid diferente de cualquiera de los dos. Así en el famoso verso de Dryden:
El gran ingenio (refiriéndose al genio) seguramente está cerca de la locura.
Ahora bien, si la profunda sensibilidad, que es indudablemente uno de los componentes del genio, fuera considerada sola, aislada y desequilibrada, podría ser descrita justamente como exponiendo al individuo a una mayor posibilidad de trastorno mental; pero entonces una rapidez de asociación mayor de lo habitual, un poder mayor de lo habitual de pasar de un pensamiento a otro, y de una imagen a otra, es un componente igualmente esencial; y en la debida modificación de cada uno por el otro consiste el genio mismo; de modo que sería tan justo describir la tierra como en peligro inminente de salirse de su órbita, o de caer en el sol, según si el que afirma el absurdo centrara su atención ya sea en la fuerza proyectil o en la fuerza atractiva exclusivamente.]
[Nota 14: Porque en cuanto a los devotos de las bibliotecas circulantes, no me atrevo a cumplimentar su pasatiempo, o mejor dicho mata-tiempo, con el nombre de lectura. Llámalo más bien una especie de soñar despierto de pordiosero, durante el cual la mente del soñador no proporciona para sí misma nada más que pereza, y un poco de sensibilidad empalagosa; mientras que todo el material y la imaginería del letargo es suministrado ab extra por una especie de cámara oscura mental fabricada en la imprenta, que pro tempore fija, refleja y transmite los fantasmas en movimiento del delirio de un hombre, de modo que pueblan la esterilidad de otros cien cerebros afligidos por el mismo trance o suspensión de todo sentido común y todo propósito definido. Deberíamos, por tanto, transferir esta especie de diversión —(si es que se puede decir que aquellos que nunca estuvieron en su compañía se retiran a las musas, o que la relajación puede atribuirse a aquellos cuyos arcos nunca están tensos)— del género, lectura, a esa clase abarcadora caracterizada por el poder de reconciliar las dos propensiones contrarias pero coexistentes de la naturaleza humana, a saber, la indulgencia a la pereza y el odio al vacío. Además de las novelas y los cuentos de caballerías en prosa o rima, (por los cuales últimos no me refiero ni a ritmo ni a métrica) este género comprende como sus especies, el juego, el balancearse o columpiarse en una silla o verja; escupir sobre un puente; fumar; tomar rapé; las disputas tete-a-tete después de la cena entre marido y mujer; estudiar palabra por palabra todos los anuncios de un periódico diario en una taberna en un día lluvioso, etc. etc. etc.]
[Nota 15: Ex. gr. Pediculos e capillis excerptos in arenam jacere incontusos; comer fruta verde; contemplar las nubes, y (en genere) las cosas móviles suspendidas en el aire; cabalgar entre una multitud de camellos; la risa frecuente; escuchar una serie de bromas y anécdotas humorísticas, —como cuando (para modernizar el significado del sabio sarraceno) la historia graciosa de un irlandés contada por un hombre inevitablemente ocasiona la historia graciosa de un escocés contada por otro, la cual a su vez, por el mismo tipo de conjunción disyuntiva, conduce a alguna etourderie de un galés, y eso a su vez a alguna pulla astuta de un habitante de Yorkshire; —el hábito de leer lápidas en los cementerios, etc. Por cierto, este catálogo, por extraño que pueda parecer, no es insensible a un comentario psicológico sólido.]
[Nota 16: Me he aventurado a llamarlo único; no solo porque no conozco ninguna obra del tipo en nuestro idioma, (si exceptuamos algunos capítulos de la vieja traducción de Froissart) —ninguna, que uniendo los encantos del romance y la historia, mantenga la imaginación tan constantemente en vuelo, y sin embargo deje tanto para la reflexión posterior; sino también, y principalmente, porque es una compilación que, en las diversas excelencias de traducción, selección y disposición, requirió y demuestra un genio mayor en el compilador, al vivir en el estado actual de la sociedad, que en los compositores originales.]
[Nota 17: No es fácil estimar los efectos que el ejemplo de un joven tan distinguido por la estricta pureza de su disposición y conducta, como por su poder intelectual y sus conocimientos literarios, puede producir en aquellos de su misma edad, especialmente en quienes siguen ocupaciones similares y poseen mentes afines. Durante muchos años, mis oportunidades de trato con el Sr. Southey han sido escasas y a largos intervalos; pero me detengo con un placer inalterado en la influencia fuerte y repentina, aunque confío en que no pasajera, que mi ser moral experimentó al conocerlo en Oxford, adonde había ido al comienzo de nuestras vacaciones de Cambridge en visita a un antiguo compañero de escuela. No ciertamente en mis principios morales o religiosos, pues nunca habían sido contaminados, sino al despertar el sentido del deber y la dignidad de hacer que mis acciones estuvieran de acuerdo con esos principios, tanto de palabra como de obra. Las irregularidades, casi universales entre los jóvenes de mi posición, que siempre supe que estaban mal, aprendí entonces a sentirlas como degradantes; aprendí a saber que una conducta opuesta, que en aquel momento considerábamos como la virtud fácil de una prudencia fría y egoísta, podía originarse en las emociones más nobles, en visiones de lo más desinteresadas e imaginativas. No es, sin embargo, solo por recuerdos agradecidos que me he sentido impulsado a dejar registrados estos mis sentimientos deliberados; sino en cierto sentido como una deuda de justicia hacia el hombre cuyo nombre ha sido tan a menudo conectado con el mío para el mal, algo que le es ajeno. Como muestra, adjunto parte de una nota de The Beauties of the Anti-jacobin, en la que, tras haber informado previamente al público de que fui deshonrado en Cambridge por predicar el deísmo, en un momento en que, por mi ardor juvenil en defensa del cristianismo, fui tachado de fanático por los prosélitos de la filosofía francesa (o, para hablar con mayor propiedad, psi-losofía), el escritor concluye con estas palabras: “desde este momento ha abandonado su país natal, comenzó a ser ciudadano del mundo, dejó a sus pobres hijos huérfanos de padre y a su esposa en la miseria. Ex his disce his friends, LAMB y SOUTHEY”. Con la más severa verdad puede afirmarse que no sería fácil seleccionar a dos hombres más ejemplares en sus afectos domésticos que aquellos cuyos nombres fueron así impresos por extenso como del mismo rango moral que un denunciado infiel y fugitivo, que había dejado a sus hijos huérfanos de padre y a su esposa en la miseria. ¿Es sorprendente que muchos hombres buenos permanecieran durante más tiempo del que quizás hubieran hecho de otro modo adversos a un partido que alentaba y recompensaba abiertamente a los autores de tales calumnias atroces? Qualis es, nescio; sed per quales agis, scio et doleo.]
[Nota 18: En opiniones de larga duración, y en las que nunca antes nos habíamos visto molestados por una sola duda, ser convencido repentinamente de un error es casi como ser convicto de una falta. Existe un estado mental que es la antítesis directa de aquel que ocurre cuando cometemos un disparate. El disparate consiste, a saber, en reunir dos pensamientos incompatibles con la sensación, pero sin el sentido, de su conexión. La condición psicológica, o lo que constituye la posibilidad de este estado, es una viveza tan desproporcionada de dos pensamientos distantes que extingue u oscurece la conciencia de las imágenes o concepciones intermedias, o abstrae totalmente la atención de ellas. Así, en el conocido disparate: “Yo era un niño fino, pero me cambiaron”: la primera concepción expresada en la palabra “Yo” es la de identidad personal—Ego contemplans: la segunda, expresada en la palabra “me”, es la imagen visual u objeto mediante el cual la mente se representa a sí misma su condición pasada, o más bien, su identidad personal bajo la forma en que imaginaba haber existido previamente—Ego contemplatus. Ahora bien, el cambio de una imagen visual por otra no implica en sí mismo absurdo alguno, y solo se vuelve absurdo por su inmediata yuxtaposición con el primer pensamiento, lo cual se hace posible porque toda la atención es absorbida sucesivamente por cada uno individualmente, de modo que no se nota la noción interpuesta, “cambiado”, que por su incongruencia con el primer pensamiento, “Yo”, constituye el disparate. Añádase solo que este proceso se ve facilitado por la circunstancia de que las palabras “Yo” y “me” son a veces equivalentes y a veces tienen un significado distinto; a veces, es decir, significan el acto de autoconciencia, otras la imagen externa en y por la cual la mente representa ese acto a sí misma, el resultado y símbolo de su individualidad. Ahora bien, supóngase el estado directamente contrario, y se tendrá un sentido distinto de la conexión entre dos concepciones, sin esa sensación de tal conexión que es suministrada por el hábito. El hombre siente como si estuviera parado sobre su cabeza, aunque no puede dejar de ver que está verdaderamente parado sobre sus pies. Esto, como sensación dolorosa, tendrá, por supuesto, una tendencia a asociarse con quien la provoca; del mismo modo que se sabe que las personas que han sido restauradas de un trastorno por medios dolorosos sienten una aversión involuntaria hacia su médico.]
[Nota 19: Sin embargo, sin los temores atribuidos al reformador pagano de la república poética. Si podemos juzgar por el prefacio a la reciente colección de sus poemas, el Sr. W. habría respondido con Xantias—
su d’ ouk edeisas ton huophon ton rhaematon, kai tas apeilas; XAN, ou ma Di’, oud’ ephrontisa.—Ranae, 492-3.
Y aquí permítaseme insinuar a los autores de las numerosas parodias y pretendidas imitaciones del estilo del Sr. Wordsworth que ocultar y transmitir al mismo tiempo ingenio y sabiduría bajo la apariencia de necedad y torpeza, como se hace en los bufones y tontos, e incluso en el Dogberry de nuestro Shakespeare, es sin duda una prueba de genio, o en todo caso de talento satírico; pero que el intento de ridiculizar un poema tonto e infantil escribiendo otro aún más tonto y aún más infantil, solo puede probar (si es que prueba algo) que el parodista es un idiota aún mayor que el escritor original y, lo que es mucho peor, un petulante maligno por añadidura. El talento para la mímica parece más fuerte donde la raza humana está más degradada. Se descubrió que los salvajes pobres, desnudos y semihumanos de Nueva Holanda eran excelentes mimos: y, en la sociedad civilizada, solo las mentes de la categoría más baja satirizan copiando. Al menos, la diferencia que debe mezclarse con la semejanza y equilibrarla, para constituir una imitación justa, existiendo aquí meramente en caricatura, resta valor al corazón del libelista sin añadir un ápice al crédito de su entendimiento.]
[Nota 20: —
La mariposa hicieron los antiguos griegos El bello emblema del alma, y su único nombre— ¡Pero del alma, escapada del servil comercio De la vida mortal! Pues para este marco terrenal Lo nuestro es la suerte del reptil, mucho trabajo, mucha culpa, Múltiples movimientos que logran poca velocidad, Y deformar y matar las cosas de las que nos alimentamos.]
[Nota 21: El Sr. Wordsworth, incluso en sus dos primeros poemas, The Evening Walk y Descriptive Sketches, está más libre de este último defecto que la mayoría de los jóvenes poetas sus contemporáneos. Sin embargo, puede ejemplificarse, junto con la construcción áspera y oscura, en la que ofendió más a menudo, en los siguientes versos:—
“Entre vapores tormentosos que siempre pasan, Donde águilas pescadoras, cormoranes y garzas gritan; Donde apenas dado el páramo desesperado para alegrar, Negado el pan de la vida, la espiga alimenticia, Se marchita la pera en la última rama del otoño, Y la manzana enferma pálida bajo el rayo del verano; Incluso aquí el contento ha fijado su reinado sonriente Con la independencia, hija del alto desdén”.
Espero no necesitar decir que he citado estos versos con el único propósito de hacer que mi significado sea plenamente comprendido. Es de lamentar que el Sr. Wordsworth no haya republicado estos dos poemas íntegros.]
[Nota 22: Esto se efectúa ya sea dando a una palabra un uso general y a la otra uno exclusivo; como “poner en la espalda” e “endosar”; o mediante una distinción real de significados, como “naturalista” y “médico”; o por diferencia de relación, como “Yo” y “mí” (cada uno de los cuales los campesinos de nuestras diferentes provincias todavía usan en todos los casos singulares del primer pronombre personal). Incluso la mera diferencia, o corrupción, en la pronunciación de la misma palabra, si se ha vuelto general, producirá una palabra nueva con una significación distinta; así “propiedad” y “propiedad” (en el sentido de decoro); la última de las cuales, incluso hasta la época de Carlos II, era la palabra escrita para todos los sentidos de ambas. Existe una especie de mínimum inmortal entre los animálculos infusorios, que no tiene naturalmente ni nacimiento, ni muerte, principio absoluto ni fin absoluto: pues en cierto período aparece un pequeño punto en su espalda, que se profundiza y alarga hasta que la criatura se divide en dos, y el mismo proceso recomienza en cada una de las mitades, ahora convertidas en integrales. Este puede ser un emblema fantasioso, pero no es en absoluto malo de la formación de las palabras, y puede facilitar la concepción de cuán inmensa nomenclatura puede ser organizada a partir de unos pocos sonidos simples por seres racionales en un estado social. Pues cada nueva aplicación, o excitación del mismo sonido, provocará una sensación diferente, que no puede dejar de afectar la pronunciación. Los recuerdos posteriores del sonido, sin la misma sensación vívida, lo modificarán aún más hasta que finalmente todo rastro de la semejanza original se desgaste.]
[Nota 23: Debería haber añadido, con la excepción de una sola hoja con la que me encontré accidentalmente en la imprenta. Incluso de este escaso espécimen, me resultó imposible dudar del talento, o no admirar el ingenio, del autor. Que sus distinciones fueran en su mayor parte insatisfactorias para mi mente no prueba nada contra su exactitud; pero posiblemente le sea útil, en caso de una segunda edición, si aprovecho esta oportunidad para sugerir la consulta: ¿no podría haber sido engañado ocasionalmente al haber asumido, como a mí me parece haber hecho, la inexistencia de sinónimos absolutos en nuestro idioma? Ahora bien, no puedo dejar de pensar que hay muchos que quedan para que nuestra posteridad los distinga y apropie, y que considero como una riqueza revertible en nuestra lengua materna. Cuando dos significados distintos se confunden bajo una o más palabras—(y tal debe ser el caso, tan seguro como que nuestro conocimiento es progresivo y, por lo tanto, imperfecto)—se extraerán consecuencias erróneas, y lo que es verdadero en un sentido de la palabra será afirmado como verdadero in toto. Los hombres de investigación, sobresaltados por las consecuencias, buscan en las cosas mismas—(ya sea dentro o fuera de la mente)—el conocimiento del hecho, y habiendo descubierto la diferencia, eliminan el equívoco ya sea mediante la sustitución de una palabra nueva, o mediante la apropiación de una de las dos o más palabras que antes se habían usado promiscuamente. Cuando esta distinción ha sido tan naturalizada y de tal circulación general que el lenguaje piensa, por así decirlo, por nosotros—(como la regla de cálculo que es el sustituto seguro del mecánico para el conocimiento aritmético)—decimos entonces que es evidente al sentido común. El sentido común, por tanto, difiere en diferentes épocas. Lo que nació y fue bautizado en las Escuelas pasa gradualmente al mundo en general, y se convierte en propiedad del mercado y de la mesa de té. Al menos, no puedo descubrir otro significado del término “sentido común” si ha de transmitir alguna diferencia específica del sentido y el juicio in genere, y donde no se usa escolásticamente para la razón universal. Así, en el reinado de Carlos II, el mundo filosófico fue llamado a las armas por los sofismas morales de Hobbes, y los escritores más capaces se esforzaron en la detección de un error que un colegial sería ahora capaz de refutar por el mero recuerdo de que compulsión y obligación transmitían dos ideas perfectamente dispares, y que lo que pertenecía a una había sido falsamente transferido a la otra por una mera confusión de términos.]
[Nota 24: Aquí uso la palabra “idea” en el sentido del Sr. Hume debido a su circulación general entre los metafísicos ingleses; aunque contra mi propio juicio, pues creo que el uso vago de esta palabra ha sido la causa de mucho error y más confusión. La palabra “idea”, en su sentido original tal como la usaban Píndaro, Aristófanes y en el Evangelio de San Mateo, representaba la abstracción visual de un objeto distante, cuando vemos el todo sin distinguir sus partes. Platón la adoptó como término técnico y como antítesis de eidolon, o imagen sensorial; el emblema transitorio y perecedero, o palabra mental, de la idea. Las ideas mismas las consideraba como poderes misteriosos, vivos, seminales, formativos y exentos del tiempo. En este sentido, la palabra Idea se convirtió en propiedad de la escuela platónica; y rara vez ocurre en Aristóteles sin alguna frase añadida, como “según Platón” o “como dice Platón”. Nuestros escritores ingleses hasta el final del reinado de Carlos II o poco después, la empleaban ya sea en el sentido original, o platónicamente, o en un sentido casi correspondiente a nuestro uso actual del sustantivo “ideal”; oponiéndola siempre, sin embargo, más o menos a “imagen”, ya sea de objetos presentes o ausentes. Al lector no le desagradará la siguiente ejemplificación interesante del obispo Jeremy Taylor. “San Luis el Rey envió a Ivo, obispo de Chartres, en una embajada, y contó que se encontró en el camino con una matrona grave y majestuosa con un incensario de fuego en una mano y una vasija de agua en la otra; y al observar que tenía un comportamiento y una mirada melancólicos, religiosos y fantásticos, le preguntó qué significaban esos símbolos y qué pretendía hacer con su fuego y su agua; ella respondió: Mi propósito es quemar el paraíso con el fuego y apagar las llamas del infierno con mi agua, para que los hombres sirvan a Dios puramente por el amor de Dios. Pero rara vez encontramos espíritus que amen la virtud tan metafísicamente como para abstraerla de todas las composiciones sensibles y amar la pureza de la idea”. Descartes, habiendo introducido en su filosofía la hipótesis fantasiosa de ideas materiales, o ciertas configuraciones del cerebro que eran como otros tantos moldes para las influencias del mundo externo, Locke adoptó el término, pero extendió su significación a todo lo que es el objeto inmediato de la atención o conciencia de la mente. Hume, distinguiendo aquellas representaciones que van acompañadas de un sentido de un objeto presente de aquellas reproducidas por la mente misma, designó a las primeras como impresiones y confinó la palabra idea a las segundas.]
[Nota 25: Soy consciente de que esta palabra no aparece ni en el Diccionario de Johnson ni en ningún escritor clásico. Pero la palabra “to intend”, que Newton y otros antes que él emplean en este sentido, está ahora tan completamente apropiada a otro significado que no podría usarla sin ambigüedad; mientras que para parafrasear el sentido, como mediante “hacer intenso”, a menudo se rompería la oración y se destruiría esa armonía de la posición de las palabras con la posición lógica de los pensamientos, que es una belleza en toda composición, y especialmente deseable en una investigación filosófica cercana. Por tanto, me he arriesgado a usar la palabra “intensificar” (intensify): aunque confieso que suena extraño a mi propio oído.]
[Nota 26: Y los petulantes vencen a Berkeley con una mueca.]
[Nota 27: A saber: Cantidad, Cualidad, Relación y Modo, cada uno compuesto por tres subdivisiones. Véase Kritik der reinen Vernunft. Véanse también las juiciosas observaciones sobre Locke y Hume.]
[Nota 28: San Lucas x. 21.]
[Nota 29: Un indio americano, con poca variedad de imágenes y un repertorio de lenguaje aún más escaso, se ve obligado a emplear sus pocas palabras para muchos propósitos, mediante semejanzas tan claras y analogías tan remotas que le dan a su lenguaje la apariencia y el carácter de poesía lírica entremezclada con grotescos. Algo no muy diferente a esto fue el caso de hombres como Behmen y Fox con respecto a la Biblia. Era su único arsenal de expresiones, su único órgano de pensamiento.]
[Nota 30: La siguiente parodia sobre el egoísmo fichteano puede, tal vez, resultar divertida para los pocos que han estudiado el sistema, y para aquellos que no están familiarizados con él, puede transmitir una semejanza tan tolerable del idealismo de Fichte como puede esperarse de una caricatura declarada.
El Imperativo Categórico, o la anunciación del nuevo Dios teutónico, EGOENKAIPAN: una oda ditirámbica, por QUERKOPF VON KLUBSTICK, gramático y subrector en el Gimnasio.
¡Eu! Dei vices gerens, ipse Divus, (¡Habla inglés, amigo!) el Dios Imperativus, Aquí en esta cruz de mercado grito en voz alta: ¡Yo, Yo, Yo! ¡Yo mismo Yo! La forma y la sustancia, el qué y el porqué, El cuándo y el dónde, y lo bajo y lo alto, El interior y el exterior, la tierra y el cielo, ¡Yo, tú y él, y él, tú y yo, Todas las almas y todos los cuerpos son Yo mismo Yo! ¡Todo Yo mismo Yo! (¡Tontos! ¡una tregua con este sobresalto!) ¡Todo mi Yo! ¡todo mi Yo! ¡Es un perro herético el que añada Betty Martin! Así gritó el Dios con tono imperial elevado; Con túnica de estado más rígido, que se burlaba de la belleza, Un verbo pronominal imperativo brillaba— Luego, sustantivo y plural-singular crecido, ¡Él habló así! Contemplad en Yo solo (Pues la ética presume de una sintaxis propia) O si en vosotros, aun así como Yo os diputé, ¡En ¡Oh!, Yo, tú, el vocativo del deber! ¡Yo, la raíz del léxico entero del mundo! De todo el universo de tacto, sonido, vista El genitivo y el ablativo también: El acusativo del mal, el nominativo del bien, ¡Y en todos los casos el caso absoluto! Auto-construido, Yo declino todos los demás modos: Imperativo, de la nada nos derivamos; Sin embargo, como un super-postulado mío, ¡Asigno una antecedencia no construida A X, Y, Z, el Dios Infinitivus!]
[Nota 31: Sería un acto de alta y casi criminal injusticia pasar por alto el nombre del Sr. Richard Saumarez, un caballero igualmente bien conocido como médico y como filántropo, pero que exige atención en esta ocasión como autor de “Un nuevo sistema de fisiología” en dos volúmenes en octavo, publicado en 1797; y en 1812 de “Un examen de los sistemas naturales y artificiales de filosofía que ahora prevalecen” en un volumen en octavo, titulado “Los principios de la ciencia fisiológica y física”. Esta última obra no es del todo igual a la anterior en estilo o disposición; y hay una mayor necesidad de distinguir los principios de la filosofía del autor de sus conjeturas sobre el color, la materia atmosférica, los cometas, etc., que, ya sean justas o erróneas, no son en absoluto consecuencias necesarias de esa filosofía. Sin embargo, incluso en esta parte de este volumen, que considero comparativamente la obra inferior, los razonamientos mediante los cuales el Sr. Saumarez invalida la inmanencia de un poder infinito en cualquier sustancia finita son el fruto de una mente nada común; y el experimento sobre la expansibilidad del aire es al menos plausible y altamente ingenioso. Pero el mérito que asegurará tanto al libro como al escritor un nombre alto y honorable ante la posteridad consiste en la fuerza magistral de razonamiento y la copiosidad de inducción con la que ha asaltado y (en mi opinión) subvertido la tiranía del sistema mecánico en la fisiología; establecido no solo la existencia de causas finales, sino su necesidad y eficiencia para todo sistema que merezca el nombre de filosófico; y, sustituyendo la vida y el poder progresivo por la fuerza inerte contradictoria, tiene derecho a ser conocido y recordado como el primer instaurador de la filosofía dinámica en Inglaterra. Los puntos de vista del autor, en lo que a él respecta, no son tomados prestados y son completamente suyos, ya que ni poseía, ni sus escritos descubren, el menor conocimiento de las obras de Kant, en las que existen los gérmenes de la filosofía: y sus volúmenes fueron publicados muchos años antes del pleno desarrollo de estos gérmenes por Schelling. La detección del sistema browniano por parte del Sr. Saumarez no fue un servicio ligero u ordinario en aquel momento; y apenas recuerdo en ninguna obra sobre ningún tema una refutación tan completamente satisfactoria. Es suficiente en este momento haber declarado el hecho; ya que en el prefacio a la obra, que ya he anunciado sobre el Logos, he expuesto en detalle los méritos de este escritor y filósofo genuino, a quien solo le faltó haber tomado sus cimientos algo más profundos y amplios para haber superado una parte considerable de mis labores.]
[Nota 32: De no ser por diversas notas sobre Shakespeare y otros escritos que han llegado a mis manos, habría considerado innecesario observar que discurso, aquí o en otra parte, no significa lo que hoy llamamos discurrir, sino la discursión de la mente, los procesos de generalización y subsunción, de deducción y conclusión. Así, la filosofía ha sido hasta ahora discursiva, mientras que la geometría es siempre y esencialmente intuitiva.]
[Nota 33: Apocalipsis xx. 3.]
[Nota 34: Véase la Historia de Escocia de Laing; los bardos, baladas, etc., de Walter Scott.]
[Nota 35: Así, la organización y el movimiento se consideran provenientes de Dios, no en Dios.]
[Nota 36: Job, cap. xxviii.]
[Nota 37: Siempre que A=B y A no es =B sean igualmente demostrables, la premisa en cada caso innegable, la inducción evidente y la conclusión legítima, el resultado debe ser o bien que los contrarios pueden ser ambos verdaderos (lo cual es absurdo), o bien que la facultad y las formas de razonamiento empleadas son inaplicables al sujeto; es decir, que hay una metabasis eis allo genos. Así, los atributos del espacio y el tiempo aplicados al espíritu son heterogéneos, y la prueba de esto es que, al admitirlos explícita o implícitamente, se pueden demostrar verdaderos los contrarios; es decir, que lo mismo, tomado en el mismo sentido, es verdadero y no verdadero. Que el mundo tuvo un comienzo en el tiempo y un límite en el espacio; y que el mundo no tuvo un comienzo y no tiene límite; que un acto auto-originado es y no es posible, son ejemplos.]
[Nota 38: Para aquellos que planean adquirir el idioma de un país en el país mismo, puede ser útil si menciono la ventaja incalculable que obtuve al aprender todas las palabras que era posible aprender así, con los objetos ante mí y sin la intermediación de los términos ingleses. Era una parte regular de mis estudios matutinos durante las primeras seis semanas de mi residencia en Ratzeburg, acompañar al buen y amable viejo pastor con quien vivía, desde el sótano hasta el tejado, a través de jardines, corrales, etc., y llamar a cada cosa, hasta la más mínima, por su nombre alemán. Los anuncios, las farsas, los libros de chistes y la conversación de los niños mientras jugaba con ellos, contribuyeron a un conocimiento más familiar del idioma del que podría haber adquirido solo con obras de literatura culta, o incluso de la sociedad culta. Hay un pasaje de sentido común y sincero en la Carta alemana de Lutero sobre la interpretación, a cuya traducción antepondré, por el bien de aquellos que leen alemán, pero que no es probable que hayan incursionado a menudo en los voluminosos folios de este heroico reformador, las palabras simples, vigorosas e idiomáticas del original. "Denn man muss nicht die Buchstaben in der Lateinischen Sprache fragen wie man soll Deutsch reden: sondern man muss die Mutter in Hause, die Kinder auf den Gassen, den gemeinen Mann auf dem Markte, darum fragen: und denselbigen auf das Maul sehen wie sie reden, und darnach dolmetschen. So verstehen sie es denn, und merken dass man Deutsch mit ihnen redet."
TRADUCCIÓN:
Porque uno no debe preguntar a las letras en la lengua latina cómo se debe hablar alemán; sino que uno debe preguntar a la madre en la casa, a los niños en los callejones y senderos, al hombre común en el mercado, sobre esto; sí, y observar los movimientos de sus bocas mientras hablan, y después interpretar. Ellos te entienden entonces, y notan que uno habla alemán con ellos.]
[Nota 39: Esta paráfrasis, escrita alrededor de la época de Carlomagno, no carece en absoluto de pasajes ocasionales de considerable mérito poético. Hay una fluidez y un tierno entusiasmo en las siguientes líneas (al final del Capítulo XI) que, incluso en la traducción, no dejarán, me halaga pensar, de interesar al lector. Ottfried describe las circunstancias inmediatamente posteriores al nacimiento de nuestro Señor.
Dio con alegría su pecho virgen; No lo ocultó, descubrió el pecho, ¡Que amamantó a aquel bebé divinísimo! Benditos, benditos fueron los pechos Que el niño Salvador besó; Y bendita, bendita fue la madre Que envolvió sus miembros en pañales, Cantando lo colocó en su regazo, Se inclinó sobre él con sus miradas de amor, Y lo calmó con un movimiento de arrullo. Bendita; pues ella lo refugió Del aire húmedo y frío; ¡Bendita, bendita! pues ella yacía Con tal bebé en un lecho bendito, ¡Tan cerca como yacen los bebés y las madres! Bendita, bendita por siempre, Con sus labios vírgenes besó, Con sus brazos, y hacia su pecho Abrazó al bebé divino, ¡Su bebé divino, la virgen madre! No vive en este anillo de la tierra Un mortal que pueda cantar su alabanza. Poderosa madre, virgen pura, En la oscuridad y la noche ¡Por nosotros dio a luz al Señor celestial!
Es muy interesante considerar el efecto cuando los sentimientos se elevan por encima del tono natural por la creencia en algo misterioso, mientras que todas las imágenes son puramente naturales. Entonces es cuando la religión y la poesía calan más hondo.]
[Nota 40: Lord Grenville ha reafirmado últimamente (en la Cámara de los Lores) el peligro inminente de una revolución en la primera parte de la guerra contra Francia. No dudo que su señoría sea sincero; y debe ser halagador para sus sentimientos creerlo. Pero, ¿dónde están las evidencias del peligro a las que un futuro historiador pueda apelar? ¿O debe basarse en una afirmación? Permítaseme extraer un pasaje sobre el tema de The Friend. "He dicho que para resistir los argumentos de los sin ley, los antijacobinos propusieron suspender la ley, y mediante la interposición de un estatuto particular eclipsar la bendita luz del sol universal, para que los espías y los informadores pudieran tiranizar y escapar en la ominosa oscuridad. ¡Oh! ¡Si estos hombres equivocados, embriagados por la alarma y desconcertados por ese pánico a la propiedad, que ellos mismos fueron los principales agentes en excitar, hubieran vivido alguna vez en un país donde realmente existiera una disposición general al cambio y a la rebelión! Si hubieran viajado alguna vez por Sicilia; o por Francia al comienzo de la revolución; o incluso, ¡ay!, por demasiadas provincias de una isla hermana; no habrían podido evitar retroceder ante sus propias declaraciones sobre el estado de sentimiento y opinión que predominaba en ese momento en toda Gran Bretaña. Hubo un tiempo (¡que el cielo conceda que ese tiempo haya pasado!) en el que, al cruzar un estrecho brazo de mar, podrían haber aprendido los verdaderos síntomas de un peligro inminente, y haberse asegurado de no confundir las reuniones y el discurso ocioso de tal sedición, que se encogía horrorizada ante la vista de un alguacil, con el funesto murmullo y la extraña consternación que precede a la tormenta o al terremoto de la discordia nacional. No solo en las cafeterías y teatros públicos, sino incluso en las mesas de los ricos, habrían escuchado a los defensores del gobierno existente defender su causa en el lenguaje y con el tono de hombres que son conscientes de que están en minoría. Pero en Inglaterra, cuando la alarma estaba en su punto más alto, no había una ciudad, no, ni un pueblo o aldea, en el que un hombre sospechoso de sostener principios democráticos pudiera salir a la calle sin recibir alguna prueba desagradable del odio en el que sus supuestas opiniones eran tenidas por la gran mayoría de la gente; y los únicos casos de exceso e indignación popular fueron del lado del gobierno y la iglesia establecida. Pero, ¿por qué necesito apelar a estos hechos envidiosos? Hojee las páginas de la historia y busque un solo caso de una revolución que se haya efectuado sin el concurso de los nobles, o de los eclesiásticos, o de las clases adineradas, en cualquier país en el que las influencias de la propiedad hubieran predominado alguna vez, ¡y donde los intereses de los propietarios estuvieran interconectados! Examine la revolución de las provincias belgas bajo Felipe II; las guerras civiles de Francia en la generación anterior; la historia de la revolución americana, o los eventos aún más recientes en Suecia y en España; y será difícil no percibir que en Inglaterra desde 1791 hasta la paz de Amiens no hubo tendencias a la confederación ni confederaciones reales contra las cuales las leyes existentes no hubieran proporcionado tanto suficientes salvaguardias como un castigo amplio. Pero, ¡ay!, el pánico a la propiedad se había desatado en primera instancia por motivos partidistas; y cuando se volvió general, sus propagadores lo contrajeron ellos mismos y terminaron creyendo su propia mentira; tal como nuestros toros de Borrowdale a veces se vuelven locos con el eco de sus propios mugidos. Las consecuencias fueron muy perjudiciales. Nuestra atención se concentró en un monstruo que no podía sobrevivir a las convulsiones en las que había sido engendrado, ¡incluso el mismo Burke ilustrado a menudo hablaba y razonaba como si una anarquía perpetua y organizada hubiera sido una cosa posible! Así, mientras guerreábamos contra las doctrinas francesas, prestamos poca atención a si los medios por los cuales intentábamos derrocarlas no corrían el riesgo de ayudar y aumentar el mal mucho más formidable de la ambición francesa. Como niños, huimos de los ladridos de un chucho y nos refugiamos bajo los talones de un caballo de guerra vicioso." (Vol. II. Ensayo i. p. 21, 4ª ed.)]
[Nota 41: Rara vez pienso en el asesinato de este ilustre príncipe sin recordar los versos de Valerio Flaco:
------super ipsius ingens Instat fama viri, virtusque haud laeta tyranno; Ergo anteire metus, juvenemque exstinguere pergit. Argonaut, I. 29.]
[Nota 42: --
Theara de kai ton chaena kai taen dorkada, Kai ton lagoon, kai to ton tauron genos. Manuel Phile, De Animal. Proprietat. sect. I. i. 12.]
[Nota 43: El paraíso recuperado. Libro IV. I. 261.]
[Nota 44: Vita e Costumi di Dante.]
[Nota 45: TRADUCCIÓN: "Evite la autoría con la mayor solicitud posible. Empleada demasiado pronto o inmoderadamente, hace que la cabeza se desperdicie y el corazón se vacíe; incluso si no hubiera otras consecuencias peores. Una persona que lee solo para imprimir, con toda probabilidad lee mal; y quien envía a través de la pluma y la prensa cada pensamiento, en el momento en que se le ocurre, en poco tiempo los habrá enviado todos, y se convertirá en un mero jornalero de la imprenta, un cajista".
A lo cual puedo añadir por mi parte que lo que los fisiólogos médicos afirman de ciertas secreciones se aplica igualmente a nuestros pensamientos; también ellos deben ser absorbidos de nuevo en la circulación, y ser re-secretados una y otra vez para asegurar un vigor saludable, tanto para la mente como para su descendencia intelectual.]
[Nota 46: Esta distinción entre trascendental y trascendente es observada por nuestros teólogos y filósofos más antiguos, siempre que se expresan escolásticamente. El Dr. Johnson, de hecho, ha confundido las dos palabras; pero sus propias autoridades no lo respaldan. De este célebre diccionario me aventuraré a observar de una vez por todas que sospecharía de un hombre de disposición hosca que hablara de él sin respeto y gratitud como un libro muy instructivo y entretenido, y hasta ahora, desafortunadamente, un libro indispensable; pero confieso que me sorprendería escuchar de un erudito filosófico y completo más que elogios muy calificados de él, como diccionario. No me refiero ahora al número de palabras genuinas omitidas; pues esto es (y quizás en mayor medida) cierto, como ha notado el Sr. Wakefield, de nuestros mejores léxicos griegos, y esto también después de las labores sucesivas de tantos gigantes del aprendizaje. Me refiero actualmente tanto a las omisiones como a las comisiones de una naturaleza más importante. Lo que son, me saltem judice, se expondrá detalladamente en The Friend, republicado y completado.
Nunca había oído hablar de la correspondencia entre Wakefield y Fox hasta que vi la relación de la misma esta mañana (16 de septiembre de 1815) en el Monthly Review. No me sentí poco gratificado al encontrar que el Sr. Wakefield se había propuesto casi el mismo plan para un diccionario griego e inglés que yo había formado, y comencé a ejecutar, hace ahora diez años. Pero mucho, mucho más afligido estoy porque no vivió para completarlo. No puedo dejar de pensar que es un tema de muy serio pesar que el mismo gasto cuantioso, que ahora se está empleando en la republicación de STEPHANUS aumentado, no se haya aplicado a un nuevo léxico sobre un plan más filosófico, con los sinónimos en inglés, alemán y francés, así como en latín. En casi todos los casos, el significado individual preciso podría darse en una palabra inglesa o alemana; mientras que en latín debemos contentarnos demasiadas veces con un término meramente general e inclusivo. ¿Cómo podría ser de otra manera, cuando intentamos traducir el lenguaje más copioso del mundo, el más admirable por la finura de sus distinciones, a uno de los lenguajes más pobres y vagos? Especialmente cuando reflexionamos sobre el número comparativo de las obras, aún existentes, escritas mientras el griego y el latín eran lenguas vivas. Si se me preguntara qué consideraba el beneficio mayor y más puro que un individuo rico, o una asociación de individuos ricos, podría otorgar a su país y a la humanidad, no dudaría en responder: "un diccionario filosófico inglés; con los sinónimos griegos, latinos, alemanes, franceses, españoles e italianos, y con índices correspondientes". Que las lenguas cultas pudieran adquirirse así, mejor, en la mitad del tiempo, es solo una parte, y no la parte más importante, de las ventajas que se derivarían de tal obra. ¡Oh! ¡Si la Providencia permitiera que, sin detrimento de la libertad y la independencia, nuestro gobierno pudiera llegar a ser algo más que un comité de guerra e ingresos! Hubo un tiempo en que todo debía ser hecho por el Gobierno. ¿No hemos volado hacia el extremo contrario?]
[Nota 47: Abril de 1825. ¡Si no lo viera con mis propios ojos, no creería que he sido culpable de tantos disparates hidrostáticos como braman en esta infeliz alegoría o cadena de metáforas! Cómo un río iba a viajar cuesta arriba desde un valle muy adentro, sobre las montañas intermedias, solo Morfeo, el tejedor de sueños, puede descifrarlo. Estoy avergonzado y humillado. S. T. Coleridge.]
[Nota 48: Ennead, III. 8. 3. La fuerza del griego sunienai se expresa imperfectamente con "entender"; nuestra propia frase idiomática "ir conmigo" es lo que más se le acerca. El pasaje que sigue, lleno de sentido profundo, me parece evidentemente corrupto; y, de hecho, ningún escritor necesita más, merece mejor, o es menos probable que obtenga, una edición nueva y más correcta: ti oun sunienai; oti to genomenon esti theama emon, siopaesis (mallem, theama, emon sioposaes,) kai physei genomenon theoraema, kai moi genomenae ek theorias taes odi, taen physin echein philotheamona uparkei. (mallem, kai moi hae genomenae ek theorias autaes odis). "¿Qué debemos entender entonces? Que todo lo que se produce es una intuición, yo en silencio; y que, lo que así se genera, es por su naturaleza un teorema, o forma de contemplación; y el nacimiento; que resulta para mí de esta contemplación, llega a tener una naturaleza contemplativa". Así Sinesio:
‘Odis hiera ‘Arraeta gona
La comparación posterior del proceso de la natura naturans con la del geómetra está extraída del corazón mismo de la filosofía.]
[Nota 49: Esto se logra felizmente en tres líneas por Sinesio, en su TERCER HIMNO:
‘En kai Pan’ta--(tomado por sí mismo) es espinosismo. ‘En d’ ’Apan’ton--una mera Anima Mundi. ‘En te pro panton--es teísmo mecánico.
Pero une los tres, y el resultado es el teísmo de San Pablo y el cristianismo. Sinesio fue censurado por su doctrina de la preexistencia del alma; pero nunca, que yo pueda encontrar, acusado o considerado herético por su panteísmo, aunque ni Giordano Bruno ni Jacob Behmen lo profesaron nunca más abiertamente.
Mystas de Noos, Ta te kai ta legei, Buthon arraeton Amphichoreuon. Su to tikton ephus, Su to tiktomenon; Su to photizon, Su to lampomenon; Su to phainomenon, Su to kryptomenon Idiais augais. ‘En kai panta, ‘En kath’ heauto, Kai dia panton.
Por lo tanto, el panteísmo no es necesariamente irreligioso o herético; aunque puede enseñarse de manera atea. Así, Spinoza estaría de acuerdo con Sinesio en llamar a Dios Physis en Noerois, la Naturaleza en las Inteligencias; pero no podría suscribir el precedente Nous kai noeros, es decir, Él mismo Inteligencia e inteligente.
En este esbozo biográfico de mi vida literaria, se me puede excusar si menciono aquí que había traducido los ocho himnos de Sinesio del griego a anacreónticas inglesas antes de cumplir los quince años.]
[Nota 50: Véase Schell. Abhandl. zur Erlaeuter. des Id. der Wissenschafslehre.]
[Nota 51: Des Cartes, Diss. de Methodo.]
[Nota 52: La imposibilidad de una cosa absoluta (substantia unica) como ni género, ni especie, ni individuo; así como su total ineptitud para la posición fundamental de un sistema filosófico, se demostrará en la crítica al espinosismo en el quinto tratado de mi Logosophia.]
[Nota 53: Es muy digno de notar que en la primera revelación de sí mismo, no limitada a los individuos; de hecho, en la primera revelación misma de su ser absoluto, Jehová reveló al mismo tiempo la verdad fundamental de toda filosofía, que debe comenzar con lo absoluto o no tener un comienzo fijo; es decir, dejar de ser filosofía. No puedo dejar de expresar mi pesar por el uso equívoco de la palabra "que", por "en que", o "porque", nuestra admirable versión ha hecho que el pasaje sea susceptible de una interpretación degradada en la mente de los lectores o oyentes comunes, como si fuera una mera reprimenda a una pregunta impertinente, "Yo soy el que soy", lo cual podría ser afirmado igualmente de sí mismo por cualquier ser existente.
El Cogito ergo sum cartesiano es objetable, porque o bien el Cogito se usa extra gradum, y entonces está involucrado en el sum y es tautológico; o se toma como un modo o dignidad particular, y entonces está subordinado al sum como la especie al género, o más bien como una modificación particular al sujeto modificado; y no pre-ordenado como parecen requerir los argumentos. Porque Cogito es Sum Cogitans. Esto queda claro por la falta de evidencia del converso. Cogitat, ergo est es verdadero, porque es una mera aplicación de la regla lógica: Quicquid in genere est, est et in specie. Est (cogitans), ergo est. Es un cerezo; por lo tanto, es un árbol. Pero, est ergo cogitat, es ilógico: porque quod est in specie, non NECESSARIO in genere est. Puede ser verdad. Sostengo que es verdad que quicquid vere est, est per veram sui affirmationem; pero es una verdad derivada, no inmediata. Aquí tenemos, pues, por anticipación, la distinción entre el yo finito condicional (que, como se conoce en la conciencia distinta por ocasión de la experiencia, es llamado por los seguidores de Kant el empírico) y el YO SOY absoluto, y también la dependencia o más bien la inherencia del primero en el último; en quien "vivimos, nos movemos y existimos", como afirma divinamente San Pablo, difiriendo ampliamente de los teístas de la escuela mecánica (como Sir J. Newton, Locke y otros) que deben decir de quién obtuvimos nuestro ser, y con él la vida y los poderes de la vida.]
[Nota 54: TRADUCCIÓN. "De aquí se desprende, por qué causa muchos rechazan la noción de lo continuo y lo infinito. Toman, a saber, las palabras irrepresentable e imposible en uno y el mismo significado; y, según las formas de la evidencia sensible, la noción de lo continuo y lo infinito es indudablemente imposible. No estoy aquí defendiendo la causa de estas leyes, que no pocas escuelas han considerado apropiado explotar, especialmente la primera (la ley de continuidad). Pero es de la mayor importancia amonestar al lector de que aquellos que adoptan un modo de razonar tan pervertido están bajo un grave error. Lo que se opone a los principios formales del entendimiento y la razón es, confesadamente, imposible; pero no por ello aquello que no es susceptible de las formas de evidencia sensible, porque es exclusivamente un objeto del intelecto puro. Pues esta no coincidencia de lo sensible y lo intelectual (cuya naturaleza expondré de inmediato) no prueba nada más que el hecho de que la mente no siempre puede representar adecuadamente en lo concreto, y transformar en imágenes distintas, las nociones abstractas derivadas del intelecto puro. Pero esta contradicción, que es en sí misma meramente subjetiva (es decir, una incapacidad en la naturaleza humana), pasa con demasiada frecuencia por una incongruencia o imposibilidad en el objeto (es decir, las nociones mismas), y seduce a los incautos a confundir las limitaciones de las facultades humanas con los límites de las cosas, tal como existen realmente".]
Aprovecho esta ocasión para observar que aquí y en otros lugares Kant utiliza el término intuición, y el verbo activo (intueri, anschauen en alemán), para el cual desgraciadamente no tenemos una palabra equivalente, exclusivamente para aquello que puede representarse en el espacio y el tiempo. Por lo tanto, niega coherente y acertadamente la posibilidad de intuiciones intelectuales. Pero como no veo ninguna razón adecuada para este sentido exclusivo del término, he vuelto a su significación más amplia, autorizada por nuestros antiguos teólogos y metafísicos, según los cuales el término comprende todas las verdades que conocemos sin un medio.
Del tratado de Kant De mundi sensibilis et intelligibilis forma et principiis. 1770.]
[Nota 55: Franc. Baconis de Verulam, NOVUM ORGANUM.]
[Nota 56: Esta frase, a priori, es entendida de forma común y muy grosera, y se le carga con un absurdo que no merece. Por conocimiento a priori no queremos decir que podamos conocer algo con anterioridad a la experiencia, lo cual sería una contradicción en los términos; sino que, habiéndolo conocido una vez con ocasión de la experiencia (es decir, algo que actúa sobre nosotros desde fuera), sabemos entonces que debe haber existido, o la experiencia misma habría sido imposible. Solo por la experiencia sé ahora que tengo ojos; pero entonces mi razón me convence de que debo haber tenido ojos para poder tener la experiencia.]
[Nota 57: Via Pacis de Jer. Taylor.]
[Nota 58: El paraíso perdido. Libro V. I. 469.]
[Nota 59: Leibnitz. Op. T. II. P. II. p. 53.--T. III. p. 321.]
[Nota 60: Synesii Episcop. Hymn. III. I. 231]
[Nota 61: «Anaer morionous», una frase que he tomado prestada de un monje griego, quien la aplica a un Patriarca de Constantinopla. Podría haber dicho que la he reclamado, más que tomado prestada: pues parece pertenecer a Shakespeare, de jure singulari, et ex privilegio naturae.]
[Nota 62: Publicado por primera vez en 1803.]
[Nota 63: Estos pensamientos me fueron sugeridos durante la lectura de los Madrigales de Giovambatista Strozzi, publicados en Florencia en mayo de 1593 por sus hijos Lorenzo y Filippo Strozzi, con una dedicatoria a su tío paterno, el señor Leone Strozzi, Generale delle battaglie di Santa Chiesa. Como no recuerdo haber visto mencionados ni los poemas ni a su autor en ninguna obra inglesa, ni haberlos encontrado en ninguna de las colecciones comunes de poesía italiana; y como la pequeña obra es de rara aparición, transcribiré algunos ejemplos. Rara vez he encontrado composiciones que poseyeran, según mi sentir, más de esa integridad satisfactoria, de esa completa adecuación de la manera a la materia que tanto nos encanta en Anacreonte, unida a la ternura, y más que a la delicadeza, de Catulo. Por muy triviales que sean, probablemente fueron elaboradas con gran cuidado; sin embargo, al leerlas, las atribuimos a una energía espontánea más que a un esfuerzo voluntario. Para un gusto cultivado existe un deleite en la perfección por sí misma, independientemente del material en el que se manifieste, que nadie más que un gusto cultivado puede entender o apreciar.
Después de lo que he expuesto, parecería una presunción ofrecer una traducción; incluso si el intento no se viera desalentado por el genio diferente de la mente y el lenguaje ingleses, que exigen un cuerpo de pensamiento más denso como condición de un alto pulimento que el italiano. No puedo dejar de considerar también una ventaja en la lengua italiana, en muchos otros aspectos inferior a la nuestra, que el lenguaje de la poesía sea más distinto del de la prosa que entre nosotros. Por la aparición temprana y la primacía establecida de los poetas toscanos, coincidiendo con el número de estados independientes y la diversidad de dialectos escritos, los italianos han ganado un idioma poético, como los griegos antes que ellos habían obtenido de las mismas causas, con mayores y más variadas discriminaciones, por ejemplo, el jónico para sus versos heroicos; el ático para sus yambos; y los dos modos del dórico para los líricos o sacerdotales, y el pastoril, cuyas distinciones eran sin duda más obvias para los propios griegos de lo que lo son para nosotros.
Me aventuraré a añadir una observación más antes de proceder a la transcripción. Soy consciente de que los sentimientos que he profesado sobre los puntos de diferencia entre la poesía de la época actual y la del período comprendido entre 1500 y 1650 son lo contrario de la opinión comúnmente aceptada. Conversaba sobre este tema con una amiga cuando entró la criada, una mujer digna y sensata, y le puse delante dos grabados: uno, una lámina rosada de la época; el otro, un magistral aguafuerte de Salvator Rosa a partir de uno de sus propios cuadros. Al insistirle en que nos dijera cuál prefería, después de un poco de rubor y agitación de sentimientos, respondió: «Bueno, ese, señor, ¡sin duda!» (señalando el artículo de las tiendas de grabados de Fleet-street); «es tan pulcro y elegante. El otro es una cosa tan tosca y descuidada». Un artista, cuyos escritos son apenas menos valiosos que sus cuadros, y a cuya autoridad se prestará más deferencia de la que yo desearía que se mostrara a la mía, nos ha dicho, y también por su propia experiencia, que el buen gusto debe adquirirse y, como todas las demás cosas buenas, es el resultado del pensamiento y del estudio sumiso de los mejores modelos. Si se pregunta: «Pero, ¿qué debo considerar como tal?», la respuesta es: presume que son los mejores aquellos cuya reputación ha madurado hasta convertirse en fama por el consentimiento de los siglos. Pues la sabiduría siempre tiene una mayoría final, si no por convicción, sí por aquiescencia. Además de Sir J. Reynolds, puedo mencionar a Harris de Salisbury, quien en una de sus disquisiciones filosóficas ha escrito sobre los medios de adquirir un gusto justo con la precisión de Aristóteles y la elegancia de Quintiliano.
MADRIGALI.
Gelido suo ruscel chiaro, e tranquillo M’insegno Amor di state a mezzo’l giorno; Ardean le solve, ardean le piagge, e i colli. Ond’ io, ch’ al piu gran gielo ardo e sfavillo, Subito corsi; ma si puro adorno Girsene il vidi, che turbar no’l volli: Sol mi specchiava, e’n dolce ombrosa sponda Mi stava intento al mormorar dell’ onda.
Aure dell’ angoscioso viver mio Refrigerio soave, E dolce si, che piu non mi par grave Ne’l ardor, ne’l morir, anz’ il desio; Deh voil ghiaccio, e le nubi, e’l tempo rio Discacciatene omai, che londa chiara, E l’ombra no men cara A scherzare, a cantar per suoi boschetti, E prati festa et allegrezza alletti.
Pacifiche, ma spesso in amorosa Guerra co’fiori, e l’erba Alla stagione acerba Verdi insegne del giglio e della rosa, Movete, Aure, pian pian; che tregua o posa, Se non pace, io ritrove; E so ben dove:--Oh vago, a mansueto Sguardo, oh labbra d’ambrosia, oh rider, lieto!
Hor come un scoglio stassi, Hor come un rio se’n fugge, Ed hor crud’ orsa rugge, Hor canta angelo pio: ma che non fassi! E che non fammi, O sassi, O rivi, o belue, o Dii, questa mia vaga Non so, se ninfa, o magna, Non so, se donna, o Dea, Non so, se dolce o rea?
Piangendo mi baciaste, E ridendo il negaste: In doglia hebbivi piu, In festa hebbivi ria: Nacque gioia di pianti, Dolor di riso: O amanti Miseri, habbiate insieme Ognor paura e speme.
Bel Fior, tu mi rimembri La rugiadosa guancia del bel viso; E si vera l’assembri, Che’n te sovente, come in lei m’affiso: Et hor del vago riso, Hor del serene sguardo Io pur cieco riguardo. Ma qual fugge, O Rosa, il mattin lieve! E chi te, come neve, E’l mio cor teco, e la mia vita strugge!
Anna mia, Anna dolce, oh sempre nuovo E piu chiaro concento, Quanta dolcezza sento In sol Anna dicendo? Io mi pur pruovo, Ne qui tra noi ritruovo, Ne tra cieli armonia, Che del bel nome suo piu dolce sia: Altro il Cielo, altro Amore, Altro non suona l’Ecco del mio core.
Hor che’l prato, e la selva si scoiora, Al tuo serena ombroso Muovine, alto Riposo, Deh ch’io riposi una sol notte, un hora: Han le fere, e gli augelli, ognun talora Ha qualche pace; io quando, Lasso! non vonne errando, E non piango, e non grido? e qual pur forte? Ma poiche, non sent’ egli, odine, Morte.
Risi e piansi d’Amor; ne pero mai Se non in fiamma, o’n onda, o’n vento scrissi Spesso merce trovai Crudel; sempre in me morto, in altri vissi: Hor da’ piu scuri Abissi al ciel m’alzai, Hor ne pur caddi giuso; Stanco al fin qui son chiuso.
[Nota 64: --
«Lo he medido de lado a lado; Tiene tres pies de largo y dos de ancho».]
[Nota 65: --
«No, no te devanes los sesos... es en vano, te contaré todo lo que sé; pero al Espino, y al Estanque que está a un pequeño paso más allá, desearía que fueras: quizá, cuando estés en el lugar, puedas rastrear algo de su historia.
Te daré la mejor ayuda que pueda antes de que subas a la montaña, hasta la sombría cima de la montaña, te contaré todo lo que sé. Hace ya unos veintidós años desde que ella (su nombre es Martha Ray) dio, con la verdadera buena voluntad de una doncella, su compañía a Stephen Hill; y ella era alegre y dichosa, y era feliz, feliz aún siempre que pensaba en Stephen Hill.
Y habían fijado el día de la boda, la mañana que debía casarlos a ambos; pero Stephen a otra doncella le había hecho otro juramento; y, con esta otra doncella, a la iglesia el despreocupado Stephen fue... ¡Pobre Martha! en aquel día funesto una punzada de piedad sin esperanza en su alma fue enviada; un fuego se encendió en su pecho, que no podría consumirse hasta descansar.
Dicen que, seis meses completos después de esto, mientras las hojas del verano aún estaban verdes, ella solía ir a la cima de la montaña, y allí era vista a menudo; se dice que un niño estaba en su vientre, como ahora era evidente para cualquier ojo; estaba embarazada y estaba loca; sin embargo, a menudo estaba sobria y triste por su dolor excesivo. ¡Ay de mí! diez mil veces preferiría que él hubiera muerto, ¡ese padre cruel!]
[Nota 66: No es un error menor en los maestros, ni un tormento menor para los pobres niños, imponer la necesidad de leer como hablarían. Para curarlos de «cantar», como se suele llamar, es decir, de una diferencia demasiado grande, se hace que el niño repita las palabras con los ojos apartados del libro; y entonces, ciertamente, sus tonos se asemejan al habla, hasta donde sus miedos, lágrimas y temblores lo permiten. Pero tan pronto como el ojo se dirige de nuevo a la página impresa, el hechizo comienza de nuevo; porque un sentido instintivo le dice a los sentimientos del niño que expresar sus propios pensamientos momentáneos y recitar los pensamientos escritos de otro, como de otro, y mucho más sabio que él mismo, son dos cosas ampliamente diferentes; y como los dos actos van acompañados de sentimientos ampliamente diferentes, también deben justificar diferentes modos de enunciación. Joseph Lancaster, entre otras sofisticaciones del valioso sistema del excelente Dr. Bell, cura este defecto de cantar colgando grilletes y cadenas al niño, con cuya música uno de sus compañeros de escuela, que camina delante, entona lastimeramente el último discurso y confesión, nacimiento, linaje y educación del niño. Y esta ignominia que entumece el alma, esta parodia impía y endurecedora del corazón sobre la última y temible imposición de la ley ultrajada, al pronunciar la sentencia ante la cual el juez severo y acostumbrado no pocas veces estalla en lágrimas, ha sido ensalzada como un método feliz e ingenioso para remediar... ¿qué? ¿y cómo? Bueno, un extremo para introducir otro, apenas menos distante del sentido común, y ciertamente propenso a tener peores efectos morales, al imponer una apariencia de petulancia y autosuficiencia, en la represión y posible perversión posterior de los sentimientos naturales. Tengo que pedir perdón al Dr. Bell por esta conexión de los dos nombres, pero él sabe que el contraste no es una causa de asociación menos poderosa que la semejanza.]
[Nota 67: Alterado de la descripción de la Pesadilla (Night-Mair) en EL REMORDIMIENTO.
«¡Oh, Cielo! ¡Fue espantoso! Ahora corría hacia abajo y era mirada por formas horribles que no pueden recordarse; ahora no veía nada e imaginaba nada; sino solo tener miedo... ¡sofocada por el miedo! ¡Mientras cada forma buena o familiar tenía un extraño poder de extender el terror a mi alrededor!».
N.B. Aunque Shakespeare ha introducido, para sus propósitos que todo lo justifican, a la Pesadilla (Night-Mare) con sus propios potros (foals), Mair significa una hermana, o quizás una bruja.]
[Nota 68: Pero aún más por el sistema mecánico de filosofía que ha infectado innecesariamente nuestras opiniones teológicas, y enseñándonos a considerar el mundo en su relación con Dios, como la de un edificio con su albañil, deja la idea de omnipresencia como una mera noción abstracta en el salón de nuestra razón.]
[Nota 69: Como el ingenioso caballero bajo la influencia de la Musa Trágica se las arregló para dislocar: «¡Le deseo un buen día, señor! Gracias, señor, y le deseo lo mismo», en dos versos heroicos en verso blanco:
A usted un buen día, buen señor, deseo. A usted, señor, agradezco: a usted lo mismo deseo yo.
En aquellas partes de las obras del Sr. Wordsworth que he estudiado a fondo, encuentro menos casos en los que esto sería practicable que los que he encontrado en muchos poemas, donde una aproximación a la prosa ha sido protegida con esmero y por sistema. De hecho, a excepción de las estrofas ya citadas de LA MADRE DEL MARINERO, solo puedo recordar un caso: es decir, un breve pasaje de cuatro o cinco líneas en LOS HERMANOS, ese modelo de pastoral inglesa, que nunca he leído con ojos sin nublar. «James, señalando su cima, por la cual todos se habían propuesto regresar juntos, les informó que los esperaría allí. Se separaron, y sus camaradas pasaron por allí unas dos horas después, pero no lo encontraron en el lugar designado, _una circunstancia de la que no tomaron nota_: pero uno de ellos, al pasar por casualidad a la casa, que en ese momento era la casa de James, se enteró allí de que nadie lo había visto en todo el día». El único cambio que se ha hecho es en la posición de la pequeña palabra «allí» en dos casos, siendo la posición en el original claramente tal que no se adopta en la conversación ordinaria. Las otras palabras impresas en cursiva fueron marcadas así porque, aunque son inglés bueno y genuino, no son la fraseología de la conversación común, ya sea en la palabra puesta en aposición o en la conexión mediante el pronombre genitivo. Los hombres en general habrían dicho: «pero esa fue una circunstancia a la que no prestaron atención, o de la que no tomaron nota»; y el lenguaje se justifica, según la teoría del prefacio, solo porque el narrador es el Vicario. Sin embargo, si algún oído pudiera sospechar que estas frases fueron impresas alguna vez como métrica, solo sobre esas palabras mismas podría haberse basado la sospecha.]
[Nota 70: Tenía en mente el epíteto sorprendente pero intraducible que el célebre Mendelssohn aplicó al gran fundador de la Filosofía Crítica, «Der alleszermalmende KANT», es decir, el Kant que todo lo aplasta, o mejor dicho, el que todo lo reduce a la nada. En la facilidad y fuerza de los epítetos compuestos, el alemán, por el número de sus casos y flexiones, se acerca al griego, esa lengua tan:
«Bendita en el feliz matrimonio de dulces palabras».
Es solo en la lamentable aspereza de sus sonidos en lo que el alemán necesita encogerse ante la comparación.]
[Nota 71: Sammlung einiger Abhandlungen von Christian Garve.]
[Nota 72: Soneto IX.]
[Nota 73: El hecho de que el Sr. Wordsworth haya adoptado juiciosamente «concurso salvaje» (concourse wild) en este pasaje por «una escena salvaje» (a wild scene), como aparecía en la edición anterior, me anima a aventurar un comentario que ciertamente no habría hecho en las obras de un poeta menos austeramente preciso en el uso de las palabras, como él es, para su propio gran honor. Se refiere a la propiedad de la palabra «escena» (scene), incluso en la frase en la que se conserva. Dryden, y solo él en sus versos más descuidados, fue el primero, según mis investigaciones, que por conveniencia de la rima utilizó esta palabra en el sentido vago que ha sido desde entonces demasiado común incluso en nuestros mejores escritores, y que (creo que desafortunadamente) se da como su primera explicación en el Diccionario del Dr. Johnson y, por tanto, sería tomada por un lector incauto como su sentido propio. En Shakespeare y Milton la palabra nunca se usa sin alguna referencia clara, propia o metafórica, al teatro. Así Milton:
«Cedro, y pino, y abeto, y palma ramificada Una escena silvestre; y, a medida que las filas ascienden Sombra sobre sombra, un teatro boscoso De la más majestuosa vista».
Me opongo a cualquier extensión de su significado, porque la palabra ya es más equívoca de lo que cabría desear; dado que, para el uso limitado que recomiendo, todavía puede significar dos cosas diferentes; a saber, el escenario, y los personajes y acciones presentados en el escenario durante la presencia de escenas particulares. Por tanto, solo puede salvarse de la oscuridad manteniendo la significación original plenamente en la mente. Así Milton de nuevo:
------«Prepárate para otra escena».]
[Nota 74: --
Lo que Copland apenas había dicho, cuando rápidamente cada colina, Que en su borde se alza, los valles vecinos llena; Helvillon desde su altura, lo arrojó a través de las montañas, De quien tan pronto de nuevo, el sonido Dunbalrase atrajo, De cuya cabeza trofeada de piedra, fue al Windross, Que hacia el mar de nuevo, lo resonó hasta Dent. Que Brodwater, con ello dentro de sus bancos asombrado, Al navegar hacia el mar, se lo dijo a Egremound, Cuyos edificios, paseos y calles, con ecos fuertes y largos, Encomiaron poderosamente al viejo Copland por su canción. POLYOLBION de Drayton: Canto XXX.]
[Nota 75: Traducción. Me corresponde ponerme del lado de mis amigos, pero solo hasta los dioses.]
[Nota 76: «Slender. Me hice un hematoma en la espinilla jugando con espada y daga por un plato de ciruelas guisadas, y por mi fe no puedo soportar el olor de la carne caliente desde entonces».—Así de nuevo, Evans: «Terminaré mi cena: quedan manzanas y queso por venir».]
[Nota 77: Esto me fue confirmado accidentalmente por un anciano caballero alemán en Helmstadt, que había sido compañero de escuela y de cama de Klopstock. Entre otras anécdotas infantiles, relató que el joven poeta daba un valor particular a una traducción de EL PARAÍSO PERDIDO, y siempre dormía con ella bajo su almohada.]
[Nota 78: La observación de Klopstock era en parte verdadera y en parte errónea. En el sentido literal de sus palabras, y si limitamos la comparación al promedio de espacio requerido para la expresión del mismo pensamiento en ambos idiomas, es errónea. He traducido algunos hexámetros alemanes al hexámetro inglés, y hallo que, en promedio, tres líneas inglesas expresan cuatro líneas alemanas. La razón es evidente: nuestro idioma abunda en monosílabos y disílabos. El alemán, no menos que el griego, es un idioma polisilábico. Pero bajo otro punto de vista, la observación no carecía de fundamento. Pues el alemán, al poseer el mismo privilegio ilimitado de formar compuestos, tanto con preposiciones como con epítetos, que el griego, puede expresar la más rica palabra griega en una sola palabra alemana, y queda así libre de la necesidad de paráfrasis débiles o poco elegantes. Me contentaré con una por el momento, a saber: el uso de los participios prefijados ver, zer, ent y weg: así reissen, desgarrar; verreissen, desgarrar hacia afuera; zerreissen, desgarrar en pedazos; entreissen, desgarrar fuera o desde dentro de una cosa, en sentido activo; o schmelzen, derretir—ver, zer, ent, schmelzen—y de igual manera a través de todos los verbos neutros y activos. Si consideras solo cuánto sentiríamos la pérdida del prefijo be, como en bedropt (rocíado), besprinkle (rociar), besot (embotar), especialmente en nuestro lenguaje poético, y luego piensas que este mismo modo de composición está tallado a través de todas sus preposiciones simples y compuestas, y muchos de sus adverbios; y que con la mayoría de estos los alemanes tienen el mismo privilegio que nosotros de separarlos del verbo y colocarlos al final de la oración; no tendrás dificultad en comprender la realidad y la causa de este poder superior del alemán para condensar el significado, en el cual su gran poeta se regocijaba. Es imposible leer media docena de páginas de Wieland sin percibir que, a este respecto, el alemán no tiene más rival que el griego. Y, sin embargo, siento que concentración o condensación no es el modo más feliz de expresar esta excelencia, que parece consistir no tanto en el menor tiempo requerido para transmitir una impresión, sino en la unidad y simultaneidad con la que la impresión es transmitida. Tiende a hacer su lenguaje más pintoresco: representa mejor las imágenes. Hemos obtenido este poder en parte mediante nuestros verbos compuestos derivados del latín; y el sentido de su gran efecto, sin duda, indujo a nuestro Milton tanto al uso como al abuso de los derivados latinos. Pero aun así, estas partículas prefijadas, que no transmiten un significado separado o separable al lector puramente inglés, no pueden actuar sobre la mente con la fuerza o vivacidad de un lenguaje original y homogéneo como lo es el alemán, y además se limitan a ciertas palabras.]
[Nota 79: Praecludere calumniam, en el original.]
[Nota 80: Mejor así: Forma specifica per formam individualem translucens: o mejor aún: Species individualisata, sive Individuum cuilibet Speciei determinatae in omni parte correspondens et quasi versione quadam eam interpretans et repetens.]
[Nota 81: —
------“The big round tears Cours’d one another down his innocent nose In piteous chase,”
dice Shakespeare de un ciervo herido que inclina la cabeza sobre un arroyo: naturalmente, por la posición de la cabeza, y hermosísimamente, por la asociación de la imagen precedente, la de la caza, en la cual “el pobre ciervo recluido, ante el objetivo del cazador, había recibido una herida”. En la supuesta posición de Bertram, la metáfora, si no es falsa, pierde toda la propiedad del original.]
[Nota 82: Entre una cantidad de otros ejemplos de palabras elegidas sin razón, Imogine declara en el primer acto que las tormentas eléctricas no eran capaces de interceptar sus oraciones por “el hombre desesperado, que trataba de caminos desesperados”----
“Yea, when the launched bolt did sear her sense, Her soul’s deep orisons were breathed for him;”
es decir, cuando un rayo al rojo vivo, lanzado contra ella desde una nube de tormenta, había cauterizado sus sentidos, o en inglés sencillo, le había quemado los ojos de la cabeza, ella seguía rezando.
“Was not this love? Yea, thus doth woman love!”]
[Nota 83: Este tipo de repetición es una de las peculiaridades de este escritor, y apenas hay una página que no proporcione uno o más ejemplos. Ej.: en la primera o segunda página. Acto I, línea 7: “and deemed that I might sleep” (y consideré que podría dormir). Línea 10: “Did rock and quiver in the bickering glare” (se mecía y temblaba en el brillo parpadeante). Líneas 14, 15, 16: “But by the momently gleams of sheeted blue, Did the pale marbles dare so sternly on me, I almost deemed they lived” (Pero por los destellos momentáneos de azul extendido, los pálidos mármoles me desafiaron tan severamente, que casi creí que vivían). Línea 37: “The glare of Hell” (El brillo del infierno). Línea 35: “O holy Prior, this is no earthly storm” (Oh santo prior, esta no es una tormenta terrenal). Línea 38: “This is no earthly storm” (Esta no es una tormenta terrenal). Línea 42: “Dealing with us” (Tratando con nosotros). Línea 43: “Deal thus sternly” (Tratar así severamente). Línea 44: “Speak! thou hast something seen?” (¡Habla! ¿has visto algo?). “A fearful sight!” (¡Una visión temible!). Línea 45: “What hast thou seen! A piteous, fearful sight” (¿Qué has visto? Una visión piadosa y temible). Línea 48: “quivering gleams” (destellos temblorosos). Línea 50: “In the hollow pauses of the storm” (En las pausas huecas de la tormenta). Línea 61: “The pauses of the storm, etc.” (Las pausas de la tormenta, etc.).]
[Nota 84: El niño es un personaje importante, pues no veo por qué medios posibles el autor podría haber terminado el segundo y tercer acto de no ser por su oportuna aparición. ¡Cuán ingrato, pues, no notar más su destino!]
[Nota 85: Clásicamente también, en tanto sea compatible con la fantasía alegórica de los modernos, que al esforzarse siempre por proyectar lo interior, se distingue de la aparente facilidad con la que la poesía de los antiguos refleja el mundo exterior. Casimiro ofrece, quizás, el ejemplo más llamativo de esta diferencia característica; pues su estilo y dicción son verdaderamente clásicos, mientras que Cowley, quien se asemeja a Casimiro en muchos aspectos, barbariza completamente su latinidad, e incluso su métrica, por la naturaleza heterogénea de sus pensamientos. Que el Dr. Johnson haya emitido un juicio contrario, y haya incluso preferido los poemas latinos de Cowley a los de Milton, es un capricho que ha suscitado, si no me equivoco, la sorpresa de todos los eruditos. Me divertí mucho el verano pasado con el risible espanto con que un poeta italiano leyó una página de la Davideis de Cowley, contrastado con el entusiasmo con el que primero recorrió, y luego leyó en voz alta, el Mansus y el Ad Patrem de Milton.]
[Nota 86: Flectit, o si la métrica lo hubiera permitido, premit habría sostenido mejor la metáfora.]
[Nota 87: ¡Pobre y desafortunada Metafísica! ¿Y qué es? Una sola oración expresa el objeto y, por tanto, el contenido de esta ciencia. Gnothi seauton:
Nosce te ipsum, Tuque Deum, quantum licet, inque Deo omnia noscas.
Conócete a ti mismo: y así conocerás a Dios, hasta donde le es permitido a una criatura, y en Dios todas las cosas. Ciertamente, existe una extraña —más bien, demasiado natural— aversión en muchos a conocerse a sí mismos.]