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Carmen

by Prosper Mérimée · in Spanish

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CARMEN

por Prosper Mérimée

Traducido por Lady Mary Loyd

CAPÍTULO I

Siempre había sospechado que las autoridades geográficas no sabían bien lo que se decían al situar el campo de batalla de Munda en la comarca de los Bastuli-Poeni, cerca de la moderna Monda, como unas dos leguas al norte de Marbella.

Según mi propia conjetura, fundada en el texto del autor anónimo del Bellum Hispaniense, y en ciertas noticias recogidas de la excelente biblioteca que posee el Duque de Osuna, yo creía que el sitio de la memorable jornada en que César jugó entero o nada, de una vez por todas, contra los campeones de la República, debía buscarse en las cercanías de Montilla.

Hallándome en Andalucía durante el otoño de 1830, hice una excursión algo larga, con el propósito de aclarar ciertas dudas que aún me oprimían. Un escrito que dentro de poco publicaré, acabará, si no me engaño, con toda vacilación que aún pueda existir en el ánimo de los arqueólogos honrados. Pero antes de que mi disertación zanje definitivamente el problema geográfico en cuya solución se haya pendiente toda la Europa sabia, quiero referir un pequeño relato. No perjudicará en nada la interesante cuestión del verdadero lugar de Munda.

Había alquilado en Córdoba un guía y un par de caballos, y había salido a camino sin más equipaje que algunas camisas y los Comentarios de César. Vagando un día por las tierras altas de la llanura de Cachena, rendido de fatiga, abrasado de sed, quemado por un sol ardiente, maldiciendo de todo corazón, lo mismo a César que a los hijos de Pompeyo, divisé a alguna distancia del camino que llevaba un pequeño tramo de verde cesped salpicado de cañas y juncos. Aquello anunciaba la cercanía de algún manantial, y, en efecto, al acercarme más, percibí que lo que había parecido césped era un pantano, en el que entraba y desaparecía un arroyo que parecía brotar de un angosto desfiladero entre dos altos contrafuertes de la Sierra de Cabra.

Si seguía el curso de aquel arroyo, razonaba yo, era probable encontrar agua más fresca, menos sanguijuelas y ranas, y acaso un poco de sombra entre las peñas.

A la entrada del desfiladero, mi caballo relinchó, y otro caballo, invisible para mí, le respondió con otro relincho. Antes de haber avanzado cien pasos, el desfiladero se ensanchó de pronto, y vi una especie de anfiteatro natural, profundamente sombreado por los escarpados riscos que lo rodeaban por completo. Era imposible imaginar lugar de descanso más delicioso para un viajero. Al pie de las peñas precipitadas, el arroyo brotaba burbujeante y caía en un pequeño estanque, bordeado de arena blanca como la nieve. Cinco o seis espléndidos encinos siempre verdes, resguardados del viento y refrescados por el manantial, crecían junto al estanque y lo sombreaban con su espeso follaje. Y todo alrededor, un césped tupido y reluciente ofrecía al caminante un lecho mejor del que habría encontrado en ninguna posada en diez leguas a la redonda.

El honor de descubrir aquel hermoso paraje no me correspondía a mí. Un hombre descansaba ya allí —dormía, sin duda— cuando yo llegué. Despertado por el relincho de los caballos, se había puesto en pie y se había acercado a su montura, que aprovechando el sueño de su amo, había comido hartamente la hierba que crecía en torno. Era un mozo resuelto, de estatura mediana, pero membrudo y poderoso, y de expresión altiva y hosca. Su tez, que acaso en otro tiempo fue fina, estaba curtida por el sol hasta ser más morena que sus cabellos. Una de sus manos asía la rienda del caballo. En la otra sostenía un trabuco de cobre.

A primera vista, lo confieso, el trabuco y el aire salvaje del hombre que lo portaba, me dejaron algo suspenso. Pero había oído tantas cosas acerca de los bandoleros, que, sin llegar a ver ninguno, había llegado a dudar de su existencia. Y además, había visto a tantos labradores honrados armarse hasta los dientes antes de ir al mercado, que la vista de armas de fuego no me daba motivo para dudar del carácter de ningún desconocido. «Y además —me dije a mí mismo—, ¿qué podría hacer con mis camisas y con mi edición Elzevir de los Comentarios de César?» Así es que dirigí un amistoso saludo con la cabeza al hombre del trabuco, y le pregunté, sonriendo, si le había interrumpido el sueño. Sin responderme, me recorrió de arriba abajo con la mirada. Luego, como si el escrutinio le hubiera satisfecho, examinó con igual atención a mi guía, que llegaba en aquel momento. Vi al guía palidecer y detenerse con un aire de evidente alarma. «¡Un mal encuentro!» —pensé para mis adentros. Pero la prudencia me aconsejó al instante no dejar escapar ningún síntoma de ansiedad. Así es que desmonté. Dije al guía que quitara los frenos a los caballos, y arrodillándome junto al manantial, me lavé la cabeza y las manos, y luego bebí un largo trago, tendido boca abajo, como los soldados de Gedeón.

Entre tanto, observaba al desconocido y a mi propio guía. Este último parecía avanzar de mala gana. Pero el otro no parecía abrigar ningún designio hostil contra nosotros. Pues había soltado a su caballo, y el trabuco, que había estado sosteniendo horizontalmente, apuntaba ahora hacia el suelo.

Sin considerar necesario ofenderme por la escasa atención que se me dispensaba, me tendí cuan largo era sobre la hierba, y pregunté con toda calma al dueño del trabuco si llevaba fuego. Al mismo tiempo saqué mi petaca. El desconocido, sin abrir todavía los labios, sacó su eslabón, y no tardó en darme lumbre. Evidentemente se iba amansando, pues se sentó frente a mí, aunque sin soltar el arma. Cuando hube encendido mi cigarro, escogí el mejor que me quedaba y le pregunté si fumaba.

—Sí, señor —respondió.

Fueron estas las primeras palabras que le oí pronunciar, y noté que no pronunciaba la ese* a la manera andaluza, de lo cual colegí que era un viajero como yo, aunque, tal vez, algo menos arqueólogo.

* Los andaluces aspiran la ese, y la pronuncian como la ce y la zeta suaves, que los españoles pronuncian como la «th» inglesa. A un andaluz se le reconoce siempre por la manera de decir «señó».

—Verá usted que este es bastante bueno —dije, ofreciéndole un verdadero regalia de La Habana.

Él inclinó ligeramente la cabeza, encendió su cigarro con el mío, me dio las gracias con otra reverencia, y se puso a fumar con un aire de placer vivísimo.

—¡Ay! —exclamó, despidiendo lentamente la primera bocanada de humo por la boca y las narices—. ¡Cuánto tiempo hacía que no fumaba!

En España, el dar y aceptar un cigarro establece lazos de hospitalidad parecidos a los que se fundan en los países orientales con el pan y la sal. Mi compañero resultó más hablador de lo que yo esperaba. Sin embargo, aunque decía ser del partido de Montilla, parecía muy mal informado del país. No sabía el nombre del delicioso valle en que nos hallábamos, no pudo decirme los nombres de ninguno de los pueblos vecinos, y cuando le pregunté si no había visto por allí muros derruidos, tejas de bordes anchos o piedras labradas, confesó que nunca había prestado atención a tales cosas. En cambio, se mostró muy entendido en caballos, puso reparos a mi montura —lo que no era difícil— y me dio la genealogía de la suya, que procedía de la famosa yeguada de Córdoba. Era, en efecto, un animal espléndido, tan resistente, según decía su dueño, que una vez había cubierto treinta leguas en un solo día, ya al galope, ya al trote largo, durante todo el camino. En lo mejor de su relato, el desconocido se detuvo de golpe, como asustado y arrepentido de haber hablado tanto. «Lo cierto es que tenía mucha prisa por llegar a Córdoba —continuó, algo turbado—. Tenía que presentar una solicitud a los jueces por un pleito.» Mientras hablaba, miraba a mi guía Antonio, que tenía los ojos bajos.

El manantial y la fresca sombra eran tan agradables, que me acordé de ciertas lonjas de un excelente jamón que mis amigos de Montilla habían metido en la cartera de mi guía. Le mandé que las sacara, e invité al desconocido a participar de nuestra improvisada merienda. Si hacía mucho tiempo que no fumaba, en cambio me pareció que llevaba ayunando cuarenta y ocho horas, por lo menos. Comía como un lobo hambriento, y pensé para mí que mi llegada debía haber sido verdaderamente providencial para el pobre hombre. Entre tanto, mi guía comía poco, bebía menos aún, y no soltaba palabra, aunque en la primera parte del viaje se había mostrado el más excelente charlatán del mundo. Parecía hallarse a disgusto en presencia de nuestro huésped, y entre los dos reinaba una especie de recelo mutuo, cuya causa no acertaba yo a explicarme.

Las últimas migas de pan y los restos de jamón habían desaparecido. Habíamos fumado ya nuestro segundo cigarro; dije al guía que enjaezara los caballos, y estaba ya a punto de despedirme de mi nuevo amigo, cuando este me preguntó dónde pensaba pasar la noche.

Antes de que tuviese tiempo de notar una seña que mi guía me hacía, le había respondido que iba a la Venta del Cuervo.

—¡Es mal alojamiento para un caballero como usted, señor! Yo voy allá también, y si me permite cabalgar con usted, iremos juntos.

—¡Con mucho gusto! —respondí, montando a caballo. El guía, que sujetaba mi estribo, volvió a mirarme con intención. Le respondí encogiéndome de hombros, como dándole a entender que estaba perfectamente tranquilo, y nos pusimos en camino.

Las misteriosas señas de Antonio, su manifiesta inquietud, algunas palabras dejadas caer por el desconocido, sobre todo su cabalgada de treinta leguas, y la explicación harto inverosímil que de ella nos había dado, me habían permitido ya formarme una opinión acerca de la identidad de mi compañero de viaje. No me cabía duda de que estaba en compañía de un contrabandista, y acaso de un bandolero. ¿Qué me importaba? Conocía lo bastante el carácter español para estar bien seguro de que nada tenía que temer de un hombre que había comido y fumado conmigo. Su sola presencia me protegería en caso de algún encuentro desagradable. Y además, me hacía mucha gracia saber cómo era en realidad un bandido. No se tropieza con tales gentes todos los días. Y hay cierto encanto en hallarse muy cerca de un ser peligroso, sobre todo cuando se siente que el ser en cuestión es manso y está amansado.

Esperando que el desconocido fuese cayendo poco a poco en un tono de confianza, y a pesar de las guiñadas de mi guía, llevé la conversación al tema de los salteadores. No necesito decir que hablaba de ellos con mucho respeto. Por aquel entonces había en Andalucía un bandido famoso, llamado José María, cuyas hazañas estaban en boca de todos. «¡Supongamos que vaya cabalgando con José María!» —me decía a mí mismo. Conté todas las historias que sabía del héroe —todas le eran favorables, en verdad—, y manifesté a voz en cuello mi admiración por su generosidad y su valor.

—José María no es más que un pícaro —dijo el desconocido con gravedad.

«¿Será justo consigo mismo, o será esto un exceso de modestia?» —pensé, pues a fuerza de observar a mi compañero, había acabado por compaginar su aspecto con la descripción de José María, que había leído fijada en las puertas de varias ciudades andaluzas. «Sí, tiene que ser él —cabello rubio, ojos azules, boca grande, dientes blancos, manos pequeñas, camisa fina, chaqueta de terciopelo con botones de plata, polainas de cuero blanco, y un caballo bayo. No hay duda. ¡Pero respetemos su incógnito!» Llegamos a la venta. Era tal y como me la había descrito. Dicho de otro modo, el más mísero tugurio de su especie que yo había visto hasta entonces. Una sola pieza grande servía de cocina, comedor y dormitorio. En medio de la habitación ardía un fuego sobre una piedra plana, y el humo salía por un agujero del tejado, o más bien se quedaba formando una nube a algunos pies del suelo. A lo largo de las paredes, cinco o seis jergones de mulos estaban extendidos por el suelo. Aquellos eran las camas de los viajeros. A veinte pasos de la casa, o más bien de la pieza única que acabo de describir, había una especie de cobertizo que hacía las veces de cuadra.

Los únicos habitantes de aquella deliciosa morada visibles en aquel momento, eran, al menos, una vieja y una muchacha de diez o doce años, las dos negras como el tizón, y vestidas con harapos asquerosos. «¡He aquí los últimos restos de las antiguas poblaciones de la Munda Boetica!» —me dije a mí mismo. «¡Oh, César! ¡Oh, Sexto Pompeyo, si volvierais a esta tierra, qué asombrados quedaríais!»

Cuando la vieja vio a mi compañero de viaje, se le escapó una exclamación de sorpresa. «¡Ah! ¡Señor don José!» —exclamó.

Don José frunció el ceño y levantó la mano con un gesto de autoridad que al punto hizo callar a la vieja.

Me volví hacia mi guía, y le di a entender, con una seña que nadie más percibió, que ya sabía todo lo relativo al hombre en cuya compañía iba a pasar la noche. Nuestra cena fue mejor de lo que yo esperaba. En una mesita de un pie de alto nos sirvieron un gallo viejo, guisado con arroz y muchos pimientos; luego más pimientos en aceite, y por último un gazpacho —una especie de ensalada hecha con pimientos. Estos tres platos muy sazonados nos obligaron a recurrir con frecuencia a un odre lleno de vino de Montilla, que nos pareció delicioso.

Después de terminada la comida, descubrí una mandolina colgada en la pared —en España se ven mandolinas en todos los rincones—, y le pregunté a la muchacha, que nos había servido, si sabía tocarla.

—No —respondió—. ¡Pero don José toca muy bien!

—Hágame la gracia de cantarme algo —le dije—, me apasiona su música nacional.

—No puedo negarle nada a un caballero tan amable, que me da unos cigarros tan excelentes —respondió don José jovialmente, y habiendo hecho que la niña le diera la mandolina, cantó acompañándose él mismo. Su voz, aunque algo ronca, era agradable; el aire que cantaba era raro y melancólico. En cuanto a la letra, no pude entender ni una sola palabra.

—Si no me equivoco —dije—, ese aire que acaba usted de cantar no es español. Se parece a los zorzicos que he oído en las Provincias*, y la letra debe de estar en lengua vasca.

* Las Provincias privilegiadas, Álava, Vizcaya, Guipúzcoa, y parte de Navarra, que gozan todas de fueros especiales. En estos países se habla la lengua vasca.

—Sí —dijo don José, con mirada sombría. Dejó la mandolina en el suelo y se quedó mirando con una expresión singularmente triste la moribunda lumbre del hogar. Su rostro, a la vez fiero y noble, me recordó, iluminado por la luz del fuego, al Satán de Milton. Como él, tal vez, mi compañero meditaba sobre el hogar que había perdido, el exilio que había merecido, por alguna fechoría. Intenté resucitar la conversación, pero tan absorto estaba en su melancólico pensamiento, que no me respondió.

La vieja se había retirado ya a descansar en un rincón de la habitación, detrás de un jirón de manta colgado de una cuerda. La niña la había seguido a aquel retiro, sagrado para el bello sexo. Entonces mi guía se levantó y me propuso que fuera con él a la cuadra. Pero al oír esto, don José, despertando, por así decirlo, sobresaltado, preguntó bruscamente adónde iba.

—A la cuadra —respondió el guía.

—¿A qué? ¡Los caballos ya han comido! Puedes dormir aquí. El señor te lo permitirá.

—Me parece que el caballo del señor está enfermo. Quisiera que el señor lo viese. Quizá sabría lo que conviene hacerle.

Me quedó perfectamente claro que Antonio quería hablar conmigo a solas.

Pero no quise despertar las sospechas de don José, y, dadas las circunstancias, juzgué que lo más prudente era mostrarme absolutamente tranquilo.

Le dije, pues, a Antonio que yo no entendía absolutamente nada de caballos, y que estaba terriblemente adormilado. Don José le siguió hasta la cuadra, y volvió al poco rato solo. Me dijo que el caballo no tenía nada, pero que mi guía lo tenía por tan excelente animal, que estaba frotándolo con su chaqueta para hacerlo sudar, y esperaba pasar la noche en tan grata ocupación. Entre tanto, yo me había tendido sobre los jergones de los mulos, habiéndome envuelto cuidadosamente en mi capa, para no llegar a tocarlos. Don José, después de pedirme que le perdonase la libertad que tomaba colocándose tan cerca de mí, se echó a través de la puerta, pero no sin antes cebar de nuevo su trabuco y dejarlo cuidadosamente debajo de su zurrón, que le servía de almohada.

Había creído estar tan cansado, que podría dormir incluso en semejante alojamiento. Pero al cabo de una hora, una sensación de picor desagradabilísima me arrancó de mi primer sueño. Tan pronto como comprendí de qué se trataba, me puse en pie, persuadido de que me convendría mucho más pasar el resto de la noche al aire libre que bajo aquel techo inhospitalario. Andando de puntillas, llegué a la puerta, pasé por encima de don José, que dormía el sueño del justo, y lo arreglé tan bien, que logré salir del edificio sin despertarle. Junto a la puerta había un banco ancho de madera. Me tendí en él, y me acomodé, lo mejor que pude, para lo que quedaba de noche. Estaba cerrando los ojos por segunda vez, cuando me pareció ver la sombra de un hombre, y luego la sombra de un caballo, moviéndose sin ruido alguno, el uno detrás del otro. Me incorporé, y entonces creí reconocer a Antonio. Sorprendido de verle fuera de la cuadra a tales horas, me levanté y fui hacia él. Él me había visto primero, y se había detenido a esperarme.

—¿Dónde está? —preguntó Antonio en voz baja.

—En la venta. Está durmiendo. Las chinches no le importunan. Pero ¿qué vas a hacer con ese caballo? —observé entonces que, para amortiguar todo ruido al sacar el animal del cobertizo, Antonio le había envuelto cuidadosamente los cascos con los harapos de una manta vieja.

—Habla más bajo, por Dios —dijo Antonio—. Usted no sabe quién es ese hombre. Es José Navarro, el bandido más famoso de Andalucía. Yo le he estado haciendo señas todo el día, y usted no las entendía.

—¿Qué me importa a mí que sea bandido o no? —respondí—. No nos ha robado, y apuesto a que no piensa robarnos.

—Puede ser. Pero hay doscientos ducados sobre su cabeza. En un sitio que yo sé, a legua y media de aquí, hay algunos lanceros apostados, y antes de que amanezca traeré conmigo a unos cuantos hombres forzudos. Le habría quitado el caballo, pero el animal es tan bravo, que nadie que no sea Navarro puede acercarse a él.

—¡Que el diablo te lleve! —exclamé—. ¿Qué mal te ha hecho ese pobre hombre para que quieras denunciarle? Y además, ¿estás seguro de que es el bandido que tú crees?

—¡Completamente seguro! Hace un momento me siguió hasta la cuadra y me dijo: «Parece que me conoces. Si le dices a ese buen caballero quién soy, te vuelo la cabeza.» Quédese usted aquí, señor, no se separe de él. No tiene usted nada que temer. Mientras sepa que usted está ahí, no sospechará nada.

Mientras hablábamos, nos habíamos alejado tanto de la venta, que ya no podía oírse allí el ruido de los cascos del caballo. En un santiamén, Antonio arrancó los trapos con que le había envuelto los cascos al animal, y estaba ya a punto de montar. En vano intenté disuadirle con ruegos y amenazas.

—Yo soy un pobre hombre, señor —dijo—, no puedo permitirme perder doscientos ducados, sobre todo cuando voy a ganarlos limpiando el país de semejante alimaña. ¡Pero ande usted con cuidado! Si Navarro despierta, echará mano a su trabuco, ¡y entonces váyase usted preparando! Ya he llegado demasiado lejos para volverme atrás. ¡Haga usted lo que pueda por sí mismo!

El bribón estaba ya sobre la silla, espoleó con brío al caballo, y muy pronto los perdí de vista a los dos en la oscuridad.

Yo estaba muy enfadado con mi guía, y terriblemente alarmado también. Tras un momento de reflexión, tomé una determinación y volví a la venta. Don José seguía profundamente dormido, recobrando sin duda las fatigas y los insomnios de varios días de aventuras. Tuve que sacudirlo con rudeza antes de conseguir despertarlo. Nunca olvidaré su mirada feroz y el brinco que dio para echar mano a su trabuco, que, por precaución, yo había apartado a cierta distancia de su lecho.

—Señor —le dije—, le pido perdón por molestarle. Eso sí, tengo una pregunta tonta que hacerle. ¿Le agradaría ver entrar aquí a media docena de lanceros?

Se puso de un salto en pie, y con voz terrible preguntó:

—¿Quién lo ha dicho?

—Poco importa de dónde venga el aviso, con tal que sea bueno.

—¡Su guía me ha traicionado… pero me las pagará! ¿Dónde está?

—No lo sé. Me parece que en la cuadra. Pero alguien me ha avisado…

—¿Quién le ha avisado? No puede haber sido la vieja bruja…

—Alguien a quien no conozco. Sin más parlamentos, dígame, sí o no, ¿tiene usted algún motivo para no esperar a que vengan los soldados? Si lo tiene, ¡no pierda tiempo! Si no, buenas noches, y perdóneme por haber perturbado su sueño.

—¡Ah, su guía! ¡Su guía! Ya recelé de él al principio… ¡pero…! ¡Voy a ajustar las cuentas con él! Adiós, señor. ¡Que Dios le premie el servicio que le debo! No soy tan malo como usted se figura. Sí, aún me queda algo que un hombre de bien puede compadecer. ¡Adiós, señor! Sólo tengo un pesar, ¡el de no poder pagar mi deuda con usted!

—Como recompensa por el servicio que le he prestado, don José, prométame usted que no sospechará de nadie ni buscará venganza. Aquí tiene algunos cigarros para el camino. ¡Buena suerte! —Y le alargué la mano.

Él me la apretó sin decir palabra, tomó su morral y su trabuco, y después de decir unas pocas palabras a la vieja en una jerga que yo no pude entender, salió corriendo hacia el cobertizo. Algunos minutos después, le oí galopar campo afuera.

Por lo que a mí toca, me volví a echar en mi banco, pero ya no conseguí dormir de nuevo. Cavilaba en mi interior si había hecho bien en salvar de la horca a un salteador y quizás a un asesino, única y exclusivamente porque había comido jamón con arroz en su compañía. ¿No había traicionado yo a mi guía, que sostenía la causa de la ley y el orden? ¿No le había expuesto a la venganza de un rufián? Pero entonces, ¿qué decir de las leyes de la hospitalidad?

—Un simple prejuicio salvaje —me dije a mí mismo—. Tendré que responder de todos los crímenes que este bandido pueda cometer en lo sucesivo. Sin embargo, ¿es de veras un prejuicio ese instinto de la conciencia que resiste a todo argumento? Quizá yo no habría podido salir de la delicada situación en que me hallaba sin algún remordimiento. Me debatía aún, sumido en la mayor incertidumbre sobre la moralidad de mi proceder, cuando vi llegar a media docena de jinetes, con Antonio quedándose prudentemente a la zaga. Salí a su encuentro y les dije que el bandido había huido hacía más de dos horas. La vieja, cuando la interrogó el sargento, reconoció que conocía a Navarro, pero dijo que, viviendo sola como vivía, jamás se habría atrevido a arriesgar la vida denunciándolo. Añadió que, cuando él iba a su casa, acostumbraba a marcharse en mitad de la noche. A mí, por mi parte, me hicieron cabalgar hasta un lugar a algunas leguas de allí, donde presenté mi pasaporte y firmé una declaración ante el Alcalde. Hecho esto, se me permitió reanudar mis investigaciones arqueológicas. Antonio estaba enfurruñado conmigo, pues sospechaba que yo le había impedido ganar aquellos doscientos ducados. Sin embargo, nos separamos en buenos términos en Córdoba, donde le di una gratificación tan cuantiosa como el estado de mis finanzas me permitió.

CAPÍTULO II

Pasé varios días en Córdoba. Me habían hablado de cierto manuscrito en la biblioteca del convento de los Dominicos que podía suministrarme detalles muy interesantes sobre la antigua Munda. Los buenos padres me dispensaron la más cordial acogida. Pasaba las horas de luz dentro de su convento, y por la noche paseaba por la ciudad. En Córdoba se congregan muchos holgazanes, al atardecer, en el muelle que corre por la margen derecha del Guadalquivir. Los paseantes que se hallan en el lugar tienen que respirar el olor de una tenería que conserva aún la antigua fama del país en lo tocante a la curtiduría de cueros. Pero, en compensación, gozan de un espectáculo que tiene su peculiar encanto. Algunos minutos antes de que repique la campana del Ángelus, se reúne una gran cantidad de mujeres junto al río, justo debajo del muelle, que es más bien alto. Ni un hombre se atrevería a mezclarse en sus filas. En el momento en que suena el Ángelus, se supone que ya ha caído la noche. Cuando vibra el último toque, todas las mujeres se desvisten y entran en el agua. Entonces hay risas, gritos y un alboroto prodigioso. Los hombres, en el muelle de arriba, miran a las bañistas, forzan la vista y ven muy poco. Y, sin embargo, los contornos blancos e indecisos que se adivinan sobre las aguas azul oscuro del río agitan el ánimo poético, y el que posea un poco de fantasía no halla difícil imaginarse que Diana y sus ninfas se están bañando allá abajo, mientras que él no corre el riesgo de acabar como Acteón.

Me han contado que un día un grupo de buenazos se confabularon y sobornaron al campanero de la catedral para que tocara el Ángelus unos veinte minutos antes de la hora debida. Aunque aún era de pleno día, las ninfas del Guadalquivir no vacilaron, y, fiando mucho más de la campana del Ángelus que del sol, procedieron a su tocado de baño —siempre el más sencillo— con entera tranquilidad de conciencia. Yo no me hallaba presente en aquella ocasión. En mis tiempos, el campanero era incorruptible, el crepúsculo resultaba muy lánguido, y nadie que no fuese un gato habría podido distinguir a la más vieja vendedora de naranjas de la más guapa dependienta de Córdoba.

Una tarde, cuando ya había oscurecido del todo, me hallaba yo asomado al pretil del muelle, fumando, cuando una mujer subió por la escalerilla que viene del río y se sentó cerca de mí. Llevaba en el pelo un gran ramo de jazmines, flor que, de noche, despide un perfume enloquecedor. Iba vestida con sencillez, casi pobremente, de negro, como suelen vestirse por la noche la mayor parte de las obreras. Las mujeres de clase más acomodada sólo llevan negro durante el día; por la noche se visten a la francesa. Al acercarse a mí, la mujer dejó caer sobre los hombros el mantón que le cubría la cabeza, y «a la escasa luz que de las estrellas descendía» pude advertir que era joven, de poca estatura, bien proporcionada y con unos ojos muy grandes. Arrojé al punto mi cigarro. Ella apreció esta muestra de cortesía, esencialmente francesa, y se apresuró a manifestarme que le agradaba mucho el olor del tabaco, y que hasta fumaba ella misma, cuando podía hacerse con papelitos muy suaves. Por fortuna, yo llevaba precisamente algunos de ésos en mi petaca, y al punto se los ofrecí. Ella se dignó aceptar uno y lo encendió en una mecha encendida que nos trajo un niño, el cual recibió un cobre por su trabajo. Mezclamos nuestro humo, y hablamos tan largo y tendido, la bella dama y yo, que al final quedamos casi solos en el muelle. Pensé que podría aventurarme, sin inconveniencia, a proponerle que fuésemos a tomar un helado a la nevería.* Tras un instante de modestas vacilaciones, accedió. Pero, antes de aceptar del todo, quiso saber qué hora era. Hice sonar mi reloj de repetición, y esto pareció asombrarla muchísimo.

* Café al que va anejo un depósito de hielo, o más bien de nieve. No hay apenas pueblo en España que no tenga su nevería.

—¡Qué inventos tan ingeniosos tienen ustedes los extranjeros! ¿De qué país es usted, caballero? ¡Sin duda es usted inglés!

* Todo viajero que recorre España sin llevar consigo muestras de telas de algodón y de seda es tenido por inglés (inglesito). Lo mismo ocurre en Oriente.

—Soy francés y su más rendido servidor. Y usted, señora, o señorita, ¿es de Córdoba, a lo que presumo?

—No.

—De cualquier modo, ¿es usted andaluza? Su suave modo de hablar me lo hace pensar.

—Si repara usted tan de cerca en el acento de la gente, debe de poder adivinar lo que soy.

—Yo creo que es usted del país de Jesús, a dos pasos del Paraíso.

Había aprendido la metáfora, que equivale a Andalucía, de mi amigo Francisco Sevilla, conocido picador.

—¡Bah! ¡La gente de aquí dice que no hay sitio en el Paraíso para nosotras!

—Entonces quizá sea usted de sangre mora… o… —me detuve, sin atreverme a añadir «judía».

—¡Vamos, ya se ve que soy gitana! ¿No le gustaría que le echara la baji?* ¿No ha oído usted hablar de la Carmencita? ¡Ésa soy yo!

* La buenaventura.

Yo era entonces —hace ya quince años— tan mal hombre, que la cercana presencia de una hechicera no me hizo retroceder de horror. «¡Sea en buen hora!», pensé. «La semana pasada cené con un salteador de caminos. Hoy voy a tomar helados con una criada del diablo. Un viajero debe verlo todo.» Tenia yo, además, otro motivo para cultivar su trato. Cuando salí del colegio —lo confiero con vergüenza—, había perdido cierto tiempo en estudiar las ciencias ocultas, e incluso había intentado, en más de una ocasión, exorcizar las potestades de las tinieblas. Aunque desde hacía mucho tiempo se me había pasado la pasión por tales pesquisas, sentía aún cierta atracción y curiosidad hacia todo lo supersticioso, y me hacía mucha ilusión aprovechar la oportunidad de descubrir hasta dónde había llegado el arte de la magia entre los gitanos.

Hablando como quien va andando, habíamos llegado a la nevería y nos habíamos sentado a una mesita iluminada por una vela protegida por una campana de cristal. Entonces tuve tiempo de contemplar a mi gitana con detenimiento, mientras varios sujetos de respeto, que tomaban sus helados, se quedaban boquiabiertos al verme en tan alegre compañía.

Dudo mucho que la señorita Carmen fuera una gitana de pura raza. En todo caso, era infinitamente más hermosa que cualquier otra mujer de su casta que yo haya visto nunca. Para que una mujer sea hermosa, dicen en España, es preciso que reúna treinta «si», o, si se prefiere, que se la pueda definir con diez adjetivos aplicables a tres porciones de su persona.

Por ejemplo, tres cosas en ella han de ser negras: los ojos, las pestañas y las cejas. Tres han de ser delicadas: los dedos, los labios y el cabello, etc. Para el resto de este inventario, véase Brantôme. Mi gitana no podía pretender tantas perfecciones. Su piel, aunque perfectamente lisa, era casi cobriza. Los ojos los tenía un poco rasgados, pero eran magníficos y grandes. Sus labios, algo gruesos, pero de hechura primorosa, dejaban ver unos dientes blancos como almendras recién peladas. Su pelo —un poco grueso acaso— era negro, con reflejos azules como el ala de un cuervo, largo y brillante. Para no cansar a mis lectores con una descripción demasiado prolija, añadiré solamente que a cada defecto unía alguna ventaja, la cual resultaba quizás tanto más patente por el contraste. Había en su belleza algo extraño y salvaje. Su cara sorprendía a primera vista, pero nadie podía olvidarla. Sus ojos, sobre todo, tenían una expresión de sensualidad y fiereza a la vez que yo nunca había visto en mirada humana alguna. «Ojo de gitana, ojo de loba», reza un dicho español que significa observación penetrante. Si mis lectores no tienen tiempo de ir al Jardín de Plantas a estudiar la mirada del lobo, les aconsejo que observen al gato ordinario cuando acecha a un gorrión.

Se comprenderá que habría resultado ridículo proponer que me echara la buenaventura en un café. Por eso rogué a la linda hechicera que me permitiese ir a su casa. Ella no puso ninguna dificultad en acceder, pero quiso saber de nuevo qué hora era y me pidió que hiciese sonar mi reloj otra vez.

—¿Es de verdad de oro? —dijo, mirándolo con atención fascinada.

Cuando volvimos a ponernos en marcha, era noche cerrada. La mayoría de las tiendas estaban ya cerradas, y las calles casi desiertas. Cruzamos el puente sobre el Guadalquivir, y al otro extremo del arrabal nos detuvimos ante una casa de aspecto bien poco palaciego. Abrió la puerta un niño, al que la gitana dijo algunas palabras en una lengua que me era desconocida y que después supe que era el romany, o chipe calli, la jerga gitana. El niño desapareció al instante, dejándonos únicos dueños de una habitación bastante espaciosa, amueblada con una mesita, dos banquetas y un arca. No debo olvidar mencionar un jarro de agua, un montón de naranjas y un manojo de cebollas.

En cuanto nos quedamos solos, la gitana sacó de su arca una baraja de cartas, gastadísima de tanto usarla, un imán, un camaleón disecado y otros pocos adminículos indispensables de su arte. Luego me mandó que cruzara la mano izquierda con una moneda de plata, y las ceremonias mágicas dieron comienzo con todos los ritos. No hace falta reseñar sus predicciones, y, por lo que toca al estilo de su actuación, demostró no ser hechicera de pocas luces.

Por desgracia, no tardamos en ser perturbados. La puerta se abrió de golpe, y un hombre envuelto hasta los ojos en una capa parda entró en la habitación, apostrofando a la gitana en términos poco amables. Lo que decía no pude entenderlo, pero el tono de su voz revelaba que estaba de un humor de todos los diablos. La gitana no mostró ni sorpresa ni cólera ante su aparición, sino que corrió a su encuentro y, con una volubilidad extraordinaria, le soltó varias frases en la lengua misteriosa que ya había empleado delante de mí. La palabra payllo, repetida con frecuencia, fue la única que yo entendí. Sabía que los gitanos la usan para designar a todos los hombres que no son de su raza. Creyendo ser yo el objeto de aquel discurso, me preparé para una explicación algo delicada. Ya había echado la mano a la pata de una de las banquetas, y estaba reflexionando sobre el momento exacto en que convendría tirársela a la cabeza, cuando, apartando bruscamente a la gitana a un lado, el hombre avanzó hacia mí. Entonces, retrocediendo un paso, exclamó:

—¡Cómo, señor! ¿Es usted?

Yo le miré a mi vez y reconocí a mi amigo don José. En aquel momento sentí verdaderamente haberle ahorcado de la horca.

—¡Cómo! ¿Es usted, buen amigo? —exclamé, con la sonrisa más desenvuelta que pude—. ¡Viene usted a interrumpir a esta señorita justo cuando me estaba anunciando cosas interesantísimas!

—¡Igual que siempre! ¡Se acabará de una vez! —siseó entre dientes, lanzando una mirada feroz a la gitana.

Entretanto, la gitana seguía hablándole en su propia lengua. Se fue excitando más y más. Sus ojos se tornaron fieros y sanguinolentos, sus facciones se contrajeron, dio un pisotón. Me pareció que le estaba instando apremiantemente a hacer algo que él no quería. Lo que era, lo adiviné demasiado bien por la manera como se llevaba una y otra vez su manita hacia atrás y hacia adelante bajo la barbilla. Me inclinaba a pensar que quería que le cortasen el pescuezo a alguien, y tenía la fundada sospecha de que el pescuezo en cuestión era el mío. A todo aquel torrente de elocuencia, la única respuesta de don José fueron dos o tres palabras pronunciadas con sequedad. Ante esto, la gitana le lanzó una mirada de supremo desprecio, luego, sentándose a la turca en un rincón de la habitación, escogió una naranja, le arrancó la piel y empezó a comérsela.

Don José me asió del brazo, abrió la puerta y me llevó a la calle. Caminamos unos doscientos pasos en el más profundo silencio. Entonces me extendió la mano.

—Siga usted recto —dijo— y llegará al puente.

En aquel instante me volvió la espalda y se alejó a paso vivo. Yo tomé el camino de mi posada, bastante mohíno y considerablemente malhumorado. Lo peor de todo fue que, al desnudarme, descubrí que mi reloj había desaparecido.

Diversas consideraciones me impidieron ir a reclamarlo al día siguiente o pedir al Corregidor que tuviese la bondad de mandar buscarlo. Terminé mi trabajo sobre el manuscrito de los Dominicos y me fui a Sevilla. Tras varios meses de andar de acá para allá por Andalucía, quería regresar a Madrid, y con tal objeto tenía que pasar por Córdoba. No tenía intención de detenerme allí, pues había cobrado ojeriza a aquella hermosa ciudad y a las damas que se bañan en el Guadalquivir. Sin embargo, tenía algunas visitas que hacer y ciertos recados que despachar, que habían de retenerme varios días en la antigua capital de los príncipes musulmanes.

En el instante en que me presenté en el convento de los Dominicos, uno de los frailes, que siempre había mostrado el más vivo interés por mis pesquisas sobre el emplazamiento del campo de batalla de Munda, me recibió con los brazos abiertos, exclamando:

—¡Alabado sea Dios! ¡Bienvenido sea, mi querido amigo! Todos creíamos que estaba usted muerto, y yo mismo he rezado más de un padrenuestro y un avemaría (¡no es que los lamente!) por su alma. Entonces, ¿no fue usted asesinado al fin y al cabo? ¡De que fue usted robado, eso lo sabemos!

—¿Qué quieren que? —pregunté, bastante asombrado.

—¡Ah, ya lo sabe usted! Ese estupendo reloj de repetición que usted hacía sonar en la biblioteca cada vez que decíamos que era hora de ir a la iglesia. Pues bien, ha sido hallado, y va usted a recuperarlo.

—Pues… —interrumpí, algo desconcertado—, yo lo perdí…

—¡El bribón está entre rejas, y como se sabía que era hombre capaz de disparar contra cualquier cristiano por una peseta, temíamos horriblemente que lo hubiese matado a usted! Voy a acompañarlo al Corregidor, y él le devolverá su magnífico reloj. Y luego, ¡no se atreverá usted a decir que la ley no cumple bien su cometido en España!

—Le aseguro —dije yo— que prefiero con mucho perder mi reloj a tener que declarar en juicio para enviar al patíbulo a un pobre desdichado, y sobre todo porque… porque…

—¡Oh, no tema usted nada! Está completamente perdido; podrían ahorcarlo dos veces. Pero, cuando digo ahorcar, digo mal. Su ladrón es un Hidalgo. De modo que será agarrotado pasado mañana, sin falta.* Como ve usted, un robo más o menos no alterará su situación. ¡Quiera Dios que no hubiera hecho más que robar! Pero ha cometido varios asesinatos, uno más horroroso que otro.

* En 1830, la clase noble aún gozaba de este privilegio. Hoy, bajo el régimen constitucional, los plebeyos han alcanzado la misma dignidad.

—¿Cómo se llama?

—En este país sólo se le conoce por José Navarro, pero tiene otro nombre vasco, que ni usted ni yo seremos capaces jamás de pronunciar. Por cierto, vale la pena ver a ese hombre, y usted, a quien le gusta estudiar las peculiaridades de cada país, no debería perder esta oportunidad de anotar cómo un bribón dice adiós a este mundo en España. Está en la cárcel, y el padre Martínez lo llevará a usted hasta él.

Tan empeñado estaba mi amigo dominicano en que yo viera los preparativos de aquel «bonito trabajito de horca», que hube de acceder. Fui a ver al preso, provisto de un puñado de cigarros, con los que esperaba inducirlo a perdonar mi intrusión.

Fui conducido a presencia de Don José justo cuando se sentaba a la mesa. Me saludó con una inclinación bastante distante y me dio las gracias cortésmente por el regalo que le había traído. Tras contar los cigarros del manojo que yo le había puesto en la mano, sacó cierto número y me devolvió el resto, observando que ya no necesitaría más.

Le pregunté si, gastando algo de dinero o recurriendo a mis amigos, podría hacer algo para suavizar su suerte. Comenzó encogiéndose de hombros, con una sonrisa triste. Al instante, como por un pensamiento tardío, me pidió que mandara decir una misa por el descanso de su alma.

Luego añadió, con nerviosismo: «¿Querría... querría que se dijera otra por una persona que le hizo a usted una ofensa?»

—De buen grado lo haré, amigo mío —respondí—. Pero nadie en este país me ha agraviado, que yo sepa.

Me tomó la mano y me la apretó, con ademán muy grave. Tras un instante de silencio, volvió a hablar.

«¿Me atrevería a pedirle otro favor? Cuando vuelva usted a su país, quizá pase por Navarra. De todos modos, pasará por Vitoria, que no está muy lejos.»

—Sí —dije—, con toda certeza pasaré por Vitoria. Pero bien pudiera dar un rodeo por Pamplona, y por usted, creo que lo haría con sumo gusto.

«Pues bien, si va usted a Pamplona, verá más de una cosa que le interesará. Es una ciudad hermosa. Le daré esta medalla» —me enseñó una pequeña medalla de plata que llevaba colgada al cuello—. «La envolverá usted en un papel» —hizo una pausa para dominar su emoción—, «y se la llevará, o se la enviará, a una anciana cuya dirección le daré. Dígale que he muerto... pero no le diga cómo morí.»

Le prometí cumplir su encargo. Lo vi al día siguiente, y pasé parte del día en su compañía. De sus labios supe los tristes sucesos que siguen.

CAPÍTULO III

—Nací —dijo— en Elizondo, en el valle de Baztán. Mi nombre es Don José Lizzarrabengoa, y sabe usted lo bastante de España, señor, para colegir al punto, por mi nombre, que provengo de una antigua estirpe cristiana y vasca. Me llamo Don porque tengo derecho a ello, y si estuviera en Elizondo podría mostrarle mi genealogía en pergamino. Mi familia quería que yo siguiera la carrera eclesiástica, y me hizo estudiar para ella, pero el trabajo no me gustaba. Era demasiado aficionado al juego de pelota, y ésa fue mi perdición. Cuando los navarros nos ponemos a jugar a la pelota, olvidamos todo lo demás. Un día, en que yo había ganado el partido, un mozo de Álava me provocó. Echamos mano de nuestras maquilas,* y volví a ganar. Pero tuve que abandonar la comarca. Me encontré con unos dragones, y me alisté en el Regimiento de Caballería de Almanza. Los hombres de la montaña como nosotros aprendemos pronto a ser soldados. No tardé en ser cabo, y se me decía que pronto me harían sargento, cuando, para mi desventura, me destinaron a la guardia de la Fábrica de Tabacos de Sevilla. Si ha estado usted en Sevilla, habrá visto el gran edificio, justo fuera de los muros, cerca del Guadalquivir; todavía me parece estar viendo la entrada y el cuerpo de guardia que hay junto a ella. Cuando los soldados españoles están de servicio, o juegan a las cartas o se duermen. Yo, como navarro honrado, procuraba mantenerme ocupado. Estaba fabricando una cadenilla para sujetar mi punzón, con un alambre; de pronto, mis compañeros dijeron: «Ahí va la campana, las chicas vuelven al trabajo.» Debe usted saber, señor, que hay unas cuatrocientas o quinientas mujeres empleadas en la fábrica. Lían los cigarros en una gran sala a la que ningún hombre puede entrar sin permiso del Veinticuatro,** porque cuando hace calor se ponen como están, sobre todo las jóvenes. Cuando las obreras vuelven de comer, muchos mozos bajan a verlas pasar y les dicen toda clase de simplezas. Pocas de aquellas señoritas rechazan una mantilla de seda, y los hombres aficionados a ese deporte no tienen más que agacharse y recoger su pez. Mientras los demás miraban pasar a las muchachas, yo me quedé en mi banco cerca de la puerta. Era yo entonces un mozo —tenía el corazón aún en mi tierra y no creía en ninguna chica guapa que no llevara saya azul y largas trenzas de pelo cayendo sobre los hombros.*** Y además, las mujeres andaluzas me infundían cierto recelo. No me había acostumbrado aún a sus modales; no hacían más que burlarse de uno —jamás decían una sola palabra sensata. Así que estaba yo sentado con la nariz gacha sobre mi cadenilla, cuando oí decir a algunos curiosos: «¡Ahí viene la gitanilla!» Alcé entonces los ojos y la vi. Era aquella misma Carmen que usted conoce, y en cuyas habitaciones la conocí a usted hace unos meses.

* Palos herrados con hierro que usan los vascos.

** Magistrado encargado de la policía municipal y de las ordenanzas del gobierno local.

*** Traje habitual de las mujeres del pueblo en Navarra y las Provincias Vascas.

—Llevaba una saya muy corta, bajo la cual se veían con claridad sus medias de seda blanca —con más de un agujero— y sus delicados zapatos de cuero rojo de Marruecos, sujetos con cintas de color de llama. Llevaba la mantilla echada hacia atrás, para mostrar sus hombros, y un gran ramo de acacia clavado en la camisa. Tenía otra flor de acacia en la comisura de la boca, y caminaba contoneando las caderas, como una potra de la cuadra de Córdoba. En mi país, cualquiera que hubiera visto a una mujer vestida de aquel modo se habría santiguado. En Sevilla, cada hombre le dirigía un requiebro atrevido por su aspecto. Ella tenía respuesta para todos, con la mano en la cadera, tan resuelta como gitana cabal que era. Al principio su aspecto no me gustó, y volví a mi tarea. Pero ella, como todas las mujeres y los gatos, que no vienen si los llamas y vienen si no los llamas, se paró en seco delante de mí y me habló.

—Compadre —dijo, a la usanza andaluza—, ¿no me va usted a dar su cadena para las llaves de mi arca?

—Es para mi punzón —respondí yo.

—¡Su punzón! —exclamó ella, riendo—. ¡Ajá! ¡Supongo que el caballero hace encajes, ya que necesita alfileres!

Todos se echaron a reír, y yo sentí que se me encendía el rostro sin dar con una respuesta.

—Vamos, ¡cariño mío! —prosiguió ella—. ¡Hágame siete varas de encaje para mi mantilla, mi lindo fabricante de alfileres!

Y sacándose la flor de acacia de la boca me la lanzó con el pulgar, de modo que me dio justo entre los ojos. Le digo, señor, que sentí como si me alcanzara una bala. No sabía dónde mirar. Me quedé clavado, como un tablón. Cuando hubo entrado en la fábrica, vi la flor de acacia que había caído al suelo entre mis pies. No sé qué me impulsó a hacerlo, pero la recogí, sin que lo vieran mis compañeros, y me la guardé con cuidado dentro de la chaquetilla. Ésa fue mi primera locura.

Dos o tres horas después, seguía pensando aún en ella, cuando un portero jadeante y aterrorizado irrumpió en el cuerpo de guardia. Nos dijo que una mujer había sido acuchillada en la gran sala de cigarros, y que había que enviar inmediatamente la guardia. El sargento me mandó que llevara a dos hombres y fuera a ver de qué se trataba. Tomé mis dos hombres y subí. Imagine, señor, que cuando entré en la sala hallé, para empezar, unas trescientas mujeres, en camisa o casi en camisa, todas gritando, chillando y gesticulando, armando un alboroto tal que no se habría oído ni al trueno de Dios. A un lado de la sala yacía una de las mujeres boca arriba, bañada en sangre, con una X recién abierta en la cara por dos cuchilladas. Frente a la herida, a la que atendían las más bondadosas de la banda, vi a Carmen, sujeta por cinco o seis de sus compañeras. La mujer herida clamaba: «¡Un confesor, un confesor! ¡Me han matado!» Carmen no decía nada. Apretó los dientes y los ojos se le quedaron como los del camaleón. «¿Qué ha pasado?», pregunté. Me costó trabajo enterarme, porque todas las obreras hablaban a la vez. Resultaba que la mujer herida se había jactado de llevar en el bolsillo dinero suficiente para comprar un borrico en el mercado de Triana. «¡Hombre!», dijo Carmen, que tenía su lengua, «¿no te bastará con una escoba?» Irritada por tal puyita, quizá porque se sabía flaquear por aquel lado, la otra respondió que ella nada sabía de escobas, pues no tenía el honor de ser gitana ni de las ahijadas del demonio, pero que la señorita Carmen bien pronto conocería a su borrico, cuando el Corregidor la sacara a pasear con dos lacayos detrás para espantarle las moscas. «Pues bien», replicó Carmen, «yo te haré en las mejillas abrevaderos donde beban las moscas, y te pintaré un jabeque!»* Y al instante, ¡zas, pum!, comenzó a abrir cruces de San Andrés en el rostro de la mujer con el cuchillo con que había estado cortando las puntas de los cigarros.

* Pintar un jabeque, esto es, pintar un tipo particular de embarcación. La mayoría de los buques españoles de esa clase llevan una faja a cuadros rojos y blancos pintada alrededor.

—El caso estaba bien claro. Asíó a Carmen del brazo. «Hermana mía», dije cortésmente, «tiene usted que venir conmigo». Me lanzó una mirada de reconocimiento, pero dijo, con ademán resignado: «Vamos. ¿Dónde está mi mantilla?» Se la echó sobre la cabeza, de modo que sólo asomara uno de sus grandes ojos, y siguió a mis dos hombres, mansa como un cordero. Cuando llegamos al cuerpo de guardia, el sargento dijo que era un asunto grave y que debía mandarla a prisión. Se me destinó de nuevo para llevarla allí. La puse entre dos dragones, como hace un cabo en tales ocasiones. Partimos hacia la ciudad. La gitana había empezado por callar. Pero al llegar a la Calle de la Sierpe —la conoce usted, y bien se gana el nombre por sus muchas revueltas— comenzó por dejar caer la mantilla sobre sus hombros, para mostrarme su cara zalamera, y, girándose hacia mí cuanto podía, me dijo:

—Oficialito mío, ¿adónde me lleva usted?

—A la cárcel, pobrecilla —respondí, con la mayor dulzura que pude, como debe hablar todo soldado de buen corazón a un preso, y más si es mujer.

—¡Ay de mí! ¿Qué será de mí? ¡Señor Oficial, tenga piedad de mí! Es usted tan joven, tan apuesto. —Y luego, en voz más baja, añadió—: «Déjeme usted escapar, y le daré un trocito de bar lachi, que hará que toda mujer se enamore de usted».

El bar lachi, señor, es la piedra imán, con la que los gitanos aseguran que quien sabe usarla puede echar todo género de maleficios. Si una mujer bebe un pedacito de ella, en polvo, en un vaso de vino blanco, jamás podrá resistirse al que se lo da. Yo respondí, con la mayor gravedad que pude:

—No estamos aquí para decir tonterías. Tendrá usted que ir a la cárcel. Esas son mis órdenes, y no hay más remedio.

Los hombres de las Provincias Vascas tenemos un acento que todos los españoles reconocen fácilmente; en cambio, ninguno de ellos acierta jamás a decir ¡Bai, jaona!*

* Sí, señor.

Así que Carmen adivinó sin esfuerzo que yo era de las Provincias. Sabrá usted, señor, que los gitanos, que no pertenecen a país alguno y andan siempre de acá para allá, hablan todas las lenguas, y la mayoría se hallan como en su casa en Portugal, en Francia, en nuestras Provincias, en Cataluña, o donde sea. Hasta se hacen entender con los moros y los ingleses. Carmen sabía el vasco bastante bien.

—Laguna ene bihotsarena, compañera de mi corazón —dijo de pronto—, ¿es usted de nuestro país?

Nuestra lengua es tan hermosa, señor, que cuando la oímos en tierra extraña nos hace estremecer. Quisiera —añadió el bandido en voz más baja—, quisiera tener un confesor de mi propia tierra.

Tras un silencio, comenzó de nuevo.

—Soy de Elizondo —respondí en vascuence, profundamente conmovido al oír mi propia lengua.

—Yo vengo de Etchalar —dijo ella (que es un valle a unas cuatro horas de camino de mi casa)—. Me llevaron a Sevilla los gitanos. Trabajaba en la fábrica para ahorrar lo suficiente y volverme a Navarra, a mi pobre madre, que no tiene en el mundo más apoyo que yo, fuera de su pequeña barratcea* con veinte manzanos de sidra. ¡Ah! ¡Si pudiera estar otra vez en mi tierra, mirando las blancas montañas! Aquí me han ultrajado, porque no soy de esta tierra de bribones y vendedores de naranjas podridas; y todas esas furcias se han coaligado contra mí, porque les dije que ni todos sus jaques** sevillanos, ni todos sus cuchillos, asustarían a un mozo honrado de nuestro país, con su boina azul y su maquila. ¡Buen compañero, no hará usted nada en favor de una paisana suya?

* Campo, huerto.

** Bravucones, fanfarrones.

Mentía entonces, señor, como mintió siempre. No sé que esa criatura dijera jamás una palabra de verdad; pero cuando hablaba, yo la creía —no podía evitarlo. Destrozaba las palabras vascas, y yo creí que era de Navarra. Pero sus ojos, y su boca, y su piel bastaban para probar que era gitana. Yo estaba fuera de mí, ya no atendía a nada, pensaba que si los españoles se habían atrevido a hablar mal de mi tierra, yo les habría surcado la cara igual que ella había surcado la de su compañera. En fin, estaba como un borracho, ya iba diciendo desatinos, y muy cerca estuve de cometerlos.

—Si yo le diera a usted un empujón y se cayera, buen paisano —volvió a decirme en vascuence—, esos dos reclutas castellanos no podrían retenerme.

A fe mía, olvidé mis órdenes, lo olvidé todo, y le dije: «Pues bien, amiga mía, chica de mi tierra, inténtelo, y que nuestra Señora del Monte la acompañe.»

Justo en aquel momento pasábamos por uno de los muchos callejones estrechos que se ven en Sevilla. De pronto Carmen se volvió y me asestó un puñetazo en el pecho. Caí de espaldas, adrede. De un brinco me saltó por encima, y salió corriendo, ¡mostrándonos un par de piernas! ¡Hablan de un par de piernas vascongadas! Pero las suyas eran mucho mejores —tan ligeras como bien torneadas. Por mi parte, me levanté al punto, pero atravesé mi lanza* en diagonal y cerré la calle, de modo que mis compañeros quedaron detenidos en el primer instante de la persecución. Entonces eché a correr yo también, y ellos detrás —pero ¿cómo íbamos a atraparla? No había temor de eso, entre las espuelas, los sables y las lanzas.

* Todos los soldados de caballería españoles llevan lanza.

En menos tiempo del que he tardado en contarle el cuento, la prisionera había desaparecido. Y además, cada curioso del barrio cubría su fuga, se burlaba de nosotros y nos señalaba en dirección contraria. Tras mucho marchar y contramarchar, tuvimos que volver al cuerpo de guardia sin el recibo del alcaide de la cárcel.

Para evitar el castigo, mis hombres dieron a entender que Carmen me había hablado en vascuence; y a decir verdad, no parecía muy natural que un golpe de criatura tan pequeña hubiera derribado con tanta facilidad a un mozo forzudo como yo. El asunto tenía mala pinta, o, al menos, no estaba del todo claro. Al salir de guardia perdí los galones de cabo y se me condenó a un mes de prisión. Era la primera vez que me castigaban desde que estaba en el servicio. ¡Adiós, pues, a los galones de sargento, con los que tan seguro contaba!

Los primeros días en prisión fueron tristísimos. Cuando me alisté, había imaginado que llegaría a oficial, sin falta. Dos de mis paisanos, Longa y Mina, son ya capitanes generales, al fin y al cabo. Chapalangarra era coronel, y yo habré jugado a la pelota más de veinte veces con su hermano, que no era sino un pelado como yo. «Ahora —me repetía yo—, todo el tiempo que has servido sin castigo se ha perdido. Ahora llevas una mancha en tu hoja de servicios, y para volver a ganarte el favor de los jefes tendrás que trabajar diez veces más que cuando entraste como recluta.» ¿Y por qué me había hecho castigar? ¡Por una perdida de gitana, que se burló de mí, y que en este momento anda robando en algún rincón de la ciudad! Y, con todo, no podía dejar de pensar en ella. ¿Quiere usted creerlo, señor? Aquellas medias de seda con agujeros, de las que me había ofrecido tan cumplida vista cuando salió corriendo, las tenía yo siempre ante los ojos. Me asomaba a la ventana enrejada de la cárcel a la calle, y entre todas las mujeres que pasaban no acertaba a ver una que se pudiera comparar con aquella bribona —y luego, aun a mi pesar, aspiraba el aroma de la flor de acacia que me había lanzado, y que, seca como estaba, conservaba aún su dulce fragancia. Si existen las brujas, aquella moza era sin duda una de ellas.

Un día entró el carcelero y me dio un pan de Alcalá.*

* Alcalá de los Panaderos, pueblo a dos leguas de Sevilla, donde se hacen los panecillos más exquisitos. Dicen que deben su calidad al agua del lugar, y todos los días se llevan a Sevilla gran cantidad de ellos.

—Tome —dijo—, esto le manda su prima.

Tomé el pan, muy sorprendido, pues yo no tenía prima en Sevilla. Bien será un error, pensé, mientras miraba el bollo; pero era tan apetitoso y olía tan bien, que decidí comérmelo, sin quebrarme la cabeza acerca de su origen ni de a quién estaba en realidad destinado.

—Cuando intenté cortarlo, la punta del cuchillo chocó contra algo duro. Miré, y encontré una pequeña lima inglesa, que había sido deslizada dentro de la masa antes de cocer el pan. El bollo contenía además una moneda de oro de dos piastras. No me cupo entonces duda alguna: era un regalo de Carmen. Para la gente de su raza, la libertad lo es todo, y serían capaces de prender fuego a una ciudad con tal de ahorrarse un solo día de cárcel. La moza era astuta, en verdad, y armado con aquel panecillo, habría podido burlarme de los carceleros. En una hora, con aquella lima, habría serrido la barra más gruesa, y con la moneda de oro habría cambiado mi capote de soldado por un traje de paisano en la tienda más cercana. Podrán figurarse que un hombre que ha sacado con frecuencia águilas de sus nidos en nuestros riscos no habría encontrado dificultad alguna en llegar a la calle desde una ventana a menos de treinta pies del suelo. Mas no quise evadirme. Todavía me atenía al código de honor del soldado, y la deserción se me aparecía como un crimen atroz. Sin embargo, aquella prueba de que se acordaban de mí me conmovió. Cuando un hombre está preso, gusta pensar que tiene fuera un amigo que se interesa por él. La moneda de oro sí me ofendió un poco; me habría gustado devolvérsela; pero ¿dónde encontrar a mi acreedora? No me parecía tarea fácil.

—Después de la ceremonia de mi degradación, había imaginado que mis padecimientos habían terminado, pero aún me aguardaba otra humillación. Me llegó cuando salí de la prisión, me asignaron un servicio y me pusieron de centinela, como soldado raso. No podrán ustedes concebir lo que un hombre orgulloso sufre en un instante así. Creo que habría preferido de buena gana que me fusilaran: al menos habría marchado solo al frente de mi sección; me habría sentido alguien, con los ojos de los demás clavados en mí.

—Me apostaron de centinela a la puerta de la casa del coronel. El coronel era un hombre joven, rico, bondadoso, aficionado a divertirse. Allí estaban todos los oficiales jóvenes, y muchos civiles también, además de señoras —actrices, según se decía. Por mi parte, me pareció como si toda la ciudad se hubiera puesto de acuerdo para reunirse en aquella puerta con el único fin de contemplarme. Entonces llegó el coche del coronel, con su lacayo en el pescante. ¿Y a quién vi apearse de él, sino a la gitana? Iba arreglada, esta vez, hasta los ojos, emperejilada con cintas doradas —un vestido de lentejuelas, zapatos azules, también lentejuelados, flores y encajes de oro por todas partes. En la mano llevaba una pandereta. Con ella iban otras dos mujeres gitanas, una joven y una vieja. Siempre llevan una vieja con ellas, y además un viejo con guitarra, gitano también, que toca él solo y para sus bailes. Tienen que saber ustedes que a esas gitanas las llaman a menudo a las casas particulares para que bailen su baile especial, la Romalís, y muchas veces también para otros fines muy distintos.

—Carmen me reconoció, y cruzamos una mirada. No sé por qué, pero en aquel instante habría querido estar a cien pies bajo tierra.

—«Agur laguna», me dijo. «¡Oficial mío! Monta usted la guardia como un recluta.» Y antes de que yo acertara a responder palabra, ya estaba dentro de la casa.

* Buenos días, camarada.

—Toda la concurrencia estaba reunida en el patio, y a pesar del gentío yo podía ver casi todo lo que allí sucedía a través de la celosía.* Oía las castañuelas y la pandereta, las risas y los aplausos. A veces alcanzaba a ver un destello de su cabeza cuando saltaba con la pandereta. Luego oía a los oficiales decirle mil cosas que me hacían subir la sangre a la cara. En cuanto a sus respuestas, nada supe de ellas. Fue aquel día, creo, cuando comencé a quererla de veras —porque tres o cuatro veces estuve a punto de lanzarme al patio y clavar mi espada en el cuerpo de todos aquellos petimetres que la galanteaban. Mi suplicio duró una hora entera; luego salieron las gitanas, y el coche se las llevó. Al pasar junto a mí, Carmen me miró con aquellos ojos que ya conocen ustedes, y me dijo muy bajo: «Camarada, los aficionados a la buena fritata vayan a comerla a casa de Lillas Pastia, en Triana.»

* En casi todas las casas de Sevilla hay un patio interior rodeado por un pórtico de arcadas. Se utiliza como sala de estar en verano. Sobre el patio se extiende una tela de toldo, que se riega durante el día y se retira por la noche. La puerta de la calle casi siempre queda abierta, y el zaguán que conduce al patio se cierra con una verja de hierro de muy elegante labor.

—Entonces, ligera como una cabrita, subió al coche, el cochero arreó las mulas, y toda la alegre partida se alejó, no sé adónde.

—Pueden figurarse que en cuanto salí de la guardia me fui a Triana; pero antes me hice afeitar y me acicalé como si fuera a desfilar. Ella vivía con Lillas Pastia, un viejo fritanguero, gitano, negro como un moro, a cuya casa acudían muchos paisanos a comer fritata, sobre todo, según creo, porque Carmen había fijado allí su residencia.

—«Lillas», dijo en cuanto me vio, «hoy no trabajo más. Mañana será otro día.* Ven, paisano, vámonos a dar un paseo.»

* Mañana será otro día. —Refrán español.

—Se echó la mantilla sobre la nariz, y allí estábamos los dos en la calle, sin que yo supiera adónde me llevaba.

—«Señorita», le dije, «creo que tengo que darle las gracias por un regalo que recibí estando en prisión. Me comí el pan; la lima me servirá para aguzar mi lanza, y la guardo en recuerdo de usted. Pero, en cuanto al dinero, aquí lo tiene.»

—«¡Vaya! ¡Ha guardado el dinero!», exclamó, soltando una carcajada. «Pero, después de todo, mejor así, ¡que ando alcanzadísima! ¡Qué más da! El perro que corre nunca se queda sin comer.* ¡Venga, gastémoslo todo! Invitas tú.»

* Chuquel sos pirela, cocal terela. «El perro que corre encuentra un hueso.» —Refrán gitano.

—Habíamos vuelto hacia Sevilla. A la entrada de la Calle de la Serpiente compró una docena de naranjas, que me hizo meter en el pañuelo. Un poco más allá compró un panecillo, una longaniza y una botella de manzanilla. Luego, por último, entró en una confitería. Allí echó sobre el mostrador la moneda de oro que yo le había devuelto, con otra que llevaba en el bolsillo, y algo de plata menuda, y después me pidió todo el dinero que yo tenía. Todo mi caudal ascendía a una peseta y unos cuartos, que le entregué, muy avergonzado de no tener más. Creí que se iba a llevar la tienda entera. Tomó todo lo mejor y más caro, yemas,* turrón,** frutas en conserva —mientras duró el dinero. Y todo eso, encima, tenía que llevarlo yo en bolsas de papel. Quizá conozcan ustedes la Calle del Candilejo, donde está la cabeza de Don Pedro el Justiciero.*** Aquella cabeza habría debido hacerme reflexionar. Nos detuvimos en una casa vieja de esa calle. Pasó al zaguancito y llamó a una puerta de la planta baja. Abrió una gitana, una sirvienta del diablo de siete suelas. Carmen le dijo en caló unas cuantas palabras. Al principio la vieja refunfuñó. Para ablandarla Carmen le dio un par de naranjas y un puñado de peladillas, y la dejó probar el vino. Luego le echó la capa por la espalda y la llevó hasta la puerta, que atrancó con un cerrojo de madera. En cuanto estuvimos solos, se puso a reír y a brincar como una loca, cantando: «Tú eres mi rom, yo soy tu romi.»****

* Yemas de huevo azucaradas.

** Una especie de turrón.

*** Este rey, Don Pedro, al que nosotros llamamos «el Cruel», y al que la reina Isabel la Católica no llamó nunca otra cosa que «el Justiciero», tenía la costumbre de recorrer de noche las calles de Sevilla en busca de aventuras, como el califa Harún al-Raschid. Una noche, en una calle solitaria, riñó con un hombre que estaba cantando una serenata. Se trabaron en pelea, y el rey mató al caballerete amadoroso. Al chocar las espadas, una vieja sacó la cabeza por la ventana y alumbró la escena con una lamparilla (candilejo) que llevaba en la mano. Hay que informar a mis lectores de que el rey Don Pedro, aunque ágil y membrudo, padecía de un extraño defecto físico: cada vez que caminaba, sus rodillas crujían estrepitosamente. Por aquel crujido la vieja lo reconoció fácilmente. Al día siguiente, el veinticuatro de turno fue a dar cuenta al rey. «Señor, esta noche se ha batido en tal calle; uno de los contendientes ha muerto.» —«¿Habéis encontrado al asesino?» —«Sí, señor.» —«¿Por qué no ha sido castigado ya?» —«Señor, aguardo vuestras órdenes.» —«Cumplid la ley.» Ahora bien, el rey acababa de publicar un decreto según el cual a todo duelista había de cortársele la cabeza y colocarla en el lugar de la pelea. El veinticuatro salió del apuro como hombre avispado. Mandó cortar la cabeza de una estatua del rey y la puso en una hornacina en mitad de la calle donde había ocurrido el crimen. Al rey y a todos los sevillanos les pareció un chiste excelente. La calle tomó su nombre de la lámpara que sostenía la vieja, única testigo del suceso. Lo anterior es la tradición popular. Zúñiga cuenta el lance de otro modo. Sea como fuere, todavía existe en Sevilla una calle llamada Calle del Candilejo, y en esa calle hay un busto del que se dice es retrato de Don Pedro. Este busto, por desgracia, es una obra moderna. Durante el siglo XVII, el antiguo estaba ya muy deteriorado, y el municipio lo mandó reponer por el que hoy puede verse.

**** Rom, marido. Romi, mujer.

—Allí me quedé yo, en medio de la habitación, cargado con todos sus paquetes, sin saber dónde ponerlos. Los arrojó ella todos al suelo, y me echó los brazos al cuello, diciendo:

—«¡Pago mis deudas, pago mis deudas! Esa es la ley de los calés.»*

* Calo, femenino calí, plural calés. Literalmente «negros», nombre que los gitanos se aplican a sí mismos en su propia lengua.

—¡Ah, señor, aquel día! ¡Aquel día! ¡Cuando lo recuerdo se me olvida lo que el mañana ha de traerme!

El bandido calló un instante; luego, cuando hubo encendido de nuevo su cigarro, comenzó otra vez.

—Pasamos el día entero juntos, comiendo, bebiendo, y demás. Cuando se hartó de peladillas, como una niña de seis años, las echó a puñados dentro del jarro del agua de la vieja. «Eso nos hará un sorbete», dijo. Las yemas las hizo añicos tirándolas contra las paredes. «Así espantaremos a las moscas.» No hubo trastada ni locura que no gastase. Le dije que me habría gustado verla bailar, aunque no teníamos castañuelas. Al instante agarró el único plato de barro de la vieja, lo rompió en pedazos, y ya estaba bailando la Romalís, haciendo tintinear los cachos de loza como si fueran castañuelas de ébano y marfil. Aquella chica era una buena compañía, ¡qué quieren que les diga! Cayó la tarde, y oí los toques de retreta.

—«Tengo que volver al cuartel para la lista», dije.

—«¿Al cuartel?», contestó ella, con mirada desdeñosa. «¿Eres acaso un negro esclavo, para que te gobiernen con la baqueta? Eres tonto como un canario. Tu uniforme va con tu natural.* ¡Bah! No tienes más corazón que un pollo.»

* Los dragones españoles llevan uniforme amarillo.

—Me quedé, resolviéndome a aceptar el inevitable calabozo. A la mañana siguiente, la primera insinuación de despedida partió de ella.

—«Oye, Joseito», me dijo. «¿Te he pagado? Por nuestra ley, yo no te debía nada, porque eres un payllo. Pero eres buen mozo, y me has caído en gracia. Ahora estamos en paz. ¡Adiós!»

—Le pregunté cuándo volvería a verla.

—«Cuando seas menos mentecato», repuso con una carcajada. Luego, en tono más serio: «¿Sabes, hijo mío? Creo que de veras te quiero un poco; ¡pero eso no puede durar! El perro y el lobo no pueden avenir mucho tiempo. Quizás, si te hicieras gitano, me daría por ser tu romi. Pero eso es disparatado, tales cosas no son posibles. ¡Bah! ¡Muchacho! Créeme, sales bien librado. Te has topado con el diablo —no siempre es negro— y no te ha retorcido el pescuezo. Yo visto traje de lana, pero no soy oveja.* Anda y enciende una vela a tu majari,** que bien se lo merece. Venga, otra vez adiós. No pienses más en La Carmencita, o acabará casándote con una viuda de patas de palo.»***

* Me dicas vriarda de jorpoy, bus ne sino braco. —Refrán gitano.

** La Santa, la Virgen Santísima.

*** La horca, que es la viuda del último hombre ahorcado en ella.

—Mientras hablaba, descorrió el cerrojo que cerraba la puerta, y una vez en la calle, se envolvió en la mantilla y se dio media vuelta.

—Dijo la verdad. Habría hecho mejor en no volver a pensar en ella. Pero después de aquel día en la Calle del Candilejo no podía pensar en otra cosa. Todo el día andaba rondando, con la esperanza de encontrármela. Indagué noticias suyas con la vieja y con la fritanguera. Ambas me dijeron que se había marchado a Laloro, que es como llaman a Portugal. Probablemente lo decían por orden de Carmen, mas no tardé en descubrir que mentían. Algunas semanas después de mi día en la Calle del Candilejo, estaba de servicio en una de las puertas de la ciudad. A poca distancia de la puerta había una brecha en el muro. De día trabajaban allí los albañiles, y de noche se ponía un centinela, para impedir que entraran los contrabandistas. Todo el santo día vi a Lillas Pastia ir y venir cerca del cuerpo de guardia, y hablar con algunos de mis compañeros. Todos le conocían bien, y mejor aún sus fritangas y tortas fritas. Se me acercó y me preguntó si tenía noticias de Carmen.

—«No», dije.

—«Pues bien», repuso, «pronto sabrás de ella, camarada.»

—No se equivocaba. Aquella noche me destinaron a vigilar la brecha del muro. Apenas desapareció el sargento, vi a una mujer que se acercaba a mí. El corazón me dijo que era Carmen. Con todo, grité:

—«¡Alto! ¡Nadie puede pasar por aquí!»

—«No seas rencoroso», dijo, dándose a conocer.

—«¡Cómo! ¿Tú aquí, Carmen?»

—«Sí, mi payllo. Digamos pocas palabras, pero acertadas. ¿Quieres ganarte un douro? Va a venir gente con fardos. Déjalos pasar.»

—«No», dije, «no debo permitirles el paso. Esas son mis órdenes.»

—«¡Órdenes! ¡Órdenes! ¡No pensabas en las órdenes en la Calle del Candilejo!»

—«¡Ah!», exclamé, enloquecido con la sola evocación de aquella noche. «¡Bien valía la pena olvidar mis órdenes por aquello! Pero yo no quiero dinero de contrabandista.»

—«Bueno, si no quieres dinero, ¿qué tal si vamos a comer juntos a casa de la vieja Dorotea?»

—«No», dije, medio ahogado por el esfuerzo que me costaba. «No, no puedo.»

—«¡Magnífico! Si pones tantas dificultades, sé a quién acudir. Le pediré a tu oficial que me acompañe a casa de Dorotea. Tiene pinta de bondadoso, y apostará un centinela que solo verá lo que le conviene ver. ¡Adiós, canario! ¡Me reiré a gusto el día que salga la orden de que te cuelguen!»

—Fui lo bastante débil para llamarla, y le prometí dejar pasar a toda la gitanería, si fuera menester, con tal de asegurarme la única recompensa que deseaba. Al instante juró que cumpliría su palabra al día siguiente, sin falta, y corrió a avisar a los suyos, que estaban cerca. Eran cinco, entre ellos Pastia, todos bien cargados de géneros ingleses. Carmen montaba la guardia. Debía avisarlos con las castañuelas en cuanto avistara a la patrulla. Pero no hizo falta. Los contrabandistas terminaron el asunto en un santiamén.

—Al día siguiente fui a la Calle del Candilejo. Carmen me hizo esperar, y cuando llegó estaba de bastante mal talante.

—«No me gusta la gente a la que hay que apretar», me dijo. «Me hiciste un favor mucho mayor la primera vez, sin saber qué ganarías con ello. Ayer regateaste conmigo. No sé por qué he venido, pues ya no me gustas. Toma, vete por ahí. Aquí tienes un douro por tu molestia.»

—Estuve a punto de arrojarle la moneda a la cabeza, y tuve que hacer un violento ímprobo para no abofetearla. Después de haber discutido durante una hora, salí furioso. Durante algún tiempo vagué por la ciudad, andando de acá para allá como un loco. Por fin entré en una iglesia, y metiéndome en el rincón más oscuro que hallé, lloré a lágrima viva. De repente oí una voz.

—«¡Un dragón llorando! ¡Le voy a hacer un filtro con sus lágrimas!»

—Levanté la vista. Allí estaba Carmen frente a mí.

—«¿Qué tal, mi payllo, sigues enfadado conmigo?», me dijo. «Tengo que quererte a pesar de mí misma, porque desde que me dejaste no sé qué me ha sucedido. Mira, soy yo la que te pide que vengas a la Calle del Candilejo, ahora.»

—Así que hicimos las paces; pero el genio de Carmen era como el tiempo de nuestro país. La tormenta nunca está tan cerca, en nuestras sierras, como cuando el sol luce con más fuerza. Había prometido verme de nuevo en casa de Dorotea, pero no vino.

—Y Dorotea volvió a repetirme que se había ido a Portugal por ciertos asuntos gitanos.

—Como la experiencia ya me había enseñado cuánto había que creer de eso, me puse a buscar a Carmen por dondequiera que imaginase pudiera estar, y veinte veces al día pasaba por la Calle del Candilejo. Una noche estaba en casa de Dorotea, a la que casi había domesticado con sendas copas de anís que le iba convidando, cuando entró Carmen, seguida de un joven, un teniente de nuestro regimiento.

—«Lárgate al momento», me dijo en vascuence. Me quedé allí, pasmado, con el corazón henchido de rabia.

—«¿Qué haces aquí?», me dijo el teniente. «Márchate, sal de aquí.»

—No podía mover un pie. Me sentía paralizado. El oficial se enfureció, y viendo que yo no salía y ni siquiera me había quitado el morrión, me agarró por el cuello y me zarandeó con rudeza. No sé qué le dije. Él desenvainó la espada, y yo la mía. La vieja me sujetó el brazo, y el teniente me asestó una herida en la frente, de la que aún conservo la cicatriz. Di un paso atrás, y con un empellón del codo tiré al suelo a la vieja Dorotea. Luego, como el teniente seguía acosándome, le presenté la punta de mi espada y él se lanzó sobre ella. Entonces Carmen apagó la lámpara y le dijo a Dorotea, en su lengua, que emprendiera la fuga. Yo me escapé a la calle, y eché a correr, no sé adónde. Me parecía que alguien me seguía. Cuando volví en mí descubrí que Carmen no me había abandonado.

—¡Grandísimo bobo de canario! —me dijo—. Nunca haces más que disparates. Y, la verdad, ya te avisé de que te traería mala suerte. Pero vamos, todo tiene remedio cuando tienes una flamenca de Roma* por amante. Empieza por enrollarte este pañuelo en la cabeza y alcánzame ese ceñidor. Espérame en este callejón: vuelvo en un par de minutos.

* Flamenco de Roma, voz de germanía para designar a los gitanos. Roma no alude a la Ciudad Eterna, sino a la nación de los *romi*, o sea los casados: nombre que los gitanos se aplican a sí mismos. Los primeros gitanos que se vieron en España vinieron probablemente de los Países Bajos, de ahí que se les llamase flamencos.

Desapareció, y al poco volvió trayendo un capote listado que había ido a buscar, no supe adónde. Me hizo quitarme el uniforme y ponerme el capote encima de la camisa. Así vestido, y con la herida de la cabeza ceñida por el pañuelo, parecerme bastante a un labrador valenciano, de esos que van a Sevilla a vender horchata de chufas*. Me llevó entonces a una casa muy parecida a la de Dorotea, al fondo de un callejón. Allí, ella y otra gitana me lavaron y curaron las heridas mejor que hubiera podido hacerlo el mejor cirujano del ejército, me dieron a beber algo, no sé qué, y por último me hicieron tumbarme en un colchón, donde me dormí.

* Raíz tuberosa, de la que se obtiene una bebida bastante agradable.

Probablemente la mujer me habría mezclado alguno de esos narcóticos cuyo secreto conocen, porque no desperté hasta muy entrada la mañana del día siguiente. Tenía bastante fiebre y un fuerte dolor de cabeza. Tardé algún rato en volver a mi memoria la escena terrible en que había tomado parte la noche anterior. Después de haberme curado la herida, Carmen y su amiga, en cuclillas junto a mi colchón, cambiaron unas palabras en *chipe calli*, que me parecieron una especie de consulta médica. Luego me aseguraron las dos que sanaría pronto, pero que debía salir de Sevilla lo antes posible, porque, si me atrapaban allí, me pasarían por las armas sin remedio.

—Muchacho —me dijo Carmen—, tendrás que ganarte la vida. Puesto que el rey no quiere darte ni arroz ni merluza*, tendrás que pensar en buscarte el sustento. Eres demasiado zonzo para *ustilar* a *pastesas***. Pero eres valiente y ágil. Si tienes arrestos, lánzate a la costa y hazte contrabandista. ¿No te tengo prometido que te ahorcarán? Vale más eso que ser fusilado, y además, si lo haces con tino, vivirás como un príncipe mientras los *minons*** y la guardia civil no te echen el guante.

* La comida ordinaria de un soldado español. ** *Ustilar a pastesas*, robar con maña, hurtar sin violencia. *** Una especie de cuerpo de voluntarios.

Con tan seductores colores pintaba aquella hija del demonio la nueva carrera que me proponía, la única, por cierto, que me quedaba después de haber incurrido en pena de muerte. ¿Confesaré, señor, que me persuadió sin gran esfuerzo? Aquella vida libre y peligrosa me parecía estrechar los lazos que nos unían. En adelante, pensaba yo, podría contar con su cariño.

Había oído hablar muchas veces de ciertos contrabandistas que corren por Andalucía, cada uno montado en un buen caballo, con su dama a la grupa y su trabuco en la mano. Ya me veía trotando por el mundo, con una gitana bonita detrás. Cuando le expuse esa idea, se rio hasta que se tuvo que sujetar los costados, y juró que no hay nada tan hermoso como pasar la noche al raso, cuando cada *rom* se retira con su *romi* bajo la tiendecilla hecha con tres varas y una manta.

—Si me voy al monte —le dije—, te tendré conmigo. No habrá allí ningún teniente que me la dispute.

—¡Ja, ja! ¡Estás celoso! —repuso ella—. Peor para ti. ¿Cómo puedes ser tan necio? ¿No ves que tengo que quererte, porque nunca te he pedido dinero?

Cuando me decía tales cosas, la habría estrangulado con gusto.

Para abreviar, señor, Carmen me procuró ropa de paisano, disfrazado con la cual salí de Sevilla sin ser reconocido. Fui a Jerez, con una carta de Pastia para un tratante en anisado, cuya casa era el punto de reunión de los contrabandistas. Me presentaron a ellos, y su jefe, apodado el Dancaire, me alistó en su banda. Salimos para Gaucín, donde encontré a Carmen, que me había dicho que me aguardaría allí. En todas estas expediciones hacía ella de espía para la banda, y no se ha visto espía mejor. Acababa de volver de Gibraltar, donde ya tenía apalabrado con un capitán de buque un cargamento de géneros ingleses que íbamos a recibir en la costa. Fuimos a esperarlo cerca de Estepona. Escondimos una parte en la montaña, y cargados con el resto, nos dirigimos a Ronda. Carmen se había adelantado. Fue ella quien nos avisó cuándo convenía entrar en la ciudad. Este primer viaje, y otros varios que vinieron después, nos salieron bien. Hallaba la vida de contrabandista más agradable que la del soldado: podía regalarle cosas a Carmen, tenía dinero y tenía amante. Sentía pocos o ningunos escrúpulos, pues, como dicen los gitanos, «el que está contento no se rasca». En todas partes éramos bien recibidos, mis compañeros me trataban bien, e incluso me mostraban cierto respeto. El motivo era yo había matado a un hombre, y alguno de ellos no llevaba en su hoja servicio igual. Pero lo que más valoraba de mi nueva vida era ver a Carmen con frecuencia. Me mostraba más cariño que nunca; no obstante, jamás reconocía delante de mis compañeros que era mi amante, y hasta me había hecho jurar toda clase de juramentos de que no diría nada de ella a los demás. Tan débil me hallaba yo ante aquella criatura, que obedecía todos sus caprichos. Y, además, era la primera vez que la veía mostrar algo de la reserva de una mujer bien portada, y fui tan necio que creí que había renunciado de verdad a sus antiguas costumbres.

Nuestra banda, compuesta de ocho o diez hombres, casi nunca estaba junta sino en los momentos decisivos, y por lo común andábamos dispersos de dos en dos y de tres en tres por los pueblos y las aldeas. Cada uno fingía tener un oficio. Uno era calderero, otro mozo de cuadra; yo pasaba por vendedor ambulante de mercería, pero casi nunca me dejaba ver en poblaciones grandes, a causa de mi malhadado lance de Sevilla. Un día, mejor dicho una noche, habíamos de juntarnos abajo de Veger. Llegamos allí antes que los demás, el Dancaire y yo.

—Pronto tendremos un nuevo compañero —me dijo—. Carmen acaba de hacer una de las suyas. Ha preparado la evasión de su *rom*, que estaba en el presidio de Tarifa.

Yo empezaba ya a entender la lengua gitana, que casi todos mis compañeros hablaban, y la palabra *rom* me sobresaltó.

—¿Cómo? ¿Su marido? ¿Conque es casada? —le dije al cabo.

—¡Sí! —me respondió—. Casada con García el Tuerto*, gitano tan astuto como ella. El pobre diablo estaba en las galeras. Carmen ha camelado tan bien al cirujano del presidio, que ha conseguido sacar de la prisión a su *rom*. ¡Vaya! ¡Esa moza vale su peso en oro! Hace dos años que viene maquinando su evasión, pero no pudo conseguir nada hasta que a las autoridades se les ocurrió cambiar de cirujano. No tardó ella en entenderse con el nuevo.

* El tuerto.

Imagínese usted cuánto me gustó la noticia. Bien pronto vi a García el Tuerto. Era el más feo animal que hayan amamantado nunca gitanos. Piel de negro, y más negro el alma, y el más completo bribón que en mi vida he visto. Carmen llegó con él, y cuando delante de mí lo llamaba su *rom*, había que ver las miradas que me lanzaba y las muecas que hacía cuando García volvía la cabeza.

Sentí asco y no le dije una palabra en toda la noche. Al día siguiente, después de haber cargado con las acémilas, ya habíamos emprendido la marcha, cuando vimos que teníamos encima una docena de jinetes. Los bravucones andaluces, que se habían jactado de asesinar a todo el que se les pusiera delante, tomaron un aire muy triste al punto. Se armó el barullo. El Dancaire, García, un buen mozo de Écija, apodado el Remendado, y Carmen, conservaron su sangre fría. Los demás soltaron las mulas y se metieron por las gargantas, donde los caballos no podían seguirlos. No había forma de salvar las mulas, así es que desabrochamos a toda prisa lo mejor del botín, y cargando con ello a cuestas, intentamos escapar por entre las peñas, cuesta abajo, por las pendientes más escarpadas. Tirábamos los fardos delante y nos deslizábamos tras ellos lo mejor que podíamos, resbalando sobre los talones. Mientras tanto, el enemigo nos disparaba. Era la primera vez que oía silbar balas a mi alrededor, y no me importó gran cosa. Cuando una mujer te mira, no cuesta gran mérito hacer cara a la muerte. Todos nos salvamos, menos el pobre Remendado, que recibió un balazo en los riñones. Yo solté mi carga y procuré levantarlo.

—¡Imbécil! —me gritó García—. ¿Para qué queremos la morralla? ¡Acábalo, y no pierdas las medias de algodón!

—¡Suéltalo! —gritó Carmen.

Tan agotado estaba que hube de dejarlo un momento al abrigo de una roca. García se acercó y le disparó su trabuco a quemarropa en la cara. «¡Ya quisiera yo ver quién lo reconoce ahora!» —dijo, mirando aquel rostro destrozado por una docena de perdigones.

Ahí tiene usted, señor, la vida deliciosa que he llevado. Aquella noche nos encontramos en una espesura, rendidos de fatiga, sin un bocado que llevarnos a la boca, arruinados por la pérdida de las mulas. ¿Sabe usted lo que hizo aquel demonio de García? Sacó de su bolsillo una baraja y comenzó a jugar con el Dancaire a la luz de una hoguera que encendieron. Yo me había quedado tumbado, mirando las estrellas, pensando en el Remendado y diciéndome que bien habría podido estar en su lugar. Carmen estaba en cuclillas junto a mí, y de cuando en cuando hacía sonar sus castañuelas y canturreaba algo. Después, acercándose a mí, como para hablarme al oído, me besó dos o tres veces casi a mi pesar.

—Eres un demonio —le dije.

—Sí —me respondió.

Tras algunas horas de descanso, se marchó a Gaucín, y a la mañana siguiente un pastorcito nos trajo algunas vituallas. Nos quedamos allí todo el día, y al caer la tarde nos trasladamos cerca de Gaucín. Esperábamos noticias de Carmen, y ninguna llegaba. Después de amanecer, vimos a un arriero que acompañaba a una mujer bien vestida, con sombrilla, y a una niña que parecía su criada. Dijo García:

—Ahí van dos mulas y dos hembras que nos envía San Nicolás. Más querría yo cuatro mulas, pero no importa. Me las arreglaré con lo que hay.

Cogió su trabuco y bajó por el sendero, ocultándose entre el matorral.

Lo seguimos, y el Dancaire y yo nos quedamos un poco atrás. Apenas la mujer nos vio, en vez de asustarse —y nuestro aspecto bastaba para asustar a cualquiera—, soltó una carcajada. «¡Ah! ¡Los *lillipendi*! ¡Me toman por una *erani*!»*

* «¡Los tontos, me toman por una señora elegante!»

Era Carmen, pero tan bien disfrazada, que si hubiera hablado otra lengua no la habría reconocido. Se apeó de la mula y habló un rato en voz baja con el Dancaire y con García. Luego me dijo:

—Canario, volveremos a vernos antes de que te ahorquen. Me voy a Gibraltar por asuntos gitanos; pronto tendrás noticias mías.

Nos separamos, después de indicarnos un lugar donde podríamos guarecernos durante unos días. Aquella muchacha era nuestra providencia. Recibimos pronto dinero suyo, y una noticia más útil todavía: que tal día iban a pasar por el camino que ella nos dijo dos señores ingleses que irían de Gibraltar a Granada. ¡Qué más quisieran! Llevaban un buen puñado de guineas. García quería matarlos, pero el Dancaire y yo nos opusimos. Lo único que les quitamos, además de las camisas, que nos hacían mucha falta, fue el dinero y los relojes.

Señor, uno se hace bandido por atolondramiento. Pierde uno la cabeza por una chica guapa, riñe por ella con un hombre, sobreviene una catástrofe, tiene uno que echarse al monte, y de contrabandista se vuelve ladrón antes de haber tenido tiempo de pensar. Después del asunto de los ingleses, concluimos que la vecindad de Gibraltar no era saludable para nosotros, y nos metimos en la Sierra de Ronda. Usted me ha nombrado alguna vez a José María. Pues fue allí donde trabé conocimiento con él. Llevaba siempre a su dama con él en las expediciones. Era una muchacha bonita, tranquila, recatada, de buenas formas; de su boca nunca se oía una palabra grosera, y estaba enteramente consagrada a él. Él, en cambio, la hacía muy desgraciada. Andaba siempre detrás de otras mujeres, la trataba con dureza, y a veces le daba por ponerse celoso. Un día le dio una cuchillada. ¡Pues ella no hacía más que adorarlo más! Así son las mujeres, y sobre todo las andaluzas. Aquélla estaba orgullosa de la cicatriz del brazo, y la mostraba como si fuera la cosa más hermosa del mundo. Y, encima, José María era el peor de los compañeros. En una correría que hicimos con él, arregló las cosas de modo que él se quedó con todo el provecho, y a nosotros nos tocaron las fatigas y los golpes. Pero volvamos a mi historia. No teníamos la menor noticia de Carmen. Dijo el Dancaire:

—Uno de nosotros tendrá que ir a Gibraltar para enterarse. Debe de haber algún negocio entre manos. Iría yo de buena gana, pero es que me conocen demasiado en Gibraltar.

—También yo soy conocido allí —dijo el Tuerto—. He gastado tantas jugarretas a los cangrejos*, y como no tengo más que un ojo, no me resulta fácil disfrazarme.

* Nombre que el populacho español da a los soldados ingleses, por el color de su uniforme.

—Entonces, me toca a mí, supongo —dije, encantado con sólo la idea de volver a ver a Carmen—. Pero ¿cómo me las arreglo?

Contestaron los otros:

—Puedes ir por mar o meterte por San Roque, como te parezca mejor; en cuanto llegues a Gibraltar, pregunta en el puerto dónde vive una chocolatera que llaman la Rollona. Cuando la encuentres, te enterará de todo lo que sucede.

Quedamos en que nos iríamos a la Sierra, que yo dejaría allí a mis dos compañeros y me dirigiría a Gibraltar con el aspecto de vendedor de fruta. En Ronda me procuró uno de los nuestros un pasaporte; en Gaucín me proporcionaron un borriquillo, lo cargué de naranjas y melones, y adelante. Cuando llegué a Gibraltar supe que a la Rollona la conocían muchos, pero que había muerto o se había ido *ad fines terrae*, y, a mi entender, su desaparición explicaba que no tuviéramos noticias de Carmen. Recogí mi borrico y empecé a recorrer la ciudad, ofreciendo mis naranjas, como si vendiera, pero en realidad mirando a ver si me topaba con alguna cara conocida. El sitio está lleno de pelagatos de todos los países del mundo, y es, en verdad, como la torre de Babel, porque no se pueden dar diez pasos por una calle sin oír otras tantas lenguas. Vi gitanos, pero no me atrevía a fiarme de ellos. Los observaba, y ellos me observaban. Habíamos adivinado mutuamente que éramos ladrones, y lo que importaba era saber si pertenecíamos a la misma banda. Después de dos días de paseos inútiles, sin haber averiguado nada ni de la Rollona ni de Carmen, pensaba volver con mis compañeros en cuanto hiciera algunas compras, cuando, al caer la tarde, yendo por una calle, oí a una mujer que desde una ventana gritaba: «¡Naranjero!»

* A galeras, o, lo que es lo mismo, a todos los diablos.

Levanté la cabeza, y en un balcón vi a Carmen asomada, junto a un oficial de casaca roja con charreteras de oro, cabello rizado y todo el aire de un rico milord. Ella, por su parte, iba lujosísimamente vestida: llevaba un chal sobre los hombros, un peine de oro en el pelo, todo lo que llevaba era de seda, y la maldita tunanta, sin cambiar en lo más mínimo, se reía a mandíbula batiente.

El inglés me gritó en un español destrozado que subiera, porque la señora deseaba unas naranjas, y Carmen me dijo en vascuence:

—Sube y no te asombres de nada.

Ciertamente, nada de lo que ella hiciera tenía ya que asombrarme. Yo no sabía si estaba más contento o más triste de volver a verla. En la puerta de la casa había un criado inglés, alto, con la cabeza empolvada, que me introdujo en un espléndido salón. Al punto Carmen me dijo en vascuence:

—No sabes ni una palabra de español y no me conoces. Volviéndose luego hacia el inglés, añadió:

—¿Lo ves? Ya te lo dije. A primera vista comprendí que era vasco. Ahora vas a oír qué lengua tan rara habla. ¡No tiene cara de tonto! ¡Parecía un gato cogido en la despensa!

—Y tú —le dije yo en nuestra lengua—, pareces una desvergonzada, y me dan ganas de desfigurate la cara ahora mismo, delante de tu galán.

—¡Mi galán! —dijo ella—. ¡Con que ya lo has adivinado tú solo! ¿Estás celoso de ese imbécil? Eres aún más necio que lo eras la noche del callejón del Candilejo. ¿No ves, majadero, que en este momento estoy haciendo un negocio gitano, y de lo más brillante que cabe? Esta casa es mía, ¡las guineas de ese cangrejo serán mías! Lo llevo del narigón y lo llevaré a un sitio de donde no ha de salir vivo.

—Y si te pesco otra vez haciendo negocios gitanos por el estilo, procuraré que no vuelvas a hacerlos jamás —le dije yo.

—¡Ah, por mis pecados! ¿Acaso eres tú mi *rom* para que me des órdenes? Si el Tuerto está contento, ¿qué tienes tú que ver? ¿No deberías sentirte muy contento de ser el único que puede llamarse mi *minchorro*?*

* Mi «amante», o más bien mi «antojo».

—¿Qué dice? —preguntó el inglés.

—Dice que tiene sed y le gustaría beber algo —contestó Carmen, y se dejó caer en un sofá, riendo a carcajadas de su propia traducción.

Cuando aquella muchacha se pone a reír, señor, es imposible hablar con sensatez. Todo el mundo se reía con ella. También el inglés se puso a reír, como el necio que era, y mandó al criado que me trajera algo de beber.

Mientras yo bebía, me dijo Carmen:

—¿Ves ese anillo que lleva en el dedo? Si quieres te lo doy.

Y yo respondí:

—Daría uno de mis dedos por tener a su señoría en el monte y a cada uno con una maquila en la mano.

—¿Maquila, qué significa eso? —preguntó el inglés.

—Maquila —dijo Carmen, sin dejar de reír— significa una naranja. ¿Verdad que es una palabra rara para decir naranja? Dice que le gustaría que comieras maquila.

—¿De veras? —dijo el inglés—. Muy bien, tráigame mañana más maquila.

Mientras hablábamos entró un criado y avisó que la cena estaba servida. Entonces el inglés se levantó, me dio un peso y le ofreció el brazo a Carmen, como si ella no pudiese caminar sola. Carmen, que aún reía, me dijo:

—Muchacho, no puedo invitarte a cenar. Pero mañana, en cuanto oigas los tambores tocar para la formación, ven aquí con tus naranjas. Encontrarás una habitación mejor amueblada que aquella de la Calle del Candilejo, y verás si sigo siendo tu Carmencita. Luego hablaremos de negocios gitanos.

No le contesté nada; incluso cuando estaba en la calle oía aún al inglés gritar: «¡Mañana más maquila!», y las carcajadas de Carmen.

Salí sin saber qué hacer; apenas dormí, y a la mañana siguiente estaba tan enfurecido contra la traidora que tomé la resolución de marcharme de Gibraltar sin volver a verla. Pero en el instante en que empezaron a redoblar los tambores, me faltó el ánimo. Cogí mi red llena de naranjas y corrí a casa de Carmen. Sus postigos estaban algo entornados, y vi sus grandes ojos oscuros acechándome. El criado empolvado me hizo pasar al momento. Carmen lo despachó con un recado, y en cuanto nos quedamos solos soltó uno de sus ataques de risa de cocodrilo y me echó los brazos al cuello. Jamás la había visto tan hermosa. Iba ataviada como una reina, y perfumada; tenía muebles de seda, cortinas bordadas, ¡y yo iba empingorotado como el ladrón que era!

—Minchorro —dijo Carmen—, me dan ganas de romperlo todo aquí, prender fuego a la casa y largarme al monte. Y luego me acariciaba, y luego se reía, y bailaba y destrozaba sus perifollos. Ni mono alguno hizo tantas muecas ni tales diabluras como ella aquel día. Cuando recobró la seriedad—

—¡Oye! —dijo—, esto es asunto gitano. Quiero que me lleve a Ronda, donde tengo una hermana que es monja (aquí soltó otro alarido de risa). Pasaremos por un sitio determinado que yo te haré conocer. Entonces tienes que caer sobre él y dejarlo en cueros. Lo mejor sería que lo remataras, pero —añadió con una de sus sonrisas diabólicas, que nadie que la vio tuvo jamás gana de imitar—, ¿sabes lo que te conviene hacer? Que El Tuerto se te ponga delante. Tú quédate un poco atrás. El cangrejo es valiente, y además diestro, y tiene buenas pistolas. ¿Entiendes?

Y se interrumpió con otro acceso de risa que me hizo estremecer.

—No —dije yo—; odio a García, pero es mi compañero. Algún día, quizá, te libraré de él, pero arreglaremos nuestra cuenta a la usanza de mi tierra. Sólo por casualidad he venido a ser gitano, y en ciertas cosas seré siempre un navarro* de pura cepa, como dice el refrán.

* Navarro fino.

—Eres un necio —replicó—, un simple, un payllo de los de aquí te pescas. ¡Eres igual que el enano que se cree alto porque escupe lejos.* ¡No me amas! ¡Lárgate!

* Or esorjle de or marsichisle, sin chisnar lachinguel. «La promesa de un enano es que escupirá lejos.» —Refrán gitano.

Cuando me decía «¡Lárgate!», yo no podía marcharme. Le prometí que regresaría junto a mis compañeros y aguardaría la llegada del inglés. Ella, por su parte, prometió que estaría enferma hasta dejar Gibraltar camino de Ronda.

Permanecí en Gibraltar dos días más. Tuvo la desfachatez de disfrazarse y venir a verme a la posada. Me fui; yo traía un plan mío. Volví a nuestro punto de reunión con la noticia del sitio y la hora a que el inglés y Carmen habían de pasar. Hallé a El Dancaire y a García esperándome. Pasamos la noche en un bosque, junto a una hoguera de piñas que ardía espléndidamente. Propuse a García jugar a las cartas, y él aceptó. En la segunda partida le dije que hacía trampas; se echó a reír; le tiré los naipes a la cara. Él intentó echar mano de su trabuco. Le puse el pie encima y le dije: «Dicen que sabes manejar la navaja tan bien como el mejor rufián de Málaga; ¿quieres probarla conmigo?». El Dancaire intentó separarnos. Yo le había dado a García un par de cachetes; la rabia le dio arrestos, sacó la navaja y yo saqué la mía. Le dijimos los dos a El Dancaire que nos dejara en paz y nos dejara pelear a nuestras anchas. Vio que no había modo de detenernos, y se apartó. García estaba ya encorvado, como un gato a punto de saltar sobre un ratón. Tenía el sombrero en la mano izquierda para parar, y la navaja delante de sí: ésa es su guardia andaluza. Yo me quedé de pie a la navarra, con el brazo izquierdo levantado, la pierna izquierda adelante, y la navaja tendida a lo largo del muslo derecho. Me sentía más fuerte que un gigante. Se me vino como una flecha. Giré sobre el pie izquierdo, de modo que no encontró nada delante. Pero le clavé la navaja en la garganta, y entró tan hondo que la mano me quedó bajo la barbilla. Torcí la hoja con tal fuerza que se rompió. Fue su fin. La hoja la arrastró fuera de la herida un chorro de sangre gruesa como mi brazo, y él cayó de bruces, cuan largo era.

—¿Qué has hecho? —me dijo El Dancaire.

—Oye —le respondí—, no podíamos vivir juntos. Amo a Carmen y quiero ser el único. Y además, García era un malvado. Me acuerdo de lo que le hizo al pobre Remendado. Ya sólo quedamos dos, pero somos dos buenos compañeros. Venga, ¿quieres tenerme por amigo, para lo bueno y para lo malo?

El Dancaire me tendió la mano. Era un hombre de cincuenta años.

—¡Que el diablo se lleve estos amores! —exclamó—. ¡Si le hubieras pedido a Carmen, te la habría vendido por un peso! Ya sólo quedamos dos: ¿cómo nos arreglaremos mañana?

—Yo me las arreglaré solo —respondí—. Puedo burlarme del mundo entero ahora.

Enterramos a García, y trasladamos nuestro campamento doscientos pasos más allá. A la mañana siguiente Carmen y su inglés llegaron con dos arrieros y un criado. Le dije a El Dancaire:

—Yo me encargo del inglés; tú asusta a los otros, ¡que no van armados!

El inglés era un valiente. Me habría matado si Carmen no le hubiera apartado el brazo.

Para abreviar: aquel día recuperé a Carmen, y mis primeras palabras fueron para decirle que era viuda.

Cuando supo lo ocurrido—

—Siempre serás un lillipendi —me dijo—. García debía haberte matado a ti. Tu guardia navarra es un disparate, y él ha mandado al otro mundo a hombres más hábiles que tú. Lo que pasó es que le había llegado la hora, y a ti también te llegará.

—¡Y a ti también! —si no eres una romi fiel para conmigo.

—Sea —dijo ella—. Más de una vez he leído en el poso del café que tú y yo habíamos de acabar juntos. ¡Bah! ¡Lo que tenga que ser, será! —y repiqueteó las castañuelas, como solía hacer cuando quería ahuyentar algún pensamiento que la importunaba.

Uno se extiende cuando habla de sí mismo. Quizá todos estos detalles te aburran, pero ya estoy llegando al final de mi historia. Nuestra nueva vida duró bastante tiempo. El Dancaire y yo reunimos algunos compañeros, más de fiar que los primeros, y nos dedicamos al contrabando. De vez en cuando, lo confieso, asaltabamos a los viajeros en los caminos, pero nunca sino en el último extremo, cuando no podíamos evitarlo; y además, jamás los maltratábamos, y nos limitábamos a quitarles el dinero.

Por unos meses estuve muy contento con Carmen. Seguía ayudándonos en nuestras operaciones de contrabando, avisándonos de cualquier oportunidad de hacer un buen golpe. Permanecía en Málaga, en Córdoba o en Granada, pero a una palabra mía lo dejaba todo y venía a juntarse conmigo en alguna venta o incluso en nuestro aislado campamento. Sólo una vez —fue en Málaga— me dio algún disgusto. Supe que se había encaprichado de un ricacho mercader, con el cual pensaba repetir, probablemente, la jugada de Gibraltar. A pesar de todo lo que El Dancaire me dijo para detenerme, salí, entré en Málaga a plena luz del día, busqué a Carmen y me la llevé en el acto. Tuvimos una agria disputa.

—¿Sabes? —me dijo—, ahora que eres mi rom de por vida, ya no me gustas tanto como cuando eras mi minchorro. No quiero que me molesten, y sobre todo no quiero que me manden. Quiero ser libre de hacer lo que me plazca. Cuidado con empujarme demasiado; si me aburres, encontraré algún buen muchacho que te haga contigo lo mismo que tú le hiciste a El Tuerto.

El Dancaire nos arregló, pero nos habíamos dicho cosas que quedaron clavadas en el corazón, y ya no volvimos a ser como antes. Poco después tuvimos una desgracia: los soldados nos cayeron encima; El Dancaire y dos de mis compañeros fueron muertos; otros dos cayeron presos. Yo estaba malherido, y, de no ser por mi buen caballo, habría caído en manos de los soldados. Medio muerto de fatiga, y con una bala en el cuerpo, busqué refugio en un bosque, con mi único compañero que aún quedaba. Al apearme del caballo me desmayé, y creí que iba a morir allí entre la maleza, como una liebre acosada. Mi compañero me llevó a una cueva que conocía, y mandó luego a avisar a Carmen.

Estaba en Granada, y vino al instante. Durante una quincena entera no se apartó de mí ni un momento. No pegó ojo; me cuidó con una destreza y un esmero como ninguna mujer ha prodigado jamás al hombre que más tiernamente amó. En cuanto pude tenerme en pie, me llevó con el mayor sigilo a Granada. Estas gitanas encuentran refugio seguro en todas partes, y pasé más de seis semanas en una casa que estaba a sólo dos puertas de la del Corregidor que intentaba detenerme. Más de una vez lo vi pasar, desde detrás de la contraventana. Al fin sané, pero había pensado mucho, en mi lecho de dolor, y había decidido cambiar de vida. Le propuse a Carmen que saliéramos de España y buscásemos un modo honrado de ganarnos el sustento en el Nuevo Mundo. Ella se rió en mi cara.

—No nacimos para plantar coles —exclamó—. Nuestro sino es vivir como payllos. Escucha: tengo un negocio arreglado con Natán Ben José, en Gibraltar. Tiene telas de algodón que no puede sacar hasta que tú vayas a recogerlas. Sabe que estás vivo, y cuenta contigo. ¿Qué dirían nuestros corresponsales de Gibraltar si les fallaras?

Me dejé persuadir y volví a mi vil oficio.

Mientras yo estaba escondido en Granada hubo corridas de toros, a las que Carmen fue. Cuando volvió habló mucho de un hábil picador llamado Lucas. Sabía el nombre de su caballo y cuánto le había costado su chaquetilla bordada. Yo no le hice caso; pero unos días después Juanito, el único de mis compañeros que quedaba, me dijo que había visto a Carmen con Lucas en una tienda del Zacatín. Entonces comencé a alarmarme. Pregunté a Carmen cómo y por qué había trabado conocimiento con el picador.

—Es un hombre del que podemos sacar algo —dijo—. Arroyo que suena, agua lleva o piedras trae. Ha ganado en las corridas mil doscientos reales. Tiene que ser una de dos: o le sacamos el dinero, o bien, como es buen jinete y valiente, lo enrolamos en la banda. Hemos perdido a uno y a otro; tendrás que reponerlos. ¡Llévalo contigo!

—No quiero ni su dinero ni a él —respondí—, y te prohibo que le hables.

—¡Cuidado! —replicó—. Si alguien me reta a hacer una cosa, la hago en seguida.

Por suerte el picador partió para Málaga, y yo me ocupé en pasar las telas del judío. Esta expedición me dio mucho que hacer, y a Carmen también. Olvidé a Lucas, y quizá ella lo olvidó también, por el momento al menos. Precisamente por entonces, señor, fue cuando le encontré a usted, primero en Montilla, y después en Córdoba. No hablaré de aquella última entrevista. Sabe usted de ella más, quizá, que yo. Carmen le robó a usted el reloj, quería quedarse además con su dinero, y sobre todo con ese anillo que veo en su dedo, y del que decía que era un anillo mágico, cuya posesión era muy importante para ella. Tuvimos una pelea violentísima y yo le pegué. Ella se puso pálida y se echó a llorar. Era la primera vez que yo la veía llorar, y me impresionó dolorosamente. Le pedí que me perdonara, pero siguió enfurruñada conmigo un día entero, y cuando yo salí para Montilla no quiso darme un beso. Todavía me dolía el corazón, cuando tres días después se reunió conmigo con cara risueña y alegre como una alondra. Todo estaba olvidado, y parecíamos una pareja de recién casados. Precisamente al separarnos me dijo: «Hay una fiesta en Córdoba; iré a verla, y así sabré qué gente volverá con dinero, y podré avisarte».

La dejé ir. Cuando me quedé solo pensé en la fiesta y en el cambio de humor de Carmen. «Ya se habrá vengado —me dije—, puesto que fue ella la primera en hacer las paces». Un labrador me dijo que iba a haber corrida de toros en Córdoba. Entonces la sangre empezó a hervir, y salí como un loco derecho a la plaza. Me señalaron a Lucas, y en el banco, junto a la barrera, reconocí a Carmen. Una mirada suya bastó para que mi sospecha se volviera certeza. Cuando salió el primer toro, Lucas comenzó, como yo esperaba, a hacer el galán; arrancó la divisa al toro y se la ofreció a Carmen, que se la puso al instante en el pelo.*

* La divisa. Un lazo de cintas, cuyo color indica la dehesa de donde procede cada toro. Este lazo va sujeto al cuero del toro con un gancho, y arrancar la divisa al toro vivo y ofrecerla a una mujer se tiene por la mayor galantería.

El toro me vengó. Lucas fue derribado, con el caballo sobre el pecho, y el toro encima de los dos. Busqué a Carmen, ya había desaparecido de su asiento. No pude salir del mío, y hube de esperar a que terminase la corrida. Entonces me fui a aquella casa que usted ya conoce, y esperé allí tranquilo toda la tarde y parte de la noche. Hacia las dos de la madrugada volvió Carmen, y se quedó bastante sorprendida de verme.

—Ven conmigo —le dije.

—Muy bien —dijo ella—, vámonos.

Fui a buscar mi caballo, la monté detrás de mí, y seguimos viaje el resto de la noche sin decirnos una palabra. Al rayar el día nos detuvimos en una venta solitaria, no lejos de una ermita. Allí le dije a Carmen:

—Escucha: lo olvido todo, no voy a reprocharte nada. Pero júrame una cosa: ¡que vendrás conmigo a América y viviremos allí tranquilamente!

—No —dijo ella, con voz hosca—, no iré a América; estoy muy bien aquí.

—Es porque estás cerca de Lucas. Pero ten por seguro que, aunque sane ahora, no hará vieja. Y a decir verdad, ¿para qué voy a pelearme con él? Estoy cansado de matar a todos tus amantes; esta vez te mataré a ti.

Ella me miró fijamente con sus ojos salvajes, y luego dijo:

—Siempre he pensado que acabarías matándome. La primera vez que te vi acababa de tropezarme con un cura a la puerta de mi casa. Y esta noche, cuando salíamos de Córdoba, ¿no has visto nada? Una liebre cruzó el camino entre las patas de tu caballo. Es el sino.

—Carmencita —le pregunté—, ¿ya no me quieres?

No me respondió; estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una estera, haciendo rayas en el suelo con el dedo.

—Cambiemos de vida, Carmen —dije suplicando—. Vámonos a vivir a algún sitio donde no nos separemos jamás. Tú sabes que tenemos ciento veinte onzas de oro enterradas bajo una encina no lejos de aquí, y además hay más dinero con Ben José el judío.

Ella empezó a sonreír y luego dijo:

—Yo primero, y después tú. Sé que será así.

—Piénsalo —dije—. Se me han acabado la paciencia y el valor. Decide tú, o si no tendré que decidir yo.

La dejé sola y me encaminé hacia la ermita. Hallé al ermitaño rezando. Esperé a que terminara su oración. Yo sentía ganas de rezar, pero no podía. Cuando se levantó del rodillas, me acerqué a él.

—Padre —le dije—, ¿rezará usted por alguien que está en gran peligro?

—Rezo por todos los que están afligidos —respondió.

—¿Puede usted decir una misa por un alma que quizá va a presentarse ante su Creador?

—Sí —contestó, mirándome fijamente.

Y como yo tenía algo extraño, intentó hacerme hablar.

—Me parece que le he visto a usted en alguna parte —dijo.

Dejé un peso en su banco.

—¿Cuándo dirá usted la misa? —pregunté.

—Dentro de media hora. Viene a servirla el hijo del ventero de aquí cerca. Dime, joven, ¿no tienes algo en la conciencia que te atormenta? ¿Quieres escuchar el consejo de un cristiano?

—Apenas si podía contener las lágrimas. Le dije que volvería y me alejé apresuradamente. Fui a tenderme sobre la hierba hasta que oí la campana. Entonces regresé a la capilla, pero me quedé fuera de ella. Cuando él hubo dicho la misa, volví a la venta. Esperaba que Carmen hubiera huido. Habría podido llevarse mi caballo y marcharse a caballo. Pero la hallé todavía allí. No quería que nadie pudiera decir que yo la había asustado. Mientras yo había estado fuera, ella había descosido el dobladillo de su vestido y sacado el plomo que lo lastraba; y ahora estaba sentada ante una mesa, mirando un cuenco de agua en el que acababa de arrojar el plomo que había fundido. Estaba tan absorta en sus encantos que al principio no notó mi regreso. A veces sacaba un pedacito de plomo y lo volvía de un lado para otro con mirada melancólica. A veces cantaba una de esas canciones mágicas, que invocan la ayuda de María Padilla, la amante de don Pedro, de quien se dice que fue la *Bari Crallisa*, la gran reina gitana.*

* María Padilla fue acusada de haber hechizado a don Pedro. Según una tradición popular, regaló a la reina Blanca de Borbón una cinta dorada que, a los ojos del rey hechizado, tomó la apariencia de una serpiente viva. De ahí la repugnancia que mostró siempre hacia la desventurada princesa.

—Carmen —le dije—, ¿quieres venir conmigo? Se levantó, arrojó el cuenco de madera y se puso la mantilla sobre la cabeza, lista para partir. Mi caballo fue traído, ella montó detrás de mí y nos alegramos al trote.

—Después de haber recorrido un poco de distancia, le dije:—Conque, mi Carmen, estás bien dispuesta a seguirme, ¿no es verdad?

—Ella respondió:—Sí, te seguiré, hasta la muerte misma; pero no viviré ya más contigo.

—Habíamos llegado a un desfiladero solitario. Detuve mi caballo.

—¿Es aquí? —dijo ella.

—Y de un salto se puso en tierra. Se quitó la mantilla y la arrojó a sus pies, y se quedó inmóvil, con una mano en la cadera, mirándome de frente.

—Ya veo que intentas matarme —dijo—. Es el destino. Pero jamás conseguirás que me rinda.

—Yo le dije:—Sé razonable, te lo suplico; escúchame. Todo lo pasado está olvidado. Y sin embargo sabes que eres tú quien me ha perdido; por tu causa soy un bandido y un asesino. Carmen, mi Carmen, déjame salvarte, y sálvame yo contigo.

—José —contestó ella—, lo que me pides es imposible. Ya no te amo. Tú me amas todavía, y por eso quieres matarme. Si quisiera, podría decirte alguna otra mentira, pero no me tomo esa molestia. Todo acabó entre nosotros dos. Tú eres mi rom, y tienes derecho a matar a tu romi, pero Carmen será siempre libre. Calli nació, y calli morirá.

—Entonces, ¿amas a Lucas? —pregunté.

—Sí, lo he amado como te amé a ti, un instante, quizá menos de lo que te amé a ti. Pero ahora no amo nada, y me odio por haberte amado jamás.

—Me arrojé a sus pies, le así las manos, las regué con mis lágrimas, le recordé todos los momentos dichosos que habíamos pasado juntos, le ofrecí continuar mi vida de bandido, si eso le agradaba. Todo, señor, todo; ¡todo se lo ofrecí con tal de que volviera a amarme!

—Ella dijo:

—¿Volver a amarte? ¡Eso no es posible! ¿Vivir contigo? ¡No lo haré!

—Yo estaba loco de furor. Saqué mi cuchillo; habría querido que se asustara y me pidiera merced, pero aquella mujer era un demonio.

—Grité:—¡Por última vez te lo pregunto! ¿Quieres quedarte conmigo?

—¡No! ¡no! ¡no! —dijo, y pisoteó con el pie.

—Entonces se arrancó del dedo un anillo que yo le había dado y lo arrojó entre la maleza.

—La herí dos veces; había tomado el cuchillo de García, porque el mío se había roto. Al segundo golpe cayó sin un sonido. Me parece que aún veo sus grandes ojos negros clavados en mí. Después se nublaron y los párpados se cerraron.

—Durante una buena hora estuve allí tendido junto a su cadáver. Entonces recordé que Carmen me había dicho muchas veces que le gustaría yacer enterrada en un bosque. Le cavé una fosa con mi cuchillo y la deposité en ella. Busqué mucho tiempo su anillo, y al fin lo encontré. Lo puse en la fosa junto a ella, con una crucecita; tal vez hice mal. Luego monté a caballo, galopé hasta Córdoba y me presenté en el primer puesto de guardia. Les dije que había matado a Carmen, pero no quise decirles dónde estaba su cuerpo. ¡Aquel ermitaño era un santo! Rogó por ella, dijo una misa por su alma. ¡Pobre niña! Las calés tienen la culpa de haberla educado como lo hicieron.

CAPÍTULO IV

España es uno de los países en que aquellos nómadas, dispersos por toda Europa y conocidos con los nombres de bohemios, gitanos, gitanas, cíngaros, zíngaros y demás, se encuentran hoy en mayor número. La mayor parte de estas gentes vive, o más bien anda de aquí para allá, en las provincias del mediodía y del oriente de España, en Andalucía y Extremadura, en el reino de Murcia. Hay muchísimos en Cataluña. Estos últimos pasan con frecuencia a Francia y se les ve en todas nuestras ferias del Mediodía. Los hombres se llaman por lo general mozos de cuadra, albéitares, esquiladores de mulas; a estos oficios añaden el de componer cacerolas y utensilios de latón, sin contar el contrabando y otras prácticas ilícitas. Las mujeres echan la buenaventura, piden limosna y venden toda clase de drogas, algunas de las cuales son inocentes y otras no. Las características físicas de los gitanos se distinguen más fácilmente que se describen, y cuando se ha conocido a uno, se debe poder reconocer a un miembro de la raza entre mil otros hombres. Es sobre todo por su fisonomía y su expresión como difieren de los demás habitantes del mismo país. Su tez es extremadamente oscura, siempre más morena que la de la raza entre la cual viven. De ahí el nombre de calés (negros) que se aplican con frecuencia a sí mismos.* Sus ojos, dispuestos con una marcada oblicuidad, son grandes, muy negros y sombreados por pestañas largas y espesas. Su mirada solo puede compararse a la de una fiera. Es a la vez audaz y esquiva, y a este respecto sus ojos son un fiel indicio de su carácter nacional, que es astuto, resuelto, pero con «el natural miedo a los golpes», como Panurgo. La mayoría de los hombres son mozos fornidos, esbeltos y ágiles. No creo haber visto jamás un gitano que hubiera engordado. En Alemania las mujeres gitanas son a menudo muy agraciadas; pero la hermosura es muy poco frecuente entre las gitanas españolas. De jóvenes pueden pasar por atractivas dentro de su fealdad, pero una vez llegada la maternidad, se vuelven absolutamente repulsivas. La inmundicia de ambos sexos es increíble, y nadie que no haya visto la cabellera de una matrona gitana puede formarse idea alguna de lo que es, ni siquiera evocando las cabezas más ásperas, más grasientas y más polvorientas que quepa imaginar. En algunas grandes ciudades andaluzas, ciertas gitanas algo mejor parecidas que sus congéneres cuidan más de su aseo personal. Estas salen y ganan dinero ejecutando bailes que se parecen mucho a los prohibidos en nuestros bailes públicos durante el carnaval. Un misionero inglés, el señor Borrow, autor de dos obras muy interesantes sobre los gitanos españoles, a quienes se propuso convertir en nombre de la Sociedad Bíblica, declara que no hay ejemplo de ninguna gitana que haya mostrado la menor debilidad por un hombre que no pertenezca a su propia raza. El elogio que hace de su castidad me parece exageradísimo. Ante todo, la gran mayoría se halla en el caso de la mujer fea descrita por Ovidio: «Casta quam nemo rogavit». En cuanto a las bonitas, son, como todas las españolas, muy difíciles en la elección de sus amantes. Hay que cautivar su fantasía y ganarse su favor. El señor Borrow cita, en prueba de su virtud, un rasgo que honra mucho a la suya y sobre todo a su candidez: declara que un hombre inmoral de su conocimiento ofreció sin éxito varias onzas de oro a una gitana bonita. Un andaluz, al que yo referí esta anécdota, aseguró que el inmoral en cuestión habría tenido mucho más éxito si hubiera enseñado a la muchacha dos o tres pesetas, y que ofrecer onzas de oro a una gitana era tan pobre método de persuasión como prometer un par de millones a una moza de taberna. Sea como fuere, lo cierto es que la gitana muestra la más extraordinaria devoción por su marido. No hay peligro ni sufrimiento a que no se atreva para socorrerle en sus apuros. Uno de los nombres que los gitanos se aplican a sí mismos, romé, o «el matrimonio», me parece una prueba de su respeto racial por el estado conyugal. Hablando en general, puede afirmarse que su principal virtud es su patriotismo, si así puede llamarse la fidelidad que guardan en todas sus relaciones con las personas de su mismo origen, su prontitud en ayudarse mutuamente y la inviolable reserva que mantienen en beneficio unos de otros en todo asunto comprometido. Y en verdad algo análogo se nota en todas las asociaciones misteriosas que viven al margen de la ley.

* Se me ha ocurrido que los gitanos alemanes, aunque entienden perfectamente la palabra calé, no gustan de ser llamados así. Entre ellos usan siempre la designación romane tchave.

Hace algunos meses visité una tribu gitana en el país de los Vosgos. En la choza de una anciana, la decana de la tribu, hallé a un gitano, sin parentesco alguno con la familia, enfermo de un mal mortal. El hombre había salido de un hospital, donde era muy bien atendido, para morir entre los suyos. Llevaba trece semanas acostado en su lecho en el campamento y recibía un trato incomparablemente mejor que el de todos los hijos y yernos que compartían su techo. Tenía una buena cama de paja y musgo, y sábanas bastante blancas, mientras que el resto de la familia, que se componía de once personas, dormía sobre tablas de tres pies de largo. He aquí su hospitalidad. Aquella misma mujer, tan humana con su huésped, no cesaba de repetir delante del enfermo: «Singo, singo, homte hi mulo». «¡Pronto, pronto tiene que morir!» Después de todo, estas gentes llevan una vida tan miserable, que la mención de la llegada de la muerte no puede aterrorizarles.

Un rasgo notable del carácter gitano es su indiferencia en materia de religión. No es que sean fuertes de espíritu o escépticos. Jamás han hecho profesión de ateísmo. Antes al contrario, la religión del país que habitan es siempre la suya; pero cambian de religión al cambiar de país de residencia. Están igualmente libres de las supersticiones que sustituyen al sentimiento religioso en el ánimo del vulgo. ¿Cómo, en efecto, puede existir la superstición entre una raza que por lo común vive de la credulidad de los demás? Con todo, he notado entre los gitanos españoles un particular horror a tocar un cadáver. Muy pocos de ellos se dejarían诱导 a llevar a un muerto a su sepultura, aunque se les pagase por ello.

He dicho que la mayoría de las mujeres gitanas se dedican a echar la buenaventura. Lo hacen con gran acierto. Pero hallan una fuente de ganancia mucho mayor en la venta de hechizos y filtros amorosos. No solo suministran garras de sapo para retener los corazones volubles y polvo de imán para encender el amor en los fríos, sino que, si la necesidad lo exige, saben valerse de formidables conjuros que obligan al diablo a prestarles su ayuda. El año pasado me refirió la siguiente historia una dama española. Iba paseando un día por la calle de Alcalá, muy triste y ansiosa. Una gitana que estaba acuclillada en la acera le gritó:—¡Bonita señora, su amante la ha engañado! (Era muy cierto.) ¿Quiere que se lo traiga de vuelta? Mis lectores imaginarán con qué júbilo fue aceptada la propuesta y cuánta confianza inspiró una persona que así adivinaba los secretos más íntimos del corazón. Como hubiera sido imposible llevar a cabo las operaciones de magia en la calle más concurrida de Madrid, se concertó una cita para el día siguiente.—¡Nada más fácil que hacer volver al infiel a sus pies! —dijo la gitana—. ¿Tiene usted por casualidad un pañuelo, una bufanda o una mantilla que él le haya dado? Le entregó una bufanda de seda.—Ahora cosa una peseta en un pico de la bufanda con seda carmesí; cosa media peseta en otro pico; cosa aquí un real, y allí un duro; luego, en el centro, debe usted coser una moneda de oro; mejor sería un doblón. El doblón y todas las demás monedas fueron cosidos como se indicaba.—Ahora deme la bufanda, y yo la llevaré al Campo Santo cuando dé la medianoche. Venga usted conmigo, si quiere ver una buena escena de brujería. ¡Le prometo que mañana verá al hombre que ama! La gitana se marchó sola al Campo Santo, pues mi amiga española tenía demasiado miedo de la brujería para ir con ella. Dejo a mis lectores que adivinen si la pobre abandonada volvió a ver a su amante o a su bufanda.

A pesar de su pobreza y de la especie de aversión que inspiran, los gitanos son tratados con cierta consideración por la gente más ignorante, y ellos lo sienten mucho. Se consideran una raza superior por su inteligencia y desprecian de corazón al pueblo cuya hospitalidad disfrutan.—Estos payos son tan tontos —me dijo uno de los gitanos de los Vosgos—, que no tiene mérito engañarlos. El otro día una campesina me llamó en la calle. Entré en su casa. Su cocina echaba humo y me pidió un hechizo para curarlo. Primero la hice darme un buen pedazo de tocino, y luego empecé a murmurar unas cuantas palabras en romaní. «Necia —le dije—, naciste necia y necia morirás». Cuando estuve cerca de la puerta le dije, en buen alemán: «El medio más seguro de que tu cocina no eche humo es no encender lumbre en ella», y eché a correr.

La historia de los gitanos es todavía un problema. Sabemos, en efecto, que sus primeras bandas, escasas y dispersas, aparecieron en Europa oriental hacia comienzos del siglo XV. Pero nadie puede decir de dónde partieron ni por qué vinieron a Europa, y, lo que es aún más extraordinario, nadie sabe cómo se multiplicaron en tan corto tiempo y de modo tan prodigioso, y en varios países muy apartados entre sí. Los gitanos no han conservado tradición alguna sobre su origen, y aunque la mayoría habla del Egipto como su patria primitiva, esto se debe únicamente a que han adoptado una fábula muy antigua relativa a su raza.

La mayor parte de los orientalistas que han estudiado la lengua gitana creen que la cuna de la raza fue la India. Aparece, en efecto, que muchas de las raíces y formas gramaticales del romaní se encuentran en idiomas derivados del sánscrito. Como es de suponer, los gitanos, durante sus largas correrías, han adoptado multitud de palabras extranjeras. En cada dialecto romaní aparecen numerosas palabras griegas.

Hoy día los gitanos tienen casi tantos dialectos como hordas distintas de su raza. En todas partes hablan más fácilmente la lengua del país que habitan que su propio idioma, el cual raras veces usan, salvo para conversar libremente delante de extraños. Una comparación del dialecto de los gitanos alemanes con el de los gitanos españoles, que no han tenido comunicación entre sí desde hace siglos, revela la existencia de un gran número de palabras comunes a ambos. Pero en todas partes la lengua original aparece notablemente modificada, aunque en distintos grados, por su contacto con los idiomas más cultivados a cuyo uso se han visto forzados los nómadas. El alemán en un caso y el español en otro han modificado de tal suerte el fondo romaní que no le sería posible a un gitano de la Selva Negra entenderse con uno de sus hermanos andaluces, aunque unas cuantas frases de cada bastarían para convencerlos de que cada uno hablaba un dialecto de la misma lengua. Ciertas palabras de uso muy frecuente son, creo yo, comunes a todos los dialectos. Así, en todos los vocabularios que he podido consultar, pani significa agua, manro significa pan, mas significa carne y lon, sal.

Los nombres de número son casi iguales en todos. El dialecto alemán me parece mucho más puro que el español, porque ha conservado muchas de las formas gramaticales primitivas, mientras que los gitanos han adoptado las de la lengua castellana. Sin embargo, hay palabras que constituyen una excepción, como para probar que la lengua fue originariamente común a todos. El pretérito del dialecto alemán se forma añadiendo ium al imperativo, que es siempre la raíz del verbo. En el romaní español, los verbos se conjugan todos a imitación de la primera conjugación de los verbos castellanos. De jamar, infinitivo de «comer», la conjugación regular sería jame, «he comido». De lillar, «tomar», lille, «he tomado». Y sin embargo, algunos gitanos viejos dicen, a manera de excepción, jayon y lillon. No conozco otros verbos que hayan conservado esta forma antigua.

Mientras hago alarde así de mis escasos conocimientos de la lengua romaní, debo señalar algunas palabras del argot francés que nuestros ladrones han tomado de los gitanos. Por Los misterios de París sabe la gente honrada que la palabra chourin significa «un cuchillo». Esto es romaní puro: tchouri es una de las palabras comunes a todos los dialectos. El señor Vidocq llama a un caballo gres: también esta es palabra gitana: gras, gre, graste y gris. Añádase la palabra romanichel, con que se designa a los gitanos en el argot parisiense. Es una corrupción de romane tchave, «mozos gitanos». Pero una etimología de la que me precio realmente es la de la palabra frimousse, «cara», «semblante», palabra que todo colegial usa, o usaba en mi tiempo. Nótese, ante todo, que Oudin, en su curioso diccionario publicado en 1640, escribía la palabra firlimouse. Ahora bien, en romaní, firla o fila significa «cara» y tiene el mismo significado: es exactamente el os de los latinos. La combinación de firlamui fue comprendida al instante por un gitano de pura cepa, y creo que responde al espíritu de la lengua gitana.

Seguramente he dicho ya bastante para dar a los lectores de Carmen una idea favorable de mis estudios sobre el romaní. Voy a terminar con el siguiente proverbio, que viene muy a propósito: En retudi panda nasti abela macha. «Entre labios cerrados no pasa mosca alguna.»

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