CATRIONA
PARTE I. EL LORD ADVOCATE
CAPÍTULO I. UN MENDIGO A CABALLO
El día 25 de agosto de 1751, cerca de las dos de la tarde, yo, David Balfour, salí de la British Linen Company, seguido por un mozo de cuerda que cargaba una bolsa de dinero, mientras algunos de los principales comerciantes me despedían con cortesía desde sus puertas. Dos días atrás, y tan tarde como ayer por la mañana, yo era como un mendigo al borde del camino, vestido con harapos, reducido a mis últimos chelines, con un traidor condenado por compañero y con mi propia cabeza puesta a precio por un crimen con cuyas noticias resonaba todo el país. Hoy, en cambio, era el heredero reconocido de mi posición en la vida, un terrateniente, con un mozo de cuerda del banco llevando mi oro, cartas de recomendación en el bolsillo y (según dice el refrán) el mundo a mis pies.
Había dos circunstancias que me servían de lastre para tanto despliegue. La primera era el asunto, sumamente difícil y mortal, que aún tenía que manejar; la segunda, el lugar en el que me encontraba. La ciudad alta y negra, la multitud, el movimiento y el ruido de tanta gente formaban un nuevo mundo para mí, después de las laderas de los páramos, las arenas del mar y los tranquilos campos que había frecuentado hasta entonces. La muchedumbre de ciudadanos, en particular, me intimidaba. El hijo de Rankeillor era bajo y de complexión menuda; la ropa apenas se me sostenía; y estaba claro que no estaba bien preparado para pavonearme frente a un mozo de cuerda del banco. Era evidente que, si lo hacía, solo conseguiría que la gente se riera y (lo que era peor en mi caso) que empezaran a hacer preguntas. Así que me vi obligado a conseguirme ropa propia y, mientras tanto, caminar al lado del mozo, poniendo mi mano sobre su brazo como si fuéramos un par de amigos.
En un comercio de los Luckenbooths me hice con un equipo: nada demasiado fino, pues no tenía intención de parecer un mendigo a caballo; pero sí decoroso y responsable, de modo que los sirvientes me respetaran. De allí fui a una armería, donde conseguí una espada sencilla, acorde a mi rango. Me sentí más seguro con el arma, aunque (para alguien tan ignorante en defensa) podría decirse que era un peligro añadido. El mozo, que naturalmente era un hombre con cierta experiencia, juzgó que mi equipo estaba bien elegido.
—Naething kenspeckle —dijo—; ropa sencilla y decente. En cuanto al estoque, sin duda va con su rango; pero de haber sido usted, habría gastado mis monedas de otra forma.
Y me propuso que comprara unas medias de invierno a una mujer al fondo de Cowgate, que era prima suya y las hacía «extraordinariamente duraderas».
Pero yo tenía otros asuntos más urgentes entre manos. Aquí estaba yo, en esta vieja y negra ciudad, que para todo el mundo era como una madriguera de conejos, no solo por el número de sus habitantes, sino por la complicación de sus pasadizos y agujeros. Era, en efecto, un lugar donde ningún extraño tenía oportunidad de encontrar a un amigo, y menos aún a otro extraño. Incluso suponiendo que diera con el callejón correcto, la gente vivía tan hacinada en aquellas casas altas que uno bien podría pasar un día buscando antes de dar con la puerta adecuada. El proceder habitual era contratar a un muchacho al que llamaban caddie, que actuaba como guía o piloto, le llevaba a donde uno necesitaba y (una vez hechos los recados) le traía de vuelta a donde uno se alojaba. Pero estos caddies, al estar siempre empleados en el mismo tipo de servicios y tener la obligación de estar bien informados sobre cada casa y persona de la ciudad, habían llegado a formar una cofradía de espías; y yo sabía por las historias del señor Campbell cómo se comunicaban unos con otros, qué rabiosa curiosidad sentían por los asuntos de sus empleadores y cómo eran como ojos y dedos para la policía. Hubiera sido poco sensato, en mi situación actual, llevarme a semejante hurón a cuestas. Tenía tres visitas que hacer, todas inmediatamente necesarias: a mi pariente el señor Balfour de Pilrig, a Stewart, el escritor que era agente de Appin, y a William Grant, Esquire de Prestongrange, Lord Advocate de Escocia. La del señor Balfour era una visita de compromiso; y además (como Pilrig estaba en el campo), me atreví a buscar el camino por mi cuenta, con la ayuda de mis dos piernas y mi lengua escocesa. Pero los otros eran casos distintos. La visita al agente de Appin, en medio del clamor por el asesinato de Appin, no solo era peligrosa en sí misma, sino que resultaba altamente contradictoria con la otra. Iba a tener bastante mala suerte con mi Lord Advocate Grant, de cualquier forma que lo abordara; pero ir directamente desde el agente de Appin difícilmente mejoraría mis propios asuntos y bien podría suponer la ruina de mi amigo Alan. Todo aquello, además, me daba un aire de correr con la liebre y cazar con los galgos que no me hacía ninguna gracia. Decidí, por tanto, terminar de inmediato con el señor Stewart y todo el lado jacobita de mis asuntos, y aprovechar para ese fin la guía del mozo que iba a mi lado. Pero sucedió que apenas le hube dado la dirección, comenzó a caer una lluvia fina —nada que hiciera daño, salvo por mi ropa nueva— y nos refugiamos bajo un portal al inicio de un callejón o callejuela.
Al ser ajeno a lo que veía, me adentré un poco más. El estrecho camino pavimentado descendía rápidamente. Casas prodigiosamente altas surgían a cada lado y se abombaban, una planta sobre otra, a medida que ascendían. En la cima, solo se veía una cinta de cielo. Por lo que pude espiar en las ventanas y por las personas respetables que entraban y salían, vi que las casas estaban muy bien ocupadas; y toda la apariencia del lugar me interesaba como si fuera un cuento.
Todavía estaba mirando cuando se oyó un repentino y enérgico paso de pies al unísono y el choque de acero tras de mí. Al girarme rápidamente, me di cuenta de la presencia de un grupo de soldados armados y, en medio de ellos, un hombre alto con un abrigo largo. Caminaba con una inclinación que parecía un gesto de cortesía, refinado y persuasivo: movía las manos con aire convincente mientras caminaba, y su rostro era astuto y apuesto. Me pareció que sus ojos me escrutaban, pero no pude sostenerle la mirada. Aquella procesión pasó ante una puerta en el callejón, que un sirviente con una librea elegante abrió; dos de los soldados llevaron al prisionero al interior, mientras los demás permanecían con sus mosquetes junto a la puerta.
No puede pasar nada en las calles de una ciudad sin atraer a un grupo de ociosos y niños. Así ocurrió esta vez; pero la mayor parte se disolvió de inmediato hasta que solo quedaron tres. Una era una chica; vestía como una dama y llevaba un velo con los colores de Drummond en la cabeza; pero sus camaradas o (debería decir) seguidores eran unos pilluelos andrajosos, como los que había visto por docenas en mi viaje por las Tierras Altas. Todos hablaban juntos con vehemencia en gaélico, cuyo sonido me resultaba agradable por causa de Alan; y, aunque la lluvia había cesado y mi mozo tiraba de mí para marcharnos, me acerqué al lugar donde estaban para escuchar. La dama regañaba con dureza, mientras los otros se disculpaban y se encogían ante ella, por lo que estuve seguro de que provenía de la casa de un jefe. Mientras tanto, los tres registraban sus bolsillos y, por lo que pude deducir, apenas tenían medio cuarto de penique entre todo el grupo; lo que me hizo sonreír un poco al ver que todos los habitantes de las Tierras Altas eran iguales, tanto en sus refinadas reverencias como en sus esporranes vacíos.
Sucedió que la chica se volvió de repente, de modo que vi su rostro por primera vez. No hay mayor maravilla que la forma en que el rostro de una joven encaja en la mente de un hombre y permanece allí, sin que pueda explicar el porqué; simplemente parece ser lo que él buscaba. Tenía unos ojos maravillosamente brillantes, como estrellas, y no dudo que los ojos tuvieron algo que ver; pero lo que recuerdo con mayor claridad es la forma en que sus labios estaban ligeramente abiertos al volverse. Y, fuera cual fuera la causa, me quedé allí mirando como un tonto. Por su parte, como no sabía que había nadie tan cerca, me miró un poco más de tiempo, y quizás con más sorpresa, de lo que era estrictamente cortés.
Pasó por mi cabeza de hombre de campo que quizás se estuviera preguntando por mi ropa nueva; ante esto, me ruboricé hasta el cabello, y al ver mi color es de suponer que sacó sus propias conclusiones, pues movió a sus acompañantes más abajo en el callejón, y volvieron a enzarzarse en su disputa, donde ya no pude oír nada más.
A menudo había admirado a una muchacha antes de aquello, aunque rara vez con tanta fuerza y repentinamente; y era más bien mi disposición retirarme que avanzar, pues temía mucho la burla de las mujeres. Se habría pensado que ahora tenía más razones para seguir mi práctica habitual, ya que me había encontrado a esta joven en la calle de una ciudad, aparentemente siguiendo a un prisionero y acompañada de dos montañeses muy andrajosos y de aspecto indecente. Pero había aquí un ingrediente diferente; estaba claro que la chica pensaba que yo había estado fisgoneando en sus secretos; y con mi ropa nueva, mi espada y mis nuevas fortunas, aquello era más de lo que podía tragar. El mendigo a caballo no podía soportar ser humillado de tal modo, o, al menos, no por esta joven.
Le seguí, por tanto, y me quité el sombrero nuevo ante ella lo mejor que pude.
—Señora —dije—, creo que es justo para conmigo que sepa que no hablo gaélico. Es cierto que estaba escuchando, pues tengo amigos propios al otro lado de la frontera de las Tierras Altas, y el sonido de esa lengua me resulta familiar; pero en cuanto a sus asuntos privados, si hubiera hablado griego, tal vez habría adivinado más al respecto.
Me hizo una pequeña y distante reverencia.
—No se ha hecho ningún daño —dijo, con un bonito acento, muy parecido al inglés (pero más agradable)—. Un gato puede mirar a un rey.
—No tengo intención de ofender —dije—. No tengo experiencia en los modales de la ciudad; nunca antes de hoy puse un pie dentro de las puertas de Edimburgo. Tómeme por un muchacho de campo; eso es lo que soy; y preferiría habérselo dicho yo antes de que usted lo descubriera.
—En efecto, sería algo muy inusual que unos extraños hablaran entre sí en la calzada —respondió—. Pero si se ha criado en el campo, será distinto. Yo soy tan de campo como usted; soy de las Tierras Altas, como ve, y me considero cada vez más lejos de mi hogar.
—No hace ni una semana que crucé la frontera —dije—. Hace menos de una semana estaba en las laderas de Balwhidder.
—¿Balwhidder? —exclamó—. ¿Viene usted de Balwhidder? El nombre hace que todo mi ser se regocije. No llevará mucho tiempo allí sin conocer a algunos de nuestros amigos o familiares.
—Viví con un hombre muy honesto y amable llamado Duncan Dhu Maclaren —respondí.
—Bueno, conozco a Duncan, ¡y le da usted el nombre que merece! —dijo—; y si él es un hombre honesto, su esposa lo es de verdad.
—Sí —dije—, son buena gente, y el lugar es un sitio hermoso.
—¡Dónde en el gran mundo hay otro igual! —exclamó—. Me encanta el olor de aquel lugar y las raíces que allí crecen.
Me sentí infinitamente cautivado por el espíritu de la doncella.
—Desearía haberle traído una rama de aquel brezo —dije—. Y, aunque hice mal en hablarle al principio, ahora que parece que tenemos conocidos en común, le pido que no me olvide. David Balfour es el nombre por el que me conocen. Este es mi día de suerte, en el que acabo de recibir una herencia y no hace mucho que salí de un peligro mortal. Quisiera que guardara mi nombre en su memoria por el bien de Balwhidder —dije—, y yo guardaré el suyo por el bien de mi día de suerte.
—Mi nombre no se pronuncia —respondió, con mucho orgullo—. Durante más de cien años no ha estado en boca de los hombres, salvo por un breve instante. Soy anónima, como la Gente de la Paz. Catriona Drummond es el que uso.
Ahora, en efecto, sabía dónde estaba. En toda la vasta Escocia solo había un nombre proscrito, y era el nombre de los Macgregor. Sin embargo, lejos de huir de esta indeseable amistad, me hundí más profundamente en ella.
—He estado sentado con alguien que estaba en el mismo caso que usted —dije—, y creo que será uno de sus amigos. Le llamaban Robin Oig.
—¿De verdad? —exclamó ella—. ¿Conoció a Rob?
—Pasé la noche con él —dije.
—Es un ave nocturna —dijo ella.
—Había un juego de gaitas allí —continué—, así que puede juzgar si el tiempo pasó bien.
—No debería ser un enemigo, al menos —dijo ella—. Ese era su hermano hace un momento, con los soldados rojos a su alrededor. Es a él a quien llamo padre.
—¿Es así? —exclamé—. ¿Es usted hija de James More?
—Toda la hija que tiene —dijo ella—: la hija de un prisionero; ¡que debiera olvidarlo así, siquiera por una hora, para hablar con desconocidos!
Aquí uno de los pilluelos se dirigió a ella en el poco inglés que tenía, para saber qué debía hacer «ella» (refiriéndose a sí mismo) respecto al «ta sneeshin». Tomé nota de él como un hombre bajo, de piernas arqueadas, pelirrojo y cabezón, de quien sabría más para mi desgracia.
—No puede haber nada hoy, Neil —respondió ella—. ¡Cómo vas a conseguir «sneeshin» si no tienes dinero! Te enseñará a ser más cuidadoso en otra ocasión; y creo que James More no estará muy complacido con Neil del Tom.
—Señorita Drummond —dije—, le he dicho que estoy en mi día de suerte. Aquí estoy, y con un mozo de cuerda a mi espalda. Y recuerde que he tenido la hospitalidad de su propio país de Balwhidder.
—No fue uno de mi gente quien se la dio —dijo ella.
—Ah, bueno —dije—, pero le debo a su tío al menos algunas melodías de gaita. Además, me he ofrecido a ser su amigo, y usted ha sido tan olvidadiza que no me rechazó en el momento oportuno.
—Si hubiera sido una gran suma, podría haberle honrado —dijo ella—; pero le diré lo que es esto. James More yace encadenado en la prisión; pero este tiempo pasado lo traen aquí a diario ante el Advocate...
—¡Ante el Advocate! —grité—. ¿Es ese...?
—Es la casa del Lord Advocate Grant de Prestongrange —dijo ella—. Allí traen a mi padre una y otra vez, con qué fin no tengo idea en mi mente; pero parece que ha amanecido alguna esperanza para él. Todo este tiempo no me dejan verle, ni tampoco que él escriba; y esperamos en la calle del Rey para atraparle; y ahora le damos su rapé al pasar, y ahora otra cosa. Y aquí está este hijo de problemas, Neil, hijo de Duncan, ha perdido mi pieza de cuatro peniques que era para comprar ese rapé, y James More debe pasar sin él, y pensará que su hija se ha olvidado de él.
Saqué seis peniques de mi bolsillo, se los di a Neil y le ordené que fuera a hacer su recado. Luego, a ella:
—Esos seis peniques vinieron conmigo desde Balwhidder —dije.
—¡Ah! —dijo ella—, ¡es amigo de los Gregara!
—No quisiera engañarla tampoco —dije—. Sé muy poco de los Gregara y menos de James More y sus asuntos, pero desde el momento en que he estado de pie en este callejón, me parece que sé algo de usted; y si simplemente dice «un amigo de la señorita Catriona», me aseguraré de que la engañen menos.
—Lo uno no puede ir sin lo otro —dijo ella.
—Incluso lo intentaré —dije.
—¡Y qué pensará de mí! —exclamó—, ¡estar tendiendo mi mano al primer extraño!
—No pienso nada más que es usted una buena hija —dije.
—No debo quedarme sin devolverlo —dijo ella—; ¿dónde se aloja usted?
—A decir verdad, no me alojo en ningún sitio todavía —dije—, pues no hace ni tres horas que estoy en la ciudad; pero si me da su dirección, seré tan audaz como para venir a buscar mis seis peniques por mí mismo.
—¿Puedo confiar en usted para eso? —preguntó.
—No tiene por qué temer —dije.
—James More no podría soportarlo de otro modo —dijo ella—. Me alojo más allá del pueblo de Dean, en el lado norte del agua, con la señora Drummond-Ogilvy de Allardyce, que es pariente cercana mía y estará encantada de agradecérselo.
—Entonces, me verá tan pronto como lo que tengo que hacer me lo permita —dije; y, volviendo a sentir el recuerdo de Alan en mi mente, me apresuré a despedirme.
No pude evitar pensar, incluso mientras lo hacía, que habíamos tomado libertades extraordinarias tras un breve conocimiento, y que una joven verdaderamente sensata se habría mostrado más reservada. Creo que fue el portero del banco quien me apartó de este pensamiento tan poco galante.
—Pensaba que usted era un muchacho con algo de sentido —comenzó, estirando los labios—. No creo que llegue muy lejos por este camino. Un tonto y su dinero pronto se separan. ¡Eh, pero qué muchacho tan verde! —gritó—, ¡y qué vicioso, también! ¡Andar juntándose con golfas!
—Si se atreve a hablar de la joven... —comencé.
—¡Señorita! —gritó—. ¡Sálvese quien pueda, qué clase de señorita? ¿A eso lo llama usted una señorita? La ciudad está llena de ellas. ¡Señoritas! ¡Hombre, se ve claramente que no está muy familiarizado con Edimburgo!
Un arrebato de ira se apoderó de mí.
—Aquí —dije—, lléveme donde le dije, ¡y mantenga su boca sucia cerrada!
No me obedeció del todo, pues, aunque ya no se dirigió a mí directamente, cantó muy impunemente hacia mí mientras caminaba con aires de indirecta, y con una voz y un oído extremadamente malos:
«Mientras Mally Lee bajaba por la calle, su capuchina volaba, echó una mirada atrás para ver su negligé. Y todos vamos al este y al oeste, todos vamos torcidos, todos vamos al este y al oeste cortejando a Mally Lee.»
CAPÍTULO II. EL ESCRIBANO DE LAS HIGHLANDS
El señor Charles Stewart, el escribano, habitaba en lo alto de la escalera más larga en la que jamás un albañil pusiera mano; quince tramos de ella, ni más ni menos; y cuando llegué a su puerta, y un empleado la abrió y me dijo que su amo estaba dentro, apenas tuve aliento suficiente para enviar a mi porteador a paseo.
—¡Váyase al este y al oeste con viento fresco! —dije, tomé la bolsa de dinero de sus manos y seguí al empleado hacia adentro.
La habitación exterior era una oficina con la silla del empleado junto a una mesa cubierta de documentos legales. En la cámara interior, que se abría desde allí, un hombre pequeño y vivaz estaba sentado estudiando una escritura, de la cual apenas levantó la vista a mi entrada; de hecho, aún mantenía el dedo en el lugar, como si estuviera preparado para indicarme la salida y volver a sus estudios. Esto no me complació en absoluto; y lo que me complació menos fue que pensé que el empleado estaba en una buena posición para escuchar lo que pasara entre nosotros.
Pregunté si él era el señor Charles Stewart, el escribano.
—El mismo —dice él—; y, si la pregunta es igualmente justa, ¿quién puede ser usted?
—Usted nunca oyó hablar de mi nombre ni de mí tampoco —dije—, pero le traigo una prenda de un amigo al que conoce bien. Al que conoce bien —repetí, bajando la voz—, pero quizá no esté tan ansioso por tener noticias en este preciso momento. Y los asuntos que tengo que proponerle son más bien de carácter confidencial. En resumen, me gustaría pensar que estamos en absoluta privacidad.
Se levantó sin más palabras, dejando caer su papel como un hombre poco complacido, envió a su empleado a un recado y cerró la puerta de la casa tras de sí.
—Ahora, señor —dijo, regresando—, diga lo que piensa y no tema nada; aunque antes de empezar —exclama—, ¡le digo que el mío me da mala espina! Le digo de antemano, o es usted un Stewart o un Stewart lo envió. Es un buen nombre, y uno que le sentaría mal al hijo de mi padre menospreciar. Pero empiezo a sentir escalofríos al oírlo.
—Mi nombre es Balfour —dije—, David Balfour de Shaws. En cuanto a quien me envió, dejaré que su prenda hable. Y mostré el botón de plata.
—¡Guárdelo en su bolsillo, señor! —grita él—. No necesita decir nombres. ¡El mismísimo diablo, reconozco su botón! ¡Y maldita sea! ¿Dónde está ahora?
Le dije que no sabía dónde estaba Alan, pero que él tenía algún lugar seguro (o eso creía) por el lado norte, donde debía esconderse hasta que se encontrara un barco para él; y cómo y dónde había concertado ser contactado.
—Siempre ha sido mi opinión que terminaría en la horca por esta familia mía —gritó—, ¡y, vive Dios! ¡Creo que el día ha llegado! ¡Conseguir un barco para él, dice! ¿Y quién va a pagarlo? ¡El hombre está loco!
—Esa es mi parte del asunto, señor Stewart —dije—. Aquí hay una bolsa de buen dinero, y si se necesita más, hay más de donde vino.
—No necesito preguntar su política —dijo.
—No la necesita —dije, sonriendo—, porque soy tan Whig como el que más.
—Espere un poco, espere un poco —dice el señor Stewart—. ¿Qué es todo esto? ¿Un Whig? Entonces, ¿por qué está aquí con el botón de Alan? ¿Y qué clase de tráfico traicionero es este en el que le encuentro, señor Whig? Aquí hay un rebelde proscrito y un presunto asesino, con doscientas libras sobre su cabeza, y me pide que me meta en sus asuntos, ¡y luego me dice que es un Whig! No recuerdo tales Whigs antes, aunque he conocido muchos de ellos.
—Es un rebelde proscrito, lo cual es una lástima —dije—, porque el hombre es mi amigo. Solo puedo desear que hubiera sido mejor aconsejado. Y un presunto asesino, eso es también, por su desgracia; pero injustamente acusado.
—Le oigo decir eso —dijo Stewart.
—Más que eso me oirá decir, antes de mucho —dije—. Alan Breck es inocente, y también lo es James.
—¡Oh! —dice él—, los dos casos van unidos. Si Alan está fuera, James nunca puede estar dentro.
Acto seguido, le conté brevemente mi relación con Alan, el accidente que me hizo estar presente en el asesinato de Appin, y los diversos pasajes de nuestra huida entre el brezo, y mi recuperación de mi patrimonio. —Así que, señor, usted tiene ahora toda la cadena de estos acontecimientos —proseguí—, y puede ver por sí mismo cómo llego a estar tan mezclado con los asuntos de su familia y amigos, lo cual (por el bien de todos) desearía que hubiera sido más claro y menos sangriento. Puede ver por sí mismo, también, que tengo ciertos asuntos pendientes, que apenas eran adecuados para presentar ante un abogado elegido al azar. No queda más que preguntar si emprenderá mi servicio.
—No tengo muchas ganas de ello; pero viniendo como viene con el botón de Alan, la elección apenas me queda —dijo—. ¿Cuáles son sus instrucciones? —añadió, y tomó su pluma.
—El primer punto es sacar a Alan de este país a escondidas —dije—, pero no necesito repetir eso.
—Es poco probable que lo olvide —dijo Stewart.
—Lo siguiente es el dinero que le debo a Cluny —continué—. Sería difícil para mí encontrar un medio de envío, pero eso no debería ser un obstáculo para usted. Fueron dos libras, cinco chelines y tres peniques y medio esterlinas.
Lo anotó.
—Entonces —dije—, hay un señor Henderland, un predicador autorizado y misionero en Ardgour, al que me gustaría mucho hacer llegar algo de rapé; y, como me atrevo a decir que mantiene contacto con sus amigos en Appin (tan cerca), es un trabajo que sin duda podría realizar junto con el otro.
—¿Cuánto rapé debemos decir? —preguntó.
—Estaba pensando en dos libras —dije.
—Dos —dijo él.
—Luego está la joven Alison Hastie, en Lime Kilns —dije—. La que ayudó a Alan y a mí a cruzar el Forth. Estaba pensando que si pudiera conseguirle un buen vestido de domingo, tal como pudiera usar con decencia en su rango, sería un alivio para mi conciencia; pues la pura verdad es que le debemos nuestras dos vidas.
—Me alegra ver que es ahorrador, señor Balfour —dice él, haciendo sus anotaciones.
—Me daría vergüenza ser de otra manera el primer día de mi fortuna —dije—. Y ahora, si quiere calcular los gastos y sus propios cargos, me gustaría saber si podría recuperar algo de dinero para mis gastos. No es que me pese el total para conseguir que Alan esté a salvo; no es que me falte más; pero habiendo sacado tanto un día, creo que tendría muy mal aspecto si volviera al siguiente a pedir más. Solo asegúrese de tener suficiente —añadí—, porque no tengo ningún deseo de volver a encontrarme con usted.
—Bueno, y me complace ver que usted es cauteloso, también —dijo el escribano—. Pero creo que corre un riesgo al dejar una suma tan considerable a mi discreción.
Dijo esto con una clara burla.
—Tendré que correr el riesgo —respondí—. Oh, y hay otro servicio que pediría, y es que me dirija a un alojamiento, porque no tengo techo bajo el cual cobijarme. Pero debe ser un alojamiento en el que parezca haber caído por accidente, porque nunca sería bueno que el Lord Advocate llegara a tener alguna sospecha de nuestro encuentro.
—Puede dejar descansar su cansado espíritu —dijo él—. Nunca pronunciaré su nombre, señor; y creo que el Advocate todavía es tan digno de simpatía que no sabe de su existencia.
Vi que me había puesto en el lado equivocado del hombre.
—Se acerca un buen día para él, entonces —dije—, porque tendrá que enterarse por el lado sordo de su cabeza no más tarde de mañana, cuando lo visite.
—¡Cuando lo visite! —repitió el señor Stewart—. ¿Estoy loco, o lo está usted? ¡Qué lo lleva cerca del Advocate!
—Oh, solo para entregarme —dije.
—Señor Balfour —gritó—, ¿se está burlando de mí?
—No, señor —dije—, aunque creo que se ha permitido tal libertad conmigo. Pero le doy a entender de una vez por todas que no estoy en espíritu de broma.
—Ni yo tampoco —dice Stewart—. Y le doy a entender (si esa es la palabra) que me gusta cada vez menos el aspecto de su comportamiento. Viene aquí con todo tipo de propuestas, que me pondrán en una cadena de actos muy dudosos y me traerán entre personas muy indeseables durante muchos días. ¡Y luego me dice que va directo de mi oficina a hacer las paces con el Advocate! El botón de Alan aquí o el botón de Alan allá, los cuatro cuartos de Alan no me sobornarían más.
—Lo tomaría con un poco más de calma —dije—, y tal vez podamos evitar lo que usted objeta. No veo otra forma que entregarme, pero tal vez usted pueda ver otra; y si pudiera, nunca podría negar que me sentiría bastante aliviado. Porque creo que mi trato con su señoría tiene pocas probabilidades de sentarle bien a mi salud. Solo hay una cosa clara, que tengo que dar mi testimonio; porque espero que salve la reputación de Alan (lo que queda de ella), y el cuello de James, que es lo más inmediato.
Se quedó en silencio por un momento, y luego, —Amigo mío —dijo—, nunca se le permitirá dar tal testimonio.
—Tendremos que ver sobre eso —dije—; soy obstinado cuando quiero.
—¡Maldito imbécil! —gritó Stewart—, es a James a quien quieren; James tiene que colgar —Alan, también, si pudieran atraparlo—, ¡pero James sobre todo! ¡Vaya cerca del Advocate con cualquier asunto así, y ya verá! Él encontrará la manera de amordazarlo.
—Tengo mejor opinión del Advocate que eso —dije.
—¡Al diablo con el Advocate! —grita él—. ¡Son los Campbell, hombre! Tendrá a toda la banda sobre su espalda; ¡y también el Advocate, pobre cuerpo! ¡Es extraordinario que no pueda ver dónde está parado! Si no hay una forma justa de detener su lengua, hay una sucia esperando. ¡Pueden meterlo en el banquillo, no ve eso! —gritó, y me clavó un dedo en la pierna.
—Sí —dije—, me dijeron lo mismo hace poco esta misma mañana otro abogado.
—¿Y quién era él? —preguntó Stewart—. Al menos habló con sentido.
Le dije que debía disculparme por no nombrarlo, pues era un decente y robusto viejo Whig, y tenía pocas ganas de verse envuelto en tales asuntos.
—¡Creo que todo el mundo parece estar envuelto en ello! —grita Stewart—. ¿Pero qué dijo usted?
Le conté lo que había pasado entre Rankeillor y yo ante la casa de Shaws.
—Bueno, ¡y así colgará! —dijo él—. Colgará al lado de James Stewart. Esa es su fortuna contada.
—Espero algo mejor que eso todavía —dije—; pero nunca podría negar que había un riesgo.
—¡Riesgo! —dice él, y luego se quedó sentado en silencio de nuevo—. Debería agradecerle su firmeza hacia mis amigos, a quienes muestra un muy buen espíritu —dice—, si tiene la fuerza para mantenerse en ello. Pero le advierto que está caminando en terreno profundo. ¡No me pondría en su lugar (yo, que soy un Stewart de nacimiento!) por todos los Stewart que haya habido desde Noé. ¿Riesgo? Sí, tomo demasiados; pero ser juzgado en un tribunal ante un jurado Campbell y un juez Campbell, y eso en un país Campbell y por una disputa Campbell— piense lo que quiera de mí, Balfour, está fuera de mi alcance.
—Es una forma diferente de pensar, supongo —dije; —fui educado en esta por mi padre antes que yo.
—¡Gloria a sus huesos! Ha dejado un hijo decente a su nombre —dice—. Sin embargo, no quisiera que me juzgue con demasiada dureza. Mi caso es condenadamente difícil. Mire, señor, me dice que es un Whig: me pregunto qué soy yo. No un Whig, ciertamente; no podría ser solo eso. Pero —en voz baja al oído, hombre—, quizá no estoy muy entusiasmado con el otro lado.
—¿Es eso un hecho? —grité—. Es lo que pensaría de un hombre de su inteligencia.
—¡Bah! ¡nada de sus palabrerías! —grita él—. Hay inteligencia en ambos lados. Pero por mi parte no tengo ningún deseo particular de dañar al Rey George; y en cuanto al Rey James, ¡Dios lo bendiga! le va muy bien para mí al otro lado del agua. Soy abogado, ya ve: aficionado a mis libros y a mi botella, a un buen alegato, a una escritura bien redactada, a una charla en el Parlamento con otros colegas abogados, y tal vez una partida de golf un sábado por la tarde. ¿Dónde encaja usted con sus tartanes y claymores de las Highlands?
—Bueno —dije—, es un hecho que usted tiene poco del salvaje de las Highlands.
—¿Poco? —dice él—. ¡Nada, hombre! ¡Y sin embargo soy nacido en las Highlands, y cuando el clan toca las gaitas, quién más que yo tiene que bailar! El clan y el nombre, eso va ante todo. Es justo lo que usted mismo dijo; mi padre me lo enseñó, y tengo un oficio bonito con ello. Traición y traidores, y el contrabando de ellos fuera y dentro; y el reclutamiento francés, ¡maldita sea! y el contrabando de los reclutas; y sus alegatos— ¡qué pena sus alegatos! Aquí he estado moviendo uno para el joven Ardsheil, mi primo; reclamó la propiedad bajo el contrato matrimonial— ¡una propiedad confiscada! Les dije que era una tontería: ¡poco les importó! Y allí estaba yo, agazapado detrás de un abogado que disfrutaba del asunto tan poco como yo, porque era la ruina absoluta para ambos— una mancha negra, desafecto, marcado en nuestros cuartos traseros, ¡como los nombres de las personas en su ganado! ¿Y qué puedo hacer? Soy un Stewart, ya ve, y debo defender a mi clan y familia. Luego, no hace más que ayer, uno de nuestros muchachos Stewart fue llevado al Castillo. ¿Para qué? Lo sé bien: Ley de 1736: reclutamiento para el Rey Luis. Y verá, me llamará para ser su abogado, ¡y habrá otra mancha negra en mi carácter! Le digo la verdad: si tan solo supiera la cabeza de una palabra hebrea de sus cuartos traseros, ¡maldita sea si no tiraría todo por la borda y me haría ministro!
—Es una posición bastante difícil —dije.
—¡Condenadamente difícil! —grita él—. Y eso es lo que me hace pensar tanto de usted— usted que no es un Stewart— meter la cabeza tan profundamente en los asuntos de los Stewart. Y por qué, no lo sé: a menos que fuera el sentido del deber.
—Espero que sea eso —dije.
—Bueno —dice él—, es una cualidad grandiosa. Pero aquí está mi empleado de vuelta; y, con su permiso, picaremos algo de cena, los tres. Cuando eso esté hecho, le daré la dirección de un hombre muy decente, que estará muy contento de tenerlo como inquilino. Y le llenaré sus bolsillos, además, de su propia bolsa. Porque este asunto no será ni de lejos tan caro como supone— ni siquiera la parte del barco.
Le hice una señal de que su empleado estaba escuchando.
—Bah, no tiene que preocuparse por Robbie —grita él—. ¡Un Stewart, también, pobre diablo! Y ha pasado de contrabando a más reclutas franceses y papistas traficantes que pelos tiene en la cara. Vaya, es Robin quien maneja esa rama de mis asuntos. ¿A quién tenemos ahora, Rob, para el otro lado del agua?
—Estará Andie Scougal, en el Thristle —respondió Rob—. Vi a Hoseason el otro día, pero parece que le falta el barco. Luego estará Tam Stobo; pero no estoy tan seguro de Tam. Lo he visto intrigando con algunos conocidos bastante extraños; y si fuera alguien importante, evitaría a Tam.
—La cabeza vale doscientas libras, Robin —dijo Stewart.
—¡Vaya, eso no será Alan Breck! —gritó el empleado.
—Justo Alan —dijo su amo.
—¡Vientos cansados! eso es serio —gritó Robin—. Probaré con Andie, entonces; Andie será el mejor.
—Parece que es un negocio bastante grande —observé.
—Señor Balfour, no tiene fin —dijo Stewart.
—Hubo un nombre que su empleado mencionó —continué—: Hoseason. Ese debe ser mi hombre, creo: Hoseason, de la fragata Covenant. ¿Depositaría su confianza en él?
—No se portó muy bien con usted y Alan —dijo el señor Stewart—; pero mi opinión del hombre en general es más bien la contraria. Si hubiera llevado a Alan a bordo de su barco bajo un acuerdo, mi idea es que habría demostrado ser un comerciante justo. ¿Qué dice usted, Rob?
—No hay capitán más honesto en el oficio que Eli —dijo el empleado—. Me fiaría de la palabra de Eli— sí, incluso si fuera el Chevalier, o el mismísimo Appin —añadió.
—¿Y fue él quien trajo al doctor, no? —preguntó el amo.
—Fue el mismo hombre —dijo el empleado.
—¿Y creo que llevó al doctor de regreso? —dice Stewart.
—¡Sí, con su escarcela llena! —gritó Robin—. ¡Y Eli sabía de eso!
—Bueno, parece que es difícil conocer a la gente correctamente —dije.
—¡Eso fue justo lo que olvidé cuando usted entró, señor Balfour! —dice el escribano.
CAPÍTULO III. VOY A PILRIG
A la mañana siguiente, no bien desperté en mi nuevo alojamiento, me levanté y me puse mi nueva ropa; y no bien terminé el desayuno, salí a mis aventuras. Alan, podía esperar, estaba a salvo; James parecía ser un asunto más difícil, y no pude evitar pensar que la empresa podría costarme cara, tal como todos decían a quienes les había abierto mi opinión. Parecía que había llegado a la cima de la montaña solo para arrojarme hacia abajo; que había trepado, a través de tantos y duros ensayos, para ser rico, para ser reconocido, para vestir ropas de ciudad y una espada a mi costado, todo para cometer un mero suicidio al final, y el peor tipo de suicidio, además, que es ser ahorcado a expensas del Rey.
¿Para qué lo hacía? Pregunté, mientras bajaba por la calle mayor y salía hacia el norte por Leith Wynd. Primero dije que era para salvar a James Stewart; y sin duda el recuerdo de su angustia, y los gritos de su esposa, y una o dos palabras que había dejado escapar en aquella ocasión, actuaron fuertemente sobre mí. Al mismo tiempo, reflexioné que era (o debería ser) el asunto más indiferente para el hijo de mi padre, si James moría en su cama o en un cadalso. Era primo de Alan, sin duda; pero en lo que a Alan respectaba, lo mejor sería mantenerse agazapado y dejar que el Rey, y su Gracia de Argyll, y los cuervos, picotearan los huesos de su pariente a su propia manera. Ni podía olvidar que, mientras estábamos todos en el mismo saco, James no había mostrado tal ansiedad particular, ni por Alan ni por mí.
Luego se me ocurrió que actuaba por el bien de la justicia: y pensé que esa era una palabra hermosa, y razoné que (dado que habitábamos en sociedades políticas, con cierta incomodidad para cada uno de nosotros) lo principal de todo debía seguir siendo la justicia, y la muerte de cualquier hombre inocente una herida sobre toda la comunidad. Luego, de nuevo, fue el Acusador de los Hermanos quien me dio un giro a su argumento; me instó a sentir vergüenza por pretender estar interesado en estos asuntos elevados, y me dijo que no era más que un niño vanidoso y parlanchín, que había dicho palabras grandes a Rankeillor y a Stewart, y que me sentía obligado por mi vanidad a cumplir esa jactancia. Es más, me golpeó con el otro extremo del palo; pues me acusó de una suerte de cobardía astuta, moviéndome a costa de un pequeño riesgo para comprar una mayor seguridad. Sin duda, hasta que no me hubiera declarado y aclarado, podría encontrarme cualquier día a Mungo Campbell o al oficial del sheriff, y ser reconocido, y arrastrado al asesinato de Appin por los talones; y, sin duda, en caso de que pudiera gestionar mi declaración con éxito, respiraría más libre por siempre jamás. Pero cuando miré este argumento de frente, no pude encontrar nada de lo que avergonzarme. En cuanto al resto, «Aquí están los dos caminos», pensé, «y ambos llevan al mismo lugar. Es injusto que James deba colgar si puedo salvarlo; y sería ridículo de mi parte haber hablado tanto y luego no hacer nada. Es una suerte para James of the Glens que me haya jactado de antemano; y no tan mala para mí, porque ahora estoy comprometido a hacer lo correcto. Tengo el nombre de un caballero y los medios de uno; sería un pobre deber si me faltara la esencia». Y entonces pensé que este era un espíritu pagano, y recé para mis adentros, pidiendo el coraje que me pudiera faltar, y que pudiera ir directo a mi deber como un soldado a la batalla, y salir de nuevo indemne, como tantos otros hacen.
Este tren de razonamiento me llevó a una disposición más resuelta; aunque estaba lejos de cerrar mi sentido de los peligros que me rodeaban, ni de lo muy propenso que era (si continuaba) a tropezar en la escalera de la horca. Era una mañana clara y despejada, pero el viento soplaba del este. Un pequeño escalofrío cantaba en mi sangre, y me daba una sensación de otoño, y de hojas muertas, y de cuerpos de gente muerta en sus tumbas. Parecía que el diablo estaba metido en ello, si es que yo debía morir en esa marea de mi fortuna y por los asuntos de otros. En la cima de Calton Hill, aunque no era la época del año habitual para esa diversión, algunos niños lloraban y corrían con sus cometas. Estos juguetes aparecían muy claros contra el cielo; observé uno grande que se elevaba con el viento a gran altura y luego caía en picado entre los tojos; y pensé para mis adentros al verlo: «Ahí va Davie».
Mi camino seguía por Mouter’s Hill, y a través de un extremo de una aldea en la ladera entre campos. Había un zumbido de telares que iba de casa en casa; las abejas zumbaban en los jardines; los vecinos que vi en los umbrales hablaban en una lengua extraña; y descubrí más tarde que aquello era Picardy, un pueblo donde los tejedores franceses trabajaban para la Compañía del Lino. Aquí obtuve una nueva dirección para Pilrig, mi destino; y un poco más allá, al borde del camino, pasé junto a una horca y dos hombres colgados en cadenas. Estaban bañados en brea, como es la costumbre; el viento los hacía girar, las cadenas traqueteaban, y los pájaros revoloteaban alrededor de los espeluznantes muñecos y graznaban. La visión, al sobrevenirme de repente, como una ilustración de mis temores, apenas pude dejar de examinarla y de beberme la incomodidad. Y, mientras daba vueltas y más vueltas alrededor de la horca, ¿con qué habría de tropezar sino con una extraña vieja, que se sentaba tras una de las patas, y cabeceaba, y hablaba en voz alta para sí misma con gestos y reverencias?
—¿Quiénes son estos dos, madre? —pregunté, señalando los cadáveres.
—¡Una bendición sobre tu preciosa cara! —gritó ella—. Dos amantes míos: solo dos de mis viejos amantes, mi dulce tesoro.
—¿Por qué sufrieron? —pregunté.
—Oh, solo por la buena causa —dijo ella—. A menudo les presagié cómo terminaría. Dos chelines escoceses: ni un ápice más; ¡y hay dos muchachos guapos colgando por ello! Se lo quitaron a un niño que pertenecía a Brouchton.
—¡Ay! —me dije, y no a la loca deslenguada—, ¿y llegaron a tal cifra por un negocio tan pobre? Esto es perderlo todo, en verdad.
—Dame tu mano, tesoro —dice ella—, y déjame presagiar tu destino.
—No, madre —dije yo—, veo lo suficiente por el camino que voy. Es una cosa terrible ver demasiado lejos hacia adelante.
—Lo leo en tu frente —dijo ella—. Hay una doncella hermosa que tiene ojos brillantes, y hay un hombrecito con un abrigo elegante, y un hombre grande con una peluca empolvada, y está la sombra de la horca, amante, que yace extendida a lo largo de tu camino. Dame tu mano, tesoro, y deja que la vieja Merren te lo presagie bellamente.
Los dos disparos al azar que parecían apuntar a Alan y a la hija de James More me golpearon con fuerza; y huí de la criatura sobrenatural, arrojándole una moneda, con la que ella continuó sentada y jugando bajo las sombras en movimiento de los ahorcados.
Mi camino por la calzada de Leith Walk habría sido más placentero para mí de no ser por este encuentro. La vieja muralla corría entre campos, como nunca antes había visto por la maestría de la agricultura; me complacía, además, estar tan lejos en la tranquila campiña; pero los grilletes de la horca traqueteaban en mi cabeza; y las muecas y gestos de la vieja bruja, y el pensamiento de los hombres muertos, atormentaban mi espíritu. Colgar de una horca, eso parecía un destino duro; y ya fuera que un hombre llegara a colgar allí por dos chelines escoceses, o (como decía el Sr. Stewart) por sentido del deber, una vez que estaba embreado y encadenado y colgado, la diferencia parecía pequeña. Allí podría colgar David Balfour, y otros muchachos pasar en sus recados y pensar poco en él; y viejas locas deslenguadas sentarse a los pies de la horca y presagiar sus fortunas; y las doncellas limpias y gentiles pasar de largo, y mirar hacia otro lado, y taparse la nariz. Las veía claramente, y tenían ojos grises, y sus cofias sobre las cabezas eran de los colores de Drummed.
Estaba así con el ánimo más bajo, aunque todavía bastante resuelto, cuando divisé Pilrig, una agradable casa con hastiales situada al borde del camino entre unos valientes bosques jóvenes. El caballo del terrateniente estaba ensillado en la puerta cuando llegué, pero él mismo estaba en el estudio, donde me recibió en medio de obras eruditas e instrumentos musicales, pues no solo era un profundo filósofo sino también un gran músico. Me saludó al principio bastante bien, y cuando hubo leído la carta de Rankeillor, se puso amablemente a mi disposición.
—¿Y qué es, primo David? —dijo él—, puesto que parece que somos primos, ¿qué es esto que puedo hacer por usted? ¿Una palabra para Prestongrange? Sin duda eso es fácil de dar. ¿Pero cuál debe ser la palabra?
—Sr. Balfour —dije—, si tuviera que contarle toda mi historia tal como sucedió, es mi opinión (y era la de Rankeillor antes que la mía) que usted quedaría muy poco satisfecho con ella.
—Siento escuchar esto de usted, pariente —dice él.
—No debo aceptar eso de usted, Sr. Balfour —dije—; no tengo nada en mi contra que me haga sentir apenado, ni a usted por mí, sino solo las debilidades comunes de la humanidad. «La culpa del primer pecado de Adán, la falta de justicia original, y la corrupción de toda mi naturaleza», por tanto debo responder, y espero haber sido enseñado dónde buscar ayuda —dije; pues juzgué por el aspecto del hombre que pensaría mejor de mí si conocía mis asuntos—. Pero en el camino del honor mundano no tengo gran tropiezo que reprocharme; y mis dificultades me han sobrevenido muy en contra de mi voluntad y (por todo lo que puedo ver) sin mi culpa. Mi problema es haberme visto envuelto en una complicación política, que se juzga que usted se alegraría de evitar conocer.
—Vaya, muy bien, Sr. David —respondió—, me complace ver que usted es todo lo que Rankeillor representó. Y por lo que dice de complicaciones políticas, no me hace más que justicia. Es mi estudio estar por encima de toda sospecha, y de hecho fuera del campo de la misma. La cuestión es —dice él—, ¿cómo, si no he de saber nada del asunto, puedo ayudarle realmente?
—Vaya, señor —dije—, propongo que escriba a su señoría, que soy un joven de familia razonablemente buena y de buenos medios: ambas cosas creo que son el caso.
—Tengo la palabra de Rankeillor para ello —dijo el Sr. Balfour—, y considero eso una garantía contra todo peligro mortal.
—A lo cual podría añadir (si quiere tomar mi palabra por ello) que soy un buen feligrés, leal al Rey Jorge, y así educado —continué.
—Ninguna de las cuales le hará daño —dijo el Sr. Balfour.
—Entonces podría añadir que busqué a su señoría por un asunto de gran importancia, relacionado con el servicio de Su Majestad y la administración de justicia —sugerí.
—Como no he de escuchar el asunto —dice el terrateniente—, no me tomaré la molestia de calificar su peso. «Gran importancia» por tanto cae, y «importancia» junto con ella. Por lo demás, podría expresarme más o menos como usted propone.
—Y entonces, señor —dije, y me froté un poco el cuello con el pulgar—, entonces estaría muy deseoso de que pudiera deslizar una palabra que quizás pudiera contar para mi protección.
—¿Protección? —dice él—. ¡Para su protección! He aquí una frase que me desanima un poco. Si el asunto es tan peligroso, reconozco que sería un poco reacio a moverme en él con los ojos vendados.
—Creo que podría indicar en dos palabras dónde está el problema —dije.
—Quizás eso sería lo mejor —dijo él.
—Bueno, es el asesinato de Appin —dije.
Levantó ambas manos. —¡Señor! ¡Señor! —gritó.
Pensé por la expresión de su rostro y voz que había perdido a mi ayudante.
—Permítame explicar... —comencé.
—Le agradezco amablemente, no escucharé nada más al respecto —dice él—. Declino en absoluto escuchar más sobre ello. Por el nombre de su familia y el de Rankeillor, y quizás un poco por el suyo, haré lo que pueda para ayudarle; pero no escucharé más sobre los hechos. Y es mi primer deber claro advertirle. Estas son aguas profundas, Sr. David, y usted es un hombre joven. Sea cauteloso y piénselo dos veces.
—Se debe suponer que habré pensado más veces que esas, Sr. Balfour —dije—, y le dirigiré su atención de nuevo a la carta de Rankeillor, donde (espero y creo) ha registrado su aprobación de aquello que diseño.
—Bien, bien —dijo; y luego otra vez—, ¡Bien, bien! Haré lo que pueda por usted. Con eso tomó una pluma y papel, se sentó un rato pensativo, y comenzó a escribir con mucha consideración. —Entiendo que Rankeillor aprobó lo que usted tiene en mente —preguntó al poco.
—Tras alguna discusión, señor, me instó a seguir adelante en nombre de Dios —dije.
—Ese es el nombre por el que seguir —dijo el Sr. Balfour, y reanudó su escritura. Al poco, firmó, volvió a leer lo que había escrito, y se dirigió a mí de nuevo. —Ahora aquí, Sr. David —dijo—, hay una carta de presentación, que sellaré sin cerrar, y pondré en sus manos abierta, como requiere la forma. Pero, ya que estoy actuando a ciegas, simplemente se la leeré, para que pueda ver si asegurará su fin—
«Pilrig, 26 de agosto de 1751.
Mi Señor,—Esto es para poner en su conocimiento a mi homónimo y primo, David Balfour, Escudero de Shaws, un joven caballero de linaje intachable y buena fortuna. Ha disfrutado, además, de las ventajas más valiosas de una educación piadosa, y sus principios políticos son todo lo que su señoría puede desear. No estoy en la confianza del Sr. Balfour, pero entiendo que tiene un asunto que declarar, tocante al servicio de Su Majestad y la administración de justicia; propósitos para los cuales el celo de su Señoría es conocido. Debo añadir que la intención del joven caballero es conocida y aprobada por algunos de sus amigos, quienes observarán con ansiosa esperanza el evento de su éxito o fracaso.»
«Donde —continuó el Sr. Balfour— me he suscrito con los cumplidos habituales. Usted observa que he dicho «algunos de sus amigos»; ¿espero que pueda justificar mi plural?»
—Perfectamente, señor; mi propósito es conocido y aprobado por más de uno —dije—. Y su carta, por la cual me complace agradecerle, es todo lo que podría haber esperado.
—Era todo lo que podía exprimir —dijo él—; y por lo que sé del asunto en el que diseña entrometerse, solo puedo rezar a Dios para que resulte suficiente.
CAPÍTULO IV. EL LORD ABOGADO PRESTONGRANGE
Mi pariente me retuvo para una comida, «por el honor del techo», dijo; y creo que hice mayor velocidad en mi regreso. No tenía otro pensamiento que terminar con la siguiente etapa, y estar completamente comprometido; para una persona situada como yo, la apariencia de cerrar una puerta a la vacilación y la tentación era en sí misma extremadamente tentadora; y me sentí más decepcionado, cuando llegué a la casa de Prestongrange, al ser informado de que estaba fuera. Creo que era cierto en ese momento, y por algunas horas después; y luego no tengo duda de que el Abogado volvió a casa, y se divirtió en una estancia cercana entre amigos, mientras quizás el hecho mismo de mi llegada era olvidado. Me habría ido una docena de veces, solo por este fuerte impulso de terminar con mi declaración de una vez y poder acostarme a dormir con la conciencia tranquila. Al principio leí, pues el pequeño gabinete donde me dejaron contenía una variedad de libros. Pero me temo que leí con poco provecho; y el tiempo volviéndose nublado, cayendo la oscuridad antes de lo habitual, y mi gabinete estando iluminado solo con una rendija de ventana, me vi finalmente obligado a desistir de esta diversión (tal como era), y pasar el resto de mi tiempo de espera en una vaciedad muy gravosa. El sonido de personas hablando en una estancia cercana, la agradable nota de un clavecín, y una vez la voz de una dama cantando, me hicieron una especie de compañía.
No sé la hora, pero la oscuridad ya había caído hacía mucho, cuando la puerta del gabinete se abrió, y me di cuenta, por la luz detrás de él, de una figura alta de hombre en el umbral. Me levanté de inmediato.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó—. ¿Quién es?
—Soy portador de una carta del terrateniente de Pilrig para el Lord Abogado —dije.
—¿Lleva mucho tiempo aquí? —preguntó.
—No me gustaría aventurar una estimación de cuántas horas —dije.
—Es lo primero que oigo de ello —respondió, con una risita—. Los muchachos deben haberle olvidado. Pero al fin está en el sitio, pues soy Prestongrange.
Dicho esto, pasó ante mí hacia la habitación siguiente, a donde (tras su señal) le seguí, y donde encendió una vela y tomó su lugar ante una mesa de trabajo. Era una habitación larga, de buenas proporciones, totalmente forrada de libros. Aquella pequeña chispa de luz en un rincón destacaba la hermosa figura y el fuerte rostro del hombre. Estaba sonrojado, sus ojos lloraban y brillaban, y antes de sentarse observé que se balanceaba de un lado a otro. Sin duda, había estado cenando generosamente; pero su mente y su lengua estaban bajo control total.
—Bueno, señor, siéntese —dijo—, y veamos la carta de Pilrig.
La hojeó al principio descuidadamente, mirando hacia arriba e inclinándose cuando llegó a mi nombre; pero en las últimas palabras creí observar que su atención se redoblaba, y me aseguré de que las leyera dos veces. Todo este tiempo debe suponer que mi corazón latía, pues ahora había cruzado mi Rubicón y estaba llegado justamente al campo de batalla.
—Me complace hacer su conocimiento, Sr. Balfour —dijo, cuando terminó—. Déjeme ofrecerle una copa de clarete.
—Bajo su favor, mi señor, creo que apenas sería justo para mí —dije—. He venido aquí, como la carta habrá mencionado, por un asunto de cierta gravedad para mí; y, como estoy poco acostumbrado al vino, podría afectarme antes.
—Usted será el juez —dijo él—. Pero si me permite, creo que incluso tomaré la botella yo mismo.
Tocó una campana, y un lacayo vino, como ante una señal, trayendo vino y copas.
—¿Está seguro de que no me acompañará? —preguntó el Abogado—. Bueno, ¡aquí está por nuestro mejor conocimiento! ¿De qué manera puedo servirle?
—Quizás debería comenzar diciéndole, mi señor, que estoy aquí por su propia invitación urgente —dije.
—Me lleva ventaja en algún lugar —dijo él—, pues profeso que creo que nunca antes de esta noche había oído hablar de usted.
—Correcto, mi señor; el nombre es, en efecto, nuevo para usted —dije—. Y sin embargo, ha estado durante algún tiempo extremadamente deseoso de hacer mi conocimiento, y lo ha declarado en público.
—Deseo que me dé una pista —dice él—. No soy ningún Daniel.
—Quizás sirva como tal —dije—, que si estuviera de humor bromista —lo cual está lejos de ser el caso— creo que podría reclamar a su señoría doscientas libras.
—¿En qué sentido? —inquirió.
—En el sentido de recompensas ofrecidas por mi persona —dije.
Apartó su copa de una vez por todas, y se sentó derecho en la silla donde había estado descansando previamente. —¿Qué debo entender? —dijo él.
—Un joven alto y fuerte de unos dieciocho años —cité—, *habla como un hombre de las tierras bajas y no tiene barba*.
—Reconozco esas palabras —dijo él—, las cuales, si ha venido aquí con alguna intención mal juzgada de divertirse, es probable que resulten extremadamente perjudiciales para su seguridad.
—Mi propósito en esto —respondí— es tan serio como la vida y la muerte, y me ha entendido perfectamente. Soy el muchacho que estaba hablando con Glenure cuando fue disparado.
—Solo puedo suponer (viéndole aquí) que reclama ser inocente —dijo él.
—La deducción es clara —dije—. Soy un súbdito muy leal del rey Jorge, pero si tuviera algo de qué reprocharme, habría tenido más discreción que entrar en su guarida.
—Me alegra eso —dijo él—. Este horrible crimen, Sr. Balfour, es de un tinte que no puede permitir clemencia alguna. Se ha derramado sangre bárbaramente. Se ha derramado en directa oposición a Su Majestad y a todo nuestro entramado de leyes, por aquellos que son sus conocidos y públicos opositores. Le doy una gran importancia a esto. No negaré que considero el crimen como directamente personal hacia Su Majestad.
—Y, desgraciadamente, mi señor —añadí, algo secamente—, directamente personal hacia otro gran personaje que puede permanecer sin nombre.
—Si quiere decir algo con esas palabras, debo decirle que las considero impropias de un buen súbdito; y si fueran dichas públicamente, me tomaría la molestia de tomar nota de ellas —dijo él—. No me parece que reconozca la gravedad de su situación, o sería más cuidadoso en no empeorarla con palabras que rozan la pureza de la justicia. La justicia, en este país, y en mis pobres manos, no hace distinción de personas.
—Me atribuye demasiada importancia en mi propio discurso, mi señor —dije—. No hice más que repetir el rumor común del país, que he escuchado en todas partes, y de hombres de todas las opiniones mientras venía de camino.
—Cuando alcance mayor discreción comprenderá que tal charla no debe ser escuchada, cuánto menos repetida —dice el Abogado—. Pero le absuelvo de una mala intención. Ese noble, a quien todos honramos, y que ciertamente ha sido herido en un lugar cercano por la reciente barbarie, se sienta demasiado alto para ser alcanzado por estas difamaciones. El duque de Argyle —vea que trato con franqueza con usted— se lo toma a pecho como yo, y como ambos estamos obligados a hacer por nuestras funciones judiciales y el servicio a Su Majestad; y podría desear que todas las manos, en esta mala época, estuvieran igualmente limpias de rencor familiar. Pero por el accidente de que este es un Campbell quien ha caído mártir de su deber —¿pues quién más que los Campbell se han puesto alguna vez al frente en ese camino?— puedo decirlo, yo que no soy Campbell— y que el jefe de esa gran casa resulta (para todas nuestras ventajas) ser el actual jefe del Colegio de Justicia, las mentes pequeñas y las lenguas descontentas se ponen en marcha en cada taberna del país; y encuentro a un joven caballero como el Sr. Balfour tan mal aconsejado como para convertirse en su eco. —Tanto habló con una entrega muy oratoria, como si estuviera en el tribunal, y luego decayó de nuevo en el tono de un caballero—. Todo esto aparte —dijo—. Ahora queda que aprenda qué debo hacer con usted.
—Había pensado que era más bien yo quien debería aprender lo mismo de su señoría —dije.
—Ay, cierto —dice el Abogado—. Pero, ya ve, usted viene a mí bien recomendado. Hay un nombre Whig bueno y honesto en esta carta —dice, recogiéndola un momento de la mesa—. Y —extrajudicialmente, Sr. Balfour— siempre existe la posibilidad de algún arreglo, le digo, y le digo de antemano para que pueda estar más sobre aviso, que su destino yace conmigo únicamente. En tal asunto (dígaselo con reverencia) soy más poderoso que la Majestad del Rey; y si me complace —y por supuesto satisface mi conciencia— en lo que queda por tratar de nuestra entrevista, le digo que puede quedar entre nosotros.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Vaya, quiero decir esto, Sr. Balfour —dijo él—, que si da satisfacción, ni un alma necesita saber tanto como que usted visitó mi casa; y puede observar que ni siquiera llamo a mi secretario.
Vi hacia dónde se dirigía.
—Supongo que es innecesario que alguien sea informado sobre mi visita —dije—, aunque la naturaleza precisa de mis ganancias por eso no puedo verla. No me avergüenzo en absoluto de venir aquí.
—Y no tiene causa para estarlo —dice él, alentadoramente—. Ni tampoco (si es cuidadoso) para temer las consecuencias.
—Mi señor —dije—, hablando bajo su corrección, no soy muy fácil de asustar.
—Y estoy seguro de que no busco asustarle —dice él—. Pero a la interrogación; y permítame advertirle que no ofrezca nada más allá de las preguntas que le haré. Puede consistir muy inmediatamente con su seguridad. Tengo una gran discreción, es cierto, pero hay límites para ella.
—Intentaré seguir el consejo de su señoría —dije.
Extendió una hoja de papel sobre la mesa y escribió un encabezado.
—Parece que usted estaba presente, por cierto, en el bosque de Lettermore en el momento del disparo fatal —comenzó—. ¿Fue esto por accidente?
—Por accidente —dije.
—¿Cómo entró en conversación con Colin Campbell? —preguntó.
—Le estaba preguntando el camino a Aucharn —respondí.
Observé que no escribió esta respuesta.
—Jum, cierto —dijo él—, lo había olvidado. Y sabe, Sr. Balfour, yo me detendría, si fuera usted, tan poco como fuera posible en sus relaciones con estos Stewart. Podría encontrarse que complica nuestro negocio. Aún no estoy inclinado a considerar estos asuntos como esenciales.
—Había pensado, mi señor, que todos los puntos de hecho eran igualmente materiales en tal caso —dije.
—Olvida que ahora estamos juzgando a estos Stewart —respondió, con gran significado—. Si alguna vez llegáramos a juzgarle a usted, será muy diferente; y presionaré esas mismas preguntas sobre las que ahora estoy dispuesto a deslizarme. Pero para retomar: tengo aquí en la precognición del Sr. Mungo Campbell que usted corrió inmediatamente hacia la loma. ¿Cómo fue eso?
—No inmediatamente, mi señor, y la causa fue que vi al asesino.
—¿Le vio, entonces?
—Tan claro como veo a su señoría, aunque no tan de cerca.
—¿Le conoce?
—Debería conocerle de nuevo.
—En su persecución, ¿no tuvo tanta suerte, entonces, como para alcanzarle?
—No la tuve.
—¿Estaba solo?
—Estaba solo.
—¿No había nadie más en esa vecindad?
—Alan Breck Stewart no estaba lejos, en un trozo de bosque.
El Abogado dejó su pluma.
—Creo que estamos jugando a propósitos cruzados —dijo—, lo cual encontrará que resulta una muy mala diversión para usted.
—Me contento con seguir el consejo de su señoría, y responder lo que se me pregunta —dije.
—Sea tan sabio como para pensárselo a tiempo —dijo él—, le trato con la más ansiosa ternura, que apenas parece apreciar, y que (a menos que sea más cuidadoso) puede resultar en vano.
—Aprecio su ternura, pero concibo que está equivocada —respondí, con algo de vacilación, pues vi que al fin habíamos llegado a los golpes—. Estoy aquí para exponerle cierta información, por la cual le convenceré de que Alan no tuvo arte ni parte en el asesinato de Glenure.
El Abogado pareció por un momento pensativo, sentado con los labios fruncidos, y parpadeando sus ojos hacia mí como un gato enfadado.
—Sr. Balfour —dijo al fin—, le digo puntualmente que toma un mal camino para sus propios intereses.
—Mi señor —dije—, soy tan libre de la carga de considerar mis propios intereses en este asunto como su señoría. Como Dios me juzga, solo tengo un propósito, y es ver que se ejecute la justicia y que el inocente salga libre. Si en la búsqueda de eso llego a caer bajo el desagrado de su señoría, debo soportarlo como pueda.
Ante esto, se levantó de su silla, encendió una segunda vela, y por un momento me miró fijamente. Me sorprendió ver un gran cambio de gravedad caer sobre su rostro, y casi podría haber pensado que estaba un poco pálido.
—Usted es o muy simple, o extremadamente lo contrario, y veo que debo tratar con usted más confidencialmente —dice él—. Este es un caso político —¡ah, sí, Sr. Balfour! nos guste o no, el caso es político— y tiemblo cuando pienso qué consecuencias pueden depender de él. A un caso político, apenas necesito decirle a un joven de su educación, nos acercamos con pensamientos muy diferentes a uno que es solo criminal. *Salus populi suprema lex* es una máxima susceptible de gran abuso, pero tiene esa fuerza que encontramos en otros lugares solo en las leyes de la naturaleza: quiero decir que tiene la fuerza de la necesidad. Le abriré esto, si me lo permite, con más detalle. Usted querría hacerme creer...
—Con su perdón, mi señor, no querría hacerle creer nada más que lo que puedo probar —dije.
—¡Bah, bah!, joven caballero —dice él—, no sea tan pragmático, y permita a un hombre que podría ser su padre (si fuera nada más) emplear su propio lenguaje imperfecto, y expresar sus propios pobres pensamientos, incluso cuando tienen la desgracia de no coincidir con los del Sr. Balfour. Usted querría hacerme creer que Breck es inocente. Pensaría esto de poca importancia, más aún cuando no podemos atrapar a nuestro hombre. Pero el asunto de la inocencia de Breck va más allá de sí mismo. Una vez admitido, destruiría todas las presunciones de nuestro caso contra otro y muy diferente criminal; un hombre envejecido en la traición, ya dos veces en armas contra su rey y ya dos veces perdonado; un instigador del descontento, y (quienquiera que haya disparado el tiro) el inconfundible original del hecho en cuestión. No necesito decirle que me refiero a James Stewart.
—Y solo puedo decir claramente que la inocencia de Alan y de James es lo que estoy aquí para declarar en privado a su señoría, y lo que estoy preparado para establecer en el juicio mediante mi testimonio —dije.
—A lo que solo puedo responder con una igual claridad, Sr. Balfour —dijo él—, que (en ese caso) su testimonio no será llamado por mí, y deseo que se abstenga de él por completo.
—¡Usted está a la cabeza de la Justicia en este país —exclamé—, y me propone un crimen!
—Soy un hombre cuidando con ambas manos los intereses de este país —respondió—, y le presiono con una necesidad política. El patriotismo no siempre es moral en el sentido formal. Podría alegrarse de ello, creo: es su propia protección; los hechos son pesados contra usted; y si todavía estoy intentando exceptuarle de un lugar muy peligroso, es en parte por supuesto porque no soy insensible a su honestidad al venir aquí; en parte por la carta de Pilrig; pero en parte, y en gran parte, porque considero en este asunto mi deber político primero y mi deber judicial solo segundo. Por la misma razón —se lo repito en las mismas palabras francas— no quiero su testimonio.
—No deseo que se piense que hago una réplica, cuando expreso solo el sentido llano de nuestra posición —dije—. Pero si su señoría no tiene necesidad de mi testimonio, creo que el otro bando estaría extremadamente alegre de obtenerlo.
Prestongrange se levantó y comenzó a pasear de un lado a otro en la habitación.
—No es tan joven —dijo—, como para no recordar muy claramente el año 45 y el impacto que recorrió el país. Leo en la carta de Pilrig que usted es sólido en la Iglesia y el Estado. ¿Quién los salvó en ese año fatal? No me refiero a Su Alteza Real y sus baquetas, que fueron extremadamente útiles en su día; pero el país había sido salvado y el campo ganado antes de que Cumberland llegara a Drummossie. ¿Quién lo salvó? Repito; ¿quién salvó la religión protestante y todo el entramado de nuestras instituciones civiles? El difunto Lord Presidente Culloden, por uno; jugó su papel de hombre, y pocas gracias obtuvo por ello —incluso como yo, a quien ve ante usted, tensando cada nervio en el mismo servicio, no busco recompensa más allá de la conciencia de mis deberes cumplidos. Después del Presidente, ¿quién más? Conoce la respuesta tan bien como yo; es en parte un escándalo, y usted mismo lo rozó, y le reprendí por ello, cuando entró por primera vez. Fue el Duque y el gran clan de Campbell. Ahora aquí hay un Campbell vilmente asesinado, y eso en el servicio del Rey. El Duque y yo somos montañeses. Pero somos montañeses civilizados, y no es así con la gran masa de nuestros clanes y familias. Todavía tienen virtudes y defectos salvajes. Siguen siendo bárbaros, como estos Stewart; solo que los Campbell eran bárbaros en el lado correcto, y los Stewart eran bárbaros en el equivocado. Ahora sea usted el juez. Los Campbell esperan venganza. Si no la obtienen —si este hombre James escapa— habrá problemas con los Campbell. Eso significa disturbios en las Tierras Altas, que están inquietas y muy lejos de estar desarmadas: el desarme es una farsa...
—Puedo confirmarle eso —dije.
—Los disturbios en las Tierras Altas hacen la hora de nuestro viejo enemigo vigilante —prosiguió su señoría, extendiendo un dedo mientras paseaba—; y le doy mi palabra de que podemos tener un 45 de nuevo con los Campbell en el otro lado. Para proteger la vida de este hombre Stewart —que está perdida ya en media docena de cargos diferentes si no en este— ¿propone usted sumir a su país en la guerra, poner en peligro la fe de sus padres, y exponer las vidas y fortunas de cuántos miles de personas inocentes?... Estas son consideraciones que pesan conmigo, y que espero pesen no menos con usted mismo, Sr. Balfour, como amante de su país, el buen gobierno y la verdad religiosa.
—Trata conmigo muy francamente, y se lo agradezco —dije—. Intentaré por mi parte ser no menos honesto. Creo que su política es sólida. Creo que estos deberes profundos pueden recaer sobre su señoría; creo que puede haberlos puesto sobre su conciencia cuando prestó el juramento del alto cargo que ocupa. Pero para mí, que solo soy un hombre llano —o apenas un hombre todavía— los deberes llanos deben bastar. No puedo pensar sino en dos cosas, en una pobre alma en el peligro inmediato e injusto de una muerte vergonzosa, y en los gritos y lágrimas de su esposa que todavía me hormiguean en la cabeza. No puedo ver más allá, mi señor. Es la forma en que estoy hecho. Si el país tiene que caer, tiene que caer. Y rezo a Dios, si esto es ceguera voluntaria, que Él me ilumine antes de que sea demasiado tarde.
Me había escuchado inmóvil, y permaneció así un rato más.
—Este es un obstáculo inesperado —dice él, en voz alta, pero para sí mismo.
—¿Y cómo va a disponer de mí su señoría? —pregunté.
—Si quisiera —dijo él—, ¿sabe que podría dormir en la cárcel?
—Mi señor —dije—, he dormido en peores lugares.
—Bien, muchacho —dijo él—, hay una cosa que aparece muy claramente de nuestra entrevista, que puedo confiar en su palabra empeñada. Deme su honor de que será totalmente secreto, no solo sobre lo que ha pasado esta noche, sino en el asunto del caso de Appin, y le dejaré ir libre.
—Se lo daré hasta mañana o cualquier otro día cercano que a usted le plazca fijar —dije—. No querría ser considerado demasiado astuto; pero si le diera la promesa sin calificación, su señoría habría alcanzado su fin.
—No tenía intención de atraparle —dijo él.
—Estoy seguro de eso —dije.
—Déjeme ver —continuó—. Mañana es el día del Señor. Venga a mí el lunes a las ocho de la mañana, y deme su promesa hasta entonces.
—Libremente dada, mi señor —dije—. Y con respecto a lo que ha salido de usted mismo, la daré por tanto tiempo como a Dios le plazca perdonar sus días.
—Observará —dijo a continuación—, que no he hecho uso de amenazas.
—Fue como la nobleza de su señoría —dije—. Sin embargo, no soy tan torpe como para no poder percibir la naturaleza de aquellas que no ha pronunciado.
—Bien —dijo él—, buenas noches. Que duerma bien, pues creo que es más de lo que es probable que yo haga.
Con eso suspiró, tomó una vela, y me acompañó hasta la puerta de la calle.
CAPÍTULO V. EN LA CASA DEL ABOGADO
Al día siguiente, día del Señor, 27 de agosto, tuve la ocasión que tanto había esperado, de escuchar a algunos de los famosos predicadores de Edimburgo, todos bien conocidos por mí ya por el informe del Sr. Campbell. ¡Ay! ¡Y podría haber estado tan bien en Essendean, y sentado bajo el digno Sr. Campbell mismo! el tumulto de mis pensamientos, que moraban continuamente en la entrevista con Prestongrange, me impedía toda atención. De hecho, quedé mucho menos impresionado por el razonamiento de los divinos que por el espectáculo de la concurrida congregación en las iglesias, como lo que imaginaba de un teatro o (en mi disposición de entonces) de una sesión de juicio; sobre todo en la West Kirk, con sus tres niveles de galerías, donde entré con la vana esperanza de que pudiera ver a la Srta. Drummond.
El lunes me dirigí por primera vez a un barbero, y quedé muy bien complacido con el resultado. De ahí al Abogado, donde las casacas rojas de los soldados se mostraban de nuevo alrededor de su puerta, haciendo un lugar brillante en el callejón. Miré alrededor buscando a la joven dama y sus acompañantes: nunca hubo señal de ellos. Pero no tardé en ser conducido al gabinete o antecámara donde había pasado un tiempo tan fatigoso el sábado, cuando fui consciente de la alta figura de James More en un rincón. Parecía presa de una dolorosa inquietud, extendiendo sus pies y manos, y sus ojos corriendo aquí y allá sin descanso por las paredes de la pequeña cámara, lo que me recordó con un sentido de lástima la mísera situación del hombre. Supongo que fue en parte esto, y en parte mi fuerte y continuo interés por su hija, lo que me movió a abordarle.
—Buenos días le dé Dios, señor —dije.
—Y buenos días le dé a usted, señor —dijo él.
—¿Se cita con Prestongrange? —pregunté.
—Así es, señor, y rezo porque su negocio con ese caballero sea más agradable que el mío —fue su respuesta.
—Espero al menos que el suyo sea breve, pues supongo que pasa antes que yo —dije.
—Todos pasan antes que yo —dijo él, con un encogimiento de hombros y un gesto hacia arriba de las manos abiertas—. No siempre fue así, señor, pero los tiempos cambian. No fue así cuando la espada estaba en la balanza, joven caballero, y las virtudes del soldado podían sostenerse por sí mismas.
Salió una especie de resoplido montañés del hombre que despertó mi ira extrañamente.
—Bueno, Sr. Macgregor —dije—, entiendo que lo principal para un soldado es ser silencioso, y la primera de sus virtudes nunca quejarse.
—Tiene mi nombre, percibo —él se inclinó ante mí con los brazos cruzados—, aunque es uno que no debo usar yo mismo. Bueno, hay una publicidad... he mostrado mi cara y dicho mi nombre demasiado a menudo en las barbas de mis enemigos. No debo sorprenderme si ambos fueran conocidos por muchos que no conozco.
—Que no conoce en absoluto, señor —dije—, ni tampoco nadie más; pero el nombre por el que me llaman, si le importa saberlo, es Balfour.
—Es un buen nombre —respondió, civilmente—; hay mucha gente decente que lo usa. Y ahora que lo recuerdo, había un joven caballero, su tocayo, que marchó como cirujano en el año 45 con mi batallón.
—Creo que ese sería un hermano de Balfour de Baith —dije, pues estaba listo para el cirujano ahora.
—El mismo, señor —dijo James More—. Y puesto que he sido compañero de armas de su pariente, debe permitirme estrechar su mano.
Me dio la mano larga y tiernamente, radiante ante mí mientras tanto como si hubiera encontrado a un hermano.
«¡Ah! —dice él—, estos son tiempos muy distintos desde que su primo y yo oímos silbar las balas en nuestras orejas».
«Creo que era un primo muy lejano —dije, con sequedad—, y debo decirle que jamás puse los ojos sobre el hombre».
«Bien, bien —dijo él—, no importa. Y usted… no creo que usted mismo estuviera fuera, señor; no guardo un recuerdo claro de su rostro, el cual no es probable que se olvide».
«En el año al que se refiere, señor Macgregor, me estaban dando azotes en la escuela parroquial», dije.
«¡Tan joven! —exclama él—. Ah, entonces, nunca podrá imaginar lo que este encuentro significa para mí. En la hora de mi adversidad, y aquí en la casa de mi enemigo, encontrarme con la sangre de un viejo hermano de armas… ¡me reconforta, señor Balfour, como el plañido de las gaitas de las Tierras Altas! Señor, es una triste mirada atrás la que muchos de nosotros tenemos que hacer: algunos con lágrimas cayendo. He vivido en mi propia tierra como un rey; mi espada, mis montañas y la fe de mis amigos y parientes me bastaban. Ahora yazco en una mazmorra hedionda; y sabe, señor Balfour —continuó, tomándome del brazo y empezando a llevarme de un lado a otro—, ¿sabe, señor, que carezco de las necesidades más básicas? La malicia de mis enemigos ha secuestrado por completo mis recursos. Yazco, como sabe, señor, bajo una acusación inventada, de la cual soy tan inocente como usted mismo. No se atreven a llevarme a juicio y, mientras tanto, me tienen despojado en mi prisión. Hubiera deseado que fuera su primo a quien conocí, o su hermano Baith mismo. Cualquiera de los dos, lo sé, se habría alegrado de ayudarme; mientras que un extraño relativo como usted…»
Me daría vergüenza consignar todo lo que vertió ante mí en esta vena mendicante, o las respuestas muy breves y reacias que le di. Hubo momentos en que me vi tentado a taparle la boca con algo de suelto; pero ya fuera por vergüenza o por orgullo —ya fuera por mi bien o por el de Catriona—, ya fuera porque lo consideraba un padre indigno para su hija, o porque me resentía de esa grosería de falsedad inmediata que se adhería al hombre mismo, la cosa estaba totalmente fuera de mis capacidades. Y todavía me seguía engatusando y sermoneando, y todavía me seguía haciendo marchar de aquí para allá, tres pasos y un giro, en esa pequeña cámara, y ya había, con algunas respuestas muy breves, irritado en gran medida, aunque no desalentado del todo, a mi mendigo, cuando Prestongrange apareció en el umbral y me invitó con entusiasmo a su gran estancia.
«Tengo unos compromisos de un momento —dijo—; y para que no se quede de manos vacías voy a presentarlo a mis tres gallardas hijas, de quienes quizás haya oído hablar, pues creo que son más famosas que papá. Por aquí».
Me llevó a otra habitación larga arriba, donde una anciana seca estaba sentada ante un bastidor de bordado, y las tres jóvenes más hermosas (supongo) de Escocia estaban juntas junto a una ventana.
«Este es mi nuevo amigo, el señor Balfour —dijo, presentándome del brazo—, David, aquí está mi hermana, la señorita Grant, que es tan amable de llevarme la casa y estará muy complacida si puede ayudarle. Y aquí —dice, volviéndose hacia las tres damas más jóvenes—, aquí están mis tres braw dauchters. Una pregunta justa para usted, señor Davie: ¿cuál de las tres es la mejor parecida? ¡Y apuesto a que nunca tendrá la insolencia de proponer la respuesta del honesto Alan Ramsay!»
Acto seguido, las tres, y también la anciana señorita Grant, protestaron contra esta salida, lo cual (como yo estaba familiarizado con los versos a los que se refería) trajo vergüenza a mi mejilla. Me pareció una cita imperdonable en un padre, y me sorprendió que estas damas pudieran reírse incluso mientras reprendían, o fingían hacerlo.
Al amparo de esta alegría, Prestongrange salió de la habitación y me quedé, como un pez fuera del agua, en esa sociedad tan inadecuada. Nunca podría negar, al mirar atrás sobre lo que siguió, que fui eminentemente tosco; y debo decir que las damas estaban bien entrenadas para tener tanta paciencia conmigo. La tía, en efecto, se sentó cerca de su bordado, solo mirando de vez en cuando y sonriendo; pero las señoritas, y especialmente la mayor, que era además la más hermosa, me prestaron una veintena de atenciones que yo era muy poco capaz de devolver. Fue todo en vano decirme a mí mismo que era un joven de cierto valor además de un buen patrimonio, y que no tenía por qué sentirme abochornado ante estas mozas, siendo la mayor no mucho mayor que yo, y ninguna de ellas, con toda probabilidad, ni la mitad de culta. Razonar no cambiaría el hecho; y hubo momentos en que el color subió a mi rostro al pensar que ese día me había afeitado por primera vez.
Como la conversación iba, a pesar de todos sus esfuerzos, con mucha pesadez, la mayor se apiadó de mi torpeza, se sentó a su instrumento, del cual era una maestra consumada, y me entretuvo durante un rato tocando y cantando, tanto a la manera escocesa como a la italiana; esto me puso más a mis anchas, y al recordar el aire de Alan que me había enseñado en el agujero cerca de Carriden, me atreví a silbar un compás o dos, y a preguntar si conocía eso.
Ella negó con la cabeza. «Jamás oí una nota de eso», dijo. «Silbelo todo. Y ahora una vez más», añadió, después de que lo hice.
Entonces lo sacó en el teclado y (para mi sorpresa) al instante lo enriqueció con acordes sonoros, y cantó, mientras tocaba, con una expresión muy graciosa y un acento marcado:
«¿No he pillado justo el aire de ello? ¿No es esta la tonada que silbaste?»
«Ya ve —dice—, también puedo hacer poesía, solo que no rima. Y luego otra vez:
Soy la señorita Grant, pariente del Abogado: Usted, creo, es Dauvit Balfour».
Le dije lo mucho que me había asombrado su genio.
«¿Y cómo llama al nombre de eso?», preguntó.
«No sé el nombre real —dije—. Solo lo llamo el aire de Alan».
Me miró directamente a la cara. «Lo llamaré el aire de David —dijo—; aunque si se parece en lo más mínimo a lo que su tocayo de Israel tocó para Saúl, nunca me extrañaría que el rey sacara poco provecho de ello, pues no es más que música melancólica. Su otro nombre no me gusta; así que si alguna vez deseara volver a oír su tonada, ha de pedirla por el mío».
Esto fue dicho con una significación que dio un vuelco a mi corazón. «¿Por qué eso, señorita Grant?», pregunté.
«¿Por qué? —dice ella—, si alguna vez llegara a ser ahorcado, pondré su última confesión y discurso de muerte con esa tonada y lo cantaré».
Esto puso fuera de toda duda que ella estaba parcialmente informada de mi historia y mi peligro. Cómo, o exactamente cuánto, era más difícil de adivinar. Estaba claro que sabía que había algo de peligro en el nombre de Alan, y por tanto me advertía que no lo mencionara; y claro que sabía que yo estaba bajo sospecha criminal. Juzgué además que la dureza de su último discurso (que además había seguido inmediatamente con una pieza de música muy ruidosa) era para poner fin a la conversación presente. Me quedé a su lado, fingiendo escuchar y admirar, pero verdaderamente arrebatado por mis propios pensamientos. Siempre he encontrado que esta joven dama es una amante de lo misterioso; y ciertamente esta primera entrevista creó un misterio que estaba más allá de mi plomada. Una cosa supe mucho tiempo después: las horas del domingo habían sido bien empleadas, el portero del banco había sido encontrado e interrogado, mi visita a Charles Stewart fue descubierta, y se dedujo que yo estaba bastante metido con James y Alan, y muy probablemente en una correspondencia continua con el último. De ahí esta clara indirecta que se me dio a través del clavecín.
En medio de la pieza de música, una de las señoritas más jóvenes, que estaba en una ventana sobre el callejón, gritó a sus hermanas que vinieran rápido, pues estaba «Ojos grises de nuevo». Toda la familia se agolpó allí de inmediato y se empujaron unos a otros para mirar. La ventana a la que corrieron estaba en un rincón extraño de esa habitación, daba sobre la puerta de entrada y flanqueaba el callejón.
«Venga, señor Balfour —gritaron—, venga a ver. ¡Es la criatura más hermosa! Se queda merodeando por la entrada del callejón estos últimos días, siempre con unos mozos de aspecto miserable, y aun así parece toda una dama».
No tuve necesidad de mirar; ni tampoco miré dos veces, ni por mucho tiempo. Temía que ella me hubiera visto allí, mirando hacia abajo desde esa cámara de música, y ella afuera, y su padre en la misma casa, tal vez rogando por su vida con lágrimas, y yo apenas recién llegado de rechazar sus peticiones. Pero incluso esa mirada me puso en un mejor concepto de mí mismo y con mucha menos reverencia hacia las jóvenes damas. Eran hermosas, eso estaba fuera de toda duda, pero Catriona también era hermosa, y tenía una especie de brillo en ella como una brasa de fuego. Tanto como las otras me hacían sentir pequeño, ella me elevaba. Recordé que había hablado fácilmente con ella. Si no podía desenvolverme con estas damas finas, era quizás algo culpa de ellas mismas. Mi embarazo empezó a mezclarse un poco y a aligerarse con un sentido de la diversión; y cuando la tía me sonrió desde su bordado, y las tres hijas se mostraron condescendientes conmigo como a un bebé, todas con las «órdenes de papá» escritas en sus caras, hubo veces en que podría haber encontrado en mi corazón el deseo de sonreír yo mismo.
Al poco tiempo volvió papá, el mismo hombre amable, de aspecto feliz y de habla agradable.
«Ahora, chicas —dijo—, debo llevarme al señor Balfour de nuevo; pero espero que hayan logrado persuadirlo de volver donde siempre estaré gratificado de encontrarlo».
Así, cada una me hizo un pequeño cumplido de poco valor, y me llevaron lejos.
Si esta visita a la familia había tenido la intención de suavizar mi resistencia, fue el peor de los fracasos. No era yo tan asno como para no entender la pobre figura que había hecho, y que las chicas estarían bostezando hasta desencajarse la mandíbula tan pronto como mi espalda rígida se hubiera vuelto. Sentí que había mostrado lo poco que tenía en mí de lo que es suave y elegante; y anhelaba la oportunidad de probar que tenía algo de la otra materia, la severa y peligrosa.
Bien, iba a ser servido según mi deseo, pues la escena a la que me conducía era de un carácter diferente.
CAPÍTULO VI. EL ANTIGUO MAESTRO DE LOVAT
Había un hombre esperándonos en el estudio de Prestongrange, a quien detesté a la primera mirada, como detestamos a un hurón o a una tijereta. Era amargamente feo, pero parecía muy caballero; tenía modales reposados, pero capaz de saltos y violencias repentinas; y una voz pequeña, que podía sonar aguda y peligrosa cuando así lo deseaba.
El Abogado nos presentó de una manera familiar y amistosa.
«Aquí, Fraser —dijo—, aquí está el señor Balfour del que hablamos. Señor David, este es el señor Simon Fraser, a quien solíamos llamar por otro título, pero esa es una vieja canción. El señor Fraser tiene un encargo para usted».
Con eso se hizo a un lado hacia sus estanterías y fingió consultar un volumen en cuarto en el extremo más lejano.
Me quedé así (en cierto sentido) a solas con quizás la última persona en el mundo que habría esperado. No hubo duda sobre los términos de la presentación; este no podía ser otro que el desposeído Maestro de Lovat y jefe del gran clan Fraser. Sabía que había dirigido a sus hombres en la Rebelión; sabía que la cabeza de su padre —mi antiguo lord, ese zorro gris de las montañas— había caído en el bloque por esa ofensa, las tierras de la familia habían sido confiscadas y su nobleza proscrita. No podía concebir qué estaría haciendo en la casa de Grant; no podía concebir que hubiera sido llamado al colegio de abogados, hubiera devorado todos sus principios y ahora estuviera ganándose el favor del Gobierno incluso hasta el punto de actuar como Abogado Diputado en el asesinato de Appin.
«Bien, señor Balfour —dijo él—, ¿qué es todo esto que oigo de usted?»
«No me correspondería prejuzgar —dije—, pero si el Abogado fue su autoridad, él está plenamente al tanto de mis opiniones».
«Puedo decirle que estoy involucrado en el caso de Appin —continuó—; voy a comparecer bajo Prestongrange; y por mi estudio de las precogniciones puedo asegurarle que sus opiniones son erróneas. La culpabilidad de Breck es manifiesta; y su testimonio, en el que admite que lo vio en la colina en el mismo momento, certificará su ahorcamiento».
«Será bastante difícil ahorcarlo hasta que lo capturen —observé—. Y en cuanto a otros asuntos, muy gustosamente le dejo a sus propias impresiones».
«El Duque ha sido informado —prosiguió—. Vengo justo de ver a Su Gracia, y se expresó ante mí con una honesta libertad como el gran noble que es. Habló de usted por su nombre, señor Balfour, y declaró su gratitud de antemano en caso de que usted se dejara llevar por aquellos que entienden sus propios intereses y los del país mucho mejor que usted mismo. La gratitud no es una expresión vacía en esa boca: experto crede. Me atrevo a decir que sabe algo de mi nombre y clan, y del ejemplo condenable y el lamentable fin de mi difunto padre, por no decir nada de mis propios errata. Pues bien, he hecho las paces con ese buen Duque; él ha intervenido por mí ante nuestro amigo Prestongrange; y aquí estoy de nuevo con el pie en el estribo y parte de la responsabilidad compartida en mi mano de procesar a los enemigos del Rey Jorge y vengar el reciente insulto atrevido y descarado a Su Majestad».
«Sin duda una posición orgullosa para el hijo de su padre», digo.
Agitó sus cejas calvas ante mí. «Le complace hacer experimentos en lo irónico, creo —dijo—. Pero estoy aquí por deber, estoy aquí para cumplir mi encargo de buena fe; es en vano que piense en distraerme. Y déjeme decirle, para un joven de espíritu y ambición como usted, un buen empujón al principio hará más que diez años de trabajo duro. El empujón está ahora a su mando; elija en qué quiere ser ascendido, el Duque le observará con la disposición afectuosa de un padre».
«Estoy pensando que carezco de la docilidad del hijo», digo.
«¿Y realmente supone, señor, que se permitirá que toda la política de este país tropiece y caiga por culpa de un potro mal educado? —exclamó—. Esto se ha convertido en un caso de prueba, todos los que quieran prosperar en el futuro deben arrimar el hombro. ¡Míreme a mí! ¿Supone que es por mi placer que me pongo en la posición altamente odiosa de perseguir a un hombre con el que he desenvainado la espada? La elección no me ha sido dejada a mí».
«Pero creo, señor, que usted perdió su elección cuando se mezcló en esa rebelión antinatural —señalé—. Mi caso es afortunadamente otro; soy un hombre honesto y puedo mirar al Duque o al Rey Jorge a la cara sin preocupación».
«¿Es así como sopla el viento? —dice él—. Protesto, usted ha caído en el peor tipo de error. Prestongrange ha sido hasta ahora tan cortés (me dice) como para no combatir sus alegaciones; pero no debe pensar que no son vistas con una fuerte sospecha. Dice que es inocente. Mi querido señor, los hechos lo declaran culpable».
«Estaba esperando que llegara ahí», dije.
«La evidencia de Mungo Campbell; su huida después de la consumación del asesinato; su largo curso de secreto… ¡mi buen joven! —dijo el señor Simon—, ¡aquí hay suficiente evidencia para colgar a un buey, cuanto más a un David Balfour! Estaré en ese juicio; mi voz se alzará; ¡entonces hablaré muy diferente a como lo hago hoy, y mucho menos para su satisfacción, por poco que le guste ahora! ¡Ah, se ve blanco! —exclama él—. He encontrado la llave de su impúdico corazón. ¡Se ve pálido, sus ojos vacilan, señor David! Ve la tumba y la horca más cerca de lo que había imaginado».
«Admito una debilidad natural —dije—. No creo que sea una vergüenza por eso. La vergüenza…» iba a continuar.
«La vergüenza le espera en el cadalso», interrumpió.
«Donde solo estaré a la par con mi lord su padre», dije.
«¡Ajá, pero no es así! —exclamó—, y usted todavía no ve el fondo de este asunto. Mi padre sufrió en una gran causa, y por tratar en los asuntos de los reyes. Usted va a ser colgado por un sucio asesinato por unas pocas monedas. Su parte personal en él, la traicionera de mantener al pobre desgraciado hablando, sus cómplices una pandilla de harapientos mozos de las Tierras Altas. Y se puede demostrar, mi gran señor Balfour —se puede demostrar, y se demostrará, confíe en mí que tengo un dedo en el pastel—, se puede demostrar, y se demostrará, que le pagaron para hacerlo. Creo que puedo ver las miradas recorriendo la corte cuando presente mi evidencia, y aparecerá que usted, un joven educado, se dejó corromper para este acto impactante por un traje de ropa usada, una botella de licor de las Tierras Altas y tres chelines y cinco peniques y medio en moneda de cobre».
Había un toque de verdad en estas palabras que me golpeó como un mazazo: la ropa, una botella de usquebaugh y tres chelines y cinco peniques y medio en cambio constituían, en efecto, la mayor parte de lo que Alan y yo habíamos llevado desde Auchurn; y vi que algunos de los hombres de James habían estado hablando de más en sus mazmorras.
«Ve que sé más de lo que imaginaba —reanudó con triunfo—. Y en cuanto a darle este giro, gran señor David, no debe suponer que el Gobierno de Gran Bretaña e Irlanda se verá estancado por falta de evidencia. Tenemos hombres aquí en prisión que jurarán sus vidas como les ordenemos; como yo ordene, si prefiere la frase. Así que ahora debe adivinar su parte de gloria si elige morir. Por un lado, vida, vino, mujeres y un duque para ser su apoyo: por el otro, una soga para su cuello, y un cadalso donde hagan ruido sus huesos, y la historia más baja y despreciable que jamás se haya contado sobre un asesino a sueldo para transmitir a sus tocayos en el futuro. ¡Y vea aquí! —exclamó, con una voz aguda y formidable—, vea este papel que saco de mi bolsillo. Mire el nombre ahí: es el nombre del gran David, creo, con la tinta apenas seca todavía. ¿Puede adivinar su naturaleza? Es la orden para su arresto, la cual solo tengo que tocar este timbre a mi lado para que sea ejecutada en el acto. Una vez en el Tolbooth con este papel, que Dios le ayude, ¡porque los dados están echados!»
Nunca debo negar que quedé muy horrorizado por tanta bajeza, y muy desanimado por la inmediatez y la fealdad de mi peligro. El señor Simon ya se había vanagloriado de los cambios de mi tono; no tengo duda de que ahora no estaba más sonrosado que mi camisa; mi voz, además, temblaba.
«Hay un caballero en esta habitación —grité—. Apelo a él. Pongo mi vida y mi crédito en sus manos».
Prestongrange cerró su libro de golpe. «Te lo dije, Simon —dijo—; has jugado tu mano con todo lo que valía, y has perdido. Señor David —continuó—, deseo que crea que no fue por elección mía que se le sometiera a esta prueba. Deseo que pudiera comprender cuán alegre me siento de que haya salido de ella con tanto crédito. Puede que no vea del todo cómo, pero es un pequeño servicio hacia mí mismo. Porque si nuestro amigo aquí hubiera tenido más éxito que yo anoche, podría haber parecido que él era un mejor juez de los hombres que yo; podría haber parecido que estábamos completamente en las situaciones equivocadas, el señor Simon y yo. Y sé que nuestro amigo Simon es ambicioso —dice, golpeando ligeramente el hombro de Fraser—. En cuanto a esta comedia, ha terminado; mis sentimientos están muy comprometidos a su favor; y cualquier solución que podamos encontrar a este desafortunado asunto, me ocuparé de ver que sea adoptada con delicadeza hacia usted».
Estas fueron muy buenas palabras, y pude ver además que había poco amor, y quizás una pizca de genuina mala voluntad, entre estos dos que se oponían a mí. Con todo, era inconfundible que esta entrevista había sido diseñada, tal vez ensayada, con el consentimiento de ambos; estaba claro que mis adversarios hablaban en serio al intentar ponerme a prueba por todos los medios; y ahora (habiendo sido probados en vano la persuasión, la adulación y las amenazas) no pude dejar de preguntarme cuál sería su siguiente expediente. Mis ojos, además, seguían turbados, y mis rodillas flojas bajo mí por la angustia de la reciente prueba; y no pude hacer más que tartamudear la misma fórmula: «Pongo mi vida y mi crédito en sus manos».
«Bien, bien —dijo él—, debemos intentar salvarlos. Y mientras tanto volvamos a métodos más gentiles. No debe guardar rencor a mi amigo, el señor Simon, quien no hizo más que hablar según su pliego. E incluso si usted llegara a concebir alguna malicia contra mí, que estuve presente y parecí más bien sostener la vela, no debo permitir que eso se extienda a miembros inocentes de mi familia. Estos están muy interesados en ver más de usted, y no puedo consentir que mis jóvenes se sientan decepcionadas. Mañana irán a Hope Park, donde creo muy apropiado que haga usted su reverencia. Venga a verme primero, cuando posiblemente tenga algo para su audiencia privada; luego será enviado de nuevo al extranjero bajo la conducta de mis señoritas; y hasta ese momento repítame su promesa de secreto».
Habría hecho mejor en negarme al instante, pero en verdad estaba fuera del poder de razonar; hice lo que se me pidió; me despedí no sé cómo; y cuando estuve de nuevo fuera, en el callejón, y la puerta se hubo cerrado tras de mí, me alegré de apoyarme en la pared de una casa y limpiarme el rostro. Aquella horrible aparición (como puedo llamarla) del señor Simon resonaba en mi memoria, como un ruido repentino resuena en el oído después de haber terminado. Historias del padre del hombre, de su falsedad, de sus múltiples y perpetuas traiciones, se alzaron ante mí de todo lo que había oído y leído, y se unieron a lo que acababa de experimentar de él mismo. Cada vez que me ocurría, la ingeniosa vileza de aquella calumnia que él había propuesto clavar en mi carácter me sobresaltaba de nuevo. El caso del hombre en la horca junto a Leith Walk parecía apenas distinguible de aquel que ahora debía considerar como el mío propio. Robar a un niño tan poco más que nada era ciertamente una empresa mezquina para dos hombres adultos; pero mi propia historia, tal como iba a ser representada en un tribunal por Simon Fraser, parecía una digna segunda parte en todos los puntos de vista posibles de sordidez y cobardía.
Las voces de dos de los hombres de librea de Prestongrange en su umbral me devolvieron a la realidad.
«Toma —dijo uno—, este billete tan rápido como puedas al capitán».
«¿Es eso para el cateran de vuelta?», preguntó el otro.
«Parecería que sí —respondió el primero—. Él y Simon lo están buscando».
«Creo que Prestongrange se ha vuelto loco —dice el segundo—. Tendrá a James More en la cama con él a continuación».
«Bueno, no es asunto tuyo ni mío», dijo el primero.
Y se separaron, uno en su recado, y el otro de vuelta a la casa.
Esto parecía tan mal como era posible. Apenas me había ido y ya estaban enviando por James More, a quien pensé que el señor Simon debía haber señalado cuando habló de hombres en prisión dispuestos a redimir sus vidas mediante todas las extremidades. El cuero cabelludo se me erizó entre el pelo, y al momento siguiente la sangre me dio un vuelco al recordar a Catriona. ¡Pobre muchacha! Su padre estaba a punto de ser colgado por una conducta bastante indefendible. Lo que era aún más desagradable, ahora parecía que estaba dispuesto a salvar sus cuatro cuartos mediante la peor de las vergüenzas y el más vil de los asesinatos cobardes: el asesinato mediante el falso juramento; y para completar nuestras desgracias, parecía que yo mismo había sido elegido para ser la víctima.
Comencé a caminar velozmente y al azar, consciente solo de un deseo de movimiento, aire y campo abierto.
CAPÍTULO VII. COMETO UNA FALTA CONTRA EL HONOR
Salí, juro que no sé cómo, a los Lang Dykes. Este es un camino rural que corre por el lado norte frente a la ciudad. Desde allí podía ver toda la longitud negra de ella extenderse, desde donde el castillo se alza sobre sus riscos sobre el lago en una larga fila de agujas y extremos de hastiales, y chimeneas humeantes, y ante la vista mi corazón se hinchó en mi pecho. Mi juventud, como he dicho, ya estaba curtida en peligros; pero tal peligro como el que había visto de cara esa misma mañana, en medio de lo que llaman la seguridad de una ciudad, me sacudió más allá de toda experiencia. Peligro de esclavitud, peligro de naufragio, peligro de espada y disparo, había resistido todo eso sin descrédito; pero el peligro que había en la voz aguda y el rostro gordo de Simon, propiamente Lord Lovat, me amedrentó por completo.
Me senté junto al lago en un lugar donde los juncos bajaban al agua, y allí empapé mis muñecas y lavé mis sienes. Si hubiera podido hacerlo con algún resto de autoestima, habría huido ahora de mi temeraria empresa. Pero (llámelo valentía o cobardía, y creo que fue tanto lo uno como lo otro) decidí que me había aventurado más allá de la posibilidad de una retirada. Había enfrentado a estos hombres, continuaría enfrentándolos; pase lo que pase, me mantendría en la palabra dada.
El sentido de mi propia constancia elevó un poco mi ánimo, pero no mucho. En el mejor de los casos, había un lugar helado alrededor de mi corazón, y la vida parecía un asunto negro en el que estar involucrado. Por dos almas en particular fluyó mi lástima. Una era la mía, por estar tan sin amigos y perdido entre peligros. La otra era la chica, la hija de James More. Había visto poco de ella; sin embargo, mi opinión estaba formada y mi juicio hecho. La consideraba una muchacha de un honor limpio, como el de un hombre; la consideraba alguien capaz de morir de una deshonra; y ahora creía que su padre estaba en ese momento negociando su vil vida a cambio de la mía. Eso creó un vínculo en mis pensamientos entre la chica y yo. La había visto antes solo como una aparición en el camino, aunque una que me agradaba extrañamente; ahora la veía en una cercanía repentina de relación, como la hija de mi enemigo mortal y, podría decir, de mi asesino. Reflexioné que era duro que debiera ser tan acosado y perseguido todos mis días por asuntos de otros, y no tener placer alguno yo mismo. Conseguía comidas y una cama donde dormir cuando mis asuntos lo permitían; más allá de eso, mi riqueza no me servía de nada. Si iba a ser colgado, mis días parecían ser cortos; si no iba a ser colgado sino a escapar de este problema, aún podrían parecerme largos antes de terminar con ellos. De repente, su rostro apareció en mi memoria, tal como lo había visto por primera vez, con los labios entreabiertos; ante eso, la debilidad vino a mi pecho y la fuerza a mis piernas; y me puse resueltamente en camino hacia Dean. Si debía ser colgado al día siguiente, y era bastante seguro que muy probablemente dormiría esa noche en una mazmorra, determiné que escucharía y hablaría una vez más con Catriona.
El ejercicio de caminar y el pensamiento de mi destino me fortalecieron aún más, de modo que comencé a recobrar una especie de ánimo. En el pueblo de Dean, donde se asienta en el fondo de una cañada junto al río, pregunté el camino a un empleado del molino, quien me envió colina arriba por el lado opuesto por un camino sencillo, y así hasta una casa pequeña y decente en un jardín de césped y manzanos. Mi corazón latía con fuerza mientras entraba por el seto del jardín, pero cayó muy bajo cuando me encontré cara a cara con una anciana severa y feroz, caminando allí con una cofia blanca con un sombrero de hombre atado encima.
«¿Qué vienes buscando aquí?», preguntó.
Le dije que buscaba a la señorita Drummond.
«¿Y cuál puede ser tu asunto con la señorita Drummond?», dice ella.
Le dije que la había conocido el sábado pasado, que tuve la fortuna de prestarle un servicio insignificante, y que venía ahora por invitación de la joven.
«¡Oh, así que eres Saxpence!», gritó, con un aire muy burlón. «Un buen regalo, un bonito caballero. ¿Y tienes algún otro nombre y designación, o fuiste bautizado Saxpence?», preguntó.
Dije mi nombre.
«¡Presérvame!», gritó. «¿Ha tenido Ebenezer un hijo?»
«No, señora —dije—. Soy hijo de Alexander. Soy yo quien es el Laird de Shaws».
«Encontrarás que tienes mucho trabajo por delante para establecer eso», dijo ella.
«Percibo que conoce a mi tío —dije—; y me atrevo a decir que le alegrará saber que ese asunto está arreglado».
«¿Y qué te trae aquí tras la señorita Drummond?», continuó ella.
«He venido por mi saxpence, señora —dije—. Es de suponer que, siendo sobrino de mi tío, se me considere un muchacho cuidadoso».
«¿Así que tienes una chispa de astucia en ti?», observó la anciana, con cierta aprobación. «Pensé que eras solo un necio —tú y tu saxpence, y tu día de suerte y tu búsqueda de Balwhidder»—, de lo cual me sentí gratificado al saber que Catriona no había olvidado parte de nuestra conversación. «Pero todo esto es fuera de propósito —reanudó—. ¿Debo entender que vienes aquí a cortejar?»
«Esta es seguramente una pregunta bastante temprana», dije. «La doncella es joven, igual que yo, por desgracia. Solo la he visto una vez. No negaré —añadí, decidiéndome a probarla con cierta franqueza—, no negaré que ha pasado por mi cabeza un buen trato desde que la encontré. Eso es una cosa; pero sería muy otra, y creo que me vería muy parecido a un tonto, comprometerme».
«Puedes hablar con tu boca, ya veo», dijo la anciana. «¡Alabado sea Dios, y yo también! Fui lo suficientemente tonta como para hacerme cargo de la hija de este pícaro: una buena carga he conseguido; pero es mía, y la llevaré de la manera que quiero. ¿Pretendes decirme, señor Balfour de Shaws, que te casarías con la hija de James More, y él ahorcado! Bueno, entonces, donde no hay matrimonio posible no habrá manera de cortejos, y toma eso como dicho. Las muchachas son cosas frágiles —añadió, con un asentimiento—; y aunque nunca lo pensarías por mis mejillas arrugadas, yo misma fui una jovencita, y una bonita».
«Lady Allardyce —dije—, pues supongo que ese es su nombre, usted parece hacer las dos partes de la conversación, lo cual es una forma muy pobre de llegar a un acuerdo. Me da un golpe bajo cuando pregunta si me casaría, al pie de la horca, con una joven a la que solo he visto una vez. Ya le he dicho que nunca sería tan imprudente como para comprometerme. Y, sin embargo, iré un poco más allá con usted. Si sigo apreciando a la muchacha tanto como tengo razones para esperar, será algo más que su padre, o la horca, lo que mantenga a los dos separados. En cuanto a mi familia, ¡la encontré junto al camino como una moneda perdida! Debo menos que nada a mi tío y, si alguna vez me caso, será para complacer a una persona: yo mismo».
«He oído este tipo de charla antes de que nacieras», dijo la señora Ogilvy, «que es quizás la razón por la que pienso tan poco en ello. Hay mucho que considerar. Este James More es un pariente mío, para mi vergüenza sea dicho. Pero cuanto mejor es la familia, más hombres ahorcados o decapitados, esa ha sido siempre la historia de la pobre Escocia. ¡Y si fuera solo el ahorcamiento! Por mi parte, creo que me sentiría más complacida con James en la horca, lo que al menos sería un final para él. Catrine es una buena muchacha, y de buen corazón, y se deja aturdir todo el día con un resto de vieja como yo. Pero, ya ves, ahí está el punto débil. Está loca por ese padre suyo, un mendigo largo, falso y adulador, y loca de remate por los Gregara, y los nombres proscritos, y el Rey James, y un montón de disparates. Y podrías pensar que podrías guiarla, te encontrarías muy equivocado. Dices que la has visto solo una vez...»
«Hablado con ella solo una vez, debería haber dicho —interrumpí—. La vi de nuevo esta mañana desde una ventana en casa de Prestongrange».
Esto, me atrevo a decir, lo añadí porque sonaba bien; pero fui debidamente pagado por mi ostentación al regreso.
«¿Qué es esto?», grita la anciana, con un repentino fruncimiento de su rostro. «Creo que fue en el umbral de la puerta del Abogado donde la conociste primero».
Le dije que así era.
«Hm», dijo ella; y luego, repentinamente, en un tono bastante regañón, «tengo tu simple palabra para ello —grita—, sobre quién y qué eres. Según tu modo de ver, eres Balfour de Shaws; pero por lo que sé puedes ser Balfour de la axila del Diablo. ¡Es posible que vengas aquí por lo que dices, y es igualmente posible que vengas aquí por no sé qué demonios! Soy lo suficientemente Whig como para sentarme tranquila, y haber mantenido las cabezas de todos mis hombres sobre sus hombros. Pero tampoco soy lo suficientemente Whig como para que me tomen por tonta. Y te digo francamente, hay demasiada puerta de Abogado y ventana de Abogado aquí para un hombre que viene detrás de la hija de un Macgregor. Puedes decirle eso al Abogado que te envió, con mi afectuoso cariño. Y beso mi palma hacia ti, señor Balfour», dice ella, ajustando la acción a la palabra; «y un buen viaje de vuelta a donde viniste».
«Si usted me cree un espía», irrumpí, y el habla se me quedó atascada en la garganta. Me quedé y miré con odio a la anciana por un espacio, luego hice una reverencia y me di la vuelta.
«¡Aquí! ¡Arre! ¡El muchacho está mal de la cabeza!», gritó. «¿Que te crea un espía? ¿Qué otra cosa iba a pensar de ti, yo que no sé nada de ti? Pero veo que me equivoqué; y como no puedo luchar, tendré que disculparme. Una bonita figura haría yo con una espada ancha. ¡Ay! ¡Ay! —continuó—, no eres un mal muchacho a tu manera; creo que tendrás algunos vicios redentores. Pero, ¡oh, Davit Balfour, eres un campesino condenado! Tendrás que superar eso, muchacho; tendrás que suavizar tu columna vertebral, y pensar un poco menos en tu delicado yo; y tendrás que tratar de descubrir que las mujeres no son granaderos. Pero eso nunca podrá ser. Hasta tu último día no sabrás más de las mujeres de lo que yo sé de castrar cerdos».
Nunca había estado acostumbrado a tales expresiones de la lengua de una dama, siendo las dos únicas damas que había conocido, la señora Campbell y mi madre, mujeres muy devotas y muy particulares; y supongo que mi asombro debe haber quedado reflejado en mi semblante, pues la señora Ogilvy estalló repentinamente en un ataque de risa.
«¡Guárdame!», gritó, luchando con su alegría, «tienes la cara más seria y... ¡y tú casarte con la hija de un cateran de las Tierras Altas! Davie, querido, creo que tendremos que concertar un matrimonio, aunque solo fuera para ver a los niños. Y ahora —continuó—, no sirve de nada que pierdas el tiempo aquí, pues la joven no está en casa, y me temo que la vieja no es una compañía adecuada para el hijo de tu padre. Además de que no tengo a nadie más que a mí misma para cuidar mi reputación, y he estado demasiado tiempo sola con un joven seductor. ¡Y vuelve otro día por tu saxpence!», gritó tras de mí cuando me fui.
Mi escaramuza con esta desconcertante dama dio a mis pensamientos una audacia que de otro modo habrían carecido. Durante dos días la imagen de Catriona se había mezclado en todas mis meditaciones; ella constituía su trasfondo, de modo que apenas disfrutaba de mi propia compañía sin un destello de ella en un rincón de mi mente. Pero ahora ella se acercó inmediatamente; parecía tocarla, a quien nunca había tocado más que una vez; me dejé llevar hacia ella en una feliz debilidad, y mirando a todas partes, hacia adelante y hacia atrás, vi el mundo como un desierto indeseable, donde los hombres van como soldados en una marcha, siguiendo su deber con la constancia que tienen, y Catriona sola allí para ofrecerme algo de placer en mis días. Me maravillaba de mí mismo al poder detenerme en tales consideraciones en aquel tiempo de mi peligro y deshonra; y cuando recordaba mi juventud me avergonzaba. Tenía mis estudios por completar: tenía que ser llamado a algún negocio útil; aún tenía que tomar mi parte de servicio en un lugar donde todos deben servir; aún tenía que aprender, saber y probar que era un hombre; y tenía suficiente sentido común como para sonrojarme al verme ya tentado con estos deleites y deberes más lejanos y sagrados. Mi educación me habló agudamente; nunca fui criado con bizcochos de azúcar sino con el duro alimento de la verdad. Sabía que era completamente incapaz de ser un esposo quien no estuviera preparado para ser también un padre; y para un muchacho como yo jugar a ser padre era una mera burla.
Cuando estaba en medio de estos pensamientos y a mitad de camino de regreso a la ciudad vi una figura que venía a mi encuentro, y la turbación de mi corazón aumentó. Parecía que tenía todo en el mundo que decirle, pero nada que decir primero; y recordando cuán atado de lengua había estado esa mañana en casa del Abogado, me aseguré de que me encontraría mudo. Pero cuando ella se acercó mis miedos huyeron; ni siquiera la conciencia de lo que había estado pensando en privado me desconcertó lo más mínimo; y descubrí que podía hablar con ella tan fácil y racionalmente como podría hacerlo con Alan.
«¡Oh!», gritó, «has estado buscando tu seis peniques; ¿lo conseguiste?»
Le dije que no; pero ahora que me había encontrado con ella mi caminata no fue en vano. «Aunque ya te he visto hoy», dije, y le conté dónde y cuándo.
«No te vi», dijo ella. «Mis ojos son grandes, pero hay otros mejores que los míos para ver de lejos. Solo oí cantar en la casa».
«Esa era la señorita Grant», dije, «la mayor y la más bonita».
«Dicen que todas son hermosas», dijo ella.
«Ellas piensan lo mismo de ti, señorita Drummond», repliqué, «y todas estaban amontonadas en la ventana para observarte».
«Es una lástima que sea tan ciega», dijo ella, «o podría haberlas visto yo también. ¿Y tú estabas en la casa? Debes de haber pasado un tiempo excelente con la buena música y las damas tan guapas».
«Ahí es donde te equivocas», dije; «pues yo estaba tan fuera de lugar como un pez de mar en la ladera de una montaña. La verdad es que estoy más hecho para andar con hombres rudos que con damas hermosas».
«¡Bueno, yo también lo pensaría, a decir verdad!», dijo ella, ante lo cual ambos nos reímos.
«Es algo extraño, ahora que lo pienso», dije. «No siento el menor miedo contigo, sin embargo, podría haber huido de las señoritas Grant. Y también tuve miedo de tu prima».
«Oh, creo que cualquier hombre le tendrá miedo», exclamó. «Hasta mi padre le tiene miedo».
El nombre de su padre me hizo detenerme. La miré mientras caminaba a mi lado; recordé al hombre, lo poco que sabía y lo mucho que sospechaba de él; y al comparar una cosa con la otra, me sentí como un traidor al callar.
«Hablando de eso», dije, «me encontré con tu padre esta misma mañana».
«¿De veras?», exclamó, con una voz de alegría que pareció burlarse de mí. «¿Viste a James More? ¿Habrás hablado con él entonces?».
«Hice precisamente eso», dije.
Entonces creo que las cosas tomaron el peor giro posible para mí. Me dedicó una mirada de pura gratitud. «¡Ah, te lo agradezco!», dijo.
«Me agradeces muy poco», dije, y me detuve. Pero parecía que, al retener tanto, algo tenía que salir a la luz. «Le hablé bastante mal», dije; «no me gustaba mucho; le hablé bastante mal y se enfadó».
«¡Creo que tenías poco que hacer entonces, y menos que contárselo a su hija!», exclamó ella. «Pero no quiero conocer a aquellos que no lo aman y aprecian».
«Me tomaré la libertad de decir una palabra más», dije, empezando a temblar. «Quizás ni tu padre ni yo estemos de los mejores ánimos en casa de Prestongrange. Me atrevo a decir que ambos tenemos asuntos preocupantes allí, pues es una casa peligrosa. Yo también sentí lástima por él y fui el primero en hablarle, ojalá hubiera sido con más sabiduría. Y, por otra parte, en mi opinión, pronto verás que sus asuntos mejoran».
«No será por tu amistad, eso pienso», dijo ella; «y él te está muy agradecido por tu pena».
«Señorita Drummond», grité, «estoy solo en este mundo».
«Y no me extraña», dijo ella.
«¡Oh, déjame hablar!», dije. «Solo hablaré esta vez y luego te dejaré, si quieres, para siempre. Vine hoy con la esperanza de una palabra amable de la que estoy muy necesitado. Sé que lo que dije debe haberte dolido, y lo sabía entonces. Hubiera sido fácil hablar con suavidad, fácil mentirte; ¿no puedes pensar en cómo me vi tentado a ello? ¿No puedes ver la verdad de mi corazón brillar?».
«Creo que es mucho trabajo, señor Balfour», dijo ella. «Creo que nos habremos visto solo esta vez, y podremos despedirnos como gente de bien».
«¡Oh, deja que alguien crea en mí!», supliqué. «No puedo soportarlo de otro modo. El mundo entero está confabulado contra mí. ¿Cómo voy a sobrellevar mi terrible destino? Si no hay nadie que crea en mí, no puedo hacerlo. El hombre simplemente debe morir, porque no puedo hacerlo».
Ella había seguido mirando al frente, con la cabeza en alto; pero ante mis palabras o el tono de mi voz, se detuvo. «¿Qué es esto que dices?», preguntó. «¿De qué estás hablando?».
«Es mi testimonio, que puede salvar una vida inocente», dije, «y no me permiten darlo. ¿Qué harías tú misma? Sabes lo que es esto, cuyo padre se encuentra en peligro. ¿Abandonarías a esa pobre alma? Han probado todos los caminos conmigo. Han intentado sobornarme; me ofrecieron colinas y valles. Y hoy ese sabueso me dijo cómo estaba mi situación y hasta dónde llegaría para sacrificarme y deshonrarme. Se me quiere involucrar en el asesinato; se dice que entretuve a Glenure a cambio de dinero y ropas viejas; se me quiere matar y avergonzar. Si esta es la forma en que he de caer, siendo apenas un hombre, si esta es la historia que se contará de mí en toda Escocia, si tú también has de creerlo y mi nombre no ha de ser más que un escarnio... Catriona, ¿cómo puedo seguir adelante? La cosa no es posible; es más de lo que un hombre puede soportar».
Vertí mis palabras en un torbellino, una sobre otra; y cuando me detuve, la encontré mirándome con rostro sobresaltado.
«¡Glenure! Es el asesinato de Appin», dijo suavemente, pero con una sorpresa muy profunda.
Había vuelto atrás para acompañarla, y ahora habíamos llegado a la parte alta de la ladera sobre el pueblo de Dean. Ante esta palabra, me puse delante de ella como alguien repentinamente distraído.
«¡Por el amor de Dios!», grité, «¡por el amor de Dios, qué es esto que he hecho?», y llevé mis puños a las sienes. «¿Qué me hizo hacerlo? ¡Sin duda, estoy hechizado para decir estas cosas!».
«¡En nombre del cielo, ¿qué te pasa ahora?!», exclamó.
«Di mi palabra de honor», gemí, «di mi palabra de honor y ahora la he roto. ¡Oh, Catriona!».
«Te estoy preguntando qué es», dijo; «¿eran estas las cosas que no debías haber dicho? ¿Y crees que no tengo honor, entonces? ¿O que soy alguien que traicionaría a un amigo? Levanto mi mano derecha ante ti y lo juro».
«¡Oh, sabía que serías fiel!», dije. «Soy yo, es aquí. Yo, que hace apenas esta mañana los desafié y preferí morir deshonrado en la horca antes que actuar mal... ¡y pocas horas después tiro mi honor a la orilla del camino en una charla común! "Hay algo claro en nuestra entrevista", dice él, "que puedo confiar en tu palabra comprometida". ¿Dónde está mi palabra ahora? ¿Quién podría creerme ahora? Tú no podrías creerme. He caído por completo; ¡sería mejor que muriera!». Todo esto lo dije con voz llorosa, pero no tenía lágrimas en el cuerpo.
«Mi corazón siente dolor por ti», dijo ella, «pero asegúrate de que eres demasiado escrupuloso. ¿No te creería yo, dices? Confiaría en ti con cualquier cosa. ¿Y esos hombres? ¡No pensaría en ellos! ¡Hombres que se dedican a atraparte y destruirte! ¡Bah! Este no es momento para encogerse. ¡Levanta la vista! ¿No crees que te admiraré como a un gran héroe del bien, siendo tú un muchacho no mucho mayor que yo? Y porque dijiste una palabra de más al oído de una amiga, que moriría antes de traicionarte, ¡hacer tal caso! Es algo que ambos debemos olvidar».
«Catriona», dije, mirándola, cabizbajo, «¿es esto verdad? ¿Aún confiarías en mí?».
«¿No vas a creer las lágrimas en mi rostro?», exclamó. «Es en el mundo en lo que pienso respecto a ti, señor David Balfour. Que te cuelguen; nunca olvidaré, envejeceré y seguiré recordándote. Creo que es grandioso morir así: envidiaré esa horca».
«Y tal vez todo este tiempo no soy más que un niño asustado por fantasmas», dije. «Tal vez solo se burlan de mí».
«Es lo que debo saber», dijo ella. «Debo oírlo todo. El daño está hecho, de todos modos, y debo oírlo todo».
Me había sentado al borde del camino, donde ella tomó asiento a mi lado, y le conté todo aquel asunto casi como lo he escrito, omitiendo únicamente mis pensamientos sobre los tratos de su padre.
«Bueno», dijo, cuando terminé, «eres un héroe, ciertamente, ¡y nunca lo hubiera pensado! Y creo que estás en peligro, también. ¡Oh, Simon Fraser! ¡pensar en ese hombre! ¡Por su vida y el dinero sucio, estar metido en tal tráfico!». Y justo entonces exclamó en voz alta con una extraña palabra que era común en ella, y que pertenece, creo, a su propia lengua. «¡Mi tortura!», dice ella, «¡mira el sol!».
En efecto, ya se estaba hundiendo hacia las montañas.
Me pidió que volviera pronto, me dio su mano y me dejó en un torbellino de alegres espíritus. Me demoré en ir a mi alojamiento, pues tenía terror a un arresto inmediato; pero cené algo en una posada y la mayor parte de esa noche caminé solo por los campos de cebada, y tuve tal sensación de la presencia de Catriona que parecía llevarla en mis brazos.
CAPÍTULO VIII. EL BRAVO
Al día siguiente, 29 de agosto, cumplí mi cita en casa del Abogado con una levita que me había hecho a medida y que estaba recién lista.
«Aha», dice Prestongrange, «estás muy elegante hoy; mis señoritas han de tener un fino caballero. Vamos, tomo eso como un gesto amable de tu parte. Lo tomo como un gesto amable, señor David. Oh, todavía lo haremos muy bien, y creo que tus problemas están casi llegando a su fin».
«¿Tienes noticias para mí?», grité.
«Más allá de toda expectativa», respondió. «Tu testimonio, después de todo, será recibido; y puedes ir, si quieres, en mi compañía al juicio, que se celebrará en Inverary, el jueves 21 del mes próximo».
Estaba demasiado asombrado para encontrar palabras.
«Mientras tanto», continuó, «aunque no te pediré que renueves tu promesa, debo advertirte estrictamente que seas discreto. Mañana se tomará tu precognición; y fuera de eso, ¿sabes?, creo que lo poco dicho es lo que antes se remedia».
«Intentaré proceder con discreción», dije. «Creo que eres tú a quien debo agradecer por esta misericordia suprema, y te lo agradezco con gratitud. Después de ayer, mi señor, esto es como las puertas del Cielo. No puedo encontrar en mi corazón la capacidad de creerlo».
«Ah, pero debes intentar y lograr, debes intentar y lograr creerlo», dice él, con tono calmado, «y me alegra mucho escuchar tu reconocimiento de la obligación, pues creo que podrás pagármelo muy pronto» —tosió— «o incluso ahora. El asunto ha cambiado mucho. Tu testimonio, por el cual no te molestaré hoy, sin duda alterará el cariz del caso para todos los involucrados, y esto lo hace menos delicado para mí al tratar contigo un asunto secundario».
«Mi señor», interrumpí, «disculpe que le interrumpa, ¿pero cómo se ha conseguido esto? Los obstáculos de los que me habló el sábado me parecieron, incluso a mí, bastante insuperables; ¿cómo se ha tramado?».
«Mi querido señor David», dijo, «no estaría bien que yo divulgara (incluso a ti, como dices) los consejos del Gobierno; y debes contentarte, si te place, con el hecho en bruto».
Me sonreía como un padre mientras hablaba, jugando a la vez con una pluma nueva; me pareció imposible que pudiera haber sombra de engaño en el hombre; sin embargo, cuando acercó una hoja de papel, sumergió la pluma en la tinta y comenzó a dirigirse a mí de nuevo, de algún modo no estaba tan seguro y caí instintivamente en una actitud de guardia.
«Hay un punto que deseo tocar», comenzó. «Lo dejé a propósito de lado, lo cual ya no debería ser necesario. Esto no es, por supuesto, parte de tu examen, que seguirá por otra mano; esto es un interés privado mío. ¿Dices que encontraste a Alan Breck en la colina?».
«Lo hice, mi señor», dije.
«¿Fue inmediatamente después del asesinato?».
«Lo fue».
«¿Hablaste con él?».
«Lo hice».
«Lo conocías de antes, creo», dice mi señor, despreocupadamente.
«No puedo adivinar tu razón para pensar eso, mi señor», repliqué, «pero así es el hecho».
«¿Y cuándo te separaste de él de nuevo?», dijo él.
«Reservaré mi respuesta», dije. «La pregunta se me planteará en el tribunal».
«Señor Balfour», dijo él, «¿no entiendes que todo esto es sin perjuicio para ti? Te he prometido vida y honor; y, créeme, puedo cumplir mi palabra. Por lo tanto, estás libre de toda ansiedad. Alan, al parecer, supones que puedes protegerlo; y me hablas de tu gratitud, la cual creo (si me presionas) que no es inmerecida. Hay muchas consideraciones diferentes que apuntan todas en la misma dirección; y nunca me convencerás de que no podrías ayudarnos (si quisieras) a ponerle sal en la cola a Alan».
«Mi señor», dije, «le doy mi palabra de que ni siquiera sospecho dónde está Alan».
Hizo una pausa un instante. «¿Ni cómo podría ser encontrado?», preguntó.
Me senté ante él como un tronco de madera.
«¡Y tanto por tu gratitud, señor David!», observó. De nuevo hubo un momento de silencio. «Bueno», dijo, levantándose, «no soy afortunado y somos un par con propósitos cruzados. No hablemos más de ello; recibirás aviso de cuándo, dónde y por quién tomaremos tu precognición. Y mientras tanto, mis señoritas deben estar esperándote. Nunca me perdonarán si detengo a su caballero».
A manos de estas Gracias fui ofrecido en consecuencia, y las encontré vestidas más allá de lo que creía posible, y luciendo hermosas como un ramillete.
Al salir por las puertas, ocurrió una pequeña circunstancia que luego parecería extremadamente grande. Escuché un silbido fuerte y breve como una señal, y mirando a todas partes, espié por un momento la cabeza roja de Neil del Tom, hijo de Duncan. Al momento siguiente había desaparecido, ni pude ver siquiera el borde de la falda de Catriona, a quien naturalmente supuse que estaría acompañando entonces.
Mis tres guardianes me llevaron por Bristo y los Bruntsfield Links; desde donde un camino nos llevó a Hope Park, una hermosa zona de recreo, dispuesta con senderos de grava, amueblada con asientos y cobertizos de verano, y custodiada por un guarda. El camino hasta allí fue un poco largo; las dos señoritas más jóvenes afectaban un aire de cansancio gentil que me desanimaba cruelmente, la mayor me consideraba con algo que a veces parecía burla; y aunque pensé que me hice más justicia que el día anterior, no fue sin cierto esfuerzo. Al llegar al parque fui lanzado a un grupo de ocho o diez jóvenes caballeros (algunos de ellos oficiales con escarapelas, el resto principalmente abogados) que se agolpaban para atender a estas bellezas; y aunque fui presentado a todos ellos con muy buenas palabras, parecía que todos me olvidaron de inmediato. Los jóvenes en compañía son como animales salvajes: atacan o desprecian a un extraño sin cortesía, o podría decir, humanidad; y estoy seguro de que, si hubiera estado entre babuinos, me habrían mostrado tanta como ellos. Algunos de los abogados se daban aires de ingeniosos, y algunos de los soldados de ser fanfarrones; y no podría decir cuál de estos extremos me molestaba más. Todos tenían una forma de manejar sus espadas y faldas de levita, por lo cual (por mera envidia negra) podría haberlos pateado fuera del parque. Me atrevo a decir que, por su parte, me envidiaban extremadamente la fina compañía en la que había llegado; y, en general, pronto me quedé atrás y caminé rígidamente detrás de toda aquella algarabía con mis propios pensamientos.
De estos me llamó uno de los oficiales, el teniente Hector Duncansby, un joven de las Tierras Altas, desgarbado y lascivo, preguntando si mi nombre no era «Palfour».
Le dije que sí, no muy amablemente, pues su manera era poco cortés.
«Ha, Palfour», dice él, y luego, repitiéndolo, «¡Palfour, Palfour!».
«Me temo que no le gusta mi nombre, señor», digo, molesto conmigo mismo por molestarme con un tipo tan rústico.
«No», dice él, «pero estaba pensando».
«No le aconsejaría que hiciera una costumbre de eso, señor», digo. «Estoy seguro de que no encontraría que le siente bien».
«¿Escuchó alguna vez dónde encontró Alan Grigor las tenazas?», dijo él.
Le pregunté qué podría querer decir, y respondió, con una risa burlona, que pensaba que yo debía haber encontrado el atizador en el mismo lugar y habérmelo tragado.
No podía haber error en esto, y mi mejilla ardió.
«Antes de ponerme a ofender a los caballeros», dije, «creo que aprendería primero el idioma inglés».
Me tomó por la manga con un guiño y una seña y me llevó tranquilamente fuera de Hope Park. Pero apenas estuvimos fuera de la vista de los paseantes, la forma de su semblante cambió. «¡Sucio canalla de las tierras bajas!», grita él, y me propinó un golpe en la mandíbula con el puño cerrado.
Le pagué igual o mejor a la vuelta; tras lo cual dio un paso atrás y se quitó el sombrero ante mí decorosamente.
«Suficientes golpes, creo», dice él. «Seré el caballero ofendido, pues ¿quién escuchó jamás tal suficiencia como decirle a un caballero, que es oficial del rey, que no sabe hablar el inglés de Dios? Tenemos espadas en nuestras caderas, y aquí está el Parque del Rey a mano. ¿Caminará primero o dejo que le muestre el camino?».
Le devolví la reverencia, le dije que fuera primero y le seguí. Mientras iba, le oí gruñir para sí mismo sobre el inglés de Dios y la *casaca del Rey*, de modo que podría haber supuesto que estaba seriamente ofendido. Pero su actitud al comienzo de nuestra entrevista estaba ahí para desmentirlo. Era evidente que había venido preparado para buscarme una pelea, con razón o sin ella; evidente que yo había caído en una nueva trampa de mis enemigos; y para mí (consciente como estaba de mis deficiencias) bastante evidente que yo sería quien cayera en nuestro encuentro.
Al entrar en aquel desierto áspero y rocoso del Parque del Rey, me sentí tentado media docena de veces a poner pies en polvorosa y correr, tan reacio era a mostrar mi ignorancia en la esgrima, y tan opuesto a morir o incluso a ser herido. Pero consideré que si su malicia llegaba hasta este punto, probablemente no se detendría ante nada; y que caer por la espada, aunque sin elegancia, seguía siendo una mejora respecto a la horca. Consideré además que, por la impertinencia sin vigilancia de mis palabras y la rapidez de mi golpe, me había puesto totalmente fuera de lugar; y que incluso si corría, mi adversario probablemente me perseguiría y atraparía, lo que añadiría desgracia a mi infortunio. Así que, tomándolo todo en cuenta, continué marchando detrás de él, casi como un hombre sigue al verdugo, y ciertamente con no más esperanza.
Dimos la vuelta al final de los largos riscos y entramos en el Hunter’s Bog. Aquí, en un trozo de buen césped, mi adversario desenvainó. No había nadie allí para vernos más que algunos pájaros; y ningún recurso para mí más que seguir su ejemplo y ponerme en guardia con la mejor cara que pudiera mostrar. Parece que no fue lo suficientemente buena para el señor Duncansby, quien vio algún defecto en mis maniobras, hizo una pausa, me miró fijamente, fue y vino, y me amenazó con su hoja en el aire. Como no había visto tales procedimientos por parte de Alan, y además estaba bastante afectado por la proximidad de la muerte, me quedé totalmente desconcertado, me quedé indefenso y podría haber deseado huir.
«¿Qué demonios le pasa?», grita el teniente.
Y, trabando combate repentinamente, me arrebató la espada de las manos y la envió volando lejos entre los juncos.
Dos veces se repitió esta maniobra; y a la tercera, cuando recuperé mi arma humillada, vi que él había devuelto la suya a la vaina y me aguardaba con gesto algo airado y las manos cruzadas bajo el faldón.
«¡Condenado sea si le toco!», gritó, y me preguntó con amargura qué derecho tenía yo a enfrentarme a «caballeros» cuando no distinguía el pomo de la espada de su punta.
Respondí que eso era culpa de mi crianza; y si me haría la justicia de decir que le había dado toda la satisfacción que, por desgracia, estaba en mi mano ofrecer, y que me había mantenido firme como un hombre.
«Y esa es la verdad», dijo él. «Yo mismo soy muy valiente y audaz como los leones. Pero quedarse ahí —¡y usted no sabe nada de esgrima!— de la forma en que lo hizo, declaro que me superó. Y siento lo del golpe; aunque declaro que creo que el suyo era el hermano mayor, y mi cabeza todavía resuena con él. Y declaro que si hubiera sabido de qué trataba, no habría metido mano en tal asunto».
«Eso está muy bien dicho», repliqué, «y estoy seguro de que no volverá a presentarse para ser el actor de mis enemigos privados».
«Ciertamente no, Palfour», dijo; «¡y creo que yo mismo fui utilizado de manera extremadamente suficiente para ser puesto a pelear con una vieja, o lo mismo que con un niño! ¡Y se lo diré al Master, y pelearé con él, por Dios, yo mismo!».
«Y si conociera la naturaleza de la disputa del señor Simon conmigo», dije, «se sentiría aún más ofendido por verse mezclado en tales asuntos».
Juró que podía creerlo perfectamente; que todos los Lovat estaban hechos de la misma harina y el diablo era el molinero que la molía; luego, sacudiéndome la mano de repente, juró que después de todo yo era un buen tipo, que era una lástima que me hubieran descuidado, y que si encontraba tiempo, él mismo se ocuparía de que me educaran.
«Puede hacerme un servicio mejor incluso que el que propone», dije; y cuando me preguntó su naturaleza, le dije: «Venga conmigo a la casa de uno de mis enemigos y testifique cómo me he comportado hoy. Eso será un verdadero servicio. Pues aunque me ha enviado un galante adversario para el primero, el pensamiento en la mente del señor Simon es meramente el asesinato. Habrá un segundo y luego un tercero; y por lo que ha visto de mi destreza con el acero frío, puede juzgar usted mismo cuál será probablemente el resultado».
«¡Y a mí mismo no me gustaría, si no fuera más hombre de lo que usted era!», gritó. «Pero le haré justicia, Palfour. ¡Guíe el camino!».
Si había caminado lentamente camino de aquel parque maldito, mis talones eran bien ligeros al salir. Marcaban el compás de un aire antiguo muy bueno, tan antiguo como la Biblia, cuyas palabras son: «*Ciertamente ha pasado la amargura de la muerte*». Recuerdo que tenía muchísima sed y bebí en el pozo de Santa Margarita en el camino de bajada, y la dulzura de aquella agua era increíble. Atravesamos el santuario, subimos por el Canongate, entramos por el Netherbow y fuimos directos a la puerta de Prestongrange, hablando mientras caminábamos y arreglando los detalles de nuestro asunto. El criado reconoció que su amo estaba en casa, pero declaró que estaba ocupado con otros caballeros en asuntos muy privados y que su puerta estaba prohibida.
«Mi asunto es solo de tres minutos y no puede esperar», dije. «Puede decir que de ninguna manera es privado, y estaré incluso encantado de tener algunos testigos».
Mientras el hombre se marchaba bastante de mala gana con este recado, nos tomamos la libertad de seguirlo hasta la antecámara, desde donde pude oír durante un rato el murmullo de varias voces en la habitación contigua. La verdad es que eran tres en la misma mesa: Prestongrange, Simon Fraser y el señor Erskine, sheriff de Perth; y como estaban reunidos consultando precisamente sobre el asunto del asesinato de Appin, se sintieron un poco molestos por mi aparición, pero decidieron recibirme.
«Bien, bien, señor Balfour, ¿y qué le trae de nuevo por aquí? ¿Y quién es este al que trae con usted?», dice Prestongrange.
En cuanto a Fraser, miró hacia la mesa.
«Está aquí para dar un pequeño testimonio a mi favor, mi señor, que creo muy necesario que escuche», dije, y me volví hacia Duncansby.
«Solo tengo que decir esto», dijo el teniente, «que hoy me enfrenté a Palfour en el Hunter’s Pog, de lo cual ahora me arrepiento mucho, y se comportó tan bien como cualquier caballero podría pedir. Y tengo un gran respeto por Palfour», añadió.
«Le agradezco sus honestas expresiones», dije.
Tras lo cual Duncansby hizo una reverencia a la compañía y salió de la cámara, tal como habíamos acordado antes.
«¿Qué tengo yo que ver con esto?», dice Prestongrange.
«Se lo diré a su señoría en dos palabras», dije. «He traído a este caballero, oficial del Rey, para que me haga tanta justicia. Ahora creo que mi carácter está cubierto, y hasta una cierta fecha, que su señoría puede suministrar perfectamente, será totalmente en vano despachar contra mí más oficiales. No consentiré luchar para abrirme paso a través de la guarnición del castillo».
Las venas se hincharon en la frente de Prestongrange y me miró con furia.
«¡Creo que el diablo desató a este perro de muchacho entre mis piernas!», gritó; y luego, volviéndose ferozmente hacia su vecino, dijo: «Esto es algo de tu obra, Simon. Espío tu mano en el asunto y, déjame decirte, me ofende. Es desleal, cuando estamos de acuerdo en un expediente, seguir otro en la oscuridad. Eres desleal conmigo. ¡Qué! ¿Me dejas enviar a este muchacho al lugar con mis propias hijas? Y porque te solté una palabra... ¡Bah, señor, quédese con sus deshonras!».
Simon estaba mortalmente pálido. «No seré más una pelota de patadas entre usted y el Duque», exclamó. «O lleguen a un acuerdo, o lleguen a un desacuerdo, y resuélvanlo entre ustedes. Pero no iré más a buscar y traer, y a recibir sus instrucciones contradictorias, para que me culpen ambos. Porque si le dijera lo que pienso de todo su asunto de Hannover, haría que le cantara la cabeza».
Pero el sheriff Erskine había mantenido la calma y ahora intervino suavemente. «Y mientras tanto», dice, «creo que deberíamos decirle al señor Balfour que su carácter de valor está totalmente establecido. Puede dormir en paz. Hasta la fecha a la que tuvo la amabilidad de referirse, no será puesto más a prueba».
Su frialdad devolvió la prudencia a los demás; y se dieron prisa, con una cortesía algo distraída, en echarme de la casa.
CAPÍTULO IX. EL BREZO EN LLAMAS
Cuando dejé a Prestongrange aquella tarde, por primera vez estaba enfadado. El Abogado se había burlado de mí. Había fingido que mi testimonio debía ser recibido y yo respetado; y en esa misma hora, no solo Simon conspiraba contra mi vida a manos del soldado de las Highlands, sino que (como se desprendió de sus propias palabras) el propio Prestongrange tenía algún diseño en marcha. Conté a mis enemigos; Prestongrange con toda la autoridad del Rey detrás; y el Duque con el poder de las Highlands del Oeste; y el interés Lovat de su lado para ayudarles con tan gran fuerza en el norte, y toda la camarilla de viejos espías y traficantes jacobitas. Y cuando recordé a James More y la cabeza roja de Neil, el hijo de Duncan, pensé que quizás había un cuarto en la confederación, y lo que quedaba de la antigua y desesperada banda de salteadores de Rob Roy estaría aliado contra mí con los demás. Una cosa era necesaria: un amigo fuerte o un consejero sabio. El país debía estar lleno de ellos, capaces y deseosos de apoyarme, o Lovat, el Duque y Prestongrange no habrían estado husmeando expedientes; y me daba rabia pensar que podría rozarme con mis defensores en la calle y no ser más sabio.
Y justo entonces (como una respuesta) un caballero me rozó al pasar, me lanzó una mirada significativa y se metió en un callejón. Lo reconocí por el rabillo del ojo: era Stewart el Escribiente; y, bendiciendo mi buena fortuna, me desvié para seguirlo. Tan pronto como hube entrado en el callejón, lo vi de pie en la boca de una escalera, donde me hizo una señal e inmediatamente desapareció. Siete pisos más arriba, allí estaba de nuevo en la puerta de una casa, a la cual miró detrás de nosotros después de que hubiéramos entrado. La casa estaba completamente desmantelada, sin un mueble; de hecho, era una de las que Stewart tenía a su cargo para alquilar.
«Tendremos que sentarnos en el suelo», dijo; «pero aquí estamos a salvo por el momento, y he estado deseando verle, señor Balfour».
«¿Cómo está Alan?», pregunté.
«Bien», dijo. «Andie lo recoge mañana, miércoles, en las arenas de Gillane. Tenía muchas ganas de despedirse de usted, pero tal como iban las cosas, temía que quizás fuera mejor que ambos estuvieran separados. Y eso me lleva a lo esencial: ¿cómo progresa su asunto?».
«Bueno», dije, «me dijeron esta misma mañana que mi testimonio era aceptado y que debía viajar a Inverary con el Abogado, nada menos».
«¡Vaya tontería!», gritó Stewart. «Nunca creeré eso».
«Quizás tengo mis propias sospechas», dije, «pero me gustaría mucho oír sus razones».
«Bueno, le digo francamente que estoy loco de furia», grita Stewart. «Si mi mano pudiera derribar a su Gobierno, la arrancaría como una manzana podrida. Soy el agente de Appin y de James of the Glens; y, por supuesto, es mi deber defender a mi pariente para salvar su vida. Escuche cómo me va, y dejaré que usted mismo lo juzgue. Lo primero que tienen que hacer es librarse de Alan. No pueden acusar a James como autor y cómplice hasta que no hayan acusado primero a Alan como principal; eso es derecho sólido: nunca podrían poner el carro delante de los caballos».
«¿Y cómo van a acusar a Alan hasta que puedan atraparlo?», dije.
«Ah, pero hay una forma de evitar ese arresto», dijo. «Derecho sólido también. Sería algo bonito si, por el escape de un malhechor, otro saliera indemne; el remedio es citar al principal y declararlo fuera de la ley por incomparecencia. Hay cuatro lugares donde una persona puede ser citada: en su casa; en un lugar donde haya residido cuarenta días; en la capital del condado donde reside habitualmente; o, por último (si hay motivos para pensar que está fuera de Escocia), en la cruz de Edimburgo, *y en el muelle y orilla de Leith, durante sesenta días*. El propósito de esta última disposición es evidente a simple vista: que los barcos que salen puedan tener tiempo de llevar noticias de la transacción, y que la citación sea algo más que una formalidad. Ahora tome el caso de Alan. No tiene casa que yo sepa; le agradecería que alguien me mostrara dónde ha vivido cuarenta días seguidos desde el 45; no hay condado donde resida, ya sea habitual o extraordinariamente; si tiene domicilio en absoluto, lo cual dudo, debe ser con su regimiento en Francia; y si aún no está fuera de Escocia (como nosotros sabemos y ellos sospechan) debe ser evidente para el más torpe que es hacia donde se dirige. ¿Dónde, pues, y de qué manera debería ser citado? Se lo pregunto a usted, un profano».
«Ha dado las palabras exactas», dije. «Aquí, en la cruz, y en el muelle y orilla de Leith, durante sesenta días».
«¡Entonces usted es un abogado escocés más sólido que Prestongrange!», grita el Escribiente. «Ha hecho citar a Alan una vez; eso fue el veinticinco, el día que nos conocimos. Una vez, y se acabó. ¿Y dónde? ¿Dónde, sino en la cruz de Inverary, la capital de los Campbell? Una palabra en su oído, señor Balfour: no están buscando a Alan».
«¿Qué quiere decir?», grité. «¿No lo buscan?».
«Por lo que mejor puedo deducir», dijo. «No quieren encontrarlo, en mi humilde opinión. Piensan quizás que podría presentar una defensa justa, tras la cual James, el hombre al que realmente buscan, podría escapar. Esto no es un caso, ve usted, es una conspiración».
«Sin embargo, puedo decirle que Prestongrange preguntó por Alan con insistencia», dije; «aunque, ahora que lo pienso, se dio por satisfecho con bastante facilidad».
«¡Ya ve!», dice él. «¡Pero basta! Puedo estar en lo cierto o equivocado, eso es conjetura en el mejor de los casos, y permítame volver a mis hechos. Me llega a los oídos que James y los testigos —¡los testigos, señor Balfour!— yacen en mazmorras cerradas, y además encadenados, en la prisión militar de Fort William; nadie tiene permiso para verlos, ni ellos para escribir. Los testigos, señor Balfour; ¿oyó alguna vez algo igual? Le aseguro que ningún Stewart viejo y retorcido de la banda desafió a la ley más descaradamente. Es claramente contrario a los dos ojos del Acta del Parlamento de 1700 sobre el encarcelamiento ilegal. Tan pronto como recibí la noticia, solicité al Lord Justice Clerk. Tengo su palabra hoy. ¡Ahí tiene derecho! ¡Ahí tiene justicia!».
Puso un papel en mi mano, ese mismo papel hipócrita y de doble cara que se imprimió después en el panfleto «por un espectador», en beneficio (como dice el título) de la «pobre viuda y cinco hijos» de James.
«Mire», dijo Stewart, «no se atrevió a negarme el acceso a mi cliente, así que recomienda al oficial al mando que me deje entrar. ¡Recomienda! —el Lord Justice Clerk de Escocia recomienda. ¿No es evidente el propósito de tal lenguaje? Esperan que el oficial sea tan torpe, o tan extremadamente lo contrario, como para rechazar la recomendación. Tendría que hacer el viaje de vuelta entre aquí y Fort William. Entonces seguiría una nueva demora hasta que consiguiera nueva autoridad, y ellos habrían desautorizado al oficial —militar, notoriamente ignorante de la ley, y eso—, conozco el estilo. Entonces el viaje por tercera vez; y estaríamos pisándole los talones al juicio antes de haber recibido mi primera instrucción. ¿No tengo razón al llamar a esto conspiración?».
«Tiene ese cariz», dije.
«Y voy a seguir probándoselo por completo», dijo. «Tienen derecho a mantener a James en prisión, sin embargo, no pueden negarme visitarlo. No tienen derecho a mantener a los testigos; ¿pero voy a conseguir verlos, que deberían ser tan libres como el mismísimo Lord Justice Clerk? Mire, lea: *Por lo demás, se niega a dar órdenes a los guardianes de las prisiones que no están acusados de haber hecho nada contrario a los deberes de su cargo*. ¡Nada contrario! ¡Señores! ¿Y el Acta de mil setecientos? Señor Balfour, esto hace que mi corazón estalle; el brezo está en llamas dentro de mis entrañas».
«Y el significado llano de esa frase», dije, «¿es que los testigos deben seguir en prisión y usted no debe verlos?».
«¡Y no debo verlos hasta Inverary, cuando el tribunal esté establecido!», grita él, «¡y entonces escuchar a Prestongrange sobre *las ansiosas responsabilidades de su cargo y las grandes facilidades brindadas a la defensa*! Pero allí los engañaré, señor David. Tengo un plan para emboscar a los testigos en el camino, y ver si puedo sacar un poco de justicia del militar notoriamente ignorante de la ley que mandará la partida».
Fue realmente así; fue realmente al borde del camino cerca de Tynedrum, y con la connivencia de un oficial militar, que el señor Stewart vio por primera vez a los testigos del caso.
«No hay nada que me sorprenda en este asunto», comenté.
«¡Le sorprenderé antes de terminar!», grita él. «¿Ve esto?», produciendo una impresión aún húmeda de la prensa. «Este es el libelo: mire, ahí está el nombre de Prestongrange en la lista de testigos, y no encuentro palabra alguna de ningún Balfour. Pero aquí no está la cuestión. ¿Quién cree que pagó la impresión de este papel?».
«Supongo que probablemente sería el Rey Jorge», dije.
«¡Pero resulta que fui yo!», gritó. «No es que fuera impreso por y para ellos mismos, para los Grant y los Erskine, y ese ladrón de la negra medianoche, Simon Fraser. ¡Pero podría conseguir una copia! ¡No! Debía ir a ciegas a mi defensa; debía escuchar los cargos por primera vez en el tribunal junto al jurado».
«¿No va esto contra la ley?», pregunté.
«No puedo decir tanto», respondió. «Era un favor tan natural y tan constantemente prestado (hasta este asunto sin igual) que la ley nunca lo ha tenido en cuenta. ¡Y ahora admire la mano de la Providencia! Un extraño está en la imprenta de Fleming, espía una prueba en el suelo, la recoge y me la trae. De todas las cosas, era precisamente este libelo. Tras lo cual hice que se compusiera de nuevo —impreso a expensas de la defensa: *sumptibus moesti rei*; ¿alguien oyó algo igual?— y aquí está para cualquiera, el gran secreto fuera: todos pueden verlo ahora. Pero, ¿cómo cree que disfrutaría esto, que tiene la vida de mi pariente en mi conciencia?».
«La verdad, creo que lo disfrutaría mal», dije.
«Y ahora ve cómo es», concluyó, «y por qué, cuando me dice que su evidencia va a ser admitida, me río a carcajadas en su cara».
Ahora me tocaba a mí. Expuse ante él brevemente las amenazas y ofertas del señor Simon, y todo el incidente del sicario, con la escena subsiguiente en casa de Prestongrange. De mi primera charla, según lo prometido, no dije nada, ni de hecho era necesario. Durante todo el tiempo que estuve hablando, Stewart asintió con la cabeza como una figura mecánica; y tan pronto como mi voz cesó, abrió la boca y me dio su opinión en dos palabras, insistiendo con fuerza en ambas.
«Desaparezca usted», dijo.
«No le entiendo», dije.
«Entonces lo llevaré allí», dijo. «Desde mi punto de vista, usted debe desaparecer de todas formas. Oh, eso está fuera de debate. El Abogado, que no carece de algunas chispas de decencia remanente, le ha arrancado su salvoconducto a Simon y al Duque. Se ha negado a someterle a juicio y se ha negado a que le maten; y ahí está la clave de sus malas palabras mutuas, pues Simon y el Duque no pueden guardar fidelidad ni a amigos ni a enemigos. Así que no va a ser juzgado, y no va a ser asesinado; pero estoy en un amargo error si no va a ser secuestrado y llevado lejos como Lady Grange. Apueste lo que quiera: ¡ese era su expediente!».
«Me hace pensar», dije, y le conté lo del silbido y el criado pelirrojo, Neil.
«Donde quiera que esté James More, hay un gran bribón, nunca se engañe con eso», dijo. «Su padre no era un hombre tan malo, aunque un poco en el lado equivocado de la ley, y no era amigo de mi familia, ¡para que yo desperdicie mi aliento defendiéndolo! Pero en cuanto a James, es un bellaco y un sinvergüenza. Me gusta la apariencia de este Neil pelirrojo tan poco como a usted. Parece siniestro: ¡fuj!, huele mal. Fue el viejo Lovat quien manejó el asunto de Lady Grange; si el joven Lovat va a manejar el suyo, todo quedará en familia. ¿Por qué está James More en prisión? El mismo delito: abducción. Sus hombres han tenido práctica en el asunto. Tendrá que prestárselos para que sean los instrumentos de Simon; y lo próximo que oiremos será que James ha hecho las paces o que ha escapado; y usted estará en Benbecula o Applecross».
«Hace un caso sólido», admití.
«Y lo que quiero», continuó, «es que usted desaparezca antes de que puedan echarle el guante. Manténgase tranquilo hasta justo antes del juicio, y déjeles caer encima al final del mismo, cuando menos le esperen. Esto siempre suponiendo, Sr. Balfour, que su testimonio merezca tan gran medida de riesgo y molestia».
«Le diré una cosa», dije yo. «Vi al asesino y no fue Alan».
«¡Entonces, por Dios, mi primo está salvado!», gritó Stewart. «Tiene usted su vida en la lengua; y no hay tiempo, riesgo ni dinero que escatimar para llevarle al juicio». Vació sus bolsillos en el suelo. «Aquí está todo lo que llevo conmigo», prosiguió. «Tómelo, lo necesitará antes de terminar. Vaya directo por este callejón, hay una salida por allí hacia Lang Dykes, y por lo que a mí respecta, ¡no deje que le vean más por Edimburgo hasta que el alboroto haya pasado!».
«¿A dónde voy, entonces?», pregunté.
«¡Ojalá pudiera decírselo!», dijo él, «pero todos los lugares a los que podría enviarle serían precisamente los lugares donde ellos buscarían. No, tiene que arreglárselas usted solo, ¡y que Dios sea su guía! Cinco días antes del juicio, el dieciséis de septiembre, hágame llegar un mensaje al King’s Arms en Stirling; y si ha logrado arreglárselas hasta entonces, me aseguraré de que llegue a Inverary».
«Una cosa más», dije. «¿No puedo ver a Alan?».
Pareció desconcertado. «Hech, preferiría que no», dijo. «Pero nunca podré negar que Alan tiene muchas ganas de ello, y va a pasar esta noche por Silvermills a propósito. Si está seguro de que no le siguen, Sr. Balfour —pero asegúrese de ello—, quédese en un buen lugar y vigile su camino durante una hora larga antes de arriesgarse. ¡Sería un asunto terrible si tanto usted como él se perdieran!».
CAPÍTULO X. EL HOMBRE PELIRROJO
Eran cerca de las tres y media cuando salí a Lang Dykes. Dean era adonde quería ir. Dado que Catriona vivía allí, y sus parientes los Macgregor de Glengyle parecían estar casi con toda seguridad empleados contra mí, era precisamente uno de los pocos lugares de los que debería haberme mantenido alejado; y siendo un hombre muy joven, y empezando a estar muy enamorado, giré el rostro en esa dirección sin detenerme. Como esclavo de mi conciencia y de mi sentido común, sin embargo, tomé una medida de precaución. Al pasar por la cima de una pequeña elevación en el camino, me dejé caer repentinamente entre la cebada y me quedé esperando. Al cabo de un rato, pasó un hombre que parecía ser un montañés, pero nunca le había visto hasta esa hora. Poco después vino Neil, el de la cabeza roja. El siguiente en pasar fue el carro de un molinero, y después de eso nada más que gente del campo manifiesta. Esto era suficiente para haber hecho desistir de su propósito al más temerario, pero mi inclinación iba demasiado fuerte en la otra dirección. Razoné que si Neil estaba en ese camino, era el camino correcto para encontrarle, conduciendo directamente a la hija de su jefe; en cuanto al otro montañés, si me dejaba espantar por cada montañés que veía, difícilmente llegaría a ninguna parte. Y habiéndome satisfecho completamente con este debate falaz, me di más prisa, y llegué poco después de las cuatro a casa de la Sra. Drumond-Ogilvy.
Ambas damas estaban dentro de la casa; y al verlas juntas junto a la puerta abierta, me quité el sombrero y dije: «Aquí viene un muchacho a buscar seis peniques», lo cual pensé que podría complacer a la viuda.
Catriona salió corriendo a saludarme cordialmente y, para mi sorpresa, la anciana no pareció menos resuelta que ella. Me enteré mucho después de que había despachado a un jinete al amanecer hacia Rankeillor en Queensferry, a quien sabía que era el agente de Shaws, y que tenía entonces en su bolsillo una carta de ese buen amigo mío, presentando, bajo la luz más favorable, mi carácter y mis perspectivas. Pero si la hubiera leído, difícilmente habría visto más claro sus designios. Quizás era un paleto; al menos, no tanto como ella pensaba; y estaba incluso al alcance de mi ingenio sencillo que ella estaba decidida a forjar un matrimonio entre su prima y un muchacho imberbe que era algo así como un terrateniente en Lothian.
«Será mejor que el Seis Peniques tome su caldo con nosotras, Catrine», dice ella. «Corre y díselo a las criadas».
Y durante el poco tiempo que estuvimos a solas, se esforzó bastante en adularme; siempre con astucia, siempre con la apariencia de una broma, llamándome todavía Seis Peniques, pero con tal giro que más bien debía elevarme en mi propia opinión. Cuando Catriona regresó, el designio se hizo si cabe más obvio; y exhibió las ventajas de la joven como un tratante de caballos con un caballo. Mi rostro se encendió al pensar que ella me considerara tan obtuso. Ahora imaginaba que la muchacha estaba siendo exhibida inocentemente, y entonces podría haber golpeado a la vieja arpía con un garrote; y ahora, que quizás estas dos habían juntado sus cabezas para atraparme, y ante eso me sentaba y me ensombrecía entre ellas como la viva imagen del mal humor. Al final, la casamentera tuvo un dispositivo mejor, que consistía en dejarnos solos a los dos. Cuando mis sospechas están de alguna manera despertadas, a veces es un poco más que fácil calmarlas. Pero aunque sabía de qué estirpe era, y esa era una estirpe de ladrones, nunca pude mirar a la cara a Catriona y dejar de creerla.
«¿No debo preguntar?», dice ella, ansiosa, en el mismo momento en que nos dejaron solos.
«Ah, pero hoy puedo hablar con la conciencia libre», respondí. «Me he librado de mi promesa, y de hecho (después de lo que ha sucedido desde la mañana) no la habría renovado aunque me lo hubieran pedido».
«Dímelo», dijo ella. «Mi primo no tardará tanto».
Así que le conté la historia del teniente desde el primer paso hasta el último, haciéndola tan alegre como pude, y, de hecho, había motivos de alegría en aquel absurdo.
«¡Y creo que después de todo no estarás menos capacitado para los hombres rudos que para las damas bonitas!», dice ella, cuando terminé. «¡Pero qué era tu padre que no pudo enseñarte a desenvainar la espada! Es de lo más descortés; no he oído nada igual en nadie».
«Es de lo más inconveniente al menos», dije; «y creo que mi padre (¡honesto hombre!) debía estar pensando en las musarañas al enseñarme latín en lugar de eso. Pero ya ves que hago lo mejor que puedo, y simplemente me quedo de pie como la mujer de Lot y dejo que se desahoguen conmigo».
«¿Sabes qué me hace sonreír?», dijo ella. «Bueno, es esto. Estoy hecha de tal manera que debería haber sido un niño varón. En mis propios pensamientos es así como soy siempre; y sigo contándome sobre esto que va a suceder y aquello otro. Luego llega el momento de la pelea, y me doy cuenta de que soy solo una chica, después de todo, y no puedo sostener una espada ni dar un buen golpe; y entonces tengo que retorcer mi historia para que la pelea se detenga, y aun así yo salir ganando, igual que tú y el teniente; y yo soy el muchacho que hace los discursos bonitos todo el tiempo, como el Sr. David Balfour».
«Eres una doncella sedienta de sangre», dije.
«Bueno, sé que es bueno coser e hilar, y hacer muestrarios», dijo ella, «pero si no fueras a hacer nada más en el gran mundo, creo que tú mismo dirás que es un negocio tedioso; y no es que yo quiera matar, creo. ¿Alguna vez mataste a alguien?».
«Eso he hecho, da la casualidad. Dos, nada menos, y yo todavía un muchacho que debería estar en la universidad», dije. «Pero aun así, al mirar atrás, no me avergüenzo de ello».
«¿Pero cómo te sentiste, entonces... después de aquello?», preguntó.
«En verdad, me senté y lloré como un niño», dije.
«Yo también lo sé», gritó ella. «Siento de dónde deberían venir esas lágrimas. Y, en cualquier caso, no desearía matar, solo ser Catherine Douglas que puso su brazo a través de las grapas del cerrojo, donde estaba roto. Ese es mi héroe principal. ¿No te encantaría morir así, por tu rey?», preguntó.
«En verdad», dije, «mi afecto por mi rey, Dios bendiga su cara de mono, está bajo más control; y pensé que ya veía la muerte tan cerca de mí este día, que más bien estoy ocupado con la idea de vivir».
«Correcto», dijo ella, «¡la mente correcta de un hombre! Solo que debes aprender el uso de las armas; no me gustaría tener un amigo que no pueda golpear. ¿Pero no habrá sido con la espada con lo que mataste a esos dos?».
«De hecho, no», dije, «sino con un par de pistolas. Y fue una suerte que los hombres estuvieran tan cerca de mí, pues soy casi tan hábil con las pistolas como con la espada».
Así que entonces me sacó la historia de nuestra batalla en el bergantín, que yo había omitido en mi primer relato de mis asuntos.
«Sí», dijo ella, «eres valiente. Y tu amigo, le admiro y le quiero».
«Bueno, ¡y creo que cualquiera lo haría!», dije. «Tiene sus defectos como otros; pero es valiente, leal y amable, ¡que Dios le bendiga! Ese será un día extraño cuando yo olvide a Alan». Y el pensamiento de él, y que estaba en mi elección hablar con él esa noche, casi me había superado.
«¡Y dónde estará mi cabeza que no he contado mis noticias!», gritó, y habló de una carta de su padre, indicando que ella podría visitarle mañana en el castillo al que ahora había sido trasladado, y que sus asuntos estaban mejorando. «No te gusta oírlo», dijo ella. «¿Vas a juzgar a mi padre sin conocerle?».
«Estoy a mil millas de juzgar», respondí. «Y le doy mi palabra de que me regocijo de saber que su corazón está aliviado. Si mi rostro decayó en absoluto, como supongo que debió hacerlo, admitirá que este es un día bastante malo para las composiciones, y las personas en el poder personas extremadamente malas con las que componer. Todavía tengo a Simon Fraser extremadamente pesado en mi estómago».
«¡Ah!», gritó, «no estarás comparando a estos dos; y deberías tener en cuenta que Prestongrange y James More, mi padre, son de la misma sangre».
«Nunca oí hablar de eso», dije.
«Es bastante singular lo poco que conoces», dijo ella. «Una parte puede llamarse Grant, y otra Macgregor, pero siguen siendo del mismo clan. Todos son hijos de Alpin, de quien, creo, nuestro país tiene su nombre».
«¿Qué país es ese?», pregunté.
«Mi país y el tuyo», dijo ella.
«Este es mi día de descubrimientos, creo», dije, «pues siempre pensé que el nombre de él era Escocia».
«Escocia es el nombre de lo que llamas Irlanda», respondió ella. «Pero el antiguo y verdadero nombre de este lugar en el que tenemos las plantas de los pies, y del que están hechos nuestros huesos, será Alban. Alban lo llamaban cuando nuestros antepasados luchaban por él contra Roma y Alejandro; y todavía se le llama así en tu propia lengua que olvidas».
«¡En verdad», dije, «y eso nunca lo aprendí!». Pues me faltó valor para corregirla sobre el macedonio.
«Pero tus padres y madres lo hablaban, una generación con otra», dijo ella. «Y se cantaba alrededor de las cunas antes de que tú o yo fuéramos siquiera soñados; y tu nombre todavía lo recuerda. Ah, si pudieras hablar ese idioma, me encontrarías otra chica. El corazón habla en esa lengua».
Comí algo con las dos damas, todo muy bueno, servido en fina vajilla antigua, y el vino excelente, pues parece que la Sra. Ogilvy era rica. Nuestra conversación, también, fue bastante agradable; pero tan pronto como vi al sol declinar bruscamente y las sombras alargarse, me levanté para despedirme. Pues mi mente estaba ya decidida a decir adiós a Alan; y era necesario que viera el bosque de la cita, y lo reconociera, a la luz del día. Catriona vino conmigo hasta la puerta del jardín.
«¿Falta mucho hasta que te vea ahora?», preguntó.
«Está más allá de mi juicio», respondí. «Será largo, puede que nunca».
«Puede ser así», dijo ella. «¿Y estás apenado?».
Incliné la cabeza, mirándola.
«Yo también, en todo caso», dijo ella. «Te he visto poco tiempo, pero te pongo muy alto. Eres verdadero, eres valiente; con el tiempo creo que serás todavía más hombre. Estaré orgullosa de oír eso. Si te fuera peor, si llegara a suceder como tememos... ¡Oh, bueno! piensa que tienes al menos un amigo. Mucho después de que estés muerto y yo sea una vieja esposa, estaré contándoles a los niños sobre David Balfour, y mis lágrimas corriendo. Estaré contando cómo nos separamos, y lo que te dije, y te hice. Dios vaya contigo y te guíe, *reza tu pequeña amiga*: así dije, estaré contándoles, y esto es lo que hice».
Tomó mi mano y la besó. Esto sorprendió tanto a mi ánimo que grité como alguien herido. El color subió con fuerza a su rostro, y me miró y asintió.
«Oh, sí, Sr. David», dijo ella, «eso es lo que pienso de usted. La cabeza va con los labios».
Podía leer en su rostro un espíritu elevado, y una caballería como la de una niña valiente; nada más. Besó mi mano, como había besado la del Príncipe Charlie, con una pasión más alta de la que tiene cualquier sentido el barro de clase común. Nada antes me había enseñado cuán profundamente era su amante, ni cuán lejos tenía aún que escalar para hacer que ella pensara en mí con tal carácter. Sin embargo, podía decirme a mí mismo que había avanzado algún trecho, y que su corazón había latido y su sangre fluido ante pensamientos sobre mí.
Después de aquel honor que me había hecho, no pude ofrecer más trivialidades. Incluso me fue difícil hablar; un cierto nudo en mi voz había llamado directamente a la puerta de mis propias lágrimas.
«¡Alabo a Dios por tu bondad, querida», dije. «¡Adiós, mi pequeña amiga!», dándole ese nombre que ella misma se había dado; con lo cual hice una reverencia y la dejé.
Mi camino fue por la cañada del río Leith, hacia Stockbridge y Silvermills. Un sendero conducía al pie de ella, el agua burbujeaba y cantaba en medio; los rayos del sol arriba golpeaban desde el oeste entre largas sombras y (a medida que el valle giraba) hacían como una nueva escena y un nuevo mundo de ello en cada esquina. Con Catriona detrás y Alan ante mí, era como alguien elevado. El lugar además, y la hora, y la charla del agua, me complacieron infinitamente; y demoré mis pasos y miré delante y detrás de mí mientras caminaba. Esta fue la causa, bajo la Providencia, de que espiara un poco a mi espalda una cabeza roja entre unos arbustos.
La ira brotó en mi corazón, y me di la vuelta directamente y caminé a paso firme hacia donde había venido. El sendero pasaba cerca de los arbustos donde había notado la cabeza. La cobertura llegaba al borde del camino, y al pasar, estaba todo tenso para encontrar y resistir un ataque. Tal cosa no ocurrió, pasé sin que me molestaran; y ante eso el miedo aumentó en mí. Todavía era de día, en efecto, pero el lugar era extremadamente solitario. Si mis perseguidores habían dejado escapar esa clara ocasión, solo podía juzgar que apuntaban a algo más que a David Balfour. Las vidas de Alan y James pesaban sobre mi espíritu con el peso de dos bueyes adultos.
Catriona seguía en el jardín caminando sola.
«Catriona», dije, «me ves de vuelta».
«Con una cara cambiada», dijo ella.
«Llevo las vidas de dos hombres además de la mía», dije. «Sería un pecado y una vergüenza no caminar con cuidado. Dudaba si hacía bien en venir aquí. Me gustaría poco que fuera por ese medio que nos trajeran daño».
«Podría decirte uno que se gustaría menos, y se gustará poco de oírte hablar en este mismo momento», gritó. «¿Qué he hecho, en todo caso?».
«Oh, tú, tú no estás sola», respondí. «Pero desde que me fui me han vuelto a seguir, y puedo darte el nombre de quien me sigue. Es Neil, hijo de Duncan, tu hombre o el de tu padre».
«Seguro que estás equivocado ahí», dijo ella, con el rostro pálido. «Neil está en Edimburgo haciendo recados de mi padre».
«Es lo que temo», dije, «lo último de ello. Pero en cuanto a que esté en Edimburgo, creo que puedo mostrarte otra cosa sobre eso. ¿Seguro que tienes alguna señal, una señal de necesidad, tal que le traería a tu ayuda, si estuviera en cualquier lugar al alcance de oídos y piernas?».
«¿Por qué, cómo sabes eso?», dice ella.
«Por medio de un talismán mágico que Dios me dio cuando nací, y el nombre por el que lo llaman es Sentido Común», dije. «Oblígame hasta el punto de hacer su señal, y le mostraré la cabeza roja de Neil».
Sin duda hablé amargo y agudo. Mi corazón estaba amargado. Me culpé a mí mismo y a la chica y nos odié a ambos: a ella por la vil tripulación de la que provenía, a mí mismo por mi desenfrenada locura de haber metido la cabeza en semejante enjambre de avispas.
Catriona llevó sus dedos a sus labios y silbó una vez, con una nota extremadamente clara, fuerte y ascendente, tan llena como la de un labrador. Un rato estuvimos en silencio; y estaba a punto de pedirle que repitiera lo mismo, cuando escuché el sonido de alguien irrumpiendo a través de los arbustos abajo en la ladera. Señalé en esa dirección con una sonrisa, y de inmediato Neil saltó al jardín. Sus ojos ardían, y tenía un cuchillo negro (como lo llaman en el lado de las Tierras Altas) desnudo en la mano; pero, al verme junto a su señora, se quedó como un hombre golpeado.
«Ha venido a tu llamada», dije; «juzga qué tan cerca estaba de Edimburgo, o cuál era la naturaleza de los recados de tu padre. Pregúntale a él mismo. Si he de perder mi vida, o las vidas de aquellos que dependen de mí, por medio de tu clan, déjame ir adonde tengo que ir con los ojos abiertos».
Ella se dirigió a él temblorosamente en gaélico. Recordando la ansiosa cortesía de Alan en ese particular, podría haberme reído a carcajadas por amargura; aquí, seguro, en medio de estas sospechas, era la hora en que ella debería haberse quedado con el inglés.
Dos o tres veces hablaron juntos, y pude distinguir que Neil (a pesar de toda su obsecuencia) era un hombre enojado.
Entonces ella se volvió hacia mí. «Él jura que no lo es», dijo.
«Catriona», dije, «¿crees tú misma al hombre?».
Hizo un gesto como de retorcerse las manos.
«¿Cómo voy a poder saberlo?», gritó.
«Pero debo encontrar algún medio para saberlo», dije. «¡No puedo seguir dando vueltas en la noche oscura con las vidas de dos hombres en mi cintura! Catriona, trata de ponerte en mi lugar, como juro ante Dios que intento esforzarme en ponerme en el tuyo. Esta no es ninguna clase de conversación que debería haber caído nunca entre tú y yo; ninguna clase de conversación; mi corazón está enfermo con ello. Mira, mantenlo aquí hasta las dos de la mañana, y no me importa. Pruébalo con eso».
Hablaron juntos una vez más en gaélico.
—Él dice que trae un recado de James More, mi padre —dijo ella. Estaba más pálida que nunca, y su voz titubeó al decirlo.
—Está bastante claro ahora —dije yo—, ¡y que Dios perdone a los malvados!
Ella no respondió a eso, sino que continuó mirándome con el mismo rostro blanco.
—Este es un buen asunto —dije de nuevo—. ¿He de caer, pues, y esos dos conmigo?
—¡Oh, qué voy a hacer! —exclamó—. ¿Podría ir en contra de las órdenes de mi padre, estando él en prisión, en peligro de muerte?
—Pero quizá vamos demasiado rápido —dije yo—. Esto puede ser otra mentira también. Puede que no tenga órdenes legítimas; todo puede ser un artificio de Simon, y tu padre no saber nada.
Se echó a llorar entre los dos, y mi corazón me dolió intensamente, pues pensé que esta muchacha se encontraba en una situación espantosa.
—Aquí —dije—, retenlo tan solo una hora; yo me arriesgaré, y que Dios te bendiga.
Me tendió la mano. —Necesitaré una buena palabra —sollozó.
—¿La hora completa, entonces? —dije, manteniendo su mano en la mía—. ¡Tres vidas dependen de ello, muchacha mía!
—¡La hora completa! —dijo, y clamó en voz alta a su Redentor para que la perdonara.
Pensé que no era un lugar apropiado para mí, y huí.
CAPÍTULO XI. EL BOSQUE JUNTO A SILVERMILLS
No perdí tiempo, bajé por el valle y pasé por Stockbridge y Silvermills tan rápido como pude. Era la cita de Alan estar todas las noches entre las doce y las dos «en un pequeño bosquecillo al este de Silvermills y al sur del canal del molino». Esto lo encontré bastante fácil, donde crecía en una ladera empinada, con el canal del molino fluyendo rápido y profundo a sus pies; y aquí comencé a caminar más despacio y a reflexionar con más sensatez sobre mi ocupación. Vi que había hecho un trato de necios con Catriona. No cabía suponer que Neil fuera enviado solo en su recado, sino que tal vez era el único hombre perteneciente a James More; en cuyo caso habría hecho todo lo posible por ahorcar al padre de Catriona, y nada en absoluto que me ayudara a mí. A decir verdad, no me atraía ninguna de estas ideas. Supongamos que al retener a Neil, la muchacha hubiera ayudado a ahorcar a su padre; pensé que nunca se perdonaría a sí misma en lo que le quedara de vida. Y supongamos que hubiera otros persiguiéndome en ese momento, ¿qué clase de regalo le estaba llevando a Alan? ¿y cómo me gustaría eso a mí?
Estaba llegando al extremo oeste de aquel bosque cuando estas dos consideraciones me golpearon como un garrote. Mis pies se detuvieron por sí solos y mi corazón con ellos. «¿Qué clase de juego salvaje es este al que he estado jugando?», pensé; y me di la vuelta al instante para ir a otra parte.
Esto me dejó frente a Silvermills; el camino pasaba por la aldea con una curva, pero todo era claramente visible; y, ya fueran montañeses o habitantes de las tierras bajas, no había nadie moviéndose. Aquí estaba mi ventaja, esta era justamente la coyuntura de la que Stewart me había aconsejado aprovecharme, y corrí por el lado del canal del molino, di la vuelta más allá de la esquina este del bosque, me abrí paso por en medio de él y regresé al borde oeste, desde donde podía volver a dominar el camino y, sin embargo, permanecer invisible. De nuevo todo estaba vacío, y mi corazón comenzó a animarse.
Durante más de una hora me senté escondido en el borde de los árboles, y ni una liebre ni un águila habrían podido vigilar con más detalle. Cuando comenzó esa hora el sol ya se había puesto, pero el cielo aún estaba todo dorado y la luz del día era clara; antes de que terminara la hora se había vuelto casi oscuro, las imágenes y las distancias de las cosas se mezclaban, y la observación comenzó a ser difícil. Todo ese tiempo no había pasado ni un pie de hombre hacia el este desde Silvermills, y los pocos que habían ido hacia el oeste eran honrados campesinos con sus esposas camino de la cama. Si me rastreaban los espías más astutos de Europa, juzgué que estaba fuera del curso de la naturaleza que pudieran tener alguna sospecha de dónde me encontraba: y adentrándome un poco más en el bosque, me acosté a esperar a Alan.
La tensión de mi atención había sido grande, pues no solo había vigilado el camino, sino cada arbusto y campo dentro de mi visión. Eso ya había terminado. La luna, que estaba en su primer cuarto, brillaba un poco en el bosque; por todas partes reinaba la quietud del campo; y mientras yacía allí boca arriba, durante las siguientes tres o cuatro horas, tuve una excelente oportunidad para revisar mi conducta.
Dos cosas se me hicieron evidentes primero: que no tenía derecho a ir ese día a Dean, y (habiendo ido allí) ahora no tenía derecho a estar tumbado donde estaba. Este (donde Alan debía venir) era justo el único bosque de toda la vasta Escocia que, por todo sentimiento apropiado, me estaba vedado; lo admití, y sin embargo me quedé, maravillado de mí mismo. Pensé en la medida con la que había tratado a Catriona esa misma noche; cómo había parloteado sobre las dos vidas que llevaba, obligándola así a poner en peligro la de su padre; y cómo estaba aquí exponiéndolos de nuevo, parecía que por puro capricho. Una buena conciencia es ocho partes del coraje. Tan pronto como perdí la buena opinión de mi comportamiento, parecí quedar desarmado en medio de un tropel de terrores. De repente me senté. ¿Y si fuera ahora mismo a Prestongrange, lo encontrara (como aún podría fácilmente) antes de que durmiera, y presentara mi total sumisión? ¿Quién podría culparme? No Stewart el Escribano; solo tendría que decir que me perseguían, que perdí la esperanza de salir ileso, y por eso me entregué. Ni Catriona: aquí también tenía lista mi respuesta; que no podía soportar que ella expusiera a su padre. Así, en un momento, podría dejar de lado todos estos problemas, que a fin de cuentas no eran realmente míos; salir a salvo del asesinato de Appin; ponerme fuera del alcance de todos los Stewart y Campbell, de todos los whigs y tories del país; y vivir de ahora en adelante a mi propio arbitrio, ser capaz de disfrutar y mejorar mi fortuna, y dedicar algunas horas de mi juventud a cortejar a Catriona, lo que seguramente sería una ocupación más adecuada que esconderse, correr y ser seguido como un ladrón acosado, y comenzar de nuevo las terribles miserias de mi huida con Alan.
Al principio no me avergoncé de esta capitulación; solo me asombraba no haber pensado en ello y haberlo hecho antes; y comencé a indagar en las causas del cambio. Las atribuí a mi abatimiento, eso a mi reciente temeridad, y eso a su vez al común, viejo, público y desdeñado pecado de la autocomplacencia. Al instante me vino a la cabeza el texto: «¿Cómo puede Satanás echar fuera a Satanás?». ¿Qué? (pensé), ¿había yo, por autocomplacencia, por seguir caminos placenteros y por el señuelo de una joven, echado por tierra toda mi reputación y puesto en peligro la vida de James y Alan? ¿Y buscaba la salida por el mismo camino por el que había entrado? No; el daño que había sido causado por la autocomplacencia debía ser curado por la autonegación; la carne que había mimado debía ser crucificada. Miré a mi alrededor en busca del camino que menos me gustaba seguir: este era abandonar el bosque sin esperar a ver a Alan, y salir de nuevo solo, en la oscuridad y en medio de mis perplejas y peligrosas fortunas.
He sido más cuidadoso al narrar este pasaje de mis reflexiones porque creo que es de alguna utilidad, y puede servir como ejemplo para los hombres jóvenes. Pero hay razón (dicen) en plantar col, e incluso en la ética y la religión, lugar para el sentido común. Ya estaba cerca de la hora de Alan, y la luna se había ocultado. Si me iba (como no podía muy decentemente silbar a mis espías para que me siguieran) podrían perderme en la oscuridad y unirse a Alan por error. Si me quedaba, al menos podría poner a mi amigo sobre aviso, lo cual podría resultar ser su propia salvación. Había aventurado la seguridad de otras personas en un curso de autocomplacencia; haberlos puesto en peligro de nuevo, y ahora por un mero designio de penitencia, apenas habría sido racional. En consecuencia, apenas me había levantado de mi lugar cuando me senté de nuevo, pero ya en un estado de ánimo diferente, maravillándome igualmente de mi pasada debilidad y regocijándome en mi actual compostura.
Poco después vino un crujido en el matorral. Acercando mi boca al suelo, silbé una o dos notas del aire de Alan; una respuesta vino en el mismo tono precavido, y pronto nos encontramos juntos en la oscuridad.
—¿Eres tú al fin, Davie? —susurró.
—Solo yo —dije.
—¡Dios, hombre, cuánto he estado deseando verte! —dice él—. He pasado una temporada larguísima. ¡Todo el día he tenido mi morada dentro de una parva de heno, donde no podía ver ni la punta de mis diez dedos; y luego dos horas esperando aquí por ti, y tú sin aparecer! Caray, y no llegas demasiado pronto tal como están las cosas, ¡conmigo debiendo zarpar al alba! ¿Al alba? ¿Qué estoy diciendo?, hoy, quiero decir.
—Sí, Alan, hombre, hoy, ciertamente —dije—. Ya han pasado las doce, sin duda, y zarparás hoy. Este será un largo camino el que tienes por delante.
—Primero tendremos una larga charla —dijo él.
—Bueno, en verdad, tengo mucho que contarte —dije.
Y le conté lo necesario, haciendo un poco de revoltijo, pero bastante claro cuando terminé. Me escuchó hasta el final con muy pocas preguntas, riéndose aquí y allá como un hombre encantado: y el sonido de su risa (sobre todo allí, en la oscuridad, donde ninguno de los dos podíamos ver al otro) fue extraordinariamente amistoso para mi corazón.
—Sí, Davie, eres un personaje peculiar —dice, cuando hube terminado—: una criatura peculiar después de todo, y no recuerdo haber conocido a alguien como tú. En cuanto a tu historia, Prestongrange es un whig como tú, así que diré poco de él; y, ¡caray!, creo que fue el mejor amigo que tuviste, si solo pudieras confiar en él. Pero Simon Fraser y James More son de mi misma calaña, y les daré el nombre que se merecen. El gran diablo negro fue padre de los Fraser, todo el mundo lo sabe; y en cuanto a los Gregara, nunca pude soportar el hedor de ellos desde que pude tambalearme sobre dos pies. Recuerdo que le sangré la nariz a uno cuando todavía estaba tan vacilante sobre mis piernas que caí encima de él. Un hombre orgulloso fue mi padre aquel día, ¡que Dios lo tenga en su gloria!, y creo que tenía motivos. Nunca podré negar que Robin era un buen gaitero —añadió—; pero en cuanto a James More, ¡que el diablo lo guíe por mí!
—Una cosa tenemos que considerar —dije—. ¿Tenía razón Charles Stewart o no? ¿Es solo a mí a quien buscan, o a los dos?
—¿Y cuál es tu opinión, tú que eres un hombre de tanta experiencia? —dijo él.
—Me supera —dije.
—A mí también —dice Alan—. ¿Crees que esta muchacha cumpliría su palabra contigo? —preguntó.
—Lo creo —dije.
—Bueno, nunca se sabe —dijo él—. Y de todas formas, eso ya pasó y terminó: hace mucho que él estará unido al resto de ellos.
—¿Cuántos pensarías que serían? —pregunté.
—Eso depende —dijo Alan—. Si solo fueras tú, probablemente enviarían a dos o tres mozalbetes vivos y briosos, y si pensaran que yo aparecería en el empleo, me atrevería a decir que diez o doce —dijo él.
No sirvió de nada, solté una pequeña carcajada.
—¡Y creo que tus propios ojos habrán visto cómo me deshago de ese número, o del doble, más de cerca! —exclama él.
—Importa menos —dije—, porque me he librado bien de ellos por esta vez.
—Sin duda esa es tu opinión —dijo él—; pero no me sorprendería en lo más mínimo si estuvieran acechando este bosque. Ya ves, hombre David; serán gente de las Tierras Altas. Habrá algunos Fraser, pienso, y algunos de los Gregara; y nunca negaría que ambos, y los Gregara en especial, son personas hábiles y experimentadas. Un hombre sabe poco hasta que ha conducido un botín de ganado (digamos) diez millas a través de un país poblado y los soldados negros tal vez pisándole los talones. Es ahí donde aprendí gran parte de mi penetración. Y no hace falta que me lo digas: es mejor que la guerra; que es lo siguiente mejor, sin embargo, aunque generalmente es un negocio bastante torpe. Ahora, los Gregara han tenido una práctica magnífica.
—Sin duda esa es una rama de la educación que se olvidaron conmigo —dije.
—Y puedo ver las marcas de ello en ti constantemente —dijo Alan—. Pero eso es lo extraño de ustedes, gente de formación universitaria: son ignorantes y no pueden verlo. Ay de mí por mi griego y mi hebreo; pero, hombre, sé que no los sé; ahí está la diferencia. Ahora, mírame a ti. Te tumbas sobre tu vientre un poco en el refugio de este bosque, y me dices que te has quitado de encima a estos Fraser y Macgregor. ¿Por qué? Porque no podía verlos, dices tú. Cabeza hueca, ¡ese es su medio de vida!
—Tomemos lo peor de ello —dije—, ¿y qué vamos a hacer?
—Estoy pensando en eso mismo —dijo él—. Podríamos separarnos. No sería de mi gusto; y además de eso, veo razones en contra. Primero, ahora está muy oscuro, y es humanamente posible que pudiéramos darles el esquinazo. Si nos mantenemos juntos, hacemos solo una línea; si vamos por separado, hacemos dos: más probabilidad de toparnos con alguno de esos caballeros tuyos. Y luego, segundo, si mantienen nuestro rastro, puede llegar a ser una pelea, Davie; y entonces, confieso que me alegraría tenerte a mi lado, y creo que a ti no te vendría mal tenerme a mí al tuyo. Así que, a mi modo de ver, deberíamos arrastrarnos fuera de este bosque no más allá de un momento, y dirigirnos al este hacia Gillane, donde he de encontrar mi barco. Será como en los viejos tiempos mientras dure, Davie; y (cuando llegue el momento) tendremos que pensar qué deberías hacer tú. Me duele dejarte aquí, sin mí.
—¡Vamos contigo, entonces! —digo—. ¿Vas a volver a donde te alojabas?
—¡Ni hablar! —dijo Alan—. Eran buena gente conmigo, pero creo que se decepcionarían bastante si vieran mi cara otra vez. Porque (tal como van los tiempos) no soy lo que llamarías un Invitado Bienvenido. Lo cual me hace estar más ansioso por tu compañía, Sr. David Balfour de Shaws, ¡y que te aproveche! Porque, dejando a un lado un par de charlas aquí en el bosque con Charlie Stewart, apenas he dicho ni blanco ni negro desde el día en que nos separamos en Corstorphine.
Con lo cual se levantó de su lugar, y comenzamos a movernos silenciosamente hacia el este a través del bosque.
CAPÍTULO XII. DE NUEVO EN MARCHA CON ALAN
Probablemente era entre la una y las dos; la luna (como he dicho) se había ocultado; un viento bastante fuerte, que arrastraba una pesada carga de nubes, se había desatado repentinamente desde el oeste; y comenzamos nuestro movimiento en una noche tan negra como jamás hubiera deseado un fugitivo o un asesino. La blancura del camino nos guió hacia la dormida ciudad de Broughton, de allí a través de Picardy, y junto a mi viejo conocido, la horca de los dos ladrones. Un poco más allá encontramos una baliza útil, que era una luz en una ventana superior de Lochend. Guiándonos por esto, aunque bastante al azar, y con algún pisotón de la cosecha, y tropezones y caídas por los terraplenes, nos abrimos paso a través del campo, y salimos por fin al páramo cenagoso y lleno de maleza que llaman Figgate Whins. Aquí, bajo un arbusto de aulaga, nos acostamos el resto de aquella noche y dormimos.
El día nos llamó alrededor de las cinco. Fue una mañana hermosa, con el fuerte viento del oeste aún soplando, pero las nubes ya sopladas hacia Europa. Alan ya estaba sentado y sonriendo para sí mismo. Era mi primera visión de mi amigo desde que nos separamos, y lo miré con satisfacción. Todavía llevaba el mismo gran abrigo sobre sus espaldas; pero (lo que era nuevo) ahora tenía un par de calcetines de lana tejidos subidos por encima de la rodilla. Sin duda, estaban destinados a disfrazarse; pero, como el día prometía ser cálido, componía una figura de lo más inoportuna.
—Bueno, Davie —dijo—, ¿no es esta una mañana hermosa? He aquí un día que parece como debería ser un día. Este es un gran cambio desde el vientre de mi parva de heno; y mientras tú estabas ahí holgazaneando y durmiendo, he hecho una cosa que tal vez hago muy rara vez.
—¿Y qué fue eso? —dije.
—Oh, solo decir mis oraciones —dijo él.
—¿Y dónde están mis caballeros, como tú los llamas? —pregunté.
—Dios sabe —dice él—; y lo corto y lo largo de esto es que debemos arriesgarnos. ¡Arriba con las plantas de tus pies, Davie! ¡Adelante, Fortuna, una vez más! Y un hermoso paseo es el que parece que tendremos.
Así que fuimos hacia el este por la playa del mar, hacia donde las salinas humeaban junto a la desembocadura del Esk. Sin duda había un brillo inusualmente hermoso del sol de la mañana sobre Arthur’s Seat y las verdes Pentland; y lo agradable del día parecía poner a Alan entre ortigas.
—Me siento como un tonto —dice—, dejando Escocia en un día como este. Se me ha metido en la cabeza; quizás me gustaría más quedarme aquí y colgar.
—Sí, pero no querrías, Alan —dije.
—No, pero si Francia es un buen lugar también —explicó—; pero es de alguna manera no lo mismo. Es más elegante, creo, pero no es Escocia. Me gusta mucho cuando estoy allí, hombre; sin embargo, anhelo los terrones escoceses y el humo de la turba escocesa.
—Si eso es todo de lo que tienes que quejarte, Alan, no es tal gran asunto —dije.
—Y me sienta mal estar quejándome, de todos modos —dijo él—, y apenas recién salido de aquella parva de heno del diablo.
—¿Y así estabas tan harto de tu parva de heno? —pregunté.
—Harto no es la palabra —dijo él—. No soy precisamente un hombre que se desanime fácilmente; pero me va mejor con aire fresco y el cielo sobre mi cabeza. Soy como el viejo Black Douglas (¿no fue él?) al que le gustaba más escuchar cantar a la alondra que chirriar al ratón. Y aquel lugar, ya ves, Davie —que era un lugar muy adecuado para esconderse, como estoy dispuesto a reconocer— estaba en tinieblas desde el amanecer hasta el crepúsculo. Hubo días (o noches, ¿pues cómo iba a distinguir uno de otro?) que me parecieron tan largos como un largo invierno.
—¿Cómo sabías la hora para acudir a tu cita? —pregunté.
—El buen hombre me traía mi comida y un trago de brandy, y un cabo de vela para comerlo, alrededor de las once —dijo él—. Así que, cuando había tragado un bocado, era hora de dirigirme al bosque. Allí me tumbaba y te anhelaba mucho, Davie —dice, poniendo su mano sobre mi hombro— y adivinaba cuándo habrían pasado las dos horas —a menos que Charlie Stewart viniera a decírmelo en su reloj— y luego de vuelta a la parva de heno del demonio. Sí, fue un empleo tedioso, ¡y alabo al Señor por haber luchado a través de él!
—¿Qué hacías contigo mismo? —pregunté.
—¡Por mi fe! —dijo él—. ¡Lo mejor que pude! A ratos jugaba a los huesecillos. Soy extraordinariamente bueno con los huesecillos, pero es un triste negocio jugar sin nadie que te admire. Y a ratos componía canciones.
—¿De qué trataban? —pregunté yo.
—Oh, de los ciervos y el brezo —dice él—, y de los antiguos jefes de antaño que ya pasaron a mejor vida, y de lo que tratan las canciones en general. Y a veces fingía que tenía un juego de gaitas y que estaba tocando. Tocaba unos aires magníficos, y me parecía que los tocaba divinamente; ¡juro que a veces podía oír su chirrido! Pero el gran asunto es que ya terminó.
Con eso me llevó de nuevo a mis aventuras, que escuchó de principio a fin con más detalle y aprobación extraordinaria, jurando a intervalos que yo era «un muchacho de lo más singular».
—¿Así que tenías miedo de Sim Fraser? —preguntó una vez.
—¡A fe mía que sí! —exclamé.
—Yo también lo habría tenido, Davie —dijo él—. Y ese es, en verdad, un hombre temible. Pero es justo dar al diablo lo que le corresponde: y puedo decirte que es una persona de lo más respetable en el campo de batalla.
—¿Es tan valiente? —pregunté.
—¡Valiente! —dijo él—. Es tan valiente como mi espada de acero.
La historia de mi duelo lo puso fuera de sí.
—¡Pensar en eso! —gritó—. ¡Si también te enseñé el truco en Corrynakiegh! ¡Y tres veces, tres veces desarmado! ¡Es una deshonra para mi carácter que te enseñé! Vamos, levántate, saca tu hierro; no darás ni un paso más allá de este lugar en el camino hasta que puedas dejarte a ti mismo y a mí en mejor lugar.
—Alan —dije—, esto es locura de pleno verano. No es momento para lecciones de esgrima.
—No puedo decir que no a eso —admitió—. ¡Pero tres veces, hombre! ¡Y tú ahí de pie como un espantapájaros, corriendo a buscar tu propia espada como un perrillo con un pañuelo de bolsillo! David, ¡este hombre Duncansby debe ser algo fuera de lo común! Debe ser extraordinariamente hábil. Si tuviera tiempo, volvería directamente y me enfrentaría a él yo mismo. El hombre debe ser un preboste.
—Eres un tonto —dije—, olvidas que solo era yo.
—No —dijo él—, ¡pero tres veces!
—Cuando tú mismo sabes que soy un completo incompetente —exclamé.
—Bueno, nunca escuché nada igual —dijo él.
—Te prometo una cosa, Alan —dije—. La próxima vez que nos encontremos, habré aprendido mejor. No seguirás cargando con la deshonra de un amigo que no sabe golpear.
—¡Ay, la próxima vez! —dice él—. ¿Y cuándo será eso, me gustaría saber?
—Bueno, Alan, he pensado un poco en eso también —dije—; y mi plan es este. Es mi intención ser llamado abogado.
—Ese es un oficio tedioso, Davie —dice Alan—, y además un poco despreciable. Estarías mejor con la casaca del rey que con eso.
—Y sin duda esa sería la forma de que nos encontráramos —exclamé—. Pero como tú estarás con la casaca del rey Luis y yo con la del rey Jorge, tendremos un encuentro de lo más fino.
—Hay algo de sentido en eso —admitió.
—Un abogado, entonces, tendrá que ser —continué—, y creo que es un oficio más adecuado para un caballero que fue desarmado tres veces. Pero la belleza del asunto es esta: que uno de los mejores colegios para ese tipo de estudios —y aquel donde mi pariente, Pilrig, hizo los suyos— es el colegio de Leyden en Holanda. Ahora, ¿qué dices, Alan? ¿No podría un cadete del Royal Écossais obtener un permiso, cruzar las fronteras y hacer una visita a un estudiante de Leyden?
—¡Bueno, yo creo que podría! —gritó—. Verás, tengo buena relación con mi coronel, el conde Drummond-Melfort; y lo que es más importante, tengo un primo mío que es teniente coronel en un regimiento de escoceses al servicio de Holanda. Nada podría ser más apropiado que obtener un permiso para ver al teniente coronel Stewart, del regimiento de Halkett. Y lord Melfort, que es un hombre muy dado a la ciencia y escribe libros como César, sin duda estaría muy complacido de obtener la ventaja de mis observaciones.
—¿Es lord Melfort escritor, entonces? —pregunté, pues por mucho que Alan apreciara a los soldados, yo pensaba más en los caballeros que escriben libros.
—El mismo, Davie —dijo él—. Uno pensaría que un coronel tendría cosas mejores que atender. Pero, ¿qué puedo decir yo, que compongo canciones?
—Bueno, entonces —dije—, solo queda que me des una dirección para escribirte a Francia; y tan pronto como llegue a Leyden te enviaré la mía.
—Lo mejor será que me escribas al cuidado de mi jefe —dijo él—, Charles Stewart, de Ardsheil, Esquire, en la ciudad de Melons, en la Isla de Francia. Podría tardar mucho o poco, pero al final siempre llegaría a mis manos.
Desayunamos un eglefino en Musselburgh, donde me divirtió enormemente escuchar a Alan. Su gran abrigo y sus medias de cuero eran sumamente llamativos en esta cálida mañana, y quizás alguna pizca de explicación habría sido prudente; pero Alan abordó el asunto como un negocio, o debería decir mejor como una distracción. Entabló conversación con la dueña de la casa con algunos cumplidos sobre el salado de nuestros eglefinos; y durante el resto de nuestra estancia la mantuvo hablando sobre un resfriado que había cogido en el estómago, relatando gravemente toda clase de síntomas y sufrimientos, y escuchando con gran muestra de interés todos los remedios de vieja que ella pudo ofrecerle a cambio.
Dejamos Musselburgh antes de que llegara el primer carruaje de nueve peniques desde Edimburgo, pues (como dijo Alan) era un encuentro que bien podíamos evitar. El viento, aunque seguía siendo fuerte, era muy templado, el sol brillaba con fuerza y Alan empezó a sufrir en proporción. Desde Prestonpans me llevó aparte al campo de Gladsmuir, donde se esforzó mucho más de lo necesario por describir las etapas de la batalla. Desde allí, a su viejo paso constante, viajamos hasta Cockenzie. Aunque estaban construyendo pesqueros de arenque allí en casa de la señora Cadell, parecía un pueblo desierto y decadente, medio lleno de casas en ruinas; pero la taberna estaba limpia, y Alan, que ahora estaba acalorado, tuvo que permitirse una botella de cerveza y continuar con la nueva dueña con la vieja historia del resfriado en el estómago, solo que ahora los síntomas eran todos distintos.
Yo me senté a escuchar; y se me ocurrió que apenas le había oído dirigir tres palabras serias a ninguna mujer, pues siempre estaba bromeando, burlándose y haciendo escarnio privado de ellas, y sin embargo ponía en ese asunto un grado notable de energía e interés. Algo en este sentido le comenté cuando la dueña (por casualidad) fue llamada fuera.
—¿Qué quieres? —dice él—. Un hombre siempre debe mostrar su mejor cara ante las mujeres; siempre debe contarles una pequeña historia para divertirlas, ¡pobres corderitos! Es algo que deberías aprender a atender, David; deberías conocer los principios, es como un oficio. Ahora, si esta hubiera sido una joven, o de alguna manera hermosa, nunca habría oído hablar de mi estómago, Davie. Pero una vez que son demasiado viejas para buscar amantes, todas se las dan de boticarias. ¿Por qué? ¿Qué sé yo? Supongo que son simplemente como Dios las hizo. Pero creo que un hombre sería un bobo si no les prestara atención.
Y aquí, al volver la dueña, se apartó de mí como con impaciencia para renovar su conversación anterior. La señora se había desviado tiempo atrás del estómago de Alan al caso de un cuñado suyo en Aberlady, cuya última enfermedad y fallecimiento describía con una longitud extraordinaria. A veces era simplemente aburrido, a veces a la vez aburrido y espantoso, pues hablaba con unción. El resultado fue que caí en una profunda meditación, mirando por la ventana hacia el camino, y apenas notando lo que veía. De repente, si alguien hubiera estado mirando, podría haberme visto sobresaltar.
—Le pusimos una fomentación en los pies —decía la dueña—, y una piedra caliente en el vientre, y le dimos hisopo y agua de poleo, y fino y limpio bálsamo de azufre para la tos…
—Señora —dije, interrumpiendo muy suavemente—, un amigo mío acaba de pasar por delante de la casa.
—¿Es eso cierto? —responde Alan, como si fuera un asunto de poca importancia. Y luego—: ¿Decía usted, señora? —dice él; y la pesada mujer continuó.
Sin embargo, al poco tiempo le pagó con una moneda de media corona, y ella tuvo que salir tras el cambio.
—¿Era el de la cabeza roja? —preguntó Alan.
—Ese mismo —dije.
—¿Qué te dije en el bosque? —gritó—. ¡Y sin embargo es extraño que él también esté aquí! ¿Iba solo?
—Completamente solo por lo que pude ver —dije.
—¿Pasó de largo? —preguntó.
—Directo de largo —dije—, y no miró ni a derecha ni a izquierda.
—Y eso es más raro aún —dijo Alan—. Se me mete en la cabeza, Davie, que deberíamos movernos. ¿Pero a dónde? ¡Al diablo! Esto es como los viejos tiempos, de verdad —exclama él.
—Hay una gran diferencia, sin embargo —dije—, y es que ahora tenemos dinero en los bolsillos.
—Y otra gran diferencia, señor Balfour —dice él—, es que ahora tenemos perros tras nuestra pista. Están en el rastro; están en plena persecución, David. Es un mal asunto, maldita sea. Y se quedó pensando profundamente con una mirada suya que conocía bien.
—Dígame, señora —dice él, cuando la dueña regresó—, ¿tiene un camino trasero para salir de esta posada?
Ella le dijo que sí y a dónde conducía.
—Entonces, señor —me dice—, creo que ese será el camino más corto para nosotros. Y aquí le digo adiós, mi valiente mujer; y no olvidaré eso del agua de canela.
Salimos por el huerto de la mujer y subimos por un camino entre campos. Alan miraba atentamente a todos lados y, al ver que estábamos en un pequeño lugar hundido del campo, fuera de la vista de los hombres, se sentó.
—Ahora un consejo de guerra, Davie —dijo—. Pero primero, una pequeña lección para ti. Supongamos que yo hubiera sido como tú, ¿qué habría recordado aquella vieja mujer de nosotros dos? Solo que habíamos salido por la puerta trasera. ¿Y qué recuerda ahora? ¡Un hombre fino, alegre, amistoso y charlador, que sufría del estómago, pobre cuerpo!, y que estaba muy preocupado por su cuñado. ¡Oh, hombre, David, intenta aprender a tener algo de inteligencia!
—Lo intentaré, Alan —dije.
—Y ahora sobre el de la cabeza roja —dice él—; ¿iba rápido o lento?
—Ni lo uno ni lo otro —dije.
—¿No tenía ninguna prisa el hombre? —preguntó.
—Ni la más mínima señal —dije.
—¡Nhm! —dijo Alan—. Parece raro. No vimos nada de ellos esta mañana en los matorrales; nos ha pasado de largo, no parece estar mirando, ¡y sin embargo aquí está en nuestro camino! Vaya, Davie, empiezo a hacerme una idea. Creo que no te buscan a ti, creo que me buscan a mí; y creo que saben muy bien a dónde van.
—¿Ellos saben? —pregunté.
—Creo que Andie Scougal me ha vendido —él o su compañero que conocía parte del asunto—, o si no, el joven empleado de Charlie, lo cual sería una pena también —dice Alan—; y si me pides mi convicción privada e íntima, creo que se romperán cabezas en las arenas de Gillane.
—Alan —exclamé—, si tienes algo de razón, habrá gente allí de sobra. No será de mucha utilidad romper cabezas.
—Siempre sería una satisfacción, sin embargo —dice Alan—. Pero espera un poco; espera un poco; estoy pensando... y gracias a este hermoso viento del oeste, creo que todavía tengo una oportunidad. Es así, Davie. No he quedado con este hombre Scougal hasta que caiga el crepúsculo. Pero —dice él—, *si consigo un poco de viento del oeste estaré allí mucho antes de eso*, dice, *y me quedaré al acecho por ti detrás de la Isla de Fidra*. Ahora, si tus caballeros conocen el lugar, también conocen el momento. ¿Me ves venir, Davie? Gracias a Johnnie Cope y otros necios de casaca roja, debería conocer este país como la palma de mi mano; y si estás listo para otra carrerita con Alan Breck, podremos volver a la orilla y llegar al mar otra vez por Dirleton. Si el barco está allí, intentaremos subir a bordo. Si no está allí, simplemente tendré que volver a mi triste pajar. Pero de cualquier manera, creo que dejaremos a tus caballeros silbando en sus pulgares.
—Creo que hay alguna posibilidad en ello —dije—. ¡Adelante contigo, Alan!
CAPÍTULO XIII. LAS ARENAS DE GILLANE
No aproveché el pilotaje de Alan como él lo había hecho con sus marchas bajo el mando del general Cope; pues apenas puedo decir qué camino tomamos. Mi excusa es que viajamos extremadamente rápido. Parte corrimos, parte trotamos, y el resto caminamos a un paso endiablado. Dos veces, mientras íbamos a toda velocidad, nos topamos con gente del campo; pero aunque chocamos con el primero al doblar una esquina, Alan estaba tan listo como un mosquete cargado.
—¿Habéis visto mi caballo? —jadeó.
—No, hombre, no he visto ningún caballo hoy —respondió el campesino.
Y Alan se tomó el tiempo para explicarle que viajábamos «a caballo y a pie»; que nuestra montura se había escapado y se temía que hubiera vuelto a Linton. No solo eso, sino que gastó algo de aliento (del que no le quedaba mucho) en maldecir su propia desgracia y mi estupidez, que se decía era la causa.
—Los que no pueden decir la verdad —observó para mí mientras seguíamos adelante—, siempre deben ser cuidadosos de dejar una mentira honesta y a mano tras ellos. Si la gente no sabe lo que estás haciendo, Davie, están terriblemente preocupados por ello; pero si piensan que lo saben, ya no les importa más de lo que a mí me importa la papilla de guisantes.
Como al principio nos habíamos adentrado en el interior, nuestro camino terminó yéndose muy cerca del norte; la vieja iglesia de Aberlady como punto de referencia a la izquierda; a la derecha, la cima de Berwick Law; y así fue como llegamos a la orilla de nuevo, no lejos de Dirleton. Desde North Berwick hacia el oeste hasta Gillane Ness corre una cadena de cuatro pequeños islotes, Craiglieth, The Lamb, Fidra y Eyebrough, notables por su diversidad de tamaño y forma. Fidra es el más particular, siendo un extraño islote gris de dos jorobas, hecho más llamativo por un trozo de ruina; y recuerdo que (a medida que nos acercábamos) por alguna puerta o ventana de esas ruinas el mar asomaba como el ojo de un hombre. Bajo el abrigo de Fidra hay un buen fondeadero con vientos del oeste, y allí, desde muy lejos, podíamos ver al Thistle navegando.
La costa frente a estos islotes es completamente un erial. Aquí no hay vivienda de hombre, y apenas ningún paso, a lo sumo de niños vagabundos corriendo en sus juegos. Gillane es un lugar pequeño al otro lado de la Ness, la gente de Dirleton hace sus asuntos en los campos del interior, y los de North Berwick van directo a la pesca de altura desde su refugio; de modo que pocas partes de la costa son más solitarias. Pero recuerdo, mientras nos arrastrábamos sobre nuestros vientres hacia esa multiplicidad de alturas y huecos, manteniendo un ojo avizor a todos lados, y nuestros corazones martilleando en nuestras costillas, que había tal resplandor del sol y del mar, tal agitación del viento en la hierba, y tal ajetreo de conejos saltando y gaviotas volando, que el desierto me pareció, como un lugar vivo. Sin duda estaba en todos los sentidos bien elegido para un embarque secreto, si el secreto se hubiera guardado; e incluso ahora que había salido a la luz, y el lugar estaba vigilado, pudimos arrastrarnos sin ser vistos hasta el frente de las dunas de arena, donde miran directamente hacia la playa y el mar.
Pero aquí Alan se detuvo por completo.
—Davie —dijo—, ¡este es un paso difícil! Mientras estemos aquí estamos a salvo; pero no estoy mucho más cerca de mi barco o de la costa de Francia. Y tan pronto como nos levantemos y hagamos señales al bergantín, es otro asunto. Porque, ¿dónde estarán tus caballeros, piensas?
—Quizás no han llegado aún —dije—. E incluso si lo están, hay un asunto claro a nuestro favor. Estarán todos dispuestos para capturarnos, eso es cierto. Pero habrán dispuesto nuestra llegada desde el este y aquí estamos nosotros en su oeste.
—Ay —dice Alan—, ¡ojalá tuviéramos alguna fuerza, y esto fuera una batalla, los habríamos superado magníficamente! Pero no lo es, Davit; y tal como es, es un poco menos inspirador para Alan Breck. Estoy en duda, Davie.
—El tiempo vuela, Alan —dije.
—Lo sé —dijo Alan—. No sé otra cosa, como dicen los franceses. Pero este es un caso terrible de cara o cruz. ¡Oh, si tan solo pudiera saber dónde estaban tus caballeros!
—Alan —dije—, esto no es como tú. Tiene que ser ahora o nunca.
—*Esto no soy yo, dijo él* —cantó Alan, con una cara extraña entre la vergüenza y la burla.
—*Ni tú ni yo, dijo él, ni tú ni yo. ¡Vaya, no, Johnnie hombre! ni tú ni yo.*
Y entonces, de repente, se puso de pie donde estaba, y con un pañuelo ondeando en su mano derecha, marchó hacia la playa. Yo me levanté, pero me quedé rezagado, escaneando las dunas hacia el este. Su aparición pasó desapercibida al principio: Scougal no lo esperaba tan pronto, y mis caballeros vigilaban por el otro lado. Entonces despertaron a bordo del Thistle, y parecía que tenían todo listo, pues apenas hubo un segundo de ajetreo en la cubierta antes de que viéramos un esquife rodear su popa y empezar a remar con viveza hacia la costa. Casi al mismo instante, y quizás a media milla de distancia hacia Gillane Ness, la figura de un hombre apareció por un parpadeo en una duna de arena, agitando los brazos; y aunque desapareció en el mismo instante, las gaviotas en esa parte continuaron un poco más volando salvajes.
Alan no había visto esto, mirando directamente al mar hacia el barco y el esquife.
—¡Que sea lo que tenga que ser! —dijo, cuando se lo conté—. Más vale que ese bote reme, o mi cuello tendrá que sufrir un estirón.
Esa parte de la playa era larga y plana, excelente para caminar cuando la marea estaba baja; un pequeño arroyo de berros fluía sobre ella en un lugar hacia el mar; y las dunas de arena corrían a lo largo de su cabecera como la muralla de una ciudad. Ningún ojo nuestro podía espiar lo que pasaba detrás allí entre los juncos, ninguna prisa nuestra podía acelerar la llegada del bote: el tiempo se detuvo con nosotros a través de ese período inquietante de espera.
—Hay una cosa que me gustaría saber —dice Alan—. Me gustaría conocer las órdenes de estos caballeros. Valemos cuatrocientas libras el par: ¡qué tal si nos apuntaran con armas de fuego, Davie! Obtendrían un hermoso disparo desde la cima de ese largo banco de arena.
—Moralmente imposible —dije—. La cuestión es que no pueden tener armas de fuego. Este asunto se ha llevado con demasiada discreción; pistolas pueden tener, pero nunca armas de fuego.
—Creo que estarás en lo cierto —dice Alan—. A pesar de lo cual, me estoy preocupando mucho por ese bote.
Y chasqueó los dedos y le silbó como a un perro.
Quizás estuviéramos ya a un tercio del camino, y nosotros mismos ya muy cerca de la orilla del mar, de modo que la arena blanda me cubría los zapatos. No quedaba más por hacer que esperar, mirar tanto como pudiéramos el bote que se acercaba, y lo menos posible el largo e impenetrable frente de las dunas de arena, sobre las cuales las gaviotas revoloteaban y tras las cuales nuestros enemigos estaban, sin duda, formándose.
—Este es un lugar fino, brillante y fresco para que le disparen a uno —dice Alan de repente—; y, hombre, ¡ojalá yo tuviera tu coraje!
—¡Alan! —grité—, ¡qué clase de conversación es esta! Tú estás hecho de coraje; es el carácter del hombre, como yo mismo podría demostrar si no hubiera nadie más.
—Y estarías más que equivocado —dijo él—. Lo que marca la diferencia conmigo es solo mi gran penetración y conocimiento de los asuntos. Pero para un coraje viejo, frío, duro y mortal, no soy digno de sostenerle la vela a usted. Míranos a los dos aquí sobre las arenas. Aquí estoy yo, inquieto por largarme; aquí estás tú (por todo lo que sé) indeciso sobre si no te quedarás. ¿Crees que yo podría hacer eso, o querría? ¡Yo no! Primero, porque no tengo el valor y no me atrevería; y segundo, porque soy un hombre de tanta penetración que preferiría verte condenado antes.
—¿Por ahí vas, no? —grité—. Ah, hombre Alan, puedes engatusar a tus viejas, pero nunca podrás engatusarme a mí.
El recuerdo de mi tentación en el bosque me hizo fuerte como el hierro.
—Tengo una cita que cumplir —continué—. He quedado con tu primo Charlie; he dado mi palabra.
—Lindas citas que vas a poder cumplir —dijo Alan—. Vas a faltar de una vez y para siempre con los caballeros en los montículos. ¿Y para qué? —continuó con una gravedad extremadamente amenazadora—. ¡Solo dime eso, hombrecito! ¿Vas a ser arrebatado como Lady Grange? ¿Te van a clavar un puñal en las entrañas y enterrarte en los montículos? ¿O será al revés, y te llevarán con James? ¿Son gente de fiar? ¿Meterías tu cabeza en la boca de Sim Fraser y los otros Whigs? —añadió con una amargura extraordinaria.
—Alan —exclamé—, son todos bribones y mentirosos, y ahí estoy contigo. ¡Con mayor razón debería haber un hombre decente en tal tierra de ladrones! Mi palabra está dada y me mantendré en ella. Le dije hace mucho a tu parienta que no me detendría ante ningún riesgo. ¿Te acuerdas de eso? La noche en que cayó Red Colin, fue. Pues no lo haré más. Aquí me quedo. Prestongrange me prometió la vida: si él ha de faltar a su juramento, aquí tendré que morir.
—Aweel, aweel —dijo Alan.
Todo este tiempo no habíamos visto ni oído más de nuestros perseguidores. A decir verdad, los habíamos tomado desprevenidos; todo su grupo (como habría de saber después) aún no había llegado a la escena; lo que había de ellos estaba disperso entre los montículos hacia Gillane. Fue toda una tarea reunirlos y traerlos, y el bote ganaba velocidad. Además, no eran más que unos cobardes: una simple correa de ladrones de ganado de las Tierras Altas, de varios clanes, sin ningún caballero allí para ser el capitán, y cuanto más miraban a Alan y a mí en la playa, menos (debo suponer) les gustaba nuestro aspecto.
Quienquiera que hubiera traicionado a Alan, no fue el capitán: él mismo estaba en el esquife, dirigiendo y azuzando a sus remeros, como un hombre con el corazón puesto en su tarea. Ya estaba cerca, y el bote asegurándose; ya el rostro de Alan se había encendido de carmesí con la excitación de su liberación, cuando nuestros amigos en los montículos, ya sea por su desesperación al ver a su presa escapar o con alguna esperanza de asustar a Andie, lanzaron de repente un grito agudo de varias voces.
Este sonido, surgiendo de lo que parecía ser una costa totalmente desierta, fue realmente muy desalentador, y los hombres en el bote contuvieron el agua al instante.
—¿Qué es esto? —pregunta el capitán, pues había llegado a una distancia fácil de alcance.
—Amigos míos —dice Alan, y comenzó inmediatamente a vadear en el agua poco profunda hacia el bote—. Davie —dijo, haciendo una pausa—, Davie, ¿no vienes? Me pesa dejarte.
—Ni un pelo —dije yo.
Se quedó una fracción de segundo donde estaba, con el agua salada hasta las rodillas, dudando.
—El que quiere ir a Cupar, tiene que ir a Cupar —dijo él, y chapoteando hasta más arriba de la cintura, fue izado al esquife, que se dirigió inmediatamente hacia el barco.
Me quedé donde me había dejado, con las manos a la espalda; Alan se sentó con la cabeza girada mirándome; y el bote se alejó suavemente. De repente estuve a punto de derramar lágrimas, y me pareció el muchacho más desierto y solitario de Escocia. Con eso di la espalda al mar y enfrenté las dunas. No había vista ni sonido de hombre; el sol brillaba sobre la arena húmeda y seca, el viento soplaba en los montículos, las gaviotas emitían un canto lúgubre. Al pasar más arriba en la playa, los piojos de arena saltaban ágilmente sobre las algas varadas. Ni rastro de ninguna otra vista o sonido en ese lugar funesto. Y, sin embargo, sabía que había gente allí, observándome, con algún propósito secreto. No eran soldados, o habrían atacado y nos habrían capturado antes; sin duda eran unos bribones comunes contratados para mi perdición, quizás para secuestrarme, quizás para asesinarme directamente. Por la posición de los implicados, lo primero era más probable; por lo que sabía de su carácter y ardor en este negocio, pensé que lo segundo era muy posible; y la sangre se me heló en el corazón.
Tuve una idea loca de aflojar mi espada en la vaina; pues aunque no era muy apto para enfrentarme como un caballero espada contra espada, pensé que podría causar algún daño en un combate al azar. Pero percibí a tiempo la locura de la resistencia. Este era sin duda el "expediente" conjunto en el que Prestongrange y Fraser estaban de acuerdo. El primero, estaba muy seguro, había hecho algo para asegurar mi vida; el segundo era muy probable que hubiera deslizado algunas insinuaciones contrarias en los oídos de Neil y sus compañeros; y si mostraba acero desnudo, podría jugar directamente en manos de mi peor enemigo y sellar mi propia condena.
Estos pensamientos me llevaron a la cabecera de la playa. Eché una mirada atrás, el bote se acercaba al bergantín, y Alan agitó su pañuelo en señal de despedida, a lo que respondí con el movimiento de mi mano. Pero el propio Alan se había reducido a una cosa pequeña ante mi vista, junto a este paso que se extendía frente a mí. Me ajusté el sombrero con fuerza en la cabeza, apreté los dientes y fui directo hacia arriba por la cara del montículo de arena. Fue una escalada dura, al ser empinada y la arena como agua bajo los pies. Pero finalmente me agarré de la larga hierba de duna en la cima de la colina, y me impulsé a un buen punto de apoyo. En el mismo momento, los hombres se movieron y se pusieron de pie aquí y allá, seis o siete de ellos, bribones de aspecto harapiento, cada uno con una daga en la mano. La pura verdad es que cerré los ojos y recé. Cuando los abrí de nuevo, los bribones se habían acercado lo más mínimo sin hablar ni apresurarse. Cada ojo estaba puesto en los míos, lo que me golpeó con una extraña sensación de su brillo, y del miedo con el que continuaban acercándose a mí. Extendí mis manos vacías; a lo que uno preguntó, con un marcado acento de las Tierras Altas, si me rendía.
—Bajo protesta —dije—, si saben lo que eso significa, de lo cual dudo.
Ante esa palabra, vinieron todos sobre mí como una bandada de pájaros sobre una carroña, me apresaron, tomaron mi espada y todo el dinero de mis bolsillos, me ataron de pies y manos con una cuerda fuerte, y me arrojaron sobre un montón de hierba. Allí se sentaron alrededor de su cautivo en parte de un círculo y lo miraron en silencio como algo peligroso, quizás un león o un tigre a punto de saltar. Pronto esta atención se relajó. Se acercaron más, se pusieron a hablar en gaélico y muy cínicamente dividieron mis bienes ante mis ojos. Fue mi distracción en este tiempo que pude observar desde mi lugar el progreso de la huida de mi amigo. Vi el bote llegar al bergantín y ser izado, las velas llenarse, y el barco salir hacia el mar detrás de las islas y por North Berwick.
En el transcurso de un par de horas más o menos, más y más montañeses harapientos siguieron reuniéndose. Neil entre los primeros, hasta que el grupo debió llegar a casi una veintena. Con cada nueva llegada hubo una nueva ronda de charlas, que sonaban como quejas y explicaciones; pero observé una cosa, ninguno de los que llegaron tarde tuvo parte en la división de mis despojos. La última discusión fue muy violenta y ansiosa, tanto que una vez pensé que se habrían peleado; tras lo cual su compañía se separó, la mayor parte regresando hacia el oeste en tropa, y solo tres, Neil y otros dos, permaneciendo de centinelas sobre el prisionero.
—Podría nombrar a uno que estaría muy descontento con el trabajo de su día, Neil Duncanson —dije, cuando los demás se habían alejado.
Me aseguró en respuesta que sería tratado con ternura, pues sabía que él estaba "acquent wi’ the leddy" (familiarizado con la dama).
Esta fue toda nuestra conversación, ni ningún otro hijo de hombre apareció en esa porción de la costa hasta que el sol se ocultó entre las montañas de las Tierras Altas, y el crepúsculo comenzaba a oscurecer. A esa hora me percaté de un hombre largo, magro y huesudo de Lothian, de semblante muy moreno, que venía hacia nosotros entre las dunas sobre un caballo de granja.
—Muchachos —gritó él—, ¿tienen un papel como este? —y sostuvo uno en su mano. Neil produjo un segundo, que el recién llegado estudió a través de un par de anteojos de cuerno, y diciendo que todo estaba bien y que éramos la gente que él estaba buscando, desmontó inmediatamente. Entonces fui puesto en su lugar, mis pies atados bajo la panza del caballo, y partimos bajo la guía del habitante de las Tierras Bajas. Su camino debió ser muy bien elegido, pues solo encontramos a una pareja —una pareja de amantes— en todo el trayecto, y estos, tal vez tomándonos por contrabandistas, huyeron a nuestra llegada. Estuvimos en un momento cerca al pie de Berwick Law en el lado sur; en otro, mientras pasábamos por unas colinas abiertas, divisé las luces de un "clachan" y la vieja torre de una iglesia entre unos árboles no muy lejos, pero demasiado lejos para pedir ayuda, si hubiera soñado con ello. Al fin llegamos de nuevo al sonido del mar. Había luz de luna, aunque no mucha; y por esto pude ver las tres enormes torres y almenas rotas de Tantallon, ese antiguo lugar principal de los Red Douglases. El caballo fue atado en el fondo de la zanja para pastar, y fui llevado al interior, y adelante al patio, y de allí a la derruida sala de piedra. Aquí mis conductores construyeron un fuego vivo en medio del pavimento, pues había un frío en la noche. Mis manos fueron desatadas, me colocaron junto a la pared en el extremo interior, y (habiendo el habitante de las Tierras Bajas provisto provisiones) me dieron pan de avena y una jarra de brandy francés. Hecho esto, me dejaron una vez más solo con mis tres montañeses. Se sentaron cerca del fuego bebiendo y hablando; el viento soplaba por las brechas, arrojaba el humo y las llamas, y cantaba en las cimas de las torres; podía oír el mar bajo los acantilados, y, estando mi mente tranquilizada en cuanto a mi vida, y mi cuerpo y espíritu cansados con el trabajo del día, me puse de lado y dormité.
No tenía forma de adivinar a qué hora me despertaron, solo que la luna se había ocultado y el fuego estaba bajo. Mis pies estaban ahora desatados, y fui llevado a través de las ruinas y bajando por el lado del acantilado por un camino precipitado hasta donde encontré un bote de pescadores en un refugio de las rocas. En este fui subido a bordo, y comenzamos a alejarnos de la costa bajo una hermosa luz de estrellas.
CAPÍTULO XIV. EL BASS
No tenía idea de adónde me llevaban; solo buscaba aquí y allá la aparición de un barco; y corría mientras tanto en mi cabeza una palabra de Ransome: los de veinte libras. Si tuviera que estar expuesto por segunda vez a ese mismo peligro anterior de las plantaciones, juzgué que debía resultar mal conmigo; no había un segundo Alan; y no había segundo naufragio ni verga de repuesto que esperar ahora; y me vi azadonando tabaco bajo el látigo. El pensamiento me heló; el aire era cortante sobre el agua, las camillas del bote empapadas con un rocío frío: y temblaba en mi lugar junto al timonel. Este era el hombre oscuro a quien he llamado hasta ahora el habitante de las Tierras Bajas; su nombre era Dale, ordinariamente llamado Black Andie. Sintiendo el estremecimiento de mi escalofrío, muy amablemente me entregó una chaqueta áspera llena de escamas de pescado, con la que me alegré de cubrirme.
—Le agradezco esta amabilidad —dije—, y me tomaré la libertad de pagarla con una advertencia. Usted asume una alta responsabilidad en este asunto. Usted no es como estos montañeses ignorantes y bárbaros, sino que sabe cuál es la ley y los riesgos de aquellos que la quebrantan.
—No soy exactamente lo que usted llamaría un extremista por la ley —dice él—, en el mejor de los casos; pero en este negocio actúo con una buena garantía.
—¿Qué van a hacer conmigo? —pregunté.
—Ningún daño —dijo él—, ningún daño en absoluto. Tendrás amigos fuertes, estoy pensando. Estarás bien todavía.
Comenzó a caer una grisura sobre la cara del mar; pequeñas motas de rosa y rojo, como carbones de fuego lento, vinieron en el este; y al mismo tiempo los gansos despertaron, y comenzaron a gritar sobre la cima del Bass. Es solo un peñasco de roca, como todo el mundo sabe, pero lo suficientemente grande como para tallar una ciudad de él. El mar estaba extremadamente tranquilo, pero había un hueco chapoteo alrededor de la base de él. Con el crecimiento del amanecer podía verlo más y más claro; los peñascos rectos pintados con excrementos de aves marinas como una escarcha matutina, la cima inclinada de él verde con hierba, el clan de gansos blancos que gritaban por los lados, y los edificios negros y rotos de la prisión sentados cerca del borde del mar.
Ante la vista, la verdad me vino de golpe.
—¡Es ahí adonde me llevan! —grité.
—Solo al Bass, hombrecito —dijo él—: Donde los viejos santos estuvieron antes que tú, y dudo si has venido tan justamente por tu prisión.
—Pero nadie vive allí ahora —grité—; el lugar es desde hace mucho una ruina.
—Será entonces un cambio más placentero para los gansos "solan" —dijo Andie secamente.
El día haciéndose lentamente más brillante, observé en la sentina, entre las grandes piedras con las que los pescadores lastran sus botes, varios barriles y cestas, y una provisión de combustible. Todo esto fue descargado sobre el peñasco. Andie, yo mismo, y mis tres montañeses (los llamo míos, aunque era al revés), desembarcamos junto con ellos. El sol aún no había salido cuando el bote se alejó de nuevo, el ruido de los remos sobre los toletes resonando desde los acantilados, y nos dejó en nuestra singular reclusión.
Andie Dale era el Prefecto (como yo lo llamaría jocosamente) del Bass, siendo a la vez el pastor y el guardabosques de esa pequeña y rica propiedad. Tenía que cuidar a la docena más o menos de ovejas que se alimentaban y engordaban en la hierba de la parte inclinada de él, como bestias pastando el techo de una catedral. Tenía a su cargo además los gansos "solan" que anidaban en los peñascos; y de estos se deriva un ingreso extraordinario. Los jóvenes son manjares delicados, tanto como dos chelines cada uno siendo un precio común, y pagado voluntariamente por los epicúreos; incluso las aves adultas son valiosas por su aceite y plumas; y una parte del estipendio del ministro de North Berwick se paga hasta el día de hoy en gansos "solan", lo que lo hace (a los ojos de algunas personas) una parroquia para ser codiciada. Para realizar estos diversos negocios, así como para proteger a los gansos de los cazadores furtivos, Andie tenía frecuentes ocasiones de dormir y pasar días enteros en el peñasco; y encontramos al hombre como en casa allí, como un granjero en su finca. Invitándonos a todos a cargar algunos de los paquetes, una tarea en la que me apresuré a echar una mano, nos guio por una puerta cerrada, que era la única entrada a la isla, y a través de las ruinas de la fortaleza, hasta la casa del gobernador. Allí vimos por las cenizas en la chimenea y un lugar de cama de pie en un rincón, que él hacía su ocupación habitual.
Esta cama me ofreció ahora que usara, diciendo que suponía que yo querría hacerme pasar por caballero.
—Mi hidalguía no tiene nada que ver con dónde me acuesto —dije—. Bendigo a Dios que he yacido duro antes de ahora, y puedo hacer lo mismo de nuevo con agradecimiento. Mientras esté aquí, Sr. Andie, si ese es su nombre, haré mi parte y ocuparé mi lugar junto al resto de ustedes; y le pido por otra parte que me ahorre su burla, la cual confieso que me gusta poco.
Gruñó un poco ante este discurso, pero pareció, tras reflexionar, aprobarlo. De hecho, era un hombre sensato, de mente larga, y un buen Whig y presbiteriano; leía diariamente una Biblia de bolsillo, y era capaz y estaba ansioso por conversar seriamente sobre religión, inclinándose más que un poco hacia los extremos cameronianos. Su moral era de un color más dudoso. Descubrí que estaba metido en el libre comercio, y usaba las ruinas de Tantallon como un almacén de mercancía de contrabando. En cuanto a un agente de aduanas, no creo que valorara la vida de uno en medio céntimo. Pero esa parte de la costa de Lothian es hasta el día de hoy un lugar tan salvaje, y los plebeyos allí una tripulación tan tosca, como cualquier otra en Escocia.
Un incidente de mi encarcelamiento quedó grabado en mi memoria por una consecuencia que tuvo mucho tiempo después. Había un buque de guerra por aquel entonces apostado en el Firth, el Seahorse, al mando del capitán Palliser. Dio la casualidad de que estaba patrullando en el mes de septiembre, navegando entre Fife y Lothian, y sondeando peligros sumergidos. Una mañana temprano, de buen tiempo, se le vio a unas dos millas al este de nosotros, donde arrió un bote y pareció examinar las Wildfire Rocks y Satan’s Bush, peligros famosos de aquella costa. Y al poco rato, tras haber recuperado su bote, se puso a favor del viento y se dirigió directamente hacia el Bass. Esto resultó muy molesto para Andie y los montañeses; todo el asunto de mi reclusión estaba diseñado para ser privado, y aquí, con un capitán de la marina quizás desembarcando por error, parecía que iba a hacerse bastante público, si no ocurría algo peor. Yo estaba en minoría de uno; no soy ningún Alan para enfrentarme a tantos, y distaba mucho de estar seguro de que un buque de guerra fuera lo más indicado para mejorar mi situación. Considerado todo esto, le di a Andie mi palabra de buen comportamiento y obediencia, y fui llevado rápidamente a la cima de la roca, donde todos nos echamos, al borde del acantilado, en diferentes puntos de observación y ocultamiento. El Seahorse siguió recto hasta que pensé que encallaría, y nosotros (mirando vertiginosamente hacia abajo) podíamos ver a la tripulación del barco en sus puestos y oír al sondador cantar la sonda. Entonces, de repente, viró y soltó una descarga de no sé cuántos cañones grandes. La roca se estremeció con el trueno del estruendo, el humo fluyó sobre nuestras cabezas y los gansos se elevaron en número más allá de toda cuenta o creencia. Oír sus graznidos y ver el centelleo de sus alas resultó una curiosidad de lo más inimitable; y supongo que fue por este placer algo infantil por lo que el capitán Palliser se había acercado tanto al Bass. Habría de pagarlo caro con el tiempo. Durante su aproximación tuve la oportunidad de hacer una observación sobre el aparejo de aquel barco por la cual siempre después pude reconocerlo a millas de distancia; y este fue un medio (bajo la Providencia) de librar a un amigo de una gran calamidad, e infligir al propio capitán Palliser una decepción considerable.
Durante todo el tiempo que estuve en la roca vivimos bien. Teníamos cerveza pequeña y brandy, y harina de avena, con la que hacíamos nuestras gachas por la noche y por la mañana. A veces venía un bote de Castleton y nos traía un cuarto de cordero, pues no debíamos tocar las ovejas que había en la roca, ya que estaban especialmente cebadas para el mercado. Los gansos, desgraciadamente, estaban fuera de temporada, y los dejamos estar. Nosotros mismos pescábamos, y aún más a menudo hacíamos que los gansos pescaran por nosotros: observando a uno cuando había hecho una captura y espantándolo de su presa antes de que la hubiera engullido.
La extraña naturaleza de este lugar, y las curiosidades con las que abundaba, me mantuvieron ocupado y entretenido. Siendo imposible escapar, se me permitió total libertad, y exploré continuamente la superficie de la isla allí donde pudiera sostener el pie del hombre. Todavía se podía observar el antiguo jardín de la prisión, con flores y hierbas aromáticas creciendo de forma silvestre, y algunas cerezas maduras en un arbusto. Un poco más abajo se alzaba una capilla o celda de ermitaño; quién la construyó o habitó, nadie puede saberlo, y el pensamiento de su antigüedad sirvió de base para muchas meditaciones. La prisión, también, donde ahora vivía en campamento con ladrones de ganado de las Tierras Altas, era un lugar lleno de historia, tanto humana como divina. Me parecía extraño que tantos santos y mártires hubieran pasado por allí tan recientemente y no hubieran dejado ni una hoja de sus Biblias, o un nombre grabado en la pared, mientras que los rudos soldados que montaban guardia en las almenas habían llenado el vecindario con sus recuerdos: pipas de tabaco rotas en su mayor parte, y en una cantidad sorprendente, pero también botones de metal de sus casacas. Hubo momentos en los que me pareció oír el piadoso sonido de los salmos desde las mazmorras de los mártires, y ver a los soldados caminar por las murallas con sus pipas centelleantes, y el amanecer alzándose tras ellos desde el Mar del Norte.
Sin duda fue en gran medida Andie y sus historias lo que me metió estas fantasías en la cabeza. Conocía extraordinariamente bien la historia de la roca en todos sus detalles, hasta los nombres de los soldados rasos, pues su padre había servido allí en esa misma capacidad. Estaba dotado además de un genio natural para la narración, de modo que la gente parecía hablar y las cosas suceder ante tus ojos. Este don suyo y mi asiduidad para escuchar nos acercaron más. No podía negar honestamente que él me caía bien; pronto vi que yo le caía bien; y en efecto, desde el principio me había propuesto ganarme su buena voluntad. Una circunstancia extraña (que se contará más adelante) lo consiguió más allá de mis expectativas; pero incluso en los primeros días formábamos una pareja amistosa para ser un prisionero y su carcelero.
Engañaría a mi conciencia si pretendiera que mi estancia en el Bass fue totalmente desagradable. Me parecía un lugar seguro, como si hubiera escapado allí de mis problemas. No se me iba a hacer daño; una imposibilidad material, la roca y el mar profundo, me impedían nuevos intentos; sentía que mi vida estaba a salvo y mi honor a salvo, y hubo momentos en que me permitía regocijarme en ellos como si fueran aguas robadas. En otros momentos, mis pensamientos eran muy distintos; recordaba con qué firmeza me había expresado tanto ante Rankeillor como ante Stewart; reflexionaba que mi cautiverio en el Bass, a la vista de gran parte de las costas de Fife y Lothian, era algo que se pensaría más probable que hubiera inventado que soportado; y a los ojos de estos dos caballeros, al menos, debía pasar por fanfarrón y cobarde. A veces me tomaba esto con ligereza; me decía que mientras yo tuviera una buena relación con Catriona Drummond, la opinión del resto de los hombres no era más que luz de luna y agua derramada; y de ahí pasaba a esas meditaciones de amante que son tan deliciosas para uno mismo y que siempre deben parecer tan sorprendentemente ociosas para un lector. Pero al poco tiempo el miedo me asaltaba de otra forma; me veía sacudido por un verdadero pánico de autoestima, y estos supuestos duros juicios me parecían una injusticia imposible de soportar. Con ello se presentaba otro tren de pensamientos, y apenas había empezado a preocuparme por los juicios de los hombres sobre mí, cuando me veía obsesionado con el recuerdo de James Stewart en su mazmorra y las lamentaciones de su esposa. Entonces, en verdad, la pasión empezó a trabajar en mí; no podía perdonarme estar allí ocioso: me parecía (si es que era un hombre) que podía volar o nadar fuera de mi lugar de seguridad; y era en tales humores y para divertir mis autorreproches que me ponía más particularmente a ganar el lado bueno de Andie Dale.
Al final, cuando estábamos los dos solos en la cima de la roca en una mañana brillante, le insinué algo sobre un soborno. Me miró, echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír a carcajadas.
—Sí, es usted divertido, señor Dale —dije—, pero quizás si echa un ojo a ese papel cambie su tono.
Los estúpidos montañeses no me habían quitado en el momento de mi captura más que dinero contante y sonante, y el papel que ahora le mostraba a Andie era un acuse de recibo de la British Linen Company por una suma considerable.
Lo leyó. —Vaya, pues no le va tan mal —dijo él.
—Pensé que tal vez eso variaría sus opiniones —dije yo.
—¡Bah! —dijo él—. Me demuestra que puede sobornar; pero yo no me dejo sobornar.
—Ya veremos eso dentro de un tiempo —digo yo—. Y primero, le mostraré que sé de lo que estoy hablando. Tiene órdenes de detenerme aquí hasta después del jueves, 21 de septiembre.
—Tampoco está del todo equivocado —dice Andie—. Debo dejarle marchar, salvo órdenes en contra, el sábado 23.
No pude evitar sentir que había algo extremadamente insidioso en este arreglo. Que yo reapareciera precisamente a tiempo para llegar demasiado tarde arrojaría aún más descrédito sobre mi historia, si se me ocurriera contar una; y esto me tensó hasta el punto de luchar.
—Ahora bien, Andie, usted que conoce el mundo, escúcheme, y piense mientras escucha —dije—. Sé que hay gente importante en el asunto, y no me cabe duda de que tiene sus nombres para actuar. Yo mismo he visto a algunos de ellos desde que empezó este asunto, y también les he dicho lo que pensaba a la cara. Pero ¿qué clase de crimen sería este que he cometido? ¿O qué clase de proceso es este bajo el que he caído? Ser detenido por algún montañés andrajoso el 30 de agosto, llevado a un montón de piedras viejas que ya no es ni fuerte ni cárcel (fuera lo que fuera en otro tiempo), sino simplemente la casa del guarda de Bass Rock, y puesto en libertad de nuevo, el 23 de septiembre, tan secretamente como fui arrestado al principio, ¿le suena eso a ley a usted? ¿O le suena a justicia? ¿O no suena honestamente a una pieza de alguna intriga baja y sucia, de la que la misma gente que se entromete en ella se avergüenza?
—No puedo llevarle la contraria, Shaws. Parece muy turbio —dice Andie—. Y si no fuera porque la gente es de buenos y firmes Whigs y presbiterianos de pura cepa, los habría mandado más allá del Jordán y Jerusalén antes de haber puesto mano en ello.
—El Maestro de Lovat será un buen Whig —digo yo—, y un gran presbiteriano.
—No sé nada de él —dijo él—. No tengo tratos con los Lovat.
—No, será con Prestongrange con quien usted estará tratando —dije yo.
—Ah, pero eso no se lo voy a decir —dijo Andie.
—Poca falta hace cuando ya lo sé —fue mi réplica.
—Solo hay una cosa de la que puede estar bastante seguro, Shaws —dice Andie—. Y es que (por más que lo intente) no estoy tratando con usted; ni tampoco voy a hacerlo —añadió.
—Bueno, Andie, veo que tendré que hablarle claro —respondí. Y le conté tanto como creí necesario de los hechos.
Me escuchó hasta el final con cierto interés serio, y cuando terminé, pareció reflexionar un poco consigo mismo.
—Shaws —dijo por fin—, le hablaré con total franqueza. Es una historia extraña, y no muy creíble, tal como usted la cuenta; y estoy lejos de insinuar que sea otra cosa que la que usted cree. En cuanto a usted, me parece un joven bastante decente. Pero yo, que soy mayor y más juicioso, veo quizás un poco más allá en el trabajo de lo que usted puede hacer. Y aquí tiene el asunto claro y sencillo para usted. No habrá daño para usted si le mantengo aquí; lejos de eso, creo que estará bastante mejor así. No habrá daño para el país: solo un montañés más ahorcado, ¡Dios sabe, un buen alivio! Por otra parte, sería un daño considerable para mí si le dejara libre. Así que, hablando como un buen Whig, un amigo honesto suyo, y un amigo preocupado de mí mismo, el hecho puro y simple es que creo que simplemente tendrá que quedarse aquí con Andie y los alcatraces.
—Andie —dije, poniendo mi mano sobre su rodilla—, este montañés es inocente.
—Sí, es una lástima —dijo él—. Pero ya ve, en este mundo, tal como Dios lo hizo, no podemos conseguir todo lo que queremos.
CAPÍTULO XV. LA HISTORIA DE TOD LAPRAIK DE BLACK ANDIE
Todavía he dicho poco de los montañeses. Los tres eran seguidores de James More, lo que ataba la acusación muy fuertemente alrededor del cuello de su amo. Todos entendían una o dos palabras de inglés, pero Neil era el único que juzgaba que tenía suficiente para una conversación general, en la que (una vez que se embarcaba) su compañía a menudo se veía tentada a la opinión contraria. Eran criaturas dóciles y sencillas; mostraban mucha más cortesía de la que cabría esperar de su andrajosidad y su aspecto tosco, y espontáneamente se convirtieron en tres sirvientes para Andie y para mí.
Viviendo en aquel lugar aislado, en las viejas ruinas decadentes de una prisión, y entre un sinfín de sonidos extraños del mar y de las aves marinas, creí percibir en ellos desde el principio los efectos del miedo supersticioso. Cuando no había nada que hacer, se echaban a dormir, para lo cual su apetito parecía insaciable, o Neil entretenía a los demás con historias que siempre parecían de un cariz aterrador. Si ninguno de estos placeres estaba al alcance —si quizás dos dormían y el tercero no encontraba forma de seguir su ejemplo— lo veía sentarse y escuchar y mirar a su alrededor en una progresión de inquietud, sobresaltándose, con el rostro palideciendo, las manos crispadas, un hombre tensado como un arco. La naturaleza de estos miedos nunca tuve ocasión de descubrirla, pero verlos era contagioso, y la naturaleza del lugar en el que estábamos era favorable a las alarmas. No encuentro palabra para ello en inglés, pero Andie tenía una expresión en escocés de la que nunca variaba.
—Sí —decía—, es un lugar extraño el Bass.
Es así como siempre pienso en él. Era un lugar extraño de noche, extraño de día; y estos eran sonidos extraños, el llamado de los alcatraces, el chapoteo del mar y los ecos de la roca, que permanecían continuamente en nuestros oídos. Era así principalmente con tiempo moderado. Cuando las olas eran de alguna manera grandes, rugían alrededor de la roca como truenos y tambores de ejércitos, temibles pero alegres de oír; y era en los días de calma cuando uno podía amedrentarse escuchando —no solo un montañés, como varias veces experimenté en mí mismo— tantos ruidos quietos y huecos rondaban y reverberaban en los recovecos de la roca.
Esto me lleva a una historia que escuché, y a una escena en la que participé, que cambió por completo nuestras condiciones de vida, y tuvo un gran efecto en mi partida. Sucedió una noche que caí en una musa junto al fuego y (volviendo a mi memoria aquel airecito de Alan) empecé a silbar. Una mano se posó sobre mi brazo, y la voz de Neil me pidió que parara, pues no era "música sana".
—¿No sana? —pregunté—. ¿Cómo puede ser eso?
—No —dijo—; será hecha por un espectro y ella queriendo tener cabeza sobre su cuerpo.
—Bueno —dije—, no puede haber espectros aquí, Neil; porque no es probable que se molesten en asustar a los gansos.
—¿Sí? —dice Andie—. ¡Es eso lo que piensa de ello! Pero puedo decirle que ha habido cosas peores que espectros aquí.
—¿Qué es peor que los espectros, Andie? —dije.
—Brujos —dijo él—. O un brujo al menos. Y esa es una historia curiosa, también —añadió—. Y si le gustaría, se la contaré.
Sin duda, todos estábamos de acuerdo, y hasta el montañés que menos inglés sabía de los tres se dispuso a escuchar con todas sus fuerzas.
La historia de Tod Lapraik
Mi padre, Tam Dale, paz a sus huesos, era un joven alocado y fanfarrón en sus días mozos, con poca sabiduría y poca gracia. Le gustaba una moza y le gustaba un vaso, y le gustaba una juerga; pero nunca pude oír decir que fuera de gran utilidad para un empleo honesto. De una cosa a otra, se alistó al final como soldado y estuvo en la guarnición de este fuerte, que fue la primera forma en que alguno de los Dale llegó a poner pie en el Bass. ¡Pena de aquel servicio! El gobernador preparaba su propia cerveza; parece que era la peor imaginable. La roca estaba aprovisionada desde la orilla con víveres, la cosa estaba mal dirigida, y había veces en que tenían que pescar y disparar alcatraces para su dieta. Para colmo de todo, estos eran los días de la Persecución. Las frías cámaras que perecían estaban todas ocupadas con santos y mártires, la sal de la tierra, de la cual no era digna. Y aunque Tam Dale llevaba un mosquete allí, un simple soldado, y le gustaba una moza y un vaso, como decía, la mente del hombre era más justa de lo que su posición indicaba. Tenía destellos de la gloria de la iglesia; había veces en que su indignación se elevaba al ver a los santos del Señor maltratados, y la vergüenza lo cubría por tener que sostener una vela (o llevar un mosquete) en un asunto tan negro. Había noches en las que estaba aquí de centinela, el lugar todo en silencio, las heladas del invierno tal vez desgarrando las paredes, y oía a uno de los prisioneros entonar un salmo, y los demás unirse, y los benditos sonidos alzándose desde las diferentes cámaras —o mazmorras, preferiría decir— de modo que este viejo peñasco en el mar era como una parte del Cielo. Una negra vergüenza estaba en su alma; sus pecados se alzaban ante él tanto como el Bass, y sobre todo, ese pecado principal, que tuviera mano en acuchillar y destrozar la Iglesia de Cristo. Pero la verdad es que resistió al espíritu. Llegaba el día, estaban los compañeros alborotadores, y sus buenas resoluciones se marchaban.
En aquellos días, moraba en el Bass un hombre de Dios, Peden el Profeta era su nombre. Habrán oído hablar del Profeta Peden. Nunca hubo igual a él desde entonces, y es una pregunta para muchos si alguna vez hubo alguien como él antes. Era salvaje como una turbera, temible de mirar, temible de oír, su rostro como el día del juicio. Su voz era como la de un alcatraz y retumbaba en los oídos de la gente, y sus palabras eran como carbones de fuego.
Ahora bien, había una moza en la roca, y creo que tenía poco que hacer, porque no era lugar para mujeres decentes; pero parece que era bonita, y ella y Tam Dale estaban muy bien avenidos. Sucedió que Peden estaba en el jardín a solas rezando cuando Tam y la moza pasaron por allí; ¿y qué iba a hacer la muchacha sino burlarse con risas de las devociones del santo? Él se levantó y miró a los dos, y las rodillas de Tam chocaron entre sí al mirarlo. Pero cuando habló, fue más con tristeza que con ira. "¡Pobre cosa, pobre cosa!", dice él, y era a la moza a quien miraba, "oigo tus chillidos y tus risas", dice, "pero el Señor tiene un disparo mortal preparado para ti, y ante ese juicio sorprendente ¡chillarás solo una vez!". Poco después ella estaba paseando por los riscos con dos o tres soldados, y era un día ventoso. Vino una racha de viento, la agarró por las faldas, y se la llevó lejos con todo y su equipaje. Y fue notado por los soldados que ella no dio más que un chillido.
Sin duda este juicio tuvo algún peso sobre Tam Dale; pero pasó de nuevo y él no mejoró nada. Un día estaba discutiendo con otro soldado joven. "¡Que me lleve el diablo!", dijo Tam, pues era un maldiciente profano. Y allí estaba Peden mirándolo fijamente, serio y lleno de pesar; Peden con sus largas mejillas y ojos llameantes, la manta envuelta alrededor de su pecho, y su mano extendida con las uñas negras en las puntas de los dedos —pues no tenía cuidado del cuerpo—. "¡Ay, ay, hombre pobre!", grita él, "¡el pobre hombre tonto! Que me lleve el diablo, dice él; ¡y yo veo al diablo en su sobaco!". La convicción de culpa y gracia entró en Tam como el mar profundo; arrojó la pica que tenía en las manos: "¡No levantaré más armas contra la causa de Cristo!", dice, y fue tan bueno como su palabra. Hubo un gran alboroto al principio, pero el gobernador, viéndolo resuelto, le dio su baja, y él se fue y vivió y se casó en North Berwick, y siempre tuvo un buen nombre entre la gente honesta desde aquel día en adelante.
Fue en el año diecisietecientos seis cuando el Bass cayó en manos de los Dalrymple, y fueron dos hombres los que solicitaron el encargo. Ambos estaban bien cualificados, pues ambos habían sido soldados en la guarnición, conocían el modo de manejar los alcatraces, sus temporadas y su valor. Además de eso, ambos —o ambos lo parecían— eran fervientes profesantes y hombres de trato afable. El primero de ellos era precisamente Tam Dale, mi padre. El segundo era un tal Lapraik, a quien la gente llamaba mayormente Tod Lapraik, aunque nunca pude saber si por su nombre o por su naturaleza. Pues bien, Tam fue a ver a Lapraik por este asunto y me llevó a mí, que era un chiquillo que apenas empezaba a andar, de la mano. Tod tenía su morada en el largo camino al norte del cementerio. Es un camino oscuro y siniestro, además de que la iglesia siempre ha tenido mala fama desde los días de Jacobo VI y los hechizos del diablo que allí se conjuraron cuando la Reina estaba en los mares; y en cuanto a la casa de Tod, estaba en el extremo más sombrío y era poco apreciada por algunos que sabían de la misa la media. La puerta estaba sin echar el cerrojo aquel día, y mi padre y yo entramos directamente. Tod era tejedor de oficio; su telar estaba en la estancia principal. Allí estaba sentado, un hombre gordo y grande, una masa blanca como el sebo, con una especie de sonrisa sagrada que me daba náuseas. Su mano movía constantemente la lanzadera, pero tenía los ojos cerrados. Le llamamos por su nombre, gritamos en su oído sordo, lo sacudimos por los hombros. ¡De nada sirvió! Allí estaba sentado sobre sus posaderas, moviendo la lanzadera y sonriendo como el sebo.
—Dios sea bueno con nosotros —dice Tam Dale—, ¡esto no es natural!
Apenas había dicho la palabra cuando Tod Lapraik volvió en sí.
—¿Eres tú, Tam? —dice él—. ¡Vaya, hombre! Me alegra verte. A veces caigo en un pequeño sopor como este —dice—; es por el estómago.
Bien, empezaron a charlar sobre el Bass y sobre cuál de los dos iba a obtener la guardia, y poco a poco llegaron a palabras muy feas y se separaron con ira. Recuerdo bien que, mientras mi padre y yo volvíamos a casa, él repetía una y otra vez la misma expresión, lo poco que le gustaba Tod Lapraik y sus sopores.
—¡Sopor! —decía—. Creo que hubo gente que ardió en la hoguera por sopores como ese.
Pues bien, mi padre consiguió el Bass y Tod se quedó sin nada. Se recordó desde entonces de qué manera se había tomado el asunto. —Tam —dice él—, has vuelto a ganarme una vez más, y espero —dice— que encuentres al menos todo lo que esperas en el Bass. Lo que desde entonces se ha considerado una expresión notable. Al fin llegó el momento de que Tam Dale cogiera los alcatraces jóvenes. Era un negocio al que estaba muy acostumbrado, había sido un hombre de riscos desde muchacho y no confiaba en nadie más que en sí mismo. Así que allí estaba él, colgado de una cuerda y gesticulando en la cara del risco, donde es más alto y empinado. Cuatro muchachos atentos estaban en la cima, sujetando la cuerda y pendientes de sus señales. Pero donde Tam colgaba no había más que el risco, el mar abajo y los alcatraces chillando y volando. Era una hermosa mañana de primavera, y Tam silbaba mientras agarraba los gansos jóvenes. Muchas veces le he oído contar esta experiencia, y siempre al hombre le corría el sudor.
Sucedió, ya veis, que Tam miró hacia arriba y se percató de un gran alcatraz que picoteaba la cuerda. Pensó que aquello era extraordinario y ajeno a los hábitos de la criatura. Recordó que las cuerdas eran cosas sumamente blandas, y el pico del alcatraz y el peñón del Bass sumamente duros, y que doscientos pies eran bastante más de lo que desearía caer.
—¡Fuera! —dice Tam—. ¡Largo, pájaro! ¡Fuera, largo de aquí! —dice él.
El alcatraz miró hacia abajo a la cara de Tam, y había algo extraño en los ojos de la criatura. Tan solo dio aquella mirada y volvió a la cuerda. Pero ahora trabajaba y forcejeaba como una cosa demente. Nunca se hizo un alcatraz que trabajara como ese alcatraz; y parecía entender su ocupación perfectamente, presionando la cuerda blanda entre su pico y un saliente rugoso de piedra.
Un frío escalofrío de miedo recorrió el corazón de Tam. "Esta cosa no es un pájaro", piensa. Sus ojos se volvieron hacia atrás en su cabeza y el día se oscureció a su alrededor. "Si me da un sopor aquí", pensó, "se acabó para Tam Dale". Y señaló a los muchachos que lo subieran.
Y pareció que el alcatraz entendía lo de las señales. Pues no bien se hizo la señal, soltó la cuerda, extendió sus alas, graznó en voz alta, dio una vuelta volando y se lanzó directo a los ojos de Tam Dale. Tam tenía un cuchillo, hizo brillar el acero frío. Y pareció que el alcatraz entendía lo de los cuchillos, pues no bien brilló el acero al sol, dio un solo graznido, pero más bajo, como un ser decepcionado, y se alejó volando alrededor del contorno del risco, y Tam no lo vio más. Y tan pronto como aquello se hubo ido, la cabeza de Tam cayó sobre su hombro, y lo subieron como a un cadáver, golpeando contra el risco.
Un trago de brandy (del que nunca prescindía) lo trajo de vuelta a sus sentidos, o a lo que quedaba de ellos. Se sentó.
—Corred, Geordie, corred al bote, aseguraos del bote, hombre —corred! —grita—, o aquel alcatraz se lo llevará —dice él.
Los cuatro muchachos se miraron entre sí e intentaron engatusarlo para que se calmara. Pero nada satisfacía a Tam Dale hasta que uno de ellos se hubo adelantado para hacer guardia en el bote. Los otros preguntaron si pensaba bajar de nuevo.
—No —dice él—, y ni vosotros ni yo —dice—, y tan pronto como pueda sostenerme sobre mis dos pies nos iremos de este risco de Satanás.
Efectivamente, no se perdió tiempo, y fue demasiado; pues antes de que llegaran a North Berwick, Tam estaba con una fiebre delirante. Estuvo todo el verano postrado; ¿y quién fue tan amable como para venir a preguntar por él, sino Tod Lapraik! La gente pensó después que cada vez que Tod se acercaba a la casa la fiebre empeoraba. No sé sobre eso; pero lo que sé mejor es que ese fue el fin.
Fue alrededor de esta época del año; mi abuelo estaba pescando pescado blanco; y, como un niño, tuve que ir con él. Tuvimos una gran captura, recuerdo, y el lugar donde yacían los peces nos acercó cerca del Bass, donde nos encontramos con otro bote que pertenecía a un tal Sandie Fletcher de Castleton. Tampoco hace mucho que ha muerto, o podríais preguntarle a él mismo. Pues bien, Sandie llamó.
—¿Qué es eso en el Bass? —dice él.
—¿En el Bass? —dice mi abuelo.
—Sí —dice Sandie—, en la ladera verde.
—¿Qué clase de cosa? —dice mi abuelo—. No puede haber nada en el Bass más que las ovejas.
—Se parece mucho a un cuerpo —dijo Sandie, que estaba más cerca.
—¡Un cuerpo! —dijimos nosotros, y a ninguno de nosotros nos gustó eso. Pues no había bote que pudiera haber traído a un hombre, y la llave de la puerta de la prisión colgaba en casa de mi padre en el armario-cama.
Mantuvimos los dos botes juntos por compañía y nos acercamos más. Mi abuelo tenía un catalejo, pues había sido marinero y capitán de una balandra, y la había perdido en las arenas de Tay. Y cuando pusimos el catalejo, efectivamente, había un hombre. Estaba en un pliegue de la ladera verde, un poco debajo de la capilla, completamente solo, y saltaba y se agitaba y bailaba como una loca en una boda.
—Es Tod —dice mi abuelo, y pasó el catalejo a Sandie.
—Sí, es él —dice Sandie.
—O uno con su semejanza —dice mi abuelo.
—Poca es la diferencia —dijo Sandie—. Demonio o brujo, probaré el arma con él —dijo, y sacó una escopeta que siempre llevaba, pues Sandie era un tirador famoso y notable en todo aquel país.
—Mantén tu mano, Sandie —dice mi abuelo—; primero debemos ver con más claridad —dice—, o este puede ser un día costoso para ambos.
—¡Bah! —dice Sandie—, este es seguramente el juicio del Señor, y que se condene —dice él.
—Tal vez sí, y tal vez no —dice mi abuelo, ¡hombre digno!—. Pero ¿te acuerdas del Procurador Fiscal, con quien creo que ya te habrás encontrado antes? —dice él.
Esto era demasiado cierto, y Sandie quedó un poco desconcertado. —Bien, Edie —dice él—, ¿y cuál sería tu forma de hacerlo?
—Oh, solo esta —dice mi abuelo—. Deja que yo, que tengo el bote más rápido, vuelva a North Berwick, y deja que tú te quedes aquí y vigiles a Aquel. Si no puedo encontrar a Lapraik, me uniré a ti y los dos tendremos una charla con él. Pero si Lapraik está en casa, izaré la bandera en el puerto, y tú podrás probar con Aquella Cosa con la escopeta.
Bien, así se acordó entre los dos. Yo era solo un niño y subí al bote de Sandie, donde pensé que vería lo mejor del asunto. Mi abuelo le dio a Sandie un tester de plata para que lo pusiera en su arma junto con los perdigones de plomo, por ser más mortal contra espectros. Y entonces el bote de mi abuelo se marchó hacia North Berwick, y el otro se quedó donde estaba y observó la cosa funesta en la ladera.
Todo el tiempo que estuvimos allí, saltaba y se agitaba y daba brincos y giraba como un trompo, y a veces podíamos oírlo gritar mientras giraba. He visto muchachas, las locas, que saltaban y bailaban toda una noche de invierno, y seguían saltando y bailando cuando llegaba el día de invierno. Pero habría gente allí para acompañarlas, y los muchachos para animarlas; y esta cosa estaba sola. Y habría un violinista moviendo el codo junto a la chimenea; y esta cosa no tenía música más que el chirrido de los alcatraces. Y las muchachas eran jovencitas con la vida roja palpitando y saltando en sus miembros; y este era un hombre gordo, grande y seboso, y él caído en el valle de los años. Decid lo que queráis, debo decir lo que creo. Era alegría lo que había en el corazón de la criatura, la alegría del infierno, me atrevo a decir: alegría de cualquier modo. Muchas veces me he preguntado por qué las brujas y los brujos deberían vender sus almas (que son sus posesiones más queridas) y ser viejas esposas andrajosas y arrugadas o viejos hombres inútiles y decrépitos; y entonces me acuerdo de Tod Lapraik bailando todas las horas solo en la gloria negra de su corazón. ¡Sin duda arden mucho por ello en el infierno, pero tienen un gran momento aquí, de todos modos! —¡y que el Señor nos perdone!
Bien, al final, vimos la pequeña bandera alzarse hasta el tope del mástil sobre las rocas del puerto. Eso era todo lo que Sandie esperaba. Alzó el arma, tomó una puntería deliberada y apretó el gatillo. Hubo un estallido y luego un grito lastimero desde el Bass. Y allí estábamos nosotros frotándonos los ojos y mirándonos como locos. Pues con el estallido y el grito la cosa había desaparecido por completo. El sol brilló, el viento sopló, y allí estaba el terreno vacío donde el Prodigio había estado saltando y agitándose solo un segundo antes.
Todo el camino a casa rugí y lloré con el terror de aquella dispensación. Los adultos no estaban mucho mejor; apenas se dijo nada en el bote de Sandie más que el nombre de Dios; y cuando llegamos al muelle, las rocas del puerto estaban completamente negras de gente esperándonos. Parece que habían encontrado a Lapraik en uno de sus sopores, moviendo la lanzadera y sonriendo. Enviaron a un muchacho a izar la bandera, y el resto permaneció allí en la casa del tejedor. Podéis estar seguros de que les gustaba poco; pero fue un medio de gracia para varios que estaban allí orando para sí mismos (pues nadie se atrevía a orar en voz alta) y mirando aquella cosa impresionante mientras movía la lanzadera. Luego, de repente, y con un solo grito espantoso, Tod saltó de sus posaderas y cayó hacia adelante sobre el telar, un cadáver ensangrentado.
Cuando se examinó el cadáver, los perdigones de plomo no habían rebotado en el cuerpo del brujo; ¡ni rastro de un perdigón de plomo se encontró! pero estaba el tester de plata de mi abuelo en el corazón de sapo que tenía.
Andie apenas había terminado cuando ocurrió un asunto bastante tonto que tuvo su consecuencia. Neil, como he dicho, era él mismo un gran narrador. He oído desde entonces que conocía todas las historias de las Tierras Altas; y tenía un gran concepto de sí mismo, y era tenido en gran estima por otros gracias a ello. Ahora, la historia de Andie le recordó una que ya había oído.
—Ella habría conocido esa historia antes —dijo—. Ella era la historia de Uistean More M’Gillie Phadrig y el Gavar Vore.
—No es tal cosa —gritó Andie—. Es la historia de mi padre (ahora con Dios) y Tod Lapraik. Y lo mismo en tu barba —dice él—; ¡y mantén tu lengua dentro de tus mandíbulas de las Tierras Altas!
Al tratar con montañeses se encontrará, y ha sido demostrado en la historia, lo bien que va con los gentilhombres de las Tierras Bajas; pero la cosa parece apenas factible para la gente común de las Tierras Bajas. Ya había observado que Andie estaba continuamente a punto de pelearse con nuestros tres MacGregor, y ahora, efectivamente, iba a suceder.
—Esas no serán palabras para usar con caballeros —dice Neil.
—¡Caballeros! —grita Andie—. ¡Caballeros, pedazo de estúpido montañés! Si Dios te diera la gracia de verte a ti mismo como te ven los demás, vomitarías tu cena.
Vino algún tipo de juramento gaélico de Neil, y el cuchillo negro estaba en su mano en ese instante.
No hubo tiempo para pensar; y atrapé al montañés por la pierna, lo derribé y le inmovilicé la mano armada antes de saber lo que estaba haciendo. Sus camaradas saltaron para rescatarlo, Andie y yo estábamos sin armas, los Gregara tres contra dos. Parecía que estábamos más allá de toda salvación, cuando Neil gritó en su propia lengua, ordenando a los otros que retrocedieran, e hizo su sumisión a mí mismo de la manera más abyecta, incluso entregándome su cuchillo que (tras una repetición de sus promesas) le devolví al día siguiente.
Dos cosas vi claras: la primera, que no debía construir demasiado alto sobre Andie, quien se había encogido contra la pared y estuvo allí, tan pálido como la muerte, hasta que el asunto terminó; la segunda, la fuerza de mi propia posición con los montañeses, que debieron recibir órdenes extraordinarias de ser delicados con mi seguridad. Pero si pensé que Andie no salió muy bien parado en cuanto a coraje, no tuve queja de él por el lado de la gratitud. No fue tanto que me molestara con agradecimientos, como que toda su mente y manera parecían cambiadas; y como conservó siempre después una gran timidez hacia nuestros compañeros, él y yo estuvimos aún más constantemente juntos.
CAPÍTULO XVI. EL TESTIGO DESAPARECIDO
El diecisiete, el día en que estaba citado con el Abogado, tuve mucha rebelión contra el destino. La idea de él esperando en el *King's Arms*, y de lo que pensaría, y de lo que diría cuando nos volviéramos a ver, me atormentaba y oprimía. La verdad era increíble, tanto tenía que admitir, y parecía cruelmente duro que debiera ser señalado como un mentiroso y un cobarde, y haber omitido nunca conscientemente lo que era posible que hiciera. Repetí esta forma de palabras con una especie de amargo deleite, y reexaminé bajo esa luz los pasos de mi comportamiento. Parecía que me había portado con James Stewart como podría hacerlo un hermano; todo el pasado era una imagen de la que podía estar orgulloso, y solo quedaba el presente por considerar. No podía nadar en el mar, ni volar por el aire, pero siempre estaba Andie. Le había hecho un servicio, yo le gustaba; tenía una palanca allí sobre la que trabajar; si fuera solo por decencia, debía intentarlo una vez más con Andie.
Era tarde en la tarde; no había sonido en todo el Bass más que el chapoteo y burbujeo de un mar muy tranquilo; y mis cuatro compañeros estaban todos separados, los tres MacGregor más arriba en la roca, y Andie con su Biblia en un lugar soleado entre las ruinas; allí lo encontré en sueño profundo, y, tan pronto como despertó, le apelé con cierto fervor de manera y una buena muestra de argumentos.
—Si pensara que iba a hacerle bien a usted, ¡Shaws! —dijo, mirándome por encima de sus gafas.
—Es para salvar a otro —dije yo—, y para redimir mi palabra. ¿Qué sería más bueno que eso? ¿No recuerda la escritura, Andie? ¡Y usted con el Libro sobre su regazo! *¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo?*
—Sí —dijo él—, eso está muy bien para usted. ¡Pero dónde entro yo! Tengo mi palabra que redimir lo mismo que usted. ¿Y qué me está pidiendo que haga, sino solo vendérsela por dinero?
—¡Andie! ¿he nombrado el nombre de dinero? —grité yo.
—Oh, el nombre no es nada —dijo él—; la cosa está ahí, de todos modos. Simplemente se reduce a esto; si voy a servirle de la manera que usted propone, perderé mi medio de vida. Entonces está claro que usted tendrá que compensármelo, y un poco más, por su propio crédito, digamos. ¿Y qué es eso sino solo un soborno? ¡Y si al menos estuviera seguro del soborno! Pero por todo lo que puedo aprender, está lejos de eso; y si usted fuera a la horca, ¿dónde estaría yo? No: la cosa no es posible. ¡Y simplemente váyase, buen muchacho! y deje que Andie lea su capítulo.
Recuerdo que, en el fondo, me sentí bastante gratificado con este resultado; y el siguiente estado de ánimo en el que caí fue uno (casi habría dicho) de gratitud hacia Prestongrange, quien me había salvado, de esta manera violenta e ilegal, de en medio de mis peligros, tentaciones y perplejidades. Pero esto era demasiado frágil y demasiado cobarde para durarme mucho, y el recuerdo de James comenzó a suceder a la posesión de mis ánimos. El 21, el día fijado para el juicio, lo pasé en tal miseria mental que apenas recuerdo haberla soportado, salvo quizás solo en la Isla Earraid. Gran parte del tiempo yacía en una ladera entre el sueño y la vigilia, mi cuerpo inmóvil, mi mente llena de pensamientos violentos. A veces dormía, en verdad; pero el tribunal de Inverary y el prisionero mirando a todos lados para encontrar a su testigo desaparecido, me seguían en el sueño; y despertaba de nuevo con un sobresalto a la oscuridad del espíritu y la angustia del cuerpo. Pensé que Andie parecía observarme, pero le presté poca atención. En verdad, mi pan era amargo para mí, y mis días una carga.
Temprano a la mañana siguiente (viernes, 22) llegó un bote con provisiones, y Andie puso un paquete en mi mano. La cubierta estaba sin dirección pero sellada con un sello del Gobierno. Contenía dos notas. "El Sr. Balfour puede ahora ver por sí mismo que es demasiado tarde para entrometerse. Su conducta será observada y su discreción recompensada". Así decía la primera, que parecía estar laboriosamente escrita con la mano izquierda. Ciertamente no había nada en estas expresiones para comprometer al escritor, incluso si esa persona pudiera ser encontrada; el sello, que servía formidablemente en lugar de firma, estaba fijado a una hoja separada en la que no había ni un rasguño de escritura; y tuve que confesar que (hasta ahora) mis adversarios sabían lo que estaban haciendo, y digerir lo mejor que pude la amenaza que se asomaba bajo la promesa.
Pero el segundo pliego era, con mucho, el más sorprendente. Estaba escrito con letra de dama. «Se informa al maestre Dauvit Balfour de que una amiga ha estado preguntando por él y de que tenía los ojos grises», decía; y me pareció algo tan extraordinario que llegara a mis manos en un momento así y bajo el sello del Gobierno, que me quedé atontado. Los ojos grises de Catriona brillaron en mi recuerdo. Pensé, con un salto de placer, que ella debía ser la amiga. Pero ¿quién podría ser la escritora para tener su esquela así incluida con la de Prestongrange? Y, entre todas las maravillas, ¿por qué se consideró necesario darme esta agradable pero inconsecuente noticia sobre el Bass? En cuanto a la escritora, no pude pensar en ninguna posible salvo la señorita Grant. Recordé que su familia había hecho comentarios sobre los ojos de Catriona e incluso la habían llamado por su color; y ella misma solía dirigirse a mí con una pronunciación marcada, a modo de burla, supuse, por mi rusticidad. Sin duda, además, vivía en la misma casa de donde procedía esta carta. Así que solo quedaba un paso por explicar; y era cómo Prestongrange le había permitido participar en un asunto tan secreto, o dejar que su esquela, parecida a una locura, fuera en el mismo sobre que la suya. Pero incluso aquí tuve un destello. Pues, en primer lugar, había algo bastante alarmante en la joven, y el papá podría estar más bajo su dominio de lo que yo creía. Y, en segundo lugar, había que recordar la política continua del hombre, cómo su conducta había estado siempre mezclada con caricias, y apenas había dejado de lado, en medio de tanta contención, una máscara de amistad. Debía suponer que mi encarcelamiento me había enfurecido. ¿Quizás este pequeño mensaje amistoso y bromista pretendía aplacar mi rencor?
Seré honesto, y creo que lo hizo. Sentí una repentina calidez hacia esa hermosa señorita Grant, porque se rebajara a mostrar tanto interés en mis asuntos. El hecho de invocar a Catriona me movió por sí mismo a consejos más suaves y cobardes. Si el Abogado sabía de ella y de nuestra relación, si yo le complaciera con algo de esa «discreción» a la que apuntaba su carta, ¿a qué podría conducir esto! «En vano se prepara la red ante los ojos de cualquier ave», dice la Escritura. ¡Bueno, las aves deben ser más sabias que la gente! Pues creí percibir la política, y sin embargo caí en ella.
Estaba en este estado, con el corazón latiendo, los ojos grises claros ante mí como dos estrellas, cuando Andie interrumpió mis pensamientos.
—Veo que ha recibido buenas noticias —dijo.
Lo encontré mirándome con curiosidad; con eso apareció ante mí como una visión de James Stewart y el tribunal de Inverary; y mi mente se volvió al instante como una puerta sobre sus bisagras. Los juicios, reflexioné, a veces se prolongan más de lo previsto. Incluso si llegaba a Inverary demasiado tarde, todavía se podría intentar algo en interés de James, y en los de mi propio carácter, se lograría lo mejor. En un momento, al parecer sin pensar, tuve un plan trazado.
—Andie —dije—, ¿sigue siendo para mañana?
Me dijo que nada había cambiado.
—¿Se dijo algo sobre la hora? —pregunté.
Me dijo que debían ser las dos de la tarde.
—¿Y sobre el lugar? —proseguí.
—¿Qué lugar? —dice Andie.
—¿El lugar donde debo ser desembarcado? —dije.
Admitió que no había nada al respecto.
—Muy bien, entonces —dije—, esto será cosa mía arreglarlo. El viento está en el este, mi camino yace hacia el oeste: quédese con su barco, yo lo alquilo; trabajemos subiendo el Forth todo el día; y déjeme a las dos de la tarde de mañana en el lugar más al oeste que podamos haber alcanzado.
—¡Loco muchacho! —gritó—, ¡intentarías llegar a Inverary después de todo!
—Exacto, Andie —digo.
—¡Bueno, eres difícil de batir! —dice—. Y me dio una especie de pena por ti todo el día de ayer —añadió—. Verás, nunca estuve del todo seguro hasta entonces de qué camino querías realmente.
¡Aquí había una espuela para un caballo cojo!
—Una palabra en tu oído, Andie —dije—. Este plan mío tiene otra ventaja todavía. Podemos dejar a estos montañeses atrás en la roca, y uno de tus barcos de Castleton puede recogerlos mañana. Aquel Neil tiene una mirada rara cuando te observa; tal vez, si yo estuviera fuera de la puerta, podría haber cuchillos de nuevo; estos pelirrojos son terriblemente rencorosos. Y si surgiera alguna pregunta, aquí tienes tu excusa. Nuestras vidas estaban en peligro por estos salvajes; siendo responsable de mi seguridad, elegiste la parte de traerme lejos de su vecindad y retenerme el resto del tiempo a bordo de tu barco: ¿y sabes, Andie? —digo, con una sonrisa—, creo que fue elegido muy sabiamente.
—La verdad es que no tengo aprecio por Neil —dice Andie—, ni él por mí, creo; y me gustaría poco llegar a las manos con el hombre. Tam Anster se las arreglará mejor con el ganado de todos modos. (Pues este hombre, Anster, venía de Fife, donde todavía se habla gaélico). —¡Sí, sí! —dice Andie—, Tam podrá tratar con ellos lo mejor posible. ¡Y a fe mía! cuanto más lo pienso, menos veo que se nos requiera. El lugar… ¡sí, vaya! se habían olvidado del lugar. Eh, Shaws, ¡eres un tipo de cabeza larga cuando quieres! Además de que te debo mi vida —añadió, con más solemnidad, y me ofreció su mano sobre el trato.
Tras lo cual, con apenas más palabras, subimos repentinamente a bordo del barco, soltamos amarras y pusimos la vela. Los Gregara estaban entonces ocupados con el desayuno, pues la cocina era su parte habitual; pero, uno de ellos acercándose a las almenas, nuestra huida fue observada antes de que estuviéramos a veinte brazas de la roca; y los tres corrieron por las ruinas y la plataforma de aterrizaje, como si fueran hormigas alrededor de un hormiguero roto, llamándonos y gritándonos que volviéramos. Todavía estábamos tanto en el refugio como en la sombra de la roca, que se extendía ampliamente sobre las aguas, pero pronto salimos casi al mismo momento al viento y al sol; la vela se llenó, el barco se inclinó hasta la borda y navegamos inmediatamente más allá del alcance de las voces de los hombres. A qué terrores se enfrentaron en la roca, donde ahora estaban abandonados sin el semblante de ninguna persona civilizada ni siquiera la protección de una Biblia, no se puede poner límite; ni les quedaba brandy para ser su consuelo, pues incluso en la prisa y el secreto de nuestra partida Andie se las había arreglado para quitarlo.
Nuestro primer cuidado fue dejar a Anster en tierra en una cala junto a las rocas de Glenteithy, para que la liberación de nuestros náufragos pudiera ser debidamente atendida al día siguiente. Desde allí nos alejamos Firth arriba. La brisa, que entonces era tan animada, decayó rápidamente, pero nunca nos faltó del todo. Todo el día estuvimos moviéndonos, aunque a menudo no mucho más; y ya había oscurecido cuando llegamos a Queensferry. Para cumplir la letra del compromiso de Andie (o lo que quedaba de él) debía permanecer a bordo, pero pensé que no había daño en comunicarme con la orilla por escrito. En la cubierta de Prestongrange, donde el sello del Gobierno debía haber sorprendido bastante a mi corresponsal, escribí, con la linterna del barco, unas pocas palabras necesarias, a bordo, y Andie las llevó a Rankeillor. En aproximadamente una hora regresó, con una bolsa de dinero y la seguridad de que un buen caballo estaría ensillado para mí a las dos de mañana en Clackmannan Pool. Hecho esto, y con el barco amarrado a su ancla de piedra, nos acostamos a dormir bajo la vela.
Estábamos en el Pool al día siguiente mucho antes de las dos; y no me quedaba más que sentarme y esperar. Sentía poca alegría en mi cometido. Me habría alegrado de cualquier excusa aceptable para dejarlo; pero al no encontrar ninguna, mi inquietud no era menor que si hubiera estado corriendo hacia algún placer deseado. Poco después de la una el caballo estaba a la orilla del agua, y pude ver a un hombre paseándolo de un lado a otro hasta que yo desembarcara, lo que aumentó enormemente mi impaciencia. Andie cumplió el momento de mi liberación con gran precisión, mostrándose un hombre de palabra, pero apenas sirviendo a sus empleadores con generosidad; y unos cincuenta segundos después de las dos estaba en la silla de montar y a toda velocidad hacia Stirling. En poco más de una hora había pasado esa ciudad, y ya estaba subiendo por el lado de Alan Water, cuando el tiempo se rompió en una pequeña tempestad. La lluvia me cegó, el viento casi me derriba de la silla, y la primera oscuridad de la noche me sorprendió en un desierto todavía a cierta distancia al este de Balwhidder, no muy seguro de mi dirección y montado en un caballo que empezaba ya a estar cansado.
En la presión de mi prisa, y para ahorrarme el retraso y la molestia de un guía, había seguido (en la medida en que era posible para cualquier jinete) la línea de mi viaje con Alan. Esto lo hice con los ojos abiertos, previendo un gran riesgo en ello, que la tempestad había convertido ahora en realidad. Lo último que supe de dónde estaba, creo que debió ser alrededor de Uam Var; la hora quizás las seis de la tarde. Todavía debo pensar que fue una gran fortuna que llegara alrededor de las once a mi destino, la casa de Duncan Dhu. Por dónde había vagado en el intervalo, tal vez el caballo podría decirlo. Sé que caímos dos veces, y una vez por encima de la silla y por un momento arrastrado en un arroyo rugiente. Corcel y jinete estaban cubiertos de barro hasta los ojos.
De Duncan tuve noticias del juicio. Fue seguido en todas estas regiones de las Highlands con interés religioso; las noticias del mismo se extendieron desde Inverary tan rápido como los hombres podían viajar; y me alegré de saber que, hasta una hora tardía de ese sábado, aún no había concluido; y todos empezaron a suponer que debía extenderse durante el lunes. Bajo el impulso de esta información no quise sentarme a comer; pero, habiendo acordado Duncan ser mi guía, tomé el camino de nuevo a pie, con el pedazo en la mano y masticando mientras caminaba. Duncan trajo consigo un frasco de usquebaugh y una linterna de mano; que esta última nos iluminó solo mientras pudimos encontrar casas donde volver a encenderla, pues la cosa goteaba escandalosamente y se apagaba con cada ráfaga. La mayor parte de la noche caminamos a ciegas entre sábanas de lluvia, y el día nos encontró sin rumbo en las montañas. Cerca de allí dimos con una choza a la orilla de un arroyo, donde conseguimos un bocado y una dirección; y, poco antes del final del sermón, llegamos a las puertas de la iglesia de Inverary.
La lluvia me había lavado un poco las partes superiores, pero todavía estaba embarrado hasta las rodillas; chorreaba agua; estaba tan cansado que apenas podía cojear, y mi cara era como la de un fantasma. Ciertamente necesitaba más un cambio de ropa y una cama donde acostarme que todos los beneficios del cristianismo. A pesar de todo lo cual (estando persuadido de que lo principal para mí era hacerme público inmediatamente) me puse ante la puerta de la iglesia con el sucio Duncan a mis talones, y encontrando un lugar vacante me senté.
—Decimotercero, hermanos míos, y entre paréntesis, la ley misma debe ser considerada como un medio de gracia —decía el ministro, con la voz de alguien que se deleita en seguir un argumento.
El sermón era en inglés debido a las sesiones judiciales. Los jueces estaban presentes con sus asistentes armados, las alabardas brillaban en un rincón junto a la puerta, y los asientos estaban abarrotados más allá de lo habitual con la multitud de abogados. El texto estaba en Romanos 5:13; el ministro era un hombre hábil; y toda esa capaz iglesia, desde Argyle y mis Lores Elchies y Kilkerran, hasta los alabarderos que venían en su comitiva, estaba hundida con las cejas fruncidas en una profunda atención crítica. El ministro mismo y un puñado de los que estaban cerca de la puerta observaron nuestra entrada en el momento e inmediatamente la olvidaron; el resto o no oyeron, o no quisieron oír, o no quisieron ser oídos; y me senté entre mis amigos y enemigos sin ser notado.
El primero que distinguí fue Prestongrange. Se sentaba bien adelantado, como un jinete ansioso en la silla, sus labios moviéndose con deleite, sus ojos pegados al ministro; la doctrina estaba claramente de acuerdo con su mente. Charles Stewart, por otro lado, estaba medio dormido, y parecía acosado y pálido. En cuanto a Simon Fraser, parecía una mancha, y casi un escándalo, en medio de esa congregación atenta, metiéndose las manos en los bolsillos, moviendo las piernas, aclarándose la garganta, y enrollando sus cejas calvas y disparando sus ojos a derecha e izquierda, ahora con un bostezo, ahora con una sonrisa secreta. A veces, también, tomaba la Biblia frente a él, la hojeaba, parecía leer un poco, la hojeaba de nuevo, y se detenía y bostezaba prodigiosamente: todo como si fuera por ejercicio.
En el transcurso de esta inquietud su ojo se posó sobre mí. Se quedó un segundo estupefacto, luego arrancó media hoja de la Biblia, garabateó en ella con un lápiz y la pasó con una palabra susurrada a su vecino. La nota llegó a Prestongrange, quien me dio solo una mirada; de allí viajó a las manos del señor Erskine; de allí de nuevo a Argyle, donde se sentaba entre los otros dos lores de la sesión, y su Gracia se volvió y me fijó con un ojo arrogante. El último de los interesados en mi presencia fue Charlie Stewart, y él también empezó a escribir y pasar despachos, ninguno de los cuales pude rastrear hasta su destino en la multitud.
Pero el paso de estas notas había despertado la atención; todos los que estaban en el secreto (o suponían estarlo) susurraban información; el resto, preguntas; y el ministro mismo parecía bastante desanimado por el aleteo en la iglesia y el repentino movimiento y susurros. Su voz cambió, claramente vaciló, ni volvió a recuperar la convicción fácil y los tonos llenos de su discurso. Sería un rompecabezas para él hasta el día de su muerte por qué un sermón que había ido con triunfo a través de cuatro partes, debía fracasar así en la quinta.
En cuanto a mí, seguí sentado allí, muy mojado y cansado, y bastante ansioso por lo que sucedería a continuación, pero muy exultante por mi éxito.
CAPÍTULO XVII EL MEMORIAL
La última palabra de la bendición apenas había salido de la boca del ministro antes de que Stewart me tuviera del brazo. Fuimos los primeros en salir de la iglesia, y él hizo tal expedición extraordinaria que estábamos a salvo dentro de las cuatro paredes de una casa antes de que la calle empezara a estar abarrotada con la congregación que regresaba a casa.
—¿Todavía estoy a tiempo? —pregunté.
—Sí y no —dijo—. El caso ha terminado; el jurado está encerrado, y será tan amable de hacernos conocer su punto de vista mañana por la mañana, lo mismo que yo podría haber dicho por mí mismo hace tres días antes de que comenzara la obra. La cosa ha sido pública desde el principio. El acusado lo sabía: «Pueden hacer lo que quieran conmigo», susurra hace dos días. «Ya conoces mi destino por lo que el Duque de Argyle acaba de decir al señor Macintosh». ¡Oh, ha sido un escándalo!
«El gran Argyle marchó delante, hizo rugir los cañones y las armas»,
y el mismo oficial gritó «¡Cruachan!». Pero ahora que te he recuperado nunca me desesperaré. El roble pasará todavía por encima del mirto; golpearemos a los Campbell todavía en su propia ciudad. ¡Alabado sea Dios que yo haya visto el día!
Estaba saltando de emoción, vació sus maletas en el suelo para que pudiera tener un cambio de ropa, e incomodó con su ayuda mientras me cambiaba. Lo que quedaba por hacer, o cómo debía hacerlo, era lo que nunca me dijo ni, creo, llegó a pensar siquiera. «¡Golpearemos a los Campbell todavía!», ese era siempre su estribillo. Y se me impuso en la mente cómo esto, que tenía los aspectos externos de un sobrio proceso legal, era en su esencia una batalla de clanes entre clanes salvajes. Pensé que mi amigo el Escribano no era el menos salvaje. ¿Quién que solo lo hubiera visto detrás de un abogado ante el Lord Ordinary o siguiendo una pelota de golf y dejando sus palos en los campos de Bruntsfield, podría haber reconocido en la misma persona a este voluble y violento miembro del clan?
Los abogados de James Stewart eran cuatro en número: los sheriffs Brown de Colstoun y Miller, el señor Robert Macintosh y el señor Stewart el joven de Stewart Hall. Estos estaban comprometidos a cenar con el Escribano después del sermón, y yo fui muy amablemente incluido en el grupo. Tan pronto como se retiró el mantel, y la primera jarra fue muy ingeniosamente compuesta por el sheriff Miller, entramos en el tema en cuestión. Hice una breve narración de mi captura y cautiverio, y luego fui examinado y vuelto a examinar sobre las circunstancias del asesinato. Se recordará que esta fue la primera vez que tuve mi oportunidad de hablar, o que el asunto fue tratado en absoluto entre abogados; y la consecuencia fue muy desalentadora para los demás y (debo confesar) decepcionante para mí.
—Para resumir —dijo Colstoun—, usted prueba que Alan estaba en el lugar; le ha oído proferir amenazas contra Glenure; y aunque nos asegura que él no fue el hombre que disparó, deja una fuerte impresión de que estaba aliado con él, y consintiendo, quizás asistiendo inmediatamente, en el acto. Usted lo muestra además, arriesgando su propia libertad, fomentando activamente la fuga del criminal. Y el resto de su testimonio (en la medida en que sea lo menos material) depende de la palabra escueta de Alan o de James, los dos acusados. En resumen, usted no rompe en absoluto, sino que solo alarga en un personaje, la cadena que une a nuestro cliente con el asesino; y apenas necesito decir que la introducción de un tercer cómplice más bien agrava esa apariencia de conspiración que ha sido nuestro tropiezo desde el principio.
—Soy de la misma opinión —dijo el sheriff Miller—. Creo que todos podemos estar muy agradecidos a Prestongrange por quitar a un testigo de lo más incómodo de nuestro camino. Y principalmente, creo que el propio señor Balfour podría estar agradecido. Pues usted habla de un tercer cómplice, pero el señor Balfour (en mi opinión) tiene mucho la apariencia de un cuarto.
—¡Permítanme, señores! —interpuso Stewart el Escribano—. Hay otro punto de vista. Aquí tenemos a un testigo —nunca se preocupe si es material o no—, un testigo en esta causa, secuestrado por esa vieja tripulación de bandidos sin ley de los Macgregors de Glengyle, y secuestrado por casi un mes en un montón de viejas ruinas en el Bass. ¡Mueva eso y vea qué suciedad arroja sobre el procedimiento! ¡Señores, esta es una historia para hacer que el mundo resuene! Sería extraño, con un agarre como este, si no pudiéramos exprimir un perdón para mi cliente.
—¿Y si tomáramos la causa del señor Balfour mañana? —dijo Stewart Hall—. Estoy muy engañado o encontraríamos tantos impedimentos arrojados en nuestro camino, que James habría sido ahorcado antes de que hubiéramos encontrado un tribunal para escucharnos. Este es un gran escándalo, pero supongo que ninguno de nosotros ha olvidado uno mayor todavía, me refiero al asunto de Lady Grange. La mujer todavía estaba en reclusión; mi amigo el señor Hope de Rankeillor hizo lo que era humanamente posible; ¿y cómo le fue? ¡Nunca consiguió una orden! Bueno, será lo mismo ahora; se usarán las mismas armas. Esta es una escena, caballeros, de animosidad de clan. El odio por el nombre que tengo el honor de llevar, ruge en las altas esferas. No hay nada aquí que ver más que el despecho desnudo de los Campbell y la sucia intriga de los Campbell.
Puede estar seguro de que esto vino a tocar un tema bienvenido, y me senté durante algún tiempo en medio de mis doctos abogados, casi ensordecido por su charla pero extremadamente poco más sabio respecto a su propósito. El escribano se dejó llevar por algunas expresiones acaloradas; Colstoun tuvo que interrumpirlo y corregirlo; los demás se unieron en diferentes bandos, pero todos bastante ruidosos; el duque de Argyle fue vapuleado sin piedad; el rey Jorge recibió algunos golpes de pasada y una gran cantidad de defensa bastante elaborada; y solo hubo una persona que pareció ser olvidada, y ese fue James of the Glens.
A través de todo esto, el señor Miller permaneció callado. Era un caballero de edad avanzada, delgado, sonrosado y de ojos chispeantes; hablaba con una voz suave y rica, con un efecto infinito de astucia pícara, distribuyendo cada palabra como lo hace un actor, para dar la mayor expresión posible; e incluso ahora, cuando estaba en silencio y sentado allí con su peluca a un lado, su vaso en ambas manos, la boca extrañamente fruncida y la barbilla hacia afuera, parecía la viva imagen de una alegre picardía. Era evidente que tenía algo que decir y esperaba la ocasión propicia.
Llegó poco después. Colstoun había concluido uno de sus discursos con alguna expresión sobre su deber para con su cliente. Su colega sheriff se sintió complacido, supongo, con la transición. Tomó la mesa en su confianza con un gesto y una mirada.
—Eso me sugiere una consideración que parece pasada por alto —dijo—. El interés de nuestro cliente va ciertamente por delante de todo, pero el mundo no se acaba con James Stewart. —Ante lo cual guiñó el ojo—. Podría mencionar, *exempli gratia*, a un señor George Brown, a un señor Thomas Miller y a un señor David Balfour. El señor David Balfour tiene un motivo de queja muy bueno, y creo, caballeros —si su historia se aclarara debidamente—, creo que habría más de una peluca en el suelo.
Toda la mesa se volvió hacia él con un movimiento común.
—Manejada adecuadamente y cuidadosamente aclarada, la suya es una historia que difícilmente dejaría de tener alguna consecuencia —continuó—. Toda la administración de justicia, desde su funcionario más alto hacia abajo, quedaría totalmente desacreditada; y me parece como si tuvieran que ser reemplazados. —Parecía brillar con astucia mientras lo decía—. Y no necesito señalarles que esta causa del señor Balfour sería un motivo notablemente hermoso en el que aparecer —añadió.
Bueno, ahí estaban todos, lanzados tras otra liebre; la causa del señor Balfour, y qué tipo de discursos podrían pronunciarse allí, y qué funcionarios podrían ser así destituidos, y quién sucedería en sus cargos. Daré solo las dos muestras. Se propuso abordar a Simon Fraser, cuyo testimonio, si pudiera obtenerse, resultaría ciertamente fatal para Argyle y para Prestongrange. Miller aprobó altamente el intento. —Tenemos aquí ante nosotros un asado que gotea —dijo—, aquí hay para cortar y volver a cortar para todos. —Y me pareció que todos se relamían. El otro estaba ya cerca del final. Stewart el escribano estaba fuera de sí de deleite, oliendo la venganza sobre su principal enemigo, el duque.
—Caballeros —gritó, cargando su vaso—, brindo por el sheriff Miller. Sus habilidades legales son conocidas por todos. Las culinarias, este cuenco frente a nosotros está aquí para dar fe. ¡Pero cuando se trata de las políticas! —exclama, y vacía el vaso.
—Sí, pero difícilmente resultará política en su sentido, amigo mío —dijo el gratificado Miller—. Una revolución, si quiere, y creo que puedo prometerle que los historiadores fecharán a partir de la causa del señor Balfour. Pero bien guiada, señor Stewart, tiernamente guiada, resultará una revolución pacífica.
—Y si a los malditos Campbell les rozan las orejas, ¿qué me importa a mí? —grita Stewart, golpeando la mesa con el puño.
Se pensará que no estaba muy complacido con todo esto, aunque apenas podía dejar de sonreír ante una especie de inocencia en estos viejos intrigantes. Pero no era mi intención haber sufrido tantas penas para el avance del sheriff Miller o para hacer una revolución en el Parlamento; e intervine en consecuencia con tanta simplicidad de modales como pude asumir.
—Tengo que agradecerles, caballeros, su consejo —dije—. Y ahora me gustaría, con su venia, plantearles dos o tres preguntas. Hay una cosa que ha quedado un poco de lado, por ejemplo: ¿hará esta causa algún bien a nuestro amigo James of the Glens?
Parecieron todos un poco desconcertados y dieron varias respuestas, pero coincidiendo prácticamente en un punto: que James ya no tenía esperanza sino en la misericordia del Rey.
—Para continuar, entonces —dije—, ¿hará algún bien a Escocia? Tenemos un dicho de que es un mal pájaro el que ensucia su propio nido. Recuerdo haber oído que tuvimos un disturbio en Edimburgo cuando yo era un niño pequeño, lo que dio ocasión a la difunta Reina para llamar a este país bárbaro; y siempre entendí que habíamos perdido más que ganado con eso. Luego vino el año cuarenta y cinco, que hizo que se hablara de Escocia en todas partes; pero nunca oí decir que hubiéramos ganado de alguna manera con el cuarenta y cinco. Y ahora llegamos a esta causa del señor Balfour, como ustedes la llaman. El sheriff Miller nos dice que los historiadores fecharán a partir de ella, y no me extrañaría. Solo temo que fecharían a partir de ella como un período de calamidad y reproche público.
El astuto Miller ya había olido hacia dónde me dirigía y se apresuró a seguir el mismo camino. —Expuesto con fuerza, señor Balfour —dice—. Una observación de peso, señor.
—Tenemos a continuación que preguntarnos si será bueno para el rey Jorge —continué—. El sheriff Miller parece bastante tranquilo al respecto; pero dudo que difícilmente puedan derribar la casa desde debajo de él, sin que su Majestad reciba un golpe o dos, uno de los cuales podría resultar fácilmente fatal.
Les di la oportunidad de responder, pero nadie se ofreció como voluntario.
—De aquellos para quienes el caso debía ser rentable —seguí—, el sheriff Miller nos dio los nombres de varios, entre los cuales tuvo la bondad de mencionar el mío. Espero que me perdone si pienso de otra manera. Creo que no me mantuve en absoluto al margen en este asunto mientras hubo una vida que salvar; pero confieso que me consideré extremadamente en peligro, y confieso que me parece una lástima para un joven, con alguna idea de entrar en el foro, grabarse a sí mismo el carácter de un tipo turbulento y faccioso antes de tener siquiera veinte años. En cuanto a James, parece —a estas alturas del procedimiento, con la sentencia casi pronunciada— que no tiene más esperanza que la misericordia del Rey. ¿No podría dirigirse más puntualmente a su Majestad, proteger los caracteres de estos altos funcionarios del público y mantenerme a mí fuera de una posición que creo que significa mi ruina?
Todos se sentaron y miraron fijamente sus vasos, y pude ver que mi actitud sobre el asunto les resultaba desagradable. Pero Miller estaba listo para todo evento.
—Si se me permite exponer la noción de mi joven amigo de una manera más formal —dice—, entiendo que propone que deberíamos incorporar el hecho de su secuestro, y quizás algunos puntos del testimonio que estaba preparado para ofrecer, en un memorial a la Corona. Este plan tiene elementos de éxito. Es tan probable como cualquier otro (y quizás más probable) ayudar a nuestro cliente. Quizás su Majestad tendría la bondad de sentir cierta gratitud hacia todos los involucrados en tal memorial, lo que podría interpretarse como una expresión de una lealtad muy delicada; y creo que, en la redacción del mismo, este punto de vista podría ser presentado.
Todos asintieron unos a otros, no sin suspiros, pues la alternativa anterior era sin duda más de su inclinación.
—Papel, entonces, señor Stewart, si le place —continuó Miller—; y creo que bien podría ser firmado por los cinco aquí presentes, como procuradores del hombre condenado.
—No puede hacernos daño a ninguno de nosotros, al menos —dice Colstoun, soltando otro suspiro, pues se había visto a sí mismo Lord Advocate en los últimos diez minutos.
Acto seguido se pusieron, no con mucho entusiasmo, a redactar el memorial; un proceso en el transcurso del cual pronto se encendieron; y yo no tuve más quehacer que sentarme a mirar y responder a alguna pregunta ocasional. El documento estaba muy bien redactado; comenzando con una recitación de los hechos sobre mí, la recompensa ofrecida por mi captura, mi entrega, la presión ejercida sobre mí; mi secuestro; y mi llegada a Inverary a tiempo para llegar demasiado tarde; explicando luego las razones de lealtad e interés público por las que se acordó renunciar a cualquier derecho de acción; y terminando con un enérgico llamamiento a la misericordia del Rey en nombre de James.
Me pareció que fui bastante sacrificado, y más bien representado bajo la luz de un tipo incendiario a quien mi nube de abogados había contenido con dificultad de los extremos. Pero lo dejé pasar, e hice solo la sugerencia de que debería describirse que estaba listo para presentar mi propia evidencia y aportar la de otros ante cualquier comisión de investigación; y la única demanda de que se me proporcionara inmediatamente una copia.
Colstoun dudó. —Este es un documento muy confidencial —dijo.
—Y mi posición frente a Prestongrange es altamente peculiar —respondí—. No hay duda de que debo haber tocado su corazón en nuestra primera entrevista, de modo que desde entonces ha sido mi amigo constantemente. De no ser por él, caballeros, ahora estaría muerto o esperando mi sentencia junto al pobre James. Por cuya razón elijo comunicarle el hecho de este memorial tan pronto como sea copiado. Han de considerar también que este paso servirá para mi protección. Tengo enemigos aquí acostumbrados a presionar fuerte; su Gracia está en su propio país, con Lovat a su lado; y si hubiera alguna ambigüedad en nuestros procedimientos, creo que podría despertar muy bien en la cárcel.
Al no encontrar ninguna respuesta muy rápida a estas consideraciones, mi compañía de asesores fue finalmente persuadida de consentir, e hizo solo esta condición: que debía presentar el papel ante Prestongrange con los cumplidos expresos de todos los involucrados.
El Advocate estaba en el castillo cenando con su Gracia. Por mano de uno de los sirvientes de Colstoun, le envié un billete pidiendo una entrevista, y recibí una citación para reunirme con él de inmediato en una casa privada de la ciudad. Aquí lo encontré solo en una habitación; de su rostro no se podía deducir nada; sin embargo, no fui tan poco observador como para no espiar algunas alabardas en el vestíbulo, y no tan estúpido como para no comprender que estaba preparado para arrestarme allí mismo, si resultaba aconsejable.
—Así que, señor David, ¿es usted? —dijo.
—Donde me temo que no soy muy bienvenido, mi lord —dije—. Y me gustaría antes de ir más lejos expresar mi sentido de los buenos oficios de su señoría, incluso si ahora cesaran.
—He oído de su gratitud antes —respondió secamente—, y creo que este apenas puede ser el asunto por el que me llamó de mi vino para escuchar. También recordaría, si fuera usted, que todavía se mantiene sobre una base muy pantanosa.
—No ahora, mi lord, creo —dije—; y si su señoría simplemente echa un vistazo a esto, quizás piense como yo.
Lo leyó atentamente, frunciendo mucho el ceño; luego volvió a una parte y otra que parecía sopesar y comparar el efecto. Su rostro se iluminó un poco.
—Esto no es tan malo como podría ser peor —dijo—; aunque todavía es probable que pague caro mi trato con el señor David Balfour.
—Más bien por su indulgencia con ese joven desafortunado, mi lord —dije.
Siguió hojeando el papel, y todo el tiempo su ánimo pareció mejorar.
—¿Y a quién estoy en deuda por esto? —preguntó poco después—. Otros consejos deben haber sido discutidos, creo. ¿Quién fue el que propuso este método privado? ¿Fue Miller?
—Mi lord, fui yo mismo —dije—. Estos caballeros no me han mostrado tal consideración como para que deba negarme cualquier crédito que pueda reclamar justamente, o ahorrarles cualquier responsabilidad que deban soportar adecuadamente. Y la pura verdad es que todos estaban a favor de un proceso que tendría consecuencias notables en el Parlamento, y resultaría para ellos (en una de sus propias expresiones) un asado que gotea. Antes de que yo interviniera, creo que estaban a punto de repartirse los diferentes cargos legales. Nuestro amigo el señor Simon iba a ser incluido mediante algún acuerdo.
Prestongrange sonrió. —Estos son nuestros amigos —dijo—. ¿Y cuáles fueron sus razones para disentir, señor David?
Se las dije sin ocultar nada, expresando, sin embargo, con más fuerza y volumen aquellas que se referían al propio Prestongrange.
—No me hace más que justicia —dijo—. He luchado tan duro en su interés como usted ha luchado contra el mío. ¿Y cómo vino aquí hoy? —preguntó—. A medida que el caso se alargaba, comencé a ponerme inquieto porque había acortado demasiado el plazo, e incluso lo esperaba a usted mañana. Pero hoy... nunca lo soñé.
No iba, por supuesto, a traicionar a Andie.
—Sospecho que hay algo de ganado muy cansado en el camino —dije.
—Si hubiera sabido que usted era tal salteador, habría probado más tiempo del Bass —dice él.
—Hablando de lo cual, mi lord, le devuelvo su carta. —Y le entregué el anexo con la letra falsificada.
—Estaba también la cubierta con el sello —dijo.
—No la tengo —dije—. No llevaba ni una dirección, y no podría comprometer a un gato. El segundo anexo lo tengo, y con su permiso, deseo conservarlo.
Me pareció que se inmutó un poco, pero no dijo nada al respecto. —Mañana —continuó—, nuestros asuntos aquí terminarán, y procedo por Glasgow. Me encantaría que fuera de mi grupo, señor David.
—Mi lord... —comencé.
—No niego que será de servicio para mí —interrumpió—. Deseo incluso que, cuando lleguemos a Edimburgo, se aloje en mi casa. Usted tiene amigos muy cálidos en las señoritas Grant, que estarán encantadas de tenerlo para ellas. Si piensa que he sido de utilidad para usted, puede así pagarme fácilmente, y lejos de perder, puede obtener alguna ventaja en el camino. No es cualquier joven extraño el que es presentado en sociedad por el Advocate del Rey.
Bastantes veces ya (en nuestras breves relaciones) este caballero había hecho girar mi cabeza; no hay duda de que por un momento volvió a hacerlo ahora. Aquí estaba la vieja ficción todavía mantenida de mi particular favor con sus hijas, una de las cuales había sido tan amable como para reírse de mí, mientras que las otras dos apenas se habían dignado a notar el hecho de mi existencia. ¡Y ahora debía viajar con mi lord a Glasgow; debía vivir con él en Edimburgo; debía ser llevado a la sociedad bajo su protección! Que él tuviera tanta buena naturaleza como para perdonarme era bastante sorprendente; que pudiera desear acogerme y servirme parecía imposible; y comencé a buscar algún significado ulterior. Uno era claro. Si me convertía en su huésped, el arrepentimiento estaba excluido; nunca podría pensar mejor sobre mi presente diseño y emprender ninguna acción. Y además, ¿no sacaría mi presencia en su casa toda la pungencia del memorial? Pues esa queja no podría considerarse muy seriamente, si la persona principalmente perjudicada fuera el huésped del funcionario más incriminado. Mientras pensaba en esto, no pude evitar sonreír un poco.
—¿Esto es de la naturaleza de un contraataque al memorial? —dije.
—Usted es astuto, señor David —dijo—, y no adivina del todo mal; el hecho me será útil en mi defensa. Quizás, sin embargo, subestime los sentimientos amistosos, que son perfectamente genuinos. Tengo un respeto por usted, David, mezclado con asombro —dice, sonriendo.
—Estoy más que dispuesto, estoy sinceramente deseoso de satisfacer sus deseos —dije—. Es mi diseño ser llamado al foro, donde el apoyo de su señoría sería invaluable; y además estoy sinceramente agradecido a usted y a su familia por diferentes marcas de interés y de indulgencia. La dificultad es aquí. Hay un punto en el que tiramos en dos direcciones. Usted está tratando de ahorcar a James Stewart, yo estoy tratando de salvarlo. En la medida en que mi viaje con usted mejoraría la defensa de su señoría, estoy a las órdenes de su señoría; pero en la medida en que ayudaría a ahorcar a James Stewart, me ve usted en un aprieto.
Pensé que juró para sí mismo. —Ciertamente debería ser llamado; el foro es el verdadero escenario para sus talentos —dice amargamente, y luego se quedó un rato en silencio. —Le diré —reanudó poco después—, no hay cuestión sobre James Stewart, a favor o en contra, James es un hombre muerto; su vida está dada y tomada... comprada (si le gusta más) y vendida; ningún memorial puede ayudar... ninguna deserción de un fiel señor David herirlo. Soplen vientos altos o bajos, no habrá perdón para James Stewart: ¡y tome eso por dicho! La pregunta ahora es sobre mí mismo: ¿he de mantenerme o caer? Y no le niego que estoy en algún peligro. Pero, ¿se preguntará el señor David Balfour por qué? No es porque presioné el caso indebidamente contra James; por eso, estoy seguro de la condonación. Y no es porque haya secuestrado al señor David en una roca, aunque pasará bajo ese color; sino porque no tomé el camino fácil y llano, al que fui presionado repetidamente, y envié al señor David a su tumba o a la horca. De ahí el escándalo... de ahí este maldito memorial —golpeando el papel sobre su pierna—. Mi ternura por usted me ha traído a esta dificultad. Deseo saber si su ternura por su propia conciencia es demasiado grande para dejar que me ayude a salir de ella.
No hay duda de que había mucho de verdad en lo que dijo; si James estaba más allá de toda ayuda, ¿a quién era más natural que yo me volviera a ayudar que precisamente al hombre frente a mí, que me había ayudado a mí mismo tantas veces, y que incluso ahora me estaba dando un ejemplo de paciencia? Además, no solo estaba cansado, sino que comenzaba a avergonzarme de mi perpetua actitud de sospecha y negativa.
—Si usted nombra el tiempo y el lugar, estaré puntualmente listo para atender a su señoría —dije.
Me dio la mano. —Y creo que mis chicas tienen algunas noticias para usted —dice, despidiéndome.
Me marché, inmensamente complacido de haber hecho las paces, aunque un poco preocupado en conciencia; ni pude evitar preguntarme, mientras regresaba, si, tal vez, no había sido un escrúpulo demasiado bondadoso. Pero estaba el hecho de que este era un hombre que podría haber sido mi padre, un hombre capaz, un gran dignatario, y uno que, en la hora de mi necesidad, había tendido una mano para mi asistencia. Estaba de mejor humor para disfrutar el resto de esa velada, que pasé con los abogados, en excelente compañía sin duda, pero quizás con más que una suficiencia de ponche: pues aunque me fui temprano a la cama, no tengo claro cómo llegué a ella.
CAPÍTULO XVIII. LA BOLA EN EL TEED
Al día siguiente, desde la habitación privada de los jueces, donde nadie podía verme, escuché el veredicto y la sentencia dictada contra James. Estoy muy seguro de tener las palabras del Duque con exactitud; y como ese famoso pasaje ha sido objeto de disputa, bien puedo dejar constancia de mi versión. Tras referirse al año 45, el jefe de los Campbell, sentado en el estrado como Justicia Mayor, se dirigió así al infortunado Stewart que tenía ante sí: «Si hubierais tenido éxito en esa rebelión, podríais estar dictando la ley donde ahora habéis recibido su sentencia; nosotros, que hoy somos vuestros jueces, podríamos haber sido juzgados ante uno de vuestros tribunales de justicia simulados; y entonces, podríais haberos saciado con la sangre de cualquier nombre o clan por el que sintierais aversión».
«Esto es, en verdad, soltar la lengua», pensé. Y esa fue la impresión general. Resultaba extraordinario ver cómo los jóvenes abogados se agarraban a este discurso para burlarse de él, y cómo apenas pasaba una comida sin que alguien intercalara las palabras: «Y entonces, podríais haberos saciado». Se hicieron muchas canciones a tiempo para la diversión de la hora, y ya casi todas están olvidadas. Recuerdo que una empezaba así:
«¿De quién quieres la sangre, la sangre? ¿Es de un nombre, o es de un clan, O es de un sencillo montañés, De quien quieres la sangre, la sangre?»
Otra seguía el ritmo de mi vieja favorita, La casa de Airlie, y comenzaba así:
«Cayó en un día en que Argyle estaba en el estrado, Que le sirvieron un Stewart para su cena».
Y uno de los versos decía:
«Entonces se alzó el Duque y regañó a su cocinero, Considero una vil difamación, Que yo fuera a cenar y a saciar mi vientre, Con la sangre de cualquier clan de mi aversión».
James fue asesinado tan limpiamente como si el Duque hubiera tomado una escopeta y le hubiera dado caza. Hasta ahí, por supuesto, lo sabía; pero otros no sabían tanto y se sintieron más afectados por los detalles escandalosos que salieron a la luz en el transcurso de la causa. Uno de los principales fue, sin duda, esta salida del juez. Le siguió muy de cerca otra de un miembro del jurado, quien interrumpió el discurso de la defensa de Coulston con un «Le ruego, señor, que sea breve, estamos bastante cansados», lo que pareció el colmo de la insolencia y la simpleza. Pero algunos de mis nuevos amigos abogados quedaron aún más conmocionados con una innovación que había deshonrado e incluso viciado el proceso. Un testigo nunca fue llamado. Su nombre, de hecho, estaba impreso, donde aún puede verse en la cuarta página de la lista: «James Drummond, alias Macgregor, alias James More, último arrendatario en Inveronachile»; y su declaración previa se había tomado, como es costumbre, por escrito. Había recordado o inventado (que Dios lo ayude) materia que era plomo en los zapatos de James Stewart, y vi que bien podría resultar en alas para los suyos. Era altamente deseable llevar este testimonio a conocimiento del jurado, sin exponer al hombre mismo a los peligros del contrainterrogatorio; y la forma en que se logró fue motivo de sorpresa para todos. Pues el papel fue pasado de mano en mano (como una curiosidad) en la sala; circuló por el estrado del jurado, donde hizo su trabajo; y desapareció de nuevo (como por accidente) antes de llegar al abogado del prisionero. Esto se consideró una artimaña de lo más insidiosa; y que el nombre de James More estuviera mezclado en ello me llenó de vergüenza por Catriona y de preocupación por mí mismo.
Al día siguiente, Prestongrange y yo, con una numerosa compañía, partimos hacia Glasgow, donde (para mi impaciencia) seguimos demorándonos algún tiempo entre una mezcla de placer y asuntos. Me alojé con mi señor, con quien se me animaba a la familiaridad; tuve mi lugar en las reuniones; fui presentado a los principales invitados; y, en conjunto, se me trató con más consideración de la que creía acorde a mis aptitudes o condición; de modo que, ante la presencia de extraños, a menudo me sonrojaba por Prestongrange. Debe reconocerse que la visión que había tomado del mundo en estos últimos meses era apta para proyectar una sombra sobre mi carácter. Había conocido a muchos hombres, algunos de ellos líderes en Israel, ya fuera por su nacimiento o por sus talentos; ¿y quién entre todos ellos tenía las manos limpias? En cuanto a los Brown y los Millers, había visto su búsqueda de provecho personal y nunca podría volver a respetarlos. Prestongrange era el mejor hasta el momento; me había salvado, o mejor dicho, perdonado, cuando otros tenían la intención de asesinarme sin más; pero la sangre de James estaba a sus puertas; y consideré su presente disimulo conmigo algo imperdonable. Que fingiera encontrar placer en mi discurso casi me hizo perder la paciencia. Me sentaba a observarlo con una especie de fuego lento de ira en mis entrañas. «Ah, amigo, amigo», pensaba para mis adentros, «si tan solo terminaras con este asunto del memorial, ¿no me darías una patada en las calles?». Aquí, como han demostrado los hechos, le hice la más grave injusticia; y creo que fue, a la vez, mucho más sincero y un actor mucho más astuto de lo que supuse.
Pero tenía cierta justificación para mi incredulidad en el comportamiento de ese tribunal de jóvenes abogados que merodeaban con la esperanza de obtener patrocinio. El repentino favor hacia un muchacho del que antes no se había oído hablar los perturbó al principio desmesuradamente; pero no habían pasado dos días antes de que me encontrara rodeado de halagos y atenciones. ¡Yo era el mismo joven, ni mejor ni más apuesto, al que habían rechazado un mes antes; y ahora no había cortesía demasiado refinada para mí! ¿El mismo, digo? No era así; y el apodo con el que me llamaban a mis espaldas lo confirmaba. Viéndome tan firme con el Abogado, y persuadidos de que iba a volar alto y lejos, habían tomado una palabra del campo de golf y me llamaban la «Bola en el Tee». Me dijeron que ahora era «uno de ellos»; iba a probar de su suave forro, yo que ya había experimentado la aspereza de la cáscara exterior; y uno, a quien me habían presentado en Hope Park, fue tan osado que incluso me recordó aquel encuentro. Le dije que no tenía el placer de recordarlo.
—¡Vaya! —dijo él—, ¡fue la propia señorita Grant quien me presentó! Mi nombre es tal y tal.
—Bien puede ser, señor —dije yo—; pero no lo he conservado en la memoria.
Ante lo cual desistió; y en medio del disgusto que comúnmente inundaba mi ánimo, sentí un destello de placer.
Pero no tengo paciencia para detenerme en ese tiempo con detalle. Cuando estaba en compañía de estos jóvenes políticos, me sentía abrumado por la vergüenza por mí mismo y por mis propias maneras sencillas, y por el desprecio hacia ellos y su duplicidad. De los dos males, consideré que Prestongrange era el menor; y mientras siempre me mostraba rígido como el almidón ante los jóvenes cachorros, más bien disimulé mis duros sentimientos hacia el Abogado y fui (en palabras del viejo señor Campbell) «flexible con el terrateniente». Él mismo comentó la diferencia y me pidió que fuera más acorde a mi edad y que hiciera amigos con mis jóvenes camaradas.
Le dije que era lento para hacer amigos.
—Retiraré la palabra —dijo él—. Pero existe algo llamado «buenos días y buen camino», señor David. Estos son los mismos jóvenes con los que habréis de pasar vuestros días y abrir paso por la vida: vuestro retraimiento tiene un aire de arrogancia; y a menos que podáis asumir un poco más de ligereza en los modales, me temo que encontraréis dificultades en el camino.
—Será una mala faena intentar hacer un monedero de seda con la oreja de una cerda —dije yo.
En la mañana del 1 de octubre me despertó el estrépito de un correo urgente; y al llegar a mi ventana casi antes de que hubiera desmontado, vi que el mensajero había cabalgado con fuerza. Poco después fui llamado ante Prestongrange, donde estaba sentado en su bata y gorro de dormir, con sus cartas alrededor.
—Señor David —dijo él—, tengo una noticia para vos. Concierne a unos amigos vuestros, de los que a veces pienso que os avergonzáis un poco, pues nunca habéis hecho referencia a su existencia.
Supongo que me sonrojé.
—Veo que entendéis, puesto que hacéis la señal de respuesta —dijo él—. Y debo felicitaros por vuestro excelente gusto en belleza. ¿Pero sabéis, señor David? Esta me parece una muchacha muy emprendedora. Aparece por todas partes. El Gobierno de Escocia parece incapaz de seguir adelante por la señorita Katrine Drummond, lo cual fue algo parecido (no hace mucho tiempo) a lo que ocurrió con un tal señor David Balfour. ¿No harían una buena pareja? Su primera intromisión en la política... pero no debo contaros esa historia, las autoridades han decidido que la escuchéis de otra manera y de boca de un narrador más vivo. Este nuevo ejemplo es, sin embargo, más serio; y me temo que debo alarmaros con la noticia de que ahora está en prisión.
Di un grito.
—Sí —dijo él—, la pequeña dama está en prisión. Pero no quisiera que perdierais la esperanza. A menos que vos (con vuestros amigos y memoriales) provoquéis mi caída, no sufrirá nada.
—¿Pero qué ha hecho? ¿Cuál es su ofensa? —grité.
—Podría casi interpretarse como alta traición —respondió él—, pues ha quebrantado el Castillo del Rey en Edimburgo.
—La dama es muy amiga mía —dije—. Sé que no os burlaríais de mí si el asunto fuera serio.
—Y, sin embargo, es serio en cierto sentido —dijo él—; pues esta pícara de Katrine —o Cateran, como podríamos llamarla— ha puesto en libertad de nuevo en el mundo a ese personaje tan dudoso, su papá.
Aquí se cumplió una de mis previsiones: James More estaba una vez más en libertad. Había prestado a sus hombres para mantenerme prisionero; se había ofrecido voluntario para dar su testimonio en el caso Appin, y el mismo (sin importar por qué subterfugio) había sido empleado para influir en el jurado. Ahora llegaba su recompensa, y estaba libre. Podría complacer a las autoridades darle el color de una fuga; pero yo sabía más: sabía que debía ser el cumplimiento de un trato. Ese mismo hilo de pensamiento me alivió de la menor alarma por Catriona. Podría pensarse que había asaltado la prisión por su padre; ella misma podría haberlo creído así. Pero la mano principal en todo el asunto era la de Prestongrange; y estaba seguro de que, lejos de dejar que recibiera castigo, ni siquiera permitiría que fuera juzgada. Ante lo cual se me escapó la no muy política exclamación:
—¡Ah! ¡Eso me lo esperaba!
—¡Tenéis a veces una gran cantidad de discreción, también! —dice Prestongrange.
—¿Y qué pretende significar mi señor con eso? —pregunté.
—Me estaba maravillando —respondió él— de que, siendo tan astuto como para extraer estas deducciones, no seáis lo suficientemente astuto como para guardároslas para vos mismo. Pero creo que os gustaría conocer los detalles del asunto. He recibido dos versiones: y la menos oficial es la más completa y, con mucho, la más entretenida, al provenir de la pluma vivaz de mi hija mayor. «Aquí está toda la ciudad zumbando con una gran hazaña», escribe, «y lo que haría la cosa más notable (si solo se supiera) es que la malhechora es una protegida de su señoría mi papá. Estoy segura de que vuestro corazón está demasiado volcado en vuestro deber (si no fuera por otra cosa) como para haber olvidado a Ojos Grises. ¿Qué hace ella, sino conseguir un sombrero de ala ancha con las solapas abiertas, un abrigo largo de hombre, de aspecto peludo, y una gran corbata; remangarse las faldas hasta donde Dios sabe dónde, ponerse dos pares de medias de lana sobre las piernas, tomar un par de zapatos reforzados en la mano, y salir hacia el Castillo! Allí se hace pasar por un zapatero al servicio de James More, y logra que la admitan en su celda, mientras el teniente (que parece haber estado lleno de jovialidad) se divierte entre sus soldados a costa del abrigo del zapatero. Poco después, oyen una disputa y el sonido de golpes dentro. Sale volando el zapatero, con su abrigo al viento, las solapas de su sombrero golpeándole la cara, y el teniente y sus soldados se burlan de él mientras huye. No se rieron con tantas ganas la siguiente vez que tuvieron ocasión de visitar la celda y no encontraron a nadie más que a una joven alta, bonita y de ojos grises con ropas de mujer! En cuanto al zapatero, estaba "sobre las colinas más allá de Dumblane", y se piensa que la pobre Escocia tendrá que consolarse sin él. Brindé por la salud de Catriona esta noche en público. En verdad, toda la ciudad la admira; y creo que los elegantes llevarían trozos de sus ligas en los ojales de sus casacas si pudieran conseguirlos. También hubiera ido a visitarla a la prisión, de no ser porque recordé a tiempo que era la hija de papá; así que le escribí una nota en su lugar, que confié al fiel Doig, y espero que admitáis que puedo ser política cuando quiero. Ese mismo fiel simplón debe enviar esta carta por el correo urgente junto con las de los sabihondos, para que podáis escuchar al Tonto junto a Salomón. Hablando de simplones, decidle a Dauvit Balfour. Ojalá pudiera verle la cara al pensar en una joven de piernas largas en tal aprieto; por no hablar de las frivolidades de vuestra afectuosa hija, y su respetuosa amiga». ¡Así firma mi pícara! —continuó Prestongrange—. Y veis, señor David, que es del todo cierto lo que os digo, que mis hijas os consideran con la más afectuosa jovialidad.
—El simplón está muy agradecido —dije yo.
—¡Y no fue esto hecho con gracia! —prosiguió—. ¿No es esta doncella de las Tierras Altas un pedazo de heroína?
—Siempre estuve seguro de que tenía un gran corazón —dije—. Y apuesto a que ella no adivinó nada... Pero os pido perdón, esto es pisar terrenos prohibidos.
—Responderé por que no lo hizo —respondió él, con total franqueza—. Responderé por que pensó que estaba volando directamente hacia la cara del Rey Jorge.
El recuerdo de Catriona y el pensamiento de ella cautiva me conmovieron extrañamente. Pude ver que incluso Prestongrange admiraba, y no pudo evitar que sus labios sonrieran cuando consideró su comportamiento. En cuanto a la señorita Grant, a pesar de su mala costumbre de burlarse, su admiración brillaba con claridad. Un tipo de calor me invadió.
—No soy la hija de su señoría... —comencé.
—¡Que yo sepa! —interrumpió, sonriendo.
—Hablo como un tonto —dije—; o más bien empecé mal. Sin duda sería imprudente por parte de la señorita Grant ir a verla a la prisión; pero por mi parte, creo que parecería un amigo de poco corazón si no volara allí al instante.
—Vaya, vaya, señor David —dice él—; ¿pensé que vos y yo teníamos un trato?
—Mi señor —dije—, cuando hice ese trato estaba muy influenciado por vuestra bondad, pero nunca podré negar que me movía además mi propio interés. Había búsqueda de provecho en mi corazón, y me avergüenzo de ello ahora. Puede ser para la seguridad de su señoría decir que este molesto Davie Balfour es su amigo y compañero de casa. Decidlo entonces; nunca os contradeciré. Pero en cuanto a vuestro patrocinio, os lo devuelvo todo. Solo os pido una cosa: dejadme ir y dadme un pase para verla en su prisión.
Me miró con ojos duros. —Creo que ponéis el carro delante de los bueyes —dice—. Lo que yo había dado era una parte de mi aprecio, que vuestra naturaleza desagradecida no parece haber notado. Pero en cuanto a mi patrocinio, no está dado, ni (para ser exactos) ha sido aún ofrecido. —Hizo una pequeña pausa—. Y os advierto, no os conocéis a vos mismo —añadió—. La juventud es una estación apresurada; pensaréis mejor de todo esto antes de un año.
—¡Bien, y me gustaría ser ese tipo de joven! —exclamé—. He visto demasiado de la otra parte en esos jóvenes abogados que adulan a su señoría y que incluso se toman la molestia de adularme a mí. Y lo he visto también en los viejos. ¡Están todos por fines egoístas, todo el clan de ellos! Es esto lo que me hace parecer dudar del aprecio de su señoría. ¿Por qué iba a pensar que os caería bien? ¡Pero vos mismo me dijisteis que teníais un interés!
Me detuve ante esto, confundido por haber llegado tan lejos; él me observaba con un rostro insondable.
—Mi señor, os pido perdón —continué—. No tengo en mi boca más que una lengua campesina áspera. Creo que sería decente si fuera a ver a mi amiga en su cautiverio; pero os debo la vida; nunca lo olvidaré; y si es para el bien de su señoría, aquí me quedaré. Eso es apenas gratitud.
—Esto podría haberse dicho en menos palabras —dice Prestongrange con severidad—. Es fácil, y a veces elegante, decir un llano «sí» escocés.
—¡Ah, pero mi señor, creo que aún no me entendéis del todo! —exclamé—. Por vuestra causa, por la seguridad de mi vida y la bondad que decís tenerme; por esto, consentiré; pero no por ningún bien que pudiera venirme a mí mismo. Si me mantengo al margen mientras esta joven doncella está en su juicio, es algo por lo que no obtendré ventaja alguna; perderé con ello, nunca ganaré. Preferiría naufragar por completo que construir sobre ese fundamento.
Estuvo un minuto serio, luego sonrió. —Me recordáis al hombre de la nariz larga —dijo—; ¡si vierais la luna con un telescopio, veríais a David Balfour allí! Pero os saldréis con la vuestra. Os pediré un servicio, y luego os dejaré libre: mis secretarios están sobrecargados; sed tan amable de copiarme estas pocas páginas, y cuando eso esté hecho, ¡os desearé un buen viaje! Nunca me cargaría con la conciencia del señor David; y si pudierais arrojar parte de ella (al pasar) en un pantano, encontraríais que cabalgáis mucho más ligero sin ella.
—¡Quizás no exactamente en la misma dirección, sin embargo, mi señor! —digo yo.
—¡Y también tendréis la última palabra! —grita él alegremente.
En verdad, tenía motivos para la alegría, habiendo encontrado ahora los medios para lograr su propósito. Para disminuir el peso del memorial, o para tener una respuesta más a mano, deseaba que yo apareciera públicamente con el carácter de su íntimo. Pero si yo apareciera con la misma publicidad como visitante de Catriona en su prisión, el mundo apenas dejaría de sacar conclusiones, y la verdadera naturaleza de la fuga de James More se volvería evidente para todos. Este era el pequeño problema que le había planteado de repente, y al que él había encontrado respuesta con tanta presteza. Yo iba a quedar atado en Glasgow con ese trabajo de copiar, lo que por mera decencia externa no podía rechazar del todo; y durante esas horas de empleo, Catriona fue discretamente puesta en libertad. Siento vergüenza al escribir de este hombre que me colmó con tantas bondades. Fue amable conmigo como cualquier padre, pero siempre lo consideré tan falso como una campana agrietada.
La tarea de copiar era un asunto tedioso, más aún porque percibí muy pronto que no había ningún tipo de urgencia en los asuntos tratados, y comencé a considerar muy temprano que mi empleo no era más que un pretexto. Tan pronto como terminé, monté a caballo, aproveché lo que quedaba de luz del día de la mejor manera y, al verme finalmente atrapado por la noche, dormí en una casa a orillas del Almond-Water. Volví a estar en la silla antes del alba, y las casetas de Edimburgo apenas estaban abriendo cuando entré traqueteando por West Bow y detuve a mi caballo humeante frente a la puerta de mi lord Advocate. Tenía una nota escrita para Doig, el secretario privado de mi lord, de quien se decía que conocía todos sus secretos; un hombrecillo digno y sencillo, todo gordura, rapé y autosuficiencia. Lo encontré ya en su escritorio y manchado de maccabaw, en la misma antecámara donde me encontré con James More. Leyó la nota escrupulosamente, como si fuera un capítulo de su Biblia.
—H’m —dijo—; llega usted un poco tarde, Mr. Balfour. El pájaro ha volado; la hemos dejado salir.
—¿Miss Drummond ha sido puesta en libertad? —exclamé.
—¡Achy! —dijo él—. ¿Para qué íbamos a retenerla, sabe? Hacer alboroto por la chiquilla no habría complacido a nadie.
—¿Y dónde estará ahora? —dije.
—¡Dios sabe! —dijo Doig, encogiéndose de hombros.
—Me inclino a pensar que se habrá ido a casa de Lady Allardyce —dije.
—Eso será —dijo él.
—Entonces iré allí directamente —dije.
—¿Pero no querrá tomar un bocado antes de irse? —dijo él.
—Ni bocado ni sorbo —dije—. Ya me tomé un buen trago de leche en Ratho.
—Está bien, está bien —dice Doig—. Pero podrá dejar aquí su caballo y sus bolsas, pues parece que vamos a ser su hospedaje.
—No, no —dije—. La yegua de Tamson nunca sería lo adecuado para mí, hoy menos que nunca.
Hablando Doig con un acento algo cerrado, me había dejado llevar por la imitación hacia un tono mucho más pueblerino del que solía tener cuidado de adoptar; mucho más cerrado, de hecho, de lo que lo he dejado por escrito; y me sentí más avergonzado cuando otra voz se unió detrás de mí con un fragmento de balada:
—Ensilladme el negro hermoso, Ensillad pronto y tenedlo listo, Pues bajaré por Gatehope-slack, Tan solo por ver a mi bella dama.
La joven, cuando me volví hacia ella, estaba en bata de mañana, con las manos envueltas en la misma, como si quisiera mantenerme a distancia. Sin embargo, no pude sino pensar que había bondad en la mirada con la que me observaba.
—Mis respetos a usted, Mistress Grant —dije, haciendo una reverencia.
—Lo mismo le digo a usted, Mr. David —respondió ella con una profunda cortesía—. Y le ruego que recuerde un viejo y rancio refrán: que la comida y la misa nunca estorbaron a nadie. La misa no puedo ofrecérsela, pues somos todos buenos protestantes. Pero la comida, se la recomiendo. Y no me extrañaría poder encontrar algo para sus oídos que bien valdría la pena la demora.
—Mistress Grant —dije—, creo que ya soy deudor suyo por algunas palabras alegres —y creo que fueron amables también— en un papel sin firma.
—¿Papel sin firma? —dice ella, poniendo una cara graciosa, que era además maravillosamente bella, como alguien que intenta recordar.
—O si no, estoy muy engañado —continué—. Pero, sin duda, tendremos tiempo de hablar de ello, ya que su padre es tan amable de hacerme por un tiempo su huésped; y este tonto le ruega en este momento solo el favor de su libertad.
—Se pone usted nombres duros —dijo ella.
—Mr. Doig y yo estaríamos encantados de aceptar nombres más duros de su pluma ingeniosa —dije.
—Una vez más tengo que admirar la discreción de los hombres —respondió ella—. Pero si no va a comer, váyase de inmediato; volverá antes, pues va usted en una misión de necios. Váyase, Mr. David —continuó, abriendo la puerta.
—Ha saltado sobre su gris hermoso, Cabalgó por el camino recto y listo, Creo que no se detendría ni se quedaría, Pues buscaba a su hermosa dama.
No esperé a que me lo dijeran dos veces, e hice justicia a la cita de Miss Grant camino de Dean.
La vieja Lady Allardyce caminaba sola por el jardín, con su sombrero y su cofia, y apoyándose en un bastón de madera negra con empuñadura de plata. Al bajar de mi caballo y acercarme a ella con reverencias, pude ver cómo la sangre le subía al rostro y cómo su cabeza se erguía en el aire como lo que yo había imaginado de las emperatrices.
—¿Qué le trae a mi pobre puerta? —gritó, hablando con voz aguda y nasal—. No puedo cerrarla. Los varones de mi casa están muertos y enterrados; no tengo hijo ni esposo que se plante en la puerta por mí; cualquier mendigo puede tirarme de la barba —y una barba hay, ¡y eso es lo peor de todo!— añadió en parte para sí misma.
Me sentí extremadamente desconcertado por este recibimiento, y el último comentario, que parecía propio de una mujer demente, me dejó casi sin habla.
—Veo que he caído en su desagrado, señora —dije—. Sin embargo, seré tan audaz como para preguntar por Mistress Drummond.
Me examinó con una mirada ardiente, los labios apretados en veinte arrugas, la mano temblando sobre su bastón. —¡Esto lo supera todo! —gritó—. ¿Viene usted a mí a preguntar por ella? ¡Ojalá lo supiera!
—¿No está aquí? —grité.
Echó la barbilla hacia atrás y dio un paso y un grito hacia mí, de modo que retrocedí al instante.
—¡Fuera con su garganta mentirosa! —gritó—. ¡Qué! ¡Viene usted a preguntarme a mí! Está en la cárcel, donde usted la llevó; eso es todo lo que hay. Y de todos los seres que he visto con pantalones, ¡pensar que tuviera que ser usted! Usted, bribón de madera, si me quedara un hombre en mi linaje, le haría sacudir la chaqueta hasta que chillara.
No consideré prudente demorarme más en aquel lugar, pues noté que su pasión iba en aumento. Cuando me volví hacia el poste donde estaba el caballo, ella incluso me siguió; y no me avergüenzo de confesar que me alejé con un estribo puesto y luchando por encontrar el otro.
Como no conocía otro lugar donde pudiera dirigir mis pesquisas, no me quedaba más remedio que volver a casa del Advocate. Fui bien recibido por las cuatro damas, que estaban ahora juntas, y tuve que dar las noticias de Prestongrange y lo que se decía en el país del oeste, con una extensión inmoderada y gran cansancio para mí; mientras, todo el tiempo, aquella joven, con quien tanto deseaba volver a estar a solas, me observaba con sorna y parecía encontrar placer en el espectáculo de mi impaciencia. Al fin, después de haber soportado una comida con ellas, y de estar a punto de pedir una entrevista antes que ante su tía, ella fue y se paró junto al mueble de la música y, eligiendo una melodía, la cantó en tono agudo: «El que no quiere cuando puede, cuando quiera tendrá un no». Pero ese fue el fin de sus rigores, y poco después, tras poner alguna excusa que no recuerdo, me llevó en privado a la biblioteca de su padre. No debo dejar de decir que iba vestida de gala y parecía extraordinariamente hermosa.
—Ahora, Mr. David, siéntese aquí y tengamos una charla de igual a igual —dijo—. Pues tengo mucho que contarle, y además parece que he sido injustamente dura con su buen gusto.
—¿De qué manera, Mistress Grant? —pregunté—. Confío en que nunca he faltado al debido respeto.
—Seré su garante, Mr. David —dijo ella—. Su respeto, ya sea hacia usted mismo o hacia sus pobres vecinos, siempre ha sido, y muy afortunadamente, digno de imitación. Pero eso está fuera de lugar. ¿Recibió una nota mía? —preguntó.
—Fui lo suficientemente audaz como para suponerlo por deducción —dije—, y fue un detalle amable.
—Debió de sorprenderle prodigiosamente —dijo ella—. Pero empecemos por el principio. Quizás no haya olvidado el día que tuvo la amabilidad de escoltar a tres señoritas muy tediosas a Hope Park. Tengo menos motivos para olvidarlo yo, porque fue usted tan particularmente amable como para introducirme en algunos principios de la gramática latina, algo que quedó profundamente grabado en mi gratitud.
—Me temo que fui tristemente pedante —dije, superado por la confusión al recordarlo—. Solo debe considerar que estoy muy poco acostumbrado a la sociedad de las damas.
—Entonces diré menos sobre la gramática —respondió ella—. Pero, ¿cómo se le ocurrió abandonar a su cargo? «¡La ha echado, por la borda, a su querida Annie!», tarareó; «¡y su querida Annie y sus dos hermanas tuvieron que volver a casa solas como una hilera de gansos verdes!». Parece que volvió a casa de mi papá, donde se mostró excesivamente marcial, y luego a reinos desconocidos, con un ojo (al parecer) puesto en el Bass Rock; siendo los alcatraces quizás más de su agrado que las damas hermosas.
A través de toda esta burla había algo indulgente en la mirada de la dama que me hizo suponer que podría venir algo mejor.
—Se complace usted en atormentarme —dije—, y yo soy un juguete muy inútil; pero permítame pedirle que sea más misericordiosa. En este momento no hay más que una cosa que me importa escuchar, y serán noticias de Catriona.
—¿La llama usted por ese nombre en su presencia, Mr. Balfour? —preguntó ella.
—En verdad, no estoy muy seguro —balbuceé.
—Yo no lo haría en ningún caso ante desconocidos —dijo Miss Grant—. ¿Y por qué está usted tan inmerso en los asuntos de esta joven?
—Escuché que estaba en prisión —dije.
—Bueno, y ahora escucha que está fuera de ella —respondió—, ¿y qué más quiere? No necesita más defensores.
—Puede que yo tenga más necesidad de ella, señora —dije.
—Vamos, ¡esto es mejor! —dice Miss Grant—. Pero míreme bien a la cara; ¿no soy yo más hermosa que ella?
—Sería el último en negarlo —dije—. No hay nadie como usted en toda Escocia.
—Bueno, aquí tiene a elegir entre las dos y tiene que hablar de la otra —dijo ella—. Esta nunca es la forma de complacer a las damas, Mr. Balfour.
—Pero, mistress —dije—, seguramente hay otras cosas además de la mera belleza.
—¿Por lo que debo entender que no soy mejor de lo que debería ser, quizás? —preguntó.
—Por lo que le ruego entienda que soy como el gallo en el muladar del libro de fábulas —dije—. Veo la joya brillante —y me gusta verla, ciertamente—, pero tengo más necesidad del grano de maíz.
—¡Bravissimo! —gritó—. Ahí hay una palabra bien dicha al fin, y le recompensaré por ello con mi historia. Aquella misma noche de su deserción llegué tarde de casa de una amiga —donde fui excesivamente admirada, piense usted lo que piense—, ¿y qué escuché sino que una joven con un mantón de tartán deseaba hablar conmigo? Había estado allí una hora o más, dijo la sirvienta, y lloraba mientras esperaba. Fui directamente hacia ella; se levantó al entrar yo, y la reconocí de un vistazo. «¡Ojos Grises!», me dije, pero fui más sabia que darlo a entender. «¿Usted será Miss Grant al fin?», dice, levantándose y mirándome con dureza y compasión. «Sí, era verdad lo que él decía, es usted hermosa en cualquier caso». «Como Dios me hizo, querida», dije, «pero le estaría muy agradecida si pudiera decirme qué la trae aquí a estas horas de la noche». «Señora», dijo, «somos parientes, ambas venimos de la sangre de los hijos de Alpin». «Querida», respondí, «no pienso más en Alpin o sus hijos que lo que pienso en una col. Tiene usted un argumento mejor en esas lágrimas sobre su hermoso rostro». Y en eso fui tan débil de espíritu como para besarla, que es lo que usted querría hacer entrañablemente, y apuesto a que nunca encontrará el valor para ello. Digo que fui débil de espíritu, pues no sabía más de ella que su exterior; pero fue el movimiento más sabio que podría haber hecho. Es de naturaleza muy firme y valiente, pero creo que ha estado poco acostumbrada a la ternura; y ante esa caricia (aunque, a decir verdad, fue dada con ligereza) su corazón se volcó hacia mí. Nunca traicionaré los secretos de mi sexo, Mr. Davie; nunca le diré la forma en que me envolvió alrededor de su dedo, porque es la misma que usará para enredarlo a usted. ¡Sí, es una buena muchacha! Es tan limpia como el agua de manantial de la colina.
—¡Lo es! —grité.
—Bueno, pues me contó sus preocupaciones —prosiguió Miss Grant—, y en qué estado de duda estaba por su padre, y en qué preocupación por usted, con muy poca causa, y en qué perplejidad se había encontrado después de que usted se marchara. «Y entonces recordé al fin», dijo ella, «que éramos parientes, y que Mr. David le había dado el nombre de la más hermosa de las hermosas, y estaba pensando para mis adentros: ‘Si es tan hermosa, será buena en cualquier caso’; y puse pies en polvorosa». Fue entonces cuando le perdoné a usted, Mr. Davie. Cuando estaba en mi sociedad, parecía estar sobre hierro candente: a todas luces, si alguna vez vi a un joven que deseaba marcharse, era usted; y yo y mis dos hermanas éramos las damas de las que usted deseaba marcharse tanto; ¡y ahora resultaba que me había dedicado alguna atención al pasar, y fue tan amable de comentar mis atractivos! Desde esa hora puede usted fechar nuestra amistad, y empecé a pensar con ternura en la gramática latina.
—Tendrán muchas horas para burlarse de mí —dije—; y creo además que se hace injusticia a sí misma. Creo que fue Catriona quien dirigió su corazón hacia mí. Ella es demasiado sencilla para percibir como usted la rigidez de su amigo.
—No me gustaría apostar por eso, Mr. David —dijo ella—. Las muchachas tienen ojos claros. Pero al menos ella es su amiga por completo, como pude ver. La llevé ante su señoría mi padre; y su Señoría, estando en un estado favorable de claret, tuvo a bien recibirnos a ambas. «Aquí está Ojos Grises, con quien ha estado usted fastidiado estos días pasados», dije, «ha venido a demostrar que decíamos la verdad, y pongo a la joven más bonita de los tres Lothians a sus pies» —haciendo una reserva papista sobre mí misma. Ella adaptó su acción a mis palabras: se puso de rodillas ante él —no me gustaría jurar que él no vio dos de ella, lo cual sin duda hizo su súplica más irresistible, pues son todos ustedes una panda de mahometanos—, le contó lo que había pasado aquella noche, y cómo había impedido que el hombre de su padre lo siguiera a usted, y en qué estado estaba por su padre, y qué agitación por usted; y suplicó llorando por la vida de ambos (ninguno de los cuales estaba en el menor peligro), hasta que juro que me sentí orgullosa de mi sexo porque se hizo con tanta elegancia, y avergonzada por lo pequeño de la ocasión. No había ido muy lejos, le aseguro, antes de que el Advocate estuviera completamente sobrio, al ver su política más íntima desentrañada por una joven y descubierta a la más rebelde de sus hijas. Pero nos ocupamos de él, ambas, y arreglamos ese asunto. Bien dirigido —y eso significa dirigido por mí—, no hay nadie que pueda compararse con mi papá.
—Ha sido un buen hombre conmigo —dije.
—Bueno, fue un buen hombre con Katrine, y yo estuve allí para asegurarme —dijo ella.
—¿Y ella suplicó por mí? —dije.
—Así lo hizo, y de manera muy conmovedora —dijo Miss Grant—. No me gustaría decirle lo que dijo; ya le encuentro suficientemente vanidoso.
—¡Que Dios la recompense por ello! —grité.
—¿Con Mr. David Balfour, supongo? —dice ella.
—¡Me hace usted demasiada injusticia al final! —grité—. Temblaría al pensar en ella en manos tan duras. ¿Cree que me atrevería, porque suplicó por mi vida? ¡Eso lo haría por un cachorro recién nacido! He tenido más que eso para animarme, si solo supiera. Ella besó esa mano mía. Sí, lo hizo. ¿Y por qué? Porque pensó que estaba desempeñando un papel valiente y que podría estar yendo a mi muerte. No fue por mi bien; pero no necesito decirle eso a usted, que no puede mirarme sin reír. Fue por el amor a lo que ella pensaba que era valentía. Creo que no hay nadie más que yo y el pobre Príncipe Charlie que haya tenido ese honor. ¿No era esto hacerme un dios? ¿Y no cree que mi corazón temblaría al recordarlo?
—Me río de usted bastante, y bastante más de lo que es del todo cortés —dijo ella—; pero le diré una cosa: si le habla así, tiene algunos destellos de oportunidad.
—¿A mí? —grité—, nunca me atrevería. Puedo hablar con usted, Miss Grant, porque es materia de indiferencia lo que usted piense de mí. ¿Pero ella? ¡No, ni hablar! —dije.
—Creo que tiene usted los pies más grandes de toda la vasta Escocia —dice ella.
—En verdad no son muy pequeños —dije, mirando hacia abajo.
—¡Ah, pobre Catriona! —grita Miss Grant.
Y no pude más que mirarla fijamente; pues aunque ahora veo muy bien a lo que quería llegar (y quizás alguna justificación para ello), nunca fui rápido para captar tales charlas superficiales.
—Ah, bueno, Mr. David —dijo—, va muy en contra de mi conciencia, pero veo que tendré que ser su altavoz. Ella sabrá que vino a verla directamente tras la noticia de su encarcelamiento; sabrá que no quiso detenerse a comer; y de nuestra conversación escuchará solo lo que crea conveniente para una doncella de su edad e inexperiencia. Créame, estará de ese modo mucho mejor atendido de lo que podría atenderse usted mismo, pues mantendré esos pies grandes fuera del plato.
—¿Sabe dónde está, entonces? —exclamé.
—Eso lo sé, Mr. David, y nunca lo diré —dijo ella.
—¿Por qué eso? —pregunté.
—Bueno —dijo—, soy una buena amiga, como pronto descubrirá; y el principal de aquellos de quienes soy amiga es mi papá. Le aseguro que nunca me calentará ni derretirá para que diga eso, así que puede ahorrarse sus ojos de cordero; y adiós a su David-Balfourismo por ahora.
—Pero aún hay una cosa más —grité—. Hay una cosa que debe detenerse, pues es mera ruina para ella, y para mí también.
—Bueno —dijo—, sea breve; ya he pasado medio día con usted.
—Mi Lady Allardyce cree —empecé—, ella supone, ella piensa que yo la secuestré.
El color subió al rostro de Miss Grant, de modo que al principio me sentí bastante avergonzado de encontrar su oído tan delicado, hasta que pensé que estaba luchando más bien con la risa, una noción en la que me vi confirmado del todo por el temblor de su voz al responder:
—Me haré cargo de la defensa de su reputación —dijo—. Puede dejarla en mis manos.
Y con eso se retiró de la biblioteca.
Durante cerca de dos meses permanecí como invitado en la familia de Prestongrange, donde mejoré mi trato con los magistrados, los abogados y la flor y nata de la sociedad de Edimburgo. No han de suponer que mi educación fue descuidada; al contrario, me mantuvieron extremadamente ocupado. Estudié francés, para estar más preparado para ir a Leyden; me dediqué a la esgrima y trabajé duro, a veces tres horas al día, con un progreso notable; por sugerencia de mi primo, Pilrig, que era un músico apto, me pusieron en una clase de canto; y por orden de mi señorita Grant, en una de baile, en la que debo decir que resulté estar lejos de ser un adorno. Sin embargo, todos tuvieron la amabilidad de decir que me proporcionó un porte un poco más elegante; y no cabe duda de que aprendí a manejar las faldas de mi casaca y mi espada con mayor destreza, y a estar de pie en una habitación como si me perteneciera. Mis ropas mismas fueron todas seriamente renovadas; y la circunstancia más trivial, como dónde debía atarme el cabello o el color de mi cinta, se debatía entre las tres señoritas como una cosa de peso. De una forma u otra, sin duda mejoré bastante a la vista y adquirí un aire de modestia que habría sorprendido a la buena gente de Essendean.
Las dos señoritas más jóvenes estaban muy dispuestas a discutir un punto de mi vestimenta, porque eso estaba en la línea de sus pensamientos principales. No puedo decir que parecieran conscientes de mi presencia de ninguna otra manera; y aunque siempre fueron más que corteses, con una especie de cordialidad carente de corazón, no podían ocultar cuánto las fatigaba. En cuanto a la tía, era una mujer maravillosamente silenciosa; y creo que me prestaba más o menos la misma atención que al resto de la familia, que era bastante poca. La hija mayor y el propio Abogado eran, pues, mis principales amigos, y nuestra familiaridad aumentó mucho por un placer que teníamos en común. Antes de que el tribunal se reuniera, pasamos un día o dos en la casa de Grange, viviendo muy noblemente con una mesa abierta, y fue aquí donde los tres comenzamos a salir a caballo juntos por los campos, una práctica que después se mantuvo en Edimburgo, en la medida en que los continuos asuntos del Abogado lo permitían. Cuando estábamos de buen ánimo por la vivacidad del ejercicio, las dificultades del camino o los accidentes del mal tiempo, mi timidez desaparecía por completo; olvidábamos que éramos extraños y, al no requerirse el habla, fluía con mayor naturalidad. Entonces fue cuando me sacaron mi historia, poco a poco, desde el momento en que dejé Essendean, con mi viaje y batalla en el Covenant, mis andanzas por el brezo, etcétera; y del interés que encontraron en mis aventuras surgió la circunstancia de una excursión que hicimos un poco más tarde, en un día en que los tribunales no estaban en sesión, y de la cual contaré un poco más detalladamente.
Cabalgamos temprano y pasamos primero por la casa de Shaws, donde permanecía sin humo en un gran campo de escarcha blanca, pues aún era temprano en el día. Aquí Prestongrange desmontó, me entregó su caballo y procedió solo a visitar a mi tío. ¡Mi corazón, recuerdo, se hinchó con amargura al ver aquella casa desnuda y pensar en el viejo avaro sentado tiritando dentro en la cocina fría!
—Ahí está mi hogar —dije—; y mi familia.
—¡Pobre David Balfour! —dijo la señorita Grant.
Lo que pasó durante la visita nunca lo he oído; pero indudablemente no sería muy agradable para Ebenezer, pues cuando el Abogado salió de nuevo, su rostro estaba sombrío.
—Creo que pronto será usted el terrateniente en verdad, señor Davie —dice él, volviéndose medio hacia atrás con un pie en el estribo.
—Nunca pretenderé sentir pesar —dije; y, a decir verdad, durante su ausencia la señorita Grant y yo habíamos estado embelleciendo el lugar en nuestra fantasía con plantaciones, parterres y una terraza, tal como he llevado a cabo en la realidad desde entonces.
De allí nos dirigimos a Queensferry, donde Rankeillor nos dio una buena bienvenida, estando en verdad fuera de sí por recibir a un visitante tan importante. Aquí el Abogado fue tan sencillamente bueno como para repasar completamente mis asuntos, sentado quizás dos horas con el Escribano en su estudio y expresando (según me dijeron) una gran estima por mí y preocupación por mi fortuna. Para pasar este tiempo, la señorita Grant y yo y el joven Rankeillor tomamos un bote y cruzamos el Hope hacia Limekilns. Rankeillor se hizo muy ridículo (y, pensé, ofensivo) con su admiración por la joven, y para mi asombro (solo que es una debilidad tan común de su sexo) ella parecía, si acaso, estar un poco gratificada. Una utilidad tuvo: pues cuando llegamos al otro lado, ella le dio órdenes de cuidar el bote, mientras ella y yo pasábamos un poco más lejos, a la taberna. Esto fue idea suya, pues le había impresionado mi relato sobre Alison Hastie y deseaba ver a la muchacha ella misma. La encontramos una vez más sola —en verdad, creo que su padre trabajaba todo el día en los campos— y ella hizo una reverencia respetuosa a la gente acomodada y a la hermosa joven de hábito de montar.
—¿Es esta toda la bienvenida que voy a recibir? —dije, extendiendo mi mano—. ¿Y no tienes más memoria de los viejos amigos?
—¡Cielos! ¿Quién es este? —gritó ella, y luego—: ¡Por Dios, es el chiquillo del mechón!
—El mismo —digo.
—Muchas veces he pensado en usted y en su amigo, y estoy dichosa de verlo con sus galas —gritó—. Aunque sabía que había vuelto con los suyos por el gran regalo que me envió y que le agradezco con todo mi corazón.
—Allá —me dijo la señorita Grant—, váyase afuera, como un buen niño. No vine aquí para estar de pie y sostener una vela; somos ella y yo las que tenemos que charlar.
Supongo que permaneció diez minutos en la casa, pero cuando salió observé dos cosas: que sus ojos estaban enrojecidos y que un broche de plata había desaparecido de su pecho. Esto me afectó mucho.
—Nunca la vi tan bien adornada —dije.
—¡Oh, Davie, hombre, no seas un tonto pomposo! —dijo ella, y se mostró más aguda de lo habitual conmigo el resto del día.
Alrededor de la hora de las velas regresamos de esta excursión.
Durante un buen tiempo no escuché nada más sobre Catriona; mi señorita Grant permanecía completamente impenetrable y tapaba mi boca con bromas. Al final, un día que regresó de caminar y me encontró solo en el salón con mi francés, pensé que había algo inusual en su semblante; el color subido, los ojos chispeando intensamente y una pizca de sonrisa continuamente contenida mientras me observaba. Parecía, en efecto, el espíritu mismo de la travesura y, caminando vivazmente por la habitación, pronto me había involucrado en una especie de disputa por nada y (al menos) sin ninguna intención por mi parte. Yo era como Cristiano en el pantano: cuanto más intentaba salir por un lado, más profundamente me veía envuelto; hasta que al fin la escuché declarar, con mucha pasión, que no aceptaría esa respuesta de manos de nadie y que debía arrodillarme para pedir perdón.
La falta de causa de todo este alboroto agitó mi propia bilis. —No he dicho nada a lo que usted pueda objetar apropiadamente —dije—, y en cuanto a mis rodillas, esa es una postura que guardo para Dios.
—¡Y como a una diosa se me debe servir! —gritó ella, sacudiendo sus rizos castaños hacia mí y con un color brillante—. ¡Todo hombre que entre al alcance de mis enaguas deberá usarme así!
—Iré tan lejos como pedirle perdón por seguir la moda, aunque juro que no sé por qué —respondí—. Pero para estas posturas de comedia, puede acudir a otros.
—¡Oh, Davie! —dijo ella—. ¿Ni aunque te lo rogara?
Pensé que estaba peleando con una mujer, lo que es lo mismo que decir una niña, y eso sobre un punto enteramente formal.
—Me parece una cosa infantil —dije—, no digna de que usted la pida ni de que yo la otorgue. Sin embargo, tampoco se lo negaré —dije—; y la mancha, si es que hay alguna, recae sobre usted misma. Y en eso me arrodillé claramente.
—¡Ahí! —gritó ella—. Esa es la posición adecuada, ahí es a donde he estado maniobrando para llevarte. Y entonces, de repente—: ¡Atrapa! —dijo, me lanzó una nota doblada y salió corriendo del apartamento riendo.
La nota no tenía ni lugar ni fecha. «Querido Sr. David —comenzaba—, recibo sus noticias continuamente por mi prima, la señorita Grant, y es un placer escucharlas. Estoy muy bien, en un buen lugar, entre buena gente, pero obligada a ser bastante reservada, aunque espero que al final podamos encontrarnos de nuevo. Todas sus amistades me han sido contadas por mi prima querida, que nos ama a ambos. Ella me pide que le envíe este escrito y lo supervisa. Le pediré que cumpla todos sus mandatos y quedo su afectuosa amiga, Catriona Macgregor-Drummond. P.D. —¿No verá a mi prima, Allardyce?»
Creo que no es la menos valiente de mis campañas (como dicen los soldados) el hecho de haber hecho como se me ordenaba aquí y haber ido directamente a la casa de Dean. Pero la anciana estaba ahora completamente cambiada y flexible como un guante. Por qué medios la señorita Grant había logrado esto, nunca pude adivinarlo; estoy seguro, al menos, de que no se atrevió a aparecer abiertamente en el asunto, pues su papá estaba bastante comprometido en él. Fue él, de hecho, quien persuadió a Catriona de irse, o mejor dicho, de no regresar, a casa de su prima, colocándola en su lugar con una familia de Gregorys: gente decente, totalmente a disposición del Abogado, y en quienes ella podía tener más confianza porque eran de su propio clan y familia. Estos la mantuvieron en privado hasta que todo estuvo maduro, la animaron y ayudaron a intentar el rescate de su padre y, después de que fue liberada de la prisión, la recibieron de nuevo bajo el mismo secreto. Así Prestongrange obtuvo y usó su instrumento; ni se filtró la más mínima palabra de su relación con la hija de James More. Hubo algunos susurros, por supuesto, sobre la huida de esa persona desacreditada; pero el Gobierno respondió con una muestra de rigor, uno de los porteros de la celda fue azotado, el teniente de la guardia (mi pobre amigo, Duncansby) fue destituido de su rango y, en cuanto a Catriona, todos estaban lo suficientemente complacidos de que su falta fuera pasada por alto en silencio.
Nunca pude inducir a la señorita Grant a llevar una respuesta. —No —decía ella, cuando yo insistía—, voy a mantener los pies grandes fuera del plato. Esto era más difícil de soportar, ya que sabía que veía a mi pequeña amiga muchas veces a la semana y le llevaba mis noticias siempre que (como decía) yo «me había comportado bien». Al final me obsequió con lo que ella llamaba una indulgencia, y yo consideré más bien una burla. Ciertamente era una amiga fuerte, casi violenta, con todos los que le agradaban, entre los cuales destacaba una anciana frágil, muy ciega y muy ingeniosa, que vivía en la parte superior de una alta construcción en un callejón estrecho, con un nido de jilgueros en una jaula, y llena todo el día de visitantes. A la señorita Grant le encantaba llevarme allí y ponerme a entretener a su amiga con la narración de mis desgracias; y la señorita Tibbie Ramsay (ese era su nombre) fue particularmente amable y me contó muchas cosas que valía la pena saber sobre los viejos tiempos y los asuntos pasados en Escocia. Debo decir que desde la ventana de su habitación, y a menos de tres pies de distancia, tal es la estrechez de ese callejón, era posible mirar hacia un tragaluz con rejas que iluminaba la escalera de la casa de enfrente.
Aquí, bajo algún pretexto, la señorita Grant me dejó un día a solas con la señorita Ramsay. Recuerdo que pensé que esa dama estaba distraída y como alguien preocupado. Además, me sentía muy incómodo, pues la ventana, contrariamente a la costumbre, se dejó abierta y el día estaba frío. De repente, la voz de la señorita Grant sonó en mis oídos como desde la distancia.
—¡Aquí, Shaws! —gritó—, echa un vistazo por la ventana y mira lo que te he traído.
Creo que fue la visión más hermosa que jamás haya contemplado. El pozo del callejón estaba todo en sombra clara donde un hombre podía ver distintamente, las paredes muy negras y lúgubres; y allí, desde el tragaluz con rejas, vi dos caras sonriéndome: la de la señorita Grant y la de Catriona.
—¡Ahí! —dice la señorita Grant—, quería que ella te viera con tus galas como a la muchacha de Limekilns. ¡Quería que viera lo que podía hacer contigo, cuando me pusiera manos a la obra en serio!
Vino a mi mente que ella había sido más que habitualmente particular ese día con mi vestimenta; y creo que parte del mismo cuidado se había otorgado a Catriona. Para ser una dama tan alegre y sensata, la señorita Grant estaba ciertamente maravillosamente ocupada con los trapos.
—¡Catriona! —fue todo lo que pude articular.
En cuanto a ella, no dijo nada en absoluto, sino que solo agitó su mano y me sonrió, y fue repentinamente llevada lejos de nuevo ante el tragaluz.
Esa visión no se perdió antes de que corriera a la puerta de la casa, donde descubrí que estaba encerrado; de allí volví a la señorita Ramsay, pidiendo la llave, pero podría haberla pedido a la roca del castillo. Ella había dado su palabra, dijo, y yo debía ser un buen chico. Era imposible derribar la puerta, incluso si hubiera sido educado; era imposible que saltara por la ventana, estando a siete pisos sobre el suelo. Todo lo que pude hacer fue estirar el cuello sobre el callejón y vigilar su reaparición desde la escalera. Fue poco lo que vi, no siendo más que la parte superior de sus dos cabezas, cada una sobre un ridículo carrete de faldas, como un par de acericos. Ni siquiera Catriona miró hacia arriba para despedirse; siendo impedida (como supe después) por la señorita Grant, quien le dijo que la gente nunca se veía con menos ventaja que desde arriba hacia abajo.
En el camino a casa, tan pronto como fui puesto en libertad, reprendí a la señorita Grant por su crueldad.
—Siento que estuvieras decepcionado —dice ella con recato—. Por mi parte, estuve muy complacida. Te veías mejor de lo que temía; te veías —si no te hace vanidoso— un joven sumamente apuesto cuando apareciste en la ventana. Debes recordar que ella no podía ver tus pies —dice ella, con el aire de alguien que me tranquiliza.
—¡Oh! —grité—, deja mis pies en paz, no son más grandes que los de mis vecinos.
—Son incluso más pequeños que algunos —dijo ella—, pero hablo en parábolas como un profeta hebreo.
—¡Me extraña poco que a veces fueran apedreados! —digo—. Pero, miserable muchacha, ¿cómo pudiste hacerlo? ¿Por qué habrías de preocuparte por atormentarme con un momento?
—El amor es como la gente —dice ella—; necesita algún tipo de víveres.
—¡Oh, Barbara, déjame verla adecuadamente! —supliqué—. Puedes hacerlo; la ves cuando quieres; déjame tener media hora.
—¿Quién es la que está manejando este asunto amoroso? ¿Tú? ¿O yo? —preguntó ella, y mientras continuaba presionándola con mis instancias, cayó en un recurso mortal: el de imitar los tonos de mi voz cuando llamaba a Catriona por su nombre; con lo cual, de hecho, me tuvo bajo sujeción por algunos días después.
Nunca se oyó ni una palabra más del memorial, o ninguna por mí. Prestongrange y su gracia el Lord Presidente pueden haber oído hablar de él (por lo que sé) por los oídos más sordos de sus cabezas; se lo guardaron para sí mismos, al menos; el público no se enteró de nada; y con el paso del tiempo, el 8 de noviembre, y en medio de una tormenta prodigiosa de viento y lluvia, el pobre James of the Glens fue debidamente ahorcado en Lettermore, cerca de Ballachulish.
¡Así fue el resultado final de mis políticas! Hombres inocentes han perecido antes que James, y es probable que sigan pereciendo (a pesar de toda nuestra sabiduría) hasta el fin de los tiempos. Y hasta el fin de los tiempos los jóvenes (que aún no están acostumbrados a la duplicidad de la vida y de los hombres) lucharán como yo lo hice, y harán resoluciones heroicas, y tomarán grandes riesgos; y el curso de los acontecimientos los empujará hacia un lado y seguirá adelante como un ejército en marcha. James fue ahorcado; y aquí estaba yo viviendo en la casa de Prestongrange, agradecido por su atención paternal. Fue ahorcado; ¡y he aquí! cuando me encontré con el Sr. Simon en el camino, me sentí inclinado a quitarme el castor ante él como un buen niño ante su maestro. Había sido ahorcado mediante fraude y violencia, y el mundo siguió adelante, y no hubo ni un penique de diferencia; ¡y los villanos de aquel horrible complot eran padres de familia decentes, amables y respetables, que iban a la iglesia y tomaban el sacramento!
Pero había tenido mi visión de ese detestable negocio que llaman política; lo había visto desde atrás, cuando todo es huesos y negrura; y estaba curado de por vida de cualquier tentación de volver a participar en ello. Un camino sencillo, tranquilo y privado era por el que ambicionaba caminar, donde pudiera mantener mi cabeza fuera del camino de los peligros y mi conciencia fuera del camino de la tentación. Pues, en retrospectiva, parecía que no lo había hecho tan grandiosamente, después de todo; sino que, con la mayor cantidad posible de grandes discursos y preparativos, no había logrado nada.
El 25 del mismo mes se anunció la salida de un barco desde Leith; y de repente me recomendaron que preparara mis equipajes para Leyden. A Prestongrange, por supuesto, no podía decirle nada; pues ya había estado mucho tiempo abusando de su casa y su mesa. Pero con su hija fui más abierto, lamentando mi destino de ser enviado fuera del país y asegurándole que, a menos que me llevara a despedirme de Catriona, me negaría en el último momento.
—¿No te he dado mi consejo? —preguntó ella.
—Sé que lo has hecho —dije—, y sé cuánto te estoy agradecido ya, y que debo obedecer tus órdenes. Pero debes confesar que eres una muchacha algo demasiado alegre a veces para confiar enteramente.
—Te diré, entonces —dijo ella—. Estate a bordo a las nueve de la mañana; el barco no zarpa antes de la una; mantén tu bote a un costado; y si no estás satisfecho con mis despedidas cuando te las envíe, puedes volver a tierra y buscar a Katrine tú mismo.
Como no podía sacar nada más de ella, me conformé con esto.
Llegó finalmente el día en que ella y yo debíamos separarnos. Habíamos sido extremadamente íntimos y familiares; yo estaba muy en deuda con ella; y la forma en que debíamos separarnos era una cosa que me quitaba el sueño, como las propinas que debía dar a los sirvientes domésticos. Sabía que ella me consideraba demasiado retraído, y deseaba más bien ascender en su opinión en ese aspecto. Además, después de tanto afecto mostrado y (creo) sentido por ambas partes, habría parecido frío ser de alguna manera rígido. En consecuencia, armé mi valor y preparé mis palabras, y la última oportunidad que íbamos a estar solos, pedí con bastante audacia que se me permitiera saludarla en despedida.
—Se olvida usted de sí mismo extrañamente, Sr. Balfour —dijo ella—. No puedo recordar haberle dado ningún derecho a presumir de nuestra familiaridad.
Me quedé ante ella como un reloj detenido, y no sabía qué pensar, mucho menos qué decir, cuando de repente ella pasó sus brazos alrededor de mi cuello y me besó con la mejor voluntad del mundo.
«¡Inimitable criatura!», exclamó. «¿Pensabas que permitiría que nos separáramos como extraños? Porque nunca pueda mantener la compostura contigo durante cinco minutos seguidos, no debes imaginar que no te quiero muy bien: ¡soy todo amor y risas, cada vez que poso mis ojos en ti! Y ahora voy a darte un consejo para concluir tu educación, del cual tendrás necesidad antes de que pase mucho tiempo. Nunca preguntes a las mujeres. Están obligadas a responder «No»; Dios nunca hizo a la muchacha que pudiera resistir la tentación. Se supone por los divinos que es la maldición de Eva: porque no lo dijo cuando el diablo le ofreció la manzana, sus hijas no pueden decir otra cosa».
«Ya que estoy tan pronto por perder a mi bella profesora», comencé.
«Esto es galante, en verdad», dice ella haciendo una reverencia.
«Haría una pregunta», continué. «¿Puedo pedirle a una muchacha que se case conmigo?»
«¡Crees que no podrías casarte con ella sin hacerlo!», preguntó. «¿O conseguir que ella te lo proponga?»
«Ya ve que no puede ser seria», dije.
«Seré muy seria en una cosa, David», dijo ella: «siempre seré tu amiga».
Cuando llegué a mi caballo a la mañana siguiente, las cuatro damas estaban todas en esa misma ventana desde la cual habíamos mirado una vez hacia abajo a Catriona, y todas gritaron adiós y agitaron sus pañuelos de bolsillo mientras yo me alejaba al trote. De las cuatro, sabía que una estaba verdaderamente apenada; y ante ese pensamiento, y cómo había llegado a la puerta tres meses atrás por primera vez, la tristeza y la gratitud crearon una confusión en mi mente.
PARTE II. PADRE E HIJA
CAPÍTULO XXI. EL VIAJE A HOLANDA
El barco estaba con un solo ancla, bien fuera del muelle de Leith, de modo que todos los pasajeros debíamos llegar a él por medio de esquifes. Esto fue de muy poca molestia, debido a que el día estaba en una calma total, muy helado y nublado, y con una niebla baja y cambiante sobre el agua. El cuerpo de la embarcación estaba así completamente oculto mientras me acercaba, pero sus altos mástiles permanecían erguidos y brillantes bajo un sol como el parpadeo de un fuego. Resultó ser un mercante muy espacioso y cómodo, pero algo romo en la proa, y cargado extraordinariamente profundo de sal, salmón salado y finas medias de hilo blanco para los holandeses. Al subir a bordo, el capitán me dio la bienvenida —un tal Sang (de Lesmahago, creo), un hombre de mar muy cordial y amistoso, pero en ese momento bastante atareado. Ningún otro de los pasajeros había aparecido aún, por lo que me dejaron caminar por la cubierta, observando el paisaje y preguntándome mucho cuáles serían esas despedidas que se me habían prometido.
Todo Edimburgo y las colinas de Pentland brillaban sobre mí en una especie de luminosidad brumosa, de vez en cuando superada por manchas de nubes; de Leith no se veía más que las cimas de las chimeneas, y en la superficie del agua, donde yacía la bruma, absolutamente nada. De esto me di cuenta pronto al escuchar el sonido de unos remos, y poco después (como si surgiera del humo de un fuego) apareció un bote. En la popa estaba sentado un hombre serio, bien abrigado contra el frío, y a su lado una figura alta, bonita y tierna de una doncella que hizo que mi corazón se detuviera. Apenas tuve tiempo de recuperar el aliento y estar listo para recibirla, mientras ella subía a la cubierta, sonriendo, y haciendo mi mejor reverencia, que ahora era inmensamente más refinada que algunos meses atrás, cuando la hice por primera vez ante su señoría. Sin duda ambos habíamos cambiado mucho: ella parecía haber crecido como un árbol joven y hermoso. Ahora tenía una especie de bonita timidez que le quedaba bien, como de alguien que se consideraba a sí misma con más estima y era ya una mujer hecha y derecha; y por otra parte, la mano del mismo mago había trabajado en ambos, y la señorita Grant nos había hecho a ambos elegantes, si es que solo podía hacer a una hermosa.
El mismo grito, en palabras no muy diferentes, salió de ambos, de que el otro había venido por cumplido para despedirse, y entonces percibimos en un instante que íbamos a embarcar juntos.
«¡Oh, por qué no me lo habrá estado diciendo Baby!», exclamó; y entonces recordó una carta que le habían dado, con la condición de no abrirla hasta estar bien a bordo. Dentro había un anexo para mí mismo, y decía así:
«Querido Davie: ¿Qué piensas de mi despedida? ¿Y qué dices de tu compañero de viaje? ¿Besaste, o preguntaste? Estaba a punto de haber firmado aquí, pero eso dejaría el propósito de mi pregunta en duda, y en mi propio caso conozco la respuesta. Así que rellena aquí con un buen consejo. No seas demasiado tímido, y por el amor de Dios no intentes ser demasiado atrevido; nada te sienta peor. Soy
«Tu afectuosa amiga y gobernanta, «Barbara Grant».
Escribí una palabra de respuesta y cumplido en una hoja de mi libreta, la puse junto con otra nota de Catriona, sellé el todo con mi nuevo sello de armas de los Balfour, y la envié por mano del sirviente de Prestongrange que todavía esperaba en mi bote.
Entonces tuvimos tiempo de mirarnos el uno al otro con más calma, lo cual no habíamos hecho durante un minuto antes (por un impulso común) de estrecharnos la mano de nuevo.
«¿Catriona?», dije. Parecía que esa era la primera y la última palabra de mi elocuencia.
«¿Estarás contento de verme otra vez?», dice ella.
«Y creo que esa es una palabra ociosa», dije. «Somos amigos demasiado profundos para hablar sobre tales pequeñeces».
«¿No es la chica de todo el mundo?», exclamó de nuevo. «Nunca conocí a una chica tan honesta y tan hermosa».
«Y, sin embargo, ella no se preocupó más por Alpin de lo que lo hizo por un tallo de col», dije.
«¡Ah, ella dirá eso, ciertamente!», grita Catriona. «Sin embargo, fue por el nombre y la noble sangre gentil que ella me acogió y fue tan buena conmigo».
«Bueno, te diré por qué fue», dije. «Hay todo tipo de rostros de personas en este mundo. Está el rostro de Barbara, que todo el mundo debe mirar y admirar, y pensar que es una chica fina, valiente y alegre. Y luego está tu rostro, que es bastante diferente; nunca supe cuán diferente hasta hoy. No puedes verte a ti misma, y esa es la razón por la que no entiendes; pero fue por el amor a tu rostro que ella te acogió y fue tan buena contigo. Y todo el mundo en el mundo haría lo mismo».
«¿Todo el mundo?», dice ella.
«¡Cada alma viviente!», dije.
«¡Ah, entonces, esa será la razón por la que los soldados en el castillo me acogieron!», exclamó.
«Barbara te ha estado enseñando a atraparme», dije.
«Ella me habrá enseñado más que eso, en todo caso. Me habrá enseñado mucho sobre el Sr. David; todo lo malo de él, y un poco que no era tan malo tampoco, de vez en cuando», dijo, sonriendo. «Me habrá contado todo lo que había sobre el Sr. David, solo que él navegaría en este mismo barco. ¿Y por qué vas tú?»
Se lo conté.
«Ah, bueno», dijo ella, «estaremos algunos días en compañía y luego (supongo) ¡adiós para siempre! Voy a encontrarme con mi padre en un lugar de nombre Helvoetsluys, y de allí a Francia, para ser exiliados al lado de nuestro jefe».
No pude decir más que un simple «¡Oh!», el nombre de James More siempre secando mi propia voz.
Ella fue rápida en percibirlo, y en adivinar una parte de mi pensamiento.
«Hay una cosa que debo decir ante todo, Sr. David», dijo. «Creo que dos de mis parientes no se han portado contigo del todo muy bien. Y uno de ellos dos es James More, mi padre, y el otro es el Laird de Prestongrange. Prestongrange habrá hablado por sí mismo, o su hija en su lugar. Pero por James More, mi padre, tengo esto que decir: él yacía encadenado en una prisión; es un soldado sencillo y honesto y un sencillo caballero de las Highlands; lo que ellos buscarían, él nunca lo habría estado adivinando; pero si hubiera entendido que iba a ser algún perjuicio para un joven caballero como tú, habría muerto antes. Y por el bien de todas tus amistades, te pediré que perdones a mi padre y a mi familia por ese mismo error».
«Catriona», dije, «qué error fue ese no me importa saber. Solo sé una cosa: que fuiste a Prestongrange y pediste por mi vida de rodillas. Oh, sé bien lo suficiente que fue por tu padre que fuiste, pero cuando estuviste allí, también suplicaste por mí. Es una cosa de la que no puedo hablar. Hay dos cosas en las que no puedo pensar dentro de mí: una es tus buenas palabras cuando te llamaste mi pequeña amiga, y la otra que suplicaste por mi vida. No hablemos más, nosotros dos, de perdón u ofensa».
Permanecimos después de eso en silencio, Catriona mirando a la cubierta y yo a ella; y antes de que hubiera más conversación, habiendo surgido un poco de viento del noroeste, comenzaron a desplegar las velas y a cobrar el ancla.
Había seis pasajeros además de nosotros dos, lo que hacía que la cabina estuviera llena. Tres eran comerciantes sólidos de Leith, Kirkcaldy y Dundee, todos involucrados en la misma aventura hacia la Alta Alemania. Uno era un holandés que regresaba; el resto, dignas esposas de comerciantes, bajo cuyo cuidado se recomendó a Catriona. La Sra. Gebbie (pues ese era su nombre) estaba por gran fortuna gravemente incomodada por el mar, y yacía día y noche sobre su espalda. Éramos además las únicas criaturas jóvenes a bordo del Rose, excepto un muchacho de cara blanca que hacía mi antiguo trabajo de atender la mesa; y sucedió que Catriona y yo fuimos dejados casi enteramente a nosotros mismos. Teníamos los asientos contiguos en la mesa, donde la atendía con extraordinario placer. En la cubierta, le hice un lugar blando con mi capa; y siendo el clima singularmente bueno para esa temporada, con días y noches brillantes y heladas, un viento constante y suave, y apenas una escota suelta en todo el camino a través del Mar del Norte, nos sentábamos allí (solo de vez en cuando caminando de un lado a otro para entrar en calor) desde el primer parpadeo del sol hasta las ocho o nueve de la noche bajo las estrellas claras. Los comerciantes o el Capitán Sang a veces nos miraban y sonreían, o intercambiaban una palabra alegre o dos y seguían su camino; pero la mayor parte del tiempo estaban sumidos en arenques, chintz y lino, o en cálculos de la lentitud del pasaje, y nos dejaban con nuestros propios asuntos, que eran muy poco importantes para cualquiera excepto para nosotros mismos.
Al principio, teníamos mucho que decir y nos creíamos bastante ingeniosos; y yo me esforzaba un poco por ser el galán, y ella (creo) por interpretar a la joven dama con experiencia. Pero pronto nos volvimos más sencillos el uno con el otro. Dejé de lado mi inglés cortado y altisonante (lo poco que quedaba de él) y olvidé hacer mis reverencias y saludos de Edimburgo; ella, por su parte, cayó en una especie de amable familiaridad; y convivimos como los de una misma casa, solo que (por mi parte) con una emoción más profunda. Alrededor del mismo tiempo el fondo pareció caerse de nuestra conversación, y ninguno de nosotros estaba menos complacido por ello. A veces ella me contaba cuentos de viejas, de los cuales tenía una maravillosa variedad, muchos de ellos de mi amigo el pelirrojo Niel. Los contaba muy bonito, y eran cuentos infantiles bastante lindos; pero el placer para mí estaba en el sonido de su voz, y en el pensamiento de que ella estaba contando y yo escuchando. A veces, de nuevo, nos sentábamos completamente en silencio, sin comunicarnos ni siquiera con una mirada, y saboreando suficiente placer en la dulzura de esa vecindad. Hablo aquí solo por mí mismo. Sobre lo que había en la mente de la joven, no estoy muy seguro de habérmelo preguntado nunca; y lo que había en la mía, tenía miedo de considerarlo. No necesito ocultarlo ahora, ni para mí mismo ni para el lector; estaba totalmente enamorado. Ella se interponía entre mí y el sol. Había crecido repentinamente más alta, como digo, pero con un crecimiento saludable; parecía toda salud, ligereza y espíritu valiente; y pensé que caminaba como un ciervo joven, y estaba de pie como un abedul en las montañas. Era suficiente para mí sentarme cerca de ella en la cubierta; y declaro que apenas dediqué dos pensamientos al futuro, y estaba tan contento con lo que entonces disfrutaba que nunca me tomé la molestia de imaginar ningún paso más allá; a menos que tal vez a veces me sintiera tentado a tomar su mano en la mía y sostenerla allí. Pero era demasiado como un avaro de los goces que tenía, y no quería arriesgar nada.
Lo que hablábamos solía ser sobre nosotros mismos o sobre el otro, de modo que si alguien se hubiera tomado la molestia de escucharnos, habría supuesto que éramos las personas más egoístas del mundo. Sucedió un día, cuando estábamos en esta práctica, que entramos en un discurso sobre amigos y amistad, y creo ahora que navegábamos cerca del viento. Decíamos qué cosa tan fina era la amistad, y cuánto poco habíamos adivinado sobre ella, y cómo hacía de la vida una cosa nueva, y mil cosas cubiertas del mismo tipo que habrán sido dichas, desde la fundación del mundo, por jóvenes en la misma situación. Luego comentamos sobre la extrañeza de esa circunstancia, que los amigos se unieran al principio como si estuvieran allí por primera vez, y sin embargo cada uno hubiera estado vivo un buen tiempo, perdiendo el tiempo con otras personas.
«No es mucho lo que he hecho», dijo ella, «y podría estar contándote las cinco quintas partes en dos o tres palabras. Solo soy una chica, ¿y qué le puede pasar a una chica, en todo caso? Pero fui con el clan en el año 45. Los hombres marcharon con espadas y mosquetes, y algunos de ellos en brigadas con el mismo juego de tartán; no se retrasaron en la marcha, te lo puedo decir. Y había caballeros de las Tierras Bajas, con sus inquilinos montados y trompetas para sonar, y hubo un gran chirrido de gaitas de guerra. Monté en un pequeño caballo de las Highlands a la derecha de mi padre, James More, y de Glengyle mismo. Y aquí hay una cosa fina que recuerdo, que Glengyle me besó en la cara, porque (dice él) «mi pariente, eres la única dama del clan que ha salido», ¡y yo una pequeña niña de quizás doce años! También vi al Príncipe Charlie, y sus ojos azules; ¡era realmente guapo! Tuve su mano para besar frente al ejército. Oh, bueno, estos fueron los buenos días, pero todo es como un sueño que he visto y luego despertado. Fue de la manera que sabes muy bien; y estos fueron los peores días de todos, cuando los soldados de casaca roja estaban fuera, y mi padre y mis tíos yacían en la colina, y yo tenía que llevarles su comida en mitad de la noche, o a la poca luz del día cuando cantan los gallos. Sí, he caminado en la noche, muchas veces, y mi corazón grande en mí por terror de la oscuridad. Es una cosa extraña que nunca me haya molestado un duende; pero dicen que una doncella va a salvo. Luego fue el matrimonio de mi tío, y eso fue un asunto terrible más allá de todo. Jean Kay era el nombre de esa mujer; y me tuvo en la habitación con ella esa noche en Inversnaid, la noche en que la tomamos de sus amigos de la vieja y antigua manera. Quería y no quería; estaba para casarse con Rob un minuto, y al siguiente no quería nada de él. Nunca habré visto una criatura de mujer tan inútil; seguramente todo lo que había en ella le diría sí o no. Bueno, era viuda; y nunca puedo estar pensando que una viuda es una buena mujer».
«¡Catriona!», digo yo, «¿cómo sacas eso?»
«No lo sé», dijo ella; «solo te estoy contando lo que parece en mi corazón. ¡Y luego casarse con un hombre nuevo! ¡Fuy! Pero esa era ella; y se volvió a casar con mi tío Robin, y fue con él un tiempo a la iglesia y al mercado; y luego se cansó, o si no sus amigos la atraparon y la convencieron, o tal vez se sintió avergonzada; al menos, se escapó, y volvió con su propia gente, y dijo que la habíamos tenido en el lago, y nunca te contaré todo lo que fue. Nunca he pensado mucho en ninguna hembra desde ese día. Y así, al final, mi padre, James More, terminó siendo arrojado a la prisión, y tú sabes el resto tan bien como yo».
«¿Y a través de todo no tuviste amigos?», dije.
«No», dijo ella; «he sido bastante jefa con dos o tres muchachas en las laderas, pero no para llamarlas amigos».
«Bueno, la mía es una historia sencilla», dije. «Nunca tuve un amigo a mi nombre hasta que me encontré contigo».
«¿Y ese valiente Sr. Stewart?», preguntó ella.
«Oh, sí, me olvidaba de él», dije. «Pero es un hombre, y eso es muy diferente».
«Yo pensaría eso», dijo ella. «Oh, sí, es bastante diferente».
«Y luego hubo otro», dije. «Una vez pensé que tenía un amigo, pero resultó ser una decepción».
Me preguntó quién era ella.
«Era un él, entonces», dije. «Éramos los dos mejores muchachos en la escuela de mi padre, y pensamos que nos amábamos tiernamente. Bueno, llegó el momento en que él fue a Glasgow a la casa de un comerciante, que era su primo segundo una vez retirado; y me escribió dos o tres veces por el transportista; y luego encontró nuevos amigos, y yo podía escribir hasta cansarme, él no prestaba atención. Eh, Catriona, me tomó mucho tiempo perdonar al mundo. No hay nada más amargo que perder a un amigo imaginario».
Entonces ella comenzó a interrogarme de cerca sobre su apariencia y carácter, porque cada uno estábamos muy preocupados por todo lo que tocaba al otro; hasta que al final, en una hora muy mala, me acordé de sus cartas y fui a buscar el fajo desde la cabina.
«Aquí están sus cartas», dije, «y todas las cartas que alguna vez obtuve. Esa será la última que podré contar de mí mismo; ya sabes el resto tan bien como yo».
«¿Me dejarás leerlas, entonces?», dice ella.
Le dije, si se tomaba la molestia; y me pidió que me fuera y ella las leería de un extremo a otro. Ahora, en este fajo que le di, estaban empacadas juntas no solo todas las cartas de mi falso amigo, sino una o dos del Sr. Campbell cuando estaba en la ciudad en la Asamblea, y para hacer una lista completa de todo lo que alguna vez me fue escrito, la pequeña nota de Catriona, y las dos que había recibido de la señorita Grant, una cuando estaba en Bass y otra a bordo de ese barco. Pero de estas últimas no tenía una idea particular en el momento.
Me encontraba en tal estado de sujeción al pensamiento de mi amiga que poco importaba lo que hiciera, y apenas si estaba en su presencia o fuera de ella; me había contagiado de ella como una especie de noble fiebre que vivía continuamente en mi pecho, de noche y de día, estuviera despierto o dormido. Así sucedió que, después de haber llegado a la parte delantera del barco, donde la ancha proa salpicaba las olas, no tuve tanta prisa por regresar como se podría imaginar; más bien prolongué mi ausencia como una variedad de placer. No creo ser por naturaleza muy epicúreo: y hasta entonces me había llegado una parte tan pequeña de placer que quizá se me pudiera perdonar que me detuviera en él indebidamente.
Cuando regresé a ella, tuve una impresión débil y dolorosa como la de una hebilla suelta, tan fríamente me devolvió el paquete.
—¿Las has leído? —dije; y pensé que mi voz no sonaba del todo natural, pues estaba dando vueltas en mi mente a lo que podría afligirla.
—¿Querías que las leyera todas? —preguntó ella.
Le dije que sí, con voz abatida.
—¿La última de ellas también? —dijo ella.
Sabía dónde estábamos ahora; sin embargo, tampoco quería mentirle. —Se las di todas sin segundas intenciones —dije—, pues supuse que las leerías. No veo daño alguno en ninguna.
—Yo estaré hecha de otra manera —dijo ella—. Doy gracias a Dios por estar hecha de otra manera. No era una carta apropiada para ser mostrada a mí. No era apropiado escribirla.
—Creo que hablas de tu propia amiga, Barbara Grant —dije.
—No habrá nada tan amargo como perder a una amiga imaginaria —dijo ella, citando mi propia expresión.
—¡Creo que a veces es la amistad la que era imaginaria! —exclamé—. ¿Qué clase de justicia llamas a esto, culparme por unas palabras que una chiflada de muchacha loca ha escrito sobre un trozo de papel? Tú misma sabes con qué respeto me he comportado, y lo haré siempre.
—¡Y sin embargo, me mostrarías esa misma carta! —dice ella—. No quiero tales amigos. Puedo arreglármelas muy bien, Sr. Balfour, sin ella, o sin usted.
—¡Esta es tu fina gratitud! —digo yo.
—Le estoy muy agradecida —dijo ella—. Le pediré que se lleve sus... cartas. Parecía ahogarse con la palabra, de modo que sonó como un juramento.
—Nunca lo pedirá dos veces —dije; recogí ese fardo, caminé un poco hacia adelante y los arrojé lo más lejos posible al mar. Por poco más me habría arrojado yo mismo tras ellos.
El resto del día caminé de un lado a otro furioso. Pocos nombres hubo tan malos que no se los diera en mi propia mente antes de que se pusiera el sol. Todo lo que había oído sobre el orgullo de las Tierras Altas parecía superado; ¡que una muchacha (apenas crecida) se ofendiera por una alusión tan trivial, y eso de su amiga más cercana, de la que casi me había cansado de tanto elogiarla! Tuve pensamientos amargos, agudos y duros sobre ella, como los de un muchacho enfadado. Si la hubiera besado, de hecho (pensé), tal vez lo habría tomado bastante bien; y solo porque había sido puesto por escrito, y con una pizca de jocosidad, ella tenía que estallar en esta ridícula pasión. Me pareció que había una falta de penetración en el sexo femenino, para hacer llorar a los ángeles sobre el caso de los pobres hombres.
Estábamos lado a lado de nuevo en la cena, ¡y qué cambio hubo! Ella era como leche cuajada para mí; su rostro era como el de una muñeca de madera; podría haberla golpeado con indiferencia o haberme arrastrado a sus pies, pero no me dio la menor ocasión de hacer ninguna de las dos cosas. No bien terminada la comida, se dispuso a atender a la Sra. Gebbie, a quien creo que había descuidado un poco hasta entonces. Pero iba a compensar el tiempo perdido, y en lo que quedaba del viaje fue extraordinariamente asidua con la anciana, y en cubierta comenzó a tratar mucho más de lo que creía prudente al Capitán Sang. No es que el Capitán no pareciera un hombre digno y paternal; pero odiaba verla en la menor familiaridad con nadie excepto conmigo.
En conjunto, ella fue tan rápida en evitarme, y tan constante en mantenerse rodeada de otros, que tuve que observar durante mucho tiempo antes de poder encontrar mi oportunidad; y después de encontrarla, no saqué mucho provecho de ella, como ahora van a oír.
—No tengo idea de cómo he ofendido —dije—; apenas debería estar fuera de perdón, entonces. Oh, intente si puede perdonarme.
—No tengo perdón que dar —dijo ella; y las palabras parecieron salir de su garganta como canicas—. Estaré muy agradecida por todas sus amistades. —Y me hizo una octava parte de una reverencia.
Pero me había preparado de antemano para decir más, y también iba a decirlo.
—Hay una cosa —dije—. Si he escandalizado su particularidad al mostrarle esa carta, no puede afectar a la señorita Grant. Ella no escribió para usted, sino para un pobre, común y corriente muchacho, que podría haber tenido más sentido que mostrarla. Si va a culparme...
—¡Le aconsejaré que no diga nada más sobre esa muchacha, en cualquier caso! —dijo Catriona—. Es a ella a quien nunca miraré ni por el camino, ni aunque estuviera muriéndose. —Se alejó de mí, y de repente volvió—. ¿Jurará que no tendrá nada más que tratar con ella? —gritó.
—Ciertamente, y nunca seré tan injusto entonces —dije—; ni tampoco tan desagradecido.
Y ahora fui yo quien se alejó.
CAPÍTULO XXII. HELVOETSLUYS
El tiempo al final empeoró considerablemente; el viento cantaba en los obenques, el mar se hinchaba más y el barco comenzaba a esforzarse y a gritar entre las olas. El canto del sondador en las cadenas apenas cesaba, pues navegábamos todo el camino entre bajíos. Alrededor de las nueve de la mañana, en un estallido de sol invernal entre dos chubascos de granizo, tuve mi primer vistazo de Holanda: una línea de molinos de viento girando en la brisa. Era además mi primer conocimiento de estos artefactos locos, que me daban una sensación cercana de viaje al extranjero y de un nuevo mundo y vida. Echamos el ancla alrededor de las once y media, fuera del puerto de Helvoetsluys, en un lugar donde el mar a veces rompía y el barco cabeceaba escandalosamente. Pueden estar seguros de que todos estábamos en cubierta, excepto la Sra. Gebbie, algunos con capas, otros envueltos en las lonas del barco, todos aferrados a las cuerdas y bromeando lo más parecido a viejos marineros que podíamos imitar.
De repente, un bote, que tenía la popa como un cangrejo, se acercó cautelosamente al costado, y el patrón de este saludó a nuestro capitán en holandés. Entonces el Capitán Sang se volvió, muy preocupado, hacia Catriona; y el resto de nosotros amontonándonos, la naturaleza de la dificultad se hizo clara para todos. El Rose estaba destinado al puerto de Róterdam, adonde los demás pasajeros tenían gran impaciencia por llegar, en vista de un transporte que debía salir esa misma tarde en dirección a la Alta Alemania. Esto, con la actual media fuerza de viento, el capitán (si no se perdía tiempo) se declaró aún capaz de salvar. Ahora bien, James More había concertado en Helvoet con su hija, y el capitán se había comprometido a llamar antes del puerto y dejarla (según la costumbre) en un bote de tierra. Allí estaba el bote, ciertamente, y aquí estaba Catriona lista: pero tanto nuestro capitán como el patrón del bote dudaban del riesgo, y el primero no estaba de humor para retrasarse.
—Su padre —dijo—, no estaría muy complacido si fuéramos a romperle una pierna, señorita Drummond, por no hablar de ahogarla. Haga a mi manera —dice él—, y venga con el resto de nosotros aquí a Róterdam. Puede conseguir un pasaje por el Mosa en una barcaza de vela hasta el Brill, y desde allí de nuevo, por un asiento en una carreta, de vuelta a Helvoet.
Pero Catriona no quiso oír hablar de ningún cambio. Se veía blanca al contemplar el estallido de las salpicaduras, los mares verdes que a veces se volcaban sobre el castillo de proa, y el perpetuo salto y descenso del bote entre las olas; pero se mantuvo firme a las órdenes de su padre. —Mi padre, James More, lo habrá arreglado así —fue su primera y última palabra. Pensé que era muy ocioso e incluso desenfrenado en la muchacha ser tan literal y oponerse a tantos consejos amables; pero el hecho es que tenía una muy buena razón, si nos la hubiera dicho. Las barcazas de vela y las carretas son cosas excelentes; solo que el uso de ellas debe pagarse primero, y todo lo que poseía en el mundo eran solo dos chelines y un penique y medio esterlinos. Así sucedió que el capitán y los pasajeros, sin saber de su indigencia —y siendo ella demasiado orgullosa para decírselo—, hablaron en vano.
—Pero usted no sabe francés ni holandés tampoco —dijo uno.
—Es muy cierto —dice ella—, pero desde el año 46 hay tantos escoceses honestos en el extranjero que me irá muy bien. Se lo agradezco.
Hubo una bonita simplicidad campestre en esto que hizo reír a algunos, a otros parecer más apenados, y al Sr. Gebbie caer de lleno en una pasión. Creo que sabía que era su deber (habiendo aceptado su esposa hacerse cargo de la muchacha) haber ido a tierra con ella y verla a salvo: nada le habría inducido a hacerlo, ya que habría implicado la pérdida de su transporte; y creo que lo compensó ante su conciencia con la fuerza de su voz. Al menos estalló contra el Capitán Sang, enfureciéndose y diciendo que el asunto era una vergüenza; que era pura muerte intentar abandonar el barco, y en cualquier caso no podíamos arrojar a una doncella inocente en un bote lleno de sucios pescadores holandeses, y dejarla a su suerte. Yo estaba pensando algo parecido; llevé al primer oficial a un lado, arreglé con él el envío de mis baúles por barcaza a una dirección que tenía en Leiden, y me levanté y señalé a los pescadores.
—Iré a tierra con la joven, Capitán Sang —dije—. Me da lo mismo de qué manera vaya a Leiden; —y salté al mismo tiempo al bote, lo que logré no tan elegantemente pero sí de modo que caí con dos de los pescadores en la sentina.
Desde el bote el asunto parecía aún más precario que desde el barco, ella estaba tan alta sobre nosotros, balanceándose tan rápido, y amenazándonos tan perpetuamente con su hundimiento y movimiento sobre el cable del ancla. Comencé a pensar que había hecho un trato de tonto, que era simplemente imposible que Catriona pudiera subir a bordo conmigo, y que me arriesgaba a ser dejado en tierra en Helvoet yo solo y sin esperanza de ninguna recompensa más que el placer de abrazar a James More, si quisiera hacerlo. Pero esto era contar sin el coraje de la muchacha. Ella me había visto saltar con muy poca apariencia (aunque sí mucha realidad) de vacilación; ciertamente, no iba a ser superada por su amigo descartado. Se levantó sobre las bordas y se sostuvo de un obenque, el viento soplando en sus enaguas, lo que hizo la empresa más peligrosa, y nos dio algo más de vista de sus medias de lo que se consideraría elegante en las ciudades. No se perdió ni un minuto, y apenas se dio tiempo para que alguien interfiriera si hubieran querido hacer lo mismo. Me levanté por el otro lado y extendí mis brazos; el barco se balanceó hacia nosotros, el patrón acercó su bote más de lo que quizás era totalmente seguro, y Catriona saltó al aire. Tuve la suerte de atraparla, y los pescadores apoyándonos fácilmente, escapamos de una caída. Se sostuvo de mí un momento muy apretada, respirando rápida y profundamente; desde allí (ella todavía aferrándose a mí con ambas manos) fuimos pasados hacia atrás a nuestros asientos por el timonel; y el Capitán Sang y toda la tripulación y pasajeros vitoreando y gritando adiós, el bote se dirigió hacia la orilla.
Tan pronto como Catriona volvió un poco en sí, me soltó de repente, pero no dijo palabra. Yo tampoco; y de hecho el silbido del viento y el romper de las salpicaduras no lo hacían momento para el habla; y nuestra tripulación no solo trabajó excesivamente sino que hizo extremadamente poco camino, de modo que el Rose había cobrado su ancla y se había ido de nuevo antes de que nos acercáramos a la boca del puerto.
No bien estuvimos en aguas tranquilas cuando el patrón, según su bestial costumbre holandesa, detuvo su bote y nos pidió nuestras tarifas. Dos florines fue la demanda del hombre —entre tres y cuatro chelines en moneda inglesa— por cada pasajero. Pero ante esto Catriona comenzó a gritar con una gran cantidad de agitación. Había preguntado al Capitán Sang, dijo, y la tarifa era solo un chelín inglés. —¿Cree que habré subido a bordo y no preguntado primero? —grita ella. El patrón le respondió gritando en una jerga donde los juramentos eran ingleses y el resto puro holandés; hasta que al fin (viéndola cerca de las lágrimas) deslicé privadamente en la mano del bribón seis chelines, tras lo cual tuvo la amabilidad de recibir de ella el otro chelín sin más queja. Sin duda estaba bastante molesto y avergonzado. Me gusta ver a la gente ahorradora, pero no con tanta pasión; y me atrevo a decir que sería más bien fríamente como le pregunté, mientras el bote se movía de nuevo hacia la orilla, dónde era que estaba concertada con su padre.
—Debe preguntarse por él en la casa de un tal Sprott, un honesto comerciante escocés —dice ella; y luego con el mismo aliento—, deseo darle las gracias mucho; es usted un valiente amigo para mí.
—Habrá tiempo suficiente cuando la lleve con su padre —dije, sin pensar que hablaba tan cierto—. Puedo contarle una buena historia de una hija leal.
—Oh, no creo que vaya a ser una chica leal, en cualquier caso —gritó ella, con una gran cantidad de dolor en la expresión—. No creo que mi corazón sea verdadero.
—Sin embargo, hay muy pocos que habrían hecho ese salto, y todo por obedecer las órdenes de un padre —observé.
—No puedo permitir que piense eso de mí —gritó de nuevo—. Cuando usted había hecho lo mismo, ¿cómo iba a quedarme atrás? Y en cualquier caso esa no fue toda la razón. —Tras lo cual, con el rostro ardiendo, me dijo la pura verdad sobre su pobreza.
—¡Dios nos guíe! —grité—, ¿qué clase de procedimiento loco es este, dejarse lanzar al continente de Europa con una bolsa vacía? Lo considero apenas decente; ¡apenas decente! —grité.
—Olvida que James More, mi padre, es un caballero pobre —dijo ella—. Es un exiliado perseguido.
—Pero no creo que todos sus amigos sean exiliados perseguidos —exclamé—. ¿Y fue esto justo para ellos que se preocupan por usted? ¿Fue justo para mí? ¿Fue justo para la señorita Grant que le aconsejó ir, y que se volvería loca de remate si pudiera oír hablar de ello? ¿Fue incluso justo para esta gente, los Gregory, con quienes vivía, y lo trataron con cariño? ¡Es una bendición que haya caído en mis manos! Suponga que su padre se ve impedido por un accidente, ¿qué sería de usted aquí, y sola en un lugar extraño? La idea de la cosa me asusta —dije.
—Les habré mentido a todos ellos —respondió—. Les habré dicho a todos que tenía de sobra. También se lo dije a ella. No podía rebajar a James More ante ellos.
Descubrí más tarde que ella debió haberlo rebajado hasta el mismo polvo, pues la mentira era originalmente del padre, no de la hija, y ella así obligada a perseverar en ella por la reputación del hombre. Pero en ese momento yo era ignorante de esto, y el simple pensamiento de su indigencia y los peligros en los que debió haber caído, me había enfurecido casi más allá de la razón.
—Bien, bien, bien —dije—, tendrá que aprender más sentido.
Dejé sus baúles por el momento en una posada en la orilla, donde obtuve una dirección para la casa de Sprott en mi nuevo francés, y caminamos hacia allí —era un poco de camino— contemplando el lugar con asombro mientras íbamos. De hecho, había mucho que los escoceses debían admirar: canales y árboles entrelazados con las casas; las casas, cada una dentro de sí misma, de un valiente ladrillo rojo, del color de una rosa, con escalones y bancos de mármol azul en la mejilla de cada puerta, y toda la ciudad tan limpia que se podría haber cenado sobre la calzada. Sprott estaba dentro, en sus libros de contabilidad, en un salón bajo, muy ordenado y limpio, y decorado con porcelana y cuadros, y un globo terráqueo en un marco de latón. Era un hombre de mejillas grandes, rubicundo, vigoroso, con una mirada torcida y dura; y no nos hizo tanta cortesía como ofrecernos un asiento.
—¿Está James More Macgregor ahora en Helvoet, señor? —digo yo.
—No conozco a nadie con tal nombre —dice él, con impaciencia.
—Ya que es usted tan particular —digo yo—, enmendaré mi pregunta, y le preguntaré dónde hemos de encontrar en Helvoet a un James Drummond, alias Macgregor, alias James More, último inquilino en Inveronachile.
—Señor —dice él—, puede estar en el Infierno por lo que sé, y por mi parte deseo que lo estuviera.
—La joven es la hija de ese caballero, señor —dije—, ante quien, creo que estará de acuerdo conmigo, no es muy decoroso discutir su carácter.
—¡No tengo nada que hacer ni con él, ni con ella, ni con usted! —grita él con su voz grosera.
—Con su permiso, Sr. Sprott —dije—, esta joven ha venido de Escocia buscándolo, y por cualquier error, se le dio el nombre de su casa como dirección. Un error parece haber sido, pero creo que esto coloca tanto a usted como a mí —quien no soy más que su compañero de viaje por accidente— bajo una fuerte obligación de ayudar a nuestra compatriota.
—¿Me quiere volver loco? —grita. —Le digo que no sé nada y me importa menos él o su raza. Le digo que el hombre me debe dinero.
—Eso puede muy bien ser, señor —dije, quien ahora estaba algo más enfadado que él. —Al menos, no le debo nada; la joven está bajo mi protección; y no estoy ni acostumbrado a estos modales, ni en lo más mínimo contento con ellos.
Mientras decía esto, y sin pensar particularmente en lo que hacía, me acerqué un paso o dos a su mesa; golpeando así, por mera buena fortuna, en el único argumento que podía afectar en algo al hombre. La sangre abandonó su vigoroso semblante.
—¡Por el amor de Dios, no sea precipitado, señor! —gritó. —Estoy verdaderamente deseoso de no ser ofensivo. Pero usted sabe, señor, que soy como muchos otros hombres alegres, honestos y joviales: mi ladrido es peor que mi mordida. Para oírme, a veces podría imaginar que era un poco duro; pero no, no. ¡Es un buen tipo de corazón, Sandie Sprott! Y usted nunca podría imaginar el lío y la molestia que este hombre ha sido para mí.
—Muy bien, señor —dije—. Entonces haré tanta libertad con su amabilidad como molestarle por sus últimas noticias del Sr. Drummond.
—¡De nada, señor! —dijo él—. En cuanto a la señorita (¡mis respetos para ella!), él simplemente la habrá olvidado por completo. Conozco al hombre, ya ve; he perdido plata por su culpa antes de ahora. No piensa en nadie más que en sí mismo; ya sea el clan, el rey o su hija, si puede conseguir llenarse la panza, ¡a todos los dejaría de lado! Sí, o a su corresponsal también. Pues hay un sentido en el que casi podría decirse que soy su corresponsal. El hecho es que estamos empleados juntos en un asunto de negocios, y me temo que va a resultar un asunto costoso para Sandie Sprott. El hombre es tan bueno como mi socio, y le doy mi palabra de honor de que no sé nada sobre dónde está. Podría venir aquí a Helvoet; podría venir mañana, podría no venir en un año; no me extrañaría nada, o solo una cosa, y es si me pagara mi dinero. Ya ve cómo estoy con eso; y está claro que no es muy probable que me meta en líos con la señorita, como usted la llama. Ella no puede quedarse aquí, eso es una cosa segura. ¡Vaya, señor, soy un hombre solo! Si la acogiera, es muy posible que ese demonio intentara obligarme a casarme con ella cuando apareciera.
—Basta de esta charla —dije—. Llevaré a la señorita con mejores amigos. Deme pluma, tinta y papel, y dejaré aquí para James More la dirección de mi corresponsal en Leyden. Él puede averiguar conmigo dónde debe buscar a su hija.
Escribí esta nota y la sellé; mientras lo hacía, Sprott, por iniciativa propia, hizo una oferta bienvenida: encargarse del correo de la señorita Drummond, e incluso enviar a un mozo a buscarlo a la posada. Le adelanté un dólar o dos para cubrir los gastos, y me dio un recibo por escrito de la suma.
Tras lo cual (yo dándole el brazo a Catriona) dejamos la casa de ese despreciable canalla. Ella no había dicho palabra en todo el tiempo, dejándome juzgar y hablar en su lugar; yo, por mi parte, había tenido cuidado de no incomodarla con una mirada; y aun ahora, aunque mi corazón todavía ardía por dentro de vergüenza e ira, me propuse parecer completamente tranquilo.
—Ahora —dije—, volvamos a esa misma posada donde hablan francés, comamos algo e indaguemos sobre los transportes a Rotterdam. No estaré tranquilo hasta que la tenga a salvo de nuevo en manos de la señora Gebbie.
—Supongo que tendrá que ser así —dijo Catriona—, aunque, por mucho que alguien se alegre, no creo que sea ella. Y le recordaré una vez más que solo tengo un chelín y tres peniques.
—Y solo esta vez más —dije—, le recordaré que fue una bendición que viniera con usted.
—¿Qué otra cosa iba a estar pensando todo este tiempo? —dice ella, y creo que se apoyó un poco en mi brazo—. Usted es el buen amigo para mí.
CAPÍTULO XXIII. VIAJES EN HOLANDA
El carro de ruedas, que es una especie de vagón largo provisto de bancos, nos llevó en cuatro horas de viaje a la gran ciudad de Rotterdam. Ya había pasado mucho tiempo desde la oscuridad, pero las calles estaban bastante bien iluminadas y abarrotadas de personajes extravagantes y extraños: hebreos barbudos, hombres negros y hordas de cortesanas, adornadas con demasiada indecencia con galas y deteniendo a los marineros tomándolos por las mangas; el estruendo de las conversaciones a nuestro alrededor hacía que nuestras cabezas dieran vueltas; y lo que fue más inesperado de todo, parecíamos no estar más impresionados con todos estos extranjeros que ellos con nosotros. Puse la mejor cara que pude, por el bien de la muchacha y por mi propio crédito; pero la verdad es que me sentía como una oveja perdida, y mi corazón latía en mi pecho con ansiedad. Una o dos veces pregunté por el puerto o el puesto del barco Rose: pero o me topé con algunos que solo hablaban holandés, o mi propio francés me falló. Probando una calle al azar, llegué a un callejón de casas iluminadas, con las puertas y ventanas abarrotadas de mujeres pintadas de aspecto miserable; estas nos empujaban y se burlaban de nosotros al pasar, y agradecí que no entendiéramos nada de su idioma. Poco después salimos a una plaza abierta junto al puerto.
—Ya lo lograremos —grité, en cuanto divisé los mástiles—. Caminemos por aquí, por el puerto. Seguro que nos encontramos con alguien que sepa inglés, y en el mejor de los casos podemos dar con ese mismo barco.
Hicimos lo siguiente mejor, como sucedió; pues, alrededor de las nueve de la noche, ¿con quién nos encontramos sino con el capitán Sang? Nos dijo que habían hecho su recorrido en un tiempo increíblemente breve, manteniendo el viento fuerte hasta llegar a puerto; por lo que sus pasajeros ya se habían ido en sus viajes posteriores. Era imposible perseguir a los Gebbie hasta la Alta Alemania, y no teníamos otros conocidos a quienes recurrir sino al mismo capitán Sang. Fue más gratificante encontrar al hombre amable y deseoso de ayudar. Consideró un asunto menor encontrar una buena familia de comerciantes sencillos, donde Catriona pudiera alojarse hasta que el Rose estuviera cargado; declaró que entonces, encantado, la llevaría de vuelta a Leith gratis y la vería a salvo en manos del señor Gregory; y mientras tanto nos llevó a una taberna tardía para la comida que necesitábamos. Parecía extremadamente amistoso, como digo, pero lo que me sorprendió bastante, bastante bullicioso además; y la causa de esto pronto aparecería. Pues en la taberna, pidiendo vino del Rin y bebiéndolo con ganas, pronto se puso inefablemente borracho. En este caso, como es demasiado común en todos los hombres, pero especialmente en los de su rudo oficio, el poco sentido o modales que poseía le abandonaron; y se comportó de manera tan escandalosa con la señorita, bromeando de forma muy desagradable sobre la figura que ella había hecho en la borda del barco, que no tuve más remedio que llevármela rápidamente.
Ella salió de la taberna aferrándose a mí con fuerza. —Llévame lejos, David —dijo—. Quédate conmigo. No tengo miedo contigo.
—¡Y no tienes motivos, mi pequeña amiga! —grité, y podría haber encontrado en mi corazón el deseo de llorar.
—¿A dónde me vas a llevar? —dijo ella de nuevo—. No me dejes de todos modos, nunca me dejes.
—¿A dónde te llevo? —digo deteniéndome, pues había estado caminando a ciegas—. Debo detenerme y pensar. Pero no te dejaré, Catriona; que el Señor me haga esto y más, si llego a fallarte o a causarte molestia.
Ella se acercó a mí a modo de respuesta.
—Aquí —dije—, es el lugar más tranquilo que hemos encontrado todavía en este bullicioso hormiguero de ciudad. Sentémonos aquí bajo ese árbol y consideremos nuestro camino.
Ese árbol (que difícilmente olvidaré) estaba junto al lado del puerto. Era como una noche negra, pero había luces en las casas, y más cerca en los barcos tranquilos; había un brillo de la ciudad por un lado, y un zumbido colgaba sobre ella de muchos miles caminando y hablando; por el otro, estaba oscuro y el agua burbujeaba a los lados. Extendí mi capa sobre una piedra de construcción, y la hice sentarse allí; ella habría mantenido su agarre sobre mí, pues todavía temblaba por los ultrajes recientes; pero quería pensar con claridad, me desprendí y caminé de un lado a otro frente a ella, al estilo de lo que llamamos un camino de contrabandistas, devanándome los sesos buscando cualquier remedio. Por el curso de estos pensamientos dispersos, me encontré de repente frente a frente con el recuerdo de que, en el calor y la prisa de nuestra partida, había dejado al capitán Sang para pagar la taberna. Ante esto empecé a reír a carcajadas, pues pensé que el hombre estaba bien servido; y al mismo tiempo, por un movimiento instintivo, llevé la mano al bolsillo donde estaba mi dinero. Supongo que fue en el callejón donde las mujeres nos empujaron; pero solo hay una cosa segura, mi monedero había desaparecido.
—Habrás pensado en algo bueno —dijo ella, observándome pausar.
En el apuro en que estábamos, mi mente se aclaró de repente como un anteojo, y vi que no había elección de métodos. No tenía ni un céntimo, pero en mi cartera todavía tenía mi carta para el comerciante de Leyden; y ahora no había más que un camino para llegar a Leyden, y ese era caminar sobre nuestros propios pies.
—Catriona —dije—, sé que eres valiente y creo que eres fuerte. ¿Crees que podrías caminar treinta millas por un camino llano? Creo que descubrimos que apenas eran dos tercios de eso, pero esa era mi idea de la distancia.
—David —dijo ella—, si solo te mantienes cerca, iré a cualquier parte y haré cualquier cosa. El valor de mi corazón, está todo roto. No me dejes sola en este horrible país, y haré todo lo demás.
—¿Puedes empezar ahora y marchar toda la noche? —dije.
—Haré todo lo que me pidas —dijo ella—, y nunca te preguntaré por qué. He sido una chica mala e ingrata contigo; y ¡haz lo que quieras conmigo ahora! Y creo que la señorita Barbara Grant es la mejor dama del mundo —añadió—, y no veo por qué te negaría nada de todos modos.
Esto era griego y hebreo para mí; pero tenía otros asuntos que considerar, y el primero de ellos era salir de esa ciudad en el camino a Leyden. Resultó ser un problema cruel; y pudo ser la una o las dos de la mañana antes de que lo resolviéramos. Una vez más allá de las casas, no había luna ni estrellas que nos guiaran; solo la blancura del camino en medio y la negrura de un callejón a ambos lados. Caminar era además extraordinariamente difícil por una helada negra que cayó de repente en las pequeñas horas y convirtió esa carretera en un largo tobogán.
—Bien, Catriona —dije—, aquí estamos como los hijos del rey y las hijas de las viejas en tus descabellados cuentos de las Tierras Altas. Pronto estaremos cruzando los "siete Bens, los siete valles y los siete páramos de montaña". Que era un refrán común o estribillo en esos cuentos suyos que se habían quedado en mi memoria.
—Ah —dice ella—, ¡pero aquí no hay valles ni montañas! Aunque nunca negaré que los árboles y algunos de los lugares llanos por aquí son muy bonitos. Pero nuestro país es el mejor todavía.
—Ojalá pudiéramos decir lo mismo de nuestra propia gente —digo, recordando a Sprott y a Sang, y quizás al mismo James More.
—Nunca me quejaré del país de mi amigo —dijo ella, y lo pronunció con un acento tan particular que me pareció ver la mirada en su rostro.
Contuve el aliento bruscamente y estuve a punto de caer (por mis dolores) sobre el hielo negro.
—No sé qué piensas tú, Catriona —dije, cuando me recuperé un poco—, ¡pero este ha sido el mejor día hasta ahora! Me da vergüenza decirlo, cuando has tenido tales desgracias y desaires; pero para mí, ha sido el mejor día hasta ahora.
—Fue un buen día cuando me mostraste tanto amor —dijo ella.
—Y sin embargo también me da vergüenza ser feliz —continué—, y tú aquí en el camino en la negra noche.
—¿Dónde en el gran mundo estaría si no? —gritó—. Estoy pensando que estoy más segura donde estoy contigo.
—¿Estoy totalmente perdonado, entonces? —pregunté.
—¿No me perdonarás esa vez tanto como para no volver a tomarlo en tu boca? —gritó—. No hay nada en este corazón hacia ti más que agradecimiento. Pero también seré honesta —añadió, con una especie de brusquedad—, y nunca podré perdonar a esa chica.
—¿Es la señorita Grant otra vez? —dije—. Tú misma dijiste que era la mejor dama del mundo.
—¡Así será, de hecho! —dice Catriona—. Pero nunca la perdonaré por todo eso. Nunca, nunca la perdonaré, y no me dejes oír hablar más de ella.
—Bueno —dije—, esto supera todo lo que ha llegado a mi conocimiento; y me sorprende que puedas permitirte tales caprichos infantiles. Aquí hay una joven que fue la mejor amiga del mundo para ambos, que nos enseñó cómo vestirnos, y en gran medida cómo comportarnos, como cualquiera puede ver que nos conocía a ambos antes y después.
Pero Catriona se detuvo en seco en medio de la carretera.
—Es de esta manera —dijo—. ¡O sigues hablando de ella, y yo vuelvo a esa ciudad, y que pase lo que Dios quiera! O si no, me harás la cortesía de hablar de otras cosas.
Fui la persona más desconcertada en este mundo; pero pensé que ella dependía totalmente de mi ayuda, que era del sexo frágil y no mucho más que una niña, y me tocaba ser sensato por los dos.
—Mi querida chica —dije—, no puedo entender ni pies ni cabeza de esto; pero Dios me libre de hacer algo que te haga enfadar. En cuanto a hablar de la señorita Grant, no tengo tales deseos, y creo que fuiste tú quien empezó. Mi único propósito (si te interrumpí del todo) era por tu propio bien, pues odio la misma apariencia de injusticia. No es que no quiera que tengas un buen orgullo y una delicadeza femenina agradable; te quedan bien; pero aquí los muestras en exceso.
—Bueno, entonces, ¿has terminado? —dijo ella.
—He terminado —dije.
—Una cosa muy buena —dijo ella, y seguimos adelante, pero ahora en silencio.
Era una ocupación inquietante caminar en la noche cerrada, contemplando solo sombras y no escuchando nada más que nuestros propios pasos. Al principio, creo que nuestros corazones ardían el uno contra el otro con mucha enemistad; pero la oscuridad y el frío, y el silencio, que solo los gallos a veces interrumpían, o a veces los perros de granja, habían traído pronto nuestro orgullo al polvo; y por mi parte, habría saltado ante cualquier apertura decente para hablar.
Antes de que despuntara el día, comenzó una lluvia cálida, y la escarcha fue barrida de debajo de nuestros pies. Tomé mi capa para ella e intenté arroparla con ella; ella me pidió, más bien con impaciencia, que la guardara.
—De hecho, no haré tal cosa —dije—. ¡Aquí estoy yo, un mozo grande y feo que ha visto todo tipo de clima, y aquí estás tú, una doncella tierna y bonita! Mi querida, ¿no me harías pasar vergüenza?
Sin más palabras me dejó cubrirla; mientras lo hacía en la oscuridad, dejé que mi mano descansara un momento en su hombro, casi como un abrazo.
—Debes intentar ser más paciente con tu amigo —dije.
Me pareció que se inclinaba lo más mínimo del mundo contra mi pecho, o quizás fue solo imaginación.
—No habrá fin para tu bondad —dijo ella.
Y seguimos de nuevo en silencio; pero ahora todo había cambiado; y la felicidad que había en mi corazón era como un fuego en una gran chimenea.
La lluvia pasó antes del día; fue una mañana descuidada cuando entramos en la ciudad de Delft. Las casas de hastiales rojos daban un aspecto hermoso a ambos lados de un canal; las criadas estaban fuera limpiando y fregando las piedras en la misma carretera pública; el humo subía de un centenar de cocinas; y me vino fuertemente a la mente que era hora de romper nuestro ayuno.
—Catriona —dije—, creo que todavía tienes un chelín y tres peniques, ¿no es así?
—¿Lo quieres? —dijo ella, y me pasó su monedero—. ¡Ojalá fueran cinco libras! ¿Para qué lo quieres?
—¡Y para qué hemos estado caminando toda la noche, como un par de egipcios errantes! —digo—. Solo porque me robaron mi monedero y todo lo que poseía en esa ciudad inoportuna de Rotterdam. Te lo contaré ahora, porque creo que lo peor ha pasado, pero todavía nos queda un buen camino por recorrer hasta llegar a donde está mi dinero, y si no me compraras un pedazo de pan, estaba a punto de ayunar.
Me miró con los ojos abiertos. Con la luz del nuevo día estaba toda negra y pálida por el cansancio, de modo que mi corazón me dio un vuelco por ella. Pero en cuanto a ella, se echó a reír.
—¡Mi tortura! ¡Somos mendigos entonces! —gritó—. ¿Tú también? ¡Oh, podría haber deseado esta misma cosa! Y me alegra comprarte tu desayuno. ¡Pero sería placentero si hubiera tenido que bailar para conseguirte una comida! Pues creo que no están muy familiarizados con nuestra manera de bailar por aquí, y podrían estar pagando por la curiosidad de ese espectáculo.
Podría haberla besado por esa palabra, no con una mente de amante, sino en un calor de admiración. Pues siempre calienta a un hombre ver a una mujer valiente.
Conseguimos un poco de leche de una campesina recién llegada a la ciudad, y en una panadería, un pedazo de pan excelente, caliente y de olor dulce, que comimos en el camino mientras seguíamos adelante. Ese camino de Delft a La Haya son solo cinco millas de una hermosa avenida sombreada con árboles, un canal a un lado, al otro excelentes pastos de ganado. Era agradable aquí, de hecho.
—Y ahora, Davie —dijo ella—, ¿qué harás conmigo de todos modos?
—Es de lo que tenemos que hablar —dije—, y cuanto antes, mejor. Puedo conseguir dinero en Leyden; eso estará bien. Pero el problema es cómo disponer de ti hasta que venga tu padre. Pensé anoche que parecías un poco reacia a separarte de mí.
—Entonces será más que parecer —dijo ella.
—Eres una doncella muy joven —dije—, y yo no soy más que un mozo muy joven. Esta es una gran dificultad. ¿De qué manera nos las arreglaremos? A menos que, de hecho, ¿pudieras pasar por mi hermana?
—¿Y por qué no? —dijo ella—, ¡si me dejaras!
—Ojalá lo fueras, de verdad —grité—. Sería un buen hombre si tuviera tal hermana. Pero el roce es que tú eres Catriona Drummond.
—Y ahora seré Catriona Balfour —dijo ella—. ¿Y quién lo sabrá? Son todos gente extraña aquí.
—Si crees que funcionaría —digo—. Confieso que me preocupa. Me gustaría muy poco si te aconsejara mal.
—David, no tengo más amigo aquí que tú —dijo ella.
—La pura verdad es que soy demasiado joven para ser tu amigo —dije—. Soy demasiado joven para aconsejarte, o tú para ser aconsejada. No veo qué otra cosa podemos hacer, y sin embargo debería advertirte.
—No me quedará elección —dijo ella—. Mi padre James More no me ha tratado muy bien, y no es la primera vez, soy arrojada a tus manos como un saco de harina de cebada, y no tengo nada más en qué pensar que tu placer. Si me quieres, bien y bueno. Si no —se giró y tocó su mano en mi brazo—, David, tengo miedo —dijo.
—No, pero debo advertirte —comencé; y entonces caí en la cuenta de que yo era el portador de la bolsa, y de que no estaría bien parecer demasiado rudo. —Catriona —dije—, no me malinterpretes: solo estoy tratando de cumplir con mi deber hacia ti, ¡muchacha! Aquí estoy yo, yendo solo a esta extraña ciudad para ser un estudiante solitario allí; y aquí ha surgido esta oportunidad de que puedas vivir conmigo un tiempo y ser como mi hermana; seguramente puedes entender al menos esto, querida, ¿que me encantaría tenerte conmigo?
—Bien, pues aquí estoy —dijo ella—. Así que eso queda pronto resuelto.
Sé que estaba obligado por el deber a haber hablado con más claridad. Sé que esta fue una gran mancha en mi carácter, por la cual tuve suerte de no pagar más caro. Pero recordé cuán fácilmente se había alterado su delicadeza con una palabra sobre besarla en la carta de Barbara; ahora que dependía de mí, ¿cómo iba a ser más audaz? Además, la verdad es que no veía otro método factible para disponer de ella. Y me atrevería a decir que la inclinación me empujaba con mucha fuerza.
Un poco más allá de La Haya comenzó a cojear mucho e hizo el resto del camino con bastante pesadez. Dos veces tuvo que descansar a la orilla del camino, lo cual hizo con bonitas disculpas, llamándose a sí misma una vergüenza para las Highlands y para la raza de la que procedía, y nada más que un estorbo para mí. Era su excusa, dijo, que no estaba muy acostumbrada a caminar calzada. Yo hubiera querido que se quitara los zapatos y las medias y fuera descalza. Pero ella me señaló que las mujeres de ese país, incluso en los caminos rurales, parecían estar todas calzadas.
—No debo deshonrar a mi hermano —dijo, y estuvo muy alegre con todo ello, aunque su rostro contaba historias sobre ella.
Hay un jardín en esa ciudad a la que nos dirigíamos, arenado por debajo con arena limpia, con los árboles reuniéndose por encima, algunos de ellos podados, otros descuidados, y todo el lugar embellecido con alamedas y cenadores. Aquí dejé a Catriona y seguí adelante solo para encontrar a mi corresponsal. Allí hice uso de mi crédito y pedí que me recomendaran algún alojamiento decente y retirado. Como mi equipaje aún no había llegado, le dije que suponía que necesitaría su aval ante la gente de la casa; y le expliqué que, habiendo venido mi hermana por un tiempo a llevar la casa conmigo, necesitaría dos habitaciones. Todo esto estaba muy bien; pero el problema era que el señor Balfour, en su carta de recomendación, había condescendido a dar una gran cantidad de detalles, y ni una palabra sobre ninguna hermana en el caso. Pude ver que mi holandés era extremadamente sospechoso; y mirándome por encima de los bordes de un gran par de gafas —era un hombre pobre y frágil, que me recordaba a un conejo enfermo— comenzó a interrogarme de cerca.
Aquí caí en pánico. Supongamos que acepta mi historia (pensé), supongamos que invita a mi hermana a su casa, y que yo la llevo. Tendré una madeja bien enredada que desenredar, y puedo terminar deshonrando tanto a la muchacha como a mí mismo. Acto seguido, comencé apresuradamente a exponerle el carácter de mi hermana. Era de carácter tímido, al parecer, y sentía tanto miedo de conocer extraños que la había dejado en ese momento sentada sola en un lugar público. Y entonces, habiéndome lanzado por la corriente de la falsedad, tuve que hacer como el resto del mundo en la misma circunstancia, y sumergirme más profundo de lo necesario; añadiendo algunos detalles totalmente innecesarios sobre la mala salud y el retiro de la señorita Balfour durante su infancia. En medio de lo cual me desperté a un sentido de mi comportamiento, y me volví todo un rubor.
El anciano no estaba tan engañado como para no descubrir su deseo de librarse de mí. Pero era, ante todo, un hombre de negocios; y sabiendo que mi dinero era lo suficientemente bueno, fuera como fuera mi conducta, fue tan amable como para enviar a su hijo a ser mi guía y aval en el asunto del alojamiento. Esto implicaba presentar al joven a Catriona. La pobre y bonita niña estaba muy recuperada por el descanso, se veía y se comportaba a la perfección, y tomó mi brazo y me dio el nombre de hermano más fácilmente de lo que yo pude responderle. Pero hubo una desgracia: pensando en ayudar, se mostró más bien solícita que otra cosa con mi holandés. Y no pude dejar de reflexionar que la señorita Balfour había superado su timidez de forma bastante repentina. Y había otra cosa, la diferencia de nuestro habla. Yo tenía la lengua de las tierras bajas y enfatizaba mis palabras; ella tenía una voz de las colinas, hablaba con algo de acento inglés, solo que mucho más encantador, y apenas estaba del todo capacitada para ser llamada diácono en el oficio de hablar la gramática inglesa; de modo que, para ser hermano y hermana, formábamos una pareja de lo más desigual. Pero el joven holandés era un tipo pesado, sin tanto espíritu en el cuerpo como para notar su belleza, por lo cual le desprecié. Y tan pronto como encontró un techo para nuestras cabezas, nos dejó solos, lo cual fue el mayor de los dos servicios.
CAPÍTULO XXIV. LA HISTORIA COMPLETA DE UN EJEMPLAR DE HEINECCIUS
El lugar encontrado estaba en la parte superior de una casa que daba a un canal. Teníamos dos habitaciones, la segunda comunicada con la primera; cada una tenía una chimenea construida hacia fuera en el suelo al estilo holandés; y estando una al lado de la otra, cada una tenía la misma vista desde la ventana de la copa de un árbol debajo de nosotros en un pequeño patio, de un trozo del canal, de casas con arquitectura holandesa y de la aguja de una iglesia al otro lado. Un juego completo de campanas colgaba en esa aguja y hacía una música encantadora; y cuando había algo de sol, brillaba directamente en nuestras dos habitaciones. De una taberna cercana nos enviaban buenas comidas.
La primera noche estábamos ambos bastante cansados, y ella extremadamente. Hubo poca conversación entre nosotros, y la envié a su cama tan pronto como hubo comido. A primera hora de la mañana escribí a Sprott para que enviara sus baúles, junto con unas líneas para Alan en la casa de su jefe; y las hice despachar, y tuve su desayuno listo antes de despertarla. Me sentí un poco avergonzado cuando salió con su única prenda, y el barro del camino en sus medias. Por las averiguaciones que hice, parecía que debían pasar bastantes días antes de que sus baúles pudieran llegar a Leyden, y era claramente necesario que tuviera un cambio de ropa. Ella no quería al principio que yo incurriera en ese gasto; pero le recordé que ahora era la hermana de un hombre rico y debía aparecer adecuadamente en su papel, y no habíamos llegado al segundo mercader antes de que estuviera completamente encantada con el espíritu del asunto, con los ojos brillantes. Me complació verla tan inocente y entregada a este placer. Lo que fue más extraordinario fue la pasión en la que caí yo mismo; no estando nunca satisfecho de haberle comprado suficiente o lo suficientemente fino, y nunca cansado de contemplarla con diferentes atuendos. De hecho, comencé a entender un poco de la inmersión de la señorita Grant en el interés por la ropa; pues la verdad es que, cuando tienes la base de una persona hermosa para adornar, todo el asunto se vuelve hermoso. Los chintz holandeses, diría yo, eran extraordinariamente baratos y finos; pero me avergonzaría poner por escrito lo que pagué por sus medias. En conjunto, gasté una suma tan grande en este pasatiempo (como puedo llamarlo) que me avergoncé durante mucho tiempo de gastar más; y para compensar, dejé nuestras habitaciones bastante desnudas. Si teníamos camas, si Catriona estaba un poco elegante, y yo tenía luz para verla, estábamos lo suficientemente bien alojados para mí.
Al terminar estas compras, me alegré de dejarla en la puerta con todas nuestras adquisiciones, y salir a dar un largo paseo a solas para darme una lección. Aquí había tomado bajo mi techo, y casi bajo mi regazo, a una joven extremadamente hermosa, cuya inocencia era su peligro. Mi charla con el viejo holandés, y las mentiras a las que me vi obligado, ya me habían dado una idea de cómo debía parecer mi conducta a los demás; y ahora, tras la fuerte admiración que acababa de experimentar y la inmoderación con la que había continuado mis vanas compras, comencé a pensar en ello como algo muy arriesgado. Reflexioné sobre si, si tuviera una hermana de verdad, la expondría así; luego, juzgando el caso demasiado problemático, varié mi pregunta a esta: ¿confiaría así a Catriona en manos de cualquier otro ser cristiano?; la respuesta a lo cual hizo que mi cara ardiera. Tanto más cuanto que, habiendo sido engañado y habiendo engañado a la muchacha para llevarla a una situación indebida, debía comportarme en ella con escrupulosa delicadeza. Ella dependía totalmente de mí para su pan y su refugio; en caso de que alarmara su delicadeza, no tenía retirada. Además, yo era su anfitrión y su protector; y cuanto más irregularmente había caído en estas posiciones, menos excusa tenía si me aprovechaba de ellas para fomentar incluso la pretensión más honesta; porque con las oportunidades de las que disfrutaba, y que ningún padre sensato hubiera tolerado ni por un momento, incluso la pretensión más honesta sería injusta. Vi que debía ser extremadamente reservado en nuestras relaciones; y sin embargo, tampoco demasiado; porque si no tenía derecho a aparecer en absoluto con el carácter de pretendiente, debía, sin embargo, aparecer continuamente, y si fuera posible de manera agradable, en el de anfitrión. Estaba claro que necesitaría mucho tacto y conducta, quizás más de lo que mis años me permitían. Pero me había precipitado donde los ángeles habrían temido pisar, y no había forma de salir de esa posición salvo comportándome correctamente mientras estuviera en ella. Hice un conjunto de reglas para mi guía; recé por tener fuerzas para ser capaz de observarlas, y como una ayuda más humana para el mismo fin, compré un libro de estudio sobre leyes. Siendo esto todo lo que podía pensar, me relajé de estas graves consideraciones; tras lo cual mi mente burbujeó de repente en una efervescencia de espíritus agradables, y fue como si caminara sobre el aire mientras me dirigía a casa. Mientras pensaba en ese nombre de hogar, y recordaba la imagen de esa figura esperándome entre cuatro paredes, mi corazón latía en mi pecho.
Mis problemas comenzaron con mi regreso. Corrió a saludarme con un placer obvio y conmovedor. Estaba vestida, además, completamente con la ropa nueva que le había comprado; se veía en ella indescriptiblemente bien; y tenía que caminar de un lado a otro y hacerme reverencias para lucirla y ser admirada. Estoy seguro de que lo hice con mala gracia, pues pensé que me ahogaría con las palabras.
—Bueno —dijo ella—, si no te importa mi ropa bonita, mira lo que he hecho con nuestras dos habitaciones. —Y me mostró el lugar todo muy bien barrido, y los fuegos brillando en las dos chimeneas.
Me alegré de tener la oportunidad de parecer un poco más severo de lo que realmente me sentía. —Catriona —dije—, estoy muy disgustado contigo, y nunca más debes poner la mano en mi habitación. Uno de nosotros dos debe tener el mando mientras estemos aquí juntos; es muy apropiado que sea yo, que soy a la vez el hombre y el mayor; y te doy eso como mi orden.
Ella me hizo una de sus reverencias; que eran extraordinariamente cautivadoras. —Si vas a estar molesto —dijo ella—, tendré que hacerte modales bonitos, Davie. Seré muy obediente, como debo ser cuando cada puntada de todo lo que hay en mí te pertenece. Pero tampoco estarás muy molesto, porque ahora no tengo a nadie más.
Esto me golpeó con fuerza, y me apresuré, en una especie de penitencia, a borrar todo el buen efecto de mi último discurso. En esta dirección el progreso fue más fácil, al ser cuesta abajo; ella me guio hacia adelante, sonriendo; ante la vista de ella, en el brillo del fuego y con sus bonitos gestos y miradas, mi corazón se derritió por completo. Tomamos nuestra comida con infinita alegría y ternura; y los dos parecían estar mezclados en uno, de modo que nuestra propia risa sonaba como una muestra de afecto.
En medio de lo cual me desperté a mejores recuerdos, hice una torpe palabra de disculpa y me puse de forma grosera a mis estudios. Era un libro sustancial e instructivo que había comprado, del difunto doctor Heineccius, en el que iba a hacer mucha lectura estos próximos días, y a menudo me alegraba mucho de no tener a nadie que me interrogara sobre lo que leía. Me pareció que ella se mordía un poco el labio al verme, y eso me dolió. De hecho, la dejaba totalmente solitaria, más aún cuando ella era muy poco lectora y nunca tenía un libro. ¿Pero qué iba a hacer yo?
Así que el resto de la tarde transcurrió casi sin habla.
Podría haberme golpeado. No pude quedarme en mi cama esa noche por la rabia y el arrepentimiento, sino que caminé de un lado a otro descalzo hasta que casi me congelé, pues la chimenea se había apagado y la escarcha era intensa. El pensamiento de ella en la habitación de al lado, el pensamiento de que incluso podía oírme mientras caminaba, el recuerdo de mi rudeza y de que debía seguir practicando el mismo camino ingrato o quedar deshonrado, me puso fuera de mis cabales. Estuve como un hombre entre Escila y Caribdis: ¿qué debe pensar de mí? era mi único pensamiento que me ablandaba continuamente hasta la debilidad. ¿Qué va a ser de nosotros? el otro que me volvía a endurecer hacia la resolución. Esta fue mi primera noche de insomnio y de consejos divididos, de la cual iba a pasar muchas, caminando como un loco, a veces llorando como un niño, a veces rezando (quisiera esperar) como un cristiano.
Pero rezar no es muy difícil, y el obstáculo llega en la práctica. En su presencia, y sobre todo si permitía cualquier comienzo de familiaridad, descubrí que tenía muy poco control sobre lo que debía seguir. Pero sentarme todo el día en la misma habitación con ella, y fingir estar ocupado con Heineccius, superaba mis fuerzas. Así que caí en su lugar en el expediente de ausentarme tanto como podía; tomando clases y sentándome allí regularmente, a menudo con poca atención, cuya prueba encontré el otro día en un cuaderno de esa época, donde había dejado de seguir una lección edificante y en realidad garabateé en mi libro algunos versos muy malos, aunque la latinidad es bastante mejor de lo que pensé que podría haber logrado jamás. El mal de este camino era desgraciadamente casi tan grande como su ventaja. Tenía menos tiempo de prueba, pero creo que, mientras el tiempo duraba, era probado más extremadamente. Pues al ser ella dejada tanto a la soledad, venía a saludar mi regreso con un fervor creciente que estuvo a punto de superarme. Estos ofrecimientos amistosos debía rechazarlos bárbaramente; y mi rechazo a veces la hería tan cruelmente que debía ceder y tratar de compensárselo con amabilidad. De modo que nuestro tiempo pasaba en altibajos, desavenencias y decepciones, sobre lo cual casi podría decir (si puede decirse con reverencia) que fui crucificado.
La base de mi problema era la extraordinaria inocencia de Catriona, de la que no me sorprendía tanto como me llenaba de lástima y admiración. Parecía no tener pensamiento de nuestra posición, ni sentido de mis luchas; acogía cualquier señal de mi debilidad con alegría receptiva; y cuando me veía forzado de nuevo a mis atrincheramientos, no siempre disimulaba su disgusto. Hubo momentos en los que pensé para mis adentros: “Si estuviera locamente enamorada, y se pusiera su gorra para atraparme, apenas se comportaría de otra manera”; y entonces volvía a caer en el asombro ante la simplicidad de la mujer, de quien sentía (en estos momentos) que no era digno de descender.
Hubo un punto en particular sobre el que giró nuestra guerra, y de todas las cosas, fue la cuestión de su ropa. Mi equipaje me había seguido pronto desde Róterdam, y el suyo desde Helvoet. Ella tenía ahora, por así decirlo, dos guardarropas; y llegó a entenderse entre nosotros (nunca pude decir cómo) que cuando ella estaba amistosa usaría mi ropa, y cuando no, la suya propia. Era pensado como un golpe, y (por así decirlo) la renuncia a su gratitud; y lo sentía así en mi pecho, pero generalmente era más sabio que aparentar haber observado la circunstancia.
Una vez, de hecho, fui traicionado a una infantilada mayor que la suya; sucedió de esta manera. A mi regreso de las clases, pensando en ella devotamente con mucho amor y una buena cantidad de molestia de regalo, la molestia comenzó a desvanecerse de mi mente; y al espiar en una ventana una de esas flores forzadas, de las cuales los holandeses son tan hábiles en el artificio, cedí a un impulso y la compré para Catriona. No sé el nombre de esa flor, pero era del color rosa, y pensé que ella la admiraría, y la llevé a casa para ella con un corazón maravillosamente suave. La había dejado con mi ropa, y cuando regresé para encontrarla toda cambiada y con una cara a juego, le lancé una sola mirada de pies a cabeza, rechine los dientes, tiré la ventana abierta, y mi flor al patio, y luego (entre la rabia y la prudencia) yo mismo fuera de esa habitación otra vez, cuya puerta cerré de golpe al salir.
En la escalera empinada estuve a punto de caer, y esto me devolvió a mí mismo, por lo que comencé de inmediato a ver la locura de mi conducta. Fui, no a la calle como había propuesto, sino al patio de la casa, que siempre era un lugar solitario, y donde vi mi flor (que me había costado mucho más de lo que valía) colgando en el árbol sin hojas. Me paré al lado del canal, y miré sobre el hielo. La gente del campo pasaba con sus patines, y los envidié. No podía ver ninguna forma de salir del aprieto en el que estaba, ninguna forma ni siquiera de volver a la habitación que acababa de dejar. No había duda en mi mente de que ahora había traicionado el secreto de mis sentimientos; y para empeorar las cosas, había mostrado al mismo tiempo (y eso con una miserable infantilidad) descortesía hacia mi indefensa invitada.
Supongo que debió haberme visto desde la ventana abierta. No me pareció que hubiera estado allí mucho tiempo antes de que escuchara el crujido de pasos sobre la nieve congelada, y girándome algo enfadado (pues no estaba con ánimo de ser interrumpido) vi a Catriona acercándose. Estaba toda cambiada de nuevo, con las medias bordadas.
—¿No vamos a dar nuestro paseo hoy? —dijo ella.
La miraba en un aturdimiento. —¿Dónde está tu broche? —digo yo.
Llevó su mano a su pecho y se sonrojó intensamente. —Debo haberlo olvidado —dijo ella—. Correré arriba por él rápidamente, ¿y entonces seguramente podremos tener nuestro paseo?
Había una nota de súplica en esa última frase que me tambaleó; no tenía ni palabras ni voz para pronunciarlas; no pude hacer más que asentir a modo de respuesta; y en el momento en que ella me hubo dejado, trepé al árbol y recuperé mi flor, que a su regreso le ofrecí.
—La compré para ti, Catriona —dije.
Ella la fijó en medio de su pecho con el broche, podría haber pensado que tiernamente.
—No ha mejorado nada por haber pasado por mis manos —dije de nuevo, y me sonrojé.
—Estoy segura de que no me gustará menos por eso —respondió ella.
No hablamos mucho aquel día; parecía estar un tanto reservada, aunque no de mala manera. En cuanto a mí, durante todo el tiempo que estuvimos caminando, y después de haber regresado a casa y verla poner mi flor en un tarro con agua, no dejaba de pensar en lo desconcertantes que son las mujeres. Pensaba, en un momento, que era la cosa más estúpida de la tierra que ella no hubiera percibido mi amor; y al siguiente, que sin duda lo había percibido hace mucho tiempo y (siendo una joven sensata con ese fino instinto femenino para la propiedad) había ocultado lo que sabía.
Salíamos a caminar a diario. En las calles me sentía más seguro; me relajé un poco en mi cautela; y, para empezar, no había ningún Heineccius. Esto hacía que estos periodos no fueran solo un alivio para mí, sino un placer particular para mi pobre niña. Cuando regresaba a la hora acordada, por lo general la encontraba ya vestida y resplandeciente de expectación. Ella prolongaba la duración de nuestros paseos hasta el extremo, pareciendo temer (como yo mismo) la hora del regreso; y apenas queda campo o ribera cerca de Leyden, apenas una calle o callejón allí, por donde no hayamos deambulado. Fuera de esos paseos, le pedí que se limitara por completo a nuestros aposentos; esto por temor a que se encontrara con algún conocido, lo cual habría hecho nuestra posición muy difícil. Por el mismo recelo, nunca consentí que asistiera a la iglesia, ni siquiera que fuera yo mismo; sino que me las arreglaba de alguna manera para celebrar el culto en privado en nuestra propia habitación; espero que con un corazón honesto, aunque estoy muy seguro de que con una mente muy dividida. De hecho, apenas hubo algo que me afectara más que arrodillarme así a solas con ella ante Dios como marido y mujer.
Un día nevaba con fuerza. Había pensado que no sería posible que nos aventuráramos a salir, y me sorprendió encontrarla esperándome ya vestida.
—No voy a prescindir de mi paseo —exclamó—. Nunca eres un buen chico, Davie, dentro de casa; nunca me sentirás cercana a ti si no es al aire libre. Creo que nosotros dos haremos mejor en volvernos egipcios y vivir al borde del camino.
Aquel fue el mejor paseo de todos; ella se aferraba a mí bajo la nieve que caía; esta golpeaba a nuestro alrededor y se derretía sobre nosotros, y las gotas quedaban en sus mejillas brillantes como lágrimas y corrían hacia su boca sonriente. La fuerza parecía acudir a mí con aquella visión como si fuera la de un gigante; pensé que podría haberla alzado en brazos y corrido con ella hasta los confines de la tierra; y hablamos juntos todo aquel tiempo con una libertad y dulzura increíbles.
Era una noche oscura cuando llegamos a la puerta de casa. Ella apretó mi brazo contra su pecho. —Muchas gracias por estas mismas buenas horas —dijo, con una nota profunda en su voz.
La preocupación en la que caí al instante ante tales palabras, me puso con la misma rapidez en guardia; y no habíamos terminado de entrar en la habitación y encender la luz, cuando ella vio el semblante viejo, adusto y obstinado del estudiante de Heineccius. Sin duda se sintió más herida de lo habitual; y yo, por mi parte, descubrí que me resultaba más difícil que nunca mantener cualquier distancia. Incluso durante la comida, apenas me atreví a relajarme y apenas a levantar mis ojos hacia ella; y no bien terminó, volví a caer en mi civilista, con más abstracción aparente y menos comprensión que antes. Me pareció, mientras leía, que podía oír a mi corazón latir como un reloj de ocho días. Por mucho que fingiera estudiar, siempre había parte de mi vista que se escapaba del libro hacia Catriona. Ella estaba sentada en el suelo junto a mi gran baúl, y la chimenea la iluminaba, brillando y parpadeando sobre ella, haciéndola resplandecer y oscurecerse a través de una maravilla de bellos matices. Ahora ella contemplaba el fuego, y luego, de nuevo, a mí; y ante eso me sumía en un terror de mí mismo, y pasaba las páginas de Heineccius como un hombre que busca el texto en la iglesia.
De repente, ella gritó en voz alta. —¡Oh, por qué no viene mi padre! —exclamó, y rompió de inmediato en un torrente de lágrimas.
Salté, arrojé a Heineccius directamente al fuego, corrí a su lado y pasé un brazo alrededor de su cuerpo sollozante.
Ella me apartó bruscamente. —No amas a tu amigo —dijo—. ¡Yo podría ser tan feliz también, si me dejaras! Y luego: —¡Oh, qué habré hecho para que me odies tanto?
—¡Odiarte! —grité, y la sostuve con firmeza—. ¿Eres tan ciega, no puedes ver un poco en mi desgraciado corazón? ¿No crees que cuando me siento allí, leyendo en ese libro de tontos que acabo de quemar y que se condene, pienso ni por un instante en otra cosa que no seas tú? Noche tras noche podría haber llorado al verte sentada allí tan sola. ¿Y qué se suponía que debía hacer? Estás aquí bajo mi honor; ¿me castigarías por eso? ¿Es por eso que rechazarías a un servidor amoroso?
Ante tal palabra, con un pequeño y repentino movimiento, se aferró a mí. Levanté su rostro hacia el mío, la besé, y ella inclinó su frente sobre mi pecho, abrazándome con fuerza. Vi todo en un remolino como un hombre embriagado. Entonces oí su voz sonar muy pequeña y amortiguada en mis ropas.
—¿La besaste de verdad? —preguntó.
Me invadió una sorpresa tan grande que me sentí estremecido por completo.
—¿A la señorita Grant? —grité, totalmente descolocado—. Sí, le pedí que me besara para despedirse, lo cual hizo.
—¡Ah, bueno! —dijo ella—, al menos también me has besado a mí.
Ante la extrañeza y la dulzura de esa palabra, vi dónde habíamos caído; me levanté y la puse en pie.
—Esto no puede ser —dije—. Esto nunca, nunca puede ser. ¡Oh, Catrine, Catrine! —Entonces hubo una pausa en la que me quedé sin habla. Y luego—: Vete a tu cama —dije—. Vete a tu cama y déjame.
Ella se volvió para obedecerme como una niña, y lo siguiente que supe fue que se había detenido en el mismo umbral.
—¡Buenas noches, Davie! —dijo ella.
—¡Y oh, buenas noches, mi amor! —grité, con un gran estallido de mi alma, y la atraje hacia mí de nuevo, de tal modo que parecía que iba a romperla. Al momento siguiente la empujé fuera de la habitación, cerré la puerta con violencia y me quedé solo.
La leche ya se había derramado, la palabra había salido y la verdad había sido dicha. Me había deslizado como un hombre desleal en el afecto de la pobre doncella; ella estaba en mis manos como cualquier criatura frágil e inocente para hacerla o deshacerla; ¿y qué arma de defensa me quedaba? Parecía como un símbolo que Heineccius, mi vieja protección, hubiera sido quemado. Me arrepentí, aunque no pude encontrar en mi corazón culparme por ese gran fracaso. No parecía posible haber resistido la audacia de su inocencia o esa última tentación de su llanto. Y todo lo que tenía para excusarme no hacía más que hacer que mi pecado pareciera mayor: era con una naturaleza tan indefensa, y con tales ventajas de posición, que parecía haber actuado con engaño.
¿Qué iba a ser de nosotros ahora? Parecía que ya no podíamos vivir en el mismo lugar. ¿Pero a dónde iba yo a ir? ¿O ella? Sin elección ni culpa nuestra, la vida había conspirado para encerrarnos en aquel lugar estrecho. Tuve la idea alocada de casarme de inmediato; y al momento siguiente la deseché con rechazo. Ella era una niña, no podía conocer su propio corazón; yo había sorprendido su debilidad, nunca debía seguir construyendo sobre esa sorpresa; debía mantenerla no solo libre de reproches, sino tan libre como cuando llegó a mí.
Me senté ante el fuego, reflexioné, me arrepentí y me devané los sesos en vano buscando cualquier medio de escape. Alrededor de las dos de la mañana, quedaban tres brasas rojas y la casa y toda la ciudad dormían, cuando percibí un leve sonido de llanto en la habitación contigua. Ella pensaba que yo dormía, la pobre alma; lamentaba su debilidad —y lo que quizás (¡Dios la ayude!) llamaba su descaro— y en la profundidad de la noche se consolaba con lágrimas. Sentimientos tiernos y amargos, amor y arrepentimiento y piedad, luchaban en mi alma; parecía que estaba obligado a sanar aquel llanto.
—¡Oh, intenta perdonarme! —grité—, intenta, intenta perdonarme. Olvidémoslo todo, ¡intentemos ver si no podemos olvidarlo!
No hubo respuesta, pero los sollozos cesaron. Me quedé mucho tiempo con las manos entrelazadas tal como había hablado; entonces el frío de la noche se apoderó de mí con un escalofrío, y creo que mi razón volvió a despertar.
—No sacas nada en limpio de esto, Davie —pienso—. A la cama, como un chico sensato, y a ver si puedes dormir. Mañana quizá veas el camino.
CAPÍTULO XXV. EL REGRESO DE JAMES MORE
Fui llamado a la mañana siguiente de un sueño tardío y turbulento por un golpe en mi puerta, corrí a abrirla, y casi me desmayo por la contrariedad de mis sentimientos, en su mayoría dolorosos; pues en el umbral, con un áspero sobretodo y un sombrero de encaje extraordinariamente grande, estaba James More.
Debería haberme alegrado quizá sin mezcla alguna, pues había un sentido en el que el hombre venía como una respuesta a mis plegarias. Había estado diciendo hasta que mi cabeza estaba cansada que Catriona y yo debíamos separarnos, y buscando hasta que me dolía la cabeza cualquier medio posible de separación. Aquí estaban los medios ante mí sobre dos piernas, y la alegría era lo último que pasaba por mi mente. Hay que considerar, sin embargo, que incluso si el peso del futuro se levantaba de mí con la llegada del hombre, el presente se alzaba aún más negro y amenazante; de modo que, mientras me encontraba por primera vez ante él en camisa y calzones, creo que di un paso de salto hacia atrás como una persona a la que hubieran disparado.
—Ah —dijo él—, lo he encontrado, señor Balfour. Y me ofreció su mano grande y fina, la cual (recuperando al mismo tiempo mi puesto en el umbral, como con algún pensamiento de resistencia) le tomé dudosamente. —Es una circunstancia notable cómo nuestros asuntos parecen mezclarse —continuó—. Le debo una disculpa por una desafortunada intrusión en los suyos, en la que me dejé atrapar por mi confianza en esa cara falsa de Prestongrange; me avergüenza reconocer ante usted que alguna vez confié en un abogado. —Se encogió de hombros con un aire muy francés—. Pero, en verdad, el hombre es muy convincente —dice—. Y ahora parece que usted se ha ocupado generosamente del asunto de mi hija, para cuya guía fui remitido a usted.
—Creo, señor —dije, con un aire muy doloroso—, que será necesario que nosotros dos tengamos una explicación.
—¿Hay algo que vaya mal? —preguntó—. Mi agente, el señor Sprott...
—¡Por el amor de Dios, modere su voz! —grité—. Ella no debe oír hasta que hayamos tenido una explicación.
—¿Ella está en este lugar? —exclama él.
—Esa es la puerta de su habitación —dije.
—¿Está usted aquí a solas con ella? —preguntó.
—¿Y a quién más habría conseguido para quedarse con nosotros? —exclamo.
Le haré la justicia de admitir que palideció.
—Esto es muy inusual —dijo—. Esta es una circunstancia muy inusual. Tiene razón, debemos mantener una explicación.
Dicho esto, pasó por mi lado, y debo confesar que el alto y viejo bribón parecía en ese momento extraordinariamente digno. Tuvo ahora, por primera vez, la visión de mi habitación, que examiné (puedo decir) con sus ojos. Un poco de sol de la mañana entraba por el cristal de la ventana y la dejaba al descubierto; mi cama, mis baúles y el aguamanil, con algo de desorden en mis ropas, y la chimenea sin encender, formaban todo el mobiliario; sin duda, se veía desnuda y fría, y el lugar más inadecuado y miserable imaginable para albergar a una joven. Al mismo tiempo, acudió a mi mente el recuerdo de la ropa que le había comprado; y pensé que este contraste de pobreza y prodigalidad tenía un mal aspecto.
Miró por toda la habitación buscando un asiento, y no encontrando nada más adecuado que mi cama, tomó asiento en el borde; donde, después de haber cerrado la puerta, no pude evitar unirme a él. Pues comoquiera que esta entrevista extraordinaria terminara, debía pasar si era posible sin despertar a Catriona; y lo único necesario era que nos sentáramos cerca y habláramos bajo. Pero apenas puedo imaginar qué pareja hacíamos; él con su gran abrigo que la frialdad de mi habitación hacía extremadamente adecuado; yo temblando en mi camisa y calzones; él con mucho aire de juez; y yo (fuera lo que fuera lo que parecía) con los sentimientos de un hombre que ha escuchado la última trompeta.
—¿Bien? —dice él.
Y "Bien", comencé, pero me encontré incapaz de seguir adelante.
—¿Me dice usted que ella está aquí? —dijo de nuevo, pero ahora con una pizca de impaciencia que pareció darme fuerzas.
—Está en esta casa —dije—, y sabía que la circunstancia sería llamada inusual. Pero debe considerar cuán inusual fue todo el asunto desde el principio. Aquí hay una joven que desembarcó en la costa de Europa con dos chelines y un penique y medio. Se dirige a ese hombre Sprott en Helvoet. Le oigo llamarlo su agente. Todo lo que puedo decir es que no podía hacer más que maldecir y jurar ante la mera mención de su nombre, y tuve que pagarle de mi propio bolsillo solo para recibir la custodia de sus efectos. Usted habla de circunstancias inusuales, señor Drummond, si es ese el nombre que prefiere. Aquí hubo una circunstancia, si quiere, a la que era una barbaridad haberla expuesto.
—Pero esto es lo que no puedo entender en absoluto —dijo James—. Mi hija fue puesta bajo el cuidado de algunas personas responsables, cuyos nombres he olvidado.
—Gebbie era el nombre —dije—; y no hay duda de que el señor Gebbie debería haber bajado a tierra con ella en Helvoet. Pero no lo hizo, señor Drummond; y creo que podría agradecer a Dios que yo estuviera allí para ofrecerme en su lugar.
—Tendré unas palabras que decir al señor Gebbie dentro de poco —dijo él—. En cuanto a usted, creo que podría haber ocurrido que usted era algo joven para tal puesto.
—Pero la elección no era entre mí y alguien más, era entre mí y nadie —grité—. Nadie se ofreció en mi lugar, y debo decir que creo que usted muestra un grado muy pequeño de gratitud hacia mí que sí lo hice.
—Esperaré hasta que entienda mi obligación un poco más en particular —dice él.
—En verdad, y creo que entonces se le queda mirando a la cara —dije—. Su hija estaba abandonada, fue tirada limpiamente en medio de Europa, con apenas dos chelines, y ni dos palabras de ningún idioma hablado allí: debo decir, ¡un bonito negocio! La traje a este lugar. Le di el nombre y la ternura debidos a una hermana. Todo esto no ha sido sin gastos, pero apenas necesito insinuarlo. Eran servicios debidos al carácter de la joven, al cual respeto; y creo que también sería un bonito negocio si yo estuviera cantando sus alabanzas a su padre.
—Usted es un hombre joven —comenzó él.
—Eso oigo decir —dije, con bastante calor.
—Usted es un hombre muy joven —repitió—, o habría entendido el significado del paso.
—Creo que usted habla muy a sus anchas —grité—. ¿Qué otra cosa debía hacer? ¡Es un hecho que podría haber contratado a alguna mujer decente y pobre para ser una tercera entre nosotros, y declaro que nunca pensé en ello hasta este momento! ¿Pero dónde iba a encontrarla, si yo mismo soy un extranjero? Y déjeme señalar a su observación, señor Drummond, que me habría costado dinero de mi bolsillo. Porque aquí está justo en lo que queda: que tuve que pagar caro por su negligencia; y solo hay una historia al respecto, simplemente que usted fue tan desamorante y tan descuidado como para haber perdido a su hija.
—El que vive en una casa de cristal no debería tirar piedras —dice él—; y terminaremos de indagar en el comportamiento de la señorita Drummond antes de pasar a sentarnos en juicio sobre su padre.
—Pero no seré atrapado en tal actitud —dije—. El carácter de la señorita Drummond está muy por encima de la investigación, como su padre debería saber. También lo está el mío, y se lo estoy diciendo. Solo hay dos caminos abiertos. Uno es expresar sus gracias a mí como un caballero a otro, y no decir más. El otro (si usted es tan difícil como para estar todavía insatisfecho) es pagarme lo que he gastado y terminar con esto.
Pareció calmarme con una mano en el aire. —Ya, ya —dijo—. Va demasiado rápido, va demasiado rápido, señor Balfour. Es algo bueno que haya aprendido a ser más paciente. Y creo que olvida que todavía tengo que ver a mi hija.
Empecé a sentirme un poco aliviado ante este discurso y un cambio en los modales del hombre que espié en él tan pronto como el nombre del dinero cayó entre nosotros.
—Pensaba que sería más apropiado —si me disculpa la sencillez de mi vestir en su presencia— que yo saliera y lo dejara a usted para encontrarse con ella a solas? —dije.
—¡Lo que habría esperado de sus manos! —dice él; y no hubo error alguno en que lo dijo cortésmente.
Pensé que esto era mejor y mejor todavía, y mientras comenzaba a ponerme mis calzas, recordando la mendicidad impudente del hombre ante Prestongrange, determiné perseguir lo que parecía ser mi victoria.
—Si tiene alguna intención de quedarse algún tiempo en Leyden —dije—, esta habitación está muy a su disposición, y puedo encontrar fácilmente otra para mí: de modo que tendremos la menor cantidad de mudanza posible, al haber solo uno que cambiar.
—¿Por qué, señor? —dijo él, haciendo grande su pecho—, no siento vergüenza de una pobreza a la que he llegado al servicio de mi rey; no hago secreto de que mis asuntos están muy enredados; y por el momento, sería incluso imposible para mí emprender un viaje.
—Hasta que usted tenga ocasión de comunicarse con sus amigos —dije—, ¿quizás podría ser conveniente para usted (como por supuesto sería honorable para mí) si se considerara bajo la luz de mi invitado?
—Señor —dijo él—, cuando una oferta se hace francamente, creo que me honro más a mí mismo imitando esa franqueza. Su mano, señor David; usted tiene el carácter que más respeto; usted es uno de esos de los que un caballero puede tomar un favor y no más palabras al respecto. Soy un viejo soldado —continuó, mirando algo disgustado alrededor de mi cámara—, y no necesita temer que resulte gravoso. He comido demasiadas veces al lado de un dique, bebido de la zanja, y no he tenido otro techo que la lluvia.
—Le diré —dije— que nuestros desayunos suelen enviarse a eso de esta hora de la mañana. Propongo ir ahora a la taberna y pedirles que añadan un cubierto para usted y retrasen la comida una hora, lo que le dará un intervalo para reunirse con su hija.
Me pareció que sus fosas nasales se agitaban ante esto. —¿Oh, una hora? —dice él—. Eso es tal vez superfluo. Media hora, señor David, o digamos veinte minutos; me bastará con eso. Y a propósito —añade, deteniéndome por la casaca—, ¿qué es lo que bebe usted por la mañana, cerveza o vino?
—Para serle franco, señor —digo—, no bebo otra cosa que agua fría y frugal.
—Bah, bah —dice él—, eso es pura destrucción para el estómago, créale la palabra a un viejo veterano. Nuestro aguardiente patrio es quizás lo más sano del todo; pero como no está al alcance, el Rin o un vino blanco de Borgoña será lo siguiente mejor.
—Me encargaré de que esté provisto —dije.
—Vaya, muy bien —dijo él—, y aún haremos un hombre de usted, señor David.
A estas alturas, apenas puedo decir que le prestara atención, más allá de un pensamiento extraño sobre la clase de suegro que probablemente resultaría ser; y todas mis preocupaciones se centraban en la joven, su hija, a quien decidí transmitirle alguna advertencia sobre su visitante. Me acerqué a la puerta en consecuencia y grité a través de los paneles, golpeando al mismo tiempo: —Señorita Drummond, aquí está su padre por fin.
Con eso salí a mi recado, habiendo (con dos palabras) dañado extraordinariamente mis asuntos.
CAPÍTULO XXVI. LOS TRES
Si debo ser tan culpado, o más bien tal vez compadecido, debo dejar que otros juzguen. Mi sagacidad (de la que también tengo bastante) no parece tan grande con las damas. Sin duda, en el momento en que la desperté, estaba pensando mucho en el efecto sobre James More; y del mismo modo, cuando regresé y nos sentamos todos a desayunar, continué comportándome con la joven con deferencia y distancia; como todavía pienso que fue lo más sensato. Su padre había sembrado dudas sobre la inocencia de nuestra amistad; y mi primer cometido era disiparlas. Pero también hay una especie de excusa para Catriona. Habíamos compartido una escena de cierta ternura y pasión, y habíamos dado y recibido caricias: la había apartado de mí con violencia; la había llamado a voces en la noche de una habitación a la otra; ella había pasado horas de vigilia y llanto; y no es de suponer que yo hubiera estado ausente de sus pensamientos en la almohada. Tras esto, ser despertada, con una formalidad inusitada, bajo el nombre de señorita Drummond, y ser tratada en adelante con gran distancia y respeto, la llevó a un error total sobre mis sentimientos privados; ¡y estuvo de hecho tan increíblemente engañada como para imaginar que yo estaba arrepentido e intentando alejarme!
El problema entre nosotros parece haber sido este: que mientras yo (desde que puse los ojos en su gran sombrero) pensaba únicamente en James More, su regreso y sus sospechas, ella le daba tan poca importancia que podría decir que apenas los notó, y todas sus cuitas y actos giraban en torno a lo que había pasado entre nosotros la noche anterior. Esto se explica en parte por la inocencia y audacia de su carácter; y en parte porque James More, habiendo tenido tan mal resultado en su entrevista conmigo, o al habérsele cerrado la boca por mi invitación, no le dijo ni palabra sobre el asunto. En el desayuno, por consiguiente, pronto resultó que hablábamos de cosas distintas. Yo esperaba encontrarla con sus propias ropas: la encontré (como si hubiera olvidado a su padre) vistiendo algunas de las mejores que yo le había comprado, y en las que ella sabía (o pensaba) que yo la admiraba. Esperaba que ella imitara mi afectación de distancia y fuera muy precisa y formal; en cambio, la encontré sonrojada y como exaltada, con los ojos extraordinariamente brillantes y una expresión dolorosa y cambiante, llamándome por mi nombre con una especie de súplica de ternura, y refiriéndose y deferenciándose a mis pensamientos y deseos como una esposa ansiosa o sospechosa.
Pero esto no duró mucho. Al verla tan despreocupada de sus propios intereses, que yo había puesto en peligro y ahora intentaba recuperar, redoblé mi propia frialdad a modo de lección para la muchacha. Cuanto más se acercaba ella, más me alejaba yo; cuanto más traicionaba la cercanía de nuestra intimidad, más notablemente cortés me volvía, hasta que incluso su padre (si no hubiera estado tan absorto en comer) podría haber observado la oposición. En medio de lo cual, de repente, ella cambió por completo, y me dije, con bastante alivio, que al fin había captado la indirecta.
Todo el día estuve en mis clases o en busca de mi nuevo alojamiento; y aunque la hora de nuestro paseo habitual pesaba miserablemente en mis manos, no puedo decir sino que me sentí feliz en general de encontrar mi camino despejado, la muchacha de nuevo al cuidado adecuado, el padre satisfecho o al menos aquiescente, y yo libre para seguir mi amor con honor. En la cena, como en todas nuestras comidas, fue James More quien llevó la palabra. Sin duda hablaba bien, si alguien hubiera podido creerle. Pero hablaré de él más adelante con más detalle. Terminada la comida, se levantó, tomó su gran casaca y, mirándome (según creí), observó que tenía asuntos fuera. Tomé esto como una indirecta de que yo también debía irme, y me levanté; momento en el que la joven, que apenas me había saludado a mi entrada, volvió sus ojos hacia mí muy abiertos con una mirada que me pedía que me quedara. Me quedé entre ellos como un pez fuera del agua, girando de uno a otro; ninguno parecía observarme, ella mirando al suelo, él abotonándose la casaca: lo que aumentó enormemente mi embarazo. Esta apariencia de indiferencia argumentaba, por su parte, una gran cantidad de ira a punto de estallar. Por parte de él, me pareció horriblemente alarmante; me aseguré de que allí se estaba gestando una tempestad; y considerando que ese era el principal peligro, me volví hacia él y me puse (por así decirlo) en manos del hombre.
—¿Puedo hacer algo por usted, señor Drummond? —digo.
Reprimió un bostezo, que volví a considerar duplicidad. —Vaya, señor David —dijo él—, ya que es usted tan amable de proponerlo, podría mostrarme el camino a cierta taberna —de la que dio el nombre— donde espero encontrarme con algunos viejos compañeros de armas.
No hubo más que decir, y tomé mi sombrero y mi capa para hacerle compañía.
—Y en cuanto a usted —dice a su hija—, será mejor que se vaya a su cama. Llegaré tarde a casa, y *a quien madruga, Dios le ayuda, muchachas bonitas tienen ojos brillantes*.
Tras lo cual la besó con bastante ternura y me condujo ante él fuera de la puerta. Esto se hizo (pensé que a propósito) de tal modo que era apenas posible que hubiera alguna salutación de despedida; pero observé que ella no me miró, y lo atribuí al terror que le inspiraba James More.
Había cierta distancia hasta aquella taberna. Habló todo el camino de asuntos que no me interesaban lo más mínimo, y en la puerta me despidió con modales vacíos. Desde allí caminé a mi nuevo alojamiento, donde no tenía ni siquiera una chimenea para mantenerme caliente, y ninguna compañía más que mis propios pensamientos. Estos seguían siendo bastante brillantes; no llegué ni a soñar que Catriona se hubiera vuelto contra mí; pensaba que éramos como personas comprometidas; pensaba que habíamos estado demasiado cerca y hablado demasiado cálidamente para ser separados, menos aún por lo que no eran sino pasos en una política muy necesaria. Y mi principal preocupación era solo el tipo de suegro que estaba consiguiendo, que no era en absoluto el que yo habría elegido: y el asunto de qué tan pronto debía hablar con él, lo cual era un punto delicado por varios lados. En primer lugar, cuando pensaba en lo joven que era, me sonrojaba por completo y casi podría haber encontrado en mi corazón desistir; solo que si una vez los dejaba partir de Leyden sin explicación, podría perderla por completo. Y en segundo lugar, estaba nuestra situación tan irregular que tener presente, y la medida bastante escasa de satisfacción que le había dado a James More aquella mañana. Concluí, en general, que la demora no dañaría nada, pero tampoco quería demorarme demasiado; y llegué a mi fría cama con el corazón lleno.
Al día siguiente, como James More parecía un poco dado a las quejas en cuanto a mi aposento, me ofrecí a traer más muebles; y al llegar por la tarde, con mozos que traían sillas y mesas, encontré a la joven una vez más sola. Me saludó a mi entrada cortésmente, pero se retiró de inmediato a su propia habitación, de la cual cerró la puerta. Hice mi disposición, y pagué y despedí a los hombres para que ella pudiera oírlos irse, cuando supuse que saldría de inmediato de nuevo para hablarme. Esperé todavía un rato, luego llamé a su puerta.
—¡Catriona! —dije.
La puerta se abrió tan rápido, incluso antes de que hubiera terminado la palabra, que pensé que debía haber estado detrás de ella escuchando. Permaneció allí en el intervalo completamente quieta; pero tenía una mirada a la que no puedo poner nombre, como la de alguien en un problema amargo.
—¿Tampoco vamos a tener nuestro paseo hoy? —tartamudeé entonces.
—Le agradezco —dijo ella—. No me importará mucho caminar, ahora que mi padre ha regresado a casa.
—Pero creo que él mismo ha salido y la ha dejado aquí sola —dije.
—¿Y piensa usted que eso fue dicho muy amablemente? —preguntó.
—No fue dicho sin amabilidad —respondí—. ¿Qué le aflige, Catriona? ¿Qué le he hecho para que se aparte de mí de este modo?
—No me aparto de usted en absoluto —dijo, hablando con mucha cautela—. Siempre estaré agradecida a mi amigo que fue bueno conmigo; siempre seré su amiga en todo lo que pueda. Pero ahora que mi padre James More ha venido de nuevo, hay una diferencia que hacer, y pienso que hay algunas cosas dichas y hechas que sería mejor olvidar. Pero siempre seré su amiga en todo lo que pueda, y si eso no es todo lo que... si no es tanto... ¡No es que a usted le importe! Pero no querría que pensara de mí demasiado duramente. Era verdad lo que usted me dijo, que yo era demasiado joven para ser aconsejada, y espero que recuerde que solo era una niña. No me gustaría perder su amistad, en cualquier caso.
Comenzó esto muy pálida; pero antes de terminar, la sangre estaba en su rostro como escarlata, de modo que no solo sus palabras, sino su rostro y el temblor de sus mismas manos, me suplicaban que fuera gentil. Vi, por primera vez, cuán incorrecto había hecho al colocar a la niña en esa posición, donde había sido atrapada en un momento de debilidad, y ahora estaba ante mí como una persona avergonzada.
—Señorita Drummond —dije, y me trabé, e hice el mismo comienzo de nuevo—, desearía que pudiera ver dentro de mi corazón —grité—. Leería allí que mi respeto no ha disminuido. Si eso fuera posible, diría que ha aumentado. Esto no es sino el resultado del error que cometimos; y tenía que suceder; y cuanto menos se diga de ello ahora, mejor. De toda nuestra vida aquí, le prometo que nunca pasará por mis labios; me gustaría prometerle también que nunca pensaré en ello, pero es un recuerdo que siempre será querido para mí. Y en cuanto a un amigo, tiene aquí uno que moriría por usted.
—Le agradezco —dijo ella.
Permanecimos un rato en silencio, y mi pesar por mí mismo comenzó a llevar la delantera; pues aquí estaban todos mis sueños desmoronados, y mi amor perdido, y yo solo de nuevo en el mundo como al principio.
—Bueno —dije—, seremos amigos siempre, eso es una cosa cierta. Pero esto es también una especie de despedida: es una especie de despedida después de todo; siempre conoceré a la señorita Drummond, pero esta es una despedida de mi Catriona.
La miré; apenas podría decir que la veía, pero ella pareció crecer y brillar en mis ojos; y con eso supongo que debo haber perdido la cabeza, pues llamé su nombre de nuevo y di un paso hacia ella con las manos extendidas.
Se encogió como una persona golpeada, su rostro ardió; pero la sangre no brotó más rápido en sus mejillas de lo que fluyó de vuelta sobre mi propio corazón, al verla, con penitencia y preocupación. No encontré palabras para disculparme, sino que me incliné ante ella muy profundamente, y seguí mi camino fuera de la casa con la muerte en mi pecho.
Creo que fueron unos cinco días los que siguieron sin ningún cambio. Apenas la veía más que en las comidas, y entonces, por supuesto, en compañía de James More. Si estábamos solos incluso por un momento, me hacía un deber comportarme con mayor distancia y multiplicar las atenciones respetuosas, teniendo siempre en el ojo de mi mente esa imagen de la muchacha encogiéndose y ardiendo en un sonrojo, y en mi corazón más lástima por ella de la que podría describir con palabras. Estaba bastante apenado por mí mismo, no necesito insistir en eso, habiendo caído toda mi longitud y más de toda mi altura en unos pocos segundos; pero, de hecho, estaba casi tan apenado por la joven, y lo suficiente como para apenas enfadarme con ella salvo por arrebatos. Su defensa era buena; había sido colocada en una posición injusta; si se había engañado a sí misma y a mí, no era más de lo que cabía esperar.
Y por otra parte, ahora estaba muy sola. Su padre, cuando estaba presente, era más bien un padre cariñoso; pero se dejaba llevar muy fácilmente por sus asuntos y placeres, la descuidaba sin remordimiento ni observación, pasaba sus noches en tabernas cuando tenía dinero, lo cual era más a menudo de lo que podía explicar en absoluto; e incluso en el transcurso de estos pocos días, falló una vez a acudir a una comida, de la cual Catriona y yo al fin nos vimos obligados a participar sin él. Era la comida de la tarde, y me marché inmediatamente después de haber comido, observando que suponía que ella preferiría estar sola; a lo cual ella estuvo de acuerdo y (por extraño que parezca) le creí por completo. De hecho, me consideraba solo un estorbo para la joven, y un recordatorio de un momento de debilidad que ahora aborrecía pensar. Así que ella debía sentarse sola en esa habitación donde ella y yo habíamos sido tan alegres, y al parpadeo de esa chimenea cuya luz había brillado sobre nuestros muchos momentos difíciles y tiernos. Allí debía sentarse sola, y pensar en sí misma como una doncella que había ofrecido de manera muy poco femenina sus afectos y los había visto rechazados. Y mientras tanto yo estaría solo en algún otro lugar, y leyéndome a mí mismo (siempre que me sentía tentado a enfadarme) lecciones sobre la fragilidad humana y la delicadeza femenina. Y en conjunto supongo que nunca hubo dos pobres tontos que se hicieran más infelices en un mayor malentendido.
En cuanto a James, no prestaba tanta atención a nosotros, ni a nada en la naturaleza más que a su bolsillo, y su vientre, y su propia charla parlanchina. Antes de que hubieran pasado doce horas me había pedido un pequeño préstamo; antes de treinta, había pedido un segundo y se le había negado. El dinero y la negativa los tomó con el mismo tipo de alta buena naturaleza. De hecho, tenía un aire exterior de magnanimidad que era muy apropiado para imponer a una hija; y la luz en la que se presentaba constantemente en su charla, y la fina presencia y grandes maneras del hombre iban juntas de manera bastante armoniosa. De modo que un hombre que no tuviera tratos con él, y ya fuera muy poca penetración o una furiosa cantidad de prejuicios, casi podría haber sido engañado. Para mí, después de mis dos primeras entrevistas, él era tan claro como el agua; vi que era perfectamente egoísta, con una perfecta inocencia en ello; y escuchaba su charla fanfarrona (de armas, y "un viejo soldado", y "un pobre caballero de las Tierras Altas", y "la fuerza de mi país y mis amigos") como podría hacerlo al balbuceo de un loro.
Lo extraño es que imagino que él mismo creía parte de ello, o lo hacía a veces; creo que era tan falso en todo que apenas sabía cuándo estaba mintiendo; y por una cosa, sus momentos de abatimiento debían haber sido totalmente genuinos. Había momentos en los que era la criatura más silenciosa, afectuosa y apegada posible, sosteniendo la mano de Catriona como un gran bebé, y rogándome que no me fuera si tenía algún amor por él; del cual, de hecho, no tenía ninguno, pero sí todo el amor por su hija. Nos presionaba y de hecho nos imploraba que lo entretuviéramos con nuestra charla, una cosa muy difícil en el estado de nuestras relaciones; y de nuevo estallaba en lamentables arrepentimientos por su propia tierra y amigos, o en cantos en gaélico.
—Esta es una de las melodías melancólicas de mi tierra natal —decía—. Puede que le parezca extraño ver llorar a un soldado, y de hecho es para hacer de usted un amigo cercano —dice él—. Pero las notas de este canto están en mi sangre, y las palabras salen de mi corazón. Y cuando me acuerdo de mis montañas rojas y los pájaros salvajes llamando allí, y las valientes corrientes de agua corriendo hacia abajo, apenas sentiría vergüenza de llorar ante mis enemigos. Luego cantaba de nuevo, y me traducía fragmentos de la canción, con mucho titubeo y mucho desprecio expresado contra el idioma inglés. —Dice aquí —decía— que el sol se ha puesto, y la batalla ha llegado a su fin, y los valientes jefes han sido derrotados. Y cuenta aquí cómo las estrellas los ven huyendo a países extraños o yaciendo muertos en la montaña roja; y nunca más gritarán el llamado de la batalla ni lavarán sus pies en las corrientes del valle. Pero si usted tuviera solo algo de este idioma, lloraría también porque las palabras del mismo están más allá de toda expresión, y es mera burla decírselo en inglés.
Bueno, pensé que había mucha burla en el asunto, de una forma u otra; y sin embargo, había algo de sentimiento también, por lo cual lo odiaba, creo, peor que todo. Y solía cortarme hasta lo más profundo ver a Catriona tan preocupada por el viejo granuja, y llorando ella misma al verlo llorar, cuando estaba seguro de que la mitad de su angustia fluía de su bebida de la noche anterior en alguna taberna. Hubo momentos en los que me sentí tentado a prestarle una suma redonda, y ver el final de él para siempre; pero esto habría sido ver el final de Catriona también, para lo cual no estaba apenas tan preparado; y además, iba contra mi conciencia malgastar mi buen dinero en alguien que era tan poco esposo.
Creo que fue alrededor del quinto día, y al menos sé que James estaba en uno de sus ataques de melancolía, cuando recibí tres cartas. La primera era de Alan, ofreciéndose a visitarme en Leyden; las otras dos provenían de Escocia y estaban motivadas por el mismo asunto, a saber, la muerte de mi tío y mi total acceso a mis derechos. La de Rankeillor era, por supuesto, enteramente desde un punto de vista de negocios; la de la señorita Grant era como ella misma, un poco más ingeniosa que sensata, llena de reproches hacia mí por no haber escrito (¡aunque cómo iba yo a escribir con semejantes noticias!) y de comentarios burlones sobre Catriona, lo cual me traspasó el alma leer en su misma presencia.
Porque, desde luego, fue en mis propias habitaciones donde las encontré, cuando llegué para cenar, de modo que me vi sorprendido y perdí la compostura en el mismo instante en que las leía. Esto supuso una distracción bienvenida para los tres, ni nadie podría haber previsto las malas consecuencias que se derivaron. Fue el azar lo que trajo las tres cartas el mismo día y lo que puso en mis manos en la misma habitación con James More; y de todos los acontecimientos que fluyeron de aquel azar, y que podría haber evitado si hubiera guardado silencio, la verdad es que estaban predestinados antes de que Agrícola llegara a Escocia o Abraham emprendiera sus viajes.
La primera que abrí fue, naturalmente, la de Alan; ¿y qué más natural que comentar su plan de visitarme? Pero observé a James incorporarse con aire de atención inmediata.
—¿No es ese Alan Breck el que fue sospechoso por el incidente de Appin? —preguntó.
Le dije que «sí», que era el mismo; y me retuvo algún tiempo lejos de mis otras cartas, preguntándome sobre nuestra relación, sobre el modo de vida de Alan en Francia, del cual yo sabía muy poco, y además sobre su visita ahora propuesta.
—Todos los que hemos perdido nuestras tierras nos mantenemos un poco unidos —explicó—, y además conozco al caballero; y aunque su linaje no es gran cosa, y de hecho no tiene derecho legítimo a usar el nombre de Stewart, fue muy admirado en los días de Drummossie. Se comportó allí como un soldado; si algunos que no hace falta nombrar hubieran hecho lo mismo, el resultado no tendría por qué ser tan melancólico de recordar. Hubo dos que hicieron lo mejor que pudieron aquel día, y eso crea un vínculo entre nosotros dos —dice él.
Apenas pude reprimir el impulso de sacarle la lengua, y casi hubiera deseado que Alan hubiera estado allí para haber indagado un poco más en esa mención sobre su nacimiento. Aunque, según me dicen, este no era, en efecto, del todo legítimo.
Mientras tanto, había abierto la de la señorita Grant y no pude evitar una exclamación.
—¡Catriona! —exclamé, olvidando, por primera vez desde que su padre había llegado, dirigirme a ella con algún apelativo—. He entrado en mi reino de pleno derecho, soy el laird de Shaws, en efecto; mi tío ha muerto al fin.
Ella juntó las manos, saltando de su asiento. Al momento siguiente, debió de sobrevenirnos a ambos a la vez la poca causa de alegría que nos quedaba a cualquiera de los dos, y nos quedamos de pie, frente a frente, mirándonos con tristeza.
Pero James se mostró como un hipócrita consumado. —Hija mía —dice—, ¿es así como mi primo te enseñó a comportarte? El señor David ha perdido a un nuevo amigo, y primero deberíamos darle nuestro pésame por su duelo.
—En verdad, señor —dije, volviéndome hacia él con una especie de ira—, no puedo poner tales caras. Su muerte es la noticia más alegre que he recibido jamás.
—Es la filosofía de un buen soldado —dice James—. Es el camino de la carne, todos debemos irnos, todos debemos irnos. Y si el caballero no era de tu agrado, bueno, ¡pues muy bien! Pero al menos podemos felicitarte por tu acceso a tus propiedades.
—Tampoco puedo decir eso —repliqué, con el mismo ardor—. Es una buena propiedad; ¿qué importa eso a un hombre solo que ya tiene suficiente? Ya tenía una buena renta antes, gracias a mi frugalidad; y, a no ser por la muerte del hombre —que me gratifica, ¡vergüenza me da confesarlo!—, no veo cómo alguien pueda salir ganando con este cambio.
—Vamos, vamos —dijo él—, estás más afectado de lo que dejas ver, o nunca te harías pasar por alguien tan solitario. Aquí hay tres cartas; eso significa tres personas que te desean el bien; y yo podría nombrar a dos más, aquí en esta misma habitación. No te conozco desde hace tanto, pero Catriona, cuando estamos a solas, no para de cantar tus alabanzas.
Ella levantó la vista hacia él, un poco turbada ante esto; y él cambió inmediatamente de tema, pasando a hablar de la extensión de mi propiedad, sobre la cual (durante la mayor parte de la cena) siguió insistiendo con interés. Pero fue inútil que disimulara; había tocado el asunto con mano demasiado tosca: y yo sabía qué esperar. Apenas terminada la cena, descubrió claramente sus intenciones. Recordó a Catriona un recado y le ordenó que se ocupara de él. —No veo por qué debas estar fuera más de una hora —añadió—, y el amigo David será tan amable de hacerme compañía hasta que vuelvas. Ella se apresuró a obedecerle sin palabras. No sé si entendió, creo que no; pero yo estaba completamente satisfecho y me senté a fortalecer mi mente para lo que vendría después.
Apenas se cerró la puerta tras su partida, el hombre se reclinó en su silla y se dirigió a mí con una buena afectación de tranquilidad. Solo una cosa le traicionaba, y era su rostro, que de repente brillaba por todas partes con finas gotas de sudor.
—Me alegra bastante tener unas palabras a solas contigo —dice—, porque en nuestra primera entrevista hubo algunas expresiones que malinterpretaste y hace mucho que quería aclararte. Mi hija está fuera de toda duda. También lo estás tú, y defendería eso con mi espada contra todos los que lo contradigan. Pero, mi querido David, este mundo es un lugar censor; ¿quién debería saberlo mejor que yo, que he vivido desde los días de mi difunto padre, Dios le dé gloria, en un torrente constante de calumnias? Tenemos que enfrentarnos a eso; tú y yo tenemos que considerar eso; tenemos que considerar eso. Y movía la cabeza como un pastor en el púlpito.
—¿Con qué fin, señor Drummond? —dije—. Le agradecería que fuera al grano.
—Ay, ay —dijo riendo—, ¡como tu carácter, en efecto! y lo que más admiro en él. Pero el grano, mi buen amigo, a veces está en un punto delicado. —Llenó una copa de vino—. Aunque entre tú y yo, que somos tan buenos amigos, no debería molestarnos por mucho tiempo. El grano, apenas hace falta que te lo diga, es mi hija. Y lo primero es que no tengo en mente culparte. En las desafortunadas circunstancias, ¿qué otra cosa podías hacer? De verdad, no sabría decirlo.
—Le agradezco eso —dije, bastante en guardia.
—Además, he estudiado tu carácter —continuó—; tus talentos son aceptables; parece que tienes una competencia moderada, lo cual no hace daño; y, sumando una cosa con otra, estoy muy feliz de anunciarte que he decidido tomar la última de las dos vías posibles.
—Me temo que soy lento —dije—. ¿Qué vías son esas?
Frunció el entrecejo ante mí de manera formidable y descruzó las piernas. —Bueno, señor —dice—, creo que apenas hace falta describírselas a un caballero de su condición: o bien que te corte el cuello, o bien que te cases con mi hija.
—Al fin se complace en ser bastante claro —dije.
—¡Y creo que he sido claro desde el principio! —exclama él con vehemencia—. Soy un padre precavido, señor Balfour; pero, gracias a Dios, un hombre paciente y deliberado. Hay muchos padres, señor, que te habrían arrastrado de inmediato al altar o al campo de duelo. Mi estima por tu carácter...
—Señor Drummond —interrumpí—, si tiene alguna estima por mí, le rogaré que modere su voz. Es totalmente innecesario gritarle a un caballero que está en la misma habitación que usted y que le presta su mejor atención.
—Bueno, es muy cierto —dice él, con un cambio inmediato—. Y debes disculpar las agitaciones de un padre.
—Le entiendo entonces —continué—, pues no tomaré nota de su otra alternativa, que quizás fue una lástima que dejara caer; ¿entiendo más bien que me ofrece su apoyo en caso de que desee solicitar la mano de su hija?
—No es posible expresar mejor mi significado —dijo—, y veo que nos llevaremos bien.
—Eso está aún por ver —dije—. Pero sí debo dejar claro que siento por la dama a la que se refiere el afecto más tierno, y no podría imaginar, ni siquiera en sueños, mejor fortuna que conseguirla.
—Estaba seguro de ello, me sentía seguro contigo, David —exclamó, y me tendió la mano.
La rechacé. —Vas demasiado rápido, señor Drummond —dije—. Hay condiciones que establecer; y hay una dificultad en el camino que no veo del todo cómo superaremos. Te he dicho que, por mi parte, no hay objeción al matrimonio, pero tengo buenas razones para creer que habrá muchas por parte de la joven.
—Todo esto es irrelevante —dice él—. Yo me haré cargo de su aceptación.
—Creo que olvida, señor Drummond —dije—, que, incluso al tratar conmigo, se ha dejado llevar por dos o tres expresiones desagradables. No permitiré que se emplee ninguna de ese tipo con la joven. Estoy aquí para hablar y pensar por los dos; y le doy a entender que no permitiría que me impusieran una esposa, del mismo modo que no permitiría que se le impusiera un marido a la joven.
Se quedó sentado, mirándome con desconfianza y bastante mal genio.
—Así que ese será el camino —concluí—. Me casaré con la señorita Drummond, y de buena gana, si ella está totalmente dispuesta. Pero si hay la menor falta de voluntad, como tengo razones para temer, nunca me casaré con ella.
—Bueno, bueno —dijo él—, esto es un asunto menor. Tan pronto como regrese, la sondearé un poco y espero tranquilizarte...
Pero le corté de nuevo. —Ni un dedo moverá, señor Drummond, o me retiro, y puede buscar un marido para su hija en otro lugar —dije—. Soy yo quien va a ser el único negociador y el único juez. Me aseguraré exactamente; y nadie más se entrometerá de ninguna manera, usted el que menos de todos.
—¡Por mi palabra, señor! —exclamó—, ¿y quién es usted para ser el juez?
—El novio, creo —dije.
—Esto es buscar excusas —gritó—. Le das la espalda a los hechos. La chica, mi hija, no tiene elección que ejercer. Su reputación está perdida.
—Y le pido perdón —dije—, pero mientras este asunto dependa de ella, de usted y de mí, eso no es así.
—¡Qué seguridad tengo! —gritó—. ¿Voy a dejar que la reputación de mi hija dependa de un azar?
—Debería haber pensado en todo esto hace mucho tiempo —dije—, antes de estar tan mal aconsejado como para perderla; y no después, cuando ya es demasiado tarde. Me niego a considerarme responsable de ninguna manera de su negligencia, y no me dejaré intimidar por ningún hombre vivo. Mi decisión está tomada y, pase lo que pase, no me apartaré de ella ni un ápice. Usted y yo nos sentaremos aquí en compañía hasta su regreso: tras lo cual, sin una palabra ni una mirada por su parte, ella y yo saldremos de nuevo para conversar. Si ella puede convencerme de que desea este paso, lo daré; y si no puede, no lo daré.
Saltó de su silla como un hombre picado. —¡Puedo ver tu maniobra! —gritó—. ¡Intentarías influir en ella para que se negara!
—Tal vez sí, y tal vez no —dije—. Ese es el modo en que tiene que ser, de cualquier manera.
—¿Y si me niego? —exclama él.
—Entonces, señor Drummond, tendremos que llegar al degüello —dije.
Debido al tamaño del hombre, su gran longitud de brazos, con la que casi rivalizaba con su padre, y su reputada destreza con las armas, no utilicé esta palabra sin temor, por no hablar en absoluto de la circunstancia de que era el padre de Catriona. Pero podría haberme ahorrado las alarmas. Por la pobreza de mi alojamiento —no parece haberse fijado en los vestidos de su hija, que eran ciertamente todos nuevos para él— y por el hecho de que me había mostrado reacio a prestar dinero, se había hecho una idea firme de mi pobreza. La repentina noticia de mi propiedad le convenció de su error, y no había dado más que un salto hacia esta nueva aventura, a la que estaba ahora tan aferrado que creo que habría sufrido cualquier cosa antes de caer en la alternativa de luchar.
Un poco más de tiempo continuó discutiendo conmigo, hasta que di con una palabra que le silenció.
—Si le encuentro tan reacio a dejar que vea a la dama a solas —dije—, debo suponer que tiene muy buenos motivos para pensar que tengo razón sobre su falta de voluntad.
Farfulló algún tipo de excusa.
—Pero todo esto es muy agotador para ambos —añadí—, y creo que haríamos mejor en mantener un silencio juicioso.
Lo cual hicimos hasta que la chica regresó, y debo suponer que habríamos causado una figura muy ridícula si hubiera habido alguien allí para observarnos.
CAPÍTULO XXVIII. EN EL QUE ME QUEDO SOLO
Abrí la puerta a Catriona y la detuve en el umbral.
—Tu padre desea que demos nuestro paseo —dije.
Ella miró a James More, quien asintió, y ante eso, como una soldado entrenada, se volvió para ir conmigo.
Tomamos uno de nuestros antiguos caminos, por donde habíamos caminado juntos a menudo, y donde habíamos sido más felices de lo que puedo expresar en el pasado. Caminé medio paso detrás, para poder observarla sin ser visto. El golpeteo de sus pequeños zapatos sobre el camino sonaba extraordinariamente dulce y triste; y pensé que era un momento extraño el que yo estuviera tan cerca de ambos finales a la vez, y caminara en medio, entre dos destinos, y no pudiera decir si estaba escuchando estos pasos por última vez, o si el sonido de ellos iba a entrar y salir conmigo hasta que la muerte nos separara.
Ella evitó incluso mirarme, solo caminaba delante, como alguien que sospechaba lo que iba a ocurrir. Vi que debía hablar pronto antes de que mi valor se agotara, pero no sabía por dónde empezar. En esta dolorosa situación, cuando la chica estaba prácticamente forzada a mis brazos y ya había implorado mi indulgencia, cualquier exceso de presión habría parecido indecente; sin embargo, evitarlo por completo tendría una apariencia muy fría. Entre estos extremos me quedé impotente, y podría haberme mordido los dedos; de modo que, cuando por fin logré hablar, se puede decir que hablé al azar.
—Catriona —dije—, estoy en una situación muy dolorosa; o mejor dicho, ambos lo estamos; y le agradecería mucho que me prometiera dejarme hablar primero, y no interrumpirme hasta que haya terminado.
Ella me lo prometió simplemente.
—Bueno —dije—, esto que tengo que decir es muy difícil, y sé muy bien que no tengo derecho a decirlo. Después de lo que pasó entre nosotros el pasado viernes, no tengo ningún tipo de derecho. Nos hemos enredado tanto (y todo por mi culpa) que sé muy bien que lo menos que podría hacer es guardar silencio, que era lo que tenía plenamente la intención de hacer, y no había nada más lejos de mis pensamientos que haberte molestado de nuevo. Pero, querida, se ha vuelto simplemente necesario, y no hay otra manera. Verás, esta propiedad mía ha caído en mis manos, lo que me hace un partido algo mejor; y el... el asunto no tendría exactamente la misma apariencia ridícula que antes. Además de lo cual, se supone que nuestros asuntos se han enredado tanto (como decía) que sería mejor dejarlos tal como están. En mi opinión, esta parte del asunto está vastamente exagerada, y si fuera tú, no le daría dos vueltas. Solo que es correcto que lo mencione, porque no hay duda de que tiene alguna influencia en James More. Luego, creo que no éramos tan infelices cuando vivíamos juntos en esta ciudad antes. Creo que nos llevamos bastante bien. Si pudieras mirar atrás, querida...
—No miraré ni atrás ni adelante —interrumpió—. Dime una cosa: ¿esto es cosa de mi padre?
—Él lo aprueba —dije—. Él aprobó que yo pidiera tu mano en matrimonio —y continuaba con algo más de apelación a sus sentimientos; pero ella no me hizo caso y se lanzó a interrumpir.
—¡Él te lo dijo! —gritó—. No tiene sentido negarlo, tú mismo dijiste que no había nada más lejos de tus pensamientos. Él te lo dijo.
—Él habló de ello primero, si eso es lo que quieres decir —comencé.
Ella caminaba cada vez más rápido, y miraba fijamente hacia adelante; pero ante esto, hizo un pequeño ruido en su cabeza, y pensé que habría corrido.
—Sin lo cual —continué—, después de lo que dijiste el viernes pasado, nunca hubiera sido tan molesto como para hacer la oferta. Pero cuando él prácticamente me lo pidió, ¿qué iba a hacer?
Se detuvo y se giró hacia mí.
—Bueno, está rechazado de todos modos —gritó—, y se acabó la historia.
Y comenzó de nuevo a caminar hacia adelante.
—Supongo que no podía esperar otra cosa —dije—, pero creo que podrías intentar ser un poco amable conmigo para este final. No veo por qué debas ser dura. Te he amado mucho, Catriona; no hay daño en que te llame así por última vez. He hecho lo mejor que he podido, sigo intentando lo mismo, y solo me apena no poder hacerlo mejor. Es extraño para mí que puedas sentir placer siendo dura conmigo.
—No estoy pensando en ti —dijo—, estoy pensando en ese hombre, mi padre.
—Bueno, ¡y de esa manera, también! —dije—. Puedo serte útil de esa manera, también; tendré que serlo. Es muy necesario, querida, que consultemos sobre tu padre; pues tal como ha ido esta conversación, un hombre enfadado será James More.
Se detuvo de nuevo. —¿Es porque estoy deshonrada? —preguntó.
—Eso es lo que él piensa —repliqué—, pero ya te he dicho que no le des importancia.
—¡Me dará igual! —gritó—. ¡Prefiero estar deshonrada!
No sabía muy bien qué responder, y me quedé en silencio.
Parecía haber algo trabajando en su pecho después de aquel último grito; de pronto estalló: —¿Y cuál es el significado de todo esto? ¿Por qué toda esta vergüenza se derrama sobre mi cabeza? ¿Cómo te has atrevido, David Balfour?
—Querida —dije—, ¿qué otra cosa podía hacer?
—No soy tu querida —dijo ella—, y te reto a que me llames con esas palabras.
—No estoy pensando en mis palabras —dije—. Mi corazón se desangra por usted, señorita Drummond. Diga lo que diga, tenga la seguridad de que cuenta con mi lástima en esta difícil situación que atraviesa. Pero solo hay una cosa que desearía que tuviera presente, aunque solo fuera el tiempo suficiente para discutirla con calma; pues va a haber un altercado cuando ambos lleguemos a casa. Créame, necesitaremos de los dos para que este asunto termine en paz.
—Sí —dijo ella. Una mancha roja brotó en cada una de sus mejillas. —¿Él quería pelear con usted? —dijo ella.
—Bueno, eso es lo que quería —dije.
Ella soltó una risa terrible. —¡En cualquier caso, es algo completo! —gritó. Y luego, volviéndose hacia mí—: Mi padre y yo somos un buen par —dijo—, pero doy gracias al buen Dios de que habrá alguien peor de lo que somos nosotros. Doy gracias al buen Dios de que me haya permitido verle así. Nunca habrá mujer nacida que no le desprecie.
Había soportado bastante con bastante paciencia, pero esto sobrepasaba el límite.
—Usted no tiene derecho a hablarme así —dije—. ¿Qué he hecho yo más que ser bueno con usted, o intentar serlo? ¡Y esta es mi recompensa! Oh, es demasiado.
Ella siguió mirándome con una sonrisa odiosa. —¡Cobarde! —dijo.
—¡Esa palabra, en su garganta y en la de su padre! —grité—. Ya le he desafiado hoy mismo en su interés. Volveré a desafiarle, la despreciable comadreja; ¡poco me importa cuál de nosotros caiga! Vamos —dije—, volvamos a la casa; acabemos con esto, ¡permítame terminar con toda su calaña de las Tierras Altas! Ya verá lo que piensa cuando yo esté muerto.
Ella negó con la cabeza con esa misma sonrisa por la que podría haberla golpeado.
—¡Oh, sonría todo lo que quiera! —grité—. He visto a su hermoso padre sonreír del lado equivocado hoy. No es que quiera decir que tuviera miedo, por supuesto —añadí apresuradamente—, pero prefirió la otra forma de hacerlo.
—¿Qué es esto? —preguntó ella.
—Cuando me ofrecí a desenvainar con él —dije.
—¡Se ofreció a desenvainar contra James More! —gritó ella.
—Y así lo hice —dije—, y le encontré bastante reacio, ¿o cómo si no estaríamos aquí?
—Esto tiene un significado —dijo ella—. ¿Qué es lo que quiere decir?
—Él debía obligarla a aceptarme —respondí—, y yo no lo permitiría. Dije que usted debía ser libre y que debía hablar con usted a solas; ¡poco imaginaba que sería una conversación así! «¿Y qué si me niego?», dijo él. «Entonces tendrá que llegarse al corte de gargantas», dije yo, «pues no aceptaré más un marido impuesto a esa joven dama, de lo que aceptaría una esposa impuesta a mí mismo». Esas fueron mis palabras, fueron palabras de un amigo; ¡bien caro las he pagado! Ahora usted me ha rechazado por su propia y clara voluntad, y no existe padre en las Tierras Altas, ni fuera de ellas, que pueda forzar este matrimonio. Me aseguraré de que se respeten sus deseos; haré de ello mi asunto, como lo he hecho todo el tiempo. Pero creo que podría tener la decencia de mostrar algo de gratitud. ¡Vaya, y pensaba que me conocía mejor! No me he portado del todo bien con usted, pero eso fue debilidad. Y pensar que soy un cobarde, y un cobarde de tal clase... ¡oh, muchacha, esa fue una estocada para terminar!
—Davie, ¿cómo iba a adivinarlo? —gritó—. ¡Oh, este es un asunto terrible! Yo y los míos —lanzó una especie de grito lastimero al decir la palabra— no somos dignos de hablarle. ¡Oh, podría estar arrodillada ante usted en la calle, podría estar besando sus manos pidiendo perdón!
—Me quedaré con los besos que ya he obtenido de usted —grité—. Me quedaré con los que deseaba y que tenían algún valor; no quiero que me besen por penitencia.
—¿Qué puede estar pensando de esta miserable chica? —dice ella.
—¡Lo que he estado intentando decirle todo este tiempo! —dije—, que lo mejor es que me deje en paz, a quien no puede hacer más infeliz aunque lo intentara, y que centre su atención en James More, su padre, con quien parece que va a tener un ovillo difícil de desenredar.
—¡Oh, que tenga que salir al mundo sola con un hombre así! —gritó, y pareció contenerse con un gran esfuerzo—. Pero no se preocupe más por eso —dijo—. Él no sabe qué clase de naturaleza hay en mi corazón. Me pagará caro este día; caro, muy caro lo pagará.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia casa, y yo la acompañé. Ante lo cual, se detuvo.
—Iré sola —dijo—. Es sola como debo verle a él.
Pasé un buen rato enfurecido por las calles, diciéndome que era el muchacho peor tratado de toda la cristiandad. La ira me asfixiaba; estaba muy bien para mí respirar hondo; parecía que no había suficiente aire en Leyden para abastecerme, y pensé que habría estallado como un hombre en el fondo del mar. Me detuve y me reí de mí mismo en una esquina durante un minuto, riendo en voz alta, de modo que un transeúnte me miró, lo cual me hizo volver en mí.
—Bueno —pensé—, he sido un incauto, un bobo y un ingenuo durante demasiado tiempo. Ya era hora de terminar. Aquí hay una buena lección para no tener nada que ver con ese sexo maldito, que fue la ruina del hombre al principio y lo será hasta el fin. Dios sabe que era lo bastante feliz antes de verla; Dios sabe que puedo volver a serlo cuando me haya librado de ella.
Eso me pareció el asunto principal: verlos partir. Me recreé en la idea con fiereza; y pronto me dejé llevar, en una especie de malevolencia, a considerar lo mal que probablemente les iría cuando Davie Balfour ya no estuviera cerca para ser su vaca lechera; ante lo cual, para mi gran sorpresa, mi disposición cambió por completo. Seguía enfadado; seguía odiándola; y, sin embargo, pensé que me debía a mí mismo que ella no sufriera nada.
Esto me llevó de vuelta a casa de inmediato, donde encontré el equipaje sacado y listo junto a la puerta, y al padre y a la hija con todas las marcas de una reciente desavenencia. Catriona parecía una muñeca de madera; James More respiraba con dificultad, su rostro estaba salpicado de manchas blancas y su nariz estaba ligeramente torcida. Tan pronto como entré, la joven lo miró con una mirada firme, clara y oscura que podría haber ido seguida de un golpe. Fue un gesto más despectivo que una orden, y me sorprendió ver a James More aceptarlo. Estaba claro que había recibido una reprimenda magistral; y pude ver que debía haber más del demonio en la chica de lo que había imaginado, y más buen humor en el hombre de lo que le había atribuido.
Él comenzó, al menos, llamándome Sr. Balfour y hablando claramente siguiendo una lección; pero no llegó muy lejos, pues al primer alarde pomposo de su voz, Catriona interrumpió.
—Le diré lo que James More quiere decir —dijo ella—. Quiere decir que hemos venido a usted, como unos mendigos, y no nos hemos portado muy bien con usted, y estamos avergonzados de nuestra ingratitud y mal comportamiento. Ahora queremos irnos y ser olvidados; y mi padre habrá administrado tan mal sus bienes que ni siquiera podemos hacer eso a menos que usted nos dé más limosna. Pues eso es lo que somos, en cualquier caso, mendigos y gorrones.
—Con su permiso, señorita Drummond —dije—, debo hablar con su padre a solas.
Ella entró en su habitación y cerró la puerta, sin una palabra ni una mirada.
—Debe disculparla, Sr. Balfour —dice James More—. No tiene delicadeza.
—No estoy aquí para discutir eso con usted —dije—, sino para deshacerme de usted. Y con ese fin debo hablar de su situación. Ahora, Sr. Drummond, he seguido el rastro de sus asuntos más de cerca de lo que usted pretendía. Sé que tenía dinero propio cuando pedía prestado el mío. Sé que ha tenido más desde que estuvo aquí en Leyden, aunque se lo ocultó incluso a su hija.
—Le pido que tenga cuidado. No soportaré más acosos —estalló—. Estoy harto de ella y de usted. ¡Qué clase de oficio maldito es este de ser padre! He recibido expresiones dirigidas a mí... —Aquí se detuvo—. Señor, este es el corazón de un soldado y un padre —prosiguió de nuevo, llevándose la mano al pecho—, ultrajado en ambos caracteres, y le pido que tenga cuidado.
—Si me hubiera dejado terminar —dije—, habría descubierto que hablaba para su beneficio.
—Querido amigo —gritó—, sabía que podía confiar en la generosidad de su carácter.
—¡Hombre! ¿Me dejará hablar? —dije—. El hecho es que no consigo averiguar si es usted rico o pobre. Pero mi idea es que sus medios, al ser misteriosos en su origen, son también algo insuficientes en cantidad; y no quiero que a su hija le falte nada. Si me atreviera a hablar con ella misma, puede estar seguro de que nunca soñaría con confiárselo a usted; porque le conozco como a la palma de mi mano, y todo su hablar fanfarrón es para mí puro viento. Sin embargo, creo que, a su manera, todavía se preocupa algo por su hija después de todo; y debo conformarme con esa base de confianza, tal cual es.
Tras lo cual, acordé con él que se comunicaría conmigo sobre su paradero y el bienestar de Catriona, a cambio de lo cual yo le serviría un pequeño estipendio.
Él escuchó el trato con gran avidez; y cuando terminó, —¡Querido amigo, querido hijo —exclamó—, esto es más parecido a usted que todo lo anterior! Le serviré con la fidelidad de un soldado...
—¡No quiero oír hablar más de eso! —digo—. Me ha llevado a tal punto que el solo nombre de soldado me revuelve el estómago. Nuestro trato está cerrado; ahora voy a salir y regresaré en media hora, cuando espero encontrar mis habitaciones purgadas de usted.
Les di un buen margen de tiempo; mi único miedo era encontrarme de nuevo con Catriona, porque las lágrimas y la debilidad estaban listas en mi corazón, y yo atesoraba mi ira como una pieza de dignidad. Quizás pasó una hora; el sol se había puesto, un pequeño jirón de luna nueva lo seguía a través de un atardecer escarlata; ya había estrellas en el este, y en mis habitaciones, cuando por fin entré, la noche se tornaba azul. Encendí una vela y revisé las habitaciones; en la primera no quedaba nada que despertara un recuerdo de los que se habían ido; pero en la segunda, en un rincón del suelo, divisé un pequeño montón que me puso el corazón en la boca. Ella había dejado atrás, a su partida, todo lo que había tenido de mí. Fue el golpe que más sentí, quizá porque fue el último; y me abalancé sobre aquel montón de ropa y me comporté de manera más estúpida de lo que me importa contar.
Ya entrada la noche, bajo una fuerte helada y con los dientes castañeando, recuperé parte de mi hombría y reflexioné. Aquella visión de sus pobres vestidos y cintas, sus camisones y sus medias con reloj, era insoportable; y si quería recuperar alguna constancia mental, vi que debía deshacerme de ellos antes de la mañana. Mi primer pensamiento fue hacer una hoguera y quemarlos; pero mi disposición siempre ha sido opuesta al despilfarro, por una parte; y por otra, haber quemado aquellas cosas que ella había llevado tan pegadas a su cuerpo parecía una crueldad. Había un armario de rincón en aquella habitación; allí decidí guardarlos. Lo cual hice y se convirtió en una tarea larga, doblándolos con muy poca habilidad, es cierto, pero con el mayor cuidado; y a veces dejándolos caer con mis lágrimas. Todo el corazón se me había ido, estaba cansado como si hubiera corrido millas, y dolorido como alguien apaleado; cuando, mientras doblaba un pañuelo que ella solía llevar al cuello, observé que le faltaba una esquina cuidadosamente cortada. Era un pañuelo de un tono muy bonito, sobre el cual había hecho comentarios con frecuencia; y una vez que lo llevaba puesto, recuerdo haberle dicho (en tono de broma) que llevaba mis colores. Una chispa de esperanza y como una marea de dulzura brilló en mi pecho; y al momento siguiente me vi sumido en una nueva desesperación. Pues allí estaba la esquina arrugada en un nudo y tirada aparte en otra parte del suelo.
Pero cuando razoné conmigo mismo, me sentí más esperanzado. Ella había cortado aquella esquina en un arranque infantil que era manifiestamente tierno; que la hubiera tirado de nuevo no era de extrañar; y me incliné a pensar más en lo primero que en lo segundo, y a sentirme más complacido de que ella hubiera concebido alguna vez la idea de aquel recuerdo, que preocupado porque lo hubiera arrojado lejos en una hora de resentimiento natural.
CAPÍTULO XXIX. NOS ENCONTRAMOS EN DUNKERQUE
En conjunto, pues, no estuve tan desgraciado los días siguientes, sino que tuve muchos momentos de esperanza y felicidad; me entregué con bastante constancia a mis estudios; y logré soportar el tiempo hasta que Alan llegara, o pudiera tener noticias de Catriona por medio de James More. Recibí en total tres cartas en el tiempo de nuestra separación. Una fue para anunciar su llegada a la ciudad de Dunkerque, en Francia, desde donde James partió poco después solo en una misión privada. Esto fue a Inglaterra para ver a Lord Holderness; y siempre ha sido un pensamiento amargo que mi buen dinero ayudara a pagar los gastos de la misma. Pero quien cena con el diablo necesita una cuchara larga, o con James More también. Durante esta ausencia, debía cumplirse el plazo para otra carta; y como la carta era la condición de su estipendio, él había tenido tanto cuidado como para prepararla de antemano y dejarla con Catriona para ser enviada. El hecho de nuestra correspondencia despertó sus sospechas, y no bien él se fue, ella rompió el sello. Lo que recibí comenzó, por consiguiente, con la letra de James More:
«Mi querido señor: Su estimada misiva llegó a mis manos debidamente, y tengo que acusar recibo de la inclusión según lo acordado. Será fielmente gastado en mi hija, que se encuentra bien y desea ser recordada ante su querido amigo. La encuentro en una disposición bastante melancólica, pero confío en la misericordia de Dios para verla restablecida. Nuestra forma de vida es muy solitaria, pero nos consolamos con las melodías melancólicas de nuestras montañas natales y caminando por la orilla del mar que se extiende junto a Escocia. Fueron mejores días para mí cuando yacía con cinco heridas en mi cuerpo en el campo de Gladsmuir. He encontrado empleo aquí en la yeguada de un noble francés, donde mi experiencia es valorada. Pero, mi querido señor, los salarios son tan increíblemente inadecuados que me avergonzaría mencionarlos, lo que hace que sus remesas sean más necesarias para la comodidad de mi hija, aunque me atrevo a decir que ver a viejos amigos sería aún mejor.
Mi querido señor, Su afectuoso y obediente servidor, James Macgregor Drummond.»
Debajo comenzó de nuevo con la letra de Catriona:
«No le crea, todo son mentiras —C. M. D.»
No solo añadió esta posdata, sino que creo que estuvo a punto de suprimir la carta; pues llegó mucho después de la fecha, y fue seguida muy de cerca por la tercera. En el tiempo transcurrido entre ellas, Alan había llegado y había dado otra vida a mi existencia con su alegre conversación; me habían presentado a su primo de los escoceses-holandeses, un hombre que bebía más de lo que yo hubiera creído posible y que por lo demás no era de interés; me habían agasajado en muchas cenas joviales y yo mismo había dado algunas, todo ello sin gran cambio en mi tristeza; y nosotros dos (por quienes me refiero a Alan y a mí mismo, y no en absoluto al primo) habíamos discutido bastante sobre la naturaleza de mis relaciones con James More y su hija. Yo era naturalmente reservado para dar detalles; y esta disposición no se vio disminuida en absoluto por la naturaleza de los comentarios de Alan sobre los que ofrecí.
—No puedo sacar pies ni cabeza de esto —decía—, pero se me mete en la cabeza que has hecho un tonto de ti mismo. Hay pocas personas que hayan tenido más experiencia que Alan Breck; y nunca recuerdo haber oído hablar de una muchacha como esta tuya. Por la forma en que lo cuentas, la cosa es simplemente imposible. Debes haber hecho un lío terrible del asunto, David.
—Hay veces que soy del mismo parecer —dije.
—¡Lo extraño es que parece que también sientes cierto cariño por ella! —dijo Alan.
—Del más grande, Alan —dije—, y creo que me lo llevaré a la tumba conmigo.
—¡Bueno, me ganas, sea como sea! —concluía.
Le mostré la carta con la posdata de Catriona. —¡Y aquí de nuevo! —gritó—. ¡Imposible negar cierta decencia a esta Catriona, y sentido común además! En cuanto a James More, el hombre está tan hueco como un tambor; es solo un vientre y un montón de palabras; aunque nunca podré negar que luchó razonablemente bien en Gladsmuir, y es verdad lo que dice aquí sobre las cinco heridas. Pero la pérdida de él es que el hombre está hueco.
—Verás, Alan —dije—, me va contra el grano dejar a la doncella en tan malas manos.
—No podrías encontrar peores —admitió—. ¿Pero qué vas a hacer con ello? Es así en lo que respecta a un hombre y una mujer, verás, Davie: las mujeres no tienen ninguna clase de razón. O les gusta el hombre, y entonces todo va bien; o si no, simplemente lo detestan, y puedes ahorrarte el aliento; no puedes hacer nada. Solo hay dos grupos de ellas: las que venderían sus abrigos por ti, y las que nunca miran por donde vas. Eso es todo lo que hay con las mujeres; y tú pareces ser tan bobo que no sabes distinguir a unas de otras.
—Bueno, me temo que es verdad en mi caso —dije.
—¡Y sin embargo, no hay nada más fácil! —gritó Alan—. Podría enseñarte fácilmente la ciencia de la cosa; pero pareces haber nacido ciego, y ahí es donde surge la dificultad.
—¿Y no puedes ayudarme? —pregunté—, ¿tú que eres tan astuto en el oficio?
—Verás, David, yo no estaba aquí —dijo—. Soy como un oficial de campo que no tiene más que ciegos como exploradores y ojeadores; ¿y qué podría saber él? Pero se me mete en la cabeza que debes haber cometido algún tipo de error; y si yo fuera tú, volvería a intentarlo con ella.
—¿Lo harías, hombre Alan? —dije.
—Lo haría —dice él.
La tercera carta llegó a mis manos mientras estábamos inmersos en una conversación de este tipo: y se verá cuán oportuna fue para la ocasión. James profesaba estar algo preocupado por la salud de su hija, que creo que nunca había estado mejor; abundaba en expresiones amables hacia mí; y finalmente proponía que los visitara en Dunkerque.
«Ahora disfrutarás de la compañía de mi viejo camarada, el señor Stewart», escribió. «¿Por qué no acompañarle en parte de su regreso a Francia? Tengo algo muy particular que decir al oído del señor Stewart; y, en cualquier caso, me complacería reunirme con un viejo compañero de armas, alguien tan valeroso como él. En cuanto a usted, mi querido señor, mi hija y yo estaríamos orgullosos de recibir a nuestro benefactor, a quien consideramos como un hermano y un hijo. El noble francés ha demostrado tener un carácter de la más vil avaricia, y me he visto en la necesidad de abandonar el haras. En consecuencia, nos encontrará un poco mal alojados en la posada de un tal Bazin, en las dunas; pero el lugar es fresco, y no me cabe duda de que podríamos pasar unos días muy agradables, en los que el señor Stewart y yo podríamos recordar nuestros servicios, y usted y mi hija divertirse de una manera más acorde a su edad. Le ruego, al menos, que el señor Stewart venga; mi asunto con él abre una puerta muy ancha».
«¿Qué es lo que ese hombre quiere de mí?», gritó Alan, tras haber leído. «Lo que quiere de ti está bien claro: es dinero. ¿Pero qué puede querer de Alan Breck?».
«Oh, será solo una excusa», dije yo. «Sigue con la idea de este matrimonio, que desearía de todo corazón que pudiéramos llevar a cabo. Y te lo pide a ti porque piensa que sería menos probable que yo fuera si no viniera contigo».
«Bueno, desearía saberlo», dice Alan. «Él y yo nunca hicimos buenas migas; solíamos gruñirnos el uno al otro como un par de gaiteros. "Algo para mi oído", ¡dice él! Quizá yo tenga algo para su trasero, antes de que terminemos con esto. ¡Voto a bríos!, ¡pienso que sería una especie de entretenimiento ir a ver qué es lo que busca! Además de que podría ver a tu muchacha entonces. ¿Qué dices, Davie? ¿Vendrás a cabalgar con Alan?».
Puede estar seguro de que no me hice de rogar, y como el permiso de Alan estaba a punto de terminar, nos pusimos en marcha inmediatamente en esta aventura conjunta.
Casi había oscurecido en aquel día de enero cuando por fin entramos en la ciudad de Dunkerque. Dejamos nuestros caballos en la posta y buscamos un guía para la posada de Bazin, que se encontraba más allá de las murallas. La noche había caído por completo, de modo que fuimos los últimos en salir de aquella fortaleza y oímos cómo se cerraban las puertas tras nosotros mientras cruzábamos el puente. Al otro lado se extendía un suburbio iluminado, que atravesamos durante un tiempo, para luego adentrarnos en un sendero oscuro y, al poco, encontrarnos vadeando en la noche entre arena profunda donde podíamos escuchar el estruendo del mar. Viajamos así durante un rato, siguiendo a nuestro guía principalmente por el sonido de su voz; y había empezado a pensar que tal vez nos estuviera engañando, cuando llegamos a la cima de una pequeña colina y apareció entre la oscuridad una tenue luz en una ventana.
«Voilà l’auberge à Bazin», dice el guía.
Alan se relamió. «Un lugar inusualmente solitario», dijo, y por su tono me pareció que no estaba del todo complacido.
Poco después, nos encontrábamos en la planta baja de aquella casa, que consistía en una única estancia, con una escalera que conducía a las habitaciones a un lado, bancos y mesas junto a la pared, el fuego de cocina en un extremo y estanterías con botellas y la trampilla de la bodega en el otro. Allí, Bazin, que era un hombre grande y de mal aspecto, nos dijo que el caballero escocés se había ido al extranjero, no sabía adónde, pero que la joven estaba arriba y que la llamaría para que bajara.
Saqué de mi pecho aquel pañuelo al que le faltaba la esquina y me lo anudé al cuello. Podía oír cómo mi corazón latía; y como Alan me daba palmaditas en el hombro con alguna de sus expresiones cómicas, apenas pude contenerme de decirle una palabra dura. Pero no hubo que esperar mucho. Oí sus pasos al pasar por encima y la vi en la escalera. Bajó muy tranquilamente y me saludó con el rostro pálido y una cierta apariencia de seriedad, o inquietud, en su actitud que me desconcertó sobremanera.
«Mi padre, James More, estará aquí pronto. Se alegrará mucho de verle», dijo. Y entonces, de repente, su rostro se encendió, sus ojos brillaron, las palabras se le detuvieron en los labios; y me convencí de que se había fijado en el pañuelo. Solo durante un instante se mostró turbada, pero me pareció que fue con una nueva animación con la que se volvió para dar la bienvenida a Alan. «¿Y usted será su amigo, Alan Breck?», exclamó. «¡Muchas son las docenas de veces que le habré oído hablar de usted!; y ya le quiero por toda su valentía y bondad».
«Bueno, bueno», dice Alan, sosteniendo su mano entre las suyas y observándola, «¡así que esta es la joven al final de todo! David, eres un pésimo descriptor».
No sé si le he oído hablar nunca tan directamente a los corazones de la gente; el sonido de su voz era como una canción.
«¿Qué? ¿Ha estado describiéndome él?», gritó ella.
«¡Poco más que eso desde que salí de Francia!», dice él, «además de un pequeño espécimen una noche en Escocia, en un bosquecillo cerca de Silvermills. ¡Pero anímate, querida! Eres más bonita de lo que él dijo. Y ahora hay una cosa segura: tú y yo vamos a ser amigos. Soy una especie de secuaz de Davie aquí; soy como un perro a sus talones; y cualquier cosa que a él le importe, ¡tiene que importarme a mí también, y por el hierro sagrado!, ¡tienen que importarle a él las mías! Así que ahora puedes ver cómo quedas con Alan Breck, y verás que difícilmente saldrás perdiendo con el trato. No soy muy apuesto, querida, pero soy leal a aquellos a quienes amo».
«Le agradezco de corazón sus buenas palabras», dijo ella. «Siento tal honor por un hombre valiente y honesto que no encuentro respuesta alguna».
Aprovechando la libertad de los viajeros, no esperamos a James More y nos sentamos a comer, los tres. Alan hizo que Catriona se sentara a su lado y atendiera sus necesidades: la hizo beber primero de su copa, la rodeó de constantes y amables galanterías y, sin embargo, nunca me dio la más mínima ocasión de sentir celos; y llevó la conversación tan hábilmente, y en un tono tan alegre, que ni ella ni yo recordamos sentirnos avergonzados. Si alguien nos hubiera visto allí, habría supuesto que Alan era el viejo amigo y yo el extraño. En verdad, a menudo tuve motivos para querer y admirar a aquel hombre, pero nunca lo quise ni lo admiré tanto como aquella noche; y no pude evitar señalarme a mí mismo (lo cual a veces corría el peligro de olvidar) que no solo tenía mucha experiencia de vida, sino, a su manera, una gran cantidad de habilidad natural además. En cuanto a Catriona, parecía estar completamente arrebatada; su risa era como un repique de campanas, su rostro alegre como una mañana de mayo; y confieso que, aunque estaba muy complacido, también me sentí un poco triste y me consideré un personaje soso y rústico en comparación con mi amigo, y muy poco apto para entrar en la vida de una joven y, quizás, derribar su alegría.
Pero si ese iba a ser mi papel, descubrí que al menos no estaba solo en él; pues, al regresar James More de repente, la chica se convirtió en una pieza de piedra. Durante el resto de la velada, hasta que puso una excusa y se escabulló a la cama, la vigilé sin cesar; y puedo dar fe de que nunca sonrió, apenas habló y miró casi todo el tiempo el tablero frente a ella. De modo que me maravilló ver cómo tanta devoción (como solía ser) se transformaba en la propia enfermedad del odio.
Sobre James More es innecesario decir mucho; ya conoce usted al hombre, lo que había que saber de él; y estoy cansado de escribir sus mentiras. Baste decir que bebió mucho y nos contó muy poco que tuviera algún fin posible. En cuanto al asunto con Alan, eso quedaría reservado para el día siguiente y su audiencia privada.
Fue más fácil posponerlo, porque Alan y yo estábamos bastante agotados por los cuatro días de cabalgata y no nos quedamos muy tarde después de que se marchara Catriona.
Pronto estuvimos solos en una habitación donde tuvimos que apañárnoslas con una sola cama. Alan me miró con una sonrisa extraña.
«¡Pedazo de asno!», dijo.
«¿Qué quieres decir con eso?», grité.
«¿Que qué quiero decir? ¡Es extraordinario, hombre David!», dice él, «que seas tan mortalmente estúpido».
De nuevo le rogué que hablara claro.
«Bueno, es esto», dijo. «Te dije que había dos tipos de mujeres: las que venderían sus camisas por ti, y las otras. ¡Pruébalo tú mismo, hombre guapo! ¿Pero qué es ese pañuelo en tu cuello?».
Se lo dije.
«Eso me pensaba», dijo él.
Ni siquiera quiso decir una palabra más, aunque lo asedié largo tiempo con súplicas.
CAPÍTULO XXX. LA CARTA DEL BARCO
La luz del día nos mostró cuán solitaria se encontraba la posada. Estaba claramente junto al mar, pero sin vistas a él, y rodeada por todos lados de sarnosas colinas de arena. De hecho, solo había una cosa que pudiera considerarse una perspectiva, donde sobresalían sobre una loma las dos aspas de un molino de viento, como las orejas de un asno, pero con el asno completamente oculto. Era extraño (después de que el viento se levantara, pues al principio estaba en calma absoluta) ver el giro y el seguimiento mutuo de estas grandes aspas detrás del montículo. Apenas pasaba camino alguno por allí; pero varios senderos viajaban entre los juncos en todas direcciones hasta la puerta del señor Bazin. La verdad es que era un hombre de muchos oficios, ninguno de ellos honesto, y la posición de su posada era lo mejor de su sustento. Los contrabandistas la frecuentaban; agentes políticos y personas proscritas que cruzaban el agua venían allí a esperar sus pasajes; y me atrevería a decir que había cosas peores detrás, pues toda una familia podría haber sido masacrada en aquella casa sin que nadie se enterara.
Dormí poco y mal. Mucho antes de que amaneciera, me había deslizado fuera del lado de mi compañero de lecho y estaba calentándome junto al fuego o caminando de un lado a otro frente a la puerta. El amanecer rompió muy sombrío; pero poco después, surgió un viento del oeste que rompió las nubes, dejó pasar el sol y puso el molino en marcha. Había algo de primavera en la luz del sol, o tal vez estaba en mi corazón; y la aparición de las grandes aspas una tras otra desde detrás de la colina me distrajo enormemente. Por momentos podía oír el chirrido de la maquinaria; y a las ocho y media de la mañana, me pareció que aquel desolado y desierto lugar era como un paraíso.
A pesar de todo, a medida que avanzaba el día y nadie se acercaba, comencé a ser consciente de una inquietud que apenas podía explicar. Parecía que había problemas en marcha; las aspas del molino, mientras subían y bajaban sobre la colina, eran como personas espiando; y fuera de toda fantasía, era ciertamente un vecindario y una casa extraños para que una joven fuera traída a vivir.
En el desayuno, que tomamos tarde, era evidente que James More estaba en algún peligro o perplejidad; evidente que Alan era consciente de ello y lo vigilaba de cerca; y esta apariencia de duplicidad por un lado, y vigilancia por el otro, me mantuvo sobre brasas. Apenas terminó la comida, James pareció empezar a dar disculpas. Tenía una cita de naturaleza privada en la ciudad (era con el noble francés, me dijo), y debíamos disculparlo hasta cerca del mediodía. Mientras tanto, llevó a su hija aparte, al fondo de la habitación, donde pareció hablar con bastante seriedad y ella escuchar con mucha inclinación.
«Me importa cada vez menos este hombre, James», dijo Alan. «Hay algo que no está bien con el hombre James, y no me extrañaría que Alan Breck le echara un ojo hoy. Me gustaría mucho ver a ese noble francés, Davie; y me atrevería a decir que tú podrías encontrar una ocupación para ti mismo, y sería preguntar a la muchacha por noticias de tu asunto. Solo díselo claramente; dile que eres un gran asno al principio; y luego, si yo fuera tú y pudieras hacerlo de forma natural, simplemente le insinuaría que estoy en algún tipo de peligro; a todas las mujeres les gusta eso».
«No puedo mentir, Alan, no puedo hacerlo de forma natural», digo yo, burlándome de él.
«¡Peor para ti!», dice él. «Entonces podrás decirle que yo lo recomendé; eso la hará reír; y no me extrañaría que eso fuera lo siguiente mejor. ¡Pero mira a esos dos! Si no me sintiera seguro de la muchacha, y de que está muy complacida y en buenos términos con Alan, pensaría que hay algún tipo de truco con respecto a ti».
«¿Y está tan complacida contigo, entonces, Alan?», pregunté.
«Ella piensa mucho en mí», dice él. «Y no soy como tú: soy alguien que sabe decirlo. Eso hace, piensa mucho en Alan. ¡Y a fe mía! que yo pienso bastante en él mismo; y con tu permiso, Shaws, me iré un poco más allá entre los juncos, para que pueda ver por dónde va James».
Uno tras otro se fueron, hasta que me quedé solo junto a la mesa del desayuno; James a Dunkerque, Alan siguiéndole los pasos, Catriona escaleras arriba a su propia habitación. Podía entender muy bien cómo ella evitaba estar a solas conmigo; sin embargo, no me sentía mejor por ello, y concentré mi mente en atraparla para una entrevista antes de que los hombres regresaran. En conjunto, lo mejor me pareció hacer como Alan. Si estaba fuera de vista entre las dunas, la hermosa mañana la atraería hacia afuera; y una vez que la tuviera al aire libre, podría hacer lo que quisiera.
Dicho y hecho; ni estuve mucho tiempo bajo el refugio de un montículo antes de que ella apareciera en la puerta de la posada, mirara aquí y allá y (al no ver a nadie) emprendiera un camino que conducía directamente al mar, y por el cual la seguí. No tenía prisa por dar a conocer mi presencia; cuanto más lejos iba, más seguro estaba de un largo tiempo para mi petición; y como el terreno era todo arenoso, era fácil seguirla sin ser oído. El camino subió y llegó por fin a la cima de una colina. Desde allí tuve una imagen por primera vez de en qué desolado desierto estaba escondida aquella posada; donde no se veía a ningún hombre, ni ninguna casa de hombre, excepto la de Bazin y el molino. Solo un poco más allá, apareció el mar y dos o tres barcos sobre él, tan bellos como un dibujo. Uno de ellos estaba extremadamente cerca para ser un barco tan grande; y sentí una sacudida de nueva sospecha cuando reconocí el aparejo del Seahorse. ¿Qué hacía un barco inglés tan cerca de Francia? ¿Por qué se traía a Alan a su vecindad, y en un lugar tan lejos de cualquier esperanza de rescate? ¿Y fue por accidente, o por diseño, que la hija de James More caminara aquel día hacia la orilla del mar?
Al poco, salí detrás de ella al frente de las dunas y por encima de la playa. Era esta larga y solitaria; con el bote de un buque de guerra varado hacia la mitad de la perspectiva, y un oficial a cargo paseando por las arenas como alguien que esperaba. Me senté donde la hierba áspera me cubría bastante y esperé a ver qué seguiría. Catriona fue directamente hacia el bote; el oficial la recibió con cortesías; tuvieron diez palabras juntos; vi una carta cambiar de manos; y allí estaba Catriona regresando. Al mismo tiempo, como si ese fuera todo su asunto en el continente, el bote se alejó y puso rumbo al Seahorse. Pero observé que el oficial se quedaba atrás y desaparecía entre los juncos.
El asunto me gustó poco; y cuanto más lo consideraba, menos me gustaba. ¿Era a Alan a quien buscaba el oficial? ¿O a Catriona? Ella se acercó con la cabeza baja, mirando constantemente la arena, y formaba una imagen tan tierna que no podía soportar dudar de su inocencia. Al momento siguiente, levantó el rostro y me reconoció; pareció dudar, y luego siguió adelante, pero más despacio, y me pareció que con un color cambiado. Y ante aquel pensamiento, todo lo demás que estaba en mi pecho —miedos, sospechas, el cuidado por la vida de mi amigo— quedó completamente engullido; y me puse de pie y me quedé esperándola en una embriaguez de esperanza.
Le di los «buenos días» cuando llegó a mi altura, a lo que ella respondió con bastante compostura.
«¿Me perdonará por haberla seguido?», dije.
«Sé que siempre tiene buenas intenciones», respondió ella; y luego, con un pequeño estallido, «¡pero por qué envía dinero a ese hombre! No debe ser».
«Nunca lo envié para él», dije, «sino para usted, como bien sabe».
«Y usted no tiene derecho a enviarlo a ninguno de nosotros», dijo ella. «David, no es correcto».
«No lo es, todo está mal», dije, «y rezo a Dios para que ayude a este torpe (si es que es posible) a mejorarlo. Catriona, esta no es una vida que deba llevar; y le pido perdón por la palabra, pero ese hombre no es un padre apto para cuidar de usted».
«¡Ni siquiera hable de él!», fue su grito.
«Y no necesito hablar más de él; no es en él en quien estoy pensando, ¡oh, esté segura de eso!», digo yo. «Pienso en una sola cosa. He estado solo mucho tiempo en Leiden; y cuando estaba en mis estudios, seguía pensando en eso. Luego vino Alan, y fui entre soldados a sus grandes cenas; y seguía teniendo el mismo pensamiento. Y fue lo mismo antes, cuando la tenía allí a mi lado. Catriona, ¿ve este pañuelo en mi cuello? Cortó una esquina de él una vez y luego lo arrojó lejos de usted. Son sus colores ahora; los llevo en mi corazón. Querida, no puedo estar sin usted. ¡Oh, trate de soportarme!».
Me puse delante de ella para interceptar su camino.
«Trate de soportarme», decía yo, «trate de llevarme con un poco».
Seguía sin decir palabra, y un miedo comenzó a surgir en mí como un miedo a la muerte.
«Catriona», grité, mirándola fijamente, «¿es un error otra vez? ¿Estoy completamente perdido?».
Levantó su rostro hacia mí, sin aliento.
«¿Me quiere de verdad, Davie?», dijo, y apenas pude oírla decirlo.
«Lo hago», dije. «Oh, seguro que lo sabe, lo hago».
«No me queda nada que dar o retener», dijo ella. «¡Fui toda suya desde el primer día, si hubiera querido tomarme como regalo!», dijo.
Esto fue en la cima de una colina; el lugar era ventoso y visible, podíamos ser vistos allí incluso desde el barco inglés; pero me arrodillé ante ella en la arena, abracé sus rodillas y prorrumpí en esa tormenta de llanto que pensé que me rompería. Todo pensamiento fue completamente borrado de mi mente por la vehemencia de mi turbación. No sabía dónde estaba. Había olvidado por qué era feliz; solo sabía que ella se inclinó, sentí que me acariciaba el rostro y el pecho, y oí sus palabras entre un torbellino.
—Davie —decía ella—, ¡oh, Davie, es esto lo que piensas de mí! ¡Es cierto entonces que te preocupabas por esta pobre mujer! ¡Oh, Davie, Davie!
Con eso, ella lloró también, y nuestras lágrimas se mezclaron en una alegría perfecta.
Debían ser las diez de la mañana antes de que cobrara conciencia clara de la misericordia que me había sobrevenido; y sentado frente a ella, con sus manos entre las mías, contemplé su rostro y reí en voz alta de placer como un niño, y la llamé con nombres necios y cariñosos. Nunca he visto un lugar que pareciera tan hermoso como aquellos arenales de Dunkerque; y las aspas del molino, mientras se mecían sobre el montículo, eran como una melodía musical.
No sé cuánto tiempo más habríamos continuado olvidando todo lo demás, de no haber tropezado yo con una referencia a su padre, lo cual nos devolvió a la realidad.
—Mi pequeña amiga —la llamaba una y otra vez, regocijándome al invocar el pasado con el sonido de esas palabras, al contemplarla y al estar un poco distantes—, mi pequeña amiga, ahora eres mía por completo; mía para siempre, mi pequeña amiga, y ya no le perteneces en absoluto a ese hombre.
Hubo una palidez repentina en su rostro; retiró sus manos de las mías.
—¡Davie, llévame lejos de él! —exclamó—. Hay algo que no va bien; no es honesto. Algo malo sucederá; siento un terror terrible aquí en mi corazón. ¿Qué querrá después de todo con ese barco del Rey? ¿Qué dirá este mensaje? —Y sostuvo la carta ante mí—. Mi mente me presagia que será algún mal para Alan. Ábrela, Davie, ábrela y mira.
La tomé, la miré y sacudí la cabeza.
—No —dije—, va contra mis principios, no puedo abrir la carta de un hombre.
—¿Ni siquiera para salvar a tu amigo? —gritó.
—No sabría decirte —respondí—. Me parece que no. ¡Si al menos estuviera seguro!
—¡Y no tienes más que romper el sello! —dijo ella.
—Lo sé —dije—, pero el asunto va contra mis principios.
—Dámela —dijo—, y la abriré yo misma.
—Tampoco tú —dije—. Tú menos que nadie. Concierne a tu padre y a su honor, querida, de los cuales ambos estamos dudando. No hay duda de que el lugar es peligroso, con el barco inglés aquí, y tu padre recibiendo noticias de él, y aquel oficial que se quedó en tierra. Tampoco estaría solo; debe haber más con él; me atrevería a decir que estamos siendo espiados en este instante. Sí, sin duda, la carta debería abrirse; pero de algún modo, no por ti ni por mí.
Estaba más o menos en esto, y mi espíritu muy abrumado por una sensación de peligro y enemigos ocultos, cuando vi a Alan, que regresaba de seguir a James y caminaba solo entre las dunas. Iba con su casaca de soldado, por supuesto, y muy elegante; pero no pude evitar estremecerme al pensar cuán poco le serviría esa chaqueta si fuera capturado, arrojado a un bote y llevado a bordo del Seahorse, como desertor, rebelde y ahora asesino condenado.
—Ahí —dije—, ahí está el hombre que tiene el mejor derecho a abrirla; o no, según le parezca oportuno.
Con lo cual llamé su nombre, y ambos nos pusimos de pie para que nos viera.
—Si es así, si es más deshonra, ¿podrás soportarlo? —preguntó ella, mirándome con ojos encendidos.
—Se me hizo una pregunta parecida cuando apenas te había visto una vez —dije—. ¿Qué crees que respondí? Que si me gustabas tanto como pensaba —¡y oh, pero ahora me gustas más!—, me casaría contigo a los pies de su patíbulo.
La sangre subió a su rostro; se acercó y se presionó contra mí, sosteniéndome la mano: y fue así como esperamos a Alan.
Él llegó con una de sus extrañas sonrisas. —¿Qué os estaba diciendo, David? —dice.
—Hay un tiempo para todo, Alan —dije—, y este tiempo es serio. ¿Cómo te ha ido? Puedes hablar claro ante esta amiga nuestra.
—He ido a una misión de locos —dijo él.
—Entonces dudo que nos haya ido mejor que a ti —dije—; y, al menos, aquí hay una gran cantidad de asuntos sobre los que debes juzgar. ¿Ves eso? —continué, señalando el barco—. Ese es el Seahorse, capitán Palliser.
—Debería conocerlo, también —dice Alan—. Tuve bastantes problemas con él cuando estaba destinado en el Forth. Pero, ¿qué le pasa al hombre para acercarse tanto?
—Te diré por qué vino aquí primero —dije—. Fue para traer esta carta a James More. Por qué se queda aquí ahora que ha sido entregada, de qué es probable que trate, por qué hay un oficial escondiéndose en los arenales, y si es probable o no que esté solo, preferiría que lo consideraras por ti mismo.
—¿Una carta para James More? —dijo él.
—La misma —dije.
—Bueno, y puedo decirte más que eso —dijo Alan—. Porque la última noche, cuando estabais profundamente dormidos, oí al hombre confabulándose con alguien en francés, y luego la puerta de aquella posada abrirse y cerrarse.
—¡Alan! —grité—, dormiste toda la noche, y yo estoy aquí para probarlo.
—¡Sí, pero nunca confiaría en Alan, tanto si estuviera dormido como despierto! —dice él—. Pero el asunto pinta mal. Veamos la carta.
Se la di.
—Catriona —dijo él—, tienes que disculparme, querida; pero no hay nada menos que mis propios huesos en juego, y voy a tener que romper este sello.
—Es mi deseo —dijo Catriona.
Él la abrió, le echó un vistazo y lanzó la mano al aire.
—¡El apestoso tejón! —dice, y se guardó el papel en el bolsillo—. Aquí, recojamos nuestras cosas. Este lugar es la muerte segura para mí. —Y comenzó a caminar hacia la posada.
Fue Catriona quien habló primero. —¿Te ha vendido? —preguntó.
—Me ha vendido, querida —dijo Alan—. Pero gracias a ti y a Davie, aún podré escabullirme. Solo dejadme subir a mi caballo —añadió.
—Catriona debe venir con nosotros —dije—. Ya no puede tener más trato con ese hombre. Ella y yo nos vamos a casar. A lo cual ella apretó mi mano contra su costado.
—¿Estáis en ello? —dice Alan, mirando hacia atrás—. ¡El mejor día de trabajo que habéis hecho ninguno de los dos! Y debo decir, mi querida, que hacéis una pareja verdaderamente hermosa.
El camino que él seguía nos llevó cerca del molino, donde me percaté de un hombre con pantalones de marinero que parecía estar espiando desde detrás. Solo que, por supuesto, lo tomamos por la espalda.
—¡Mira, Alan!
—¡Chist! —dijo él—, esto es asunto mío.
El hombre estaba, sin duda, un poco ensordecido por el estrépito del molino, y nos acercamos antes de que se diera cuenta. Luego se volvió, y vimos que era un tipo grande con cara de caoba.
—Creo, señor —dice Alan—, ¿que habla inglés?
—Non, monsieur —dice él, con un acento increíblemente malo.
—Non, monsieur —grita Alan, burlándose de él—. ¿Es así como te enseñan francés en el Seahorse? ¡Pedazo de patán glotón, toma una bota escocesa para tus nalgas inglesas!
Y saltando sobre él antes de que pudiera escapar, le propinó una patada que lo dejó sobre la nariz. Luego se quedó allí, con una sonrisa salvaje, y lo vio levantarse a trompicones y salir corriendo hacia las dunas.
—¡Pero ya es hora de que me libre de estos arenales vacíos! —dijo Alan; y continuó su camino a toda velocidad, y nosotros siguiéndolo, hasta la puerta trasera de la posada de Bazin.
Dio la casualidad de que al entrar por una puerta nos encontramos cara a cara con James More entrando por la otra.
—¡Aquí! —le dije a Catriona—, ¡rápido! sube arriba y haz tus maletas; esta no es una escena adecuada para ti.
Mientras tanto, James y Alan se habían encontrado en medio de la larga sala. Ella pasó junto a ellos para llegar a las escaleras; y después de haber subido un poco, la vi volverse y mirarlos de nuevo, aunque sin detenerse. En verdad, merecía la pena verlos. Alan llevaba al encontrarse uno de sus mejores aires de cortesía y amabilidad, aunque con algo eminentemente guerrero, de modo que James olió el peligro en el hombre, como la gente huele el fuego en una casa, y se mantuvo preparado para incidentes.
El tiempo apremiaba. La situación de Alan en aquel lugar solitario, y sus enemigos a su alrededor, habrían amedrentado a César. En él no produjo ningún cambio; y fue con su viejo espíritu de burla y chanza como comenzó la entrevista.
—Un buen día de nuevo para usted, señor Drummond —dijo—. ¿De qué será ese negocio suyo?
—Bueno, siendo el asunto privado, y una historia bastante larga —dice James—, creo que puede esperar muy bien hasta que hayamos comido.
—No estoy tan seguro de eso —dijo Alan—. Se me ocurre que es ahora o nunca; porque el hecho es que el señor Balfour y yo hemos recibido una noticia, y estamos pensando en ponernos en camino.
Vi una pequeña sorpresa en los ojos de James; pero se mantuvo firme.
—Solo tengo una palabra que decir para curarle de eso —dijo—, y es el nombre de mi negocio.
—Dígalo entonces —dice Alan—. ¡Bah! ¿A quién le importa Davie?
—Es un asunto que nos haría a ambos hombres ricos —dijo James.
—¿Me dice eso? —exclama Alan.
—Así es, señor —dijo James—. El hecho es que se trata del Tesoro de Cluny.
—¡No! —gritó Alan—. ¿Ha tenido noticias de él?
—Conozco el lugar, señor Stewart, y puedo llevarle allí —dijo James.
—¡Esto lo supera todo! —dice Alan—. Bueno, y me alegro de haber venido a Dunkerque. Así que este era su negocio, ¿verdad? ¿A medias, supongo?
—Ese es el negocio, señor —dijo James.
—Bueno, bueno —dijo Alan; y luego, en el mismo tono de interés infantil—, ¿no tiene nada que ver con el Seahorse, entonces? —preguntó.
—¿Con qué? —dice James.
—¿O con el tipo al que acabo de patear detrás de aquel molino? —prosiguió Alan—. ¡Bah, hombre! ¡Déjese de mentiras! Tengo la carta de Palliser aquí en mi bolsa. Se le acabó el juego, James More. Nunca más podrá mostrar la cara ante gente decente.
James quedó totalmente desconcertado. Se quedó un segundo, inmóvil y pálido, luego se hinchó con una rabia viva.
—¿Me habla así, bastardo? —rugió.
—¡Cerdo bizco! —gritó Alan, y le propinó un sonoro bofetón en la boca, y al instante siguiente sus hojas chocaron.
Al primer sonido del acero desnudo, instintivamente salté hacia atrás. Lo siguiente que vi fue que James paró una estocada tan de cerca que lo creí muerto; y me pasó por la mente que este era el padre de la chica, y en cierto modo casi el mío, así que desenvainé y corrí a separarlos.
—¡Atrás, Davie! ¿Estás loco? ¡Maldita sea, mantente atrás! —rugió Alan—. ¡Que tu sangre caiga sobre tu propia cabeza entonces!
Bajé sus hojas dos veces. Fui golpeado contra la pared; volví a ponerme entre ellos. No me hicieron caso, arremetiendo el uno contra el otro como dos furias. Nunca podré pensar cómo evité ser apuñalado yo mismo o apuñalar a uno de estos dos Rodomontes, y todo el asunto giró a mi alrededor como un fragmento de sueño; en medio del cual oí un gran grito desde la escalera, y Catriona saltó ante su padre. En el mismo momento, la punta de mi espada encontró algo que cedió. Volvió a mí teñida de rojo. Vi la sangre fluir en el pañuelo de la chica y me quedé descompuesto.
—¿Vas a matarlo ante mis ojos, siendo yo su hija después de todo? —gritó ella.
—Querida, he terminado con él —dijo Alan, y fue y se sentó en una mesa, con los brazos cruzados y la espada desnuda en la mano.
Un rato permaneció ella ante el hombre, jadeando, con los ojos grandes, luego se giró repentinamente y lo enfrentó.
—¡Lárgate! —fueron sus palabras—, lleva tu vergüenza fuera de mi vista; déjame con gente limpia. ¡Soy hija de Alpin! ¡Vergüenza de los hijos de Alpin, lárgate!
Fue dicho con tanta pasión que me despertó del horror de mi propia espada ensangrentada. Los dos permanecieron frente a frente, ella con la mancha roja en su pañuelo, él blanco como un trapo. Lo conocía lo suficiente —sabía que debía haberlo atravesado en lo más profundo de su alma—; pero él se dio aires de bravuconería.
—Bueno —dice él, envainando su espada, aunque todavía con una mirada brillante hacia Alan—, si esta pelea ha terminado, solo recogeré mi maleta...
—No sale ninguna maleta de este lugar si no es conmigo —dice Alan.
—¡Señor! —grita James.
—James More —dice Alan—, esta dama, su hija, se va a casar con mi amigo Davie, motivo por el cual le permito marcharse con el pellejo intacto. Pero acepte mi consejo y lleve ese pellejo fuera de peligro antes de que sea demasiado tarde. Por poco que lo suponga, hay límites a mi temperamento.
—¡Maldita sea, señor, pero mi dinero está ahí! —dijo James.
—También me molesta eso —dice Alan, con su cara divertida—, pero ahora, verá, es mío. —Y luego, con más gravedad—: Siga mi consejo, James More, deje esta casa.
James pareció dudar un momento; pero es de suponer que ya tuvo suficiente de la esgrima de Alan, porque de repente se quitó el sombrero ante nosotros y (con una cara como uno de los condenados) nos dijo adiós en serie. Con lo cual se fue.
Al mismo tiempo, un hechizo se levantó de mí.
—Catriona —grité—, fui yo, fue mi espada. Oh, ¿estás muy herida?
—Lo sé, Davie, te amo por el dolor que causa; fue hecho defendiendo a ese mal hombre, mi padre. ¡Mira! —dijo, y me mostró un rasguño sangrante—, mira, ahora me has hecho un hombre. Llevaré una herida como un viejo soldado.
El gozo de que estuviera tan poco herida, y el amor por su naturaleza valiente, me sostuvieron. La abracé, besé la herida.
—¿Y voy a quedarme fuera de los besos, yo que nunca perdí una oportunidad? —dice Alan; y apartándome y tomando a Catriona por ambos hombros—: Querida —dijo—, eres una verdadera hija de Alpin. Según todos los informes, era un hombre muy noble, y puede estar bien orgulloso de ti. Si alguna vez me casara, sería una mujer como tú la que buscaría como madre para mis hijos. Y llevo el nombre de un rey y digo la verdad.
Lo dijo con una seria calidez de admiración que fue miel para la chica, y a través de ella, para mí. Pareció limpiarnos de todas las deshonras de James More. Y al momento siguiente volvió a ser él mismo.
—Y ahora, con vuestro permiso, mis queridos —dijo—, esto está muy bien; pero Alan Breck estará un poco más cerca de la horca de lo que le gustaría; y ¡rayos!, creo que este es un lugar magnífico para irse.
La palabra nos devolvió a la sensatez. Alan subió corriendo y regresó con nuestras alforjas y la maleta de James More; yo recogí el hatillo de Catriona donde lo había dejado caer en la escalera; y estábamos saliendo de aquella peligrosa casa, cuando Bazin nos cortó el paso con gritos y gesticulaciones. Se había escondido bajo una mesa cuando se desenvainaron las espadas, pero ahora era valiente como un león. Había que pagar su cuenta, una silla rota, Alan se había sentado entre sus platos, James More había huido.
—Aquí —grité—, págate tú mismo —y le arrojé algunos luises de oro; porque pensé que no era momento de ponerse a rendir cuentas.
Saltó sobre aquel dinero, y pasamos de largo, y corrimos hacia el exterior. Por tres lados de la casa los marineros se apresuraban y cerraban el cerco; un poco más cerca de nosotros James More agitaba su sombrero como para apresurarlos; y justo detrás de él, como una persona necia levantando las manos, estaban las aspas del molino girando.
Alan solo dio un vistazo y se puso a correr. Llevaba un gran peso en la maleta de James More; pero creo que habría preferido perder la vida a deshacerse de aquel botín que era su venganza; y corrió de tal modo que me costaba seguirlo, y me maravillaba y me sentía exultante de ver a la chica corriendo a mi lado.
Tan pronto como aparecimos, abandonaron todo disfraz por el otro lado; y los marineros nos persiguieron con gritos y algarabía. Teníamos una ventaja de unas doscientas yardas, y después de todo no eran más que marineros patizambos que no podían esperar superarnos en tal ejercicio. Supongo que iban armados, pero no quisieron usar sus pistolas en suelo francés. Y tan pronto como percibí que no solo manteníamos nuestra ventaja, sino que nos alejábamos un poco, comencé a sentirme bastante tranquilo respecto al desenlace. Pese a todo, fue un trabajo duro y rápido, mientras duró; Dunkerque aún estaba lejos; y cuando saltamos sobre un montículo y encontramos a una compañía de la guarnición marchando al otro lado en alguna maniobra, pude entender muy bien las palabras de Alan.
Dejó de correr al instante; y secándose la frente, —Son gente realmente hermosa, la nación francesa —dice.
CONCLUSIÓN
Tan pronto como estuvimos a salvo dentro de las murallas de Dunkerque, celebramos un muy necesario consejo de guerra sobre nuestra posición. Habíamos tomado a una hija de manos de su padre a punta de espada; cualquier juez se la devolvería de inmediato, y con toda probabilidad nos encerraría a mí y a Alan en la cárcel; y aunque teníamos un argumento a nuestro favor en la carta del capitán Palliser, ni Catriona ni yo estábamos muy dispuestos a usarla en público. Por todo ello, parecía lo más prudente llevar a la chica a París a manos de su propio jefe, Macgregor de Bohaldie, quien estaría muy dispuesto a ayudar a su pariente, por un lado, y no tendría ningún deseo de deshonrar a James por el otro.
Hicimos un viaje lento hasta allí, pues Catriona no era tan buena montando como corriendo, y apenas había estado en la silla desde el '45. Pero finalmente lo logramos, llegamos a París temprano un domingo por la mañana, y fuimos a toda prisa, bajo la guía de Alan, a encontrar a Bohaldie. Estaba bien alojado y vivía con buen estilo, teniendo una pensión del Fondo Escocés, además de recursos privados; saludó a Catriona como a alguien de su propia casa, y pareció en general muy cortés y discreto, pero no particularmente abierto. Preguntamos por las noticias de James More. —¡Pobre James! —dijo, y sacudió la cabeza y sonrió, de modo que pensé que sabía más de lo que pretendía decir. Luego le mostramos la carta de Palliser, y puso cara larga ante eso.
—¡Pobre James! —dijo de nuevo—. Bueno, hay gente peor que James More, también. Pero esto es terriblemente malo. ¡Vaya, vaya!, ¡debe haberse olvidado completamente de sí mismo! Esta es una carta de lo más indeseable. Pero, a pesar de todo, caballeros, no veo para qué querríamos hacerla pública. Es un mal pájaro el que ensucia su propio nido, y todos somos escoceses y todos montañeses.
En esto estuvimos todos de acuerdo, salvo quizás Alan; y aún más sobre la cuestión de nuestra boda, que Bohaldie tomó en sus propias manos, como si no hubiera existido tal persona como James More, y entregó a Catriona con modales muy refinados y agradables cumplidos en francés. No fue hasta que todo terminó, y se brindó por nuestra salud, que nos dijo que James estaba en esa ciudad, adonde nos había precedido unos días, y donde ahora yacía enfermo, al borde de la muerte. Creí ver por el rostro de mi esposa hacia dónde se inclinaba su inclinación.
—Vayamos a verlo, pues —dije.
—Si es su deseo —dijo Catriona. Eran los primeros días.
Se alojaba en el mismo barrio de la ciudad que su jefe, en una gran casa en una esquina; y fuimos guiados hasta la buhardilla donde yacía por el sonido de una gaita de las Highlands. Parecía que acababa de tomar prestado un juego de ellas a Bohaldie para entretener su enfermedad; aunque no era tan diestro como su hermano Rob, hacía buena música de ese tipo; y era extraño observar a la gente francesa amontonándose en las escaleras, y algunos de ellos riendo. Yacía apoyado en un jergón. A la primera mirada que le eché vi que estaba en sus últimos momentos; y, sin duda, este era un lugar extraño para morir. Pero incluso ahora me cuesta reflexionar sobre su final con paciencia. Sin duda, Bohaldie lo había preparado; parecía saber que estábamos casados, nos felicitó por el suceso y nos dio una bendición como un patriarca.
—Nunca he sido comprendido —dijo—. Los perdono a ambos sin segundas intenciones; tras lo cual habló con toda naturalidad a su vieja manera, fue tan amable como para tocarnos una melodía o dos con sus gaitas, y pidió prestada una pequeña suma antes de que yo me fuera.
No pude detectar ni un rastro de vergüenza en ninguna parte de su comportamiento; pero era grande en el perdón; parecía siempre fresco para él. Creo que me perdonó cada vez que nos vimos; y cuando al cabo de unos cuatro días falleció en una especie de olor a santidad afectuosa, podría haberme arrancado los pelos de pura exasperación. Lo hice enterrar; pero qué poner sobre su tumba estaba totalmente fuera de mi alcance, hasta que al final consideré que la fecha luciría mejor sola.
Pensé que era más sensato abandonar todo pensamiento sobre Leyden, donde habíamos aparecido una vez como hermano y hermana, y ciertamente se vería extraño regresar con una nueva identidad. Escocia sería suficiente para nosotros; y hacia allá, después de haber recuperado lo que había dejado atrás, navegamos en un barco de los Países Bajos.
Y ahora, señorita Barbara Balfour (por poner primero a las damas), y señor Alan Balfour, joven de Shaws, aquí está la historia llevada finalmente a su término. A muchas de las personas que tomaron parte en ella, verán (si lo consideran oportuno) que las han visto y hablado con ellas. Alison Hastie en Limekilns fue la muchacha que mecía su cuna cuando eran demasiado pequeños para saberlo, y paseaba con ustedes por la finca cuando eran más grandes. Esa gran dama tan distinguida que es la homónima de la señorita Barbara no es otra que la misma señorita Grant que hizo quedar en ridículo a David Balfour en la casa del Lord Advocate. Y me pregunto si recuerdan a un caballero pequeño, delgado y vivaz, con una peluca raída y una levita, que llegó a Shaws muy tarde en una noche oscura, y a quien los despertaron de sus camas y los bajaron al comedor para ser presentados, con el nombre de Mr. Jamieson. ¿O ha olvidado Alan lo que hizo a petición de Mr. Jamieson —un acto de lo más desleal— por el cual, según la letra de la ley, podría ser ahorcado— nada menos que beber a la salud del rey cruzando el agua? ¡Eran hechos extraños en una buena casa Whig! Pero Mr. Jamieson es un hombre privilegiado, y podría prender fuego a mi granero; y el nombre por el que lo conocen ahora en Francia es el de Chevalier Stewart.
En cuanto a Davie y Catriona, los vigilaré muy de cerca en los próximos días, y veré si son tan audaces como para reírse de papá y mamá. Es cierto que no fuimos tan sabios como podríamos haber sido, e hicimos mucha tristeza de la nada; pero encontrarán a medida que crezcan que incluso la ingeniosa señorita Barbara, y hasta el valiente señor Alan, no serán mucho más sabios que sus padres. Porque la vida del hombre en este mundo nuestro es un asunto divertido. Hablan de los ángeles llorando; pero creo que deben estar más a menudo agarrándose los costados mientras observan; y hubo una cosa que determiné hacer cuando comencé esta larga historia, y fue contar todo tal como sucedió.