Capítulo I
En mi opinión, es imposible crear personajes antes de haber pasado mucho tiempo estudiando a los hombres, al igual que es imposible hablar una lengua antes de haberla adquirido seriamente. No siendo lo suficientemente viejo como para inventar, me contento con narrar, y ruego al lector que se asegure de la veracidad de una historia en la que todos los personajes, a excepción de la heroína, todavía viven. En París se pueden encontrar testigos presenciales de la mayor parte de los hechos que he recopilado, y podría recurrir a ellos para que me confirmen si mi testimonio no fuera suficiente. Y, gracias a una circunstancia particular, solo yo puedo escribir estas cosas, pues solo yo soy capaz de dar los detalles finales, sin los cuales habría sido imposible hacer la historia a la vez interesante y completa.
Así es como estos detalles llegaron a mi conocimiento. El 12 de marzo de 1847 vi en la Rue Lafitte un gran cartel amarillo que anunciaba una subasta de muebles y objetos curiosos. La venta debía tener lugar a causa de la muerte de la propietaria. No se mencionaba el nombre de la dueña, pero la subasta se celebraría en el número 9 de la Rue d’Antin, el día 16, de 12 a 5. El cartel anunciaba además que las habitaciones y los muebles podían verse los días 13 y 14.
Siempre me han gustado mucho las curiosidades, y me propuse no dejar pasar la ocasión, si no de comprar algo, al menos de verlo. Al día siguiente me pasé por el número 9 de la Rue d’Antin.
Era temprano, y sin embargo ya había varios visitantes, tanto hombres como mujeres, y las mujeres, aunque iban vestidas con cachemira y terciopelo y tenían sus carruajes esperándolas a la puerta, contemplaban con asombro y admiración el lujo que veían ante sí.
No tardé en descubrir el motivo de este asombro y admiración, pues, habiendo comenzado a examinar las cosas con cierto cuidado, descubrí sin dificultad que me encontraba en la casa de una mujer mantenida. Ahora bien, si hay una cosa que las mujeres de la sociedad desearían ver (y allí había mujeres de la sociedad), es el hogar de aquellas mujeres cuyos carruajes salpican a los suyos día tras día, que, al igual que ellas, lado a lado con ellas, tienen sus palcos en la Ópera y en los Italianos, y que exhiben en París la opulenta insolencia de su belleza, sus diamantes y su escándalo.
Esta había muerto, así que hasta la más virtuosa de las mujeres podía entrar incluso en su dormitorio. La muerte había purificado el aire de esta morada de espléndida suciedad y, si se necesitara más excusa, tenían la de que simplemente habían acudido a una subasta, sin saber de quién. Habían leído los carteles, deseaban ver lo que los carteles habían anunciado y hacer su elección de antemano. ¿Qué podría ser más natural? Aun así, en medio de todas aquellas hermosas cosas, no podían evitar buscar algunos rastros de la vida de esta cortesana, de la que sin duda habían oído historias bastante extrañas.
Desgraciadamente, el misterio se había desvanecido con la diosa y, a pesar de sus esfuerzos, solo descubrieron lo que estaba a la venta tras el fallecimiento de la propietaria, y nada de lo que estuvo a la venta durante su vida. Por lo demás, había muchas cosas que merecían la pena comprar. Los muebles eran magníficos; había vitrinas y mesas de palisandro y estilo buhl, jarrones de Sèvres y de China, estatuillas de Sajonia, satén, terciopelo, encaje; no faltaba nada.
Paseé por las habitaciones, siguiendo a las curiosas damas de distinción. Entraron en una estancia con tapices persas, y yo estaba a punto de entrar a mi vez, cuando salieron casi inmediatamente, sonriendo y como si se avergonzaran de su propia curiosidad. Sentí aún más ganas de ver la habitación. Era el vestidor, dispuesto con todos los artículos de aseo, en el que la extravagancia de la difunta parecía alcanzar su punto álgido.
Sobre una gran mesa apoyada contra la pared, una mesa de tres pies de ancho por seis de largo, brillaban todos los tesoros de Aucoc y Odiot. Era una colección magnífica, y no faltaba ni una de esas mil pequeñas cosas tan necesarias para el tocador de una mujer de esa clase que no fuera de oro o plata. Tal colección solo pudo haberse reunido poco a poco, y ciertamente el mismo amante no la había empezado y terminado.
Al no escandalizarme ante la visión del vestidor de una mujer mantenida, me divertí examinando cada detalle y descubrí que estos objetos magníficamente cincelados llevaban diferentes iniciales y diferentes coronas. Los miré uno tras otro, cada uno recordando una vergüenza distinta, y dije que Dios había sido misericordioso con la pobre niña al no haberla dejado pagar el castigo habitual, sino más bien morir en medio de su belleza y su lujo, antes de la llegada de la vejez, la primera muerte de la cortesana.
¿Hay algo más triste en el mundo que la vejez del vicio, especialmente en la mujer? No conserva ninguna dignidad, no inspira ningún interés. El arrepentimiento eterno, no de los malos caminos seguidos, sino de los planes que han fracasado, del dinero que se ha gastado en vano, es una cosa tan triste como uno puede encontrarse. Conocí a una anciana que en otro tiempo había sido «alegre», cuyo único vínculo con el pasado era una hija casi tan hermosa como ella lo había sido. Esta pobre criatura, a la que su madre nunca había dicho «eres mi hija» más que para pedirle que alimentara su vejez como ella misma había alimentado su juventud, se llamaba Louise, y, siendo obediente a su madre, se abandonaba sin voluntad, sin pasión, sin placer, como habría trabajado en cualquier otra profesión que le hubieran enseñado.
La visión constante de la disipación, de la disipación precoz, sumada a su constante estado enfermizo, había extinguido en su mente todo el conocimiento del bien y del mal que Dios tal vez le había dado, pero que nadie había pensado nunca en desarrollar. Siempre la recordaré tal como pasaba por los bulevares casi todos los días a la misma hora, acompañada por su madre con tanta asiduidad como una verdadera madre podría haber acompañado a su hija. Yo era muy joven entonces, y estaba dispuesto a aceptar para mí la fácil moralidad de la época. Recuerdo, sin embargo, el desprecio y el disgusto que despertó en mí la visión de este escandaloso acompañamiento. Su rostro, además, era inexpresablemente virginal en su expresión de inocencia y de sufrimiento melancólico. Era como una figura de la Resignación.
Un día, el rostro de la joven se transfiguró. En medio de todas las debilidades trazadas por su madre, le pareció como si Dios le hubiera dejado una felicidad. ¿Y por qué, en efecto, Dios, que la había hecho sin fuerzas, la habría dejado sin consuelo bajo la penosa carga de su vida? Un día, pues, se dio cuenta de que iba a tener un hijo, y todo lo que le quedaba de castidad saltó de alegría. El alma tiene extraños refugios. Louise corrió a dar la buena nueva a su madre. Es una cosa vergonzosa de contar, pero no estamos contando cuentos de pecados placenteros; estamos contando hechos reales, que sería mejor, sin duda, pasar por alto en silencio si no creyéramos que es necesario de vez en cuando revelar el martirio de aquellas que son condenadas sin ser escuchadas, despreciadas sin ser juzgadas; vergonzoso es, pero esta madre respondió a la hija que ya apenas tenían lo suficiente para dos, y que ciertamente no tendrían suficiente para tres; que tales niños son inútiles, y un parto es mucho tiempo perdido.
Al día siguiente, una partera, de la que solo diremos que era amiga de la madre, visitó a Louise, quien permaneció en cama durante unos días, y luego se levantó más pálida y débil que antes.
Tres meses después, un hombre se compadeció de ella e intentó sanarla, moral y físicamente; pero el último golpe había sido demasiado violento, y Louise murió de él. La madre todavía vive; ¿cómo? Dios lo sabe.
Esta historia volvió a mi mente mientras miraba los utensilios de tocador de plata, y un cierto espacio de tiempo debe haber transcurrido durante estas reflexiones, pues no quedaba nadie en la habitación más que yo y un encargado, quien, de pie cerca de la puerta, me vigilaba cuidadosamente para ver que no me guardara nada en el bolsillo.
Me acerqué al hombre, a quien estaba causando tanta ansiedad. —Señor —le dije—, ¿podría decirme el nombre de la persona que vivía aquí anteriormente?
—Mademoiselle Marguerite Gautier.
La conocía de nombre y de vista.
—¡Qué! —dije al encargado—, ¿Marguerite Gautier ha muerto?
—Sí, señor.
—¿Cuándo murió?
—Hace tres semanas, creo.
—¿Y por qué se pueden ver las habitaciones?
—Los acreedores creen que eso hará subir los precios. La gente puede ver de antemano el efecto de las cosas; ya ve, eso les incita a comprar.
—¿Estaba endeudada, entonces?
—Hasta las cejas, señor.
—¿Pero la subasta lo cubrirá?
—Y más también.
—¿Quién recibirá lo que sobre?
—Su familia.
—¿Tenía familia?
—Eso parece.
—Gracias.
El encargado, tranquilizado respecto a mis intenciones, se tocó el sombrero y salí.
—¡Pobre chica! —me dije a mí mismo mientras regresaba a casa—; debe haber tenido una muerte triste, pues, en su mundo, uno solo tiene amigos cuando está perfectamente bien. Y, a pesar de mí mismo, empecé a sentir melancolía por el destino de Marguerite Gautier.
A muchos les parecerá absurdo, pero siento una simpatía ilimitada por las mujeres de esta clase, y no creo necesario disculparme por tal simpatía.
Un día, mientras iba a la Prefectura para obtener un pasaporte, vi en una de las calles vecinas a una pobre chica que era conducida por dos agentes de policía. No sé qué ocurría. Solo sé que lloraba amargamente mientras besaba a un niño de pocos meses, de quien su detención iba a separarla. Desde aquel día nunca me he atrevido a despreciar a una mujer a primera vista.
Capítulo II
La subasta debía tener lugar el día 16. Se había dejado un día de intervalo entre los días de visita y la subasta, para dar tiempo a retirar los tapices, cortinas, etc. Yo acababa de regresar del extranjero. Era natural que no hubiera oído hablar de la muerte de Marguerite entre las noticias que los amigos siempre cuentan al regresar tras una ausencia. Marguerite era una mujer hermosa; pero, aunque la vida de tales mujeres causa suficiente sensación, su muerte causa muy poca. Son soles que se ponen como salieron, sin ser observados. Su muerte, cuando mueren jóvenes, es conocida por todos sus amantes al mismo tiempo, pues en París casi todos los amantes de una mujer conocida son amigos. Se intercambian algunos recuerdos y la vida de todos continúa como si el incidente nunca hubiera ocurrido, sin que se derrame ni una sola lágrima.
Hoy en día, a los veinticinco años, las lágrimas se han vuelto una cosa tan rara que no deben derramarse indiscriminadamente. Es mucho lo que se puede esperar si los padres que pagan por ser llorados son llorados a cambio del precio que pagan.
En cuanto a mí, aunque mis iniciales no figuraban en ninguna de las pertenencias de Marguerite, esa indulgencia instintiva, esa piedad natural que ya he confesado, me hizo pensar en su muerte, quizá más de lo que merecía la pena. Recordaba haber encontrado a menudo a Marguerite en el Bois, adonde iba regularmente todos los días en un pequeño cupé azul tirado por dos magníficos caballos bayos, y había notado en ella una distinción muy aparte de otras mujeres de su clase, una distinción que se veía realzada por una belleza realmente excepcional.
Estas criaturas desafortunadas, siempre que salen, van acompañadas de alguien. Como a ningún hombre le interesa hacerse notar dejándose ver en su compañía, y como ellas temen la soledad, llevan consigo a aquellos que no tienen medios suficientes para tener carruaje, o a una u otra de esas elegantes damas antiguas, cuya elegancia es un poco inexplicable, y a quienes siempre se puede acudir para obtener información sobre las mujeres a las que acompañan.
En el caso de Marguerite era muy diferente. Siempre iba sola cuando paseaba por los Campos Elíseos, reclinándose en su carruaje tanto como le era posible, vestida con pieles en invierno y llevando vestidos muy sencillos en verano; y aunque a menudo pasaba junto a personas que conocía, su sonrisa, cuando elegía sonreír, solo era vista por ellos, y una duquesa podría haber sonreído exactamente de esa manera. No iba y venía como las demás, desde la rotonda hasta el final de los Campos Elíseos. Iba directamente al Bois. Allí dejaba su carruaje, caminaba durante una hora, regresaba a su carruaje y se dirigía rápidamente a casa.
Todas estas circunstancias que tantas veces había presenciado volvieron a mi memoria, y lamenté su muerte como uno podría lamentar la destrucción de una bella obra de arte.
Era imposible ver más encanto en la belleza que en la de Marguerite. Excesivamente alta y delgada, poseía en el mayor grado el arte de reparar este descuido de la Naturaleza con el simple arreglo de las cosas que vestía. Su cachemira llegaba hasta el suelo y mostraba a cada lado los grandes volantes de un vestido de seda, y el pesado manguito que sostenía apretado contra su pecho estaba rodeado por pliegues tan astutamente dispuestos que el ojo, por exigente que fuera, no podía encontrar defecto en el contorno de las líneas. Su cabeza, una maravilla, era objeto del cuidado más coqueto. Era pequeña, y su madre, como diría Musset, parecía haberla hecho así para hacerla con esmero.
Situad, en un óvalo de gracia indescriptible, dos ojos negros, coronados por cejas de una curva tan pura que parecían pintadas; velad estos ojos con encantadoras pestañas que, cuando se bajan, arrojan su sombra sobre el tono rosado de las mejillas; trazad una nariz delicada y recta, con las fosas nasales un poco abiertas, en una ardiente aspiración hacia la vida de los sentidos; diseñad una boca regular, con los labios entreabiertos graciosamente sobre unos dientes tan blancos como la leche; coloread la piel con el vello de un melocotón que ninguna mano ha tocado, y tendréis el aspecto general de aquel rostro encantador. El cabello, negro como el azabache, ondulado naturalmente o no, estaba partido en la frente en dos grandes mechones y drapeado hacia atrás sobre la cabeza, dejando a la vista solo la punta de las orejas, en las que brillaban dos diamantes de cuatro a cinco mil francos cada uno. Cómo es posible que su ardiente vida hubiera dejado en el rostro de Marguerite la expresión virginal, casi infantil, que lo caracterizaba, es un problema que solo podemos plantear, sin intentar resolverlo.
Marguerite tenía un retrato maravilloso de sí misma, hecho por Vidal, el único hombre cuyo lápiz podía hacerle justicia. Tuve este retrato conmigo durante unos días después de su muerte, y el parecido era tan asombroso que me ha ayudado a refrescar mi memoria con respecto a algunos puntos que de otro modo no habría recordado.
Algunos de los detalles de este capítulo no llegaron a mis oídos hasta más tarde, pero los escribo aquí para no verme obligado a volver a ellos cuando la historia propiamente dicha haya comenzado.
Marguerite estaba siempre presente en todos los estrenos y pasaba todas las veladas en el teatro o en el baile. Siempre que había una obra nueva se la podía ver con seguridad, e invariablemente tenía tres cosas consigo en el alféizar de su palco de platea: su anteojo, una bolsa de dulces y un ramo de camelias.
Durante veinticinco días del mes las camelias eran blancas, y durante cinco eran rojas; nadie supo nunca la razón de este cambio de color, que menciono aunque no puedo explicarlo; fue notado tanto por sus amigos como por los habituales de los teatros a los que iba más a menudo. Nunca se la vio con otras flores que no fueran camelias. En la floristería de Madame Barjon, se la terminó llamando «la Dama de las Camelias», y el nombre se le quedó.
Como todos los que se mueven en cierto círculo de París, sabía que Marguerite había vivido con algunos de los jóvenes más elegantes de la sociedad, que hablaba de ello abiertamente y que ellos mismos se jactaban de ello; así que todos parecían igualmente complacidos unos con otros. Sin embargo, desde hacía unos tres años, tras una visita a Bagnères, se decía que vivía con un viejo duque, extranjero, enormemente rico, que había intentado alejarla tanto como fuera posible de su vida anterior y, al parecer, para entera satisfacción de ella.
Esto es lo que me contaron sobre el tema. En la primavera de 1847, Marguerite estaba tan enferma que los médicos le ordenaron tomar las aguas, y fue a Bagnères. Entre los enfermos estaba la hija de este duque; no solo sufría de la misma dolencia, sino que era tan parecida a Marguerite en apariencia que podrían haber pasado por hermanas; la joven duquesa estaba en la última etapa de la tuberculosis y, pocos días después de la llegada de Marguerite, murió. Una mañana, el duque, que había permanecido en Bagnères para estar cerca de la tierra que había enterrado una parte de su corazón, vio a Marguerite en una curva del camino. Le pareció ver la sombra de su hija, y acercándose a ella, le tomó las manos, la abrazó y lloró sobre ella, y sin siquiera preguntarle quién era, le rogó que le dejara amar en ella la imagen viva de su hija muerta. Marguerite, sola en Bagnères con su criada, y no teniendo miedo de comprometerse, accedió a la petición del duque. Algunas personas que la conocían, al encontrarse por casualidad en Bagnères, se tomaron la libertad de explicar al duque la verdadera posición de Mademoiselle Gautier. Fue un golpe para el anciano, pues el parecido con su hija se terminó en una dirección, pero ya era demasiado tarde. Ella se había convertido en una necesidad para su corazón, su único pretexto, su única excusa para vivir. Él no le hizo reproches, pues, de hecho, no tenía derecho a hacerlo, pero le preguntó si se sentía capaz de cambiar su modo de vida, ofreciéndole a cambio del sacrificio toda compensación que pudiera desear. Ella consintió.
Hay que decir que Marguerite estaba muy enferma en aquel entonces. El pasado le parecía a su naturaleza sensible como si fuera una de las causas principales de su enfermedad, y una especie de superstición la llevó a esperar que Dios le devolviera tanto la salud como la belleza a cambio de su arrepentimiento y conversión. A finales del verano, las aguas, el sueño, la fatiga natural de las largas caminatas, habían efectivamente restaurado más o menos su salud. El duque la acompañó a París, donde continuó viéndola como lo había hecho en Bagnères.
Esta relación, cuyo motivo y origen eran totalmente desconocidos, causó gran sensación, pues el duque, ya conocido por su inmensa fortuna, ahora se hizo conocido por su prodigalidad. Todo esto se atribuyó al libertinaje de un rico anciano, y se creyó todo menos la verdad. El sentimiento del padre por Marguerite tenía, en realidad, una causa tan pura que cualquier cosa que no fuera una comunión de corazones le habría parecido una especie de incesto, y nunca le había dicho una palabra que su hija no hubiera podido escuchar.
Lejos de mí el propósito de hacer pasar a nuestra heroína por otra cosa que no fuera lo que era. Mientras permaneció en Bagnères, la promesa que le había hecho al duque no le había resultado difícil de cumplir, y la había cumplido; pero, una vez de vuelta en París, acostumbrada a una vida de disipación, de bailes, de orgías, le pareció que la soledad, interrumpida solo por las visitas reglamentarias del duque, la mataría de aburrimiento, y el aliento abrasador de su antigua vida volvió a envolver su cabeza y su corazón.
Debemos añadir que Marguerite había vuelto más hermosa de lo que nunca había sido; solo tenía veinte años, y su mal, latente pero no dominado, continuaba provocándole esos deseos febriles que son casi siempre el resultado de las enfermedades del pecho.
Fue un gran pesar para el duque cuando sus amigos, siempre al acecho de algún escándalo por parte de la mujer con la que, según les parecía, se estaba comprometiendo, fueron a decirle, es más, a demostrarle, que en los momentos en que ella estaba segura de no verle recibía otras visitas, y que estas visitas se prolongaban a menudo hasta el día siguiente. Al ser interrogada, Marguerite le confesó todo al duque y le aconsejó, sin arrière-pensée, que no se preocupara más por ella, pues se sentía incapaz de llevar a cabo lo que había emprendido, y no deseaba seguir aceptando favores de un hombre al que estaba engañando. El duque no volvió durante una semana; fue todo lo que pudo hacer, y al octavo día acudió a rogar a Marguerite que le permitiera seguir visitándola, prometiéndole que la aceptaría tal y como era, con tal de poder verla, y jurando que jamás le dirigiría un reproche, aunque tuviera que morir por ello.
Tal era, pues, el estado de las cosas tres meses después del regreso de Marguerite; es decir, en noviembre o diciembre de 1842.
Capítulo III
A la una del día 16 me dirigí a la Rue d’Antin. Se podía oír la voz del subastador desde la puerta exterior. Las habitaciones estaban atestadas de gente. Allí se encontraban todas las celebridades de la más elegante incorrección, examinadas furtivamente por ciertas grandes damas que habían aprovechado la ocasión de la venta para poder ver, de cerca, a mujeres a las que tal vez nunca tendrían otra ocasión de conocer, y a quienes quizás envidiaban en secreto por sus fáciles placeres. La duquesa de F. se abría paso entre la gente junto a la señorita A., uno de los ejemplos más melancólicos de nuestra cortesana moderna; el marqués de T. dudaba ante una pieza de mobiliario cuyo precio estaba haciendo subir la señora D., la adúltera más elegante y famosa de nuestro tiempo; el duque de Y., de quien en Madrid se supone que se está arruinando en París, y en París que se está arruinando en Madrid, y quien, de hecho, nunca llega a alcanzar el límite de sus ingresos, hablaba con la señora M., una de nuestras más ingeniosas narradoras, que de vez en cuando escribe lo que dice y firma lo que escribe, mientras al mismo tiempo intercambiaba miradas cómplices con la señora de N., un bello ornamento de los Campos Elíseos, casi siempre vestida de rosa o azul, y que conducía dos grandes caballos negros que Tony le había vendido por 10.000 francos, y por los que ella había pagado, a su manera; finalmente, la señorita R., que gana por su mero talento el doble de lo que las mujeres de mundo ganan por su dote y tres veces más de lo que las otras ganan por sus amoríos, había venido, a pesar del frío, a hacer algunas compras, y no fue la menos observada entre la multitud.
Podríamos citar las iniciales de muchos más de los que se encontraron, no sin cierta sorpresa mutua, lado a lado en una habitación. Pero tememos cansar al lector. Solo añadiremos que todo el mundo estaba de excelente humor, y que muchos de los presentes habían conocido a la difunta y parecían olvidar por completo tal hecho. Había un sonido de fuertes carcajadas; los subastadores gritaban a voz en cuello; los comerciantes que habían llenado los bancos frente a la mesa de subastas intentaban en vano obtener silencio para realizar sus negocios en paz. Nunca hubo una reunión más ruidosa o más variada.
Me deslicé tranquilamente en medio de este tumulto, triste al pensar cuando uno recordaba que la pobre criatura cuyos bienes estaban siendo vendidos para pagar sus deudas había muerto en la habitación contigua. Habiendo venido más para observar que para comprar, contemplaba los rostros de los subastadores, notando cómo se iluminaban de alegría cada vez que algo alcanzaba un precio superior a sus expectativas. ¡Honradas criaturas, que habían especulado con la prostitución de esta mujer, que habían ganado su cien por cien a costa suya, que habían atormentado con sus requerimientos los últimos momentos de su vida, y que venían ahora, tras su muerte, a recoger a la vez los frutos de sus cálculos deshonrosos y los intereses de su vergonzoso crédito! ¡Qué sabios eran los antiguos al tener un solo Dios para los comerciantes y los ladrones!
Vestidos, cachemires, joyas, se vendían con una rapidez increíble. No había nada que me interesara, y seguí esperando. De pronto oí: “Un volumen, bellamente encuadernado, con los bordes dorados, titulado Manon Lescaut. Hay algo escrito en la primera página. Diez francos”.
“Doce”, dijo una voz después de un largo silencio.
“Quince”, dije yo.
¿Por qué? No lo sabía. Sin duda, por el algo escrito.
“Quince”, repitió el subastador.
“Treinta”, dijo el primer postor en un tono que parecía desafiar cualquier competencia posterior.
Se había convertido ya en una lucha. “Treinta y cinco”, grité en el mismo tono.
“Cuarenta”.
“Cincuenta”.
“Sesenta”.
“Cien”.
Si hubiera querido causar sensación, sin duda lo habría logrado, pues se hizo un profundo silencio, y la gente me miraba como para ver qué clase de persona era aquella que parecía tan decidida a poseer el volumen.
El acento que puse en mi última palabra pareció convencer a mi adversario; prefirió abandonar un conflicto que solo habría resultado en hacerme pagar diez veces su precio por el volumen, y, haciendo una reverencia, dijo con gran elegancia, aunque ciertamente un poco tarde:
“Cedo, señor”.
Al no ofrecerse nada más, el libro me fue adjudicado.
Como temía algún nuevo ataque de obstinación, que mi amor propio podría haber sostenido algo mejor que mi bolsa, escribí mi nombre, hice apartar el libro y salí. Debí haber dado considerable materia de reflexión a los testigos de esta escena, quienes sin duda se preguntarían cuál habría sido mi propósito al pagar cien francos por un libro que podría haber conseguido en cualquier parte por diez, o, como mucho, quince.
Una hora después, envié a buscar mi compra. En la primera página estaba escrita con tinta, en una letra elegante, una dedicatoria por parte del donante. Consistía en estas palabras:
Manon a Marguerite.
Humildad.
Estaba firmado Armand Duval.
¿Cuál era el significado de la palabra Humildad? ¿Debía Manon reconocer en Marguerite, en opinión del señor Armand Duval, a su superior en el vicio o en el afecto? La segunda interpretación parecía la más probable, pues la primera habría sido un impertinente comentario directo que Marguerite, cualquiera que fuera su opinión sobre sí misma, nunca habría aceptado.
Salí de nuevo, y no volví a pensar en el libro hasta la noche, cuando me iba a acostar.
Manon Lescaut es una historia conmovedora. Conozco cada detalle de ella, y aun así, siempre que encuentro el volumen, la misma simpatía me atrae hacia él; lo abro, y por centésima vez revivo junto a la heroína del abate Prévost. Ahora bien, esta heroína es tan fiel a la vida que siento como si la hubiera conocido; y así, la especie de comparación entre ella y Marguerite me produjo una inclinación inusual a leerlo, y mi indulgencia se transformó en piedad, casi en una especie de amor por la pobre chica a quien debía el volumen. Manon murió en el desierto, es cierto, pero en los brazos del hombre que la amó con toda la energía de su alma; quien, cuando ella hubo muerto, cavó una tumba para ella, y la regó con sus lágrimas, y enterró su corazón en ella; mientras que Marguerite, pecadora como Manon, y tal vez convertida como ella, había muerto en un lecho suntuoso (parecía, después de lo que había visto, el lecho de su pasado), pero en ese desierto del corazón, un desierto más estéril, más vasto, más despiadado que aquel en el que Manon encontró su último lugar de descanso.
Marguerite, de hecho, como me enteré por algunos amigos que conocían las últimas circunstancias de su vida, no tuvo a un solo amigo verdadero junto a su lecho durante los dos meses de su larga y dolorosa agonía.
Entonces, de Manon y Marguerite mi mente vagó hacia aquellos que conocía, y a quienes veía cantar a lo largo del camino que conducía a una muerte similar. ¡Pobres almas! Si no es correcto amarlas, ¿no es bueno compadecerlas? Usted compadece al ciego que nunca ha visto la luz del día, al sordo que nunca ha oído las armonías de la naturaleza, al mudo que nunca ha encontrado una voz para su alma, y, bajo un falso manto de vergüenza, no compadecerá esta ceguera del corazón, esta sordera del alma, esta mudez de la conciencia, que pone a la pobre criatura afligida fuera de sí misma y la hace, a pesar de sí misma, incapaz de ver lo que es bueno, de oír al Señor y de hablar el lenguaje puro del amor y la fe.
Hugo ha escrito Marion Delorme, Musset ha escrito Bernerette, Alejandro Dumas ha escrito Fernande, los pensadores y poetas de todos los tiempos han llevado a la cortesana la ofrenda de su piedad, y a veces un gran hombre las ha rehabilitado con su amor e incluso con su nombre. Si insisto en este punto es porque muchos de entre quienes han empezado a leerme estarán listos para arrojar un libro en el que temerán encontrar una apología del vicio y la prostitución; y la edad del autor contribuirá, sin duda, a aumentar este temor. Permítanme desengañar a quienes piensan así, y que sigan leyendo, si nada más que tal temor les detiene.
Estoy sencillamente convencido de un cierto principio, el cual es: para la mujer cuya educación no le ha enseñado lo que es correcto, Dios abre casi siempre dos caminos que conducen hacia ello: los caminos del dolor y del amor. Son duros; quienes caminan por ellos lo hacen con los pies sangrantes y las manos desgarradas, pero también dejan los adornos del vicio sobre las espinas del camino, y llegan al final del viaje en una desnudez que no es vergonzosa ante los ojos del Señor.
Aquellos que encuentran a estos audaces viajeros deberían socorrerlos, y decir a todos que los han encontrado, pues al hacerlo señalan el camino. No se trata de poner al comienzo de la vida dos señales, una con la inscripción “El Camino Correcto”, la otra con la inscripción “El Camino Incorrecto”, y de decir a quienes llegan allí: “Elijan”. Es necesario, como Cristo, señalar los caminos que conducen del segundo sendero al primero a aquellos que han sido fácilmente extraviados; y es preciso que el comienzo de estos caminos no sea demasiado doloroso ni parezca demasiado impenetrable.
Aquí está el cristianismo con su maravillosa parábola del Hijo Pródigo para enseñarnos la indulgencia y el perdón. Jesús estaba lleno de amor por las almas heridas por las pasiones de los hombres; amaba vendar sus heridas y encontrar en esas mismas heridas el bálsamo que debería sanarlas. Así dijo a la Magdalena: “Mucho se te perdonará porque mucho has amado”, una sublimidad de perdón que solo puede haber provocado una fe sublime.
¿Por qué nos hacemos más estrictos que Cristo? ¿Por qué, aferrándonos obstinadamente a las opiniones del mundo, que se endurece para que se piense que es fuerte, rechazamos, como él rechaza, almas sangrantes por heridas mediante las cuales, como la sangre mala de un enfermo, el mal de su pasado puede ser sanado, si tan solo una mano amiga se extiende para lavarlas y ponerlas en la convalecencia del corazón?
Es a mi propia generación a la que hablo, a aquellos para quienes las teorías de M. de Voltaire felizmente ya no existen, a aquellos que, como yo, comprenden que la humanidad, desde hace quince años, ha estado en uno de sus momentos de expansión más audaces. La ciencia del bien y del mal está adquirida para siempre; la fe se rehace, el respeto por las cosas sagradas ha vuelto a nosotros, y si el mundo no se ha vuelto bueno de golpe, al menos se ha vuelto mejor. Los esfuerzos de cada hombre inteligente tienden en la misma dirección, y cada voluntad fuerte está uncida al mismo principio: ¡Sé bueno, sé joven, sé verdadero! El mal no es más que vanidad, tengamos el orgullo del bien, y sobre todo no desesperemos nunca. No despreciemos a la mujer que no es madre, hermana, criada ni esposa. No limitemos la estima a la familia ni la indulgencia al egoísmo. Puesto que “hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento”, demos alegría al cielo. El cielo nos la devolverá con usura. Dejemos en nuestro camino la limosna del perdón para aquellos a quienes los deseos terrenales han extraviado, a quienes una esperanza divina salvará quizás, y, como dicen las ancianas cuando te ofrecen algún remedio casero de su propia cosecha, si no hace bien, no hará daño.
Sin duda debe parecer una audacia intentar deducir estos grandes resultados del exiguo tema que trato; pero soy uno de los que creen que todo está en lo pequeño. El niño es pequeño, y contiene al hombre; el cerebro es estrecho, y alberga el pensamiento; el ojo no es más que un punto, y abarca leguas.
Capítulo IV
Dos días después, la venta terminó. Había producido 150.000 francos. Los acreedores se repartieron dos tercios, y la familia, una hermana y un sobrino nieto, recibieron el resto.
La hermana abrió mucho los ojos cuando el abogado le escribió que había heredado 50.000 francos. La chica no había visto a su hermana en seis o siete años, y no sabía qué había sido de ella desde el momento en que había desaparecido de casa. Vino a París a toda prisa, y grande fue el asombro de quienes habían conocido a Marguerite cuando vieron como su única heredera a una chica de campo, robusta y sana, que hasta entonces nunca había salido de su pueblo. Había hecho la fortuna de un solo golpe, sin siquiera saber la fuente de esa fortuna. Regresó, supe después, a su campo, muy entristecida por la muerte de su hermana, pero con una tristeza que se vio algo aliviada por la inversión al cuatro y medio por ciento que había podido realizar.
Todas estas circunstancias, repetidas a menudo en París, la ciudad madre del escándalo, habían empezado a olvidarse, y yo mismo estaba olvidando poco a poco el papel que había desempeñado en ellas, cuando un nuevo incidente trajo a mi conocimiento toda la vida de Marguerite, y me familiarizó con detalles tan patéticos que me sentí impulsado a escribir la historia que ahora redacto.
Las habitaciones, ahora vaciadas de todo su mobiliario, habían estado en alquiler durante tres o cuatro días cuando una mañana llamaron a mi puerta.
Mi criado, o, mejor dicho, mi portero, que actuaba como mi criado, fue a la puerta y me trajo una tarjeta, diciendo que la persona que se la había dado deseaba verme.
Eché un vistazo a la tarjeta y leí estas dos palabras: Armand Duval.
Traté de pensar dónde había visto el nombre, y recordé la primera hoja del ejemplar de Manon Lescaut. ¿Qué podría querer de mí la persona que había dado el libro a Marguerite? Di órdenes de que le hicieran pasar de inmediato.
Vi a un joven, rubio, alto, pálido, vestido con un traje de viaje que parecía como si no se lo hubiera cambiado en algunos días, y ni siquiera se hubiera tomado la molestia de cepillarlo al llegar a París, pues estaba cubierto de polvo.
El señor Duval estaba profundamente agitado; no hizo ningún intento por ocultar su agitación, y fue con lágrimas en los ojos y voz temblorosa que me dijo:
—Señor, le ruego que disculpe mi visita y mi indumentaria; pero los jóvenes no son muy ceremoniosos unos con otros, y estaba tan ansioso por verle hoy que ni siquiera he ido al hotel al que he enviado mi equipaje, y he corrido directamente aquí, temiendo que, después de todo, pudiera perderle, a pesar de lo temprano que es.
Le rogué al señor Duval que se sentara junto a la chimenea; lo hizo y, sacando su pañuelo del bolsillo, ocultó su rostro en él por un momento.
—Debe estar usted sin entender —continuó, suspirando tristemente— con qué propósito un visitante desconocido, a tal hora, con tal indumentaria y entre lágrimas, ha venido a verle. He venido simplemente a pedirle un gran servicio.
—Hable, señor, estoy enteramente a su disposición.
—¿Estuvo usted presente en la venta de Marguerite Gautier?
Ante esta palabra, la emoción, que había logrado controlar por un instante, pudo más que él, y se vio obligado a cubrirse los ojos con la mano.
—Debo parecerle muy absurdo —añadió—, pero perdóneme, y crea que jamás olvidaré la paciencia con la que me ha escuchado.
—Señor —respondí—, si el servicio que puedo prestarle es capaz de aliviar un poco su pena, dígame enseguida qué puedo hacer por usted, y me encontrará más que feliz de complacerle.
La tristeza del señor Duval era contagiosa, y a pesar de mí mismo sentí el deseo de hacerle un favor. Acto seguido, me dijo:
—¿Compró usted algo en la venta de Marguerite?
—Sí, un libro.
—¿Manon Lescaut?
—Precisamente.
—¿Tiene usted aún el libro?
—Está en mi dormitorio.
Al oír esto, Armand Duval pareció liberarse de un gran peso, y me dio las gracias como si ya le hubiera prestado un servicio simplemente por conservar el libro.
Me levanté y fui a mi habitación a buscar el libro, que le entregué.
—Es él, en efecto —dijo, mirando la inscripción de la primera página y pasando las hojas—; es él, en efecto —y dos grandes lágrimas cayeron sobre las páginas—. Bien, señor —dijo, levantando la cabeza, y sin intentar ocultarme ya que había llorado y que estaba incluso entonces a punto de hacerlo—, ¿aprecia usted mucho este libro?
—¿Por qué?
—Porque he venido a pedirle que me lo ceda.
—Perdone mi curiosidad, ¿fue usted, entonces, quien se lo dio a Marguerite Gautier?
—¡Lo fui!
—El libro es suyo, señor; recupérelo. Estoy feliz de poder entregárselo.
—Pero —dijo el señor Duval con cierta turbación—, lo menos que puedo hacer es darle a cambio el precio que usted pagó por él.
—Permítame ofrecérselo. El precio de un solo volumen en una venta de esa clase es una nadería, y no recuerdo cuánto di por él.
—Usted dio cien francos.
—Es cierto —dije, turbado a mi vez—, ¿cómo lo sabe?
—Es bastante simple. Esperaba llegar a París a tiempo para la venta, y solo logré estar aquí esta mañana. Estaba absolutamente resuelto a tener algo que le hubiera pertenecido, y me apresuré a ir donde el subastador para pedirle que me dejara ver la lista de las cosas vendidas y los nombres de los compradores. Vi que este volumen había sido comprado por usted, y decidí pedirle que me lo cediera, aunque el precio que usted le había asignado me hacía temer que usted mismo tuviera algún recuerdo relacionado con la posesión del libro.
Mientras hablaba, era evidente que temía que yo hubiera conocido a Marguerite como él la había conocido. Me apresuré a tranquilizarlo.
—Conocí a la señorita Gautier solo de vista —dije—; su muerte me causó la impresión que la muerte de una mujer hermosa debe causar siempre a un joven que ha disfrutado viéndola. Quise comprar algo en su venta, y pujé más y más por este libro por pura obstinación y para molestar a alguien más, que estaba igualmente interesado en obtenerlo, y que parecía desafiarme en la contienda. Repito, pues, que el libro es suyo, y una vez más le ruego que lo acepte; no me trate como si fuera un subastador, y deje que sea la prenda entre nosotros de un conocimiento más largo y más íntimo.
—Bien —dijo Armand, tendiéndome la mano y apretando la mía—; acepto, y le estaré agradecido toda mi vida.
Yo estaba muy ansioso por interrogar a Armand sobre el tema de Marguerite, pues la inscripción en el libro, el viaje apresurado del joven, su deseo de poseer el volumen, picaban mi curiosidad; pero temía que si interrogaba a mi visitante pudiera parecer que solo había rechazado su dinero para tener el derecho de entrometerme en sus asuntos.
Fue como si adivinara mi deseo, pues me dijo:
—¿Ha leído el volumen?
—Por completo.
—¿Qué pensó de las dos líneas que escribí en él?
—Comprendí de inmediato que la mujer a quien usted le había dado el volumen debía estar fuera de la categoría ordinaria, pues no pude tomar esas dos líneas como un simple cumplido vacío.
—Tenía razón. Esa mujer era un ángel. Mire, lea esta carta. Y me entregó un papel que parecía haber sido releído muchas veces.
La abrí, y esto es lo que contenía:
«MI QUERIDO ARMAND:—He recibido su carta. Usted sigue siendo bueno, y doy gracias a Dios por ello. Sí, amigo mío, estoy enferma, y con una de esas enfermedades que nunca ceden; pero el interés que todavía siente por mí hace que mi sufrimiento sea menor. No viviré lo suficiente, supongo, para tener la felicidad de estrechar la mano que ha escrito la amable carta que acabo de recibir; sus palabras bastarían para curarme, si algo pudiera curarme. No lo veré, pues estoy muy cerca de la muerte, y usted está a cientos de leguas de distancia. ¡Mi pobre amigo! Su Marguerite de los viejos tiempos está tristemente cambiada. Quizás sea mejor para usted no volver a verla que verla como está. Usted pregunta si lo perdono; oh, con todo mi corazón, amigo, pues la forma en que me hirió no fue más que una manera de probar el amor que me tenía. Llevo un mes en cama, y pienso tanto en su estima que escribo cada día el diario de mi vida, desde el momento en que nos separamos hasta el momento en que ya no podré escribir más. Si el interés que tiene por mí es real, Armand, cuando regrese vaya a ver a Julie Duprat. Ella le dará mi diario. Encontrará en él la razón y la excusa de lo que ha pasado entre nosotros. Julie es muy buena conmigo; a menudo hablamos de usted juntas. Ella estaba allí cuando llegó su carta, y ambas lloramos sobre ella.
»Si no me hubiera enviado ninguna noticia, le había dicho que le diera esos papeles cuando usted regresara a Francia. No me lo agradezca. Este mirar atrás diariamente a los únicos momentos felices de mi vida me hace un bien inmenso, y si usted encuentra al leerlo alguna excusa para el pasado, yo, por mi parte, encuentro en ello un consuelo continuo. Me gustaría dejarle algo que siempre le recordara a mí, pero todo aquí ha sido embargado, y no tengo nada propio.
»¿Entiende, amigo mío? Me estoy muriendo, y desde mi cama puedo oír a un hombre caminar de un lado a otro en el salón; mis acreedores lo han puesto ahí para asegurarse de que no se lleven nada, y que no me quede nada en caso de que no muera. Espero que esperen hasta el final antes de empezar a vender.
»¡Oh, los hombres no tienen piedad! o mejor dicho, me equivoco, ¡es Dios quien es justo e inflexible!
»Y ahora, querido amor, usted vendrá a mi venta, y comprará algo, pues si guardara la más mínima cosa para usted, podrían acusarlo de malversación de bienes embargados.
»¡Es una vida triste la que dejo!
»Sería bueno de parte de Dios dejarme verlo otra vez antes de morir. Según toda probabilidad, adiós, amigo mío. Perdóneme si no escribo una carta más larga, pero quienes dicen que me van a curar me agotan con sangrías, y mi mano se niega a escribir más.
»MARGUERITE GAUTIER».
Las dos últimas palabras eran apenas legibles. Devolví la carta a Armand, quien, sin duda, la había releído en su mente mientras yo la leía en el papel, pues me dijo al tomarla:
—¿Quién pensaría que una mujer mantenida podría haber escrito eso? Y, superado por los recuerdos, contempló durante algún tiempo la escritura de la carta, que finalmente llevó a sus labios.
—Y cuando pienso —continuó— que murió antes de que yo pudiera verla, y que nunca volveré a verla, cuando pienso que hizo por mí lo que ninguna hermana habría hecho jamás, no puedo perdonarme por haberla dejado morir así. ¡Muerta! ¡Muerta y pensando en mí, escribiendo y repitiendo mi nombre, pobre y querida Marguerite!
Y Armand, dando libre curso a sus pensamientos y a sus lágrimas, me tendió la mano y continuó:
—La gente pensaría que es bastante infantil si me viera lamentarme así por una mujer muerta como ella; ¡nadie sabrá jamás lo que hice sufrir a esa mujer, cuán cruel he sido con ella! ¡Cuán buena, cuán resignada era ella! Pensaba que era yo quien tenía que perdonarla, y hoy me siento indigno del perdón que ella me otorga. ¡Oh, daría diez años de mi vida por llorar a sus pies durante una hora!
Siempre es difícil consolar una pena que uno desconoce, y sin embargo, sentía una simpatía tan viva por el joven, me hizo tan francamente el confidente de su angustia, que creí que una palabra mía no le sería indiferente, y dije:
—¿No tiene padres, ni amigos? Tenga esperanza. Vaya a verlos; ellos lo consolarán. En cuanto a mí, solo puedo compadecerlo.
—Es cierto —dijo, levantándose y caminando de un lado a otro en la habitación—, lo estoy cansando. Perdóneme, no reflexioné sobre lo poco que debe significar mi pena para usted, y que le estoy importunando con algo que no puede ni debe interesarle en absoluto.
—Entiende mal lo que digo. Estoy enteramente a su servicio; solo lamento mi incapacidad para calmar su angustia. Si mi compañía y la de mis amigos pueden darle alguna distracción, si, en resumen, tiene necesidad de mí, no importa de qué manera, espero que se dé cuenta de cuánto placer me dará hacer cualquier cosa por usted.
—Perdón, perdón —dijo él—; el dolor agudiza las sensaciones. Déjeme quedarme aquí unos minutos más, el tiempo suficiente para secarme los ojos, para que los ociosos en la calle no vean como una curiosidad a un tipo grande como yo llorando. Usted me ha hecho muy feliz al darme este libro. No sé cómo podré expresar mi gratitud hacia usted.
—Dándome un poco de su amistad —dije—, y contándome la causa de su sufrimiento. Uno se siente mejor mientras cuenta lo que sufre.
—Tiene razón. Pero hoy tengo demasiada necesidad de llorar; no puedo hablar muy bien. Un día le contaré toda la historia, y verá si tengo motivos para lamentar a la pobre chica. Y ahora —añadió, frotándose los ojos por última vez y mirándose en el espejo—, diga que no me cree demasiado absolutamente idiota, y permítame volver a verlo en otro momento.
Me lanzó una mirada dulce y amable. Estuve a punto de abrazarlo. En cuanto a él, sus ojos comenzaron de nuevo a llenarse de lágrimas; vio que yo lo percibía y apartó la cabeza.
—Vamos —dije—, coraje.
—Adiós —dijo.
Y, haciendo un esfuerzo desesperado por contener sus lágrimas, salió de la habitación más bien que se fue.
Levanté la cortina de mi ventana y lo vi subir al cabriolé que lo esperaba en la puerta; pero apenas estuvo sentado, estalló en sollozos y escondió el rostro en su pañuelo.
Capítulo V
Transcurrió bastante tiempo antes de que supiera algo más de Armand, pero, por otra parte, oía hablar constantemente de Marguerite.
No sé si usted ha notado que, si una vez se menciona ante usted el nombre de alguien que podría, en el curso natural de las cosas, haber permanecido siempre desconocido o, al menos, indiferente, inmediatamente los detalles comienzan a agruparse alrededor del nombre, y usted encuentra a todos sus amigos hablándole de algo que nunca antes le habían mencionado. Descubre que esa persona estaba casi tocándolo y ha pasado cerca de usted muchas veces en su vida sin que usted lo notara; encuentra coincidencias en los eventos que le cuentan, una verdadera afinidad con ciertos eventos de su propia existencia. Yo no estaba absolutamente en ese punto respecto a Marguerite, pues la había visto y conocido, la conocía de vista y por reputación; sin embargo, desde el momento de la venta, su nombre llegaba a mis oídos con tanta frecuencia, y, debido a la circunstancia que he mencionado en el capítulo anterior, ese nombre estaba asociado a una pena tan profunda, que mi curiosidad aumentaba en proporción a mi asombro. La consecuencia fue que, siempre que encontraba amigos a quienes nunca les había mencionado el nombre de Marguerite, siempre comenzaba diciendo:
—¿Conoció usted a una tal Marguerite Gautier?
—¿La Dama de las Camelias?
—Exactamente.
—¡Oh, muy bien!
La palabra iba acompañada a veces por una sonrisa que no dejaba lugar a dudas sobre su significado.
—Bueno, ¿qué clase de chica era?
—Una buena chica.
—¿Eso es todo?
—Oh, sí; más inteligencia y quizás un poco más de corazón que la mayoría.
—¿Sabe algo particular sobre ella?
—Ella arruinó al Barón de G.
—¿Nada más que eso?
—Era la amante del viejo Duque de...
—¿Era realmente su amante?
—Eso dicen; al menos, él le dio mucho dinero.
Los trazos generales eran siempre los mismos. Sin embargo, yo estaba ansioso por averiguar algo sobre las relaciones entre Marguerite y Armand. Al encontrarme un día con un hombre que estaba constantemente con mujeres conocidas, le pregunté: —¿Conoció a Marguerite Gautier?
La respuesta fue la habitual: —Muy bien.
—¿Qué clase de chica era?
—Una buena y fina chica. Me dio mucha pena saber de su muerte.
—¿No tuvo un amante llamado Armand Duval?
—¿Alto y rubio?
—Sí.
—Es muy cierto.
—¿Quién era ese Armand?
—Un tipo que despilfarró en ella el poco dinero que tenía, y luego tuvo que dejarla. Dicen que estaba completamente loco por ella.
—¿Y ella?
—Siempre dicen que estaba muy enamorada de él, pero como lo están las chicas de esa clase. No sirve de nada pedirles lo que no pueden dar.
—¿Qué ha sido de Armand?
—No lo sé. Lo conocíamos muy poco. Estuvo con Marguerite durante cinco o seis meses en el campo. Cuando ella regresó, él se había ido.
—¿Y usted no lo ha vuelto a ver desde entonces?
—Nunca.
Yo, también, no había vuelto a ver a Armand. Empezaba a preguntarme si, cuando había venido a verme, la noticia reciente de la muerte de Marguerite no habría exagerado su antiguo amor, y en consecuencia su dolor, y me decía a mí mismo que quizás ya había olvidado a la mujer muerta, y junto con ella su promesa de volver a verme. Esta suposición habría parecido bastante probable en la mayoría de los casos, pero en la desesperación de Armand había habido un acento de sinceridad real, y, yendo de un extremo a otro, imaginé que la angustia le había provocado una enfermedad, y que el no verlo se explicaba por el hecho de que estaba enfermo, quizás muerto.
El joven me interesaba a pesar de mí mismo. Quizás había algo de egoísmo en este interés; quizás adivinaba alguna historia de amor patética bajo todo este dolor; quizás mi deseo de saberlo todo tenía mucho que ver con la ansiedad que me causaba el silencio de Armand. Como el señor Duval no volvió a verme, decidí ir a verlo. Un pretexto no era difícil de encontrar; por desgracia, no conocía su dirección, y nadie entre los que interrogué pudo dármela.
Fui a la Rue d'Antin; quizás el portero de Marguerite sabría dónde vivía Armand. Había un nuevo portero; sabía tan poco al respecto como yo. Entonces pregunté en qué cementerio había sido enterrada la señorita Gautier. Era el cementerio de Montmartre. Era ya el mes de abril; el tiempo era bueno, las tumbas no parecían tan tristes y desoladas como en invierno; en resumen, hacía suficiente calor para que los vivos pensaran un poco en los muertos y les hicieran una visita. Fui al cementerio diciéndome: «Una mirada a la tumba de Marguerite, y sabré si el dolor de Armand todavía existe, y quizás pueda averiguar qué ha sido de él».
Entré en la casa del guardián y le pregunté si el 22 de febrero una mujer llamada Marguerite Gautier no había sido enterrada en el cementerio de Montmartre. Pasó las páginas de un gran libro en el que están inscritos y numerados aquellos que entran en este último lugar de descanso, y respondió que el 22 de febrero, a las 12 del mediodía, una mujer con ese nombre había sido enterrada.
Le pedí que me mostrara la tumba, pues no hay forma de encontrar el camino sin un guía en esta ciudad de los muertos, que tiene sus calles como una ciudad de los vivos. El guardián llamó a un jardinero, a quien le dio las instrucciones necesarias; el jardinero lo interrumpió diciendo: «Lo sé, lo sé. No es difícil encontrar esa tumba», añadió, volviéndose hacia mí.
—¿Por qué?
—Porque tiene flores muy diferentes a las otras.
—¿Es usted quien la cuida?
—Sí, señor; y ojalá todos los parientes se tomaran tantas molestias con los muertos como el joven que me dio mis órdenes.
Tras varias vueltas, el jardinero se detuvo y me dijo: «Aquí estamos».
Vi ante mí un cuadrado de flores que nadie habría tomado por una tumba, de no ser por una lápida de mármol blanco con un nombre.
La lápida estaba en pie, una verja de hierro marcaba los límites del terreno comprado, y la tierra estaba cubierta de camelias blancas. —¿Qué dice a eso? —dijo el jardinero.
—Es hermoso.
—Y cada vez que una camelia se marchita, tengo órdenes de reemplazarla.
—¿Quién le dio la orden?
—Un joven caballero, que lloró la primera vez que vino aquí; un viejo amigo suyo, supongo, pues dicen que era una alegre. Muy bonita, también, creo. ¿La conocía usted, señor?
—Sí.
—¿Como el otro? —dijo el jardinero, con una sonrisa de complicidad.
—No, nunca hablé con ella.
—¡Y usted también viene aquí! Es muy bueno de su parte, porque los que vienen a ver a la pobre chica no abundan precisamente en el cementerio.
—¿No viene nadie?
—Nadie, excepto ese joven caballero que vino una vez.
—¿Solo una vez?
—Sí, señor.
—¿No volvió nunca más?
—No, pero lo hará cuando regrese a casa.
—¿Está fuera en algún sitio?
—Sí.
—¿Sabe dónde está?
—Creo que ha ido a ver a la hermana de la señorita Gautier.
—¿Qué quiere allí?
—Ha ido a obtener su autorización para que el cadáver sea desenterrado y puesto en otro lugar.
—¿Por qué no deja que permanezca aquí?
—Ya sabe, señor, la gente tiene ideas raras sobre los difuntos. Vemos algo de eso todos los días. El terreno aquí solo se compró por cinco años, y este joven caballero quiere un contrato perpetuo y un terreno más grande; estará mejor en la parte nueva.
—¿A qué llama la parte nueva?
—A las nuevas parcelas de terreno que están a la venta, allí a la izquierda. Si el cementerio hubiera estado siempre tan bien cuidado como ahora, no habría otro igual en el mundo; pero todavía queda mucho por hacer antes de que sea todo lo que debería ser. ¡Y además, la gente es tan rara!
—¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que hay personas que llevan su orgullo hasta aquí. Ahora, esta señorita Gautier, parece que vivió de forma un poco libre, si me permite decirlo. Pobre señora, ya está muerta; no queda más de ella que de aquellos de quienes nadie tiene una palabra que decir en contra. Los regamos todos los días. Bueno, cuando los parientes de la gente enterrada a su lado descubrieron qué clase de persona era, ¿qué cree que dijeron? Que intentarían evitar que estuviera aquí, y que debería haber un terreno en algún lugar aparte para este tipo de mujeres, como hay para los pobres. ¿Ha oído hablar de algo así? Se lo dije directamente, se lo dije: gente acomodada que viene a ver a sus muertos cuatro veces al año, y traen sus flores ellos mismos, ¡y qué flores!, y miran dos veces el mantenimiento de aquellos por quienes fingen llorar, y escriben en sus lápidas todo sobre las lágrimas que no han derramado, y vienen a crear dificultades por sus vecinos. Puede creerme o no, señor, nunca conocí a la joven; no sé qué hizo. Bueno, estoy bastante enamorado de la pobre; la cuido bien, y dejo que tenga sus camelias a un precio honesto. Es el cuerpo que más me gusta. Ya ve, señor, estamos obligados a amar a los muertos, pues estamos tan ocupados que apenas tenemos tiempo para amar cualquier otra cosa.
Miré al hombre, y algunos de mis lectores comprenderán, sin que necesite explicárselo, la emoción que sentí al oírlo. Él lo observó, sin duda, pues continuó:
«Me dicen que hubo personas que se arruinaron por esa muchacha, y amantes que la adoraron; pues bien, cuando pienso que no hay uno solo de ellos que ahora le compre ni siquiera una flor, eso es extraño, señor, y triste. Y, después de todo, ella no está tan mal, pues tiene su tumba para ella sola, y si solo hay uno que la recuerda, él compensa a los otros. Pero tenemos otras pobres muchachas aquí, iguales a ella y de su misma edad, y simplemente las arrojan a una fosa común, y se me parte el corazón cuando oigo caer sus pobres cuerpos a la tierra. ¡Y ni un alma piensa más en ellas, una vez que han muerto! No es un oficio alegre el nuestro, especialmente cuando nos queda un poco de corazón. ¿Qué espera? No puedo evitarlo. Yo mismo tengo una hija sana y fuerte; tiene apenas veinte años, y cuando una muchacha de esa edad viene aquí, pienso en ella, y no me importa si es una gran dama o una vagabunda, no puedo evitar sentirlo un poco. Pero le estoy robando su tiempo, señor, con mis historias, y no fue para oírlas que usted vino aquí. Me dijeron que le mostrara la tumba de Mlle. Gautier; aquí la tiene. ¿Hay algo más que pueda hacer por usted?»
«¿Conoce la dirección de M. Armand Duval?», pregunté.
«Sí; vive en la Rue de ——; al menos, ahí es donde siempre voy a cobrar el dinero de las flores que ve usted allí».
«Gracias, buen hombre».
Eché una última mirada a la tumba cubierta de flores, con el deseo a medias de penetrar las profundidades de la tierra y ver qué había hecho la tierra con la hermosa criatura que le había sido entregada; luego me alejé con tristeza.
«¿Quiere ver al señor Duval, señor?», dijo el jardinero, que caminaba a mi lado.
«Sí».
«Bueno, estoy bastante seguro de que aún no ha regresado, o ya habría estado aquí».
«¿No cree que haya olvidado a Marguerite?»
«No solo estoy seguro de que no la ha olvidado, sino que apostaría a que quiere cambiar su tumba simplemente para poder echarle un vistazo más».
«¿Por qué cree eso?»
«Lo primero que me dijo cuando vino al cementerio fue: "¿Cómo puedo volver a verla?". Eso no se puede hacer a menos que haya un cambio de tumba, y le expliqué todos los trámites que hay que cumplir para conseguirlo; porque, ya ve, si quiere trasladar un cuerpo de una tumba a otra, debe ser identificado, y solo la familia puede dar permiso para ello bajo la dirección de un inspector de policía. Por eso el señor Duval ha ido a ver a la hermana de Mlle. Gautier, y puede estar seguro de que su primera visita será para mí».
Habíamos llegado a la puerta del cementerio. Volví a dar las gracias al jardinero, poniendo algunas monedas en su mano, y me dirigí a la dirección que me había dado.
Armand aún no había regresado. Le dejé un recado, rogándole que viniera a verme tan pronto como llegara, o que me hiciera saber dónde podía encontrarlo.
Al día siguiente, por la mañana, recibí una carta de Duval, contándome su regreso y pidiéndome que fuera a verlo, pues estaba tan agotado por la fatiga que le era imposible salir.
Capítulo VI
Encontré a Armand en cama. Al verme, me tendió una mano ardiente. «Tienes fiebre», le dije. «No es nada, la fatiga de un viaje rápido; eso es todo». «¿Has ido a ver a la hermana de Marguerite?» «Sí; ¿quién te lo ha dicho?» «Lo sabía. ¿Conseguiste lo que querías?»
«Sí; pero ¿quién te habló de mi viaje y de mi razón para hacerlo?»
«El jardinero del cementerio».
«¿Has visto la tumba?»
Apenas me atreví a responder, pues el tono en que fueron dichas las palabras me demostró que el hablante seguía poseído por la emoción de la que había sido testigo antes, y que cada vez que sus pensamientos o su habla regresaran a ese lúgubre tema, la emoción seguiría siendo, durante mucho tiempo, más fuerte que su voluntad. Me contenté con un asentimiento de cabeza.
«¿La ha cuidado bien?», continuó Armand. Dos grandes lágrimas rodaron por las mejillas del enfermo, y apartó la cabeza para ocultármelas. Fingí no verlas e intenté cambiar la conversación. «Has estado fuera tres semanas», dije.
Armand se pasó la mano por los ojos y respondió: «Exactamente tres semanas».
«Tuviste un largo viaje».
«Oh, no estuve viajando todo el tiempo. Estuve enfermo durante quince días o habría regresado hace mucho; pero apenas llegué allí contraje esta fiebre, y me vi obligado a guardar cama».
«¿Y empezaste a volver antes de estar realmente bien?»
«Si me hubiera quedado en ese lugar una semana más, habría muerto allí».
«Bueno, ahora que estás de regreso, debes cuidarte; tus amigos vendrán a cuidarte; yo mismo, ante todo, si me lo permites».
«Me levantaré en un par de horas».
«Sería muy imprudente».
«Debo hacerlo».
«¿Qué tienes que hacer con tanta prisa?»
«Debo ir al inspector de policía».
«¿Por qué no haces que uno de tus amigos se ocupe del asunto? Es probable que te ponga peor de lo que estás ahora».
«Es mi única oportunidad de mejorar. Debo verla. Desde que supe de su muerte, especialmente desde que vi su tumba, no he podido dormir. No puedo darme cuenta de que esta mujer, tan joven y tan hermosa cuando la dejé, esté realmente muerta. Debo convencerme de ello. Debo ver qué ha hecho Dios con un ser que he amado tanto, y quizás el horror de la visión me cure de mi desesperación. ¿Me acompañarás, si no te causa demasiada molestia?»
«¿Qué dijo su hermana al respecto?»
«Nada. Parecía muy sorprendida de que un extraño quisiera comprar un terreno y darle a Marguerite una nueva tumba, e inmediatamente firmó la autorización que le pedí».
«Créeme, sería mejor esperar hasta que estés completamente bien».
«No tengas miedo; estaré muy sereno. Además, simplemente perdería la cabeza si no llevara a cabo una resolución que me he propuesto cumplir. Te juro que nunca volveré a ser yo mismo hasta que haya visto a Marguerite. Es tal vez la sed de la fiebre, el sueño de una noche en vela, un momento de delirio; pero aunque llegara a convertirme en trapense, como M. de Rancé, después de haber visto, veré».
«Lo entiendo», le dije a Armand, «y estoy a tu servicio. ¿Has visto a Julie Duprat?»
«Sí, la vi el día que regresé, por primera vez».
«¿Te dio los papeles que Marguerite había dejado para ti?»
Armand sacó un rollo de papeles de debajo de su almohada e inmediatamente los volvió a guardar.
«Sé todo lo que hay en estos papeles de memoria», dijo. «Durante tres semanas los he leído diez veces al día. Tú también los leerás, pero más tarde, cuando esté más tranquilo y pueda hacerte comprender todo el amor y la ternura ocultos en esta confesión. Por el momento quiero que me hagas un servicio».
«¿Cuál es?»
«¿Tu coche está abajo?»
«Sí».
«Bien, ¿quieres llevar mi pasaporte y preguntar si hay cartas para mí en la poste restante? Mi padre y mi hermana deben haberme escrito a París, y salí con tanta prisa que no fui a ver antes de partir. Cuando regreses, iremos juntos al inspector de policía y arreglaremos la ceremonia de mañana».
Armand me entregó su pasaporte y fui a la Rue Jean Jacques Rousseau. Había dos cartas dirigidas a Duval. Las tomé y regresé. Cuando volví a entrar en la habitación, Armand estaba vestido y listo para salir.
«Gracias», dijo, tomando las cartas. «Sí», añadió, tras echar un vistazo a las direcciones, «son de mi padre y de mi hermana. Deben haber estado muy desconcertados al no entender mi silencio».
Abrió las cartas, las adivinó más que las leyó, pues cada una era de cuatro páginas; y un momento después las dobló. «Vamos», dijo, «responderé mañana».
Fuimos a la comisaría de policía y Armand entregó el permiso firmado por la hermana de Marguerite. Recibió a cambio una carta para el guardián del cementerio, y se acordó que la exhumación tendría lugar al día siguiente, a las diez, que yo pasaría a buscarlo una hora antes y que iríamos juntos al cementerio.
Confieso que tenía curiosidad por estar presente, y no dormí en toda la noche. A juzgar por los pensamientos que llenaban mi cerebro, debe haber sido una larga noche para Armand. Cuando entré en su habitación a las nueve de la mañana siguiente, estaba terriblemente pálido, pero parecía tranquilo. Sonrió y me tendió la mano. Sus velas se habían consumido; y antes de salir tomó una carta muy pesada dirigida a su padre, y que sin duda contenía un relato de las impresiones de aquella noche.
Media hora más tarde estábamos en Montmartre. El inspector de policía ya estaba allí. Caminamos lentamente en dirección a la tumba de Marguerite. El inspector iba delante; Armand y yo lo seguíamos unos pasos detrás.
De vez en cuando sentía el brazo de mi compañero temblar convulsivamente, como si se estremeciera de pies a cabeza. Lo miré. Comprendió la mirada y me sonrió; no habíamos intercambiado una palabra desde que salimos de casa.
Justo antes de llegar a la tumba, Armand se detuvo para secarse la cara, que estaba cubierta de grandes gotas de sudor. Aproveché la pausa para tomar una bocanada de aire, pues yo también sentía como si tuviera un peso en el pecho.
¿Cuál es el origen de ese placer lúgubre que encontramos en espectáculos de este tipo? Cuando llegamos a la tumba, el jardinero había retirado todas las macetas, la verja de hierro había sido quitada y dos hombres estaban removiendo la tierra.
Armand se apoyó contra un árbol y miró. Toda su vida pareció pasar ante sus ojos. De repente, uno de los dos picos golpeó contra una piedra. Al oír el sonido, Armand retrocedió, como ante una descarga eléctrica, y me agarró la mano con tanta fuerza que me causó dolor.
Uno de los sepultureros tomó una pala y comenzó a vaciar la tierra; luego, cuando solo quedaron las piedras que cubrían el ataúd, las fue sacando una a una.
Examiné a Armand, pues temía a cada momento que las emociones que visiblemente reprimía fueran demasiado para él; pero él seguía mirando, con los ojos fijos y muy abiertos, como los ojos de un loco, y un ligero temblor en las mejillas y los labios eran las únicas señales de la violenta crisis nerviosa que estaba sufriendo.
En cuanto a mí, todo lo que puedo decir es que me arrepentí de haber venido.
Cuando el ataúd quedó al descubierto, el inspector dijo al sepulturero: «Ábrelo». Obedecieron, como si fuera lo más natural del mundo.
El ataúd era de roble y empezaron a desatornillar la tapa. La humedad de la tierra había oxidado los tornillos, y no fue sin cierta dificultad que se abrió el ataúd. Un olor doloroso se elevó a pesar de las plantas aromáticas con las que estaba cubierto.
«¡Oh, Dios mío, Dios mío!», murmuró Armand, y se puso más pálido que antes.
Incluso el sepulturero retrocedió.
Un gran sudario blanco cubría el cadáver, perfilando estrechamente algunos de sus contornos. Este sudario estaba casi completamente devorado en un extremo, dejando visible uno de los pies.
Casi me desmayo, y en el momento de escribir estas líneas vuelvo a ver toda la escena en toda su imponente realidad.
«Rápido», dijo el inspector. Entonces uno de los hombres extendió la mano, comenzó a descoser el sudario y, tomándolo por un extremo, dejó al descubierto repentinamente el rostro de Marguerite.
Era terrible de ver, es horrible de relatar. Los ojos no eran más que dos agujeros, los labios habían desaparecido, se habían esfumado, y los dientes blancos estaban fuertemente apretados. El cabello negro, largo y seco, estaba presionado fuertemente contra la frente y velaba a medias los huecos verdes de las mejillas; y sin embargo reconocí en este rostro el rostro alegre, blanco y rosa, que había visto tantas veces.
Armand, incapaz de apartar los ojos, se había llevado el pañuelo a la boca y lo mordía.
Por mi parte, fue como si un círculo de hierro se apretara alrededor de mi cabeza, un velo cubrió mis ojos, un estruendo llenó mis oídos, y todo lo que pude hacer fue destapar un frasco de sales que llevaba conmigo y aspirar profundamente de él.
A través de este aturdimiento oí al inspector decirle a Duval: «¿Identifica usted?»
«Sí», respondió el joven con voz sorda.
«Entonces ciérrelo y lléveselo», dijo el inspector.
Los sepultureros volvieron a colocar el sudario sobre el rostro del cadáver, cerraron el ataúd, tomaron cada uno un extremo y comenzaron a llevarlo hacia el lugar al que se les había indicado.
Armand no se movió. Sus ojos estaban fijos en la tumba vacía; estaba tan blanco como el cadáver que acabábamos de ver. Parecía convertido en piedra.
Vi lo que se avecinaba tan pronto como el dolor causado por el espectáculo hubiera disminuido y dejado así de sostenerlo. Me acerqué al inspector. «¿Es todavía necesaria la presencia de este caballero?», dije, señalando a Armand.
«No», respondió, «y le aconsejaría que se lo llevara. Parece enfermo».
«Vamos», le dije a Armand, tomándolo del brazo.
«¿Qué?», dijo, mirándome como si no me reconociera.
«Ya ha terminado todo», añadí. «Debes venir, amigo mío; estás completamente blanco; tienes frío. Estas emociones serán demasiado para ti».
«Tienes razón. Vámonos», respondió mecánicamente, pero sin mover un paso.
Lo tomé del brazo y lo guié. Se dejó llevar como un niño, solo murmurando de vez en cuando: «¿Viste sus ojos?», y se volvía como si la visión lo hubiera reclamado.
Sin embargo, sus pasos se hicieron más irregulares; parecía caminar a tirones; sus dientes castañeteaban; sus manos estaban frías; una violenta agitación recorría su cuerpo. Le hablé; no respondió. Solo era capaz de dejarse llevar. Un coche esperaba en la puerta. Llegamos justo a tiempo. Apenas se hubo sentado, cuando los escalofríos se hicieron más violentos y tuvo un verdadero ataque de nervios, en medio del cual su temor a asustarme le hizo apretar mi mano y susurrar: «No es nada, nada. Quiero llorar».
Su pecho se agitaba, sus ojos estaban inyectados en sangre, pero no brotaron lágrimas. Le hice oler las sales que llevaba conmigo, y cuando llegamos a su casa solo quedaban los escalofríos.
Con la ayuda de su criado lo metí en la cama, encendí un gran fuego en su habitación y corrí a buscar a mi médico, a quien conté todo lo que había sucedido. Se apresuró conmigo.
Armand estaba ruborizado y deliraba; balbuceaba palabras inconexas, en las que solo se podía distinguir claramente el nombre de Marguerite.
«¿Y bien?», dije al médico cuando hubo examinado al paciente.
«Bueno, no tiene ni más ni menos que una fiebre cerebral, y es una gran suerte para él, pues creo firmemente (¡que Dios me perdone!) que habría perdido la cabeza. Afortunadamente, la enfermedad física matará a la mental, y dentro de un mes estará libre de una y quizás de la otra».
Capítulo VII
Las enfermedades como la de Armand tienen algo afortunado: o matan directamente o son superadas muy pronto. Quince días después de los acontecimientos que acabo de relatar, Armand estaba convaleciente y ya nos habíamos hecho grandes amigos. Durante todo el curso de su enfermedad apenas me había separado de su lado.
La primavera era pródiga en flores, en hojas, en pájaros, en canciones; y la ventana de mi amigo se abría alegremente hacia su jardín, de donde parecía llegarle un soplo revitalizante de salud. El médico le había permitido levantarse, y a menudo nos sentábamos a hablar junto a la ventana abierta, a la hora en que el sol está en su apogeo, de doce a dos. Yo tenía cuidado de no referirme a Marguerite, temiendo que el nombre despertara recuerdos tristes ocultos bajo la aparente calma del enfermo; pero Armand, por el contrario, parecía deleitarse hablando de ella, no como antes, con lágrimas en los ojos, sino con una dulce sonrisa que me tranquilizaba sobre el estado de su mente.
Había notado que, desde su última visita al cementerio y el espectáculo que le había provocado una crisis tan violenta, el dolor parecía haber sido superado por la enfermedad, y la muerte de Marguerite ya no se le presentaba bajo su antiguo aspecto. Una especie de consuelo había brotado de la certeza de la que ahora estaba plenamente convencido, y para desterrar la sombría imagen que a menudo se le presentaba, volvía a los recuerdos felices de su relación con Marguerite, y parecía decidido a no pensar en otra cosa.
El cuerpo estaba demasiado debilitado por el ataque de fiebre, e incluso por el proceso de su curación, para permitirle ninguna emoción violenta, y la alegría universal de la primavera que lo envolvía llevaba sus pensamientos instintivamente hacia imágenes de alegría. Siempre se había negado obstinadamente a contarle a su familia el peligro en el que había estado, y cuando estuvo bien de nuevo, su padre ni siquiera sabía que había estado enfermo.
Una tarde nos sentamos junto a la ventana más tarde de lo habitual; el tiempo había sido magnífico y el sol se hundió en el sueño en un crepúsculo deslumbrante de oro y azul. Aunque estábamos en París, el verdor que nos rodeaba parecía aislarnos del mundo, y nuestra conversación solo se veía interrumpida de vez en cuando por el sonido de algún vehículo que pasaba.
«Fue alrededor de esta época del año, en la tarde de un día como este, cuando conocí a Marguerite», me dijo Armand, como si escuchara sus propios pensamientos más que lo que yo decía. No respondí. Luego, volviéndose hacia mí, dijo:
«Debo contarte toda la historia; harás un libro con ella; nadie lo creerá, pero quizás sea interesante hacerlo».
«Me lo contarás todo más adelante, amigo mío», le dije; «todavía no tienes fuerzas».
«Es una tarde cálida, me he comido mi ración de pollo», me dijo, sonriendo; «no tengo fiebre, no tenemos nada que hacer, te la contaré ahora».
«Ya que realmente lo deseas, te escucharé».
Esto es lo que me contó, y apenas he cambiado una palabra de la conmovedora historia.
Sí (continuó Armand, dejando que su cabeza se hundiera en el respaldo de la silla), sí, fue precisamente una tarde como esta. Había pasado el día en el campo con uno de mis amigos, Gaston R—. Regresamos a París por la tarde, y sin saber qué hacer fuimos a las Variétés. Salimos durante uno de los entreactos, y una mujer alta pasó junto a nosotros en el pasillo, a quien mi amigo saludó.
«¿A quién saludas?», pregunté.
«A Marguerite Gautier», dijo.
«Parece muy cambiada, pues no la reconocí», dije, con una emoción que comprenderás pronto.
«Ha estado enferma; la pobre muchacha no durará mucho».
Recuerdo las palabras como si me las hubieran dicho ayer.
Debo decirte, amigo mío, que durante dos años la visión de esta joven me había causado una extraña impresión cada vez que me cruzaba con ella. Sin saber por qué, me ponía pálido y mi corazón latía con violencia. Tengo un amigo que estudia las ciencias ocultas y él llamaría a lo que experimentaba «la afinidad de los fluidos»; en cuanto a mí, solo sé que estaba destinado a enamorarme de Marguerite y que lo presagiaba.
Es ciertamente un hecho que ella me causó una impresión muy definida, que muchos de mis amigos lo habían notado y que se divirtieron mucho al ver quién era la persona que me causaba tal impresión.
La primera vez que la vi fue en la Place de la Bourse, frente a Susse; un carruaje descubierto estaba estacionado allí y una mujer vestida de blanco bajó de él. Un murmullo de admiración la saludó al entrar en la tienda. En cuanto a mí, quedé clavado en el sitio desde el momento en que entró hasta el instante en que salió. Podía verla a través de los escaparates seleccionando lo que había ido a comprar. Podría haber entrado, pero no me atreví. No sabía quién era y temía que adivinara por qué había entrado y se ofendiera. Sin embargo, no pensé que volvería a verla jamás.
Iba elegantemente vestida; llevaba un vestido de muselina con muchos volantes, un chal de la India bordado en las esquinas con flores de seda y oro, un sombrero de paja, una pulsera sencilla y una pesada cadena de oro, tal como empezaba a estar de moda en aquel entonces.
Regresó a su carruaje y se marchó. Uno de los dependientes permanecía en la puerta mirando el carruaje de su elegante clienta. Me acerqué a él y le pregunté cómo se llamaba la dama.
—Mademoiselle Marguerite Gautier —respondió. No me atreví a pedirle su dirección y seguí mi camino.
El recuerdo de esta visión, pues era realmente una visión, no se apartaba de mi mente como tantas otras visiones que había visto, y busqué por todas partes a esta mujer de belleza real vestida de blanco.
Unos días después hubo una gran representación en la Opéra-Comique. La primera persona que vi en uno de los palcos fue Marguerite Gautier.
El joven con el que estaba la reconoció inmediatamente, pues me dijo, mencionando su nombre: «Mira a esa chica guapa».
En ese momento, Marguerite dirigió sus gemelos en nuestra dirección y, al ver a mi amigo, sonrió y le hizo señas para que se acercara.
—Voy a ir a saludarla —dijo— y volveré en un momento.
No pude evitar decir: «¡Hombre afortunado!».
—¿Por qué?
—Por ir a ver a esa mujer.
—¿Estás enamorado de ella?
—No —dije, sonrojándome, pues realmente no sabía qué decir—, pero me gustaría mucho conocerla.
—Ven conmigo. Te presentaré.
—Pregúntale si puedes.
—En realidad, no hace falta ser tan ceremonioso con ella; ven.
Lo que dijo me perturbó. Temía descubrir que Marguerite no era digna del sentimiento que experimentaba por ella.
En un libro de Alphonse Karr titulado Am Rauchen, hay un hombre que una noche sigue a una mujer muy elegante, de la que se había enamorado a primera vista debido a su belleza. Solo por besar su mano sentía que tenía la fuerza para emprender cualquier cosa, la voluntad para conquistar cualquier cosa, el valor para lograr cualquier cosa. Apenas se atreve a mirar el esbelto tobillo que ella muestra al levantar su vestido para evitar el barro. Mientras él sueña con todo lo que haría por poseer a esta mujer, ella se detiene en la esquina de la calle y le pregunta si quiere ir a su casa con ella. Él gira la cabeza, cruza la calle y regresa tristemente a su propia casa.
Recordé la historia y, habiendo deseado sufrir por esta mujer, temía que ella me aceptara con demasiada prontitud y me diera de inmediato lo que yo habría preferido comprar mediante una larga espera o algún gran sacrificio. Los hombres estamos hechos así, y es muy afortunado que la imaginación preste tanta poesía a los sentidos y que los deseos del cuerpo hagan tal concesión a los sueños del alma. Si alguien me hubiera dicho: «Tendrás a esta mujer esta noche y morirás mañana», lo habría aceptado. Si alguien me hubiera dicho: «Puedes ser su amante por diez libras», me habría negado. Habría llorado como un niño que ve cómo el castillo con el que ha estado soñando se desvanece al despertar de su sueño.
Aun así, deseaba conocerla; era mi único medio de formarme una opinión sobre ella. Por lo tanto, le dije a mi amigo que insistía en tener su permiso para que me presentaran, y vagué de un lado a otro por los pasillos, diciéndome a mí mismo que en un momento ella me vería y que no sabría hacia dónde mirar. Intenté (¡sublime infantilismo del amor!) ensayar las palabras que le diría.
Un momento después, mi amigo regresó. «Nos espera», dijo.
—¿Está sola? —pregunté.
—Con otra mujer.
—¿No hay hombres?
—No.
—Vamos, pues.
Mi amigo se dirigió hacia la puerta del teatro.
—Ese no es el camino —dije.
—Debemos ir a comprar unos dulces. Me los pidió.
Entramos en una confitería del passage de l’Opéra. Habría comprado toda la tienda y estaba mirando alrededor para ver qué dulces elegir cuando mi amigo pidió una libra de uvas pasas glaseadas.
—¿Sabes si le gustan?
—No come otro tipo de dulces; todo el mundo lo sabe.
—Ah —continuó cuando salimos de la tienda—, ¿sabes qué clase de mujer es a la que voy a presentarte? No imagines que es una duquesa. Es simplemente una mujer mantenida, muy mantenida, querido amigo; no seas tímido, di lo primero que se te pase por la cabeza.
—Sí, sí —balbuceé, y le seguí, diciéndome a mí mismo que pronto me curaría de mi pasión.
Cuando entré en el palco, Marguerite estaba muerta de risa. Hubiera preferido que estuviera triste. Mi amigo me presentó; Marguerite me hizo un pequeño gesto con la cabeza y dijo: «¿Y mis dulces?».
—Aquí están.
Me miró mientras los tomaba. Bajé la mirada y me sonrojé.
Ella se inclinó hacia su vecina y le dijo algo al oído, ante lo cual ambas rieron. Evidentemente, yo era la causa de su alegría y mi turbación aumentó. En aquella época tenía como amante a una personita muy afectuosa y sentimental, cuyos sentimientos y cuyas cartas melancólicas me divertían mucho. Me di cuenta del dolor que le habría causado a ella lo que ahora experimentaba y, durante cinco minutos, la amé como jamás se ha amado a ninguna mujer.
Marguerite comió sus uvas pasas glaseadas sin prestarme más atención. El amigo que me había presentado no quería dejarme en una posición tan ridícula.
—Marguerite —dijo—, no debes sorprenderte si el señor Duval no dice nada: lo abrumas de tal manera que no encuentra una palabra que decir.
—Yo diría, al contrario, que solo ha venido contigo porque te habría aburrido venir solo.
—Si eso fuera cierto —dije—, no habría rogado a Ernest que pidiera tu permiso para presentarme.
—Quizás eso fue solo para retrasar el momento fatal.
Por poco que uno haya conocido a mujeres como Marguerite, no puede dejar de conocer el deleite que experimentan al fingir ser ingeniosas y al burlarse de las personas que conocen por primera vez. Es, sin duda, una retribución por las humillaciones a las que a menudo tienen que someterse por parte de quienes ven todos los días.
Para responderles adecuadamente se requiere cierta habilidad, y yo no había tenido la oportunidad de adquirirla; además, la idea que me había formado de Marguerite acentuaba los efectos de su burla. Nada de lo que venía de ella me era indiferente. Me puse de pie, diciendo con una voz alterada que no pude controlar por completo:
—Si eso es lo que piensa de mí, señora, solo me queda pedirle perdón por mi indiscreción y despedirme con la seguridad de que no volverá a ocurrir.
Acto seguido, hice una reverencia y salí del palco. Apenas había cerrado la puerta cuando oí una tercera carcajada. No le habría ido bien a nadie que me hubiera dado un empujón en ese momento.
Regresé a mi asiento. Se dio la señal para subir el telón. Ernest volvió a su lugar a mi lado.
—¡Qué forma de comportarte! —dijo al sentarse—. Pensarán que estás loco.
—¿Qué dijo Marguerite después de que me fui?
—Se rió y dijo que nunca había visto a nadie tan gracioso. Pero no lo veas como una oportunidad perdida; solo que no les hagas a estas mujeres el honor de tomarlas en serio. No saben lo que son la cortesía y la ceremonia. Es como si ofrecieras perfumes a los perros: pensarían que huelen mal e irían a revolcarse en la cuneta.
—Después de todo, ¿qué me importa? —dije, afectando hablar con indiferencia—. No volveré a ver a esta mujer y, si me gustaba antes de conocerla, ahora que la conozco es algo muy distinto.
—Bah, no desespero de verte un día en el fondo de su palco y de oír que te estás arruinando por ella. Sin embargo, tienes razón, no ha sido bien educada; pero sería una amante encantadora.
Afortunadamente, el telón se levantó y mi amigo guardó silencio. Me sería imposible decirte qué estaban representando. Todo lo que recuerdo es que, de vez en cuando, levantaba la vista hacia el palco que había abandonado tan abruptamente y que los rostros de nuevos visitantes se sucedían todo el tiempo.
Estaba lejos de haber dejado de pensar en Marguerite. Otro sentimiento se había apoderado de mí. Me parecía que tenía que borrar su insulto y mi absurdo; me dije que, si gastaba hasta el último centavo que tuviera, la ganaría y ganaría mi derecho al lugar que había abandonado tan rápidamente.
Antes de que terminara la representación, Marguerite y su amiga abandonaron el palco. Me levanté de mi asiento.
—¿Te vas? —dijo Ernest.
—Sí.
—¿Por qué?
En ese momento vio que el palco estaba vacío.
—Ve, ve —dijo—, y buena suerte, o más bien, mejor suerte.
Salí.
Oí el susurro de los vestidos y el sonido de las voces en la escalera. Me hice a un lado y, sin ser visto, vi pasar a las dos mujeres acompañadas por dos jóvenes. En la entrada del teatro las encontró un lacayo.
—Dile al cochero que espere en la puerta del Café Anglais —dijo Marguerite—. Iremos andando.
Unos minutos después vi a Marguerite desde la calle en una ventana de una de las grandes salas del restaurante, deshojando las camelias de su ramo, una a una. Uno de los dos hombres estaba inclinado sobre su hombro y le susurraba al oído. Tomé posición en el Maison-d’or, en una de las habitaciones del primer piso, y no perdí de vista la ventana ni por un instante. A la una de la madrugada, Marguerite subió a su carruaje con sus tres amigos. Tomé un coche de alquiler y los seguí. El carruaje se detuvo en el número 9 de la Rue d’Antin. Marguerite bajó y entró sola. Sin duda fue una mera coincidencia, pero la coincidencia me llenó de deleite.
Desde aquel momento en adelante, a menudo me encontré con Marguerite en el teatro o en los Campos Elíseos. Siempre con la misma alegría en ella, la misma emoción en mí.
Finalmente, pasó una quincena sin que me encontrara con ella. Vi a Gaston y pregunté por ella.
—Pobre chica, está muy enferma —respondió.
—¿Qué le pasa?
—Tiene tuberculosis, y la clase de vida que lleva no es precisamente lo que la curará. Se ha quedado en cama; se está muriendo.
El corazón es algo extraño; casi me alegré al oírlo.
Todos los días iba a preguntar por ella, sin dejar mi nombre ni mi tarjeta. Supe que estaba convaleciente y que se había ido a Bagnères.
El tiempo pasó, la impresión, si no el recuerdo, se desvaneció gradualmente de mi mente. Viajé; las aventuras amorosas, los hábitos y el trabajo ocuparon el lugar de otros pensamientos, y cuando recordaba esta aventura, la consideraba como una de esas pasiones que uno tiene cuando es muy joven y de las que se ríe poco después.
Por lo demás, no fue mérito mío haberme sobrepuesto a este recuerdo, pues había perdido completamente de vista a Marguerite y, como te dije, cuando pasó a mi lado en el pasillo de las Variétés, no la reconocí. Iba velada, es cierto; pero, aunque hubiera estado velada dos años antes, no habría necesitado verla para reconocerla: la habría conocido por intuición. Aun así, mi corazón comenzó a latir cuando supe que era ella; y los dos años que habían pasado desde que la vi, y lo que parecía ser el resultado de esa separación, se desvanecieron como el humo con el simple roce de su vestido.
Capítulo VIII
Sin embargo (continuó Armand tras una pausa), aunque sabía que seguía enamorado de ella, me sentía más seguro de mí mismo, y parte de mi deseo de hablar con Marguerite de nuevo era el anhelo de hacerle ver que yo era más fuerte que ella.
¡Cuántos caminos toma el corazón, cuántas razones se inventa para llegar a lo que quiere!
No podía permanecer en el pasillo y regresé a mi lugar en la platea, mirando apresuradamente a mi alrededor para ver en qué palco estaba. Ella estaba en un palco de planta baja, completamente sola. Había cambiado, como te he dicho, y ya no lucía una sonrisa indiferente en sus labios. Había sufrido; todavía sufría. Aunque era abril, seguía vistiendo un atuendo de invierno, envuelta en pieles.
La miré tan fijamente que mis ojos atrajeron los suyos. Me miró durante unos segundos, subió sus gemelos para verme mejor y pareció creer que me reconocía, sin estar muy segura de quién era, pues cuando bajó sus gemelos, una sonrisa, ese encantador saludo femenino, cruzó sus labios como para responder a la inclinación que parecía esperar; pero no respondí, para tener una ventaja sobre ella, como si yo hubiera olvidado, mientras ella recordaba. Creyéndose equivocada, desvió la mirada.
El telón se levantó. He visto a menudo a Marguerite en el teatro. Nunca la vi prestar la más mínima atención a lo que se representaba. En cuanto a mí, la función me interesaba igual de poco y no presté atención a nada más que a ella, aunque haciendo todo lo posible para evitar que lo notara.
Pronto la vi mirar hacia la persona que estaba en el palco de enfrente; al mirar, vi a una mujer con la que estaba muy familiarizado. Había sido una mujer mantenida y había intentado trabajar en el teatro, había fracasado y, confiando en su relación con gente de moda en París, se había metido en negocios y había abierto una sombrerería. Vi en ella un medio para reunirme con Marguerite y aproveché un momento en el que miró hacia mí para saludarla con la mano. Como esperaba, me hizo señas para que fuera a su palco.
Prudence Duvernoy (ese era el auspicioso nombre de la sombrerera) era una de esas mujeres gordas de cuarenta años con las que hace falta muy poca diplomacia para hacerles entender lo que uno quiere saber, especialmente cuando lo que uno quiere saber es tan sencillo como lo que yo tenía que pedirle.
Aproveché un momento en que ella sonreía hacia Marguerite para preguntarle:
—¿A quién miras?
—A Marguerite Gautier.
—¿La conoces?
—Sí, soy su sombrerera y es vecina mía.
—¿Vives en la Rue d’Antin?
—No. En el número 7. La ventana de su vestidor da a la ventana del mío.
—Dicen que es una chica encantadora.
—¿No la conoces?
—No, pero me gustaría.
—¿Quieres que le pida que venga a nuestro palco?
—No, preferiría que tú me presentaras a ella.
—¿En su propia casa?
—Sí.
—Eso es más difícil.
—¿Por qué?
—Porque está bajo la protección de un viejo duque celoso.
—«Protección» es encantador.
—Sí, protección —respondió Prudence—. Pobre viejo, se sentiría muy avergonzado de ofrecerle otra cosa.
Prudence me contó entonces cómo Marguerite había conocido al duque en Bagnères.
—Eso, entonces —continué—, ¿es por lo que está sola aquí?
—Precisamente.
—¿Pero quién la acompañará a casa?
—Él.
—¿Vendrá a buscarla?
—En un momento.
—¿Y a ti, quién te acompaña a casa?
—Nadie.
—¿Puedo ofrecerme?
—Pero estás con un amigo, ¿no es así?
—¿Podemos ofrecernos, entonces?
—¿Quién es tu amigo?
—Un tipo encantador, muy divertido. Estará encantado de conocerte.
—Bueno, está bien; iremos cuando termine esta pieza, pues conozco la última.
—Con placer; iré a decírselo a mi amigo.
—Ve, pues. Ah —añadió Prudence mientras me iba—, ahí está el duque que acaba de entrar en el palco de Marguerite.
Lo miré. Un hombre de unos setenta años se había sentado detrás de ella y le estaba dando una bolsa de dulces, en la que ella metió la mano de inmediato, sonriendo. Luego la extendió hacia Prudence con un gesto que parecía decir: «¿Quieres?».
—No —hizo señas Prudence.
Marguerite retiró la bolsa y, girándose, comenzó a hablar con el duque.
Puede sonar infantil contarte todos estos detalles, pero todo lo relacionado con Marguerite está tan fresco en mi memoria que no puedo evitar recordarlos ahora.
Volví con Gaston y le conté el acuerdo que había hecho para él y para mí. Accedió y dejamos nuestras butacas para ir al palco de la señora Duvernoy. Apenas habíamos abierto la puerta que conducía a la platea cuando tuvimos que hacernos a un lado para dejar pasar a Marguerite y al duque. Habría dado diez años de mi vida por haber estado en el lugar del viejo.
Cuando estuvieron en la calle, él la ayudó a subir a un faetón, que condujo él mismo, y salieron disparados impulsados por dos caballos soberbios.
Regresamos al palco de Prudence y, cuando terminó la obra, tomamos un coche de alquiler y nos dirigimos al número 7 de la Rue d’Antin. En la puerta, Prudence nos pidió que subiéramos a ver sus salones de exposición, que nunca habíamos visto y de los que parecía estar muy orgullosa. Puedes imaginar con qué entusiasmo acepté. Me parecía como si me estuviera acercando cada vez más a Marguerite. Pronto desvié la conversación hacia ella.
—El viejo duque está en casa de tu vecina —le dije a Prudence.
—Oh, no; probablemente esté sola.
—Pero debe estar terriblemente aburrida —dijo Gaston.
—Pasamos la mayor parte de la velada juntas, o ella me llama cuando llega. Nunca se acuesta antes de las dos de la mañana. No puede dormir antes de esa hora.
—¿Por qué?
—Porque sufre del pecho y casi siempre tiene fiebre.
—¿No tiene amantes? —pregunté.
—Nunca veo a nadie quedarse después de que yo me marcho; no digo que nadie venga nunca cuando yo no estoy. A menudo, por la tarde, me encuentro allí con cierto Conde de N., que cree que está avanzando algo al visitarla a las once de la noche y al enviarle joyas sin medida; pero ella no puede soportarlo. Ella se equivoca; él es muy rico. En vano le digo de vez en cuando: «Hija mía, ahí tienes al hombre para ti». Ella, que generalmente me escucha, me da la espalda y responde que es demasiado estúpido. Estúpido, en efecto, lo es; pero para ella sería una posición, mientras que este viejo duque podría morir cualquier día. Los viejos son egoístas; su familia siempre le está reprochando su afecto por Marguerite; hay dos razones por las que es probable que no le deje nada. Le doy buenos consejos, y ella solo dice que habrá tiempo de sobra para ocuparse del conde cuando el duque haya muerto. No todo es diversión —continuó Prudence—, vivir así. Sé muy bien que a mí no me convendría, y pronto enviaría al viejo a hacer gárgaras. Es tan aburrido; la llama hija; la cuida como a una niña; y siempre está en medio. Estoy segura de que en este mismo momento uno de sus criados está merodeando por la calle para ver quién sale, y sobre todo quién entra.
—¡Ah, pobre Marguerite! —dijo Gaston, sentándose al piano y tocando un vals—. No tenía ni idea, pero sí noté que últimamente no se la veía tan alegre.
—Chist —dijo Prudence, escuchando. Gaston se detuvo.
—Creo que me llama.
Escuchamos. Una voz gritaba: «¡Prudence!».
—Vamos, ahora tienes que irte —dijo Mme. Duvernoy.
—Ah, esa es tu idea de la hospitalidad —dijo Gaston, riendo—; no nos iremos hasta que queramos.
—¿Por qué habríamos de irnos?
—Voy a casa de Marguerite.
—Nosotros esperaremos aquí.
—No pueden.
—Entonces iremos contigo.
—Eso aún menos.
—Conozco a Marguerite —dijo Gaston—; bien puedo hacerle una visita.
—Pero Armand no la conoce.
—Yo le presentaré.
—Imposible.
De nuevo oímos la voz de Marguerite llamando a Prudence, quien corrió hacia la ventana de su vestidor. La seguí con Gaston mientras ella abría la ventana. Nos escondimos para no ser vistos desde fuera.
—Llevo diez minutos llamándote —dijo Marguerite desde su ventana, en un tono de voz casi imperioso.
—¿Qué quieres?
—Quiero que vengas enseguida.
—¿Por qué?
—Porque el Conde de N. sigue aquí y me está aburriendo mortalmente.
—No puedo ahora.
—¿Qué te lo impide?
—Hay dos jóvenes aquí que no quieren irse.
—Diles que tienes que salir.
—Se lo he dicho.
—Bueno, pues déjalos en la casa. Se irán pronto cuando vean que te has ido.
—Pondrán todo patas arriba.
—¿Pero qué quieren?
—Quieren verte.
—¿Cómo se llaman?
—Conoces a uno, el señor Gaston R.
—Ah, sí, le conozco. ¿Y el otro?
—El señor Armand Duval; y a él no le conoces.
—No, pero tráelos. Cualquier cosa es mejor que el conde. Te espero. Ven enseguida.
Marguerite cerró su ventana y Prudence la suya. Marguerite, que había recordado mi cara por un momento, no recordaba mi nombre. Hubiera preferido ser recordado para mi desgracia que olvidado de este modo.
—Sabía —dijo Gaston— que estaría encantada de vernos.
—Encantada no es la palabra —respondió Prudence mientras se ponía el sombrero y el chal—. Os recibirá para deshacerse del conde. Tratad de ser más agradables que él, o (conozco a Marguerite) me echará toda la culpa a mí.
Seguimos a Prudence escaleras abajo. Yo temblaba; me parecía que esta visita iba a tener una gran influencia en mi vida. Estaba aún más agitado que la noche en que fui presentado en el palco de la Ópera Cómica. Al llegar a la puerta que ya conoces, mi corazón latía tan violentamente que apenas podía pensar.
Oímos el sonido de un piano. Prudence llamó. El piano quedó en silencio. Una mujer que parecía más una acompañante que una criada abrió la puerta. Entramos en el salón, y de ahí al tocador, que estaba entonces tal y como lo has visto desde aquel momento. Un joven estaba apoyado contra la repisa de la chimenea. Marguerite, sentada al piano, dejaba que sus dedos vagaran por las notas, comenzando fragmentos de música sin terminarlos. Toda la escena destilaba aburrimiento, el hombre avergonzado por la conciencia de su nulidad, la mujer cansada de su lúgubre visitante. Ante la voz de Prudence, Marguerite se levantó y, acercándose a nosotros con una mirada de gratitud hacia Mme. Duvernoy, dijo:
—Pasad, y bienvenidos.
Capítulo IX
—Buenas noches, mi querido Gaston —dijo Marguerite a mi compañero—. Me alegra mucho verte. ¿Por qué no viniste a verme a mi palco en los Variétés?
—Temía resultar indiscreto.
—Los amigos —y Marguerite se demoró en la palabra, como si diera a entender a los presentes que, a pesar de la manera familiar con la que lo saludaba, Gaston no era ni había sido nunca nada más que un amigo—, los amigos son siempre bienvenidos.
—Entonces, ¿me permite presentarle al señor Armand Duval?
—Ya había autorizado a Prudence para que lo hiciera.
—En lo que a eso respecta, madame —dije, haciendo una reverencia y logrando articular sonidos más o menos inteligibles en mi garganta—, ya he tenido el honor de serle presentado.
Los hermosos ojos de Marguerite parecieron indagar en su memoria, pero no podía, o parecía no poder, recordar.
—Madame —continué—, le agradezco que haya olvidado la ocasión de mi primera presentación, pues fui muy absurdo y debí parecerle muy pesado. Fue en la Ópera Cómica, hace dos años; estaba con Ernest de ——.
—Ah, recuerdo —dijo Marguerite con una sonrisa—. No fue usted quien resultó absurdo; fui yo quien estuvo traviesa, como sigo siendo, pero algo menos. ¿Me ha perdonado?
Y me tendió la mano, que besé.
—Es cierto —continuó—; sabe que tengo la mala costumbre de tratar de avergonzar a la gente la primera vez que la conozco. Es muy estúpido. Mi médico dice que es porque estoy nerviosa y siempre enferma; crea a mi médico.
—Pero parece estar muy bien.
—¡Oh! He estado muy enferma.
—Lo sé.
—¿Quién se lo dijo?
—Todo el mundo lo sabía; a menudo venía a preguntar por usted, y me alegraba saber de su convalecencia.
—Nunca me dieron su tarjeta.
—No la dejé.
—¿Fue usted, entonces, quien llamaba todos los días mientras estuve enferma y nunca quiso dejar su nombre?
—Sí, fui yo.
—Entonces es usted más que indulgente, es generoso. Usted, conde, no hubiera hecho eso —dijo, volviéndose hacia el señor de N. tras dedicarme una de esas miradas con las que las mujeres resumen su opinión sobre un hombre.
—Solo le conozco desde hace dos meses —respondió el conde.
—Y a este caballero solo desde hace cinco minutos. Siempre dice usted algo ridículo.
Las mujeres son implacables con aquellos por quienes no sienten interés. El conde se puso rojo y se mordió los labios.
Sentí lástima por él, pues parecía, como yo, estar enamorado, y la amarga franqueza de Marguerite debía haberle hecho muy desgraciado, especialmente ante dos desconocidos.
—Estaba tocando el piano cuando entramos —dije, para cambiar de conversación—. ¿No tendría la bondad de tratarme como a un viejo conocido y continuar?
—Oh —dijo ella, arrojándose sobre el sofá y haciéndonos señas de que nos sentáramos—, Gaston sabe cómo es mi música. Está muy bien cuando estoy a solas con el conde, pero no quiero infligirle tal castigo.
—¿Me muestra esa preferencia? —dijo el señor de N. con una sonrisa que trató de hacer delicadamente irónica.
—No me lo reproche. Es la única. Estaba destinado a que el pobre hombre no pudiera decir ni una sola palabra. Lanzó una mirada verdaderamente suplicante a Marguerite.
—Bueno, Prudence —continuó ella—, ¿has hecho lo que te pedí?
—Sí.
—Está bien. Ya me lo contarás más tarde. Tenemos que hablar de ello; no te vayas antes de que pueda hablar contigo.
—Sin duda somos unos intrusos —dije—, y ahora que nosotros, o más bien yo, hemos tenido una segunda presentación para borrar la primera, es hora de que Gaston y yo nos marchemos.
—En absoluto. No lo decía por usted. Quiero que se quede.
El conde sacó un reloj muy elegante de su bolsillo y miró la hora. —Debo ir a mi club —dijo. Marguerite no respondió. El conde, entonces, abandonó su posición junto a la chimenea y, acercándose a ella, dijo: —Adiós, madame.
Marguerite se levantó. —Adiós, mi querido conde. ¿Ya se va?
—Sí, temo estar aburriéndola.
—No me aburre usted hoy más que cualquier otro día. ¿Cuándo volveré a verle?
—Cuando usted me lo permita.
—Adiós, entonces.
Fue cruel, hay que admitirlo. Afortunadamente, el conde tenía excelentes modales y era muy buen carácter. Simplemente besó la mano de Marguerite, que ella le tendió con bastante indiferencia, y, haciendo una reverencia hacia nosotros, salió.
Al cruzar el umbral, lanzó una mirada a Prudence. Ella se encogió de hombros, como queriendo decir:
«¿Qué esperas? He hecho todo lo que he podido».
—¡Nanine! —gritó Marguerite—. Acompaña al señor conde a la puerta.
Oímos la puerta abrirse y cerrarse.
—¡Por fin! —exclamó Marguerite, volviendo—, ¡se ha ido! ¡Ese hombre me pone terriblemente nerviosa!
—Hija mía —dijo Prudence—, realmente le tratas demasiado mal, y él es tan bueno y amable contigo. Mira este reloj sobre la repisa, que te regaló: estoy segura de que debió costarle al menos tres mil francos.
Y Mme. Duvernoy comenzó a manipularlo mientras yacía sobre la repisa, mirándolo con ojos codiciosos.
—Querida —dijo Marguerite, sentándose al piano—, cuando pongo a un lado lo que él me da y al otro lo que me dice, me parece que compra sus visitas muy baratas.
—El pobre está enamorado de ti.
—Si tuviera que escuchar a todo el que está enamorado de mí, no tendría tiempo para cenar.
Y comenzó a pasar sus dedos por el piano, y luego, volviéndose hacia nosotros, dijo:
—¿Qué van a tomar? Creo que me gustaría un poco de ponche.
—Y yo podría comer un poco de pollo —dijo Prudence—. ¿Qué tal si cenamos?
—Eso es, vamos a cenar —dijo Gaston.
—No, cenaremos aquí.
Llamó, y apareció Nanine.
—Trae algo de cenar.
—¿Qué debo traer?
—Lo que quieras, pero enseguida, enseguida.
Nanine salió.
—Eso es —dijo Marguerite, saltando como una niña—, cenaremos. ¡Qué pesado es ese idiota de conde!
Cuanto más la veía, más me encantaba. Era exquisitamente hermosa. Su esbeltez era un encanto. Estaba perdido en la contemplación.
Lo que pasaba por mi mente me resultaría difícil de explicar. Estaba lleno de indulgencia por su vida, lleno de admiración por su belleza. La prueba de desinterés que daba al no aceptar a un joven rico y de moda, dispuesto a malgastar todo su dinero en ella, la excusaba ante mis ojos de todas sus faltas del pasado.
Había una especie de candor en esta mujer. Se podía ver que aún conservaba la virginidad del vicio. Su caminar firme, su figura flexible, sus fosas nasales sonrosadas y abiertas, sus ojos grandes, ligeramente teñidos de azul, indicaban una de esas naturalezas ardientes que desprenden a su alrededor una especie de perfume voluptuoso, como los frascos orientales que, por muy cerrados que estén, siempre dejan escapar algo de su aroma. Por último, ya fuera por naturaleza simple o por un soplo de fiebre, pasaba de vez en cuando por los ojos de esta mujer un destello de deseo, prometiendo un verdadero paraíso para quien ella amara. Pero los que habían amado a Marguerite eran incontables, como tampoco lo eran aquellos a quienes ella había amado.
En esta chica había a la vez la virgen que un simple nada había convertido en cortesana, y la cortesana que un simple nada habría convertido en la más amorosa y pura de las vírgenes. Marguerite aún tenía orgullo e independencia, dos sentimientos que, si son heridos, pueden ser equivalentes a un sentido de la vergüenza. No pronuncié palabra; mi alma parecía haber pasado a mi corazón y mi corazón a mis ojos.
—Así que —dijo ella de repente—, ¿fue usted quien vino a preguntar por mí cuando estaba enferma?
—Sí.
—Sabe, ¡fue realmente espléndido de su parte! ¿Cómo puedo agradecérselo?
—Permitiéndome venir a verle de vez en cuando.
—Tan a menudo como quiera, de cinco a seis, y de once a doce. Ahora, Gaston, toca la Invitación a la Danza.
—¿Por qué?
—Para complacerme, en primer lugar, y luego porque nunca logro tocarla yo misma.
—¿Qué parte le resulta difícil?
—La tercera parte, la parte en sostenidos.
Gaston se levantó, fue al piano y comenzó a tocar la maravillosa melodía de Weber, cuya partitura estaba abierta frente a él.
Marguerite, apoyando una mano en el piano, seguía cada nota en la partitura, acompañándola en voz baja, y cuando Gaston llegó al pasaje que ella le había mencionado, cantó, recorriendo con sus dedos la parte superior del piano:
—Do, re, mi, do, re, fa, mi, re; eso es lo que no puedo hacer. Otra vez.
Gaston empezó de nuevo, tras lo cual Marguerite dijo:
—Ahora, déjame probar.
Se colocó en su lugar y empezó a tocar; pero sus dedos rebeldes siempre tropezaban con una de las notas.
—¿No es increíble —dijo, exactamente como una niña— que no logre tocar ese pasaje? ¿Creería que a veces paso dos horas de la mañana con él? Y cuando pienso que ese idiota del conde lo toca sin partitura, y maravillosamente, realmente creo que eso es lo que me pone tan furiosa con él. —Y comenzó de nuevo, siempre con el mismo resultado.
—¡Que el diablo se lleve a Weber, la música y los pianos! —gritó, arrojando la partitura al otro lado de la habitación—. ¿Cómo puedo tocar ocho sostenidos uno tras otro? —Se cruzó de brazos y nos miró, dando una patada en el suelo. La sangre subió a sus mejillas y sus labios se entreabrieron en una ligera tos.
—Vamos, vamos —dijo Prudence, que se había quitado el sombrero y se alisaba el cabello frente al espejo—, te vas a poner furiosa y te harás daño. Mejor ven a cenar; por mi parte, me muero de hambre.
Marguerite llamó, volvió a sentarse al piano y empezó a tararear una canción muy atrevida, que acompañó sin dificultad. Gaston conocía la canción, y formaron una especie de dúo.
—No cantes esas cosas tan indecentes —dije a Marguerite, suplicante.
—Oh, ¡qué correcto es usted! —dijo, sonriendo y tendiéndome la mano—. No es por mí, sino por usted.
Marguerite hizo un gesto como diciendo: «¡Oh, hace mucho tiempo que terminé con la corrección!». En ese momento apareció Nanine.
—¿Está lista la cena? —preguntó Marguerite. —Sí, madame, en un momento.
—A propósito —dijo Prudence hacia mí—, no has mirado alrededor; ven, y te lo enseñaré. Como sabes, el salón era una maravilla.
Marguerite nos acompañó un momento; luego llamó a Gaston y fue al comedor con él para ver si la cena estaba lista.
—Ah —dijo Prudence, al ver una pequeña figura de Sajonia en una mesa auxiliar—, nunca supe que tuvieras a este caballeroso.
—¿Cuál?
—Un pequeño pastor sosteniendo una jaula de pájaros.
—Tómalo, si te gusta.
—No voy a privarte de él.
—Iba a dárselo a mi doncella. Me parece horroroso; pero si te gusta, tómalo.
Prudence solo veía el presente, no la forma en que se daba. Puso la figurita a un lado y me llevó al vestidor, donde me mostró dos miniaturas colgadas una al lado de la otra, y dijo:
—Ese es el Conde de G., quien estuvo muy enamorado de Marguerite; fue él quien la presentó en sociedad. ¿Le conoces?
—No. ¿Y esta? —pregunté, señalando la otra miniatura.
—Ese es el pequeño Vizconde de L. Se vio obligado a desaparecer.
—¿Por qué?
—Porque estuvo a punto de arruinarse. Ese es uno, si te gusta, que amó a Marguerite.
—¿Y ella también le amaba, sin duda?
—Es una chica tan rara, nunca se sabe. La noche en que él se fue, ella fue al teatro como de costumbre, y sin embargo había llorado cuando él se despidió de ella.
Justo entonces apareció Nanine para decirnos que la cena estaba servida.
Cuando entramos en el comedor, Marguerite estaba apoyada contra la pared, y Gaston, sosteniendo sus manos, le hablaba en voz baja.
—Estás loco —respondió Marguerite—. Sabes perfectamente que no te quiero. No sirve de nada, al cabo de dos años, hacerle el amor a una mujer como yo. Con nosotras, es al instante o nunca. ¡Vamos, caballeros, a cenar!
Y, escabulléndose de Gaston, Marguerite le hizo sentarse a su derecha en la mesa, a mí a su izquierda, luego llamó a Nanine:
—Antes de sentarte, diles en la cocina que no abran a nadie si hay alguien llamando.
Esta orden fue dada a la una de la madrugada.
Reímos, bebimos y comimos libremente en esta cena. En poco tiempo la alegría alcanzó su límite máximo, y las palabras que parecen divertidas para cierta clase de gente, palabras que degradan la boca que las pronuncia, se escuchaban de vez en cuando, entre los aplausos de Nanine, de Prudence y de Marguerite. Gaston se estaba divirtiendo de lo lindo; era un tipo muy bueno, pero algo estropeado por los hábitos de su juventud. Por un momento traté de olvidarme, de forzar a mi corazón y a mis pensamientos a volverse indiferentes a la escena que presenciaba, y a participar de esa alegría que parecía uno de los platos de la comida. Pero poco a poco me retiré del ruido; mi copa permanecía llena, y me sentía casi triste al ver a esta hermosa criatura de veinte años bebiendo, hablando como un carretero y riendo con más fuerza cuanto más escandaloso era el chiste.
Sin embargo, esta hilaridad, esta forma de hablar y beber, que me parecían en los demás el simple resultado de una mala compañía o de malos hábitos, parecía en Marguerite una necesidad de olvidar, una fiebre, una irritabilidad nerviosa. Con cada copa de champán sus mejillas se encendían con un color febril, y una tos, apenas perceptible al principio de la cena, se volvió al fin tan violenta que se veía obligada a apoyar la cabeza en el respaldo de su silla y sujetarse el pecho con las manos cada vez que tosía. Sufría al pensar en el daño que tal constitución tan frágil debía recibir por excesos diarios como este. Finalmente, algo que yo había temido y previsto sucedió. Hacia el final de la cena, Marguerite fue presa de un ataque de tos más violento que cualquiera de los que había tenido mientras yo estuve allí. Parecía como si su pecho estuviera siendo desgarrado en dos. La pobre chica se puso carmesí, cerró los ojos ante el dolor y se llevó la servilleta a los labios. Estaba manchada con una gota de sangre. Se levantó y corrió a su vestidor.
—¿Qué le pasa a Marguerite? —preguntó Gaston.
—Se ha reído demasiado y está escupiendo sangre. Oh, no es nada; le sucede todos los días. Volverá en un minuto. Déjala sola. Ella lo prefiere así.
No pude quedarme quieto; y, ante la consternación de Prudence y Nanine, que me llamaban para que regresara, seguí a Marguerite.
Capítulo X
La habitación a la que había huido estaba iluminada solo por una vela. Se reclinó en un gran sofá, con el vestido desabrochado, sosteniendo una mano sobre su corazón y dejando que la otra colgara a su lado. Sobre la mesa había una palangana medio llena de agua, y el agua estaba manchada con vetas de sangre.
Muy pálida, con la boca entreabierta, Marguerite intentó recuperar el aliento. De vez en cuando, su pecho se elevaba con un largo suspiro que parecía aliviarla un poco, y durante unos segundos parecía estar bastante cómoda.
Me acerqué a ella; no hizo ningún movimiento, así que me senté y tomé la mano que reposaba sobre el sofá.
—¡Ah! eres tú —dijo con una sonrisa.
Debí de parecer muy agitado, pues añadió:
—¿Tú también te sientes mal?
—No, pero tú: ¿sigues sufriendo?
—Muy poco —y se secó con el pañuelo las lágrimas que la tos le había llevado a los ojos—; ya estoy acostumbrada.
—Se está matando, madame —le dije con voz conmovida—. Quisiera ser un amigo, un pariente suyo, para poder evitar que se haga daño de esta manera.
—Ah, realmente no vale la pena que te alarmes —respondió con un tono algo amargo—; ¡mira cuánta atención me prestan los demás! Saben demasiado bien que no hay nada que hacer.
Tras esto, se levantó y, tomando la vela, la puso sobre la repisa de la chimenea y se miró en el espejo.
—¡Qué pálida estoy! —dijo mientras se abrochaba el vestido y pasaba los dedos por su cabello suelto—. Vamos, volvamos a cenar. ¿Vienes?
Me quedé sentado y no me moví.
Ella vio lo profundamente que me había afectado toda la escena y, acercándose a mí, me tendió la mano diciendo:
—Vamos, vámonos.
Tomé su mano, la llevé a mis labios y, a pesar de mí mismo, dos lágrimas cayeron sobre ella.
—Vaya, ¡qué niño eres! —dijo, sentándose a mi lado de nuevo—. ¡Estás llorando! ¿Qué te pasa?
—Debo parecerle muy tonto, pero estoy terriblemente perturbado por lo que acabo de ver.
—¡Eres muy bueno! ¿Qué quieres de mí? No puedo dormir. Debo divertirme un poco. Y luego, chicas como yo, ¿qué importa, una más o una menos? Los médicos me dicen que la sangre que escupo viene de mi garganta; finjo creerles; es todo lo que puedo hacer por ellos.
—Escucha, Marguerite —dije, incapaz de contenerme por más tiempo—; no sé qué influencia vas a tener sobre mi vida, pero en este preciso momento no hay nadie, ni siquiera mi hermana, por quien sienta el interés que siento por ti. Ha sido igual desde que te vi. Bueno, por el amor de Dios, cuídate y no vivas como estás viviendo ahora.
—Si me cuidara, moriría. Todo lo que me sostiene es la vida febril que llevo. Luego, en cuanto a cuidarse, eso está muy bien para mujeres con familias y amigos; en cuanto a nosotras, desde el momento en que ya no podemos servir a la vanidad o al placer de nuestros amantes, nos dejan, y largas noches siguen a largos días. Lo sé. Estuve en cama durante dos meses y, al cabo de tres semanas, nadie vino a verme.
—Es cierto que no soy nada para ti —continué—, pero si me lo permites, te cuidaré como un hermano, nunca me apartaré de tu lado y te curaré. Luego, cuando vuelvas a estar fuerte, podrás regresar a la vida que llevas, si así lo deseas; pero estoy seguro de que llegarás a preferir una vida tranquila, que te hará más feliz y conservará tu belleza intacta.
—Piensas así esta noche porque el vino te ha entristecido, pero nunca tendrías la paciencia que aparentas.
—Permítame decirle, Marguerite, que usted estuvo enferma durante dos meses, y que durante dos meses vine a preguntar por usted todos los días.
—Es cierto, pero ¿por qué no subiste?
—Porque entonces no la conocía.
—¿Hacía falta ser tan reservado con una chica como yo?
—Siempre hay que ser reservado con una mujer; es lo que siento, al menos.
—¿Así que me cuidarías?
—Sí.
—¿Te quedarías conmigo todo el día?
—Sí.
—¿E incluso toda la noche?
—Mientras no te cansaras de mí.
—¿Y cómo llamas a eso?
—Devoción.
—¿Y de dónde proviene esta devoción?
—De la irresistible simpatía que siento por ti.
—Entonces, ¿estás enamorado de mí? Dilo claramente, es mucho más sencillo.
—Es posible; pero si he de decírtelo algún día, no es hoy.
—Harías mejor en no decirlo nunca.
—¿Por qué?
—Porque solo pueden suceder dos cosas.
—¿Cuáles?
—O bien no aceptaré: entonces me guardarás rencor; o bien aceptaré: entonces tendrás una amante lamentable; una mujer nerviosa, enferma, triste o alegre con una alegría más triste que el dolor, una mujer que escupe sangre y gasta cien mil francos al año. Eso está muy bien para un viejo rico como el duque, pero es muy malo para un joven como tú, y la prueba es que todos los jóvenes amantes que he tenido me han dejado muy pronto. No respondí; escuché. Esta franqueza, que era casi una especie de confesión, la vida triste que pude vislumbrar a través del velo dorado que la cubría, y cuya realidad la pobre chica buscaba escapar en la disipación, la bebida y el desvelo, me impresionó tan profundamente que no pude articular una sola palabra.
—Vamos —continuó Marguerite—, estamos diciendo tonterías. Dame el brazo y volvamos al comedor. No sabrán qué pensar de nuestra ausencia.
—Entre usted, si quiere, pero permítame quedarme aquí.
—¿Por qué?
—Porque su alegría me hace daño.
—Bueno, estaré triste.
—Marguerite, déjeme decirle algo que sin duda ha oído a menudo, tan a menudo que la costumbre de escucharlo le ha hecho dejar de creerlo, pero que no por ello es menos real, y que nunca repetiré.
—¿Y eso es...? —dijo ella, con la sonrisa de una madre joven que escucha alguna ocurrencia tonta de su hijo.
—Es esto: que desde que la he visto, no sé por qué, ha ocupado un lugar en mi vida; que si intento apartar el pensamiento de usted de mi mente, siempre regresa; que cuando la encontré hoy, después de no haberla visto durante dos años, causó una impresión más profunda en mi corazón y en mi mente que nunca; que, ahora que me ha permitido venir a verla, ahora que la conozco, ahora que sé todo lo extraño que hay en usted, se ha convertido en una necesidad de mi vida, y me volverá loco, no solo si no me quiere, sino si no me deja amarla.
—Pero, criatura tonta que eres, te diré, como Mme. D., “¡Entonces debes de ser muy rico!”. Vaya, no sabes que gasto seis o siete mil francos al mes, y que no podría vivir sin ello; no sabes, mi pobre amigo, que te arruinaría en poco tiempo y que tu familia te repudiaría si vivieras con una mujer como yo. Seamos amigos, buenos amigos, pero nada más. Ven a verme, reiremos y hablaremos, pero no exageres lo que valgo, pues valgo muy poco. Tienes buen corazón, quieres a alguien que te quiera, eres demasiado joven y demasiado sensible para vivir en un mundo como el mío. Busca a una mujer casada. Ya ves, te hablo con franqueza, como una amiga.
—¡Pero qué demonios haces ahí! —gritó Prudence, que había entrado sin que nos oyéramos, y que ahora estaba justo dentro de la puerta, con el cabello medio suelto y el vestido desabrochado. Reconocí la mano de Gaston.
—Estamos hablando con sentido común —dijo Marguerite—; déjanos solos; volveremos pronto.
—¡Bien, bien! Hablad, hijos míos —dijo Prudence, saliendo y cerrando la puerta detrás de ella, como si quisiera enfatizar aún más el tono con el que había dicho estas palabras.
—Bueno, está acordado —continuó Marguerite, cuando estuvimos solos—, ¿no te vas a enamorar de mí?
—Me iré.
—¿Hasta ese punto?
Había ido demasiado lejos como para retroceder; y realmente estaba arrebatado. Esta mezcla de alegría, tristeza, candor, prostitución, su propia enfermedad, que sin duda desarrollaba en ella una sensibilidad a las impresiones, así como una irritabilidad de los nervios, todo esto me dejó claro que si desde el principio no dominaba por completo su naturaleza ligera y olvidadiza, estaba perdida para mí.
—Vamos, ¿dices en serio lo que dices? —dijo.
—En serio.
—¿Pero por qué no me lo dijiste antes?
—¿Cuándo podría habérselo dicho?
—El día después de que te hubieran presentado en la Opéra Comique.
—Pensé que me habría recibido muy mal si hubiera ido a verla.
—¿Por qué?
—Porque me había comportado de forma muy estúpida.
—Es verdad. Y sin embargo, ya estabas enamorado de mí.
—Sí.
—Y eso no te impidió ir a la cama y dormir plácidamente. Ya se sabe lo que significa ese tipo de amor.
—Ahí se equivoca. ¿Sabe lo que hice esa noche, después de la Opéra Comique?
—No.
—La esperé en la puerta del Café Anglais. Seguí el carruaje en el que usted y sus tres amigos iban, y cuando vi que usted fue la única en bajar y que entró sola, me sentí muy feliz.
Marguerite empezó a reír.
—¿De qué se ríe?
—De nada.
—Dígamelo, se lo ruego, o pensaré que sigue riéndose de mí.
—¿No te enfadarás?
—¿Qué derecho tengo a enfadarme?
—Bueno, había una razón suficiente por la que entré sola.
—¿Cuál?
—Alguien me esperaba aquí.
Si me hubiera clavado un cuchillo, no me habría dolido más. Me levanté y, tendiéndole la mano, “Adiós”, dije.
—Sabía que te enfadarías —dijo ella—; los hombres están frenéticos por saber lo que es seguro que les causará dolor.
—Pero le aseguro —añadí con frialdad, como queriendo demostrar cuán completamente curado estaba de mi pasión—, le aseguro que no estoy enfadado. Era bastante natural que alguien la estuviera esperando, tal como es bastante natural que yo me vaya de aquí a las tres de la mañana.
—¿Tienes tú también a alguien esperándote?
—No, pero debo irme.
—Adiós, entonces.
—¿Me despide?
—Ni lo más mínimo en el mundo.
—¿Por qué es usted tan cruel conmigo?
—¿En qué he sido cruel contigo?
—En decirme que alguien la estaba esperando.
—No pude evitar reírme ante la idea de que hubieras sido tan feliz al verme entrar sola cuando había una razón tan buena para ello.
—Uno encuentra placer en cosas bastante infantiles, y es una lástima destruir tal placer cuando, simplemente dejándolo estar, uno puede hacer a alguien tan feliz.
—¿Pero qué piensas que soy? No soy ni criada ni duquesa. No te conocía hasta hoy, y no soy responsable ante ti de mis acciones. Suponiendo que un día me convirtiera en tu amante, estás obligado a saber que he tenido otros amantes además de ti. Si haces escenas de celos como esta antes, ¿qué será después, si es que ese después llegara a existir? Nunca conocí a nadie como tú.
—Eso es porque nadie la ha amado como yo la amo.
—Francamente, entonces, ¿realmente me amas?
—Tanto como es posible amar, creo.
—¿Y eso dura desde...?
—Desde el día en que la vi entrar en Susse, hace tres años.
—¿Sabes?, eso es tremendamente hermoso. Bueno, ¿qué debo hacer a cambio?
—Ámame un poco —dije, con el corazón latiendo de tal manera que apenas podía hablar; pues, a pesar de las sonrisas medio burlonas con las que había acompañado toda la conversación, me pareció que Marguerite empezaba a compartir mi agitación y que la hora tan esperada se acercaba.
—Bueno, ¿pero el duque?
—¿Qué duque?
—Mi viejo duque celoso.
—Él no sabrá nada.
—¿Y si lo supiera?
—Él la perdonaría.
—Ah, no, me dejaría, ¿y qué sería de mí?
—Se arriesga a eso por otra persona.
—¿Cómo lo sabes?
—Por la orden que dio de no admitir a nadie esta noche.
—Es cierto; pero ese es un amigo serio.
—Por quien no siente nada, ya que le ha cerrado la puerta a tales horas.
—No te corresponde a ti reprochármelo, ya que fue para recibirte a ti y a tu amigo.
Poco a poco me había acercado a Marguerite. Había puesto mis brazos alrededor de su cintura y sentí su cuerpo flexible pesar ligeramente sobre mis manos entrelazadas.
—¡Si supiera cuánto la amo! —dije en voz baja.
—¿De verdad?
—Lo juro.
—Bueno, si prometes hacer todo lo que te diga, sin una palabra, sin una opinión, sin una pregunta, quizás diga que sí.
—¡Haré todo lo que usted desee!
—Pero te advierto que debo ser libre de hacer lo que me plazca, sin darte el más mínimo detalle de lo que hago. Hace mucho que deseo un joven amante, que sea joven y no obstinado, amando sin desconfianza, amado sin reclamar el derecho a ello. Nunca he encontrado uno. Los hombres, en lugar de estar satisfechos con obtener durante mucho tiempo lo que apenas esperaban obtener una vez, exigen a sus amantes una cuenta completa del presente, el pasado e incluso el futuro. A medida que se acostumbran a ella, quieren gobernarla, y cuanto más se les da, más exigentes se vuelven. Si decido ahora tomar un nuevo amante, debe tener tres cualidades muy raras: debe ser confiado, sumiso y discreto.
—Bueno, seré todo lo que usted desee.
—Ya veremos.
—¿Cuándo veremos?
—Más adelante.
—¿Por qué?
—Porque —dijo Marguerite, liberándose de mis brazos y, tomando de un gran ramo de camelias rojas una sola camelia, la colocó en mi ojal—, porque uno no siempre puede cumplir los acuerdos el día que se firman.
—¿Y cuándo volveré a verla? —dije, estrechándola en mis brazos.
—Cuando esta camelia cambie de color.
—¿Cuándo cambiará de color?
—Mañana por la noche entre las once y las doce. ¿Estás satisfecho?
—¿Tiene que preguntármelo?
—Ni una palabra de esto a tu amigo ni a Prudence, ni a nadie en absoluto.
—Lo prometo.
—Ahora, bésame, y volveremos al comedor.
Me ofreció sus labios, se alisó el cabello de nuevo y salimos de la habitación, ella cantando y yo casi fuera de mí.
En la habitación contigua se detuvo un momento y me dijo en voz baja:
—Debe parecerte extraño que esté lista para aceptarte en un momento. ¿Quieres que te diga por qué? Es —continuó, tomando mi mano y colocándola contra su corazón para que pudiera sentir cuán rápida y violentamente palpitaba—; es porque no viviré tanto como otros, y me he prometido vivir más rápidamente.
—No me hable así, se lo suplico.
—Oh, tranquilo —continuó, riendo—; por poco tiempo que tenga de vida, ¡viviré más tiempo del que tú me amarás!
Y entró cantando al comedor.
—¿Dónde está Nanine? —dijo, viendo a Gaston y a Prudence solos.
—Está dormida en tu habitación, esperando a que estés lista para irte a dormir —respondió Prudence.
—Pobrecilla, ¡la estoy matando! Y ahora caballeros, es hora de irse.
Diez minutos después, Gaston y yo salimos de la casa. Marguerite me estrechó la mano y se despidió. Prudence se quedó atrás.
—Bueno —dijo Gaston, cuando estuvimos en la calle—, ¿qué piensas de Marguerite?
—Es un ángel, y estoy locamente enamorado de ella.
—Eso supuse; ¿se lo dijiste?
—Sí.
—¿Y prometió creerte?
—No.
—Ella no es como Prudence.
—¿Prometió hacerlo?
—Mejor aún, querido amigo. No lo pensarías; pero todavía no está nada mal, ¡la pobre vieja Duvernoy!
Capítulo XI
En este punto Armand se detuvo.
—¿Cerrarías la ventana por mí? —dijo—. Empiezo a sentir frío. Mientras tanto, me meteré en la cama.
Cerré la ventana. Armand, que todavía estaba muy débil, se quitó la bata y se acostó en la cama, descansando la cabeza durante unos momentos sobre la almohada, como un hombre cansado de tanto hablar o perturbado por recuerdos dolorosos.
—Quizás haya hablado demasiado —le dije—. ¿Preferiría que me fuera y le dejara dormir? Puede contarme el resto de la historia otro día.
—¿Estás cansado de escucharla?
—Todo lo contrario.
—Entonces continuaré. Si me dejaras solo, no podría dormir.
Cuando regresé a casa (continuó, sin necesidad de hacer pausa y recordar, tan frescos estaban todos los detalles en su mente), no me acosté, sino que comencé a reflexionar sobre la aventura del día. El encuentro, la presentación, la promesa de Marguerite, se habían sucedido tan rápidamente y tan inesperadamente que hubo momentos en los que me pareció haber estado soñando. Sin embargo, no era la primera vez que una chica como Marguerite se prometía a un hombre al día siguiente de que él hubiera pedido la promesa.
Aunque, ciertamente, hice esta reflexión, la primera impresión producida en mí por mi futura amante fue tan fuerte que aún persistía. Me negué obstinadamente a ver en ella a una mujer como otras mujeres y, con la vanidad tan común en todos los hombres, estaba dispuesto a creer que ella no podía dejar de compartir la atracción que me arrastraba hacia ella.
Sin embargo, tenía ante mí abundantes ejemplos de lo contrario, y a menudo había oído que el afecto de Marguerite era algo que se podía obtener más o menos caro, según la temporada.
Pero, por otro lado, ¿cómo iba a reconciliar esta reputación con su constante rechazo al joven conde que habíamos encontrado en su casa? Podrías decir que él le resultaba poco atractivo y que, como el duque la mantenía espléndidamente, sería más probable que eligiera a un hombre que le resultara atractivo si fuera a tomar otro amante. Si es así, ¿por qué no eligió a Gaston, que era rico, ingenioso y encantador, y por qué se interesó por mí, a quien ella había considerado tan ridículo la primera vez que me vio?
Es cierto que hay eventos de un momento que dicen más que el cortejo de un año. De los que estaban en la cena, yo fui el único que se había preocupado por su salida de la mesa. La había seguido, me había sentido tan afectado como para no poder ocultárselo, había llorado mientras besaba su mano. Esta circunstancia, sumada a mis visitas diarias durante los dos meses de su enfermedad, podría haberle mostrado que yo era algo diferente a los otros hombres que conocía, y quizás se había dicho a sí misma que, por un amor que podía manifestarse así, bien podría hacer lo que había hecho tantas veces que no tenía más consecuencias para ella.
Todas estas suposiciones, como puedes ver, eran bastante improbables; pero cualquiera que hubiera sido la razón de su consentimiento, una cosa era cierta: ella había consentido.
Y, sin embargo, Marguerite me había querido. No tenía nada más que pedirle. No obstante, aunque no era más que una mantenida, yo me había forjado tanto —quizá para poetizarlo un poco— la idea de un amor desesperado, que cuanto más se acercaba el momento en que no tendría nada más que esperar, más dudaba. No cerré los ojos en toda la noche.
Apenas me reconocía a mí mismo. Estaba medio loco. Por momentos me parecía que no era lo bastante apuesto, ni rico, ni elegante para poseer a tal mujer; por otros, me llenaba de vanidad al pensarlo; luego empezaba a temer que Marguerite solo sintiera por mí un capricho de unos pocos días, y me decía que, puesto que pronto tendríamos que separarnos, sería mejor no acudir a su cita, sino escribirle para contarle mis temores y dejarla. De ahí pasaba a una esperanza ilimitada, a una confianza sin límites. Soñaba sueños increíbles sobre el futuro; me decía que ella me debería su recuperación moral y física, que pasaría toda mi vida con ella y que su amor me haría más feliz que todos los amores virginales del mundo.
Pero no puedo repetirte los mil pensamientos que subían de mi corazón a mi cabeza, y que solo se desvanecían con el sueño que me sobrevino al despuntar el día.
Cuando desperté eran las dos. El tiempo era soberbio. No creo que la vida me hubiera parecido nunca tan hermosa y tan llena de posibilidades. Los recuerdos de la noche anterior acudían a mí sin sombra ni obstáculo, escoltados alegremente por las esperanzas de la noche venidera. De vez en cuando, mi corazón saltaba de amor y de alegría en mi pecho. Una dulce fiebre me embargaba. Ya no pensaba en las razones que habían llenado mi mente antes de dormir. Solo veía el resultado, solo pensaba en la hora en que volvería a ver a Marguerite.
Era imposible quedarse dentro de casa. Mi habitación parecía demasiado pequeña para contener mi felicidad. Necesitaba la naturaleza entera para desahogarme.
Salí. Al pasar por la rue d’Antin, vi el cupé de Marguerite esperándola en la puerta. Me dirigí hacia los Campos Elíseos. Amaba a todas las personas que me cruzaba. El amor otorga una especie de bondad.
Después de haber caminado durante una hora desde los caballos de Marly hasta el Rond-Point, vi a lo lejos el carruaje de Marguerite; lo adiviné más que lo reconocí. Mientras doblaba la esquina de los Campos Elíseos se detuvo, y un joven alto dejó a un grupo de personas con las que hablaba y se acercó a ella. Hablaron unos instantes; el joven regresó con sus amigos, los caballos se pusieron en marcha de nuevo y, al acercarme al grupo, reconocí al que había hablado con Marguerite como el conde de G., cuyo retrato había visto y a quien Prudence me había señalado como el hombre a quien Marguerite debía su posición. Era a él a quien ella le había cerrado las puertas la noche anterior; imaginé que había detenido su carruaje para explicarle por qué lo había hecho, y esperaba que, al mismo tiempo, hubiera encontrado algún nuevo pretexto para no recibirlo a la noche siguiente.
Cómo pasé el resto del día no lo sé; caminé, fumé, hablé, pero lo que dije, a quién conocí, lo había olvidado por completo a las diez de la noche.
Todo lo que recuerdo es que, cuando volví a casa, pasé tres horas con mi aseo, y miré mi reloj y el péndulo cien veces, los cuales, por desgracia, marcaban la misma hora.
Cuando dieron las diez y media, me dije que era hora de irme.
Vivía por aquel entonces en la rue de Provence; seguí por la rue du Mont-Blanc, crucé el bulevar, subí por la rue Louis-le-Grand, la rue de Port-Mahon y la rue d’Antin. Miré hacia las ventanas de Marguerite. Había luz. Llamé. Pregunté al portero si Mlle. Gautier estaba en casa. Respondió que nunca llegaba antes de las once o las once y cuarto. Miré mi reloj. Tenía la intención de ir muy despacio, y había llegado en cinco minutos desde la rue de Provence a la rue d’Antin.
Caminé de un lado a otro de la calle; no hay tiendas y a esa hora está completamente desierta. Media hora después llegó Marguerite. Miró a su alrededor al bajar de su cupé, como si buscara a alguien. El carruaje se marchó; las cuadras no estaban en la casa. Justo cuando Marguerite iba a llamar, me acerqué a ella y le dije: —Buenas noches.
—Ah, eres tú —dijo, en un tono que de ninguna manera me tranquilizó respecto a su placer por verme.
—¿No me prometiste que podría venir a verte hoy?
—Cierto. Lo había olvidado.
Esta palabra deshizo todas las reflexiones que había tenido durante el día. Sin embargo, empezaba a acostumbrarme a sus maneras, y no la dejé, como ciertamente habría hecho antaño. Entramos. Nanine ya había abierto la puerta.
—¿Ha venido Prudence? —dijo Marguerite.
—No, madame.
—Dile que se le deje entrar en cuanto llegue. Pero primero apaga la lámpara del salón, y si alguien viene, di que no he regresado y que no regresaré.
Estaba como una mujer preocupada por algo, y quizá molesta por un invitado inoportuno. No sabía qué hacer ni qué decir. Marguerite se dirigió hacia su dormitorio; yo me quedé donde estaba.
—Ven —dijo.
Se quitó el sombrero y la capa de terciopelo y los arrojó sobre la cama, luego se dejó caer en un gran sillón junto a la chimenea, que mantenía encendida hasta el mismo principio del verano, y me dijo mientras jugaba con la cadena de su reloj:
—Bueno, ¿qué noticias tienes para mí?
—Ninguna, salvo que no debería haber venido esta noche.
—¿Por qué?
—Porque pareces contrariada y sin duda te estoy aburriendo.
—No me aburres; solo que no estoy bien; he estado sufriendo todo el día. No pude dormir y tengo un dolor de cabeza espantoso.
—¿Quieres que me vaya y te deje acostar?
—Oh, puedes quedarte. Si quiero acostarme, no me importa que estés aquí.
En ese momento llamaron a la puerta.
—¿Quién viene ahora? —dijo, con un gesto de impaciencia.
Pocos minutos después llamaron de nuevo.
—¿No hay nadie que vaya a la puerta? Tendré que ir yo. —Se levantó y me dijo—: Espera aquí.
Atravesó las habitaciones y la oí abrir la puerta exterior. Escuché.
La persona a la que había dejado pasar no avanzó más allá del comedor. A la primera palabra reconocí la voz del joven conde de N.
—¿Cómo estás esta noche? —dijo.
—No muy bien —respondió Marguerite secamente.
—¿Te estoy molestando?
—Tal vez.
—¡Cómo me recibes! ¿Qué he hecho, mi querida Marguerite?
—Querido amigo, no has hecho nada. Estoy enferma; debo acostarme, así que tendrás la bondad de irte. Es enfermizo no poder regresar por la noche sin que aparezcas cinco minutos después. ¿Qué es lo que quieres? ¿Que sea tu amante? Pues bien, ya te he dicho cien veces que no; simplemente me molestas, y sería mejor que fueras a otra parte. Te lo repito hoy, por última vez, no quiero tener nada que ver contigo; eso está zanjado. Adiós. Ahí viene Nanine; ella puede alumbrarte hasta la puerta. Buenas noches.
Sin añadir una palabra más, ni escuchar lo que el joven balbuceaba, Marguerite regresó a la habitación y cerró la puerta de un golpe. Nanine entró un momento después.
—Ahora entiende —dijo Marguerite—, siempre debes decirle a ese idiota que no estoy, o que no quiero verlo. Estoy harta de ver a personas que siempre quieren lo mismo; que me pagan por ello y luego creen que están en paz conmigo. Si aquellos que van a iniciarse en nuestro odioso oficio supieran lo que es en realidad, preferirían ser criadas. Pero no, la vanidad, el deseo de tener vestidos, carruajes y diamantes nos arrastra; una cree lo que oye, pues aquí, como en todas partes, existe la creencia, y una va consumiendo su corazón, su cuerpo, su belleza, poco a poco; una es temida como una bestia de presa, despreciada como un paria, rodeada de personas que siempre toman más de lo que dan; y un buen día una muere como un perro en una zanja, después de haber arruinado a otros y haberse arruinado a sí misma.
—Vamos, vamos, madame, cálmese —dijo Nanine—, sus nervios están un poco alterados esta noche.
—Este vestido me molesta —continuó Marguerite, desabrochándose el corpiño—; dame una bata. Bueno, ¿y Prudence?
—Aún no ha llegado, pero se la enviaré, madame, en cuanto venga.
—Ahí hay una ahora —siguió Marguerite, mientras se quitaba el vestido y se ponía una bata blanca—, ahí hay una que sabe muy bien cómo encontrarme cuando me necesita, y sin embargo no puede hacerme un favor decentemente. Sabe que estoy esperando una respuesta. Sabe lo ansiosa que estoy, y estoy segura de que anda por ahí a sus propios asuntos, sin dar un pensamiento a mí.
—Quizás tuvo que esperar.
—Tomemos un poco de ponche.
—No le hará bien, madame —dijo Nanine.
—Tanto mejor. Trae algo de fruta también, y un paté o un ala de pollo; algo, enseguida. Tengo hambre.
¿Hace falta que te diga la impresión que me causó esta escena, o acaso no puedes imaginarla?
—Vas a cenar conmigo —me dijo—; mientras tanto, toma un libro. Voy a mi vestidor un momento.
Encendió las velas de un candelabro, abrió una puerta a los pies de la cama y desapareció.
Empecé a reflexionar sobre la vida de esta pobre muchacha, y mi amor por ella se mezclaba con una gran lástima. Caminaba de un lado a otro de la habitación, pensando en las cosas, cuando entró Prudence.
—¡Ah, tú aquí! —dijo—. ¿Dónde está Marguerite?
—En su vestidor.
—Esperaré. Por cierto, ¿sabes que te encuentra encantador?
—No.
—¿No te lo ha dicho?
—En absoluto.
—¿Cómo es que estás aquí?
—He venido a hacerle una visita.
—¿A medianoche?
—¿Por qué no?
—¡Burlón!
—De hecho, me ha recibido muy mal.
—Te recibirá mejor después.
—¿Lo crees?
—Tengo buenas noticias para ella.
—No hay daño en eso. Así que, ¿te ha hablado de mí?
—Anoche, o mejor dicho esta madrugada, cuando tú y tu amigo os fuisteis. Por cierto, ¿cómo se llama tu amigo? Gaston R., ¿verdad?
—Sí —dije, no sin sonreír al pensar en lo que Gaston me había confiado, y al ver que Prudence apenas sabía siquiera su nombre.
—Es muy simpático ese tipo; ¿qué hace?
—Tiene veinticinco mil francos al año.
—¡Ah, de veras! Bueno, volviendo a ti. Marguerite me preguntó todo sobre ti: quién eras, qué hacías, qué amantes habías tenido; en resumen, todo lo que se puede preguntar sobre un hombre de tu edad. Le conté todo lo que sabía y añadí que eras un joven encantador. Eso es todo.
—Gracias. Ahora dime qué era lo que quería decirte anoche.
—Nada en absoluto. Fue solo para deshacerse del conde; pero realmente tengo algo que tratar con ella hoy, y le traigo una respuesta ahora.
En ese momento reapareció Marguerite de su vestidor, luciendo un coqueto gorrito de dormir con racimos de cintas amarillas, conocidos técnicamente como “repollos”. Estaba arrebatadora. Llevaba zapatillas de raso en sus pies descalzos y estaba en medio de pulirse las uñas.
—Bueno —dijo, al ver a Prudence—, ¿has visto al duque?
—Sí, de veras.
—¿Y qué te ha dicho?
—Me ha dado...
—¿Cuánto?
—Seis mil.
—¿Los tienes?
—Sí.
—¿Parecía molesto?
—No.
—¡Pobre hombre!
Este "¡Pobre hombre!" fue dicho en un tono imposible de traducir. Marguerite tomó los seis billetes de mil francos.
—Ya era hora —dijo—. Mi querida Prudence, ¿necesitas algo de dinero?
—Sabes, hija mía, que estamos a día 15 dentro de un par de días, así que si pudieras prestarme trescientos o cuatrocientos francos, me harías un verdadero favor.
—Envía a alguien mañana; ya es demasiado tarde para conseguir cambio ahora.
—No lo olvides.
—No temas. ¿Cenarás con nosotros?
—No, Charles me está esperando.
—¿Sigues devota de él?
—¡Loca, querida! Te veré mañana. Adiós, Armand.
Mme. Duvernoy salió.
Marguerite abrió el cajón de una mesa auxiliar y arrojó los billetes en él.
—¿Me permites que me acueste? —dijo con una sonrisa, mientras se movía hacia la cama.
—No solo te lo permito, sino que te lo ruego.
Ella desdobló la manta y se metió en la cama.
—Ahora —dijo—, ven a sentarte a mi lado y hablemos.
Prudence tenía razón: la respuesta que le había traído a Marguerite la había puesto de buen humor.
—¿Me perdonarás por mi mal genio de esta noche? —dijo, tomándome de la mano.
—Estoy dispuesto a perdonarte tantas veces como quieras.
—¿Y me amas?
—Locamente.
—¿A pesar de mi mal carácter?
—A pesar de todo.
—¿Lo juras?
—Sí —dije en un susurro.
Nanine entró, cargando platos, pollo frío, una botella de clarete y algunas fresas.
—No he preparado ponche —dijo Nanine—; el clarete es mejor para usted. ¿No es así, señor?
—Ciertamente —respondí, aún bajo la emoción de las últimas palabras de Marguerite, con los ojos fijos ardientemente en ella.
—Bien —dijo ella—; ponlo todo en la mesita y acércala a la cama; nos serviremos nosotros mismos. Esta es la tercera noche que pasas en vela, y debes tener sueño. Vete a acostar. No quiero nada más.
—¿Cierro la puerta con llave?
—¡Ya lo creo! Y sobre todo, diles que no admitan a nadie antes de mediodía.
Capítulo XII
A las cinco de la mañana, cuando la luz empezaba a aparecer a través de las cortinas, Marguerite me dijo: —Perdóname si te mando marchar; pero debo hacerlo. El duque viene todas las mañanas; le dirán, cuando llegue, que estoy dormida, y quizá espere hasta que despierte.
Tomé la cabeza de Marguerite entre mis manos; su cabello suelto caía a su alrededor; le di un último beso diciendo: —¿Cuándo volveré a verte?
—Escucha —dijo—; toma la pequeña llave dorada de la repisa de la chimenea, abre esa puerta; tráeme la llave de vuelta y vete. A lo largo del día recibirás una carta, y mis órdenes, pues ya sabes que debes obedecer ciegamente.
—Sí; pero ¿y si ya te pidiera algo?
—¿Qué?
—Déjame esa llave.
—Lo que pides es algo que nunca he hecho por nadie.
—Bueno, hazlo por mí, pues te juro que no te amo como los otros te han amado.
—Bueno, quédatela; pero al final solo depende de mí hacértela inútil.
—¿Cómo?
—Hay cerrojos en la puerta.
—¡Maldita!
—Haré que los quiten.
—¿Me amas, entonces, un poco?
—No sé cómo es, ¡pero me parece que sí! Ahora, vete; no puedo mantener los ojos abiertos.
La tuve en mis brazos durante unos segundos y luego me fui.
Las calles estaban vacías, la gran ciudad aún dormía, una dulce frescura circulaba por las calles que unas horas más tarde estarían llenas del ruido de los hombres. Me parecía que esta ciudad dormida me pertenecía; buscaba en mi memoria los nombres de aquellos cuya felicidad había envidiado alguna vez; y no pude recordar a uno solo sin encontrarme a mí mismo más feliz.
Ser amado por una joven pura, ser el primero en revelarle el extraño misterio del amor, es ciertamente una gran felicidad, pero es la cosa más sencilla del mundo. Tomar cautivo un corazón que no ha tenido experiencia de ataque es entrar en una ciudad sin fortificar y sin guarnición. La educación, el sentimiento familiar, el sentido del deber, la familia, son centinelas fuertes, pero no hay centinelas tan vigilantes que no puedan ser engañados por una muchacha de dieciséis años a quien la naturaleza, por la voz del hombre que ama, da los primeros consejos de amor, tanto más ardientes cuanto que parecen tan puros.
Cuanto más cree una muchacha en la bondad, más fácilmente cederá, si no a su amante, al menos al amor, pues al no tener desconfianza no tiene fuerza, y ganar su amor es un triunfo que puede obtener cualquier joven de veinticinco años. ¡Ved cómo las jóvenes son vigiladas y guardadas! Los muros de los conventos no son lo bastante altos, las madres no tienen cerraduras lo bastante fuertes, la religión no tiene deberes lo bastante constantes para encerrar a estos encantadores pájaros en sus jaulas, jaulas que ni siquiera están esparcidas con flores. Entonces, ¿con cuánta certeza deben desear el mundo que les está oculto, con cuánta certeza deben encontrarlo tentador, con cuánta certeza deben escuchar la primera voz que viene a contar sus secretos a través de sus barrotes, y bendecir la mano que es la primera en levantar un rincón del misterioso velo!
Pero ser amado de verdad por una cortesana: esa es una victoria de dificultad infinitamente mayor. En ellas, el cuerpo ha desgastado el alma, los sentidos han quemado el corazón, la disipación ha embotado los sentimientos. Conocen desde hace mucho las palabras que les decimos, los medios que usamos; han vendido el amor que inspiran. Aman por profesión, y no por instinto. Están mejor guardadas por sus cálculos que una virgen por su madre y su convento; y han inventado la palabra capricho para ese amor no mercantil que se permiten de vez en cuando, para descansar, como excusa, como consuelo, como los usureros que engañan a mil y creen haber comprado su propia redención prestando una vez un soberano a un pobre diablo que se muere de hambre sin pedir intereses ni recibo.
Entonces, cuando Dios permite el amor a una cortesana, ese amor, que al principio parece como un perdón, se convierte para ella casi sin penitencia. Cuando una criatura que tiene todo su pasado que reprocharse se ve tomada de repente por un amor profundo, sincero, irresistible, del que nunca se había creído capaz; cuando ha confesado su amor, ¡cómo la domina absolutamente el hombre al que ama! Qué fuerte se siente él con su derecho cruel a decir: No haces más por amor de lo que has hecho por dinero. Ellas no saben qué prueba dar. Un niño, dice la fábula, habiendo jugado a menudo a gritar “¡Socorro! ¡Un lobo!” para molestar a los labradores en el campo, fue un día devorado por un Lobo, porque aquellos a quienes había engañado tantas veces ya no creían en sus gritos de socorro. Lo mismo sucede con estas mujeres desgraciadas cuando aman seriamente. Han mentido tantas veces que nadie les creerá, y en medio de su remordimiento son devoradas por su amor.
De ahí esas grandes devociones, esos retiros austeros del mundo, de los que algunas de ellas han dado ejemplo.
Pero cuando el hombre que inspira este amor redentor es lo bastante grande de alma como para recibirlo sin recordar el pasado, cuando se entrega a él, cuando, en fin, ama como es amado, este hombre apura de un trago todas las emociones terrenales, y después de tal amor su corazón quedará cerrado a cualquier otro.
No hice estas reflexiones la mañana en que regresé a casa. No habrían podido ser más que el presentimiento de lo que me sucedería y, a pesar de mi amor por Marguerite, no preví tales consecuencias. Hago estas reflexiones hoy. Ahora que todo ha terminado irrevocablemente, surgen de forma natural de lo que ha ocurrido.
Pero volvamos al primer día de mi relación. Cuando llegué a casa, estaba en un estado de alegría loca. Al pensar en cómo habían desaparecido las barreras que mi imaginación había interpuesto entre Marguerite y yo, en cómo ahora ella era mía; en el lugar que ocupaba en sus pensamientos, en la llave de su habitación que tenía en mi bolsillo y en mi derecho a usarla, me sentí satisfecho con la vida, orgulloso de mí mismo, y amé a Dios porque había permitido que tales cosas sucedieran.
Un día, un joven pasa por la calle, roza a una mujer, la mira, se gira y sigue su camino. Él no conoce a la mujer, y ella tiene placeres, penas y amores de los que él no forma parte. Él no existe para ella y, tal vez, si le hablara, ella solo se reiría de él, como Marguerite se había reído de mí. Pasan semanas, meses, años, y de repente, cuando ambos han seguido su destino por un camino diferente, la lógica del azar los pone frente a frente. La mujer se convierte en la amante del hombre y lo ama. ¿Cómo? ¿Por qué? Sus dos existencias son de ahí en adelante una sola; apenas han comenzado a conocerse cuando parece como si se hubieran conocido siempre, y todo lo que ha pasado antes se borra de la memoria de los dos amantes. Es curioso, hay que admitirlo.
En cuanto a mí, ya no recordaba cómo había vivido antes de aquella noche. Todo mi ser estaba exaltado por la alegría al recordar las palabras que habíamos intercambiado durante esa primera noche. O Marguerite era muy hábil engañando, o había concebido por mí una de esas pasiones repentinas que se revelan en el primer beso y que mueren, con bastante frecuencia, tan pronto como nacen.
Cuanto más reflexionaba, más me decía a mí mismo que Marguerite no tenía motivos para fingir un amor que no sentía, y me decía también que las mujeres tienen dos formas de amar, una de las cuales puede surgir de la otra: aman con el corazón o con los sentidos. A menudo, una mujer toma a un amante por obediencia al simple deseo de los sentidos y aprende, sin esperarlo, el misterio del amor inmaterial, y vive de ahí en adelante solo a través de su corazón; a menudo, una joven que solo ha buscado en el matrimonio la unión de dos afectos puros recibe la revelación repentina del amor físico, esa conclusión enérgica de las impresiones más puras del alma.
En medio de estos pensamientos me quedé dormido; me despertó una carta de Marguerite que contenía estas palabras:
«Aquí tienes mis órdenes: esta noche en el Vaudeville.
«Ven durante el tercer entreacto».
Guardé la carta en un cajón para tenerla siempre a mano en caso de que dudara de su realidad, como me ocurría de vez en cuando.
Ella no me dijo que fuera a verla durante el día, y yo no me atreví a ir; pero tenía tantas ganas de verla antes de la noche que fui a los Campos Elíseos, donde la vi pasar y repasar de nuevo, como el día anterior.
A las siete estaba en el Vaudeville. Nunca había ido al teatro tan temprano. Los palcos se llenaron uno tras otro. Solo quedaba uno vacío, el palco de proscenio. Al principio del tercer acto, escuché abrirse la puerta del palco, en el que mis ojos se habían fijado casi constantemente, y apareció Marguerite. Fue directamente al frente, miró hacia la platea, me vio y me agradeció con una mirada.
Aquella noche estaba maravillosamente hermosa. ¿Era yo la causa de esa coquetería? ¿Me amaba lo suficiente como para creer que cuanto más hermosa pareciera, más feliz sería yo? No lo sabía, pero si esa había sido su intención, sin duda tuvo éxito, pues cuando apareció, todas las cabezas se volvieron y el actor que estaba entonces en el escenario miró para ver quién había producido tal efecto en el público con su mera presencia.
¡Y yo tenía la llave de la habitación de esta mujer, y en tres o cuatro horas ella sería de nuevo mía!
La gente culpa a quienes se dejan arruinar por actrices y cortesanas; lo que me asombra es que no se cometan locuras veinte veces mayores por ellas. Uno debe haber vivido esa vida, como yo, para saber cuánto ayudan las pequeñas vanidades que brindan a sus amantes cada día a arraigar más profundamente en el corazón, ya que no tenemos otra palabra para ello, el amor que él siente por ellas.
Prudence ocupó luego su lugar en el palco, y un hombre, a quien reconocí como el conde de G., se sentó al fondo. Al verlo, un escalofrío me recorrió el corazón.
Sin duda, Marguerite percibió la impresión que me causó la presencia de este hombre, pues volvió a sonreírme y, dándole la espalda al conde, pareció estar muy atenta a la obra. En el tercer entreacto, ella se giró y dijo dos palabras: el conde abandonó el palco y Marguerite me hizo señas para que fuera con ella.
—Buenas noches —dijo al entrar, tendiéndome la mano.
—Buenas noches —respondí tanto a Marguerite como a Prudence.
—Siéntate.
—Pero estoy ocupando el lugar de alguien. ¿No va a volver el conde de G.?
—Sí; lo envié a buscar unos dulces para que pudiéramos hablar solos un momento. La señora Duvernoy está al tanto del secreto.
—Sí, hijos míos —dijo ella—; no temáis. No diré nada.
—¿Qué te pasa esta noche? —dijo Marguerite, levantándose y acercándose al fondo del palco para besarme en la frente.
—No me encuentro muy bien.
—Deberías acostarte —respondió ella, con ese aire irónico que tan bien le sentaba a su rostro delicado y lleno de ingenio.
—¿Dónde?
—En tu casa.
—Sabes que no podría dormir allí.
—Bueno, entonces no puedes venir aquí a enfurruñarte porque has visto a un hombre en mi palco.
—No es por esa razón.
—Sí, lo es. Lo sé; y te equivocas, así que no hablemos más de ello. Volverás con Prudence después del teatro y te quedarás allí hasta que yo te llame. ¿Entendido?
—Sí.
¿Cómo podría desobedecer?
—¿Todavía me amas?
—¿Puedes preguntarlo?
—¿Has pensado en mí?
—Todo el día.
—¿Sabes que realmente temo que voy a encariñarme demasiado contigo? Pregúntale a Prudence.
—¡Ah! —dijo ella—, ¡es increíble!
—Ahora, debes volver a tu asiento. El conde va a regresar y no ganaríamos nada con que te encontrara aquí.
—Porque no te gusta verlo.
—No; solo que si me hubieras dicho que querías venir al Vaudeville esta noche, podría haber conseguido este palco para ti igual que él.
—Desafortunadamente, él lo consiguió para mí sin que yo se lo pidiera, y me pidió que fuera con él; sabes muy bien que no podía negarme. Lo único que pude hacer fue escribirte y decirte adónde iba, para que pudieras verme, y porque yo misma quería verte; pero ya que así es como me agradeces, aprovecharé la lección.
—Me equivoqué; perdóname.
—Muy bien; y ahora vuelve tranquilamente a tu lugar y, sobre todo, nada de celos.
Me besó de nuevo y salí del palco. En el pasillo me crucé con el conde que regresaba. Volví a mi asiento.
Después de todo, la presencia del señor de G. en el palco de Marguerite era lo más natural del mundo. Él había sido su amante, le enviaba un palco, la acompañaba al teatro; todo era completamente natural, y si yo iba a tener una amante como Marguerite, tendría que acostumbrarme a sus costumbres.
No obstante, estuve muy triste todo el resto de la velada y me marché con gran pena después de ver a Prudence, al conde y a Marguerite subir al carruaje que los esperaba en la puerta.
Sin embargo, un cuarto de hora después estaba en casa de Prudence. Ella acababa de llegar.
Capítulo XIII
—Has venido casi tan rápido como nosotros —dijo Prudence.
—Sí —respondí mecánicamente—. ¿Dónde está Marguerite?
—En casa.
—¿Sola?
—Con el señor de G.
Caminé de un lado a otro de la habitación.
—Bueno, ¿qué te pasa?
—¿Crees que me divierte esperar aquí hasta que el señor de G. abandone a Marguerite?
—¡Qué irrazonable eres! ¿No ves que Marguerite no puede echar al conde de su casa? El señor de G. lleva mucho tiempo con ella; siempre le ha dado mucho dinero; todavía lo hace. Marguerite gasta más de cien mil francos al año; tiene un montón de deudas. El duque le da todo lo que ella le pide, pero no siempre se atreve a pedirle todo lo que necesita. No le convendría en absoluto pelearse con el conde, que le reporta al menos diez mil francos al año. Marguerite te quiere mucho, querido amigo, pero tu relación con ella, en su interés y en el tuyo, no debería ser seria. Tú, con tus siete u ocho mil francos al año, ¿qué podrías hacer para proporcionar todos los lujos que una chica como esa necesita? No sería suficiente ni para mantener su carruaje. Toma a Marguerite por lo que es, una chica buena, alegre y bonita; sé su amante por un mes, dos meses; dale flores, dulces, palcos en el teatro; pero no te metas otras ideas en la cabeza y no montes escenas de celos absurdas. Sabes con quién te tratas; Marguerite no es una santa. Le gustas, tú la quieres mucho; deja el resto. Me asombras cuando te veo tan susceptible; tienes a la amante más encantadora de París. Te recibe con el mejor estilo, está cubierta de diamantes, no tiene por qué costarte ni un céntimo, a menos que tú quieras, y no estás satisfecho. ¡Querido amigo, pides demasiado!
—Tienes razón, pero no puedo evitarlo; la idea de que ese hombre sea su amante me duele horriblemente.
—En primer lugar —respondió Prudence—, ¿sigue siendo su amante? Es un hombre que le es útil, nada más. Le ha cerrado sus puertas durante dos días; él vino esta mañana; ella no pudo más que aceptar el palco y dejar que la acompañara. La llevó a casa; ha entrado un momento, no se queda, porque tú estás esperando aquí. Todo eso, me parece, es muy natural. Además, no te importa el duque.
—Sí; pero él es un hombre viejo, y estoy seguro de que Marguerite no es su amante. Además, está muy bien aceptar una relación, pero no dos. Tal facilidad en el asunto se parece mucho al cálculo y coloca al hombre que consiente en ello, incluso por amor, en la categoría de aquellos que, en un escalafón inferior de la sociedad, hacen un oficio de su connivencia y un beneficio de su oficio.
—¡Ah, querido amigo, qué anticuado eres! ¡A cuántos de los hombres más ricos y elegantes de las mejores familias he visto dispuestos a hacer lo que te aconsejo, y sin esfuerzo, sin vergüenza, sin remordimiento! Vaya, se ve todos los días. ¿Cómo crees que las cortesanas de París podrían vivir con el estilo que lo hacen, si no tuvieran tres o cuatro amantes a la vez? Ninguna fortuna, por grande que sea, podría sufragar los gastos de una mujer como Marguerite. Una fortuna de quinientos mil francos al año es, en Francia, una fortuna enorme; pues bien, querido amigo, quinientos mil francos al año seguirían siendo poco, y por esta razón: un hombre con tales ingresos tiene una gran casa, caballos, criados, carruajes; caza, tiene amigos, a menudo está casado, tiene hijos, compite, juega, viaja y qué sé yo. Todos estos hábitos son tan parte de su posición que no puede prescindir de ellos sin parecer que ha perdido todo su dinero y sin causar escándalo. En conjunto, con quinientos mil francos al año no puede darle a una mujer más de cuarenta o cincuenta mil francos al año, y eso ya es mucho. Bueno, otros amantes compensan el resto de sus gastos. Con Marguerite es aún más conveniente; ha dado por milagro con un hombre viejo que vale diez millones, cuya esposa e hija han muerto; que solo tiene unos sobrinos, ellos mismos ricos, y que le da todo lo que quiere sin pedir nada a cambio. Pero ella no puede pedirle más de setenta mil francos al año; y estoy segura de que si pidiera más, a pesar de su salud y el afecto que siente por ella, no se los daría.
—Todos los jóvenes de veinte o treinta mil francos al año en París, es decir, hombres que solo tienen lo justo para vivir en la sociedad en la que se mueven, saben perfectamente, cuando son amantes de una mujer como Marguerite, que ella no podría ni pagar las habitaciones donde vive ni los criados que le sirven con lo que ellos le dan. No le dicen que lo saben; fingen no ver nada, y cuando se han cansado, siguen su camino. Si tienen la vanidad de querer pagar todo lo que obtienen, se arruinan, como los tontos que son, y se van a morir a África, después de dejar cien mil francos de deuda en París. ¿Crees que una mujer les está agradecida por ello? Ni mucho menos. Declara que ha sacrificado su posición por ellos y que, mientras estuvo con ellos, perdió dinero. ¿Estos detalles te parecen chocantes? Pues bien, son ciertos. Eres un buen chico; me agradas mucho. He vivido con estas mujeres durante veinte años; sé lo que valen y no quiero verte tomarte demasiado en serio el capricho que una chica bonita tiene por ti.
—Entonces, además de eso —continuó Prudence—, admite que si Marguerite te ama lo suficiente como para dejar al conde o al duque, en caso de que uno de ellos descubriera vuestra relación y le dijera que eligiera entre él y tú, el sacrificio que haría por ti sería enorme, no puedes negarlo. ¿Qué sacrificio igual podrías hacer tú por ella, por tu parte, y cuando te hubieras cansado de ella, qué podrías hacer para compensar lo que le habías quitado? Nada. La habrías apartado del mundo en el que se encontraban su fortuna y su futuro; ella te habría dado sus mejores años y sería olvidada. O bien serías un hombre común y, echándole su pasado en cara, la dejarías, diciéndole que solo hacías como sus otros amantes, y la abandonarías a una miseria segura; o serías un hombre honrado y, sintiéndote obligado a mantenerla a tu lado, te atraerías problemas inevitables, pues una relación que es excusable en un joven ya no lo es en un hombre de mediana edad. Se convierte en un obstáculo para todo; no permite ni familia ni ambición, los segundos y últimos amores del hombre. Créeme, pues, amigo mío, toma las cosas por lo que valen y no le des a una cortesana el derecho de llamarse tu acreedora, sin importar en qué.
Estaba bien argumentado, con una lógica de la que no habría creído capaz a Prudence. No tenía nada que responder, excepto que ella tenía razón; le tomé la mano y le agradecí sus consejos.
—Vamos, vamos —dijo ella—, ahuyenta estas teorías tontas y ríete de ellas. La vida es agradable, querido amigo; todo depende del color del cristal con que se mire. Pregúntale a tu amigo Gaston; ese es un hombre que me parece que entiende el amor como yo lo entiendo. En lo único que debes pensar, a menos que seas un completo tonto, es que aquí al lado hay una chica hermosa que está esperando impacientemente a que el hombre que está con ella se vaya, pensando en ti, reservándote toda la noche, y que te ama, estoy segura. Ahora, ven a la ventana conmigo y esperemos a que el conde se vaya; no tardará mucho en dejar el camino libre.
Prudence abrió la ventana y nos inclinamos uno al lado del otro sobre el balcón. Ella observaba a los pocos transeúntes, yo reflexionaba. Todo lo que ella había dicho zumbaba en mi cabeza y no podía evitar sentir que tenía razón; pero el amor genuino que sentía por Marguerite tenía dificultades para acomodarse a tal creencia. Suspiraba de vez en cuando, ante lo cual Prudence se volvía y se encogía de hombros como un médico que ha renunciado a su paciente.
«Cómo se da uno cuenta de la brevedad de la vida —me dije a mí mismo— por la rapidez de las sensaciones. Solo conozco a Marguerite desde hace dos días, solo ha sido mi amante desde ayer, y ya ha absorbido tan completamente mis pensamientos, mi corazón y mi vida que la visita del conde de G. es una desgracia para mí».
Al final, el conde salió, subió a su carruaje y desapareció. Prudence cerró la ventana. En el mismo instante, Marguerite nos llamó:
—Venid enseguida —dijo—; están poniendo la mesa y cenaremos.
Cuando entré, Marguerite corrió hacia mí, me rodeó el cuello con sus brazos y me besó con todas sus fuerzas.
—¿Seguimos enfadados? —me dijo.
—No, todo ha terminado —respondió Prudence—. Le he dado una charla y ha prometido ser razonable.
—Muy bien.
A pesar de mí mismo, eché un vistazo a la cama; no estaba deshecha. En cuanto a Marguerite, ya estaba con su bata blanca. Nos sentamos a la mesa.
Encanto, dulzura, espontaneidad, Marguerite lo tenía todo, y me veía obligado de vez en cuando a admitir que no tenía derecho a pedirle nada más; que mucha gente estaría muy feliz de estar en mi lugar; y que, como el pastor de Virgilio, solo tenía que disfrutar de los placeres que un dios, o más bien una diosa, ponía ante mí.
Intenté poner en práctica las teorías de Prudence y ser tan alegre como mis dos compañeras; pero lo que era natural en ellas era por mi parte un esfuerzo, y la risa nerviosa, cuya fuente no detectaban, estaba más cerca de las lágrimas que de la alegría.
Al final, la cena terminó y me quedé solo con Marguerite. Se sentó como de costumbre en la alfombra de la chimenea frente al fuego y contempló tristemente las llamas. ¿En qué estaba pensando? No lo sé. En cuanto a mí, la miraba con una mezcla de amor y terror, al pensar en todo lo que estaba dispuesto a sufrir por ella.
—¿Sabes en qué estoy pensando?
—No.
—En un plan que me ha venido a la cabeza.
—¿Y cuál es ese plan?
—Todavía no puedo decírtelo, pero puedo decirte cuál sería el resultado. El resultado sería que en un mes sería libre, no tendría más deudas y podríamos ir a pasar el verano al campo.
—¿Y no puedes decirme por qué medios?
—No, solo ámame como yo te amo y todo saldrá bien.
—¿Y has hecho este plan tú sola?
—Sí.
—¿Y lo llevarás a cabo tú sola?
—Yo sola tendré la molestia de ello —dijo Marguerite con una sonrisa que jamás olvidaré—, pero ambos compartiremos sus beneficios.
No pude evitar sonrojarme ante la palabra beneficios; pensé en Manon Lescaut malgastando con Des Grieux el dinero del señor de B.
Respondí con voz dura, levantándome de mi asiento:
—Debe permitirme, mi querida Marguerite, compartir solo los beneficios de aquellas empresas que yo mismo haya concebido y llevado a cabo.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tengo la firme sospecha de que el señor de G. va a ser su socio en este bonito plan, del cual no puedo aceptar ni los costes ni los beneficios.
—¡Qué niño eres! Creía que me amabas. Me equivoqué; está bien.
Se levantó, abrió el piano y comenzó a tocar la “Invitación a la valsa”, hasta llegar al famoso pasaje en modo mayor que siempre la detenía. ¿Fue por costumbre, o fue para recordarme el día en que nos conocimos? Todo lo que sé es que la melodía trajo de vuelta aquel recuerdo y, acercándome a ella, tomé su cabeza entre mis manos y la besé. —¿Me perdonas? —dije.
—Ya ves que sí —respondió ella—; pero observa que solo estamos en nuestro segundo día y ya he tenido que perdonarte algo. ¿Es así como cumples tu promesa de obediencia ciega?
—¿Qué puedo hacer, Marguerite? Te amo demasiado y siento celos hasta del más mínimo de tus pensamientos. Lo que me propusiste hace un momento me hizo delirar de felicidad, pero el misterio en su ejecución me duele terriblemente.
—Vamos, razonémoslo —dijo, tomando ambas manos mías y mirándome con una sonrisa encantadora a la que era imposible resistirse—. Me amas, ¿verdad? ¿Y no estarías encantado de pasar dos o tres meses a solas conmigo en el campo? Yo también estaría encantada con esta soledad à deux, y no solo encantada, sino que mi salud lo requiere. No puedo dejar París durante tanto tiempo sin poner mis asuntos en orden, y los asuntos de una mujer como yo siempre están en un gran desorden; pues bien, he encontrado la manera de reconciliarlo todo, mis asuntos de dinero y mi amor por ti; sí, por ti, no te rías; ¡soy lo bastante tonta como para amarte! Y aquí estás tú, tomando aires de señor y diciendo palabras grandilocuentes. Niño, tres veces niño, solo recuerda que te amo y no dejes que nada te perturbe. Ahora, ¿estamos de acuerdo?
—Estoy de acuerdo con todo lo que desees, como bien sabes.
—Entonces, en menos de un mes estaremos en algún pueblo, paseando a la orilla del río y bebiendo leche. ¿Te parece extraño que Marguerite Gautier te hable de ese modo? El hecho es, amigo mío, que cuando esta vida de París, que parece hacerme tan feliz, no me quema, me cansa, y entonces siento repentinas aspiraciones hacia una existencia más tranquila que podría recordarme mi infancia. Una siempre ha tenido una infancia, sea lo que sea en lo que se convierta. No te alarmes; no voy a decirte que soy hija de un coronel retirado y que me crié en Saint-Denis. Soy una pobre chica de campo y hace seis años ni siquiera sabía escribir mi propio nombre. Estás aliviado, ¿verdad? ¿Por qué eres el primero a quien pido compartir la alegría de este deseo mío? Supongo que porque siento que me amas por mí misma y no por ti, mientras que todos los demás solo me han amado para ellos.
He estado muchas veces en el campo, pero nunca como me gustaría ir. Cuento contigo para esta felicidad sencilla; no seas cruel, déjame tenerla. Dite esto a ti mismo: «Ella nunca llegará a vieja, ¡y algún día lamentaría no haber hecho por ella lo primero que me pidió, algo tan fácil de hacer!».
¿Qué podía responder a tales palabras, especialmente con el recuerdo de una primera noche de amor y en la expectativa de una segunda?
Una hora después sostenía a Marguerite en mis brazos y, si me hubiera pedido que cometiera un crimen, la habría obedecido.
A las seis de la mañana la dejé y, antes de partir, le dije: «¡Hasta esta noche!». Ella me besó con más calor que nunca, pero no dijo nada.
Durante el día recibí una nota que contenía estas palabras:
«QUERIDO NIÑO: No me encuentro muy bien y el médico me ha ordenado reposo. Me acostaré temprano esta noche y no podré verte. Pero, para compensarlo, te espero mañana a las doce. Te amo».
Mi primer pensamiento fue: ¡Me está engañando!
Un sudor frío brotó en mi frente, pues ya amaba demasiado a esta mujer como para no sentirme abrumado por la sospecha. Y, sin embargo, debía esperar algo así casi cualquier día con Marguerite, y me había ocurrido a menudo con mis otras amantes sin que yo le diera mayor importancia. ¿Qué significaba el control que esta mujer había tomado sobre mi vida?
Entonces se me ocurrió, ya que tenía la llave, ir a verla como de costumbre. De este modo, pronto sabría la verdad, y si encontraba a un hombre allí, le golpearía en la cara.
Mientras tanto, fui a los Campos Elíseos. Esperé allí cuatro horas. Ella no apareció. Por la noche fui a todos los teatros a los que acostumbraba a ir. No estaba en ninguno.
A las once fui a la Rue d’Antin. No había luz en las ventanas de Marguerite. Aun así, llamé. El portero me preguntó a dónde iba.
—A casa de la señorita Gautier —dije.
—No ha llegado.
—Subiré a esperarla.
—No hay nadie arriba.
Evidentemente podía entrar, ya que tenía la llave, pero, temiendo un escándalo estúpido, me marché. Solo que no volví a casa; no podía abandonar la calle y no apartaba la vista de la casa de Marguerite. Me parecía que todavía quedaba algo por descubrir, o al menos que mis sospechas estaban a punto de confirmarse.
Alrededor de medianoche, un carruaje que conocía bien se detuvo ante el número 9. El conde de G. bajó y entró en la casa, después de despedir al carruaje. Por un momento tuve la esperanza de que le dieran la misma respuesta que a mí y que le vería salir; pero a las cuatro de la mañana todavía le estaba esperando.
He sufrido profundamente durante estas últimas tres semanas, pero eso no es nada, creo, en comparación con lo que sufrí aquella noche.
Capítulo XIV
Cuando llegué a casa, empecé a llorar como un niño. No hay hombre a quien una mujer no le haya sido infiel, al menos una vez, y que no sepa lo que yo sufrí.
Me dije, bajo el peso de esas resoluciones febriles que uno siente siempre como si tuviera la fuerza de llevarlas a cabo, que debía romper con mi amor al instante, y esperé con impaciencia el amanecer para partir de inmediato a reunirme con mi padre y mi hermana, de cuyo amor al menos estaba seguro, y seguro de que ese amor jamás sería traicionado.
Sin embargo, no quería irme sin hacerle saber a Marguerite por qué lo hacía. Solo un hombre al que ya no le importa nada su amante la abandona sin escribirle. Hice y deshice veinte cartas en mi cabeza. Había tenido que ver con una mujer como todas las demás mujeres de esa clase. Había estado poetizando demasiado. Ella me había tratado como a un colegial, había usado para engañarme un truco que era insultantemente simple. Mi amor propio tomó la delantera. Debía dejar a esta mujer sin darle la satisfacción de saber que me había hecho sufrir, y esto es lo que le escribí con mi letra más elegante y con lágrimas de rabia y tristeza en los ojos:
«MI QUERIDA MARGUERITE: Espero que su indisposición de ayer no fuera grave. Vine, a las once de la noche, a preguntar por usted y me dijeron que no había llegado. El señor de G. tuvo más fortuna, pues se presentó poco después, y a las cuatro de la mañana aún no se había marchado.
Perdóneme por las pocas horas tediosas que le he dedicado y tenga la seguridad de que jamás olvidaré los momentos felices que le debo.
Habría pasado hoy a preguntar por usted, pero tengo la intención de regresar a casa de mi padre.
Adiós, mi querida Marguerite. No soy lo bastante rico para amarla como quisiera ni lo bastante pobre para amarla como usted querría. Olvidemos, pues, usted un nombre que le debe de ser bien indiferente, yo una felicidad que se ha vuelto imposible.
Le devuelvo su llave, que nunca he usado y que podría serle útil si a menudo está enferma como ayer».
Como verá, no pude terminar mi carta sin un toque de ironía impertinente, lo cual demostraba lo enamorado que aún estaba.
Leí y releí esta carta diez veces; luego, el pensamiento del dolor que le causaría a Marguerite me calmó un poco. Traté de persuadirme de los sentimientos que profesaba; y cuando mi criado entró en mi habitación a las ocho, se la entregué y le dije que la llevara inmediatamente.
—¿Espero respuesta? —preguntó Joseph (mi criado, como todos los criados, se llamaba Joseph).
—Si preguntan si hay respuesta, dirás que no lo sabes y esperas.
Me reconforté con la esperanza de que ella respondería. ¡Pobres y débiles criaturas que somos! Todo el tiempo que mi criado estuvo fuera, estuve en un estado de agitación extrema. En un momento recordaba cómo Marguerite se había entregado a mí y me preguntaba con qué derecho le escribía una carta impertinente, cuando ella podría replicar que no fue el señor de G. quien me suplantó, sino yo quien suplantó al señor de G.: un modo de razonar que permite a muchas mujeres tener muchos amantes. En otro momento recordaba sus promesas e intentaba convencerme de que mi carta era solo demasiado amable y que no había expresiones lo bastante fuertes para castigar a una mujer que se reía de un amor como el mío. Luego me decía que habría hecho mejor no escribirle, sino ir a verla, y que entonces habría tenido el placer de ver las lágrimas que derramaría. Finalmente, me preguntaba qué me respondería; ya preparado para creer cualquier excusa que me diera.
Joseph regresó.
—¿Y bien? —le dije.
—Señor —dijo él—, madame no se había levantado y aún dormía, pero en cuanto toque el timbre se le llevará la carta, y si hay alguna respuesta, se enviará.
¡Estaba durmiendo!
Veinte veces estuve a punto de enviar a alguien para recuperar la carta, pero cada vez me decía: «Quizá ya la habrá recibido, y parecería que me he arrepentido de enviarla».
A medida que se acercaba la hora en que parecía probable que ella respondiera, me arrepentía más y más de haber escrito. El reloj marcó las diez, las once, las doce. A las doce estaba a punto de acudir a la cita como si nada hubiera pasado. Al final, no veía forma de salir del círculo de fuego que se cerraba sobre mí.
Entonces comencé a creer, con la superstición que tiene la gente cuando está esperando, que si salía un momento, encontraría una respuesta al volver. Salí con el pretexto de ir a almorzar.
En lugar de almorzar en el Café Foy, en la esquina del bulevar, como hacía habitualmente, preferí ir al Palais Royal y pasar así por la Rue d’Antin. Cada vez que veía a una mujer a lo lejos, imaginaba que era Nanine trayéndome una respuesta. Pasé por la Rue d’Antin sin siquiera cruzarme con un mozo de cuerda. Fui a Very’s en el Palais Royal. El camarero me dio algo de comer, o más bien me sirvió lo que quiso, pues no comí nada. A pesar de mí mismo, mis ojos estaban constantemente fijos en el reloj. Regresé a casa, seguro de que encontraría una carta de Marguerite.
El portero no había recibido nada, pero seguía esperando en mi criado. No había visto a nadie desde que salí.
Si Marguerite hubiera tenido intención de responderme, habría respondido mucho antes.
Entonces empecé a arrepentirme de los términos de mi carta; no debería haber dicho absolutamente nada, y eso indudablemente habría despertado sus sospechas, pues, al ver que no acudía a la cita, habría preguntado la razón de mi ausencia, y solo entonces se la habría dado. Así, ella habría tenido que disculparse, y lo que yo quería es que ella se disculpara. Ya me daba cuenta de que habría creído cualquier razón que me hubiera dado, y cualquier cosa era mejor que no volver a verla.
Al fin comencé a creer que vendría ella misma a verme; pero las horas pasaban y ella no venía.
Definitivamente, Marguerite no era como las otras mujeres, pues pocas habrían recibido una carta como la que acababa de escribir sin responder en absoluto.
A las cinco me apresuré a ir a los Campos Elíseos. «Si me encuentro con ella —pensé—, pondré aire indiferente y estará convencida de que ya no pienso en ella».
Al doblar la esquina de la Rue Royale, la vi pasar en su carruaje. El encuentro fue tan repentino que palidecí. No sé si ella vio mi emoción; en cuanto a mí, estaba tan agitado que no vi más que el carruaje.
No fui más lejos en dirección a los Campos Elíseos. Miré la cartelera de los teatros, pues aún tenía una oportunidad de verla. Había un estreno en el Palais Royal. Marguerite seguramente estaría allí. Estaba en el teatro a las siete. Los palcos se llenaron uno tras otro, pero Marguerite no estaba allí. Salí del Palais Royal y fui a todos los teatros donde se la veía más a menudo: al Vaudeville, a los Variétés, a la Opéra-Comique. No estaba en ninguna parte.
O bien mi carta la había turbado demasiado como para que le apeteciera ir al teatro, o temía cruzarse conmigo y por eso quería evitar una explicación. Así me susurraba mi vanidad en los bulevares, cuando me encontré con Gaston, quien me preguntó dónde había estado.
—En el Palais Royal.
—Y yo en la Ópera —dijo—; contaba con verte allí.
—¿Por qué?
—Porque Marguerite estaba allí.
—Ah, ¿estaba allí?
—Sí.
—¿Sola?
—No; con otra mujer.
—¿Nada más?
—El conde de G. fue a su palco un instante; pero ella se marchó con el duque. Esperaba verte a cada momento, pues había una butaca a mi lado que permaneció vacía toda la noche, y estaba seguro de que la habías tomado.
—¿Pero por qué habría de ir donde va Marguerite?
—¡Porque eres su amante, ciertamente!
—¿Quién te ha dicho eso?
—Prudence, a quien encontré ayer. Te doy mis felicitaciones, querido amigo; es una amante encantadora y no todo el mundo tiene la suerte. Quédate con ella; te hará quedar bien.
Estas simples reflexiones de Gaston me mostraron cuán absurdas habían sido mis susceptibilidades. Si solo me hubiera encontrado con él la noche anterior y me hubiera hablado así, ciertamente no habría escrito la carta estúpida que escribí.
Estuve a punto de visitar a Prudence y de enviarla a decirle a Marguerite que quería hablar con ella; pero temí que se vengara de mí diciendo que no podía verme, y regresé a casa, después de pasar por la Rue d’Antin. De nuevo pregunté a mi portero si había una carta para mí. ¡Nada! Está esperando a ver si tomo alguna nueva iniciativa y si me retracto de mi carta de hoy, me dije al acostarme; pero, viendo que no escribo, me escribirá mañana.
Aquella noche, más que nunca, me reproché lo que había hecho. Estaba solo, incapaz de dormir, devorado por la inquietud y los celos, cuando, con solo dejar que las cosas siguieran su curso natural, habría estado con Marguerite, escuchando las deliciosas palabras que solo había oído dos veces y que hacían arder mis oídos en mi soledad.
Lo más espantoso de la situación era que mi juicio estaba en mi contra; de hecho, todo apuntaba a demostrar que Marguerite me amaba. Primero, su propuesta de pasar el verano conmigo en el campo; luego, la certeza de que no había ninguna razón por la que ella debiera ser mi amante, ya que mis ingresos eran insuficientes para sus necesidades e incluso para sus caprichos. No podía, pues, haber habido por su parte nada más que la esperanza de encontrar en mí un afecto sincero, capaz de darle descanso de los amores mercenarios en medio de los cuales vivía; y en el mismo segundo día yo había destruido esa esperanza y pagado con ironía impertinente el amor que había aceptado durante dos noches. Lo que había hecho, por tanto, no era solo ridículo, era indelicado. Ni siquiera había pagado a la mujer, para poder tener algún derecho a reprocharle algo; al retirarme después de dos días, ¿no era acaso como un parásito del amor, temeroso de tener que pagar la cuenta del banquete? ¡Qué! Solo conocía a Marguerite desde hacía treinta y seis horas; solo había sido su amante desde hacía veinticuatro; y en lugar de estar demasiado feliz de que me concediera todo lo que hacía, quería tenerla solo para mí y hacer que rompiera de un golpe todas sus relaciones pasadas, que eran los ingresos de su futuro. ¿Qué tenía que reprocharle? Nada. Ella había escrito para decir que no se encontraba bien, cuando podría haberme dicho crudamente, con la horrorosa franqueza de ciertas mujeres, que tenía que ver a un amante; y, en lugar de creer en su carta, en lugar de ir a cualquier calle de París excepto a la Rue d’Antin, en lugar de pasar la velada con mis amigos y presentarme al día siguiente a la hora convenida, estaba actuando como Otelo, espiándola y pensando en castigarla no volviendo a verla. Pero, por el contrario, ella debería estar encantada con esta separación. Debería encontrarme sumamente estúpido, y su silencio no era ni siquiera el del rencor; era desprecio.
Podría haber hecho a Marguerite un regalo que no dejara dudas sobre mi generosidad y me permitiera sentirme bien quito de ella, como de una mujer mantenida, pero habría sentido que ofendía, con la más mínima apariencia de tráfico, si no el amor que ella sentía por mí, al menos el amor que yo sentía por ella, y como este amor era tan puro que no admitía división, no podía pagar con un regalo, por generoso que fuera, la felicidad que había recibido, por corta que hubiera sido esa felicidad.
Eso es lo que me dije durante toda la noche y lo que estaba a cada momento dispuesto a ir a decirle a Marguerite. Cuando amaneció, seguía sin dormir. Tenía fiebre. No podía pensar en otra cosa que en Marguerite.
Como puede usted imaginarse, había llegado la hora de tomar una decisión definitiva y terminar, ya fuera con la mujer o con mis propios escrúpulos, siempre y cuando ella estuviera todavía dispuesta a verme. Pero bien sabe usted que uno siempre tarda en tomar una decisión definitiva; así pues, incapaz de quedarme en casa y sin atreverme a visitar a Marguerite, hice un primer intento en su dirección, un intento que siempre podría considerar como una simple casualidad si llegaba a buen puerto.
Eran las nueve y me dirigí de inmediato a casa de Prudence, quien me preguntó a qué debía aquella visita tan temprana. No me atreví a decirle francamente qué me llevaba allí. Le respondí que había salido temprano para reservar plaza en la diligencia para C., donde vivía mi padre.
—Tiene usted suerte —dijo ella— de poder escapar de París con este buen tiempo.
Miré a Prudence, preguntándome si se estaría burlando de mí, pero su rostro mostraba total seriedad.
—¿Va usted a despedirse de Marguerite? —prosiguió, con la misma seriedad que antes.
—No.
—Hace usted muy bien.
—¿Usted cree?
—Naturalmente. Puesto que ha roto con ella, ¿por qué habría de volver a verla?
—¿Sabe usted que lo hemos dejado?
—Ella me enseñó su carta.
—¿Qué dijo al respecto?
—Dijo: «Querida Prudence, tu protegido no es educado; tales cartas se piensan, pero no se escriben».
—¿En qué tono lo dijo?
—Riendo —y añadió—: Ha cenado conmigo dos veces y ni siquiera ha llamado.
Ese fue, pues, el efecto que produjeron mi carta y mis celos. Me sentí cruelmente humillado en la vanidad de mi afecto.
—¿Qué hizo anoche?
—Fue a la ópera.
—Lo sé. ¿Y después?
—Cenó en casa.
—¿Sola?
—Con el conde de G., creo.
Así pues, mi ruptura con ella no había cambiado ni uno de sus hábitos. Es por razones como esta que cierta gente le dice a uno: no tenga nada más que ver con esa mujer; no le importa nada usted.
—Bueno, me alegra mucho comprobar que Marguerite no se molesta por mí —dije con una sonrisa forzada.
—Tiene muy buenos motivos para no hacerlo. Usted ha hecho lo que debía hacer. Ha sido más razonable que ella, pues ella estaba realmente enamorada de usted; no hacía más que hablar de usted. No sé de lo que no habría sido capaz.
—¿Por qué no me ha contestado, si estaba enamorada de mí?
—Porque se da cuenta de que se equivocó al dejarse amar por usted. Las mujeres a veces permiten que uno sea infiel a su amor; nunca permiten que uno hiera su amor propio; y uno siempre hiere el amor propio de una mujer cuando, dos días después de haberse convertido en su amante, la abandona, sin importar el motivo. Conozco a Marguerite; moriría antes que contestar.
—¿Qué puedo hacer, entonces?
—Nada. Ella lo olvidará, usted la olvidará, y ninguno tendrá reproche alguno que hacerse contra el otro.
—¿Pero y si le escribo pidiéndole perdón?
—No lo haga, pues ella lo perdonaría.
Habría podido arrojarme al cuello de Prudence.
Un cuarto de hora después estaba de nuevo en mis habitaciones y escribí a Marguerite:
«Alguien, que se arrepiente de una carta que escribió ayer y que abandonará París mañana si usted no lo perdona, desea saber a qué hora podría depositar su arrepentimiento a sus pies.
¿Cuándo puede encontrarlo a solas? Pues, ya sabe, las confesiones deben hacerse sin testigos».
Doblé esta especie de madrigal en prosa y lo envié por medio de Joseph, quien se lo entregó a la propia Marguerite; ella respondió que enviaría la contestación más tarde.
Solo salí para cenar deprisa, y a las once de la noche no había llegado respuesta. Tomé la decisión de no soportarlo más y partir al día siguiente. A consecuencia de esta resolución, y convencido de que no dormiría si me iba a la cama, comencé a empacar mis cosas.
Capítulo XV
Apenas había pasado una hora desde que Joseph y yo empezamos a preparar mi partida cuando sonó un timbre violento en la puerta.
—¿Voy a abrir? —dijo Joseph.
—Ve —dije, preguntándome quién podría ser a tales horas y sin atreverme a creer que fuera Marguerite.
—Señor —dijo Joseph volviendo hacia mí—, son dos señoras.
—Somos nosotras, Armand —exclamó una voz que reconocí como la de Prudence.
Salí de mi habitación. Prudence estaba de pie mirando alrededor; Marguerite, sentada en el sofá, meditaba. Me acerqué a ella, me arrodillé, tomé sus dos manos y, profundamente conmovido, le dije: «Perdón».
Ella me besó en la frente y dijo:
—Esta es la tercera vez que te perdono.
—Me habría ido mañana.
—¿Cómo puede mi visita cambiar tus planes? No he venido para impedirte que dejes París. He venido porque no tuve tiempo de contestarte durante el día y no quería dejarte pensar que estaba enfadada contigo. Prudence no quería que viniera; decía que podría estorbar.
—¿Tú estorbar, Marguerite? Pero, ¿cómo?
—Bueno, podrías haber tenido a una mujer aquí —dijo Prudence—, y difícilmente habría sido divertido para ella ver llegar a otras dos.
Durante esta observación, Marguerite me miró atentamente.
—Querida Prudence —respondí—, no sabes lo que dices.
—¡Qué sitio tan bonito tienes! —prosiguió Prudence—. ¿Podemos ver el dormitorio?
—Sí.
Prudence entró en el dormitorio, no tanto para verlo como para compensar la tontería que acababa de decir y dejarnos solos a Marguerite y a mí.
—¿Por qué has traído a Prudence? —le pregunté.
—Porque estaba en el teatro conmigo y porque, al salir de aquí, quiero tener a alguien que me acompañe a casa.
—¿No podría hacerlo yo?
—Sí, pero, además de no querer molestarte, estaba segura de que si llegabas hasta mi puerta querrías subir, y como no podía permitírtelo, no quería dejar que te fueras reprochándome el haberte dicho «no».
—¿Y por qué no podías dejarme subir?
—Porque estoy vigilada y la menor sospecha podría causarme el mayor daño.
—¿Es esa realmente la única razón?
—Si hubiera cualquier otra, te la diría; pues ya no hemos de tener secretos el uno con el otro.
—Vamos, Marguerite, no voy a andarme con rodeos para decir lo que realmente quiero decir. Sinceramente, ¿me quieres un poco?
—Mucho.
—Entonces, ¿por qué me engañaste?
—Amigo mío, si yo fuera la duquesa Fulana de Tal, si tuviera doscientos mil francos de renta al año, si fuera tu amante y tuviera otro amante, tendrías derecho a preguntármelo; pero soy la señorita Marguerite Gautier, tengo cuarenta mil francos de deudas, no tengo ni un céntimo propio y gasto cien mil francos al año. Tu pregunta se vuelve innecesaria y mi respuesta, inútil.
—Tienes razón —dije, dejando que mi cabeza se hundiera en sus rodillas—; pero te amo con locura.
—Bien, amigo mío, debes amarme un poco menos o entenderme un poco mejor. Tu carta me causó mucho dolor. Si yo hubiera sido libre, ante todo no habría visto al conde anteayer, o, si lo hubiera hecho, habría venido a pedirte perdón como tú me lo pides ahora, y en el futuro no habría tenido otro amante que tú. Imaginé por un momento que podría concederme esa felicidad durante seis meses; tú no quisiste; insististe en conocer los medios. Pues, cielos, ¡los medios eran bastante fáciles de adivinar! Al emplearlos, hacía por ti un sacrificio mayor de lo que imaginas. Podría haberte dicho: «Quiero veinte mil francos»; estabas enamorado de mí y los habrías encontrado, a riesgo de reprochármelo más tarde. Preferí no deberte nada; no comprendiste el escrúpulo, pues tal era. Aquellas de nosotras que somos como yo, cuando tenemos algo de corazón, damos un sentido y un desarrollo a las palabras y a las cosas desconocidos para otras mujeres; repito, pues, que por parte de Marguerite Gautier, el medio que utilizó para pagar sus deudas sin pedirte el dinero necesario para ello fue un escrúpulo del que debías aprovecharte sin decir nada. Si me hubieras conocido solo hoy, estarías demasiado encantado con lo que te prometí y no me interrogarías sobre lo que hice anteayer. A veces estamos obligadas a comprar la satisfacción de nuestras almas a costa de nuestros cuerpos, y sufrimos aún más cuando, después, esa satisfacción nos es negada.
Escuchaba y contemplaba a Marguerite con admiración. Cuando pensaba que esta criatura maravillosa, cuyos pies había deseado besar una vez, estaba dispuesta a dejarme ocupar mi lugar en sus pensamientos, mi parte en su vida, y que yo todavía no estaba contento con lo que ella me daba, me pregunté si el deseo humano tiene límites cuando, satisfecho tan pronto como el mío, busca algo más allá.
—Ciertamente —continuó—, nosotras, pobres criaturas del azar, tenemos deseos fantásticos y amores inconcebibles. Nos entregamos unas veces por una cosa, otras por otra. Hay hombres que se arruinan sin obtener la menor cosa de nosotras; hay otros que nos obtienen por un ramo de flores. Nuestros corazones tienen sus caprichos; es su única distracción y su única excusa. Me entregué a ti antes que a cualquier otro hombre, te lo juro; ¿y sabes por qué? Porque cuando me viste escupir sangre me tomaste la mano; porque lloraste; porque eres el único ser humano que se ha compadecido de mí. Voy a decirte una locura: una vez tuve un perrito que me miraba con una mirada triste cuando tosía; es la única criatura que he amado. Cuando murió, lloré más que cuando murió mi madre. Es cierto que, durante doce años de su vida, solía pegarme. Bueno, te amé al instante, tanto como a mi perro. Si los hombres supieran lo que pueden obtener por una lágrima, serían mejor amados y nosotras seríamos menos ruinosas para ellos.
Tu carta me desengañó; me mostró que carecías de la inteligencia del corazón; te hizo más daño conmigo que cualquier cosa que hubieras podido hacer. Eran celos, ciertamente, pero celos irónicos e impertinentes. Yo ya me sentía triste cuando recibí tu carta. Esperaba verte a las doce, almorzar contigo y borrar, al verte, un pensamiento que me acompañaba incesantemente y que, antes de conocerte, no tenía dificultad en tolerar.
Entonces —continuó Marguerite—, fuiste la única persona ante quien me pareció, desde el principio, que podía pensar y hablar libremente. Todos los que rondan a mujeres como yo tienen interés en calcular sus más mínimas palabras, en pensar en las consecuencias de sus acciones más insignificantes. Naturalmente, no tenemos amigos. Tenemos amantes egoístas que gastan sus fortunas, no en nosotras, como dicen, sino en su propia vanidad. Para esta gente tenemos que estar alegres cuando ellos están alegres, bien cuando quieren cenar, escépticos como ellos mismos. No se nos permite tener corazón, bajo pena de ser abucheadas y de arruinar nuestro crédito.
Ya no nos pertenecemos. Ya no somos seres, sino cosas. Estamos primero en su amor propio, al final en su estima. Tenemos mujeres que se llaman nuestras amigas, pero son amigas como Prudence, mujeres que fueron mantenidas y que aún tienen los gustos costosos que su edad no les permite satisfacer. Entonces se convierten en nuestras amigas, o mejor dicho, en nuestras invitadas a la mesa. Su amistad llega hasta la servidumbre, nunca hasta el desinterés. Jamás te dan un consejo que no sea lucrativo. Poco les importa que tengamos diez amantes extra, siempre que saquen vestidos o un brazalete de ello, y que puedan pasear en nuestro carruaje de vez en cuando o venir a nuestro palco en el teatro. Tienen los ramos de flores de la víspera y nos piden prestados los chales. Jamás nos prestan un servicio, por pequeño que sea, sin asegurarse de que se les pague dos veces su valor. Tú mismo viste, cuando Prudence me trajo los seis mil francos que le pedí que consiguiera del duque, cómo tomó prestados quinientos francos que nunca me devolverá, o que me pagará en sombreros que jamás saldrán de sus cajas.
No podemos, pues, tener, o mejor dicho, yo no puedo tener más que una clase posible de felicidad, y es, tan triste como a veces estoy, sufriendo como siempre estoy, encontrar a un hombre lo suficientemente superior para no hacer preguntas sobre mi vida y ser el amante de mis impresiones antes que de mi cuerpo. Tal hombre encontré en el duque; pero el duque es viejo, y la vejez no protege ni consuela. Pensé que podía aceptar la vida que me ofrecía; pero, ¿qué quieres? Me moría de aburrimiento, y si uno está destinado a consumirse, tanto da arrojarse a las llamas como asfixiarse con carbón.
Entonces te conocí a ti, joven, ardiente, feliz, e intenté hacer de ti el hombre que había anhelado en mi ruidosa soledad. Lo que amaba en ti no era el hombre que era, sino el hombre que iba a ser. No aceptas la posición, la rechazas por indigna de ti; eres un amante ordinario. Haz como los otros; págame y no hablemos más de ello.
Marguerite, agotada por esta larga confesión, se reclinó en el sofá y, para sofocar una leve tos, se llevó el pañuelo a los labios y de ahí a sus ojos.
—Perdón, perdón —murmuré—. Lo entendí todo, pero quería oírlo de tus propios labios, mi amada Marguerite. Olvida el resto y recuerda solo una cosa: que nos pertenecemos, que somos jóvenes y que nos amamos. Marguerite, haz conmigo lo que quieras; soy tu esclavo, tu perro, pero en nombre del cielo rompe la carta que te escribí y no me hagas dejarte mañana; me mataría.
Marguerite sacó la carta de su pecho y, entregándomela con una sonrisa de infinita dulzura, dijo:
—Aquí está. La he traído de vuelta.
Rompí la carta en fragmentos y besé entre lágrimas la mano que me la devolvió.
En ese momento reapareció Prudence.
—Mira, Prudence; ¿sabes lo que quiere? —dijo Marguerite.
—Quiere que lo perdones.
—Precisamente.
—¿Y lo haces?
—Hay que hacerlo; pero quiere algo más.
—¿Qué, entonces?
—Quiere cenar con nosotras.
—¿Y tú consientes?
—¿Qué te parece?
—Me parece que sois dos niños que no tenéis un átomo de sentido común entre los dos; pero también me parece que tengo mucha hambre y que cuanto antes consintáis, antes cenaremos.
—Vamos —dijo Marguerite—, hay sitio para los tres en mi carruaje.
—Por cierto —añadió, volviéndose hacia mí—, Nanine se habrá ido a dormir. Debes abrir la puerta; toma mi llave e intenta no perderla de nuevo.
Abracé a Marguerite hasta casi asfixiarla.
En ese momento entró Joseph.
—Señor —dijo, con aire de hombre muy satisfecho consigo mismo—, el equipaje está hecho.
—¿Todo?
—Sí, señor.
—Bueno, pues deshágalo de nuevo; no me voy.
Capítulo XVI
Podría haberle contado el comienzo de esta relación en unas pocas líneas, pero quería que usted viera cada paso por el que llegamos: yo, a aceptar todo lo que Marguerite deseaba; Marguerite, a ser incapaz de vivir lejos de mí.
Fue el día después de la tarde en que ella vino a verme cuando le envié Manon Lescaut.
Desde entonces, viendo que no podía cambiar la vida de mi amante, cambié la mía. Quería sobre todo no dejarme tiempo para pensar en la posición que había aceptado, pues, a pesar de mí mismo, era una gran aflicción para mí. Así, mi vida, generalmente tan tranquila, asumió de repente una apariencia de ruido y desorden. No crea, sin embargo, por muy desinteresado que sea el amor de una mujer mantenida, que no le costará nada a uno. Nada es tan caro como sus caprichos, flores, palcos en el teatro, cenas, días en el campo, que uno nunca puede negarle a su amante.
Como le he dicho, yo tenía poco dinero. Mi padre era, y sigue siendo, receveur général en C. Tiene allí gran reputación de lealtad, gracias a la cual pudo encontrar la garantía que necesitaba para obtener este puesto.
Vale cuarenta mil francos al año, y durante los diez años que lo ha tenido, ha pagado la garantía y ha ahorrado una dote para mi hermana. Mi padre es el hombre más honorable del mundo. Cuando mi madre murió, dejó seis mil francos al año, que dividió entre mi hermana y yo el mismo día que recibió su nombramiento; luego, cuando cumplí veintiún años, añadió a esta pequeña renta una pensión anual de cinco mil francos, asegurándome que con ocho mil francos al año podría vivir muy felizmente en París si, además de esto, me labraba una posición, ya fuera en derecho o en medicina. Vine a París, estudié derecho, me colegié y, como muchos otros jóvenes, guardé mi diploma en el bolsillo y me dejé llevar, como uno hace tan fácilmente en París.
Mis gastos eran muy moderados; solo que consumía mi renta anual en ocho meses y pasaba los cuatro meses de verano con mi padre, lo que prácticamente me daba doce mil francos al año y, además, la reputación de buen hijo. Por lo demás, ni un céntimo de deuda.
Esta era, pues, mi posición cuando hice la amistad de Marguerite. Puede usted entender bien que, a pesar de mí mismo, mis gastos pronto aumentaron. La naturaleza de Marguerite era muy caprichosa y, como tantas mujeres, nunca consideraba como un gasto serio esas mil y una distracciones que componían su vida. Así, deseando pasar tanto tiempo conmigo como fuera posible, me escribía por la mañana que cenaría conmigo, no en casa, sino en algún restaurante de París o del campo. Yo pasaba a buscarla, cenábamos e íbamos al teatro, a menudo cenando también después; y al final de la velada había gastado cuatro o cinco luises, lo que suponía dos o tres mil francos al mes, lo que reducía mi año a tres meses y medio e hacía necesario para mí endeudarme o dejar a Marguerite. Habría consentido cualquier cosa excepto esto último.
Perdóneme si le doy todos estos detalles, pero verá usted que fueron la causa de lo que siguió. Lo que le cuento es una historia verdadera y sencilla, y le dejo toda la ingenuidad de sus detalles y toda la sencillez de sus desarrollos.
Comprendí entonces que, como nada en el mundo me haría olvidar a mi amante, era necesario que encontrase alguna manera de hacer frente a los gastos a los que ella me arrastraba. Además, mi amor por ella ejercía sobre mí una influencia tan turbadora que cada instante que pasaba lejos de Marguerite era como un año, y sentía la necesidad de consumir esos momentos en el fuego de algún tipo de pasión, y de vivirlos con tal rapidez como para no saber que los estaba viviendo.
Empecé tomando prestados cinco o seis mil francos de mi pequeño capital, y con esto me dediqué al juego. Desde que destruyeron las casas de juego, se juega en todas partes. Antiguamente, cuando uno iba a Frascati, tenía la oportunidad de hacer fortuna; se jugaba contra dinero y, si uno perdía, siempre quedaba el consuelo de decir que se podría haber ganado; mientras que ahora, salvo en los clubes, donde aún existe cierto rigor respecto a los pagos, uno tiene casi la certeza, en el momento en que gana una suma considerable, de no cobrarla. Comprenderá fácilmente por qué. Es probable que el juego solo sea practicado por jóvenes muy necesitados de dinero y que no poseen la fortuna necesaria para mantener la vida que llevan; juegan, pues, y con este resultado; o bien ganan, y entonces aquellos que pierden sirven para pagar sus caballos y sus amantes, lo cual es muy desagradable. Se contraen deudas, los conocidos hechos en torno a una mesa verde terminan en disputas en las que la vida o el honor se ven truncados; y, aunque uno sea un hombre honrado, se encuentra arruinado por hombres muy honrados, cuyo único defecto es no tener doscientos mil francos al año.
No necesito hablarle de aquellos que hacen trampas en el juego, ni de cómo un buen día se tiene noticia de su apresurada desaparición y de su tardía condena.
Me lancé a esta vida rápida, ruidosa y volcánica, que anteriormente me había aterrorizado cuando pensaba en ella, y que se había convertido para mí en el complemento necesario de mi amor por Marguerite. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?
Las noches que no pasaba en la Rue d’Antin, si las hubiera pasado solo en mi habitación, no habría podido dormir. Los celos me habrían mantenido despierto, inflamando mi sangre y mis pensamientos; mientras que el juego daba un nuevo giro a la fiebre que de otro modo habría devorado mi corazón, y la fijaba en una pasión que se apoderaba de mí a pesar de mí mismo, hasta que sonaba la hora en que podía acudir a mi amante. Entonces, y por esto supe de la violencia de mi amor, dejaba la mesa sin un momento de vacilación, ya fuera ganando o perdiendo, compadeciendo a aquellos a quienes dejaba atrás porque no habrían de encontrar, como yo, su verdadera felicidad al abandonarla. Para la mayoría de ellos, el juego era una necesidad; para mí, era un remedio. Libre de Marguerite, habría estado libre del juego.
Así, en medio de todo ello, conservé una cantidad considerable de dominio propio; solo perdía lo que podía pagar y solo ganaba lo que habría sido capaz de perder.
Por lo demás, el azar estaba de mi parte. No contraje deudas y gastaba tres veces más dinero que cuando no jugaba. Era imposible resistirse a una existencia que me proporcionaba un medio sencillo de satisfacer los mil caprichos de Marguerite. En cuanto a ella, continuó amándome tanto, o incluso más que nunca.
Como le dije, empecé teniendo permiso solo desde medianoche hasta las seis de la mañana, luego fui invitado a veces a un palco en el teatro, después ella venía a veces a cenar conmigo. Una mañana no me fui hasta las ocho, y llegó un día en que no me fui hasta las doce.
Pero, antes que la metamorfosis moral, se produjo una metamorfosis física en Marguerite. Yo me había hecho cargo de su curación y la pobre chica, viendo mi objetivo, me obedeció para demostrarme su gratitud. Había logrado, sin esfuerzo ni problemas, aislarla casi por completo de sus antiguos hábitos. Mi médico, a quien le había presentado, me había dicho que solo el reposo y la calma podrían preservar su salud, de modo que, en lugar de cenas y noches sin dormir, logré sustituirlas por un régimen higiénico y un sueño regular. A pesar de sí misma, Marguerite se acostumbró a esta nueva existencia, cuyos efectos saludables ya percibía. Empezó a pasar algunas de sus veladas en casa o, si hacía buen tiempo, se envolvía en un chal, se ponía un velo y salíamos a pie, como dos niños, por los sombríos callejones de los Campos Elíseos. Regresaba cansada, tomaba una cena ligera y se iba a la cama después de un poco de música o lectura, a lo que nunca había estado acostumbrada. La tos, que cada vez que la oía parecía atravesarme el pecho, había desaparecido casi por completo.
Al cabo de seis semanas, el conde fue dejado de lado por completo, y solo el duque me obligaba a ocultar mi relación con Marguerite, e incluso a él se le despedía cuando yo estaba allí, bajo el pretexto de que ella estaba dormida y había dado órdenes de que no la despertaran.
El hábito o la necesidad de verme que Marguerite había contraído ahora tuvo este buen resultado: que me obligaba a dejar la mesa de juego justo en el momento en que un jugador hábil la habría dejado. Poniendo una cosa frente a la otra, me encontré en posesión de unos diez mil francos, que me parecieron un capital inagotable.
Había llegado la época del año en la que solía reunirme con mi padre y mi hermana, y no fui; ambos me escribían a menudo, suplicándome que fuera. A estas cartas respondía como buenamente podía, repitiendo siempre que me encontraba muy bien y que no necesitaba dinero, dos cosas que, pensaba, consolarían a mi padre por mi retraso en hacerle mi visita anual.
Fue entonces, un hermoso día de verano, cuando Marguerite se despertó por la luz del sol que inundaba su habitación y, saltando de la cama, me preguntó si la llevaría al campo durante todo el día.
Mandamos llamar a Prudence y los tres partimos, después de que Marguerite le diera órdenes a Nanine de decirle al duque que había aprovechado el buen tiempo para ir al campo con la señora Duvernoy.
Además de que la presencia de la señora Duvernoy era necesaria a causa del viejo duque, Prudence era una de esas mujeres que parecen hechas a propósito para los días en el campo. Con su inalterable buen humor y su eterno apetito, nunca dejaba un momento de aburrimiento a aquellos con quienes estaba, y era perfectamente feliz encargando huevos, cerezas, leche, conejo guisado y todo el resto del tradicional almuerzo en el campo.
Solo nos quedaba decidir adónde ir. Fue una vez más Prudence quien resolvió la dificultad.
—¿Queréis ir al campo de verdad? —preguntó.
—Sí.
—Pues bien, vayamos a Bougival, al Point du Jour, a casa de la viuda Arnould. Armand, pide un coche descubierto.
Hora y media después estábamos en casa de la viuda Arnould.
Quizá conozca la posada, que es hotel los días laborables y jardín de té los domingos. Hay una vista magnífica desde el jardín, que se encuentra a la altura de un primer piso normal. A la izquierda, el acueducto de Marly cierra el horizonte; a la derecha, se divisa colina tras colina; el río, casi sin corriente en ese punto, se despliega como una gran cinta blanca de agua entre la llanura de los Gabillons y la isla de Croissy, arrullado eternamente por el temblor de sus altos álamos y el murmullo de sus sauces. Más allá, nítidas bajo la luz del sol, se alzan pequeñas casas blancas con techos rojos y fábricas que, a esa distancia, dan un acabado admirable al paisaje. Más allá, ¡París entre la bruma! Como Prudence nos había dicho, era el campo de verdad y, debo añadir, fue un almuerzo de verdad.
No es solo por gratitud hacia la felicidad que le debo, pero Bougival, a pesar de su horrible nombre, es uno de los lugares más bonitos que uno pueda imaginar. He viajado mucho y he visto cosas mucho más grandiosas, pero ninguna más encantadora que este pueblecito sentado alegremente al pie de la colina que lo protege.
La señora Arnould nos preguntó si queríamos tomar una barca, y Marguerite y Prudence aceptaron alegremente.
La gente siempre ha asociado el campo con el amor, y han hecho bien; nada proporciona un marco tan hermoso para la mujer que uno ama como el cielo azul, los olores, las flores, la brisa, la soledad brillante de los campos o los bosques. Por mucho que uno ame a una mujer, por mucha confianza que pueda tener en ella, por mucha certeza que su pasado pueda ofrecernos sobre su futuro, uno siempre está más o menos celoso. Si ha estado enamorado, habrá sentido la necesidad de aislar del mundo al ser en el que querría vivir por completo. Parece como si, por muy indiferente que sea a su entorno, la mujer que uno ama perdiera algo de su perfume y de su unidad al contacto con los hombres y las cosas. En cuanto a mí, experimenté eso más que la mayoría. El mío no era un amor ordinario; estaba tan enamorado como un ser corriente podría estarlo, pero con Marguerite Gautier; es decir, que en París, a cada paso, podía rozarme con el hombre que ya había sido su amante o que estaba a punto de serlo, mientras que en el campo, rodeado de personas a las que nunca habíamos visto y que no tenían nada que ver con nosotros, a solas con la naturaleza en la primavera del año, ese perdón anual, y aislado del ruido de la ciudad, podía ocultar mi amor y amar sin vergüenza ni miedo.
La cortesana desaparecía poco a poco. Tenía a mi lado a una joven y hermosa mujer, a la que amaba, que me amaba y que se llamaba Marguerite; el pasado ya no tenía realidad y el futuro no tenía nubes. El sol brillaba sobre mi amante como podría haber brillado sobre la novia más pura. Paseábamos juntos por aquellos lugares encantadores que parecían haber sido hechos a propósito para recordar los versos de Lamartine o para cantar las melodías de Scudo. Marguerite iba vestida de blanco, se apoyaba en mi brazo, repitiéndome bajo el cielo estrellado las palabras que me había dicho el día anterior, y a lo lejos el mundo seguía su camino, sin oscurecer con su sombra el radiante cuadro de nuestra juventud y nuestro amor.
Ese fue el sueño que el sol ardiente me trajo aquel día a través de las hojas de los árboles, mientras, tumbado sobre la hierba de la isla en la que habíamos desembarcado, dejaba vagar mi pensamiento, libre de los vínculos humanos que lo habían atado, reuniendo cada esperanza que encontraba en su camino.
Añada a esto que desde el lugar donde me encontraba podía ver en la orilla una encantadora casita de dos plantas, con una verja semicircular; a través de la verja, frente a la casa, un césped verde, suave como el terciopelo, y detrás de la casa un pequeño bosque lleno de retiros misteriosos, donde el musgo debía borrar cada mañana el sendero que se había hecho el día anterior. Flores trepadoras se aferraban al umbral de esta casa deshabitada, subiendo hasta la altura del primer piso.
Miré la casa durante tanto tiempo que empecé a pensar en ella como si fuera mía, tan perfectamente encarnaba el sueño que estaba soñando; me veía a Marguerite y a mí allí, de día en el pequeño bosque que cubría la ladera, por la noche sentados en la hierba, y me preguntaba si las criaturas terrenales habían sido alguna vez tan felices como nosotros seríamos.
—¡Qué casa tan bonita! —me dijo Marguerite, siguiendo la dirección de mi mirada y quizá de mi pensamiento.
—¿Dónde? —preguntó Prudence.
—Allí —y Marguerite señaló la casa en cuestión.
—¡Ah, deliciosa! —respondió Prudence—. ¿Te gusta?
—Mucho.
—Pues dile al duque que te la alquile; lo haría, estoy segura. Me encargaré de ello si quieres.
Marguerite me miró, como para preguntarme qué pensaba. Mi sueño se desvaneció ante las últimas palabras de Prudence y me devolvió a la realidad tan brutalmente que todavía estaba aturdido por la caída.
—Sí, sí, una idea excelente —balbuceé, sin saber lo que decía.
—Bueno, yo lo arreglaré —dijo Marguerite, soltando mi mano e interpretando mis palabras según su propio deseo—. Vamos a ver si se alquila.
La casa estaba vacía y se alquilaba por dos mil francos.
—¿Serías feliz aquí? —me dijo.
—¿Estoy seguro de venir aquí?
—¿Y para quién si no habría de enterrarme aquí, si no es por ti?
—Pues bien, entonces, Marguerite, déjame alquilarla yo mismo.
—Estás loco; no solo es innecesario, sino que sería peligroso. Sabes perfectamente que no tengo derecho a aceptarlo más que de un hombre. Déjame en paz, grandullón, y no digas nada.
—Eso significa —dijo Prudence— que cuando tenga dos días libres vendré a pasarlos con vosotros.
Dejamos la casa y emprendimos el regreso a París, hablando del nuevo plan. Sostuve a Marguerite en mis brazos y, al bajar del coche, ya había empezado a ver su arreglo con ojos menos críticos.
Capítulo XVII
Al día siguiente Marguerite me despidió muy temprano, diciendo que el duque vendría a una hora temprana, y prometiendo escribirme en cuanto se fuera y concertar una cita para la noche. En el transcurso del día recibí esta nota:
«Voy a Bougival con el duque; estate en casa de Prudence esta noche a las ocho».
A la hora convenida, Marguerite vino a verme a casa de la señora Duvernoy. —Bueno, todo está arreglado —dijo al entrar—. ¿La casa está alquilada? —preguntó Prudence—. Sí; aceptó enseguida.
No conocía al duque, pero sentía vergüenza de engañarlo.
—Pero eso no es todo —continuó Marguerite.
—¿Qué más hay?
—He estado buscando un lugar para que Armand se aloje.
—¿En la misma casa? —preguntó Prudence, riendo.
—No, en Point du Jour, donde cenamos el duque y yo. Mientras él admiraba la vista, le pregunté a la señora Arnould (se llama señora Arnould, ¿verdad?) si había alguna habitación adecuada, y me mostró justo lo que buscaba: salón, antecámara y dormitorio, por sesenta francos al mes; todo el lugar amueblado de una manera que divertiría a un hipocondríaco. Lo tomé. ¿Hice bien? —Le pasé los brazos por el cuello y la besé.
—Será encantador —continuó—. Tú tienes la llave de la puerta pequeña y yo le he prometido al duque la llave de la puerta principal, que él no tomará, porque vendrá durante el día cuando venga. Creo, entre nosotros, que está encantado con un capricho que me mantendrá fuera de París por un tiempo y así silenciará las objeciones de su familia. Sin embargo, me ha preguntado cómo yo, amando tanto París, podía decidirme a enterrarme en el campo. Le dije que estaba enferma y que necesitaba descansar. Parecía tener dificultades para creerme. El pobre viejo siempre está al acecho. Debemos tomar todas las precauciones, mi querido Armand, pues me hará vigilar mientras esté allí; y no es solo la cuestión de que él alquile una casa para mí, sino que tiene mis deudas que pagar, y por desgracia tengo muchas. ¿Te parece bien todo eso?
—Sí —respondí, intentando calmar los escrúpulos que este modo de vida despertaba en mí de vez en cuando.
—Recorrimos toda la casa y lo tendremos todo perfecto. El duque se va a encargar de hasta el último detalle. Ah, querido —añadió, besándome—, tienes suerte; es un millonario quien te hace la cama.
—¿Y cuándo te mudarás a la casa? —preguntó Prudence.
—Lo antes posible.
—¿Te llevarás tus caballos y tu coche?
—Me llevaré la casa entera y tú puedes ocuparte de mi lugar mientras yo no esté.
Una semana después, Marguerite estaba instalada en su casa de campo y yo estaba instalado en Point du Jour.
Entonces comenzó una existencia que me costará un poco describirle. Al principio, Marguerite no pudo romper por completo con sus antiguos hábitos y, como la casa estaba siempre de fiesta, todas las mujeres que conocía iban a verla. Durante todo un mes, no hubo un día en que Marguerite no tuviera ocho o diez personas a comer. Prudence, por su parte, traía a toda la gente que conocía y hacía los honores de la casa como si la casa le perteneciera.
El dinero del duque pagaba todo eso, como puede imaginar; pero de vez en cuando Prudence venía a pedirme un pagaré de mil francos, supuestamente en nombre de Marguerite. Sabe usted que había ganado algo de dinero en el juego; por lo tanto, entregué inmediatamente a Prudence lo que pedía para Marguerite y, temiendo que necesitara más de lo que yo poseía, tomé prestada en París una suma igual a la que ya había pedido prestada y devuelto. Me encontré entonces una vez más en posesión de unos diez mil francos, sin contar mi asignación. Sin embargo, el placer de Marguerite al ver a sus amigos se vio un poco moderado cuando vio el gasto que ese placer conllevaba, y especialmente la necesidad que a veces tenía de pedirme dinero. El duque, que había alquilado la casa para que Marguerite pudiera descansar allí, ya no la visitaba, temiendo encontrarse en medio de una numerosa y alegre compañía por la que no quería ser visto. Esto sucedió porque una vez llegó para cenar a solas con Marguerite y se encontró con un grupo de quince personas que seguían almorzando a una hora en la que él estaba preparado para sentarse a cenar. Había abierto la puerta del comedor sin sospechar nada y había sido recibido por una carcajada, teniendo que retirarse precipitadamente ante la impertinente alegría de las mujeres allí reunidas.
Marguerite se levantó de la mesa y se unió al duque en la habitación contigua, donde intentó, en la medida de lo posible, inducirle a olvidar el incidente, pero el anciano, herido en su dignidad, le guardó rencor por ello y no pudo perdonárselo. Le dijo, con cierta crueldad, que estaba cansado de pagar las locuras de una mujer que ni siquiera podía hacer que le trataran con respeto bajo su propio techo, y se fue con gran indignación.
Desde aquel día no se volvió a saber de él.
En vano Marguerite despidió a sus invitados, cambió su forma de vida; el duque no volvió a dar señales de vida. Yo salí ganando en la medida en que mi amante ahora me pertenecía más completamente y mi sueño se vio finalmente realizado. Marguerite no podía estar sin mí. Sin importarle cuál pudiera ser el resultado, proclamó públicamente nuestra relación y yo vine a vivir enteramente en su casa. Los criados se dirigían a mí oficialmente como su amo.
Prudence había sermoneado estrictamente a Marguerite con respecto a su nuevo modo de vida; pero ella había respondido que me amaba, que no podía vivir sin mí y que, pasara lo que pasara, no sacrificaría el placer de tenerme constantemente con ella, añadiendo que aquellos que no estuvieran satisfechos con este acuerdo eran libres de no volver. Tanto había escuchado yo un día en que Prudence le había dicho a Marguerite que tenía algo muy importante que contarle, y había escuchado tras la puerta de la habitación en la que se habían encerrado.
Poco después, Prudence volvió de nuevo. Yo estaba en el otro extremo del jardín cuando llegó, y no me vio. No me cupo duda, por el modo en que Marguerite salió a su encuentro, de que iba a tener lugar otra conversación similar, y estaba ansioso por escuchar de qué se trataba. Las dos mujeres se encerraron en un tocador, y me coloqué donde pudiera oír.
—¿Y bien? —dijo Marguerite.
—Bien, he visto al duque.
—¿Qué ha dicho?
—Que te perdonaría de buena gana lo relativo a la escena que tuvo lugar, pero que se ha enterado de que vives públicamente con el señor Armand Duval, y que eso no lo perdonará nunca. «Que Marguerite deje al joven —me ha dicho— y, como en el pasado, le daré todo lo que necesite; si no, que no me pida nada más».
—¿Y tú qué has respondido?
—Que te comunicaría su decisión, y le prometí que te haría entrar en razón. Piensa, querida niña, en la posición que estás perdiendo y que Armand jamás podrá darte. Te ama con toda su alma, pero no tiene fortuna capaz de satisfacer tus necesidades, y se verá obligado a dejarte un día, cuando ya sea demasiado tarde y el duque se niegue a hacer nada más por ti. ¿Quieres que hable con Armand?
Marguerite parecía estar pensando, pues no respondió nada. Mi corazón latía violentamente mientras esperaba su respuesta.
—No —respondió—, no dejaré a Armand, y no ocultaré el hecho de que vivo con él. Es una locura, sin duda, pero le amo. ¿Qué quieres que haga? Y además, ahora que se ha acostumbrado a estar siempre conmigo, sufriría demasiado cruelmente si tuviera que dejarme ni siquiera una hora al día. Por otra parte, no me queda tanto tiempo de vida como para tener que hacerme desgraciada con el fin de complacer a un viejo cuya misma vista me hace sentir vieja. Que se quede con su dinero; me las arreglaré sin él.
—¿Pero qué vas a hacer?
—No tengo la menor idea.
Prudence sin duda iba a hacer alguna réplica, pero entré de repente y me arrojé a los pies de Marguerite, cubriendo sus manos de lágrimas en mi alegría por ser así amado.
—Mi vida es tuya, Marguerite; ya no necesitas a este hombre. ¿No estoy yo aquí? ¿Te dejaré alguna vez, y podré alguna vez devolverte la felicidad que me das? No más barreras, mi Marguerite; nos amamos; ¿qué importa todo lo demás?
—Oh, sí, te amo, mi Armand —murmuró, pasando sus dos brazos alrededor de mi cuello—. Te amo como nunca pensé que llegaría a amar. Seremos felices; viviremos tranquilamente, y diré adiós para siempre a la vida por la que ahora me sonrojo. ¿No me reprocharás nunca el pasado? ¡Dímelo!
Las lágrimas ahogaban mi voz. Solo pude responder estrechando a Marguerite contra mi corazón.
—Bueno —dijo ella, volviéndose hacia Prudence y hablando con voz entrecortada—, puedes comunicar esta escena al duque, y puedes añadir que ya no tenemos necesidad de él.
Desde aquel día el duque no volvió a ser mencionado. Marguerite ya no era la misma mujer que yo había conocido. Evitaba todo lo que pudiera recordarme la vida que llevaba cuando la conocí. Jamás esposa o hermana rodeó a marido o hermano con tantos cuidados amorosos como ella tuvo conmigo. Su naturaleza era mórbidamente abierta a todas las impresiones y accesible a todos los sentimientos. Había roto por igual con sus amistades y con sus costumbres, con sus palabras y con sus extravagancias. Cualquiera que nos hubiera visto salir de la casa para ir por el río en la encantadora barquita que yo había comprado, nunca habría creído que aquella mujer vestida de blanco, con sombrero de paja y llevando en el brazo una pequeña pelliza de seda para protegerse de la humedad del río, era aquella Marguerite Gautier que, hacía solo cuatro meses, había sido el tema de conversación de la ciudad por el lujo y el escándalo de su existencia.
Por desgracia, nos dábamos prisa en ser felices, como si supiéramos que no íbamos a serlo por mucho tiempo.
Durante dos meses ni siquiera habíamos estado en París. Nadie venía a vernos, excepto Prudence y Julie Duprat, de quien te he hablado, y a quien Marguerite habría de entregar más tarde el conmovedor relato que tengo ahí.
Pasaba días enteros a los pies de mi amante. Abríamos las ventanas al jardín y, mientras observábamos el verano madurar en sus flores y bajo la sombra de los árboles, respirábamos juntos esa vida verdadera que ni Marguerite ni yo habíamos conocido antes.
Su deleite en las cosas más pequeñas era como el de un niño. Había días en que corría por el jardín, como una niña de diez años, tras una mariposa o una libélula. Esta cortesana, que había costado más dinero en ramos de lo que habría servido para mantener cómodamente a toda una familia, se sentaba a veces en la hierba durante una hora, examinando la sencilla flor cuyo nombre llevaba.
Fue por esta época cuando leyó Manon Lescaut, una y otra vez. La encontré varias veces haciendo anotaciones en el libro, y siempre declaraba que, cuando una mujer ama, no puede hacer lo que hizo Manon.
El duque le escribió dos o tres veces. Ella reconocía la letra y me entregaba las cartas sin leerlas. A veces los términos de estas cartas me llenaban los ojos de lágrimas. Él había imaginado que, al cerrar su bolsa a Marguerite, la haría volver a su lado; pero cuando hubo percibido la inutilidad de aquellos medios, no pudo resistir más; escribió y pidió poder verla de nuevo, como antes, sin importar bajo qué condiciones.
Leí estas cartas urgentes y repetidas, y las hice pedazos, sin decirle a Marguerite lo que contenían y sin aconsejarle que viera al viejo de nuevo, aunque estaba medio inclinado a ello, tanto le compadecía; pero temía que, si se lo aconsejaba, ella pensara que yo deseaba que el duque, no solo volviera a verla, sino que se hiciera cargo de los gastos de la casa; temía, sobre todo, que pudiera creerme capaz de eludir las responsabilidades de cualquier consecuencia a la que su amor por mí pudiera llevarla.
Ocurrió así que el duque, al no recibir respuesta, dejó de escribir, y que Marguerite y yo continuamos viviendo juntos sin pensar en el futuro.
Capítulo XVIII
Sería difícil darte todos los detalles de nuestra nueva vida. Estaba compuesta por una serie de pequeños acontecimientos infantiles, encantadores para nosotros pero insignificantes para cualquier otro. Sabes lo que es estar enamorado de una mujer, sabes cómo acorta los días y con qué amorosa languidez uno se deja llevar hacia el mañana. Sabes ese olvido de todo lo que proviene de un amor violento, confiado y correspondido. Cada ser que no es el amado parece un ser inútil en la creación. Uno lamenta haber arrojado jirones de su corazón a otras mujeres, y uno no puede creer en la posibilidad de estrechar jamás otra mano que no sea la que uno sostiene entre las suyas. La mente no admite ni trabajo ni recuerdo; nada, en suma, que pueda distraerla del único pensamiento en el que está incesantemente absorbida. Cada día uno descubre en su amante un encanto nuevo y delicias desconocidas. La existencia misma no es más que el incesante cumplimiento de un deseo inmutable; el alma no es más que la vestal encargada de alimentar el fuego sagrado del amor.
A menudo íbamos de noche a sentarnos en el pequeño bosque sobre la casa; allí escuchábamos las armonías alegres de la tarde, ambos pensando en las horas venideras que nos dejarían el uno al otro hasta el alba del día. Otras veces no nos levantábamos en todo el día; ni siquiera dejábamos que la luz del sol entrara en nuestra habitación.
Las cortinas estaban herméticamente cerradas, y por un momento el mundo exterior no existió para nosotros. Nanine era la única que tenía derecho a abrir nuestra puerta, pero solo para traer nuestras comidas, e incluso estas las tomábamos sin levantarnos, interrumpiéndolas con risas y alegría. A eso sucedía un sueño breve, pues, desapareciendo en las profundidades de nuestro amor, éramos como dos buceadores que solo salen a la superficie para tomar aliento.
Sin embargo, sorprendí momentos de tristeza, incluso lágrimas, en Marguerite; le pregunté la causa de su pesar, y ella respondió:
—Nuestro amor no es como otros amores, mi Armand. Me amas como si nunca hubiera pertenecido a otro, y tiemblo ante la idea de que más tarde, arrepintiéndote de tu amor y acusándome de mi pasado, me dejes caer de nuevo en esa vida de la que me has sacado. Creo que ahora que he probado otra vida, moriría si volviera a la antigua. ¡Dime que no me dejarás nunca!
—¡Lo juro!
Ante estas palabras me miró como para leer en mis ojos si mi juramento era sincero; luego se arrojó a mis brazos y, escondiendo su cabeza en mi pecho, me dijo: «¡No sabes cuánto te amo!».
Una noche, sentados en el balcón fuera de la ventana, mirábamos la luna que parecía elevarse con dificultad de su lecho de nubes, y escuchábamos el viento agitando violentamente los árboles; nos sosteníamos las manos, y durante un cuarto de hora largo no habíamos hablado, cuando Marguerite me dijo:
—Se acerca el invierno. ¿Te gustaría que fuéramos al extranjero?
—¿A dónde?
—A Italia.
—¿Estás cansada de aquí?
—Tengo miedo del invierno; tengo miedo particularmente de tu vuelta a París.
—¿Por qué?
—Por muchas razones.
Y continuó bruscamente, sin darme sus razones para el temor:
—¿Irás al extranjero? Venderé todo lo que tengo; iremos a vivir allí, y no quedará nada de lo que fui; nadie sabrá quién soy. ¿Quieres?
—Por supuesto, si quieres, Marguerite, viajemos —dije—. Pero ¿dónde está la necesidad de vender cosas que te alegrarás de tener cuando volvamos? No tengo una fortuna lo bastante grande como para aceptar tal sacrificio; pero tengo suficiente para que podamos viajar espléndidamente durante cinco o seis meses, si eso te divierte lo más mínimo en el mundo.
—Después de todo, no —dijo, dejando la ventana y yendo a sentarse en el sofá al otro extremo de la habitación—. ¿Por qué deberíamos gastar dinero en el extranjero? Ya te cuestan bastante mis gastos, aquí.
—Me reprochas, Marguerite; no es generoso.
—Perdóname, amigo mío —dijo, dándome la mano—. Este tiempo de tormenta me pone nerviosa; no digo lo que pretendo decir.
Y después de abrazarme cayó en una larga ensoñación.
Escenas de este tipo ocurrían a menudo, y aunque no podía descubrir su causa, no podía dejar de ver en Marguerite signos de inquietud con respecto al futuro. Ella no podía dudar de mi amor, que aumentaba día a día, y aun así a menudo la encontraba triste, sin poder obtener ninguna explicación del motivo, salvo alguna causa física. Temiendo que una vida tan monótona empezara a cansarla, propuse volver a París; pero ella siempre se negó, asegurándome que no podría ser tan feliz en ninguna parte como en el campo.
Prudence venía ahora solo raramente; pero escribía a menudo cartas que yo nunca pedí ver, aunque, cada vez que llegaban, parecían preocupar profundamente a Marguerite. No sabía qué pensar.
Un día Marguerite estaba en su habitación. Entré. Estaba escribiendo. —¿A quién escribes? —pregunté—. A Prudence. ¿Quieres ver lo que escribo?
Sentía horror por cualquier cosa que pudiera parecer sospecha, y respondí que no tenía deseo de saber lo que escribía; y sin embargo estaba seguro de que esa carta me habría explicado la causa de su tristeza.
Al día siguiente el tiempo era espléndido. Marguerite me propuso tomar la barca e ir hasta la isla de Croissy. Parecía muy alegre; cuando volvimos eran las cinco.
—La señora Duvernoy ha estado aquí —dijo Nanine al vernos entrar—. ¿Se ha ido ya? —preguntó Marguerite.
—Sí, señora, en el carruaje; dijo que estaba arreglado.
—Muy bien —dijo Marguerite bruscamente—. Sirve la cena.
Dos días después llegó una carta de Prudence, y durante una quincena Marguerite pareció haberse librado de su misteriosa melancolía, por la cual me pedía constantemente perdón, ahora que ya no existía. Aun así, el carruaje no volvía.
—¿Cómo es que Prudence no te devuelve tu carruaje? —pregunté un día.
—Uno de los caballos está enfermo, y hay algunas reparaciones que hacer. Es mejor hacerlo ahora que estamos aquí y no necesitamos carruaje, que esperar a que volvamos a París.
Prudence vino dos días después y confirmó lo que Marguerite había dicho. Las dos mujeres fueron a pasear por el jardín, y cuando me uní a ellas cambiaron la conversación. Aquella noche, al irse, Prudence se quejó del frío y pidió a Marguerite que le prestara un chal.
Así pasó un mes, y todo el tiempo Marguerite estuvo más alegre y más cariñosa de lo que nunca había sido. Sin embargo, el carruaje no volvía, el chal no había sido devuelto, y empecé a inquietarme a pesar de mí mismo, y como sabía en qué cajón guardaba Marguerite las cartas de Prudence, aproveché un momento en que ella estaba al otro extremo del jardín, fui al cajón e intenté abrirlo; en vano, pues estaba cerrado con llave. Cuando abrí el cajón en el que solían guardarse las alhajas y los diamantes, estos se abrieron sin resistencia, pero los estuches de las joyas habían desaparecido, junto con su contenido, sin duda.
Un miedo agudo penetró en mi corazón. Podría ciertamente preguntar a Marguerite la verdad con respecto a estas desapariciones, pero era seguro que no la confesaría.
—Mi buena Marguerite —le dije—, voy a pedirte permiso para ir a París. No conocen mi dirección, y espero que haya cartas de mi padre esperándome. No me cabe duda de que está preocupado; debería contestarle.
—Ve, amigo mío —dijo—; pero vuelve pronto. Fui directamente a Prudence.
—Vamos —dije, sin andarme con rodeos—, dime francamente, ¿dónde están los caballos de Marguerite?
—Vendidos.
—¿El chal?
—Vendido.
—¿Los diamantes?
—Empeñados.
—¿Y quién los ha vendido y empeñado?
—Yo.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque Marguerite me hizo prometer que no lo haría.
—¿Y por qué no me pediste dinero?
—Porque ella no me dejó.
—¿Y a dónde ha ido este dinero?
—A pagos.
—¿Está muy endeudada?
—Treinta mil francos, o por ahí. Ah, querido amigo, ¿no te lo dije? No quisiste creerme; ahora estás convencido. Al tapicero, con quien el duque había acordado saldar cuentas, se le cerró la puerta en las narices cuando se presentó, y el duque escribió al día siguiente para decir que no respondería de nada en relación con la señorita Gautier. Este hombre quería su dinero; se le dio un pago parcial de los pocos miles de francos que obtuve de ti; luego algunas almas caritativas le advirtieron que su deudora había sido abandonada por el duque y vivía con un joven sin blanca; a los otros acreedores se les dijo lo mismo; pidieron su dinero y embargaron algunos de los bienes. Marguerite quiso venderlo todo, pero era demasiado tarde, y además yo me habría opuesto. Pero era necesario pagar, y para no pedirte dinero a ti, vendió sus caballos y sus chales, y empeñó sus joyas. ¿Quieres ver los recibos y los resguardos de empeño?
Y Prudence abrió el cajón y me mostró los papeles.
—Ah, crees —continuó, con la insistencia de una mujer que puede decir: «tenía razón después de todo»—, ah, crees que basta con estar enamorado, e ir al campo a llevar una vida soñadora y pastoral. No, amigo mío, no. Al lado de esa vida ideal, hay una vida material, y las resoluciones más puras están sujetas a la tierra por hilos que parecen bastante leves, pero que son de hierro, no fáciles de romper. Si Marguerite no te ha sido infiel veinte veces, es porque tiene una naturaleza excepcional. No será por falta de mis consejos, pues no podía soportar ver a la pobre chica despojándose de todo. Ella no quería; respondía que te amaba y que no te sería infiel por nada en el mundo. Todo eso es muy bonito, muy poético, pero uno no puede pagar a sus acreedores con esa moneda, y ahora ella no puede liberarse de la deuda, a menos que pueda conseguir treinta mil francos.
—Está bien, yo proporcionaré esa cantidad.
—¿La pedirás prestada?
—¡Cielos! Pues sí, claro.
—Eso será una buena cosa de hacer; te pelearás con tu padre, arruinarás tus recursos, y uno no encuentra treinta mil francos de un día para otro. Créeme, mi querido Armand, conozco a las mujeres mejor que tú; no cometas esta locura; te arrepentirás algún día. Sé razonable. No te aconsejo que dejes a Marguerite, pero vive con ella como hiciste al principio. Que ella encuentre los medios para salir de esta dificultad. El duque volverá dentro de poco. El conde de N., si ella lo aceptara, me dijo ayer mismo que pagaría todas sus deudas y le daría cuatro o cinco mil francos al mes. Tiene doscientos mil al año. Sería una posición para ella, mientras que tú te verás obligado ciertamente a dejarla. No esperes a estar arruinado, especialmente porque el conde de N. es un tonto, y nada impediría que siguieras siendo el amante de Marguerite. Ella lloraría un poco al principio, pero llegaría a acostumbrarse, y me agradecerías un día lo que habrías hecho. Imagina que Marguerite está casada, y engaña al marido; eso es todo. Ya te he dicho todo esto una vez, solo que en aquel momento era simplemente un consejo, y ahora es casi una necesidad.
Lo que decía Prudence era cruelmente cierto.
—Así es como está la cosa —continuó, guardando los papeles que acababa de mostrarme—; mujeres como Marguerite siempre prevén que alguien las amará, nunca que ellas amarán; de lo contrario, ahorrarían dinero, y a los treinta años podrían permitirse el lujo de tener un amante por nada. ¡Si hubiera sabido yo una vez lo que sé ahora! En resumen, no digas nada a Marguerite y tráela de vuelta a París. Has vivido con ella a solas durante cuatro o cinco meses; eso ya es bastante. Cierra los ojos ahora; eso es todo lo que cualquiera te pide. Al cabo de una quincena ella tomará al conde de N., y ahorrará durante el invierno, y el próximo verano volverás a empezar. ¡Así es como se hacen las cosas, querido amigo!
Y Prudence parecía estar encantada con su consejo, el cual rechacé indignado.
No solo mi amor y mi dignidad no me permitían actuar así, sino que estaba seguro de que, sintiéndose como se sentía ahora, Marguerite moriría antes que aceptar a otro amante.
—Basta de bromas —dije a Prudence—; dime exactamente cuánto necesita Marguerite.
—Te lo he dicho: treinta mil francos.
—¿Y cuándo necesita esta suma?
—Antes de dos meses.
—Los tendrá.
Prudence se encogió de hombros.
—Te los daré —continué—, pero debes jurarme que no le dirás a Marguerite que te los he dado yo.
—No temas.
«Y si te envía alguna otra cosa para vender o empeñar, házmelo saber».
«No hay peligro. No le queda nada».
Me dirigí directamente a mi casa para ver si había alguna carta de mi padre. Había cuatro.
Capítulo XIX
En sus tres primeras cartas, mi padre inquiría la causa de mi silencio; en la última me dejó entrever que se había enterado de mi cambio de vida y me informó de que estaba a punto de venir a verme.
Siempre he tenido un gran respeto y un afecto sincero por mi padre. Le respondí que había estado viajando durante un corto tiempo y le rogué que me hiciera saber con antelación qué día llegaría, para que yo pudiera estar allí para recibirlo.
Le di a mi criado mi dirección en el campo, diciéndole que me trajera la primera carta que llegara con el matasellos de C., luego regresé a Bougival.
Marguerite me esperaba en la verja del jardín. Me miró con ansiedad. Echándome los brazos al cuello, me dijo: «¿Has visto a Prudence?».
«No».
«Has tardado mucho en París».
«Encontré cartas de mi padre a las que debía responder».
Unos minutos después entró Nanine, sin aliento. Marguerite se levantó y habló con ella en susurros. Cuando Nanine salió, Marguerite volvió a sentarse a mi lado y dijo, tomándome la mano:
«¿Por qué me engañaste? Fuiste a ver a Prudence».
«¿Quién te lo ha dicho?».
«Nanine».
«¿Y cómo lo supo?».
«Te siguió».
«¿Le dijiste que me siguiera?».
«Sí. Pensé que debías tener un motivo muy fuerte para ir a París, después de no dejarme durante cuatro meses. Tenía miedo de que te pudiera pasar algo, o de que quizás fueras a ver a otra mujer».
«¡Niña!».
«Ahora estoy aliviada. Sé lo que has hecho, pero aún no sé lo que te han dicho».
Le mostré a Marguerite las cartas de mi padre.
«Eso no es lo que te estoy preguntando. Lo que quiero saber es por qué fuiste a ver a Prudence».
«Para verla».
«Eso es mentira, amigo mío».
«Bueno, fui a preguntarle si el caballo estaba mejor y si todavía quería tu chal y tus joyas».
Marguerite se sonrojó, pero no respondió.
«Y —continué—, me enteré de lo que habías hecho con tus caballos, chales y joyas».
«¿Y estás molesto?».
«Estoy molesto porque nunca se te ocurrió pedirme lo que necesitabas».
«En una relación como la nuestra, si la mujer tiene algún sentido de la dignidad, debe hacer todo sacrificio posible antes que pedir dinero a su amante y darle así un carácter venal a su amor. Me amas, estoy segura, pero no sabes cuán fino es el hilo del que depende el amor que se siente por una mujer como yo. ¿Quién sabe? Tal vez algún día, cuando estés aburrido o preocupado, te imaginarás ver un plan cuidadosamente concertado en nuestra relación. Prudence es una charlatana. ¿Qué necesidad tenía yo de los caballos? Fue una economía venderlos. No los uso y no gasto nada en su mantenimiento; si me amas, no pido nada más, y me amarás igual sin caballos, ni chales, ni diamantes».
Todo eso se dijo con tanta naturalidad que las lágrimas acudieron a mis ojos mientras escuchaba.
«Pero, mi querida Marguerite —respondí, apretando sus manos con cariño—, sabías que un día descubriría el sacrificio que habías hecho, y que en el momento en que lo descubriera no lo permitiría más».
«¿Pero por qué?».
«Porque, querida niña, no puedo permitir que tu afecto por mí te prive siquiera de una baratija. Tampoco me gustaría que pudieras, en un momento en que estuvieras aburrida o preocupada, pensar que si vivieras con alguien más esos momentos no existirían; y arrepentirte, aunque fuera por un minuto, de vivir conmigo. En unos días, tus caballos, tus diamantes y tus chales te serán devueltos. Te son tan necesarios como el aire a la vida, y puede ser absurdo, pero te prefiero elegante que sencilla».
«Entonces ya no me amas».
«¡Criatura necia!».
«Si me amaras, me dejarías amarte a mi manera; al contrario, insistes en ver en mí solo a una mujer a quien el lujo es indispensable, y a quien crees que siempre estás obligado a pagar. Te avergüenzas de aceptar la prueba de mi amor. A pesar de ti mismo, piensas en dejarme algún día, y quieres poner tu desinterés a salvo de sospechas. Tienes razón, amigo mío, pero yo tenía mejores esperanzas».
Y Marguerite hizo un gesto de levantarse; la retuve y le dije:
«Quiero que seas feliz y que no tengas nada que reprocharme, eso es todo».
«¡Y nos van a separar!».
«¿Por qué, Marguerite, quién puede separarnos?», grité.
«Tú, que no me dejas llevarte a tu nivel, sino que insistes en llevarme al mío; tú, que quieres que mantenga el lujo en medio del cual he vivido, y así mantenga la distancia moral que nos separa; tú, que no crees que mi afecto sea lo suficientemente desinteresado como para compartir conmigo lo que tienes, aunque podríamos vivir felizmente con ello, y prefieres arruinarte, porque sigues atado por un prejuicio tonto. ¿De verdad crees que podría comparar un carruaje y diamantes con tu amor? ¿Crees que mi verdadera felicidad reside en las pequeñeces que significan tanto cuando uno no tiene a nadie a quien amar, pero que se vuelven insignificantes cuando uno lo tiene? ¿Pagarás mis deudas, liquidarás tu patrimonio y luego me mantendrás? ¿Cuánto durará eso? Dos o tres meses, y entonces será demasiado tarde para vivir la vida que propongo, pues para entonces tendrías que tomarlo todo de mí, y eso es lo que un hombre de honor no puede hacer; mientras que ahora tienes ocho o diez mil francos al año, con los que deberíamos poder vivir. Venderé el resto de lo que no necesito, y con esto solo sacaré dos mil francos al año. Tomaremos un pequeño apartamento agradable en el que podamos vivir ambos. En verano iremos al campo, no a una casa como esta, sino a una casa lo suficientemente grande para dos personas. Tú eres independiente, yo soy libre, somos jóvenes; en nombre del cielo, Armand, ¡no me obligues a volver a la vida que tuve que llevar una vez!».
No pude responder. Lágrimas de gratitud y amor llenaron mis ojos, y me lancé a los brazos de Marguerite.
«Quería —continuó— arreglar todo sin decírtelo, pagar todas mis deudas y tomar un nuevo apartamento. En octubre habríamos vuelto a París, y todo habría salido a la luz; pero como Prudence te lo ha contado todo, tendrás que estar de acuerdo de antemano, en lugar de estarlo después. ¿Me amas lo suficiente para eso?».
Era imposible resistirse a tal devoción. Besé sus manos ardientemente y dije:
«Haré lo que tú quieras».
Se acordó que haríamos lo que ella había planeado. Acto seguido, ella se volvió loca de alegría; bailó, cantó, se divirtió evocando imágenes de su nuevo apartamento en toda su sencillez, y comenzó a consultarme sobre su ubicación y disposición. Vi lo feliz y orgullosa que estaba de esta resolución, que parecía que nos acercaría cada vez más, y resolví hacer mi propia parte. En un instante decidí el rumbo de toda mi vida. Puse mis asuntos en orden y transferí a Marguerite la renta que me venía de mi madre, y que me parecía poco a cambio del sacrificio que estaba aceptando. Quedaban los cinco mil francos al año de mi padre; y, pase lo que pase, siempre tenía suficiente para vivir. No le dije a Marguerite lo que había hecho, segura como estaba de que rechazaría el regalo. Esta renta provenía de una hipoteca de sesenta mil francos sobre una casa que ni siquiera había visto. Todo lo que sabía era que cada tres meses el abogado de mi padre, un viejo amigo de la familia, me entregaba setecientos cincuenta francos a cambio de mi recibo.
El día en que Marguerite y yo vinimos a París a buscar un apartamento, fui a ver a este abogado y le pregunté qué había que hacer para transferir esta renta a otra persona. El buen hombre imaginó que estaba arruinado y me interrogó sobre la causa de mi decisión. Como sabía que tarde o temprano tendría que decir a favor de quién hacía esta transferencia, pensé que era mejor decirle la verdad de inmediato. No puso ninguna de las objeciones que su posición como amigo y abogado le autorizaba a poner, y me aseguró que organizaría todo el asunto de la mejor manera posible. Naturalmente, le rogué que empleara la mayor discreción con respecto a mi padre, y al salir de su despacho me reuní con Marguerite, que me esperaba en casa de Julie Duprat, adonde había ido prefiriendo eso a ir a escuchar las moralizaciones de Prudence.
Comenzamos a buscar apartamentos. Todos los que vimos le parecieron a Marguerite demasiado caros y a mí demasiado sencillos. Sin embargo, finalmente encontramos, en una de las partes más tranquilas de París, una pequeña casa, aislada de la parte principal del edificio. Detrás de esta pequeña casa había un jardín encantador, rodeado de muros lo suficientemente altos como para ocultarnos de nuestros vecinos, y lo suficientemente bajos como para no bloquear nuestra propia vista. Era mejor de lo que esperábamos.
Mientras yo iba a dar el aviso en mi propio apartamento, Marguerite fue a ver a un agente de negocios, quien, según me dijo, ya había hecho por una de sus amigas exactamente lo que ella quería que hiciera por ella. Vino a la Rue de Provence en estado de gran deleite. El hombre había prometido pagar todas sus deudas, darle un recibo por el importe y entregarle veinte mil francos a cambio de todo su mobiliario. Ya has visto por la cantidad obtenida en la subasta que este hombre honesto habría ganado treinta mil francos de su cliente.
Regresamos alegremente a Bougival, hablando de nuestros proyectos para el futuro, que, gracias a nuestra despreocupación, y especialmente a nuestro amor, veíamos bajo la luz más halagüeña.
Una semana después, mientras almorzábamos, Nanine vino a decirnos que mi criado preguntaba por mí. «Que pase», dije.
«Señor —dijo él—, su padre ha llegado a París y le ruega que regrese de inmediato a sus habitaciones, donde le está esperando».
Esta noticia era lo más natural del mundo, sin embargo, al escucharla, Marguerite y yo nos miramos. Preveíamos problemas. Antes de que ella hubiera dicho una palabra, respondí a su pensamiento y, tomándola de la mano, dije: «No temas nada».
«Vuelve tan pronto como puedas», susurró Marguerite, abrazándome; «te esperaré en la ventana».
Envié a Joseph a decirle a mi padre que estaba en camino. Dos horas después estaba en la Rue de Provence.
Capítulo XX
Mi padre estaba sentado en mi habitación en bata; estaba escribiendo, y vi de inmediato, por la forma en que levantó los ojos hacia mí cuando entré, que iba a haber una discusión seria. Me acerqué a él, de todos modos, como si no hubiera visto nada en su rostro, lo abracé y dije:
«¿Cuándo llegaste, padre?».
«Anoche».
«¿Viniste directamente aquí, como de costumbre?».
«Sí».
«Siento mucho no haber estado aquí para recibirte».
Esperaba que el sermón que amenazaba el rostro frío de mi padre comenzara de inmediato; pero no dijo nada, selló la carta que acababa de escribir y se la dio a Joseph para que la enviara.
Cuando estuvimos solos, mi padre se levantó y, apoyándose en la repisa de la chimenea, me dijo:
«Mi querido Armand, tenemos asuntos serios que discutir».
«Te escucho, padre».
«¿Me prometes ser franco?».
«¿Acaso no estoy acostumbrado a serlo?».
«¿No es cierto que vives con una mujer llamada Marguerite Gautier?».
«Sí».
«¿Sabes lo que era esta mujer?».
«Una mantenida».
«¿Y es por ella que has olvidado venir a ver a tu hermana y a mí este año?».
«Sí, padre, lo admito».
«¿Estás muy enamorado de esta mujer?».
«Ya lo ves, padre, puesto que me ha hecho faltar a mi deber para contigo, por lo que hoy te pido humildemente perdón».
Mi padre, sin duda, no esperaba respuestas tan categóricas, pues pareció reflexionar un momento, y luego me dijo:
«Te habrás dado cuenta, por supuesto, de que no puedes vivir siempre así».
«Me temo que sí, padre, pero no me he dado cuenta».
«Pero debes darte cuenta —continuó mi padre, en un tono más seco—, de que yo, en cualquier caso, no lo permitiría».
«Me he dicho que mientras no hiciera nada contrario al respeto que debo a la probidad tradicional de la familia, podría vivir como estoy viviendo, y esto me ha tranquilizado algo con respecto a los temores que he tenido».
Las pasiones son enemigas formidables del sentimiento. Estaba preparado para cualquier lucha, incluso con mi padre, para poder conservar a Marguerite.
«Entonces, ha llegado el momento en que debes vivir de otra manera».
«¿Por qué, padre?».
«Porque estás haciendo cosas que ultrajan el respeto que imaginas tener por tu familia».
«No entiendo lo que quieres decir».
«Te lo explicaré. Ten una amante si quieres; págala como un hombre de honor está obligado a pagar a la mujer a la que mantiene, por supuesto; pero que llegues a olvidar las cosas más sagradas por ella, que dejes que el informe de tu vida escandalosa llegue a mi tranquila campiña y manche el nombre honorable que te he dado, eso no puede ser, no será».
«Permíteme decirte, padre, que quienes te han dado información sobre mí han estado mal informados. Soy el amante de la señorita Gautier; vivo con ella; es la cosa más natural del mundo. No le doy a la señorita Gautier el nombre que tú me has dado; gasto a su cuenta lo que mis medios me permiten gastar; no tengo deudas; y, en resumen, no estoy en una posición que autorice a un padre a decir a su hijo lo que acabas de decirme».
«Un padre siempre está autorizado a rescatar a su hijo de los malos caminos. Todavía no has hecho ningún daño, pero lo harás».
«¡Padre!».
«Señor, conozco más de la vida que tú. No hay sentimientos completamente puros excepto en mujeres perfectamente castas. Cada Manon puede tener su Des Grieux, y los tiempos han cambiado. Sería inútil que el mundo envejeciera si no corrigiera sus costumbres. Dejarás a tu amante».
«Siento mucho desobedecerte, padre, pero es imposible».
«Te obligaré a hacerlo».
«Desafortunadamente, padre, ya no existe una Santa Margarita a la que se pueda enviar a las cortesanas, e incluso si existiera, seguiría a la señorita Gautier si lograbas que la enviaran allí. ¿Qué quieres? Quizás estoy equivocado, pero solo puedo ser feliz mientras sea el amante de esta mujer».
«Vamos, Armand, abre los ojos. Reconoce que es tu padre quien te habla, tu padre que siempre te ha amado y que solo desea tu felicidad. ¿Es honorable para ti vivir como marido y mujer con una mujer con la que todo el mundo ha estado?».
«¿Qué importa, padre, si nadie lo hará más? ¿Qué importa, si esta mujer me ama, si toda su vida ha cambiado a través del amor que siente por mí y el amor que yo siento por ella? ¿Qué importa, si se ha convertido en una mujer diferente?».
«¿Crees, entonces, señor, que la misión de un hombre de honor es ir por ahí convirtiendo a mujeres perdidas? ¿Crees que Dios ha dado un objetivo tan grotesco a la vida, y que el corazón debería tener lugar para el entusiasmo de ese tipo? ¿Cuál será el final de esta maravillosa cura, y qué pensarás de lo que estás diciendo hoy cuando tengas cuarenta años? Te reirás de este amor tuyo, si es que todavía puedes reírte, y si no ha dejado una huella demasiado seria en tu pasado. ¿Qué serías ahora si tu padre hubiera tenido tus ideas y hubiera entregado su vida a cada impulso de este tipo, en lugar de arraigarse firmemente en convicciones de honor y constancia? Piénsalo, Armand, y no digas más absurdos. Vamos, deja a esta mujer; tu padre te lo suplica».
No respondí nada.
«Armand —continuó mi padre—, en nombre de tu santa madre, abandona esta vida, que olvidarás más fácilmente de lo que crees. Estás atado a ella por una teoría imposible. Tienes veinticuatro años; piensa en el futuro. No puedes amar siempre a esta mujer, que tampoco puede amarte siempre a ti. Ambos exageran su amor. Pones fin a toda tu carrera. Un paso más, y ya no podrás abandonar el camino que has elegido, y sufrirás toda tu vida por lo que has hecho en tu juventud. Deja París. Ven a pasar un mes o dos con tu hermana y conmigo. El descanso en nuestro tranquilo afecto familiar pronto te curará de esta fiebre, pues no es otra cosa. Mientras tanto, tu amante se consolará; tomará otro amante; y cuando veas por lo que casi has roto con tu padre, y casi has perdido su amor, me dirás que hice bien en venir a buscarte, y me lo agradecerás. Vamos, vendrás conmigo, Armand, ¿no?». Sentí que mi padre tendría razón si hubiera sido cualquier otra mujer, pero estaba convencido de que se equivocaba con respecto a Marguerite. Sin embargo, el tono con el que dijo estas últimas palabras era tan amable, tan suplicante, que no me atreví a responder.
«¿Y bien?», dijo con voz temblorosa.
«Bueno, padre, no puedo prometer nada —dije por fin—; lo que me pides está más allá de mi poder. Créeme —continué, al verlo hacer un movimiento impaciente—, exageras los efectos de esta relación. Marguerite es un tipo de mujer diferente a lo que piensas. Este amor, lejos de desviarme, es capaz, al contrario, de ponerme en la dirección correcta. El amor siempre hace a un hombre mejor, sin importar qué mujer lo inspire. Si conocieras a Marguerite, entenderías que no estoy en peligro. Es tan noble como la más noble de las mujeres. Hay tanto desinterés en ella como codicia hay en otras».
«Todo lo cual no le impide aceptar la totalidad de tu fortuna, pues los sesenta mil francos que te vienen de tu madre, y que le estás dando, son, entiéndelo bien, toda tu fortuna».
Mi padre probablemente había guardado esta peroración y esta amenaza para el golpe final. Fui más firme ante estas amenazas que ante sus súplicas.
«¿Quién te dijo que le estaba entregando esta suma?», pregunté.
«Mi abogado. ¿Podría un hombre honesto llevar a cabo tal procedimiento sin avisarme? Pues bien, es para evitar que te arruines por una prostituta que estoy ahora en París. Tu madre, cuando murió, te dejó lo suficiente para vivir respetablemente, y no para malgastarlo en tus amantes».
«Te juro, padre, que Marguerite no sabía nada de esta transferencia».
«¿Por qué, entonces, la haces?».
«Porque Marguerite, la mujer a la que calumnias y a la que quieres que abandone, está sacrificando todo lo que posee para vivir conmigo».
«¿Y tú aceptas este sacrificio? ¿Qué clase de hombre eres, señor, para permitir que la señorita Gautier sacrifique algo por ti? Vamos, ya basta. Dejarás a esta mujer. Hace un momento te lo pedí; ahora te lo ordeno. No permitiré semejante escándalo en mi familia. Haz tus maletas y prepárate para venir conmigo».
«Perdone, padre —dije—, pero no iré».
«¿Y por qué?».
«Porque tengo la edad en la que ya nadie obedece una orden».
Mi padre palideció ante mi respuesta.
«Muy bien, señor —dijo—, ya sé lo que queda por hacer».
Tocó el timbre y apareció Joseph.
«Que lleven mis cosas al Hotel de Paris», le dijo a mi criado. Y acto seguido, entró en su habitación y terminó de vestirse. Cuando regresó, me acerqué a él.
«Prométeme, padre —dije—, que no harás nada para causarle dolor a Marguerite».
Mi padre se detuvo, me miró con desdén y se contentó con decir: «Creo que estás loco». Después de esto, salió y cerró la puerta violentamente tras de sí.
Bajé, tomé un coche y regresé a Bougival.
Marguerite me esperaba en la ventana.
Capítulo XXI
«Por fin has venido —dijo, echándome los brazos al cuello—. ¡Pero qué pálido estás!».
Le conté la escena con mi padre.
«¡Dios mío! Lo temía —dijo—. Cuando Joseph vino a anunciarte la llegada de tu padre, temblé como si trajera noticias de alguna desgracia. Pobre amigo mío, soy la causa de todo tu sufrimiento. Quizás te iría mejor si me dejaras y no te pelearas con tu padre por mi causa. Él sabe que es seguro que tengas una amante, y debería estar agradecido de que sea yo, ya que te amo y no quiero más de ti de lo que tu posición permite. ¿Le contaste cómo habíamos planeado nuestro futuro?».
«Sí; eso es lo que más le molestó, pues vio cuánto nos amamos en realidad».
«¿Qué vamos a hacer, entonces?».
«Mantenernos unidos, mi buena Marguerite, y dejar que pase la tormenta».
«¿Pasará?».
«Tendrá que pasar».
«Pero tu padre no se detendrá ahí».
«¿Qué supones que puede hacer?».
«¿Cómo voy a saberlo? Todo lo que un padre puede hacer para que su hijo lo obedezca. Te recordará mi vida pasada y quizás me haga el honor de inventar alguna historia nueva, para que me abandones».
«Sabes que te amo».
«Sí, pero lo que también sé es que, tarde o temprano, tendrás que obedecer a tu padre, y quizás termines por creerle».
«No, Marguerite. Seré yo quien le haga creer a él. Algunos de sus amigos le han contado cuentos que lo han enfurecido; pero él es bueno y justo, cambiará su primera impresión; y, después de todo, ¿qué me importa a mí?».
«No digas eso, Armand. Prefiero que pase cualquier cosa antes de que te pelees con tu familia; espera hasta después de hoy, y mañana regresa a París. Tu padre también habrá reflexionado por su parte, y quizás ambos lleguen a un mejor entendimiento. No vayas en contra de sus principios, finge hacer algunas concesiones a lo que él quiere; aparenta que no te importo tanto, y él dejará que las cosas sigan como están. Ten esperanza, amigo mío, y ten por seguro una cosa: que pase lo que pase, Marguerite siempre será tuya».
«¿Lo juras?».
«¿Necesito jurarlo?».
¡Qué dulce es dejarse persuadir por la voz que uno ama! Marguerite y yo pasamos todo el día hablando de nuestros proyectos para el futuro, como si sintiéramos la necesidad de realizarlos lo más rápido posible. A cada momento esperábamos algún acontecimiento, pero el día pasó sin traernos ninguna noticia nueva.
Al día siguiente salí a las diez y llegué al hotel cerca de las doce. Mi padre había salido.
Fui a mis habitaciones, esperando que quizás él hubiera ido allí. Nadie había llamado. Fui a la oficina del abogado. No había nadie. Regresé al hotel y esperé hasta las seis. El señor Duval no regresó, y volví a Bougival.
Encontré a Marguerite no esperándome, como lo había hecho el día anterior, sino sentada junto a la chimenea, que el tiempo aún hacía necesaria. Estaba tan absorta en sus pensamientos que me acerqué a su silla sin que me oyera. Cuando puse mis labios en su frente, se sobresaltó como si el beso la hubiera despertado repentinamente.
«Me has asustado —dijo—. ¿Y tu padre?».
«No lo he visto. No sé qué significa esto. No estaba en su hotel, ni en ningún lugar donde hubiera posibilidad de encontrarlo».
«Bueno, debes intentarlo de nuevo mañana».
«Estoy muy inclinado a esperar a que él me mande a llamar. Creo que he hecho todo lo que se puede esperar de mí».
«No, amigo mío, no es suficiente; debes visitar a tu padre de nuevo, y debes ir mañana».
«¿Por qué mañana más que cualquier otro día?».
«Porque —dijo Marguerite, y me pareció que se sonrojaba ligeramente ante esta pregunta—, porque demostrará que tienes más interés en ello, y nos perdonará antes».
Durante el resto del día, Marguerite estuvo triste y preocupada. Tuve que repetir dos veces todo lo que le decía para obtener una respuesta. Ella atribuyó esta preocupación a su ansiedad con respecto a los eventos que habían ocurrido durante los últimos dos días. Pasé la noche tranquilizándola, y ella me despidió por la mañana con una inquieta insistencia que no podía explicarme.
De nuevo mi padre estaba ausente, pero me había dejado esta carta:
«Si vuelves a llamar hoy, espérame hasta las cuatro. Si no estoy a las cuatro, ven a cenar conmigo mañana. Debo verte».
Esperé hasta la hora que había señalado, pero no apareció. Regresé a Bougival.
La noche anterior había encontrado a Marguerite triste; esa noche la encontré febril y agitada. Al verme, me echó los brazos al cuello, pero lloró durante mucho tiempo en mis brazos. La interrogué sobre este repentino pesar, que me alarmó por su violencia. No me dio ninguna razón positiva, sino que me despachó con esas evasivas a las que recurre una mujer cuando no quiere decir la verdad.
Cuando estuvo un poco más calmada, le conté el resultado de mi visita y le mostré la carta de mi padre, de la cual, dije, podíamos augurar cosas buenas. Al ver la carta y al escuchar mi comentario, sus lágrimas comenzaron a fluir tan copiosamente que temí un ataque de nervios y, llamando a Nanine, la acosté, donde lloró sin decir palabra, pero me tomó de las manos y las besó a cada momento.
Le pregunté a Nanine si, durante mi ausencia, su ama había recibido alguna carta o visita que pudiera explicar el estado en el que la encontré, pero Nanine respondió que nadie había llamado y nada había sido enviado.
Algo, sin embargo, había ocurrido desde el día anterior, algo que me perturbaba más porque Marguerite me lo ocultaba.
Por la noche parecía un poco más tranquila y, haciéndome sentar a los pies de la cama, me dijo muchas veces cuánto me amaba. Me sonreía, pero con esfuerzo, pues a pesar de sí misma sus ojos estaban velados por las lágrimas.
Utilicé todos los medios para hacer que confesara la verdadera causa de su pesar, pero persistió en no darme más que razones vagas, como ya te he dicho. Por fin se durmió en mis brazos, pero era un sueño que cansa más de lo que descansa el cuerpo. De vez en cuando profería un grito, se sobresaltaba y, después de asegurarse de que yo estaba a su lado, me hacía jurar que siempre la amaría.
No entendía nada de estos paroxismos de angustia intermitentes, que continuaron hasta la mañana. Entonces Marguerite cayó en una especie de estupor. No había dormido en dos noches.
Su descanso fue de corta duración, pues cerca de las once se despertó y, al ver que yo estaba levantado, miró a su alrededor, gritando:
«¿Ya te vas?».
«No —dije, sosteniendo sus manos—; pero quería dejarte dormir un poco más. Todavía es temprano».
«¿A qué hora vas a París?».
«A las cuatro».
«¿Tan pronto? ¿Pero te quedarás conmigo hasta entonces?».
«Por supuesto. ¿Acaso no lo hago siempre?».
«¡Estoy tan contenta! ¿Almorzaremos?», continuó distraída.
«Si quieres».
«¿Y luego serás bueno conmigo hasta el mismo momento en que te vayas?».
«Sí; y regresaré tan pronto como pueda».
«¿Regresarás? —dijo, mirándome con ojos demacrados—.
«Naturalmente».
«Oh, sí, regresarás esta noche. Te esperaré, como siempre lo hago, y me amarás, y seremos felices, como lo hemos sido desde que nos conocemos».
Todas estas palabras fueron dichas con una voz tan tensa, parecían ocultar un pensamiento tan persistente y tan doloroso, que temblé a cada momento por miedo a que Marguerite delirara.
«Escucha —dije—. Estás enferma. No puedo dejarte así. Escribiré y le diré a mi padre que no me espere».
«No, no —gritó apresuradamente—, no hagas eso. Tu padre me acusará de impedirte de nuevo que vayas a verlo cuando él quiere verte; ¡no, no, debes ir, debes hacerlo! Además, no estoy enferma. Estoy muy bien. Tuve un mal sueño y aún no estoy completamente despierta».
Desde ese momento, Marguerite intentó parecer más alegre. No hubo más lágrimas.
Cuando llegó la hora de irme, la abracé y le pregunté si quería acompañarme hasta el tren; esperaba que el paseo la distrajera y que el aire le hiciera bien. Quería especialmente estar con ella tanto tiempo como fuera posible.
Ella accedió, se puso su capa y llevó a Nanine consigo, para no regresar sola. Veinte veces estuve a punto de no irme. Pero la esperanza de un rápido regreso y el miedo a ofender aún más a mi padre me sostuvieron, y tomé mi lugar en el tren.
«¡Hasta esta noche!», le dije a Marguerite al dejarla. Ella no respondió.
Una vez ya no había respondido a las mismas palabras, y el conde de G., recordarás, había pasado la noche con ella; pero aquel momento estaba tan lejos que parecía haber sido borrado de mi memoria, y si tenía algún temor, ciertamente no era de que Marguerite me fuera infiel. Al llegar a París, me apresuré a ver a Prudence, con la intención de pedirle que fuera a hacerle compañía a Marguerite, con la esperanza de que su alegría y vivacidad la distrajeran. Entré sin ser anunciado y encontré a Prudence arreglándose.
«¡Ah! —dijo, ansiosa—, ¿está Marguerite contigo?».
«No».
«¿Cómo está ella?».
«No se siente bien».
«¿No viene ella?».
«¿La esperabas?».
Madame Duvernoy se sonrojó y respondió con cierta reserva:
«Solo quería decir que, ya que estás en París, ¿no viene ella a reunirse contigo?».
«No».
Miré a Prudence; ella bajó los ojos y leí en su rostro el miedo a ver prolongada mi visita.
«Incluso vine a preguntarte, mi querida Prudence, si no tienes nada que hacer esta noche, que fueras a ver a Marguerite; le harás compañía y puedes quedarte la noche. Nunca la vi como estaba hoy, y temo que se vaya a poner enferma».
«Ceno en la ciudad —respondió Prudence—, y no puedo ir a ver a Marguerite esta noche. La veré mañana».
Me despedí de Mme. Duvernoy, quien parecía casi tan preocupada como Marguerite, y continué hacia casa de mi padre; su primera mirada pareció estudiarme atentamente. Me tendió la mano.
«Tus dos visitas me han dado placer, Armand —dijo—; me hacen esperar que hayas reflexionado sobre las cosas por tu parte, como yo lo he hecho por la mía».
«¿Puedo preguntarle, padre, cuál fue el resultado de su reflexión?».
«El resultado, querido hijo, es que he exagerado la importancia de los informes que me habían hecho, y que he decidido ser menos severo contigo».
«¿Qué está diciendo, padre? —grité lleno de alegría—.
«Digo, mi querido niño, que todo joven debe tener su amante, y que, por la nueva información que he tenido, preferiría verte como el amante de la señorita Gautier que de cualquier otra persona».
«¡Querido padre, qué feliz me hace!».
Hablamos de esta manera durante algunos momentos y luego nos sentamos a la mesa. Mi padre estuvo encantador durante toda la cena.
Tenía prisa por regresar a Bougival para contarle a Marguerite sobre este cambio afortunado, y miraba el reloj a cada momento.
«Estás pendiente de la hora —dijo mi padre—, y estás impaciente por dejarme. ¡Oh, los jóvenes, cómo sacrifican siempre los afectos sinceros por los dudosos!».
«No diga eso, padre; Marguerite me ama, estoy seguro de ello».
Mi padre no respondió; parecía no decir ni sí ni no.
Insistió mucho en que pasara toda la noche con él y no me fuera hasta la mañana; pero Marguerite no se había sentido bien cuando la dejé. Se lo conté y le rogué que me permitiera volver con ella temprano, prometiendo regresar al día siguiente.
El tiempo estaba hermoso; caminó conmigo hasta la estación. Nunca había sido tan feliz. El futuro aparecía como durante mucho tiempo había deseado verlo. Nunca había amado a mi padre como lo amaba en ese momento.
Justo cuando estaba a punto de dejarlo, me rogó una vez más que me quedara. Me negué.
«¿Estás realmente muy enamorado de ella?», preguntó.
«Locamente».
«Ve, entonces», y se pasó la mano por la frente como para ahuyentar un pensamiento, luego abrió la boca como para decir algo; pero solo me apretó la mano y me dejó apresuradamente, diciendo:
«¡Hasta mañana, pues!».
Capítulo XXII
Me pareció que el tren no se movía. Llegué a Bougival a las once.
Ni una ventana en la casa estaba iluminada, y cuando llamé nadie respondió al timbre. Era la primera vez que algo así me ocurría. Por fin vino el jardinero. Entré. Nanine me recibió con una luz. Fui a la habitación de Marguerite.
«¿Dónde está la señora?».
«Se ha ido a París», respondió Nanine.
«¡A París!».
«Sí, señor».
«¿Cuándo?».
«Una hora después que usted».
«¿No dejó recado para mí?».
«Nada».
Nanine me dejó.
Quizás tenía alguna sospecha, pensé, y fue a París para asegurarse de que mi visita a mi padre no fuera una excusa para un día libre. Quizás Prudence le escribió sobre algo importante. Me dije cuando estuve solo; pero vi a Prudence; ella no dijo nada que me hiciera suponer que le había escrito a Marguerite.
De repente recordé la pregunta de Mme. Duvernoy, «¿No viene ella hoy?», cuando dije que Marguerite estaba enferma. Recordé al mismo tiempo lo avergonzada que había parecido Prudence cuando la miré después de este comentario, que parecía indicar una cita. Recordé, también, las lágrimas de Marguerite durante todo el día, que la amable recepción de mi padre había borrado un poco de mi mente. Desde ese momento, todos los incidentes se agruparon en torno a mi primera sospecha y la fijaron tan firmemente en mi mente que todo sirvió para confirmarla, incluso la amabilidad de mi padre.
Marguerite casi había insistido en que fuera a París; había fingido estar más tranquila cuando propuse quedarme con ella. ¿Había caído en alguna trampa? ¿Me estaba engañando Marguerite? ¿Había contado con estar de regreso a tiempo para que yo no notara su ausencia, y había sido detenida por casualidad? ¿Por qué no le dijo nada a Nanine, o por qué no escribió? ¿Cuál era el significado de esas lágrimas, esta ausencia, este misterio?
Eso es lo que me preguntaba con espanto, mientras permanecía en la habitación vacía, mirando el reloj, que marcaba la medianoche y parecía decirme que era demasiado tarde para esperar el regreso de mi amante. Sin embargo, después de todos los arreglos que acabábamos de hacer, después de los sacrificios que habían sido ofrecidos y aceptados, ¿era probable que ella me estuviera engañando? No. Intenté deshacerme de mi primera suposición.
Probablemente había encontrado un comprador para sus muebles, y había ido a París para cerrar el trato. No quiso decírmelo de antemano, pues sabía que, aunque yo había consentido, la venta, tan necesaria para nuestra futura felicidad, era dolorosa para mí, y temía herir mi amor propio al hablarme de ello. Preferiría no verme hasta que todo estuviera hecho, y esa era evidentemente la razón por la que Prudence la esperaba cuando soltó el secreto. Marguerite no pudo terminar todo el asunto hoy, y se estaba quedando la noche con Prudence, o quizás vendría incluso ahora, pues debía saber lo ansioso que estaría, y no querría dejarme en esa condición. Pero, si era así, ¿por qué esas lágrimas? Sin duda, a pesar de su amor por mí, la pobre chica no podía decidirse a renunciar a todo el lujo en el que había vivido hasta ahora, y por el cual había sido tan envidiada, sin llorar por ello. Estaba muy dispuesto a perdonarla por tales remordimientos. La esperaba con impaciencia, para poder decirle, mientras la cubría de besos, que había adivinado la razón de su misteriosa ausencia.
Sin embargo, la noche avanzaba y Marguerite no regresaba.
Mi ansiedad estrechó su círculo poco a poco y comenzó a oprimir mi cabeza y mi corazón. Quizás le había sucedido algo. Quizás estaba herida, enferma, muerta. Quizás un mensajero llegaría con la noticia de algún accidente terrible. Quizás la luz del día me encontraría con la misma incertidumbre y con los mismos temores.
La idea de que Marguerite quizás me era infiel en el mismo momento en que la esperaba con terror por su ausencia no regresó a mi mente. Debía haber alguna causa, independiente de su voluntad, para mantenerla alejada de mí, y cuanto más pensaba, más convencido estaba de que esta causa solo podía ser algún percance u otro. ¡Oh, vanidad del hombre, volviendo a nosotros en todas las formas!
La una dio. Me dije que esperaría otra hora, pero que a las dos, si Marguerite no había regresado, partiría hacia París. Mientras tanto, busqué un libro, pues no me atrevía a pensar. Manon Lescaut estaba abierto sobre la mesa. Me pareció que aquí y allá las páginas estaban húmedas, como si fuera por lágrimas. Pasé las hojas y luego cerré el libro, pues las letras me parecieron carentes de significado a través del velo de mis dudas.
El tiempo pasó lentamente. El cielo estaba cubierto de nubes. Una lluvia de otoño azotaba los cristales. La cama vacía parecía por momentos asumir el aspecto de una tumba. Tenía miedo.
Abrí la puerta. Escuché y no oí más que la voz del viento en los árboles. No se veía ni un vehículo en la carretera. La media hora sonó tristemente desde la torre de la iglesia.
Empecé a temer que alguien entrara. Me pareció que solo un desastre podía ocurrir a esa hora y bajo ese cielo sombrío.
Las dos dieron. Todavía esperé un poco. Solo el sonido de la campana perturbaba el silencio con su monótono y rítmico tañido.
Por fin salí de la habitación, donde cada objeto había asumido ese aspecto melancólico que la inquieta soledad del corazón confiere a todo cuanto lo rodea.
En la habitación contigua encontré a Nanine dormida sobre su labor. Al oír el ruido de la puerta, se despertó y preguntó si su ama había llegado.
—No; pero si llega, dile que estaba tan inquieta que tuve que ir a París.
—¿A estas horas?
—Sí.
—¿Pero cómo? No encontrará ningún carruaje.
—Iré andando.
—Pero está lloviendo.
—No importa.
—Pero madame volverá, o si no vuelve, ya será tiempo por la mañana de ir a ver qué la ha retenido. La asesinarán por el camino.
—No hay peligro, querida Nanine; nos veremos mañana.
La buena muchacha fue a buscarme una capa, me la puso sobre los hombros y se ofreció a despertar a Mme. Arnould por si se podía conseguir un vehículo; pero no quise oír nada, convencido como estaba de que perdería, en una investigación quizá infructuosa, más tiempo del que tardaría en recorrer la mitad del camino. Además, sentía la necesidad de aire y fatiga física para enfriar la sobreexcitación que me poseía.
Tomé la llave del apartamento de la Rue d’Antin y, tras despedirme de Nanine, que me acompañó hasta el portal, me puse en marcha.
Al principio empecé a correr, pero la tierra estaba embarrada por la lluvia y me fatigué el doble. Al cabo de media hora me vi obligado a detenerme y estaba empapado en sudor. Recuperé el aliento y continué. La noche era tan oscura que a cada paso temía estrellarme contra uno de los árboles de la orilla de la carretera, que se alzaban bruscamente ante mí como grandes fantasmas que se precipitaban sobre mí.
Alcancé uno o dos carros, a los que pronto dejé atrás. Un carruaje iba a todo galope hacia Bougival. Al pasar a mi lado me invadió la esperanza de que Marguerite estuviera en él. Me detuve y grité: «¡Marguerite! ¡Marguerite!». Pero nadie respondió y el carruaje continuó su marcha. Lo vi desvanecerse en la distancia y luego reanudé mi camino. Tardé dos horas en llegar a la Barrière de l’Étoile. La visión de París me devolvió las fuerzas y recorrí corriendo todo el callejón por el que tantas veces había paseado.
Aquella noche no pasaba nadie; era como atravesar una ciudad muerta. El alba empezaba a despuntar. Cuando llegué a la Rue d’Antin, la gran ciudad se agitaba un poco antes de despertar por completo. Las cinco sonaron en la iglesia de Saint Roch en el momento en que entraba en casa de Marguerite. Llamé por mi nombre al portero, quien había recibido de mí suficientes piezas de veinte francos para saber que tenía derecho a visitar a Mlle. Gautier a las cinco de la mañana. Pasé sin dificultad. Podría haber preguntado si Marguerite estaba en casa, pero él podría haber dicho «no», y preferí permanecer en la duda dos minutos más, pues, mientras dudara, aún quedaba esperanza.
Escuché junto a la puerta, tratando de descubrir un sonido, un movimiento. Nada. El silencio del campo parecía prolongarse aquí. Abrí la puerta y entré. Todas las cortinas estaban herméticamente cerradas. Descorrí las del comedor, me dirigí al dormitorio y empujé la puerta. Me lancé hacia el cordón de la cortina y tiré de él violentamente. La cortina se abrió, una tenue luz se abrió paso. Corrí hacia la cama. Estaba vacía.
Abrí las puertas una tras otra. Visité todas las habitaciones. Nadie. Era para volverse loco.
Entré en el vestidor, abrí la ventana y llamé a Prudence varias veces. La ventana de Mme. Duvernoy permaneció cerrada.
Bajé a ver al portero y le pregunté si Mlle. Gautier había llegado a casa durante el día.
—Sí —respondió el hombre—; con Mme. Duvernoy.
—¿No dejó recado para mí?
—No.
—¿Sabe qué hicieron después?
—Se fueron en un carruaje.
—¿Qué tipo de carruaje?
—Un carruaje particular.
¿Qué significaba todo aquello?
Llamé a la puerta de al lado.
—¿Adónde va, caballero? —preguntó el portero, tras abrirme.
—A casa de Mme. Duvernoy.
—No ha vuelto.
—¿Está seguro?
—Sí, caballero; incluso hay aquí una carta que le trajeron anoche y que aún no le he entregado.
Y el portero me mostró una carta que miré mecánicamente. Reconocí la letra de Marguerite. Tomé la carta. Estaba dirigida: «A Mme. Duvernoy, para que se la entregue al Sr. Duval».
—Esta carta es para mí —dije al portero, mientras le mostraba el destinatario.
—¿Es usted el Sr. Duval? —respondió.
—Sí.
—Ah, ya recuerdo. Usted venía a menudo a ver a Mme. Duvernoy.
Cuando estuve en la calle, rompí el sello de la carta. Si un rayo hubiera caído a mis pies, no me habría sobresaltado tanto como lo que leí.
«Cuando leas esta carta, Armand, seré la amante de otro hombre. Todo ha terminado entre nosotros.
»Vuelve con tu padre, amigo mío, y con tu hermana, y allí, al lado de una joven pura, ajena a todas nuestras miserias, pronto olvidarás lo que habrías sufrido por culpa de esa criatura perdida que se llama Marguerite Gautier, a quien has amado por un instante y que te debe los únicos momentos felices de una vida que, espera, no será ya muy larga».
Cuando hube leído la última palabra, creí que iba a volverme loco. Por un momento tuve miedo de desplomarme en la calle. Una nube pasó ante mis ojos y la sangre golpeó mis sienes. Por fin me recobré un poco. Miré a mi alrededor y me asombró ver que la vida de los demás continuaba sin detenerse ante mi angustia.
No tenía fuerzas para soportar el golpe a solas. Entonces recordé que mi padre estaba en la misma ciudad, que podría estar con él en diez minutos y que, fuera cual fuera la causa de mi dolor, él la compartiría.
Corrí como un loco, como un ladrón, al Hotel de Paris; encontré la llave en la puerta de la habitación de mi padre; entré. Él estaba leyendo. Mostró tan poco asombro al verme que parecía como si me estuviera esperando. Me lancé a sus brazos sin decir palabra. Le di la carta de Marguerite y, cayendo de rodillas junto a su cama, lloré amargas lágrimas.
Capítulo XXIII
Cuando el curso de la vida hubo retomado su cauce, no podía creer que el día que veía amanecer no fuera igual a los que lo habían precedido. Hubo momentos en que imaginé que alguna circunstancia, que no podía recordar, me había obligado a pasar la noche fuera de casa de Marguerite, pero que, si regresaba a Bougival, la encontraría de nuevo tan inquieta como yo, y que ella me preguntaría qué me había retenido tanto tiempo lejos de ella.
Cuando la existencia ha contraído un hábito, como el de este amor, parece imposible que el hábito se rompa sin romper al mismo tiempo todos los demás resortes de la vida. Me vi obligado de vez en cuando a releer la carta de Marguerite para convencerme de que no había estado soñando.
Mi cuerpo, sucumbiendo al choque moral, era incapaz de moverse. La ansiedad, la caminata nocturna y las noticias de la mañana me habían postrado. Mi padre se aprovechó de esta postración total de todas mis facultades para exigirme la promesa formal de acompañarle. Prometí todo lo que pidió, pues era incapaz de sostener una discusión y necesitaba algo de afecto para ayudarme a vivir tras lo ocurrido. Estaba demasiado agradecido de que mi padre estuviera dispuesto a consolarme ante tal calamidad.
Todo lo que recuerdo es que ese día, hacia las cinco, me llevó con él en una diligencia. Sin decirme palabra, había hecho que prepararan mi equipaje y lo subieran detrás de la diligencia junto con el suyo, y así me llevó. No me di cuenta de lo que hacía hasta que la ciudad desapareció y la soledad del camino me recordó el vacío de mi corazón. Entonces mis lágrimas empezaron a fluir de nuevo.
Mi padre se había dado cuenta de que las palabras, incluso las suyas, no harían nada por consolarme, y me dejó llorar sin decir palabra, apretándome solo a veces la mano, como para recordarme que tenía un amigo a mi lado.
Por la noche dormí un poco. Soñé con Marguerite.
Me desperté sobresaltado, sin recordar por qué estaba en el carruaje. Entonces la verdad volvió a mí y dejé caer la cabeza sobre el pecho. No me atreví a decirle nada a mi padre. Temía que me dijera: «¿Ves? Tenía razón cuando declaré que esta mujer no te amaba». Pero no se aprovechó de su ventaja y llegamos a C. sin que me hubiera dicho nada más que hablar de asuntos totalmente ajenos al suceso que había motivado mi partida de París.
Cuando abracé a mi hermana, recordé lo que Marguerite había dicho de ella en su carta y vi al instante lo poco que mi hermana, por buena que fuera, sería capaz de hacerme olvidar a mi amante.
La temporada de caza había comenzado y mi padre pensó que sería una distracción para mí. Organizó partidas de caza con amigos y vecinos. Fui sin reticencia ni entusiasmo, con esa especie de apatía en la que me había sumido desde mi partida.
Estábamos batiendo el campo en busca de caza y me dieron mi puesto. Dejé mi escopeta descargada a mi lado y me puse a meditar. Observé pasar las nubes. Dejé vagar mis pensamientos por las llanuras solitarias y de vez en cuando oía a alguien llamarme y señalar una liebre a menos de diez pasos. Ninguno de estos detalles escapó a mi padre, y no se dejó engañar por mi calma exterior. Sabía muy bien que, destrozado como estaba ahora, algún día experimentaría una reacción terrible, que podría ser peligrosa, y, sin aparentar hacer esfuerzo alguno por consolarme, hizo todo lo posible por distraer mis pensamientos.
Mi hermana, naturalmente, no sabía nada de lo ocurrido, y no podía entender cómo yo, que antaño había sido tan alegre, me había vuelto de repente tan triste y soñador.
A veces, al sorprender en medio de mi tristeza la escrutadora y ansiosa mirada de mi padre, le apretaba la mano como para pedirle tácitamente que me perdonara por el dolor que, a pesar de mí mismo, le estaba causando.
Así pasó un mes, pero al final de ese tiempo no pude soportarlo más. El recuerdo de Marguerite me perseguía incesantemente. Había amado, seguía amando tanto a esta mujer que no podía volverme indiferente a ella de repente. Tenía que amarla o aborrecerla. Sobre todo, fuera lo que fuera lo que sintiera por ella, tenía que volver a verla, y de inmediato. Este deseo poseía mi mente, y con toda la violencia de una voluntad que había empezado a reafirmarse en un cuerpo inerte durante tanto tiempo.
No me bastaba con ver a Marguerite en un mes, en una semana. Tenía que verla al día siguiente de habérseme ocurrido la idea; así que fui a ver a mi padre y le dije que me habían llamado a París por negocios, pero que volvería pronto. Sin duda adivinó el motivo de mi partida, pues insistió en que me quedara, pero, viendo que si no llevaba a cabo mi intención las consecuencias, en el estado en que me encontraba, podrían ser fatales, me abrazó y me suplicó, casi entre lágrimas, que regresara sin demora.
No dormí durante el viaje a París. Una vez allí, ¿qué iba a hacer? No lo sabía; solo sabía que debía ser algo relacionado con Marguerite. Fui a mi habitación a cambiarme de ropa y, como hacía buen tiempo y aún era temprano, me dirigí a los Campos Elíseos. Al cabo de media hora vi el carruaje de Marguerite, a cierta distancia, viniendo desde el Rond-Point hacia la Place de la Concorde. Había vuelto a comprar sus caballos, pues el carruaje era tal y como yo estaba acostumbrado a verlo, pero ella no estaba en él. Apenas me había percatado de este hecho cuando, mirando a mi alrededor, vi a Marguerite a pie, acompañada por una mujer a la que nunca había visto.
Al pasar junto a mí se puso pálida y una sonrisa nerviosa se le tensó en los labios. Por mi parte, el corazón me latía con violencia en el pecho; pero logré dar una expresión fría a mi rostro mientras saludaba fríamente a mi antigua amante, que en ese momento llegaba a su carruaje, en el que subió con su amiga.
Conocía a Marguerite: este encuentro inesperado debió de haberla trastornado. Sin duda se había enterado de que me había ido y, por tanto, se había tranquilizado sobre las consecuencias de nuestra ruptura; pero, al verme de nuevo en París, al encontrarse cara a cara conmigo, pálido como estaba, debió de darse cuenta de que no había vuelto sin propósito, y debió de preguntarse cuál era ese propósito.
Si hubiera visto a Marguerite infeliz, si, vengándome de ella, hubiera podido acudir en su ayuda, quizá la habría perdonado y, sin duda, nunca habría soñado con hacerle daño. Pero la encontré aparentemente feliz, alguien más le había devuelto el lujo que yo no podía darle; su ruptura conmigo parecía asumir un carácter del más vil interés personal; estaba rebajado tanto a mis propios ojos como en mi amor. Resolví que pagaría por lo que había sufrido.
No podía ser indiferente a lo que ella hiciera; por consiguiente, lo que más le dolería sería mi indiferencia; era, pues, este sentimiento el que debía fingir, no solo ante sus ojos, sino ante los ojos de los demás.
Intenté poner cara de circunstancias y fui a visitar a Prudence. La criada me anunció y tuve que esperar unos minutos en el salón. Por fin apareció Mme. Duvernoy y me invitó a pasar a su tocador; mientras me sentaba, oí abrirse la puerta del salón, un paso ligero hizo crujir el suelo y la puerta de entrada se cerró violentamente.
—Te estoy molestando —le dije a Prudence.
—En absoluto. Marguerite estaba aquí. Cuando te oyó anunciar, escapó; es ella quien acaba de salir.
—¿Me tiene miedo ahora?
—No, pero teme que tú no quieras verla.
—¿Pero por qué? —dije, respirando con dificultad, pues estaba ahogado por la emoción—. La pobre chica me dejó por su carruaje, sus muebles y sus diamantes; hizo muy bien, y no le guardo rencor. La he encontrado hoy —continué con indiferencia.
—¿Dónde? —preguntó Prudence, mirándome y pareciendo preguntarse si aquel era el mismo hombre que había conocido tan locamente enamorado.
—En los Campos Elíseos. Iba con otra mujer, muy guapa. ¿Quién es?
—¿Cómo era?
—Rubia, delgada, con rizos laterales; ojos azules; muy elegante.
—Ah, era Olympe; es realmente muy guapa.
—¿Con quién vive?
—Con nadie; con cualquiera.
—¿Dónde vive?
—Rue Tronchet, número... ¿Quieres hacerle el amor?
—Nunca se sabe.
—¿Y Marguerite?
—Difícilmente te diría la verdad si dijera que ya no pienso en ella; pero soy de los que todo depende de la forma en que uno rompe con ellos. Ahora bien, Marguerite terminó conmigo con tanta ligereza que me doy cuenta de que fui un gran necio al haber estado tan enamorado de ella como estuve, pues realmente estaba muy enamorado de esa chica.
Puedes imaginar la forma en que dije aquello; el sudor me brotó en la frente.
—Te quería mucho, ¿sabes?, y aún te quiere; la prueba es que, tras encontrarte hoy, vino directamente a contármelo. Cuando llegó aquí, estaba toda temblorosa; pensé que iba a desmayarse.
—Bueno, ¿qué dijo?
—Dijo: «Seguro que vendrá aquí», y me rogó que te pidiera que la perdonaras.
—La he perdonado, puedes decírselo. Era una buena chica; pero, al fin y al cabo, como las demás, y debería haber esperado lo que ocurrió. Incluso le estoy agradecido, pues veo ahora lo que habría pasado si hubiera vivido con ella definitivamente. Era ridículo.
—Se alegrará mucho al ver que lo tomas tan bien. Ya era hora de que te dejara, querido. El sinvergüenza del agente a quien ella había ofrecido vender sus muebles fue a ver a sus acreedores para averiguar cuánto debía; se asustaron y en dos días la habrían embargado.
—¿Y ahora está todo pagado?
—Más o menos.
—¿Y quién ha suministrado el dinero?
—El conde de N. Ah, querido amigo, hay hombres hechos a propósito para tales ocasiones. Para abreviar, le dio veinte mil francos, pero por fin ha conseguido lo que quería. Sabe muy bien que Marguerite no está enamorada de él; pero es muy amable con ella de todas formas. Como has visto, le ha recomprado sus caballos, ha sacado sus joyas del empeño y le da tanto dinero como el duque solía darle; si le gusta vivir tranquila, se quedará con ella mucho tiempo.
—¿Y qué hace? ¿Vive en París definitivamente?
—No volvió a Bougival después de que tú te fueras. Tuve que ir yo misma a ocuparme de todas sus cosas, y de las tuyas también. Hice un paquete con ellas y puedes mandar a buscarlas aquí. Encontrarás todo, excepto un pequeño estuche con tus iniciales. Marguerite quiso quedárselo. Si realmente lo quieres, se lo pediré.
—Que se lo quede —balbuceé, pues sentía las lágrimas subir desde mi corazón a mis ojos al recordar el pueblo donde había sido tan feliz, y al pensar que Marguerite quería conservar algo que había sido mío y que me recordaría a ella. Si ella hubiera entrado en aquel momento, mis pensamientos de venganza habrían desaparecido y me habría arrojado a sus pies.
—Por lo demás —continuó Prudence—, nunca la vi como está ahora; apenas duerme, va a todos los bailes, va a cenas, incluso bebe. El otro día, después de una cena, tuvo que quedarse en cama una semana; y cuando el médico le permitió levantarse, empezó de nuevo a riesgo de su vida. ¿Vas a ir a verla?
—¿Para qué sirve? Vine a verte a ti, porque siempre has sido encantadora conmigo, y te conocía antes incluso de conocer a Marguerite. Te debo el haber sido su amante, y también, ¿no es cierto?, el no serlo ya.
—Bueno, hice todo lo que pude para alejarla de ti, y creo que me lo agradecerás más adelante.
—Te debo una doble gratitud —añadí, levantándome, pues sentía asco por aquella mujer, al verla tomar cada palabra que le decía como si fuera en serio.
—¿Te vas?
—Sí.
Ya había aprendido suficiente.
—¿Cuándo te veré?
—Pronto. Adiós.
—Adiós.
Prudence me acompañó a la puerta y regresé a mi habitación con lágrimas de rabia en los ojos y deseos de venganza en el corazón.
Así que Marguerite no era diferente de las demás; así que el amor constante que me había profesado no pudo resistir el deseo de volver a su antigua vida, y la necesidad de tener un carruaje y sumergirse en el libertinaje. Así me decía a mí mismo, mientras yacía despierto por la noche, aunque si hubiera reflexionado con la calma que fingía tener, habría visto en esta nueva y turbulenta vida de Marguerite el intento de silenciar un pensamiento constante, un recuerdo incesante. Desgraciadamente, la mala pasión se impuso, y solo busqué algún medio para vengarme de la pobre criatura. ¡Oh, cuán mezquino y vil es el hombre cuando es herido en una de sus estrechas pasiones!
Esta Olympe a quien había visto era, si no una amiga de Marguerite, al menos la mujer con la que se la veía más a menudo desde su regreso a París. Iba a dar un baile y, como di por sentado que Marguerite estaría allí, intenté conseguir una invitación y lo logré.
Cuando, lleno de mis dolorosas emociones, llegué al baile, ya estaba muy animado. Bailaban, incluso gritaban, y en uno de los cuadrillos percibí a Marguerite bailando con el conde de N., quien parecía orgulloso de exhibirla, como si dijera a todo el mundo: «Esta mujer es mía».
Me apoyé contra la repisa de la chimenea justo enfrente de Marguerite y la observé bailar. Su rostro cambió en el momento en que me vio. La saludé casualmente con una mirada de los ojos y un movimiento de mano.
Cuando reflexioné que después del baile ella iría a casa, no conmigo, sino con aquel rico imbécil, cuando pensé en lo que seguiría a su regreso, la sangre me subió al rostro y sentí la necesidad de hacer algo para perturbar sus relaciones.
Después de la contradanza me acerqué a la dueña de la casa, que mostraba para beneficio de sus invitados un pecho deslumbrante y unos hombros magníficos. Era hermosa y, desde el punto de vista de la figura, más hermosa que Marguerite. Me di cuenta de este hecho aún más claramente por ciertas miradas que Marguerite le dirigía mientras yo hablaba con ella. El hombre que fuera amante de tal mujer bien podría estar tan orgulloso como el señor de N., y ella era lo suficientemente hermosa como para inspirar una pasión no menos grande que la que Marguerite había inspirado en mí. En ese momento no tenía amante. No sería difícil llegar a serlo; solo dependía de mostrar suficiente dinero para atraer su atención.
Tomé una decisión. Esa mujer sería mi amante. Empecé bailando con ella. Media hora después, Marguerite, pálida como la muerte, se puso su pelliza y abandonó el baile.
Capítulo XXIV
Ya era algo, pero no era suficiente. Vi el dominio que tenía sobre esta mujer y me aproveché de ello cobardemente.
Cuando pienso que ahora está muerta, me pregunto si Dios me perdonará algún día por el daño que le hice.
Después de la cena, que fue tan ruidosa como cabía esperar, hubo juego. Me senté al lado de Olympe y puse mi dinero tan imprudentemente que ella no pudo dejar de fijarse en mí. En un instante había ganado ciento cincuenta o doscientos luises, que extendí ante mí sobre la mesa y sobre los cuales ella fijó sus ojos con codicia.
Yo era el único que no estaba completamente absorto por el juego y capaz de prestarle algo de atención. El resto de la noche gané, y fui yo quien le dio dinero para jugar, pues ella había perdido todo lo que tenía ante sí y probablemente todo lo que tenía en la casa.
A las cinco de la mañana, los invitados se marcharon. Yo había ganado trescientos luises.
Todos los jugadores ya estaban bajando las escaleras; yo era el único que se había quedado atrás y, como no conocía a ninguno de ellos, nadie se dio cuenta. La propia Olympe estaba alumbrando el camino y yo iba a seguir a los demás cuando, volviéndome, le dije:
—Debo hablar con usted.
—Mañana —dijo ella.
—No, ahora.
—¿Qué tiene que decir?
—Ya lo verá.
Y volví a entrar en la habitación.
—Ha perdido —dije.
—Sí.
—¿Todo lo que tenía en la casa?
Ella vaciló.
—Sea franca.
—Bueno, es verdad.
—He ganado trescientos luises. Aquí los tiene, si me permite quedarme aquí esta noche.
Y arrojé el oro sobre la mesa.
—¿Y por qué esta propuesta?
—Porque estoy enamorado de usted, por supuesto.
—No, sino porque usted ama a Marguerite y quiere vengarse de ella convirtiéndose en mi amante. No engaña a una mujer como yo, querido amigo; desgraciadamente, todavía soy demasiado joven y demasiado guapa para aceptar el papel que me ofrece.
—¿Así que se niega?
—Sí.
—¿Preferiría tenerme gratis? Entonces sería yo quien no aceptaría. Piénselo, mi querida Olympe; si hubiera enviado a alguien para ofrecerle estos trescientos luises en mi nombre, con las condiciones que les adjunto, usted habría aceptado. Preferí hablarle yo mismo. Acepte sin preguntar mis motivos; dígase a sí misma que es hermosa y que no tiene nada de sorprendente que yo esté enamorado de usted.
Marguerite era una mujer en la misma posición que Olympe, y sin embargo, nunca me habría atrevido a decirle la primera vez que la conocí lo que le había dicho a la otra mujer. Yo amaba a Marguerite. Veía en ella instintos de los que carecía la otra, y en el mismo momento en que hice mi trato, sentí un disgusto hacia la mujer con la que lo estaba haciendo.
Ella aceptó, por supuesto, al final, y al mediodía salí de su casa como su amante; pero la dejé sin un recuerdo de las caricias y de las palabras de amor que ella se había sentido obligada a prodigarme a cambio de los seis mil francos que le dejé. Y, sin embargo, había hombres que se habían arruinado por esa mujer.
Desde aquel día infligí a Marguerite una persecución continua. Olympe y ella dejaron de verse, como se podrá imaginar. Le di a mi nueva amante un carruaje y joyas. Jugaba, cometía todas las extravagancias que cabría esperar de un hombre enamorado de una mujer como Olympe. El rumor de mi nuevo encaprichamiento se extendió inmediatamente.
La propia Prudence se dejó engañar y finalmente pensó que yo me había olvidado por completo de Marguerite. Marguerite misma, ya fuera porque adivinara mi motivo o porque fuera engañada como todos los demás, mantuvo una perfecta dignidad en respuesta a los insultos que yo le lanzaba a diario. Solo parecía sufrir, pues cada vez que me encontraba con ella estaba más y más pálida, más y más triste. Mi amor por ella, llevado hasta el punto en que se transformaba en odio, se regocijaba al ver su tristeza diaria. A menudo, cuando mi crueldad hacia ella se volvía infame, Marguerite levantaba hacia mí unos ojos tan suplicantes que me sonrojaba por el papel que estaba desempeñando y estaba listo para implorar su perdón.
Pero mi arrepentimiento era solo de un momento, y Olympe, que finalmente había dejado de lado todo respeto propio y descubierto que, molestando a Marguerite, podía obtener de mí lo que quisiera, avivaba constantemente mi resentimiento contra ella y la insultaba siempre que encontraba la oportunidad, con la cobarde persistencia de una mujer autorizada por el poder de un hombre.
Al final, Marguerite dejó de ir a bailes o teatros, por miedo a encontrarse con Olympe y conmigo. Entonces las impertinencias directas dieron paso a cartas anónimas, y no hubo cosa vergonzosa que yo no animara a mi amante a relatar y que yo mismo no relatará en referencia a Marguerite.
Para llegar a tal punto, debía haber estado literalmente loco. Yo era como un hombre borracho con vino malo, que cae en una de esas exaltaciones nerviosas en las que la mano es capaz de cometer un crimen sin que la cabeza sepa nada de ello. En medio de todo, sufría un martirio. La calma no desdeñosa, la dignidad no despreciativa con la que Marguerite respondía a todos mis ataques, y que la elevaba por encima de mí a mis propios ojos, me enfurecía aún más contra ella.
Una noche, Olympe había ido a algún lugar y se había encontrado con Marguerite, quien por una vez no había perdonado a la criatura necia, de modo que tuvo que retirarse confundida. Olympe regresó furiosa, y Marguerite se desmayó y tuvieron que llevársela. Olympe me relató lo que había sucedido, declaró que Marguerite, al verla sola, se había vengado de ella porque era mi amante, y que yo debía escribirle y decirle que respetara a la mujer a la que amaba, estuviera yo presente o ausente.
No necesito decirte que accedí, y que puse en la carta que envié a su dirección ese mismo día, todo lo amargo, vergonzoso y cruel que pude pensar.
Esta vez el golpe fue más de lo que la desdichada criatura pudo soportar sin responder. Me sentí seguro de que llegaría una respuesta y decidí no salir en todo el día. Alrededor de las dos llamaron a la puerta y entró Prudence.
Intenté adoptar un aire indiferente mientras le preguntaba qué la traía; pero aquel día la señora Duvernoy no estaba de humor para bromas y, con una voz verdaderamente conmovida, me dijo que desde mi regreso, es decir, desde hacía unas tres semanas, no había dejado ocasión sin probar que pudiera causar dolor a Marguerite, que ella estaba completamente alterada por ello y que la escena de la noche anterior y mi carta airada de la mañana la habían obligado a guardar cama. En resumen, sin hacer reproche alguno, Marguerite enviaba a pedirme un poco de piedad, ya que no tenía ni la fuerza moral ni física para soportar lo que yo la estaba haciendo sufrir.
—Que la señorita Gautier —dije a Prudence— me eche de su propia casa es bastante razonable, pero que insulte a la mujer que amo, con el pretexto de que esta mujer es mi amante, es una cosa que nunca permitiré.
—Amigo mío —dijo Prudence—, estás bajo la influencia de una mujer que no tiene corazón ni sentido; estás enamorado de ella, es verdad, pero esa no es razón para torturar a una mujer que no puede defenderse.
—Que la señorita Gautier me envíe a su conde de N. y los bandos estarán iguales.
—Sabes muy bien que ella no hará eso. Así que, querido Armand, déjala en paz. Si la vieras, te avergonzarías de la forma en que la estás tratando. Está blanca, tose... no durará mucho ahora.
Y Prudence me tendió la mano, añadiendo:
—Ven a verla; la hará muy feliz.
—No tengo deseo de encontrarme con el señor de N.
—El señor de N. nunca está allí. Ella no puede soportarlo.
—Si Marguerite desea verme, sabe dónde vivo; que venga a verme, pero, por mi parte, nunca pondré un pie en la Rue d’Antin.
—¿La recibirás bien?
—Ciertamente.
—Bueno, estoy segura de que vendrá.
—Que venga.
—¿Vas a salir hoy?
—Estaré en casa toda la velada.
—Se lo diré.
Y Prudence me dejó.
Ni siquiera escribí para decirle a Olympe que no me esperara. Nunca me preocupé mucho por ella, apenas iba a verla una noche a la semana. Ella se consolaba, creo, con un actor de algún teatro o de otro.
Salí a cenar y regresé casi inmediatamente. Hice encender un fuego en mi habitación y le dije a Joseph que podía salir.
No puedo darte idea de las diferentes impresiones que me agitaron durante la hora en que esperé; pero cuando, hacia las nueve, escuché un timbre, se amontonaron en una emoción tal que, al abrir la puerta, me vi obligado a apoyarme contra la pared para evitar caer.
Afortunadamente, la antesala estaba en semipenumbra y el cambio en mi semblante era menos visible. Marguerite entró.
Iba vestida de negro y velada. Apenas pude reconocer su rostro a través del velo. Entró en el salón y se levantó el velo. Estaba pálida como el mármol.
—Estoy aquí, Armand —dijo—; querías verme y he venido.
Y dejando caer la cabeza sobre sus manos, estalló en sollozos.
Me acerqué a ella.
—¿Qué te pasa? —le dije en voz baja.
Ella estrechó mi mano sin decir palabra, pues las lágrimas todavía velaban su voz. Pero al cabo de unos minutos, recuperándose un poco, me dijo:
—Has sido muy cruel conmigo, Armand, y no te he hecho nada.
—¿Nada? —respondí, con una sonrisa amarga.
—Nada más que lo que las circunstancias me obligaron a hacer.
No sé si alguna vez en tu vida has experimentado, o si experimentarás, lo que sentí al ver a Marguerite.
La última vez que había venido a verme se había sentado en el mismo lugar donde estaba sentada ahora; solo que, desde entonces, ella había sido la amante de otro hombre, otros besos que los míos habían tocado sus labios, hacia los cuales, a pesar de mí mismo, los míos se extendían, y sin embargo sentía que amaba a esta mujer tanto, quizás más, que lo que la había amado nunca.
Me resultaba difícil comenzar la conversación sobre el tema que la traía. Marguerite sin duda se dio cuenta, pues continuó:
—He venido a molestarte, Armand, porque tengo dos cosas que pedir: perdón por lo que dije ayer a la señorita Olympe, y piedad por lo que quizás todavía estés listo para hacerme. Intencional o no, desde tu regreso me has causado tanto dolor que sería incapaz ahora de soportar la cuarta parte de lo que he soportado hasta hoy. Tendrás piedad de mí, ¿verdad? Y entenderás que un hombre que no carece de corazón tiene otras cosas más nobles que hacer que vengarse de una mujer enferma y triste como yo. Mira, toma mi mano. Tengo fiebre. Dejé mi cama para venir a ti y pedir, no tu amistad, sino tu indiferencia.
Tomé la mano de Marguerite. Estaba ardiendo y la pobre mujer tiritaba bajo su abrigo de piel.
Acerqué al fuego el sillón en el que estaba sentada.
—¿Crees, entonces, que no sufrí —dije— en aquella noche cuando, tras esperarte en el campo, fui a buscarte a París y no encontré más que la carta que casi me vuelve loco? ¿Cómo pudiste engañarme, Marguerite, cuando te amaba tanto?
—No hables de eso, Armand; no vine a hablar de eso. Solo quería verte no como un enemigo, y quería tomar tu mano una vez más. Tienes una amante; es joven, bonita, dicen que la amas. Sé feliz con ella y olvídame.
—¿Y tú? ¿Eres feliz, sin duda?
—¿Tengo cara de mujer feliz, Armand? No te burles de mi tristeza, tú, que sabes mejor que nadie cuál es su causa y su profundidad.
—Solo dependía de ti no haber sido infeliz en absoluto, si eres como dices.
—No, amigo mío; las circunstancias fueron más fuertes que mi voluntad. Obedecí, no a los instintos de una mujer ligera, como pareces decir, sino a una necesidad grave, y a razones que sabrás algún día, y que te harán perdonarme.
—¿Por qué no me dices esas razones hoy?
—Porque no conducirían a una reunión imposible entre nosotros, y te separarían quizás de aquellos de quienes no debes ser separado.
—¿A quiénes te refieres?
—No puedo decírtelo.
—Entonces me estás mintiendo.
Marguerite se levantó y fue hacia la puerta. No pude contemplar esta tristeza silenciosa y expresiva sin conmoverme, al comparar en mi mente a esta mujer pálida y llorosa con la alocada que se había burlado de mí en la Opera Comique.
—No te irás —dije, poniéndome delante de la puerta.
—¿Por qué?
—Porque, a pesar de lo que me has hecho, te amo siempre, y quiero que te quedes aquí.
—¿Para echarme mañana? No; es imposible. Nuestros destinos están separados; no intentes reunirlos. Quizás me desprecies, mientras que ahora solo puedes odiarme.
—No, Marguerite —grité, sintiendo despertar todo mi amor y todo mi deseo al contacto de esta mujer—. No, olvidaré todo y seremos felices como nos prometimos que seríamos.
Marguerite negó con la cabeza con duda y dijo:
—¿No soy tu esclava, tu perro? Haz conmigo lo que quieras. Tómame; soy tuya.
Y quitándose la capa y el sombrero, los arrojó sobre el sofá y comenzó apresuradamente a desabrocharse el vestido, pues, por una de esas reacciones tan frecuentes en su enfermedad, la sangre le subió a la cabeza y la sofocó. Siguió una tos seca y dura.
—Dile a mi cochero —dijo— que regrese con el carruaje.
Bajé yo mismo y lo despedí. Cuando regresé, Marguerite estaba tumbada frente al fuego y sus dientes castañeaban de frío.
La tomé en mis brazos. La desvestí, sin que ella hiciera un movimiento, y la llevé, helada, a la cama. Luego me senté a su lado e intenté calentarla con mis caricias. No dijo una palabra, pero me sonrió.
Fue una noche extraña. Toda la vida de Marguerite parecía haber pasado a los besos con los que me cubría, y la amaba tanto que, en mis transportes de amor febril, me preguntaba si no debería matarla, para que nunca pudiera pertenecer a otro.
Un mes de amor así y solo habrían quedado los cadáveres del corazón o del cuerpo.
El amanecer nos encontró a ambos despiertos. Marguerite estaba lívida. No dijo una palabra. De vez en cuando, grandes lágrimas rodaban por sus ojos y permanecían sobre sus mejillas, brillando como diamantes. Sus brazos delgados se abrían, de vez en cuando, para retenerme, y volvían a caer impotentes sobre la cama.
Por un momento me pareció como si pudiera olvidar todo lo que había pasado desde que dejé Bougival, y le dije a Marguerite:
—¿Nos iremos y dejaremos París?
—¡No, no! —dijo, casi con espanto—; seríamos demasiado infelices. Ya no puedo hacer nada para hacerte feliz, pero mientras quede un soplo de vida en mí, seré la esclava de tus caprichos. A cualquier hora del día o de la noche que quieras, ven, y seré tuya; pero no vincules más tu futuro con el mío, serías demasiado infeliz y me harías demasiado infeliz a mí. Todavía seré bonita por un tiempo; aprovecha al máximo, pero no pidas nada más.
Cuando se hubo ido, me asustó la soledad en la que me dejó. Dos horas después, todavía estaba sentado al borde de la cama, mirando la almohada que guardaba la huella de su forma y preguntándome qué sería de mí, entre mi amor y mis celos.
A las cinco, sin saber qué iba a hacer, fui a la Rue d’Antin.
Nanine me abrió.
—La señora no puede recibirle —dijo con aire avergonzado.
—¿Por qué?
—Porque el señor conde de N. está allí, y ha dado órdenes de no dejar entrar a nadie.
—Es cierto —balbuceé—; lo olvidé.
Me fui a casa como un borracho, y ¿sabe lo que hice durante aquel momento de delirio celoso, que fue lo suficientemente largo para cometer la infamia que iba a perpetrar? Me dije que aquella mujer se estaba riendo de mí; la vi a solas con el conde, repitiéndole las mismas palabras que me había dicho a mí por la noche, y tomando un billete de quinientos francos se lo envié con estas palabras:
«Te fuiste tan de repente que olvidé pagarte. Aquí tienes el precio de tu noche».
Luego, cuando la carta fue enviada, salí como para liberarme del remordimiento instantáneo de aquella acción infame.
Fui a ver a Olympe, a quien encontré probándose vestidos, y cuando estuvimos solos cantó canciones obscenas para divertirme. Era el tipo mismo de la cortesana desvergonzada, sin corazón y sin sentido, para mí al menos, pues quizá algunos hombres habrían soñado con ella como yo soñaba con Marguerite. Me pidió dinero. Se lo di y, libre entonces para irme, regresé a casa.
Marguerite no había respondido.
No hace falta decirle en qué estado de agitación pasé el día siguiente. A las nueve y media, un mensajero me trajo un sobre que contenía mi carta y el billete de quinientos francos, sin una palabra más.
—¿Quién le dio esto? —pregunté al hombre.
—Una señora que partía con su doncella en el siguiente correo hacia Boulogne, y que me dijo que no lo tomara hasta que el carruaje estuviera fuera del patio.
Corrí a la Rue d’Antin.
—Madame partió para Inglaterra a las seis —dijo el portero.
Ya no había nada que me retuviera en París, ni odio ni amor. Estaba agotado por esta serie de choques. Uno de mis amigos iba a emprender un viaje por Oriente. Le dije a mi padre que me gustaría acompañarlo; mi padre me dio letras de cambio y cartas de presentación, y ocho o diez días después me embarqué en Marsella.
Fue en Alejandría donde supe por un agregado de la embajada, a quien había visto algunas veces en casa de Marguerite, que la pobre muchacha estaba gravemente enferma.
Entonces le escribí la carta a la que ella respondió de la forma que usted sabe; la recibí en Tolón.
Partí de inmediato, y usted sabe el resto.
Ahora solo tiene que leer unas pocas hojas que me dio Julie Duprat; son el mejor comentario de lo que acabo de contarle.
Capítulo XXV
Armand, cansado por esta larga narración, a menudo interrumpida por sus lágrimas, puso sus dos manos sobre su frente y cerró los ojos para pensar, o para intentar dormir, después de haberme entregado las páginas escritas por la mano de Marguerite. Unos minutos después, una respiración más rápida me indicó que Armand dormía, pero ese sueño ligero que el menor ruido ahuyenta.
Esto es lo que leí; lo copio sin añadir ni omitir una sílaba:
Hoy es 15 de diciembre. Llevo tres o cuatro días enferma. Esta mañana me quedé en cama. El tiempo está oscuro, estoy triste; no hay nadie a mi lado. Pienso en ti, Armand. Y tú, ¿dónde estás mientras escribo estas líneas? Lejos de París, lejos, muy lejos, me dicen, y quizá ya hayas olvidado a Marguerite. Bueno, sé feliz; te debo los únicos momentos felices de mi vida.
No puedo evitar querer explicarte toda mi conducta, y te he escrito una carta; pero, escrita por una chica como yo, tal carta podría parecer una mentira, a menos que la muerte la hubiera santificado con su autoridad, y, en lugar de una carta, fuera una confesión.
Hoy estoy enferma; puedo morir de esta enfermedad, pues siempre tuve el presentimiento de que moriría joven. Mi madre murió de tisis, y la forma en que siempre he vivido no podía sino aumentar la única herencia que me dejó. Pero no quiero morir sin aclararte todo sobre mí; esto es, si, cuando vuelvas, todavía te preocuparás por la pobre chica a la que amaste antes de irte.
Esto es lo que contenía la carta; me gustará volver a escribirla para darme otra prueba de mi propia justificación.
Recuerdas, Armand, cómo la llegada de tu padre nos sorprendió en Bougival; recuerdas el susto involuntario que me causó su llegada, y la escena que tuvo lugar entre tú y él, que me contaste por la noche.
Al día siguiente, cuando estabas en París esperando a tu padre y este no regresaba, un hombre vino a la puerta y entregó una carta del señor Duval.
Su carta, que incluyo con esta, me suplicaba, en los términos más serios, que te mantuviera alejado al día siguiente con cualquier excusa, y que viera a tu padre, quien deseaba hablar conmigo, y me pidió particularmente que no te dijera nada al respecto.
Ya sabes cómo insistí en que regresaras a París al día siguiente.
Solo habías estado fuera una hora cuando tu padre se presentó. No diré qué impresión me causó su rostro severo. Tu padre tenía la vieja teoría de que una cortesana es un ser sin corazón ni razón, una especie de máquina de acuñar oro, siempre dispuesta, como la máquina, a magullar la mano que le da todo, y a despedazar, sin piedad ni discernimiento, a quienes la ponen en movimiento.
Tu padre me había escrito una carta muy cortés para que yo consintiera en verlo; no se presentó exactamente como había escrito. Su actitud al principio fue tan rígida, insolente e incluso amenazadora, que tuve que hacerle entender que estaba en mi propia casa y que no tenía necesidad de rendirle cuentas de mi vida, salvo por el sincero afecto que sentía por su hijo.
El señor Duval se calmó un poco, pero aun así continuó diciendo que no podía permitir por más tiempo que su hijo se arruinara por mí; que yo era hermosa, era verdad, pero, por hermosa que fuera, no debía hacer uso de mi belleza para estropear el futuro de un joven con tales gastos como los que yo provocaba.
Ante eso, solo había una cosa que hacer: mostrarle la prueba de que, desde que fui tu amante, no había escatimado sacrificio para serte fiel sin pedir más dinero del que podías darme. Le mostré los boletos de empeño, los recibos de las personas a quienes había vendido lo que no podía empeñar; le hablé de mi resolución de deshacerme de mis muebles para pagar mis deudas y vivir contigo sin ser un gasto demasiado pesado. Le hablé de nuestra felicidad, de cómo me habías mostrado la posibilidad de una vida más tranquila y feliz, y terminó cediendo ante la evidencia, ofreciéndome su mano y pidiéndome perdón por la forma en que se me había acercado al principio.
Entonces me dijo:
—Así pues, madame, no es mediante reconvenciones o amenazas, sino mediante súplicas, como debo intentar obtener de usted un sacrificio mayor del que ya ha hecho por mi hijo.
Temblé ante este comienzo.
Tu padre se acercó a mí, tomó ambas manos y continuó con voz afectuosa:
—Hija mía, no tomes a mal lo que tengo que decirte; solo recuerda que a veces hay en la vida necesidades crueles para el corazón, pero que hay que someterse a ellas. Eres buena, tu alma tiene una generosidad desconocida para muchas mujeres que quizá te desprecien y sean menos dignas que tú. Pero recuerda que no solo está la amante, sino la familia; que además del amor hay deberes; que a la edad de la pasión sucede la edad en la que el hombre, si quiere ser respetado, debe plantarse sólidamente en una posición seria. Mi hijo no tiene fortuna y, sin embargo, está dispuesto a abandonarte el legado de su madre. Si aceptara de ti el sacrificio que estás a punto de hacer, su honor y su dignidad le exigirían darte, a cambio, esta renta, que te pondría siempre fuera de peligro frente a la adversidad. Pero él no puede aceptar este sacrificio, porque el mundo, que no te conoce, daría una interpretación errónea a esta aceptación, y tal interpretación no debe empañar el nombre que llevamos. Nadie se detendría a considerar si Armand te ama, si tú lo amas, si este amor mutuo significa felicidad para él y redención para ti; solo verían una cosa: que Armand Duval permitió que una mujer mantenida (perdóname, hija mía, por lo que me veo obligado a decirte) vendiera todo lo que tenía por él. Entonces llegaría el día de los reproches y los arrepentimientos, tenlo por seguro, para ti o para otros, y ambos llevaríais una cadena que no podríais romper. ¿Qué harías entonces? Tu juventud estaría perdida, el futuro de mi hijo destruido; y yo, su padre, recibiría de uno solo de mis hijos la recompensa que espero de ambos.
»Eres joven, hermosa, la vida te consolará; eres noble, y el recuerdo de una buena acción te redimirá de muchas acciones pasadas. Durante los seis meses que te conoce, Armand me ha olvidado. Le escribí cuatro veces y no ha respondido ni una sola vez. ¡Podría haber muerto y él no saberlo!
»Cualquiera que sea tu resolución de vivir de otra manera a como has vivido, Armand, que te ama, nunca consentirá el aislamiento al que su modesta fortuna lo condenaría, y al que tu belleza no te da derecho. ¡Quién sabe qué haría entonces! Ha jugado, lo sé; sin decírtelo, lo sé también, pero, en un momento de locura, podría haber perdido parte de lo que he ahorrado, durante muchos años, para la dote de mi hija, para él y para el reposo de mi vejez. Lo que podría haber sucedido todavía puede suceder.
»¿Estás segura, además, de que la vida a la que renuncias por él no volverá a atraerte nunca más? ¿Estás segura, tú que lo has amado, de que nunca amarás a otro? ¿No sufrirías al ver los obstáculos puestos por tu amor a la vida de tu amante, obstáculos para los que serías impotente a la hora de consolarlo si, con la edad, los pensamientos de ambición sucedieran a los sueños de amor? Reflexiona sobre todo eso, madame. Amas a Armand; demuéstraselo por el único medio que te queda de demostrárselo todavía, sacrificando tu amor por su futuro. Ninguna desgracia ha ocurrido aún, pero ocurrirá una, y quizás mayor que las que preveo. Armand podría sentir celos de un hombre que te haya amado; podría provocarlo, batirse, ser asesinado. ¡Piensa, entonces, lo que sufrirías en presencia de un padre que te pidiera cuentas por la vida de su hijo!
»Por último, querida hija, déjame decírtelo todo, pues aún no te lo he dicho todo, déjame decirte lo que me ha traído a París. Tengo una hija, como te he dicho, joven, hermosa, pura como un ángel. Ella ama, y ella también ha hecho de este amor el sueño de su vida. Escribí todo eso a Armand, pero, absorto en ti, no respondió. Pues bien, mi hija está a punto de casarse. Se va a casar con el hombre al que ama; entra en una familia honorable, que requiere que la mía no sea menos honorable. La familia del hombre que va a convertirse en mi yerno ha sabido qué clase de vida lleva Armand en París, y me ha declarado que el matrimonio debe romperse si Armand continúa con esta vida. El futuro de una hija que no ha hecho nada contra ti, y que tiene derecho a esperar un futuro feliz, está en tus manos. ¿Tienes el derecho, tienes la fuerza para destruirlo? En nombre de tu amor y de tu arrepentimiento, Marguerite, concédeme la felicidad de mi hija».
Lloré en silencio, amigo mío, ante todas estas reflexiones que yo misma había hecho tantas veces, y que, en boca de tu padre, adquirían una realidad aún más seria. Me dije todo lo que tu padre no se atrevió a decirme, aunque lo tuvo en los labios veinte veces: que yo no era, después de todo, más que una mujer mantenida, y que, independientemente de la excusa que diera para nuestra relación, siempre parecería un cálculo por mi parte; que mi vida pasada no me dejaba derecho a soñar con tal futuro, y que estaba aceptando responsabilidades para las que mis hábitos y mi reputación distaban mucho de dar garantía alguna. En resumen, te amaba, Armand.
La forma paternal en la que el señor Duval me había hablado; los recuerdos puros que despertó en mí; el respeto de este anciano, que yo ganaría; el tuyo, que estaba segura de ganar más adelante: todo aquello despertó en mi corazón pensamientos que me elevaron ante mis propios ojos con una especie de orgullo santo, desconocido hasta entonces. Cuando pensaba que un día este anciano, que ahora me suplicaba por el futuro de su hijo, pediría a su hija que mezclara mi nombre con sus oraciones, como el nombre de una amiga misteriosa, me parecía transformarme y sentía orgullo de mí misma.
La exaltación del momento quizás exageró la verdad de estas impresiones, pero eso fue lo que sentí, amigo, y estos nuevos sentimientos silenciaron el recuerdo de los días felices que había pasado contigo.
—Dígame, señor —le dije a tu padre, secándome las lágrimas—, ¿cree usted que amo a su hijo?
—Sí —dijo el señor Duval.
—¿Con un amor desinteresado?
—Sí.
—¿Cree que he hecho de este amor la esperanza, el sueño, el perdón de mi vida?
—Absolutamente.
—Pues bien, señor, abráceme una vez, como abrazaría a su hija, y le juro que ese beso, el único beso casto que he recibido jamás, me hará fuerte contra mi amor, y que en el plazo de una semana su hijo estará una vez más a su lado, quizá infeliz por un tiempo, pero curado para siempre.
—Eres una chica noble —respondió tu padre, besándome en la frente—, y estás haciendo un intento por el que Dios te recompensará; pero mucho me temo que no tendrás influencia sobre mi hijo.
—Oh, esté tranquilo, señor; él me odiará.
Tuve que erigir entre nosotros, tanto para mí como para ti, una barrera insuperable.
Le escribí a Prudence para decirle que aceptaba la propuesta del conde de N., y que debía decirle que cenaría con él y con ella. Sellé la carta y, sin decirle lo que contenía, pedí a tu padre que la hiciera llegar a su destinatario al llegar a París.
Me preguntó qué contenía.
—El bienestar de su hijo —respondí.
Tu padre me abrazó una vez más. Sentí dos lágrimas de gratitud en mi frente, como el bautismo de mis faltas pasadas, y en el momento en que consentí entregarme a otro hombre, ardí de orgullo al pensar en lo que estaba redimiendo con esta nueva falta.
Era muy natural, Armand. Me dijiste que tu padre era el hombre más honesto del mundo.
El señor Duval regresó a su carruaje y partió hacia París.
Solo era una mujer, y cuando volví a verte no pude evitar llorar, pero no cedí.
¿Hice bien? Eso es lo que me pregunto hoy, mientras estoy enferma en mi cama, de la que quizás nunca saldré hasta que esté muerta.
Eres testigo de lo que sentí al acercarse la hora de nuestra separación; tu padre ya no estaba allí para apoyarme, y hubo un momento en que estuve a punto de confesártelo todo, tan aterrorizada estaba ante la idea de que ibas a odiarme y despreciarme.
Una cosa que quizás no creas, Armand, es que recé a Dios para que me diera fuerzas; y lo que demuestra que aceptó mi sacrificio es que me dio la fuerza que pedí.
En la cena todavía necesité ayuda, pues no podía pensar en lo que iba a hacer, tanto temía que mi valor me fallara. ¿Quién hubiera dicho que yo, Marguerite Gautier, habría sufrido tanto con la mera idea de un nuevo amante? Bebí para olvidar, y cuando desperté al día siguiente estaba junto al conde.
Esa es toda la verdad, amigo. Júzgame y perdóname, como yo te he perdonado todo el mal que me has hecho desde aquel día.
Capítulo XXVI
Lo que siguió a aquella noche fatal lo sabes tan bien como yo; pero lo que no puedes saber, lo que no puedes sospechar, es lo que he sufrido desde nuestra separación.
Supe que tu padre te había llevado con él, pero estaba segura de que no podrías vivir mucho tiempo lejos de mí, y cuando te encontré en los Campos Elíseos, me sentí un poco alterada, pero de ninguna manera sorprendida.
Entonces comenzó esa serie de días; cada uno de ellos me trajo un insulto nuevo por tu parte. Los recibí todos con una especie de alegría, pues, además de probarme que todavía me amabas, me parecía que cuanto más me persiguieras, más me elevaría ante tus ojos cuando llegaras a conocer la verdad.
No te asombres de mi alegría en el martirio, Armand; tu amor por mí había abierto mi corazón a un noble entusiasmo.
Aun así, no fui tan fuerte de inmediato.
Entre el momento del sacrificio hecho por ti y el momento de tu regreso transcurrió mucho tiempo, durante el cual me vi obligada a recurrir a medios físicos para no volverme loca, y para ser cegada y ensordecida en el torbellino de vida en el que me arrojé. Prudence te ha contado (¿no es así?) cómo fui a todas las fiestas y bailes y orgías. Tenía una especie de esperanza de que me mataría con todos estos excesos, y creo que no pasará mucho tiempo antes de que esta esperanza se vea realizada. Mi salud naturalmente fue empeorando cada vez más, y cuando envié a la señora Duvernoy a pedirte piedad, estaba totalmente agotada, cuerpo y alma.
No te recordaré, Armand, la respuesta que diste a la última prueba de amor que te di, y el ultraje con el que alejaste a una mujer moribunda, que no pudo resistirse a tu voz cuando le pediste una noche de amor, y que, como una tonta, pensó por un instante que podría unir de nuevo el pasado con el presente. Tenías derecho a hacer lo que hiciste, Armand; ¡la gente no siempre ha puesto un precio tan alto a una noche mía!
Dejé todo después de eso. Olympe ha ocupado mi lugar con el conde de N., y le ha contado, según me han dicho, las razones de mi abandono. El conde de G. estaba en Londres. Es uno de esos hombres que dan a la conquista de mujeres como yo la importancia justa para que sea un pasatiempo agradable, y que son así capaces de seguir siendo amigos de las mujeres, sin odiarlas porque nunca han sentido celos de ellas, y es, además, uno de esos grandes señores que abren solo una parte de sus corazones a nosotras, pero la totalidad de sus carteras. Fue en él en quien pensé de inmediato. Me reuní con él en Londres. Me recibió tan amablemente como pudo, pero allí era el amante de una mujer de la alta sociedad, y temía comprometerse si era visto conmigo. Me presentó a sus amigos, que ofrecieron una cena en mi honor, tras la cual uno de ellos me llevó a casa con él.
¿Qué más me quedaba por hacer, amigo mío? Si me hubiera quitado la vida, habría cargado tu existencia, que debería ser feliz, con un remordimiento innecesario; y además, ¿qué sentido tiene matarse cuando uno está ya tan cerca de la muerte?
Me convertí en un cuerpo sin alma, en una cosa sin pensamiento; viví durante algún tiempo de esa manera automática; luego regresé a París y pregunté por ti; me enteré entonces de que te habías ido en un largo viaje. No quedaba nada que me atara a la vida. Mi existencia volvió a ser lo que había sido dos años antes de conocerte. Intenté recuperar al duque, pero lo había ofendido demasiado profundamente. Los ancianos no son pacientes, sin duda porque se dan cuenta de que no son eternos. Me debilitaba cada día más. Estaba pálida, triste y más delgada que nunca. Los hombres que compran amor examinan la mercancía antes de llevársela. En París había mujeres con mejor salud y no tan delgadas como yo; fui bastante olvidada. Eso es todo lo que hay del pasado hasta ayer.
Ahora estoy gravemente enferma. Le he escrito al duque para pedirle dinero, pues no tengo nada, y los acreedores han regresado y vienen a verme con sus facturas con una perseverancia implacable. ¿Responderá el duque? ¿Por qué no estás en París, Armand? Vendrías a verme y tus visitas me harían bien.
20 de diciembre.
El tiempo es horrible; está nevando y estoy sola. He tenido tanta fiebre durante los últimos tres días que no he podido escribirte ni una palabra. Ninguna noticia, amigo mío; cada día espero vagamente una carta tuya, pero no llega, y sin duda nunca llegará. Solo los hombres son lo suficientemente fuertes como para no perdonar. El duque no ha respondido.
Prudence está empeñando mis cosas de nuevo.
He estado escupiendo sangre todo el tiempo. Oh, te daría lástima si pudieras verme. Eres realmente afortunado de estar bajo un cielo cálido y no, como yo, con todo un invierno de hielo sobre el pecho. Hoy me levanté un poco, miré a través de las cortinas de mi ventana y observé la vida de París pasando abajo, la vida con la que ya no tengo nada que ver. Vi pasar rápidamente los rostros de algunas personas que conocía, alegres y despreocupadas. Ninguno levantó la vista hacia mi ventana. Sin embargo, algunos jóvenes han venido a preguntar por mí. Una vez antes estuve enferma y tú, aunque no me conocías, aunque no habías recibido de mí más que una impertinencia el día que nos conocimos por primera vez, viniste a preguntar por mí todos los días. Pasamos seis meses juntos. Sentí por ti todo el amor que el corazón de una mujer puede albergar y dar, y tú estás lejos, me estás maldiciendo y no hay ni una palabra de consuelo de tu parte. Pero estoy segura de que fue solo el azar lo que te hizo dejarme, pues si estuvieras en París, no abandonarías mi lecho.
25 de diciembre.
Mi médico me dice que no debo escribir todos los días. Y, ciertamente, mis recuerdos solo aumentan mi fiebre, pero ayer recibí una carta que me hizo bien, más por lo que decía que por la ayuda material que contenía. Puedo escribirte, pues, hoy. Esta carta es de tu padre, y esto es lo que dice:
“MADAME: Acabo de enterarme de que está enferma. Si estuviera en París, iría yo mismo a preguntar por usted; si mi hijo estuviera aquí, le enviaría a él; pero no puedo dejar C., y Armand está a seiscientas o setecientas leguas de aquí; permítame, pues, simplemente escribirle, madame, para decirle lo mucho que me duele saber de su enfermedad, y crea en mis sinceros deseos de una pronta recuperación.
“Uno de mis buenos amigos, M. H., irá a verla; ¿tendría la amabilidad de recibirlo? Le he confiado un encargo, cuyo resultado espero con impaciencia.
“Créame, madame,
“Atentamente suyo.”
Esta es la carta que me envió. Tu padre tiene un corazón noble; ámalo bien, amigo mío, pues hay pocos hombres tan dignos de ser amados. Este papel firmado con su nombre me ha hecho más bien que todas las recetas de nuestro gran médico.
Esta mañana vino M. H. Parecía muy avergonzado por la delicada misión que M. Duval le había confiado. De hecho, vino a traerme tres mil francos de parte de tu padre. Quise negarme al principio, pero M. H. me dijo que mi negativa molestaría a M. Duval, quien le había autorizado a darme esta suma ahora, y más adelante lo que pudiera necesitar. Lo acepté, porque, viniendo de tu padre, no podría ser exactamente recibir limosna. Si estoy muerta cuando regreses, muéstrale a tu padre lo que he escrito para él y dile que, al escribir estas líneas, la pobre mujer a quien él tuvo la bondad de escribir una carta tan consoladora derramó lágrimas de gratitud y rezó a Dios por él.
4 de enero.
He pasado unos días terribles. Nunca supe que el cuerpo pudiera sufrir tanto. ¡Oh, mi vida pasada! Lo pago el doble ahora.
Ha habido alguien velándome cada noche; no puedo respirar. Lo que queda de mi pobre existencia se reparte entre el delirio y la tos.
El comedor está lleno de dulces y toda clase de regalos que mis amigos han traído. Algunos de ellos, me atrevo a decir, tienen la esperanza de que sea su amante más adelante. Si pudieran ver lo que la enfermedad ha hecho de mí, huirían aterrorizados.
Prudence está dando sus regalos de Año Nuevo con los que yo he recibido.
Hay un deshielo y el médico dice que podré salir en unos días si el buen tiempo continúa.
8 de enero.
Salí ayer en mi carruaje. El tiempo era encantador. Los Campos Elíseos estaban llenos de gente. Era como la primera sonrisa de la primavera. Todo a mi alrededor tenía un aire festivo. Nunca supe antes que un rayo de sol pudiera contener tanta alegría, dulzura y consuelo.
Me encontré con casi todas las personas que conocía, todas felices, todas absortas en sus placeres. ¡Cuántas personas felices ni siquiera saben que son felices! Olympe me adelantó en un elegante carruaje que M. de N. le ha regalado. Intentó insultarme con su mirada. Poco sabe lo lejos que estoy de esas cosas ahora. Un buen muchacho, a quien conozco desde hace mucho tiempo, me preguntó si quería cenar con él y uno de sus amigos, quien, dijo, estaba muy ansioso por conocerme. Sonreí con tristeza y le di mi mano, ardiendo de fiebre. Nunca vi un semblante tan asombrado.
Regresé a las cuatro y tuve buen apetito para la cena. Salir me ha hecho bien. ¡Si al menos fuera a ponerme bien! ¡Cómo el espectáculo de la vida y la felicidad de los demás da deseo de vivir a quienes, solo la noche anterior, en la soledad de su alma y en la sombra de su cuarto de enferma, solo querían morir pronto!
10 de enero.
La esperanza de mejorar era solo un sueño. Estoy de vuelta en la cama, cubierta de parches que me queman. Si ofreciera el cuerpo por el que la gente pagó tan caro una vez, ¿cuánto darían, me pregunto, hoy?
Debemos haber hecho algo muy malo antes de nacer, o si no, debemos ser muy felices cuando estemos muertos, para que Dios permita que esta vida tenga todas las torturas de la expiación y todas las penas de una ordalía.
12 de enero.
Sigo enferma.
El conde de N. me envió dinero ayer. No me lo quedé. No aceptaré nada de ese hombre. Es por él que no estás aquí.
¡Oh, aquellos buenos tiempos en Bougival! ¿Dónde están ahora?
Si salgo viva de esta habitación, haré una peregrinación a la casa en la que vivimos juntos, pero nunca la dejaré hasta que esté muerta.
¿Quién sabe si te escribiré mañana?
25 de enero.
No he dormido en once noches. Me ahogo. Me imagino a cada momento que voy a morir. El médico me ha prohibido tocar una pluma. Julie Duprat, que me cuida, me deja escribirte estas pocas líneas. ¿No volverás antes de que muera? ¿Se ha terminado todo entre nosotros para siempre? Me parece que si vinieras, me pondría bien. ¿De qué serviría ponerse bien?
28 de enero.
Esta mañana me despertó un gran ruido. Julie, que dormía en mi habitación, corrió al comedor. Oí voces de hombres y la suya protestando contra ellos en vano. Regresó llorando.
Habían venido a embargar mis cosas. Le dije que dejara que lo que llaman justicia siguiera su curso. El alguacil entró en mi habitación con el sombrero puesto. Abrió los cajones, anotó lo que veía y ni siquiera pareció darse cuenta de que había una mujer moribunda en la cama que, afortunadamente, la caridad de la ley me deja.
Dijo, de hecho, antes de irse, que podía apelar en un plazo de nueve días, pero dejó a un hombre detrás para vigilar. ¡Dios mío! ¿Qué será de mí? Esta escena me ha dejado peor de lo que estaba. Prudence quiso ir a pedir dinero al amigo de tu padre, pero no se lo permití.
Recibí tu carta esta mañana. La necesitaba. ¿Llegará mi respuesta a tiempo? ¿Me volverás a ver alguna vez? Este es un día feliz, y me ha hecho olvidar todos los días que he pasado durante las últimas seis semanas. Me parece que estoy mejor, a pesar de la sensación de tristeza bajo cuya impresión te respondí.
Después de todo, nadie es infeliz siempre.
¡Cuando pienso que puede ocurrirme no morir, que tú regreses, que vuelva a ver la primavera, que todavía me ames y que volvamos a empezar nuestra vida del año pasado!
¡Loca que soy! Apenas puedo sostener la pluma con la que te escribo sobre este sueño salvaje de mi corazón.
Pase lo que pase, te amé mucho, Armand, y habría muerto hace mucho tiempo si no hubiera tenido el recuerdo de tu amor para ayudarme y una especie de vaga esperanza de verte de nuevo a mi lado.
4 de febrero.
El conde de G. ha regresado. Su amante le ha sido infiel. Está muy triste; la quería mucho. Vino a contármelo todo. El pobre hombre está en una mala situación económica; aun así, ha pagado a mi alguacil y ha despedido al hombre.
Hablé con él sobre ti y prometió hablarte de mí. Olvidé que había sido su amante, y él también intentó hacerme olvidarlo. Es un buen amigo.
El duque envió ayer a preguntar por mí y esta mañana vino a verme. No sé cómo el viejo sigue vivo. Se quedó conmigo tres horas y no dijo veinte palabras. Dos grandes lágrimas cayeron de sus ojos cuando vio lo pálida que estaba. El recuerdo de la muerte de su hija le hizo llorar, sin duda. La habrá visto morir dos veces. Tenía la espalda encorvada, la cabeza inclinada hacia el suelo, los labios caídos, los ojos vacíos. La edad y la pena pesan con doble peso sobre su cuerpo desgastado. No me reprochó nada. Parecía como si se alegrara secretamente de ver los estragos que la enfermedad había causado en mí. Parecía orgulloso de estar aún en pie, mientras yo, que soy todavía joven, estaba destrozada por el sufrimiento.
El mal tiempo ha regresado. Nadie viene a verme. Julie me vigila tanto como puede. Prudence, a quien ya no puedo dar tanto como solía, empieza a poner excusas para no venir.
Ahora que estoy tan cerca de la muerte, a pesar de lo que dicen los médicos, pues tengo varios, lo que demuestra que voy a peor, casi me arrepiento de haber escuchado a tu padre; si hubiera sabido que solo me llevaría un año de tu futuro, no podría haber resistido el deseo de pasar ese año contigo y, al menos, habría muerto con un amigo para sostenerme la mano. Es cierto que si hubiéramos vivido juntos este año, no habría muerto tan pronto.
¡Hágase la voluntad de Dios!
5 de febrero.
¡Oh, ven, ven, Armand! Sufro horriblemente; voy a morir, ¡oh, Dios! Estaba tan miserable ayer que quería pasar la noche, que parecía que iba a ser tan larga como la anterior, en cualquier lugar menos en casa. El duque vino por la mañana. Me parece que el espectáculo de este viejo, a quien la muerte ha olvidado, me hace morir más rápido.
A pesar de la fiebre ardiente que me devoraba, hice que me vistieran y me llevaran al Vaudeville. Julie me puso algo de colorete, sin el cual habría parecido un cadáver. Tuve el palco donde te di nuestra primera cita. Todo el tiempo tuve los ojos fijos en la butaca donde te sentaste aquel día, aunque una especie de paleto estaba sentado allí, riéndose a carcajadas de todas las tonterías que decían los actores. Estaba medio muerta cuando me llevaron a casa. Tosí y escupí sangre toda la noche. Hoy no puedo hablar, apenas puedo mover el brazo. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Voy a morir! Lo he estado esperando, pero no puedo acostumbrarme a la idea de sufrir más de lo que sufro ahora, y si...
Después de esto, los pocos caracteres trazados por Marguerite eran indescifrables, y lo que siguió fue escrito por Julie Duprat.
18 de febrero.
MONSIEUR ARMAND:
Desde el día en que Marguerite insistió en ir al teatro, ha ido de mal en peor. Ha perdido completamente la voz y ahora el uso de sus miembros.
Lo que nuestra pobre amiga sufre es imposible de decir. No estoy acostumbrada a emociones de este tipo y estoy en un estado de susto constante.
¡Cómo desearía que estuvieras aquí! Casi siempre delira; pero delirante o lúcida, siempre es tu nombre el que pronuncia, cuando puede decir una palabra.
El médico me dice que no le queda mucho tiempo aquí. Desde que se puso tan enferma, el viejo duque no ha vuelto. Le dijo al médico que el espectáculo era demasiado para él.
La señora Duvernoy no se está portando bien. Esta mujer, que pensó que podría obtener más dinero de Marguerite, a cuya costa vivía casi completamente, ha contraído deudas que no puede pagar, y al ver que su vecina ya no le sirve, ni siquiera viene a verla. Todo el mundo la está abandonando. M. de G., procesado por sus deudas, ha tenido que regresar a Londres. Al marcharse, nos envió más dinero; ha hecho todo lo que ha podido, pero han vuelto a embargar las cosas, y los acreedores solo esperan a que ella muera para venderlo todo.
Quise usar mis últimos recursos para poner fin a esto, pero el alguacil me dijo que no servía de nada y que hay otros embargos que seguirán. Puesto que debe morir, es mejor dejar que todo se vaya que salvarlo para su familia, a la que nunca le ha importado ver y a la que nunca le ha importado ella. No puedes concebir en medio de qué miseria dorada está muriendo la pobre criatura. Ayer no teníamos absolutamente nada de dinero. Platería, joyas, chales, todo está empeñado; el resto está vendido o embargado. Marguerite sigue siendo consciente de lo que ocurre a su alrededor y sufre en cuerpo, mente y corazón. Grandes lágrimas corren por sus mejillas, tan delgadas y pálidas que nunca reconocerías el rostro de quien tanto amaste, si pudieras verla. Me ha hecho prometer que te escribiría cuando ella ya no pueda escribir, y escribo ante ella. Gira sus ojos hacia mí, pero ya no me ve; sus ojos ya están velados por la llegada de la muerte; sin embargo, sonríe, y todos sus pensamientos, toda su alma son tuyos, estoy segura.
Cada vez que se abre la puerta sus ojos se iluminan y piensa que vas a entrar; luego, cuando ve que no eres tú, su rostro retoma su expresión dolorosa, un sudor frío brota sobre él y sus pómulos se sonrojan.
19 de febrero, medianoche.
¡Qué día tan triste hemos tenido hoy, pobre M. Armand! Esta mañana Marguerite se ahogaba; el médico le hizo una sangría y su voz ha regresado por un momento. El médico le rogó que viera a un sacerdote. Ella dijo “Sí”, y él fue personalmente a buscar a un abate de Saint Roch.
Mientras tanto, Marguerite me llamó a su cama, me pidió que abriera un armario, señaló un gorro y una camisa larga cubierta de encaje y dijo con voz débil:
“Moriré en cuanto me haya confesado. Entonces me vestirás con estas cosas; es el capricho de una mujer moribunda.”
Luego me abrazó entre lágrimas y añadió:
“Puedo hablar, pero me ahogo cuando hablo; me estoy ahogando. ¡Aire!”
Estallé en lágrimas, abrí la ventana y pocos minutos después entró el sacerdote. Me acerqué a él; cuando supo dónde estaba, pareció temer ser mal recibido.
“Entre con confianza, padre”, le dije.
Se quedó muy poco tiempo en la habitación, y cuando salió me dijo:
“Vivió pecadora y morirá cristiana.”
Pocos minutos después regresó con un monaguillo portando un crucifijo y un sacristán que iba delante de ellos tocando la campana para anunciar que Dios venía hacia la moribunda.
Entraron los tres en el dormitorio donde se han dicho tantas palabras extrañas, pero que ahora era una especie de tabernáculo sagrado.
Caí de rodillas. No sé cuánto durará la impresión de lo que vi, pero no creo que, hasta que llegue mi turno, ninguna cosa humana pueda causarme una impresión tan profunda.
El sacerdote ungió con aceite santo los pies, las manos y la frente de la moribunda, repitió una breve oración y Marguerite estaba lista para partir hacia el cielo al que no dudo que irá, si Dios ha visto la ordalía de su vida y la santidad de su muerte.
Desde entonces no ha dicho una palabra ni hecho un movimiento. Veinte veces la habría creído muerta si no la hubiera oído respirar con dificultad.
20 de febrero, 5 P.M.
Todo ha terminado.
Marguerite entró en su última agonía alrededor de las dos. Nunca un mártir sufrió tal tortura, a juzgar por los gritos que profería. Dos o tres veces se sentó erguida en la cama, como si quisiera aferrarse a su vida, que se escapaba hacia Dios.
Dos o tres veces también pronunció tu nombre; luego todo quedó en silencio y cayó de nuevo sobre la cama, exhausta. Lágrimas silenciosas brotaron de sus ojos y murió.
Entonces me acerqué a ella; la llamé y, como no respondió, le cerré los ojos y la besé en la frente.
Pobre y querida Marguerite, ojalá fuera una mujer santa para que mi beso pudiera recomendarte a Dios.
Luego la vestí como me había pedido. Fui a buscar a un sacerdote a Saint Roch, encendí dos velas por ella y recé en la iglesia durante una hora.
Di el dinero que dejó a los pobres.
No sé gran cosa de religión, pero creo que Dios sabrá que mis lágrimas fueron auténticas, mis oraciones fervientes, mis limosnas sinceras, y que se apiadará de ella, quien, muriendo joven y hermosa, solo me tuvo a mí para cerrarle los ojos y envolverla en su sudario.
22 de febrero.
El entierro tuvo lugar hoy. Muchos de los amigos de Marguerite acudieron a la iglesia. Algunos lloraron con sinceridad. Cuando el cortejo fúnebre se dirigió hacia Montmartre, solo dos hombres lo siguieron: el Comte de G., que vino expresamente desde Londres, y el duque, que se apoyaba en dos lacayos.
Te escribo estos detalles desde su casa, entre mis lágrimas y bajo la lámpara que arde tristemente junto a una comida que no puedo probar, como imaginarás, pero que Nanine ha preparado para mí, pues no he ingerido nada en veinticuatro horas.
Mi vida no podrá retener estas tristes impresiones por mucho tiempo, pues mi vida no me pertenece más de lo que la de Marguerite le pertenecía a ella; por eso te doy todos estos detalles en el mismo lugar donde ocurrieron, ante el temor de que, si pasara mucho tiempo entre ellos y tu regreso, no fuera capaz de dártelos con toda su melancólica exactitud.
Capítulo XXVII
—¿Lo has leído? —dijo Armand, cuando hube terminado el manuscrito.
—Comprendo lo que debes haber sufrido, amigo mío, si todo lo que he leído es cierto.
—Mi padre lo confirmó en una carta.
Hablamos durante algún tiempo sobre el triste destino que se había cumplido, y me fui a casa a descansar un poco.
Armand, aún triste, pero un poco aliviado por la narración de su historia, se recuperó pronto, y fuimos juntos a hacer una visita a Prudence y a Julie Duprat.
Prudence se había declarado en bancarrota. Nos dijo que Marguerite era la causa de ello; que durante su enfermedad le había prestado una gran cantidad de dinero en forma de pagarés, que no pudo pagar, habiendo muerto Marguerite sin haberle devuelto el dinero y sin haberle dado un recibo con el que pudiera presentarse como acreedora.
Con la ayuda de esta fábula, que la Mme. Duvernoy repetía por todas partes para justificar sus dificultades económicas, le sacó un pagaré de mil francos a Armand, quien no le creyó, pero que fingió hacerlo por respeto a todos aquellos en cuya compañía había vivido Marguerite.
Después llamamos a la puerta de Julie Duprat, quien nos contó el triste incidente del que había sido testigo, derramando lágrimas verdaderas al recordar a su amiga.
Por último, fuimos a la tumba de Marguerite, sobre la cual los primeros rayos del sol de abril hacían brotar las primeras hojas.
Quedaba un deber para Armand: regresar con su padre. Deseaba que yo le acompañara.
Llegamos a C., donde vi al M. Duval, tal como lo había imaginado por el retrato que su hijo me había hecho de él: alto, digno, bondadoso.
Recibió a Armand con lágrimas de alegría y me estrechó la mano afectuosamente. No tardé en ver que el sentimiento paternal era el que dominaba a todos los demás en su ánimo.
Su hija, llamada Blanche, tenía esa transparencia en los ojos, esa serenidad en la boca, que denota un alma que solo concibe pensamientos santos y unos labios que solo repiten palabras piadosas. Dio la bienvenida al regreso de su hermano con sonrisas, sin saber, en la pureza de su juventud, que lejos de allí una cortesana había sacrificado su propia felicidad ante la mera invocación de su nombre.
Permanecí durante algún tiempo en su feliz familia, llena de solícitos cuidados para aquel que les traía la convalecencia de su corazón.
Regresé a París, donde escribí esta historia tal y como me fue contada. Solo tiene un mérito, que quizás le sea negado; y es que es cierta.
No saco de esta historia la conclusión de que todas las mujeres como Marguerite sean capaces de hacer todo lo que ella hizo —ni mucho menos—; pero he descubierto que una de ellas experimentó un amor serio en el transcurso de su vida, que sufrió por él y que murió a causa de él. Le he contado al lector todo lo que supe. Era mi deber.
No soy el apóstol del vicio, pero sería feliz siendo el eco de un noble dolor dondequiera que lleve su voz en oración.
La historia de Marguerite es una excepción, repito; si no hubiera sido una excepción, no habría merecido la pena escribirla.