SOPLA EL VIENTO
UN ROMANCE DE LA COSTA
Por Holman Day
Derechos de autor, 1916, por Harper & Brothers
A MI BUEN AMIGO
Capitán John W. Christie
CAPITÁN BRITÁNICO DE LA MARINA MERCANTE QUE HA CANTADO TODAS LAS CANCIONES DE MARINERO Y HA NAVEGADO TODOS LOS MARES
“_¡Oh, sopla el viento, bravucones, sopla el viento! Way-ay, sopla el viento. ¡Oh, sopla el viento en la ciudad de Liverpool! Dame algo de tiempo para soplar el viento_”. --Antigua canción de marinero de los barcos de correo del Atlántico.
ÍNDICE:
I ~ EL CAPITÁN BOYD MAYO PIERDE EL SONDEO
II ~ ENTONCES EL CAPITÁN MAYO DIVISA BAJOS
III ~ LA TABERNA DE LOS MARES
IV ~ SOBRE LA BORDA DEL “POLLY”
V ~ EN EL PUENTE DEL YATE “OLENIA”
VI ~ Y ZARPAMOS
VII ~ HACIA EL LÍO DESDE EL ESTE
VIII ~ COMO BICHOS BAJO UN DEDAL
IX ~ EL TRABAJO DE UN HOMBRE
X ~ HOSPITALIDAD, SEGÚN JULIUS MARSTON
XI ~ UNA VOZ DESDE EL CLAMOR PÚBLICO
XII ~ NO HAY LUGAR PARA LAS PLANTAS DE SUS PIES
XIII ~ UN CAPITÁN DE FLOTSAM HUMANO
XIV ~ MARCAS PARA UN NUEVO RUMBO
XV ~ LAS REGLAS DE NAVEGACIÓN
XVI ~ MILLONES Y UNA MIGA
XVII ~ “¡EXACTAMENTE!”, DIJO EL SEÑOR FOGG
XVIII ~ CÓMO SE CELEBRÓ UNA JUNTA ANUAL—¡UNA VEZ!
XIX ~ EL PAQUETE PREMIADO DEL SEÑOR FOGG
XX ~ PONIENDO A PRUEBA A UN HOMBRE
XXI ~ AMARGA PRUEBA A LA LUZ DE LA MAÑANA
XXII ~ ASUNTOS ESPECIALES DE UN PASAJERO
XXIII ~ EL MONSTRUO QUE SE SOLTÓ DE SU CORREA
XXIV ~ POR UN MAR GALOPANTE
XXV ~ UNA CHICA Y SU DEUDA DE HONOR
XXVI ~ LOS COLMILLOS DEL VIEJO RAZEE
XXVII ~ LA TEMPESTAD MUESTRA SUS CARTAS
XXVIII ~ AYUDA DE UNA CHICA Y TRABAJO DE UN HOMBRE
XXIX ~ LOS TRABAJADORES DEL VIEJO RAZEE
XXX ~ EL ASUNTO DE UN MONOGRAMA EN CERA
XXXI ~ EL TIPO GRANDE EN PERSONA
XXXII ~ EL QUERIDO “¡PORQUE!” DE UNA CHICA
SOPLA EL VIENTO
I ~ EL CAPITÁN BOYD MAYO PIERDE EL SONDEO
Cuando estés a salvo o en duda, mantén siempre una guardia segura; esfuérzate por mantener la cabeza fría, atiende tus luces y atiende tu sonda. --Coplilla de la caseta del piloto.
Durante días había temido aquella increíble locura suya como un hombre teme a un monstruo sin nombre. Pero estaba seguro de su fortaleza, aun reconociendo su debilidad. Confiaba en que tenía aquello firmemente sujeto bajo control.
¡Y entonces, de repente, sucedió!
Sin preámbulos de palabras o miradas, se giró y se enfrentó a ella, la tomó en sus brazos y la besó. No intentó absolverse ni mitigar su ofensa diciéndole que la amaba. Estaba sin voz; no podía controlar su habla. No se atrevió a mostrar tal presunción como la que, sin duda, le parecería a ella hablar de amor. Sabía que no debía hablar de amor; tal ofrecimiento hacia ella sería una locura. Pero esta presunción mayor, esta captura ciega de ella entre sus brazos, esto era algo que no había planeado, del mismo modo que un hombre cuerdo no considera volar a la luna.
No lo entendía; había sido él mismo y, al instante, en un tiempo medido por el chasquido de un dedo, se había convertido en este desdichado que parecía ser otra persona.
Había dejado, por un momento de demencia, de ser dueño de todos sus sentidos. Pero la soltó tan súbitamente como la había sujetado, y se tambaleó hacia la puerta de la cámara de cartas, dándole la espalda y gimiendo en la más absoluta miseria.
En ese momento de delirio, había insultado su propio sentido de la decencia y el honor de Nueva Inglaterra.
Tenía miedo de mirarla atrás. Con una agonía de aprensión, temía el sonido de su voz. Sabía perfectamente que ella estaba luchando por recuperar el control, por sobreponerse a su total asombro. Él esperó. El ultraje debía haberla enfurecido más allá de toda medida; el silencio se prolongó.
En el salón del yate, abajo, un violín cantaba su propia alma en la noche de verano, tejiendo su queja en el suave y ondulante adagio de los acordes de un piano.
Escudriñó su alma. La música, aquel lejano y melodioso fraseo del llamado del amor, la música lo había descompuesto. Mientras caminaba por el puente antes de la llegada de ella, esa música había estado derritiendo el hielo de su reserva natural. Pero no se perdonó a sí mismo por haber actuado como un tonto.
Miró fijamente la noche enmarcada en la puerta de la cámara de cartas. ¡Pequeñas olas corrían hacia él, directamente desde la luna, en la línea del mar, como una inundación de plata nueva brotando de la puerta abierta de la abundancia!
Pero la cautivadora belleza de aquella noche no podía excusar el insulto inconcebible que acababa de ofrecerle. Lo sabía, y se estremeció.
Ella se había acercado y se había inclinado junto a él sobre la carta náutica desplegada, su aliento en su mejilla, tan cerca de él que un mechón rebelde de su cabello le rozó. Pero el que un fuego repentino hubiera saltado del contacto a su cerebro no era razón para el acto con el que acababa de condenarse como un bruto presuntuoso.
Porque él, Boyd Mayo, capitán del yate de su padre, un asalariado, acababa de dedicarle a Alma Marston el mismo cortejo insultante que un marinero le ofrecería a una chica que lo mirase con descaro en la calle.
—Saltaré por la borda —balbuceó al fin—. Me quitaré de su vista para siempre.
El silencio ominoso persistió.
—No le pido que me perdone. No es algo que pueda ser perdonado. Dígales que estaba loco y salté por la borda. Esa será la verdad. Soy un lunático.
Salió tambaleándose por la puerta. En ese momento desesperado, en el torbellino de sus emociones, no parecía haber otra salida a su horrible predicamento. Había llegado a amar a la chica con toda la pasión absorbente de su alma, dándose cuenta plenamente de su ciega locura al mismo tiempo. No se había hecho falsas ilusiones. En cuanto a hablar de ese amor, incluso a traicionarlo con una mirada, se había revestido con la armadura de la restricción reservada; estaba seguro de que antes se habría puesto de rodillas y aullado a la luna plateada desde la cubierta del yate Olenia que hacer lo que acababa de hacer.
—¡Capitán Mayo! ¡Espere!
Él esperó sin girarse para mirarla. La voz de ella no era firme, pero él no pudo determinar, por el tono, cuáles eran sus emociones.
—¡Vuelva aquí!
Ella tuvo que repetir la orden con una autoridad más aguda antes de que él obedeciera. Bajó los ojos y se mantuvo ante ella, un suplicante sin voz.
—¿Por qué hizo eso? —preguntó ella. No era la demanda despectiva que él había estado temiendo. Su voz era tan baja que era casi un susurro.
—No lo sé —confesó él.
El violín seguía cantando; la luna brillaba en la puerta; dos golpes, como glóbulos dorados de sonido, desde la campana del barco señalaron las nueve. Solo el ritmo de los motores, tan relajante como el ronroneo de un gato, el lento balanceo del yate y el murmullo de las olas divididas revelaban que el Olenia estaba en camino a través de la noche.
—No lo sé —repitió—. No me excusa decir que no pude evitarlo.
Y él entendía tan poco a las mujeres que no se dio cuenta de que estaba haciendo la súplica de siempre, que ha suavizado el rencor femenino desde que las mujeres sabinas fueron llevadas en brazos de sus captores y perdonaron a sus captores.
Ella lo miró fijamente, haciendo una vez más una rápida evaluación de doncella de este joven que se había ofrecido tan humildemente como sacrificio. Sus manos morenas estaban cruzadas frente a él y agarraban convulsivamente su gorra blanca. La gorra y el lino sobre el cuello de su uniforme sacaban a relucir todo el tono de su bronceado varonil. El rubor rojo de su contrición conmocionada le tocó las mejillas, y, a fin de cuentas, cualquier cosa que la hija de Julius Marston, sacerdote de las altas finanzas de Wall Street, pudiera haber pensado de su descaro, la mirada derretida que le dio desde debajo de los párpados bajos indicaba su aprecio por sus excelencias exteriores.
—¡Supongo que está completa y adecuadamente avergonzado de lo que ha hecho!
—Estoy avergonzado, tan avergonzado que nunca me atreveré a levantar mis ojos hacia usted de nuevo. Haré lo que prometí. Saltaré por la borda.
—¡Capitán Mayo, míreme!
Cuando obedeció, con el comportamiento de un sabueso azotado, su perturbación no le permitió mostrar tanto aprecio por ella como ella había mostrado en el estudio secreto de él, que ahora ocultaba rápidamente. La observó con nostalgia, con miedo. Y una doncella, después de haber comprendido que ha obtenido el dominio sobre el músculo y el alma, no le gusta ser mirada como si fuera Medusa.
Robó una mirada de soslayo a su rostro en uno de los espejos y luego se colocó con un dedo bien formado un mechón de pelo errante, sugiriendo así, si hubiera habido un observador cínico presente, que la señorita Alma Marston nunca permitía que ninguna situación, por muy crucial que fuera, le quitara la atención totalmente de sí misma.
No había duda: si ese observador cínico hubiera estado allí, habría notado que ella hizo un pequeño puchero cuando Mayo declaró su inefable vergüenza.
—Nunca superará esa vergüenza, ¿verdad?
Y el capitán Mayo, febrilmente ansioso por mostrar que entendía la enormidad de su ofensa y deseando ofrecer una prenda para el futuro, declaró que su vergüenza nunca disminuiría.
Sus ojos oscuros brillaron; si había travesura mezclada con resentimiento, o si el resentimiento suplantaba por completo todas las demás emociones, podría haber sido un problema difícil para el cínico. Pero cuando ella inclinó la barbilla y miró al ofensor directamente a los ojos, apoyando sus pequeñas manos regordetas en los bolsillos laterales de su chaquetón blanco, el capitán Mayo, como un hombre golpeado por un garrote, fue golpeado con el conocimiento repentino y desconcertante de que no sabía mucho sobre las mujeres, pues ella preguntó, con una parsimonia burlona: “¿Qué es exactamente lo que hay en mí, querido capitán, para inspirar ese arrepentimiento eterno que parece estar preocupándole tanto?”.
Incluso entonces no captó el significado completo de su pregunta provocadora. “No es usted. Yo soy el único que tiene toda la culpa”, balbuceó. “Me he atrevido a... Pero no importa. Conozco mi lugar. Le mostraré que lo conozco”.
—Se atrevió a... ¿Qué se ha atrevido a hacer... además de lo que acaba de hacer?
—No puedo decírselo, señorita Marston. No pretendo insultarla de nuevo.
—Le ordeno que me lo diga, Capitán Mayo.
Él no podía comprender su estado de ánimo en lo más mínimo y su comportamiento lo demostraba. La orden de ella tenía una pequeña y divertida ondulación, como de risa reprimida. Había extraños gestos en las comisuras de sus labios rojos y llenos.
—¡Ahora erguirse como su verdadero yo! No me gusta verlo parado de esa manera. ¡Sabe que me gusta que toda la gente en los yates mire a nuestro capitán cuando entramos en un puerto! ¿No lo sabía? Bueno, yo sí. ¿Ahora qué se ha atrevido a hacer?
Entonces él se irguió. —Me he atrevido a enamorarme de usted, señorita Marston. Supongo que también lo han hecho muchos otros tontos. Pero yo soy el peor de todos. Solo soy un marinero. ¡Cómo perdí el control de mí mismo, no lo sé!
—¿Ni siquiera ahora? —Todavía esa suavidad inexplicable en su voz, esa extraña expresión en su rostro. Siendo marinero, él consideró esta calma como un presagio ominoso de una tormenta.
—Estoy dispuesto a que me denuncie ante su padre, señorita Marston. Aceptaré mi castigo. Nunca volveré a ofenderla.
—¿Puede controlarse después de esto, puede?
—Sí, señorita Marston, absolutamente.
Ella dudó; sonrió. Bajó los párpados de nuevo y lo observó con la tolerancia satisfecha que una mujer bonita puede extender tan fácilmente cuando un ardor inconquistable la ha impulsado a la imprudencia.
—¡Oh, estúpido y estirado yanqui! —murmuró—. ¡Ni siquiera ahora entiende por qué lo hizo!
Su rostro reveló que no entendía en absoluto.
—Venga aquí —invitó ella.
Él dio tres pasos a través de la estrecha cabina y se paró en una actitud de respetuosa obediencia ante ella.
—¿Qué pasa ahora, señor? —Fue una pregunta aún más provocadora; una sonrisa la acompañaba.
—Me disculpo. He aprendido mi lección.
—Necesita aprender mucho; es muy ignorante —respondió ella, con bastante acidez.
—Sí —accedió, humildemente.
Lo que sucedió entonces estuvo tan fuera de sus cálculos que los eventos anteriores de la velada se retiraron mansamente a un segundo plano. Había sido concebible que un arrebato de pasión lo llevara a romper todas las reglas de conducta que su conciencia de Nueva Inglaterra le había impuesto; pero lo que hizo Alma Marston lo abrumó con tal estupor que se quedó allí tan rígido e inmóvil como un cabillero en un estante. Ella levantó los brazos, presionó sus dos manos sobre sus hombros, se puso de puntillas y lo besó en los labios.
—Ahí, tonto viejo yanqui —dijo, suavemente, con la boca cerca de la suya—; como estás tan avergonzado, te devuelvo tu beso, y todo se arregla entre nosotros, porque estamos exactamente donde empezamos hace un poco.
Su asombro lo había dejado tan entumecido que incluso después de esa entrega se quedó allí, cerca de ella, con el semblante en blanco y los brazos colgando a los lados.
—¿Qué diablos te pasa? —preguntó ella, con petulancia.
—¡No lo sé! ¡Yo... yo... parece que no entiendo!
—Voy a ser honesta contigo. Eres tan honesto que entonces me entenderás —le dijo. Le pareció que debía estar equivocado, pero ciertamente sintió que los brazos de ella se deslizaban por sus hombros y se encontraban detrás de su cuello. —Lo vi en tus ojos hace mucho tiempo. Una mujer siempre sabe. Quería que hicieras lo que hiciste esta noche. Sabía que tendría que tentarte. Subí aquí mientras la luna y la música me ayudaran. Lo hice todo a propósito; me puse cerca de ti, porque sabía que eras solo mi lento viejo yanqui que nunca saldría de su caparazón hasta que lo pinchara. ¡Ahí! ¡He confesado!
Su loca alegría no le permitió ver nada de coqueta en esa confesión. Todo parecía estar consagrado por el amor que sentía por ella; un amor que era tan honesto que no percibió ninguna audacia en la actitud de esta chica que había venido de tan lejos para encontrarlo. La tomó en sus brazos de nuevo, y ella correspondió a sus besos.
—Dime otra vez, Boyd, que me amas —le rogó.
—Y sin embargo, no tengo derecho a amarte. Tú eres...
—¡Shh! ¡Shh! ¡Ahí va tu cautela yanqui hablando! Quiero amor, porque soy una chica. El amor no tiene nada que ver con lo que eres o lo que soy. ¡Ahora no! ¡Nos amaremos, y esperaremos! ¡Eres mi chico grande! ¿No es así?
Él se alegró de cumplir con su súplica de dejar de lado las conversaciones sensatas en ese momento. No había nada sensato que pudiera decir. Estaba sosteniendo a la hija de Julius Marston en sus brazos, y ella le estaba diciendo que lo amaba. El mundo estaba repentinamente al revés y él se estaba entregando al loco presente.
En el salón del yate, abajo, una mujer comenzó a cantar:
“El amor llega como un suspiro de verano, robándonos suavemente. El amor llega y nos preguntamos por qué ante su santuario nos arrodillamos. El amor llega a medida que pasan los días...”
—Eso es —murmuró la chica, ansiosa—. No sabemos absolutamente nada sobre por qué amamos. La gente que se casa por dinero simula el amor; los he observado; lo sé. Te amo. Eres mi chico grande. Eso es todo. Eso es suficiente.
Él aceptó esta reconfortante doctrina sin cuestionarla. Su serena aceptación de la situación, sin una sola arruga en su frente plácida para indicar que algún problema futuro le molestara, no despertó su asombro ni le hizo cuestionar la profundidad de sus emociones; solo añadió un elemento más a la irrealidad de todo el asunto.
¡Luna y música, mar de plata y noche gloriosa, y una doncella que había sido, en sus pensamientos secretos, su sueño de lo inalcanzable!
—¿Me esperarás, esperarás hasta que pueda hacer algo de mí mismo? —exigió.
—Ya eres tú mismo, ahora mismo; ¡eso es suficiente!
—Pero el futuro. Debo...
—Ámame, ámame ahora; eso es todo lo que necesitamos pedir. ¡El futuro se cuidará solo cuando llegue el momento! ¿No has leído sobre los grandes amores? ¿Cómo simplemente olvidaban todo el mundo mezquino? ¿Qué tiene que ver el amor con los negocios, el dinero y los tratos? ¡El amor en su lugar, los negocios en el suyo! Y nuestro amor será nuestro secreto hasta que...
Él perdonó su indefinición, pues cuando ella hizo una pausa y dudó, presionó sus labios contra los de él, y esa seguridad fue suficiente para él.
—¡Sí, oh sí, señorita Alma! —llamó la voz de un hombre en el canturreo de una llamada ansiosa.
—Es Arthur —dijo ella, con un chasquido de impaciencia en su voz—. ¿Por qué la gente no puede dejarme sola?
Él la soltó, y ella se quedó a la distancia de un brazo, con las manos contra su pecho. —Había pensado... Me parecía —balbuceó él—, que él... ¡Perdóneme, pero la he amado tanto! No podía soportar pensar... pensar que él...
—¡Pensaste que me importaba él! —lo reprendió—. ¡Ese es solo el hombre que mi padre ha elegido para mí! Vaya, ni siquiera permitiría que mi padre eligiera una gorra de yate para mí, y mucho menos un marido. ¡Se lo diré cuando llegue el momento!
Las cejas de Mayo se arrugaron a pesar de sí mismo. El mañana parecía desempeñar un pequeño papel en los cálculos de esta doncella.
—Dinero, eso es todo lo que es Arthur Beveridge. Mi padre tiene suficiente dinero para todos nosotros. Y si es tacaño con nosotros... oh, es bastante fácil ganar dinero, ¿no? Todos los hombres pueden ganar dinero.
El capitán Mayo, marinero, no estaba seguro de su rumbo en aguas financieras y no respondió.
—¡Señorita Alma! ¡Digo! ¡Oh, dónde estás?
—Incluso ese hombrecito tonto y seco —se burló ella, con un movimiento de cabeza en dirección a la voz parsimoniosa—, baja a Wall Street y gana miles y miles de dólares siempre que le apetece. Y podrías meterlo en el bolsillo de tu chaquetón. Todos te tendrán miedo cuando bajes a Wall Street a ganar mucho dinero para nosotros dos. ¡Ya verás! ¡Bésame! ¡Bésame una vez! ¡Bésame rápido! ¡Aquí viene!
Él obedeció, la soltó, y cuando Beveridge metió su rostro marchito por la puerta, estaban inclinados sobre la carta náutica.
—Oh, digo, te hemos echado de menos. Están preguntando por ti.
Ella no se giró para mirarlo. —Tengo otras cosas en mente, Arthur, además de estar holgazaneando abajo escuchando a Wally Dalton tocar canciones de amor al violín. ¡Y este pasaje, aquí, Capitán Mayo! ¿Qué es? Su dedo se perdió ociosamente a través de unos cientos de millas de Océano Atlántico mapeado.
—Es el Canal de la Luna de Miel —respondió el navegante, recatadamente. Su nuevo éxtasis lo hizo lo suficientemente audaz como para bromear.
—Oh, ¿así que estamos aprendiendo a ser capitán, señorita Alma? —preguntó Beveridge con una sonrisa irónica.
—Sería mejor si más dueños de yates supieran cómo manejar sus propias naves —le informó ella, con espíritu.
—Sí, podría mantener a raya a los subordinados —estuvo de acuerdo el hombre en la puerta—. Solicito el puesto de primer oficial después de que te califiques, Capitana Alma.
—¿Y esto, dice, es, Capitán Mayo? —preguntó ella, sin molestarse en responder. Su tono era cortante y práctico.
Beveridge parpadeó ante ella y mostró la inquietud desconcertada de un hombre que se ha entrometido en horas de trabajo.
El capitán Mayo, observando el dedo blanco con éxtasis, notó que estaba barriendo desde el Círculo Polar Ártico hasta la Zona Tropical. —Eso es el Puerto del Amor, al que se llega a través de la vía de la Esperanza —respondió, respetuosamente.
—¡Oh, digo! —exclamó Beveridge—; los marineros que trazaron ese rumbo debían ser románticos.
—Los marineros tienen almas que corresponden con su horizonte, Arthur. ¿Preferirías nombres como Cala del Efectivo y Canal del Avaricioso?
El señor Beveridge arqueó una ceja y miró fijamente su espalda elocuente; además, lanzó una mirada de poco favor al corpulento joven capitán del Olenia. Ciertamente no se le ocurrió al señor Beveridge que dos jóvenes enamorados se estaban burlando de él. Que la hija de Julius Marston descendiera a un capitán de yate le habría parecido una enormidad tan increíble como un asunto con el mayordomo. Pero había algo en esta compañía íntima de la cámara de cartas que al señor Beveridge no le gustaba. El instinto, más que cualquier razón cuerda, le decía que no era bienvenido.
«Siento interrumpir sus estudios, señorita Marston», dijo, un poco rígido. «Pero su padre me envía para llamarla al camarote». El aire del señor Beveridge, su tono de protesta, transmitía una indirecta bastante directa de que sus responsabilidades como anfitriona eran tan importantes como sus estudios de navegación.
«Debo irme», susurró ella.
El alivio se mezclaba con el pesar del capitán Mayo. Había temido que esta joven impetuosa pudiera rebelarse contra la orden, incluso aunque viniera de su padre. Y su persistente estancia en su cámara de cartas, incluso bajo el pretexto de un interés ferviente por los misterios de la navegación, podría acarrear complicaciones. Esta maravillosa nueva alegría en su vida era demasiado preciada para ser estropeada por complicaciones.
Ella arrastró los dedos por la mano de él cuando se apartó de la mesa de cartas, y luego le dio un pellizco como saludo de despedida.
«Buenas noches, capitán Mayo. Mañana tomaré otra lección».
«Estoy a su servicio», le dijo él.
Sus voces no delataron nada, pero los ojos agudos de Beveridge —ojos que habían estudiado rostros en el mayor de los juegos cuando había fortunas en juego— notaron la mirada que intercambiaron. Fue prolongada, tan expresiva como un beso persistente.
El señor Beveridge, cuyo noviazgo contaba con el beneplácito de Julius Marston, no estaba especialmente preocupado por ninguna inferencia derivada de esa mirada tierna. No podía culpar ni siquiera a un carbonero por mirar con ternura a la señorita Alma Marston, pues ella era especialmente agradable a la vista, y él mismo disfrutaba mirándola. Era lo bastante filósofo como para querer que los demás disfrutaran y, de ese modo, dieran su aprobación a su elección. Disculpó al capitán Mayo. En cuanto a la señorita Marston, veía su frivolidad como la de las otras chicas que conocía; todas tenían demasiado tiempo libre.
«Dale una oportunidad a los pobres diablos, Alma. No los pongas patas arriba», aconsejó, con irritación, cuando ella lo siguió por la escalera. Él se detuvo al pie y le ofreció la mano, pero ella saltó los dos últimos escalones y no aceptó su ayuda. «Ahora has confundido tanto a nuestro capitán que ya no sabe distinguir el norte del sur».
«No me gusta mucho el énfasis que pones en el 'ahora'», declaró, indignada. «Pareces insinuar que voy por el mundo intentando embaucar a cada hombre que veo».
«Ese parece ser el deporte popular, bajo techo y al aire libre, para las chicas de hoy en día», respondió él con buen humor. «Hace solo un momento estabas haciendo diabluras con ese tipo de ahí arriba con tus ojos. Por supuesto, la práctica hace al maestro. Pero en el fondo eres una chica buena y amable. No los hagas desgraciados».
La compasión del señor Beveridge habría sido un desperdicio para el capitán Boyd Mayo esa noche. El capitán apagó la luz de la cámara de cartas tan pronto como se marcharon, y allí, en la penumbra, tomó su felicidad contra su corazón, tal como había tomado a su deliciosa persona contra su pecho. Levantó las manos y presionó su rostro contra las palmas. Inhaló la delicada y sutil fragancia —una mera sugerencia de perfume—, el dulce fantasma de su personalidad, que ella había dejado atrás. El roce de ella aún lo estremecía, y la calidez de su último beso estaba en sus labios.
Luego salió y subió la escalera hacia el puente. Un vistazo por encima del hombro del hombre al timón hacia el brillo suave bajo la cubierta de la bitácora le mostró que el Olenia seguía su curso.
«Es una noche hermosa, señor McGaw», le dijo al primer oficial, un hombre bajo y fornido de piernas arqueadas, que caminaba de un lado a otro, midiendo los pasos con la regularidad de un péndulo.
«¡Así es, señor!»
El señor McGaw, antes de responder, claramente tuvo dificultades con algo que le abultaba en la mejilla. Parecía, además, estar considerablemente sorprendido por el aire de vivaz alegría del capitán. Su superior había estado vagando por el barco durante muchos días con la melancolía escrita en cada línea de su rostro.
«Sí, es la noche más hermosa y perfecta que he visto nunca, señor McGaw». Había triunfo en los tonos boyantes del capitán.
«Debe admitirse que es lo que llaman una noche estrellada para un paseo», admitió el oficial, tratando de encontrar palabras que se ajustaran a la ocasión.
«Yo tomaré el resto de esta guardia y la guardia central, señor McGaw», ofreció el capitán. «Quiero quedarme despierto esta noche. No puedo dormir».
La oferta significaba que el capitán Mayo se proponía permanecer de servicio hasta las cuatro de la mañana.
El oficial McGaw jugueteó con un dedo nudoso bajo su nariz e intentó encontrar algunas palabras de protesta. Pero el capitán Mayo añadió una orden tajante.
«Váyase abajo, señor McGaw, y descanse. ¡Ya me lo compensará en algún momento cuando no haya luna!» Se rió.
Cuando todas las luces del camarote se apagaron y se dio cuenta de que ella debía estar dormida, caminó por el puente, exultante porque su seguridad estaba en sus manos, pero supremamente exultante porque ella lo amaba y se lo había dicho.
La obediencia había estado en la línea de su entrenamiento.
Ella le había ordenado vivir y amar en el presente, permitiendo que el futuro se encargara de sí mismo, y le proporcionaba una sensación de dulce compañía obedecer su más mínimo deseo cuando estaba lejos de ella. Por lo tanto, dejó de lado todos los pensamientos sobre Julius Marston y sus millones —Julius Marston, su amo, dueño del yate que navegaba bajo la luna— ese hombre gélido y silencioso con la estrecha franja de barba escarchada señalando su barbilla.
Mayo caminó por el puente y vivió y amó.
II ~ ENTONCES EL CAPITÁN MAYO VE BAJOS
No hay nada en la popa, no hay nada a sotavento, Sopla alto, sopla bajo, y así navegamos. Pero hay un barco imponente a barlovento, Y navega rápido y libre, Navegando a lo largo de la costa de la alta Berbería. —Cántico antiguo.
El patrón del Olenia se vio inmerso en conjeturas y asombro más de lo que es bueno para un hombre de quien se espera que obedezca sin preguntar el porqué.
Ese crucero parecía ser una serie de alternancias espasmódicas entre la holgazanería pausada y la prisa apresurada.
Había días en los que se le ordenaba avanzar a media velocidad lejos de la costa. Entonces, durante horas seguidas, Julius Marston y sus dos compañeros especiales y cercanos, hombres de negocios, claramente, hombres de su misma calaña, se agrupaban muy juntos en sus sillas colgantes bajo el toldo de popa y hablaban interminablemente. Alma Marston y sus jóvenes amigos, chaperonados por una amable tía —así entendía el capitán Mayo su estatus en el grupo—, permanecían discretamente alejados del grupo serio de tres. Arthur Beveridge se unía a los jóvenes.
Desde el puente, el capitán vislumbraba toda esta rutina a bordo. Los paseos del yate cerca de la costa parecían parte de las vacaciones de verano.
Pero las ocasionales prisas hacia los puertos, las conferencias abajo con hombres que iban y venían con mayor o menor intento de secreto, no encajaban con la faceta de vacaciones del crucero.
Estas conferencias a menudo eran seguidas por órdenes al capitán de navegar por los confines internos de la costa y visitar puertos poco frecuentados.
El capitán Mayo había estado preparado para estos viajes, aunque no había sido informado de la razón. Era su primera temporada en el yate Olenia. El agente naviero que lo había contratado había sido inquisitivo en sus preguntas sobre el conocimiento de Mayo sobre los caminos de la costa. El joven que había capitaneado barcos pesqueros y de cabotaje desde que tenía diecisiete años había encontrado fácil convencer al agente naviero, y el agente naviero lo había enviado a bordo del yate sin la formalidad de una entrevista con el dueño.
A Mayo se le informó bruscamente que no había necesidad de una entrevista. Se le dijo que Julius Marston nunca se molestaba con detalles.
Cuando Julius Marston había subido a bordo con su grupo, simplemente asintió con un reconocimiento gélido al saludo del capitán de su yate, que estaba en la pasarela, gorra en mano.
El dueño nunca había mostrado interés en la gestión del yate; había permanecido a popa de la pasarela principal; nunca había llamado al capitán a conferencia respecto a ningún movimiento del Olenia.
El capitán Mayo, paseando por el puente en la guardia de la mañana, tratando de captar la medida completa de su fortuna después de sueños inquietos con la hija de su amo, recordó que nunca había escuchado el sonido de la voz de Julius Marston. En lo que respecta al contacto personal, el patrón del yate era evidentemente tan indiferente para el dueño como la chimenea del yate.
Las órdenes siempre eran traídas por un joven pálido que era taciturno hasta el punto de la rudeza, y por ese rasgo parecía recomendarse a Marston como un secretario seguro.
Al principio, Alma Marston había llevado a sus amigos al puente. Pero después de que la novedad pasó, parecían preferir la comodidad de las sillas de popa o los sofás del salón.
Durante un tiempo, el atento Beveridge la había seguido cuando ella iba hacia adelante; y entonces Beveridge descubrió que ella lo ignoraba por completo en su búsqueda de información del joven alto en uniforme. Ella venía sola.
Y después de eso, lo que pasó, pasó.
Vino sola esa mañana. Él la vio venir. Había robado una mirada hacia popa cada vez que giraba en su caminata al final del puente. Se inclinó y bajó su mano para ayudarla a subir la escalera.
«He estado casi loca toda la mañana. Pero tuve que esperar un tiempo decente y escuchar sus chismes después del desayuno», le dijo, con su rostro cerca del de él mientras subía la escalera. «Y, además, mi padre está irritable hoy. Me regañó anoche por descuidar a mis invitados. Como si estuviera obligada a sentarme todo el día y escuchar a Nan Burgess valorar a sus amantes o cantar una canción cada vez que Wally Dalton tiene su recaída de mal de amores. Ha venido aquí para olvidarla, sabes». Ella se rió entre dientes, soltando su pequeña y divertida risita que despertaba en él, siempre, un deseo de sofocarla con besos.
Fueron al final del puente, separados del hombre al timón.
«Me apresuré a dormir anoche para poder soñar contigo, mi propio chico grande».
«Caminé por el puente hasta después del amanecer. Quería quedarme despierto. No podía soportar dejar que el sueño se llevara mis pensamientos».
«¿Qué hay como el amor para llenar este mundo de felicidad? ¡Qué brillante es el sol! ¡Cómo brillan las olas! Esas personas sentadas ahí atrás están mirando las mismas cosas que nosotros —o pueden mirar, aunque no parecen tener suficiente sentido. Y lo único que notan es que es de día en lugar de noche. Mi padre y esos hombres están hablando de dinero —solo dinero— eso es todo. Y Wally tiene dolor de cabeza por beber demasiado whisky escocés. Y Nan Burgess no ama a nadie que la ame. Pero para nosotros —¡oh, este mundo glorioso!».
Ella extendió sus brazos hacia el sol y miró con audacia a ese orbe llameante, como si no estuviera satisfecha con lo que sus ojos podían contemplar, sino que deseara agarrar y sentir algo de la gloria del aire libre. Si el capitán Mayo hubiera estado tan versado en psicología como en navegación, podría haber sacado algunas deducciones inquietantes de esta expresión franca e inconsciente del estado de ánimo de la materialista. Ella enfatizó ese estado de ánimo con palabras.
«Te mostraré mi pequeño libro de poemas algún día, chico grande. Es donde escribo mis versos. No se los enseño a nadie. ¡Ves, te estoy contando mis secretos! ¡Debemos contarnos nuestros secretos, tú y yo! He puesto mi filosofía de vida en cuatro líneas. ¡Escucha!
¿El futuro? ¿Por qué perplejar al alma? ¿El pasado? ¡Olvida su aflicción y lucha! Dejemos que cada día sea, un todo perfecto, en nuestro rosario de la Vida».
«Es hermoso», le dijo él.
«¿No es una buena filosofía?».
«Sí», admitió, sin atreverse a dudar de la alta sacerdotisa del nuevo culto al que había sido reclutado.
«Nos ahorra toda esta preocupación tonta. La mayoría de la gente que conozco siempre está hablando de las cosas malas que les han pasado o mirando hacia adelante y esperando que pasen cosas buenas, y nunca miran hacia abajo ni admiran un momento dorado que el Destino ha puesto en sus manos. Ya ves, estoy poética esta mañana. ¿Por qué no debería estarlo? Nos amamos».
«No sé cómo hablar», balbuceó él. «Solo soy un marinero. Nunca dije una palabra sobre el amor a ninguna chica en mi vida».
«¿Estás seguro de que nunca has amado a nadie? Recuerda, debemos contarnos nuestros secretos».
«Nunca», declaró con una firmeza convincente.
Ella lo examinó, mostrando la satisfacción que un buscador de oro exhibiría al valorar una pepita de mineral virgen. «¡Pero eres tan grande y apuesto! ¡Y debes haber conocido a tantas chicas bonitas!».
Él no se mostró inquieto ante este interrogatorio. «Le he dicho la verdad, señorita Marston».
«¡Qué vergüenza, chico grande! 'Señorita Marston', ¡de verdad! Soy Alma —Alma para ti. ¡Dilo! ¡Dilo bonito!».
Él se sonrojó. Lanzó una mirada avergonzada al timonel y realizó una inspección rápida y aprensiva de las sagradas regiones de popa.
«¿Tienes miedo, después de todo lo que te he dicho?».
«No, pero parece... apenas puedo creer...».
«Dilo».
«Alma», tragó saliva. «Alma, te amo».
«Necesitas algunas lecciones, chico grande. Eres tan torpe que creo que me estás diciendo la verdad sobre las otras chicas».
Él no se atrevió a preguntarle si ella había amado a alguien más. Con toda la pasión celosa de su alma, quería preguntárselo. Ella, que estaba tan segura de que podía instruirlo, debía haber amado a alguien. Intentó consolarse con el pensamiento de que el conocimiento de ella surgía de los esfuerzos que otros hombres habían hecho para ganársela.
«Tenemos nuestro Hoy», murmuró ella. «¡Horas doradas hasta que salga la luna —y luego quizás algunas plateadas! No me importa lo que sospeche Arthur. Mi padre está demasiado ocupado hablando de dinero con esos hombres como para sospechar. Voy a estar contigo todo lo que pueda. Puedo arreglarlo. Estoy estudiando navegación».
Se acurrucó contra la barandilla, deleitándose con el sol.
«¿Quién eres?», preguntó ella, sin rodeos.
Esa pregunta, viniendo después de la promesa de su afecto, lo asombró como la silueta de un arrecife en medio del canal.
«¡Para mí es suficiente que seas justo como eres, chico! Pero no eres un príncipe disfrazado, ¿verdad?».
«Solo soy un marinero yanqui», le dijo. «Pero si no vas a pensar que estoy tratando de aprovecharme de lo que mis antepasados han sido, diré que mi abuelo fue Gamaliel Mayo de Mayoport».
«Eso suena bien, pero nunca he oído hablar de él. Con toda mi filosofía, soy una pobre estudiante de historia, cariño». Su tono y el nombre que le dio quitaron el aguijón a su confesión.
«No creo que jugara un gran papel en la historia. Pero construyó dieciséis barcos en su día, y nuestra bandera de casa rodeó el mundo muchas veces. Dieciséis barcos grandes, y el último fue el Harvest Home, el clipper de China que se pagó a sí mismo tres veces antes de que un monzón del Océano Índico se lo tragara».
«Bueno, si ganó todo ese dinero, ¿vas al mar por diversión?».
«Ya no quedan barcos de madera yanquis en el mar. Mi pobre padre pensó que era sabio cuando los barcos de madera fueron desplazados. Puso su dinero en ferrocarriles —y ya sabes lo que les ha pasado a la mayoría de las personas que han puesto su dinero en nuevos ferrocarriles».
«Me temo que no sé mucho sobre negocios».
«Los halcones atraparon a las palomas. Fue un juego que se jugó por toda Nueva Inglaterra. Las personas cuyo dinero construyó las carreteras fueron expulsadas. Mucho antes de que mi madre muriera, nuestro dinero se había ido, pero mi padre y yo no permitimos que ella lo supiera. Hipotecamos y le dimos lo que siempre había estado acostumbrada a tener. ¡Y cuando mi padre murió, no quedaba nada!».
Sus ojos brillaron. «Eso es caballerosidad», exclamó. «Ese es el espíritu de los caballeros de antaño cuando las mujeres estaban involucradas. ¡Te adoro por lo que hiciste!».
«Era la forma en que mi padre y yo lo veíamos», dijo él, suavemente. «Mi padre no era un hombre muy práctico, pero siempre estuve de acuerdo con él. Y ahora soy feliz, ganándome mi propio sustento. ¿Por qué debería pensar que mi abuelo debería haber trabajado toda su vida para que yo no necesitara trabajar?».
«Supongo que es diferente con un hombre grande y fuerte y una mujer. Ella necesita tanto que un hombre debe dárselo».
El capitán Mayo se quedó inmediatamente en silencio, abatido y avergonzado. Miró hacia popa, miró el espléndido yate cuyas finanzas gestionaba y cuya extravagancia conocía. Vio a la chica a su lado y parpadeó ante las gemas que brillaban bajo la luz del sol mientras sus dedos se metían los mechones de pelo donde la brisa había jugueteado.
«Creo que mi padre trabaja porque le encanta», dijo ella. «Ojalá descansara y disfrutara más de otras cosas. Si mi madre hubiera vivido para influir en él, quizás vería algo más en la vida en lugar de simplemente acumular dinero. Pero no me escucha. Me da dinero y me dice que vaya a jugar. ¡Extraño a mi madre, chico! ¡No tengo a nadie con quien hablar —que entienda!».
Había lágrimas en sus ojos, y él estaba agradecido por ellas. Sintió que ella tenía profundidades en su naturaleza. Pero la aguda comprensión de su posición, comparada con la de ella, lo angustió. Ella estaba allí, el lujo encarnado, dueña de todo lo que el dinero podía darle.
«Cualquiera puede ganar dinero», declaró ella. «Mi padre y esos hombres están sentados ahí planeando cómo ganar miles y miles de dólares. Todo lo que necesitan hacer es juntar sus cabezas y planear. De vez en cuando escucho algunas palabras. Van a ser dueños de todos los barcos de vapor —o algo así. Cualquiera puede ganar dinero, digo, pero hay muy pocos que saben cómo disfrutarlo».
«He estado pensando mucho desde anoche —Alma». Dudó cuando llegó a su nombre, y luego lo soltó.
«¿Crees que es realmente propio de enamorados tratar mi nombre como si fuera un obstáculo que debes saltar?», preguntó, con su pequeña y exasperante risita. «¡Oh, tienes tanto que aprender!».
«Me temo que sí. Tengo muchas cosas por delante que aprender y hacer. He estado pensando. He tenido miedo de los hombres que se sientan a tramar y ponen toda su mente en ganar dinero. Nos hicieron cosas amargas, y no entendimos hasta que todo terminó. Pero debo ir entre ellos y observarlos y aprender cómo ganar dinero».
«No seas como los otros, ahora, y hables de dinero —dinero», dijo, con mal humor. «¡Dinero y sus asuntos amorosos —esa es la charla que he escuchado de los hombres desde que se me permitió entrar al salón de dibujo desde la guardería!».
«Pero debo hablar un poco de dinero, querida. Tengo mi camino que hacer en el mundo».
«¡Ahorrador, práctico y yanqui!», bromeó ella. «¡Supongo que no puedes evitarlo!».
«¡No es por mí —es por ti!», respondió él, con nostalgia, y con una voz y un comportamiento se ofreció a sí mismo como sacrificio de Amor ante ella —la vieja historia de la devoción absoluta— el antiguo sacrificio.
«Tengo todo lo que quiero», insistió ella.
«¡Pero debo ser capaz de darte lo que quieres!».
«¡Te advierto que odio a los acaparadores de dinero! No tienen ni una chispa de romance en ellos. Boyd, serías como todos los demás en poco tiempo. No debes hacerlo».
«¡Pero debo tener posición —medios antes de que me atreva a ir a tu padre —si es que alguna vez podré ir a él!».
«¿Ir a él para qué?».
«Para pedirle —para decir —para —bueno, cuando sintamos que estoy en una posición en la que podamos casarnos —».
«Por supuesto que nos casaremos algún día, chico, pero todo eso se encargará de sí mismo cuando llegue el momento. Pero ahora tú eres — ¿Cuántos años tienes, Boyd?».
«Veintiséis».
«Y yo diecinueve. ¿Y qué tiene que ver el matrimonio con el amor que estamos disfrutando ahora mismo?».
«Cuando la gente está enamorada quiere casarse».
«¡Concedido! Pero cuando los amantes son sabios, tratan al romance al principio como el epicúreo trata su copa de buen vino. ¡Lo servirán lentamente, sostendrán la copa contra la luz y admirarán su color!». En su estado de ánimo alegre, unió el pulgar y el índice y levantó una copa imaginaria hacia el sol. «Entonces olfatearán el buqué. Ah-h-h, ¡qué fragante! Y después de un tiempo darán un pequeño sorbo... solo un sorbito insignificante, y lo mantendrán en la lengua durante mucho tiempo. Porque, cuando se traga, ¿de qué sirve? ¡Vaya, aquí estás tú, hablando primero que nada de matrimonio! Hablando del buen vino de la vida y el amor como si fuera un fluido simplemente para saciar la sed. ¡Primero que nada, vamos a amar! Vamos, yo te enseñaré».
Él no sabía qué decirle. Había una especie de abandono en su alegría. Su lenguaje exótico avergonzaba a alguien acostumbrado a la lacónica franqueza de los marinos. Ella lo miró, provocándolo con los ojos. Él se sintió un poco aliviado cuando la secretaria de rostro pálido vino arrastrándose por la escalera e interrumpió el tête-à-tête.
«Las órdenes del Sr. Marston son, Capitán Mayo, que gire aquí y se dirija al oeste. ¿Conoce el rumbo habitual de los vapores de la línea Bee?».
«Sí, señor».
«Él solicita que gire hacia la costa y siga ese rumbo».
«Muy bien, señor». El capitán Mayo caminó hacia el timón. «Noroeste, un cuarto al norte, Billy, hasta que pueda darte el rumbo exacto».
«¡Noroeste, un cuarto al norte!», repitió el timonel, girando el timón con fuerza, y el Olenia viró con una inclinación que sumergió la borda y volvió sobre su propia estela de espuma blanca.
La señorita Marston precedió al capitán por la escalera y entró en la sala de mapas. «Un beso... ¡rápido!», susurró.
Él la mantuvo cerca de sí durante un largo momento.
«Es un capitán muy obediente», dijo ella.
Cuando él la soltó y se puso a su tarea, ella se apoyó en su hombro y lo observó mientras trazaba sus paralelos sobre la carta náutica.
«Iremos al arrecife Razee», le dijo él, ansioso por hacerla partícipe de todas sus pequeñas preocupaciones. «Los barcos de la Bee llegan hasta la boya silbadora allí para trazar su siguiente tramo. No sabía que el Sr. Marston estuviera interesado en la línea Bee».
«Le oí hablar sobre esa línea», dijo ella, con indiferencia. «A veces escucho cuando no tengo nada mejor que hacer. Usó una palabra grosera sobre alguien relacionado con esa compañía... y es tan raro que se permita jurar que escuché para ver de qué se trataba. Ni siquiera ahora lo sé. No entiendo esas cosas. Pero dijo que si no podía comprarlos, los arruinaría. Esas fueron sus palabras. No es un lenguaje muy elegante. Pero es todo lo que recuerdo».
Antes de salir de la sala de mapas, Mayo echó un vistazo al barómetro. «Lamento que me haya ordenado acercarme a la costa», dijo. «El cristal está demasiado por debajo de treinta para mi gusto. Creo que significa niebla».
«Pero está tan claro y hermoso», protestó ella.
«Siempre es especialmente hermoso en el mar antes de que ocurra algo malo», explicó él, sonriendo. «Y ha habido un gran banco de niebla hacia el sur durante dos días. Es muy parecido a la vida, querida. ¡Todo encantador, y luego la niebla se cierra!».
«Pero yo sería feliz contigo en la niebla», le aseguró ella.
Él se iluminó ante sus palabras y respondió con la mirada.
Ella lo habría seguido de regreso al puente, pero el mayordomo la interceptó. Había esperado fuera de la sala de mapas.
«¡Cumplidos del Sr. Marston, señorita Marston! Él solicita que se una a él para jugar a las cartas».
Ella hizo un puchero mientras devolvía la mirada de molestia de Mayo, y luego obedeció el mandato.
El Sr. Marston se acariciaba la estrecha tira de barba en la barbilla con el pulgar y el índice cuando ella llegó a la cubierta de popa. Los hombres de negocios estaban abajo, y él señaló una silla hamaca a su lado.
«Alma, por el resto de este crucero quiero que te quedes aquí atrás con nuestros invitados, donde perteneces», ordenó con la franqueza de ataque empleada por Julius Marston en sus tratos con los de su séquito.
«¿Qué quieres decir, padre?».
«Eso... exactamente. Fui explícito, ¿no?».
«Pero no insinúas que... que yo he...».
«¿Bueno?». El Sr. Marston creía en permitir que otros expusieran sus sentimientos antes de revelar los suyos.
«No sugerirás que hay algo malo en que yo esté en el puente, donde me divierto tanto. Estoy tratando de aprender algo sobre navegación».
«Le estoy pagando a ese tipo de allá arriba para que se ocupe de todo eso».
«Y se vuelve tedioso aquí atrás».
«Tú seleccionaste tu propia compañía para el crucero... y ahí está el Sr. Beveridge listo para divertirte en cualquier momento».
«El Sr. Beveridge me divierte... claramente me divierte», replicó ella. «Pero hay algo como cansarse incluso de una broma como el Sr. Beveridge».
«Por favor, emplea un tono más respetuoso cuando te refieras a ese caballero», dijo su padre con severidad. Pero pronto volvió a su estado de ánimo habitual cuando ella intervenía en sus asuntos. Era condescendientemente tolerante. «Tu amiga, la señorita Burgess, ha estado bromeando sobre tu repentina devoción por la navegación, Alma».
«Nan Burgess no puede mantener la lengua quieta, ni siquiera sobre sí misma».
«Lo sé, pero no pretendo que des motivo ni siquiera para bromas. Por supuesto, lo entiendo. Conozco tus caprichos. Estás interesada personalmente en ese tipo de los galones dorados casi tanto como te interesaría esa cosa de latón donde está la brújula... como sea que la llamen».
«¡Pero es un caballero!», gritó ella, haciendo que su interés la volviera incauta. «Su abuelo fue...».
«¡Alma!», espetó Julius Marston. Sus ojos se abrieron de par en par. La miró de arriba abajo. «He oído antes que un viaje por mar hace que las mujeres se vuelvan tontas. Me inclino a creerlo. No me importa un rábano quién fue el abuelo de ese tipo. ¡Tú eres mi hija, y te mantienes alejada de ese puente!».
Los hombres de negocios subían por la escalera de mano, y ella se levantó y se apresuró a ir a su camarote.
«No me atrevo a encontrarme con Nan Burgess ahora mismo», se dijo a sí misma. «Las amistades pueden romperse diciendo ciertas cosas... y me siento perfectamente capaz de decirle exactamente esas cosas en este momento».
Al final de la tarde, el Olenia, con la línea costera asomando por estribor, trazó su curso para encontrarse y pasar a un gran vapor que venía rodando por el mar con un estandarte de humo negro ondeando tras él.
La niebla que el capitán Mayo había predicho estaba llegando. Penachos de ella se arrastraban sobre las olas, fuerzas de reconocimiento enviadas por delante del cuerpo principal que marchaba en masa más lentamente detrás.
Una boya silbadora, con su lúgubre gruñido, decía a todos los navegantes que tuvieran cuidado con el arrecife Razee, que alzaba su dentado y negro volumen contra la línea del horizonte. Con esa niebla acercándose, el capitán Mayo necesitaba tomar marcaciones exactas desde Razee, pues había decidido dirigirse al puerto esa noche. Esa línea costera, hacia cuyo curso interior las órdenes de Marston habían enviado el yate, era demasiado peligrosa para ser transitada en una noche envuelta en niebla. Por lo tanto, el capitán tomó la boya silbadora casi de frente, dejando al vapor más grande suficiente espacio en alta mar.
Con considerable asombro, Mayo notó que el otro sujeto se estaba acercando a la boya silbadora en un ángulo más cerrado de lo que cualquiera necesitaba. Ese curso, de persistir, comprimiría al yate en aguas peligrosas. Mayo dio al vapor que se aproximaba un silbatazo, indicando su intención de pasar a estribor. Tras una demora, le respondieron dos bocinazos roncos: una violación flagrante de las reglas de navegación.
«Eso debe ser un error», informó el capitán Mayo al primer oficial McGaw.
«Ese es un nombre educado para ello, señor», afirmó el Sr. McGaw, después de haber desplazado el bulto en su mejilla.
«Por supuesto que no lo dice en serio, Sr. McGaw».
«Entonces, ¿por qué no nos está dando espacio en el exterior de esa boya, señor?».
«No puedo virar y cruzar su proa ahora. Si nos golpeara, seríamos nosotros los responsables del accidente».
De nuevo Mayo dio al obstinado vapor un solo silbatazo.
«Si me vuelve a dar señales cruzadas, lo denunciaré», informó al primer oficial. «Preste mucha atención, Sr. McGaw, y usted también, Billy. Puede que tengamos que comparecer ante los inspectores».
Pero el gran sujeto que tenían delante no se dignó a responder. Continuó directo hacia la boya silbadora.
«¡Cumplidos del Sr. Marston!», llamó el secretario desde la escalera del puente. «¿Qué vapor es ese?».
«El Conorno de la línea Bee, señor», declaró el capitán Mayo por encima del hombro. Luego soltó un juramento marinero bueno, sincero y profundo. Según las apariencias, por increíble que pareciera la situación, el Conorno proponía pasar al yate por el interior de la boya silbadora.
Mayo corrió hacia el timón y tiró furiosamente del tirador de la campana. Hubo cuatro rápidos tañidos en la sala de máquinas, y en un momento el Olenia comenzó a estremecerse en toda su estructura. Marchando a toda máquina hacia adelante, Mayo había pedido toda máquina atrás. Luego hizo sonar tres silbatazos, señalizando como disponen las reglas de navegación. Las hélices gemelas del yate batieron un alboroto espumoso bajo su popa, y mientras laboraba así en su propio oleaje, temblando como un ser vivo en la extremidad del terror, el gran vapor pasó de largo. La espuma de las oleadas cremosas en su proa lanzó spray con desprecio sobre Julius Marston y sus invitados en la cubierta de popa del Olenia. Los hombres sonreían desde las altas ventanas del puente del vapor.
Una voz burlona retumbó a través de un megáfono: «¡Apártense del camino de la línea Bee! ¡Tomen la indirecta!».
Un oficial señaló con el dedo la bandera de la casa de Marston, que ondeaba en el tope del palo mayor del yate. La cola de pez azul con su letra «M» había revelado la identidad del yate a los prismáticos que observaban.
«¡Mejor pónganla negra! ¡Calavera y tibias cruzadas!», se ofreció como voluntario el operador del megáfono.
Siguió su camino por el mar y el Olenia se sacudió en la estela turbulenta de las hélices agitadas.
Entonces, por primera vez, el capitán Mayo escuchó el sonido de la voz de Julius Marston. El magnate se puso de pie, sacudió el puño hacia su capitán que lo miraba fijamente y gritó: «¿Qué demonios crees que estás haciendo?».
Era una pregunta asombrosa, insultante y, bajo las circunstancias tal como las conocía Mayo, injusta. El capitán del Olenia no respondió. No estaba preparado para dar ninguna explicación a larga distancia. Además, el yate exigía toda su atención en ese momento. Dio sus órdenes y el barco avanzó para rodear la boya silbadora.
«Noroeste, un cuarto al oeste, Billy. ¡Y ajusta bien el rumbo!».
La niebla había saltado literalmente sobre ellos desde el mar. La brisa terrestre había estado conteniendo el muro de vapor, represándolo en un banco pardo hacia el sur. La brisa había cedido. La niebla había aprovechado su oportunidad.
«Esta noche iremos a Saturday Cove, Sr. McGaw», dijo el capitán. «Mantenga su ojo sobre el hombro de Billy».
Entonces el secretario apareció de nuevo en la escalera. Esta vez no traía ningún «cumplido».
«El Sr. Marston quiere que se presente en popa de inmediato», anunció bruscamente.
Mayo dudó un momento. Se dirigían hacia la negrura que se había cerrado con esa densidad sofocante que los marinos llaman «niebla de mazmorra». La entrada de Saturday Cove era un objetivo lejano y pequeño. A pesar del timonel y el primer oficial, suya era la única responsabilidad.
«¿Puede explicarle al Sr. Marston que no puedo abandonar el puente?».
«¡Tiene órdenes directas de él, capitán! Será mejor que detenga el barco y se presente».
El patrón del Olenia estaba teniendo su primer sabor del capricho irrazonable del autócrata que tenía derecho a irrumpir en la disciplina del barco, incluso en un momento crítico. Mayo sintió que la exasperación surgía en él, pero estaba dispuesto a explicar.
La boya silbadora y el arrecife Razee habían sido borrados por la niebla.
«Si este barco se detiene cinco minutos en esta deriva de marea, perderemos nuestra posición, señor. No puedo dejar este puente por el momento».
«¡Creo que lo dejará para siempre!», espetó el secretario. «Es el primer empleado que le dice a Julius Marston que se vaya a morderse el pulgar».
«Puede que sea un empleado», replicó Mayo. «Pero también soy un capitán de barco con licencia. Debo pedirle que baje del puente».
«¿Eso va por el resto de los... pasajeros?», preguntó el secretario, enfadado a su vez. Recalcó su última palabra. «¡Así es... en un momento como este!».
«Muy bien, les daré ese mensaje en popa».
El capitán Mayo captó una mirada de soslayo del primer oficial McGaw después de un tiempo.
«A menudo me he preguntado», comentó el oficial a nadie en particular, «cómo es que tantos malditos idiotas se hacen ricos en tierra».
El capitán Mayo no expresó ninguna opinión sobre el tema. Se aferró a la barandilla del puente y miró hacia la niebla, y parecía tener muchos problemas para contener algún tipo de emoción.
III ~ LA TABERNA DE LOS MARES
Ahora, Sr. Macliver, usted lo conoce muy bien, Viene a cubierta y hace gran alarde; Es un maldita sea aquí y es un maldita sea allá, Y directo a la pasarela se lanza con gran ímpetu. --La Pique “Come-all-ye”.
Hacia Saturday Cove, durante toda esa tarde, venían surgiendo —mástiles y aparejos delineados contra el palio que avanzaba de la niebla gris— aquellos viajeros de alta mar.
Los primeros en entrar rodando tras los portales rocosos del refugio fueron los venerables vagones del mar, los barcos de cabotaje conocidos como los «Apple-treers». Sus capitanes expertos en el clima, viejos lobos de mar que podían oler el tiempo como los sabuesos olfatean rastros, tenían sus narices en el aire a buen tiempo ese día, y sabían que debían depender de un viento menguante para impulsarlos al puerto. Uno tras otro, anclas cubiertas de percebes salpicaron desde las serviolas, arrastrando cadenas oxidadas desde las escobenes, y las viejas velas remendadas cayeron desparramadas con el chasquido de las poleas y el susurro de la jarcia de labor.
Una canción de la costa explica el apodo, «Apple-treers»:
Oh, ¿cuál es el uso de la brújula, el cuadrante o la corredera? Déjala holgazanear en su ancla en un norte o una niebla. Pero tan pronto como la oportunidad sea mejor, la haremos salir una vez más, Manteniéndonos lo suficientemente cerca para orientarnos con los manzanos en tierra.
Por lo tanto, las goletas de gavia, las de proa y popa, las de proa roma “Bluenose”, llegaron temprano antes de que la niebla borrara la silueta de los árboles y antes de que fuera necesario adivinar lo que las viejas brújulas de tarjeta tenían que revelar sobre el tema de los rumbos.
Y así, junto con el resto de la chusma de cabotaje que buscaba refugio y fondo de fondeo, llegó la antigua goleta Polly. Enmascarada por esas nieblas ilusorias, era un barco fantasma como los demás; pero, más que los demás, parecía un barco espectro, pues sus líneas y su aparejo informaban a cualquier marino bien informado que debía ser centenaria; con su carácter grotesco acentuado por el palio de niebla, parecía irreal: una imagen del pasado.
Tenía un saliente de proa roma y una elevación de popa cuadrada, y un hundimiento en el centro: todo lo cual revelaba con precisión una madura antigüedad, tal como un sombrero de copa de castor y una levita con botones de latón identificarían a un anciano entre el montón de modas más nuevas. Tenía costuras como las arrugas en la piel de pergamino de la vejez extrema. Llevaba un mascarón de proa de madera bajo el bauprés, el rostro y busto de una mujer a quien un antiguo tallista de madera le había otorgado su noción de una sonrisa beatífica; el resultado era una mueca idiota. El glorioso dorado se había desgastado, la madera estaba gris y agrietada. La cocina del Polly estaba completamente oculta bajo una carga de cubierta de paquetes de tejas y listones; la caseta de popa era ancha y se alzaba alta sobre la borda en contraste con las meras camarotes que se proporcionaban para las otras goletas en la flotilla que entraba hacia Saturday Cove.
El Polly, siendo lo suficientemente viejo como para ser célebre, había sido objeto de una lírica de la costa de diecisiete versos, cualquiera de los cuales era capaz de producir blasfemias más horribles por parte del capitán Epps Candage, su patrón, cada vez que escuchaba la cancioncilla resonar sobre las olas, cantada por un satírico a bordo de otra embarcación.
En ese viento a la deriva había ocio; un hombre a bordo de una goleta de cal, a una distancia bastante segura del Polly, encontró la inclinación y alzó su voz:
«Ow-w-w, ahí viene el Polly con una vela caída, Y el Capitán Epps, el de las botas de goma, está sentado en su borda. ¿Cuánto tiempo tardará en llegar a la ciudad de Boston? No se puede decir porque está dando tumbos de un lado a otro».
«¿Crees que esa clase de rebuzno es divertido, tú hijo de una americana de cara de masa, con ojos de pez, agallas azules y nariz de nuez?», bramó el capitán Candage, desde su puesto en el timón del Polly.
«¡Padre!», reprendió una chica que estaba en la entrada de la caseta, con los codos apoyados en los marcos de la escotilla. «¡Tal lenguaje! ¡Detente!».
«No es ni la mitad de lo que puedo hacer cuando empiezo de verdad», respondió el capitán.
«Nunca dices esas cosas en tierra».
«Bueno, no estoy en tierra ahora, ¿verdad? Estoy en alta mar, y hablo según la ocasión. ¿Quién dirige esta goleta, tú o yo?».
Ella respondió a su irritabilidad con un espíritu propio: «Estoy a bordo aquí, donde no quiero estar, por tus caprichos tontos, padre. Tengo el derecho de pedirte que uses un lenguaje decente y que no nos avergüences a ambos».
Contra el trasfondo arcaicamente hogareño, la belleza de la joven aparecía en un contraste muy llamativo. Sus rizos se asomaban bajo el gorro holandés blanco que llevaba puesto. Sus ojos brillaban con indignada protesta, su rostro era pícaro y estaba justo entonces sonrojado, y su nariz tenía el mínimo toque de una inclinación natural hacia arriba, dándole el aire de una mujer joven que tenía voluntad propia para condimentar su amabilidad.
El capitán Candage parpadeó ante ella sobre los radios del timón, y en su corazón de padre reconoció su encanto, dándose cuenta con más agudeza de que su hija sin madre se había convertido en un problema demasiado grande para sus limitados conocimientos en el manejo de las mujeres.
Él no la había visto crecer gradualmente, como otros padres habían visto a sus hijas, siendo capaces de enfrentar problemas diarios en la formación y el dominio.
Parecía alcanzar el desarrollo, mental y físico, en fases desconcertantes mientras él estaba fuera en sus viajes. Cada vez que la veía, parecía tener que conocerla de nuevo, le parecía a él.
El capitán Candage había admitido francamente para sí mismo que no era capaz de ejercer ninguna autoridad sobre su hija cuando ella estaba en tierra.
Ella no era obstinada; ella no era terca; ella le daba afecto. Pero se había convertido en una mujer joven mientras sus pensamientos lentos la clasificaban todavía como una niña. Ella siempre estaba por delante de todos sus cálculos. En sus ausencias, ella saltaba de una etapa a otra del carácter... ¡casi de identidad! Nunca había olvidado cómo le había traído de Nueva York, después de un viaje, la mitad de una bolsa de yute llena de juguetes de hojalata, y descubrió que en su ausencia, por consejo y aprobación de su tía, quien se había convertido en su madre adoptiva, ella se había bajado los vestidos hasta el tobillo y se había convertido en una joven dama a la que él llamó «Señorita Candage» dos veces antes de que hubiera logrado enderezar sus emociones. Mientras él se preguntaba sobre la enormidad de los juguetes de hojalata en la bolsa de yute a sus pies, mientras estaba sentado en la sala de la tía, su hija le pidió que fuera como invitado de honor al picnic de la clase de escuela dominical que ella estaba organizando como maestra. Eso le dio la oportunidad de mentir sobre los juguetes y alegar que los había traído para sus alumnos.
El capitán Candage, en la cubierta de su barco, descubrió que era capaz de reunir un poco de coraje y fanfarronería durante unos minutos, pero no se atrevía a mirarla por mucho tiempo mientras se afirmaba a sí mismo.
La miró entonces mientras ella estaba en la sombría entrada de la caseta, una imagen radiante y sonrosada de salud juvenil. Pero la expresión en su rostro no era reconfortantemente filial.
«Padre, debo decirlo de nuevo. No puedo evitar decirlo. Estoy tan infeliz. Me estás juzgando con tanta crueldad».
«Lo hice porque pensé que era lo correcto. No he estado cuidando y vigilando de la manera que un padre debería cuidar y vigilar. Nunca parecí ser capaz de alcanzarte. Quizás no tengo razón. ¡Quizás sí! De todos modos, voy a mantenerme en este rumbo, en tu caso, por un tiempo más».
«¿Me has quitado de mi verdadero hogar para esto? ¡Este no es lugar para una chica! No eres el mismo que cuando estás en tierra. ¡No sabía que pudieras ser tan rudo... y... malvado!».
«¡Aguanta ahí, hija! ¡Asegura ese cabo justo ahí! Soy un hombre honesto, temeroso de Dios y trabajador; pago cada centavo que debo, y tú lo sabes».
«¿Pero qué es lo que acabas de gritar? ¿Justo ahí, donde todo el mundo podía oírte?».
«Eso... eso solo ha sido un cumplido comparado con lo que puedo hacer cuando me pongo en marcha como es debido. ¿Crees que voy a dejar que cualquier jabalí verrugoso y de nariz respingada de un limpiador de cal cante...».
«¡Padre!».
«¿Qué sabe una chica de las cosas que un padre tiene que soportar cuando se hace a la mar para ganar dinero para ella?».
«Estoy dispuesta a trabajar por mi cuenta. Me sacaste de mi buen puesto en la sombrerería. Me has hecho dejar a todos mis amigos jóvenes. ¡Oh, tengo tanta nostalgia!». Su autosuficiencia se desvaneció de repente. Se atragantó. Escondió la cabeza en el hueco del brazo y sollozó.
«¡No hagas eso!», suplicó él, suavizándose de pronto. «¡Por favor, no lo hagas, Polly!».
Ella levantó la vista y sonrió; una sonrisa pequeña, triste y suplicante. «No quería dejarme llevar, papito querido. No tengo intención de hacer nada para enfadarte o entristecerte. He intentado ser una buena chica. Soy una buena chica. Pero me rompe el corazón que no confíes en mí».
«Te estaban cortejando», tartamudeó él. «Esos tipos de la costa andaban rondándote. No dudo de ti, Polly. Pero no tienes madre. Tenía miedo. Sé que he sido un tonto con esto. ¡Pero tenía miedo!». Las lágrimas salpicaron sus mejillas bronceadas. «No he sido un gran padre porque he tenido que navegar y ganar dinero. Pero pensé en llevarte lejos hasta que... hasta que pudiera planear algo».
Ella lo miró, suavizándose visiblemente.
«Oh, Polly», dijo él, con la voz quebrada, «no sabes lo bonita que eres; ¡no sabes cuánto miedo tengo!».
«Pero puedes confiar en mí, padre», prometió ella, tras una pausa, con sencilla dignidad. «Sé que solo soy una chica de campo, quizás no muy sabia, pero sé lo que está bien y lo que está mal. ¿No puedes entender lo terriblemente que has herido mi orgullo y mi respeto propio al obligarme a venir y estar encerrada aquí como si fuera una chica sin vergüenza que no puede cuidarse a sí misma?».
«Reconozco que he hecho mal, Polly. Pero no sé mucho; no sobre las mujeres. Intentaba hacer lo correcto, porque eres todo lo que tengo en este mundo».
«Espero que lo pienses todo bien», aconsejó ella, con seriedad. «Lo entenderás después de un tiempo, padre, estoy segura. Entonces me dejarás volver y confiarás en mí, como se debe confiar en tu propia hija. Esa es la manera correcta de hacer que las chicas sean buenas: que sepan que se puede confiar en ellas».
«Probablemente tengas razón», admitió él. «Lo pensaré todo. En cuanto lleguemos y anclemos, me sentaré y le daré una buena revisión en mi mente. Quizás...».
Ella aprovechó su pausa. «Vamos a entrar en un puerto, ¿verdad, padre?».
«Sí. Justo delante de nosotros».
«Quisiera que me dejaras en tierra y me enviaras de vuelta. Perderé mi puesto en la tienda si me quedo fuera demasiado tiempo».
Su obstinación volvió a aparecer, al instante. «No quiero que estés en esa sombrerería. Me han dicho que los viajantes de comercio molestan a las chicas en las tiendas».
«No me molestan, padre. ¿No tienes ninguna confianza en tu propia hija?».
«Sí, la tengo», dijo él, con firmeza, y luego añadió: «pero sigo pensando en esos tipos y entonces me entra el miedo».
Ella le dirigió una rápida mirada, claramente tentada a dar una respuesta impaciente, y luego se dio la vuelta y bajó al camarote.
«No te enfades conmigo, Polly», le gritó tras ella. «Supongo que, tal vez, estoy totalmente equivocado. Voy a pensarlo; no prometo nada seguro, pero no sería nada sorprendente si te dejara en tierra aquí y te enviara de vuelta a casa. No llores, pequeña». Había lágrimas en su voz tanto como en sus ojos.
El vocalista de la goleta de cal sintió el impulso de entonar otra estrofa:
«Ay, ahí viene la Polly en medio del camino, Remolcada por una mula y adoquines su destino. El diablo está esperando y el diablo bien puede estar, Porque nunca tendrá esos adoquines para el infierno pavimentar».
El capitán Candage dejó su timón y caminó hacia la borda. Toda la suavidad había desaparecido de su rostro y de su voz.
«¡Pedazo de escoria marina de mandíbula de cuerno y cara de fango, te atreves a soltar un poco más de esa basura y subiré a bordo después de anclar, saltaré por tu garganta y te sacaré las entrañas eternas! ¿No sabes que tengo damas a bordo?».
«No lo parece», respondió el cantor.
«¡Bueno, ya oyes cómo sueno! ¡Atad vuestras mandíbulas!».
Las meditaciones del capitán Candage no fueron perturbadas después de eso.
Con la ayuda de su único ayudante a bordo, “Oakum Otie”, un individuo gris y barbudo que combinaba en una sola persona los diversos oficios de primer oficial, segundo oficial, marinero de primera clase y marinero de cubierta —además de ser el compañero de copas del patrón—, la Polly fue maniobrada hasta su anclaje en Saturday Cove y asegurada para la noche. El humo comenzó a salir en volutas azules por la chimenea de su cocina, y hubo vislumbres ocasionales del cocinero, un joven de tez cetrina y un solo ojo cuya principal y eterna decoración le proporcionaba el apodo de “Smut-nosed Dolph”.
Entonces llegaron algunos de los aristócratas del océano para unirse a los humildes invitados en aquella taberna de los mares.
Llegaron los precursores de un club náutico metropolitano, en su crucero anual, maniobrando con montañas ondulantes de lona blanca desplegadas para atrapar los últimos susurros de la brisa. Las llegadas posteriores, después de que la brisa falló, fueron remolcadas por las elegantes embarcaciones a motor de la flota. Una a una, a medida que las anclas salpicaban, los cañones de bronce ladraban su saludo y eran respondidos por el cañón del comodoro.
El capitán Candage se sentó en el borde de la caseta de la Polly y soltó un guiño involuntario e iracundo cada vez que un cañón estallaba. En ese puerto rodeado de colinas, donde la niebla se había acumulado, cada ruido se magnificaba como por una caja de resonancia. Había saludos alegres, los navegantes gritaban sobre las barandillas de bronce empañadas por la niebla un intercambio de las experiencias del día, y las ágiles lanchas auxiliares, con sus escapes ladrando en staccato, comenzaron a llevar a los hombres de un lado a otro en recados de sociabilidad. En los silencios, el capitán Candage podía oír el estallido de los corchos de champán.
«Esos tipos ciertamente viven por todo lo alto y duermen en el desván», observó Oakum Otie. Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el techo de la caseta y estaba martilleando los bultos de un empalme de ojo recién trenzado con el extremo de un pasador de estay.
«Siempre me ha parecido un misterio», gruñó el capitán Candage, «cómo los tipos que no parecen tener más ingenio que esos sujetos que se ríen ahí enfrente, y bebiendo licor por montones, ganan dinero de la forma en que lo hacen para permitirse todo esto».
¡Sobre ese punto, el capitán Candage podría haber encontrado al primer oficial McGaw, del Olenia, dispuesto a participar en una discusión provechosa y un entendimiento amistoso!
«No lo ganan; no saben lo suficiente para ganarlo», declaró Otie, con la convicción de un hombre que sabía exactamente de lo que estaba hablando. «Todo ha sido dejado por sus padres».
Los hombres barbudos y bronceados de las tripulaciones de los “Apple-treers” apoyaron los codos remendados de sus viejas chaquetas en las barandillas y observaron sombríamente la convivencia a bordo de las embarcaciones de juguete. Los comentarios que intercambiaban entre ellos estaban formulados para indicar una especie de desdén altivo por esos vividores del mar. Los patrones de cabotaje, la mayoría de los cuales usaban sombreros duros, como si no quisieran ser confundidos con aquellos capitanes de yate petulantes, patrullaban sus alcázares y escupían con desdén por la borda.
Eternamente sonaba el chirrido de las bombas a bordo de los “Apple-treers”, y las bombas estaban lidiando con las filtraciones eternas. El agua enrojecida por el contacto con los ladrillos, el agua enturbiada por la filtración a través de los adoquines, salpicaba continuamente desde los imbornales hipantes.
El capitán Ranse Lougee, de la goleta de gavia Belvedere, cargada con restos de pescado para una fábrica de pegamento de Boston, bajó por la amurada hasta su bote y vino remando hacia la Polly, de pie y mirando hacia adelante, balanceándose con la remada del pescador.
Pasó fácilmente por encima de la escasa borda de la goleta y se dirigió a popa, siendo recibido cordialmente por el capitán Candage.
«Pensé en mostrar a esos pastelitos escarchados que también hay un poco de sociabilidad entre los caballeros del comercio de cabotaje», informó a su anfitrión. «Además, quiero pedir prestada la hora exacta del día. Y, además, me alegra alejarme de ese maldito aroma a bordo del Belvedere y airear mi nariz de vez en cuando. ¿Qué hay de nuevo, capitán?».
El capitán Candage respondió a los lugares comunes del otro patrón de manera distraída. Había observado el acercamiento de Lougee con interés, y ahora estaba claramente reflexionando sobre algo totalmente ajeno a esta charla.
«Capitán Lougee», intervino, de repente, en voz baja, «quiero que vengas conmigo a proa, fuera del alcance de cualquiera que esté abajo. Tengo un pequeño cabo que quiero que me ayudes a revisar».
Los dos caminaron hacia proa sobre la carga de cubierta y se sentaron en la botavara, que yacía descuidada donde había caído cuando se soltaron las drizas.
«Mi hija está ahí abajo», explicó el capitán Candage.
«¿Viaje de vacaciones, eh?».
«No creo que se pueda llamar así, capitán Lougee», declaró el anfitrión, secamente. «Se lo está pasando tan bien como un canario en una máquina de hacer palomitas sobre un fuego encendido».
«¿Para qué vino, entonces?».
«La hice venir. La secuestré».
«Esa no es forma de tratar a las mujeres», declaró el capitán Lougee. «He criado a cinco hijas y sé de lo que hablo».
«Sé que has criado a cinco chicas, y son listas como el demonio y rectas como un nivel, y por eso he abordado el tema como lo he hecho. Me alegré de verte subir a bordo, capitán Lougee. Quiero un consejo de un hombre que sabe».
«Entonces soy el hombre al que preguntar, capitán Candage».
«La última vez que estuve en casa, donde ha estado viviendo con su tía Zilpah, ¡la pillé!», confesó Candage. Su voz era ronca. Sus dedos, doblados y callosos por tirar de cuerdas, temblaban mientras jugueteaba con la costura de sus pantalones.
«¡No me digas!», cacareó Lougee, solícito.
«¡Sí, la pillé paseando en coche de caballos!».
«¿Sola?».
«No, había un grupo de ellos en una carreta de playa. Iban a una fiesta. Y la pillé bailando con un tipo en esa fiesta».
«¡Bueno, continúa ahora que has empezado! ¡Suelta la vela mayor!».
«Eso es más o menos todo; excepto que un tipo la ha estado acompañando a casa desde los conciertos de la escuela dominical con una linterna. Sí, supongo que eso es todo hasta la fecha y el momento presente», confesó Candage.
«¿Qué más sospechas?».
«Nada. Por supuesto, no se sabe en qué se convertirá, con tipos acosándola de la forma en que lo hacen».
«No hay forma de saber nada en este mundo, ¿verdad?», preguntó el capitán Lougee, muy bruscamente.
«¡Supongo que no, no con seguridad!».
«¿Quieres decir que porque tu chica, como cualquier chica debería, ha estado divirtiéndose de forma inocente con gente joven, la has arrastrado a bordo de este viejo armatoste, avergonzándola y haciéndola quedar en ridículo?».
«He estado intentando cumplir con mi deber como padre», declaró el capitán Candage, con firmeza, evitando la mirada llameante de su invitado.
El capitán Lougee estiró la pierna para alcanzar el bolsillo de su pantalón, sacó una pastilla de tabaco y mordió un trozo de una esquina, tras una cuidadosa inspección para encontrar un lugar adecuado para el mordisco.
«Necesito tener algo en la boca en este momento, algo relajante para la lengua y, como se podría decir, una especie de confinamiento, para que no se me escape demasiado lenguaje de golpe», afirmó, hablando con esfuerzo mientras intentaba alojar el enorme trozo de tabaco en una posición cómoda. «He criado a cinco chicas encantadoras, y siempre las he tratado como si tuvieran sentido común junto con la bondad natural de una mujer y mucha más autosuficiencia que una pollita Leghorn. Y las traté como si tuvieran los derechos y privilegios ordinarios de los seres humanos. Y han crecido y son un orgullo para la familia. Y no tengo que mirar atrás en mi historial y reflexionar que fui un chino o un turco. ¡No, señor! He sido un padre, y mis chicas pueden venir y sentarse hoy en mi regazo y recibir mi consejo, y pensar que vale algo».
Se levantó y caminó hacia su bote.
«Pero espera», llamó el capitán Candage. «No me has dicho lo que piensas».
«¿No lo he hecho? Pensé que lo había hecho, de forma suave y agradable. Pero si necesitas algo más sencillo y directo, diré —siguiendo de forma suave y agradable— que eres un maldito viejo tonto. Y ahora volveré y seré sociable con esos restos de pescado. ¡Creo que olerán mejor después de esto!». Saltó a su bote y remó lejos.
El capitán Candage no ofreció ninguna réplica a ese resumen conciso y sustancioso. Naturalmente, era tan hábil con la lengua como el capitán Ranse Lougee o cualquier otro hombre de la costa. Pero en este caso, el patrón de la Polly no estaba seguro de su terreno. Sabía que el capitán Lougee se había calificado como padre de cinco. En el juicio de un marino, la experiencia cuenta. Y no se ofendió por el modo del capitán Lougee porque la brutal franqueza de ese patrón era bien conocida por sus amigos. El capitán Candage había preguntado y había recibido. Apoyó los codos en las rodillas, miró al visitante que se alejaba y reflexionó.
«Tal vez tenga razón. Probablemente tenga razón. Pero no sería disciplina de a bordo si le dijera que he estado equivocado. Supongo que iré a popa y seré agradable y cortés, esperando que no pase nada que altere mis sentimientos. Ahora que mis sentimientos están tranquilos y en paz, y habiendo tomado el rumbo y los rumbos de un padre de cinco, probablemente le diré: “Será mejor que trotes a casa, pequeña, viendo que te he dicho cómo cuidar tu ojo después de esto”».
IV ~ SOBRE LA BARANDILLA DE LA “POLLY”
¡Oh, Stormy era un buen viejo! A mi manera tú tormenta sigues; Carota dura como un viejo bote de lata, ¡Ay, ay, ay, señor Storm-along! --Shanty de Storm-along.
Sin prestar mucha atención al perturbador, el capitán Candage había estado un poco molesto durante su meditación. Una lancha rápida de uno de los yates seguía rodeando la Polly, llevando una espuma cremosa de agua bajo su proa levantada. Era un barco ruidoso, un mosquito, y pateaba una estela despectiva contra el viejo vagón manchado de óxido.
Cuando pasó por debajo de la popa, después de que el capitán Candage volviera a su alcázar, le echó una mirada por encima de la borda, y su expresión era claramente desagradable.
«Probablemente desperdiciaron más dinero en ese trasto de lo que esta goleta se vendería en el mercado hoy», informó a Otie.
«No les importa cómo se gasta el dinero siempre y cuando no tengan que sudar para ganarlo. ¡Lanzándolo como si lanzaran frijoles!».
De vuelta a su curso circular, zumbó la lancha. Esta vez, el motor ronroneante gimió hasta quedar en silencio y el barco vino a la deriva al costado.
«¡A bordo de la Polly!», saludó uno de los navegantes, un hombre con insignias de propietario en su gorra.
El patrón de la vieja goleta asomó su rostro hosco más allá de la borda, pero no respondió.
«¿No es esta Polly la verdadera?».
«No, es solo una pintura en cromo de ella».
«¡Gracias! ¡Es usted un caballero!», espetó el navegante.
«Oh, espera, Paul», instó uno de los hombres en la lancha. «Hay una manera correcta de tratar a estos viejos chicos». Se puso de pie. «Estamos muy interesados en este paquete, capitán».
«Por eso habéis estado haciendo un espectáculo sagrado de ella, jugando al corro de la patata, ¿eh?».
«Pero dígame, ¿no es esta la vieja chalupa que fue corsaria en la guerra de mil ochocientos doce?».
«Nadie a bordo aquí ha dicho nunca que no lo fuera».
«Bueno, señor, ¿no podemos subir a bordo y echarle un vistazo?».
«No, señor, no pueden».
«Ahora mire, capitán...».
«¡Estoy mirando!», declaró el patrón de la Polly en tonos ominosos.
«No queremos molestarle, capitán».
«La gente que no sabe nada mejor hace muchas cosas sin querer».
El capitán Candage albergaba regularmente el resentimiento de un trabajador del mar hacia los hombres que usaban el océano como un simple patio de recreo. Pero, más especialmente, durante esos últimos días, su temperamento general era irritable con respecto a los hombres jóvenes y elegantes, porque se había enfrentado a un problema en el hogar que había puesto a prueba su alma. Sentía una ira irracional creciendo en él con respecto a estos tipos, que parecían no tener problemas propios.
«Soy escritor», explicó el otro. «Si se me permite subir a bordo, tomaré algunas fotos y...».
«¿Y burlarse de mí y de mi barco poniendo un artículo en el periódico para hacer cosquillas a los tipos de la ciudad? ¡Manténgase fuera!», ordenó, notando que la lancha estaba derivando hacia el costado de la goleta y que uno de la tripulación había puesto un bichero contra la placa de cadena principal.
«No te molestes con el viejo cangrejo», aconsejó el propietario, con acidez.
Pero el otro insistió, cortésmente, incluso humildemente. «Me temo que no me entiende, capitán. Preferiría burlarme de mi madre que de esta noble reliquia».
«¡Adelante! ¡Díle nombres!».
«Me estoy quitando el sombrero ante ella», declaró, quitándose la gorra de la cabeza. «El abuelo de mi padre estuvo en la guerra de mil ochocientos doce. Quiero honrar a este viejo patriota aquí con el mejor tributo que mi pluma pueda pagar. Si me permite subir a bordo, me sentiré como si estuviera pisando un lugar sagrado, y puedo asegurarle que mis amigos, aquí, tienen tanto respeto por esta embarcación como yo».
Pero esta honesta apelación no suavizó al capitán Candage. No entendía exactamente de qué fuente fluía este rencor general suyo. Al mismo tiempo, era consciente de la razón principal por la que no quería permitir que estos visitantes hurgaran a bordo de la goleta. Conocerían a su hija, y él tenía miedo, y estaba amargamente avergonzado de sí mismo porque tenía miedo. Vagamente era consciente de que este miedo eterno por ella constituía un insulto para ella. El impulso más refinado de proteger su privacidad no lo estaba motivando; él también lo sabía. Simplemente tenía un miedo estúpido de confiar en ella en compañía de hombres jóvenes, y la combinación de sus emociones produjo el producto más simple de la agitación mental: una ira irracional.
«Manténgase fuera, le digo», ordenó.
«De nuevo le ruego, capitán, con todo respeto, ¿podemos subir a bordo?».
«¡Aléjese de aquí y ocúpese de sus propios asuntos, si tiene alguno, o le lanzaré un montón de tejas!», rugió el patrón.
«¡Padre!». La voz expresaba un reproche indignado. «¡Padre, me avergüenzo de ti!».
La chica se acercó a la borda, y los navegantes la miraron como si fuera Afrodita surgida del mar en lugar de una chica muy bonita emergiendo de una oscura bajada. ¡Había aparecido tan repentinamente! Era tan manifiestamente incongruente en su entorno.
«¡Madre de las sirenas!», murmuró el dueño del yate al oído del hombre más cercano. «¿La vieja rata sigue siendo corsaria?».
Los hombres en la lancha se pusieron de pie y se quitaron las gorras.
«¡Has insultado a estos caballeros, padre!».
El capitán Candage lo sabía, y ese hecho no suavizó en lo más mínimo su ira. Al mismo tiempo, esta aparición de su propia hija para darle una lección de modales en público era una presunción demasiado descabellada para ser soportada; su audacia le dio algo tangible para que su resentimiento atacara.
Se volvió hacia ella. «Ve abajo donde perteneces».
«Pertenezco aquí arriba ahora mismo».
«¡Abajo contigo!».
«¡No iré hasta que te disculpes con estos caballeros, padre!».
«¡No estás en tierra ahora, señorita, para decirme cuándo limpiarme los pies y no ensuciar los adornos! Estás en alta mar, y yo soy el capitán de este barco. ¡Abajo, digo!».
«Estos caballeros conocen la Polly, y descubrirán el nombre del hombre que la manda, y no pretendo que se diga que los Candage son paganos», declaró ella, con firmeza. «Si no te disculpas, padre, me disculparé yo por ti». Intentó pasar por delante de él hacia la borda, pero él le tapó la boca con su mano marrón y la empujó hacia atrás. Su impulso natural como comandante de su embarcación dominó sus sentimientos como padre.
«Te enseñaré disciplina a bordo, Polly Candage», gruñó, «aunque tenga que ponerte sobre mi rodilla».
«Un momento, si le place, capitán», llamó el portavoz de los navegantes.
El capitán Candage estaba apresurando a su hija hacia la escalera de bajada. Pero había autoridad en el tono, así que se detuvo y proyectó una barbilla desafiante por encima del hombro.
«¿Qué tienen que decir cualquiera de ustedes bichos sobre mis asuntos privados?»
La formalidad del hombre en la lancha fue un tanto exagerada en su respuesta. «Solo esto, señor. Nos marchamos de inmediato antes de causar más problemas a esta joven, a quien presentamos nuestros más respetuosos cumplidos. No conocemos otra forma de ayudarla. Nuestras protestas, al ser las protestas de caballeros, podrían no ser capaces de penetrar; ¡hace falta un taladro para atravesar la piel de un rinoceronte!»
El patrón del Polly no se molestó en los matices más finos de aquel pequeño discurso, pero de un hecho estaba seguro: le habían llamado rinoceronte. Soltó a su hija, le arrebató el pasador de empalmar a Otie, quien se había mantenido en un segundo plano como fuerza de reserva, y pisoteó la borda. Preparó su arma, abanicándola de un lado a otro para apuntar con certeza. Pero el ingeniero había accionado el embrague y la lancha a motor se alejó espumando antes de que el capitán tomara la distancia, y era demasiado ahorrador para lanzar un pasador de empalmar perfectamente bueno tras un objetivo al que no podía alcanzar, por muy enfadado que estuviera.
La chica se enfrentó a su padre. No había duda de su estado de ánimo. Era una rebelde. La indignación izó sus estandartes llameantes en sus mejillas, y las llamas de señalización del combate brillaron en sus ojos.
«¿Cómo te atreviste a hacerme tal cosa, con esos caballeros mirando? Padre, ¿has perdido el juicio?»
Otie expresó la opinión en voz baja de que el capitán, por el contrario, había «perdido el norte».
El superior de Otie recorría la cubierta de popa a grandes zancadas, pateando objetos sueltos y evitando la mirada resentida de su hija. Había una nota de insinceridad en su fanfarronería, como si quisiera ocultar su vergüenza en una nube de sus propias exhalaciones, tal como un calamar tiñe el agua cuando teme ser capturado.
«De ahora en adelante me llamarás capitán Candage», ordenó. «A partir de ahora soy el capitán Candage en alta mar, y pretendo dirigir mi propia cubierta de popa. Y cuando deje que una multitud de petimetres corretee por aquí para curiosear, espiar, sonreír y coquetear contigo, te saldrán conchas de almeja por uñas. ¡Ahora, señorita, no quiero que me repliques!»
«¡Pero voy a hablarte, padre!»
«Recuerda que soy un Candage, y las réplicas...»
«¡Yo también soy una Candage, y me acabo de avergonzar de ello!»
«Voy a tener disciplina en mi propia cubierta de popa».
«¡Réplicas, disciplina de cubierta, llamarte capitán! ¡Tonterías y patrañas! Soy tu propia hija y tú eres mi padre. ¡Y nos has llenado de vergüenza a ambos! ¡Ahí tienes! No quiero quedarme en este viejo armatoste, y no me voy a quedar. Me voy a casa de la tía Zilpah».
«Había tomado la decisión de dejarte ir. Mi temperamento era suave y dulce hasta que esos condenados hijos de una rayada...»
«¡Padre!»
«Había tomado la decisión de dejarte ir. Pero no voy a ceder ante un motín justo delante de las narices de mi propia tripulación».
Dolph, de nariz tiznada, había llegado con los platos de la cena equilibrados en sus brazos mientras gateaba sobre la carga de cubierta. Escuchaba con el mayor interés.
«Tu tía Zilpah te ha ayudado y alentado en tus coqueteos», bramó el capitán. «Mi propia hermana, aprovechándose de que estoy fuera en el mar tratando de ganar dinero...»
«¿Pretendes insultar a todo el mundo en este mundo, padre? Me iré a casa, digo. Soy miserable aquí».
«¡Me aseguraré de que no andes retozando y de aquí para allá con petimetres!»
A pesar de su espíritu, la joven no pudo seguir intercambiando réplicas con este marinero de caparazón duro, cuya arma entre los suyos durante años había sido una lengua ruda. Un dolor conmocionado puso fin a su pequeña y pobre rebelión. Llegaron las lágrimas.
«¡Le estás dando a estos dos hombres un botín para que se lo lleven a casa y lo esparzan por el pueblo! ¡Oh, padre, eres malvado, malvado!» Se llevó las manos a la cara, sollozó y luego corrió hacia el interior del sombrío camarote.
Hubo un largo silencio en la cubierta de popa. Otie recuperó su pasador de empalmar y comenzó a golpear el cáncamo.
«Sin querer presumir, predicar o meterme en cosas que no son asunto mío, quiero decir que no le culpo ni un ápice, capitán», se ofreció. «No importa lo que ella diga, no era de fiar entre esos petimetres en tierra, y hablo por observación y, siendo un viejo soltero, puedo hablar con imparcialidad. Los petimetres en el agua son igual de malos. Esos tipos estaban coqueteando con ella todo el tiempo que estuvieron al costado. A los hombres de verdad que son decentes no se les llama para que se quiten y pongan la gorra cada vez que una mujer está a la vista, y vi a uno de ellos guiñarle un ojo».
El capitán Candage estaba de humor para aceptar este consuelo de Oakum Otie y para sacar de su conciencia contrita el recuerdo de lo que el capitán Ranse Lougee había dicho.
«¡No te preocupes! Ahora la tengo donde puedo vigilarla, y soy el capitán de mi propio barco, ¡que nadie olvide eso jamás!» Sacudió el puño hacia el cocinero boquiabierto. «¿Qué haces ahí parado, como un gallinero con la puerta abierta, dejando que mis vituallas se enfríen? ¡Mueve las botas! ¡Abajo contigo y sirve esa cena en la mesa!»
El patrón se demoró en cubierta, con la mano en la oreja.
La niebla se asentaba sobre el puerto interior. En la inmensidad tenue hacia el mar, un vapor estaba pitando. Cada prolongada ráfaga, a intervalos de medio minuto, sonaba más cerca. El sonido era profundo, de tono pleno, un poderoso diapasón.
«¿Qué grandullón será ese que viene hacia aquí?», gruñó el capitán.
«Lo más probable es que sea solo otra espumadera de yate», sugirió el contramaestre, lanzando el empalme de ojo y el pasador de empalmar al interior de la escotilla abierta del pañol. «¡Ya sabe lo que les gusta hacer a esos bichos de juguete! Se ponen un silbato lo suficientemente grande para la bocina de niebla de Seguin». Entornó los ojos bajo el borde de su palma y esperó. «Ahí se perfila. ¿Qué le dije? Nada más que un yate».
«Pero es un peso pesado», comentó el patrón. «¿Qué te parece?»
«O... L», deletreó Otie, «O... L... Olenia. Debe de haber un práctico local a bordo. Ninguno de esos capitanes presumidos de Nueva York podría encontrar Saturday Cove a través de la marea de plumas que hay fuera justo ahora».
«Bueno, si pueden o no pueden, no es de mi interés», declaró el patrón, con fina indiferencia. «¡Odiaría estar en un apuro y tener que depender de uno de esos petimetres dorados! Huelo la cena. ¡Vamos!»
Estaba un poco inseguro sobre qué comportamiento debería adoptar abajo, pero bajó pesadamente por la escala con bastante muestra de confianza, y Otie le siguió.
El capitán lanzó una mirada aguda a su hija. Había temido encontrarla llorando, y no sabía cómo manejar tales casos con ninguna certeza.
Pero ella se había secado los ojos y no le dedicó una mirada muy amable; más bien, sugirió desafío. Él se sintió más a gusto. En su opinión, cualquier persona a la que le quedara suficiente espíritu para luchar estaba de humor para seguir disfrutando de la vida.
«Quizás fui un poco demasiado lejos, Polly», admitió. Era suave, pero conservaba un pequeño toque de hosquedad para que ella no concluyera que su victoria estaba ganada. «Pero viendo que te traje al mar para alejarte del coqueteo...»
«¡No te atrevas a decir eso de mí!» Golpeó su pequeño puño redondo sobre la mesa. «¡No te atrevas!»
«¡No quiero decir que lo hayas hecho! ¡Los petimetres lo hicieron! Quiero hacer lo correcto contigo, Polly. He estado tanto tiempo en el mar que supongo que no sé mucho sobre modales y costumbres. No puedo hacerme una idea correcta de las cosas como debería. Supongo que soy un viejo tonto». Su voz tembló. «Pero me enfureció que te pusieras de pie ahí arriba en cubierta y me llamaras nombres delante de ellos».
Ella no respondió.
«Siempre he trabajado duro por ti, navegando por los mares y pasando sin cosas yo mismo, para que tú pudieras tenerlas, haciendo lo mejor que pude desde que tu pobre madre falleció».
«Te estoy agradecida, padre. Pero no entiendes a una chica... ¡oh, no entiendes! Pero no hablemos más de ello, no ahora».
«¡No digo esta noche, no estoy haciendo promesas! Pero tal vez... veremos cómo se perfilan las cosas... tal vez te envíe de vuelta a casa. Tal vez sea mañana. ¡Veremos cómo funciona la diligencia para el tren, y así sucesivamente!»
«Voy a dejarlo todo en tus manos, padre. Estoy segura de que pretendes hacer lo correcto». Ella sirvió la comida como ama de la mesa.
«Parece hogareño tenerte aquí», dijo el capitán Candage, sumiso y melancólico.
«Me quedaré contigo, padre, si eso te hace más feliz».
«No voy a escuchar nada por el estilo. No es lugar a bordo para una chica».
A través de la portilla abierta escucharon el frecuente tintineo de la campana de la sala de máquinas del yate de vapor y el alboroto de sus hélices al entrar suavemente en un fondeadero. Estaba muy cerca de ellos, tan cerca que podían escuchar el parloteo de las voces de gente alegre.
«¿Qué barco es ese, padre?»
«¡Otro pastelito escarchado! No puedo recordar el nombre».
«Es el Oilyena o algo así. Olvido los nombres elegantes bastante rápido», le informó Otie.
«Bueno, no sirve de mucho cargar la mente con ese tipo de basura», declaró el capitán Candage, equilibrando una patata en las puntas de su tenedor y pelándola, con los codos sobre la mesa. «Ese yate y el tipo de gente que está a bordo de ese yate no son de ninguna importancia para gente como nosotros».
El recuerdo de algunas observaciones que se pronuncian con peculiar fervor permanece con el autor. Algún tiempo después, mucho después, el capitán Candage recordó esa observación y se informó a sí mismo de que, fuera de las predicciones meteorológicas, era un profeta terriblemente pobre.
V ~ EN EL PUENTE DEL YATE «OLENIA»
Oh, los tiempos son duros y los salarios bajos, ¡Dejadla, matones, dejadla! Supongo que es hora de que nos vayamos, Es hora de que la dejemos. —A través del Océano Occidental.
El capitán Mayo no encontraba que la responsabilidad fuera su principal preocupación mientras el Olenia entraba en puerto.
Era un trabajo de marinero de verdad guiarlo a través de la niebla, apuñalar la entrada del puerto y buscar espacio para él en un fondeadero abarrotado. Pero todo eso estaba dentro de la línea del trabajo diario. Mientras observaba la brújula, estimaba la deriva de la marea, permitía la velocidad reducida y escuchaba los ecos que le dirían su distancia de la orilla rocosa, estaba ocupado en la tarea más absorbente de examinar sus asuntos personales.
Como capitán contratado de un yate privado, podría haber pasado por alto ese insulto del propietario, aunque fuera entregado a un capitán en el puente.
Pero el amor tiene un orgullo propio. Había sido maltratado como un lacayo ante la audiencia de Alma Marston. Era evidente que el propietario no había terminado el trabajo. Mayo sabía que simplemente había pospuesto su mal momento enviando una respuesta que sin duda parecería insubordinación a juicio de un hombre que no entendía la disciplina naval y la etiqueta del mar.
Era evidente que Marston pretendía llamarlo «a capítulo» en la cubierta de popa tan pronto como el yate estuviera anclado, y proponía continuar con esa insultante acusación.
En su nuevo orgullo, en el amor que ahora hacía que todos los demás asuntos de la vida fueran tan insignificantes, Mayo tenía miedo de sí mismo; conocía sus limitaciones en cuanto a la sumisión; incluso entonces sentía el deseo de caminar hacia popa y sacudir a Julius Marston arriba y abajo en su silla hamaca. No creía que pudiera permanecer con calma en presencia de Alma Marston y escuchar cualquier reprimenda injusta, incluso de su padre.
Intentó sacar su resentimiento llameante de sus pensamientos, pero no pudo. ¡Al final, se dijo a sí mismo que tal vez era igual de bueno! Alma Marston debía tener orgullo propio. No podría seguir amando a un hombre que permanecía en la posición de asalariado de su padre; seguramente se avergonzaría de un amante que estuviera dispuesto a encorvar la espalda y recibir una paliza en público. Su deseo de estar con ella, incluso a costa de su orgullo, lo estaba haciendo menos hombre y lo sabía. Decidió enfrentarse a Marston, a la manera de un hombre, y luego marcharse. Sintió que ella lo entendería a pesar de su dolor.
Luego, al girarse de una mirada a la brújula, vio que el propietario del yate estaba en el puente. La mitad de un cigarro sin encender, que estaba empapado por la humedad de la niebla, taponaba la boca de Marston.
Frunció el ceño cuando el capitán saludó.
«No te molestes en hablar ahora», irrumpió el millonario cuando Mayo comenzó una explicación de su retraso en obedecer la llamada a la cubierta de popa. «Cuando tengo algo que decir a un hombre, quiero su atención indivisa. ¿Esta niebla va a continuar?»
«Sí, señor, hasta que el viento gire más hacia el norte».
«Entonces ancla».
«Me dirijo a Saturday Cove ahora, señor».
«Ancla aquí».
«Espero bastante más que un capricho de viento cuando llegue, señor. No es prudente anclar frente a la costa».
Marston gruñó y se dio la vuelta. Se quedó en el extremo del puente, masticando el cigarro, hasta que el Olenia estuvo en el puerto con el ancla puesta. Mayo tiró de la campanilla de señales, indicando la liberación al ingeniero.
«Estoy a sus órdenes, señor», informó, caminando hacia el propietario.
Marston hizo rodar el cigarro hacia una esquina de su boca e inquirió: «Ahora, joven, dime qué quieres decir con saludar a un vapor de la línea Bee con mi silbato».
«No saludé al Conomo, señor».
«Le diste tres silbatazos».
«Sí, pero...»
«Estás en el yate de un caballero ahora, joven, y no en un vapor de pesca. La etiqueta náutica no permite que se toque un silbato de vapor como saludo. El señor Beveridge acaba de buscarlo para mí, y lo sé, y no necesitas asumir ninguno de tus importantes conocimientos». Marston parecía estar mostrando mucha más irritación de la que justificaba un asunto menor. Pero lo que añadió proporcionó más luz sobre el tema. «El gerente de la línea Bee estaba a bordo de ese vapor. ¡Le oí tocar esa sirena contra mí!»
«Le oí darme señales cruzadas desafiando las reglas de navegación, señor».
«¿No sabías que me silbó como un insulto, como una burla?»
«Solo escuché señales ordinarias, señor».
«¡Todo es ordinario para la observación de un marinero! Le permitiste que te apartara de tu rumbo. Hiciste un espectáculo de mi yate, salpicando por ahí como un pato asustado».
«Estaba evitando una colisión, señor».
«¡Deberías haber hecho notar tu importancia con mi yate! Te escabulliste y esquivaste como un patrón de barco pesquero. ¿Fue en un barco pesquero donde te entrenaron para esos trucos?»
«He comandado un vapor de pesca, señor».
«Además de todo, le diste tres silbatazos, modales de barco pesquero regular, ¿eh?»
El capitán Mayo se enderezó y su rostro y sus ojos expresaron el espíritu de un patrón yanqui que sabía que tenía razón.
«Digo», insistió Marston, «que le saludaste».
«Y yo digo, señor, que dio señales cruzadas, una ofensa que ha costado a capitanes sus licencias. Cuando me vi acorralado le di tres silbatazos para decir que mis máquinas iban a toda velocidad hacia atrás. ¡Si el señor Beveridge hubiera buscado más lejos en ese libro, podría haber encontrado esa regla también!»
«Cuando miré al puente, aquí, le estabas saludando con la mano: ¡tres silbatazos y un saludo con la mano! ¡No puedes negar que estabas saludando!»
«Le estaba agitando el puño, señor».
Dentro de sí, el capitán Mayo se preguntaba francamente por qué el propietario del Olenia mostraba todo este calor. Recordó la burla desde la timonera del Conomo y entendió vagamente que había profundidades en el asunto que no había sondeado. Pero no estaba de humor para expiar vicariamente a los infractores a bordo del Conomo.
«Si hubiera podido encontrar un capitán de Nueva York que conociera los atajos a lo largo de esta costa, podría haber tenido algo de decencia y dignidad a bordo de mi yate. Incluso estoy olvidando mi propio sentido de lo que es apropiado... aquí fuera desperdiciando palabras y tiempo de esta manera. ¡Todos ustedes son de la misma raza, los de por aquí abajo!»
«Estoy bastante seguro de que puede encontrar un capitán de Nueva York...», comenzó Mayo.
«No quiero tu opinión con respecto a mis negocios, joven. Cuando necesite sugerencias tuyas, las pediré». Arrojó su cigarro empapado por la borda y bajó por la escalera, y la niebla se cerró inmediatamente detrás de él.
El capitán Mayo recorrió el puente. Estaba solo allí. Un marinero de cubierta había cubierto el latón de la bitácora y el reflector, escuchando mientras el propietario llamaba al capitán a rendir cuentas. Mayo sabía que el informe completo de ese asunto sería llevado al castillo de proa. Su posición a bordo del yate se había vuelto intolerable. Se preguntó cuánto diría Marston en popa. Sus mejillas estaban calientes y el rencor raspaba en sus pensamientos. Ante los oídos de la chica a la que adoraba, sus defectos serían objeto de unos momentos de discurso despectivo, tal como los fallos de los cocineros forman un tema para la charla ociosa en la mesa del comedor.
Del vacío silencio de la niebla envolvente surgieron muchos sonidos. Los ruidos se transportaban lejos y la voz de un cantante invisible, que se sincronizaba con el chasquido de una bomba de Apple-treer, trajo a Mayo las palabras de una vieja canción:
«Venid todos vosotros, jóvenes que seguís al mar, Ahora rezad, prestad atención y escuchadme. ¡Oh, sopla al hombre, matones, sopla al hombre! Way-ay, sopla al hombre. ¡Oh, sopla al hombre en la ciudad de Liverpool! Dadme algo de tiempo para soplar al hombre. Fue a bordo de un Black-Bailer donde serví mi tiempo primero, Y en ese Black-Bailer desperdicié mi plenitud. Es a babor y a estribor en cubierta donde os arrastraréis, Porque los sopladores y los huelguistas mandan en el Black Ball. Así pues, es soplar al hombre, matones...»
La voz de Alma Marston interrumpió su sombría apreciación del significado de esa cancioncilla. «¿Estás ahí arriba, Boyd?», preguntó, en tonos cautelosos.
Él se apresuró a la cabeza de la escalera y la vio al pie, medio oculta en la niebla incluso a esa corta distancia. Extendió la mano y ella subió, agarrándola.
Ella estaba estudiando su expresión con entusiasmo y aprensión. «No pude estar lejos de ti por más tiempo», declaró. «¡La niebla es buena para nosotros! Padre no pudo verme mientras avanzaba hacia proa. Debo decirte, Boyd. Me ha ordenado quedarme en popa».
Él no habló.
«¿Se ha atrevido a decirte lo que ha estado diciendo abajo sobre ti?»
«No creo que necesitara ningún atrevimiento especial por parte de tu padre; solo soy su sirviente», dijo, con amargura.
«¿Y él... él te insultó así?»
«Supongo que tu padre no miró lo que dijo como un insulto. Repito, soy un sirviente pagado».
«¡Pero lo que hiciste fue correcto! Sé que debe haber sido correcto, porque sabes todo sobre lo que es correcto hacer en el mar».
«Entiendo mis deberes».
«¿Y te culpó de algo?»
«Fue un poco peor que eso desde mi punto de vista». Él le sonrió, porque sus ojos estaban escaneando su rostro como si apelaran por un poco de consuelo.
«Boyd, no le hagas caso», suplicó. «Alguien que ha estado peleando con él en los negocios ha sido muy travieso. No sé exactamente de qué se trata todo esto. Pero tiene tantos asuntos que le preocupan. Y me regaña a mí de la misma manera, de vez en cuando».
«Sí, algunos hombres son lo suficientemente cobardes como para abusar de aquellos que deben buscar en ellos las comodidades de este mundo», declaró.
«Debemos hacer concesiones».
«No me quedaré en una posición donde un hombre que me contrata piensa que puede hablarme como si fuera un marinero de cubierta. Alma, me despreciarías si permitiera que me trataran a patadas como a un perro».
«Te amaría aún más por estar dispuesto a sacrificar algo por mí. Te quiero aquí, aquí con todo tu amor, aquí conmigo mientras duren estos días de verano». Le dio una palmadita en la mejilla. «¿Por qué no me dices que quieres quedarte conmigo, Boyd? ¿Que morirás si no podemos estar juntos? Podemos vernos aquí. Puedo traer a Nan Burgess al puente conmigo. A mi padre no le importará entonces. ¡Que cada día se cuide a sí mismo!».
«Quiero ser lo que tú quieres que sea, hacer lo que tú quieres que haga. Pero desearía que me dijeras que salga al mundo y haga algo de mi vida. ¡Alma, dime que me vaya! ¡Y espérame!».
Ella apoyó el rostro contra su hombro y buscó sus dedos, esforzándose por atraer uno de sus brazos alrededor de ella. Pero ambas manos de él estaban aferradas a la barandilla del puente. Él se resistió.
«¿Vas a ser como todos los demás? ¿Solo dinero, problemas y preocupaciones?». Ella se puso de puntillas y rozó con un beso su mejilla húmeda por la niebla. «¿Estás dormido, mi grandullón? Ayer estabas despierto».
«Creo que hoy estoy realmente despierto, y que ayer estaba soñando. Alma, no puedo esconderme a espaldas de tu padre para cortejarte. No puedo hacerlo. Voy a renunciar a este puesto. No puedo soportarlo».
«¡Yo digo que no! Te necesito».
«Pero...».
«No te dejaré ir».
Había algo dramático en su declaración; su comportamiento expresaba la plácida calma de una propiedad absoluta. Ella logró liberar los dedos reacios de él de la barandilla.
«Te amo porque eres capaz de olvidarte de ti mismo. Ahora no seas como todos los demás».
Él se dio cuenta de que un extraño aguijonazo de impaciencia lo estaba pinchando. La joven no parecía entender lo que su virilidad le estaba dictando.
«¡No debes ser egoísta, Boyd!».
Ella puso en palabras el vago pensamiento que lo había estado atormentando con respecto a la actitud de ella; y ahora que entendió cuál había sido su pensamiento, se sintió indignado por lo que parecía su propia deslealtad. ¡Y, sin embargo, la joven le estaba pidiendo que rehiciera su naturaleza!
«Me temo que todo está mal. Estas cosas nunca parecen salir bien», se lamentó él.
«Estás tratando de poner el mundo patas arriba de una vez, y todo solo. No pienses tanto, solemne yanqui. ¡Solo ama!».
Él la rodeó con sus brazos. «Estoy navegando en aguas nuevas. ¡No parece que conozca el rumbo verdadero ni las coordenadas correctas!».
«¡Quedémonos anclados hasta que se levante la niebla! ¿No es eso lo que suelen hacer los marineros?».
Él lo confesó, besándola cuando ella levantó su rostro tentador de su hombro.
«Ahora dejarás al futuro en paz, ¿verdad?», preguntó ella.
«Sí». Pero incluso mientras lo prometía, se veía obligado a enfrentar ese futuro.
Julius Marston, al pie de la escalera, llamó a su hija. «¿Estás ahí arriba?», preguntó bruscamente.
«Sí, padre».
«Baja aquí».
Ella le dio una caricia apresurada a su amante y obedeció.
El capitán Mayo se vio obligado a escuchar. Marston, en su ira, no mostró consideración alguna por los posibles oyentes.
«Te he dicho que te quedes en la popa, donde perteneces».
«En realidad, padre, no entiendo por qué...».
«¡Esas son mis órdenes! Yo entiendo. Tú no necesitas entender. Este mundo está lleno de tipos baratos que malinterpretan las acciones».
El capitán Mayo agarró los rieles de la escalera del puente y bajó a la cubierta sin tocar los peldaños con los pies. Apareció ante el padre y la hija con una brusquedad sorprendente.
«Sr. Marston, dejaré mi puesto a bordo tan pronto como pueda conseguir a otro hombre que ocupe mi lugar».
«¿Ah, sí?».
«Sí, señor».
«Firmaste los papeles por la temporada. No me resulta conveniente hacer un cambio». Marston habló con la aspereza de un hombre que había zanjado el asunto.
El capitán Mayo era consciente de que la joven intentaba atraer su mirada, pero mantuvo sus ojos resueltamente alejados del rostro de ella.
«Insisto en ser relevado».
«¡No tengo paciencia con la infantilidad en un hombre! Me vi obligado a reprenderte. Probablemente sabrás cuál es tu lugar después de esto». Se dio la vuelta.
«He decidido que no pertenezco a este yate», declaró Mayo, con un énfasis que sabía que la joven entendería. «¡Debe buscar otro capitán!».
«No puedo elegir capitanes en esta niebla, y no permito que nadie me diga cómo manejar mis propios asuntos. Te mantendré bajo tu contrato por escrito. Mantente listo para llevar telegramas a tierra por mí. Supongo que hay una oficina aquí, ¿no?».
«La hay, señor», respondió Mayo, rígidamente.
La joven, al partir, le dedicó una bonita mueca de triunfo, regocijándose claramente porque su impetuosa dimisión había sido rechazada tan autocráticamente. Pero Mayo respondió sombríamente a la burla de sus ojos. Había hablado con Marston como un hombre, y había sido tratado con la indiferencia desdeñosa que se le otorgaría a un siervo. Estaba herido por la ligereza con la que ella veía esa afrenta, incluso aunque su propio padre la hubiera infligido.
Se quedó solo por un tiempo, meditando sobre diversos actos temerarios. Pero bajo todo el tumulto de sus sentimientos estaba la comprensión de que la responsabilidad de la disciplina y la seguridad de aquel yate descansaba sobre sus hombros, y se dedicó a sus deberes. Llamó a dos de los tripulantes y ordenó bajar los peldaños de la pasarela y que el bote auxiliar de babor fuera liberado y bajado. Luego fue a la sala de cartas, se sentó en un cofre e intentó calcular si era maravillosamente feliz o supremamente miserable.
Marston se encerró rápidamente con sus tres sabios de negocios después de irse a popa. «Vamos a redactar esos telegramas ahora y enviarlos», les dijo. «Pensé que sería mejor esperar hasta haber expulsado la bilis de mi sistema. ¡Nunca intenten hacer negocios cuerdos y seguros cuando están enojados, caballeros! Me temo que esos telegramas no habrían sido exactamente coherentes si los hubiera escrito justo después de que ese barco de la línea Bee nos pasara a toda velocidad».
«He estado dispuesto a creer que Tucker entraría con nosotros en el acuerdo correcto», dijo uno de los asociados.
«Yo también», estuvo de acuerdo Marston. «He pensado que toda su verborrea era un farol para conseguir un precio mayor. Pero, después de lo que hizo hoy... ¡Oh, no! ¡Está decidido a pelear y aprovechó su oportunidad para mostrárnoslo! No creo en gran parte de esta charla habitual de pelea. Pero cuando un hombre se acerca y me golpea entre los ojos, empiezo a sospechar de sus intenciones».
«No hay necesidad de regatear con él por más tiempo, Sr. Marston. Hizo su trabajo tan sucio como pudo hoy; no ha dejado nada abierto a dudas».
«Lo siento», dijo otro del grupo. «Tucker se ha dejado poner desagradable».
«Yo también», respondió Marston, secamente. «Y me temo que también me estoy volviendo senil. Fui a proa y desperdicié tantos anatemas contra ese capitán mío como los que usaría para cerrar un trato de medio millón con una línea de tráfico de la oposición. Lo próximo que sabré es que estaré discutiendo con la chimenea. Pero debo confesar, caballeros, que Tucker me dejó sin aliento hoy. O se ha vuelto absolutamente loco o no entiende la fuerza de la combinación».
«Todavía no se ha despertado. No sabe a qué se enfrenta».
«Eso puede ser culpa nuestra, en cierto modo», declaró uno de los hombres. «No hemos podido dejar que hombres como Tucker conozcan todos los detalles».
«En los negocios, el que adivina bien es el que gana», declaró Marston. «Nuestra fusión no es algo para anunciar. Y si damos más explicaciones a Tucker, todo el plan será anunciado, pueden estar seguros de ello. El condenado idiota nos ha estado frenando tres meses, exigiendo más información, y no se puede confiar en él. ¡Solo hay una cosa que hacer, caballeros! ¡Eso!». Hundió el puño en la palma de su mano con un golpe significativo.
«¿Es la línea Bee absolutamente esencial en nuestros planes?».
«Cada línea a lo largo de esta costa es esencial para hacer de esas acciones de la fusión una propuesta hermética».
«Es una línea nueva y no está pagando dividendos».
«Bueno, en ese sentido, no tiene nada que envidiar a algunas de las otras líneas que estamos incluyendo en la fusión», sugirió un miembro del grupo, hablando por primera vez.
«¡Me temo que has dado en el clavo, Thompson! Los cascos estadounidenses parecen estar convirtiéndose en jardines de percebes», declaró el hombre que había cuestionado el valor de Tucker.
«¡Caballeros, solo un momento!». Julius Marston se inclinó hacia adelante en su silla. Su voz era baja. Sus ojos se entrecerraron. Los dominaba con su seriedad. «Me han seguido en una serie de empresas y hemos tenido buena suerte. Pero déjenme decirles que tenemos ante nosotros lo más grande hasta ahora, ¡y no podemos permitirnos dejar ningún cabo suelto! ¡Ni uno solo, caballeros! Es por eso que un tonto como Tucker no merece consideración cuando se interpone en nuestro camino. ¡Escúchenme! Va a suceder lo más grande que jamás haya ocurrido en este mundo. ¿Cómo lo sé? No estoy seguro de saberlo. Pero como les acabo de decir, el hombre que adivina bien es el ganador». Su nariz delgada estaba arrugada y la tira de barba en su barbilla se erizaba. A veces, los hombres llamaban a Marston «el zorro de Wall Street». Sugirió la razón de su apodo mientras se sentaba allí y miraba a sus asociados. «Y hay un instinto que ayuda a algunos hombres a adivinar bien. Algo va a suceder en este mundo antes de poco que convertirá en millonarios una y otra vez a hombres que hayan invertido unos pocos miles en cascos estadounidenses».
«¿Qué sucederá?», preguntó bruscamente uno de los hombres, después de un silencio.
«No soy clarividente ni adivino de cristal», dijo Marston, con severidad. «Pero los he llevado a hacer buenos negocios cuando mi instinto me lo susurraba. Digo que va a suceder, y no digo nada más».
«Para que los cascos estadounidenses valgan la pena, toda Europa tendría que estar ocupada haciendo otra cosa con sus barcos».
«¡Está bien! Entonces lo estarán haciendo», respondió Marston.
«Tendría que ser una guerra, una gran guerra».
«¡Muy bien! Quizás esa sea la respuesta».
«Pero nunca podrá haber otra gran guerra. Como financiero, lo sabes».
«He ganado dinero adhiriéndome a las reglas estrictas de las finanzas. Pero he ganado la mayor parte de mi dinero dando la espalda a esas reglas y escuchando a mi instinto», fue la respuesta de Marston. «No quiero influir demasiado en ustedes, caballeros. No me importa discutir más lo que puedan considerar sueños. No estoy prediciendo una gran guerra en Europa. El sentido común argumenta lo contrario. Pero voy a participar en esta propuesta de fusión de barcos con cada gramo de cerebro, energía y capital que poseo. ¡El hombre que se interponga en mi camino está tratando de apartar estas dos manos mías de millones!». Sacudió sus puños cerrados sobre su cabeza. «¡Y pasaré por encima de él, por los dioses! Ya sea Tucker o cualquier otro. Hemos tenido algunas buenas charlas sobre el tema, al principio y al final. Ahora empiezo a luchar y a aplastar la oposición. ¿Qué proponen hacer al respecto, caballeros?».
Se quedaron en silencio por un tiempo, mirándose unos a otros, preguntando sin palabras. Luego, a partir de su conocimiento de las asombrosas habilidades de Julius Marston, recordando sus éxitos pasados, llegó la resolución.
«Estamos contigo hasta el último dólar», le aseguraron, uno tras otro.
«¡Muy bien! ¡Son sabios!».
Abrió un cajón de su escritorio y sacó un libro de códigos. Presionó un timbre y el secretario vino apresuradamente desde su camarote.
«Iniciaremos la acción, caballeros, con una pequeña escaramuza de larga distancia a través del cable».
Comenzó a dictar sus telegramas.
VI ~ Y NAVEGAMOS
Oh, Johnny se fue a Baltimore Para bailar en ese suelo de arena. Oh, Johnny se fue para siempre; ¡No volveré a ver a mi John! ¡Oh, Johnny se fue! ¿Qué voy a hacer? ¡A-le-ja-dos! ¡H-e-e l-o-o-o! ¡Oh, Johnny se fue! ¿Qué voy a hacer? Johnny se fue a Hilo. —Vieja canción de arrastre.
El taciturno secretario buscó su camino hacia proa y entregó al capitán Mayo un pequeño paquete firmemente atado con cinta.
«Órdenes del Sr. Marston de que usted lleve esto a tierra, personalmente. Son telegramas importantes y quiere que se apresuren».
El capitán llamó a sus hombres al bote auxiliar, y remaron a través de la niebla. Era un trabajo delicado abrirse camino a través de esa oscuridad. Se puso de pie, inclinándose hacia adelante sosteniendo sus tensas cuerdas del timón, y dirigió su rumbo más por los oídos que por los ojos. Algunas de las embarcaciones ancladas, sabiendo que estaban en la carretera del puerto, hacían sonar sus campanas perezosamente de vez en cuando. Los botes de los yates hacían sus rondas, transportando grupos que pagaban y devolvían visitas, y estos botes se evitaban unos a otros mediante fuertes gritos. Los objetos pequeños se veían grandes y los sonidos pequeños se acentuaban.
La voz lejana de un bromista invisible anunció que podía encontrar su camino a través de la niebla perfectamente, pero que temía no tener la fuerza suficiente para empujar su bote a través de ella.
Pero Mayo conocía sus aguas en ese puerto y encontró el camino hacia el muelle. Sus verdaderas dificultades lo enfrentaron en la oficina de telégrafos del pueblo. Los navegantes de los yates visitantes habían inundado el lugar con mensajes, y la joven nerviosa estaba en un estado casi cercano a la histeria. Declaraba desafiante que no aceptaría más telegramas. En lugar de ponerse a trabajar en los que ya estaban archivados, pasaba el tiempo explicando sus limitaciones a los recién llegados.
El capitán Mayo se paró a un lado y observó durante unos momentos. Un suave empujón en el codo llamó su atención hacia un hombre mayor con bigotes escasos, que así solicitaba su atención. El hombre sostenía un papel doblado con cuidado por una esquina, mostrando un profundo respeto por su diminuta carga.
«Usted no es uno de estos dandis de yate; usted es un capitán, ¿verdad?», preguntó el hombre.
«Sí, señor».
«Bueno, entonces puedo hablar con usted, como un oficial a otro, y me alegra conocer a uno de mi propia raza. Soy el primer oficial de la goleta Polly. El Sr. Speed es mi nombre».
El capitán Mayo asintió.
«Y necesito ayuda y consejo. Este es el primer telegrafo que he tenido en mis manos. ¡Preferiría estar agarrado a una driza helada en una tormenta del noreste! Me han enviado a tierra para telegrafiarlo, y ahora ella dice que no lo pegará al cable, sea cual sea la forma en que hagan el condenado truco».
El capitán Mayo ya había notado que los mensajeros de los yates estaban perdiendo el tiempo molestando a la joven nerviosa; era una broma de buen humor, pero estaba bloqueando eficazmente el progreso en ese extremo de la línea.
Sintió el impulso instintivo de un «nativo» de acudir en ayuda de la joven que estaba siendo acosada por los juerguistas; la responsabilidad de su propio encargo lo impulsó a ayudarla a despejar la cubierta. Pero esperó, con la esperanza de que los navegantes de los yates se ocuparan de sus asuntos.
«¿Del Polly, Sr. Speed?», preguntó amablemente. «¿Está el Polly en el puerto? No lo vi en la niebla».
«Supongo que lo conoce, por la forma en que habla de él», respondió el gratificado Sr. Speed.
«Debería, señor. Fue construido en Mayoport por mi bisabuelo antes de que los astilleros Mayo comenzaran a producir barcos».
«¡Bueno, por todos los cielos! ¿Es usted un Mayo?».
El capitán hizo una reverencia y sonrió ante el entusiasmo mostrado por el Sr. Speed.
«¡Por las barbas! ¡Eso lo pone a usted casi en nuestra familia, por así decirlo!». El oficial lo examinó con interés y con creciente confianza. «Estoy en un lío, capitán Mayo, y necesito consejo y consuelo, supongo. Me dirigía directamente hacia mi deber habitual, y de repente me encontré trasluchado y en facha, y estoy allí ahora y a la deriva. Viendo que su gente construyó el Polly, considero que usted está en la familia, y que la Providencia lo puso justo aquí esta noche en esta oficina de telégrafos. ¿Conoce al capitán Epps Candage?».
Mayo negó con la cabeza.
«¿O a su hija, Polly, llamada así por el Polly?».
«No, debo confesarlo».
«Bueno, puede que sea mejor para usted que no lo haga», dijo Oakum Otie, retorciendo su barba rala en un mechón y parpadeando nerviosamente. «Allí estaba yo, avanzando recto y manteniendo el rumbo correcto, y entonces ella me miró y hubo un temblor en su voz y lágrimas en sus ojos, y lo siguiente que supe fue que estaba aquí en este lugar de telégrafos con esto». Levantó el papel doblado y su mano tembló.
El capitán Mayo no entendía y, por lo tanto, no hizo comentarios.
«Había una canción que solía cantar el viejo Ephrum Wack», continuó el Sr. Speed, volviéndose más confidencial y asegurándose de que los otros hombres en la sala estuvieran demasiado ocupados para escuchar. «El coro decía:
No le temo al mar embravecido, Ni a las criaturas que hay en él, sean cuales sean. ¡Pero una bruja de mujer es lo que me asusta!
Ahí he estado, apoyando al capitán Epps en todo el lío, y ella me llevó a un lado y me miró y me dijo algunas cosas con un temblor en su voz y sus ojos todos mojados y brillantes y...» —hizo una pausa y miró el papel con un desconcierto que era bastante lamentable— «y pasé por encima de todo el sentido común, las reglas del barco, la disciplina y todo, y vine aquí, trayendo esto para ser pegado al cable, o lo que sea que hagan con los telégrafos. Pero», añadió, con un tono vacilante, «¡es tan condenadamente bonita que no pude evitarlo!».
Aun así, el capitán Mayo se abstuvo de hacer comentarios o preguntas.
«La pregunta ahora es, ¿debería?», exigió el Sr. Speed. «Lo estoy integrando en la familia bajo mi propia responsabilidad. Usted es capitán, es nativo y necesito un buen consejo. ¿Debería hacerlo?».
«Me temo que tendrá que disculparme, señor. El asunto parece ser privado y, además, no sé de qué está hablando».
«Ella dice que es para la sombrerera, para que la sombrerera mantenga el trabajo abierto. Pero sospecho que es un rodeo hacia el pretendiente que está enamorado de ella. Ese es el estilo de las mujeres. El capitán Epps la secuestró para alejarla de ese tipo. Ahora ella ha hecho que funcione para poder regresar. Pero hay un pretendiente en medio en lugar de una sombrerera. Ella no estaría tan ansiosa por hacer llegar un mensaje a una sombrerera. Esa es mi idea, y supongo que es la suya también».
«Realmente no tengo ideas sobre el tema», respondió el capitán Mayo. «Pero si usted le ha prometido a una joven enviar un telegrama por ella, ciertamente mantendría esa promesa si estuviera en su lugar».
Al momento siguiente se arrepintió de su consejo bastante impetuoso, ya que el Sr. Speed golpeó el papel contra una palma dura y soltó: «¡Eso era todo lo que quería! Rumbo y coordenadas de un asesor de primera clase. Ahora, ¿cómo me pongo a trabajar para enviar esto?».
«He estado pensando en ese asunto durante los últimos minutos, yo mismo», reconoció el capitán. «Ya es hora de que haya un poco de acción en este lugar».
Se vio obligado a abrirse paso a codazos a través del grupo de hombres que rodeaba al operador de telégrafos. Oakum Otie lo siguió de cerca, resuelto a estudiar de cerca el misterio de la telegrafía, dándose cuenta de lo que necesitaba para su propia instrucción.
«Estos telegramas son importantes y deben salir de inmediato, señora», informó Mayo a la joven nerviosa.
«No puedo enviarlos. Estoy tan molesta que no puedo hacer nada», tartamudeó ella.
«Oh, olvídese de su trabajo, capitán», aconsejó uno del grupo.
«No es mi trabajo, señor». Puso el paquete de mensajes ante la operadora en su pequeño mostrador y golpeó con el dedo sobre ellos. «Deben salir», repitió.
«A su debido tiempo», advirtió el navegante, mostrando que resentía esta intrusión. «¡Y después de que termine la fiesta!».
«Tenía la intención de limitar mi conversación a esta joven», dijo Mayo. Se dio la vuelta y los enfrentó. «Pero he estado aquí el tiempo suficiente para ver que ustedes, caballeros, están interfiriendo con el negocio de esta oficina. Quizás sus mensajes no sean importantes. Los míos sí».
El navegante no estaba sobrio ni era sensato. «Vuelva a su trabajo, joven», aconsejó. «Se está metiendo entre caballeros».
«Yo también», chilló el Sr. Speed, con un ojo puesto en las nubes de cualquier tipo.
El capitán Mayo le dedicó a su partidario una mirada de asombro y placer mezclados. «Será mejor que no tengamos palabras sobre el asunto, caballeros», sugirió suavemente.
«Ciertamente no», declaró el portavoz. «Si siguen adelante, no habrá palabras, ni ninguna otra cosa».
«¡Entonces prescindiremos de las palabras!». La rápida ira de la juventud estalló en Mayo. El aire que se daba el hombre, más que sus palabras, le había ofendido profundamente. «Supongo que le gustaría tener esta habitación para usted solo, para que pueda ocuparse de sus asuntos», le preguntó al operador.
«Sí, así es».
Oakum Otie colocó su periódico doblado sobre el paquete del capitán Mayo.
«Señores, abandonarán la habitación», aconsejó el capitán.
El Sr. Speed sacó sus codos huesudos y golpeó sus puños duros entre sí. «Nunca me han gustado los señoritos», declaró. «Me han criado de esa manera. Todo mi entrenamiento con el capitán Epps ha sido de esa manera».
«¿Cómo encaja usted en esto?», exigió uno de los navegantes.
«Más o menos así», afirmó el Sr. Speed. Agarró al joven por ambos hombros y lo empujó hacia la noche antes de que nadie pudiera intervenir. Luego, el Sr. Speed reapareció de inmediato e inquirió: «¿Cuál es el siguiente?».
«Creo que todos se irán», dijo el capitán.
«Vamos», instó uno del grupo. «No podemos permitirnos meternos en una pelea con los nativos».
«Puedes apostar a que no pueden», replicó Oakum Otie. «¡No he estado lanzando manojos de tejas toda mi vida por nada!».
Mayo no dijo nada más. Pero después de que los navegantes lo observaran, se marcharon, convirtiendo el asunto en objeto de burla.
«Espero haber hecho lo correcto y demostrado que estaba agradecido por el buen consejo», sugirió el Sr. Speed, buscando elogios.
«Solo un poco precipitado, señor».
«Tal vez, pero no hay nada como dar a la gente una muestra solo para dejar clara la calidad de toda la pieza».
«Les doy las gracias, a ambos», dijo el agradecido operador.
«Será mejor que cierre su puerta», aconsejó Mayo. «Los hombres son irreflexivos cuando no tienen nada que hacer excepto jugar».
«¡Estoy tan agradecida! Y voy a romper una regla de la oficina», se ofreció la chica. «Enviaré sus telegramas primero».
«¡Y espero que pueda incluir ese pequeño en segundo lugar; no ocupará mucho espacio!», suplicó Oakum Otie. «Es para ayudar a una chica terriblemente bonita; ¡su aspecto es muy parecido al suyo!».
«Me encargaré de ello», prometió la joven, sonrojándose.
Fuera, en la calle del pueblo, el Sr. Speed se limpió la palma áspera contra la pernera de sus pantalones y le ofreció la mano al capitán. «Tendré que despedirme de usted aquí, señor. Tengo que hacer un pequeño recado: un pedazo de tabaco y una caja de fresas. Confieso que siento una terrible debilidad por las fresas. Cuando me atrapa el antojo y no puedo conseguir fresas, mi marca de fresa aparece detrás de mi oreja. Espero haber hecho lo correcto al enviar ese telegrafo por ella, pero es una lástima que un galán de tierra firme vaya a conseguir una chica tan bonita». Luego, Oakum Otie suspiró y se desvaneció en la penumbra brumosa.
Cuando el capitán Mayo estaba a mitad de camino del puerto, de regreso al yate, se enfrentó a un espectáculo que lo sobresaltó. La niebla fue repentinamente pintada con un fulgor rojizo que se extendió hacia lo alto y ardió de forma constante. Sus primeros temores sugirieron que un barco estaba en llamas. El Olenia yacía en esa dirección. Ordenó a sus hombres remar con fuerza.
Cuando irrumpió desde las brumas hacia la zona de la iluminación, sus recelos se disiparon, pero su curiosidad se despertó.
Una docena de botes auxiliares de yates se congregaron en una flotilla cerca de la popa de una vieja goleta oxidada. Todos los botes quemaban luces de Coston, y desde varios barcos los navegantes lanzaban cohetes que rayaban el manto de niebla con coloraciones extrañas.
La popa de la goleta estaba bien iluminada por las antorchas, y Mayo vio su nombre, aunque no necesitaba ese nombre para asegurarse de su identidad; era la venerable Polly.
La luz que flameaba a su alrededor, mostrando su aparejo y sus líneas, era extrañamente irreal y, más que nunca, parecía un barco fantasma. La espesa cortina de niebla atrapó el resplandor de las antorchas y lo reflejó sobre ella desde los cielos, y quedó delineada de forma fantástica desde el tope hasta la línea de flotación. Las sombras de los hombres en los botes auxiliares se proyectaban contra la pantalla de niebla en contornos grotescos, y una tripulación espiritual parecía estar trabajando en el aparejo superior de la vieja goleta.
El capitán Mayo ordenó a sus hombres que dejaran de remar y el bote auxiliar se acercó a la flotilla. Divisó a un patrón de yate al que conocía de cuando ambos estaban en el comercio de cabotaje.
«¿Cuál es la idea, Duncan?».
Su conocido sonrió. «Serenata para la chica del viejo Epps Candage; se la dedicamos por encima de su cabeza». Señaló hacia arriba.
Sobresaliendo por encima de la borda de la goleta estaba el rostro convulso del capitán Candage. La cólera parecía consumirlo. La luz caprichosa pintaba todo con patrones de arabescos; el rostro del capitán parecía el semblante de una gárgola.
Mayo, observando con el prejuicio natural de un «nativo», detectó burla en el asunto. Acababa de presenciar una exhibición del humor festivo de los navegantes de yate.
«¿Cuál es la excusa especial para esto?», preguntó, con amargura.
«Según la historia, Epps la ha traído con él en este viaje para romper un noviazgo».
«Bueno, ¿eso tiene algo que ver con esta actuación?».
«Oh, es solo una pequeña juerga», confesó el otro. «Se planeó en nuestro yate. El viejo Epps se portó como un patán hoy al insultar a algunos de los caballeros de la flota, y los muchachos le están dando una pequeña lección. ¡Eso es todo! ¡Es solo diversión!».
«Según mi criterio, es el tipo de diversión que duele cuando hay una chica de por medio, Duncan».
«Tan serio como siempre, ¿eh? Bueno, mi opinión es que un poco de diversión bienintencionada nunca hace daño a una chica bonita... ¡y dicen que esta es toda una belleza! Oh, ¡espera un minuto, Boyd!». El capitán del Olenia se había dado la vuelta y estaba a punto de dar una orden a sus remeros. «Deberías detenerte lo suficiente para escuchar esa nueva canción que uno de los caballeros del Sunbeam ha compuesto para la ocasión. Es una maravilla. Los escuché ensayándola en nuestro yate».
A pesar de su resentimiento impaciente en nombre de la hija de Epps Candage, el capitán Mayo se quedó. Justo entonces, el juglar acreditado de los navegantes se puso en pie, equilibrándose en un bote auxiliar. Fue claramente revelado por las luces, y magnificado por la aureola de niebla teñida que lo rodeaba. Cantó, en tiempo de vals, con un fino tenor:
«Nuestra Polly O, Por el mar tú vas; Más justa que un rayo de sol, encantadora como el brillo de la luna, ¡Todos nosotros te amamos tanto! Mientras las brisas soplen Para llevarte, Polly O, Seremos fieles a ti, Cruzando el azul hacia ti, Polly--Polly! Querida pequeña Polly, Polly--O-O-O!»
Terminó el verso y luego levantó ambos brazos con el gesto de un director de coro.
«¡Todos juntos, ahora, muchachos!».
Cantaron con alma, vigor y un efecto excelente.
Una ferocidad casi inarticulada, una furia casi apopléjica, se expresaban en el rostro sobre la borda desgastada por el clima.
«Dicen que la música calma a las fieras, pero no parece ser el caso», observó el capitán Duncan con una risita.
«¡Largo de aquí, borrachos! ¡Llamaré a la ley! ¡Los haré arrestar por... por alterar el orden público!».
Esa amenaza, considerando el entorno, provocó una gran hilaridad.
«¡Abran paso todos! ¡Viene un policía!», advirtió una voz burlona.
«Está caminando sobre el agua», explicó otro.
«El hombre debe estar loco», declaró el capitán Mayo. «Si bajara y se callara, ellos se cansarían y se irían en unos minutos».
Sin embargo, el capitán Candage parecía creer que retirarse sería muy perjudicial para su crédito. Siguió colgado de la borda, descargando una serie tan completa de juramentos de alta mar como jamás salió de los labios temblorosos de un marinero. Por lo tanto, los juguetones navegantes se divirtieron mucho y se quedaron para seguir provocándolo. De vez en cuando cantaban la canción de Polly con renovado entusiasmo, mientras el enfurecido patrón bailaba al compás de ella en su furia loca y lanzaba sus brazos como un director de orquesta chiflado.
El Sr. Speed vino remando en su bote, poniendo todas sus fuerzas, salpicando con los remos. «¡Dios mío! Capitán Mayo», jadeó, «los oí gritar '¡Oh, Polly!' y temí que se estuviera incendiando. ¿Cuál es el problema?».
«Será mejor que suba a bordo, señor, e induzca al capitán Candage a bajar y quedarse quieto. Se está convirtiendo rápidamente en un completo idiota».
«No tengo influencia sobre él. Le pido e imploro que suba a bordo y lo calme, señor. Usted puede hacerlo. Escuchará a un Mayo».
«Será mejor que no lo intente. No es trabajo para un extraño, Sr. Speed».
«¡Va a terminar lanzándoles todo ese cargamento de tejas!».
«Haga que su hija lo convenza».
«¡No la escuchará cuando está tan alterado!».
«¡Lo siento! ¡Remen, hombres!».
Sus remeros dejaron caer los remos al agua y se alejaron con evidente renuencia.
«Mejor quédate a ver cómo termina», aconsejó el capitán Duncan.
«No me interesa mucho su espectáculo», declaró Mayo, secamente.
Las cortinas del camarote estaban cerradas en el Olenia, y se sintió especialmente aislado de la compañía humana. Fue hacia proa y caminó de un lado a otro de la cubierta, repasando sus asuntos problemáticos en su mente, pero haciendo un mal papel en sus esfuerzos por poner algo en su lugar correcto.
No había indicios de que los navegantes que daban la serenata estuvieran cansándose de su método para matar el tiempo durante una velada atrapados por la niebla. Habían conseguido banjos y mandolinas, y cantaban la canción de Polly con mejor efecto y mayor deleite. Y continuamente la voz ronca del patrón del Polly rugía maldiciones, retorcidas en nuevas formas de profanidad.
Pero el capitán Mayo, caminando bajo el brillo húmedo de la luz de fondeo, prestó poca atención al alboroto. Estaba demasiado absorto en sus propios problemas para sentir un interés especial en lo que hacían sus vecinos. Ni siquiera notó que una brisa empapada de niebla había comenzado a soplar espasmódicamente desde el este y que las brumas se estaban deshaciendo sobre su cabeza.
Sin embargo, de repente, un sonido se impuso a su atención; escuchó el chirrido de las poleas y supo que se estaba izando una vela. El estrato de niebla a baja altura seguía siendo espeso, y no pudo percibir la identidad de la embarcación que se proponía aprovechar la brisa perezosa. El sonido de los bloques sonaba a intervalos rápidos e indicaba prisa; había una sugerencia de determinación cruel por parte de los hombres que tiraban de las drizas. Entonces, el capitán Mayo escuchó el tintineo constante de los trinquetes del cabrestante. Conocía los métodos de los Apple-treers, su cautela y sus hábitos pausados, y apenas podía creer que un patrón de cabotaje tuviera la intención de abandonar el puerto esa noche. Pero los trinquetes del cabrestante comenzaron a hacer clic en staccato, mostrando que el ancla se había soltado.
Gritos de protesta desde todas partes en la penumbra saludaron esa señal.
No había forma de confundir la voz ronca del capitán Candage cuando se alzó en respuesta; sus tonos se habían vuelto familiares después de esa velada de maldiciones.
«¡Condenados sean, conozco una forma de deshacerme de todos ustedes!».
«¡No intentes mover tu anclaje!».
«¡El anclaje se irá al diablo! ¡Me voy al mar!», bramó el patrón del Polly.
«¡Abajo con ese gancho! ¡Vas a destrozar toda esta flota de yates con tu vieja carreta!».
«¡Me han empujado a ello! ¡Ahora pueden asumir las consecuencias!».
Al momento siguiente, Mayo escuchó el desgarro del aparejo y un choque.
«¡Ahí van dos botes auxiliares y nuestro tangón! ¡Maldita sea, hombre, suelta el gancho!».
Pero desde ese momento, el capitán Candage, en lo que a su boca respectaba, mantuvo un silencio ominoso. El habla astillada del estrago era más elocuente.
Mayo no podía ver, pero entendía en detalle qué daño causaba a la delicada estructura de los yates ese pesado y viejo cacharro de goleta. Aquí, otro tangón arrastrado mientras ella empujaba perezosamente su mole a través de la flota; allá, un casco esmaltado rayado por los pernos de sus oxidadas placas de cadena. Ahora un bote auxiliar aplastado contra los pescantes salientes, luego un naufragio de aparejos de cabeza arácnidos, un bauprés astillado y un mastelerillo de proa arrastrado hacia abajo. Si el capitán Mayo hubiera tenido alguna duda sobre los detalles de los desastres, habría recibido información completa de la iluminación profana de las víctimas.
Sabía bien que el capitán Candage no estaba actuando con la intención deliberada de causar todo ese daño. Con el poco viento que había, la goleta no estaba bajo control. Estaba a la deriva hasta que consiguió suficiente impulso para ser dirigida. Mientras tanto, hacía lo que se le ponía por delante. El Polly había estado anclado cerca del Olenia. Tan pronto como su ancla dejó el fondo, la goleta fue a la deriva por el puerto. Mayo supo, en unos minutos, que Candage la estaba virando. Un estallido especial de choques señaló esa maniobra.
Mayo olfateó la brisa, juzgó la distancia y la dirección, y luego corrió hacia adelante y golpeó con el puño la escotilla del castillo de proa.
«¡Saquen a todos los hombres!», gritó. «¡Saquen defensas y lonas!».
Con el viento como estaba, se dio cuenta de que la goleta apuntaría en dirección al Olenia cuando Candage se dirigiera al mar.
Por fin, Mayo vislumbró la goleta a través de la niebla. Su cálculo había sido correcto. Se dirigía hacia él. Se movía tan lentamente que era prácticamente ingobernable; sus proas apenas agitaban una onda, pero con la brisa ayudando a la corriente de marea, venía irresistiblemente, cayendo gradualmente y prometiendo golpear de costado al gran yate.
Mayo tenía el orgullo de un marinero en su nave y la devoción de un capitán por el deber. No se conformó con limitarse a dar órdenes a los hombres que salieron tropezando a la cubierta.
Agarró una enorme defensa de las manos de uno de los marineros que parecía inseguro sobre qué hacer; corrió hacia proa y la empujó por encima de la borda, inclinándose mucho para ver que estaba colocada correctamente para absorber el impacto. Prestaba más atención a la seguridad del Olenia que a lo que el Polly, que se acercaba, pudiera hacerle.
Bajo todos los baupreses de las goletas, para sujetar los estays de proa, se proyecta hacia abajo un palo corto, en ángulo recto con el bauprés; se le llama martingala o delfinera. Los aparejadores aficionados que habían manipulado el aparejo del Polly de forma improvisada no se habían molestado en alisar los clavos con los que habían reparado el extremo inferior de la martingala. El capitán Mayo se agachó para esquivar un obenque, y los clavos se engancharon limpiamente en la parte trasera de su chaqueta marinera. El Sr. Marston había comprado una tela excelente y resistente para el uniforme de su capitán. La tela resistió, los clavos estaban bien fijados, el Polly no se detuvo y, por lo tanto, el capitán del Olenia fue arrancado de su propia cubierta y se fue con ellos.
Durante toda la velada, el cuello de Mayo había estado abotonado estrechamente alrededor de su cuello para evitar la humedad de la niebla, y cuando fue atrapado por los clavos, el cuello se apretó fuertemente alrededor de su garganta y contra su laringe. Su grito de ayuda fue solo un graznido estrangulado. Sus hombres estaban dispersos a lo largo del costado del yate, tratando de protegerlo, la noche lo cubría todo y nadie notó la forma en que el capitán se marchó.
La vieja goleta avanzó chirriando más allá del Olenia, raspando la brillante pintura del yate y manchándolo con alquitrán y limo. Fue como si el espíritu rencoroso de lo impuro hubiera encontrado una oportunidad repentina para profanar lo limpio.
Entonces, el Polly siguió su camino hacia la noche con el camino despejado hacia mar abierto.
VII ~ HACIA EL LÍO DESDE EL ESTE
Adiós a los amigos, adiós a los enemigos, Adiós a los queridos parientes. Nos dirigimos a través del océano azul, Con destino a las naciones extranjeras. ¡Entonces obedece la llamada de tu contramaestre, Camina lejos con esa driza! Y pensaremos en esas chicas cuando ya no podamos quedarnos. Y pensaremos en esas chicas cuando estemos lejos, muy lejos. --Desatracando.
Durante los primeros instantes, después de ser arrebatado de esa manera, Mayo quedó colgado de la delfinera sin moverse, como un hombre paralizado. Estaba asombrado por la repentina naturaleza de este secuestro. Tenía miedo de forcejear. Momentáneamente esperaba que la tela cediera y que fuera arrollado bajo el casco de la goleta. Entonces comenzó a sentirse débil por falta de aliento; estaba casi garroteado por su propio cuello. Cuidadosamente levantó las manos y las colocó sobre un estay por encima de su cabeza y se levantó para poder aliviar su garganta del agarre asfixiante del cuello. Quedó colgando allí sobre el agua durante algún tiempo, sintiendo que no tenía fuerzas suficientes, después de su asfixia, para levantarse hacia las cadenas o balancearse hacia el estribo.
Miró hacia arriba y vio el mascarón de proa; parecía estar sonriéndole con una mueca irritante. Había algo de triunfo amable en esa sonrisa. En el desorden de sus sentimientos, había una agravación personal y provocadora en la expresión del mascarón de proa. Le maldijo como si fuera algo humano. Su ira le ayudó, le dio fuerzas. Comenzó a balancearse y, por fin, pudo pasar un pie sobre un estay.
Descansó un tiempo y luego se dio otro impulso, logrando montar a horcajadas sobre el bauprés. Juzgó que debían estar fuera del promontorio de Saturday Cove, porque la brisa era más fuerte y el mar gorgoteaba y mostraba hilos blancos de espuma contra las proas romas. Sus esfuerzos habían consumido más tiempo del que se había dado cuenta en el estado aturdido producido por su cuello asfixiante.
Escuchó el estallido del motor de una lancha a lo lejos, y se sintió animado por la pronta convicción de que la persecución estaba en marcha. Por lo tanto, se apresuró a ponerse en contacto con el patrón del Polly. Trepó a bordo a lo largo del bauprés y tanteó su camino hacia popa sobre las pilas de madera, obligado a moverse lentamente por miedo a los tropiezos. Una o dos veces gritó, pero no recibió respuesta. Percibió tres figuras tenues en el alcázar cuando llegó allí: tres hombres. El capitán Candage caminaba de un lado a otro.
«¿Quién diablos eres?», bramó el viejo patrón. «¡Bájate de aquí! Esto no es un barco de pasajeros».
«Me bajaré muy rápido y me alegraré de ello», replicó Mayo.
«¡Bueno, me quedo de piedra!», explotó el Sr. Speed, asomando la cara por el timón. «Es...».
«¡Cállate!», rugió el patrón. «¿Cómo es que estás a bordo aquí como polizón?».
«No digas tonterías», espetó el capitán Mayo. «Los clavos de tu vieja martingala me engancharon. ¡Paren y déjenme bajar!».
«¡Eso es, paren!», repitió Oakum Otie, empezando a girar el timón.
El capitán Candage se volvió hacia su contramaestre con la violencia de un trueno. «¡Maldita sea tu piel, quién da las órdenes a bordo aquí! ¡Mantén el rumbo!».
«Pero esto es...».
«¡Cállate!». Fue una explosión de esfuerzo vocal. «¡Mantén el rumbo!».
«Y yo digo, paren y dejen que esa lancha me recoja», insistió Mayo.
El capitán Candage se acercó lo suficiente para notar el abrigo del uniforme del capitán del yate. «¿A quién crees que estás dando órdenes, petimetre con rayas doradas?».
«Esa lancha viene por mí».
«¿Crees que eres de tanta importancia, eh? ¡No, señor! Es un grupo de ellos persiguiéndome para que regrese al puerto y sea demandado, embargado y apresado por abogados baratos».
«¡Deberías ser apresado y embargado! No tenías nada que hacer saliendo de ese puerto en la oscuridad».
«Debería haber tomado una votación de los señoritos, ¿eh?, para saber si tenía derecho a izar mi ancla o no».
«No estoy aquí para discutir. Puedes hacerlo en los tribunales. Te digo que te pongas al viento y esperes a ese barco».
«Debería hacerlo, capitán Candage», baló Oakum Otie. «Este es...».
«¡Cállate! Estoy dirigiendo mi propia goleta, Sr. Speed».
«Pero él es uno de los...».
«No me importa si es uno de los Apóstoles. Conozco mi propio negocio. ¡Cállate! ¡Mantén el rumbo!».
Dio dos vueltas a lo largo del alcázar, entrecerrando los ojos hacia la noche.
«Escuche, Candage, usted y yo vamos a tener muchos problemas el uno con el otro si no muestra algo de sentido común. Debo volver a mi yate».
—¡Salte por la borda y nade de regreso! No lo estoy impidiendo. Yo no le pedí que subiera a bordo. Puede marcharse cuando esté listo. ¡Pero esta goleta se dirige a Nueva York, tienen prisa por recibir esta madera y yo no voy a detenerme en paradas intermedias! —Echó otro vistazo al tiempo, se lamió el pulgar y lo sostuvo contra la brisa—. ¡Sur-suroeste, y que siga su rumbo! ¡Y cierre la boca! —le ordenó a su segundo.
Mayo agarró uno de los pescantes del bote y saltó a la borda.
—Somos algo más grandes que una aguja, pero mientras el pajar siga siendo lo bastante espeso, ¡supongo que no tenemos por qué preocuparnos! —comentó el capitán Candage, aguzando el oído para escuchar el escape de la lancha a motor.
—¡Hoi-oi! —gritó Mayo hacia la noche, por la popa. Sabía que los hombres oyen mal por encima del ruido de un motor de gasolina, pero estaba resuelto a seguir gritando.
—¡Por aquí, hombres! ¡Por aquí con ese bote!
—¡Basta de lanzar esos alaridos! —ordenó Candage.
Pero Mayo persistió con todas sus fuerzas. Su atención estaba concentrada enteramente en sus esfuerzos y no estaba preparado para el repentino ataque por la espalda. El capitán del Polly agarró las piernas de Mayo y lo tiró hacia atrás, sobre la cubierta. El joven cayó pesadamente y su cabeza golpeó los tablones con una violencia que le hizo perder el sentido.
Cuando abrió los ojos, miró hacia arriba y vio una lámpara colgante que crujía en sus gimbals mientras se balanceaba con el movimiento de la goleta. Estaba en el camarote del Polly. A continuación, se dio cuenta de que era incapaz de moverse. Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra un puntal, sus manos atadas a su espalda con ligaduras que lo sujetaban al soporte vertical. Pero el aspecto más incómodo de su predicamento era un pasador que le habían metido en la boca como un bocado para un caballo díscolo, y que estaba asegurado con ataduras detrás de la cabeza. Estaba amordazado eficazmente. Además, la parte posterior de su cabeza le dolía de forma muy aguda. Hizo rodar los ojos y descubrió que tenía una compañera en su miseria. Una joven muy bonita estaba sentada en una silla plegable al otro lado del camarote. Su rostro expresaba mucha compasión.
Soltó un gorgoteo de súplica muda por ayuda, y entonces percibió que ella estaba atada a su silla.
—Ojalá pudiera quitarle esa cosa horrible de la boca, señor.
Él le dirigió una mirada que le aseguró que compartía su deseo.
—Mi padre me ha atado a esta silla. Intenté hacer que detuviera su espantosa conversación cuando llegaron los botes y encendieron las luces. Me puso aquí abajo y me hizo prisionera. Es terrible todo lo que ha estado sucediendo. ¡No puedo entenderlo! Espero que no piense demasiado mal de mi padre, señor. Sinceramente, parece haber perdido la razón.
Él quería devolver alguna respuesta reconfortante a esta sentida súplica, pero solo pudo balancear la cabeza contra el puntal y emitir sonidos inarticulados.
—Parecía estar muy amargado cuando lo trajo abajo. No pude hacer que escuchara razones. He estado pensando... ¿quizás usted es el caballero que dirigió el canto que le hizo enfadar tanto?
Mayo sacudió la cabeza violentamente en protesta ante esta sospecha.
—No me importó —le aseguró ella—. Sabía que solo era por diversión. —Reflexionó durante unos minutos—. Tal vez no se habrían burlado de una de sus amigas de la ciudad de esa manera... pero supongo que los hombres deben divertirse cuando están lejos de casa. Solo que... ¡me lo ha puesto difícil! —Había lágrimas en sus ojos.
El rostro de Mayo se puso púrpura mientras intentaba hablar a través del pasador que lo retenía y hacerle entender sus sentimientos sobre el tema de aquella serenata.
—No intente hablar, señor. Lo siento mucho. ¡Es vergonzoso!
Después de eso, hubo silencio en el camarote durante mucho tiempo. Él miró hacia la lámpara oscilante, su mirada vagó por el sencillo camarote. Pero sus ojos seguían volviendo al rostro de ella. No podía usar su lengua, e intentó decirle con sus miradas, con pequeños gestos de disculpa, que lo sentía por ella en su aflicción. Ella respondió a esas miradas con manifiesta incomodidad.
Tras una ausencia que se prolongó para satisfacer su propio agrio capricho, el capitán Candage bajó a pisotones por la escala. Se detuvo entre sus cautivos y miró con severidad, primero a uno y luego al otro.
—Ambos me culpan, supongo, por lo que no pudo evitarse.
—Padre, escúchame ahora, si te queda algo de sentido común —gritó la chica, con pasión—. Quítale esa cosa horrible de la boca a ese caballero.
—Se ha llegado a una situación lamentable en este mundo cuando un hombre honesto no puede llevar a cabo sus propios asuntos privados sin tener que atar a entrometidos para poder tener un poco de paz. —Se acercó a Mayo y sacudió un dedo amonestador bajo la nariz del joven—. Ahora, ¿para qué subió a bordo aquí, metiéndose en mis asuntos?
El indignado capitán hizo sus mejores esfuerzos para dar una respuesta adecuada, pero solo pudo emitir una serie de «gorgoteos».
—Y ahora, encima de todo, mi segundo, que nunca llega a hacer nada de lo que debería hacerse hasta que es dos días demasiado tarde, me dice que usted es uno de los Mayo. ¿Por qué no se me informó? Podría haber hecho arreglos para mostrarle algunos favores. Podría haber orzado y haberme arriesgado, considerando quién es usted. Y ahora es demasiado tarde. ¡Todo el mundo parece estar listo para aprovecharse de mí!
De nuevo Mayo intentó hablar.
—¿Por qué no dejas de balbucear y hablas con sentido? —gritó el iracundo patrón, con un olvido enloquecedor del predicamento del cautivo.
—Padre, ¿estás completamente loco? No le has quitado ese pasador de la boca.
—¿Esperas que un hombre recuerde todo cuando está envuelto en sus propios asuntos y todo el mundo intenta meterse en ellos? —gruñó Candage. Rebuscó en su bolsillo y sacó una navaja. Cortó los cabos de cuerda que sujetaban el pasador—. ¡Si puedes hablar con sentido, te ayudaré a hacerlo! Supongo que ahora puedes gritar todo lo que quieras. Esos tipos de ciudad no pueden encontrar ni sus propias bocas en la niebla, mucho menos esta goleta. ¡Ahora habla!
Mayo movió sus doloridas mandíbulas y recuperó la voz. —Sabe cómo terminé subiendo a bordo, capitán Candage. Soy el patrón del Olenia. Regrese conmigo si quiere evitar problemas.
—¡Ni por todo el oro del mundo, señor! No voy a dar la vuelta y enfrentarme a esos arrecifes en esta niebla. ¡Tengo mar abierto por delante y seguiré adelante!
Mayo era un marinero que conocía esa costa, y admitió para sí mismo que la terquedad de Candage estaba justificada.
—No soy responsable de que usted subiera a bordo. Lo desembarcaré tan pronto como pueda... y eso cubre la ley, señor.
Durante un prolongado silencio, los dos hombres se miraron fijamente.
—En cualquier caso, capitán Candage, confío en que no considerará que tiene derecho a mantenerme atado aquí por más tiempo.
—Ahora que hay un mejor entendimiento sobre quién es el jefe a bordo, no sé si tengo miedo de tenerlo suelto —admitió el patrón—. Solo le advierto que recuerde sus modales y no olvide que yo soy el capitán.
Blandió su navaja, se inclinó y cortó las ligaduras. Luego cruzó el camarote y realizó el mismo servicio para su hija.
—¡Supongo que puedo permitirme tenerte suelta también, ahora que ya no puedes decirme mis asuntos delante de un montón de ociosos lanzando besos a diestra y siniestra!
—¡Padre! ¡Oh, oh! —Se llevó las manos a la cara.
El capitán Candage parecía tener algunos problemas para mantener su papel de patrón de barco autoritario; desvió sus ojos del ceño fruncido de Mayo y observó a su hija con incertidumbre mientras se rascaba la oreja.
—Cuando un hombre no es el jefe en su propia goleta, más vale que deje de ir al mar —murmuró—. ¡Algunas personas saben que es la verdad, al estar en posición de saberlo, y a otras hay que demostrárselo! —Subió a pisotones por la escala hacia la noche.
El capitán Mayo esperó durante algunos minutos. La chica no levantó la cabeza.
—Sobre eso... Lo que dijo sobre... ¡Usted entiende! ¡Sé que no es así! —titubeó.
—Gracias, señor —dijo ella, agradecida, sin dejar de ocultarle el rostro.
—Los hombres a veces hacen cosas muy tontas.
—No sabía que mi padre pudiera ser así.
—Estaba pensando en los hombres que vinieron y le molestaron. Puedo entender cómo se sintió, porque yo mismo soy un «nativo».
—Pensé que usted era de fuera.
—Mi nombre es Boyd Mayo. Soy de Mayoport.
Ella lo miró con franco interés.
—Mi familia construyó esta goleta —afirmó él, con modesto orgullo.
—Soy Polly Candage... me llamaron así por ella.
—¡Es una lástima! —soltó él—. No quiero decir que el nombre no esté bien —explicó, torpemente—, pero no creo que ninguno de los dos esté particularmente orgulloso de este viejo cacharro en este preciso momento. —Caminó por el camarote, se sentó en un banco y comprobó el chichón en la parte posterior de su cabeza con la palma cautelosa.
Ella no respondió, y él puso los codos en las rodillas y procedió a cuidar su resentimiento privado en silencio, excluyendo por completo a su compañera de sus pensamientos. Ahora que había sido arrebatado tan sumariamente de su odiosa posición a bordo del Olenia, su deseo de dejarla no era tan intenso. Tras la declaración de Mayo al propietario, Marston podría concluir fácilmente que su patrón había desertado. Su reputación y su licencia como patrón de barco estaban en peligro, y ya había tenido un amargo sabor de la intolerancia de Marston ante las deficiencias. Si Marston quería molestarse en arruinar a un ciudadano tan humilde, la malicia tenía un arma a mano. Pero, sobre todo, a Mayo le preocupaba la opinión que tendría Alma Marston sobre la situación. Ella creería que él se había caído por la borda en la escaramuza con el atacante Polly o que había desertado sin previo aviso, y en el caso de un amante, ambas suposiciones eran agonizantes. Su angustia era tan evidente que la chica, desde su asiento en el banco opuesto, extendió su simpatía en las miradas que se atrevió a dedicarle.
—¿Cómo se rasgó tanto la chaqueta por detrás? —se aventuró ella finalmente.
—Por los pasadores que su excelente padre dejó sobresaliendo de su tangón —dijo él, con una especie de resentimiento infantil en su tono.
—Entonces es justo que le ofrezca remendarla para usted.
Se apresuró hacia un armario, como si estuviera contenta de tener una excusa para ocuparse. Sacó su pequeño costurero y luego se acercó a él y le tendió la mano.
—Quítesela, por favor.
—No hace falta que se moleste —protestó él, todavía brusco.
—Insisto. Por favor, permítame hacer algo para compensar la travesura del Polly.
—Estará bien hasta que pueda llegar a tierra... y tal vez no tenga necesidad de volver a usar la chaqueta de todos modos.
—¿No me permite hacer algo que me quite la mente de mis problemas, señor? —Entonces chasqueó los dedos contra su palma y hubo un espíritu de comando maternal en su voz, a pesar de su juventud—. ¡Insisto, digo! Quítese la chaqueta.
Él obedeció, con una pequeña sonrisa arrugándose en las comisuras de su boca, un destello de luz en su tristeza general. Después de haber colocado la chaqueta en sus manos, se sentó en el banco y observó sus dedos ocupados. Trabajaba con destreza. Cerró los desgarros y luego zurció las partes deshilachadas con trozos del hilo sacado de la propia chaqueta.
—La está dejando casi como nueva.
—Una chica de campo debe saber cómo remendar y zurcir. La gente del campo no tiene tantas cosas que tirar como la gente de la ciudad.
—Pero eso... lo que está haciendo... eso es verdadero arte.
—Mi tía hace costura y yo le he ayudado. Y últimamente he estado trabajando en una sombrerería. Cualquier chica debería saber cómo usar su aguja.
Él recordó lo que el Sr. Speed había dicho sobre el motivo de su presencia en el Polly. Echó una mirada despectiva alrededor del austero camarote y decidió en su mente que el Sr. Speed había informado con veracidad y pleno conocimiento de los hechos. Seguramente ninguna chica elegiría ese tipo de cosas para unas vacaciones de verano.
Ella bajó la cabeza más sobre su trabajo y él fue consciente de una simpatía más cálida por ella; sus atribulados asuntos del corazón estaban en una situación similar. Sintió el impulso de decir algo para consolarla y supo que agradecería la comprensión y el consuelo de ella; prontamente tuvo miedo de su propia lengua y puso freno a todo discurso.
—Un hombre nunca sabe hasta dónde puede llegar al decir tonterías cuando empieza —reflexionó—. Sintiéndome como me siento esta noche, será mejor que mantenga la conversación bien amarrada.
Ahora que sus manos estaban ocupadas, ella no encontró el silencio embarazoso. Mayo volvió a sus feas meditaciones.
Después de un tiempo se vio obligado a moverse en el banco. La goleta estaba escorando de una manera que mostraba el empuje del viento. Miró hacia arriba y vio que la lluvia estaba empañando con grandes salpicaduras el cristal sucio de las ventanas. La escotilla de la escala estaba abierta, y cuando aguzó el oído, con el interés del marinero por el clima, escuchó al viento jadeando en el espacio abierto con un extraño «gorgoteo» en su tono.
Instintivamente comenzó a buscar un barómetro por el camarote.
Ya ese día el cristal del Olenia le había advertido por su tendencia a la baja. Se preguntó si una lectura posterior indicaría algo más ominoso que la niebla.
Al otro lado del camarote notó una especie de instrumento que oscilaba de un gancho en una varenga. Investigó. Era un barómetro improvisado, el regalo publicitario de una compañía de levadura. El contenido de su tubo estaba revuelto hasta la altura de la marca que decía «Tornado».
—¡No se puede saber nada por eso! —El capitán Candage había bajado al camarote y estaba detrás de su invitado involuntario—. Ha registrado «Tornado» desde que el cristal se agrietó. Y aun así, es tan fiable como cualquiera de esas otras cosas de juguete.
—¿No tiene un barómetro normal, un aneroide? —preguntó el capitán Mayo.
—Puedo oler todo el tiempo que necesito sin molestarme con uno de esos artilugios —declaró el patrón de la goleta, con aire señorial. Comenzó a sacar oleados sucios de un armario.
Mayo se apresuró a subir por la escala y sacó la cabeza. Había peso y amenaza en el viento que aullaba junto a sus oídos. La niebla había desaparecido, pero la noche era negra, sin destello de estrellas. Las crestas blancas de las olas que galopaban junto al barco salpicaban la oscuridad con señales ominosas.
—Si puede oler el tiempo, capitán Candage, su nariz debería decirle que esto promete ser algo bastante desagradable.
—Oh, podría ser llamado desagradable por los novatos en un yate de lujo, pero he navegado los mares en mi día y temporada, y no corro hacia un charco de la costa cada vez que el viento susurra un poco. —Estaba jugueteando con un botón bajo su nítida barba de chivo y le lanzó al otro hombre una mirada de superioridad.
—No me clasifica con los novatos de yate, ¿verdad?
—Bueno, usted estaba justo en un yate, ¿no es así?
—Mire aquí, capitán Candage, bien puede entender, ahora y aquí, que soy uno de sus tipos de marineros. Disculpe por hablar personalmente, pero quiero informarle que desde los quince hasta los veinte años fui un pescador de Gran Banco. La temporada pasada fui capitán del arrastrero de viga *Laura and Marion*. He trabajado en barcos de vapor en el estrecho y he sido primer oficial en el comercio de pino en aguas del sur. He tenido la oportunidad de descubrir más o menos sobre el clima.
—¡Un-huh! —comentó el patrón, fingiendo indiferencia—. ¿Qué hay sobre eso?
—Le digo que no tiene por qué correr hacia este desastre que se está formando desde el este.
—Si usted ha sido tanto y tan poderoso en su tiempo, entonces entenderá que un capitán no recibe órdenes de nadie cuando está a bordo de su propia embarcación.
—Lo entiendo perfectamente, señor. No estoy dando órdenes. Pero mi propia vida significa algo para mí y tengo el derecho de decirle que está tomando riesgos temerarios. ¡Y usted también lo sabe!
La mirada del capitán Candage se desvió. Era un costero y era naturalmente cauteloso, como los de Apple-tree están obligados a ser. ¡Sabía perfectamente que estaba en presencia de un hombre que sabía! No tenía la seguridad para discutir con ese hombre, aunque su resentimiento general contra todo el mundo en ese momento se lo pedía.
—Salí porque me expulsaron —gruñó.
—Un hombre no puede permitirse ser infantil cuando está al mando de una embarcación, señor. Es usted un capitán demasiado viejo para negarlo.
—Estaba tan enfadado que no me detuve a oler el tiempo —admitió el patrón, preparándose para enfrentar una nueva escora del inclinado Polly. Evidentemente sentía que debía defender su propia sagacidad y absolverse de la culpabilidad de marinero.
—¡Muy bien! ¡Déjelo así! Pero, ¿qué va a hacer?
—No puedo volver a Saturday Cove contra este viento, ¡no ahora! Haría que sus malditas viejas cuadernas se salieran.
—Entonces diríjalo hacia Lumbo Reach. Puede tomar un mar de popa en ángulo. Debería navegar bastante bien.
—Eso es una estocada estrecha en una noche tan negra como esta.
—Haré un rumbo cruzado para usted. ¿Dónde está su carta? —Mayo mostró la ansiedad alerta de un marinero por ser útil.
—Nunca he necesitado una carta, no para esta costa.
—Entonces tendré que adivinarlo, señor. —Cerró los ojos para concentrarse—. Dio un rumbo de sur-suroeste. Veamos... eran las nueve y cuarto cuando miré y debemos haber navegado...
—No sirve de nada intentar entrar en un agujero en la pared como Lumbo Reach —declaró Candage con tonos desalentadores.
—Pero tiene su brújula y yo puedo...
—No hay forma de depender de mi brújula en dos puntos y medio.
—¡Maldita sea, puedo hacer ajustes, señor, si me dice su desviación!
—Pero es una brújula de tarjeta y gira tan mal en un mar picado que no hay forma de saberlo, de todos modos. En mi cabotaje no he tenido que ser meticuloso.
—No mientras tuviera un manzano a la vista —se burló Mayo, empezando a perder los estribos.
—No me atrevo a navegar en dirección a algo que sea sólido; lo golpearemos seguro, y el fuego del infierno tostará pan de maíz. ¡Tenemos que quedarnos en el mar!
El capitán Mayo apretó los dientes, cerró los puños y dio unos cuantos paseos por el camarote. Miró hacia la noche a través de la escotilla abierta de la escala. El pálido destello de la lámpara oscilante arrojaba una suave luz contra la oscuridad e iluminaba dos rostros que se perfilaban contra esa palidez. Tanto Oakum Otie como Smut-nosed Dolph estaban al timón. Se necesitaba su fuerza unida porque la goleta estaba guiñando locamente de vez en cuando cuando las olas más poderosas del mar espumoso levantaban su popa, persiguiéndola por detrás como caballos salvajes. Esos rostros, cuando Mayo los miró, estaban muy solemnes. Los dos estaban agachados como hombres que deseaban esconderse de una bestia salvaje. Gruñían mientras luchaban con el timón, intentando mantenerla erguida cuando el Polly toboganeaba con carreras que casi cortaban la respiración.
Mayo se apresuró hacia la chica. —Debo tener mi chaqueta, señorita Candage. Le doy las gracias. Ya servirá.
Ella la sostuvo abierta para sus brazos, como una doncella podría ayudar a su caballero con su armadura. —¿Estamos en peligro? —preguntó, temblorosa.
—Espero que no... solo es incómodo... e innecesario —dijo él, con cierta irritación.
—¿Debo quedarme aquí abajo... sola?
—¡Yo lo haría! Solo es una ráfaga de verano, señorita Candage. Estoy seguro de que estaremos bien.
El capitán Candage había subido a cubierta, traqueteando en sus rígidos oleados.
Mayo lo siguió, pero el patrón bajó unos pocos escalones hacia la escala e interceptó al voluntario, mostrando un destello final de su mal humor.
—¡Quiero notificarle que puedo dirigir mi propio barco, señor!
—Sí, diríjalo con un barómetro de levadura, un fondo de paja, una brújula de molinillo y su disposición general de mal genio —gritó Mayo hacia el remolino del viento, su ansiedad afilando su muy probado temperamento.
—Si te sientes de ese modo, no te quiero aquí arriba.
—¡Me siento peor de lo que nunca podrás entender, viejo loco y terco!
—Dejé que un hombre me llamara loco hoy y no le respondí, pero sé dónde poner el límite —advirtió Candage.
—¡Mire, me propongo empezar con usted ahora mismo, señor, sobre una base que entenderá! ¡Digo que es usted un loco y que necesita un tutor, y de ahora en adelante voy a imponer mi autoridad a bordo! ¡Quítese de mi camino!
El capitán Mayo enfatizó entonces su opinión sobre el capitán Candage apartando al patrón de un codazo y saltando a cubierta.
—Eso puede ser un motín —declaró el señor Speed entre dientes apretados, conteniendo la exclamación de sorpresa de su ayudante al timón—. ¡Pero, por Judas Iscariote, es un Mayo quien lo está haciendo! ¡Recuerda eso, Dolph!
VIII ~ COMO INSECTOS BAJO UN DEDAL
Sube el patrón desde el fondo, y mira a lo alto y mira a lo bajo. Y mira a lo bajo y mira a lo alto, y dice: «¡Recojan sus cabos, ahí, de proa a popa!». ¡Con un gran Guau-guau! ¡Tiri-riri-rín! ¡Fal de rai de, ri do day! --Canción marinera de Boston.
El capitán Mayo caminó directo hacia los hombres en el timón. —¡Denme esos radios! —ordenó—. ¡Yo la llevaré! ¡Recojan su ropa, muchachos!
—¡Sí, señor! —asintió el señor Speed, dándole un empujón violento al reacio Dolph.
Cuando el capitán Candage comenzó a maldecir, el capitán Mayo demostró que tenía voz y vocabulario propios. Literalmente rugió contra el patrón del Polly.
—¡Ahora cállese! —ordenó al estupefacto patrón, quien lo enfrentaba con la boca abierta—. Este no es momento para más tonterías. Es un caso de trabajar juntos para salvar nuestras vidas. ¡Abajo con ellos, muchachos!
—Eso es correcto —declaró el primer oficial—. No necesita mucho más encima que un guante de doble rizo con el pulgar arriado.
El viento no había alcanzado la velocidad de un vendaval, pero tenía un gruñido feo que sugería mayor violencia. Mayo se preparó, listo para virar la goleta y dar a la tripulación la oportunidad de reducir velas.
El capitán Candage, depuesto como autócrata por el momento, parecía inseguro sobre sus deberes.
Mayo, comprendiendo la naturaleza marinera, sintió cierta contrición y fue impulsado por una segunda reflexión más sensata.
—Será mejor que tome el timón, capitán Candage. Conoce sus trucos mejor que yo en alta mar. Ayudaré a los muchachos a recoger vela.
El patrón obedeció con presteza. Parecía amedrentado. La ira ya no le nublaba el juicio sobre su difícil situación.
—Solo dígame qué quiere que se haga e intentaré hacerlo —le dijo a Mayo con una voz que se había vuelto repentinamente suave y casi suplicante. Luego llamó a su hija, quien había llegado al pie de los escalones de la escala: —¡Mejor apaga esa luz de la cabina, Polly! Es probable que ella baile bruscamente y no queremos correr el riesgo de un incendio.
Mayo vislumbró su rostro mientras se apresuraba sobre la caseta de cubierta camino a las drizas de la mayor. Su cara estaba pálida, pero había un espíritu firme de su ascendencia marinera yanqui en su porte y en su mismo silencio ante aquella crisis. Obedeció sin queja ni pregunta y la cabina quedó a oscuras; incluso el destello de la luz había tenido algo de alegría. Ahora la penumbra era sombría y deprimente.
La goleta viró con una especie de prisa asustada cuando el patrón puso el timón a fondo y pisó los radios con todo su peso. Tan pronto como la vela mayor comenzó a flamear, los tres hombres la soltaron de golpe. Mantuvieron la vela de proa, como llaman al foque principal; tomaron rizos en la vela de trinquete hasta su mínima expresión.
Mayo, joven, ágil y entusiasta, anudó por sí solo más rizos que sus dos ayudantes juntos, y sus órdenes tajantes fueron obedecidas sin cuestionamientos.
—Ciertamente es un rayo en pantalones —confió Dolph a Otie.
—Conoce su oficio —dijo Otie a Dolph.
El capitán Mayo abrió camino hacia popa, arrastrándose sobre las tablas y listones.
—Espero que sea su criterio, señor, que será mejor mantenerla contra el viento como está y tratar de capear este temporal —sugirió al patrón.
—Es mi criterio, señor —respondió el capitán Candage con gravedad oficial.
Al pairo, el viejo Polly navegaba con bastante comodidad. Iba cargado hasta los topes con madera, pero la madera la hacía boyante y se elevaba fácilmente. Su manga ayudaba a estabilizarla entre los mares embravecidos, pero el capitán Mayo se aferraba a un obenque, enfrentando el viento y la lluvia torrencial, y sabía que el Atlántico abierto no era lugar para el Polly en una noche como aquella.
La espuma de las crestas de las olas en su proa cabeceante salaba la lluvia en su rostro goteante. Era una tempestad fuera de estación, difícil de esperar en esa época del año. Pero él había tenido frecuentes experiencias con los caprichos de los vientos del este, y sabía que un viento del este de verano, cuando llega, conlleva posibilidades amenazantes.
—Sabían cómo construir goletas cuando sus antepasados construyeron esta en Mayoport —declaró el capitán Candage, tratando de poner un tono conciliador en su voz mientras rugía contra la ráfaga—. Vivirá donde uno de estos yates de lujo del doble de su tamaño sería sepultado.
Mayo no respondió. Saltó sobre la caseta y ayudó a Dolph y a Otie a recoger la vela mayor que yacía desparramada en los lazy-jacks. Se tomaron su tiempo; el peligro más inminente parecía haber pasado.
—Nunca supe de una tormenta de verano que significara mucho —observó el señor Speed, tratando de animarse, aunque se aferraba con ambas manos para evitar ser arrastrado fuera de la resbaladiza caseta.
—Depende de si hay una ráfaga especial extra anudada en algún lugar a barlovento —dijo Mayo, en una calma del viento—. ¡Entonces puede significar un demonio de mucho, señor Speed!
La goleta lavó su nariz en una ola curva que entró a bordo y barrió la cubierta hacia popa. Con su pequeña área de vela expuesta y con el viento golpeándola, se había detenido y derivado, sin gobierno. Recibió varios golpes similares antes de haberse reunido lo suficiente para encarar el viento.
Nuevamente derivó, como tratando de evitar una ráfaga violenta, y otra ola se encrespó frente a la proa roma y luego pareció explotar, dejando caer toneladas de agua sobre cubierta. Listones, madera y manojos de tablillas fueron arrancados y arrojados al mar. El Polly parecía estar mostrando su propia sagacidad en esa crisis; estaba deshaciéndose de la carga para su propia salvación.
—¡Buen Cefas! Esto va a hacernos perder la carga de cubierta —se lamentó el patrón—. ¡Será mejor dejarla correr!
—¡No haga eso, señor! ¡Nunca podrá virarla! —Mayo había dejado su trabajo con la vela y estaba escuchando. Sobre el chillido de las ráfagas que lo asaltaban, estaba oyendo un rugido sordo y solemne a barlovento. Sospechaba lo que indicaba ese sonido. Lo había oído antes en su experiencia. Intentó mirar hacia la tormenta, restregando la lluvia de sus ojos con los dedos. Entonces la naturaleza sostuvo una antorcha para él. Un destello vívido de relámpago se onduló sobre ellos y extendió una amplia luz a través del mar. Sus sospechas, que habían sido despertadas por ese rugido sombrío, quedaron confirmadas. Vio una pared baja de agua blanca, rodando y espumando. Era un «escupitajo» de verano pisoteando las olas.
Un escupitajo es un fenómeno inusual en una tempestad regular; una locura de pleno verano en la agitación del clima. Es un rayo de viento, una concentración de vendaval, un derviche giratorio de desastre: viento compactado en una sola ráfaga todopoderosa; viento suficiente para durar un vendaval regular durante un día entero si las reservas se gastaran con parsimonia.
—¡No la relaje ni un centímetro! —gritó Mayo.
Pero justo entonces otra ola creciente subió a bordo y recogió más listones y más tablillas, y se alejó jugueteando hacia la noche con el botín. El sentido de la economía del capitán Candage recibió un golpe más vital que su sentido del miedo. Sus ojos estaban en el timón y no había visto la pared de espuma blanca.
—Esa carga de cubierta tiene que ser asegurada —murmuró. Decidió navegar con el viento hasta que ese trabajo pudiera realizarse. Giró el timón a fondo. Mayo había estado montado a horcajadas sobre la botavara mayor, acercándose al capitán para hacerse oír. Cuando el voluntario vio al patrón del Polly tratando de dar la espalda al enemigo de esa manera, saltó hacia el timón, pero era demasiado tarde. La goleta había derivado demasiado. El aullante escupitajo los atrapó mientras estaban equilibrados de costado en la cima de una ola, antes de que la lenta nave hubiera completado su giro.
Lo que sucedió entonces podría haber servido de confirmación a la superstición de los marineros de que un verdadero demonio reina en el corazón de la tempestad. El ataque al viejo Polly mostró una inteligencia diabólica en el trabajo en equipo. Un golpe de mar rompedor aprovechó la carga de cubierta suelta y lanzó a la goleta un impacto lateral que envió toda la madera en un deslizamiento contra la borda de sotavento y el aparejo. La vela mayor solo había sido asegurada parcialmente; el escupitajo sopló contra la lona flameante con toda su fuerza y la vela se soltó y se hinchó.
¡Al instante siguiente, el Polly volcó!
Se fue de lado con toda la violencia inútil y pesada de un hombre que ha tropezado con un tendedero caído en la oscuridad.
Los cuatro hombres que estaban en cubierta eran marineros y no necesitaron órdenes cuando sintieron ese balanceo que enferma el alma mientras se inclinaban. Instintivamente, al unísono, se lanzaron hacia la entrada de la cabina.
Indudablemente, como marinero, el primer pensamiento de cada uno fue que la goleta se estaba volcando sobre su costado. Por lo tanto, permanecer en cubierta significaba que se deslizarían al agua o que una ola rompedora los arrastraría.
Cayeron rodando juntos en la oscuridad, y los cuatro, con un impulso de preservación tan instantáneo y verdadero como el de la araña de trampilla, pusieron sus manos en el cierre de la escotilla y las hojas de la puerta.
El capitán Mayo, con la mano aún en el pomo, se encontró arrastrado bajo el agua sin entender al principio qué había sucedido. Soltó su agarre y salió a la superficie, escupiendo. Oyó a la joven gritar en un extremo terror, tan cerca de él que su aliento rozó su rostro. Extendió su brazo y la atrapó mientras forcejeaba buscando apoyo. Cuando encontró algo sobre lo que pararse y se estabilizó, no pudo comprender qué había ocurrido; el suelo sobre el que estaba tenía extrañas irregularidades.
—¡Hemos volcado! —chilló el señor Speed en la oscuridad absoluta—. ¡Hemos volcado por completo! ¡Estamos boca abajo! ¡Estamos de pie sobre el techo!
Entonces Mayo caminó un poco y se convenció de que las irregularidades bajo sus pies eran las vigas y los baos.
¡El Polly había sido volcado en serio! El señor Speed tenía razón: ¡estaba totalmente boca abajo!
Incluso en ese momento de estrés, Mayo pudo deducir cómo había sucedido. El escupitajo debió haber arrancado toda la lona podrida de sus mástiles mientras rodaba y no hubo refuerzo que la mantuviera sobre su costado cuando se dio la vuelta.
El capitán Candage estaba escupiendo y chapoteando cerca, bramando sus temores. Luego comenzó a llamar a su hija de manera lastimera.
—¿Te has ahogado, Polly querida? —gritó.
—La tengo a salvo, señor —le aseguró Mayo con voz ronca, tratando de limpiar el agua de su garganta—. Párese sobre una viga. Puede mantener la mitad de su cuerpo fuera del agua.
—Se acabó todo para nosotros —jadeó el patrón—. Estamos sentenciados.
Tal oscuridad absoluta e impenetrable Mayo nunca la había experimentado antes. Sus voces resonaban sordamente, como si estuvieran en un barril enorme al que se le hubiera puesto una tapa.
—«Ahora me acuesto a dormir, ruego al Señor que guarde mi alma» —tembló el cocinero—. Si alguien conoce una oración mejor, desearía que la diga.
—Completamente al revés, boca abajo. Peor que moscas en un charco de melaza de Puerto Rico —se lamentó el señor Speed.
El patrón se unió al primer oficial en su lamentación. —¡He traído a mi bebé a esto! ¡He traído a mi Polly aquí! Dios me perdone. ¿No puedes hablarme, Polly?
Mayo encontró a la joven muy quieta en el hueco de su brazo y puso su mano libre contra su mejilla. Ella no se movió bajo su tacto.
—Se ha desmayado, señor.
—¡No, está muerta! ¡Está muerta! —Candage comenzó a llorar y a chapotear a través de la cabina, guiado por la voz de Mayo.
—Está bien, está respirando —le aseguró el joven al padre—. ¡Aquí! ¡Por este camino, capitán! Tómela. Manténgala arriba. Quiero ver si se puede hacer algo por nosotros.
—¡No se puede hacer nada! —sollozó Candage—. Estamos acabados.
—Estamos acabados —afirmó Oakum Otie.
—Estamos acabados —hizo eco Dolph.
Mayo entregó a la joven a los brazos tanteadores de su padre y permaneció unos momentos reflexionando sobre su desesperada situación. No tenía esperanzas. En su corazón estaba de acuerdo con las convicciones que sus compañeros expresaban en un falsete infantil. Pero siendo un joven marinero que encontraba su cabeza por encima del agua, resolvió seguir luchando en esa emergencia; el adagio del marinero de cabotaje es: «¡No mueras hasta que Davy Jones apriete su pellizco final en tu garganta!».
Primero que nada, consideró cuidadosamente lo que había sucedido. El Polly había sido volcado tan rápidamente que se había transformado en una especie de campana de buceo.* Es decir, una cantidad considerable de aire había quedado atrapada y ahora estaba retenida en ella. Estaba comprimida por el agua que era forzada desde abajo a través de las ventanas y la claraboya destrozada. La presión en las sienes de Mayo le proporcionaba información sobre este punto. El Polly estaba flotando, y sintió una confianza reconfortante en que continuaría flotando por algún tiempo. Pero esta perspectiva no aseguraba la seguridad ni prometía vida a los desafortunados que habían quedado atrapados en sus entrañas. El aire debía escapar gradualmente o viciarse a medida que lo respiraban.
* La extraña aventura del Polly no es una improbabilidad de la ficción. Una goleta de Bath, Maine, cargada de madera, fue volcada exactamente de esta manera frente a Hatteras. La hazaña del capitán Boyd Mayo ha sido igualada en la vida real en todos sus detalles. Mi buen amigo, el capitán Elliott C. Gardner, ex patrón del único barco de siete mástiles del mundo, el Thomas W. Lawson, me proporcionó esos detalles, y después de escribir esta parte del relato se lo envié para su confirmación. Ha recibido su respaldo. --H. D.
Solo había una cosa que hacer, decidió: aprovechar cualquier período de tregua que su antiguo enemigo, el mar, hubiera permitido en esa batalla desesperada.
Un marinero es presa de los peligros y víctima de lo inesperado en los estados de ánimo siempre cambiantes del océano; debe ser maestro de recursos y hábil lidiador de emergencias.
—¿Dónde están sus herramientas, una sierra, un cincel? —exigió Mayo. Se vio obligado a repetir esa pregunta varias veces. Sus compañeros parecían estar totalmente absorbidos por sus penas personales.
Finalmente, el señor Speed detuvo sus gemidos el tiempo suficiente para declarar que las herramientas estaban en «el lazareto».
El lazareto de un barco de cabotaje es un almacén bajo la cubierta de popa, depósito de trastos generales y equipos de repuesto.
—¿Hay alguna forma de llegar a él excepto a través de la escotilla de cubierta?
—Hay una puerta que atraviesa, detrás de la escalera de la entrada —dijo el señor Speed con indiferencia lánguida.
Mayo se abrió paso más allá de la escalera después de haber caminado y tropezado aquí y allá y haberla localizado. Apoyó sus hombros contra la inclinación de los escalones y empujó la puerta con sus pies. Después de forzarla, entró en el almacén. Era una tarea a ciegas buscar algo en ese lugar. Conocía los hábitos generales de las tripulaciones de cabotaje descuidadas y estaba seguro de que las herramientas habían sido arrojadas entre el resto del desorden por la última persona que las usó. Si hubieran estado sueltas en el suelo, ahora estarían sueltas en el techo. Movió sus pies con la esperanza de pisar algo que se sintiera como una sierra o un cincel.
—¡Ahoy, ustedes allí afuera! —llamó—. ¿No tienen idea de en qué parte de este lazareto estaban las herramientas?
—Oh, probablemente solo fueron arrojadas —dijo el señor Speed—. ¡Ojalá no me molestaras tanto! Estoy tratando de componer mi mente para rezar.
Había tanto desorden y cosas bajo sus pies que Mayo abandonó la búsqueda después de un tiempo. Había contenido la respiración y metido la cabeza bajo el agua para poder investigar con sus manos desnudas, pero no encontró nada que pudiera ayudarlo, y su cerebro estaba mareado después de sus esfuerzos y su boca estaba llena de agua sucia.
Pero cuando se abrió camino de regreso a la cabina principal, sus manos entraron en contacto con el interior de la puerta del lazareto. En lazos de cuero en la puerta encontró sierra, hacha, cincel y martillo. No pudo evitar algunos juramentos sinceros y satisfactorios.
—¿Por qué no me dijeron dónde estaban las herramientas? Están aquí en la puerta.
—Me había olvidado de recogerlas. Y de todos modos, mi mente no está en las herramientas.
—Su mente estará en ellas tan pronto como pueda llegar allí —gruñó el incensado capitán.
Mayo no estaba seguro de lo que necesitaba o de lo que estaría obligado a hacer, por lo que tomó todas las herramientas, manteniéndolas por encima del agua. Cuando pasó junto al capitán Candage, oyó al viejo patrón tratando de consolar a la joven, su voz baja y entrecortada por los sollozos. Ella había recuperado la conciencia y Mayo se sintió un poco arrepentido; en su desmayo no se había dado cuenta de su situación; temía la histeria y otras demostraciones femeninas, y sabía que necesitaba todos sus nervios.
—¡Vamos a morir, vamos a morir! —seguía gimiendo la joven.
—Sí, mi pobre bebé, y te he traído a esto —sollozaba su padre.
—Por favor, mantengan su coraje por un poco de tiempo, señorita Candage —suplicó Mayo con tristeza.
—¡Pero no hay esperanza!
—Hay esperanza mientras tengamos un poco de aire y un poco de valor —insistió—. ¡Ahora, por favor!
—¡Tengo miedo! —susurró ella.
—Yo también —confesó él—. Pero todos vamos a trabajar lo mejor que sepamos. ¿No puedes animarnos como una chica valiente y buena? —Siguió caminando a tropezones—. Ahora dígame, primer oficial —ordenó con vivacidad—, ¿qué tan grueso es el mamparo entre la cabina, aquí, y la bodega?
—No puedo molestarme en pensar —respondió el señor Speed.
—Es solo un revestimiento entre las vigas, señor —declaró el capitán Candage.
—Primer oficial, usted y el cocinero échenme una mano para ayudarme.
Oakum Otie interrumpió la oración a la que había regresado rápidamente. —¿Cuál es el uso? —exigió, con una ira que su miedo hacía infantil—. Le digo que estoy tratando de componer mi alma y quiero que este alboroto se detenga.
—¡Yo también digo cuál es el uso! —se quejó Dolph—. No puedes remar una galleta a través de un charco de melaza con un par de palillos de dientes —añadió, usando la metáfora de cocinero para algo absolutamente desesperado.
Mayo les gritó con una violencia que hizo un ruido espantoso en ese espacio estrecho. —¡Ustedes dos hombres caminen hacia aquí o iré por ustedes con un hacha en una mano y un martillo en la otra! ¡Maldita sea, hablo en serio!
Se quedaron en silencio, luego sonó el chapoteo del agua y se acercaron, murmurando. Habían reconocido el tono de desesperada determinación en su orden.
Mayo, cuando escuchó sus respiraciones estertorosas cerca, tanteó por ellos y les metió las herramientas en las manos. Se quedó con el martillo y el cincel para sí mismo.
—Eso es casi todo para lo que los necesito ahora, como estantes de herramientas —gruñó—. Asegúrense de no dejarlas caer.
La goleta volcada rodaba pesadamente, y de vez en cuando el agua chapoteaba a través de su cabina con un impulso adicional, haciendo que el equilibrio fuera inseguro.
—Si me caigo tendré que soltarlas —se quejó Dolph.
—Entonces no subas. Ahogarse será una muerte más fácil para ti —declaró el capitán, amenazante. Estaba sondeando el mamparo con su martillo.
Los golpes le indicaron rápidamente dónde se encontraban las vigas verticales al otro lado del revestimiento. En su fuero interno no estaba tan optimista como su actividad podría haber sugerido. Era un experimento a ciegas: no podía calcular los obstáculos que tenía por delante. Pero entendía, bastante bien, que si debían escapar, tenían que hacerlo a través del fondo de la embarcación, en el centro; allí, por mucho que se bamboleara, podría haber algo de obra muerta. Había visto embarcaciones flotando con la quilla al sol. Por lo general, una sección de la quilla y una parte de las tracas de aparadura estaban a la vista sobre el mar. Pero no podía haber escape a través del fondo de la nave sobre ellos, donde estaban en la cabina. Sabía que la aleta y la culata debían estar bien sumergidas.
—¿Lleva carga completa en la bodega? —preguntó.
—No —declaró el capitán Candage, insinuando con su tono que se preguntaba qué diferencia podría suponer eso para ellos en la situación en la que se encontraban.
Mayo sintió un poco de ánimo renovado. Había temido que la bodega de la Polly estuviera atestada de madera. Su creciente optimismo le incitó a un poco de sarcasmo.
—¿Cómo es que no taponó la trampa que nos tendió?
—No pude meter más que dos tercios de la carga abajo porque la madera estaba cortada demasiado larga. Lo compensé con una carga extra en cubierta.
—Sí, la apiló toda en cubierta para hacerla inestable, para asegurarse de atraparnos —sugirió Mayo, empezando a trabajar con su martillo y cincel en el revestimiento.
—¡Ni hablar! —exclamó el capitán Candage, sin captar la ironía—. Esas tejas y listones son carga de paquete, y no pude ponerlos abajo porque tengo que entregarlos antes de llegar a Nueva York. Y no esperará que descargue toda una carga de cubierta solo para…
—Ahora no —interrumpió Mayo—. El océano Atlántico se ha ocupado del asunto de esa carga de cubierta.
—¡Dios mío, sí! —se lamentó el patrón—. ¡Estaba olvidando que estamos boca abajo, y eso demuestra el estado mental en el que me encuentro!
Mayo había elegido su lugar para las operaciones. Hundió el cincel a través del revestimiento lo más cerca posible del suelo de la cabina. Recordando que la goleta estaba boca abajo y que el suelo estaba sobre su cabeza, la abertura en la que empezaba a trabajar lo acercaría más a la sentina. Cuando hubo cincelado un agujero lo suficientemente grande para empezar, consiguió la sierra del contramaestre y cortó una abertura cuadrada. Se izó a sí mismo, se abrió camino a través del agujero y se encontró sobre madera y fuera del agua. Era lo que había estado esperando encontrar, tras las seguridades del patrón: la carga parcial de madera en la bodega se había asentado sobre la cubierta cuando la goleta volcó. Investigando con manos tanteadoras, se aseguró de que había al menos tres pies de espacio entre la carga y el fondo de la embarcación.
—¡Venga aquí con su hija, capitán Candage! —llamó alegremente—. Aquí está seco.
Se arrodilló y extendió las manos a través de la abertura, dirigiéndolas con su voz, adentrándose en la oscuridad absoluta hasta que las manos de ella encontraron las suyas, y entonces la subió hacia él y la hizo entrar sobre la madera.
—Es un poco mejor, aunque no sea para presumir —le dijo—. Siéntese ahí a un lado para que los hombres puedan entrar pasando por su lado. Los necesitaré para que me ayuden.
—¿Y qué piensa ahora? ¿Moriremos? —preguntó ella en un susurro tembloroso.
—No, no lo creo —le dijo él con firmeza.
Estuvieron solos en la bodega por unos momentos mientras los otros se ayudaban unos a otros a pasar por la abertura.
—¡Pero en esta trampa, en la oscuridad, hacinados aquí! —Su tono no expresaba duda; era un esfuerzo patético por entender su situación—. Mi padre y sus hombres están asustados; se han rendido. ¡Y usted me dijo que está asustado!
—¡Sí, lo estoy!
—Pero no están haciendo nada para ayudarle.
—Quizás sea porque no están tan asustados como yo. Suele ocurrir que cuanto más asustado está un hombre en un apuro, más se mueve y más se esfuerza por salir.
—No me importa lo que diga, ¡sé lo que es usted! —respondió ella—. Es un hombre valiente, capitán Mayo. ¡Se lo agradezco!
—¡Todavía no! Hasta que…
—¡Sí, ahora! Me ha dado un buen ejemplo. Cuando la gente tiene miedo, ¡no debería sentarse a gemir!
Él extendió la mano y encontró un puñito regordete que ella había cerrado en un verdadero nudo de decisión.
—¡Buen trabajo, pequeña! Tu tipo de valor me está ayudando. —Él soltó su mano y se arrastró hacia adelante.
—Esto no nos ayuda en nada —se quejó el capitán Candage—. Sé lo que nos va a pasar. En cuanto amanezca, un maldito guardacostas vendrá resoplando y nos hará volar sin molestarse en averiguar qué hay bajo este caparazón de tortuga.
—Oiga, mire aquí, Candage —llamó el capitán Mayo, enfadado—, ¡ya basta de esa charla! Bastante nos está pasando como para que usted siga con su parloteo infernal sobre lo que pueda pasar.
—¿No es hora de que un hombre de verdad ayude al capitán Mayo en lugar de estorbarlo? —preguntó la joven. Evidentemente, su nueva compostura sorprendió a su padre.
—¿Ya no tienes miedo, Polly? No estarás perdiendo la cabeza, ¿verdad?
—No, la he recuperado, espero.
—Su hija le está dando un buen ejemplo, capitán Candage. ¡Ahora pongámonos manos a la obra, señor! ¿De qué es el revestimiento sobre las cuadernas?
—Abeto de pulgada y media, si mal no recuerdo.
—Supongo que tiene cuadernas cada doce pulgadas.
—Casi, que yo recuerde.
—¡Muy bien! Vengan los tres hacia adelante y tengan esas herramientas a mano, ya que las necesitaré.
Había traído el martillo y el cincel en los bolsillos de su chaquetón y comenzó a trabajar en el revestimiento sobre su cabeza, habiendo elegido al tacto y por sentido de la orientación una sección que consideraba casi en el centro. Fue un esfuerzo a ciegas, pero logró arrancar unos pocos pies cuadrados de tablones de abeto después de un rato.
—Pásenme esa sierra, quienquiera que la tenga.
Una mano vino tanteando hacia la suya en la oscuridad y le dio la herramienta. Empezó por una de las cuadernas de roble, descubierta al quitar los tablones. Fue un trabajo difícil y tedioso, pues solo podía usar la punta de la sierra, ya que las cuadernas estaban muy juntas. Pero trabajó con tesón y, al fin, el sonido de su diligencia pareció animar a los demás. Cuando descansó un momento, el capitán Candage se ofreció a ayudar con el serrado.
—Creo que tendré que hacerlo solo, señor. No se puede saber en la oscuridad dónde he dejado de serrar. Sin embargo, me alegra ver que está recuperando el juicio —añadió con cierta causticidad.
El patrón de la Polly recibió aquella reprimenda con una mansedumbre que indicaba un decidido cambio de actitud. —Supongo que Otie, Dolph y yo nos hemos estado comportando de una manera bastante pusilánime, como oí decir una vez a una maestra —confesó el capitán, esforzándose con la palabra larga—. Pero nosotros tres ya no somos tan jóvenes como antes, y le dejo a usted, señor, que juzgue si esto no era algo con lo que nadie hubiera contado jamás.
—Tiene su buena dosis de novedad —dijo Mayo, en tono seco, pasando los dedos por la cuaderna para encontrar la marca de la sierra. El dolor había desaparecido de sus brazos y estaba listo para empezar de nuevo.
—Siento que lo hayamos arrastrado a todo este problema —continuó Candage—. Y por otro lado, ¡no me arrepiento! Porque si usted no hubiera estado con nosotros, nunca habríamos salido de este apuro.
—Todavía no hemos salido, capitán Candage.
—Bueno, estamos haciendo un comienzo extraordinariamente bueno, y quiero decir aquí, en presencia de todos los interesados, que usted es el sujeto más inteligente que he visto jamás a flote.
—Espero que perdone a mi padre —suplicó Polly de la Polly. Él sintió el aliento de ella en su mejilla. Estaba tan cerca que su voz casi le hizo sobresaltar—. No pretendo estorbarle, capitán Mayo, pero de alguna manera me siento más segura si estoy cerca de usted.
—Y supongo que todos nosotros también —admitió el capitán Candage.
Mayo dejó de serrar un momento. —¿Qué dicen, hombres? ¡Seamos marinos yanquis de ahora en adelante! Seremos de los buenos, ¿eh? ¡Pondremos a esta valiente pequeña donde pertenece: en la tierra firme de Dios!
—¡Amén! —bramó el señor Speed—. He despertado. Debo de haber estado fuera de mis cabales. Le mostré mi naturaleza cuando lo conocí, capitán Mayo, y creo que descubrió que era servicial y emprendedora. Seré el mismo de ahora en adelante, aunque me ordene hacer de cabra e intentar derribar el fondo de ella con mi cabeza. —¡Yo también! —dijo Dolph el de la nariz sucia.
IX ~ UN TRABAJO DE HOMBRE
¡Oh Nancy Dawson, hi--o! ¡Ánimo, hombre! Ella tiene una idea, hi--o! ¡Ánimo, hombre! Para nuestro viejo contramaestre, hi--o! ¡Ánimo, hombre! ¡Oh, hala hi--o! ¡Ánimo, hombre! --Canción de arrastre.
Boyd Mayo pronto descubrió que sus ancestros no habían puesto madera de desecho en la Polly. La vieja cuaderna de roble era tan dura como voluminosa. La tarea de serrar usando solo la punta de la hoja requería tanto músculo como paciencia, y la posición que se vio obligado a adoptar aumentó sus dificultades. Descansó después de haber serrado la cuaderna en cuatro lugares y decidió darle a Oakum Otie algo que hacer; el contramaestre había estado suplicando una oportunidad para intervenir. Se le ordenó arrancar tanto como pudiera de la sección serrada con martillo y cincel. Mayo calculó que, cuando se hubiera eliminado esa sección de cuaderna, quedaría espacio para un agujero a través de los tablones del fondo de al menos dos pies cuadrados, y no había cinturas abultadas en su grupo.
El contramaestre tenía fuerza y estaba ansioso por mostrar ese espíritu servicial del que tanto había alardeado. Se lanzó contra la viga con todas sus fuerzas.
La atención de Mayo había estado centrada en su tarea; ahora, con un momento de ocio para notar otras cosas, fue consciente de algo que provocó su aprensión: el aire bajo el casco de la goleta se estaba viciando. Sus sienes palpitaban y sus oídos zumbaban.
—¿No se está poniendo muy sofocante aquí dentro? —preguntó el patrón, poniendo palabras a los pensamientos de Mayo.
—Me he sentido como un bicho bajo un dedal durante algún tiempo —declaró Otie, golpeando su cincel con fuerza.
—Su fondo no puede estar a ras de agua con toda esta madera dentro. Si al menos pudiéramos hacer un pequeño agujero a través del tablaje exterior ahora mismo, mejor sería hacerlo —sugirió Candage.
—Eso es justo lo que he estado haciendo —declaró el señor Speed—. Voy directo al grano, caballeros, cuando empiezo algo. Servicial y emprendedor, ¡ese es mi lema!
Al momento siguiente, antes de que Mayo, con sus pensamientos ocupados por el nuevo peligro de asfixia, pudiera dar una advertencia o comprender el alcance total del diálogo, el filo del cincel atravesó el tablaje. Al instante, se oyó un silbido como de vapor escapando. Mayo gritó una maldición y puso sus manos contra el contramaestre, empujándolo violentamente. El industrioso señor Speed había dedicado su atención al tablaje en lugar de a la viga serrada.
Una luz pálida se filtró a través de la grieta hecha por el cincel y Mayo plantó su palma contra la fisura. La presión mantuvo su mano como si estuviera sujeta contra los tablones, y el siseo cesó.
La goleta, tal como yacía, boca abajo en el mar, era prácticamente una campana de buzo; con ese agujero en su casco, su seguridad estaba en peligro. La joven pareció entender la situación antes de que las mentes más lentas de su padre y sus compañeros empezaran a funcionar. Buscó frenéticamente la mano libre de Mayo y le metió algún tipo de tela.
—Es de mi enagua —jadeó—. ¿Puede calafatear con esto?
—Páseme el cincel —le suplicó.
Tan pronto como ella le dio la herramienta, él liberó su mano de la grieta e instantáneamente introdujo la tela en la hendidura, empujándola pliegue a pliegue con el filo del cincel.
—Espero no haber hecho nada malo al intentar ser servicial —se disculpó el señor Speed.
—Haré el resto de este trabajo sin tal ayuda —gruñó el capitán.
—Pero, ¿por qué detiene el aire cuando entra a raudales para reanimarnos? —preguntó Dolph, lastimeramente.
—¡Estaba saliendo, imbécil! ¡Saliendo tan rápido que esta madera nos habría aplastado contra el fondo de este casco en poco tiempo!
—Lo habría pensado justo al revés —declaró el señor Speed, humildemente—. El aire exterior, al ser fresco, debería entrar naturalmente para llenar los huecos que hemos dejado al respirar este aire.
Mayo no estaba de humor para dar lecciones sobre fenómenos naturales. Investigó el corte que había hecho el imprudente contramaestre y estimó, por lo que le decían sus dedos, que los tablones del fondo de la goleta tenían tres pulgadas de espesor. Se sentó sobre sus talones y reflexionó un poco sobre el asunto, comprendiendo que tenía un trabajo delicado por delante. Esos tablones debían ser ranurados alrededor de todo el cuadrado de la abertura propuesta, de modo que la sección pudiera ser expulsada de un solo golpe desde abajo. Esa sección debía ceder total e instantáneamente. Estaban condenados si hacían un trabajo a medias. En esa oscuridad absoluta, solo tenía sus dedos para guiarlo. Ese único rayo de luz del mundo exterior era una promesa tentadora. Al otro lado de esos tablones estaba el aire ilimitado de Dios. Las pobres criaturas encerradas bajo ese casco estaban jadeando y ahogándose por falta de ese aire. Mayo se puso valientemente a trabajar, martilleando sobre la cabeza del cincel sobre él.
Todos estaban en silencio. Sentían el languidecimiento inicial de la asfixia y conocían el peligro que los amenazaba.
—Si hay algo que pueda hacer… —se aventuró Otie.
—¡No lo hay!
El capitán Mayo sentía la falta de oxígeno con especial crueldad, porque estaba trabajando con todas sus fuerzas. El sudor le corría por los ojos, jadeaba como un perro al correr y sus golpes perdían fuerza.
Descubrió que Otie había despejado parcialmente la cuaderna antes de que ese ayudante demasiado dispuesto se le ocurriera hacer un agujero a través del tablaje. ¡La cuaderna debía desaparecer por completo! El roble duro se resistía; el cincel resbalaba; era un trabajo desesperadamente lento. Pero terminó la tarea al fin y comenzó a ranurar un canal en el tablaje cerca de las otras cuadernas. El estupor envolvía sus sentidos. Oía a sus compañeros jadear en busca de aliento. Entonces, de repente, sintió una pequeña palmadita en su hombro. Reconoció ese toque por lo que era, aunque ella no le habló; era el toque tranquilizador de la joven. Le reconfortaba que se le dijera de esa manera que ella mantenía el ánimo en la horrible situación. Biseló los tablones tan profundamente como se atrevió e hizo su corte alrededor de tres lados de su cuadrado. Se vio obligado a detenerse un momento y quedar postrado, con la cara sobre la madera.
—Tomen esa sierra, uno de ustedes, y corten algunos trozos cortos de tablón —susurró con voz ronca. El chirrido de la sierra de mano le informó que había sido obedecido.
Mantuvo los ojos bien abiertos con esfuerzo mientras yacía allí en la oscuridad. Luego se levantó a duras penas y se puso a su tarea una vez más. Llamas de colores extraños disparaban ante sus ojos fatigados. Trabajaba en delirio parcial, y le parecía que estaba mirando de nuevo la fantasmagoría de las luces Coston en la niebla cuando los navegantes daban serenata a la joven de la Polly. Se encontró murmurando, llevando el ritmo a sus golpes de cincel:
—Nuestra Polly O, Sobre el mar tú vas…
En todas las emociones humanas no hay terror más enloquecedor y desgarrador que el miedo a estar encerrado, que los sabios llaman claustrofobia. Mayo había sido un hombre de espacios abiertos, de amplios horizontes, bebiendo de la fuente de todo el aire bajo los cielos. Este horrendo confinamiento estaba desmoralizando su razón. Quería arrojar su martillo y su cincel, gritar, patear y arrojarse contra los tablones que los encerraban. Al otro lado estaba el aire, ¡el espacio abierto! Todavía quedaba un lado del cuadrado por hacer.
De nuevo, esa pequeña mano reconfortante tocó su hombro y se sintió estimulado por el pensamiento de que la joven aún era valiente y tenía fe en él. Gruñó y siguió adelante.
El paso del tiempo dejó de tener importancia. De vez en cuando el martillo resbalaba y le magullaba la mano cruelmente. Pero no sentía el dolor. Ambas herramientas vacilaban en su agarre. Dio un golpe desesperado, un golpe de desesperación, y el martillo y el cincel cayeron. Supo que había terminado el cuarto lado. Cayó sobre el regazo de Polly Candage y ella lo ayudó a ponerse de rodillas.
—He terminado, hombres —jadeó—. ¡Todos juntos con esas vigas! ¡Golpeen juntos! Justo sobre mi cabeza.
Oyó al capitán contar uno, dos, tres. Oyó el golpe concertado. Los tablones no cedieron.
—Parece que ya no nos queda fuerza —explicó el contramaestre, con voz ronca.
Golpearon de nuevo, pero irregularmente.
—¡Son nuestras vidas, nuestras vidas, hombres! —gritó Mayo—. ¡Denle con todo!
—Aquí tiene uno para usted, capitán Mayo —dijo Candage, y le metió un trozo de tablón en las manos que tanteaban.
—¡Háganlo juntos, esta vez, juntos! —ordenó Mayo—. ¡Fuerte, uno, dos, tres!
Lanzaron sus arietes contra el techo de la prisión. La furia y la desesperación estaban detrás de su golpe.
La gloria de la luz inundó sus ojos parpadeantes.
¡La sección había cedido!
Mayo salió primero y salió disparado con casi la violencia de un corcho saltando de una botella. Sintió la ráfaga del aire aprisionado pasando junto a él mientras emergía. Al instante se giró, extendió las manos hacia abajo, izó a la joven hacia el espacio abierto y los demás siguieron, con la madera empujando bajo sus pies.
Le pareció al capitán Mayo, después de esos pocos momentos frenéticos de escape, que había despertado de una pesadilla; se encontró aferrado a la quilla llena de percebes de la goleta, con su brazo sosteniendo a Polly Candage para que no se deslizara por el fondo viscoso hacia el mar.
—¡Dios mío! Hemos estado ahí dentro toda la noche —bramó el capitán Candage. Yacía extendido sobre el fondo de la Polly, sus manos curtidas aferradas a la quilla, su rostro levantado con asombro hacia los cielos que estaban inundados por la gloria de la mañana. Otie y Dolph estaban a su lado, con la boca abierta, tragando bocanadas de aire como si fueran peces recién sacados de las profundidades del océano.
Hubo un largo silencio después de la exclamación del patrón.
Los pensamientos, más que las palabras, encajaban en ese momento sagrado de su salvación.
Las cinco personas que yacían allí sobre el fondo de la goleta miraron al sol en su cielo despejado y contemplaron el mar, cuyo azul estaba velado por la bruma dorada de un perfecto día de verano. Solo quedaba un suave oleaje de la repentina turbulencia de la noche anterior. Una brisa lánguida con un fresco toque de sal lamía la superficie de las largas y lentas olas, y las facetas de las ondas devolvían la luz del sol alegremente.
El capitán Candage se arrastró hasta la quilla, se sentó sobre ella y encontró el habla de manera vacilante.
—No soy miembro de ninguna iglesia, nunca he sentido la necesidad de unirme y no estar cerca donde pudiera asistir. Pero no me avergüenzo de decir aquí, ante testigos, que acabo de decirle a Dios, lo mejor que sé, esperando que me disculpe si no he usado la manera santurrona, que voy a ser un hombre diferente después de esto; diferente y mejor, según mi mejor leal saber y entender.
—Creo que ha hablado por todos nosotros, capitán Candage —dijo Mayo, con sinceridad—. ¡Se lo agradezco!
Todos percibieron que la Polly se había alejado a buen ritmo durante su alocada carrera bajo el impulso del viento del este.
Mayo se equilibró sobre la quilla y echó un largo vistazo al horizonte. En un lugar, un hilo azul, casi tan delicado como el trazado de una vena en el brazo de una muchacha, sugería una línea de costa. Pero sin anteojos no estaba seguro. No vio señal de ninguna otra embarcación; la tormenta había llevado a todos los barcos de cabotaje a puerto, y aún no había suficiente viento para ayudarlos a salir de nuevo al mar. Pero no se preocupó; estaba seguro de que algo, algún yate o carguero, aparecería rodando por el borde del océano en poco tiempo. La leve brisa que acariciaba sus rostros venía del suroeste, y ese hecho prometía suficiente viento para invitar a los barcos a desplegar sus velas.
Solo el óvalo de la amplia sentina de la goleta se mostraba sobre el agua, y la vieja Polly era tan plana y rechoncha que su islote flotante apenas ofrecía francobordo.
Mayo metió el brazo por el agujero a través del cual habían escapado. Después de que el aire hubo salido, la madera quedó al alcance desde el fondo de la goleta. Trasteó y encontró el hacha. Algunos de los trozos cortos de madera que habían usado como arietes estaban en las fauces del agujero. Se ocupó de tallar estos extremos de tablones en grandes cuñas y las introdujo en las grietas entre las tablas cerca de la quilla.
—Puede que esto se ponga un poco chapucero cuando este suroeste tome ritmo —sugirió al capitán—. Tendremos algo a lo que agarrarnos.
La gratitud inicial del capitán Candage había mostrado un brillo radiante. Pero era un hombre de mar, era cauteloso, era naturalmente aprensivo con respecto a todos los asuntos marinos, y ese brillo ahora estaba un poco apagado por su segunda reflexión.
—Quizás tengamos que agarrarnos a algo más tiempo de lo que pensamos. Estamos demasiado lejos para los costeros y demasiado cerca para los grandes. Y a menos que algo se acerque bastante a nosotros, no se nos puede ver más que como si fuéramos mejillones en un arrecife. Deberíamos tener algo para sobresalir.
—Si tan solo pudiéramos sacar una de esas vigas largas, se vería un poco —el capitán Mayo volvió a meter el brazo por el agujero—. Pero están acuñadas a través con demasiada firmeza.
—Creo que hay un pedazo de madera flotando allá —gritó la muchacha. Se aferraba a una de las cuñas, y la compostura que sentía, o que había asumido, despertó la admiración de Mayo. La mano regordeta que mantenía contra su frente para protegerse los ojos no temblaba. Desde el pequeño gorro holandés, bajo cuyo borde asomaban mechones rebeldes, hasta sus pies, parecía estar todavía pulcra y aseada, a pesar de sus experiencias abajo en la oscuridad y la humedad. Con una suerte de interés leve por ella, reflexionó que su pretendiente del interior estaría muy justamente orgulloso de ella si pudiera verla allí sobre la quilla de aquella goleta.
—¡Qué cuadro haría usted, señorita Candage, tal como está! —soltó él. Ella bajó la mano, y la mirada que le dirigió no invitaba a cumplidos—. Tal como está, y llámelo «El naufragio» —añadió.
—¿Tan mal aspecto tengo, capitán Mayo?
—Usted se ve... —protestó él, y vaciló, pues la mirada de ella no era precisamente tranquilizadora.
—No me diga, por favor, cómo me veo. Estoy agradecida de no tener un espejo. ¿No es eso un pedazo de madera? —preguntó ella, cortante, poniendo fin a más personalidades—. ¡Espere! Está en un hueco justo ahora.
El mar lo levantó de nuevo inmediatamente. Mayo vio que era una tira larga de listón, indudablemente de la carga de cubierta que la Polly había alijado cuando fue zancadilleada. Estaba a barlovento, y ese hecho prometía su recuperación; pero ¿cómo estaba la marea? Mayo entrecerró los ojos ante el sol, hizo un cálculo rápido de la hora de la marea del día anterior y sonrió.
—Lo conseguiremos, señorita Candage. Viene hacia aquí.
Observarlo, verlo subir y bajar, esperar por él, ayudó a pasar el tiempo. Entonces, por fin, llegó al costado, y él se arrastró con cautela por la curva de la sentina y lo aseguró. Después de que lo hubo apuntalado en el agujero del fondo de la goleta con la ayuda del señor Speed, la joven le dio un ovillo de tela arrugada cuando él terminó su tarea.
—Es el resto de mi enagua. Más vale que lo tenga usted —explicó ella, con un bonito toque de confusión sonrosada en sus mejillas.
El señor Speed ayudó a Mayo a subir, y el joven ató la tela al listón y lanzó su bandera a la brisa. Luego no hubo mucho que hacer más que esperar, entrecerrando los ojos eternamente a través del mar brillante hacia el borde del horizonte.
X ~ HOSPITALIDAD, SEGÚN JULIUS MARSTON
¡Hoo--oo--rah; y arriba se eleva! ¡Hoo--oo--rah! y arriba se eleva! Temprano en la mañana. ¿Qué haremos con un marinero descarado? Meterlo en el bote y hacerlo achicar, ¡Temprano en la ma--ñana! --Viejo canto de estiba.
Mayo vio la vela primero. Venía del mar, y era muy lejana y minúscula. La señaló con una exclamación.
—¿Qué le parece, señor? —preguntó el capitán Candage—. Sus ojos son más jóvenes que los míos.
—Calculo que es un pescador que regresa de los bancos de Cashes. Parece estar muy escorado, y eso muestra que hay una buena brisa afuera. Debería acercarse lo suficiente para vernos, a juzgar por el rumbo que lleva.
Esa pequeña vela, recortada contra el cielo, era algo más que observar, especular y esperar, y olvidaron, casi, que tenían hambre y sed y estaban resecos por el sol.
Sin embargo, el capitán Mayo mantuvo su propia mirada con la mayor firmeza en el horizonte hacia tierra. No reveló ninguno de sus pensamientos, pues no quería crear falsas esperanzas. No obstante, estaba firmemente en su mente que, sin importar cuáles pudieran ser los sentimientos de Julius Marston con respecto a su reciente capitán, el primer oficial y el ingeniero a bordo del Olenia eran amigos leales que usarían toda su influencia con el armador para instarlo a venir en busca del hombre que se había perdido.
El hecho de que una lancha a motor hubiera salido disparada de Saturday Cove en persecución de la goleta sugería que el oficial McGaw había sospechado lo que había sucedido, y no estaba rastreando el fondo de la cala en busca de un ahogado.
Mayo tenía mucho tiempo para reflexionar sobre el asunto, y permitió que la esperanza condimentara sus conjeturas. Conocía las características del oficial McGaw y decidió que el yate zarparía temprano, olfatearía en algunos puertos cercanos donde una goleta azotada por el vendaval podría haberse refugiado, y luego seguiría el rastro en el mar, siguiendo el rumbo probable de una embarcación que había sido atrapada en aquel noreste. El oficial McGaw era un hombre marinero y entendía cómo encajar un hecho con otro. Tenía una debida porción de imaginación de navegante, y no era del tipo que abandona a un camarada, incluso si se viera obligado a usar un discurso rígido para convencer a un armador. Por lo tanto, Mayo escudriñaba hacia la línea azul de la costa, mimando la esperanza. Se preguntaba si el oficial McGaw tendría el coraje de susurrar una palabra de aliento a Alma Marston si ella hacía preguntas.
Mayo estaba más eufórico que asombrado cuando divisó una mancha de humo grisáceo y pudo determinar que la embarcación que expulsaba ese humo se dirigía al mar, no arrastrándose a lo largo de la costa.
—Ese es un pescador, sin duda, y está obligado a acercarse lo suficiente para distinguirnos —declaró el capitán Candage, con la mirada fija hacia el sur.
—Pero aquí viene otro tipo que nos va a ganar —anunció el capitán Mayo, alegremente.
—¿Y qué le parece? —preguntó el capitán, parpadeando ante el humo distante.
—Un yate, probablemente.
—¿Eh? ¡Un yate! Si eso es lo que es, lo más probable es que pasen de largo. Pensarán que estamos aquí en un picnic de pesca, lo más seguro. Eso es todo lo que saben estos tipos de los yates.
La muchacha le dirigió a su padre un ceño de protesta, pero Mayo le sonrió a ella.
—Creo que este es diferente, señor. Si no me equivoco mucho, ese es el yate Olenia y me está buscando. El oficial McGaw es uno de nuestros mejores adivinadores.
Un cuarto de hora después pudo asegurarles que la embarcación que se acercaba era el Olenia.
—¡Buen viejo oficial McGaw! —gritó, con entusiasmo. En su alegría deseó poder convertirlos en sus confidentes, decirles quién lo esperaba a bordo de aquel yate, hacerles entender qué maravillosa buena fortuna era la suya.
Después de un tiempo —el largo tiempo que incluso un yate rápido parece consumir en cubrir la distancia para efectuar el rescate de aquellos que están ansiosos—, el silbato del Olenia pitó roncamente para asegurarles que habían sido vistos.
—¡Lo mismo digo, oficial McGaw! —se ahogó el capitán Mayo, balanceando su gorra en amplios círculos.
—Visto que las cosas han resultado como lo han hecho, me alegro mucho por usted, capitán Mayo —declaró Candage—. No soy hombre de empapelar a nadie con agradecimientos...
—No quiero agradecimientos, señor. Trabajamos juntos para salvar nuestras vidas.
—Entonces espero que no haya resentimientos de una u otra parte. He perdido mi goleta por mi maldita insensatez. Así que diré adiós y...
—¿Adiós? —preguntó Mayo, mostrando su asombro—. ¿Por qué me dice adiós ahora?
—Porque usted se va a bordo de su yate.
—El resto de ustedes también irá allí.
—No es para pobres criaturas como nosotros ir a estorbar...
—Mire, capitán Candage, yo soy el capitán de ese yate, y digo que usted va a subir a bordo y quedarse hasta que pueda dejarlos en tierra en el puerto más cercano.
—Preferiría esperar a ese pescador, señor. Me sentiré más en casa a bordo de él.
—Debería pensar primero en la condición de su hija, capitán Candage. Ella necesita algunas comodidades de inmediato, y no las encontrará a bordo de un pesquero.
Se volvió hacia la joven que estaba sentada en la quilla, silenciosa, mirando hacia el mar. Parecía mostrar una extraña falta de interés en el yate. Su rostro bonito no mostraba emoción, pero de alguna manera era una figura tristemente patética mientras estaba sentada allí. El rostro de Mayo mostraba mucha más preocupación de la que ella expresó cuando se volvió al sonido de su voz y lo miró. El color subió a sus mejillas; había vergüenza en sus ojos, una extraña vacilación en su tono.
—Hay una joven... hay varias jóvenes... ¡pero está la hija del señor Marston! —balbuceó—. Está en el yate. Yo... sé que ella hará todo lo que pueda por ustedes. ¡Será buena con ustedes! —Sus ojos cayeron bajo la mirada franca y bastante inquisidora de ella.
—Quizás a ella no le importe ser molestada con semejante harapienta.
—¡Puedo hablar por ella! —gritó, con entusiasmo. Ahora estaba aún más perturbado por la mirada que ella le dirigió. Había leído que las mujeres tienen intuición en los asuntos del corazón.
—Estoy bastante segura de que puede, capitán Mayo —le aseguró ella, con recato—. Y estoy agradecida. Pero quizás estaríamos mejor a bordo de esa otra embarcación... mi padre y el resto de nosotros.
—Insisto —dijo, pero no se atrevió a encontrar sus ojos escrutadores—. ¡Insisto! —repitió, reanudando el modo decisivo que había mostrado antes a bordo de la Polly.
El Olenia, reduciendo la velocidad, se había acercado mucho al costado, y sus hélices agitadas la llevaron a detenerse. Su tripulación envió una lancha bajando desde los pescantes de babor. Mientras rodaba sobre el oleaje, sus barandillas de latón capturaron la luz del sol en largos destellos que deslumbraron a los ojos hundidos de los náufragos. La lona blanca del puente y los toldos brillaban en pureza nívea. Estaba tan cerca que Dolph olió los aromas sabrosos de su cocina y comenzó a “olfatear” la humedad en las comisuras de su boca.
Aquellos que esperaban en el casco cubierto de percebes de la Polly, débiles por el hambre, desaliñados por la salmuera, descuidados y totalmente miserables después de una noche de trabajos y vigilancia, se sentían como mendigos en la puerta de un palacio mientras observaban su inmaculada condición.
Una suerte de opulencia insolente parecía emanar de ella. Mayo, aunque era su capitán, sintió esa sugerencia de insolencia más intensamente que sus compañeros, pues había tenido una experiencia amarga y reciente con los estados de ánimo de Julius Marston.
No encontró a Marston como un objeto reconfortante para su mirada; el magnate del transporte caminaba por el pasillo de babor con un paso que era claramente impaciente. Cerca de la pasarela estaba Alma Marston, impecable con su dril blanco. Cada vez que su padre le daba la espalda, ella extendía sus manos entrelazadas hacia su amante con un gesto furtivo.
Polly Candage observó esta demostración con franco interés, y ocasionalmente lanzaba miradas laterales al rostro del hombre que estaba a su lado sobre el fondo de la goleta; él estaba totalmente absorto en su escrutinio de la otra chica.
El oficial McGaw mismo estaba al timón de la lancha. Su rostro honesto trabajaba con emoción, y comenzó a hablar antes de que los remeros hubieran acercado el bote al casco volcado.
—No he cerrado los ojos, capitán Mayo. Me quedé despierto toda la noche, tratando de resolverlo. Casi perdí toda idea de que usted estuviera a bordo de la goleta. No respondió al bote que enviamos.
—Intenté hacerlo; tal vez no pudo oírme.
El rostro del capitán Candage mostraba gratitud y alivio.
—Esta mañana probé en Lumbo y en otros dos refugios, y luego seguí el rastro del vendaval.
Mayo bajó con cuidado por la sentina y estrechó la mano del oficial. —Lo estaba buscando, señor McGaw. Sé qué clase de tipo es usted.
McGaw, todavía sosteniendo la mano del capitán, habló en tonos más bajos. —Tuve un tiempo de perros con el armador, señor. Estaba decidido a pensar que usted había desertado.
—Temía que pensara algo por el estilo.
El oficial mostró un franco asombro. —¿Temía qué? ¡Por qué, señor, quería decirle que era un loco por tener tales ideas sobre usted! ¡Sí, señor, estuve a punto de decírselo! ¡Lo habría hecho si no hubiera querido mantenerme amable y manso mientras discutía con él e intentaba que me diera permiso para buscar!
—Hemos tenido un tiempo terrible, señor McGaw —declaró Mayo, evitando la curiosidad del oficial—. Voy a llevar a esta gente a bordo y dejarlos en tierra.
—Sí, señor, por supuesto.
Los dos se quedaron con las manos entrelazadas y mantuvieron la lancha cerca del naufragio hasta que los pasajeros embarcaron. Cuando llegaron al pie de los escalones del Olenia, el capitán Mayo envió a sus invitados delante de él.
Marston hizo una pausa en su marcha y frunció el ceño, y la gente en la cubierta de popa se apiñó contra la barandilla, mostrando gran interés.
El capitán Mayo intercambió una larga mirada con Alma Marston cuando subió los escalones. Amor, piedad y saludo estaban en sus ojos. El rostro de ella revelaba sus vivas emociones; estaba sobrepasada, desquiciada, medio loca después de una noche pasada con sus temores. Cuando él estuvo a su alcance, la cautela fue arrancada de ella como la gasa es arrancada por un vendaval. El impulso siempre la había gobernado; cedió a él entonces.
—No me importa —sollozó—. Te amo. ¡Más vale que lo sepan!
Antes de que él entendiera sus intenciones o pudiera evitar su imprudencia, ella lanzó sus brazos alrededor de su cuello y lo besó repetidamente.
Marston permaneció en sus pasos como un hombre afectado por parálisis; su cigarro cayó de su boca abierta. Esta exhibición bajo sus propias narices, con sus invitados y toda la tripulación de su yate mirando, lo dejó atónito.
—¡Si hubieras muerto, yo habría muerto! —se lamentó ella.
Entonces su padre se lanzó hacia ella, apartando al asombrado Beveridge de su camino.
El capitán Mayo desenganchó suavemente los brazos de la chica frenética de alrededor de su cuello y dio un paso adelante, poniéndose entre el padre y la hija. No estaba pensando sensatamente en el asunto; estaba impulsado por un impulso instintivo de protegerla.
Mayo no tenía ninguna palabra lista en la punta de la lengua, y el anatema de Marston era amortiguado e incoherente. El acto imprudente de la chica había derribado la sensatez y la compostura varonil de ambos. El capitán estaba demasiado desconcertado para comprender toda la enormidad de su acción al montar guardia sobre la hija de Julius Marston, como si necesitara protección en la cubierta de popa de su padre. No se movió a un lado del pasillo cuando Marston hizo un gesto impaciente.
—Quiero decir que tengo toda la culpa, señor —balbuceó—. Espero que pase por alto...
—¿Pretende discutir conmigo sobre la locura de mi hija? —Notó que los marineros se preparaban para izar la lancha a los pescantes—. ¡Dejen caer ese bote de nuevo al agua! —gritó. Había un áspero desagradable en su voz, y por un momento pareció que estaba a punto de perder el control de sí mismo. Luego puso freno a su temperamento y lengua, aunque su rostro estaba mortalmente pálido y sus ojos eran tan duros como mármoles. La resolución de terminar con más exhibición en este increíble asunto dominó su vergonzosa ira.
—Si quiere dejarnos en tierra... —suplicó Mayo.
—¡Vuelva a ese bote, usted y su pandilla, sea lo que sea!
—Señor Marston, esta joven necesita...
—¡Suba a ese bote, o haré que los lancen a todos por la borda! —El armador habló en tonos bajos, pero su furiosa determinación era evidente.
—Nos iremos sin ser lanzados, señor. ¿Ordenará que nos suban a bordo de ese pesquero? —Señaló a la pequeña goleta que estaba casi al alcance de la voz.
—¡Lárguese! ¡No me importa a dónde vaya! —Pasó empujando a Mayo, agarró el brazo de su hija y la llevó hacia la popa.
Parecía haber gastado toda su determinación en su sensacional arrebato.
El capitán encontró su mirada suplicante mientras ella se giraba para irse. —Es lo mejor —declaró, valientemente—. ¡Lo haré bien!
Los patéticos náufragos de la Polly formaron un pequeño grupo en la pasarela, parados cerca de la barandilla, como si temieran pisar la cubierta blanca. El oficial McGaw interceptó a Mayo cuando estaba a punto de unirse a ellos.
—¿No sería mejor estirar un poco la Sección Dos de la ley de colisiones y asustarlo con la perspectiva de una multa de mil dólares? —preguntó el oficial, con entusiasmo—. ¡Gloria a Dios, capitán Mayo, estoy tan débil que apenas puedo mantenerme en pie! ¿Quién lo hubiera pensado?
—Iremos a bordo de la goleta, señor McGaw. Es el lugar para nosotros.
—Quizás lo sea, pero hablaré si usted dice la palabra, y haré que lo deje en tierra... ¿incluso si me voy junto con usted?
—Conserve su trabajo, señor. ¿Recogerá mis pocas pertenencias en mi camarote y me las traerá, señor McGaw? Será mejor que me quede aquí en cubierta con mis amigos. —Enfatizó la última palabra, y el capitán Candage le lanzó una mirada agradecida—. ¡Lo siento, compañeros! ¡No puedo decir nada más! —El capitán Mayo no se permitió hacer más comentarios sobre la melancólica situación. Los demás estaban en silencio; el asunto estaba fuera de su cálculo; no tenían palabras para encajar en el caso. Polly Candage estaba mirando hacia el mar. Había esperado que ella le diera una mirada de simpatía comprensiva, al menos. Pero no lo hizo, ni siquiera cuando la ayudó a bajar los escalones hacia la lancha.
El oficial McGaw vino con la bolsa y las pertenencias del capitán, y recibió órdenes inmediatas del armador desde la cubierta de popa.
—Vaya al puente y llame a esa goleta. ¡Dígales que nos dirigimos a Nueva York y que no podemos ser molestados por estas personas!
El señor McGaw estrechó la mano de Mayo en despedida, y luego se apresuró a cumplir con su deber. Su mensaje con megáfono resonó sobre sus cabezas mientras la lancha estaba en camino.
—¡Sí, señor! —respondió el capitán de pesca, con un rugido cordial—. Encantado de ayudar a marineros en problemas.
—Y eso le muestra... —soltó el capitán Candage, y detuvo su dicho en medio de su arrebato cuando su hija empujó un puño significativo contra sus costillas.
El capitán Mayo volvió la cabeza una vez mientras la lancha se apresuraba hacia la goleta. Pero no había mujeres a la vista en la cubierta del yate. Hubo un instante de agitación blanca desde una portilla del camarote, pero no estaba seguro de si era un pañuelo o el extremo de una cortina agitada por el viento. Se dio la vuelta con resolución y no volvió a mirar atrás. Vergüenza, miseria, desesperanza; no sabía qué emoción lo estaba punzando con mayor agudeza. Los remeros de la lancha miraban hacia arriba con inocencia mientras bogaban, pero él percibió que estaban ocultando sonrisas. Su humillación de aquella manera asombrosa sería la burla del castillo de proa. Por su causa, estos nuevos amigos suyos habían sido objeto de insultos. Sintió que comprendía lo que significaba el silencio de Polly Candage.
Al momento siguiente sintió la palmada de una pequeña mano sobre el puño que apretaba sobre su rodilla.
—¡Pobre muchacho! —susurró ella—. ¡Lo comprendo! Todo saldrá bien si no pierdes el ánimo.
Pero ella no lo miraba cuando él le lanzó una rápida mirada de reojo.
El pesquero se había puesto al viento, balanceándose sobre el largo oleaje, con las velas sucias flameando y los costados manchados de sal sumergiéndose y destellando reflejos húmedos mientras rodaba. Sus hombres estaban aparejando una escalera por el costado.
—Quiero decir, mientras estamos aquí juntos y hay tiempo para decirlo —anunció el capitán Candage—, que todos y cada uno de nosotros estamos sumamente agradecidos por esa invitación que nos dio para subir a bordo del yate, señor, y todos sabemos que si... bueno, si las cosas hubieran sido diferentes a como fueron, nos habría tratado como es debido. Y lo que pudiera decir sobre los yates y el tipo de criaturas que los poseen, no lo voy a decir.
—Estás mejorando constantemente, padre —observó Polly Candage, secamente.
—Aun así, tengo mis propias ideas sobre el tema. Pero eso no viene al caso. Usted es nativo y yo soy nativo, y quiero que simplemente mire esa cara que se asoma por la amura de sotavento, allí, y luego diga que ahora sabemos que estamos entre verdaderos amigos.
Era un semblante rubicundo y acogedor bajo el borde de un sombrero de hule negro y oxidado, y el hombre era manifiestamente el patrón. De vez en cuando agitaba el brazo de forma alentadora.
—Cordial bienvenida a bordo del Reuben and Esther —gritó cuando la lancha giró hacia el pie de la escalera—. ¿Qué goleta es esa de ahí?
—La pobre vieja Polly —declaró el patrón, el primero en subir la escalera. En su prisa por saludar al capitán del pesquero, dejó a su hija al cuidado del capitán Mayo.
—¡Es una lástima, una lástima! —cacareó el patrón del pesquero, con toda la medida de simpatía en su comportamiento—. ¡Era vieja, pero era capaz, señor!
—Y aquí hay otra pobre Polly —declaró el capitán Candage—. Fui lo suficientemente tonto como para sacarla de un buen hogar para un viaje por mar.
El patrón hizo un saludo militar. —Siéntase como en su casa, señorita. Baje abajo. ¡La casa es suya!
Entonces la goleta se alejó tambaleándose en su bordada hacia la costa, y el insolente yate marchó alejándose a través de las olas centelleantes.
Mayo estrechó la mano del solícito pescador de una manera bastante soñadora e indiferente. Se dio cuenta de que estaba débil por el hambre, pero se negó a comer. La fatiga y el dolor exigían su tributo de manera más imperiosa que el hambre. Se tumbó al sol en el pasillo de sotavento, puso la cabeza sobre sus brazos cruzados y el sueño bendito borró sus amargos pensamientos.
XI ~ UNA VOZ DEL CLAMOR PÚBLICO
Pero cuando el dinero se agota y se gasta, Y no queda nada que pedir prestado ni nada que prestar, Entra el viejo Gruñón con el ceño fruncido, Diciendo: "Levántate, Jack, deja que John se siente". Porque ahora estamos listos para partir, ¡Hurra, estamos listos para partir! --Canción del Perro y la Campana.
El capitán Mayo, al despertar, supo de inmediato que la hospitalidad a bordo del Reuben and Esther tenía ojos vigilantes. Mientras se frotaba las extremidades entumecidas para recuperar la sensibilidad, sentado allí en el pasillo de sotavento, el cocinero vino cargando una cafetera caliente y un plato rebosante de comida.
—Pensé que preferiría tomarlo aquí que en el sollado. La señorita está dormida en la cámara —susurró el cocinero.
El capitán Candage se acercó a Mayo mientras este comía y se sentó en la cubierta. La melancolía se había instalado en el patrón de la goleta. —No quiero molestarlo con mis problemas, viendo que usted tiene suficientes de los suyos, señor. Pero necesito un poco de consejo. He perdido una goleta que ha sido mi hogar desde que fui lo suficientemente grande como para arrojar una bolsa de equipaje sobre la borda, y sin un centavo de seguro. El seguro se habría comido todas mis ganancias. ¿Qué opina de mis posibilidades de sacar un dólar adicional si contrato un remolcador e intento salvarla?
—Según mi opinión, sus posibilidades serían escasas, señor. Las reclamaciones en tales casos suelen comerse todo lo que vale una embarcación. Además, puede encontrarse con que esos yatistas le reclamen daños y perjuicios, siempre y cuando logre llevarla a donde pueda ser embargada.
—No me extrañaría ni un ápice —admitió el capitán Candage—. Cuanto más tienen algunos, más siguen tratando de obtener.
—Estuve observando su fondo mientras estábamos allí sentados, y hay que reconocer que los años le han pasado factura.
—Odio dejarla ir.
—Es natural, señor. Pero tengo la idea de que será reportada como un peligro para la navegación, y que un cúter de la guardia costera la volará antes de que usted pueda hacer sus arreglos de salvamento.
—Cuando un hombre está abajo, todos saltan sobre él.
—Puedo estar de acuerdo con usted en eso —afirmó el capitán Mayo, con tristeza.
—Demostró valor, esa muchacha —se aventuró Candage, examinando al otro hombre con agudeza bajo sus cejas canosas.
—Debo pedirle que arrie las velas sobre ese tema, señor —espetó Mayo, con franqueza marinera.
—Solo lo dije como un cumplido. Muchas veces las chicas tienen más valor del que se les atribuye. Piensas que son solo chicas, y luego descubres que son heroínas. Pensé que yo tenía algo de valor, pero mi propia Polly me ha avergonzado. Estaba abajo observándola; está dormida en el camarote del capitán Sinnett. Me saltaron las lágrimas a los ojos, señor, al reflexionar sobre lo que ha pasado por culpa de mi estúpida insensatez. Por supuesto, a usted no se le ha contado. Pero la confesión es buena para un hombre, y voy a admitirlo. La llevé conmigo para alejarla de un tipo que la corteja.
Mayo no ofreció comentarios. Quería aconsejar al patrón que también guardara silencio sobre ese tema.
—No digo que no sea lo suficientemente bueno para ella. Tal vez lo sea. Pero no me he dado cuenta de que ha crecido. Cuando descubrí que estaba siendo cortejada, fue como chocar con una roca en un canal. Usted es joven, anda bastante por ahí y conoce las acciones de los jóvenes. ¿Cuál es su consejo?
—No sé nada sobre las circunstancias, señor.
—Pero hablando en términos generales —insistió el capitán Candage—. Quiero hacer lo correcto. No hay muchos a quienes pueda pedirselo. Me temo que soy un pobre viejo tonto. ¿No quiere ayudarme un poco con esto, capitán Mayo? Realmente necesito un poco de consejo. Sus manos rudas temblaban sobre sus rodillas.
—Si el joven es digno, es del tipo adecuado —respondió Mayo, en tonos más suaves—, creo que está cometiendo un gran error al interferir.
—Iré a echarle un vistazo a ese joven, a reexaminarlo, como quien dice —declaró el patrón, tras un momento de reflexión.
—No conozco muy bien a su hija, señor, pero tengo mucha fe en su criterio. Si fuera usted, le permitiría elegir a su propio marido.
—Gracias por ese consejo. Sé que viene de un hombre que ha demostrado saber exactamente qué hacer en emergencias. He cambiado de opinión sobre su cortejo, señor.
—El amor honesto no es una cuestión de dinero, capitán Candage. Muchas buenas chicas se arruinan por... —hablaba con amargura y se detuvo a sí mismo—. ¿Dónde nos va a desembarcar el capitán Sinnett?
—Maquoit. Va a llevar su pescado al gran mercado. Pero dijo que nos dejaría en cualquier lugar, así que dije Maquoit. Podría estar allí tan bien como en cualquier otro sitio hasta saber qué voy a hacer.
—Supongo que lo mismo vale para mí. No me siento con ganas de ir a la ciudad todavía.
El capitán Sinnett vino rodando por el pasillo, y cuando Mayo empezó a agradecerle la molestia que se estaba tomando, levantó en señal de protesta cordial una mano que se parecía, por su extensión, a un bacalao abierto.
—¡Molestia! No es molestia. Iba a pasar por Maquoit a cargar hielo de todos modos. Conozco mis modales, aunque esos tipos de los yates no los tuvieran.
El capitán Candage mantuvo un comportamiento de inocencia bajo el escrutinio de Mayo.
—Lo he echado de menos en los caladeros; no sabía que se había ido a un yate, señor —prosiguió el capitán Sinnett—. Espero verlo de vuelta en el negocio de la pesca; es decir, siempre y cuando no se suba a uno de esos arrastreros de vara que están enganchando el fondo del Atlántico y arruinando todo para todos nosotros.
—Estoy de acuerdo con usted sobre el arrastrero; por eso lo dejé. Y en cuanto a navegar en yate, ¡creo que buscaré un trabajo de hombre de verdad, señor!
—¡Así sea! Estará más contento —respondió el otro, con significado en su tono.
Mayo sabía que su secreto había sido expuesto, pero no tenía ganas de discutir con el capitán Candage sobre el tema de la locuacidad. Terminó su café y fue a proa, donde los pescadores estaban enrollando las líneas de pesca en las tinas.
El pesquero llegó a puerto en Maquoit al final de la tarde, y fue atracado en su lugar en el muelle de la fábrica de hielo.
Los náufragos bajaron a tierra.
Maquoit era una aldea dispersa en la cabecera de una ensenada que marcaba la línea costera.
El capitán Candage, un hombre de la zona que conocía cada agujero a lo largo de la costa donde se ofrecía refugio contra las inclemencias del tiempo, guio a su grupo a través del pueblo con confianza.
—Hay una viuda aquí que nos alojará el tiempo que queramos quedarnos, y estará encantada con el dinero. Conocí a su marido en el comercio de cabotaje. Me gusta llegar a un lugar como este que no ha sido arruinado por esos malditos veraneantes y los precios que están dispuestos a pagar —confió a Mayo. Mostró con picardía una billetera rellena de papel moneda—. No estoy arruinado, pero no tiene sentido pagar más de cinco dólares a la semana en cualquier parte por comida y cama. Ella sacará mucho provecho de nosotros a ese precio. Déjeme a mí hacer el trato.
La viuda resultó ser un alma bondadosa que, en la primera emoción de su naturaleza comprensiva, se negó resueltamente a considerar el pago de absolutamente nada.
—Ustedes han naufragado, y el cuerpo de mi pobre marido no descansaría tranquilo donde quiera que esté en el Océano Atlántico si yo cobrara dinero a personas náufragas.
Sin embargo, al final, el capitán Candage la hizo subir de tres a cinco dólares por semana, y ella tomó a Polly Candage en su corazón y en la mejor habitación.
El capitán Mayo regresó a cenar después de un paseo de mal humor por el pueblo. El patrón Candage estaba patrullando el jardín delantero de la viuda y mostraba más alegría.
—Es la providencia de Dios y su valor lo que nos ha salvado, señor. He salido de mi condición de entumecimiento y lo siento todo. ¿Cuáles son sus planes?
—No parece que pueda hacer ninguno todavía.
—Me voy a quedar aquí una temporada, y me quedaré con Dolph y Otie. Estaremos aquí en la costa donde podamos enterarnos de algo a lo que aferrarnos. Tan pronto como Polly se recupere, la dejaré ir a casa de su tía. Pero, por supuesto, merodear por aquí no le ofrece ninguna atracción, señor. Usted busca presas más grandes que nosotros.
—Casi me he decidido a irme por la mañana en la diligencia. Iré a alguna parte.
La viuda golpeó sus nudillos contra el cristal de una ventana cercana. —¡Cena! —anunció—. ¡Dense prisa mientras está caliente!
—Siempre hago mi mejor reflexión con el estómago lleno —dijo el capitán Candage—. Y huelo galletas de cremor tártaro y la vi desgranando fresas de campo. Será mejor que mire el lado brillante de las cosas junto conmigo, capitán Mayo.
El capitán Mayo no pudo encontrar ningún lado brillante mientras repasaba sus asuntos en su mente. Solo tenía una escasa reserva de dinero. Había usado sus modestas ganancias para liquidar las deudas de la herencia familiar. Las perspectivas de empleo eran vagas; no podía estimar hasta qué punto la hostilidad de Julius Marston podría bloquear sus esfuerzos, suponiendo que el magnate se tomara la molestia de descender a entrometerse en los asuntos de una persona tan poco notable. Su pequeño y pobre romance con Alma Marston había quedado en una condición espantosa. No habló en la mesa y la comida sana de la viuda era como ceniza en su boca. Salió y se sentó en el porche de la cabaña de la viuda, miró hacia la puesta de sol y no vio nada en sus matices rosados que le diera aliento para su propio futuro.
Polly Candage se acercó tímidamente y se sentó a su lado. —¡Padre dice que piensa irse por la mañana!
—Aquí no hay nada para mí.
—Probablemente no.
Siguió un largo silencio.
—Supongo que no le importa que hable con usted, capitán Mayo.
—La escucharé con gratitud, en cualquier momento.
—Solo soy una chica de campo. No sé cómo decirlo, ¡cómo decirle que siento mucho lo suyo!
—Esa pequeña palmada en mi mano hoy, fue mejor que las palabras.
—Es todo en lo que puedo pensar, en su infelicidad.
—Eso me toca porque sé que usted tiene suficiente tristeza propia.
—¡Tristeza! —Ella abrió mucho los ojos.
—Quizás no tengo derecho a hablar de ello —respondió él, con considerable embarazo.
—¡Y, sin embargo, he sido tan audaz como para hablarle!
Hubo un toque de reproche en su voz, y por eso él se aventuró: —Su padre me lo dijo; intenté detenerlo, pero siguió y dijo... ¡Bueno, lo entiendo! Pero tengo un consuelo para usted y voy a hablar. Dice que va a permitirle casarse con su joven.
—¿Se atrevió a hablar de tales asuntos con usted?
—Insistió en hacerlo, en pedir mi consejo. Así que aconsejé de una manera que le ayudara. Me alegra, por su bien, que esté entrando en razón.
—Le agradezco su ayuda —dijo ella, con rigidez.
—Por supuesto, no es asunto mío. Lamento que me lo dijera. Pero le deseo toda la felicidad.
Ella se levantó como si fuera a marcharse. Entonces pisoteó el suelo y se sentó. —¡A mi padre deberían ponerle un bozal!
Ella comprendió que él podría malinterpretar su indignación, pues él dijo: —Me avergüenzo porque me entrometí en sus asuntos. Pero por lo que vio hoy en mi caso, sentí que debía ayudar a otros que están en el mismo problema.
—Pero mi padre ha malinterpretado mi... —Se interrumpió muy confundida, sin entender la extraña mirada que él le dirigió—. Yo... me alegra que mi padre esté entrando en razón y me permita... casarme con el joven —tartamudeó—. Y ahora creo que se me puede permitir decir que espero que algún día pueda tener a la chica que ama. ¿Le gustaría que le hablara de ella, de lo querida y bonita que creo que es?
—¡No, duele! Pero quiero que sepa, señorita Candage, que no ando a la caza de fortuna. La amo por ella misma, solo por ella misma, ¡nada más!
—Sé que debe ser así.
—Y sé que un joven que usted elegiría es digno de usted. Le dije a su padre...
—No importa. ¡Eso también duele! Ambos lo entendemos. ¡Dejémoslo ahí!
Tras la declaración de esa tregua, se sintieron francamente cómodos y empezaron a charlar con amistosa libertad. La oscuridad empezó a sombrear el oeste, la estrella vespertina goteaba luz plateada.
—Es un lugar apacible aquí —sugirió ella—. Todo el mundo parece estar contento.
—La satisfacción, en la rutina; puede que esa sea la mejor manera de pasar esta vida, después de todo.
—Pero si usted estuviera en la rutina, capitán Mayo, podría descubrir que la satisfacción no aceptaría venir a vivir con usted.
—¡Probablemente no! Tendría que haber nacido para la vida aquí como este tipo que sube la colina. Se puede ver que no se preocupa por sí mismo ni por el mundo exterior.
El hombre avanzaba pesadamente con sus botas de goma; una vieja gorra estaba torcida en su cabeza, con la visera bajada sobre una oreja. Ladeó la otra oreja al oír voces en el porche, se acercó holgazaneando y se sentó en el borde de la tarima. El capitán Mayo y la chica, acostumbrados a la blanda indiferencia hacia la formalidad en los vecindarios rurales, aceptaron esta interrupción sin sorpresa ni protesta.
—No es una mala noche tal como van las noches —declaró el visitante.
—Es una noche hermosa —dijo Polly Candage.
—Supongo que les parece así, después de lo que pasaron. He estado escuchando a su padre contar la historia en la tienda.
Ellos no respondieron, teniendo sus propias ideas sobre la locuacidad del capitán Candage.
El visitante sacó un trozo de tabaco de su bolsillo, mordió un pedazo y empezó a mover las mandíbulas lentamente. —Este mundo está lleno de problemas —observó.
—Parece estarlo —estuvo de acuerdo el capitán Mayo.
—A los que están abajo los patean más abajo.
—También es cierto, en muchos casos.
—¡Tome su caso! Es malo. ¡Pero el nuestro es peor! —El visitante señaló el bulto tenue de una pequeña isla que la ensenada albergaba entre las audaces fauces de su promontorio—. El viejo señor que nombró esa Isla del Clamor Público debe haber olfateado el futuro para saber lo que iba a suceder allí algún día, ¡y este es el día! —Siguió mascando, y su silencio se volvió irritante.
—Bueno, ¿qué ha sucedido? —preguntó el capitán.
—Todavía no ha sucedido, va a suceder.
Más silencio.
—Díganos qué va a suceder, ¿no puede?
—Por supuesto que puedo, ahora que me lo han pedido. No soy de meterme donde no me llaman. No soy de hacer cosas a menos que me lo pidan. Somos diecisiete familias en Clamor Público y nos han dicho que nos vayamos.
—¿Quién les dijo?
—¡El estado! Vinieron unos peces gordos y dijeron que los enviaba el Gobernador, mostraron papeles y tenemos que irnos.
—¡Pero si yo conozco Clamor Público! —protestó Mayo—. ¡Ustedes han vivido allí durante años!
—¡Seguro que sí! Mi abuelo fue uno de los primeros colonos. La mayoría de nosotros que vivimos allí tuvimos abuelos que colonizaron el lugar. Pero según lo que nos dicen, algunos herederos han encontrado papeles que dicen que ellos son dueños de la isla. El estado compró a los herederos. Ahora el estado dice que nos vayamos. Somos solo ocupantes ilegales, dice el estado.
—Pero, buen Dios, hombre, tienen derechos de ocupantes después de todos estos años. Contrate a un abogado. ¡Lucha el caso!
—No somos luchadores. No tenemos dinero, no tenemos amigos. Podríamos haber luchado contra herederos comunes, pero no se puede luchar contra el estado; al menos, pobres diablos como nosotros no pueden.
—¿A dónde van a ir?
—Bueno, ¡ese es el problema! Eso es lo que me hizo decir que este mundo está lleno de problemas. Verá, hemos aceptado ayuda municipal en años pasados; tuvimos que hacerlo o morir de hambre en invierno. Y también hemos tenido ayuda estatal. Dicen que eso nos convierte en indigentes. Todos los pueblos de alrededor han notificado que no podemos establecernos allí y obtener residencia de indigentes. Clamor Público nunca ha sido admitido en ningún pueblo. Los pueblos dicen que, dado que el estado ha ordenado que nos vayamos, ahora que el estado se ocupe de nosotros.
—¿Y ha habido hombres aquí, representando al estado?
—Puede apostar que sí.
—¿Qué dicen?
—¡Que nos vayamos! Pero no nos dejan establecernos en la costa. Parece que quieren que nos vayamos en globos. Pero no tenemos globos. Aunque hay que mudarse.
—¡Nunca había oído tal cosa!
—Ni yo tampoco —admitió aquel hombre, con una especie de entumecimiento tranquilo provocado por el desaliento—. Pero eso no es ninguna sorpresa. No nos enteramos de mucho en Hue and Cry hasta que vienen y nos lo dicen. Hablando por mí mismo, no estoy tan terriblemente alterado. Tengo una casa flotante a la que llevar a mi mujer y a mis pequeños, y seguiremos cavando almejas para los arrastreros; sesenta centavos el cubo, desconchadas, y podemos cavar y desconchar un cubo al día, trabajando todos. No moriremos de hambre. Pero me dan lástima los pobres diablos que no tienen una casa flotante. Parece que necesitarían alas. No me preocupo ni un ápice, ya le digo. Tenía la mejor casa de la isla y el estado ha autorizado ciento cincuenta dólares por ella. Considero que estoy bien parado.
El plutócrata de la desdichada tribu de Hue and Cry se levantó y se estiró con un gruñido cómodo.
—Si no es una cosa, es otra —dijo, mientras se marchaba—. De todos modos, tenemos que pasar por tantas penas, y podría ser esto tanto como cualquier otra cosa.
—¡Vaya, es una cosa terrible que les pase eso a esas personas! —declaró la joven—. Debo decir que él se lo toma con calma.
—Es una muestra justa de algunas de las medusas humanas que he encontrado escondidas en rincones extraños de esta costa —afirmó el capitán Mayo—. No les queda suficiente mente ni espíritu para luchar por su propia protección. Pero esto es casi increíble. ¡No puede ser posible que el estado esté orquestando un asunto como este! ¡Encontraré a alguien que sepa más sobre esto que esa máquina de cavar almejas!
Un poco más tarde, un hombre pasó caminando con las manos a la espalda. Fumaba un cigarro plácidamente y, aunque el crepúsculo se había intensificado, Mayo pudo notar que vestía con ciertas pretensiones de elegancia urbana.
—Le ruego me disculpe, señor —llamó el joven—. Pero, ¿sabe algo sobre el trasfondo de este asunto en la isla Hue and Cry?
—Puedo contárselo todo —dijo la persona a la que habían llamado. Se acercó paseando y se sentó en el borde del porche. Mostraba el aire de un hombre que estaba matando el tiempo—. Yo estoy a cargo de ello.
—¿No será de echar a esas personas de la isla?
—¡Claro! Para eso estoy aquí. Soy agente estatal para asuntos de indigentes, actuando en nombre del Gobernador y el Consejo.
—¿Dice usted que el estado está detrás de esto? —preguntó Mayo, incrédulo.
—¡Ciertamente! Es un asunto que el estado estaba obligado a abordar. El estado ha comprado esa isla a los verdaderos herederos, ha ordenado que se marchen esos ocupantes ilegales y vamos a quemar sus chozas y limpiar el terreno. Por supuesto, permitimos a los cabezas de familia algo de efectivo por sus casas, si es que se les puede llamar casas. Eso es según la ley que regula las mejoras de los ocupantes. Pero mejoras es una palabra cortés para los edificios de esa isla. Nos va a costar buen dinero limpiar el terreno para esa parte de Nueva York que ha hecho una oferta al estado; él va a usar la isla como finca de verano.
Sacudió la ceniza de su cigarro e interrumpió la respuesta indignada de Mayo.
—Había que hacerlo, señor. Se han casado entre ellos hasta que muchos de los niños son idiotas. Los hombres entran en las casas de verano después de que los dueños se van en otoño. Roban todo en tierra firme que no esté clavado. Han puesto faros falsos en invierno y han naufragado barcos costeros. Cada poco tiempo algún periódico de la ciudad escribe sobre ellos como hombres salvajes, y eso le ha dado mala fama al estado. Vamos a destruir el nido.
—¿Pero a dónde irán?
—Los idiotas a la escuela estatal para deficientes mentales, los tullidos al asilo de pobres. Los que estén en condiciones tendrán que salir y ponerse a trabajar en algo honesto.
—¡Pero mire, mi querido señor! Esos pobres diablos están empezando con demasiada desventaja. Después de tres generaciones en esa isla, no saben cómo ganarse la vida en tierra firme.
—¡Eso es asunto suyo, no del estado! El estado no garantiza dar sustento a la gente perezosa.
—¿Qué hay de usar un poco de sentido común en el caso de tales personas?
—Usted no está haciendo de este asunto su negocio, ¿verdad? —preguntó el comisionado con acritud.
—No.
—Más le vale; ¡y más le vale no decirme demasiado! —Se levantó y se sacudió los pantalones—. He investigado para el Gobernador y el Consejo, y ellos están actuando según mis recomendaciones. Podría aconsejar igual de bien cuidar y mimar a un nido de polillas de cola parda, y estamos gastando buen dinero para matar polillas. No tenemos intención de fomentar la cría de ladrones. No estamos manteniendo lugares de exhibición de este tipo a lo largo de la costa para que la gente de la ciudad hable de ellos y desprestigie al estado después de volver a casa. ¡Daña los negocios del estado! —Se marchó a paso firme.
El capitán Mayo caminó de un lado a otro del porche y murmuró algunas opiniones enfáticas respecto al intelecto y las acciones de los gobernantes.
—Ya ve, conozco el tipo de personas que viven en esa isla, señorita Candage. He visto otros casos en la costa. Se les culpa de lo que no saben y de aquello a lo que son inducidos. Los misioneros aficionados los llenarán, en un espasmo de generosidad veraniega, con un montón de trastos y les harán pensar que el mundo les debe el sustento. Los pobres diablos no tienen ingenio suficiente para mirar hacia adelante. Cuando llega el invierno se están muriendo de hambre, y cuando los niños tienen frío y hambre, un hombre se enfrentará a una propuesta que es más peligrosa que una casa de verano cerrada para el invierno. ¡Luego aparece algún tipo como ese agente estatal, que se enorgullece de ser directo y no hacer favores! ¡Les aprieta las tuercas! No hay nadie que ayude a esa gente de la manera correcta y verdadera. ¡Me dan lástima!
—Vivo en el campo y sé lo insensible que son las juntas de concejales en muchos de los casos de indigencia. Cuando se trata de ahorrar dinero para los votantes y hacer un buen historial para el pueblo, no les importa mucho cómo les vaya a los pobres.
Mayo continuó patrullando el porche. —Creo que estoy en un estado de ánimo bastante rebelde ahora mismo —admitió—. Me parece que mucha gente, incluyéndome a mí, está recibiendo patadas. ¡Me duele! Tengo un sentimiento de solidaridad por los oprimidos. —Rió, pero no había alegría en su tono—. Son los niños pequeños los que más sufrirán con esto, señorita Candage —continuó—. Ellos no tienen la culpa, no entienden.
—Y, por supuesto, no se puede hacer nada.
—Nada sensato, me temo. —Caminó de un lado a otro durante muchos minutos—. Ya ve, no es asunto mío —comentó, cuando se acercó y se sentó junto a ella.
—Supongo que no hay ni un hombre en el mundo que dé un paso al frente y diga una buena palabra por ellos —dijo la chica, suavemente, expresando sus pensamientos.
—Las palabras no servirían de nada, con la maquinaria del estado moliendo tan alegremente como lo hace. Pero este asunto está despertando un poco mi curiosidad, señorita Candage. Eso es porque yo mismo soy uno de los oprimidos, supongo. —De nuevo su risa sin alegría—. Tenía la intención de tomar el coche de caballos de aquí por la mañana, pero tengo la idea de quedarme a ver qué pasa cuando ese caballero que representa a nuestro gran y viejo estado proceda a dispersar a esa gente a los cuatro vientos.
—Esperaba que se quedara, capitán Mayo. —Declaró eso con franca alegría.
—¡Pero no esperará que haga nada, por supuesto!
—No es eso. Verá, me gustaría ir a la isla y... y mi padre es tan extraño que podría no querer escoltarme —explicó, tratando de ser pragmática, su aire mostrando que lamentaba su arrebato.
—Me ofrezco como voluntario, aquí y ahora.
Ella se levantó y le tendió la mano. —No le he agradecido por salvar mi vida... salvarnos a todos, capitán Mayo. Es un asunto demasiado sagrado para ser profanado con palabras. Pero aquí está mi mano, como una amiga, como una hermana, no... —se mantuvo erguida y lo miró a la cara a través de la penumbra y apretó su agarre en sus dedos—, ¡como un hombre!
Él respondió a su sincero apretón de dedos y soltó su mano cuando la presión de ella disminuyó. Ese espíritu repentino, la sugerencia de que ella deseaba asumir la actitud de hombre a hombre con él, pareció desvanecerse con el soltar de sus dedos.
Ella balbuceó un “¡Buenas noches!”. Hubo incluso un atisbo de sollozo. Luego corrió hacia la casa.
Mayo se quedó mirando tras ella, arrugando la frente por un momento, como si hubiera descubierto alguna nueva extravagancia en la feminidad que lo dejara perplejo. Luego reanudó su patrulla con el paso lento del maestro marinero. Hue and Cry se alzaba como un bulto tenue en las fauces del puerto, sin mostrar ni un destello de luz. Era estéril, sin árboles, un pedazo de tierra que los pueblos habían rechazado y que los límites del condado no habían incluido. Admitió que el estado tenía buenas razones para desear cambiar las condiciones en Hue and Cry, pero este desarraigo insensible y brutal de personas indefensas que habían estado apegadas a ese suelo a través de tres generaciones era tan insensatamente radical que su resentimiento se despertó. Estaba oscilando desde el extremo de la indulgencia mal considerada hasta el de la crueldad absoluta, ¡y los pobres diablos no podían entenderlo en absoluto!
—Parece que hay otras cosas además de una martingala con clavos que pueden atrapar a un hombre y mantenerlo alejado de sus propios asuntos —reflexionó—. Qué idea tan tonta me posee para ir allí mañana, no puedo entenderlo. Sin embargo, puedo ir y mirar sin entrometerme en cosas que no son asunto mío.
Dos hombres pasaban arrastrando los pies por el camino. En el silencio absoluto de aquella noche de verano, su conversación se escuchaba a lo lejos.
—Sí, señor, como decía, ¡ahí yace muerto! Cuando estaba con él en el Luther Briggs, se cayó de las vergas principales, se rompió ambas piernas y un brazo, e hizo una abolladura en la cubierta, y se recuperó. Y hace una semana, mañana mismo, se le metió una astilla bajo el pulgar, y ahí yace muerto.
—Es como sucede a menudo en la vida. Mientras un hombre mira al cielo para ver las cosas grandes y esquivarlas, va y se tropieza con una aguja de tejer.
—Eso es cierto —se informó a sí mismo el capitán Mayo—; ¡pero de alguna manera no puedo evitarlo!
XII ~ SIN LUGAR PARA LA PLANTA DE SUS PIES
¿No oyes al viejo rugir, Johnny, Un día más? ¿No oyes a ese piloto gritar, Un día más? ¡Solo un día más, mi Johnny, Un día más! Oh, ven a mecerme y rodarme, Un día más. --Canción del Molinete.
Cuando se mencionó el tema de la expedición propuesta a Hue and Cry en la mesa del desayuno, el capitán Epps Candage mostró un interés inmediato.
—Va a ser algo bueno para la zona de por aquí, ¡echarlos! Los oí hablar de ello en la tienda de Rowley anoche. Iré con ustedes y veré cómo se hace.
Mayo y Polly Candage intercambiaron miradas y se abstuvieron de hacer comentarios. Era evidente que el capitán Candage reflejaba el punto de vista utilitario de Maquoit.
Mayo se había quitado ese odioso uniforme del yate de Marston, y la joven le dio un examen de aprobación cuando apareció esa mañana con su traje gris discreto para tierra. Con la ayuda pronta de la viuda, Polly Candage había vuelto a hacer presentable su propio atuendo. Cuando caminaron hacia la orilla, ella sonrió con picardía a Mayo bajo el ala de un sombrero de paja muy atractivo.
—Bajé temprano a la tienda general y compré un sombrero de niño —explicó—. Lo adorné yo misma. Sabe, soy aprendiz de sombrerera. ¿Hace honor mi formación?
Él fue algo cálido en sus seguridades de que así era.
—Debería estar complacida por sus elogios —dijo ella, con recato—, porque las mujeres usan sombreros para la aprobación de los hombres, y si mis clientas van a casa y escuchan palabras tan amables de sus maridos, mi carrera comercial seguramente será un éxito.
—¿Su carrera comercial?
—¡Ciertamente, señor! —Ella hizo una pequeña reverencia—. ¡Tengo dinero, señor! Dinero propio. ¡Cinco mil dólares en el banco, si le place! Oh, no necesita mirarme así. No los gané yo. La hermana de mi querida madre me los dejó en su testamento. Y algún día, cuando camine por la calle de la ciudad, verá un pequeño letrero de latón, muy brillante, muy pulcro, y dirá "Polly". Entonces podrá subir y visitar a la gran sombrerera; esa seré yo, ahora tan humilde.
—¡Pero ese joven! —protestó él, sonriendo ante su alegría.
—¿Oh, ese joven? —Ella arrugó la nariz. Luego se sonrojó, consciente de que él estaba un poco sorprendido por su tono de desdén—. ¿Por qué? Él usará una levita y una flor en el ojal y hará una reverencia a mis clientas. No pensaría que mi joven era un chico de granja, ¿verdad?
Ella se adelantó hacia la playa, donde su padre esperaba con sus hombres. El capitán Candage había tomado prestado un bote para el viaje. Se instaló en la popa con el remo de gobierno, y el joven y la chica se sentaron juntos en el banco central. El patrón escuchó su charla con complacencia amable.
—Ahí hay un tipo que es de los nuestros, y no está tratando de cortejar a mi chica —le había confiado al señor Speed—. Ella ya tiene pretendiente y lo sabe. Y bajo esas circunstancias, creo en animar a los jóvenes a que sean sociables.
Todavía era temprano en la mañana cuando llegaron a la isla, pero el agente estatal estaba allí antes que ellos. Lo vieron caminando vivamente entre las casas dispersas, fumando su cigarro.
Estaba haciendo visitas domiciliarias y realizando negocios en tono alto. Ese negocio consistía en pagar el dinero que el estado había autorizado para “mejoras de ocupantes”. En el caso de los colonos en Hue and Cry, las sumas eran meras limosnas; sus mejoras consistían en chozas tambaleantes, erigidas con restos del océano y parcheadas una y otra vez con papel alquitranado.
Solo había un edificio en la isla que mereciera el nombre de vivienda; desde este, nuestro interlocutor comunicativo de la noche anterior estaba sacando sus escasas pertenencias. Su mujer y sus hijos ayudaban. Dejó una mesa golpeada cuando se encontró con Mayo y su grupo.
—Soy el único ciudadano que puede marcharse temprano y, como podría llamarlo, respetablemente, caballeros. Tomé mis ciento cincuenta y compré esa casa flotante de ahí. —Era una vieja gabarra, techada, y evidentemente se había vuelto venerable en su servicio como mercado de pescado flotante—. ¡No pueden echarme del Océano Atlántico! ¡Los otros no se han despertado a una sensación real de que tienen que irse y que todo esto significa negocios! Me voy temprano o de lo contrario todos estarían tratando de subir a mi bote como la gente quería hacer con el arca de Noé cuando vieron que el diluvio no era solo un chaparrón. —Levantó su mesa sobre la cabeza y siguió adelante, liderando a su rebaño.
Toda la población de la isla estaba al aire libre. Las mujeres y los niños estaban ociosos en grupos; los hombres seguían lánguidamente al comisionado en sus rondas. No era evidente ningún espíritu de rebelión. Los hombres actuaban más bien como ovejas curiosas. Eran de esa variedad abyecta de blancos pobres que aceptan las lluvias del cielo y se inclinan ante el reino de la autoridad con la misma resignación incuestionable.
Pero Mayo descubrió pronto una razón especial para la calma mostrada por estos hombres. Sus mentes lentas no se habían despertado a una comprensión completa.
—¿Qué se proponen hacer ustedes? —exigió el capitán Mayo a un grupo que había abandonado al comisionado y se había acercado a inspeccionar a los recién llegados.
—No hay nada que podamos hacer —declaró un portavoz.
—¿Pero no entienden que este hombre está aquí con pleno poder del estado para echarlos de esta isla?
—Oh, ya nos han amenazado antes. Pero siempre ha surgido algo. No nos han echado.
—¡Pero esta vez va a suceder! ¿Por qué no se despiertan? ¿A dónde van?
—Eso es para que alguien más se preocupe. Esto no ha sido elección nuestra.
—¿Qué sentido tiene tratar de meter algo sensato a través de las conchas de esas almejas? —gruñó el capitán Candage, con el desdén costero por los ineficientes.
—No mucho sentido, me temo —reconoció el joven—. ¡Pero miren a los niños!
Esos patéticos niños de Hue and Cry estaban acurrucados aparte, mudos por el terror que sus mayores no intentaban calmar. Eran pilluelos harapientos, lastimosos y nostálgicos; muchachos con caras demacradas, pobres niñas pequeñas. Sus imaginaciones infantiles hacían del asunto una tragedia que no podían comprender. Bajo sus brazos sostenían gatos asustados, gatitos indefensos o muñecas de trapo. La calma insensible de los hombres los desconcertaba; el llanto de sus madres hacía su miedo miserable más agudo. Miraban de cara en cara, tratando de comprender.
—¿Qué puedo decirles? —preguntó Polly Candage, en un susurro—. Es perverso. Están tan asustados.
—Quizás se pueda hacer algo con ese agente. Estoy tratando de pensar en algo que decirle —le dijo Mayo.
Un viejo, un hombre muy viejo, se sentó sobre una almeja invertida y aulló un miserere discordante con un violín. Sus ojos estaban bien abiertos y sin vista. Una mujer, cuya falda harapienta ocultaba solo en parte los pantalones de hombre y las botas de goma que llevaba, se dirigía ocasionalmente a él como “padre”. Ella estaba apilando a su alrededor algunos artículos de mobiliario que estaba arrastrando fuera de su hogar; esa casa era la parte superior de la cabina de una goleta, algo que el mar había arrojado sobre Hue and Cry. Se veía obligada a doblarse casi por la mitad para poder caminar por el refugio. Los perros se escurrían entre los pies de sus amos, el instinto canino informándoles de que algo malo estaba ocurriendo ese día. ¡Los niños mirando con ojos muy abiertos y caras pálidas, las mujeres llorando, los hombres intimidados que arrastraban los pies y murmuraban! ¡Entre ellos caminaba el dios de la máquina, cortante, desdeñoso, fumando su cigarro! Pasó frente al capitán Mayo y sus amigos.
—Le ruego me disculpe, señor —llamó el capitán—; ¿pero está seguro de que está haciendo esto correctamente?
—A ver... ¡si mal no recuerdo, tuve una pequeña charla con usted anoche! —sugirió el agente, gélidamente—. ¿A quién representa usted? —A mí mismo.
—¿Cómo encaja usted en este asunto? —No creo que encaje... parece haber demasiadas esquinas afiladas —declaró Mayo, sin gustarle la actitud insolente del otro—. ¡Bueno, yo sí encajo! Tengo autoridad estatal. —Ya me lo ha dicho. ¿Puedo hacerle una pregunta? —Adelante, pero sea rápido. Este es mi día ocupado. —Estas personas están siendo desarraigadas; no parecen saber qué será de ellos. ¿Qué se hará?
—¡Se lo dije anoche! Los idiotas a una institución; los que estén en condiciones deben ir a trabajar. El estado propone... —¿Cuando dice “estado”, qué significa exactamente, señor? —Significo que he investigado este asunto y lo estoy dirigiendo.
—¡Eso es lo que pensé! El estado generalmente no sabe mucho sobre lo que están haciendo sus agentes.
—Usted no está dudando de mi autoridad, ¿verdad?
—No, pero estoy dudando de su buen juicio.
—¡Mire, hombre!
—Será mejor que no perdamos los estribos —aconsejó Mayo, con calma—. Usted es un servidor del estado, dice. Entonces, un ciudadano tiene derecho a hablar con usted. Dejemos al estado fuera de esto, si cuestiona mi derecho. ¡Hombre a hombre, ahora! Está equivocado.
La población de la isla había formado un círculo cerrado a su alrededor.
—Eso es suficiente charla por su parte —declaró el agente, con ira.
—Está tratando de rehacer de una vez lo que ha llevado tres generaciones lograr —insistió Mayo—. ¡No puede hacerlo!
—¡Obsérveme y vea si no puedo! Cuando realizo cualquier negocio por el que se me paga, se realiza. Podría haber dado a estas personas unos días más si usted no hubiera venido a meter su cuchara aquí. ¡Pero ahora me propongo demostrárselo! Los tendré fuera de aquí al anochecer, y cada choza quemada hasta los cimientos.
—¿Quiere decir que va a cebarse con esta pobre gente solo porque he intentado decir algo para ayudarles?
—Les demostraré a usted y a ellos que no es seguro jugar con el estado cuando el estado se pone en marcha.
—¡Al diablo con el estado! —explotó Mayo, sintiendo que perdía los estribos—. ¡Esto no es el estado, es un caso de un hombre con los humos subidos!
—Lárguese de esta isla, usted y sus entrometidos —ordenó el agente.
—Sí, cuando estemos listos para irnos, señor.
Mayo se sorprendía de su propia obstinación. Sabía que un temperamento algo infantil y el resentimiento provocado por la arrogancia del otro hombre tenían mucho que ver con su postura en el asunto, pero en el fondo había una protesta contra la injusticia del mundo. Sentía que había tenido una experiencia personal con esa injusticia. Sabía que no había venido a Hue and Cry a ofrecerse como defensor de estos desdichados, pero ahora que estaba allí y había hablado, era evidente que debía dejarse forzar a intervenir hasta cierto punto; el agente había declarado, al alcance de todos, que esta interferencia había sentenciado el destino de los isleños. Polly Candage estaba de pie junto al defensor, y lo miraba con ojos que destellaban orgullo por él y su propio espíritu. Se acercó y tomó de la mano a uno de los niños asustados.
—Si he sido un poco precipitado en mis comentarios, me disculpo —suplicó el capitán, deseoso de reparar la falta—. No pretendo interferir en su deber. ¡No tengo derecho a hacerlo!
—Escuchan lo que dice su amigo, después de meterlos en este lío —gritó el agente, para que todos pudieran oírlo—. Ahora se prepara para marcharse trotando y dejarlos con sus problemas.
—Ahí se equivoca, amigo mío. Si está enojado conmigo, adelante, tenga su disputa conmigo. No se desquite conmigo a través de los hombros de esta pobre gente. No es un trato justo.
—Se van hoy, y se van porque usted se ha metido en el asunto. A todos ustedes hay que demostrarles que el estado no tolera a los entrometidos una vez que se han dado las órdenes. —Luego añadió, con malicia—: Más les vale a ustedes sacar a este tipo de la isla montado en un palo. ¡Todo lo que les pase es culpa suya!
Este intento de eludir la responsabilidad como un método mezquino de represalia avivó la ira de Mayo de verdad.
El agente trataba con hombres que apenas eran más que niños en su valoración de las cosas; murmuraban entre ellos y miraban con desprecio a este extraño que había llevado sus problemas a un punto crítico.
—No voy a permitir que se salga con la suya con ese tipo de discurso, señor Agente. Usted sabe perfectamente que la gente de tierra firme no contratará a estos hombres, incluso si son aptos. Todo el mundo está en contra de ellos. Usted mismo me lo dijo anoche. Serán pateados de un lado a otro, ¡de este pueblo a aquel! Estarán peor que los mendigos. Y deben arrastrar a estas mujeres y niños pequeños con ellos. ¡Voy a denunciar esto!
—¡Esa denuncia sonará muy bien! —se burló el comisionado—. ¡Denunciar a un funcionario estatal por hacer lo que el Gobernador y el Consejo han ordenado!
—¡Sí, ordenado bajo su consejo!
—Bueno, ¡se ha ordenado! ¡Y contaré con respaldo! Tan pronto como pueda llegar ante un juez, prestaré juramento para obtener una orden de arresto contra usted por interferir con un funcionario estatal. —Arrojó al suelo la colilla de su cigarro—. ¡Escuchen, gente! Lárguense de esta isla. Cualquiera que esté aquí al atardecer, hombre, mujer o niño, será arrestado y encarcelado por invadir tierras estatales. ¡Ahora, más les vale a todos darle tres hurras a su amigo entrometido de aquí!
—Siempre nos han dejado quedar, incluso cuando nos habían amenazado antes —gimió un hombre—. ¡Él ha echado leña al fuego por nosotros, eso es lo que ha hecho! —Señaló con el dedo a Mayo.
—¡Es cruel! —jadeó la joven—. ¡Esta pobre gente no sabe nada mejor, no son responsables!
—¡Oigan, miren aquí, gente! —gritó el señor Speed, que se había estado conteniendo con gran dificultad—. ¡Ya es hora de que despierten!
El plutócrata de la casa flotante había subido desde la playa y había estado escuchando. El hombre que gemía comenzó a hablar de nuevo, y el magnate de la isla le dio una sonora bofetada; estaba claro que este hombre, que había vivido en la mejor casa, había sido un personaje de autoridad en la tribu.
—Me avergüenzo de todo el grupo de ustedes —vociferó—. Aquí hay un caballero que ha dado la cara por nosotros. ¡Es el único hombre que he oído decir una buena palabra por nosotros o intentar ayudarnos! ¡Nadie más en el mundo lo ha hecho jamás! ¡Quítense los sombreros y agradézcanle!
—¡Me he metido en un lío! —susurró Mayo a la joven—. Por el amor de Dios, ¿qué voy a hacer?
—Haga todo lo que pueda, ¡por favor, capitán Mayo!
Él dio un paso adelante. El agente comenzó a gritar.
—¡Espere un momento, señor! —interrumpió el capitán con un aire de mando que impuso obediencia y atención—. ¡Usted ya ha dicho lo suyo! Ahora voy a decir lo mío. ¡Escúchenme, gente! No soy el tipo de hombre que mete a sus amigos en problemas para luego salir corriendo y abandonarlos. Todos ustedes que han sido expulsados por el estado, todos los hombres, mujeres y niños que estén dispuestos a trabajar, vengan conmigo a tierra firme en Maquoit con lo que puedan llevar en sus botes. Los estaré esperando allí. Mi nombre es Boyd Mayo.
—Yo mismo recordaré ese nombre —declaró el agente, furioso—. Se le demostrará que no puede interferir en un asunto de estado.
—Usted ha soltado a esta gente en el mundo, y yo voy a echarles una mano cuando lleguen a donde estoy. Si decide llamar a eso interferencia, ¡adelante! ¡Será una gran historia en los tribunales!
No se detuvo a estrechar las manos sucias que le tendían. Se abrió paso entre la multitud y su grupo lo siguió.
—Nos vemos allá en tierra firme, muchachos —gritó de vuelta con una cordialidad marinera que ellos entendieron—. ¡Veremos qué se puede hacer!
—Bueno, ¿qué demonios se puede hacer? —gruñó el capitán Candage, igualando el paso con el defensor.
—No lo sé, señor.
—No puede hacer nada más sensato con esas criaturas de lo que podría hacer con un caso combinado de viruela y sarna de siete años.
—¡Padre! —exclamó la joven, con reproche.
—¡Sé de lo que hablo! ¡Esto es una estupidez absoluta!
—¡El capitán Mayo es un hombre noble! Debería avergonzarse de echarse atrás cuando se necesita su ayuda.
—No lo culpo por responderle a ese viejo bicho raro y retorcido, señor —admitió el viejo patrón—. Yo mismo quería hacerlo. Pero...
—Me temo que no merezco muchos elogios —dijo Mayo—. He estado desquitándome con ese agente. Me hizo enojar. Soy propenso a actuar precipitadamente de esa manera.
—Yo también, señor, y siempre me arrepiento. Será mejor que salgamos de aquí antes de que esa tribu de tipos se nos venga encima.
—¡Oh, de ninguna manera! He dado mi palabra, señor. Debo cumplirla hasta el final.
—¿Pero qué va a hacer con ellos?
—¡Bendito sea si lo sé ahora mismo! Cuando estoy muy enojado no me detengo a pensar.
—¿Qué tal si me reúno con ellos por usted y les digo que ha tenido una muerte repentina en su familia y que lo han llamado con urgencia? Ellos no notarán la diferencia —se ofreció el capitán Candage—. Y una muerte real sería una suerte para usted comparada con lo que le espera si se queda por aquí.
—Me quedaré por aquí, señor. No puedo permitirme avergonzarme de mí mismo.
—Creo que ya ha dicho suficiente, padre —declaró Polly Candage, con vigor.
—He oído hablar de adoptar familias antes —dijo el irreconciliable—, pero nunca he oído nada de una operación tan masiva como esta. Creo que me voy a trepar a un árbol.
Se embarcaron en el bote. El señor Speed y Dolph metieron los remos en el agua y comenzaron a remar, intercambiando miradas y sin atreverse a ofrecer ningún comentario.
—Podría subastarlos a los granjeros como espantapájaros —continuó el capitán Candage, todavía masticando el tema como un perro con un hueso—. No sirven para trabajos más activos que ese.
—Espero que perdone a mi padre por hablar así —suplicó Polly Candage. Levantó sus ojos brillantes hacia la mirada comprensiva del joven a su lado—. Él no lo entiende de la forma en que yo lo hago.
—Quizás yo mismo no lo entiendo exactamente —protestó él.
—¿Pero qué está haciendo por ellos?
—Hasta ahora no he hecho nada más que causarles problemas. Ahora debo hacer algo para compensar.
—Hay una recompensa por las buenas acciones, capitán Mayo, cuando ayudas a quienes no pueden ayudarse a sí mismos. Creo en lo que dice la Biblia sobre lanzar el pan sobre las aguas. ¡Algún día volverá a ti!
Él sonrió ante su entusiasmo con tolerancia, pero estaba lejos de darse cuenta entonces de que esta hermosa joven, cuyos ojos brillaban tras sus lágrimas y cuyas mejillas estaban encendidas por el ardor de su admiración, le estaba hablando con la lengua de una sibila.
El sueño no llegó a él, pues el suyo fue el sueño profundo del agotamiento. Bajó al alba y se sumergió en el mar, y mientras regresaba caminando hacia la cabaña, una idea y una convicción se le presentaron, tomadas de la mano. La convicción lo había acompañado antes: que no podía echarse atrás en ese momento y dejar a aquella pobre gente a su suerte, por mucho que él ansiara partir para atender sus propios asuntos; su empresa era quijotesca, pero si la abandonaba en aquella coyuntura, una extraña historia lo perseguiría a lo largo de la costa, y él sabía qué clase de estima sentían los marineros por los desertores.
Sin embargo, en el fondo de su corazón, confesaba que no era solo el orgullo marinero lo que lo impulsaba. La patética desamparo de la tribu de Hue and Cry le apelaba con una insistencia que no podía negar. Los comprendía como comprendía a colonias similares a lo largo de la costa: ¡niños a quienes un mundo indiferente clasificaba como hombres y trataba con una injusticia irreflexiva! ¡Se les prescribía trabajar, como a los demás! Pero ellos no sabían cómo trabajar ni cómo hacer que su trabajo les fuera rentable.
La idea que le vino con la convicción de que debía ayudar a esta gente se refería al trabajo para ellos.
Después del desayuno, confió sus planes al capitán Candage, para gran satisfacción del patrón, quien se sintió halagado por ser tomado en cuenta.
—Espero que sea algo en lo que podamos involucrar a Rowley —confesó el patrón—. No me importan nada esos bichos —añadió, fingiendo brusquedad—. No quiero que se insinúe por ahí que me estoy volviendo un blando en mi vejez. Pero me dan una excusa para fastidiar a Rowley.
—Para llevar a cabo el plan que he esbozado, necesitamos algún tipo de embarcación —dijo Mayo.
—¡Seguro! Iremos directo a Rowley. Él lo sabrá. Si hay algo en esta zona que él no controle de alguna manera —contrato de compraventa, hipoteca, deuda pendiente o por cobrar—, entonces no vale la pena ni mencionarlo.
El señor Rowley los escuchó en su oficina trasera. Se acarició la barba con satisfacción y su rostro se iluminó de placer al ver la perspectiva de hacer otro trato rentable con hombres que parecían ser fiables y enérgicos.
—Tenía una hipoteca sobre el Ethel and May cuando el capitán Tebbets pasó a la vida superior —les informó—. La viuda entregó la goleta cuando ejecuté la hipoteca, pues no deseaba... eh... molestarse con propiedades navales. Así que la tengo libre y sin cargas, ¡sin que me haya costado una suma terrible! Me complacerá fletarla a ustedes, caballeros, por una cifra razonable. Además, viendo que la industria conduce a la rectitud, según nos dicen, su plan de poner a trabajar a esos bichos puede ser bueno, siempre y cuando usen un garrote con ellos lo suficiente.
—Por lo que he oído de sus discursos en las reuniones de oración, pensaría que usted aconsejaría la persuasión moral —sugeriría el capitán Candage, disfrutando claramente de esta oportunidad para "fastidiar".
—Uso el sentido común, ya sea en religión, política o negocios —espetó Rowley, exhibiendo un poco de calor impropio de un cristiano.
—Es recomendable engrasar el sentido común con un poco de caridad, y así la máquina no chirriará tanto.
—No me dedicaría a pasear un pez perro sobre mi rodilla ni a cantarle una nana de poleo para dormirlo, capitán Candage.
—Creo que podemos mostrar resultados sin necesidad del garrote —intervino Mayo, con la leve intención de suavizar el tono de este intercambio.
El empleado llamó al señor Rowley a la tienda por un asunto de especial importancia, y el concejal se marchó, pisando con fuerza sobre sus talones.
—El viejo Adán a veces se asoma a través de su caparazón —comentó Candage.
—Será mejor que cerremos el precio del flete, señor, antes de que lo aborde demasiado —aconsejó el joven.
—Es que, por naturaleza, no puedo evitar arponearlo —confesó el patrón—. Es un maldito viejo hipócrita, que engaña a viudas y huérfanos por elección porque no tienen el coraje de responder, y siempre he disfrutado peleando con tipos como él. Él y yo tenemos una bronca pendiente. Pero me contendré lo mejor que pueda hasta que lo tengamos doblegado.
El plan de Mayo implicaba la modesta empresa de fletar una embarcación adecuada para la pesca. No había material para verdaderos pescadores de altura en la colonia de Hue and Cry, pero la mayoría de los hombres servirían para pescar de arrastre peces de fondo y bajura a unas pocas millas de la costa. Era el único plan que proporcionaría empleo a todo el grupo de dependientes; los hombres mayores y más decrépitos, junto con las mujeres y los niños, podrían excavar y abrir almejas para el cebo de las redes. Con el fin de fomentar la ambición y la independencia entre los hombres más capaces de la colonia, Mayo sugirió que los pescadores trabajaran a partes, y el capitán Candage estuvo de acuerdo.
Cuando el señor Rowley regresó a la oficina, encontró a su igual esperándolo en la persona del capitán Candage, preparado y listo para cerrar un trato ventajoso. Al cabo de una hora, se entregaron los papeles que representaban el flete del Ethel and May.
—Supongo que es un buen trabajo —afirmó el patrón, cuando él y Mayo estuvieron fuera de la tienda de Rowley—. He decidido dejar que la pobre vieja Polly vaya al casillero de Davy Jones. Escribí a los cargadores y a los consignatarios de la madera anoche. Si la quieren, pueden ir a buscarla. ¡Bien podría pescar el resto de esta temporada! —Miró al capitán Mayo con ojos en los que la pregunta era casi melancólica—. Por supuesto, puede confiar en mí para asegurarme de que reciba su parte, señor, como si estuviera a bordo.
—Voy a embarcarme, capitán Candage.
El viejo se quedó inmóvil y se quedó mirando.
—No tengo nada a la vista ahora mismo. Usted necesita ayuda para que el asunto comience bien. No me voy a ir y dejar a esa banda en sus manos hasta que vea cómo funciona el plan. Iré como primer oficial con usted.
—Ni por asomo vas a ir de primer oficial conmigo —objetó Candage—. Tú irás como capitán y yo estaré orgulloso de recibir órdenes tuyas, señor.
Estaban discutiendo amigablemente sobre ese punto cuando regresaron a la cabaña de la viuda. Polly Candage rompió el punto muerto.
—¿Por qué no tener dos capitanes? ¡Eso será algo completamente nuevo a lo largo de la costa!
—El resto de esto ya es bastante nuevo sin eso —soltó su padre—. Pero considerando qué clase de tripulación tenemos, ¡supongo que dos capitanes no son demasiados! Yo seré el capitán número dos y sé lo suficiente para mantenerme en mi lugar.
—¡No creo que usted y yo volvamos a discutir mucho más! —sonrió el capitán Mayo, extendiendo su mano y recibiendo el fuerte apretón de Candage—. Voy a empezar algunas cartas, y ahora mismo iré a escribirlas. Hasta que esas cartas me traigan algo en forma de trabajo, estoy con usted, señor.
El capitán Candage caminó hacia el cobertizo de pescado con su hija.
—Polly —declaró, tras un silencio embarazoso—, me he equivocado en todo contigo, hija. Aquí y ahora te doy tus papeles de zarpe. Navega a casa tan pronto como quieras. ¡No haré preguntas! ¡No es asunto mío!
—Mis pequeños asuntos siempre deben ser asunto suyo, padre —respondió ella—. Le amo. Le obedeceré.
—Pero ya no voy a dar más órdenes. No estoy capacitado para comandar en las aguas donde tú navegas, Polly querida. ¡Así que vete a casa y sé mi buena chica! ¡Sé que lo serás!
—¡He cambiado de opinión sobre irme a casa... por ahora! —Sus ojos se encontraron con los de él con franqueza—. Le he escrito a la tía Zilpah para que me envíe algo de ropa. Padre —había un asombro femenino, más bien indignado, en su tono—, ¿sabe que no hay una sola mujer en Hue and Cry que sepa usar una aguja?
—¡Podría haberlo adivinado, a juzgar por el aspecto que tienen sus hijos y sus hombres!
—¿Se da cuenta de que esos niños ni siquiera conocen el abecedario?
—Nunca he oído que se criaran profesores de universidad en esa isla.
—Voy a tomarme unas vacaciones de la sombrerería, ahora que estoy aquí. Les mostraré a esas mujeres a coser y cocinar, y les enseñaré a esos niños a leer. Es lo correcto... ¡mi deber! ¡No podría irme a casa y ser feliz sin hacerlo!
—Llamar a eso vacaciones es ponerle un nombre cortés, Polly.
—Si pudiera haber visto sus ojos, padre, cuando prometí ayudarles, no se preguntaría por qué me quedo.
—¡No me pregunto, Polly, hija mía! Si te hubieras ido y... y nos hubieras dejado... a Mayo y a mí... ¡me habría sentido terriblemente decepcionado contigo! Pero en realidad nunca pensé mucho en que te fueras... porque sabía que no te irías hasta haber ayudado todo lo que pudieras. —La rodeó con su brazo—. Me ha preocupado haberte traído aquí. Pero supongo que Dios lo tenía todo planeado para nosotros. No conocía a mi propia hija como debía haberla conocido. He estado fuera demasiado tiempo. Pero ahora estamos creciendo, por así decirlo... juntos... algo así, ¿no, Polly querida?
Ella rodeó su cuello con sus brazos y le respondió con un beso.
XIV ~ RUMBOS PARA UN NUEVO CURSO
Y ahora, mis valientes muchachos, llega lo mejor de la diversión, es virar por avante y tomar rizos en las gavias a la vez; así que subid a los palos, gavieros, mientras el timón cae, y aferrad las gavias cuando la verga mayor gire. --La Pique.
Al final de esa semana, el Ethel and May había entregado en el mercado su primera carga de pescado y sus capitanes habían repartido sus primeras ganancias. Mayo decidió que los resultados estaban fuera de proporción con los modestos beneficios. Estaba presenciando la regeneración de la tribu de Hue and Cry. En su caso, había sido el toque adecuado en el momento oportuno. Durante años, sus esperanzas habían estado hambrientas de una oportunidad para salir adelante. Ahora, la gratitud los inspiraba y un deseo casi insano de demostrar que no eran inútiles los impulsaba a un esfuerzo supremo. La levadura de la psicología de la independencia estaba haciendo su trabajo.
La gente de Hue and Cry durante tres generaciones se había sentido parias. Cuando llevaban su pescado o almejas a tierra firme, los compradores eran tanto injustos como despreciativos, como si trataran con niños mendigos que solo debían esperar una limosna por su producto en lugar del precio de un hombre de verdad. Los precios se ajustaban al estado de ánimo de los compradores de pescado de cada día. Los isleños nunca habían sido admitidos en el plano de los negocios directos como otros pescadores. Siempre habían aceptado mansamente lo que se les ofrecía, ya fuera moneda o insultos. Por lo tanto, su trabajo nunca les había reportado el valor completo.
Quienes compraban hacían sentir a los pobres desgraciados que constituía un favor especial aceptar su pescado a cualquier precio.
Parecieron reclamar su lugar ese primer día en el mercado, cuando el Ethel and May hizo su gran entrada en el muelle de la lonja de la ciudad. Hombres autoritarios los representaron en los tratos con los compradores. La tripulación ocultaba sus sonrisas de deleite tras sus manos ásperas cuando el capitán Epps Candage increpaba a los postores que ofrecían precios inferiores a los del mercado; miraban con asombro al capitán Mayo cuando leía hojas impresas —siendo la letra impresa un misterio que nunca habían dominado— y calculaba con lápiz ágil e incluso corregía al comprador, quien reconocía su error y se disculpaba humildemente. ¡Se acabaron los balbuceos serviles en las puertas de las lonjas!
De vuelta en casa, las mujeres, los niños y los ancianos tenían un buen techo sobre sus cabezas; los pescadores tenían la cubierta de una goleta ordenada bajo sus pies. La dejadez se apartó de ellos. Tras años de opresión, habían encontrado su oportunidad. Hombres con más experiencia habrían considerado esta nueva fortuna solo modesta; estos hombres la aprovecharon con entusiasmo juvenil.
Estaban por la borda de la goleta y en sus botes cuando los pescadores más cautelosos se refugiaban en el castillo de proa. En su tercer viaje, gracias a esta audacia, sorprendieron al mercado de la ciudad sin existencias un jueves y lograron una gran ganancia.
—Me han dicho que San Pedro comenzó con esta noción del viernes porque estaba en el negocio del pescado —declaró el capitán Candage, clasificando el dinero para las partes—. Todo lo que tengo que decir es que hizo un buen trabajo.
El señor Speed, navegando como primer oficial, siempre encontraba una pronta obediencia.
Dolph, el de la nariz sucia, nunca había escuchado antes tales elogios como los que prodigaban los hombres hambrientos sobre las escudillas que él llenaba.
El capitán Mayo, haciendo cuentas un día, se sorprendió sinceramente al descubrir que casi un mes había pasado desde que había llegado a Maquoit.
—Eso demuestra cómo un hombre se interesa cuando lo toman y lo lanzan dentro de algo —le dijo a Polly Candage.
—¡Está convirtiendo a esos hombres en hombres de verdad, capitán Mayo! —añadió, con una risa—. ¡Y me dijo que no tenía mano para cambiar la naturaleza humana!
—Ellos mismos lo están haciendo.
—No diré nada para herir su modestia, señor.
—Ahora debo despertar. ¡Debo hacerlo! No hay nada que valga la pena en la ganancia para su padre y para mí mismo. Quiero que él se quede con el negocio solo. Habrá una ganancia justa para él. No pretendía quedarme aquí tanto tiempo. Supongo que me olvidé de mí mismo. —Continuó con sus cálculos.
—Pero yo sabía que usted no podría olvidar —aventuró ella, tras una pausa.
Él levantó la vista y encontró una extraña expresión en su rostro. Había una simpatía y amistad francas en sus ojos. Él había dado vueltas a pensamientos amargos a solas, luchando con un problema que no podía dominar. En una emoción repentina —en un abandono de sí mismo no premeditado—, buscó a alguien en quien confiar. Necesitaba consejo en un asunto donde ningún hombre podía ayudarlo. Esta chica era la única que podía entender.
—Puede que haya cartas esperándome en la ciudad... en la gran ciudad donde se me espera —soltó—. No me he atrevido a enviar ninguna. —Vaciló, y luego se dejó llevar por su impulso—. Señorita Polly, no tengo derecho a molestarla con mis asuntos. Puedo parecer impertinente. ¡Pero usted es una chica! ¿Suele una chica sentarse a pensar en todas las dificultades... cuando no recibe cartas... y luego ser comprensiva?
—Estoy segura de que lo hace... cuando ama a alguien.
—Y, sin embargo, puede parecer muy extraño. Estoy preocupado fuera de mis sentidos. No sé qué hacer.
Ella guardó silencio durante mucho tiempo, mirando lejos de él y retorciéndose las manos en su regazo; claramente estaba buscando en su alma inspiración... ¡y valor!
—¿Cree que ella entenderá la situación? —insistió él.
—Debería.
—¡Pero ni una palabra mía! ¡Silencio durante semanas!
Su voz era baja, pero evidentemente había encontrado el valor. —No he oído ni una palabra... ni una carta me ha llegado... desde que dejé la casa de mi tía.
—¿Se siente segura de que él la ama igual? ¿No necesita cartas?
—Oh, no. No necesito cartas.
—¿Pero en mi caso?
—Pude ver que ella lo ama mucho. Ella se mantuvo firme ante todos, capitán Mayo. Ese tipo de chica no necesita cartas.
—Me ha infundido nuevo valor. Creo que entiende exactamente cómo se sentiría una chica. ¡Usted conoce a un yanqui! Él espera encontrar a un amigo justo donde lo dejó, en cuanto al afecto.
—Una chica no necesita ser yanqui para ser así en su amor.
—No puedo escabullirme hacia ella por el camino de atrás... ¡no puedo hacer eso! —exclamó—. No quiero avergonzarme de mí mismo. No quiero traerle más problemas. ¿No cree que ella esperará por mí hasta que pueda ir... e ir correctamente?
—Ella esperará por usted, señor. Es la naturaleza de las mujeres esperar... cuando aman.
—Pero no puedo pedirle que espere para siempre. Por eso debo irme e intentar salir adelante. —Apretó los dientes y los músculos de su mandíbula quedaron tensos—. Creo que un hombre puede conseguir lo que busca con el espíritu adecuado, señorita Polly. —Saltó del porche y la dejó.
La niebla era densa en la orilla y en el mar ese día, reteniendo al Ethel and May en puerto. Él desapareció en la niebla sofocante, y la joven se quedó sentada mirando hacia ese vacío durante mucho tiempo.
Mayo remó hacia la goleta, que estaba anclada en la rada del puerto. Llevaba sus cuentas al capitán Candage.
De pie y mirando hacia proa mientras remaba, se encontró de repente con un gran yate de vapor que se había colado en la cala a través de la niebla y estaba anclado en su rumbo. Era el Sprite, y él había entablado un conocido de costa con su patrón ese verano, encontrándolo en puertos donde el Sprite y el Olenia habían sido vecinos en el fondeadero. Dejó de remar y permitió que el bote fuera a la deriva. Notó que la bandera azul ondeaba en la cruceta de estribor del palo mayor, anunciando la ausencia del propietario, y comprendió que podía llamar al patrón sin avergonzar a ese caballero. Uno de la tripulación estaba poniendo cubiertas sobre el metal pulido en proa.
—Cumplidos al capitán Trott, y dígale que el capitán Mayo está en la escala.
El patrón apareció prontamente, respondiendo al saludo antes de que el marinero se hubiera movido. —Suba a bordo, señor.
—No le molestaré tanto, capitán. Puedo hacer mi pregunta igual de bien desde aquí. ¿Sabe de alguna buena oportunidad para un hombre de mi talla?
El capitán del Sprite se acercó a la borda y no respondió prontamente.
—He dejado el Olenia y estoy buscando algo.
El capitán Trott se dirigió a la escala. —Oh, no se moleste en bajar, señor.
—Preferiría, capitán Mayo. —Después de descender, se acuclilló en la plataforma al pie de la escalera y mantuvo el bote cerca, agarrando la borda—. ¿Qué está haciendo usted estos días?
Mayo no tenía gusto por una larga historia. —Estoy esperando para engancharme en algo —respondió.
El capitán Trott no mostró ninguna prontitud en abordar el tema que Mayo había planteado. —Se ha puesto bastante espeso, ¿verdad? Me han ordenado esperar aquí a mi gente; están visitando una gran finca río arriba.
—¡Pero sobre la oportunidad de un trabajo, capitán!
—¡Mire! ¿Qué clase de altercado tuvo con el propietario del Olenia?
Mayo abrió la boca y luego la cerró rápidamente. No podía revelar la naturaleza del problema entre él y su antiguo empleador.
—Tuvimos palabras —dijo, con rigidez.
—Sí, eso supongo. ¡Pero el resto!
—Eso es todo.
—No necesita decirme más de lo que tenga ganas, por supuesto —dijo el capitán Trott—. Pero tengo que decirle que el señor Marston ha salido con palabras bastante feroces para ser un propietario. Ha hecho un gran negocio difundiendo esa charla. No me di cuenta de que usted fuera de tanta importancia en el mundo, Mayo —añadió, secamente.
—No sé lo que está diciendo.
—¿No lo dejó usted en la noche... sin previo aviso, o algo por el estilo?
—Fue un accidente.
—Espero que tenga una buena historia que lo respalde, capitán Mayo, porque me ha caído muy bien desde que lo conocí la primera vez. ¿Qué hay detrás de esto?
—No puedo decírselo.
—Pero puede decírselo a alguien... alguien que pueda arreglar el asunto por usted, ¿no?
—No, capitán Trott.
—Bueno, usted sabe lo que ha pasado en su caso, ¿no? —El patrón del Sprite mostró un poco de mal humor al ser excluido de la confianza de Mayo.
El joven sacudió la cabeza.
—Marston afirma que usted se amotinó y lo abandonó... se escabulló en la noche... dejó su trabajo en alta mar... lo dejó para trabajar hasta Nueva York con una tripulación corta... el primer oficial como capitán.
—¡Eso es una infernal mentira!
—Entonces preséntese y desenmascárelo.
—No puedo hablar del caso. Tengo mis razones... ¡buenas razones!
—Lo siento por usted, Mayo. Me temo que está acabado en el juego de los yates. Lo incluirá en una lista negra en todos los clubes náuticos desde Bar Harbor hasta Miami. He oído a mi gente hablar de ello. Parece tener un rencor terrible... más del que un hombre importante suele molestarse en tener en el caso de un patrón.
Mayo apoyó su remo contra el borde de la plataforma y se alejó. El patrón lo llamó, pero fue instantáneamente tragado por la niebla y no respondió.
A bordo del Ethel and May, su tripulación, andrajosa pero alegre, estaba preparando los anzuelos, enganchando almejas en los aparejos y enrollando los cabos en los barriles. Los hombres sonrieron saludándolo cuando saltó sobre la borda. Él los miró con el ceño fruncido; incluso dirigió una mirada sombría al capitán Candage cuando se encontró con este en el alcázar.
—¡Sí, señor! ¡Ya veo cómo es esto! Está hasta las narices de este juego de dos centavos de aquí —dijo Candage con tristeza—. No lo culpo. Nosotros no somos de su clase, capitán Mayo. —Tomó los papeles que el joven le tendía—. Supongo que esta es la última vez que compartiremos, usted y yo. Lo voy a echar de menos una barbaridad. Preferiría no ganar nada y que usted se lo llevara todo antes que perderlo. Pero, por supuesto, no sirve de nada discutir o rogar.
Mayo fue y se sentó en la borda, cruzándose de brazos, y no respondió. El viejo patrón caminó hacia proa, con la cabeza gacha y las manos apretadas a la espalda. Cuando regresó, Mayo se puso en pie y le puso una mano en el hombro al anciano.
—Capitán Candage, por favor, no me malinterprete. En este preciso momento siento que los únicos amigos que tengo en el mundo están aquí. No tenga en cuenta mi actitud de hace un momento cuando subí a bordo. He tenido muchos problemas... y estoy teniendo más. No voy a dejarle todavía. Quiero quedarme a bordo hasta que pueda pensarlo todo y recuperar el control. ¡Eso si a usted le parece bien que sea así!
—¡Si me parece bien! ¡Por Júpiter! —exclamó el capitán Candage. Tomó el esquife y remó hasta la orilla. Encontró a su hija mirando hacia la niebla desde el porche de la casa de la viuda—. Se va a quedar un tiempo más —le informó con entusiasmo—. Algo ha pasado. ¿Crees que esa chica lo ha dejado?
—Padre, ¿te atreves a reírte porque un amigo está en apuros?
—Me reiré y me daré una palmada en la pierna si alguna vez se deshace de esa chica presumida —respondió él con firmeza.
—¡Estoy asombrada, me avergüenzo de ti, padre!
—Polly, querida, ¡sé honesta con tu padre! —suplicó él—. ¿Quieres verlo casado con ella?
—Ciertamente sí. Solo desearía poder ayudarlo. —Sus labios estaban pálidos, su voz temblaba. Se levantó y se apresuró a entrar en la casa.
—Que me condenen si entiendo a las mujeres —declaró el capitán Candage, jugueteando con el dedo bajo su nariz—. Ese tipo al que ella ha elegido para sí misma debe de ser el emperador del Perú.
El capitán Mayo no volvió a bajar a tierra antes de que el Ethel and May zarpara.
La niebla se disipó esa noche y salieron a toda máquina hacia los caladeros impulsados por una brisa fresca, y tuvieron sus redes de arrastre abajo al despuntar el alba. Al ponerse el sol, seguidos por una ondeante estela de gaviotas chillonas que engullían los restos arrojados por la ocupada tripulación mientras limpiaba la pesca, atracaban en la lonja de la ciudad.
—Con suerte otra vez —comentó el capitán Candage, regresando de su duro trato con el comprador—. Las criaturas de la ciudad tienen hambre de eglefino, y eso es justo lo que hemos pescado hoy. —Observó a su sombrío socio con preocupación comprensiva—. ¿Por qué no te das una vuelta por el pueblo? —sugirió—. Te estás quedando demasiado pegado a este barco para ser un hombre joven. Además, si ves una tienda abierta, cómprame una caja de cuellos de papel. ¡Rowley no tiene de mi talla!
Mayo, intranquilo y sin reconciliarse, odiando aquel día el sonido de los peces que aleteaban y se deslizaban mientras eran arrojados con horcas a los barriles para ser izados, molesto por el chirrido de las poleas y dándose cuenta de que sus nervios no estaban bien en absoluto, obedeció la sugerencia. Tenía un encargo secreto, cediendo a una esperanza a medias; fue a la ventanilla de lista de correos de la oficina postal y pidió si había correspondencia. Sabía que el amor hace agudas conjeturas. El Olenia había visitado ese puerto frecuentemente en busca de correo. Pero no había nada para él. Paseó por las calles, alimentando su melancolía, olvidando el encargo del capitán Candage, envidiando la satisfacción que mostraban los demás.
En ese estado de ánimo habría evitado al capitán Zoradus Wass si hubiera visto a aquel marinero estruendosamente alegre a tiempo. Pero el capitán lo sujetó por el brazo y lo hizo bailar por la acera, mostrando más afabilidad de la que solía tener.
—¡Mil rayos, muchacho! —gritó el canoso capitán—, ¿has venido a buscarme?
—No —balbuceó Mayo—. ¿Querías verme?
—He gastado las suelas de mis botas hoy persiguiendo desde la oficina del comisionado marítimo hasta cada rincón a lo largo del puerto. Oí que habías dejado el yate, y pensé que habías vuelto a ser sensato y que querías un trabajo de verdad.
—Si hubiera preguntado en las lonjas de pescado podría haberme seguido la pista, señor. —El tono de Mayo era sombrío.
—¡Pescado! ¿Tú pescando? —preguntó el capitán Wass con incredulidad.
—Sí, y en un barco fletado, además... ¡pescando a la parte! —Mayo estaba agriamente decidido a pintar su baja condición con colores negros—. Y he llegado a la conclusión de que es para lo único que sirvo.
—Eso es una charla muy marinera viniendo de un joven al que he entrenado para obtener sus títulos de capitán, dándole dos años en mi puente de mando. Tenía miedo de que estuvieras yendo hacia atrás, joven granuja, cuando oí que te habías hecho capitán de un yate, pero no pensé que fuera tan malo como todo esto.
—Mi negocio de los yates ha terminado, señor.
—¡Gracias a Dios! Hay esperanzas para ti. ¿Alguien te dijo que te he estado buscando?
—¡No, señor!
—Me alegro. Ahora puedo decírtelo yo mismo. ¿Sabes dónde estoy ahora?
—Oí que estaba en un carguero de la línea Vose, señor.
—No sé quién te dijo eso, pero no fue Ananías. Tienes razón. Es el viejo Nequasset, devuelto a mí otra vez porque soy el único que entiende sus malditas manías. El primer oficial se emborrachó ayer y le rompió la pierna al segundo oficial en la pelea; uno está en la cárcel y el otro en el hospital, y ninguno de los dos volverá a poner un pie a bordo de ningún barco conmigo. Zarpo al amanecer, con destino a Chesapeake para cargar rieles de acero. ¿Tienes tus papeles?
—¡Sí, señor!
—Ven conmigo. Eres el primer oficial.
—¿De verdad me quiere, señor?
—¿Que si te quiero? ¡Rayos y truenos, ya te tengo! En medio día habré sacado de ti todas las ideas de yate y habré quitado las escamas de pescado, y entonces serás lo que eras cuando te dejé ir: el muchacho más listo que he entrenado jamás.
Mayo obedeció el empujón del brazo del jubilante capitán y fue con él. —Iré a explicárselo al capitán Candage, mi socio.
—Está bien. Iré contigo y te ayudaré a que sea breve.
Mientras caminaban, el capitán Wass inspeccionaba a su compañero de forma crítica.
—¿La buena vida a bordo del yate de Marston te ha vuelto dispéptico, hijo? Pareces como si tu comida no te hubiera sentado bien.
—Mi salud está bien, señor.
—Oí que tuviste problemas con Marston —continuó el viejo patrón con brutal franqueza—. Cualquiera que tenga problemas con ese pirata de los infiernos viene bien recomendado para mí. Está intentando robar todas las líneas de barcos de vapor de esta costa. Gracias a Dios, nunca podrá poner sus garras en la vieja línea Vose. Se avecinan grandes cosas en el negocio de los barcos de vapor, Mayo. Supongo que es un buen sector en el que estar si te gusta pelear y quieres hacerte grande.
Mayo caminó en silencio. Le molestaba esta información añadida de que las noticias sobre su asunto con Marston hubieran ganado tal difusión. Sin embargo, se alegró de que esta nueva oportunidad le ofreciera la ocasión de esconderse en el aislamiento del puente de mando de un carguero.
El capitán Candage recibió la noticia con mansa resignación. —Sabía que esto tenía que llegar —dijo—. No podía esperar otra cosa. Sin embargo, no es reconfortante.
—No se puede mantener a un buen muchacho como este removiendo vísceras de pescado —afirmó el capitán Wass.
—Lo sé, ¡y le deseo lo mejor!
Su despedida, presidida por el perentorio capitán del Nequasset, fue breve.
—Probablemente tendré la oportunidad de verle cuando volvamos aquí —gritó Mayo desde el muelle, mirando hacia el semblante triste del patrón—. Quizás tenga tiempo de ir a Maquoit mientras estamos descargando. En cualquier caso, explíqueselo todo por mí, especialmente a su hija.
—Le contaré a todas las partes interesadas exactamente lo que es correcto —le aseguró el capitán Candage—. Se lo diré yo por ti.
Ella estaba en la playa cuando el patrón regresó remando solo desde el Ethel and May.
—Se ha ido —le gritó—. Por supuesto, no podíamos retenerlo. Es demasiado listo para quedarse en un trabajo como este.
Cuando iban de camino hacia la casa de la viuda, él le lanzaba miradas de reojo, y el silencio de ella lo angustiaba.
—¡A ver! Él me dice... si puedo recordarlo bien... dice, dice él: «Lleve mis mejores respetos y»... a ver... sí, «lleve mis mejores respetos y cariño a su Polly...»
—¡Padre! Por favor, no mientas.
—Es justo como lo recuerdo, querida. «Especialmente», dice. ¡Eso lo recuerdo! «Especialmente», dice. Y parecía muy triste, querida, muy triste. —Le pasó el brazo por encima—. Hay muchas cosas tristes en este mundo para todos, Polly. ¡A veces las cosas se complican tanto que me dan ganas de irme a trepar a un árbol!
XV ~ LAS REGLAS DE NAVEGACIÓN
Ahora el Dreadnought navega el Atlántico tan ancho, Donde los altos y rugientes mares ruedan a lo largo de su costado negro. Sus marineros como leones caminan por la cubierta de aquí para allá, Es el paquete de Liverpool... ¡Oh Señor, déjalo ir! —Canción del Flash Packet.
Un día a principios de agosto, el Nequasset avanzaba pesadamente por la costa a través de una niebla de mazmorra, con rieles de acero como carga agobiante y la precaución por consigna.
La aguja de su indicador marcaba «Media velocidad», y realmente significaba media velocidad. El capitán Zoradus Wass convertía en escritura las reglas establecidas por el Departamento de Comercio y Trabajo. No había trucos de pasar desapercibido bajo su mando; ninguna complicidad con el dedo en la nariz entre el puente de mando y la plataforma de la rejilla del jefe de máquinas. No, el capitán Wass no era ese tipo de hombre, aunque la niebla se había mantenido frente a él durante dos días, un vapor tan espeso como plumas en un colchón, y apenas había promediado poco más de seis millas náuticas por hora, y era amargamente consciente de que la tarifa de flete de los rieles de acero era de sesenta y cinco centavos la tonelada.
—Y como te he estado diciendo, a sesenta y cinco centavos hay casi tanto beneficio como habría al cambiar dólares contantes de una mano a otra y depender de la plata que puedas frotar —dijo el capitán Wass al primer oficial Mayo.
El capitán mantenía el pomo del silbato en constante agarre. Regularmente, cada minuto, sonaba el prolongado pitido del Nequasset, estrictamente de acuerdo con las reglas de navegación.
Su voz comenzaba con un graznido de queja, tenía un tono lleno por unos momentos y luego se desvanecía en más quejumbres; el timbre de ese tono parecía encajar con el estado de ánimo del capitán Wass.
—Son tiempos difíciles cuando un carguero tiene que calcular tan fino que puede perder dinero debido a lo que comen los hombres —continuó—. Si llegas dos días tarde por seguir las reglas en la niebla, ¡los dueños preguntan qué demonios te pasa! Este tipo de negocio ya no necesita hombres de barcos de vapor; pide dueños de pensiones que puedan cortar filetes de solomillo de una res hasta el cuerno, y que sean hábiles para tomar curvas cerradas con las sobras. Compraré un libro de recetas de cocina y trataré de producir dividendos.
El capitán era de proa ancha, como el Nequasset; se balanceaba sobre sus piernas cortas como si llevara una carga tan pesada como los rieles de acero, sus patillas blancas fluían lejos de su nariz cortante como la espuma levantada por el espolón del viejo carguero. Masticaba lenta, concienzuda y continuamente el tabaco que se abultaba en su mejilla; sus mandíbulas, moviéndose tan firmemente como el balanceo de un péndulo, parecían marcar el tiempo para el pitido isócrono del silbato. Sesenta movimientos rumiantes de mandíbula, luego escupía en la niebla, luego el pitido... ¡correcto según la marea del reloj!
Las ventanas del puente de mando estaban bajadas hasta sus marcos para que todos los sonidos pudieran ser admitidos; la brisa húmeda perlaba las patillas del patrón y humedecía el cabello corto del oficial. Mientras el oficial se inclinaba por una ventana, con el oído atento a las señales, el capitán le dio más de la inspección crítica en la que se había estado deleitando cuando la ocasión lo permitía.
Además, el capitán Wass seguía picoteando alrededor de un tema que había estado atacando de vez en cuando con torpes intentos de inquisición astuta.
—Tan malo como es en un carguero, supongo que no te arrepientes de haber dejado ese yate, ¿hijo?
—No me arrepiento, señor.
—Por lo que me dijiste, el dueño estaba siempre alrededor metiéndose en todo.
—No recuerdo haber dicho eso nunca, señor.
—Oh, pensé que lo habías hecho —gruñó el capitán Wass, y cubrió su momentáneo desconcierto haciendo sonar el silbato.
—Ahora que estás de vuelta en el negocio de los barcos de vapor, por supuesto eres un hombre de barcos de vapor. Ten los intereses de tus dueños en el corazón —continuó.
—Ciertamente, señor.
—Sería de gran ayuda para los hombres de los barcos de vapor de verdad, los buenos de siempre, si pudieran obtener algún tipo de información sobre lo que esos granujas de Wall Street están tramando con Marston dirigiéndolos... o, al menos, se supone que él los dirige. Se esconde en medio de la red y deja que las otras arañas corran y busquen. ¡Pero es el plan de Marston, puedes apostar a ello! ¿Qué piensas?
—No he pensado nada al respecto, capitán Wass.
—Pero, ¿cómo podrías evitar pensar, escuchando una palabra aquí y otra allá, a bordo de ese yate?
—Nunca escuché, nunca oí nada.
—Pero él tenía a esas otras arañas a bordo; las vi yo mismo a través de mi anteojo cuando nos pasaste un día de junio.
—Supongo que hablaron entre ellos en popa, pero mi deber era en proa, señor.
—Es una pena que no tuvieras una pulga en el oído sobre conseguir información sobre el plan de Marston, sea lo que sea. ¡Podrías haber ayudado a los chicos de verdad en este juego!
Mayo no respondió.
El capitán Wass mostró su resolución de dejar de picotear los bordes y hacer un intento en el centro del tema. Tiró del silbato, soltó el pomo y se volvió a la ventana, apoyando los codos en el marco.
—Hijo, ¿no estarás enamorado de ese pirata Marston, verdad?
—¡No, señor! —respondió el joven, con una amargura que no admitía dudas.
—Bueno, ¿qué hay de estar enamorado de su hija? —El humor cáustico en el tono del viejo patrón le quitó a la pregunta parte de su brutal franqueza, y Mayo estaba acostumbrado a la clase de humor del capitán Wass. El joven no volvió la cabeza por unos momentos; continuó mirando hacia la niebla como si estuviera concentrado en su deber; intentaba recuperar el control de sí mismo, plenamente consciente de que el resentimiento no funcionaría en el caso de Zoradus Wass. Cuando Mayo finalmente miró al patrón, este a su vez se sintió desconcertado, pues Mayo mostró sus dientes uniformes en una sonrisa cordial.
—¿Cree que he estado intentando la treta del chófer para atrapar a una heredera, señor?
—Bueno, hay una gran red inalámbrica operando a lo largo de la costa y los marineros no siempre mantienen la boca cerrada después de haber tomado el dinero de un hombre para quedarse callados —afirmó el capitán Wass, incisivo—. No te culparía por aprovecharte. Eres lo suficientemente apuesto para hacer lo que otros han hecho en casos similares.
—Gracias, señor. ¿Cuál es el resto del chiste?
—Nunca bromeo —replicó el patrón, girándose y tirando del cordón del silbato. El chillido del Nequasset se elevó y murió en su garganta de bronce—. ¿Su nombre es Alma? —presionó—. Algo así como un clipper. Si Marston alguna vez te hace gerente general, ponme en un trabajo mejor que este, ¿quieres?
—¡Lo haré, señor!
El patrón le lanzó a su oficial una mirada de disgusto. —¡Eres un demonio de hombre para mantener una conversación! —Escupió contra el muro de niebla y volvió a soltar el ronco lamento del carguero.
Desde algún lugar, por delante, una bocina se lamentó, dividiendo su llamada en dos pitidos.
—Amura de babor y cruzándosenos —gruñó el patrón, tras un olfateo al aire y un entrecerrar de ojos ante la lenta ondulación.
—¿Por qué no está el condenado loco anclado, en lugar de andar a la deriva bajo los pies? ¿Cómo marca, Sr. Mayo? —Ahora volvía a la formalidad del puente de mando con su oficial.
—Dos cuartas y media, amura de estribor, señor. Y hay otro tipo dando un pitido en más o menos la misma dirección.
—Otro a la deriva; no hay suficiente viento para que sepan en qué amura están realmente. Bueno, siempre está el Artículo Veintisiete al que recurrir —gruñó el patrón. Citó sarcásticamente en el tono en que esa regla se recita tan a menudo en los puentes de mando a lo largo de la costa—: «Se tendrá la debida consideración a todos los peligros de la navegación y colisión, y a cualquier circunstancia especial que pueda hacer necesaria una desviación de las reglas anteriores, etcétera». Lo que significa, gracias al Señor, que un vapor siempre puede huir de una goleta, incluso a media velocidad. Espero que si alguna vez llega el momento de la verdad, el secretario de la oficina de comercio esté de acuerdo conmigo. Guíe hacia estribor, Sr. Mayo, hasta que los tengamos por el través.
El oficial echó un vistazo rápido a la brújula. —Este cuarta al norte, Jack —ordenó.
—Este cuarta al norte, señor —repitió el timonel en tonos mecánicos, haciendo girar la gran rueda hacia la izquierda.
Era evidente que el Nequasset tenía mucha compañía en el mar ese día. Un poco por detrás de su través, un remolcador estaba tocando un pitido largo y dos cortos, indicando su remolque. Había sido su «compañero» durante algún tiempo, y Mayo había tomado ocasionalmente sus marcaciones por sonido y brújula, y sabía que el carguero estaba avanzando lentamente. Calculó, escuchando de nuevo las bocinas, que el Nequasset se dirigía a librarlos a todos.
—Tomas a un capitán que estudia su libro y siempre está listo para mirar a los ojos al departamento sin inmutarse, tiene que ocuparse de sus asuntos y también de los del prójimo —dijo el capitán Wass, continuando su monólogo de quejas—. Esquivando aquí y allá, apartándose del camino, dos días detrás del horario, carne tres veces al día o si no no puedes mantener una tripulación, ¡y todos con buen apetito a la hora de comer! Mis dueños nunca me han dicho que deje que la ley se vaya al diablo y ram a todo lo que da. Pero cuando entrego mis cuentas parecen estar intentando pensar en un lenguaje que le dice a un hombre que haga una cosa y, sin embargo, no se lo dice. ¿Qué es eso? —Sacó la cabeza muy afuera de la ventana.
Flotando desde la niebla llegó un sonido sordo y gruñidor, un diapasón lejano y débil, un silbato marino que anunciaba a un tipo grande.
—Diría que es un transatlántico de la Union, señor; ya sea el Triton o el Neptune.
Escucharon. Esperaron dos largos minutos para otra señal.
—Parece que se está tomando todo su tiempo legal —gruñó el capitán Wass—. Desde que Marston se ha tragado esa línea tal vez ha puesto un registro especial para controlar los pitidos; piensa que es desperdicio de vapor y reducirá los dividendos. ¡Espera que nosotros, los pequeños, hagamos el chillido!
El gran silbato volvió a rugir, justo por delante, y tan cerca que provocó que el patrón lanzara un juramento rotundo.
—¡Está sacando dieciocho nudos de velocidad, o puedes usar mi cabeza como tuerca de remache! —Tiró del cordón y el carguero aulló con rabia. El otro respondió con un rugido bramante, autocrático, dominante. Con ironía, con vindictiva, el capitán Wass lanzó su voz en un tono nasal sarcástico y recitó otra regla, tratando así de expresar su iracunda opinión sobre la ilegalidad de los otros hombres.
—¡Artículo Dieciséis, Sr. Mayo! ¡Probablemente lo lleva en su caja del reloj en lugar de la foto de su chica! ¡Buena lectura para un día de lluvia! «Un buque de vapor que oiga, aparentemente por delante de su través, la señal de niebla de un buque, cuya posición no está determinada, detendrá sus máquinas y luego navegará con precaución hasta que todo peligro de colisión haya pasado». ¡Hurra por las reglas!
El capitán Wass enganchó un dedo nudoso en el lazo del tirador de la campana y tiró hacia arriba con saña. Un clang sordo sonó muy abajo. Volvió a tirar y la vibración del motor cesó.
—¡Rayos y centellas! ¡Iré hasta el final como ordena el departamento! Si se estrella contra mí, veremos quién sale mejor parado en la audiencia.
Dio dos tirones rápidos al lazo de la campana; luego cambió su mano a otro tirador y la campana de tintineo sonó en la sala de máquinas; se ordenó al Nequasset que fuera a toda máquina hacia atrás.
El carguero se sacudió y tembló cuando la hélice comenzó a girar en sentido inverso, tirando de la mar espumosa, forcejeando frenéticamente para frenar su avance. El capitán lanzó entonces tres silbatazos resentidos y protestones.
Pero la respuesta que recibió desde delante fue un aullido ronco y prolongado. En él no había indicio alguno de que el grandullón tuviera la intención de atender a la protesta de los tres silbatazos. Era una insistencia en el derecho de paso, la insolencia del presumido transatlántico de línea que gana tiempo compitiendo con sus rivales; insinuaba la opinión confiada de que los más pequeños harían bien en apartarse del camino.
El que venía de frente había recibido una señal que servía para justificar esa opinión. El capitán Wass había anunciado dócilmente que iba a toda máquina hacia atrás; sus silbatazos habían declarado que se había bajado de la acera del carril oceánico, ¡como de costumbre! ¡Los grandes sabían que los pequeños lo harían!
El primer oficial Mayo se asomó por la ventana, con los músculos de la mandíbula tensos y ansiedad en los ojos.
El gran silbato ahora sacudía realmente las cortinas de niebla y no le daba ninguna seguridad reconfortante de que el transatlántico estuviera virando para evitarlos.
El contramaestre se tomaba la situación con más filosofía que sus superiores. Tarareaba:
Dicen todos los pececillos que nadan aquí y allá, ¡Es el paquete de Liverpool, oh Señor, déjalo pasar!
—¿Ese idiota condenadamente recto que va ahí delante se cree que he pitado tres silbatazos para celebrar el cumpleaños de Marston o su último dividendo, señor Mayo? —gritó el capitán Wass.
Las nieblas son caprichosas; las brumas oceánicas suelen ser inquietantes en sus movimientos. Hay estratos, hay corrientes de aire arremolinadas que desgarran la cortina o despedazan las masas de vapores. Los hombres en el puente de mando del Nequasset vieron de repente cómo se ampliaba su campo de visión. La niebla no se despejó; se volvió más tenue y mostró una zona del mar. Era como un velo fino que revelaba vagamente lo que distorsionaba y magnificaba.
En la niebla, los hombres experimentados de barcos de vapor siempre examinan con mirada atenta la línea donde la niebla y el océano se funden. No miran hacia arriba, a la niebla, tratando de distinguir la silueta de una embarcación que se aproxima; son capaces de discernir, ante todo, la línea blanca de espuma que marca el corte de agua de la proa o la estela de la embarcación.
—¡Ahí viene, señor! —anunció el primer oficial. Señaló con el dedo una cresta espumosa de agua agitada.
—¡Sí, señor! ¡Dieciocho nudos y con los dos ojos cerrados! —Pero había alivio mezclado con el resentimiento. Su rápida mirada le informó de que el transatlántico pasaría al Nequasset bien por estribor; su proa mostraba una divergencia de al menos dos cuartas respecto al rumbo del carguero. Pero al instante siguiente, el capitán Wass soltó un grito de alarma airada. —¡Sí, con los dos ojos cerrados! —repitió.
Justo en la línea de la proa batiente del transatlántico había un bote Hampton de pescadores, revelado a medida que la niebla se dispersaba.
El vapor de pasajeros soltó media docena de «guau» con su silbato, respondiendo a la advertencia entrecortada del carguero, pero sin dar señales de reducir la velocidad. No obstante, que estaban intentando esquivar al pequeño en su camino se hizo evidente por un grito de su vigía y su llamada estridente: —¡A babor! ¡Todo a babor!
El pescador tenía toda la agilidad de los de su clase, entrenado por los peligros y la perspectiva siempre presente de la desgracia para recurrir a medidas desesperadas. Saltó hacia delante, arrancó su mástil y arrojó el mástil y la vela por la borda.
Sabía que debía enfrentarse a la tremenda estela y al oleaje del casco en movimiento. Su cáscara de nuez de embarcación, si el peso de la vela la hacía inestable, tendría pocas posibilidades.
—¡Es hombre muerto! —jadeó el capitán Wass—. ¡Va a pisotearlo por completo, a menos que aumente un poco más la velocidad y salte por encima de él! —añadió, movido por un amargo sarcasmo.
Vieron al pequeño bote entrar en eclipse tras la negra proa, el primer levantamiento de las aguas turbulentas volteando la cáscara de nuez como una moneda lanzada por el pulgar. El pescador no estaba a la vista; se había lanzado al fondo de su bote.
—Se hunde para siempre —declaró el capitán con convicción—. ¡Si su quilla de balance no lo aplasta, lo hará su hélice de babor!
Tan rápido se movía el transatlántico, tan brusco fue su giro a la derecha, que se inclinó mucho y les mostró el rojo de su enorme sentina. Su alta velocidad le permitió realizar un giro especialmente rápido. Mientras miraban boquiabiertos, sus dos chimeneas se alinearon casi por completo. Su proa cortante amenazaba al Nequasset.
—¡La condenada vieja infernal nos va a embestir ahora! —bramó el capitán Wass. En su pánico y su furia saltaba arriba y abajo, tirando del cordón del silbato.
Estaba casi sobre ellos; solo unos pocos cientos de metros de agua gris separaban a los dos vapores.
¡Era el Triton!
Su nombre se revelaba en su proa. Sus escobenes rojos mostraban ojos feroces y amenazantes. Había una amenaza indescriptiblemente brutal en este repentino arrebato en su dirección. Era como si un monstruo marino se hubiera tragado a un insecto con la forma de un bote Hampton y ahora buscara un bocado de verdad. Pero su gran timón giró ante el rápido tirón de su servomotor de vapor y volvió a desviarse, trazando una letra «s». El movimiento lo llevó más allá de la popa del Nequasset, a un tiro de piedra de distancia. El poderoso oleaje de su rugiente paso levantó la masa del carguero por popa, y la enorme ola que se acumuló entre los dos cascos se coronó con espuma blanca y golpeó con una buena tonelada generosa de agua verde sobre la superestructura del barco más pequeño.
El capitán Wass agarró su megáfono; quería presentar algunas observaciones que parecían encajar con el incidente.
Pero el capitán del Triton se le adelantó con una celeridad que igualaba la velocidad moderna de su embarcación. Estaba bramando a través del enorme embudo que un contramaestre sostenía para él. Su lenguaje era terrible. Maldijo a los cargueros con el estilo más capaz. ¡Preguntó por qué el Nequasset estaba holgazaneando allí en medio de la vía marítima sin impulso de gobierno! Esa asombrosa pregunta dejó al capitán Wass sin aliento y sin poder replicar. ¡Preguntarle eso a un hombre que había obedecido la ley al pie de la letra! ¡Un tipo que iba a dieciocho nudos a través de la niebla culpando a un capitán concienzudo porque este último se había detenido para apartarse del camino!
¡Y, sobre todo, yendo tan rápido al hacer la pregunta que estaba fuera del alcance del oído antes de que se pudiera devolver una respuesta adecuada!
El capitán Wass hacía girar esos pensamientos en un cerebro que ardía y mostraba sus fuegos a través de los ojos muy abiertos del capitán.
Entonces golpeó su megáfono contra el puente de mando. Rebotó contra él y lo pateó hacia un rincón. Comenzó a golpear con el puño un cartel ancho que estaba clavado debajo de su licencia de capitán. El cartón estaba recién blanco y sus tachuelas brillaban, demostrando que había sido añadido recientemente como una característica del puente. Las letras grandes en tinta roja en la parte superior aconsejaban: «La seguridad primero». Otras letras grandes en la parte inferior advertían: «No se arriesgue». El texto central aconsejaba a los capitanes de barco que, en caso de accidente, las partes culpables sentirían todo el peso de la pesada palma del Tío Sam; era la última edición del Departamento de Comercio y Trabajo, y llevaba la firma del honorable secretario de la oficina.
Mayo notó que su jefe estaba totalmente absorto en esta actividad silenciosa; por lo tanto, tiró de las campanas que detuvieron el movimiento hacia atrás y enviaron al carguero en su camino. Pasaron junto al pescador en el bote Hampton; estaba achicando agua de su embarcación.
—¡Eso estuvo bastante cerca, señor! Me alegra haber sido entrenado por usted para ser un hombre cuidadoso. ¡Usted no tomó riesgos!
—¿Y a dónde he llegado obedeciendo las reglas de los Estados Unidos y sin tomar nunca riesgos, señor Mayo? A los sesenta y cinco años soy capitán de una barcaza de carga, insultado por los dueños en tierra e insultado en alta mar por tipos como ese que acaba de pasar por nuestro lado. ¡Si ese vapor de pasajeros me hubiera golpeado, los abogados me habrían puesto la parte sucia del palo en las manos! Todo está organizado en este mundo actual para el bien de los que van como locos. ¡Tendré suerte si no presenta una queja contra mí cuando llegue a Nueva York, diciendo que me interpuse en su camino! —Cortó un nuevo trozo de tabaco negro y tomó su posición en el tirador del silbato—. Será mejor que consigas una heredera —aconsejó a su primer oficial, con amargura—. Ser un capitán chapado a la antigua en estos días de barcos de vapor es algo que soy demasiado educado para nombrar. Y en cuanto a ser del otro tipo... bueno, ¡acabas de verlo pasar a toda velocidad!
Sin embargo, mientras navegaban penosamente por la costa, con su vieja bañera hundiéndose por el peso de los raíles bajo las escotillas, el primer oficial Mayo sintió bastante de esa envidia ambiciosa de joven hacia aquel presumido elegante que había gritado anatemas desde el puente del Triton. Era navegar de verdad, reflexionó, aunque las exigencias de los dueños y de los buscadores de dividendos obligaran a un capitán a tomar su suerte entre los dientes y galopar por los mares.
XVI ~ MILLONES Y UN ÁCARO
La llevé a Tiffany's, No me importó el gasto; Le compré dos pendientes de oro, Me costaron cincuenta centavos. ¡Y lejos, tú santee! ¡Mi querida Annie! ¡Oh, chicas de Nueva York! ¡No sabéis bailar la polca! —Shanty, «The Lime Juicer».
El señor Ralph Bradish, usando uno de los teléfonos de cabina en las oficinas de Marston & Waller en Wall Street, pidió encarecidamente al cajero de un restaurante de la zona alta, como un favor especial, que retuviera durante veinticuatro horas el cheque personal, por valor de veinticinco dólares, entregado por el señor Bradish la noche anterior.
Diez minutos después, con la mayor indiferencia y bastante seguro de que el documento era tan bueno como el trigo, el señor Bradish firmó un cheque por un millón doscientos cincuenta mil dólares.
Esa cantidad no le asombró en absoluto. Estaba bastante acostumbrado a firmar cheques asombrosamente grandes cuando era llamado a presencia de Julius Marston. Una vez, la cantidad nombrada fue de dos millones. Y había habido muchos, muchos de lo que el señor Bradish llamaba mentalmente «cheques de piojos»: cien mil, doscientos y trescientos mil. Y nunca se había visto obligado a solicitar ninguna retención de esos cheques por falta de fondos. Porque, en cada caso, había habido una línea mágica impresa a lo largo de la cual el señor Bradish había estampado su firma.
Antes de secar la tinta de este cheque, Bradish echó un vistazo, solo con curiosidad ociosa, para notar en qué capacidad estaba sirviendo esta vez. La línea impresa le anunciaba que él era «Tesorero, la Paramount Coast Transportation Company, Inc.». Recordó que en el pasado había firmado como tesorero de la «Union Securities Company», la «Amalgamated Holding Company» y otras corporaciones que patrocinaban ferrocarriles e industrias importantes con cuyos destinos Julius Marston, financiero, parecía tener mucho que ver. Era evidente que el financiero Marston prefería que un empleado de cuarenta dólares a la semana hiciera el trabajo servil de firmar cheques, o al menos que el nombre de ese empleado estuviera en evidencia en lugar del propio Marston.
Esa modestia sobre tener su nombre expuesto en público en un cheque parecía estar ligada a los hábitos comerciales del señor Marston.
Muy pocas personas eran admitidas jamás en este santuario interior donde Bradish se sentaba frente a su empleador al otro lado del escritorio de superficie plana. Y los hombres que veían a ese empleador fuera de su oficina no volvían la cabeza para mirarlo ni señalaban con dedo respetuoso hacia él ni comentaban a nadie más: «Ahí está el gran Julius Marston». En primer lugar, el señor Marston no era grande en sentido físico, y no había nada en él que atrajera la atención o causara que fuera notado entre la multitud. Y solo unas pocas personas lo conocían realmente, de todos modos.
Se sentaba en su silla maciza; una mano apoyada en el brazo, con el codo en jarra, y con la otra mano tiraba lentamente de la estrecha tira de barba que se extendía desde su labio inferior hasta el extremo puntiagudo de su barbilla.
—Muy bien, señor Bradish —comentó, después de que este último hubiera levantado el secante del cheque.
Bradish se levantó, hizo una reverencia y comenzó a salir. Era un joven alto y bien formado, con cintura, con porte. Su vestimenta estaba a la última moda, pero contenida. Era un estudio en marrón, en cuanto al tejido de su atuendo y sus accesorios. ¡Uno de esos tipos de rostro pálido que siempre parecen un poco aburridos, con un toque de cinismo de moda! ¡Uno de esos tipos que escuchan mucho y que dicen poco!
—Solo un momento, Bradish —invitó Marston, y el joven se detuvo—. Me gusta tu manera de hacer estas cosas. No haces preguntas. No muestras un interés tonto en ningún cheque que firmas.
Bradish reflexionó un instante sobre el cheque en el cajón del cajero del restaurante y apretó sus labios delgados un poco más.
—Estoy bastante seguro de que no vas pregonando sobre la naturaleza de estos deberes especiales. —El financiero señaló el cheque—. Diré con total franqueza que no te elegí para este servicio hasta que hube comprobado que no hablabas de tus propios asuntos en la oficina con mis otros empleados.
Bradish inclinó la cabeza con respeto.
—En asuntos financieros es necesario elegir a los hombres con cuidado. Confío en que entiendas mi actitud. Estas transacciones son completamente legítimas. Pero los métodos modernos de las altas finanzas hacen necesario manipular un poco los detalles. Tu actitud al aceptar estos deberes, como algo natural, es muy gratificante desde un punto de vista comercial. Como pequeña muestra de nuestra confianza en ti, recibirás setenta y cinco dólares por semana a partir de ahora.
—Gracias.
El señor Marston se permitió una sonrisa rápida y seca. —Esto no es un soborno, entiéndelo. No hay nada adjunto a este servicio nominal que requiera soborno. Simplemente queremos hacer que valga la pena que un joven prudente y discreto permanezca con nosotros.
Un timbre, tan poco intrusivo como todas las características del financiero Marston, emitió su suave ronroneo.
—Sí —murmuró en el auricular del teléfono que comunicaba con el vigilante piquete de las oficinas de Marston & Waller—. ¿Quién? Oh, que pase de inmediato.
—Espera aquí un momento, por favor, señor Bradish. Es mi hija que ha pasado un momento a hablar conmigo. Tengo algo más de lo que quiero que te ocupes.
Bradish caminó hacia una de las ventanas. Miró fijamente a la chica que entró apresurada. Su sombrero y su rostro estaban cubiertos por un velo de automóvil, y la luz enclaustrada de la gran sala ayudaba a ocultar sus rasgos. Pero Bradish pareció reconocer algo en ella a pesar de la vaguedad de los contornos. Cuando ella habló con su padre, los ojos del joven brillaron con auténtico asombro.
—No podía explicarlo muy bien por teléfono, papá, así que bajé directamente. Perdóname si te molesto solo por un minuto. —Ella miró rápidamente al joven junto a la ventana, pero lo encontró solo como un contorno contra la luz.
—Solo uno de nuestros empleados —dijo su padre—. ¿Qué pasa, hija mía?
—¡Es la fiesta en casa de Nan Burgess en Kingston! Va a haber un desfile de automóviles, todos decorados, en la fiesta, y quiero ir en nuestro coche grande y tenerlo dos días. Temía que dijeras que no si te lo preguntaba por teléfono, pero ahora que estoy aquí, mirándote a los ojos con todo el poder de persuasión de mi alma, simplemente no puedes negarte, ¿verdad, papá?
—Creo que tal vez habría consentido por teléfono, Alma.
—¿Entonces puedo llevarme el coche? —Sus tonos juguetones se elevaron en un crescendo extasiado. La impulsividad de su naturaleza se mostró en su manera de aceptar este favor. Bailó hacia su padre y le rodeó con los brazos. Exhibió tanto deleite como si él le hubiera otorgado un regalo de perlas invaluables. La exuberancia de su alegría pareció molestarle un poco.
—¡Suavemente, suavemente, Alma! Si desperdicias tus agradecimientos de esta manera por un pequeño favor, ¿qué harás algún día con los superlativos cuando realmente estés ansiosa por agradecer a alguien por un gran regalo?
—Oh, siempre tendré suficientes agradecimientos para repartir, esa es mi disposición. A la gente que me quiere, puedo quererla el doble. Eres un querido papá, y sé que quieres que me vaya para que puedas ponerte a ganar mucho más dinero. Así que simplemente me quitaré de en medio.
Cuando se dio la vuelta, miró de nuevo a la persona cerca de la ventana, y esta vez vio bien su rostro. Incluso el velo no pudo ocultar a Bradish el color que se extendió por sus mejillas. Estaba tan consciente de su vergüenza y de su apariencia que no volvió su rostro hacia su padre cuando él le habló.
—¡Un momento, Alma! Ya que mi coche grande va a tener dos días de vacaciones en el campo, bien podría hacer un último recado comercial para mí.
Llamó a Bradish al escritorio con un movimiento lateral de la cabeza.
—Quiero que ese cheque sea puesto en manos de la firma de corretaje Mower Brothers tan pronto como sea posible. Mi coche está en la puerta y bien podría llevarte. Alma, permite que este joven nuestro viaje contigo al lugar al que lo envío.
No presentó a Bradish a la señorita Marston. Bradish no esperaba que el financiero lo hiciera. Pero este despido como un simple chico de los recados, con la joven mirándolo con desconcierto de una manera medio asustada, hirió un poco el orgullo, incluso en el caso de un simple empleado. Y este empleado estaba reflexionando sobre el recuerdo de que solo la noche anterior había abrazado a esta joven, entonces una parte desconocida que evidentemente estaba decidida a una escapada de incógnito, había rodeado con sus brazos a esta misma doncella durante muchos bailes felices en uno de los magníficos salones de baile públicos de Broadway. Y la había agasajado a ella y a una amiga con viandas para las cuales su cheque de veinticinco dólares apenas había bastado para pagar.
Bradish estaba bastante familiarizado con las fases y las peculiaridades de la locura por el baile, pero este contratiempo lo desconcertó bastante.
No se habían hecho preguntas durante esos bailes. Habían estado perfectamente satisfechos con la alegría del momento. Ella lo había mirado de una manera y con una suavidad en sus ojos que le dijeron que él la complacía. Ella había estado entusiasta, con esa misma exuberancia que acababa de presenciar, sobre su gracia en el baile. Habían prometido volver a encontrarse en el salón de baile donde las convenciones sociales no impedían que los jóvenes sanos disfrutaran.
—¡Dios mío! —susurró ella hacia él, mientras lo precedía por la puerta—. ¿Trabajas en la oficina de mi padre?
—Estás sorprendida, un poco conmocionada, y no te culpo —respondió él humildemente—. En cuanto a mí, estoy simplemente atónito. Pero no soy un chismoso.
Ella le robó una mirada a su rostro pálido e impasible, y parte del instinto de su padre para juzgar a los hombres pareció tranquilizarla.
—Uno debe jugar un poco —suspiró ella—. Y es tan estúpido la mayor parte del tiempo, entre gente a la que uno conoce muy bien. Ya no hay más sorpresas.
Mientras él cerraba la puerta suavemente detrás de ellos, Bradish escuchó a Marston, una vez más inmerso en sus asuntos de negocios, dirigiendo por teléfono que se localizara a un tal Fletcher Fogg y se le enviara.
—Me disculpo —dijo Bradish en el pasillo. Estaban esperando el ascensor.
—¿Por qué? —Ella arqueó las cejas y no hubo rastro de molestia en sus ojos oscuros.
—Por... bueno... viendo cómo están las cosas, casi parece como si me hubiera tomado atribuciones, estuviera fingiendo. Solo soy un empleado y...
—Pero eres un empleado en las oficinas de Julius Marston —dijo ella con orgullo—, y eso significa que eres alguien de confianza. No requiero ninguna disculpa de tu parte, señor... eh...
—Mi nombre es Ralph Bradish.
—Me escapé del aburrimiento anoche; esperaba tener un poco de diversión. Y encontré a un joven caballero que no hizo preguntas impertinentes, que fue muy amable y que fue un deleite en el baile. Fue todo muy inocente, algo imprudente, pero encantador. ¡Ahí está!
—Le agradezco.
—Y... bueno, después de la fiesta en casa de Nan Burgess, yo...
Ella lo miró con provocación en sus ojos.
—Pero no me atrevo a esperar, ¿verdad?, ¿que condescenderás a venir de nuevo a bailar conmigo?
—Julius Marston ha enseñado a su hija a cumplir su promesa, señor. Si recuerdo bien, yo prometí.
Él no respondió, porque la puerta de rejilla del ascensor se abrió con estrépito para que entraran.
Y en el ascensor, y más tarde en el coche, permaneció en silencio, como correspondía al empleado de las oficinas de Marston en compañía de la hija de Marston cuando había oyentes cerca.
Sus ojos le dieron una aprobación clara y sus labios le dedicaron una sonrisa encantadora cuando bajó en su destino.
Bradish se detuvo un momento y observó el coche alejarse mientras se abría paso en el tráfico de Broadway.
—Es una joven voluble, con una idea nueva para cada minuto —se dijo a sí mismo—. Eso se ve bastante claro. Probablemente, por su parte, todo sea una diversión. Sin embargo, en estos tiempos, si un tipo mantiene la cabeza firme y los pies ocupados, nunca se sabe adónde puede llevar el tango. Esto podría ser exactamente para lo que he estado pagando facturas de sastre.
Lo que indica que en estos tiempos calculadores el espíritu de la juventud, en el ardor del amor a primera vista, no es como lo ha pintado el poeta del romance.
XVII ~ «¡EXACTAMENTE!», DIJO EL SEÑOR FOGG
«¡Oh, no soy un buque de guerra ni un corsario!», dijo él, ¡Sople alto, sople bajo, y así navegamos! «Pero soy un pirata honesto en busca de mi paga, Navegando a lo largo de la costa de la Alta Berbería». —Cántico del «Prince Luther».
El señor Fletcher Fogg se daba palmaditas en la espalda, privada, mental y metafóricamente, cada vez que consideraba sus numerosas actividades.
Estaba perfectamente seguro de que era el mejor pequeño operador general de dos manos y de carácter polifacético que cualquier caballero podría conseguir cuando ese caballero quería hacer un trabajo y no le importaba dar instrucciones explícitas sobre los detalles del procedimiento.
La expresión de pena y arrepentimiento que la cara gorda del señor Fogg podía adoptar cuando dicho caballero —después de que el trabajo estaba hecho— culpaba a los métodos por no estar autorizados, aunque el resultado se hubiera logrado —esa expresión era un estudio de humildad—, humildad con la lengua en la mejilla.
Si el señor Fogg hubiera podido anunciar su negocio a su gusto —sin avergonzarse ni un ápice de sus tácticas—, habría emitido una tarjeta inscrita más o menos así:
«Sr. FLETCHER FOGG: Promoción y degradación. Construcción y ruina. Todo el interior de cualquier queso financiero o industrial limpiado sin alterar la corteza exterior. Todo trabajo silencioso hecho sin ruido. Muchas bandas de música para trabajos ruidosos. Espaldas anchas suministradas para cargar con toda la culpa».
El señor Fogg, en presencia de Julius Marston, era adecuadamente obsequioso, pero ni un poco servil. Se limpió las manchas de humedad al lado de la nariz con un pañuelo morado y lo volvió a guardar en el bolsillo exterior del pecho con las esquinas sobresaliendo como orejas atentas. Cruzó las piernas y colocó sobre su rodilla un tobillo vestido con un calcetín de seda morada. Debido a su rotundidad, se vio obligado a mantener el tobillo en su lugar bajo el firme agarre de su mano. Se ajustó la corbata morada con la otra mano.
—Me alegro de haber estado al alcance cuando me necesitó —le aseguró al señor Marston—. Acabo de llegar en el Triton. Y quiero decirle que usted dirige esa línea de barcos de vapor de la manera en que un hombre de negocios estadounidense quiere que se dirija. Si hubiera estado en cualquier otra línea, señor, no habría estado aquí hoy cuando me buscaba. Todo lo demás en la costa merodeando a media velocidad, pero el viejo Triton avanzó a toda máquina, dispersándolos de debajo de sus pies como un auto atravesando una bandada de pollos, pero sin un sacudón, ni un rasguño, ni una sacudida, y entrando en su muelle, a través de dos días de espesa niebla, exactamente en punto. Así es como un estadounidense quiere ser transportado, señor.
—Eso creo, señor Fogg —asintió Julius Marston—. Y es por eso que sentimos que va a ser algo bueno para todas las líneas costeras estar bajo una sola administración... la nuestra.
—¡Exactamente!
—Es un verdadero progreso, un verdadero beneficio para los viajeros, los accionistas y todos los interesados. Consolidación en lugar de rivalidad. Creo en ello.
—¡Exactamente!
—Como hombre de negocios de gran calibre, lo suficientemente grande como para comprender grandes asuntos, usted ha visto cómo la consolidación efectúa reformas.
—No hay dos maneras de verlo —afirmó el señor Fogg.
—Fue un muy buen trabajo misionero el que hizo en el asunto de la línea Sound & Cape, muy bueno, de verdad.
—Es asombroso qué ideas tan elevadas y nobles tienen algunos accionistas sobre las propiedades en las que están interesados. En asuntos financieros, la conclusión más pobre que un hombre puede sacar es que una acción siempre seguirá pagando dividendos simplemente porque siempre lo ha hecho. Tuve que encender un petardo bastante ruidoso para despertar a esos tipos de Sound & Cape. Tuve que mostrarles qué daño les harían los nuevos acuerdos, la competencia y nuestra combinación si seguían durmiendo sobre sus certificados de acciones. Es curioso lo difícil que es separar a algunas personas de sus nociones de valor nominal. —El señor Fogg pronunció esta pequeña disertación sobre la intratabilidad de los accionistas con vigor reprobador, mirando afablemente a la mirada inquebrantable del señor Marston—. No quiero alabar demasiado mis propios humildes esfuerzos —continuó—, pero realmente creo que dentro de otros treinta días el grupo de Sound habría estado listo para cobrar al cincuenta, a pesar de ese grupo minoritario que gritaba por el valor nominal. Eso solo fue un gran alarido de unas pocas personas.
—Cincuenta era un precio justo en vista de lo que se avecina en cuanto a competencia, pero lo hemos convertido en una propuesta de cinco octavos para cerrar el trato rápidamente. Acabo de enviar a uno de nuestros muchachos con el cheque.
El señor Fogg sonrió. Usó su pañuelo morado en sus mejillas una vez más. Se permitió unas pocas palabras de elogio: —Algún día entenderán que los salvé de un golpe mayor. Pero es difícil hacer entender a algunas personas.
—Ahora, señor Fogg, llegamos al asunto de la línea Vose. ¿Cuál es la perspectiva?
El señor Fogg se mostró triste. —Después de semanas de perseguirlos, solo puedo decir que son feos y obstinados, simplemente ciegos a sus mejores intereses.
—¿Insisten en el valor nominal, verdad?
—Peor que eso. El viejo Vose y sus hijos y esos viejos directores de madera de carpe —capitanes de mar retirados, ya sabe, tan duros como tortugas viejas—, han tomado una postura contra la consolidación. Pertenecen a la edad oscura de los negocios. El viejo Vose tuvo la insolencia de decirme que formar este consorcio de barcos de vapor era un crimen y que él no sería parte de una traición al público. No entrará; no venderá; va a competir.
El señor Marston se acarició su tira de barba. —Para que nuestras acciones sean lo que pretendemos que sean, la Paramount Coast Transportation tiene que operar como un monopolio completo, como usted entiende, señor Fogg. Un monopolio benéfico, una consolidación que beneficia a todos, pero no obstante un monopolio. Con una línea que se resiste, solo tenemos una propuesta coja.
—¡Exactamente!
—¿Qué vamos a hacer con la línea Vose?
—Dejar que compita, señor. Podemos matarla al final.
—Posiblemente, probablemente. Pero ese plan no servirá, señor Fogg.
—Es el negocio.
—Pero no es finanzas. Miro esta propuesta únicamente como financiero, señor Fogg. Apenas sé distinguir un extremo de un barco de vapor del otro. No me interesan los problemas de reducción de tarifas. No sé cuánto tiempo tomaría acabar con la línea Vose. Pero sé esto, como financiero que maneja un gran negocio, que las acciones de Paramount no atraerán a los inversores ni los bonos a los bancos a menos que podamos lanzar nuestro proyecto como una combinación limpia y perfecta, con cada contrato de transporte asegurado. Manejo dinero y conozco toda la timidez del dinero y todo el coraje del dinero. ¿Usted cree que los directores de Vose son capaces de mantener a sus accionistas en línea, verdad?
El señor Fogg descruzó las piernas, puso ambos pies en el suelo, enganchó sus manos sobre su panza y miró hacia el techo, evidentemente reflexionando profundamente.
—Repito, no estoy viendo esto como una propuesta de navegación a vapor, no calculando qué tipo de tarifas acabarán con la competencia —declaró el señor Marston—. No estoy estimando qué tipo de tarifas generarán ganancias para la Paramount. Preferiría vender azúcar en el mostrador. Mis asociados esperan que gane dinero para ellos de otra manera, ganarlo en grandes sumas y en un giro rápido. La línea Vose, compitiendo, nos mata desde el punto de vista financiero.
—Exactamente.
Hubo silencio en la sala durante algún tiempo.
—Nunca se sabe lo que harán los accionistas —comentó el señor Fogg, con los ojos aún estudiando los paneles del techo.
El señor Marston no discutió ese dictamen.
Su mariscal de campo inclinó lentamente la cabeza y le dio a su superior otra de esas miradas afables.
—Así que seguiré adelante y veré qué hacen, señor.
Se levantó y se colocó las piernas de los pantalones en su lugar.
—Usted entiende que en este asunto, como en todos los asuntos en los que ha sido empleado, debe haber un trabajo absolutamente limpio. No debe haber represalias. Por supuesto, le he dado instrucciones al respecto regularmente, pero deseo que recuerde que he repetido las instrucciones, señor.
—¡Exactamente! —Los ojos del señor Fogg no parpadearon.
—Usted estará preparado para testificar en ese sentido en caso de que alguna vez surja la necesidad.
—¡Exactamente!
El señor Fogg pronunció esa palabra como una contraseña. En ella, en sus entrevistas con Julius Marston, puso comprensión, humildad, promesa.
—¿Podemos esperar una acción rápida? —preguntó el financiero—. La cosa no debe quedar en el aire. Tenemos mucho de nuestro dinero ágil inmovilizado tal como está.
—¡Exactamente! —respondió el señor Fogg, camino a la puerta—. ¡Acción rápida es!
—Esta es probablemente la idea más loca que jamás haya surgido en la cabeza de un hombre cuando ese hombre estaba sentado en la oficina de Julius Marston —reflexionó el señor Fogg, marchando a través de la antecámara de este templo de las finanzas—. Hay una cosa al respecto que es reconfortante: es tan descabellada que nunca se le culpará a Julius Marston como algo que él haya ideado. Y esa es su principal preocupación cuando hay un trato en marcha. Parece que depende de mí entregar los resultados.
Se sentó en un banco en la sala de espera y se frotó los nudillos sobre la frente.
—Solo déjame poner esta cosa en el orden correcto —se dijo a sí mismo—. ¿Cómo se me ocurrió la idea, de todos modos? ¡Oh, sí! El viejo Vose presumiendo ante mí de que cada accionista en la línea Vose estaba detrás de él, y que la reunión anual estaba a punto de celebrarse, y entonces vería qué condenado mal espectáculo tenía para meter siquiera la punta de mi bota en la grieta de la puerta de la compañía. Es una corporación de Maine. He conocido casos en los que ese hecho ayudó mucho. Hay muchos peros y condiciones en esto, ¡pero allá vamos!
Se dirigió a uno de los teléfonos de la oficina, pidió varios números, uno tras otro, y formuló preguntas con entusiasmo y rapidez.
La información que recibió pareció perturbarlo considerablemente. Salió de la cabina y se restregó las mejillas con su pañuelo morado.
—¡Su reunión anual a las diez en punto de mañana por la mañana, a cuatrocientas millas de aquí! Bueno, supongo que debería estar agradecido de que no se esté celebrando ahora mismo —se informó el señor Fogg, decidido a avivar ese único destello de esperanza con ambas alas de su optimismo—. Pero tengo que admitir que veinticuatro horas es un tiempo terriblemente escaso para un trabajo de este tipo, incluso cuando el operador es el propio pequeño Fogg. Maldita sea, todavía no he llegado a una plena comprensión de todo lo que tengo que hacer y cómo lo voy a hacer.
Se apresuró a salir, se zambulló en un ascensor y fue disparado hacia la calle.
Tuvo la suerte de encontrar un taxi en la acera.
—Grand Central —le dijo al conductor—. Tengo cinco dólares que dicen que puedes ganarle al expreso del metro y dejarme a tiempo para el limitado de las diez hacia Boston.
Tan pronto como se hizo evidente para el señor Fogg que su conductor había visto su deber y lo iba a cumplir, el escuadrón de tráfico al diablo, el promotor se reclinó y sus pensamientos comenzaron a girar más rápido que las ruedas del taxi.
—Va a ser como la «mano lulu» de un campamento minero —fue su prefacio mental a sus planes—. Solo se puede jugar una vez por partida; tiene que estar respaldado con un buen farol, pero es una maravilla cuando funciona. ¿Y para qué soy promotor? ¿Para qué he estudiado leyes corporativas extranjeras?
El señor Fogg se quitó el sombrero y se secó la calva, arrugando los párpados en profunda reflexión.
—La idea es —meditó—, soy candidato a la presidencia de la línea Vose en la reunión de mañana. ¡Pero todavía no he sido elegido!
Sin embargo, el olfateo preliminar del señor Fogg sobre los asuntos de la línea Vose le había informado dónde podía recoger al menos diez acciones dispersas de sus acciones. Calculó que antes de la medianoche las tendría en su poder. En cuanto al día siguiente y los siguientes pasos, bueno, el valor de un verdadero apostador estadounidense se aferra a la vida hasta el atardecer de todas las esperanzas, tal como la cola de la serpiente, aunque la cabeza de la serpiente esté magullada sin posibilidad de reparación, se supone que debe retorcerse hasta el atardecer.
Envió un telegrama en New Haven. Recibió una respuesta en Providence, la leyó y se sintió como un jugador que ha pedido una carta para completar su mano incompleta. Cuando un diseño es descarado y el juego es en gran medida un farol, se debe apelar a la simple suerte.
El telegrama había sido dirigido al abogado Sawyer Franklin, en una ciudad de Maine. Había solicitado una cita con el señor Franklin a la mañana siguiente.
La respuesta había indicado que el señor Franklin estaba gravemente enfermo en un hospital, pero que todos los asuntos de negocios serían atendidos por su personal de oficina, en la medida de lo posible.
El abogado Sawyer Franklin, como el señor Fogg, por supuesto, era plenamente consciente, era secretario de la corporación de la línea Vose, organizada según la ley de Maine como una «corporación extranjera», bajo las regulaciones más liberales que han atraído a tantos promotores metropolitanos a los estados de Maine y Nueva Jersey.
XVIII ~ ¡CÓMO SE CELEBRÓ UNA REUNIÓN ANUAL... UNA VEZ!
¡Oh, un barco estaba aparejado y listo para el mar, Y todos sus marineros eran peces al final! ¡Viento de tiempo, Tiempo de tormenta! ¡Cuando sopla el viento, estamos todos juntos! —Los Peces.
Fletcher Fogg, suave, digno, irradiando importancia empresarial, refrescado por las atenciones de un barbero, entró en las oficinas legales de Franklin a la mañana siguiente a las nueve y media.
Se anunció a una mecanógrafa, y ella lo remitió a un joven que salió de una habitación privada.
—Tengo un poder notarial del señor Franklin para realizar sus asuntos rutinarios —explicó el joven—. Por supuesto, si es un caso nuevo o una cuestión de ley...
—¡Ninguno, ninguno, mi querido señor! Simplemente un asunto de rutina. Pero —se inclinó cerca del oído del joven—, estrictamente privado.
El propio señor Fogg cerró la puerta de la oficina interior cuando los dos se hubieron retirado allí.
—Uno de sus asuntos de hoy, creo, es la reunión anual de la línea Vose. Soy accionista.
Fogg produjo un paquete de certificados y los puso sobre el escritorio.
—¿Habrá oficiales u otros accionistas presentes? —preguntó, mostrando solo un poco de solicitud, a pesar de sí mismo.
—Creo que no —respondió el joven—. No se ha dicho nada al respecto. Los poderes y las instrucciones han sido enviados, como de costumbre, por correo certificado. —Indicó los documentos apilados sobre el escritorio—. Estaba a punto de comenzar con el asunto.
—Supongo que nuestros poderes corren a cargo del secretario de la corporación, como de costumbre, con pleno poder de sustitución, el secretario debe seguir las instrucciones —dijo el señor Fogg, un poco pomposamente, usando su completo conocimiento de la rutina corporativa.
—Sí, señor. Manejamos la mayoría de las reuniones corporativas de esa manera cuando todo está cortado y seco. En este caso, es simplemente una reelección de los viejos oficiales.
—¡Exactamente!
El señor Fogg acercó su silla, se dio toques con su pañuelo morado a cada lado de la nariz e inquirió, amable y confidencialmente: —Hijo mío, ¿cómo te llamas?
—David Boyne.
—Estudiante de derecho aquí, secretario, ¿eh?
—Sí, señor.
—Exactamente, y un largo y duro camino por delante. Es una lástima que no estés en Nueva York, donde un joven no tiene que viajar todo el camino, sino que puede tomar un atajo o dos. Podría darte muchos ejemplos de jóvenes brillantes que han aprovechado cuando la oportunidad era buena.
—Pero no tengo tiempo. Créeme. Soy un hombre de negocios sencillo y franco, y estoy con los intereses financieros más grandes de Nueva York. Y te voy a ofrecer la mejor oportunidad de tu vida ahora mismo, David.
Recogió sus certificados y los arregló en una mano, como un jugador arregla sus cartas.
—Tengo aquí diez acciones, digamos, y cada acción es propiedad de un individuo diferente, todos buenos hombres. No los conoces, pero yo sí. Están conectados con nuestros grandes intereses. Y estoy aquí como accionista. ¿Te das cuenta, David, de que instruirte para celebrar esta reunión sin un solo accionista presente es realmente pedirte que hagas algo que no es estrictamente legal?
—Normalmente lo hacemos de esta manera —tartamudeó Boyne.
—¡Exactamente! Los hombres como los que dirigen la línea Vose siempre le piden a un hombre inocente que haga algo ilegal. Voy a ir directo al grano contigo, David. Esos viejos carcamales que han enviado esas instrucciones están tratando de arruinar la línea Vose. Quiero que ignores esas instrucciones. Estoy ansioso por ser presidente y gerente general de la línea. Quiero que elijas como directores a estos accionistas. —Dio golpecitos con el dedo sobre los certificados.
El joven estaba a la vez asustado y desconcertado. Se puso pálido. —No puedo hacer eso —jadeó.
—Sí, puedes. Ahí están los poderes. ¡Depende de ti votarlos como quieras! ¡Permiten pleno poder de sustitución, a la manera habitual!
—Pero no puedo desobedecer mis instrucciones.
—Digo que puedes, si tienes suficiente valor para hacer algo bueno para ti mismo.
—Tal cosa nunca se hizo aquí.
—Probablemente no. Es una idea nueva. Pero se están haciendo cosas nuevas todo el tiempo en las altas finanzas. Deberías estar donde las grandes cosas suceden todos los días. Si te pones de mi lado, te pondré allí. Verás, voy directo al grano en este asunto contigo, David. Vota esos poderes como te indico y te entregaré cinco mil dólares en dos horas, y te colocaré en un trabajo excelente con mi gente tan pronto como esto se calme. Podría haber parloteado mucho tiempo antes de llegar a los negocios de esta manera, pero veo que eres un joven brillante y no necesitas mucha charla barata. No te pido que lastimes a nadie en especial. Puedes elegir al viejo tesorero; no queremos manejar el dinero, esto no es un juego barato. Pero quiero una junta directiva que me ponga como gerente general hasta que se puedan instituir ciertas reformas para poner la línea al día. Cinco mil dólares, tenlo en cuenta, y luego serás atendido.
—Pero me meterán en la prisión estatal.
—¡Tonterías, muchacho! ¿Por qué votarías esos poderes de acuerdo con tus instrucciones? Vaya, porque sería de tu interés hacerlo si yo no hubiera venido aquí con una propuesta mejor. Ahora es de tu interés votarlos como te digo. Lo más que pueden sacar de ello es un abuso de confianza, y eso no equivale a nada. Con cinco mil dólares en el bolsillo, no tendrías que andar por aquí para recibir un montón de insultos. Te daré otros mil para tus gastos en un pequeño viaje hasta que el aire esté despejado.
Boyne miró a este tentador contundente y enérgico; su mano que agarraba los brazos de la silla tembló; —Voy a ser aún más franco contigo, muchacho. Y, por cierto, debes saber que no soy un simple fanfarrón. Has oído hablar de Fletcher Fogg, ¿eh? ¿Sabías quién era yo cuando recibiste ese telegrama mío ayer?
—Vaya, sí, sé de usted a través de nuestro trabajo corporativo, señor.
—¡Exacto! —El señor Fogg asumió con mayor untuosidad el trato de un viejo amigo—. Ahora, como digo, voy a ser franco: te voy a dejar entrar desde el principio. Por supuesto, pueden convocar otra reunión, una asamblea extraordinaria de la línea Vose tras un aviso de treinta días a los accionistas. Probablemente convoquen esa reunión, y no me importa si lo hacen. Pero tengo la ambición de ser el director general de la línea durante esos treinta días para hacer... bueno, quiero realizar una pequeña investigación sobre las condiciones generales —declaró el señor Fogg, recurriendo a su pañuelo morado—. Eso es todo lo que me importa decir. Al cabo de los treinta días podríamos... hablo de los grandes intereses que represento... podríamos decidir comprar la línea y hacer que valga realmente algo para los accionistas. Entiendes, espero. Es estrictamente un negocio, está bien, es buena gestión financiera. Una vez que todo haya terminado y esos viejos directores de mentalidad cerrada despierten, me atrevo a decir que estarán todos complacidos de que se haya hecho este pequeño cambio. Mientras tanto, habiendo sido atendido, no hace falta que te preocupes por si están complacidos o no.
Boyne miró el fajo de certificados en la mano de Fogg; dirigió una mirada asustada hacia los documentos apilados en el escritorio. Yacían allí representando su responsabilidad, pero también representaban una oportunidad. La visión de ellos fue una reprimenda a los agitados pensamientos de traición que lo asaltaban. Pero los simples papeles no tenían voz para hacer que esa reprimenda fuera punzante.
El señor Fogg sí tenía voz. —Cinco mil dólares en tu puño, muchacho, tan pronto como pueda mover los hilos hasta Nueva York... y no hay ningún tacaño en el hombre que puede hacer que aparezcan cinco mil aquí cuando los pide. Puedes ver qué tipo de hombres hay detrás de mí. ¿Qué te importa el viejo Vose y su pandilla?
—¡Está el señor Franklin! Estaría cometiendo una acción muy ruin, señor Fogg. No, no lo haré.
El señor Fogg no despotricó. Permaneció en silencio durante un buen rato. Frunció los labios y miró fijamente a Boyne, y luego desvió la vista hacia el techo.
—Es una lástima, una lástima que un joven rechace tal oportunidad —suspiró—. Se puede hacer sin ti, Boyne, de otra manera. El resultado será el mismo. Pero bien podrías formar parte de ello. Ahora déjame contarte algunos casos de cómo algunos de los grandes hombres de este país empezaron.
El señor Fogg era un excelente narrador con una imaginación vívida, y no le remordía la conciencia porque las historias que impartía a este joven de ojos muy abiertos eran en gran medida apócrifas.
—Ya ves —añadió al final de la primera historia—, lo que un comienzo rápido puede hacer por un hombre. ¡Imagínate que ese tipo del que te acabo de hablar se hubiera sentado a esperar y se hubiera negado a saltar cuando el camino estaba abierto para él! No oyes a nadie criticar a ese hombre hoy en día, ¿verdad? Y, sin embargo, ese es el truco que realizó para empezar.
Con un remate similar, el señor Fogg adornaba cada una de sus historias de éxito.
—Yo... no tenía idea... pensé que lo gestionaban de alguna otra manera —murmuró David Boyne.
—Tu horizonte ha sido limitado; no has estado lo suficiente en el mundo para saberlo, hijo mío.
—He oído hablar de todos esos hombres, por supuesto. Son grandes hombres hoy en día.
—No pensarás que llegaron a ser millonarios ahorrando dinero de los sueldos de los empleados, ¿verdad? Por supuesto, Boyne, admito que en este asunto te verás involucrado en una pequeña práctica astuta. Pero no estás robando nada. Nadie puede llevarse barcos de vapor en el bolsillo de un chaleco. Es solo un trato, y se hacen tratos todos los días.
Fogg era un agudo juez de sus semejantes. Conocía la debilidad cuando la veía. Podía determinar por el labio inferior de un hombre y la forma de su nariz si esa persona era codiciosa. Y ahora sabía lo que significaba el rubor en las mejillas de Boyne y el brillo en sus ojos. Sin embargo, había algo más que tener en cuenta.
—No traicionaré la confianza que el señor Franklin tiene en mí. Rotundamente, no lo haré —dijo el joven—. Está enfermo, y eso lo empeoraría.
—¿Qué tan enfermo está?
—Está muy, muy enfermo. Fue una operación, y ha tenido una recaída. Pero esperamos que salga bien.
—¿En qué hospital está?
Boyne dio el nombre.
—Creo que llamaré para preguntar cuándo se espera que pueda recibir visitas —anunció Fogg, con vivacidad empresarial—. Desearía que Franklin hubiera estado aquí en la cubierta... Franklin, él mismo.
—No creo que el señor Franklin aceptara un truco de esta clase —aseguró el empleado—. Odiaría tener que enfrentarlo después de haberlo hecho yo mismo.
—Franklin sería capaz de ver más allá en un acuerdo financiero que un joven —dijo el señor Fogg, severamente, y luego encontró su número e hizo su llamada—. ¡Cielos! —exclamó después de una pregunta—. Estoy en su oficina. Sí, se lo diré a Boyne.
Con una refinada afectación de dolor y sorpresa, colgó el receptor en el gancho y se volvió hacia Boyne. Le había dado la espalda al joven; había hablado con la mano sobre el receptor.
—Acaba de morir... está muerto. Franklin ha fallecido.
—Me habrían avisado —jadeó Boyne.
—Justo iban a llamarte. Me oíste decir que te informaría.
—Pero debo llamar al hospital, ofrecer mis servicios. Debo ir allí.
El señor Fogg extendió la mano y presionó al joven para que volviera a su silla. —Un as debe jugarse rápido y el pozo rastrillarse de repente —reflexionó.
—Solo un momento, hijo mío. Ahora te vales por ti mismo. No tendrás que darle explicaciones al señor Franklin.
Señaló el reloj. Sus historias habían consumido tiempo. Eran las diez y treinta y cinco.
—Esa reunión anual de la línea Vose fue convocada para las diez de la mañana de hoy. El señor Franklin estaba vivo a esa hora. Él era el secretario de esa corporación. Lo que ocurra ahora no te avergonzará en lo que a él respecta. Sé sensato. Haz una jugada para ti mismo. De todos modos, te has quedado sin trabajo. Adelante, ahora.
Fogg habló de forma cortante, imperiosa. Ejerció sobre el joven toda la fuerza de su personalidad.
—Cinco mil dólares, protegidos por mis intereses, fuera de la vista por unos meses... es fácil. Siéntate ahí y prepara tus registros; vota esos poderes de representación. Vótalos, te digo. Esta reunión se celebró a las diez en punto. Prepara tus registros.
Se quedó sobre Boyne, discutiendo, prometiendo, insistiendo, y el joven, por fin, sudoroso, ruborizado, temblando, se inclinó sobre sus documentos, los clasificó y preparó sus registros.
—Enviaremos una copia a la oficina de la línea Vose por correo certificado —ordenó Fogg—. Certifícala como copia del registro fiel ante notario. Cuando les llegue, yo estaré allí, con mis directores y mi pequeña historia... y la cara del tío Vose valdrá la pena verla, aunque su lenguaje no sea edificante. Ven conmigo, Boyne. Voy a la oficina de telégrafos.
—Pero debo ponerme en contacto de inmediato con la familia del señor Franklin, ofrecer mis servicios —suplicó el empleado.
—No hay nada que puedas hacer en este momento —espetó el magistral caballero de Nueva York—. Te sugiero que cierres la oficina. Envía a la chica a casa. Deberías hacer al menos eso por respeto a la memoria de tu empleador.
Diez minutos después, el registro había sido enviado por correo y el nervioso Boyne trotaba por la ciudad con el señor Fogg. Este último parecía tener una cantidad tremenda de asuntos entre manos. Alquiló un coche y fue llevado de aquí para allá, dejando al joven en el vehículo, con instrucciones de quedarse allí cada vez que se hacía una parada. Pero, al final, el señor Fogg regresó de un recado con resultados muy tangibles. Puso un paquete de billetes de banco en las manos temblorosas de Boyne.
—¿Alguna vez habías visto tanto dinero real antes, hijo mío? —preguntó Fogg, afablemente—. Esos son tus cinco mil. Y aquí tienes quinientos para los gastos que prometimos. Te sugiero que salgas de la ciudad esta noche. Guarda ese dinero encima y desaparece de la vista.
Habiendo asegurado el dinero y colocado ese poderoso argumento en manos del joven, la prisa y la ansiedad del señor Fogg parecieron desaparecer. Cuando vio el paquete abotonado dentro de la chaqueta de Boyne, sonrió.
—El trato está cerrado y el trabajo está hecho, hijo, y estoy seguro de que, siendo un joven ciudadano estadounidense sano con mucho dinero en efectivo para pagar tu camino, no vas a dejar escapar ese dinero ni a chillar como un tonto.
—He ido demasiado lejos para echarme atrás —admitió Boyne, dando palmaditas en el exterior de su chaqueta—. Pero parece un sueño.
—He escuchado una pequeña noticia mientras daba vueltas, olvidé decírtelo —dijo Fogg, de manera natural—. Ese tonto asistente del hospital debe haberme entendido mal, o yo lo entendí mal a él. Franklin no está muerto.
—¿No... está muerto?
—No. El último informe es que está mejor esta mañana. Pero así es como algunos de estos asistentes locos confunden las cosas cuando alguien pregunta en un hospital. Ahora, por supuesto, viendo que la copia certificada está en camino y que Franklin se está recuperando, eso es una razón más por la que no te interesa andar por estos lugares y ser molestado. Tengo un plan. Te sacará de la ciudad de una manera muy discreta. He telefoneado a los muelles, y hay un carguero de Vose aquí descargando rieles. ¿Vives en casa o en una pensión?
—Vivo en una pensión —dijo Boyne, todavía luchando con la enfermiza información de que había traicionado a un empleador que estaba vivo; de alguna manera, el sentimiento de que era igual de vil traicionar a un empleador fallecido no se había impreso en su conciencia adormecida. Ahora era muy consciente de que temía encontrarse con un abogado Franklin vivo e indignado. Fogg preguntó, y Boyne le dio la dirección de su pensión.
—Conduciremos hasta allí, y esperaré afuera en el coche hasta que puedas reunir una maleta con tus cosas. No te cargues demasiado. Recuerda, tienes mucho dinero en efectivo en los bolsillos.
Poco después, Fogg escoltó al joven por la pasarela del Nequasset, desde cuya bodega el último de su carga de rieles metálicos estaba siendo extraído por motores de cabrestante que jadeaban. Hacia el capitán Zoradus Wass, quien descansaba contra la barandilla justo fuera de la caseta del piloto, el señor Fogg marchó con prontitud empresarial y habló con seguridad.
—Capitán, mi nombre es Fletcher Fogg. En cuarenta y ocho horas los directores de la línea Vose me elegirán presidente y director general. Esa noticia puede ser bastante sorprendente, pero es cierta.
El veterano patrón no respondió. Movió un bulto de una mejilla a la otra.
—¿Bien? —preguntó Fogg, un poco bruscamente.
—No estoy diciendo nada.
—Crees lo que te digo, ¿verdad?
—No le conozco.
—Este joven es David Boyne, secretario en funciones de la corporación de la línea Vose. La reunión anual se acaba de celebrar en esta ciudad. Él hizo los registros oficiales. Te dirá que se ha elegido una nueva junta directiva; la vieja guardia está fuera.
—Eso es así —afirmó Boyne, obedeciendo el impulso de la rápida mirada de Fogg.
—A usted tampoco le conozco.
El señor Fogg no se sintió intimidado. —No es especialmente necesario que nos conozcas. ¿Qué tan pronto te vas?
—Saldremos vacíos tan pronto como esos rieles estén en el muelle.
—Voy a enviar al señor Boyne contigo en una gira de inspección, capitán. Por favor, dale alojamiento y trátalo bien.
—Nada de eso hasta que reciba órdenes de los propietarios —declaró el capitán Wass.
—¿No te he dicho que seré el director general de esta línea mañana, o a más tardar pasado mañana?
—Cuando sea director general, venga y dé sus órdenes, señor.
—Lo haré. Subiré a bordo en Nueva York...
—Tengo órdenes de ir a Filadelfia —indicó el capitán Wass—. Ahí es donde me encontrará.
—¡Filadelfia, entonces! Subiré a bordo y te despediré.
—Haga justo lo que le parezca bien.
—¿Se niega a llevar a este joven?
—Esto no es un barco de pasajeros. No le conozco. Muestre las órdenes de los propietarios; de lo contrario, nada de nada.
El segundo oficial Mayo había salido de su camarote, muy cerca. Con la percepción más rápida de un joven sobre las posibilidades y contingencias, se dio cuenta de que su patrón podría estar dejando que la obstinación de un anciano bloqueara el sentido común.
El primer oficial tenía buen ojo para los hombres y sus modales. Había estado escuchando al señor Fogg. Ese caballero ciertamente parecía saber de lo que hablaba. Y el joven oficial Mayo, teniendo olfato para las noticias así como ojo para los hombres, entendió que el negocio del transporte costero estaba en un estado delicado en general. Examinó mejor al señor Fogg y decidió que un poco de compromiso hábil era aconsejable.
—Capitán Wass, ¿se apartaría un momento conmigo? —preguntó el oficial.
—¿Para qué?
—Quiero tener una palabra con usted.
—Dígalo aquí mismo —dijo el capitán, con aspereza—. Nunca tengo asuntos que deban ser susurrados detrás de las esquinas. —Frunció el ceño cuando su oficial le guiñó un ojo, tanto sugerente como implorante—. ¡Suéltelo!
—La ley no nos permite llevar pasajeros, como usted sugiere. Y, naturalmente, no le gusta actuar sin órdenes de los propietarios. —Miró al señor Fogg mientras hablaba, ofreciendo claramente una disculpa a ese caballero—. Pero necesitamos un segundo camarero y...
—¡No lo necesitamos! —El capitán Wass fue contundente y falto de tacto.
—Pido perdón; realmente sí lo necesitamos. Y podemos inscribir a este joven de una... una forma nominal, y luego, cuando lleguemos a Filadelfia, probablemente encontraremos que todo el asunto se ha aclarado.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó el señor Fogg.
—Boyd Mayo, señor. Primer oficial.
—Señor Mayo, usted es un joven con mucho sentido común —declaró Fogg.
Para sí mismo, mirando al joven, dijo: —¡Voy a jugar esta partida con cartas bajas, y aquí hay una lista para el sorteo!
—Nos veremos en Filadelfia, señor Mayo —continuó, en voz alta—. Soy exactamente quien digo ser. Capitán Wass, usted tiene algo pendiente. Señor Mayo, usted también tiene algo pendiente, ¡y es bueno! —Su asertividad era convincente, e incluso el capitán mostró síntomas de estar impresionado—. No es en absoluto necesario que mi agente haga este viaje con usted, capitán Wass. Quizás no tenía un derecho claro para traerlo aquí. Pero soy un hombre de negocios muy dinámico y quiero resolver los asuntos rápidamente. Sin embargo, no pido favores. ¡Vamos, Boyne!
—Lo registraremos como camarero para cumplir con la ley —ofreció el capitán, tan escueto en el consentimiento como lo fue en la negativa.
—Muy bien —estuvo de acuerdo Fogg—. Tiene un primer oficial capaz, señor. —Sacó su reloj—. Tengo un tren que tomar, caballeros. ¡Buenos días!
Tomó a Boyne del brazo y lo llevó a la escalera desde el puente. —Hijo —dijo—, investiga a ese tal Mayo hasta que lo conozcas de arriba abajo y de cabo a rabo. Voy a usarlo. Y mantén la boca cerrada sobre ti mismo. —Bajó la escalera, tanteando el camino con cautela con sus piernas gruesas, trotó hasta el coche que esperaba y fue llevado lejos.
Al mediodía del día siguiente, Fletcher Fogg marchó a las oficinas generales de la línea Vose en compañía de diez ciudadanos de aspecto sólido. Imperturbable y sonriente, permitió que el presidente Vose gritara anatemas y agitara la copia certificada del registro de la reunión anual bajo la nariz respingona de Fogg.
—Lo que usted diga no cambia la situación en lo más mínimo —afirmó el señor Fogg—. Encontrará los registros reales de la reunión depositados en el lugar habitual en el estado de su constitución. Si cree que estos nuevos directores no están legal y debidamente elegidos, puede acudir a los tribunales.
—Maldito ladrón, es probable que lleve un año obtener una decisión. Esto es condenable. Es piratería. ¡Usted sabe cómo son los tribunales!
—Entonces, apure a sus tribunales. No es culpa mía si son lentos.
Los nuevos directores entraron en la sala de juntas y con gran celeridad procedieron a elegir a Fletcher Fogg como presidente y director general de la línea Vose.
—¿Qué va a hacer? —suplicó el jefe ejecutivo depuesto—. Mi dinero está aquí, toda mi vida está en esto, mi orgullo, mi intención de asegurar que el público obtenga un trato justo. Infernal granuja, ¿qué va a hacer con mi propiedad?
—Eso es asunto mío —dijo Fletcher Fogg.
—¡No puede salirse con la suya, no puede hacerlo! —rugió Vose—. Llegaré al fondo de cómo se llevó a cabo esa reunión. Más le vale retroceder ahora mismo, Fogg, y salvarse. No tengo miedo de decirle lo que voy a hacer. Haré que se emita una orden judicial temporal. Probaré que se usó fraude en esa reunión: ¡soborno, sí, señor!
El señor Fogg sonrió y se sentó en el escritorio del presidente. —Primero tendrá que encontrar a un joven llamado David Boyne —se dijo a sí mismo.
—Vose —dijo el nuevo presidente—, todo lo que puede mostrar a un tribunal es el registro de una reunión anual, debida y legalmente celebrada. Y si el juez quiere echarme un vistazo, me encontrará dirigiendo esta línea muchísimo mejor de lo que usted la ha dirigido jamás.
—Es un truco barato y sencillo —baló el anciano gerente de la naviera—. Su pandilla va a venderse a la Paramount; es su complot.
—¡Oh, no! No estamos invitando a mandatos judiciales, leyes, charlas de periódicos, calumnias y difamaciones, señor Vose. Si alguna vez hay una venta, usted será el primero en sugerirlo; yo nunca lo haré. Verá, soy tan franco con usted como usted lo es conmigo. Vender esta línea a la Paramount ahora mismo, solo porque la nueva junta está dentro, sería un trabajo desprolijo, muy tosco. Gracias al cielo, tengo un respeto adecuado por la ley y por lo que puede hacer para molestar a un tonto. No soy un tonto, señor Vose.
XIX ~ EL PAQUETE PREMIADO DEL SEÑOR FOGG
Nuestro capitán estaba en su alcázar, ¡Y un buen hombrecillo era él! “¡Reparar, reparar, en el aparejo de su pescante caer, Y lancen sus botes al mar, Valientes muchachos! Y lancen sus botes al mar.” --La Ballena.
Un remolcador lento, que emitía pitidos molestos y ráfagas entrecortadas que el capitán Wass traducía como órdenes de detenerse, interceptó al Nequasset en Hampton Roads.
El señor Fletcher Fogg era un pasajero en el remolcador. Con un traje gris elegante, destacaba visiblemente en el callejón fuera de la caseta del piloto del remolcador. Maldijo con fuerza cuando subió con dificultad la escalera hacia la cubierta del carguero, pues el revestimiento oxidado le ensució las rodillas de los pantalones.
—Estoy haciendo un poco mejor de lo que le prometí, capitán —declaró cuando finalmente llegó a presencia del patrón—. Dije Filadelfia. Pero aquí estoy. ¿Me reconoce ahora?
—Su nombre es Fogg —respondió el capitán Wass, sin mostrar alegría especial.
—Y soy gerente de esta línea. Como parece ser bastante difícil para usted entender algo a través de esa cabeza dura suya, le pediré que eche un vistazo a un papel que le ahorrará argumentos.
El papel era una notificación certificada, firmada por los directores, exponiendo en lacónica frase legal lo que el señor Fogg acababa de declarar.
—Reconoce mi autoridad, ¿verdad?
—Su conocimiento de embarque está en orden —asintió el patrón.
—¡Muy bien! ¡Exacto! Entonces tome sus órdenes. Proceda a un fondeadero frente a Lambert Point debajo de Norfolk, elija un puesto bien alejado del canal, y suelte ambos anclajes. El barco va a quedar fuera de servicio. Veo que no está ganando dinero para los propietarios.
—No es culpa mía. Con los fletes a... —comenzó el patrón, indignado.
—No tengo tiempo para un debate conjunto. Está despedido. Lleve sus cuentas a la oficina principal tan pronto como haya entregado el vapor al cuidador; él vendrá desde Norfolk. —El gerente Fogg se dio la vuelta para encontrarse con el oficial Mayo—. Usted también se presentará en las oficinas principales, señor Mayo. ¿Tiene títulos de patrón?
—Los tengo, señor... aguas del Atlántico, desde Jacksonville hasta Eastport.
—Muy bien, va a ser ascendido. Lo pondré a bordo del vapor de pasajeros Montana como capitán. —Miró alrededor con agudeza—. ¿Dónde está mi agente?
—Ahí, en el camarote del contramaestre. Le dimos eso —respondió el capitán Wass, bruscamente—. Me alegra estar fuera de la navegación a vapor. He aprendido a llevar una pensión y ganar dinero con ello.
El señor Fogg no entendió esa burla, y no prestó atención al modo del capitán. Se dirigió hacia el camarote indicado.
—Bien, ya puede pavonearse con sus galones dorados y pescar a su heredera —observó el capitán Wass a su segundo.
—Lo siento, patrón —dijo el joven, con verdadero pesar—. Usted es quien debería ser ascendido, no yo. No es correcto; no parece real.
—Ya no hay navegación a vapor auténtica en esta costa. Es... no sé qué demonios es —gruñó el veterano—. He estado olfateando y explorando. Me gustaría ser un ratón en las paredes de esas oficinas de Nueva York y escuchar qué es lo que intentan hacernos a los pobres diablos. ¡Un día ordenan cumplir la ley; al siguiente, quebrantarla; acosados por los armadores y amenazados por el gobierno! Me alegra estar fuera de esto y me alegra que usted haya conseguido un buen empleo. De esto último me alegro especialmente. Pero mantenga los ojos bien abiertos. ¡Hay cosas raras ocurriendo a su alrededor!
Fogg entró en el camarote y cerró la puerta tras de sí. Encontró a Boyne sentado en un taburete y con aspecto algo aprensivo. —¿Escondiéndose? —preguntó Fogg.
—Pensé que no debía dejarme ver hasta estar seguro de quién estaba en ese remolcador —dijo el joven.
—Ese es mi chico, David —lo elogió Fogg, con verdadera cordialidad—. No eres tonto. No hay nada como ser precavido. Empaca tu maleta y sube al remolcador. —Y salió a grandes pasos.
—El contrato de Filadelfia ha sido cancelado, ¿eh? —preguntó el capitán Wass. El tono de su voz no invitaba a la amistad.
—Así es, señor.
—Parece raro rechazar una carga que está allí esperando, y el viejo barco puede llevarla más barato que nadie, tal como he ajustado los gastos.
—¿Está intentando decirme cómo dirigir mis asuntos?
—Llevo cuarenta años en la navegación a vapor y sé un par de cosas sobre ello.
El señor Fogg miró al viejo marinero con los ojos entrecerrados. Quería informarle al capitán Wass que este último sabía demasiado sobre la navegación a vapor para el tipo de trabajo que se estaba planeando a lo largo de la costa en aquellos tiempos delicados.
—¿Entonces no debo esperar nada especial de aquí en adelante? —preguntó el patrón. A pesar de su determinación de ser arisco y mantener la mandíbula firme, no pudo reprimir cierta melancolía, y sus ojos recorrieron el viejo carguero con afecto.
—¡Ni una sola cosa, señor! —El señor Fogg fue directo y frío. Se dirigió hacia la escala. Le dio una palmada en el hombro a Mayo al pasar junto al joven—. Este es el tipo de hombre que buscamos hoy en día. Cuanto antes se presente, muchacho, mejor para usted.
Con Boyne siguiéndolo, bajó por la escala oscilante y fue alzado desde los peldaños inferiores sobre la borda del remolcador hasta un lugar seguro.
Después de que soltaran las amarras y el remolcador se alejara forcejeando en un ángulo pronunciado, el capitán Wass caminó con paso pesado hacia su puente de mando y tocó los timbres.
—¡Parece que lo siente, de verdad que sí! —le dijo al segundo Mayo—. Se va pesada. No levanta los talones. Ni yo pude hacerlo cuando subí aquí. ¡Nos van a desguazar, a los dos! Malditos sean sus robos, sus hurtos, sus peleas y sus finanzas. Ya no están navegando a vapor. Están usando buenos barcos para jugar a las damas en Wall Street. Bueno, hijo —se lamentó, colgándose con desánimo sobre el alféizar de la ventana y mirando hacia la bahía de Chesapeake azotada por el viento—, no voy a quejarme, pero echaré de menos al viejo barco y el estruendo y el traqueteo de la vieja máquina ahí abajo en sus entrañas. Incluso aceptaría el trabajo de vigilante a bordo si él quisiera contratarme.
—Parece que le caigo un poco bien. Le pediré que le contrate a usted —se ofreció el segundo, con entusiasmo.
—Me parece que no viste la mirada en sus ojos cuando me despidió —dijo el capitán Wass—. No te permitiré que le digas ni una palabra sobre mí. Tú sigue adelante, muchacho, y acepta el trabajo que te ha ofrecido. Pero recuerda siempre que es un operador astuto. Mira lo que le ha hecho al tío Vose; y no hemos podido sacarle a ese pasajero cómo se hizo tampoco. Las finanzas en estos días se parecen mucho a navegar sin luces y a tiro forzado. Llevan a un hombre al Prosperity Landing a toda prisa, siempre que no choque con algo más grande que él. Van a retirar este carguero y culparme a mí porque no estoy ganando dinero para los dueños. Tendrán un montón de cifras para demostrarlo. Cuida de que no te carguen a ti algo peor y más grande. ¡Van a jugar una partida con la línea Vose, te lo digo yo! En el juego de las grandes finanzas, el «pilla-pilla», convirtiéndosela al pequeño que no puede correr muy rápido, parece ser terriblemente popular.
Redujo el carguero a paso de tortuga cuando se acercó al canal dragado, y finalmente el sondador encontró un fondo adecuado. Se soltaron ambas anclas.
El viejo patrón tocó el timbre, indicando al jefe de máquinas que la tripulación de motores estaba relevada. Por un tubo acústico, el capitán ordenó que se purgaran ambas calderas.
—Y ese es el fin de mi vida como capitán de mi barco —dijo.
Los ojos del segundo Mayo estaban húmedos, pero las palabras de consuelo adecuadas para la ocasión no acudieron a su lengua marinera, y permaneció en silencio.
Cuando el remolcador estaba cerca de Newport News, el gerente Fogg apartó a David Boyne de cualquier oído que pudiera escuchar. Le dio al joven otro paquete de dinero.
—El resto de tus gastos para un buen viaje —dijo—. Pareces ser un tipo que sabe cómo ocuparse de sus propios asuntos, y capaz de meterse en los asuntos del otro con bastante eficacia. No has contado gran cosa sobre el joven Mayo, pero es satisfactorio saber que ha llevado una vida tan sencilla y cotidiana que no hay mucho que contar.
—Nunca vi a un hombre tan ingenuo, por así decirlo —afirmó Boyne—. No es que tenga mucha experiencia, pero en la oficina de un abogado uno está obligado a ver bastante de la naturaleza humana.
—Sin duda es un joven muy meritorio, y me alegra poder utilizarlo —dijo Fogg, incapaz de ocultar toda la aspereza de su tono—. Ahora, hijo —continuó, tras un momento de reflexión—, quédate a bordo de este remolcador hasta que yo haya partido hace cinco minutos. Hay muchos ojos avizores en estos tiempos, y algunos de los amigos de Vose estarían encantados de correr hacia él con una historia sobre mí. Después de cinco minutos, toma tu maleta, camina hacia el muelle siete y sube a bordo del carguero Ariel; ve como si pertenecieras a él. Dile al capitán que eres Daniel Boyle; quédate con el nombre, Daniel Boyle. Y nunca le digas a nadie hasta que tengas noticias mías que tu nombre es David Boyne. Ese carguero sale esta noche para Barbados con maquinaria azucarera. Tendrás un buen viaje.
—No me importa lo lejos que llegue —declaró Boyne, con bastante amargura—. He hecho un trabajo duro. Soy poco menos que un renegado. No, no me importa lo lejos que vaya.
—Ni a mí tampoco —concordó Fogg, pero una sonrisa alivió la brutalidad de sus palabras—. Verás, hijo, ambos tenemos razones especiales por las que es mejor para ti estar lejos de estos lugares por un tiempo. Si alguna gente te atrapa, te molestarán con un montón de preguntas tontas. Cuando te canses de Barbados, adelante, elige otro buen viaje y sigue adelante, y más tarde encontraremos un buen trabajo para ti por estos lares. Mantenme informado. Adiós.
El remolcador había atracado y él se apresuró a salir y alejarse.
—Es toda una partida —reflexionó el señor Fogg—. He ganado un bote con un dos de mano. El trabajo fue un poco tosco porque tuvo que hacerse a corto plazo. El trabajo que haré con mi segundo dos va a ser más suave, y no habrá tanta queja después de que el bote sea recogido. ¡Demasiados gritos y tu partida es asaltada! Puedo ver lo que me pasaría, si Julius Marston lo hace, si le doy una oportunidad al equipo de fuerza bruta. Pero si ven que el pequeño Fogg desliza una carta en la siguiente mano que va a jugar... bueno, me comeré el Montana, si esa es la única forma de deshacerme de él.
Boyd Mayo no perdió tiempo en obedecer sus órdenes de presentarse en Nueva York. Dio su nombre a un empleado en las oficinas de la línea Vose y pidió ver al señor Fogg. Se presentó un poco tímidamente. No estaba en absoluto seguro de su buena suerte. Resulta bastante desconcertante para un joven que le lancen la capitanía de un barco de pasajeros de doble hélice tan descuidadamente como quien le arroja un cacahuete a un niño. Apretó su gorra entre sus palmas temblorosas cuando siguió al empleado hacia el despacho interior.
El señor Fogg se levantó y saludó a Mayo con gran cordialidad. —Buenos días, capitán —dijo el gerente—. Permítame esperar que vaya a ser tan vivaz cumpliendo el horario como lo ha sido llegando aquí desde Norfolk.
—No sentí ganas de perder mucho tiempo, considerando lo que se me prometió —balbuceó Mayo, aún sin estar seguro de sí mismo.
—¿Temía que pudiera cambiar de opinión?
—Parecía demasiado bueno para ser verdad. Quería llegar aquí tan pronto como pudiera y asegurarme de que había oído bien, señor. Aquí están mis papeles.
Los puso en la mano del gerente. Fogg no los desplegó. Los abanicó, señalando una silla.
—Siéntese, capitán Mayo. Entienda que la nueva dirección se ha hecho cargo de la línea Vose para dar vida y dinamismo al negocio. Tenemos una fuerte competencia. Un gran sindicato se está haciendo cargo de las otras propiedades navieras, y debemos esforzarnos para seguir el ritmo de la procesión. Estoy despidiendo cargueros que no muestran un beneficio adecuado; estoy eliminando a los capitanes cubiertos de musgo que no están al tanto de los tiempos. Es por eso que le pongo en el Montana en lugar de Jacobs.
—Es un buen hombre, uno de los mejores —se aventuró Mayo, impulsado por la lealtad a los de su clase—. Lamento verle hacerse a un lado, por mucho que me alegre de ser ascendido, y eso es honesto.
—Esa es la forma de hablar; pero tenemos que tener empuje y determinación, y los jóvenes pueden darnos lo que buscamos. Eso no significa que tenga que correr riesgos imprudentes.
—Espero que no, señor Fogg. Mi entrenamiento con el capitán Wass ha sido en el sentido contrario. Y si tan solo pudiera darle a él...
—Capitán, usted tiene su propio camino que labrar. Mantenga los ojos en él —aconsejó el gerente general, bruscamente—. Estoy eligiendo capitanes para los barcos Vose, y creo que entiendo mi negocio. Ahora, lo que quiero saber es, ¿tiene confianza en mí? ¿Va a ser leal a mí?
—¡Sí, señor! —afirmó Mayo, impresionado por el comportamiento profesional, enérgico y brusco de su superior.
—¡Exacto! Y la única charla que quiero que suelte es en el sentido de que cree que estoy haciendo todo lo posible para que esta línea valga algo para los accionistas. ¿Dónde se está alojando?
Mayo nombró un pequeño hotel a la vuelta de la esquina.
—Lo pondré a bordo del Montana tan pronto como pueda organizar los detalles del traslado. Puede que deje que Jacobs haga uno o dos viajes más. Preséntese aquí cada mañana a las nueve. Durante el resto del tiempo, manténgase al alcance del teléfono del hotel.
Mayo saludó y salió.
Fogg llamó al observador de la oficina meteorológica por teléfono y le hizo algunas preguntas. Se le informó que el viento había girado al noroeste y que la niebla que prevalecía desde hacía mucho tiempo había sido expulsada de la costa.
El señor Fogg pareció sentirse algo irritable por esta repentina partida del fenómeno meteorológico que llevaba su apellido. Golpeó el auricular contra el gancho y dijo una palabrota. Una persona que lo hubiera escuchado podría haberse extrañado un poco, pues ahí estaba un gerente de barcos de vapor maldiciendo la ausencia de la niebla en lugar de reservar sus profanidades para gastarlas en la presencia de las brumas desmoralizantes. Pero el reinado del viento del norte a finales del verano nunca es largo; tres días después, la brisa cambió y los bancos grises de niebla avanzaron desde alta mar.
Mayo fue despertado temprano por el clamor de los silbatos de las embarcaciones fluviales, pues el pequeño hotel estaba cerca de la zona portuaria. Vio la niebla avanzando en masas desgarradas contra los altos edificios, envolviendo las torres. Había estado esperando su llamada al deber con mucha impaciencia, encontrando el confinamiento del hotel molesto en los días frescos de luz solar, deseoso de salir y ocuparse de este espléndido nuevo deber que prometía tanto.
Era el día de partida del Montana desde el lado de Nueva York.
Se había ido a dormir emocionado con la ferviente esperanza de que lo llamarían para llevarlo. Pero cuando miró hacia esa mañana, vio las cortinas drapeadas de las brumas al acecho, escuchó los chillidos frenéticos de las embarcaciones en el puerto, aullidos frenéticos de alarma, graznidos roncos de protestas y advertencias, se sintió repentina y agudamente ansioso por que su ascenso al puente de mando del Montana fuera pospuesto. Prefería la oficina humeante y estrecha del pequeño hotel donde se había estado irritando en una espera sombría. Estaba perfectamente dispuesto a sentarse allí y estudiar de nuevo los cromos publicitarios en las paredes y mirar hacia la interminable procesión de carros retumbantes. Pero a las ocho en punto, el teléfono lo convocó.
—Soy el gerente general Fogg —le informó la voz, aunque no necesitaba la información; conocía esos tonos enérgicos—. Hablo desde mis apartamentos. Por favor, diríjase de inmediato al Montana. Subiré a bordo en una hora.
—¿Espera que tome el mando, que la... que la lleve hoy? —titubeó Mayo.
—Ciertamente. El capitán Jacobs transferirá el mando tan pronto como yo llegue abajo.
Mayo acababa de regocijarse en su corazón porque Jacobs estaría obligado a asumir la responsabilidad de la navegación de ese día; estaba perfectamente seguro de que un hombre nuevo no sería convocado bajo las condiciones que prevalecían. Quería sugerirle al gerente Fogg que hacer el cambio justo en ese momento sería desaconsejable. Se aclaró la garganta y buscó en su alma las palabras. Pero un chasquido agudo y decisivo le indicó que el señor Fogg consideraba el asunto zanjado. Se alejó del teléfono, mareado y preocupado, y no se sintió reconfortado cuando recordó cómo el gerente Fogg había recibido sugerencias humildes en el pasado. Pagó su modesta cuenta, tomó su maleta de viaje y partió hacia el muelle de la línea Vose.
Cuando la vio asomarse en la niebla, su barco por fin, sintió ganas de huir de él inconteniblemente, en lugar de correr hacia él.
Mayo tenía todo el celo, la ambición y el coraje de un joven, pero tenía en su justa medida la precaución y el conocimiento de las condiciones de un marinero; había sido entrenado por ese maestro de la precaución, el capitán Zoradus Wass. Estaba realmente asustado mientras miraba hacia la imponente proa, los poderosos costados, la elegante curva de la superestructura, y se daba cuenta de que debía guiar a este gigante y su carga de seres humanos hacia el vacío blanco de la niebla. En su honestidad, reconoció para sí mismo que estaba asustado.
Toda la gran estructura le gritaba responsabilidad.
Estaba seguro de su habilidad. Como primer oficial, había dominado los problemas de los rumbos y maniobras en la niebla a lo largo de esa misma ruta que ahora debía tomar. Pero hasta entonces, la responsabilidad suprema había recaído en otro.
Los hombres estaban cargando mercancías a bordo en camiones traqueteantes; líneas paralelas de estibadores trabajaban. Había muchos baúles, precursores de los pasajeros.
Subió a bordo por la entrada de carga y encontró su camino a la hilera de camarotes de los oficiales. Reconoció al veterano de barba gris que caminaba por el pasillo fuera del puente de mando, aunque el hombre no estaba en uniforme; era el capitán depuesto.
—Buenos días, capitán Mayo —dijo, sin ningún resentimiento en su tono—. Le felicito por su ascenso.
—Espero que entienda que no fui a buscar este trabajo —soltó Mayo.
—Creo que es simplemente una cuestión de nueva política, según me dice el gerente Fogg. ¡Entiéndame a mí también, capitán Mayo! No albergo resentimiento, especialmente no contra usted.
Extendió su mano de manera noble y varonil, y era tan distintivamente el mejor tipo del digno y sereno capitán de barco de la vieja escuela, que Mayo se estremeció ante la idea de reemplazar a este hombre.
El capitán Jacobs abrió la puerta con el rótulo de «Capitán». —Todo mi equipaje está fuera y sobre el muelle. Me sentaré con usted, si no le importa, hasta que llegue el señor Fogg. Va a tener un pasaje espeso, capitán Mayo.
—No me parece correcto poner a un hombre nuevo aquí en esta niebla —protestó Mayo, con vehemencia—. Debería tenerla con tiempo despejado hasta que conozca sus trucos. En un aprieto, cuando tienes que saber cómo se comporta un barco, y saberlo muy de repente para evitar un choque, un movimiento en falso te mete en el hoyo.
—Parece que hoy en día dirigen las líneas de barcos de vapor desde Wall Street, en lugar de desde el muelle —dijo el capitán Jacobs, con sequedad—. Todo es parte del juego tal como lo juegan en estos tiempos. No hay nada que decir por parte de los hombres en el puente de mando.
—Soy un marinero, y sencillo. Creo que conozco mi trabajo, capitán Jacobs, o de lo contrario no aceptaría este ascenso. Pero no se me ha subido el éxito a la cabeza. Es lo correcto y sensato que usted lleve el Montana esta noche y me deje merodear por el puente de mando y observarle. Si puedo convencer al señor Fogg de que lo permita, ¿hará otro viaje?
—Lo haría para ayudarle, pero me condenaré si ayudo a Fogg, no si él viniera ahora mismo y me suplicara —declaró el capitán Jacobs, mostrando temperamento por primera vez—. Y si usted hubiera sido expulsado a patadas como yo después de todos mis años de servicio honesto, se sentiría tal como yo, capitán Mayo. No me culpa, ¿verdad?
—No puedo culparlo.
—Conoce los rumbos y tendrá el mismo personal que yo he tenido. Encontrará cada anotación en el diario exacta hasta la yarda o el segundo. Es una vieja chica estable y, conociendo el rumbo de la marea y las direcciones, como usted hace, puede depender de ella hasta el giro de un tornillo. Le deseo lo mejor, pero yo he terminado.
Puso el fervor de la resolución final en la declaración. Pero, con el espíritu fraternal de ayuda de los marineros, se sentó y entró en los detalles de todos los pocos caprichos del Montana. Llamó a los oficiales y los presentó al nuevo capitán. Parecían hombres tranquilos y robustos que no guardaban rencor porque una nueva política hubiera puesto a un hombre nuevo sobre ellos.
Entonces llegó el gerente general Fogg, y en esta presencia estrictamente profesional, Mayo no se atrevió a expresar ninguna de sus dudas o su opinión sobre su propia ineficiencia.
La ceremonia bastante rígida y decididamente dolorosa de despedir al antiguo comandante terminó pronto, y el capitán Jacobs se marchó.
—¿Por qué no se ha puesto el uniforme? —preguntó Fogg—. Se habrá hecho uno nuevo, por supuesto.
—Sí, señor. —Las mejillas de Mayo se sonrojaron ligeramente cuando recordó cómo se había pavoneado frente al espejo en su habitación del hotel. Pero le había dado vergüenza apresurarse a ponerse su abrigo con incrustaciones doradas en presencia del capitán Jacobs.
—Póngaselo tan pronto como pueda —ordenó el gerente general—. Quiero que haga una inspección general del barco conmigo.
Hicieron el recorrido, y a pesar de sus recelos, cuando vio las brumas pasando junto al final del muelle, el capitán Mayo, recibiendo los saludos de sus respetuosos subalternos, sintió la orgullosa alegría de aquel que finalmente ha llegado a la meta de su ambición.
¡Capitán del excelente Montana, joya de la flota Vose, a la edad de veintiséis años!
Miró en cada uno de los espléndidos espejos del gran salón para asegurarse de las letras doradas en su gorra.
La gruesa alfombra le resultó agradable al paso. La orquesta del barco estaba ensayando en su galería.
¡Si tan solo esa niebla diabólica se disipara! Pero seguía surgiendo desde el mar, y el barómetro, bajando a 29.40, no prometía un tiempo despejado.
—Seguridad hasta el más mínimo detalle, ese es mi lema —declaró el gerente Fogg—. Ordene un simulacro de incendio.
Se realizó, y el Sr. Fogg criticó la falta de presteza. Se mostró bastante severo una vez terminado el simulacro de botes salvavidas. Ordenó un segundo ensayo. Mandó que la tripulación lo hiciera por tercera vez. La intensidad de su insistencia en este aspecto de la disciplina a bordo fue muy notable.
—Y cuando vuelvan a colocar esos botes, asegúrense de que cada cabo esté libre y adujado y cada cubierta suelta. Cuesta mucho dinero bueno si se mata a los pasajeros en estos tiempos. —Luego se apresuró a marcharse—. Lo veré antes de la hora de zarpar —informó al capitán Mayo.
El nuevo capitán se alegró de estar solo y de tener tiempo libre para estudiar los diarios de navegación del vapor. Estaba acostumbrado a la velocidad más lenta de un carguero en las rutas. Hizo unos pequeños cálculos. Descubrió que, a setenta y cinco revoluciones por minuto, el Montana registraría aproximadamente la misma velocidad que el carguero cuando iba a su máxima capacidad. Decidió poner la niebla como excusa y reducir la velocidad al ritmo de navegación habitual del Nequasset. Reflexionó que se sentiría bastante como en casa bajo esas circunstancias. Se animó y recorrió el barco con un aspecto menos parecido al de un malhechor condenado a la ejecución.
Cuando el gerente general Fogg entró apresuradamente a bordo unos minutos antes de la hora anunciada de partida a las cinco, comentó sobre el mejorado semblante del capitán Mayo.
—Parecía que conseguir uno de los mejores empleos en esta costa lo convertía en un hombre de duelo. Quizás un espejo le ha mostrado lo bien que se ve con ese uniforme nuevo. En cualquier caso, me alegra ver que se ha animado. Y ahora le daré una noticia que debería hacerlo parecer aún más feliz: voy a acompañarlo en este viaje. Si me demuestra que puede hacer un buen trabajo con este tipo de clima, no tendrá que preocuparse por su puesto.
La expresión en el rostro del capitán Mayo no indicó un deleite absoluto cuando escuchó esta «buena noticia». Inexperto como era en el barco, no podía esperar ofrecer un desempeño sin contratiempos.
—¡Y todavía se niega a alegrarse! —reprendió el gerente.
—Me alegra que venga, señor. No me malinterprete. Pero un marinero es un tipo bastante serio cuando siente responsabilidad. Estoy emprendiendo una tarea importante.
—Es la mejor manera de descubrir si usted es el hombre para el trabajo, si usted es el hombre que creo que es. Es una prueba que supera a navegar barcos en un charco.
—Me alegra que esté a bordo —repitió el capitán—. Va a aliviar mi responsabilidad un poco.
—¿Eso cree, verdad? —exclamó el gerente Fogg, con tono cortante—. ¡Ni por asomo! Usted es el capitán de esta nave. Yo soy un pasajero. No intente eludir sus obligaciones. No tiene miedo, ¿o sí?
Estaban parados junto a la barandilla goteante fuera del puente de mando. Muy por debajo de ellos, en las amplias profundidades del vapor, una corneta sonó notas largas y las llamadas monótonas de los camareros advirtieron: «¡Todos a tierra!».
Las pasarelas fueron retiradas con el sordo «traqueteo» de cadenas mojadas sobre poleas, y el capitán Mayo, tras una rápida mirada a su reloj para asegurarse de la hora, ordenó a un contramaestre que diera la señal de «¡Desatracar!». El silbato lanzó una nota ronca y, viendo que todo estaba despejado, el capitán tiró de los tiradores de la campana auxiliar en la barandilla. Dos para el motor de babor, dos para el de estribor, y el Montana comenzó a retroceder hacia el sudario gris que envolvía el río.
El capitán Mayo vio las hileras de rostros en el muelle, esposos y esposas, madres y amantes, despidiéndose de aquellos que decían adiós desde las cubiertas del vapor. Se armó con un supremo esfuerzo de resolución. ¡Dependía de él! Casi lo dijo en voz alta.
Los temblores de duda ya no lo agitaban. Era una fe ciega, pero era una confianza implícita la que toda esa gente depositaba en él. Se confiaban a su barco con la seguridad ciega de los viajeros que siguen una ruta regular, sin importarles cómo se llega al destino siempre y cuando lleguen al final de su viaje.
El ronco y largo silbido de advertencia que anunció a todos en el río que el vapor abandonaba su muelle ahogó los gritos de despedida y los sones de la alegre melodía que la orquesta estaba tocando.
—Lo veo luego —dijo el gerente general Fogg—. Creo que cenaré temprano.
El capitán Mayo subió la corta escalera y entró en su puente de mando.
¡Dependía de él!
XX ~ PONIENDO A PRUEBA A UN HOMBRE
Ahora, la primera tierra que avistamos es llamada The Deadman, El Ramhead frente a Plymouth, Start, Portland y Wight. Navegamos pasando Beachy, Por Fairlee y Dungeness, Hasta que llegamos a la altura del faro de South Foreland. —Adiós y adiós.
Con el motor de estribor arañando hacia atrás y el motor de babor impulsándolo hacia adelante, el Montana giró su enorme masa cuando estuvo libre de los muelles que lo encajonaban. Las hélices, batiendo en direcciones opuestas, lo hicieron girar sobre su propio eje. Luego comenzó a buscar su camino fuera del laberinto del tráfico.
Los hombres sombríos y silenciosos de los puentes de mando no hablan mucho ni siquiera cuando están libres en tierra. Son taciturnos cuando están de servicio. No relatan sus sensaciones cuando se abren paso a codazos a través del East River con niebla; no tienen el lenguaje para hacerlo.
Un psicólogo podría sacar mucho provecho del tema discutiendo la concentración sublimada, los sentidos humanos coordinando la vista y el oído al instante, una especie de sexto sentido que debe ser enviado a los limbos de la especulación como instinto.
El hombre en el puente de mando no entendería en absoluto una palabra de lo que el psicólogo estaría diciendo.
¡El oficial del barco simplemente entiende que debe hacer su trabajo!
El Montana añadió su voz al caos del estruendo fluvial.
La niebla era tan densa que incluso el vigía apostado en sus molinetes de proa era una figura borrosa vista desde el puente de mando. Un transbordador rechoncho, que se dirigía a través del río directamente hacia el muelle donde su gong costero lo llamaba, chapoteó bajo la proa del vapor, dos remolcadores paseaban con indiferencia cruzando en la otra dirección: gorriones descarados del tráfico fluvial, siempre bajo los pies y esquivando el peligro por un margen estrecho.
Las pitadas del silbato, agudas o rugientes, sonaban solas o en pareja, un dúo de voces de vapor, o mezcladas a veces en un coro desconcertante.
El silbato de un vapor en la niebla transmite poca información, salvo anunciar que una nave propulsada por vapor está en algún lugar allá afuera en el vacío blanco, invisible, en marcha. Ninguna nave tiene permitido emitir señales de paso a menos que el barco al que está señalando esté a simple vista.
El capitán Mayo no podía ver nada; incluso la superficie del agua era casi indistinguible.
Adelante, atrás, a derecha e izquierda, todo lo que podía pitar estaba ocupado y era vociferante. Aquí y allá, un dúo de tres pitidos entrecortados indicaba que los vecinos amenazaban con chocar y estaban retrocediendo lo mejor que podían.
Dos veces el gran vapor detuvo sus motores y derivó hasta que la disputa frente a él pareció haber sido resuelta.
Una parada mezcla las anotaciones del diario, pero los oficiales del vapor hicieron las señales de Battery, y después de un tiempo los contornos de araña del primer gran puente dieron seguridad de que sus cálculos eran correctos.
Providencialmente, hubo un desgarro de la niebla en Hell Gate, una brisa costera sacudiendo las brumas de la superficie del agua.
Entonces se reveló la situación que yacía detrás de los pitidos «uno largo y dos cortos» particularmente enfáticos y estruendosos de un silbato violento. Un remolcador de Lehigh Valley venía bajando por la corriente de cinco nudos con tres barcazas vacías, que la deriva había cruzado hasta que ocupaban todo el canal. Con sus cables, el remolcador y el remolque se extendían por al menos cuatro mil pies, casi una milla de peligroso arrastre.
—Nuestra buena suerte, señor —se aventuró el primer oficial—. Estaba aullando tan fuerte que, maldita sea, no podía decir si venía o iba. No tiene nada que hacer bajando por el Sound.
El capitán Mayo, con los dientes apretados, su rostro rígido goteando humedad mientras estaba de pie en la ventana abierta, detuvo los motores de su gigante carga y marcó a toda máquina hacia atrás para detenerla. No tenía deseos de luchar por la posesión del canal con lo que veía adelante.
En ese momento, el gerente Fogg entró en el puente de mando, ignorando el letrero de «Prohibida la entrada» por la autoridad de su puesto. Encendió un cigarro y mostró el aire satisfecho de un hombre que ha comido hasta saciarse.
—Ha estado haciendo un arrastre bastante lento, ¿no es así, capitán Mayo? He tenido tiempo para cenar, ¡y soy de buen comer! ¡Y todavía no hemos llegado a Gate!
—No podíamos hacer ni un ápice mejor y estar seguros —dijo el capitán por encima del hombro, con los ojos puestos en el remolque.
—¿Qué pasa ahora?
—Un remolcador y tres barcazas en el camino.
—¿Quiere decir que está reteniendo un transatlántico de Vose con ochocientos pasajeros, esperando a un remolcador? Mire, Mayo, tenemos que llevar a la gente a donde quieren ir, y llegar a tiempo.
—Ese remolque viene bajando con la corriente y tiene el derecho de paso, señor. Y no hay posibilidad de pasar, porque está barriendo el canal.
—No creo que haya ninguna ley que obligue a un barco de pasajeros a detenerse por barcazas —gruñó Fogg—. Si existe una, un buen hombre sabe cómo sortearla y cumplir con su horario. —Caminó por el puente de mando hasta el extremo posterior, fumando su cigarro.
Gruñó cuando Mayo dio las campanas de seguir adelante y el latido de los motores comenzó.
—Ahora, empújela, muchacho. La gente en estos días no quiere perder el tiempo en el camino. Incluso están acelerando las carrozas fúnebres automovilísticas.
El capitán Mayo no respondió. Estaba agradecido de que los peligros de Hell Gate hubieran sido revelados. Las brumas colgaban en jirones contra North Brother Island cuando entró en el canal de Gate, y pudo ver, muy adelante, la torre del faro. Era un tramo donde se necesitaban cálculos precisos, y este capricho de las brumas le había dado una excelente oportunidad. Marcó a toda máquina y echó un vistazo para notar la orientación del eje de Sunken Meadow.
—¡Noreste, cinco octavos este! —dirigió al contramaestre en el timón.
El hombre repitió la orden mecánicamente y la llevó a su rumbo para el paso de Middle Ground.
Después de rodear North Brother, la torre de Whitestone Point se reveló. Realmente parecía como si la niebla se estuviera despejando, e incluso en el canal entre Execution Rocks y Sands Point sus esperanzas crecían. Pero en las aguas más amplias frente a Race Rock, el Montana hundió su morro negro una vez más en el palio blanco, y su silbato comenzó a rebuznar de nuevo.
El joven capitán suspiró. —¡Este, medio norte!
—¡Este, medio norte, es, señor!
Al menos, había conquistado el East River, Gate y los estrechos más allá, y tenía muchas millas por delante hasta el silbato frente a Point Judith. Estaba decidido a estar agradecido por los pequeños favores.
Esperaba que, con la llegada de la noche y debido a la prevalencia de la niebla, encontraría que el transporte marítimo de tipo ordinario había dejado de moverse. Sin embargo, en pocos minutos escuchó silbatos reveladores adelante, y marcó media velocidad. Una pesada vieja barcaza con una grúa oscilante pasó cerca a bordo. Un pesquero auxiliar, con su escape chasqueando como una ametralladora, y pareciendo depender de ese ruido para advertir, fue sobrepasado.
—¿Puede dejar esa ventana por un minuto, capitán Mayo? —preguntó el gerente general.
El capitán se unió rápidamente al Sr. Fogg en la parte trasera del espacioso puente de mando.
—Mire, Cap —reprendió su superior—, bajé por estas aguas en el Triton de la línea Union el otro día, e hizo su tiempo. ¿Qué nos pasa a nosotros?
—Estoy obedeciendo la ley, señor. Y hay nuevas advertencias recién emitidas. —Señaló el cartel encabezado con «Seguridad Primero» en grandes letras rojas—. Se ha corrido la voz de que el primer capitán que sea atrapado con las manos en la masa será un ejemplo.
—¿Es eso así? —comentó Fogg, estudiando la punta de su cigarro. Su tono era un poco peculiar—. Pero el Triton vino por aquí.
—Y casi embiste al Nequasset en la niebla el último viaje que hice por la costa. Fue simplemente un roce, Sr. Fogg, y todo culpa suya. Estábamos siguiendo las reglas al pie de la letra.
—Y esa es una forma de arruinar el negocio de una línea de vapores —gruñó Fogg. Añadió, para sí mismo—: ¡Pero no es mi forma!
—Lo siento, pero me han enseñado a creer que un historial de seguridad es mejor que todos los registros de velocidad, señor.
—Dejé ir a Jacobs porque era anticuado, Mayo. Esta es la era de correr riesgos, ¡correr riesgos y llegar! Negocios, política, ferrocarriles y transporte a vapor. La gente lo espera. La gente correcta lo hace.
—Usted es el gerente general de esta línea, Sr. Fogg. ¿Me ordena cumplir con el horario, sin importar las condiciones?
—Usted es el capitán de este barco. Simplemente quiero que entregue productos actualizados. En cuanto a cómo lo haga, eso no es asunto mío. No soy capitán de mar, y no me atrevo a aconsejar sobre los detalles.
El capitán Mayo era joven. Conocía el juego de la costa. Era ambicioso. La oportunidad se había presentado. Entendía el temperamento irracional de aquellos que buscaban dividendos sin preocuparse mucho por los detalles. Sabía cómo otros capitanes de pasajeros estaban teniendo éxito con los poderes que controlaban los intereses del transporte. Se confesó a sí mismo que había envidiado al capitán del veloz Triton que se pavoneaba como si fuera dueño del mar.
Hasta entonces, Mayo había sido el manso y apologético transeúnte a lo largo del carril oceánico, esperando ser empujado a un lado, esquivando cuando el grande gritaba por el camino libre.
Recordaba con qué prisa siempre maniobraba al viejo Nequasset fuera de peligro cuando escuchaba la señorial llamada de los transatlánticos de pasajeros. ¿No era ese el método general de los capitanes de carga? ¿Por qué no debería esperar que ellos se quitaran de su camino, ahora que era uno de los fanfarrones del mar? ¡Que ellos se preocupen ahora, como él había hecho la preocupación y las esquivas en el pasado! Volvió a su ventana, con esas reflexiones girando en su cerebro.
«Esto no es un carguero», se dijo a sí mismo. «Fogg tiene razón. Si no entrego los bienes, alguien más será llamado para hacerlo, así que ¿cuál es el uso? Jugaré el juego. Solo recuerda, ¿lo harás, Mayo?, que has obtenido el deseo de tu corazón, y eres capitán del Montana. Si pierdo este trabajo debido a un cartel con letras rojas, me daré una patada a bordo de un remolcador, y me quedaré allí el resto de mi vida».
Sacó un diario de navegación del estante y anotó la velocidad promedio del vapor a partir de las entradas. Señaló a la sala de máquinas a través del tubo acústico.
—¡Denle doscientas por minuto, jefe! —ordenó.
Y quince segundos después, con sus motores pulsando rítmicamente, la gran nave estaba cortando la niebla y el agua a velocidad exprés, aullando para que los pequeños se quitaran del camino.
Abajo, en sus brillantes profundidades, la orquesta tocaba un alegre vals, la plata tintineaba sobre el mantel blanco del comedor, hombres y mujeres reían, charlaban y coqueteaban; los hombres escribían telegramas, concertando citas para el día siguiente a horas tempranas, y la radio los emitía. Se enviaban con la certeza por parte de los remitentes de que nadie en estos días espera por la marea o la niebla. Las aguas espumosas pasaban rápidamente en la noche afuera, y aquellos que se aventuraban en las cubiertas goteantes miraban el abanico de espuma blanca que se extendía en la niebla, y se alegraban de regresar a las sillas acogedoras y al resplandor del salón.
Muy arriba, en el puente de mando, estaban los ojos y los cerebros de este monstruo veloz. Estaba oscuro allí, excepto por el suave brillo amarillo de las luces de la bitácora. Estaba silencioso, salvo por la voz baja de un oficial que anunciaba sus anotaciones.
De vez en cuando, los oficiales se miraban en la penumbra cuando el silbato de un vapor sonaba adelante. ¡Este joven capitán parecía ser un tipo que llevaba su nervio consigo! Estaban acostumbrados al sistema más cauteloso del capitán Jacobs.
El capitán no redujo la velocidad. Se inclinó hacia afuera, con la mano en la oreja. La tercera vez que un desconocido hizo sonar su sirena, echó un vistazo rápido a la brújula.
—Cambio de dos puntos, así lo muestra —dijo en voz alta—. Lo pasaremos bien.
El cambio en la dirección del sonido le había asegurado. Unos minutos más tarde, el silbato expresó una ubicación a salvo por el través. Pero el siguiente silbato que escucharon sonó directamente adelante, y aumentó en volumen de sonido solo gradualmente. Estaban alcanzando a un barco que se dirigía en la misma dirección.
El capitán Mayo tiró de la cuerda más a menudo y sonó más prolongados, más imperiosos pitidos. No ordenó ningún cambio en su rumbo. Se dirigía al silbato de Point Judith, y no se propuso arriesgarse a tropezar con desvíos. La nave de adelante finalmente pareció reconocer la voz de su maestro. El sonido del silbato mostró que se había desviado del rumbo.
El oficial murmuró anotaciones.
—¡Todos los oídos alerta! —ordenó el capitán—. ¡Deberíamos llegar a ese silbato! —Y en el siguiente suspiro dijo:— ¡Ahí está! —Señaló con una mano mojada hacia adelante y ligeramente a babor. Un gruñido extraño y retumbante llegó a ellos—. Estás bien, vieja chica —declaró—. Jacobs no te estaba alabando demasiado. —Se estiró sobre el alféizar y acarició la madera de su mascota gigante. Se volvió al contramaestre—. Este, cinco octavos sur —fue su dirección.
—¡Este, cinco octavos sur, señor!
—¿Qué es lo siguiente que avistamos, capitán? —preguntó el gerente general desde la penumbra en la parte trasera del puente de mando.
—Barco faro Sow and Pigs, entrada de Vineyard Sound, señor.
—¡Buen trabajo! Voy a dar una vuelta abajo. ¡Nos vemos de nuevo! ¿Qué puedo decirles a los caballeros inquietos que temen perder una cita de negocios por la mañana?
—Dígales que estaremos a tiempo al minuto —declaró el capitán, tranquilamente.
El Sr. Fogg cerró la puerta del puente de mando detrás de sí y se rio entre dientes cuando bajó por la escalera resbaladiza.
El Sr. Fogg paseó por el salón brillantemente iluminado, con las manos en los bolsillos, dando la impresión de un hombre completamente a gusto. Nadie parecía reconocer al nuevo gerente general de la línea Vose, y no atrajo atención especial. Pero si alguien hubiera estado lo suficientemente interesado en el Sr. Fogg como para observarlo de cerca, se habría notado que su boca trabajaba nerviosamente cuando se paró en la parte superior de la gran escalera y miró a su alrededor. Sus mejillas colgaban. Cuando sacó su pañuelo, su mano temblaba.
Bajó las escaleras hasta la cubierta principal y miró a su alrededor en la zona de fumadores, recorriendo con sus ojos los rostros de los hombres reunidos allí. De repente, levantó la barbilla con un pequeño tirón y subió las escaleras de nuevo. Un hombre grande tiró un cigarro y lo siguió a una distancia respetuosa. Persiguió al Sr. Fogg a través del salón y por un pasillo, y entró en un camarote tras los pasos del gerente general.
—¡Por Dios, Burkett, me están dando escalofríos! —estalló el Sr. Fogg, tan pronto como la puerta estuvo cerrada.
—No entiendo exactamente por qué.
—Esa gente de ahí afuera... acabo de examinarlos. Es jugar con algo demasiado grande, Burkett. No puedes calcular por adelantado algo como esto.
—Claro que puedes. Lo he planeado bien.
—Oh, sé que entiendes de lo que estás hablando, pero...
—Bueno, debería saberlo. He sido piloto del equipo de reconocimiento de los bancos de arena durante los últimos dos meses. Conozco cada centímetro del fondo.
—Pero el pánico. Está destinado a haber uno. El resto de ellos no entenderá, Burkett. Va a ser horrible a bordo aquí. Estaré aquí yo mismo. No puedo soportarlo.
—Mire, gobernador; no habrá pánico. Se deslizará en la arena como un bebé acurrucándose en una cuna. No hay ni un guijarro en esa arena por millas. La mitad de este grupo de pasajeros estará en la cama y dormida. No despertarán. El resto nunca sabrá nada especial, excepto que los motores se han detenido. Y eso no es nada inusual en una niebla. Es una noche tranquila, ni una ondulación. Nada que nos dañe. La radio atraerá al guardacostas desde Wood's Hole, y esperará hasta la mañana y los sacará.
—La teoría es buena. Es mayormente idea mía, y estoy orgulloso de ella, y me alegré enormemente de encontrar a un hombre con su experiencia que me respaldara con los detalles prácticos —dijo Fogg, intentando fortalecer su fe con palabras, pero fracasando—. Pero ahora que llega el momento de la verdad, le tengo miedo.
—Bueno, depende de usted, por supuesto, jefe. Insisto en que se puede hacer, y hacer sin contratiempos, ¡y encallará este vapor de forma agradable, limpia y sencilla! Eso le dará un buen golpe a la línea Vose y hará que sus accionistas presten atención la próxima vez que se haga una oferta justa.
—Es lo que hay que hacer, y lo sé. Las condiciones son las adecuadas, y tenemos a un capitán novato para cargarle el muerto. ¡Todo listo! Pero es una cosa terrible con la que juguetear: ¡ochocientas personas, y no hay forma de saber cómo se lo tomarán! ¡Me sobrevino mientras estaba allí parado y las miraba!
—La arena es arena, y toda la redondez de la tierra está apoyada bajo esa arena. No puede hundirse. Simplemente se abrirá camino como un arado en un surco, y allí se quedará atascada, sentada derecha, sólida como una isla; y pasará un demonio de tiempo antes de que sean capaces de desenterrarla. ¡Es un golpe para la línea Vose, se lo digo yo, jefe! La malevolencia brillaba en los ojillos de Burkett.
—Por supuesto, el dinero que recibo por este trabajo me parece bien, jefe, pero la oportunidad de darle un puñetazo a cualquier cosa en la que estén interesados el viejo Vose y sus hijos me parece igual de bien. No estaría en esto solo por el dinero. No soy un pirata, pero cuando me echaron de la caseta de gobierno y me vetaron en toda esta costa, se pusieron en fila para recibir lo que se merecen de mi parte.
—¿Pero ha considerado todos los aspectos? —suplicó Fogg—. Usted es el hombre práctico en esta propuesta. ¿Qué puede pasar?
—Si hace exactamente lo que le digo que haga, no puede pasar nada más que lo que está en nuestro programa. Permítame que lo tranquilice repasando el asunto una vez más.
Sacó una carta plegada y manchada de sus manos del bolsillo interior de su chaqueta y la extendió sobre sus rodillas. Con el dedo índice romo señaló los puntos a los que hacía referencia en su explicación.
—Cuando tenga el faro de Nobska por su amura de babor, marcando al noroeste cuarto al oeste, cambiará su rumbo. Después de unas cinco millas deberá cambiar de nuevo, girando seis cuartas al norte. Oirá al oficial nombrar el rumbo del silbato de vapor de West Chop. Entonces, usted camina directamente hacia la izquierda de la brújula y se queda allí. Puede que oiga un pequeño parloteo durante unos segundos. Habrá un poco de palabrotas, tal vez, pero a usted no le dirán nada, por supuesto. Usted quédese ahí, tranquilo y sereno, sin pestañear ni una vez. Y entonces sucederá, y cuando suceda será una sorpresa en toda regla.
—¡Es naufragar un vapor de pasajeros de siete mil toneladas en la noche! —se lamentó el director general.
—¡No lo es! Es ponerlo en una cuna segura.
—¡Pero a esta velocidad!
—Ese tipo en la caseta de gobierno no es ningún tonto. Recibirá su advertencia a tiempo para salvarlo de daños reales. ¡No tiene de qué preocuparse!
Fogg abrió su maletín de viaje y sacó una tira de metal. La manejó con tanto cuidado como si fuera un reptil, y la miró con aire como si temiera que fuera a morderle.
—Ese es el pequeño bromista —dijo Burkett—. ¡Unas dos cuartas de desviación por atracción local harán el trabajo!
—Me siento tentado de tirarlo por la borda y cancelar todo, Burkett. He cerrado muchos tratos en mi vida en el gran juego, pero esto parece casi demasiado burdo. ¡No puedo evitarlo! Tengo el presentimiento de que algo va a salir mal.
—No tengo nada más que decir, jefe.
—Mi gente no me hace preguntas, pero esperan resultados. Si no lo hago, supongo que me daré patadas a mí mismo por la mañana. —Aguzó el oído y escuchó el bramido del gran silbato del transatlántico—. Pero parece diferente en la noche.
—No está dejando huellas —animó Burkett—. Y al ser su primer viaje, lo hace más plausible. Usted está aquí con toda naturalidad, por su propia cuenta. Podría parecer bastante raro si hiciera otro viaje. Es su primer viaje en él, le recuerdo. Si comete un error, no sorprenderá a los listillos ni un ápice.
—Parece que todo está listo, tengo que admitirlo. ¡Por Dios, Burkett, siempre he llevado a cabo una cosa cuando la he empezado! Por eso llaman al pequeño Fogg. Preferiría disculparme ante mi conciencia que ante... Bueno, no importa quién sea. —Metió la tira de metal en el bolsillo interior de su chaqueta y se abrochó el abrigo—. ¡Maldita sea! No puede pasar nada muy malo en este mar en calma, y ese último simulacro de botes salvavidas salió bien. ¡Aquí voy! —declaró Fogg, con un énfasis desesperado.
—¡Ese es mi chico! —declaró Burkett, animado a la familiaridad por su asociación en la fechoría.
El director general encontró que la noche estaba negra cuando se abrió paso a lo largo de la cubierta húmeda hacia la caseta de gobierno. Las luces del vapor formaban parches borrosos en la niebla. Ahora parecía tener el mar para sí mismo; no había silbatos de respuesta.
—He vuelto, capitán Mayo —dijo, mientras cerraba la puerta contra la noche—. Espero no molestarles aquí. Me mantendré fuera de los pies. —Se sentó en un banco en el extremo posterior de la estancia y fumó su cigarro con nerviosa vehemencia.
Otro timonel relevó al hombre que estaba al timón, el oficial hizo sus anotaciones de estima y marcó la carta, se siguió con la rutina habitual. Mayo continuó en la ventana, con la cabeza hacia afuera, excepto cuando miraba la carta o la brújula o anotaba los diales que marcaban las revoluciones de las hélices.
De vez en cuando acercaba el oído al receptor de señales submarinas. Por fin escuchó el latido débil y lejano de la campana submarina de Sow and Pigs: siete golpes, con el intervalo de cuatro segundos, luego los siete golpes repetidos.
Un poco más tarde recibió, dulce y bajo como una trompa de elfo, el silbato de campanadas del buque faro. Estaba justo delante, lo cual no era exactamente lo que había calculado. La corriente había sido más fuerte de lo que había previsto. Ordenó al timonel que la desviara media cuarta, para asegurarse un buen margen para el giro hacia Vineyard Sound.
Ya bien entrado en el estrecho, la campana de Tarpaulin Cove le tranquilizó, y después de un tiempo escuchó el inconfundible estallido de la gran bocina de lengüeta de Nobska emitiendo su triple pitido como un búho gigante posado en algún lugar de la niebla.
—Nobska —dijo el oficial—. Ciertamente nos estamos acercando, señor.
—Noble —coincidió el capitán Mayo, permitiéndose un momento de júbilo, aun cuando los temidos bajíos estaban por delante.
—¿Va a mantener esta velocidad al cruzar los bajíos, capitán Mayo? —preguntó el director general, mostrando verdadera deferencia.
—¡No, señor! —declaró el capitán con decisión, preparándose para decirle al señor Fogg una o dos palabras agudas si ese caballero presentaba alguna más de sus «razones de hombre de negocios» para la velocidad—. No sería mostrar el debido cuidado.
—Me alegra oírle decir eso —afirmó el señor Fogg, cordialmente—. Puede que esté un poco fuera de lugar, justo ahora, pero quiero que sepa que siento que he elegido al hombre adecuado para comandar este barco. Me alegra tener la oportunidad de decir esto donde sus oficiales puedan oírme.
—Gracias, señor Fogg —respondió el joven, agradecido—. Este es un trabajo que destroza el alma, y me alegra que esté aquí para ver a lo que nos enfrentamos. No siento que vayamos a perder mucho tiempo cruzando los bajíos si vamos con cuidado. Podemos dejarla correr después de que giremos al este de Monomoy. Es un gran barco.
En la penumbra, Fogg pasó los dedos con cuidado por el exterior de su abrigo para asegurarse de que la tira de metal estaba en su lugar.
Hubo silencio en la caseta de gobierno después de eso. Por delante había una navegación delicada. Estaban los estrechos canales, los bajíos abarrotados, los giros ciegos de Nantucket Sound, temidos en todas las condiciones meteorológicas, pero un horror para el navegante en la niebla.
La llamada de clarín de Nobska se dibujó lentamente por el través de babor, y tras el lapso de tiempo debido, el silbato de vapor de West Chop levantó su voz guía en la niebla por delante.
—Mejor use el peloro y tenga cuidado con la marcación de West Chop después de que la pasemos, señor Bangs —advirtió el capitán Mayo a su primer oficial.
Como bien sabe un marinero, la marcación de West Chop da la dirección de la brújula para el paso entre los bajíos conocidos como Hedge Fence y Squash Meadow, un recorrido de diez millas hasta el buque faro de Cross Rip. En la niebla es vitalmente importante tener West Chop exacto al octavo de cuarta.
Fogg se alegró de estar solo donde estaba sentado. Temblaba tan violentamente que se puso un cigarro sin encender entre los dientes para evitar que castañetearan.
El oficial estaba perfilado contra la ventana, con los ojos en el instrumento y el oído atento. Cada medio minuto el silbato de West Chop pitaba.
—¡Correcto, señor! —informó finalmente el oficial, hablando con rapidez—. Lo marco al oeste cuarto al norte, cinco octavos al norte.
Fogg se levantó y se tambaleó hacia adelante, tomando una posición justo a la izquierda del timón y la brújula.
—Este cuarto al sur, cinco octavos al sur —dirigió el capitán al timonel—. Preste atención, señor. La marea está subiendo, cuatro nudos. ¡Mantenga el rumbo!
El timonel repitió y giró su timón el número habitual de revoluciones para permitir un cambio de tres cuartas.
El capitán Mayo dio un paso atrás y miró la brújula para asegurarse de que su timonel encontraba su rumbo correctamente. —¿Qué demonios le pasa a usted, hombre? —gritó—. ¡Traiga este barco a rumbo! ¡Traiga el barco a rumbo! —Agarró el timón y lo giró—. Es más lento que el demonio arrastrando melaza —se enfureció Mayo, olvidando su dignidad.
—Debe haber guiñado —protestó el hombre—. Lo tenía en su rumbo, señor. Supuse que lo tenía controlado.
—Usted no debe suponer. Debe mantener los ojos en esa tarjeta de la brújula y moverse más rápido cuando doy una orden.
Los ojos del timonel se salieron de sus órbitas mientras miraba la brújula. Mientras había parpadeado, tal como le parecía, el rumbo verdadero se había separado completamente de la línea de fe.
En su frenética prisa, el capitán Mayo la giró demasiado. Ayudó al hombre a ponerla en el rumbo correcto. Luego señaló media velocidad. Los caminos sinuosos y estrechos estaban delante de ellos.
—Ese es un salto terriblemente extraño el que dio la vieja dama entonces —reflexionó el timonel. Pero estaba demasiado bien entrenado para discutir con un capitán. Aceptó la culpa como suya, y ahora que estaba en su rumbo, la mantuvo allí con obstinación.
Incluso la media velocidad del Montana era un paso respetable, y la tripulación silenciosa en su caseta de gobierno podía oír el mar espumando a lo largo de sus costados.
—¿Qué opina de eso, señor Bangs? —preguntó el capitán, después de un período prolongado de escucha.
—¡Campana, señor!
—Pero la única campana en esa dirección sería la del buque faro de Hedge Fence en caso de que su silbato se haya averiado.
—Me suena a un barco fondeado.
—Pero está justo en el canal —el capitán Mayo se convenció con una mirada a la brújula—. Ninguna embarcación soltaría el ancla en el canal. Esa no es la campana de Hedge Fence —reflexionó el capitán—. Es la campana de una goleta. Pero el sonido a menudo se vuelve extraño en la niebla. ¡Estamos en nuestro rumbo a la fracción, y tenemos que seguir adelante!
Y después de un momento la campana cesó su estruendo. Era un sonido distante, y su ubicación era indefinida incluso para un oído agudo.
—Me parece que los sonidos en general están un poco desviados de repente —dijo el capitán a su oficial—. Juraría que puedo oír las explosiones de cinco segundos de Hedge Fence ahora. Pero ahí aúlla por la amura de estribor. Las nubes deben estar dándonos un eco. Tenemos que dejarlo en manos de la brújula.
Un navegante hábil tiene cuidado de no abandonar el dedo firme de una brújula probada para perseguir sonidos en las esquinas con tiempo de niebla. Entiende que los estratos de aire hacen maldades con las explosiones de los silbatos. Hay zonas de silencio, hay divergencia de sonido.
Fogg mantuvo su posición, con las piernas apoyadas, y nadie le prestó ninguna atención especial. Los de la caseta de gobierno estaban demasiado ocupados con otros asuntos.
Hay un sonido en tiempo cerrado que le dice mucho a un navegante. Es el eco de su propio silbato.
El gran vapor avanzaba pitando roncamente.
De repente hubo un sonido que voló y golpeó al capitán Mayo en la cara. Era un eco. Era el sonido del silbato del Montana devuelto hacia él desde algún objeto tan cercano que apenas había un tic-tac de reloj entre el silbato y el eco.
El capitán soltó un gran juramento y tiró de sus cuerdas de campana con furia. —Ese eco vino de las velas de una goleta —gritó.
Entonces, justo delante, sonó su campana. Al instante siguiente, avanzando al menos ocho millas por hora, a pesar de que los motores luchaban a toda máquina hacia atrás, la imponente proa se estrelló contra el obstáculo en su camino.
Fue un choque poderoso que envió un temblor de proa a popa de la gran estructura. Vieron que la golpearon: una goleta de tres mástiles fondeada, con las velas desplegadas, con el lienzo sucio mojado e inactivo en la noche brumosa y sin aliento. Pero su impacto contra ella fue casi como si hubieran golpeado un muelle. La colisión los envió tambaleándose por la caseta de gobierno. Mientras pasaban, la vieron hundirse, con la popa convertida en una masa astillada de escombros, en la que los hombres luchaban frenéticamente.
—¡Eso es un carguero de granito! ¡Mire cómo se hunde, como una piedra! —jadeó el oficial Bangs—. ¡Dios mío! ¿Qué cree que nos ha hecho en la proa?
—¡Vaya allí! ¡Vaya allí! —rugió el capitán Mayo—. ¡Vaya allí e informe, señor!
Pero antes de que el primer oficial estuviera a mitad de camino de la escalera, la voz lastimera del vigía informó del desastre. —Agujero bajo la línea de flotación en la proa —gritó.
—Hay hombres en el agua allá atrás, señor —dijo un timonel.
—Estamos haciendo agua rápidamente en el compartimento de proa —vino una voz a través del tubo acústico.
Ya en la caseta de gobierno podían oír la ululación de las mujeres en las profundidades del barco, y luego el clamor ronco de las muchas voces de los hombres ahogó los gritos más agudos.
El capitán Mayo había visto a los supervivientes de la goleta luchando en el agua. Pero tocó la campana de toda máquina hacia adelante y ordenó al timonel que apuntara hacia el norte, sabiendo que la tierra estaba en esa dirección.
—Ochocientas vidas sobre mis hombros y un agujero en ella —se dijo a sí mismo, mientras todo su mundo de esperanza y ambición parecía derrumbarse. —No puedo esperar a recoger a esos pobres diablos.
En unos minutos, en tan pocos minutos que todos sus cálculos sobre su ubicación se vieron alterados, el Montana se detuvo con un escalofrío en un bajío, con la proa elevándose ligeramente. Y cuando los motores se detuvieron, descansó allí, sólidamente erguida, firme como una isla. Pero en su salón, los hombres y mujeres que luchaban, gritaban y maldecían, moviéndose de un lado a otro en hileras de humanidad como olas en una caverna, estaban convencidos de que el choque estremecedor había señalado la perdición del barco. Hombres medio vestidos, todavía mareados por el sueño, confundidos por sueños que se mezclaban con la terrible realidad, pisoteaban a los indefensos buscando la salida del salón.
El alboroto espantoso que anunciaba el pánico fue una llamada fuerte al capitán del barco. Comprendió qué estragos podría causar la brutal falta de sentido de la lucha. Corrió desde la caseta de gobierno, pisando los pies del director general, que tropezaba de manera desconcertada.
—Llame a toda la tripulación a sus puestos y vigile las salidas —ordenó el capitán Mayo al segundo oficial.
En su camino precipitado hacia el salón, el capitán pasó por la sala del operador de radio, y el chasquido tenso de la chispa le dijo que la señal de SOS estaba realizando su vuelo suplicante a través de la noche.
Tres hombres, medio vestidos, con chalecos salvavidas abrochados de cualquier manera, se encontraron con él en la cubierta, esquivaron su agarre furioso y saltaron por la borda al mar, gritando con toda la potencia de sus pulmones.
Un timonel estaba tras los talones del capitán.
—¡Bajen un bote salvavidas a cada lado y atiendan a esos idiotas! —rugió Mayo.
Se abrió paso a empujones en un pasillo abarrotado, rechazando a hombres frenéticos con los puños, exhortando, asegurando, apelando, amenazando. Se subió a una silla en el salón. Prácticamente superó el bramido del resto. Los hombres de mar están entrenados para gritar contra la tempestad.
—¡Están a salvo! ¡Mantengan la calma! ¡Siéntense! Este vapor está en tierra en un banco de arena. Es tan sólido como Bunker Hill. —Gritó estas garantías una y otra vez.
Empezaron a mirarle, a prestarle atención. Su uniforme marcaba su identidad.
—¡Miente! —gritó un hombre excitado—. ¡Estamos en alta mar! ¡Nos estamos hundiendo! ¿Dónde están sus botes salvavidas?
El caos comenzó de nuevo. Como el tonto que grita «¡Fuego!» en una multitud, este individuo sin cerebro revivió todos los temores de los pasajeros frenéticos.
Mayo se dio cuenta de que era necesaria una acción heroica. Saltó de la silla, agarró al hombre que había gritado y le golpeó la cara con la palma de su mano dura.
Esa escena de conflicto fue lo suficientemente sorprendente como para servir como una verdadera sacudida a su atención. Callaron sus gritos; miraron, impresionados, intimidados.
—Si hay algún otro hombre en este grupo que quiera decirme que soy un mentiroso, que dé un paso al frente y lo diga —gritó el capitán Mayo—. Se están comportando como tontos. No hay peligro.
Soltó al hombre pálido y tembloroso del que había hecho un ejemplo y se subió a una silla. Levantó la mano, dominándolos hasta que obtuvo silencio absoluto.
—¡Usted, usted, usted! —dijo, secamente, lanzando el dedo aquí y allá, señalando a individuos—. ¡Parecen tener la cabeza más fría que el resto, hombres! Vayan hacia adelante donde el hombre está lanzando la sonda. Lancen la sonda ustedes mismos. Vuelvan aquí e informen a estos pasajeros, como su comité. Les estoy diciendo la verdad. No hay agua bajo nosotros de la que hablar. —Permaneció en el salón hasta que su comité regresó.
El hombre que informó parecía un poco avergonzado. —El capitán tiene razón, damas y caballeros. Incluso podíamos ver la arena donde ha arado; tienen linternas sobre la borda. No hay peligro.
Un camarero trotó hacia el capitán Mayo y le entregó un trozo de papel. El capitán leyó el mensaje y sacudió el papel frente a la multitud.
—El guardacostas Acushnet tiene nuestra llamada de radio y está saliendo, y el Itasca seguirá. Les aconsejo que vayan a la cama y se duerman. Están perfecta y absolutamente a salvo. Serán trasladados cuando sea de día. ¡Ahora sean hombres y mujeres!
Se apresuró a salir a cubierta. Sus hombres estaban izando a bordo a los tres pasajeros empapados y balbuceantes que habían corrido como locos.
—Y esos mismos hombres cuidarían de un caballo desbocado y se burlarían de que no tuviera cerebro —comentó el capitán Mayo, con disgusto.
Durante la siguiente media hora fue un hombre ocupado. Investigó la herida del Montana, en primer lugar. La encontró inundada en la proa, con su nariz anclada en la arena con una solidez de roca.
Su corazón se hundió cuando se dio cuenta de lo que significaba su situación desde el punto de vista del naufragio y el salvamento. En esas arenas movedizas, aventadas constantemente por las corrientes apresuradas del estrecho, desenterrarla podría ser una tarea gigantesca, y ponerla a flote una empresa desesperada.
Su recorrido de investigación le mostró que, a excepción de su proa destrozada, el vapor estaba intacto. Su impotencia allí en la arena era tanto más lamentable por esa razón.
No había comenzado a hacer balance de su propia responsabilidad en este desastre. El torbellino de eventos había sido demasiado vertiginoso. Como capitán del barco, tendría que responder por su percance. Pero ¿hasta qué punto había sido negligente? No podía resolverlo. Se dio cuenta de que la emoción juega extrañas pasadas con la conciencia de un hombre sobre los eventos vinculados o el paso del tiempo. No podía entender por qué el vapor se encalló tan rápidamente después de la colisión. Según su amplio conocimiento de los bajíos, había estado en su rumbo verdadero y bien alejado de las aguas poco profundas peligrosas.
Su primer oficial lo encontró en el centro del barco. «Envié uno de nuestros botes salvavidas, señor. Les dije que regresaran y buscaran a los hombres que vimos en el agua. Encontraron a dos. Los demás parecen haber desaparecido».
«Me alegra que se le ocurriera, Sr. Bangs. Debería haberme ocupado yo mismo».
«Ya tenía bastante con lo que lidiar, señor, tal como estaban las cosas. Era el Lucretia M. Warren, con granito de Vinal-haven. Eso es lo que nos dio semejante golpe terrible».
«¿Quiénes son los hombres?»
«El primer oficial y un marinero. Han tomado unas bebidas calientes y se están recuperando bien».
«Hablaremos con ellos, Sr. Bangs».
Los supervivientes del Warren estaban a proa, en los cuartos de la tripulación, y seguían aturdidos. No se habían recuperado de su susto; estaban hoscos.
«¡Lo siento, hombres! De marinero a marinero, ya saben a qué me refiero si no digo más. Es un mal asunto para ambas partes. Pero, ¿qué hacían ustedes en la ruta de navegación?»
«No estábamos en la ruta», protestó un hombre canoso, evidentemente el primer oficial. Estaba incómodo con la ropa prestada; había entregado sus propias prendas a un despensero que se había ofrecido voluntario para secarlas.
«Debían estarlo», insistió el capitán Mayo.
«Sé que estábamos a más de dos millas al norte del rumbo habitual. No he navegado por estos bajíos durante treinta años como para no conocer los sondeos cuando los realizo yo mismo. Además, ella hablará por sí misma, donde se ha hundido».
El capitán no pudo contradecir esa afirmación.
El primer oficial miró con desprecio al joven.
«Tengo una pregunta propia. ¿Qué hace usted, mismo, a dos millas fuera de su rumbo, avanzando a toda máquina, tocando su viejo silbato como si fuera dueño del mar y tuviera rodillos debajo para navegar también sobre tierra firme?»
«Yo no estaba a dos millas fuera de mi rumbo», protestó el capitán, y sin embargo, le invadió la náusea de sentir que había habido algún error terrible, en algún lugar, de alguna manera.
«Cuando pongan estos vapores en manos de hombres de verdad en lugar de dejar que los manejen tipos presuntuosos y niños, entonces el transporte marítimo tendrá una oportunidad justa en esta costa», declaró el primer oficial, lanzando una mirada despectiva al nuevo uniforme de Mayo. «Era mi guardia en cubierta y sé de lo que hablo. Usted vino embistiendo directamente hacia nosotros, dos puntos fuera de su rumbo, y pensé que la niebla me estaba jugando una mala pasada, y no podía creer a mis propios oídos. Usted ha ahogado a mi capitán y a cuatro hombres honrados. Cuando me presente ante el tribunal, obtendrán los hechos claros de mí, se lo aseguro. Y me dicen que es su primer viaje. Podría haber sabido que era un novato, cuando lo oí venir dos puntos fuera de su rumbo. ¡Será mejor que se quite esa ropa. Supongo que usted también ha hecho su último viaje!»
Era el reclamo quejumbroso de un hombre que había estado cerca de la muerte; era el eterno rencor del navegante de vela contra el señorial vaporista. Mayo no tenía ánimo para reprender ni replicar. ¿Qué le había pasado, de todos modos? Este viejo marinero de goleta parecía saber exactamente de lo que hablaba.
«Si no cree lo que le digo, salga a cubierta y vea si no puede oír el silbato de Hedge Fence», aconsejó el primer oficial con amargura. «Si no marca al sureste, me comeré ese traje que me están secando. Y eso le mostrará que está a dos millas al norte de donde debería estar».
De camino al puente de mando, el capitán Mayo escuchó efectivamente la voz hueca del silbato lejano, con su doble pitido y su largo intervalo de silencio. El sonido venía desde atrás de su través y su inquietud aumentó.
Entonces, la aguda comprensión se le impuso: tenía que enfrentarse al gerente general de la línea. El capitán no había visto a su superior durante el alboroto; ahora se preguntaba por qué el Sr. Fogg se había ocultado tan cuidadosamente.
La brasa roja de un cigarro brillaba en un rincón del puente de mando. De ese rincón provino una pregunta cortante: «Bueno, capitán Mayo, ¿qué tiene que decir sobre esto?»
«Creo que hablaré después de que haya tenido la luz del día sobre la propuesta, señor».
«¿No tiene idea de cómo terminó tan fuera de su rumbo?» preguntó Fogg, con una ansiedad notable en su tono.
«¿Cómo sabe que estaba fuera de mi rumbo?»
«Bueno... eh... bueno, no estaría encallado, ¿verdad, si no hubiera perdido el camino?»
«No perdí el camino, Sr. Fogg».
«¿Qué pasó entonces?»
«Eso es lo que tengo que averiguar».
«No voy a decirle nada todavía, capitán Mayo. Es demasiado repentino... un golpe demasiado grande. Va a paralizar a la línea Vose». El Sr. Fogg dijo esto con ligereza, como si estuviera hablando del clima.
«Agradezco que se tome el asunto con tanta calma, señor. Temía reunirme con usted».
«Oh... un hombre de negocios en estos días no puede permitirse desmoronarse por los contratiempos. El optimismo es la mitad de la batalla».
Pero Mayo, sentado allí en ese oscuro puente de mando durante el resto de la noche, mirando hacia el muro vacío de la niebla y contemplando el naufragio de sus esperanzas, decididamente no era optimista.
XXI ~ PRUEBA AMARGA A LA LUZ DE LA MAÑANA
Malas noticias, malas noticias llegaron a nuestro capitán Que le afligieron muy dolorosamente; Pero cuando supo que todo era verdad, Le afligió diez veces más, ¡Valientes muchachos! ¡Le afligió diez veces más! --Cold Greenland.
La mañana no le trajo ni consuelo ni consejo. Los vientos barrieron la niebla de los mares y el brillo del sol solo se burlaba de la tristeza de los pensamientos del capitán Mayo.
Estaba, sin lugar a dudas, muy lejos de su rumbo. Tomó sus posiciones cuidadosamente y rebuscó en su memoria y su experiencia por razones que explicaran cómo terminó allá arriba en Hedge Fence. Dos de los mástiles de la goleta de piedra hundida se asomaban sobre el mar, dos monumentos deprimentes del desastre. Tomó más posiciones y probó su brújula con cuidado minucioso. Hasta donde pudo determinar, era correcta hasta el último detalle.
Fue una mañana ajetreada para todos a bordo del vapor. Los guardacostas se llevaron a los pasajeros. Representantes de las aseguradoras llegaron desde Wood's Hole en un remolcador. El enorme Montana, asentado firmemente en su lecho de arena, se alzaba contra el cielo, mudo testigo de la ineficiencia o el error de alguien.
Al final del día, el capitán Mayo y el gerente general Fogg se encerraron en el camarote del capitán para aclarar las cosas.
Cuando el capitán terminó su declaración, el Sr. Fogg sacudió la ceniza de su cigarro, estudió el extremo brillante durante un momento y entrecerró los ojos.
«Así que, resumiendo todo, sucedió y no sabes exactamente cómo sucedió. Estabas fuera de tu rumbo y no sabes cómo terminaste fuera de él. ¿No esperarás que te defendamos ante los inspectores de barcos de vapor con esa explicación, Mayo?»
«Todo lo que puedo hacer es decir la verdad en la audiencia, señor».
«Te destruirán, tan seguro como que una mula mueve las orejas. Hay cinco hombres muertos dentro de ese naufragio allí. ¿No crees que serás acusado de homicidio involuntario?»
«Sostendré que la colisión fue inevitable».
«Pero estabas fuera de tu rumbo; estabas en un lugar donde no tenías nada que hacer. Eso manda tu defensa al diablo. Estás en un aprieto terrible, Mayo. Tienes que darte cuenta».
El joven estaba pálido, rígido y en silencio.
«La línea Vose ya está bastante mal como para intentar defenderte. Supongo que me culparán por contratar a un capitán joven. Mayo, soy mayor que tú y más sabio en lo que respecta a la ley y esos asuntos. ¿Por qué no te escabulles, eh?»
«¿Quiere decir huir?»
«No lo diría de una forma tan brusca. Me refiero a que te vayas y te mantengas fuera de la vista hasta que esto se calme. Si te quedas, te pondrán en el potro y te enredarán a base de preguntas. ¿Y qué ganarás pasando por este lío? Tienes que estar de acuerdo conmigo en que los inspectores te suspenderán; revocarán tu licencia. Ahí tienes este vapor, hablando por sí mismo. Si te quedas dando vueltas y todas las pruebas salen a la luz en la audiencia, entonces el gran jurado federal probablemente se hará cargo. Tendrán un caso de homicidio involuntario contra ti».
El capitán Mayo seguía sin hablar.
«Si simplemente desapareces, no creo que te persigan. Personalmente, habiéndote observado anoche, no creo que seas culpable de ninguna falta grave. Simplemente sucedió de mala manera. No queremos toda la notoriedad que un juicio traería a la línea. Y esto es lo que haré, Mayo. Te deslizaré unos cientos para gastos para que puedas irte y buscar trabajo en el sector naviero en otro lugar. Un tipo como tú puede caer de pie».
«Sr. Fogg, un marinero renegado tiene pocas posibilidades. Puede que me suspendan, y puede que me pase algo peor, pero no voy a arruinarme a mí mismo y a mi buen nombre huyendo. ¡Eso es una confesión! Es destruir todas mis perspectivas para siempre, y he trabajado demasiado duro por lo que tengo. Me voy a quedar aquí y dar la cara; contaré mi historia como un hombre».
«Será una gran historia, y tú mismo me has dicho que solo están esperando para hacer un ejemplo aplastante de alguien», se burló Fogg. «Tú, un capitán cachorro, rompiste las reglas de navegación anoche navegando a al menos quince nudos en la niebla. Tu diario y el testimonio de tus oficiales lo mostrarán. No te culpo, hijo. ¡Te estoy mostrando cómo se ve! Te saliste de tu rumbo y embestiste a una goleta anclada, y ni siquiera te detuviste a recoger a sus hombres. Vi eso. Mayo, lo único sensato que puedes hacer es escabullirte. Ahorrará a la línea muchos escándalos y mala publicidad. ¡Por Dios! Si no haces al menos eso por nosotros, después de la oferta que acabo de hacerte, subiré al estrado y testificaré en tu contra».
«Parece estar muy listo y ansioso por convertirme en el chivo expiatorio de este asunto», estalló el joven, perdiendo los estribos. Llevaba muchas horas sin dormir, su alma había sido crucificada por las amargas experiencias que había vivido.
«¿Buscas una pelea?»
«No, Sr. Fogg, busco un trato justo. No he hecho nada intencionalmente para convertirme en un fugitivo de la justicia. No huiré».
«No serás el primer testigo que ha ayudado a grandes intereses manteniéndose fuera de la vista y fuera del alcance de los abogados. Son negocios, Mayo».
«Puede ser, Sr. Fogg. No conozco los entresijos de los grandes negocios. Solo soy un marinero. Me relaciono con marineros. Y tengo un poco de orgullo por mi buen nombre».
El Sr. Fogg miró a este rebelde con desdén. Quería decirle a este individuo obstinado que era simplemente una pieza menor en el gran juego que se estaba llevando a cabo. Pero la expresión en el rostro de Mayo no alentaba ni ligereza ni burlas.
«Te daré mil dólares para gastos de viaje y hablaré de trabajo contigo el próximo año después de que recuperes tu licencia», ofreció el gerente general.
El capitán Mayo fijó unos ojos encendidos en el tentador. «¿Qué razón especial y privada tiene para querer sobornarme?», exigió el joven, con tanto ardor que Fogg se estremeció. «Está convirtiendo en algo muy misterioso lo que debería ser abierto y claro. Esa puede ser la táctica de Wall Street, Sr. Fogg, pero no va con un marinero que se ha ganado sus papeles de capitán y está orgulloso de ellos».
«Bueno, adelante entonces», dirigió Fogg. «Hay un remolcador al costado para llevar a los aseguradores de regreso a Wood's Hole. Vete, a la cárcel, o donde sea que termines».
«Permaneceré a bordo de este barco como su capitán hasta que sea relevado de acuerdo con las formalidades de la ley del almirantazgo», declaró el capitán Mayo con dignidad. «No pretendo huir del deber o del castigo, Sr. Fogg».
El gerente general hizo una mueca de desprecio y se retiró del camarote. Se fue en el remolcador sin decir una palabra más a Mayo.
Durante los siguientes dos días, pequeñas embarcaciones zumbaron alrededor del gigante herido como moscas alrededor de una carroña. Había agentes de seguros, rescatadores con planes y proyectos, curiosos, accionistas, y un visitante fue el capitán Zoradus Wass.
«No hay nada más que hacer ahora mismo, muchacho, excepto venir a compadecerte». Chasqueó la lengua contra los dientes mientras examinaba el vapor. Fue un pésame sin palabras. «Ahora cuéntame la historia, con todos los detalles», exigió, después de que estuvieron encerrados en el camarote del capitán. Se sentó con los codos en las rodillas y miró al suelo durante el relato, y siguió mirando al suelo durante un buen rato después de que Mayo dejara de hablar.
«Admito que el contramaestre la dejó desviar por solo un minuto, menos de un minuto», repitió el joven. «Solo había mirado hacia otro lado por un instante. Le ayudé a corregirla. No podíamos haber hecho más que dibujar una letra S por unas pocas esloras. Pero cuanto más lo pienso, más raro parece. ¡Dos puntos fuera, casi en un chasquido de dedos!»
«Cuenta esa parte una y otra vez, mientras cierro los ojos y lo fijo en mi mente como si lo hubiera visto», pidió el capitán Wass. «Quién estaba allí, dónde estaban parados, etcétera. Cuando algo sucede y no puedes resolverlo, generalmente es porque no has repasado los detalles con suficiente cuidado. ¡Adelante! Soy un buen oyente».
Pero después de escuchar, no tuvo comentarios que hacer. Salió del camarote después de unos minutos de espera dedicados a una profunda meditación, y paseó por el barco, con las manos detrás de la espalda, arrastrando los pies. Media hora más tarde, encontrándose con el capitán Mayo en sus rondas, el veterano preguntó:
«¿Cómo es que tienes a Oliver Burkett a bordo?» «No lo conozco».
«Deberías conocerlo. Es el capitán que la línea Vose despidió del Nirvana hace tres años. Dio la orden de avanzar cuando estaba atracando y destrozó cuatro barcos de pesca y parte del muelle. Tuvo que elegir entre admitir que estaba borracho, loco o sobornado por la oposición. Y supongo que pensaron que era las tres cosas. ¿Estaba a bordo la noche que sucedió?»
«No lo sé, señor».
«En mi opinión, vale la pena averiguarlo», gruñó el capitán Wass. «No estoy viendo muy lejos en este asunto todavía, hijo, lo admito. Pero si te hicieron una jugarreta, Burkett habría sido una herramienta más útil para Fogg que una llave Stillson en un trabajo de plomería. No, no me hagas preguntas ahora. No tengo consuelo para ti ni confianza en mí mismo. Solo estoy pensando».
Al día siguiente, el herido Montana fue entregado formalmente a los aseguradores.
Se ordenó al capitán Boyd Mayo que compareciera ante los inspectores de los Estados Unidos, y fue y contó su historia lo mejor que pudo. Pero su mejor esfuerzo fue un relato poco convincente, después de todo. Abandonó la audiencia tras su testimonio y caminó hasta el pequeño hotel junto al muelle para esperar noticias.
El capitán Wass llegó al pequeño hotel, avanzando a toda velocidad, pisando fuerte, un monumento viviente a la tristeza.
Su protegido, apartando la mirada desconsolada de los cromos polvorientos en las paredes de la oficina, no necesitó informe verbal; el comportamiento del capitán Wass lo decía todo.
«Y no podías esperar mucho más», declaró el anciano. «Hice el mejor discurso que pude por ti después de que terminaste tu testimonio y te fuiste. ¡Pero fue inútil, hijo! El departamento ha estado buscando una víctima. Ambos lo hemos sabido todo el tiempo. Te la han jugado bien y correctamente».
«¿Por cuánto tiempo estoy suspendido?» balbuceó Mayo.
«¡Ese es el punto! Indefinidamente. Eras presa fácil. Todos vigilaban el caso. Te han cortado las alas».
Mayo se llevó las manos a su espeso cabello, se apoyó la cabeza y miró al suelo.
«Indefinidamente no significa para siempre, pero no hay mucho consuelo en eso. Te diré lo que significa, muchacho. Significa que si hubo trabajo sucio tenemos que exponerlo para restituirte. Y ahora prepárate bien. He echado un vistazo al tribunal de los Estados Unidos».
El joven, sin levantar la cabeza, le lanzó al veterano una mirada lastimera.
«Fletcher Fogg está rondando el exterior de esa colmena. Tiene a Burkett como subordinado. Están reuniendo testigos ante el gran jurado; esos hombres del Warren, ¡y ya sabes lo que dirán, por supuesto! ¡Tus oficiales y contramaestres también! Mayo, van a enviarte al ferrocarril hacia la penitenciaría de Atlanta. Te han tendido una trampa porque eres joven y pensaron que serías un poco ingenuo. Me pareció raro cuando Fogg fue tan amable contigo de repente. Pero no despiden a un hombre como Jacobs y ponen a uno nuevo solo por ser amables. O sintieron que no podían manejar a Jacobs, o sintieron que un hombre verde les daría una buena excusa para lo que sucedió».
«Pero no pudieron arreglar que hubiera una goleta...»
«Eso fue probablemente más de lo que calcularon. Pero mientras haya sucedido, van a usarlo de la mejor manera. Te van a cargar con todos los muertos, hijo. Cada maldita influencia se usará en tu contra. Los pobres diablos de fuera, como tú y yo, no entendemos lo bien que se pueden engrasar los caminos. Mayo, te voy a dar un buen consejo. ¡Escápate!»
«¿Huir como un criminal confeso? Ese es el consejo que me dio Fogg. No creo que tu consejo sea bueno, capitán Wass. No huiré».
«Puede que no sea un buen consejo. No soy lo suficientemente sabio para saber todo lo que es mejor. Pero si te meten tras las rejas en Atlanta, hijo, te quedarás allí hasta que termine tu condena. No importa lo que se descubra en tu caso, tomará dinero y mucho tiempo llevar la verdad ante las personas adecuadas. Pero si no estás en prisión, y podemos seguir la pista de este caso y desenterrar aunque sea una parte de la verdad, entonces tienes una oportunidad de luchar al aire libre. Si podemos conseguir lo suficiente como para que tengan miedo de subirte al estrado, eso puede hacer que dejen de ladrar. ¡Eres un marinero, muchacho! Sabes que un marinero no puede hacer mucho cuando tiene las manos atadas. Mantente fuera de la penitenciaría y ayúdame a luchar contra esto».
«No sé qué hacer», se lamentó el joven. «Estoy hecho un lío. No soy un cobarde, capitán Wass. Estoy dispuesto a dar la cara. Pero me siento tan indefenso».
«Mantente fuera de la cárcel hasta que la niebla se levante un poco en este caso», le exhortó su mentor. «¿Vas a tumbarte y levantar las piernas para que te las aten, como un ternero destinado al mercado? Aquí hay algunas cosas que puedes hacer si te escondes por un tiempo. Iré adelante y...»
De repente se detuvo. Estaba frente a la ventana, que dominaba una parte considerable de la calle. No desperdició más aliento en buenos consejos.
«Conozco a esos hombres que vienen por allí», gritó. «Son alguaciles. Los vi por el tribunal. ¡Van por ti, Mayo! ¡Corre! ¡Vete! Debe haber una puerta trasera aquí. ¡Escapa!» Sacó al chivo expiatorio, que no opuso resistencia, de su silla y lo empujó hacia la parte trasera de la oficina.
Un joven puede tener las mejores intenciones. Puede decidir ser un mártir, inclinarse ante la majestad de la ley. Pero en ese momento, Mayo estaba recibiendo una orden imperiosa del capitán de barco cuyas órdenes había obedecido durante tanto tiempo que la obediencia era una segunda naturaleza. ¡Y el pánico se apoderó de él! Los hombres estaban allí para arrestarlo. No había tiempo para razonar. La huida es el primer impulso de la inocencia perseguida. La resolución varonil se derritió. Corrió.
«¡Me quedaré y los despistaré! Les diré que acaba de salir un momento, que estoy aquí esperando por usted», gritó el capitán Wass. «Eso le dará ventaja. Pruebe en los muelles. Quizá encuentre a alguno de los muchachos que le ayude».
Mayo escapó hacia un patio, se escabulló por un callejón, planeando sus movimientos mientras se apresuraba, con la rapidez mental de un marinero ante una emergencia.
Se dirigió directamente al muelle donde los barcos de vapor repostaban agua. Un remolcador oceánico gigantesco estaba a punto de dejar su amarre bajo la manguera. Su ronco silbato había ordenado soltar las amarras. El conocimiento de Mayo sobre la navegación costera era bastante extenso. Aquel era un remolcador de barcazas de carbón, así que saludó rápidamente al rostro familiar en el puente de mando y saltó a bordo. Trepó por la escalera de proa con agilidad.
«Me temo que el hola y el adiós tendrán que ser en un mismo aliento, camarada», le advirtió el patrón. «Salgo a remolcar una carga ligera costa abajo. La próxima parada es Norfolk».
«Déjelo ir; cuanto antes, mejor», jadeó el fugitivo. «Le explicaré el porqué tan pronto como estemos fuera del muelle».
«¿No querrá decir que quiere hacer el viaje?»
«Tengo que hacerlo».
El patrón arqueó una ceja y tocó la campana. «Siéntase como en casa, camarada», le aconsejó. «Espero que no tenga tanta prisa por llegar como parece, porque llevo tres barcazas a remolque».
Mayo se sentó en el coronamiento de popa, oculto a todas las miradas del muelle.
No hubo oportunidad para dar explicaciones hasta que las barcazas fueron enganchadas, pues hubo muchas maniobras y muchos pitidos. Pero encontró una sincera compasión tras explicar lo sucedido.
«Los sabuesos de la ley siempre están deseando atrapar a algún pobre diablo que intenta navegar por estas aguas y cumplir con los inspectores y los armadores al mismo tiempo», admitió el capitán del remolcador. «He leído todo lo que los periódicos decían sobre su caso y me pareció que no le dieron un trato justo. Los periódicos, los abogados y los armadores no entienden a lo que se enfrenta un tipo como uno. Me alegro de que esté a bordo, camarada, porque quiero escuchar su versión, con todos los detalles».
El desmenuzar el asunto ocupó muchas horas del largo y pesado viaje a lo largo de la costa de Jersey, y el capitán del remolcador sopesó todas las características del caso con el cuidado de un hombre que tiene mucho tiempo libre y con el entusiasmo que un marinero muestra al considerar los asuntos de su propia clase.
«Si no lo conociera bastante bien, Mayo, y no supiera con qué clase de hombre se formó usted, podría pensar —tal como probablemente dirán esos sabuesos de la ley— que fue usted criminalmente descuidado o que no sabía hacer su trabajo. ¡Pero ese giro que dio el barco! ¡Dos cuartas fuera de su rumbo! ¡Tiene que poner el dedo exactamente ahí y no soltarlo! Déjeme decirle algo. Fue algo extraño en mi propio caso. Eso fue algo extraño en su caso. Ponga dos cosas extrañas de nuestro oficio una junto a la otra, mírelas bien y quizá aprenda algo».
«Estaba en su rumbo; yo mismo la puse ahí con mis propias manos», insistió Mayo.
«¡Claro! Usted conoce su trabajo. Si esto se dejara en manos de quienes lo conocen, saldría libre. Pero esto es lo que pasó en mi caso: tenía a un hombre nuevo en el puente de mando, aquí mismo, y casi me hace chocar contra Cuttyhunk, me hizo rozar el buque faro de Pollock Rip y me dirigió hacia Nauset cuando se levantó la niebla. ¡Y eso que estaba siguiendo mis rumbos con una precisión milimétrica! Pues mire, me dio un pálpito de repente, registré a ese sujeto y saqué un puñal de su bolsillo, uno de esos cuchillos de un pie de largo. Había estado desviando la brújula todo el camino entre una cuarta y una cuarta y media. ¿Cuándo cambió el turno de timón?»
«Antes de llegar al Vineyard Sound».
«¿Y no hubo problemas al subir por el estrecho?»
«Pasamos Nobska y West Chop con total exactitud».
«Entonces quizá su director general, que estaba en ese puente de mando, tenía un corazón de hierro. ¡La mayoría de esos tipos de Wall Street lo tienen!», dijo el capitán con sarcasmo.
«Hay algo que ocurre en el negocio de los barcos de vapor que no alcanzo a entender», declaró Mayo. «Es algo de alto nivel; no tiene que ver con nosotros, los que tenemos que recibir los golpes. Fogg trajo a un hombre a bordo del viejo Nequasset y no trajo una buena explicación para acompañar a ese hombre. Me he estado preguntando desde entonces cómo ocurrió que Fogg llegara a ser director general de la línea Vose tan repentinamente».
«Esos grandes financieros juegan una partida importante, camarada. Y si usted resultó ser una carta marcada en ella, lo romperían y lo tirarían bajo la mesa sin pensárselo dos veces. Si quiere un consejo mío, manténgase agachado y piense mucho mientras el tío Zoradus hace sus labores de exploración. ¿Qué va a hacer cuando llegue a Norfolk?»
«No lo he pensado».
«Bueno, será mejor que ambos pensemos, y con cuidado, camarada. Si los Estados Unidos realmente van tras usted, habrá un ojo avizor en cada rendija. No puedo permitirme que me atrapen por lo que he hecho».
«Saltaré por la borda antes de llegar a los cabos antes de perjudicarlo», afirmó Mayo con profunda emoción.
Aquella noche, el capitán del remolcador tomó el timón personalmente.
Su invitado yacía en el coronamiento, fumando la pipa de repuesto del capitán y devanándose los sesos en busca de medios y maneras. Al poco tiempo, se dio cuenta de que el capitán estaba tarareando una canción para aliviar el tedio de su tarea. Cantaba las mismas palabras una y otra vez, una tonada marinera de Chesapeake, probada y verdadera:
«¡Oh, navegué en un lugre, y me embarqué en una barcaza, Y navegué en una cáscara de nuez con proa de cuchilla. ¡Aguja en un pajar, ladrillo en un muro! ¡Un negro en Norfolk, no vale nada en absoluto!»
Mayo se bajó del coronamiento y se acercó al capitán. «Hay más verdad que poesía en esa canción suya, señor», dijo. «Me ha dado una idea. Un negro en Norfolk no llama mucho la atención. Y ni siquiera tengo que ser de los de piel negra. ¿No cree que haya algo a bordo que pueda usar para teñirme la cara?»
«Mi cocinero es un gran experto como tatuador».
«No creo que quiera hacer el disfraz permanente, señor», declaró el joven con una sonrisa.
«Lo que quiero decir es que quizá tenga algo en su equipo que pueda usar para pintarlo. ¿Cuál es su idea? ¿Quedarse allí? Me temo que lo atraparán».
«Me quedaré allí el tiempo justo para embarcar como marinero en una goleta. No hay tiempo para pensar en un plan mejor ahora mismo. Cualquier cosa para mantenerme fuera de la vista hasta que pueda decidir qué es lo mejor que se debe hacer».
«Llamaremos a ese cocinero», ofreció el capitán. «Es de fiar».
El cocinero mostró un interés profesional e inmediato en el asunto. «¡Claro!», dijo. «Tengo un tinte que penetrará y se mantendrá por mucho tiempo, si no se usa grasa. Solo que no debe lavarse la cara».
«No hay peligro de que a uno le den motivos para hacer eso cuando trabaja de marinero en una goleta en estos tiempos», declaró el capitán del remolcador secamente.
Una hora más tarde, el capitán Boyd Mayo, exoficial del prestigioso transatlántico Montana, era un mulato bastante aceptable, y su cabello, rizado y encrespado, contribuía al disfraz. Cambió su pulcro traje marrón con un marinero de cubierta y recibió unas prendas particularmente descuidadas.
La noche siguiente, cuando el remolcador estaba atracado en la estación de agua, se deslizó hacia la oscuridad, tan desamparado y desconsolado como un perro abandonado.
XXII ~ ASUNTOS ESPECIALES DE UN PASAJERO
O Ranzo no era marinero, Se embarcó en un ballenero. ¡Oh, compasión por Reuben Ran-zo, Ran-zo, muchachos! ¡Oh, pobre viejo Reuben Ranzo, Ran-zo, muchachos! --Reuben Ranzo.
El capitán Mayo se mantuvo alejado de la zona de luces brillantes durante un buen tiempo. Tenía bastantes conocidos en el puerto de Virginia y conocía los caminos trillados de los trabajadores temporales de barcos de vapor, que bajaban a tierra para tomar un respiro.
Acechaba en los callejones, sintiéndose especialmente despreciable. No estaba nada seguro de que su caracterización fuera efectiva. Su propia timidez lo convencía de que era un fraude evidente, cuya identidad sería revelada de inmediato a cualquier persona que lo conociera. Pero mientras se escabullía por los suburbios de la ciudad, varios de sus amigos estibadores pasaron junto a él sin mirar dos veces. Uno, segundo ingeniero en un carguero de la línea Union, se dio la vuelta tras pasar y regresó hacia él.
«¿Tienes trabajo, muchacho?»
«No, señor».
«Necesitamos paleros de carbón en el Drummond. Está en la corriente. Ven a bordo por la mañana».
Pero no estaba en los planes de Mayo mezclarse con la gente de los barcos de vapor. «No creo que quiera tal trabajo», dijo arrastrando las palabras.
«¡No, por supuesto que no quieres trabajar, maldito mestizo!», espetó el ingeniero. Siguió su camino, maldiciendo, y Mayo se sintió animado, pues el hombre lo había examinado a conciencia.
Salió a las calles más anchas. Buscaba a un capitán de goleta errante, calculando que reconocería a uno de esa clase por el corte de su proa.
Un hombre corpulento bajaba por la acera, balanceando los hombros.
«Es uno de ellos», decidió Mayo. El sombrero flexible de copa redonda, sin abolladuras, las perneras de los pantalones ondeando, el andar reconocido fácilmente por cualquiera que haya visto a un capitán de navío patrullar su puente de mando; todo eso lo señalaba como un hombre seguro al que abordar. Se detuvo, frotó una cerilla contra el ladrillo de un edificio y volvió a encender su puro. Pero antes de que Mayo pudiera alcanzarlo, un hombre de color se acercó apresuradamente y abordó al gran caballero, quitándose el sombrero y haciendo una reverencia con humilde presunción. Mayo se detuvo a cierta distancia. Reconoció al hombre de color; era uno de los numerosos buscadores de Norfolk que proveen tripulaciones para los barcos. Llevaba pantalones gris perla, una levita y un clavel en el ojal.
«Tengo que decir que no he conseguido al hombre número siete hasta ahora, capitán Downs, aunque he buscado por todas partes. Pero espero...»
El capitán Downs frunció el ceño sobre sus manos ahuecadas, fumando con fuerza su puro. Tiró la cerilla.
«¡Escuche! Lleva dos días persiguiéndome con nuevas historias sobre ese séptimo hombre. ¿Acaso no me conoce lo suficiente como para saber que no puede timarme por otra comisión?»
«Capitán Downs, usted conoce la actual escasez de suministro de marineros».
«Sé que si no consigue a ese hombre en mi goleta esta noche o a primera hora de mañana, no volverá a poner a otro para mí. ¡Vaya a darse prisa! ¡Y escuche! ¡Veo que está empezando a hablar! ¡Ni un centavo más!»
El hombre de color retrocedió y se marchó.
Mayo abordó al capitán cuando aquel hombre furioso avanzaba a grandes zancadas por la acera. «Me gustaría tener ese trabajo, capitán», suplicó.
«¿Eres marinero?»
«Sí, señor».
«¿Cómo es que no contratas a través de los buscadores habituales?»
«No me gusta dar todo mi dinero a un negro presumido para que se luzca».
«Bueno, hay algo de razón en eso», reconoció el capitán Downs, suavizándose un poco. «Yo mismo no tengo mucho uso para esa clase. Ven conmigo. Pero si no eres de primera, marinero y capaz, y vienes a bordo de mi barco a holgazanear, desearás estar en el infierno con las antorchas encendidas. ¿Tienes algún equipaje por ahí?»
«No, señor».
«Bueno, entonces supongo que eres un marinero de verdad, tal como corre la raza hoy en día. Eso suena perfectamente natural». El capitán guió el camino hacia un embarcadero público, donde una lancha a motor, con ingeniero y un segundo de a bordo, estaba esperando. «¿Saldrá hacia la corriente esta noche, señor Dodge?», preguntó el capitán Downs con brusquedad.
«¡No, señor! Aún faltan unas cuatrocientas toneladas por cargar».
Los capitanes de goleta se mantienen religiosamente alejados de sus barcos mientras las naves están en los muelles de carbón.
«Vengan por mí por la mañana tan pronto como esté en la corriente. Aquí hay un hombre para completar la tripulación. Si ese tipo aparece con otro hombre, patéenlos a los dos fuera del muelle».
«¿El pasajero subirá a bordo con usted, señor?»
«Me llamó al hotel a la hora de la cena y dijo algo sobre querer subir a bordo en el muelle. Intenté decirle que era una tontería, pero es seguro suponer que un hombre que quiere viajar como pasajero desde aquí a Boston en una goleta de carbón es un tonto, de todos modos. Si aparece, déjenlo subir». El capitán Downs se alejó y la noche se cerró tras él.
Mayo ocupó su lugar en la lancha y mantuvo un silencio sumiso y apropiado durante el trayecto por el puerto.
Cuando pasaron bajo la popa de la goleta que era su destino, el joven notó que se trataba de la Drusilla M. Alden, un barco de cinco mástiles, sin un historial muy envidiable a lo largo de la costa, en lo que respecta a los métodos y modales de su capitán; Mayo había oído hablar de su capitán, cuyo apodo era «Viejo Mull». No lo había reconocido bajo el nombre de capitán Downs cuando el buscador se había dirigido a él.
El nuevo miembro de la tripulación siguió al segundo de a bordo por la escalera; solo unos pocos pasos, pues la enorme goleta, con la mayor parte de su carga a bordo, mostraba menos de diez pies de francobordo en el centro.
«¿Tienes sueño, George?», preguntó el oficial cuando estuvieron en cubierta.
«No, señor».
«Entonces será mejor que entres en este turno».
«¡Sí, señor!»
«Llamaremos a esto las ocho campanadas, medianoche. Saldrás de turno a las ocho campanadas de la mañana».
Mayo sabía que no pasaban de las once, pero no protestó; sabía algo sobre el procedimiento a bordo de las goletas de carbón costeras.
Los focos iluminaban con un resplandor constante las tolvas por las que descendían los chorros de carbón, con polvo negro arremolinándose en el resplandor blanco. Los grandes depósitos de Lambert Point nunca están inactivos. Muy por encima, en el ferrocarril, los trenes de vagones de carbón hacían un gran ruido. Bajo sus pies, la estructura del barco temblaba mientras las tolvas la alimentaban a través de las tres escotillas. Hombres sudorosos y ennegrecidos por el carbón trabajaban en sus profundidades, revelados bajo las escotillas por las luces eléctricas, picando la avalancha con sus palas, distribuyendo la carga.
El joven intercambió unas pocas palabras desganadas con los dos negros que estaban en cubierta, sus compañeros de guardia.
Claramente no estaban interesados en él, y él los evitó.
Las horas se arrastraron. Ayudó a cerrar y asegurar la escotilla de proa y, más tarde, realizó un servicio similar en la escotilla de popa. La escotilla principal continuaba engullendo el alimento negro que la tolva le suministraba.
De repente, un hombre alto y joven apareció ante Mayo. El desconocido iba elegantemente vestido, y su impecable atuendo contrastaba extrañamente con el desorden general de suciedad a bordo de la goleta. Caminaba con cuidado sobre los tablones cubiertos de polvo y llevaba dos maletas.
«Aquí, George», ordenó. «Lleva esto a mi camarote».
Mayo dudó.
«Viajo como pasajero», dijo el joven con impaciencia, y Mayo recordó lo que el capitán le había dicho al oficial.
Los pasajeros en goletas de carbón, navegando como amigos del capitán, no eran desconocidos en la costa, pero Mayo juzgó, por lo que había oído, que esta persona no era un amigo, y se preguntó un poco.
«No tengo permiso para ir a popa, señor, sin órdenes del oficial».
«¿Dónde está el oficial?»
«Creo que está abajo, señor».
«¿Dormido?»
«No me extrañaría».
Mayo no se molestó en usar su dialecto con este extraño, un simple pasajero, que hablaba como si se estuviera dirigiendo a un mozo de equipajes. El tono produjo una irritación instantánea, un resentimiento en el hombre que tan recientemente había sido capitán de su propio barco.
El pasajero dejó su equipaje y reflexionó un momento. Observó a Mayo de manera calculadora; miró hacia el muelle. Luego recogió sus maletas, se apresuró por el pasillo de babor y desapareció por la entrada de la cabina.
Regresó a los pocos momentos, entró en la parte central del barco e hizo una cuidadosa inspección de todo lo que le rodeaba. Había dos marineros muy adelante, apenas sombras tenues. Por alguna razón, las condiciones generales de la goleta parecían satisfacer al desconocido.
«La cosa está saliendo bastante bien, tal como calculé que saldría», dijo en voz alta. «Mira, George, ¿cuánto hablas de las cosas que ves?»
«¿Hablar con quién, señor?»
«Bueno, con tu jefe, el capitán, el oficial».
«Un marinero suele ser bastante cuidadoso de no decir nada al capitán o a los oficiales a menos que ellos le hablen primero, señor».
«George, no voy a hacer nada más que lo que es perfectamente correcto, ¿entiendes? No te meterás en ningún problema por ello. Pero lo que no ves, no puedes contarlo, sin importar si se hacen preguntas más tarde. ¡Toma esto!». Metió dos dólares de plata en las manos de Mayo y le dio un empujón. «Trota hacia proa y quédate allí unos cinco minutos, ¡ese es el chico! Está bien. Es solo un pequeño asunto privado mío. ¡Adelante!»
Mayo se fue. Reflexionó que no era asunto suyo lo que un pasajero hiciera a bordo. De todos modos, sentía muy poco interés por la nave, salvo como refugio temporal. Se dio la vuelta y se guardó el dinero en el bolsillo, mientras la oscuridad ocultaba su sonrisa.
No miró hacia el muelle. Paseó más allá de la caseta de proa, donde el ingeniero estaba alimentando su caldera, generando vapor para el motor del cabrestante de la goleta. Cuando patrulló hacia popa de nuevo, tras una espera concienzuda, encontró al pasajero apoyado contra la puerta de la cabina, fumando un cigarrillo. La luz eléctrica iluminó su rostro y lucía una expresión de satisfacción peculiar.
Justo en ese momento, alguien hurgó dentro de la puerta de la cabina a espaldas del desconocido, y cuando este se apartó, apareció el primer oficial, bostezando.
«Soy el pasajero, el señor Bradish», explicó el joven rápidamente. «Me instalé, puse mis cosas en un camarote, cerré la puerta y me llevé la llave. ¿Está bien?»
«Puede ser mejor cerrarlo mientras estamos en el muelle y los estibadores están a bordo», estuvo de acuerdo el oficial.
«¿Cuánto falta para que salgamos de aquí?»
El oficial bostezó de nuevo y miró hacia el cielo, donde empezaba a aparecer el primer gris del amanecer de verano sobre las grúas de los depósitos de carbón. «En media hora, diría yo. Tan pronto como el remolcador pueda usar la luz del día para ponernos en la corriente».
El rugido del carbón en la tolva de la escotilla principal había cesado. La goleta estaba cargada.
«¡Ve a dar las ocho campanadas, Jeff, y acuéstate!», ordenó el oficial dirigiéndose a Mayo.
«Bueno, me quedaré afuera, aquí, y veré salir el sol», dijo Bradish. «Será una experiencia nueva».
«Es un lugar terriblemente sucio para holgazanear hasta que estemos en la corriente y limpiemos el barco, señor. ¡Debería pensar que hacer una excursión en un carbonero sería otra experiencia nueva!». Hubo un toque de sarcasmo sombrío en su tono.
«El médico me ordenó salir y alejarme de donde no oyera hablar de negocios ni viera negocios, y un amigo mío me dijo que había mucho espacio y comodidad a bordo de una de estas grandes goletas. ¡Ese camarote y los aposentos, son excelentes!»
«Oh, tienen que darle al capitán un buen hogar en estos días. Esa es una alfombra Winton en el salón», declaró el oficial con orgullo. «Y tenemos un cocinero tuerto que ciertamente sabe preparar comida. ¡Sí, para unas vacaciones baratas, no sé si una goleta no está nada mal!»
Ambos se llevaban de lo más amigablemente cuando Mayo se dirigió a proa. Estaba agotado y se acostó sobre las tablas desnudas de su litera en el sollado.
No se proporciona ropa de cama a los hombres que trabajan en los carboneros.
Si un hombre quiere algo entre él y las tablas, debe traerlo consigo, y pocos lo hacen. Al final de cada viaje, se despide a la tripulación y se contratan hombres nuevos, para ahorrar el pago de salarios mientras el barco está en puerto cargando o descargando. Por lo tanto, una goleta costera solo alberga a trabajadores temporales, para quienes el sollado es simplemente un refugio entre guardias.
Pero Mayo era marinero y las tablas desnudas le servían mejor que una cama en la que algún oscuro y sucio hijo de Cam se hubiera acurrucado. Se tumbó y durmió profundamente.
El segundo oficial despertó a la guardia de abajo a las cuatro campanadas: las seis de la mañana. La goleta estaba en la corriente y se necesitaba a toda la tripulación para manejar las mangueras y las escobas y limpiar el polvo de carbón. Mayo se esforzó en el revolcadero de aguas negras hasta que le dolieron los músculos.
Hubo un respiro feliz: pararon el tiempo suficiente para desayunar. Se lo enviaron desde la cocina en una enorme bandeja de metal, sin platos, cuchillos ni tenedores.
¿Un cocinero blanco lavando platos para negros?
Mayo conocía la costumbre que prevalecía a bordo de las goletas entre los puertos carboneros y las ciudades de Nueva Inglaterra, así que pescó la comida con los dedos y cortó la carne con su navaja con la debida humildad.
Cuando regresó a sus tareas de fregado, el cocinero pasó hacia la popa cargando la cesta forrada de zinc que contenía el desayuno para la mesa de la cabina. Que este cocinero poseía el vocabulario completo de otros de su calaña quedó patente cuando el hombre de la manguera estuvo a punto de empapar la cesta.
—¡Así se hace, cocinero! —rugió el capitán Downs, subiendo pesadamente a bordo desde su bote—. ¡Diles cuatro cosas a esos hijos de una carbonera, holgazanes y bizcos, cuando yo no esté para hacerlo! ¡Aparta esa manguera, tú, fiyiano de orejas de mula! —Se volvió hacia Mayo, que estaba a un lado equilibrando su escoba para permitir el paso del capitán—. ¡A trabajar, cachorro amarillo! ¡A trabajar!
Por lo general, el patrón se dirige a uno de sus marineros solo a través del oficial. Pero en ese momento no había ningún oficial a mano.
—Una mano para los armadores y una mano para ti mismo cuando estás en lo alto, pero en cubierta, ambas manos para los armadores —declaró mientras se dirigía a popa, soltando el aforismo para beneficio de todos los que estuvieran cerca.
El pasajero todavía estaba en cubierta y Mayo escuchó al capitán Downs saludarlo con bastante brusquedad.
Luego, la campanilla del cocinero anunció el desayuno, y antes de que el capitán y su invitado reaparecieran en cubierta, un remolcador ya tenía el cabo del Alden y lo arrastraba por el canal dragado camino a Hampton Roads y al mar.
Mayo realizó sus nuevas tareas con tanta destreza que pasó la prueba como marinero capaz. Si un marinero a bordo de una gran goleta de estos tiempos es rápido, dispuesto y fuerte, no necesita las cualidades y los conocimientos que convertían a un hombre en un «A. B.» en los viejos tiempos.
Mientras la goleta iba camino tras el remolcador, izaron las velas, pues un cable largo llamado «el mensajero» permitía que el cabrestante de vapor de proa hiciera todo el trabajo. A Mayo lo asignaron al palo de mesana y subió a lo alto para desplegar la gavia. Era una altura vertiginosa y la tarea puso a prueba su espíritu, pues la vela era pesada y le resultó difícil mantener el equilibrio mientras tiraba de los pliegues de la lona. Se vio obligado a trabajar solo: solo había un hombre por mástil, y sus compañeros parecían insectos diminutos cuando Mayo miraba hacia proa a lo largo de la línea de los mástiles.
El remolcador los dejó al final de la Herradura; un demoledor viento del suroeste los estaba ayudando.
Con todo su velamen desplegado, la goleta salió arando más allá de los cabos, y a Mayo le dieron su bienvenida guardia de abajo; estaba tan somnoliento que le daba vueltas la cabeza.
Cuando se levantó, le ordenaron tomar su turno al timón. La goleta había tomado su rumbo y se dirigía hacia el norte a lo largo de la costa, que se mostraba como un hilo fino de color blanco a lo largo del azul destellante del mar.
Mayo tomó el rumbo del jamaicano, flaco y tiznado, que se alejó de la rueda; fijó la mirada en la brújula y tuvo mucho con lo que ocupar sus manos y su mente, pues una gran goleta que registra seis u ocho nudos con viento de popa es algo difícil para un timonel. De vez en cuando se veía obligado a subirse literalmente a la rueda para mantener el barco en su rumbo.
El capitán Downs caminaba constantemente de banda a banda entre el timón y la caseta. En cada giro, miraba hacia arriba para echar un vistazo a las velas. Era la patrulla habitual de un capitán de goleta.
A pesar de su concentración en la tarea, Mayo no pudo resistirse a echar algún que otro vistazo rápido al pasajero. El joven tenía un comportamiento tan peculiar que llamaba la atención. Se veía preocupado, incómodo, fumaba sus cigarrillos nerviosamente, arrojó por la borda uno que acababa de encender y se dirigió hacia el capitán con la boca abierta. Luego se dio la vuelta, protegió un fósforo bajo la capota de la entrada y encendió otro cigarrillo. Claramente estaba lidiando con un problema que lo angustiaba mucho.
Al final, bajó apresuradamente. Volvió a subir casi de inmediato. Tenía el aire de un hombre que había decidido acabar de una vez con un asunto desagradable.
—Capitán Downs —soltó, poniéndose frente al Viejo Mull y deteniendo al asombrado patrón—, ¿querría acompañarme a la cabina unos momentos? Tengo algo que decirle.
—¡Bueno, dígalo, dígalo aquí! —ladró el capitán.
—¡Es muy privado, señor!
—No conozco lugar más privado que esta toldilla, a quince millas de la costa.
—¡Pero el... el hombre del timón!
—¡Santo Dios! ¡Eso no es un hombre! Es un marinero negro que gobierna mi goleta. Diga su historia, señor Bradish. Dígala aquí mismo. Ese sujeto no cuenta más que lo que cuenta la cabeza del timón.
—Si pudiera bajar a la cabina, yo...
—Mi lugar está en esta toldilla, señor. Si tiene algo que decirme, ¡dígalo! —Comenzó a caminar de nuevo.
Bradish le siguió el paso tras tropezar un par de veces.
—Espero que se tome esto de la forma correcta, capitán Downs. Puede sonarle extraño al principio —tartamudeó.
—Bueno, bueno, bueno, dígamelo, ¡dígamelo! Luego le haré saber si suena extraño o no.
—Traje a otra pasajera conmigo a bordo. Está encerrada en un camarote.
El Viejo Mull detuvo su patrulla en seco. —¿Ella? —preguntó—. ¿Quiere decirme que tiene a una mujer a bordo?
—Estamos comprometidos, queremos casarnos. Así que ella vino conmigo...
—Entonces, ¿por qué demonios no fueron a casarse? No creerá que esto es una vicaría, ¿verdad?
—Hubo razones por las que no pudimos casarnos en tierra. Se requieren licencias, se hacen preguntas y temíamos que se descubriera antes de que pudiéramos arreglarlo.
—Así que es una fuga, ¿eh?
—Bueno, el padre de la joven tiene ideas absurdas sobre un marido para su hija, y ella no está de acuerdo con él.
—¿Quién es su padre?
—No tengo intención de decírselo, señor. Eso no tiene nada que ver con el asunto.
El capitán Downs miró al pasajero de arriba abajo con gran desaprobación. —¿Y cuál es su idea general al cargarse sobre mí de esta manera?
—Usted tiene el derecho, como capitán de un barco fuera del límite de las tres millas, de casar a la gente en caso de emergencia.
—No estoy seguro de tener tal derecho, y no estoy en absoluto seguro de la emergencia, señor Bradish. No voy a meter la cabeza en un lío.
—Pero no puede haber lío para usted. Simplemente ejerce su derecho, nos casa, lo anota en su diario de navegación y nos entrega un documento. Será un matrimonio lo suficientemente válido como para que no nos puedan separar.
—Quiere tener una carta con la que poder farolear ante su padre, ¿eh? No apruebo tales tácticas en el matrimonio.
—No haría esto si hubiera otra forma segura para nosotros —protestó Bradish con sinceridad—. No soy un tipo barato. Tengo un buen trabajo, señor. Pero el problema es que trabajo para su padre, y ya sabe cómo es siempre en un caso así. ¡No puede ni verme!
—Rico, ¿eh?
—¡Sí, señor! —Bradish hizo la admisión con bastante mal humor.
—¡Suele ser el caso cuando hay una fuga!
—Pero esto no parecerá una fuga cuando aparezca en los periódicos. Matrimonio en alta mar... parecerá una forma romántica de deshacerse del alboroto de una boda por la iglesia. Sacaremos una declaración de ese tipo. Le dará a su padre la oportunidad de detener todos los chismes. Se alegrará de que usted oficie la ceremonia.
—Oiga, joven, no estará ensayando conmigo lo mismo que usó con la chica, ¿verdad? ¡Pues no cuela!
—Capitán Downs, debe entender lo tercos que son algunos hombres ricos en asuntos de este tipo. Soy activo y emprendedor. Seré un hombre útil para él. Le gusto en el sentido empresarial; él mismo lo ha dicho. Estará bien una vez que se le pase el enfado.
—¡Más ensayo! Pero yo no estoy enamorado de usted como lo está esa chica.
—¡Estamos en una posición terrible, capitán! Quizás no fue algo sensato. Pero todo saldrá bien si nos casa.
—¿Cómo se llama ella?
—No puedo decírselo.
—¿Cómo demonios voy a casarlos a usted y a ella si no sé su nombre?
—¡Pero usted no ha prometido que hará su parte! No quiero exponer todo este asunto para luego ser rechazado.
—No estoy haciendo promesas precipitadas —afirmó el capitán Downs, caminando hacia la borda y echando un vistazo al velamen—. Además —añadió al pasar de nuevo hacia la otra borda—, podría ser uno de los armadores de esta goleta, por lo que sé. ¡Hay dieciseisavos de ella repartidos por todas partes!
—¡No tiene que preocuparse por si posee parte de la goleta! ¡Él está haciendo un buen trabajo dejando fuera del negocio a tipos como ustedes!
La curiosidad y algo más brillaron en los ojos del capitán Downs. —¿Oportunidad para que yo le fastidie, eh, metiéndole a usted en la familia?
Esta nueva idea en la situación le pareció a Bradish al instante como una posibilidad de ser explotada. —Prometa como hombre que oficiará el matrimonio y le diré su nombre; entonces se alegrará de haberlo prometido —dijo con entusiasmo.
—No creo que intentara vengarme ni de Judas Iscariote robándole a su hija, señor. ¡Hay que tener en cuenta a la chica en todos esos casos!
—¡Pero esto no es robar! Estamos enamorados.
—Tal vez, pero no me está engañando mucho, joven. No digo que no le guste, pero usted también busca otra cosa.
—Un hombre tiene que abrirse camino en el mundo como pueda.
—Ese plan parece estar muy de moda entre ustedes, los financieros, hoy en día. Pero soy un buen juez de hombres y no puede engañarme, se lo digo. Ahora, ¿cómo engañó a la chica?
Fue una pregunta directa e insultante, pero Bradish no tuvo el valor de ofenderse; tenía demasiada necesidad de aplacar a este déspota. El amante dudó y miró con aprensión al hombre del timón.
—¡No se preocupe por ese negro! —gritó el capitán Downs—. ¿Cómo diablos consiguió acercarse lo suficiente a esa chica como para embaucarla en esta locura?
—Nos conocimos en bailes. Nos sentimos atraídos el uno por el otro —explicó Bradish con humildad.
—¡Ajá! Sí, me dicen que las chicas están locas por bailar estos días, y supongo que es fácil pasar de ahí a un estado general de absoluta demencia —comentó el Viejo Mull con disgusto—. Usted demuestra que no está realmente enamorado de ella, joven. ¡Nunca permitiría que ella hiciera esta tontería si lo estuviera!
Se puso un cigarro sin encender en la boca y siguió patrullando su toldilla, refunfuñando.
Bradish encendió un cigarrillo, lo tiró después de dos caladas y se apoyó contra la caseta, estudiando la punta de sus dedos, ceñudo y huraño.
Mayo había escuchado toda la conversación, pero su interés en la identidad de estas personas era limitado; Nueva York estaba llena de hombres ricos y había muchas hijas tontas.
—Mire —sugirió el capitán sin amabilidad—, lo que sea que se haga después, hay algo que hacer ahora. Es crueldad con los animales mantener a esa chica encerrada en ese camarote por más tiempo.
—Ella no quería salir y mostrarse hasta que yo hubiera hablado con usted, señor. He hablado con ella a través de la puerta un par de veces. —Se irguió y asumió una postura digna—. Capitán Downs, llamo su atención: quiero que recuerde que he observado todas las normas de decoro desde que estoy a bordo.
El capitán Downs resopló. —¿Decoro? ¡Puf! ¡Usted la ha metido en un buen lío! ¡Y está ahí abajo encerrada como un gato, y probablemente pasando hambre!
—A ella no le apetece comer. Creo que no se siente muy bien.
—¡No me extraña que así sea! Vaya a buscarla y tráigala aquí, donde pueda tomar un poco de aire fresco. Hablaré con ella.
Tras un momento de vacilación, Bradish bajó a la cabina. Regresó al poco tiempo.
A pesar de sus esfuerzos por fingir indiferencia, Mayo miró fijamente hacia la entrada, ansioso por ver el rostro de la chica. Pero ella no siguió a su amante.
—No se siente lo suficientemente bien como para subir a cubierta —informó Bradish—. Pero está en el salón. Capitán Downs, ¿no iría a hablar con ella y decirle algo para que se sienta tranquila? Está muy nerviosa. Está asustada.
—No soy muy bueno con las damas —declaró el Viejo Mull. Pero se quitó la gorra y se alisó el pelo canoso.
—¡Y si solo pudiera decir que nos va a ayudar! —suplicó el amante—. Nos ponemos a su merced, señor.
—No sirvo de mucho como balsa salvavidas en este asunto de amor. —Se dirigió hacia la entrada.
—Pero no le diga que no nos casará, al menos no ahora. Espere hasta que esté más tranquila.
—¡Oh, no se lo diré! ¡No se preocupe! —dijo el capitán Downs, con una mueca sombría en la boca—. Todo lo que ella, o usted, saque de mí cabría en el ojo de una pulga.
Desapareció por la escalera y Bradish le siguió. Un oficial había ido a popa, obedeciendo el gesto del capitán, y tomó el mando de la guardia. Poco después, Mayo fue relevado. Se fue a proa, consciente de que estaba un poco irritado y decepcionado por no haber visto a la heroína de esta aventura amorosa, y preguntándose un poco por su propio interés en esa joven.
Una hora después, mientras Mayo enrollaba cabos en el callejón fuera de la sala de máquinas, escuchó un informe que el cocinero tuerto le daba al ingeniero.
El cocinero había trotado hacia proa, con su ojo sano saltándose de las órbitas, expresando así en silencio mucha sorpresa. —Hay una dama en popa. Le he estado preparando té y tostadas.
—Bueno, actúas como si fuera la primera mujer que has visto en tu vida. ¿Cuál es el gran alboroto por una falda que viaja como pasajera?
—No se esperaba que estuviera a bordo. Escuché al viejo hablando con ella. El tipo elegante que es pasajero la ha metido de contrabando de alguna manera. No entendí todo porque el viejo solo como que ronroneaba mientras yo estaba al alcance del oído. Pero capté lo suficiente para saber que esto no estaba en el programa.
—¿Es guapa? —El ingeniero mostraba un poco de interés.
—¡Vaya que si lo es! —declaró el cocinero, demostrando que un ojo es a veces tan útil como dos—. Color melocotón y crema, pelo de caramelo de melaza, manos blancas como harina de repostería. Parece lo suficientemente buena para comérsela.
—Nadie adivinaría que eres cocinero al oírte describir a una chica —se burló el ingeniero.
—Hay un misterio sobre ella. La escuché como lamentándose antes de que el dandi la callara. Decía algo sobre que se arrepentía de haber venido, que deseaba estar de vuelta, que siempre había hecho las cosas por impulso, sin pararse a pensar, y cosas así, y que si no se podía dar la vuelta al barco.
Mayo se olvidó de sí mismo. Dejó de enrollar cabos y se quedó allí escuchando con avidez hasta que el ojo indignado del cocinero se fijó casualmente en su dirección.
—¿Ves quién está ahí entrometiéndose en la conversación privada de dos caballeros? —le preguntó al ingeniero—. Pásame ese atizador de la parrilla, el que está caliente. Le enseñaré a ese negro dónde debe estar.
Pero Mayo se retiró a toda prisa, sabiendo que no se le permitía protestar ni con palabras ni con miradas. Sin embargo, el cocinero le había dado algo más que un insulto: le había contado un chisme que mantuvo ocupados los pensamientos del joven.
A pesar de su opinión bastante desdeñosa sobre la inteligencia de una chica que se arriesgaría a una aventura tan tonta, se encontró compadeciendo su situación, adivinando que realmente estaba arrepentida. Pero no tenía forma de averiguar qué estaba pasando en la cabina del capitán. Se preguntaba si el capitán Downs casaría a la pareja de una manera tan equívoca.
De todos modos, reflexionó Mayo, ¿cómo iba a ser eso asunto suyo? Ya tenía suficientes problemas propios para ocupar toda su atención.
Su viento fuerte del suroeste amainó justo cuando caía el anochecer. Una bruma amarillenta oscureció las estrellas. Mayo escuchó a uno de los oficiales decir que el barómetro había bajado. Él mismo olió el mal tiempo, pues tenía el agudo instinto del marinero. Se ordenó recoger las gavias, y él subió a lo alto y tuvo una larga lucha en solitario antes de conseguir doblar y amarrar la pesada lona.
Cuando llegó a cubierta, un oficial le ordenó fijar las cubiertas de lona sobre las claraboyas de la caseta. El trabajo lo puso al alcance de la conversación que el capitán Downs y Bradish mantenían mientras caminaban juntos por cubierta.
—Por supuesto que no quiero perjudicar a nadie, capitán —decía Bradish. Había una nota servil en su voz; era el tono de un hombre que fingía una cordialidad confidencial para seguir adelante, para ganar un favor—. Pero siento mucha simpatía por usted y por el resto de la gente de las goletas. He estado allí mismo en la oficina y he tenido un dedo en el pastel, y he visto lo que se ha hecho en muchos casos. ¡Por supuesto, entiende que esto queda entre nosotros! No estoy revelando ninguno de los secretos de la oficina para que se usen contra los peces gordos. Pero estoy dispuesto a demostrar que soy amigo suyo. Y sé que usted será amigo mío y mantendrá la boca cerrada. Todo es que usted puede ponerse al tanto con lo que le diga y mantener los ojos bien abiertos a partir de ahora.
Mayo escuchó una explicación fragmentaria de cómo la combinación de intereses de barcos de vapor y barcazas había operado para dejar solo las sobras a las goletas. Los dos hombres caminaban juntos por la cubierta y, en los giros, estaban demasiado lejos para ser escuchados con claridad.
—Pero están llevando a cabo el mayor negocio de todos justo ahora —continuó Bradish—. Maldita sea, capitán Downs, no se me puede culpar por fugarme con la hija de un hombre después de verlo operar tanto tiempo como yo. Su lema es: «Ve a por ello cuando veas algo que quieres en este mundo». Me han entrenado en ese sistema. Tengo tanto derecho a ir a por algo como él. Soy tesorero de la Paramount, ese es el fideicomiso con el que pretenden aplastar a la oposición. Mi trabajo es no hacer preguntas y firmar cheques cuando me dicen que lo haga, ¡y solo Dios sabe qué tipo de chivo expiatorio harán de mí si alguna vez tienen un enfrentamiento en los tribunales! Hicieron algún tipo de triquiñuela para apoderarse de la línea Vose; envié un dineral a Fletcher Fogg, que estaba haciendo el trabajo sucio, y se le pagó a un empleado para que trabajara con los poderes en la reunión anual. Y luego Fogg le tendió una trampa a un capitán novato: le hizo una jugada sucia y le obligó a encallar el Montana en la arena. Supongo que tendrán la línea Vose a su precio antes de que yo regrese.
Mayo se sentó allí en la sombra, agachado sobre unas piernas que le temblaban.
Este charlatán —con la lengua suelta por su nueva libertad y por el antagonismo que su naturaleza mezquina estaba desarrollando, anticipándose a la enemistad de su empleador— había dejado caer una palabra de lo que Mayo sabía que debía ser la verdad. ¡Había sido una trampa, y Fletcher Fogg la había urdido! Mayo no sabía quién podría ser el empleador de Fletcher Fogg. No sabía de qué oficina venía este chismoso; pero era evidente que Bradish estaba al tanto de la trampa. Como resultado de esa trampa, un hombre honesto había sido arruinado y puesto en una lista negra, privado de la oportunidad de trabajar en su profesión, era un fugitivo, un marinero despreciado, pateado hasta lo más bajo de la escala que había subido tan paciente y honorablemente.
Una pasión furiosa derribó la prudencia de Mayo. Saltó desde la parte superior de la caseta y se presentó frente a los dos hombres.
—¡Lo oí, no pude evitar oírlo! —tartamudeó.
—¡Aquí hay un negro que se ha vuelto loco! —chilló el capitán Downs—. ¡Ahí, a proa! ¡Vengan todos hacia popa con un cabo!
—¡No soy un negro y no estoy loco! —gritó Mayo.
El farol oscilante en la entrada de la escala lo iluminaba tenuemente. Pero en la penumbra, su tono oscuro solo se veía más acentuado. Su excitación parecía la de un hombre a quien se le habían ido las luces.
—Sabía que era una trampa. Pero, ¿cuál era la trampa? —exigió, comenzando a avanzar hacia Bradish, con sus manos crispadas extendidas.
El capitán Downs lanzó una patada a este marinero impertinente y, al mismo tiempo, le lanzó un golpe a la cabeza con la palma abierta.
Mayo evitó tanto el pie como la mano. —¿Qué dice la ley sobre golpear a un marinero, capitán? ¡Espere ahí! Soy tan buen hombre como usted. No les diga a esos hombres que me pongan las manos encima. —Retrocedió ante los marineros que venían corriendo hacia popa, con el segundo oficial dirigiéndolos. Se subió la manga y sostuvo su brazo frente al resplandor de la luz de la bitácora—. Esa es la piel de un hombre blanco, ¿no es cierto? —exigió.
—¿Qué clase de teatro es todo esto? —preguntó el viejo Mull, con indignación atónita.
En esa crisis, Mayo controló su lengua tras un esfuerzo descomunal por serenarse. Estaba tentado a obedecer su impulso y anunciar su identidad con toda la furia que albergaba. Pero allí estaba el hombre que había servido como una de las herramientas de sus enemigos, fueran quienes fueran. Como arma contra este hombre, Mayo solo tenía unas pocas palabras de chisme que habían sido soltadas en un momento de descuido; se dio cuenta de su posición; lamentó su apresuramiento apasionado. No estaba listo para ponerse en manos de sus enemigos diciéndole a este hombre quién era; recordaba que estaba huyendo de la ley.
Bradish miraba boquiabierto a este intruso sin parecer entender lo que todo aquello significaba.
—Los pasajeros deberían bajar al interior para evitar el alboroto —aconsejó el capitán Downs—. Aquí hay un negro loco, oficial. Sujétenlo y átenlo.
Mayo retrocedió hasta el cabillero de la borda y sacó dos cabillas, armas poderosas, una para cada mano.
Bradish se apresuró a entrar en las profundidades de la caseta, visiblemente aliviado de quitarse de en medio.
—No permita que esos negros me pongan las manos encima —repitió el hombre acorralado—. Capitán Downs, permítame una palabra con usted en privado. —Había decidido desesperadamente confiar en alguien de su clase. Necesitaba amargamente la ayuda que un capitán mercante podía darle.
—¡Vayan por él! —rugió el patrón—. ¡Entren, ustedes, negros!
—¡Por los dioses! Se quedarán sin tripulación, señor. ¡Los mataré!
Esa amenaza fue más efectiva que una simple bravuconada. El capitán Downs entrecerró los ojos instintivamente hacia las nubes que oscurecían las estrellas; olfateó el viento que arreciaba.
—¡Una palabra con usted y entenderá, señor! —suplicó Mayo. Devolvió las cabillas al cabillero y caminó directamente hacia el capitán.
No había amenaza en su acción, y el oficial no interfirió.
—Solo una palabra o dos para usted, señor, para demostrarle que he hecho algo más que lanzar mi sombrero a la puerta de la Asociación de Capitanes y Oficiales. —Se inclinó cerca y susurró—. Ahora, ¿permítame decirle algo más... en privado? —instó en tonos bajos.
El capitán Downs miró de nuevo el brazo descubierto y examinó a este marinero con mayor escrutinio. —Vaya por fuera y entre en el camarote de proa por la puerta de la caseta —ordenó, tras una pequeña duda.
Mayo hizo una inclinación y se apresuró a bajar por el pasillo de sotavento.
Aquel camarote designado como el lugar de la conferencia era el salón comedor de la goleta. Esperó allí hasta que el capitán Downs, moviendo su volumen con mayor parsimonia, bajó por la escala principal y entró en el apartamento a través de su puerta de popa, la cual ningún marinero tenía permitido profanar.
—¿Puede alguien... ahí dentro... oír? —preguntó Mayo, con cautela. Señaló hacia el salón principal.
—Ella está en su camarote y él está hablando a través de la puerta —gruñó el patrón—. Ahora, ¿qué tiene en mente?
Mayo metió la mano en un bolsillo interior de su camisa y sacó un documento. Lo puso en la mano del capitán Downs. El patrón se sentó a la mesa, sacó sus gafas y se las ajustó en su nariz prominente de manera pausada, extendió el papel sobre el mantel de damasco rojo y lo estudió. Bajó la cabeza y miró a Mayo por encima del borde de sus lentes con auténtico asombro.
—¿Es este su nombre en estos documentos de capitán? —exigió.
—Sí, señor.
—Usted es... ¿pretende ser el capitán Mayo que destrozó el Montana?
—Soy ese hombre, señor. Me aferré a mis documentos, aunque han sido cancelados.
—¿Cómo sé sobre estos documentos? ¿Cómo sé que su nombre es Mayo? Podría haberlos robado... aunque, para el caso, bien podría llevar una bomba de dinamita en el bolsillo, por todo el bien que le harán.
—Ese es el punto, señor. Simplemente prueban mi identidad. Nadie más los querría. Capitán Downs, estoy huyendo de la ley. Se lo confieso. Permítame contarle cómo sucedió.
—Sea breve —espetó el capitán, sin mostrar gran afabilidad hacia este capitán desplumado y desacreditado—. El viento está arreciando.
Contó su historia de manera concisa y varonil, permaneciendo de pie mientras el capitán Downs se sentaba y miraba por encima de sus lentes, tamborileando con sus dedos gruesos sobre el damasco rojo.
—Ahí está, señor, por eso estoy aquí y cómo terminé llegando aquí —concluyó Mayo.
—No estoy preparado para decir que no sea así —admitió el viejo Mull por fin—, sin importar lo disparatado que suene. Y me pregunto si a continuación encontraré al Rey de Perú o a la Reina de Saba a bordo de esta goleta. ¡Gente nueva se está amontonando rápido! Conozco bastante bien al capitán Wass, aunque nunca le puse la vista encima para conocerlo. ¿Dónde tiene esa verruga en la cara?
—Lado de estribor de su nariz, señor.
—¿Qué hace, corta su tabaco o muerde la pastilla?
—Ninguna. Masca picadura fina.
—¿Cuál es su tema favorito de conversación?
—Recitar las reglas de navegación y quejarse porque los tipos grandes pasan a toda velocidad sin observarlas.
—¡Último comentario que demuestra que ha estado en la caseta del timón junto al capitán Wass! ¡El examen ha terminado, usted obtiene un cien y la junta se levanta! —Se levantó y estrechó la mano de Mayo—. Ahora, ¿qué puedo hacer por usted?
—No supongo que pueda hacer mucho de nada, capitán Downs. Pero le voy a pedir esto, de capitán a capitán. No deje que nadie a bordo de esta goleta sepa quién soy... ¡especialmente esos dos ahí atrás! —Señaló hacia la puerta del salón principal.
—¡Parece ser una fiesta de máscaras más o menos a bordo! —gruñó el patrón.
—Ese hombre al que llama Bradish, sea quien sea, sabe qué clase de juego me hicieron. Quiero sacárselo. Si sabe quién soy, ¡no soltará prenda! Fui un tonto al irrumpir como lo hice. Él venía a verlo a usted.
—Parecía ser bastante chismoso —admitió el capitán—. ¡Está intentando ser mi amigo especial para manipularme!
—¿No cree que pueda sacarle algo más?
—Podría hacerse.
—Siento que esta vez son los marineros contra los piratas de tierra, señor. ¿No llamará a ese hombre aquí, le hará algunas preguntas y me permitirá escuchar?
—Dadas las circunstancias, lo haré. Mi lema es primero los marineros. Usted pase al camarote del oficial, allí, y pegue el oído a la rendija de la puerta.
Pero cuando Bradish apareció, respondiendo a la llamada del capitán, toda su locuacidad lo había abandonado. Declaró que no sabía nada sobre el problema del caso Montana.
—¿Pero dijo algo sobre un plan para engañar a un capitán novato?
—Solo fue un chisme... probablemente lo entendí mal. Lo he pensado y realmente no puedo recordar dónde lo oí ni mucho sobre ello. Podría haber sido solo un invento de los periódicos.
Seguía mirando alrededor de la habitación débilmente iluminada.
—No tiene por qué preocuparse, joven. Ese negro no está aquí.
—Pero dijo que era un hombre blanco. ¿Y cómo es que está interesado?
—Es un negro que se ha vuelto loco con ese caso... probablemente también ha estado leyendo historias falsas en los periódicos —afirmó el capitán Downs, con severidad—. Debo recordarle de nuevo, Bradish, que usted me estaba hablando en un tono bastante animado.
—Oh, un hombre suelta muchas conjeturas cuando está nervioso por sus propios asuntos.
—Bueno, podría arreglarlo para que estuviera un poco menos nervioso, siempre que muestre una disposición más dispuesta cuando le haga unas cuantas preguntas —insistió el patrón. Pero esta insistencia alarmó a Bradish y sus ojos parpadeantes revelaron sus miedos y sospechas.
—No sé nada sobre el caso Montana. No tengo intención de hablar de ello.
El capitán Downs golpeó con más fuerza la mesa, frunció el ceño y guardó silencio.
—¿Algo más, señor? —inquirió Bradish, tras una pausa.
—¡Supongo que no, si así es como se siente al respecto! —espetó el capitán Downs.
Bradish regresó al salón principal, y el que escuchaba a escondidas se aventuró a salir.
—No sé exactamente qué diablos hacer con usted, ahora que sé quién es —confesó el capitán, observando a Mayo de arriba abajo.
—No hay nada que hacer excepto dejarme volver a mi trabajo, señor.
—Estoy en una posición del demonio. Usted es un capitán.
—Me embarqué a bordo aquí antes del mástil, capitán Downs, y sabía exactamente lo que estaba haciendo. Aceptaré mi castigo.
—No me gusta que vaya a proa allí entre ese ganado, Mayo.
—Capitán Downs, estuvo mal por mi parte armar el alboroto que hice en su alcázar. Debí haberme quedado callado; pero la cosa me vino tan de repente que me desmoroné por completo. Me gustaría volver a la tripulación y que olvide que soy Boyd Mayo. Me escabulliré en tierra en Boston y me perderé.
El capitán se subió la gorra y se rascó el costado de la cabeza. —Parece que recuerdo que usted estaba al timón, Mayo, cuando ese tipo estaba descargando información bastante importante sobre mí.
—No pude evitar oír, señor.
—¿Así que sabe que se está fugando con una chica? —El viejo patrón bajó la voz.
—Sí, señor.
—¿Alguna vez oyó hablar de tal actuación maldita e infernal? Y he hablado con la chica, y ella realmente no parece ser esa clase de persona en absoluto. Es voluble, eso se puede ver. Ha sido dejada suelta demasiado tiempo, como muchas chicas en la sociedad andan sueltas hoy en día. Piensan en algo diferente y, ¡paf!, van y lo hacen. Ella desea no haber hecho esto. Eso muestra algo de sentido común. —Estudió al joven—. ¿Sabe algo sobre este derecho que tiene un capitán para realizar ceremonias de matrimonio?
—Nada en especial.
—Probablemente será algo bueno para esa chica casarse y establecerse. Parece haber elegido a Bradish. Mayo, usted es de los míos y quiero ayudarlo. Me arriesgaré con mi derecho a realizar la ceremonia. ¿Qué le parece si traemos a Bradish aquí y cambiamos un matrimonio por lo que nos pueda decir sobre el asunto Montana?
—Capitán Downs, un tipo que arma un numerito de esta clase con una chica, no importa si ella lo ha alentado, es un cachorro barato —declaró Mayo, rápida y firmemente—. No quiero recuperar mis documentos de ninguna manera así.
—¿Entonces no aprueba que los case?
—No tengo derecho a decirle lo que debe hacer, señor. Solo hablo por mí mismo.
El capitán Downs reflexionó. —Si él es la mano derecha de su padre, probablemente sea tan bueno como la mayoría de los piratas de tierra que la han estado cortejando. Si ella regresa a casa casada, aunque sea solo un matrimonio en alta mar, contrato entre personas dispuestas con testigos y el capitán del buque oficiando, como creo que está permitido, tendrá su buen nombre protegido, y eso significa mucho. No sé si tengo derecho a resistirme y bloquear su camino, viendo lo lejos que ha llegado. ¿Qué piensa usted, Mayo?
—No creo que quiera hacer ninguna sugerencia, señor.
En ese momento, la puerta de popa se abrió. Mayo estaba cerca de la puerta del camarote del oficial en las sombras, y se escabulló de nuevo a su refugio. Oyó la voz de Bradish.
—¡Capitán Downs, esta joven tiene algo que decirle y espero que escuche!
¡Entonces la voz de la chica! Fue un estallido impetuoso. Aceleró sus palabras como si temiera esperar a una reflexión segunda y más cuerda.
—¡Capitán Downs, no puedo esperar más! Debe actuar. Se lo ruego. He tomado una decisión. ¡Estoy lista!
—¿Lista para casarse, quiere decir?
—¡Sí! ¡Ahora que he tomado mi decisión, por favor, dese prisa!
Su tono era agudo, las lágrimas estaban cerca detrás de su desesperación, sus palabras se atropellaban casi incoherentemente. Pero Mayo, mirando sin ver en la oscuridad negra del pequeño camarote, con el oído atento, conocía esa voz. No pudo contenerse. Abrió la puerta de par en par.
La chica era Alma Marston.
Sus ojos estaban brillantes, sus mejillas estaban encendidas, y estaba claro que su naturaleza impulsiva estaba ardiendo de determinación. Las sombras eran profundas en los rincones del salón, y el hombre en la puerta del camarote no fue notado por los tres que estaban allí en el parche de luz arrojado por la lámpara oscilante.
—Se lo pido... se lo ruego... ¡he tomado una decisión! Tengo que terminar con esto.
—¡No tenga histerias! Esto no es algo que deba precipitarse.
—Debe hacerlo.
—¡Está hablando con un capitán a bordo de su propio buque, señora!
De la garganta ahogada de Mayo salió algún tipo de sonido y la chica miró en su dirección, pero fue una mirada apresurada e indiferente. Sus propios asuntos la estaban absorbiendo. Él se tambaleó hacia atrás dentro de la pequeña habitación, y el balanceo de la goleta cerró la puerta.
—¡Usted es el capitán! ¡Usted tiene el poder! ¡Por eso estoy hablando con usted, señor!
—¡Pero cuando habló conmigo hace poco, estaba echándose atrás! —fue la objeción directa del capitán Downs.
—Siento haber sido tan imprudente. No debería estar aquí. Lo he dicho. Hago demasiadas cosas por impulso. ¡Ahora quiero casarme!
—Más impulsos, ¿eh?
—Debo ser capaz de enfrentar a mi padre.
Hubo silencio en el salón.
Mayo se metió los dedos temblorosos en la boca y los mordió para contener lo que su razón horrorizada le advertía que sería un grito de protesta. A pesar de lo que sus ojos y oídos le decían, todo parecía ser algún tipo de irrealidad espantosa.
—Es una gran responsabilidad —continuó el capitán Downs, murmurando sus palabras y hablando medio para sí mismo en su incertidumbre—. He estado tratando de obtener algo de luz sobre esto de otro... de un hombre que debería entender más sobre ello que lo que yo entiendo. Es demasiado problema para que un hombre forcejee con él todo solo.
Les dio la espalda, miró hacia la puerta del camarote, inclinó su gorra hacia un lado y se rascó la cabeza más vigorosamente de lo que había hecho en sus cavilaciones pasadas.
—¡Oiga, usted ahí dentro! ¡Oficial! —llamó, preservando torpemente el incógnito de Mayo—. Estoy en un aprieto. ¡Diga lo que realmente piensa!
No hubo palabra desde el camarote.
—Usted es una parte imparcial —insistió el patrón—. Usted tiene buen juicio. ¿Ahora qué?
—¿Quién es ese, ahí dentro? —exigió Bradish.
—¿Por qué esta persona, sea quien sea, debería tener algo que decir sobre mis asuntos? —preguntó la chica.
—¡Porque le estoy pidiendo que lo diga! —chilló el patrón, mostrando enojo—. ¡Yo dirijo esto! ¡No intente decirme mi propio negocio! —Caminó hacia la puerta—. ¡Hable, oficial!
—Es un insulto para mí... ¡preguntar a extraños sobre mis asuntos privados! —La protesta de la chica fue un estallido furioso.
—Lo resiento, capitán. Lo resiento amargamente —declaró Bradish.
El viejo patrón caminó de vuelta hacia ellos. —¡Resiéntalo tanto como quiera, señor! Está aquí pidiéndome favores. Quiero hacer lo que es correcto para todos los interesados. Debería casarse... lo admito. ¿Pero en qué clase de posición me deja esto? ¿Me va a decir el nombre de esta chica?
—¡Soy Alma Marston! —le lanzó el nombre con violencia histérica, pero él no pareció quedar impresionado—. ¡Soy la hija de Julius Marston!
El patrón la miró de arriba abajo.
—¡Ahora será tan amable de proceder con su deber! —ordenó ella, altivamente.
—Bueno, ¡no puede esperar que muestre ninguna bondad especial de vecino al expoliador de Wall Street que me mantuvo atado sin fletamento dos meses la primavera pasada con sus combinaciones de barcos de vapor y sus tratos de compraventa!
—¿Cómo debemos tomar eso, señor? —preguntó Bradish.
La chica miraba con asombro franco a este marinero de caparazón duro a quien no había podido impresionar con su nombre ni sus modales.
—Como usted quiera.
—Exijo una explicación.
—Bueno, se la daré, viendo que estoy perfectamente dispuesto a hacerlo. Tómelo de una manera, y estoy dispuesto a darle una paliza a Julius Marston entregándole la clase de yerno que usted sería; tómelo de la otra, y no me importa hacer nada para complacer a nadie en la familia Marston. —Los miró sardónicamente.
—Así que, ¡vea, estoy entre la espada y la pared en el asunto! Es como resolver una pregunta lanzando una moneda. ¡Y le diré lo que voy a hacer! —golpeó su palma sobre la mesa. Caminó hacia la puerta del camarote—. ¡Oficial, ahí! ¡De marinero a marinero, ahora, y recuerde que usted me ha pedido algo! Si usted fuera capitán de esta goleta, ¿casaría a estos dos?
Esperaron en silencio, en el que oyeron el zumbido y el chirrido del viento afuera y el chillido furioso del revestimiento de las paredes del camarote de la goleta que se hundía.
La voz que respondió a la pregunta del capitán Downs no sonó humana. Fue una especie de gemido ahogado, pero no había forma de confundir su firmeza.
—¡No! —dijo el hombre detrás de la puerta.
El capitán Downs se tambaleó de vuelta a la mesa. Golpeó su puño. —¡Eso lo decide por mí! —Luego apoyó su gran mano en el borde del mantel—. Estaba listo para inclinarme hacia un lado o hacia el otro y solo necesitaba un pequeño empujón. Me he inclinado. —La palma cayó plana sobre el mantel con firmeza final y decisiva—. Joven —informó a Bradish—, hay un camarote extra, allí, fuera de este salón comedor. ¡Tómelo!
—¿Qué puedo decirle a mi padre? —gimió la chica, el fuego de su determinación repentinamente apagado por una impotencia sollozante.
—Puede decirle que la adopté temporalmente como mi hija a las tres campanadas de esta noche en particular, y yo iré con él y la respaldaré si es necesario. —Abrió la puerta que conducía a popa e hizo una inclinación—. ¡Ahora, váyase trotando a su camarote, señorita!
Tras dudar unos momentos, se apresuró a alejarse. El patrón cerró la puerta con llave y deslizó la llave en su bolsillo.
—¿Cree que voy a...? —comenzó Bradish, con enojo.
—No estoy desperdiciando pensamientos en usted, señor. Los estoy guardando todos para el Drusilla M. Alden justo ahora.
El balanceo de la embarcación daba evidencia de que el mar se estaba formando. En ese instante, el primer oficial bajó unos escalones de la entrada de proa, entrando por la puerta de la caseta.
—¡Está arreciando fresco desde el este, señor! —informó.
—Eso he juzgado por la forma en que este revestimiento está hablando. Estaré en cubierta de inmediato, Sr. Dodge.
Aquel informe fue una citación para un marinero; Mayo salió tambaleándose del camarote. No miró ni a derecha ni a izquierda, ni a ninguno de los hombres en el salón. Tropezó hacia la escala, extendiendo las manos frente a sí de la manera en que un hombre tantea en la oscuridad.
—¿Vas a dejar que un negro —y uno loco, además— decida lo más importante de mi vida? —rugió Bradish.
—Sé lo que hago —le aseguró el capitán Downs. Pero el patrón estaba manifiestamente asombrado por la expresión que vio en el rostro de Mayo.
—¡No voy a permitirlo! ¡Oiga, usted! —Bradish corrió a través de la habitación e interceptó a Mayo.
—¡Apártese de ese hombre! —ordenó el patrón.
Pero Bradish no estaba de humor para obedecer a la autoridad. —¡Aquí hay algo oculto y me propongo que me pongan al tanto! ¡Deténgase, usted! —Empujó a Mayo hacia atrás, pero el rostro de este último no cambió su expresión de sorda, vacía y absoluta desesperación que no veía ni oía. Mayo se recuperó y avanzó de nuevo, mirando al vacío.
—¡Si me guarda rencor, por los dioses, lo despertaré y haré que me lo explique! —gritó Bradish. Retiró el brazo y lanzó un golpe rápido directo al rostro inexpresivo. El impacto coincidió con un bandazo del buque y Mayo cayó de espaldas. Se desplomó tan rígido como había caminado, con tan poco esfuerzo por salvarse como lo habría hecho un maniquí de tienda.
Pero era otro hombre cuando se puso en pie.
¡Bradish lo había despertado!
El capitán del Alden se apresuró a rodear la mesa, rugiendo improperios, e intentó interponerse entre ellos, pero era un hombre torpe sobre sus piernas cortas. Antes de que estuviera al alcance, se lanzaron el uno contra el otro, esquivándose aquí y allá.
Bradish no era un adversario insignificante; era más alto que su contrincante y manejaba los puños como un hombre que había sido entrenado como boxeador aficionado.
Pelearon de un lado a otro del camarote, golpeándose el rostro mutuamente.
El indignado patrón los amenazó con una silla en alto, intentó derribar sus manos con ella, pero ellos no estaban de humor para hacer caso a un mediador. Peleaban como gatos enfurecidos, golpeándose contra las paredes del camarote, girando en una loca rigodón para encontrar una apertura para sus puños; el capitán Downs no era lo suficientemente ágil para atraparlos. Profiriendo horribles blasfemias, amenazó con disparar a ambos y corrió hacia el salón principal, abriendo la puerta.
—¡Volveré con un arma! —prometió. Pero la pelea terminó repentinamente con una llave de lucha.
Mayo se cerró, atrapó la mano derecha de Bradish y dobló el brazo detrás de la espalda de su adversario. Luego zancadilleó al hombre de ciudad y lo tendió hacia atrás sobre la mesa y contra su borde con una violencia que provocó un grito de dolor e hizo que Bradish se quedara flácido y pasivo. Mayo lo mantuvo allí.
—¿Mi rencor, eh? ¡Mi rencor! —jadeó el vencedor—. ¿Porque no quisiste decirme cómo los sinvergüenzas me arruinaron? ¡No! La chica no está aquí ahora. ¡Te lo diré! ¡Es porque le robaste su respeto propio y su buen nombre, y eso te hace un perro demasiado sucio para ser su esposo!
Levantó a Bradish y lo arrojó al suelo. Cuando se giró, vio el rostro blanco, angustiado y asustado de la joven en la rendija de la puerta del salón.
—¡Capitán Downs! —chilló ella—, ese negro lo está matando. ¡Está matando a Ralph!
El vencedor le dio la espalda y salió tambaleándose alrededor de la mesa. Se limpió la sangre del rostro con la palma de la mano y se alegró de que ella no lo hubiera reconocido; y aun así, su incapacidad para hacerlo, incluso siendo él una figura tan lamentable del hombre que ella había conocido, fue un latigazo más de angustia sobre su alma en carne viva. Por un momento habían estado allí, frente a frente, y solo una vacía falta de reconocimiento lo saludó; eso hizo que este horrible contratiempo pareciera aún más irreal.
Mayo no se detuvo a escuchar los desvaríos del capitán Downs, quien pasó empujándola. Mareado, sangrando, medio ciego, subió corriendo la escala de proa y salió a la negra noche en cubierta.
El segundo oficial gritaba a toda la tripulación que redujeran vela, y Mayo tomó su lugar con los trabajadores, que maniobraban las escotas y los amantillos.
XXIII ~ EL MONSTRUO QUE SOLTÓ LA CORREA
Y allí el capitán Kirby resultó ser un cobarde al fin, Y jugó al escondite detrás del palo mayor, Y allí se quedaron, muchachos, a temblar y a sacudirse, Por miedo a que ese terror sus vidas se llevara. --Almirante Benbow.
La lluvia llegó con el viento, y el tiempo se asentó en un sombrío y persistente temporal del este en pleno verano.
El final del verano proporciona regularmente una de esas tormentas a la costa atlántica, una recrudescencia de los vendavales invernales, una prueba de los elementos, una especie de ensayo interequinoccial para que Euro pueda asegurarse de que sus fuelles están en condiciones de funcionamiento.
Tal tormenta rara vez da aviso previo de que será severa. Parece ser una broma meteorológica para atrapar a los marineros desprevenidos.
A medianoche, el Alden se hundía en mares espumosos, sus cinco mástiles vibraban con la ráfaga. Con cinco mil toneladas de carbón lastrándolo, se revolcaba como un tronco empapado de agua.
Mayo, quien fue despertado de su espantosa agonía del alma a las cuatro campanas, por la mañana, para subir a cubierta a cumplir su guardia, se aventuró tan cerca de la puerta de la sala de máquinas como se atrevió, pues la lluvia empapaba sus escasas prendas y el brillo rojo del interior era reconfortante. La bomba del barco traqueteaba, una circunstancia de ninguna manera alarmante, porque las enormes goletas del comercio de carbón son zarandeadas y retorcidas en aguas turbulentas.
El segundo oficial se acercó a la sala de máquinas, cargando la sonda hacia la luz para examinar la mancha en su longitud recién marcada con tiza.
La arrojó a la cubierta con un gruñido de satisfacción. —¡Nada grave! —dijo al ingeniero—. Sin embargo, preferiría estar dentro de los cabos en este temporal. Este viejo cascarón ya no es lo que solía ser. Johnson, ¿sabes que esta goleta es más de dos pies más larga cuando está cargada que cuando está vacía?
—Sabía que estaba arqueada, pero no sabía que fuera tan grave como eso.
—Puse la sonda antes de que entrara al muelle de carbón en este viaje, y la medí de nuevo en la corriente ayer. Con carga, simplemente se encorva como un mono camino a la guerra. ¡Eso es lo que pasa con estos cinco mástiles! Reciben tal castigo que se estropean antes de que los dueños se den cuenta.
—Ya nunca construirán más, y supongo que no quieren gastar mucho dinero en las viejas —sugirió el ingeniero.
—Naturalmente que no, cuando ya ni siquiera pagan dividendos. —Se acercó a la borda de barlovento y olfateó—. Supongo que el viejo soltará el ancla antes de mucho —dijo.
Mayo sabía algo de los métodos de los capitanes de goleta y no le sorprendió el último comentario.
En los valientes viejos tiempos, cuando la costumbre era aguantar un temporal, el plan posterior de anclar una gran embarcación en alta mar frente a la costa de Delaware, con Europa como sotavento, habría sido visto con cierto horror por un capitán.
Pero el patrón moderno calcula que hay menos desgaste si fondea y espera a que pase. Ciertamente, no es lugar para una persona aprensiva, a bordo de una goleta cargada cuyo ancla se agarra al fondo mientras el mar la sacude, pero los patrones y tripulaciones de los cargueros de carbón no son aprensivos.
Mayo, mirando hacia popa, vio a dos hombres acercándose lentamente a proa, deteniéndose a intervalos regulares. La luz de una linterna jugaba sobre sus impermeables goteantes. Cuando llegaron al quiebro de la cubierta principal, cerca de la caseta de proa, reconoció al capitán Downs y al primer oficial. El segundo oficial salió y respondió al saludo del capitán.
—¡Traigan una maza y algunas cuñas más! —ordenó el patrón.
—El Drusilla está levantando la espalda un poco más —comentó el segundo oficial, dirigiéndose al almacén—. No la culpo mucho. Este no es lugar para una vieja dama, aquí afuera esta noche. —Ordenó a Mayo que lo acompañara.
En pocos momentos se presentaron ante el capitán, el oficial llevando la maza de doble cabeza y el joven cargando un brazo lleno de cuñas.
El capitán Downs otorgó a Mayo aproximadamente la misma atención que le habría concedido a una cucaracha de cocina. Señaló un hueco en la barandilla.
—Ahí... clava una ahí —le dijo al oficial—. Deja que ese negro sostenga la cuña. —Había rencor en su voz; una hostilidad funesta brillaba en sus ojos chispeantes; ningún capitán tolera la desobediencia en el mar, y Mayo había ignorado toda disciplina en el camarote.
El joven se arrodilló y cumplió el servicio, y siguió al grupo obedientemente cuando se movieron hacia el siguiente hueco.
La goleta, cabeceando, gemía, gruñía y chirriaba en toda su estructura.
Cada junta angular estaba trabajando, abriéndose y cerrándose con sordos chirridos mientras el buque rodaba y se hundía.
—¡Por las barbas de Neptuno, está apretando los dientes de lo lindo! —comentó el primer oficial.
—¡Debería haber sido reforzada hace un año, cuando empezó a aflojarse y a trabajar! —declaró el capitán Downs. Su ansiedad agitaba tanto su temperamento como su lengua—. Estaba dispuesto a que mi dieciseisava parte fuera tasada para reparaciones, ¡pero un accionista no tiene por qué ir al mar! Desearía tener a una partida de excursión de propietarios a bordo ahora mismo.
—Cuando estas viejas criaturas se sueltan lo suficiente para jugar, se desmoronan muy rápido —dijo el oficial—. Pero esto no es nada especialmente malo.
—Averigüen qué tenemos bajo nosotros —espetó el capitán Downs. Las cuñas habían sido clavadas—. ¡Que este negro lleve la sonda a proa!
Fue una tarea difícil en la noche, porque la línea de sonda debía pasarse desde el alcázar hasta el bauprés fuera de los obenques; los rieles y la cubierta estaban resbaladizos. Claramente, el capitán Downs se proponía enseñarle a Mayo "un par de cosas".
Soltó la sonda por orden y escuchó al hombre en el alcázar, atrapando la línea cuando oscilaba hacia una posición perpendicular, informar veinticinco brazas.
De nuevo, respondiendo a las órdenes gritadas del oficial, Mayo llevó la sonda a proa y la dejó caer, después de un período de espera, durante el cual la goleta había sido aliviada. Estaba empapado hasta los huesos y se sentía miserable tanto de cuerpo como de mente. Se había traicionado a sí mismo, se había hecho un enemigo del hombre que sabía algo que podía ayudarlo; sintió una extraña sensación de vergüenza y desesperación cuando recordó a la joven y la expresión de su rostro. Intentó convencerse de que no le importaba cuál fuera su opinión sobre él. ¿Qué pasó con ese amor que ella había profesado a bordo del Olenia? ¿Qué clase de doncella era esta? ¡No lo entendía!
Cinco veces hizo su precario viaje con la sonda, tanteando su camino fuera de la jarcia.
En veinte brazas el capitán Downs decidió anclar, después de que el oficial, "armando" la sonda al llenar su copa con grasa, descubrió que estaban sobre buen fondo de agarre.
Cuando el Alden se puso al viento y redujo la velocidad, golpeando las velas mojadas, el segundo oficial martilló el pasador de sujeción del gigantesco ancla de babor, y la escobén vomitó braza tras braza de cadena.
Toda la tripulación estaba en cubierta dejando caer las velas hacia los lazy-jacks, y la gran goleta giró de costado hacia el seno del mar. Se convirtió en un péndulo poderoso, rodando hasta meter los rieles bajo el agua, aserrando los cielos negros con sus imponentes mástiles.
Hay muchas cosas que pueden suceder a bordo de una goleta en esa posición cuando los hombres son lentos o estúpidos. Un gran negro que estaba filando las drizas del pico de mesana permitió que su línea se enredara. El viento arremetió contra el triángulo de la vela, y la botavara de mesana de treinta pies, ayudada por el balanceo del barco, giró tanto como sus escotas flojas permitieron. El "viajero", un aro de hierro que rodeaba una larga barra de hierro sujeta en ambos extremos a la cubierta, lanzaba chispas como una polea de trole produce fuego de un cable helado.
Con astillamiento de madera y estruendo de metal, la barra de hierro fue arrancada de sus sujeciones en cubierta y comenzó a volar de un lado a otro sobre la cubierta al final de su atadura, como la honda de un gigante. Giraba, giraba sobre sí misma, se lanzaba lejos y regresaba en arcos inesperados.
Los hombres huían del área que dominaba este terror.
La botavara se balanceaba hasta golpear los obenques de mesana a babor, y luego regresaba precipitadamente a través de la cubierta, para estrellarse contra los obenques de estribor. El proyectil metálico y atado que llevaba en su extremo parecía buscar una víctima. Cuando la botavara se encontró con los obenques de estribor en su carrera desenfrenada, la goleta se estremeció.
—¡Libera esa driza y arriad el pico! —rugió el primer oficial.
Un marinero comenzó a avanzar, agachándose, pero regresó corriendo cuando la botavara cruzó la cubierta con un giro tan vicioso que la barra de hierro literalmente chilló a través del aire.
—¡Dios todopoderoso! ¡Va a golpear el mástil hasta sacarlo! —clamó el capitán Downs—. ¡Consigan algunos hombres para esas drizas, Sr. Dodge! ¡Atrapen esa botavara!
El oficial corrió y pateó a un marinero, gritando órdenes profanas. Agarró al sujeto y lo empujó hacia las cornamusas donde estaban aseguradas las drizas. Pero en ese instante la botavara que corría vino arremetiendo por encima con su proyectil, y el hierro golpeó la barandilla casi exactamente donde estaba asegurada la línea enredada. El oficial y el marinero cayeron de bruces y se arrastraron de vuelta lejos de la zona de peligro.
—¡Consigan una cuerda y enlacen esa botavara! ¡Laceenla! —ordenó el patrón, aderezando sus órdenes con algunos coloridos juramentos marinos.
Pero los hombres que dieron un paso al frente lo hicieron con timidez y lentitud, y retrocedieron cuando la botavara amenazaba. La barra voladora era un arma terrible. Ahora oscilaba hacia el mástil, ahora barría en un radio más amplio. Hacia dónde barrería a continuación la cubierta entre los mástiles dependía de la veleidad de la ola y el viento. Era perfectamente evidente que cualquiera que se pusiera en su camino encontraría la muerte tan instantáneamente como una mosca bajo la botavara de una ama de casa.
La vida es dulce, incluso si un hombre es negro y está trabajando por un salario de un dólar al día.
E incluso si un hombre es un oficial, con un salario más alto y más responsabilidad, tiende a pensar en sí mismo antes de pensar en salvar un mástil y equipo para los dueños de una goleta.
—¿Qué clase de tripulación de malditos tengo a bordo? —gritó el patrón.
—Más o menos la clase que todos los barcos de vela llevan en estos días —dijo una voz a su lado.
El capitán Downs se giró y encontró a Mayo allí. —¿Cómo te atreves a hablarme, marinero de agua dulce? —exigió el patrón. En su pasión continuó: —Estás a bordo bajo falsos pretextos. Ni siquiera puedes hacer tu trabajo. Has hecho responsable a este buque al agredir a un pasajero. ¡No sirves para nada! Contigo a bordo soy como si me faltara un hombre. —Pero no tenía tiempo para dedicar a esta persona.
Se dio la vuelta y comenzó a injuriar a sus oficiales y a sus marineros, su voz subiendo más alto cada vez que la botavara enfurecida se estrellaba de un lado a otro. Uno o dos de los obenques se habían roto, y estaba claro que antes de mucho el mástil se iría por la borda.
—Si ese mástil sale, es probable que nos destroce hasta la línea de flotación —se lamentó el capitán.
—Si puede hacer que su rebaño de ovejas me eche una mano en el momento adecuado, le mostraré que un marinero de agua dulce es tan bueno como un grumete de vela —dijo Mayo, tomando represalias con el mismo tipo de rencor que el capitán Downs había estado gastando. En esa crisis fue lo suficientemente audaz como para presumir su identidad como capitán de marina mercante—. Odiaría encontrar a un grupo como este en cualquier barco de vapor con el que haya tenido experiencia.
Entonces se alejó corriendo antes de que el capitán tuviera tiempo de replicar. Hizo un deslizamiento a través de la zona de peligro sobre su espalda, como un corredor en un partido de béisbol. Este movimiento lo llevó a un lugar seguro entre el palo mayor y la mesana. Había una bobina de cable extra aquí, y agarró el extremo suelto e hizo hábilmente un nudo de bolina. Colocó el lazo firmemente sobre sus hombros, saltó y se agarró a los aros del palo de mesana.
—¡Asegúrense de que la línea corra libre de esa bobina, y estén listos para las órdenes! —gritó, y aunque su piel teñida era oscura y vestía el atuendo de un marinero común, habló con el tono inconfundible del capitán de marina. El segundo oficial corrió hacia la línea y tomó el mando.
—¡Este es un potro salvaje, de verdad! —murmuró Mayo—. ¡Pero es por el honor de los hombres de barco de vapor! ¡Le mostraré a esta banda!
Se mantuvo en equilibrio por unos momentos sobre la entrepierna de la botavara, aferrándose a los matafiones de la gratil, las cuerdas cortas con las que se riza la vela.
Mientras estaba allí, preparándose para su empresa desesperada, esperando la oportunidad, midiendo al monstruo incandescente y sin sentido al que había decidido someter, escuchó al capitán Downs lanzar una orden impaciente:
—¡Que los pasajeros bajen!
Mayo miró hacia popa y vio a Alma Marston aferrada al bastidor de clavijas del palo de mesana. La linterna de la caseta brillaba sobre su rostro blanco.
—¡Bajen! —repitió el patrón.
Ella negó con la cabeza.
—Este no es lugar para una mujer.
—¡El buque se va a hundir! —dijo ella con voz temblorosa.
—La goleta está bien. ¡Vaya abajo!
Qué amargo era su miedo, Mayo no pudo determinarlo. Pero incluso a su distancia pudo ver una resolución obstinada en su semblante.
—Si tengo que morir, no moriré ahí abajo en una caja —gritó—. Me voy a quedar aquí mismo.
El capitán Downs juró y le dio la espalda. Aparentemente no quería llegar a un enfrentamiento real con esta amotinada femenina.
El gran mástil se estrelló hacia afuera hasta el límite de su arco, y la vela se infló con él, abombándose bajo el peso del viento. Los rizos ya no estaban al alcance de Mayo. Corrió a lo largo de la botavara, con los brazos extendidos para estabilizarse, y estaba a mitad de camino hacia su extremo antes de que el oleaje revelador bajo él diera aviso. Luego cayó sobre el enorme palo, rodó debajo de él y empujó brazos y piernas bajo el pie de la vela. Apenas se había aferrado al mástil en feroz abrazo antes de que comenzara su viaje de regreso. Fue un barrido mareante a través de la cubierta, una inmersión que quitaba el aliento.
Cuando el mástil chocó con los estays sintió como si sus brazos y piernas fueran a ser arrancados de su cuerpo. No se aventuró a moverse ni a relajar su agarre. Se aferró con todas sus fuerzas y se preparó para el viaje de regreso. Había observado cuidadosamente y sabía algo de las veleidades del látigo gigante. Cuando era lanzado a babor, el viento ayudaba a mantenerlo allí hasta que el oleaje irresistible de la goleta lo enviaba volando salvajemente una vez más. Sabía que ninguna carne y sangre podría soportar muchas de esas colisiones con los estays. Resolvió actuar en la siguiente oscilación a babor, para que su fuerza no se hubiera agotado.
—¡Asegúrense de que el cable corra libre! —gritó mientras sentía que el palo se levantaba para su ataque.
Se balanceó hacia arriba sobre el mástil en el momento en que golpeó, y el impulso lo ayudó. Corrió de nuevo, estabilizándose como un acróbata de cuerda floja. Arrebató el lazo de sus hombros, lo deslizó sobre el extremo de la botavara y gritó una orden, con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Ténsenla!
En ese instante la botavara comenzó a oscilar de nuevo.
De pie en el extremo del mástil, estaba fuera de borda; el mar espumoso estaba debajo de él. No podía saltar entonces; saltar cuando la botavara barría a través de la cubierta significaba una piel llena de huesos rotos; esperar hasta que la botavara golpeara contra los estays, se dio cuenta, invitaría a un desastre seguro; o sería aplastado entre la botavara y los obenques o arrojado lejos hacia el océano como un frijol es lanzado por un pulgar. En el extremo mismo del mástil, el apalancamiento sería tan grande que no podría esperar aferrarse allí con brazos y piernas.
Un extraño destello de pensamiento trajo a Mayo la frase: "Entre el diablo y el mar profundo". Esa botavara voladora era ciertamente el diablo, y el mar espumoso se veía muy profundo.
Su balanceo con el viento era más lento y Mayo tuvo un momento para mirar alrededor buscando algún modo de escape.
Vio la vela del mástil "número cuatro" extendida y suelta en sus cargaderas, desplegada y mostrando una extensión revuelta de lona. Cuando estuvo dentro de la borda, y mientras la botavara tomaba impulso, puso su vida en sus manos y su determinación entre los dientes y saltó hacia la vela. Realizó el salto justo en el momento en que la botavara le daría la mayor ayuda.
Oyó el juramento de asombro del capitán Downs cuando se lanzó sobre la cabeza de aquel digno navegante, un cometa humano en una parábola de seis metros.
Aterrizó en la vela sobre sus manos y rodillas, gritando, incluso mientras se posaba: "¡Atrápenla, muchachos!".
Lo hicieron cuando el mástil golpeó contra los obenques. Tiraron de la cuerda, tensaron el nudo corredizo y, antes de que el barco volviera a balancearse, habían dado media docena de vueltas al extremo libre del cable alrededor de las cornamusas más cercanas.
Mayo se bajó de la vela y les ayudó a completar la tarea de asegurar el mástil. Pasó cerca del capitán Downs cuando el trabajo estuvo terminado.
—Bueno —gruñó el patrón del Alden—, ¿qué esperas que diga a eso?
—Simplemente le pido que se abstenga de decir algo.
—¿Qué?
—Que un hombre de barco de vapor no puede ganarse su paga a bordo de un velero, señor. No me gusta sentir que estoy bajo obligaciones de ninguna manera.
El patrón gruñó.
—Y si la pequeña cosa que he hecho ayuda a compensar esa ruptura que causé al darle una paliza a su pasajero, me alegraré de ello —añadió Mayo.
—No hace falta que lo restriegues —dijo el capitán Downs, observando cuidadosamente que no hubiera nadie a distancia de escucha—. Cuando un hombre ha estado en una pesadilla durante veinticuatro horas, como yo, hay que hacer algunas concesiones, capitán Mayo. Este es un lío terrible. —Entornó los ojos hacia la jarcia de mesana donde los faroles revelaban el daño—. Y por la forma en que esos obenques están arrancados, y viendo cómo se tambalea ese mástil, esta goleta corre el riesgo de estar tan mal como la gente que va a bordo.
Mayo se dio la vuelta y volvió a su trabajo. Estaban aparejando obenques adicionales para el palo de mesana. Y notó que la chica cerca de la puerta de la caseta de cubierta lo estaba mirando con gran interés. Pero en aquella penumbra, él era solo una figura en movimiento entre hombres trabajadores.
Una hora después, el primer oficial ordenó que se ataran las bolsas de aceite a los pescantes. Las bolsas eran enormes sacos de yute rellenos de desperdicios de algodón saturados de aceite.
A pesar de que su cangreja, con doble rizo, estaba izada para mantenerla contra el viento, a modo de veleta, la goleta parecía decidida a mantener su costado contra los mares turbulentos. La mancha de aceite ayudaba solo un poco; cada pocos momentos, una ola con espuma volando desde ella se estrellaba contra la cubierta, lanzando toneladas de agua entre las bordas, con un sonido como de trueno. En esos momentos, el torrente arremolinado en la cubierta principal llegaba hasta las rodillas de un hombre.
Mayo no tomó su guardia abajo. La emoción de su reciente experiencia había ahuyentado todo deseo de dormir, y el revestimiento del sollado crujía con un estrépito tan infernal que solo un hombre sordo podría haber permanecido allí cómodamente.
Sin embargo, no estaba inquieto con respecto a la seguridad de la goleta. En un vendaval de invierno, con el hielo acumulándose sobre ella, habría visto su situación bajo una luz diferente. Pero había visto con frecuencia los mares rompiendo sobre los cargueros de carbón que se balanceaban cuando los pasaba anclados en la costa.
Hizo un viaje por su cuenta a lo largo de la cubierta principal, trepando por los mástiles para evitar el diluvio ocasional que la barría por el centro. Las escotillas enceradas aparentemente resistían los ataques de las olas. Podía sentir menos peso en el viento. Era evidente que la crisis del temporal había pasado. Las olas no eran tan salvajes; sus crestas no estaban rompiendo. Pero justo entonces, el segundo oficial pasó corriendo y Mayo escuchó el informe que dio al capitán, quien caminaba de un lado a otro por el pasillo de sotavento:
—El palo de mesana está teniendo más juego, señor. Me temo que está causando un desastre con la base y la sobrequilla.
—Aparje obenques extra e intente medir el agua de nuevo —ordenó el patrón.
Mayo, regresando a la mesana, encontró a toda la tripulación agrupada allí. El mástil se retorcía y gemía en su cuello de cubierta, retorciendo su forro, la cubierta de lona en su base donde entraba en la cubierta.
Los rostros oscuros mostraban mucha preocupación. Se habían congregado donde el barco se infligía una herida; el sexto sentido del marinero sobre los problemas inminentes los había llevado allí.
—¡Cuatro de ustedes suban arriba y estén listos para asegurar esos obenques! —ordenó el primer oficial.
—¡El resto de ustedes, preparen el aparejo! —gritó el segundo oficial, siguiendo de cerca los pasos de Mayo.
Los negros no se movieron. Murmuraban entre ellos.
—¡Muévanse rápido! —insistió el oficial.
—Disculpe, pero ese mástil está a punto de caerse —se aventuró a decir un hombre.
—¡Arriba con ustedes, digo!
Justo entonces, la goleta se golpeó contra un gran rodillo y los obenques de estribor se rompieron, uno tras otro, como cuerdas de violín gigantes. El mástil se tambaleó y hubo un sonido ominoso bajo la cubierta.
—¡Se ha hecho un agujero! —chilló un marinero.
En la penumbra, sus ojos brillaban con el fuego que uno ve en los ojos de los gatos asustados.
—¡Ahí viene! —gritó uno de ellos. Señaló con un dedo tembloroso.
Sobre las brazolas de la escotilla de proa burbujeaba agua negra.
Aullando como animales, los marineros huyeron hacia popa en grupo, arrollando a Mayo y a los oficiales en su carrera.
—¡Deténganlos, capitán! —bramó el primer oficial, adivinando su intención. Se levantó y corrió tras ellos. Pero el miedo les dio alas en los talones. Corrieron sobre el techo de la caseta de popa y estaban en el alcázar antes de que el capitán saliera del pasillo. Saltaron al bote que estaba colgado en los pescantes de popa.
—¡Renegados! —rugió el patrón—. ¡Salgan de ese bote!
Con los dos oficiales a sus talones, se lanzó hacia ellos. Agarraron a tres hombres que forcejeaban por las piernas y los arrastraron de vuelta. Pero los negros se soltaron, impulsados a esfuerzos frenéticos por su pánico. Se lanzaron al bote de nuevo.
—¡Sean hombres! —clamó Mayo, uniéndose a las fuerzas de la disciplina—. ¡Hay una mujer a bordo!
Pero la súplica que podría haber afectado a un anglosajón no prevaleció. Sus cuchillos estaban fuera, no para atacar a sus superiores, sino para cortar el aparejo de los pescantes.
—¡Vamos, muchachos! ¡Échenlos! —gritó el patrón, liderando el camino hacia el bote sobre la borda.
Sus dos oficiales y Mayo lo siguieron, y el ingeniero, recién llegado de proa, saltó tras ellos. Pero tan pronto como lanzaban a un hombre sobre el alcázar, este se levantaba y volvía al bote luchando por un lugar.
—¡Échenlos por la borda! —rugió el patrón, soltando un juramento terrible. Golpeó a uno de los desgraciados enloquecidos hacia el mar. Al momento siguiente, el capitán estaba de espaldas y los marineros lo pisoteaban.
La mayoría de las marejadas llegaban hasta la altura de la borda; a veces, una ola especialmente violenta barría la cubierta de popa.
Tras ella, un abismo se abría regularmente bajo la popa del barco, un pozo arremolinado en el océano de seis metros de profundidad.
Hubo fortuna además de infortunio en el asunto del bote. Cuando finalmente cayó, evitó el período del abismo.
A pesar de los esfuerzos del capitán y sus ayudantes, los marineros lograron cortar el aparejo de los pescantes. Un rodillo creciente vino a encontrarse con el bote cuando el último hilo cedió y lo barrió, con su carga, hacia la noche. Pero mientras se iba, Mayo se agarró a una polea del pescante y se balanceó en el aire.
Las profundidades mareantes del mar se abrieron bajo él mientras colgaba allí y miraba hacia abajo.
Un instante después, toda su atención se centró en Alma Marston, quien estaba en la entrada de la escala agarrada a sus lados y gritando sus temores. El farol se la mostró claramente. Su resplandor lo iluminó a él también. La llamó varias veces, finalmente con ira.
—¿Dónde está ese hombre, Bradish? —exigió con ferocidad.
Parecía que sus brazos iban a ser arrancados. No podía alcanzar el hierro del pescante desde donde colgaba; la borda de la goleta estaba demasiado lejos, aunque pateó en esa dirección.
—¡No seas tonta! Deja de gritar —le dijo—. ¡Trae a Bradish!
—Está enfermo... él... él está asustado —balbuceó ella.
—¡Sal aquí! ¡Tira de esa cuerda! Balancéame hacia adentro, no puedo aguantar aquí mucho más. ¿Quieres verme ahogar?
Ella vino a lo largo de la borda, aferrándose a ella.
—¡No, esa cuerda no! ¡La otra! ¡Tira fuerte!
Ella obedeció, luchando contra su miedo. El pescante giró hacia adentro lentamente, y él logró deslizar sus piernas sobre la borda y ganar la cubierta.
—¡Gracias! —jadeó—. ¡Eres toda una marinera!
Se había estado preguntando cuáles serían sus primeras palabras para ella. Incluso mientras se balanceaba sobre las profundidades abiertas del mar, el problema de su amor era mucho más absorbente que su miedo a la muerte, de modo que sus pensamientos estaban ocupados con ella. Intentó hablarle con tono despreocupado; había estado en su mente que hablaría, se inclinaría y se alejaría. Pero no pudo moverse cuando ella abrió los ojos hacia él. Ella estaba tan inmóvil como él, una estatua pálida, silenciosa y fija de asombrado espanto. La cuerda se deslizó lentamente de sus dedos relajados.
—¡Sí! Es justo el hombre que crees que es —le informó con brusquedad—. ¡Pero no hay nada que decir!
—Debo decir algo...
Pero él la detuvo salvajemente. —¡Este no es lugar para hablar de locuras! ¡No es lugar para hablar de nada! ¡Hay algo más que hacer además de hablar!
—Vamos a morir, ¿no? —Ella se inclinó cerca de él, y la pregunta no fue apenas más que un susurro enmarcado por sus labios temblorosos.
—Eso creo —respondió él, brutalmente.
—Entonces déjame decirte...
—¡No puedes decirme nada! ¡Quédate callada! —gritó, y se alejó de ella.
—¿Por qué el capitán Downs no vuelve por nosotros?
—¡No seas tonta! El mar se los ha llevado.
Intercambiaron miradas y estuvieron en silencio por un momento, y el orgullo en ambos erigió barreras mutuas. Era una actitud que conspiraba para el alivio en ambos lados. Debido a que había tanto que decir, no había nada que decir en ese disturbio del mar y de sus emociones.
—No seré una tonta, no más —le dijo ella. Había una nota tan distintiva en su voz que él la miró fijamente. —No soy una cobarde —dijo. Parecía haberse dominado a sí misma repentina y singularmente.
Los ojos de Mayo expresaron un franco asombro; se estaba diciendo de nuevo que no entendía a las mujeres.
—No te culpo por pensar que soy una tonta, pero no soy una cobarde —repitió ella.
—Lo siento —balbuceó el joven—. Me olvidé de mí mismo.
—Hay peligro, ¿verdad?
—Me temo que el mástil ha hecho un mal agujero en ella. Debo correr a proa. Debo ver si no se puede hacer algo.
—Voy contigo. —Ella lo siguió cuando se alejó.
—Debes quedarte en popa. No puedes llegar a proa a lo largo de esa cubierta. ¡Mira las olas rompiendo sobre ella!
—Voy contigo —insistió ella—. Quizás hay algo que se pueda hacer. Quizás pueda ayudar.
La chica era terca, y él sabía que no había tiempo para discutir.
Tres veces en su camino a proa, se vio obligado a sostenerla en el hueco de su brazo mientras luchaba con el torrente que una ola lanzaba sobre la cubierta.
No había duda sobre el estado desesperado de la goleta. Estaba notablemente hundida por proa, y agua negra chapoteaba delante del quiebro de la cubierta principal. La puerta de la cocina estaba abierta, y el cocinero tuerto se veía sentado dentro bajo un farol oscilante. Sostenía un gato bajo el brazo.
—¡Eche una mano aquí, cocinero! —llamó Mayo.
Pero el hombre no se levantó de su taburete.
—¡Eche una mano, digo! Tenemos que aparejar un aparejo y sacar este bote largo.
El bote de repuesto de la goleta estaba en calzos entre el palo de trinquete y el mayor. Mayo notó que estaba lleno hasta los topes de cables de repuesto y contenía los habituales cachivaches de una caja de desorden. Subió apresuradamente y dio una mano a la chica para ayudarla a pasar la borda.
—Te mantendrá fuera del agua —le aconsejó—. Siéntate allí en la popa mientras saco estos trastos.
Pero ella no se sentó. Comenzó a sacar los artículos que su fuerza podía manejar.
Nuevamente Mayo llamó al cocinero, maldiciéndolo de corazón.
—Oh, no tiene sentido —declaró el hombre, con resignación—. Estamos perdidos.
—¡No estamos perdidos hasta que nos vamos, infeliz tortuga! Ven aquí y ayuda.
—No me queda corazón para nada. Nunca lo hubiera creído. El Viejo yéndose y salvando a un montón de marineros negros en lugar de a mí... después de todas las viandas que he preparado para él. Si esa es la clase de gratitud que hay en el mundo, me alegro de salir de él. El gato y yo nos iremos juntos. El gato es un amigo, de todos modos.
Mayo perdió los estribos entonces de verdad. Toda su naturaleza estaba al límite en esa crisis, y esta rendición pasiva de un hombre capaz cuyas dos manos se necesitaban tan desesperadamente era particularmente exasperante. Saltó fuera del bote, corrió a la cocina y le dio al cocinero una paliza vigorizante con la palma de las manos. El cocinero se aferró a su gato con más fuerza, se apoyó en el taburete y recibió su castigo.
—Mátame si quieres —invitó—. Tengo que morir, y no hace una pizca de diferencia cómo. Asesíname si tienes tanta inclinación.
—Hombre, hombre, hombre, ¿qué te pasa? —jadeó Mayo—. ¡Tenemos una oportunidad! ¡Aquí hay una chica que salvar!
—Ella no tiene nada que hacer aquí. Fue colada a bordo. No sirve de nada golpearme. No levantaré un dedo. He tomado una decisión. He sido abandonado por el Viejo.
—Viejo lunático, el capitán Downs fue arrastrado por esos cobardes. ¡Despierta! ¡Ayúdame! ¡Por el amor de Dios, ayúdame!
—Correr de un lado a otro solo me quitará los pensamientos de la otra vida, y necesito hacer algo de pensamiento correcto antes de mi fin. No sirve de nada amenazar y hablar; nada hace ninguna diferencia para mí ahora.
Mayo vio la inutilidad de seguir apelando, y el tipo colgó tan flácido como un muñeco relleno cuando el joven lo sacudió. Por lo tanto, Mayo desistió de sus esfuerzos y se apresuró a volver al bote largo. El espectáculo de la chica luchando con las cosas que estaba lanzando por la borda le dio una nueva determinación. Su increíble fortaleza en el momento en que él había esperado histeria y colapso le dio una nueva luz sobre el enigma de la feminidad.
—¿Me dijiste que Bradish está enfermo? —preguntó apresuradamente.
—Está en el camarote. No quiso hablar conmigo. No pude convencerlo de que saliera a cubierta.
—Necesito ayuda con el aparejo —le dijo, y comenzó a correr hacia popa.
Encontró a Bradish desplomado en una silla Morris que estaba amarrada a un radiador. Esperaba palabras fuertes y más insultos, pero Bradish le volvió un rostro que estaba gris por un terror evidente. Su mandíbula colgaba; sus ojos suplicaban.
—¡Esto es terrible! —se lamentó—. ¿Qué ha pasado en cubierta? Oí la pelea. ¿Dónde está la señorita Marston?
—Está en proa. Ha habido un accidente, uno malo. Hemos perdido al capitán y a la tripulación. Vamos. Necesito ayuda.
—No puedo ayudar. ¡Estoy acabado! —gimió Bradish.
—Digo que debes. Es la única manera de salvar nuestras vidas.
Bradish rodó la cabeza en el respaldo de la silla, negándose. Su manera, su repentino cambio de humor combativo, asombró a Mayo. Le vino el pensamiento de que este hombre había sido incitado al conflicto por un rencor amargo en lugar de por su coraje.
—Mira, Bradish, ¿no vas a ayudarme a salvar a esa chica?
—No soy marinero. No hay nada que pueda hacer.
—Pero tienes dos manos, hombre. Quiero sacar un bote por la borda. ¡Date prisa!
—¡No, no! No me subiría a un bote pequeño con estas olas tan altas. No sería seguro.
—¡Esta goleta se está hundiendo! —gritó Mayo. Sujetó con fuerza los hombros de Bradish—. No hay tiempo para discutir esto. ¡Vienes conmigo!
Arrastró a Bradish a sus pies y lo impulsó hacia la entrada de la escala, y el hombre fue sin resistencia. Era evidente que el peligro real y el miedo a la muerte casi lo habían paralizado.
—¡No hay nada que pueda hacer! —seguía balando.
Pero Mayo lo llevó a proa.
—¡Ralph! —gritó la chica, azotándolo literalmente con el tono en que entregó la palabra—. ¿Qué te pasa?
—No hay nada que pueda hacer. No es seguro aquí fuera.
—Debes hacer lo que este hombre te diga. Él sabe.
Pero Bradish se aferró a la borda del bote largo y miró hacia las olas espumosas, parpadeando.
—Si solo tuviera un par de hombres en lugar de estos dos tenias infernales —se enfureció Mayo—, podría pasar el aparejo y sacar este bote. ¡Despierta! ¡Despierta! —clamó, golpeando su puño en la espalda de Bradish.
—¡Ralph! ¡Sé un hombre! —Había ira, protesta, asombro conmocionado en sus tonos.
De repente, Mayo vio una vista ominosa y oyó un sonido funesto. La escotilla de proa estalló con un fuerte estruendo, forzada hacia arriba por el aire comprimido por el agua que entraba. No desperdició más aliento en discusiones y súplicas. Se dio cuenta de que incluso una tripulación capaz no tendría tiempo de botar el bote. La goleta estaba cerca de su perdición.
Con toda prisa sacó su navaja y cortó los amarres que sostenían el bote en sus calzos. Que la nave fuera liberada de los restos enredados y quedara a flote cuando la goleta se hundiera, apenas podía esperarlo. Pero solo había esta oportunidad desesperada en la que confiar en la emergencia.
En su agonía de desesperación y su furia de resentimiento, se vio tentado a subir al bote y dejar a los dos cobardes a su suerte. Pero se inclinó, agarró a Bradish por las piernas y lo subió por la borda hacia el bote. Un impulso de marinero es salvar la vida incluso a riesgo de la propia. Mayo corrió a la cocina, echó al cocinero del taburete y luego lo llevó a empujones al bote largo. El hombre fue junto, abrazando a su gato.
—¿Qué nos pasará? —preguntó la chica cuando Mayo subió.
—No lo sé —jadeó—. Supongo que el diablo está lanzando monedas por nosotros ahora mismo... ¡y la moneda está saltando de la uña de su pulgar!
Su tono era imprudente. La emoción de las últimas horas estaba teniendo su efecto en él finalmente. Ya no estaba normal. Algo que era casi delirio lo afectaba.
—¿No estás asustado? —preguntó ella.
—Sí —admitió—. Pero voy a seguir esforzándome de todos modos.
Bradish y el cocinero estaban en cuclillas en el centro del bote.
—Ustedes dos, acuéstense bajo esos bancos y agárrense —gritó Mayo. Luego, rápidamente, pasó una cuerda alrededor de la cintura de la chica y sujetó los extremos de la línea a las cornamusas. —No sé qué pasará cuando la vieja bañera se hunda —le dijo—. Esas cinco mil toneladas de carbón se la llevarán con un empujón cuando empiece. ¡Todo lo que puedo decir es, agárrate fuerte y reza mucho!
—Gracias —dijo ella, tranquilamente.
—¡Por Dios, tiene agallas! —murmuró el joven, trepando hacia proa sobre las formas postradas de los otros pasajeros. —¿Me pregunto si todas las mujeres del mundo son así? —Estaba recordando la valentía de Polly Candage.
Había una enorme madeja de cabo en la proa, un cable de respeto guardado allí. Mayo aseguró el extremo suelto, trabajando tan rápido como pudo, y amontonó cerca de la mitad de la madeja en una masa compacta: un nudo al final de unos diez brazas de línea. Y a este nudo amarró los remos y el mástil que encontró estibado en el bote. Sabía que si lograban soltarse de la goleta, solo un ancla flotante o un arrastre eficaz mantendría al yate en posición vertical. Cuando terminó esta tarea, se agachó en la proa y miró a la joven.
—Estamos casi listos para comenzar nuestro viaje —la llamó—. Si no vuelvo a verte, ¡adiós!
—No le diré adiós, capitán Mayo... ¡todavía no!
XXIV ~ BAJO UN MAR GALOPANTE
Ensillé mi corcel árabe y le ensillé a ella otro, Y cabalgamos juntos como hermana y hermano, Cantando: «¡Soplad, vientos, por la mañana! ¡Soplad, vientos, hi ho! Apartad el rocío de la mañana, ¡Soplad, vientos, hi ho!» --Soplad, Vientos.
Con una ansiedad que rayaba en la desesperación, Mayo miró hacia los obenques, estays y drizas, que estaban dispuestos como redes a derecha, izquierda y por encima.
Un gran tren de olas se desplomó a bordo y llenó el espacio a proa de la rotura de la cubierta principal. El agua arremolinada tocó los costados del bote salvavidas y luego retrocedió cuando la maltrecha goleta luchó por salir del caos. Un barril de agua fue arrancado de sus amarres y cayó por la borda, seguido por otros restos.
Mayo encontró aquel espectáculo alentador. Pero el bote salvavidas descansaba alto en sus calzos; cuando flotara, podría ser demasiado tarde.
Otra ola rugió al pasar y el bote se estremeció. Entonces Mayo se arriesgó sin calcular las consecuencias. Dio una vuelta doble con el cable alrededor de su antebrazo, saltó fuera del bote y se puso de pie en la cubierta, con el hombro contra la roda. La siguiente ola le llegó hasta la cintura, tiró de él, lo golpeó contra la zapata del bote, pero se aferró con fuerza, levantó y empujó con todas sus energías.
¡Aquel empujón fue lo que bastó!
El bote necesitaba solo ese impulso para liberarse de los calzos. Se levantó y corrió popa por delante hacia sotavento, y el joven fue arrastrado tras él.
Cuando el bote se sumergió y se detuvo en el seno de una ola, él se aferró a la proa y trepó dentro. Tirando con fuerza, logró arrojar el ancla flotante.
La siguiente ola lo alcanzó por la aleta y le vertió un barril de agua dentro. Pero se mantuvo adrizado y, en pocos momentos, el cable se tensó y el bote avanzó de cara al tumulto del océano; el ancla flotante arrastraba y cumplía su función.
Mayo se vio obligado a patear a los dos hombres con bastante energía antes de poder incitarlos a achicar con los baldes. El gato, empapado, huyó al refugio de los brazos de la joven. Mayo luchó por llegar a popa, para quitar su peso de la proa del bote, y cuando se sentó junto a ella, la chica estaba «mimando» al animal.
—¡Está entrando más rápido de lo que puedo sacarla! —se lamentó Bradish.
—¡Achica más rápido, entonces! ¡Achica o ahógate!
—El bote tiene una vía de agua —anunció el cocinero—. Ha estado tanto tiempo en cubierta que se ha resecado por completo.
—¡Achica o ahógate! —repitió Mayo. A la joven le dijo:— Parece ser la única forma de conseguir que los cobardes trabajen. Tendrán que hacerlo. Yo estoy casi acabado.
Las olas los levantaban y los dejaban caer de manera vertiginosa. De repente hubo un movimiento más violento del agua.
—¡Es la vieja barcaza! ¡Se fue a pique en ese momento! —explicó Mayo—. ¡Gracias a Dios que estamos fuera de sus garras! Temía que estuviéramos atrapados allí.
—¿Hay alguna esperanza para nosotros ahora? —preguntó ella.
—No lo sé. Si el bote se mantiene a flote y el viento no rola y hace que este mar se cruce, si alguien nos ve por la mañana, si no nos lanzan contra la costa en las rompientes y... —No terminó la frase.
—Parece que pueden pasar muchas cosas en el mar —sugirió ella.
—Ese hecho me ha quedado demostrado en las últimas semanas.
—Se refiere a las últimas horas, ¿verdad?
—Señorita Marston, lo que ha ocurrido en esa goleta es parte del oficio, y un marino debe aceptar lo que venga. Ojalá no me hubiera pasado nada peor que lo que está sucediendo ahora.
Ella no respondió.
—Pero no importa —dijo él secamente.
Los dos hombres, arrodillados en el centro, aferrados a un banco y achicando con las manos libres, trabajaban sin parar; incluso Bradish había despertado al hecho de que estaba trabajando para su propia salvación.
En la oscuridad, las olas que se alzaban por delante parecían montañas coronadas de nieve. Senos y colinas de agua pasaban por su derecha e izquierda. Pero las crestas de las olas no rompían, y este hecho significaba un respiro frente al peligro inmediato.
—Lamento que todo quedara en sus manos —se aventuró a decir la joven, rompiendo un largo silencio—. Pensé que Ralph tenía más hombre en su interior —añadió, con amargura—. Siento que él debería pedirle disculpas por... por varias cosas.
Él, por su parte, no respondió a eso. Temía que ella intentara arrastrarlo a una discusión o explicación. Lo que él sería capaz de decirle sobre ese tema no estaba claro para él.
—Parece como si hubieran pasado años en lugar de horas. Parece como si hubiera vivido media vida desde que dejé mi hogar. Parece como si hubiera cambiado mi naturaleza y hubiera crecido para ver las cosas bajo una luz diferente. Todo es muy extraño para mí.
Él no sabía si ella estaba hablando sola o para él. No ofreció comentarios.
Hubo un largo período de silencio. El sonido del agua precipitándose llenaba aquel silencio y hacía que su conversación fuera audible solo para ellos cuando hablaban.
—No entiendo cómo terminó usted en esa goleta... como... como estaba —dijo ella, dudando.
—No me arreglé de esta manera para jugar bromas pesadas, señorita Marston —respondió él con amargura.
—Me gustaría saber cómo sucedió todo... desde su punto de vista.
—Ya he hablado demasiado.
No hubo más conversación durante mucho tiempo. Él se preguntaba cómo había reunido ella el valor para hablar en absoluto. Estaban en una situación que pondría a prueba la valentía incluso de un marino experimentado. En la noche, sacudida por aquel mar salvaje, a la deriva sin saber hacia dónde, ella aparentemente había ignorado el peligro. Se preguntó si ella no habría mostrado simplemente una ignorancia femenina de lo que significaba su situación. A menudo había visto casos en los que la aparente bravuconería se basaba en tal ignorancia.
—Debo decir que hace un rato me dijo al menos una verdad: usted no es una cobarde —dijo él finalmente.
Ella estaba consolando al desdichado gato. —Pero estoy terriblemente asustada —admitió—. No me atrevo a pensar en ello. No me atrevo a mirar las olas. Le hablé para apartar mi mente de mis problemas. No pretendía ser entrometida.
—Le diré lo que me han hecho —soltó él—. Escuchar los problemas de alguien puede apartar su mente de los suyos propios.
Mientras los dos hombres en el centro achicaban con tenacidad y cansancio, él contó su historia tan brevemente como pudo. El alba gris mostró su rostro a él después de un tiempo, y se sintió singularmente reconfortado por la simpatía que vio allí. No le comunicó ninguna sospecha que pudiera haber albergado. Con franqueza marinera relató cómo había tenido esperanzas y cómo todo le había sido arrebatado. ¡Pero sobre un tema las bocas de ambos parecían estar selladas!
Después de un tiempo, Bradish y el cocinero pudieron descansar del trabajo de achicar. Las tablas del bote se hincharon y la vía de agua se detuvo.
—Será mejor que se arrastre hacia popa y se siente junto a la señorita Marston —aconsejó Mayo—. Tenga cuidado al moverse.
Pasó por delante de Bradish y tomó el lugar de este junto al cocinero, y sintió un alivio; temía que aquel tema, el temido tema, se impusiera sobre él.
—No le veo sentido a prolongar toda esta agonía —afirmó su desmoralizado compañero—. Nunca saldremos vivos de esto. Estamos a la deriva hacia la costa, y usted sabe lo que eso significa.
—Puede saltar por la borda cuando le plazca —dijo el patrón de la embarcación—. ¡Ya no lo necesito para achicar!
—Si así es como se siente al respecto, no se deshará de mí tan fácilmente —declaró el cocinero, con malevolencia en su único ojo.
Mayo notó, con cierta sorpresa, que después de que los dos intercambiaron unas pocas palabras, hubo silencio entre Bradish y la joven. El neoyorquino estaba pálido y tembloroso, su mandíbula aún colgaba, y lanzaba miradas a derecha e izquierda mientras las olas galopaban bajo ellos. Estaba clara y totalmente ocupado con sus miedos.
Cuando llegó el día por fin sin lluvia, pero con cielos pesados en los que masas de vapor se arrastraban, Mayo comenzó una búsqueda ansiosa del mar. No tenía forma de determinar su paradero; esperaba que estuvieran lo suficientemente lejos de la costa como para estar en la ruta del tráfico. Sin embargo, no pudo ver ninguna vela, ningún rastro alentador de humo. Pero después de un tiempo, sí divisó algo que no era alentador. Se puso de pie, se equilibró y miró hacia el oeste, en la dirección en que estaban derivando; de vez en cuando, una ola que se elevaba le permitía dominar una amplia extensión del mar.
Vio una cinta blanca de espuma que se extendía hacia el norte y el sur en la oscuridad de las brumas. No informó de este hallazgo de inmediato. Miró a sus compañeros y reflexionó.
—Creo que tiene algo que decirme —sugirió la joven.
—Supongo que debería decirlo. He estado pensando en cómo debería decirse. No es una noticia agradable.
—Estoy preparada para escuchar cualquier cosa, capitán Mayo. Nada importa mucho en este momento.
—Nos estamos dirigiendo hacia la costa. No sé si es la costa de Delaware o la de Nueva Jersey. No hace mucha diferencia. Las rompientes son igual de malas en un lugar que en otro.
—¿Por qué no ancla este bote? ¿Va a dejar que llegue a la orilla y naufrague? —preguntó Bradish, con una ira infantil.
—El ancla parece haber sido olvidada cuando comenzamos esta pequeña excursión. Según recuerdo, hubo algo de prisa y alboroto —respondió Mayo secamente.
—¿Por qué no se acordó? Usted nos metió en este aprieto. Gritó y mandó a todo el mundo. No le dio a nadie más la oportunidad de pensar. ¡Se hace llamar marino! Es un buen marino para salir sin un ancla.
—Supongo que sí —admitió Mayo.
—Y no tenía sentido salir en este pequeño bote. Deberíamos habernos quedado en la goleta.
—¡Ralph! —protestó la joven—. ¿Ha perdido el juicio por completo? ¿No sabe que la goleta se hundió casi al minuto de que la dejamos?
—El señor Bradish estaba muy ocupado en ese momento —dijo el capitán Mayo.
—No creo que la goleta se hundiera. ¿Qué sabe una chica sobre esas cosas? Ese sujeto se asustó, ese es el problema. No tiene sentido abandonar un barco grande en una tormenta. Nos habrían rescatado antes de esto. Habríamos estado bien. Esto es lo que pasa por dejar que un loco te mande cuando está asustado —bramó.
—¡El loco es usted! —gritó ella con pasión—. El capitán Mayo nos salvó.
—¿Salvó de qué? Aquí vamos hacia las rompientes —y él mismo lo dice— y no hay ancla aquí. Tomó todo de mis manos. ¿Ahora por qué no hace algo?
—No le preste atención —suplicó ella.
—¡Nos vamos a ahogar! No puede negarlo, ¿verdad? ¡Vamos a morir! —Sacó una mano temblorosa de entre sus rodillas, donde había mantenido ambas manos apretadas para estabilizarlas. Agitó el puño hacia Mayo—. Reconózcalo ahora. Vamos a morir, ¿verdad?
—Creo que es correcto decir la verdad en esta etapa —dijo Mayo en tonos firmes—. No somos niños. Allá hay una playa con bancos de arena y rompientes, y cuando golpeemos la arena, este bote dará vueltas y vueltas y seremos expulsados. Las olas nos arrojarán y nos arrastrarán hacia atrás como un gato jugando con ratones. Y tenemos casi las mismas posibilidades que los ratones.
—¡Y eso es lo mejor que puede hacer por nosotros, y se hace llamar marino! —se quejó Bradish.
—Solo soy un pobre tipo que ha hecho lo mejor que ha podido con lo que tenía a mano —dijo el joven, buscando los ojos de la chica con los suyos.
Ella lo miró por un momento, luego se llevó ambas manos al rostro y comenzó a sollozar.
—Es algo difícil de afrontar, pero será mejor que entendamos la verdad y seamos tan valientes como podamos —dijo Mayo con suavidad.
—Por mi parte, no estoy ni un poco sorprendido —afirmó el cocinero—. ¡Tuve mi presentimiento! Estaba resignado. Pero mis planes fueron interferidos. Quería hundirme en aguas buenas, profundas, verdes y limpias como debería hacerlo un marino. Y ahora voy a ser golpeado contra la arena y tendré una muerte dolorosa.
—¡Cállate! —ladró Mayo.
La joven estaba temblando y él temía un colapso.
Bradish comenzó a sollozar. —No estoy preparado para morir —protestó.
Mayo estudió a su pasajero durante un tiempo, arrugando el ceño. —¡Bradish, escúcheme un momento!
El neoyorquino le prestó tanta atención como le permitieron el terror y el dolor.
—No hay mucho que podamos hacer ahora para arreglar nuestros asuntos terrenales generales. Pero bien podríamos limpiar nuestra conciencia entre nosotros dos. Eso ayudará un poco. Ya no tengo ninguna pelea con usted. No seremos sentimentales al respecto. Pero dejémoslo atrás.
—Todo ha terminado —lamentó Bradish—. ¿Así que qué sentido tiene guardar rencor?
—Supongo que es cierto que el tribunal me ha acusado de homicidio involuntario. Bradish, dígame, de hombre a hombre, ¿tengo que ir a esas rompientes con eso en mi conciencia?
—No sé a qué se refiere.
—¡Sí, lo sabe! ¡Sabe si aquellos hombres de la goleta Warren se ahogaron por algún error criminal mío o no!
Bradish no habló.
—No le habría dicho eso al capitán Downs si no hubiera sabido algo —insistió la víctima del complot.
—Solo fue lo que Burkett dejó escapar cuando vino a buscar algo de dinero. Supongo que pensó que era seguro hablar conmigo. Pero ¿de qué sirve que le dé conjeturas? No sé nada definitivo. No entiendo de asuntos marineros.
—Bradish, lo que dijo Burkett... ¿fue algo sobre la brújula... sobre hacerme una jugarreta manipulando la brújula?
—Fue algo parecido a eso. —Su tono mostraba indiferencia; era evidente que estaba más ocupado con su terror que con su confesión.
—¿No dijo Burkett algo sobre un imán?
—Soltó algún tipo de broma sobre Fogg en la caseta de gobierno y la niebla afuera... pero que el Fogg de adentro hizo el trabajo. Y dijo algo sobre el hueso de la suerte de hierro de Fogg.
—¡Así que así fue como se hizo, y hecho por el gerente general de la compañía! —exclamó Mayo—. ¡El mismísimo gerente general! ¡No es de extrañar que haya aplastado esa sospecha cada vez que aparecía! Sospechaba... ¡pero no me atrevía a sospechar! ¿Es eso parte de sus altas finanzas, Bradish?
—No, no lo es —declaró el neoyorquino con vehemencia—. Es un subordinado como Fogg que sigue adelante y produce resultados, como él lo llama. Los peces gordos nunca se molestan con los detalles.
—¡Los detalles! Arrebatarme todo por lo que he trabajado: mi reputación como capitán, mis documentos, mi posición... mi libertad. ¡Por los dioses, voy a vivir! ¡Voy a atravesar esas rompientes! Me enfrentaré a esa banda como un hombre que ha luchado por regresar del infierno —rugió la víctima.
—¡Esto... esto no era asunto de mi padre! No podría haberlo sido —expostuló la señorita Marston.
—Su padre nunca sabe nada sobre los detalles de las operaciones de Fogg —declaró Bradish.
—Debería saberlo —insistió el chivo expiatorio enfurecido—. Él da sus órdenes, ¿no? Se sienta en el centro de la red. ¿Qué importa si sabía cómo estaba operando Fogg?
—¡Probablemente no lo permitiría! Pero no lo sabe. ¡Y ni el ángel Gabriel tendría la oportunidad de decírselo! —declaró el empleado.
—¡Un trabajo amañado, entonces, y todo llamado altas finanzas! —se burló Mayo.
—Las altas finanzas no tienen la culpa de los trucos que hacen los trabajadores de campo para poder ganar su dinero de forma rápida y fácil. ¿De qué sirve molestarme con preguntas en este momento terrible? ¡Voy a morir! ¡Voy a morir! —se lamentó.
La señorita Marston se deslizó del asiento hasta sus rodillas, para poder alcanzar la mano de Mayo. —¿Dejará que este apretón de manos le diga todo lo que siento al respecto... todo su problema, todo su valiente trabajo en este tiempo terrible? ¡Estoy tan asustada, capitán Mayo! Pero voy a mantener mis ojos en usted... y me avergonzará mostrarle lo asustada que estoy.
Él correspondió al ferviente apretón de sus dedos con una suave presión y una sonrisa tranquilizadora. —Honestamente, me siento demasiado mal como para morir ahora mismo. Sigamos esperando.
Pero cuando se puso de pie y contempló las blancas montañas de agua entre su pequeño bote y la orilla, y comprendió lo que sucedería cuando estuvieran en aquel tumulto salvaje, con la resaca arrastrando y las olas azotando, no sintió ninguna esperanza en su interior.
Por el aspecto de la costa, no pudo determinar su ubicación probable. La tierra era árida y arenosa. Parecía no haber ninguna ensenada. Hasta donde alcanzaba a ver, la línea de espuma blanca era ininterrumpida. El mar espumaba a través de amplios bajíos, donde ningún bote podría permanecer erguido y ningún ser humano podría esperar vivir.
Sin embargo, permaneció de pie y escudriñó bajo su mano, decidido a estar alerta hasta el final, decidido a aprovechar cualquier oportunidad.
De repente divisó ciertas líneas negras en silueta perpendicular contra la espuma. Al principio no estaba seguro de qué podrían ser, y las observó atentamente mientras el bote se sacudía en su camino.
Por fin se reveló su identidad. Eran estacas de corral de pesca. El corral en sí estaba evidentemente desmantelado. Las estacas que quedaban estaban colocadas a cierta distancia unas de otras, como postes de valla ubicados irregularmente.
Hizo una observación apresurada de los rumbos mientras el bote derivaba, y estaba seguro de que el mar los llevaría más allá de las estacas. Lo cerca que pasarían dependía del capricho de las olas y la marea. Comprendió que tres hombres, incluso si fueran marineros expertos, poco podrían hacer para remar o guiar el bote salvavidas en el caos de aquel mar, que ahora surgía locamente sobre los bajíos. Sabía que no había mucha agua bajo la quilla, pues el océano estaba turbio con arena arremolinada, y las olas eran más montañosas, amontonadas por la fricción del agua contra el fondo. De vez en cuando, la cresta de una ola alardeaba con una bandera de rocío, mostrando rompientes cerca.
Mayo corrió a la proa del bote y tiró de un largo tramo de cable. Hizo un nudo de bolina, abrió un lazo tan grande como pudo manejar, enrolló el resto del cable cuidadosamente y se preparó en un banco.
—¿Qué ahora? —preguntó el cocinero.
—No importa —respondió Mayo. Su proyecto era una apuesta tan arriesgada que no quería discutirlo de antemano.
Cuanto más se acercaban a las estacas, más inalcanzables parecían aquellos objetos. Se proyectaban muy por encima del agua.
El cocinero los percibió, se puso de rodillas y entrecerró los ojos. —¡Ja! —olfateó—. Nunca lo lograrás. ¡No se puede hacer!
En su feroz ansiedad, Mayo lanzó su lazo demasiado pronto, y se quedó corto. Arrastró el cable con toda su rapidez y fuerza y lanzó el lazo de nuevo. La cuerda golpeó la estaca a tres cuartas partes de su altura y cayó al mar.
—Se necesita un vaquero para ese trabajo —murmuró el cocinero.
Mayo recuperó su lazo y se preparó de nuevo.
En los bajíos donde se encontraban, el bote que lo llevaba se convirtió en un verdadero caballo bronco. Era lanzado hacia lo alto, se desplomaba en los huecos de las olas. Hizo un intento desesperado por alcanzar la siguiente estaca de la fila. El lazo atrapó, y él tensó rápidamente. La parte superior de la estaca cedió con un chasquido sordo de madera podrida cuando la siguiente ola levantó el bote.
Mayo recogió su cuerda mano sobre mano con frenética prisa. Se vio obligado a liberar la estaca rota del lazo y colocar de nuevo en posición su soga improvisada. Hizo un lazo más ancho. Su fracaso le había enseñado un par de cosas. Esperó hasta que el bote estuvo en la cresta de una ola. Refrenó su desesperada impaciencia, apretó los dientes y giró el lazo sobre su cabeza en un círculo creciente. Luego lanzó justo cuando el bote comenzaba a descender. La cuerda rodeó la estaca, cayó al agua, y él soltó todo el cable libre para que una buena longitud de la pesada cuerda pudiera yacer en el agua y formar una brida provisional. Cuando tensó con cuidado, el lazo se cerró firmemente alrededor de la estaca, y esta resistió. Las olas que pasaban por debajo de ellos eran terribles, y el corazón de Mayo se le subía a la garganta cada vez que un tirón y una sacudida indicaban que la cuerda se había tensado.
Sin embargo, después de cinco minutos de ansiosa espera, arrodillado en la proa, con los ojos puestos en el cable, sintió que su valor aumentaba y sus esperanzas brillaban.
—¿Significa esto...? —jadeó la joven, cuando él se giró y la miró.
—No sé exactamente qué significará al final, señorita Marston —dijo él, con emoción—. Pero es un respiro mientras esa cuerda aguante.
Bradish permanecía sentado aferrándose a la borda con ambas manos, mirando por encima del hombro las aguas que espumaban y rugían en la costa. La joven lo miraba ocasionalmente con cierto asombro en su expresión. A Mayo le pareció que ella intentaba asegurarse de que Bradish era alguien a quien conocía. Pero no parecía tener mucho éxito en hacerlo parecer real. Le habló una o dos veces en voz baja, pero él no respondió. Entonces ella le dio la espalda.
De repente, Mayo saltó y gritó.
Un hombre corría a lo largo de la cresta arenosa de una colina baja cerca de la playa. Desapareció en una pequeña estructura que no era más grande que una garita.
—¡Hay una patrulla de guardacostas de la estación de salvamento! ¡Tiene que haber una en algún lugar por aquí!
El hombre salió corriendo y agitó los brazos.
—Ha telefoneado —explicó Mayo—. ¡Son ellos! ¡Hay esperanza para nosotros!
Hubo más que esperanza; hubo rescate después de unas horas de lúgubre y ansiosa espera.
El bote salvavidas llegó espumando desde el mar, procedente de la lejana ensenada, y fueron subidos a bordo por brazos fuertes.
Y entonces Alma Marston le dio a Mayo la mirada más extraña que jamás hubiera recibido de los ojos de una mujer. Pero sus labios se pusieron blancos y sus ojos se cerraron, y cayó en la inconsciencia mientras él envolvía una manta alrededor de ella.
—Debe haber tenido un buen trabajo manejando a una mujer en este aprieto —sugirió el capitán de la tripulación.
—Es justo al revés —declaró Mayo—. Le doy el crédito a ella por salvarnos a todos.
—¿Cómo es eso?
—Podría resultarme un poco difícil hacerle entender, capitán. Déjelo tal como lo he dicho.
XXV ~ UNA JOVEN Y SU DEUDA DE HONOR
Dice ella: “Tú, marinero de agua dulce, ahora puedes llevarme a casa”. Pero cuando llegamos a la puerta de su cabaña ella a mí me dijo: Y lejos, tú santee, ¡mi querida Annie! ¡Oh, chicas de Nueva York, no sabéis bailar la polca! —Caminando por Broadway.
Mayo fue informado de inmediato de que el capitán Downs y la tripulación del Alden estaban a salvo.
—Vio nuestra bengala, logró que su motor funcionara y llegó a la ensenada con una maniobra afortunada —explicó el capitán de la estación costera—. Pero no contaba con volver a verlos a ustedes. ¿Cómo es que no me dijo que había una mujer a bordo?
—Tendrá que preguntárselo a él.
—¿Quién es ella?
—También tendrá que preguntárselo a él. Yo solo soy un marinero.
El capitán lo examinó con considerable sospecha: su camisa estaba desgarrada y se revelaba su piel blanca. El empapamiento por la lluvia y el rocío había causado estragos en su disfraz; la mayor parte del colorante había sido lavado.
—¿Tiene algo especial que decir sobre usted mismo?
—No, señor.
El capitán dio la espalda a sus hombres y se acercó a Mayo. —Han tenido su foto en el periódico esta semana —dijo—. Usted es el capitán al que buscan en ese caso de Montana. Van tras usted. ¡Tengo que informar sobre esto, lo entiende!
—Muy bien, capitán.
—Pero creo que lo hablaremos todo después de llegar a la estación —dijo el jefe, amablemente—. Puede haber algo en esto que yo no entienda.
—Hay bastante en esto que ni yo mismo entiendo, ahora mismo, pero voy a averiguarlo —declaró el capitán Mayo.
Pusieron a Alma Marston bajo el cuidado de la esposa del capitán de la estación tan pronto como estuvieron a salvo en tierra en la ensenada. Una afortunada casualidad había llevado a la mujer a la estación ese día de visita a su marido.
El capitán Downs, alimentado y calentado, vio a los recién llegados comer junto a la estufa de la cocina y escuchó la historia que Mayo tenía para él.
El gato desaliñado lamía leche, protegido de los celos resentidos del felino habitual de la estación por el cocinero tuerto.
Y después, a puerta cerrada con el capitán Downs y el capitán de la estación, Mayo repasó su caso.
—Debo decir que parece estar bastante atascado en tierra en aguas muy pantanosas —comentó el capitán de la guardia costera—. No es asunto mío en especial, pero ¿qué se propone hacer?
—Ir a Nueva York y aceptar lo que me van a dar, supongo. Debería haberme quedado allí y enfrentar la música. Me he puesto en una mala situación al huir. Pero estaba desconcertado.
—A los mejores de nosotros nos sucede —dijo el anfitrión, consoladoramente—. No soy policía, sheriff ni detective, compañero. Informaré de este caso como el capitán Downs y tantas almas salvadas de la goleta Alden. Será mejor que se vaya a la ciudad y los enfrente como un hombre debería. Lo equiparé con algo de mi ropa. Su viejo amigo, Wass, tenía buenas intenciones al sacarlo a toda prisa, pero siempre he encontrado que en la pelea de un hombre no puedes hacer mucho a menos que estés lo suficientemente cerca del otro tipo para golpearlo cuando intenta alcanzarte.
Media hora después, presentable con el traje de permiso del capitán de la guardia costera, Mayo caminó por la cocina. Bradish y el cocinero seguían frente a la estufa.
La esposa del capitán, de pie en una puerta que daba a una habitación interior, levantó un dedo para hacer señas al joven y luego asintió con la cabeza en señal de invitación. —La señorita quiere verlo, señor —le informó en un susurro, cuando él se acercó a su lado—. ¡Entre! —Ella cerró la puerta detrás de él y permaneció en la cocina.
Él permaneció en medio de la habitación y contempló a la joven durante algún tiempo, y ninguno de los dos habló. Ella estaba envuelta en mantas y acurrucada en un sillón grande; su rostro estaba pálido y sus ojos mostraban su cansancio. Pero su voz fue firme y sincera cuando se dirigió a él.
—Capitán Mayo, lo que voy a decirle sonará muy extraño. Dígame que me escuchará como escucharía a un hombre.
—Me temo... —tartamudeó él.
—Es una lástima que el hombre y la mujer rara vez puedan encontrarse en el plano donde el hombre y el hombre se encuentran. Pero no quiero ser considerada una chica ahora mismo. Soy un ser humano, y usted es otro, y le debo algo que debe ser pagado, o seré deshonrada por una deuda que me preocupará toda mi vida. —Ella extendió las manos y entrelazó los dedos en súplica—. Entiéndame, ¡ayúdeme!
Él se sentía incómodo. Temía con toda su alma abordar el único gran tema.
—Cuando pensamos que íbamos a morir le dije que parecía como si hubiera vivido una vida en unas pocas horas, que no parecía la misma persona mientras examinaba mis pensamientos. Capitán Mayo, eso es verdad. Es más evidente para mí ahora que he tenido tiempo de escudriñar mi alma. Oh, no soy la Alma Marston que ha sido mimada y consentida, una tonta saltando aquí y allá con cada impulso, viendo a una chica de mi grupo hacer una tontería y luego haciendo una tontería mayor para asombrarla. Esa ha sido nuestra vida en la ciudad. Nunca supe lo que significaba ser un simple ser humano, cerca de la muerte. ¡Sabe que usted me salvó de esa muerte!
—Solo hice lo que un hombre debe hacer, señorita Marston.
—Quizás. Pero usted lo hizo, ese es el punto. Hay otros hombres... —Ella vaciló—. He tenido una charla con el señor Bradish —le dijo—. Fue un error. Usted me salvó de ese error. Lo hizo en el camarote de la goleta. Él me lo ha dicho. Fue mejor para mí que salvarme la vida.
—Pero porque un hombre no es marinero, no está acostumbrado al peligro... —objetó él.
—No es eso. ¡Digo que acabo de tener una charla con el señor Bradish! He descubierto exactamente lo que es. No lo descubrí cuando bailé con él. Pero ahora que he estado cerca de morir con él, lo he descubierto. —Las banderas rojas en sus mejillas señalaban tanto vergüenza como indignación—. Un cobarde mostrará toda su naturaleza antes de recuperar el control, y el señor Bradish me ha demostrado que está dispuesto a arruinarme y deshonrarme para obtener ganancias para sí mismo. ¡Y no hay nada más que decir sobre él! —Hizo una pausa.
—Capitán Mayo, ¡sé qué idea debe tener de mí, de una chica que haría lo que yo he hecho! Pero usted no siente ni la mitad del desprecio por mí que yo siento por mí misma, por la chica que era. ¡Pero ahora tengo mi respeto propio! ¡Respeto a la mujer que soy en este momento después de esa experiencia! Quizás no lo entienda. ¡Yo sí! Me alegro de tener ese respeto propio. Enfrentaré lo que me espera. Haré lo correcto de ahora en adelante. —Habló rápida y apasionadamente, y él quiso decir algo, pero su lengua marinera se detuvo—. ¡No voy a mencionar cierto asunto, no ahora! Es demasiado sagrado. ¡Estoy demasiado miserablemente avergonzada! De nuevo, capitán Mayo, ¡digo que quiero estar con usted como hombre a hombre! Quiero prestar servicio por lo que usted ha hecho por mí. Usted ha perdido todo lo que valora en su vida. Quiero que lo recupere. ¿Me escuchará ahora?
—Sí, señorita Marston.
—Usted irá a ver a mi padre con una carta mía. No creo que él sepa qué tipo de métodos han sido practicados por sus subordinados, pero puede averiguarlo. Usted le dirá que debe averiguarlo, que debe hacerlos confesar. Le dirá que esta es una pelea de hombres, y que usted está luchando con toda la fuerza que puede comandar. Le dirá que me tiene escondida, y que no puedo escapar, como mi propia carta le dirá. Le dirá que debe hacer un intercambio justo con usted, devolverle lo que es suyo antes de que él pueda tener lo que es suyo.
Mayo caminó hacia atrás débilmente, buscando la pared con las manos detrás de él, y se apoyó contra ella.
—Está solo, es un gran juego el que juegan en la ciudad cuando buscan dinero, y debe aceptar las cartas que le ofrecen —insistió ella, mostrando la astucia de la naturaleza de los Marston.
—¿Quiere decir que iré a ver a su padre como si la estuviera reteniendo para pedir un rescate? —jadeó él.
—Algo así —respondió ella, con entusiasmo—. La única forma en que obtendrá lo que quiere, y obtenerlo rápidamente, es mediante un buen farol. He tenido algunas buenas muestras de su valor, capitán Mayo. Puede hacerlo maravillosamente.
—¡Pero no voy a hacerlo!
—¡Digo que lo hará!
—No por un... —sus sentimientos lo estaban superando. Estaba olvidando que estos tratos eran con una chica impulsiva. Su ira estaba aumentando. Ella lo estaba poniendo en el plano de un estafador.
—Siga adelante y hable tan fuerte como quiera, capitán Mayo. Hará que parezca un asunto de hombres entre nosotros.
—Esos trucos pueden estar bien en Wall Street, pero no sirven conmigo. Y tiene una opinión bastante pobre de mí si cree que lo haré.
—No sea quijotesco —protestó ella, con impaciencia—. Vivimos en tiempos modernos, capitán Mayo. Algunos de esos subordinados le han jugado una mala pasada. Deben ser expuestos.
—¡Esta es una noción loca de una chica!
—Capitán Mayo, ¿es esta la forma en que me ayuda a pagar mi deuda?
—Usted no me debe nada.
—¡Y ahora me paga con un insulto! ¿Mi honor como chica y mi vida no valen nada? Usted ha salvado ambos.
—No sé cómo hablar con usted. No he tenido experiencia hablando con mujeres. Simplemente digo que no voy a ir a ver a su padre de esa manera. ¡Ciertamente no!
—¿No se da cuenta de lo que le he ofrecido? —suplicó ella—. Está arrojando mi sacrificio a mi cara. Tal como están las cosas ahora, puedo salir corriendo a casa de alguna amiga y contar una pequeña historia de una aventura tonta, y mi padre nunca sabrá lo que ha estado sucediendo. Espera que haga muchas cosas tontas.
—Ese es asunto suyo, y de él —respondió él, secamente.
—Capitán Mayo, he estado tratando de mostrarle que soy apta para ser considerada algo más que una chica tonta. Quería que supiera que tengo sentido de la obligación. El plan puede parecer una noción romántica de una chica. Pero no lo es. Es audaz, y su caso necesita audacia. Intentaba mostrarle que no soy una cobarde. Iba a confesarle a mi padre lo que he hecho y empezar a nivel con él. Usted lo arroja todo a mi cara, usted insulta mi plan llamándolo loco.
—Lo es —insistió él, obstinadamente—. ¡Y ya estoy bastante metido en problemas!
—Oh, ¿tiene miedo, entonces?
Él frunció el ceño. Su burla parecía una ofensa gratuita.
No entendía esa variedad de astucia femenina que busca incitar a la acción a aquel que se niega a ser guiado.
—Admiro la audacia en un hombre cuando su caso es desesperado y está tratando de salvarse. He vivido entre hombres que son audaces para conseguir lo que quieren.
—He tenido un poco de experiencia con ese tipo de piratas terrestres, y no me gusta el sistema.
—No haré sacrificios innecesarios —declaró ella, con aspereza, pero había lágrimas en sus ojos—. Hice lo que pude para ayudarlo cuando intentaba salvarme. ¿Por qué es usted tan poco generoso al negarse a ayudarme ahora?
—Es aprovecharse de usted, de su posición.
—Pero yo lo ofrezco, le ruego que lo haga.
—No lo haré.
—¿Se niega absolutamente?
—Sí, señorita Marston.
—Entonces lo dejaré a su suerte, capitán Mayo. No espera que vaya a ver a mi padre con la historia, ¿verdad?
—Ciertamente no.
—Seguiré adelante ahora y me protegeré lo mejor que pueda. Estoy segura de que el capitán Downs guardará mi secreto. Olvidaré que alguna vez navegué en esa goleta. ¡Supongo que se disfrazará y huirá de nuevo!
—Voy a Nueva York.
—¿Para ser encarcelado?
—Probablemente.
—Me hace enfadar mucho. Después de que ha demostrado que puede pelear, justo cuando debería pelear más fuerte, se escabulle para ser azotado.
—Sí, señorita Marston, si desea ponerlo de esa manera.
—¡Entonces, adiós!
—¡Adiós!
Quizás cada uno esperaba que el otro rompiera el muro de reserva en este momento de partida. Él vaciló un momento, un instante incómodo, luego hizo una reverencia y salió de la habitación.
El capitán Downs caminó con Mayo una distancia a través de las dunas de arena cuando este último comenzó a dirigirse a la estación de tren más cercana. El capitán tenía la intención de permanecer en la ensenada hasta que llegara un representante de los propietarios del Alden.
Dejaron a Bradish todavía acurrucado detrás de la estufa en la cocina.
—A menos que mis ojos me hayan fallado, capitán Mayo, mi idea es que el presumido está perdiendo el tiempo rondando más a esa chica —sugirió el capitán Downs—. Ella lo ha tenido en el dique seco del amor, ha hecho el estudio adecuado y ha decidido que odiaría navegar por el mar del matrimonio con él. ¿No cree que es así?
—Creo que usted es un buen juez de lo que ve, capitán Downs.
—¿Supongo que usted y yo, como caballeros y capitanes de barco, vamos a mantenernos callados sobre que ella estaba a bordo del Alden?
—Ciertamente, señor.
—La tripulación de la guardia costera no sabe quién es, y no pueden averiguarlo. Así que ella puede irse a casa y ocuparse de sus asuntos a partir de ahora. Casi todas las mujeres hacen una cosa infernalmente tonta en su vida, y luego están bien para siempre. ¡Pero ahora una palabra sobre un tema que es sensato! ¿Qué va a hacer?
—Meter la cabeza en el lazo. Es casi lo único que puedo hacer.
—Pero les hablará, por supuesto.
—Jugaré las pocas cartas que tengo lo mejor que sé, señor. Lo más que puedo esperar es que abandonen ese caso de homicidio involuntario. Quizás pueda decir lo suficiente para que tengan miedo de llevarme a juicio. En cuanto a recuperar mis papeles, me temo que eso está fuera de toda discusión. Tendré que empezar la vida de nuevo en otra cosa.
—Mayo, ¿por qué no va a la oficina del capitán? —respondió rápidamente a la mirada de duda del joven—. El mismísimo Julius Marston es el jefe supremo de ese negocio de consolidación de barcos de vapor. Bradish reveló toda esa parte, contando sobre esos cheques; aunque, por supuesto, todos sabíamos sobre Marston antes. Probablemente es probable que Marston dé cursos verdaderos a sus subordinados. Si ellos toman atajos de pescador entre boyas para llegar rápido, apuesto a que él no lo sabe. Vaya a verlo y dígale, de hombre a hombre, lo que le ha sucedido.
—Hay dos razones por las que probablemente nunca veré al señor Marston —respondió Mayo, sombríamente—. Primero, seré arrestado antes de que pueda cruzar Nueva York hasta su oficina; segundo, nunca llegaré más lejos que la oficina exterior. Está custodiado como el zar de Rusia, según me dicen.
—¿Su hija sabe algo sobre su caso?
—Se lo solté, como un tonto, cuando estábamos en el bote. ¿Por qué es que cuando un hombre está borracho o emocionado o en problemas, cuenta toda la historia de su vida a una mujer? —gruñó Mayo.
—He pensado en eso yo mismo —admitió el capitán Downs—. Especialmente en ocasiones en las que me he recuperado y me he dado cuenta de lo que he soltado. Supongo que es esto, más o menos: un hombre no le cuenta sus problemas a otro hombre, porque sabe que el otro hombre generalmente está interiormente contento de ello porque cualquier amigo está en problemas. Pero la simpatía de una mujer es como una cataplasma de linaza: alivia el dolor y extrae al mismo tiempo.
Mayo siguió caminando en silencio, pateando la arena.
—Me parece que lo menos que esa chica podría haber hecho fue ofrecerse a conseguirle una audiencia con su viejo. ¡Fue una buena tarea la que hizo por ella, compañero!
—Tuve que salvarme a mí mismo. Unos cuantos más en el grupo no importaban.
—¡Estas chicas de la alta sociedad piensan primero en sí mismas, por supuesto! No supongo que le importe un bledo mi consejo, capitán Mayo, pero le estoy hablando con el mejor espíritu del mundo.
—Sé que lo hace, capitán Downs —declaró el joven, desapareciendo su hosquedad—. ¡No pretendía mostrarle espinas! Intentaré ver a Marston. Será una tarea difícil. Pero estoy de humor para intentar cualquier cosa. ¡Por Dios! ¡Si me llevan a la cárcel, iré pataleando!
—Ese es el espíritu, muchacho. Y si puedes propinar unas cuantas patadas allí donde Julius Marston pueda verlas, tal vez cuenten. ¡Él es el jefe! No creo que siga más lejos contigo. Este terreno es demasiado duro para un viejo andarín como yo. ¡Buena suerte!
Se dieron la mano y se dieron la espalda el uno al otro con esa represión marinera en lo que a las emociones se refiere.
El joven siguió su camino, preguntándose con un entumecido desaliento cómo había podido dejar a Alma Marston con apenas una palabra cortante de despedida.
Mayo merodeó esa tarde por los alrededores de Jersey City, y entró en la metrópoli pasada la medianoche en un transbordador que tenía pocos pasajeros y que le proporcionó un rincón oscuro donde estar solo. Encontró alojamiento en un humilde barrio del East Side.
Por la mañana, se armó de valor para la prueba de aparecer en las calles. Su creencia en su propia inocencia hacía que su sufrimiento fuera mayor mientras esperaba el golpe de una mano pesada sobre su hombro y la citación de la voz de un oficial. Sabía que los ojos del Tío Sam son agudos y que su alcance es largo. Tenía una firme creencia en la vigilancia casi inquietante de los funcionarios del gobierno. Le sorprendió bastante encontrarse finalmente en la oficina exterior de Marston & Waller.
Se sentó en un banco y esperó un tiempo con el fin de recuperar el dominio de sí mismo. Quería controlar sus facciones y su voz antes de abordar a uno de los guardianes del magnate. Pero el espionaje de los empleados no permitía que los holgazanes permanecieran mucho tiempo en aquel lugar sin dar explicaciones. Un hombre se le acercó de puntillas y le preguntó su nombre y el motivo de su visita.
—Mi nombre no importa —dijo Mayo—. Pero tengo un asunto importante con el señor Marston. Si le dice que el asunto es sumamente importante, que es algo que él debería saber, y que...
—¿No tiene cita, entonces?
—No.
—¿Cree por un momento que puede pasar a ver al señor Marston sin dar su nombre y explicar de antemano la naturaleza de su negocio?
—Eso esperaba, pues es importante.
—¿De qué se trata?
—Es privado, es algo para el señor Marston.
—¡Imposible! —fue la respuesta cortante del hombre. Regresó a su puesto. Al poco tiempo volvió junto a Mayo—. No debe quedarse aquí. No puede ver al señor Marston.
—¿No quiere llevarle un mensaje de mi parte? Le explicaré...
—Explíquemelo a mí. Para eso estoy aquí.
Decirle a aquel individuo de sangre fría que este visitante era el arruinado capitán del Montana estaba fuera de lugar. Mencionar el caso del Montana a este perro guardián era peligroso. Pero Mayo temía volver a la calle.
—Me quedaré aquí un rato y quizá pueda... —comenzó.
—Si se queda aquí sin explicar su negocio, haré que lo escolte hasta la calle un oficial, amigo mío.
Mayo se levantó y salió apresuradamente.
—¡Un oficial! Incluso en su desesperada e inocente búsqueda de ser escuchado, ¡era amenazado con el arresto! Se escabulló de vuelta a su alojamiento, se escondió en el sórdido apartamento y alimentó la miseria de su alma.
Aquella noche, Mayo permaneció sentado hasta tarde, trabajando en una carta dirigida a Julius Marston.
La envió por mensajero a una hora temprana, y reunió su valor a media mañana para ir él mismo. Adoptó una audacia que no sentía en su corazón tembloroso cuando se acercó al guardián de la oficina exterior.
—¿Quiere preguntarle al señor Marston si recibirá al hombre que le envió una carta por mensajero esta mañana? —¿Qué carta? ¿Firmada con qué nombre? —Él entenderá a qué carta me refiero. —¿Ah, sí? ¿Eso hará? —El empleado escudriñó agudamente al solicitante. Las ropas de civil del capitán de guardacostas no eran impresionantes, ni le sentaban muy bien. Mayo mostró la vergüenza del hombre que sabe que está siendo cazado—. ¿Cree que el señor Marston recibe solo una carta por mensajero en toda la mañana? Escuche, hombre, usted estuvo aquí ayer, y le considero un personaje sospechoso. No puede ver al señor Marston con semejante excusa. ¡Salga por esa puerta antes de un minuto o llamaré a la policía!
Y una vez más, Mayo huyó del peligro que le acechaba. Compró un montón de periódicos en un quiosco de la acera; sus horas de soledad en su pequeña habitación el día anterior le habían torturado mentalmente. Se sentó y los leyó. La noticia de que la línea Vose había entrado en la combinación de compañías de vapor era interesante y significativa. Evidentemente, el amarre del Montana había desanimado a la masa de accionistas. Tenía tiempo que matar y pensamientos que sofocar; siguió leyendo escrupulosamente, deteniéndose en asuntos en los que no tenía ningún interés, esforzándose por ocupar su mente y alejar de sí los amargos recuerdos y sus temores. Nunca antes en su vida había leído los chismes sociales de los periódicos. Sin embargo, arrastrando la vista por las columnas, encontró un párrafo en el que se detuvo durante mucho tiempo. Decía que la señorita Marston, de la Quinta Avenida, había regresado en automóvil de una reunión social en los Catskills, acompañada por la señorita Lana Vanadistine, quien sería huésped de la señorita Marston durante unos días.
Aquella noticia era significativa. Había establecido su coartada; se había rehabilitado y mostraba un frente impecable ante el mundo.
Mayo estaba seguro en su alma de que conocía a esa clase de personas. Sus ilusiones se desvanecían. Ahora que su trágica experiencia había quedado atrás, ahora que estaba de vuelta entre los suyos, ahora que el fervor del romance se había enfriado, ella estaba agradeciendo a Dios, se decía a sí mismo, no haberse sacrificado por nadie. Estaba sinceramente contento de que estuviera en casa, contento por la pista que daba el párrafo: que su secreto seguía siendo suyo, en lo que respectaba a la familia y al mundo social.
Esa noche, Mayo volvió a consultar consigo mismo. Por la mañana, tomó su decisión final. Intentaría una vez más ver a Julius Marston. Decidió que entraría en la oficina exterior, anunciaría audazmente su nombre, afirmaría que estaba allí para denunciar un crimen, y les diría que si el señor Marston se negaba a escucharle, contaría lo que sabía al público a través de los periódicos; luego les pediría que llamaran a la policía, si la puerta de la oficina de Marston permanecía cerrada para él. Llamaría la atención sobre sí mismo y sobre su caso con todo el alboroto que pudiera armar. Cuando fuera a la cárcel, iría con mucha gente mirando. ¡Que Marston y sus colegas financieros vieran si les gustaba eso!
Era un plan desesperado y rudimentario, pero Mayo no era diplomático; era marinero.
Marchó a cumplir su cometido con la barbilla en alto y la resolución ardiendo en su interior.
Otros hombres, hombres de aspecto próspero y corpulento, subieron en el ascensor con él y entraron en la oficina de Marston & Waller antes que él, pues se había hecho a un lado modestamente para dejarles pasar.
Oyó hablar de una «reunión de la junta directiva». Estaba claro que el señor Marston iba a estar ocupado durante un tiempo. No era un momento favorable para presentarse ante la atención del financiero; necesitaba el terreno despejado. Por lo tanto, caminó de arriba abajo por el pasillo del edificio de oficinas, observando la puerta del ascensor, esperando a ver a los caballeros corpulentos seguir su camino. Y con la atención así centrada, vio llegar a la señorita Alma Marston.
Esperó a que el ascensor pasara de largo y luego se dirigió directamente a él. Su expresión no revelaba su estado de ánimo, salvo para sugerir que mantenía la compostura.
—No me sorprende especialmente encontrarle aquí —le dijo—. Creo que le dijo al capitán Downs —según me informó él— que iba a intentar ver a mi padre. Y los hombres que intentan ver a mi padre, sin la debida presentación, suelen pasarse días haciendo antesala fuera de su oficina.
Había un toque de altivez en su voz. Conservaba gran parte de la acritud que había marcado su comportamiento cuando se habían despedido el uno del otro. Él no quería reconocerse a sí mismo que esperaba que ella le tratara en otro plano; aceptó mansamente la actitud de ella como la adecuada. Él era un marinero, y ella era la hija de Julius Marston.
—¿Me culpa por sospechar respecto a lo que pretende decirle a mi padre? —exigió ella—. Le digo francamente que vine aquí buscándole. Debemos resolver nuestro asunto.
—Estoy intentando hablar con él sobre mis propios asuntos; simplemente mis propios asuntos, señorita Marston.
—¡Pero en cuanto a mí! ¿Qué va a decirle sobre mí? Recuerda que le dije que pretendía protegerme —declaró con cierta insolencia.
—Pensé que tenía una mejor opinión de mí —protestó él—. Señorita Marston, en lo que a mí respecta, usted nunca estuvo en esa goleta. No sé nada de usted. Ni siquiera le conozco. ¿Entiende?
Él comenzó a alejarse apresuradamente. —No se quede aquí. No me hable. Alguien podría verle.
—¡Vuelva aquí!
Él se detuvo.
—Le exijo una promesa explícita de que, si consigue hablar con mi padre, nunca mencionará mi nombre ante él ni intentará aprovecharse del terrible error que cometí.
—Lo prometo, bajo mi palabra de honor —dijo él, irguiéndose.
—Gracias, señor.
—Y ahora que he prometido —añadió, con el rubor subiéndole a las mejillas curtidas—, quiero decirle, señorita Marston, que me ha insultado gratuitamente. Supongo que no soy un caballero tal como los conoce en la alta sociedad. Solo soy un marinero. Pero no soy un chismoso ni un chantajista. Sé lo que es correcto hacer cuando se trata de una mujer, y lo habría hecho sin necesidad de que me pusieran bajo juramento. —Hizo una reverencia y se alejó.
Ella lo observó alejarse con un brillo extraño en los ojos. —¡Ya veremos contigo, grandullón! —murmuró.
Entró en la sala de espera de las oficinas de Marston & Waller y le informaron de que su padre estaba ocupado con una reunión de la junta.
—Pero es solo un asunto rutinario. Pronto terminará, señorita Marston, si es tan amable de esperar.
Después de un tiempo, los caballeros salieron en fila, pero ella siguió esperando.
—Dígale a mi padre que estoy aquí y que entraré en un momento —ordenó al guardián.
Antes de que el mensajero regresara, Mayo entró, bastante aprensivo. Intentó evitarla, pero ella se encontró cara a cara con él y le abordó con energía.
—Ahora que le he puesto bajo palabra, no tengo miedo de que hable de sus asuntos con mi padre. Venga conmigo. Le llevaré ante él. Entonces saldaremos cuentas entre nosotros.
—Está bien —consintió él—. Después de lo que he pasado aquí, siento que un favor compensa al otro. —Mayo la siguió y entró ante La Presencia.
Julius Marston estaba solo, atrincherado tras su escritorio, en su trono de negocios; el respaldo oscuro de la silla, elevándose sobre su cabeza, resaltaba por contraste su atuendo gris y su rostro frío; para Mayo, que se detuvo respetuosamente justo dentro de la puerta, parecía una especie de bajorrelieve contra ese fondo: algo insensible, sin oídos para escuchar ni corazón para otorgar compasión.
La joven, apresurándose hacia él, acaparó su atención hasta que se hubo sentado en el brazo de su silla. Entonces vio a Mayo, le reconoció e intentó levantarse, pero ella le empujó hacia atrás, instándole con un ruego ansioso.
—¡Tienes que escucharme, padre! ¡Es grave! ¡Es importante!
Él tanteó la hilera de botones del escritorio, pero ella le apartó la mano.
El capitán Mayo dio un paso adelante, decidido a hablar por sí mismo, vuelto audaz por el valiente sacrificio que la chica estaba haciendo.
—¡Ni una palabra! ¡Ni una palabra! ¡La suprema insolencia de esto! —Marston repitió la última frase varias veces con creciente violencia. Empujó a su hija fuera del brazo de la silla y se levantó con esfuerzo. Solo medidas heroicas podían salvar aquella situación, ¡y la chica conocía a su padre! Se interpuso entre él y su escritorio.
—¡Será mejor que escuches! —le advirtió, histérica—. ¡Hace unos días me escapé para casarme!
Él se quedó allí, paralizado, y ella puso sus manos contra el pecho de él y lo empujó hacia su silla.
—¡Pero este no es el hombre, padre!
Marston había estado reuniendo fuerzas para una invectiva salvaje, pero esa última declaración le quitó toda capacidad de habla.
—¡Te advertí que sería mejor que escucharas!
En ese momento, ella dominó la situación tan completamente como si estuviera entre los dos hombres con una bomba encendida en la mano.
Mayo estaba abrumado aún más completamente que el financiero. Se dio cuenta de que la extorsión de una promesa por parte de ella había sido un subterfugio; los ojos triunfantes de ella destellaban información completa sobre ese punto. Tanto la ira como el desconcierto lo hicieron incapaz de cualquier intento sensato de presionar su caso ante Marston en ese momento. Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta.
—Detén a ese hombre, padre. ¡Te arrepentirás si no lo haces! ¡Debe quedarse!
—¡Vuelve aquí! —gritó Marston.
Mayo miró hacia atrás.
El magnate estaba de pie con el dedo en el botón. —¡Vuelve, he dicho!
—Protesto. Esto no es asunto mío. Estoy aquí por algo más que escuchar los asuntos privados de su hija.
—¡Vuelve! —ordenó el padre en tonos bajos y amenazantes—, o haré que te retengan para los alguaciles de los Estados Unidos en el momento en que pongas un pie fuera de esa puerta.
Hirviendo por dentro ante las tácticas de esta chica incomprensible, el capitán Mayo caminó lentamente hacia el escritorio; se le ocurrió que era tan difícil salir de la oficina de Julius Marston como entrar en ella.
—Nunca habría venido aquí si hubiera imaginado que su hija le diría lo que ha dicho. Estoy en una posición falsa. Insisto en que me permita marcharme.
—¡Te marcharás cuando llegue al fondo de este asunto! Ahora, Alma, ¿qué nueva locura es esta?
—No me ofende la palabra que aplicas a esto —respondió ella, enfrentándosele resueltamente—. Lo hice, ¡y no sé por qué lo hice!
—¿Hacer qué?
—Escaparme. Lo hice porque las chicas me retaron a hacerlo. Le prometí a un hombre que me casaría con él.
—¿A este hombre, eh?
—No. Te he dicho que este no es el hombre.
—Bueno, ¿quién, entonces? —La incredulidad se mezclaba con la ira de su padre.
—Uno de tus jóvenes de confianza. El señor Ralph Bradish.
—¿Dónde le conociste?
—En los bailes.
—¿No en nuestra casa?
—No sé cómo estás tan seguro de eso, padre —respondió ella, con un toque de reproche más bien melancólico en su tono—. Me has dejado sola en esa casa desde que mamá se fue. Pero no fue en nuestra casa, fue en los salones de baile públicos.
—¡El infierno puesto en música! —gruñó él—. ¡Debería haberme dado cuenta de que sigues siendo una niña!
—No; hoy soy una mujer. Viví toda una vida en una sola noche en el océano. Sé que tienes razones para avergonzarte de mí. Pero nunca más volveré a darte motivos de vergüenza. Ahora, ¿qué vas a decirle a este hombre que me salvó la vida? ¿Que hizo más que eso? ¡Me salvó de mí misma!
Marston entrecerró los ojos y escudriñó a Mayo. —¡Todavía no entiendo esto! La historia no suena bien. —Se volvió hacia su hija—. ¿Cómo te salvó la vida este hombre? ¡Sé rápida y breve!
La interrumpió en medio de su relato entusiasta. Había estado frunciendo el ceño mientras ella hablaba, mirando al vacío en meditación.
—¡Un cuento de libros! —declaró con impaciencia, aunque había un matiz de insinceridad en esa impaciencia—. Me avergonzaría amargamente de ti, Alma, si te hubieras escapado como intentas hacerme creer. Pero...
—¿No me crees?
—¡Silencio! Pero esta historia inventada es demasiado transparente. Sigues haciendo el papel de tonta en el asunto de este sujeto, aquí presente. Ahora escucha, hombre, estás aquí hoy por el asunto del Montana. ¿No es así?
—Así es, señor.
—Estaba seguro de ello. ¿Cómo te atreviste a colarte en ese trabajo después de que te despedí del Olenia?
—¡No hubo ningún colarse! Fui contratado por el señor Fogg y yo...
—Puedes estar seguro de que yo no sabía que estabas a bordo del Montana. Pero no puedo atender todos los detalles de mis negocios. Te das cuenta, ¿no, de que eres un fugitivo de la justicia?
—¡Soy un chivo expiatorio para los perros sucios que operan para usted!
—¡Ya es suficiente! ¿Estoy investigando este asunto ahora? ¡Siéntate en esa silla!
Mayo obedeció, adormecido por la seguridad.
—¡Alma, vete a casa!
—Me voy a quedar aquí, padre, hasta que el capitán Mayo...
—¡He escuchado todas las falsedades que pienso oír! —Esta réplica asombró a sus dos oyentes—. Veo este asunto claro hasta el fondo. Me asombra que pensaras que una historia tan tonta me engañaría por un momento. —Había presionado uno de los botones. Al hombre que abrió la puerta le dijo—: Dile al señor Bradish que quiero verle aquí inmediatamente. Está en la oficina, ¿no?
—¡Sí, señor! Se lo comunicaré.
Mayo y la chica intercambiaron miradas elocuentes; habían estado dejando al señor Bradish fuera de sus cálculos; lo habían descartado de sus pensamientos; que hubiera tenido el descaro de reaparecer en las oficinas de Marston & Waller era una noticia sorprendente.
Marston tomó a la chica del brazo y la llevó hacia una puerta. —¡Te digo que te vayas a casa! —gritó, enfadado, deteniendo sus protestas—. No, te vas por esta puerta lateral. No creo ni una palabra de lo que me has dicho. Todo esto es un intento transparente de continuar con tu locura. ¡Sabré cómo cuidarte de ahora en adelante! —Cerró la puerta tras ella y la cerró con llave.
—Juro que todo esto es cierto, señor —suplicó Mayo—. No intento engañarle a través de su hija. No entendí lo que ella pretendía decir. Quiero mis derechos como hombre que ha sido engañado, maltratado...
El señor Bradish apareció, inclinándose respetuosamente. Era una vez más parte de la suave maquinaria de las oficinas de Marston & Waller. Estaba pálido, tranquilo, sereno, dueño de sus emociones como los empleados de Julius Marston estaban entrenados para ser.
—¿Has visto a este hombre antes? ¡Por supuesto que nunca lo has visto! —le incitó el financiero.
—Nunca le he visto antes, señor.
—¡Ciertamente no! ¿Qué tienes que decir a la ridícula historia sin sentido de que intentaste fugarte con mi hija?
Ni por un parpadeo de sus párpados mostró confusión el imperturbable hacedor de cheques de millones de dólares.
—Si semejante mentira necesita una negación por mi parte, la niego firmemente, señor.
—¡Renegado de poca monta! —rugió el capitán.
—¡Eso es todo, señor Bradish!
El empleado obedeció el gesto de la mano de su jefe y se retiró rápidamente.
—Señor Marston —bramó Mayo—, estoy luchando por todo lo que vale la pena en mi vida. Mi reputación como capitán de marina, mi oportunidad de ganarme la vida en mi trabajo. ¡Fui un tonto a bordo de su yate! Con toda mi alma estoy arrepentido. Voy a...
—¡Basta! ¡No te atrevas a discutir sobre mi propia hija conmigo!
—No pretendo hacerlo, señor. Voy a creer que no sabe lo que sus subordinados me han hecho. Solo ve los resultados. Pero averigüe lo que se está haciendo en su nombre, señor Marston. Algún día será malo para usted si no los detiene.
—¿Es eso una amenaza?
—Es solo mi llamamiento a la justicia. Dios mío, señor...
—Hay justicia esperándole.
—Entonces envíe a sus alguaciles. ¡Que me arrastren a los tribunales! La boca de su hombre Bradish está cerrada ahora, pero ha estado abierta. Sé lo que me han hecho. Que me pongan en el estrado. No se atreve a dejar que me ponga en pie en un tribunal y cuente lo que sé.
—¿Supone que yo manejo los tribunales federales?
—Será mejor que averigüe si tiene poder o no. ¡Hay hombres en este mundo que creerán la historia verdadera de un hombre honesto!
—¡Buenos días! —dijo el señor Marston, significativamente.
Mayo vaciló, contempló el rostro impasible del magnate y, entonces, la convicción de la inutilidad de discutir lo abrumó. Se dirigió a la puerta.
—Se pueden hacer ciertas cosas sensatos —le llamó Marston—. Será mejor que salga de Nueva York. Si conoce un lugar donde esconderse, será mejor que se meta en él.
Mayo no respondió. Salió a grandes zancadas a través de las oficinas, bajó a la calle y siguió su camino.
No advirtió que un automóvil lo seguía a través del rugiente tráfico de las calles, deteniéndose delante de él cuando hubo doblado hacia una de las avenidas más tranquilas.
El coche estaba cerca del bordillo, y Alma Marston sacó la mano y le hizo señas. —¿No te dio ninguna esperanza, nada?
—¡Nada!
—He esperado. Pensé en pedirte que vinieras a hablar conmigo.
Él negó con la cabeza.
—¡Quizás sea mejor así! No hay mucho que decir, ¡no ahora! —Se inclinó sobre el costado del carruaje y el estrépito del tráfico le permitió hablar sin hacer partícipe de su confianza al chofer, que escuchaba a escondidas—. No soy digna de tus pensamientos ni de tu confianza después de esto, Boyd. Lo que fui ayer no lo soy hoy; ya te lo he dicho. ¡No, no digas nada! Sé, ahora, que solo estaba jugando con el amor. No puedo nombrar lo que siento por ti ahora; he insultado demasiado la palabra «amor» en el pasado. No voy a decir nada al respecto. ¿Fue alguna excusa para mí que hubieras hundido un barco, que fueras a ir a la cárcel por matar hombres, como insinuaban los periódicos? ¡No, no lo fue! Pero me permití usarlo como excusa para la locura.
—Tú no sabes lo que es el amor —declaró él. En la agonía de su degradación, no tenía gusto por sentimientos más blandos. Pero no se atrevió a mirarla.
—¡No lo sabía! Pero quizás algún día pueda demostrarte que ahora sí lo sé —respondió ella, humildemente—. Ese será el día en que pueda darte las pruebas contra los hombres que han intentado arruinarte. Estoy dentro del campamento de tus enemigos, Boyd, y te daré esas pruebas, incluso contra mi propio padre, si es culpable. ¡Eso es todo! Esperemos. Pero mientras trabajas, espero que te dé un poco de valor saber que yo estoy trabajando para ti. —Le dio una palmadita en la mejilla—. ¡Sigue! —gritó a su conductor. El coche dio un tirón hacia adelante y se perdió entre los carros que rugían por la moderna Babilonia.
Sin capacidad para el autoanálisis, sin poder penetrar en los recovecos internos de su propia alma en esa crisis, siguió caminando con pesadez.
Poco después, casi inconsciente de su propia voluntad en el asunto, se encontró en una oficina de vapores comprando un boleto. Volvía a la oscuridad de Maquoit. Pero era plenamente consciente de que no estaba obedeciendo la orden de Julius Marston de irse a esconder. Un sentimiento más profundo lo atraía. Sabía dónde existía una fe sencilla en él y afecto por él, y ansiaba ese consuelo. Había gente humilde en Maquoit que le daría la bienvenida.
—Volveré, iré a casa —dijo. Alguna vez habría sonreído ante el pensamiento de que llamaría «hogar» a la colonia de Hue and Cry.
XXVI ~ LOS COLMILLOS DEL VIEJO RAZEE
Un dólar al día es la paga de un hoosier, ¡Tierras bajas, tierras bajas, lejos, mi John! Sí, un dólar al día es la paga de un hoosier, Mi dólar y medio al día. —Vieja canción de bombeo.
Antes de salir de Nueva York, Mayo hizo averiguaciones en las oficinas de corredores navieros y siguió la pista del capitán Zoradus Wass hasta su guarida en la sala de holgazanes de una oficina de remolcadores. Su conferencia fue sombría; ninguno tenía consuelo para el otro. Mayo fue lacónico en su relato de los acontecimientos: dijo que había huido y que había vuelto. De Marston y de la hija de Marston no hizo mención.
—He ido a ver a ese gordo cachorro de Fogg —declaró el viejo capitán de mar—. No le tengo miedo. Tenía una buena excusa; dije que quería trabajo. No le dejé entrever que te aconsejé que levaras anclas, pero podría haber ganado su favor diciéndolo. Parecía bastante satisfecho porque te habías escapado.
—Capitán Wass, eso es lo principal de lo que he venido a hablar con usted. Aquí está mi boleto de regreso a casa. Pero siento que debería presentarme en la oficina del alguacil de los Estados Unidos y entregarme. Y quiero preguntarle sobre las posibilidades de conseguir la libertad bajo fianza. ¿Puede ayudarme?
—Supongo que si te viera tras las rejas, haría todo lo posible por sacarte, hijo. ¡Pero aléjate de aquí por el camino recto y ocúpate de tus propios asuntos! Cuando los Estados Unidos te quieran, vendrán a buscarte; ¡no tienes por qué preocuparte!
—¡Pero sí me preocupo, señor! Estoy esquivando por las calles. Espero sentir una mano en mi hombro en cualquier momento. ¡No puedo soportar la tensión de esto! No quiero que nadie piense que soy un cobarde.
—Por lo que he podido averiguar husmeando un poco, esa acusación es secreta, incluso si realmente se presentó. ¡Y estoy medio inclinado a pensar que no hubo tal acusación! Quizás esos agentes solo fueron enviados para atraparte y retenerte como testigo. Fogg ha estado haciendo la mayor parte de las habladurías sobre la existencia de una acusación. Como sea, si no te quieren todavía, yo no iría a la puerta de una celda, hijo, a gritar, golpear y pedir que me dejen entrar. La ley tiene la costumbre de darle a un hombre lo que pide a gritos. Vete y déjame que yo fisgonee y escuche por ti en estos lugares. Estoy reuniendo un poco de información en este muelle. ¡No tengo mucho más que hacer, estos días!
—¡Supongo que mi primera intuición fue la correcta, señor! Volveré a casa. Si oye a alguien con una placa preguntando por mí, dígale que estoy pescando en el Ethel and May.
—Ese es un trabajo miserable para ti, hijo. Pero creo que será mejor que no diga nada al respecto, viendo a lo que te he arrastrado.
—No ha sido culpa suya ni mía lo que ha sucedido, señor. ¡No me estoy quejando!
—¡Por Dios! ¡Sé que no! ¡Pero prepárate para gruñir cuando llegue el momento adecuado, y mantén tus dientes afilados! ¡Cuando sea nuestro turno de morder, haremos un agarre de bulldog! —Enfatizó el vigor de ese agarre en su apretón de manos de despedida.
Pero Mayo no reflexionó con mucho entusiasmo sobre la metafórica llamada al combate del capitán Wass.
Al regresar a Maquoit, el joven decidió que se parecía más a un perro apaleado que volvía a escondidas con ansiedad canina para curar sus heridas en secreto.
Sus experiencias habían sido demasiado terribles y demasiadas en los últimos días como para ser separadas y asimiladas. Había sido como un hombre aturdido por una caída, paralizado por un golpe. Ahora, el hormigueo agonizante del recuerdo y la desesperación hacían de sus pensamientos una tortura exquisita. Intentó sacar a Alma Marston de esos pensamientos. No se atrevió a intentar encontrar un lugar para ella en la economía de sus asuntos. Sin embargo, ella y él habían estado juntos ante las puertas de la muerte, y él se dio cuenta de que la experiencia había tenido su efecto en la naturaleza de ella; creía que también había desarrollado su carácter. Insistentemente, el recuerdo de sus palabras de despedida estaba con él, y supo, a pesar de sus brutales y furiosos esfuerzos por condenarla, que el amor no había muerto y que la esperanza aún vivía.
Subió a bordo del Ethel and May una tarde, después de haber esperado pacientemente su llegada con su tarifa.
—He vuelto para pescar con usted, capitán Candage, hasta que mis problemas se solucionen, si es que alguna vez lo hacen.
El capitán Candage guardó silencio, controlando algunas emociones visibles.
—He vuelto para estar con gente que no hablará demasiado de esos problemas —añadió, sombrío.
—Exacto —asintió el patrón—. Nunca se gana nada removiendo problemas después de que han sido bien cocinados. Vuelve a poner la olla al fuego, digo yo, y deja que hierva a fuego lento hasta que se enfríe por sí sola. Pensé que volverías.
—¿Por qué?
—Bueno, sabía que te habían quitado los papeles. Además, Polly ha estado diciendo que volverías.
—¿Y por qué pensó eso? —preguntó Mayo, en tonos más suaves.
—No dijo por qué —admitió el capitán Candage—. Quizás las mujeres ven las cosas más profundamente que los hombres.
—Se siente como volver a casa, volver a casa cuando uno está enfermo y cansado de todo en el mundo, señor.
—Supongo que mi Polly tenía algo así en mente. Dejó caer algunas indirectas de que esperaba que vinieras a descansar de tus problemas.
—Y ella ha vuelto a su trabajo, supongo.
—No, ella todavía está en su puesto en Maquoit, señor; lo llama su verdadero trabajo. No es de las que abandonan, Polly no. Dice que la necesitan.
—Como dice la canción, «Las flores necesitan el sol y las rosas necesitan el rocío», así es como la necesitan —afirmó Oakum Otie—. ¡Aunque no se puede decir que esas mujeres y niños de Hue and Cry se parezcan mucho a las rosas y a los geranios! Pero se parecen más que nunca, desde que la señorita Polly se ha hecho cargo de ellos. ¡Es maravilloso lo que puede hacer una buena chica cuando lo intenta, capitán Mayo!
Retomar su vida en la goleta pesquera fue como ponerse un par de zapatos viejos, y Mayo estaba agradecido por ese estoicismo de Nueva Inglaterra que lo había recibido de una manera tan natural.
—Lo que quieras contarme está bien y lo que no quieras contarme está aún mejor —declaró el capitán Candage—. ¡Porque cuando no estás hablando de ello, no lo estás removiendo!
Así, de esa manera, volvió a la humilde vida de Maquoit. No había habido incomodidad en su encuentro con el capitán Candage; había sido de hombre a hombre, y entendían cómo prescindir de las palabras. Pero Mayo esperaba su encuentro con Polly Candage sin sentir esa ecuanimidad que el padre había inspirado.
Sentía un deseo casi irresistible de confiarle sus penas de amor. Pero sabía que no sería capaz de hacerlo. Su pequeño templo había sido tan cruelmente profanado. Su humillación era demasiado grande.
Era consciente de que alguna otra razón estaba operando para retenerlo de explicárselo; y porque no entendía exactamente qué era, se sentía inquieto cuando finalmente estuvo cara a cara con ella. Estaba agradecido por una circunstancia: su primer encuentro fue en la antigua casa de pescado de Maquoit, bajo los cien ojos curiosos de la colonia. Había remado hasta la orilla en su bote y fue a buscarla en medio de sus actividades. Ella extendió ambas manos y lo saludó con un placer franco, y pareció comprender su tensión, anticipar sus propios pensamientos, respetar su reticencia.
—Me alegra que hayas vuelto para esperar hasta que todos tus problemas se solucionen. ¡Los amigos más consoladores son aquellos que saben, que simpatizan y que se quedan callados! Ahora ven conmigo y escucha a los niños y mira lo que están haciendo las mujeres. Estarás orgulloso y feliz porque hablaste por ellos aquel día que fuimos a Hue and Cry.
Después de eso no hubo tensión entre ellos; mantuvieron sus propios asuntos ocultos el uno del otro. El otoño pasó y llegaron las largas tardes frías, y cuando la goleta pesquera estaba en puerto en Maquoit, entre viajes, Mayo y la joven pasaban horas cómodas juntos, jugando a las cartas bajo la lámpara de pantalla roja de la viuda y bajo los ojos aprobadores de la misma.
—No, ellos tampoco están cortejando —informó ella a los vecinos molestos—. ¿Suponen que he estado casada dos veces y viuda dos veces para no saber reconocer un cortejo cuando lo veo? Es «Boyd esto» y «Polly aquello», sin duda, todo el santo tiempo; pero ella está comprometida con otro, porque ha estado usando un anillo de compromiso que le llegó desde que está aquí. ¡Me lo mostró a mí, y se lo mostró a él! Y en cuanto a él, ¡todo el mundo a lo largo de la costa sabe lo prendada que está de él esa chica millonaria! ¡Ahora, que cada uno se ocupe de sus propios asuntos!
Con el paso de los días, el consejo de la viuda pareció aplicarse a todos los asuntos de Maquoit; la gente se dedicó a sus negocios con seriedad.
El viento invernal cortaba, los pilotes del muelle estaban cubiertos de hielo y solo hombres robustos andaban por el paseo marítimo de la ciudad costera, pero la tripulación del Ethel and May estaba inusualmente alegre ese día.
La goleta se había quedado en Cashes Banks y había capeado un vendaval que había llevado a otros pescadores a buscar refugio. Luego, en la primera calma, arrió sus botes y lanzó sus palangres para una calada, ¡y qué calada tan rotunda! Parecía como si el bacalao, la merluza y el abadejo hubieran estado esperando a que el vendaval cesara para poder buscar los anzuelos cebados y darse un festín. Casi cada sedal tenía su premio. La polea de proa en cada bote casi se reía de placer mientras la línea del palangre pasaba sobre ella. Cada tres pies había un sedal. Cada bote tendía una milla de palangre. Y cuando los botes regresaban a la goleta y volcaban la captura en la bodega, la pequeña embarcación casi se hundía bajo su carga.
Pillaron el mercado vacío; el vendaval había soplado durante casi una semana. Las casas de pescado pujaron con entusiasmo unas contra otras, y cuando finalmente se hizo un trato y la tripulación de la goleta comenzó a lanzar el pescado con horcas en los cubos del cabrestante, y los cubos subieron crujiendo sobre la borda, los dos capitanes fueron a la oficina de la casa de pescado para calcular unos beneficios muy gratificantes.
—No hay nada como la suerte en el juego de la pesca, caballeros —observó el gerente.
—Bueno, el valor cuenta para algo —declaró el capitán Candage—. Tenemos una tripulación que no le teme a un poco de mal tiempo.
—Si ese es el caso, puede haber algo para ustedes frente a la costa ahora mismo que es mejor que el juego de la pesca.
—¿Qué es? —preguntó el viejo capitán.
—Naufragios. ¿Han visto los periódicos de la mañana?
—Hemos tenido cosas que hacer además de perder el tiempo con los periódicos.
—Ese nuevo vapor de la línea Bee, el Conomo, ha quedado varado en Razee Reef.
—Una vez, esta última vez, ¡se acercó demasiado! —espetó el joven. Los demás dirigieron una mirada inquisitiva hacia él. Pero no dio explicaciones. Sus pensamientos estaban ocupados con los acontecimientos de aquel día en que el vapor de la línea Bee inició sus problemas con Marston.
—El periódico dice que se considera una pérdida total —continuó el gerente—. Si es así, y los aseguradores renuncian a él, debería haber algunas buenas ganancias para hombres con valor. La junta de inspección salió hacia él en un remolcador esta mañana. —Les dio su cheque y subieron a bordo de su goleta.
El asunto del Conomo no fue mencionado entre ellos hasta que estuvieron en el mar camino al este de nuevo. La noticia no interesó a Mayo al principio, excepto como un desastre marino que no tenía relación con sus propios asuntos.
El capitán Candage estaba paseando por la cubierta de popa, fumando su pipa corta y negra. —No sé si usted siente algo como yo al respecto, capitán Mayo, pero no será ninguna molestia para nosotros si nos dirigimos a Razee y vemos qué está pasando allí —sugirió.
—No tengo objeciones —respondió Mayo—. Pero tal como se gestionan hoy en día los naufragios, no veo muchas posibilidades de que nos involucremos en el asunto de ninguna manera.
—Tal vez no; pero en caso de que vayan a abandonarlo, habrá algo de pillaje, y bien podríamos rapiñar con el resto.
—Si no pueden sacarlo, alguna empresa de chatarra apostará por él. Pero haremos una excursión para ver el espectáculo, señor. Podemos permitirnos un pequeño viaje después de lo que sacamos hoy.
No había esperanza de llegar al naufragio antes del anochecer, así que navegaron cómodamente con el suave viento del oeste que había sucedido al vendaval.
El capitán Candage tomó el primer turno después de la segunda guardia de la tarde, y a las dos campanadas, o las nueve de la noche, Mayo se despertó y lo oyó dar órdenes de «ceñir». Escuchó el aleteo de las velas y supo que los hombres estaban acortando velas listos para quedarse al pairo. Se puso la ropa de abrigo y salió a cubierta.
—Ya estamos aquí —declaró el viejo capitán—, y parece que otros mosquitos han llegado antes que nosotros, listos para clavar sus aguijones en cuanto tengan oportunidad.
Era una noche clara, brillante de estrellas. En contraste con las luces centelleantes y puras de los cielos, había tenues luces rojas, verdes y blanco-amarillentas en la superficie del océano. Estas luces se balanceaban, oscilaban y se agitaban a medida que las olas gigantes pasaban.
—Distingo media docena de velas, pequeñas, y dos remolcadores —dijo el capitán Candage—. ¡Pero fíjese en el plato fuerte!
Mayo miró en la dirección de la mano extendida y enguantada.
—Vaya iceberg, ¿eh? —comentó el capitán.
A media milla de distancia, un verdadero barco fantasma, se alzaba el naufragado Conomo. El rocío había caído sobre él y se había congelado hasta parecer una masa de hielo que había sido moldeada con la forma de un barco. Brillaba, una figura espectral, bajo los cielos estrellados.
Una sola luz roja, una mancha de color funesta, se veía desde su jarcia mayor.
Lo observaron durante algún tiempo.
—Diría que ya tiene dueño —fue la opinión del capitán Candage—. Es marea alta ahora, y una marea viva, y esos remolcadores solo están holgazaneando allí fuera, no hacen ningún movimiento para sacarlo. Podremos saber más sobre las perspectivas por la mañana.
Entonces los dos capitanes se fueron a dormir, pues el Ethel and May yacía dócilmente al pairo con un solo timonel al mando.
La luz nítida de la mañana no reveló nada especialmente nuevo o importante. Había media docena de pequeñas goletas, pesqueros, holgazaneando con el velamen acortado en las cercanías del naufragio. Uno de los remolcadores partió hacia la costa después de un tiempo.
Mayo se había asegurado, a través del telescopio de la goleta, de que el remolcador restante se llamaba Seba J. Ransom.
—El capitán de ese sujeto fue compañero mío en un vapor pesquero una vez —informó al capitán Candage—. Acérqueme hasta una distancia alcanzable y subiré a bordo en un bote. Puede que tenga alguna noticia.
El capitán Dodge se mostró inmensamente complacido de ver a su viejo amigo, lo invitó a subir a la caseta del piloto y le dio un cigarro.
—Es solo un trabajo de holgazanería —dijo—. Tengo que quedarme cerca y sacar a su capitán y tripulación en caso de mal tiempo o si algo se rompe más de lo que ya está roto. Todavía siguen aferrados a él para entregárselo al comprador.
—¿Comprador?
—¡Sí! Al chatarrero que sea lo suficientemente tonto como para pujar por él. Está atascado. Los aseguradores han abandonado ese remolcador y van a subastarlo. Estoy aquí para ayudar a ahuyentar a los piratas y llevar a sus hombres a tierra después de que sea entregado. ¿Eres un pirata, Mayo? —preguntó, con una sonrisa.
—Soy casi cualquier cosa hoy en día, si hay un dólar que ganar —respondió el joven.
El capitán del Ransom le guiñó un ojo. —Estoy al tanto de lo que pasó a bordo del Olenia —confió—. Un tipo que estaba en la tripulación me lo contó. Eres lo suficientemente bueno para la chica del viejo Marston. ¿Por qué no has ido a Nueva York y has tomado...?
—Corta esa conversación, Dodge —ladró Mayo, con el rostro endurecido y la mandíbula sobresaliendo amenazadoramente—. ¡Buen día! —añadió el joven, cerrando la puerta de la caseta del piloto tras de sí.
Su goleta, que estaba maniobrando cerca, lo recogió.
—No tiene sentido quedarse por aquí —informó al viejo capitán—. Van a venderlo como chatarra, si pueden encontrar a alguien lo suficientemente tonto como para pujar. Estará vigilado hasta después de la subasta.
Por lo tanto, el Ethel and May desplegó todo su velamen y puso rumbo hacia Maquoit para asegurar su suministro fresco de cebo.
—Es una lástima —lamentó el capitán Candage, mirando por la borda de popa el vapor cubierto de hielo—. Casi nuevo, y costó doscientos cincuenta mil dólares construirlo, si recuerdo bien lo que decía el periódico cuando fue botado.
—Si ella estaba ganando dinero, pondrán a otro en su lugar —dijo Mayo.
—No sé qué decirle, señor. La línea Bee no era precisamente fuerte en lo financiero, según me han dicho; un montón de pequeños inversores que ponían lo que podían rascar y pedían prestado el resto. Depende del seguro y de su valor lo que hagan después de esto. —Ofreció otra observación después de haber apisonado una carga en su pipa negra—. Los hombres harán casi cualquier cosa por dinero... por suficiente dinero.
—Parece como si hubiera oído esa afirmación antes —fue la respuesta cortante de Mayo.
—Oh, sé que no es nada nueva. Pero cuanto más pienso en lo que le ha pasado al Conomo, más punzante me parece el sentido de esa observación. Y mientras estaba allí a la espera, aguardando por usted, me acerqué lo suficiente a ese vapor como para distinguir algunas caras a bordo.
Mayo lo miró sin hacer comentarios.
—Por ejemplo, vi a Art Simpson. Usted lo conoce, ¿no es así?
—Fue capitán del yate del señor Marston una vez.
—¿Por qué lo dejó?
—Oí que había sido despedido. Eso fue lo que dijo el agente cuando me contrató.
—Sí, eso es lo que dijo Simpson. Se dedicó a ir por ahí jurando sobre ello. Parecía querer que todos a lo largo de la costa le oyeran jurar al respecto. Cuando veo a un hombre hacer demasiado negocio jurando sobre otro, me vuelvo sospechoso. Después de que Art Simpson moviera sus cartas para conseguir el puesto de segundo oficial a bordo del nuevo Conomo, me volví más sospechoso. Ahora que he visto cómo ese vapor ha sido plantado justa y precisamente sobre Razee, soy extremadamente sospechoso. Soy lo suficientemente sospechoso como para creer que se estrelló durante el turno de Art Simpson.
—¿A qué quiere llegar, capitán Candage? ¿Está insinuando que alguien colocaría a un hombre para un trabajo de esa clase?
—Exactamente lo que estoy insinuando —arrastró las palabras el patrón.
—¡Pero poner un vapor sobre las rocas en esta época del año!
—Sin pasajeros, y con suficientes botes salvavidas para la tripulación, señor. He estado oyendo muchas conversaciones sobre las condiciones de los barcos de vapor desde que he estado transportando pescado.
—Yo mismo he descubierto algo al respecto —admitió Mayo.
—Hay una cosa que decir sobre Barbanegra, el capitán Teach y el viejo capitán Kidd: salían al mar y se encargaban de su propia piratería; no se quedaban tras un escritorio enviando a subordinados.
Mayo, a pesar de sus amargos recuerdos de la actitud de Julius Marston, se sintió obligado a paliar en cierto grado las aparentes enormidades de los magnates de los barcos de vapor.
—No creo que los peces gordos sepan todo lo que se hace, capitán Candage. Como partes responsables, no se atreverían a que se hicieran esas cosas. Los subordinados, como usted dice, están ansiosos por quedar bien y ganar su dinero, y cuando se les pasa la voz, se lanzan al trabajo imprudentemente. Creo que será muy difícil probar algo contra los verdaderos autores intelectuales. Por eso estoy ahora a la intemperie y con las manos atadas.
—Desearía que pudiéramos meternos un poco en el asunto del Conomo, para poder hacer una exploración de primera mano. Me parece el trabajo más infame hasta la fecha, y puede ser la apertura para una revisión general. Cuando la maldad empieza a correr demasiado, generalmente tropieza, señor. —El capitán Candage encontró un brillo receptivo en los ojos de Mayo y continuó—. Por supuesto, no oí la charla, ni vi pasar el dinero, ni estaba en la caseta del piloto cuando Art Simpson cerró los ojos y dejó que se estrellara. Pero habiendo sido marinero toda mi vida, huelo el mal tiempo a mucha distancia. Ese vapor fue naufragado a propósito, y naufragó en una época del año en la que no puede ser rescatado. No hace falta aconsejarle al diablo cómo encender una hoguera.
Mayo no ofreció ningún comentario. Parecía estar muy ocupado con sus pensamientos.
Dos días después, un periódico llegó a manos de Mayo en Maquoit, y leyó que el vapor naufragado había sido puesto en subasta por las aseguradoras. Estaba claro que los postores habían compartido el sentimiento general de pesimismo de la gente de los seguros; se había vendido por dos mil quinientos dólares. Los periódicos explicaban que solo se había obtenido esta suma ridícula porque los expertos habían decidido que en el primer golpe el vapor se deslizaría de las cornisas sobre las que estaba empalado y se hundiría como una plomada en las aguas profundas de las que surgía el viejo Razee. Ni siquiera al más imprudente de los chatarreros se le podía pedir que se arriesgara a invertir mucho en un juego tan incierto como ese.
—Pero me pregunto qué le pasaba al experto que predijo eso —reflexionó Mayo—. No conoce los viejos dientes de mandíbula del arrecife Razee tan bien como yo.
Cuando el Ethel and May partió de Maquoit en su siguiente viaje a los bancos de Cashes, Mayo sugirió —y se sintió un poco avergonzado al hacerlo— que bien podrían desviarse un poco y ver qué estaban haciendo los chatarreros en Razee.
El capitán Candage miró a su socio con una expresión bastante irónica. —¡Las grandes mentes viajan, etcétera! —rio entre dientes—. Estaba justo a punto de decirle lo mismo. ¿Le ronda un poco por la cabeza, eh?
—Sí, y solo un poco. Por supuesto, no puede haber nada para nosotros. Esos chatarreros se pegarán a él hasta que se zambulla en aguas profundas. Pero me he estado preguntando por qué piensan que se va a zambullar. Estuve pescando con red alrededor de Razee durante un tiempo, y el viejo tiene dientes como los de una hiena; colmillos de verdad.
—Quizás aceptaron la palabra de Art Simpson —comentó el anciano, arrugando la nariz—. Art sería muy alentador sobre las perspectivas de salvarlo; es decir, lo sería en caso de que perder ese vapor le haya trastornado el cerebro.
—Supongo que no había mucho interés por parte de los aseguradores —sugirió Mayo—. No estaban tan pillados, según he descubierto. La propiedad estaba mayormente dividida en sesentaicuatroavas partes, y con los riesgos marítimos como están, los pequeños propietarios no aseguran. ¡Es una cosa malvada de principio a fin, Candage! ¡Ese gran vapor nuevo amontonado allí por la malicia de alguien! ¡Creo lo mismo que usted sobre el asunto! He estado tanto tiempo en el mar que un barco significa para mí algo más que hierro y madera. Hay algo en ellos... algo...
—Casi humano —añadió el anciano—. Me apené por el Polly, pero no me sentí tan mal como si hubiera sido nuevo. Fue algo así como cuando los ancianos mueren por causas naturales; sabes que han vivido tanto como han podido. Es triste que se vayan, pero tienes que sentirte resignado. Pero sé exactamente cómo es usted con el caso de ese vapor, porque soy un marinero como usted. Es justo como ver a un buen chico terminar la universidad, verlo empezar lleno de vida, valor, esperanzas y perspectivas, y luego verlo caer muerto a tus pies.
Había un temblor en el tono del anciano. Pero Mayo, que conocía las almas de los navegantes, lo entendió. Bajo sus duras corazas hay una imaginación que ha sido nutrida en largos, largos pensamientos. En las calmas bajo cielos estrellados, en la oscura negrura cuando las olas inquietas se balancean bajo la quilla, en las resplandecientes vistas de mares iluminados por el sol, los marineros meditan mientras sus hermanos más impasibles en tierra dejan que sus almas se adormezcan.
—Tiene razón, capitán Candage. Por eso casi odio ir al Conomo. Esos demoníacos necrófagos de chatarreros lo estarán haciendo pedazos en lugar de intentar devolverle el aliento de vida.
El vapor indefenso parecía más solitario que cuando lo visitaron antes. La flota de mosquitos que lo había rodeado, esperando alguna ganancia perdida, se había dispersado. Un remolcador y un par de barcazas estaban pegados a sus costados helados y, como sanguijuelas, le estaban succionando lo que podían. Llevaban a cabo su trabajo con diligencia, pues el mar estaba en calma en una de esas pausas entre tormentas, una tregua invernal que los trabajadores de la costa atlántica entienden y de la que dependen.
Mayo, impulsado por la curiosidad, decidió subir a bordo de una de las barcazas y descubrir hasta qué extremos estaban llegando los chacales de la chatarra.
Dos de sus remeros lo llevaron después de que la goleta hubiera sido puesta al pairo cerca del naufragio.
—¿Qué busca? —preguntó un hombre envuelto en un abrigo de piel que parecía dirigir las operaciones.
—No mucho —confesó el joven desde su bote, que se balanceaba junto a la barcaza—. Solo soy un pescador.
Las grúas oscilantes de las barcazas, con los cabrestantes ronroneando y los pequeños motores de elevación resoplando en un staccato sin aliento, izaban y bajaban carga: papas en sacos y enormes rollos de papel de imprenta. Mayo se sorprendió un poco al notar que no estaban desmantelando el vapor; ni siquiera sus anclas y cadenas habían sido perturbadas.
—¡Manténgase alejado! —ordenó el jefe.
El capitán Dodge bajó una de las ventanas de su timonera y se apoyó en los codos, asomando la cabeza. El remolcador Seba J. Ransom seguía en el trabajo. Estaba atado al costado del naufragio, rozando sus defensas contra el casco cubierto de hielo.
—¡Hola, capitán Mayo! —gritó, con una sonrisa de bienvenida abriéndose paso por sus facciones—. Suba a bordo y tómese un cigarro, y esta vez mantendré la conversación sobre escamas de pescado y restos de despojo.
El hombre del abrigo de piel miró de uno a otro y fue rápidamente aplacado. —Oh, ¿este es un amigo suyo, capitán Dodge?
—Apueste a que sí. Ha sido mi jefe antes de ahora.
—Si ese es el caso, siéntase como en casa en cualquier lugar. ¡Pero ya sabe lo que hacen algunos de estos tipos a lo largo de la costa que se llaman pescadores cuando les das la espalda cerca de un naufragio!
Mayo asintió amigablemente.
—Suba a bordo —invitó el jefe.
—Estoy bien aquí en el bote, y no estorbo, señor. Vamos a los caladeros en un santiamén. Solo estoy satisfaciendo la curiosidad de un marinero. Me preguntaba qué pretendían hacer con esta propuesta.
—Solo estamos agarrando lo que está a mano por ahora. Parte de la carga de proa está sobre el agua. Yo mismo estoy metido en esto de una manera un tanto extraña. —Este joven de ojos agudos que había sido tan calurosamente respaldado por el patrón del remolcador le dio al hombre del abrigo de piel la oportunidad de hablar un poco sobre sí mismo—. Soy el hombre de campo de Todd & Simonton, de Boston, y compré sobre la marcha después de intercambiar un par de telegramas con la casa. Pasé por esa subasta y compré a ciegas. Creo en las apuestas. Luego alguien envió un telegrama a la empresa diciendo que los habían engañado bien y bonito, y me dieron una reprimenda de cuidado en un mensaje nocturno. Un hombre puede sentarse en un escritorio en Boston y pensar en un montón de cosas que no son ciertas. Bueno, ¡he volado hasta aquí con el equipo que pude reunir a toda prisa, y puede ver lo que estoy haciendo! Hay suficiente a la vista en cuanto a carga suelta para saldar mis cuentas con la empresa. Pero, ¡maldita sea la suerte! Si Jake Simonton tuviera un poco de agallas y me respaldara, creo que haríamos un gran negocio.
—Por supuesto, todo depende de cómo esté apoyado y de lo que pase cuando llegue el próximo vendaval —dijo Mayo—. ¿Ha estado abajo?
—Soy un experto en tratos y un demonio para la chatarra —espetó el jefe—. No soy marinero, profeta ni arquitecto naval. Simplemente sé que está lleno de agua en la popa y tiene algo grave en sus entrañas. Estoy sacando lo suficiente para que Simonton se arrepienta de haberme insultado en un mensaje nocturno. Solo que nunca admitirá que se arrepiente. Nunca lanza bumeranes que puedan dar la vuelta y golpearlo. Quiere estar en posición de fastidiarme la próxima vez que cometa un error en una apuesta.
—¿Toda la tripulación se fue a tierra? ¿Los hombres de la línea Bee?
—Seguro, con todos sus bártulos. Nosotros somos sus dueños tal como está. Ese segundo oficial los tenía temblando cada vez que una ola la golpeaba. Me alegré cuando se fue. Casi provocó una estampida entre mis hombres. Decía que era probable que se deslizara en cualquier momento.
La voz arrastrada del capitán Dodge se interpuso sobre ellos. —Ahí viene el remolcador Resolute —declaró—. Tal vez sea otro de esos mensajes nocturnos de su empresa, Titus. Quizás quieran que ponga lo que pueda llevar en una bolsa de papel y lo traiga a Boston.
—Nunca se sabe lo que van a hacer en Boston —gruñó el hombre de afuera—. A veces me desanimo intentando ser emprendedor.
Comenzó a caminar de un lado a otro, luciendo preocupado, y no respondió a varias preguntas que Mayo le hizo. Así que el joven aceptó la invitación del capitán Dodge y subió a la timonera del remolcador. Tenía un deseo muy humano de saber qué significaba la llegada de ese remolcador desde tierra firme y decidió quedarse un rato más, incluso a riesgo de impacientar al capitán Candage.
El Resolute trajo un telegrama, y el hombre del abrigo de piel lo abrió de un tirón, captó su esencia de un vistazo y comenzó a jurar con gran entusiasmo.
Subió a la timonera del Ransom, con el aire de un hombre que busca consuelo en sus amigos, y abanicó la hoja de papel con ira.
—Órdenes de revender. Salir de debajo. Tomar lo que pueda conseguir. No quieren la apuesta. ¡Y aquí he sacado ya un buen beneficio!
—¿Por qué no responde con un mensaje aconsejándoles que aguanten? —preguntó el capitán Dodge.
—¿Y que llegue un vendaval en unas horas y la tire de esta roca? Eso es lo que pasaría. Sería mi mala suerte. Solo soy un empleado, señores. Si mi empresa no quiere apostar, no depende de mí. Si desobedezco órdenes y aguanto, estaré muerto de miedo la primera vez que empiece a soplar el viento. No tiene sentido arruinar un buen conjunto de nervios para una empresa que no apreciará el sacrificio, y necesito nervios para seguir trabajando para ellos. Digo que no depende de mí. Yo me voy a tierra tan pronto como cargue esas barcazas. Cada dólar que consiga revendiendo es ganancia, ¡así que que pase lo que tenga que pasar!
—¿Qué le dicen que haga con respecto al precio? —se aventuró a preguntar Mayo.
—Tomar la primera oferta, y darse prisa. Parecen tener la idea de que este vapor está parado sobre su cabeza en la punta de una aguja, y que solo un ciego lo comprará.
Volvió con su tripulación, muy disgustado, ordenó al remolcador recién llegado que esperara para remolcar y espoleó a los trabajadores rezagados con aguda profanidad.
—Alguien ha estado asustando a su empresa —sugirió Mayo, al quedarse a solas con el capitán Dodge.
—Quizás sí, pero puede ser un buen negocio asustarse, siempre que puedan descargar esto a alguien más por un poco de dinero en efectivo. Este período de tiempo no puede durar mucho más. Mire ese banco hacia el sur. No sé exactamente qué hay debajo en cuanto a cornisas, nunca supe mucho sobre el viejo Razee. Pero mi predicción es que se partirá en dos tan pronto como las olas le den algo de movimiento.
Estuvo a punto de discutir el asunto con el hombre del remolcador, pero lo pensó mejor y cerró la boca.
—Probablemente tenga razón —admitió—. Será mejor que me mueva. No veo peces saltando a bordo de nuestra goleta. Tenemos que ir a pescarlos. Adiós, Dodge.
Cuando su socio subió por la borda del Ethel and May, el capitán Candage, por costumbre, habiendo recogido a sus hombres, dio órdenes de soltarla contra el viento.
—¡Manténgala toda a contraviento! —ordenó Mayo—. Disculpe, capitán Candage, por dar una orden contraria, pero tengo una noticia que quiero que oiga antes de irnos. La multitud de la chatarra se ha acobardado y van a venderla tal como está, tan pronto como consigan carga para esas barcazas.
—Bueno, realmente yace en una mala posición, y el tiempo está cambiando —dijo el patrón, moviendo su dedo índice bajo la nariz con incertidumbre.
—Ni siquiera han aprovechado lo principal; probablemente obtendrán toda su carga que valga la pena salvar y algo de material suelto de la jarcia. ¡Por Dios! ¡Qué oportunidad para una apuesta!
—Podría serlo para un tipo que tuviera tanto dinero que pudiera darle un beso de despedida a una parte de él en caso de que el Océano Atlántico mostrara ases —dijo el anciano, revelando la familiaridad de un marinero con un juego popular.
—Existe tal cosa como estar lo suficientemente desesperado como para arriesgar todo tu capital —declaró Mayo—. Capitán, soy joven, y supongo que tengo la locura de un hombre joven. No puedo esperar que usted se sienta como yo respecto a una apuesta.
—Puedo parecer viejo, pero aún no me he echado a perder —gruñó el patrón—. ¿Qué intenta decirme?
—Que ese hombre gordo en esa barcaza tiene un telegrama en el bolsillo de su gente en Boston, ordenándole tomar la primera oferta que se haga por el Conomo tal como está. Soy lo suficientemente tonto como para estar dispuesto a poner cada dólar que tengo y probar suerte.
El capitán Candage miró a su socio durante un tiempo, y luego caminó hacia la borda y echó una larga mirada al vapor. —Nunca oí hablar de un tipo que se hiciera especialmente rico en el negocio de la pesca —observó.
Mayo, con pensamientos salvajes instándolo a empresas desesperadas, soltó una corroboración de ese dictamen.
—Y he conocido a muchos tipos que se arruinaron en el negocio de los naufragios —continuó el capitán Candage—. ¿Cuánto tiene? —Esa pregunta llegó inesperadamente.
—Tengo algo más de seiscientos dólares. —Llevaba su pequeño botín en el bolsillo, pues un hombre que opera desde la aldea de Maquoit debe ser su propio banquero.
—Tengo algo más de seiscientos en mi propio bolsillo —dijo el patrón—. Ese hombre gordo puede tener órdenes de aceptar la primera oferta que se haga, pero tenemos que hacerle una que sea lo suficientemente grande como para que no nos tire por la borda y luego salga a buscar un comprador en tierra firme.
Los dos pescadores de Hue and Cry que habían llevado al joven estaban guardando su bote encima de otros, justo delante de la caseta, y estaban al alcance de la voz. Ninguno de los capitanes notó con qué interés estos hombres estaban escuchando, intercambiando miradas con el hombre al timón.
—Y después de que agitemos nuestro fajo bajo sus narices —y menos de mil será un insulto, según calculo—, ¿qué nos queda para operar? No nos servirá de nada navegar alrededor de ese vapor durante el resto del invierno y admirarlo. ¿Qué pensaba usted, Mayo, de tratar de conseguir un trato rápido, ahora que él está aquí en el lugar y ansioso por vender, y luego obtener un poco de beneficio rápido revendiéndolo a alguien más?
—¡No, señor! —exclamó el joven con decisión—. ¡Tengo mis propias buenas razones para querer hacer de este trabajo todo o nada! No entraré en él bajo ningún otro plan.
—Bueno, estaremos metidos en algo, de acuerdo, después de que invirtamos nuestro dinero, todo el paquete. Lo más probable es que estemos en un aprieto, sin un dólar que sobre para contratar hombres o comprar equipo de salvamento.
Los dos hombres terminaron de amarrar los botes y se dirigieron a proa.
—Es un plan descabellado, y soy un tonto por pensar en ello, capitán Candage. Pero los planes descabellados me atraen en este momento. Puedo ganar más dinero trabajando duro y ahorrándolo, unos pocos dólares a la vez, pero nunca espero ver otra oportunidad como esta. ¡Oh sí, veo ese banco en el sur! —Sus ojos siguieron la mirada sombría del patrón—. Para mañana a esta hora podría estar a cuarenta brazas bajo el agua. Pero así es como me siento. —Sacó su billetera y la golpeó contra el techo de la caseta—. ¡Todo a la vuelta de una carta! ¡Y ahí viene el golpe que la dará vuelta! —Señaló hacia el sur, hacia las nubes grisáceas.
El capitán Candage hizo una pausa en su patrulla de la cubierta de popa y miró hacia la billetera. Luego comenzó a tirar de la suya. —No soy un muerto, aunque mi pelo sea gris —gruñó.
Los dos capitanes miraron las dos billeteras y luego se miraron el uno al otro. Al momento siguiente, su atención fue absorbida por completo por otro asunto. Su tripulación de quince hombres venía marchando hacia popa y se alineó frente a la caseta. Un portavoz dio un paso al frente.
—Disculpen, capitanes, por meternos en algo que tal vez no sea asunto nuestro. No es nuestra intención fisgonear ni curiosear, pero algunos no pudimos evitar escuchar. Hemos vaciado nuestros bolsillos. Aquí está: trescientos sesenta y ocho dólares con treinta y siete centavos. ¿Nos permitirán subir al alcázar y ponerlo junto a esas billeteras? —Aceptó el silencio de asombro de ellos como un consentimiento e hizo su depósito solemnemente.
—Pero esto es una apuesta, y una muy incierta —protestó Mayo.
—Nunca hemos tenido la oportunidad de ser deportistas en toda nuestra vida —suplicó el hombre—. No habríamos tenido ese dinero si ustedes dos, héroes, no nos hubieran dado la oportunidad que nos dieron. No éramos más que medio hombres antes. Ahora podemos mantener la cabeza en alto. Nos harán sentir muy despreciables, como si no estuviéramos a la altura de ustedes, si no nos dejan participar.
—¡Apuesto a que pueden participar, muchachos! —gritó el capitán Candage—. Sé cómo se sienten.
—Y otra cosa —continuó el portavoz—. No hemos tenido mucho tiempo para hablar de esto; nos apresuramos hacia popa tan pronto como nos enteramos y vaciamos nuestros bolsillos. Pero hemos hablado lo suficiente entre nosotros como para decirles que todos nosotros nos uniremos a ustedes en ese naufragio y trabajaremos gratis hasta... hasta... bueno, pase lo que pase. ¡No queremos salarios! ¡No necesitamos promesas! Y si ella se hunde, cantaremos una canción y volveremos a pescar.
El hombre al timón soltó los radios de la rueda, se adelantó y depositó un puñado de dinero junto al resto. —Ahí está el mío. Ojalá fuera un millón; lo daría con la misma libertad.
—Muchachos, les daría un discurso, pero tengo la garganta muy apretada —dijo Mayo, ahogado por la emoción—. Ahora entiendo mejor por qué algo me llamó a Hue and Cry el verano pasado. ¡Metan toda la caña a esa rueda! ¡Llévenla hacia el naufragio!
Cuando estuvieron a distancia de voz de la barcaza, Mayo levantó su megáfono. —¡¿Aceptarán mil quinientos dólares —en efectivo— ahora mismo— por ese naufragio, tal como la dejan cuando hayan cargado esas barcazas?! —gritó.
Hubo un largo período de silencio. Entonces, el hombre del abrigo de piel respondió a través de sus manos ahuecadas: —¡Sí, y que se pudran los tontos de Boston que me obligan a vender!
XXVII ~ LA TEMPESTAD MUESTRA SUS CARTAS
Y una cosa que tenemos que suplicar, Es que él pueda tener una tumba acuática. Así que lo arrojaremos a algún agujero oscuro, Donde los tiburones tendrán su cuerpo y el diablo su alma. ¡Con un gran guau guau! ¡Tow row row! ¡Pal de, rai de, ri do day! --Boston.
Después de que el hombre del abrigo de piel puso en manos de Mayo una factura de venta redactada apresuradamente, declaró francamente que su interés en la fortuna del vapor naufragado había cesado.
—El Resolute informa que se han desplegado señales de tormenta. Simplemente me aseguraré de lo que he conseguido. Jugaré el juego como esos cobardes en Boston parecen querer que lo juegue.
Los remolcadores, partiendo con sus remolques, lanzaron pitidos de saludo a la pequeña goleta que estaba a la capa bajo la aleta del Conomo.
—Suena como si se estuvieran burlando de nosotros —gruñó Candage. Frunció el ceño hacia los cielos grises y el mar solitario.
Mayo también percibió una nota de burla en los pitidos de los silbatos. La depresión siguió rápidamente a la emoción que lo había impulsado a esta empresa. El crujido del documento legal en el bolsillo de su chaquetón solo acentuó su melancolía. Ese papel parecía representar tan poco ahora. No era solo su propia apuesta; había arrastrado a una empresa desesperada a hombres que no podían permitirse perder. Habían puesto toda su pequeña prosperidad en peligro. Había mujeres y niños en tierra a quienes considerar. Él y sus compañeros ahora poseían ese gran vapor que se alzaba allí bajo los cielos opresivos. Pero era una posesión precaria. Su pérdida ahora no significaría solo la pérdida de todos sus pequeños ahorros; significaría la pérdida de la esperanza, el sacrificio de las expectativas y el pesar de hombres que han fracasado en una gran tarea. Se dio cuenta de lo punzante que sería la derrota, pues estaba construyendo las perspectivas de su futuro sobre el éxito en esto.
La esperanza casi no logró tranquilizarlo mientras miraba primero a las barcazas que partían y luego al casco cubierto de hielo en Razee.
Sin duda, ningún indigente tuvo nunca un elefante más difícil de manejar entre manos, sin una brizna de heno a la vista para alimentarlo. Había visto operaciones de salvamento: el dinero, los hombres y el equipo gigantesco a menudo no lograban ganar. Se requerían habilidad técnica y conocimientos expertos. No sabía qué revelaría un examen de su casco. Había comprado como los muchachos intercambian navajas: ¡sin verlas! Se confesó a sí mismo que incluso la miseria que habían apostado en este riesgo se había gastado con la imprudencia de la locura, considerando que habían gastado todo lo que tenían. No les quedaba nada con qué operar. Era como un hombre que se ata las manos a la espalda antes de saltar por la borda.
¡Oh, ese era un mar solitario! Era gris, hosco y ominoso.
El humo negro de los remolcadores distantes agitó un triste adiós. Un viento helado había comenzado a arpear a través de la jarcia de la pequeña goleta; el lamento —lejano, místico, una voz de la nada— que presagia la tempestad zumbaba en sus oídos.
—Puedo oler algo en este clima que es peor que el pudin quemado —afirmó el capitán Candage—. No sé exactamente cómo se siente usted, señor, pero si un tipo apareciera por aquí en un coche fúnebre ahora mismo y quisiera mi opción sobre ella por lo que pagué, creo que negociaría con él antes de llegar a los golpes.
—No puedo culparlo —confesó el joven—. Este parece ser otro caso de "Ahora que lo tenemos, ¿qué demonios vamos a hacer con él?".
—Bajemos a tierra tras esas barcazas, negociémoslo y seamos sensatos —aconsejó su asociado—. Me siento como si fuera dueño de una parte del viejo Popocatterpettul —o como se llame esa montaña— y me hubieran ordenado moverlo en una correa de chal.
Mayo inspeccionó su propiedad recién adquirida a través del crepúsculo que avanzaba.
—Creo que conozco a un tipo a quien podemos endosárselo —persistió Candage—. Ha hecho algunos trabajos de salvamento y es un tipo imprudente.
—Escuche —espetó su asociado—, vamos a resolver un punto ahora mismo, señor. No estoy celebrando esta perspectiva, en absoluto. Pero estoy metido en esto y voy a seguir mi plan original. No quiero a nadie conmigo que vaya a seguir mirando atrás y quejándose. Si todo se va al diablo, no escuchará ni un quejido de mi parte. Si quiere renunciar ahora, capitán Candage, adelante, y hipotecaré mi futuro para devolverle lo que ha arriesgado. ¿Qué dice ahora?
—Bueno, digo que está hablando justo como me gusta oír hablar a un hombre —declaró el patrón, con firmeza—. Maldito sea si me gusta meterme en algo con alguien que no tiene entusiasmo. Usted es de mi clase, y después de esto descubrirá que yo soy de la suya. —Se dio la vuelta y gritó órdenes—. ¡Recojan la mayor, tomen rizos en el foque y dejen que navegue con eso y el foque grande!
—¡Esa es la idea! —elogió Mayo—. El océano Atlántico se está preparando para repartir una mano en este juego. Tenemos que mantenernos unidos si queremos ver qué cartas nos tocan.
Una goleta de pesca, si se maneja bien, es un verdadero petrel de tormenta al sortear un temporal. Ni siquiera los presagios de tempestad amedrentaron a los dos capitanes. Estaban allí para proteger su propiedad y hacer realidad sus esperanzas o sus temores.
—Si el Conomo mantiene su valor y sobrevive a esto —dijo el capitán Candage—, estaremos aquí para darle tres hurras cuando termine. Y si se hunde, estaremos en cubierta para agitarle un adiós.
Con ese espíritu, ajustaron todo a bordo de la goleta y se prepararon para desafiar a la tormenta. Llegó por la noche, con un aullido de ráfagas y una andanada de aguanieve como perdigones. Pisoteó el mar palpitante e hizo tumulto en el agua y en el aire. A medianoche estaban revolcándose con solo un foque que estaba helado hasta la dureza de una placa de caldera. Pero aunque las vastas marejadas lanzaban sus poderosos brazos en esfuerzos por atrapar a la goleta, ella esquivaba y bailaba en su ágil camino y frustraba su malignidad. Sus hombres no dormían; se descongelaban en relevos y volvían a subir a cubierta. Cada uno parecía estar animado por un interés personal y vital.
—No puedes comprar tripulaciones como esta con salarios —observó el capitán Candage, con la barba llena de carámbanos cerca del oído de Mayo—. Supongo que fue tal como dijo mi Polly: echas pan a las aguas cuando tomas su partido en Hue and Cry.
El joven, aferrado a una cornamusa y observando las luchas de su embarcación, agitó una mano enguantada para significar que estaba de acuerdo. En ese tumulto de tempestad y marejada estaba esforzando la vista, tratando de echar un vistazo al casco en Razee. Pero la goleta se había desviado demasiado hacia el oeste, presionada a sotavento por la mano implacable de la tormenta.
Entonces, finalmente llegó la mañana, un amanecer opaco que estaba envuelto en nieve arremolinada, y todo quedó oculto a sus ojos excepto las montañas de agua que se desplomaban sobre ellos, amenazaban con engullirlos y luego se derretían bajo su quilla. Los capitanes solo podían adivinar el alcance de su deriva, pero cuando el viento amainó después del mediodía y pudieron poner velas en la goleta, no tuvieron dudas sobre la dirección en la que debía encontrarse el vapor. Comenzaron su laborioso regreso hacia el este.
Mayo desafió el viento cortante y la jarcia helada y tomó los anteojos hacia las crucetas del palo mayor. Permaneció allí aunque estaba helado hasta los huesos.
Por fin, cerca del borde del horizonte, divisó un tumulto espumoso en el mar, marcando alguna obstrucción con la que las olas estaban forcejeando. En medio de esta agitación blanca había una forma que era casi espectral bajo los cielos grises. La pequeña goleta cabeceaba tan ferozmente que solo ocasionalmente podía traer este objeto al alcance de los anteojos. Pero al final se aseguró. Aferró los anteojos y se deslizó hacia la cubierta por los resbaladizos obenques.
—¡Está allí, capitán Candage! —gritó—. ¡Los dientes del viejo Razee todavía están mordiendo!
Estaban de vuelta junto a ella antes de que cayera la noche temprana. Estaba helada hasta el tope del palo mayor, y el rocío había depositado montículos de hielo en su cubierta, pesando sobre ella y hundiéndola en los arrecifes que la habían inmovilizado. Pero a pesar de los golpes que había recibido, su posición no había cambiado. La rodearon; la minúscula goleta parecía lamentablemente inadecuada para lidiar con esta nave monstruosa.
—Bueno —suspiró el capitán Candage—, gracias al Señor de que todavía está aquí. Nuestro trabajo está definido ahora, sea lo que sea que podamos hacer con ella. Dicen que un ratón liberó a un león una vez royendo sus cuerdas. Me parece que vamos a tener que roer muy lentamente aquí.
Se quedaron junto a ella esa noche en un mar que se calmaba y pasaron horas de vigilia en la cabina, luchando bastante indefensos con los planes.
—Por supuesto, es reconfortante encontrarla aquí y saber que el océano Atlántico tendrá que conseguir más fuerza para moverla —dijo Candage—. Y, por otro lado, no es tan condenadamente reconfortante. Me parece que está tan sólidamente atascada allí que no podrías moverla ni lanzándole la luna encima. Supongo que mi esperanza ha sido la misma que la tuya, Mayo: salvarla entera en lugar de desguazarla.
—Soy marinero, no chatarrero. Casi preferiría perder mi dinero, capitán Candage, que ser parte de hacer pedazos ese nuevo vapor para convertirlo en hierro viejo. Ella ha engañado a los que adivinaban al quedarse donde está. Ha sido mi esperanza desde el principio que pueda ser reflotada. No es un trasto de hierro viejo y oxidado. Por supuesto, tiene un agujero, y podemos ver ahora que está plantada muy sólidamente. Pero apuesto a que está sana y hermética en todas sus partes, excepto donde está esa herida. Supongo que la mayoría de los hombres que pasaran por aquí ahora adivinarían que no se puede sacar entera. Voy a meterme en esto e intentar engañar también a esos adivinos.
—Esa es la única apuesta real —estuvo de acuerdo el patrón—. Solo ganaríamos jornales tallándola en una pila de chatarra. Un depósito de chatarra no vale mucho, excepto como hierro viejo a medio centavo la libra; ¡pero un vapor nuevo como ese vale doscientos mil dólares, por Dios!, si está a flote.
—Bueno, tenemos que hacer algo más que quedarnos aquí y mirar sus líneas. En primer lugar, quiero saber qué le pasa, más o menos qué tamaño de agujero tiene. Nuestros ojos deberían decirnos un poco algo.
Y con ese recado Mayo partió a la mañana siguiente después del desayuno.
Solo un marinero, joven, alerta y audaz, podría haber escalado el costado del vapor en ese clima. Su escalera estaba en su lugar, pero no era mucho más que un carámbano exagerado. Pero estaba en el lado de sotavento de ella, y su dori estaba bastante bien protegido de la acometida de los mares. Con su hacha, abrió un punto de apoyo en la escalera, dejó a sus hombres en el dori y se abrió camino peligrosamente hacia la cubierta. La escotilla de proa estaba abierta, tal como la habían dejado los salvadores que partían apresuradamente. Bajó, por la escalera de hierro escarchada. Se enfrentó a un aspecto desolador. La carga y el agua ocultaban el daño que había sufrido. El hombre gordo se había llevado la mayor parte de la carga que el agua no había arruinado.
Subió de nuevo a cubierta y exploró hacia el centro y la popa. Su sala de máquinas estaba parcialmente inundada, ya que su proa estaba apoyada en la parte más alta del arrecife y el agua se había asentado hacia popa. Los cuartos de su tripulación estaban sobre la cubierta principal, como es el caso con la mayoría de los cargueros del tipo más nuevo. Encontró mucha comida enlatada en los dominios del mayordomo, carbón en la carbonera de la cocina, y había ropa de cama en los camarotes de los oficiales.
Mayo regresó a su dori y subió a bordo de la goleta. Informó de sus hallazgos.
—Y aquí está el único plan sensato por el momento, capitán Candage: llevaré a dos hombres y un dori, subiré a bordo y protegeré nuestra propiedad. Alguien debe quedarse aquí, y no quiero que usted corra los riesgos en ese naufragio. Usted tiene una hija. Probablemente conozca más gente de astilleros en Limeport que yo. Esa es la ciudad más cercana, y creo que cuando informe que el Conomo se mantiene después de esta tormenta, podrá contratar algo de equipo a crédito y pedir prestado algo de dinero.
—Juro que haré lo mejor que pueda. Conozco a mucha gente del frente marítimo y siempre he pagado mis cuentas.
—Necesitamos cosas para todo el juego del salvamento: motor, bombas y todo lo demás. Vaya a explorar a tierra, reclute a unos cuantos hombres y tráigalos aquí para que miren nuestra perspectiva.
—¿Ofrecerles una participación?
—No, señor. Haremos de esto una corporación cerrada. No pretendo dejar entrar aquí a un montón de tiburones de tierra para que nos manipulen y nos quiten lo que es nuestro. Es nuestra apuesta y queremos lo que salga de ella. Vaya a tierra y vea qué puede hacer con los precios y los términos. No cierre nada hasta que usted y yo hayamos conferenciado. Tendré lista una lista de necesidades para cuando usted esté de vuelta.
Media hora después, estaba ubicado en el naufragio con los dos hombres que había seleccionado como sus compañeros. Llevaban aparejos con ellos, con los que izaron su dori, su principal medio de salvación en caso de emergencia.
Y el mar que Mayo inspeccionó era más solitario que nunca, pues el Ethel and May se alejaba a través de la superficie agitada hacia la costa y el casco se quedaba solo en la extensión del océano. Se sentía muy pigmeo y muy indefenso mientras se arrastraba por las cubiertas heladas. Recordó que la fe puede mover montañas, pero aún no era capaz de determinar qué poder sería capaz de mover ese vapor, en cuyas entrañas el arrecife de Razee había clavado sus dientes.
A las ocho campanadas, medianoche, Mayo salió de su litera, porque escuchó algo que le interesó. Era un suave golpeteo, un suave susurro. Como navegante, sabía cuán repentinos pueden ser los cambios meteorológicos en la costa en invierno. Cuando los vientos del norte han rugido y aullado y se han agotado, escupiendo aguanieve y nieve, los vientos del sur más suaves tienen su turno y traen una humedad más balsámica de la Corriente del Golfo. Sacó la cabeza y sintió un aire suave y lluvia cálida. Había estado esperando y casi esperando que un cambio de clima trajera esta condición, conocida como un deshielo de enero. Volvió a su litera, mucho más reconfortado.
Un sol brillante lo despertó. Cielos despejados habían sucedido a la lluvia. Todo goteaba y se derretía. Trozos de hielo caían de los toscos mástiles del vapor, y sus imbornales comenzaban a descargar agua de la masa que se ablandaba en su cubierta.
Él y su pequeña tripulación desayunaron con gran alegría, luego consiguieron hachas del cobertizo de herramientas del vapor y comenzaron a cortar canales de agua en el hielo. Un sol benévolo en un cielo sin nubes se había alistado como miembro de la tripulación de salvamento en Razee Reef. Ese clima pronto despejaría al Conomo de su revestimiento.
Esta era una perspectiva alegre, porque se liberarían la jarcia y el equipo de cubierta de varios tipos. El vapor comenzó a parecer una propuesta menos desalentadora. Ya no era el carámbano que había infundido escalofríos a los suscriptores y postores. Mayo perdió la sombría sensación que lo había agobiado. El mar no parecía tan solitario ni tan amenazante. Sintió que podía mostrar algo tangible y esperanzador a las partes a las que el capitán Candage pudiera solicitar.
Cuando vio un remolcador acercándose por la tarde, su optimismo sugirió que traía al patrón y a su grupo; sus propias esperanzas eran tan altas ahora que sentía que los hombres con equipo y dinero estarían ansiosos por prestárselo a las partes que poseían perspectivas tan excelentes. De esta manera, tradujo esta aparente prisa por llegar al arrecife.
Pero no fue el capitán Candage quien lo llamó cuando el remolcador se acercó a la escalera, con su hélice agitando el mar en reversa. Un extraño salió de la caseta de gobierno del Resolute, llevando una gran maleta de cuero. Era claramente el pasajero que lo había fletado. Un marinero lanzó un cabo a la cubierta del vapor, y Mayo lo devolvió rápidamente.
—No pueden subir a bordo.
—¿Quién lo dice?
—Yo lo digo. Tengo una factura de venta de ella en mi bolsillo.
—No la reconozco. La ley tendrá algo que decir al respecto más adelante.
—No me importa lo que la ley pueda decir más adelante. Estoy hablando ahora mismo. Somos dueños de este vapor. ¿Para qué está aquí?
—Dejé muchas pertenencias personales pequeñas en ella. Me fui con prisa. Quiero subir a bordo con esta maleta y recuperarlas.
—Deben ser pertenencias muy valiosas, viendo que ha fletado un remolcador para venir hasta aquí.
—La propiedad de uno mismo significa más para uno que para cualquier otra persona. Ahora que he pasado por todo este gasto, no será tan malo, ¿verdad?, como para no dejarme entrar. Esto es entre marineros.
—¿Quién es usted?
El hombre dudó. —Bueno, si tengo que ser presentado, diré que mi nombre es Simpson; he sido segundo oficial a bordo.
—Usted no está aquí con ningún documento legal; no está intentando ningún truco para obtener la posesión, ¿verdad?
—¡Que todos los que escuchan sean testigos de que no! Recogeré mis cosas y me iré en diez minutos.
—Suba a bordo, entonces.
El hombre dejó su maleta y enganchó un cabo de izado al asa. Enrolló el cabo y se lo entregó a un marinero. —Lánzame eso cuando esté en cubierta —ordenó. Luego subió por la escalera.
—¡Hale, y yo izaré la maleta! —sugirió Mayo en la barandilla.
—Espere a que llegue —ladró el visitante, mientras seguía subiendo. Agarró el cabo tras alcanzar la barandilla y tiró de la maleta con algo de esfuerzo y gran cuidado.
—Oiga, esa maleta no está vacía —dijo Mayo.
—¿Quién ha dicho que lo estuviera? Llevo dentro todo lo que tengo en el mundo. Me marcho a Nueva York en cuanto este remolcador me deje en tierra.
Recogió la maleta y se dirigió a los camarotes de los oficiales. Mayo le acompañó.
—¿Tiene miedo de que le robe el motor? Las pocas cosas mías que he venido a buscar estaban escondidas, por eso me olvidé de ellas. Ahora, no me insulte siguiéndome como si fuera un ladrón.
—No sé exactamente qué es usted —murmuró el joven—. Hay algo que parece muy sospechoso en esto, pero aún no le tengo calado.
—Me volveré atrás; me volveré ahora mismo. Suponía que le pedía un favor a un caballero y a un compañero oficial. —Empezó a regresar hacia la escalera.
—Vaya a por sus cosas —ordenó Mayo—. Si sus asuntos aquí son solo suyos, no quiero espiarle.
Volvió para interrogar al capitán del remolcador en busca de información sobre el Ethel and May.
—Está en Limeport —informó el capitán, con los codos en el alféizar de su ventana—. Pasé junto a ella en el puerto interior esta mañana. Se ha metido en un buen lío, ¿eh? Todos pensamos que esta tormenta la habría hecho trizas. Se armó un buen revuelo por todo el muelle cuando el viejo Candage apareció y dijo que había sobrevivido.
—Supongo que algunos de los que se asustaron ahora hablan en otro tono sobre las perspectivas aquí fuera, ¿no es así?
—No estoy tan seguro de eso, señor —afirmó el hombre del remolcador, relajándose en una postura más cómoda.
—¿No existe la sensación en tierra de que es probable que tengamos éxito con este proyecto? —Había solicitud en la voz de Mayo. Estaba sumamente ansioso. Del sentimiento en tierra dependía el éxito del capitán Candage.
—¡No podría decir que haya oído nada parecido!
—Pero la gente debe...
—No se habla mucho, no ahora. Por lo general, se considera que este barco es caso perdido y la gente está hablando de otra cosa.
—¡Pero ella está aquí, está a flote y bien sujeta! Ella es...
El hombre del remolcador no tenía suficiente interés como para escuchar declaraciones sobre la condición del Conomo. —Mire, hijo —le interrumpió—, ¿cree por un minuto que esto no habría sido capturado por la gente importante si hubiera habido alguna posibilidad de beneficio? ¡Sé que no la hay!
—¿Cómo lo sabe? —exigió Mayo, con indignación.
—¿Acaso no he estado hablando con el representante de una de las mayores compañías de salvamento de la costa atlántica? Está allí en Limeport ahora; estuvo a bordo de mi remolcador esta mañana.
—¿Cómo lo sabe él?
—Bueno, él lo sabe. Es su negocio. Y todo el mundo en Limeport sabe lo que ha dicho. No ha sido tímido a la hora de expresar su opinión.
Mayo se inclinó sobre la barandilla, con una luz funesta en los ojos que indicaba cuáles eran sus propias opiniones sobre este detractor desconocido en aquel momento.
—¡Me gustaría saber quién es este Lord Suposiciones, ladrando a espaldas de hombres honestos!
—¡El señor Fogg! ¡Ese es! ¡Parece conocer su negocio!
—¿Fogg?
—«¡Exacto!» Esa es su palabra favorita —explicó el otro, sonriendo—. ¡Un tipo listo, además, con cigarros y palabrería!
—¡Por los dioses, ahora sé quién fletó este remolcador! —gritó—. ¿En qué clase de tonto me estoy convirtiendo?
Se dio la vuelta y corrió hacia los camarotes de los oficiales. Saltó al pasillo principal y exploró precipitadamente las habitaciones. No había rastro de su visitante.
En aquel momento, en el tumulto de sus pensamientos, solo tenía una vaga idea de cuál podría ser el motivo de la visita del hombre. Pero estaba seguro, ahora, de que un miserable que había naufragado deliberadamente a un vapor rival —si las sospechas de Candage eran correctas— haría cualquier otra cosa por dinero.
Una estrecha escalera con pasamanos de bronce conducía a los camarotes de la tripulación. Mayo, al llegar a la parte superior, vio al hombre apresurándose hacia abajo. El capitán agarró los pasamanos y se deslizó hacia abajo de un salto.
—¿Qué demonios está haciendo? —jadeó.
El intruso le agarró, lo lanzó a un lado y comenzó a subir la escalera. Había soltado la maleta para sujetar a Mayo, y esta rebotó de tal forma que mostró que estaba vacía.
Mayo saltó y agarró las piernas del otro mientras subía. El hombre le dio una patada feroz en el pecho antes de que el atacante lograra inmovilizar las piernas entre sus brazos. Cayeron juntos, rodando una y otra vez.
El desconocido era robusto y fuerte, con músculos endurecidos por las actividades de un marinero. Además, parecía animado por algo más que un simple rencor o el deseo de defenderse; luchaba con frenesí, golpeando con los puños la cara y los costados de Mayo mientras rodaban. Entonces comenzó a gritar. Prácticamente chillaba, luchando por liberarse.
Pero su agresor era igual de duro y desesperado, y poseía la agilidad superior de un hombre más joven. El otro había forzado la pelea. Mayo se propuso aferrarse a él hasta descubrir el significado de esa ferocidad peculiar.
Giró sobre su prisionero, lo agarró por ambas orejas y golpeó la cabeza del hombre contra las tablas de la cubierta con tal fuerza que su víctima se relajó, medio inconsciente.
Entonces abrió unos ojos desorbitados. —¡Suéltame! ¡Suéltame! Me rindo. ¡Huye! ¡Déjame correr! ¡Estamos perdidos! —chilló.
—¿Correr? ¿Por qué? —exigió el vencedor.
—¡Dinamita! La he plantado. La mecha avanza.
—¿Dónde está?
—Abajo... en algún lugar. Se me ha olvidado. No puedo recordar. Mi mente se ha ido. Estoy demasiado asustado para pensar. ¡Huye!
Mayo saltó y tiró del hombre hasta ponerlo en pie. —¡Llévame hasta ella! —gritó.
—No hay tiempo. He calculado mal la mecha; puede que arda más rápido de lo que pensaba.
El joven hundió su puño en la cara del otro y lo derribó. Luego lo sacudió para ponerlo de pie de nuevo.
—Llévame a donde has plantado esa dinamita o nos quedaremos aquí y saltaremos juntos. Y ahora sabes que digo lo que digo.
El último golpe había acobardado al hombre; volvió a levantar el puño.
El visitante se alejó de un salto y corrió a lo largo de la cubierta inferior, con Mayo pisándole los talones. Marcó el camino hacia la popa. En la penumbra de la cubierta intermedia brillaba una chispa roja. Mayo corrió hacia ella, se quitó la gorra y sofocó el resplandor funesto. Cuando estuvo seguro de que la mecha estaba muerta, oyó a su hombre trepar por la escalera. Lo persiguió y atrapó a su presa cuando alcanzó la cubierta superior, lo golpeó alrededor de las orejas y lo metió a la fuerza en un camarote.
—¡Esto significa prisión estatal para ti! ¡Ya eras culpable de baratería antes, y lo sabes! ¿Cómo te atreviste a intentar esta última jugada?
—Tenía mis órdenes.
—¿Órdenes de qué hombre?
—No importa. No hace falta que preguntes. No se lo diré. —El desconocido estaba hosco y había recuperado parte de su seguridad, ahora que su miedo a la dinamita había desaparecido.
—Eres un lunático. Deberías haber sabido que no podrías llevar a cabo algo así.
—¡No sé yo eso! Estaba funcionando bastante bien. Si ella se hubiera partido y alejado de estos arrecifes, no habrías podido probar nada especial. Tengo buenos respaldos. Será mejor que me dejes ir.
Mayo lo fulminó con la mirada, privado de habla por esta desfachatez.
—Será mejor que te pases al bando de los grandes —aconsejó el hombre—. Puedo decirte ahora mismo que todos los agujeros en Limeport han sido tapados para ti. No puedes contratar equipos allí, ni obtener un centavo de crédito. Todo ha sido muy bien atendido. Estás aquí perdiendo el tiempo con un pato muerto. Habrías estado mejor si hubieras dejado esa dinamita sola para partirla.
La inutilidad total de las palabras en una situación como esta, la insuficiencia del discurso para enfrentar tal descaro, frenó el anatema salpicado de juramentos de Mayo. Sacó la llave de la puerta del camarote y amenazó al prisionero con el puño cuando el hombre comenzó a seguirlo hacia fuera.
—¡No te atrevas a retenerme a bordo! ¡Toma nota de lo que ya te han hecho, Mayo! Estoy seguro de mi respaldo.
—¡Tendrás la oportunidad de usarlo! —replicó el joven. Esquivó y cerró con llave la puerta del camarote.
—Su pasajero no va a volver con usted, señor —gritó desde la barandilla al capitán del remolcador.
—Recibo mis órdenes de él.
—Las está recibiendo de mí ahora. ¡Suelte amarras!
—Oiga...
—Digo lo que digo, señor. Ese hombre que trajo aquí se va a quedar hasta que pueda ponerlo en manos de la policía.
—¿Qué ha hecho?
—¡Cuanto menos sepa sobre el asunto, mejor será para usted y para su barco! Dígale al hombre que fletó su remolcador...
—¡Lo tiene a bordo, allí!
Mayo miró directamente a los ojos al hombre del remolcador.
—Dígale al señor Fogg, quien fletó su remolcador, que tengo a su hombre bajo llave y que cuanto más alboroto organice por el asunto, más satisfecho estaré. Y no traiga más pasajeros aquí a menos que sean oficiales de policía. —Luego rugió con su tono de capitán de marina: —¡Suelte sus cabos, señor! ¡Sabe lo que es la ley de almirantazgo!
El capitán asintió, cerró la ventana de su puente y tocó la campana. Mayo supo por su aire desconcertado que no estaba totalmente en la confianza de su pasajero y su empleador.
Este intento chapucero y descarado de destruir el vapor tocó el orgullo de Mayo tan profundamente como agitó su ira. Evidentemente, Fogg veía las pretensiones de la nueva propiedad con desprecio. Debía creer en su propio poder para arruinar y escapar a las consecuencias, reflexionó el joven. Había puesto a Mayo y a sus humildes asociados al nivel de los piratas naufragadores comunes de la costa: hombres que saqueaban sin ley ni derecho, que debían estar preparados para luchar contra otros piratas de la misma calaña y cuyos asuntos no podían tener cabida en un tribunal de justicia.
Aún más inquietantes eran las declaraciones de que las avenidas de crédito en tierra habían sido cerradas. Las afirmaciones maliciosas podían arruinar el proyecto con más eficacia que la dinamita. Pero ahora que el Conomo había resistido el embate de un vendaval y destacaba en el arrecife, una promesa visible de valor, parecía que el capitán Candage debía ser capaz de encontrar a alguien que los respaldara.
Durante dos días Mayo esperó con mucha impaciencia, mientras él y sus hombres realizaban el trabajo preliminar que se presentaba.
Esperaba que Fogg enviara una expedición de socorro, pero sus temores no dieron fruto. Su prisionero estaba hoscamente reticente y, por las pocas palabras que dejó caer, parecía consolarse con la certeza de que la retribución aguardaba a Mayo.
Al tercer día llegó la goleta. Llegó lánguidamente, bajo un viento suave, y sus velas caídas parecían expresar desaliento y decepción. Mayo, mirándola mientras se acercaba, recibió esa impresión, a pesar de sus esperanzas. Pudo vislumbrar el rostro del capitán Candage cuando llegó al costado del vapor en su bote, y sus temores se confirmaron.
—No sirve de nada —fue el lacónico informe del patrón mientras subía por la escalera.
—¿Quieres decir que no conseguiste que nadie se interesara?
—No hay nada que hacer en ninguna parte. Hay un hombre gordo llamado Fogg en Limeport, y está difundiendo el rumor de que no tenemos ley ni perspectivas. Conseguí que algunos hombres me escucharan, pero me echaron cuando descubrieron que no los aceptaríamos y les daríamos todas las ganancias. Fui a Maquoit e intenté meter al diácono Rowley en el asunto, y cuando voy y pido favores al diácono Rowley, puedes imaginar lo desesperado que estoy. Es un hombre de dinero contante; eso ya lo has descubierto.
—¿Pero no pudiste mostrarle que esta es la mejor apuesta de la costa?
—No es un apostador; es un operador de apuestas seguras. Y cuando supo que habíamos puesto todo nuestro efectivo, amenazó con quitarnos la goleta a menos que volviéramos a pescar y «fuéramos sensatos», esa es la forma en que lo puso. Así que él y yo tuvimos esa discusión pospuesta.
—Pero mírala —suplicó Mayo, agitando la mano—, sin hielo, sana en todos sus remaches después de la paliza. Si pudiéramos conseguir a los hombres adecuados aquí ahora...
—Yo mismo ya no estoy seguro —declaró el capitán Candage, echando una mirada de desaprobación a su propiedad—. Si te alejas de aquí, lejos de los hombres de negocios sensatos, y sueñas con lo que podría pasar, puedes engañarte a ti mismo. Puedo ver cómo te pasa a ti. Pero he estado en tierra y me lo han dejado claro y bien claro. Pensé en una forma de conseguir algo de dinero, pero entré en razón y desistí.
—Conseguir dinero, ¿cómo?
—No importa. Me cortaría ambas manos antes de dejar que esas manos tomaran ese dinero para algo tan desesperado como esto. Vendámosla como chatarra al primer hombre que la acepte, y luego ocupémonos de nuestros propios asuntos y vayamos a pescar.
—¿Tomarás tu turno a bordo aquí y dejarás que yo vaya a tierra?
—No tiene sentido que sigamos perdiendo más tiempo.
—He hecho mi turno aquí, capitán Candage, y ha sido bueno. Solo le pido que tome su turno, como debe hacer un compañero de barco. Quédese con una docena de hombres aquí con usted. Hay comida de sobra. Mantenga alejados a todos los que vengan hasta que yo vuelva.
—¿Qué vas a hacer?
—Intentarlo como un hombre, señor, antes de dejar que nos tiren. Siempre podemos ir a pescar. Pero solo hay un Conomo.
—Me quedaré. Es justo que tengas tu oportunidad en tierra. Y tengo un rifle terriblemente bueno a bordo de esa goleta —declaró el patrón—. Envíamelo con uno de los hombres.
—Puede que lo necesite —dijo el capitán Mayo, con una mueca sombría en su mandíbula—. Venga conmigo. Quiero mostrarle un pájaro que voló a bordo el otro día.
Fuera de la puerta del camarote detuvo al capitán Candage, quien le seguía los pasos, tomando la declaración de Mayo literalmente y mostrando solo un interés leve.
—Capitán Candage, su hombre, Art Simpson, está en este camarote. Vino aquí en un remolcador con una bolsa de dinamita y tenía la intención de hacer volar este naufragio.
—Santo cielo, ¿no se van a detener ante nada? —graznó el viejo patrón.
—Ya es hora de que averigüemos cuánto de esto es una maldad imprudente por parte de hombres contratados y cuánto saben realmente los grandes sobre lo que se está haciendo en esta costa, señor. Y por eso mantengo a este hombre Simpson.
—¡Déjeme llegar a él! —suplicó Candage—. ¡Le romperé su caparazón! ¡Llegaré a su carne!
Mayo abrió la puerta y entró.
—Simpson, tú... —bramó el viejo patrón, y luego se detuvo confundido, con la boca abierta.
—¡Este no es Art Simpson! —declaró, tras un examen asombrado del desconocido que fulminaba con la mirada—. ¿Quién eres?
—¡No es asunto tuyo! Cuando sepas quién soy, descubrirás que tienes un hueso duro de roer entre manos.
—Ya nos damos cuenta de eso, sin saber tu nombre —replicó Mayo.
—No me preocupa; ¡es a ustedes a quienes les toca preocuparse! ¡Les he dado su advertencia! Ahora acepten lo que les viene de parte de los hombres que están detrás de mí.
—¿Cómo te llamas? Eso es lo que te he preguntado —exigió Candage.
—No es asunto tuyo. Eso es lo que te he dicho.
—Obtendremos algo de luz sobre ese tema después de que lo tenga en tierra —dijo Mayo—. ¡Vamos! ¡Te vas!
—¡Cuanto antes, mejor! —estuvo de acuerdo el desconocido—. ¡Disfrutaré viendo cómo reciben su merecido!
Mayo no perdió el tiempo. Envió a su prisionero por la escalera hacia el bote antes que él, y le tendió la mano al viejo patrón.
—Si no puedo hacerlo mejor, tomaré a ese demonio, sea quien sea, por los talones y machacaré los sesos de los otros piratas.
—Supongo que se echarán atrás cuando vean que lo has atrapado con las manos en la masa —declaró el patrón, de forma consoladora—. Tengo mucha confianza en tu valor, señor. Pero debo decir que es una banda terriblemente astuta a la que nos enfrentamos, o eso me parece a mí.
—Esta puede ser justo la cuerda correcta para tirar —respondió Mayo; no hay forma de razonar con ellos, pero podemos ser capaces de asustarlos.
—Me temo que soy demasiado propenso a mirar el lado oscuro —confesó el capitán Candage—. Vas a encontrarlos a todos en tu contra en tierra, señor. Pero las últimas palabras que mi Polly me dijo que te dijera fueron que mantuvieras tu ánimo y que no hicieras caso de mis gruñidos. Ella piensa que tenemos algo seguro aquí, ¡y eso demuestra lo poco que una chica sabe sobre el trabajo de los hombres!
Y, sin embargo, ese pequeño mensaje de buen ánimo desde tierra consoló tanto a Mayo que siguió su camino con el pensamiento caprichoso de que las chicas que sabían exactamente el momento adecuado para dar una palmada y regalar una sonrisa sí que entendían muy bien el trabajo de los hombres.
XXVIII ~ AYUDA DE CHICA Y TRABAJO DE HOMBRE
Conocemos los trucos del viento y la marea Que causan y significan el desastre, Y los frustramos, el Wren y yo, Lejos en el Pasto del Viejo. Día tras día, la marsopa allí Va bamboleándose hacia afuera y por debajo, Y las noches observamos a los barcos costeros arrastrarse De luz en luz allá a lo lejos. —El Capitán.
Era el período de las calmas de enero, esa tregua entre los rugidos de tempestad de los equinoccios, y el Ethel and May avanzaba lentamente en su regreso a tierra firme. En el estado de ánimo de ansiosa impaciencia de Mayo, la esperanza en sus asuntos era tan desconcertante como los vientos en las velas de la pequeña goleta.
Su pasajero se sentó en la barandilla y lanzó al capitán que paseaba miradas ocasionales en las que se mezclaban la ironía y la hosquedad.
—Así que me vas a llevar a los tribunales, ¿eh? —preguntó, cuando finalmente pasaron a la deriva el final del rompeolas en Limeport—. Bueno, eso te dará una buena excusa para abandonar tu trabajo en ese naufragio.
Mayo siguió caminando y no respondió. Había estado reflexionando sobre la cuestión de qué hacer con este nuevo «elefante» que tenía entre manos. En cierto modo, este extraño era un asunto difícil de manejar junto con el problema del Conomo.
—Solo entiende que no me importa un bledo si me entregas a la policía —prosiguió el hombre—. Se encargarán de mí. ¡Y de ti también! ¡Estarás atado! A los tribunales les gusta que los testigos principales atiendan estrictamente a su labor.
El joven solo tenía un conocimiento vago de marinero sobre el procedimiento de los tribunales de justicia; pero ese conocimiento y un considerable rumor lo habían convencido de que la ley era lenta, exigente y autoritaria.
Todo su tiempo, sus mejores esfuerzos, su presencia eran necesarios en la gigantesca tarea que había emprendido en Razee. Permitirse quedar atrapado en un lío legal junto con esta persona, incluso en el proceso penal del hombre, seguramente significaba retraso, junto con la interrupción repetida de su trabajo, si no su abandono por un tiempo.
—¿Dónde está su jefe? —exigió, deteniéndose frente al prisionero.
—¿Nombre, por favor?
—No intentes engañarme. ¡Fogg, quiero decir!
—Probablemente encontrará al señor Fogg en el Hotel Nicholas.
—Voy a llevarte hasta allí. Si intentas huir...
—¡Corre tú, tía Huldah! ¡Puf, hijo! Ahora estás mostrando sentido común. Llevame ante el señor Fogg. Se te mostrarán algunas cosas.
No tuvieron dificultad en encontrar al señor Fogg. Estaba frente al fuego en la oficina del Nicholas, tostándose la espalda y calentando sus palmas que abanicaba lentamente, y hablando con un grupo de hombres.
Aparentó no reconocer a Mayo cuando el joven preguntó, bruscamente, si podía verle en privado.
—Ciertamente, señor. ¿Y su amigo?
—Sí.
El desconocido, subiendo las escaleras con Mayo, dio un codazo a su compañero.
—¡Es una maravilla! «¿Y su amigo?» —citó con una risita—. ¡Nada de trabajo vulgar en eso!
Mayo había decidido firmemente en su mente que su presente asunto era el único tema que discutiría con Fletcher Fogg. Aunque la justa ira de un hombre inocente, arruinado y perseguido, le incitaba a atacar a este presuntuoso estafador con la lengua, e incluso con los puños, se obligó mediante una promesa mental a esperar hasta tener pruebas distintas a las palabras vagas y sus propias convicciones.
—Y ahora... —invitó Fogg, cuando hubo cerrado la puerta de su habitación, esperando hasta que sus visitantes hubieran entrado.
«¡Sí, ahora!», soltó el capitán Mayo. «¡Entonces no, Sr. Fogg! Ya lo arreglaremos más tarde, cuando le haga pagar por lo que me hizo. Este hombre de aquí, ¡usted lo conoce, por supuesto! Intentó dinamitar el Conomo. Lo pillé con las manos en la masa. Es su hombre. Se ha jactado de que estaría protegido».
El Sr. Fogg dirigió una mirada gélida a la sonrisa de suficiencia del hombre.
«Nunca había visto a esta persona antes, señor».
«¡Sé que miente!», Mayo sacó una conclusión precipitada y farfulló: «Puedo demostrar, con hombres de esta misma ciudad, que usted ha estado hablando con él».
«Puede que haya sido una de las personas que vinieron a pedirme trabajo en el pecio, en caso de que mi empresa decidiera reflotarlo. Pero decidimos no emprender el trabajo y no le presté atención. Por lo que a mi memoria respecta, digo que nunca lo había visto antes».
«Usted no representa a ninguna empresa de salvamento», insistió Mayo. «Usted ha venido aquí para interferir con cualquiera que intente reflotar ese vapor».
«¿Qué asunto le trae conmigo, señor? ¡Váyase a otra parte!»
«He venido a mostrarle a este hombre. Si quita sus manos de mis asuntos, cierra la boca y deja de decir a la gente de aquí que el plan de salvamento es una causa perdida, le entregaré a este hombre. Usted sabe lo que debería hacerle aquí y ahora, Fogg», gritó con salvajismo. «Pero no me voy a molestar; no ahora. Estoy aquí para negociar con usted este único asunto».
«No estoy interesado».
«Entonces llevaré a este hombre a la comisaría y presentaré mi denuncia. Cuando comience el proceso penal, ya verá lo que le sucede».
«Vaya tan lejos como quiera», consintió el Sr. Fogg con desgana. «No puede hacerme responsable de los actos de una persona a la que no conozco de nada».
«¿Es esa su última palabra?»
«¡Por supuesto que lo es!», espetó el promotor. «Debe de estar loco si piensa otra cosa».
«Muy bien. ¿Puedo usar su teléfono para llamar a la policía?»
«Ciertamente». El Sr. Fogg encendió un puro y tomó un periódico.
«Solo un momento antes de usar ese teléfono», objetó el tercer miembro del grupo. «Quiero un entendimiento. Por favor, salga de la habitación, Mayo».
«Quédese donde está», ordenó Fogg. «No daré oportunidad a ningún trabajo sucio». Frunció el ceño cuando el prisionero le guiñó un ojo. «Esto me parece un montaje entre ustedes dos».
«No hay ningún montaje entre nosotros», declaró el hombre. «Más les vale que haya algún entendimiento entre ustedes dos. El asunto puede llegar hasta cierto punto, por lo que a mí respecta, y no más allá. ¡Quiero un entendimiento, digo!»
Fogg abrió de un golpe las páginas de su periódico.
«Ya he dicho lo que tenía que decir», comentó Mayo.
«¡Por Dios, no voy a ir a la cárcel, ni por nadie!»
Fogg se quitó las gafas y le dirigió al hombre una mirada larga y sin parpadear.
«¿Intentó dinamitar ese pecio?»
«¿Son órdenes? ¿Órdenes de hablar sin rodeos?»
«¿Órdenes? No sé a qué se refiere, señor. Le he hecho una pregunta clara».
«¿Y quiere una respuesta?»
«Naturalmente».
«Lo que intenté hacer no funcionó; fue demasiado rápido para mí. ¡Vamos, pónganse de acuerdo! Le ha hecho una oferta justa, Sr. Fogg. No hay necesidad de que yo vaya a la cárcel. ¡No iré!»
«¡Debería ir, por lo que hizo!», comentó Fogg con sequedad.
«No, por lo que no hizo, desde su punto de vista», sugirió el capitán Mayo.
«¿Y ha estado presumiendo, eh?». Fogg mantuvo su mirada desconcertante con unos ojos fríos y sin vida.
«No voy a dejar que los hombres me pisoteen y se limpien los pies en mí cuando estoy obedeciendo órdenes».
«¿Órdenes de quién, señor?»
«¡Maldita sea, órdenes de hombres que pueden protegerme diciendo una sola palabra! ¡No voy a aguantar todo este juego de adivinanzas! Vamos, sin rodeos, Sr. Fogg, ¿qué dice?»
«¡Ni una palabra! Si lo que dice este sujeto es cierto, usted debería estar en la cárcel».
«El consejo es bueno. Estará allí muy pronto», declaró Mayo, dirigiéndose al teléfono. Fogg se puso de nuevo las gafas y empezó a leer.
«¡Estoy listo para estallar!», advirtió el hombre. Se apresuró a cruzar la habitación y protegió el teléfono con los brazos extendidos.
«Ambos se arrepentirán si llaman a la policía», gritó. A Mayo, que estaba cerca de él, le murmuró: «¡Maldito sea, si me abandona así, usted va a ser el ganador!»
Había tanta realidad en el rencor del hombre que Mayo se sintió impresionado y se aferró a la idea que le vino a la mente.
«Probaremos a su amigo», susurró, agarrando al hombre y fingiendo un forcejeo. «Simularé una llamada. Sigue luchando».
Fogg solo prestó una atención indiferente al asunto en el rincón de la habitación.
Con una mano manteniendo presionado el brazo del auricular, Mayo llamó; fue empujado violentamente, pero logró decir: «¿Recepción? ¡Llame a la policía al hotel, al vestíbulo, de inmediato!»
«Sr. Fogg», suplicó el hombre, dándole a Mayo un codazo cómplice, «¿no me va a dar la oportunidad de hablar en privado?»
«Si vuelve a dirigirme la palabra o intenta verme de nuevo, haré que lo arresten».
«Pero me está dejando tirado».
«¡Salgan de esta habitación, los dos! No quiero a la policía aquí arriba».
Mayo puso la mano sobre el hombro de su prisionero y lo empujó hacia afuera.
«Baje despacio», protestó el hombre. «¡Está obligado a salir y llamarme de nuevo! ¡Tiene que hacerlo! ¡No se atreve a dejarme tirado!»
«Se atreve a todo», afirmó Mayo con amargura, «incluyendo lo que me hizo a mí y al Montana. Supongo que leyó sobre ello; todos los demás lo hicieron».
Caminaron sin prisa, pero la puerta del Sr. Fogg permaneció cerrada. Esperaron en la oficina del hotel. Él no apareció.
«¡Por Judas!», soltó el hombre con aspereza, «¡otro par de billetes rotos y arrojados al montón de los desechos junto contigo! ¡Y les ayudé a hacértelo a ti! ¡Voy a contártelo todo, Mayo! Ese asunto del teléfono fue una estratagema muy amistosa para ayudarme a presionarle. ¡Te lo agradezco! ¡Estaba a bordo del Montana la noche en que tú y ella tuvieron lo suyo! Me llamo Burkett, Oliver. Estaba allí, aunque no me viste».
«Después me enteré de que estabas allí», declaró el capitán Mayo con gravedad. «¡El capitán Wass te mencionó!»
«Y probablemente no me dejó en muy buen lugar. ¡No puedo evitarlo! No hace falta que deposites ni un ápice más de confianza en mí, capitán Mayo, de la que quieras. No te pido que sientas ningún respeto por mí. Pero quiero decirte que cuando un hombre promete respaldarme y luego se da la vuelta y me abandona para cubrir sus propias huellas, ¡tendrá su merecido si soy capaz de dárselo! Por lo general soy despreciable. ¡Soy especialmente despreciable en un caso como ese!»
«Si me hace algún favor, Sr. Burkett, supongo que tendré que depender de su rencor contra Fogg en lugar de su afecto por mí. Vea, soy perfectamente franco. Pero me han engañado demasiado como para depositar confianza en nadie».
«No te pido que confíes en mí. Sé cómo se hizo el trabajo del Montana. No te lo voy a decir ahora mismo. Voy a asegurarme de que Fogg me ha traicionado. Y si lo ha hecho, si va en serio, te usaré para vengarme de él, sin importar cuánto te ayude. ¡Yo también puedo ser muy franco, entiéndelo!»
Guardaron silencio y se miraron el uno al otro.
«¿Bien?», inquirió Burkett con acritud.
«¿Bien qué?», preguntó Mayo, con el mismo poco entusiasmo.
«¿Qué hay de este asunto de la policía, sobre tu denuncia contra mí?»
«¡No voy a decir nada sobre el caso! Estás libre, por lo que a mí respecta. Estoy aquí en tierra para conseguir dinero o crédito. No puedo perder tiempo en los tribunales ocupándome de ti».
«Supongo que sacaste satisfacción de esa paliza que me diste. Empecé a caerte bien después de eso», dijo Burkett, curvando una comisura de su boca en una mueca que pretendía ser una sonrisa. «Me voy a quedar en este hotel».
«Fogg verá que nuestro asunto de hace un momento era un farol. Te tendrá de vuelta en su campamento una vez más».
«Tienes que correr el riesgo, Mayo. ¿Qué dices?»
«Correré el riesgo».
«¡Por Dios! Señor, eres un tipo honrado, ¡y no estoy conociendo a muchos de esa clase en estos días! Deja que este asunto se enfríe. Antes de que te vayas de la ciudad, avísame aquí. ¡Te daré noticias!»
Con ese entendimiento, se separaron.
Tres días después, admitiendo para sí mismo que era un hombre joven completamente derrotado, Mayo entró en el Hotel Nicholas. Había sido incapaz de conseguir aliento, dinero o crédito. Había grupos que le apoyarían en cualquier intento de desguazar el Conomo; pero su propuesta de reflotarlo con la ayuda de la tribu de Hue and Cry hacía que su proyecto pareciera una broma pesada y despertaba una sincera diversión por todo el frente marítimo. Por todas partes encontraba pruebas del eficaz trabajo de desaliento de Fogg. Si una verdadera empresa de salvamento había rechazado el plan por impracticable, ¿cómo podían esperar lograrlo unos aficionados sin un céntimo? En los círculos empresariales y financieros se admitía que tenían esperanzas porque eran aficionados.
La perspectiva de Mayo sobre sus asuntos estrictamente personales era tan sombría como su visión del proyecto Razee en el que estaban involucrados sus socios. Fue al hotel simplemente porque le había prometido a Burkett que le avisaría sobre cualquier intención de partida. Reflexionó con desánimo que si Fogg y Burkett se habían puesto de acuerdo de nuevo, la combinación en su contra seguía existiendo. Si persistían en sus desavenencias, Burkett no era más que un agente desacreditado cuya palabra, sin pruebas, podía ser descartada tan fácilmente como su conexión con Fogg en el asunto del Conomo. De hecho, pensaba Mayo, podría encontrar peligrosa la asociación con Burkett, porque las exigencias de consideración pueden retorcerse hasta parecer chantaje por parte de abogados hábiles. Tenía tan pocas esperanzas en cuanto a recibir ayuda de Burkett que se sintió más bien aliviado al descubrir que el hombre ya no era huésped del hotel.
«¿Ha dejado la ciudad?»
«Supongo que no es ningún secreto», explicó el recepcionista. «El Sr. Fogg hizo arrestar al hombre ayer, por palabras y acciones amenazantes. Algo de ese tipo. En cualquier caso, está en la cárcel y debe depositar una fianza para mantener la paz».
El interés decayente de Mayo en las posibilidades de Burkett como ayuda en sus asuntos se avivó un poco con esa noticia, y se apresuró a ir a la cárcel. Si alguna vez un pájaro de paso capturado y rebelde estuvo batiendo sus alas contra los barrotes de su jaula con furia y desesperación, el Sr. Burkett lo estaba haciendo con vigor. Mayo, admitido como un amigo que podría ayudar a sofocar el disturbio que estaba haciendo que los carceleros ensordecidos y los prisioneros enloquecidos por el ruido lamentaran la presencia del Sr. Burkett, encontró al hombre aferrado a los barrotes de hierro y dándoles patadas.
«Es lo último que hizo antes de dejar la ciudad, esto que me ha hecho a mí. No puedo pagar la fianza. No conozco a nadie en esta ciudad», bramó el prisionero.
«Me temo que no conozco muy bien a la gente de aquí, a juzgar por mis experiencias tratando de recaudar dinero», declaró el capitán Mayo, después de haber calmado a Burkett. «Pero saldré a ver qué puedo hacer».
Tras algunas súplicas, convenció a un mayorista de pescado para que fuera con él a la cárcel e inspeccionara a Burkett como riesgo en materia de fianzas. El Sr. Burkett, siendo un hombre astuto, controló su ira y ofreció una apariencia presentable de mansedumbre.
«Pero, ¿cómo voy a saber que no estará buscando a este enemigo tan pronto como yo pague la fianza?», preguntó el pescadero.
«El capitán Mayo está emprendiendo un trabajo de salvamento de naufragios, frente a la costa», dijo Burkett, «y ahora mismo estoy sin trabajo e iré con él. Seré un riesgo seguro, de verdad, allí fuera».
«¿Es eso cierto, capitán Mayo?»
«Sí, señor».
Después de que el asunto de la fianza se hubiera arreglado ante el comisionado, y cuando Burkett caminaba por la calle con Mayo, este último se detuvo en una esquina.
«Tendré que dejarte aquí, Burkett. Voy a bordo de la goleta. Zarpamos».
«Pero, ¿qué hay de llevarme contigo?»
«Estaba dispuesto a ayudarte a mentir hasta ese punto, Burkett. Sabía que no tenías intención de ir conmigo».
«No quiero meterte en problemas con nadie después de esto, capitán Mayo. Necesito mantenerme alejado por un tiempo donde no esté en peligro de ver a Fletcher Fogg. Si me encuentro con él mientras estoy echando espuma así, lo mataré, aunque eso signifique la silla eléctrica. Dame un puesto a bordo de ese vapor, sin importar cuán malas sean tus perspectivas, y seré honrado contigo. Esa es la palabra de hombre que te doy. Me doy cuenta de que no es gran cosa en tu estimación, pero hay algunas promesas que puedo cumplir. Propongo ayudarte a vengarte de Fogg y su banda. Esa es razón suficiente para lo que estoy haciendo», suplicó con sinceridad. «Deberías verlo tú mismo. Soy tan buen hombre con la maquinaria como en la timonera. ¡No te decepcionaré!»
«Muy bien, Sr. Burkett, venga conmigo», aceptó Mayo, bruscamente, sin entusiasmo.
Hubo un viento favorable para su partida y Mayo dirigió la goleta hacia Maquoit. Las pocas palabras que el capitán Candage había dejado caer con respecto al estado mental de Rowley preocupaban a Mayo. Su pequeño edificio de esperanza se tambaleaba hacia una caída, pero la pérdida del Ethel and May significaba el último empujón y la ruina absoluta. Decidió que estaba obligado por el honor a preservar la goleta para el uso de los hombres de Hue and Cry, incluso si eso significaba abandonar el Conomo y volver a la pesca. Sin esa embarcación volverían a ser indigentes una vez más.
El Ethel and May se coló en el puerto de Maquoit, si es que se puede decir que una goleta se cuela. Una brisa al anochecer la impulsó, y cuando su ancla cayó, la cadena oxidada gimió con queja desde su escobén.
Mayo remó hasta la orilla y se abrió camino con esfuerzo por la pequeña calle hasta la cabaña de la viuda. Se avergonzaba de encontrarse con Polly Candage, avergonzado con los sentimientos de un hombre fuerte que ha hecho todo el esfuerzo posible y ha fallado. Pero, de alguna manera, quería sentir ese apretón fraternal de su mano y mirar hacia abajo en esos ojos grises alentadores. Recordaba que en tiempos pasados ella lo había calmado y estimulado. Esta vez no fue a ella esperando obtener nuevo coraje para un esfuerzo adicional; había agotado todos los recursos, se dijo. Pero en su humillación amarga necesitaba la compañía de una verdadera amiga; sí, sentía, casi, que ella era ahora la única amiga que le quedaba. Sus experiencias con aquellos a quienes antes consideraba amigos le habían hecho sentir que estaba solo.
Ella corrió hacia él en el pequeño salón, con las manos extendidas y el rostro iluminado.
Sintió al verla por primera vez, y su rostro se encendió al pensar en su debilidad, que quería apoyar la cabeza en su hombro y llorar.
«¡Pobre muchacho, las cosas no han ido bien!»
Se atragantó, porque la caricia en sus tonos le tocó el corazón. Le dio palmaditas en las manos y ella se sentó a su lado en el viejo sofá de crin.
«He tenido una semana terrible, Polly».
Su dulce sonrisa no vaciló. Los ojos grises miraban directamente a los suyos.
«Les he hablado hasta que mi boca ha quedado seca y mi lengua dolorida, y Dios sabe que mi corazón está dolorido. Todo lo que hacen es mirarme y sacudir la cabeza. Pensé que tenía amigos en la costa, hombres que creían en mí, hombres que tomarían mi palabra y me ayudarían. Nunca más me dejaré engañar por los tipos que te dan palmaditas en la espalda cuando hace sol, y no te prestarán un paraguas cuando llueve a menos que les dejes tu reloj como garantía. Y hablando del reloj», continuó, sonriendo con melancolía, pues su mera presencia y su simpatía tácita habían comenzado a animarlo, «me recuerda por qué estoy aquí en Maquoit. Oh, sí», añadió apresuradamente, al notar una extraña mirada de decepción en el rostro de ella, «quería verte. Anhelaba verte después de que todos los demás me hubieran dado la espalda. Hay algo maravillosamente reconfortante en tu rostro, Polly, cuando simplemente me miras. No tienes que decir una palabra».
«Te lo agradezco, Boyd».
«He oído que Rowley se está inquietando por su goleta, quiere quitárnosla. Así que he vendido mi reloj y todos los demás objetos personales que pude convertir en efectivo, y estoy aquí para darle el dinero y decirle que vamos a volver a la pesca de nuevo».
«¿Vas a renunciar al vapor?»
«Sí, y a las esperanzas, las perspectivas y todo. Tengo que hacerlo».
«¡Pero si pudieras ganar!»
«Me quedaré donde pertenezco. No soñaré más».
«No te rindas».
«No hay nada más que hacer. Los pobres diablos necesitamos algo más que nuestras manos desnudas».
La chica luchó con fuerza contra su siguiente pregunta, pero él no notó sus emociones, porque tenía los codos sobre las rodillas y miraba fijamente la alfombra de trapo.
«¿Costará mucho dinero lo que quieres hacer en el vapor?»
«Podríamos necesitar mucho antes de poder hacerlo todo. Pero he estado despierto noches planeando la cosa, Polly. Lo he repasado una y otra vez. Cuando estaba a bordo del vapor esperando a tu padre, la examiné lo mejor que pude. Si tuviera un poco de dinero, podría empezar, y después de empezar, y de poder mostrar a los escépticos lo que se podía hacer, podría recaudar más dinero entonces. Estoy seguro de ello. Por supuesto, la primera inversión es la apuesta más peligrosa, y por eso todo el mundo es tímido. Pero creo que mi plan funcionaría, aunque no parece que pueda conseguir que nadie más lo crea».
«¿Lo entenderé si me lo explicas?»
«Conseguiría un equipo de buzo y material, y construiría mamparos en ella, a ambos lados del agujero en su fondo. Entonces tendría un motor y bombas, y demostraría que podría sacar el agua de ella, o suficiente de ella para que flotara».
«Pero el gran agujero, ¿no lo arreglarías?»
«Creo que podríamos reforzar los mamparos para que pudiéramos mantener el agua fuera de ambos extremos de ella y dejar en paz el agujero principal».
«¿Y no se hundiría?»
Él fue paciente con la falta de conocimientos de la chica sobre las formas del mar.
«Desde que estás aquí en Maquoit, Polly, has visto las embarcaciones de langosta con lo que llaman 'pozos' en ellas. Todo el centro está lleno de agua, ya sabes, entra a través de agujeros perforados en el casco; agua de mar fresca que entra y sale y mantiene a las langostas vivas hasta que llegan al mercado. Pero la embarcación es estanca en ambos extremos, y flota. Bueno, eso es lo que planeo hacer con el Conomo. Con unos pocos miles de dólares estoy seguro de que puedo hacer suficiente comienzo para poder mostrarles que el resto se puede hacer». Perdió rápidamente el poco entusiasmo que había mostrado mientras explicaba. Comenzó su sombrío estudio de la alfombra una vez más. «Pero no sirve de nada. Nadie escuchará a un hombre que quiere pedir dinero prestado basándose en una esperanza salvaje».
Ella se quedó en silencio durante mucho tiempo y lo miró fijamente, y él no se dio cuenta de que era el objeto de tal mirada intensa. Varias veces abrió la boca y pareció a punto de dirigirse a él con entusiasmo, pues sus ojos estaban brillantes y sus mejillas encendidas.
«Ojalá tuviera el dinero para prestártelo», se aventuró, por fin.
«Oh, no lo aceptaría, no de una chica, Polly. ¡No, de verdad! Esta es una apuesta para hombres, no una inversión para viudas y huérfanos», declaró, sonriéndole. «Creo en ello; eso es porque estoy desesperado y necesito ganar. ¡Es por una gran razón, Polly!»
Ella volvió el rostro y se puso pálida. Se sonrojó ante sus siguientes palabras:
«Lo más grande del mundo para mí es sacar ese vapor de Razee y demostrar a ese infernal Marston y a toda su banda de la costa que no soy ningún farsante. ¡La tengo tomada con ellos!»
Le dio unas palmadas en las manos que ella mantenía entrelazadas sobre las rodillas, y no reparó en que ella apretaba los dedos con tal fuerza que se habían quedado casi exangües. Se levantó y se dirigió a la puerta.
«Iré a apaciguar a Rowley esta noche, y estaré listo para zarpar temprano».
«Boyd», suplicó ella, «¿me harías un pequeño favor?»
«Ciertamente, Polly».
«Espera hasta mañana por la mañana para tus asuntos con el señor Rowley».
«¿Por qué?». Él la miró con bastante sorpresa.
«Porque... bueno, porque estás un poco alterado y cansado, y tú y él podríais discutir, y tal vez no uses tu juicio sereno si él se muestra cortante contigo. ¡Sabes que estás un poco en desacuerdo con todo el mundo en este momento!». Habló nerviosamente y sonrió con nostalgia. «Me apenaría que te pelearas con el señor Rowley porque... bueno, mi padre es socio y ya ha tenido palabras con él. Por favor, espera hasta la mañana. ¡No debes perder la goleta!»
«Estoy demasiado hundido y acabado para atreverme a pelear con Rowley, pero haré lo que dices, Polly. Buenas noches».
«Eres un buen chico al obedecer el capricho de una muchacha. Buenas noches».
En el momento en que su pie estuvo fuera del último escalón del porche, ella se apresuró a ir a su habitación en la cabaña y sacó un pequeño paquete de su cartera.
Oyó el sordo golpe de los remos de su bote mientras caminaba por la calle. Se alegró de saber que él estaba a salvo y fuera de peligro.
Las sucias ventanas de Rowley proyectaban un vago resplandor sobre la noche helada. Estaba cerca de la hora de cerrar su tienda, y cuando ella entró, él estaba echando a los holgazanes que habían estado acurrucados junto a su estufa de barril.
Tras unos instantes de espera, la joven se quedó a solas con él.
«No, no quiero comprar nada, señor Rowley. Necesito su ayuda. Le pido que me ayude a realizar una buena obra».
Él se subió las gafas hasta la punta de la nariz y la miró con duda y curiosidad.
«Si es sobre la goleta, prefiero tratar con hombres», dijo.
«Este es un asunto que solo usted y yo podemos tratar, y debe ser un secreto entre nosotros. ¿Podría echar un vistazo a esta libreta de ahorros, por favor?»
Él se humedeció un dedo delgado y pasó las hojas.
«Depósito de cinco mil dólares e intereses acumulados», observó, reanudando su inquisitiva inspección del semblante animado de ella.
«La hermana de mi madre me dejó ese legado. Es toda mi pequeña fortuna, señor. Quiero prestar ese dinero a mi padre y al capitán Mayo».
«Bueno, adelante, si eres lo bastante tonta para hacerlo. Yo no soy tu tutor», accedió el diácono Rowley, tendiéndole la libreta. «Pero te aconsejo que guardes tu dinero. Sé todo sobre sus locuras».
«Mi padre no lo aceptaría de mí... y el capitán Mayo tampoco».
«Eso demuestra que no son unos sinvergüenzas además de unos insensatos».
«Pero tengo fe en que pueden triunfar y ganar mucho dinero si logran empezar», insistió ella. «Veo que no comprende, señor, lo que necesito de usted. Quiero que les preste ese dinero, como si viniera de usted. Le daré la libreta y un documento, y podrá retirarlo».
«No, señorita».
«¿No ayudará a una chica que necesita tanta ayuda? Usted es un hombre cristiano, según dice».
«Precisamente por eso no puedo mentir sobre este dinero. Tendré que decirles que lo estoy prestando yo».
«Lo estará prestando».
«¿Cómo es eso, señorita?»
«Por sus molestias en este asunto, le dejaré cobrar el interés para usted mismo al seis por ciento. Oh, diácono Rowley, todo lo que tiene que hacer es entregar el dinero y decir que prefiere no hablar de ello. Es usted un hombre de negocios inteligente; sabrá qué decir sin decir una falsedad. Me romperá el corazón si se niega. ¡Piense! Solo me está ayudando a ayudar a mi propio padre. Él tiene ideas descabelladas sobre esto. Puede decir que se lo dejará por un año, y obtendrá trescientos dólares de interés por sus molestias».
«No creo que lleguen nunca a ganar lo suficiente para pagar el interés, mucho menos el principal».
«Deles los cinco mil dólares y quédese con un año de interés de mi interés acumulado».
«Dime, ¿qué edad tienes?»
«Cumpliré veintidós en junio».
El diácono Rowley la miró calculador, jugueteando con su nariz.
«Siendo mayor de edad, deberías saber lo que haces, pero siendo mayor de edad, puedes hacer lo que quieras con lo tuyo. ¿Prometes no decirle nunca nada a nadie sobre esto?»
«Lo prometo, solemnemente».
«Entonces firmarás unos papeles cuando los tenga redactados, y les entregaré el dinero; pero mira, si voy persiguiéndoles con cinco mil dólares, sospecharán que estoy loco, o algo peor. No es propio de Rufus Rowley hacer algo así con su dinero».
«Lo sé», confesó ella, suavizando su franco acuerdo con una sonrisa ingenua. «Pero el capitán Mayo vendrá a verle mañana por la mañana por asuntos de la goleta, y usted puede plantearle el asunto de alguna manera. Oh, sé que es tan astuto e inteligente que podrá hacerlo sin que él sospeche nada».
«No sé si me está halagando o tomando el pelo, señorita. Pero lo llevaré a cabo, de alguna manera».
Ella firmó los papeles otorgándole un poder notarial, le dejó su libreta de ahorros y se alejó en la noche, con el rostro radiante.
Lanzó un beso feliz a la tenue luz del ancla que marcaba la ubicación del Ethel and May en el puerto.
«Te estoy ayudando a conseguir a la chica que amas», dijo en voz alta.
Siguió caminando hacia la cabaña de la viuda. Llevaba la cabeza alta, pero tenía lágrimas en las mejillas.
XXIX ~ LOS TRABAJADORES DEL VIEJO RAZEE
¡Hurra! ¡Hurra! por el ingenio yanqui. ¡Hurra! ¡Hurra! por el valor del cabo Ann. Es el coraje y la audacia lo que seguro ganará: «¡El Horton entró! ¡El Horton entró!» —Costumbre local.
Polly Candage, ocultando sus emociones tras esa máscara de recato que la naturaleza otorga al sexo débil para su protección, recibió a un tumultuoso Mayo a la mañana siguiente en el salón de la cabaña.
«No sé cómo ha ocurrido. No lo entiendo», estalló él. «No creía que nadie pudiera sacar dinero de su bolsillo ni con dinamita; tu padre dijo que era imposible. Pero el diácono Rowley nos ha prestado cinco mil dólares. Aquí está su cheque del First National de Limeport. Solo cobra un seis por ciento. Estoy tan débil que apenas pude caminar hasta aquí».
«¿Qué dijo para explicarlo?», inquirió Polly, con la curiosidad de una doncella por saber hasta qué punto de prevaricación llegaría un diácono para ganar trescientos dólares.
«No dijo gran cosa. Entregó este cheque, dijo que mi aval en él sería suficiente como recibo, y dijo que tu padre y yo podríamos firmar un pagaré conjunto más tarde... en algún momento... cuando tuviera ocasión. ¿Has oído algún rumor de que el viejo está perdiendo la cabeza? ¡Pero este cheque parece bueno!»
«Bueno, creo que ha estado reflexionando sobre el asunto desde que mi padre estuvo allí. De hecho, el diácono Rowley me ha dicho un par de cosas», dijo la joven, encontrándose con la mirada de Mayo con franqueza. «Nada importante, por supuesto, pero algo que insinuaba que tenía mucha confianza en ambos, visto que lo habéis tratado bien en los otros negocios que ha hecho con vosotros. A veces, ya sabes, estos duros viejos yanquis le toman cariño a alguien y hacen cosas de repente».
«Esto es repentino, y tanto», afirmó Mayo, rascando el borde dentado del cheque contra su palma como para asegurarse de que era real y no una sombra. «Sí, me dijo que no le mencionara el pagaré hasta que él nos dijera algo al respecto, y que mantuviera el préstamo en secreto. No quería que otros corrieran hacia él con sus planes».
«Y si yo estuviera en tu lugar», aconsejó la joven, «no le diría a mi padre de dónde sacaste el dinero, al menos por un tiempo. Ya sabes que no se lleva muy bien con el diácono Rowley —los viejos a veces discuten mucho— y podría preocuparse, pensando que el diácono tenía algún plan detrás de esto. Pero tú no piensas así, ¿verdad?»
«Tengo el dinero y no me ha pedido que firme ningún papel. No hay marcha atrás posible, hasta donde yo alcanzo a ver», declaró el joven.
«¿Y ahora qué harás?»
«Correr a Limeport, alquilar equipo —pues tengo efectivo para pagar por adelantado cualquier contrato— y dirigirme a ese naufragio para ponerme manos a la obra».
«Dile simplemente a mi padre que conseguiste el dinero... ¡de un amigo! Si se preocupa por cualquier cosa, no trabaja ni la mitad de bien. Le pediré a Dios que te ayude y te bendiga cada hora del día».
«Polly Candage», exclamó Mayo, tomando sus cálidas y regordetas manos, «hay algo en ti que me ha infundido coraje, valor y determinación desde que me diste palmaditas en el hombro allí en el viejo Polly. Lo he estado pensando mucho; tuve tiempo para pensar cuando estaba a bordo de aquel vapor, esperando».
«Solo hay una chica en la que debes pensar», le reprendió ella.
Su rostro se ensombreció. «Y es el tipo de pensamiento que no es saludable para un hombre con una mente normal. Gracias al Señor, ahora tengo un trabajo real en el que pensar, y el dinero para llevarlo a cabo». Se acarició el bolsillo.
Ella lo acompañó al muelle, y cuando la goleta se deslizó hacia el mar detrás de Hue and Cry, su pañuelo blanco le dio el saludo final y un silencioso buen viaje.
El capitán Boyd Mayo, de vuelta en Limeport una vez más, no era el suplicante amedrentado, apologético y suplicante que había solicitado ayuda a los mecánicos y dueños de astilleros del frente marítimo pocos días antes. No ofreció cheques para que ellos los miraran con recelo. Sacó una cartera que estaba pletórica de nuevos billetes amarillos. Mostró su dinero a menudo, y con un propósito. Cerró tratos rápidos mientras lo mantenía a la vista. Recibió ofertas de crédito en lugares donde antes se le habían negado. ¡Tal magia ejerce la riqueza visible en los tratos entre hombres!
No se cruzó con Fletcher Fogg en Limeport, y se alegró de ello. Alguien le informó de que el magnate había regresado a Nueva York. Era evidente para Mayo que, en su desprecio, Fogg había decidido que el salvamento del Conomo intacto había sido relegado al almacén de los sueños. Su propósito se vería cumplido si el barco era desguazado, así se dio cuenta el joven. Solo el Conomo a flote, un pionero exitoso en nuevos experimentos de transporte a lo largo de la costa, amenazaría sus intereses creados.
Había habido vientos invernales y calmas intermitentes en los días transcurridos desde que Mayo había estado llevando a cabo sus proyectos en tierra. Pero por boca de pescadores errantes y capitanes de paquetes había tenido la seguridad de que el vapor seguía atascado en Razee.
Y cuando por fin estuvo equipado, partió de Limeport; fue alegremente, aunque sabía que le esperaba el trabajo de un titán. Guardó para sí lo que se proponía hacer con el vapor. Incluso permitió que los chismosos del frente marítimo adivinaran, sin oposición, que iba a desguazar el naufragio. No estaba invitando a más de esa hostilidad descarada que caracterizó las operaciones de Fogg y sus mercenarios.
Iba al timón de una robusta barcaza que había fletado; el resto de la tripulación la proporcionó de sus propios hombres. La barcaza estaba propulsada por su propia energía y llevaba una buena bomba y una grúa resistente; sus cubiertas estaban cargadas de carbón. La goleta era ahora solo un convoy. Fue un viaje de todo el día hasta Razee, pues la barcaza era una embarcación lenta y torpe, pero cuando Mayo por fin se amarró al costado del Conomo y lanzó un saludo agudo con el silbato, la alegría que encontró en el semblante rubicundo del capitán Candage compensó la ansiedad y el retraso.
«Sabía que te saldría bien, de alguna manera», confesó el viejo patrón. «Pero, ¿a quién tuviste que derribar en un lugar oscuro para robarle el dinero?»
«Eso es un asunto privado hasta que estemos listos para devolverlo, con un seis por ciento de interés», declaró el joven, sin rodeos.
«Oh, muy bien. Mientras lo tengamos, no me importa dónde lo hayas robado», respondió Candage, con gran serenidad. «Simplemente sé que no lo conseguiste del tacaño de Rowley, y eso es suficiente consuelo para mí. Déjame decirte que no hemos estado holgazaneando a bordo. Montamos ese aparejo que ves en lo alto, y arrojamos por la borda toda la carga que pudimos alcanzar. Estaba toda estropeada por el agua. Hay bastante espacio libre para las operaciones en la sección central. He sacado todo su cable de repuesto, y está listo».
«Y ha hecho un buen trabajo ahí, señor. Tenemos que amarrar esta barcaza al costado de tal manera que un golpe no la estrelle contra nosotros. Cables de resorte... muchos de ellos... y somos lo bastante marineros como para saber cómo amarrar. Pero cuando pienso en lo aficionados que somos en el resto de este trabajo, me entran escalofríos».
«Esa multitud del frente marítimo de Limeport se metió contigo también, ¿eh?»
«Capitán Candage, he observado a los hombres más o menos en esta vida. A veces es una desventaja muy grande para un hombre ser demasiado sabio. Mientras el hombre terriblemente sabio se sienta atrás, niega con la cabeza, calcula las perspectivas y dice que no se puede hacer, el loco se lanza, porque no sabe más, y tropieza con el trabajo y sale ganando. Sigamos siendo locos, y mucho, pero mantengámonos ocupados de todos modos».
Y sobre esa base, los aficionados de Razee procedieron con todo el valor que tenían.
Los hombres de Hue and Cry tenían mucha fuerza y poco ingenio. No hacían preguntas, no miraban sombríamente hacia perspectivas dudosas. La misma filosofía, o falta de ella, que siempre había hecho que la vida estuviera llena de alegre esperanza cuando tenían el estómago lleno, sin pensar en el mañana, les animaba ahora. El destino le había dado a Mayo y a su socio una tripulación ideal para aquel peligroso trabajo. No era cuestión de horas sindicales ni de salarios estipulados; trabajaban toda la noche tan alegremente como trabajaban todo el día.
Una epopeya del mar se vivió allí en el arrecife Razee durante las semanas que siguieron.
La tarea que se llevó a cabo daría para una historia en sí misma, mucho más allá de los confines de lo que esta narración debe ser.
El amargo esfuerzo de muchos días a menudo resultó ser un triste error, pues los hombres que trabajaban allí tenían más coraje en el empeño que buen entendimiento de los métodos.
Entonces, tras la decepción, la esperanza renació, pues un esfuerzo mayor evitó los errores que habían sido tan costosos.
La peor parte del trabajo, el deber de ser pionero, recayó en Mayo.
Se puso un traje de buceo, descendió a las entrañas desgarradas del naufragio y despejó el camino para los demás.
En cubierta construyeron secciones de mamparo, y él bajó y tanteó en el agua turbia, clavó los refuerzos, colocó esas secciones y calafateó los espacios entre el mamparo y el casco.
Hubo tormentas que amenazaron su barcaza y llevaron a la pequeña goleta al mar en medio de una tempestad.
Hubo calmas que les animaron con la promesa de la primavera.
La goleta era el chico de los recados que traía suministros y carbón desde tierra firme. Pero los hombres que iban a tierra se negaban a chismorrear en el frente marítimo, y a las embarcaciones ocasionales que se acercaban a las proximidades de Razee no se les permitía desembarcar a personas curiosas en el naufragio.
Tras muchas semanas, los mamparos fueron colocados y las bombas fueron puestas en marcha. Había tres tripulaciones para estas bombas, y su traqueteo nunca cesó, ni de día ni de noche. Había menos agua en la parte delantera; su proa estaba apoyada en lo alto sobre los salientes. El progreso aquí era alentador.
A popa, hubo desastres. Tres veces el mamparo se arrugó bajo la tremenda presión del mar, tan pronto como las bombas aliviaron la presión opuesta dentro del casco. Mayo, demacrado, desaliñado, sin afeitar, delgado por sus vigilias, permaneció bajo el agua con su traje de buzo hasta convertirse en un despojo de hombre. Pero al fin construyeron una sección transversal que prometía aguantar. Las bombas comenzaron a ganar terreno al agua. A medida que la inundación interior bajaba y podían acceder al mamparo con mayor eficacia desde el interior, siguieron añadiéndole y reforzándolo.
Y entonces surgió la necesidad de más material y más equipo, pues la gigantesca tarea de reflotar el vapor aún estaba ante ellos.
Mayo sintió que había demostrado su teoría y que ahora estaba en condiciones de reclutar el capital que les permitiría terminar. Podía mostrar un casco que estaba sano, excepto por la rotura en la parte central... un casco del que, por ambos extremos, el mar intruso estaba siendo expulsado. Con el dinero que proporcionaría barcazas de flotación, remolcadores y el equipo masivo para reflotarlo, sintió que sería capaz de convertir aquella masa inútil de chatarra en un vapor una vez más; convertir hierro viejo en un valor activo de al menos ciento cincuenta mil dólares.
Y cuando él y el capitán Candage llegaron a esa creencia esperanzada y sincera, tras días de observación temblorosa del trabajo que realizaban las bombas, el joven regresó a tierra firme en su trascendental cometido.
Mientras navegaban hacia Limeport, Mayo se sorprendió un poco al ver verde en las colinas inclinadas. Había estado viviendo en un sueño despierto de gran trabajo en Razee; casi había olvidado que habían pasado tantas semanas.
Cuando bajó a tierra en su bote desde la goleta, el suave aliento de la primavera le llegó desde los jardines en flor y la cálida brisa acarició sus mejillas curtidas.
Como había olvidado que la primavera había llegado, también se había olvidado de su aspecto personal. Había bajado corriendo a tierra desde un trabajo que ahora le esperaba para que volviera a él. No se daba cuenta de que parecía un hombre de las cavernas; se asemejaba a algún humano peludo y prehistórico; su mente estaba demasiado llena de sus asuntos en Razee.
Cuando el capitán Mayo caminaba por la calle principal de Limeport, no le preocupaba en absoluto que la gente se quedara boquiabierta y se girara para mirarlo. Se había arrancado de su gigantesca tarea con un solo propósito, y esa idea llenaba su mente.
Estaba harapiento, sus manos estaban hinchadas, moradas, cortadas y en carne viva por sus labores de buzo, su cabello le caía sobre el cuello y una barba enmascaraba su rostro. Quienes abarrotaban las calles estaban aprovechando los primeros días cálidos para lucir sus galas primaverales. El contraste de esta figura ruda del mar abierto se hacía aún más llamativo mientras se abría paso entre la multitud.
Aquí y allá entró precipitadamente en oficinas donde había hombres a los que conocía y a los que esperaba interesar. Esta vez no tenía una cartera gorda que mostrarles. Solo tenía sus manos vacías e hinchadas y una historia salvaje, ansiosa y balbuceante de lo que esperaba hacer. Ellos lo miraban, muchos de ellos estúpidamente, algunos francamente incrédulos, la mayoría sin interés particular. Parecía un hombre que había fracasado estrepitosamente; no había nada en él que sugiriera éxito.
Un hombre resumió el asunto: «Mira, Mayo, si entraras aquí, con el aspecto que tienes, y me pidieras veinticinco centavos para comprar comida, me parecería perfectamente natural y te daría los veinticinco centavos. Pero diez mil... no pareces la persona adecuada».
«¿Qué tiene que ver mi ropa con esto? No tengo tiempo para pensar en ropa. No puedo llevar un sombrero de copa con un traje de buceo. He estado trabajando. Y sigo en el trabajo. El aspecto que tengo debería mostrarte que hablo en serio».
Pero lo rechazaron. En media docena de oficinas escucharon y negaron con la cabeza o se negaron bruscamente a investigar el asunto. No había bajado a tierra a pedir ayuda como si fuera un favor. Había llegado sintiéndose seguro de que esta vez tenía algo valioso que ofrecer. Sus labores habían destrozado su cuerpo, sus nervios estaban a flor de piel, su carácter era irritable. Cuando se negaron a ayudar, los maldijo y salió disparado. Que permitieran que su aspecto personal influyera en su juicio avivó su furia; era tan injusto para con su abnegada devoción a su tarea.
Pronto agotó su círculo de conocidos, pero los desplantes lo enfurecieron en lugar de desanimarlo. Empujando groseramente a los peatones que eran educados y pulcros, marchó por la calle, con el ceño fruncido.
Y entonces sus ojos se posaron en un rostro que provocó una nueva agitación en toda la amargura que albergaba.
Vio a Fletcher Fogg de pie frente al hotel Nicholas. El día era apacible, el sol de primavera calentaba, pero era evidente que el señor Fogg no estaba disfrutando plácidamente; su semblante era tan sombrío como el del capitán Mayo, y masticaba un cigarro apagado y escupía trozos de tabaco sobre el bordillo mientras reflexionaba.
Mayo no estaba de humor para razonar con su pasión. Acababa de estrellar su orgullo y su persistencia contra hombres cuya manera de negarse demostraba que recordaban lo que Fletcher Fogg había dicho sobre las perspectivas de una flotación exitosa del Conomo. Allí estaba el pesado pirata, bloqueando el camino de Mayo en la acera, tal como había bloqueado las perspectivas de vida del joven en el asunto de Montana; tal como había cerrado las vías de crédito. Mayo chocó contra él y lo empujó hacia atrás a través de la acera hasta el muro de granito del hotel. Puso sus dos manos en carne viva e hinchadas sobre el inmaculado chaleco de Fogg y acercó su rostro barbudo, curtido por el trabajo y manchado de sal.
Incluso entonces, el promotor no pareció reconocer a Mayo. Parpadeó con aprensión. Miró a su alrededor como si tuviera la intención de pedir ayuda.
—Parece que esta vez no tienes tu hueso de la suerte de hierro en el bolsillo —gruñó el agresor. Le clavó los pulgares con crueldad en las costillas.
—¡Demonios! ¡Eres... eres el capitán Mayo! ¡Que me maldigan si te conocía hasta que hablaste!
—Me las arreglé para contenerme la última vez que me viste, Fogg. Estaba esperando. Ahora, maldito seas, ¡te tengo!
Se refería simplemente al agarre físico con el que sujetaba al hombre. Pero Fogg pareció encontrar un significado más profundo en las palabras.
—Lo sé, Mayo —se lamentó—. Por eso estoy aquí abajo. ¡Me he estado preguntando cuál sería la mejor manera de llegar a ti, de encontrarte como es debido!
—¡Me encontraste bien, maldito renegado!
—Pero, mira, Mayo, no podemos hablar de este asunto aquí en la calle.
—¡No va a haber ninguna charla! El encuentro había sido tan inesperado y la ira de Mayo era tan precipitada que el joven no había pensado en lo que pretendía hacer. Su impulso era convertir esa cara gorda en pulpa. Hacía mucho tiempo que había abandonado toda esperanza de que cualquier apelación a Fogg como hombre sirviera de algo. No esperaba ninguna consideración, ninguna restitución.
—Pero debe haber alguna charla. Estoy aquí para hacerla. ¡Me tienes atrapado! Lo admito. Pero escucha a la razón —suplicó—. No te va a servir de nada despotricar.
—¡Voy a aplastarte la cara! Asumiré las consecuencias.
—Pero después de que hagas eso, todavía tendrás que hablar seriamente conmigo sobre esos documentos.
A pesar de su furia, Mayo se dio cuenta por el comportamiento y las palabras de Fogg de que el mero miedo a una paliza no estaba produciendo esta humildad; había un policía en la esquina.
—No hables tan alto —urgió Fogg—. Sube a mi habitación donde podamos estar en privado.
Mayo dudó, desconcertado por la actitud de su enemigo.
—Es una palabra del propio Viejo. Él me ordenó venir aquí. ¡Es de parte de Marston! —susurró el promotor—. Estoy en un agujero del demonio por todas partes, Mayo.
—¡Muy bien! Iré. ¡Puedo darte una paliza en tu habitación con más comodidad!
—¡No tengo miedo de la paliza! Ojalá eso fuera todo —murmuró Fogg. Abrió el camino hacia el hotel y Mayo lo siguió, recuperando el control sobre sí mismo, consciente de que había una nueva crisis en sus asuntos, olfateando algún tipo de rendición en la asombrosa humildad de Fogg.
—¿Quieres fumar? —preguntó Fogg, con obsequiosidad, cuando estuvieron en la habitación del hotel.
—¡No! —se negó con veneno. Se vio en uno de los largos espejos y no se había dado cuenta hasta entonces de lo desaliñado y rústico que estaba. Se sintió incómodo cuando se sentó en una silla acolchada. Durante semanas se había acostumbrado a los rudos apaños de la vida a bordo. En temperamento y aspecto se sentía como un hombre de las cavernas.
—Espero que podamos llegar a algún tipo de base amistosa —suplicó Fogg, humildemente—. Simplemente pelear por el asunto de nuevo no nos llevará a ninguna parte. Tuve que hacer ciertas cosas y las hice. ¡Hablaste de mi hueso de la suerte de hierro! Ahora, sobre ese asunto de Montana...
—No quiero ningún ensayo, señor Fogg. ¿Cuál es su negocio conmigo?
—Es difícil empezar a menos que pueda sentir que escucharías algunas explicaciones y harías algunas concesiones. Cuando un hombre trabaja para Julius Marston tiene que olvidarse de sí mismo y hacer...
—¡He trabajado para Julius Marston!
—¡Pero no en el juego de las finanzas, Mayo! —había un temblor en la voz del promotor—. Los hombres son solo sombras para él cuando se trata de grandes finanzas. Da sus órdenes para que se produzcan resultados. No se detiene a pensar en los hombres involucrados. ¡Es a las cifras en sus libros a las que mira! ¡Usa a un hombre como usaría una servilleta en la mesa!
—¡Como me usaste a mí! ¡Has tenido un buen entrenamiento!
—Bueno, si el truco fue transmitido hacia abajo, ahora está siendo transmitido hacia arriba —declaró Fogg, con desaliento—. Soy el chivo expiatorio, ahora mismo. ¿No puedes verme personalmente en este asunto?
—No quiero. ¡Me levantaría y usaría estos puños contigo, por muy doloridos que estén!
—Me temo que va a ser un asunto difícil de resolver para nosotros —suspiró el promotor—. Pensé que tenía todo atado de la manera habitual. ¡Maldita sea, si no fuera por una mujer metida en esto, la cosa habría funcionado bien! —dejó escapar su temperamento—. ¡Nunca puedes contar con los negocios cuando una mujer mete los dedos! ¡No me importa si estás enamorado de la hija de Marston, Mayo! Ella es como muchas otras malditas chicas de altos vuelos que siempre han tenido más tiempo y dinero del que es bueno para ellas. ¡Es el Problema moviendo sus enaguas! ¡Y debes tener una hipoteca considerable sobre ella, viendo que ha traicionado a su propio padre para sacar tus castañas del fuego!
Al no tener la menor idea de lo que estaba hablando el señor Fogg, Mayo guardó silencio.
—¡Eres un tipo frío! ¡Debo reconocértelo! —espetó el promotor.
—Será mejor que deje el nombre de la señorita Marston fuera de este asunto conmigo, señor.
—¿Cómo diablos puedo dejarlo fuera, viendo lo que ha hecho?
Y Mayo, al no saber qué nuevo estallido había marcado las actividades de la incomprensible joven, reanudó su sombrío silencio, sugiriendo sus propios intereses que la espera vigilante sería su mejor política.
—Bueno, ¿qué vas a decir sobre los documentos? —exigió Fogg—. ¡Será mejor que vayamos al grano!
—No voy a decir nada.
—Tienes que decir algo, Mayo. Este es un asunto demasiado grande para jugar. Si eres razonable, puedes ayudarme a arreglarlo, y eso ayudará a la chica. Ella es la hija de Marston, de acuerdo, y su padre entiende lo errática que es y hace concesiones por sus excentricidades. Pero no puede soportar algunas cosas.
En ese momento, la curiosidad era más ardiente en Mayo que el resentimiento, aunque el tono de Fogg con respecto a Alma Marston sí provocó esta última emoción. Era evidente que ella había emprendido algo en su nombre; de alguna manera había sacrificado los intereses de su padre y su propia tranquilidad para ayudar al marginado. Se preguntó por qué no sentía más alegría al escuchar esa noticia. Recordó su promesa hacia él cuando se separaron, pero no había albergado esperanzas en esa promesa. No lo había consolado mientras luchaba con sus problemas. Era consciente de que sus sentimientos con respecto a todo el asunto eran bastante complejos, y no se molestó en analizarlos; se quedó quieto y miró al señor Fogg con una inexpresividad imperturbable.
—¿Tienes los documentos contigo?
—¡No! —añadió—. ¡Por supuesto que no!
—Está bien. Puede ser mejor, siempre y cuando estén en un lugar seguro. ¡Ahora mira, Mayo! No voy a intentar engañarte. No puedo, dadas las circunstancias. No sé a dónde fue Burkett y...
—Burkett está conmigo en el Conomo. ¡Tampoco voy a intentar engañarte a ti, Fogg!
—No me importa dónde esté ni qué te haya dicho. Cualquier acusación de mentirosos habituales y hombres que han sido despedidos puede ser tratada en la corte, bajo la ley de chantaje. Pero en el caso de esos documentos es diferente. Soy abierto y franco contigo, Mayo. Hemos sido traicionados desde dentro del fuerte. A través de alguna filtración en la oficina, esa chica se hizo con esos documentos. No sé cuál es tu sentido del honor en tales asuntos. No estoy aquí para apelar a él. Se te ha hecho demasiada suciedad para que ese argumento tenga algún efecto especial. ¡Soy abierto y franco, digo! —extendió las manos—. ¡Probablemente ella ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba haciendo! ¡Pero ahora que tienes los documentos, te das cuenta!
Ni por un parpadeo Mayo traicionó su total ignorancia de a lo que se refería Fogg.
—Quiero preguntarte, de hombre a hombre —prosiguió el emisario—, si te propones usar esos documentos simplemente para ti mismo, para recuperarte, bueno... ¡ya sabes! —hizo un gesto con la mano—. ¿O vas a acuchillar a diestra y siniestra con ellos, por venganza general?
—No lo he decidido.
—Es una pregunta justa la que he hecho. En lo que a ti respecta en cualquier cosa que pueda haber en esos documentos, y eso son mayormente mis propios informes, estarás compensado y más, capitán. Puedes tener el Triton con un contrato de diez años como capitán, contrato protegido por una fianza, tu paga doscientos cincuenta dólares al mes. Por supuesto, ese trato incluye tu reincorporación como capitán con licencia y la retirada de todos los cargos en el asunto de Montana. No hay acusación, y los testigos serán atendidos, de modo que el asunto no surgirá, siempre y cuando tengas enemigos. ¡Esto es hablar como hombres, Mayo! ¡Tendrás que admitirlo!
—¡Hay otra cosa que debe ser admitida, Fogg! He sido deshonrado, acosado y perseguido. Los hombres a lo largo de esta costa, la mayoría de ellos, siempre creerán que cometí un error. ¡Sabes lo que eso significa para un capitán de barco!
El señor Fogg se limpió la humedad de sus mejillas con un pañuelo morado.
—Fuiste puesto en una situación diabólicamente incorrecta. Lo admito. Fui demasiado lejos. Es por eso que Marston me está convirtiendo en el chivo expiatorio ahora. ¡Seré desechado si este asunto no se arregla entre nosotros!
—Estuve en esta misma habitación un día, señor Fogg, y vi cómo desechaste a un tal Burkett. Parecías disfrutar haciéndolo. ¿Por qué no debería tener un poco de disfrute yo mismo?
—Tuve que desecharlo. Era un tonto. Había presumido. Tenía que proteger los intereses, así como a mí mismo. Pero no tienes nada que considerar, ahora mismo, más que tu propio beneficio.
—¿Es así? —preguntó Mayo, con sarcasmo—. Parece que me tienes clasificado como uno de estos ángeles amables y perdonadores.
—Ahora, mira, Mayo, no dejes que ninguna noción tonta se interponga en el camino de tu éxito. ¡No tiene sentido; no es de negocios! Tienes algo que queremos y estamos dispuestos a pagar por ello.
—¿Qué otros hilos están atados? —preguntó el joven, fingiendo intransigencia como su mejor recurso en este desconcertante asunto.
—Bueno, por supuesto que dejas ese trabajo tonto en el que estás. ¡Deja de ser un chatarrero!
—No soy un chatarrero. Vamos a reflotar el Conomo.
—¡Mayo, habla con sentido! ¡Ese trabajo no se puede hacer!
—¡Así que se lo has estado diciendo a cada proveedor y banquero en esta ciudad, Fogg! Pero ahora estás hablando con un hombre que sabe más. Y déjame decirte algo más. No haré negocios con el tipo de hombre que has demostrado ser.
—No seas un niño, Mayo. Estoy aquí con plenos poderes. Sacaremos ese naufragio de tus manos.
—¿Quieres matarla tal como está, verdad?
—Es asunto nuestro lo que hagamos con ella después de pagar nuestro dinero —declaró Fogg, irritado.
—Hay algo más que negocios, negocios contigo, en este asunto.
—¡Sí, veo que lo hay! Es tu venganza infantil lo que estás buscando. Te daré diez mil dólares para dividir entre ese grupo de indigentes. Envíalos a pescar y sé sensato.
—No tiene sentido que hablemos, Fogg. Veo que no me entiendes en absoluto. Deberías saber mejor que pedirme que me venda a mí mismo y a mis socios. Se levantó y se dirigió a la puerta.
—¿Socios, esos indigentes?
—Se han congelado y sudado, trabajado y pasado hambre, conmigo en Razee Reef, Fogg. Son socios.
—¿Cuál es tu plan? ¿Qué dicen los escritos? —insistió el promotor, siguiendo a Mayo.
—Ni un rasguño de pluma. Solo la decencia y el honor del hombre. Tú y tu jefe no tienen suficiente dinero para comprar... ¡No hay nada que vender!
—Pero hay algunas cosas que podemos comprar, si se ha llegado a un asunto de chantaje —rugió Fogg—. ¿Eres lo suficientemente barato como para comerciar con la maldita intromisión de una chica tonta en asuntos que no entendía? Has estado manoseando esos papeles. ¡Sabes lo que significan!
Mayo se dio la vuelta y miró al hombre excitado.
—No tienen nada que ver contigo ni con tus asuntos, la mayoría de esos papeles —escupió Fogg—. Mayo, sé razonable. No podemos permitir que nuestras sociedades de cartera sean expuestas. El sindicato puede superar esa maldita ley federal si trabajamos con cuidado.
—De lo contrario, Marston, tú y algunos otros podrían ir a Atlanta, ¿eh?
—No es demasiado tarde para enviarte allí.
—Te preocupan esos papeles, ¿verdad?
—¡Por supuesto que me preocupan! ¿Qué crees que hago aquí?
—¡Sigue preocupándote, señor Fogg! Ven a ese pequeño rincón del infierno donde he estado durante los últimos meses; ¡el fuego está bien!
Abrió la puerta de un tirón y la cerró de golpe tras de sí, silenciando los frenéticos llamamientos del promotor.
XXX ~ EL ASUNTO DE UN MONOGRAMA EN CERA
Oh, ven a escuchar un rato y pronto oirás. Junto al mar ondulante vivía una doncella hermosa. Su padre seguía el comercio del contrabando Como un heroico guerrero, ¡Como un heroico guerrero que nunca tuvo miedo! --La Contrabandista.
El capitán Mayo solo llevó dudas y desaliento de regreso al naufragio en Razee. Sus dudas estaban relacionadas principalmente con el asunto de los documentos que el señor Fogg buscaba con tanta insistencia. El mismo Mayo había hecho un poco de búsqueda. Preguntó en la oficina de correos, pero no había correo para él. Si no se habían sustraído documentos de los archivos de Marston, si este asunto fuera algún nuevo intento de astucia por parte de Fogg, el promotor ciertamente había hecho un trabajo magistral de actuación, se dijo Mayo. Decidió guardar sus propias reservas y esperar el desarrollo de los acontecimientos.
Dos días después, los acontecimientos llegaron a Razee en la persona del capitán Zoradus Wass, quien vino de visita en una lancha a motor alquilada. Subió por la escalera, saludó a su protegido con cordialidad marinera y realizó un recorrido pausado de inspección.
—Algo así como el trabajo de un hojalatero en una tetera de hierro, hijo —comentó—. Debes haber nacido con algunos de los instintos de un fontanero. Sigue operando como lo haces y la sacarás.
—Nunca la sacaré operando como lo hago ahora mismo, capitán Wass. Estamos estancados. Sin dinero, sin crédito, sin comida. Conseguí cinco mil y los he gastado. No me atrevo a acudir al viejo tacaño de nuevo.
—Bueno, ¿por qué no probar con la heredera? —preguntó el viejo capitán—. Sabes que siempre te he aconsejado encarecidamente sobre la heredera.
—Mira, capitán Wass, no quiero oír más bromas sobre ese tema —objetó el joven con brusquedad.
—Ninguna broma en esto —declaró el capitán, con serenidad—. Entremos en este camarote. —Abrió el camino y cerró la puerta con llave.
—No es ninguna broma, hijo —repitió—, y no me gusta que muestres ninguna acidez en el asunto. Viendo los amigos que hemos sido, no me lo tomo muy bien porque hayas sido tan reservado. Soy un hombre de confianza. Cometiste un error al no decírmelo. ¡La cosa casi se arruina entre ella y yo!
Frunció el ceño con reproche ante el asombrado Mayo.
—Ella vino esperando, por supuesto, que yo fuera tu amigo más cercano, y cuando tuve que confesar que nunca me habías mencionado, pensó que se había equivocado conmigo, ¡y no iba a darme la cosa!
—¿Qué cosa, y de qué estás hablando?
El capitán Wass se dio una palmadita en el bolsillo de la chaqueta.
—La convencí, y fue una suerte que pudiera hacerlo, porque es un asunto en el que solo un amigo cercano y cuidadoso debería ser admitido. Pero después de esto no debes guardarme ningún secreto si esperas que te ayude. Sin embargo, has demostrado que puedes aceptar un buen consejo cuando te lo doy. Te aconsejé que capturaras a la hija de Julius Marston y, ¡por todos los truenos!, lo hiciste. Ahora...
Mayo lo interrumpió con impaciencia. El capitán Wass hablaba con lentitud, disfrutando manifiestamente del papel que desempeñaba en este romance.
—Has traído algo para mí, ¿verdad?
—Es una chica aguda, hijo —prosiguió el capitán, sin hacer ningún movimiento para mostrar el objeto que estaba acariciando—. Me buscó, recordando que te tuve conmigo en el viejo Nequasset, ¡y me hizo preguntas astutas, te lo aseguro! Deberías haber sido más confidencial conmigo.
—Capitán Wass, no puedo soportar más este sinsentido. Si tienes algo para mí, ¡entrégalo!
—Me he tomado molestias por ti, viajé hasta aquí, cuatrocientas o quinientas millas, tomando...
—Sí, tomando tu tiempo para el viaje y para esta conversación —declaró Mayo, con temperamento—. Me han puesto en una posición muy mala al no saber que tenías estos documentos.
—¡Seguro y firme ha sido siempre mi lema! Y tenía un pequeño asunto propio que atender en el camino. He estado averiguando cómo ese gordo Fogg se las arregló para ser director general de la línea Vose. Por supuesto, se sabía bastante bien cómo lo hizo, pero he localizado al tipo que lo hizo por él; esa criatura que llevamos como mayordomo, ¿recuerdas?
A pesar de su ansiedad por tener en sus manos el paquete en el bolsillo del viejo capitán, Mayo escuchó con interés esta información; se relacionaba con sus propios asuntos con Fogg.
—Voy a ayudar a la multitud honesta en la dirección de la línea Vose a derribar esa venta que se hizo, y cuando llegue el momento adecuado tendré a ese empleado de cara pálida en el banquillo de los testigos si tengo que arrastrarlo hasta allí por las orejas. Ahora, Mayo, esa chica no dijo lo que había en este paquete. —Sacó un pequeño paquete que había sido cuidadosamente atado con cuerdas—. Está enamorada de ti, porque debe estar enamorada para tomarse tantas molestias para hacerte llegar un mensaje. Si esto es una carta de amor, es grande. ¡Parece ser todo papel! Lo he pesado y palpado considerablemente.
Lo mantuvo alejado del ansioso alcance de Mayo e investigó aún más con dedos inquisidores.
—Espero que no te esté devolviendo tus cartas de amor, hijo. Pero por la mirada que tenía en su rostro cuando me hablaba de ti, no creí que estuviera haciendo eso. Bueno, ¡aquí tienes consuelo! —Puso el paquete en las manos de Mayo.
El paquete estaba sellado con tres parches limpios de cera, y en cada gota estaban impresas las letras “A M” en un monograma. Mayo giró el paquete una y otra vez.
—Si quieres que me salga, al no sentirme tan confiado conmigo como solías, lo haré —se ofreció el capitán Wass, después de una educada espera.
—No voy a abrir esto, todavía no —declaró el joven—. Eso es por razones propias, bastante privadas, señor.
—Pero no me importaría salir.
—No, señor. Su presencia aquí no tiene absolutamente nada que ver con el asunto.
Se guardó el paquete en el bolsillo del abrigo abotonándolo. Tenía poco respeto por la delicadeza de Fletcher Fogg en cualquier cuestión de procedimiento; el ánimo del promotor respecto a esos papeles estaba claro. Sin embargo, el agente había cristalizado en palabras amargas una idea que estaba disuadiendo a Mayo: ¿se aprovecharía de la imprudente traición de una joven hacia su padre? De algún modo, esos sellos con su monograma convertían el interior del paquete en un recinto sagrado; los tocó y retiró la mano como si estuviera entrometiéndose ante una puerta cerrada a la intimidad familiar.
—Supongo que preferiría mantener su mente totalmente centrada en los negocios, viendo la mala posición en la que se encuentra —sugirió el capitán Wass—. Muy bien, dejaremos las cartas de amor y hablaremos de algo sensato. Es una lástima que no tengamos alguna herramienta para forzar esa venta de la línea Vose. Los accionistas se acobardaron y se zafaron de Vose después de que el Montana fuera retirado de servicio.
—¿Qué se ha hecho con ella?
—Nada, hasta ahora. Cobraron con las aseguradoras y probablemente estén usando el dinero para jugar a las damas en Wall Street. Tal vez la estén usando como un ejemplo horrible hasta que asusten al resto de los independientes para que se unan a la combinación.
—¿Han vendido las aseguradoras?
—Sí. Ha sido adjudicada, probablemente por algún lacayo de los grandes piratas. Es un milagro que usted haya podido hacerse con esta.
—Pensaban que ya estaba comprometida. Cuando descubrieron que no era así, enviaron a Burkett aquí para hacerla volar.
El capitán Wass no se mostró sorprendido por esa información.
—¡Probablemente! Todo lo que se dice por ahí es que usted la estaba desguazando. No tenía idea de que estuviera tratando de salvarla.
—Hemos sido bloqueados por algunos charlatanes —admitió el joven.
—Es una lástima que la otra gente no pueda hablar también y tener los hechos que los respalden, hijo. ¿Sabe lo que se podría hacer si ese sindicato pudiera ser desmantelado? La vieja gente de Vose probablemente se uniría con los de la línea Bee. Los de la línea Bee están desanimados, pero no han renunciado a su contrato. Entonces no tendría que preocuparse por conseguir el dinero para terminar este trabajo, y tendría un mercado condenadamente rápido para este vapor tan pronto como estuviera fuera de ese arrecife.
El paquete abultado parecía presionar contra las costillas de Mayo, sugiriendo insistentemente su poder para ayudar.
—Voy a volver y tener una charla con el viejo Vose sobre este vapor —dijo el capitán Wass—. Ahora, hijo, una última palabra. No quiero entrometerme en asuntos delicados. Pero me parece que hay gato encerrado en esos papeles que lleva en el bolsillo. Cuando ella los sacó de su manguito, todo lo que pude oler fue violeta. ¿Cree que tiene algo consigo que pudiera ayudarme… ayudar a otros… ayudarse a usted mismo?
—No, señor; solo lo que usted mismo ve en las posibilidades de este vapor.
—Muy bien; entonces haré lo mejor que pueda. ¡Pero maldito sea este asunto de mujeres cuando se mezcla con los asuntos de los hombres! —Fue un eco sincero de los sentimientos del señor Fogg.
El capitán Wass partió en su lancha a motor alquilada, después de comer algo de pescado hervido y patatas, que componían la humilde dieta de los trabajadores en Razee.
Mayo no albergaba esperanzas en la prometida intervención del viejo capitán. Estaba tan profundamente desalentado por todos los intereses insensibles de la costa que se sentía seguro de que su proyecto era considerado generalmente un fracaso. Cuando él mismo estaba en tierra, todo parecía ser más o menos un sueño. {*}
* Cuando el vapor Carolyn naufragó en Metinic Rock hace unos años, un joven emprendedor, sin dinero ni experiencia en salvamento, logró recaudar unos pocos miles de dólares, compró el vapor por 1.000 dólares a una empresa de chatarra asustada y, tras muchos meses de trabajo, durante los cuales fue objeto de burlas por parte de hombres experimentados, logró reflotarlo. Fue vendido recientemente por 180.000 dólares y ahora transporta carga a Europa.
Estaban reducidos a extremos a bordo del Conomo. Ya no quedaba carbón para el motor del alijador, el equipo estaba averiado, se necesitaban piezas para la maquinaria desgastada, y Dolph Nariz-Sucia estaba golpeando el fondo del barril de harina con el ritmo de un hambriento, tratando de sacar suficiente polvo para otro lote de galletas.
Mayo había cumplido su promesa y no le había confiado al capitán Candage la fuente del préstamo que les había permitido hacer lo que habían hecho. Tras unos días de consideración desesperada, Mayo navegó en el Ethel and May hacia Maquoit.
Evitó las miradas de los aldeanos tanto como le fue posible; desembarcó lejos de la casa que servía de refugio a la gente de Hue and Cry. En su propio corazón, conocía la razón de esta aproximación furtiva: no quería que Polly Candage lo viera en este estado. ¡Su confianza había sido tan absoluta! ¡Su seguridad en él, tan suprema! En su angustia mental, no estaba pensando en sus harapos ni en su aspecto físico. Fue directo a la tienda del diácono Rowley y su apariencia sobresaltó a ese caballero provocando algunas exclamaciones poco piadosas.
Sin embargo, el diácono Rowley recuperó rápidamente la compostura cuando Mayo solicitó un préstamo adicional. La negativa fue tajante y definitiva.
—Pero bien podría seguir adelante con el asunto —insistió Mayo—. Por eso he venido a usted. Odiaba venir, señor. He probado todos los demás medios. ¡Puede ver cómo he trabajado! —Extendió sus manos torturadas—. ¡Salga y véalo usted mismo!
—No me gusta el agua.
—Pero puede ver que vamos a tener éxito si conseguimos más dinero. Usted tiene cinco mil en el proyecto; no puede permitirse abandonar donde está.
—Sé lo que puedo permitirme hacer. Siempre he dicho, desde el principio, que nunca lo lograría.
Ante esta declaración, Mayo mostró un asombro genuino.
—¡Pero, maldita sea, nos prestó dinero! ¿Qué quiere decir con echarse atrás de esta manera?
El diácono Rowley estaba visiblemente avergonzado; le había soltado a esta parte vitalmente interesada una confesión perjudicial de sus verdaderos sentimientos.
—¡Quiero decir que no voy a tirar más dinero, ahora que usted no está cumpliendo! Podría haberle creído la primera vez que vino. Supongo que debí hacerlo. Pero no volverá a engañarme. ¡No sirve de nada insistir! Ni un centavo más.
—¿No le preocupa cómo va a recuperar lo que ya nos ha prestado? —preguntó Mayo, con exasperación.
—El Señor proveerá —declaró el diácono Rowley, devotamente.
El joven miró fijamente a este acreedor asombroso, movió las mandíbulas unos momentos sin decir palabra, no encontró discurso adecuado y salió de la tienda dando un pisotón. Ya no temía encontrarse con Polly Candage. Sentía que necesitaba verla. Buscaba el consuelo de la cordura en ese mundo costero de incomprensible locura; había tenido experiencia con la calma tranquilizadora de Polly Candage.
Ella salió de su pequeña escuela y controló sus emociones con dificultad cuando vio su lamentable estado.
—Caminemos donde pueda sentir el consuelo de la hierba verde bajo mis pies —suplicó él—; ¡eso puede parecer real! ¡Nada más lo es!
Con su aceptación natural de él, su apariencia y su estado de ánimo, ella lo calmó mientras caminaban.
—E incluso Rowley —añadió, tras su cruda confesión de fracaso—, acaba de rechazarme. No seguirá sus cinco mil con ni un centavo más. El viejo sinvergüenza merece ser engañado si fracasamos. Me está diciendo que siempre creyó que nunca tendríamos éxito en el trabajo. ¿Está loco él, o lo estoy yo?
—Ten toda la consideración posible con el diácono Rowley —suplicó ella—. Mantente alejado de él. No es un hombre que consuele. Pero debe haber algún camino para ti, Boyd. ¡Pensemos! Has estado demasiado cerca del asunto, de tu trabajo, y hay otros lugares además de Limeport.
—Está Nueva York, y hay un camino —gruñó él.
—¡Debes probar cada oportunidad; significa mucho para ti!
—¿Ese es tu consejo?
—¡Ciertamente, Boyd!
Se detuvo y sacó el paquete sellado de su abrigo. En el estrés de su desesperación y resentimiento, fue brutal en lugar de considerado.
—Hay papeles ahí dentro con los que puedo golpear a Julius Marston hasta que chille. No los he visto, pero sé muy bien lo que son. Puedo asustarlo para que devuelva todo lo que me ha quitado. Puedo hacer que devuelva mucho a otras personas. Y de esas otras personas puedo obtener dinero para terminar nuestro trabajo en el Conomo. ¡Mira el monograma en ese sello, Polly! —Señaló con un dedo sucio y sostuvo el paquete cerca.
—¿De… la señorita Marston? —preguntó ella, trémula.
—Sí, Polly.
—¿Y ella te está ayudando?
—Supongo que está tratando de hacerlo.
—Bueno, es lo que una chica debería hacer cuando ama a un hombre —respondió ella. Pero no lo miró y sus labios estaban blancos.
—¿Y crees que debería usar su ayuda?
—Sí. —Evidentemente se dio cuenta de que su tono era un mero temblor de asentimiento, pues repitió la palabra con más firmeza.
—Pero estos papeles no son suyos, Polly. Ella los robó… o alguien los robó por ella… de su propio padre —continuó, implacable.
—Ella debe amarte mucho, Boyd.
Se alejaron el uno del otro y miraron en direcciones opuestas. Él se preguntaba, como lo había hecho durante muchas horas de agonía, qué motivo estaba influyendo en Alma Marston en esos últimos días. Con toda su alma quería interrogar a Polly Candage, obtener la luz de su instinto femenino sobre sus atribulados asuntos; pero la naturaleza del secreto que estaba ocultando puso un freno eficaz a su lengua.
—Bajo esas circunstancias, sin importar qué clase de sacrificio haya hecho ella por ti, deberías aceptarlo, Boyd.
—Quiero aceptarlo; cada impulso en mí dice que entre y agarre. Polly, el fuego del infierno está ardiendo dentro de mí. Quiero derribarlos, a todos ellos. ¡Lo quiero! ¡No necesitas sobresaltarte! Pero si uso esos papeles que esa chica le ha robado a su padre, seré un perro sucio. ¡Tú lo sabes, y yo lo sé! ¿Supongamos que me contaras algún secreto sobre tu propio padre para que pudiera usarlo para engañarlo y quitarle su parte de nuestra asociación? Podrías tener buenas intenciones, pero después de que lo hubiera usado, ¡me odiarías! ¿Acaso no?
—Tal vez… probablemente no te odiaría —balbuceó ella—. Pero pensaría más en ti si tú… sí, estoy segura de que pensaría más en ti si no te aprovecharas de mi tontería.
—¡Eso es, exactamente! Cualquier hombre, si le contara esta situación, diría que soy un tonto por no usar cada herramienta que pueda conseguir. ¡Pero tú entiendes mejor! Me alegro de haber venido a hablar contigo. He estado terriblemente tentado. ¡Tu consejo me mantiene por el camino recto!
—¡Yo no te he aconsejado, Boyd!
—¡No necesitas usar palabras! Es tu instinto diciéndome qué es lo correcto. No pensarías que es un trato justo que yo usara estos papeles, ¿verdad?
—Si la amas tanto que estás dispuesto a sacrificarte a ti mismo y a tu trabajo y…
—¡Dilo, Polly! ¡También estoy sacrificando a tu padre! ¡Es por una idea, poco más!
—No, debe ser porque la amas tanto. Tienes miedo de que piense menos de ti si te aprovechas de ella. ¡Creo que tu postura es noble, Boyd!
—¡Yo no! Creo que es una tontería infernal, y desearía que la raza Mayo no tuviera tanta de esa maldita conciencia obstinada. Nuestra familia no estaría donde está hoy. —Habló con tanta vehemencia que ella volvió sus ojos maravillados hacia él.
—¡Pero es por su bien, Boyd! Es…
—¡Nada de eso! Es decir, no es como tú crees que es.
—Solo creo que la amas.
—¡No quiero que digas eso, o que lo creas! —arremetió él—. Si solo supieras, si pudiera decírtelo, verías que es insultar a mi sentido común decir que estoy enamorado de Alma Marston. ¡No la amo! Yo… no sé exactamente dónde estoy parado. No sé qué me pasa. Estoy en la posición más maldita en la que un hombre puede estar. Y estoy hablando como un loco. ¿No es así?
—No te entiendo —dijo ella, titubeante.
—Por supuesto que no. Supongo que soy un lunático. ¡Estaré rodando por aquí y mordiendo la hierba a continuación!
Su pasión la desconcertó. Sus ojos llameantes, su barba áspera, su rabia y toda su personalidad ruda la conmocionaron.
—Boyd, ¿qué… qué te pasa? Tengo miedo.
—No te culpo. ¡Tengo miedo de mí mismo estos días! —Sacudió sus puños hinchados sobre su cabeza.
—¡Debería animarte el hecho de que ella esté tratando de ayudarte!
—¡Cállate! —rugió él—. No sabes de lo que estás hablando. ¡Ayudarme! Hay mujeres que pueden ayudar a un hombre, ayudan a un hombre en cada giro que da. Hay otras mujeres que siguen pateándolo hacia la condenación incluso cuando creen que lo están ayudando. No me voy a quedar aquí más tiempo. No debo quedarme, Polly. Estaré diciendo cosas peores que las que he dicho. ¡Lo que dije sobre las mujeres no se refiere a ti! Tú eres verdadera y buena, y envidio a ese hombre, quienquiera que sea.
Comenzó a bajar la pendiente hacia la playa.
—¿Vas a volver al naufragio? —preguntó ella, lastimeramente.
—¡Al naufragio!
—¡Pero espera! —Ella no pudo controlar ni sus sentimientos ni su voz.
—No puedo esperar. ¡No me atrevo a quedarme ni un minuto más!
Ella llamó de nuevo y él se detuvo a poca distancia y la enfrentó. Era absolutamente salvaje en su comportamiento y tono.
—¡Recuerda lo que dije sobre ella! ¡No insultes a mi sentido común! Ella es… ¡Oh, no importa! —Sacudió sus puños de nuevo y siguió su camino.
Ella se quedó en la ladera y lo vio remar hacia la pequeña goleta. Y a través de sus lágrimas no sabía si él la saludó con esas manos pobres y desgastadas por el trabajo, o si agitaba sus puños de nuevo. Hizo algún tipo de gesto sobre la borda del alcázar. La dolida y desconcertada joven estaba sombríamente segura de que sus problemas habían afectado el juicio de Mayo.
XXXI ~ EL GRAN HOMBRE MISMO
Will le había prometido a su Sue que este viaje, si terminaba bien, Enrollaría sus cuerdas y anclaría en la orilla. Cuando sus bolsillos estuvieran llenos, su vida sería enmendada, Las leyes que había roto nunca más las rompería. --Will Watch.
Necesitaban comida, el dinero del alquiler por su equipo estaba vencido, y los dependientes en Maquoit debían ser atendidos.
El orgullo y la esperanza habían inspirado a la tripulación en Razee a salvar el Conomo intacto. El material retirado de ella se convertiría inmediatamente en chatarra a ser valorada a precios de chatarra, en lugar de ser un activo valioso y activo a bordo. Pero no había otro recurso a la vista. No llegaron noticias del capitán Wass; y Mayo de todos modos había puesto poca confianza en esa posibilidad.
No había nada más que hacer: debían vender algo de lo que pudieran obtener dinero rápidamente.
En la estimación de muchos hombres prácticos, este procedimiento habría sido un recurso justificable, cuyo único inconveniente era el sacrificio de valores. Pero para los capitanes en Razee parecía el comienzo de una rendición completa; era el primer paso hacia el desmantelamiento del vapor. La estaban convirtiendo en un montón de chatarra, y confesaron para sí mismos que probablemente estarían obligados a seguir trabajando en la destrucción. En el pasado, su trabajo más amargo había estado condimentado con la esperanza de un gran logro; el trabajo que ahora se imponían era una melancólica rutina.
Trajeron el Ethel and May al costado y cargaron en él las anclas, cadenas, cables de repuesto y varios de los botes salvavidas. Mayo se hizo cargo de la expedición hacia tierra firme.
La pequeña goleta, hundida por su carga, se arrastró por el puerto de Limeport justo antes de la puesta del sol, una tarde. El principio de junio estaba presente en los mares y los primeros cruceros de yates habían sido atraídos hacia el este; Mayo vio varias embarcaciones finas ancladas dentro del rompeolas y les prestó poca atención. Caminó por los estrechos confines de su alcázar y sintió el mismo tipo de vergüenza que siente un hombre arruinado cuando va a la casa de empeños por primera vez. Tenía la cabeza baja; odiaba mirar hacia adelante a la reveladora carga de la goleta.
—¡Rayos! ¡Aquí hay un viejo amigo suyo, este yate! —exclamó el señor Speed, que estaba al timón.
Estaban cruzando el puerto hacia un fondeadero cerca de los muelles, y pasaban bajo la popa de un gran yate. Mayo levantó la vista. Era el Olenia.
—Pero perdóneme por llamarlo amigo, capitán Mayo —gritó el contramaestre, con desprecio por las posibilidades de revelación en su voz de largo alcance.
Un hombre se levantó de una silla en el alcázar del yate y se acercó a la borda. Aunque la goleta pasó apenas a un tiro de piedra, el hombre niveló unos prismáticos marinos, evidentemente para asegurarse de que lo que había adivinado, después del comentario del señor Speed, era cierto.
Mayo sintió el impulso de darle la espalda, de esconderse abajo. Pero no se retiró; caminó hacia su humilde borda y miró con el ceño fruncido el rostro de Julius Marston. La goleta era lenta y la brisa era ligera, y los dos hombres tuvieron tiempo para un prolongado intercambio de rencor visual.
—No quise gritar tan fuerte, capitán Mayo —ladró Oakum Otie, de una manera aún más resonante, para ofrecer disculpas—. Pero al verla, y recordar la última vez que puse mis ojos sobre ella…
—¡Cállate! —ordenó el capitán—. Tomaré el timón. ¡Ve hacia adelante y despeja el cable, y prepárate para la orden!
Miró hacia atrás, a pesar de sí mismo, y vio que una lancha a motor había salido del Olenia. Espumeaba a lo largo de la estela de la goleta. La rodeó después de pasarla, y mantuvo esas maniobras hasta que se soltó el ancla de la goleta. Entonces la lancha se acercó al costado y se detuvo. El oficial y el ingeniero eran hombres nuevos; Mayo no los conocía. El oficial hizo un saludo respetuoso y declaró que el señor Marston los había enviado para llevar al capitán Mayo a bordo del yate de inmediato.
—Mis cumplidos al señor Marston. Pero no puedo ir.
Se fueron, pero regresaron en poco tiempo, y el oficial entregó una nota sobre la borda. Era una declaración cortante, dictada y escrita a máquina, de que el señor Marston deseaba ver al capitán Mayo por asuntos relacionados con el Conomo, y que si el capitán Mayo no podía tramitar ese negocio, el señor Marston se vería obligado a buscar a alguna otra parte que pudiera hacer negocios con respecto al Conomo. Recordando que tenía los intereses de otros que considerar, Mayo bajó a la lancha, hosco, resentido, preguntándose qué nueva prueba de su resistencia iba a ser hecha, y sintiéndose peculiarmente mal equipado, en su actual condición de ánimo y temperamento, para conocer a Julius Marston.
Este último se mantuvo bajo total control cuando se encontraron en el alcázar del yate, y Mayo era más plenamente consciente de su propia insuficiencia.
—Abajo, si le place, capitán. —Lideró el camino, incluso mientras pronunciaba la invitación.
Nadie era visible en el salón. En el lujo de ese interior, el visitante desaliñado parecía especialmente extraño, particularmente fuera de lugar.
—Disculpará lo que ha parecido ser mi prisa por traerlo aquí, señor, pero supongo que su navegación hacia este puerto justo ahora coincide con la llegada de la gente de Vose a esta ciudad hoy.
El señor Fletcher Fogg primero, y ahora el empleador del señor Fogg, habían dado información anticipada que se adelantaba al conocimiento de Mayo. El joven había recibido un entrenamiento especial en disimulo, y no mostró ninguna sorpresa. Hizo una inclinación.
—Es mejor para usted hablar conmigo antes de permitir que lo conviertan en un tonto. Estoy preparado para quitarle ese vapor de las manos, tal como está, a una valoración justa, y daré garantías para asumir todos los gastos del juicio presentado por las aseguradoras.
—No se ha presentado ningún juicio por parte de las aseguradoras.
—¿De veras? —preguntó Marston con una sonrisa gélida—. ¿Y cómo sabe usted eso?
—Porque el señor Fogg me lo dijo, y él parece ser su representante.
Marston arqueó las cejas. —¡Oh! Debo recordar que usted está considerablemente fuera del mundo. Las aseguradoras reclaman que el buque no les fue entregado legalmente. ¿Tiene usted documentos que demuestren la liberación? Si es así, estaré dispuesto a pagarle aproximadamente el doble de lo que de otro modo me sentiría inclinado a ofrecer. Aceptar un título disputado en un caso de almirantazgo es un asunto delicado.
Mayo recordó la manera azarosa en la que el vapor había sido transferido y no respondió.
El modo de Marston era el de un hombre de negocios calmado, sereno y frío; su aire tenía peso. Más que nunca, Mayo sintió su propia lábil debilidad en estos grandes asuntos donde más que el trabajo duro y honesto contaba en el ajuste final.
—¿Cuánto le pagó a sus grandes abogados para que agitaran esta demanda de las aseguradoras? —soltó, y los párpados de Marston parpadearon a pesar de su impasibilidad. Había un instinto de animal acorralado, más que cualquier conocimiento, detrás de la pregunta de Mayo.
—¿Por qué sugiere que yo tengo algo que ver con tal demanda?
—Parece terriblemente dispuesto a asumir toda la responsabilidad.
—No estoy aquí para tener disputas infantiles con usted, señor. Esto es un negocio directo.
—Muy bien. ¿Qué es lo que quiere?
—¿Tiene los documentos, como he sugerido?
—Tengo mi factura de venta. Doy por sentado que las personas que me vendieron están respaldadas por papeles de las aseguradoras.
—Ahí es donde se equivoca, desafortunadamente. Todos ustedes son hechos parte de una demanda. Cláusula de tiempo, abandono real, derecho de rescate... todos esos asuntos están involucrados. Por supuesto, significa interdicción y un largo litigio. Sugerí asumir las responsabilidades y intervenir, porque estoy respaldado por los mejores abogados de almirantazgo de Nueva York. Repito la oferta que el señor Fogg le hizo.
—Usted admite que el señor Fogg hizo esa oferta por usted o por sus intereses, ¿verdad?
—¡Bueno, sí! —admitió Marston—. Permitimos que el señor Fogg actúe por nosotros en algunos asuntos.
—Me alegra saberlo. ¡Ha habido tanto juego cruzado que he tenido un poco de dudas!
—¡Amablemente evite el sarcasmo y el mal genio, si le place! ¿Le interesa aceptar la oferta?
Mayo fulminó al financiero con la mirada, observándolo de arriba abajo. Un odio furioso le quitó su capacidad de consideración sensata. No estaba de humor para sopesar las posibilidades, ni para sí mismo ni para sus asociados. Dudaba de la honestidad de los propósitos de Marston. Sabía cómo debía sentirse este hombre hacia el tonto presuntuoso que se había atrevido a mirar a Alma Marston; era consciente de que el magnate debía estar ocultando algún motivo especial bajo su exterior frío.
Ya fuera que Marston estuviera anticipando un chantaje por la posesión de los documentos por parte de Mayo o que hubiera fraguado un litigio aparente para forzar a los molestos aficionados a salir de la propuesta de Conomo, el joven no pudo determinarlo; cualquiera de las dos visiones de la situación era igualmente insultante para aquellos a quienes él consideraba sus antagonistas.
—¡Bien! —espetó el magnate, encontrando evidentemente difícil contener su propio odio violento por mucho más tiempo en esta entrevista—. ¡Decida si quiere un poco de dinero en efectivo y un buen puesto o si será expulsado por completo!
—¡No quiero su dinero! ¡Usted está tratando de engañarme con un asunto legal falso incluso mientras me ofrece dinero! ¡No quiero su trabajo! He trabajado para usted una vez. Nunca volveré a ser su empleado.
—Si no supiera que usted tiene una razón mejor para mantenerse firme de esta manera, diría que ha permitido que su despecho lo vuelva loco, joven.
—¿Cuál es esa razón mejor?
—¡Chantaje! Usted propone traficar con un robo.
Mayo luchó por un momento con un impulso que era casi frenético; quería arrojar el paquete a la cara de Marston y decirle que mentía. De nuevo, el joven sintió esa extraña sensación de impotencia; sabía que no podía hacer que Marston lo entendiera.
—Mayo, he tratado de lidiar con usted como si fuera más o menos un hombre. Estaba dispuesto a admitir que mis agentes lo habían perjudicado con sus errores. He ofrecido un compromiso decente. ¡He hecho lo que casi nunca hago: molestarme con detalles insignificantes como este!
Ese impulso de entregar los papeles a Marston ya no era tan insistente; incluso la creciente ira de Mayo no lo llevó a hacer eso. ¡El naufragio de la vida y las esperanzas de un hombre descartado frívolamente como detalles insignificantes!
—Viendo que no soy capaz de tratar con usted sobre la base de un hombre de negocios, lo trataré como trataría a cualquier otro ladrón.
Mayo se volvió para irse, temeroso de su propio deseo desesperado de golpear esa boca burlona hasta dejarla sin forma.
En la cabecera de la escalera estaban media docena de marineros, armados con barras de hierro de parrilla.
—Si esos papeles los tiene usted encima, voy a hacerme con ellos —declaró el financiero—. Si no los tiene, se alegrará de decirme dónde están antes de que termine con usted.
El cautivo se detuvo entre el amo y los vasallos.
—Voy a crucificar mis sentimientos un poco más, Mayo —declaró Marston—. Dé un paso al frente aquí donde esos hombres no puedan oír. Es importante.
Marston llamó suavemente a la puerta de un camarote y su hija salió. Jadeó al ver a este visitante harapiento, y en su mirada había un horror real.
—No he podido llegar al fondo de este asunto. Al enfrentarlos a ustedes dos, como estoy haciendo, tal vez pueda obtener la verdad del caso —dijo Marston, con el aire de un magistrado tratando con malhechores—. Ahora, Alma, te daré un minuto o dos para usar tu lengua con este fino espécimen antes de que mis hombres usen sus barras.
—Escuché lo que mi padre te ofreció. Debes aceptarlo.
—Tengo otros hombres que considerar: hombres honestos, que han trabajado duro conmigo.
Él tembló en su presencia. Su aparición sacó los pensamientos sensatos de su cabeza y ahogó las palabras en su garganta. Se vio a sí mismo en un espejo y se preguntó si esto no sería un sueño; si no había sido un sueño que ella alguna vez lo hubiera amado.
Quería mostrarle sus manos mutiladas que escondía detrás de él. Anhelaba explicarle la parte del hombre en el caso. Quería que ella entendiera lo que les debía a los hombres que habían arriesgado sus vidas para servirle, hacerle comprender el vínculo que existe entre los hombres que han trabajado y pasado hambre juntos.
—Tienes que considerarte a ti mismo, ante todo. Mucho depende de ello. ¡En tus nociones tontas sobre un montón de indigentes, estás arrojando la bondad de mi padre a su rostro!
Él balbuceó, incapaz de articular una respuesta coherente.
—Sé sensato. No tienes derecho a poner un montón de chatarra y un grupo de criaturas bajas por encima de tus intereses personales.
Había malicia en los ojos de Marston. Vio una oportunidad para hacer la posición de Mayo aún más falsa en la opinión de la chica.
—Seré completamente franco, Mayo. A pesar de nuestras diferencias personales, quiero sus servicios; los necesito. He descubierto que usted es un joven de determinación y mucha habilidad. Lo haré ascender rápidamente si viene conmigo. Pero debe venir limpio. Sin ataduras con esa otra multitud.
—No puedo traicionarlos. No lo haré —protestó Mayo. No entendía exactamente todas las razones de su obstinación. Pero su instinto le decía que Julius Marston no estaba descendiendo de esta manera excepto por razones poderosas, y que estaba intentando comprar a un traidor para sus usos.
—¿Cómo te atreves a volverte contra mi padre?
—¡Yo... no lo sé! Algo parece estar mal conmigo. —Se tiró de la garganta con la mano.
—¿Y después de lo que hice... mi malvada tontería... esos papeles...?
—¡Continúa! Me propongo llegar al fondo de este asunto —declaró Marston.
El joven metió la mano en su bolsillo, sacó el paquete sellado y lo forzó en las manos de la chica. Marston lo tomó rápidamente.
—¿No lo has abierto?
—No, señor.
—Yo tampoco lo abrí —gritó la chica—. Lo sellé, tal como estaba atado.
Marston arrancó las cuerdas y la cera.
Afuera, una voz fuerte llamaba al yate. —¡Saludos del Capitán Wass al Capitán Mayo, y preguntará si puede decir cuándo volverá a bordo de su goleta!
El financiero no prestó atención; estaba ocupado con los papeles. Su rostro estaba blanco de rabia. Los arrojó a su alrededor en el suelo.
—¡Cada hoja está en blanco; es papel de desecho! —gritó—. ¿Qué clase de truco confuso es este?
—Será mejor que le pregunte al hombre que le dio ese paquete a su hija —sugirió Mayo. Parecía estar menos sorprendido que Marston y la chica—. Podría haber sabido que su hombre, Bradish, sería ese tipo de cobarde.
—¿Qué sabe usted acerca de que Bradish esté involucrado en esto?
—Lo estoy adivinando. Probablemente su hija pueda decirlo.
—No quiero más de sus evasiones, Alma. Voy a llegar al fondo de este asunto ahora. ¿Te dio Bradish este paquete?
—Sí, padre.
—¿Cómo llegó a este hombre aquí?
—Se lo di a un hombre llamado Capitán Wass.
De nuevo oyeron la voz afuera. —¡No me importa si está ocupado! ¡Les digo que lleven la palabra al Capitán Mayo de que se le necesita de inmediato en su goleta! ¡Díganle que es el Capitán Wass!
—El diablo ha enviado a ese hombre en el momento justo —declaró Marston. Se dirigió a la escalera—. ¡Informen al Capitán Wass que se le requiere a bordo! ¡Escondan esas barras hasta que esté abajo!
Regresó, furioso, y se paró entre Mayo y la chica, quien parecía haber encontrado las palabras inadecuadas durante el corto tiempo que habían estado solos.
—¡No creo nada de lo que me dice! Hay un truco infernal aquí. Los papeles han desaparecido. Alguien los tiene.
Su furia cegó su prudencia.
Se dirigió hacia el Capitán Wass cuando el viejo marinero subía pesadamente por la escalera.
—¿Su nombre es Wass?
—Capitán Wass, señor.
—¡Usted tomó los papeles de mi hija y los trajo a este hombre!
—Correcto.
Marston retrocedió y pateó las hojas en blanco en el suelo.
—Quizás pueda decirme si esto es lo que trajo.
El Capitán Wass miró fijamente a Mayo, a la chica y al magnate irritado. Luego miró hacia abajo a los papeles dispersos y se rascó la cabeza con mucha deliberación.
—¿Por qué no dice algo? —exigió Marston.
—Soy naturalmente lento y cauteloso —declaró el Capitán Wass. Se puso sus anteojos, se arrodilló sobre la alfombra suave y examinó los papeles en blanco y los sellos rotos. Los volvió a dejar sobre la alfombra y meditó durante un tiempo, todavía de rodillas. Cuando levantó la vista, mirando por encima del borde de sus anteojos, no prestó atención a Marston, para el indignado asombro de este último.
—Vose y otros nos esperan en el hotel —informó al Capitán Mayo—, y es un asunto importante, y será mejor que nos ocupemos de eso en lugar de perder el tiempo aquí.
—No importa ningún otro asunto excepto este, señor —gritó Marston.
—No puede haber mucho negocio mezclado en un montón de hojas de papel en blanco —espetó el Capitán Wass—. ¿Qué pasa?
—He perdido documentos valiosos.
El viejo capitán inclinó una mirada astuta hacia el hombre enojado que estaba parado sobre él. —¿Papeles de la combinación de vapores, eh?
—Parece saber bastante bien.
—Debería saber.
—¿Por qué?
El Capitán Wass se levantó lentamente, con gruñidos, y se frotó las rodillas rígidas. —Porque los tengo.
—Los robó del paquete, ¿verdad?
—No fue un robo; fue un negocio.
—Entréguelos.
—Yo también insisto en eso, Capitán Wass —dijo Mayo, con indignación—. Entregue esos papeles.
—No se puede hacer, porque no los tengo conmigo. Y no los entregaré hasta que los haya usado en mi negocio.
—Haré que lo arresten —anunció Marston.
—Hágalo. Cuanto antes llegue todo el asunto ante el tribunal, mejor. —Su perfecta calma tuvo su efecto en el financiero.
—¿Para qué propone usar esos papeles?
—Para hacer que ustedes, piratas, devuelvan la propiedad de la línea Vose y paguen daños. En cuanto al resto de su combinación, las criaturas que están en ella pueden despellejar a sus propias mofetas. Supongo que todo el asunto se resolverá solo después de que recuperemos la línea Vose.
—Está pidiendo una imposibilidad. El asunto no puede ser arreglado.
—Entonces veremos hasta dónde puede llegar el Tío Sam en desenredar ese nido de huevos en particular. Entregaré los papeles al gobierno.
—¿No tiene ninguna influencia sobre este hombre? —preguntó Marston al asombrado Mayo.
—No, no la tiene; ni una pizca en este caso —respondió el Capitán Wass—. Él necesita un guardián en algunas cosas, y yo estoy sirviendo como uno ahora mismo.
—Debe conseguirlos de él; debe hacerlo, Capitán Mayo —gritó la chica—. No entendí lo que estaba haciendo.
—Los conseguiré.
—¡Me gustaría verlo intentarlo, hijo!
Se volvió hacia el hombre de Wall Street. —Solo estoy pidiendo lo que legítimamente se le debe a mi gente. Soy un hombre de pocas palabras y ahora mismo me estoy ciñendo al horario. Hasta las once de esta noche encontrará a Vose, a mí mismo y a nuestros abogados en el hotel Nicholas. Después de las once estaremos en la cama porque tenemos que empezar temprano para el naufragio en Razee. Vamos a financiar ese trabajo. Y en caso de que no lleguemos a un acuerdo con usted esta noche, usaremos nuestro garrote para mantenerlo fuera de nuestro negocio después de esto. Usted sabe cuál es el garrote.
Marston estaba demasiado ocupado con el Capitán Wass para prestar atención a su hija. Ella se acercó a Mayo y le susurró.
—Tienes que dejarlos, Boyd. Es por mi bien. Debes ayudar a mi padre. Son unos miserables. ¡Piensa en lo que significará para ti si puedes ayudarnos! Lo harás. ¡Promételo!
Él no respondió.
—¿Te atreves a dudar por un momento, cuando te lo pido, por mi bien?
—Esa es mi última palabra —bramó el Capitán Wass—. No hay chantaje en ello; solo estamos recuperando lo que es nuestro.
—¿Eres tú uno de esos... seres? —preguntó ella, indignada.
Si ella hubiera mostrado una chispa de simpatía o comprensión real en esa crisis de sus asuntos, si no hubiera sido tanto, en ese momento, la hija de Julius Marston, aconsejando egoísmo, él podría haber continuado fatuamente consintiendo su romance, a pesar de todo lo que había precedido. Pero sus ojos estaban duros. Su voz tenía el tintineo del dinero. Él se sobresaltó, como un hombre despertado. Su vieja gorra había caído sobre la alfombra. La recogió.
—¡Adiós! —dijo—. He descubierto dónde pertenezco en este mundo.
Y de esa manera poco heroica terminó algo que, como se dio cuenta entonces, nunca debería haber comenzado. Siguió al Capitán Wass a través del salón.
—Mejor aconseje a sus compinches que tengan cuidado con cómo manejan esas barras de parrilla —gritó el Capitán Wass—. Estoy cargado, y si me sacuden soy capaz de explotar.
No fueron molestados cuando abandonaron el yate. El botero que había traído al Capitán Wass los llevó hasta el muelle.
—Esos papeles... —se había aventurado Mayo, poco después de que dejaron el costado del yate.
—¡Ni una palabra sobre ellos! —chilló el viejo capitán—. ¡Es mi negocio, por completo! Cuando llegue el momento adecuado, le mostraré que es mi negocio privado. Nunca permito que nadie interfiera en eso.
Esa noche, después de la conferencia en el hotel, y después de que Julius Marston, gruñendo blasfemias, hubiera puesto su nombre en ciertos papeles, redactados por abogados cuidadosos, el Capitán Wass explicó por qué el asunto del paquete sellado era su negocio privado. Apartó a Marston de los demás con el propósito de explicarlo.
—No le he dicho ni una palabra a Vose o a sus asociados sobre este asunto de los documentos. Ellos piensan que usted ha venido porque quería resolver un truco sucio trabajado por un subordinado. Así que esto lo ha puesto muy bien con la multitud de Vose, señor.
Marston gruñó.
—Debería ser un poco agradable tener a unos pocos hombres que piensen que usted es honesto —continuó el Capitán Wass.
—Eso es suficiente de esta conversación estúpida. ¡Entregue esos papeles!
—¡Solo un momento! —Señaló al Capitán Mayo, quien se acercó a ellos—. Voy a decirle al señor Marston por qué esos documentos fueron mi asunto especial hoy, y por qué usted no pudo controlarme en el asunto. Podría explicarles a los dos a la vez. Fue mi propio negocio por esta razón: no sé nada sobre ningún papel. Nunca vi ninguno. Nunca abrí ese paquete. Lo entregué tal como me lo dieron. Eso es cierto, bajo mi palabra sagrada, señor Marston; y no tengo ninguna razón para mentirle, no después de que usted ha firmado esos acuerdos.
—Salga afuera —instó el financiero—. Quiero decirle lo que pienso de usted.
—No —dijo el viejo capitán, suavemente—. Y yo bajaría la voz, señor, si fuera usted. Estos hombres aquí tienen una idea bastante buena de usted en este momento, y no quiero que la eche a perder.
—¡Es un renegado mentiroso!
—¡Oh no! Solo le he mostrado que todos los buenos fanfarrones no se limitan a Wall Street. Hay uno todavía suelto por ahí. Su hombre Bradish probablemente tenía razones para querer engañar a su hija, y salvar su propia piel. ¡Probablemente le entregará sus papeles!
Marston maldijo y se marchó.
—Tracé ese rumbo mientras estaba de rodillas en su cabina, rezando por una buena mentira en un momento de necesidad desesperada —le confió el Capitán Wass a Mayo—. No estuvo mal, considerando cómo ha resultado.
XXXII ~ ¡EL QUERIDO “PORQUE” DE UNA CHICA!
Ánimo, Jack, brillantes sonrisas te esperan De la más hermosa de las hermosas, Y sus ojos amorosos te saludarán Con amables bienvenidas en todas partes. Navegando a casa, navegando a casa, Navegando a casa a través del mar. Navegando a casa a la querida vieja Inglaterra, ¡Navegando a casa, querida tierra, a ti! --Navegando a casa.
No hubo mezquindad en el trato que la gente de Vose hizo con el Capitán Mayo. Se comprometieron a cooperar con él y sus hombres para reflotar el barco de vapor, repararlo en el dique seco y reacondicionarlo para su ruta. Sería tasado tal como estaba después de la reacondición, como una propuesta en marcha, y Mayo recibiría acciones por el valor de su valor, acciones en la recién organizada línea Vose.
—Además —declaró el viejo Vose—, necesitaremos un tipo de su calibre como gerente. Ha demostrado que es capaz de hacer cosas.
Estaba en la cubierta del Conomo después de una larga inspección del trabajo que se había realizado bajo dificultades.
—Habría sacado este vapor con sus propios esfuerzos si su dinero hubiera durado. Su próximo trabajo es el Montana; pero simplemente lo administrará, Capitán Mayo: use su cabeza y ahorre su músculo.
—Lo sacaré, viendo que yo lo puse ahí.
—Todos sabemos exactamente cómo fue puesto ahí, y Marston pagará por ello con su moneda dura.
¡Bajo estas circunstancias, el Arrecife Razee ya no era un banco de dolientes! Los días sombríos de improvisación habían terminado.
Los alijadores de una de las compañías de salvamento más grandes de la costa se apresuraron a Razee y acudieron en masa alrededor del vapor mutilado: samaritanos del mar. Un equipo gigantesco lo abrazó; grandes bombas engulleron el agua de él; reforzado y apoyado, como un hombre golpeado cojea con los brazos sobre los hombros de sus amigos, el vapor salió del Arrecife Razee con la primera marea de primavera en julio, y se arrastró a través del mar tras remolcadores resoplantes, y fue apuntalado y seguro al fin en un dique seco: el hospital de los gigantes lisiados del océano.
Ninguna música sonó tan dulce para el Capitán Mayo como ese coro metálico que los martillos de los trabajadores del hierro tocaban en los flancos del Conomo. Pero se arrancó de esa música y fue a Maquoit junto con un Capitán Candage inmensamente contento, quien recordaba ahora que tenía una hija esperándolo.
Ella había sido informada por carta de su éxito y de su llegada.
Maquoit hizo una celebración de esa llegada del Ethel and May, y Dolph y Otie, cocinero y compañero de la goleta, encabezaron el desfile cuando los hombres estuvieron en tierra.
Regresaron a lo suyo con las carteras llenas que la generosidad de sus empleadores había proporcionado, y ya no hubo duda sobre el futuro de los hombres que alguna vez pasaron hambre en Hue and Cry.
El Capitán Mayo había declarado que sabía dónde encontrar trabajadores fieles cuando llegara el momento de distribuir trabajos.
Polly Candage se le había acercado en cuanto puso un pie en tierra, con las manos extendidas y los ojos encendidos. Y cuando ella puso sus manos en las suyas, él supo, en lo más profundo de su alma, que ese era el saludo que había estado esperando; sus palabras de felicitación fueron las más queridas de todas, su sonrisa fue la mejor recompensa, y por su querida persona él había sentido hambre.
Pero no quería admitirse a sí mismo que había venido a cortejar.
Cuando la suave penumbra hubo suavizado los duros contornos de la pequeña aldea, y los demás estuvieron ocupados con sus propios asuntos y dejaron a Mayo y a Polly a solas, él se sentó con ella en el porche de la cabaña de la viuda, donde pasaron aquella primera velada después de haber sido salvados del mar.
Hubo un largo silencio entre ellos. "No hemos tenido oportunidad... todavía no me he atrevido a contarte mis mejores esperanzas para lo más querido de todo", se aventuró ella.
"El que está tierra adentro. Lo sé. Me alegro por ti".
"¿Cuál que está tierra adentro?"
"Ese joven... el único joven en todo el mundo".
"¡Oh, sí! Lo había olvidado".
Él la miró fijamente. "¿Olvidado?"
"Bueno... bueno... no quiero decir exactamente olvidado. Pero no estaba pensando en él cuando hablé. Quiero decir que ahora... con tus nuevas perspectivas... puedes ir a... a... Puede llegar un momento en que puedas hablar con el Sr. Marston".
"He hablado con el Sr. Marston, hace muy poco. Él ha hablado conmigo", dijo, con el rostro endurecido. "Nunca volveremos a dirigirnos la palabra, si puedo evitarlo".
Él sostuvo su mirada de asombro. "Polly, odio molestarte con mis pobres asuntos de este tipo. Puedo hablar de negocios con el Sr. Vose, y del mar con tu padre. Pero hay otro asunto que no puedo mencionar a nadie... a menos que tú me escuches. Te diré dónde vi al Sr. Marston... y a su hija".
Ella escuchó, con los labios entreabiertos.
"Así que, ves", dijo él al final, "fue peor que un sueño; fue un error. No pudo haber sido amor verdadero, porque no estaba construido sobre los cimientos correctos. Nunca he tenido mucha experiencia con chicas. He estado dando tumbos en el mar casi toda mi vida. Quizás no sepa lo que es el amor verdadero. Pero me parece que no puede significar mucho a menos que esté construido sobre el entendimiento mutuo, la voluntad de sacrificarse el uno por el otro".
"Eso creo yo", respondió Polly, suavemente.
"Quiero ver a ese joven tuyo, allá tierra adentro. Quiero decirle que es muy afortunado porque te conoció primero".
"¿Por qué?"
"No puedo decirte exactamente por qué. No es correcto que lo haga".
"Pero a una chica le gusta escuchar esas cosas. ¡Por favor!"
"¿Me perdonarás por decir lo que no debería decir?"
"Te perdonaré".
"Él tiene suerte, porque si yo no supiera que estás comprometida y enamorada, me postraría a tus pies y te rogaría que te casaras conmigo. Eres la esposa para un marinero yanqui, Polly Candage. Si tan solo hubiera dos de ti en este mundo, tendríamos una boda doble".
Él saltó y comenzó a alejarse.
"¿A dónde vas?", preguntó ella, y hubo casi un lamento en su tono. "No, no entiende bien a las chicas", se dijo a sí misma, amargamente.
"Voy a la tienda de Rowley para ver si acepta recuperar su dinero y nos ahorra los intereses. Me dijo que tendría que quedarme con el dinero durante un año".
Ella lo llamó vacilante, pero con tal súplica en su tono que él se detuvo y la miró.
"¿No podrías... No es igual de bueno dejar que el asunto repose hasta... hasta...?"
"Oh, no hay tiempo como el presente en asuntos de dinero", declaró, con una carcajada, totalmente ajeno, sin entender en lo más mínimo su embarazo, su lastimoso esfuerzo por cerrar su pequeño templo del sacrificio amoroso para que él no pudiera entrar pisoteando en ese momento.
Su risa fue forzada. Se dio cuenta de que si no se alejaba apresuradamente de esta chica, extendería sus brazos hacia ella, declarando el amor que surgía en él, ahora que había despertado a la plena conciencia de ese amor; su reserva yanqui, su instinto de honor entre hombres, luchaban duramente contra su pasión; se dijo a sí mismo que no traicionaría a un hombre que no conocía, ni ofrecería amor a una chica que, según creía, amaba a otro.
"¿No puedo ir contigo?", suplicó ella, conteniendo su impulso salvaje de correr delante de él y advertir al diácono.
"¡Por supuesto!", consintió él, y caminaron por la calle, sin que ninguno se atreviera a hablar.
Encontraron a Rowley solo en su tienda. Estaba haciendo chapuzas, preparándose para cerrar el lugar por la noche.
Al entrar, la chica se puso detrás de Mayo y, captando la mirada del diácono, hizo gestos frenéticos. En la penumbra, aquellos gestos eran decididamente incomprensibles; el diácono bajó sus gafas y la miró fijamente, tratando de entender ese lenguaje de señas.
"Me gustaría liquidar ese préstamo y ahorrarme el resto de los intereses del año, Diácono Rowley", declaró Mayo, con la franqueza de un marinero.
La chica intentaba transmitir al diácono el hecho de que no debía revelar su secreto. Ella negaba con la cabeza. Esto le pareció al intermediario como órdenes directas y concluyentes del principal.
"¡No, señor, Capitán Mayo! No se puede hacer".
"No considero que eso sea un trato justo entre hombres, sin importar cuán rectos sean los negocios".
Polly ahora señaló un asentimiento entusiasta, con la intención de hacer entender al diácono que debía aceptar el dinero. Pero el diácono no lo entendió; pensó que la chica afirmaba su deseo de negocios rectos.
"Lo tomó por un año. Sin dar marcha atrás, capitán".
Ella negó con la cabeza, violentamente.
"¡No, señor! Quédeselo, como acordó, y pague sus intereses".
"¡Diácono Rowley, usted es un viejo idiota!", estalló la chica.
Cuando el diácono se arrancó las gafas y el Capitán Mayo volvió sus ojos asombrados hacia ella, la chica se llevó las manos a la cara y salió corriendo de la tienda, sollozando. ¡Solo era una chica! No le quedaban más recursos con los que enfrentar esa situación en los asuntos de los hombres.
El impulso de Mayo fue seguirla, pero el diácono lo detuvo.
"No voy a permitir que me tomen por tonto por más tiempo en esto, ni siquiera para ganar trescientos dólares", espetó.
"¡Tonto! ¿Qué quiere decir?"
"Vaya a arreglarlo con ella".
"¿Qué tiene que ver Polly Candage con este negocio?"
"Es su dinero".
"¿Quiere decir que...?"
"Ella sacó su dinero del banco y me embaucó para que mintiera por ella. ¿Qué no hará una chica cuando está enamorada de un tipo? ¡Si no lo sabía antes, ya es hora de que lo sepa!"
Ese último comentario del diácono tenía una referencia disgustada solo al asunto del dinero. Pero transmitió algo más al Capitán Boyd Mayo.
¡Salió corriendo de la tienda!
Muy arriba en el camino la alcanzó. Ella se apresuraba a llegar a casa. Cuando ella se enfrentó a él, él vio lágrimas en sus mejillas, aunque la generosa penumbra de la noche los envolvía donde estaban. Él tomó ambas manos de ella.
"Polly Candage, ¿por qué arriesgaste tu dinero por mí?", exigió.
"¡Sabía que tendrías éxito!", murmuró ella, apartando la cara. "Fue una... una buena inversión".
"Cuando lo diste, ¿estabas...? ¿Estabas pensando...? ¿Fue solo por una inversión, Polly?"
Ella no respondió.
"¡Mira! Esta última cosa debería atarme la lengua, porque te debo todo. Pero mi lengua no se quedará atada... no ahora, Polly. No me importa si hay alguien más tierra adentro. Debería importarme. Debería respetar tu...".
Ella liberó una mano y puso sus dedos regordetes sobre sus labios. "No hay nadie tierra adentro; nunca ha habido nadie, Boyd", susurró ella.
Él la tomó en sus brazos, la besó y la mantuvo cerca.
"¿Me dirás una cosa, ahora? Sé la respuesta, amor mío, pero quiero oírte decirla. ¿Por qué me diste todo tu dinero?"
Ella puso las palmas de sus manos contra las mejillas de él y pronunció las palabras que su alma anhelaba:
"¡Porque te amo!"
FIN