Nota del transcriptor
Este libro electrónico se basa en una reproducción de la edición original de 1897. Todo el material moderno ha sido eliminado.
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Se han mantenido las inconsistencias en la ortografía y el uso de guiones (to-morrow/tomorrow; aerial/aërial, etc.), así como las frases utilizadas incorrectamente en el discurso de Van Helsing. Se han eliminado tácitamente varios errores evidentes de puntuación e inconsistencias en las comillas simples/dobles.
Se han corregido los siguientes errores tipográficos:
# p. vi/vii: la palabra de encabezado «Page» se ha trasladado de la página vii a la página vi. # p. vii: «Chapter VXVII» → «Chapter XVIII»; «Chapter XXI» → «Chapter XXVII»; «320» → «324» # p. 16: «a long» → «along» # p. 30: «Wœ» → «Woe» # p. 44: «wondow» → «window» # p. 43: «that» → «than» # p. 58: «number One» → «number one» # p. 63: «Hopwood» → «Holmwood» # p. 82: «role of paper» → «roll of paper» # p. 98: «dreadul» → «dreadful» # p. 99: «pounts» → «pounds» # p. 112: «Holmmood» → «Holmwood» # p. 133: «pharmacopœœia» → «pharmacopœia» # p. 147: «do do» → «to do» # p. 157: «confortable» → «comfortable»; «everthing» → «everything» # p. 186: «greatful» → «grateful» # p. 212: «Arther» → «Arthur» # p. 241: «next the Professor» → «next to the Professor» # p. 257: «gloated with fresh blood» → «bloated with fresh blood» # p. 286: «Rat, rats, rats!» → «Rats, rats, rats!» # p. 339: «preceeded» → «preceded» # p. 358: «the bit box» → «the big box» # p. 380: «they mean fight» → «they mean to fight» # p. 384: «respulsive» → «repulsive»
LIBROS DEL MISMO AUTOR.
«Under the Sunset». «The Snake’s Pass». «The Watter’s Mou’». «The Shoulder of Shasta».
DRÁCULA
DE
BRAM STOKER
Constable · Londres
Publicado por primera vez por Archibald Constable and Company, 1897
A
MI QUERIDO AMIGO
HOMMY-BEG
CONTENIDO.
Página
/Capítulo I./
Diario de Jonathan Harker 1
/Capítulo II./
Diario de Jonathan Harker 15
/Capítulo III./
Diario de Jonathan Harker 28
/Capítulo IV./
Diario de Jonathan Harker 41
/Capítulo V./
Cartas--Lucy y Mina 55
/Capítulo VI./
Diario de Mina Murray 64
/Capítulo VII./
Recorte de «The Dailygraph», 8 de agosto 77
/Capítulo VIII./
Diario de Mina Murray 91
/Capítulo IX./
Diario de Mina Murray 106
/Capítulo X./
Diario de Mina Murray 120
/Capítulo XI./
Diario de Lucy Westenra 135
/Capítulo XII./
Diario del Dr. Seward 148
/Capítulo XIII./
Diario del Dr. Seward 166
/Capítulo XIV./
Diario de Mina Harker 182
/Capítulo XV./
Diario del Dr. Seward 198
/Capítulo XVI./
Diario del Dr. Seward 212
/Capítulo XVII./
Diario del Dr. Seward 223
/Capítulo XVIII./
Diario del Dr. Seward 237
/Capítulo XIX./
Diario de Jonathan Harker 254
/Capítulo XX./
Diario de Jonathan Harker 267
/Capítulo XXI./
Diario del Dr. Seward 282
/Capítulo XXII./
Diario de Jonathan Harker 297
/Capítulo XXIII./
Diario del Dr. Seward 310
/Capítulo XXIV./
Diario fonográfico del Dr. Seward, dictado por Van Helsing 324
/Capítulo XXV./
Diario del Dr. Seward 339
/Capítulo XXVI./
Diario del Dr. Seward 354
/Capítulo XXVII./
Diario de Mina Harker 372
La forma en que estos documentos han sido ordenados se hará manifiesta durante su lectura. Se han eliminado los asuntos innecesarios para que una historia, casi en desacuerdo con las posibilidades de la creencia moderna, pueda presentarse como un hecho simple. No hay en todo el relato ninguna declaración sobre hechos pasados en los que la memoria pueda errar, pues todos los registros elegidos son estrictamente contemporáneos, presentados desde los puntos de vista y dentro del alcance del conocimiento de quienes los escribieron.
DRÁCULA.
CAPÍTULO I.
/Diario de Jonathan Harker./
(Escrito en taquigrafía.)
3 de mayo. Bistritz.--Salí de Múnich a las 8.35 p. m. el 1 de mayo, llegando a Viena a la mañana siguiente temprano; debería haber llegado a las 6.46, pero el tren llevaba una hora de retraso. Buda-Pesth parece un lugar maravilloso, por el vistazo que pude echar desde el tren y lo poco que pude recorrer sus calles. Temía alejarme demasiado de la estación, ya que habíamos llegado tarde y debíamos partir lo más cerca posible de la hora correcta. La impresión que tuve fue que dejábamos el Oeste y entrábamos en el Este; el más occidental de los espléndidos puentes sobre el Danubio, que aquí es de una anchura y profundidad nobles, nos llevó entre las tradiciones del dominio turco.
Salimos bastante a tiempo y llegamos al anochecer a Klausenburgh. Aquí me detuve para pasar la noche en el Hotel Royale. Cené, o mejor dicho, tomé una cena ligera, un pollo preparado de alguna manera con pimiento rojo, que estaba muy bueno pero daba sed. (Nota: conseguir la receta para Mina). Pregunté al camarero y me dijo que se llamaba «paprika hendl» y que, al ser un plato nacional, debería poder encontrarlo en cualquier parte a lo largo de los Cárpatos. Descubrí que mis nociones de alemán me fueron muy útiles aquí; de hecho, no sé cómo me las habría arreglado sin ellas.
Como tuve algo de tiempo libre en Londres, visité el Museo Británico y busqué entre los libros y mapas de la biblioteca información sobre Transilvania; se me ocurrió que un conocimiento previo del país no dejaría de tener importancia al tratar con un noble de esas tierras. Descubro que el distrito que él nombró está en el extremo este del país, justo en las fronteras de tres estados, Transilvania, Moldavia y Bucovina, en medio de las montañas de los Cárpatos; una de las partes más salvajes y menos conocidas de Europa. No pude dar con ningún mapa u obra que indicara la ubicación exacta del Castillo Drácula, ya que todavía no existen mapas de este país comparables con nuestros propios mapas del Servicio Cartográfico; pero descubrí que Bistritz, la ciudad postal nombrada por el Conde Drácula, es un lugar bastante conocido. Incluiré aquí algunas de mis notas, ya que podrían refrescar mi memoria cuando hable de mis viajes con Mina.
En la población de Transilvania hay cuatro nacionalidades distintas: sajones en el sur, y mezclados con ellos los valacos, que son descendientes de los dacios; magiares en el oeste; y szekelys en el este y el norte. Voy a reunirme con estos últimos, que afirman descender de Atila y los hunos. Puede que así sea, pues cuando los magiares conquistaron el país en el siglo XI encontraron a los hunos asentados en él. Leí que toda superstición conocida en el mundo está reunida en la herradura de los Cárpatos, como si fuera el centro de algún tipo de remolino imaginativo; si es así, mi estancia puede ser muy interesante. (Nota: debo preguntarle al Conde todo sobre esto).
No dormí bien, aunque mi cama era lo bastante cómoda, pues tuve toda clase de sueños extraños. Había un perro aullando toda la noche bajo mi ventana, lo cual pudo tener algo que ver; o tal vez fue el pimentón, ya que tuve que beber toda el agua de mi garrafa y seguía teniendo sed. Hacia la mañana dormí y me despertó un golpe continuo en mi puerta, así que supongo que debía de estar durmiendo profundamente entonces. Desayuné más pimentón y una especie de gachas de harina de maíz que decían que era «mamaliga», y berenjena rellena con carne picada, un plato excelente que llaman «impletata». (Nota: conseguir también la receta para esto). Tuve que apresurarme en el desayuno, pues el tren partía poco antes de las ocho, o más bien debería haberlo hecho, ya que después de correr a la estación a las 7.30 tuve que sentarme en el carruaje durante más de una hora antes de que empezáramos a movernos. Me parece que cuanto más al Este vas, más impuntuales son los trenes. ¿Qué serán en China?
Durante todo el día parecimos avanzar perezosamente a través de un país lleno de belleza de todo tipo. A veces veíamos pequeños pueblos o castillos en la cima de colinas escarpadas, como los que vemos en los misales antiguos; a veces corríamos junto a ríos y arroyos que parecían, por el ancho margen pedregoso a cada lado, estar sujetos a grandes inundaciones. Hace falta mucha agua, y corriendo con fuerza, para limpiar el borde exterior de un río. En cada estación había grupos de personas, a veces multitudes, y con todo tipo de vestimentas. Algunos eran iguales a los campesinos de mi tierra o a los que vi al cruzar Francia y Alemania, con chaquetas cortas, sombreros redondos y pantalones caseros; pero otros eran muy pintorescos. Las mujeres parecían bonitas, excepto cuando te acercabas a ellas, pero eran muy toscas de talle. Todas llevaban mangas blancas anchas de alguna clase u otra, y la mayoría tenía cinturones grandes con muchas tiras de algo ondeando, como los vestidos de ballet, pero por supuesto con faldas debajo. Las figuras más extrañas que vimos fueron los eslovacos, que son más bárbaros que el resto, con sus grandes sombreros de vaquero, pantalones muy holgados de color blanco sucio, camisas de lino blanco y enormes y pesados cinturones de cuero, de casi un pie de ancho, tachonados con clavos de latón. Llevaban botas altas, con los pantalones metidos por dentro, y tenían el pelo largo y negro y bigotes negros y espesos. Son muy pintorescos, pero no parecen atractivos. En un escenario serían calificados de inmediato como una vieja banda de bandidos orientales. Sin embargo, me dicen que son muy inofensivos y que les falta cierta seguridad en sí mismos.
Había oscurecido ya cuando llegamos a Bistritz, que es un lugar antiguo muy interesante. Al estar prácticamente en la frontera (ya que el paso de Borgo lleva desde allí a Bucovina), ha tenido una existencia muy tormentosa, y ciertamente muestra las huellas de ello. Hace cincuenta años se produjo una serie de grandes incendios que causaron estragos terribles en cinco ocasiones distintas. A principios del siglo XVII sufrió un asedio de tres semanas y perdió 13.000 personas, pues a las bajas propias de la guerra se sumaron el hambre y las enfermedades.
El Conde Drácula me había indicado que fuera al Hotel Golden Krone, que encontré, para mi deleite, que era completamente antiguo, pues por supuesto quería ver todo lo que pudiera de las costumbres del país. Evidentemente me esperaban, pues cuando llegué cerca de la puerta me encontré con una mujer mayor de aspecto alegre con el vestido campesino habitual: prenda interior blanca con un delantal doble largo, delante y detrás, de tela de color, ajustado casi demasiado para la modestia. Cuando me acerqué, hizo una reverencia y dijo: «¿El señor inglés?». «Sí», dije, «Jonathan Harker». Ella sonrió y le dio algún mensaje a un hombre mayor en mangas de camisa blancas, que la había seguido hasta la puerta. Él se fue, pero regresó inmediatamente con una carta:
«/Mi amigo/,--Bienvenido a los Cárpatos. Le espero con impaciencia. Duerma bien esta noche. A las tres de mañana la diligencia partirá hacia Bucovina; hay una plaza reservada para usted. En el paso de Borgo, mi carruaje le esperará y le traerá hasta mí. Confío en que su viaje desde Londres haya sido feliz y que disfrute de su estancia en mi hermoso país.
«Su amigo, «/Drácula./»
4 de mayo.--Descubrí que mi posadero había recibido una carta del Conde, indicándole que me reservara el mejor asiento en el coche; pero al hacer preguntas sobre los detalles, pareció algo reservado y fingió no entender mi alemán. Esto no podía ser cierto, porque hasta entonces lo había entendido perfectamente; al menos, respondió a mis preguntas exactamente como si lo hiciera. Él y su esposa, la anciana que me había recibido, se miraron de una manera temerosa. Él masculló que el dinero había sido enviado en una carta y que eso era todo lo que sabía. Cuando le pregunté si conocía al Conde Drácula y podía contarme algo sobre su castillo, tanto él como su esposa se santiguaron y, diciendo que no sabían nada en absoluto, simplemente se negaron a hablar más. Estaba tan cerca la hora de salida que no tuve tiempo de preguntar a nadie más, pues todo era muy misterioso y no resultaba nada reconfortante.
Justo antes de irme, la anciana subió a mi habitación y dijo de manera muy histérica:
«¿Tiene que irse? ¡Oh! Joven señor, ¿tiene que irse?». Estaba en un estado tan excitado que parecía haber perdido el dominio del alemán que sabía, y lo mezclaba con algún otro idioma que yo no conocía en absoluto. Solo pude seguirla haciendo muchas preguntas. Cuando le dije que debía irme de inmediato y que estaba ocupado en asuntos importantes, volvió a preguntar:
«¿Sabe qué día es hoy?». Respondí que era el cuatro de mayo. Ella negó con la cabeza mientras decía de nuevo:
«¡Oh, sí! ¡Lo sé, lo sé! Pero ¿sabe qué día es hoy?». Al decir que no entendía, ella continuó:
«Es la víspera del día de San Jorge. ¿No sabe que esta noche, cuando el reloj marque la medianoche, todas las cosas malignas del mundo tendrán pleno dominio? ¿Sabe a dónde va y a qué va?». Estaba en una angustia tan evidente que intenté consolarla, pero sin resultado. Finalmente se arrodilló y me imploró que no fuera; al menos que esperara un día o dos antes de partir. Era todo muy ridículo, pero no me sentía cómodo. Sin embargo, había asuntos que atender y no podía permitir que nada interfiriera en ellos. Por tanto, intenté levantarla y dije, lo más gravemente que pude, que se lo agradecía, pero que mi deber era imperativo y que debía irme. Entonces ella se levantó y se secó los ojos, y tomando un crucifijo de su cuello, me lo ofreció. No supe qué hacer, pues, como miembro de la Iglesia inglesa, me han enseñado a considerar tales cosas en cierta medida idolátricas y, sin embargo, parecía tan descortés rechazar a una anciana con tan buena intención y en tal estado de ánimo. Supongo que vio la duda en mi rostro, pues me puso el rosario al cuello y dijo: «Por el amor de su madre», y salió de la habitación. Estoy escribiendo esta parte del diario mientras espero el coche, que, por supuesto, llega tarde; y el crucifijo sigue al cuello. Si es el miedo de la anciana, o las muchas tradiciones fantasmales de este lugar, o el crucifijo mismo, no lo sé, pero no me siento tan tranquilo como de costumbre. Si este libro llegara a manos de Mina antes que yo, que lleve mi despedida. ¡Aquí viene el coche!
5 de mayo. El castillo.--El gris de la mañana ha pasado y el sol está alto sobre el horizonte distante, que parece dentado, no sé si con árboles o colinas, pues está tan lejos que las cosas grandes y pequeñas se mezclan. No tengo sueño y, como no me llamarán hasta que despierte, naturalmente escribo hasta que llegue el sueño. Hay muchas cosas extrañas que anotar y, para que quien las lea no imagine que cené demasiado bien antes de salir de Bistritz, anotaré mi cena exactamente. Cené lo que llaman «filete de ladrón»: trozos de tocino, cebolla y carne de vaca, sazonados con pimiento rojo, ensartados en palos y asados al fuego, al estilo simple de la carne de gato de Londres. El vino era Golden Mediasch, que produce un extraño escozor en la lengua que, sin embargo, no es desagradable. Solo tomé un par de copas de esto y nada más.
Cuando subí al coche, el conductor aún no había tomado su asiento y lo vi hablando con la posadera. Evidentemente hablaban de mí, pues de vez en cuando me miraban, y algunas de las personas que estaban sentadas en el banco fuera de la puerta (a las que llaman con un nombre que significa «portador de palabras») se acercaron y escucharon, y luego me miraron, la mayoría con lástima. Podía oír muchas palabras repetidas a menudo, palabras extrañas, pues había muchas nacionalidades en la multitud; así que saqué tranquilamente mi diccionario políglota de mi bolsa y las busqué. Debo decir que no fueron alentadoras para mí, pues entre ellas estaban «Ordog» (Satanás), «pokol» (infierno), «stregoica» (bruja), «vrolok» y «vlkoslak», que significan ambas lo mismo, siendo la una eslovaca y la otra serbia para algo que es un hombre lobo o un vampiro. (Nota: debo preguntarle al Conde sobre estas supersticiones).
Cuando partimos, la multitud alrededor de la puerta de la posada, que para entonces había aumentado considerablemente de tamaño, hizo toda la señal de la cruz y me señaló con dos dedos. Con cierta dificultad conseguí que un compañero de viaje me dijera qué significaba; no quiso responder al principio, pero al saber que yo era inglés, explicó que era un amuleto o protección contra el mal de ojo. Esto no fue muy agradable para mí, recién comenzando un viaje a un lugar desconocido para encontrarme con un hombre desconocido; pero todos parecían tan bondadosos, tan apenados y tan comprensivos que no pude evitar sentirme conmovido. Nunca olvidaré el último vistazo que tuve del patio de la posada y su multitud de figuras pintorescas, todas santiguándose mientras estaban de pie alrededor del arco ancho, con su fondo de rico follaje de adelfas y naranjos en macetas verdes agrupadas en el centro del patio. Luego nuestro conductor, cuyos amplios calzones de lino cubrían todo el frente del asiento del pescante (lo llaman «gotza»), restalló su gran látigo sobre sus cuatro pequeños caballos, que corrían al unísono, y emprendimos nuestro viaje.
Pronto perdí de vista y olvidé los miedos fantasmales ante la belleza de la escena mientras conducíamos, aunque, si hubiera conocido el idioma, o mejor dicho, los idiomas que hablaban mis compañeros de viaje, quizá no habría podido deshacerme de ellos tan fácilmente. Ante nosotros se extendía una tierra verde y en pendiente, llena de bosques y selvas, con colinas escarpadas aquí y allá, coronadas por grupos de árboles o casas de campo, con el hastial ciego hacia el camino. Había por todas partes una masa desconcertante de flores frutales (manzano, ciruelo, peral, cerezo); y mientras conducíamos podía ver la hierba verde bajo los árboles salpicada de pétalos caídos. Dentro y fuera, entre estas colinas verdes de lo que aquí llaman el «Mittel Land», corría el camino, perdiéndose a medida que giraba alrededor de la curva cubierta de hierba, o siendo ocultado por los extremos dispersos de los bosques de pinos, que aquí y allá bajaban por las laderas como lenguas de fuego. El camino era accidentado, pero aun así parecíamos volar sobre él con una prisa febril. No podía entender entonces qué significaba la prisa, pero el conductor estaba evidentemente resuelto a no perder tiempo en llegar a Borgo Prund. Me dijeron que este camino es excelente en verano, pero que aún no había sido arreglado después de las nieves invernales. En este aspecto es diferente al resto de los caminos de los Cárpatos, pues es una vieja tradición que no deben mantenerse en muy buen estado. Antiguamente, los hospodares no los reparaban, no fuera que el turco pensara que estaban preparándose para traer tropas extranjeras y, por tanto, acelerara la guerra que siempre estaba realmente a punto de estallar.
Más allá de las colinas verdes y onduladas del Mittel Land se alzaban poderosas laderas de bosque hasta las altas cumbres de los mismos Cárpatos. A derecha e izquierda de nosotros se elevaban, con el sol de la tarde cayendo sobre ellas y resaltando todos los colores gloriosos de esta hermosa cordillera: azul profundo y púrpura en las sombras de los picos, verde y marrón donde la hierba y la roca se mezclaban, y una perspectiva infinita de roca dentada y peñascos puntiagudos, hasta que estos mismos se perdían en la distancia, donde los picos nevados se elevaban majestuosamente. Aquí y allá parecían grandes grietas en las montañas, a través de las cuales, a medida que el sol comenzaba a ponerse, veíamos de vez en cuando el brillo blanco del agua que caía. Uno de mis compañeros me tocó el brazo mientras girábamos alrededor de la base de una colina y se abría ante nosotros el elevado pico cubierto de nieve de una montaña, que parecía, a medida que serpenteábamos, estar justo delante de nosotros:--
—¡Mirad! ¡Isten szek! —«¡El asiento de Dios!»— y se santiguó con reverencia. A medida que serpenteábamos en nuestro camino interminable, y el sol se hundía más y más tras nosotros, las sombras de la tarde comenzaron a arrastrarse a nuestro alrededor. Esto se veía acentuado por el hecho de que la cima nevada de la montaña aún conservaba la puesta de sol, y parecía resplandecer con un delicado y fresco color rosa. Aquí y allá pasamos junto a szeklers y eslovacos, todos con atuendos pintorescos, pero noté que el bocio era dolorosamente frecuente. Al borde del camino había muchas cruces y, mientras pasábamos rápidamente, mis compañeros se santiguaban. Aquí y allá había un campesino o una campesina arrodillados ante un santuario, que ni siquiera se volvían al acercarnos, sino que parecían, en la entrega total de su devoción, no tener ojos ni oídos para el mundo exterior. Había muchas cosas nuevas para mí: por ejemplo, almiares en los árboles y, aquí y allá, masas hermosísimas de abedules llorones, cuyos blancos troncos brillaban como plata a través del delicado verde de las hojas. De vez en cuando pasábamos un leiterwagon, el carro campesino común, con su larga vértebra serpenteante, calculada para adaptarse a las irregularidades del camino. En él, invariablemente, iba sentado todo un grupo de campesinos que regresaban a casa, los szeklers con sus pieles de oveja blancas y los eslovacos con las suyas de colores; estos últimos llevaban, a modo de lanza, sus largos bastones con un hacha en el extremo. Al caer la tarde comenzó a hacer mucho frío, y el crepúsculo creciente pareció fundir en una sola bruma oscura la penumbra de los árboles, robles, hayas y pinos, aunque en los valles que se extendían profundamente entre las estribaciones de las colinas, a medida que ascendíamos por el Paso, los oscuros abetos destacaban aquí y allá contra el fondo de la nieve persistente. A veces, como el camino estaba cortado a través de los pinares que parecían cerrarse sobre nosotros en la oscuridad, grandes masas de grisáceo, que aquí y allá cubrían los árboles, producían un efecto peculiarmente extraño y solemne, que prolongaba los pensamientos y las lúgubres fantasías engendradas al principio de la tarde, cuando la puesta de sol ponía en extraño relieve las nubes fantasmales que, entre los Cárpatos, parecen serpentear incesantemente por los valles. A veces las colinas eran tan empinadas que, a pesar de la prisa de nuestro conductor, los caballos solo podían avanzar lentamente. Quise bajarme y subir a pie, como hacemos en casa, pero el conductor no quiso oír hablar de ello. «No, no», dijo; «no debe caminar aquí; ¡los perros son demasiado feroces!» y luego añadió, con lo que evidentemente pretendía ser una broma lúgubre —pues miró a su alrededor para captar la sonrisa de aprobación de los demás—, «y es posible que tenga suficiente de tales asuntos antes de irse a dormir». La única parada que hizo fue una breve pausa para encender sus lámparas.
Cuando oscureció pareció haber cierta agitación entre los pasajeros, y no dejaban de hablarle, uno tras otro, como si le instaran a aumentar la velocidad. Azotó a los caballos sin piedad con su largo látigo y, con gritos salvajes de ánimo, los incitó a mayores esfuerzos. Entonces, a través de la oscuridad, pude ver una especie de mancha de luz gris ante nosotros, como si hubiera una hendidura en las colinas. La agitación de los pasajeros aumentó; el destartalado carruaje se mecía sobre sus grandes muelles de cuero y se balanceaba como un barco zarandeado en un mar tormentoso. Tuve que agarrarme fuerte. El camino se volvió más llano y parecimos salir volando. Entonces las montañas parecieron acercarse a nosotros por ambos lados y mirarnos con ceño; estábamos entrando en el Paso de Borgo. Uno a uno, varios de los pasajeros me ofrecieron regalos, que me insistieron en aceptar con una seriedad que no admitía negativa; eran, ciertamente, de una clase extraña y variada, pero cada uno fue entregado con simple buena fe, con una palabra amable, una bendición y esa extraña mezcla de gestos que significan miedo, los mismos que había visto fuera del hotel en Bistritz: la señal de la cruz y el amuleto contra el mal de ojo. Entonces, mientras volábamos, el conductor se inclinó hacia adelante y, a cada lado, los pasajeros, asomándose por el borde del carruaje, escudriñaban ansiosamente la oscuridad. Era evidente que algo muy emocionante estaba sucediendo o se esperaba, pero aunque pregunté a cada pasajero, nadie quiso darme la menor explicación. Este estado de agitación continuó durante algún tiempo; y al fin vimos ante nosotros el Paso abriéndose por el lado oriental. Había nubes oscuras y errantes sobre nuestras cabezas, y en el aire la pesada y opresiva sensación de tormenta. Parecía como si la cadena montañosa hubiera separado dos atmósferas y que ahora hubiéramos entrado en la tormentosa. Yo mismo buscaba ya el transporte que debía llevarme con el Conde. En cada momento esperaba ver el resplandor de las lámparas a través de la negrura; pero todo estaba oscuro. La única luz eran los rayos parpadeantes de nuestras propias lámparas, en los que el vaho de nuestros caballos, conducidos con esfuerzo, se elevaba en una nube blanca. Ahora podíamos ver el camino de arena blanco ante nosotros, pero no había rastro de vehículo alguno. Los pasajeros retrocedieron con un suspiro de alivio que pareció burlarse de mi propia decepción. Ya estaba pensando qué era lo mejor que podía hacer cuando el conductor, mirando su reloj, dijo a los demás algo que apenas pude oír, pues lo dijo tan bajo y en un tono tan tenue; me pareció que era: «Una hora menos del tiempo». Luego, volviéndose hacia mí, dijo en un alemán peor que el mío:
—Aquí no hay carruaje. El Herr no es esperado, después de todo. Ahora vendrá a Bucovina y regresará mañana o al día siguiente; mejor al día siguiente. Mientras hablaba, los caballos comenzaron a relinchar, resoplar y encabritarse salvajemente, de modo que el conductor tuvo que sujetarlos. Entonces, entre un coro de gritos de los campesinos y un santiguarse universal, una calesa, con cuatro caballos, apareció detrás de nosotros, nos adelantó y se detuvo junto al carruaje. Pude ver, por el destello de nuestras lámparas al caer los rayos sobre ellos, que los caballos eran negros como el carbón y unos animales espléndidos. Los conducía un hombre alto, con una larga barba castaña y un gran sombrero negro que parecía ocultar su rostro. Solo pude ver el brillo de un par de ojos muy brillantes, que parecían rojos a la luz de la lámpara, cuando se volvió hacia nosotros. Le dijo al conductor:
—Llegas temprano esta noche, amigo mío. El hombre tartamudeó en respuesta:
—El Herr inglés tenía prisa —a lo que el extraño replicó:
—Supongo que por eso deseabas que siguiera hasta Bucovina. No puedes engañarme, amigo mío; sé demasiado y mis caballos son veloces. Mientras hablaba, sonrió, y la luz de la lámpara cayó sobre una boca de aspecto duro, con labios muy rojos y dientes afilados, tan blancos como el marfil. Uno de mis compañeros susurró a otro el verso de la «Lenore» de Bürger:
—«Denn die Todten reiten schnell». («Porque los muertos viajan deprisa»).
El extraño conductor evidentemente oyó las palabras, pues alzó la vista con una sonrisa resplandeciente. El pasajero apartó el rostro, al tiempo que levantaba dos dedos y se santiguaba. —Dame el equipaje del Herr —dijo el conductor; y con extrema prontitud mis maletas fueron bajadas y puestas en la calesa. Entonces bajé del costado del carruaje, ya que la calesa estaba muy cerca, y el conductor me ayudó con una mano que me agarró el brazo con un agarre de acero; su fuerza debía de ser prodigiosa. Sin decir palabra, sacudió las riendas, los caballos giraron y nos lanzamos a la oscuridad del Paso. Al mirar atrás, vi el vaho de los caballos del carruaje a la luz de las lámparas, y proyectadas sobre él, las figuras de mis antiguos compañeros santiguándose. Entonces el conductor restalló su látigo y llamó a sus caballos, y partieron a toda velocidad en su camino hacia Bucovina.
A medida que se hundían en la oscuridad, sentí un extraño escalofrío y una sensación de soledad se apoderó de mí; pero una capa fue arrojada sobre mis hombros, una manta sobre mis rodillas, y el conductor dijo en un excelente alemán:
—La noche es fría, mein Herr, y mi amo, el Conde, me ordenó que le cuidara con todo esmero. Hay un frasco de slivovitz [el aguardiente de ciruela del país] debajo del asiento, por si lo necesita. No tomé nada, pero me reconfortaba saber que estaba ahí, a pesar de todo. Me sentía un poco extraño, y no poco asustado. Creo que si hubiera habido alguna alternativa, la habría tomado en lugar de proseguir aquel viaje nocturno desconocido. El carruaje avanzaba a buen ritmo por el camino recto, luego dimos una vuelta completa y seguimos por otro camino recto. Me pareció que simplemente estábamos recorriendo una y otra vez el mismo terreno; así que tomé nota de algunos puntos destacados y comprobé que así era. Me habría gustado preguntar al conductor qué significaba todo aquello, pero realmente temía hacerlo, pues pensé que, en mi situación, cualquier protesta no habría tenido efecto en caso de que hubiera una intención de retrasarme. Sin embargo, poco después, como tenía curiosidad por saber cómo pasaba el tiempo, encendí una cerilla y, con su llama, miré mi reloj; faltaban pocos minutos para medianoche. Esto me causó una especie de choque, pues supongo que la superstición general sobre la medianoche se vio acrecentada por mis recientes experiencias. Esperé con una sensación enfermiza de suspense.
Entonces, un perro comenzó a aullar en algún lugar de una granja, lejos en el camino; un aullido largo y agonizante, como de miedo. El sonido fue recogido por otro perro, y luego otro y otro, hasta que, llevado por el viento que ahora suspiraba suavemente a través del Paso, comenzó un aullido salvaje que parecía provenir de todas partes del país, hasta donde la imaginación podía abarcar en la penumbra de la noche. Al primer aullido, los caballos comenzaron a tensarse y encabritarse, pero el conductor les habló con calma y se tranquilizaron, aunque temblaban y sudaban como si acabaran de huir por un susto repentino. Entonces, a lo lejos, desde las montañas a ambos lados de nosotros, comenzó un aullido más fuerte y agudo, el de los lobos, que afectó a los caballos y a mí de la misma manera; pues tuve ganas de saltar de la calesa y correr, mientras ellos volvían a encabritarse y a forcejear locamente, de modo que el conductor tuvo que emplear toda su gran fuerza para evitar que se desbocaran. En pocos minutos, sin embargo, mis propios oídos se acostumbraron al sonido y los caballos se tranquilizaron lo suficiente como para que el conductor pudiera bajar y ponerse delante de ellos. Los acarició y calmó, y les susurró algo al oído, como he oído que hacen los domadores de caballos, y con un efecto extraordinario, pues bajo sus caricias se volvieron bastante manejables de nuevo, aunque todavía temblaban. El conductor volvió a tomar asiento y, sacudiendo las riendas, partió a gran velocidad. Esta vez, tras llegar al lado opuesto del Paso, giró bruscamente por un camino estrecho que se desviaba bruscamente a la derecha.
Pronto nos vimos rodeados de árboles, que en algunos lugares formaban un arco sobre el camino, de modo que pasábamos como por un túnel; y de nuevo grandes rocas amenazadoras nos custodiaban audazmente a ambos lados. Aunque estábamos a resguardo, podíamos oír el viento creciente, pues gemía y silbaba a través de las rocas, y las ramas de los árboles chocaban entre sí mientras avanzábamos. Cada vez hacía más frío, y comenzó a caer una fina nieve pulverizada, de modo que pronto nosotros y todo lo que nos rodeaba quedamos cubiertos con un manto blanco. El viento gélido seguía trayendo el aullido de los perros, aunque se iba debilitando a medida que continuábamos nuestro camino. El aullido de los lobos sonaba cada vez más cerca, como si nos estuvieran rodeando por todas partes. Sentí un miedo terrible, y los caballos compartieron mi temor; pero el conductor no estaba en absoluto perturbado. No dejaba de girar la cabeza a izquierda y derecha, pero yo no podía ver nada a través de la oscuridad.
De repente, a nuestra izquierda, vi una tenue llama azul parpadeante. El conductor la vio al mismo tiempo; inmediatamente frenó a los caballos y, saltando a tierra, desapareció en la oscuridad. No supe qué hacer, sobre todo porque el aullido de los lobos se acercaba más; pero mientras me preguntaba, el conductor apareció de repente de nuevo y, sin decir palabra, tomó su asiento y reanudamos nuestro viaje. Creo que debí de quedarme dormido y seguir soñando con el incidente, pues parecía repetirse sin fin y ahora, al recordarlo, es como una especie de pesadilla horrible. Una vez, la llama apareció tan cerca del camino que, incluso en la oscuridad que nos rodeaba, pude observar los movimientos del conductor. Fue rápidamente hacia donde surgía la llama azul —debía de ser muy tenue, pues no parecía iluminar en absoluto el lugar que la rodeaba— y, recogiendo unas cuantas piedras, las dispuso formando algún tipo de figura. En una ocasión se produjo un extraño efecto óptico: cuando se interpuso entre mí y la llama, no la obstruyó, pues pude ver su parpadeo fantasmal de todos modos. Esto me sobresaltó, pero como el efecto fue solo momentáneo, supuse que mis ojos me engañaban al esforzarme en atravesar la oscuridad. Luego, durante un tiempo, no hubo más llamas azules, y seguimos a toda velocidad a través de la penumbra, con el aullido de los lobos a nuestro alrededor, como si nos siguieran en un círculo móvil.
Por fin llegó un momento en que el conductor se alejó más que nunca, y durante su ausencia los caballos comenzaron a temblar peor que nunca y a resoplar y relinchar de miedo. No pude ver ninguna causa para ello, pues el aullido de los lobos había cesado por completo; pero justo entonces la luna, navegando a través de las nubes negras, apareció detrás de la cresta dentada de una roca amenazadora cubierta de pinos, y a su luz vi a nuestro alrededor un círculo de lobos, con dientes blancos y lenguas rojas colgantes, con extremidades largas y nervudas y pelo hirsuto. Eran cien veces más terribles en el lúgubre silencio que los contenía que cuando aullaban. Yo mismo sentí una especie de parálisis de miedo. Solo cuando un hombre se siente frente a frente con tales horrores puede comprender su verdadero significado.
De repente, los lobos empezaron a aullar como si la luz de la luna hubiera tenido algún efecto peculiar sobre ellos. Los caballos saltaron y se encabritaron, y miraron impotentes a su alrededor con ojos que rodaban de una manera dolorosa de ver; pero el anillo viviente de terror los rodeaba por todos lados, y se vieron obligados a permanecer dentro de él. Llamé al cochero para que viniera, pues me pareció que nuestra única oportunidad era intentar romper el anillo y ayudar a su acercamiento. Grité y golpeé el costado de la calesa, esperando que el ruido asustara a los lobos de aquel lado, para darle la oportunidad de llegar al vehículo. Cómo llegó hasta allí, no lo sé, pero oí su voz alzada en un tono de mando imperioso y, mirando hacia donde venía el sonido, le vi de pie en el camino. Al mover sus largos brazos, como si apartara algún obstáculo impalpable, los lobos retrocedieron aún más lejos. Justo entonces una nube pesada pasó por la cara de la luna, de modo que volvimos a quedar en la oscuridad.
Cuando pude ver de nuevo, el conductor estaba subiendo a la calesa y los lobos habían desaparecido. Todo esto era tan extraño y misterioso que me invadió un miedo terrible, y tuve miedo de hablar o moverme. El tiempo pareció interminable mientras avanzábamos, ahora en casi total oscuridad, pues las nubes errantes oscurecían la luna. Seguimos ascendiendo, con períodos ocasionales de rápido descenso, pero en general siempre ascendiendo. De repente fui consciente de que el conductor estaba deteniendo a los caballos en el patio de un vasto castillo en ruinas, de cuyas altas ventanas negras no salía ningún rayo de luz, y cuyos almenados rotos mostraban una línea dentada contra el cielo iluminado por la luna.
CAPÍTULO II.
/Diario de Jonathan Harker/--continuación.
5 de mayo.--Debo de haberme quedado dormido, pues ciertamente si hubiera estado completamente despierto me habría dado cuenta de la llegada a un lugar tan notable. En la penumbra, el patio parecía de un tamaño considerable, y como varios caminos oscuros partían de él bajo grandes arcos redondos, quizá parecía más grande de lo que es en realidad. Todavía no he podido verlo a la luz del día.
Cuando la calesa se detuvo, el conductor saltó y me tendió la mano para ayudarme a bajar. De nuevo no pude dejar de notar su prodigiosa fuerza. Su mano parecía realmente un torno de acero que podría haber aplastado la mía si hubiera querido. Luego sacó mis maletas y las puso en el suelo a mi lado mientras yo estaba cerca de una gran puerta, vieja y tachonada con grandes clavos de hierro, y situada en un portal saliente de piedra maciza. Pude ver, incluso con la luz tenue, que la piedra estaba tallada masivamente, pero que el tallado estaba muy desgastado por el tiempo y la intemperie. Mientras yo estaba allí, el conductor volvió a saltar a su asiento y sacudió las riendas; los caballos arrancaron y el vehículo y todo lo demás desaparecieron por una de las aberturas oscuras.
Me quedé en silencio donde estaba, pues no sabía qué hacer. No había señales de campana ni aldaba; a través de estos muros amenazadores y oscuras aberturas de ventanas no era probable que mi voz pudiera penetrar. El tiempo que esperé pareció infinito, y sentí dudas y miedos que me abrumaban. ¿A qué clase de lugar había llegado y entre qué clase de gente? ¿Qué clase de sombría aventura era aquella en la que me había embarcado? ¿Era este un incidente habitual en la vida de un pasante de abogado enviado a explicar la compra de una propiedad en Londres a un extranjero? ¡Pasante de abogado! A Mina no le gustaría eso. Abogado, pues justo antes de salir de Londres recibí la noticia de que mi examen había sido un éxito; ¡y ahora soy un abogado hecho y derecho! Empecé a frotarme los ojos y a pellizcarme para ver si estaba despierto. Todo me parecía una pesadilla horrible, y esperaba despertar de repente y encontrarme en casa, con el amanecer luchando por entrar por las ventanas, como me había sentido de vez en cuando por la mañana después de un día de exceso de trabajo. Pero mi carne respondió a la prueba del pellizco, y mis ojos no se dejaban engañar. Estaba realmente despierto y entre los Cárpatos. Todo lo que podía hacer ahora era ser paciente y esperar la llegada de la mañana.
Justo cuando llegaba a esta conclusión, oí un paso pesado acercándose detrás de la gran puerta y vi a través de las grietas el brillo de una luz que se aproximaba. Luego se oyó el ruido de cadenas traqueteando y el choque de cerrojos macizos al retirarse. Una llave giró con el fuerte chirrido de un largo desuso, y la gran puerta se abrió de par en par.
Dentro, estaba de pie un anciano alto, afeitado excepto por un largo bigote blanco, y vestido de negro de pies a cabeza, sin una sola mota de color en ninguna parte. Sostenía en su mano una antigua lámpara de plata, en la que la llama ardía sin chimenea ni globo de ninguna clase, proyectando largas y temblorosas sombras al parpadear en la corriente de aire de la puerta abierta. El anciano me hizo señas para que entrara con la mano derecha, con un gesto cortés, diciendo en un inglés excelente, pero con una extraña entonación:
—¡Bienvenido a mi casa! ¡Entre libremente y por su propia voluntad! No hizo ningún ademán de avanzar a mi encuentro, sino que permaneció como una estatua, como si su gesto de bienvenida le hubiera fijado en piedra. Sin embargo, en el instante en que hube cruzado el umbral, se movió impulsivamente hacia adelante y, tendiéndome la mano, me agarró la mía con una fuerza que me hizo estremecer, un efecto que no se vio disminuido por el hecho de que parecía fría como el hielo, más parecida a la mano de un hombre muerto que a la de uno vivo. De nuevo dijo:
«Bienvenido a mi casa. Entre libremente. Váyase sano y salvo; ¡y deje algo de la felicidad que trae consigo!». La fuerza del apretón de manos era tan parecida a la que había notado en el cochero, cuyo rostro no había visto, que por un momento dudé de si no sería la misma persona a la que me dirigía; así que, para asegurarme, dije interrogativamente:
«¿El Conde Drácula?». Él hizo una reverencia cortés mientras respondía:
«Soy Drácula; y le doy la bienvenida, Sr. Harker, a mi casa. Entre; el aire de la noche es frío y usted necesitará comer y descansar». Mientras hablaba, colocó la lámpara en un soporte en la pared y, saliendo, tomó mi equipaje; lo había llevado dentro antes de que pudiera adelantármele. Protesté, pero él insistió:
«No, señor, usted es mi invitado. Es tarde y mi gente no está disponible. Permítame ocuparme yo mismo de su comodidad». Insistió en llevar mis maletas por el pasillo y luego por una gran escalera de caracol, y a lo largo de otro gran pasillo, en cuyo suelo de piedra nuestros pasos resonaban con fuerza. Al final de este abrió de golpe una pesada puerta, y me alegré al ver dentro una habitación bien iluminada en la que una mesa estaba puesta para la cena, y en cuyo enorme hogar ardía y resplandecía un gran fuego de leña.
El Conde se detuvo, dejando mis maletas, cerró la puerta y, cruzando la habitación, abrió otra puerta que conducía a una pequeña estancia octogonal iluminada por una sola lámpara y, al parecer, sin ventana de ningún tipo. Pasando por ella, abrió otra puerta y me hizo señas para que entrara. Fue una visión bienvenida, pues allí había un gran dormitorio bien iluminado y calentado con otro fuego de leña, que enviaba un rugido hueco por la ancha chimenea. El propio Conde dejó mi equipaje dentro y se retiró, diciendo antes de cerrar la puerta:
«Usted necesitará, después de su viaje, refrescarse aseándose. Confío en que encontrará todo lo que desea. Cuando esté listo, venga a la otra habitación, donde encontrará su cena preparada».
La luz, el calor y la cortés bienvenida del Conde parecieron haber disipado todas mis dudas y temores. Habiendo alcanzado entonces mi estado normal, descubrí que estaba medio muerto de hambre; así que, tras un aseo apresurado, fui a la otra habitación.
Encontré la cena ya servida. Mi anfitrión, que estaba a un lado de la gran chimenea, apoyado contra la piedra, hizo un elegante gesto con la mano hacia la mesa y dijo:
«Le ruego que tome asiento y cene como le plazca. Confío en que me disculpará si no le acompaño, pero ya he cenado y no suelo comer por la noche».
Le entregué la carta sellada que el Sr. Hawkins me había confiado. La abrió y la leyó con gravedad; luego, con una sonrisa encantadora, me la entregó para que la leyera. Un pasaje de la misma, al menos, me produjo una punzada de placer:
«Lamento mucho que un ataque de gota, dolencia que padezco constantemente, me impida absolutamente viajar durante algún tiempo; pero me alegra decir que puedo enviar a un sustituto adecuado, alguien en quien tengo toda la confianza posible. Es un joven lleno de energía y talento a su manera, y de una disposición muy fiel. Es discreto y silencioso, y se ha hecho hombre a mi servicio. Estará listo para atenderle cuando usted lo desee durante su estancia, y seguirá sus instrucciones en todos los asuntos».
El propio Conde se adelantó y quitó la tapa de un plato, y yo me puse de inmediato con un excelente pollo asado. Esto, junto con algo de queso, una ensalada y una botella de Tokay añejo, del cual bebí dos copas, fue mi cena. Durante el tiempo que estuve comiendo, el Conde me hizo muchas preguntas sobre mi viaje, y le conté poco a poco todo lo que había experimentado.
Para entonces había terminado mi cena y, por deseo de mi anfitrión, había acercado una silla junto al fuego y comenzado a fumar un cigarro que él me ofreció, disculpándose al mismo tiempo por no fumar él mismo. Tuve entonces la oportunidad de observarle y lo encontré de una fisonomía muy marcada.
Su rostro era fuerte, muy fuerte, aguileño, con un puente nasal alto y fino y fosas nasales singularmente arqueadas; con una frente alta y abovedada, y cabello que crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran muy pobladas, casi se unían sobre la nariz, y con un pelo espeso que parecía rizarse en su propia abundancia. La boca, por lo que pude ver bajo el espeso bigote, era firme y de aspecto más bien cruel, con unos dientes blancos singularmente afilados; estos sobresalían sobre los labios, cuya notable rojez mostraba una vitalidad asombrosa en un hombre de su edad. Por lo demás, sus orejas eran pálidas y extremadamente puntiagudas en la parte superior; la barbilla era ancha y fuerte, y las mejillas firmes aunque delgadas. El efecto general era de una palidez extraordinaria.
Hasta entonces me había fijado en el dorso de sus manos mientras descansaban sobre sus rodillas a la luz del fuego, y me habían parecido bastante blancas y finas; pero al verlas ahora cerca de mí, no pude dejar de notar que eran más bien toscas, anchas, con dedos cortos. Por extraño que parezca, había pelos en el centro de la palma. Las uñas eran largas y finas, y cortadas en punta afilada. Mientras el Conde se inclinaba sobre mí y sus manos me rozaban, no pude reprimir un estremecimiento. Quizás fuera que su aliento era rancio, pero me invadió una horrible sensación de náusea que, hiciera lo que hiciera, no pude ocultar. El Conde, al notarlo evidentemente, se echó hacia atrás; y con una mueca de sonrisa, que mostró más de lo que hasta entonces había hecho sus dientes protuberantes, se sentó de nuevo en su lado de la chimenea. Ambos estuvimos en silencio durante un rato; y mientras miraba hacia la ventana vi el primer tenue rayo del amanecer venidero. Parecía haber una extraña quietud sobre todo; pero mientras escuchaba, oí, como si viniera de abajo en el valle, el aullido de muchos lobos. Los ojos del Conde brillaron y dijo:
«Escúchelos, los hijos de la noche. ¡Qué música hacen!». Al ver, supongo, alguna expresión en mi rostro extraña para él, añadió:
«Ah, señor, ustedes los habitantes de la ciudad no pueden comprender los sentimientos del cazador». Luego se levantó y dijo:
«Pero usted debe estar cansado. Su dormitorio está listo, y mañana dormirá tanto como quiera. Tengo que estar fuera hasta la tarde; ¡así que duerma bien y sueñe bien!». Y, con una cortés reverencia, abrió él mismo la puerta a la habitación octogonal, y entré en mi dormitorio...
Estoy en un mar de maravillas. Dudo; temo; pienso cosas extrañas que no me atrevo a confesar ni a mi propia alma. ¡Que Dios me guarde, aunque solo sea por el bien de aquellos que me son queridos!
7 de mayo.—Es de nuevo temprano por la mañana, pero he descansado y disfrutado de las últimas veinticuatro horas. Dormí hasta tarde en el día y desperté por mi propia voluntad. Cuando me hube vestido, fui a la habitación donde habíamos cenado y encontré un desayuno frío servido, con café mantenido caliente al haber colocado la cafetera en el hogar. Había una tarjeta sobre la mesa, en la que estaba escrito:
«Tengo que estar ausente por un tiempo. No me espere.—D.». Así que me puse a ello y disfruté de una comida abundante. Cuando terminé, busqué una campana para poder avisar a los sirvientes de que había terminado, pero no pude encontrar ninguna. Ciertamente hay deficiencias extrañas en la casa, considerando las extraordinarias pruebas de riqueza que me rodean. El servicio de mesa es de oro, y está tan bellamente labrado que debe ser de inmenso valor. Las cortinas y la tapicería de las sillas y sofás y los cortinajes de mi cama son de las telas más costosas y hermosas, y deben haber sido de un valor fabuloso cuando se hicieron, pues tienen siglos de antigüedad, aunque están en excelente estado. Vi algo parecido en Hampton Court, pero allí estaban desgastados, deshilachados y apolillados. Pero, aun así, en ninguna de las habitaciones hay un espejo. Ni siquiera hay un espejo de aseo en mi mesa, y tuve que sacar el pequeño espejo de afeitar de mi maleta antes de poder afeitarme o cepillarme el cabello. Todavía no he visto a ningún sirviente por ninguna parte, ni he oído un sonido cerca del castillo excepto el aullido de los lobos. Cuando hube terminado mi comida —no sé si llamarlo desayuno o cena, pues eran entre las cinco y las seis de la tarde cuando la tomé—, busqué algo para leer, pues no me gustaba ir por el castillo hasta no haber pedido permiso al Conde. No había absolutamente nada en la habitación, ni libro, ni periódico, ni siquiera material de escritura; así que abrí otra puerta de la estancia y encontré una especie de biblioteca. Intenté abrir la puerta opuesta a la mía, pero la encontré cerrada con llave.
En la biblioteca encontré, para mi gran deleite, una vasta cantidad de libros en inglés, estanterías enteras llenas de ellos, y volúmenes encuadernados de revistas y periódicos. Una mesa en el centro estaba llena de revistas y periódicos ingleses, aunque ninguno de ellos era de fecha muy reciente. Los libros eran de la índole más variada: historia, geografía, política, economía política, botánica, geología, derecho; todo relacionado con Inglaterra y la vida, costumbres y modales ingleses. Había incluso libros de consulta como el Directorio de Londres, los libros «Red» y «Blue», el Almanaque de Whitaker, las listas del Ejército y la Marina, y —de alguna manera alegró mi corazón verlo— la Lista de Abogados.
Mientras miraba los libros, la puerta se abrió y el Conde entró. Me saludó cordialmente y esperaba que hubiera pasado una buena noche. Luego continuó:
«Me alegra que haya encontrado el camino hasta aquí, pues estoy seguro de que hay mucho que le interesará. Estos amigos» —y puso su mano sobre algunos de los libros— «han sido buenos amigos para mí, y desde hace algunos años, desde que tuve la idea de ir a Londres, me han proporcionado muchas, muchas horas de placer. A través de ellos he llegado a conocer su gran Inglaterra; y conocerla es amarla. Anhelo recorrer las calles concurridas de su poderoso Londres, estar en medio del torbellino y el ajetreo de la humanidad, compartir su vida, su cambio, su muerte y todo lo que la hace ser lo que es. Pero, ¡ay!, hasta ahora solo conozco su lengua a través de los libros. De usted, mi amigo, espero aprender a hablarla».
«Pero, Conde», dije, «¡usted conoce y habla inglés perfectamente!». Él hizo una reverencia con gravedad.
«Le agradezco, mi amigo, su estimación demasiado halagadora, pero aun así temo que estoy solo en el comienzo del camino que deseo recorrer. Es cierto, conozco la gramática y las palabras, pero todavía no sé cómo hablarlas».
«En verdad», dije, «usted habla excelentemente».
«No es así», respondió. «Sé bien que, si me moviera y hablara en su Londres, no habría nadie que no me reconociera como un extraño. Eso no es suficiente para mí. Aquí soy noble; soy boyardo; la gente común me conoce y soy el amo. Pero un extraño en tierra extraña, él no es nadie; los hombres no lo conocen, y a quien no se conoce no se le tiene en cuenta. Me conformo con ser como los demás, para que ningún hombre se detenga si me ve, o haga una pausa al hablar si escucha mis palabras, para decir: “¡Ja, ja! ¡Un extraño!”. He sido amo durante tanto tiempo que quisiera seguir siéndolo, o al menos que ningún otro sea mi amo. Usted viene a mí no solo como agente de mi amigo Peter Hawkins, de Exeter, para contarme todo sobre mi nueva propiedad en Londres. Confío en que descansará aquí conmigo un tiempo, para que, hablando, pueda aprender la entonación inglesa; y desearía que me diga cuando cometa un error, incluso el más pequeño, al hablar. Siento haber tenido que estar fuera tanto tiempo hoy; pero usted, lo sé, perdonará a alguien que tiene tantos asuntos importantes entre manos».
Por supuesto, dije todo lo que pude sobre mi disposición a ayudar, y pregunté si podía entrar en esa habitación cuando quisiera. Él respondió: «Sí, ciertamente», y añadió:
«Puede ir a cualquier parte que desee en el castillo, excepto donde las puertas están cerradas con llave, donde, por supuesto, no deseará ir. Hay una razón por la que todas las cosas son como son, y si usted viera con mis ojos y supiera con mi conocimiento, quizás comprendería mejor». Dije que estaba seguro de ello, y entonces continuó:
«Estamos en Transilvania; y Transilvania no es Inglaterra. Nuestras costumbres no son las suyas, y habrá para usted muchas cosas extrañas. Es más, por lo que ya me ha contado de sus experiencias, usted sabe algo de las cosas extrañas que puede haber aquí».
Esto dio lugar a mucha conversación. Y como era evidente que quería hablar, aunque solo fuera por el gusto de hacerlo, le hice muchas preguntas sobre cosas que ya me habían sucedido o de las que me había dado cuenta. A veces esquivaba el tema o cambiaba la conversación fingiendo no entender; pero por lo general respondía a todo lo que le preguntaba con la mayor franqueza. Luego, a medida que pasaba el tiempo y me había vuelto algo más audaz, le pregunté por algunas de las cosas extrañas de la noche anterior, como, por ejemplo, por qué el cochero fue a los lugares donde vimos las llamas azules. ¿Era cierto que indicaban dónde estaba oculto el oro? Entonces me explicó que era creencia común que en cierta noche del año —la noche pasada, de hecho, cuando se supone que todos los espíritus malignos tienen libertad de acción— se ve una llama azul sobre cualquier lugar donde se haya ocultado un tesoro. «Que ese tesoro se ha ocultado», continuó, «en la región por la que usted vino anoche, no puede haber muchas dudas; pues fue el terreno por el que lucharon durante siglos el valaco, el sajón y el turco. Vaya, casi no hay un palmo de tierra en toda esta región que no haya sido enriquecido con la sangre de los hombres, patriotas o invasores. En los viejos tiempos hubo épocas agitadas, cuando el austriaco y el húngaro venían en hordas, y los patriotas salían a su encuentro —hombres y mujeres, los ancianos y también los niños— y esperaban su llegada en las rocas sobre los pasos, para poder arrasarlos con sus avalanchas artificiales. Cuando el invasor triunfaba, no encontraba casi nada, pues lo que hubiera estado resguardado en la tierra amiga».
«Pero, ¿cómo», dije, «ha podido permanecer tanto tiempo sin ser descubierto, cuando hay un índice seguro de ello si los hombres se tomaran la molestia de mirar?». El Conde sonrió, y mientras sus labios se retraían sobre las encías, los largos y afilados dientes caninos se mostraron de forma extraña; respondió:
«¡Porque su campesino es, en el fondo, un cobarde y un tonto! Esas llamas solo aparecen una noche. Y en esa noche ningún hombre de esta tierra, si puede evitarlo, se moverá fuera de sus puertas. Y, querido señor, incluso si lo hiciera, no sabría qué hacer. Vaya, incluso el campesino que usted me dice que marcó el lugar de la llama no sabría dónde buscar a la luz del día ni siquiera para su propio trabajo. Usted no sería capaz, me atrevo a jurar, de encontrar estos lugares de nuevo, ¿verdad?».
«En eso tiene razón», dije. «No sé más que los muertos dónde buscar siquiera». Luego pasamos a otros asuntos.
«Vamos», dijo por fin, «hábleme de Londres y de la casa que ha conseguido para mí». Con una disculpa por mi descuido, fui a mi propia habitación para buscar los papeles de mi maleta. Mientras los ordenaba, oí un tintineo de porcelana y plata en la habitación contigua, y al pasar, noté que la mesa había sido despejada y la lámpara encendida, pues para entonces ya era bien entrada la oscuridad. Las lámparas también estaban encendidas en el estudio o biblioteca, y encontré al Conde tumbado en el sofá, leyendo, de entre todas las cosas del mundo, una Guía Bradshaw inglesa. Cuando entré, retiró los libros y papeles de la mesa; y con él revisé planos, escrituras y cifras de toda clase. Estaba interesado en todo y me hizo una miríada de preguntas sobre el lugar y sus alrededores. Claramente había estudiado de antemano todo lo que pudo obtener sobre el tema del vecindario, pues, evidentemente, al final sabía mucho más que yo. Cuando comenté esto, respondió:
«Bueno, pero, mi amigo, ¿no es necesario que lo haga? Cuando vaya allí estaré solo, y mi amigo Harker Jonathan —no, perdóneme, caigo en la costumbre de mi país de poner su apellido primero—, mi amigo Jonathan Harker no estará a mi lado para corregirme y ayudarme. Estará en Exeter, a kilómetros de distancia, probablemente trabajando en documentos de derecho con mi otro amigo, Peter Hawkins. ¡Así es!».
Analizamos a fondo el negocio de la compra de la propiedad en Purfleet. Cuando le hube contado los hechos y obtuve su firma en los documentos necesarios, y hube escrito una carta con ellos lista para enviar por correo al Sr. Hawkins, empezó a preguntarme cómo había dado con un lugar tan adecuado. Le leí las notas que había tomado en ese momento, y que inscribo aquí:
«En Purfleet, en un camino secundario, me topé con justo el lugar que parecía necesario, y donde se mostraba un aviso deteriorado de que el lugar estaba en venta. Está rodeado por un muro alto, de estructura antigua, construido con piedras pesadas, y no ha sido reparado durante un gran número de años. Las puertas cerradas eran de pesada madera de roble viejo y hierro, todas comidas por el óxido.
La propiedad se llama Carfax, sin duda una corrupción del antiguo *Quatre Face*, ya que la casa es de cuatro lados, coincidiendo con los puntos cardinales de la brújula. Contiene en total unas veinte acres, completamente rodeadas por el sólido muro de piedra antes mencionado. Hay muchos árboles en ella, lo que la hace sombría en algunos lugares, y hay un estanque profundo y de aspecto oscuro o pequeño lago, evidentemente alimentado por algunos manantiales, ya que el agua es clara y fluye en un arroyo de buen tamaño. La casa es muy grande y de todas las épocas pasadas, diría yo, hasta los tiempos medievales, pues una parte es de piedra inmensamente gruesa, con solo unas pocas ventanas en lo alto y fuertemente protegidas con hierro. Parece parte de un torreón, y está cerca de una antigua capilla o iglesia. No pude entrar, ya que no tenía la llave de la puerta que conduce a ella desde la casa, pero he tomado con mi Kodak vistas de ella desde varios puntos. La casa ha sido ampliada, pero de una manera muy dispersa, y solo puedo adivinar la cantidad de terreno que cubre, que debe ser muy grande. Hay pocas casas cerca, siendo una de ellas una casa muy grande que solo recientemente ha sido ampliada y convertida en un asilo privado para lunáticos. Sin embargo, no es visible desde los terrenos».
Cuando hube terminado, dijo:
«Y ahora, mi buen amigo, debo dejarle para sus tareas. He de atender a muchos asuntos antes de que llegue la noche, y debo dejarle que trabaje en sus registros. Pero antes de irme, permítame decirle que, por lo que a mí respecta, considero que nos hemos hecho buenos amigos, y que le invito a que haga de este castillo su hogar. Espero que no tenga reparos en ir a donde le plazca, excepto en los lugares que le he mencionado, y que pueda encontrar diversión en sus estudios. Pero por favor, no se aventure a salir de las estancias de este castillo, pues hay muchos peligros, y los hombres de mi casa no siempre son tan civilizados como yo. Y, además, mi señor, le ruego que no se duerma en ningún otro lugar que no sea su propia habitación, pues una noche, cuando estaba caminando por mi castillo, me quedé dormido y... bueno, no importa. Pero le aseguro que no es nada agradable. ¡Buenas noches, mi buen amigo!»
Salió de la habitación, dejándome solo. Me siento un poco más tranquilo, pues, a pesar de que sus palabras son extrañas, me ha dado una libertad que no esperaba. He decidido que, cuando encuentre la ocasión, exploraré un poco este castillo. Pero, por ahora, me limitaré a escribir mis notas, pues el tiempo avanza rápidamente.
15 de mayo.—Una vez más he explorado el castillo. He encontrado muchas habitaciones, pero la mayoría están cerradas con llave. He intentado examinar las que estaban abiertas, pero no hay nada de interés en ellas. Una de ellas, sin embargo, parece ser una biblioteca, y me he pasado allí la mayor parte del día leyendo. Es curioso, pero todos los libros son sobre Inglaterra: atlas, diccionarios, guías y libros de historia. He pasado horas hojeando los mapas y familiarizándome con los lugares donde el Conde ha comprado sus fincas. Londres, Exeter y Whitby. Me pregunto por qué ha elegido esos lugares. Pero eso es asunto suyo, no mío. He encontrado un mapa detallado de la zona de Londres, y me ha sorprendido ver que la propiedad está cerca de Purfleet.
Me siento más animado hoy. El Conde se ha mostrado muy amable durante la cena, y hemos vuelto a conversar sobre Inglaterra. Siento que, poco a poco, estoy empezando a comprender su carácter. Es un hombre de una voluntad inmensa, y su orgullo por su linaje es algo que no puedo dejar de admirar. Es un aristócrata de la vieja escuela, y aunque sus maneras son algo arcaicas, no carece de una cierta nobleza. A veces me pregunto si no estaré malinterpretando su naturaleza, pues, aunque sus ojos tienen ese brillo extraño, nunca me ha hecho daño alguno. De hecho, ha sido extremadamente hospitalario.
Hoy, mientras desayunaba, el Conde entró en la habitación y me preguntó si había dormido bien. Le respondí que sí, aunque en realidad no fue así. He tenido sueños extraños, sueños de niebla y de sombras, y me he despertado sintiéndome cansado. Él me miró fijamente durante un momento, y tuve la sensación de que podía ver a través de mis pensamientos. Luego, con una sonrisa, me dijo: «La juventud es un estado de inquietud, mi joven amigo. Pero no se preocupe, aquí estará a salvo».
Me pregunto qué quiso decir con eso. ¿Estaré realmente a salvo? A veces, cuando miro por la ventana hacia el abismo, siento un escalofrío que me recorre la espalda. Pero luego, cuando el Conde me habla con tanta cortesía, me siento avergonzado de mis dudas. Supongo que es el aislamiento lo que me afecta. No he hablado con nadie más que con él desde que llegué, y el silencio de este lugar es a veces abrumador.
Pero debo mantener la calma. Tengo trabajo que hacer, y debo terminar mis informes para el Sr. Hawkins. Él depende de mí, y no puedo permitirme el lujo de dejarme llevar por mis temores. Así pues, seguiré adelante con mi tarea, y espero que pronto todo esto sea solo un recuerdo más de mis viajes.
«¿Ha escrito desde su primera carta a nuestro amigo el Sr. Peter Hawkins, o a cualquier otro?». Fue con cierta amargura en mi corazón que respondí que no, que hasta el momento no había visto oportunidad alguna de enviar cartas a nadie.
«Entonces escriba ahora, mi joven amigo», dijo, poniendo una mano pesada sobre mi hombro; «escriba a nuestro amigo y a cualquier otro; y diga, si le place, que se quedará conmigo hasta dentro de un mes».
«¿Desea que me quede tanto tiempo?», pregunté, pues mi corazón se enfrió ante el pensamiento.
«Lo deseo mucho; es más, no aceptaré un no por respuesta. Cuando su maestro, empleador, o como quiera llamarlo, se comprometió a que alguien viniera en su nombre, se entendió que solo mis necesidades debían ser consultadas. No he escatimado. ¿No es así?».
¿Qué podía hacer sino inclinarme en señal de aceptación? Era el interés del Sr. Hawkins, no el mío, y debía pensar en él, no en mí mismo; y además, mientras el Conde Drácula hablaba, había algo en sus ojos y en su porte que me hacía recordar que era un prisionero, y que si quisiera, no tendría elección. El Conde vio su victoria en mi inclinación y su dominio en la turbación de mi rostro, pues comenzó de inmediato a usar ambos, pero a su manera suave e irresistible:
«Le ruego, mi buen joven amigo, que no hable de cosas ajenas a los negocios en sus cartas. Sin duda complacerá a sus amigos saber que está bien y que espera volver pronto a casa con ellos. ¿No es así?». Mientras hablaba, me entregó tres hojas de papel de cartas y tres sobres. Todos eran del papel de correo extranjero más fino, y al mirarlos, luego a él, y notar su sonrisa silenciosa, con los afilados dientes caninos sobre el labio inferior rojo, comprendí tan bien como si lo hubiera dicho que debía tener cuidado con lo que escribía, pues él sería capaz de leerlo. Así que decidí escribir solo notas formales por ahora, pero escribir extensamente al Sr. Hawkins en secreto, y también a Mina, pues a ella podía escribirle en taquigrafía, lo cual confundiría al Conde, si es que llegaba a verla. Cuando hube escrito mis dos cartas, me quedé sentado tranquilamente, leyendo un libro mientras el Conde escribía varias notas, consultando mientras las escribía algunos libros que había sobre su mesa. Luego tomó las mías y las puso junto a las suyas, y guardó sus materiales de escritura, tras lo cual, en el instante en que la puerta se cerró tras él, me incliné y miré las cartas, que estaban boca abajo sobre la mesa. No sentí remordimiento al hacerlo, pues dadas las circunstancias, sentía que debía protegerme de todas las maneras que pudiera.
Una de las cartas estaba dirigida a Samuel F. Billington, núm. 7, The Crescent, Whitby; otra al Herr Leutner, Varna; la tercera era para Coutts & Co., Londres, y la cuarta para Herren Klopstock & Billreuth, banqueros, Buda-Pesth. La segunda y la cuarta estaban sin sellar. Estaba a punto de mirarlas cuando vi moverse el pomo de la puerta. Me hundí de nuevo en mi asiento, habiendo tenido justo el tiempo de volver a poner las cartas como estaban y retomar mi libro antes de que el Conde, sosteniendo otra carta más en su mano, entrara en la habitación. Tomó las cartas de la mesa y las selló cuidadosamente, y luego, volviéndose hacia mí, dijo:
«Confío en que me disculpará, pero tengo mucho trabajo privado que hacer esta tarde. Espero que encuentre todas las cosas como desea». En la puerta se volvió, y tras una breve pausa dijo:
«Permítame aconsejarle, mi querido joven amigo... es más, permítame advertirle con toda seriedad, que si sale de estas habitaciones, no se le ocurra bajo ninguna circunstancia dormir en ninguna otra parte del castillo. Es antiguo, tiene muchos recuerdos, y hay malos sueños para aquellos que duermen imprudentemente. ¡Esté advertido! Si el sueño le vence ahora o en cualquier otro momento, o si está a punto de hacerlo, apresúrese a llegar a su propia cámara o a estas habitaciones, pues su descanso estará entonces a salvo. Pero si no tiene cuidado en este aspecto, entonces...». Terminó su discurso de una manera espeluznante, pues hizo un gesto con las manos como si se las estuviera lavando. Lo entendí perfectamente; mi única duda era si algún sueño podría ser más terrible que la red antinatural y horrible de tristeza y misterio que parecía cerrarse a mi alrededor.
Más tarde. —Suscribo las últimas palabras escritas, pero esta vez no hay duda alguna. No temeré dormir en cualquier lugar donde él no esté. He colocado el crucifijo sobre la cabecera de mi cama; imagino que mi descanso está así más libre de sueños; y allí permanecerá.
Cuando me dejó, fui a mi habitación. Después de un rato, al no oír sonido alguno, salí y subí por la escalera de piedra hasta donde podía mirar hacia el sur. Había cierta sensación de libertad en la vasta extensión, aunque fuera inaccesible para mí, en comparación con la estrecha oscuridad del patio. Al mirar hacia afuera, sentí que estaba realmente en prisión, y parecía necesitar un soplo de aire fresco, aunque fuera de la noche. Estoy empezando a sentir que esta existencia nocturna me afecta. Está destruyendo mis nervios. Me sobresalto ante mi propia sombra y estoy lleno de todo tipo de imaginaciones horribles. ¡Dios sabe que hay motivos para cualquier miedo terrible en este lugar maldito! Miré sobre la hermosa extensión, bañada por una suave luz de luna amarilla hasta que estaba casi tan iluminada como de día. Bajo la suave luz, las colinas distantes se volvieron difusas, y las sombras en los valles y desfiladeros, de una negrura aterciopelada. La mera belleza pareció animarme; había paz y consuelo en cada aliento que tomaba. Mientras me inclinaba desde la ventana, mi ojo fue atraído por algo que se movía un piso debajo de mí, y algo a mi izquierda, donde imaginaba, por la disposición de las habitaciones, que mirarían las ventanas de la propia habitación del Conde. La ventana en la que estaba era alta y profunda, con parteluz de piedra, y aunque desgastada por el clima, todavía estaba completa; pero era evidente que hacía muchos días que el marco no estaba allí. Me retiré detrás de la mampostería y miré cuidadosamente hacia afuera.
Lo que vi fue la cabeza del Conde saliendo de la ventana. No vi el rostro, pero reconocí al hombre por el cuello y el movimiento de su espalda y brazos. En cualquier caso, no podía confundir las manos que había tenido tantas oportunidades de estudiar. Al principio me sentí interesado y algo divertido, pues es maravilloso cuán pequeña es la cuestión que interesará y divertirá a un hombre cuando es un prisionero. Pero mis sentimientos cambiaron a repulsión y terror cuando vi al hombre entero emerger lentamente de la ventana y comenzar a arrastrarse por el muro del castillo sobre aquel abismo terrible, boca abajo, con su capa extendiéndose a su alrededor como grandes alas. Al principio no podía creer lo que veían mis ojos. Pensé que era algún truco de la luz de la luna, algún efecto extraño de la sombra; pero seguí mirando, y no podía ser ninguna alucinación. Vi cómo los dedos y los pies agarraban las esquinas de las piedras, desgastadas de mortero por el paso de los años, y al usar así cada saliente e irregularidad, se movía hacia abajo con considerable velocidad, tal como se mueve un lagarto por una pared.
¿Qué clase de hombre es este, o qué clase de criatura es en semejanza de hombre? Siento que el pavor de este lugar horrible me domina; tengo miedo, un miedo terrible, y no hay escapatoria para mí; estoy rodeado de terrores en los que no me atrevo a pensar...
15 de mayo. —Una vez más he visto al Conde salir a su manera de lagarto. Se movió hacia abajo de forma lateral, unos cien pies hacia abajo, y bastante hacia la izquierda. Desapareció en algún agujero o ventana. Cuando su cabeza hubo desaparecido, me incliné para intentar ver más, pero sin éxito; la distancia era demasiado grande para permitir un ángulo de visión adecuado. Sabía que había abandonado el castillo ahora, y pensé en aprovechar la oportunidad para explorar más de lo que me había atrevido hasta ahora. Volví a la habitación y, tomando una lámpara, probé todas las puertas. Estaban todas cerradas con llave como había esperado, y las cerraduras eran comparativamente nuevas; pero bajé por las escaleras de piedra hasta el vestíbulo donde había entrado originalmente. Descubrí que podía retirar los cerrojos con bastante facilidad y desenganchar las grandes cadenas; pero la puerta estaba cerrada con llave, ¡y la llave había desaparecido! Esa llave debe estar en la habitación del Conde; debo vigilar por si su puerta queda abierta, para poder obtenerla y escapar. Continué haciendo un examen exhaustivo de las diversas escaleras y pasillos, y probando las puertas que se abrían desde ellos. Una o dos habitaciones pequeñas cerca del vestíbulo estaban abiertas, pero no había nada que ver en ellas excepto muebles antiguos, polvorientos por la edad y apolillados. Al final, sin embargo, encontré una puerta en la parte superior de una escalera que, aunque parecía estar cerrada con llave, cedió un poco bajo presión. La probé con más fuerza y descubrí que no estaba realmente cerrada con llave, sino que la resistencia provenía del hecho de que las bisagras habían cedido un poco y la pesada puerta descansaba sobre el suelo. Aquí había una oportunidad que podría no volver a tener, así que me esforcé y, con muchos esfuerzos, la forcé para poder entrar. Estaba ahora en un ala del castillo más a la derecha que las habitaciones que conocía y un piso más abajo. Desde las ventanas pude ver que la serie de habitaciones se extendía a lo largo del sur del castillo, y las ventanas de la habitación final miraban tanto al oeste como al sur. En este último lado, así como en el anterior, había un gran precipicio. El castillo estaba construido sobre la esquina de una gran roca, de modo que en tres lados era completamente inexpugnable, y se colocaron grandes ventanas allí donde la honda, el arco o la culebrina no podían alcanzar, y por consiguiente se aseguraban la luz y el confort, imposibles para una posición que debía ser custodiada. Hacia el oeste había un gran valle, y luego, elevándose muy lejos, grandes fortalezas montañosas irregulares, elevándose pico tras pico, la roca pura salpicada de serbales y espinos, cuyas raíces se aferraban a las grietas, hendiduras y resquicios de la piedra. Esta era evidentemente la parte del castillo ocupada en días pasados, pues los muebles tenían un aire de mayor confort que cualquier otro que hubiera visto. Las ventanas no tenían cortinas, y la luz de luna amarilla, inundando a través de los cristales de diamante, permitía ver incluso colores, mientras suavizaba la riqueza de polvo que yacía sobre todo y disfrazaba en cierta medida los estragos del tiempo y la polilla. Mi lámpara parecía tener poco efecto bajo la brillante luz de la luna, pero me alegraba tenerla conmigo, pues había una soledad pavorosa en el lugar que enfriaba mi corazón y hacía temblar mis nervios. Aún así, era mejor que vivir solo en las habitaciones que había llegado a odiar por la presencia del Conde, y después de intentar un poco calmar mis nervios, sentí que una suave quietud se apoderaba de mí. Aquí estoy, sentado en una pequeña mesa de roble donde en tiempos antiguos posiblemente alguna hermosa dama se sentó a escribir, con mucho pensamiento y muchos sonrojos, su carta de amor mal escrita, y escribiendo en mi diario en taquigrafía todo lo que ha sucedido desde que lo cerré la última vez. Es el siglo diecinueve al día con creces. Y sin embargo, a menos que mis sentidos me engañen, los siglos antiguos tenían, y tienen, poderes propios que la mera «modernidad» no puede matar.
Más tarde: la mañana del 16 de mayo. —Dios preserve mi cordura, pues a esto me he visto reducido. La seguridad y la garantía de seguridad son cosas del pasado. Mientras viva aquí solo hay una cosa que esperar: que no me vuelva loco, si es que no estoy loco ya. Si estoy cuerdo, entonces seguramente es enloquecedor pensar que, de todas las cosas inmundas que acechan en este lugar odioso, el Conde es la menos espantosa para mí; que solo en él puedo buscar seguridad, incluso aunque esto sea solo mientras pueda servir a su propósito. ¡Gran Dios! ¡Dios misericordioso! Déjame estar tranquilo, pues fuera de ese camino yace la locura, ciertamente. Empiezo a obtener nuevas luces sobre ciertas cosas que me han dejado perplejo. Hasta ahora nunca supe realmente qué quiso decir Shakespeare cuando hizo que Hamlet dijera:
«¡Mis tablillas! ¡Rápido, mis tablillas! Es conveniente que lo anote», etcétera,
pues ahora, sintiendo como si mi propio cerebro estuviera desquiciado o como si hubiera llegado el choque que debe terminar en su ruina, recurro a mi diario en busca de reposo. El hábito de anotar con precisión debe ayudar a calmarme.
La misteriosa advertencia del Conde me asustó en su momento; me asusta más ahora cuando pienso en ella, pues en el futuro tiene un control temible sobre mí. ¡Temeré dudar de lo que él pueda decir!
Cuando hube escrito en mi diario y afortunadamente hube guardado el libro y la pluma en mi bolsillo, sentí sueño. La advertencia del Conde vino a mi mente, pero me dio placer desobedecerla. La sensación de sueño estaba sobre mí, y con ella la obstinación que el sueño trae como escolta. La suave luz de la luna calmaba, y la vasta extensión exterior daba una sensación de libertad que me refrescaba. Decidí no volver esta noche a las habitaciones obsesionadas por la penumbra, sino dormir aquí, donde antiguamente las damas se sentaban, cantaban y vivían dulces vidas mientras sus pechos gentiles estaban tristes por sus hombres lejos, en medio de guerras despiadadas. Arrastré un gran sofá fuera de su lugar cerca de la esquina, de modo que, mientras yacía, pudiera contemplar la encantadora vista hacia el este y el sur, y sin pensar en el polvo ni preocuparme por él, me dispuse a dormir.
Supongo que debo haberme quedado dormido; espero que así sea, pero lo temo, pues todo lo que siguió fue sorprendentemente real; tan real que ahora, sentado aquí a la luz brillante y plena de la mañana, no puedo en absoluto creer que fuera todo sueño.
No estaba solo. La habitación era la misma, sin cambios de ninguna manera desde que entré en ella; podía ver a lo largo del suelo, bajo la brillante luz de la luna, mis propias huellas marcadas donde había perturbado la larga acumulación de polvo. A la luz de la luna frente a mí había tres mujeres jóvenes, damas por su vestimenta y modales. Pensé en aquel momento que debía estar soñando cuando las vi, pues, aunque la luz de la luna estaba detrás de ellas, no proyectaban ninguna sombra en el suelo. Se acercaron a mí y me miraron durante algún tiempo y luego susurraron entre sí. Dos eran oscuras y tenían narices aguileñas altas, como el Conde, y grandes ojos oscuros y penetrantes que parecían ser casi rojos cuando se contrastaban con la pálida luna amarilla. La otra era rubia, tan rubia como puede ser, con grandes masas onduladas de cabello dorado y ojos como zafiros pálidos. Parecía de alguna manera conocer su rostro, y conocerlo en conexión con algún miedo soñador, pero no podía recordar en ese momento cómo o dónde. Las tres tenían dientes blancos brillantes, que brillaban como perlas contra el rubí de sus labios voluptuosos. Había algo en ellas que me inquietaba, algún anhelo y al mismo tiempo algún miedo mortal. Sentí en mi corazón un deseo malvado y ardiente de que me besaran con esos labios rojos. No es bueno anotar esto, no sea que algún día llegue a los ojos de Mina y le cause dolor; pero es la verdad. Susurraron entre sí, y luego las tres se rieron; una risa tan plateada y musical, pero tan dura como si el sonido nunca hubiera podido salir a través de la suavidad de los labios humanos. Era como la dulzura intolerable y hormigueante de las copas de agua cuando son tocadas por una mano hábil. La joven rubia sacudió la cabeza coquetamente, y las otras dos la instaron. Una dijo:
«¡Adelante! Tú eres la primera, y nosotras seguiremos; tuyo es el derecho a empezar». La otra añadió:
«Él es joven y fuerte; hay besos para todas nosotras». Me quedé quieto, mirando bajo mis pestañas en una agonía de anticipación deliciosa. La joven rubia avanzó y se inclinó sobre mí hasta que pude sentir el movimiento de su aliento sobre mí. Era dulce en cierto sentido, dulce como la miel, y enviaba el mismo hormigueo a través de los nervios que su voz, pero con un amargor subyacente a la dulzura, una ofensa amarga, como la que uno huele en la sangre.
Tenía miedo de levantar los párpados, pero miré hacia afuera y vi perfectamente bajo las pestañas. La joven rubia se puso de rodillas y se inclinó sobre mí, deleitándose plenamente. Había una voluptuosidad deliberada que era a la vez emocionante y repulsiva, y mientras arqueaba su cuello, de hecho se lamía los labios como un animal, hasta que pude ver a la luz de la luna la humedad brillando en los labios escarlata y en la lengua roja mientras lamía los dientes blancos y afilados. Más y más abajo iba su cabeza a medida que los labios pasaban por debajo del alcance de mi boca y barbilla y parecían estar a punto de sujetarse a mi garganta. Luego se detuvo, y pude oír el sonido de batido de su lengua mientras lamía sus dientes y labios, y pude sentir el aliento caliente en mi cuello. Entonces la piel de mi garganta comenzó a hormiguear como lo hace la carne de uno cuando la mano que ha de hacer cosquillas se acerca más y más. Podía sentir el toque suave y escalofriante de los labios sobre la piel supersensible de mi garganta, y las muescas duras de dos dientes afilados, apenas tocando y haciendo una pausa allí. Cerré los ojos en un éxtasis lánguido y esperé; esperé con el corazón palpitante.
Pero en ese instante otra sensación me recorrió tan rápida como un relámpago. Fui consciente de la presencia del Conde, y de que estaba como envuelto en una tormenta de furia. Cuando mis ojos se abrieron involuntariamente, vi su mano fuerte agarrar el cuello esbelto de la mujer rubia y con la fuerza de un gigante atraerlo hacia atrás, los ojos azules transformados de furia, los dientes blancos rechinando de rabia, y las mejillas rubias ardiendo de pasión. ¡Pero el Conde! Nunca imaginé tal ira y furia, incluso en los demonios del abismo. Sus ojos estaban positivamente llameantes. La luz roja en ellos era lívida, como si las llamas del fuego del infierno ardieran detrás de ellos. Su rostro estaba mortalmente pálido, y las líneas eran duras como alambres tensos; las cejas espesas que se encontraban sobre la nariz ahora parecían una barra palpitante de metal al rojo vivo. Con un movimiento feroz de su brazo, lanzó a la mujer lejos de él, y luego hizo un gesto a las otras, como si estuviera golpeándolas para que retrocedieran; era el mismo gesto imperioso que había visto usar con los lobos. Con una voz que, aunque baja y casi un susurro, parecía cortar el aire y luego resonar por toda la habitación, dijo:
«¿Cómo os atrevéis a tocarlo, alguna de vosotras? ¿Cómo os atrevéis a clavarle los ojos cuando lo había prohibido? ¡Atrás, os lo digo a todas! ¡Este hombre me pertenece a mí! Tened cuidado de cómo os entrometéis con él, o tendréis que habéroslas conmigo». La joven rubia, con una risa de coquetería lasciva, se volvió para responderle:
«¡Tú mismo nunca amaste; tú nunca amas!». Ante esto, las otras mujeres se unieron, y una risa tan desalmada, dura y sin alegría resonó en la habitación que casi me hizo desmayar al escucharla; parecía el placer de los demonios. Entonces el Conde se volvió, después de mirar mi rostro atentamente, y dijo en un suave susurro:
«Sí, yo también puedo amar; vosotras mismas podéis contarlo por el pasado. ¿No es así? Bueno, ahora os prometo que cuando haya terminado con él, podréis besarlo a vuestro antojo. ¡Ahora id! ¡id! Debo despertarlo, pues hay trabajo que hacer».
«¿No vamos a tener nada esta noche?», dijo una de ellas, con una risa contenida, mientras señalaba la bolsa que él había arrojado al suelo y que se movía como si hubiera algo vivo dentro. Como respuesta, él asintió con la cabeza. Una de las mujeres saltó hacia adelante y la abrió. Si mis oídos no me engañaban, hubo un jadeo y un gemido bajo, como el de un niño medio asfixiado. Las mujeres cerraron el círculo a su alrededor, mientras yo estaba paralizado por el horror; pero, mientras miraba, desaparecieron, y con ellas la terrible bolsa. No había ninguna puerta cerca de ellas y no podrían haber pasado a mi lado sin que yo lo notara. Simplemente parecieron desvanecerse en los rayos de la luz de la luna y salir por la ventana, pues pude ver afuera las formas tenues y sombrías por un momento antes de que se desvanecieran por completo.
Entonces el horror me venció y caí inconsciente.
CAPÍTULO IV.
DIARIO DE JONATHAN HARKER--continuación.
Desperté en mi propia cama. Si no fue un sueño, el Conde debe haberme traído aquí. Intenté convencerme sobre el asunto, pero no pude llegar a ninguna conclusión indiscutible. Sin duda, había ciertas pequeñas evidencias, como el hecho de que mi ropa estaba doblada y dejada a un lado de una manera que no era mi costumbre. Mi reloj seguía sin cuerda, y estoy rigurosamente acostumbrado a darle cuerda como última cosa antes de ir a dormir, y muchos detalles por el estilo. Pero estas cosas no son prueba, pues podrían haber sido evidencias de que mi mente no estaba como de costumbre y, por alguna causa u otra, ciertamente me había alterado mucho. Debo estar atento a las pruebas. De una cosa me alegro: si fue el Conde quien me trajo aquí y me desvistió, debió de haber tenido prisa en su tarea, pues mis bolsillos están intactos. Estoy seguro de que este diario habría sido un misterio para él que no habría tolerado. Lo habría tomado o destruido. Mientras miro alrededor de esta habitación, aunque ha estado para mí tan llena de miedo, es ahora una especie de santuario, pues nada puede ser más espantoso que esas horribles mujeres, que estaban--que están--esperando para succionar mi sangre.
18 de mayo.--He bajado a mirar esa habitación de nuevo a la luz del día, pues debo saber la verdad. Cuando llegué al umbral en lo alto de las escaleras, lo encontré cerrado. Había sido golpeado con tanta fuerza contra el marco que parte de la madera estaba astillada. Pude ver que el pestillo de la cerradura no había sido echado, pero la puerta está asegurada desde adentro. Temo que no fue un sueño y debo actuar basándome en esta suposición.
19 de mayo.--Estoy sin duda en las garras del enemigo. Anoche, el Conde me pidió con el tono más amable que escribiera tres cartas, una diciendo que mi trabajo aquí estaba casi terminado y que partiría hacia casa dentro de pocos días, otra diciendo que salía a la mañana siguiente desde el momento de la carta, y la tercera que había dejado el castillo y llegado a Bistritz. Habría querido rebelarme, pero sentí que, en el estado actual de las cosas, sería una locura pelearme abiertamente con el Conde mientras estoy tan absolutamente en su poder; y negarme sería excitar su sospecha y despertar su ira. Él sabe que sé demasiado y que no debo vivir, no sea que sea peligroso para él; mi única oportunidad es prolongar mis oportunidades. Algo podría ocurrir que me dé una ocasión de escapar. Vi en sus ojos algo de esa ira acumulada que fue evidente cuando arrojó a aquella hermosa mujer lejos de sí. Me explicó que el correo era escaso e incierto, y que mi escritura ahora aseguraría la tranquilidad de mis amigos; y me aseguró con tanta énfasis que revocaría las cartas posteriores, que serían retenidas en Bistritz hasta el momento debido en caso de que la oportunidad permitiera prolongar mi estancia, que oponerme a él habría sido crear nuevas sospechas. Por lo tanto, fingí estar de acuerdo con sus puntos de vista y le pregunté qué fechas debía poner en las cartas. Él calculó un minuto y luego dijo:
«La primera debería ser el 12 de junio, la segunda el 19 de junio y la tercera el 29 de junio».
Ahora conozco el lapso de mi vida. ¡Dios me ayude!
28 de mayo.--Hay una oportunidad de escape, o al menos de poder enviar noticias a casa. Una banda de Szgany ha llegado al castillo y está acampada en el patio. Estos Szgany son gitanos; tengo notas sobre ellos en mi libro. Son peculiares de esta parte del mundo, aunque aliados a los gitanos ordinarios de todo el mundo. Hay miles de ellos en Hungría y Transilvania, que están casi fuera de toda ley. Por regla general, se unen a algún gran noble o boyardo y se hacen llamar por su nombre. Son intrépidos y no tienen religión, salvo la superstición, y hablan solo sus propias variedades de la lengua romaní.
Escribiré algunas cartas a casa e intentaré que las envíen por correo. Ya les he hablado a través de mi ventana para comenzar una relación. Se quitaron los sombreros e hicieron una reverencia y muchas señales, que, sin embargo, no pude entender más de lo que pude entender su lenguaje hablado...
He escrito las cartas. La de Mina está en taquigrafía, y simplemente le pido al Sr. Hawkins que se comunique con ella. A ella le he explicado mi situación, pero sin los horrores que solo puedo suponer. La conmocionaría y asustaría hasta la muerte si le expusiera mi corazón. Si las cartas no llegan, entonces el Conde aún no sabrá mi secreto ni el alcance de mi conocimiento...
He entregado las cartas; las arrojé a través de los barrotes de mi ventana con una moneda de oro e hice las señales que pude para que las enviaran. El hombre que las tomó las presionó contra su corazón e hizo una reverencia, y luego las puso en su gorra. No pude hacer más. Regresé sigilosamente al estudio y comencé a leer. Como el Conde no entró, he escrito aquí...
El Conde ha venido. Se sentó a mi lado y dijo con su voz más suave mientras abría dos cartas:
«El Szgany me ha dado esto, de lo cual, aunque no sé de dónde viene, por supuesto me ocuparé. ¡Mira!»--debe haberlo mirado--«una es tuya, y para mi amigo Peter Hawkins; la otra»--aquí vio los extraños símbolos al abrir el sobre, y la mirada oscura apareció en su rostro, y sus ojos brillaron con maldad--«la otra es una cosa vil, ¡un ultraje a la amistad y a la hospitalidad! No está firmada. ¡Bien! Así que no puede importarnos». Y con calma mantuvo la carta y el sobre en la llama de la lámpara hasta que se consumieron. Luego continuó:
«La carta a Hawkins, esa, por supuesto, la enviaré, ya que es tuya. Tus cartas son sagradas para mí. Perdóname, amigo mío, por haber roto el sello sin saberlo. ¿No la cerrarás de nuevo?». Me tendió la carta y, con una cortés inclinación, me entregó un sobre limpio. Solo pude volver a dirigirla y entregársela en silencio. Cuando salió de la habitación, pude escuchar la llave girar suavemente. Un minuto después fui y lo intenté, y la puerta estaba cerrada con llave.
Cuando, una hora o dos después, el Conde entró tranquilamente en la habitación, su llegada me despertó, pues me había quedado dormido en el sofá. Fue muy cortés y muy alegre en sus modales, y al ver que había estado durmiendo, dijo:
«Así que, amigo mío, ¿estás cansado? Ve a la cama. Ese es el descanso más seguro. Puede que no tenga el placer de hablar esta noche, ya que tengo muchas labores; pero dormirás, te lo ruego». Pasé a mi habitación y me fui a la cama, y, por extraño que parezca, dormí sin soñar. La desesperación tiene sus propias calmas.
31 de mayo.--Esta mañana, cuando desperté, pensé que me proveería de algo de papel y sobres de mi bolsa y los guardaría en mi bolsillo, para poder escribir en caso de que tuviera una oportunidad; pero otra vez una sorpresa, ¡otra vez un impacto!
Cada trozo de papel había desaparecido, y con él todas mis notas, mis memorandos relacionados con ferrocarriles y viajes, mi carta de crédito, de hecho, todo lo que podría serme útil una vez fuera del castillo. Me senté y reflexioné un rato, y luego me vino un pensamiento, e hice una búsqueda en mi maleta y en el armario donde había puesto mi ropa.
El traje con el que había viajado había desaparecido, así como mi abrigo y mi manta; no pude encontrar rastro de ellos por ninguna parte. Esto parecía algún nuevo plan de villanía...
17 de junio.--Esta mañana, mientras estaba sentado en el borde de mi cama devanándome los sesos, escuché afuera un chasquido de látigos y un golpeteo y raspado de cascos de caballos subiendo por el camino rocoso más allá del patio. Con alegría corrí a la ventana y vi entrar al patio dos grandes leiter-waggons, cada uno tirado por ocho caballos robustos, y a la cabeza de cada par un eslovaco, con su sombrero de ala ancha, gran cinturón tachonado de clavos, piel de oveja sucia y botas altas. También tenían sus largos bastones en la mano. Corrí a la puerta, con la intención de bajar e intentar unirme a ellos a través del salón principal, ya que pensé que ese camino podría estar abierto para ellos. Otro impacto: mi puerta estaba asegurada por fuera.
Entonces corrí a la ventana y les grité. Miraron hacia arriba estúpidamente y señalaron, pero justo entonces el «hetman» de los Szgany salió, y al verlos señalar hacia mi ventana, dijo algo, ante lo cual se rieron. De ahí en adelante, ningún esfuerzo mío, ningún grito lastimero o súplica agonizante, haría que siquiera me miraran. Se apartaron resueltamente. Los leiter-waggons contenían grandes cajas cuadradas con asas de cuerda gruesa; estas estaban evidentemente vacías por la facilidad con la que los eslovacos las manejaban, y por su resonancia cuando eran movidas bruscamente. Cuando fueron todas descargadas y amontonadas en un gran montón en un rincón del patio, los Szgany dieron algo de dinero a los eslovacos, y escupiendo en él por suerte, perezosamente fue cada uno a la cabeza de su caballo. Poco después escuché el chasquido de sus látigos desvanecerse en la distancia.
24 de junio, antes de la mañana.--Anoche el Conde me dejó temprano y se encerró en su propia habitación. Tan pronto como me atreví, subí la escalera de caracol y miré por la ventana que daba al sur. Pensé que vigilaría al Conde, pues algo está pasando. Los Szgany están alojados en algún lugar del castillo y están haciendo un trabajo de algún tipo. Lo sé, porque de vez en cuando escucho un sonido lejano y amortiguado como de azadón y pala, y, sea lo que sea, debe ser para el fin de alguna villanía despiadada.
Había estado en la ventana poco menos de media hora, cuando vi algo saliendo de la ventana del Conde. Me retiré y observé cuidadosamente, y vi emerger al hombre entero. Fue un nuevo impacto para mí descubrir que llevaba el traje de ropa que yo había usado mientras viajaba hasta aquí, y colgado sobre su hombro la terrible bolsa que había visto a las mujeres llevarse. No podía haber duda sobre su búsqueda, ¡y en mi vestimenta, además! Este, entonces, es su nuevo plan de maldad: que permitirá que otros me vean, como ellos creen, para que pueda dejar evidencia de que he sido visto en las ciudades o pueblos enviando mis propias cartas, y que cualquier maldad que él pueda hacer sea atribuida a mí por la gente local.
Me enfurece pensar que esto pueda continuar, y mientras estoy encerrado aquí, un verdadero prisionero, pero sin esa protección de la ley que es incluso el derecho y consuelo de un criminal.
Pensé que vigilaría el regreso del Conde, y durante mucho tiempo me senté obstinadamente en la ventana. Entonces comencé a notar que había unas pequeñas motas curiosas flotando en los rayos de la luz de la luna. Eran como los granos de polvo más diminutos, y giraban y se reunían en racimos de una manera nebulosa. Los observé con una sensación de alivio, y una especie de calma se apoderó de mí. Me recliné en la abertura de la ventana en una posición más cómoda, para poder disfrutar más plenamente del juego aéreo.
Algo me hizo sobresaltarme, un aullido bajo y lastimero de perros en algún lugar muy abajo en el valle, que estaba oculto a mi vista. Parecía sonar más fuerte en mis oídos, y las motas de polvo flotantes tomaron nuevas formas con el sonido mientras bailaban a la luz de la luna. ¡Me sentí luchando por despertar a algún llamado de mis instintos; no, mi propia alma estaba luchando, y mis sensibilidades medio recordadas se esforzaban por responder al llamado. ¡Estaba siendo hipnotizado! Más y más rápido bailaba el polvo, y los rayos de luna parecían vibrar mientras pasaban junto a mí hacia la masa de penumbra más allá. Más y más se reunieron hasta que parecieron tomar formas tenues y fantasmales. Y entonces me sobresalté, completamente despierto y en plena posesión de mis sentidos, y salí gritando del lugar. Las formas fantasmales, que se estaban materializando gradualmente a partir de los rayos de luna, eran las de las tres mujeres fantasmales a las que estaba condenado. Huí, y me sentí algo más seguro en mi propia habitación, donde no había luz de luna y donde la lámpara ardía intensamente.
Cuando un par de horas hubieron pasado, escuché algo moviéndose en la habitación del Conde, algo parecido a un gemido agudo rápidamente sofocado; y luego hubo silencio, silencio profundo y terrible, que me heló. Con el corazón palpitante, probé la puerta; pero estaba encerrado en mi prisión y no podía hacer nada. Me senté y simplemente lloré.
Mientras estaba sentado, escuché un sonido en el patio de afuera: el grito agonizante de una mujer. Corrí a la ventana y, abriéndola, miré hacia afuera entre los barrotes. Allí, de hecho, había una mujer con el cabello revuelto, sosteniendo sus manos sobre su corazón como alguien angustiado por correr. Estaba apoyada contra un rincón de la entrada. Cuando vio mi rostro en la ventana, se arrojó hacia adelante y gritó con una voz cargada de amenaza:
«¡Monstruo, devuélveme a mi hijo!»
Se arrojó de rodillas y, levantando las manos, gritó las mismas palabras en tonos que me desgarraron el corazón. Luego se desgarró el cabello y se golpeó el pecho, y se abandonó a todas las violencias de la emoción extravagante. Finalmente, se arrojó hacia adelante y, aunque no podía verla, podía escuchar el golpe de sus manos desnudas contra la puerta.
En algún lugar muy alto, probablemente en la torre, escuché la voz del Conde llamando en su susurro áspero y metálico. Su llamada pareció ser respondida desde todas partes por el aullido de los lobos. Antes de que hubieran pasado muchos minutos, una manada de ellos se vertió, como una presa contenida cuando es liberada, a través de la amplia entrada hacia el patio.
No hubo grito de la mujer, y el aullido de los lobos fue breve. Poco después se alejaron uno a uno, lamiéndose los labios.
No podía compadecerla, pues ahora sabía qué había sido de su hijo, y ella estaba mejor muerta.
¿Qué haré? ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo escapar de esta terrible esclavitud de noche, penumbra y miedo?
25 de junio, mañana.--Ningún hombre sabe hasta que ha sufrido la noche cuán dulce y cuán querido para su corazón y su vista puede ser la mañana. Cuando el sol estuvo tan alto esta mañana que golpeó la parte superior de la gran entrada frente a mi ventana, el punto alto que tocó me pareció como si la paloma del arca hubiera aterrizado allí. Mi miedo cayó de mí como si hubiera sido una prenda vaporosa que se disolvió con el calor. Debo tomar algún tipo de acción mientras el coraje del día esté conmigo. Anoche una de mis cartas posfechadas fue al correo, la primera de esa serie fatal que borrará incluso los rastros de mi existencia de la tierra.
No dejes que piense en ello. ¡Acción!
Siempre ha sido de noche cuando he sido molestado o amenazado, o de alguna manera en peligro o con miedo. Todavía no he visto al Conde a la luz del día. ¿Podría ser que él duerme cuando otros despiertan, para que pueda estar despierto mientras ellos duermen? ¡Si tan solo pudiera entrar en su habitación! Pero no hay forma posible. La puerta siempre está cerrada con llave, sin camino para mí.
Sí, hay un camino, si uno se atreve a tomarlo. Donde su cuerpo ha ido, ¿por qué no puede ir otro cuerpo? Lo he visto yo mismo arrastrarse desde su ventana; ¿por qué no debería imitarlo y entrar por su ventana? Las posibilidades son desesperadas, pero mi necesidad es aún más desesperada. Me arriesgaré. En el peor de los casos, solo puede ser la muerte; y la muerte de un hombre no es la de un ternero, y el temido Más Allá aún puede estar abierto para mí. ¡Dios me ayude en mi tarea! Adiós, Mina, si fallo; adiós, mi fiel amigo y segundo padre; adiós, todos, y al final, ¡Mina!
El mismo día, más tarde.--He hecho el esfuerzo y, con la ayuda de Dios, he regresado a salvo a esta habitación. Debo anotar cada detalle en orden. Fui, mientras mi coraje estaba fresco, directamente a la ventana en el lado sur, e inmediatamente salí a la estrecha repisa de piedra que rodea el edificio en este lado. Las piedras eran grandes y cortadas toscamente, y el mortero había sido lavado por el proceso del tiempo entre ellas. Me quité las botas y me aventuré en el camino desesperado. Miré hacia abajo una vez, para asegurarme de que un vistazo repentino de la profundidad terrible no me venciera, pero después de eso mantuve mis ojos alejados de ella. Conocía bastante bien la dirección y la distancia de la ventana del Conde, y fui hacia ella lo mejor que pude, teniendo en cuenta las oportunidades disponibles. No me sentí mareado, supongo que estaba demasiado emocionado, y el tiempo pareció ridículamente corto hasta que me encontré de pie en el alféizar de la ventana e intentando levantar el marco. Sin embargo, me llené de agitación cuando me incliné y me deslicé con los pies por delante a través de la ventana. Entonces busqué al Conde, pero, con sorpresa y alegría, hice un descubrimiento. ¡La habitación estaba vacía! Estaba escasamente amueblada con cosas extrañas, que parecían no haber sido usadas nunca; los muebles eran de un estilo algo similar al de las habitaciones del sur, y estaban cubiertos de polvo. Busqué la llave, pero no estaba en la cerradura, y no pude encontrarla en ninguna parte. Lo único que encontré fue un gran montón de oro en un rincón: oro de todo tipo, dinero romano, británico, austriaco, húngaro, griego y turco, cubierto con una capa de polvo, como si hubiera yacido mucho tiempo en el suelo. Nada de lo que noté tenía menos de trescientos años. También había cadenas y adornos, algunos enjoyados, pero todos ellos viejos y manchados.
En una esquina de la habitación había una puerta pesada. La probé, pues, como no podía encontrar la llave de la habitación ni la llave de la puerta exterior, que era el objetivo principal de mi búsqueda, debía realizar un examen más exhaustivo, o todos mis esfuerzos serían en vano. Estaba abierta y conducía, a través de un pasaje de piedra, a una escalera circular que descendía abruptamente. Bajé con cuidado, prestando atención a por dónde iba, pues la escalera estaba oscura, iluminada solo por aspilleras en la pesada mampostería. En el fondo había un pasaje oscuro, semejante a un túnel, por el que llegaba un olor mortal y enfermizo, el olor a tierra vieja recién removida. A medida que avanzaba por el pasaje, el hedor se volvía más denso y pesado. Por fin abrí una puerta pesada que estaba entornada y me encontré en una antigua capilla en ruinas que, evidentemente, se había utilizado como cementerio. El techo estaba roto y en dos lugares había escalones que conducían a criptas, pero el suelo había sido removido recientemente y la tierra colocada en grandes cajas de madera, manifiestamente aquellas que habían traído los eslovacos. No había nadie cerca, así que busqué cualquier otra salida, pero no la hubo. Luego recorrí cada centímetro del terreno, para no perder ninguna oportunidad. Incluso bajé a las criptas, donde la luz tenue luchaba por abrirse paso, aunque hacerlo era un terror para mi misma alma. Entré en dos de ellas, pero no vi nada salvo fragmentos de ataúdes viejos y montones de polvo; en la tercera, sin embargo, hice un descubrimiento.
¡Allí, en una de las grandes cajas, de las cuales había cincuenta en total, sobre un montón de tierra recién cavada, yacía el Conde! Estaba muerto o dormido, no podría decirlo —pues los ojos estaban abiertos y eran pétreos, pero sin la vidriosidad de la muerte— y las mejillas tenían la calidez de la vida a pesar de toda su palidez, y los labios estaban tan rojos como siempre. Pero no había señal de movimiento, ni pulso, ni aliento, ni latido del corazón. Me incliné sobre él e intenté hallar alguna señal de vida, pero fue en vano. No podía haber estado allí mucho tiempo, pues el olor a tierra se habría disipado en unas pocas horas. Al lado de la caja estaba su tapa, perforada con agujeros aquí y allá. Pensé que podría tener las llaves encima, pero cuando fui a registrarlo vi los ojos muertos y en ellos, por muy muertos que estuvieran, tal mirada de odio, aunque inconsciente de mí o de mi presencia, que huí del lugar y, dejando la habitación del Conde por la ventana, volví a trepar por el muro del castillo. Al recuperar mi propia cámara, me arrojé jadeando sobre la cama e intenté pensar...
29 de junio. —Hoy es la fecha de mi última carta, y el Conde ha tomado medidas para probar que era auténtica, pues de nuevo lo vi salir del castillo por la misma ventana, y con mi ropa. Mientras bajaba por el muro, al estilo de un lagarto, deseé tener una pistola o algún arma letal para poder destruirlo; pero temo que ningún arma forjada solo por mano humana tendría efecto alguno sobre él. No me atreví a esperar a verlo regresar, pues temía ver a esas hermanas extrañas. Volví a la biblioteca y leí allí hasta que me quedé dormido.
Me despertó el Conde, quien me miró tan sombríamente como un hombre puede mirar mientras decía:
—Mañana, amigo mío, debemos separarnos. Tú regresas a tu hermosa Inglaterra, yo a algún trabajo que puede tener tal fin que quizás nunca nos volvamos a encontrar. Tu carta a casa ha sido enviada; mañana no estaré aquí, pero todo estará listo para tu viaje. Por la mañana vendrán los Szgany, que tienen algunas labores propias aquí, y también vendrán algunos eslovacos. Cuando se hayan ido, mi carruaje vendrá por ti y te llevará al Paso de Borgo para encontrarte con la diligencia de Bucovina a Bistritz. Pero tengo la esperanza de que veré más de ti en el Castillo Drácula. Sospeché de él y decidí poner a prueba su sinceridad. ¡Sinceridad! Parece una profanación de la palabra escribirla en relación con tal monstruo, así que le pregunté directamente:
—¿Por qué no puedo irme esta noche?
—Porque, querido señor, mi cochero y mis caballos están fuera en una misión.
—Pero caminaría con gusto. Quiero irme de inmediato. Él sonrió, una sonrisa tan suave, delicada y diabólica que supe que había algún truco detrás de su suavidad. Dijo:
—¿Y tu equipaje?
—No me importa. Puedo enviar por él en otro momento.
El Conde se puso en pie y dijo, con una dulce cortesía que me hizo frotarme los ojos, pues parecía tan real:
—Ustedes, los ingleses, tienen un dicho que está cerca de mi corazón, pues su espíritu es el que gobierna a nuestros boyardos: «Da la bienvenida al que llega, despide al que se marcha». Ven conmigo, mi querido joven amigo. Ni una hora esperarás en mi casa contra tu voluntad, aunque estoy triste por tu partida y porque la desees tan repentinamente. ¡Ven! Con una gravedad majestuosa, él, con la lámpara, me precedió bajando las escaleras y a lo largo del pasillo. De repente se detuvo.
—¡Escucha!
Cerca de allí llegó el aullido de muchos lobos. Era casi como si el sonido surgiera ante el gesto de su mano, tal como la música de una gran orquesta parece brotar bajo la batuta del director. Tras una pausa de un momento, prosiguió de su manera majestuosa hasta la puerta, retiró los pesados cerrojos, desenganchó las pesadas cadenas y comenzó a abrirla.
Para mi intenso asombro, vi que no estaba cerrada. Con sospecha miré a todos lados, pero no pude ver llave de ninguna clase.
A medida que la puerta comenzaba a abrirse, el aullido de los lobos afuera se volvió más fuerte y furioso; sus mandíbulas rojas, con dientes que castañeaban, y sus patas de garras romas a medida que saltaban, entraron por la puerta que se abría. Sabía que luchar en ese momento contra el Conde era inútil. Con tales aliados a sus órdenes, no podía hacer nada. Pero aun así la puerta continuó abriéndose lentamente, y solo el cuerpo del Conde permanecía en la abertura. De repente me di cuenta de que este podría ser el momento y el medio de mi perdición; iba a ser entregado a los lobos, y a mi propia instigación. Había una maldad diabólica en la idea, lo suficientemente grande para el Conde, y como última oportunidad grité:
—¡Cierra la puerta; esperaré hasta la mañana! —y me cubrí el rostro con las manos para ocultar mis lágrimas de amarga decepción. Con un solo movimiento de su poderoso brazo, el Conde cerró la puerta de un golpe, y los grandes cerrojos resonaron y retumbaron por todo el salón mientras volvían a sus lugares.
En silencio regresamos a la biblioteca y, al cabo de un minuto o dos, me dirigí a mi habitación. Lo último que vi del Conde Drácula fue cómo me enviaba un beso con la mano; con una luz roja de triunfo en los ojos y con una sonrisa de la que Judas en el infierno podría estar orgulloso.
Cuando estaba en mi habitación y a punto de acostarme, creí oír un susurro en mi puerta. Me acerqué a ella suavemente y escuché. A menos que mis oídos me engañaran, oí la voz del Conde:
—¡Atrás, atrás, a vuestro propio lugar! Vuestro tiempo aún no ha llegado. Esperad. Tened paciencia. ¡La noche de mañana, la noche de mañana, es vuestra! —Hubo un suave y dulce murmullo de risa, y en un arrebato de rabia abrí la puerta de par en par y vi afuera a las tres mujeres terribles lamiéndose los labios. En cuanto aparecí, todas se unieron en una risa horrible y huyeron.
Volví a mi habitación y me arrojé de rodillas. ¿Está entonces tan cerca el final? ¡Mañana! ¡Mañana! ¡Señor, ayúdame a mí y a aquellos a quienes amo!
30 de junio, mañana. —Estas pueden ser las últimas palabras que escriba en este diario. Dormí hasta justo antes del amanecer y, cuando desperté, me arrojé de rodillas, pues determiné que si llegaba la Muerte, debería encontrarme preparado.
Al fin sentí ese cambio sutil en el aire y supe que había llegado la mañana. Luego vino el bienvenido canto del gallo, y sentí que estaba a salvo. Con el corazón alegre, abrí mi puerta y corrí por el pasillo. Había visto que la puerta estaba sin llave y ahora la huida estaba ante mí. Con manos que temblaban de impaciencia, desenganché las cadenas y retiré los cerrojos masivos.
Pero la puerta no se movía. La desesperación se apoderó de mí. Tiré y tiré de la puerta y la sacudí hasta que, por masiva que fuera, traqueteó en su marco. Pude ver el cerrojo echado. Había sido cerrada después de que dejé al Conde.
Entonces un deseo salvaje me invadió de obtener esa llave a cualquier riesgo, y decidí allí mismo escalar de nuevo el muro y llegar a la habitación del Conde. Podría matarme, pero la muerte parecía ahora el mal menor. Sin pausa subí a la ventana este y trepé por el muro, como antes, hasta la habitación del Conde. Estaba vacía, pero eso era lo que esperaba. No pude ver una llave por ninguna parte, pero el montón de oro permanecía. Atravesé la puerta de la esquina, bajé la escalera de caracol y recorrí el pasaje oscuro hasta la antigua capilla. Sabía ahora lo suficientemente bien dónde encontrar al monstruo que buscaba.
La gran caja estaba en el mismo lugar, pegada a la pared, pero la tapa estaba puesta sobre ella, no sujeta, sino con los clavos listos en sus lugares para ser martillados hasta el fondo. Sabía que debía registrar el cuerpo en busca de la llave, así que levanté la tapa y la apoyé contra la pared; y entonces vi algo que llenó mi misma alma de horror. Allí yacía el Conde, pero parecía como si su juventud se hubiera renovado a medias, pues el cabello blanco y el bigote habían cambiado a un gris hierro oscuro; las mejillas estaban más llenas y la piel blanca parecía rojo rubí por debajo; la boca estaba más roja que nunca, pues en los labios había gotas de sangre fresca que escurrían de las comisuras de la boca y corrían sobre la barbilla y el cuello. Incluso los ojos profundos y ardientes parecían hundidos entre carne hinchada, pues los párpados y las bolsas de debajo estaban inflamados. Parecía como si toda la criatura espantosa estuviera simplemente atiborrada de sangre; yacía como una sanguijuela asquerosa, exhausta por su hartazgo. Me estremecí al inclinarme para tocarlo y cada sentido en mí se rebeló ante el contacto; pero tenía que registrar, o estaba perdido. La noche venidera podría ver mi propio cuerpo como un banquete de manera similar a esos tres horribles seres. Registré todo el cuerpo, pero no pude hallar rastro de la llave. Entonces me detuve y miré al Conde. Había una sonrisa burlona en el rostro hinchado que parecía volverme loco. Este era el ser al que estaba ayudando a trasladar a Londres, donde, quizás durante siglos por venir, podría, entre sus millones rebosantes, saciar su lujuria de sangre y crear un círculo nuevo y cada vez más amplio de semidemonios para cebarse con los indefensos. El solo pensamiento me volvía loco. Me invadió un deseo terrible de librar al mundo de tal monstruo. No había arma letal a mano, pero agarré una pala que los obreros habían estado usando para llenar las cajas y, levantándola en alto, golpeé, con el filo hacia abajo, el rostro odioso. Pero mientras lo hacía, la cabeza giró y los ojos cayeron de lleno sobre mí, con todo su resplandor de horror basilisco. La visión pareció paralizarme, y la pala giró en mi mano y resbaló del rostro, provocando apenas una herida profunda sobre la frente. La pala cayó de mi mano a través de la caja y, mientras la retiraba, el reborde de la hoja atrapó el borde de la tapa, que cayó de nuevo y ocultó la cosa horrible de mi vista. El último vistazo que tuve fue del rostro hinchado, manchado de sangre y fijado con una mueca de malicia que habría mantenido su lugar en el infierno más profundo.
Pensé y pensé cuál debería ser mi próximo movimiento, pero mi cerebro parecía estar en llamas y esperé con un sentimiento de desesperación que crecía sobre mí. Mientras esperaba, oí a lo lejos una canción gitana cantada por voces alegres que se acercaba, y a través de su canto el rodar de ruedas pesadas y el chasquido de látigos; los Szgany y los eslovacos de los que el Conde había hablado estaban llegando. Con una última mirada alrededor y a la caja que contenía el cuerpo vil, corrí del lugar y gané la habitación del Conde, decidido a salir corriendo en el momento en que se abriera la puerta. Con los oídos tensos escuché y oí abajo el chirrido de la llave en la gran cerradura y la caída hacia atrás de la pesada puerta. Debe haber habido algún otro medio de entrada, o alguien tenía una llave para una de las puertas cerradas. Luego vino el sonido de muchos pies caminando y desvaneciéndose en algún pasaje que envió un eco metálico. Me di la vuelta para correr de nuevo hacia la cripta, donde podría encontrar la nueva entrada; pero en ese momento pareció venir una violenta ráfaga de viento y la puerta de la escalera de caracol se cerró de golpe con un impacto que hizo volar el polvo de los dinteles. Cuando corrí para empujarla y abrirla, descubrí que estaba irremediablemente cerrada. Era de nuevo un prisionero, y la red de la perdición se cerraba a mi alrededor cada vez más.
Mientras escribo, hay en el pasaje de abajo un sonido de muchos pies caminando y el estruendo de pesos siendo depositados pesadamente, sin duda las cajas, con su cargamento de tierra. Hay un sonido de martilleo; es la caja siendo clavada. Ahora puedo oír los pies pesados caminando de nuevo por el salón, con muchos otros pies ociosos viniendo detrás de ellos.
La puerta está cerrada y las cadenas tintinean; hay un chirrido de la llave en la cerradura; puedo oír cómo retiran la llave; luego otra puerta se abre y se cierra; oigo el chirrido de la cerradura y el cerrojo.
¡Escucha! En el patio y a lo largo del camino rocoso el rodar de ruedas pesadas, el chasquido de los látigos y el coro de los Szgany mientras pasan hacia la distancia.
Estoy solo en el castillo con esas mujeres horribles. ¡Bah! Mina es una mujer, y no hay nada en común. ¡Son demonios del Abismo!
No permaneceré solo con ellas; intentaré escalar el muro del castillo más lejos de lo que he intentado hasta ahora. Me llevaré algo de oro conmigo, no sea que lo necesite más tarde. Quizás encuentre una salida de este lugar espantoso.
¡Y luego, hacia el hogar! ¡Hacia el tren más rápido y cercano! ¡Lejos de este lugar maldito, de esta tierra maldita, donde el diablo y sus hijos aún caminan con pies terrenales!
Al menos la misericordia de Dios es mejor que la de estos monstruos, y el precipicio es empinado y alto. A sus pies, un hombre puede dormir... como un hombre. ¡Adiós a todos! ¡Mina!
CAPÍTULO V.
Carta de la señorita Mina Murray a la señorita Lucy Westenra.
«9 de mayo.
»Mi queridísima Lucy:
»Perdona mi larga demora en escribir, pero he estado simplemente abrumada de trabajo. La vida de una maestra asistente es a veces agotadora. Estoy deseando estar contigo, y junto al mar, donde podamos caminar juntas libremente y construir nuestros castillos en el aire. He estado trabajando muy duro últimamente, porque quiero mantenerme al día con los estudios de Jonathan, y he estado practicando taquigrafía muy asiduamente. Cuando nos casemos podré ser útil a Jonathan, y si puedo estenografiar lo suficientemente bien, podré tomar lo que él quiere decir de esta manera y escribirlo para él en la máquina de escribir, en la que también estoy practicando muy duro. Él y yo escribimos cartas a veces en taquigrafía, y él está llevando un diario estenográfico de sus viajes al extranjero. Cuando esté contigo llevaré un diario de la misma manera. No me refiero a uno de esos diarios de dos páginas por semana con el domingo metido en una esquina, sino a una especie de diario en el que pueda escribir siempre que me sienta inclinada. No supongo que habrá mucho de interés para otras personas; pero no está destinado a ellas. Quizás se lo muestre a Jonathan algún día si hay en él algo que valga la pena compartir, pero es realmente un cuaderno de ejercicios. Intentaré hacer lo que veo que hacen las periodistas: entrevistar, escribir descripciones e intentar recordar conversaciones. Me han dicho que, con un poco de práctica, una puede recordar todo lo que sucede o lo que se oye decir durante un día. Sin embargo, ya veremos. Te contaré todos mis pequeños planes cuando nos encontremos. Acabo de recibir unas breves líneas de Jonathan desde Transilvania. Está bien y regresará en aproximadamente una semana. Estoy deseando oír todas sus noticias. Debe ser tan agradable ver países extraños, me pregunto si nosotros —quiero decir Jonathan y yo— los veremos alguna vez juntos. Ahí está sonando la campana de las diez. Adiós.
»Tu amante »/Mina./
»Cuéntame todas las noticias cuando escribas. No me has contado nada desde hace mucho tiempo. Oigo rumores, ¿y especialmente sobre un hombre alto, apuesto y de cabello rizado...?»
Carta de Lucy Westenra a Mina Murray.
«17, Chatham Street,
»Miércoles.
»Mi queridísima Mina:
Debo decir que me reprochas injustamente el ser una mala corresponsal. Te he escrito dos veces desde que nos separamos, y tu última carta fue solo la segunda tuya. Además, no tengo nada que contarte. Realmente no hay nada que pueda interesarte. La ciudad está muy agradable en este momento, y vamos a menudo a galerías de arte y a dar paseos y cabalgatas por el parque. En cuanto al hombre alto de cabello rizado, supongo que se trata del que estuvo conmigo en el último concierto de la Pop. Alguien evidentemente ha estado contando cuentos. Ese era el Sr. Holmwood. A menudo viene a vernos, y él y mamá se llevan muy bien; tienen tantas cosas en común de las que hablar. Hace algún tiempo conocimos a un hombre que sería ideal para ti, si no estuvieras ya comprometida con Jonathan. Es un excelente partido: apuesto, adinerado y de buena familia. Es médico y realmente inteligente. ¡Imagínate! Solo tiene veintinueve años y tiene a su cargo un inmenso manicomio. El Sr. Holmwood me lo presentó, vino aquí a vernos y ahora viene a menudo. Creo que es uno de los hombres más resueltos que he visto nunca y, sin embargo, el más calmado. Parece absolutamente imperturbable. Puedo imaginar el poder maravilloso que debe ejercer sobre sus pacientes. Tiene la curiosa costumbre de mirar a uno directamente a la cara, como si intentara leerle el pensamiento. Lo intenta mucho conmigo, pero me halago a mí misma pensando que tiene un hueso duro de roer. Lo sé por mi espejo. ¿Alguna vez intentas leer tu propia cara? Yo lo hago, y puedo decirte que no es un mal estudio, y te da más problemas de los que podrías imaginar si nunca lo has intentado. Él dice que le ofrezco un curioso estudio psicológico, y humildemente creo que sí. Como sabes, no tengo suficiente interés en la moda como para poder describir los nuevos estilos. Vestirse es un fastidio. Eso es otra vez jerga, pero no importa; Arthur dice eso todos los días. Ahí está, ya lo he soltado todo. Mina, nos hemos contado todos nuestros secretos desde niñas; hemos dormido juntas y comido juntas; hemos reído y llorado juntas; y ahora, aunque he hablado, me gustaría hablar más. Oh, Mina, ¿no podrías adivinarlo? Estoy enamorada. Me sonrojo mientras escribo, pues aunque creo que él me ama, no me lo ha dicho con palabras. Pero, oh, Mina, ¡lo amo; lo amo; lo amo! Eso me hace bien. Desearía estar contigo, querida, sentadas junto al fuego desvistiéndonos, como solíamos hacerlo; e intentaría decirte lo que siento. Ni siquiera sé cómo estoy escribiendo esto para ti. Tengo miedo de detenerme, o rompería la carta, y no quiero parar, porque deseo tanto contártelo todo. Hazme saber de ti enseguida, y dime todo lo que piensas al respecto. Mina, debo parar. Buenas noches. Bendíceme en tus oraciones; y, Mina, reza por mi felicidad.
«Lucy.»
P.D. No hace falta que te diga que esto es un secreto. Buenas noches de nuevo.
«L.»
Carta, Lucy Westenra a Mina Murray.
«24 de mayo.
«Mi queridísima Mina:
«¡Gracias, gracias y gracias de nuevo por tu dulce carta! Fue tan agradable poder contártelo y contar con tu simpatía.
«Querida mía, nunca llueve sino que diluvia. Qué ciertos son los viejos proverbios. Aquí estoy yo, que cumpliré veinte años en septiembre, y sin embargo nunca tuve una propuesta hasta hoy, no una propuesta de verdad, y hoy he tenido tres. ¡Imagínate! ¡Tres propuestas en un día! ¡No es terrible! Siento pena, verdadera y sinceramente, por dos de los pobres muchachos. Oh, Mina, estoy tan feliz que no sé qué hacer conmigo misma. ¡Y tres propuestas! Pero, por el amor de Dios, no se lo digas a ninguna de las chicas, o se harían toda clase de ideas extravagantes e imaginarían que han sido heridas y menospreciadas si en su primer día en casa no recibieran al menos seis. Algunas chicas son tan vanidosas. Tú y yo, querida Mina, que estamos comprometidas y pronto nos asentaremos sobriamente como mujeres casadas, podemos despreciar la vanidad. Bien, debo contarte sobre los tres, pero debes guardarlo en secreto, querida, de todo el mundo, excepto, por supuesto, de Jonathan. Se lo contarás, porque yo, si estuviera en tu lugar, sin duda se lo diría a Arthur. Una mujer debe contarle todo a su marido, ¿no crees, querida?, y debo ser justa. A los hombres les gusta que las mujeres, ciertamente sus esposas, sean tan justas como ellos; y las mujeres, me temo, no siempre son tan justas como deberían ser. Bien, querida, el número uno vino justo antes del almuerzo. Te hablé de él, el Dr. John Seward, el hombre del manicomio, con la mandíbula firme y la buena frente. Estaba muy sereno por fuera, pero nervioso de todas formas. Evidentemente se había estado preparando para toda clase de pequeñas cosas y las recordó; pero casi logra sentarse sobre su sombrero de copa, cosa que los hombres no suelen hacer cuando están serenos, y luego, cuando quiso parecer a gusto, siguió jugando con una lanceta de una manera que casi me hace gritar. Me habló, Mina, muy directamente. Me dijo lo querida que era para él, aunque me conocía tan poco, y lo que sería su vida conmigo para ayudarlo y animarlo. Iba a decirme lo infeliz que sería si yo no sintiera nada por él, pero cuando me vio llorar, dijo que era un bruto y que no añadiría nada a mi aflicción actual. Luego se detuvo y preguntó si podría llegar a amarlo con el tiempo; y cuando negué con la cabeza, sus manos temblaron, y luego, con cierta vacilación, me preguntó si ya sentía algo por alguien más. Lo planteó muy bien, diciendo que no quería arrancarme mi confidencia, sino solo saber, porque si el corazón de una mujer está libre, un hombre podría tener esperanza. Y entonces, Mina, sentí que era una especie de deber decirle que había alguien. Solo le dije eso, y luego se puso de pie, y se veía muy fuerte y muy serio mientras tomaba mis dos manos en las suyas y decía que esperaba que fuera feliz, y que si alguna vez necesitaba un amigo, contara con él como uno de mis mejores. Oh, querida Mina, no puedo evitar llorar; y debes disculpar que esta carta esté toda borroneada. Que te propongan matrimonio es muy agradable y todo ese tipo de cosas, pero no es nada feliz cuando tienes que ver a un pobre muchacho, de quien sabes que te ama sinceramente, alejarse con el corazón roto, y saber que, sin importar lo que pueda decir en el momento, te estás saliendo por completo de su vida. Querida, debo parar aquí por ahora, me siento tan miserable, aunque estoy tan feliz.
«Tarde.
«Arthur se acaba de ir, y me siento con mejor ánimo que cuando dejé de escribir, así que puedo seguir contándote sobre el día. Bien, querida, el número dos vino después del almuerzo. Es un muchacho tan agradable, un estadounidense de Texas, y parece tan joven y tan fresco que parece casi imposible que haya estado en tantos lugares y haya tenido tantas aventuras. Simpatizo con la pobre Desdémona cuando recibió un torrente tan peligroso en su oído, incluso de un hombre negro. Supongo que las mujeres somos tan cobardes que pensamos que un hombre nos salvará de los miedos, y nos casamos con él. Ahora sé lo que haría si fuera hombre y quisiera que una chica me amara. No, no lo sé, porque estaba el Sr. Morris contándonos sus historias, y Arthur nunca contó ninguna, y sin embargo... Querida, me he adelantado un poco. El Sr. Quincey P. Morris me encontró sola. Parece que un hombre siempre encuentra a una chica sola. No, no es así, porque Arthur intentó dos veces buscar la oportunidad, y yo ayudándolo todo lo que podía; no me avergüenza decirlo ahora. Debo decirte de antemano que el Sr. Morris no siempre habla con jerga —es decir, nunca lo hace con extraños o delante de ellos, porque es realmente bien educado y tiene modales exquisitos—, pero descubrió que me divertía oírlo hablar jerga estadounidense, y cada vez que yo estaba presente, y no había nadie a quien escandalizar, decía cosas muy graciosas. Me temo, querida, que tiene que inventarlo todo, porque encaja exactamente con cualquier otra cosa que tenga que decir. Pero así es la jerga. Yo misma no sé si alguna vez hablaré jerga; no sé si a Arthur le gusta, ya que todavía no le he oído usar ninguna. Bien, el Sr. Morris se sentó a mi lado y se veía tan feliz y alegre como podía, pero aun así pude ver que estaba muy nervioso. Tomó mi mano en la suya y dijo muy dulcemente:
«—Srta. Lucy, sé que no soy lo suficientemente bueno para arreglar los cordones de sus zapatitos, pero supongo que si espera hasta encontrar a un hombre que lo sea, se unirá a esas siete jóvenes con las lámparas cuando se vaya. ¿No quiere engancharse a mi lado y dejarnos ir por el camino largo juntos, tirando del carro en pareja?
«Bueno, se veía tan buen humor y tan alegre que no parecía ni la mitad de difícil rechazarlo como lo fue el pobre Dr. Seward, así que dije, tan a la ligera como pude, que no sabía nada de engancharse, y que todavía no estaba hecha para el arnés en absoluto. Entonces dijo que había hablado de manera ligera, y esperaba que si había cometido un error al hacerlo en una ocasión tan grave, tan trascendental para él, lo perdonara. Realmente se veía serio cuando lo decía, y no pude evitar sentirme un poco seria también —sé, Mina, que pensarás que soy una coqueta horrible—, aunque no pude evitar sentir una especie de júbilo por ser el número dos en un solo día. Y entonces, querida, antes de que pudiera decir una palabra, empezó a soltar un verdadero torrente de declaraciones de amor, poniendo su mismo corazón y alma a mis pies. Se veía tan sincero al respecto que nunca volveré a pensar que un hombre debe ser siempre juguetón y nunca serio, porque sea alegre a veces. Supongo que vio algo en mi rostro que lo detuvo, pues se detuvo de repente y dijo con una especie de fervor varonil por el que podría haberlo amado si hubiera estado libre:
«—Lucy, sé que eres una chica de corazón honesto. No estaría aquí hablándote como lo estoy haciendo ahora si no creyera que eres de pura cepa, hasta lo más profundo de tu alma. Dime, como un buen compañero a otro, ¿hay alguien más a quien quieras? Y si lo hay, nunca más te molestaré ni un ápice, sino que seré, si me lo permites, un amigo muy fiel.
«Mi querida Mina, ¿por qué los hombres son tan nobles cuando nosotras las mujeres somos tan poco dignas de ellos? Aquí estaba yo casi burlándome de este caballero de gran corazón y verdadera rectitud. Estallé en lágrimas —me temo, querida, que pensarás que esta es una carta muy sensiblera en más de un sentido— y realmente me sentí muy mal. ¿Por qué no pueden dejar que una chica se case con tres hombres, o con tantos como la quieran, y ahorrarse todos estos problemas? Pero esto es herejía, y no debo decirlo. Me alegra decir que, aunque estaba llorando, pude mirar a los valientes ojos del Sr. Morris, y le dije directamente:
«—Sí, hay alguien a quien amo, aunque todavía no me ha dicho siquiera que me ama. Tenía razón al hablarle con tanta franqueza, pues una luz iluminó su rostro, y extendió ambas manos y tomó las mías —creo que yo las puse en las suyas— y dijo con un tono cordial:
«—Esa es mi valiente chica. Vale más la pena llegar tarde con la oportunidad de ganarte que llegar a tiempo para cualquier otra chica del mundo. No llores, querida. Si es por mí, soy un hueso duro de roer; y lo acepto de pie. Si ese otro tipo no conoce su felicidad, bueno, más le vale buscarla pronto, o tendrá que habérselas conmigo. Pequeña, tu honestidad y valentía me han hecho un amigo, y eso es más raro que un amante; de cualquier modo, es más desinteresado. Querida, voy a tener un camino bastante solitario entre aquí y el Juicio Final. ¿No me darás un beso? Será algo para mantener alejada la oscuridad de vez en cuando. Puedes, sabes, si quieres, pues ese otro buen compañero —debe ser un buen compañero, querida, y un excelente tipo, o no podrías amarlo— todavía no ha hablado. Eso me conquistó por completo, Mina, porque fue valiente y dulce de su parte, y noble, también, con un rival —¿no es así?— y él tan triste; así que me incliné y lo besé. Se puso de pie con mis dos manos en las suyas, y mientras miraba mi rostro —me temo que me estaba sonrojando mucho— dijo:
«—Pequeña, sostengo tu mano, y me has besado, y si estas cosas no nos hacen amigos, nada lo hará nunca. Gracias por tu dulce honestidad conmigo, y adiós. Me estrechó la mano y, tomando su sombrero, salió directamente de la habitación sin mirar atrás, sin una lágrima, ni un temblor, ni una pausa; y yo estoy llorando como una bebé. Oh, ¿por qué un hombre así debe ser hecho infeliz cuando hay muchas chicas por ahí que adorarían el suelo que pisa? Sé que lo haría si fuera libre —solo que no quiero ser libre. Querida, esto me alteró bastante, y siento que no puedo escribir sobre la felicidad justo ahora, después de contártelo; y no deseo contar sobre el número tres hasta que todo pueda ser feliz.
«Siempre tu cariñosa,
«Lucy.
«P.D. Oh, sobre el número tres... no hace falta que te hable del número tres, ¿verdad? Además, todo fue tan confuso; pareció solo un momento desde que entró en la habitación hasta que sus dos brazos me rodearon y me estaba besando. Soy muy, muy feliz, y no sé qué he hecho para merecerlo. Solo debo intentar en el futuro demostrar que no soy ingrata por toda Su bondad hacia mí al enviarme tal amante, tal esposo y tal amigo.
«Adiós.»
Diario del Dr. Seward.
(Grabado en fonógrafo.)
25 de mayo. —Marea baja en el apetito hoy. No puedo comer, no puedo descansar, así que escribo en el diario. Desde mi rechazo de ayer tengo una especie de sensación de vacío; nada en el mundo parece tener la importancia suficiente como para merecer ser hecho... Como sabía que la única cura para este tipo de cosas era el trabajo, bajé entre los pacientes. Elegí a uno que me ha brindado un estudio de mucho interés. Es tan pintoresco en sus ideas, y tan diferente al lunático normal, que he decidido comprenderlo tan bien como pueda. Hoy me pareció estar más cerca que nunca del corazón de su misterio.
Lo interrogué más profundamente de lo que nunca había hecho, con el fin de hacerme dueño de los hechos de su alucinación. En mi forma de hacerlo hubo, ahora lo veo, algo de crueldad. Parecía que quería mantenerlo en el punto de su locura, algo que evito con los pacientes como evitaría la boca del infierno. (Nota: ¿bajo qué circunstancias no evitaría el abismo del infierno?) Omnia Romae vernalia sunt. ¡El infierno tiene su precio! verb. sap. Si hay algo detrás de este instinto, será valioso rastrearlo cuidadosamente después, así que será mejor que empiece a hacerlo, por tanto—
R. M. Renfield, 59 años. Temperamento sanguíneo; gran fuerza física; mórbidamente excitable; periodos de tristeza que terminan en alguna idea fija que no logro descifrar. Supongo que el temperamento sanguíneo en sí mismo y la influencia perturbadora terminan en un final mentalmente consumado; un hombre posiblemente peligroso, probablemente peligroso si es desinteresado. En los hombres egoístas, la precaución es una armadura tan segura para sus enemigos como para ellos mismos. Lo que pienso sobre este punto es que, cuando el yo es el punto fijo, la fuerza centrípeta se equilibra con la centrífuga: cuando el deber, una causa, etc., es el punto fijo, esta última fuerza es primordial, y solo el azar o una serie de accidentes pueden equilibrarla.
Carta, Quincey P. Morris al Honorable Arthur Holmwood.
«25 de mayo.
«Mi querido Art:
«Hemos contado historias junto a la fogata en las praderas; y nos hemos curado las heridas mutuamente tras intentar un desembarco en las Marquesas; y hemos brindado por la salud en la orilla del Titicaca. Hay más historias que contar, y otras heridas que sanar, y otra salud por la que brindar. ¿No dejarías que esto fuera en mi fogata mañana por la noche? No tengo dudas en pedírtelo, pues sé que cierta dama está comprometida con una cierta cena, y que tú estás libre. Solo habrá otro, nuestro viejo camarada de Corea, Jack Seward. Él también viene, y ambos queremos mezclar nuestras lágrimas sobre la copa de vino, y beber por la salud con todo nuestro corazón al hombre más feliz de todo el ancho mundo, quien ha ganado el corazón más noble que Dios ha creado y el que mejor vale la pena ganar. Te prometemos una bienvenida cordial, un saludo cariñoso y un brindis tan sincero como tu propia mano derecha. Ambos juraremos dejarte en casa si bebes demasiado por un cierto par de ojos. ¡Ven!
«Tuyo, como siempre y para siempre, «Quincey P. Morris.»
Telegrama de Arthur Holmwood a Quincey P. Morris.
«26 de mayo.
«Cuéntad conmigo en todo momento. Llevo mensajes que les harán zumbar los oídos a ambos.
«Art.»
24 de julio. Whitby.—Lucy se reunió conmigo en la estación; estaba más dulce y encantadora que nunca, y fuimos en coche a la casa en The Crescent donde tienen sus habitaciones. Este es un lugar encantador. El pequeño río, el Esk, corre a través de un valle profundo que se ensancha a medida que se acerca al puerto. Un gran viaducto lo atraviesa con pilares elevados, a través de los cuales la vista parece, de algún modo, más lejana de lo que en realidad es. El valle es hermosamente verde y tan empinado que, cuando estás en lo alto de cualquiera de los dos lados, miras directamente a través de él, a menos que estés lo suficientemente cerca como para mirar hacia abajo. Las casas de la ciudad vieja —el lado opuesto a nosotros— tienen todas techos rojos y parecen amontonadas unas sobre otras sin orden, como las imágenes que vemos de Núremberg. Justo encima de la ciudad se encuentran las ruinas de la abadía de Whitby, que fue saqueada por los daneses y que es el escenario de una parte de «Marmion», donde la joven fue emparedada. Es una ruina de lo más noble, de un tamaño inmenso y llena de rincones hermosos y románticos; existe la leyenda de que se ve a una dama blanca en una de las ventanas. Entre ella y la ciudad hay otra iglesia, la parroquial, alrededor de la cual hay un gran cementerio lleno de lápidas. Este es, a mi parecer, el lugar más agradable de Whitby, pues se encuentra justo sobre la ciudad y tiene una vista completa del puerto y de toda la bahía hasta donde el promontorio llamado Kettleness se adentra en el mar. Desciende tan abruptamente sobre el puerto que parte del terreno se ha desprendido y algunas de las tumbas han quedado destruidas. En un punto, parte de la mampostería de las tumbas se extiende sobre el sendero arenoso muy por debajo. Hay paseos, con bancos a los lados, a través del cementerio; y la gente va y se sienta allí durante todo el día para contemplar la hermosa vista y disfrutar de la brisa. Yo misma vendré a sentarme aquí muy a menudo a trabajar. De hecho, estoy escribiendo ahora, con mi libro sobre las rodillas, mientras escucho la charla de tres ancianos que están sentados a mi lado. Parece que no hacen otra cosa en todo el día más que sentarse aquí arriba y hablar.
El puerto se extiende debajo de mí, con un largo muro de granito al otro lado que se adentra en el mar, con una curva hacia afuera en el extremo, en cuyo centro hay un faro. Un pesado muro rompeolas corre a lo largo del exterior. En el lado cercano, el muro rompeolas forma un codo doblado inversamente, y su extremo también cuenta con un faro. Entre los dos muelles hay una abertura estrecha hacia el puerto, que luego se ensancha repentinamente.
Es agradable con la marea alta, pero cuando la marea baja se reduce a nada, y solo queda el curso del Esk corriendo entre bancos de arena, con rocas aquí y allá. Fuera del puerto, en este lado, se alza a lo largo de media milla un gran arrecife, cuyo borde afilado corre en línea recta desde detrás del faro sur. En su extremo hay una boya con una campana que se balancea con el mal tiempo y envía un sonido lúgubre con el viento. Tienen aquí la leyenda de que, cuando un barco se pierde, se oyen campanas en el mar. Debo preguntarle al anciano sobre esto; viene hacia aquí...
Es un anciano gracioso. Debe de ser terriblemente viejo, pues su rostro está todo nudo y retorcido como la corteza de un árbol. Me dice que tiene casi cien años y que era marinero en la flota pesquera de Groenlandia cuando se libró la batalla de Waterloo. Temo que sea una persona muy escéptica, pues cuando le pregunté por las campanas en el mar y la Dama Blanca de la abadía, dijo muy bruscamente:
—No me calentaría la cabeza con eso, señorita. Esas cosas ya pasaron de moda. Mire, no digo que nunca hayan existido, pero sí digo que no existieron en mi tiempo. Están muy bien para los visitantes, los excursionistas y gente así, pero no para una joven tan agradable como usted. Esa gente de ciudad de York y Leeds que siempre está comiendo arenques curados, bebiendo té y buscando comprar azabache barato, se creería cualquier cosa. Yo mismo me pregunto quién se molestaría en decirles mentiras, incluso los periódicos, que están llenos de tonterías. Pensé que sería una buena persona de quien aprender cosas interesantes, así que le pregunté si le importaría contarme algo sobre la caza de ballenas en los viejos tiempos. Se estaba acomodando para empezar cuando el reloj dio las seis, momento en el cual se esforzó por levantarse y dijo:
—Tengo que irme marchando a casa ahora, señorita. A mi nieta no le gusta que la hagan esperar cuando el té está listo, pues me lleva tiempo arrastrarme por las escaleras, ya que son muchas; y, señorita, me falta el sustento en la barriga a estas horas.
Se alejó cojeando y pude verle apresurarse, lo mejor que pudo, escaleras abajo. Las escaleras son una característica importante del lugar. Llevan desde la ciudad hasta la iglesia; hay cientos de ellas —no sé cuántas exactamente— y serpentean en una curva delicada; la pendiente es tan suave que un caballo podría subirlas y bajarlas fácilmente. Creo que originalmente tuvieron que ver con la abadía. Yo también me iré a casa. Lucy salió de visita con su madre, y como solo eran visitas de cortesía, no fui. Estarán de vuelta a estas alturas.
1 de agosto.—Vine aquí hace una hora con Lucy y tuvimos una conversación de lo más interesante con mi viejo amigo y los otros dos que siempre vienen a unirse a él. Es evidentemente el oráculo de ellos, y me imagino que en su tiempo debió de ser una persona muy dictatorial. No admite nada y hace callar a todo el mundo. Si no puede ganarles en una discusión, los intimida y luego toma su silencio como un acuerdo con sus puntos de vista. Lucy estaba dulcemente hermosa con su vestido de hilo blanco; ha ganado un color precioso desde que está aquí. Noté que los ancianos no perdieron el tiempo en acercarse y sentarse cerca de ella cuando nosotros nos sentamos. Es tan dulce con las personas mayores; creo que todos se enamoraron de ella al instante. Incluso mi anciano sucumbió y no la contradijo, sino que me dio a mí el doble de atención. Le saqué el tema de las leyendas y enseguida se lanzó a una especie de sermón. Debo intentar recordarlo y ponerlo por escrito:
—Todo son tonterías, de principio a fin; eso es lo que es, y nada más. Esos espíritus, apariciones, fantasmas y espectros y todo lo que les concierne solo sirven para poner a los niños y a las mujeres aturdidas a llorar. ¡No son más que burbujas de aire! Ellos, y todos los malos augurios, presagios y advertencias, han sido inventados por clérigos, gente de libros malintencionada y vendedores de ferrocarril para asustar y espantar a los jovenzuelos, y para conseguir que la gente haga algo que de otro modo no se inclinaría a hacer. Me llena de ira pensar en ellos. ¡Vaya, son ellos los que, no contentos con imprimir mentiras en papel y predicarlas desde los púlpitos, quieren tallarlas en las lápidas! Mire a su alrededor, en cualquier dirección que quiera; todas esas piedras, manteniendo sus cabezas tan altas como pueden por orgullo, están torcidas, simplemente desplomándose por el peso de las mentiras escritas en ellas: «Aquí yace el cuerpo» o «Sagrado a la memoria» escrito en todas ellas, y sin embargo, en casi la mitad no hay ningún cuerpo; y a nadie le importa un comino la memoria de ellos, y mucho menos es sagrada. ¡Mentiras, todas ellas, nada más que mentiras de un tipo o de otro! Por Dios, pero va a ser un buen alboroto el Día del Juicio, cuando vengan todos aquí tropezando en sus mortajas, todos amontonados e intentando arrastrar sus lápidas con ellos para demostrar lo buenos que fueron; algunos de ellos temblando y tiritando, con las manos tan entumecidas y resbaladizas de haber estado en el mar que ni siquiera pueden mantener el agarre de ellas.
Pude ver, por el aire satisfecho del viejo y la forma en que miraba alrededor buscando la aprobación de sus compinches, que estaba «presumiendo», así que intervine para que continuara:
—Oh, Sr. Swales, no puede hablar en serio. ¿Seguramente estas lápidas no están todas mal?
—¡Quién sabe! Puede que haya unas pocas que no estén mal, salvo donde hacen que la gente parezca demasiado buena; pues hay gente que piensa que un cuenco pequeño es como el mar, si es suyo. Todo es solo mentiras. Mire, usted viene aquí como una extraña y ve este camposanto. —Asentí, pues pensé que era mejor estar de acuerdo, aunque no entendía del todo su dialecto. Sabía que tenía algo que ver con la iglesia—. Y usted se imagina que todas estas piedras están sobre gente que ha sido enterrada aquí, bien y en paz. —Asentí de nuevo—. Pues ahí es donde entra la mentira. Vaya, hay decenas de estos lechos mortuorios que están tan vacíos como la caja de tabaco del viejo Dun un viernes por la noche. —Le dio un codazo a uno de sus compañeros y todos se rieron—. ¡Y por Dios! ¿Cómo podrían ser de otra manera? Mire esa de ahí, la última después del banco del féretro; ¡léala! —Me acerqué y leí:
—«Edward Spencelagh, capitán de marina, asesinado por piratas frente a la costa de Andrés, abril de 1854, a los 30 años». Cuando regresé, el Sr. Swales continuó:
—¿Quién lo trajo a casa, me pregunto, para enterrarlo aquí? ¡Asesinado frente a la costa de Andrés! ¿Y usted se imaginaba que su cuerpo yacía debajo? Vaya, podría nombrarle una docena cuyos huesos yacen en los mares de Groenlandia arriba —señaló hacia el norte—, o donde las corrientes los hayan arrastrado. Ahí están las piedras a su alrededor. Usted puede, con sus ojos jóvenes, leer la letra pequeña de las mentiras desde aquí. Este Braithwaite Lowrey —conocí a su padre, perdido en el Lively frente a Groenlandia en el 20—; o Andrew Woodhouse, ahogado en los mismos mares en 1777; o John Paxton, ahogado frente al Cabo Farewell un año después; o el viejo John Rawlings, cuyo abuelo navegó conmigo, ahogado en el Golfo de Finlandia en el 50. ¿Cree que todos estos hombres tendrán que salir corriendo hacia Whitby cuando suene la trompeta? ¡Tengo mis dudas al respecto! Le digo que cuando llegaran aquí estarían empujándose y atropellándose unos a otros de tal manera que sería como una pelea sobre el hielo en los viejos tiempos, cuando nos enfrentábamos unos a otros desde el amanecer hasta el anochecer, e intentábamos vendar nuestros cortes a la luz de la aurora boreal. —Esto era evidentemente una broma local, pues el viejo cacareó con ella y sus compañeros se unieron con entusiasmo.
—Pero —dije—, seguramente no es del todo correcto, pues parte de la premisa de que todas las pobres personas, o sus espíritus, tendrán que llevarse sus lápidas con ellos en el Día del Juicio. ¿Cree que eso será realmente necesario?
—Bueno, ¿para qué otra cosa son esas lápidas? ¡Contésteme a eso, señorita!
—Para complacer a sus parientes, supongo.
—¡Para complacer a sus parientes, supone! —Dijo esto con intenso desprecio—. ¿Cómo va a complacer a sus parientes saber que hay mentiras escritas sobre ellos, y que todo el mundo en el lugar sabe que son mentiras? —Señaló una piedra a nuestros pies que había sido colocada como una losa, sobre la cual descansaba el asiento, cerca del borde del acantilado—. Lea las líneas en esa lápida —dijo. Las letras estaban al revés para mí desde donde estaba sentada, pero Lucy estaba más de frente a ellas, así que se inclinó y leyó:
—«Sagrado a la memoria de George Canon, quien murió, con la esperanza de una resurrección gloriosa, el 29 de julio de 1873, cayendo de las rocas en Kettleness. Esta tumba es erigida por su afligida madre a su muy amado hijo. "Era el hijo único de su madre, y ella era viuda"». ¡De verdad, Sr. Swales, no veo nada gracioso en eso! —Comentó con mucha gravedad y algo de severidad.
—¡No ve nada gracioso! ¡Ja, ja! Pero eso es porque no comprende que la afligida madre era una bruja que lo odiaba porque estaba deforme —era un lisiado, en realidad—, y él la odiaba tanto que se suicidó para que ella no pudiera cobrar un seguro que puso sobre su vida. Se voló casi la parte superior de la cabeza con un viejo mosquete que tenían para espantar a los cuervos. No era para cuervos entonces, pues atrajo a los tábanos y a los carroñeros hacia él. Esa es la forma en que cayó de las rocas. Y, en cuanto a las esperanzas de una resurrección gloriosa, a menudo le he oído decir a él mismo que esperaba ir al infierno, pues su madre era tan piadosa que seguramente iría al cielo, y él no quería estar donde ella estuviera. Ahora, ¿no es esa piedra, al menos... —la golpeó con su bastón mientras hablaba—, un montón de mentiras? ¿Y no hará que Gabriel se ría cuando Geordie venga jadeando por las escaleras con la lápida equilibrada en su joroba, y pida que se tome como evidencia!
No supe qué decir, pero Lucy cambió la conversación mientras decía, levantándose:
—Oh, ¿por qué nos contó esto? Es mi asiento favorito y no puedo dejarlo; y ahora descubro que debo seguir sentándome sobre la tumba de un suicida.
—Eso no le hará daño, mi bella; y puede que haga a la pobre Geordie alegrarse de tener a una joven tan bonita sentada en su regazo. Eso no le hará daño. Vaya, me he sentado aquí intermitentemente durante casi veinte años, y no me ha hecho ningún daño. ¡No se preocupe por los que yacen debajo de usted, o por los que no yacen allí tampoco! Ya será tiempo de que empiece a asustarse cuando vea las lápidas todas salir corriendo, y el lugar tan desnudo como un campo de rastrojos. Ahí está el reloj, y debo irme. ¡Mis respetos, damas! —Y se alejó cojeando.
Lucy y yo nos sentamos un rato, y todo era tan hermoso ante nosotros que nos tomamos de las manos mientras estábamos sentadas; y ella me contó todo de nuevo sobre Arthur y su próxima boda. Eso me dio un poco de tristeza en el corazón, porque no he tenido noticias de Jonathan en todo un mes.
* * * * *
El mismo día.—Vine aquí sola, pues estoy muy triste. No había carta para mí. Espero que no pueda haberle pasado nada a Jonathan. El reloj acaba de dar las nueve. Veo las luces esparcidas por toda la ciudad, a veces en hileras donde están las calles, y a veces aisladas; corren a lo largo del Esk y se desvanecen en la curva del valle. A mi izquierda, la vista está cortada por una línea negra del tejado de la vieja casa junto a la abadía. Las ovejas y los corderos balan en los campos detrás de mí, y hay un tintineo de cascos de burro por el camino pavimentado de abajo. La banda en el muelle está tocando un vals áspero con buen ritmo, y más allá, a lo largo del muelle, hay una reunión del Ejército de Salvación en una calle trasera. Ninguna de las bandas oye a la otra, pero aquí arriba las oigo y veo a ambas. ¡Me pregunto dónde estará Jonathan y si estará pensando en mí! Ojalá estuviera aquí.
Diario del Dr. Seward.
5 de junio.—El caso de Renfield se vuelve más interesante cuanto más llego a comprender al hombre. Tiene ciertas cualidades muy desarrolladas: egoísmo, secretismo y propósito. Ojalá pudiera descubrir cuál es el objeto de esto último. Parece tener algún plan establecido propio, pero cuál es, aún no lo sé. Su cualidad redentora es el amor por los animales, aunque, de hecho, tiene giros tan curiosos en ello que a veces imagino que solo es anormalmente cruel. Sus mascotas son de tipos extraños. Ahora mismo su pasatiempo es atrapar moscas. Tiene actualmente tal cantidad que he tenido que protestar. Para mi asombro, no estalló en furia, como esperaba, sino que tomó el asunto con seria sencillez. Pensó por un momento y luego dijo: «¿Puedo tener tres días? Las eliminaré». Por supuesto, dije que eso estaría bien. Debo vigilarlo.
18 de junio.—Ha vuelto su atención ahora hacia las arañas y ha conseguido varios ejemplares muy grandes en una caja. Sigue alimentándolas con sus moscas, y el número de estas últimas está disminuyendo sensiblemente, aunque ha usado la mitad de su comida para atraer más moscas del exterior a su habitación.
1 de julio.—Sus arañas se están convirtiendo ahora en una molestia tan grande como sus moscas, y hoy le dije que debía deshacerse de ellas. Se mostró muy triste por esto, así que le dije que debía eliminar algunas de ellas, al menos. Accedió alegremente a esto, y le di el mismo tiempo que antes para la reducción. Me disgustó mucho mientras estaba con él, pues cuando una horrible mosca azul, hinchada de algún alimento de carroña, zumbó dentro de la habitación, la atrapó, la sostuvo triunfalmente durante unos momentos entre sus dedos, y, antes de que supiera lo que iba a hacer, se la puso en la boca y se la comió. Le regañé por ello, pero argumentó tranquilamente que era muy bueno y muy saludable; que era vida, vida fuerte, y le daba vida a él. Esto me dio una idea, o el rudimento de una. Debo vigilar cómo se deshace de sus arañas. Evidentemente tiene algún problema profundo en su mente, pues mantiene un pequeño cuaderno en el que siempre está anotando algo. Páginas enteras están llenas de masas de figuras, generalmente números individuales sumados en grupos, y luego los totales sumados en grupos de nuevo, como si estuviera «enfocando» alguna cuenta, como dicen los auditores.
8 de julio.—Hay un método en su locura, y la idea rudimentaria en mi mente está creciendo. Pronto será una idea completa, y entonces, ¡oh, cerebración inconsciente!, tendrás que ceder el paso a tu hermano consciente. Me mantuve alejado de mi amigo durante unos días, para notar si había algún cambio. Las cosas permanecían como estaban, excepto que se ha deshecho de algunas de sus mascotas y ha conseguido una nueva. Se las ha arreglado para conseguir un gorrión y ya lo ha domesticado parcialmente. Su medio de domesticación es simple, pues las arañas ya han disminuido. Las que quedan, sin embargo, están bien alimentadas, pues todavía trae las moscas tentándolas con su comida.
19 de julio.—Estamos progresando. Mi amigo tiene ahora toda una colonia de gorriones, y sus moscas y arañas están casi obliteradas. Cuando entré, corrió hacia mí y dijo que quería pedirme un gran favor, un favor muy, muy grande; y mientras hablaba, me adulaba como un perro. Le pregunté qué era, y dijo, con una especie de éxtasis en su voz y porte:
—Un gatito, un gatito agradable, pequeño, elegante y juguetón con el que pueda jugar, y enseñar, y alimentar... ¡y alimentar... y alimentar! No estaba desprevenido para esta solicitud, pues había notado cómo sus mascotas seguían aumentando en tamaño y vivacidad, pero no quería que su bonita familia de gorriones domesticados fuera eliminada de la misma manera que las moscas y las arañas; así que dije que vería al respecto y le pregunté si no preferiría un gato en lugar de un gatito. Su entusiasmo lo traicionó al responder:
«¡Oh, sí, me gustaría un gato! Solo pedí un gatito para que no me denegara un gato. Nadie me denegaría un gatito, ¿verdad?». Sacudí la cabeza y le dije que, por el momento, me temía que no sería posible, pero que vería qué podía hacer. Su rostro se ensombreció y pude ver en él una advertencia de peligro, pues hubo una súbita mirada feroz y de reojo que significaba matar. El hombre es un maníaco homicida en estado embrionario. Lo pondré a prueba con su ansia actual y veré cómo resulta; entonces sabré más.
10 p. m. He vuelto a visitarlo y lo he encontrado sentado en un rincón, sumido en sus cavilaciones. Cuando entré, se arrojó de rodillas ante mí y me suplicó que le dejara tener un gato; que su salvación dependía de ello. Sin embargo, me mantuve firme y le dije que no podía tenerlo, tras lo cual se marchó sin decir palabra y se sentó, royéndose los dedos, en el rincón donde lo había encontrado. Lo veré temprano por la mañana.
20 de julio. Visité a Renfield muy temprano, antes de que el celador hiciera su ronda. Lo encontré levantado y tarareando una melodía. Estaba esparciendo en la ventana el azúcar que había guardado y, manifiestamente, estaba empezando de nuevo a cazar moscas; y comenzando alegremente y con buena disposición. Busqué a sus pájaros con la mirada y, al no verlos, le pregunté dónde estaban. Respondió, sin volverse, que todos habían volado. Había unas pocas plumas por la habitación y, sobre su almohada, una gota de sangre. No dije nada, pero fui a decirle al guardián que me informara si notaba algo extraño en él durante el día.
11 a. m. El celador acaba de venir a decirme que Renfield ha estado muy enfermo y ha regurgitado un montón de plumas. «Mi creencia es, doctor —dijo—, que se ha comido a sus pájaros, ¡y que simplemente los agarró y se los comió crudos!».
11 p. m. Esta noche le di a Renfield un fuerte opiáceo, suficiente para hacer dormir incluso a él, y le quité su cuaderno de bolsillo para examinarlo. El pensamiento que ha estado zumbando en mi cerebro últimamente está completo y la teoría demostrada. Mi maníaco homicida es de un tipo peculiar. Tendré que inventar una nueva clasificación para él y llamarlo maníaco zoófago (comedor de vida); lo que desea es absorber tantas vidas como pueda, y se ha dispuesto a lograrlo de forma acumulativa. Dio muchas moscas a una araña y muchas arañas a un pájaro, y luego quiso un gato para comerse a los muchos pájaros. ¿Cuáles habrían sido sus siguientes pasos? Casi valdría la pena completar el experimento. Podría hacerse si hubiera una causa suficiente. Los hombres se burlaban de la vivisección, ¡y sin embargo, miren sus resultados hoy! ¿Por qué no hacer avanzar la ciencia en su aspecto más difícil y vital: el conocimiento del cerebro? Si tan solo tuviera el secreto de una mente así, si tuviera la llave de la fantasía de al menos un lunático, podría hacer avanzar mi propia rama de la ciencia a un nivel en comparación con el cual la fisiología de Burdon-Sanderson o el conocimiento cerebral de Ferrier serían como nada. ¡Si tan solo hubiera una causa suficiente! No debo pensar demasiado en esto, o podría sentirme tentado; una buena causa podría inclinar la balanza conmigo, pues ¿acaso no podría yo también poseer un cerebro excepcional, congénitamente?
Qué bien razonaba el hombre; los lunáticos siempre lo hacen dentro de su propio ámbito. Me pregunto a cuántas vidas equivale un hombre para él, o si solo a una. Ha cerrado la cuenta con gran precisión y hoy ha comenzado un nuevo registro. ¿Cuántos de nosotros comenzamos un nuevo registro con cada día de nuestras vidas?
Para mí parece que fue solo ayer cuando toda mi vida terminó con mi nueva esperanza, y que verdaderamente comencé un nuevo registro. Así será hasta que el Gran Registrador haga el balance y cierre el libro de mi cuenta con un saldo de pérdidas o ganancias. Oh, Lucy, Lucy, no puedo estar enfadado contigo, ni tampoco con mi amigo cuya felicidad es la tuya; pero solo debo esperar sin esperanza y trabajar. ¡Trabajar! ¡Trabajar!
Si tan solo pudiera tener una causa tan fuerte como mi pobre amigo loco, una causa buena y desinteresada que me hiciera trabajar, eso sería ciertamente la felicidad.
/Diario de Mina Murray./
26 de julio. Estoy inquieta, y me calma expresarme aquí; es como susurrar para una misma y escuchar al mismo tiempo. Y también hay algo en los símbolos de la taquigrafía que lo hace diferente de escribir. Estoy triste por Lucy y por Jonathan. Hacía tiempo que no tenía noticias de Jonathan y estaba muy preocupada; pero ayer el querido Sr. Hawkins, que siempre es tan amable, me envió una carta suya. Yo le había escrito preguntándole si sabía algo, y él me dijo que lo adjunto acababa de ser recibido. Es solo una línea fechada en el Castillo Drácula, y dice que acaba de partir hacia casa. Eso no es propio de Jonathan; no lo entiendo y me inquieta. Además, Lucy, aunque está muy bien, ha vuelto últimamente a su vieja costumbre de sonambulismo. Su madre me ha hablado de ello y hemos decidido que cerraré la puerta de nuestra habitación cada noche. La Sra. Westenra tiene la idea de que los sonámbulos siempre salen a los tejados de las casas y caminan por los bordes de los acantilados, y luego se despiertan de repente y caen con un grito de desesperación que resuena por todas partes. Pobre querida, está naturalmente ansiosa por Lucy, y me cuenta que su marido, el padre de Lucy, tenía la misma costumbre; que se levantaba por la noche, se vestía y salía si no lo detenían. Lucy se casará en otoño y ya está planeando sus vestidos y cómo se organizará su casa. Me solidarizo con ella, pues yo hago lo mismo, solo que Jonathan y yo empezaremos la vida de una manera muy sencilla y tendremos que intentar llegar a fin de mes. El Sr. Holmwood —él es el Honorable Arthur Holmwood, único hijo de Lord Godalming— vendrá aquí muy pronto, tan pronto como pueda dejar la ciudad, pues su padre no se encuentra muy bien, y creo que la querida Lucy está contando los momentos hasta que llegue. Quiere llevarlo al asiento en el acantilado del cementerio y mostrarle la belleza de Whitby. Me atrevo a decir que es la espera lo que la altera; estará bien cuando él llegue.
27 de julio. Sin noticias de Jonathan. Me estoy poniendo muy inquieta por él, aunque no sé por qué debería estarlo; pero deseo mucho que escribiera, aunque fuera una sola línea. Lucy camina más que nunca, y cada noche me despierta su movimiento por la habitación. Afortunadamente, el tiempo es tan caluroso que no puede resfriarse; pero aun así, la ansiedad y el despertarme perpetuamente están empezando a hacer mella en mí, y me estoy poniendo nerviosa y desvelada yo misma. Gracias a Dios, la salud de Lucy se mantiene. El Sr. Holmwood ha sido llamado repentinamente a Ring para ver a su padre, que ha enfermado gravemente. Lucy se aflige por el retraso en verlo, pero no afecta a su aspecto; está un poco más robusta y sus mejillas son de un precioso color rosa. Ha perdido ese aspecto anémico que tenía. Rezo para que todo dure.
3 de agosto. Otra semana pasada y ninguna noticia de Jonathan, ni siquiera para el Sr. Hawkins, de quien he tenido noticias. Oh, espero que no esté enfermo. Seguramente habría escrito. Miro esa última carta suya, pero de algún modo no me satisface. No parece escrita por él, y sin embargo es su letra. No hay error en eso. Lucy no ha caminado mucho dormida la última semana, pero hay una extraña concentración en ella que no entiendo; incluso dormida parece estar observándome. Prueba la puerta y, al encontrarla cerrada, recorre la habitación buscando la llave.
6 de agosto. Otros tres días y ninguna noticia. Este suspenso se está volviendo terrible. Si tan solo supiera a dónde escribir o adónde ir, me sentiría más tranquila; pero nadie ha tenido noticias de Jonathan desde esa última carta. Solo debo pedirle a Dios paciencia. Lucy está más excitable que nunca, pero por lo demás está bien. La noche pasada fue muy amenazante y los pescadores dicen que nos espera una tormenta. Debo intentar observarla y aprender las señales del tiempo. Hoy es un día gris, y el sol, mientras escribo, está oculto tras densas nubes, muy por encima de Kettleness. Todo es gris, excepto la hierba verde, que parece esmeralda en medio de todo ello; roca gris terrosa; nubes grises, teñidas con el estallido del sol en el borde lejano, cuelgan sobre el mar gris, en el que las puntas de arena se extienden como dedos grises. El mar se desploma sobre los bajíos y los bancos de arena con un rugido, amortiguado por las nieblas marinas que van a la deriva hacia el interior. El horizonte se pierde en una neblina gris. Todo es inmensidad; las nubes están amontonadas como rocas gigantes, y hay un «rugido» sobre el mar que suena como un presagio de fatalidad. Figuras oscuras están en la playa aquí y allá, a veces medio envueltas en la niebla, y parecen «hombres como árboles caminando». Los barcos pesqueros corren hacia casa, y se elevan y sumergen en el oleaje a medida que entran en el puerto, inclinándose hasta los imbornales. Aquí viene el viejo Sr. Swales. Se dirige directamente hacia mí, y puedo ver, por la forma en que se levanta el sombrero, que quiere hablar...
Me ha conmovido mucho el cambio en el pobre anciano. Cuando se sentó a mi lado, dijo de una manera muy gentil:
«Quiero decirle algo, señorita». Pude ver que no estaba a gusto, así que tomé su pobre mano arrugada en la mía y le pedí que hablara con total confianza; así que dijo, dejando su mano en la mía:
«Me temo, mi querida, que debo haberla escandalizado con todas las cosas malvadas que he estado diciendo sobre los muertos, y cosas por el estilo, durante las últimas semanas; pero no las decía en serio, y quiero que recuerde eso cuando me haya ido. Los viejos como nosotros, que estamos aturdidos y con un pie en la tumba, no nos gusta pensar en ello, y no queremos sentir miedo; y por eso me he dedicado a restarle importancia, para animar un poco mi propio corazón. Pero, que Dios la bendiga, señorita, no tengo miedo de morir, ni un poco; solo que no quiero morir si puedo evitarlo. Mi hora debe estar cerca ahora, pues soy viejo, y cien años es demasiado para que cualquier hombre espere; y estoy tan cerca que el Viejo ya está afilando su guadaña. Ya ve, no puedo perder la costumbre de bromear sobre ello de golpe; las mandíbulas se moverán como están acostumbradas. Algún día pronto el Ángel de la Muerte tocará su trompeta para mí. ¡Pero no se lamente ni llore, mi querida!» —pues vio que yo estaba llorando—, «si viniera esta misma noche, no me negaría a responder a su llamada. Porque la vida es, después de todo, solo una espera para algo más que lo que estamos haciendo; y la muerte es todo con lo que podemos contar con seguridad. Pero estoy contento, porque viene hacia mí, mi querida, y viene rápido. Puede estar viniendo mientras miramos y nos preguntamos. Quizás está en ese viento sobre el mar que trae consigo pérdida y naufragio, y dolorosa angustia, y corazones tristes. ¡Mire! ¡Mire!», gritó de repente. «Hay algo en ese viento y en el anfitrión más allá que suena, y se ve, y sabe, y huele a muerte. Está en el aire; lo siento venir. ¡Señor, hazme responder alegremente cuando llegue mi llamada!». Levantó los brazos devotamente y se quitó el sombrero. Su boca se movió como si estuviera rezando. Tras unos minutos de silencio, se levantó, me dio la mano, me bendijo, se despidió y se alejó cojeando. Todo me conmovió y me alteró mucho.
Me alegré cuando el guardia costero pasó, con su catalejo bajo el brazo. Se detuvo a hablar conmigo, como siempre hace, pero todo el tiempo siguió mirando a un extraño barco.
«No puedo distinguirlo», dijo; «es un ruso, por su aspecto; pero se está moviendo de la manera más extraña. No sabe qué hacer; parece ver que se acerca la tormenta, pero no puede decidir si huir hacia el norte en mar abierto o entrar aquí. ¡Mire allí de nuevo! Se dirige de forma muy extraña, pues no le importa la mano en el timón; cambia de rumbo con cada ráfaga de viento. Oiremos más sobre él antes de esta misma hora mañana».
CAPÍTULO VII.
/Recorte de «The Dailygraph», 8 de agosto./
(Pegado en el diario de Mina Murray.)
De un corresponsal.
Whitby.
Se acaba de experimentar aquí una de las tormentas más grandes y repentinas que se recuerdan, con resultados extraños y únicos. El tiempo había sido algo sofocante, pero no en un grado poco común para el mes de agosto. La tarde del sábado fue tan hermosa como cualquier otra conocida, y la gran masa de veraneantes salió ayer de visita a Mulgrave Woods, Robin Hood’s Bay, Rig Mill, Runswick, Staithes y las diversas excursiones por los alrededores de Whitby. Los barcos de vapor Emma y Scarborough hicieron excursiones a lo largo de la costa, y hubo una cantidad inusual de «excursiones» tanto hacia como desde Whitby. El día fue inusualmente hermoso hasta la tarde, cuando algunos de los cotillas que frecuentan el cementerio de East Cliff, y desde esa posición dominante observan la amplia extensión de mar visible hacia el norte y el este, llamaron la atención sobre una repentina aparición de «colas de yegua» en lo alto del cielo hacia el noroeste. El viento soplaba entonces desde el suroeste con el grado suave que en lenguaje barométrico se clasifica como «nº 2: brisa ligera». El guardia costero de servicio informó de inmediato, y un viejo pescador, que durante más de medio siglo ha vigilado las señales meteorológicas desde East Cliff, predijo de manera enfática la llegada de una tormenta repentina. La aproximación de la puesta de sol fue tan hermosa, tan grandiosa en sus masas de nubes espléndidamente coloreadas, que hubo una gran congregación en el paseo a lo largo del acantilado en el viejo cementerio para disfrutar de la belleza. Antes de que el sol se sumergiera bajo la masa negra de Kettleness, que se alzaba audazmente atravesando el cielo occidental, su camino descendente estuvo marcado por miríadas de nubes de todos los colores del atardecer: llama, púrpura, rosa, verde, violeta y todos los tintes de oro; con aquí y allá masas no grandes, pero aparentemente de absoluta negrura, en todo tipo de formas, tan bien delineadas como siluetas colosales. La experiencia no se perdió para los pintores, y sin duda algunos de los bocetos del «Preludio a la Gran Tormenta» adornarán las paredes de la R.A. y la R.I. el próximo mayo. Más de un capitán decidió en ese mismo instante que su «cobble» o su «mule», como llaman a las diferentes clases de barcos, permanecería en el puerto hasta que hubiera pasado la tormenta. El viento amainó por completo durante la noche y a medianoche había una calma muerta, un calor sofocante y esa intensidad predominante que, ante la proximidad de los truenos, afecta a las personas de naturaleza sensible. Había pocas luces a la vista en el mar, pues incluso los vapores de cabotaje, que normalmente «abrazan» la costa tan de cerca, se mantuvieron bien mar adentro, y apenas se veían barcos pesqueros. La única vela notable era una goleta extranjera con todas las velas desplegadas, que aparentemente se dirigía hacia el oeste. La temeridad o ignorancia de sus oficiales fue un tema prolífico de comentario mientras permaneció a la vista, y se hicieron esfuerzos para hacerle señales de que redujera la velocidad ante su peligro. Antes de que la noche cayera por completo, se la vio con las velas ondeando ociosamente mientras se balanceaba suavemente en el oleaje ondulante del mar,
«Tan ociosa como un barco pintado sobre un océano pintado».
Poco antes de las diez, la quietud del aire se volvió bastante opresiva, y el silencio fue tan marcado que el balido de una oveja tierra adentro o el ladrido de un perro en la ciudad se escuchaban claramente, y la banda en el muelle, con su animado aire francés, parecía una discordancia en la gran armonía del silencio de la naturaleza. Un poco después de medianoche llegó un sonido extraño desde el mar, y muy por encima de nuestras cabezas el aire comenzó a llevar un extraño, débil y hueco retumbar.
Entonces, sin previo aviso, estalló la tempestad. Con una rapidez que, en aquel momento, pareció increíble, e incluso después es imposible de comprender, todo el aspecto de la naturaleza se convulsionó de repente. Las olas se alzaron con una furia creciente, superándose unas a otras, hasta que en pocos minutos el mar, que poco antes parecía un espejo, se convirtió en un monstruo rugiente y devorador. Las olas de crestas blancas golpeaban con locura las arenas llanas y se precipitaban sobre los acantilados escarpados; otras rompían sobre los muelles y, con su espuma, barrían las linternas de los faros que se alzan en el extremo de ambos espigones del puerto de Whitby. El viento rugía como un trueno y soplaba con tal fuerza que incluso a los hombres fuertes les costaba mantenerse en pie o aferrarse con agarre firme a los puntales de hierro. Fue necesario despejar los muelles de la multitud de curiosos, pues de lo contrario las víctimas de la noche se habrían multiplicado por mucho. Para añadir dificultades y peligros a la situación, masas de niebla marina llegaron a la deriva hacia el interior: nubes blancas y húmedas que pasaban de forma fantasmal, tan lóbregas, húmedas y frías que apenas se necesitaba esfuerzo de imaginación para pensar que los espíritus de aquellos perdidos en el mar estaban tocando a sus hermanos vivos con las manos gélidas de la muerte; y más de uno se estremeció al ver pasar los jirones de bruma marina. A veces la niebla se aclaraba y el mar podía verse a cierta distancia bajo el resplandor del relámpago, que ahora caía denso y rápido, seguido de truenos tan repentinos que todo el cielo sobre nuestras cabezas parecía temblar bajo el impacto de los pasos de la tormenta. Algunas de las escenas así reveladas eran de una grandeza inconmensurable y de un interés absorbente: el mar, encrespado como montañas, lanzaba hacia el cielo con cada ola grandes masas de espuma blanca, que la tempestad parecía arrebatar y arremolinar en el espacio; aquí y allá un barco pesquero, con un jirón de vela, corriendo locamente en busca de refugio ante el vendaval; de vez en cuando, las alas blancas de un ave marina sacudida por la tormenta. En la cima del East Cliff, el nuevo reflector estaba listo para ser probado, pero aún no se había utilizado. Los oficiales a cargo lo pusieron en funcionamiento y, en las pausas de la niebla que avanzaba, barrieron con él la superficie del mar. Una o dos veces su servicio fue muy eficaz, como cuando un barco pesquero, con la borda bajo el agua, se precipitó hacia el puerto, logrando, gracias a la guía de la luz protectora, evitar el peligro de estrellarse contra los muelles. A medida que cada barco lograba la seguridad del puerto, se oía un grito de alegría de la multitud en tierra, un grito que por un momento pareció rasgar el vendaval y luego fue arrastrado por su embestida. Poco después, el reflector descubrió a cierta distancia una goleta con todas las velas desplegadas, al parecer la misma embarcación que se había observado al principio de la tarde. Para entonces, el viento había rolado hacia el este, y un estremecimiento recorrió a los observadores en el acantilado al darse cuenta del terrible peligro en que se encontraba. Entre ella y el puerto yacía el gran arrecife llano en el que tantos buenos barcos han sufrido desgracias de vez en cuando, y, con el viento soplando desde esa dirección, sería totalmente imposible que llegara a la entrada del puerto. Era casi la hora de la marea alta, pero las olas eran tan grandes que en sus valles casi se podían ver los bajíos de la costa, y la goleta, con todo el velamen desplegado, corría a tal velocidad que, en palabras de un viejo lobo de mar, «tenía que acabar en algún lugar, aunque fuera en el infierno». Entonces vino otra ráfaga de niebla marina, mayor que todas las anteriores: una masa de bruma lúgubre que pareció cerrarse sobre todas las cosas como un sudario gris, y dejó disponible para los hombres solo el órgano del oído, pues el rugido de la tempestad, el estruendo del trueno y el fragor de los poderosos bramidos llegaban a través del olvido húmedo aún más fuertes que antes. Los rayos del reflector se mantuvieron fijos en la boca del puerto a través del East Pier, donde se esperaba el impacto, y los hombres esperaron sin aliento. El viento cambió repentinamente al noreste y el resto de la niebla marina se disolvió en la ráfaga; y entonces, mirabile dictu, entre los muelles, saltando de ola en ola mientras corría a una velocidad vertiginosa, pasó la extraña goleta ante el vendaval, con todo el velamen desplegado, y alcanzó la seguridad del puerto. El reflector la siguió, y un estremecimiento recorrió a todos los que la vieron, pues atado al timón había un cadáver, con la cabeza colgante, que se balanceaba horriblemente de un lado a otro con cada movimiento del barco. No se veía ninguna otra figura en cubierta. Un gran temor se apoderó de todos al darse cuenta de que el barco, como por un milagro, había encontrado el puerto, ¡sin más timonel que la mano de un hombre muerto! Sin embargo, todo sucedió más rápido de lo que se tarda en escribir estas palabras. La goleta no se detuvo, sino que, cruzando el puerto a toda velocidad, se encalló en aquella acumulación de arena y grava arrastrada por muchas mareas y muchas tormentas hacia el rincón sureste del muelle que sobresale bajo el East Cliff, conocido localmente como Tate Hill Pier.
Hubo, por supuesto, una conmoción considerable cuando la embarcación se encalló en el banco de arena. Cada mástil, cuerda y obenque se tensó, y parte de la «arboladura superior» se desplomó con estrépito. Pero, lo más extraño de todo, en el preciso instante en que tocó la costa, un perro inmenso saltó a cubierta desde abajo, como si hubiera sido disparado por el choque, y corriendo hacia proa, saltó desde la proa a la arena. Dirigiéndose directamente hacia el escarpado acantilado, donde el cementerio se cierne sobre el callejón hacia el East Pier de forma tan pronunciada que algunas de las lápidas planas —«thruff-steans» o «through-stones», como las llaman en el vernáculo de Whitby— sobresalen realmente sobre donde el acantilado sustentador se ha derrumbado, desapareció en la oscuridad, que parecía intensificarse justo más allá del foco del reflector.
Dio la casualidad de que en ese momento no había nadie en el Tate Hill Pier, ya que todos los que tenían sus casas en las inmediaciones estaban en la cama o se encontraban en las alturas de arriba. Así pues, el guardacostas de guardia en el lado este del puerto, que corrió inmediatamente hacia el pequeño muelle, fue el primero en subir a bordo. Los hombres que manejaban el reflector, tras registrar la entrada del puerto sin ver nada, enfocaron la luz hacia el barco abandonado y la mantuvieron allí. El guardacostas corrió hacia popa, y cuando llegó junto a la rueda, se inclinó para examinarla y retrocedió de inmediato como si estuviera bajo una emoción repentina. Esto pareció despertar la curiosidad general, y un buen número de personas comenzaron a correr. Es un largo camino desde el West Cliff por el puente levadizo hasta el Tate Hill Pier, pero su corresponsal es un corredor bastante bueno y llegó con mucha ventaja sobre la multitud. Sin embargo, cuando llegué, ya encontré reunida en el muelle una multitud, a la que el guardacostas y la policía se negaban a dejar subir a bordo. Por cortesía del contramaestre jefe, a mí, como su corresponsal, se me permitió subir a cubierta y fui uno de los pocos de un pequeño grupo que vio a aquel marinero muerto mientras estaba atado al timón.
No era de extrañar que el guardacostas estuviera sorprendido, o incluso sobrecogido, pues no a menudo se habrá visto semejante espectáculo. El hombre estaba sencillamente sujeto por las manos, atadas una sobre la otra, a un radio de la rueda. Entre la mano interior y la madera había un crucifijo, y el rosario en el que estaba sujeto rodeaba ambas muñecas y la rueda, todo ello mantenido firme por los cordeles de atadura. El pobre hombre pudo haber estado sentado en algún momento, pero el aleteo y los golpes de las velas habían trabajado a través del timón de la rueda y lo habían arrastrado de un lado a otro, de modo que las cuerdas con las que estaba atado habían cortado la carne hasta el hueso. Se tomó nota precisa del estado de las cosas, y un médico —el cirujano J. M. Caffyn, del 33 de East Elliot Place—, que llegó inmediatamente después de mí, declaró, tras realizar un examen, que el hombre debía de llevar muerto al menos dos días. En su bolsillo había una botella, cuidadosamente corchada, vacía salvo por un pequeño rollo de papel, que resultó ser el anexo al diario de a bordo. El guardacostas dijo que el hombre debió de atarse las manos él mismo, apretando los nudos con los dientes. El hecho de que un guardacostas fuera el primero en subir a bordo puede evitar algunas complicaciones, más adelante, en el Tribunal del Almirantazgo; pues los guardacostas no pueden reclamar el salvamento que es derecho del primer civil que entra en un barco abandonado. Sin embargo, las lenguas legales ya están empezando a moverse, y un joven estudiante de derecho afirma a gritos que los derechos del propietario ya han sido completamente sacrificados, al estar su propiedad retenida en contravención de los estatutos de manos muertas, ya que la caña del timón, como emblema, si no prueba, de posesión delegada, está sostenida por una *mano muerta*. No hace falta decir que el timonel muerto ha sido retirado con reverencia del lugar donde mantuvo su honorable guardia hasta la muerte —una firmeza tan noble como la del joven Casabianca— y colocado en el depósito de cadáveres a la espera de la investigación.
La tormenta repentina ya está pasando y su ferocidad está disminuyendo; las multitudes se dispersan hacia sus hogares y el cielo comienza a enrojecer sobre los páramos de Yorkshire. Enviaré, a tiempo para su próxima edición, más detalles sobre el barco abandonado que encontró su camino tan milagrosamente hacia el puerto en la tormenta.
Whitby.
9 de agosto.— El desenlace de la extraña llegada del barco abandonado en la tormenta de anoche es casi más sorprendente que el hecho en sí. Resulta que la goleta es rusa, de Varna, y se llama Demeter. Está casi completamente en lastre de arena plateada, con solo una pequeña cantidad de carga: varios grandes cajones de madera llenos de tierra. Esta carga estaba consignada a un abogado de Whitby, el Sr. S. F. Billington, del 7 de The Crescent, quien esta mañana subió a bordo y tomó posesión formal de las mercancías consignadas a él. El cónsul ruso, también, actuando en nombre del fletador, tomó posesión formal del barco y pagó todos los derechos portuarios, etc. Hoy no se habla de otra cosa aquí más que de la extraña coincidencia; los funcionarios de la Junta de Comercio han sido de lo más exigentes para asegurarse de que se haya cumplido con cada uno de los reglamentos existentes. Como el asunto va a ser una «maravilla de nueve días», evidentemente están decididos a que no haya causa para quejas posteriores. Se ha despertado mucho interés en relación con el perro que desembarcó cuando el barco encalló, y no pocos de los miembros de la S.P.C.A., que es muy fuerte en Whitby, han intentado ayudar al animal. Sin embargo, para decepción general, no ha podido ser encontrado; parece haber desaparecido por completo de la ciudad. Puede que se asustara y se dirigiera a los páramos, donde aún se esconde aterrorizado. Hay algunos que miran con pavor tal posibilidad, por temor a que más adelante se convierta en un peligro en sí mismo, pues es evidentemente una bestia feroz. Esta mañana temprano, un perro grande, un cruce de mastín, perteneciente a un comerciante de carbón cerca del Tate Hill Pier, fue encontrado muerto en la calzada frente al patio de su dueño. Había estado peleando, y manifiestamente había tenido un oponente salvaje, pues su garganta estaba desgarrada y su vientre abierto como si fuera con una garra salvaje.
Más tarde.— Por la amabilidad del inspector de la Junta de Comercio, se me ha permitido revisar el diario de a bordo del Demeter, que estaba en orden hasta tres días antes, pero que no contenía nada de interés especial, excepto en cuanto a los hechos de los hombres desaparecidos. El mayor interés, sin embargo, se refiere al papel encontrado en la botella, que hoy se presentó en la investigación; y no ha sido mi suerte encontrar una narración más extraña que la que ambos despliegan. Como no hay motivo para ocultarlo, se me permite usarlos y, en consecuencia, le envío una transcripción, omitiendo simplemente los detalles técnicos de navegación y sobrecarga. Casi parece como si el capitán hubiera sido presa de algún tipo de manía antes de haberse adentrado bien en aguas profundas, y que esta se hubiera desarrollado persistentemente a lo largo del viaje. Por supuesto, mi declaración debe tomarse *cum grano*, ya que estoy escribiendo al dictado de un empleado del cónsul ruso, quien amablemente tradujo para mí, al ser el tiempo escaso.
/Diario del «Demeter»./
De Varna a Whitby.
*Escrito el 18 de julio, sucediendo cosas tan extrañas, que llevaré nota exacta en adelante hasta que desembarquemos.*
El 6 de julio terminamos de cargar, arena plateada y cajas de tierra. Al mediodía zarpamos. Viento del este, fresco. Tripulación, cinco hombres... dos oficiales, cocinero y yo (capitán).
El 11 de julio al amanecer entramos en el Bósforo. Abordados por oficiales de aduanas turcos. *Backsheesh*. Todo correcto. En marcha a las 4 p.m.
El 12 de julio a través de los Dardanelos. Más oficiales de aduanas y el barco insignia del escuadrón de vigilancia. *Backsheesh* de nuevo. El trabajo de los oficiales fue exhaustivo, pero rápido. Nos querían fuera pronto. Al anochecer pasamos al archipiélago.
El 13 de julio pasamos el cabo Matapán. Tripulación insatisfecha por algo. Parecían asustados, pero no querían hablar claro.
El 14 de julio estaba algo ansioso por la tripulación. Los hombres son todos tipos constantes, que navegaron conmigo antes. El oficial no podía averiguar qué pasaba; solo le decían que había algo y se santiguaban. El oficial perdió la paciencia con uno de ellos ese día y lo golpeó. Esperaba una pelea feroz, pero todo estuvo tranquilo.
El 16 de julio, el oficial informó por la mañana que uno de la tripulación, Petrofsky, estaba desaparecido. No podía explicarlo. Tomó la guardia de babor a las ocho anoche; fue relevado por Abramoff, pero no fue a su litera. Los hombres están más abatidos que nunca. Todos dijeron que esperaban algo así, pero no quisieron decir más que había algo a bordo. El oficial se está impacientando mucho con ellos; temía algún problema por delante.
El 17 de julio, ayer, uno de los hombres, Olgaren, vino a mi camarote y, con voz llena de temor, me confió que pensaba que había un hombre extraño a bordo del barco. Dijo que en su guardia se había estado resguardando detrás de la caseta de cubierta, ya que había una tormenta de lluvia, cuando vio a un hombre alto y delgado, que no era como ninguno de la tripulación, subir por la escala de acceso, caminar por la cubierta hacia proa y desaparecer. Lo siguió con cautela, pero cuando llegó a proa no encontró a nadie, y las escotillas estaban todas cerradas. Estaba en pánico por un miedo supersticioso, y me temo que el pánico pueda extenderse. Para calmarlo, hoy registraré todo el barco cuidadosamente desde proa hasta popa.
Más tarde ese día reuní a toda la tripulación y les dije, ya que evidentemente pensaban que había alguien en el barco, que registraríamos desde proa hasta popa. El primer oficial, enfadado, dijo que era una locura y que ceder a ideas tan estúpidas desmoralizaría a los hombres; dijo que él se encargaría de mantenerlos fuera de problemas con una palanca. Le dejé tomar el timón, mientras el resto comenzaba una búsqueda exhaustiva, todos avanzando juntos, con linternas; no dejamos ni un rincón sin registrar. Como solo estaban las grandes cajas de madera, no había rincones donde un hombre pudiera esconderse. Los hombres se sintieron muy aliviados cuando terminó la búsqueda y volvieron al trabajo alegremente. El primer oficial frunció el ceño, pero no dijo nada.
22 de julio.— Tiempo duro los últimos tres días, y todos ocupados con las velas; no hay tiempo para asustarse. Los hombres parecen haber olvidado su temor. El oficial está alegre de nuevo y todos se llevan bien. Elogié a los hombres por su trabajo con mal tiempo. Pasamos Gibraltar y salimos a través del estrecho. Todo bien.
24 de julio.— Parece haber un destino funesto sobre este barco. Ya falta un hombre, y entrando en el golfo de Vizcaya con tiempo salvaje por delante, y sin embargo anoche otro hombre perdido; desapareció. Como el primero, salió de su guardia y no fue visto de nuevo. Los hombres están todos en pánico de miedo; enviaron una carta firmada en círculo, pidiendo tener doble guardia, ya que temen estar solos. El oficial está violento. Temo que habrá algún problema, ya que él o los hombres cometerán alguna violencia.
28 de julio.— Cuatro días en el infierno, golpeados en una especie de vorágine, y el viento es una tempestad. No hay sueño para nadie. Los hombres están todos agotados. Apenas sé cómo establecer una guardia ya que nadie está en condiciones de entrar. El segundo oficial se ofreció voluntario para timonear y vigilar, y dejar que los hombres durmieran unas horas. El viento está disminuyendo; los mares siguen siendo terribles, pero los siento menos, ya que el barco es más estable.
29 de julio.— Otra tragedia. Teníamos guardia simple esta noche, ya que la tripulación estaba demasiado cansada para hacer doble. Cuando la guardia de la mañana subió a cubierta, no pudo encontrar a nadie excepto al timonel. Dieron la voz de alarma y todos subieron a cubierta. Búsqueda exhaustiva, pero no se encontró a nadie. Ahora estamos sin segundo oficial y la tripulación está en pánico. El oficial y yo acordamos ir armados de ahora en adelante y esperar cualquier señal de la causa.
30 de julio.— Anoche. Nos alegramos de que nos acercamos a Inglaterra. Buen tiempo, todas las velas desplegadas. Me retiré agotado; dormí profundamente; me despertó el oficial diciéndome que tanto los hombres de guardia como el timonel habían desaparecido. Solo quedamos yo, el oficial y dos hombres para manejar el barco.
1 de agosto.— Dos días de niebla, y ni una vela a la vista. Había esperado que, al estar en el Canal de la Mancha, pudiera hacer señales de ayuda o entrar en algún lugar. Al no tener fuerza para manejar las velas, tengo que correr ante el viento. No me atrevo a bajarlas, ya que no podría volver a subirlas. Parece que vamos a la deriva hacia algún destino terrible. El oficial está ahora más desmoralizado que cualquiera de ellos. Su naturaleza más fuerte parece haber trabajado internamente contra sí mismo. Los hombres están más allá del miedo, trabajando estóicamente y con paciencia, con la mente hecha a lo peor. Ellos son rusos, él rumano.
2 de agosto, medianoche.— Me desperté de unos minutos de sueño al oír un grito, aparentemente fuera de mi portillo. No pude ver nada en la niebla. Corrí a cubierta y choqué con el oficial. Me dice que oyó el grito y corrió, pero no había rastro del hombre de guardia. Uno más que se ha ido. ¡Señor, ayúdanos! El oficial dice que debemos haber pasado el estrecho de Dover, ya que en un momento en que la niebla se levantó vio North Foreland, justo cuando oyó gritar al hombre. Si es así, estamos ahora en el Mar del Norte, y solo Dios puede guiarnos en la niebla, que parece moverse con nosotros; y Dios parece habernos abandonado.
3 de agosto.— A medianoche fui a relevar al hombre en el timón, pero cuando llegué no encontré a nadie allí. El viento era constante, y mientras corríamos ante él no había guiñada. No me atreví a dejarlo, así que grité por el oficial. Después de unos segundos, subió a cubierta en ropa interior. Tenía los ojos desorbitados y un aspecto demacrado, y mucho me temo que ha perdido la razón. Se acercó a mí y me susurró con voz ronca, con la boca en mi oído, como si temiera que el aire mismo pudiera oír: «Está aquí; lo sé, ahora. En la guardia de anoche lo vi, como un hombre, alto y delgado, y horriblemente pálido. Estaba en la proa, mirando hacia fuera. Me arrastré detrás de Él y le di con mi cuchillo; pero el cuchillo atravesó a Él, vacío como el aire». Y mientras hablaba, tomó su cuchillo y lo lanzó salvajemente al espacio. Luego continuó: «Pero está aquí, y lo encontraré. Está en la bodega, quizás, en una de esas cajas. Las desatornillaré una a una y veré. Tú maneja el timón». Y, con una mirada de advertencia y el dedo en los labios, bajó. Estaba empezando un viento picado y no podía dejar el timón. Lo vi salir a cubierta de nuevo con una caja de herramientas y una linterna, y bajar por la escotilla de proa. Está loco, loco de remate, y no sirve de nada que intente detenerlo. No puede hacer daño a esas grandes cajas: están facturadas como «arcilla», y moverlas es lo más inofensivo que puede hacer. Así que aquí me quedo, cuido el timón y escribo estas notas. Solo puedo confiar en Dios y esperar a que la niebla se aclare. Entonces, si no puedo timonear hacia ningún puerto con el viento que hay, arriaré las velas y esperaré, y haré señales de ayuda...
Ya casi ha terminado todo. Justo cuando empezaba a albergar la esperanza de que el contramaestre se calmara —pues le oía dar golpes a algo en la bodega, y el trabajo es bueno para él—, subió por la escotilla un grito súbito y sobresaltado que me heló la sangre, y apareció en cubierta como si lo hubiera disparado un cañón: un loco de remate, con los ojos inyectados y el rostro convulso de terror. «¡Sálvenme! ¡Sálvenme!», gritó, y entonces miró a su alrededor hacia el manto de niebla. Su horror se tornó en desesperación, y con voz firme dijo: «Será mejor que usted también venga, capitán, antes de que sea demasiado tarde. Él está ahí. Ahora conozco el secreto. ¡El mar me salvará de Él, y es todo lo que queda!». Antes de que pudiera decir una palabra o moverme para apresarlo, saltó sobre la borda y se arrojó deliberadamente al mar. Supongo que ahora yo también conozco el secreto. Fue este loco quien se deshizo de los hombres uno a uno, y ahora él mismo los ha seguido. ¡Que Dios me ayude! ¿Cómo voy a dar cuenta de todos estos horrores cuando llegue a puerto? ¡Cuando llegue a puerto! ¿Llegará eso a ocurrir alguna vez?
4 de agosto.—Sigue la niebla, que la salida del sol no puede atravesar. Sé que ha salido el sol porque soy marinero; por qué otra razón, no lo sé. No me atreví a bajar, no me atreví a dejar el timón; así que aquí me quedé toda la noche, y en la penumbra vi a Eso... ¡a Él! Que Dios me perdone, pero el contramaestre hizo bien en saltar por la borda. Es mejor morir como un hombre; nadie puede poner objeción a morir como un marinero en aguas azules. Pero soy el capitán y no debo abandonar mi barco. Sin embargo, desconcertaré a este demonio o monstruo, pues ataré mis manos al timón cuando mis fuerzas empiecen a flaquear, y junto a ellas ataré aquello que Él... ¡Eso!... no se atreve a tocar; y entonces, venga buen viento o malo, salvaré mi alma y mi honor como capitán. Me estoy debilitando y la noche se acerca. Si Él vuelve a mirarme a la cara, puede que no tenga tiempo de actuar... Si naufragamos, tal vez se encuentre esta botella y quienes la hallen puedan entender; si no, ... bueno, entonces todos sabrán que he sido fiel a mi encargo. Que Dios, la Santísima Virgen y los santos ayuden a una pobre alma ignorante que intenta cumplir con su deber...
Por supuesto, el veredicto fue abierto. No hay pruebas que aducir; y si el hombre cometió o no los asesinatos, ya no queda nadie que pueda decirlo. La gente aquí sostiene casi unánimemente que el capitán es sencillamente un héroe, y se le va a conceder un funeral público. Ya se ha dispuesto que su cuerpo sea llevado en un cortejo de barcas por el Esk un trecho, para luego ser devuelto al muelle de Tate Hill y subir por las escaleras de la Abadía; pues va a ser enterrado en el cementerio del acantilado. Los propietarios de más de cien barcas ya han dado sus nombres deseando seguirlo hasta la tumba.
No se ha encontrado rastro alguno del gran perro; por lo cual hay mucho duelo, pues, con la opinión pública en su estado actual, creo que habría sido adoptado por la ciudad. Mañana será el funeral; y así terminará este «misterio del mar» más.
/Diario de Mina Murray./
8 de agosto.—Lucy estuvo muy inquieta toda la noche, y yo tampoco pude dormir. La tormenta fue espantosa, y mientras retumbaba con fuerza entre las chimeneas, me hacía estremecer. Cuando venía una ráfaga fuerte, parecía el disparo de un cañón lejano. Curiosamente, Lucy no se despertó; pero se levantó dos veces y se vistió. Afortunadamente, cada vez me desperté a tiempo, logré desvestirla sin despertarla y la llevé de vuelta a la cama. Es algo muy extraño, esto del sonambulismo, pues tan pronto como se frustra su voluntad de cualquier manera física, su intención, si es que hay alguna, desaparece, y se entrega casi exactamente a la rutina de su vida.
Por la mañana temprano nos levantamos ambas y fuimos al puerto para ver si había ocurrido algo durante la noche. Había muy poca gente, y aunque el sol brillaba y el aire estaba despejado y fresco, las grandes y sombrías olas, que parecían oscuras por sí mismas porque la espuma que las coronaba era como nieve, se abrían paso a través de la estrecha boca del puerto, como un hombre prepotente abriéndose paso entre la multitud. De algún modo, me sentí alegre de que Jonathan no estuviera en el mar anoche, sino en tierra. Pero, oh, ¿está en tierra o en el mar? ¿Dónde está, y cómo? Me estoy poniendo terriblemente ansiosa por él. ¡Si al menos supiera qué hacer y pudiera hacer algo!
10 de agosto.—El funeral del pobre capitán de barco hoy fue de lo más conmovedor. Cada barca del puerto parecía estar allí, y el ataúd fue llevado por capitanes desde el muelle de Tate Hill hasta el cementerio. Lucy vino conmigo y fuimos temprano a nuestro viejo asiento, mientras el cortejo de barcas subía por el río hasta el viaducto y volvía a bajar. Tuvimos una vista encantadora y vimos la procesión casi todo el camino. El pobre hombre fue puesto a descansar muy cerca de nuestro asiento, de modo que nos pusimos de pie sobre él cuando llegó el momento y vimos todo. La pobre Lucy parecía muy alterada. Estuvo inquieta e intranquila todo el tiempo, y no puedo dejar de pensar que sus sueños nocturnos le están pasando factura. Es bastante extraña en una cosa: no quiere admitirme que haya ninguna causa para su inquietud; o si la hay, ella misma no la entiende. Hay una causa adicional en el hecho de que el pobre viejo Sr. Swales fue encontrado muerto esta mañana en nuestro asiento, con el cuello roto. Evidentemente, como dijo el médico, se había caído hacia atrás en el asiento presa de algún tipo de susto, pues había una mirada de miedo y horror en su rostro que los hombres dijeron que les hizo estremecerse. ¡Pobre y querido anciano! ¡Quizá vio a la Muerte con sus ojos moribundos! Lucy es tan dulce y sensible que siente las influencias más agudamente que otras personas. Hace poco se sintió muy alterada por una pequeñez a la que yo no presté mucha atención, aunque yo misma soy muy amante de los animales. Uno de los hombres que suben a menudo por aquí a buscar las barcas iba seguido de su perro. El perro está siempre con él. Ambos son personas tranquilas, y nunca vi al hombre enfadado, ni oí ladrar al perro. Durante el servicio, el perro no quiso acercarse a su dueño, que estaba en el asiento con nosotras, sino que se mantuvo a unos metros, ladrando y aullando. Su dueño le habló con suavidad, y luego con severidad, y después con enfado; pero no quiso venir ni dejar de hacer ruido. Estaba en una especie de furia, con los ojos salvajes y todos los pelos erizados como la cola de un gato cuando el minino está en pie de guerra. Finalmente, el hombre también se enfadó, saltó hacia abajo y dio una patada al perro, y luego lo tomó por el pescuezo y lo arrastró a medias y a medias lo arrojó sobre la lápida en la que está fijado el asiento. En el momento en que tocó la piedra, la pobre criatura se quedó quieta y se puso a temblar toda. No intentó escapar, sino que se agazapó, temblando y encogiéndose, y estaba en un estado de terror tan lamentable que intenté, aunque sin efecto, consolarlo. Lucy estaba llena de compasión también, pero no intentó tocar al perro, sino que lo miró de una forma angustiada. Temo mucho que sea de una naturaleza demasiado hipersensible para pasar por el mundo sin problemas. Seguro que soñará con esto esta noche. Todo el conjunto de cosas —el barco dirigido a puerto por un hombre muerto; su postura, atado al timón con un crucifijo y un rosario; el conmovedor funeral; el perro, ahora furioso y ahora aterrorizado— aportará material para sus sueños.
Creo que será mejor para ella irse a la cama físicamente agotada, así que la llevaré a dar un largo paseo por los acantilados hasta la bahía de Robin Hood y de vuelta. No debería tener muchas inclinaciones al sonambulismo entonces.
CAPÍTULO VIII.
/Diario de Mina Murray./
El mismo día, 11 de la noche.—¡Oh, pero estoy cansada! Si no fuera porque he hecho de mi diario un deber, no lo abriría esta noche. Tuvimos un paseo encantador. Lucy, al cabo de un rato, estaba de buen humor, debido, creo, a unas vacas queridas que vinieron a olfatearnos en un campo cerca del faro y nos dieron un susto de muerte. Creo que olvidamos todo, excepto, por supuesto, el miedo personal, y pareció limpiar la pizarra y darnos un nuevo comienzo. Tomamos un excelente «té severo» en la bahía de Robin Hood en una encantadora posadita a la antigua, con una ventana mirador justo sobre las rocas cubiertas de algas de la orilla. Creo que habríamos escandalizado a la «Mujer Nueva» con nuestros apetitos. Los hombres son más tolerantes, ¡benditos sean! Luego caminamos a casa con algunas, o mejor dicho muchas, paradas para descansar, y con el corazón lleno de un miedo constante a los toros salvajes. Lucy estaba realmente cansada, y teníamos la intención de arrastrarnos a la cama tan pronto como pudiéramos. Sin embargo, el joven vicario entró, y la Sra. Westenra le pidió que se quedara a cenar. Lucy y yo tuvimos ambas una pelea con el «molinero polvoriento»; sé que fue una pelea dura por mi parte, y soy toda una heroína. Creo que algún día los obispos deben reunirse y considerar la crianza de una nueva clase de vicarios que no cenen, sin importar cuánto se les insista, y que sepan cuándo las chicas están cansadas. Lucy está dormida y respira suavemente. Tiene más color en las mejillas de lo habitual, y parece, oh, tan dulce. Si el Sr. Holmwood se enamoró de ella viéndola solo en el salón, me pregunto qué diría si la viera ahora. Alguna de las escritoras de la «Mujer Nueva» empezará algún día la idea de que a los hombres y a las mujeres se les debería permitir verse dormir antes de proponer o aceptar. Pero supongo que la Mujer Nueva no se dignará en el futuro a aceptar; ella misma hará la proposición. ¡Y qué buen trabajo hará también! Hay algún consuelo en eso. Estoy tan feliz esta noche, porque la querida Lucy parece mejor. Realmente creo que ha doblado la esquina, y que hemos superado sus problemas con los sueños. Sería muy feliz si al menos supiera si Jonathan... Que Dios lo bendiga y lo guarde.
11 de agosto, 3 a.m.—Diario otra vez. No hay sueño ahora, así que bien podría escribir. Estoy demasiado agitada para dormir. Hemos tenido tal aventura, tal experiencia angustiosa. Me quedé dormida en cuanto cerré mi diario... De repente me desperté por completo y me senté, con una horrible sensación de miedo sobre mí, y de algún sentimiento de vacío a mi alrededor. La habitación estaba oscura, así que no pude ver la cama de Lucy; me acerqué sigilosamente y busqué a tientas. La cama estaba vacía. Encendí una cerilla y descubrí que no estaba en la habitación. La puerta estaba cerrada, pero no echada la llave, como la había dejado. Temí despertar a su madre, que ha estado más enferma de lo habitual últimamente, así que me puse algo de ropa y me preparé para buscarla. Mientras salía de la habitación se me ocurrió que la ropa que llevaba podría darme alguna pista sobre su intención al soñar. Una bata significaría la casa; un vestido, el exterior. La bata y el vestido estaban ambos en su lugar. «Gracias a Dios», me dije a mí misma, «no puede estar lejos, ya que solo lleva su camisón». Bajé las escaleras y miré en el salón. ¡No estaba allí! Luego miré en todas las demás habitaciones abiertas de la casa, con un miedo creciente enfriando mi corazón. Finalmente llegué a la puerta del vestíbulo y la encontré abierta. No estaba abierta de par en par, pero el pestillo de la cerradura no se había enganchado. La gente de la casa tiene cuidado de cerrar la puerta cada noche, así que temí que Lucy hubiera salido tal cual estaba. No había tiempo para pensar en lo que podría pasar; un vago y avasallador miedo oscurecía todos los detalles. Tomé un chal grande y pesado y salí corriendo. El reloj estaba dando la una mientras estaba en el Crescent, y no había un alma a la vista. Corrí a lo largo de la Terraza Norte, pero no pude ver ninguna señal de la figura blanca que esperaba. En el borde del Acantilado Oeste, sobre el muelle, miré a través del puerto hacia el Acantilado Este, con la esperanza o el miedo —no sé cuál— de ver a Lucy en nuestro asiento favorito. Había una brillante luna llena, con pesadas nubes negras y errantes, que arrojaban toda la escena a un efímero diorama de luces y sombras mientras navegaban por encima. Por un momento o dos no pude ver nada, ya que la sombra de una nube oscurecía la iglesia de St. Mary y todo a su alrededor. Luego, a medida que la nube pasaba, pude ver cómo las ruinas de la Abadía aparecían a la vista; y a medida que el borde de una estrecha franja de luz, tan afilada como un corte de espada, se movía a lo largo, la iglesia y el cementerio se volvieron gradualmente visibles. Cualquiera que fuera mi expectativa, no se vio defraudada, pues allí, en nuestro asiento favorito, la luz plateada de la luna golpeaba una figura medio recostada, blanca como la nieve. La llegada de la nube fue demasiado rápida para que pudiera ver mucho, pues la sombra cayó sobre la luz casi de inmediato; pero me pareció como si algo oscuro estuviera detrás del asiento donde brillaba la figura blanca, e inclinado sobre ella. Qué era, si hombre o bestia, no podría decirlo; no esperé a echar otro vistazo, sino que volé hacia abajo por los empinados escalones hasta el muelle y a lo largo del mercado de pescado hasta el puente, que era la única forma de llegar al Acantilado Este. La ciudad parecía muerta, pues no vi ni un alma; me alegré de que así fuera, pues no quería testigos de la condición de la pobre Lucy. El tiempo y la distancia parecían interminables, mis rodillas temblaban y mi respiración se volvía trabajosa mientras subía penosamente los infinitos escalones hacia la Abadía. Debo de haber ido rápido, y sin embargo me parecía como si mis pies estuvieran lastrados con plomo, y como si cada articulación de mi cuerpo estuviera oxidada. Cuando llegué casi a la cima pude ver el asiento y la figura blanca, pues ya estaba lo suficientemente cerca como para distinguirla incluso a través de los hechizos de sombra. Indudablemente había algo, largo y negro, inclinado sobre la figura blanca medio recostada. Llamé asustada: «¡Lucy! ¡Lucy!», y algo levantó una cabeza, y desde donde yo estaba pude ver un rostro blanco y unos ojos rojos y centelleantes. Lucy no respondió, y corrí hacia la entrada del cementerio. Al entrar, la iglesia quedó entre mí y el asiento, y durante un minuto o más la perdí de vista. Cuando volví a verla, la nube había pasado, y la luz de la luna golpeaba tan brillantemente que pude ver a Lucy medio recostada con la cabeza apoyada sobre el respaldo del asiento. Estaba completamente sola, y no había ni rastro de ninguna criatura viviente por allí.
Cuando me incliné sobre ella pude ver que aún estaba dormida. Sus labios estaban entreabiertos y respiraba —no suavemente, como era habitual en ella, sino en largos y pesados jadeos, como si se esforzara por llenar sus pulmones con cada aliento—. Cuando me acerqué, levantó la mano en sueños y se apretó el cuello de su camisón contra la garganta. Mientras lo hacía, le dio un pequeño escalofrío, como si sintiera el frío. Le eché el cálido chal por encima y cerré los bordes con fuerza alrededor de su cuello, pues temía que cogiera algún resfriado mortal por el aire de la noche, vestida como estaba. Temí despertarla de golpe, así que, para tener las manos libres y poder ayudarla, sujeté el chal a su garganta con un imperdible grande; pero debo de haber sido torpe en mi ansiedad y la pellizqué o pinché con él, pues al poco tiempo, cuando su respiración se volvió más tranquila, se llevó la mano a la garganta de nuevo y gimió. Cuando la tuve cuidadosamente envuelta, le puse mis zapatos en los pies, y entonces comencé con mucha suavidad a despertarla. Al principio no respondió; pero gradualmente se volvió más y más inquieta en su sueño, gimiendo y suspirando de vez en cuando. Finalmente, como el tiempo pasaba rápido y por muchas otras razones, deseé llevarla a casa de inmediato, la sacudí con más fuerza hasta que finalmente abrió los ojos y despertó. No pareció sorprendida de verme, ya que, por supuesto, no se dio cuenta de inmediato de dónde estaba. Lucy siempre despierta de forma bonita, e incluso en un momento así, cuando su cuerpo debía haber estado enfriado por el frío y su mente algo horrorizada por despertar sin ropa en un cementerio por la noche, no perdió su gracia. Tembló un poco y se aferró a mí; cuando le dije que viniera enseguida conmigo a casa, se levantó sin decir palabra, con la obediencia de una niña. Mientras pasábamos, la grava me lastimaba los pies, y Lucy notó que hacía una mueca. Se detuvo y quiso insistir en que tomara sus zapatos; pero yo no quise. Sin embargo, cuando llegamos al sendero fuera del cementerio, donde había un charco de agua que quedaba de la tormenta, me embarré los pies, usando cada pie a su vez sobre el otro, de modo que mientras volvíamos a casa nadie, en caso de que nos encontráramos con alguien, notara mis pies descalzos.
La fortuna nos favoreció y llegamos a casa sin encontrarnos con un alma. Una vez vimos a un hombre, que no parecía estar del todo sobrio, pasando por una calle frente a nosotros; pero nos escondimos en una puerta hasta que hubo desaparecido por una abertura como las que hay aquí, callejones estrechos y empinados, o «wynds», como los llaman en Escocia. Mi corazón latía tan fuerte todo el tiempo que a veces pensaba que me desmayaría. Estaba llena de ansiedad por Lucy, no solo por su salud, por si sufría por la exposición, sino por su reputación en caso de que la historia se corriera. Cuando entramos, y nos lavamos los pies, y dijimos una oración de agradecimiento juntas, la arropé en la cama. Antes de quedarse dormida me pidió —incluso me suplicó— que no dijera ni una palabra a nadie, ni siquiera a su madre, sobre su aventura de sonambulismo. Dudé al principio en prometerlo; pero al pensar en el estado de salud de su madre, y en cómo el conocimiento de tal cosa la inquietaría, y pensando también en cómo una historia así podría distorsionarse —no, infaliblemente lo haría— en caso de que se filtrara, pensé que era más prudente hacerlo. Espero haber hecho lo correcto. He cerrado la puerta con llave, y la llave está atada a mi muñeca, así que tal vez no me molesten de nuevo. Lucy duerme profundamente; el reflejo del amanecer está alto y lejos sobre el mar...
El mismo día, al mediodía.—Todo va bien. Lucy durmió hasta que la desperté, y no parece haber cambiado ni de postura. La aventura de la noche no parece haberle hecho daño; al contrario, le ha beneficiado, pues esta mañana se ve mejor de lo que se ha visto en semanas. Sentí notar que mi torpeza con el imperdible le hizo daño. De hecho, podría haber sido grave, pues la piel de su garganta estaba perforada. Debo de haber pellizcado un trozo de piel suelta y haberlo atravesado, pues hay dos pequeños puntos rojos como pinchazos de alfiler, y en la banda de su camisón había una gota de sangre. Cuando me disculpé y me preocupé por ello, se rió y me acarició, y dijo que ni siquiera lo sintió. Afortunadamente no puede dejar cicatriz, ya que es muy diminuta.
El mismo día, por la noche.—Hemos pasado un día feliz. El aire estaba despejado, el sol brillaba y soplaba una brisa fresca. Llevamos nuestro almuerzo a Mulgrave Woods; la señora Westenra fue en coche por la carretera y Lucy y yo fuimos caminando por el sendero del acantilado, reuniéndonos con ella en la verja. Yo misma me sentí un poco triste, pues no podía dejar de pensar en lo absolutamente feliz que habría sido todo si Jonathan hubiera estado conmigo. ¡Pero basta! Debo ser paciente. Por la tarde paseamos por la Terraza del Casino, escuchamos buena música de Spohr y Mackenzie, y nos acostamos temprano. Lucy parece más descansada de lo que ha estado en mucho tiempo, y se quedó dormida al instante. Cerraré la puerta con llave y la guardaré de la misma manera que antes, aunque no espero ningún problema esta noche.
12 de agosto.—Mis expectativas estaban equivocadas, pues durante la noche me desperté dos veces porque Lucy intentaba salir. Parecía, incluso en sueños, estar un poco impaciente al encontrar la puerta cerrada, y regresaba a la cama bajo una especie de protesta. Me desperté con el alba y escuché a los pájaros piar fuera de la ventana. Lucy se despertó también y, me alegró verlo, estaba incluso mejor que la mañana anterior. Toda su antigua alegría de carácter parecía haber vuelto, se acercó y se acurrucó a mi lado, y me contó todo sobre Arthur; yo le conté lo ansiosa que estaba por Jonathan, y entonces ella trató de consolarme. Bueno, tuvo cierto éxito, pues, aunque la simpatía no puede cambiar los hechos, puede ayudar a hacerlos más llevaderos.
13 de agosto.—Otro día tranquilo, y a la cama con la llave en mi muñeca como antes. De nuevo me desperté por la noche y encontré a Lucy sentada en la cama, todavía dormida, señalando hacia la ventana. Me levanté en silencio y, descorriendo la persiana, miré hacia fuera. Había una luz de luna brillante, y el suave efecto de la luz sobre el mar y el cielo —fundidos en un gran misterio silencioso— era hermoso más allá de las palabras. Entre mí y la luz de la luna revoloteaba un gran murciélago, yendo y viniendo en grandes círculos giratorios. Una o dos veces se acercó bastante, pero supongo que se asustó al verme y se alejó volando a través del puerto hacia la Abadía. Cuando regresé de la ventana, Lucy se había vuelto a acostar y dormía plácidamente. No se movió en toda la noche.
14 de agosto.—En el East Cliff, leyendo y escribiendo todo el día. Lucy parece haberse enamorado tanto del lugar como yo, y es difícil hacer que se marche cuando llega la hora de volver a casa para el almuerzo, el té o la cena. Esta tarde hizo un comentario curioso. Regresábamos a casa para cenar y habíamos llegado a la parte superior de las escaleras que suben desde el West Pier y nos detuvimos a contemplar la vista, como solemos hacer. El sol poniente, bajo en el cielo, se estaba ocultando justo detrás de Kettleness; la luz roja se proyectaba sobre el East Cliff y la antigua Abadía, y parecía bañar todo con un hermoso resplandor rosado. Guardamos silencio durante un rato y, de repente, Lucy murmuró como para sí misma:
—¡Sus ojos rojos de nuevo! Son exactamente iguales.
Fue una expresión tan extraña, que no venía a cuento de nada, que me sobresaltó por completo. Me giré un poco para ver bien a Lucy sin parecer que la miraba fijamente, y vi que estaba en un estado semionírico, con una expresión extraña en el rostro que no lograba descifrar; así que no dije nada, pero seguí la dirección de su mirada. Parecía estar mirando hacia nuestro banco, donde había una figura oscura sentada sola. Yo misma me asusté un poco, pues por un instante pareció como si el extraño tuviera grandes ojos como llamas ardientes; pero una segunda mirada disipó la ilusión. La luz roja del sol brillaba en las ventanas de la iglesia de St. Mary, detrás de nuestro banco, y a medida que el sol descendía, hubo el cambio justo en la refracción y el reflejo para hacer parecer que la luz se movía. Llamé la atención de Lucy sobre ese efecto peculiar y ella volvió en sí con un sobresalto, pero se veía triste de todas formas; puede que estuviera pensando en aquella terrible noche allá arriba. Nunca hacemos referencia a ello, así que no dije nada y fuimos a casa a cenar. Lucy tenía dolor de cabeza y se fue temprano a la cama. La vi dormida y salí a dar un pequeño paseo; caminé por los acantilados hacia el oeste y estaba llena de una dulce tristeza, pues pensaba en Jonathan. Al regresar a casa —había una luz de luna brillante, tan brillante que, aunque la parte frontal de nuestra zona del Crescent estaba en sombra, todo se veía perfectamente—, eché un vistazo a nuestra ventana y vi la cabeza de Lucy asomada. Pensé que tal vez me estaba esperando, así que abrí mi pañuelo y lo agité. Ella no se dio cuenta ni hizo movimiento alguno. Justo entonces, la luz de la luna se deslizó alrededor de un ángulo del edificio y la claridad cayó sobre la ventana. Allí, claramente, estaba Lucy con la cabeza apoyada contra el lado del alféizar y los ojos cerrados. Estaba profundamente dormida y, junto a ella, sentada en el alféizar, había algo que parecía un pájaro de buen tamaño. Temí que pudiera resfriarse, así que subí corriendo las escaleras, pero al entrar en la habitación ella regresaba a su cama, profundamente dormida y respirando con dificultad; se llevaba la mano a la garganta, como para protegerla del frío.
No la desperté, pero la arropé bien; me he encargado de que la puerta esté cerrada con llave y la ventana asegurada.
Se ve tan dulce cuando duerme; pero está más pálida de lo habitual y tiene un aspecto demacrado y tenso bajo los ojos que no me gusta. Temo que le preocupe algo. Ojalá pudiera averiguar qué es.
15 de agosto.—Me levanté más tarde de lo habitual. Lucy estaba lánguida y cansada, y siguió durmiendo después de que nos llamaran. Tuvimos una feliz sorpresa en el desayuno. El padre de Arthur está mejor y quiere que la boda se celebre pronto. Lucy está llena de una alegría tranquila, y su madre se siente a la vez contenta y apenada. Más tarde, ese mismo día, me contó el motivo. Le apena perder a Lucy como algo exclusivamente suyo, pero se alegra de que pronto tendrá a alguien que la proteja. ¡Pobre, querida y dulce dama! Me confió que tiene su sentencia de muerte. No se lo ha dicho a Lucy y me hizo prometer secreto; su médico le dijo que, como mucho, en unos meses morirá, pues su corazón se debilita. En cualquier momento, incluso ahora, un sobresalto repentino sería casi seguro mortal para ella. Ah, fuimos sabias al ocultarle el asunto de la terrible noche del sonambulismo de Lucy.
17 de agosto.—Sin diario durante dos días enteros. No he tenido fuerzas para escribir. Una especie de manto sombrío parece estar cubriendo nuestra felicidad. No hay noticias de Jonathan, y Lucy parece estar cada vez más débil, mientras que las horas de su madre llegan a su fin. No comprendo por qué Lucy se desvanece como lo está haciendo. Come bien, duerme bien y disfruta del aire fresco; pero, mientras tanto, las rosas de sus mejillas se desvanecen y se vuelve más débil y lánguida día tras día; por la noche la oigo jadear como si le faltara el aire. Mantengo la llave de nuestra puerta siempre sujeta a mi muñeca por la noche, pero ella se levanta, camina por la habitación y se sienta en la ventana abierta. La noche pasada la encontré asomada cuando me desperté, y cuando intenté despertarla no pude; estaba desmayada. Cuando logré reanimarla, estaba tan débil como el agua y lloraba en silencio entre largos y dolorosos esfuerzos por respirar. Cuando le pregunté cómo había llegado a la ventana, negó con la cabeza y se apartó. Confío en que sentirse mal no sea por aquel desafortunado pinchazo del imperdible. Miré su garganta hace un momento mientras dormía, y las diminutas heridas parecen no haber sanado. Siguen abiertas y, si acaso, más grandes que antes, y sus bordes son ligeramente blancos. Son como pequeños puntos blancos con centros rojos. Si no sanan en un par de días, insistiré en que el médico las vea.
Carta de Samuel F. Billington & Son, abogados, Whitby, a los señores Carter, Paterson & Co., Londres.
«17 de agosto.
«Estimados señores:
«Adjunta encontrarán la factura de las mercancías enviadas por el Great Northern Railway. Deben ser entregadas en Carfax, cerca de Purfleet, inmediatamente después de recibirlas en la estación de mercancías de King’s Cross. La casa está actualmente vacía, pero adjuntas encontrarán las llaves, todas etiquetadas.
«Les ruego que depositen las cajas, en número de cincuenta, que componen el envío, en el edificio parcialmente en ruinas que forma parte de la casa y está marcado con una ‘A’ en el diagrama adjunto. Su agente reconocerá fácilmente la ubicación, pues es la antigua capilla de la mansión. Las mercancías salen en el tren de las 9.30 de esta noche y llegarán a King’s Cross a las 4.30 de mañana por la tarde. Como nuestro cliente desea que la entrega se realice lo antes posible, les agradeceríamos que tuvieran equipos listos en King’s Cross a la hora indicada y transportaran inmediatamente las mercancías a su destino. Para evitar cualquier demora posible debido a requisitos rutinarios sobre pagos en sus departamentos, adjuntamos un cheque por diez libras (£10), cuyo recibo les rogamos acusar. Si el cargo fuera menor a esta cantidad, pueden devolvernos la diferencia; si fuera mayor, enviaremos un cheque por la diferencia al tener noticias suyas. Deben dejar las llaves al marcharse en el vestíbulo principal de la casa, donde el propietario podrá recogerlas al entrar mediante su llave duplicada.
«Les rogamos no consideren que excedemos los límites de la cortesía comercial al insistir en que utilicen la mayor rapidez posible.
«Quedamos de ustedes, estimados señores, «Atentamente, «/Samuel F. Billington & Son/»
Carta de los señores Carter, Paterson & Co., Londres, a los señores Billington & Son, Whitby.
«21 de agosto.
«Estimados señores:
«Acusamos recibo de las 10 libras y devolvemos el cheque de 1 libra, 17 chelines y 9 peniques, cantidad del excedente, tal como se muestra en la cuenta adjunta. Las mercancías han sido entregadas exactamente de acuerdo con las instrucciones, y las llaves se dejaron en un paquete en el vestíbulo principal, como se indicó.
«Quedamos de ustedes, estimados señores, «Respetuosamente, «En nombre de /Carter, Paterson & Co./»
/Diario de Mina Murray./
18 de agosto.—Hoy estoy feliz y escribo sentada en el banco del cementerio. Lucy está mucho mejor. Anoche durmió bien toda la noche y no me molestó ni una vez. Las rosas parecen estar volviendo ya a sus mejillas, aunque todavía está tristemente pálida y con aspecto marchito. Si fuera anémica, podría entenderlo, pero no lo es. Está de buen ánimo y llena de vida y alegría. Toda la reticencia enfermiza parece haber desaparecido y acaba de recordarme, como si yo necesitara que me recordaran, aquella noche, y que fue aquí, en este mismo banco, donde la encontré dormida. Mientras me lo contaba, golpeó juguetonamente con el tacón de su bota la losa de piedra y dijo:
—¡Mis pobres piececitos no hicieron mucho ruido entonces! Me atrevería a decir que el pobre viejo señor Swales me habría dicho que fue porque no quería despertar a Geordie.
Como estaba con un humor tan comunicativo, le pregunté si había soñado algo aquella noche. Antes de que respondiera, apareció en su frente esa dulce expresión arrugada que a Arthur —lo llamo Arthur por su costumbre— dice que le encanta; y, de hecho, no me extraña que así sea. Luego continuó de una forma casi soñadora, como si intentara recordarlo para sí misma:
—No soñé del todo; pero todo parecía ser real. Solo quería estar aquí en este lugar; no sé por qué, pues tenía miedo de algo; no sé de qué. Recuerdo, aunque supongo que estaba dormida, pasar por las calles y cruzar el puente. Un pez saltó mientras pasaba y me incliné para mirarlo, y escuché a muchos perros aullando —todo el pueblo parecía estar lleno de perros aullando a la vez— mientras subía los escalones. Luego tengo un recuerdo vago de algo largo y oscuro con ojos rojos, tal como vimos en la puesta de sol, y algo muy dulce y muy amargo a mi alrededor a la vez; y luego parecía hundirme en aguas verdes y profundas, y había un canto en mis oídos, como he oído que les ocurre a los hombres que se ahogan; y entonces todo parecía alejarse de mí; mi alma parecía salir de mi cuerpo y flotar por el aire. Me pareció recordar que en una ocasión el faro del Oeste estaba justo debajo de mí, y luego hubo una especie de sensación agonizante, como si estuviera en un terremoto, y regresé y te encontré sacudiendo mi cuerpo. Te vi hacerlo antes de sentir que lo hacías.
Luego empezó a reír. Me pareció un poco inquietante y la escuché sin aliento. No me gustó del todo y pensé que era mejor no mantener su mente en ese tema, así que pasamos a otros asuntos y Lucy volvió a ser la de siempre. Cuando llegamos a casa, la brisa fresca la había reanimado y sus pálidas mejillas estaban realmente más sonrosadas. Su madre se alegró al verla y todas pasamos una velada muy feliz juntas.
19 de agosto.—¡Alegría, alegría, alegría! Aunque no toda es alegría. Por fin, noticias de Jonathan. El pobre ha estado enfermo; por eso no escribía. No tengo miedo de pensarlo o decirlo, ahora que lo sé. El señor Hawkins me envió la carta y escribió él mismo, oh, tan amablemente. Debo salir por la mañana para ir a ver a Jonathan, ayudar a cuidarlo si es necesario y traerlo a casa. El señor Hawkins dice que no sería mala idea que nos casáramos allí. He llorado sobre la carta de la buena Hermana hasta que puedo sentirla húmeda contra mi pecho, donde descansa. Es de Jonathan y debe estar cerca de mi corazón, pues él está en mi corazón. Mi viaje está todo trazado y mi equipaje listo. Solo llevo un cambio de ropa; Lucy traerá mi baúl a Londres y lo guardará hasta que lo pida, pues puede ser que... No debo escribir más; debo reservarlo para decírselo a Jonathan, mi esposo. La carta que él ha visto y tocado debe consolarme hasta que nos encontremos.
Carta de la Hermana Agatha, Hospital de San José y Santa María, Buda-Pesth, a la señorita Wilhelmina Murray.
«12 de agosto.
«Estimada señora:
«Escribo por deseo del señor Jonathan Harker, quien no está lo suficientemente fuerte para escribir, aunque progresa bien, gracias a Dios, a San José y a Santa María. Ha estado bajo nuestro cuidado durante casi seis semanas, sufriendo una violenta fiebre cerebral. Desea que le transmita su amor y que le diga que por este correo escribo en su nombre al señor Peter Hawkins, en Exeter, para decirle, con sus respetuosos saludos, que lamenta su retraso y que todo su trabajo está terminado. Necesitará algunas semanas de descanso en nuestro sanatorio en las colinas, pero luego regresará. Desea que le diga que no tiene suficiente dinero consigo y que le gustaría pagar su estancia aquí, para que otros que lo necesiten no carezcan de ayuda.
«Créame, «Suya, con simpatía y todas las bendiciones, «/Hermana Agatha./
«P.D.—Como mi paciente está dormido, abro esto para hacerle saber algo más. Me ha contado todo sobre usted y que pronto será su esposa. ¡Todas las bendiciones para ambos! Ha tenido un miedo terrible —así lo dice nuestro médico— y en su delirio sus desvaríos han sido espantosos; de lobos, veneno y sangre; de fantasmas y demonios; y temo decir de qué más. Tenga cuidado con él siempre para que no haya nada que pueda excitarlo de este tipo en mucho tiempo; las huellas de una enfermedad como la suya no desaparecen fácilmente. Deberíamos haber escrito hace mucho tiempo, pero no sabíamos nada de sus amigos, y no llevaba encima nada que nadie pudiera entender. Vino en el tren desde Klausenburgh, y el jefe de estación de allí le dijo al revisor que entró corriendo a la estación pidiendo un billete para casa. Al ver por su comportamiento violento que era inglés, le dieron un billete para la estación más lejana en el camino hacia allí a la que llegaba el tren.
«Tenga la seguridad de que está bien cuidado. Se ha ganado todos los corazones por su dulzura y gentileza. Realmente está mejorando bien y no dudo que en unas semanas volverá a ser él mismo. Pero tenga cuidado con él por seguridad. Hay, rezo a Dios, a San José y a Santa María, muchos, muchos años felices para ambos».
Diario del doctor Seward.
19 de agosto.—Cambio extraño y repentino en Renfield anoche. Alrededor de las ocho comenzó a excitarse y a olfatear como lo hace un perro cuando muestra el rastro. El celador se sintió impresionado por su actitud y, conociendo mi interés en él, le animó a hablar. Suele ser respetuoso con el celador y, a veces, servil; pero esta noche, me dice el hombre, estaba bastante altanero. No se dignó a hablar con él en absoluto. Todo lo que dijo fue:
—No quiero hablar contigo: tú ya no cuentas; el Maestro está cerca.
El celador piensa que es alguna forma repentina de manía religiosa la que se ha apoderado de él. Si es así, debemos estar atentos a las dificultades, pues un hombre fuerte con manía homicida y religiosa a la vez podría ser peligroso. La combinación es espantosa. A las nueve lo visité yo mismo. Su actitud hacia mí fue la misma que hacia el celador; en su sublime sentimiento de sí mismo, la diferencia entre el celador y yo le parecía insignificante. Parece una manía religiosa, y pronto pensará que él mismo es Dios. Estas distinciones infinitesimales entre un hombre y otro son demasiado insignificantes para un ser Omnipotente. ¡Cómo se delatan estos locos! El verdadero Dios cuida de que no caiga un gorrión; pero el Dios creado a partir de la vanidad humana no ve diferencia entre un águila y un gorrión. ¡Oh, si los hombres solo supieran!
Durante media hora o más, Renfield siguió excitándose en mayor grado. No hice ver que lo observaba, pero mantuve una estricta vigilancia de todos modos. De repente, apareció esa mirada esquiva en sus ojos que siempre vemos cuando un loco ha captado una idea, y con ella el movimiento esquivo de la cabeza y la espalda que los celadores de los manicomios llegan a conocer tan bien. Se quedó bastante tranquilo, fue y se sentó resignadamente al borde de su cama, y miró al vacío con ojos sin brillo. Pensé en averiguar si su apatía era real o solo fingida, e intenté llevarlo a hablar de sus mascotas, un tema que nunca dejaba de excitar su atención. Al principio no respondió, pero finalmente dijo con irritación:
—¡Que les den a todos! No me importan un comino.
—¿Qué? —dije—. No querrás decirme que no te preocupan las arañas. (Las arañas son actualmente su pasatiempo y el cuaderno se está llenando de columnas de pequeñas cifras). A esto respondió enigmáticamente:
—Las damas de honor alegran los ojos que esperan la llegada de la novia; pero cuando la novia se acerca, entonces las doncellas no brillan para los ojos que están llenos.
No quiso explicarse, sino que permaneció obstinadamente sentado en su cama todo el tiempo que permanecí con él.
Me siento abatido esta noche y con el ánimo por los suelos. No puedo evitar pensar en Lucy, y en lo diferentes que podrían haber sido las cosas. Si no me duermo de inmediato, el cloral, el Morfeo moderno... ¡C{2}HCl{3}O·H_{2}O! Debo tener cuidado de no dejar que se convierta en un hábito. ¡No, no tomaré nada esta noche! He pensado en Lucy, y no la deshonraré mezclando ambas cosas. Si es necesario, esta noche será de insomelo...
Me alegra haber tomado la resolución; más aún el haberla cumplido. Llevaba rato dando vueltas en la cama, y apenas había escuchado al reloj dar las dos, cuando el vigilante nocturno vino a verme, enviado desde la sala, para decirme que Renfield se había escapado. Me puse la ropa y bajé de inmediato; mi paciente es una persona demasiado peligrosa para andar suelta. Esas ideas suyas podrían tener consecuencias peligrosas con desconocidos. El celador me estaba esperando. Dijo que lo había visto hacía menos de diez minutos, aparentemente dormido en su cama, cuando miró a través de la mirilla de la puerta. Su atención fue llamada por el sonido de la ventana siendo arrancada. Corrió hacia atrás y vio cómo sus pies desaparecían por la ventana, por lo que inmediatamente envió a alguien a buscarme. Solo llevaba su ropa de noche y no puede estar lejos. El celador pensó que sería más útil vigilar hacia dónde se dirigía que seguirlo, ya que podría perderlo de vista mientras salía del edificio por la puerta. Es un hombre corpulento y no pudo pasar por la ventana. Yo soy delgado, así que, con su ayuda, salí, aunque con los pies por delante, y como estábamos a pocos pies del suelo, aterricé sin hacerme daño. El celador me dijo que el paciente se había dirigido a la izquierda y había seguido una línea recta, así que corrí lo más rápido que pude. Al atravesar la franja de árboles, vi una figura blanca escalar el alto muro que separa nuestros terrenos de los de la casa abandonada.
Corrí de vuelta de inmediato y le dije al vigilante que reuniera a tres o cuatro hombres y me siguiera a los terrenos de Carfax, por si nuestro amigo resultaba peligroso. Conseguí una escalera y, tras cruzar el muro, salté al otro lado. Pude ver la figura de Renfield desapareciendo justo detrás del ángulo de la casa, así que corrí tras él. Al otro lado de la casa lo encontré pegado a la vieja puerta de roble reforzada con hierro de la capilla. Estaba hablando, aparentemente con alguien, pero tuve miedo de acercarme lo suficiente como para oír lo que decía, no fuera a asustarlo y saliera corriendo. ¡Perseguir a un enjambre de abejas errante no es nada comparado con seguir a un lunático desnudo cuando le da por escaparse! Después de unos minutos, sin embargo, pude ver que no reparaba en nada de lo que le rodeaba, así que me aventuré a acercarme más, sobre todo porque mis hombres ya habían cruzado el muro y lo estaban cercando. Le oí decir:
«Estoy aquí para cumplir Tus órdenes, Amo. Soy Tu esclavo, y Tú me recompensarás, pues seré fiel. Te he adorado durante mucho tiempo y desde lejos. Ahora que estás cerca, aguardo Tus mandatos, y no me pasarás por alto, ¿verdad, querido Amo, en Tu distribución de bienes?»
Es un viejo mendigo egoísta, en cualquier caso. Piensa en los panes y los peces incluso cuando cree estar ante una Presencia Real. Sus manías forman una combinación asombrosa. Cuando lo rodeamos, luchó como un tigre. Es inmensamente fuerte y se parecía más a una fiera que a un hombre. Nunca antes había visto a un lunático en tal paroxismo de furia; y espero no volver a verlo. Es una suerte que hayamos descubierto su fuerza y su peligrosidad a tiempo. Con una fuerza y determinación como la suya, podría haber hecho estragos antes de ser enjaulado. De todos modos, ya está a salvo. Ni el mismo Jack Sheppard podría liberarse de la camisa de fuerza que lo mantiene sujeto, y está encadenado a la pared en la celda acolchada. Sus gritos son a veces espantosos, pero los silencios que siguen son aún más mortíferos, pues tiene intención de matar en cada giro y movimiento.
Hace un momento pronunció palabras coherentes por primera vez:
«Seré paciente, Amo. ¡Está llegando... llegando... llegando!»
Así que capté la indirecta y también vine. Estaba demasiado excitado para dormir, pero este diario me ha calmado, y siento que dormiré algo esta noche.
CAPÍTULO IX.
Carta de Mina Harker a Lucy Westenra.
«Budapest, 24 de agosto.
Mi queridísima Lucy:
Sé que estarás ansiosa por saber todo lo que ha sucedido desde que nos separamos en la estación de ferrocarril de Whitby. Pues bien, querida, llegué a Hull sin problemas, tomé el barco a Hamburgo y luego el tren hasta aquí. Siento que apenas puedo recordar nada del viaje, salvo que sabía que iba a reunirme con Jonathan y que, como tendría que ocuparme de sus cuidados, sería mejor dormir todo lo que pudiera... Encontré a mi amado, oh, tan delgado, pálido y débil. Toda la resolución ha desaparecido de sus queridos ojos, y esa tranquila dignidad que te dije que había en su rostro se ha esfumado. Es solo una sombra de sí mismo, y no recuerda nada de lo sucedido desde hace mucho tiempo. Al menos, eso es lo que quiere que crea, y nunca le preguntaré. Ha sufrido un impacto terrible, y temo que podría forzar su pobre cerebro si intentara recordarlo. La hermana Agatha, que es una buena criatura y una enfermera nata, me dice que desvariaba sobre cosas terribles mientras estaba fuera de sí. Quise que me dijera cuáles eran, pero ella solo se santiguaba y decía que nunca lo contaría; que los desvaríos de los enfermos son secretos de Dios, y que si una enfermera, por su vocación, llegara a escucharlos, debería respetar su confianza. Es una dulce y buena alma, y al día siguiente, al verme preocupada, volvió a sacar el tema y, después de decir que nunca podría mencionar sobre lo que desvariaba mi pobre amor, añadió: "Puedo decirle esto, querida: que no era sobre nada que él mismo haya hecho mal; y usted, como su futura esposa, no tiene motivo para preocuparse. No se ha olvidado de usted ni de lo que le debe. Su miedo era por cosas grandes y terribles, de las que ningún mortal puede tratar". Creo de verdad que la buena mujer pensó que yo podría estar celosa de que mi pobre amor se hubiera enamorado de otra chica. ¡La idea de que yo estuviera celosa por Jonathan! Y sin embargo, querida, déjame susurrarte que sentí un escalofrío de alegría al saber que ninguna otra mujer era motivo de preocupación. Ahora estoy sentada junto a su cama, donde puedo ver su rostro mientras duerme. ¡Se está despertando!... Cuando despertó me pidió su abrigo, pues quería sacar algo de un bolsillo; le pregunté a la hermana Agatha y ella trajo todas sus cosas. Vi que entre ellas estaba su cuaderno, y estuve a punto de pedirle que me dejara verlo —pues supe entonces que podría encontrar alguna pista sobre su problema—, pero supongo que debió de ver mi deseo en mis ojos, porque me envió junto a la ventana diciendo que quería estar completamente solo un momento. Luego me llamó de vuelta, y cuando fui, él tenía la mano sobre el cuaderno y me dijo muy solemnemente:
"Wilhelmina" —supe entonces que hablaba muy en serio, pues nunca me había llamado por ese nombre desde que me pidió matrimonio—, "sabes, querida, mis ideas sobre la confianza entre marido y mujer: no debe haber secretos ni ocultamientos. He sufrido un gran impacto, y cuando intento pensar en qué es, siento que me da vueltas la cabeza, y no sé si todo fue real o el sueño de un loco. Sabes que he tenido fiebre cerebral, y eso es estar loco. El secreto está aquí, y no quiero saberlo. Quiero retomar mi vida aquí, con nuestra boda". Pues, querida, habíamos decidido casarnos tan pronto como los trámites estuvieran completos. "¿Estás dispuesta, Wilhelmina, a compartir mi ignorancia? Aquí está el libro. Tómalo y guárdalo, léelo si quieres, pero nunca me lo hagas saber; a menos que, en efecto, me sobreviniera el deber solemne de volver a las horas amargas, dormido o despierto, cuerdo o loco, que aquí se registran". Se dejó caer hacia atrás, exhausto, y puse el libro bajo su almohada y lo besé. He pedido a la hermana Agatha que ruegue a la Superiora que nuestra boda sea esta tarde, y estoy esperando su respuesta...
Ha venido y me ha dicho que han enviado a buscar al capellán de la iglesia de la misión inglesa. Nos casaremos en una hora, o tan pronto después como Jonathan despierte...
Lucy, el momento ha llegado y ha pasado. Me siento muy solemne, pero muy, muy feliz. Jonathan despertó poco después de la hora, todo estaba listo y se sentó en la cama, apoyado con almohadas. Respondió a su "sí, quiero" con firmeza y fuerza. Apenas pude hablar; mi corazón estaba tan lleno que incluso esas palabras parecieron asfixiarme. Las queridas hermanas fueron muy amables. Dios quiera que nunca, nunca las olvide, ni las graves y dulces responsabilidades que he asumido. Debo contarte sobre mi regalo de bodas. Cuando el capellán y las hermanas me dejaron a solas con mi marido —oh, Lucy, es la primera vez que escribo las palabras "mi marido"—, me dejaron a solas con mi marido, tomé el libro de debajo de su almohada, lo envolví en papel blanco, lo até con un trocito de cinta azul pálido que llevaba alrededor de mi cuello y sellé el nudo con lacre, usando mi anillo de bodas como sello. Luego lo besé, se lo mostré a mi marido y le dije que lo guardaría así, y que sería un signo externo y visible para ambos durante toda nuestra vida de que confiábamos el uno en el otro; que nunca lo abriría a menos que fuera por su propio bien o por un deber ineludible. Entonces tomó mi mano entre las suyas, y oh, Lucy, fue la primera vez que tomó la mano de su esposa, y dijo que era lo más preciado de todo el ancho mundo, y que volvería a pasar por todo el pasado para ganarla, si fuera necesario. El pobre amor quería decir una parte del pasado; pero aún no puede pensar en el tiempo, y no me extrañará si al principio mezcla no solo el mes, sino el año.
Bueno, querida, ¿qué podía decir? Solo pude decirle que era la mujer más feliz de todo el ancho mundo, y que no tenía nada que darle excepto a mí misma, mi vida y mi confianza, y que con ello iba mi amor y mi deber para todos los días de mi vida. Y, querida, cuando me besó y me atrajo hacia él con sus pobres y débiles manos, fue como un compromiso muy solemne entre nosotros...
Lucy querida, ¿sabes por qué te cuento todo esto? No es solo porque todo sea dulce para mí, sino porque has sido y eres muy querida para mí. Fue un privilegio ser tu amiga y guía cuando dejaste el aula para prepararte para el mundo de la vida. Quiero que veas ahora, y con los ojos de una esposa muy feliz, adónde me ha llevado el deber; para que en tu propia vida matrimonial tú también seas tan feliz como yo. Querida, que Dios Todopoderoso haga que tu vida sea todo lo que promete: un largo día de sol, sin vientos duros, sin olvidar el deber, sin desconfianza. No debo desearte que no tengas dolor, pues eso nunca podrá ser; pero sí espero que seas siempre tan feliz como lo soy ahora. Adiós, querida. Enviaré esto de inmediato y, tal vez, te escriba de nuevo muy pronto. Debo parar, pues Jonathan se está despertando; ¡debo atender a mi marido!
Tuya, siempre amante, /Mina Harker./»
Carta de Lucy Westenra a Mina Harker.
«Whitby, 30 de agosto.
Mi queridísima Mina:
Océanos de amor y millones de besos, y ojalá pronto estés en tu propio hogar con tu marido. Ojalá pudieras volver pronto para quedarte con nosotros aquí. Este aire fuerte pronto restauraría a Jonathan; a mí me ha restaurado por completo. Tengo un apetito de cormorán, estoy llena de vida y duermo bien. Te alegrará saber que he dejado por completo de sonámbular. Creo que no me he movido de mi cama en una semana, eso es una vez que me meto en ella por la noche. Arthur dice que estoy engordando. Por cierto, olvidé decirte que Arthur está aquí. Damos largos paseos, vamos en coche, montamos a caballo, remamos, jugamos al tenis y pescamos juntos; y lo amo más que nunca. Él me dice que me ama más, pero lo dudo, pues al principio me decía que no podría amarme más de lo que ya lo hacía. Pero esto son tonterías. Ahí está, llamándome. Así que nada más por ahora de tu amante
/Lucy./
P.D. —Mi madre envía recuerdos. Parece estar mejor, la pobre.
P.P.D. —Nos casaremos el 28 de septiembre.»
Diario del Dr. Seward.
20 de agosto. —El caso de Renfield es cada vez más interesante. Ahora se ha calmado tanto que hay periodos de cese de su pasión. Durante la primera semana después de su ataque estuvo perpetuamente violento. Luego, una noche, justo cuando salió la luna, se calmó y empezó a murmurar para sí mismo: «Ahora puedo esperar; ahora puedo esperar». El celador vino a avisarme, así que bajé de inmediato para echarle un vistazo. Seguía con la camisa de fuerza y en la celda acolchada, pero la mirada congestionada había desaparecido de su rostro, y sus ojos tenían algo de su vieja suavidad suplicante —casi diría, «servil»—. Quedé satisfecho con su estado actual y di instrucciones de que fuera liberado. Los celadores dudaron, pero finalmente llevaron a cabo mis deseos sin protestar. Fue curioso que el paciente tuviera suficiente humor como para percibir su desconfianza, pues, acercándose a mí, dijo en un susurro, mientras miraba furtivamente a los demás:
«¡Ellos creen que podría hacerte daño! ¡Imagíname haciéndote daño a ti! ¡Los muy necios!»
Fue reconfortante, de algún modo, para mis sentimientos encontrarme disociado incluso en la mente de este pobre loco de los demás; pero, aun así, no sigo su razonamiento. ¿Debo entender que tengo algo en común con él, de modo que, por así decirlo, debemos permanecer juntos; o es que tiene que obtener de mí algún beneficio tan estupendo que mi bienestar le es necesario? Debo averiguarlo más adelante. Esta noche no quiere hablar. Ni siquiera el ofrecimiento de un gatito o un gato adulto lo tienta. Solo dice: «No me interesan los gatos. Ahora tengo más en qué pensar, y puedo esperar; puedo esperar».
Al cabo de un rato lo dejé. El celador me dice que estuvo tranquilo hasta poco antes del amanecer, y entonces empezó a inquietarse y, finalmente, a ponerse violento, hasta que por fin cayó en un paroxismo que lo dejó tan agotado que se desmayó en una especie de coma.
... Tres noches ha ocurrido lo mismo: violento todo el día, luego tranquilo desde la salida de la luna hasta el amanecer. Ojalá pudiera encontrar alguna pista sobre la causa. Casi parecería como si hubiera alguna influencia que va y viene. ¡Qué feliz ocurrencia! Esta noche enfrentaremos mentes cuerdas contra mentes locas. Se escapó antes sin nuestra ayuda; esta noche escapará con ella. Le daremos una oportunidad y tendremos a los hombres listos para seguirlo en caso de que sean necesarios...
23 de agosto. —«Lo inesperado siempre sucede». ¡Qué bien conocía Disraeli la vida! Nuestro pájaro, cuando encontró la jaula abierta, no quiso volar, así que todos nuestros sutiles arreglos fueron en vano. Al menos, hemos probado una cosa: que los periodos de calma duran un tiempo razonable. En el futuro podremos aliviar su atadura durante unas horas cada día. He dado órdenes al celador nocturno de que simplemente lo encierre en la celda acolchada, una vez que esté tranquilo, hasta una hora antes del amanecer. El cuerpo de la pobre alma disfrutará del alivio aunque su mente no pueda apreciarlo. ¡Escucha! ¡Lo inesperado de nuevo! Me llaman; el paciente ha vuelto a escapar.
Más tarde. —Otra aventura nocturna. Renfield esperó astutamente a que el celador entrara en la habitación para inspeccionar. Entonces salió corriendo, pasó junto a él y voló por el pasillo. Envié aviso a los celadores para que lo siguieran. De nuevo entramos en los terrenos de la casa abandonada y lo encontramos en el mismo lugar, pegado a la vieja puerta de la capilla. Cuando me vio se puso furioso, y si los celadores no lo hubieran agarrado a tiempo, habría intentado matarme. Mientras lo sujetábamos, ocurrió algo extraño. De repente redobló sus esfuerzos y luego se calmó súbitamente. Miré a mi alrededor instintivamente, pero no pude ver nada. Entonces capté la mirada del paciente y la seguí, pero no pude rastrear nada mientras miraba hacia el cielo iluminado por la luna, salvo un gran murciélago que aleteaba en su camino silencioso y fantasmal hacia el oeste. Los murciélagos suelen dar vueltas y revolotear, pero este parecía seguir recto, como si supiera a dónde se dirigía o tuviera alguna intención propia. El paciente se calmó cada instante más y poco después dijo:
«¡No hace falta que me ates; iré tranquilamente!» Sin problemas regresamos a la casa. Siento que hay algo ominoso en su calma, y no olvidaré esta noche...
Diario de Lucy Westenra.
Hillingham, 24 de agosto. —Debo imitar a Mina y seguir escribiendo las cosas. Así podremos tener largas charlas cuando nos reunamos. Me pregunto cuándo será. Ojalá estuviera conmigo de nuevo, pues me siento muy infeliz. Anoche parecía estar soñando de nuevo tal y como estaba en Whitby. Quizás sea el cambio de aire, o el volver a casa. Todo es oscuro y horrible para mí, pues no puedo recordar nada; pero estoy llena de miedo vago y me siento tan débil y agotada. Cuando Arthur vino a almorzar se le veía bastante apenado al verme, y no tuve ánimos para mostrarme alegre. Me pregunto si podría dormir en la habitación de mamá esta noche. Pondré una excusa e intentaré hacerlo.
25 de agosto. —Otra mala noche. Mamá no pareció aceptar mi propuesta. Ella misma parece no estar muy bien, y sin duda teme preocuparme. Intenté mantenerme despierta y lo conseguí un rato; pero cuando el reloj dio las doce me despertó de una cabezada, así que debo haberme quedado dormida. Hubo una especie de rasguño o aleteo en la ventana, pero no le di importancia, y como no recuerdo nada más, supongo que entonces me habré quedado dormida. Más pesadillas. Ojalá pudiera recordarlas. Esta mañana estoy horriblemente débil. Mi rostro está cadavéricamente pálido y me duele la garganta. Debe ser algo malo en mis pulmones, pues parece que nunca consigo aire suficiente. Intentaré animarme cuando venga Arthur, o si no, sé que se sentirá miserable al verme así.
Carta de Arthur Holmwood al Dr. Seward.
«Hotel Albemarle, 31 de agosto.
Mi querido Jack:
«Quiero que me hagas un favor. Lucy está enferma; es decir, no tiene ninguna enfermedad concreta, pero tiene un aspecto terrible y cada día va a peor. Le he preguntado si hay alguna causa; no me atrevo a preguntárselo a su madre, pues alterar la paz mental de la pobre señora respecto a su hija en su estado de salud actual sería fatal. La señora Westenra me ha confesado que su sentencia está dictada —una dolencia cardíaca—, aunque la pobre Lucy todavía no lo sabe. Estoy seguro de que hay algo que carcome la mente de mi querida chica. Casi pierdo la cabeza cuando pienso en ella; mirarla me produce una punzada de dolor. Le dije que te pediría que la vieras y, aunque al principio se resistió —sé por qué, viejo amigo—, finalmente accedió. Sé que será una tarea dolorosa para ti, viejo amigo, pero es por su bien, y no debo dudar en pedírtelo, ni tú en actuar. Debes venir a almorzar a Hillingham mañana, a las dos, para no despertar sospechas en la señora Westenra, y después del almuerzo Lucy buscará la oportunidad de quedarse a solas contigo. Yo iré a la hora del té y podremos irnos juntos. Estoy lleno de ansiedad y quiero consultarte a solas tan pronto como pueda después de que la hayas visto. ¡No falles!
«/Arthur./»
Telegrama de Arthur Holmwood a Seward.
«1 de septiembre.
«Me han llamado para ver a mi padre, que está peor. Te estoy escribiendo. Escríbeme detalladamente por el correo de esta noche a Ring. Avísame por telegrama si es necesario».
Carta del Dr. Seward a Arthur Holmwood.
«2 de septiembre.
«Mi querido viejo amigo:
«Con respecto a la salud de la señorita Westenra, me apresuro a hacerte saber de inmediato que, en mi opinión, no hay ninguna alteración funcional ni ninguna enfermedad que yo conozca. Al mismo tiempo, de ninguna manera estoy satisfecho con su apariencia; está lamentablemente diferente de como estaba cuando la vi por última vez. Por supuesto, debes tener en cuenta que no tuve la oportunidad completa de realizar un examen tal como me gustaría; nuestra propia amistad crea una pequeña dificultad que ni siquiera la ciencia médica o la costumbre pueden salvar. Será mejor que te cuente exactamente lo que sucedió, dejando que tú, en cierta medida, saques tus propias conclusiones. Luego diré lo que he hecho y lo que propongo hacer.
«Encontré a la señorita Westenra con el ánimo aparentemente alegre. Su madre estaba presente y, en pocos segundos, me convencí de que ella estaba haciendo todo lo posible por engañar a su madre y evitar que se preocupara. No me cabe duda de que sospecha, si es que no lo sabe, qué necesidad de cautela existe. Almorzamos solos y, como todos nos esforzamos por estar alegres, obtuvimos, como una especie de recompensa a nuestros esfuerzos, algo de alegría real entre nosotros. Luego la señora Westenra se fue a descansar y Lucy se quedó conmigo. Fuimos a su boudoir y, hasta que llegamos allí, su alegría se mantuvo, pues los criados iban y venían. Sin embargo, tan pronto como la puerta se cerró, la máscara cayó de su rostro y ella se hundió en una silla con un gran suspiro y se cubrió los ojos con la mano. Cuando vi que sus ánimos habían decaído, aproveché de inmediato su reacción para realizar un diagnóstico. Me dijo muy dulcemente:
«"No puedo decirte cuánto detesto hablar de mí misma". Le recordé que la confidencialidad de un médico era sagrada, pero que tú estabas terriblemente ansioso por ella. Captó mi intención de inmediato y zanjó el asunto en una palabra: "Dile a Arthur todo lo que quieras. ¡No me importo yo, solo él!". Así que estoy totalmente libre.
«Pude ver fácilmente que está algo pálida, pero no pude observar los signos anémicos habituales y, por casualidad, pude comprobar la calidad de su sangre, pues al abrir una ventana que estaba atascada, una cuerda se rompió y ella se cortó ligeramente la mano con el vidrio roto. Fue un asunto insignificante en sí mismo, pero me dio una oportunidad evidente, así que obtuve unas gotas de sangre y las he analizado. El análisis cualitativo arroja una condición completamente normal y muestra, deduciría, un estado de salud vigoroso. En otros aspectos físicos, me convencí de que no hay motivo de ansiedad; pero como debe haber una causa en alguna parte, he llegado a la conclusión de que debe ser algo mental. Se queja de dificultad para respirar satisfactoriamente a veces, y de un sueño pesado y letárgico, con pesadillas que la asustan, pero de las cuales no puede recordar nada. Dice que de niña solía caminar dormida y que, cuando estaba en Whitby, el hábito regresó y que una vez salió caminando en la noche y fue hasta East Cliff, donde la señorita Murray la encontró; pero me asegura que últimamente el hábito no ha vuelto. Estoy en duda, así que he hecho lo mejor que sé: he escrito a mi viejo amigo y maestro, el profesor Van Helsing, de Ámsterdam, quien sabe tanto sobre enfermedades oscuras como cualquiera en el mundo. Le he pedido que venga y, como me dijiste que todos los gastos correrían por tu cuenta, le he mencionado quién eres y cuál es tu relación con la señorita Westenra. Esto, mi querido amigo, es solo en obediencia a tus deseos, pues estoy más que orgulloso y feliz de hacer todo lo que pueda por ella. Sé que Van Helsing haría cualquier cosa por mí por una razón personal. Así que, independientemente del motivo por el que venga, debemos aceptar sus deseos. Es un hombre aparentemente arbitrario, pero esto es porque sabe de lo que habla mejor que cualquier otro. Es filósofo y metafísico, y uno de los científicos más avanzados de su tiempo; y creo que posee una mente absolutamente abierta. Esto, junto con un temple de hierro, un temperamento como el del hielo de un arroyo, una resolución indomable, autodominio y una tolerancia elevada de virtudes a bendiciones, y el corazón más amable y verdadero que late... todo esto forma su equipo para la noble labor que realiza por la humanidad; una labor tanto teórica como práctica, pues sus puntos de vista son tan amplios como su simpatía que todo lo abarca. Te cuento estos hechos para que sepas por qué tengo tanta confianza en él. Le he pedido que venga de inmediato. Volveré a ver a la señorita Westenra mañana. Se reunirá conmigo en los grandes almacenes, para no alarmar a su madre con una repetición demasiado temprana de mi visita.
«Tuyo siempre,
«/John Seward./»
*Carta de Abraham Van Helsing, M.D., D.Ph., D.Litt., etc., etc., al Dr. Seward.*
«2 de septiembre.
«Mi buen amigo:
«Cuando recibí su carta, ya me estaba poniendo en camino hacia usted. Por fortuna, puedo salir inmediatamente, sin perjuicio para ninguno de los que han confiado en mí. Si la fortuna fuera otra, entonces sería malo para aquellos que han confiado, pues acudo a mi amigo cuando me llama para ayudar a quienes él aprecia. Dígale a su amigo que, aquella vez que usted succionó de mi herida tan rápidamente el veneno de la gangrena de ese cuchillo que nuestro otro amigo, demasiado nervioso, dejó caer, hizo usted más por él cuando él necesita mi ayuda y usted la reclama que todo lo que su gran fortuna podría hacer. Pero es un placer añadido hacer algo por él, su amigo; es a usted a quien acudo. Tenga, pues, habitaciones para mí en el hotel Great Eastern, para que pueda estar a mano, y por favor, arregle las cosas de tal modo que podamos ver a la joven mañana no muy tarde, pues es probable que tenga que regresar aquí esa misma noche. Pero si fuera necesario, volveré en tres días y me quedaré más tiempo si hace falta. Hasta entonces, adiós, mi amigo John.
«/Van Helsing./»
Carta del Dr. Seward al Honorable Arthur Holmwood.
«3 de septiembre.
«Mi querido Art:
«Van Helsing ha venido y se ha ido. Vino conmigo a Hillingham y descubrió que, gracias a la discreción de Lucy, su madre estaba almorzando fuera, por lo que estábamos a solas con ella. Van Helsing realizó un examen muy cuidadoso de la paciente. Me informará a mí y yo te aconsejaré, pues, por supuesto, no estuve presente todo el tiempo. Me temo que está muy preocupado, pero dice que debe reflexionar. Cuando le hablé de nuestra amistad y de cómo confías en mí para este asunto, dijo: "Debes contárselo todo lo que pienses. Dile lo que pienso, si puedes adivinarlo, si quieres. No, no estoy bromeando. Esto no es una broma, es cuestión de vida o muerte, quizás más". Le pregunté qué quería decir con eso, pues estaba muy serio. Esto fue cuando habíamos regresado a la ciudad y él estaba tomando una taza de té antes de emprender su regreso a Ámsterdam. No quiso darme ninguna otra pista. No debes enfadarte con él, Art, porque su misma reserva significa que toda su inteligencia está trabajando por el bien de ella. Hablará con suficiente claridad cuando llegue el momento, tenlo por seguro. Así que le dije que simplemente escribiría un relato de nuestra visita, como si estuviera haciendo un artículo descriptivo especial para el *Daily Telegraph*. Pareció no darse cuenta, pero comentó que el hollín en Londres no era tan malo como solía ser cuando él era estudiante aquí. Debo obtener su informe mañana si es posible que lo haga. En cualquier caso, recibiré una carta.
«Bien, en cuanto a la visita. Lucy estaba más alegre que el día en que la vi por primera vez y, ciertamente, tenía mejor aspecto. Había perdido algo de ese aspecto cadavérico que tanto te perturbó y su respiración era normal. Fue muy dulce con el profesor (como siempre lo es) e intentó hacer que se sintiera cómodo, aunque pude ver que la pobre chica estaba haciendo un gran esfuerzo. Creo que Van Helsing también lo vio, pues vi la rápida mirada bajo sus pobladas cejas que conocía de antaño. Luego comenzó a charlar de todas las cosas excepto de nosotros mismos y de las enfermedades, y con una genialidad tan infinita que pude ver cómo la fingida animación de la pobre Lucy se fusionaba con la realidad. Luego, sin ningún cambio aparente, llevó la conversación suavemente hacia su visita y dijo con suavidad:
«"Mi querida joven, tengo el gran placer porque usted es muy amada. Eso es mucho, querida, incluso si existiera aquello que yo no veo. Me dijeron que usted estaba deprimida y que estaba de una palidez cadavérica. A ellos les digo: '¡Puf!'". Y chasqueó los dedos hacia mí y continuó: "Pero usted y yo les mostraremos lo equivocados que están. ¿Cómo puede él" —y me señaló con la misma mirada y gesto con el que una vez me señaló a su clase, en, o más bien después de, una ocasión particular que nunca deja de recordarme— "saber algo de las jovencitas? Él tiene a sus locos con los que jugar y para devolverlos a la felicidad y a aquellos que los aman. Es mucho lo que hay que hacer y, oh, hay recompensas en el hecho de que podemos otorgar tal felicidad. ¡Pero las jovencitas! Él no tiene esposa ni hija, y las jóvenes no se cuentan a sí mismas ante los jóvenes, sino ante los viejos, como yo, que he conocido tantas penas y sus causas. Así que, querida, lo enviaremos a él a fumar un cigarrillo al jardín, mientras usted y yo tenemos una pequeña charla a solas". Seguí la pista y di un paseo, y poco después el profesor vino a la ventana y me llamó. Parecía serio, pero dijo: "He hecho un examen cuidadoso, pero no hay causa funcional. Estoy de acuerdo con usted en que se ha perdido mucha sangre; ha sido, pero ya no es. Pero su estado no es de ninguna manera anémico. Le he pedido que me envíe a su doncella para poder hacerle un par de preguntas, de modo que no corra el riesgo de pasar nada por alto. Sé bien lo que dirá. Y, sin embargo, hay una causa; siempre hay una causa para todo. Debo volver a casa y pensar. Usted debe enviarme un telegrama todos los días; y si hay motivo, volveré. La enfermedad —pues no estar del todo bien es una enfermedad— me interesa, y la dulce joven, ella también me interesa. Me cautiva, y por ella, si no por usted o por la enfermedad, vendré".
«Como te digo, no quiso decir una palabra más, incluso cuando estábamos a solas. Y así, Art, ahora sabes todo lo que yo sé. Mantendré una vigilancia estricta. Confío en que tu pobre padre se esté recuperando. Debe ser algo terrible para ti, mi querido viejo amigo, estar en tal posición entre dos personas que son ambas tan queridas para ti. Conozco tu idea del deber hacia tu padre y tienes razón en mantenerla; pero, si es necesario, te enviaré un mensaje para que vengas de inmediato a ver a Lucy; así que no estés demasiado ansioso a menos que tengas noticias mías».
Diario del Dr. Seward.
4 de septiembre.—El paciente zoófago sigue manteniendo nuestro interés en él. Solo tuvo un arrebato, y fue ayer a una hora inusual. Justo antes de que sonaran las doce del mediodía, comenzó a ponerse inquieto. El asistente conocía los síntomas y pidió ayuda de inmediato. Afortunadamente, los hombres llegaron corriendo y llegaron justo a tiempo, pues al dar la hora, él se volvió tan violento que hizo falta toda su fuerza para retenerlo. En unos cinco minutos, sin embargo, comenzó a calmarse más y más y finalmente se sumió en una especie de melancolía, estado en el que ha permanecido hasta ahora. El asistente me dice que sus gritos durante el paroxismo fueron realmente espantosos; me encontré con las manos llenas cuando llegué, atendiendo a algunos de los otros pacientes que estaban asustados por él. De hecho, puedo entender perfectamente el efecto, pues los sonidos me perturbaron incluso a mí, a pesar de que estaba a cierta distancia. Ahora es después de la hora de la cena del asilo y, hasta el momento, mi paciente se sienta en un rincón meditando, con una mirada apagada, hosca y afligida, que parece más bien indicar que mostrar algo directamente. No puedo entenderlo del todo.
Más tarde.—Otro cambio en mi paciente. A las cinco fui a verlo y lo encontré aparentemente tan feliz y contento como solía estar. Estaba atrapando moscas y comiéndoselas, y llevaba la cuenta de su captura haciendo marcas con las uñas en el borde de la puerta, entre las hendiduras del acolchado. Cuando me vio, se acercó, se disculpó por su mala conducta y me pidió de una manera muy humilde y servil que me dejara volver a su habitación y tener su cuaderno de nuevo. Pensé que sería bueno seguirle la corriente; así que está de vuelta en su habitación, con la ventana abierta. Tiene el azúcar de su té esparcido en el alféizar y está cosechando una gran cantidad de moscas. Ahora no se las come, sino que las pone en una caja, como solía hacer, y ya está examinando los rincones de su habitación para encontrar una araña. Intenté que hablara de los últimos días, pues cualquier pista sobre sus pensamientos sería de gran ayuda para mí, pero no quiso responder. Durante uno o dos momentos pareció muy triste y dijo con una especie de voz lejana, como si se lo dijera más a sí mismo que a mí:
«¡Todo ha terminado! ¡Todo ha terminado! Él me ha abandonado. ¡Ya no hay esperanza para mí a menos que lo haga yo mismo!». Entonces, girándose repentinamente hacia mí de manera resuelta, dijo: «Doctor, ¿no será muy bueno conmigo y me dará un poco más de azúcar? Creo que sería bueno para mí».
«¿Y las moscas?», dije.
«¡Sí! A las moscas también les gusta, y a mí me gustan las moscas; por lo tanto, me gusta». Y hay gente que sabe tan poco como para pensar que los locos no razonan. Le proporcioné una doble ración y lo dejé tan feliz como, supongo, cualquiera en el mundo. Desearía poder sondear su mente.
Medianoche.—Otro cambio en él. Había ido a ver a la señorita Westenra, a quien encontré mucho mejor, y acababa de regresar y estaba de pie junto a nuestra puerta mirando la puesta de sol, cuando una vez más lo escuché gritar. Como su habitación está de este lado de la casa, pude oírlo mejor que por la mañana. Fue un choque para mí apartar la vista de la maravillosa belleza ahumada de una puesta de sol sobre Londres, con sus luces lúridas y sombras tintadas de tinta y todos los tintes maravillosos que aparecen en las nubes sucias igual que en el agua sucia, y darme cuenta de toda la severidad sombría de mi propio edificio de piedra fría, con su riqueza de miseria palpitante, y mi propio corazón desolado para soportarlo todo. Llegué a él justo cuando el sol se estaba ocultando, y desde su ventana vi hundirse el disco rojo. A medida que se hundía, se volvía cada vez menos frenético; y justo cuando desapareció, se deslizó de las manos que lo sostenían, una masa inerte, en el suelo. Es maravilloso, sin embargo, qué poder de recuperación intelectual tienen los lunáticos, pues en pocos minutos se puso de pie con mucha calma y miró a su alrededor. Hice señas a los asistentes para que no lo retuvieran, pues estaba ansioso por ver qué haría. Fue directamente hacia la ventana y barrió las migas de azúcar; luego tomó su caja de moscas y la vació afuera, y tiró la caja; luego cerró la ventana y, cruzando la habitación, se sentó en su cama. Todo esto me sorprendió, así que le pregunté: «¿Ya no vas a guardar moscas?».
«No», dijo él; «¡Estoy harto de toda esa basura!». Ciertamente es un estudio maravillosamente interesante. Ojalá pudiera obtener algún atisbo de su mente o de la causa de su repentina pasión. Espera; puede haber una pista después de todo, si podemos encontrar por qué hoy sus paroxismos ocurrieron al mediodía y al atardecer. ¿Puede ser que haya una influencia maligna del sol en períodos que afecta a ciertas naturalezas, como a veces la luna afecta a otras? Ya veremos.
Telegrama de Seward, Londres, a Van Helsing, Ámsterdam.
«4 de septiembre.—El paciente sigue mejor hoy».
Telegrama de Seward, Londres, a Van Helsing, Ámsterdam.
«5 de septiembre.—El paciente ha mejorado mucho. Buen apetito; duerme naturalmente; buen ánimo, el color vuelve a su rostro».
Telegrama de Seward, Londres, a Van Helsing, Ámsterdam.
«6 de septiembre.—Terrible cambio a peor. Venga de inmediato; no pierda ni una hora. Retengo el telegrama para Holmwood hasta haberle visto a usted».
CAPÍTULO X.
Carta del Dr. Seward al Honorable Arthur Holmwood.
«6 de septiembre.
«Mi querido Art:
«Mis noticias de hoy no son tan buenas. Lucy esta mañana había empeorado un poco. Hay, sin embargo, una cosa buena que ha surgido de ello: la señora Westenra estaba naturalmente preocupada por Lucy y me ha consultado profesionalmente sobre ella. Aproveché la oportunidad y le dije que mi antiguo maestro, Van Helsing, el gran especialista, vendría a alojarse conmigo y que la pondría bajo su cuidado conjuntamente con el mío; así que ahora podemos ir y venir sin alarmarla indebidamente, pues un shock para ella significaría una muerte súbita, y esto, en el débil estado de Lucy, podría ser desastroso para ella. Estamos rodeados de dificultades, todos nosotros, mi pobre viejo amigo; pero si Dios quiere, saldremos adelante de todas ellas. Si hay alguna necesidad, escribiré, así que, si no tienes noticias mías, da por hecho que simplemente estoy esperando noticias. Con prisa,
«Tuyo siempre, «/John Seward./»
Diario del Dr. Seward.
7 de septiembre.—Lo primero que me dijo Van Helsing cuando nos encontramos en Liverpool Street fue:
«¿Le ha dicho algo a nuestro joven amigo, el amante de ella?».
—No —dije—. Esperé hasta haberle visto a usted, como dije en mi telegrama. Le escribí una carta simplemente diciéndole que usted vendría, pues la señorita Westenra no estaba muy bien, y que le avisaría si fuera necesario.
—Bien, mi amigo —dijo—, ¡muy bien! Mejor que no lo sepa todavía; quizá nunca lo sepa. Eso ruego; pero si fuera necesario, entonces lo sabrá todo. Y, mi buen amigo John, permítame advertirle. Usted trata con dementes. Todos los hombres están locos de una forma o de otra; y en la medida en que usted trata discretamente con sus dementes, trate también con los dementes de Dios: el resto del mundo. Usted no dice a sus dementes qué hace ni por qué lo hace; no les dice lo que piensa. Así mantendrá el conocimiento en su lugar, donde pueda descansar, donde pueda reunir a los de su especie a su alrededor y reproducirse. Usted y yo mantendremos por ahora lo que sabemos aquí y aquí. —Me tocó el corazón y la frente, y luego se tocó a sí mismo de la misma manera—. Tengo mis propios pensamientos por el momento. Más tarde se los revelaré.
—¿Por qué no ahora? —pregunté—. Puede hacer algún bien; podríamos llegar a alguna decisión. —Se detuvo, me miró y dijo:
—Mi amigo John, cuando el maíz ha crecido, incluso antes de haber madurado, mientras la leche de su madre tierra está en él y el sol aún no ha comenzado a pintarlo con su oro, el labrador arranca la mazorca, la frota entre sus manos ásperas, sopla la cáscara verde y le dice a usted: «¡Mire! Es buen maíz; dará una buena cosecha cuando llegue el momento». —No vi la aplicación y se lo dije. Como respuesta, se acercó, tomó mi oreja con la mano y tiró de ella juguetonamente, como solía hacer hace mucho tiempo en sus clases, y dijo:
—El buen labrador le dice eso entonces porque lo sabe, pero no antes. Pero usted no verá al buen labrador desenterrar su maíz sembrado para ver si crece; eso es para los niños que juegan a la agricultura, y no para aquellos que la toman como el trabajo de su vida. ¿Ve ahora, amigo John? He sembrado mi maíz, y la Naturaleza tiene su trabajo que hacer para hacerlo brotar; si brota, hay alguna promesa; y espero hasta que la mazorca comience a hincharse. —Se interrumpió, pues evidentemente vio que yo entendía. Luego continuó, muy gravemente:
—Usted siempre fue un estudiante cuidadoso, y su libro de casos siempre estuvo más completo que el resto. Solo era estudiante entonces; ahora es maestro, y confío en que ese buen hábito no se haya perdido. Recuerde, mi amigo, que el conocimiento es más fuerte que la memoria, y no debemos confiar en el más débil. Incluso si no ha mantenido la buena práctica, déjeme decirle que este caso de nuestra querida señorita es uno que puede ser —tenga en cuenta que digo «puede ser»— de tal interés para nosotros y para otros que todo el resto puede no hacer que incline la balanza, como dice su gente. Tome, pues, buena nota de ello. Nada es demasiado pequeño. Le aconsejo: ponga por escrito incluso sus dudas y sospechas. Más adelante puede ser de su interés ver cuán acertadas fueron sus suposiciones. ¡Aprendemos del fracaso, no del éxito!
Cuando describí los síntomas de Lucy —los mismos que antes, pero definitivamente más marcados—, se puso muy serio, pero no dijo nada. Llevaba consigo una bolsa en la que había muchos instrumentos y medicamentos, «el macabro equipamiento de nuestro beneficioso oficio», como llamó una vez, en una de sus clases, al equipo de un profesor del arte de sanar. Cuando nos hicieron pasar, la señora Westenra nos recibió. Estaba alarmada, pero ni de lejos tanto como esperaba encontrarla. La Naturaleza, en uno de sus estados benéficos, ha ordenado que incluso la muerte tenga algún antídoto para sus propios terrores. Aquí, en un caso donde cualquier impacto puede resultar fatal, los asuntos están tan ordenados que, por una razón u otra, las cosas que no son personales —incluso el terrible cambio en su hija, a quien tanto quiere— no parecen llegarle. Es algo parecido a la forma en que la Madre Naturaleza reúne alrededor de un cuerpo extraño una envoltura de tejido insensible que puede proteger del mal aquello que de otro modo dañaría por contacto. Si esto es un egoísmo ordenado, entonces deberíamos hacer una pausa antes de condenar a nadie por el vicio del egoísmo, pues puede haber raíces más profundas para sus causas de las que tenemos conocimiento.
Utilicé mi conocimiento de esta fase de la patología espiritual y establecí la regla de que no debía estar presente con Lucy ni pensar en su enfermedad más de lo estrictamente necesario. Asintió de buena gana, tan de buena gana que vi de nuevo la mano de la Naturaleza luchando por la vida. Van Helsing y yo fuimos conducidos a la habitación de Lucy. Si me sentí conmocionado al verla ayer, quedé horrorizado al verla hoy. Estaba macilenta, pálida como la tiza; el rojo parecía haber desaparecido incluso de sus labios y encías, y los huesos de su rostro destacaban notablemente; su respiración era penosa de ver o escuchar. El rostro de Van Helsing se volvió rígido como el mármol, y sus cejas convergieron hasta casi tocarse sobre la nariz. Lucy yacía inmóvil y no parecía tener fuerzas para hablar, así que durante un rato estuvimos todos en silencio. Luego, Van Helsing me hizo señas y salimos suavemente de la habitación. En el instante en que cerramos la puerta, caminó rápidamente por el pasillo hasta la puerta de al lado, que estaba abierta. Luego me metió rápidamente con él y cerró la puerta. —¡Dios mío! —dijo—. Esto es terrible. No hay tiempo que perder. Morirá por la mera falta de sangre para mantener el funcionamiento del corazón como debería ser. Debe haber una transfusión de sangre de inmediato. ¿Es usted o yo?
—Soy más joven y más fuerte, profesor. Debo ser yo.
—Entonces prepárese de inmediato. Traeré mi bolsa. Estoy preparado.
Bajé las escaleras con él y, mientras íbamos, llamaron a la puerta principal. Cuando llegamos al vestíbulo, la criada acababa de abrir la puerta y Arthur entraba rápidamente. Se acercó a mí corriendo, diciendo en un susurro ansioso:
—Jack, estaba tan preocupado. Leí entre líneas tu carta y he estado en agonía. Papá estaba mejor, así que corrí aquí para verlo por mí mismo. ¿No es ese caballero el Dr. Van Helsing? Estoy tan agradecido con usted, señor, por haber venido. —Cuando los ojos del profesor se posaron en él por primera vez, se había molestado por cualquier interrupción en un momento así; pero ahora, al contemplar sus proporciones robustas y reconocer la fuerte juventud que parecía emanar de él, sus ojos brillaron. Sin pausa, le dijo gravemente mientras le tendía la mano:
—Señor, usted ha llegado a tiempo. Usted es el amante de nuestra querida señorita. Ella está mal, muy, muy mal. No, hijo mío, no te pongas así. —Pues de repente se puso pálido y se sentó en una silla, casi desmayándose—. Usted debe ayudarla. Puede hacer más que cualquiera que viva, y su valor es su mejor ayuda.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Arthur con voz ronca—. Dígame y lo haré. Mi vida es suya, y daría la última gota de sangre de mi cuerpo por ella. —El profesor tiene un lado fuertemente humorístico, y pude, por conocimiento previo, detectar un rastro de su origen en su respuesta:
—Mi joven señor, no pido tanto como eso, ¡no la última!
—¿Qué debo hacer? —Había fuego en sus ojos y sus fosas nasales dilatadas vibraban con determinación. Van Helsing le dio una palmada en el hombro—. ¡Vamos! —dijo—. Usted es un hombre, y es un hombre lo que necesitamos. Usted es mejor que yo, mejor que mi amigo John. —Arthur parecía desconcertado, y el profesor continuó explicando de manera amable:
—La joven señorita está mal, muy mal. Necesita sangre, y sangre debe tener o morirá. Mi amigo John y yo hemos consultado; y estamos a punto de realizar lo que llamamos transfusión de sangre: transferir desde las venas llenas de uno a las venas vacías que suspiran por ella. John iba a dar su sangre, ya que es más joven y fuerte que yo —aquí Arthur tomó mi mano y la apretó con fuerza en silencio—, pero, ahora que está usted aquí, es usted más apto que nosotros, viejos o jóvenes, que trabajamos mucho en el mundo del pensamiento. ¡Nuestros nervios no están tan calmados y nuestra sangre no es tan brillante como la suya! —Arthur se volvió hacia él y dijo:
—Si solo supiera lo alegremente que moriría por ella, entendería...
Se detuvo, con una especie de nudo en la garganta.
—¡Buen chico! —dijo Van Helsing—. En un futuro no muy lejano será feliz de haber hecho todo por ella a quien ama. Venga ahora y guarde silencio. La besará una vez antes de que se haga, pero luego debe irse; y debe irse a mi señal. No diga ni una palabra a Madame; ¡ya sabe cómo es ella! No debe haber ningún impacto; cualquier conocimiento de esto lo sería. ¡Vamos!
Todos subimos a la habitación de Lucy. Arthur, por indicación, permaneció fuera. Lucy giró la cabeza y nos miró, pero no dijo nada. No estaba dormida, pero simplemente estaba demasiado débil para hacer el esfuerzo. Sus ojos nos hablaron; eso fue todo. Van Helsing tomó algunas cosas de su bolsa y las puso sobre una mesita fuera de la vista. Luego mezcló un narcótico y, acercándose a la cama, dijo alegremente:
—Ahora, pequeña señorita, aquí está su medicina. Bébasela, como una niña buena. Mire, la levanto para que tragar sea fácil. Sí. —Había hecho el esfuerzo con éxito.
Me asombró lo que tardó el fármaco en hacer efecto. Esto, de hecho, marcó el grado de su debilidad. El tiempo pareció infinito hasta que el sueño comenzó a parpadear en sus párpados. Al final, sin embargo, el narcótico comenzó a manifestar su potencia; y cayó en un sueño profundo. Cuando el profesor estuvo satisfecho, llamó a Arthur a la habitación y le pidió que se quitara la chaqueta. Luego añadió: —Puede dar ese pequeño beso mientras traigo la mesa. ¡Amigo John, ayúdeme! —Así que ninguno de los dos miró mientras él se inclinaba sobre ella.
Van Helsing, volviéndose hacia mí, dijo:
—Él es tan joven y fuerte y de sangre tan pura que no necesitamos desfibrinarla.
Luego, con rapidez, pero con método absoluto, Van Helsing realizó la operación. A medida que avanzaba la transfusión, algo parecido a la vida pareció volver a las mejillas de la pobre Lucy, y a través de la creciente palidez de Arthur, la alegría de su rostro pareció brillar absolutamente. Después de un rato comencé a preocuparme, pues la pérdida de sangre estaba afectando a Arthur, por fuerte que fuera. Me dio una idea de la terrible tensión que el sistema de Lucy debe haber sufrido, que lo que debilitó a Arthur solo restauró parcialmente a ella. Pero el rostro del profesor estaba serio, y permaneció con el reloj en la mano y los ojos fijos ahora en la paciente y ahora en Arthur. Podía escuchar mi propio corazón latir. Pronto dijo con voz suave: —No se mueva ni un instante. Es suficiente. Usted atienda a él; yo me ocuparé de ella. —Cuando todo terminó, pude ver cuánto se había debilitado Arthur. Vendé la herida y tomé su brazo para llevármelo, cuando Van Helsing habló sin darse la vuelta —el hombre parece tener ojos en la nuca—:
—El valiente amante, creo, merece otro beso, que tendrá pronto. —Y como ahora había terminado su operación, ajustó la almohada a la cabeza de la paciente. Al hacerlo, la estrecha banda de terciopelo negro que parecía llevar siempre alrededor del cuello, abrochada con una vieja hebilla de diamantes que su amante le había regalado, fue arrastrada un poco hacia arriba y mostró una marca roja en su garganta. Arthur no se dio cuenta, pero pude oír el silbido profundo de una inhalación, que es una de las formas en que Van Helsing traiciona su emoción. No dijo nada en ese momento, pero se volvió hacia mí, diciendo: —Ahora lleve a nuestro valiente joven amante abajo, dele vino de oporto y deje que se acueste un rato. Debe luego ir a casa y descansar, dormir mucho y comer mucho, para que pueda recuperarse de lo que ha dado a su amor. No debe quedarse aquí. ¡Espera! Un momento. Puedo suponer, señor, que está ansioso por el resultado. Entonces lleve consigo la seguridad de que la operación es un éxito en todos los sentidos. Le ha salvado la vida esta vez, y puede irse a casa y descansar tranquilo sabiendo que se ha hecho todo lo posible. Le contaré todo cuando esté bien; ella no le querrá menos por lo que ha hecho. Adiós.
Cuando Arthur se hubo ido, volví a la habitación. Lucy dormía tranquilamente, pero su respiración era más fuerte; podía ver la colcha moverse mientras su pecho subía y bajaba. Al lado de la cama estaba sentado Van Helsing, mirándola atentamente. La banda de terciopelo volvía a cubrir la marca roja. Le pregunté al profesor en un susurro:
—¿Qué opina de esa marca en su garganta?
—¿Qué opina usted de ella?
—Aún no la he visto —respondí, y allí mismo procedí a soltar la banda. Justo sobre la vena yugular externa había dos pinchazos, no grandes, pero de aspecto poco saludable. No había signos de enfermedad, pero los bordes estaban blancos y desgastados, como por alguna fricción. De inmediato se me ocurrió que esta herida, o lo que fuera, podría ser la causa de esa pérdida manifiesta de sangre; pero abandoné la idea tan pronto como la formé, pues tal cosa no podía ser. Toda la cama habría quedado empapada de escarlata con la sangre que la chica debe haber perdido para dejar tal palidez como la que tenía antes de la transfusión.
—¿Bueno? —dijo Van Helsing.
—Bueno —dije—, no puedo sacar nada en claro. —El profesor se puso de pie—. Debo volver a Ámsterdam esta noche —dijo—. Hay libros y cosas allí que necesito. Usted debe permanecer aquí toda la noche, y no debe quitarle los ojos de encima.
—¿Tendré una enfermera? —pregunté.
—Somos las mejores enfermeras, usted y yo. Usted vigile toda la noche; asegúrese de que esté bien alimentada y que nada la moleste. No debe dormir en toda la noche. Más tarde podremos dormir, usted y yo. Estaré de vuelta tan pronto como sea posible. Y entonces podremos empezar.
—¿«Podremos empezar»? —dije—. ¿Qué diablos quiere decir?
—¡Ya veremos! —respondió mientras salía apresuradamente. Regresó un momento después, metió la cabeza por la puerta y dijo, con el dedo levantado en señal de advertencia:
—Recuerde, ella está bajo su cargo. Si la deja y sucede algún daño, ¡no dormirá tranquilo de aquí en adelante!
Diario del Dr. Seward, continuación.
8 de septiembre.—Me quedé despierto toda la noche con Lucy. El efecto del opiáceo se disipó hacia el anochecer y despertó de forma natural; parecía un ser diferente de lo que había sido antes de la operación. Incluso su ánimo era bueno y estaba llena de una feliz vivacidad, pero pude ver evidencias del agotamiento absoluto que había sufrido. Cuando le dije a la señora Westenra que el Dr. Van Helsing había ordenado que yo me quedara con ella, casi se rió de la idea, señalando la renovada fuerza y el excelente ánimo de su hija. Fui firme, sin embargo, y preparé mi larga vigilia. Cuando su criada la hubo preparado para la noche, entré, habiendo cenado entretanto, y tomé asiento junto a la cama. No puso objeción alguna, sino que me miró con gratitud cada vez que cruzaba mi mirada. Después de un largo rato pareció irse quedando dormida, pero con un esfuerzo pareció recomponerse y sacudirse el sueño. Esto se repitió varias veces, con mayor esfuerzo y pausas más cortas a medida que pasaba el tiempo. Era evidente que no quería dormir, así que abordé el tema de inmediato:
—¿No quiere irse a dormir?
—No; tengo miedo.
—¿Miedo de irse a dormir? ¿Por qué? Es el beneficio que todos anhelamos.
—¡Ah, no si usted fuera como yo, si el sueño fuera para usted un presagio de horror!
—¡Un presagio de horror! ¿Qué diablos quiere decir?
—No lo sé; oh, no lo sé. Y eso es lo que es tan terrible. Toda esta debilidad me llega en el sueño; hasta que temo el pensamiento mismo.
—Pero, querida niña, puede dormir esta noche. Estoy aquí vigilándola y puedo prometerle que no pasará nada.
—¡Ah, puedo confiar en usted! —Aproveché la oportunidad y dije—: Le prometo que si veo alguna evidencia de malos sueños, la despertaré de inmediato.
—¿Lo hará? ¡Oh, de verdad lo hará! ¡Qué bueno es conmigo! ¡Entonces dormiré! —Y casi al decir esto, lanzó un profundo suspiro de alivio y se reclinó, dormida.
Durante toda la noche la vigilé. Nunca se movió, sino que siguió durmiendo en un sueño profundo, tranquilo, vivificante y saludable. Sus labios estaban ligeramente separados y su pecho subía y bajaba con la regularidad de un péndulo. Había una sonrisa en su rostro y era evidente que no habían venido malos sueños a perturbar su paz mental.
A primera hora de la mañana vino su criada, la dejé a su cuidado y regresé a casa, pues estaba preocupado por muchas cosas. Envié un breve telegrama a Van Helsing y a Arthur, contándoles el excelente resultado de la operación. Mi propio trabajo, con sus múltiples atrasos, me llevó todo el día terminarlo; ya era de noche cuando pude preguntar por mi paciente zoófago. El informe era bueno: había estado bastante tranquilo durante el día y la noche anteriores. Llegó un telegrama de Van Helsing desde Ámsterdam mientras cenaba, sugiriendo que debería estar en Hillingham esta noche, ya que podría ser bueno estar a mano, y diciendo que salía en el correo nocturno y se reuniría conmigo a primera hora de la mañana.
9 de septiembre.—Estaba bastante cansado y agotado cuando llegué a Hillingham. Durante dos noches apenas había pegado ojo, y mi cerebro comenzaba a sentir ese entumecimiento que marca el agotamiento cerebral. Lucy estaba levantada y de buen ánimo. Cuando me dio la mano, me miró fijamente a la cara y dijo:
—Nada de quedarse despierto esta noche para usted. Está agotado. Estoy completamente bien de nuevo; de verdad lo estoy; y si alguien tiene que quedarse despierto, seré yo quien se quede con usted. —No quise discutir el punto, así que fui a cenar. Lucy vino conmigo y, animado por su encantadora presencia, hice una excelente comida y tomé un par de vasos del más que excelente oporto. Luego Lucy me llevó arriba y me mostró una habitación contigua a la suya, donde ardía un fuego acogedor. —Ahora —dijo—, debe quedarse aquí. Dejaré esta puerta abierta y la mía también. Puede tumbarse en el sofá, pues sé que nada induciría a ninguno de ustedes, los médicos, a irse a la cama mientras haya un paciente en el horizonte. Si necesito algo, gritaré y podrá venir a verme de inmediato. —No pude sino aceptar, pues estaba «cansado como un perro» y no me habría podido quedar despierto aunque lo hubiera intentado. Así que, al renovar ella su promesa de llamarme si necesitaba algo, me tumbé en el sofá y me olvidé de todo.
9 de septiembre.—Me siento tan feliz esta noche. He estado tan miserablemente débil, que ser capaz de pensar y moverme es como sentir el sol después de un largo periodo de viento del este bajo un cielo de acero. De algún modo, Arthur se siente muy, muy cerca de mí. Me parece sentir su presencia cálida a mi alrededor. Supongo que es que la enfermedad y la debilidad son cosas egoístas que vuelven nuestros ojos internos y nuestra simpatía hacia nosotros mismos, mientras que la salud y la fuerza dan rienda suelta al Amor, y en el pensamiento y el sentimiento él puede vagar donde quiera. Yo sé dónde están mis pensamientos. ¡Si Arthur solo supiera! Querido mío, querido mío, tus oídos deben de hormiguear mientras duermes, igual que los míos mientras estoy despierta. ¡Oh, el descanso dichoso de la pasada noche! Cómo dormí con ese querido y buen Dr. Seward vigilándome. Y esta noche no temeré dormir, ya que él está muy cerca y al alcance de mi voz. ¡Gracias a todos por ser tan buenos conmigo! ¡Gracias a Dios! Buenas noches, Arthur.
Diario del Dr. Seward.
10 de septiembre.—Fui consciente de la mano del Profesor sobre mi cabeza, y me desperté sobresaltado en un segundo. Eso es una de las cosas que aprendemos en un asilo, al menos.
—¿Y cómo está nuestra paciente?
—Bien, cuando la dejé, o más bien cuando ella me dejó a mí —respondí.
—Vamos, veamos —dijo. Y juntos fuimos a la habitación.
La persiana estaba bajada, y fui a levantarla suavemente, mientras Van Helsing se acercaba a la cama con su paso blando, como de gato.
Mientras levantaba la persiana y la luz del sol de la mañana inundaba la habitación, escuché el bajo siseo de inspiración del Profesor, y al conocer su rareza, un miedo mortal se disparó en mi corazón. Cuando pasé por su lado, él retrocedió, y su exclamación de horror, «Gott in Himmel!», no necesitó refuerzo alguno por parte de su rostro angustiado. Levantó la mano y señaló la cama, y su rostro de hierro estaba demacrado y pálido como la ceniza. Sentí que mis rodillas comenzaban a temblar.
Allí en la cama, aparentemente en un desmayo, yacía la pobre Lucy, con un aspecto más horriblemente blanco y demacrado que nunca. Incluso los labios estaban blancos, y las encías parecían haberse retraído de los dientes, como a veces vemos en un cadáver tras una enfermedad prolongada. Van Helsing levantó el pie para dar una patada de ira, pero el instinto de su vida y todos los largos años de hábito lo detuvieron, y lo bajó de nuevo suavemente. —¡Rápido! —dijo—. Traiga el brandy. —Volé al comedor y regresé con la licorera. Humedeció los pobres labios blancos con él, y juntos frotamos la palma, la muñeca y el corazón. Él palpó su corazón y, tras unos momentos de angustiosa incertidumbre, dijo:
—No es demasiado tarde. Late, aunque sea débilmente. Todo nuestro trabajo se ha deshecho; debemos empezar de nuevo. Aquí no hay ningún joven Arthur ahora; esta vez tengo que recurrir a usted mismo, amigo John. —Mientras hablaba, hurgaba en su maletín y sacaba los instrumentos para la transfusión; yo me había quitado la chaqueta y arremangado la camisa. No había posibilidad de un opiáceo en ese preciso momento, y no había necesidad de uno; y así, sin un momento de demora, comenzamos la operación. Después de un tiempo —que tampoco pareció corto, pues el drenaje de la propia sangre, sin importar cuán voluntariamente se dé, es una sensación terrible—, Van Helsing levantó un dedo en señal de advertencia. —No se mueva —dijo—, pero temo que con la creciente fuerza pueda despertarse; y eso supondría un peligro, oh, tanto peligro. Pero tomaré precauciones. Le pondré una inyección hipodérmica de morfina. —Procedió entonces, rápida y hábilmente, a llevar a cabo su propósito. El efecto en Lucy no fue malo, pues el desmayo pareció fundirse sutilmente en el sueño narcótico. Fue con un sentimiento de orgullo personal que pude ver cómo un leve tinte de color se colaba de nuevo en las mejillas y labios pálidos. Ningún hombre sabe, hasta que lo experimenta, lo que es sentir cómo su propia sangre vital es drenada hacia las venas de la mujer que ama.
El Profesor me observó con espíritu crítico. —Eso bastará —dijo—. ¿Ya? —protesté—. Usted tomó mucho más de Art. —A lo que él sonrió con una especie de sonrisa triste mientras respondía:
—Él es su amante, su prometido. Usted tiene trabajo, mucho trabajo, que hacer por ella y por otros; y el presente será suficiente.
Cuando terminamos la operación, él atendió a Lucy, mientras yo aplicaba presión digital sobre mi propia incisión. Me tumbé mientras esperaba a que tuviera tiempo de atenderme, pues me sentía mareado y un poco enfermo. Más tarde, vendó mi herida y me envió abajo a tomar una copa de vino para mí mismo. Mientras salía de la habitación, me siguió y susurró a medias:
—Recuerde, no debe decirse nada de esto. Si nuestro joven amante apareciera inesperadamente, como antes, ni una palabra a él. Eso lo asustaría y lo pondría celoso a la vez. No debe haber nada. ¡Así!
Cuando regresé, me miró cuidadosamente y luego dijo:
—No está mucho peor. Vaya a la habitación, túmbese en su sofá y descanse un rato; luego desayune bien y venga aquí conmigo.
Seguí sus órdenes, pues sabía cuán correctas y sabias eran. Había hecho mi parte, y ahora mi siguiente deber era mantener mi fuerza. Me sentía muy débil, y en esa debilidad perdí parte del asombro por lo que había ocurrido. Sin embargo, me quedé dormido en el sofá, preguntándome una y otra vez cómo Lucy había hecho un movimiento tan retrógrado, y cómo pudo haber sido drenada de tanta sangre sin rastro alguno que lo demostrara. Creo que debí continuar mis cavilaciones en sueños, pues dormido o despierto, mis pensamientos siempre volvían a las pequeñas punciones en su garganta y al aspecto irregular y exhausto de sus bordes, por diminutos que fueran.
Lucy durmió hasta bien avanzado el día; y cuando despertó estaba bastante bien y fuerte, aunque ni de lejos tanto como el día anterior. Cuando Van Helsing la hubo visto, salió a dar un paseo, dejándome a cargo, con estrictas instrucciones de que no debía dejarla ni un momento. Pude oír su voz en el vestíbulo, preguntando por el camino a la oficina de telégrafos más cercana.
Lucy charló conmigo libremente, y parecía totalmente inconsciente de que hubiera ocurrido nada. Intenté mantenerla divertida e interesada. Cuando su madre subió a verla, no pareció notar cambio alguno, sino que me dijo con gratitud:
—Le debemos tanto, Dr. Seward, por todo lo que ha hecho, pero realmente debe tener cuidado ahora de no trabajar demasiado. Usted mismo tiene un aspecto pálido. Necesita una esposa que le cuide y le atienda un poco; ¡eso es lo que necesita! —Mientras hablaba, Lucy se puso carmesí, aunque solo fue momentáneamente, pues sus pobres venas agotadas no podían soportar por mucho tiempo tal drenaje inusual hacia la cabeza. La reacción llegó en una palidez excesiva mientras volvía sus ojos implorantes hacia mí. Sonreí y asentí, y puse mi dedo sobre mis labios; con un suspiro, ella se hundió de nuevo entre sus almohadas.
Van Helsing regresó en un par de horas, y al poco me dijo: «Ahora usted váyase a casa, coma mucho y beba lo suficiente. Hágase fuerte. Yo me quedo aquí esta noche, y me quedaré despierto con la pequeña señorita yo mismo. Usted y yo debemos vigilar el caso, y no debemos permitir que nadie más lo sepa. Tengo razones graves. No, no las pregunte; piense lo que quiera. No tema pensar incluso en lo más improbable. Buenas noches».
En el vestíbulo, dos de las criadas se acercaron a mí y me preguntaron si ellas, o alguna de ellas, podría quedarse despierta con la señorita Lucy. Me suplicaron que las dejara; y cuando dije que era deseo del Dr. Van Helsing que o él o yo estuviéramos despiertos, me pidieron de forma bastante lastimera que intercediera ante el «caballero extranjero». Me sentí muy conmovido por su amabilidad. Quizás es porque estoy débil en este momento, y quizás fue por causa de Lucy que su devoción se manifestó; pues una y otra vez he visto casos similares de la amabilidad de la mujer. Regresé aquí a tiempo para una cena tardía; hice mi ronda —todo bien— y anoté esto mientras esperaba el sueño. Ya llega.
11 de septiembre.—Esta tarde fui a Hillingham. Encontré a Van Helsing de excelente humor, y a Lucy mucho mejor. Poco después de haber llegado, un gran paquete del extranjero llegó para el Profesor. Lo abrió con mucho énfasis —fingido, por supuesto— y mostró un gran manojo de flores blancas.
—Estas son para usted, señorita Lucy —dijo.
—¿Para mí? ¡Oh, Dr. Van Helsing!
—Sí, querida, pero no para que juegue con ellas. Estas son medicinas. —Aquí Lucy hizo una mueca. —No, no, pero no son para tomar en decocción o en forma nauseabunda, así que no necesita arrugar esa nariz tan encantadora, o le señalaré a mi amigo Arthur qué penas puede tener que soportar al ver tanta belleza que él ama tanto distorsionarse. Ajá, mi bonita señorita, eso devuelve a la nariz tan bonita a su sitio. Esto es medicinal, pero usted no sabe cómo. Las pongo en su ventana, hago una bonita corona, y la cuelgo alrededor de su cuello, para que duerma bien. ¡Oh, sí! ellas, como la flor de loto, hacen que su problema se olvide. Huele tanto como las aguas del Leteo, y de esa fuente de la juventud que los Conquistadores buscaron en las Floridas, y la encuentran demasiado tarde.
Mientras él hablaba, Lucy había estado examinando las flores y oliéndolas. Ahora las arrojó al suelo, diciendo, entre risas y disgusto:
—Oh, Profesor, creo que solo me está gastando una broma. Vaya, estas flores no son más que ajo común.
Para mi sorpresa, Van Helsing se levantó y dijo con toda su severidad, su mandíbula de hierro apretada y sus cejas pobladas uniéndose:
—¡Nada de juegos conmigo! ¡Yo nunca bromeo! Hay un propósito sombrío en todo lo que hago; y le advierto que no me frustre. Tenga cuidado, por el bien de los demás si no por el suyo propio. —Luego, viendo a la pobre Lucy asustada, como bien podía estarlo, continuó más suavemente: —Oh, pequeña señorita, querida mía, no me tema. Solo lo hago por su bien; pero hay mucha virtud para usted en esas flores tan comunes. Mire, yo mismo las coloco en su habitación. Yo mismo hago la corona que usted debe llevar. ¡Pero chist! no le cuente a otros que hacen preguntas tan inquisitivas. Debemos obedecer, y el silencio es parte de la obediencia; y la obediencia es para traerla fuerte y sana a los brazos amorosos que la esperan. Ahora siéntese quieta un rato. Venga conmigo, amigo John, y me ayudará a adornar la habitación con mi ajo, que viene desde Haarlem, donde mi amigo Vanderpool cultiva hierbas en sus invernaderos todo el año. Tuve que telegrafiar ayer, o no habrían estado aquí.
Fuimos a la habitación, llevando las flores con nosotros. Las acciones del Profesor eran ciertamente extrañas, y no se encuentran en ninguna farmacopea de la que yo haya oído hablar. Primero, cerró las ventanas y las trabó con seguridad; luego, tomando un puñado de flores, las frotó por todos los marcos, como para asegurar que cada soplo de aire que pudiera entrar estuviera cargado con el olor a ajo. Luego, con el manojo, frotó todo el marco de la puerta, arriba, abajo y a cada lado, y alrededor de la chimenea de la misma manera. Todo me parecía grotesco, y al poco dije:
—Bueno, Profesor, sé que siempre tiene una razón para lo que hace, pero esto ciertamente me desconcierta. Es bueno que no tengamos ningún escéptico aquí, o diría que está realizando algún hechizo para mantener alejados a los malos espíritus.
—¡Quizás lo estoy haciendo! —respondió tranquilamente mientras comenzaba a hacer la corona que Lucy debería llevar alrededor del cuello.
Esperamos entonces mientras Lucy hacía su aseo para la noche, y cuando estuvo en la cama él vino y fijó él mismo la corona de ajo alrededor de su cuello. Las últimas palabras que le dijo fueron:
—Tenga cuidado de no perturbarla; e incluso si la habitación se siente cargada, no abra esta noche la ventana ni la puerta.
—Lo prometo —dijo Lucy—, ¡y les agradezco a ambos mil veces por toda su bondad hacia mí! Oh, ¿qué he hecho para ser bendecida con tales amigos?
Cuando dejamos la casa en mi coche de alquiler, que estaba esperando, Van Helsing dijo:
—Esta noche puedo dormir en paz, y dormir es lo que quiero; dos noches de viaje, mucha lectura en el día intermedio, y mucha ansiedad en el día siguiente, y una noche sin pegar ojo. Mañana por la mañana temprano llámeme, y vendremos juntos a ver a nuestra bonita señorita, mucho más fuerte gracias a mi «hechizo» que he trabajado. ¡Ho! ¡ho!
Parecía tan confiado que yo, recordando mi propia confianza dos noches antes y con el resultado funesto, sentí asombro y un vago terror. Debió ser mi debilidad lo que me hizo dudar de contárselo a mi amigo, pero lo sentí aún más, como lágrimas no derramadas.
CAPÍTULO XI.
/Diario de Lucy Westenra./
12 de septiembre.—¡Qué buenos son todos conmigo! Quiero mucho a ese querido Dr. Van Helsing. Me pregunto por qué estaba tan ansioso por estas flores. Positivamente me asustó, estaba tan fiero. Y sin embargo debe tener razón, pues ya siento alivio con ellas. De algún modo, no temo estar sola esta noche, y puedo irme a dormir sin miedo. No me importará ningún aleteo fuera de la ventana. Oh, la terrible lucha que he tenido contra el sueño tan a menudo últimamente; el dolor del insomnio, o el dolor del miedo al sueño, con tales horrores desconocidos como tiene para mí. Cuán bendecidas son algunas personas, cuyas vidas no tienen miedos, ni temores; para quienes el sueño es una bendición que llega cada noche, y no trae nada más que dulces sueños. Bueno, aquí estoy esta noche, esperando dormir, y tumbada como Ofelia en la obra, con «coronas virginales y ofrendas de doncella». Nunca antes me gustó el ajo, ¡pero esta noche es delicioso! Hay paz en su olor; siento que el sueño llega ya. Buenas noches a todos.
Diario del Dr. Seward.
13 de septiembre.—Llamé al Berkeley y encontré a Van Helsing, como de costumbre, puntual. El carruaje pedido en el hotel estaba esperando. El Profesor tomó su maletín, que trae siempre consigo ahora.
Que todo sea puesto por escrito exactamente. Van Helsing y yo llegamos a Hillingham a las ocho en punto. Era una mañana encantadora; el sol brillante y toda la sensación fresca del principio del otoño parecían como la culminación del trabajo anual de la naturaleza. Las hojas estaban cambiando a toda clase de colores hermosos, pero aún no habían comenzado a caer de los árboles. Cuando entramos, nos encontramos con la Sra. Westenra saliendo del salón de la mañana. Siempre es madrugadora. Nos saludó calurosamente y dijo:
—Les alegrará saber que Lucy está mejor. La querida niña todavía duerme. Eché un vistazo a su habitación y la vi, pero no entré, no fuera a ser que la despertara. —El Profesor sonrió, y parecía muy jubiloso. Se frotó las manos y dijo:
—¡Ajá! Pensé que había diagnosticado el caso. Mi tratamiento está funcionando —a lo que ella respondió:
—No debe llevarse todo el mérito usted, doctor. El estado de Lucy esta mañana se debe en parte a mí.
—¿Cómo dice, señora? —preguntó el Profesor.
—Bueno, estaba ansiosa por la querida niña durante la noche, y entré en su habitación. Estaba durmiendo profundamente, tan profundamente que ni siquiera mi llegada la despertó. Pero la habitación estaba terriblemente cargada. Había un montón de esas flores horribles de olor fuerte por todas partes, y tenía incluso un manojo de ellas alrededor del cuello. Temí que el olor pesado fuera demasiado para la querida niña en su estado de debilidad, así que las quité todas y abrí un poco la ventana para dejar entrar un poco de aire fresco. Estarán contentos con ella, estoy segura.
Se marchó hacia su boudoir, donde solía desayunar temprano. Mientras hablaba, observé el rostro del Profesor, y vi cómo se tornaba gris ceniza. Había sido capaz de mantener su autodominio mientras la pobre señora estaba presente, pues conocía su estado y cuán perjudicial sería una conmoción; incluso le sonrió mientras sostenía la puerta abierta para que ella pasara a su habitación. Pero en el instante en que ella desapareció, me tiró, repentina y forzosamente, hacia el comedor y cerró la puerta.
Entonces, por primera vez en mi vida, vi a Van Helsing derrumbarse. Levantó las manos sobre su cabeza en una especie de desesperación muda, y luego golpeó sus palmas una contra otra de una manera impotente; finalmente se sentó en una silla, y poniéndose las manos ante el rostro, comenzó a sollozar, con sollozos fuertes y secos que parecían provenir del mismo tormento de su corazón. Luego levantó los brazos de nuevo, como si apelara al universo entero. —¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! —dijo—. ¿Qué hemos hecho, qué ha hecho esta pobre criatura, para que estemos tan duramente acosados? ¿Existe todavía el destino entre nosotros, enviado desde el mundo pagano de la antigüedad, para que tales cosas deban ser, y de tal manera? Esta pobre madre, sin saberlo, y todo por el bien como ella piensa, hace tal cosa que pierde a su hija en cuerpo y alma; y no debemos decírselo, ni siquiera debemos advertirle, o ella morirá, y entonces ambas morirán. ¡Oh, cómo estamos acosados! ¡Cómo están todos los poderes de los demonios contra nosotros! —De repente saltó sobre sus pies—. Venga —dijo—, venga, debemos ver y actuar. Demonios o no demonios, o todos los demonios a la vez, no importa; lucharemos contra él igual. —Fue a la puerta del vestíbulo a por su maletín; y juntos subimos a la habitación de Lucy.
Una vez más subí la persiana, mientras Van Helsing se dirigía hacia la cama. Esta vez no se sobresaltó al mirar el pobre rostro con la misma palidez cerosa y terrible que antes. Lucía una mirada de severa tristeza y piedad infinita.
—Como esperaba —murmuró, con ese siseo de inspiración suyo que significaba tanto. Sin una palabra, fue y cerró la puerta con llave, y luego comenzó a disponer en la pequeña mesa los instrumentos para otra operación más de transfusión de sangre. Hacía mucho tiempo que había reconocido la necesidad, y había comenzado a quitarme la chaqueta, pero me detuvo con una mano de advertencia. —¡No! —dijo—. Hoy debe operar usted. Yo proporcionaré. Usted ya está debilitado. —Mientras hablaba, se quitó la chaqueta y se arremangó la camisa.
De nuevo la operación; de nuevo el narcótico; de nuevo algo de retorno de color a las mejillas cenicientas, y la respiración regular del sueño saludable. Esta vez observé mientras Van Helsing se recuperaba y descansaba.
Más tarde, aprovechó la oportunidad para decirle a la Sra. Westenra que no debía retirar nada de la habitación de Lucy sin consultarle; que las flores tenían un valor medicinal, y que respirar su aroma era parte del sistema de cura. Luego tomó él mismo el cuidado del caso, diciendo que velaría esta noche y la siguiente y que me enviaría aviso de cuándo venir.
Tras otra hora, Lucy despertó de su sueño, fresca y brillante, y aparentemente no mucho peor por su terrible ordalía.
¿Qué significa todo esto? Estoy empezando a preguntarme si mi larga costumbre de vivir entre los locos está empezando a hacer mella en mi propio cerebro.
17 de septiembre.—Cuatro días y noches de paz. Me siento tan fuerte de nuevo que apenas me reconozco. Es como si hubiera pasado por una larga pesadilla y acabara de despertar para ver el hermoso sol y sentir el aire fresco de la mañana a mi alrededor. Tengo un vago recuerdo, a medias, de largos y angustiosos tiempos de espera y temor; una oscuridad en la que no existía ni siquiera el dolor de la esperanza para hacer más agudo el presente sufrimiento; y luego largos lapsos de olvido, y el resurgir a la vida como un buzo que emerge a través de una gran presión de agua. Sin embargo, desde que el Dr. Van Helsing ha estado conmigo, todos estos malos sueños parecen haberse disipado; los ruidos que solían asustarme hasta perder el juicio —el aleteo contra las ventanas, las voces distantes que parecían estar tan cerca de mí, los sonidos ásperos que venían de no sé dónde y me ordenaban hacer no sé qué—, todo ha cesado. Ahora me voy a la cama sin miedo a dormir. Ni siquiera intento mantenerme despierta. Me he aficionado bastante al ajo, y todos los días me llega una caja llena desde Haarlem. Esta noche el Dr. Van Helsing se va, pues tiene que estar un día en Ámsterdam. Pero no hace falta que me vigilen; estoy lo suficientemente bien como para quedarme sola. ¡Gracias a Dios por mi madre, por el querido Arthur y por todos nuestros amigos que han sido tan amables! Ni siquiera sentiré el cambio, pues anoche el Dr. Van Helsing durmió en su silla gran parte del tiempo. Lo encontré dormido dos veces cuando desperté; pero no temí volver a dormir, aunque las ramas o los murciélagos o algo golpeaban casi con ira los cristales de la ventana.
«The Pall Mall Gazette», 18 de septiembre.
EL LOBO ESCAPADO.
/Peligrosa aventura de nuestro entrevistador./
Entrevista con el guardián del Jardín Zoológico.
Tras muchas averiguaciones y casi otras tantas negativas, y utilizando perpetuamente las palabras Pall Mall Gazette como una especie de talismán, logré encontrar al guardián de la sección del Jardín Zoológico que incluye el departamento de los lobos. Thomas Bilder vive en una de las casitas del recinto detrás de la casa de los elefantes, y acababa de sentarse a tomar el té cuando lo encontré. Thomas y su esposa son gente hospitalaria, de edad avanzada y sin hijos, y si la muestra de su hospitalidad de la que disfruté es la habitual, sus vidas deben ser bastante cómodas. El guardián no quiso entrar en lo que él llamó «asuntos» hasta que terminara la merienda y todos estuviéramos satisfechos. Entonces, cuando la mesa estuvo despejada y él hubo encendido su pipa, dijo:
—Ahora, señor, puede seguir y preguntarme lo que quiera. Me disculpará por negarme a hablar de asuntos profesionales antes de las comidas. A los lobos, a los chacales y a las hienas de toda nuestra sección les doy su té antes de empezar a hacerles preguntas.
—¿Qué quiere decir con eso de hacerles preguntas? —pregunté, deseoso de ponerlo de humor hablador.
—Darles con un palo en la cabeza es una forma; rascarles las orejas es otra, cuando los caballeros que van sobrados de dinero quieren darse un poco de importancia ante sus chicas. No me importa tanto lo primero, lo de darles con el palo antes de echarles la cena; pero espero a que hayan tomado su jerez y su café, por así decirlo, antes de probar con lo de rascarles las orejas. Fíjese —añadió filosóficamente—, hay mucho de nuestra naturaleza en esos animales. Aquí está usted, viniendo a preguntarme cosas sobre mi trabajo, y yo tan malhumorado que, si no fuera por su maldita media libra, le habría mandado a paseo mucho antes de contestarle. Ni siquiera cuando me preguntó sarcásticamente si quería que le pidiera al Superintendente permiso para que usted pudiera hacerme preguntas. Sin ofender, ¿le dije que se fuera al infierno?
—Así lo hizo.
—Y cuando dijo que me denunciaría por usar lenguaje obsceno, eso fue darme con el palo en la cabeza; pero la media libra lo arregló todo. No iba a pelear, así que esperé a la comida e hice con mi aullido lo que hacen los lobos, los leones y los tigres. Pero, por el amor de Dios, ahora que la vieja me ha dado un trozo de su pastel de té y me ha aclarado la garganta con su maldita tetera, y ya he encendido, puede rascarme las orejas todo lo que quiera, que no sacará ni un gruñido de mí. Siga con sus preguntas. Sé a qué viene, a ese lobo escapado.
—Exacto. Quiero que me dé su opinión. Cuénteme cómo sucedió; y cuando conozca los hechos, le pediré que diga qué considera que fue la causa y cómo cree que terminará todo el asunto.
—Muy bien, jefe. Esta es toda la historia. Ese lobo al que llamábamos Bersicker era uno de los tres grises que llegaron de Noruega a casa de Jamrach, a quien se los compramos hace cuatro años. Era un lobo simpático y bien educado que nunca dio problemas de los que hablar. Me sorprende más que él quiera salir que cualquier otro animal del lugar. Pero, bueno, de los lobos no te puedes fiar más que de las mujeres.
—¡No le haga caso, señor! —interrumpió la señora Tom con una risa alegre—. ¡Lleva tanto tiempo cuidando a los animales que, por Dios, él mismo parece un viejo lobo! Pero no hay maldad en él.
—Bueno, señor, eran unas dos horas después de la comida de ayer cuando escuché el alboroto. Estaba preparando un lecho en la casa de los monos para un joven puma que está enfermo; pero cuando oí los gemidos y aullidos, vine directamente. Ahí estaba Bersicker desgarrándose como un loco contra los barrotes como si quisiera salir. No había mucha gente por allí ese día, y cerca solo había un hombre, un tipo alto y delgado, con nariz aguileña y barba puntiaguda, con algunos pelos blancos mezclados. Tenía una mirada dura y fría y ojos rojos, y me cayó algo mal, pues parecía que era él a quien estaban irritados. Llevaba guantes de cabritilla blanca y señalaba a los animales y me decía: «Guardián, estos lobos parecen alterados por algo».
—«Tal vez sea por usted», le dije, pues no me gustaban los aires que se daba. No se enfadó, como esperaba, sino que sonrió con una sonrisa insolente, con una boca llena de dientes blancos y afilados. «Oh, no, no les gustaría», dijo.
—«Oh, sí, les gustaría», dije, imitándole. «Siempre les gusta un hueso o dos para limpiarse los dientes a la hora del té, y usted lleva una bolsa llena».
—Bueno, fue algo extraño, pero cuando los animales nos vieron hablando se tumbaron, y cuando me acerqué a Bersicker, me dejó acariciarle las orejas como siempre. Ese hombre se acercó y, bendito sea Dios, ¡metió la mano y acarició también las orejas del viejo lobo!
—«Tenga cuidado», le dije. «Bersicker es rápido».
—«No importa», dijo. «¡Estoy acostumbrado a ellos!».
—«¿Se dedica usted a esto?», le dije, quitándome el sombrero, pues un hombre que comercia con lobos y demás es un buen amigo para los guardianes.
—«No», dijo, «no exactamente al negocio, pero he tenido varios como mascotas». Y con eso se levanta el sombrero tan educado como un lord y se marcha. El viejo Bersicker se quedó mirándole hasta que se perdió de vista, y luego fue y se tumbó en un rincón y no quiso salir en toda la tarde. Bueno, anoche, tan pronto como salió la luna, los lobos de aquí empezaron a aullar. No había nada por lo que aullar. No había nadie cerca, excepto alguien que evidentemente estaba llamando a un perro en algún lugar detrás de los jardines en Park Road. Una o dos veces salí para comprobar que todo estaba bien, y así era, y entonces el aullido paraba. Justo antes de las doce, eché un vistazo antes de acostarme y, por todos los demonios, cuando llegué frente a la jaula del viejo Bersicker vi los barrotes rotos y retorcidos y la jaula vacía. Y eso es todo lo que sé con certeza.
—¿Alguien más vio algo?
—Uno de nuestros jardineros volvía a casa a esa hora de una reunión musical cuando ve a un gran perro gris saliendo por entre los setos del jardín. Al menos, eso dice; pero yo no le doy mucho crédito, pues si lo vio, nunca dijo ni una palabra a su mujer cuando llegó a casa, y fue solo después de que se supiera la fuga del lobo, y después de que estuviéramos toda la noche buscando a Bersicker por el parque, que recordó haber visto algo. Mi propia creencia es que la música se le había subido a la cabeza.
—Ahora, Sr. Bilder, ¿puede explicar de alguna manera la fuga del lobo?
—Bueno, señor —dijo con una modestia sospechosa—, creo que puedo; pero no sé si usted quedará satisfecho con la teoría.
—Ciertamente lo estaré. Si un hombre como usted, que conoce a los animales por experiencia, no puede aventurar al menos una buena suposición, ¿quién lo va a intentar?
—Pues bien, señor, lo explico de esta manera: me parece que ese lobo se escapó simplemente porque quería salir.
Por la forma tan entusiasta en que tanto Thomas como su esposa se rieron de la broma, pude ver que ya la había usado antes y que toda la explicación era simplemente un elaborado engaño. No pude competir en ingenio con el digno Thomas, pero pensé que conocía un camino más seguro hacia su corazón, así que dije:
—Ahora, Sr. Bilder, consideraremos que esa primera media libra está amortizada, y este hermano suyo espera ser reclamado cuando me diga qué cree que sucederá.
—Está bien, señor —dijo alegremente—. Me disculpará, lo sé, por tomarle el pelo, pero la vieja me hizo un guiño, lo que equivalía a decirme que siguiera.
—¡Vaya, por Dios! —dijo la anciana.
—Mi opinión es esta: ese lobo está escondido en algún lugar. El jardinero que no recordaba dijo que galopaba hacia el norte más rápido de lo que un caballo podría ir; pero no le creo, porque, verá usted, señor, los lobos no galopan más que los perros, pues no están hechos de esa manera. Los lobos son cosas finas en los libros de cuentos, y me imagino que cuando se juntan en manada y acosan a algo que tiene más miedo que ellos, pueden armar un ruido del demonio y despedazarlo, sea lo que sea. Pero, por Dios, en la vida real un lobo es solo una criatura inferior, ni la mitad de inteligente que un buen perro, y ni la cuarta parte de peleón. Este no está acostumbrado a luchar ni a buscarse la vida, y lo más probable es que esté por ahí por el parque escondido y temblando, y, si piensa algo, preguntándose dónde va a conseguir el desayuno; o tal vez se haya metido en algún patio y esté en un sótano de carbón. ¡Madre mía, qué susto se va a llevar alguna cocinera cuando vea sus ojos verdes brillando en la oscuridad! Si no puede conseguir comida, está obligado a buscarla, y tal vez tenga la suerte de toparse con una carnicería a tiempo. Si no lo hace, y alguna niñera se va a pasear con un soldado, dejando al infante en el cochecito... bueno, entonces no me extrañaría que el censo tuviera un bebé menos. Eso es todo.
Le estaba entregando la media libra cuando algo vino a dar contra la ventana, y la cara del Sr. Bilder duplicó su longitud natural por la sorpresa.
—¡Dios me bendiga! —dijo—. ¡Si no es el viejo Bersicker que ha vuelto por su cuenta!
Fue a la puerta y la abrió; un gesto que me pareció de lo más innecesario. Siempre he pensado que un animal salvaje nunca se ve tan bien como cuando hay algún obstáculo de marcada durabilidad entre nosotros; una experiencia personal ha intensificado en lugar de disminuir esa idea.
Después de todo, sin embargo, no hay nada como la costumbre, pues ni Bilder ni su esposa pensaron más en el lobo que yo en un perro. El animal mismo estaba tan tranquilo y bien educado como aquel padre de todos los lobos de cuento: el antiguo amigo de Caperucita Roja mientras buscaba su confianza disfrazado.
Toda la escena fue una mezcla indescriptible de comedia y patetismo. El lobo malvado que durante medio día había paralizado Londres y hecho temblar a todos los niños de la ciudad, estaba allí en una especie de estado penitente, y fue recibido y mimado como una especie de hijo pródigo de la especie lupina. El viejo Bilder lo examinó por todas partes con la más tierna solicitud, y cuando terminó con su penitente dijo:
—Ahí está, sabía que el pobre viejo se metería en algún lío; ¿no lo dije desde el principio? Aquí tiene la cabeza toda cortada y llena de cristales rotos. Ha estado saltando algún maldito muro o algo así. Es una vergüenza que se permita a la gente cubrir sus muros con botellas rotas. Esto es lo que pasa por ello. Vamos, Bersicker.
Se llevó al lobo y lo encerró en una jaula con un trozo de carne que satisfacía, en cantidad al menos, las condiciones elementales del becerro cebado, y se fue a informar.
Yo también me fui a informar de la única información exclusiva que se da hoy sobre la extraña escapada del Zoo.
Diario del Dr. Seward.
17 de septiembre.—Estaba ocupado después de la cena en mi despacho poniendo al día mis libros, que, por el exceso de trabajo y las numerosas visitas a Lucy, se habían atrasado lamentablemente. De repente, la puerta se abrió de golpe y entró mi paciente, con el rostro distorsionado por la ira. Me quedé atónito, pues algo como que un paciente entre por su propio pie en el despacho del Superintendente es casi inaudito. Sin un segundo de pausa, fue directo hacia mí. Tenía un cuchillo de mesa en la mano y, como vi que era peligroso, intenté mantener la mesa entre nosotros. Sin embargo, fue demasiado rápido y fuerte para mí; pues antes de que pudiera mantener el equilibrio, me había atacado y cortado la muñeca izquierda con bastante gravedad. Antes de que pudiera volver a golpear, sin embargo, logré darle un golpe con la derecha, y quedó tendido de espaldas en el suelo. Mi muñeca sangraba abundantemente y un pequeño charco se filtró en la alfombra. Vi que mi amigo no intentaba seguir luchando y me ocupé de vendarme la muñeca, manteniendo todo el tiempo una mirada cautelosa sobre la figura postrada. Cuando los asistentes entraron corriendo y dirigimos nuestra atención hacia él, lo que estaba haciendo me dio náuseas. Estaba tumbado boca abajo en el suelo lamiendo, como un perro, la sangre que había caído de mi muñeca herida. Fue reducido fácilmente y, para mi sorpresa, fue con los asistentes con total placidez, repitiendo una y otra vez: «¡La sangre es la vida! ¡La sangre es la vida!».
No puedo permitirme perder sangre en este momento: he perdido demasiada últimamente para mi bienestar físico, y la prolongada tensión de la enfermedad de Lucy y sus horribles fases me está afectando. Estoy sobreexcitado y cansado, y necesito descanso, descanso, descanso. Afortunadamente, Van Helsing no me ha llamado, así que no tengo por qué renunciar a mi sueño; esta noche no podría prescindir de él.
Telegrama, Van Helsing, Amberes, a Seward, Carfax.
(Enviado a Carfax, Sussex, al no indicarse condado; entregado con veintidós horas de retraso.)
«17 de septiembre.—No dejes de estar en Hillingham esta noche. Si no vigilan todo el tiempo, visiten frecuentemente para ver que las flores estén como se colocaron; muy importante; no dejes de hacerlo. Estaré con ustedes tan pronto como sea posible tras mi llegada».
Diario del Dr. Seward.
18 de septiembre.—A punto de tomar el tren a Londres. La llegada del telegrama de Van Helsing me llenó de consternación. Toda una noche perdida, y sé por amarga experiencia lo que puede ocurrir en una noche. Por supuesto, es posible que todo esté bien, pero ¿qué puede haber pasado? Sin duda, hay algún destino horrible cerniéndose sobre nosotros para que cada posible accidente nos frustre en todo lo que intentamos hacer. Llevaré este cilindro conmigo, y así podré completar mi entrada en el fonógrafo de Lucy.
Memorando dejado por Lucy Westenra.
17 de septiembre. Noche.—Escribo esto y lo dejo a la vista, para que nadie pueda por casualidad meterse en problemas por mi causa. Este es un registro exacto de lo que sucedió esta noche. Siento que me muero de debilidad y apenas tengo fuerzas para escribir, pero debe hacerse aunque muera en el intento.
Me fui a la cama como de costumbre, asegurándome de que las flores estuvieran colocadas como indicó el Dr. Van Helsing, y pronto me quedé dormida.
Me despertó el aleteo en la ventana, que había comenzado después del sonambulismo en el acantilado de Whitby cuando Mina me salvó, y que ahora conozco tan bien. No tuve miedo, pero sí deseé que el Dr. Seward estuviera en la habitación de al lado —como dijo el Dr. Van Helsing que estaría— para poder haberlo llamado. Intenté volver a dormirme, pero no pude. Entonces me vino el viejo miedo a dormir, y decidí mantenerme despierta. Por despecho, el sueño intentaba venir cuando yo no lo quería; así que, como temía estar sola, abrí mi puerta y grité: «¿Hay alguien ahí?». No hubo respuesta. Temí despertar a mi madre, así que cerré la puerta de nuevo. Entonces, fuera, en el arbusto, escuché una especie de aullido como el de un perro, pero más feroz y profundo. Fui a la ventana y miré afuera, pero no pude ver nada, excepto un gran murciélago, que evidentemente había estado golpeando sus alas contra la ventana. Así que volví a la cama, pero decidida a no dormir. De repente, la puerta se abrió y mi madre miró hacia adentro; al ver por mis movimientos que no estaba dormida, entró y se sentó a mi lado. Me dijo, incluso con más dulzura y suavidad de lo habitual:
—Estaba intranquila por ti, cariño, y vine a ver que estuvieras bien.
Temía que pudiera resfriarse sentada allí, así que le pedí que entrara y durmiera conmigo, de modo que se metió en la cama y se tumbó a mi lado; no se quitó la bata, pues dijo que solo se quedaría un rato y luego volvería a su propia cama. Mientras yacía allí en mis brazos, y yo en los suyos, el aleteo y los golpes volvieron a la ventana. Se sobresaltó y se asustó un poco, y exclamó: “¿Qué es eso?”. Traté de calmarla, y al fin lo logré, y se quedó quieta; pero podía oír su pobre y querido corazón latiendo todavía con fuerza. Al cabo de un rato volvió a oírse el suave aullido en el arbusto, y poco después hubo un estruendo en la ventana, y una gran cantidad de cristales rotos fueron arrojados al suelo. La persiana de la ventana se agitó con el viento que entró de golpe, y en la abertura de los cristales rotos estaba la cabeza de un gran lobo gris y descarnado. Madre gritó espantada, se esforzó por incorporarse y se aferró desesperadamente a cualquier cosa que pudiera ayudarla. Entre otras cosas, se aferró a la corona de flores que el doctor Van Helsing insistió en que llevara alrededor del cuello, y la arrancó de mí. Durante un segundo o dos permaneció sentada, señalando al lobo, y hubo un extraño y horrible gorgoteo en su garganta; luego cayó hacia atrás, como fulminada por un rayo, y su cabeza golpeó mi frente, dejándome aturdida durante un momento o dos. La habitación y todo lo que la rodeaba pareció dar vueltas. Mantuve los ojos fijos en la ventana, pero el lobo retiró la cabeza, y una miríada de pequeñas motas pareció entrar volando por la ventana rota, girando y dando vueltas como la columna de polvo que los viajeros describen cuando hay un simún en el desierto. Intenté moverme, pero había algún hechizo sobre mí, y el pobre cuerpo de mi querida madre, que parecía enfriarse ya —pues su querido corazón había dejado de latir—, me mantenía hundida; y no recordé nada más durante un tiempo.
El tiempo no pareció largo, pero sí muy, muy terrible, hasta que recuperé el conocimiento. En algún lugar cercano, una campana de difuntos estaba doblando; los perros de todo el vecindario aullaban; y en nuestro arbusto, al parecer justo afuera, un ruiseñor estaba cantando. Estaba aturdida y estúpida por el dolor, el terror y la debilidad, pero el sonido del ruiseñor parecía la voz de mi madre muerta que había vuelto para consolarme. Los sonidos parecieron haber despertado también a las criadas, pues podía oír sus pies descalzos corretear fuera de mi puerta. Las llamé, entraron y, al ver lo que había ocurrido y lo que yacía sobre mí en la cama, gritaron. El viento entró por la ventana rota y la puerta se cerró de golpe. Levantaron el cuerpo de mi querida madre y, después de que yo me levantara, la acostaron en la cama, cubierta con una sábana. Estaban tan asustadas y nerviosas que les ordené que fueran al comedor y tomaran cada una una copa de vino. La puerta se abrió de golpe por un instante y se cerró de nuevo. Las criadas gritaron y luego se fueron todas juntas al comedor; y puse las flores que tenía sobre el pecho de mi querida madre. Cuando estuvieron allí, recordé lo que el doctor Van Helsing me había dicho, pero no quise quitarlas y, además, quería que algunos de los sirvientes se quedaran conmigo ahora. Me sorprendió que las criadas no volvieran. Las llamé, pero no obtuve respuesta, así que fui al comedor a buscarlas.
Se me encogió el corazón al ver lo que había pasado. Las cuatro yacían indefensas en el suelo, respirando con dificultad. El decantador de jerez estaba sobre la mesa medio lleno, pero había un olor raro y acre. Sospeché y examiné el decantador. Olía a láudano, y al mirar en el aparador, descubrí que la botella que usa el médico de madre para ella —¡oh!, ¡usaba!— estaba vacía. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? Estoy de vuelta en la habitación con madre. No puedo dejarla, y estoy sola, salvo por los sirvientes dormidos, a quienes alguien ha drogado. ¡Sola con la muerta! No me atrevo a salir, pues puedo oír el suave aullido del lobo a través de la ventana rota.
El aire parece lleno de motas, flotando y girando en la corriente de aire de la ventana, y las luces arden de un azul tenue. ¿Qué voy a hacer? ¡Que Dios me proteja de todo daño esta noche! Esconderé este papel en mi pecho, donde lo encontrarán cuando vengan a prepararme para el entierro. ¡Mi querida madre se ha ido! Es hora de que yo también me vaya. Adiós, querido Arthur, si no sobrevivo a esta noche. ¡Que Dios te guarde, querido, y que Dios me ayude!
CAPÍTULO XII.
/Diario del doctor Seward./
18 de septiembre.— Conduje de inmediato a Hillingham y llegué temprano. Dejando mi carruaje en la puerta, subí por la avenida solo. Llamé suavemente y toqué el timbre con la mayor discreción posible, pues temía molestar a Lucy o a su madre, y esperaba que solo un sirviente viniera a la puerta. Al cabo de un rato, al no obtener respuesta, llamé y toqué de nuevo; seguía sin haber respuesta. Maldije la pereza de los sirvientes por estar en la cama a tales horas —pues eran ya las diez— y volví a tocar y llamar, pero con más impaciencia, y aun así sin respuesta. Hasta entonces solo había culpado a los sirvientes, pero ahora un miedo terrible comenzó a asaltarme. ¿Era esta desolación un eslabón más en la cadena del destino que parecía cerrarse con fuerza a nuestro alrededor? ¿Era realmente una casa de muerte a la que había llegado demasiado tarde? Sabía que minutos, incluso segundos, de demora podían significar horas de peligro para Lucy, si había tenido de nuevo una de esas terribles recaídas; y rodeé la casa para intentar ver si podía encontrar por casualidad alguna entrada.
No pude hallar forma de entrar. Todas las ventanas y puertas estaban cerradas y atrancadas, y regresé frustrado al porche. Mientras lo hacía, oí el rápido golpeteo de las patas de un caballo llevado a gran velocidad. Se detuvieron en la puerta y, unos segundos después, me encontré con Van Helsing corriendo por la avenida. Cuando me vio, jadeó:
—Entonces era usted, y acaba de llegar. ¿Cómo está ella? ¿Llegamos demasiado tarde? ¿No recibió mi telegrama?
Respondí tan rápida y coherentemente como pude que solo había recibido su telegrama temprano por la mañana y no había perdido un minuto en venir aquí, y que no había podido hacer que nadie en la casa me oyera. Él hizo una pausa y se quitó el sombrero mientras decía solemnemente:
—Entonces me temo que llegamos demasiado tarde. ¡Que se haga la voluntad de Dios! Con su energía recuperativa habitual, continuó: —Vamos. Si no hay forma abierta de entrar, debemos hacer una. El tiempo lo es todo para nosotros ahora.
Fuimos a la parte trasera de la casa, donde había una ventana de la cocina. El profesor sacó una pequeña sierra quirúrgica de su maletín y, entregándomela, señaló las barras de hierro que protegían la ventana. Las ataqué de inmediato y muy pronto corté tres de ellas. Luego, con un cuchillo largo y fino, empujamos el cierre de los marcos y abrimos la ventana. Ayudé al profesor a entrar y le seguí. No había nadie en la cocina ni en las habitaciones de los sirvientes, que estaban cerca. Probamos todas las habitaciones a medida que avanzábamos y, en el comedor, tenuemente iluminado por rayos de luz a través de las contraventanas, encontramos a cuatro criadas tiradas en el suelo. No había necesidad de pensar que estaban muertas, pues su respiración estertorosa y el olor acre a láudano en la habitación no dejaban duda sobre su condición. Van Helsing y yo nos miramos, y mientras nos alejábamos dijo: “Podemos ocuparnos de ellas más tarde”. Luego subimos a la habitación de Lucy. Durante un instante o dos nos detuvimos ante la puerta para escuchar, pero no hubo sonido que pudiéramos oír. Con rostros pálidos y manos temblorosas, abrimos la puerta suavemente y entramos en la habitación.
¿Cómo describiré lo que vimos? En la cama yacían dos mujeres, Lucy y su madre. Esta última yacía más al fondo, y estaba cubierta con una sábana blanca, cuyo borde había sido levantado por la corriente de aire a través de la ventana rota, mostrando el rostro contraído y blanco, con una expresión de terror fija en él. A su lado yacía Lucy, con el rostro blanco y aún más contraído. Las flores que habían estado alrededor de su cuello las encontramos sobre el pecho de su madre, y su garganta estaba desnuda, mostrando las dos pequeñas heridas que habíamos notado antes, pero que se veían horriblemente blancas y destrozadas. Sin decir una palabra, el profesor se inclinó sobre la cama, con la cabeza casi tocando el pecho de la pobre Lucy; luego dio un giro rápido a la cabeza, como quien escucha, y saltando sobre sus pies, me gritó:
—¡Aún no es demasiado tarde! ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Traiga el brandy!
Corrí escaleras abajo y volví con él, cuidando de olerlo y probarlo, no fuera que también estuviera drogado como el decantador de jerez que encontré en la mesa. Las criadas seguían respirando, pero más inquietas, y me pareció que el narcótico estaba perdiendo su efecto. No me detuve a comprobarlo, sino que regresé junto a Van Helsing. Él frotó el brandy, como en otra ocasión, en sus labios y encías, y en sus muñecas y palmas de las manos. Me dijo:
—Puedo hacer esto, todo lo que se puede por el momento. Usted vaya a despertar a esas criadas. Azótelas en la cara con una toalla mojada, y hágalo con fuerza. Haga que consigan calor, fuego y un baño caliente. Esta pobre alma está casi tan fría como la que está a su lado. Necesitará ser calentada antes de que podamos hacer nada más.
Fui de inmediato y no encontré dificultad en despertar a tres de las mujeres. La cuarta era solo una joven, y la droga evidentemente le había afectado con más fuerza, así que la levanté hasta el sofá y la dejé dormir. Las otras estaban aturdidas al principio, pero a medida que les volvía el recuerdo, lloraban y sollozaban de manera histérica. Sin embargo, fui severo con ellas y no las dejé hablar. Les dije que una vida ya era bastante mala como para perderla, y que si se retrasaban sacrificarían a la señorita Lucy. Así que, sollozando y llorando, siguieron con su trabajo, medio vestidas como estaban, y prepararon fuego y agua. Afortunadamente, los fuegos de la cocina y de la caldera seguían vivos, y no faltaba agua caliente. Conseguimos una bañera, sacamos a Lucy tal como estaba y la colocamos en ella. Mientras estábamos ocupados frotando sus extremidades, llamaron a la puerta principal. Una de las criadas salió corriendo, se puso algo más de ropa y abrió. Luego volvió y nos susurró que había un caballero que había venido con un mensaje del señor Holmwood. Le ordené simplemente que le dijera que debía esperar, pues no podíamos ver a nadie ahora. Se fue con el mensaje y, absorto en nuestro trabajo, me olvidé por completo de él.
Nunca vi en toda mi experiencia al profesor trabajar con una seriedad tan mortal. Sabía —como él sabía— que era una lucha a vida o muerte, y en una pausa se lo dije. Me respondió de una forma que no comprendí, pero con la mirada más severa que su rostro podía mostrar:
—Si eso fuera todo, me detendría aquí donde estamos ahora y la dejaría desvanecerse en paz, pues no veo luz de vida sobre su horizonte. Continuó con su trabajo con un vigor, si cabe, renovado y más frenético.
Pronto ambos comenzamos a ser conscientes de que el calor empezaba a hacer efecto. El corazón de Lucy latía un poco más audiblemente al estetoscopio, y sus pulmones tenían un movimiento perceptible. El rostro de Van Helsing casi se iluminó, y mientras la sacábamos de la bañera y la envolvíamos en una sábana caliente para secarla, me dijo:
—¡La primera ganancia es nuestra! ¡Jaque al Rey!
Llevamos a Lucy a otra habitación que ya había sido preparada, la acostamos en la cama y le obligamos a tragar unas gotas de brandy. Noté que Van Helsing le ató un pañuelo de seda suave alrededor de la garganta. Seguía inconsciente y estaba igual de mal, si no peor, de lo que la habíamos visto nunca.
Van Helsing llamó a una de las mujeres y le dijo que se quedara con ella y no le quitara los ojos de encima hasta que volviéramos, y luego me hizo señas para que saliera de la habitación.
—Debemos consultar sobre lo que hay que hacer —dijo mientras bajábamos las escaleras. En el vestíbulo abrió la puerta del comedor y entramos, cerrando él la puerta cuidadosamente tras de sí. Las contraventanas se habían abierto, pero las persianas ya estaban bajadas, con esa obediencia a la etiqueta de la muerte que la mujer británica de las clases bajas siempre observa rígidamente. La habitación estaba, por tanto, en una penumbra oscura. Sin embargo, había suficiente luz para nuestros propósitos. La severidad de Van Helsing se vio algo aliviada por una expresión de perplejidad. Evidentemente, estaba torturando su mente por algo, así que esperé un instante y él habló:
—¿Qué vamos a hacer ahora? ¿A dónde vamos a acudir en busca de ayuda? Debemos realizar otra transfusión de sangre, y pronto, o la vida de esa pobre chica no valdrá ni una hora de compra. Usted ya está agotado; yo también lo estoy. Temo confiar en esas mujeres, incluso si tuvieran el valor de someterse. ¿Qué vamos a hacer para encontrar a alguien que abra sus venas por ella?
—¿Qué me pasa a mí, de todos modos?
La voz provino del sofá al otro lado de la habitación, y su tono trajo alivio y alegría a mi corazón, pues eran las de Quincey Morris. Van Helsing se sobresaltó con ira al primer sonido, pero su rostro se suavizó y una mirada alegre apareció en sus ojos cuando grité: “¡Quincey Morris!” y corrí hacia él con las manos extendidas.
—¿Qué le trae por aquí? —grité mientras nuestras manos se encontraban.
—Supongo que Art es la causa.
Me entregó un telegrama:
“No he tenido noticias de Seward en tres días, y estoy terriblemente ansioso. No puedo salir. Padre sigue en el mismo estado. Envíeme noticias de cómo está Lucy. No se demore. —/Holmwood./”
—Creo que llegué justo en el momento preciso. Ya sabe que solo tiene que decirme qué hacer.
Van Helsing dio un paso adelante y le tomó la mano, mirándolo directamente a los ojos mientras decía:
—La sangre de un hombre valiente es la mejor cosa en esta tierra cuando una mujer está en apuros. Usted es un hombre, sin duda alguna. Bueno, el diablo puede obrar contra nosotros todo lo que quiera, pero Dios nos envía hombres cuando los necesitamos.
Una vez más llevamos a cabo esa operación espantosa. No tengo fuerzas para entrar en los detalles. Lucy había sufrido un shock terrible, y le afectó más que antes, pues aunque mucha sangre entró en sus venas, su cuerpo no respondió al tratamiento tan bien como en las otras ocasiones. Su lucha por volver a la vida fue algo espantoso de ver y oír. Sin embargo, la acción tanto del corazón como de los pulmones mejoró, y Van Helsing hizo una inyección subcutánea de morfina, como antes, y con buen efecto. Su desmayo se convirtió en un sueño profundo. El profesor vigiló mientras yo bajaba con Quincey Morris y enviaba a una de las criadas a pagar a uno de los cocheros que estaban esperando. Dejé a Quincey recostado después de tomar una copa de vino y le dije al cocinero que preparara un buen desayuno. Entonces se me ocurrió una idea y volví a la habitación donde estaba ahora Lucy. Cuando entré suavemente, encontré a Van Helsing con una o dos hojas de papel de nota en la mano. Evidentemente lo había leído y estaba reflexionando sobre ello mientras se sentaba con la mano en la frente. Había una mirada de sombría satisfacción en su rostro, como la de alguien a quien se le ha resuelto una duda. Me entregó el papel diciendo solo: “Se cayó del pecho de Lucy cuando la llevamos al baño”.
Cuando lo hube leído, me quedé mirando al profesor y, tras una pausa, le pregunté: “En nombre de Dios, ¿qué significa todo esto? ¿Estaba, o está, loca; o qué clase de peligro horrible es?”. Estaba tan desconcertado que no sabía qué más decir. Van Helsing extendió la mano y tomó el papel, diciendo:
—No se preocupe por eso ahora. Olvídelo por el momento. Sabrá y entenderá todo a su debido tiempo; pero será más tarde. Y ahora, ¿qué es eso que vino a decirme? Esto me devolvió a la realidad, y volví a ser yo mismo.
—Vine a hablar sobre el certificado de defunción. Si no actuamos de forma adecuada y sabia, puede haber una investigación, y ese papel tendría que ser presentado. Espero que no tengamos que hacer ninguna investigación, pues si la tuviéramos, seguramente mataría a la pobre Lucy, si es que otra cosa no lo hace. Yo sé, y usted sabe, y el otro médico que la atendió sabe, que la señora Westenra tenía una enfermedad del corazón, y podemos certificar que murió de eso. Rellenemos el certificado de inmediato, y yo mismo lo llevaré al registrador y seguiré hacia la funeraria.
—¡Bien, oh amigo mío John! ¡Bien pensado! Verdaderamente, la señorita Lucy, si está triste por los enemigos que la acosan, es al menos feliz por los amigos que la aman. Uno, dos, tres, todos abren sus venas por ella, además de un viejo. Ah, sí, lo sé, amigo John; ¡no estoy ciego! ¡Los quiero a todos aún más por eso! Ahora vaya.
En el vestíbulo me encontré con Quincey Morris, con un telegrama para Arthur diciéndole que la señora Westenra había muerto; que Lucy también había estado enferma, pero que ahora estaba mejorando; y que Van Helsing y yo estábamos con ella. Le dije a dónde iba y me apresuró a salir, pero mientras me iba dijo:
—Cuando vuelva, Jack, ¿puedo hablar dos palabras con usted a solas? Asentí como respuesta y salí. No encontré dificultad con el registro y acordé con el funerario local que viniera por la tarde a medir el ataúd y hacer los arreglos.
Cuando volví, Quincey me estaba esperando. Le dije que lo vería tan pronto como supiera algo de Lucy y subí a su habitación. Ella seguía durmiendo, y el profesor aparentemente no se había movido de su asiento a su lado. Por el hecho de que se llevara el dedo a los labios, deduje que esperaba que despertara antes de mucho tiempo y temía adelantarse a la naturaleza. Así que bajé con Quincey y lo llevé a la sala de desayunos, donde las persianas no estaban bajadas, y que era un poco más alegre, o más bien menos sombría, que las otras habitaciones. Cuando estuvimos solos, me dijo:
—Jack Seward, no quiero meterme donde no tengo derecho a estar; pero este no es un caso ordinario. Ya sabe que amaba a esa chica y quería casarme con ella; pero, aunque todo eso ya pasó, no puedo evitar sentirme ansioso por ella de todos modos. ¿Qué es lo que le pasa? El holandés —y es un buen viejo, puedo verlo— dijo, aquella vez que ustedes dos entraron en la habitación, que debían realizar otra transfusión de sangre, y que tanto usted como él estaban agotados. Ahora sé bien que ustedes, los médicos, hablan *in camera*, y que uno no debe esperar saber de lo que consultan en privado. Pero este no es un asunto común y, sea lo que sea, yo he hecho mi parte. ¿No es así?
—Es así —dije, y él continuó:
—Supongo que tanto usted como Van Helsing ya habían hecho lo que yo hice hoy. ¿No es así?
—Es así.
—Y supongo que Art también estaba en ello. Cuando lo vi hace cuatro días en su casa, se veía extraño. No he visto a nadie venirse abajo tan rápido desde que estaba en las Pampas y tenía una yegua a la que quería mucho que se vino abajo en una sola noche. Uno de esos murciélagos grandes que llaman vampiros la había atacado por la noche, y, entre su hartazgo y la vena que dejó abierta, no le quedaba suficiente sangre como para mantenerse en pie, y tuve que meterle una bala mientras yacía en el suelo. Jack, si puede decírmelo sin traicionar una confidencia, Arthur fue el primero; ¿no es así? —Mientras hablaba, el pobre hombre parecía terriblemente ansioso. Estaba en una tortura de suspenso respecto a la mujer que amaba, y su total ignorancia del terrible misterio que parecía rodearla intensificaba su dolor. Su propio corazón estaba sangrando, y necesitó toda su hombría —y tenía una cantidad regia de ella— para no desmoronarse. Hice una pausa antes de responder, pues sentía que no debía traicionar nada de lo que el Profesor deseaba mantener en secreto, pero él ya sabía tanto, y adivinaba tanto, que no podía haber razón para no responder, así que contesté con la misma frase: —Es así.
—¿Y cuánto tiempo lleva ocurriendo esto?
—Unos diez días.
—¡Diez días! Entonces supongo, Jack Seward, que a esa pobre y linda criatura que todos amamos le han metido en las venas en ese tiempo la sangre de cuatro hombres fuertes. Por el amor de Dios, su cuerpo entero no podría contenerla. —Entonces, acercándose a mí, habló en un fiero susurro: —¿Qué la extrajo?
Negué con la cabeza. —Eso —dije— es el quid de la cuestión. Van Helsing está sencillamente frenético al respecto, y yo estoy al límite de mis fuerzas. Ni siquiera puedo aventurar una conjetura. Ha habido una serie de pequeñas circunstancias que han frustrado todos nuestros cálculos sobre si Lucy estaba siendo vigilada adecuadamente. Pero esto no volverá a ocurrir. Aquí nos quedaremos hasta que todo esté bien... o mal. Quincey extendió su mano. —Cuente conmigo —dijo—. Usted y el holandés me dirán qué hacer, y yo lo haré.
Cuando despertó a última hora de la tarde, el primer movimiento de Lucy fue palparse el pecho y, para mi sorpresa, sacó el papel que Van Helsing me había dado a leer. El cuidadoso Profesor lo había vuelto a colocar donde estaba, por temor a que al despertar se alarmara. Sus ojos se posaron entonces en Van Helsing y también en mí, y se alegraron. Luego miró alrededor de la habitación y, al ver dónde estaba, se estremeció; lanzó un fuerte grito y cubrió su rostro pálido con sus pobres y delgadas manos. Ambos entendimos lo que eso significaba: que se había dado cuenta plenamente de la muerte de su madre; así que intentamos hacer lo que pudimos para consolarla. Sin duda, la simpatía la alivió algo, pero estaba muy decaída en pensamiento y espíritu, y lloró en silencio y con debilidad durante mucho tiempo. Le dijimos que cualquiera de nosotros, o ambos, permaneceríamos ahora con ella todo el tiempo, y eso pareció consolarla. Hacia el anochecer cayó en un sopor. Aquí ocurrió algo muy extraño. Mientras aún dormía, tomó el papel de su pecho y lo rasgó en dos. Van Helsing se acercó y le quitó los trozos. Sin embargo, siguió con el gesto de rasgar, como si el material estuviera aún en sus manos; finalmente levantó las manos y las abrió como si estuviera esparciendo los fragmentos. Van Helsing pareció sorprendido, y sus cejas se fruncieron como si estuviera pensativo, pero no dijo nada.
19 de septiembre.—Toda la noche pasada durmió de forma intermitente, siempre con miedo a dormir, y algo más débil cuando despertaba de ello. El Profesor y yo nos turnamos para vigilar, y nunca la dejamos ni un momento desatendida. Quincey Morris no dijo nada sobre su intención, pero supe que durante toda la noche patrulló alrededor de la casa.
Cuando llegó el día, su luz escrutadora mostró los estragos en la fuerza de la pobre Lucy. Apenas podía girar la cabeza, y el poco alimento que podía tomar parecía no hacerle ningún bien. A veces dormía, y tanto Van Helsing como yo notamos la diferencia en ella, entre el sueño y la vigilia. Mientras dormía parecía más fuerte, aunque más demacrada, y su respiración era más suave; su boca abierta mostraba las encías pálidas retraídas de los dientes, que así parecían positivamente más largos y afilados de lo habitual; cuando despertaba, la suavidad de sus ojos cambiaba evidentemente la expresión, pues volvía a ser ella misma, aunque una que se moría. Por la tarde pidió por Arthur, y le enviamos un telegrama. Quincey salió a buscarlo a la estación.
Cuando llegó eran casi las seis, y el sol se ponía lleno y cálido, y la luz roja entraba a raudales por la ventana y daba más color a las mejillas pálidas. Cuando la vio, Arthur se quedó sencillamente ahogado por la emoción, y ninguno de nosotros pudo hablar. En las horas que habían pasado, los ataques de sueño, o la condición comatosa que pasaba por ello, se habían vuelto más frecuentes, de modo que las pausas en las que la conversación era posible se habían acortado. La presencia de Arthur, sin embargo, pareció actuar como un estimulante; ella se reanimó un poco y le habló con más alegría de lo que había hecho desde que llegamos. Él también se compuso y habló tan alegremente como pudo, para que se hiciera lo mejor de todo.
Ya es casi la una, y él y Van Helsing están sentados con ella. Debo relevarlos en un cuarto de hora, y estoy entrando esto en el fonógrafo de Lucy. Hasta las seis intentarán descansar. Temo que mañana terminará nuestra vigilancia, pues el impacto ha sido demasiado grande; la pobre niña no puede recuperarse. Que Dios nos ayude a todos.
Carta de Mina Harker a Lucy Westenra.
(Sin abrir por ella.)
«17 de septiembre.
»Mi queridísima Lucy:
»Parece una eternidad desde que tuve noticias tuyas, o mejor dicho, desde que escribí. Me perdonarás, lo sé, por todas mis faltas cuando hayas leído todo mi caudal de noticias. Pues bien, recuperé a mi marido sano y salvo; cuando llegamos a Exeter había un carruaje esperándonos, y en él, aunque tenía un ataque de gota, el Sr. Hawkins. Nos llevó a su propia casa, donde había habitaciones para todos nosotros, agradables y cómodas, y cenamos juntos. Después de la cena, el Sr. Hawkins dijo:
»“Mis queridos, quiero brindar por su salud y prosperidad; y que toda bendición los acompañe a ambos. Los conozco a los dos desde niños, y los he visto crecer con amor y orgullo. Ahora quiero que hagan de este su hogar conmigo. No me queda ni pollo ni hijo; todos se han ido, y en mi testamento les he dejado todo”. Lloré, Lucy querida, mientras Jonathan y el viejo se estrechaban las manos. Nuestra velada fue muy, muy feliz.
»Así que aquí estamos, instalados en esta hermosa casa antigua, y tanto desde mi dormitorio como desde el salón puedo ver los grandes olmos del recinto de la catedral, con sus grandes troncos negros destacando contra la vieja piedra amarilla de la catedral; y puedo oír a las grajas sobre nuestras cabezas graznando y graznando, charlando y cotilleando todo el día, a la manera de las grajas... y de los humanos. Estoy ocupada, no hace falta que te lo diga, organizando las cosas y llevando la casa. Jonathan y el Sr. Hawkins están ocupados todo el día; pues, ahora que Jonathan es socio, el Sr. Hawkins quiere contarle todo sobre los clientes.
»¿Cómo va tu querida madre? Desearía poder escaparme a la ciudad por un día o dos para verte, querida, pero no me atrevo todavía, con tanto sobre mis hombros; y Jonathan aún necesita cuidados. Está empezando a ganar algo de carne en los huesos de nuevo, pero quedó terriblemente debilitado por la larga enfermedad; incluso ahora a veces se sobresalta en sueños de manera repentina y se despierta todo tembloroso hasta que puedo convencerlo de que vuelva a su placidez habitual. Sin embargo, gracias a Dios, estas ocasiones son cada vez menos frecuentes a medida que pasan los días, y terminarán por desaparecer por completo, confío. Y ahora que te he contado mis noticias, déjame preguntarte las tuyas. ¿Cuándo te vas a casar, y dónde, y quién oficiará la ceremonia, y qué vas a llevar puesto, y será una boda pública o privada? Cuéntamelo todo, querida; cuéntamelo todo sobre todo, pues no hay nada que te interese que no sea querido para mí. Jonathan me pide que te envíe su “respetuoso deber”, pero no creo que sea suficiente viniendo del socio menor de la importante firma Hawkins & Harker; y así, como me amas, y él me ama, y yo te amo con todos los modos y tiempos del verbo, te envío simplemente su “amor” en su lugar. Adiós, mi queridísima Lucy, y todas las bendiciones para ti.
»Tuya, »/Mina Harker./»
_Informe del Dr. Patrick Hennessey, M.D., M.R.C.S., L.K.Q.CP.I., etc., etc., al Dr. John Seward._
«20 de septiembre.
»Estimado señor:
»De acuerdo con sus deseos, le adjunto el informe de las condiciones de todo lo que quedó a mi cargo... Con respecto al paciente, Renfield, hay más que decir. Ha tenido otro brote que podría haber tenido un final terrible, pero que, afortunadamente, no tuvo resultados infelices. Esta tarde, un carro de transporte con dos hombres hizo una parada en la casa vacía cuyos terrenos lindan con los nuestros —la casa a la que, recordará, el paciente se escapó dos veces—. Los hombres se detuvieron en nuestra puerta para preguntar al portero por el camino, ya que eran extranjeros. Yo mismo estaba mirando por la ventana del estudio, fumando después de la cena, y vi a uno de ellos acercarse a la casa. Al pasar por la ventana de la habitación de Renfield, el paciente comenzó a increparlo desde dentro, y le llamó con todos los insultos que pudo pronunciar. El hombre, que parecía un tipo bastante decente, se contentó con decirle que “se callara, mendigo de boca sucia”, a lo que nuestro hombre le acusó de robarle y querer asesinarlo, y dijo que lo impediría aunque tuviera que acabar en la horca. Abrí la ventana e hice señas al hombre para que no hiciera caso, así que se contentó con echar un vistazo al lugar y decidir qué clase de sitio era aquel diciendo: “Dios le bendiga, señor, no me importaría lo que se me dijera en un loquero floreciente. Le compadezco a usted y al jefe por tener que vivir en una casa con una bestia salvaje como esa”. Luego preguntó el camino con bastante cortesía, y le indiqué dónde estaba la puerta de la casa vacía; se marchó, seguido de amenazas y maldiciones e insultos de nuestro hombre. Bajé para ver si podía encontrar alguna causa para su ira, ya que suele ser un hombre tan bien educado y, salvo sus ataques violentos, nunca había ocurrido nada parecido. Lo encontré, para mi asombro, bastante compuesto y muy cordial en sus modales. Intenté que hablara del incidente, pero me hizo preguntas con suavidad sobre a qué me refería, y me hizo creer que ignoraba completamente el asunto. Fue, lamento decir, sin embargo, solo otra instancia de su astucia, pues media hora después supe de él de nuevo. Esta vez había salido por la ventana de su habitación y corría por la avenida. Llamé a los asistentes para que me siguieran y corrí tras él, pues temía que estuviera tramando alguna travesura. Mi temor se vio justificado cuando vi el mismo carro que había pasado antes bajando por la carretera, llevando unas grandes cajas de madera. Los hombres se limpiaban la frente y tenían la cara encendida, como por un ejercicio violento. Antes de que pudiera llegar hasta él, el paciente se abalanzó sobre ellos y, tirando de uno de ellos del carro, comenzó a golpearle la cabeza contra el suelo. Si no lo hubiera agarrado justo en ese momento, creo que habría matado al hombre allí mismo. El otro individuo saltó y le golpeó en la cabeza con la empuñadura de su pesado látigo. Fue un golpe terrible; pero no pareció importarle, sino que también lo agarró a él, y luchó con los tres, tirando de nosotros de un lado a otro como si fuéramos gatitos. Sabe que no soy de poco peso, y los otros dos eran hombres robustos. Al principio estuvo en silencio durante su pelea; pero cuando empezamos a dominarlo, y los asistentes le estaban poniendo una camisa de fuerza, comenzó a gritar: “¡Los frustraré! ¡No me robarán! ¡No me asesinarán poco a poco! ¡Lucharé por mi Señor y Maestro!”, y todo tipo de desvaríos incoherentes similares. Con gran dificultad consiguieron llevarlo de vuelta a la casa y meterlo en la habitación acolchada. Uno de los asistentes, Hardy, se rompió un dedo. Sin embargo, lo arreglé todo; y él va bien.
»Los dos transportistas estaban al principio llenos de amenazas de demandas por daños y perjuicios, y prometieron hacernos caer todas las penas de la ley. Sus amenazas, sin embargo, se mezclaron con una especie de disculpa indirecta por la derrota de ambos a manos de un loco débil. Dijeron que si no fuera por cómo habían gastado sus fuerzas cargando y levantando las pesadas cajas al carro, habrían despachado con él en poco tiempo. Dieron como otra razón de su derrota el extraordinario estado de sed al que habían quedado reducidos por la naturaleza polvorienta de su ocupación y la reprobable distancia desde el lugar de sus labores a cualquier lugar de entretenimiento público. Comprendí perfectamente por dónde iban, y después de un vaso fuerte de grog, o algo más del mismo, y con un soberano en la mano cada uno, restaron importancia al ataque, y juraron que se enfrentarían a un loco peor cualquier día por el placer de conocer a un “tipo tan condenadamente bueno” como su corresponsal. Tomé sus nombres y direcciones, por si fueran necesarios. Son los siguientes: Jack Smollet, de Dudding’s Rents, King George’s Road, Great Walworth, y Thomas Snelling, Peter Parley’s Row, Guide Court, Bethnal Green. Ambos están al servicio de Harris & Sons, Moving and Shipment Company, Orange Master’s Yard, Soho.
»Le informaré de cualquier asunto de interés que ocurra aquí, y le enviaré un telegrama de inmediato si hay algo de importancia.
»Créame, estimado señor, »Atentamente, »/Patrick Hennessey./»
Carta de Mina Harker a Lucy Westenra.
(Sin abrir por ella.)
«18 de septiembre.
»Mi queridísima Lucy:
»Nos ha sucedido un golpe tan triste. El Sr. Hawkins ha muerto muy repentinamente. Algunos podrían no pensar que es tan triste para nosotros, pero ambos habíamos llegado a quererlo tanto que realmente parece como si hubiéramos perdido a un padre. Nunca conocí ni a mi padre ni a mi madre, así que la muerte del querido anciano es un verdadero golpe para mí. Jonathan está muy angustiado. No es solo que sienta dolor, profundo dolor, por el querido y buen hombre que le ha favorecido toda su vida, y ahora al final lo ha tratado como a su propio hijo y le ha dejado una fortuna que, para gente de nuestra modesta educación, es una riqueza más allá del sueño de la avaricia, sino que Jonathan lo siente por otra razón. Dice que la cantidad de responsabilidad que le supone lo pone nervioso. Empieza a dudar de sí mismo. Intento animarlo, y mi fe en él le ayuda a tener fe en sí mismo. Pero es aquí donde el grave shock que experimentó le afecta más. Oh, es demasiado duro que una naturaleza dulce, simple, noble y fuerte como la suya —una naturaleza que le permitió, con la ayuda de nuestro querido y buen amigo, ascender de empleado a amo en pocos años— deba ser tan dañada que la esencia misma de su fuerza se haya ido. Perdóname, querida, si te agobio con mis problemas en medio de tu propia felicidad; pero, Lucy querida, debo decírselo a alguien, pues el esfuerzo de mantener una apariencia valiente y alegre ante Jonathan me agota, y no tengo a nadie aquí en quien pueda confiar. Temo ir a Londres, como debemos hacer pasado mañana; pues el pobre Sr. Hawkins dejó en su testamento que debía ser enterrado en la tumba con su padre. Como no hay parientes en absoluto, Jonathan tendrá que ser el principal doliente. Intentaré pasar a verte, queridísima, aunque solo sea por unos minutos. Perdóname por molestarte. Con todas las bendiciones,
»Tu cariñosa »/Mina Harker./»
Diario del Dr. Seward.
20 de septiembre.—Solo la resolución y el hábito pueden permitirme hacer una entrada esta noche. Estoy demasiado miserable, demasiado desanimado, demasiado harto del mundo y de todo lo que hay en él, incluida la vida misma, y no me importaría si escuchara en este momento el aleteo de las alas del ángel de la muerte. Y ha estado batiendo esas alas sombrías con algún propósito últimamente: la madre de Lucy y el padre de Arthur, y ahora... Déjame seguir con mi trabajo.
Relevé debidamente a Van Helsing en su vigilancia sobre Lucy. Queríamos que Arthur también fuera a descansar, pero al principio se negó. Solo cuando le dije que necesitaríamos que nos ayudara durante el día, y que no debíamos colapsar todos por falta de descanso, no fuera que Lucy sufriera, aceptó irse. Van Helsing fue muy amable con él. —Ven, hijo mío —dijo—; ven conmigo. Estás enfermo y débil, y has tenido mucha pena y mucho dolor mental, además de esa carga sobre tus fuerzas que conocemos. No debes estar solo; pues estar solo es estar lleno de miedos y alarmas. Ven al salón, donde hay un gran fuego y hay dos sofás. Tú te tumbarás en uno y yo en el otro, y nuestra simpatía será consuelo para el otro, aunque no hablemos, e incluso si dormimos. Arthur se fue con él, lanzando una mirada anhelante al rostro de Lucy, que yacía sobre su almohada, casi más blanca que el lino. Ella yacía muy quieta, y yo miré alrededor de la habitación para ver que todo estaba como debía ser. Pude ver que el Profesor había llevado a cabo en esta habitación, como en la otra, su propósito de usar el ajo; la totalidad de los marcos de las ventanas apestaban a él, y alrededor del cuello de Lucy, sobre el pañuelo de seda que Van Helsing le hizo mantener puesto, había una guirnalda tosca de las mismas flores olorosas. Lucy respiraba de forma algo estertorosa, y su rostro estaba en su peor momento, pues la boca abierta mostraba las encías pálidas. Sus dientes, bajo la luz tenue e incierta, parecían más largos y afilados de lo que habían estado por la mañana. En particular, por algún truco de la luz, los dientes caninos parecían más largos y afilados que el resto. Me senté junto a ella, y pronto se movió con inquietud. En el mismo momento hubo una especie de aleteo sordo o golpe en la ventana. Fui hacia ella con suavidad y espié por la esquina de la persiana. Había luna llena, y pude ver que el ruido era causado por un gran murciélago, que daba vueltas —sin duda atraído por la luz, aunque tan tenue— y de vez en cuando golpeaba la ventana con sus alas. Cuando volví a mi asiento encontré que Lucy se había movido ligeramente y se había arrancado las flores de ajo de la garganta. Las reemplacé lo mejor que pude y me senté a vigilarla.
Al poco rato despertó, y le di alimento, tal como Van Helsing había prescrito. Solo tomó un poco, y con languidez. Ya no parecía haber en ella esa lucha inconsciente por la vida y la fuerza que hasta entonces había caracterizado tanto su enfermedad. Me llamó la atención como algo curioso que, en el momento en que recobró la consciencia, apretara las flores de ajo contra sí. Ciertamente era extraño que, siempre que entraba en aquel estado letárgico, con la respiración estertorosa, apartara las flores de sí; pero que, al despertar, las aferrara con fuerza. No cabía posibilidad de equivocarse al respecto, pues en las largas horas que siguieron tuvo muchos lapsos de sueño y vigilia, y repitió ambas acciones muchas veces.
A las seis, Van Helsing vino a relevarme. Arthur se había quedado dormido, y él, piadosamente, lo dejó seguir durmiendo. Cuando vio el rostro de Lucy pude oír el siseo de su respiración al inspirar, y me dijo en un susurro cortante: "¡Suba la persiana; quiero luz!". Luego se inclinó y, con el rostro casi tocando el de Lucy, la examinó con atención. Retiró las flores y levantó el pañuelo de seda de su garganta. Al hacerlo, dio un respingo, y pude oír su exclamación: "¡Mein Gott!", ahogada en su garganta. Me incliné y miré también, y al darme cuenta, un extraño escalofrío me recorrió el cuerpo.
Las heridas de la garganta habían desaparecido por completo.
Durante cinco minutos largos, Van Helsing permaneció contemplándola con el rostro en su expresión más severa. Luego se volvió hacia mí y dijo con calma:--
“Se está muriendo. No tardará mucho. Marque mis palabras: será muy distinto si muere consciente o mientras duerme. Desierte a ese pobre muchacho y deje que venga a ver el final; él confía en nosotros y se lo hemos prometido”.
Fui al comedor y lo desperté. Se quedó aturdido por un momento, pero al ver la luz del sol entrando por los bordes de las contraventanas, pensó que llegaba tarde y expresó su temor. Le aseguré que Lucy seguía dormida, pero le dije con la mayor delicadeza posible que tanto Van Helsing como yo temíamos que el fin estuviera cerca. Se cubrió el rostro con las manos y se dejó caer de rodillas junto al sofá, donde permaneció, quizá un minuto, con las manos hundidas en el rostro, rezando, mientras sus hombros se sacudían por el dolor. Lo tomé de la mano y lo levanté. “Ven”, le dije, “querido amigo, reúne toda tu fortaleza; será lo mejor y lo más fácil para ella”.
Cuando entramos en la habitación de Lucy pude ver que Van Helsing, con su habitual previsión, había estado poniendo las cosas en orden y haciendo que todo tuviera el aspecto más agradable posible. Incluso había cepillado el cabello de Lucy, de modo que descansaba sobre la almohada en sus habituales rizos soleados. Al entrar en la habitación, ella abrió los ojos y, al verlo, susurró suavemente:--
“¡Arthur! ¡Oh, amor mío, me alegra que hayas venido!”. Él se inclinaba para besarla cuando Van Helsing le hizo señas para que retrocediera. “No”, susurró, “¡todavía no! Sostén su mano; le reconfortará más”.
Así que Arthur tomó su mano y se arrodilló a su lado, y ella lucía mejor que nunca, con todas las líneas suaves armonizando con la belleza angelical de sus ojos. Entonces, poco a poco, sus ojos se cerraron y se hundió en el sueño. Durante un momento, su pecho se elevó suavemente y su respiración iba y venía como la de un niño cansado.
Y entonces, insensiblemente, se produjo el extraño cambio que había notado durante la noche. Su respiración se volvió estertorosa, la boca se abrió y las encías pálidas, retraídas, hicieron que los dientes parecieran más largos y afilados que nunca. En una suerte de estado de sonambulismo, vago e inconsciente, abrió los ojos, que ahora estaban apagados y duros a la vez, y dijo con una voz suave y voluptuosa, como jamás había escuchado salir de sus labios:--
“¡Arthur! ¡Oh, amor mío, me alegra tanto que hayas venido! ¡Bésame!”. Arthur se inclinó ansioso para besarla; pero en ese instante Van Helsing, quien al igual que yo se había sobresaltado por su voz, se abalanzó sobre él y, agarrándolo del cuello con ambas manos, lo arrastró hacia atrás con una furia de fuerza que nunca hubiera creído que pudiera poseer, y de hecho lo lanzó casi al otro lado de la habitación.
“¡Ni por tu vida!”, dijo; “¡ni por tu alma viviente ni la suya!”. Y se interpuso entre ambos como un león acorralado.
Arthur quedó tan desconcertado que por un momento no supo qué hacer ni qué decir; y antes de que cualquier impulso de violencia pudiera apoderarse de él, se dio cuenta del lugar y de la situación, y se quedó en silencio, esperando.
Mantuve mis ojos fijos en Lucy, al igual que Van Helsing, y vimos un espasmo como de rabia pasar como una sombra sobre su rostro; los dientes afilados chocaron entre sí. Luego sus ojos se cerraron y respiró con dificultad.
Muy poco después, abrió los ojos con toda su suavidad y, extendiendo su pobre mano pálida y delgada, tomó la gran mano morena de Van Helsing; atrayéndola hacia sí, la besó. “Mi verdadero amigo”, dijo, con voz débil, pero con una tristeza inefable, “¡mi verdadero amigo, y el suyo! ¡Oh, guárdalo y dame la paz!”.
“¡Lo juro!”, dijo él solemnemente, arrodillándose a su lado y levantando la mano, como quien presta juramento. Luego se volvió hacia Arthur y le dijo: “Ven, hijo mío, toma su mano en la tuya y bésala en la frente, solo una vez”.
Sus ojos se encontraron en lugar de sus labios; y así se despidieron.
Los ojos de Lucy se cerraron; y Van Helsing, que había estado observando atentamente, tomó a Arthur del brazo y lo apartó.
Y entonces la respiración de Lucy se volvió estertorosa de nuevo, y de repente cesó.
“Se acabó todo”, dijo Van Helsing. “¡Ha muerto!”.
Tomé a Arthur del brazo y lo llevé al salón, donde se sentó y se cubrió el rostro con las manos, sollozando de una manera que casi me derrumba al verle.
Regresé a la habitación y encontré a Van Helsing mirando a la pobre Lucy, y su rostro estaba más severo que nunca. Un cambio se había operado en su cuerpo. La muerte le había devuelto parte de su belleza, pues su frente y sus mejillas habían recuperado parte de sus líneas fluidas; incluso los labios habían perdido su palidez mortal. Era como si la sangre, ya innecesaria para el funcionamiento del corazón, hubiera ido a hacer que la dureza de la muerte fuera lo menos tosca posible.
“Pensamos que moría mientras dormía, Y dormía cuando murió”.
Me puse junto a Van Helsing y dije:--
“Ah, bueno, pobre chica, al fin tiene paz. ¡Es el final!”.
Él se volvió hacia mí y dijo con grave solemnidad:--
“¡No es así! ¡Ay! No es así. ¡Es solo el comienzo!”.
Cuando le pregunté qué quería decir, él solo negó con la cabeza y respondió:--
“No podemos hacer nada por ahora. Espera y verás”.
CAPÍTULO XIII.
/Diario del Dr. Seward/--continuación.
El funeral fue fijado para el día siguiente, para que Lucy y su madre pudieran ser enterradas juntas. Me ocupé de todas las espantosas formalidades, y el cortés empresario de pompas fúnebres demostró que su personal estaba afligido —o bendecido— con algo de su propia suavidad obsequiosa. Incluso la mujer que realizó las últimas tareas para la difunta me comentó, con un tono confidencial, de profesional a profesional, cuando salió de la cámara mortuoria:--
“Hace una cadáver muy hermoso, señor. Es todo un privilegio atenderla. ¡No es exagerado decir que hará honor a nuestro establecimiento!”.
Noté que Van Helsing nunca se alejaba mucho. Esto era posible dado el estado de desorden en que se encontraba la casa. No había parientes a mano; y como Arthur tenía que regresar al día siguiente para asistir al funeral de su padre, no pudimos notificar a nadie que debiera haber sido invitado. Dadas las circunstancias, Van Helsing y yo nos tomamos la libertad de examinar papeles, etcétera. Él insistió en revisar personalmente los documentos de Lucy. Le pregunté por qué, pues temía que él, al ser extranjero, no estuviera del todo al tanto de los requisitos legales ingleses y, por ignorancia, pudiera causar algún problema innecesario. Me respondió:--
“Lo sé; lo sé. Usted olvida que soy abogado además de médico. Pero esto no es del todo por la ley. Usted lo sabía, cuando evitó al forense. Tengo más que a él a quien evitar. Puede haber documentos más... como este”.
Mientras hablaba, sacó de su cartera el memorando que había estado en el pecho de Lucy, y que ella había roto mientras dormía.
“Cuando encuentre algo del abogado que representa a la difunta Sra. Westenra, selle todos sus documentos y escríbale esta noche. En cuanto a mí, vigilo aquí en la habitación y en la antigua habitación de la señorita Lucy durante toda la noche, y yo mismo buscaré lo que pueda haber. No es bueno que sus propios pensamientos caigan en manos de extraños”.
Continué con mi parte del trabajo, y en media hora más había encontrado el nombre y la dirección del abogado de la Sra. Westenra y le había escrito. Todos los papeles de la pobre señora estaban en orden; se daban instrucciones explícitas sobre el lugar del entierro. Apenas había sellado la carta cuando, para mi sorpresa, Van Helsing entró en la habitación diciendo:--
“¿Puedo ayudarle, amigo John? Estoy libre, y si puedo, mi servicio es para usted”.
“¿Ha encontrado lo que buscaba?”, le pregunté, a lo que él replicó:--
“No buscaba nada específico. Solo esperaba encontrar, y he encontrado, todo lo que había: solo algunas cartas y unos pocos memorandos, y un diario recién comenzado. Pero los tengo aquí, y por el momento no diremos nada de ellos. Veré a ese pobre muchacho mañana por la tarde y, con su aprobación, usaré algunos”.
Cuando terminamos el trabajo en cuestión, me dijo:--
“Y ahora, amigo John, creo que podemos ir a la cama. Necesitamos dormir, tanto usted como yo, y descansar para recuperar fuerzas. Mañana tendremos mucho que hacer, pero para esta noche no nos necesitamos. ¡Ay!”.
Antes de acostarnos fuimos a ver a la pobre Lucy. El empresario de pompas fúnebres ciertamente había hecho bien su trabajo, pues la habitación se había convertido en una pequeña capilla ardiente. Había un sinfín de hermosas flores blancas, y la muerte se había hecho lo menos repulsiva posible. El extremo de la mortaja estaba colocado sobre el rostro; cuando el Profesor se inclinó y lo retiró suavemente, ambos nos estremecimos ante la belleza que teníamos delante, pues las altas velas de cera mostraban la luz suficiente para apreciarlo bien. Toda la hermosura de Lucy había vuelto a ella en la muerte, y las horas que habían pasado, en lugar de dejar rastros de “los dedos borradores de la decadencia”, solo habían restaurado la belleza de la vida, hasta que positivamente no podía creer a mis ojos que estuviera mirando un cadáver.
El Profesor parecía severamente grave. Él no la había amado como yo, y no había necesidad de lágrimas en sus ojos. Me dijo: “Permanezca aquí hasta que yo regrese”, y salió de la habitación. Regresó con un puñado de ajo silvestre de la caja que esperaba en el vestíbulo, pero que no había sido abierta, y colocó las flores entre las otras sobre y alrededor de la cama. Luego sacó de su cuello, dentro de su camisa, un pequeño crucifijo de oro y lo colocó sobre la boca. Devolvió la sábana a su lugar y nos alejamos.
Me estaba desvistiendo en mi propia habitación cuando, con un toque previo en la puerta, entró y comenzó a hablar de inmediato:--
“Mañana quiero que me traiga, antes de que anochezca, un juego de cuchillos de autopsia”.
“¿Debemos hacer una autopsia?”, pregunté.
“Sí y no. Quiero operar, pero no como usted piensa. Déjeme decírselo ahora, pero ni una palabra a nadie más. Quiero cortarle la cabeza y sacarle el corazón. ¡Ah! ¡Usted, cirujano, y tan escandalizado! Usted, a quien he visto sin que le tiemble la mano ni el corazón, realizar operaciones de vida o muerte que hacen estremecer a los demás. Oh, pero no debo olvidar, mi querido amigo John, que usted la amaba; y no lo he olvidado, pues seré yo quien opere, y usted solo deberá ayudar. Me gustaría hacerlo esta noche, pero por Arthur no debo; él estará libre después del funeral de su padre mañana, y querrá verla... ver eso. Entonces, cuando esté en el ataúd lista para el día siguiente, usted y yo vendremos cuando todos duerman. Desatornillaremos la tapa del ataúd y haremos nuestra operación; y luego volveremos a colocar todo, para que nadie sepa nada, excepto nosotros dos”.
“¿Pero por qué hacerlo? La chica está muerta. ¿Por qué mutilar su pobre cuerpo sin necesidad? Y si no hay necesidad de una autopsia y nada que ganar con ello —ningún bien para ella, para nosotros, para la ciencia, para el conocimiento humano—, ¿por qué hacerlo? Sin tal necesidad, es monstruoso”.
Como respuesta, puso su mano sobre mi hombro y dijo, con infinita ternura:--
“Amigo John, me compadezco de su pobre corazón sangrante; y le amo más porque sangre así. Si pudiera, tomaría sobre mí la carga que usted soporta. Pero hay cosas que usted no sabe, pero que sabrá, y me bendecirá por saberlas, aunque no son cosas agradables. John, hijo mío, usted ha sido mi amigo durante muchos años, y sin embargo, ¿alguna vez me ha conocido hacer algo sin una buena causa? Puedo equivocarme; soy solo un hombre; pero creo en todo lo que hago. ¿No fue por estas causas que usted me envió a llamar cuando llegó el gran problema? ¡Sí! ¿No quedó usted asombrado, horrorizado, cuando no dejé que Arthur besara a su amada —aunque ella se estaba muriendo— y lo arranqué con todas mis fuerzas? ¡Sí! ¿Y sin embargo vio cómo me lo agradecía, con sus ojos moribundos tan hermosos, su voz también tan débil, y ella besando mi vieja mano áspera y bendiciéndome? ¡Sí! ¿Y no me escuchó jurarle una promesa, de modo que ella cerró los ojos agradecida? ¡Sí!
“Bueno, ahora tengo una buena razón para todo lo que quiero hacer. Usted ha confiado en mí durante muchos años; usted me ha creído semanas atrás, cuando sucedieron cosas tan extrañas que bien podría haber dudado. Créame todavía un poco, amigo John. Si no confía en mí, entonces debo decirle lo que pienso; y eso tal vez no sea bueno. Y si trabajo —como trabajaré, sin importar la confianza o no— sin la confianza de mi amigo en mí, trabajo con el corazón apesadumbrado, y me siento, ¡oh!, tan solo cuando necesito toda la ayuda y el coraje que pueda haber”. Hizo una pausa un momento y continuó solemnemente: “Amigo John, hay días extraños y terribles ante nosotros. No seamos dos, sino uno, para que trabajemos hacia un buen fin. ¿No tendrá fe en mí?”.
Tomé su mano y se lo prometí. Mantuve mi puerta abierta mientras él se alejaba, y lo vi entrar en su habitación y cerrar la puerta. Mientras permanecía inmóvil, vi a una de las criadas pasar silenciosamente por el pasillo —me daba la espalda, así que no me vio— y entrar en la habitación donde yacía Lucy. La visión me conmovió. La devoción es tan rara, y estamos tan agradecidos con aquellos que la muestran sin pedirla a quienes amamos. Aquí había una pobre chica dejando de lado los terrores que naturalmente tenía a la muerte para ir a velar sola junto al féretro de la señora a quien amaba, para que la pobre arcilla no estuviera sola hasta ser depositada en el descanso eterno...
Debo haber dormido larga y profundamente, pues ya era pleno día cuando Van Helsing me despertó al entrar en mi habitación. Se acercó a mi cama y dijo:--
“No necesita preocuparse por los cuchillos; no lo haremos”.
“¿Por qué no?”, pregunté. Pues su solemnidad de la noche anterior me había impresionado mucho.
“Porque”, dijo con severidad, “es demasiado tarde... o demasiado pronto. ¡Mire!”. Aquí levantó el pequeño crucifijo de oro. “Esto fue robado durante la noche”.
“¿Cómo que robado”, pregunté con asombro, “si lo tiene usted ahora?”.
“Porque lo recuperé del miserable ser que lo robó, de la mujer que robó a los muertos y a los vivos. Su castigo llegará seguramente, pero no a través de mí; ella no sabía del todo lo que hacía, y así, sin saberlo, solo robó. Ahora debemos esperar”.
Se fue tras decir esto, dejándome con un nuevo misterio en el que pensar, un nuevo acertijo con el que lidiar.
La mañana fue un tiempo sombrío, pero al mediodía llegó el abogado: el Sr. Marquand, de Wholeman, Sons, Marquand & Lidderdale. Fue muy afable y muy comprensivo con lo que habíamos hecho, y nos quitó de encima todas las preocupaciones sobre los detalles. Durante el almuerzo nos contó que la Sra. Westenra esperaba desde hacía algún tiempo una muerte repentina debido a su corazón, y que había puesto sus asuntos en absoluto orden; nos informó que, con la excepción de una cierta propiedad vinculada del padre de Lucy que ahora, a falta de descendencia directa, volvía a una rama lejana de la familia, todo el patrimonio, real y personal, quedaba absolutamente en manos de Arthur Holmwood. Cuando nos contó esto, continuó:--
“Francamente, hicimos todo lo posible para evitar tal disposición testamentaria, y señalamos ciertas contingencias que podrían dejar a su hija sin un centavo o no tan libre como debería ser para actuar respecto a una alianza matrimonial. De hecho, presionamos tanto el asunto que casi entramos en conflicto, pues nos preguntó si estábamos o no preparados para cumplir sus deseos. Por supuesto, no tuvimos entonces más alternativa que aceptar. Teníamos razón en principio, y noventa y nueve veces de cada cien habríamos demostrado, por la lógica de los hechos, la exactitud de nuestro juicio. Francamente, sin embargo, debo admitir que en este caso cualquier otra forma de disposición habría hecho imposible el cumplimiento de sus deseos. Pues al premuere su madre a su hija, esta última habría entrado en posesión de la propiedad, e incluso si solo hubiera sobrevivido a su madre cinco minutos, su propiedad habría sido tratada en caso de no haber testamento —y un testamento era una imposibilidad práctica en tal caso— como sucesión intestada. En cuyo caso, Lord Godalming, aunque un amigo tan querido, no habría tenido reclamación alguna en el mundo; y los herederos, al ser remotos, no serían propensos a abandonar sus justos derechos por razones sentimentales respecto a una completa extraña. Les aseguro, mis queridos señores, que me alegro del resultado, estoy perfectamente alegre”.
Era un buen tipo, pero su alegría ante esa pequeña parte —en la que estaba oficialmente interesado— de una tragedia tan grande, era una lección práctica sobre las limitaciones de la comprensión empática.
No permaneció mucho tiempo, pero dijo que pasaría más tarde en el día a ver a Lord Godalming. Sin embargo, su llegada había sido un cierto consuelo para nosotros, ya que nos aseguraba que no tendríamos que temer críticas hostiles sobre ninguno de nuestros actos. Se esperaba a Arthur a las cinco, así que un poco antes de esa hora visitamos la cámara mortuoria. Lo era en muy verdad, pues ahora madre e hija yacían en ella. El empresario de pompas fúnebres, fiel a su oficio, había hecho el mejor despliegue posible de sus productos, y había un aire mortuorio en el lugar que bajó nuestro ánimo de inmediato. Van Helsing ordenó que se mantuviera la disposición anterior, explicando que, como Lord Godalming vendría muy pronto, sería menos desgarrador para sus sentimientos ver todo lo que quedaba de su prometida totalmente a solas. El empresario pareció escandalizado por su propia estupidez y se esforzó en devolver las cosas al estado en que las dejamos la noche anterior, de modo que cuando Arthur llegara, se evitaran los choques a sus sentimientos que pudiéramos eludir.
¡Pobre muchacho! Se le veía desesperadamente triste y destrozado; hasta su hombría, antes tan firme, parecía haberse encogido un poco bajo el peso de sus emociones tan puestas a prueba. Sabía que había estado auténtica y devotamente unido a su padre; y perderlo, y en semejante momento, fue un golpe amargo para él. Conmigo se mostró tan afectuoso como siempre y con Van Helsing fue dulcemente cortés, pero no pude evitar notar que había cierta tensión en él. El profesor también lo notó y me hizo señas para que lo llevara arriba. Lo hice y lo dejé ante la puerta de la habitación, pues sentí que desearía estar completamente a solas con ella; pero él me tomó del brazo y me hizo entrar, diciendo con voz ronca:
—Tú también la amabas, viejo amigo; me lo contó todo, y no hubo amigo que tuviera un lugar más cercano en su corazón que tú. No sé cómo agradecerte todo lo que has hecho por ella. Todavía no puedo pensar...
Aquí se derrumbó repentinamente, me rodeó los hombros con los brazos y apoyó la cabeza en mi pecho, llorando:
—¡Oh, Jack! ¡Jack! ¿Qué voy a hacer? Toda la vida parece haberse ido de mí de golpe, y no hay nada en el ancho mundo por lo que merezca la pena vivir.
Lo consolé lo mejor que pude. En tales casos, los hombres no necesitan mucha elocuencia. Un apretón de manos, la presión de un brazo sobre el hombro, un sollozo al unísono, son expresiones de simpatía queridas para el corazón de un hombre. Permanecí quieto y en silencio hasta que sus sollozos se apagaron, y entonces le dije suavemente:
—Ven a verla.
Nos dirigimos juntos a la cama y retiré el encaje de su rostro. ¡Dios! Qué hermosa estaba. Cada hora parecía realzar su lozanía. Me asustó y me asombró un poco; y en cuanto a Arthur, comenzó a temblar y finalmente fue sacudido por la duda como por un ataque de fiebre. Por fin, tras una larga pausa, me dijo con un leve susurro:
—Jack, ¿está realmente muerta?
Le aseguré con tristeza que así era, y proseguí sugiriendo —pues sentía que una duda tan horrible no debía vivir ni un momento más de lo que pudiera evitar— que a menudo sucedía que tras la muerte los rostros se suavizaban e incluso recuperaban su belleza juvenil; que esto ocurría especialmente cuando la muerte había sido precedida por cualquier sufrimiento agudo o prolongado. Pareció disipar por completo cualquier duda y, tras arrodillarse junto al lecho un rato y mirarla larga y amorosamente, se apartó. Le dije que eso debía ser un adiós, ya que el ataúd debía ser preparado; así que regresó, tomó su mano muerta entre las suyas, la besó, se inclinó y besó su frente. Se alejó, mirando hacia atrás con cariño por encima del hombro mientras se marchaba.
Lo dejé en el salón y le dije a Van Helsing que se había despedido; así que este último fue a la cocina a decirle a los empleados de la funeraria que procedieran con los preparativos y atornillaran el ataúd. Cuando salió de nuevo de la habitación, le conté la pregunta de Arthur y él respondió:
—No me sorprende. ¡Hace un momento yo mismo dudé!
Cenamos todos juntos y pude ver que el pobre Art intentaba sobrellevar la situación de la mejor manera. Van Helsing había permanecido en silencio durante toda la cena, pero cuando encendimos nuestros cigarros, dijo:
—Lord... —pero Arthur lo interrumpió:
—No, no, eso no, ¡por el amor de Dios! Al menos todavía no. Perdóneme, señor: no quise hablar de forma ofensiva; es solo porque mi pérdida es muy reciente.
El profesor respondió con mucha dulzura:
—Solo usé ese nombre porque estaba en duda. No debo llamarlo «Sr.», y he llegado a quererlo —sí, mi querido muchacho, a quererlo— como Arthur.
Arthur le tendió la mano y estrechó con calidez la del anciano.
—Llámeme como quiera —dijo—. Espero tener siempre el título de amigo. Y permítame decir que me faltan palabras para agradecerle su bondad hacia mi pobre querida. —Hizo una pausa un momento y continuó—: Sé que ella comprendía su bondad incluso mejor que yo; y si fui grosero o falte de algún modo en aquel momento en que usted actuó así... usted recuerda —el profesor asintió—, debe perdonarme.
Él respondió con una grave amabilidad:
—Sé que entonces le costó confiar plenamente en mí, pues confiar en tal violencia requiere comprender; y entiendo que usted no... que usted no puede... confiar en mí ahora, pues todavía no comprende. Y puede haber más momentos en los que necesitaré que confíe cuando no pueda... ni deba... ni pueda entender aún. Pero llegará el momento en que su confianza en mí sea íntegra y completa, y cuando comprenderá como si la propia luz del sol brillara a través. Entonces me bendecirá de principio a fin por su propio bien, y por el bien de otros, y por el bien de ella, a quien juré proteger.
—Y, de hecho, de hecho, señor —dijo Arthur con calidez—, confiaré en usted en todo. Sé y creo que usted tiene un corazón muy noble, y es amigo de Jack, y fue amigo de ella. Hará lo que desee.
El profesor se aclaró la garganta un par de veces, como si fuera a hablar, y finalmente dijo:
—¿Puedo pedirle algo ahora?
—Ciertamente.
—¿Sabe que la señora Westenra le dejó todas sus propiedades?
—No, pobre querida; nunca pensé en ello.
—Y como todo es suyo, tiene derecho a disponer de ello como quiera. Quiero que me dé permiso para leer todos los papeles y cartas de la señorita Lucy. Créame, no es por vana curiosidad. Tengo un motivo que, puede estar seguro, ella habría aprobado. Los tengo todos aquí. Los tomé antes de que supiéramos que todo era suyo, para que ninguna mano extraña los tocara... ningún ojo extraño escudriñara a través de las palabras en su alma. Los guardaré, si me lo permite; incluso usted no puede verlos aún, pero los mantendré a salvo. Ni una palabra se perderá; y en el momento oportuno se los devolveré. Es algo difícil lo que pido, pero lo hará, ¿verdad?, por el bien de Lucy.
Arthur habló con sinceridad, como era él habitualmente:
—Dr. Van Helsing, puede hacer lo que desee. Siento que al decir esto estoy haciendo lo que mi querida habría aprobado. No le molestaré con preguntas hasta que llegue el momento.
El anciano profesor se puso en pie mientras decía solemnemente:
—Y hace bien. Habrá dolor para todos nosotros; pero no será todo dolor, ni este dolor será el último. Nosotros, y usted también —usted el que más, mi querido muchacho—, tendremos que atravesar las aguas amargas antes de llegar a las dulces. Pero debemos ser valientes de corazón y desinteresados, y cumplir con nuestro deber, y todo irá bien.
Dormí en un sofá en la habitación de Arthur aquella noche. Van Helsing no se acostó en absoluto. Iba y venía, como patrullando la casa, y nunca perdió de vista la habitación donde Lucy yacía en su ataúd, esparcida con flores de ajo silvestre, que enviaban, a través del olor a lirio y rosa, un aroma pesado y abrumador hacia la noche.
Diario de Mina Harker.
22 de septiembre.—En el tren a Exeter. Jonathan durmiendo.
Parece que fue ayer cuando hice la última entrada, y sin embargo, cuánto ha ocurrido entre medias, en Whitby y en todo el mundo ante mí; Jonathan fuera y sin noticias de él; y ahora, casada con Jonathan, Jonathan abogado, socio, rico, dueño de su negocio, el Sr. Hawkins muerto y enterrado, y Jonathan con otro ataque que puede hacerle daño. Algún día quizás me pregunte por ello. Lo escribiré todo. Estoy oxidada en mi taquigrafía —vea lo que la prosperidad inesperada hace por nosotros—, así que podría ser bueno refrescarla con un ejercicio, de todos modos...
El servicio fue muy sencillo y muy solemne. Solo estábamos nosotros y los criados, uno o dos viejos amigos suyos de Exeter, su agente de Londres y un caballero representando a Sir John Paxton, el presidente de la Incorporated Law Society. Jonathan y yo permanecimos cogidos de la mano, y sentimos que nuestro mejor y más querido amigo se había ido de nosotros...
Regresamos a la ciudad tranquilamente, tomando un autobús a Hyde Park Corner. Jonathan pensó que me interesaría ir a Row durante un rato, así que nos sentamos; pero había muy poca gente allí, y resultaba triste y desolador ver tantas sillas vacías. Nos hizo pensar en la silla vacía en casa; así que nos levantamos y caminamos por Piccadilly. Jonathan me sostenía del brazo, de la forma en que solía hacerlo en los viejos tiempos antes de que yo fuera a la escuela. Me pareció muy indecoroso, pues no puedes pasar algunos años enseñando etiqueta y decoro a otras chicas sin que la pedantería de ello se te pegue un poco; pero era Jonathan, y era mi marido, y no conocíamos a nadie que nos viera —y no nos importaba si lo hacían—, así que seguimos caminando. Miraba a una chica muy hermosa, con un sombrero grande de ala ancha, sentada en una victoria fuera de Giuliano’s, cuando sentí que Jonathan me apretaba el brazo con tanta fuerza que me hizo daño, y dijo en voz baja: «¡Dios mío!». Siempre estoy ansiosa por Jonathan, pues temo que algún ataque nervioso pueda volver a afectarlo; así que me giré hacia él rápidamente y le pregunté qué era lo que le inquietaba.
Estaba muy pálido, y sus ojos parecían salirse de las órbitas mientras, mitad por terror y mitad por asombro, contemplaba a un hombre alto y delgado, con nariz aguileña, bigote negro y barba puntiaguda, que también observaba a la joven. Él la miraba con tanta fijeza que no nos vio a ninguno de los dos, por lo que pude observarlo bien. Su rostro no era un buen rostro; era duro, cruel y sensual, y sus grandes dientes blancos, que parecían aún más blancos porque sus labios eran muy rojos, eran puntiagudos como los de un animal. Jonathan no dejaba de mirarlo fijamente, hasta que temí que se diera cuenta. Temía que pudiera tomarlo a mal, pues se veía tan feroz y desagradable. Le pregunté a Jonathan por qué estaba tan perturbado, y él respondió, pensando evidentemente que yo sabía tanto como él al respecto: «¿Ves quién es?».
—No, querido —dije—; no lo conozco; ¿quién es? Su respuesta pareció conmocionarme y estremecerme, pues fue dicha como si no supiera que era a mí, a Mina, a quien hablaba:
—¡Es el hombre mismo!
El pobre querido estaba evidentemente aterrorizado por algo... muy grandemente aterrorizado; creo que si no hubiera tenido en qué apoyarse y sostenerse, se habría desplomado. Seguía mirando fijamente; un hombre salió de la tienda con un pequeño paquete y se lo dio a la dama, que luego se marchó. El hombre oscuro mantuvo sus ojos fijos en ella, y cuando el carruaje avanzó por Piccadilly, él lo siguió en la misma dirección y llamó a un coche de punto. Jonathan seguía mirándolo y dijo, como para sí mismo:
—Creo que es el Conde, pero se ha vuelto joven. ¡Dios mío, si esto es así! ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Si al menos lo supiera! ¡Si al menos lo supiera! Se estaba angustiando tanto que temí mantener su mente en el asunto haciéndole preguntas, así que permanecí en silencio. Lo alejé tranquilamente, y él, sosteniéndome del brazo, vino fácilmente. Caminamos un poco más y luego entramos y nos sentamos un rato en Green Park. Era un día caluroso para ser otoño, y había un asiento cómodo en un lugar sombreado. Después de unos minutos mirando a la nada, los ojos de Jonathan se cerraron y cayó tranquilamente en un sueño, con la cabeza sobre mi hombro. Pensé que era lo mejor para él, así que no lo molesté. En unos veinte minutos se despertó y me dijo con bastante alegría:
—Vaya, Mina, ¿me he quedado dormido? Oh, perdóname por ser tan grosero. Vamos, tomaremos una taza de té en algún lugar. Evidentemente se había olvidado por completo del extraño oscuro, tal como en su enfermedad había olvidado todo lo que este episodio le había recordado. No me gusta este lapsus de olvido; puede causar o continuar algún daño en el cerebro. No debo preguntarle, por miedo a hacer más daño que bien; pero debo aprender de alguna manera los hechos de su viaje al extranjero. Ha llegado el momento, temo, de abrir ese paquete y saber qué está escrito. Oh, Jonathan, sé que me perdonarás si hago algo malo, pero es por tu propio bien.
Más tarde.—Un regreso a casa triste en todos los sentidos: la casa vacía del alma querida que fue tan buena con nosotros; Jonathan todavía pálido y mareado por una ligera recaída de su enfermedad; y ahora un telegrama de Van Helsing, sea quien sea:
«Le apenará saber que la Sra. Westenra murió hace cinco días, y que Lucy murió anteayer. Ambas fueron enterradas hoy».
¡Oh, qué riqueza de dolor en pocas palabras! ¡Pobre Sra. Westenra! ¡Pobre Lucy! ¡Idas, idas, nunca volverán a nosotros! ¡Y pobre, pobre Arthur, haber perdido tanta dulzura de su vida! Que Dios nos ayude a todos a soportar nuestras penas.
Diario del Dr. Seward.
22 de septiembre.—Todo ha terminado. Arthur ha vuelto a Ring y se ha llevado a Quincey Morris con él. ¡Qué gran tipo es Quincey! Creo en el fondo de mi corazón que sufrió tanto por la muerte de Lucy como cualquiera de nosotros; pero se mantuvo a través de ello como un vikingo moral. Si Estados Unidos puede seguir criando hombres así, será realmente una potencia en el mundo. Van Helsing está acostado, descansando antes de su viaje. Va a Ámsterdam esta noche, pero dice que regresará mañana por la noche; que solo quiere hacer unos arreglos que solo pueden hacerse personalmente. Se quedará conmigo entonces, si puede; dice que tiene trabajo que hacer en Londres que puede llevarle algún tiempo. ¡Pobre anciano! Temo que la tensión de la semana pasada haya quebrantado incluso su fuerza de hierro. Durante todo el tiempo del entierro, pude ver que se imponía una terrible contención. Cuando todo terminó, estábamos junto a Arthur, quien, pobre muchacho, hablaba de su parte en la operación donde su sangre había sido transfundida a las venas de su Lucy; pude ver el rostro de Van Helsing volverse blanco y morado por turnos. Arthur decía que desde entonces sentía como si ellos dos se hubieran casado realmente, y que ella era su esposa a los ojos de Dios. Ninguno de nosotros dijo una palabra de las otras operaciones, y ninguno lo hará jamás. Arthur y Quincey se fueron juntos a la estación, y Van Helsing y yo vinimos aquí. En el momento en que estuvimos solos en el carruaje, se entregó a un ataque de histeria en toda regla. Desde entonces me ha negado que fuera histeria, e insistió en que era solo su sentido del humor afirmándose bajo condiciones muy terribles. Se rió hasta llorar y tuve que bajar las persianas para que nadie nos viera y juzgara mal; y luego lloró hasta volver a reír; y rió y lloró a la vez, justo como hace una mujer. Intenté ser severo con él, como uno es con una mujer en tales circunstancias; pero no tuvo efecto. ¡Los hombres y las mujeres son tan diferentes en las manifestaciones de fuerza o debilidad nerviosa! Entonces, cuando su rostro se volvió grave y severo de nuevo, le pregunté por su alegría, y por qué en un momento así. Su respuesta fue en cierto modo característica de él, pues fue lógica, contundente y misteriosa. Dijo:
—Ah, no comprende, amigo John. No piense que no estoy triste, aunque me ría. Mire, he llorado incluso cuando la risa me ahogaba. Pero no crea tampoco que estoy totalmente apenado cuando lloro, pues la risa viene igual. Mantenga siempre consigo que la risa que llama a su puerta y dice: «¿Puedo entrar?» no es la verdadera risa. ¡No! Ella es un rey, y viene cuando y como quiere. No le pide permiso a nadie; no elige el momento adecuado. Dice: «Aquí estoy». Vea, por ejemplo, lloro con toda mi alma por esa joven tan dulce; doy mi sangre por ella, aunque soy viejo y estoy desgastado; doy mi tiempo, mi destreza, mi sueño; dejo que otros que sufren carezcan de atención para que ella lo tenga todo. Y sin embargo, puedo reírme sobre su misma tumba... reír cuando la arcilla de la pala del sepulturero cae sobre su ataúd y dice: «¡Toc! ¡toc!» a mi corazón, hasta que hace retroceder la sangre de mi mejilla. Mi corazón sangra por ese pobre muchacho... ese querido muchacho, tan de la edad de mi propio hijo si hubiera sido tan bendecido de que viviera, y con el mismo cabello y los mismos ojos. Ahí, ya sabe ahora por qué lo quiero tanto. Y sin embargo, cuando dice cosas que tocan mi corazón de esposo hasta lo más profundo, y hacen que mi corazón de padre anhele estar con él como con ningún otro hombre... ni siquiera con usted, amigo John, pues estamos más nivelados en experiencias que padre e hijo... incluso en tal momento, el Rey Risa viene a mí y grita y brama en mi oído: «¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!», hasta que la sangre vuelve a bailar y trae algo del sol que él lleva consigo a mi mejilla. Oh, amigo John, es un mundo extraño, un mundo triste, un mundo lleno de miserias, penas y problemas; y sin embargo, cuando el Rey Risa viene, los hace bailar a todos al son que él toca. Corazones sangrantes, y huesos secos del cementerio, y lágrimas que arden al caer... todos bailan juntos al son de la música que él hace con esa boca suya sin sonrisa. Y créame, amigo John, que es bueno que venga, y amable. Ah, nosotros hombres y mujeres somos como cuerdas tensadas con una tensión que tira de nosotros en diferentes direcciones. Entonces vienen las lágrimas; y, como la lluvia sobre las cuerdas, nos refuerzan, hasta que quizás la tensión se vuelve demasiado grande y nos rompemos. Pero el Rey Risa viene como la luz del sol, y alivia la tensión de nuevo; y podemos soportar seguir con nuestro trabajo, sea el que sea.
No quise herirlo fingiendo no ver su idea; pero, como todavía no entendía la causa de su risa, se lo pregunté. Mientras me respondía, su rostro se volvió severo y dijo en un tono completamente diferente:
—Oh, era la cruda ironía de todo esto... esta dama tan encantadora engalanada con flores, que parecía tan bella como la vida, hasta que uno a uno nos preguntamos si estaba realmente muerta; ella yacía en esa casa de mármol tan fina en ese cementerio solitario, donde descansan tantos de sus parientes, yacía allí con la madre que la amaba, y a quien ella amaba; y esa campana sagrada haciendo «¡Tan! ¡tan! ¡tan!», tan triste y lenta; y esos hombres santos, con las vestiduras blancas del ángel, fingiendo leer libros, y sin embargo, todo el tiempo sus ojos nunca en la página; y todos nosotros con la cabeza inclinada. ¿Y todo para qué? Ella está muerta; ¡así es! ¿No es así?
—Bueno, por mi vida, profesor —dije—, no veo nada de qué reír en todo eso. Vaya, su explicación lo convierte en un rompecabezas más difícil que antes. Pero incluso si el servicio funerario fuera cómico, ¿qué pasa con el pobre Art y su problema? Vaya, su corazón simplemente se estaba rompiendo.
—Exactamente. ¿No dijo él que la transfusión de su sangre a las venas de ella la había convertido realmente en su novia?
—Sí, y era una idea dulce y reconfortante para él.
—Exactamente. Pero ahí radicaba la dificultad, amigo John. Si así fuera, ¿qué hay de los otros? ¡Jo, jo! Entonces esta doncella tan dulce es poliándrica, y yo, con mi pobre esposa muerta para mí, pero viva ante la ley de la Iglesia, aunque sin juicio, todo perdido... incluso yo, que soy esposo fiel de esta mujer que ya no es esposa, soy bígamo.
—¡Tampoco veo dónde está la gracia en eso! —dije; y no me sentí particularmente complacido con él por decir tales cosas. Puso su mano sobre mi brazo y dijo:
—Amigo John, perdóname si te causo dolor. No mostré mis sentimientos a otros cuando podía herir, sino solo a ti, mi viejo amigo, en quien puedo confiar. Si hubieras podido mirar dentro de mi corazón justo cuando quería reír; si hubieras podido hacerlo cuando llegó la risa; si pudieras hacerlo ahora, cuando el Rey Risa ha empacado su corona y todo lo que le pertenece —pues se va lejos, muy lejos de mí, y por mucho, mucho tiempo—, tal vez, quizás, me compadecerías más que a nadie.
Me sentí conmovido por la ternura de su tono y le pregunté por qué.
—¡Porque lo sé!
Y ahora estamos todos dispersos; y durante muchos largos días la soledad se posará sobre nuestros techos con alas protectoras. Lucy yace en la tumba de sus antepasados, una majestuosa casa de la muerte en un cementerio solitario, lejos del populoso Londres; donde el aire es fresco, y el sol sale sobre Hampstead Hill, y donde las flores silvestres crecen por su propia cuenta.
Así puedo terminar este diario; y solo Dios sabe si alguna vez comenzaré otro. Si lo hago, o si alguna vez vuelvo a abrir este, será para tratar con personas diferentes y temas diferentes; pues aquí al final, donde la historia de mi vida es contada, antes de que regrese a tomar el hilo del trabajo de mi vida, digo tristemente y sin esperanza,
/Finis./
El «Westminster Gazette», 25 de septiembre.
/Un misterio de Hampstead./
El vecindario de Hampstead se encuentra en este momento inquieto por una serie de sucesos que parecen seguir líneas paralelas a los de lo que fue conocido por los redactores de titulares como «El horror de Kensington», o «La mujer apuñaladora», o «La mujer de negro». Durante los últimos dos o tres días han ocurrido varios casos de niños pequeños que se han extraviado de su hogar o que han descuidado regresar de sus juegos en el Heath. En todos estos casos, los niños eran demasiado pequeños para dar una explicación inteligible de sí mismos, pero el consenso de sus excusas es que habían estado con una «dama bloofer». Siempre ha sido tarde en la noche cuando se les ha echado en falta, y en dos ocasiones los niños no han sido encontrados hasta la mañana siguiente. Se supone generalmente en el vecindario que, dado que el primer niño desaparecido dio como razón para estar fuera que una «dama bloofer» le había pedido que fuera a dar un paseo, los otros habían recogido la frase y la habían usado según la ocasión. Esto es tanto más natural cuanto que el juego favorito de los pequeños en la actualidad es atraerse unos a otros mediante argucias. Un corresponsal nos escribe que ver a algunos de los pequeñajos fingiendo ser la «dama bloofer» es sumamente divertido. Algunos de nuestros caricaturistas podrían, dice, tomar una lección en la ironía de lo grotesco comparando la realidad y el cuadro. Es solo conforme a los principios generales de la naturaleza humana que la «dama bloofer» sea el papel popular en estas representaciones al aire libre. Nuestro corresponsal dice ingenuamente que ni siquiera Ellen Terry podría ser tan encantadoramente atractiva como algunos de estos niños de caras sucias pretenden —e incluso imaginan— ser.
Hay, sin embargo, posiblemente un lado serio en la cuestión, pues algunos de los niños, de hecho todos los que han desaparecido de noche, han sido ligeramente desgarrados o heridos en la garganta. Las heridas parecen ser tales como las que podría causar una rata o un perro pequeño, y aunque de poca importancia individualmente, tenderían a mostrar que cualquier animal que las inflija tiene un sistema o método propio. La policía de la división ha sido instruida para mantener una vigilancia estricta sobre los niños que se extravíen, especialmente cuando son muy pequeños, dentro y alrededor de Hampstead Heath, y sobre cualquier perro callejero que pueda estar merodeando.
«The Westminster Gazette», 25 de septiembre.
Edición extra especial.
EL HORROR DE HAMPSTEAD.
/Otro niño herido./
La «dama bloofer».
Acabamos de recibir noticias de que otro niño, desaparecido anoche, fue descubierto recién tarde en la mañana bajo un arbusto de aulagas en el lado de Shooter’s Hill de Hampstead Heath, que está, quizás, menos frecuentado que las otras partes. Tiene la misma pequeña herida en la garganta que se ha observado en otros casos. Estaba terriblemente débil y parecía bastante demacrado. Él también, cuando fue parcialmente reanimado, tuvo la historia común que contar de haber sido atraído por la «dama bloofer».
CAPÍTULO XIV.
/Diario de Mina Harker./
23 de septiembre.—Jonathan está mejor después de una mala noche. Me alegra tanto que tenga mucho trabajo que hacer, pues eso mantiene su mente alejada de las cosas terribles; y oh, me regocijo de que no esté ahora agobiado por la responsabilidad de su nuevo puesto. Sabía que sería fiel a sí mismo, y ahora qué orgullosa me siento de ver a mi Jonathan elevándose a la altura de su ascenso y manteniendo el paso en todos los sentidos con los deberes que recaen sobre él. Estará fuera todo el día hasta tarde, pues dijo que no podía almorzar en casa. Mi trabajo doméstico está hecho, así que tomaré su diario extranjero, me encerraré en mi habitación y lo leeré...
24 de septiembre.—No tuve fuerzas para escribir anoche; ese registro terrible de Jonathan me alteró mucho. ¡Pobre querido! Cuánto debe haber sufrido, ya sea verdad o solo imaginación. Me pregunto si hay algo de verdad en ello. ¿Tuvo su fiebre cerebral y luego escribió todas esas cosas terribles; o tenía alguna causa para todo ello? Supongo que nunca lo sabré, pues no me atrevo a abrir el tema con él... ¡Y sin embargo, ese hombre que vimos ayer! Parecía estar muy seguro de él... ¡Pobre hombre! Supongo que fue el funeral lo que lo alteró e hizo que su mente retrocediera a algún tren de pensamiento... Él mismo lo cree todo. Recuerdo cómo en el día de nuestra boda dijo: «A menos que algún deber solemne recaiga sobre mí para volver a las horas amargas, dormido o despierto, loco o cuerdo». Parece haber a través de todo ello un hilo de continuidad... Ese temible Conde venía a Londres... «Si fuera así, y viniera a Londres, con sus millones de habitantes»... Puede haber un deber solemne; y si llega, no debemos rehuirlo... Estaré preparada. Tomaré mi máquina de escribir a esta misma hora y comenzaré a transcribir. Entonces estaremos listos para otros ojos si fuera necesario. Y si se requiere; entonces, quizás, si estoy lista, el pobre Jonathan no sea alterado, pues puedo hablar por él y nunca dejar que se preocupe o se inquiete por todo ello. Si Jonathan alguna vez supera del todo el nerviosismo, quizás quiera contarme todo, y podré hacerle preguntas y descubrir cosas, y ver cómo puedo consolarlo.
Carta de Van Helsing a la Sra. Harker.
«24 de septiembre. (Confidencial.)
«Estimada señora:
«Le ruego que me perdone por escribirle, en tanto que soy tan amigo que le envío noticias tristes de la muerte de la señorita Lucy Westenra. Por la amabilidad de Lord Godalming, estoy facultado para leer sus cartas y papeles, pues estoy profundamente interesado en ciertos asuntos vitalmente importantes. En ellos encuentro algunas cartas suyas, que muestran cuán grandes amigas eran y cuánto la amaba. Oh, señora Mina, por ese amor, le imploro, ayúdeme. Es por el bien de otros que pregunto —para reparar un gran mal, y para levantar muchos y terribles problemas— que pueden ser más grandes de lo que usted puede saber. ¿Podría ser que la viera? Puede confiar en mí. Soy amigo del Dr. John Seward y de Lord Godalming (que era Arturo, el de la señorita Lucy). Debo mantener esto en privado por el momento de todos. Iría a Exeter a verla de inmediato si me dice que tengo el privilegio de ir, y dónde y cuándo. Le imploro su perdón, señora. He leído sus cartas a la pobre Lucy, y sé cuán buena es usted y cuánto sufre su marido; así que le ruego, si puede ser, no lo ilustre, no sea que le haga daño. De nuevo su perdón, y discúlpeme.
«/Van Helsing./»
Telegrama de la Sra. Harker a Van Helsing.
«25 de septiembre.—Venga hoy en el tren de las diez y cuarto si puede tomarlo. Puedo verlo a cualquier hora que llame.
«/Wilhelmina Harker./»
/Diario de Mina Harker./
25 de septiembre.—No puedo evitar sentirme terriblemente emocionada a medida que se acerca la hora de la visita del Dr. Van Helsing, pues de alguna manera espero que arroje algo de luz sobre la triste experiencia de Jonathan; y como atendió a la pobre y querida Lucy en su última enfermedad, podrá contarme todo sobre ella. Esa es la razón de su llegada; es sobre Lucy y su sonambulismo, y no sobre Jonathan. ¡Entonces nunca sabré la verdadera verdad ahora! Qué tonta soy. Ese diario terrible se apodera de mi imaginación y tiñe todo con algo de su propio color. Por supuesto que es sobre Lucy. Ese hábito volvió a la pobre querida, y esa noche terrible en el acantilado debió haberla enfermado. Casi me había olvidado en mis propios asuntos de lo enferma que estuvo después. Debe haberle contado su aventura de sonambulismo en el acantilado, y que yo sabía todo al respecto; y ahora él quiere que yo le cuente sobre eso, para que pueda entender. Espero haber hecho bien en no decir nada de ello a la Sra. Westenra; nunca me perdonaría a mí misma si algún acto mío, aunque fuera negativo, trajera daño a la pobre y querida Lucy. Espero, también, que el Dr. Van Helsing no me culpe; he tenido tantos problemas y ansiedad últimamente que siento que no puedo soportar más por el momento.
Supongo que un llanto nos hace bien a todos a veces —aclara el aire como hace la lluvia. Quizás fue leer el diario ayer lo que me alteró, y luego Jonathan se fue esta mañana para estar lejos de mí un día y una noche enteros, la primera vez que hemos estado separados desde nuestro matrimonio. Espero que el querido hombre se cuide, y que no ocurra nada que lo altere. Son las dos y el doctor estará aquí pronto. No diré nada del diario de Jonathan a menos que me pregunte. Me alegro tanto de haber escrito mi propio diario a máquina, para que, en caso de que pregunte sobre Lucy, pueda entregárselo; ahorrará muchos interrogatorios.
Más tarde.—Ha venido y se ha ido. ¡Oh, qué encuentro tan extraño, y cómo hace que todo me dé vueltas en la cabeza! Me siento como alguien en un sueño. ¿Puede ser todo posible, o incluso una parte de ello? Si no hubiera leído el diario de Jonathan primero, nunca habría aceptado ni siquiera una posibilidad. ¡Pobre, pobre, querido Jonathan! Cuánto debe haber sufrido. Quiera el buen Dios que todo esto no lo altere de nuevo. Trataré de salvarlo de ello; pero puede ser incluso un consuelo y una ayuda para él —por terrible que sea y horroroso en sus consecuencias— saber con certeza que sus ojos, sus oídos y su cerebro no lo engañaron, y que todo es verdad. Puede ser que sea la duda lo que lo atormenta; que cuando la duda sea eliminada, sin importar cuál —despierto o soñando— pueda probar la verdad, él estará más satisfecho y mejor capacitado para soportar el impacto. El Dr. Van Helsing debe ser un hombre bueno además de inteligente si es amigo de Arturo y del Dr. Seward, y si lo trajeron desde Holanda para cuidar de Lucy. Siento, por haberlo visto, que es bueno y amable y de naturaleza noble. Cuando venga mañana le preguntaré sobre Jonathan; y entonces, quiera Dios, toda esta pena y ansiedad puedan llevar a un buen fin. Solía pensar que me gustaría practicar entrevistas; el amigo de Jonathan en el «Exeter News» le dijo que la memoria lo era todo en tal trabajo —que uno debía ser capaz de poner por escrito exactamente casi cada palabra pronunciada, incluso si uno tuviera que refinar algo de ello después. Esta fue una entrevista rara; trataré de registrarla palabra por palabra.
Eran las dos y media cuando llamaron a la puerta. Tomé mi valor «à deux mains» y esperé. En unos minutos Mary abrió la puerta y anunció: «Dr. Van Helsing».
Me levanté e hice una reverencia, y él se acercó a mí; un hombre de mediana estatura, fuertemente construido, con los hombros echados hacia atrás sobre un pecho ancho y profundo y un cuello bien equilibrado sobre el tronco, como la cabeza sobre el cuello. El porte de la cabeza impresiona de inmediato como indicativo de pensamiento y poder; la cabeza es noble, de buen tamaño, ancha y grande detrás de las orejas. El rostro, bien afeitado, muestra una barbilla dura y cuadrada, una boca grande, resuelta y móvil, una nariz de buen tamaño, bastante recta, pero con fosas nasales rápidas y sensibles, que parecen ensancharse a medida que las grandes y espesas cejas bajan y la boca se tensa. La frente es ancha y fina, elevándose al principio casi recta y luego inclinándose hacia atrás sobre dos bultos o crestas muy separados; tal frente que el cabello rojizo no puede caer sobre ella, sino que cae naturalmente hacia atrás y hacia los lados. Grandes ojos azul oscuro están colocados muy separados, y son rápidos y tiernos o severos según el estado de ánimo del hombre. Me dijo:
—Sra. Harker, ¿no es así? —Asentí con una inclinación de cabeza.
—¿Esa era la señorita Mina Murray? —Asentí de nuevo.
—Es a Mina Murray a quien vine a ver, que era amiga de esa pobre y querida niña Lucy Westenra. Señora Mina, es a causa de la muerta que vengo.
—Señor —dije—, no podría tener mejor derecho sobre mí que el hecho de que usted fue amigo y ayudante de Lucy Westenra. —Y le tendí la mano. Él la tomó y dijo con ternura:
—Oh, señora Mina, sabía que la amiga de esa pobre niña lirio debía ser buena, pero aún me faltaba aprender... —Terminó su discurso con una reverencia cortés. Le pregunté sobre qué quería verme, así que comenzó de inmediato:
—He leído sus cartas a la señorita Lucy. Perdóneme, pero tenía que empezar a indagar en algún lugar, y no había nadie a quien preguntar. Sé que usted estuvo con ella en Whitby. Ella a veces llevaba un diario —no necesita parecer sorprendida, señora Mina; comenzó después de que usted se fue, y fue hecho a imitación del suyo— y en ese diario ella rastrea por inferencia ciertas cosas hasta un sonambulismo en el que pone que usted la salvó. Con gran perplejidad entonces vengo a usted, y le pido, por su gran amabilidad, que me cuente todo lo que recuerda.
—Puedo decirle, creo, Dr. Van Helsing, todo al respecto.
—Ah, ¿entonces tiene una buena memoria para los hechos, para los detalles? No siempre es así con las jóvenes.
—No, doctor, pero lo escribí todo en su momento. Puedo enseñárselo si quiere.
—Oh, señora Mina, estaré agradecido; me hará un gran favor. —No pude resistir la tentación de desconcertarlo un poco —supongo que es algo del sabor de la manzana original que aún permanece en nuestras bocas— así que le entregué el diario en taquigrafía. Él lo tomó con una reverencia agradecida y dijo:
—¿Puedo leerlo?
—Si lo desea —respondí tan recatadamente como pude. Lo abrió, y por un instante su rostro se demudó. Luego se puso de pie e hizo una reverencia.
—¡Oh, usted mujer tan inteligente! —dijo—. Sabía desde hace mucho que el Sr. Jonathan era un hombre de mucha gratitud; pero vea, su esposa tiene todas las cosas buenas. ¿Y no me hará el honor y la ayuda de leerlo por mí? ¡Ay! No conozco la taquigrafía. —Para este momento, mi pequeña broma había terminado, y estaba casi avergonzada; así que tomé la copia mecanografiada de mi cesta de labor y se la entregué.
—Perdóneme —dije—: no pude evitarlo; pero había estado pensando que era sobre la querida Lucy sobre quien usted deseaba preguntar, y así, para que no tuviera que esperar —no por mi cuenta, sino porque sé que su tiempo debe ser precioso—, se lo he escrito en la máquina de escribir.
Él lo tomó, y sus ojos brillaron. —Usted es tan buena —dijo—. ¿Y puedo leerlo ahora? Puede que quiera preguntarle algunas cosas cuando haya leído.
—Por supuesto —dije—, léalo mientras ordeno el almuerzo; y luego podrá hacerme preguntas mientras comemos. —Él hizo una reverencia y se acomodó en una silla de espaldas a la luz, y se quedó absorto en los papeles, mientras yo iba a ocuparme del almuerzo, principalmente para que no fuera molestado. Cuando regresé, lo encontré caminando apresuradamente de un lado a otro de la habitación, su rostro ardiendo de emoción. Corrió hacia mí y me tomó por ambas manos.
—Oh, señora Mina —dijo—, ¿cómo puedo decir lo que le debo a usted? Este papel es como la luz del sol. Me abre la puerta. Estoy aturdido, deslumbrado, con tanta luz; y sin embargo, las nubes se arremolinan detrás de la luz cada vez. Pero eso usted no lo comprende, no puede comprenderlo. Oh, pero le estoy agradecido, mujer tan inteligente. Señora —dijo esto muy solemnemente—, si alguna vez Abraham Van Helsing puede hacer algo por usted o los suyos, confío en que me lo hará saber. Será un placer y una delicia si puedo servirla como amigo; como amigo, pero todo lo que he aprendido, todo lo que puedo hacer, será para usted y para aquellos a quienes ama. Hay oscuridades en la vida, y hay luces; usted es una de las luces. Tendrá una vida feliz y una buena vida, y su marido será bendecido en usted.
—Pero, doctor, me alaba demasiado, y... y no me conoce.
—¿No conocerla? ¡Yo, que soy viejo, y que he estudiado toda mi vida a hombres y mujeres; yo, que he hecho mi especialidad el cerebro y todo lo que le pertenece y todo lo que sigue de él! Y he leído su diario que ha escrito tan bien para mí, y que exhala verdad en cada línea. ¡Yo, que he leído su carta tan dulce a la pobre Lucy sobre su matrimonio y su confianza, no conocerla! Oh, señora Mina, las buenas mujeres cuentan toda su vida, y por día y por hora y por minuto, tales cosas que los ángeles pueden leer; y nosotros, los hombres que deseamos saber, tenemos en nosotros algo de los ojos de los ángeles. Su marido es de naturaleza noble, y usted también es noble, pues confía, y la confianza no puede existir donde hay una naturaleza mezquina. Y su marido... hábleme de él. ¿Está completamente bien? ¿Ha pasado toda esa fiebre, y es fuerte y vigoroso? —Vi aquí una oportunidad para preguntarle sobre Jonathan, así que dije:
—Casi se ha recuperado, pero ha estado muy alterado por la muerte del Sr. Hawkins. —Él interrumpió:
—Oh sí, lo sé, lo sé. He leído sus dos últimas cartas. —Continué:
—Supongo que esto lo alteró, pues cuando estuvimos en la ciudad el jueves pasado tuvo una especie de shock.
—¡Un shock, y después de una fiebre cerebral tan pronto! Eso no fue bueno. ¿Qué tipo de shock fue?
«Creía haber visto a alguien que le recordaba algo terrible, algo que provocó su fiebre cerebral». Y aquí toda la situación pareció abrumarme de golpe. La compasión por Jonathan, el horror que experimentó, el temible misterio de su diario al completo y el miedo que me ha estado rondando desde entonces, todo vino en un torbellino. Supongo que estaba histérica, pues me arrodillé, alcé mis manos hacia él y le supliqué que devolviera la salud a mi marido. Él tomó mis manos, me levantó, me hizo sentar en el sofá y se sentó a mi lado; mantuvo mi mano entre las suyas y me dijo con, oh, una dulzura tan infinita:
«Mi vida es estéril y solitaria, y tan llena de trabajo que no he tenido mucho tiempo para amistades; pero desde que he sido convocado aquí por mi amigo John Seward he conocido a tantas buenas personas y he visto tal nobleza que siento más que nunca —y ha crecido con mis años de madurez— la soledad de mi vida. Créame, pues, que vengo aquí lleno de respeto por usted, y me ha dado esperanza; esperanza no en lo que estoy buscando, sino en que todavía quedan buenas mujeres para hacer la vida feliz; buenas mujeres, cuyas vidas y cuyas verdades pueden ser una buena lección para los niños que han de venir. Me alegra, me alegra, poder serle aquí de alguna utilidad; pues si su marido sufre, sufre dentro del alcance de mi estudio y experiencia. Le prometo que haré con gusto todo lo que pueda por él; todo para hacer que su vida sea fuerte y varonil, y la suya una vida feliz. Ahora debe comer. Está extenuada y quizás demasiado ansiosa. Al marido Jonathan no le gustaría verla tan pálida; y lo que él no desea donde ama, no es para su bien. Por tanto, por su bien, debe comer y sonreír. Me ha contado todo sobre Lucy, y así que ahora no hablaremos de ello, no sea que le cause aflicción. Me quedaré en Exeter esta noche, pues quiero reflexionar sobre lo que me ha contado, y cuando haya reflexionado le haré preguntas, si me lo permite. Y entonces, también, me contará el problema del marido Jonathan hasta donde pueda, pero aún no. Debe comer ahora; después me lo contará todo».
Después de comer, cuando volvimos al salón, me dijo:
«Y ahora, cuénteme todo sobre él». Cuando llegó el momento de hablar ante este gran hombre culto, comencé a temer que me tomara por una tonta débil y a Jonathan por un loco —ese diario es todo tan extraño— y dudé en continuar. Pero él era tan dulce y amable, y había prometido ayudar, y confiaba en él, así que dije:
«Dr. Van Helsing, lo que tengo que contarle es tan raro que no debe reírse de mí ni de mi marido. He estado desde ayer en una especie de fiebre de dudas; debe ser amable conmigo y no pensar que soy una necia porque incluso he creído a medias algunas cosas muy extrañas». Él me tranquilizó con sus modales tanto como con sus palabras cuando dijo:
«Oh, querida, si solo supiera cuán extraño es el asunto respecto al cual estoy aquí, sería usted quien se reiría. He aprendido a no menospreciar la creencia de nadie, por muy extraña que sea. He intentado mantener una mente abierta; y no son las cosas ordinarias de la vida las que podrían cerrarla, sino las cosas extrañas, las cosas extraordinarias, las cosas que hacen que uno dude de si está loco o cuerdo».
«¡Gracias, gracias, mil veces! Me ha quitado un peso de encima. Si me lo permite, le daré un papel para que lo lea. Es largo, pero lo he pasado a máquina. Le contará mi problema y el de Jonathan. Es la copia de su diario cuando estuvo en el extranjero, y todo lo que sucedió. No me atrevo a decir nada al respecto; usted leerá por sí mismo y juzgará. Y entonces, cuando le vea, quizás, sea muy amable y me diga lo que piensa».
«Lo prometo», dijo mientras le entregaba los papeles; «mañana, tan pronto como pueda, vendré a verla a usted y a su marido, si me lo permite».
«Jonathan estará aquí a las once y media, y debe venir a comer con nosotros y verle entonces; podría tomar el tren rápido de las 3.34, que le dejará en Paddington antes de las ocho». Se sorprendió de mi conocimiento de los trenes así de pronto, pero no sabe que he anotado todos los trenes hacia y desde Exeter, para poder ayudar a Jonathan en caso de que tenga prisa.
Así que se llevó los papeles consigo y se fue, y yo me siento aquí pensando... pensando no sé qué.
Carta (a mano), Van Helsing a la Sra. Harker.
«25 de septiembre, a las 6 en punto.
«Estimada señora Mina:
«He leído el diario tan maravilloso de su marido. Puede dormir sin dudas. ¡Por extraño y terrible que sea, es cierto! Empeñaré mi vida en ello. Puede ser peor para otros; pero para él y para usted no hay temor. Es un noble caballero; y déjeme decirle por experiencia con los hombres, que quien hiciera lo que él hizo al bajar por ese muro y entrar en esa habitación —sí, e ir una segunda vez— no es alguien que pueda quedar dañado permanentemente por un shock. Su cerebro y su corazón están bien; esto lo juro, antes incluso de haberlo visto; así que esté tranquila. Tendré mucho que preguntarle sobre otras cosas. Me siento bendecido de que hoy venga a verla, pues he aprendido todo de golpe, tanto que de nuevo estoy deslumbrado; deslumbrado más que nunca, y debo pensar.
«Su más fiel, «Abraham Van Helsing».
Carta, Sra. Harker a Van Helsing.
«25 de septiembre, 6.30 p.m.
«Mi querido Dr. Van Helsing:
«Mil gracias por su amable carta, que me ha quitado un gran peso de encima. Y sin embargo, si es cierto, ¡qué cosas tan terribles hay en el mundo, y qué cosa tan espantosa si ese hombre, ese monstruo, está realmente en Londres! Temo pensarlo. He recibido en este momento, mientras escribía, un telegrama de Jonathan diciendo que sale en el tren de las 6.25 esta noche desde Launceston y que estará aquí a las 10.18, de modo que no tendré miedo esta noche. ¿Querría, por tanto, en lugar de comer con nosotros, venir a desayunar, a las ocho en punto, si esto no es demasiado temprano para usted? Puede marcharse, si tiene prisa, en el tren de las 10.30, que le llevará a Paddington a las 2.35. No responda a esto, ya que daré por hecho que, si no tengo noticias, vendrá a desayunar.
«Créame, «Su fiel y agradecida amiga, «Mina Harker».
Diario de Jonathan Harker.
26 de septiembre.—Pensé que nunca volvería a escribir en este diario, pero ha llegado el momento. Cuando llegué a casa anoche, Mina tenía la cena preparada, y cuando hubimos cenado me contó la visita de Van Helsing, y que ella le había dado los dos diarios copiados, y lo ansiosa que había estado por mí. Me mostró en la carta del doctor que todo lo que escribí era cierto. Parece haber hecho de mí un hombre nuevo. Fue la duda sobre la realidad de todo el asunto lo que me derribó. Me sentía impotente, y a oscuras, y desconfiado. Pero, ahora que lo sé, no tengo miedo, ni siquiera del Conde. Ha logrado después de todo su designio de llegar a Londres, y era él a quien vi. Se ha vuelto más joven, ¿y cómo? Van Helsing es el hombre para desenmascararlo y darle caza, si es algo parecido a lo que dice Mina. Nos sentamos hasta tarde y hablamos de todo. Mina se está vistiendo, y pasaré por el hotel en unos minutos y le traeré...
Creo que se sorprendió al verme. Cuando entré en la habitación donde estaba y me presenté, me tomó por el hombro y giró mi rostro hacia la luz, y dijo, tras un agudo escrutinio:
«Pero la señora Mina me dijo que usted estaba enfermo, que había tenido un shock». Era tan curioso oír a mi esposa llamada «señora Mina» por este anciano amable y de rostro fuerte. Sonreí y dije:
«Estuve enfermo, he tenido un shock; pero usted ya me ha curado».
«¿Y cómo?».
«Por su carta a Mina anoche. Estaba en duda, y entonces todo tomó un tinte de irrealidad, y no sabía qué confiar, ni siquiera en la evidencia de mis propios sentidos. Al no saber qué confiar, no sabía qué hacer; y así solo tuve que seguir trabajando en lo que hasta ahora había sido el surco de mi vida. El surco dejó de servirme y desconfié de mí mismo. Doctor, usted no sabe lo que es dudar de todo, incluso de usted mismo. No, no lo sabe; no podría con unas cejas como las suyas». Pareció complacido y se rio al decir:
«¡Así que! Usted es fisonomista. Aprendo más aquí con cada hora. Vendré con mucho placer a desayunar con ustedes; y, oh, señor, perdone los elogios de un viejo, pero usted es bendecido en su esposa». Escucharía cómo sigue alabando a Mina durante un día, así que simplemente asentí y permanecí en silencio.
«Ella es una de las mujeres de Dios, creada por Su propia mano para mostrarnos a los hombres y a otras mujeres que hay un cielo al que podemos entrar, y que su luz puede estar aquí en la tierra. Tan veraz, tan dulce, tan noble, tan poco egoísta —y eso, déjeme decirle, es mucho en esta época, tan escéptica y egoísta—. Y usted, señor, he leído todas las cartas a la pobre señorita Lucy y algunas de ellas hablan de usted, así que le conozco desde hace algunos días por el conocimiento de otros; pero he visto a su verdadero yo desde anoche. Me dará su mano, ¿no es así? Y seamos amigos durante toda nuestra vida».
Nos dimos la mano, y él era tan sincero y tan amable que me dejó bastante conmovido.
«Y ahora», dijo, «¿puedo pedirle más ayuda? Tengo una gran tarea que realizar, y al principio es saber. Usted puede ayudarme aquí. ¿Puede decirme qué ocurrió antes de su partida a Transilvania? Más adelante podré pedir más ayuda, y de un tipo diferente; pero al principio esto servirá».
«Mire, señor», dije, «¿lo que tiene que hacer concierne al Conde?».
«Lo hace», dijo solemnemente.
«Entonces estoy con usted de todo corazón. Como va en el tren de las 10.30, no tendrá tiempo de leerlos; pero iré a buscar el paquete de papeles. Puede llevárselos consigo y leerlos en el tren».
Después del desayuno le acompañé a la estación. Cuando nos despedíamos, dijo:
«Quizás venga a la ciudad si le envío a buscar, y traiga a la señora Mina también».
«Vendremos ambos cuando usted quiera», dije.
Le había conseguido los periódicos de la mañana y los periódicos de Londres de la noche anterior, y mientras hablábamos en la ventanilla del carruaje, esperando que el tren arrancara, él los estaba hojeando. Su ojo pareció de repente captar algo en uno de ellos, «The Westminster Gazette» —lo supe por el color— y se puso completamente blanco. Leyó algo intensamente, gimiendo para sí mismo: «¡Mein Gott! ¡Mein Gott! ¡Tan pronto! ¡Tan pronto!». No creo que se acordara de mí en ese momento. Justo entonces sonó el silbato y el tren se puso en marcha. Esto le recordó dónde estaba, y se inclinó por la ventanilla y agitó la mano, gritando: «Recuerdos a la señora Mina; escribiré tan pronto como pueda».
Diario del Dr. Seward.
26 de septiembre.—Verdaderamente no existe tal cosa como la finalidad. No hace ni una semana que dije «Finis», y sin embargo aquí estoy empezando de nuevo, o más bien continuando con el mismo registro. Hasta esta tarde no tuve causa para pensar en lo que está hecho. Renfield se había vuelto, a todos los efectos, tan cuerdo como siempre lo estuvo. Ya iba muy avanzado con su negocio de moscas; y acababa de empezar también con el de las arañas; así que no me había dado ningún problema. Tuve una carta de Arthur, escrita el domingo, y de ella deduzco que lo está llevando maravillosamente bien. Quincey Morris está con él, y eso es de gran ayuda, pues él mismo es un pozo burbujeante de buen ánimo. Quincey también me escribió unas líneas, y de él me entero de que Arthur está empezando a recuperar algo de su antigua vivacidad; así que en cuanto a ellos, mi mente está tranquila. En cuanto a mí, me estaba instalando en mi trabajo con el entusiasmo que solía tener por él, de modo que bien podría haber dicho que la herida que la pobre Lucy dejó en mí se estaba cicatrizando. Sin embargo, todo se ha reabierto ahora; y cuál será el final, solo Dios lo sabe. Tengo la idea de que Van Helsing cree que él también lo sabe, pero solo dejará escapar lo suficiente cada vez para avivar la curiosidad. Fue a Exeter ayer y se quedó allí toda la noche. Hoy ha vuelto, y casi entró de un salto en mi habitación sobre las cinco y media, y me puso el «Westminster Gazette» de anoche en la mano.
«¿Qué piensa de eso?», preguntó mientras se echaba atrás y se cruzaba de brazos.
Miré el periódico, pues realmente no sabía a qué se refería; pero me lo quitó y señaló un párrafo sobre niños siendo atraídos lejos en Hampstead. No me dijo mucho, hasta que llegué a un pasaje donde describía pequeñas heridas punzantes en sus gargantas. Una idea me golpeó y levanté la vista. «¿Y bien?», dijo.
«Es como la de la pobre Lucy».
«¿Y qué saca de ello?».
«Simplemente que hay alguna causa común. Lo que sea que la hirió a ella los ha herido a ellos». No entendí del todo su respuesta:
«Eso es cierto indirectamente, pero no directamente».
«¿Qué quiere decir, profesor?», pregunté. Estaba un poco inclinado a tomar su seriedad a la ligera —pues, después de todo, cuatro días de descanso y libertad de la ardiente y desgarradora ansiedad ayudan a restaurar el ánimo— pero cuando vi su rostro, me puso serio. Nunca, ni siquiera en medio de nuestra desesperación por la pobre Lucy, se había visto más severo.
«¡Dígame!», dije. «No puedo arriesgar ninguna opinión. No sé qué pensar, y no tengo datos sobre los que fundar una conjetura».
«¿Quiere decirme, amigo John, que no tiene sospechas sobre de qué murió la pobre Lucy; no después de todas las pistas dadas, no solo por los eventos, sino por mí?».
«De postración nerviosa tras una gran pérdida o desgaste de sangre».
«¿Y cómo se perdió o desgastó la sangre?». Sacudí la cabeza. Se acercó y se sentó a mi lado, y continuó:
«Usted es un hombre inteligente, amigo John; razona bien y su ingenio es audaz; pero está demasiado prejuiciado. No deja que sus ojos vean ni sus oídos oigan, y lo que está fuera de su vida diaria no tiene importancia para usted. ¿No cree que hay cosas que no puede entender, y sin embargo que son; que algunas personas ven cosas que otras no pueden? Pero hay cosas viejas y nuevas que no deben ser contempladas por los ojos de los hombres, porque saben —o creen saber— algunas cosas que otros hombres les han dicho. Ah, es la culpa de nuestra ciencia que quiere explicarlo todo; y si no explica, entonces dice que no hay nada que explicar. Pero, sin embargo, vemos a nuestro alrededor cada día el crecimiento de nuevas creencias, que se creen nuevas; y que son solo las viejas, que pretenden ser jóvenes —como las damas elegantes en la ópera—. Supongo que ahora usted no cree en la transferencia corpórea. ¿No? ¿Ni en la materialización? ¿No? ¿Ni en los cuerpos astrales? ¿No? ¿Ni en la lectura del pensamiento? ¿No? ¿Ni en el hipnotismo...?».
«Sí», dije. «Charcot ha demostrado eso bastante bien». Él sonrió mientras continuaba: «Entonces está satisfecho al respecto. ¿Sí? Y, por supuesto, entonces entiende cómo actúa, y puede seguir la mente del gran Charcot —¡ay, que ya no está más!— dentro del alma misma del paciente al que influye. ¿No? Entonces, amigo John, ¿he de entender que usted simplemente acepta el hecho, y se conforma con dejar que de la premisa a la conclusión sea un vacío? ¿No? Entonces dígame —pues soy estudiante del cerebro— cómo acepta el hipnotismo y rechaza la lectura del pensamiento. Déjeme decirle, amigo mío, que hay cosas que se hacen hoy en la ciencia eléctrica que habrían sido consideradas impías por los mismos hombres que descubrieron la electricidad —quienes habrían sido ellos mismos no hace mucho quemados como magos—. Siempre hay misterios en la vida. ¿Por qué fue que Matusalén vivió novecientos años, y el "Viejo Parr" ciento sesenta y nueve, y sin embargo esa pobre Lucy, con la sangre de cuatro hombres en sus pobres venas, no pudo vivir ni siquiera un día? Porque, si hubiera vivido un día más, podríamos haberla salvado. ¿Conoce todo el misterio de la vida y la muerte? ¿Conoce el conjunto de la anatomía comparada, y puede decir por qué las cualidades de los brutos están en algunos hombres, y no en otros? ¿Puede decirme por qué, cuando otras arañas mueren pequeñas y pronto, esa gran araña vivió durante siglos en la torre de la vieja iglesia española y creció y creció, hasta que, al descender, pudo beber el aceite de todas las lámparas de la iglesia? ¿Puede decirme por qué en las Pampas, sí, y en otros lugares, hay murciélagos que vienen de noche y abren las venas del ganado y los caballos y chupan hasta secar sus venas; cómo en algunas islas de los mares occidentales hay murciélagos que cuelgan de los árboles todo el día, que aquellos que han visto describen como nueces gigantes o vainas, y que cuando los marineros duermen en la cubierta, porque hace calor, revolotean sobre ellos, y luego... y luego por la mañana se encuentran hombres muertos, tan blancos como incluso la señorita Lucy estaba?».
«¡Dios santo, profesor!», dije, poniéndome en pie de un salto. «¿Quiere decirme que Lucy fue mordida por un murciélago así; y que tal cosa está aquí en Londres en el siglo diecinueve?». Él agitó su mano pidiendo silencio, y continuó:
«¿Puede decirme por qué la tortuga vive más tiempo que generaciones de hombres; por qué el elefante sigue y sigue hasta que ha visto dinastías; y por qué el loro nunca muere solo de mordedura de gato o perro u otra dolencia? ¿Puede decirme por qué los hombres creen en todas las épocas y lugares que hay unos pocos que viven siempre si se les permite; que hay hombres y mujeres que no pueden morir? Todos sabemos —porque la ciencia ha dado fe del hecho— que ha habido sapos encerrados en rocas durante miles de años, encerrados en un agujero tan pequeño que solo lo sostiene desde la juventud del mundo. ¿Puede decirme cómo el fakir indio puede hacerse morir y haber sido enterrado, y su tumba sellada y maíz sembrado en ella, y el maíz cosechado y cortado y sembrado y cosechado y cortado de nuevo, y luego vienen los hombres y quitan el sello intacto, y que allí yace el fakir indio, no muerto, sino que se levanta y camina entre ellos como antes?». Aquí le interrumpí. Estaba empezando a confundirme; amontonaba tanto en mi mente su lista de excentricidades de la naturaleza y posibles imposibilidades que mi imaginación se estaba encendiendo. Tenía una vaga idea de que me estaba enseñando alguna lección, como hacía hace mucho tiempo en su estudio en Ámsterdam; pero él solía contarme la cosa, de modo que yo pudiera tener el objeto de pensamiento en mente todo el tiempo. Pero ahora estaba sin su ayuda, sin embargo quería seguirle, así que dije:
«Profesor, permítame ser su alumno aventajado una vez más. Dígame la tesis, para que pueda aplicar sus conocimientos a medida que avanza. En este momento, mi mente salta de un punto a otro como la de un loco, no la de un cuerdo que sigue una idea. Me siento como un novato tropezando en un pantano entre la niebla, saltando de un montículo a otro en el ciego esfuerzo por seguir adelante sin saber a dónde voy».
«Esa es una buena imagen», dijo. «Bien, se lo diré. Mi tesis es esta: quiero que crea».
«¿Creer en qué?».
«Creer en cosas que no puede. Permítame ilustrarlo. Oí una vez hablar de un estadounidense que definía así la fe: “aquello que nos permite creer cosas que sabemos que son falsas”. Por mi parte, sigo a ese hombre. Quería decir que debemos tener una mente abierta y no permitir que un poco de verdad detenga el avance de una gran verdad, como una pequeña piedra hace con un vagón de ferrocarril. Primero obtenemos la verdad pequeña. ¡Bien! La conservamos y la valoramos; pero, a pesar de todo, no debemos dejar que se crea la única verdad del universo».
«Entonces quiere que no permita que alguna convicción previa perjudique la receptividad de mi mente con respecto a algún asunto extraño. ¿He entendido bien su lección?».
«Ah, sigue siendo mi alumno favorito. Vale la pena enseñarle. Ahora que está dispuesto a comprender, ha dado el primer paso para entender. ¿Piensa, pues, que esos agujeros tan pequeños en las gargantas de los niños fueron hechos por lo mismo que hizo el agujero en la señorita Lucy?».
«Supongo que sí». Él se puso en pie y dijo solemnemente:
«Entonces se equivoca. ¡Oh, ojalá fuera así! pero, por desgracia, no. Es peor, mucho, mucho peor».
«¡En nombre de Dios, profesor Van Helsing, qué quiere decir!», grité.
Se dejó caer en una silla con un gesto de desesperación y, apoyando los codos en la mesa, se cubrió el rostro con las manos mientras hablaba:
«¡Fueron hechos por la señorita Lucy!».
CAPÍTULO XV.
/Diario del Dr. Seward/--continuación.
Durante un momento, la pura ira me dominó; fue como si hubiera golpeado a Lucy en el rostro durante su vida. Golpeé la mesa con fuerza y me levanté mientras le decía:
«Dr. Van Helsing, ¿está usted loco?». Él levantó la cabeza y me miró, y de algún modo la ternura de su rostro me calmó al instante. «¡Ojalá lo estuviera!», dijo. «La locura sería fácil de soportar en comparación con una verdad como esta. Oh, amigo mío, ¿por qué cree que me he ido tanto por las ramas, por qué he tardado tanto en decirle una cosa tan sencilla? ¿Fue porque le odio y le he odiado toda mi vida? ¿Fue porque deseaba causarle dolor? ¿Fue porque quería, ahora tan tarde, vengarme de aquel tiempo en que usted me salvó la vida, y de una muerte terrible? ¡Ah, no!».
«Perdóneme», dije. Él continuó:
«Amigo mío, fue porque deseaba ser delicado al revelárselo, pues sé que usted ha amado a esa dama tan dulce. Pero aún no espero que crea. Es tan difícil aceptar de inmediato cualquier verdad abstracta, que podemos dudar de que tal cosa sea posible cuando siempre hemos creído en el “no” de la misma; es aún más difícil aceptar una verdad concreta tan triste, y sobre alguien como la señorita Lucy. Esta noche voy a probarlo. ¿Se atreve a venir conmigo?».
Esto me dejó desconcertado. A un hombre no le gusta probar tal verdad; a excepción de Byron, por celos.
«Y probar la misma verdad que más aborrecía».
Vio mi vacilación y habló:
«La lógica es sencilla, no es la lógica de un loco esta vez, saltando de montículo en montículo en una niebla espesa. Si no es verdad, entonces la prueba será un alivio; en el peor de los casos, no hará daño. ¡Si es verdad! Ah, ahí está el temor; sin embargo, el temor mismo debería ayudar a mi causa, pues en él hay cierta necesidad de creer. Venga, le diré lo que propongo: primero, que vayamos ahora mismo a ver a ese niño al hospital. El Dr. Vincent, del Hospital del Norte, donde los periódicos dicen que está el niño, es amigo mío, y creo que suyo desde que estaban en clase en Ámsterdam. Permitirá que dos científicos vean su caso, si no permite que lo hagan dos amigos. No le diremos nada, solo que deseamos aprender. Y entonces...».
«¿Y entonces?». Tomó una llave de su bolsillo y la levantó. «Y entonces pasaremos la noche, usted y yo, en el cementerio donde yace Lucy. Esta es la llave que cierra la tumba. Se la pedí al enterrador para dársela a Arthur». Mi corazón se hundió, pues sentí que nos aguardaba una terrible ordalía. Sin embargo, no podía hacer nada, así que saqué fuerzas de flaqueza y dije que sería mejor darnos prisa, ya que la tarde estaba pasando...
Encontramos al niño despierto. Había dormido y comido algo, y en general iba bien. El Dr. Vincent le quitó el vendaje de la garganta y nos mostró los pinchazos. No había duda de la similitud con los que habían estado en la garganta de Lucy. Eran más pequeños y los bordes parecían más frescos; eso era todo. Le preguntamos a Vincent a qué los atribuía, y respondió que debía haber sido la mordedura de algún animal, quizás una rata; pero, por su parte, se inclinaba a pensar que era uno de los murciélagos que abundan en las colinas del norte de Londres. «De tantos inofensivos», dijo, «puede haber algún espécimen salvaje del sur de una especie más maligna. Algún marinero puede haber traído uno a casa y logró escapar; o incluso del Jardín Zoológico puede haberse soltado uno joven, o haberse criado allí uno de un vampiro. Estas cosas ocurren, ya sabe. Hace solo diez días se escapó un lobo y, creo, fue rastreado en esta dirección. Durante una semana después, los niños no jugaban a otra cosa que a Caperucita Roja en el Heath y en cada callejón del lugar hasta que surgió este susto de la “dama bloofer”, desde entonces ha sido un tiempo de fiesta para ellos. Incluso esta pobre criatura, cuando se despertó hoy, le preguntó a la enfermera si podía irse. Cuando ella le preguntó por qué quería irse, dijo que quería jugar con la “dama bloofer”».
«Espero», dijo Van Helsing, «que cuando envíe al niño a casa advierta a sus padres que lo vigilen estrictamente. Estas ansias de vagar son peligrosas; y si el niño se quedara fuera otra noche, probablemente sería fatal. Pero, en cualquier caso, supongo que no lo dejará salir en algunos días».
«Ciertamente no, al menos durante una semana; más tiempo si la herida no ha sanado».
Nuestra visita al hospital tomó más tiempo del que habíamos calculado, y el sol se había ocultado antes de que saliéramos. Cuando Van Helsing vio lo oscuro que estaba, dijo:
«No hay prisa. Es más tarde de lo que pensaba. Vamos, busquemos algún lugar donde comer, y luego seguiremos nuestro camino».
Cenamos en “Jack Straw’s Castle” junto con un pequeño grupo de ciclistas y otros que eran alegremente ruidosos. Alrededor de las diez salimos de la posada. Estaba muy oscuro, y las lámparas dispersas hacían la oscuridad mayor una vez que estábamos fuera de su radio individual. El profesor evidentemente había tomado nota del camino que debíamos seguir, pues siguió adelante sin vacilar; pero en cuanto a mí, estaba hecho un lío en cuanto a la ubicación. A medida que avanzábamos, nos encontrábamos con menos gente, hasta que al final nos sorprendió encontrarnos incluso con la patrulla de la policía montada haciendo su ronda suburbana habitual. Finalmente llegamos al muro del cementerio, por el que trepamos. Con cierta dificultad —pues estaba muy oscuro y todo el lugar nos parecía tan extraño— encontramos la tumba de los Westenra. El profesor tomó la llave, abrió la chirriante puerta y, retrocediendo, cortésmente, pero de forma totalmente inconsciente, me hizo señas para que le precediera. Había una deliciosa ironía en la oferta, en la cortesía de dar preferencia en una ocasión tan espantosa. Mi compañero me siguió rápidamente y cerró cautelosamente la puerta tras asegurarse cuidadosamente de que la cerradura era de caída y no de resorte. En este último caso, habríamos estado en un aprieto. Luego hurgó en su bolsa y, sacando una caja de cerillas y un trozo de vela, procedió a hacer luz. La tumba durante el día, y cuando estaba adornada con flores frescas, había parecido bastante sombría y espeluznante; pero ahora, unos días después, cuando las flores colgaban lacias y muertas, sus blancos tornándose en óxido y sus verdes en marrones; cuando la araña y el escarabajo habían reanudado su dominio habitual; cuando la piedra descolorida por el tiempo, el mortero incrustado de polvo, el hierro oxidado y húmedo, el latón empañado y el plateado nublado devolvían el débil resplandor de una vela, el efecto era más miserable y sórdido de lo que se podría haber imaginado. Transmitía irresistiblemente la idea de que la vida —la vida animal— no era lo único que podía desaparecer.
Van Helsing realizó su trabajo sistemáticamente. Sosteniendo su vela para poder leer las placas de los ataúdes, y sosteniéndola de tal manera que el esperma caía en parches blancos que se congelaban al tocar el metal, se aseguró del ataúd de Lucy. Otro registro en su bolsa, y sacó un destornillador.
«¿Qué va a hacer?», pregunté.
«Abrir el ataúd. Usted todavía se convencerá». Inmediatamente comenzó a quitar los tornillos y finalmente levantó la tapa, mostrando la caja de plomo debajo. La visión fue casi demasiado para mí. Parecía ser un insulto a la muerta tanto como lo habría sido haberla desnudado mientras dormía en vida; de hecho, agarré su mano para detenerlo. Él solo dijo: «Ya verá», y hurgando de nuevo en su bolsa, sacó una pequeña sierra de marquetería. Clavando el destornillador a través del plomo con una rápida puñalada hacia abajo, que me hizo estremecer, hizo un pequeño agujero, que era, sin embargo, lo suficientemente grande como para admitir la punta de la sierra. Había esperado una salida de gases del cadáver de una semana. Nosotros, los médicos, que hemos tenido que estudiar nuestros peligros, tenemos que acostumbrarnos a tales cosas, y retrocedí hacia la puerta. Pero el profesor nunca se detuvo ni un momento; serró un par de pies a lo largo de un lado del ataúd de plomo, y luego a través, y hacia abajo por el otro lado. Tomando el borde de la brida suelta, lo dobló hacia el pie del ataúd y, sosteniendo la vela hacia la abertura, me hizo señas para que mirara.
Me acerqué y miré. El ataúd estaba vacío.
Fue ciertamente una sorpresa para mí, y me dio una conmoción considerable, pero Van Helsing estaba impasible. Ahora estaba más seguro que nunca de su terreno, y por tanto animado a continuar con su tarea. «¿Está satisfecho ahora, amigo John?», preguntó.
Sentí toda la obstinada argumentación de mi naturaleza despertar dentro de mí mientras le respondía:
«Estoy satisfecho de que el cuerpo de Lucy no esté en ese ataúd; pero eso solo prueba una cosa».
«¿Y qué es eso, amigo John?».
«Que no está allí».
«Esa es una buena lógica», dijo, «hasta donde llega. Pero, ¿cómo...? ¿cómo puede explicarse que no esté allí?».
«Quizás un profanador de tumbas», sugerí. «Puede que alguien del personal de la funeraria lo haya robado». Sentí que estaba diciendo una tontería, y sin embargo era la única causa real que podía sugerir. El profesor suspiró. «¡Ah, bueno!», dijo, «debemos tener más pruebas. Venga conmigo».
Volvió a colocar la tapa del ataúd, recogió todas sus cosas y las colocó en la bolsa, apagó la luz y puso la vela también en la bolsa. Abrimos la puerta y salimos. Detrás de nosotros cerró la puerta y la cerró con llave. Me entregó la llave, diciendo: «¿Quiere guardarla? Será mejor que esté seguro». Me reí —no fue una risa muy alegre, debo decir— mientras le hacía señas para que la guardara él. «Una llave no es nada», dije; «puede haber duplicados; y de todos modos no es difícil abrir una cerradura de ese tipo». Él no dijo nada, pero guardó la llave en su bolsillo. Luego me dijo que vigilara por un lado del cementerio mientras él vigilaba por el otro. Tomé mi lugar detrás de un tejo, y vi su figura oscura moverse hasta que las lápidas y los árboles intermedios la ocultaron de mi vista.
Fue una vigilia solitaria. Justo después de haber tomado mi lugar, escuché un reloj lejano dar las doce, y con el tiempo llegaron la una y las dos. Estaba helado y nervioso, y enfadado con el profesor por llevarme a tal encargo y conmigo mismo por venir. Estaba demasiado frío y demasiado somnoliento para ser observador, y no lo suficiente como para traicionar mi confianza; así que, en general, pasé un tiempo triste y miserable.
De repente, al girarme, me pareció ver algo como una racha blanca moviéndose entre dos tejos oscuros al lado del cementerio más alejado de la tumba; al mismo tiempo, una masa oscura se movió desde el lado del terreno del profesor y se dirigió apresuradamente hacia ella. Entonces yo también me moví; pero tuve que rodear lápidas y tumbas enrejadas, y tropecé con las sepulturas. El cielo estaba nublado, y en algún lugar lejano cantó un gallo temprano. Un poco más lejos, más allá de una línea de enebros dispersos, que marcaban el camino a la iglesia, una figura blanca y tenue revoloteó en dirección a la tumba. La tumba misma estaba oculta por los árboles, y no pude ver dónde desaparecía la figura. Escuché el crujido de movimiento real donde había visto por primera vez la figura blanca, y al acercarme, encontré al profesor sosteniendo en sus brazos a un niño pequeño. Cuando me vio, me lo tendió y dijo:
«¿Está satisfecho ahora?».
«No», dije, de una manera que sentí que era agresiva.
«¿No ve al niño?».
«Sí, es un niño, ¿pero quién lo trajo aquí? ¿Y está herido?», pregunté.
«Ya veremos», dijo el profesor, y con un solo impulso nos encaminamos fuera del cementerio, él cargando al niño dormido.
Cuando nos hubimos alejado un poco, entramos en un grupo de árboles, encendimos una cerilla y miramos la garganta del niño. Estaba sin un rasguño ni cicatriz de ningún tipo.
«¿Tenía razón?», pregunté triunfante.
«Llegamos justo a tiempo», dijo el profesor agradecido.
Ahora teníamos que decidir qué hacer con el niño, así que lo consultamos. Si lo llevábamos a una comisaría tendríamos que dar alguna explicación de nuestros movimientos durante la noche; al menos, tendríamos que haber hecho alguna declaración sobre cómo habíamos llegado a encontrar al niño. Así que finalmente decidimos llevarlo al Heath, y cuando oyéramos venir a un policía, lo dejaríamos donde no pudiera dejar de encontrarlo; luego buscaríamos nuestro camino a casa tan rápido como pudiéramos. Todo salió bien. Al borde de Hampstead Heath escuchamos el pesado paso de un policía y, dejando al niño en el camino, esperamos y observamos hasta que lo vio mientras hacía destellar su linterna de un lado a otro. Escuchamos su exclamación de asombro y luego nos fuimos en silencio. Por buena suerte conseguimos un coche cerca de “Spaniards” y fuimos a la ciudad.
No puedo dormir, así que hago esta entrada. Pero debo intentar dormir unas horas, ya que Van Helsing vendrá a buscarme al mediodía. Insiste en que vaya con él en otra expedición.
27 de septiembre.—Eran las dos cuando encontramos una oportunidad adecuada para nuestro intento. El funeral celebrado al mediodía había concluido, y los últimos rezagados de los dolientes se habían alejado perezosamente, cuando, mirando cuidadosamente desde detrás de un grupo de alisos, vimos al enterrador cerrar la puerta tras él. Sabíamos entonces que estábamos a salvo hasta la mañana si lo deseábamos; pero el profesor me dijo que no necesitaríamos más de una hora como máximo. Una vez más sentí esa horrible sensación de la realidad de las cosas, en la que cualquier esfuerzo de imaginación parecía fuera de lugar; y me di cuenta claramente de los peligros de la ley en los que estábamos incurriendo en nuestro trabajo profano. Además, sentía que todo era tan inútil. Tan indignante como era abrir un ataúd de plomo, para ver si una mujer muerta hacía casi una semana estaba realmente muerta, ahora parecía el colmo de la locura abrir la tumba de nuevo, cuando sabíamos, por la evidencia de nuestra propia vista, que el ataúd estaba vacío. Me encogí de hombros, sin embargo, y permanecí en silencio, pues Van Helsing tenía una forma de seguir su propio camino, sin importar quién protestara. Tomó la llave, abrió la bóveda y de nuevo cortésmente me hizo señas para que precediera. El lugar no era tan espantoso como la noche anterior, pero oh, qué aspecto tan indescriptiblemente mezquino tenía cuando la luz del sol entraba. Van Helsing caminó hacia el ataúd de Lucy, y yo lo seguí. Se inclinó y volvió a forzar la brida de plomo; y entonces una descarga de sorpresa y consternación me atravesó.
Allí yacía Lucy, aparentemente igual que la habíamos visto la noche anterior a su funeral. Estaba, si cabe, más radiantemente hermosa que nunca; y no podía creer que estuviera muerta. Los labios estaban rojos, más rojos que antes; y en las mejillas había un delicado rubor.
«¿Es esto un truco?», le dije.
«¿Está convencido ahora?», dijo el profesor en respuesta, y mientras hablaba puso su mano sobre ella, y de una manera que me hizo estremecer, tiró hacia atrás de los labios muertos y mostró los dientes blancos.
«Mire», continuó, «mire, son incluso más afilados que antes». Con esto y esto —y tocó uno de los caninos y el de abajo— «los niños pequeños pueden ser mordidos. ¿Es de la creencia ahora, amigo John?». Una vez más, la hostilidad argumentativa despertó dentro de mí. No podía aceptar una idea tan abrumadora como la que sugería; así que, con un intento de argumentar del que me avergonzaba incluso en ese momento, dije:
«Puede haber sido colocada aquí desde anoche».
«¿De verdad? Eso es así, ¿y por quién?».
«No lo sé. Alguien lo ha hecho».
«Y sin embargo, ha estado muerta una semana. La mayoría de la gente en ese tiempo no se vería así». No tuve respuesta para esto, así que me quedé en silencio. Van Helsing no pareció notar mi silencio; en cualquier caso, no mostró ni disgusto ni triunfo. Miraba intensamente el rostro de la mujer muerta, levantando los párpados y mirando los ojos, y una vez más abriendo los labios y examinando los dientes. Luego se volvió hacia mí y dijo:
«Aquí hay una cosa que es diferente de todo lo registrado: aquí hay una vida dual que no es como la común. Fue mordida por el vampiro cuando estaba en trance, sonámbula —oh, usted se sobresalta; usted no sabe eso, amigo John, pero lo sabrá todo más tarde— y en trance podía él venir mejor a tomar más sangre. En trance murió, y en trance ella es No-Muerta, también. Así es que ella difiere de todas las otras. Usualmente cuando los No-Muertos duermen en casa» —mientras hablaba hizo un barrido comprensivo de su brazo para designar lo que para un vampiro era “casa”— «sus caras muestran lo que son, pero esta tan dulce que-fue cuando no era No-Muerta, vuelve a las nadas de los muertos comunes. No hay malicia allí, mire, y así hace difícil que deba matarla en su sueño». Esto me heló la sangre, y comenzó a amanecer en mí que estaba aceptando las teorías de Van Helsing; pero si ella estaba realmente muerta, ¿qué había de terror en la idea de matarla? Me miró y, evidentemente, vio el cambio en mi rostro, pues dijo casi alegremente:
«Ah, ¿cree ahora?».
Respondí: «No me presione tanto de una vez. Estoy dispuesto a aceptar. ¿Cómo realizará este sangriento trabajo?».
«Cortaré su cabeza y llenaré su boca con ajo, y le clavaré una estaca en el cuerpo». Me hizo estremecer pensar en mutilar así el cuerpo de la mujer a quien había amado. Y, sin embargo, el sentimiento no era tan fuerte como había esperado. De hecho, comenzaba a estremecerme ante la presencia de este ser, este No-Muerto, como lo llamaba Van Helsing, y a sentir repugnancia por él. ¿Es posible que el amor sea todo subjetivo, o todo objetivo?
Esperé un tiempo considerable a que Van Helsing comenzara, pero permaneció como envuelto en pensamientos. Poco después, cerró el pestillo de su maletín con un chasquido y dijo:
«He estado pensando y he decidido qué es lo mejor. Si simplemente siguiera mi inclinación, haría ahora, en este momento, lo que hay que hacer; pero hay otras cosas que seguirán, y cosas que son mil veces más difíciles porque no las conocemos. Esto es sencillo. Ella todavía no ha arrebatado ninguna vida, aunque es cuestión de tiempo; y actuar ahora sería quitarle el peligro para siempre. Pero entonces quizá necesitemos a Arthur, ¿y cómo le contaremos esto? Si usted, que vio las heridas en la garganta de Lucy, y vio las heridas tan similares en la de la niña en el hospital; si usted, que vio el ataúd vacío anoche y lleno hoy con una mujer que no ha cambiado sino para estar más sonrosada y más hermosa una semana después de haber muerto; si usted sabe esto y sabe de la figura blanca de anoche que llevó a la niña al cementerio, y aun así, por sus propios sentidos, no lo creyó, ¿cómo, entonces, puedo esperar que Arthur, que no sabe nada de esas cosas, lo crea? Dudó de mí cuando lo aparté de su beso cuando ella estaba agonizando. Sé que me ha perdonado porque, por alguna idea equivocada, he hecho cosas que le impidieron despedirse como debía; y él puede pensar que, bajo alguna idea aún más equivocada, esta mujer fue enterrada viva; y que, en el mayor error de todos, la hemos matado. Él entonces argumentará que somos nosotros, los equivocados, quienes la hemos matado con nuestras ideas; y así será siempre muy desgraciado. Sin embargo, nunca podrá estar seguro; y eso es lo peor de todo. Y a veces pensará que a quien amaba la enterraron viva, y eso pintará sus sueños con horrores de lo que ella debió sufrir; y, de nuevo, pensará que quizá tengamos razón, y que su tan amada era, después de todo, una No-Muerta. ¡No! Se lo dije una vez, y desde entonces he aprendido mucho. Ahora, dado que sé que todo es verdad, cien mil veces más sé que él debe pasar por las aguas amargas para llegar a las dulces. Él, pobre muchacho, debe tener una hora que hará que el mismo rostro del cielo se le vuelva negro; entonces podremos actuar por el bien de todos y darle paz. Mi decisión está tomada. Vámonos. Usted regrese a casa esta noche a su manicomio, y asegúrese de que todo esté bien. En cuanto a mí, pasaré la noche aquí en este cementerio a mi manera. Mañana por la noche vendrá a verme al hotel Berkeley a las diez en punto. Enviaré a buscar a Arthur para que venga también, y también a ese joven tan fino de Estados Unidos que dio su sangre. Más tarde todos tendremos trabajo que hacer. Le acompañaré hasta Piccadilly y cenaré allí, pues debo estar de vuelta aquí antes de que el sol se ponga».
Así pues, cerramos la tumba y nos alejamos, saltamos el muro del cementerio, lo cual no fue gran esfuerzo, y volvimos en coche a Piccadilly.
*Nota dejada por Van Helsing en su maletín, en el hotel Berkeley, dirigida a John Seward, M.D.*
(No entregada.)
«27 de septiembre.
«Amigo John:
«Escribo esto en caso de que ocurriera algo. Voy solo a vigilar en ese cementerio. Me complace que la No-Muerta, la señorita Lucy, no salga esta noche, para que así, la noche de mañana, esté más ávida. Por tanto, fijaré algunas cosas que no le gustan —ajo y un crucifijo— y así sellaré la puerta de la tumba. Es joven como No-Muerta y hará caso. Además, esto es solo para evitar que salga; puede que no sirva para evitar que quiera entrar; pues entonces la No-Muerta está desesperada y debe encontrar el camino de menor resistencia, sea cual sea. Estaré cerca toda la noche, desde el ocaso hasta después del amanecer, y si hay algo que pueda aprenderse, lo aprenderé. Por la señorita Lucy, o de ella, no tengo miedo: pero ese otro, ante quien ella es No-Muerta, él tiene ahora el poder de buscar su tumba y encontrar refugio. Es astuto, como sé por el señor Jonathan y por la forma en que todo el tiempo nos ha engañado cuando jugaba con nosotros por la vida de la señorita Lucy, y perdimos; y de muchas maneras los No-Muertos son fuertes. Siempre tiene en su mano la fuerza de veinte hombres; incluso para nosotros cuatro, que dimos nuestra fuerza a la señorita Lucy, es todo para él. Además, puede invocar a su lobo y no sé qué más. Así que si ocurre que viene allí esta noche, me encontrará; pero nadie más lo hará, hasta que sea demasiado tarde. Pero puede ser que no intente acercarse al lugar. No hay razón para que lo haga; su coto de caza está más lleno de presas que el cementerio donde duerme la mujer No-Muerta y vigila un viejo.
«Por tanto, escribo esto por si acaso... Tome los papeles que acompañan a esto, los diarios de Harker y los demás, léalos, y luego encuentre a este gran No-Muerto, córtele la cabeza y queme su corazón o clávele una estaca, para que el mundo pueda descansar de él.
«Si así fuera, adiós.
«/Van Helsing./»
Diario del Dr. Seward.
28 de septiembre.—Es maravilloso lo que un buen sueño reparador puede hacer por uno. Ayer estaba casi dispuesto a aceptar las monstruosas ideas de Van Helsing; pero ahora parecen aparecer ante mí de forma truculenta, como ultrajes al sentido común. No me cabe duda de que él cree en todo ello. Me pregunto si su mente se habrá desquiciado de algún modo. Sin duda debe haber alguna explicación racional para todas estas cosas misteriosas. ¿Es posible que el profesor lo haya hecho él mismo? Es tan anormalmente inteligente que, si perdiera la cabeza, llevaría a cabo sus intenciones respecto a alguna idea fija de una manera maravillosa. Me resisto a pensarlo, y de hecho sería casi tan gran maravilla como la otra descubrir que Van Helsing estaba loco; pero, de cualquier modo, le vigilaré cuidadosamente. Quizá obtenga algo de luz sobre el misterio.
29 de septiembre, mañana... Anoche, un poco antes de las diez, Arthur y Quincey entraron en la habitación de Van Helsing; nos dijo a todos lo que quería que hiciéramos, pero dirigiéndose especialmente a Arthur, como si todas nuestras voluntades estuvieran centradas en la suya. Empezó diciendo que esperaba que todos viniéramos también con él, «pues», dijo, «hay un grave deber que cumplir allí. ¿Sin duda se sorprendieron por mi carta?». Esta pregunta iba dirigida directamente a Lord Godalming.
«Lo hice. Me perturbó un poco. Ha habido tantos problemas en mi casa últimamente que podría pasar sin más. También he tenido curiosidad por saber a qué se refiere. Quincey y yo lo comentamos; pero cuanto más hablábamos, más desconcertados quedábamos, hasta que ahora puedo decir por mi parte que estoy totalmente perdido respecto a cualquier significado sobre cualquier cosa».
«Yo también», dijo Quincey Morris lacónicamente.
«Oh», dijo el profesor, «entonces están más cerca del principio, ambos, que el amigo John aquí presente, que tiene que retroceder un largo camino antes de que pueda siquiera llegar a empezar».
Era evidente que reconocía mi regreso a mi antiguo estado de duda sin que yo dijera una palabra. Entonces, volviéndose hacia los otros dos, dijo con intensa gravedad:
«Quiero su permiso para hacer lo que creo bueno esta noche. Sé que es mucho pedir; y cuando sepan lo que me propongo hacer sabrán, y solo entonces, cuánto. Por lo tanto, ¿puedo pedirles que me lo prometan en la oscuridad, de modo que después, aunque puedan estar enfadados conmigo por un tiempo —no debo ocultarme la posibilidad de que así sea—, no se culpen por nada?».
«Eso es franco, al menos», interrumpió Quincey. «Yo respondo por el profesor. No veo muy bien su intención, pero juro que es honesto; y eso me basta».
«Se lo agradezco, señor», dijo Van Helsing con orgullo. «Me he tomado la libertad de considerarle un amigo de confianza, y tal respaldo me es muy querido». Tendió una mano, que Quincey tomó.
Entonces Arthur habló:
«Dr. Van Helsing, no me gusta mucho "comprar un cerdo en un saco", como dicen en Escocia, y si es algo en lo que mi honor como caballero o mi fe como cristiano está involucrado, no puedo hacer tal promesa. Si puede asegurarme que lo que pretende no viola ninguno de estos dos, entonces doy mi consentimiento de inmediato; aunque, por mi vida, no puedo entender a dónde quiere llegar».
«Acepto su limitación», dijo Van Helsing, «y todo lo que les pido es que, si sienten la necesidad de condenar alguno de mis actos, primero lo consideren bien y se aseguren de que no viola sus reservas».
«¡De acuerdo!», dijo Arthur; «es lo justo. Y ahora que las conversaciones han terminado, ¿puedo preguntar qué es lo que debemos hacer?».
«Quiero que vengan conmigo, y que vengan en secreto, al cementerio de Kingstead».
El rostro de Arthur se ensombreció cuando dijo con tono de asombro:
«¿Donde está enterrada la pobre Lucy?». El profesor asintió. Arthur continuó: «¿Y al llegar allí?».
«¡Entrar en la tumba!». Arthur se levantó.
«Profesor, ¿habla en serio; o es alguna broma monstruosa? Perdóneme, veo que habla en serio». Se sentó de nuevo, pero pude ver que se sentaba con firmeza y orgullo, como alguien que hace valer su dignidad. Hubo silencio hasta que volvió a preguntar:
«¿Y al estar en la tumba?».
«Abrir el ataúd».
«¡Esto es demasiado!», dijo, levantándose de nuevo con ira. «Estoy dispuesto a ser paciente en todas las cosas razonables; pero en esto... esta profanación de la tumba... de alguien que...». Se quedó prácticamente sin aliento por la indignación. El profesor le miró con compasión.
«Si pudiera ahorrarle un solo dolor, mi pobre amigo», dijo, «Dios sabe que lo haría. Pero esta noche nuestros pies deben caminar por senderos espinosos; o más tarde, y para siempre, ¡los pies que usted ama deberán caminar por senderos de fuego!».
Arthur levantó la vista con el rostro pálido y tenso y dijo:
«¡Tenga cuidado, señor, tenga cuidado!».
«¿No sería bueno escuchar lo que tengo que decir?», dijo Van Helsing. «Y entonces al menos conocerá el límite de mi propósito. ¿Sigo?».
«Eso es bastante justo», intervino Morris.
Tras una pausa, Van Helsing continuó, evidentemente con esfuerzo:
«La señorita Lucy está muerta; ¿no es así? ¡Sí! Entonces no puede haber daño para ella. Pero si no está muerta...».
Arthur saltó de su asiento.
«¡Dios mío!», gritó. «¿Qué quiere decir? ¿Ha habido algún error; ha sido enterrada viva?». Gimió con una angustia que ni siquiera la esperanza podía suavizar.
«No dije que estuviera viva, hijo mío; no lo pensé. Solo llego a decir que podría ser una No-Muerta».
«¡No-Muerta! ¡No viva! ¿Qué quiere decir? ¿Es esto una pesadilla, o qué es?».
«Hay misterios que los hombres solo pueden adivinar, que edad tras edad solo pueden resolver en parte. Créame, estamos ahora al borde de uno. Pero no he terminado. ¿Puedo cortar la cabeza de la muerta señorita Lucy?».
«¡Cielo santo, no!», gritó Arthur en un arrebato de pasión. «Ni por todo el oro del mundo consentiré ninguna mutilación de su cuerpo muerto. Dr. Van Helsing, me pone a prueba demasiado. ¿Qué le he hecho para que deba torturarme así? ¿Qué hizo esa pobre y dulce muchacha para que quiera lanzar tal deshonra sobre su tumba? ¿Está loco por decir tales cosas, o estoy loco yo por escucharlas? No se atreva a pensar más en tal profanación; no daré mi consentimiento a nada de lo que haga. Tengo el deber de proteger su tumba de ultrajes; y, por Dios, ¡lo haré!».
Van Helsing se levantó de donde había estado sentado todo el tiempo y dijo, grave y severamente:
«Lord Godalming, yo también tengo un deber que cumplir, un deber hacia los demás, un deber hacia usted, un deber hacia los muertos; y, por Dios, ¡lo haré! Todo lo que le pido ahora es que venga conmigo, que mire y escuche; y si más tarde, cuando haga la misma petición, usted no está más ansioso por cumplirla incluso que yo, entonces... entonces cumpliré con mi deber, sea cual sea el que me parezca. Y entonces, para seguir los deseos de su señoría, me pondré a su disposición para rendirle cuentas, cuándo y dónde quiera». Su voz se quebró un poco y continuó con un acento lleno de compasión:
«Pero, le ruego, no se marche enfadado conmigo. En una larga vida de actos que a menudo no fueron agradables de hacer, y que a veces me retorcieron el corazón, nunca he tenido una tarea tan pesada como esta. Créame que si llega el momento en que cambie de opinión hacia mí, una mirada suya borrará toda esta hora tan triste, pues haría lo que un hombre pueda para salvarle del dolor. Piénselo. ¿Por qué iba a darme tanto trabajo y tanta pena? He venido aquí desde mi propia tierra para hacer todo el bien que pueda; al principio para complacer a mi amigo John, y luego para ayudar a una dulce joven a quien, también, llegué a amar. Por ella... me avergüenza decir tanto, pero lo digo con bondad... di lo que usted dio: la sangre de mis venas; la di yo, que no era, como usted, su amante, sino solo su médico y su amigo. Le di mis noches y mis días... antes de la muerte, después de la muerte; y si mi muerte puede hacerle algún bien incluso ahora, cuando ella es la muerta No-Muerta, la tendrá libremente». Dijo esto con un orgullo muy grave y dulce, y Arthur se sintió muy afectado por ello. Tomó la mano del anciano y dijo con voz quebrada:
«Oh, es difícil pensarlo, y no puedo entenderlo; pero al menos iré con usted y esperaré».
CAPÍTULO XVI.
/Diario del Dr. Seward/—continuación.
Era justo un cuarto antes de las doce cuando entramos en el cementerio saltando el muro bajo. La noche estaba oscura, con ocasionales destellos de luz de luna entre las grietas de las pesadas nubes que corrían por el cielo. Todos nos mantuvimos de algún modo muy juntos, con Van Helsing ligeramente al frente mientras abría camino. Cuando estuvimos cerca de la tumba, miré bien a Arthur, pues temía que la proximidad a un lugar cargado de un recuerdo tan doloroso le perturbara; pero se comportó bien. Supuse que el mismo misterio del procedimiento tendía de algún modo a contrarrestar su dolor. El profesor abrió la puerta y, viendo una vacilación natural entre nosotros por varias razones, resolvió la dificultad entrando él primero. El resto le seguimos y cerró la puerta. Entonces encendió una linterna sorda y señaló el ataúd. Arthur dio un paso adelante vacilante; Van Helsing me dijo:
«Usted estuvo conmigo aquí ayer. ¿Estaba el cuerpo de la señorita Lucy en ese ataúd?».
«Lo estaba». El profesor se volvió hacia los demás, diciendo:
«Escuchan; y, sin embargo, hay uno que no cree conmigo». Tomó su destornillador y quitó de nuevo la tapa del ataúd. Arthur observaba, muy pálido pero silencioso; cuando se retiró la tapa, dio un paso adelante. Evidentemente, no sabía que había un ataúd de plomo o, al menos, no había pensado en ello. Cuando vio la rotura en el plomo, la sangre le subió al rostro por un instante, pero desapareció tan rápido como llegó, de modo que permaneció con una palidez cadavérica; seguía en silencio. Van Helsing forzó hacia atrás el reborde de plomo, y todos miramos dentro y retrocedimos.
¡El ataúd estaba vacío!
Durante varios minutos nadie dijo una palabra. El silencio fue roto por Quincey Morris:
«Profesor, yo respondí por usted. Su palabra es todo lo que quiero. No pediría tal cosa normalmente... no le deshonraría tanto como para insinuar una duda; pero esto es un misterio que va más allá de cualquier honor o deshonra. ¿Es esto obra suya?».
«Les juro por todo lo que considero sagrado que no la he movido ni tocado. Lo que ocurrió fue esto: hace dos noches mi amigo Seward y yo vinimos aquí... con buen propósito, créanme. Abrí ese ataúd, que estaba entonces sellado, y lo encontramos, como ahora, vacío. Entonces esperamos y vimos algo blanco venir a través de los árboles. Al día siguiente vinimos aquí a plena luz del día, y ella yacía allí. ¿No es así, amigo John?».
«Sí».
«Aquella noche llegamos justo a tiempo. Faltaba una niña pequeña más, y la encontramos, gracias a Dios, ilesa entre las tumbas. Ayer vine aquí antes de la puesta del sol, pues al ponerse el sol los No-Muertos pueden moverse. Esperé aquí toda la noche hasta que salió el sol, pero no vi nada. Lo más probable es que fuera porque había colocado sobre los cierres de esas puertas ajo, que los No-Muertos no pueden soportar, y otras cosas que evitan. La noche pasada no hubo éxodo, así que esta noche, antes de la puesta del sol, retiré mi ajo y otras cosas. Y así es como encontramos este ataúd vacío. Pero tengan paciencia conmigo. Hasta aquí hay mucho de extraño. Esperen conmigo fuera, invisibles e inauditos, y vendrán cosas mucho más extrañas. Así pues» —aquí cerró la corredera de su linterna—, «ahora hacia el exterior». Abrió la puerta y salimos en fila, él el último, cerrando la puerta tras de sí.
¡Oh!, pero parecía fresco y puro en el aire nocturno tras el terror de aquella cripta. Qué dulce era ver las nubes pasar a toda prisa, y los breves destellos de la luz de la luna entre las nubes que se desplazaban y cruzaban —como la alegría y la tristeza de la vida de un hombre—; qué dulce era respirar el aire fresco, que no tenía rastro de muerte ni de podredumbre; qué humanizador ver el resplandor rojo del cielo tras la colina, y escuchar a lo lejos el rugido amortiguado que marca la vida de una gran ciudad. Cada uno a su manera estaba solemne y sobrecogido. Arthur guardaba silencio y, podía verlo, se esforzaba por comprender el propósito y el sentido oculto del misterio. Yo mismo estaba bastante paciente, y medio inclinado de nuevo a dejar de lado la duda y aceptar las conclusiones de Van Helsing. Quincey Morris era flemático al modo de un hombre que acepta todas las cosas, y las acepta con espíritu de fría valentía, arriesgando todo lo que tiene que apostar. Al no poder fumar, se cortó un buen pedazo de tabaco y comenzó a mascarlo. En cuanto a Van Helsing, estaba ocupado de una manera definida. Primero sacó de su bolsa una masa de lo que parecía una galleta delgada, como una oblea, que estaba cuidadosamente envuelta en una servilleta blanca; después sacó un puñado doble de alguna sustancia blanquecina, como masa o masilla. Desmenuzó la oblea finamente y la trabajó en la masa entre sus manos. Luego tomó esto y, enrollándolo en tiras finas, comenzó a colocarlas en las rendijas entre la puerta y su marco en la tumba. Estaba algo desconcertado por esto, y al estar cerca, le pregunté qué era lo que estaba haciendo. Arthur y Quincey también se acercaron, pues ellos también sentían curiosidad. Él respondió:
—Estoy cerrando la tumba, para que el No-Muerto no pueda entrar.
—¿Y eso que has puesto ahí va a servir? —preguntó Quincey—. ¡Santo cielo! ¿Es esto un juego?
—Lo es.
—¿Qué es eso que estás usando? —Esta vez la pregunta fue de Arthur. Van Helsing se quitó el sombrero con reverencia al responder:
—La Hostia. La traje de Ámsterdam. Tengo una indulgencia. —Fue una respuesta que horrorizó al más escéptico de nosotros, y sentimos individualmente que, ante un propósito tan serio como el del Profesor, un propósito que podía usar así lo que para él era lo más sagrado de las cosas, era imposible desconfiar. En respetuoso silencio ocupamos los lugares asignados cerca de la tumba, pero ocultos de la vista de cualquiera que se acercara. Me compadecía de los demás, especialmente de Arthur. Yo mismo había sido iniciado por mis anteriores visitas en este horror de vigilancia; y, sin embargo, yo, que hasta hace una hora había repudiado las pruebas, sentía que el corazón se me hundía en el pecho. Nunca las tumbas parecieron tan espantosamente blancas; nunca el ciprés, el tejo o el enebro parecieron tanto la encarnación de la tristeza funeraria; nunca un árbol o la hierba se agitaron o susurraron tan ominosamente; nunca una rama crujió tan misteriosamente; y nunca el aullido lejano de los perros envió un presagio tan funesto a través de la noche.
Hubo un largo período de silencio, un gran vacío doloroso, y luego, del Profesor, un agudo «¡S-s-s-s!». Señaló; y muy abajo, en la avenida de tejos, vimos avanzar una figura blanca, una figura blanca y tenue que sostenía algo oscuro en el pecho. La figura se detuvo, y en ese momento un rayo de luna cayó entre las masas de nubes que se desplazaban y mostró con sorprendente prominencia a una mujer de cabello oscuro, vestida con las mortajas de la tumba. No podíamos ver el rostro, pues estaba inclinado sobre lo que vimos que era un niño de cabello claro. Hubo una pausa y un grito pequeño y agudo, como el que da un niño al dormir, o un perro mientras yace ante el fuego y sueña. Estábamos a punto de lanzarnos hacia adelante, pero la mano de advertencia del Profesor, vista por nosotros mientras permanecía detrás de un tejo, nos contuvo; y entonces, mientras mirábamos, la figura blanca volvió a moverse hacia adelante. Estaba ahora lo suficientemente cerca para que la viéramos con claridad, y la luz de la luna aún se mantenía. Mi propio corazón se volvió frío como el hielo, y pude oír el jadeo de Arthur, al reconocer las facciones de Lucy Westenra. Lucy Westenra, pero sin embargo, ¡qué cambiada! La dulzura se había transformado en una crueldad adamantina y despiadada, y la pureza en lascivia voluptuosa. Van Helsing salió, y, obedientes a su gesto, todos avanzamos también; los cuatro nos alineamos ante la puerta de la tumba. Van Helsing levantó su linterna y corrió la corredera; por la luz concentrada que caía sobre el rostro de Lucy, pudimos ver que los labios estaban carmesíes de sangre fresca, y que el hilo había escurrido por su barbilla y manchado la pureza de su mortaja de lino.
Nos estremecimos de horror. Pude ver por la luz trémula que incluso los nervios de hierro de Van Helsing habían fallado. Arthur estaba a mi lado, y si no le hubiera agarrado del brazo y sostenido, habría caído.
Cuando Lucy —llamo a la cosa que estaba ante nosotros Lucy porque tenía su forma— nos vio, retrocedió con un gruñido airado, como el que da un gato cuando es tomado por sorpresa; luego sus ojos recorrieron a todos nosotros. Los ojos de Lucy en forma y color; pero los ojos de Lucy inmundos y llenos de fuego infernal, en lugar de los orbes puros y gentiles que conocíamos. En ese momento, el resto de mi amor se convirtió en odio y repugnancia; si ella debía ser asesinada entonces, podría haberlo hecho con salvaje deleite. Mientras miraba, sus ojos brillaron con luz impía, y el rostro se cubrió con una sonrisa voluptuosa. ¡Oh, Dios, cómo me hizo estremecer verlo! Con un movimiento descuidado, arrojó al suelo, insensible como un demonio, al niño que hasta ese momento había sujetado con fuerza contra su pecho, gruñendo sobre él como un perro gruñe sobre un hueso. El niño dio un grito agudo y quedó allí gimiendo. Había una frialdad en el acto que arrancó un gemido de Arthur; cuando ella avanzó hacia él con los brazos extendidos y una sonrisa lasciva, él retrocedió y ocultó su rostro entre las manos.
Ella siguió avanzando, sin embargo, y con una gracia lánguida y voluptuosa, dijo:
—Ven a mí, Arthur. Deja a estos otros y ven a mí. Mis brazos están hambrientos de ti. Ven, y podemos descansar juntos. ¡Ven, mi esposo, ven!
Había algo diabólicamente dulce en sus tonos —algo del tintineo del cristal al ser golpeado— que resonó en el cerebro incluso de nosotros, que oíamos las palabras dirigidas a otro. En cuanto a Arthur, parecía estar bajo un hechizo; retirando las manos de su rostro, abrió ampliamente los brazos. Ella estaba saltando hacia ellos, cuando Van Helsing saltó hacia adelante y sostuvo entre ambos su pequeño crucifijo de oro. Ella retrocedió ante él y, con el rostro repentinamente distorsionado, lleno de rabia, pasó de largo junto a él como si quisiera entrar en la tumba.
Cuando estuvo a un pie o dos de la puerta, sin embargo, se detuvo como si fuera arrestada por alguna fuerza irresistible. Entonces se volvió, y su rostro se mostró en el claro estallido de la luz de la luna y por la lámpara, que ahora no tenía temblor alguno por los nervios de hierro de Van Helsing. Nunca vi tal malicia frustrada en un rostro; y nunca, confío, volverá a ser vista por ojos mortales. El hermoso color se volvió lívido, los ojos parecían lanzar chispas de fuego infernal, las cejas estaban arrugadas como si los pliegues de la carne fueran los anillos de las serpientes de Medusa, y la hermosa boca manchada de sangre se convirtió en un cuadrado abierto, como en las máscaras de pasión de los griegos y los japoneses. Si alguna vez un rostro significó muerte —si las miradas pudieran matar—, la vimos en ese momento.
Y así, durante medio minuto largo, que pareció una eternidad, permaneció entre el crucifijo levantado y el cierre sagrado de su medio de entrada. Van Helsing rompió el silencio preguntando a Arthur:
—¡Respóndeme, oh, amigo mío! ¿Debo proseguir en mi trabajo?
Arthur se arrojó de rodillas y ocultó su rostro entre las manos, mientras respondía:
—Haz lo que quieras, amigo; haz lo que quieras. ¡No puede haber horror como este nunca más! —y gimió en espíritu. Quincey y yo nos movimos simultáneamente hacia él y lo sujetamos de los brazos. Pudimos oír el chasquido de la linterna al cerrarse mientras Van Helsing la bajaba; acercándose a la tumba, comenzó a retirar de las rendijas parte del emblema sagrado que había colocado allí. Todos contemplamos con horrorizado asombro cómo, cuando él se apartó, la mujer, con un cuerpo corpóreo tan real en ese momento como el nuestro, pasaba a través del intersticio por donde apenas habría podido pasar la hoja de un cuchillo. Todos sentimos una alegre sensación de alivio cuando vimos al Profesor restaurando con calma las tiras de masilla en los bordes de la puerta.
Cuando esto estuvo hecho, levantó al niño y dijo:
—Venid ahora, amigos míos; no podemos hacer más hasta mañana. Hay un funeral al mediodía, así que todos vendremos aquí poco después de eso. Los amigos de los muertos se habrán ido todos para las dos, y cuando el sepulturero cierre la puerta, nos quedaremos. Entonces hay más que hacer; pero no como esto de esta noche. En cuanto a este pequeño, no tiene mucho daño, y para mañana por la noche estará bien. Lo dejaremos donde la policía lo encontrará, como la otra noche; y luego a casa. —Acercándose a Arthur, dijo:
—Mi amigo Arthur, has tenido una dura prueba; pero después, cuando mires hacia atrás, verás cómo era necesario. Estás ahora en las aguas amargas, hijo mío. Para esta hora de mañana, si Dios quiere, las habrás pasado y habrás bebido de las aguas dulces; así que no te aflijas demasiado. Hasta entonces no te pediré que me perdones.
Arthur y Quincey vinieron a casa conmigo, y tratamos de animarnos unos a otros en el camino. Habíamos dejado al niño a salvo, y estábamos cansados; así que todos dormimos con más o menos realidad de sueño.
29 de septiembre, noche.—Un poco antes de las doce, los tres —Arthur, Quincey Morris y yo— fuimos a buscar al Profesor. Fue curioso notar que, por consentimiento común, todos nos habíamos puesto ropa negra. Por supuesto, Arthur vestía de negro, pues estaba de luto riguroso, pero el resto de nosotros lo llevábamos por instinto. Llegamos al cementerio a la una y media, y paseamos por allí, manteniéndonos fuera de la observación oficial, de modo que cuando los sepultureros terminaron su tarea, y el sepulturero, bajo la creencia de que todos se habían ido, cerró la puerta, tuvimos el lugar para nosotros solos. Van Helsing, en lugar de su pequeña bolsa negra, llevaba una larga bolsa de cuero, algo parecida a una bolsa de críquet; era manifiestamente de buen peso.
Cuando estuvimos solos y oímos cómo se apagaban los últimos pasos camino arriba, seguimos en silencio, y como si fuera por orden, al Profesor hacia la tumba. Él abrió la puerta y entramos, cerrándola tras de nosotros. Luego sacó de su bolsa la linterna, que encendió, y también dos velas de cera, que, cuando estuvieron encendidas, pegó, fundiendo sus propios extremos, sobre otros ataúdes, para que dieran luz suficiente para trabajar. Cuando volvió a levantar la tapa del ataúd de Lucy, todos miramos —Arthur temblando como un álamo— y vimos que el cuerpo yacía allí en toda su belleza de muerte. Pero no había amor en mi propio corazón, nada más que repugnancia por la cosa inmunda que había tomado la forma de Lucy sin su alma. Pude ver incluso que el rostro de Arthur se endurecía mientras miraba. Poco después le dijo a Van Helsing:
—¿Es este realmente el cuerpo de Lucy, o solo un demonio bajo su forma?
—Es su cuerpo, y sin embargo no lo es. Pero espera un poco, y la verás tal como era, y es.
Parecía una pesadilla de Lucy mientras yacía allí; los dientes puntiagudos, la boca voluptuosa manchada de sangre —que hacía estremecer a cualquiera al verla—, toda la apariencia carnal y desprovista de espíritu, parecía una burla diabólica de la dulce pureza de Lucy. Van Helsing, con su meticulosidad, comenzó a sacar los diversos contenidos de su bolsa y a colocarlos listos para su uso. Primero sacó un soldador y algo de soldadura de plomo, y luego una pequeña lámpara de aceite, que desprendía, cuando se encendía en un rincón de la tumba, un gas que ardía con un calor feroz con una llama azul; luego sus cuchillos de operación, que colocó a mano; y por último una estaca de madera redonda, de unas dos o tres pulgadas de grosor y unos tres pies de largo. Un extremo estaba endurecido por el carbonizado en el fuego, y afilado hasta una punta fina. Con esta estaca venía un martillo pesado, como los que se usan en las casas en el sótano de carbón para romper los terrones. Para mí, los preparativos de un médico para trabajar de cualquier tipo son estimulantes y fortalecedores, pero el efecto de estas cosas tanto en Arthur como en Quincey fue causarles una especie de consternación. Ambos, sin embargo, mantuvieron su coraje y permanecieron en silencio y tranquilos.
Cuando todo estuvo listo, Van Helsing dijo:
—Antes de hacer nada, dejadme deciros esto; está fuera de la tradición y la experiencia de los antiguos y de todos aquellos que han estudiado los poderes del No-Muerto. Cuando se convierten en tales, llega con el cambio la maldición de la inmortalidad; no pueden morir, sino que deben seguir edad tras edad añadiendo nuevas víctimas y multiplicando los males del mundo; pues todos los que mueren por la depredación de los No-Muertos se convierten ellos mismos en No-Muertos, y depredan a los de su especie. Y así el círculo continúa siempre ensanchándose, como las ondas de una piedra lanzada al agua. Amigo Arthur, si hubieras encontrado ese beso que conoces antes de que la pobre Lucy muriera; o de nuevo, anoche, cuando abriste tus brazos hacia ella, hubieras a su tiempo, cuando hubieras muerto, convertido en nosferatu, como lo llaman en Europa Oriental, y harías todo el tiempo más de esos No-Muertos que así nos han llenado de horror. La carrera de esta tan desdichada querida dama apenas ha comenzado. Esos niños cuya sangre ella succiona no están todavía tan mal; pero si ella sigue viviendo, No-Muerta, más y más pierden su sangre, y por su poder sobre ellos vienen a ella; y así ella extrae su sangre con esa boca tan malvada. Pero si ella muere en verdad, entonces todo cesa; las diminutas heridas de las gargantas desaparecen, y vuelven a sus juegos sin saber jamás de lo que ha sido. Pero de lo más bendito de todo, cuando este ahora No-Muerto sea hecho descansar como verdadero muerto, entonces el alma de la pobre dama a quien amamos será de nuevo libre. En lugar de hacer maldad por la noche y volverse más degradada en la asimilación de ella durante el día, tomará su lugar con los otros Ángeles. Así que, amigo mío, será una mano bendita para ella la que aseste el golpe que la libere. A esto estoy dispuesto; pero ¿no hay ninguno entre nosotros que tenga un derecho mejor? ¿No será ninguna alegría pensar en el futuro en el silencio de la noche cuando el sueño no llega: "Fue mi mano la que la envió a las estrellas; fue la mano del que la amó más; la mano que de todas ella misma habría elegido, de haberle tocado a ella elegir"? Decidme si hay tal uno entre nosotros.
Todos miramos a Arthur. Él vio también, lo que todos nosotros, la infinita bondad que sugería que la suya fuera la mano que devolvería a Lucy a nosotros como un recuerdo santo, y no uno impío; dio un paso adelante y dijo valientemente, aunque su mano temblaba y su rostro estaba tan pálido como la nieve:
—Mi verdadero amigo, desde el fondo de mi corazón roto te agradezco. ¡Dime qué debo hacer, y no flaquearé! —Van Helsing puso una mano sobre su hombro y dijo:
—¡Valiente muchacho! Un momento de valor, y está hecho. Esta estaca debe ser clavada a través de ella. Será una terrible ordalía —no te engañes en eso—, pero será solo por un corto tiempo, y entonces te regocijarás más de lo que tu dolor fue grande; de esta sombría tumba emergerás como si caminaras sobre el aire. Pero no debes flaquear una vez que hayas comenzado. Solo piensa que nosotros, tus verdaderos amigos, estamos a tu alrededor, y que rezamos por ti todo el tiempo.
—Adelante —dijo Arthur con voz ronca—. Dime qué debo hacer.
—Toma esta estaca en tu mano izquierda, lista para colocar la punta sobre el corazón, y el martillo en la derecha. Entonces, cuando comencemos nuestra oración por los muertos —yo la leeré, tengo aquí el libro, y los otros seguirán—, golpea en nombre de Dios, para que todo esté bien con el muerto que amamos, y que el No-Muerto pase.
Arthur tomó la estaca y el martillo, y una vez que su mente estuvo puesta en la acción, sus manos nunca temblaron ni se agitaron. Van Helsing abrió su misal y comenzó a leer, y Quincey y yo seguimos lo mejor que pudimos. Arthur colocó la punta sobre el corazón, y mientras miraba, pude ver su marca en la carne blanca. Entonces golpeó con todas sus fuerzas.
La cosa en el ataúd se retorció; y un chillido espantoso, que helaba la sangre, salió de los labios rojos abiertos. El cuerpo se sacudió y se estremeció y se retorció en contorsiones salvajes; los dientes blancos y afilados chocaron juntos hasta que los labios se cortaron y la boca se manchó con una espuma carmesí. Pero Arthur nunca flaqueó. Parecía una figura de Thor mientras su brazo, sin temblar, se alzaba y caía, clavando más y más profundamente la estaca portadora de misericordia, mientras la sangre del corazón atravesado brotaba y salía a borbotones a su alrededor. Su rostro estaba firme, y el alto deber parecía brillar a través de él; la vista de esto nos dio coraje, de modo que nuestras voces parecían resonar a través de la pequeña cripta.
Y entonces el retorcimiento y el estremecimiento del cuerpo disminuyeron, y los dientes dejaron de chocar, y el rostro de estremecerse. Finalmente, quedó quieto. La terrible tarea había terminado.
El martillo cayó de la mano de Arthur. Se tambaleó y habría caído si no lo hubiéramos sostenido. Grandes gotas de sudor brotaron en su frente, y su aliento salía en jadeos entrecortados. Había sido, en verdad, una tensión horrible para él; y si no hubiera sido forzado a su tarea por consideraciones más que humanas, nunca podría haberlo logrado. Durante unos minutos estuvimos tan ocupados con él que no miramos hacia el ataúd. Cuando lo hicimos, sin embargo, un murmullo de sorpresa sobresaltada corrió de uno a otro de nosotros. Miramos con tanta avidez que Arthur se levantó, pues había estado sentado en el suelo, y vino y miró también; y entonces una luz alegre y extraña brilló sobre su rostro y disipó por completo la sombra de horror que yacía sobre él.
Allí, en el ataúd, ya no yacía la cosa inmunda que tanto habíamos temido y llegado a odiar que el trabajo de su destrucción fue cedido como un privilegio al que mejor tenía derecho a ello, sino Lucy tal como la habíamos visto en su vida, con su rostro de dulzura y pureza inigualables. Es cierto que allí estaban, como los habíamos visto en vida, los rastros de cuidado y dolor y desgaste; pero todos estos eran queridos para nosotros, pues marcaban su verdad a lo que conocíamos. Todos y cada uno sentimos que la calma sagrada que yacía como luz del sol sobre el rostro y la forma desgastados era solo una muestra terrenal y símbolo de la calma que iba a reinar para siempre.
Van Helsing vino y puso su mano sobre el hombro de Arthur, y le dijo:
—Y ahora, Arthur, amigo mío, querido muchacho, ¿no soy perdonado?
La reacción de la terrible tensión llegó mientras tomaba la mano del anciano en la suya, y elevándola a sus labios, la presionó, y dijo:
«¡Perdonado! Que Dios le bendiga por haber devuelto a mi amada su alma, y a mí la paz». Puso sus manos sobre los hombros del Profesor y, apoyando la cabeza en su pecho, lloró durante un rato en silencio, mientras nosotros permanecíamos inmóviles. Cuando alzó la cabeza, Van Helsing le dijo:
«Y ahora, hijo mío, puedes besarla. Besa sus labios muertos si lo deseas, tal como ella querría que hicieras, si estuviera en su mano elegir. Pues ya no es un demonio que muestra los dientes, ni es ya una Cosa inmunda por toda la eternidad. Ya no es la No-Muerta del diablo. ¡Es la verdadera muerta de Dios, cuya alma está con Él!».
Arthur se inclinó y la besó, y entonces hicimos que él y Quincey salieran de la tumba; el Profesor y yo serramos la parte superior de la estaca, dejando la punta clavada en el cuerpo. Después cortamos la cabeza y llenamos la boca con ajo. Soldamos el ataúd de plomo, atornillamos la tapa y, recogiendo nuestras pertenencias, nos alejamos. Cuando el Profesor cerró la puerta con llave, le entregó la llave a Arthur.
Afuera el aire era dulce, el sol brillaba y los pájaros cantaban, y parecía como si toda la naturaleza estuviera afinada en una nota distinta. Había alegría, regocijo y paz por todas partes, pues nosotros mismos estábamos en calma por una razón, y nos sentíamos felices, aunque fuera con una alegría moderada.
Antes de marcharnos, Van Helsing dijo:
«Ahora, mis amigos, un paso de nuestra labor está dado, el más angustioso para nosotros. Pero queda una tarea mayor: descubrir al autor de toda esta nuestra pena y aniquilarlo. Tengo pistas que podemos seguir; pero es una tarea larga y difícil, y hay peligro en ella, y dolor. ¿No me ayudarán todos? Hemos aprendido a creer, todos nosotros, ¿no es así? Y siendo así, ¿no vemos nuestro deber? ¡Sí! ¿Y no prometemos seguir hasta el amargo final?».
Uno tras otro, tomamos su mano, y la promesa fue hecha. Entonces dijo el Profesor mientras nos alejábamos:
«Dentro de dos noches se reunirán conmigo y cenarán juntos a las siete con el amigo John. Invitaré a otros dos, dos que aún no conocen; y estaré listo para mostrar todo nuestro trabajo y revelar nuestros planes. Amigo John, venga conmigo a casa, pues tengo mucho que consultar y usted puede ayudarme. Esta noche parto hacia Ámsterdam, pero volveré mañana por la noche. Y entonces comienza nuestra gran búsqueda. Pero primero tendré mucho que decir, para que sepan lo que hay que hacer y lo que hay que temer. Entonces nuestra promesa será renovada entre nosotros; pues nos espera una tarea terrible, y una vez que ponemos los pies en la reja del arado, no debemos volver atrás».
CAPÍTULO XVII.
/Diario del Dr. Seward/--continuación.
Cuando llegamos al hotel Berkeley, Van Helsing encontró un telegrama esperándole:
«Voy para allá en tren. Jonathan en Whitby. Noticias importantes.--/Mina Harker./»
El Profesor estaba encantado. «Ah, esa maravillosa señora Mina», dijo, «¡perla entre las mujeres! Ella llega, pero yo no puedo quedarme. Debe ir a su casa, amigo John. Debe recibirla en la estación. Envíele un telegrama en ruta para que esté preparada».
Cuando el despacho fue enviado, se tomó una taza de té; mientras lo hacía, me habló de un diario que llevó Jonathan Harker cuando estaba en el extranjero y me dio una copia mecanografiada del mismo, así como del diario de la señora Harker en Whitby. «Tome esto», dijo, «y estúdielo bien. Cuando haya regresado usted será dueño de todos los hechos, y podremos entonces entrar mejor en nuestra inquisición. Guárdelos bien, pues hay en ellos mucho tesoro. Necesitará toda su fe, incluso usted, que ha tenido una experiencia como la de hoy. Lo que aquí se cuenta», puso su mano pesada y gravemente sobre el paquete de papeles mientras hablaba, «puede ser el principio del fin para usted, para mí y para muchos otros; o puede sonar la sentencia de los No-Muertos que caminan sobre la tierra. Lea todo, se lo ruego, con la mente abierta; y si puede añadir algo a la historia aquí contada, hágalo, pues es sumamente importante. Usted ha llevado un diario de todas estas cosas tan extrañas, ¿no es así? ¡Sí! Entonces revisaremos todo esto juntos cuando nos reunamos». Luego se preparó para su partida y poco después se marchó hacia Liverpool Street. Yo me dirigí a Paddington, donde llegué unos quince minutos antes de que entrara el tren.
La multitud se dispersó al estilo bullicioso común de los andenes de llegada; y empezaba a sentirme inquieto, temiendo no encontrar a mi invitada, cuando una joven de rostro dulce y aspecto delicado se acercó a mí y, tras una rápida mirada, dijo: «¿El Dr. Seward, no es así?».
«¡Y usted es la señora Harker!», respondí de inmediato; tras lo cual ella me tendió la mano.
«Le reconocí por la descripción de la pobre y querida Lucy; pero...» Se detuvo de repente, y un rápido rubor cubrió su rostro.
El rubor que subió a mis propias mejillas nos tranquilizó de alguna manera a ambos, pues era una respuesta tácita a la suya. Recogí su equipaje, que incluía una máquina de escribir, y tomamos el metro hacia Fenchurch Street, después de haber enviado un telegrama a mi ama de llaves para que preparara de inmediato una sala de estar y un dormitorio para la señora Harker.
A su debido tiempo llegamos. Ella sabía, por supuesto, que el lugar era un manicomio, pero pude ver que no fue capaz de reprimir un ligero estremecimiento al entrar.
Me dijo que, si podía, vendría pronto a mi despacho, pues tenía mucho que decir. Así que aquí estoy terminando mi entrada en mi diario de fonógrafo mientras la espero. Todavía no he tenido la oportunidad de mirar los papeles que Van Helsing me dejó, aunque yacen abiertos frente a mí. Debo hacer que se interese por algo para que pueda tener la oportunidad de leerlos. Ella no sabe cuán precioso es el tiempo, o qué tarea tenemos entre manos. Debo tener cuidado de no asustarla. ¡Aquí está!
/Diario de Mina Harker./
29 de septiembre.--Después de asearme, bajé al despacho del Dr. Seward. A la puerta hice una pausa un momento, pues me pareció oírle hablar con alguien. Como, sin embargo, me había pedido que fuera rápida, llamé a la puerta, y tras su aviso de «Adelante», entré.
Para mi intensa sorpresa, no había nadie con él. Estaba completamente solo, y sobre la mesa frente a él había lo que supe al instante, por la descripción, que era un fonógrafo. Nunca había visto uno y estaba muy interesada.
«Espero no haberle hecho esperar», dije; «pero me quedé a la puerta al oírle hablar y pensé que había alguien con usted».
«Oh», respondió con una sonrisa, «solo estaba grabando mi diario».
«¿Su diario?», le pregunté sorprendida.
«Sí», respondió. «Lo llevo en esto». Mientras hablaba puso su mano sobre el fonógrafo. Me sentí muy emocionada por ello y solté:
«¡Vaya, esto supera incluso a la taquigrafía! ¿Puedo oírle decir algo?».
«Ciertamente», respondió con prontitud, y se levantó para ponerlo en marcha. Entonces hizo una pausa, y una mirada de preocupación cubrió su rostro.
«El hecho es», comenzó con torpeza, «que solo guardo mi diario en él; y como es enteramente... casi enteramente... sobre mis casos, puede ser incómodo... es decir, quiero decir...». Se detuvo, e intenté ayudarle a salir de su embarazo:
«Usted ayudó a atender a la querida Lucy al final. Déjeme oír cómo murió; por todo lo que pueda saber de ella, estaré muy agradecida. Era muy, muy querida para mí».
Para mi sorpresa, respondió, con una mirada de horror en su rostro:
«¿Contarle de su muerte? ¡Ni por todo el oro del mundo!».
«¿Por qué no?», pregunté, pues un sentimiento grave y terrible se apoderaba de mí. De nuevo hizo una pausa, y pude ver que intentaba inventar una excusa. Al final balbuceó:
«Verá, no sé cómo elegir ninguna parte en particular del diario». Incluso mientras hablaba, una idea le vino a la mente, y dijo con inconsciente sencillez, con una voz diferente y la ingenuidad de un niño: «Eso es muy cierto, bajo mi palabra. ¡Palabra de honor!». No pude evitar sonreír, ante lo cual él hizo una mueca. «¡Me delaté esa vez!», dijo. «¿Pero sabe que, aunque he llevado el diario durante meses, nunca se me ocurrió cómo iba a encontrar una parte concreta si quisiera buscarla?». Para entonces ya había decidido que el diario de un médico que atendió a Lucy podría tener algo que añadir a la suma de nuestro conocimiento de ese terrible Ser, y dije con audacia:
«Entonces, Dr. Seward, será mejor que me deje pasarlo a limpio para usted en mi máquina de escribir». Se puso de una palidez mortal al decir:
«¡No! ¡No! ¡No! ¡Por nada del mundo dejaría que supiera esa terrible historia!».
Entonces era terrible; ¡mi intuición era correcta! Por un momento reflexioné, y mientras mis ojos recorrían la habitación, buscando inconscientemente algo o alguna oportunidad que me ayudara, se posaron sobre el gran paquete de mecanografiados en la mesa. Sus ojos captaron la mirada en los míos y, sin pensarlo, siguieron su dirección. Al ver el paquete, comprendió a qué me refería.
«Usted no me conoce», dije. «Cuando haya leído esos papeles... mi propio diario y el de mi marido también, que he mecanografiado... me conocerá mejor. No he flaqueado en entregar cada pensamiento de mi propio corazón a esta causa; pero, por supuesto, usted no me conoce... todavía; y no debo esperar que confíe tanto en mí».
Es ciertamente un hombre de naturaleza noble; la pobre y querida Lucy tenía razón sobre él. Se levantó y abrió un gran cajón, en el que estaban dispuestos en orden varios cilindros huecos de metal cubiertos con cera oscura, y dijo:
«Tiene toda la razón. No confié en usted porque no la conocía. Pero ahora la conozco; y déjeme decirle que debería haberla conocido hace mucho tiempo. Sé que Lucy le habló de mí; ella también me habló de usted. ¿Puedo hacer la única reparación que está en mi poder? Tome los cilindros y escúchelos; la primera media docena son personales y no la horrorizarán; entonces me conocerá mejor. La cena estará lista para entonces. Mientras tanto, leeré algunos de estos documentos y podré entender mejor ciertas cosas». Él mismo llevó el fonógrafo a mi sala de estar y lo ajustó para mí. Ahora aprenderé algo agradable, estoy segura; pues me contará el otro lado de un episodio de amor verdadero del cual ya conozco una parte...
Diario del Dr. Seward.
29 de septiembre.--Estaba tan absorto en ese maravilloso diario de Jonathan Harker y en el otro de su esposa que dejé pasar el tiempo sin pensar. La señora Harker no había bajado cuando la criada vino a anunciar la cena, así que dije: «Posiblemente esté cansada; que la cena espere una hora»; y continué con mi trabajo. Acababa de terminar el diario de la señora Harker cuando ella entró. Se veía dulcemente hermosa, pero muy triste, y tenía los ojos enrojecidos de tanto llorar. Esto me conmovió mucho. Últimamente he tenido motivos para llorar, ¡Dios sabe! pero el alivio de las lágrimas me fue negado; y ahora la vista de esos dulces ojos, iluminados por lágrimas recientes, fue directo a mi corazón. Así que dije tan suavemente como pude:
«Mucho me temo que la he angustiado».
«Oh no, no me ha angustiado», respondió, «pero me he sentido más conmovida de lo que puedo decir por su dolor. Esa es una máquina maravillosa, pero es cruelmente veraz. Me contó, en sus mismos tonos, la angustia de su corazón. Fue como un alma clamando al Dios todopoderoso. ¡Nadie debe oír sus palabras nunca más! Mire, he intentado ser útil. He copiado las palabras en mi máquina de escribir, y nadie más necesita ahora oír latir su corazón, como lo hice yo».
«Nadie necesita saber nunca, nadie sabrá nunca», dije en voz baja. Ella puso su mano sobre la mía y dijo muy gravemente:
«Ah, ¡pero deben!».
«¡Deben! ¿Pero por qué?», pregunté.
«Porque es parte de la terrible historia, parte de la muerte de la pobre y querida Lucy y de todo lo que llevó a ella; porque en la lucha que tenemos ante nosotros para librar a la tierra de este terrible monstruo debemos tener todo el conocimiento y toda la ayuda que podamos conseguir. Creo que los cilindros que me dio contenían más de lo que pretendía que yo supiera; pero puedo ver que hay en su registro muchas luces sobre este oscuro misterio. Me dejará ayudar, ¿verdad? Sé todo hasta cierto punto, y ya veo, aunque su diario solo me llevó hasta el 7 de septiembre, cómo la pobre Lucy fue acosada y cómo se estaba fraguando su terrible destino. Jonathan y yo hemos estado trabajando día y noche desde que el profesor Van Helsing nos vio. Él se ha ido a Whitby para obtener más información y estará aquí mañana para ayudarnos. No necesitamos tener secretos entre nosotros; trabajando juntos y con absoluta confianza, sin duda podemos ser más fuertes que si algunos de nosotros estuviéramos a oscuras». Me miró de forma tan suplicante y, al mismo tiempo, manifestó tal valor y resolución en su proceder, que cedí de inmediato a sus deseos. «Lo hará», dije, «haga lo que quiera al respecto. ¡Que Dios me perdone si hago mal! Hay cosas terribles que todavía hay que conocer; pero si ha viajado tan lejos en el camino hacia la muerte de la pobre Lucy, no se conformará, lo sé, con permanecer en la oscuridad. Más aún, el final... el mismo final... puede darle un rayo de paz. Venga, ahí está la cena. Debemos mantenernos fuertes el uno al otro para lo que tenemos delante; tenemos una tarea cruel y espantosa. Cuando haya comido sabrá el resto, y responderé a cualquier pregunta que haga, si hay algo que no entienda, aunque fuera evidente para nosotros que estuvimos presentes».
/Diario de Mina Harker./
29 de septiembre.--Después de cenar vine con el Dr. Seward a su despacho. Él trajo el fonógrafo de mi habitación y yo tomé mi máquina de escribir. Me colocó en una silla cómoda y arregló el fonógrafo para que pudiera tocarlo sin levantarme, y me mostró cómo detenerlo en caso de que quisiera hacer una pausa. Entonces se sentó pensativamente en una silla, dándome la espalda para que yo pudiera estar lo más libre posible, y comenzó a leer. Puse el metal bifurcado en mis oídos y escuché.
Cuando la terrible historia de la muerte de Lucy y... y todo lo que siguió terminó, me recosté en mi silla, sin fuerzas. Afortunadamente no soy de las que se desmayan. Cuando el Dr. Seward me vio, saltó con una exclamación de horror y, tomando apresuradamente una botella de un armario, me dio un poco de brandy, lo cual en pocos minutos me restauró un poco. Mi cerebro era un torbellino, y si no fuera porque, a través de toda la multitud de horrores, vino el rayo de luz sagrada de que mi querida, querida Lucy estaba por fin en paz, no creo que hubiera podido soportarlo sin montar una escena. Todo es tan salvaje, misterioso y extraño que si no hubiera conocido la experiencia de Jonathan en Transilvania no podría haberlo creído. Tal como estaban las cosas, no sabía qué creer, así que salí de mi dificultad ocupándome de otra cosa. Quité la cubierta de mi máquina de escribir y dije al Dr. Seward:
«Déjeme escribir todo esto ahora. Debemos estar listos para cuando llegue el Dr. Van Helsing. He enviado un telegrama a Jonathan para que venga aquí cuando llegue a Londres desde Whitby. En este asunto las fechas lo son todo, y creo que si preparamos todo nuestro material y ponemos cada detalle en orden cronológico, habremos hecho mucho. Usted me dice que Lord Godalming y el Sr. Morris también vienen. Seamos capaces de contárselo cuando lleguen». Él puso el fonógrafo a un ritmo lento y comencé a escribir desde el principio del séptimo cilindro. Usé papel carbón y saqué tres copias del diario, tal como había hecho con todo lo demás. Era tarde cuando terminé, pero el Dr. Seward salió a cumplir con su trabajo de visitar a los pacientes; cuando terminó, regresó y se sentó cerca de mí, leyendo, para que no me sintiera demasiado sola mientras trabajaba. Qué bueno y atento es; el mundo parece lleno de buenos hombres, aunque haya monstruos en él. Antes de dejarle, recordé lo que Jonathan puso en su diario sobre la perturbación del Profesor al leer algo en un periódico vespertino en la estación de Exeter; así que, viendo que el Dr. Seward guarda sus periódicos, pedí prestados los archivos de «The Westminster Gazette» y «The Pall Mall Gazette» y me los llevé a mi habitación. Recuerdo cuánto nos ayudaron «The Dailygraph» y «The Whitby Gazette», de los cuales había hecho recortes, a entender los terribles sucesos de Whitby cuando desembarcó el Conde Drácula, así que echaré un vistazo a los periódicos vespertinos desde entonces, y tal vez obtenga alguna nueva luz. No tengo sueño, y el trabajo me ayudará a mantenerme tranquila.
Diario del Dr. Seward.
30 de septiembre.--El Sr. Harker llegó a las nueve en punto. Había recibido el telegrama de su esposa justo antes de partir. Es extraordinariamente inteligente, si uno puede juzgar por su rostro, y lleno de energía. Si su diario es veraz (y, a juzgar por las maravillosas experiencias propias, debe serlo), también es un hombre de gran entereza. Bajar a la cripta por segunda vez fue un acto de audacia notable. Después de leer su relato, estaba preparado para encontrar un buen espécimen de hombre, pero apenas al caballero tranquilo y profesional que vino hoy.
Más tarde.--Después del almuerzo, Harker y su esposa regresaron a su habitación, y mientras pasaba hace un rato, oí el clic de la máquina de escribir. Están trabajando duro. La señora Harker dice que están uniendo en orden cronológico cada fragmento de evidencia que tienen. Harker ha conseguido las cartas entre el destinatario de las cajas en Whitby y los transportistas en Londres que se hicieron cargo de ellas. Ahora está leyendo el mecanografiado de mi diario que hizo su esposa. Me pregunto qué sacarán de él. Aquí está...
¡Es extraño que nunca se me ocurriera que la casa de al lado pudiera ser el escondite del Conde! ¡Dios sabe que tuvimos suficientes pistas por la conducta del paciente Renfield! El paquete de cartas relacionadas con la compra de la casa estaba con el mecanografiado. Oh, si las hubiéramos tenido antes, ¡podríamos haber salvado a la pobre Lucy! Basta; ese camino conduce a la locura. Harker ha vuelto y está de nuevo cotejando su material. Dice que para la hora de la cena podrán mostrar una narración completa y conectada. Cree que mientras tanto debería ver a Renfield, ya que hasta ahora ha sido una especie de índice de las idas y venidas del Conde. Apenas veo esto todavía, pero cuando llegue a las fechas supongo que lo haré. ¡Qué bueno que la señora Harker mecanografió mis cilindros! De lo contrario nunca hubiéramos podido encontrar las fechas...
Encontré a Renfield sentado plácidamente en su habitación con las manos cruzadas, sonriendo con benevolencia. En ese momento parecía tan cuerdo como cualquiera que haya visto jamás. Me senté y hablé con él de muchos temas, todos los cuales trató con naturalidad. Luego, por iniciativa propia, habló de volver a casa, un tema que, hasta donde yo sé, nunca había mencionado durante su estancia aquí. De hecho, habló con bastante confianza de obtener pronto su alta. Creo que, de no haber tenido la charla con Harker y haber leído las cartas y las fechas de sus arrebatos, habría estado dispuesto a firmar su alta tras un breve periodo de observación. Tal como están las cosas, sospecho profundamente. Todos aquellos brotes estaban de alguna manera vinculados a la proximidad del Conde. ¿Qué significa entonces esta absoluta satisfacción? ¿Podría ser que su instinto esté satisfecho respecto al triunfo final del vampiro? Espera; él mismo es zoófago, y en sus delirios salvajes frente a la puerta de la capilla de la casa abandonada siempre hablaba de un «amo». Todo esto parece confirmar nuestra idea. Sin embargo, después de un rato me marché; mi amigo está un poco demasiado cuerdo en este momento como para que sea seguro sondearlo con demasiadas preguntas. Podría empezar a pensar, ¡y entonces...! Así que me fui. Desconfío de estos estados de ánimo tranquilos; por ello, le he dado instrucciones al celador para que lo vigile de cerca y tenga preparada una camisa de fuerza en caso de necesidad.
Diario de Jonathan Harker.
29 de septiembre, en el tren hacia Londres.—Cuando recibí el cortés mensaje del señor Billington de que me daría cualquier información que estuviera en su poder, pensé que lo mejor era ir a Whitby y realizar allí mismo las averiguaciones que necesitaba. Mi objetivo ahora era rastrear ese horrendo cargamento del Conde hasta su destino en Londres. Más adelante, tal vez podamos lidiar con ello. El joven Billington, un muchacho agradable, me recibió en la estación y me llevó a casa de su padre, donde habían decidido que debía pasar la noche. Son hospitalarios, con la verdadera hospitalidad de Yorkshire: le dan al invitado todo lo que tiene y lo dejan libre para hacer lo que quiera. Todos sabían que estaba ocupado y que mi estancia sería breve, y el señor Billington tenía listos en su despacho todos los documentos relativos al envío de las cajas. Sentí un vuelco al ver de nuevo una de las cartas que había visto en la mesa del Conde antes de conocer sus planes diabólicos. Todo había sido cuidadosamente pensado y hecho de forma sistemática y precisa. Parecía haber estado preparado para cualquier obstáculo que pudiera interponerse accidentalmente en el cumplimiento de sus intenciones. Por usar un americanismo, «no había dejado nada al azar», y la absoluta exactitud con la que se cumplieron sus instrucciones fue simplemente el resultado lógico de su cuidado. Vi el albarán y tomé nota: «Cincuenta cajas de tierra común, para ser utilizadas con fines experimentales». También la copia de la carta a Carter Paterson y su respuesta; de ambas obtuve copias. Fue toda la información que el señor Billington pudo darme, así que fui al puerto y hablé con los guardacostas, los funcionarios de Aduanas y el capitán del puerto. Todos tenían algo que decir sobre la extraña entrada del barco, que ya está ocupando su lugar en la tradición local; pero nadie pudo añadir nada a la sencilla descripción: «Cincuenta cajas de tierra común». Entonces vi al jefe de estación, quien amablemente me puso en contacto con los hombres que habían recibido realmente las cajas. Su recuento coincidía exactamente con la lista, y no tenían nada que añadir salvo que las cajas eran «tremendamente pesadas» y que moverlas era un trabajo que daba mucha sed. Uno de ellos añadió que era una faena que no hubiera ningún caballero «como usted, señor», que mostrara algún tipo de agradecimiento por sus esfuerzos en forma líquida; otro añadió que la sed que aquello provocó fue tal que ni siquiera el tiempo transcurrido la había calmado por completo. Ni que decir tiene que, antes de irme, me ocupé de eliminar, para siempre y de forma adecuada, este motivo de queja.
30 de septiembre.—El jefe de estación tuvo la gentileza de darme una nota para su antiguo compañero, el jefe de estación de King’s Cross, de modo que cuando llegué por la mañana pude preguntarle sobre la llegada de las cajas. Él también me puso de inmediato en comunicación con los funcionarios adecuados, y vi que su recuento coincidía con el albarán original. Las oportunidades de adquirir una sed anormal habían sido aquí limitadas; sin embargo, se había hecho un uso noble de ellas, y de nuevo me vi obligado a lidiar con el resultado de forma retroactiva.
De allí fui a la oficina central de Carter Paterson, donde me trataron con la mayor cortesía. Buscaron la transacción en su libro diario y en el registro de correspondencia, y llamaron inmediatamente por teléfono a su oficina de King’s Cross para obtener más detalles. Por fortuna, los hombres que hicieron el transporte estaban esperando trabajo, y el funcionario los envió de inmediato, enviando también con uno de ellos la hoja de ruta y todos los documentos relacionados con la entrega de las cajas en Carfax. Aquí también encontré que el recuento coincidía exactamente; los transportistas pudieron completar la escasez de palabras escritas con algunos detalles. Estos, según descubrí pronto, estaban relacionados casi exclusivamente con la naturaleza polvorienta del trabajo y la consiguiente sed engendrada en los operarios. Al brindarles la oportunidad, mediante el uso de la moneda del reino, de calmar en un momento posterior este benéfico mal, uno de los hombres comentó:
—Esa casa, señor, es la más extraña en la que he estado nunca. ¡Caray! Si es que no la han tocado desde hace cien años. Había polvo tan espeso en el lugar que podrías haber dormido sobre él sin hacerte daño en los huesos; y el sitio estaba tan descuidado que podrías haber olido toda Jerusalén en él. ¡Pero la vieja capilla..., eso se lleva la palma, de verdad! Mi compañero y yo pensamos que nunca saldríamos lo suficientemente rápido. Dios, no aceptaría menos de una libra por minuto por quedarme allí después de que oscureciera.
Habiendo estado en la casa, bien podía creerle; pero si supiera lo que yo sé, creo que habría aumentado sus exigencias.
De una cosa estoy ahora convencido: de que todas las cajas que llegaron a Whitby desde Varna en el Demeter fueron depositadas a buen recaudo en la antigua capilla de Carfax. Debería haber cincuenta de ellas allí, a menos que alguna haya sido retirada desde entonces, tal como temo por el diario del doctor Seward.
Intentaré ver al transportista que se llevó las cajas de Carfax cuando Renfield los atacó. Siguiendo esta pista podemos averiguar mucho.
Más tarde.—Mina y yo hemos trabajado todo el día y hemos puesto todos los papeles en orden.
Diario de Mina Harker.
30 de septiembre.—Estoy tan contenta que apenas sé cómo contenerme. Supongo que es la reacción al temor persistente que he tenido: que este terrible asunto y la reapertura de su antigua herida pudieran afectar negativamente a Jonathan. Lo vi partir hacia Whitby con la cara más valiente que pude, pero estaba enferma de aprensión. Sin embargo, el esfuerzo le ha sentado bien. Nunca estuvo tan resuelto, nunca tan fuerte, nunca tan lleno de energía volcánica como ahora. Es justo lo que dijo el querido y buen profesor Van Helsing: es un hombre de temple, y mejora bajo una presión que acabaría con una naturaleza más débil. Regresó lleno de vida, esperanza y determinación; tenemos todo listo para esta noche. Me siento frenética de emoción. Supongo que uno debería sentir lástima por cualquier cosa tan cazada como lo es el Conde. Pero ese es el punto: esta Cosa no es humana, ni siquiera una bestia. Leer el relato del doctor Seward sobre la muerte de la pobre Lucy, y lo que siguió, es suficiente para secar las fuentes de la piedad en el corazón de uno.
Más tarde.—Lord Godalming y el señor Morris llegaron antes de lo esperado. El doctor Seward estaba fuera por asuntos de trabajo y se había llevado a Jonathan con él, así que tuve que recibirlos. Fue para mí un encuentro doloroso, pues trajo de vuelta todas las esperanzas de la pobre y querida Lucy de hace solo unos meses. Por supuesto, habían oído a Lucy hablar de mí, y parecía que el doctor Van Helsing también había estado «tocando mi trompeta», como expresó el señor Morris. Pobres muchachos, ninguno de los dos sabe que conozco todo sobre las propuestas que le hicieron a Lucy. No sabían muy bien qué decir o hacer, ya que ignoraban el alcance de mi conocimiento; así que tuvieron que mantenerse en temas neutrales. Sin embargo, reflexioné sobre el asunto y llegué a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era ponerlos al corriente de los asuntos hasta la fecha. Sabía por el diario del doctor Seward que habían estado presentes en la muerte de Lucy —su verdadera muerte— y que no necesitaba temer traicionar ningún secreto antes de tiempo. Así que les conté, lo mejor que pude, que había leído todos los papeles y diarios, y que mi marido y yo, tras mecanografiarlos, acabábamos de terminar de ponerlos en orden. Les di a cada uno una copia para que la leyeran en la biblioteca. Cuando Lord Godalming recibió la suya y la hojeó —hace un montón bastante grande—, dijo:
—¿Ha escrito usted todo esto, señora Harker?
Asentí, y él continuó:
—No veo muy bien a dónde conduce esto; pero ustedes son todos tan buenos y amables, y han estado trabajando tan seria y enérgicamente, que todo lo que puedo hacer es aceptar sus ideas a ojos cerrados e intentar ayudarles. Ya he recibido una lección sobre aceptar hechos que debería hacer a un hombre humilde hasta el último día de su vida. Además, sé que usted amaba a mi pobre Lucy... —Aquí se dio la vuelta y se cubrió el rostro con las manos. Pude oír las lágrimas en su voz. El señor Morris, con instintiva delicadeza, solo puso una mano por un momento sobre su hombro y luego salió tranquilamente de la habitación. Supongo que hay algo en la naturaleza de la mujer que hace que un hombre se sienta libre de derrumbarse ante ella y expresar sus sentimientos en el lado tierno o emocional sin sentir que es denigrante para su hombría; pues cuando Lord Godalming se encontró solo conmigo, se sentó en el sofá y se dejó llevar total y abiertamente. Me senté a su lado y le tomé la mano. Espero que no haya pensado que fui atrevida, y que si alguna vez piensa en ello después, nunca tenga tal pensamiento. Ahí le hago una injusticia; sé que nunca lo hará: es un caballero demasiado auténtico. Le dije, pues podía ver que su corazón se estaba rompiendo:
—Amaba a la querida Lucy, y sé lo que ella era para usted, y lo que usted era para ella. Ella y yo éramos como hermanas; y ahora que se ha ido, ¿no me dejará ser como una hermana para usted en su dolor? Sé qué tristezas ha tenido, aunque no puedo medir la profundidad de ellas. Si la simpatía y la piedad pueden ayudar en su aflicción, ¿no me dejará ser de alguna pequeña utilidad, por el bien de Lucy?
En un instante, el pobre y querido muchacho se vio abrumado por el dolor. Me pareció que todo lo que había estado sufriendo en silencio últimamente encontró una salida de golpe. Se volvió bastante histérico y, levantando sus manos abiertas, golpeó sus palmas en una verdadera agonía de pesar. Se puso en pie y luego volvió a sentarse, y las lágrimas le rodaron por las mejillas. Sentí una piedad infinita por él y abrí mis brazos sin pensar. Con un sollozo, apoyó la cabeza en mi hombro y lloró como un niño cansado, mientras se estremecía de emoción.
Las mujeres tenemos algo de madre en nosotras que nos hace elevarnos por encima de asuntos menores cuando se invoca el espíritu materno; sentí la cabeza de este hombre grande y dolorido descansando sobre mí, como si fuera la del bebé que algún día puede que yazca en mi pecho, y le acaricié el cabello como si fuera mi propio hijo. En aquel momento nunca pensé en lo extraño que era todo.
Al poco tiempo, sus sollozos cesaron y se irguió con una disculpa, aunque no ocultó su emoción. Me contó que durante días y noches pasados —días cansados y noches sin dormir— había sido incapaz de hablar con nadie, como un hombre debe hablar en su tiempo de duelo. No había mujer cuya simpatía pudiera serle ofrecida, o con quien, debido a las terribles circunstancias que rodeaban su dolor, pudiera hablar con libertad. —Sé ahora cuánto he sufrido —dijo, mientras se secaba los ojos—, pero aún no sé, y nadie más podrá saberlo nunca, cuánto ha significado para mí su dulce simpatía hoy. Lo sabré mejor con el tiempo; y créame que, aunque no estoy agradecido ahora, mi gratitud crecerá con mi entendimiento. Me dejará ser como un hermano, ¿no es así, para toda nuestra vida, por el bien de la querida Lucy?
—Por el bien de la querida Lucy —dije mientras estrechábamos nuestras manos—. Sí, y por su propio bien —añadió—, pues si la estima y la gratitud de un hombre valen alguna vez la pena ser ganadas, usted ha ganado las mías hoy. Si alguna vez el futuro le trae un tiempo en el que necesite la ayuda de un hombre, créame, no llamará en vano. Dios quiera que nunca llegue tal momento a romper el sol de su vida; pero si alguna vez llega, prométame que me lo hará saber. Estaba tan sincero, y su dolor era tan reciente, que sentí que le reconfortaría, así que dije:
—Lo prometo.
Mientras caminaba por el pasillo vi al señor Morris mirando por una ventana. Se giró al oír mis pasos. —¿Cómo está Art? —dijo. Luego, al notar mis ojos rojos, continuó: —Ah, ya veo que lo has estado consolando. ¡Pobre hombre! Lo necesita. Nadie más que una mujer puede ayudar a un hombre cuando está en una pena de corazón; y él no tenía a nadie que lo consolara.
Soportaba su propio dolor con tanta valentía que mi corazón sangraba por él. Vi el manuscrito en su mano y supe que cuando lo leyera se daría cuenta de cuánto sabía; así que le dije:
—Desearía poder consolar a todos los que sufren del corazón. ¿Me dejará ser su amiga y vendrá a mí por consuelo si lo necesita? Sabrá, más adelante, por qué hablo. Vio que hablaba en serio y, agachándose, tomó mi mano y, levantándola hasta sus labios, la besó. Parecía un consuelo pobre para un alma tan valiente y altruista, y de forma impulsiva me incliné y lo besé. Las lágrimas asomaron a sus ojos y hubo un ahogo momentáneo en su garganta; dijo con toda calma:
—Niña, ¡nunca te arrepentirás de esa bondad de corazón, mientras vivas! —Luego entró en el estudio con su amigo.
«¡Niña!», las mismas palabras que había usado con Lucy, y oh, ¡cómo demostró ser un amigo!
CAPÍTULO XVIII.
/Diario del doctor Seward./
30 de septiembre.—Llegué a casa a las cinco y encontré que Godalming y Morris no solo habían llegado, sino que ya habían estudiado la transcripción de los diversos diarios y cartas que Harker y su maravillosa esposa habían hecho y organizado. Harker aún no había regresado de su visita a los transportistas, de quienes el doctor Hennessey me había escrito. La señora Harker nos sirvió una taza de té, y puedo decir honestamente que, por primera vez desde que vivo en ella, esta vieja casa parecía un hogar. Cuando terminamos, la señora Harker dijo:
—Doctor Seward, ¿puedo pedirle un favor? Quiero ver a su paciente, el señor Renfield. Déjeme verlo. ¡Lo que usted ha dicho de él en su diario me interesa tanto! —Se veía tan suplicante y tan bonita que no pude negárselo, y no había ninguna razón posible por la cual debiera hacerlo; así que la llevé conmigo. Cuando entré en la habitación, le dije al hombre que una dama quería verlo; a lo que él simplemente respondió: —¿Por qué?
—Está recorriendo la casa y quiere ver a todos los que están en ella —respondí. —Oh, muy bien —dijo—: que entre, por todos los medios; pero espere un minuto a que ordene el lugar. —Su método de ordenar era peculiar: simplemente se tragó todas las moscas y arañas que había en las cajas antes de que pudiera detenerlo. Era bastante evidente que temía, o estaba celoso de, alguna interferencia. Cuando terminó su repugnante tarea, dijo alegremente: —Que pase la dama —y se sentó en el borde de su cama con la cabeza baja, pero con los párpados levantados para poder verla al entrar. Por un momento pensé que podría tener alguna intención homicida; recordé lo tranquilo que había estado justo antes de atacarme en mi propio estudio, y tuve cuidado de situarme donde pudiera sujetarlo de inmediato si intentaba lanzarse sobre ella. Ella entró en la habitación con una gracia natural que inmediatamente impondría respeto a cualquier lunático, pues la naturalidad es una de las cualidades que los locos más respetan. Se acercó a él, sonriendo agradablemente, y le tendió la mano.
—Buenas tardes, señor Renfield —dijo ella—. Ya ve, le conozco, pues el doctor Seward me ha hablado de usted. —No respondió de inmediato, sino que la observó atentamente con el ceño fruncido. Esta mirada dio paso a una de asombro, que se convirtió en duda; entonces, para mi intenso asombro, dijo:
—Usted no es la chica con la que el doctor quería casarse, ¿verdad? No puede ser, sabe, porque ella está muerta. —La señora Harker sonrió dulcemente mientras respondía:
—¡Oh, no! Tengo mi propio marido, con quien me casé antes de ver al doctor Seward, o él a mí. Soy la señora Harker.
—Entonces, ¿qué hace usted aquí?
—Mi marido y yo estamos de visita en casa del doctor Seward.
—Entonces no se quede.
—¿Pero por qué no? —Pensé que este estilo de conversación podría no ser agradable para la señora Harker, al igual que no lo era para mí, así que intervine:
—¿Cómo sabía que quería casarme con alguien? —Su respuesta fue simplemente de desprecio, dada en una pausa en la que apartó sus ojos de la señora Harker hacia mí, volviéndolos a girar de inmediato:
—¡Qué pregunta tan estúpida!
—No veo eso en absoluto, señor Renfield —dijo la señora Harker, defendiéndome de inmediato. Él le respondió con tanta cortesía y respeto como el desprecio que me había mostrado a mí:
—Usted comprenderá, por supuesto, señora Harker, que cuando un hombre es amado y honrado como lo es nuestro anfitrión, todo lo relacionado con él es de interés en nuestra pequeña comunidad. El doctor Seward es amado no solo por su familia y sus amigos, sino incluso por sus pacientes, quienes, al no estar algunos de ellos apenas en equilibrio mental, tienden a distorsionar las causas y los efectos. Dado que yo mismo he sido un interno de un manicomio, no puedo dejar de notar que las tendencias sofísticas de algunos de sus internos se inclinan hacia los errores de *non causa* e *ignoratio elenchi*. —Abrí positivamente los ojos ante este nuevo desarrollo. Aquí estaba mi propio lunático favorito, el más pronunciado de su tipo que jamás había conocido, hablando filosofía elemental y con los modales de un caballero refinado. Me pregunto si fue la presencia de la señora Harker la que había tocado alguna fibra en su memoria. Si esta nueva fase era espontánea, o de alguna manera debida a su influencia inconsciente, ella debe poseer algún don o poder raro.
Continuamos hablando durante algún tiempo; y, viendo que aparentemente estaba bastante razonable, ella se aventuró, mirándome interrogante al comenzar, a llevarlo a su tema favorito. Me quedé de nuevo asombrado, pues abordó la cuestión con la imparcialidad de la cordura más completa; incluso se tomó a sí mismo como ejemplo cuando mencionó ciertas cosas.
«Pues bien, yo mismo soy un ejemplo de un hombre que tuvo una creencia extraña. De hecho, no era de extrañar que mis amigos se alarmaran e insistieran en que me pusieran bajo control. Solía imaginar que la vida era una entidad positiva y perpetua, y que, consumiendo una multitud de seres vivos, por muy bajos que estuvieran en la escala de la creación, uno podría prolongar indefinidamente la vida. A veces sostenía esta creencia con tanta fuerza que incluso intenté quitar una vida humana. El doctor aquí presente podrá corroborar que en una ocasión intenté matarlo con el propósito de fortalecer mis poderes vitales mediante la asimilación a mi propio cuerpo de su vida a través del medio de su sangre, confiando, por supuesto, en la frase de las Escrituras: "Porque la sangre es la vida". Aunque, en verdad, el vendedor de cierto remedio ha vulgarizado la perogrullada hasta el punto del desprecio. ¿No es así, doctor?». Asentí con la cabeza, pues estaba tan asombrado que apenas sabía lo que debía pensar o decir; era difícil imaginar que lo había visto comerse sus arañas y moscas apenas cinco minutos antes. Mirando mi reloj, vi que debía ir a la estación a recibir a Van Helsing, así que le dije a la señora Harker que era hora de marcharnos. Ella se levantó de inmediato, después de decirle amablemente al señor Renfield: «Adiós, y espero poder verlo a menudo, bajo auspicios más agradables para usted», a lo que, para mi asombro, él respondió:
«Adiós, querida. Ruego a Dios no volver a ver nunca más su dulce rostro. ¡Que Él la bendiga y la guarde!».
Cuando fui a la estación a recibir a Van Helsing, dejé a los muchachos atrás. El pobre Art parecía más alegre de lo que había estado desde que Lucy enfermó por primera vez, y Quincey se parece más a su brillante yo de lo que ha estado en muchos días.
Van Helsing bajó del carruaje con la ágil prontitud de un muchacho. Me vio de inmediato y corrió hacia mí diciendo:
«¡Ah, amigo John, cómo va todo? ¿Bien? ¡Así es! He estado ocupado, pues vengo aquí para quedarme si es necesario. Todos mis asuntos están resueltos y tengo mucho que contar. ¿La señora Mina está con ustedes? Sí. ¿Y su tan buen esposo? ¿Y Arthur y mi amigo Quincey, ellos también están con ustedes? ¡Bien!».
Mientras conducía hacia la casa, le conté lo ocurrido y cómo mi propio diario había llegado a ser de cierta utilidad gracias a la sugerencia de la señora Harker; a lo que el profesor me interrumpió:
«¡Ah, esa maravillosa señora Mina! Tiene cerebro de hombre —un cerebro que un hombre debería tener si fuera muy dotado— y corazón de mujer. El buen Dios la formó con un propósito, créanme, cuando hizo esa tan buena combinación. Amigo John, hasta ahora la fortuna ha hecho que esa mujer nos sea de ayuda; después de esta noche no debe tener nada que ver con este asunto tan terrible. No es bueno que corra un riesgo tan grande. Los hombres estamos decididos —es más, ¿no estamos acaso comprometidos?— a destruir a este monstruo, pero no es papel para una mujer. Incluso si no sufriera daño, su corazón podría fallarle ante tantos y tan grandes horrores; y de aquí en adelante podría sufrir, tanto al estar despierta, por sus nervios, como al dormir, por sus sueños. Y, además, es una mujer joven y lleva poco tiempo casada; puede haber otras cosas en las que pensar en algún momento, si no ahora. Usted me dice que ella lo ha escrito todo, entonces debe consultar con nosotros; pero mañana ella dirá adiós a este trabajo y nosotros iremos solos». Estuve de acuerdo de todo corazón con él, y luego le conté lo que habíamos descubierto en su ausencia: que la casa que Dracula había comprado era precisamente la contigua a la mía. Se quedó asombrado y una gran preocupación pareció apoderarse de él. «¡Oh, ojalá lo hubiéramos sabido antes!», dijo, «pues entonces podríamos haber llegado a tiempo para salvar a la pobre Lucy. Sin embargo, "la leche derramada no grita después", como dicen ustedes. No pensaremos en eso, sino que seguiremos nuestro camino hasta el final». Luego cayó en un silencio que duró hasta que entramos por mi puerta. Antes de irnos a preparar para la cena, le dijo a la señora Harker:
«Me dice mi amigo John, señora Mina, que usted y su esposo han puesto en orden exacto todas las cosas que han ocurrido hasta este momento».
«No hasta este momento, profesor», dijo ella impulsivamente, «sino hasta esta mañana».
«¿Pero por qué no hasta ahora? Hemos visto hasta aquí qué buena luz han arrojado todas las pequeñas cosas. Hemos contado nuestros secretos y, sin embargo, nadie que los haya contado ha salido perjudicado por ello».
La señora Harker comenzó a sonrojarse y, sacando un papel de su bolsillo, dijo:
«Dr. Van Helsing, ¿quiere leer esto y decirme si debe incluirse? Es mi registro de hoy. Yo también he visto la necesidad de anotar por ahora todo, por trivial que sea; pero hay poco en esto excepto lo que es personal. ¿Debe incluirse?». El profesor lo leyó con gravedad y se lo devolvió, diciendo:
«No es necesario que se incluya si usted no lo desea; pero rece para que así sea. Solo puede hacer que su esposo la ame más, y que todos nosotros, sus amigos, la honremos más, así como también la estimemos y amemos». Ella lo tomó de vuelta con otro rubor y una brillante sonrisa.
Y así ahora, hasta esta misma hora, todos los registros que tenemos están completos y en orden. El profesor se llevó una copia para estudiarla después de la cena y antes de nuestra reunión, que está fijada para las nueve en punto. El resto de nosotros ya hemos leído todo; así que cuando nos reunamos en el estudio estaremos todos informados de los hechos y podremos organizar nuestro plan de batalla contra este terrible y misterioso enemigo.
Diario de Mina Harker.
30 de septiembre.—Cuando nos reunimos en el estudio del Dr. Seward, dos horas después de la cena, que había sido a las seis, formamos inconscientemente una especie de junta o comité. El profesor Van Helsing tomó la cabecera de la mesa, a la que el Dr. Seward le hizo señas para que se sentara al entrar en la habitación. Me hizo sentar a su lado, a su derecha, y me pidió que actuara como secretaria; Jonathan se sentó a mi lado. Frente a nosotros estaban Lord Godalming, el Dr. Seward y el señor Morris; Lord Godalming estaba junto al profesor y el Dr. Seward en el centro. El profesor dijo:
«Puedo suponer, creo, que todos estamos familiarizados con los hechos que figuran en estos documentos». Todos expresamos nuestro asentimiento y él continuó:
«Entonces, creo que es bueno que les diga algo sobre el tipo de enemigo con el que tenemos que tratar. Les haré saber algo de la historia de este hombre, que ha sido averiguada para mí. Así podremos discutir cómo actuaremos y tomar nuestras medidas en consecuencia».
«Existen seres llamados vampiros; algunos de nosotros tenemos pruebas de que existen. Incluso si no tuviéramos la prueba de nuestra propia y triste experiencia, las enseñanzas y los registros del pasado dan pruebas suficientes para las personas cuerdas. Admito que al principio fui escéptico. Si no fuera porque a lo largo de los años me he entrenado para mantener una mente abierta, no habría podido creer hasta el momento en que ese hecho tronó en mis oídos. "¡Mira! ¡mira! Pruebo; pruebo". ¡Ay! Si hubiera sabido al principio lo que ahora sé —es más, si al menos hubiera sospechado de él—, una vida tan preciosa se habría salvado para muchos de nosotros que la amábamos. Pero eso ya pasó; y debemos trabajar de tal manera que otras pobres almas no perezcan, mientras podamos salvarlas. Los nosferatu no mueren como la abeja cuando pica una vez. Solo se vuelven más fuertes; y al ser más fuertes, tienen aún más poder para hacer el mal. Este vampiro que está entre nosotros es, por sí mismo, tan fuerte en persona como veinte hombres; posee una astucia más que mortal, pues su astucia es el crecimiento de las edades; aún tiene las ayudas de la nigromancia, que es, como implica su etimología, la adivinación por medio de los muertos, y todos los muertos a los que puede acercarse están a su mando; es bruto, y más que bruto; es diablo en su insensibilidad, y su corazón no existe; puede, dentro de ciertas limitaciones, aparecer a voluntad cuándo, dónde y en cualquiera de las formas que le pertenezcan; puede, dentro de su alcance, dirigir los elementos: la tormenta, la niebla, el trueno; puede comandar a todas las criaturas inferiores: la rata, el búho y el murciélago; la polilla, el zorro y el lobo; puede crecer y volverse pequeño; y a veces puede desaparecer y llegar sin ser visto. ¿Cómo, pues, vamos a comenzar nuestra lucha para destruirlo? ¿Cómo encontraremos su paradero; y habiéndolo encontrado, cómo podemos destruirlo? Mis amigos, esto es mucho; es una tarea terrible la que emprendemos, y puede haber consecuencias que hagan estremecer a los valientes. Pues si fracasamos en esta lucha nuestra, él seguramente ganará; ¿y dónde terminaremos entonces? La vida no es nada; no le presto atención. Pero fracasar aquí no es solo cuestión de vida o muerte. Es convertirnos en él; convertirnos de aquí en adelante en cosas inmundas de la noche como él, sin corazón ni conciencia, alimentándonos de los cuerpos y las almas de aquellos a quienes más amamos. Para nosotros las puertas del cielo estarán cerradas para siempre; pues ¿quién volverá a abrírnoslas? Iremos por toda la eternidad aborrecidos por todos; una mancha en el rostro de la luz del sol de Dios; una flecha en el costado de Aquel que murió por el hombre. Pero estamos cara a cara con el deber; ¿y en tal caso debemos retroceder? Por mi parte, digo que no; pero claro, soy viejo, y la vida, con su luz del sol, sus bellos lugares, su canto de pájaros, su música y su amor, quedan muy atrás. Ustedes son jóvenes. Algunos han conocido el dolor; pero aún quedan días hermosos por delante. ¿Qué dicen ustedes?».
Mientras hablaba, Jonathan había tomado mi mano. Temí, oh, tanto, que la naturaleza espantosa de nuestro peligro lo estuviera superando al ver su mano extenderse; pero fue vida para mí sentir su contacto, tan fuerte, tan autosuficiente, tan resuelto. La mano de un hombre valiente puede hablar por sí misma; ni siquiera necesita el amor de una mujer para escuchar su música.
Cuando el profesor terminó de hablar, mi esposo me miró a los ojos y yo a los suyos; no hubo necesidad de hablar entre nosotros.
«Respondo por Mina y por mí», dijo.
«Cuéntenme conmigo, profesor», dijo el señor Quincey Morris, lacónico como de costumbre.
«Estoy con ustedes», dijo Lord Godalming, «por el bien de Lucy, si no por ninguna otra razón».
El Dr. Seward simplemente asintió. El profesor se levantó y, después de colocar su crucifijo de oro sobre la mesa, tendió la mano a ambos lados. Yo tomé su mano derecha y Lord Godalming la izquierda; Jonathan sostenía mi mano derecha con la suya izquierda y se estiró hacia el señor Morris. Así, mientras todos nos tomábamos de las manos, se hizo nuestro pacto solemne. Sentí mi corazón helado, pero ni siquiera se me ocurrió retroceder. Retomamos nuestros lugares y el Dr. Van Helsing continuó con una especie de alegría que demostraba que el trabajo serio había comenzado. Debía tomarse con tanta gravedad y de una manera tan profesional como cualquier otra transacción de la vida:
«Bien, saben contra qué tenemos que luchar; pero nosotros tampoco estamos sin fuerza. Tenemos de nuestro lado el poder de la combinación, un poder negado a la raza de los vampiros; tenemos los recursos de la ciencia; somos libres de actuar y pensar; y las horas del día y de la noche nos pertenecen por igual. De hecho, en la medida en que nuestros poderes se extienden, están sin trabas, y somos libres de usarlos. Tenemos autodeterminación en una causa, y un fin que lograr que no es egoísta. Estas cosas son mucho».
«Ahora veamos hasta qué punto los poderes generales desplegados contra nosotros están restringidos, y cómo el individuo no lo está. En resumen, consideremos las limitaciones del vampiro en general, y de este en particular».
«Todo en lo que tenemos que basarnos son tradiciones y supersticiones. Estas no parecen mucho al principio cuando el asunto es de vida o muerte, es más, de algo más que vida o muerte. Sin embargo, debemos estar satisfechos; en primer lugar, porque tenemos que estarlo —no tenemos otros medios bajo nuestro control— y, en segundo lugar, porque, después de todo, estas cosas —tradición y superstición— lo son todo. ¿No descansa en ellas la creencia en los vampiros para otros, aunque no, ¡ay!, para nosotros? Hace un año, ¿quién de nosotros habría aceptado tal posibilidad, en medio de nuestro siglo diecinueve científico, escéptico y práctico? Incluso descartamos una creencia que vimos justificada ante nuestros propios ojos. Tomen, pues, que el vampiro, y la creencia en sus limitaciones y su cura, descansan por el momento sobre la misma base. Porque, déjenme decirles, es conocido en todas partes donde ha habido hombres. En la antigua Grecia, en la antigua Roma; florece por toda Alemania, en Francia, en la India, incluso en el Quersoneso; y en China, tan lejos de nosotros en todos los sentidos, incluso allí está él, y los pueblos le temen hoy en día. Ha seguido el rastro del berserker islandés, del huno engendrado por el diablo, del eslavo, del sajón, del magiar. Hasta aquí, pues, tenemos todo sobre lo que podemos actuar; y déjenme decirles que gran parte de las creencias están justificadas por lo que hemos visto en nuestra propia y tan triste experiencia. El vampiro vive y no puede morir por el mero paso del tiempo; puede florecer cuando puede cebarse con la sangre de los vivos. Aún más, hemos visto entre nosotros que incluso puede volverse más joven; que sus facultades vitales se vuelven vigorosas y parecen refrescarse cuando su alimento especial abunda. Pero no puede florecer sin esta dieta; no come como los demás. Incluso el amigo Jonathan, que vivió con él durante semanas, nunca lo vio comer, ¡nunca! No proyecta sombra; no hace reflejo en el espejo, como también observó Jonathan. Tiene la fuerza de muchos en sus manos, sea testigo de nuevo Jonathan cuando cerró la puerta contra los lobos, y cuando lo ayudó también a bajar de la diligencia. Puede transformarse en lobo, como deducimos de la llegada del barco a Whitby, cuando desgarró al perro; puede ser como un murciélago, como la señora Mina lo vio en la ventana en Whitby, y como el amigo John lo vio volar de esta casa tan cercana, y como mi amigo Quincey lo vio en la ventana de la señorita Lucy. Puede llegar en la niebla que él mismo crea, ese noble capitán de barco nos dio pruebas de ello; pero, por lo que sabemos, la distancia que puede crear esta niebla es limitada, y solo puede ser alrededor de él mismo. Viene sobre los rayos de la luna como polvo elemental, como también Jonathan vio a esas hermanas en el castillo de Dracula. Puede volverse tan pequeño; nosotros mismos vimos a la señorita Lucy, antes de que estuviera en paz, deslizarse a través de un espacio de un cabello en la puerta de la tumba. Puede, una vez que encuentra su camino, salir de cualquier cosa o entrar en cualquier cosa, sin importar cuán estrechamente esté ligada o incluso fundida con fuego —lo que ustedes llaman soldadura—. Puede ver en la oscuridad; no es poco poder este, en un mundo que está medio cerrado a la luz. ¡Ah, pero escúchenme hasta el final! Puede hacer todas estas cosas, pero no es libre. No; es incluso más prisionero que el esclavo de la galera, que el loco en su celda. No puede ir a donde quiera; aquel que no es de la naturaleza tiene, sin embargo, que obedecer algunas de las leyes de la naturaleza, por qué, no lo sabemos. No puede entrar en ninguna parte al principio, a menos que haya alguien en la casa que lo invite a entrar; aunque después puede venir como le plazca. Su poder cesa, como el de todas las cosas malignas, al llegar el día. Solo en ciertos momentos puede tener una libertad limitada. Si no está en el lugar al que está destinado, solo puede transformarse al mediodía o exactamente al amanecer o al atardecer. Estas cosas se nos dicen, y en este registro nuestro tenemos pruebas por deducción. Así, mientras que puede hacer lo que quiera dentro de su límite, cuando tiene su hogar de tierra, su hogar de ataúd, su hogar del infierno, el lugar no consagrado, como vimos cuando fue a la tumba del suicida en Whitby; sin embargo, en otro momento solo puede transformarse cuando llega la hora. Se dice, también, que solo puede cruzar agua corriente durante la marea baja o alta. Luego hay cosas que lo afligen tanto que no tiene poder, como el ajo que conocemos; y en cuanto a las cosas sagradas, como este símbolo, mi crucifijo, que estaba entre nosotros incluso ahora cuando nos decidimos, para ellos no es nada, pero en su presencia ocupa su lugar lejos y en silencio con respeto. Hay otros, también, de los que les hablaré, no sea que en nuestra búsqueda los necesitemos. La rama de rosa silvestre sobre su ataúd evita que se mueva de él; una bala sagrada disparada dentro del ataúd lo mata de modo que esté verdaderamente muerto; y en cuanto a la estaca a través de él, ya sabemos de su paz; o la cabeza cortada que da descanso. Lo hemos visto con nuestros ojos».
«Así, cuando encontremos la morada de este hombre-que-fue, podemos confinarlo en su ataúd y destruirlo, si obedecemos lo que sabemos. Pero él es astuto. Le he pedido a mi amigo Arminius, de la Universidad de Buda-Pest, que haga su registro; y, por todos los medios que existen, me cuenta lo que ha sido. Debe, en verdad, haber sido aquel Voivoda Dracula que ganó su nombre contra el turco, sobre el gran río en la misma frontera de la tierra turca. Si es así, entonces no era un hombre común; pues en aquel tiempo, y durante siglos después, se hablaba de él como el más astuto y el más ingenioso, así como el más valiente de los hijos de la "tierra más allá del bosque". Ese cerebro poderoso y esa resolución de hierro fueron con él a su tumba, y están incluso ahora desplegados contra nosotros. Los Dracula eran, dice Arminius, una gran y noble raza, aunque de vez en cuando hubo vástagos que fueron considerados por sus contemporáneos como haber tenido tratos con el Maligno. Aprendieron sus secretos en la Scholomance, entre las montañas sobre el lago Hermanstadt, donde el diablo reclama al décimo estudiante como su parte. En los registros hay palabras como "stregoica" —bruja—, "ordog" y "pokol" —Satanás e infierno—; y en un manuscrito se habla de este mismo Dracula como "wampyr", lo cual todos entendemos demasiado bien. Han existido, desde las entrañas de este mismo, grandes hombres y buenas mujeres, y sus tumbas hacen sagrada la tierra donde solo puede habitar esta inmundicia. Pues no es el menor de sus terrores que esta cosa maligna esté profundamente arraigada en todo lo bueno; en suelo estéril de recuerdos sagrados no puede descansar».
Mientras hablaban, el señor Morris miraba fijamente por la ventana, y ahora se levantó silenciosamente y salió de la habitación. Hubo una pequeña pausa, y luego el profesor continuó:
«Y ahora debemos decidir qué haremos. Tenemos aquí muchos datos y debemos proceder a establecer nuestra campaña. Sabemos por la investigación de Jonathan que desde el castillo hasta Whitby llegaron cincuenta cajas de tierra, todas las cuales fueron entregadas en Carfax; también sabemos que al menos algunas de estas cajas han sido retiradas. Me parece que nuestro primer paso debería ser determinar si todas las demás permanecen en la casa más allá de ese muro donde miramos hoy; o si se han retirado más. Si es lo segundo, debemos rastrear...».
Aquí fuimos interrumpidos de una manera muy alarmante. Desde el exterior de la casa llegó el sonido de un disparo de pistola; el cristal de la ventana se hizo añicos con una bala que, al rebotar contra la parte superior de la ventana, golpeó la pared opuesta de la estancia. Me temo que en el fondo soy una cobarde, pues pegué un grito. Todos los hombres saltaron de sus asientos; Lord Godalming voló hacia la ventana y levantó la hoja. Al hacerlo, oímos la voz del Sr. Morris desde fuera:
—¡Disculpen! Me temo que les he dado un susto. Entraré y les contaré de qué se trata. —Un minuto después entró y dijo:
—Ha sido una estupidez por mi parte, y les pido perdón, Sra. Harker, sinceramente; me temo que la he asustado terriblemente. Pero el hecho es que, mientras el Profesor hablaba, apareció un gran murciélago y se posó en el alféizar de la ventana. Tengo tal horror a esas malditas bestias por los sucesos recientes que no puedo soportarlas, y salí a disparar, como he hecho últimamente al atardecer cada vez que he visto uno. Antes solías reírte de mí por eso, Art.
—¿Le dio? —preguntó el Dr. Van Helsing.
—No lo sé; me imagino que no, pues salió volando hacia el bosque. —Sin decir nada más, tomó asiento, y el Profesor comenzó a reanudar su exposición:
—Debemos rastrear cada una de estas cajas; y cuando estemos listos, debemos capturar o matar a este monstruo en su guarida; o debemos, por así decirlo, esterilizar la tierra, de modo que ya no pueda buscar refugio en ella. Así, al final, podremos encontrarlo en su forma de hombre entre las horas del mediodía y el ocaso, y enfrentarnos a él cuando esté en su momento de mayor debilidad.
—Y ahora para usted, Madam Mina, esta noche es el final hasta que todo esté bien. Es usted demasiado valiosa para nosotros como para correr tal riesgo. Cuando nos separemos esta noche, no debe hacer más preguntas. Se lo contaremos todo a su debido tiempo. Somos hombres y podemos soportarlo; pero usted debe ser nuestra estrella y nuestra esperanza, y actuaremos con más libertad al no estar usted en peligro, como nosotros.
Todos los hombres, incluso Jonathan, parecían aliviados; pero no me pareció bien que se enfrentaran al peligro y, quizás, disminuyeran su seguridad —siendo la fuerza la mejor seguridad— por cuidar de mí; pero sus mentes estaban decididas y, aunque fue un trago amargo de tragar, no pude decir nada, salvo aceptar su caballeroso cuidado.
El Sr. Morris reanudó la discusión:
—Como no hay tiempo que perder, voto por echar un vistazo a su casa ahora mismo. El tiempo lo es todo para él; y una acción rápida por nuestra parte puede salvar a otra víctima.
Confieso que mi corazón comenzó a fallarme cuando llegó tan de cerca el momento de la acción, pero no dije nada, pues temía aún más que, si parecía una carga o un obstáculo para su trabajo, pudieran incluso dejarme fuera de sus consejos por completo. Ahora se han marchado a Carfax, con los medios para entrar en la casa.
Como hombres, me han dicho que me vaya a la cama y duerma; ¡como si una mujer pudiera dormir cuando aquellos a quienes ama están en peligro! Me tumbaré y fingiré dormir, no sea que Jonathan se preocupe más por mí cuando regrese.
Diario del Dr. Seward
1 de octubre, 4 a.m.—Justo cuando estábamos a punto de salir de la casa, me trajeron un mensaje urgente de Renfield para saber si podía verlo de inmediato, ya que tenía algo de suma importancia que decirme. Le dije al mensajero que le dijera que atendería sus deseos por la mañana; estaba ocupado justo en ese momento. El asistente añadió:
—Parece muy insistente, señor. Nunca lo había visto tan ansioso. No sé si, si no lo ve pronto, tendrá uno de sus ataques violentos. —Sabía que el hombre no habría dicho esto sin motivo, así que dije: «Muy bien; iré ahora»; y pedí a los demás que me esperaran unos minutos, ya que tenía que ir a ver a mi «paciente».
—Lléveme con usted, amigo John —dijo el Profesor—. Su caso en su diario me interesó mucho, y tenía relación, también, de vez en cuando con nuestro caso. Me gustaría mucho verlo, y especialmente cuando su mente está perturbada.
—¿Puedo ir también? —preguntó Lord Godalming.
—¿Yo también? —dijo Quincey Morris. Asentí, y todos bajamos por el pasillo juntos.
Lo encontramos en un estado de considerable excitación, pero mucho más racional en su discurso y modales de lo que jamás lo había visto. Había una comprensión inusual de sí mismo, que no se parecía a nada que hubiera encontrado en un lunático; y daba por sentado que sus razones prevalecerían totalmente ante otros cuerdos. Los cuatro entramos en la habitación, pero al principio ninguno de los otros dijo nada. Su petición era que lo liberara inmediatamente del asilo y lo enviara a casa. Esto lo respaldó con argumentos sobre su completa recuperación, y adujo su propia cordura existente. —Apelo a sus amigos —dijo—; quizás no les importe juzgar mi caso. Por cierto, no me ha presentado. —Estaba tan asombrado, que la rareza de presentar a un loco en un asilo no me llamó la atención en el momento; y, además, había una cierta dignidad en los modales del hombre, tanto del hábito de igualdad, que hice las presentaciones al momento: «Lord Godalming; Profesor Van Helsing; Sr. Quincey Morris, de Texas; Sr. Renfield». Él les dio la mano a cada uno, diciendo a su vez:
—Lord Godalming, tuve el honor de apoyar a su padre en el Windham; me entristece saber, al ostentar usted el título, que ya no está entre nosotros. Fue un hombre amado y honrado por todos los que le conocieron; y en su juventud fue, según he oído, el inventor de un ponche de ron quemado, muy solicitado en la noche del Derby. Sr. Morris, debería estar orgulloso de su gran estado. Su recepción en la Unión fue un precedente que puede tener efectos de gran alcance en el futuro, cuando el Polo y los Trópicos puedan jurar lealtad a las Barras y Estrellas. El poder de los Tratados puede resultar aún un vasto motor de expansión, cuando la doctrina Monroe ocupe su verdadero lugar como una fábula política. ¿Qué puede decir cualquier hombre de su placer al conocer a Van Helsing? Señor, no me disculpo por abandonar todas las formas de prefijo convencional. Cuando un individuo ha revolucionado la terapéutica con su descubrimiento de la evolución continua de la materia cerebral, las formas convencionales son inadecuadas, ya que parecerían limitarlo a uno de una clase. Ustedes, caballeros, que por nacionalidad, por herencia, o por la posesión de dones naturales, están capacitados para ocupar sus respectivos lugares en el mundo en movimiento, tomo como testigos de que estoy tan cuerdo como al menos la mayoría de los hombres que están en plena posesión de sus libertades. Y estoy seguro de que usted, Dr. Seward, humanitario y médico-jurista además de científico, considerará un deber moral tratarme como alguien a ser considerado bajo circunstancias excepcionales. —Hizo esta última apelación con un aire cortés de convicción que no carecía de su propio encanto.
Creo que todos nos quedamos atónitos. Por mi parte, tenía la convicción, a pesar de mi conocimiento del carácter e historia del hombre, de que su razón había sido restaurada; y sentí un fuerte impulso de decirle que estaba satisfecho con su cordura, y que vería los trámites necesarios para su liberación por la mañana. Pensé, sin embargo, que era mejor esperar antes de hacer una declaración tan grave, pues desde antiguo conocía los cambios repentinos a los que este paciente en particular era propenso. Así que me limité a hacer una declaración general de que parecía estar mejorando muy rápidamente; que tendría una charla más larga con él por la mañana, y que entonces vería lo que podría hacer en la dirección de satisfacer sus deseos. Esto no lo satisfizo en absoluto, pues dijo rápidamente:
—Pero me temo, Dr. Seward, que apenas comprende mi deseo. Deseo irme de inmediato... aquí... ahora... esta misma hora... este mismo momento, si puedo. El tiempo apremia, y en nuestro acuerdo implícito con el viejo segador es la esencia del contrato. Estoy seguro de que solo es necesario poner ante un facultativo tan admirable como el Dr. Seward un deseo tan simple, pero tan trascendental, para asegurar su cumplimiento. —Me miró con atención y, al ver la negativa en mi rostro, se volvió hacia los demás y los escudriñó de cerca. Al no encontrar una respuesta suficiente, continuó:
—¿Es posible que me haya equivocado en mi suposición?
—Lo ha hecho —dije con franqueza, pero al mismo tiempo, sentí, brutalmente. Hubo una pausa considerable, y luego dijo lentamente:
—Entonces supongo que solo debo cambiar el fundamento de mi solicitud. Permítame pedir esta concesión... favor, privilegio, lo que quiera. Me contento con implorar en tal caso, no por motivos personales, sino por el bien de los demás. No tengo libertad para darle la totalidad de mis razones; pero puede, le aseguro, tomar de mí que son buenas, sólidas y desinteresadas, y que nacen del más alto sentido del deber. Si pudiera mirar, señor, dentro de mi corazón, aprobaría plenamente los sentimientos que me animan. Es más, me contaría entre los mejores y más fieles de sus amigos. —De nuevo nos miró a todos con intensidad. Tenía la creciente convicción de que este cambio repentino de todo su método intelectual no era más que otra forma o fase de su locura, así que decidí dejarlo seguir un poco más, sabiendo por experiencia que, como todos los lunáticos, terminaría delatándose a sí mismo. Van Helsing lo observaba con una mirada de la mayor intensidad, sus cejas pobladas casi uniéndose con la concentración fija de su mirada. Le dijo a Renfield en un tono que no me sorprendió en aquel momento, sino solo cuando pensé en ello después, pues era como alguien dirigiéndose a un igual:
—¿No puede decir francamente su verdadera razón para desear ser libre esta noche? Me comprometo a que, si logra satisfacer incluso a mí —un extraño, sin prejuicios y con el hábito de mantener una mente abierta—, el Dr. Seward le dará, bajo su propio riesgo y bajo su propia responsabilidad, el privilegio que busca. —Sacudió la cabeza con tristeza, y con una mirada de profundo pesar en su rostro. El Profesor continuó:
—Vamos, señor, reflexione. Usted reclama el privilegio de la razón en el grado más alto, ya que busca impresionarnos con su completa sensatez. Usted hace esto, cuya cordura tenemos razones para dudar, ya que aún no ha sido dado de alta del tratamiento médico por este mismo defecto. Si no nos ayuda en nuestro esfuerzo por elegir el curso más sabio, ¿cómo podemos realizar el deber que usted mismo nos impone? Sea sabio y ayúdenos; y si podemos, le ayudaremos a lograr su deseo. —Él seguía sacudiendo la cabeza mientras decía:
—Dr. Van Helsing, no tengo nada que decir. Su argumento es completo, y si fuera libre para hablar no dudaría un momento; pero no soy dueño de mí mismo en este asunto. Solo puedo pedirle que confíe en mí. Si se me niega, la responsabilidad no recae sobre mí. —Pensé que era hora de terminar la escena, que se estaba volviendo demasiado cómicamente grave, así que me dirigí hacia la puerta, diciendo simplemente:
—Vamos, amigos, tenemos trabajo que hacer. Buenas noches.
Sin embargo, al llegar a la puerta, un nuevo cambio se apoderó del paciente. Se movió hacia mí tan rápidamente que por un momento temí que estuviera a punto de realizar otro ataque homicida. Mis temores, sin embargo, eran infundados, pues levantó sus dos manos implorando e hizo su petición de manera conmovedora. Al ver que el exceso mismo de su emoción estaba militando en su contra, al restaurarnos más a nuestras antiguas relaciones, se volvió aún más demostrativo. Miré de reojo a Van Helsing y vi mi convicción reflejada en sus ojos; así que me volví un poco más firme en mis modales, si no más severo, y le hice señas de que sus esfuerzos eran inútiles. Ya había visto algo de esa misma excitación constantemente creciente en él cuando tenía que hacer alguna petición de la que en el momento había pensado mucho, como, por ejemplo, cuando quería un gato; y estaba preparado para ver el colapso hacia la misma aquiescencia hosca en esta ocasión. Mi expectativa no se cumplió, pues, cuando descubrió que su apelación no tendría éxito, entró en un estado frenético. Se arrojó de rodillas y levantó las manos, retorciéndolas en una súplica lastimera, y vertió un torrente de ruegos, con las lágrimas rodando por sus mejillas y todo su rostro y forma expresando la más profunda emoción:
—Déjeme suplicarle, Dr. Seward, oh, déjeme implorarle, que me deje salir de esta casa de inmediato. Envíeme lejos como quiera y a donde quiera; envíe guardianes conmigo con látigos y cadenas; déjelos llevarme con una camisa de fuerza, esposado y con grilletes en las piernas, incluso a una cárcel; pero déjeme salir de aquí. No sabe lo que hace teniéndome aquí. Hablo desde lo profundo de mi corazón, de mi propia alma. No sabe a quién agravia, ni cómo; y no puedo decirlo. ¡Ay de mí! No puedo decirlo. Por todo lo que tiene por sagrado, por todo lo que tiene por querido, por su amor perdido, por su esperanza que vive, por el bien del Todopoderoso, ¡sáqueme de aquí y salve mi alma de la culpa! ¿No puede oírme, hombre? ¿No puede entender? ¿Nunca aprenderá? ¿No sabe que estoy cuerdo y soy sincero ahora; que no soy un lunático en un ataque de locura, sino un hombre cuerdo luchando por su alma? ¡Oh, escúcheme! ¡escúcheme! ¡Déjeme ir! ¡déjeme ir! ¡déjeme ir!
Pensé que cuanto más durara esto, más salvaje se pondría, y así provocaría un ataque; así que lo tomé de la mano y lo levanté.
—Vamos —dije severamente—, nada más de esto; ya hemos tenido bastante. Vaya a su cama e intente comportarse con más discreción.
De repente se detuvo y me miró fijamente durante varios momentos. Luego, sin decir palabra, se levantó y, moviéndose hacia un lado, se sentó en el borde de la cama. El colapso había llegado, como en ocasiones anteriores, justo como yo había esperado.
Cuando salía de la habitación, el último de nuestro grupo, me dijo con una voz tranquila y educada:
—Confío, Dr. Seward, en que me hará la justicia de recordar, más adelante, que hice lo que pude para convencerle esta noche.
CAPÍTULO XIX.
Diario de Jonathan Harker.
1 de octubre, 5 a.m.—Fui con el grupo a la búsqueda con la mente tranquila, pues creo que nunca vi a Mina tan absolutamente fuerte y bien. Me alegra tanto que haya accedido a mantenerse al margen y dejarnos a nosotros, los hombres, hacer el trabajo. De alguna manera, era un temor para mí que ella estuviera en absoluto en este asunto temible; pero ahora que su trabajo está hecho, y que se debe a su energía, inteligencia y previsión que toda la historia esté reunida de tal manera que cada punto cuenta, bien puede sentir que su parte ha terminado, y que puede de ahora en adelante dejar el resto a nosotros. Estábamos, creo, todos un poco alterados por la escena con el Sr. Renfield. Cuando salimos de su habitación estuvimos en silencio hasta que regresamos al estudio. Entonces el Sr. Morris dijo al Dr. Seward:
—Diga, Jack, si ese hombre no estaba intentando un farol, es el lunático más cuerdo que he visto nunca. No estoy seguro, pero creo que tenía algún propósito serio, y si lo tenía, fue bastante duro para él no tener una oportunidad. —Lord Godalming y yo estábamos en silencio, pero el Dr. Van Helsing añadió:
—Amigo John, usted sabe más de lunáticos que yo, y me alegro de ello, pues me temo que si me hubiera correspondido a mí decidir, antes de ese último arrebato histérico lo habría dejado libre. Pero vivimos y aprendemos, y en nuestra tarea actual no debemos correr riesgos, como diría mi amigo Quincey. Todo está mejor como está. —El Dr. Seward pareció responder a ambos de una manera soñadora:
—No sé si estoy de acuerdo con ustedes. Si ese hombre hubiera sido un lunático ordinario, habría arriesgado a confiar en él; pero parece tan mezclado con el Conde de una manera tan sospechosa que temo hacer algo malo ayudando a sus manías. No puedo olvidar cómo rezó con casi igual fervor por un gato, y luego intentó arrancarme la garganta con los dientes. Además, llamó al Conde «señor y amo», y puede que quiera salir para ayudarlo de alguna manera diabólica. Esa cosa horrible tiene a los lobos y a las ratas y a los de su especie para ayudarlo, así que supongo que no está por encima de tratar de usar a un lunático respetable. Ciertamente parecía sincero, sin embargo. Solo espero que hayamos hecho lo mejor. Estas cosas, en conjunción con el trabajo salvaje que tenemos entre manos, ayudan a desanimar a un hombre. —El Profesor se acercó y, poniendo una mano sobre su hombro, dijo de su manera grave y amable:
—Amigo John, no tenga miedo. Estamos intentando hacer nuestro deber en un caso muy triste y terrible; solo podemos hacer lo que consideremos mejor. ¿Qué más podemos esperar, excepto la piedad del buen Dios? —Lord Godalming se había escabullido por unos minutos, pero ahora regresaba. Levantó un pequeño silbato de plata mientras comentaba:
—Ese viejo lugar puede estar lleno de ratas, y si es así, tengo un antídoto a mano. —Habiendo pasado el muro, nos dirigimos a la casa, teniendo cuidado de mantenernos en las sombras de los árboles en el césped cuando la luz de la luna brillaba. Cuando llegamos al porche, el Profesor abrió su bolsa y sacó un montón de cosas, que puso en el escalón, clasificándolas en cuatro pequeños grupos, evidentemente uno para cada uno. Luego habló:
—Mis amigos, vamos a entrar en un peligro terrible, y necesitamos armas de muchos tipos. Nuestro enemigo no es meramente espiritual. Recuerde que tiene la fuerza de veinte hombres, y que, aunque nuestros cuellos o nuestras tráqueas son de tipo común —y por lo tanto rompibles o aplastables—, el suyo no es susceptible a la mera fuerza. Un hombre más fuerte, o un grupo de hombres más fuertes en conjunto que él, pueden en ciertos momentos sujetarlo; pero aún así no pueden dañarlo como nosotros podemos ser dañados por él. Debemos, por lo tanto, protegernos de su toque. Mantenga esto cerca de su corazón —mientras hablaba levantó un pequeño crucifijo de plata y me lo tendió, al estar yo más cerca de él—, póngase estas flores alrededor del cuello —aquí me entregó una corona de flores de ajo marchitas—, para otros enemigos más mundanos, este revólver y este cuchillo; y para ayuda en todo, estas pequeñas lámparas eléctricas, que puede sujetar a su pecho; y para todo, y sobre todo al final, esto, que no debemos profanar innecesariamente. —Esta era una porción de hostia sagrada, que puso en un sobre y me entregó. Cada uno de los otros fue equipado de manera similar. —Ahora —dijo—, amigo John, ¿dónde están las llaves maestras? Si podemos abrir la puerta, no necesitamos entrar a la casa por la ventana, como antes en casa de la Srta. Lucy.
El Dr. Seward probó una o dos llaves maestras, ya que su destreza mecánica como cirujano le resultaba muy útil. Pronto consiguió una que encajaba; tras un poco de juego hacia adelante y hacia atrás, el cerrojo cedió y, con un chasquido herrumbroso, se retiró. Empujamos la puerta, las oxidadas bisagras chirriaron y se abrió lentamente. Fue sorprendentemente parecido a la imagen que me transmitió el diario del Dr. Seward sobre la apertura de la tumba de la señorita Westenra; imagino que la misma idea pareció asaltar a los demás, pues al unísono retrocedieron. El Profesor fue el primero en moverse y cruzó la puerta abierta.
—In manus tuas, Domine! —dijo, santiguándose al cruzar el umbral. Cerramos la puerta tras nosotros, no fuera que al encender nuestras lámparas atrajéramos la atención desde el camino. El Profesor probó cuidadosamente la cerradura, por si no podíamos abrirla desde dentro en caso de que tuviéramos prisa por salir. Luego, todos encendimos nuestras lámparas y continuamos nuestra búsqueda.
La luz de las pequeñas lámparas caía en toda clase de formas extrañas, a medida que los rayos se cruzaban o la opacidad de nuestros cuerpos proyectaba grandes sombras. No podía, por nada del mundo, librarme de la sensación de que había alguien más entre nosotros. Supongo que era el recuerdo, traído con tanta fuerza a mi mente por el sombrío entorno, de aquella terrible experiencia en Transilvania. Creo que el sentimiento era común a todos nosotros, pues noté que los demás miraban por encima de sus hombros ante cada sonido y cada nueva sombra, igual que sentía que yo mismo hacía.
El lugar estaba espeso de polvo. El suelo parecía tener pulgadas de profundidad, excepto donde había huellas recientes, en las que, al bajar mi lámpara, pude ver marcas de clavos de bota donde el polvo estaba apelmazado. Las paredes estaban vellosas y cargadas de polvo, y en los rincones había masas de telarañas donde el polvo se había acumulado hasta parecer viejos harapos andrajosos a medida que el peso las había derribado parcialmente. En una mesa del vestíbulo había un gran manojo de llaves, con una etiqueta amarilleada por el tiempo en cada una. Habían sido usadas varias veces, pues sobre la mesa había varios huecos similares en la capa de polvo, como el que quedó al descubierto cuando el Profesor levantó las llaves. Se volvió hacia mí y dijo:
—Conoces este lugar, Jonathan. Has copiado mapas de él y sabes al menos más que nosotros. ¿Cuál es el camino a la capilla? Tenía una idea de su dirección, aunque en mi anterior visita no había podido obtener acceso a ella; así que abrí camino y, tras un par de giros equivocados, me encontré frente a una puerta de roble baja y arqueada, reforzada con bandas de hierro. —Este es el lugar —dijo el Profesor, mientras dirigía la luz de su lámpara hacia un pequeño mapa de la casa, copiado del archivo de mi correspondencia original referente a la compra. Con un poco de esfuerzo encontramos la llave en el manojo y abrimos la puerta. Estábamos preparados para alguna molestia, pues al abrir la puerta pareció exhalar un aire tenue y maloliente a través de las rendijas, pero ninguno de nosotros esperaba el olor con el que nos encontramos. Ninguno de los otros había conocido al Conde en absoluto a corta distancia, y cuando yo lo había visto, o bien estaba en la etapa de ayuno de su existencia en sus habitaciones, o, cuando estaba harto de sangre fresca, en un edificio en ruinas abierto al aire; pero aquí el lugar era pequeño y cerrado, y el largo desuso había vuelto el aire estancado y fétido. Había un olor a tierra, como de algún miasma seco, que llegaba a través del aire más viciado. Pero en cuanto al olor en sí, ¿cómo lo describiré? No era solo que estuviera compuesto por todos los males de la mortalidad y por el acre y penetrante olor a sangre, sino que parecía como si la corrupción misma se hubiera corrompido. ¡Faugh! Me enferma pensar en ello. Cada aliento exhalado por ese monstruo parecía haberse aferrado al lugar e intensificado su repugnancia.
En circunstancias normales, tal hedor habría puesto fin a nuestra empresa; pero este no era un caso ordinario, y el alto y terrible propósito en el que estábamos involucrados nos dio una fuerza que se elevó por encima de las meras consideraciones físicas. Tras el retroceso involuntario consecuente a la primera bocanada nauseabunda, todos nos pusimos a trabajar como si aquel lugar repugnante fuera un jardín de rosas.
Hicimos un examen preciso del lugar, y el Profesor dijo al empezar:
—Lo primero es ver cuántas cajas quedan; debemos entonces examinar cada agujero, rincón y grieta, y ver si podemos obtener alguna pista sobre qué ha sido del resto. Un vistazo fue suficiente para ver cuántas quedaban, pues los grandes cofres de tierra eran voluminosos y no había forma de confundirlos.
¡Solo quedaban veintinueve de las cincuenta! Una vez me llevé un susto, pues al ver a Lord Godalming girarse de repente y mirar por la puerta abovedada hacia el oscuro pasillo, miré también, y por un instante mi corazón se detuvo. En algún lugar, mirando desde la sombra, me pareció ver los reflejos de la cara malvada del Conde, el caballete de la nariz, los ojos rojos, los labios rojos, la terrible palidez. Fue solo por un momento, pues cuando Lord Godalming dijo: «Creí ver una cara, pero solo eran las sombras», y reanudó su investigación, dirigí mi lámpara en esa dirección y entré en el pasillo. No había señal de nadie; y como no había rincones, ni puertas, ni aberturas de ningún tipo, sino solo las sólidas paredes del pasillo, no podía haber escondite ni siquiera para él. Supuse que el miedo había ayudado a la imaginación y no dije nada.
Unos minutos después vi a Morris retroceder de repente desde un rincón que estaba examinando. Todos seguimos sus movimientos con la mirada, pues sin duda cierta nerviosismo estaba creciendo en nosotros, y vimos toda una masa de fosforescencia que centelleaba como estrellas. Instintivamente retrocedimos todos. El lugar entero se estaba llenando de ratas.
Por un momento estuvimos horrorizados, todos menos Lord Godalming, quien aparentemente estaba preparado para tal emergencia. Corriendo hacia la gran puerta de roble reforzada con hierro, que el Dr. Seward había descrito desde fuera y que yo mismo había visto, giró la llave en la cerradura, corrió los enormes cerrojos y abrió la puerta de par en par. Luego, sacando su pequeño silbato de plata del bolsillo, sopló una llamada baja y aguda. Fue respondida desde detrás de la casa del Dr. Seward por los ladridos de perros, y tras un minuto aproximadamente, tres terriers llegaron corriendo por la esquina de la casa. Inconscientemente todos nos habíamos movido hacia la puerta, y mientras nos movíamos noté que el polvo había sido muy alterado: las cajas que habían sido sacadas habían sido traídas por este camino. Pero incluso en el minuto que había transcurrido, el número de ratas había aumentado enormemente. Parecían pulular por el lugar todas a la vez, hasta que la luz de la lámpara, brillando sobre sus cuerpos oscuros en movimiento y sus ojos brillantes y funestos, hizo que el lugar pareciera un banco de tierra sembrado de luciérnagas. Los perros se lanzaron hacia adelante, pero en el umbral se detuvieron de repente y gruñeron, y luego, levantando sus narices simultáneamente, comenzaron a aullar de la manera más lúgubre. Las ratas se multiplicaban por miles y salían.
Lord Godalming levantó a uno de los perros y, llevándolo dentro, lo puso en el suelo. En el instante en que sus patas tocaron el suelo pareció recuperar el valor y se lanzó contra sus enemigos naturales. Huyeron ante él tan rápido que, antes de que hubiera acabado con una veintena, los otros perros, que ya habían sido introducidos de la misma manera, tuvieron poca presa antes de que toda la masa se hubiera desvanecido.
Con su partida pareció como si una presencia maligna hubiera desaparecido, pues los perros retozaban y ladraban alegremente mientras hacían rápidos ataques a sus enemigos postrados, les daban la vuelta y los lanzaban al aire con sacudidas feroces. Parecía que a todos nos subía el ánimo. No sé si fue la purificación de la atmósfera mortal al abrir la puerta de la capilla o el alivio que experimentamos al encontrarnos al aire libre, pero sin duda la sombra del miedo pareció desprenderse de nosotros como una túnica, y la ocasión de nuestra venida perdió algo de su sombría importancia, aunque no aflojamos ni un ápice en nuestra resolución. Cerramos la puerta exterior, la atrancamos y cerramos con llave, y trayendo a los perros con nosotros, comenzamos nuestro registro de la casa. No encontramos nada en todo el lugar excepto polvo en proporciones extraordinarias, y todo intacto salvo por mis propias pisadas de cuando hice mi primera visita. Nunca los perros mostraron ningún síntoma de inquietud, e incluso cuando regresamos a la capilla correteaban como si hubieran estado cazando conejos en un bosque de verano.
La mañana se avivaba por el este cuando salimos por la parte delantera. El Dr. Van Helsing había tomado la llave de la puerta del vestíbulo del manojo y cerró la puerta de forma ortodoxa, guardándose la llave en el bolsillo cuando hubo terminado.
—Hasta ahora —dijo—, nuestra noche ha sido eminentemente exitosa. No nos ha ocurrido daño alguno como temía que pudiera ser, y sin embargo hemos averiguado cuántas cajas faltan. Más que nada me regocijo de que este, nuestro primer —y quizás más difícil y peligroso— paso, se haya logrado sin traer a él a nuestra dulcísima Madam Mina ni preocupar sus pensamientos al despertar o al dormir con visiones, sonidos y olores de horror que ella nunca podría olvidar. Una lección, también, hemos aprendido, si es permisible argumentar a particulari: que las bestias brutas que están bajo el mando del Conde no son, sin embargo, susceptibles a su poder espiritual; pues miren, estas ratas que acudían a su llamada, tal como desde lo alto de su castillo convoca a los lobos ante su partida y ante el grito de aquella pobre madre, aunque acuden a él, corren despavoridas ante los perritos de mi amigo Arthur. Tenemos otros asuntos ante nosotros, otros peligros, otros miedos; y ese monstruo... no ha usado su poder sobre el mundo animal por última o única vez esta noche. Así sea que se haya ido a otra parte. ¡Bien! Nos ha dado la oportunidad de gritar «jaque» de alguna manera en este juego de ajedrez, que jugamos por la apuesta de las almas humanas. Y ahora vayamos a casa. El amanecer está cerca y tenemos motivos para estar satisfechos con el trabajo de nuestra primera noche. Puede estar ordenado que sigan muchas noches y días, aunque llenos de peligro; pero debemos seguir adelante, y ante ningún peligro vacilaremos.
La casa estaba en silencio cuando regresamos, salvo por alguna pobre criatura que gritaba en una de las salas distantes y un sonido bajo y lastimero que venía de la habitación de Renfield. El pobre desdichado sin duda se estaba torturando a sí mismo, a la manera de los insanos, con pensamientos innecesarios de dolor.
Entré de puntillas en nuestra propia habitación y encontré a Mina dormida, respirando tan suavemente que tuve que acercar mi oído para escucharlo. Se ve más pálida de lo habitual. Espero que el encuentro de esta noche no la haya alterado. Estoy verdaderamente agradecido de que sea excluida de nuestro futuro trabajo, e incluso de nuestras deliberaciones. Es una carga demasiado grande para que una mujer la soporte. No lo pensé así al principio, pero ahora lo sé mejor. Por tanto, me alegra que esté decidido. Puede haber cosas que le asustarían al escucharlas; y, sin embargo, ocultárselas podría ser peor que decírselo si una vez sospechara que había algún ocultamiento. En adelante, nuestro trabajo será un libro sellado para ella, al menos hasta el momento en que podamos decirle que todo ha terminado y que la tierra está libre de un monstruo del mundo inferior. Me atrevo a decir que será difícil comenzar a guardar silencio después de tal confianza como la nuestra; pero debo ser resuelto, y mañana guardaré silencio sobre lo ocurrido esta noche y me negaré a hablar de cualquier cosa que haya sucedido. Descanso en el sofá, para no molestarla.
1 de octubre, más tarde. —Supongo que era natural que todos nos hubiéramos quedado dormidos, pues el día fue ajetreado y la noche no tuvo descanso alguno. Incluso Mina debió sentir su agotamiento, pues aunque dormí hasta que el sol estaba alto, me desperté antes que ella y tuve que llamarla dos o tres veces antes de que despertara. De hecho, estaba tan profundamente dormida que durante unos segundos no me reconoció, sino que me miró con una especie de terror vacío, como mira quien ha sido despertado de un mal sueño. Se quejó un poco de estar cansada y la dejé descansar hasta más tarde en el día. Ahora sabemos de veintiuna cajas que han sido retiradas, y si es que varias fueron tomadas en cualquiera de estas retiradas, podremos rastrearlas todas. Tal cosa, por supuesto, simplificará inmensamente nuestra labor, y cuanto antes se atienda el asunto, mejor. Buscaré a Thomas Snelling hoy.
Diario del Dr. Seward.
1 de octubre. —Era cerca del mediodía cuando me despertó el Profesor al entrar en mi habitación. Estaba más alegre y jovial de lo habitual, y es bastante evidente que el trabajo de anoche ha ayudado a quitar parte del peso opresivo de su mente. Tras repasar la aventura de la noche, dijo de repente:
—Su paciente me interesa mucho. ¿Puede ser que con usted le visite esta mañana? O si está usted muy ocupado, puedo ir solo si puede ser. Es una nueva experiencia para mí encontrar a un lunático que habla filosofía y razona tan juiciosamente. Tenía algo de trabajo que me urgía, así que le dije que si iba solo me alegraría, ya que así no tendría que hacerme esperar; así que llamé a un celador y le di las instrucciones necesarias. Antes de que el Profesor abandonara la habitación, le advertí contra obtener cualquier impresión falsa de mi paciente. —Pero —respondió—, quiero que hable de sí mismo y de su delirio sobre consumir seres vivos. Le dijo a Madam Mina, como veo en su diario de ayer, que una vez tuvo tal creencia. ¿Por qué sonríe, amigo John?
—Disculpe —dije—, pero la respuesta está aquí. —Puse mi mano sobre el material mecanografiado—. Cuando nuestro cuerdo y erudito lunático hizo esa misma declaración sobre cómo solía consumir vida, su boca estaba realmente nauseabunda por las moscas y arañas que había comido justo antes de que la señora Harker entrara en la habitación. Van Helsing sonrió a su vez. —¡Bien! —dijo—. Su memoria es verdadera, amigo John. Debí recordarlo. Y sin embargo, es esta misma oblicuidad de pensamiento y memoria lo que hace de la enfermedad mental un estudio tan fascinante. Quizás obtenga más conocimiento de la locura de este loco que de la enseñanza de los más sabios. ¿Quién sabe? Seguí con mi trabajo y al poco tiempo terminé lo que tenía entre manos. Pareció que el tiempo había sido muy corto en verdad, pero ahí estaba Van Helsing de vuelta en el estudio. —¿Interrumpo? —preguntó cortésmente mientras estaba de pie en la puerta.
—En absoluto —respondí—. Entre. Mi trabajo ha terminado y estoy libre. Puedo ir con usted ahora, si gusta.
—Es innecesario; ¡le he visto!
—¿Y bien?
—Temo que no me aprecia mucho. Nuestra entrevista fue corta. Cuando entré en la habitación, él estaba sentado en un taburete en el centro, con los codos en las rodillas, y su cara era la viva imagen del descontento hosco. Le hablé tan alegremente como pude, y con tal medida de respeto como pude asumir. No hizo respuesta alguna. —¿No me conoce? —pregunté. Su respuesta no fue tranquilizadora: «Le conozco lo suficiente; usted es el viejo tonto Van Helsing. Ojalá se llevara a sí mismo y a sus teorías cerebrales idiotas a otra parte. ¡Malditos sean todos los holandeses cabezudos!». Ni una palabra más quiso decir, sino que se sentó en su implacable hosquedad tan indiferente a mí como si yo no hubiera estado en la habitación en absoluto. Así se esfumó por esta vez mi oportunidad de aprender mucho de este tan inteligente lunático; así que iré, si puedo, y me animaré con unas pocas palabras felices con esa alma dulce, Madam Mina. Amigo John, me regocija inefablemente que ella no deba ser más dolida, no más preocupada, con nuestras cosas terribles. Aunque echaremos mucho de menos su ayuda, es mejor así.
—Estoy de acuerdo con usted con todo mi corazón —respondí seriamente, pues no quería que se debilitara en este asunto—. La señora Harker está mejor fuera de esto. Las cosas ya son bastante malas para nosotros, hombres de mundo, y que hemos estado en muchos aprietos en nuestro tiempo; pero no es lugar para una mujer, y si hubiera permanecido en contacto con el asunto, con el tiempo la habría arruinado infaliblemente.
Así que Van Helsing se ha ido a conferenciar con la señora Harker y Harker; Quincey y Art están ambos fuera siguiendo las pistas sobre las cajas de tierra. Terminaré mi ronda de trabajo y nos reuniremos esta noche.
Diario de Mina Harker.
1 de octubre. —Es extraño para mí ser mantenida en la oscuridad como estoy hoy; después de la total confianza de Jonathan durante tantos años, verle evitar manifiestamente ciertos asuntos, y esos los más vitales de todos. Esta mañana dormí tarde tras las fatigas de ayer, y aunque Jonathan también se levantó tarde, fue el primero. Me habló antes de salir, nunca más dulce o tiernamente, pero nunca mencionó ni una palabra de lo que había ocurrido en la visita a la casa del Conde. Y sin embargo, él debía saber cuán terriblemente ansiosa estaba. ¡Pobre querido! Supongo que debió angustiarle incluso más que a mí. Todos estuvieron de acuerdo en que era mejor que no me viera más involucrada en este terrible trabajo, y accedí. ¡Pero pensar que me oculta algo! Y ahora estoy llorando como una tonta, cuando sé que proviene del gran amor de mi marido y de los buenos, buenos deseos de aquellos otros hombres fuertes...
Eso me ha hecho bien. Bueno, algún día Jonathan me lo contará todo; y para que no piense ni por un momento que yo le oculté algo, sigo llevando mi diario como de costumbre. Entonces, si ha dudado de mi confianza, se lo mostraré, con cada pensamiento de mi corazón puesto por escrito para que sus queridos ojos lo lean. Me siento extrañamente triste y desanimada hoy. Supongo que es la reacción ante la terrible excitación.
Anoche me fui a la cama cuando los hombres se marcharon, simplemente porque me lo dijeron. No tenía sueño, pero sí me sentía llena de una ansiedad devoradora. He estado dándole vueltas a todo lo que ha ocurrido desde que Jonathan vino a verme a Londres, y todo parece una tragedia horrible, con el destino presionando implacablemente hacia un final predeterminado. Todo lo que uno hace parece, por muy correcto que sea, provocar aquello mismo que es más de lamentar. Si no hubiera ido a Whitby, quizá la pobre y querida Lucy estaría ahora con nosotros. Ella no había empezado a visitar el cementerio hasta que yo llegué, y si no hubiera ido allí conmigo durante el día, no habría paseado por él mientras dormía; y si no hubiera ido allí de noche y dormida, ese monstruo no podría haberla destruido como lo hizo. ¡Oh, por qué fui a Whitby! ¡Ahí está, llorando otra vez! Me pregunto qué me pasa hoy. Debo ocultárselo a Jonathan, pues si supiera que he llorado dos veces en una sola mañana —yo, que nunca lloré por mi propia causa, y a quien él nunca ha hecho derramar una lágrima—, el pobre se desharía de pena. Pondré buena cara, y aunque me sienta con ganas de llorar, él nunca lo verá. Supongo que es una de las lecciones que las pobres mujeres tenemos que aprender...
No recuerdo bien cómo me quedé dormida anoche. Recuerdo haber oído los ladridos repentinos de los perros y un montón de sonidos extraños, como rezos a una escala muy tumultuosa, provenientes de la habitación del señor Renfield, que está en algún lugar debajo de esta. Y luego hubo un silencio sobre todo, un silencio tan profundo que me sobresaltó, así que me levanté y miré por la ventana. Todo estaba oscuro y silencioso, las sombras negras proyectadas por la luz de la luna parecían llenas de un misterio silencioso propio. Nada parecía moverse, sino que todo estaba sombrío y fijo como la muerte o el destino; de modo que una fina estela de niebla blanca, que se arrastraba con una lentitud casi imperceptible a través de la hierba hacia la casa, parecía tener una consciencia y una vitalidad propias. Creo que el cambio en mis pensamientos debe haberme hecho bien, pues cuando volví a la cama sentí que me invadía un letargo. Me quedé un rato, pero no podía dormir del todo, así que me levanté y volví a mirar por la ventana. La niebla se extendía, y ahora estaba cerca de la casa, de modo que podía verla espesa contra la pared, como si se estuviera colando hacia las ventanas. El pobre hombre estaba más ruidoso que nunca, y aunque no pude distinguir una sola palabra de lo que decía, pude reconocer de algún modo en sus tonos una súplica apasionada por su parte. Luego se oyó el sonido de un forcejeo, y supe que los enfermeros se estaban ocupando de él. Estaba tan asustada que me metí en la cama, me cubrí la cabeza con las mantas y me tapé los oídos con los dedos. No tenía ni pizca de sueño en aquel momento, o al menos eso creía; pero debo de haberme quedado dormida, pues, salvo por los sueños, no recuerdo nada hasta la mañana, cuando Jonathan me despertó. Creo que me costó un esfuerzo y algo de tiempo darme cuenta de dónde estaba, y de que era Jonathan quien se inclinaba sobre mí. Mi sueño fue muy peculiar, y casi típico de la forma en que los pensamientos de la vigilia se funden en los sueños, o continúan en ellos.
Pensé que estaba dormida y esperando a que Jonathan volviera. Estaba muy inquieta por él y me sentía impotente para actuar; mis pies, mis manos y mi cerebro estaban pesados, de modo que nada podía avanzar al ritmo habitual. Y así dormí inquieta y pensé. Entonces empezó a amanecer en mí que el aire era pesado, húmedo y frío. Me aparté las mantas de la cara y descubrí, para mi sorpresa, que todo estaba en penumbra a mi alrededor. La luz del gas, que había dejado encendida para Jonathan pero con la llama baja, solo llegaba como una pequeña chispa roja a través de la niebla, que evidentemente se había vuelto más espesa y se había filtrado en la habitación. Entonces se me ocurrió que había cerrado la ventana antes de irme a la cama. Me habría levantado para asegurarme de ello, pero un letargo plúmbeo parecía encadenar mis miembros e incluso mi voluntad. Me quedé quieta y soporté; eso fue todo. Cerré los ojos, pero aún podía ver a través de mis párpados. (Es maravilloso qué trucos nos juegan nuestros sueños, y con qué facilidad podemos imaginar). La niebla se volvía cada vez más espesa, y ahora podía ver cómo entraba, pues la veía como humo —o con la energía blanca del agua hirviendo— vertiéndose, no a través de la ventana, sino por las juntas de la puerta. Se volvió más y más espesa, hasta que pareció concentrarse en una especie de columna de nube en la habitación, a través de cuya parte superior podía ver la luz del gas brillando como un ojo rojo. Las cosas empezaron a girar en mi cerebro tal como la columna nubosa giraba ahora en la habitación, y a través de todo ello vinieron las palabras bíblicas «una columna de nube de día y de fuego de noche». ¿Era acaso una guía espiritual de ese tipo la que me llegaba en sueños? Pero la columna estaba compuesta tanto de la guía del día como de la de la noche, pues el fuego estaba en el ojo rojo, que ante tal pensamiento adquirió una nueva fascinación para mí; hasta que, mientras miraba, el fuego se dividió y pareció brillar sobre mí a través de la niebla como dos ojos rojos; tales como los que Lucy me contó en su momentáneo extravío mental cuando, en el acantilado, la luz del sol poniente golpeó las ventanas de la iglesia de St. Mary. De repente, el horror me invadió al darme cuenta de que así es como Jonathan había visto a esas terribles mujeres cobrar realidad a través de la niebla arremolinada a la luz de la luna, y en mi sueño debí de desmayarme, pues todo se volvió oscuridad absoluta. El último esfuerzo consciente que hizo mi imaginación fue mostrarme un rostro blanco lívido inclinándose sobre mí desde la niebla. Debo tener cuidado con esos sueños, pues desquiciarían la razón de cualquiera si fueran demasiado frecuentes. Le pediría al doctor Van Helsing o al doctor Seward que me recetaran algo que me hiciera dormir, solo que temo alarmarlos. Un sueño así en este momento se entretejería en sus temores por mí. Esta noche me esforzaré mucho por dormir de forma natural. Si no lo consigo, mañana por la noche haré que me den una dosis de cloral; eso no puede hacerme daño por una vez, y me proporcionará una buena noche de sueño. La noche pasada me cansó más que si no hubiera dormido en absoluto.
2 de octubre, 10 p.m.—Anoche dormí, pero no soñé. Debo de haber dormido profundamente, pues no me despertó Jonathan al acostarse; pero el sueño no me ha refrescado, pues hoy me siento terriblemente débil y sin ánimo. Pasé todo el día de ayer intentando leer o tumbada dando cabezadas. Por la tarde, el señor Renfield preguntó si podía verme. Pobre hombre, fue muy amable, y cuando me fui me besó la mano y me deseó que Dios me bendijera. No sé por qué, pero me afectó mucho; estoy llorando al pensar en él. Esta es una nueva debilidad ante la que debo tener cuidado. Jonathan se sentiría desgraciado si supiera que he estado llorando. Él y los demás estuvieron fuera hasta la hora de cenar, y todos llegaron cansados. Hice lo que pude para animarlos, y supongo que el esfuerzo me hizo bien, pues olvidé lo cansada que estaba. Después de cenar me enviaron a la cama y todos se fueron a fumar juntos, según dijeron, pero yo sabía que querían contarse unos a otros lo que le había ocurrido a cada uno durante el día; podía ver por la actitud de Jonathan que tenía algo importante que comunicar. No tenía tanto sueño como debería; así que, antes de que se fueran, le pedí al doctor Seward que me diera algún tipo de opiáceo, ya que no había dormido bien la noche anterior. Muy amablemente me preparó una poción para dormir, que me dio diciéndome que no me haría daño, pues era muy suave... La he tomado y estoy esperando el sueño, que sigue manteniéndose al margen. Espero no haber hecho mal, pues a medida que el sueño empieza a coquetear conmigo, me asalta un nuevo miedo: el de haber sido una insensata al privarme así del poder de despertar. Podría necesitarlo. Aquí viene el sueño. Buenas noches.
CAPÍTULO XX.
/Diario de Jonathan Harker./
1 de octubre, tarde.—Encontré a Thomas Snelling en su casa de Bethnal Green, pero desgraciadamente no estaba en condiciones de recordar nada. La perspectiva misma de la cerveza que mi esperada llegada le había abierto resultó ser demasiado para él, y había empezado demasiado pronto con su esperada borrachera. Sin embargo, supe por su mujer, que parecía una pobre alma decente, que él solo era el ayudante de Smollet, quien de los dos compañeros era la persona responsable. Así que me dirigí a Walworth y encontré al señor Joseph Smollet en casa, en mangas de camisa, tomando un té tardío en un platillo. Es un tipo decente e inteligente, claramente un buen trabajador, fiable y con cabeza propia. Recordaba todo lo referente al incidente de las cajas y, de un maravilloso cuaderno de notas con las esquinas dobladas que sacó de algún misterioso receptáculo en el asiento de sus pantalones, y que tenía anotaciones jeroglíficas con lápiz grueso y medio borradas, me dio los destinos de las cajas. Había, dijo, seis en el cargamento que tomó de Carfax y dejó en el número 197 de Chicksand Street, Mile End New Town, y otras seis que depositó en Jamaica Lane, Bermondsey. Si entonces el Conde pretendía esparcir estos espantosos refugios suyos por todo Londres, estos lugares fueron elegidos al principio del reparto, para que más tarde pudiera distribuir más a fondo. La manera sistemática en que se hizo esto me hizo pensar que no podía pretender limitarse a dos lados de Londres. Ahora estaba fijado en el extremo este de la orilla norte, en el este de la orilla sur y en el sur. El norte y el oeste seguramente nunca estuvieron destinados a ser excluidos de su plan diabólico, por no hablar de la propia City y el corazón mismo del Londres elegante en el suroeste y el oeste. Volví con Smollet y le pregunté si podía decirnos si se habían llevado otras cajas de Carfax.
Él respondió:—
«Bueno, señor, me ha tratado muy bien» —le había dado medio soberano— «y le diré todo lo que sé. Oí a un hombre de nombre Bloxam decir hace cuatro noches en el 'Are an' 'Ounds', en Pincher's Alley, que él y su compañero habían tenido un trabajo muy polvoriento en una vieja casa de Purfleet. No hay muchos trabajos como este, y creo que tal vez Sam Bloxam podría decirle algo». Le pregunté si podía decirme dónde encontrarlo. Le dije que si podía conseguirme la dirección, valdría otro medio soberano para él. Así que se bebió de un trago el resto de su té y se puso en pie, diciendo que iba a empezar la búsqueda allí mismo. En la puerta se detuvo y dijo:—
«Mire, señor, no tiene sentido que le tenga aquí. Puede que encuentre a Sam pronto, o puede que no; pero, en cualquier caso, no es probable que esté en condiciones de decirle mucho esta noche. Sam es un tipo raro cuando empieza a beber. Si puede darme un sobre con un sello, y poner su dirección en él, averiguaré dónde se puede encontrar a Sam y se lo enviaré por correo esta noche. Pero será mejor que vaya tras él pronto por la mañana, o tal vez no le atrape; porque Sam sale muy temprano, sin importarle la bebida de la noche anterior».
Esto era práctico, así que uno de los niños se fue con un penique a comprar un sobre y una hoja de papel, y a quedarse con el cambio. Cuando volvió, escribí la dirección en el sobre y le puse el sello, y cuando Smollet hubo prometido fielmente enviar la dirección una vez encontrada, puse rumbo a casa. De cualquier modo, estamos sobre la pista. Estoy cansado esta noche y necesito dormir. Mina está profundamente dormida y parece un poco demasiado pálida; sus ojos parecen como si hubiera estado llorando. Pobre querida, no me cabe duda de que le agobia que la mantengan en la oscuridad, y puede hacer que se preocupe doblemente por mí y por los demás. Pero es mejor así. Es mejor estar decepcionado y preocupado de esta manera ahora que tener los nervios destrozados. Los médicos hicieron bien en insistir en que se la mantuviera al margen de este terrible asunto. Debo ser firme, pues sobre mí debe descansar esta carga particular de silencio. No volveré a entrar en el tema con ella bajo ninguna circunstancia. De hecho, quizá no sea una tarea difícil, después de todo; ella misma se ha vuelto reservada al respecto y no ha hablado del Conde ni de sus actos desde que le comunicamos nuestra decisión.
2 de octubre, tarde.—Un día largo, agotador y emocionante. Por el primer correo recibí mi sobre dirigido con un trozo de papel sucio dentro, en el que estaba escrito con lápiz de carpintero y una letra descuidada:—
«Sam Bloxam, Korkrans, 4, Poters Cort, Bartel Street, Walworth. Arsk for the depite».
Recibí la carta en la cama y me levanté sin despertar a Mina. Se veía pesada, somnolienta, pálida y lejos de estar bien. Decidí no despertarla, pero, cuando regresara de esta nueva búsqueda, organizaría su regreso a Exeter. Creo que sería más feliz en nuestra propia casa, con sus tareas diarias para interesarse, que estando aquí entre nosotros y en la ignorancia. Solo vi al doctor Seward un momento y le dije adónde iba, prometiéndole volver y contarles el resto en cuanto hubiera averiguado algo. Fui a Walworth y encontré, con cierta dificultad, Potter's Court. La ortografía del señor Smollet me engañó, ya que pregunté por Poter's Court en lugar de Potter's Court. Sin embargo, una vez encontrada la corte, no tuve dificultad en descubrir la casa de huéspedes de Corcoran. Cuando le pregunté al hombre que salió a la puerta por el «depite», sacudió la cabeza y dijo: «No le conozco. No hay ninguna persona así aquí; nunca he oído hablar de él en todos mis malditos días. No creo que haya nadie de ese tipo viviendo aquí ni en ninguna parte». Saqué la carta de Smollet, y mientras la leía me pareció que la lección de la ortografía del nombre de la corte podría guiarme. «¿Qué es usted?», pregunté.
«Soy el diputado», respondió. Vi enseguida que estaba en el camino correcto; la ortografía fonética me había engañado de nuevo. Una propina de media corona puso el conocimiento del diputado a mi disposición, y supe que el señor Bloxam, que había dormido los restos de su cerveza la noche anterior en Corcoran's, se había marchado a trabajar a Poplar a las cinco de aquella mañana. No pudo decirme dónde estaba situado el lugar de trabajo, pero tenía una vaga idea de que era una especie de «almacén moderno»; y con esta escasa pista tuve que partir hacia Poplar. Eran las doce cuando conseguí algún indicio satisfactorio de tal edificio, y lo obtuve en una cafetería, donde algunos trabajadores estaban almorzando. Uno de ellos sugirió que se estaba construyendo en Cross Angel Street un nuevo edificio de «almacenamiento en frío»; y como esto encajaba con la condición de «almacén moderno», me dirigí allí inmediatamente. Una entrevista con un portero hosco y un capataz aún más hosco, ambos apaciguados con moneda del reino, me pusieron tras la pista de Bloxam; le llamaron cuando sugerí que estaba dispuesto a pagar su salario del día al capataz por el privilegio de hacerle unas cuantas preguntas sobre un asunto privado. Era un tipo bastante listo, aunque rudo de habla y trato. Cuando prometí pagar por su información y le di un anticipo, me dijo que había hecho dos viajes entre Carfax y una casa en Piccadilly, y que había llevado de esta casa a la última nueve grandes cajas —«unas muy pesadas»— con un caballo y un carro alquilados por él para este propósito. Le pregunté si podía decirme el número de la casa en Piccadilly, a lo que respondió:—
«Bueno, señor, olvido el número, pero estaba a solo unas puertas de una gran iglesia blanca o algo por el estilo, no hace mucho construida. Era una casa vieja y polvorienta también, aunque nada comparado con la polvareda de la casa de la que sacamos las malditas cajas».
«¿Cómo entró en la casa si ambas estaban vacías?»
«Estaba el viejo que me contrató esperando en la casa de Purfleet. Me ayudó a levantar las cajas y ponerlas en el carro. Maldita sea, pero era el tipo más fuerte que he conocido jamás, siendo un viejo, con bigote blanco, tan delgado que pensarías que no podría proyectar una sombra».
¡Cómo me estremeció esta frase!
«¡Vaya, que levantó su extremo de las cajas como si fueran libras de té, mientras yo resoplaba y jadeaba antes de poder levantar el mío de cualquier manera —y yo tampoco soy ningún polluelo!».
«¿Cómo entró en la casa en Piccadilly?», pregunté.
«Él también estaba allí. Debe de haber salido y llegado allí antes que yo, porque cuando toqué el timbre vino y abrió la puerta él mismo y me ayudó a llevar las cajas al vestíbulo».
«¿Las nueve?», pregunté.
«Sí; había cinco en la primera carga y cuatro en la segunda. Fue un trabajo muy seco, y no recuerdo bien cómo llegué a casa». Le interrumpí:—
«¿Se quedaron las cajas en el vestíbulo?»
«Sí; era un vestíbulo grande y no había nada más en él». Hice un intento más para avanzar:—
«¿No tenía ninguna llave?»
«Nunca usé llave ni nada. El viejo caballero, él mismo abrió la puerta y la cerró de nuevo cuando me marché. No recuerdo la última vez, pero eso fue por la cerveza».
«¿Y no puede recordar el número de la casa?»
—No, señor. Pero no tiene por qué tener dificultad con eso. Es una casa alta con frente de piedra que tiene un arco, y escalones altos para llegar a la puerta. Conozco esos escalones, pues tuve que subir las cajas con tres holgazanes que andaban cerca para ganarse unos centavos. El viejo caballero les dio unos chelines, y como les pareció que habían conseguido mucho, quisieron más; pero él tomó a uno de ellos por el hombro y estuvo a punto de tirarlo por los escalones, hasta que todos se fueron maldiciendo. Pensé que con esta descripción podría encontrar la casa, así que, tras pagar a mi amigo por su información, partí hacia Piccadilly. Había ganado una nueva y dolorosa experiencia: el Conde podía, era evidente, manejar las cajas de tierra él mismo. Si era así, el tiempo era precioso; pues, ahora que había logrado cierta cantidad de distribución, podía, eligiendo su propio momento, completar la tarea sin ser observado. En Piccadilly Circus me bajé del coche de alquiler y caminé hacia el oeste; más allá del Junior Constitutional encontré la casa descrita y me convencí de que era la siguiente de las guaridas dispuestas por Dracula. La casa parecía haber estado deshabitada durante mucho tiempo. Las ventanas estaban incrustadas de polvo y las contraventanas estaban cerradas. Todo el armazón estaba negro por el tiempo, y del hierro la pintura se había desprendido en su mayor parte. Era evidente que hasta hace poco había habido un gran cartel frente al balcón; sin embargo, había sido arrancado bruscamente, permaneciendo aún los postes que lo habían sostenido. Detrás de los barrotes del balcón vi que había algunas tablas sueltas, cuyos bordes sin tratar se veían blancos. Hubiera dado mucho por haber podido ver el cartel intacto, ya que quizás habría dado alguna pista sobre la propiedad de la casa. Recordé mi experiencia de la investigación y compra de Carfax, y no pude evitar sentir que si pudiera encontrar al antiguo propietario, podría haber algún medio de obtener acceso a la casa.
Por el momento no se podía aprender nada del lado de Piccadilly, y no había nada que hacer; así que fui a la parte trasera para ver si se podía recoger algo de ese lado. Las caballerizas estaban activas, ya que las casas de Piccadilly estaban en su mayoría ocupadas. Pregunté a uno o dos de los mozos y ayudantes que vi por allí si podían decirme algo sobre la casa vacía. Uno de ellos dijo que había oído que se había alquilado hace poco, pero no pudo decirme de quién. Me dijo, sin embargo, que hasta hace muy poco había habido un cartel de «Se vende», y que tal vez Mitchell, Sons & Candy, los agentes inmobiliarios, podrían decirme algo, ya que creía recordar haber visto el nombre de esa firma en el cartel. No quería parecer demasiado ansioso, ni dejar que mi informante supiera o adivinara demasiado, así que, agradeciéndole de la manera habitual, me alejé. Estaba empezando a oscurecer y la noche de otoño se cerraba, así que no perdí tiempo. Habiendo averiguado la dirección de Mitchell, Sons & Candy en una guía en el Berkeley, pronto estuve en su oficina en Sackville Street.
El caballero que me atendió era particularmente suave en sus modales, pero incommunicativo en igual proporción. Una vez que me dijo que la casa de Piccadilly —a la que durante toda nuestra entrevista llamó «mansión»— estaba vendida, consideró mi asunto como concluido. Cuando pregunté quién la había comprado, abrió los ojos un poco más y se detuvo unos segundos antes de responder:
—Está vendida, señor.
—Perdone —dije, con igual cortesía—, pero tengo una razón especial para desear saber quién la compró.
De nuevo hizo una pausa más larga y levantó las cejas aún más. —Está vendida, señor —fue de nuevo su lacónica respuesta.
—Seguramente —dije—, no le importará dejarme saber tanto.
—Pero sí me importa —respondió—. Los asuntos de sus clientes están absolutamente seguros en manos de Mitchell, Sons & Candy. Este era manifiestamente un remilgado de primera categoría, y no tenía sentido discutir con él. Pensé que sería mejor enfrentarlo en su propio terreno, así que dije:
—Sus clientes, señor, son afortunados al tener un guardián tan resuelto de su confianza. Yo mismo soy un profesional. —Aquí le entregué mi tarjeta—. En este caso no me mueve la curiosidad; actúo de parte de Lord Godalming, quien desea saber algo sobre la propiedad que, según tengo entendido, estaba a la venta hace poco. Estas palabras dieron un cariz diferente a los asuntos. Dijo:
—Me gustaría complacerle si pudiera, Sr. Harker, y especialmente me gustaría complacer a su señoría. Una vez llevamos a cabo un pequeño asunto de alquiler de unas habitaciones para él cuando era el Honorable Arthur Holmwood. Si me permite tener la dirección de su señoría, consultaré a la Casa sobre el tema y, en cualquier caso, me comunicaré con su señoría por el correo de esta noche. Será un placer si podemos desviarnos tanto de nuestras reglas como para dar la información requerida a su señoría.
Quería asegurar un amigo, y no hacerme un enemigo, así que le agradecí, le di la dirección del Dr. Seward y me fui. Ya estaba oscuro, y yo estaba cansado y hambriento. Tomé una taza de té en la Aërated Bread Company y bajé a Purfleet en el siguiente tren.
Encontré a todos los demás en casa. Mina se veía cansada y pálida, pero hizo un esfuerzo valiente por estar alegre y animada; me partía el corazón pensar que había tenido que ocultarle algo y así causarle inquietud. Gracias a Dios, esta será la última noche que ella tenga que observar nuestras conferencias y sentir el aguijón de que no le mostremos nuestra confianza. Me costó todo mi valor mantener la sabia resolución de mantenerla fuera de nuestra sombría tarea. Parece de alguna manera más resignada; o tal vez el tema mismo se le ha vuelto repugnante, pues cuando se hace alguna alusión accidental, ella se estremece. Me alegra que hayamos tomado nuestra resolución a tiempo, ya que con un sentimiento como este, nuestro creciente conocimiento sería una tortura para ella.
No pude contar a los demás el descubrimiento del día hasta que estuvimos solos; así que después de la cena —seguida de un poco de música para guardar las apariencias incluso entre nosotros— llevé a Mina a su habitación y la dejé para que se fuera a dormir. La querida muchacha fue más cariñosa conmigo que nunca, y se aferró a mí como si quisiera retenerme; pero había mucho de qué hablar y me fui. Gracias a Dios, el dejar de contar cosas no ha marcado ninguna diferencia entre nosotros.
Cuando bajé de nuevo encontré a los demás reunidos alrededor del fuego en el estudio. En el tren había escrito mi diario hasta ese punto, y simplemente se lo leí como el mejor medio de dejarles ponerse al día con mi propia información; cuando terminé, Van Helsing dijo:
—Este ha sido un gran día de trabajo, amigo Jonathan. Sin duda estamos tras la pista de las cajas desaparecidas. Si las encontramos todas en esa casa, entonces nuestro trabajo está cerca del fin. Pero si faltan algunas, debemos buscar hasta encontrarlas. Entonces daremos nuestro golpe final y cazaremos al miserable hasta su verdadera muerte. Todos estuvimos en silencio un rato, y de repente el Sr. Morris habló:
—¡Digan! ¿Cómo vamos a entrar en esa casa?
—Entramos en la otra —respondió Lord Godalming rápidamente.
—Pero, Art, esto es diferente. Entramos por la fuerza en Carfax, pero teníamos la noche y un parque amurallado para protegernos. Será una cosa muy diferente cometer un robo en Piccadilly, ya sea de día o de noche. Confieso que no veo cómo vamos a entrar a menos que ese tipo de la agencia pueda encontrarnos una llave de algún tipo; quizás lo sepamos cuando recibas su carta por la mañana. Las cejas de Lord Godalming se contrajeron, y se levantó y caminó por la habitación. Poco después se detuvo y dijo, volviéndose de uno a otro de nosotros:
—La cabeza de Quincey está bien puesta. Este asunto del robo se está poniendo serio; una vez nos libramos bien; pero ahora tenemos un trabajo raro entre manos, a menos que podamos encontrar el manojo de llaves del Conde.
Como no se podía hacer gran cosa antes de la mañana, y como al menos sería aconsejable esperar hasta que Lord Godalming tuviera noticias de Mitchell's, decidimos no tomar ninguna medida activa antes de la hora del desayuno. Durante un buen rato nos sentamos y fumamos, discutiendo el asunto bajo sus diversas luces y aspectos; aproveché la oportunidad para poner este diario al día hasta el momento. Tengo mucho sueño y me iré a la cama...
Solo unas líneas. Mina duerme profundamente y su respiración es regular. Su frente está fruncida en pequeñas arrugas, como si pensara incluso en sueños. Todavía está demasiado pálida, pero no se ve tan demacrada como esta mañana. Mañana, espero, arreglará todo esto; ella será ella misma en casa en Exeter. ¡Oh, pero tengo sueño!
Diario del Dr. Seward.
1 de octubre.—Estoy perplejo de nuevo sobre Renfield. Sus estados de ánimo cambian tan rápidamente que me resulta difícil seguirles el rastro, y como siempre significan algo más que su propio bienestar, forman un estudio más que interesante. Esta mañana, cuando fui a verlo después de su rechazo a Van Helsing, su manera era la de un hombre que ordena al destino. Estaba, de hecho, ordenando al destino, subjetivamente. Realmente no le importaban ninguna de las cosas de la mera tierra; estaba en las nubes y miraba hacia abajo a todas las debilidades y necesidades de nosotros, pobres mortales. Pensé que aprovecharía la ocasión y aprendería algo, así que le pregunté:
—¿Qué hay de las moscas estos días? —Me sonrió de una manera bastante superior, tal sonrisa como la que habría lucido el rostro de Malvolio, mientras me respondía:
—La mosca, mi querido señor, tiene una característica sorprendente: sus alas son típicas de los poderes aéreos de las facultades psíquicas. ¡Los antiguos hicieron bien cuando tipificaron el alma como una mariposa!
Pensé que llevaría su analogía al límite lógico, así que dije rápidamente:
—Oh, ¿es un alma lo que buscas ahora? —Su locura frustró su razón, y una mirada de perplejidad se extendió por su rostro mientras, sacudiendo la cabeza con una decisión que rara vez había visto en él, dijo:
—¡Oh no, oh no! No quiero almas. La vida es todo lo que quiero. —Aquí se animó—: Soy bastante indiferente al respecto en este momento. La vida está bien; tengo todo lo que quiero. ¡Debe buscarse un nuevo paciente, doctor, si desea estudiar la zoofagia!
Esto me desconcertó un poco, así que lo incité:
—Entonces usted comanda la vida; es un dios, supongo. —Sonrió con una superioridad inefablemente benigna.
—¡Oh no! Lejos de mí arrogarme los atributos de la Deidad. Ni siquiera estoy involucrado en Sus asuntos especialmente espirituales. ¡Si puedo exponer mi posición intelectual, estoy, en lo que respecta a las cosas puramente terrestres, algo en la posición que Enoc ocupaba espiritualmente! —Esto fue un enigma para mí. No pude en ese momento recordar la pertinencia de Enoc; así que tuve que hacer una pregunta simple, aunque sentí que al hacerlo me estaba rebajando a los ojos del lunático:
—¿Y por qué Enoc?
—Porque caminaba con Dios. —No pude ver la analogía, pero no quise admitirlo; así que volví a lo que él había negado:
—Así que no le importa la vida y no quiere almas. ¿Por qué no? —Hice mi pregunta rápidamente y algo severamente, a propósito para desconcertarlo. El esfuerzo tuvo éxito; por un instante recayó inconscientemente en su antigua manera servil, se inclinó profundamente ante mí y realmente me halagó mientras respondía:
—No quiero ninguna alma, ¡en verdad, en verdad! No quiero. No podría usarlas si las tuviera; no me servirían de nada. No podría comerlas o... —Se detuvo de repente y la vieja mirada astuta se extendió por su rostro, como una ráfaga de viento en la superficie del agua—. Y, Doctor, en cuanto a la vida, ¿qué es después de todo? Cuando tienes todo lo que necesitas, y sabes que nunca te faltará, eso es todo. Tengo amigos, buenos amigos, como usted, Doctor Seward; —esto fue dicho con una mirada de astucia inexpresable—, ¡sé que nunca me faltarán los medios de vida!
Creo que a través de la nubosidad de su locura vio algo de antagonismo en mí, pues de inmediato retrocedió al último refugio de los de su clase: un silencio obstinado. Después de un corto tiempo vi que por el momento era inútil hablarle. Estaba malhumorado, así que me fui.
Más tarde en el día me envió a llamar. Normalmente no habría ido sin una razón especial, pero justo en este momento estoy tan interesado en él que con gusto haría un esfuerzo. Además, me alegra tener cualquier cosa que ayude a pasar el tiempo. Harker está fuera, siguiendo pistas; y también Lord Godalming y Quincey. Van Helsing está sentado en mi estudio estudiando el registro preparado por los Harker; parece pensar que mediante un conocimiento preciso de todos los detalles dará con alguna pista. No desea ser molestado en el trabajo, sin causa. Lo habría llevado conmigo a ver al paciente, solo que pensé que después de su último rechazo tal vez no le gustaría volver. Había también otra razón: Renfield podría no hablar tan libremente ante una tercera persona como cuando él y yo estábamos solos.
Lo encontré sentado en medio del piso sobre su taburete, una postura que generalmente es indicativa de algo de energía mental por su parte. Cuando entré, dijo de inmediato, como si la pregunta hubiera estado esperando en sus labios:
—¿Qué hay sobre las almas? —Era evidente entonces que mi suposición había sido correcta. La cerebración inconsciente estaba haciendo su trabajo, incluso con el lunático. Decidí resolver el asunto. —¿Qué hay sobre ellas usted mismo? —pregunté. No respondió por un momento, sino que miró a todo su alrededor, arriba y abajo, como si esperara encontrar alguna inspiración para una respuesta.
—¡No quiero ninguna alma! —dijo de una manera débil y disculpándose. El asunto parecía estar carcomiendo su mente, así que decidí usarlo, para «ser cruel solo para ser amable». Así que dije:
—¿Le gusta la vida, y quiere la vida?
—¡Oh sí! ¡pero eso está bien; no necesita preocuparse por eso!
—Pero —pregunté—, ¿cómo vamos a obtener la vida sin obtener el alma también? —Esto pareció desconcertarlo, así que continué:
—Un buen tiempo pasará alguna vez cuando esté volando por ahí, con las almas de miles de moscas y arañas y pájaros y gatos zumbando y piando y maullando a su alrededor. Usted tiene sus vidas, ya sabe, ¡y debe soportar sus almas! —Algo pareció afectar su imaginación, pues se puso los dedos en los oídos y cerró los ojos, apretándolos fuertemente como hace un niño pequeño cuando le están enjabonando la cara. Había algo patético en ello que me conmovió; también me dio una lección, pues parecía que ante mí había un niño, solo un niño, aunque los rasgos estaban gastados y la barba en las mandíbulas era blanca. Era evidente que estaba experimentando algún proceso de perturbación mental y, sabiendo cómo sus estados de ánimo pasados habían interpretado cosas aparentemente ajenas a él, pensé que entraría en su mente tanto como pudiera e iría con él. El primer paso fue restaurar la confianza, así que le pregunté, hablando bastante fuerte para que me oyera a través de sus oídos cerrados:
—¿Le gustaría un poco de azúcar para atraer a sus moscas de nuevo? —Pareció despertar de repente y sacudió la cabeza. Con una risa respondió:
—¡Ni hablar! ¡Las moscas son cosas pobres, después de todo! —Después de una pausa añadió—: Pero no quiero sus almas zumbando a mi alrededor, de todos modos.
—O arañas —continué.
—¡Al diablo con las arañas! ¿Qué utilidad tienen las arañas? No hay nada en ellas para comer o... —se detuvo de repente, como si le recordaran un tema prohibido.
—¡Así, así! —pensé para mis adentros—, esta es la segunda vez que se detiene repentinamente en la palabra «beber»; ¿qué significa? —Renfield pareció darse cuenta de haber tenido un lapsus, pues se apresuró, como para distraer mi atención de ello:
—No me interesan para nada esos asuntos. «Ratas y ratones y tal pequeña caza» como dice Shakespeare; «alimento de pollos de la despensa» podrían llamarse. He superado todo ese tipo de tonterías. Es igual que pedirle a un hombre que coma moléculas con un par de palillos, que intentar interesarme por los carnívoros menores, cuando sé lo que tengo ante mí.
—Ya veo —dije—. ¿Quiere cosas grandes en las que pueda clavar los dientes? ¿Cómo le gustaría desayunar un elefante?
—¡Qué tonterías más ridículas está diciendo! —Se estaba despertando demasiado, así que pensé que lo presionaría fuerte. —Me pregunto —dije reflexivamente—, ¡cómo será el alma de un elefante!
Obtuve el efecto que deseaba, pues de inmediato se bajó de su pedestal y volvió a ser un niño.
—¡No quiero el alma de un elefante, ni ninguna alma en absoluto! —dijo. Por unos momentos se sentó abatido. De repente saltó a sus pies, con los ojos llameantes y todas las señales de una intensa excitación cerebral. —¡Al diablo con usted y sus almas! —gritó—. ¿Por qué me atormenta sobre las almas? ¿Acaso no tengo suficiente para preocuparme, y dolerme, y distraerme ya, sin pensar en almas? —Se veía tan hostil que pensé que tendría otro ataque homicida, así que hice sonar mi silbato. Al instante, sin embargo, que lo hice, se calmó y dijo disculpándose:
—Perdóneme, Doctor; me olvidé de mí mismo. No necesita ninguna ayuda. Estoy tan preocupado en mi mente que soy propenso a estar irritable. Si solo supiera el problema al que tengo que enfrentarme, y que estoy resolviendo, usted se compadecería, y toleraría, y me perdonaría. Por favor, no me ponga una camisa de fuerza. Quiero pensar y no puedo pensar libremente cuando mi cuerpo está confinado. ¡Estoy seguro de que entenderá! —Evidentemente tenía autocontrol; así que cuando llegaron los asistentes les dije que no se preocuparan, y se retiraron. Renfield los vio irse; cuando la puerta se cerró dijo, con considerable dignidad y dulzura:
—Dr. Seward, usted ha sido muy considerado conmigo. ¡Créame que estoy muy, muy agradecido con usted! —Pensé que era mejor dejarlo en este estado de ánimo, así que me fui. Ciertamente hay algo en lo que reflexionar sobre el estado de este hombre. Varios puntos parecen formar lo que el entrevistador estadounidense llama «una historia», si uno pudiera ponerlos en el orden correcto. Aquí están:
No menciona «beber».
Teme el pensamiento de estar cargado con el «alma» de cualquier cosa.
No tiene miedo de necesitar «vida» en el futuro.
Desprecia las formas de vida más mezquinas por completo, aunque teme ser perseguido por sus almas.
¡Lógicamente todas estas cosas apuntan a una sola dirección! tiene seguridad de algún tipo de que adquirirá alguna vida superior. Teme la consecuencia, la carga de un alma. ¡Entonces es a una vida humana a lo que aspira!
¿Y la seguridad...?
¡Misericordioso Dios! ¡el Conde ha estado con él, y hay algún nuevo esquema de terror en marcha!
Más tarde.—Después de mi ronda fui a ver a Van Helsing y le conté mis sospechas. Se puso muy serio; y, tras reflexionar un rato sobre el asunto, me pidió que le llevara ante Renfield. Así lo hice. Al llegar a la puerta oímos al loco cantar alegremente, como solía hacer en los tiempos que ahora parecen tan lejanos. Cuando entramos, vimos con asombro que había extendido su azúcar como antaño; las moscas, aletargadas por el otoño, empezaban a entrar zumbando en la habitación. Intentamos que hablara del tema de nuestra conversación anterior, pero no quiso prestar atención. Siguió con su canto, como si no hubiéramos estado presentes. Había conseguido un trozo de papel y lo estaba doblando en forma de libreta. Tuvimos que marcharnos tan ignorantes como cuando entramos.
El suyo es un caso curioso, en verdad; debemos vigilarlo esta noche.
Carta de Mitchell, Sons and Candy a Lord Godalming
«1 de octubre.
«Mi Lord:
«Siempre estamos más que dispuestos a atender sus deseos. Con respecto al deseo de su Señoría, expresado por el Sr. Harker en su nombre, nos permitimos suministrar la siguiente información referente a la venta y compra del número 347 de Piccadilly. Los vendedores originales son los albaceas del difunto Sr. Archibald Winter-Suffield. El comprador es un noble extranjero, el Conde de Ville, quien efectuó la compra personalmente, pagando el importe de la misma en billetes «en mostrador», si su Señoría nos perdona por utilizar una expresión tan vulgar. Más allá de esto, no sabemos absolutamente nada de él.
«Somos, mi Lord, «Humildes servidores de su Señoría, «/Mitchell, Sons & Candy./»
Diario del Dr. Seward.
2 de octubre.—Coloqué a un hombre en el pasillo anoche y le dije que tomara nota precisa de cualquier sonido que pudiera oír de la habitación de Renfield, y le di instrucciones de que, si hubiera algo extraño, me llamara. Después de cenar, cuando todos nos habíamos reunido alrededor del fuego en el estudio —la Sra. Harker se había ido a dormir—, discutimos los intentos y descubrimientos del día. Harker fue el único que tuvo algún resultado, y tenemos grandes esperanzas de que su pista pueda ser importante.
Antes de ir a dormir, fui a la habitación del paciente y miré por la mirilla de observación. Dormía profundamente, y su pecho subía y bajaba con una respiración regular.
Esta mañana, el hombre de guardia me informó de que, poco después de medianoche, estuvo inquieto y se puso a rezar sus oraciones en voz algo alta. Le pregunté si eso era todo; respondió que era lo único que había oído. Había algo en su actitud tan sospechoso que le pregunté directamente si se había quedado dormido. Negó haber dormido, pero admitió haber «cabezeado» un rato. Es terrible que no se pueda confiar en los hombres a menos que estén vigilados.
Hoy, Harker está fuera siguiendo su pista, y Art y Quincey cuidan de los caballos. Godalming piensa que será bueno tener caballos siempre listos, pues cuando obtengamos la información que buscamos no habrá tiempo que perder. Debemos esterilizar toda la tierra importada entre la salida y la puesta del sol; así atraparemos al Conde en su momento de mayor debilidad y sin un refugio al cual huir. Van Helsing se ha ido al Museo Británico a consultar algunas autoridades sobre medicina antigua. Los médicos de la antigüedad tomaban en cuenta cosas que sus seguidores no aceptan, y el Profesor está buscando curas contra brujas y demonios que puedan ser útiles más adelante.
A veces pienso que debemos estar todos locos y que despertaremos a la cordura metidos en camisas de fuerza.
Más tarde.—Nos hemos reunido de nuevo. Parece que, al fin, estamos tras la pista, y nuestro trabajo de mañana puede ser el principio del fin. Me pregunto si la calma de Renfield tiene algo que ver con esto. Sus estados de ánimo han seguido tanto los actos del Conde, que la inminente destrucción del monstruo puede haberle sido comunicada de alguna manera sutil. Si pudiéramos obtener alguna pista sobre lo que pasó por su mente entre el momento de mi discusión con él hoy y su reanudación de la caza de moscas, podría proporcionarnos un indicio valioso. Ahora parece estar tranquilo por un momento... ¿Lo está?... Ese alarido salvaje pareció venir de su habitación...
El celador entró precipitadamente en mi habitación y me dijo que a Renfield le había ocurrido algún accidente. Le había oído gritar; y cuando fue a verle, lo encontró tendido boca abajo en el suelo, cubierto de sangre. Debo ir de inmediato...
CAPÍTULO XXI.
/Diario del Dr. Seward./
3 de octubre.—Permítaseme consignar con exactitud todo lo que sucedió, tal como puedo recordarlo, desde la última vez que hice una anotación. No debe olvidarse ni un detalle de lo que pueda recordar; debo proceder con total calma.
Cuando llegué a la habitación de Renfield, lo encontré tendido en el suelo, sobre su costado izquierdo, en un charco de sangre brillante. Al intentar moverlo, resultó evidente de inmediato que había recibido unas heridas terribles; parecía no haber esa unidad de propósito entre las partes del cuerpo que caracteriza incluso a la cordura aletargada. Al quedar expuesta la cara, pude ver que estaba horriblemente magullada, como si hubiera sido golpeada contra el suelo; de hecho, era de las heridas faciales de donde provenía el charco de sangre. El celador, que estaba arrodillado junto al cuerpo, me dijo mientras le dábamos la vuelta:
—Creo, señor, que tiene la espalda rota. Mire, tanto su brazo y pierna derechos como todo el lado de la cara están paralizados. Cómo pudo haber ocurrido tal cosa desconcertaba al celador sobremanera. Parecía totalmente aturdido, y fruncía el ceño mientras decía:
—No puedo entender las dos cosas. Podría haberse marcado la cara así golpeándose la cabeza contra el suelo. Vi a una joven hacerlo una vez en el Asilo Eversfield antes de que nadie pudiera ponerle las manos encima. Y supongo que podría haberse roto la espalda al caer de la cama si se quedó en una postura incómoda. Pero, por mi vida, no puedo imaginar cómo ocurrieron las dos cosas. Si tuviera la espalda rota, no podría golpearse la cabeza; y si su cara estaba así antes de la caída de la cama, habría marcas de ello. Le dije:
—Vaya a ver al Dr. Van Helsing y pídale que tenga la bondad de venir aquí de inmediato. Lo quiero sin un instante de demora. El hombre salió corriendo y, a los pocos minutos, apareció el Profesor en bata y zapatillas. Al ver a Renfield en el suelo, lo observó fijamente un momento y luego se volvió hacia mí. Creo que reconoció mi pensamiento en mis ojos, pues dijo muy tranquilamente, claramente para oídos del celador:
—¡Ah, un triste accidente! Necesitará una vigilancia muy cuidadosa y mucha atención. Me quedaré con usted personalmente; pero primero debo vestirme. Si usted se queda, me uniré a usted en unos minutos.
El paciente respiraba ahora con estertores, y era fácil ver que había sufrido alguna lesión terrible. Van Helsing regresó con una celeridad extraordinaria, portando consigo un maletín quirúrgico. Evidentemente había estado pensando y tenía su decisión tomada; pues, casi antes de mirar al paciente, me susurró:
—Mande al celador fuera. Debemos estar a solas con él cuando recobre el conocimiento, después de la operación. Así que dije:
—Creo que eso es todo por ahora, Simmons. Hemos hecho todo lo que podemos por el momento. Será mejor que haga su ronda, el Dr. Van Helsing operará. Avíseme al instante si hay algo inusual en alguna parte.
El hombre se retiró y procedimos a un examen riguroso del paciente. Las heridas de la cara eran superficiales; la lesión real era una fractura con hundimiento de cráneo, que se extendía directamente por el área motora. El Profesor pensó un momento y dijo:
—Debemos reducir la presión y volver a las condiciones normales, tanto como sea posible; la rapidez de la efusión demuestra la naturaleza terrible de su lesión. Toda el área motora parece afectada. La efusión cerebral aumentará rápidamente, así que debemos trepanar de inmediato o puede ser demasiado tarde. Mientras hablaba, hubo unos suaves golpes en la puerta. Fui y la abrí, encontrando en el pasillo a Arthur y Quincey en pijama y zapatillas: el primero habló:
—Oí a su hombre llamar al Dr. Van Helsing y contarle lo del accidente. Así que desperté a Quincey, o más bien le llamé, pues no estaba dormido. Las cosas se están moviendo demasiado rápido y de forma demasiado extraña para un sueño profundo para cualquiera de nosotros en estos tiempos. He estado pensando que la noche de mañana no verá las cosas como han sido. Tendremos que mirar atrás, y un poco más adelante de lo que hemos hecho. ¿Podemos pasar? Asentí y mantuve la puerta abierta hasta que entraron; luego la cerré de nuevo. Cuando Quincey vio la postura y el estado del paciente, y notó el horrible charco en el suelo, dijo en voz baja:
—¡Dios mío! ¿Qué le ha pasado? ¡Pobre, pobre diablo! Se lo conté brevemente y añadí que esperábamos que recobrara el conocimiento después de la operación, al menos durante un corto tiempo. Se acercó de inmediato y se sentó en el borde de la cama, con Godalming a su lado; todos observamos con paciencia.
—Esperaremos —dijo Van Helsing—, solo lo justo para fijar el mejor lugar para la trepanación, de modo que podamos eliminar el coágulo de sangre de la manera más rápida y perfecta; pues es evidente que la hemorragia está aumentando.
Los minutos durante los cuales esperamos pasaron con una lentitud aterradora. Sentía un horrible hundimiento en el corazón, y por el rostro de Van Helsing deduje que sentía cierto miedo o aprensión por lo que estaba por venir. Temía las palabras que Renfield pudiera decir. Estaba positivamente asustado de pensar; pero la convicción de lo que se avecinaba estaba sobre mí, como he leído de hombres que han escuchado al escarabajo de la muerte. La respiración del pobre hombre venía en jadeos inciertos. En cada instante parecía como si fuera a abrir los ojos y hablar; pero entonces seguía una prolongada respiración estertorosa y volvía a caer en una insensibilidad más profunda. A pesar de estar acostumbrado a lechos de enfermos y a la muerte, este suspense crecía y crecía en mí. Casi podía oír el latido de mi propio corazón; y la sangre que surgía por mis sienes sonaba como golpes de martillo. El silencio finalmente se volvió agonizante. Miré a mis compañeros, uno tras otro, y vi por sus rostros enrojecidos y sus frentes húmedas que estaban soportando la misma tortura. Había un suspense nervioso sobre todos nosotros, como si sobre nuestras cabezas alguna campana terrible fuera a repicar poderosamente cuando menos lo esperáramos.
Al fin llegó un momento en el que era evidente que el paciente se estaba hundiendo rápidamente; podía morir en cualquier momento. Miré al Profesor y atrapé sus ojos fijos en los míos. Su rostro estaba severamente rígido cuando habló:
—No hay tiempo que perder. Sus palabras pueden valer muchas vidas; he estado pensando eso mientras estaba aquí de pie. ¡Puede que haya un alma en juego! Operaremos justo encima de la oreja.
Sin decir una palabra más, realizó la operación. Durante unos momentos, la respiración continuó siendo estertorosa. Entonces llegó un aliento tan prolongado que pareció como si fuera a desgarrar su pecho. De repente, sus ojos se abrieron y quedaron fijos en una mirada salvaje y desamparada. Esto continuó durante unos instantes; luego se suavizó en una alegre sorpresa, y de sus labios brotó un suspiro de alivio. Se movió convulsivamente y, al hacerlo, dijo:
—Estaré tranquilo, doctor. Dígales que me quiten la camisa de fuerza. He tenido un sueño terrible y me ha dejado tan débil que no puedo moverme. ¿Qué le pasa a mi cara? Se siente toda hinchada y me escuece terriblemente. Intentó girar la cabeza; pero incluso con el esfuerzo sus ojos parecieron volverse vítreos de nuevo, así que la puse suavemente en su sitio. Entonces Van Helsing dijo en un tono tranquilo y grave:
—Cuéntenos su sueño, Sr. Renfield. Al oír la voz, su rostro se iluminó a través de su mutilación y dijo:
—Ese es el Dr. Van Helsing. Qué bueno es que esté aquí. Deme un poco de agua, tengo los labios secos; e intentaré contárselo. Soñé... —se detuvo y pareció desfallecer. Llamé en voz baja a Quincey—: ¡El brandy, está en mi estudio, rápido! Voló y regresó con un vaso, la licorera de brandy y una jarra de agua. Humedecimos los labios resecos y el paciente revivió rápidamente. Parecía, sin embargo, que su pobre cerebro herido había estado trabajando en el intervalo, pues, cuando estuvo plenamente consciente, me miró fijamente con una confusión agonizante que nunca olvidaré y dijo:
—No debo engañarme; no fue un sueño, sino toda una cruda realidad. Luego sus ojos recorrieron la habitación; al ver a las dos figuras sentadas pacientemente en el borde de la cama, continuó:
—Si no estuviera seguro ya, lo sabría por ellos. Por un instante cerró los ojos, no por dolor o sueño, sino voluntariamente, como si estuviera concentrando todas sus facultades; cuando los abrió, dijo apresuradamente y con más energía de la que había mostrado hasta entonces:
—Rápido, doctor, rápido. ¡Me estoy muriendo! Siento que solo me quedan unos minutos; y luego debo volver a la muerte, ¡o algo peor! Humedezca mis labios con brandy de nuevo. Tengo algo que debo decir antes de morir; o antes de que mi pobre cerebro aplastado muera, de todos modos. ¡Gracias! Fue aquella noche después de que usted me dejara, cuando le rogué que me dejara irme. No podía hablar entonces, pues sentía mi lengua atada; pero estaba tan cuerdo entonces, excepto en eso, como lo estoy ahora. Estuve en una agonía de desesperación durante mucho tiempo después de que usted me dejara; parecieron horas. Entonces me llegó una paz repentina. Mi cerebro pareció refrescarse de nuevo y me di cuenta de dónde estaba. Oí a los perros ladrar detrás de nuestra casa, ¡pero no donde Él estaba! Mientras hablaba, los ojos de Van Helsing no parpadearon, pero su mano salió y se encontró con la mía y la apretó con fuerza. Él, sin embargo, no se traicionó; asintió levemente y dijo: «Continúe», en voz baja. Renfield prosiguió:
—Vino hacia la ventana entre la niebla, como le había visto a menudo antes; pero era sólido entonces, no un fantasma, y sus ojos eran feroces como los de un hombre cuando está enfadado. Se reía con su boca roja; los dientes blancos y afilados brillaban a la luz de la luna cuando Él se giró para mirar hacia atrás, sobre el cinturón de árboles, hacia donde ladraban los perros. No quise pedirle que entrara al principio, aunque sabía que quería, tal como había querido desde el principio. Entonces empezó a prometerme cosas, no con palabras, sino haciéndolas realidad. Fue interrumpido por una palabra del Profesor:
—¿Cómo?
—Haciéndolas suceder; igual que solía enviar las moscas cuando brillaba el sol. Grandes y gordas, con acero y zafiro en sus alas; y grandes polillas, en la noche, con calaveras y tibias cruzadas en sus espaldas. Van Helsing le asintió mientras me susurraba inconscientemente:
—La *Acherontia atropos* de los esfíngidos, ¡lo que ustedes llaman la «polilla de la calavera»! El paciente continuó sin detenerse.
—Entonces empezó a susurrar: «¡Ratas, ratas, ratas! Cientos, miles, millones de ellas, y cada una una vida; y perros para comerlas, y gatos también. ¡Todas vidas! toda sangre roja, con años de vida en ella; ¡y no solo moscas zumbadoras!». Me reí de él, pues quería ver qué podía hacer. Entonces los perros aullaron, lejos tras los árboles oscuros en Su casa. Me hizo señas hacia la ventana. Me levanté y miré hacia afuera, y Él levantó las manos, y pareció llamar sin usar palabras. Una masa oscura se extendió sobre la hierba, avanzando como la forma de una llama de fuego; y luego Él movió la niebla a derecha e izquierda, y pude ver que había miles de ratas con los ojos brillando en rojo, como los Suyos, solo que más pequeños. Levantó la mano y todas se detuvieron; y pensé que parecía estar diciendo: «¡Todas estas vidas te daré, sí, y muchas más y mayores, a través de incontables edades, si te postras y me adoras!». Y entonces una nube roja, como el color de la sangre, pareció cerrarse sobre mis ojos; y antes de saber lo que estaba haciendo, me encontré abriendo la ventana y diciéndole: «¡Entre, Señor y Maestro!». Las ratas se habían ido, pero Él se deslizó en la habitación a través de la ventana, aunque solo estaba abierta una pulgada, igual que la propia Luna ha entrado a menudo a través de la rendija más pequeña, y se ha erguido ante mí en toda su magnitud y esplendor.
Su voz era más débil, así que le humedecí los labios con el brandy de nuevo, y continuó; pero parecía como si su memoria hubiera seguido trabajando en el intervalo, pues su historia estaba más avanzada. Estaba a punto de hacerle volver al punto, pero Van Helsing me susurró: «Déjele continuar. No le interrumpa; no puede volver atrás, y quizás no podría proceder en absoluto si una vez perdiera el hilo de su pensamiento». Prosiguió:
—Todo el día esperé tener noticias de él, pero no me envió nada, ni siquiera una mosca común, y cuando salió la luna estaba bastante enfadado con él. Cuando se deslizó por la ventana, aunque estaba cerrada, y ni siquiera llamó, me enfadé con él. Se burló de mí, y su rostro blanco apareció en la niebla con sus ojos rojos brillando, y siguió como si fuera dueño de todo el lugar, y yo no fuera nadie. Ni siquiera olía igual al pasar a mi lado. No pude retenerlo. Pensé que, de alguna manera, la Sra. Harker había entrado en la habitación.
Los dos hombres sentados en la cama se levantaron y se acercaron, poniéndose detrás de él de modo que no pudiera verlos, pero donde pudieran oír mejor. Ambos estaban en silencio, pero el Profesor se sobresaltó y se estremeció; su rostro, sin embargo, se volvió aún más sombrío y severo. Renfield continuó sin notar nada:
—Cuando la Sra. Harker vino a verme esta tarde no era la misma; era como té después de que la tetera hubiera sido aguada. Aquí todos nos movimos, pero nadie dijo una palabra; él continuó:
—No sabía que estaba aquí hasta que habló; y no parecía la misma. No me gustan las personas pálidas; me gustan con mucha sangre en ellas, y la suya parecía haberse agotado toda. No pensé en ello en ese momento; pero cuando se fue empecé a pensar, y me enfureció saber que Él le había estado quitando la vida. Pude sentir que los demás se estremecían, igual que yo; pero por lo demás permanecimos quietos. —Así que cuando Él vino esta noche, estaba listo para Él. Vi la niebla entrar sigilosamente y la agarré con fuerza. Había oído que los locos tienen una fuerza antinatural; y como sabía que era un loco, a veces al menos, decidí usar mi poder. Sí, y Él también lo sintió, pues tuvo que salir de la niebla para luchar conmigo. Me agarré fuerte; y pensé que iba a ganar, pues no pretendía que Él le quitara más vida, hasta que vi Sus ojos. Se clavaron en mí y mi fuerza se volvió como agua. Se deslizó a través de ella, y cuando intenté aferrarme a Él, me levantó y me arrojó. Hubo una nube roja ante mí, y un ruido como de trueno, y la niebla pareció escabullirse bajo la puerta. Su voz se volvía más débil y su respiración más estertorosa. Van Helsing se puso en pie instintivamente.
«Ahora conocemos lo peor —dijo—. Él está aquí y conocemos su propósito. Puede que no sea demasiado tarde. Armémonos, igual que la otra noche, pero no perdamos tiempo; no hay un instante que desperdiciar». No hubo necesidad de poner nuestro miedo, es más, nuestra convicción, en palabras; las compartíamos por igual. Todos nos apresuramos y tomamos de nuestras habitaciones los mismos objetos que llevábamos cuando entramos en la casa del Conde. El profesor tenía los suyos preparados y, al encontrarnos en el pasillo, los señaló significativamente mientras decía:
«Nunca me abandonan; y no lo harán hasta que este triste asunto termine. Sed prudentes también, amigos míos. No nos enfrentamos a un enemigo común. ¡Ay, ay! Que la querida señora Mina tenga que sufrir». Se detuvo; su voz se quebraba, y no sé si en mi propio corazón predominaba la rabia o el terror.
Nos detuvimos ante la puerta de los Harker. Art y Quincey se quedaron atrás, y este último dijo:
«¿Deberíamos molestarla?».
«Debemos hacerlo —dijo Van Helsing con severidad—. Si la puerta está cerrada con llave, la echaré abajo».
«¿No podría asustarla terriblemente? ¡Es inusual irrumpir en la habitación de una dama!». Van Helsing dijo solemnemente:
«Siempre tenéis razón; pero esto es cuestión de vida o muerte. Todas las habitaciones son iguales para el médico; y aunque no lo fueran, todas son lo mismo para mí esta noche. Amigo John, cuando gire el pomo, si la puerta no se abre, poned el hombro y empujad; vosotros también, amigos míos. ¡Ahora!».
Giró el pomo mientras hablaba, pero la puerta no cedió. Nos lanzamos contra ella; se abrió de golpe con un estruendo y casi caímos de cabeza dentro de la habitación. El profesor realmente cayó, y lo vi desde el suelo mientras se incorporaba apoyándose en sus manos y rodillas. Lo que vi me horrorizó. Sentí que se me erizaban los pelos de la nuca y mi corazón pareció detenerse.
La luz de la luna era tan brillante que, a través de la gruesa persiana amarilla, la habitación estaba lo suficientemente iluminada como para ver. En la cama, junto a la ventana, yacía Jonathan Harker, con el rostro sofocado, respirando pesadamente como si estuviera en un estupor. Arrodillada en el borde de la cama, mirando hacia fuera, estaba la figura vestida de blanco de su esposa. A su lado estaba un hombre alto y delgado, vestido de negro. Su rostro estaba vuelto de espaldas a nosotros, pero en el instante en que lo vimos, todos reconocimos al Conde; en todos los sentidos, incluso la cicatriz en su frente. Con su mano izquierda sujetaba ambas manos de la señora Harker, manteniéndolas apartadas con los brazos en tensión; su mano derecha la agarraba por la nuca, forzando su rostro contra su pecho. Su camisón blanco estaba manchado de sangre, y un hilo de sangre corría por el pecho desnudo del hombre, que quedaba al descubierto por su ropa desgarrada. La postura de ambos tenía un terrible parecido con la de un niño que fuerza el hocico de un gatito contra un platillo de leche para obligarlo a beber. Cuando irrumpimos en la habitación, el Conde giró el rostro, y la mirada infernal que había oído describir pareció saltar a sus ojos. Sus ojos ardían de rojo con pasión diabólica; los grandes orificios de la nariz aguileña y blanca se abrieron de par en par y temblaron en los bordes; y los dientes blancos y afilados, detrás de los labios carnosos de la boca que goteaba sangre, castañearon como los de una fiera. Con un tirón, que arrojó a su víctima sobre la cama como si fuera lanzada desde una altura, se giró y se abalanzó sobre nosotros. Pero para entonces el profesor ya se había puesto en pie y le mostraba el sobre que contenía la Sagrada Hostia. El Conde se detuvo de repente, igual que hizo la pobre Lucy ante la tumba, y se encogió. Se encogió más y más hacia atrás mientras nosotros, levantando nuestros crucifijos, avanzábamos. La luz de la luna falló de repente, al pasar una gran nube negra por el cielo; y cuando la luz de gas se encendió con la cerilla de Quincey, no vimos más que un leve vapor. Este, mientras observábamos, se deslizó bajo la puerta, que con el retroceso de haber sido abierta a la fuerza había vuelto a su posición original. Van Helsing, Art y yo nos acercamos a la señora Harker, quien para entonces había recuperado el aliento y soltó un grito tan salvaje, tan desgarrador, tan desesperado, que me parece ahora que resonará en mis oídos hasta el día de mi muerte. Durante unos segundos permaneció en su postura de indefensión y desorden. Su rostro estaba lívido, con una palidez acentuada por la sangre que le manchaba los labios, las mejillas y la barbilla; de su garganta goteaba un fino reguero de sangre. Sus ojos estaban locos de terror. Luego se llevó al rostro sus pobres manos magulladas, que conservaban en su blancura la marca roja del terrible agarre del Conde, y desde detrás de ellas salió un gemido bajo y desolado que hizo que el terrible grito pareciera solo la rápida expresión de una pena infinita. Van Helsing dio un paso adelante y cubrió suavemente su cuerpo con la colcha, mientras Art, tras mirar su rostro durante un instante con desesperación, salió corriendo de la habitación. Van Helsing me susurró:
«Jonathan está en un estupor como el que sabemos que el vampiro puede producir. No podemos hacer nada por la pobre señora Mina durante unos momentos hasta que se recupere; ¡debo despertarlo!». Mojó el extremo de una toalla en agua fría y comenzó a darle golpecitos en la cara, mientras su esposa seguía cubriéndose el rostro con las manos y sollozando de una manera que partía el corazón. Levanté la persiana y miré por la ventana. Había mucha luz de luna; y al mirar pude ver a Quincey Morris cruzar el césped y esconderse en la sombra de un gran tejo. Me desconcertó pensar por qué hacía aquello; pero en ese instante escuché la rápida exclamación de Harker al despertar a una conciencia parcial, y me volví hacia la cama. En su rostro, como era de esperar, había una mirada de asombro salvaje. Pareció aturdido durante unos segundos, y luego la plena conciencia pareció estallar en él de golpe, y se incorporó de un salto. Su esposa fue despertada por el movimiento rápido y se volvió hacia él con los brazos extendidos, como para abrazarlo; sin embargo, instantáneamente los retrajo y, juntando los codos, se llevó las manos a la cara y se estremeció hasta hacer temblar la cama bajo ella.
«¡En nombre de Dios, qué significa esto! —exclamó Harker—. Dr. Seward, Dr. Van Helsing, ¿qué es esto? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ocurre? Mina, querida, ¿qué pasa? ¿Qué significa esa sangre? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Ha llegado a esto!», y, levantándose sobre sus rodillas, golpeó sus manos violentamente una contra otra. «¡Buen Dios, ayúdanos! ¡Ayúdala! ¡Oh, ayúdala!». Con un movimiento rápido saltó de la cama y comenzó a ponerse la ropa, con toda su virilidad despierta ante la necesidad de una acción inmediata. «¿Qué ha pasado? ¡Contádmelo todo! —gritó sin detenerse—. Dr. Van Helsing, usted ama a Mina, lo sé. Oh, haga algo para salvarla. No puede haber ido demasiado lejos aún. ¡Protéjala mientras yo lo busco a él!». Su esposa, a pesar de su terror, horror y angustia, vio algún peligro seguro para él; olvidando al instante su propia pena, lo agarró y gritó:
«¡No! ¡No, Jonathan, no debes dejarme! He sufrido bastante esta noche, Dios lo sabe, sin el temor de que él te haga daño. Debes quedarte conmigo. ¡Quédate con estos amigos que te cuidarán!». Su expresión se volvió frenética mientras hablaba; y él, cediendo ante ella, la atrajo para que se sentara al borde de la cama y se aferró a él ferozmente.
Van Helsing y yo intentamos calmarlos a ambos. El profesor levantó su pequeño crucifijo de oro y dijo con una calma maravillosa:
«No temas, querida. Estamos aquí; y mientras esto esté cerca de ti, ninguna cosa impura puede acercarse. Estás a salvo por esta noche; y debemos mantener la calma y deliberar juntos». Ella se estremeció y guardó silencio, apoyando la cabeza en el pecho de su marido. Cuando la levantó, su bata blanca estaba manchada de sangre donde los labios de ella habían tocado, y donde la pequeña herida abierta en su cuello había dejado escapar gotas. En el instante en que lo vio, retrocedió con un gemido bajo y susurró, entre sollozos ahogados:
«¡Impura, impura! No debo tocarlo ni besarlo más. Oh, que tenga que ser yo quien ahora sea su peor enemiga, y a quien él pueda tener más razones para temer». Ante esto, él habló resueltamente:
«Tonterías, Mina. Es una vergüenza para mí oír tal palabra. No la aceptaría de nadie; y no la escucharé de ti. ¡Que Dios me juzgue por mis méritos y me castigue con sufrimientos más amargos que incluso esta hora, si por cualquier acto o voluntad mía algo se interpone jamás entre nosotros!». Extendió los brazos y la estrechó contra su pecho; y durante un rato ella permaneció allí sollozando. Él nos miró por encima de la cabeza inclinada de ella, con ojos que parpadeaban húmedos sobre sus fosas nasales temblorosas; su boca estaba firme como el acero. Después de un rato, sus sollozos se hicieron menos frecuentes y más débiles, y entonces me dijo a mí, hablando con una calma estudiada que sentí que ponía a prueba su resistencia nerviosa al máximo:
«Y ahora, Dr. Seward, cuéntemelo todo. Demasiado bien conozco el hecho general; cuénteme todo lo que ha sido». Le conté exactamente lo que había sucedido, y él escuchó con aparente impasibilidad; pero sus fosas nasales se contrajeron y sus ojos ardieron cuando le conté cómo las manos despiadadas del Conde habían mantenido a su esposa en esa posición terrible y horrible, con su boca contra la herida abierta en su pecho. Me interesó, incluso en aquel momento, ver que mientras el rostro de blanca pasión contenida se contraía convulsivamente sobre la cabeza inclinada, las manos acariciaban tierna y amorosamente el cabello revuelto. Justo cuando terminaba, Quincey y Godalming llamaron a la puerta. Entraron obedeciendo a nuestra llamada. Van Helsing me miró interrogante. Entendí que quería decir si debíamos aprovechar su llegada para desviar, si era posible, los pensamientos del desdichado marido y su esposa el uno del otro y de ellos mismos; así que, al asentir yo en señal de acuerdo, les preguntó qué habían visto o hecho. A lo que Lord Godalming respondió:
«No pude verlo en ningún lugar del pasillo, ni en ninguna de nuestras habitaciones. Miré en el estudio, pero, aunque él había estado allí, se había ido. Había, sin embargo...». Se detuvo de repente, mirando a la pobre figura desplomada en la cama. Van Helsing dijo con gravedad:
«Continúe, amigo Arthur. No queremos más ocultaciones. Nuestra esperanza ahora está en saberlo todo. ¡Diga libremente!». Así que Art continuó:
«Él había estado allí, y aunque solo pudo haber sido por unos segundos, dejó el lugar hecho un desastre. Todo el manuscrito había sido quemado, y las llamas azules parpadeaban entre las cenizas blancas; los cilindros de su fonógrafo también fueron arrojados al fuego, y la cera ayudó a las llamas». Aquí le interrumpí: «¡Gracias a Dios que está la otra copia en la caja fuerte!». Su rostro se iluminó por un momento, pero volvió a decaer mientras continuaba: «Bajé entonces las escaleras, pero no pude ver rastro de él. Miré en la habitación de Renfield; pero no había rastro allí, excepto...». De nuevo hizo una pausa. «Continúa», dijo Harker con voz ronca; así que él inclinó la cabeza y, humedeciéndose los labios con la lengua, añadió: «excepto que el pobre hombre está muerto». La señora Harker levantó la cabeza, mirando de uno a otro de nosotros mientras decía solemnemente:
«¡Hágase la voluntad de Dios!». No pude evitar sentir que Art estaba ocultando algo; pero, como supuse que era con un propósito, no dije nada. Van Helsing se volvió hacia Morris y preguntó:
«¿Y usted, amigo Quincey, tiene algo que contarnos?».
«Un poco —respondió—. Puede que sea mucho al final, pero por ahora no puedo asegurarlo. Pensé que sería bueno saber, si era posible, a dónde iría el Conde cuando dejara la casa. No lo vi; pero vi un murciélago salir volando de la ventana de Renfield y aletear hacia el oeste. Esperaba verlo regresar de alguna forma a Carfax; pero evidentemente buscó alguna otra guarida. No volverá esta noche; pues el cielo se está enrojeciendo por el este y el amanecer está cerca. ¡Debemos trabajar mañana!».
Dijo las últimas palabras apretando los dientes. Durante un espacio de quizás un par de minutos hubo silencio, y pude imaginar que escuchaba el sonido de nuestros corazones latiendo; luego Van Helsing dijo, colocando su mano muy tiernamente sobre la cabeza de la señora Harker:
«Y ahora, señora Mina... pobre, querida, queridísima señora Mina... díganos exactamente qué sucedió. Dios sabe que no quiero que sufra; pero es necesario que lo sepamos todo. Porque ahora más que nunca, todo el trabajo debe hacerse rápido y de forma precisa, y con una seriedad mortal. El día que debe terminarlo todo está cerca, si es que así puede ser; y ahora es la oportunidad de que podamos vivir y aprender».
La pobre y querida dama se estremeció, y pude ver la tensión de sus nervios mientras abrazaba a su marido más fuerte contra sí y doblaba la cabeza más y más sobre su pecho. Luego levantó la cabeza con orgullo y tendió una mano a Van Helsing, quien la tomó en la suya y, tras inclinarse y besarla con reverencia, la sostuvo con firmeza. La otra mano estaba entrelazada con la de su marido, quien mantenía su otro brazo rodeándola protectoramente. Tras una pausa en la que ella estaba evidentemente ordenando sus pensamientos, comenzó:
«Tomé el somnífero que tan amablemente me habíais dado, pero durante mucho tiempo no hizo efecto. Parecía estar más despierta, y miríadas de fantasías horribles comenzaron a agolparse en mi mente; todas ellas relacionadas con la muerte, y los vampiros; con sangre, y dolor, y problemas». Su marido gimió involuntariamente mientras ella se volvía hacia él y le decía amorosamente: «No te preocupes, querido. Debes ser valiente y fuerte, y ayudarme en la horrible tarea. Si solo supieras qué esfuerzo supone para mí contar esta cosa tan temible, entenderías cuánto necesito tu ayuda. Bueno, vi que debía intentar ayudar al medicamento a hacer su trabajo con mi voluntad, si iba a servirme de algo, así que me dispuse resueltamente a dormir. Efectivamente, el sueño debió llegar pronto, pues no recuerdo nada más. La llegada de Jonathan no me despertó, pues estaba a mi lado cuando volví a recordar. Había en la habitación la misma niebla blanca y fina que había notado antes. Pero olvido ahora si sabéis de esto; lo encontraréis en mi diario, que os mostraré más tarde. Sentí el mismo terror vago que había sentido antes, y la misma sensación de alguna presencia. Me giré para despertar a Jonathan, pero descubrí que dormía tan profundamente que parecía como si fuera él quien hubiera tomado el somnífero y no yo. Lo intenté, pero no pude despertarlo. Esto me causó un gran miedo, y miré a mi alrededor aterrorizada. Entonces, en efecto, mi corazón se hundió en mi pecho: junto a la cama, como si hubiera salido de la niebla, o más bien como si la niebla se hubiera convertido en su figura, pues había desaparecido por completo, estaba un hombre alto y delgado, todo de negro. Lo reconocí al instante por las descripciones de los demás. El rostro cerúleo; la nariz aguileña y alta, sobre la que la luz caía en una fina línea blanca; los labios rojos y entreabiertos, con los dientes blancos y afilados asomando entre ellos; y los ojos rojos que me había parecido ver en la puesta de sol sobre las ventanas de la iglesia de St. Mary en Whitby. Conocía, también, la cicatriz roja en su frente donde Jonathan lo había golpeado. Por un instante mi corazón se detuvo, y habría gritado, de no haber estado paralizada. En la pausa, él habló en una especie de susurro agudo y cortante, señalando mientras hablaba a Jonathan:
“¡Silencio! Si haces un sonido, lo tomaré y le haré saltar los sesos ante tus propios ojos”. Estaba horrorizada y demasiado desconcertada para hacer o decir nada. Con una sonrisa burlona, colocó una mano sobre mi hombro y, sujetándome con fuerza, dejó al descubierto mi garganta con la otra, diciendo mientras lo hacía: “Primero, un poco de refrigerio para recompensar mis esfuerzos. Más te vale estar quieta; ¡no es la primera vez, ni la segunda, que tus venas han saciado mi sed!”. Estaba aturdida, y, extrañamente, no quería impedírselo. Supongo que es parte de la horrible maldición que tal es, cuando su tacto está sobre su víctima. ¡Y oh, Dios mío, Dios mío, ten piedad de mí! ¡Puso sus labios humeantes sobre mi garganta!». Su marido volvió a gemir. Ella le apretó la mano con más fuerza y lo miró con lástima, como si él fuera el perjudicado, y continuó:
«Sentí que mis fuerzas se desvanecían, y estaba en un semi-desmayo. Cuánto duró esta cosa horrible no lo sé; pero pareció que debió pasar mucho tiempo antes de que retirara su boca asquerosa, terrible y burlona. ¡La vi gotear con la sangre fresca!». El recuerdo pareció por un momento superarla, y se desplomó y se habría hundido si no fuera por el brazo sostenedor de su marido. Con un gran esfuerzo se recuperó y continuó:
«Entonces me habló burlonamente: “Y así tú, como los otros, querrías usar tu inteligencia contra la mía. ¡Querrías ayudar a estos hombres a cazarme y frustrarme en mis planes! Sabes ahora, y ellos saben en parte ya, y sabrán por completo antes de mucho tiempo, lo que es cruzar mi camino. Deberían haber guardado sus energías para usarlas más cerca de casa. Mientras ellos jugaban al ingenio contra mí, contra mí que mandé naciones, e intrigué por ellas, y luché por ellas, cientos de años antes de que nacieran, yo los estaba minando. Y tú, su amada, eres ahora para mí carne de mi carne; sangre de mi sangre; pariente de mi pariente; mi generosa prensa de vino por un tiempo; y serás más tarde mi compañera y mi ayudante. Serás vengada a tu vez; pues ninguno de ellos dejará de servir a tus necesidades. Pero por ahora has de ser castigada por lo que has hecho. Has ayudado a frustrarme; ahora vendrás a mi llamada. Cuando mi cerebro diga “¡Ven!” para ti, cruzarás tierra o mar para hacer mi voluntad; y para ese fin, ¡esto!”. Con eso se abrió la camisa, y con sus largas y afiladas uñas abrió una vena en su pecho. Cuando la sangre comenzó a brotar, tomó mis manos en una de las suyas, sujetándolas con fuerza, y con la otra me agarró el cuello y presionó mi boca contra la herida, de modo que debía asfixiarme o tragar algo de la... ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho para merecer tal destino, yo que he intentado caminar con humildad y rectitud todos mis días? ¡Dios ten piedad de mí! ¡Mira hacia abajo a una pobre alma en un peligro peor que el mortal; y con misericordia ten piedad de aquellos para quienes ella es querida!». Entonces comenzó a frotarse los labios como para limpiarlos de la contaminación.
Mientras contaba su terrible historia, el cielo oriental comenzó a aclararse, y todo se hizo más y más claro. Harker estaba quieto y tranquilo; pero sobre su rostro, a medida que la espantosa narración continuaba, apareció un tono gris que se profundizó y se profundizó bajo la luz de la mañana, hasta que, cuando la primera franja roja del amanecer se disparó hacia arriba, la carne resaltó oscuramente contra el cabello que se blanqueaba.
Hemos dispuesto que uno de nosotros permanezca al alcance de la pareja desdichada hasta que podamos reunirnos y organizar cómo tomar medidas.
De esto estoy seguro: el sol sale hoy sobre ninguna casa más miserable en todo el gran curso de su recorrido diario.
/Diario de Jonathan Harker./
3 de octubre.—Como debo hacer algo o volverme loco, escribo este diario. Son las seis en punto y debemos reunirnos en el estudio dentro de media hora para tomar algo de comer; pues el doctor Van Helsing y el doctor Seward están de acuerdo en que si no comemos no podremos trabajar al máximo de nuestras capacidades. Dios sabe que nuestro máximo esfuerzo será necesario hoy. Debo seguir escribiendo a cada oportunidad, pues no me atrevo a detenerme a pensar. Todo, lo grande y lo pequeño, debe quedar registrado; tal vez al final, las cosas pequeñas sean las que más nos enseñen. La enseñanza, grande o pequeña, no podría haber llevado a Mina ni a mí a un lugar peor que en el que nos encontramos hoy. Sin embargo, debemos confiar y esperar. La pobre Mina me dijo hace un momento, con las lágrimas rodando por sus queridas mejillas, que es en la angustia y en la prueba donde nuestra fe es puesta a examen; que debemos seguir confiando; y que Dios nos ayudará hasta el final. ¡El final! ¡Oh, Dios mío! ¿Qué final?... ¡A trabajar! ¡A trabajar!
Cuando el doctor Van Helsing y el doctor Seward regresaron de ver al pobre Renfield, tratamos con gravedad lo que debía hacerse. Primero, el doctor Seward nos dijo que cuando él y el doctor Van Helsing habían bajado a la habitación de abajo, encontraron a Renfield tendido en el suelo, hecho un ovillo. Su rostro estaba todo magullado y aplastado, y los huesos del cuello estaban rotos.
El doctor Seward le preguntó al asistente que estaba de guardia en el pasillo si había oído algo. Dijo que había estado sentado —confesó haber estado medio dormitando— cuando oyó voces fuertes en la habitación, y luego Renfield había gritado fuerte varias veces: “¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!”. Después de eso hubo un sonido de caída, y cuando entró en la habitación lo encontró tendido en el suelo, boca abajo, tal como lo habían visto los médicos. Van Helsing preguntó si había oído “voces” o “una voz”, y él dijo que no sabría decir; que al principio le había parecido como si hubiera dos, pero como no había nadie en la habitación solo podía haber sido una. Podría jurar, si fuera necesario, que la palabra “Dios” fue pronunciada por el paciente. El doctor Seward nos dijo, cuando estuvimos a solas, que no deseaba profundizar en el asunto; la cuestión de una investigación judicial debía ser considerada, y no sería bueno exponer la verdad, ya que nadie la creería. Tal como estaban las cosas, pensó que, basándose en el testimonio del asistente, podía dar un certificado de defunción por accidente al caer de la cama. En caso de que el forense lo exigiera, habría una investigación formal, necesariamente con el mismo resultado.
Cuando se comenzó a discutir la cuestión de cuál debería ser nuestro siguiente paso, lo primero que decidimos fue que Mina debía estar en plena confianza; que nada de ningún tipo —por doloroso que fuera— debía ocultársele. Ella misma estuvo de acuerdo en cuanto a su prudencia, y era lamentable verla tan valiente y, sin embargo, tan afligida, y en tal profundidad de desesperación. “No debe haber más ocultamientos”, dijo. “¡Ay! Ya hemos tenido demasiado. Y además, no hay nada en todo el mundo que pueda causarme más dolor del que ya he soportado, ¡del que sufro ahora! ¡Cualquier cosa que suceda, debe ser de nueva esperanza o de nuevo valor para mí!”. Van Helsing la miraba fijamente mientras hablaba y dijo, repentina pero tranquilamente:
“Pero, querida señora Mina, ¿no tiene miedo; no por usted misma, sino por otros a causa de usted, después de lo que ha sucedido?”. Su rostro se endureció en sus líneas, pero sus ojos brillaron con la devoción de una mártir mientras respondía:
“¡Ah, no! ¡Porque mi decisión está tomada!”.
“¿A qué?”, preguntó él con suavidad, mientras todos estábamos muy quietos; pues cada uno a nuestra manera teníamos una idea vaga de lo que ella quería decir. Su respuesta llegó con una simplicidad directa, como si simplemente estuviera declarando un hecho:
“Porque si encuentro en mí misma —y estaré atenta para detectarlo— una señal de daño para cualquiera a quien amo, ¡moriré!”.
“¿No se suicidaría?”, preguntó él con voz ronca.
“Lo haría; ¡si no hubiera ningún amigo que me amara, que me ahorrara tal dolor y tan desesperado esfuerzo!”. Ella lo miró significativamente mientras hablaba. Él estaba sentado; pero ahora se levantó y se acercó a ella y puso su mano sobre su cabeza mientras decía solemnemente:
“Hija mía, existe tal persona si fuera para su bien. Por mí mismo, podría asumir ante Dios encontrar tal eutanasia para usted, incluso en este momento, si fuera lo mejor. ¡Es más, si fuera seguro! Pero, hija mía...” por un momento pareció ahogarse, y un gran sollozo subió por su garganta; lo tragó y continuó:
“Hay aquí algunos que se interpondrían entre usted y la muerte. No debe morir. No debe morir por ninguna mano; pero menos que nada por la suya propia. Hasta que el otro, quien ha mancillado su dulce vida, esté verdaderamente muerto, usted no debe morir; pues si él sigue estando con los vivos No-Muertos, su muerte la convertiría en lo mismo que él. ¡No, debe vivir! Debe luchar y esforzarse por vivir, aunque la muerte parezca un beneficio inefable. ¡Debe luchar contra la Muerte misma, aunque venga a usted en el dolor o en la alegría; de día o de noche; en seguridad o en peligro! Bajo su alma viva le ordeno que no muera —es más, ni siquiera piense en la muerte— hasta que este gran mal haya pasado”. La pobre querida se puso blanca como la muerte, y se sacudió y tembló, como he visto a una arena movediza sacudirse y temblar ante la llegada de la marea. Todos estábamos en silencio; no podíamos hacer nada. Finalmente, ella se calmó y, volviéndose hacia él, dijo con dulzura, pero ¡oh, tan tristemente!, mientras extendía su mano:
“Le prometo, mi querido amigo, que si Dios me permite vivir, me esforzaré por hacerlo; hasta que, si es en Su buen momento, este horror haya pasado lejos de mí”. Ella era tan buena y valiente que todos sentimos que nuestros corazones se fortalecían para trabajar y resistir por ella, y comenzamos a discutir qué íbamos a hacer. Le dije que ella tendría todos los papeles en la caja fuerte, y todos los papeles o diarios y fonógrafos que pudiéramos usar de ahora en adelante; y que debía llevar el registro como lo había hecho antes. Ella se sintió complacida con la perspectiva de tener algo que hacer, si es que “complacida” podía usarse en relación con un interés tan sombrío.
Como de costumbre, Van Helsing había pensado más allá de todos los demás y estaba preparado con una ordenanza exacta de nuestro trabajo.
“Tal vez sea bueno”, dijo, “que en nuestra reunión después de nuestra visita a Carfax decidiéramos no hacer nada con las cajas de tierra que allí yacían. Si lo hubiéramos hecho, el Conde habría adivinado nuestro propósito y sin duda habría tomado medidas de antemano para frustrar tal esfuerzo con respecto a las otras; pero ahora no conoce nuestras intenciones. Es más, con toda probabilidad no sabe que existe tal poder a nuestra disposición que puede esterilizar sus guaridas, de modo que no pueda usarlas como antaño. Ahora hemos avanzado mucho más en nuestro conocimiento sobre su disposición, que, cuando hayamos examinado la casa en Piccadilly, podremos rastrear hasta la última de ellas. Hoy, pues, es nuestro; y en él reside nuestra esperanza. El sol que salió sobre nuestra tristeza esta mañana nos protege en su curso. Hasta que se ponga esta noche, ese monstruo debe conservar cualquier forma que ahora tenga. Está confinado dentro de las limitaciones de su envoltura terrenal. No puede fundirse en el aire ni desaparecer a través de grietas, hendiduras o fisuras. Si atraviesa una puerta, debe abrirla como un mortal. Y así tenemos este día para buscar todas sus guaridas y esterilizarlas. De este modo, si aún no lo hemos atrapado y destruido, lo acorralaremos en algún lugar donde la captura y la destrucción sean, a tiempo, seguras”. Aquí me levanté de un salto, pues no podía contenerme ante la idea de que los minutos y segundos tan preciosamente cargados con la vida y la felicidad de Mina se nos escapaban, ya que mientras hablábamos era posible actuar. Pero Van Helsing levantó la mano en señal de advertencia. “No, amigo Jonathan”, dijo, “en esto, el camino más rápido a casa es el más largo, como dice su proverbio. Todos actuaremos, y actuaremos con rapidez desesperada, cuando llegue el momento. Pero piense, con toda probabilidad la clave de la situación está en esa casa de Piccadilly. El Conde puede tener muchas casas que ha comprado. De ellas tendrá escrituras de compra, llaves y otras cosas. Tendrá papel en el que escribe; tendrá su libro de cheques. Hay muchas pertenencias que debe tener en alguna parte; ¿por qué no en este lugar tan céntrico, tan tranquilo, donde va y viene por delante o por detrás a todas horas, cuando en medio del gran tráfico no hay nadie que lo note? Iremos allí y registraremos esa casa; y cuando sepamos lo que contiene, entonces haremos lo que nuestro amigo Arthur llama, en sus frases de caza, ‘tapar las madrigueras’ y así atraparemos a nuestro viejo zorro, ¿no es así?”.
“Entonces vayamos de una vez”, grité, “¡estamos desperdiciando el precioso, precioso tiempo!”. El Profesor no se movió, sino que simplemente dijo:
“¿Y cómo vamos a entrar en esa casa de Piccadilly?”.
“¡De cualquier manera!”, grité. “Entraremos por la fuerza si es necesario”.
“¿Y su policía; dónde estarán ellos y qué dirán?”.
Me quedé desconcertado; pero sabía que si deseaba retrasar era por una buena razón. Así que dije, lo más tranquilamente que pude:
“No espere más de lo necesario; sabe, estoy seguro, la tortura en la que estoy”.
“Ah, hija mía, eso lo sé; y de hecho no tengo ningún deseo de añadir a su angustia. Pero piense, ¿qué podemos hacer hasta que todo el mundo esté en movimiento? Entonces llegará nuestro tiempo. He pensado y pensado, y me parece que la forma más sencilla es la mejor de todas. Ahora queremos entrar en la casa, pero no tenemos la llave; ¿no es así?”. Asentí.
“Ahora suponga que usted fuera, en verdad, el dueño de esa casa, y aun así no pudiera entrar; y piense que para usted no hubiera conciencia de ladrón, ¿qué haría?”.
“Conseguiría un cerrajero respetable y lo pondría a trabajar para que abriera la cerradura por mí”.
“Y su policía, ellos interferirían, ¿no es así?”.
“¡Oh, no! No si supieran que el hombre estaba debidamente empleado”.
“Entonces”, me miró fijamente mientras hablaba, “todo lo que está en duda es la conciencia del empleador, y la creencia de sus policías sobre si ese empleador tiene una buena conciencia o una mala. Su policía debe ser de hecho hombres celosos y listos —¡oh, tan listos!— en leer el corazón, para que se preocupen por tal asunto. No, no, mi amigo Jonathan, usted vaya a quitar la cerradura de cien casas vacías en este su Londres, o de cualquier ciudad del mundo; y si lo hace como tales cosas se hacen correctamente, y en el momento en que tales cosas se hacen correctamente, nadie interferirá. He leído sobre un caballero que poseía una casa tan fina en su Londres, y cuando se fue por los meses de verano a Zwitzerland y cerró su casa, algún ladrón vino y rompió la ventana de atrás y entró. Luego fue e hizo abrir las contraventanas del frente y entró y salió por la puerta, ante los mismos ojos de la policía. Luego tuvo una subasta en esa casa, y la anunció, y puso un gran aviso; y cuando llegó el día, vendió en una gran subasta todos los bienes de ese otro hombre que los poseía. Luego fue a ver a un constructor, y le vendió esa casa, haciendo un acuerdo de que la derribara y se llevara todo dentro de un tiempo determinado. Y su policía y otras autoridades lo ayudan todo lo que pueden. Y cuando ese dueño regresa de sus vacaciones en Zwitzerland, encuentra solo un agujero vacío donde había estado su casa. Todo esto se hizo en règle; y en nuestro trabajo también estaremos en règle. No iremos tan temprano para que el policía, que entonces tiene poco en qué pensar, lo encuentre extraño; pero iremos después de las diez en punto cuando hay muchos alrededor, y cuando tales cosas se harían si fuéramos realmente los dueños de la casa”.
No pude sino ver lo correcto que estaba, y la terrible desesperación del rostro de Mina se relajó un poco; había esperanza en tan buen consejo. Van Helsing continuó:
“Una vez dentro de esa casa, podemos encontrar más pistas; al menos algunos de nosotros podemos permanecer allí mientras el resto encuentra los otros lugares donde hay más cajas de tierra, en Bermondsey y Mile End”.
Lord Godalming se puso en pie. “Puedo ser de alguna utilidad aquí”, dijo. “Enviaré un telegrama a mi gente para que tengan caballos y carruajes donde sean más convenientes”.
“Escuche, viejo amigo”, dijo Morris, “es una idea excelente tener todo listo en caso de que queramos ir a caballo; pero ¿no cree que uno de sus elegantes carruajes con sus adornos heráldicos en un callejón en Walworth o Mile End llamaría demasiado la atención para nuestros propósitos? Me parece que deberíamos tomar taxis cuando vayamos al sur o al este; e incluso dejarlos en algún lugar cerca del vecindario al que vamos”.
“¡El amigo Quincey tiene razón!”, dijo el Profesor. “Su cabeza está, como dicen, en línea con el horizonte. Es algo difícil lo que vamos a hacer, y no queremos que ninguna persona nos vigile si puede evitarse”.
Mina mostraba un interés creciente en todo, y me alegré de ver que la exigencia de los asuntos la ayudaba a olvidar por un tiempo la terrible experiencia de la noche. Estaba muy, muy pálida, casi cadavérica, y tan delgada que sus labios estaban contraídos, mostrando sus dientes con cierta prominencia. No mencioné esto último, para no causarle un dolor innecesario; pero me helaba la sangre en las venas pensar en lo que había ocurrido con la pobre Lucy cuando el Conde había succionado su sangre. Todavía no había señales de que los dientes se volvieran más afilados; pero el tiempo aún era corto, y había lugar para el miedo.
Cuando llegamos a la discusión de la secuencia de nuestros esfuerzos y de la disposición de nuestras fuerzas, surgieron nuevas fuentes de duda. Finalmente se acordó que antes de partir hacia Piccadilly destruiríamos la guarida del Conde que estaba cerca. En caso de que él se enterara demasiado pronto, seguiríamos estando por delante de él en nuestro trabajo de destrucción; y su presencia en su forma puramente material, y en su punto más débil, podría darnos alguna nueva pista.
En cuanto a la disposición de las fuerzas, el Profesor sugirió que, después de nuestra visita a Carfax, todos entráramos en la casa de Piccadilly; que los dos médicos y yo permaneciéramos allí, mientras Lord Godalming y Quincey encontraban las guaridas en Walworth y Mile End y las destruían. Era posible, si no probable, insistió el Profesor, que el Conde apareciera en Piccadilly durante el día, y que, de ser así, podríamos ser capaces de enfrentarlo allí mismo. En cualquier caso, podríamos ser capaces de seguirlo con toda nuestra fuerza. A este plan me opuse enérgicamente, en lo que respecta a mi participación, pues dije que pretendía quedarme y proteger a Mina. Pensé que mi decisión era firme sobre el tema; pero Mina no quiso escuchar mi objeción. Dijo que podría haber algún asunto legal en el que yo fuera útil; que entre los papeles del Conde podría haber alguna pista que yo pudiera entender por mi experiencia en Transilvania; y que, tal como estaban las cosas, toda la fuerza que pudiéramos reunir era necesaria para enfrentarnos al extraordinario poder del Conde. Tuve que ceder, pues la resolución de Mina era firme; dijo que nuestra última esperanza era que trabajáramos todos juntos. “En cuanto a mí”, dijo, “no tengo miedo. Las cosas han estado tan mal como pueden estar; y cualquier cosa que suceda debe tener en sí algún elemento de esperanza o consuelo. ¡Vaya, mi marido! Dios puede, si así lo desea, protegerme tanto sola como con alguien presente”. Así que me levanté exclamando: “Entonces, en nombre de Dios, vámonos de una vez, porque estamos perdiendo el tiempo. El Conde puede llegar a Piccadilly antes de lo que pensamos”.
“¡No es así!”, dijo Van Helsing, levantando la mano.
“¿Pero por qué?”, pregunté.
“¿Olvida”, dijo, con una sonrisa, “que anoche banqueteó abundantemente y dormirá hasta tarde?”.
¡Si olvidé! ¡Podré alguna vez... podré alguna vez! ¿Puede alguno de nosotros olvidar jamás esa terrible escena! Mina luchó mucho por mantener su semblante valiente; pero el dolor la superó y se puso las manos ante el rostro, y se estremeció mientras gemía. Van Helsing no había tenido la intención de recordar su espantosa experiencia. Simplemente la había perdido de vista a ella y a su parte en el asunto en su esfuerzo intelectual. Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, quedó horrorizado por su falta de tacto e intentó consolarla. “Oh, señora Mina”, dijo, “querida, querida señora Mina, ¡ay! que yo, de entre todos los que tanto la reverenciamos, haya dicho algo tan descuidado. Estos estúpidos labios míos y esta estúpida cabeza mía no merecen tal cosa; pero lo olvidará, ¿no es así?”. Se inclinó profundamente junto a ella mientras hablaba; ella tomó su mano y, mirándolo a través de sus lágrimas, dijo con voz ronca:
“No, no lo olvidaré, pues es bueno que recuerde; y con ello tengo tanto en mi memoria de usted que es dulce, que lo tomo todo junto. Ahora, deben irse todos pronto. El desayuno está listo, y debemos comer todos para que podamos ser fuertes”.
El desayuno fue una comida extraña para todos nosotros. Intentamos estar alegres y animarnos unos a otros, y Mina fue la más brillante y alegre de nosotros. Cuando terminó, Van Helsing se puso en pie y dijo:
“Ahora, mis queridos amigos, nos dirigimos a nuestra terrible empresa. ¿Estamos todos armados, como lo estábamos esa noche en que visitamos por primera vez la guarida de nuestro enemigo; armados contra ataques fantasmales tanto como carnales?”. Todos le aseguramos que sí. “Entonces está bien. Ahora, señora Mina, usted está en cualquier caso completamente a salvo aquí hasta la puesta del sol; y antes de eso regresaremos, si... ¡si regresamos! Pero antes de irnos, permítame verla armada contra ataques personales. Yo mismo, desde que usted bajó, preparé su habitación colocando las cosas de las que conocemos, para que Él no pueda entrar. Ahora permítame protegerla a usted. En su frente toco este trozo de Sagrada Forma en nombre del Padre, del Hijo, y...”.
Hubo un grito aterrador que casi nos heló el corazón al oírlo. Mientras colocaba la Forma en la frente de Mina, la había marcado, la había quemado en la carne como si hubiera sido un trozo de metal al rojo vivo. El cerebro de mi pobre querida le indicó el significado del hecho tan rápido como sus nervios recibieron el dolor del mismo; y ambos la abrumaron tanto que su naturaleza sobreexcitada tuvo voz en ese grito espantoso. Pero las palabras a su pensamiento llegaron rápidamente; el eco del grito no había dejado de resonar en el aire cuando llegó la reacción, y ella se hundió de rodillas en el suelo en una agonía de humillación. Tirando de su hermoso cabello sobre su rostro, como el leproso de antaño su manto, gimió:
«¡Inmunda! ¡Inmunda! ¡Incluso el Todopoderoso rehúye mi carne contaminada! Debo llevar esta marca de vergüenza en mi frente hasta el Día del Juicio». Todos hicieron una pausa. Me había arrojado a su lado en una agonía de dolor impotente y, rodeándola con mis brazos, la mantuve apretada. Durante unos minutos nuestros corazones afligidos latieron al unísono, mientras los amigos que nos rodeaban apartaban la vista, por la que corrían lágrimas en silencio. Entonces Van Helsing se volvió y dijo con gravedad; con tal gravedad que no pude evitar sentir que estaba de algún modo inspirado y que exponía cosas ajenas a sí mismo:
«Puede que tengáis que llevar esa marca hasta que Dios mismo lo crea oportuno, como sin duda hará, en el Día del Juicio, para reparar todos los males de la tierra y de Sus hijos que en ella ha puesto. Y oh, señora Mina, querida mía, querida mía, que nosotros, que os amamos, estemos allí para verlo, cuando esa cicatriz roja, el signo del conocimiento de Dios sobre lo que ha sido, desaparezca y deje vuestra frente tan pura como el corazón que conocemos. Pues tan seguro como que vivimos, esa cicatriz desaparecerá cuando Dios vea correcto levantar la carga que pesa sobre nosotros. Hasta entonces llevamos nuestra Cruz, como Su Hijo hizo en obediencia a Su voluntad. Puede que seamos instrumentos elegidos de Su beneplácito, y que ascendamos a Su mandato como aquel otro a través de los azotes y la vergüenza; a través de las lágrimas y la sangre; a través de las dudas y los miedos, y todo lo que marca la diferencia entre Dios y el hombre».
Había esperanza en sus palabras, y consuelo; y propiciaban la resignación. Mina y yo lo sentimos así, y simultáneamente cada uno tomó una de las manos del anciano, se inclinó y la besó. Entonces, sin decir palabra, nos arrodillamos todos juntos y, tomándonos de las manos, juramos ser fieles el uno al otro. Nosotros, los hombres, nos comprometimos a levantar el velo de dolor de la cabeza de aquella a quien, cada uno a su manera, amábamos; y rezamos por ayuda y guía en la terrible tarea que teníamos ante nosotros.
Entonces llegó el momento de partir. Así que me despedí de Mina, una separación que ninguno de los dos olvidará hasta el día de nuestra muerte; y nos pusimos en camino.
He tomado una decisión: si descubrimos que Mina debe ser una vampiresa al final, entonces no irá sola a esa tierra desconocida y terrible. Supongo que es así como en los viejos tiempos un vampiro significaba muchos; al igual que sus cuerpos odiosos solo podían descansar en tierra sagrada, el amor más santo era el sargento reclutador para sus filas espantosas.
Entramos en Carfax sin problemas y encontramos todo igual que en la primera ocasión. Resultaba difícil creer que entre un entorno tan prosaico de abandono, polvo y decadencia hubiera motivo para tal miedo como el que ya conocíamos. Si nuestras mentes no hubieran estado decididas, y si no hubiera habido terribles recuerdos para impulsarnos, apenas habríamos podido continuar con nuestra tarea. No encontramos papeles, ni señal alguna de uso en la casa; y en la vieja capilla, las grandes cajas se veían tal como las habíamos visto la última vez. El Dr. Van Helsing nos dijo solemnemente mientras estábamos ante ellas:
«Y ahora, amigos míos, tenemos un deber que cumplir aquí. Debemos esterilizar esta tierra, tan sagrada de recuerdos santos, que él ha traído de una tierra lejana para un uso tan vil. Ha elegido esta tierra porque ha sido santa. Así le derrotamos con su propia arma, pues la hacemos aún más santa. Fue santificada para tal uso del hombre, ahora la santificamos para Dios». Mientras hablaba, sacó de su maletín un destornillador y una llave inglesa, y muy pronto la tapa de una de las cajas fue abierta. La tierra olía a humedad y a cerrado; pero de alguna manera no pareció importarnos, pues nuestra atención estaba concentrada en el Profesor. Tomando de su caja un trozo de la Sagrada Forma, la depositó con reverencia sobre la tierra y, luego, al cerrar la tapa, comenzó a atornillarla, ayudándole nosotros mientras trabajaba.
Una a una tratamos de la misma manera cada una de las grandes cajas, y las dejamos tal como las habíamos encontrado, aparentemente; pero en cada una había una porción de la Hostia.
Cuando cerramos la puerta tras nosotros, el Profesor dijo solemnemente:
«Mucho está ya hecho. Si puede ser que con todas las demás tengamos tanto éxito, ¡entonces el atardecer de esta tarde podrá brillar sobre la frente de la señora Mina, blanca como el marfil y sin mancha alguna!».
Mientras cruzábamos el césped camino a la estación para tomar nuestro tren, pudimos ver la fachada del manicomio. Miré con impaciencia y vi a Mina en la ventana de mi habitación. La saludé con la mano y asentí para decirle que nuestro trabajo allí había sido completado con éxito. Ella asintió en respuesta para mostrar que lo entendía. Lo último que vi fue que ella agitaba su mano en señal de despedida. Con el corazón apesadumbrado buscamos la estación y justo tomamos el tren, que estaba entrando en la estación mientras llegábamos al andén.
He escrito esto en el tren.
Piccadilly, 12.30. Justo antes de llegar a Fenchurch Street, Lord Godalming me dijo:
«Quincey y yo buscaremos a un cerrajero. Será mejor que no vengas con nosotros en caso de que surja alguna dificultad; pues, dadas las circunstancias, no parecería tan malo para nosotros entrar a la fuerza en una casa vacía. Pero tú eres abogado, y la Incorporated Law Society podría decirte que deberías haber sabido comportarte mejor». Yo objeté el hecho de no compartir ningún peligro, ni siquiera el de la ignominia, pero él continuó: «Además, atraerá menos atención si no somos demasiados. Mi título hará que todo esté bien con el cerrajero, y con cualquier policía que pueda aparecer. Será mejor que vayas con Jack y el Profesor y te quedes en Green Park, en algún lugar a la vista de la casa; y cuando veas que la puerta se abre y el cerrajero se ha ido, venid todos. Estaremos atentos a vosotros y os dejaremos entrar».
«¡El consejo es bueno!», dijo Van Helsing, así que no dijimos más. Godalming y Morris se apresuraron a subir a un coche de caballos, y nosotros les seguimos en otro. En la esquina de Arlington Street nuestro contingente bajó y paseó por Green Park. Mi corazón latía al ver la casa en la que se centraba gran parte de nuestra esperanza, alzándose sombría y silenciosa en su estado de abandono entre sus vecinos más animados y elegantes. Nos sentamos en un banco con buena visibilidad y comenzamos a fumar cigarros para atraer la menor atención posible. Los minutos parecieron pasar con pies de plomo mientras esperábamos la llegada de los demás.
Por fin vimos llegar un coche de cuatro ruedas. De él bajaron, con aire pausado, Lord Godalming y Morris; y del pescante descendió un obrero fornido con su cesta de herramientas tejida con juncos. Morris pagó al cochero, quien se tocó el sombrero y se marchó. Juntos, los dos subieron los escalones y Lord Godalming le indicó lo que quería que hiciera. El obrero se quitó la chaqueta tranquilamente y la colgó en una de las puntas de la barandilla, diciendo algo a un policía que justo entonces paseaba por allí. El policía asintió en señal de aquiescencia, y el hombre, arrodillándose, colocó su bolsa a su lado. Tras registrarla, sacó una selección de herramientas que procedió a colocar a su lado de forma ordenada. Luego se levantó, miró por la cerradura, sopló en ella y, volviéndose hacia sus empleadores, hizo algún comentario. Lord Godalming sonrió, y el hombre levantó un buen manojo de llaves; seleccionando una de ellas, comenzó a sondear la cerradura, como si tanteara el camino con ella. Tras hurgar un poco, probó una segunda y luego una tercera. De repente, la puerta se abrió ante un ligero empujón suyo, y él y los otros dos entraron en el vestíbulo. Nos quedamos quietos; mi propio cigarro ardía furiosamente, pero el de Van Helsing se apagó por completo. Esperamos pacientemente mientras veíamos al obrero salir y meter su bolsa. Luego mantuvo la puerta parcialmente abierta, sujetándola con las rodillas mientras ajustaba una llave en la cerradura. Finalmente se la entregó a Lord Godalming, quien sacó su cartera y le dio algo. El hombre se tocó el sombrero, tomó su bolsa, se puso su chaqueta y se marchó; ni un alma prestó la más mínima atención a toda la operación.
Cuando el hombre se hubo ido por completo, los tres cruzamos la calle y llamamos a la puerta. Fue abierta inmediatamente por Quincey Morris, a cuyo lado estaba Lord Godalming encendiendo un cigarro.
«El lugar huele tan vilmente», dijo este último mientras entrábamos. En efecto, olía vilmente, como la vieja capilla de Carfax, y con nuestra experiencia previa nos quedó claro que el Conde había estado usando el lugar con bastante libertad. Nos movimos para explorar la casa, manteniéndonos todos juntos en caso de ataque; pues sabíamos que teníamos que tratar con un enemigo fuerte y astuto, y aún no sabíamos si el Conde podría estar en la casa. En el comedor, que estaba detrás del vestíbulo, encontramos ocho cajas de tierra. ¡Ocho cajas solamente de las nueve que buscábamos! Nuestro trabajo no había terminado, y nunca lo haría hasta que hubiéramos encontrado la caja perdida. Primero abrimos las contraventanas de la ventana que daba a un estrecho patio pavimentado de piedra, frente a la pared vacía de un establo, señalada para parecer la fachada de una casa en miniatura. No había ventanas en ella, así que no temíamos ser observados. No perdimos tiempo en examinar los cofres. Con las herramientas que habíamos traído, los abrimos, uno a uno, y los tratamos como habíamos tratado a los otros en la capilla. Era evidente para nosotros que el Conde no estaba presente en la casa, y procedimos a buscar cualquiera de sus efectos.
Después de un vistazo superficial al resto de las habitaciones, desde el sótano hasta el ático, llegamos a la conclusión de que el comedor contenía cualquier efecto que pudiera pertenecer al Conde; y así procedimos a examinarlos minuciosamente. Yacían en una especie de desorden ordenado sobre la gran mesa del comedor. Había escrituras de propiedad de la casa de Piccadilly en un gran paquete; escrituras de la compra de las casas en Mile End y Bermondsey; papel de escribir, sobres, plumas y tinta. Todo estaba cubierto con papel de envolver fino para protegerlo del polvo. Había también un cepillo para la ropa, un cepillo y un peine, y una jarra y una palangana, esta última conteniendo agua sucia que estaba enrojecida como si fuera sangre. Por último, había un pequeño montón de llaves de todo tipo y tamaño, probablemente las pertenecientes a las otras casas. Cuando examinamos este último hallazgo, Lord Godalming y Quincey Morris, tomando notas precisas de las diversas direcciones de las casas en el Este y el Sur, se llevaron las llaves en un gran manojo y se dispusieron a destruir las cajas en esos lugares. El resto de nosotros estamos, con la paciencia que podemos, esperando su regreso o la llegada del Conde.
CAPÍTULO XXIII.
Diario del Dr. Seward.
3 de octubre. El tiempo parecía terriblemente largo mientras esperábamos la llegada de Godalming y Quincey Morris. El Profesor intentó mantener nuestras mentes activas usándolas todo el tiempo. Podía ver su propósito benéfico por las miradas de reojo que lanzaba de vez en cuando a Harker. El pobre hombre está sumido en una miseria que es espantoso ver. Anoche era un hombre franco y de aspecto feliz, con un rostro juvenil fuerte, lleno de energía y con cabello castaño oscuro. Hoy es un anciano demacrado y demacrado, cuyo cabello blanco combina bien con los ojos huecos y ardientes y las líneas de dolor marcadas en su rostro. Su energía sigue intacta; de hecho, es como una llama viva. Esta podría ser su salvación, pues, si todo va bien, le ayudará a superar el período de desesperación; entonces, de alguna manera, volverá a despertar a las realidades de la vida. Pobre hombre, pensé que mi propio problema era bastante malo, ¡pero el suyo...! El Profesor lo sabe muy bien y está haciendo todo lo posible por mantener su mente activa. Lo que ha estado diciendo era, dadas las circunstancias, de un interés absorbente. Hasta donde recuerdo, aquí está:
«He estudiado, una y otra vez desde que llegaron a mis manos, todos los papeles relacionados con este monstruo; y cuanto más he estudiado, mayor parece la necesidad de erradicarlo por completo. Por todas partes hay signos de su avance; no solo de su poder, sino de su conocimiento del mismo. Como aprendí de las investigaciones de mi amigo Arminius de Buda-Pesth, fue en vida un hombre maravilloso. Soldado, estadista y alquimista, siendo este último el desarrollo más alto del conocimiento científico de su tiempo. Tenía un cerebro poderoso, una erudición incomparable y un corazón que no conocía el miedo ni el remordimiento. Se atrevió incluso a asistir a la Scholomance, y no hubo rama del conocimiento de su tiempo que no ensayara. Bueno, en él, los poderes cerebrales sobrevivieron a la muerte física; aunque parecería que la memoria no estaba del todo completa. En algunas facultades mentales ha sido, y es, solo un niño; pero está creciendo, y algunas cosas que eran infantiles al principio son ahora de estatura de hombre. Está experimentando, y lo hace bien; y si no hubiera sido porque nos hemos cruzado en su camino, él sería todavía, puede que lo sea todavía si fallamos, el padre o promotor de un nuevo orden de seres, cuyo camino debe conducir a través de la Muerte, no de la Vida».
Harker gimió y dijo: «¡Y todo esto está contra mi amada! ¡Pero cómo está experimentando? ¡El conocimiento puede ayudarnos a derrotarlo!».
«Él ha estado todo el tiempo, desde su llegada, probando su poder, lenta pero seguramente; ese gran cerebro infantil suyo está trabajando. Es bueno para nosotros que sea, todavía, un cerebro infantil; pues si se hubiera atrevido, al principio, a intentar ciertas cosas, hace mucho tiempo que habría estado fuera de nuestro poder. Sin embargo, tiene la intención de tener éxito, y un hombre que tiene siglos ante sí puede permitirse esperar e ir despacio. Festina lente bien podría ser su lema».
«No logro entender», dijo Harker con cansancio. «¡Oh, sea más claro conmigo! Quizás el dolor y los problemas están embotando mi cerebro». El Profesor puso su mano con ternura sobre su hombro mientras hablaba:
«Ah, hijo mío, seré claro. ¿No ves cómo, últimamente, este monstruo se ha estado deslizando hacia el conocimiento experimentalmente? Cómo ha estado haciendo uso del paciente zoófago para efectuar su entrada en el hogar del amigo John; pues vuestro Vampiro, aunque en todo lo posterior puede venir cuando y como quiera, debe al principio hacer la entrada solo cuando se le pida hacerlo por un interno. Pero estos no son sus experimentos más importantes. ¿No vemos cómo al principio todas estas grandes cajas fueron movidas por otros? Él no sabía entonces sino que debía ser así. Pero todo el tiempo ese gran cerebro infantil suyo estaba creciendo, y comenzó a considerar si no podría él mismo mover la caja. Así que comenzó a ayudar; y entonces, cuando descubrió que esto estaba bien, intentó moverlas todas solo. Y así progresa, y dispersa estas tumbas suyas; y nadie más que él sabe dónde están escondidas. Puede que haya tenido la intención de enterrarlas profundamente en la tierra. Mientras solo las use en la noche, o en el momento en que pueda cambiar su forma, le sirven igual de bien; ¡y nadie puede saber que estos son sus escondites! Pero, hijo mío, no te desesperes; ¡este conocimiento le llega justo demasiado tarde! Ya todas sus guaridas excepto una están esterilizadas para él; y antes del atardecer esto será así. Entonces no tendrá ningún lugar donde pueda moverse y esconderse. Me retrasé esta mañana para que pudiéramos estar seguros. ¿No hay más en juego para nosotros que para él? Entonces, ¿por qué no ser incluso más cuidadosos que él? Según mi reloj es la una, y ya, si todo va bien, el amigo Arthur y Quincey están de camino hacia nosotros. Hoy es nuestro día, y debemos ir seguros, aunque sea despacio, y no perder ninguna oportunidad. ¡Mira! somos cinco cuando regresen esos ausentes».
Mientras hablaba, nos sobresaltó un golpe en la puerta del vestíbulo, el golpe doble de cartero del chico de los telegramas. Todos salimos al vestíbulo con un solo impulso, y Van Helsing, levantando la mano para pedirnos silencio, se acercó a la puerta y la abrió. El chico entregó un despacho. El Profesor volvió a cerrar la puerta y, tras mirar la dirección, la abrió y leyó en voz alta:
«Estad atentos a D. Acaba de llegar ahora, 12.45, desde Carfax apresuradamente y se dirige hacia el sur. Parece estar haciendo la ronda y puede querer veros: Mina».
Hubo una pausa, rota por la voz de Jonathan Harker:
«¡Ahora, gracias a Dios, pronto nos encontraremos!». Van Helsing se volvió hacia él rápidamente y dijo:
«Dios actuará a Su manera y tiempo. No temáis, y no os regocijéis todavía; pues lo que deseamos en el momento puede ser nuestra ruina».
«Ya no me importa nada», respondió con vehemencia, «excepto borrar a esta bestia de la faz de la creación. ¡Vendería mi alma por hacerlo!».
«¡Oh, silencio, silencio, hijo mío!», dijo Van Helsing, «Dios no compra almas de esta manera; y el Diablo, aunque pueda comprar, no mantiene su palabra. Pero Dios es misericordioso y justo, y conoce tu dolor y tu devoción por esa querida señora Mina. Piensa cómo se duplicaría su dolor si escuchara tus palabras salvajes. No temáis a ninguno de nosotros; todos estamos dedicados a esta causa, y hoy veremos el final. Se acerca el momento de la acción; hoy este Vampiro está limitado a los poderes del hombre, y hasta la puesta del sol no puede cambiar. Le llevará tiempo llegar aquí, mira, son las veinte pasadas de la una, y todavía queda algún tiempo antes de que pueda venir aquí, por muy rápido que sea. Lo que debemos esperar es que mi Lord Arthur y Quincey lleguen primero».
Aproximadamente media hora después de haber recibido el telegrama de la señora Harker, se oyó un golpe tranquilo y resuelto en la puerta del vestíbulo. Fue solo un golpe normal, como el que dan cada hora miles de caballeros, pero hizo que el corazón del Profesor y el mío latieran con fuerza. Nos miramos y juntos salimos al vestíbulo; cada uno estaba listo para usar nuestros diversos armamentos, lo espiritual en la mano izquierda, lo moral en la derecha. Van Helsing retiró el cerrojo y, manteniendo la puerta entreabierta, se hizo a un lado, teniendo ambas manos listas para la acción. La alegría de nuestros corazones debió notarse en nuestros rostros cuando en el escalón, cerca de la puerta, vimos a Lord Godalming y Quincey Morris. Entraron rápidamente y cerraron la puerta tras ellos, diciendo el primero, mientras avanzaban por el vestíbulo:
«Todo está bien. Encontramos ambos lugares; seis cajas en cada uno, ¡y las destruimos todas!».
«¿Destruidas?», preguntó el Profesor.
«¡Para él!». Estuvimos en silencio durante un minuto, y luego Quincey dijo:
«No hay nada que hacer más que esperar aquí. Sin embargo, si no aparece para las cinco, debemos partir; pues no estará bien dejar sola a la señora Harker después de la puesta del sol».
«Estará aquí dentro de poco», dijo Van Helsing, que había estado consultando su libreta. «Nota bene, en el telegrama de la señora decía que fue hacia el sur desde Carfax; eso significa que fue a cruzar el río, y solo pudo hacerlo en la marea baja, lo cual debió ser poco antes de la una. Que fuera hacia el sur tiene un significado para nosotros. Todavía solo sospecha; y fue desde Carfax primero al lugar donde menos sospecharía que hubiera interferencias. Debiste haber estado en Bermondsey solo un poco antes que él. El hecho de que no esté aquí ya, demuestra que fue después a Mile End. Esto le llevó algún tiempo; pues entonces habría tenido que ser transportado a través del río de alguna manera. Creedme, amigos míos, no tendremos que esperar mucho ahora. Debemos tener preparado algún plan de ataque, para que no desperdiciemos ninguna oportunidad. ¡Silencio, no hay tiempo ahora! ¡Tened todas vuestras armas! ¡Estad listos!». Levantó una mano en señal de advertencia mientras hablaba, pues todos pudimos oír una llave insertada suavemente en la cerradura de la puerta del vestíbulo.
No pude sino admirar, incluso en un momento así, la forma en que un espíritu dominante se imponía. En todas nuestras partidas de caza y aventuras por diferentes partes del mundo, Quincey Morris siempre había sido quien organizaba el plan de acción, y Arthur y yo estábamos acostumbrados a obedecerle implícitamente. Ahora, el viejo hábito parecía renovarse instintivamente. Con una rápida mirada a la habitación, trazó de inmediato nuestro plan de ataque y, sin decir una palabra, con un gesto, nos colocó a cada uno en posición. Van Helsing, Harker y yo estábamos justo detrás de la puerta, de modo que cuando se abriera, el Profesor pudiera protegerla mientras nosotros dos nos interponíamos entre el recién llegado y la puerta. Godalming detrás y Quincey delante permanecían fuera de la vista, listos para moverse frente a la ventana. Esperamos en un suspenso que hizo que los segundos pasaran con una lentitud de pesadilla. Los pasos lentos y cuidadosos avanzaron por el vestíbulo; el Conde estaba evidentemente preparado para alguna sorpresa; al menos, la temía.
De repente, de un solo salto se metió en la habitación, ganando camino más allá de nosotros antes de que cualquiera pudiera levantar una mano para detenerlo. Había algo tan parecido a una pantera en el movimiento, algo tan inhumano, que pareció devolvernos la sobriedad a todos tras el impacto de su llegada. El primero en actuar fue Harker, quien, con un movimiento rápido, se lanzó ante la puerta que conducía a la habitación en la parte delantera de la casa. Cuando el Conde nos vio, una especie de gruñido horrible cruzó su rostro, mostrando los colmillos largos y puntiagudos; pero la sonrisa malvada se convirtió rápidamente en una fría mirada de desdén leonino. Su expresión cambió de nuevo, mientras, con un solo impulso, todos avanzamos hacia él. Fue una lástima que no tuviéramos un plan de ataque mejor organizado, pues incluso en ese momento me preguntaba qué debíamos hacer. Yo mismo no sabía si nuestras armas letales nos servirían de algo. Harker evidentemente tenía la intención de probar el asunto, pues tenía listo su gran cuchillo Kukri y lanzó un corte feroz y repentino contra él. El golpe fue poderoso; solo la rapidez diabólica del salto hacia atrás del Conde lo salvó. Un segundo menos y la hoja cortante le habría atravesado el corazón. Tal como fue, la punta apenas cortó la tela de su abrigo, abriendo una gran brecha de la que cayeron un fajo de billetes y un chorro de oro. La expresión del rostro del Conde era tan infernal que, por un momento, temí por Harker, aunque le vi levantar de nuevo el terrible cuchillo para otro golpe. Instintivamente me moví hacia adelante con un impulso protector, sosteniendo el crucifijo y la hostia en mi mano izquierda. Sentí un poder inmenso correr por mi brazo; y fue sin sorpresa que vi al monstruo encogerse ante un movimiento similar hecho espontáneamente por cada uno de nosotros. Sería imposible describir la expresión de odio y malignidad frustrada —de ira y furia infernal— que cubrió el rostro del Conde. Su tono ceroso se volvió amarillento verdoso por el contraste de sus ojos ardientes, y la cicatriz roja en la frente se mostraba sobre la piel pálida como una herida palpitante. Al instante siguiente, con una zambullida sinuosa, se deslizó bajo el brazo de Harker antes de que pudiera caer su golpe y, agarrando un puñado del dinero del suelo, cruzó la habitación y se lanzó por la ventana. En medio del estruendo y el brillo del cristal al romperse, cayó al patio pavimentado de abajo. A través del sonido del cristal quebrándose pude oír el «tintineo» del oro, mientras algunos de los soberanos caían sobre el pavimento.
Corrimos hacia allí y le vimos saltar ileso del suelo. Él, subiendo los escalones, cruzó el patio pavimentado y empujó la puerta del establo. Allí se volvió y nos habló:
«Pensáis desconcertarme, vosotros... con vuestras caras pálidas todas en fila, como ovejas en el matadero. ¡Ya os arrepentiréis, cada uno de vosotros! Pensáis que me habéis dejado sin un lugar donde descansar; pero tengo más. ¡Mi venganza apenas ha comenzado! La extiendo a lo largo de siglos, y el tiempo está de mi parte. Vuestras chicas a las que tanto amáis son ya mías; y a través de ellas, vosotros y otros seréis todavía míos; mis criaturas, para cumplir mis órdenes y ser mis chacales cuando quiera alimentarme. ¡Bah!». Con una mueca de desprecio, pasó rápidamente por la puerta, y oímos crujir el cerrojo oxidado mientras lo sujetaba tras él. Una puerta más allá se abrió y se cerró. El primero de nosotros en hablar fue el Profesor, mientras, al darnos cuenta de la dificultad de seguirlo a través del establo, nos movíamos hacia el vestíbulo.
«Hemos aprendido algo... ¡mucho! A pesar de sus valientes palabras, él nos teme; ¡él teme al tiempo, él teme a la necesidad! Pues si no, ¿por qué se da tanta prisa? Su mismo tono lo traiciona, o mis oídos me engañan. ¿Por qué llevarse ese dinero? Seguid rápido. Sois cazadores de fieras, y lo entendéis así. Por mi parte, me aseguro de que nada de aquí pueda serle útil, si es que regresa». Mientras hablaba, guardó el dinero restante en su bolsillo; tomó los títulos de propiedad del fajo tal como Harker los había dejado, y barrió el resto de las cosas hacia la chimenea abierta, donde les prendió fuego con una cerilla.
Godalming y Morris habían salido corriendo al patio, y Harker se había descolgado por la ventana para seguir al Conde. Sin embargo, este había echado el cerrojo a la puerta del establo; y para cuando la forzaron, no había rastro de él. Van Helsing y yo intentamos indagar en la parte trasera de la casa; pero el establo estaba desierto y nadie le había visto partir.
Ya era tarde, al final de la tarde, y la puesta de sol no estaba lejos. Tuvimos que reconocer que nuestra partida había terminado; con el corazón apesadumbrado, estuvimos de acuerdo con el Profesor cuando dijo:
«Volvamos con la señora Mina... pobre, pobre, querida señora Mina. Todo lo que podemos hacer por ahora está hecho; y al menos podemos protegerla allí. Pero no debemos desesperar. Solo queda una caja de tierra, y debemos intentar encontrarla; cuando eso esté hecho, todo puede salir bien todavía». Pude ver que hablaba tan valientemente como podía para consolar a Harker. El pobre muchacho estaba completamente destrozado; de vez en cuando soltaba un gemido bajo que no podía reprimir; estaba pensando en su esposa.
Con el corazón triste regresamos a mi casa, donde encontramos a la señora Harker esperándonos, con una apariencia de alegría que honraba su valentía y abnegación. Cuando vio nuestras caras, la suya se puso pálida como la muerte; durante un segundo o dos sus ojos estuvieron cerrados como si estuviera en oración secreta; y luego dijo alegremente:
«Nunca podré agradeceros lo suficiente. ¡Oh, mi pobre cariño!», mientras hablaba, tomó la cabeza gris de su marido entre sus manos y la besó. «Apoya tu pobre cabeza aquí y descansa. ¡Todo saldrá bien, querido! Dios nos protegerá si Él así lo desea en Su buen propósito». El pobre muchacho solo gimió. No había lugar para las palabras en su sublime miseria.
Tuvimos una especie de cena rutinaria juntos, y creo que nos animó un poco a todos. Tal vez fue el simple calor animal de la comida para gente hambrienta —pues ninguno de nosotros había comido nada desde el desayuno— o el sentimiento de compañía pudo haber ayudado; pero, de cualquier manera, todos estábamos menos miserables y veíamos el mañana no del todo sin esperanza. Fieles a nuestra promesa, le contamos a la señora Harker todo lo que había pasado; y aunque se ponía blanca como la nieve a veces cuando el peligro parecía amenazar a su marido, y roja en otras cuando su devoción hacia ella se manifestaba, escuchó con valentía y calma. Cuando llegamos a la parte en la que Harker se había lanzado contra el Conde tan imprudentemente, ella se aferró al brazo de su marido y lo sostuvo con fuerza, como si su aferrarse pudiera protegerlo de cualquier daño que pudiera ocurrir. No dijo nada, sin embargo, hasta que la narración terminó y los asuntos se pusieron al día hasta el momento presente. Entonces, sin soltar la mano de su marido, se puso de pie entre nosotros y habló. ¡Oh, que pudiera dar alguna idea de la escena; de esa dulce, dulce, buena, buena mujer en toda la belleza radiante de su juventud y animación, con la cicatriz roja en la frente de la que era consciente, y que nosotros veíamos rechinando los dientes, recordando de dónde y cómo vino; su amorosa bondad contra nuestro odio sombrío; su tierna fe contra todos nuestros miedos y dudas; y nosotros, sabiendo que, en lo que respecta a los símbolos, ella, con toda su bondad, pureza y fe, era una marginada de Dios!
«Jonathan», dijo ella, y la palabra sonó como música en sus labios, estaba tan llena de amor y ternura, «Jonathan querido, y todos vosotros, mis verdaderos, verdaderos amigos, quiero que tengáis algo presente durante todo este tiempo terrible. Sé que debéis luchar; que debéis destruir incluso como destruisteis a la falsa Lucy para que la verdadera Lucy pudiera vivir en el futuro; pero no es una obra de odio. Esa pobre alma que ha causado toda esta miseria es el caso más triste de todos. Pensad simplemente en cuál será su alegría cuando él también sea destruido en su parte peor para que su parte mejor pueda tener la inmortalidad espiritual. Debéis ser compasivos con él también, aunque eso no detenga vuestras manos de su destrucción».
Mientras hablaba, pude ver cómo el rostro de su marido se oscurecía y se contraía, como si la pasión en él estuviera marchitando su ser hasta la médula. Instintivamente, el apretón en la mano de su esposa se hizo más fuerte, hasta que sus nudillos se vieron blancos. Ella no se incogió ante el dolor que sabía que debía estar sufriendo, sino que lo miró con ojos que eran más suplicantes que nunca. Cuando dejó de hablar, él saltó de un salto, casi arrancando su mano de la de ella mientras decía:
«¡Que Dios lo ponga en mi mano solo el tiempo suficiente para destruir esa vida terrenal suya a la que apuntamos! ¡Si más allá de ella pudiera enviar su alma para siempre jamás al infierno ardiente, lo haría!».
«¡Oh, silencio! ¡Oh, silencio! en nombre del buen Dios. No digas tales cosas, Jonathan, mi marido; o me aplastarás con miedo y horror. Piensa simplemente, querido mío —he estado pensando todo este largo, largo día en ello— que... tal vez... algún día... ¡yo también pueda necesitar tal piedad; y que algún otro como tú —y con igual causa para la ira— pueda negármela! ¡Oh, marido mío! marido mío, ciertamente te habría ahorrado tal pensamiento si hubiera habido otra forma; pero rezo para que Dios no haya atesorado tus palabras salvajes, excepto como el lamento desconsolado de un hombre muy amoroso y gravemente afligido. Oh Dios, que estas pobres canas sirvan como prueba de lo que ha sufrido, él que en toda su vida no ha hecho ningún mal, y sobre quien han caído tantas penas».
Nosotros, los hombres, estábamos todos llorando ahora. No había forma de resistirse, y lloramos abiertamente. Ella también lloró al ver que sus consejos más dulces habían prevalecido. Su marido se arrojó de rodillas junto a ella y, rodeándola con sus brazos, escondió el rostro en los pliegues de su vestido. Van Helsing nos hizo una señal y nos escabullimos de la habitación, dejando a los dos corazones amorosos a solas con Dios.
Antes de retirarse, el Profesor preparó la habitación contra cualquier llegada del Vampiro y aseguró a la señora Harker que podía descansar en paz. Ella intentó educarse en la creencia y, manifiestamente por el bien de su marido, intentó parecer contenta. Fue una lucha valiente; y fue, creo y confío, no sin su recompensa. Van Helsing había colocado a mano una campana que cualquiera de los dos debía tocar en caso de cualquier emergencia. Cuando se retiraron, Quincey, Godalming y yo acordamos sentarnos, dividiéndonos la noche entre nosotros, y velar por la seguridad de la pobre dama afligida. El primer turno le corresponde a Quincey, así que el resto de nosotros nos iremos a la cama tan pronto como podamos. Godalming ya se ha acostado, pues el suyo es el segundo turno. Ahora que mi trabajo ha terminado, yo también me iré a la cama.
Diario de Jonathan Harker.
3-4 de octubre, cerca de la medianoche.— Pensé que el día de ayer no terminaría nunca. Había sobre mí un anhelo de dormir con una especie de creencia ciega de que despertar sería encontrar las cosas cambiadas, y que cualquier cambio debía ser ahora para mejor. Antes de separarnos, discutimos cuál sería nuestro siguiente paso, pero no pudimos llegar a ningún resultado. Todo lo que sabíamos era que quedaba una caja de tierra, y que solo el Conde sabía dónde estaba. Si elige permanecer oculto, puede desconcertarnos durante años; y mientras tanto... el pensamiento es demasiado horrible, no me atrevo ni a pensarlo ahora. Esto sí lo sé: que si alguna vez hubo una mujer que fue toda perfección, esa es mi pobre y agraviada amada. La amo mil veces más por su dulce piedad de anoche, una piedad que hizo que mi propio odio hacia el monstruo pareciera despreciable. Seguramente Dios no permitirá que el mundo sea más pobre por la pérdida de tal criatura. Esto es esperanza para mí. Todos estamos derivando hacia el arrecife ahora, y la fe es nuestra única ancla. ¡Gracias a Dios! Mina está durmiendo, y durmiendo sin sueños. Temo cómo podrían ser sus sueños, con recuerdos tan terribles en los que fundamentarlos. No ha estado tan tranquila, que yo haya visto, desde la puesta del sol. Entonces, por un momento, vino a su rostro un reposo que era como la primavera después de las ráfagas de marzo. Pensé en ese momento que era la suavidad de la puesta de sol roja en su rostro, pero de alguna manera ahora creo que tenía un significado más profundo. Yo mismo no tengo sueño, aunque estoy cansado; cansado hasta la muerte. Sin embargo, debo intentar dormir; pues hay que pensar en el mañana, y no hay descanso para mí hasta que...
Más tarde.— Debo haberme quedado dormido, pues me despertó Mina, que estaba sentada en la cama, con una mirada de sobresalto en el rostro. Podía ver fácilmente, pues no dejamos la habitación a oscuras; ella había colocado una mano de advertencia sobre mi boca, y ahora susurró a mi oído:
«¡Silencio! ¡Hay alguien en el pasillo!». Me levanté suavemente y, cruzando la habitación, abrí suavemente la puerta.
Justo afuera, estirado en un colchón, yacía el señor Morris, completamente despierto. Levantó una mano de advertencia para pedir silencio mientras me susurraba:
«¡Silencio! Vuelve a la cama; está todo bien. Uno de nosotros estará aquí toda la noche. ¡No tenemos la intención de correr riesgos!».
Su mirada y su gesto prohibieron la discusión, así que volví y se lo dije a Mina. Ella suspiró, y positivamente una sombra de sonrisa se deslizó sobre su pobre y pálido rostro mientras me rodeaba con sus brazos y decía suavemente:
«¡Oh, gracias a Dios por hombres buenos y valientes!». Con un suspiro se hundió de nuevo en el sueño. Escribo esto mientras no tengo sueño, aunque debo intentarlo de nuevo.
4 de octubre, mañana.— Una vez más durante la noche fui despertado por Mina. Esta vez todos habíamos dormido bien, pues el gris del amanecer que se acercaba estaba convirtiendo las ventanas en rectángulos afilados, y la llama del gas era más como una mota que como un disco de luz. Ella me dijo apresuradamente:
«Ve a llamar al Profesor. Quiero verle de inmediato».
«¿Por qué?», pregunté.
«Tengo una idea. Supongo que debe haber venido en la noche, y madurado sin que yo lo supiera. Debe hipnotizarme antes del amanecer, y entonces podré hablar. Ve rápido, queridísimo; el tiempo se acerca». Fui a la puerta. El doctor Seward estaba descansando en el colchón y, al verme, saltó sobre sus pies.
«¿Pasa algo?», preguntó alarmado.
«No», respondí; «pero Mina quiere ver al doctor Van Helsing de inmediato».
«Iré», dijo, y se apresuró a entrar en la habitación del Profesor.
Dos o tres minutos después, Van Helsing estaba en la habitación en su bata, y el señor Morris y Lord Godalming estaban con el doctor Seward en la puerta haciendo preguntas. Cuando el Profesor vio a Mina, una sonrisa —una sonrisa positiva— expulsó la ansiedad de su rostro; se frotó las manos mientras decía:
«Oh, mi querida señora Mina, esto es ciertamente un cambio. ¡Mirad! amigo Jonathan, ¡hemos recuperado hoy a nuestra querida señora Mina, como antaño!». Luego, volviéndose hacia ella, dijo alegremente: «¿Y qué debo hacer por ti? Pues a esta hora no me necesitas para nada».
«¡Quiero que me hipnotices!», dijo ella. «Hazlo antes del amanecer, pues siento que entonces podré hablar, y hablar libremente. ¡Sé rápido, pues el tiempo es corto!». Sin una palabra, le hizo señas para que se sentara en la cama.
Mirándola fijamente, comenzó a hacer pases frente a ella, desde la parte superior de su cabeza hacia abajo, con cada mano a su vez. Mina le miró fijamente durante unos minutos, durante los cuales mi propio corazón latía como un martillo neumático, pues sentía que se avecinaba alguna crisis. Poco a poco sus ojos se cerraron, y permaneció sentada, inmóvil; solo por el suave movimiento de su pecho se podía saber que estaba viva. El Profesor hizo unos cuantos pases más y luego se detuvo, y pude ver que su frente estaba cubierta de grandes gotas de sudor. Mina abrió sus ojos; pero no parecía la misma mujer. Había una mirada lejana en sus ojos, y su voz tenía una tristeza soñadora que era nueva para mí. Levantando su mano para imponer silencio, el Profesor me hizo señas para que trajera a los demás. Entraron de puntillas, cerrando la puerta tras ellos, y se quedaron al pie de la cama, mirando. Mina parecía no verlos. La quietud fue rota por la voz de Van Helsing hablando en un tono bajo y uniforme que no rompería la corriente de sus pensamientos:
«¿Dónde estás?». La respuesta vino de una manera neutral:
«No lo sé. El sueño no tiene un lugar al que pueda llamar suyo».
Durante varios minutos hubo silencio. Mina permaneció rígida, y el Profesor se quedó mirándola fijamente; el resto de nosotros apenas nos atrevíamos a respirar. La habitación se estaba iluminando; sin apartar sus ojos del rostro de Mina, el doctor Van Helsing me hizo señas para que subiera la persiana. Lo hice, y el día parecía estar justo sobre nosotros. Un rayo rojo se disparó hacia arriba, y una luz rosada pareció difundirse por la habitación. Al instante, el Profesor habló de nuevo:
«¿Dónde estás ahora?». La respuesta vino de forma soñadora, pero con intención; era como si ella estuviera interpretando algo. Le he oído usar el mismo tono cuando lee sus notas en taquigrafía.
«No lo sé. ¡Todo es extraño para mí!».
«¿Qué ves?».
«No puedo ver nada; todo es oscuro».
«¿Qué oyes?». Pude detectar la tensión en la voz paciente del Profesor.
«El chapoteo del agua. Pasa gorgoteando y pequeñas olas saltan. Puedo oírlas desde fuera».
«¿Entonces estás en un barco?». Todos nos miramos, tratando de sonsacar algo los unos de los otros. Teníamos miedo de pensar. La respuesta llegó rápida:
«¡Oh, sí!».
«¿Qué más oyes?».
«El sonido de hombres pisando fuerte sobre mi cabeza mientras corren de un lado a otro. Hay el crujido de una cadena y el tintineo fuerte cuando el trinquete del cabrestante cae en la rueda dentada».
«¿Qué estás haciendo?».
«Estoy quieta... oh, muy quieta. ¡Es como la muerte!». La voz se desvaneció en un suspiro profundo, como el de alguien que duerme, y los ojos abiertos se cerraron de nuevo.
Para entonces, el sol había salido y todos estábamos bajo la plena luz del día. El doctor Van Helsing colocó sus manos sobre los hombros de Mina y dejó descansar su cabeza suavemente sobre la almohada. Durante unos instantes, permaneció como una niña dormida y luego, con un largo suspiro, despertó y nos miró con asombro al vernos a todos a su alrededor. «¿He estado hablando mientras dormía?», fue todo lo que dijo. Parecía, sin embargo, conocer la situación sin necesidad de explicaciones; aunque estaba ansiosa por saber qué había contado. El profesor repitió la conversación y ella dijo:
«Entonces no hay un momento que perder: ¡quizá aún no sea demasiado tarde!». El señor Morris y Lord Godalming se dirigieron hacia la puerta, pero la voz tranquila del profesor los llamó de vuelta:
«Quedaos, mis amigos. Ese barco, dondequiera que estuviera, estaba levantando anclas mientras ella hablaba. Hay muchos barcos levantando anclas en este momento en su tan gran puerto de Londres. ¿Cuál de ellos es el que buscáis? Gracias a Dios que tenemos de nuevo una pista, aunque a dónde nos pueda llevar no lo sabemos. Hemos estado algo ciegos; ciegos al modo de los hombres, pues cuando podemos mirar atrás, ¡vemos lo que podríamos haber visto mirando hacia adelante si hubiéramos sido capaces de ver lo que podríamos haber visto! ¡Ay! pero esa frase es un barrizal, ¿no es así? Podemos saber ahora qué había en la mente del Conde cuando se apoderó de ese dinero, aunque el cuchillo tan feroz de Jonathan lo puso en el peligro que incluso él teme. Él pretendía escapar. ¡Escuchadme, ESCAPAR! Vio que, con solo una caja de tierra restante y una jauría de hombres siguiéndolo como perros tras un zorro, este Londres no era lugar para él. Ha llevado su última caja de tierra a bordo de un barco y abandona el país. Él piensa escapar, ¡pero no! nosotros le seguimos. ¡Tally Ho!, como diría el amigo Arthur cuando se pone su casaca roja. Nuestro viejo zorro es astuto; ¡oh!, muy astuto, y debemos seguirle con astucia. Yo también soy astuto y creo comprender su mente en poco tiempo. Mientras tanto podemos descansar y en paz, pues hay aguas entre nosotros que él no desea cruzar, y que no podría aunque quisiera... a menos que el barco tocara tierra, y solo entonces durante la marea alta o baja. Ved, el sol acaba de salir y todo el día hasta el atardecer es nuestro. Tomemos un baño, vistámonos y desayunemos, lo cual todos necesitamos y podemos comer cómodamente puesto que él ya no está en la misma tierra que nosotros». Mina lo miró suplicante mientras preguntaba:
«¿Pero por qué necesitamos buscarlo más, cuando se ha ido lejos de nosotros?». Él tomó su mano y la acarició mientras respondía:
«No me pidas nada todavía. Cuando desayunemos, entonces responderé a todas las preguntas». No quiso decir más y nos separamos para vestirnos.
Después del desayuno, Mina repitió su pregunta. Él la miró con gravedad durante un minuto y luego dijo con tristeza:
«Porque, mi querida, queridísima señora Mina, ¿ahora más que nunca debemos encontrarlo, incluso si tenemos que seguirlo hasta las fauces del Infierno?». Ella palideció aún más mientras preguntaba débilmente:
«¿Por qué?».
«Porque», respondió él solemnemente, «él puede vivir durante siglos, y usted es solo una mujer mortal. El tiempo es ahora algo de lo que hay que temer, desde que puso esa marca en su garganta».
Llegué justo a tiempo para sostenerla mientras caía hacia adelante en un desmayo.
CAPÍTULO XXIV.
Diario fonográfico del doctor Seward, hablado por Van Helsing.
Esto para Jonathan Harker.
Debes quedarte con tu querida señora Mina. Nosotros iremos a realizar nuestra búsqueda; si es que puedo llamarlo así, pues no es búsqueda sino conocimiento, y solo buscamos confirmación. Pero quédate tú y cuídala hoy. Este es tu mejor y más santo deber. Hoy nada puede encontrarlo aquí. Déjame decirte esto para que sepas lo que nosotros cuatro ya sabemos, pues se lo he contado a ellos. Él, nuestro enemigo, se ha marchado; ha regresado a su castillo en Transilvania. Lo sé tan bien como si una gran mano de fuego lo hubiera escrito en la pared. Él se ha preparado para esto de algún modo, y esa última caja de tierra estaba lista para ser enviada a alguna parte. Para esto tomó el dinero; para esto se apresuró al final, no fuera que lo atrapáramos antes de que el sol se ocultara. Era su última esperanza, a menos que pudiera esconderse en la tumba que él cree que la pobre señorita Lucy, al ser como él pensaba, mantiene abierta para él. Pero no hubo tiempo. Cuando eso falló, se dirigió directo a su último recurso; su última trinchera, podría decir si quisiera un doble sentido. ¡Es listo, oh, tan listo! sabe que su partida aquí había terminado; y así decidió volver a casa. Encontró un barco que iba por la ruta por la que vino, y se fue en él. Nosotros salimos ahora para descubrir qué barco y hacia dónde se dirige; cuando hayamos descubierto eso, volveremos y te lo contaremos todo. Entonces os reconfortaremos a ti y a la pobre y querida señora Mina con una nueva esperanza. Porque será esperanza cuando lo pienses bien: que no todo está perdido. Esta criatura misma a la que perseguimos, tardó cientos de años en llegar tan lejos como Londres; y sin embargo, en un día, cuando supimos de su disposición, lo expulsamos. Él es finito, aunque es poderoso para hacer mucho daño y no sufre como nosotros. Pero nosotros somos fuertes, cada uno en nuestro propósito; y somos todos más fuertes juntos. Cobra ánimo de nuevo, querido esposo de la señora Mina. Esta batalla no ha hecho más que comenzar, y al final ganaremos, tan seguro como que Dios está en lo alto para velar por Sus hijos. Por tanto, ten mucho consuelo hasta que regresemos.
Van Helsing.
Diario de Jonathan Harker.
4 de octubre.—Cuando leí a Mina el mensaje de Van Helsing en el fonógrafo, la pobre chica se animó considerablemente. La certeza de que el Conde está fuera del país ya le ha dado consuelo; y el consuelo es fuerza para ella. Por mi parte, ahora que este peligro horrible no está cara a cara con nosotros, parece casi imposible creer en él. Incluso mis propias experiencias terribles en el Castillo Drácula parecen un sueño olvidado hace mucho tiempo. Aquí, en el aire fresco del otoño, bajo la brillante luz del sol...
¡Ay! ¡cómo puedo no creer! En medio de mis pensamientos, mi ojo cayó sobre la cicatriz roja en la frente blanca de mi pobre amada. Mientras eso perdure, no puede haber incredulidad. Y después, el recuerdo mismo de ello mantendrá la fe clara como el cristal. Mina y yo tememos estar ociosos, así que hemos repasado todos los diarios una y otra vez. De alguna manera, aunque la realidad parece mayor cada vez, el dolor y el miedo parecen menores. Hay algo de un propósito guía que se manifiesta en todo, lo cual es reconfortante. Mina dice que quizás seamos los instrumentos de un bien último. ¡Puede ser! Trataré de pensar como ella. Todavía no hemos hablado el uno con el otro sobre el futuro. Es mejor esperar hasta que veamos al profesor y a los demás después de sus investigaciones.
El día transcurre más rápido de lo que jamás pensé que un día podría volver a transcurrir para mí. Son ya las tres en punto.
Diario de Mina Harker.
5 de octubre, 5 p. m.—Nuestra reunión para informar. Presentes: Profesor Van Helsing, Lord Godalming, doctor Seward, señor Quincey Morris, Jonathan Harker, Mina Harker.
El doctor Van Helsing describió qué pasos se tomaron durante el día para descubrir en qué barco y hacia dónde se dirigía el Conde Drácula en su huida:
«Como sabía que quería regresar a Transilvania, sentí la seguridad de que debía ir por la desembocadura del Danubio; o por algún lugar en el Mar Negro, puesto que por esa vía vino. Era un vacío lúgubre el que teníamos ante nosotros. *Omne ignotum pro magnifico*; y así, con el corazón apesadumbrado, comenzamos a buscar qué barcos salieron hacia el Mar Negro anoche. Él estaba en un barco de vela, puesto que la señora Mina habló de velas desplegadas. Estos no son tan importantes como para aparecer en su lista de navegación en el Times, y por eso fuimos, por sugerencia de mi Lord Godalming, a su Lloyd’s, donde hay nota de todos los barcos que zarpan, por muy pequeños que sean. Allí descubrimos que solo un barco con destino al Mar Negro salió con la marea. Es el Czarina Catherine, y zarpa del muelle de Doolittle hacia Varna, y de allí a otras partes y subiendo el Danubio. "¡Soh!", dije, "este es el barco en el que está el Conde". Así que nos fuimos al muelle de Doolittle, y allí encontramos a un hombre en una oficina de madera tan pequeña que el hombre parecía más grande que la oficina. De él indagamos sobre los movimientos del Czarina Catherine. Él maldice mucho, y tiene la cara roja y voz fuerte, pero es un buen tipo de todos modos; y cuando Quincey le dio algo de su bolsillo que crujió mientras lo enrollaba y lo metía en una bolsa tan pequeña que tenía oculta profundamente en su ropa, se convirtió en un tipo aún mejor y humilde servidor nuestro. Vino con nosotros y preguntó a muchos hombres que son rudos y ardientes; estos resultaron ser mejores tipos también cuando ya no estaban tan sedientos. Dijeron mucho sobre sangre y maldiciones y otras cosas que no comprendo, aunque adivino lo que quieren decir; pero, no obstante, nos dijeron todas las cosas que queríamos saber.
Nos dieron a conocer entre ellos cómo la tarde anterior, alrededor de las cinco, llega un hombre con mucha prisa. Un hombre alto, delgado y pálido, con nariz aguileña y dientes muy blancos, y ojos que parecen arder. Que va todo de negro, excepto que lleva un sombrero de paja que no le sienta bien ni a él ni al tiempo. Que esparce su dinero haciendo preguntas rápidas sobre qué barco zarpa hacia el Mar Negro y hacia dónde. Algunos lo llevaron a la oficina y luego al barco, donde él no quiso subir a bordo sino que se detuvo en el extremo del muelle junto a la pasarela, y pidió que el capitán viniera a él. El capitán vino, cuando se le dijo que se le pagaría bien; y aunque al principio juró mucho, aceptó las condiciones. Luego el hombre delgado se fue y alguien le dijo dónde se podían alquilar caballo y carro. Fue allí, y pronto regresó, conduciendo él mismo un carro sobre el cual hay una gran caja; él mismo la bajó, aunque se necesitaron varios para ponerla en la carretilla para el barco. Habló mucho con el capitán sobre cómo y dónde debía colocarse su caja; pero al capitán no le gustó y le juró en muchos idiomas, diciéndole que si quería, podía ir a ver dónde sería. Pero él dijo "no"; que no vendría todavía, porque tenía mucho que hacer. Ante lo cual el capitán le dijo que más le valía darse prisa —con sangre— porque su barco abandonaría el lugar —con sangre— antes del cambio de marea —con sangre—. Entonces el hombre delgado sonrió y dijo que, por supuesto, debía irse cuando lo considerara oportuno; pero que se sorprendería si se iba tan pronto. El capitán juró de nuevo, políglota, y el hombre delgado le hizo una reverencia, le agradeció y dijo que se tomaría la libertad de importunarle con su amabilidad y subir a bordo antes de la partida. Finalmente el capitán, más rojo que nunca, y en más lenguas, le dijo que no quería franceses —con maldiciones sobre ellos y también con sangre— en su barco —con sangre también sobre él—. Y así, después de preguntar dónde podría haber cerca un barco donde pudiera comprar formularios de embarque, se marchó.
Nadie supo a dónde fue "ni les importó un bledo", como dijeron, porque tenían otras cosas en qué pensar —bien, con sangre otra vez—; porque pronto se hizo evidente para todos que el Czarina Catherine no zarparía como se esperaba. Una fina niebla comenzó a subir desde el río, y creció, y creció; hasta que pronto una densa niebla envolvió el barco y todo a su alrededor. El capitán juró en políglota —muy políglota— políglota con maldiciones y sangre; pero no pudo hacer nada. El agua subía y subía; y comenzó a temer que perdería la marea por completo. No estaba de humor amistoso cuando, justo en la marea alta, el hombre delgado subió de nuevo por la pasarela y pidió ver dónde se había estibado su caja. Entonces el capitán respondió que deseaba que él y su caja —vieja y con muchas maldiciones y sangre— estuvieran en el infierno. Pero el hombre delgado no se ofendió, bajó con el primer oficial y vio dónde estaba colocada, y subió y permaneció un rato en cubierta bajo la niebla. Debe haber subido solo, pues nadie lo notó. De hecho, no pensaron en él; porque pronto la niebla comenzó a disiparse y todo volvió a estar despejado. Mis amigos de la sed y el lenguaje de maldiciones y sangre se rieron al contar cómo los juramentos del capitán superaron incluso su habitual políglota, y fueron más que nunca llenos de colorido, cuando al interrogar a otros marineros que estaban en movimiento por el río a esa hora, descubrió que pocos de ellos habían visto niebla alguna, excepto donde yacía alrededor del muelle. Sin embargo, el barco salió con la marea baja; y sin duda estaba por la mañana lejos, en la desembocadura del río. Para cuando nos lo contaron, ya estaba bien adentro en el mar.
Y así, mi querida señora Mina, es que tenemos que descansar por un tiempo, pues nuestro enemigo está en el mar, con la niebla a su mando, en camino a la desembocadura del Danubio. Navegar un barco lleva tiempo, por muy rápido que vaya; y cuando partamos, iremos por tierra más rápido y lo encontraremos allí. Nuestra mejor esperanza es encontrarlo cuando esté en la caja entre el amanecer y el atardecer; pues entonces no podrá ofrecer resistencia y podremos tratar con él como debemos. Tenemos días por delante en los que podemos preparar nuestro plan. Sabemos todo sobre adónde va; pues hemos visto al dueño del barco, quien nos ha mostrado facturas y todos los papeles posibles. La caja que buscamos debe ser desembarcada en Varna y entregada a un agente, un tal Ristics, quien presentará allí sus credenciales; y así nuestro amigo comerciante habrá hecho su parte. Cuando preguntó si había algo malo, porque así podía enviar un telegrama y pedir que se investigara en Varna, dijimos "no"; pues lo que se ha de hacer no es para la policía ni para las aduanas. Debe ser hecho por nosotros solos y a nuestra propia manera».
Cuando el doctor Van Helsing terminó de hablar, le pregunté si era seguro que el Conde había permanecido a bordo del barco. Respondió: «Tenemos la mejor prueba de ello: su propio testimonio, cuando estaba en el trance hipnótico esta mañana». Le pregunté de nuevo si era realmente necesario que persiguieran al Conde, pues, ¡oh!, temo que Jonathan me deje, y sé que seguramente iría si los otros iban. Él respondió con una pasión creciente, al principio con calma. A medida que continuaba, sin embargo, se volvió más airado y más enérgico, hasta que al final no pudimos dejar de ver dónde residía al menos parte de ese dominio personal que lo hizo durante tanto tiempo un maestro entre los hombres:
«¡Sí, es necesario, necesario, necesario! Por su bien en primer lugar, y luego por el bien de la humanidad. Este monstruo ya ha hecho mucho daño, en el estrecho ámbito donde se encuentra, y en el poco tiempo en que aún era solo un cuerpo tanteando su pequeña medida en la oscuridad y sin saber. Todo esto se lo he contado a estos otros; usted, mi querida señora Mina, lo aprenderá en el fonógrafo de mi amigo John, o en el de su esposo. Les he contado cómo la medida de dejar su propia tierra estéril —estéril de gentes— y venir a una nueva tierra donde la vida del hombre pulula hasta que son como la multitud del maíz en pie, fue obra de siglos. Si otro de los No-Muertos, como él, intentara hacer lo que él ha hecho, quizás no todos los siglos del mundo que han sido, o que serán, podrían ayudarlo. Con este, todas las fuerzas de la naturaleza que son ocultas y profundas y fuertes deben haber trabajado juntas de alguna manera maravillosa. El lugar mismo donde ha estado vivo, No-Muerto durante todos estos siglos, está lleno de extrañezas del mundo geológico y químico. Hay cavernas profundas y fisuras que no se sabe adónde llegan. Ha habido volcanes, algunos de cuyos orificios aún emiten aguas de propiedades extrañas y gases que matan o vivifican. Sin duda, hay algo magnético o eléctrico en algunas de estas combinaciones de fuerzas ocultas que trabajan para la vida física de manera extraña; y en él mismo hubo desde el principio algunas grandes cualidades. En un tiempo duro y guerrero fue célebre por tener más nervios de hierro, más cerebro sutil, más corazón valiente, que cualquier hombre. En él, algunos principios vitales encontraron de manera extraña su límite máximo; y a medida que su cuerpo se mantiene fuerte y crece y prospera, su cerebro crece también. Todo esto sin esa ayuda diabólica que seguramente tiene; pues ha de ceder ante los poderes que provienen de, y son simbólicos de, lo bueno. Y ahora esto es lo que él es para nosotros. Él la ha infectado a usted... oh, perdóneme, querida, que deba decir tal cosa; pero es por su bien que hablo. Él la infectó de tal manera que, incluso si no hace más, usted solo tiene que vivir, vivir a su propia manera dulce y antigua; y así, con el tiempo, la muerte, que es el destino común del hombre y cuenta con la sanción de Dios, la hará semejante a él. ¡Esto no debe suceder! Hemos jurado juntos que no debe ser. Así somos ministros del deseo mismo de Dios: que el mundo, y los hombres por quienes murió Su Hijo, no sean entregados a monstruos cuya propia existencia lo difamaría. Él nos ha permitido redimir un alma ya, y salimos como los viejos caballeros de la Cruz a redimir más. Como ellos, viajaremos hacia el amanecer; y como ellos, si caemos, caemos por una buena causa». Hizo una pausa y yo dije:
«¿Pero no tomará el Conde su rechazo con prudencia? Ya que ha sido expulsado de Inglaterra, ¿no la evitará, como un tigre hace con la aldea de la que ha sido cazado?».
—¡Ajá! —dijo él—, su símil del tigre es bueno para mí, y voy a adoptarlo. Su devorador de hombres, como llaman en la India al tigre que una vez ha probado la sangre humana, no se preocupa más por otras presas, sino que merodea sin cesar hasta que lo atrapa. Este al que cazamos desde nuestra aldea es también un tigre, un devorador de hombres, y nunca deja de merodear. No, él no es de los que se retiran y permanecen lejos. En su vida, su vida viviente, cruza la frontera de Turquía y ataca a su enemigo en su propio terreno; es repelido, ¿pero se queda ahí? ¡No! Viene otra vez, y otra, y otra. Miren su persistencia y resistencia. Con el cerebro infantil que tenía, hace mucho que concibió la idea de venir a una gran ciudad. ¿Qué hace él? Encuentra el lugar de todo el mundo que más promete para él. Entonces, deliberadamente, se dispone a prepararse para la tarea. Averigua con paciencia cuál es su fuerza y cuáles son sus poderes. Estudia nuevas lenguas. Aprende nueva vida social; nuevo entorno de viejas costumbres, la política, la ley, las finanzas, la ciencia, el hábito de una nueva tierra y un nuevo pueblo que ha surgido desde que él existía. El atisbo que ha tenido no hace más que aguzar su apetito y avivar su deseo. No, le ayuda a crecer en cuanto a su cerebro; porque todo le prueba lo acertado que estaba al principio en sus conjeturas. Ha hecho esto solo; ¡todo solo!, desde una tumba en ruinas en una tierra olvidada. ¿Qué más puede hacer cuando el mundo mayor del pensamiento se abra ante él? Él, que puede sonreír ante la muerte, como la conocemos; que puede prosperar en medio de enfermedades que aniquilan a pueblos enteros. ¡Oh! Si tal ser viniera de Dios, y no del Diablo, ¡qué fuerza para el bien podría ser en este viejo mundo nuestro! Pero estamos comprometidos a liberar al mundo. Nuestro trabajo debe ser en silencio, y nuestros esfuerzos todos en secreto; pues en esta época ilustrada, cuando los hombres ni siquiera creen lo que ven, la duda de los sabios sería su mayor fortaleza. Sería a la vez su vaina y su armadura, y sus armas para destruirnos a nosotros, sus enemigos, que estamos dispuestos a arriesgar incluso nuestras propias almas por la seguridad de quien amamos, por el bien de la humanidad y por el honor y la gloria de Dios.
Tras una discusión general, se determinó que por esta noche no se decidiría nada definitivamente; que todos deberíamos dormir sobre los hechos e intentar pensar en las conclusiones adecuadas. Mañana en el desayuno nos reuniremos de nuevo y, tras comunicar nuestras conclusiones unos a otros, decidiremos un curso de acción definido.
* * * * *
Siento una paz y un descanso maravillosos esta noche. Es como si una presencia obsesiva se hubiera alejado de mí. Quizás...
Mi conjetura no estaba terminada, no podía estarlo; pues vi en el espejo la marca roja sobre mi frente; y supe que todavía estaba impura.
Diario del Dr. Seward.
5 de octubre.—Nos levantamos todos temprano, y creo que el sueño hizo mucho por cada uno de nosotros. Cuando nos reunimos en el desayuno temprano, había más alegría general de la que cualquiera de nosotros esperaba volver a experimentar.
Es realmente maravilloso cuánta resiliencia hay en la naturaleza humana. Dejemos que cualquier causa obstructiva, sin importar cuál, sea eliminada de cualquier modo —incluso por la muerte— y volaremos de regreso a los principios fundamentales de la esperanza y el disfrute. Más de una vez, mientras estábamos sentados alrededor de la mesa, mis ojos se abrían con asombro al preguntarme si todos los días pasados no habrían sido un sueño. Solo cuando vi la mancha roja en la frente de la Sra. Harker volví a la realidad. Incluso ahora, cuando estoy resolviendo gravemente el asunto, es casi imposible darse cuenta de que la causa de todos nuestros problemas sigue existiendo. Incluso la Sra. Harker parece perder de vista su problema por momentos; es solo de vez en cuando, cuando algo se lo recuerda, que piensa en su terrible cicatriz. Nos reuniremos aquí en mi estudio en media hora y decidiremos nuestro curso de acción. Solo veo una dificultad inmediata, lo sé por instinto más que por la razón: todos tendremos que hablar con franqueza; y sin embargo, temo que, de alguna manera misteriosa, la lengua de la pobre Sra. Harker esté atada. Sé que ella forma sus propias conclusiones, y por todo lo ocurrido puedo adivinar cuán brillantes y verdaderas deben ser; pero ella no quiere, o no puede, expresarlas. He mencionado esto a Van Helsing, y él y yo hablaremos de ello cuando estemos a solas. Supongo que es parte de ese horrible veneno que ha entrado en sus venas empezando a actuar. El Conde tenía sus propios propósitos cuando le dio lo que Van Helsing llamó «el bautismo de sangre del Vampiro». Bueno, puede haber un veneno que se destila de las cosas buenas; en una época en la que la existencia de las ptomaínas es un misterio, ¡no deberíamos sorprendernos de nada! Una cosa sé: que si mi instinto es cierto respecto a los silencios de la pobre Sra. Harker, entonces hay una dificultad terrible —un peligro desconocido— en el trabajo que tenemos por delante. El mismo poder que obliga a su silencio puede obligar a su habla. ¡No me atrevo a pensar más; pues así deshonraría en mis pensamientos a una mujer noble!
Van Helsing viene a mi estudio un poco antes que los demás. Intentaré abrir el tema con él.
Más tarde.—Cuando el Profesor entró, hablamos sobre el estado de las cosas. Pude ver que tenía algo en mente que quería decir, pero sentía cierta vacilación al abordar el tema. Tras dar rodeos un poco, dijo de repente:
—Amigo John, hay algo de lo que usted y yo debemos hablar a solas, al menos al principio. Más tarde, es posible que tengamos que hacer partícipes a los demás; —luego se detuvo, así que esperé; él continuó:—
—Madam Mina, nuestra pobre y querida Madam Mina, está cambiando. Un escalofrío me recorrió al ver confirmados mis peores temores. Van Helsing continuó:—
—Con la triste experiencia de la señorita Lucy, debemos estar advertidos esta vez antes de que las cosas vayan demasiado lejos. Nuestra tarea es ahora, en realidad, más difícil que nunca, y este nuevo problema hace que cada hora sea de la mayor importancia. Puedo ver las características del vampiro apareciendo en su rostro. Ahora es solo muy, muy leve; pero se puede ver si tenemos ojos para notar sin prejuzgar. Sus dientes son algo más afilados, y a veces sus ojos son más duros. Pero esto no es todo, ahora hay silencio en ella a menudo; tal como ocurría con la señorita Lucy. Ella no habló, ni siquiera cuando escribió lo que deseaba que se supiera más tarde. Ahora mi miedo es este: si es que ella puede, mediante nuestro trance hipnótico, decir lo que el Conde ve y oye, ¿no es más cierto que quien la ha hipnotizado primero, y quien ha bebido de su propia sangre y la ha hecho beber de la suya, debería, si quiere, obligar a su mente a revelarle lo que ella sabe? —Asentí con aquiescencia; él continuó:—
—Entonces, lo que debemos hacer es evitar esto; debemos mantenerla ignorante de nuestra intención, y así ella no podrá decir lo que no sabe. ¡Esta es una tarea dolorosa! ¡Oh! tan dolorosa que me rompe el corazón pensarlo; pero debe ser. Cuando nos reunamos hoy, debo decirle que, por razones de las que no queremos hablar, no debe formar más parte de nuestro consejo, sino simplemente ser custodiada por nosotros. —Se secó la frente, que había estallado en un sudor profuso ante la idea del dolor que podría tener que infligir a la pobre alma ya tan torturada. Sabía que sería una especie de consuelo para él si le decía que yo también había llegado a la misma conclusión; pues al menos eliminaría el dolor de la duda. Se lo dije, y el efecto fue el que esperaba.
Está cerca ya la hora de nuestra reunión general. Van Helsing se ha marchado para prepararse para la reunión, y su dolorosa parte de ella. Realmente creo que su propósito es poder rezar a solas.
Más tarde.—Al comienzo mismo de nuestra reunión, tanto Van Helsing como yo experimentamos un gran alivio personal. La Sra. Harker había enviado un mensaje con su esposo diciendo que no se uniría a nosotros en ese momento, ya que pensaba que era mejor que fuéramos libres de discutir nuestros movimientos sin su presencia para avergonzarnos. El Profesor y yo nos miramos por un instante, y de alguna manera ambos parecimos aliviados. Por mi parte, pensé que si la Sra. Harker comprendía el peligro ella misma, se evitaba tanto dolor como peligro. Dadas las circunstancias, acordamos, con una mirada inquisitiva y respuesta, con el dedo en los labios, mantener el silencio sobre nuestras sospechas, hasta que hubiéramos podido conferenciar a solas de nuevo. Pasamos directamente a nuestro Plan de Campaña. Van Helsing nos expuso los hechos a grandes rasgos primero:—
—El Czarina Catherine dejó el Támesis ayer por la mañana. A la mayor velocidad que ha alcanzado nunca, le llevará al menos tres semanas llegar a Varna; pero nosotros podemos viajar por tierra al mismo lugar en tres días. Ahora, si dejamos dos días menos para el viaje del barco, debido a influencias meteorológicas que sabemos que el Conde puede ejercer; y si dejamos un día y una noche enteros para cualquier retraso que pueda ocurrirnos, entonces tenemos un margen de casi dos semanas. Por lo tanto, para estar completamente seguros, debemos partir de aquí el día 17 a más tardar. Entonces estaremos, en cualquier caso, en Varna un día antes de que llegue el barco, y seremos capaces de hacer los preparativos que sean necesarios. Por supuesto, todos iremos armados; armados contra cosas malas, tanto espirituales como físicas. —Aquí Quincey Morris añadió:—
—Entiendo que el Conde proviene de un país de lobos, y puede que llegue allí antes que nosotros. Propongo que añadamos Winchesters a nuestro armamento. Tengo una especie de fe en un Winchester cuando hay algún problema de ese tipo cerca. ¿Recuerdas, Art, cuando tuvimos a la manada detrás de nosotros en Tobolsk? ¡Qué no habríamos dado entonces por una de repetición cada uno!
—¡Bien! —dijo Van Helsing—. Winchesters será. La cabeza de Quincey está centrada en todo momento, pero más aún cuando hay que cazar, aunque mi metáfora sea más deshonra para la ciencia que los lobos peligro para el hombre. Mientras tanto, no podemos hacer nada aquí; y como creo que Varna no es familiar para ninguno de nosotros, ¿por qué no ir allí más pronto? Es igual de largo esperar aquí que allí. Esta noche y mañana podemos prepararnos, y entonces, si todo va bien, los cuatro podemos emprender nuestro viaje.
—¿Los cuatro? —dijo Harker interrogativamente, mirando de uno a otro de nosotros.
—¡Por supuesto! —respondió el Profesor rápidamente—. ¡Usted debe permanecer para cuidar de su tan dulce esposa! —Harker guardó silencio por un momento y luego dijo con voz hueca:—
—Hablemos de esa parte por la mañana. Quiero consultar con Mina. —Pensé que era el momento para que Van Helsing le advirtiera que no le revelara nuestros planes; pero no prestó atención. Lo miré significativamente y tosí. Por respuesta, puso su dedo en los labios y se dio la vuelta.
/Diario de Jonathan Harker./
5 de octubre, tarde.—Durante algún tiempo después de nuestra reunión de esta mañana no pude pensar. Las nuevas fases de las cosas dejan mi mente en un estado de asombro que no deja espacio para el pensamiento activo. La determinación de Mina de no tomar parte en la discusión me hizo pensar; y como no podía discutir el asunto con ella, solo podía adivinar. Estoy tan lejos como siempre de una solución ahora. La forma en que los demás lo recibieron también me dejó perplejo; la última vez que hablamos del tema acordamos que no habría más ocultamiento de nada entre nosotros. Mina duerme ahora, tranquila y dulcemente como una niña pequeña. Sus labios están curvados y su rostro irradia felicidad. Gracias a Dios que todavía hay momentos así para ella.
Más tarde.—Qué extraño es todo. Me senté a observar el sueño feliz de Mina, y estuve tan cerca de ser feliz como supongo que lo estaré nunca. A medida que avanzaba la tarde y la tierra tomaba sus sombras del sol que se hundía más, el silencio de la habitación se volvía cada vez más solemne para mí. De repente, Mina abrió los ojos y, mirándome con ternura, dijo:—
—Jonathan, quiero que me prometas algo bajo tu palabra de honor. Una promesa hecha a mí, pero hecha santamente al oír de Dios, y que no debe romperse aunque yo deba ponerme de rodillas y suplicarte con amargas lágrimas. Rápido, debes hacérmelo de inmediato.
—Mina —dije—, una promesa así, no puedo hacerla de inmediato. Puede que no tenga derecho a hacerla.
—Pero, querido mío —dijo ella, con tal intensidad espiritual que sus ojos eran como estrellas polares—, soy yo quien lo desea; y no es para mí misma. Puedes preguntar al Dr. Van Helsing si no tengo razón; si él discrepa, puedes hacer lo que quieras. Es más, si todos están de acuerdo, más tarde, quedas absuelto de la promesa.
—¡Lo prometo! —dije, y por un momento ella pareció supremamente feliz; aunque para mí toda felicidad para ella estaba negada por la cicatriz roja en su frente. Ella dijo:—
—Prométeme que no me contarás nada de los planes formados para la campaña contra el Conde. Ni por palabra, ni por inferencia, ni por implicación; ¡no en ningún momento mientras esto permanezca en mí! —y señaló solemnemente la cicatriz. Vi que hablaba en serio y dije solemnemente:—
—¡Lo prometo! —y al decirlo sentí que desde ese instante se había cerrado una puerta entre nosotros.
Más tarde, medianoche.—Mina ha estado brillante y alegre toda la noche. Tanto que el resto pareció cobrar valor, como si estuvieran contagiados algo de su alegría; como resultado, incluso yo mismo sentí como si el velo de pesadumbre que nos oprime se hubiera levantado un poco. Todos nos retiramos temprano. Mina duerme ahora como una niña pequeña; es una cosa maravillosa que su facultad de dormir permanezca en ella en medio de su terrible problema. Gracias a Dios por ello, pues al menos entonces puede olvidar su cuidado. Quizás su ejemplo pueda afectarme como lo hizo su alegría esta noche. Lo intentaré. ¡Oh! por un sueño sin sueños.
6 de octubre, mañana.—Otra sorpresa. Mina me despertó temprano, aproximadamente a la misma hora que ayer, y me pidió que trajera al Dr. Van Helsing. Pensé que era otra ocasión para el hipnotismo y, sin preguntar, fui a buscar al Profesor. Evidentemente, él esperaba tal llamada, pues lo encontré vestido en su habitación. Su puerta estaba entornada, de modo que podía oír la apertura de la puerta de nuestra habitación. Vino de inmediato; mientras pasaba a la habitación, preguntó a Mina si los demás podían venir también.
—No —dijo ella con mucha sencillez—, no será necesario. Usted puede decírselo igual de bien. Debo ir con ustedes en su viaje.
El Dr. Van Helsing estaba tan sorprendido como yo. Tras un momento de pausa, preguntó:—
—¿Pero por qué?
—Deben llevarme con ustedes. Estoy más segura con ustedes, y ustedes estarán más seguros también.
—¿Pero por qué, querida Madam Mina? Sabe que su seguridad es nuestro deber más solemne. Vamos hacia el peligro, al cual usted está, o puede estar, más expuesta que cualquiera de nosotros por... por circunstancias... cosas que han ocurrido. —Hizo una pausa, avergonzado.
Mientras ella respondía, levantó su dedo y señaló su frente:—
—Lo sé. Por eso debo ir. Puedo decírselo ahora, mientras sale el sol; puede que no sea capaz de hacerlo de nuevo. Sé que cuando el Conde me quiera, debo ir. Sé que si él me dice que vaya en secreto, debo ir con engaño; con cualquier dispositivo para engañar... incluso a Jonathan. —Dios vio la mirada que ella dirigió hacia mí mientras hablaba, y si existe realmente un Ángel Registrador, esa mirada está anotada para su gloria eterna. Solo pude apretar su mano. No podía hablar; mi emoción era demasiado grande incluso para el alivio de las lágrimas. Ella continuó:—
—Ustedes, hombres, son valientes y fuertes. Son fuertes en su número, pues pueden desafiar aquello que quebraría la resistencia humana de uno que tuviera que vigilar solo. Además, puedo ser de servicio, ya que pueden hipnotizarme y así aprender lo que ni siquiera yo misma sé. —El Dr. Van Helsing dijo muy gravemente:—
—Madam Mina, usted es, como siempre, muy sabia. Vendrá con nosotros; y juntos haremos aquello que nos proponemos lograr. —Cuando hubo hablado, el largo silencio de Mina me hizo mirarla. Se había dejado caer sobre su almohada, dormida; ni siquiera se despertó cuando subí la persiana y dejé entrar la luz del sol que inundaba la habitación. Van Helsing me hizo señas para que fuera con él tranquilamente. Fuimos a su habitación, y en un minuto Lord Godalming, el Dr. Seward y el Sr. Morris estaban con nosotros también. Les contó lo que Mina había dicho, y continuó:—
—Por la mañana partiremos hacia Varna. Tenemos ahora que lidiar con un nuevo factor: Madam Mina. Oh, pero su alma es verdadera. Es para ella una agonía decirnos tanto como lo ha hecho; pero es lo más correcto, y estamos advertidos a tiempo. No debe perderse ninguna oportunidad, y en Varna debemos estar listos para actuar en el instante en que llegue ese barco.
—¿Qué haremos exactamente? —preguntó el Sr. Morris lacónicamente. El Profesor hizo una pausa antes de responder:—
—Subiremos primero a ese barco; luego, cuando hayamos identificado el cofre, colocaremos una rama de rosa silvestre sobre él. La sujetaremos, pues cuando está ahí nadie puede emerger; al menos eso dice la superstición. Y a la superstición debemos confiar primero; fue la fe del hombre al principio, y todavía tiene su raíz en la fe. Luego, cuando tengamos la oportunidad que buscamos, cuando nadie esté cerca para ver, abriremos el cofre, y... y todo estará bien.
—No esperaré a ninguna oportunidad —dijo Morris—. Cuando vea el cofre lo abriré y destruiré al monstruo, ¡aunque hubiera mil hombres mirando, y si he de ser eliminado por ello al momento siguiente! —Apreté su mano instintivamente y la encontré tan firme como una pieza de acero. Creo que comprendió mi mirada; espero que lo hiciera.
—Buen muchacho —dijo el Dr. Van Helsing—. Muchacho valiente. Quincey es todo un hombre, Dios lo bendiga por ello. Hija mía, créeme, ninguno de nosotros se quedará atrás ni se detendrá por ningún miedo. Solo digo lo que podemos hacer... lo que debemos hacer. Pero, de hecho, de hecho, no podemos decir lo que haremos. Hay tantas cosas que pueden suceder, y sus formas y fines son tan variados que hasta el momento no podemos decir. Estaremos todos armados, de todas las formas; y cuando llegue el momento del fin, no faltará nuestro esfuerzo. Ahora, pongamos hoy todos nuestros asuntos en orden. Que todas las cosas que afectan a otros queridos para nosotros, y que dependen de nosotros, estén completas; pues ninguno de nosotros puede decir qué, o cuándo, o cómo, será el fin. En cuanto a mí, mis propios asuntos están regulados; y como no tengo nada más que hacer, iré a hacer los arreglos para el viaje. Tendré todos los boletos y demás para nuestro viaje.
No quedaba nada más que decir, y nos separamos. Ahora pondré en orden todos mis asuntos terrenales, y estaré listo para lo que pueda venir....
Más tarde.—Todo está hecho; mi testamento está redactado y completo. Mina, si sobrevive, es mi única heredera. Si no fuera así, el resto que ha sido tan bueno con nosotros recibirá el remanente.
Se acerca el atardecer; la inquietud de Mina llama mi atención hacia ello. Estoy seguro de que hay algo en su mente que el momento exacto del ocaso revelará. Estas ocasiones se están convirtiendo en momentos desgarradores para todos nosotros, pues cada amanecer y cada atardecer abren un nuevo peligro, un nuevo dolor que, sin embargo, en la voluntad de Dios, puede ser el medio para un buen fin. Escribo todas estas cosas en el diario ya que mi amada no debe escucharlas ahora; pero si pudiera llegar a verlas de nuevo, estarán listas.
Me está llamando.
CAPÍTULO XXV.
/Diario del Dr. Seward./
11 de octubre, tarde.—Jonathan Harker me ha pedido que anote esto, pues dice que apenas se siente capaz de la tarea y quiere que se mantenga un registro exacto.
Creo que a ninguno de nosotros nos sorprendió cuando se nos pidió ver a la señora Harker poco antes de la hora del atardecer. Últimamente hemos llegado a comprender que el amanecer y el atardecer son para ella momentos de peculiar libertad; cuando su antiguo ser puede manifestarse sin ninguna fuerza controladora que la subyugue o la reprima, o que la incite a actuar. Este estado o condición comienza media hora o más antes del amanecer o el atardecer reales, y dura hasta que el sol está alto o mientras las nubes aún resplandecen con los rayos que fluyen sobre el horizonte. Al principio hay una especie de condición negativa, como si un lazo se aflojara, y luego la libertad absoluta sigue rápidamente; cuando, sin embargo, la libertad cesa, el cambio de regreso o recaída llega pronto, precedido solo por un lapso de silencio premonitorio.
Esta noche, cuando nos reunimos, estaba algo cohibida y mostraba todas las señales de una lucha interna. Yo mismo lo atribuí a que estaba haciendo un esfuerzo violento en el primer instante en que pudo hacerlo. Unos pocos minutos, sin embargo, le dieron el control total de sí misma; entonces, haciendo señas a su marido para que se sentara a su lado en el sofá donde estaba medio reclinada, hizo que el resto de nosotros acercáramos las sillas. Tomando la mano de su marido entre las suyas, comenzó:
—¡Estamos todos aquí juntos en libertad, quizás por última vez! Lo sé, querido; sé que siempre estarás conmigo hasta el final. —Esto iba dirigido a su marido, cuya mano, como pudimos ver, se había apretado sobre la de ella—. Por la mañana saldremos a cumplir nuestra tarea, y solo Dios sabe lo que nos depara a cualquiera de nosotros. Vas a ser tan bueno conmigo como para llevarme contigo. Sé que todo lo que hombres valientes y sinceros pueden hacer por una pobre mujer débil, cuya alma tal vez esté perdida —no, no, todavía no, pero al menos está en juego—, lo harán. Pero deben recordar que yo no soy como ustedes. Hay un veneno en mi sangre, en mi alma, que puede destruirme; que debe destruirme, a menos que nos llegue algún alivio. Oh, mis amigos, saben tan bien como yo que mi alma está en juego; y aunque sé que hay una salida para mí, ¡ustedes no deben, y yo no debo tomarla! —Nos miró a todos suplicante, uno por uno, comenzando y terminando por su marido.
—¿Cuál es esa forma? —preguntó Van Helsing con voz ronca—. ¿Cuál es esa forma que no debemos, que no podemos tomar?
—Que yo muera ahora, ya sea por mi propia mano o por la de otro, antes de que el mal mayor se consume por completo. Sé, y ustedes saben, que una vez muerta, podrían y liberarían mi espíritu inmortal, tal como hicieron con mi pobre Lucy. Si la muerte, o el miedo a la muerte, fuera lo único que se interpusiera, no me encogería de morir aquí, ahora, entre los amigos que me aman. Pero la muerte no lo es todo. No puedo creer que morir en tal caso, cuando hay esperanza ante nosotros y una amarga tarea por cumplir, sea la voluntad de Dios. Por lo tanto, yo, por mi parte, renuncio aquí a la certeza del descanso eterno y salgo hacia la oscuridad, donde pueden encontrarse las cosas más negras que el mundo o el inframundo albergan. —Todos guardamos silencio, pues sabíamos instintivamente que esto era solo un preludio. Los rostros de los demás estaban tensos, y el de Harker se volvió gris ceniza; quizás él adivinaba mejor que ninguno de nosotros lo que venía. Ella continuó:
—Esto es lo que puedo aportar al fondo común. —No pude dejar de notar la pintoresca frase legal que usó en tal lugar, y con toda seriedad—. ¿Qué darán cada uno de ustedes? Sus vidas, lo sé —continuó rápidamente—; eso es fácil para hombres valientes. Sus vidas son de Dios, y pueden devolvérselas a Él; pero ¿qué me darán a mí? —Miró de nuevo inquisitivamente, pero esta vez evitó el rostro de su marido. Quincey pareció entender; asintió y el rostro de ella se iluminó—. Entonces les diré claramente lo que quiero, pues no debe haber asuntos dudosos en esta conexión entre nosotros ahora. Deben prometerme, a todos y cada uno —incluso a ti, mi amado esposo—, que, si llegara el momento, me matarán.
—¿Cuál es ese momento? —La voz era de Quincey, pero era baja y tensa.
—Cuando estén convencidos de que he cambiado tanto que es mejor que muera para poder vivir. Cuando esté así muerta en la carne, entonces ustedes, sin un momento de demora, ¡claven una estaca en mi cuerpo y córtenme la cabeza; o hagan cualquier otra cosa que sea necesaria para darme descanso!
Quincey fue el primero en levantarse tras la pausa. Se arrodilló ante ella y, tomando su mano en la suya, dijo solemnemente:
—Solo soy un tipo rudo, que quizás no ha vivido como un hombre debería para ganar tal distinción, pero le juro por todo lo que considero sagrado y querido que, si llegara el momento, no vacilaré ante el deber que nos ha impuesto. ¡Y le prometo también que me aseguraré de todo, pues si solo tengo dudas, daré por hecho que el momento ha llegado!
—¡Mi verdadero amigo! —fue todo lo que pudo decir entre sus lágrimas que caían rápidamente, mientras, inclinándose, besaba su mano.
—¡Yo juro lo mismo, mi querida señora Mina! —dijo Van Helsing.
—¡Y yo! —dijo Lord Godalming, arrodillándose cada uno de ellos a su vez ante ella para prestar juramento. Yo le seguí. Entonces su marido se volvió hacia ella, con los ojos demacrados y una palidez verdosa que atenuaba la blancura nívea de su cabello, y preguntó:
—¿Debo yo también hacer tal promesa, oh, mi esposa?
—Tú también, mi queridísimo —dijo ella, con un anhelo infinito de piedad en su voz y en sus ojos—. No debes encogerte. Eres el más cercano y querido, y todo el mundo para mí; nuestras almas están unidas en una, para toda la vida y todo el tiempo. Piensa, querido, que ha habido momentos en que hombres valientes han matado a sus esposas y a sus mujeres para evitar que cayeran en manos del enemigo. Sus manos no temblaron más porque aquellas a quienes amaban les imploraran que las mataran. ¡Es el deber de los hombres hacia aquellos a quienes aman, en tales momentos de dura prueba! Y oh, querido, si ha de ser que deba encontrar la muerte a manos de alguien, que sea a manos de quien más me ama. Dr. Van Helsing, no he olvidado su misericordia en el caso de la pobre Lucy hacia aquel que amaba... —se detuvo con un rubor fugaz y cambió su frase—, hacia aquel que tenía el mejor derecho a darle paz. Si ese momento vuelve a llegar, espero de usted que convierta en un recuerdo feliz de la vida de mi marido el que fue su mano amorosa la que me liberó de la terrible esclavitud que pesa sobre mí.
—¡De nuevo lo juro! —llegó la voz resonante del Profesor. La señora Harker sonrió, positivamente sonrió, mientras con un suspiro de alivio se reclinaba y decía:
—Y ahora una palabra de advertencia, una advertencia que nunca deben olvidar: este momento, si alguna vez llega, puede llegar rápida e inesperadamente, y en tal caso no deben perder tiempo en aprovechar la oportunidad. En ese momento yo misma podría estar —¡no! si el momento llega, estaré— aliada con su enemigo contra ustedes.
—Una petición más —se puso muy solemne al decir esto—; no es vital y necesaria como la otra, pero quiero que hagan una cosa por mí, si quieren. —Todos asentimos, pero nadie habló; no había necesidad de hablar—: Quiero que lean el Servicio de Entierro. —Fue interrumpida por un gemido profundo de su marido; tomando la mano de él entre las suyas, la mantuvo sobre su corazón y continuó—: Deben leerlo sobre mí algún día. Cualquiera que sea el resultado de todo este terrible estado de cosas, será un pensamiento dulce para todos o para algunos de nosotros. Tú, mi amor, espero que lo leas, pues entonces estará con tu voz en mi memoria para siempre, ¡pase lo que pase!
—Pero oh, mi querida —suplicó él—, la muerte está lejos de ti.
—No —dijo ella, levantando una mano de advertencia—. ¡Estoy más hundida en la muerte en este momento que si el peso de una tumba terrenal yaciera pesadamente sobre mí!
—Oh, mi esposa, ¿debo leerlo? —dijo él, antes de comenzar.
—¡Me reconfortaría, mi esposo! —fue todo lo que dijo; y él comenzó a leer cuando ella tuvo el libro listo.
—¿Cómo puedo —cómo podría alguien— contar esa extraña escena, su solemnidad, su melancolía, su tristeza, su horror; y, a la vez, su dulzura? Incluso un escéptico, que no puede ver nada más que una parodia de la verdad amarga en cualquier cosa sagrada o emocional, se habría derretido hasta el corazón si hubiera visto a ese pequeño grupo de amigos amantes y devotos arrodillados alrededor de esa señora golpeada y afligida; o escuchado la tierna pasión de la voz de su marido, mientras, en tonos tan rotos por la emoción que a menudo tenía que detenerse, leía el sencillo y hermoso servicio para el Entierro de los Muertos. Yo... ¡no puedo seguir... las palabras... y... la v-voz... m-me fallan!....
Tenía razón en su instinto. Por extraño que fuera todo, por bizarro que pueda parecer en adelante incluso para nosotros que sentimos su potente influencia en ese momento, nos reconfortó mucho; y el silencio, que mostraba la inminente recaída de la señora Harker de su libertad de alma, no nos pareció tan lleno de desesperación a ninguno de nosotros como habíamos temido.
Diario de Jonathan Harker.
15 de octubre, Varna.—Salimos de Charing Cross la mañana del día 12, llegamos a París la misma noche y tomamos los asientos asegurados para nosotros en el Orient Express. Viajamos noche y día, llegando aquí alrededor de las cinco. Lord Godalming fue al Consulado para ver si había llegado algún telegrama para él, mientras el resto de nosotros vinimos a este hotel, el Odessus. El viaje puede haber tenido incidentes; yo, sin embargo, estaba demasiado ansioso por seguir adelante como para preocuparme por ellos. Hasta que el Czarina Catherine no llegue a puerto, no habrá nada en el mundo que me interese. ¡Gracias a Dios! Mina está bien, y parece estar fortaleciéndose; su color está volviendo. Duerme mucho; durante todo el viaje durmió casi todo el tiempo. Antes del amanecer y del atardecer, sin embargo, está muy despierta y alerta; y se ha convertido en un hábito para Van Helsing hipnotizarla en esos momentos. Al principio, se necesitaba algún esfuerzo y él tenía que hacer muchos pases; pero ahora, parece ceder de inmediato, como por costumbre, y apenas se necesita acción alguna. Él parece tener el poder en estos momentos particulares de simplemente querer, y sus pensamientos le obedecen. Siempre le pregunta qué puede ver y oír. Ella responde a lo primero:
—Nada; todo está oscuro. —Y a lo segundo:
—Puedo oír las olas golpeando contra el barco, y el agua pasando velozmente. La lona y los aparejos se tensan y los mástiles y vergas crujen. El viento es fuerte; puedo oírlo en los obenques, y la proa arroja la espuma. —Es evidente que el Czarina Catherine sigue en el mar, apresurándose en su camino a Varna. Lord Godalming acaba de regresar. Tenía cuatro telegramas, uno por cada día desde que partimos, y todos con el mismo resultado: que el Czarina Catherine no había sido reportado a Lloyd’s desde ningún lugar. Él había organizado antes de salir de Londres que su agente le enviara todos los días un telegrama diciendo si el barco había sido reportado. Debía recibir un mensaje incluso si no estaba reportado, para poder estar seguro de que se mantenía una vigilancia en el otro extremo del cable.
Cenamos y nos acostamos temprano. Mañana veremos al Vicecónsul y arreglaremos, si podemos, el subir al barco tan pronto como llegue. Van Helsing dice que nuestra oportunidad será subir a bordo entre el amanecer y el atardecer. El Conde, incluso si toma la forma de un murciélago, no puede cruzar el agua corriente por su propia voluntad, y por lo tanto no puede abandonar el barco. Como no se atreve a cambiar a forma humana sin levantar sospechas —lo que evidentemente desea evitar—, debe permanecer en el ataúd. Si, entonces, podemos subir a bordo después del amanecer, está a nuestra merced; pues podemos abrir el ataúd y asegurarnos de él, como hicimos con la pobre Lucy, antes de que despierte. Qué misericordia recibirá de nosotros no contará mucho. Creemos que no tendremos muchos problemas con los funcionarios o los marineros. ¡Gracias a Dios! este es el país donde el soborno puede hacer cualquier cosa, y estamos bien provistos de dinero. Solo tenemos que asegurarnos de que el barco no pueda entrar en puerto entre el atardecer y el amanecer sin que se nos avise, y estaremos a salvo. ¡El juez Moneybag resolverá este caso, creo!
16 de octubre.—El informe de Mina sigue siendo el mismo: olas golpeando y agua corriendo, oscuridad y vientos favorables. Evidentemente vamos a buen tiempo, y cuando tengamos noticias del Czarina Catherine estaremos listos. Como debe pasar por los Dardanelos, estamos seguros de tener algún informe.
* * * * *
17 de octubre.—Todo está bastante bien arreglado ahora, creo, para recibir al Conde a su regreso de su viaje. Godalming dijo a los transportistas que imaginaba que el ataúd enviado a bordo podría contener algo robado a un amigo suyo, y obtuvo un medio consentimiento para que pudiera abrirlo bajo su propio riesgo. El propietario le dio un documento diciendo al capitán que le diera todas las facilidades para hacer lo que quisiera a bordo del barco, y también una autorización similar a su agente en Varna. Hemos visto al agente, quien quedó muy impresionado con el trato amable de Godalming hacia él, y todos estamos convencidos de que todo lo que pueda hacer para ayudar a nuestros deseos será hecho. Ya hemos arreglado qué hacer en caso de que logremos abrir el ataúd. Si el Conde está allí, Van Helsing y Seward le cortarán la cabeza de inmediato y le clavarán una estaca en el corazón. Morris, Godalming y yo impediremos cualquier interferencia, incluso si tenemos que usar las armas que tendremos listas. El Profesor dice que si podemos tratar así el cuerpo del Conde, pronto se convertirá en polvo. En tal caso, no habría pruebas contra nosotros, en caso de que surgiera alguna sospecha de asesinato. Pero incluso si no fuera así, viviríamos o moriríamos por nuestro acto, y quizás algún día este mismo escrito sea evidencia que se interponga entre algunos de nosotros y una soga. Por mi parte, aceptaría la oportunidad solo con demasiada gratitud si llegara el caso. Tenemos la intención de no dejar piedra sin mover para llevar a cabo nuestro propósito. Hemos arreglado con ciertos funcionarios que, en el instante en que se vea al Czarina Catherine, se nos informe mediante un mensajero especial.
24 de octubre.—Toda una semana de espera. Telegramas diarios a Godalming, pero solo la misma historia: "Aún no reportado". La respuesta hipnótica de Mina por la mañana y por la tarde es invariable: olas golpeando, agua corriendo y mástiles crujiendo.
Telegrama, 24 de octubre.
_Rufus Smith, Lloyd’s, Londres, a Lord Godalming, al cuidado del Vicecónsul de S.M.B., Varna_
"Czarina Catherine reportado esta mañana desde los Dardanelos."
Diario del Dr. Seward.
24 de octubre.—¡Cómo extraño mi fonógrafo! Escribir el diario con una pluma es molesto para mí; pero Van Helsing dice que debo hacerlo. Todos estábamos locos de emoción hoy cuando Godalming recibió su telegrama de Lloyd’s. Ahora sé lo que sienten los hombres en la batalla cuando se escucha el llamado a la acción. La señora Harker, sola de nuestro grupo, no mostró señales de emoción. Después de todo, no es extraño que no lo hiciera; pues tuvimos especial cuidado en no dejarle saber nada al respecto, y todos tratamos de no mostrar ninguna emoción cuando estábamos en su presencia. En los viejos tiempos, estoy seguro, lo habría notado, sin importar cuánto hubiéramos tratado de ocultarlo; pero en este aspecto ella ha cambiado mucho durante las últimas tres semanas. El letargo crece en ella, y aunque parece fuerte y bien, y está recuperando algo de su color, Van Helsing y yo no estamos satisfechos. Hablamos de ella a menudo; no hemos dicho una palabra a los demás, sin embargo. Le rompería el corazón al pobre Harker —ciertamente sus nervios— si supiera que tenemos siquiera una sospecha sobre el tema. Van Helsing examina, me dice, sus dientes con mucho cuidado, mientras ella está en la condición hipnótica, pues dice que mientras no comiencen a afilarse no hay peligro activo de un cambio en ella. ¡Si este cambio ocurriera, sería necesario tomar medidas!... Ambos sabemos cuáles tendrían que ser esas medidas, aunque no mencionamos nuestros pensamientos el uno al otro. Ninguno de nosotros se encogería ante la tarea, por terrible que sea contemplarla. ¡La "eutanasia" es una palabra excelente y reconfortante! Estoy agradecido a quienquiera que la inventó.
Solo hay unas 24 horas de navegación desde los Dardanelos hasta aquí, al ritmo que el Czarina Catherine ha venido desde Londres. Por lo tanto, debería llegar en algún momento de la mañana; pero como no puede entrar antes, todos estamos a punto de retirarnos temprano. Nos levantaremos a la una, para estar listos.
25 de octubre, mediodía.—Todavía no hay noticias de la llegada del barco. El informe hipnótico de la señora Harker esta mañana fue el mismo de siempre, así que es posible que recibamos noticias en cualquier momento. Los hombres estamos todos en una fiebre de emoción, excepto Harker, que está tranquilo; sus manos están frías como el hielo, y hace una hora lo encontré afilando el filo del gran cuchillo Ghoorka que ahora siempre lleva consigo. ¡Será un mal panorama para el Conde si el filo de ese "Kúkri" alguna vez toca su garganta, impulsado por esa mano severa y fría como el hielo!
Van Helsing y yo estábamos un poco alarmados por la señora Harker hoy. Alrededor del mediodía entró en una especie de letargo que no nos gustó; aunque guardamos silencio ante los demás, ninguno de los dos estábamos felices por ello. Había estado inquieta toda la mañana, por lo que al principio nos alegramos de saber que estaba durmiendo. Sin embargo, cuando su marido mencionó casualmente que dormía tan profundamente que no podía despertarla, fuimos a su habitación para verlo por nosotros mismos. Respiraba naturalmente y se veía tan bien y pacífica que acordamos que el sueño era mejor para ella que cualquier otra cosa. Pobre chica, tiene tanto que olvidar que no es de extrañar que el sueño, si le trae el olvido, le haga bien.
Más tarde.—Nuestra opinión estaba justificada, pues cuando después de un sueño reparador de algunas horas despertó, parecía más brillante y mejor de lo que ha estado en días. Al atardecer hizo el habitual informe hipnótico. Dondequiera que esté en el Mar Negro, el Conde se apresura hacia su destino. ¡Hacia su perdición, confío!
26 de octubre.—Otro día y ni rastro del Czarina Catherine. Ya debería estar aquí. Es evidente que todavía sigue navegando por algún lugar, pues el informe hipnótico de la señora Harker al amanecer seguía siendo el mismo. Es posible que el navío esté capeando el temporal en ocasiones, debido a la niebla; algunos de los vapores que llegaron ayer por la tarde informaron de bancos de niebla tanto al norte como al sur del puerto. Debemos continuar nuestra vigilancia, ya que el barco podría ser avistado en cualquier momento.
27 de octubre, mediodía.—Es de lo más extraño; aún no hay noticias del barco que esperamos. La señora Harker informó anoche y esta mañana como de costumbre: «olas que chapotean y agua que corre», aunque añadió que «las olas eran muy débiles». Los telegramas de Londres han sido los mismos: «sin más informes». Van Helsing está terriblemente ansioso y me ha dicho hace un momento que teme que el Conde se nos esté escapando. Añadió significativamente:
«No me gustó ese letargo de Madam Mina. Las almas y los recuerdos pueden hacer cosas extrañas durante el trance». Estaba a punto de pedirle más explicaciones, pero en ese momento entró Harker y él levantó una mano en señal de advertencia. Debemos intentar esta noche, al atardecer, hacer que hable con mayor detalle mientras se encuentre en su estado hipnótico.
28 de octubre.—Telegrama. Rufus Smith, Londres, para Lord Godalming, a la atención del vicecónsul de S.M.B., Varna.
«El Czarina Catherine ha sido reportado entrando en Galatz a la una de hoy».
Diario del Dr. Seward.
28 de octubre.—Cuando llegó el telegrama anunciando la llegada a Galatz, no creo que fuera tal conmoción para ninguno de nosotros como cabría haber esperado. Es cierto que no sabíamos de dónde, cómo ni cuándo vendría el rayo; pero creo que todos esperábamos que ocurriera algo extraño. El retraso en la llegada a Varna nos convenció a cada uno de nosotros de que las cosas no serían tal como habíamos previsto; solo esperábamos saber dónde se produciría el cambio. Sin embargo, no dejó de ser una sorpresa. Supongo que la naturaleza funciona sobre una base tan esperanzadora que creemos, contra nuestro propio criterio, que las cosas serán como deberían ser, no como deberíamos saber que serán. El trascendentalismo es un faro para los ángeles, aunque sea un fuego fatuo para el hombre. Fue una experiencia extraña, y todos la asimilamos de forma distinta. Van Helsing alzó las manos sobre su cabeza por un momento, como si estuviera reprochándole algo al Todopoderoso; pero no dijo una palabra y, en pocos segundos, se puso en pie con el rostro severo. Lord Godalming palideció mucho y se sentó respirando con dificultad. Yo mismo me quedé medio aturdido y miré con asombro a uno tras otro. Quincey Morris se apretó el cinturón con ese movimiento rápido que conocía tan bien; en nuestros viejos días de vagabundeo, significaba «acción». La señora Harker se puso mortalmente pálida, hasta el punto de que la cicatriz de su frente parecía arder, pero cruzó las manos con mansedumbre y miró hacia arriba en oración. Harker sonrió —realmente sonrió— con la sonrisa amarga y sombría de quien no tiene esperanza; pero, al mismo tiempo, sus actos desmentían sus palabras, pues sus manos buscaron instintivamente la empuñadura del gran cuchillo Kukri y descansaron allí. «¿Cuándo sale el próximo tren para Galatz?», preguntó Van Helsing a todos en general.
«¡A las seis y media de mañana!». Todos nos quedamos mirando, pues la respuesta vino de la señora Harker.
«¿Cómo demonios lo sabes?», dijo Art.
«Olvidáis —o quizá no lo sepáis, aunque Jonathan y el doctor Van Helsing sí lo saben— que soy una fanática de los trenes. En casa, en Exeter, siempre solía organizar los horarios para ayudar a mi marido. Me resultó tan útil en ocasiones que ahora siempre estudio los horarios. Sabía que si algo nos llevara al castillo de Drácula, iríamos por Galatz o, en cualquier caso, a través de Bucarest, así que aprendí los horarios con mucho cuidado. Por desgracia, no hay muchos que aprender, ya que el único tren de mañana sale a la hora que he dicho».
«¡Mujer maravillosa!», murmuró el profesor.
«¿No podemos conseguir uno especial?», preguntó Lord Godalming. Van Helsing negó con la cabeza: «Me temo que no. Esta tierra es muy diferente de la vuestra o de la mía; incluso si tuviéramos un tren especial, probablemente no llegaría tan pronto como nuestro tren regular. Además, tenemos algo que preparar. Debemos pensar. Ahora organicémonos. Tú, amigo Arthur, ve a la estación y saca los billetes y haz que todo esté listo para que partamos por la mañana. Tú, amigo Jonathan, ve al agente del barco y consigue de él cartas para el agente en Galatz, con autoridad para registrar el barco tal como se hizo aquí. Quincey Morris, tú ve a ver al vicecónsul y consigue su ayuda con su colega en Galatz y todo lo que pueda hacer para allanar nuestro camino, de modo que no se pierda tiempo una vez cruzado el Danubio. John se quedará con Madam Mina y conmigo, y consultaremos. Pues así, si el tiempo se alarga, podréis retrasaros; y no importará cuándo se ponga el sol, puesto que estoy aquí con Madam para hacer el informe».
«Y yo», dijo la señora Harker con alegría, y pareciéndose más a su antiguo yo de lo que había estado en muchos días, «intentaré ser útil en todo, y pensaré y escribiré para vosotros como solía hacer. Algo se está desplazando dentro de mí de una forma extraña, ¡y me siento más libre de lo que me he sentido últimamente!». Los tres hombres jóvenes parecían más felices en ese momento al comprender el significado de sus palabras; pero Van Helsing y yo, al girarnos el uno hacia el otro, nos cruzamos una mirada grave y preocupada. No dijimos nada en ese momento, sin embargo.
Cuando los tres hombres salieron a cumplir sus tareas, Van Helsing pidió a la señora Harker que buscara la copia de los diarios y le encontrara la parte del diario de Harker en el castillo. Ella se fue a buscarla; cuando la puerta quedó cerrada tras ella, me dijo:
«¡Pensamos lo mismo! ¡Habla!».
«Hay algún cambio. Es una esperanza que me enferma, pues podría engañarnos».
«Exacto. ¿Sabes por qué le pedí que trajera el manuscrito?».
«¡No!», dije, «a menos que fuera para tener la oportunidad de verme a solas».
«Tienes razón en parte, amigo John, pero solo en parte. Quiero decirte algo. Y oh, amigo mío, estoy corriendo un gran, un terrible riesgo; pero creo que es lo correcto. En el momento en que Madam Mina dijo esas palabras que detuvieron nuestra comprensión, me vino una inspiración. En el trance de hace tres días, el Conde le envió su espíritu para leer su mente; o, más probablemente, la llevó a verlo en su caja de tierra en el barco con el agua corriendo, tal como queda libre al salir y ponerse el sol. Él supo entonces que estamos aquí; pues ella tiene más que contar en su vida abierta, con ojos para ver y oídos para oír, que él, encerrado como está en su caja de ataúd. Ahora él hace su máximo esfuerzo por escaparnos. Por el momento, no la quiere. Está seguro, con su gran conocimiento, de que ella vendrá a su llamada; pero él la corta, la saca, como puede hacer, de su propio poder, para que así no venga a él. ¡Ah! Ahí tengo esperanza de que nuestros cerebros humanos, que han sido de hombres durante tanto tiempo y que no han perdido la gracia de Dios, se elevarán por encima de su cerebro infantil, que lleva siglos en su tumba, que aún no ha crecido hasta nuestra estatura y que solo obra de forma egoísta y, por tanto, pequeña. Aquí viene Madam Mina; ¡ni una palabra de su trance! Ella no lo sabe; y la abrumaría y le causaría desesperación justo cuando necesitamos toda su esperanza, todo su valor; cuando más necesitamos todo su gran cerebro, que está entrenado como el cerebro de un hombre, pero es de dulce mujer y tiene un poder especial que el Conde le da, y que él no puede quitarle por completo, aunque él no piense así. ¡Silencio! Déjame hablar y tú aprenderás. Oh, John, amigo mío, estamos en una situación terrible. Temo como nunca antes había temido. Solo podemos confiar en el buen Dios. ¡Silencio! ¡Aquí viene!».
Pensé que el profesor se iba a derrumbar y a sufrir un ataque de histeria, tal como ocurrió cuando murió Lucy, pero con un gran esfuerzo se controló y recuperó el equilibrio nervioso perfecto cuando la señora Harker entró en la habitación, alegre y feliz, y, ocupada en su trabajo, aparentemente olvidada de su miseria. Al entrar, entregó una serie de hojas mecanografiadas a Van Helsing. Él las revisó con gravedad, su rostro iluminándose a medida que leía. Entonces, sosteniendo las páginas entre sus dedos, dijo:
«Amigo John, para ti, con tanta experiencia ya, y para ti también, querida Madam Mina, que eres joven, aquí hay una lección: no temáis nunca pensar. Una media idea ha estado zumbando a menudo en mi cerebro, pero temía dejar que soltara sus alas. Aquí ahora, con más conocimiento, vuelvo al lugar de donde vino esa media idea y descubro que no es una media idea en absoluto; que es una idea completa, aunque tan joven que aún no es fuerte para usar sus pequeñas alas. No, como el “Patito Feo” de mi amigo Hans Andersen, no es una idea-pato en absoluto, sino una gran idea-cisne que navegará noblemente sobre grandes alas cuando llegue el momento de probarlas. Mira, leo aquí lo que ha escrito Jonathan:
“Ese otro de su raza que, en una era posterior, una y otra vez, trajo sus fuerzas a través del Gran Río hacia la tierra de Turquía; que, cuando fue derrotado, volvió una y otra vez, aunque tuvo que venir solo desde el campo sangriento donde sus tropas estaban siendo masacradas, puesto que sabía que solo él podía triunfar finalmente”».
«¿Qué nos dice esto? ¡No mucho! ¡No! La idea-infantil del Conde no ve nada; por eso habla tan libremente. Tu pensamiento de hombre no ve nada; mi pensamiento de hombre no ve nada, hasta ahora mismo. ¡No! Pero llega otra palabra de alguien que habla sin pensar porque ella tampoco sabe lo que significa, lo que podría significar. Tal como hay elementos que descansan, pero cuando en el curso de la naturaleza siguen su camino y se tocan, ¡entonces puf! y llega un destello de luz, ancho como el cielo, que ciega y mata y destruye a algunos; pero que ilumina toda la tierra de abajo por leguas y leguas. ¿No es así? Bueno, explicaré. Para empezar, ¿habéis estudiado alguna vez la filosofía del crimen? “Sí” y “No”. Tú, John, sí; pues es un estudio de la locura. Tú, no, Madam Mina; pues el crimen no te toca, no más que una vez. Aun así, tu mente funciona con rectitud y no argumenta a particulari ad universale. Existe esta peculiaridad en los criminales. Es tan constante, en todos los países y en todos los tiempos, que incluso la policía, que no sabe mucho de filosofía, llega a saberlo empíricamente, que es así. Eso es ser empírico. El criminal siempre trabaja en un solo crimen; ese es el verdadero criminal que parece predestinado al crimen y que no quiere otro. Este criminal no tiene un cerebro de hombre completo. Es astuto, mañoso e ingenioso; pero no es de estatura humana en cuanto a cerebro. Es, en gran medida, de cerebro infantil. Ahora bien, este criminal nuestro también está predestinado al crimen; él también tiene cerebro infantil, y es propio del niño hacer lo que él ha hecho. El pajarito, el pececito, el pequeño animal no aprenden por principios, sino empíricamente; y cuando aprende a hacer, entonces tiene la base desde la cual empezar para hacer más. “Dos pou sto”, dijo Arquímedes. “¡Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo!”. ¡Hacer una vez, es el punto de apoyo por el cual el cerebro infantil se convierte en cerebro humano; y hasta que él tenga el propósito de hacer más, continúa haciendo lo mismo una y otra vez, tal como ha hecho antes! Oh, querida, veo que tus ojos están abiertos y que para ti el relámpago muestra todas las leguas», pues la señora Harker comenzó a aplaudir y sus ojos brillaron. Él continuó:
«Ahora tú hablarás. Dinos a estos dos hombres secos de ciencia qué ves con esos ojos tan brillantes». Tomó su mano y la sostuvo mientras ella hablaba. Sus dedos se cerraron sobre su pulso, como pensé instintiva e inconscientemente, mientras ella decía:
«El Conde es un criminal y de tipo criminal. Nordau y Lombroso lo clasificarían así, y en tanto que criminal es de mente imperfectamente formada. Por tanto, ante una dificultad, tiene que buscar recursos en el hábito. Su pasado es una pista, y la única página de él que conocemos —y eso por sus propios labios— cuenta que una vez antes, en lo que el señor Morris llamaría un “aprieto”, volvió a su propio país desde la tierra que había intentado invadir y, desde allí, sin perder el propósito, se preparó para un nuevo esfuerzo. Volvió de nuevo, mejor equipado para su trabajo; y ganó. Así vino a Londres para invadir una nueva tierra. Fue derrotado y, cuando toda esperanza de éxito se perdió y su existencia estuvo en peligro, huyó de vuelta a través del mar a su hogar; tal como anteriormente había huido de vuelta a través del Danubio desde la tierra de Turquía».
«¡Bien, bien! ¡oh, señora tan inteligente!», dijo Van Helsing con entusiasmo, mientras se inclinaba y besaba su mano. Un momento después me dijo, con tanta calma como si hubiéramos estado teniendo una consulta en una habitación de enfermo:
«Setenta y dos solamente; y en toda esta agitación. Tengo esperanza». Volviéndose hacia ella de nuevo, dijo con aguda expectación:
«Pero continúa. ¡Continúa! Hay más que contar si quieres. No tengas miedo; John y yo lo sabemos. Yo, en cualquier caso, y te diré si tienes razón. ¡Habla, sin miedo!».
«Lo intentaré; pero me perdonaréis si parezco egoísta».
«¡No! No temas, debes ser egoísta, pues es en ti en quien pensamos».
«Entonces, como él es criminal, es egoísta; y como su intelecto es pequeño y su acción se basa en el egoísmo, se limita a un solo propósito. Ese propósito es implacable. Así como huyó de vuelta a través del Danubio, dejando que sus fuerzas fueran destrozadas, ahora está decidido a estar a salvo, despreocupado de todo. Así, su propio egoísmo libera mi alma en cierto modo del terrible poder que adquirió sobre mí en aquella noche espantosa. Lo sentí, ¡oh!, lo sentí. ¡Gracias a Dios por Su gran misericordia! Mi alma es más libre de lo que ha sido desde aquella hora terrible; y todo lo que me atormenta es el miedo a que en algún trance o sueño haya utilizado mi conocimiento para sus fines». El profesor se puso en pie:
«Él ha usado así tu mente; y por ella nos ha dejado aquí en Varna, mientras el barco que lo transportaba se precipitaba a través de la niebla envolvente hasta Galatz, donde, sin duda, ha hecho preparativos para escapar de nosotros. Pero su mente infantil solo vio hasta ahí; y puede ser que, como siempre ocurre en la Providencia de Dios, aquello mismo en lo que el malhechor más confiaba para su bien egoísta, resulte ser su mayor daño. El cazador queda atrapado en su propia trampa, como dice el gran salmista. Pues ahora que él piensa que está libre de todo rastro nuestro, y que nos ha escapado con tantas horas de ventaja, su cerebro infantil y egoísta le susurrará que duerma. Él piensa, también, que al cortarse del conocimiento de tu mente, no puede haber conocimiento de él para ti; ¡ahí es donde falla! Ese terrible bautismo de sangre que él te dio te hace libre para ir a él en espíritu, tal como has hecho hasta ahora en tus tiempos de libertad, cuando el sol sale y se pone. En esos momentos vas por mi voluntad y no por la suya; y este poder para el bien tuyo y de los demás, lo has ganado de tu sufrimiento a sus manos. Esto es ahora más precioso porque él no lo sabe, y para protegerse incluso se ha cortado de su conocimiento de nuestro paradero. Nosotros, sin embargo, no somos todos egoístas, y creemos que Dios está con nosotros a través de toda esta negrura y estas muchas horas oscuras. Lo seguiremos; y no flaquearemos; incluso si nos arriesgamos a convertirnos en lo que él es. Amigo John, esta ha sido una hora grande; y ha hecho mucho para hacernos avanzar en nuestro camino. Debes ser el escriba y escribirlo todo, para que cuando los otros regresen de su trabajo puedas entregárselo; entonces ellos sabrán lo que nosotros sabemos».
Y así lo he escrito mientras esperamos su regreso, y la señora Harker ha escrito con su máquina de escribir todo desde que nos trajo el manuscrito.
CAPÍTULO XXVI.
/Diario del Dr. Seward./
29 de octubre.—Esto está escrito en el tren de Varna a Galatz. Anoche nos reunimos todos un poco antes de la hora del atardecer. Cada uno de nosotros había hecho su trabajo tan bien como pudo; en lo que respecta al pensamiento, el esfuerzo y la oportunidad, estamos preparados para la totalidad de nuestro viaje y para nuestro trabajo cuando lleguemos a Galatz. Cuando llegó la hora habitual, la señora Harker se preparó para su esfuerzo hipnótico; y tras un esfuerzo por parte de Van Helsing más largo y extenuante de lo que suele ser necesario, se hundió en el trance. Por lo general, ella habla ante una insinuación; pero esta vez el profesor tuvo que hacerle preguntas, y hacerlas con bastante firmeza, antes de que pudiéramos saber nada; finalmente, su respuesta llegó:
«No puedo ver nada; estamos quietos; no hay olas que chapoteen, sino solo un remolino constante de agua corriendo suavemente contra el cabo. Puedo oír voces de hombres llamando, cerca y lejos, y el balanceo y chirrido de los remos en los toletes. Se dispara un arma en alguna parte; el eco parece lejano. Hay un pisar de pies sobre mi cabeza, y se arrastran cuerdas y cadenas. ¿Qué es esto? Hay un rayo de luz; puedo sentir el aire soplando sobre mí».
Aquí se detuvo. Se había levantado, como por impulso, de donde yacía en el sofá, y alzó ambas manos, con las palmas hacia arriba, como si levantara un peso. Van Helsing y yo nos miramos con entendimiento. Quincey arqueó ligeramente las cejas y la miró con atención, mientras la mano de Harker se cerraba instintivamente alrededor de la empuñadura de su kúkri. Hubo una larga pausa. Todos sabíamos que el tiempo en que ella podía hablar estaba pasando; pero sentimos que era inútil decir nada. De repente, se incorporó y, al abrir los ojos, dijo dulcemente:
«¿A ninguno de vosotros le gustaría una taza de té? ¡Debéis estar todos tan cansados!». Solo podíamos hacerla feliz, y así asentimos. Ella se apresuró a preparar el té; cuando se hubo ido, Van Helsing dijo:
«Ya veis, mis amigos. Él está cerca de tierra; ha dejado su caja de tierra. Pero aún tiene que llegar a la orilla. Por la noche puede estar escondido en algún lugar; pero si no es llevado a la orilla, o si el barco no la toca, no puede alcanzar la tierra. En tal caso puede, si es de noche, cambiar su forma y puede saltar o volar a la orilla, como hizo en Whitby. Pero si llega el día antes de que él llegue a la orilla, entonces, a menos que sea llevado, no puede escapar. Y si es llevado, entonces los hombres de aduanas pueden descubrir lo que contiene la caja. Así, en resumen, si no escapa a la orilla esta noche, o antes del amanecer, perderá todo el día. Entonces podremos llegar a tiempo; pues si no escapa por la noche, caeremos sobre él a plena luz del día, encerrado y a nuestra merced; pues él no se atreve a ser su verdadero yo, despierto y visible, no sea que sea descubierto».
No había nada más que decir, así que esperamos con paciencia hasta el amanecer; momento en el cual podríamos saber más de la señora Harker.
A primera hora de esta mañana escuchamos, con una ansiedad que nos cortaba el aliento, su respuesta en trance. El estado hipnótico tardó aún más en llegar que la vez anterior; y cuando llegó, el tiempo que quedaba hasta la salida completa del sol era tan breve que comenzamos a desesperar. Van Helsing pareció poner toda su alma en el esfuerzo; finalmente, obedeciendo a su voluntad, ella respondió:
«Todo está oscuro. Oigo el agua chapotear, al nivel donde estoy, y un crujido como de madera contra madera». Hizo una pausa, y el sol rojo apareció de repente. Debemos esperar hasta esta noche.
Y así es como viajamos hacia Galatz en una agonía de expectación. Debemos llegar entre las dos y las tres de la mañana; pero ya, en Bucarest, llevamos tres horas de retraso, por lo que es imposible que lleguemos hasta mucho después de la salida del sol. Así pues, tendremos dos mensajes hipnóticos más de la señora Harker; uno u otro, o ambos, podrían arrojar más luz sobre lo que está ocurriendo.
Más tarde.—La puesta de sol ha llegado y pasado. Afortunadamente ocurrió en un momento en que no hubo distracciones; pues si hubiera sucedido mientras estábamos en una estación, quizás no habríamos logrado la calma y el aislamiento necesarios. La señora Harker cedió a la influencia hipnótica incluso con menos facilidad que esta mañana. Temo que su capacidad para leer las sensaciones del Conde se extinga justo cuando más la necesitamos. Me parece que su imaginación está empezando a actuar. Mientras ha estado en trance hasta ahora, se había limitado a los hechos más simples. Si esto continúa, podría acabar induciéndonos a error. Si pensara que el poder del Conde sobre ella se desvanecería al mismo tiempo que su poder de conocimiento, sería un pensamiento feliz; pero me temo que no sea así. Cuando finalmente habló, sus palabras fueron enigmáticas:
«Algo se está yendo; puedo sentirlo pasar a mi lado como un viento frío. Puedo oír, a lo lejos, sonidos confusos... como de hombres hablando en lenguas extrañas, agua cayendo con furia y el aullido de los lobos». Se detuvo, y un escalofrío recorrió su cuerpo, aumentando en intensidad durante unos segundos, hasta que, al final, tembló como si tuviera convulsiones. No dijo nada más, ni siquiera en respuesta al imperativo interrogatorio del Profesor. Cuando despertó del trance, estaba fría, exhausta y lánguida; pero su mente estaba totalmente alerta. No podía recordar nada, pero preguntó qué había dicho; cuando se lo contaron, reflexionó profundamente sobre ello durante mucho tiempo y en silencio.
30 de octubre, 7 a.m.—Estamos cerca de Galatz ahora, y puede que no tenga tiempo de escribir más tarde. Todos esperábamos con ansiedad la salida del sol de esta mañana. Sabiendo de la creciente dificultad para inducir el trance hipnótico, Van Helsing comenzó sus pases antes de lo habitual. Sin embargo, no produjeron efecto alguno hasta la hora habitual, cuando ella cedió con una dificultad aún mayor, solo un minuto antes de que saliera el sol. El Profesor no perdió tiempo en sus preguntas; la respuesta de ella llegó con igual rapidez:
«Todo está oscuro. Oigo el agua arremolinarse cerca, a la altura de mis oídos, y el crujido de madera contra madera. El ganado muge a lo lejos. Hay otro sonido, uno extraño como...» se detuvo y se puso pálida, y más pálida aún.
«¡Sigue; sigue! ¡Habla, te lo ordeno!», dijo Van Helsing con voz angustiada. Al mismo tiempo, había desesperación en sus ojos, pues el sol naciente ya estaba enrojeciendo incluso el pálido rostro de la señora Harker. Ella abrió los ojos y todos nos sobresaltamos cuando dijo, dulcemente y al parecer con la mayor preocupación:
«Oh, Profesor, ¿por qué pedirme que haga lo que sabe que no puedo? No recuerdo nada». Entonces, al ver la mirada de asombro en nuestros rostros, dijo, volviéndose de uno a otro con semblante atribulado:
«¿Qué he dicho? ¿Qué he hecho? No sé nada, solo que estaba tumbada aquí, medio dormida, y le oí decir “¡sigue! ¡habla, te lo ordeno!”. ¡Me ha parecido tan gracioso oírle darme órdenes, como si fuera una niña pequeña y traviesa!».
«Oh, señora Mina», dijo él con tristeza, «es una prueba, si es que hace falta alguna, de cuánto la amo y la honro, cuando una palabra por su bien, dicha con más seriedad que nunca, puede parecer tan extraña porque es para ordenar a aquella a quien estoy orgulloso de obedecer».
Los silbatos están sonando; nos acercamos a Galatz. Estamos ardiendo de ansiedad y entusiasmo.
Diario de Mina Harker.
30 de octubre.—El señor Morris me llevó al hotel donde nuestras habitaciones habían sido reservadas por telégrafo, siendo él quien mejor podía ser prescindido, ya que no habla ningún idioma extranjero. Las fuerzas se distribuyeron de manera muy similar a como lo habían estado en Varna, excepto que Lord Godalming fue a ver al Vicecónsul, pues su rango podría servir como una garantía inmediata de algún tipo ante el funcionario, dada nuestra extrema urgencia. Jonathan y los dos médicos fueron a la agencia naviera para conocer los detalles de la llegada del Czarina Catherine.
Más tarde.—Lord Godalming ha regresado. El Cónsul está fuera y el Vicecónsul enfermo; así que el trabajo rutinario ha sido atendido por un empleado. Fue muy servicial y se ofreció a hacer todo lo que estuviera en su mano.
Diario de Jonathan Harker.
30 de octubre.—A las nueve de la mañana, el doctor Van Helsing, el doctor Seward y yo visitamos a los señores Mackenzie & Steinkoff, los agentes de la firma londinense Hapgood. Habían recibido un telegrama de Londres, en respuesta a la solicitud enviada por Lord Godalming, pidiéndoles que nos ofrecieran cualquier cortesía que estuviera en su poder. Fueron más que amables y corteses, y nos llevaron de inmediato a bordo del Czarina Catherine, que estaba anclado en el puerto fluvial. Allí vimos al capitán, de nombre Donelson, quien nos contó sobre su viaje. Dijo que en toda su vida nunca había tenido una travesía tan favorable.
«¡Hombre!», dijo, «pero nos dio miedo, porque esperábamos que tendríamos que pagarlo con alguna extraña pieza de mala suerte, para mantener el promedio. No es natural navegar de Londres al Mar Negro con el viento a favor, como si el mismo Demonio estuviera soplando en tus velas para sus propios fines. Y durante todo el tiempo no pudimos ver nada. Si estábamos cerca de un barco, o un puerto, o un promontorio, caía una niebla sobre nosotros y viajaba con nosotros, hasta que, después de que se levantaba y mirábamos afuera, no podíamos ver ni una sola cosa. Pasamos por Gibraltar sin poder hacer señales; y hasta que llegamos a los Dardanelos y tuvimos que esperar para obtener nuestro permiso de paso, nunca estuvimos al alcance de nada. Al principio me incliné a reducir la navegación y dar vueltas hasta que la niebla se levantara; pero a veces, pensaba que si el Demonio tenía la intención de llevarnos al Mar Negro rápidamente, probablemente lo haría tanto si queríamos como si no. Si teníamos un viaje rápido no sería para nuestro descrédito con los propietarios, ni daño para nuestro tráfico; y el Viejo que había servido a sus propios propósitos estaría decentemente agradecido con nosotros por no haberle estorbado». Esta mezcla de simplicidad y astucia, de superstición y razonamiento comercial, despertó a Van Helsing, quien dijo:
«Mi amigo, ese Demonio es más listo de lo que algunos creen; ¡y sabe cuándo se encuentra con su igual!». Al capitán no le disgustó el cumplido y continuó:
«Cuando pasamos el Bósforo, los hombres empezaron a quejarse; algunos de ellos, los rumanos, vinieron y me pidieron que arrojara por la borda una caja grande que había sido subida a bordo por un anciano de aspecto extraño justo antes de que partiéramos de Londres. Los había visto mirar al tipo, y extender sus dos dedos cuando lo veían, para protegerse del mal de ojo. ¡Hombre! ¡pero la superstición de los extranjeros es perfectamente ridícula! Los envié a sus asuntos bastante rápido; pero como justo después una niebla nos envolvió, sentí un poquito como ellos respecto a algo, aunque no diría que fuera contra la caja grande. Bien, seguimos adelante, y como la niebla no se disipó durante cinco días, simplemente dejé que el viento nos llevara; pues si el Demonio quería llegar a algún sitio... bueno, lo conseguiría de todos modos. Y si no, bueno, mantendríamos un ojo bien atento de todos modos. Ciertamente, tuvimos buen camino y aguas profundas todo el tiempo; y hace dos días, cuando el sol de la mañana atravesó la niebla, nos encontramos justo en el río frente a Galatz. Los rumanos estaban furiosos y querían que, por las buenas o por las malas, sacara la caja y la arrojara al río. Tuve que discutir con ellos al respecto con una palanca; y cuando el último de ellos se levantó de la cubierta, con la cabeza entre las manos, les había convencido de que, con mal de ojo o sin él, la propiedad y la confianza de mis dueños estaban mejor en mis manos que en el río Danubio. Habían, fíjese, llevado la caja a la cubierta listos para arrojarla, y como estaba marcada como Galatz vía Varna, pensé que la dejaría estar hasta que descargáramos en el puerto y me libraría de ella por completo. No hicimos mucho despacho ese día, y tuvimos que permanecer la noche anclados; pero por la mañana, bien temprano, una hora antes de la salida del sol, un hombre vino a bordo con una orden, escrita para él desde Inglaterra, para recibir una caja marcada para un tal Conde Drácula. Ciertamente, el asunto estaba listo para sus manos. Tenía sus papeles en regla, y me alegré de librarme de la maldita cosa, porque yo mismo empezaba a sentirme inquieto por ella. Si el Demonio tenía algún equipaje a bordo del barco, ¡pienso que no era otro que ese mismo!».
«¿Cuál era el nombre del hombre que la tomó?», preguntó el doctor Van Helsing, con una avidez contenida.
«¡Se lo diré enseguida!», respondió, y, bajando a su camarote, presentó un recibo firmado por «Immanuel Hildesheim». La dirección era Burgen-strasse 16. Averiguamos que esto era todo lo que sabía el capitán; así que, con agradecimiento, nos marchamos.
Encontramos a Hildesheim en su oficina, un hebreo del tipo Adelphi, con nariz de oveja y un fez. Sus argumentos estaban rematados con moneda —nosotros poniendo la puntuación— y, tras un poco de regateo, nos contó lo que sabía. Esto resultó ser simple pero importante. Había recibido una carta de un señor de Ville de Londres, diciéndole que recibiera, si era posible antes del amanecer, para evitar las aduanas, una caja que llegaría a Galatz en el Czarina Catherine. Esto debía entregárselo a un tal Petrof Skinsky, que trataba con eslovacos que comerciaban río abajo hasta el puerto. Había sido pagado por su trabajo con un billete de banco inglés, que había sido debidamente cambiado por oro en el Banco Internacional del Danubio. Cuando Skinsky acudió a él, lo llevó al barco y le entregó la caja, para ahorrarse el transporte. Eso era todo lo que sabía.
Luego buscamos a Skinsky, pero no pudimos encontrarlo. Uno de sus vecinos, que no parecía tenerle mucho afecto, dijo que se había ido dos días antes, nadie sabía a dónde. Esto fue corroborado por su casero, quien había recibido por mensajero la llave de la casa junto con el alquiler adeudado, en dinero inglés. Esto había sido entre las diez y las once de la noche pasada. Estábamos en un callejón sin salida de nuevo.
Mientras hablábamos, alguien vino corriendo y jadeando dijo que el cuerpo de Skinsky había sido encontrado dentro del muro del cementerio de San Pedro, y que la garganta había sido desgarrada como si fuera por algún animal salvaje. Aquellos con quienes hablábamos corrieron a ver el horror, las mujeres gritando: «¡Esto es obra de un eslovaco!». Nos apresuramos a alejarnos no fuera que de alguna manera nos viéramos envueltos en el asunto y, por tanto, detenidos.
Al llegar a casa no pudimos llegar a ninguna conclusión definitiva. Todos estábamos convencidos de que la caja estaba en camino, por agua, hacia algún lugar; pero dónde podría ser, tendríamos que descubrirlo. Con el corazón apesadumbrado volvimos al hotel junto a Mina.
Cuando nos reunimos, lo primero fue consultar si debíamos volver a confiar en Mina. Las cosas se están poniendo desesperadas, y es al menos una oportunidad, aunque arriesgada. Como paso preliminar, fui liberado de mi promesa hacia ella.
Diario de Mina Harker.
30 de octubre, tarde.—Estaban tan cansados, agotados y desanimados que no había nada que hacer hasta que descansaran un poco; así que les pedí a todos que se tumbaran durante media hora mientras yo ponía todo al día hasta el momento. Me siento muy agradecida con el hombre que inventó la máquina de escribir «Traveller», y con el señor Morris por conseguirme esta. Me habría sentido totalmente perdida haciendo el trabajo si tuviera que escribir con pluma...
Todo está hecho; pobre querido, querido Jonathan, lo que debe haber sufrido, lo que debe estar sufriendo ahora. Yace en el sofá apenas pareciendo respirar, y todo su cuerpo parece colapsado. Sus cejas están fruncidas; su rostro está contraído por el dolor. Pobre muchacho, tal vez esté pensando, y puedo ver su rostro todo arrugado por la concentración de sus pensamientos. ¡Oh! si tan solo pudiera ayudar en algo... Haré lo que pueda...
Le he pedido al doctor Van Helsing, y me ha conseguido todos los documentos que aún no había visto... Mientras ellos descansan, revisaré todo cuidadosamente, y quizás pueda llegar a alguna conclusión. Intentaré seguir el ejemplo del Profesor y pensar sin prejuicios sobre los hechos que tengo ante mí...
Creo de verdad que, bajo la Providencia de Dios, he hecho un descubrimiento. Conseguiré los mapas y los revisaré...
Estoy más segura que nunca de que tengo razón. Mi nueva conclusión está lista, así que reuniré a nuestro grupo y la leeré. Ellos pueden juzgarla; es bueno ser preciso, y cada minuto es precioso.
Memorándum de Mina Harker.
(Escrito en su diario.)
Base de la investigación.—El problema del Conde Drácula es regresar a su propio lugar.
(a) Debe ser llevado de vuelta por alguien. Esto es evidente; pues, si tuviera poder para moverse a su voluntad, podría ir como hombre, o lobo, o murciélago, o de alguna otra forma. Evidentemente teme el descubrimiento o la interferencia, en el estado de indefensión en el que debe estar —confinado como está entre el amanecer y el atardecer en su caja de madera.
(b) ¿Cómo va a ser llevado?—Aquí un proceso de exclusión puede ayudarnos. ¿Por carretera, por ferrocarril, por agua?
1. Por carretera.—Hay un sinfín de dificultades, especialmente al salir de una ciudad.
(x) Hay gente; y la gente es curiosa, e investiga. Una pista, una suposición, una duda sobre lo que podría haber en la caja, lo destruiría.
(y) Hay, o podría haber, funcionarios de aduanas y de impuestos municipales que pasar.
(z) Sus perseguidores podrían seguirle. Este es su mayor temor; y para evitar ser traicionado ha rechazado, hasta donde ha podido, incluso a su víctima... ¡a mí!
2. Por ferrocarril.—No hay nadie a cargo de la caja. Tendría que arriesgarse a ser retrasado; y el retraso sería fatal, con enemigos tras su pista. Es cierto, podría escapar por la noche; pero ¿dónde estaría, si se quedara en un lugar extraño sin refugio al que acudir? Esto no es lo que él pretende; y no tiene intención de arriesgarse.
3. Por agua.—Aquí es la forma más segura, en un aspecto, pero con el mayor peligro en otro. En el agua está indefenso excepto por la noche; incluso entonces solo puede invocar niebla, tormenta, nieve y sus lobos. Pero si naufragara, el agua viva lo engulliría, indefenso; y estaría realmente perdido. Podría hacer que la embarcación llegara a tierra; pero si fuera una tierra hostil, en la que no fuera libre de moverse, su posición seguiría siendo desesperada.
Sabemos por el registro que estaba en el agua; así que lo que tenemos que hacer es determinar qué agua.
Lo primero es darse cuenta exactamente de lo que ha hecho hasta ahora; tal vez así podamos arrojar luz sobre cuál será su tarea posterior.
En primer lugar.—Debemos diferenciar entre lo que hizo en Londres como parte de su plan general de acción, cuando estaba presionado por el tiempo y tuvo que arreglárselas como pudo.
En segundo lugar, debemos ver, tan bien como podamos suponerlo por los hechos que conocemos, lo que ha hecho aquí.
En cuanto a lo primero, evidentemente tenía la intención de llegar a Galatz, y envió la factura a Varna para engañarnos por si lográbamos averiguar sus medios de salida de Inglaterra; su único y directo propósito entonces era escapar. La prueba de esto es la carta de instrucciones enviada a Immanuel Hildesheim para despachar y llevarse la caja antes del amanecer. También existe la instrucción para Petrof Skinsky. Esto solo podemos adivinarlo; pero debe haber habido alguna carta o mensaje, ya que Skinsky acudió a Hildesheim.
Sabemos que, hasta ese punto, sus planes tuvieron éxito. El Czarina Catherine hizo un viaje fenomenalmente rápido —tanto que las sospechas del capitán Donelson se despertaron—; pero su superstición unida a su astucia jugó a favor del Conde, y navegó con el viento a favor a través de nieblas y todo hasta que llegó a ciegas a Galatz. Que los arreglos del Conde estaban bien hechos, ha quedado demostrado. Hildesheim despachó la caja, se la llevó y se la dio a Skinsky. Skinsky la tomó... y aquí perdemos el rastro. Solo sabemos que la caja está en algún lugar del agua, moviéndose. Las aduanas y los impuestos, si los hay, han sido evitados.
Ahora llegamos a lo que el Conde debe haber hecho después de su llegada... *en tierra*, en Galatz.
La caja fue entregada a Skinsky antes del amanecer. Al amanecer, el Conde pudo aparecer en su propia forma. Aquí, preguntamos ¿por qué se eligió a Skinsky para ayudar en el trabajo? En el diario de mi marido, Skinsky es mencionado como alguien que trata con los eslovacos que comercian río abajo hasta el puerto; y el comentario del hombre, de que el asesinato fue obra de un eslovaco, mostró el sentimiento general contra su clase. El Conde quería aislamiento.
Mi suposición es esta: que en Londres el Conde decidió regresar a su Castillo por agua, como la forma más segura y secreta. Fue traído desde el Castillo por los Szgany, y probablemente entregaron su carga a los eslovacos que llevaron las cajas a Varna, pues allí fueron enviadas a Londres. Así, el Conde tenía conocimiento de las personas que podían gestionar este servicio. Cuando la caja estuvo en tierra, antes del amanecer o después del atardecer, salió de su caja, se reunió con Skinsky y le dio instrucciones sobre qué hacer para organizar el transporte de la caja por algún río. Cuando esto estuvo hecho, y supo que todo estaba en marcha, borró sus huellas, según creía, asesinando a su agente.
He examinado el mapa y encuentro que el río más adecuado para que los eslovacos hayan ascendido es el Prut o el Siret. Leí en el manuscrito que en mi trance oí mugir a las vacas y el agua arremolinarse al nivel de mis oídos y el crujido de la madera. El Conde en su caja, entonces, estaba en un río en un bote abierto... propulsado probablemente por remos o pértigas, ya que las orillas están cerca y se trabaja contra la corriente. No habría tal sonido si flotara a favor de la corriente.
Por supuesto, puede que no sea ni el Siret ni el Prut, pero tal vez podamos investigar más a fondo. Ahora bien, de estos dos, el Prut es el más fácil de navegar, pero el Siret se une, en Fundu, al Bistrita, que sube rodeando el Paso de Borgo. El bucle que forma es, manifiestamente, lo más cerca del Castillo de Drácula a lo que se puede llegar por agua.
Diario de Mina Harker (continuación).
Cuando terminé de leer, Jonathan me tomó en sus brazos y me besó. Los demás no dejaban de estrecharme ambas manos, y el doctor Van Helsing dijo:
«Nuestra querida señora Mina es de nuevo nuestra maestra. Sus ojos han visto donde nosotros estábamos cegados. Ahora estamos de nuevo sobre la pista y, esta vez, podemos tener éxito. Nuestro enemigo se encuentra en su momento de mayor indefensión; y si podemos abordarlo de día, en el agua, nuestra tarea habrá concluido. Nos lleva ventaja, pero no tiene poder para apresurarse, pues no puede abandonar su caja sin que aquellos que lo transportan sospechen; que ellos sospechen equivaldría a incitarlos a arrojarlo a la corriente, donde perecería. Él lo sabe y no lo hará. Ahora, hombres, a nuestro Consejo de Guerra; porque, aquí y ahora, debemos planear lo que cada uno de nosotros ha de hacer».
«Conseguiré una lancha de vapor y lo seguiré», dijo Lord Godalming.
«Y yo, caballos para seguirlo por la orilla por si acaso desembarca», dijo el señor Morris.
«¡Bien!», dijo el Profesor, «ambos, bien. Pero ninguno debe ir solo. Debe haber fuerza para vencer a la fuerza si fuera necesario; el eslovaco es fuerte y rudo, y porta armas toscas». Todos los hombres sonrieron, pues entre ellos portaban un pequeño arsenal. Dijo el señor Morris:
«He traído algunos Winchester; son bastante prácticos en una multitud, y puede haber lobos. El Conde, si recuerdan, tomó algunas otras precauciones; hizo algunas requisiciones a otros que la señora Harker no pudo escuchar ni comprender del todo. Debemos estar listos en todos los puntos». El doctor Seward dijo:
«Creo que será mejor que vaya con Quincey. Estamos acostumbrados a cazar juntos, y nosotros dos, bien armados, seremos un rival para cualquier cosa que pueda surgir. Tú no debes estar solo, Art. Podría ser necesario luchar contra los eslovacos, y un empujón fortuito —pues no supongo que estos sujetos porten armas de fuego— echaría por tierra todos nuestros planes. No debe haber riesgos, esta vez; no descansaremos hasta que la cabeza y el cuerpo del Conde hayan sido separados, y estemos seguros de que no puede reencarnarse». Miró a Jonathan al hablar, y Jonathan me miró a mí. Pude ver que el pobre estaba destrozado por dentro. Por supuesto que quería estar conmigo; pero entonces, el servicio de barcos sería, con toda probabilidad, el que destruiría al... al... al... Vampiro. (¿Por qué dudé al escribir la palabra?) Se quedó en silencio un momento, y durante su silencio el doctor Van Helsing habló:
«Amigo Jonathan, esto es para ti por dos razones. Primero, porque eres joven y valiente y puedes luchar, y todas las energías pueden ser necesarias al final; y además porque es tu derecho destruirlo —aquello— que ha causado tanta aflicción a ti y a los tuyos. No temas por la señora Mina; ella estará bajo mi cuidado, si puedo. Soy viejo. Mis piernas no son tan rápidas para correr como antes; y no estoy acostumbrado a cabalgar tanto tiempo o a perseguir como sea necesario, o a luchar con armas letales. Pero puedo ser de otra utilidad; puedo luchar de otra manera. Y puedo morir, si es necesario, tan bien como hombres más jóvenes. Ahora déjenme decir que lo que deseo es esto: mientras usted, mi Lord Godalming, y el amigo Jonathan van en su tan veloz pequeño barco de vapor río arriba, y mientras John y Quincey vigilan la orilla donde por ventura podría desembarcar, yo llevaré a la señora Mina directamente al corazón del territorio del enemigo. Mientras el viejo zorro está atado en su caja, flotando en la corriente donde no puede escapar a tierra —donde no se atreve a levantar la tapa de su ataúd por temor a que sus portadores eslovacos lo dejen perecer—, seguiremos el camino por donde fue Jonathan —desde Bistritz sobre el Borgo— y encontraremos nuestro camino al Castillo de Drácula. Aquí, el poder hipnótico de la señora Mina seguramente ayudará, y encontraremos nuestro camino —por lo demás oscuro y desconocido— después del primer amanecer cuando nos acerquemos a ese lugar fatídico. Hay mucho por hacer, y otros lugares que santificar, para que ese nido de víboras sea obliterado». Aquí Jonathan lo interrumpió acaloradamente:
«¿Quiere decir, Profesor Van Helsing, que llevaría a Mina, en su triste estado y contaminada como está con la enfermedad de ese demonio, directamente a las fauces de su trampa mortal? ¡Ni por todo el mundo! ¡Ni por el Cielo ni por el Infierno!». Se quedó casi sin habla por un minuto, y luego continuó:
«¿Sabe usted qué lugar es ese? ¿Ha visto esa horrible guarida de infamia infernal, con la misma luz de luna llena de formas espeluznantes, y cada mota de polvo que gira en el viento siendo un monstruo devorador en embrión? ¿Ha sentido los labios del Vampiro sobre su garganta?». Aquí se volvió hacia mí, y mientras sus ojos se posaban en mi frente, levantó los brazos con un grito: «¡Oh, Dios mío, qué hemos hecho para tener este terror sobre nosotros?», y se desplomó en el sofá en un colapso de miseria. La voz del Profesor, mientras hablaba en tonos claros y dulces, que parecían vibrar en el aire, nos calmó a todos:
«Oh, amigo mío, es porque quiero salvar a la señora Mina de ese horrible lugar que iría. Dios no quiera que la lleve a ese lugar. Hay trabajo —trabajo salvaje— que hacer allí, que sus ojos no deben ver. Nosotros, los hombres aquí, todos salvo Jonathan, hemos visto con nuestros propios ojos lo que debe hacerse antes de que ese lugar pueda ser purificado. Recuerde que estamos en una situación terrible. Si el Conde se nos escapa esta vez —y él es fuerte, sutil y astuto—, puede elegir dormir por un siglo; y entonces, con el tiempo, nuestra querida» —tomó mi mano— «iría con él para hacerle compañía, y sería como esas otras que tú, Jonathan, viste. Nos has hablado de sus labios codiciosos; escuchaste su risa lasciva mientras se aferraban a la bolsa moviente que el Conde les lanzó. Te estremeces; y bien puedes hacerlo. Perdóname por causarte tanto dolor, pero es necesario. Amigo mío, ¿no es una necesidad extrema por la cual estoy dando, si es necesario, mi vida? Si fuera que alguien fuera a ese lugar para quedarse, sería yo quien tendría que ir, para hacerles compañía».
«Haga lo que quiera», dijo Jonathan, con un sollozo que lo sacudió por completo, «¡Estamos en manos de Dios!».
Más tarde.—Oh, me hizo bien ver la forma en que estos hombres valientes trabajaban. ¡Cómo pueden las mujeres dejar de amar a los hombres cuando son tan sinceros, y tan verdaderos, y tan valientes! Y, además, ¡me hizo pensar en el maravilloso poder del dinero! ¡Qué no puede hacer cuando se aplica correctamente; y qué podría hacer cuando se usa vilmente! Me sentí tan agradecida de que Lord Godalming sea rico, y de que tanto él como el señor Morris, que también tiene mucho dinero, estén dispuestos a gastarlo tan libremente. Porque si no lo hicieran, nuestra pequeña expedición no podría comenzar, ni tan rápidamente ni tan bien equipada, como lo hará dentro de una hora. No hace ni tres horas que se organizó qué parte debía hacer cada uno de nosotros; ahora Lord Godalming y Jonathan tienen una lancha de vapor encantadora, con vapor a presión lista para partir en cualquier momento. El doctor Seward y el señor Morris tienen media docena de hermosos caballos, bien equipados. Tenemos todos los mapas y aparatos de diversos tipos que se pueden conseguir. El profesor Van Helsing y yo debemos salir en el tren de las 11.40 de esta noche hacia Veresti, donde conseguiremos un carruaje para ir al Paso de Borgo. Llevamos una buena cantidad de dinero en efectivo, ya que tenemos que comprar un carruaje y caballos. Conduciremos nosotros mismos, pues no tenemos a nadie en quien podamos confiar en este asunto. El Profesor sabe algo de muchos idiomas, así que nos las arreglaremos bien. Todos tenemos armas, incluso para mí un revólver de gran calibre; Jonathan no estaría feliz a menos que yo estuviera armada como el resto. ¡Ay! No puedo portar un arma que el resto sí; la cicatriz en mi frente lo prohíbe. El querido doctor Van Helsing me consuela diciéndome que estoy totalmente armada, ya que puede haber lobos; el clima se vuelve más frío cada hora, y hay ráfagas de nieve que van y vienen como advertencias.
Más tarde.—Me costó todo mi valor decir adiós a mi amor. Puede que nunca volvamos a vernos. ¡Valor, Mina! El Profesor te mira atentamente; su mirada es una advertencia. No debe haber lágrimas ahora, a menos que Dios permita que caigan de alegría.
Diario de Jonathan Harker.
30 de octubre. Noche.—Estoy escribiendo esto a la luz de la puerta del horno de la lancha de vapor; Lord Godalming está alimentando el fuego. Es un experto en el trabajo, ya que ha tenido durante años una lancha propia en el Támesis, y otra en los Norfolk Broads. Respecto a nuestros planes, finalmente decidimos que la suposición de Mina era correcta, y que si se elegía alguna vía fluvial para la huida del Conde de vuelta a su Castillo, el Sereth, y luego el Bistritza en su unión, sería la elegida. Supusimos que alrededor del grado 47 de latitud norte sería el lugar elegido para cruzar el país entre el río y los Cárpatos. No tenemos miedo de navegar a buena velocidad por el río de noche; hay suficiente agua, y las orillas están lo suficientemente separadas como para hacer que navegar, incluso en la oscuridad, sea bastante fácil. Lord Godalming me dice que duerma un rato, ya que es suficiente por el momento que uno esté de guardia. Pero no puedo dormir; ¿cómo podría con el terrible peligro que pende sobre mi amada, y ella yendo a ese lugar horrible...? Mi único consuelo es que estamos en manos de Dios. Solo por esa fe sería más fácil morir que vivir, y así librarse de todos los problemas. El señor Morris y el doctor Seward partieron en su largo viaje antes que nosotros; deben mantenerse por la orilla derecha, lo suficientemente lejos como para llegar a tierras más altas, donde puedan ver un buen tramo de río y evitar seguir sus curvas. Tienen, para las primeras etapas, dos hombres para cabalgar y guiar a sus caballos de repuesto, cuatro en total, para no despertar curiosidad. Cuando despidan a los hombres, lo cual será pronto, ellos mismos cuidarán de los caballos. Puede ser necesario que unamos fuerzas; si es así, pueden montar a todo nuestro grupo. Una de las sillas tiene un cuerno móvil y puede adaptarse fácilmente para Mina, si es necesario.
Es una aventura salvaje en la que estamos. Aquí, mientras avanzamos a toda prisa a través de la oscuridad, con el frío del río pareciendo elevarse y golpearnos; con todas las voces misteriosas de la noche a nuestro alrededor, todo se vuelve real. Parecemos estar a la deriva hacia lugares desconocidos y caminos desconocidos; hacia todo un mundo de cosas oscuras y terribles. Godalming está cerrando la puerta del horno...
31 de octubre.—Seguimos apresurándonos. Ha llegado el día y Godalming está durmiendo. Estoy de guardia. La mañana es terriblemente fría; el calor del horno es agradecido, aunque tenemos abrigos de piel pesados. Hasta ahora solo hemos pasado unos pocos botes abiertos, pero ninguno de ellos tenía a bordo ninguna caja o paquete de un tamaño parecido al que buscamos. Los hombres se asustaban cada vez que les apuntábamos con nuestra lámpara eléctrica, y caían de rodillas y rezaban.
1 de noviembre, tarde.—Sin noticias todo el día; no hemos encontrado nada de lo que buscamos. Ahora hemos pasado al Bistritza; y si nos equivocamos en nuestra suposición, nuestra oportunidad se ha ido. Hemos inspeccionado cada bote, grande y pequeño. Esta mañana temprano, una tripulación nos tomó por un bote del Gobierno y nos trató en consecuencia. Vimos en esto una forma de suavizar las cosas, así que en Fundu, donde el Bistritza se une al Sereth, conseguimos una bandera rumana que ahora izamos de manera conspicua. Con cada bote que hemos inspeccionado desde entonces, este truco ha tenido éxito; se nos ha mostrado toda deferencia, y ni una sola vez hubo objeción a lo que eligiéramos preguntar o hacer. Algunos de los eslovacos nos dicen que un bote grande pasó junto a ellos, yendo a más velocidad de la habitual, ya que tenía una tripulación doble a bordo. Esto fue antes de que llegaran a Fundu, así que no pudieron decirnos si el bote se desvió hacia el Bistritza o continuó subiendo por el Sereth. En Fundu no pudimos saber nada de tal bote, así que debió pasar por allí durante la noche. Me siento muy somnoliento; el frío quizás comienza a afectarme, y la naturaleza debe descansar en algún momento. Godalming insiste en que él mantendrá la primera guardia. Dios lo bendiga por toda su bondad hacia la pobre y querida Mina y hacia mí.
2 de noviembre, mañana.—Es pleno día. Ese buen compañero no quiso despertarme. Dice que habría sido un pecado, pues dormía tan plácidamente y estaba olvidando mi problema. Parece brutalmente egoísta de mi parte haber dormido tanto y dejarlo vigilar toda la noche; pero tenía toda la razón. Soy un hombre nuevo esta mañana; y, mientras me siento aquí y lo veo dormir, puedo hacer todo lo necesario tanto en cuanto a cuidar el motor, dirigir y mantener la vigilancia. Puedo sentir que mi fuerza y energía están volviendo a mí. Me pregunto dónde estará Mina ahora, y Van Helsing. Deberían haber llegado a Veresti alrededor del mediodía del miércoles. Les llevaría algún tiempo conseguir el carruaje y los caballos; así que si hubieran comenzado y viajado duro, estarían ahora cerca del Paso de Borgo. ¡Que Dios los guíe y los ayude! Temo pensar lo que pueda pasar. ¡Si tan solo pudiéramos ir más rápido! Pero no podemos; los motores están palpitando y haciendo todo lo posible. Me pregunto cómo estarán el doctor Seward y el señor Morris. Parece haber arroyos interminables que bajan de las montañas hacia este río, pero como ninguno de ellos es muy grande —por el momento, en cualquier caso, aunque sin duda son terribles en invierno y cuando la nieve se derrite—, los jinetes pueden no haber encontrado mucha obstrucción. Espero que antes de llegar a Strasba podamos verlos; porque si para ese entonces no hemos alcanzado al Conde, puede ser necesario deliberar juntos sobre qué hacer a continuación.
Diario del doctor Seward.
2 de noviembre.—Tres días en el camino. Sin noticias, y sin tiempo para escribirlas si las hubiera, porque cada momento es precioso. Solo hemos tenido el descanso necesario para los caballos; pero ambos lo estamos soportando maravillosamente. Esos días aventureros nuestros están resultando útiles. Debemos seguir adelante; nunca nos sentiremos felices hasta que volvamos a ver la lancha.
3 de noviembre.—Escuchamos en Fundu que la lancha había subido por el Bistritza. Ojalá no hiciera tanto frío. Hay señales de nieve; y si cae con fuerza, nos detendrá. En tal caso, debemos conseguir un trineo y seguir adelante, al estilo ruso.
4 de noviembre.—Hoy supimos que la lancha fue detenida por un accidente al intentar forzar el paso por los rápidos. Los botes eslovacos suben bien, con ayuda de una cuerda y dirigiéndose con conocimiento. Algunos subieron solo unas horas antes. Godalming es un mecánico aficionado, y evidentemente fue él quien puso la lancha a punto de nuevo. Finalmente, superaron los Rápidos con éxito, con ayuda local, y están de nuevo en la persecución. Temo que el bote no esté mejor tras el accidente; el campesinado nos dice que después de que volvió al agua tranquila, seguía deteniéndose una y otra vez mientras estaba a la vista. Debemos seguir adelante con más fuerza que nunca; puede que pronto necesiten nuestra ayuda.
Diario de Mina Harker.
31 de octubre.—Llegamos a Veresti al mediodía. El Profesor me dice que esta mañana al amanecer apenas pudo hipnotizarme, y que todo lo que pude decir fue: «Oscuro y tranquilo». Él se ha ido ahora a comprar un carruaje y caballos. Dice que más tarde intentará comprar caballos adicionales, para que podamos cambiarlos en el camino. Tenemos poco más de 70 millas por delante. El país es encantador y muy interesante; si solo fuera bajo diferentes condiciones, qué delicioso sería verlo todo. Si Jonathan y yo estuviéramos conduciendo a través de él solos, ¡qué placer sería! ¡Detenerse y ver a la gente, y aprender algo de su vida, y llenar nuestras mentes y memorias con todo el color y lo pintoresco de todo el país salvaje y hermoso y la gente peculiar! Pero, ay...
Más tarde.—El doctor Van Helsing ha regresado. Ha conseguido el carruaje y los caballos; vamos a cenar y partiremos en una hora. La dueña de la posada nos está preparando una enorme cesta de provisiones; parece suficiente para una compañía de soldados. El Profesor la anima y me susurra que puede pasar una semana antes de que podamos conseguir buena comida de nuevo. Él también ha estado haciendo compras y ha enviado a casa una cantidad maravillosa de abrigos de piel y mantas, y todo tipo de cosas cálidas. No habrá ninguna posibilidad de que pasemos frío.
* * * * *
Pronto nos iremos. Temo pensar qué puede pasarnos. Estamos verdaderamente en manos de Dios. Solo Él sabe lo que puede ser, y le ruego, con toda la fuerza de mi triste y humilde alma, que vele por mi amado esposo; que pase lo que pase, Jonathan sepa que lo amé y lo honré más de lo que puedo decir, y que mi último y más verdadero pensamiento será siempre para él.
CAPÍTULO XXVII.
/Diario de Mina Harker./
1 de noviembre.—Todo el día hemos viajado, y a buena velocidad. Los caballos parecen saber que están siendo tratados con amabilidad, pues van voluntariamente su etapa completa a la mejor velocidad. Hemos tenido tantos cambios y encontramos lo mismo tan constantemente que nos sentimos animados a pensar que el viaje será fácil. El doctor Van Helsing es lacónico; le dice a los campesinos que tiene prisa por llegar a Bistritz, y les paga bien por hacer el cambio de caballos. Conseguimos sopa caliente, o café, o té; y nos vamos. Es un país encantador; lleno de bellezas de todo tipo imaginable, y la gente es valiente, fuerte y sencilla, y parece llena de cualidades agradables. Son muy, muy supersticiosos. En la primera casa donde paramos, cuando la mujer que nos atendió vio la cicatriz en mi frente, se santiguó y me extendió dos dedos, para alejar el mal de ojo. Creo que se tomaron la molestia de poner una cantidad extra de ajo en nuestra comida; y no puedo soportar el ajo. Desde entonces he tenido cuidado de no quitarme el sombrero o el velo, y así he escapado a sus sospechas. Viajamos rápido, y como no tenemos conductor con nosotros para llevar chismes, vamos por delante de los escándalos; pero me atrevo a decir que el miedo al mal de ojo nos seguirá muy de cerca todo el camino. El Profesor parece incansable; todo el día no quiso descansar, aunque me hizo dormir durante un largo rato. A la hora del atardecer me hipnotizó, y dice que respondí como de costumbre «oscuridad, agua que chapotea y madera que cruje»; así que nuestro enemigo sigue en el río. Temo pensar en Jonathan, pero de alguna manera ahora no siento miedo por él, ni por mí misma. Escribo esto mientras esperamos en una granja a que preparen los caballos. El doctor Van Helsing está durmiendo. Pobre, se ve muy cansado, viejo y canoso, pero su boca está tan firme como la de un conquistador; incluso en su sueño está lleno de resolución. Cuando hayamos empezado, debo hacer que descanse mientras yo conduzco. Le diré que tenemos días por delante, y que no debe derrumbarse cuando más se necesite su fuerza... Todo está listo; nos vamos en breve.
2 de noviembre, mañana.—Tuve éxito y nos turnamos para conducir toda la noche; ahora el día está sobre nosotros, brillante aunque frío. Hay una extraña pesadez en el aire —digo pesadez a falta de una palabra mejor; quiero decir que nos oprime a ambos. Hace mucho frío y solo nuestras cálidas pieles nos mantienen cómodos. Al amanecer, Van Helsing me hipnotizó; dice que respondí: «oscuridad, crujir de madera y rugir de agua», por lo que el río está cambiando a medida que ascienden. Espero que mi adorado no corra ningún riesgo de peligro —más de lo necesario; pero estamos en manos de Dios.
2 de noviembre, noche.—Conduciendo todo el día. El campo se vuelve más salvaje a medida que avanzamos, y las grandes estribaciones de los Cárpatos, que en Veresti parecían tan lejanas y tan bajas en el horizonte, ahora parecen reunirse a nuestro alrededor y alzarse frente a nosotros. Ambos parecemos estar de buen ánimo; creo que hacemos un esfuerzo cada uno por animar al otro; al hacerlo, nos animamos a nosotros mismos. El doctor Van Helsing dice que por la mañana llegaremos al paso de Borgo. Las casas son muy escasas aquí ahora, y el profesor dice que los últimos caballos que conseguimos tendrán que continuar con nosotros, ya que puede que no podamos cambiarlos. Consiguió dos además de los dos que cambiamos, así que ahora tenemos un tosco tiro de cuatro. Los queridos caballos son pacientes y buenos, y no nos dan problemas. No nos preocupan otros viajeros, así que incluso yo puedo conducir. Llegaremos al paso con luz del día; no queremos llegar antes. Así que nos lo tomamos con calma y descansamos largo y tendido por turnos. Oh, ¿qué nos traerá el mañana? Vamos a buscar el lugar donde mi pobre adorado sufrió tanto. Dios conceda que seamos guiados correctamente, y que Él se digne velar por mi esposo y por aquellos que nos son queridos a ambos, y que están en tal peligro mortal. En cuanto a mí, no soy digna ante Sus ojos. ¡Ay! Estoy impura ante Su mirada, y lo estaré hasta que Él se digne dejarme comparecer ante Él como una de aquellos que no han incurrido en Su ira.
Memorándum de Abraham Van Helsing.
4 de noviembre.—Esto es para mi viejo y verdadero amigo John Seward, M.D., de Purfleet, Londres, en caso de que no pueda verlo. Quizás explique. Es de mañana y escribo junto a un fuego que he mantenido encendido toda la noche, con la ayuda de Madam Mina. Hace frío, mucho frío; tan frío que el cielo gris y pesado está lleno de nieve, que cuando caiga se asentará durante todo el invierno, pues el suelo se está endureciendo para recibirla. Parece haber afectado a Madam Mina; ha estado tan pesada de cabeza todo el día que no parecía ella misma. ¡Duerme, y duerme, y duerme! Ella, que suele estar tan alerta, no ha hecho literalmente nada en todo el día; incluso ha perdido el apetito. No hace ninguna anotación en su pequeño diario, ella que escribe tan fielmente en cada pausa. Algo me susurra que no todo va bien. Sin embargo, esta noche está más vif. Su largo sueño durante todo el día la ha refrescado y restaurado, pues ahora está tan dulce y radiante como siempre. Al atardecer trato de hipnotizarla, pero ¡ay!, sin efecto; el poder ha disminuido cada día más, y esta noche me falla por completo. Bien, hágase la voluntad de Dios, sea cual sea, ¡y adondequiera que conduzca!
Ahora a lo histórico, pues como Madam Mina no escribe en su taquigrafía, debo hacerlo yo, a mi vieja y engorrosa manera, para que cada día nuestro no quede sin registrar.
Llegamos al paso de Borgo justo después del amanecer de ayer. Cuando vi las señales del alba me preparé para la hipnosis. Detuvimos nuestro carruaje y bajamos para que no hubiera perturbaciones. Hice un lecho con las pieles y Madam Mina, al acostarse, se entregó como de costumbre, pero con más lentitud y por menos tiempo que nunca, al sueño hipnótico. Como antes, llegó la respuesta: «oscuridad y el remolino de agua». Luego despertó, brillante y radiante, y seguimos nuestro camino y pronto alcanzamos el paso. En este momento y lugar ella se encendió de celo; algún nuevo poder guía se manifestó en ella, pues señaló un camino y dijo:—
—Este es el camino.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Por supuesto que lo sé —respondió, y tras una pausa, añadió: —¿Acaso mi Jonathan no lo recorrió y escribió sobre su viaje?
Al principio me parece algo extraño, pero pronto veo que solo hay un camino secundario así. Se usa poco y es muy diferente del camino de carruajes de Bucovina a Bistritz, que es más ancho, duro y de mayor uso.
Así que bajamos por este camino; cuando nos encontrábamos con otros caminos —no siempre estábamos seguros de si eran caminos en absoluto, pues estaban descuidados y había caído nieve ligera—, los caballos sabían, y solo ellos. Les solté las riendas y siguieron tan pacientes. Poco a poco encontramos todas las cosas que Jonathan había anotado en ese maravilloso diario suyo. Luego seguimos adelante durante largas, largas horas. Al principio, le dije a Madam Mina que durmiera; lo intentó y lo consiguió. Durmió todo el tiempo; hasta que, al final, me sentí demasiado sospechoso e intenté despertarla. Pero siguió durmiendo, y no pude despertarla aunque lo intenté. No quise esforzarme demasiado por miedo a hacerle daño; pues sé que ha sufrido mucho, y que el sueño a veces lo es todo para ella. Creo que yo mismo cabeceé, pues de repente me sentí culpable, como si hubiera hecho algo; me encontré sobresaltado, con las riendas en la mano, y los buenos caballos seguían al trote, al trote, tal como siempre. Miré hacia abajo y encontré a Madam Mina todavía dormida. Ya no falta mucho para la hora del atardecer, y sobre la nieve la luz del sol fluye en una gran inundación amarilla, de modo que proyectamos grandes sombras alargadas donde la montaña se alza tan empinada. Porque vamos subiendo, y subiendo; y todo es, ¡oh!, tan salvaje y rocoso, como si fuera el fin del mundo.
Entonces desperté a Madam Mina. Esta vez despertó sin mucha dificultad, y luego intenté inducirla al sueño hipnótico. Pero no durmió, como si yo no estuviera allí. Aún así lo intenté y lo intenté, hasta que de repente nos encontré a ella y a mí en la oscuridad; así que miré a mi alrededor y descubrí que el sol se había puesto. Madam Mina se rió, y me giré para mirarla. Ahora está completamente despierta y se ve tan bien como nunca la había visto desde aquella noche en Carfax cuando entramos por primera vez en la casa del Conde. Estoy asombrado y, en ese momento, inquieto; pero ella es tan brillante, tierna y considerada conmigo que olvido todo miedo. Encendí un fuego, pues traíamos provisiones de leña con nosotros, y ella preparó la comida mientras yo desataba a los caballos y los dejaba, atados en un refugio, para que comieran. Luego, cuando regresé al fuego, tenía mi cena lista. Fui a ayudarla; pero ella sonrió y me dijo que ya había comido, que tenía tanta hambre que no quiso esperar. No me gusta esto, y tengo graves dudas; pero temo asustarla, así que guardo silencio al respecto. Ella me ayudó y yo comí solo; luego nos envolvimos en pieles y nos acostamos junto al fuego, y le dije que durmiera mientras yo vigilaba. Pero al poco tiempo olvidé toda vigilancia; y cuando de repente recordé que debía vigilar, la encontré acostada en silencio, pero despierta, mirándome con ojos tan brillantes. Una, dos veces más ocurrió lo mismo, y pude dormir hasta antes del amanecer. Cuando desperté intenté hipnotizarla; pero ¡ay!, aunque cerró los ojos obediente, no pudo dormir. El sol salió, y subió, y subió; y entonces el sueño vino a ella demasiado tarde, pero tan pesado que no despertará. Tuve que levantarla y colocarla durmiendo en el carruaje cuando hube enganchado a los caballos y dejado todo listo. Madam sigue durmiendo y durmiendo; y en su sueño parece más saludable y más sonrosada que antes. Y no me gusta. ¡Y tengo miedo, miedo, miedo! Tengo miedo de todas las cosas, incluso de pensar; pero debo seguir mi camino. Lo que está en juego es la vida y la muerte, o algo más que eso, y no debemos flaquear.
5 de noviembre, mañana.—Permítanme ser preciso en todo, pues aunque usted y yo hemos visto algunas cosas extrañas juntos, puede que al principio piense que yo, Van Helsing, estoy loco, que los muchos horrores y la tensión tan prolongada sobre mis nervios finalmente han trastornado mi cerebro.
Todo el día de ayer viajamos, acercándonos cada vez más a las montañas y adentrándonos en una tierra cada vez más salvaje y desierta. Hay grandes precipicios imponentes y mucha agua que cae, y la Naturaleza parecía haber celebrado alguna vez su carnaval. Madam Mina sigue durmiendo y durmiendo; y aunque tuve hambre y la sacié, no pude despertarla, ni siquiera para comer. Empecé a temer que el hechizo fatal del lugar estuviera sobre ella, contaminada como está por ese bautismo vampírico. «Bien», me dije a mí mismo, «si ella duerme todo el día, será también que yo no duerma de noche». Mientras viajábamos por el camino escarpado, pues había un camino de tipo antiguo e imperfecto, bajé la cabeza y dormí. De nuevo desperté con una sensación de culpa y de tiempo transcurrido, y encontré a Madam Mina todavía durmiendo y el sol bajo. Pero todo había cambiado realmente; las imponentes montañas parecían más lejanas, y estábamos cerca de la cima de una colina escarpada, en cuya cumbre había un castillo como el que Jonathan describe en su diario. Al instante me sentí exultante y temeroso; pues ahora, para bien o para mal, el final estaba cerca. Desperté a Madam Mina y nuevamente intenté hipnotizarla; pero, ay, sin éxito hasta que fue demasiado tarde. Luego, antes de que la gran oscuridad cayera sobre nosotros —pues incluso después de la puesta del sol los cielos reflejaban el sol ido sobre la nieve, y todo estuvo por un tiempo en un gran crepúsculo—, saqué a los caballos y los alimenté en el refugio que pude encontrar. Luego hice un fuego; y cerca de él hice que Madam Mina, ahora despierta y más encantadora que nunca, se sentara cómoda entre sus mantas. Preparé comida, pero ella no quiso comer, simplemente diciendo que no tenía hambre. No la presioné, sabiendo su condición. Pero yo mismo comí, pues ahora debo ser fuerte para todo. Luego, con el miedo a lo que pudiera suceder, tracé un círculo lo suficientemente grande para su comodidad, alrededor de donde se sentaba Madam Mina; y sobre el círculo pasé algo de la hostia, y la desmenucé finamente para que todo estuviera bien protegido. Ella permaneció sentada todo el tiempo, tan quieta como una muerta; y se volvió más y más blanca hasta que la nieve no era más pálida; y no dijo palabra. Pero cuando me acerqué, ella se aferró a mí, y pude notar que la pobre alma se sacudía de pies a cabeza con un temblor que era doloroso de sentir. Le dije poco después, cuando se hubo calmado más:—
—¿No quieres venir al fuego? —pues quería poner a prueba lo que ella podía hacer. Se levantó obediente, pero cuando hubo dado un paso se detuvo y permaneció como alguien paralizado.
—¿Por qué no seguir? —pregunté. Ella negó con la cabeza y, regresando, se sentó en su lugar. Entonces, mirándome con ojos abiertos, como alguien despertado del sueño, dijo simplemente:—
—¡No puedo! —y permaneció en silencio. Me regocijé, pues supe que lo que ella no podía hacer, ninguno de aquellos a quienes temíamos podría. ¡Aunque pudiera haber peligro para su cuerpo, su alma estaba a salvo!
De repente, los caballos comenzaron a relinchar y tiraron de sus ataduras hasta que llegué a ellos y los calmé. Cuando sintieron mis manos sobre ellos, relincharon suavemente como de alegría, lamieron mis manos y se quedaron quietos por un tiempo. Muchas veces durante la noche me acerqué a ellos, hasta que llegó la hora fría en que toda la naturaleza está en su punto más bajo; y cada vez mi llegada los calmaba. En la hora fría el fuego comenzó a extinguirse, y estaba a punto de salir para reponerlo, pues ahora la nieve venía en barridos voladores y con ella una niebla helada. Incluso en la oscuridad había una luz de algún tipo, como siempre la hay sobre la nieve; y parecía como si las ráfagas de nieve y las guirnaldas de niebla tomaran forma de mujeres con vestiduras arrastradas. Todo estaba en un silencio mortal y sombrío, solo que los caballos relinchaban y se encogían, como si tuvieran terror de lo peor. Empecé a temer, temores horribles; pero luego vino a mí la sensación de seguridad en ese círculo en el que estaba. Empecé, también, a pensar que mis imaginaciones eran producto de la noche, de la penumbra y de la inquietud que he pasado, y de toda la terrible ansiedad. Era como si mis recuerdos de toda la horrible experiencia de Jonathan me estuvieran engañando; pues los copos de nieve y la niebla comenzaron a girar y circular alrededor, hasta que pude obtener lo que parecía un vislumbre sombrío de aquellas mujeres que habrían querido besarlo. Y entonces los caballos se encogieron más y más, y gimieron de terror como hacen los hombres cuando sufren dolor. Ni siquiera la locura del miedo los poseía, de modo que pudieran escapar. Temí por mi querida Madam Mina cuando estas figuras extrañas se acercaron y circularon alrededor. La miré, pero ella estaba tranquila y me sonrió; cuando quise acercarme al fuego para reponerlo, ella me atrapó, me retuvo y susurró, con una voz que uno escucha en sueños, tan baja que era:—
—¡No! ¡No! No salgas. ¡Aquí estás a salvo! —Me volví hacia ella y, mirándola a los ojos, dije:—
—¿Pero tú? ¡Es por ti por quien temo! —a lo que ella se rió, una risa baja e irreal, y dijo:—
—¡Temer por mí! ¿Por qué temer por mí? Nadie en todo el mundo está más a salvo de ellos que yo —y mientras me preguntaba por el significado de sus palabras, una ráfaga de viento hizo saltar la llama y vi la cicatriz roja en su frente. Entonces, ¡ay!, lo supe. Si no lo hubiera sabido, pronto lo habría aprendido, pues las figuras giratorias de niebla y nieve se acercaron, pero manteniéndose siempre fuera del círculo sagrado. Entonces comenzaron a materializarse, hasta que —si Dios no me ha quitado la razón, pues lo vi con mis propios ojos— hubo ante mí, en carne y hueso, las mismas tres mujeres que Jonathan vio en la habitación, cuando habrían querido besar su garganta. Conocía las formas oscilantes, los ojos brillantes y duros, los dientes blancos, el color sonrosado, los labios voluptuosos. Sonreían siempre a la pobre y querida Madam Mina; y mientras su risa atravesaba el silencio de la noche, entrelazaron sus brazos y señalaron hacia ella, y dijeron con esos tonos tan dulces y vibrantes que Jonathan dijo que eran de la dulzura intolerable de los vasos de agua:—
—Ven, hermana. Ven con nosotras. ¡Ven! ¡Ven! —Con miedo me volví hacia mi pobre Madam Mina, y mi corazón saltó de alegría como una llama; pues, ¡oh!, el terror en sus dulces ojos, la repulsión, el horror, contaban una historia a mi corazón que estaba llena de esperanza. Gracias a Dios, ella aún no era de ellos. Agarré algo de la leña que estaba a mi lado y, sosteniendo algo de la Hostia, avancé hacia ellas hacia el fuego. Se retiraron ante mí y se rieron con su risa baja y horrible. Alimenté el fuego y no las temí; pues sabía que estábamos a salvo dentro de nuestras protecciones. No podían acercarse a mí, mientras estuviera armado así, ni a Madam Mina mientras permaneciera dentro del círculo, que ella no podía abandonar más de lo que ellas podían entrar. Los caballos habían dejado de gemir y yacían quietos en el suelo; la nieve caía sobre ellos suavemente y se volvían más blancos. Supe que para las pobres bestias ya no había más terror.
Y así permanecimos hasta que el rojo del amanecer comenzó a caer a través de la penumbra de la nieve. Estaba desolado y asustado, y lleno de aflicción y terror; pero cuando ese hermoso sol comenzó a escalar el horizonte, la vida volvió a mí. Con la primera llegada del alba, las figuras horribles se derritieron en la niebla y la nieve arremolinadas; las guirnaldas de penumbra transparente se alejaron hacia el castillo y se perdieron.
Instintivamente, con la llegada del alba, me volví hacia Madam Mina, con la intención de hipnotizarla; pero ella yacía en un sueño profundo y repentino, del que no pude despertarla. Intenté hipnotizarla a través de su sueño, pero no respondió, en absoluto; y el día rompió. Temo todavía moverme. He hecho mi fuego y he visto a los caballos; están todos muertos. Hoy tengo mucho que hacer aquí, y sigo esperando hasta que el sol esté alto; pues puede haber lugares a los que deba ir, donde esa luz del sol, aunque la nieve y la niebla la oscurezcan, será para mí una seguridad.
Me fortaleceré con el desayuno y luego iré a mi terrible trabajo. Madam Mina sigue durmiendo; y, ¡gracias a Dios!, está tranquila en su sueño...
Diario de Jonathan Harker.
4 de noviembre, tarde.—El accidente con la lancha ha sido algo terrible para nosotros. De no ser por eso, habríamos alcanzado el barco hace mucho tiempo; y para ahora mi querida Mina habría sido libre. Temo pensar en ella, sola en los páramos cerca de ese horrible lugar. Hemos conseguido caballos y seguimos el rastro. Anoto esto mientras Godalming se prepara. Tenemos nuestras armas. Los Szgany deberán tener cuidado si pretenden luchar. Oh, si tan solo Morris y Seward estuvieran con nosotros. ¡Solo nos queda esperar! Si no escribo más, ¡adiós, Mina! Que Dios te bendiga y te proteja.
Diario del Dr. Seward.
5 de noviembre.—Con el amanecer vimos el cuerpo de Szgany ante nosotros alejándose del río con su leiter-waggon. Lo rodearon en un grupo y se apresuraron como si estuvieran acosados. La nieve cae ligeramente y hay una extraña excitación en el aire. Puede que sean nuestros propios sentimientos exaltados, pero la depresión es extraña. A lo lejos escucho el aullido de los lobos; la nieve los trae de las montañas, y hay peligros para todos nosotros, y por todos lados. Los caballos están casi listos, y pronto partiremos. Cabalgamos hacia la muerte de alguien. Solo Dios sabe quién, o dónde, o qué, o cuándo, o cómo será...
5 de noviembre, tarde.—Al menos estoy cuerdo. Gracias a Dios por esa misericordia ante todo, aunque el probarlo ha sido espantoso. Cuando dejé a Madam Mina durmiendo dentro del círculo sagrado, me dirigí al castillo. El martillo de herrero que tomé en el carruaje desde Veresti fue útil; aunque las puertas estaban todas abiertas, las arranqué de sus bisagras oxidadas, no fuera que alguna mala intención o algún infortunio las cerrara, de modo que, una vez dentro, no pudiera salir. La amarga experiencia de Jonathan me sirvió aquí. Por el recuerdo de su diario encontré el camino a la antigua capilla, pues sabía que aquí residía mi labor. El aire era opresivo; parecía como si hubiera algún vaho sulfuroso que por momentos me mareaba. O bien había un rugido en mis oídos o escuchaba a lo lejos el aullido de los lobos. Entonces pensé en mi querida Madam Mina, y me encontré en una situación terrible. El dilema me tenía entre sus cuernos. A ella no me atreví a llevarla a este lugar, sino que la dejé a salvo del vampiro en aquel círculo sagrado; ¡y aun así, allí estaría el lobo! Resolví que mi trabajo estaba aquí, y que en cuanto a los lobos debíamos someternos, si era la voluntad de Dios. De cualquier modo, solo era la muerte y la libertad más allá. Así que elegí por ella. Si hubiera sido solo por mí, la elección habría sido fácil; ¡las fauces del lobo serían mejor lecho que la tumba del vampiro! Así que tomo mi decisión de continuar con mi trabajo.
Sabía que había al menos tres tumbas que encontrar, tumbas que están habitadas; así que busco y busco, y encuentro una de ellas. Ella yacía en su sueño de vampiro, tan llena de vida y de voluptuosa belleza que me estremezco como si hubiera venido a cometer un asesinato. Ah, no dudo que en los viejos tiempos, cuando tales cosas existían, muchos hombres que se proponían realizar una tarea como la mía sintieron al final que su corazón les fallaba, y luego su valor. Así que retrasaban, y retrasaban, y retrasaban, hasta que la mera belleza y la fascinación de la lasciva No-Muerta los han hipnotizado; y permanecen allí, y siguen, hasta que llega el atardecer y el sueño de vampiro termina. Entonces los hermosos ojos de la bella mujer se abren y miran con amor, y la boca voluptuosa se ofrece para un beso, y el hombre es débil. ¡Y queda una víctima más en el redil del vampiro; una más para engrosar las sombrías y horribles filas de los No-Muertos!...
Hay cierta fascinación, sin duda, cuando me conmueve la mera presencia de alguien así, incluso yaciendo como ella yacía en una tumba carcomida por el tiempo y pesada con el polvo de los siglos, aunque exista ese hedor horrible como el que han tenido las guaridas del Conde. Sí, estaba conmovido; yo, Van Helsing, con todo mi propósito y con mi motivo de odio, estaba conmovido por un deseo de retrasar que parecía paralizar mis facultades y obstruir mi propia alma. Puede haber sido que la necesidad de sueño natural y la extraña opresión del aire comenzaran a vencerme. Lo cierto era que estaba cayendo en el sueño, el sueño de ojos abiertos de alguien que cede ante una dulce fascinación, cuando llegó a través del aire aquietado por la nieve un gemido largo y bajo, tan lleno de aflicción y piedad que me despertó como el sonido de un clarín. Pues era la voz de mi querida Madam Mina la que escuché.
Entonces me armé de nuevo para mi horrible tarea, y encontré, arrancando las losas de las tumbas, a otra de las hermanas, la otra, la oscura. No me atreví a detenerme a mirarla como lo había hecho con su hermana, no fuera que una vez más comenzara a quedar cautivado; pero seguí buscando hasta que, poco después, encontré en una tumba alta y grande, como hecha para alguien muy amado, a esa otra hermana bella que, al igual que Jonathan, había visto recogerse de los átomos de la niebla. Era tan hermosa a la vista, tan radiantemente bella, tan exquisitamente voluptuosa, que el instinto mismo del hombre en mí, que llama a algunos de mi sexo a amar y a proteger a una de las suyas, hizo que mi cabeza diera vueltas con una nueva emoción. Pero gracias a Dios, ese gemido del alma de mi querida Madam Mina no se había apagado en mis oídos; y, antes de que el hechizo pudiera ejercerse más sobre mí, me había armado para mi salvaje trabajo. Para entonces ya había registrado todas las tumbas de la capilla, hasta donde pude determinar; y como solo había habido tres de estos fantasmas No-Muertos a nuestro alrededor en la noche, deduje que no existían más No-Muertos activos. Había una gran tumba, más señorial que todas las demás; era enorme y de nobles proporciones. En ella solo había una palabra:
DRACULA.
Este era, pues, el hogar No-Muerto del Rey Vampiro, a quien tantos otros debían su estado. Su vacío hablaba con elocuencia para confirmar lo que yo sabía. Antes de comenzar a devolver a estas mujeres a sus muertes naturales a través de mi terrible labor, coloqué en la tumba de Dracula un poco de la Hostia, y así lo desterré de ella, No-Muerto, para siempre.
Entonces comenzó mi terrible tarea, y la temía. Si hubiera sido solo una, habría sido fácil, comparativamente. ¡Pero tres! Empezar dos veces más después de haber pasado por un acto de horror; porque si fue terrible con la dulce señorita Lucy, ¿qué no sería con estas extrañas que habían sobrevivido a través de los siglos y que habían sido fortalecidas por el paso de los años; que, si hubieran podido, habrían luchado por sus viles vidas?...
Oh, mi amigo John, pero fue un trabajo de carnicero; si no me hubiera fortalecido con pensamientos de otros muertos y de los vivos sobre quienes pendía tal manto de miedo, no habría podido continuar. Tiemblo y tiemblo incluso ahora, aunque hasta que todo terminó, gracias a Dios, mi valor se mantuvo. Si no hubiera visto el reposo en el primer rostro, y la alegría que se deslizó sobre él justo antes de que llegara la disolución final, como la comprensión de que el alma había sido ganada, no habría podido continuar con mi carnicería. No habría podido soportar el horrible chirrido mientras la estaca se clavaba; el estremecimiento de la forma retorciéndose y los labios de espuma sangrienta. Habría huido aterrorizado y dejado mi trabajo sin terminar. ¡Pero ha terminado! Y las pobres almas, ahora puedo compadecerlas y llorar, mientras pienso en ellas plácidas, cada una en su pleno sueño de muerte, por un breve momento antes de desvanecerse. Porque, amigo John, apenas mi cuchillo cortó la cabeza de cada una, cuando todo el cuerpo comenzó a derretirse y desmoronarse en su polvo nativo, como si la muerte que debería haber llegado siglos atrás se hubiera finalmente afirmado y dicho de inmediato y en voz alta: “¡Aquí estoy!”.
Antes de abandonar el castillo, aseguré sus entradas de tal forma que el Conde nunca más pueda entrar allí como No-Muerto.
Cuando entré en el círculo donde dormía Madam Mina, ella despertó de su sueño y, al verme, gritó de dolor al pensar que yo había soportado demasiado.
—¡Ven! —dijo—. ¡Aléjate de este lugar horrible! Vamos a encontrarnos con mi marido, quien sé que viene hacia nosotros. Se veía delgada, pálida y débil; pero sus ojos eran puros y resplandecían con fervor. Me alegró ver su palidez y su enfermedad, pues mi mente estaba llena del fresco horror de aquel rojizo sueño de vampiro.
Y así, con confianza y esperanza, y sin embargo llena de miedo, vamos hacia el este para encontrarnos con nuestros amigos, y con él, a quien Madam Mina me dice que sabe que vienen a nuestro encuentro.
Diario de Mina Harker.
6 de noviembre.—Era tarde cuando el Profesor y yo nos dirigimos hacia el este, de donde sabía que venía Jonathan. No fuimos rápido, aunque el camino era cuesta abajo, pues teníamos que llevar mantas y abrigos pesados con nosotros; no nos atrevíamos a enfrentar la posibilidad de quedarnos sin calor en el frío y la nieve. También tuvimos que llevar algunas de nuestras provisiones, pues estábamos en una desolación absoluta y, hasta donde podíamos ver a través de la caída de nieve, no había ni rastro de una vivienda. Cuando habíamos recorrido cerca de una milla, estaba cansada por la dura caminata y me senté a descansar. Entonces miramos hacia atrás y vimos donde la línea clara del castillo de Dracula cortaba el cielo; pues estábamos tan hundidos bajo la colina sobre la que estaba asentado que el ángulo de perspectiva de las montañas de los Cárpatos estaba muy por debajo de él. Lo vimos en toda su grandeza, encaramado a mil pies en la cima de un precipicio escarpado, y aparentemente con un gran espacio entre él y la pendiente de la montaña adyacente por cualquier lado. Había algo salvaje y extraño en aquel lugar. Podíamos escuchar el aullido distante de los lobos. Estaban lejos, pero el sonido, aun llegando amortiguado a través de la nieve que amortiguaba todo, estaba lleno de terror. Por la forma en que el doctor Van Helsing buscaba a nuestro alrededor, supe que estaba tratando de encontrar algún punto estratégico donde estuviéramos menos expuestos en caso de ataque. El camino accidentado seguía descendiendo; podíamos rastrearlo a través de la nieve acumulada.
Poco después, el Profesor me hizo una señal, así que me levanté y me reuní con él. Había encontrado un lugar maravilloso, una especie de hueco natural en una roca, con una entrada como una puerta entre dos grandes peñascos. Me tomó de la mano y me hizo entrar: “¡Mira!”, dijo, “aquí estarás a resguardo; y si los lobos vienen, puedo enfrentarlos uno a uno”. Trajo nuestras pieles, me hizo un nido cómodo y sacó algunas provisiones, insistiendo en que comiera. Pero no pude; incluso intentarlo me resultaba repulsivo y, por mucho que hubiera querido complacerlo, no pude obligarme a hacerlo. Se veía muy triste, pero no me reprochó. Tomando sus binoculares del estuche, se paró en la cima de la roca y comenzó a escudriñar el horizonte. De repente gritó:
—¡Mira! ¡Madam Mina, mira! ¡mira! —Salté y me puse a su lado sobre la roca; me entregó sus binoculares y señaló. La nieve caía ahora con más fuerza y arremolinaba violentamente, pues empezaba a soplar un viento fuerte. Sin embargo, había momentos en que ocurrían pausas entre las ráfagas de nieve, y podía ver muy lejos. Desde la altura donde estábamos era posible ver una gran distancia; y a lo lejos, más allá del blanco desierto de nieve, pude ver el río extendiéndose como una cinta negra en curvas y rizos mientras serpenteaba su camino. Justo frente a nosotros y no muy lejos, de hecho tan cerca que me extrañó que no lo hubiéramos notado antes, venía un grupo de hombres a caballo dándose prisa. En medio de ellos había un carro, un largo carro de escalera, que se balanceaba de un lado a otro, como la cola de un perro moviéndose, con cada desigualdad pronunciada del camino. Recortados contra la nieve como estaban, pude ver por la ropa de los hombres que eran campesinos o gitanos de algún tipo.
En el carro había un gran cofre cuadrado. Mi corazón dio un vuelco al verlo, pues sentí que el final se acercaba. El atardecer ya estaba cerca, y bien sabía que al ponerse el sol, la Cosa, que hasta entonces estaba allí encarcelada, tomaría nueva libertad y podría, en cualquiera de sus muchas formas, eludir toda persecución. Con miedo me volví hacia el Profesor; para mi consternación, sin embargo, él no estaba allí. Un instante después, lo vi debajo de mí. Alrededor de la roca había trazado un círculo, tal como el que habíamos encontrado como refugio la noche anterior. Cuando lo completó, volvió a estar a mi lado, diciendo:
—¡Al menos aquí estarás a salvo de él! —Me quitó los binoculares y, en la siguiente pausa de la nieve, barrió todo el espacio debajo de nosotros. “Mira”, dijo, “vienen rápido; están azotando a los caballos y galopando tan fuerte como pueden”. Hizo una pausa y continuó con voz hueca:
—Están corriendo hacia la puesta del sol. Puede que lleguemos demasiado tarde. ¡Que se haga la voluntad de Dios! —Cayó otra ráfaga cegadora de nieve impulsada por el viento, y todo el paisaje quedó borrado. Sin embargo, pronto pasó, y una vez más sus binoculares se fijaron en la llanura. Entonces llegó un grito repentino:
—¡Mira! ¡Mira! ¡Mira! Mira, dos jinetes siguen rápido, viniendo desde el sur. Deben ser Quincey y John. Toma los binoculares. ¡Mira, antes de que la nieve lo borre todo! —Los tomé y miré. Los dos hombres podían ser el doctor Seward y el señor Morris. Sabía, en cualquier caso, que ninguno de ellos era Jonathan. Al mismo tiempo, supe que Jonathan no estaba lejos; mirando a mi alrededor, vi en el lado norte del grupo que se acercaba a otros dos hombres, cabalgando a una velocidad vertiginosa. A uno de ellos supe que era Jonathan, y al otro supuse, por supuesto, que era Lord Godalming. Ellos también estaban persiguiendo al grupo del carro. Cuando se lo dije al Profesor, gritó de alegría como un colegial y, después de mirar atentamente hasta que una nevada hizo imposible la visión, colocó su rifle Winchester listo para usar contra el peñasco en la apertura de nuestro refugio. “Todos están convergiendo”, dijo. “Cuando llegue el momento tendremos a los gitanos por todos lados”. Saqué mi revólver para tenerlo a mano, pues mientras hablábamos el aullido de los lobos se hizo más fuerte y cercano. Cuando la tormenta de nieve amainó un momento, volvimos a mirar. Era extraño ver la nieve cayendo en copos tan grandes cerca de nosotros, y más allá, el sol brillando cada vez más intensamente mientras se hundía hacia las lejanas cumbres de las montañas. Barriendo con los binoculares todo a nuestro alrededor, pude ver aquí y allá puntos moviéndose individualmente, en parejas, en tríos y en números mayores: los lobos se estaban reuniendo para su presa.
Cada instante parecía una era mientras esperábamos. El viento venía ahora en ráfagas feroces, y la nieve era impulsada con furia mientras barría sobre nosotros en remolinos circulares. A veces no podíamos ver más allá de la longitud de un brazo frente a nosotros; pero en otros momentos, a medida que el viento de sonido hueco pasaba junto a nosotros, parecía despejar el espacio aéreo a nuestro alrededor de modo que podíamos ver muy lejos. Últimamente habíamos estado tan acostumbrados a vigilar el amanecer y el atardecer que sabíamos con bastante precisión cuándo ocurriría; y sabíamos que antes de mucho el sol se pondría.
Era difícil creer que, según nuestros relojes, fuera menos de una hora lo que esperamos en aquel refugio rocoso antes de que los diversos grupos comenzaran a converger cerca de nosotros. El viento venía ahora con ráfagas más feroces y amargas, y de manera más constante desde el norte. Aparentemente había alejado las nubes de nieve de nosotros, pues, con solo ráfagas ocasionales, la nieve caía. Podíamos distinguir claramente a los individuos de cada grupo, los perseguidos y los perseguidores. Extrañamente, aquellos perseguidos no parecían darse cuenta, o al menos no les importaba, que estaban siendo perseguidos; parecían, sin embargo, apresurarse con velocidad redoblada a medida que el sol descendía más y más sobre las cumbres de las montañas.
Más cerca y más cerca se acercaban. El Profesor y yo nos agachamos detrás de nuestra roca y mantuvimos nuestras armas listas; podía ver que él estaba decidido a que no pasaran. Todos y cada uno ignoraban por completo nuestra presencia.
De repente, dos voces gritaron: “¡Alto!”. Una era la de mi Jonathan, alzada en un tono agudo de pasión; la otra, el tono fuerte y resuelto de mando tranquilo del señor Morris. Los gitanos tal vez no conocieran el idioma, pero no había forma de confundir el tono, en cualquier lengua que se dijeran las palabras. Instintivamente tiraron de las riendas y, al instante, Lord Godalming y Jonathan se lanzaron por un lado y el doctor Seward y el señor Morris por el otro. El líder de los gitanos, un tipo de aspecto espléndido que montaba su caballo como un centauro, los hizo retroceder y con voz feroz dio a sus compañeros alguna palabra para continuar. Azotaron a los caballos, que saltaron hacia adelante; pero los cuatro hombres levantaron sus rifles Winchester y, de una manera inconfundible, les ordenaron detenerse. Al mismo tiempo, el doctor Van Helsing y yo nos levantamos detrás de la roca y apuntamos nuestras armas hacia ellos. Al ver que estaban rodeados, los hombres tensaron sus riendas y se detuvieron. El líder se volvió hacia ellos y dio una palabra ante la cual cada hombre del grupo gitano sacó el arma que portaba, cuchillo o pistola, y se mantuvo listo para atacar. El enfrentamiento se produjo en un instante.
El líder, con un movimiento rápido de sus riendas, lanzó a su caballo al frente y, señalando primero al sol —ahora muy cerca de las cimas de las colinas— y luego al castillo, dijo algo que no entendí. Como respuesta, los cuatro hombres de nuestro grupo se arrojaron de sus caballos y corrieron hacia el carro. Debería haber sentido un miedo terrible al ver a Jonathan en tal peligro, pero el ardor de la batalla debe haberme poseído a mí tanto como al resto de ellos; no sentí miedo, sino solo un deseo salvaje y creciente de hacer algo. Al ver un movimiento rápido de nuestros grupos, el líder de los gitanos dio una orden; sus hombres se formaron instantáneamente alrededor del carro en un intento un tanto indisciplinado, empujándose y forcejeando unos a otros en su afán por cumplir la orden.
En medio de esto, pude ver que Jonathan, a un lado del círculo de hombres, y Quincey, al otro, estaban forzando el paso hacia el carro; era evidente que estaban empeñados en terminar su tarea antes de que el sol se pusiera. Nada parecía detenerlos ni siquiera obstaculizarlos. Ni las armas niveladas o los cuchillos brillantes de los gitanos al frente, ni el aullido de los lobos detrás, parecían siquiera atraer su atención. La impetuosidad de Jonathan, y la manifiesta singularidad de su propósito, parecían intimidar a los que estaban frente a él; instintivamente se acobardaron a un lado y lo dejaron pasar. En un instante, él había saltado al carro y, con una fuerza que parecía increíble, levantó la gran caja y la arrojó sobre la rueda al suelo. Mientras tanto, el señor Morris tuvo que usar la fuerza para pasar por su lado del anillo de Szgany. Todo el tiempo que había estado mirando sin aliento a Jonathan, había visto, con el rabillo del ojo, a Quincey presionando desesperadamente hacia adelante, y había visto los cuchillos de los gitanos brillar mientras se abría paso entre ellos y lo cortaban. Había parado los golpes con su gran cuchillo bowie, y al principio pensé que también él había salido a salvo; pero mientras saltaba al lado de Jonathan, quien ya había saltado del carro, pude ver que con su mano izquierda se agarraba el costado y que la sangre brotaba a través de sus dedos. No se retrasó a pesar de esto, pues mientras Jonathan, con energía desesperada, atacaba un extremo del cofre, intentando hacer palanca en la tapa con su gran cuchillo kukri, él atacó el otro frenéticamente con su bowie. Bajo los esfuerzos de ambos hombres, la tapa comenzó a ceder; los clavos se soltaron con un rápido chirrido y la parte superior de la caja fue arrojada hacia atrás.
Para entonces, los gitanos, al verse cubiertos por los Winchester y a merced de Lord Godalming y el doctor Seward, se habían rendido y no ofrecieron más resistencia. El sol estaba casi oculto tras las cumbres de las montañas, y las sombras de todo el grupo se alargaban sobre la nieve. Vi al Conde yaciendo dentro de la caja sobre la tierra, parte de la cual la brusca caída del carro había esparcido sobre él. Estaba mortalmente pálido, justo como una imagen de cera, y los ojos rojos brillaban con la horrible mirada vengativa que conocía demasiado bien.
Mientras miraba, los ojos vieron el sol poniente, y la mirada de odio en ellos se convirtió en triunfo.
Pero, al instante, vino el tajo y el destello del gran cuchillo de Jonathan. Grité al verlo cortar la garganta; mientras que, al mismo tiempo, el cuchillo bowie del Sr. Morris se hundía en el corazón.
Fue como un milagro; pero ante nuestros propios ojos, y casi en el espacio de un suspiro, el cuerpo entero se desmoronó en polvo y desapareció de nuestra vista.
Me alegraré mientras viva de que, incluso en ese momento de disolución final, hubo en su rostro una expresión de paz, tal que nunca hubiera podido imaginar que pudiera reposar allí.
El castillo de Drácula se recortaba ahora contra el cielo rojo, y cada piedra de sus almenas rotas se articulaba contra la luz del sol poniente.
Los gitanos, tomándonos de alguna manera como la causa de la extraordinaria desaparición del hombre muerto, se dieron la vuelta, sin una palabra, y cabalgaron lejos como si les fuera la vida en ello. Los que iban a pie saltaron al leiter-waggon y gritaron a los jinetes que no los abandonaran. Los lobos, que se habían retirado a una distancia segura, siguieron tras ellos, dejándonos solos.
El Sr. Morris, que se había hundido en el suelo, se apoyó sobre su codo, manteniendo la mano presionada contra su costado; la sangre aún brotaba entre sus dedos. Volé hacia él, pues el círculo sagrado ya no me retenía; lo mismo hicieron los dos doctores. Jonathan se arrodilló detrás de él y el hombre herido reclinó la cabeza sobre su hombro. Con un suspiro tomó, con un esfuerzo débil, mi mano con la suya que estaba limpia. Debe haber visto la angustia de mi corazón en mi rostro, pues me sonrió y dijo:
—¡Soy demasiado feliz por haber sido de alguna utilidad! ¡Oh, Dios! —exclamó de repente, esforzándose por sentarse y señalándome—. ¡Ha valido la pena morir por esto! ¡Mirad! ¡mirad!
El sol estaba ahora justo sobre la cima de la montaña, y los destellos rojos caían sobre mi rostro, de modo que estaba bañado en una luz rosada. Con un solo impulso, los hombres cayeron de rodillas, y un profundo y ferviente «Amén» brotó de todos ellos mientras sus ojos seguían la dirección de su dedo cuando el moribundo habló:
—¡Ahora dad gracias a Dios porque no todo ha sido en vano! ¡Mirad! ¡la nieve no es más inmaculada que su frente! ¡La maldición ha pasado!
Y, para nuestra amarga pena, con una sonrisa y en silencio, murió, un caballero valiente.
NOTA.
Hace siete años todos pasamos por las llamas; y la felicidad de algunos de nosotros desde entonces es, creemos, bien merecida por el dolor que soportamos. Es una alegría añadida para Mina y para mí que el cumpleaños de nuestro hijo sea el mismo día en que murió Quincey Morris. Su madre mantiene, lo sé, la secreta creencia de que parte del espíritu de nuestro valiente amigo ha pasado a él. Su manojo de nombres une a todo nuestro pequeño grupo de hombres; pero lo llamamos Quincey.
En el verano de este año hicimos un viaje a Transilvania, y recorrimos el viejo terreno que era, y es, para nosotros tan lleno de recuerdos vívidos y terribles. Era casi imposible creer que las cosas que habíamos visto con nuestros propios ojos y oído con nuestros propios oídos fueran verdades vivas. Todo rastro de lo que había sido estaba borrado. El castillo seguía en pie como antes, alzado muy por encima de un yermo de desolación.
Cuando llegamos a casa nos pusimos a hablar de los viejos tiempos —que todos podíamos recordar sin desesperación, pues Godalming y Seward están ambos felizmente casados—. Tomé los papeles de la caja fuerte donde han estado desde nuestro regreso hace tanto tiempo. Nos llamó la atención el hecho de que, en toda la masa de material de la que se compone el registro, apenas hay un documento auténtico; nada más que una masa de mecanografía, excepto los cuadernos posteriores de Mina, Seward y yo mismo, y el memorando de Van Helsing. Difícilmente podríamos pedir a nadie, incluso si lo deseáramos, que acepte esto como prueba de una historia tan salvaje. Van Helsing lo resumió todo al decir, con nuestro hijo sobre sus rodillas:
—¡No queremos pruebas; no pedimos a nadie que nos crea! Este niño sabrá algún día qué mujer tan valiente y gallarda es su madre. Ya conoce su dulzura y cuidado amoroso; más adelante entenderá cómo algunos hombres la amaron tanto, que se atrevieron a mucho por su causa.
/Jonathan Harker./