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Eighty Years and More

by Elizabeth Cady Stanton · in Spanish

OCHENTA AÑOS Y MÁS

REMINISCENCIAS 1815-1897

ELIZABETH CADY STANTON

«La ciencia social afirma que el lugar de la mujer en la sociedad marca el nivel de la civilización».

DEDICO ESTE VOLUMEN A

SUSAN B. ANTHONY,

MI FIEL AMIGA DURANTE MEDIO SIGLO.

CONTENIDO.

CAPÍTULO

I. INFANCIA II. DÍAS DE ESCUELA III. JUVENTUD IV. VIDA EN PETERBORO V. NUESTRO VIAJE DE BODAS VI. RUMBO AL HOGAR VII. MATERNIDAD VIII. BOSTON Y CHELSEA IX. LA PRIMERA CONVENCIÓN SOBRE LOS DERECHOS DE LA MUJER X. SUSAN B. ANTHONY XI. SUSAN B. ANTHONY (Continuación) XII. MI PRIMER DISCURSO ANTE UNA LEGISLATURA XIII. REFORMAS Y TURBAS XIV. OPINIONES SOBRE EL MATRIMONIO Y EL DIVORCIO XV. LAS MUJERES COMO PATRIOTAS XVI. VIDA DE PIONEROS EN KANSAS: NUESTRO PERIÓDICO «THE REVOLUTION» XVII. ATENEOS Y CONFERENCIANTES XVIII. ¡RUMBO AL OESTE! XIX. EL ESPÍRITU DEL 76 XX. ESCRIBIENDO «LA HISTORIA DEL SUFRAGIO FEMENINO» XXI. EN EL SUR DE FRANCIA XXII. REFORMAS Y REFORMADORES EN GRAN BRETAÑA XXIII. LA MUJER Y LA TEOLOGÍA XXIV. INGLATERRA Y FRANCIA REVISITADAS XXV. EL CONSEJO INTERNACIONAL DE MUJERES XXVI. MI ÚLTIMA VISITA A INGLATERRA XXVII. SEXAGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA PROMOCIÓN DE 1832: LA BIBLIA DE LA MUJER XXVIII. MI OCTOGÉSIMO CUMPLEAÑOS ÍNDICE DE NOMBRES

LISTA DE RETRATOS.

La autora, Frontispicio Margaret Livingston Cady Juez Daniel Cady Henry Brewster Stanton La autora y su hija La autora y su hijo Susan B. Anthony Elizabeth Smith Miller Hijos y nietos La autora, la Sra. Blatch y Nora La autora, la Sra. Lawrence y Robert Livingston Stanton

OCHENTA AÑOS Y MÁS.

CAPÍTULO I.

INFANCIA.

El crecimiento psíquico de un niño no está influido por los días y los años, sino por las impresiones que los acontecimientos pasajeros dejan en su mente. Lo que para uno puede resultar un despertar repentino, dándole un impulso en cierta dirección que puede durar años, puede no causar ninguna impresión en otro. La gente se pregunta por qué los hijos de la misma familia difieren tanto, a pesar de haber tenido la misma disciplina doméstica, la misma enseñanza escolar y religiosa, y de haber crecido bajo las mismas influencias y con el mismo entorno. Es igual que preguntarse por qué los lirios y las lilas que se encuentran en la misma latitud no son todos iguales en color y fragancia. Los niños difieren tanto como estos en los elementos primordiales de su vida física y psíquica.

¿Quién puede estimar el poder de las influencias prenatales, o del entorno del niño en sus primeros años, el efecto de alguna palabra o visión pasajera sobre uno, que no causa impresión alguna en otro? La infelicidad de un niño bajo una determinada disciplina doméstica no es incompatible con el contento de otro bajo esa misma disciplina. Uno, anhelando una libertad más amplia, se encuentra en un estado crónico de rebelión; el otro, más fácil de satisfacer, acepta tranquilamente la situación. Todo se ve desde un punto de vista diferente; todo adquiere su color de la mente del observador.

Me siento movida a recordar lo que puedo de mis primeros días, lo que pensaba y sentía, para que los adultos puedan comprender mejor a los niños y hacer más por su felicidad y desarrollo. Veo tanta tiranía ejercida sobre los niños, incluso por padres bienintencionados, y en formas tan variadas —una tiranía de la que estos mismos padres son inconscientes—, que deseo pintar mis alegrías y tristezas con los colores más vivos posibles, con la esperanza de poder hacer algo para defender al débil del fuerte. La gente nunca sueña con todo lo que sucede en las cabecitas de los jóvenes, pues pocos adultos son dados a la introspección, y quienes son incapaces de recordar sus propios sentimientos ante las restricciones y decepciones no pueden apreciar el sufrimiento de los niños, que no pueden describir ni analizar lo que sienten. Al defenderse de la injusticia, están tan indefensos como los animales mudos. Lo que es insignificante para sus mayores es a menudo para ellos una fuente de gran alegría o tristeza.

Con varias generaciones de ancestros vigorosos y emprendedores a mis espaldas, comencé la lucha de la vida bajo circunstancias favorables el 12 de noviembre de 1815, el mismo año en que mi padre, Daniel Cady, distinguido abogado y juez en el estado de Nueva York, fue elegido para el Congreso. Quizás la emoción de una campaña política, en la que mi madre se interesó profundamente, pudo haber influido en mi vida prenatal y haberme dado el fuerte deseo que siempre he sentido de participar en los derechos y deberes del gobierno.

Mi padre era un hombre de carácter firme e integridad intachable, y sin embargo sensible y modesto hasta un grado doloroso. Solo había dos lugares en los que se sentía a gusto: en el tribunal y junto a su propia chimenea. Aunque gentil y tierno, poseía un reposo tan digno y una reserva de modales que, de niños, le considerábamos con miedo más que con afecto.

Mi madre, Margaret Livingston, una mujer alta, de aspecto majestuoso, era valiente, autosuficiente y se sentía cómoda en todas las circunstancias y lugares. Era hija del coronel James Livingston, quien tomó parte activa en la Guerra de la Revolución.

El coronel Livingston estaba destinado en West Point cuando Arnold intentó traicionar esa plaza fuerte entregándola a manos del enemigo. En ausencia del general Washington y de su superior jerárquico, asumió la responsabilidad de disparar contra el Vulture, un barco británico de aspecto sospechoso que estaba anclado cerca de la orilla opuesta del río Hudson. Fue un disparo fatal para André, el espía británico con quien Arnold estaba consumando entonces su traición. Alcanzado entre el viento y el agua, el barco desplegó sus velas y se apresuró río abajo, dejando a André, con sus papeles, para ser capturado, mientras Arnold escapaba a través de las líneas antes de que su traición fuera sospechada.

A su regreso a West Point, el general Washington hizo llamar a mi abuelo y le reprendió por actuar en un asunto tan importante sin recibir órdenes, haciéndose así responsable de un consejo de guerra; pero, tras dejar plenamente claro al joven oficial el peligro de tal autosuficiencia en ocasiones ordinarias, admitió que se había enviado un disparo de lo más afortunado contra el Vulture, «pues», dijo, «no estamos en condiciones en este momento de defendernos contra las fuerzas británicas en Nueva York, y la captura de este espía nos ha salvado».

Mi madre tenía la idea militar de gobierno, pero sus hijos, al igual que su abuelo, estaban dispuestos a asumir la responsabilidad de sus propias acciones; así, los rasgos ancestrales de la madre y los hijos modificaron, en cierta medida, las tendencias peligrosas en cada uno.

Nuestros padres eran tan amables, indulgentes y considerados como permitían las ideas puritanas de aquellos días, pero el miedo, más que el amor, a Dios y a los padres por igual, predominaba. Añádase a esto nuestra timidez en el trato con los sirvientes y maestros, nuestro temor al siempre presente diablo, y el lector verá que, bajo tales condiciones, nada más que una fuerte fuerza de voluntad y una buena dosis de esperanza y alegría podría haber salvado a un niño común de convertirse en una mera nulidad.

El primer suceso grabado en mi memoria fue el nacimiento de una hermana cuando yo tenía cuatro años. Era una fría mañana de enero cuando la robusta niñera escocesa me llevó a ver a la pequeña desconocida, cuya llegada fue un asunto de intenso interés para mí durante muchas semanas después. La habitación grande y agradable, con sus cortinas blancas y el brillante fuego de leña en el hogar, donde se mantenían calientes la panada, la hierba gatera y toda clase de pequeños brebajes que se nos permitía probar, era el centro de atracción para los niños mayores. Escuché a tantos amigos comentar: «¡Qué pena que sea niña!», que sentí una especie de compasión por el pequeño bebé. Es cierto que nuestra familia constaba de cinco niñas y solo un niño, pero yo no entendía en aquel entonces que las niñas fueran consideradas un orden inferior de seres.

Para formarse una idea de mi entorno en esta época, imagínese una casa de madera blanca de dos pisos con un pasillo en medio, habitaciones a ambos lados y un gran edificio trasero con terrenos a los lados y en la parte posterior, que se unían al jardín de nuestro buen ministro presbiteriano, el reverendo Simon Hosack, de quien hablaré más adelante en otro capítulo. Nuestros lugares favoritos en la casa eran el desván y el sótano. En el primero había barriles de nueces de nogal y, en una estantería larga, grandes trozos de azúcar de arce y toda clase de hierbas secas y cálamo aromático; ruecas, varios sacos pequeños de algodón blanco llenos de paquetes, marcados con tinta: «seda», «algodón», «franela», «calicó», etc., así como antiguos trajes masculinos y femeninos. Allí partíamos las nueces, mordisqueábamos los bordes afilados del azúcar de arce, masticábamos alguna hierba favorita, jugábamos a la pelota con los sacos, hacíamos girar las viejas ruecas, nos disfrazábamos con la ropa de nuestros antepasados y echábamos un vistazo panorámico al campo circundante desde una tentadora trampilla. Aquello era terreno prohibido; pero, sin embargo, íbamos a menudo a hurtadillas, lo que solo hacía que las pequeñas escapadas fueran más agradables.

El sótano de nuestra casa estaba lleno, en invierno, de barriles de manzanas, verduras, carnes en salazón, sidra, mantequilla, barriles de prensar, tinas de lavar, etc., ofreciendo rincones admirables para jugar al escondite. Dos velas de sebo arrojaban una tenue luz sobre la escena en ciertas ocasiones. Este sótano estaba al mismo nivel que una gran cocina donde jugábamos a la gallinita ciega y otros juegos cuando terminaba el trabajo del día. Estas dos habitaciones son el centro de muchos de los recuerdos más alegres de mis días de infancia.

Puedo recordar a tres hombres de color, Abraham, Peter y Jacob, que actuaron como criados en nuestra juventud. A veces, por turnos, tocaban el banjo para que bailáramos, disfrutando realmente de nuestros juegos. Todos descansan ahora con «el viejo tío Ned en el lugar adonde van los buenos negros». Nuestras niñeras, Lockey Danford, Polly Bell, Mary Dunn y Cornelia Nickeloy —paz a sus cenizas— fueron las únicas sombras en la alegría de estas noches de invierno; pues su mayor deleite era apresurarnos a la cama para poder recibir a sus pretendientes o hacer breves visitas por el vecindario. Mi recuerdo de ellas no se mezcla con ningún sentimiento de gratitud o afecto. Al expresar su opinión sobre nosotros años después, dijeron que éramos un grupo de niños muy molestos, obstinados y desobedientes. No me cabe duda de que estábamos en rebelión constante contra su pequeña tiranía. Abraham, Peter y Jacob nos veían bajo una luz diferente, y guardo los recuerdos más gratos de sus amables servicios.

En invierno, fuera de la casa, teníamos la nieve con la que construir estatuas y hacer fuertes, y enormes pilas de leña cubiertas de hielo, a las que llamábamos los Alpes, tan difíciles eran de ascender y descender. Allí subíamos y bajábamos durante horas, si no nos interrumpían, lo cual, sin embargo, solía ser el caso. Siempre me pareció que, en el punto álgido de nuestro entusiasmo, éramos invariablemente convocados a alguna tarea desagradable, lo que parecería demostrar que ya entonces disfrutaba intensamente de la vida al aire libre. Theodore Tilton ha descrito así el lugar donde nací: «El lugar de nacimiento es un parentesco secundario y transmite carácter. Johnstown era más famoso hace medio siglo que desde entonces; pues entonces, aunque pequeño, era un marcado centro intelectual; y ahora, aunque grande, es una ciudad industrial sin marcas. Antes del nacimiento de Elizabeth Cady era la sede virreinal de Sir William Johnson, el famoso negociador inglés con los indios. Durante su juventud fue una arena para las luchas intelectuales de Kent, Tompkins, Spencer, Elisha Williams y Abraham Van Vechten, quienes, como abogados, estaban entre los más importantes de su tiempo. Ahora se dedica principalmente a la fabricación de resortes de acero y guantes de piel de ciervo. Así, como la estrella temprana de Wordsworth, se ha desvanecido en la luz del día común. Pero Johnstown conserva uno de sus antiguos esplendores, una gloria aún fresca como en la fundación del mundo. Estando en sus colinas, uno contempla un país de praderas esmaltadas que se funden hacia el sur hacia el Mohawk, y hacia el norte hasta la base de esas grandes montañas que son "el monumento de Dios sobre la tumba de John Brown"».

La novela de Harold Frederic, «In the Valley», contiene muchas descripciones de esta región que son fieles a la naturaleza, tal como recuerdo el valle del Mohawk, pues lo conocí por primera vez no muchos años después de las escenas que él sitúa allí. Antes de que tuviera la edad suficiente para apreciar la gloria de este paisaje y sus asociaciones clásicas, Johnstown era para mí una ciudad de aspecto sombrío. El centro de las calles estaba pavimentado con grandes adoquines, sobre los cuales los carros de los granjeros traqueteaban de la mañana a la noche, mientras que las aceras estaban pavimentadas con adoquines muy pequeños, sobre los cuales elegíamos nuestro camino con cuidado, de modo que caminar de forma libre y elegante estaba fuera de cuestión. Las calles estaban bordeadas de solemnes álamos, de los que continuamente colgaban pequeños gusanos amarillos. Después del Príncipe de las Tinieblas, temía a estos gusanos. Eran inofensivos, pero ver uno me hacía temblar. Tanta gente compartía este sentimiento que todos los álamos fueron talados y se plantaron olmos en su lugar. La academia y las iglesias de Johnstown eran grandes edificios cuadrados, pintados de blanco, rodeados por esos mismos álamos sombríos, teniendo cada edificio una campana lúgubre que parecía estar siempre doblando para la escuela, funerales, iglesia o reuniones de oración. Después de los gusanos, esas campanas metálicas me llenaban del mayor temor; parecían tantas advertencias de un futuro eterno. Visiones del Infierno estaban fuertemente impresas en mi imaginación infantil. Se pensaba, en aquellos días, que una fe firme en el infierno y el diablo era la mayor ayuda para la virtud. Sin duda me hacía sentir muy infeliz siempre que mi mente se detenía en tales enseñanzas, y siempre he tenido mis dudas sobre la virtud que se basa en el temor al castigo.

Quizás se me perdone una palabra dedicada a mi aspecto en aquellos días. Me han dicho que era una niña regordeta, de piel muy clara, mejillas rosadas, buenas facciones, cabello castaño oscuro y risueños ojos azules. Un estudiante de la oficina de mi padre, el difunto Henry Bayard de Delaware (tío de nuestro reciente embajador ante la Corte de St. James, Thomas F. Bayard), me dijo un día, después de estudiar mis rasgos cuidadosamente, que tenía un defecto que él podía remediar. «Tus cejas deberían ser más oscuras y pobladas», dijo, «y si me dejas afeitarlas una o dos veces, mejorarás mucho». Accedí y, por ligeras que fueran mis cejas, parecían tener cierta expresión, pues la pérdida de las mismas tuvo un efecto singular en mi aspecto. Todo el mundo, incluido el propio operador, se rió de mi cara de aspecto extraño, y viví sumida en la humillación durante el período en que mis cejas volvían a crecer. Casi no hace falta añadir que nunca permití al joven repetir el experimento, aunque me instó encarecidamente a hacerlo.

No puedo recordar cómo o cuándo conquisté el alfabeto, las palabras de tres letras, la tabla de multiplicar, los puntos cardinales, la varicela, la tos ferina, el sarampión y la escarlatina. Todos estos infelices incidentes de la infancia dejaron poca impresión en mi mente. Guardo, sin embargo, los recuerdos más gratos de la buena solterona, Maria Yost, quien enseñó pacientemente a tres generaciones de niños los rudimentos del idioma inglés, y nos introdujo en las imágenes del «Spelling-book» de Murray, donde el Viejo Padre Tiempo, con su guadaña, y el granjero apedreando a los niños en sus manzanos, dieron lugar en mi mente a muchas reflexiones serias. La señorita Yost era regordeta y sonrosada, de cabello rubio, tenía un brillo alegre en sus ojos azules y nos llevó por etapas muy fáciles a través de los libros escolares de estilo antiguo. Los interesantes lectores que tienen los niños ahora eran desconocidos hace sesenta años. No llegamos al templo del conocimiento por los senderos floridos de la facilidad por los que caminan ahora nuestros descendientes.

Todavía tengo una visión perfecta de mis hermanas y de mí, mientras permanecíamos de pie en las clases, con los dedos de los pies en las grietas del suelo, todas vestidas igual con franela roja brillante, delantales de alpaca negra y, alrededor del cuello, un volante almidonado que, por falta de destreza por parte de la lavandera o de la niñera que los cosía, resultó ser una fuente constante de incomodidad para nosotras. Desde entonces he visto a hombres adultos, bajo una provocación menor que la que soportamos, arrancarse un cuello, romperlo en dos y tirarlo a los vientos, perseguido por los improperios más desgarradores. Pero nos reprendían severamente por quejarnos, y si nos aventurábamos a introducir nuestros deditos entre la piel delicada y el lino irritante, nos daban palmadas en las manos y el volante se reajustaba un grado más cerca. Nuestros vestidos de domingo se veían realzados con una ramita negra y delantales blancos. Teníamos capas rojas, capuchas rojas, mitones rojos y medias rojas. Para una misma, ir vestida toda de rojo seis meses al año era ya bastante malo, pero multiplicar este disfraz por tres resultaba verdaderamente monótono. Tenía tal aversión a ese color que solía rebelarme regularmente al comienzo de cada temporada cuando se compraban vestidos nuevos, hasta que finalmente pasamos a un exquisito tono de azul. Ninguna palabra podría hacer justicia a mi aversión por esos vestidos rojos. La detestación de mi abuelo por las casacas rojas británicas debe de haberme sido transmitida. Mi antipatía infantil a vestir de rojo me permitió más tarde comprender los sentimientos de una pequeña sobrina, que odiaba todo lo verde guisante, porque una vez había oído decir: «limpio pero no llamativo, como dijo el diablo cuando se pintó la cola de color verde guisante». Así que cuando un amigo le trajo una corbata de ese color, la tiró al suelo y estalló en llanto, diciendo: «No podría usar eso, pues es el color de la cola del diablo». Simpatice con la niña e hice que se la cambiaran por el tono que le gustaba. Aunque no siempre podemos entender los motivos de las preferencias de los niños, a menudo es bueno hacerles caso.

Me cuentan que un día miraba pensativa por la ventana de la guardería, cuando Mary Dunn, la niñera escocesa, que era algo filósofa y una severa presbiteriana, dijo: «Niña, ¿en qué estás pensando?; ¿estás planeando alguna nueva forma de travesura?». «No, Mary», respondí, «me preguntaba por qué todo lo que nos gusta hacer es pecado, y que todo lo que nos disgusta es ordenado por Dios o por alguien en la tierra. Estoy tan cansada de ese eterno ¡no! ¡no! ¡no! En la escuela, en casa, en todas partes es no. Incluso en la iglesia todos los mandamientos comienzan con "No harás". Supongo que Dios dirá "no" a todo lo que nos gusta en el otro mundo, tal como haces tú aquí». Mary quedó terriblemente sorprendida por mi insatisfacción con las cosas del tiempo y la eternidad futura, y me exhortó a cultivar las virtudes de la obediencia y la humildad.

Recuerdo bien la desesperación que sentí en aquellos años, al comprender la situación en su totalidad, por el constante recorte y paralización de la vida de un niño. Supongo que encontré el lenguaje adecuado para expresar mis pensamientos, pues Mary Dunn me contó, años después, cómo nuestra discusión despertó a mi hermana Margaret, que era una oyente atenta. Debí haber expuesto nuestros agravios en términos claros e inequívocos; pues Margaret exclamó un día: «Te diré lo que hay que hacer. De ahora en adelante actuemos como elijamos, sin pedir permiso». «Entonces», dije yo, «seremos castigadas». «Supongamos que lo somos», dijo ella, «al menos nos habremos divertido, y eso es mejor que obedecer al eterno "no" y no divertirse en absoluto». Su lógica parecía irrefutable, así que juntas actuamos gradualmente según sus sugerencias. Al tener menos imaginación que yo, ella adoptaba una visión de la vida basada en el sentido común y no sufría nada por la anticipación de problemas, mientras que mis penas se intensificaban al cuádruple por innumerables temores a posibles emergencias.

Nuestra guardería, una gran habitación sobre un edificio trasero, tenía tres ventanas con barrotes que llegaban casi hasta el suelo. Dos de ellas daban a un techo suavemente inclinado sobre una veranda. En nuestros camisones, en las cálidas noches de verano, podíamos, a fuerza de hábiles giros y compresiones, salir entre los barrotes, y allí, cómodamente apoyadas contra la casa, nos sentábamos a disfrutar de la luna y las estrellas y de los sonidos que pudieran llegarnos de las calles, mientras la niñera, cotilleando en la puerta trasera, imaginaba que estábamos plácidamente dormidas.

Tengo un recuerdo confuso de haber estado a menudo castigada por lo que en aquellos días se llamaban «rabietas». Supongo que, en realidad, no eran más que actos justificables de rebelión contra la tiranía de quienes ostentaban la autoridad. Desde entonces, he escuchado a menudo, con verdadera satisfacción, lo que algunos de nuestros amigos tenían que decir sobre la manera autoritaria en que mi hermana Margaret y yo desafiábamos todas las órdenes transitorias y las estrictas reglas establecidas para nuestra guía. Si las hubiéramos observado, habríamos estado tan bien embalsamadas como momias, considerando todo el placer y la libertad de los que habríamos disfrutado en nuestra infancia. Como por aquel entonces se hacía muy poco para el entretenimiento de los niños, afortunados eran aquellos que, concienzudamente, se tomaban la libertad de divertirse a sí mismos.

Un rasgo encantador de nuestro pueblo era un arroyo, llamado Cayadutta, que corría por el extremo norte, en el cual era nuestra delicia caminar sobre las anchas piedras de pizarra cuando el nivel del agua estaba bajo, con el fin de recoger bonitos guijarros. Estos goces también estaban prohibidos, aunque nos entregábamos a ellos siempre que la ocasión se presentaba, especialmente cuando descubrimos que la filosofía de la hermana Margaret funcionaba con éxito y finalmente habíamos superado nuestro miedo infantil al castigo.

Gran parte de mi libertad en esta época se debió a esta hermana, que más tarde se convirtió en la esposa del coronel Duncan McMartin de Iowa. Puedo verla ahora, con el sombrero en la mano, sus largos rizos volando al viento, su nariz ligeramente respingona, sus grandes ojos oscuros brillando con alegría y su pequeña boca recta tan expresiva de determinación. Aunque era dos años menor que yo, era más grande y más fuerte que yo, además de más intrépida y autosuficiente. Siempre estaba dispuesta a empezar cuando se ofrecía cualquier diversión y, si yo dudaba, me daba un tirón y decía, enfáticamente: «¡Oh, vamos!» y allá que íbamos.

Alrededor de esta época entramos en la Academia de Johnstown, donde hicimos amistad con las hijas del posadero y del sheriff del condado. Ellas eran algunos años mayores que yo, pero, como yo iba por delante de ellas en todos mis estudios, la diferencia de edad se igualaba en cierto modo y nos hicimos amigas íntimas. Este conocimiento nos abrió dos nuevas fuentes de disfrute: la libertad de la posada durante la «semana de los tribunales» (un gran acontecimiento en la vida del pueblo) y la exploración de la cárcel del condado. Nuestra niñera escocesa nos había contado tantas historias emocionantes sobre castillos, prisiones y mazmorras en el Viejo Mundo que ver las grandes llaves y las puertas de hierro, las esposas y las cadenas, y a los prisioneros en sus celdas, nos parecía una verdadera visita a la tierra natal de Mary. Hacíamos frecuentes visitas a la cárcel y nos preocupábamos profundamente por la suerte de los prisioneros, quienes se sentían muy complacidos con nuestras expresiones de simpatía y nuestros regalos de pasteles y dulces. Con el tiempo, nos interesamos por los juicios y las sentencias de los presos, e íbamos al tribunal a escuchar los procedimientos. A veces nos colábamos en la posada donde comían los jueces y abogados y ayudábamos a nuestra pequeña amiga a servir las mesas. El ir y venir de los criados, el llamar de los clientes, los regaños a los sirvientes en la cocina, los portazos, el alboroto general, el ruido y el estrépito, todo ello era idealizado por mí como uno de aquellos festivales reales que Mary describía tan a menudo. Que me permitieran llevar platos de pan y mantequilla, pastel y queso, lo consideraba un gran privilegio. Pero, sobre todo, disfrutaba escuchando las conversaciones sobre el destino probable de nuestros amigos, los prisioneros de la cárcel. En una ocasión, inserté algunos comentarios en una conversación entre dos abogados, cuando uno de ellos se volvió bruscamente hacia mí y dijo: «Niña, será mejor que te ocupes de tus asuntos; tráeme un vaso de agua». Respondí indignada: «No soy una criada; estoy aquí para divertirme».

En todas estas escapadas nos seguía Peter, negro como el carbón y de seis pies de estatura. Me parece ahora que su ocupación principal era descubrir nuestro paradero, llevarnos a casa para cenar y devolvernos a la escuela. Afortunadamente, rebosaba curiosidad y no era reacio a demorarse un rato donde hubiera algo de interés que ver o escuchar, y, como se nos consideraba perfectamente seguras bajo su cuidado, no se hacían preguntas cuando llegábamos a casa si habíamos estado con él. Tenía una mente astuta y, gracias a su diplomacia, escapamos de mucha vigilancia desagradable. A Peter le gustaba mucho asistir a los tribunales. Todos los abogados le conocían y, adondequiera que iba Peter, las tres niñas a su cargo iban también. Así, con las constantes visitas a la cárcel, al tribunal y al despacho de mi padre, fui obteniendo cierta idea del peligro que suponía infringir la ley.

Los grandes eventos del año eran las vacaciones de Navidad, el Cuatro de Julio y el «entrenamiento general», como se llamaba entonces a la revista de la milicia del condado. Los días festivos de invierno están asociados, en mi memoria, con colgar calcetines y con pavos, pasteles de carne, sidra dulce y paseos en trineo a la luz de la luna. Mis primeros recuerdos de aquellos días felices, cuando las escuelas cerraban, los libros se dejaban de lado y se permitían libertades inusuales, se centran en esa gran cocina del sótano a la que ya me he referido. Allí pasábamos muchas noches de invierno en un disfrute ininterrumpido. Una gran chimenea con enormes troncos irradiaba calor y alegría. En un rincón se sentaba Peter a tocar su violín, mientras nuestros jóvenes vecinos bailaban con nosotros y jugaban a la gallinita ciega casi todas las noches durante las vacaciones. El personaje más interesante de este juego era un chico negro llamado Jacob (el lugarteniente de Peter), que nos animaba manteniendo siempre un ojo abierto: una sabia precaución para protegerse del peligro y para mantenernos alerta. Nueces de nogal, sidra dulce y olie-koeks (nombre holandés para un pastel frito con pasas dentro) eran nuestros refrigerios cuando había una pausa en la diversión.

Como se suponía que San Nicolás bajaba por la chimenea, nuestros calcetines se prendían con alfileres a un palo de escoba, colocado sobre dos sillas frente a la chimenea. Nos retirábamos en Nochebuena con las más gratas anticipaciones de lo que habría en nuestros calcetines a la mañana siguiente. El termómetro en aquella latitud solía marcar veinte grados bajo cero, pero, aun así, a primera hora, corríamos escaleras abajo con los pies descalzos sobre los fríos suelos para llevar los calcetines, la escoba, etc., a la guardería. Los magníficos regalos que San Nicolás distribuye ahora demuestran que él también ha crecido con el país. Los niños y niñas de 1897 se reirán cuando escuchen el contenido de nuestros calcetines en 1823. Había un paquetito de dulces, uno de pasas, otro de nueces, una manzana roja, un olie-koek y una brillante moneda de veinticinco centavos de plata en la punta. Si un niño había sido culpable de algún comportamiento errático durante el año, lo cual era a menudo mi caso, un palo largo sobresaldría del calcetín; si era particularmente bueno, aparecía un catecismo ilustrado o el Nuevo Testamento, lo que demostraba que el San Nicolás de aquella época tenía opiniones decididas sobre la disciplina y la ética.

Durante el día dábamos un paseo por las colinas y valles cubiertos de nieve en un largo trineo de madera roja. Todos los niños que cabían en él hacían que los bosques resonaran con sus canciones y risas. Los cascabeles del trineo y la fina voz de tenor de Peter, que se sumaba al coro, parecían cantar, al pasar, «Feliz Navidad» a los hijos de los granjeros y a todos los que encontrábamos en el camino.

Al regresar a casa, se nos permitía, como un gran regalo de Navidad, observar todos los preparativos de Peter para la cena. Ataviado con un delantal blanco y un turbante, sosteniendo en su mano un candelero de hojalata del tamaño de un plato de cena, que contenía una vela de sebo, marchaba con paso majestuoso hacia el espacioso sótano, con Jacob y tres niñas vestidas de franela roja pisándole los talones. Como los granjeros pagaban los intereses de sus hipotecas con barriles de carne de cerdo, queso de cabeza, aves de corral, huevos y sidra, los sótanos estaban bien abarrotados para el invierno, haciendo que el dueño de un establecimiento fuera bastante indiferente a todas las cuestiones financieras. En aquellos días no oíamos nada de billetes verdes, acuñación de plata o patrón oro. Cargados con verduras, mantequilla, huevos y un magnífico pavo, Peter y sus seguidores regresaban a la cocina. Allí, sentados en una gran mesa de planchar, observábamos el aderezo y el asado del ave en un horno de hojalata frente al fuego. Jacob pelaba las verduras, todos cantábamos y Peter nos contaba historias maravillosas. Para la merienda hacía tortitas, horneadas en una sartén con un mango largo, que volteaba lanzando el pastel hacia arriba y atrapándolo hábilmente mientras descendía.

Peter era un devoto episcopaliano y sentía un gran placer ayudando a los jóvenes a decorar la iglesia. Nos llevaba con él y nos enseñaba a hacer coronas de hojas perennes. Como el cordero de Mary, adondequiera que él iba, nosotras íbamos sin falta. Su amor por nosotras era ilimitado y plenamente correspondido. Era el único ser, visible o invisible, al que no teníamos miedo. Íbamos al servicio divino con Peter la mañana de Navidad y nos sentábamos con él junto a la puerta, en lo que se llamaba «el banco de los negros». Él era el único miembro de color de la iglesia y, después de que todos los demás comulgantes hubieran tomado el sacramento, iba solo al altar. Vestido con un nuevo traje azul con botones dorados, parecía un príncipe mientras, con la cabeza erguida, caminaba por el pasillo, el espécimen de humanidad más grandioso de toda la congregación; y, sin embargo, el prejuicio contra el color era tan fuerte en 1823 que nadie quería arrodillarse a su lado. Al dejarnos, en una de estas ocasiones, Peter nos dijo a todas que nos quedáramos quietas hasta que él regresara; pero, tan pronto como hubo empezado a caminar, la más pequeña de nosotras le siguió lentamente y se sentó justo a su lado. Cuando él regresó, llevando a la niña de la mano, ¡qué lección debió ser aquello para esa congregación prejuiciosa! La primera vez que entramos juntos en la iglesia, el sacristán abrió un banco de hombres blancos para nosotras, diciéndole a Peter que dejara allí a las hijas del Juez. «Oh», dijo él, «ellas no se quedarán allí sin mí». Pero, como él no podía entrar, instintivamente le seguimos al banco de los negros.

Nuestra siguiente gran fiesta era el aniversario del nacimiento de nuestra República. Las festividades eran numerosas y prolongadas, comenzando entonces, como ahora, a medianoche con hogueras y cañones; mientras que el día se inauguraba con el repique de campanas, un tremendo cañoneo y un estallido continuo de petardos y torpedos. Luego, una procesión de soldados y ciudadanos marchaba por la ciudad, se pronunciaba un discurso, se leía la Declaración de Independencia y se ofrecía una gran cena al aire libre bajo los árboles en los terrenos del antiguo tribunal. Cada brindis era anunciado con el estruendo de los cañones. En estas ocasiones, Peter estaba en su elemento y nos mostraba todo lo que consideraba digno de verse; pero no puedo decir que disfrutara mucho ni del «entrenamiento general» ni del Cuatro de Julio, pues, además de mi miedo a los cañones y torpedos, mis simpatías estaban profundamente conmovidas por la tristeza de nuestra cocinera, cuyo padre borracho siempre hacía payasadas en las calles en los días de fiesta, siendo la figura central en todos los deportes de los muchachos, para gran mortificación de su digna hija. Ella lloraba amargamente por la exhibición pública que hacía su padre de sí mismo, y me contaba en qué condiciones llegaba a casa con su familia por la noche. Me habría quedado encantada con ella todo el día, pero el miedo a ser llamada cobarde me obligaba a pasar por aquellas pruebas tan difíciles. Como mis nervios estaban todos a flor de piel, no hay palabras para describir lo que sufrí con aquellas explosiones, grandes y pequeñas, y mis temores de que el Rey Jorge y sus secuaces reaparecieran entre nosotros. Pensaba que, si había hecho todas las cosas terribles que se declaraban en la Declaración del 76, podría volver, quemar nuestras casas y echarnos a todos a la calle. La mansión de Sir William Johnson, de sólida mampostería, sombría y amenazante, seguía en nuestro vecindario. Había visto las marcas del tomahawk indio en las balaustradas y oído hablar de los sangrientos hechos allí cometidos. Creía que el Rey Jorge era responsable de todas las calamidades de la nación. En casa y en la escuela nos educaban para odiar a los ingleses. Cuando recordamos que, cada Cuatro de Julio, la Declaración se leía con énfasis y el orador del día redondeaba todos sus brillantes períodos con denuncias contra la madre patria, no debemos sorprendernos del odio nacional hacia todo lo inglés. Nuestro patriotismo en aquellos primeros días se medía por nuestro rechazo a Gran Bretaña.

En septiembre ocurría el gran acontecimiento, la revista de la milicia del condado, popularmente llamada «Día de Entrenamiento». Entonces todo el mundo iba al hipódromo para ver a las tropas y comprar lo que los granjeros habían traído en sus vagones. Había un tipo peculiar de pan de jengibre y dulces de melaza con los que nos obsequiaban en aquellas ocasiones, asociados en mi mente hasta el día de hoy con las revistas militares y los ejércitos permanentes.

Otros placeres eran vagar por los bosques y navegar por la presa del molino. Un día, cuando no había muchachos cerca y varias niñas esperaban impacientes para navegar en una balsa, mi hermana y yo nos ofrecimos como voluntarias para tripular la expedición. Siempre actuábamos bajo la suposición de que lo que habíamos visto hacer, podíamos hacerlo nosotras. Así pues, todas saltamos a la balsa, la desatamos de sus amarras y allá que nos fuimos con la corriente. La navegación en aquella presa se realizaba con pértigas largas, pero, desgraciadamente, no podíamos levantar las pértigas y pronto vimos que íbamos a la deriva hacia el dique. Pero tuvimos la presencia de ánimo de sentarnos y sujetarnos bien a la balsa. Afortunadamente, pasamos por encima con el lado correcto hacia arriba y nos deslizamos con gracia por el arroyo, hasta que fuimos rescatadas por el siempre vigilante Peter. No dejé de oír hablar de aquel viaje durante mucho tiempo. Me llamaron la capitana de la expedición y uno de los muchachos escribió una composición, que leyó en la escuela, describiendo la aventura y subrayando la ignorancia de las leyes de navegación mostrada por las oficiales al mando. Derramé lágrimas muchas veces por aquella actuación.

CAPÍTULO II.

DÍAS DE ESCUELA.

Cuando tenía once años, ocurrieron dos acontecimientos que cambiaron considerablemente el curso de mi vida. Mi único hermano, que acababa de graduarse en el Union College, regresó a casa para morir. Un joven de gran talento y promesa, era el orgullo del corazón de mi padre. Sentimos desde muy pronto que este hijo ocupaba un lugar mayor en el afecto y los planes futuros de mi padre que sus cinco hijas juntas. Recuerdo bien con cuánta ternura observaba a mi hermano en su última enfermedad, los suspiros y lágrimas que dejaba escapar mientras caminaba lentamente de un lado a otro por el vestíbulo, y, cuando llegó el último y triste momento, y estábamos todos reunidos para decir adiós en la silenciosa cámara de la muerte, cuán rotas fueron sus palabras mientras se arrodillaba y rezaba pidiendo consuelo y apoyo. Todavía recuerdo, también, entrar en el gran salón oscurecido para ver a mi hermano, y encontrar el ataúd, los espejos y los cuadros, todos cubiertos de blanco, y a mi padre sentado a su lado, pálido e inamovible. Como no reparó en mí, después de estar mucho tiempo de pie, me subí a su rodilla, momento en el que él mecánicamente puso su brazo a mi alrededor y, con mi cabeza descansando contra su corazón palpitante, nos sentamos ambos en silencio, él pensando en el naufragio de todas sus esperanzas por la pérdida de un hijo querido, y yo preguntándome qué se podría decir o hacer para llenar el vacío en su pecho. Al fin, exhaló un profundo suspiro y dijo: «¡Oh, hija mía, ojalá fueras un chico!». Echándole los brazos al cuello, respondí: «Intentaré ser todo lo que mi hermano fue».

Entonces y allí resolví que no dedicaría tanto tiempo como hasta entonces al juego, sino que estudiaría y me esforzaría por estar a la cabeza de todas mis clases y, de ese modo, deleitar el corazón de mi padre. Durante todo aquel día y hasta bien entrada la noche, reflexioné sobre el problema de ser chico. Pensé que lo principal que había que hacer para igualar a los chicos era ser culta y valiente. Así que decidí estudiar griego y aprender a montar a caballo. Habiendo llegado a esta conclusión, me quedé dormida. Mis resoluciones, a diferencia de muchas de las que se hacen por la noche, no se desvanecieron con la llegada de la luz. Me levanté temprano y me apresuré a ponerlas en práctica. Eran resoluciones que nunca debían olvidarse, destinadas a moldear mi carácter de nuevo. Tan pronto como estuve vestida, me apresuré a ir a ver a nuestro buen pastor, el reverendo Simon Hosack, que siempre estaba trabajando temprano en su jardín.

«Doctor», dije, «¿qué prefiere usted, chicos o chicas?»

«Vaya, chicas, sin duda; no las cambiaría por todos los chicos de la cristiandad».

«Mi padre», repliqué, «prefiere los chicos; desea que yo fuera uno, y tengo la intención de ser lo más parecida posible a uno. Voy a montar a caballo y a estudiar griego. ¿Me daría una lección de griego ahora, doctor? Quiero empezar de inmediato».

«Sí, hija», dijo, dejando caer su azadón, «entra en mi biblioteca y empezaremos sin demora».

Él comprendió plenamente el sentimiento de sufrimiento y tristeza que se apoderó de mí cuando descubrí que una chica pesaba menos en la balanza del ser que un chico, y elogió mi determinación de demostrar lo contrario. La vieja gramática que él había estudiado en la Universidad de Glasgow estuvo pronto en mis manos, y el artículo griego fue aprendido antes del desayuno.

Después vino la triste parafernalia de la muerte, el llanto de los amigos, las habitaciones oscuras, la quietud fantasmal, la exhortación a los vivos para prepararse para la muerte, la oración solemne, el canto lúgubre, el cortejo fúnebre, la solemne campana que doblaba, el entierro. ¡Cómo sufrí durante aquellos días tristes! ¡Qué extraños y definidos temores a lo desconocido se apoderaron de mí! Durante meses después, a la hora del crepúsculo, iba con mi padre a la tumba recién hecha. Cerca de ella había dos álamos altos, contra uno de los cuales me apoyaba, mientras mi padre se arrojaba sobre la tumba, con los brazos extendidos, como para abrazar a su hijo. Por fin, las heladas y tormentas de noviembre llegaron y levantaron una barrera escalofriante entre los vivos y los muertos, y no fuimos más allí.

Durante todo este tiempo continué con mis lecciones en la casa parroquial e hice rápidos progresos. Sorprendí incluso a mi maestro, que me creía capaz de hacer cualquier cosa. Aprendí a conducir, y a saltar una valla y una zanja a caballo. Exigí al máximo cada facultad, esperando algún día oír a mi padre decir: «Bueno, una chica es tan buena como un chico, después de todo». Pero nunca lo dijo. Cuando el doctor venía a pasar la velada con nosotros, yo le susurraba al oído: «Dígale a mi padre lo rápido que avanzo», y él se lo decía, y era pródigo en sus elogios. Pero mi padre solo caminaba de un lado a otro de la habitación, suspiraba y demostraba que deseaba que yo fuera un chico; y yo, no sabiendo por qué se sentía así, escondía mis lágrimas de vexación en el hombro del doctor.

Poco después empecé a estudiar latín, griego y matemáticas con una clase de chicos en la Academia, muchos de los cuales eran mucho mayores que yo. Durante tres años, un chico mantuvo su lugar a la cabeza de la clase, y yo siempre estaba justo detrás. Se ofrecieron dos premios en griego. Me esforcé por uno y obtuve el segundo. Qué bien recuerdo mi alegría al recibir aquel premio. No había sentimiento de ambición, rivalidad o triunfo sobre mis compañeros, ni sensación de satisfacción al recibir este honor en presencia de los allí reunidos el día de la exposición. Un solo pensamiento llenaba mi mente. «Ahora», dije, «mi padre estará satisfecho conmigo». Así, en cuanto fuimos despedidos, bajé la colina corriendo, entré sin aliento en su despacho, puse el nuevo Testamento griego, que era mi premio, sobre su mesa y exclamé: «¡Ahí, lo conseguí!». Él tomó el libro, me hizo algunas preguntas sobre la clase, los maestros, los espectadores y, evidentemente complacido, me lo devolvió. Entonces, mientras yo estaba allí de pie, mirando y esperando a que dijera algo que demostrara que reconocía la igualdad de la hija con el hijo, me besó en la frente y exclamó, con un suspiro: «¡Ah, tendrías que haber sido un chico!».

Mi alegría se tornó en tristeza. Corrí hacia mi buen doctor. Él ahuyentó mis amargas lágrimas y me consoló con elogios sin límites y visiones de éxitos futuros. Poco después quedó confinado en su casa con su enfermedad terminal. Ese día me preguntó si me gustaría tener, cuando él ya no estuviera, el viejo léxico, el Testamento y la gramática que tantas veces habíamos hojeado juntos. «Sí, pero preferiría que usted se quedara», le respondí, «pues, ¿qué puedo hacer cuando usted no esté?». «Oh», dijo él con ternura, «yo no me habré ido; mi espíritu seguirá contigo, observándote en todas las luchas de la vida». ¡Noble y generoso amigo! Tenía muy poco en la tierra que legar a nadie, pero cuando la última escena de su vida terminó y se abrió su testamento, sin duda había una cláusula que decía: «Mi léxico griego, mi Testamento, mi gramática y cuatro volúmenes de los comentarios de Scott, se los lego a Elizabeth Cady». Nunca miro estos libros sin sentir agradecimiento porque en mi infancia fui bendecida con tal amigo y maestro.

Puedo decir sinceramente, después de una experiencia de setenta años, que todas las preocupaciones y ansiedades, las pruebas y decepciones de toda mi vida, son leves cuando se comparan con mis sufrimientos en la infancia y juventud a causa de los dogmas teológicos que creía sinceramente, y la tristeza vinculada a todo lo relacionado con el nombre de la religión, la iglesia, la casa parroquial, el cementerio y la solemne campana que tañía. Todo lo relacionado con la muerte se volvía entonces indescriptiblemente doloroso. El cuerpo, cubierto por un paño mortuorio negro, era llevado sobre los hombros de los hombres; los dolientes vestían crespón y caminaban con la cabeza gacha, mientras que los vecinos que tenían lágrimas que derramar, lo hacían copiosamente y evocaban sus expresiones faciales más tristes. En la tumba llegaban las sobrias advertencias a los vivos y, a veces, profecías espantosas sobre el estado de los muertos. Toda esta pompa de aflicción y visiones de la tierra desconocida más allá de la tumba, a menudo perseguían mis sueños de medianoche y ensombrecían el sol de mis días. La casa parroquial, con sus paredes y suelos desnudos, su ama encogida y su hermana ciega, más parecidas a sombras fantasmales que a carne y hueso humanos; los dos sirvientes negros, atormentados por el reumatismo y olorosos a un aceite acre que usaban con la vana esperanza de hacer sus miembros cansados más flexibles; el anciano párroco enterrado en su biblioteca en medio de libros y papeles mohosos... todo esto solo añadía oscuridad a mi entorno. La iglesia, que estaba desnuda, sin horno para calentarnos, sin órgano para alegrar nuestros corazones, sin coro para guiar nuestros cantos de alabanza en armonía, carecía tristemente de todos los atractivos para la mente juvenil. El predicador, encerrado en una caja octogonal muy por encima de nuestras cabezas, nos daba sermones de más de una hora, y el corista, en una caja similar debajo de él, entonaba línea tras línea los Salmos de David, mientras la congregación, como un rebaño de ovejas tras los talones de su pastor, se arrastraba tras su líder sin importar el tiempo ni la melodía.

Años después, la introducción de estufas, un violonchelo, los himnos de Wesley y un coro dividieron la iglesia en dos. Estos viejos presbiterianos escoceses se oponían a todas las innovaciones que proporcionaran a su pueblo caminos de fácil florecimiento en el trayecto hacia el Cielo. Así, cuando el termómetro marcaba veinte grados bajo cero en las colinas de Johnstown, a cuatrocientos pies sobre el valle Mohawk, caminábamos penosamente a través de la nieve, con estufas de pie en la mano, hacia las frías hospitalidades de la «Casa del Señor», para allí quedar helados hasta la médula escuchando sermones sobre la «predestinación», la «justificación por la fe» y la «condenación eterna».

Estar inquieto o quedarse dormido bajo tales circunstancias solemnes era una prueba segura de depravación total y de las maquinaciones del diablo esforzándose por apartar el corazón de uno de Dios y de sus ordenanzas. Como yo era culpable de estas faltas y muchas más, pronto creí ser una verdadera hija del Maligno y sufrí temores interminables de que viniera alguna noche a reclamarme como suya. Para mí él era una realidad personal y siempre presente, agazapada en un rincón oscuro de la habitación. ¡Ah! Cuántas veces me he escapado de la cama y me he sentado a temblar en las escaleras, donde la lámpara del vestíbulo y el sonido de las voces que venían del salón mitigaban, en cierta medida, mi terror. Gracias a una constitución vigorosa y un espíritu vital desbordante, pude soportar durante años la presión de estas influencias deprimentes, hasta que mi capacidad de razonamiento y mi sentido común triunfaron finalmente sobre mi imaginación. El recuerdo de mi propio sufrimiento me ha impedido ensombrecer jamás a una sola alma joven con ninguna de las supersticiones de la religión cristiana. Pero ha habido muchos cambios, incluso en mi ciudad natal, desde aquellos días oscuros. Nuestra vieja iglesia fue convertida en una fábrica de mitones, y el agradable zumbido de la maquinaria y los rostros alegres de hombres y mujeres han ahuyentado a los malos espíritus a sus escondites. Uno encuentra ahora en Johnstown hermosas iglesias, cementerios adornados y hombres y mujeres alegres, completamente emancipados de las tonterías y los terrores de las viejas teologías.

Un acontecimiento importante en nuestro círculo familiar fue el matrimonio de mi hermana mayor, Tryphena, con Edward Bayard de Wilmington, Delaware. Él era graduado del Union College, compañero de clase de mi hermano y visitaba frecuentemente la casa de mi padre. Al terminar sus estudios universitarios, vino con su hermano Henry a estudiar leyes en Johnstown. Se consideraba que un pueblo pequeño, tranquilo y retirado, era un buen lugar para recluir a los jóvenes resueltos a completar su educación, pues allí estarían a salvo de las tentaciones y las influencias distractoras de las grandes ciudades. Además de esta consideración, la reputación de mi padre hacía de su oficina un refugio deseable para los estudiantes, quienes, por otra parte, no solo mejoraban sus oportunidades leyendo a Blackstone, Kent y Story, sino también cortejando a las hijas del juez. Así tuvimos la ventaja de muchas amistades agradables de las familias principales del país, y fue así como cuatro de las hermanas finalmente eligieron esposos muy dignos.

Aunque tenía solo veintiún años cuando se casó, Edward Bayard era un hombre alto, plenamente desarrollado, notablemente apuesto, con un gusto literario cultivado y un profundo conocimiento de la naturaleza humana. Cálido y afectuoso, generoso hasta el extremo al dar y servir, pronto se convirtió en un gran favorito en la familia y llenó gradualmente el vacío que dejó en todos nuestros corazones la pérdida del hermano y del hijo.

Mi padre estaba tan plenamente ocupado con los deberes de su profesión, que a menudo lo llamaban fuera de casa, y mi madre estaba tan cansada con los cuidados de una familia numerosa, habiendo tenido diez hijos, aunque solo cinco sobrevivieron en aquel entonces, que estaban más que dispuestos a delegar sus cargas en hombros más jóvenes. Nuestra hermana mayor y su esposo, por lo tanto, se convirtieron pronto en nuestros consejeros y asesores. Ellos seleccionaban nuestra ropa, libros, escuelas, amistades y dirigían nuestras lecturas y diversiones. Así, las riendas del gobierno doméstico pasaron poco a poco a sus manos, y los arreglos familiares mejoraron en gran medida a favor de una mayor libertad para los niños.

La llegada de Edward y Henry Bayard fue una bendición inestimable para nosotros. Con ellos vino una era de picnics, fiestas de cumpleaños y diversiones sin fin; la compra de cuadros, libros de cuentos de hadas, instrumentos musicales y ponis, y frecuentes excursiones con grupos a caballo. Recién salidos de la universidad, hicieron que nuestras lecciones de latín, griego y matemáticas fueran tan fáciles que estudiábamos con verdadero placer y teníamos más tiempo para jugar. Los placeres principales de Henry Bayard eran caminar, montar a caballo y jugar a toda clase de juegos, desde palillos hasta ajedrez, con las tres hermanas menores, y a menudo hemos dicho que los tres años que pasó en Johnstown fueron los más encantadores de nuestra juventud.

Inmediatamente después de la muerte de mi hermano, se planeó un viaje para visitar a nuestra abuela Cady, quien vivía en Canaan, condado de Columbia, a unas veinte millas de Albany. Mis dos hermanas menores y yo nunca habíamos salido de nuestro propio condado antes, y el simple pensamiento de un viaje despertaba nuestro entusiasmo al máximo. En un día brillante de septiembre partimos, empacados en dos carruajes. Estábamos locos de alegría mientras bajábamos por el valle Mohawk, con su hermoso río y sus muchos puentes y transbordadores. Cuando llegamos a Schenectady, la primera ciudad que habíamos visto, nos detuvimos a cenar en el viejo hotel Given's, donde nos liberamos de todas las ataduras de la propiedad al contemplar el papel tapiz del comedor, que ilustraba en colores brillantes los grandes acontecimientos de la historia sagrada. Allí estaban los patriarcas, con barbas fluidas y vestimentas magníficas; Abraham, ofreciendo a Isaac; José, con su túnica de muchos colores, arrojado a un pozo por sus hermanos; el arca de Noé en un océano de aguas; el faraón y su hueste en el Mar Rojo; Rebeca en el pozo y Moisés entre los juncos. Todos estos personajes distinguidos nos eran familiares, y verlos allí por primera vez en colores vivos hacía que el silencio y el comer fueran imposibles. Corríamos por la habitación llamándonos unos a otros: «¡Oh, Kate, mira aquí!», «¡Oh, Madge, mira allá!», «¡Mira al pequeño Moisés!», «¡Mira a los ángeles en la escalera de Jacob!». Nuestras exclamaciones no podían contenerse. Los huéspedes estaban divertidos más allá de lo descriptible, mientras mi madre y mis hermanas mayores estaban igualmente mortificadas; pero el Sr. Bayard, que apreciaba nuestra sorpresa y deleite infantiles, sonrió y dijo: «Los llevaré a ver los cuadros y entonces podrán cenar», lo cual finalmente hicimos.

En nuestro camino a Albany nos vimos obligadas a escuchar un sinfín de disertaciones sobre modales y severas críticas a nuestro comportamiento en el hotel, pero estábamos demasiado felices y asombradas con todo lo que veíamos como para tener una visión subjetiva de nosotras mismas. Incluso Peter, con su nueva librea, que no había visto mucho más que nosotras, mientras miraba por el rabillo del ojo, mantenía una dignidad tranquila y nos conjuraba a «no actuar como si acabáramos de salir del bosque y nunca hubiéramos visto nada antes». Sin embargo, hay condiciones en el alma del niño en las que la represión es imposible, cuando la mente no absorbe nada más que su propio disfrute, y cuando incluso el sentido del oído se pierde en el de la vista. Todo el grupo se dio cuenta de ese hecho al final. Los niños no son actores. Nunca habíamos experimentado nada parecido a este viaje, ¿y cómo podíamos evitar estar sorprendidas y encantadas?

Cuando entramos en Albany, la primera gran ciudad que habíamos visitado, exclamamos: «¡Vaya, aquí es el entrenamiento general!». Habíamos adquirido nuestras ideas sobre las multitudes de nuestras revistas de milicias rurales. Afortunadamente, no había papel tapiz pictórico en el viejo City Hotel. Pero el decreto se había promulgado: durante el resto del viaje, nuestras comidas se servirían en una habitación privada, con Peter para atendernos. Esto parecía un regreso a los días de la guardería y era muy humillante. Pero comer, incluso allí, era difícil, ya que podíamos oír la banda del viejo museo, y, como nuestras ventanas daban a la calle, el panorama continuo de gente y carruajes pasando era tan tentador como las escenas bíblicas en Schenectady. Por la noche caminamos para ver la ciudad iluminada, mirar los escaparates de las tiendas y visitar el museo. A la mañana siguiente partimos hacia Canaan, nuestro entusiasmo aún inquebrantable, aunque se expresaron fuertes esperanzas de que nos calmaríamos con las fatigas del primer día de viaje.

La gran granja con sus vacas, ovejas, gallinas, patos, pavos y gansos; su lechería, telares y rueca; sus frutas y verduras; los paseos entre las grandes y viejas colinas; la bendita abuela y las muchas tías, tíos y primos a los que besar, todo esto nos mantuvo en un remolino de emoción. Nuestra alegría burbujeaba por sí sola; estaba fuera de nuestro control. Después de pasar una semana encantadora en Canaan, partimos, con una adición a nuestro grupo, para gran disgusto de Peter, un chico brillante, negro como el carbón, de quince veranos. Peter seguía refunfuñando que ya tenía suficientes niños a los que cuidar, pero, como el chico era guapo e inteligente, sabía leer, escribir, tocar el arpa de boca y el banjo, cantar, bailar y ponerse de pie sobre su cabeza, quedamos encantadas con este tesoro recién descubierto, que resultó ser una gran bendición familiar. Estuvimos menos vivaces en el viaje de regreso. Si esto se debió a los incansables esfuerzos de Peter por mantenernos dentro de los límites, o si la novedad del viaje se había desvanecido en cierta medida, es difícil determinarlo, pero evidentemente no estábamos tan animadas y fuimos debidamente elogiadas por nuestro buen comportamiento.

Cuando llegamos a casa y contamos a nuestros compañeros de aldea lo que habíamos visto en nuestros extensos viajes (apenas a setenta millas de casa) se llenaron de asombro, y nos convertimos en heroínas a sus ojos. Después de esto realizamos viajes frecuentes a Saratoga, los lagos del Norte, Utica y Peterboro, pero nunca volvimos a quedar tan completamente cautivadas como con las ilustraciones bíblicas del comedor del viejo hotel Given's.

Como la oficina de mi padre estaba junto a la casa, pasaba allí gran parte de mi tiempo, cuando no estaba en la escuela, escuchando a los clientes exponer sus casos, hablando con los estudiantes y leyendo las leyes con respecto a la mujer. En nuestro vecindario escocés, muchos hombres todavía conservaban las viejas ideas feudales sobre las mujeres y la propiedad. Los padres, al morir, dejaban la mayor parte de su propiedad al hijo mayor, con la condición de que la madre tuviera un hogar con él. De ahí que no fuera raro que la madre, que había aportado toda la propiedad a la familia, se convirtiera en una dependiente infeliz de la generosidad de una nuera poco grata y un hijo disoluto. Las lágrimas y quejas de las mujeres que venían a mi padre en busca de consejo legal conmovieron mi corazón y atrajeron desde temprano mi atención hacia la injusticia y la crueldad de las leyes. Como el ejercicio de la abogacía era el negocio de mi padre, no podía entender exactamente por qué no podía aliviar los sufrimientos de estas mujeres. Así que, para ilustrarme, él bajaba sus libros y me mostraba los estatutos inexorables. Los estudiantes, al observar mi interés, se divertían leyéndome todas las peores leyes que podían encontrar, ante las cuales yo reía y lloraba por turnos. Una mañana de Navidad fui a la oficina para mostrarles, entre otros regalos, un nuevo collar y pulseras de coral. Todos admiraron las joyas y luego comenzaron a burlarse de mí con casos hipotéticos de futura propiedad. «Ahora», dijo Henry Bayard, «si a su debido tiempo fueras mi esposa, esos adornos serían míos; podría tomarlos y encerrarlos, y nunca podrías usarlos excepto con mi permiso. Incluso podría cambiarlos por una caja de cigarros, y tú podrías verlos evaporarse en humo».

Con esta constante broma de los estudiantes y las tristes quejas de las mujeres, mi mente estaba dolorosamente perpleja. Así que, de vez en cuando, cuando mi atención era llamada hacia estas leyes odiosas, las marcaba con un lápiz, y al convencerme cada vez más de la necesidad de tomar medidas activas contra estas disposiciones injustas, resolví aprovechar la primera oportunidad, cuando estuviera sola en la oficina, para recortar cada una de ellas de los libros; suponiendo que mi padre y su biblioteca eran el principio y el fin de la ley. Sin embargo, esta mutilación de sus volúmenes nunca se llevó a cabo, pues la querida Flora Campbell, a quien confié mi plan para la mejora de los errores de mi infeliz sexo, advirtió a mi padre de lo que me proponía hacer. Sin dejarme saber que había descubierto mi secreto, me explicó una tarde cómo se hacían las leyes, el gran número de abogados y bibliotecas que había en todo el estado, y que si su biblioteca se quemara, no marcaría ninguna diferencia en la condición de la mujer. «Cuando seas mayor y seas capaz de preparar un discurso», dijo, «debes ir a Albany y hablar con los legisladores; cuéntales todo lo que has visto en esta oficina: los sufrimientos de estas mujeres escocesas, despojadas de su herencia y dejadas a depender de sus indignos hijos, y, si puedes persuadirlos de aprobar nuevas leyes, las viejas serán letra muerta». Así fue presagiado el objeto futuro de mi vida y mi deber claramente delineado por aquel que más se opuso a mi carrera pública cuando, a su debido tiempo, me inicié en ella.

Hasta los dieciséis años, fui una estudiante fiel en la Academia de Johnstown con una clase de chicos. Aunque yo era la única chica en las clases superiores de matemáticas y lenguas, sin embargo, en nuestros juegos, todas las chicas y chicos se mezclaban libremente. Al correr carreras, deslizarse por colinas y jugar con bolas de nieve, no hacíamos distinción de sexo. Es cierto que los chicos llevaban los libros escolares y tiraban de los trineos cuesta arriba para sus chicas favoritas, pero la igualdad era la base general de nuestras relaciones escolares. Me atrevo a decir que los chicos no hacían sus bolas de nieve tan duras cuando lanzaban a las chicas, ni les lavaban la cara con la misma vehemencia que a los demás, pero no había evidencia pública de parcialidad. Sin embargo, si algún chico era demasiado brusco o se aprovechaba de una chica más pequeña que él, era prontamente golpeado por sus compañeros. Existía una ley no escrita y un sentimiento público en ese pequeño mundo de la Academia que nos permitía estudiar y jugar juntos con la mayor libertad y armonía.

Desde la academia, los chicos de mi clase fueron al Union College en Schenectady. Cuando aquellos con quienes había estudiado y competido por premios durante cinco años vinieron a despedirse, y me enteré de la barrera que me impedía seguir sus pasos —«no se admiten chicas aquí»—, mi vejación y mortificación no tuvieron límites. Recuerdo ahora lo orgullosos y apuestos que se veían los chicos con sus ropas nuevas, mientras saltaban al viejo carruaje y se alejaban, y lo sola que me sentí cuando se fueron y no tenía nada que hacer, pues los planes para mi futuro aún estaban sin determinar. De nuevo sentí más profundamente que nunca la humillación de las distinciones hechas por razón de sexo.

Mi tiempo estaba ahora ocupado con paseos a caballo, estudiando el juego de ajedrez y peleando continuamente con los estudiantes de derecho sobre los derechos de las mujeres. Siempre surgía algo en las experiencias de la vida cotidiana, o en los libros que estábamos leyendo, para darnos nuevos temas de discusión. Leían pasajes de los clásicos británicos tan agravantes como las leyes. Se deleitaban con extractos de Shakespeare, especialmente de «La fierecilla domada», una sátira admirable en sí misma sobre el viejo derecho consuetudinario de Inglaterra. Odiaba a Petruchio como si fuera un hombre real. El joven Bayard recitaba con unción la famosa respuesta de la mujer ideal de Milton a Adán: «Dios tu ley, tú la mía». La Biblia también fue puesta al servicio de esto. De hecho, me parecía que cada libro enseñaba la jefatura del hombre «ordenada divinamente»; pero mi mente nunca cedió ante esta herejía popular.

CAPÍTULO III.

JUVENTUD.

El seminario de la Sra. Willard en Troy era la escuela de moda en mi juventud, y en el invierno de 1830, con más de un centenar de otras chicas, me encontré como una participante activa en todas las alegrías y penas de esa institución. Cuando en el consejo familiar se decidió enviarme a esa Meca intelectual, no recibí el anuncio con una satisfacción plena, pues había fijado mi mente en el Union College. La idea de una escuela sin chicos, que habían sido para mí un estímulo tanto en el estudio como en el juego, parecía a mi imaginación triste y poco provechosa.

El rasgo más notable de mi viaje a Troy fue el ferrocarril de Schenectady a Albany, el primero que se construyó en este país. La manera de ascender una colina elevada al salir de la ciudad parecería hoy a los ingenieros estúpida en el más alto grado. Los vagones de pasajeros eran arrastrados hacia arriba por un tren cargado de piedras que descendía la colina. La forma más racional de excavar un túnel a través de la colina o rodearla aún no había amanecido en nuestros antepasados holandeses. A cada paso de mi viaje a Troy sentía que estaba pisoteando mi orgullo, y así, en un estado mental sin esperanza, comencé mi carrera en el internado. Ya había estudiado todo lo que allí se enseñaba excepto francés, música y baile, así que me dediqué a estos logros. Como tenía buena voz, disfrutaba cantando con acompañamiento de guitarra, y, al tener buen oído para el ritmo, apreciaba la armonía en la música y el movimiento, por lo que disfrutaba enormemente bailando. La casa grande, la compañía de tantas chicas, los paseos por la ciudad y la novedad de todo hicieron que la nueva vida fuera más agradable de lo que había anticipado. Por supuesto que echaba de menos a los chicos, con quienes había crecido, jugado durante años y, más tarde, medido mis poderes intelectuales, pero, como se convirtieron en una novedad, hubo un nuevo entusiasmo al verlos ocasionalmente. Después de haber estado allí poco tiempo, escuché un día una llamada: "¡Cabezas fuera!". Corrí con el resto y exclamé: "¿Qué es?", esperando ver una jirafa o alguna otra maravilla del Museo de Barnum. "Vaya, ¿no ves a esos chicos?", dijo una. "Oh", respondí, "¿es eso todo? He visto chicos toda mi vida". Cuando visitábamos a amigos de la familia en la ciudad, solíamos conocer a sus hijos, y como todas las relaciones sociales estaban estrictamente prohibidas, había un nuevo interés en verlos. Como no se les permitía visitarnos ni escribir notas, a menos que fueran hermanos o primos, tuvimos, con el tiempo, un gran número de parientes.

Había un interés intenso para mí ahora en escribir notas, recibir visitas y unirme a los jóvenes en las calles para dar un paseo, algo que nunca había conocido cuando estaba en constante asociación con ellos en la escuela y en nuestras diversiones diarias. Encerrada con chicas, la mayoría de ellas mayores que yo, escuché muchos temas discutidos en los que nunca antes había pensado, y de una manera que hubiera sido mejor no haber escuchado nunca. La saludable restricción que siempre existe entre chicos y chicas en la conversación tiende a relajarse cuando cada sexo está solo. En toda mi asociación íntima con chicos hasta ese período, no puedo recordar ni una palabra ni un acto que criticar, pero no puedo decir lo mismo de las chicas durante los tres años que pasé en el seminario de Troy. Mi propia experiencia me demuestra que es un grave error enviar a chicos y chicas a instituciones de enseñanza separadas, especialmente en la edad más impresionable. El estímulo del sexo promueve por igual una condición saludable de las facultades intelectuales y morales y da a ambos un desarrollo que nunca podrán adquirir solos.

La señora Willard, tras haber pasado varios meses en Europa, no regresó hasta que yo llevaba algún tiempo en el seminario. Recuerdo bien su llegada y la alegría con la que fue recibida por las profesoras y alumnas que la conocían de antes. Era una mujer de aspecto espléndido, entonces en la plenitud de su vida, y encarnaba perfectamente mi idea de una reina. Dudo que cualquier personaje real del Viejo Mundo hubiera podido recibir a sus adoradores con más gracia y dignidad que esta famosa hija de la República. Era una de las mujeres notables de aquel período e hizo una gran labor educativa para su sexo. Concedió becas gratuitas a un gran número de chicas prometedoras, preparándolas para ser maestras, con la condición de que, cuando surgiera la oportunidad, ellas, a su vez, educaran a otras.

Nunca olvidaré un incidente que me causó mucha infelicidad. Había escrito una composición muy divertida describiendo mi habitación. Una amiga entró a verme justo cuando la había terminado y, como me pidió que se la leyera, lo hice. La disfrutó mucho y propuso un intercambio. Dijo que las habitaciones eran todas tan parecidas que, con una pequeña modificación, ella podría usarla. Siendo muy susceptible a los halagos, sus elogios a mi producción ganaron un pronto asentimiento; pero cuando leí sus banalidades me arrepentí de haber cambiado, y aún más en el desenlace.

Las seleccionadas para preparar composiciones las leían ante toda la escuela. La de mi amiga fue recibida con grandes risas y aplausos. La que yo leí no solo fracasó, sino que también me postró casi por completo. Tan pronto como terminé, una de las jóvenes salió de la habitación y, al regresar en pocos momentos con su libro de composiciones, lo puso ante la maestra que presidía ese día, mostrándole la misma composición que yo acababa de leer. Fui llamada de inmediato para explicarme, pero estaba tan asombrada y confundida que no pude hablar, y lucía como la personificación de la culpa. Vi de un vistazo la posición despreciable que ocupaba y sentí como si hubiera llegado el fin del mundo, que estaba ante el tribunal de justicia y había escuchado la terrible sentencia pronunciada: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno". Cómo escapé de esa escena a mi propia habitación, no lo sé. Estaba demasiado desdichada para llorar. Me senté sola durante mucho tiempo cuando un suave golpe anunció a mi traidora. Me rodeó con sus brazos cariñosamente y me besó una y otra vez.

"¡Oh!", dijo, "eres una heroína. Pasaste por esa dura prueba como una soldado. Tenía tanto miedo, cuando te presionaban con preguntas, de que toda la verdad saliera a la luz y me viera obligada a ocupar tu lugar. No soy tan valiente como tú; no podría soportarlo. Ahora que has pasado por ello y sabes lo amarga que es la prueba, prométeme que me salvarás de la misma experiencia. Eres tan buena y noble que sé que no me traicionarás".

En este momento supremo de miseria y desgracia, sus palabras amorosas y su cálido abrazo fueron como un bálsamo para mi alma herida y prometí fácilmente todo lo que pidió. La chica había penetrado el punto débil de mi carácter. Me encantaban los halagos. Por ese medio consiguió mi composición en primer lugar, me comprometió al silencio en segundo lugar y confundió tanto mis percepciones morales que realmente pensé que era loable protegerla de lo que yo había sufrido. Sin embargo, sin traición por mi parte, el truco salió a la luz a través de los mismos medios que ella tomó para asegurar el ocultamiento. Después de leer las composiciones, se entregaban a una determinada maestra para que las criticara. La señorita ---- había copiado la mía y me devolvió el original. Yo no había copiado la suya, así que ambas estaban con la misma letra: una con mi nombre fuera y otra con el de la señorita ----.

Como yo tenía buena reputación en la escuela, tanto por mi rendimiento académico como por mi comportamiento, mi repentina caída en desgracia causó un sinfín de discusiones. Por lo tanto, tan pronto como la maestra descubrió las dos composiciones con la letra de la señorita ----, vino a preguntarme cómo había conseguido una de sus composiciones. Dijo: "¿Dónde está la tuya, la que escribiste para ese día?".

Tomándola de mi portafolio, respondí: "Aquí está".

Ella entonces preguntó: "¿La copiaste de su libro?".

Respondí: "No, la escribí yo misma".

"Entonces, ¿por qué no leíste la tuya?".

"Acordamos cambiar", dije.

"¿Sabías que la señorita ---- había copiado eso del libro de otra joven?".

"No, hasta que fui acusada de hacerlo yo misma ante toda la escuela".

"¿Por qué no te defendiste en el momento?".

"No podía hablar, ni sabía qué decir".

"¿Por qué te has permitido permanecer en una posición tan falsa durante toda una semana?".

"No lo sé".

"Supongamos que no hubiera descubierto esto, ¿tenías intención de guardar silencio?".

"Sí", respondí.

"¿Te pidió la señorita ---- que lo hicieras?".

"Sí".

Yo había sido una gran favorita de esta maestra, pero estaba tan disgustada con mi estupidez, como llamó a mi timidez, que dijo:

"Realmente, hija mía, no has actuado en este asunto como si tuvieras un sentido común ordinario".

Tan poco aprecian los adultos, en entornos familiares, la confusión de las facultades de un niño ante experiencias nuevas y difíciles. Cuando llegó el turno de la pobre señorita ---- de ponerse de pie ante toda la escuela y asumir la carga sobre sus propios hombros que tan astutamente había puesto sobre los míos, derramé fácilmente por ella las lágrimas que no pude reunir para mí misma. Esta fue mi primera lección triste sobre la duplicidad humana.

Este episodio, desafortunadamente, destruyó en cierta medida mi confianza en mis compañeras y me hizo sospechar incluso de aquellas que se acercaban a mí con palabras de aprecio. Hasta ese momento, había aceptado todas las cosas tal como parecían en la superficie. Ahora comencé a preguntarme qué había detrás de las condiciones visibles que me rodeaban. Quizás la experiencia fue beneficiosa, ya que es bastante necesario para una chica joven, dejada completamente a su suerte por primera vez entre extraños, aprender cautela en todo lo que dice y hace. La atmósfera de la vida hogareña, donde todos los disfraces y pretensiones se dejan de lado, es muy diferente de una gran escuela de chicas, con los pequeños celos y antagonismos que surgen en la competencia diaria por su ropa, estudios, logros y diversiones.

El siguiente acontecimiento en Troy que influyó seriamente en mi carácter fue la llegada del reverendo Charles G. Finney, un orador de púlpito que, como terror de las almas humanas, demostró ser igual a Savonarola. Celebró una reunión prolongada en la iglesia del reverendo Dr. Beaman, a la que asistieron muchas de mis compañeras de escuela. El resultado de seis semanas de esfuerzo incansable por parte del señor Finney y sus colegas fue una de esas intensas temporadas de avivamiento que barrieron la ciudad y el seminario como una epidemia, atacando en su peor forma a las más susceptibles. Debido a mi sombría educación calvinista en la vieja iglesia presbiteriana escocesa y a mi vívida imaginación, fui una de las primeras víctimas. Asistimos a todos los servicios públicos, además de a las oraciones diarias y reuniones de testimonios celebradas en el seminario. Nuestros estudios, por aquel entonces, ocupaban un lugar secundario frente al deber más importante de salvar nuestras almas.

Para plantear la idea de conversión y salvación tal como se entendía entonces, uno puede ver fácilmente desde nuestro punto de vista actual que nada podría ser más desconcertante y angustioso para la mente joven. El avivamiento comenzó realmente, y las más excitables pronto estuvieron en el asiento de la angustia. Allí aprendimos la depravación total de la naturaleza humana y el terrible peligro del pecador de recibir un castigo eterno. Esto se amplió hasta que la chica más inocente se creía un monstruo de iniquidad y se sentía segura de la condenación eterna. Luego se enfatizó el odio de Dios hacia el pecado y su posición irreconciliable hacia el pecador, justificada de tal manera que uno se sentía como un gusano del polvo miserable, indefenso y abandonado al intentar acercarse a Él, incluso en oración.

Habiéndote llevado a una condición de profunda humildad, la única virtud cardinal para alguien bajo convicción, en las profundidades de tu desesperación se te decía que no se requería ningún esfuerzo hercúleo de tu parte para transformarte en un ángel, reconciliarte con Dios y escapar de la perdición eterna. El camino a la salvación era corto y sencillo. No teníamos más que arrepentirnos, creer y entregar nuestros corazones a Jesús, quien estaba siempre dispuesto a recibirlos. Cómo hacer todo esto era la pregunta desconcertante. Hablando con el Dr. Finney un día, dije:

"No puedo entender qué es lo que debo hacer. Si usted me dijera que subiera a lo más alto del campanario de la iglesia y saltara, lo haría gustosamente si con ello pudiera salvar mi alma; pero no sé cómo ir a Jesús".

"Arrepiéntete y cree", dijo él, "eso es todo lo que tienes que hacer para ser feliz aquí y en el más allá".

"Estoy muy arrepentida", respondí, "por todo el mal que he hecho, y creo todo lo que usted dice, y cuanto más sinceramente creo, más infeliz soy".

Con la reacción natural de la desesperación a la esperanza, muchas de nosotras nos imaginamos convertidas, rezamos y dimos nuestros testimonios en las reuniones, y a veces nos regocijamos al pensar que éramos cristianas —hijas elegidas de Dios— en lugar de pecadoras y marginadas.

Pero los terribles anatemas del Dr. Finney sobre la depravación y el engaño del corazón humano pronto acortaron nuestras esperanzas recién nacidas. Su apariencia en el púlpito en estas ocasiones memorables está indeleblemente grabada en mi mente. Puedo verlo ahora, con sus grandes ojos rodando por la congregación y sus brazos volando por el aire como los de un molino de viento. Una noche describió el infierno, el diablo y la larga procesión de pecadores siendo arrastrados por los rápidos, a punto de dar el terrible salto hacia las profundidades ardientes de fuego líquido que había debajo, y las huestes regocijadas en el infierno subiendo a recibirlos con los gritos de los demonios resonando a través de los arcos abovedados. Se detuvo repentinamente y, señalando con su dedo índice a la supuesta procesión, exclamó:

"¡Ahí, no los ven!".

Estaba tan exaltada que salté y miré en la dirección que señalaba, mientras la imagen brillaba ante mis ojos y permaneció conmigo durante meses después. No puedo dejar de decir que, aunque se debe un alto respeto a los dones intelectuales, morales y espirituales del venerable expresidente del Oberlin College, tal predicación causó un daño incalculable a las mismas almas que buscaba salvar. El miedo al juicio se apoderó de mi alma. Visiones de los perdidos acechaban mis sueños. La angustia mental postró mi salud. Mis amigos temían el destronamiento de mi razón. Pero él era sincero, ¡así que paz a sus cenizas! Al regresar a casa, a menudo despertaba a mi padre de sus sueños por la noche para que rezara por mí, no fuera que me arrojaran al pozo sin fondo antes de la mañana.

Para cambiar el curso de mis pensamientos, se planeó un viaje a las cataratas del Niágara y se decidió que el tema de la religión debía ser totalmente prohibido. En consecuencia, nuestro grupo, compuesto por mi hermana, su esposo, mi padre y yo, partimos en nuestro carruaje privado, y durante seis semanas no escuché nada sobre el tema. Por esa época, Gall y Spurzheim publicaron sus obras sobre frenología, seguidas por la "Constitución del hombre" de Combe, su "Filosofía moral" y muchas otras obras liberales, todas tan racionales y opuestas a las viejas teologías que produjeron una profunda impresión en la mente de mi cuñado. Como teníamos estos libros con nosotros, leyendo y discutiendo por el camino, todos nos interesamos profundamente en las nuevas ideas. Así, después de muchos meses de cansado vagar por el laberinto intelectual de "La caída del hombre", el "Pecado original", la "Depravación total", la "Ira de Dios", el "Triunfo de Satanás", la "Crucifixión", la "Expiación" y la "Salvación por la fe", encontré mi camino fuera de la oscuridad hacia la clara luz de la Verdad. Mis supersticiones religiosas dieron paso a ideas racionales basadas en hechos científicos y, en la medida en que miraba todo desde un nuevo punto de vista, me volví más y más feliz, día a día. Así, con un viaje encantador en el mes de junio, un cambio completo en mi curso de lectura y en el curso de mis pensamientos, mi mente fue restaurada a su condición normal. Veo como uno de los mayores crímenes ensombrecer las mentes de los jóvenes con estas sombrías supersticiones; y con miedos a lo desconocido y lo incognoscible, envenenar toda su alegría de vivir.

Después de las restricciones de la infancia en casa y en la escuela, qué período de alegría y libertad irreprimibles nos llega en la adolescencia con el primer sabor de la libertad. Entonces nuestra individualidad es reconocida en cierta medida y se consultan nuestros sentimientos y opiniones; entonces decidimos dónde y cuándo iremos y vendremos, qué comeremos, beberemos, vestiremos y haremos. Satisfacer los propios caprichos en la ropa, comprar lo que a uno le gusta y vestir lo que uno elige es un gran privilegio para la mayoría de los jóvenes. Salir a gusto, caminar, montar, pasear, sin nadie que nos diga que no o cuestione nuestro derecho a la libertad, esto es realmente como un nacimiento a un nuevo mundo de felicidad y libertad. Este es también el período en el que las emociones nos gobiernan y lo idealizamos todo en la vida; cuando el amor y la esperanza hacen del presente un éxtasis y del futuro algo brillante con la anticipación.

Luego llega ese sueño de dicha que durante semanas y meses arroja un halo de gloria alrededor de los personajes más ordinarios en la vida cotidiana, manteniendo a los jóvenes y mujeres más fuertes y con más sentido común en un cautiverio del que pocos mortales escapan. El período en el que el amor, en suaves tonos plateados, susurra sus primeras palabras de adoración, pintando nuestras gracias y virtudes día tras día en colores vivos en poesía y prosa, sigilosamente puntuado de vez en cuando con un beso o un abrazo cariñoso. ¡Qué dignidad añade a la estimación de una joven sobre sí misma el hecho de que un hombre fuerte le haga sentir que en sus manos descansa su paz y felicidad futuras! Aunque estas temporadas de embriaguez pueden llegar una vez a todos, rara vez se repiten. ¡Con qué frecuencia en la vida posterior anhelamos un sueño de dicha tan arrebatador, una temporada más de supremo amor y pasión humana!

Después de dejar la escuela, hasta mi matrimonio, pasé los años más agradables de mi juventud. Con visitas frecuentes a un gran círculo de amigos y parientes en varios pueblos y ciudades, la monotonía de la vida hogareña se rompía lo suficiente como para hacer que nuestros simples placeres campestres fueran siempre encantadores y agradables. Una vida completamente nueva se abrió ahora para mí. La vieja esclavitud del miedo a lo visible y lo invisible se rompió y, ya no sujeta a una autoridad absoluta, me regocijé en el amanecer de un nuevo día de libertad en pensamiento y acción.

Mi cuñado, Edward Bayard, diez años mayor que yo, fue una bendición inestimable para mí en ese momento, especialmente porque mi mente se estaba abriendo justo entonces a la consideración de todos los problemas variados de la vida. Para mí y mis hermanas fue un compañero en todas nuestras diversiones, un maestro en las ramas superiores del conocimiento y un consejero en todas nuestras pruebas y decepciones juveniles. Tenía una mentalidad metafísica y, en la búsqueda de la verdad, no estaba de ninguna manera limitado por supersticiones populares. No daba nada por sentado y, como Sócrates, iba por ahí haciendo preguntas. Nada le complacía más que reunir a un grupo de chicas brillantes a su alrededor y enseñarles a pensar con claridad y razonar lógicamente.

Una gran ventaja de los años que mis hermanas y yo pasamos en el Seminario de Troy fue el gran número de conocidos agradables que hicimos allí, muchos de los cuales maduraron en amistades para toda la vida. De vez en cuando, muchas de nuestras compañeras de clase nos visitaban, y todas por igual disfrutaban de la esgrima intelectual en la que mi cuñado las entrenaba. Disertaba con nosotras sobre derecho, filosofía, economía política, historia y poesía, y juntos leíamos novelas sin número. Las largas tardes de invierno pasaban así agradablemente, con el señor Bayard alternando entre hablar y leer en voz alta a Scott, Bulwer, James, Cooper y Dickens, cuyas obras estaban apareciendo justo entonces en entregas de semana en semana, dejándonos siempre en suspenso en el punto más crítico de la historia. Nuestras lecturas se alternaban con recitaciones, música, baile y juegos.

Como todas disfrutábamos del ejercicio vigoroso, incluso con el termómetro bajo cero, hacíamos largas caminatas y paseos en trineo durante el día, y así los meses de invierno se deslizaban rápidamente, mientras que el glorioso verano en esas colinas azules era un período de disfrute sin mezcla. En esta estación nos levantábamos a las cinco de la mañana para un largo paseo a caballo a través del hermoso Valle Mohawk y sobre las colinas circundantes. Cada camino y sendero en esa región era tan familiar para nosotros y nuestros ponis, como lo eran los árboles para las ardillas que asustábamos mientras galopábamos por sus lugares favoritos.

Durante parte del tiempo, Margaret Christie, una joven de ascendencia escocesa, fue miembro de nuestro círculo familiar. Nos enseñaba francés, música y baile. Nuestros días eran demasiado cortos para todo lo que teníamos que hacer, pues nuestro tiempo no estaba dedicado enteramente al placer. Se nos exigía mantener nuestras habitaciones en orden, remendar y confechar nuestra ropa, y hacer nuestro propio planchado. Esto último era uno de los requisitos políticos de mi madre, para hacer que nuestras listas de lavandería fueran lo más breves posible.

Planchar en los días calurosos de verano era una dura prueba para todas nosotras; pero la señorita Christie, siendo de mente inventiva, pronto nos enseñó una salida rápida. Doblaba y alisaba su ropa interior con las manos y luego se sentaba sobre ella durante un tiempo determinado. Todas seguimos su ejemplo y así aprovechamos las horas dedicadas a nuestras lecciones de francés y, mientras leíamos "Corinne" y "Télémaque", con este estilo primitivo planchábamos nuestra ropa. Pero para los vestidos, cuellos, puños y pañuelos, nos veíamos obligadas a empuñar la plancha caliente, por lo que con estos artículos utilizábamos toda la economía debida, y el objetivo de mi madre quedaba así cumplido.

Como me había vuelto lo suficientemente filosófica para hablar de mis experiencias religiosas con calma con mis compañeras de clase que habían estado conmigo en las reuniones de avivamiento de Finney, todas llegamos a la misma conclusión: que no habíamos pasado por ningún cambio notable y que no habíamos nacido de nuevo, como dicen, pues encontrábamos nuestros gustos y goces iguales que siempre. Mi cuñado nos explicó la naturaleza del engaño que todas habíamos experimentado, las condiciones físicas, los procesos mentales, la maquinaria eclesiástica mediante la cual se producen tales excitaciones, y las imposiciones a las que las mentes crédulas están necesariamente sometidas. Como todas habíamos pasado por ese período de depresión y humillación, y nos habíamos sentido oprimidas a veces con la sensación de que todas nuestras profesiones eran una hipocresía absoluta y que nuestro último estado era peor que el primero, nos ayudó a comprender estos mecanismos de la mente humana y nos reconcilió con la condición más racional en la que nos encontrábamos ahora. Nunca se cansaba de exponernos principios y de disipar las nieblas y brumas que se acumulan sobre las mentes jóvenes educadas en una atmósfera de superstición.

Teníamos una fuente constante de diversión y vejación en los estudiantes de la oficina de mi padre. Una sucesión de ellos llegaba siempre recién salida de la universidad y llena de presunción. Deseosos de probar sus facultades de debate con las graduadas del Seminario de Troy, cuestionaban cortésmente todas nuestras teorías y afirmaciones. Sin embargo, con el entrenamiento en análisis y lógica de mi cuñado, éramos rivales para cualquiera de ellos. Nada me complacía más que una larga discusión con ellos sobre la igualdad de la mujer, que trataba de probar mediante un estudio diligente de los libros que leían y los juegos a los que jugaban. Confieso que en aquellos días no estudiaba tanto por amor a la verdad o por mi propio desarrollo, sino para hacer que aquellos jóvenes reconocieran mi igualdad. Pronto noté que, después de perder unas cuantas partidas de ajedrez, mi oponente hablaba menos de superioridad masculina. Mi hermana Madge a veces corría en defensa con un enfático: "¡Al diablo con estas leyes, todas hechas por hombres! Nunca obedeceré ninguna de ellas. Y en cuanto a los estudiantes con su impertinente discurso de superioridad, todo lo que necesitan es una sacudida como la que le di ayer al más desagradable. Lo invité a dar un paseo a caballo. Aceptó rápidamente y dijo que estaría encantado de ir. En consecuencia, le dije a Peter que ensillara el caballo de carruaje de boca más dura y trote más pesado del establo. Montada en mi veloz poni, di un galope de diez millas tan rápido como pude, con ese ser superior a mis talones llamándome, cuando encontraba aliento, para que me detuviera, lo cual hice al fin, dejándolo en manos de Peter, medio muerto en su hotel, donde permanecerá postrado, con todas sus maravillosas virtudes masculinas, por lo menos una semana. Ahora no malgasten sus argumentos con estos presumidos del Union College. Lleven a cada uno, a su vez, al circuito de diez millas en 'Old Boney' y no les quedará aliento para hablar de la inferioridad de la mujer. Podrían discutir con ellos todo el día, y no lograrían hacerles sentir tan pequeños como hice sentir a ese petimetre en una hora. Sabía que 'Old Boney' me seguiría el ritmo, aunque muriera en el intento, y que mi escolta no podría detenerse ni desmontar, salvo arrojándose de la silla".

"¡Oh, Madge!", exclamé; "¿qué dirás cuando te vuelva a ver?"

"Si se queja, diré: 'la próxima vez que montes asegúrate de llevar un bocado antes de empezar'. Ciertamente, un hombre debería saber qué es necesario para manejar un caballo, y no esperar que una mujer se lo diga".

Nuestras vidas se vieron aún más variadas e intensificadas por el número habitual de coqueteos, llamados así, más o menos duraderos o efímeros, de todos los cuales salí, como de mis experiencias religiosas, en un estado mental más racional. Habíamos estado demasiado tiempo en compañía de chicos y jóvenes, y conocíamos demasiado bien su verdadero carácter, como para idealizar al sexo en general. Además de nuestras propias observaciones, teníamos la ventaja de la sabiduría de nuestro cuñado. Deseando salvarnos el mayor tiempo posible de todo enredo matrimonial, continuamente desvelaba a aquellos con quienes se relacionaba, y retrataba tan críticamente su condición intelectual y moral que era del todo imposible, en nuestros estados de ánimo más devotos, convertir en dioses a cualquiera de los hijos de Adán.

Sin embargo, a pesar de todas nuestras propias experiencias y de todas las palabras de advertencia llenas de sabiduría de aquellos que habían visto la vida en sus muchas fases, finalmente entramos en el círculo encantado, todas menos una casándonos con miembros de la profesión legal, con sus odiosas leyes estatutarias y sus infames decisiones. Y esto, después de leer a Blackstone, Kent y Story, y de comprender a fondo el estatus de la esposa bajo el antiguo derecho consuetudinario de Inglaterra, que estaba en vigor en aquel tiempo en la mayoría de los Estados de la Unión.

CAPÍTULO IV.

LA VIDA EN PETERBORO.

El año, para nosotros, nunca se consideraba completo sin una visita a Peterboro, N.Y., el hogar de Gerrit Smith. Aunque él era un reformador y muy radical en muchas de sus ideas, sin embargo, siendo un hombre de amplias simpatías, cultura, riqueza y posición, atraía a su alrededor a muchos amigos de las opiniones más conservadoras. Era un hombre de fina presencia, rara belleza física, muy afable y cortés en sus modales, y su hospitalidad era generosa hasta el extremo, y dispensada a todas las clases de la sociedad.

Cada año, representantes de la tribu de indios Oneida lo visitaban. Su padre había comprado de ellos tempranamente grandes extensiones de tierra, y existía una tradición entre ellos de que, como equivalente por los buenos tratos del padre, tenían derecho a la hospitalidad del hijo, con regalos anuales de ropa y provisiones. Los esclavos, también, habían oído hablar de Gerrit Smith, el abolicionista, y de Peterboro como uno de los puntos seguros en la ruta hacia Canadá. Su mansión era, de hecho, una de las estaciones del "ferrocarril subterráneo" para los esclavos que escapaban de la servidumbre. Por tanto, ellos también sentían que tenían derecho a un lugar bajo su techo protector. En tales ocasiones, el granero y el suelo de la cocina eran utilizados como habitaciones para el hombre negro de la plantación sureña y el hombre rojo de su hogar en el bosque.

La espaciosa casa siempre estaba animada con una sociedad selecta de todas partes del país. Allí uno podía conocer a miembros de las familias de la vieja aristocracia holandesa, los Van Rensselaer, los Van Vechten, los Schuyler, los Livingston, los Bleecker, los Brinkerhoff, los Ten Eyck, los Miller, los Seymour, los Cochrane, los Biddle, los Barclay, los Wendell y muchos otros.

Como la dama de la casa, Ann Carroll Fitzhugh, era hija de un rico esclavista de Maryland, muchos sureños agradables estaban a menudo entre los invitados. Nuestros parientes directos estaban bien representados por el general John Cochrane y sus hermanas, el general Baird y su esposa de West Point, los Fitzhugh de Oswego y Geneseo, los Backus y Tallman de Rochester, y los Swift de Geneva. Aquí uno estaba seguro de conocer a eruditos, filósofos, filántropos, jueces, obispos, clérigos y estadistas.

El juez Alfred Conkling, padre de Roscoe Conkling, era, en sus últimos años, visto frecuentemente en Peterboro. Alto y majestuoso, después de todas las escenas turbulentas de la vida, pérdidas financieras y penas domésticas, solía decir que no había lugar en la tierra que pareciera tanto a su idea del Paraíso. El juez, orgulloso y reservado, no estaba acostumbrado a manifestaciones de afecto e interés tierno hacia él, y cuando Gerrit, tomándolo por ambas manos, decía en sus tonos más suaves: "Buenos días", e inquiría cómo había dormido y qué le gustaría hacer ese día, y Nancy lo saludaba con igual calidez y le prendía un pequeño ramo de rosas en el ojal, he visto las lágrimas en sus ojos. Sus cálidas simpatías y dulce sencillez de modales derretían las naturalezas más severas y hacían amable al más reservado. Nunca hubo tal atmósfera de amor y paz, de libertad y alegría, en ningún otro hogar que visité. Y este fue el testimonio universal de aquellos que fueron huéspedes en Peterboro. Ir a cualquier otro lugar, después de una visita allí, era como descender de las alturas divinas al valle de la humillación.

¡Qué diferente de los primeros días en que, como presbiterianos estrictos, creían en todas las doctrinas de Calvino! Entonces, una tristeza indefinida impregnaba su hogar. Sus conciencias estaban enfermas. Daban tanta importancia indebida a las formas que pasaron por tres tipos de bautismo. En un momento dado, Nancy no leía nada más que la Biblia, no cantaba nada más que himnos y solo tocaba música sagrada. Se sentía culpable si hablaba de cualquier tema que no fuera la religión. Era, en todos los aspectos, una pareja adecuada para su atractivo esposo. Exquisitamente refinada en sentimientos y modales, hermosa de rostro y forma, ferviente y sincera, simpatizaba con él en todas sus ideas de religión y reforma. Juntos pasaron por cada etapa de la experiencia teológica, desde el terreno incierto de la superstición y la especulación hasta el cimiento sólido de la ciencia y la razón. La posición de la Iglesia en el conflicto antiesclavista, al abrir como lo hizo todas las cuestiones de autoridad eclesiástica, interpretación bíblica y disciplina eclesiástica, los despertó a nuevos pensamientos y perspectivas más amplias sobre temas religiosos, y eventualmente los emancipó por completo de los viejos dogmas y formalidades de su fe, y los elevó a la atmósfera alegre en la que pasaron el resto de sus vidas. Su única hija, Elizabeth, añadió mucho a los atractivos del círculo familiar, pues atraía a muchos jóvenes a su alrededor. Además de su encanto personal, era la heredera de una vasta propiedad y tenía muchos admiradores. El favorecido fue Charles Dudley Miller de Utica, sobrino de la señora Blandina Bleecker Dudley, fundadora del Observatorio de Albany. Al terminar su vida universitaria, el señor Miller no solo dominaba las lenguas, las matemáticas, la retórica y la lógica, sino que había aprendido los secretos recovecos del corazón humano. Entendía el arte de agradar.

Estos eran los tiempos en que la cuestión antiesclavista estaba bajo una acalorada discusión. En todas las ciudades vecinas se celebraban convenciones en las que participaban James G. Birney, un caballero sureño que había emancipado a sus esclavos, Charles Stuart de Escocia y George Thompson de Inglaterra, Garrison, Phillips, May, Beriah Greene, Foster, Abby Kelly, Lucretia Mott, Douglass y otros. Aquí, también, John Brown, Sanborn, Morton y Frederick Douglass se reunieron para hablar sobre ese movimiento fatal en Harper's Ferry. Sobre la cuestión de la templanza, también, la gente estaba en fermento. El folleto del Dr. Cheever, "La destilería del diácono Giles", se difundió por todas partes y, como fue demandado por difamación, la cuestión se discutió en los tribunales así como en cada hogar. Luego vinieron los movimientos del Padre Matthew y los Washingtonianos, y la posición de la Iglesia sobre estas cuestiones intensificó y amargó el conflicto. Esto trajo a los Cheever, los Pierpont, los Delevan, los Norton y sus encantadoras esposas a Peterboro. Fue con tal compañía y variadas discusiones sobre cada fase posible de la vida política, religiosa y social que pasé semanas cada año. Gerrit Smith era frío y tranquilo en el debate y, como estaba armado en todos los puntos sobre estos temas, podía permitirse ser paciente y justo con un oponente, ya fuera en la plataforma o junto al fuego. Estos estimulantes argumentos en Peterboro hacían que la vida social pareciera insípida y poco provechosa en cualquier otro lugar, y las más jóvenes de nosotras sentíamos que las conclusiones alcanzadas en esta escuela de filosofía no debían ser cuestionadas. Las hermanas del general Cochrane, en disputas con sus primos holandeses en Schenectady y Albany, terminaban toda controversia diciendo: "Esta cuestión fue discutida plenamente en Peterboro y resuelta".

Los jóvenes ponían frecuentemente en práctica las lecciones de libertad y derechos individuales de las que tanto oían hablar, y liberaban sus cerebros de la tensión constante del argumento sobre principios fundamentales, con la hilaridad más salvaje en bailes, todo tipo de juegos y bromas pesadas llevadas más allá de todos los límites de la propiedad. Estos juegos generalmente tenían lugar en casa del señor Miller. Solía decir jocosamente que hablaban mucho de libertad al otro lado, pero que él mantenía a la diosa bajo su techo. Una ocasión memorable en la que nuestro entusiasmo se mantuvo al rojo vivo durante dos horas debo intentar describirla, aunque las palabras no pueden hacerle justicia, ya que fue eminentemente un espectáculo. La imaginación ni siquiera puede hacer justicia al aspecto lánguido y afligido de los actores en la escena final. Estos juegos se llevaban a cabo sobre una base puramente democrática, sin importar el color, sexo o condición previa de servidumbre.

Era un día bastante frío del mes de marzo, cuando el "primo Charley", como llamábamos al señor Miller, supervisaba a algunos hombres que estaban colocando una pasarela de madera en la parte trasera de su propiedad. Aproximadamente media docena de nosotros fuimos invitados a una merienda temprana en casa del buen diácono Huntington. Inmediatamente después de la cena, la señorita Fitzhugh y la señorita Van Schaack decidieron tomar una siesta, para poder lucir lo más brillantes posible durante la velada. Para que no llegaran tarde, como invariablemente hacían, la prima Lizzie y yo decidimos despertarlas con tiempo con un generoso rociado de agua fría. En vano lucharon por mantener las mantas a su alrededor; con igual fuerza las tiramos, y, cada vez que aparecía un dedo de la mano o del pie, traíamos nuevas baterías, hasta que vieron que la resistencia pasiva debía dar paso a la hostilidad activa. Estábamos armadas con dos regaderas. Ellas se armaron con dos jeringas de gran tamaño utilizadas para rociar a los escarabajos de la patata. Con estas armas nos persiguieron escaleras abajo. Corrimos a un armario y mantuvimos la puerta cerrada. Ellas esperaron tranquilamente nuestra salida. Tan pronto como abrimos la puerta para mirar, la señorita Fitzhugh, que era grande y fuerte, la abrió de par en par y nos roció con venganza. Luego huyeron a una gran despensa donde había varias bandejas de leche.

En esta etapa, el primo Charley, al oír el alboroto, vino en nuestra ayuda. Las encerró en la despensa y regresó a su trabajo, momento en el cual abrieron la ventana y lo rociaron con leche, mientras él, a su vez, les arrojaba ropa mojada que se remojaba en tinas cercanas. Como estaban escasamente vestidas, empapadas hasta los huesos, y el viento frío de marzo soplaba alrededor de ellas (todas estábamos en traje de faena al empezar), nos suplicaron que las dejáramos salir, lo cual hicimos, y, a cambio de nuestra bondad, nos dieron una descarga de leche en la cara. La prima Lizzie y yo huimos al armario oscuro, donde nos encerraron. Después de una larga y fatigosa espera, vinieron a ofrecernos términos de capitulación. Lizzie aceptó llenar sus armas con leche y darles nuestras regaderas llenas de agua, y yo acepté llamar al primo Charley bajo mi ventana hasta que vaciaran el contenido de armas y regaderas sobre su cabeza. Mi habitación estaba en la planta baja, y la de la señorita Fitzhugh inmediatamente arriba. Bajo estos términos aceptamos nuestra libertad. En consecuencia, levanté suavemente la ventana y llamé a Charley confidencialmente a distancia de susurro, cuando cayó una lluvia de agua. Mientras retrocedía para mirar hacia arriba y ver de dónde venía y quién hacía el ataque, un chorro de leche le dio en la frente, sus talones golpearon una tabla y cayó hacia atrás, al parecer derribado por un chorro de leche. Su humillación fue recibida con gritos de risa burlona, e incluso los carpinteros en el trabajo dejaron sus martillos y se unieron al coro; pero su venganza fue rápida y puso la guinda al pastel. Fríos y mojados como estábamos todos, y completamente cansados, comenzamos a desvestirnos y prepararnos para la fiesta del té. Desafortunadamente, había olvidado cerrar mi puerta con llave, y entró el primo Charley con una botella de cuarto de galón de betún líquido, que se preparó para vaciar sobre mi cabeza. Supliqué tan elocuentemente y temblé tanto ante la idea de ser teñida de negro, que dijo que me dejaría ir con una condición, y eso era conseguir, de alguna manera, meterlo en la habitación de la señorita Fitzhugh. Así que corrí gritando escaleras arriba, como si fuera perseguida de cerca por el enemigo, y le supliqué que me dejara entrar. Ella abrió cautelosamente la puerta, pero cuando vio a Charley detrás de mí, intentó cerrarla a la fuerza. Sin embargo, él fue demasiado rápido para ella. Tenía una pierna y un brazo dentro; pero, en esa etapa de su arreglo personal, dejarlo entrar era imposible, y allí se quedaron, igualmente fuertes, firmemente apoyados, ella a un lado de la puerta y él al otro. Pero el betún estaba decidido a que ella lo tuviera; así que, calculando su posición probable, con un esfuerzo desesperado se coló un poco más y, levantando la botella, vertió el contenido sobre su cabeza. El betún corrió por su cara, su bata blanca y su persona, dejándola luciendo más como una furia de bronce que como una de las hijas más encantadoras de Eva. Una yarda o más de alfombra se arruinó, el papel tapiz y la ropa de cama salpicados, y la pobre víctima no estuvo en condiciones de ser vista por lo menos durante una semana. Charley tenía una buena excusa para sus medidas extremas, pues, como todas jugábamos a nuestro turno nuestras bromas con él, era necesario mantenernos con cierto temor al castigo. Esta fue solo una de las muchas bromas escandalosas que perpetramos unas contra otras. Al vernos unas horas más tarde, todas absortas en una convención antiesclavista o de templanza, o vestidas con nuestras mejores galas, en alto discurso con los filósofos, nadie pensaría jamás que podríamos haber sido culpables de tales locuras consumadas. Fue, sin embargo, solo la reacción natural de la tendencia seria general de nuestros pensamientos.

Fue en Peterboro, también, donde conocí por primera vez a quien entonces era considerado el orador más elocuente y apasionado en la plataforma antiesclavista, Henry B. Stanton. Había venido desde Utica con la hermosa hija de Alvin Stewart, con quien, según se decía, estaba comprometido; pero, como ella se casó poco después con Luther R. Marsh, había un error en alguna parte. Sin embargo, el rumor tenía sus ventajas. Al considerarlo como alguien fuera del mercado matrimonial, todas fuimos mucho más libres y naturales en nuestros modales con él de lo que habríamos sido de otra manera. Se estaba llevando a cabo una serie de convenciones antiesclavistas en el condado de Madison, y allí tuve el placer de escucharlo por primera vez. Como tenía pasión por la oratoria, quedé profundamente impresionada con su poder. No era tan fluido y elocuente como Phillips, pero podía hacer que su audiencia riera y llorara; esto último, el propio Phillips dijo que nunca pudo hacerlo. El señor Stanton estaba entonces en su mejor momento, un joven apuesto y afable, con un talento conversacional notable, y era diez años mayor que yo, con la ventaja que ese número de años da necesariamente.

Dos carruajes llenos de damas y caballeros partían cada mañana, a veces diez millas, hacia una de estas convenciones, regresando tarde en la noche. Nunca olvidaré esos encantadores paseos por las colinas del condado de Madison, los brillantes días otoñales y las hechizantes noches de luna. El entusiasmo de la gente en estas grandes reuniones, la emocionante oratoria y los lúcidos argumentos de los oradores conspiraron para hacer de estos días algo memorable, entre lo más encantador de mi vida. Me pareció que nunca había tenido tanta felicidad concentrada en un solo mes. Me había interesado en las cuestiones de la abolición de la esclavitud y la templanza, y quedé profundamente impresionada con las apelaciones y argumentos. Sentí una nueva inspiración en la vida y me entusiasmé con nuevas ideas sobre los derechos individuales y los principios básicos del gobierno, pues la plataforma antiesclavista fue la mejor escuela que jamás haya tenido el pueblo estadounidense para aprender los principios y la ética republicanos. Considero estas convenciones y las discusiones junto a la chimenea de mi primo como una de las grandes bendiciones de mi vida.

Una mañana, al salir del desayuno, el señor Stanton se unió a mí en el porche, donde yo caminaba de un lado a otro disfrutando del aire balsámico y la belleza del follaje. «Como no tenemos convenciones a mano», dijo, «¿qué te parece un paseo a caballo esta mañana?». Acepté la sugerencia de buena gana, pedí los caballos, me puse el hábito y allá fuimos. Los caminos estaban en buen estado e hicimos un largo paseo. Mientras regresábamos a casa, nos deteníamos a menudo para admirar el paisaje y, tal vez, el uno al otro. Mientras caminábamos lentamente a través de una hermosa arboleda, él puso su mano sobre la perilla de la silla de montar y, para mi sorpresa, hizo una de esas encantadoras revelaciones del sentimiento humano que los caballeros valientes siempre han encontrado palabras elocuentes para expresar, y que las damas hermosas siempre han escuchado con emociones mezcladas de placer y asombro.

Un resultado de aquellos días gloriosos de octubre de 1839 fue una boda, en Johnstown, el 10 de mayo de 1840, y un viaje al Viejo Mundo.

Durante seis semanas de aquel otoño encantador, que terminó con el verano de San Martín y su atmósfera peculiarmente brumosa, me quedé en Peterboro. En retrospectiva, parece un hermoso sueño. Una sucesión de invitados iba y venía constantemente, y aún recuerdo los paseos diarios por aquellas grandes colinas antiguas coronadas por árboles ahora magníficos en sus ricos colores, tanto más encantadores porque sabíamos que el tiempo era breve antes de que los fríos vientos de noviembre lo cambiaran todo.

El sol al ponerse temprano nos advertía que los días más cortos pronto pondrían fin a nuestros paseos al atardecer, y las noches de luna eran demasiado frías para permanecer mucho tiempo en los cenadores rústicos o rincones sombreados al aire libre. Con el encanto peculiar de esta estación del año siempre hay un toque de tristeza en la naturaleza, y me pareció doblemente así, ya que mi compromiso no era de alegría y satisfacción sin mezcla. Entre todas las familias conservadoras existía una fuerte aversión hacia los abolicionistas y todo el movimiento antiesclavista. A solas con el primo Gerrit en su biblioteca, él me advirtió, con tonos profundos y solemnes, mientras elogiaba encarecidamente a mi amante, que mi padre nunca daría su consentimiento para mi matrimonio con un abolicionista. Se sintió obligado por el deber, ya que mi compromiso había ocurrido bajo su techo, a liberarse de toda responsabilidad dándome una larga disertación sobre el amor, la amistad, el matrimonio y todas las trampas para los incautos que, sin la debida consideración, formaban relaciones matrimoniales. Los principios generales establecidos en esta entrevista no impresionaron a mi mente juvenil tanto como la sugerencia de que era mejor anunciar mi compromiso por carta que esperar a regresar a casa, ya que así podría recibir el fuego más intenso mientras aún estaba en un puerto seguro, donde el primo Gerrit podría ayudarme a defender los puntos débiles de mi posición. Así que me quedé en Peterboro para prolongar el sueño de felicidad y posponer el conflicto que temía enfrentar.

Pero el Juez entendía la ventaja de nuestra posición tan bien como nosotros, y no desperdició municiones con nosotros. Estando aún más indignado con mi primo que conmigo, esperó tranquilamente hasta que regresé a casa, momento en el que pasé por la prueba de otra entrevista, con otra disertación sobre las relaciones domésticas desde un punto de vista financiero. Estas fueron dos de las entrevistas más desconcertantes que jamás haya tenido. Lograron hacerme sentir que el paso que me proponía dar era el más trascendental y de mayor alcance en sus consecuencias de toda esta vida mortal. Hasta entonces mis temores habían sido todos sobre la muerte y la eternidad; ahora la vida misma estaba llena de miedos y ansiedad sobre las posibilidades del futuro. Así, estos dos hombres nobles, que habrían hecho cualquier cosa por mi felicidad, sobrecargaron mi conciencia y convirtieron el sueño más dulce de mi vida en una tragedia. ¡Qué poco aprecian los hombres fuertes, con su lógica, sofismas y ejemplos hipotéticos, la violencia que infligen a la tierna sensibilidad del corazón de una mujer al tratar de subyugarla a su voluntad! El amor de proteger degenera a menudo en pura tiranía. Afortunadamente, todos estos cuadros sombríos de un posible futuro fueron lanzados al fondo por las tiernas misivas que cada correo me traía, en las que la brillante pintura de palabras de una de las plumas más elocuentes de esta generación hizo que el futuro para ambos fuera tan brillante y hermoso como la primavera con su verdor y sus flores de promesa.

Sin embargo, muchas cosas ocurrían siempre en Peterboro para cambiar los pensamientos de uno y despertar un nuevo interés en la humanidad en general. Un día, mientras un grupo de nosotras, las chicas, cantábamos y charlábamos en el salón, entró el primo Gerrit y, en tonos misteriosos, dijo: «Tengo un secreto muy importante que contarles, el cual deben guardar para ustedes religiosamente durante veinticuatro horas».

Nos comprometimos fácilmente de la manera más solemne, individual y colectivamente.

«Ahora», dijo, «síganme al tercer piso».

Así lo hicimos, preguntándonos cuál podría ser el secreto. Por fin, abriendo una puerta, nos introdujo en una gran habitación, en cuyo centro estaba sentada una hermosa joven cuarterona, de unos dieciocho años de edad. Dirigiéndose a ella, dijo:

«Harriet, he traído a todas mis jóvenes primas para que te vean. Quiero que hagas de ellas buenas abolicionistas contándoles la historia de tu vida, lo que has visto y sufrido en la esclavitud».

Volviéndose hacia nosotras, dijo:

«Harriet acaba de escapar de su amo, quien está de visita en Syracuse, y está de camino a Canadá. Partirá esta noche y puede que nunca tengan otra oportunidad de ver a una esclava cara a cara, así que pregúntenle todo lo que deseen saber sobre el sistema de la esclavitud».

Durante dos horas escuchamos la triste historia de su infancia y juventud, separada de toda su familia y vendida por su belleza en un mercado de Nueva Orleans cuando solo tenía catorce años. Los detalles de su historia no necesito repetirlos. El destino de tales chicas es demasiado conocido como para necesitar ser repetido. Todas lloramos juntas mientras ella hablaba, y, cuando el primo Gerrit regresó para llamarnos, no necesitamos más educación para convertirnos en fervientes abolicionistas.

Vestida como una cuáquera, Harriet partió al crepúsculo con uno de los fieles empleados del señor Smith en un carruaje hacia Oswego, para desde allí cruzar el lago hacia Canadá. Al día siguiente, su amo y los alguaciles de Syracuse estaban tras sus pasos en Peterboro, y la rastrearon hasta las instalaciones del señor Smith. Él fue muy amable al recibirlos y, mientras les aseguraba que no había ninguna esclava allí, dijo que tenían libertad para realizar una búsqueda exhaustiva de la casa y los terrenos. Los invitó a quedarse a cenar y los mantuvo hablando tanto tiempo como fue posible, ya que cada hora ayudaba a Harriet a ponerse fuera de su alcance; pues, aunque ella les llevaba dieciocho horas de ventaja, temíamos que algún accidente pudiera haberla retrasado. El amo era evidentemente un caballero, pues, ante la seguridad del señor Smith de que Harriet no estaba allí, no realizó ninguna búsqueda, sintiendo que no podían hacerlo sin parecer dudar de su palabra. Estaba evidentemente sorprendido de encontrar a un abolicionista tan cortés y afable, y fue interesante escucharlos en la conversación, en la cena, discutiendo con calma el problema de la esclavitud, mientras el sentimiento público estaba al rojo vivo sobre la cuestión. Se dieron la mano cálidamente al despedirse y expresaron un interés igual en el ajuste final de esa dificultad nacional.

A su debido tiempo, el empleado regresó con la buena noticia de que Harriet estaba a salvo con amigos en una buena situación en Canadá. El señor Smith entonces publicó una carta abierta al amo en el New York Tribune, diciendo «que sin duda se regocijaría al saber que su esclava Harriet, en cuyo destino sentía un interés tan profundo, era ahora una mujer libre, a salvo bajo la sombra del trono británico. Tuve el honor de entretenerla bajo mi techo, enviándola en mi carruaje al lago Ontario, justo dieciocho horas antes de su llegada: de ahí mi disposición a permitirle registrar mis instalaciones».

Como las variadas combinaciones del caleidoscopio, las escenas en nuestra vida social en Peterboro cambiaban continuamente de lo serio a lo alegre. Algunos años más tarde tuvimos una ocasión de lo más hilarante en la boda de Mary Cochrane, hermana del general John Cochrane, con Chapman Biddle, de Filadelfia. Los festejos, que se prolongaron durante tres días, implicaron preparativos muy elaborados para desayunos, cenas, etc., ya que no había ningún Delmonico's en esa parte remota del país. Se decidió en consejo familiar que teníamos suficiente talento culinario bajo el techo para preparar todo el menú de platos fuertes y delicias, desde sopa y salmón hasta pasteles y cremas. Así, damas y caballeros dotados fueron reclutados para el servicio. Los Fitzhugh tenían todos un talento natural para cocinar, y la principal entre ellos era Isabella, esposa de un oficial de la marina, el teniente Swift de Ginebra, quien había hecho un estudio profundo de todas las autoridades desde Arquéstrato, un poeta en Siracusa, el cocinero más famoso entre los griegos, hasta nuestra propia señorita Leslie. En consecuencia, fue elegida directora de la ocasión, y a cada uno se le asignó la especialidad en la que pretendía sobresalir. Aquellos que no tenían una especialidad eran asistentes de aquellos que sí la tenían. En este humilde cargo, «asistente general», trabajé durante todo el tiempo.

La cocina es un arte elevado. Un sabio egipcio dijo hace mucho tiempo: «El grado de gusto y habilidad manifestado por una nación en la preparación de los alimentos puede considerarse en una medida muy considerable proporcionado a su cultura y refinamiento». En los primeros tiempos, solo los hombres eran considerados capaces de manejar el fuego, ya fuera en el altar o en el hogar. Leemos en las Escrituras que Abraham preparó tortas de flor de harina y un becerro tierno y bueno, que, con mantequilla y leche, puso ante los tres ángeles en las llanuras de Mamre. También se nos habla del copero mayor y el panadero mayor como oficiales en la casa del rey Faraón. Me gustaría llamar la atención de mis lectores sobre la dignidad de esta profesión, que algunas mujeres jóvenes se permiten despreciar. El hecho de que los ángeles coman demuestra que podemos ser llamados en la siguiente esfera a cocinar incluso para querubines y serafines. ¡Qué importante, entonces, cultivar los dones propios en esa dirección!

Con tales hechos ante nosotros, batimos y machacamos, azotamos y trituramos, convencimos a las carnes delicadas de cangrejos y langostas y a los suculentos guisantes de sus vainas, y rallamos maíz y coco con la misma alegría y devoción con la que tocábamos las «Canciones sin palabras» de Mendelssohn al piano, el fandango español en nuestras guitarras, o bailábamos el minué, la polca, los lanceros o la contradanza de Virginia.

Durante el día de la boda, cada diligencia estaba abarrotada de invitados del Norte, Sur, Este y Oeste, y, a medida que el crepúsculo se profundizaba, los carruajes comenzaron a llegar con vecinos y amigos que vivían a corta distancia, hasta que la casa y los terrenos estuvieron llenos. Un hijo del obispo Coxe, quien se casó con la alta y majestuosa hermana de Roscoe Conkling, llevó a cabo la ceremonia. La hermosa novia joven fue entregada por su tío Gerrit. Las felicitaciones, el banquete y todo transcurrió con el decoro adecuado de la manera habitual. La mejor prueba de la excelencia de nuestros manjares fue que todos fueron barridos rápidamente de la vista mortal, y cada ama de casa quería una receta para algo.

Como la gran cena iba a tener lugar al día siguiente, nuestros pensamientos se volvieron ahora en esa dirección. La responsabilidad pesaba mucho sobre las cabezas de los actores principales, y reportaron sueños inquietos y levantarse demasiado temprano. La querida Belle Swift estuvo lista a tiempo y su sopa blanca estaba serenamente en una cacerola, en un estante superior, antes de que el reloj del pueblo marcara las siete. Si no hubiera tomado esa posición tan temprano, podría haber sido incorporada a formas de vida más elevadas que aquella en la que finalmente cayó. Otra artista también estaba en movimiento temprano, y en busca de una cacerola en la que esconder su precioso compuesto, tomó involuntariamente esta, y la rica sopa blanca rodó por sus cabellos oscuros como el aceite en la barba de Aarón, y la envolvió en un velo de blancura tenue. Escuché el chapoteo y la exclamación de sorpresa y entré en la despensa del mayordomo justo a tiempo para ver a la heredera de la finca Smith de pie como una estatua, cacerola en mano, sopa en sus rizos, sus cejas y pestañas, cuello, puños y vestido de mañana saturados, y a Belle, a poca distancia, mirándola a ella y a la sopa en el suelo con sorpresa y disgusto retratados en cada rasgo. El cuadro era inexpresablemente cómico, y no pude evitar reírme a carcajadas; ante lo cual Belle se volvió hacia mí y, con tonos indignados, dijo: «¡Si hubieras estado levantada desde las cuatro de la mañana haciendo esa sopa, no estarías ahí parada como un mono riendo, sin el menor sentimiento de lástima!». La pobre Lizzie estaba muy apenada, y habría derramado lágrimas, pero no podían penetrar esa película de sopa. Traté de disculparme, pero solo pude reír más cuando vi a Belle llorando y a Lizzie de pie como si esperara que la sopa pudiera ser raspada de ella y recogida del suelo para que volviera a servir para la ocasión.

Después del desayuno, damas y caballeros, por igual con delantales blancos, se apiñaron en el comedor y la cocina, cada uno para realizar la tarea asignada. George Biddle de Filadelfia y John B. Miller de Utica, con espíritu festivo, eran irreprimibles, en todas partes al mismo momento, ayudando o estorbando según fuera el caso. La querida Belle, habiéndose recuperado solo parcialmente de la catástrofe de la sopa blanca, llamó al señor Biddle para que sostuviera la heladera mientras ella vertía el delicioso compuesto que acababa de preparar. Él la sostuvo sin apoyarla en nada, mientras Belle vertía lentamente la crema. Como la heladera no tenía muescas alrededor de la parte superior o del borde para apoyar los pulgares y los dedos, cuando se volvió repentinamente más pesada, sus manos se resbalaron y todo se vino abajo, salpicando a la pobre Belle y arruinando un hermoso par de botines en los que, como tenía pies muy bonitos, se sentía loable orgullo. En otro rincón estaba sentada Wealthea Backus, rallando algo de coco. Mientras luchaba en esa operación, John Miller, sintiéndose hilarante, la molestaba de diversas maneras; finalmente ella pasó el rallador por su nariz, suavemente, como pretendía, pero ¡ay! se llevó la piel, y la belleza de John, por el resto de las festividades, quedó estropeada con un parche negro en ese rasgo prominente. Uno puede imaginar fácilmente la diversión que debe haber ocurrido donde tantas cocineras aficionadas estaban trabajando alrededor de una mesa, con toda clase de herramientas culinarias e ingredientes.

Como asistente general, fui convocada al sótano, donde la señora Cornelia Barclay de Nueva York estaba desarrollando a partir de una cacerola de harina y agua ese milagro en el departamento de pasteles llamado hojaldre. Esto, al parecer, solo se puede lograr donde el termómetro está por debajo de los cuarenta grados, y cerca de un refrigerador donde el compuesto se pueda mantener frío hasta que esté listo para ser metido en el horno. Nada de bromas ni tonterías aquí. Con dignidad real, la harina y el agua fueron suavemente comprimidas. Aquí una mano no debe saber lo que hace la otra. Los trozos de mantequilla deben ser introducidos con tanta destreza que incluso el rodillo puede no ser consciente de su trabajo. Cuando la artista dio el último toque a un exquisito pastel de limón, con una expresión mezclada de orgullo y satisfacción en sus rasgos clásicos, me ordenó llevarlo al horno. En el tránsito me encontré con la señora Belle. «No dejes que eso se caiga», dijo con desdén. Afortunadamente no lo hice, y regresé triunfante para transportar otro. Luego fui convocada a una consulta con el comité de brindis, compuesto por James Cochrane, John Miller y yo misma. El señor Miller tenía uno para cada invitado ya escrito, todos los cuales aceptamos y declaramos muy buenos.

Extrañamente, una cena excelente surgió de todo este alboroto y confusión. La mesa, con su plata, porcelana, flores y ricos manjares, los invitados en satenes, terciopelos, joyas, encajes suaves y corbatas brillantes, reflejando todos los colores del prisma, se veía tan hermosa como el arcoíris después de una tormenta.

Hace veinte años hice mi última visita triste a ese lugar tan rico en recuerdos agradables de días pasados. Algunos parientes y amigos de la familia se reunieron allí para rendir las últimas muestras de respeto a nuestro noble primo. Fue en uno de los días más fríos del gris diciembre que lo pusimos en la tierra helada, para no ser visto más. Murió de un derrame cerebral en la ciudad de Nueva York, en la casa de su sobrina, la señora Ellen Cochrane Walter, cuya madre era la única hermana del señor Smith. El viaje de Nueva York a Peterboro fue frío y sombrío, y subir las colinas desde Canastota en un trineo abierto, a novecientas pies sobre el valle, con el termómetro bajo cero, antes del amanecer, hizo que toda la naturaleza se viera tan sombría como la triste misión en la que veníamos.

Fuera de la mansión todo estaba frío y en silencio en su atuendo invernal, y todo dentro estaba silencioso como la tumba. La figura central, la luz y la alegría de ese hogar, se había desvanecido para siempre. Él, que nos había recibido en ese umbral durante medio siglo, ya no nos recibiría más. Hicimos lo que pudimos para disipar la tristeza que se instaló en todos nosotros. No intensificamos nuestro dolor oscureciendo la casa y cubriéndonos con crespón negro, sino que usamos nuestros vestidos habituales de colores atenuados y abrimos todas las persianas para que el alegre sol pudiera entrar a raudales. Colgamos el apartamento donde estaba el ataúd con guirnaldas de hojas perennes, y encima tejimos sus lemas favoritos en letras vivas: «¡Igualdad de derechos para todos!», «¡Rescaten a Cuba ahora!». Los servicios religiosos fueron cortos y sencillos; el clérigo unitario de Syracuse hizo algunos comentarios, los niños del orfanato, en el cual él estaba profundamente interesado, cantaron un himno apropiado, y alrededor de la tumba estaban representantes de los Biddle, los Dixwell, los Sedgwick, los Barclay y los Stanton, y tres generaciones de su familia inmediata. Con unas pocas palabras apropiadas del general John Cochrane dejamos a nuestro amado pariente solo en su último lugar de descanso. Dos meses después, en su cumpleaños, su esposa, Ann Carroll Fitzhugh, falleció y fue colocada a su lado. La suya fue una unión notablemente feliz de más de medio siglo, y pronto se reunieron en la vida eterna.

CAPÍTULO V.

NUESTRO VIAJE DE BODAS.

Mi compromiso fue una temporada de duda y conflicto: duda sobre la sabiduría de cambiar una juventud de libertad y disfrute por lo que no sabía, y conflicto porque el paso que proponía iba en contra de los deseos de toda mi familia. Mientras que, hasta entonces, mis amigos sugerían continuamente parejas adecuadas para mí y pintaban la relación matrimonial con los colores más deslumbrantes, ahora ese estado se representaba como plagado de peligros y decepciones, y los hombres, de todas las criaturas de Dios, como los más depravados y poco fiables. Presionada duramente, rompí mi compromiso después de meses de ansiedad y desconcierto; de repente decidí renovarlo, ya que el señor Stanton iba a Europa como delegado a la Convención Mundial contra la Esclavitud, y no deseábamos que el océano rodara entre nosotros.

El jueves 10 de mayo de 1840, decidí dar el paso decisivo, sin la más mínima preparación para una boda o un viaje; pero el señor Stanton, que subía por el río North, quedó retenido en «Marcy's Overslaugh», un banco de arena en el río donde los barcos solían quedar varados durante horas. Este retraso nos obligó a casarnos un viernes, día que comúnmente se considera de mala suerte. Pero como vivimos juntos, sin más que el roce matrimonial habitual, durante casi medio siglo, tuvimos siete hijos, de los cuales todos menos uno siguen vivos, y hemos estado bien resguardados, vestidos y alimentados, disfrutando de mentes sanas en cuerpos sanos, nadie necesita temer celebrar la ceremonia de matrimonio un viernes por miedo a la mala suerte. El clérigo escocés que nos casó, siendo algo supersticioso, nos suplicó que lo pospusiéramos hasta el sábado; pero, como debíamos zarpar a principios de la semana siguiente, eso era imposible. Resuelto ese punto, la siguiente dificultad fue persuadirlo de que omitiera la palabra «obedecer» en la ceremonia matrimonial. Como me negué obstinadamente a obedecer a aquel con quien suponía que estaba entrando en una relación de igualdad, ese punto también fue concedido. Se invitó a unos pocos amigos a estar presentes y, con un sencillo vestido blanco de noche, me casé. Pero el buen sacerdote se vengó de los puntos que concedió manteniéndonos en el potro con una larga oración y una disertación sobre la sagrada institución durante una hora mortal. El reverendo Hugh Maire era un hombrecito robusto, vehemente en sus modales y en su discurso, que bailaba por la sala, mientras dictaba cátedra, de la manera más original y cómica. Como el señor Stanton nunca lo había visto antes, la hora fue para él un esfuerzo constante por mantener el equilibrio. Yo había asistido a sus servicios durante varios años y estaba acostumbrada a su retórica, acento y gestos, por lo que pude soportar el calvario con un estado de ánimo más tranquilo.

Mi hermana Madge, que me había apoyado valientemente durante todas mis dudas y ansiedades, nos acompañó a Nueva York y nos vio a bordo del barco. Mi hermana Harriet y su marido, Daniel C. Eaton, un comerciante de la ciudad de Nueva York, también estaban allí. Él y yo habíamos tenido durante años un juego pendiente de «pilla-pilla» en todas nuestras despedidas, y él había jurado enviarme «pillada» a Europa. Yo estaba igualmente decidida a que no lo hiciera. En consecuencia, tuve una persecución desesperada tras él por todo el barco, pero en vano. Él se quedó con la última «pillada» y escapó. Como me vi obligada, dadas las circunstancias, a realizar la persecución con cierto grado de decoro, y él tenía la ventaja de la altura, las extremidades largas y la ausencia de faldas, realmente no tuve ninguna oportunidad. Sin embargo, como la persecución nos hizo reír a todos, ayudó a suavizar la amargura de la despedida.

Ya en alta mar, cerré otro capítulo de mi vida y mis pensamientos se volvieron hacia lo que me deparaba el futuro cercano. James G. Birney, el candidato antiesclavista a la presidencia de los Estados Unidos, se unió a nosotros en Nueva York y fue compañero de viaje en el Montreal hacia Inglaterra. Él y mi marido eran delegados a la Convención Mundial contra la Esclavitud, y ambos se interesaron en mi educación antiesclavista. Me dieron libros para leer y, mientras paseábamos por la cubierta día tras día, la cuestión fue el tema principal de nuestra conversación.

El señor Birney era un caballero refinado de la vieja escuela, excesivamente correcto y puntilloso en sus modales y conversación. Pronto percibí que pensaba que yo necesitaba un ajuste considerable antes de llegar a Inglaterra. Fui rápida en ver y comprender que sus críticas a los demás de manera general y el rumbo de sus discursos sobre modales y conversación tenían una aplicación más cercana de la que él pretendía que yo descubriera, aunque esperaba que yo me beneficiara de ellos. Siempre agradecí a cualquiera que se interesara por mi mejora, así que le dije riendo, un día, que no necesitaba hacer sus críticas de una manera tan indirecta, sino que podía tomarme directamente de la mano y pulirme lo más rápido posible. Sentada en el salón por la noche después de una partida de ajedrez, en la que, tal vez, yo había sido la vencedora, me sentía complaciente y a veces decía:

«Bueno, ¿qué he dicho o hecho hoy que merezca críticas?».

Así, de la manera más amable, respondió en una ocasión:

«Subió al tope del mástil en una silla, lo cual me parece muy poco propio de una dama. La oí llamar a su marido "Henry" en presencia de extraños, lo cual no es permisible en la sociedad educada. Siempre debería decir "señor Stanton". Ha retrocedido tres movimientos en este juego».

«¡Dios mío!», respondí, «¡qué catálogo en un solo día! Temo que mi mentor se desespere de mi perfección definitiva».

«Tendría más esperanza», respondió, «si pareciera sentir mis reproches más profundamente, pero evidentemente cree que son de tan poca importancia como para no sentirse perturbada por ellos».

Como encontró aún más faltas en mi marido, nos consolamos mutuamente y decidimos que nuestro amigo era más bien hipercrítico y que éramos tan cercanos a la perfección como los mortales necesitan ser para el desgaste de la vida cotidiana. Estando ambos dotados de un buen grado de autoestima, ni la alabanza ni la culpa de la humanidad resultaban abrumadoras para ninguno de los dos. Como el viaje duró dieciocho días —pues íbamos en un barco de vela— tuvimos tiempo para hacer algunas mejoras, o al menos para considerar todas las sugerencias amistosas.

En ese momento, el señor Birney estaba muy enamorado de la señorita Fitzhugh de Geneseo, con quien más tarde se casó. Sufría a veces de una gran depresión, pero yo siempre podía animarlo a un estado de ánimo alegre mencionando su nombre. Ese era un tema del que nunca se cansaba y, mientras la elogiaba, un halo de gloria era visible para él alrededor de mi cabeza y yo era impecable por el momento. No había nada en nuestros compañeros de viaje que rompiera la monotonía del viaje. Todos eran ingleses estoicos de clase media, que regresaban de varias partes del mundo para visitar su tierra natal.

Cuando no estaban escuchando, el señor Birney solía ridiculizarlos sin piedad; así que, un día, para marcar un punto, dije con gran solemnidad: «¿Es de buena educación burlarse de las debilidades de nuestros semejantes, que no han tenido nuestras ventajas de cultura y educación?». Él sintió la reprimenda, se sonrojó y nunca volvió a tratar ese tema. Lamento decir que me alegró encontrarlo una vez en falta.

Aunque cierta diversión, de cualquier manera extraordinaria en que pudiera obtenerla, era necesaria para mi existencia, sin embargo, como se consideraba importante que yo entendiera a fondo el estado del movimiento antiesclavista en mi propio país, pasé la mayor parte de mi tiempo leyendo y hablando sobre esa cuestión. Siendo la esposa de un delegado a la Convención Mundial, todos sentíamos que era importante que yo fuera capaz de responder a cualquier pregunta que se me hiciera en Inglaterra sobre todas las fases de la cuestión de la esclavitud.

El capitán, un tipo alegre, siempre estaba listo para secundarme en mis exploraciones por cada rincón y recoveco del barco. Imaginaba que mi lectura era desagradable y forzada por los caballeros mayores, así que planeaba continuamente alguna distracción y a menudo me invitaba a sentarme con él y escuchar sus experiencias de la vida de marinero.

Pero todas las cosas deben terminar en esta vida mortal, y nuestro viaje estaba cerca de su fin, cuando nos quedamos en calma en la costa sur de Inglaterra y no podíamos avanzar más de un nudo por hora. Cuando estábamos a la vista de la costa lejana, una lancha de prácticos se acercó y ofreció llevar a cualquiera a tierra en seis horas. Estaba tan encantada ante la idea de llegar a tierra que, tras mucha persuasión, el señor Stanton y el señor Birney accedieron a ir. En consecuencia, nos bajaron a la lancha en un sillón, con un almuerzo consistente en un pollo frío, una hogaza de pan y una botella de vino, con el viento justo para llevar nuestra pequeña embarcación hacia nuestro destino. Pero, en lugar de seis horas, pasamos todo el día tratando de llegar a tierra y, a medida que el crepúsculo se profundizaba y la última brisa moría, el práctico dijo: «Estamos ahora a dos millas de la costa, pero la única forma en que pueden llegar esta noche es en un bote de remos».

Como no nos quedaban provisiones y no teníamos dónde dormir, nos alegramos de aprovechar el bote de remos. Era una noche brillante de luna, el aire suave, las aguas tranquilas y, con dos remeros robustos, nos deslizamos rápidamente. Cuando el señor Birney hizo el último descenso y se sentó, dudoso de que llegáramos a la orilla, volviéndose hacia mí, dijo: «La mujer me tentó y abandoné el buen barco». Sin embargo, llegamos a la orilla a medianoche y desembarcamos en Torquay, uno de los lugares más encantadores de ese país, y nuestro viaje a Exeter al día siguiente transcurrió a través del paisaje más hermoso de Inglaterra.

Como no llevábamos equipaje, nuestra detención por parte de los funcionarios de aduanas fue breve y pronto nos llevaron a un hotelito cómodo que, por la mañana, descubrimos que era un emparrado de rosas. Nunca me había imaginado nada tan hermoso como el viaje a Exeter en la parte superior de un carruaje, con cuatro caballos robustos, trotando a una velocidad de diez millas por hora. Era el primer día de junio y el campo estaba en todo su esplendor. El follaje era del verde más suave, los árboles estaban cubiertos de flores y los arbustos de flores. Los caminos eran perfectos; el cochero grande y de aspecto distinguido, con sus guantes blancos y sus riendas, su rostro rosado y su porte noble, y el cartero de rojo, tocando su trompeta mientras pasábamos por cada pueblo, hacían que el viaje pareciera una travesía por un país de hadas. Habíamos oído que Inglaterra era como un jardín de flores, pero no estábamos preparados en absoluto para tal riqueza de belleza.

En Exeter tuvimos nuestra primera vista de una de las grandes catedrales del Viejo Mundo, y todos quedamos profundamente impresionados por su grandeza. Era justo la hora del crepúsculo, cuando los últimos rayos del sol poniente, filtrándose a través de las vidrieras, profundizaban las sombras y arrojaban una misteriosa luz ámbar sobre todo. Mientras el coro practicaba, todo el efecto se realzaba con los tonos profundos del órgano reverberando a través del techo arqueado, y el sonido de las voces humanas como si intentaran en vano llenar el vasto espacio de arriba. La novedad y la solemnidad del entorno despertaron todas nuestras emociones religiosas y estremecieron cada nervio de nuestro ser. Como si nos moviera el mismo impulso de quedarnos allí un rato, nos sentamos todos, esperando en silencio a que algo rompiera el hechizo que nos envolvía. ¿Puede uno maravillarse del poder de la religión católica durante siglos, con tales accesorios para estimular la imaginación hacia una adoración ciega de lo desconocido?

Sentados en el hotel esa noche y queriendo algo para leer, pedimos al camarero los periódicos del día. Como no había mesa pública ni sala de estar para los huéspedes, sino que cada grupo tenía su propio apartamento, necesitábamos un pequeño cambio de la compañía del otro. Habiendo estado, por así decirlo, apartados del mundo exterior durante dieciocho días, teníamos cierta curiosidad por ver si nuestro planeta seguía girando de oeste a este. Ante la mención de periódicos en plural, el asistente nos miró con sorpresa y dijo que nos traería «el» periódico. Regresó diciendo que el caballero de la habitación número 4 lo tenía, pero que terminaría en quince minutos. En consecuencia, al final de ese tiempo, trajo el periódico y, después de que lo tuvimos el mismo tiempo, vino a recogerlo para llevarlo a otro grupo. En nuestra casa de huéspedes en Londres, dejaban un periódico durante media hora cada mañana, y luego se llevaba a la casa de al lado, sirviendo así a varias familias de lectores.

Al día siguiente llegamos a Londres. Cuando entré por primera vez en nuestra casa de huéspedes en Queen Street, me pareció la morada más sombría que jamás había visto. La llegada de una delegación de damas, al día siguiente, desde Boston y Filadelfia, cambió la atmósfera del establecimiento y me llenó de deliciosas expectativas de conocer a personas nuevas y encantadoras, lo cual realicé plenamente al conocer a Emily Winslow, Abby Southwick, Elizabeth Neal, Mary Grew, Abby Kimber, Sarah Pugh y Lucretia Mott. Había habido una división en las filas antiesclavistas estadounidenses, y los delegados venían de ambas ramas, y como estaban igualmente representadas en nuestro alojamiento, me familiaricé con toda la controversia. El elemento potente que causó la división fue la cuestión de la mujer, y como la rama garrisoniana mantenía el derecho de las mujeres a hablar y votar en las convenciones, todas mis simpatías estaban con los garrisonianos, aunque el señor Stanton y el señor Birney pertenecían a la otra rama, llamados abolicionistas políticos. Para mí no había cuestión tan importante como la emancipación de las mujeres de los dogmas del pasado, políticos, religiosos y sociales. Me pareció muy notable que los abolicionistas, que sentían tan profundamente los males del esclavo, fueran tan olvidadizos con los males iguales de sus propias madres, esposas y hermanas, cuando, según el derecho consuetudinario, ambas clases ocupaban un estatus legal similar.

Nuestro objetivo principal al visitar Inglaterra en ese momento era asistir a la Convención Mundial contra la Esclavitud, que se reuniría el 12 de junio de 1840 en el Freemasons' Hall, Londres. Se invitó a delegados de todas las sociedades antiesclavistas de las naciones civilizadas, sin embargo, cuando llegaron, los que representaban a asociaciones de mujeres fueron rechazados. Aunque las mujeres eran miembros de la Sociedad Nacional Antiesclavista, acostumbradas a hablar y votar en todas sus convenciones, y a participar tan activamente como los hombres en toda la lucha antiesclavista, y estaban allí como delegadas de asociaciones de hombres y mujeres, así como de las distintivamente de su propio sexo, todas fueron rechazadas por igual porque eran mujeres. Las mujeres, según los prejuicios ingleses de aquella época, estaban excluidas por textos bíblicos de compartir la misma dignidad y autoridad con los hombres en todas las asociaciones reformistas; por lo tanto, para las mentes inglesas era eminentemente inapropiado que las mujeres fueran admitidas como miembros iguales en una Convención Mundial. La cuestión fue debatida acaloradamente durante un día entero. Mi marido pronunció un discurso muy elocuente a favor de admitir a las mujeres delegadas.

Cuando consideramos que Lady Byron, Anna Jameson, Mary Howitt, la señora Hugo Reid, Elizabeth Fry, Amelia Opie, Ann Green Phillips, Lucretia Mott y muchas mujeres notables, oradoras y líderes en la Sociedad de los Amigos, fueron obligadas a escuchar en silencio los lugares comunes masculinos sobre la esfera de la mujer, uno puede formarse una idea de la indignación de los amigos sin prejuicios, y especialmente la de mujeres como Lydia Maria Child, Maria Chapman, Deborah Weston, Angelina y Sarah Grimké, y Abby Kelly, quienes esperaban y observaban impacientemente en este lado, en un suspenso doloroso, para saber cómo fueron recibidas sus delegadas. A juzgar por mis propios sentimientos, las mujeres a ambos lados del Atlántico deben haberse sentido humilladas y mortificadas, excepto en la medida en que estos sentimientos fueron superados por el desprecio hacia el razonamiento superficial de sus oponentes y su pose y gestos cómicos en algunos de los vuelos intensamente serios de su imaginación.

La parte clerical de la convención fue la más violenta en su oposición. Los clérigos parecían tener a Dios y a sus ángeles especialmente bajo su cuidado y protección, y estaban angustiados de que las mujeres pudieran hacer o decir algo para escandalizar a las huestes celestiales. Su presunción, que lo sustentaba todo, les daba abundante seguridad de que sus movimientos debían ser necesariamente del agrado de los celestiales cuyos oídos estaban abiertos a los procedimientos de la Convención Mundial. Débora, Hulda, Vasti y Ester podrían haber cuestionado la propiedad de llamarlo Convención Mundial, cuando solo la mitad de la humanidad estaba representada allí; pero ¿qué valían sus opiniones en comparación con las del reverendo A. Harvey, el reverendo C. Stout o el reverendo J. Burnet, quienes, Biblia en mano, argumentaban la sujeción de la mujer, decretada divinamente cuando Eva fue creada?

Uno de nuestros campeones en la convención, George Bradburn, un hombre alto y fornido con una voz como un trueno, que se alzaba cabeza y hombros por encima de los representantes clericales, barrió todos sus argumentos declarando con tremendo énfasis que, si pudieran probarle que la Biblia enseñaba la sujeción total de una mitad de la raza a la otra, consideraría que lo mejor que podría hacer por la humanidad sería reunir todas las Biblias del universo y hacer una gran hoguera con ellas.

Era realmente lamentable escuchar a fanáticos de mente estrecha, pretendiendo ser maestros y líderes de hombres, enviando tan cruelmente a sus propias madres, junto con el resto del género femenino, a la sujeción absoluta al tipo masculino ordinario de humanidad. Siempre lamenté que las mujeres mismas no hubieran tomado parte en el debate antes de que la convención estuviera completamente organizada y la cuestión de los delegados resuelta. Me pareció entonces, y me lo parece ahora, que todos los delegados con credenciales de sociedades reconocidas deberían haber tenido voz en la organización de la convención, aunque estuvieran sujetos a exclusión posterior. Sin embargo, las mujeres se sentaron en un asiento bajo con cortinas como el coro de una iglesia, y escucharon modestamente a los Solones franceses, británicos y estadounidenses durante doce de los días más largos de junio, al igual que nuestros grandes Garrison y Rogers en la galería. Despreciaban una convención que ignoraba los derechos de las mismas mujeres que habían luchado, codo a codo, con ellos en el conflicto antiesclavista. «Después de luchar tantos largos años», dijo Garrison, «por las libertades de los esclavos africanos, no puedo participar en una convención que pisotea los derechos más sagrados de todas las mujeres». Después de haber viajado tres mil millas para hablar sobre el tema más cercano a su corazón, compartió noblemente el silencio forzado de las delegadas rechazadas. Fue un gran acto de sacrificio personal que las mujeres nunca deberían olvidar.

Thomas Clarkson fue elegido presidente de la convención e hizo algunas observaciones al abrirla, pero pronto se retiró, ya que su edad y sus muchas enfermedades hacían que todas las ocasiones públicas fueran demasiado onerosas, y Joseph Sturge, un cuáquero, fue nombrado presidente. Sentada al lado de la señora Mott, dije:

«Como hay un cuáquero en la presidencia ahora, ¿qué podría hacer si el espíritu la moviera a usted a hablar?».

«Ah», respondió ella, evidentemente sin creer posible tal contingencia, «donde está el espíritu del Señor, allí hay libertad».

No tenía mucha fe en la sinceridad de los abolicionistas que, mientras defendían elocuentemente los derechos naturales de los esclavos, negaban la libertad de expresión a la mitad de la gente de su propia raza. ¡Tal era la coherencia de una asamblea de filántropos! Se habrían horrorizado ante la idea de quemar la carne de las distinguidas mujeres presentes con hierros candentes, pero la crucifixión de su orgullo y autorespeto, la humillación del espíritu, les parecía un asunto de lo más trivial. La acción de esta convención fue tema de discusión, en público y en privado, durante mucho tiempo, e impulsó a muchas mujeres a nuevos pensamientos y acciones y dio lugar al movimiento por la igualdad política de las mujeres tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.

A medida que la convención se levantaba, se escuchaba el comentario por todas partes: «Ya es hora de que se haga alguna demanda por nuevas libertades para las mujeres». Mientras la señora Mott y yo caminábamos a casa, brazo a brazo, comentando los incidentes del día, decidimos celebrar una convención tan pronto como regresáramos a casa y formar una sociedad para defender los derechos de las mujeres. En la casa de huéspedes de Queen Street, donde un gran número de delegados tenía apartamentos, las discusiones eran acaloradas en cada comida, y a veces tan amargas que, finalmente, el señor Birney hizo su maleta y buscó alojamiento más tranquilo. Habiéndose opuesto fuertemente a la admisión de mujeres como delegadas a la convención, resultaba bastante embarazoso encontrarse con ellas, durante los intervalos entre las diversas sesiones, en la mesa y en la sala de estar.

Estas fueron las primeras mujeres que había conocido que creían en la igualdad de los sexos y que no creían en la religión ortodoxa popular. El conocimiento de Lucretia Mott, quien era una pensadora amplia y liberal en política, religión y todas las cuestiones de reforma, me abrió un nuevo mundo de pensamiento. Mientras caminábamos para ver los lugares de interés de Londres, aproveché cada oportunidad para hablar con ella. Fue intensamente gratificante escuchar todo lo que, a través de años de duda, había pensado vagamente, discutido con tanta libertad por otras mujeres, algunas de ellas no mayores que yo; mujeres, además, de rara inteligencia, cultura y refinamiento. Después de seis semanas de estancia bajo el mismo techo con Lucretia Mott, cuya conversación era uniformemente de un nivel elevado, sentí que la conocía demasiado bien como para simpatizar con los amigos ortodoxos, quienes la denunciaban como una mujer peligrosa porque dudaba de ciertos dogmas en los que ellos creían plenamente.

Como el señor Birney y mi esposo fueron invitados a hablar por toda Inglaterra, Escocia e Irlanda, y fuimos atendidos uniformemente por amigos ortodoxos, tuve abundante oportunidad de conocer el sentimiento general entre ellos hacia Lucretia Mott. Incluso Elizabeth Fry parecía muy reacia a respirar el mismo aire que ella. Durante las seis semanas que muchos de nosotros permanecimos en Londres después de la convención, fuimos invitados a una sucesión de desayunos, cenas y tés, públicos y privados, y en esas ocasiones era divertido observar los esfuerzos asiduos de la señora Fry por mantener a la señora Mott a distancia. Si la señora Mott estaba en el césped, la señora Fry entraba en la casa; si la señora Mott estaba en la casa, la señora Fry permanecía fuera en el césped. Una noche, cuando estábamos todos apiñados en dos salones y no había escapatoria, circuló la palabra de que la señora Fry se sentía movida a orar con los delegados estadounidenses, tras lo cual reinó un profundo silencio. Al cabo de unos instantes se escuchó la voz de la señora Fry deplorando el cisma entre los amigos estadounidenses; que tantos hubieran sido desviados por doctrinas falsas; instando al Espíritu de Todo Bien a mostrarles el error de su camino y reunirlos una vez más en el redil del gran Pastor de nuestra fe. La oración fue dirigida tan directamente a los seguidores de Elias Hicks, y a Lucretia Mott en particular, que le susurré a Lucretia, al finalizar, que ahora ella debería orar por la señora Fry, para que sus ojos pudieran abrirse a su intolerancia y falta de caridad, y ser guiada por el Espíritu hacia una luz más elevada. "¡Oh, no!", respondió ella, "una oración de este carácter, bajo las circunstancias, es una ventaja injusta que tomar de un extraño, pero no me resentiría por ello en la casa de sus amigos".

En estas reuniones conocimos a las familias cuáqueras principales y a muchos otros filántropos de diferentes denominaciones interesados en el movimiento contra la esclavitud. En todas estas ocasiones nuestro noble Garrison habló con gran eficacia, y así nuestros amigos ingleses tuvieron la oportunidad de disfrutar de su elocuencia, cuya falta había sido una pérdida tan grave en la convención.

Dedicamos un mes asiduamente a hacer turismo en Londres y, siguiendo el deber del viajero, exploramos la Catedral de San Pablo, el Museo Británico, la Torre, varias prisiones, hospitales, galerías de arte, el Castillo de Windsor y el Palacio de St. James, los Jardines Zoológicos, las escuelas y colegios, los principales teatros e iglesias, la Abadía de Westminster, las Casas del Parlamento y los Tribunales. Escuchamos a los predicadores, actores y estadistas más famosos. De hecho, fuimos a la cima y al fondo de todo, desde la cúpula de San Pablo hasta el túnel bajo el Támesis, justo entonces en proceso de excavación. Condujimos por los parques, navegamos arriba y abajo por el Támesis y luego visitamos todos los condados excepto cuatro en Inglaterra, en todos los cuales tuvimos grandes reuniones, siendo el señor Birney y el señor Stanton los oradores principales. Como generalmente nos invitaban a quedarnos con amigos, nos dio una buena oportunidad de ver a las familias principales, como los Ashurst, los Alexander, los Priestman, los Braithwaite y Buxton, los Gurney, los Pease, los Wigham de Edimburgo y los Webb de Dublín. Pasamos unos días con John Joseph Gurney en su hermosa casa en Norwich. Acababa de regresar de Estados Unidos, habiendo realizado una gira por el Sur. Cuando se le preguntó cómo le gustaba Estados Unidos, dijo: "Me gusta todo excepto la masa de su pastel y su esclavitud".

Antes de salir de Londres, toda la delegación estadounidense, de unos cuarenta miembros, fue invitada a cenar con Samuel Gurney. Él y su hermano, John Joseph Gurney, eran, en ese momento, los principales banqueros de Londres. Alguien comentó jocosamente que los judíos eran los principales banqueros de Londres hasta que los cuáqueros los desplazaron.

Una de las mujeres más llamativas que conocí en Inglaterra en ese momento fue la señorita Elizabeth Pease. Nunca vi un rostro más marcadamente definido. Al encontrarla, cuarenta años después, en la plataforma de una gran reunión en el Ayuntamiento de Glasgow, la reconocí al instante. Ahora es la señora Nichol de Edimburgo y, aunque está en el lado oscuro de los ochenta, sigue siendo activa en todas las reformas de la época.

Al principio nos sorprendió mucho, al entrar en los terrenos de algunas de estas hermosas casas cuáqueras, que tocaran la gran campana en la portería y ver la cantidad de sirvientes con librea en el porche y en los pasillos, y luego encontrar al anfitrión con vestimenta sencilla y ser recibidos en lenguaje sencillo: "¿Cómo estás, Henry?", "¿Cómo estás, Elizabeth?". Esto me sonó peculiarmente dulce, siendo una extraña en una tierra extraña. Los ricos cuáqueros ingleses que visitamos en ese momento, considerados en conjunto, eran las personas más encantadoras que jamás había visto. Eran refinados e inteligentes en todos los temas y, aunque algo conservadores en algunos puntos, no eran agresivos al presionar sus opiniones sobre los demás. Su hospitalidad era encantadora y generosa, sus hogares el ideal de belleza de la comodidad y el orden, la cocina impecable, mientras la paz reinaba sobre todo. Los modales tranquilos y suaves y los tonos suaves al hablar, y la misteriosa quietud en estos hogares bien ordenados, eran como la atmósfera que uno encuentra en un convento moderno, donde los deberes ordinarios del día parecen realizarse mediante alguna influencia mágica.

Antes de salir de Londres pasamos un día encantador en junio en la casa de Samuel Gurney, rodeada por un hermoso parque con seiscientos ciervos deambulando, siempre una característica hermosa en el paisaje inglés. Como la Duquesa de Sutherland y Lord Morpeth habían expresado a la señora Fry su deseo de conocer a algunos de los principales abolicionistas estadounidenses, se dispuso que visitaran la residencia de su hermano en esta ocasión. Poco después de que llegamos, la Duquesa, con su hermano y la señora Fry, en su carruaje de gala con seis caballos y escoltas, llegó hasta la puerta. El señor Gurney estaba evidentemente avergonzado ante la perspectiva de un lord y una duquesa bajo su techo. Apoyada en el brazo de la señora Fry, la duquesa fue presentada formalmente a nosotros individualmente. La señora Mott conversó con los distinguidos invitados con la misma fluidez y compostura que con sus propias compatriotas. Por muy ansiosos que estuvieran los ingleses sobre qué decir y hacer, los estadounidenses estaban todos muy a gusto.

Como Lord Morpeth tenía algunas cartas interesantes de la isla de Jamaica para leernos, formamos un círculo en el césped para escuchar. Inglaterra acababa de pagar cien millones de dólares para emancipar a los esclavos, y a todos nos interesaba escuchar el resultado del experimento. El distinguido invitado, a su vez, tenía muchas preguntas que hacer con respecto a la esclavitud estadounidense. No encontramos nada de ese prejuicio contra el color en Inglaterra que es tan inveterado entre el pueblo estadounidense; en mi primera cena en Inglaterra me encontré al lado de un caballero de Jamaica, tan negro como el as de espadas. Tras la partida de la duquesa, se anunció la cena. Fue una comida suntuosa, servida con el mayor gusto. Había media docena de copas de vino en cada plato, pero los abolicionistas, en aquellos días, eran todos conversos a la templanza, y mientras las botellas circulaban, hubo un movimiento general de cabeza y la mano derecha extendida sobre las copas. Nuestros amigos ingleses estaban asombrados de que ninguno de nosotros bebiera vino. El señor Gurney dijo que nunca antes había visto tal espectáculo como cuarenta damas y caballeros sentados a cenar y ninguno de ellos probando vino. Al hablar con él sobre ese punto, dijo:

"¿Supongo que sus madres lactantes beben cerveza?"

Me reí y dije: "¡Oh, no! Tendríamos miedo de nublar el cerebro de nuestros hijos".

"No hay peligro de eso", dijo; "todos somos bastante brillantes, y sin embargo, un barril de cerveza es rodado hacia el sótano para la madre con cada niño recién nacido".

El coronel Miller de Vermont, uno de nuestra delegación estadounidense, estuvo en la guerra griega con Lord Byron. Como Lady Byron había expresado su deseo de verlo, para que su hija pudiera saber algo de los últimos días de su padre, se organizó una entrevista, y el coronel amablemente me invitó a acompañarlo. Su relato de su conocimiento y los muchos rasgos nobles de carácter que manifestó Lord Byron, sus impulsos generosos y actos de autosacrificio, parecieron particularmente gratificantes para la hija. Fue una entrevista triste, organizada principalmente para la satisfacción de la hija, aunque Lady Byron escuchó con un interés doloroso. Como el coronel era un ferviente admirador del gran poeta, sin duda lo representó bajo la mejor luz posible, y su narración de sus últimos días fue profundamente interesante. Lady Byron tenía unos modales tranquilos y reservados, un rostro triste y una voz baja y lastimera, como alguien que había conocido una profunda tristeza. La había visto frecuentemente en la convención y en tés sociales, y me habían presentado personalmente a ella antes de esta ocasión. En conjunto, me pareció una mujer dulce y de aspecto atractivo.

Tuvimos una entrevista agradable con Lord Brougham también. La Sociedad Antiesclavista de Filadelfia le envió un tintero elaboradamente tallado, hecho de la madera del Pennsylvania Hall, que fue destruido por una turba proesclavista. El señor Birney hizo un discurso muy elegante al presentar el recuerdo, y Lord Brougham fue igualmente feliz al recibirlo.

Uno de los personajes más notables que conocimos en ese momento fue Daniel O'Connell. Hizo su primera aparición en la convención de Londres unos días después de que las mujeres fueran rechazadas. Rindió un hermoso homenaje a la mujer y dijo que, si hubiera estado presente cuando la cuestión estaba bajo discusión, habría hablado y votado a favor de su admisión. Era un hombre alto, bien desarrollado y de aspecto magnífico, y probablemente uno de los oradores más efectivos que Irlanda haya producido jamás. Lo vi en una gran reunión de la India en Exeter Hall, donde estaban presentes algunos de los mejores oradores de Francia, Estados Unidos e Inglaterra. Había seis nativos de la India en la plataforma quienes, al no entender nada de lo que se decía, naturalmente permanecieron apáticos durante todo el procedimiento. Pero en el momento en que O'Connell comenzó a hablar, todos prestaron atención, inclinándose hacia adelante y observando de cerca cada movimiento. Casi se podía saber lo que decía por el juego de sus rasgos expresivos, sus maravillosos gestos y la postura de todo su cuerpo. Cuando terminó, los nativos se unieron al aplauso general. Tenía todo el poder de sarcasmo y denuncia de Wendell Phillips, y añadía a eso el patetismo más tierno. Podía hacer reír o llorar a su audiencia a voluntad. Era un espectáculo raro verlo vestido con "paño de Derogación" en una de sus reuniones de Derogación. Estábamos en Dublín en medio de esa emoción, cuando las esperanzas de nuevas libertades para ese pueblo oprimido se centraban todas en O'Connell. El entusiasmo de la gente por la Derogación de la Unión estaba entonces al rojo vivo. Cenando un día con el "Gran Libertador", como lo llamaban, le pregunté si esperaba lograr esa medida.

"No", dijo, "pero siempre es una buena política reclamar lo máximo y entonces estarás seguro de obtener algo".

Si hubiera podido mirar hacia adelante cincuenta años y haber visto la condición actual de su infeliz país, habría sabido que la codicia y el egoísmo ingleses podían derrotar cualquier política, por sabia y clarividente que fuera. Los pasos sucesivos mediante los cuales el comercio irlandés fue arruinado y las disputas religiosas entre su pueblo continuamente avivadas hasta cobrar vida, y la nación subyugada, forman la página más oscura en la historia de Inglaterra. Pero la gente se está despertando finalmente a su deber y, por primera vez, organizando el sentimiento público inglés a favor del "Autogobierno". Asistí a varias reuniones grandes y entusiastas cuando estuve por última vez en Inglaterra, en las que las declaraciones más radicales de los patriotas irlandeses fueron recibidas con vítores prolongados. ¡Confío en que el día no esté lejos en que la hermosa Isla Esmeralda despliegue su estandarte ante las naciones de la tierra, entronizada como la República Reina de esos mares del norte!

Visitamos la casa de Wordsworth en Grasmere, entre los hermosos lagos, pero él no estaba allí. Sin embargo, vimos sus alrededores, el paisaje que inspiró algunos de sus sueños poéticos, y las densas hileras de malvarrosas de todos los tonos y colores, que conducían desde su porche hasta la puerta. El jardinero nos dijo que esta era su flor favorita. Aunque no tenía una belleza especial en sí misma, tomada sola, la maravillosa combinación de colores reales era ciertamente llamativa y hermosa. Vimos a Harriet Martineau en su casa de campo, así como en su casa de la ciudad. Como estábamos obligados a conversar con ella a través de una trompetilla para el oído, dejamos que ella hiciera la mayor parte de la conversación. Nos contó muchas experiencias divertidas de sus viajes en Estados Unidos, y sus comentarios sobre la Convención de Londres fueron ricos y picantes. No era una mujer atractiva ni en modales ni en apariencia, aunque considerada grande y buena por todos los que la conocían.

Pasamos unos días con Thomas Clarkson, en Ipswich. Vivía en una casa muy antigua con largos pasillos laberínticos, rodeada por un foso, que cruzamos mediante un puente levadizo. Acababa de escribir un artículo contra el plan de colonización, que su esposa nos leyó en voz alta. Estaba tan absorto en el tema que olvidó que el artículo había sido escrito por él mismo, y mantuvo un aplauso continuo con "¡escuchen!", "¡escuchen!", la forma inglesa de expresar aprobación. Nos contó de las severas luchas que él y Wilberforce habían atravesado para despertar el sentimiento público de Inglaterra ante la demanda de emancipación en Jamaica. Pero sus pruebas fueron leves, comparadas con lo que Garrison y sus coadjutores habían sufrido en Estados Unidos.

Habiendo leído sobre todas estas personas, ¡era difícil darse cuenta, mientras las visitaba en sus propios hogares día tras día, de que eran las mismas personas a las que había adorado durante tanto tiempo desde lejos!

CAPÍTULO VI.

RUMBO A CASA.

Después de echar un vistazo a las maravillas y alrededores de Londres, pasamos un mes en París. Hace cincuenta años había una mayor diferencia en el aspecto general de las cosas entre Francia e Inglaterra que ahora. Que países separados por solo unas pocas horas de viaje difirieran tanto fue una gran sorpresa para nosotros. ¡Cómo cambiaron las vistas y los sonidos! Aquí estaba la vieja diligencia, avanzando pesadamente con sus diversos compartimentos y su número indefinido de caballos, arreados con cuerda y cuero, a veces dos, a veces tres a la par, y a veces uno por delante, con un escolta aporreando a las pobres bestias sin cesar, y el conductor gritando y restallando su látigo. El alboroto, la confusión y las disputas en cada lugar de parada son abrumadores; las clases altas, hombres y mujeres por igual, precipitándose a los brazos de los otros, abrazándose y besándose, mientras los conductores y mozos de cuadra, ante la menor provocación, se lanzan unos a otros todos los adjetivos denunciatorios en el idioma, y con tal vehemencia que esperas ver un conflicto mortal en cada momento. Pero hoy, como hace cincuenta años, nunca llegan a ese punto. Lo suyo era y es puramente un encuentro de palabras, que mantienen, mientras se alejan en direcciones opuestas, tanto como pueden oírse y verse, con amenazas de venganza por venir. Tal encuentro entre dos ingleses significaría la muerte de uno u otro.

Todo esto contrastaba marcadamente con John Bull y su isla. Allí, la gente era tan silenciosa como si hubieran nacido sordos y mudos. La diligencia inglesa era compacta, limpia y pulida de arriba abajo, los caballos y el arnés brillantes y en orden, el cochero bien vestido y digno, que rara vez decía una palabra alta o usaba su látigo, permanecía en su asiento en las diversas etapas, mientras los mozos de cuadra daban agua o cambiaban los corceles; el cartero soplaba su toque de corneta para tener el correo listo, y los pasajeros reservados no hacían comentarios sobre lo que pasaba; pues, en aquellos días, los ingleses tenían miedo de hablarse unos a otros por temor a reconocer a alguien que no fuera de su clase, mientras que a extraños y extranjeros no les hablaban excepto en caso de necesidad extrema. El francés estaba bastante dispuesto a hablar, pero, desafortunadamente, estábamos separados por diferentes idiomas. Por lo tanto, el inglés no hablaba, el francés no podía, y el conductor estadounidense, inteligente y locuaz, que diserta sobre política, religión, instituciones nacionales y chismes sociales, era desconocido en ese lado del Atlántico. Lo que el curioso viajero estadounidense pudiera averiguar por sí mismo a partir de la observación y la búsqueda pertinaz era bienvenido, pero el británico no desperdiciaba el aliento en ilustrar a los yanquis sobre los puntos de interés o las costumbres de su país.

Nuestro grupo consistía en la señorita Pugh, Abby Kimber, el señor Stanton y yo. Tuve muchas experiencias divertidas al dar a conocer mis necesidades cuando estaba sola, habiendo olvidado la mayor parte de mi francés. Por ejemplo, viajando día y noche en la diligencia a París, como las paradas eran cortas, a veces uno necesitaba algo de comer. Una noche, mientras mis compañeros estaban todos dormidos, salí a buscar un trozo de pastel o una galleta, o lo que fuera que pudiera obtener de ese tipo, pero, debido a mi torpe uso del idioma, fui malinterpretada. Justo cuando la diligencia estaba a punto de arrancar y se escuchó el grito para que subiéramos a bordo, el camarero vino corriendo con un plato humeante de mollejas cuidadosamente asadas. Había esperado y me preguntaba por qué tardaba tanto en conseguir un simple trozo de pastel o bizcocho, ¡y he aquí! se me ofrecía un trozo de carne caliente. No podía tomar la cosa chisporroteante en mi mano ni comerla sin pan, cuchillo o tenedor, así que me apresuré hacia el coche, con el hombre persiguiéndome hasta la misma puerta. Estaba molesta y decepcionada, mientras que el resto del grupo estaba convulsionado de risa por el saludo de despedida y mi intento de abrirme camino sola. Pasó algún tiempo antes de que escuchara el final de las "mollejas".

Cuando llegamos a París conseguimos un guía que hablara inglés para que nos mostrara los lugares de interés de esa maravillosa ciudad. Cada mañana temprano estaba en la puerta, lloviera o hiciera sol, para llevar a cabo nuestros planes, que, con la ayuda de nuestra guía, habíamos hecho la noche anterior. De esta manera, yendo constantemente, día tras día, visitamos todos los puntos de interés a millas a la redonda y navegamos por el Sena. El Palacio de las Tullerías, con sus muchas asociaciones con una larga lista de reyes y reinas más o menos infelices, estaba entonces en su gloria, y sus extensos y hermosos terrenos estaban siempre alegres con multitudes de gente feliz. Estos jardines eran un gran refugio para niñeras y niños y estaban equipados con todo tipo de aparatos novedosos para su diversión, incluyendo hermosos cochecitos tirados por cuatro cabras con niñas o niños conduciendo, barcos navegando en el aire, aparentemente propulsados por remos, y caballos de madera volando alrededor en tiovivos con niños tratando en vano de atraparse unos a otros. Ningún pueblo se ha tomado nunca la molestia de inventar tantas diversiones para los niños como los franceses. A la gente le gustaba estar siempre al aire libre, día y noche. Los parques están abarrotados de buscadores de diversión, algunos leyendo y jugando, otros cosiendo, tejiendo, tocando instrumentos musicales, bailando, sentados alrededor de mesas en grupos comiendo, bebiendo y charlando alegremente. Y, sin embargo, cuando conducen en carruajes o van a sus casas por la noche, se encierran tan apretados como ostras en sus conchas. Tienen la teoría de que el aire nocturno es muy perjudicial —dentro de la casa—, aunque se sienten fuera hasta la medianoche. Encontré esta misma superstición prevalente en Francia cincuenta años después.

Visitamos el Hôtel des Invalides justo cuando preparaban el sarcófago para la recepción de los restos de Napoleón. Fuimos testigos de la frenética excitación de aquel pueblo entusiasta y escuchamos con profundo interés los elogios de los viejos soldados hacia su gran general. Las damas de nuestro grupo conversaban libremente con ellos. Todos tenían anécdotas interesantes que contar sobre su jefe. Decían que rara vez dormía más de cuatro horas, que era abstemio al comer y que rara vez cambiaba de criado, pues detestaba ver rostros extraños a su alrededor. Le gustaba mucho jugar al ajedrez y tomaba rapé continuamente; hablaba poco, tenía el sueño ligero —el movimiento de un ratón lo despertaba— y siempre estaba alerta. Decían que, en sus grandes campañas, parecía ser omnipresente. Un centinela dormido en su puesto a veces despertaba para encontrar a Napoleón cumpliendo guardia en su lugar.

El barco que trajo de regreso los restos de Napoleón fue el Belle Poule (¡la hermosa gallina!), que atracó en Cherburgo el 30 de noviembre de 1840. El cuerpo fue trasladado a la Iglesia de los Inválidos, que linda con la tumba. El príncipe de Joinville trajo el cuerpo desde Santa Elena, y Luis Felipe lo recibió.

En aquella época, cada soldado tenía un pequeño terreno que decorar a su gusto, en el cual se ilustraban muchas escenas de sus grandes batallas. Una representaba a Napoleón cruzando los Alpes. Allí estaban los cañones, los soldados, Napoleón a caballo, todos esforzándose en el empinado ascenso, perfectos en miniatura. En otra aparecía Napoleón, bandera en mano, liderando la carga a través del puente de Lodi. En otra más estaba Napoleón en Egipto, ante las pirámides, sentado, impasible, sobre su caballo, contemplando la Esfinge como si estuviera a punto de pronunciar sus inmortales palabras ante sus soldados: «Aquí, cuarenta siglos nos contemplan». Estas lecciones objetivas del pasado ya han desaparecido y el terreno se utiliza para fines más prosaicos.

Poco pensaba yo, mientras presenciaba aquel gran acontecimiento en Francia en 1840, que cincuenta y siete años después presenciaría un desfile similar en la República Americana, cuando nuestra nación rindió sus últimos tributos al general Grant. Hay muchos puntos de similitud en estos grandes eventos. Como hombres, ambos eran agresivos y autosuficientes. En el testamento de Napoleón expresó el deseo de que su último lugar de descanso fuera la tierra y entre la gente que tanto amaba. Su deseo se cumplió. Descansa en la ciudad principal de la república francesa, cuyas costas son bañadas por las aguas del Sena. El general Grant expresó el deseo de ser enterrado en nuestra metrópoli y añadió: «Dondequiera que sea enterrado, deseo que haya espacio para mi esposa a mi lado». Sus deseos también se cumplieron. Descansa en la ciudad principal de la República Americana, cuyas costas son bañadas por las aguas del Hudson, y en su magnífico mausoleo hay espacio para su esposa a su lado.

Varios miembros de la Sociedad de Amigos de Boston y Filadelfia, que habían asistido a la Convención Mundial contra la Esclavitud en Londres, se unieron a nuestro grupo para un viaje por el continente. Aunque se oponían a la guerra, todos mostraron un profundo interés en la agitación nacional y en los desfiles que anunciaban la esperada llegada del héroe de Santa Elena. Como todos llevaban abrigos militares de la época de George Fox, los soldados, suponiendo que pertenecían al ejército de algún país, les hacían el saludo militar dondequiera que íbamos, para gran fastidio de ellos y diversión nuestra.

Al hacer el recorrido, la señorita Pugh nos divertía leyendo en voz alta la descripción de lo que admirábamos y los eventos históricos relacionados con aquel edificio o localidad en particular. Le instábamos a emplear el tiempo observando todo lo que pudiera ver y a leer sobre ello después; pero no, llevaba consigo a todas partes una historia de Francia y la guía de Galignani, y mientras el resto de nosotros mirábamos hasta quedar plenamente satisfechos, ella echaba una mirada panorámica y leía la descripción. ¡Querida mujercita! Era una gran erudita, una buena historiadora, estaba bien informada sobre todos los temas y países, resultó ser una compañera de viaje invaluable y podía contar más sobre lo que vimos que todos nosotros juntos.

En varias ocasiones tuvimos la suerte de encontrarnos con Luis Felipe pasando a toda velocidad en un carruaje abierto. Sentimos una gran satisfacción al recordar que en un tiempo fue un exiliado en nuestro país, donde se ganaba la vida dando clases. Qué honor para los niños yanquis haber aprendido de un rey francés los rudimentos de su idioma.

Habiendo estado acostumbrada al domingo puritano de restricción y solemnidad, encontré aquel día en París alegre y encantador. La primera vez que participé en algunas de las festividades, realmente esperaba ser alcanzada por un rayo. Las bibliotecas, galerías de arte, salas de conciertos y teatros estaban todos abiertos al público. Bandas de música tocaban en los parques, donde familias enteras, con sus almuerzos, pasaban el día: esposos, esposas e hijos, de excursión juntos. Los barcos en el Sena y todos los transportes públicos estaban atestados. Aquellos que solo tenían este día para el placer parecían decididos a aprovecharlo al máximo. Un contraste maravilloso con aquel día sombrío en Londres, donde todos los lugares de diversión estaban cerrados y nada estaba abierto para la gente salvo las iglesias y las tabernas. Nos señalaron las calles y casas en las que vivieron y murieron Voltaire, La Fayette, Mme. de Staël, Mme. Roland, Charlotte Corday y otros hombres y mujeres famosos. Poco pensábamos entonces en todas las escenas terribles que se representarían en París, ni que Francia emergería de los peligros que la acechaban por todas partes para convertirse en una república hermana. Ha sido un logro maravilloso que, con reyes y papas conspirando contra su experimento, haya logrado poner bajo sus pies el arte de gobernar de los reyes y proclamar libertad, igualdad y fraternidad para su pueblo.

Después de unas pocas semanas en Francia, regresamos a Londres, viajando por Inglaterra, Irlanda y Escocia durante varios meses. Visitamos los escenarios que Shakespeare, Burns y Dickens habían hecho clásicos. Pasamos unos días en Huntingdon, el hogar de Oliver Cromwell, y visitamos la finca donde pasó su vida matrimonial temprana. Mientras estábamos allí, uno de sus grandes admiradores nos leyó en voz alta un espléndido artículo en una de las revistas, escrito por Carlyle, dando a «El Protector», como decía su amigo, su verdadero lugar en la historia. Durante mucho tiempo fue costumbre de los historiadores de Inglaterra representar a Cromwell como un fanático e hipócrita, pero su carácter fue reivindicado por escritores posteriores. «Nunca —dice Macaulay— hubo un gobernante tan visiblemente nacido para la soberanía. La copa que ha embriagado a casi todos los demás lo serenó a él».

Vimos las pintorescas ruinas del castillo de Kenilworth, el lugar de nacimiento de Shakespeare, los hogares de Byron y Mary Chaworth, paseamos por la abadía de Newstead, vimos el monumento al perro fiel y el gran comedor donde Byron y sus compañeros solían disparar a una diana. Era una región desolada. Nos detuvimos un día o dos en Ayr y fuimos al lugar de nacimiento de Burns. La vieja casa que lo había cobijado seguía allí, pero sus paredes ahora hacían eco a otras voces, y los campos donde él había trabajado eran arados por otras manos. Vimos el arroyo y las orillas donde él y Mary se sentaban juntos, la vieja iglesia de piedra donde las brujas celebraban sus aquelarres de medianoche, los dos perros y el puente de Ayr. Con Burns, al igual que con Safo, fue el amor lo que despertó su corazón al canto. Una linda muchacha que trabajaba con él en el campo de cosecha inspiró sus primeros intentos de rima. La vida, para Burns, fue una larga y dura lucha. Con su amor natural por la belleza, la terrible depresión de espíritu que sufrió a causa de su lúgubre entorno era inevitable. El interés que los grandes hombres tomaron en él, cuando despertaron a su genio, llegó demasiado tarde para su seguridad y aliento. En un vaso de whisky encontró, al fin, el descanso y la alegría que nunca conoció estando sobrio. La pobreza y la ignorancia son los padres de la intemperancia, y ese vicio nunca será suprimido hasta que las cargas de la vida sean compartidas equitativamente por todos.

Vimos Melrose a la luz de la luna, pasamos varias horas en Abbotsford y nos demoramos en el pequeño sancta sanctorum donde Scott escribió sus obras inmortales. Era tan pequeño que podía alcanzar los estantes de libros por todos lados. Recorrimos las prisiones, los castillos y las estrechas calles de Edimburgo, donde las casas tienen siete y ocho pisos de altura, sobresaliendo cada piso unos pocos pies hasta que, en el último, los vecinos de enfrente podían estrecharse la mano y charlar fácilmente. Todos los intervalos entre las visitas turísticas activas los pasábamos leyendo las vidas de personajes históricos en poesía y prosa, hasta que nuestras simpatías fluyeron hacia los personajes reales e ideales. Lady Jane Grey, Ana Bolena, María reina de los escoceses, Ellen Douglas, Jeanie y Effie Deans, Highland Mary, Rebeca la judía, Di Vernon y Rob Roy, todos parecían hombres y mujeres reales, cuyas sombras o descendientes esperábamos encontrar en su tierra natal.

Aquí, entre los lagos y montañas escocesas, el señor Stanton y yo viajábamos solos por primera vez desde nuestro matrimonio y, como a ambos nos gustaba caminar, hicimos muchas excursiones a pie a puntos a los que no se podía llegar de ninguna otra manera. Pasamos algún tiempo entre los montes Grampianos, tan familiares para todo colegial, caminando y paseando en burros. Navegamos por el lago Katrine y el lago Lomond. Mi esposo estaba escribiendo cartas para algunos periódicos de Nueva York durante todo el viaje y aspiraba a obtener un conocimiento exacto de todo lo que veíamos; así, tuve la ventaja de la información que él recopilaba. En estas largas caminatas llevaba un vestido corto, que llegaba justo debajo de la rodilla, de tela azul oscuro, una gorra militar del mismo material que me sombreaba los ojos y un par de botas largas, hechas según el modelo masculino que se usaba entonces generalmente: el estilo más cómodo para caminar, ya que la presión es igual en todo el pie y el tobillo tiene libertad de movimiento. Así equipada, y entrenada desde pequeña por mi buen cuñado para las largas caminatas, no tuve dificultades para seguir el ritmo de mi esposo.

Siendo autosuficientes y aventureros en nuestras exploraciones, ocasionalmente nos vimos envueltos en graves dificultades al negarnos a contratar un guía. Por ejemplo, decidimos ir a la cima del Ben Nevis solos. Nos pareció un asunto sencillo subir por la ladera de una montaña en línea recta y, por tanto, ante las repetidas advertencias de nuestro anfitrión, comenzamos. No sabíamos nada de caminos en zigzag para evitar las rocas, los manantiales y los pantanos; de hecho, suponíamos que todas las montañas eran lisas y secas, como las colinas de nuestra tierra natal que estábamos acostumbrados a escalar. El posadero negó con la cabeza y sonrió cuando le dijimos que volveríamos al mediodía para cenar, y nosotros también sonreímos, pensando que tenía una baja estimación de nuestra capacidad para caminar. Pero no habíamos avanzado mucho cuando descubrimos las dificultades que nos esperaban. Algunos lugares eran tan empinados que tuve que agarrarme a los faldones del abrigo de mi compañero, mientras él se aferraba a rocas y ramas, o se apoyaba con un bastón pesado. Para cuando estábamos a mitad de camino, estábamos empapados en sudor, nuestros pies estaban completamente mojados y estábamos realmente demasiado cansados para continuar. Pero, tras haber empezado con tal confianza suprema en nosotros mismos, nos avergonzaba confesar nuestra fatiga el uno al otro, y mucho más regresar y confirmar todos los pronósticos del anfitrión y sus guías. Así que decidimos seguir adelante y hacer lo que nos habíamos propuesto. Con la perspectiva de una vista magnífica y una hora de delicioso descanso en la cima, comenzamos con renovado coraje. Una subida constante de seis horas nos llevó a la meta prometida; nuestro ascenso se había completado. Pero ¡ay!, era imposible detenerse allí: el viento frío nos calaba hasta los huesos en un minuto. Así que echamos un vistazo al mundo de abajo y bajamos apresuradamente por el lado sur para poner la montaña entre nosotros y el frío viento del noreste.

Cuando tus dientes castañetean por el frío y el viento amenaza con causar estragos en tu vestimenta, no estás en condiciones favorables para apreciar el gran paisaje. Como el rey de Francia con veinte mil hombres, marchamos cuesta arriba y luego marchamos cuesta abajo. Encontramos que el descenso era aún más difícil, ya que teníamos miedo constante de resbalar, perder el agarre y rodar hasta el fondo. Estábamos cansados, hambrientos y decepcionados, y el miedo a no llegar al valle antes del anochecer nos oprimía intensamente. Ninguno confesó al otro la fatiga y el temor que sentía, pero, con un nuevo esfuerzo y palabras de aliento, continuamos con cautela. Por accidente encontramos un sendero que nos llevó serpenteando cómodamente una distancia, pero lo perdimos y seguimos bajando a tropezones como pudimos, a nuestra manera habitual. Para colmo de nuestra desgracia, una densa niebla escocesa nos envolvió pronto, de modo que solo podíamos ver a poca distancia por delante, y al no conocer el punto desde el que habíamos partido, temíamos habernos desviado demasiado. El crepúsculo que se acercaba, además, hacía el panorama aún más oscuro. Afortunadamente, nuestro anfitrión, al tener menos fe en nosotros que nosotros en nosotros mismos, envió a un guía a reconocer el terreno y, justo en el momento en que empezamos a darnos cuenta de nuestro peligro de pasar la noche en la montaña y a admitirlo el uno ante el otro, el bienvenido guía nos llamó con su amplio acento. Su perro pastor nos guió hacia el camino trillado. Como apenas podía sostenerme, tomé el brazo del guía y, cuando llegamos al fondo, dos burros estaban listos para llevarnos al hotel.

No nos recuperamos de la fatiga de aquella expedición en varios días y no volvimos a hacer experimentos de explorar lugares desconocidos sin guías. Aprendimos, también, que las montañas no son tan hospitalarias como parecen ni tan suavemente onduladas como aparecen a la distancia, y que los guías sirven para otros propósitos además de extorsionar dinero a los viajeros. Si, bajo su guía, hubiéramos subido y bajado fácilmente, siempre habríamos pensado que bien podríamos haberlo hecho solos. Así que nuestra experiencia nos dio una buena lección de humildad. Habíamos estado doce horas a pie sin comer nada cuando finalmente llegamos al hotel. No estábamos de humor para alardear del éxito de nuestra excursión, y nuestras respuestas fueron breves ante las preguntas sobre cómo habíamos pasado el día.

Estando cansada de viajar y de discutir sobre la esfera de la mujer con el reverendo John Scoble, un inglés que acompañó al señor Birney y al señor Stanton en su gira por el país, decidí pasar un mes en Dublín; mientras los caballeros celebraban reuniones en Cork, Belfast, Waterford, Limerick y otras ciudades principales, terminando la serie con una gran y entusiasta reunión en Dublín, en la que O'Connell pronunció uno de sus discursos más demoledores sobre la esclavitud estadounidense; la inconsistencia de tal «institución» con los principios de un gobierno republicano dio rienda suelta a sus facultades de sarcasmo. En una ocasión, al ser presentado a un esclavista, puso sus manos detrás de la espalda, negándose a reconocer a un hombre que compraba y vendía a sus semejantes. El reverendo John Scoble era uno de los hombres más engreídos que jamás conocí. Sus ideas limitadas con respecto a la mujer, y la superioridad de las clases reales y nobles en su propio país, eran para mí tan exasperantes que me volvía más y más belicosa cada día que viajábamos en compañía. Se mareó terriblemente cruzando el Canal, para mi intensa satisfacción. Como siempre presumía de sus distinguidos compatriotas, sugerí, en medio de uno de sus espasmos más agonizantes, que debería encontrar consuelo en el hecho de que Lord Nelson siempre se mareaba ante la menor provocación.

La pobreza en Irlanda era una prueba continua para nuestra sensibilidad; los mendigos acechaban nuestros pasos por todas partes, en la calle y en las carreteras, agazapados en los peldaños de las puertas principales y en los bordillos, y rodeando nuestro carruaje donde y cuando nos deteníamos para comprar o hacer una visita. Las manos huesudas, los ojos hundidos y la gratitud sincera expresada por cada centavo demostraban que su sufrimiento era real. Como mis medios eran limitados y no podía pasar de largo ante ninguno, cambié una libra en centavos y los puse en una bolsa verde, que llevaba en el carruaje a dondequiera que fuera. Era solo una gota en el océano, pero era todo lo que podía hacer para aliviar aquella miseria insondable. La pobreza que vi por todas partes en el Viejo Mundo, y especialmente en Irlanda, era un problema desconcertante para mi mente, pero rechacé la idea de que fuera un eslabón necesario en la experiencia humana: que siempre había sido y siempre debía ser así.

Mientras conducíamos, día tras día, en aquel magnífico Phoenix Park, de mil quinientas acres, uno de los parques más grandes, creo, del mundo, a menudo me preguntaba: ¿qué derecho tienen unos pocos a hacer un parque de recreo de estas acres, mientras que la mayoría no tiene dónde reclinar la cabeza, agazapándose bajo estribos y puentes, vestida con harapos y alimentándose de algas marinas sin esperanza, en los años que pasan lentamente, de ningún cambio para mejor? La desesperación estampada en cada frente contaba la triste historia de sus agravios. Aquellos acostumbrados a tales experiencias cotidianas apartan a los mendigos como si fueran moscas, pero aquellos para quienes tales visiones son nuevas no pueden acallar tan fácilmente sus propias conciencias. Cualquiera en el pleno disfrute de todas las bendiciones de la vida, en su condición normal, siente cierta responsabilidad individual por la pobreza de los demás. Cuando las simpatías no están embotadas por ninguna filosofía falsa, uno se siente reprochado por su propia abundancia. Una vez escuché a una joven, a punto de disfrutar de sus vacaciones de verano, cuando su abuela le preguntó si tenía todos los vestidos que necesitaba, responder: «¡Oh, sí! Me sentía oprimida por una constante sensación de culpa, al hacer las maletas, al ver cuánto tenía, mientras tantas chicas no tienen nada decente que ponerse».

Más de medio siglo ha pasado desde que estuve en suelo irlandés y derramé lágrimas de piedad por la miseria que vi, y ningún cambio para mejor ha llegado todavía a aquel pueblo infeliz; sin embargo, esta fue la tierra de Burke, Grattan, Shiel y Emmett; la tierra en la que se introdujo el cristianismo en el siglo V, siendo San Patricio el principal apóstol de la nueva fe. En el siglo VI, Irlanda envió misioneros desde sus monasterios para convertir a Gran Bretaña y a las naciones del norte de Europa. Desde el siglo VIII hasta el XII, los eruditos irlandeses mantuvieron una reputación envidiable. De hecho, Irlanda fue el centro del aprendizaje en un momento dado. Las artes, también, fueron cultivadas por su gente; y se cree que las torres circulares, que todavía se señalan a los viajeros, son los restos de la arquitectura del siglo X. La ruina de Irlanda debe rastrearse en otras causas que no sean el carácter de su pueblo o la religión católica. Los historiadores nos dan hechos que muestran opresiones inglesas suficientes para destruir a cualquier nación.

Los días cortos y oscuros de noviembre intensificaron, a mis ojos, las perspectivas sombrías de aquel pueblo, e hicieron que el cambio al Sirius de la línea Cunard, el primer barco de vapor atlántico regular en cruzar el océano, fuera muy agradable. Una vez en el océano infinito, uno no ve mendigos, ni signos de miseria humana, ni ruinas desmoronadas de vastas paredes de catedrales, ni registros de la caída de naciones poderosas, ni rastro, siquiera, de la agonía mortal de la innumerable hueste enterrada bajo su seno. Byron dice verdaderamente:

«El tiempo no escribe ninguna arruga en tu frente azul; Tal como la vio el amanecer de la creación, así fluyes ahora».

Cuando nos embarcamos en el Sirius, teníamos graves dudas sobre nuestra seguridad y la probabilidad de llegar al otro lado, pues no sentíamos que los vapores transatlánticos hubieran sido probados lo suficiente. Pero, tras una travesía de dieciocho días, once horas y quince minutos, llegamos a Boston, habiendo pasado seis horas en Halifax. Poco pensábamos que el vapor Sirius de hace cincuenta años se convertiría en los magníficos palacios flotantes de hoy, tres veces más grandes y tres veces más veloces. A pesar del vapor, sin embargo, tuvimos un viaje frío, duro y lúgubre, y no guardo recuerdos agradables de él. Nuestros compañeros de viaje estuvieron casi todo el tiempo en sus camarotes. Nuestro buen amigo, el Sr. Birney, había zarpado dos semanas antes que nosotros y, como el Sr. Stanton estaba confinado en su litera, me vi obligada a valerme por mí misma. Mi principal entretenimiento consistía en leer novelas y jugar al ajedrez con un oficial británico que se dirigía a Canadá. Cuando era posible, paseaba por la cubierta con el capitán o me sentaba en algún rincón resguardado a observar las olas. Llegamos a Nueva York, por ferrocarril, el día antes de Navidad. Todo lucía brillante y alegre en nuestras calles. ¡Me parecía que el cielo era más claro, el aire más refrescante y la luz del sol más brillante que en cualquier otra tierra!

CAPÍTULO VII.

LA MATERNIDAD.

Encontramos a mi hermana Harriet en un nuevo hogar en Clinton Place (Calle Ocho), en la ciudad de Nueva York, que entonces se consideraba tan alejado del centro que los amigos del Sr. Eaton le preguntaban continuamente por qué se iba tan lejos del núcleo social, aunque a los pocos meses lo siguieron. Aquí pasamos una semana. Disfruté especialmente viendo a mi pequeña sobrina y a mi sobrino, los únicos nietos de la familia. La niña era la criatura más hermosa que jamás había visto, y el niño, el más inteligente y divertido. Le encantaba que le recitara el poema de Oliver Wendell Holmes titulado "La cumbre de lo ridículo", lo cual hice muchas veces, pero él siempre quería ver los versos que casi mataron al hombre de risa. Un día recorrió varias librerías preguntando por ellos. Más tarde le dije que nunca se habían publicado; que cuando el Sr. Holmes vio el efecto que causaron en su criado, los suprimió para que no produjeran el mismo efecto en los tipógrafos, editores y lectores de los periódicos de Boston. Mi explicación nunca lo satisfizo. Le dije que podía escribir al Sr. Holmes y pedirle el privilegio de leer el manuscrito original, si es que aún existía o había existido alguna vez. Como uno de mis sobrinos nietos tenía exactamente el mismo problema, decidí apelar yo misma al Dr. Holmes para la iluminación de esta segunda generación. Así que le escribí la siguiente carta, que él respondió amablemente, diciéndonos que su "hombre desdichado" era un mito como los héroes de las "Melodías de Mamá Oca":

"ESTIMADO DR. HOLMES:

"Tengo un pequeño sobrino a quien a menudo le recito 'La cumbre de lo ridículo', y él invariablemente pregunta por los versos que produjeron el efecto fatal en su criado. Visitó la mayoría de las librerías de la ciudad de Nueva York para encontrarlos, y estoy segura de que nada, salvo su propia palabra, le convencerá jamás de que el 'hombre desdichado' no es más que un producto de su imaginación. Intenté satisfacerlo diciéndole que usted no se atrevió a publicar los versos por temor a que produjeran un efecto similar en los tipógrafos, editores y lectores de los diarios de Boston.

"Sin embargo, él desea que le pregunte si conserva una copia del manuscrito original, o si podría reproducir los versos con igual potencia. Si no es demasiada molestia, por favor envíeme unas líneas sobre este punto, y me hará un gran favor,

"Atentamente,

"ELIZABETH CADY STANTON."

"MI ESTIMADA SRA. STANTON:

"Desearía que le explicara a su pequeño sobrino que la historia del pobre hombre que casi muere de risa fue una especie de sueño mío, y no algo real que sucediera, ni más ni menos que el hecho de que una vieja 'vivía en un zapato y tenía tantos hijos que no sabía qué hacer', o que Jack subió por la planta de habas y encontró al gigante que vivía en la cima. Puede explicarle qué se entiende por imaginación y, de este modo, convertir mis rimas juveniles en un texto para un discurso digno de la Escuela de Filosofía de Concord. No tengo mis poemas conmigo aquí, pero recuerdo que 'La cumbre de lo ridículo' terminaba con esta estrofa:

"Diez días y noches, con ojos sin sueño, vigilé a aquel hombre desdichado, y desde entonces, jamás me atrevo a escribir tan divertido como podría.

"Pero dígale a su sobrino que no debe llorar por eso, ni tampoco porque los gansos vayan descalzos y las águilas calvas no tengan gorros de dormir. Los versos están en todas las ediciones de mis poemas.

"Créame, estimada Sra. Stanton,

"Muy verdadera y respetuosamente suya,

"OLIVER WENDELL HOLMES."

Tras pasar las fiestas en la ciudad de Nueva York, partimos hacia Johnstown en un "trineo de diligencia, que transportaba el correo de los Estados Unidos", tirado por briosos equipos de cuatro caballos, remontando el valle del río Hudson. Tardamos tres días en llegar a Albany, deteniéndonos por la noche en varios puntos; un viaje que ahora se realiza en tres horas. El tiempo era claro y frío, el trineo funcionaba de maravilla, el paisaje era grandioso y nuestros compañeros de viaje de lo más entretenidos, por lo que el trayecto fue muy disfrutable. De Albany a Schenectady fuimos en los vagones del ferrocarril; luego, otro paseo en trineo de treinta millas nos llevó a Johnstown. Mis colinas natales, enterradas bajo dos pies de nieve, teñidas con los últimos rayos del sol poniente, eran una visión hermosa y familiar. Aunque solo había estado ausente diez meses, parecieron años, y me sorprendió descubrir cuántos pocos cambios habían ocurrido desde que me fui. Mi padre y mi madre, mis hermanas Madge y Kate, la vieja casa y los muebles, los vecinos, todo se veía exactamente igual que cuando los dejé. Había visto tanto y había estado tan constantemente volando de un lado a otro que me maravillaba que todas las cosas aquí hubieran permanecido inmóviles. Esperaba oír hablar de muchos nacimientos, matrimonios, muertes y agitaciones sociales, pero las noticias de la aldea eran notablemente escasas. Este hambre de noticias del hogar al regresar es común, supongo, a todos los viajeros.

Con los baúles desempacados, los armarios organizados y la emoción de ver a los amigos terminada, pasamos algún tiempo haciendo planes para el futuro.

Mi marido, tras consultar con mi padre, decidió entrar en su despacho y comenzar el estudio de la ley. Como este arreglo me mantenía bajo el techo paterno, tuve dos años más de placer, paseando, conduciendo y montando a caballo con mis hermanas. Madge y Kate eran más queridas para mí que nunca, pues veía la inevitable separación que nos aguardaba en un futuro próximo. A su debido tiempo se casaron y comenzaron a llevar sus propios hogares: Madge en la casa de su marido, cerca de allí, y Kate en Buffalo. Todas mis hermanas fueron singularmente afortunadas en sus matrimonios; sus maridos eran hombres de buena presencia, educación liberal, alto carácter moral y notable capacidad. Fueron años agradables y provechosos. Los dediqué a leer leyes, historia y economía política, con interrupciones ocasionales para participar en alguna agitación sobre la templanza o la lucha contra la esclavitud.

Eliza Murray y yo teníamos clases de niños negros en la escuela dominical. En una ocasión, cuando iba a haber un festival, discursos en la iglesia, una procesión por las calles y otras actuaciones públicas para la celebración de la escuela dominical, algunos fanáticos de mente estrecha se opusieron a que los niños negros participaran. Se acercaron a la Srta. Murray y a mí con tonos de lo más persuasivos sobre la sabiduría de no permitirles marchar en la procesión hacia la iglesia. Dijimos: "¡Oh, no! No podemos decepcionar a los niños. Están todos vestidos, con sus insignias puestas y esperando con gran placer las festividades del día. Además, no cederíamos ante ninguno de estos despreciables prejuicios contra el color". Estábamos todos reunidos en el tribunal preparándonos para formar en la línea de marcha. Algunos estaban decididos a llevar a los niños negros a casa, pero la Srta. Murray y yo, como dos gallinas desafiantes, mantuvimos a nuestra pequeña prole justo detrás de nosotras, decididas a vencer o perecer en la lucha. Al final, prevalecieron consejos más moderados y se acordó que podían marchar en la retaguardia. No pusimos objeción y nos pusimos en fila, pero, cuando llegamos a la puerta de la iglesia, esta se cerró rápidamente a medida que entraba el último niño blanco. Intentamos en otras dos puertas, pero todas estaban vigiladas. Derramamos lágrimas de irritación y compasión por los pobres niños, y, cuando nos preguntaron la razón por la que no podían entrar, nos sentimos avergonzadas y mortificadas con la explicación que nos vimos obligadas a dar. Sin embargo, los invité a la casa de mi padre, donde la Srta. Murray y yo les dimos refrescos y los entretuvimos durante el resto del día.

Las desconcertantes preguntas de teología y pobreza que habían ocupado tantos de mis pensamientos, ahora dieron paso a la cuestión práctica: "qué hacer con un bebé". Aunque la maternidad es la más importante de todas las profesiones (que requiere más conocimientos que cualquier otro departamento en los asuntos humanos), sin embargo, no se presta suficiente atención a la preparación para este cargo. Si compramos una planta a un horticultor, le hacemos muchas preguntas sobre sus necesidades, si prospera mejor al sol o a la sombra, si necesita mucha o poca agua, qué grados de calor o frío; pero cuando tenemos en nuestros brazos por primera vez a un ser de infinitas posibilidades, en cuya sabiduría puede residir el destino de una nación, damos por sentado que las leyes que rigen su vida, salud y felicidad se comprenden intuitivamente, que no hay nada nuevo que aprender al respecto. Sin embargo, aquí hay una ciencia a la que los filósofos, hasta ahora, han prestado poca atención. Un hecho importante solo se ha descubierto y puesto en práctica en los últimos diez años: que los niños vienen al mundo cansados, no hambrientos, agotados por el peligroso viaje. En lugar de ser bañados y vestidos a fondo, y mantenidos en el potro de tortura mientras la enfermera hace una prolongada toilette y le alimenta con algún remedio que se supone tiene una influencia medicinal muy necesaria, la cara, los ojos y la boca del niño deben lavarse rápidamente con agua tibia, y el resto del cuerpo aceitarse a fondo, y luego debe deslizarse en una funda de almohada suave, envolverse en una manta y ponerse a dormir. Ordinariamente, en las condiciones adecuadas, con la cara descubierta en una atmósfera fresca y pura, dormirá doce horas. Luego debe ser bañado, alimentado y vestido con una camisa de seda de cuello alto y mangas largas y una manta, todo lo cual podría hacerse en cinco minutos. Como los bebés yacen quietos la mayor parte del tiempo las primeras seis semanas, no necesitan ser vestidos. Creo que la enfermera tardó una hora entera en bañar y vestir a mi primogénito, quien protestó con un gemido melancólico cada bendito minuto.

Ignorante yo misma de los pasos iniciales en el umbral de la vida, supuse que este procedimiento era aprobado por las mejores autoridades. Sin embargo, había estado pensando, leyendo, observando, y tenía tan poca fe en las teorías populares sobre los bebés como en cualquier otro tema. Los veía, por todas partes, enfermos la mitad del tiempo, pálidos y malhumorados, muriendo pronto, sin alegría en la vida. Oía a los padres quejarse de días agotadores y noches sin sueño, mientras cada niño, a su vez, corría el riesgo de erupciones, ictericia, tos ferina, varicela, paperas, sarampión, escarlatina y convulsiones. Todos parecían pensar que estas aflicciones eran parte del plan eterno, que la Providencia tenía una especie de caja de Pandora, de la cual esparcía estas venerables enfermedades muy generosamente entre aquellos a quienes amaba especialmente. Habiendo pasado por la ordalía de dar a luz, estaba decidida, si era posible, a conservarlo, así que leí todo lo que pude encontrar sobre el tema. Pero la literatura sobre este asunto era tan confusa e insatisfactoria como los catecismos largos y cortos y los Treinta y nueve Artículos de nuestra fe. Había visitado recientemente a nuestros queridos amigos, Theodore y Angelina Grimke-Weld, y me advirtieron contra los libros sobre este tema. Habían sido tan engañados por un autor, que les aseguró que el estómago de un niño solo podía contener una cucharada sopera, que casi matan de hambre a su primogénito. Aunque el niño disminuía día a día, y, al final de un mes, parecía un viejecito, seguían apoyando al distinguido autor. Afortunadamente, ambos se fueron un día y dejaron al niño con la hermana "Sarah", quien pensó que haría un experimento y vería qué podía contener el estómago de un niño, ya que tenía serias dudas sobre la teoría de la cucharada. Para su sorpresa, el bebé tomó una botella de medio litro llena de leche y tuvo el sueño más dulce que había conocido en su carrera terrenal. Después de eso se le permitió tomar lo que quisiera, y se informó al "autor" de su difamación sobre el estómago infantil.

Así que aquí, de nuevo, estaba completamente a flote, lanzada a los mares de la duda sin carta ni brújula. La vida y el bienestar de la raza parecían pender del delgado hilo de tales tradiciones como las que transmitían madres y enfermeras ignorantes. Un poderoso rayo de luz iluminó la oscuridad; era la obra de Andrew Combe sobre la "Infancia". Él había observado, evidentemente, algunas de las manifestaciones del hombre en las primeras etapas de su desarrollo, y podía decir, al menos, tanto de los bebés como los naturalistas de los escarabajos y las abejas. Sí dio a las madres jóvenes algunas pistas sobre qué hacer, los porqués y los cómos de ciertas líneas de procedimiento durante la vida prenatal, así como el cuidado adecuado posterior. Leí varios capítulos a la enfermera. Aunque, de sus diez hijos, había enterrado a cinco, todavía tenía demasiada confianza en su propia sabiduría y experiencia para prestar mucha atención a cualquier idea nueva que pudiera sugerírsele. Entre otras cosas, Combe decía que el baño de un niño debía estar regulado por el termómetro, para estar siempre a la misma temperatura. Ella ridiculizó la idea y dijo que su codo era mejor que cualquier termómetro, y, cuando insistí en su uso, invariablemente, con una sonrisa de burla, metía el codo primero, para mostrar cuán exactamente coincidía con el termómetro. Cuando insistí en que el niño no debía ser vendado, se rebeló por completo y dijo que no asumiría la responsabilidad de cuidar a un niño sin una venda. Dije: "Por favor, siéntese, querida enfermera, y razonemos juntas. No piense que estoy anteponiendo mi criterio al suyo, con toda su experiencia. Simplemente estoy tratando de actuar según las opiniones de un distinguido médico, quien dice que no debe haber presión sobre un niño en ninguna parte; que las extremidades y el cuerpo deben estar libres; que es cruel vendar a un infante desde la cadera hasta la axila, como se hace habitualmente en Estados Unidos; o tanto el cuerpo como las piernas, como se hace en Europa; o atarlos a tablas, como hacen los salvajes en ambos continentes. ¿Puede darme una buena razón, enfermera, por la que un niño debe ser vendado?"

"Sí", dijo enfáticamente, "puedo darle una docena".

"Solo pedí una", respondí.

"Bueno", dijo ella, tras muchas dudas, "los huesos de un infante recién nacido son blandos, como cartílago, y, a menos que los sujete bien, existe el peligro de que se caigan a pedazos".

"Me parece", repliqué, "que ha dado la razón más fuerte por la que deben ser protegidos cuidadosamente contra la más mínima presión. Es muy notable que los gatitos y los cachorros estén tan bien ensamblados que no necesitan refuerzos artificiales, y que la familia humana quede totalmente a merced de una venda. Suponga que un niño naciera donde no pudiera conseguir una venda, ¿qué entonces? Ahora, creo que este niño permanecerá intacto sin una venda, y, si estoy dispuesta a correr el riesgo, ¿por qué debería quejarse?"

"Porque", dijo ella, "si el niño muriera, dañaría mi nombre como enfermera. Por lo tanto, me lavo las manos de todas estas nociones nuevas".

Así que vendaba al niño todas las mañanas, y yo, tan regularmente, se la quitaba. Se ha demostrado plenamente desde entonces que es un apéndice tan inútil como el vermiforme. Tenía varios vasos con varias mezclas de hierbas en el rincón de la chimenea, listos para el insomnio, los cólicos, la indigestión, etc., etc., todo lo cual fue retirado cuando ella estaba en su cena. En vano le dije que éramos homeópatas y que temíamos todo en los reinos animal, vegetal o mineral por debajo de la ducentésima dilución. Intenté explicar el sistema de terapéutica de Hahnemann, la filosofía del principio similia similibus curantur, pero ella no tenía capacidad para los primeros principios y no entendió mi discurso. Le dije que, si lavaba la boca del bebé con agua fría pura mañana y noche y le daba una cucharadita para beber ocasionalmente durante el día, no habría peligro de erupciones; que si mantenía las persianas abiertas y dejaba entrar el aire y el sol, mantenía la temperatura de la habitación a sesenta y cinco grados, dejaba la cabeza del niño descubierta para que pudiera respirar libremente, dejaba de mecerlo y trotarlo y cantar himnos tan melancólicos como "¡Escucha, desde las tumbas un sonido lúgubre!", el bebé y yo seríamos capaces de capear el temporal sin una venda. Le dije que amamantaría al niño una vez cada dos horas, y que no debía darle ninguno de sus remedios mientras tanto; que el estómago de un niño, estando hecho bajo el mismo plan general que el nuestro, necesitaba intervalos de descanso tanto como el nuestro. Ella dijo que se retorcería con cólicos si el estómago estaba vacío mucho tiempo, y que seguramente tendría raquitismo si se le mantenía demasiado quieto. Le dije que si el niño no tomaba calmantes, la naturaleza regularía su sueño y sus movimientos. Dijo que no podía quedarse en una habitación con el termómetro a sesenta y cinco grados, así que le dije que se sentara en la habitación contigua y regulara el calor a su gusto; que tocaría un timbre cuando sus servicios fueran necesarios.

El lector se preguntará, sin duda, que mantuviera a una sirvienta tan cascarrabias. No podía conseguir a otra. La querida "Madre Monroe", tan sabia como buena, y tan tierna como fuerte, que había cuidado a dos generaciones de madres en nuestra aldea, estaba ocupada en ese momento, y me vi obligada a aceptar a una extranjera. A menudo había observado a "Madre Monroe" con admiración, mientras giraba y retorcía al bebé de mi hermana. Se acostaba tan pacíficamente en sus manos como si estuvieran forradas con plumón de pato. Lo bañaba y vestía por etapas fáciles, girando al niño una y otra vez como un panqueque. Pero estaba tan llena del magnetismo del amor humano, dando al niño, todo el tiempo, la seguridad más consoladora de que la operación iba a ser corta, que todo el proceso era bastante entretenido para el observador y aparentemente agradable para el niño, aunque tenía una mirada de sorpresa mientras echaba un vistazo rápido, en rápida sucesión, al techo y al suelo. Aun así, mi enfermera tenía sus puntos buenos. Era muy agradable cuando se salía con la suya. Era pulcra y ordenada, y lista para servirme en cualquier momento, de noche o de día. No usaba dentadura postiza que sonara cuando hablaba, ni botas que chirriaran cuando caminaba. No tomaba rapé ni masticaba clavos, ni hablaba excepto cuando se le hablaba. Nuestras discusiones, sobre varios puntos, continuaron a intervalos, hasta que logré plantar algunas ideas en su mente, y cuando me dejó, al final de seis semanas, confesó que había aprendido algunas lecciones valiosas. Como el bebé había dormido tranquilamente la mayor parte del tiempo, no tuvo ataques de llanto, ni cólicos, y yo me veía bien, naturalmente llegó a la conclusión de que el aire puro, el sol, el vestuario adecuado y la alimentación regular eran más necesarios para los bebés que los tés de hierbas y los jarabes calmantes.

Además de la obstinación de la enfermera, tuve que lidiar con la ignorancia de los médicos. Cuando el niño tenía cuatro días de nacido descubrimos que tenía la clavícula torcida. El médico, deseando ejercer presión sobre el hombro, sujetó el vendaje alrededor de la muñeca. «Déjelo así», dijo, «diez días, y luego estará bien». Poco después de que se marchara, noté que la mano del niño estaba azul, lo que demostraba que la circulación estaba obstruida. «Eso no servirá de nada», dije; «enfermera, quíteselo». «No, ciertamente», respondió ella, «jamás interferiré con el médico». Así que se lo quité yo misma y envié a buscar a otro médico, de quien se decía que sabía más de cirugía. Expresó gran sorpresa de que el primer médico al que llamaron hubiera puesto un vendaje tan severo. «Eso», dijo, «serviría para un hombre adulto, pero diez días de eso en un niño lo dejarían lisiado». Sin embargo, hizo casi lo mismo, solo que sujetándolo alrededor de la mano en lugar de la muñeca. Pronto vi que las puntas de los dedos estaban todas moradas, y que dejar eso diez días sería tan peligroso como lo primero. Así que se lo quité.

«¡Qué mujer!», exclamó la enfermera. «¿Qué se propone hacer?»

«Pensar en algo mejor, yo misma; así que apóyeme con unas almohadas y déme al bebé».

Ella me miró horrorizada y dijo: «Más le valdría confiar en los médicos, o su hijo será un lisiado indefenso».

«Sí», respondí, «lo sería si hubiéramos dejado cualquiera de esos vendajes, pero tengo una idea de algo mejor».

«Ahora», dije, hablando en parte para mí misma y en parte para ella, «lo que queremos es un poco de presión sobre ese hueso; eso es lo que ambos hombres intentaron. ¿Cómo podemos conseguirlo sin involucrar al brazo? Esa es la cuestión».

«Estoy segura de que no lo sé», dijo ella, frotándose las manos y dando dos o tres vueltas rápidas por la habitación.

«Bueno, tráigame tres tiras de lino, de cuatro dobleces». Entonces doblé una, humedecida en árnica y agua, y la coloqué sobre la clavícula, puse otras dos bandas, como un par de tirantes, sobre los hombros, cruzándolas tanto por delante como por detrás, y prendiendo los extremos al pañal, lo cual proporcionó la presión necesaria sin obstruir la circulación en ninguna parte. Al terminar, ella me miró con una confianza naciente y pareció satisfecha de que todo estuviera bien. Varias veces, de día y de noche, humedecíamos la compresa y reajustábamos las bandas, hasta que todos los síntomas de inflamación habían disminuido.

Al final de diez días aparecieron los dos hijos de Esculapio, hicieron su examen y dijeron que todo estaba bien, momento en el cual les conté lo mal que funcionaban sus vendajes y lo que yo misma había hecho. Se sonrieron el uno al otro, y uno dijo:

«Bueno, después de todo, el instinto de una madre es mejor que la razón de un hombre».

«Gracias, caballeros, no hubo instinto alguno en ello. Pensé mucho antes de ver cómo podía ejercer presión sobre el hombro sin obstruir la circulación, como hicieron ustedes».

Así, en el momento supremo de la vida de una madre joven, cuando necesitaba cuidado tierno y apoyo, sentí toda la responsabilidad de la supervisión de mi hijo; pero, aunque insegura en cada paso de mi propio conocimiento, aprendí otra lección de autosuficiencia. Después de esto, no confié absolutamente ni en hombres ni en libros, ya fuera con respecto a los cielos de arriba o a la tierra de abajo, sino que continué usando mi «instinto maternal», si «razón» es un término demasiado digno para aplicar a los pensamientos de una mujer. Mi consejo para toda madre es que, por encima de todas las demás artes y ciencias, estudie primero lo relacionado con la infancia, ya que no hay departamento de la acción humana en el que exista una ignorancia tan lamentable.

Al final de seis semanas mi enfermera se marchó, y tuve a una buena mujer en su lugar que obedecía mis órdenes, y ahora surgió una nueva dificultad desde un lugar inesperado. A mi padre y a mi marido se les metió en la cabeza que el niño dormía demasiado. Si no estaba despierto cuando ellos deseaban verlo o mostrárselo a sus amigos, lo sacaban de su cuna en toda ocasión. Cuando vi que ninguno de los dos era susceptible a la razón en este punto, cerré la puerta con llave, y ninguna cantidad de súplicas elocuentes logró que los dejara entrar durante el tiempo que yo consideraba sagrado para los sueños del bebé. A los seis meses, al no haber tenido aún ninguna de las enfermedades que se suponen inevitables, el niño pesaba treinta libras. Entonces, el imponente Peter volvió a ser requerido, y en sus fuertes brazos el niño pasaba muchas de sus horas de vigilia. Peter, con un andar largo y elefantiásico, vagaba lentamente por la ciudad, deteniéndose especialmente en los concurridos mercados de comercio. La curiosidad de Peter se había fortalecido con los años, y, dondequiera que una multitud se reunía alrededor de un mono y un organillo, un carro de vendedor, un puesto de subastas o la oficina de correos a la hora de la correspondencia, allí estaba Peter, negro como el carbón, con «el hermoso niño de blanco», la figura más conspicua entre la multitud. Como le dije a Peter que nunca dejara que los niños besaran al bebé, por miedo a alguna enfermedad, lo mantenía bien en alto, sin permitir manifestaciones afectuosas excepto hacia sí mismo.

Mis lecturas, en este tiempo, se centraban en la higiene. Llegué a la conclusión, después de mucho pensar y observar, de que los niños nunca lloraban a menos que estuvieran incómodos. Un profesor del Union College, que solía combatir muchas de mis teorías, dijo que le dio a uno de sus hijos una buena azotaina a las seis semanas, y que nunca más lo molestó una noche después de eso. Otro Salomón me dijo que una preparación muy débil de opio mantendría al niño siempre tranquilo y lo llevaría a través del peligroso período de la dentición sin una sola ondulación en la superficie de la vida doméstica. Como los niños no pueden decir qué les duele, y sufren por muchas cosas de las que los padres son ignorantes, el llanto del niño debería llevarlos a un examen inteligente. Azotarlo por llorar es silenciar al vigilante en la torre por miedo; darle jarabe calmante es drogar al vigilante mientras los males continúan. Los padres pueden así asegurar ocho horas de sueño en el momento, pero a riesgo de mayores problemas en el futuro con niños enfermos y moribundos. Tom Moore nos dice que «el corazón, por amor a uno, se vuelve generoso hacia todos». Sé que el cuidado de un hijo me hizo pensar en todos los demás. Ahora, nunca escucho llorar a un niño sin sentir que estoy obligada a descubrir la razón.

En mis extensos viajes en giras de conferencias, en años posteriores, tuve muchas experiencias variadas con bebés. Un día, en los vagones, un niño lloraba cerca de mí, mientras los padres, alternativamente, lo sacudían y le daban azotes. Primero uno lo tomaba con un tirón enfático, y luego el otro. Al final escuché al padre decir en un tono rencoroso: «Si no te callas, te arrojaré por la ventana». Uno naturalmente duda en interferir entre padres e hijos, así que generalmente me contengo tanto como puedo soportar la tortura de presenciar tales ultrajes, pero al fin me giré y dije:

«Déjenme tomar a su hijo y ver si puedo descubrir qué le aqueja».

«No le aqueja nada», dijo el padre, «sino mal genio».

El niño vino fácilmente hacia mí. Palpé todo su cuerpo para ver si su ropa le apretaba en alguna parte, o si había alfileres pinchándolo. Le quité el sombrero y la capa para ver si había cuerdas cortándole el cuello o asfixiándolo. Entonces miré sus pies y, ¡he aquí!, ahí estaba el problema. Las botas eran al menos un número demasiado pequeñas. Se las quité, y también los calcetines, y encontré los pies tan fríos como el hielo y las marcas de los calcetines claramente trazadas en la carne tierna. Todos conocemos la agonía de las botas apretadas. Froté los pies y los mantuve en mis manos hasta que estuvieron calientes, momento en el que el pobre pequeñito se quedó dormido. Les dije a los padres: «Son gente joven, veo, y este es probablemente su primer hijo». Ellos dijeron: «Sí». «Sé que no intentan ser crueles, pero si hubieran arrojado esas botas por la ventana, cuando amenazaron con arrojar al niño, habría sido más sabio. Este pobre niño ha sufrido desde que lo vistieron esta mañana». Les mostré las marcas en los pies y llamé su atención sobre el hecho de que el niño se quedó dormido tan pronto como se alivió su dolor. La madre dijo que sabía que las botas estaban apretadas, ya que le costaba ponérselas, pero las viejas estaban demasiado gastadas para el viaje y no tuvieron tiempo de cambiar las otras.

«Bueno», dijo el marido, «si hubiera sabido que esas botas estaban apretadas, las habría arrojado por la ventana».

«Ahora», dije, «permítanme darles una regla: cuando su hijo llore, recuerde que le está diciendo, tan bien como puede, que algo le duele, ya sea por fuera o por dentro, y no descanse hasta que descubra qué es. Ni los azotes, ni los sacudones, ni los regaños pueden aliviar el dolor».

He visto mujeres entrar a los vagones con las caras de sus bebés completamente cubiertas con un chal de manta. A menudo he pensado que me gustaría cubrirles la cara durante una hora y ver cómo lo soportarían. En tales circunstancias, para lograr abrir la manta, he pedido ver al bebé, y generalmente lo he encontrado rojo como un tomate. Enfermeras y madres ignorantes han descubierto que los niños duermen más tiempo con la cabeza cubierta. No saben por qué, ni el efecto perjudicial de respirar una y otra vez el mismo aire que ha sido expulsado de los pulmones, contaminado con gas ácido carbónico. Esto aturde al niño y prolonga el sueño insalubre.

Un día caluroso, en el mes de mayo, entré en un vagón abarrotado en Cedar Rapids, Iowa, y ocupé el único asiento vacío al lado de un caballero que parecía muy nervioso por un niño que lloraba. Apenas me había sentado cuando dijo:

«Madre, ¿sabe algo sobre bebés?»

«¡Oh, sí!», dije, sonriendo, «ese es un departamento de conocimiento del cual me enorgullezco especialmente».

«Bueno», dijo él, «ahí hay un niño que ha llorado la mayor parte del tiempo durante las últimas veinticuatro horas. ¿Qué cree que le aqueja?»

Haciendo una suposición al azar, respondí: «Probablemente necesita un baño».

Él respondió prontamente: «Si usted le da uno, yo proporcionaré los medios necesarios».

Dije: «Primero veré si el niño viene a mí y si la madre está dispuesta».

Encontré a la madre más que feliz de tener unos minutos de descanso, y al niño demasiado cansado para importarle quién lo tomaba. Ella me dio un conjunto de ropa limpia, el caballero extendió su chal de manta en el asiento, asegurando el opuesto para mí y los utensilios de baño. Entonces sacó una toalla, una esponja y un cuenco de caucho lleno de agua, y le di al niño un trago generoso y una ablución completa. Se estiró y pareció disfrutar cada paso del procedimiento, y, mientras le cepillaba sus rizos dorados tan suavemente como pude, se quedó dormido; así que lo cubrí con la toalla y el chal de manta, no queriendo molestarlo para vestirlo. La pobre madre, también, estaba profundamente dormida, y el caballero muy feliz. Él tenía hijos propios y, como yo, sentía una gran lástima por la pobre e indefensa víctima de la ignorancia y la locura. Le pedí a una de las damas que lo vistiera cuando despertara, ya que pronto dejaría el tren. Durmió las dos horas que permanecí allí; cuánto más, nunca lo supe.

Un joven, que había presenciado el procedimiento, bajó en la misma estación y me abordó diciendo:

«Estaría muy agradecido si viniera a ver a mi bebé. Solo tiene un mes de nacido y llora todo el tiempo, y mi esposa, que tiene solo dieciséis años, está agotada y ninguno de los dos sabe qué hacer, así que todos lloramos juntos, y el médico dice que no ve qué le aqueja».

Así que fui en mi misión de misericordia y encontré al niño vendado tan apretado como un tambor. Cuando quité los alfileres y lo desenrollé, prácticamente saltó como el corcho de una botella de champán. Froté su pecho y su espalda y pronto lo calmé hasta que se durmió. Permanecí mucho tiempo, diciéndoles cómo cuidar al niño y a la madre también. Les dije todo lo que se me ocurrió con respecto a la ropa, la dieta y el aire puro. Le pregunté a la madre por qué vendaba a su hijo como lo hacía. Ella dijo que su enfermera le había dicho que había peligro de hernia a menos que el abdomen estuviera bien vendado. Le dije que el único objeto de un vendaje era proteger el ombligo, por unos días, hasta que sanara, y que para ese propósito todo lo que era necesario era un trozo de lino de cuatro pulgadas cuadradas, bien aceitado, doblado cuatro veces, con un agujero en el centro, colocado sobre él. Recordé, al día siguiente, que olvidé decirles que le dieran agua al niño, y así les envié un telegrama: «Denle al bebé agua seis veces al día». Supe de ese bebé después. Vivió y prosperó, y los padres supieron cómo atender las necesidades del siguiente. El padre era operador de telégrafo y tenía muchos amigos —caballeros de la llave— por todo Iowa. Durante muchos años después, en momentos de ocio, estos caballeros «llamaban» a este padre y decían, a través del cable: «Denle al bebé agua seis veces al día». Así «repitieron la historia y difundieron la verdad de polo a polo».

CAPÍTULO VIII.

BOSTON Y CHELSEA.

En el otoño de 1843, mi marido fue admitido en el colegio de abogados y comenzó la práctica de la ley en Boston con el Sr. Bowles, cuñado del difunto general John A. Dix. Esto me dio la oportunidad de hacer muchas amistades agradables entre los abogados de Boston, y de conocer, íntimamente, a muchos de los nobles hombres y mujeres reformadores a quienes había venerado durante mucho tiempo desde la distancia. Aquí, por primera vez, conocí a Lydia Maria Child, Abby Kelly, Paulina Wright, Elizabeth Peabody, Maria Chapman y sus hermosas hermanas, las señoritas Weston, Oliver y Marianna Johnson, Joseph y Thankful Southwick y sus tres brillantes hijas. El hogar de los Southwick era siempre un puerto de descanso para los cansados, donde las huestes antiesclavistas solían congregarse, y donde uno siempre estaba seguro de conocer a alguien que valiera la pena. Su hospitalidad era generosa hasta el extremo, y tan ilimitada que, al final, fueron prácticamente consumidos hasta quedarse sin casa ni hogar. Aquí también, por primera vez, conocí a Theodore Parker, John Pierpont, John G. Whittier, Emerson, Alcott, Lowell, Hawthorne, el Sr. y la Sra. Samuel E. Sewall, Sidney Howard Gay, Pillsbury, Foster, Frederick Douglass, y por último, pero no menos importante, a esos nobles hombres, Charles Hovey y Francis Jackson, los únicos hombres que jamás dejaron dinero para la causa del sufragio femenino. También conocí a la señorita Jackson, más tarde la Sra. Eddy, quien dejó la mitad de su fortuna, cincuenta mil dólares, para el mismo propósito.

Fui una visitante frecuente en el hogar de William Lloyd Garrison. Aunque tenía una batalla prolongada que librar en el rudo mundo exterior, su hogar era siempre un refugio de descanso. La Sra. Garrison era una mujer de temperamento dulce y concienzuda, que intentaba, bajo todas las circunstancias, hacer lo correcto. Tenía buen juicio y un sentido común poco común, era alta y de aspecto fino, con un cabello castaño exuberante, grandes ojos azules tiernos, rasgos delicados y modales afables. Tenían una familia excepcionalmente buena de cinco hijos y una hija. Fanny, ahora esposa de Henry Villard, el financiero, era la favorita y consentida. Todos los niños, en sus años de madurez, han cumplido las promesas de su infancia. Aunque siempre estaban en circunstancias difíciles, los Garrison eran muy hospitalarios. Era casi imposible para el Sr. Garrison conocer a un amigo sin invitarlo a su casa, especialmente al final de una convención.

Yo fui una de las doce personas en una de sus fiestas de té improvisadas. Todos dimos por sentado que su esposa sabía que vendríamos y que sus preparativos ya estaban hechos. Rodeada de media docena de niños, ella estaba realizando el último acto en la ópera de Canción de Cuna, totalmente ajena a la invasión en la planta baja. Pero el Sr. Garrison estaba a la altura de cada emergencia y, después de poner a sus invitados cómodos en el salón, se apresuró a la guardería, se quitó la chaqueta y meció al bebé hasta que su esposa hubo atendido a los niños restantes. Luego tuvieron una consulta sobre el té, y cuando, con la cesta en la mano, el buen hombre salió en busca de los víveres deseados, la Sra. Garrison, habiendo hecho un aseo apresurado, bajó a dar la bienvenida a sus invitados. Ella estaba tan jovial y serena como si todo hubiera sido preparado. No hizo disculpas por lo que faltaba en la apariencia general de la casa ni en la variedad del menú; era suficiente para ella saber que el Sr. Garrison era feliz sintiéndose libre de invitar a sus amigos. La comida improvisada fue excelente y pasamos una velada muy agradable. No tengo ninguna duda de que la Sra. Garrison tuvo más placer real que si hubiera estado ocupada todo el día haciendo preparativos y hubiera estado agotada cuando llegaron sus invitados.

Las convenciones antiesclavistas y ferias, celebradas cada año durante las vacaciones, trajeron a muchas personas encantadoras de otros estados e hicieron de Boston un centro social para los coadjutores de Garrison y Phillips. Estas convenciones superaron cualquier reunión a la que hubiera asistido; los discursos eran elocuentes y los debates, serios y contundentes. Garrison y Phillips estaban en su mejor momento, y la esclavitud era una cuestión de interés nacional. El salón en el que se celebraban las ferias, bajo los auspicios de la Sra. Chapman y sus cohortes, estaba decorado de la forma más artística. Allí uno podía comprar lo que su fantasía deseara, pues los amigos ingleses, estimulados por los llamamientos de Harriet Martineau y Elizabeth Pease, solían enviar cajas de cosas hermosas, reunidas de todas partes del continente oriental. Allí también uno podía obtener un almuerzo de lo más selecto en compañía de los literatos de Boston; pues, por indiferentes que fueran muchos a la esclavitud per se, disfrutaban estas ferias, y todas las clases acudían allí hasta entrada la noche. Era una especie de intercambio de señoras para la semana de vacaciones, donde cada una estaba segura de conocer a sus amigos. La feria y la convención anual, ocurriendo en sucesión, intensificaban el interés en ambas. Nunca me cansé de las convenciones, aunque asistía a todas las sesiones, que duraban, a veces, hasta las once de la noche. La fogosa elocuencia de los abolicionistas, los episodios divertidos que ocurrían cuando algún chiflado era suprimido y llevado en hombros por sus hermanos, daban suficiente variedad a los procedimientos para mantener el interés en el punto más alto.

Había un anciano vestido de blanco, llevando una guadaña, que se imaginaba a sí mismo como la personificación del «Tiempo», aunque era llamado «Padre Lampson». De vez en cuando rebosaba con alguna visión profética y, como no podía ser silenciado, era llevado fuera. Por lo general, se hacía lo más flácido posible, lo que aumentaba la dificultad de su salida y la diversión de la audiencia. Una onda de alegría alteraba, por un momento, incluso la dignidad de la plataforma cuando Abigail Folsom, otra chiflada, gritaba desde la galería: «No te detengas, hermano mío, en el orden de tu partida, sino vete». Los abolicionistas estaban haciendo el experimento, en ese momento, de una plataforma libre, permitiendo que todos hablaran según fueran movidos por el espíritu, pero pronto descubrieron que eso no funcionaría, ya que aquellos evidentemente movidos por el espíritu de la travesura eran tan propensos a airear sus caprichos como aquellos movidos por el espíritu de la verdad.

Sin embargo, la plataforma garrisoniana siempre mantuvo cierto grado de libertad fuera de su programa regular y, aunque esto supuso un trabajo adicional para reprimir a los chiflados, la reunión ganaba entusiasmo gracias a algunas buenas intervenciones espontáneas tanto desde la sala como desde la propia plataforma. Se celebraron varias asambleas multitudinarias en el Faneuil Hall, un lugar grande y lúgubre, con sus paredes desnudas e innumerables ventanas sucias. El único intento de adorno era el águila estadounidense, con las alas extendidas y las garras firmemente clavadas, en medio de la galería. El dorado de su pico se había desgastado, lo que le daba el aspecto, como decía Edmund Quincy, de tener un fuerte resfriado.

Este viejo salón estaba consagrado a tantos recuerdos relacionados con los primeros días de la Revolución que era una especie de La Meca para los amantes de la libertad que visitaban Boston. Las reuniones antiesclavistas que allí se celebraban a menudo eran perturbadas por turbas que mantenían a raya al orador más dotado durante horas y horas, y que solo escuchaban los cánticos de la familia Hutchinson. Aunque estas canciones eran un extracto condensado de toda la constitución y los estatutos antiesclavistas, la turba permanecía tan pacífica bajo estos himnos a la libertad como un niño bajo la influencia de un calmante. ¡Qué bienvenida y hermosa visión aquella cuando los cuatro hermanos, con paños de lana azules y cuellos blancos vueltos al estilo Byron, y la pequeña hermana Abby con seda, encaje suave y cinta azul, aparecían en la plataforma para cantar sus pintorescas baladas de libertad! Recién llegados de las colinas de New Hampshire, se veían tan robustos, tan vigorosos, tan puros, tan sinceros que parecían representantes dignos de todas las virtudes cardinales, e incluso una turba aullante no podía resistirse a su influencia. Quizás, después de una de sus baladas, la turba escuchaba durante cinco minutos a Wendell Phillips o a Garrison hasta que les lanzaba alguna estocada directa, momento en el cual todo era alboroto de nuevo. Los comerciantes del Norte que hicieron sus fortunas con el algodón del Sur, los políticos que querían votos y los ministros que querían mantener la paz en las iglesias, todos estaban tan opuestos a la agitación antiesclavista como los propios esclavistas. Estas eran las clases que representaba la turba, aunque aparentemente estuviera compuesta por jugadores, vendedores de licor y demagogos. Durante años, la lucha antiesclavista en el Norte se llevó a cabo contra el arte de gobernar, el poder clerical, la codicia de las clases adineradas y la ignorancia de las masas, pero, a pesar de todas estas fuerzas del mal, finalmente triunfó.

Yo estaba en Boston en la época en que Lane y Wright, unos ingleses metafísicos, y nuestro propio Alcott celebraban sus famosas conversaciones filosóficas, en las que participaba Elizabeth Peabody. Asistía a ellas con regularidad. Tenía la ambición de absorber toda la sabiduría que pudiera, pero, en realidad, no podría hacer un informe inteligente de los puntos en discusión en ninguna sesión. Oliver Johnson me preguntó un día si las disfrutaba. Pensé, por un brillo en sus ojos, que él creía que no, así que le dije que me avergonzaba confesar que no sabía de qué estaban hablando. Él dijo: «Yo tampoco; muy pocos de sus oyentes lo saben, así que no te sorprendas de que te resulten incomprensibles, ni pienses menos de tu propia capacidad».

Estaba en deuda con el Sr. Johnson por varios de los mayores placeres que disfruté en Boston. Me acompañó a un curso completo de conferencias de Theodore Parker, impartidas en el Marlborough Chapel. Esto fue poco después de que el gran predicador diera su famoso sermón sobre «Lo permanente y lo transitorio en la religión», cuando fue condenado al ostracismo, incluso por los unitarios, por sus declaraciones radicales, y no se le permitió predicar en ninguno de sus púlpitos. Sus conferencias fueron consideradas aún más heterodoxas que aquel sermón. Escandalizó a las iglesias ortodoxas de aquella época, incluso más de lo que Ingersoll lo ha hecho en nuestros tiempos.

Las conferencias, sin embargo, fueron tan satisfactorias para mi alma que me sorprendieron las amargas críticas que escuché expresar. Aunque duraban dos horas, nunca me cansaba y, cuando terminó el curso, le dije al Sr. Johnson:

«Ojalá pudiera escucharlas de nuevo».

«Bueno, puedes», dijo él, «el Sr. Parker va a repetirlas en Cambridgeport, comenzando la próxima semana». En consecuencia, fuimos allí y las escuchamos de nuevo con igual satisfacción.

Durante el invierno en Boston asistí a todas las conferencias, iglesias, teatros, conciertos y convenciones de templanza, paz y reforma penitenciaria que estaban a mi alcance. Nunca había vivido en una latitud tan entusiastamente literaria y reformista antes, y mis facultades mentales se mantenían en la mayor tensión. Fuimos a Chelsea para el verano y nos alojamos con el ministro bautista, el reverendo John Wesley Olmstead, más tarde editor de *The Watchman and Reflector*. Se había casado con mi prima, Mary Livingston, uno de los personajes más adorables y generosos que he conocido. Allí tuve la oportunidad de conocer a varios de los principales ministros bautistas de Nueva Inglaterra y, como estaba completamente imbuida de las ideas de Parker, tuvimos muchas discusiones acaloradas sobre teología. Allí también conocí a Orestes Bronson, un hombre notablemente culto, que había pasado por todas las fases de la experiencia religiosa, desde el ateísmo absoluto hasta el seno de la Iglesia Católica, donde creo que encontró reposo al final de sus días. Era tan arbitrario y dogmático que a la mayoría de la gente no le gustaba; pero yo apreciaba su trato, ya que era un pensador liberal y poseía un mundo de información que transmitía fácilmente a aquellos con un espíritu enseñable. Como entonces estaba en una condición de hambre y sed de verdad sobre cualquier tema, la amistad de un hombre así fue, para mí, una bendición inestimable. Al leer las conferencias de Theodore Parker años después, me sorprendió descubrir lo poco que había en ellas para escandalizar a nadie; la mayoría de las personas pensantes habían crecido a su nivel.

Mientras viví en Chelsea durante dos años, solía caminar (al no haber transporte público los domingos) desde el transbordador hasta el Marlborough Chapel para escuchar predicar al Sr. Parker. Era una caminata larga, de más de dos millas, y estaba tan cansada al llegar a la capilla que me propuse dormir durante todo el servicio preliminar para estar fresca para el sermón, ya que el amigo junto al que me sentaba siempre me despertaba a tiempo. Un domingo, cuando mi amigo estuvo ausente, siendo un día muy cálido y estando yo inusualmente fatigada, ¡dormí hasta que el sacristán me informó de que estaba a punto de cerrar las puertas! En un momento de descuido, compartí este hecho con mis amigos bautistas. Se burlaron de todas las formas posibles de la naturaleza calmante de la teología del Sr. Parker y de mi larga caminata, cada domingo, para reposar a la sombra de un altar heterodoxo. Aun así, la pérdida del sermón fue la única parte molesta, y obtuve el beneficio de la caminata y el sueño reparador, con la música de la melodiosa voz del Sr. Parker y el órgano de tono profundo.

La Sra. Oliver Johnson y yo pasamos dos días en la comunidad de Brook Farm cuando estaba en la cima de su prosperidad. Allí conocí a los Ripley, quienes eran, creo, la columna vertebral del experimento; a William Henry Channing, Bronson Alcott, Charles A. Dana, Frederick Cabot, William Chase, la Sra. Horace Greeley, que pasaba unos días allí, y muchos otros cuyos nombres no puedo recordar. Aquí había una familia encantadora de hombres y mujeres inteligentes, haciendo su propio trabajo de granja y casa, con conferencias, lecturas, música, baile y juegos cuando se deseaba; realizando, en cierta medida, la hermosa visión de Edward Bellamy de las condiciones iguales de la familia humana en el año 2000. La historia del principio y el fin de este experimento de vida comunitaria se ha contado tantas veces que simplemente diré que su fracaso fue una grave decepción para aquellos más profundamente interesados en su éxito. El Sr. Channing me dijo, años después, cuando era pastor de la iglesia unitaria en Rochester, mientras paseábamos por Mount Hope un día, que, cuando la comunidad de Roxbury se disolvió y se vio obligado a regresar a la vieja vida de competencia, habría preferido ser enterrado bajo el césped, ya que el hogar aislado parecía tan solitario, silencioso y egoísta que toda la atmósfera era opresiva.

En 1843 mi padre se mudó a Albany para establecer a mis cuñados, el Sr. Wilkeson y el Sr. McMartin, en la profesión legal. Eso hizo de Albany el punto de reunión familiar durante unos años. Esto me permitió pasar varios inviernos en la capital y tomar parte activa en la discusión del Proyecto de Ley de Propiedad de la Mujer Casada, entonces pendiente en la legislatura. William H. Seward, gobernador del estado de 1839 a 1843, recomendó el proyecto, y su esposa, una mujer de rara inteligencia, lo defendió en la sociedad. Juntos tuvimos la oportunidad de hablar con muchos miembros, tanto del Senado como de la Asamblea, en círculos sociales, así como en sus salas de comités. Los proyectos de ley estuvieron pendientes desde 1836 hasta 1848, cuando finalmente se aprobó la medida.

Mi segundo hijo nació en Albany, en marzo de 1844, bajo mejores auspicios que el primero, ya que sabía, entonces, qué hacer con un bebé. Regresando a Chelsea, comenzamos a llevar nuestra casa, lo que me proporcionó otro capítulo de experiencia. Una casa nueva, recién amueblada, con hermosas vistas de la bahía de Boston, era todo lo que podía desear. El Sr. Stanton me anunció, al empezar, que sus negocios ocuparían todo su tiempo y que yo debía encargarme por completo de las tareas domésticas. Así que, con dos buenos sirvientes y dos bebés bajo mi exclusiva supervisión, mi tiempo estaba gratamente ocupado.

Cuando una se instala por primera vez como ama de una casa, una tiene ese mismo sentimiento de orgullo y satisfacción que debe tener un joven ministro al hacerse cargo de su primera congregación. Es un momento orgulloso en la vida de una mujer reinar supremamente dentro de cuatro paredes, ser aquella a quien se remiten todas las cuestiones de placer y economía doméstica, y sostener en su mano ese pequeño libro familiar en el que los gastos diarios, las salidas y entradas, están debidamente registrados. Estudié todo lo relacionado con el mantenimiento del hogar y lo disfruté todo. Incluso el día de lavado, ese día que tanta gente teme, tenía sus encantos para mí. La ropa limpia en las cuerdas y sobre la hierba se veía tan blanca y olía tan dulce que, para mí, era una vista hermosa para contemplar. Inspiré a mi lavandera con la ambición de que su ropa se viera blanca, de sacarla antes que nuestras vecinas y de tenerla planchada y guardada antes.

Como el Sr. Stanton no venía a casa a cenar, hacíamos un picnic de nuestra comida del mediodía los lunes, y todos los pensamientos y energías se dedicaban a acelerar el lavado. No había barrido ni quitado el polvo innecesario, ni visitas, ni entretenimiento a ángeles desprevenidos en ese día; se consideraba sagrado para el agua jabonosa, las bolsas de azul y los tendederos. Solo los niños no tenían ninguna desviación en la regularidad de sus vidas. Tenían sus paseos y caminatas, sus siestas y raciones, en cantidad y tiempo, como de costumbre. Tenía todos los libros de cocina más aprobados y pasaba la mitad de mi tiempo conservando, encurtiendo y experimentando con platos nuevos. Sentía la misma ambición por sobresalir en todos los departamentos del arte culinario que la que tenía en la escuela en las diferentes ramas del aprendizaje. Mi amor por el orden y la limpieza se trasladaba a todo, desde el salón hasta la cocina, desde la puerta principal hasta la trasera. Le di a un hombre un chelín extra por apilar los troncos de leña con sus extremos lisos hacia afuera, aunque no los hice fregar hasta dejarlos blancos, como hacían nuestras abuelas holandesas. Traté, también, de dar un toque artístico a todo, incluido el vestido de mis hijos y sirvientes. Mi mesa de comedor era redonda, siempre cubierta con un mantel limpio de un patrón bonito y un centro de flores en su temporada, platos bonitos, plata limpia, y dispuesta con pulcritud y cuidado. Ponía mi alma en todo y, por lo tanto, lo disfrutaba. Nunca pude entender cómo las amas de casa podían descansar con basura alrededor de sus puertas traseras; cáscaras de huevo, platos rotos, latas y zapatos viejos esparcidos por sus instalaciones; sirvientes andrajosos y sucios, con el cabello en papeles, y con la cocina y el comedor llenos de moscas. He conocido incluso a artistas que eran indiferentes a su aspecto personal y a su entorno. Sin duda, una madre y un niño, vestidos con gusto, y un hogar bonito como marco, es, como imagen, incluso más atractivo que una escena doméstica colgada en la pared. El amor por lo bello puede ilustrarse tan bien en la vida como sobre el lienzo. Hay tal lucha entre las mujeres por convertirse en artistas que realmente desearía que algunos de sus dones pudieran ilustrarse en hogares limpios, ordenados y hermosos.

Nuestra casa estaba gratamente situada en las colinas de Chelsea, dominando una buena vista de Boston, el puerto y el campo circundante. Allí, en la galería superior, pasé algunos de los días más felices de mi vida, disfrutando, a su vez, de la hermosa perspectiva, de mis hijos y de mis libros. Aquí, bajo la misma sombra del monumento de Bunker Hill, nació mi tercer hijo. Poco después de esto, Gerrit Smith y su esposa vinieron a pasar unos días con nosotros, así que este niño, muy en contra de mi voluntad, fue nombrado como mi primo. No creía en los nombres de familia antiguos a menos que fueran peculiarmente eufónicos. Tenía una lista de nombres hermosos para hijos e hijas, de la cual designar a cada recién llegado; pero, hasta ahora, no se había usado ni uno de mi lista. Sin embargo, puse mi pie en el suelo, en el número 4, y le puse de nombre Theodore, y, hasta ahora, ha demostrado ser un verdadero «regalo de Dios», haciendo todo lo posible, de todas las formas posibles, para luchar en la batalla de la libertad para la mujer.

Durante la visita de mi primo, pensé que me aventuraría en una pequeña y selecta cena, compuesta por el reverendo John Pierpont y su esposa, Charles Sumner, John G. Whittier y Joshua Leavitt. Tenía una nueva cocinera, Rose, cuyos manjares, hasta ahora, habían resultado deliciosos, así que no tenía ansiedad por ese lado. Pero, desafortunadamente, en esta ocasión le había dado una botella de vino para la salsa del pudin y la crema batida, de la cual bebió demasiado, y por lo tanto hubo algunos errores flagrantes en el menú que fueron extremadamente mortificantes. Como el Sr. Smith y mi esposo eran ambos buenos conversadores, les dije que debían cubrir todos los defectos con su brillante conversación, lo cual prometieron hacer.

Rose tenía todos los puntos de una buena sirvienta, frenológica y fisiológicamente. Tenía una cabeza grande, con grandes protuberancias de precaución y orden, sus ojos eran grandes, suaves y estaban muy separados. Al seleccionarla, científicamente, le había dicho a mi esposo, triunfante, varias veces qué tesoro había encontrado. Poco después de la cena, una noche cuando yo estaba fuera, ella sostuvo al bebé mientras la niñera cenaba y descuidadamente le quemó el pie contra la estufa. Entonces el Sr. Stanton sugirió que, al seleccionar a la próxima cocinera, sería mejor no confiar en la ciencia, sino preguntar a la familia donde trabajaba sobre sus virtudes prácticas. ¡Pobre Rose! Lloró por sus errores cuando estaba sobria e hizo promesas justas para el futuro, pero no me atreví a confiar en ella, así que nos separamos. El único inconveniente para las alegrías de llevar una casa era entonces, como lo es ahora, la falta de sirvientes fieles y competentes. La esperanza de llevar la casa de manera cooperativa, en un futuro cercano, nos da alguna promesa de una vida doméstica más armoniosa.

Uno de los libros de mi biblioteca que valoro más es el primer volumen de los poemas de Whittier, publicado en 1838, «Dedicado a Henry B. Stanton, como muestra de la amistad personal del autor y de su respeto por la devoción sin reservas de talentos exaltados a la causa de la humanidad y la libertad». Poco después de nuestra boda, pasamos unos días con nuestro talentoso poeta cuáquero, en su granja en Massachusetts.

Nunca olvidaré esos días felices en junio; las largas caminatas y paseos, y las conversaciones bajo los viejos árboles sobre experiencias antiesclavistas, y la alegría e indignación de Whittier mientras describíamos diferentes escenas de la Convención Antiesclavista Mundial en Londres. Se rió inmoderadamente ante el episodio de Tom Campbell. ¡Pobre hombre! Había tomado demasiado vino ese día, y cuando se leyeron los versos de Whittier, dirigidos a la convención, los criticó severamente y terminó diciendo que el alma de un poeta no estaba en él. El Sr. Stanton saltó de su asiento y recitó algunas de las emocionantes estrofas de Whittier sobre la libertad, que electrizaron a la audiencia, y, volviéndose hacia Campbell, dijo: «¿Qué dices a eso?». «¡Ah! Eso es verdadera poesía», respondió. «Y John Greenleaf Whittier es su autor», dijo el Sr. Stanton.

Disfruté, también, del servicio de la mañana y la tarde, cuando la venerada madre leía las Escrituras y todos inclinábamos nuestras cabezas en adoración silenciosa. Había, a veces, una atmósfera de solemnidad que impregnaba todo, que era opresiva en medio de tanto que apelaba a mi naturaleza superior. Había una sombra de tristeza incluso en la sonrisa de la madre y la hermana, y una rigidez sencilla en la casa y su entorno, una mirada deprimida en el propio Whittier que los cantos de los pájaros, el sol y el vigorizante aire de Nueva Inglaterra parecían incapaces de ahuyentar, causada, como supe después, por dificultades pecuniarias y temores con respecto a la salud delicada de la hermana. Ella, también, tenía un talento poético poco común, y en ella Whittier encontró no solo un compañero servicial en los asuntos prácticos de la vida, sino alguien que simpatizaba con él en los vuelos más altos de los que su musa era capaz. Sus peores temores se hicieron realidad con la muerte de la hermana poco después. En su último volumen se publicaron varios de sus poemas, que son muy dignos del lugar que el aprecio del hermano les ha dado. El amor y la reverencia de Whittier por su madre y su hermana, tan marcados en cada palabra y mirada, eran características encantadoras de su vida hogareña. Todos sus poemas dedicados a nuestro sexo respiran los mismos sentimientos tiernos y de adoración.

Poco después de esta visita a Amesbury, nuestro noble amigo pasó unos días con nosotros en Chelsea, cerca de Boston. Una noche, después de haber estado hablando durante mucho tiempo sobre las infelices disensiones entre los amigos antiesclavistas, para disipar las sombras abrí el piano y propuse que cantáramos algunas canciones alegres. «¡Oh, no!», exclamó el Sr. Stanton, «no toques una nota; pondrás cada nervio del cuerpo de Whittier de punta». Me parecía, para mí, tan natural que a un poeta le gustara la música que me sorprendió saber que era una tortura para él.

Desde nuestra galería superior teníamos una buena vista del puerto de Boston. Sentados allí tarde en una noche de luna, admirando los contornos del monumento de Bunker Hill y el efecto fantasmagórico de las velas y los mástiles de los barcos que yacían en el puerto, pasamos naturalmente del romance de nuestro entorno al de nuestras vidas. A menudo he notado que las personas más reservadas tienden a volverse confidenciales a esa hora. Fue bajo tales circunstancias que el buen poeta me abrió una página profundamente interesante de su vida, un triste romance de amor y decepción, que puede que aún no deba contarse, ya que algunos de los interesados en los eventos están todavía entre los vivos.

Los poemas de Whittier no solo fueron uno de los factores más importantes en la guerra antiesclavista y la victoria, sino que han sido igualmente potentes para emancipar las mentes de su generación de las sombrías supersticiones de la religión puritana. Oliver Wendell Holmes, en su elogio de Whittier, dice que su influencia en el pensamiento religioso del pueblo estadounidense ha sido mucho mayor que la de cualquier ocupante de un púlpito.

Como la salud de mi esposo era delicada y los inviernos de Nueva Inglaterra resultaron demasiado severos para él, dejamos Boston, con muchos remordimientos, y buscamos un clima más benigno en el centro de Nueva York.

CAPÍTULO IX.

LA PRIMERA CONVENCIÓN POR LOS DERECHOS DE LA MUJER.

En la primavera de 1847 nos mudamos a Seneca Falls. Aquí pasamos dieciséis años de nuestra vida matrimonial, y aquí nacieron nuestros otros hijos: dos varones y dos mujeres.

Justo cuando estábamos listos para partir de Boston, el Sr. y la Sra. Eaton y sus dos hijos llegaron de Europa, y decidimos ir juntos a Johnstown, pues el Sr. Eaton estaba obligado a apresurarse a Nueva York por negocios, y el Sr. Stanton debía permanecer aún unos meses en Boston. En el último momento, mi niñera decidió que no podía dejar a sus amigos e irse tan lejos. En consecuencia, mi hermana y yo partimos, por ferrocarril, con cinco niños y diecisiete baúles, hacia Albany, donde descansamos durante la noche y parte del día siguiente. Tuvimos un viaje muy fatigoso, cuidando de tantos baúles y niños, pues los hijos de mi hermana insistían en pararse en la plataforma ante cualquier oportunidad, y los más pequeños seguían su ejemplo. Esto nos mantuvo constantemente en guardia. Estábamos agradecidas cuando, una vez más, aterrizamos a salvo en la antigua casa solariega en Johnstown, a donde llegamos a medianoche. Como nuestros amados padres no habían recibido ninguna advertencia de nuestra llegada, toda la casa fue despertada para acomodarnos. Pero ahora, en puerto seguro, entre escenas familiares y recuerdos agradables, nuestro sueño fue verdaderamente reparador. Qué rápido se deshace uno de toda preocupación y ansiedad bajo el techo paterno, y qué desamparado se siente uno en el mar, sin importar la edad que se tenga, cuando los seres queridos se han ido para siempre y el hogar de la infancia es solo un sueño del pasado.

Después de unos días de descanso, partí, sola, hacia mi nuevo hogar, bastante feliz con la responsabilidad de reparar una casa y poner todas las cosas en orden. Ya estaba familiarizada con muchas de las personas y el entorno de Seneca Falls, ya que mi hermana, la Sra. Bayard, había vivido allí varios años, y yo le había hecho frecuentemente largas visitas. Teníamos también un círculo bastante magnético de reformadores en el centro de Nueva York. En Rochester estaban William Henry Channing, Frederick Douglass, los Anthony, los Post, los Hallowell, los Stebbins —algunas grandes familias cuáqueras antiguas en Farmington—; los Sedgwick, los May, los Mills y Matilda Joslyn Gage en Syracuse; Gerrit Smith en Peterboro y Beriah Green en Whitesboro.

La casa que íbamos a ocupar había estado cerrada durante algunos años y necesitaba muchas reparaciones, y los terrenos, que comprendían cinco acres, estaban cubiertos de maleza. Mi padre me dio un cheque y dijo, con una sonrisa: "Tú crees en la capacidad de la mujer para hacer y atreverse; ahora adelante y pon tu lugar en orden". Tras un examen minucioso de las instalaciones y la debida consulta con uno o dos hijos de Adán, puse a trabajar a los carpinteros, pintores, empapeladores y jardineros, construí una cocina nueva y un cobertizo para la leña, y en un mes tomé posesión. Habiendo dejado a mis hijos con mi madre, no hubo impedimentos para un despliegue completo de mi capacidad ejecutiva. En la compra de ladrillos, madera, pintura, etc., y al hacer tratos con los trabajadores, estuve en consulta frecuente con el juez Sackett y el Sr. Bascom. Este último era miembro de la Convención Constitucional, que entonces estaba en sesión en Albany, y como solía caminar hasta allí cada vez que estaba en casa, para ver cómo progresaba mi trabajo, teníamos largas charlas, sentados sobre cajas en medio de herramientas y virutas, sobre el estatus de las mujeres. Le insté a proponer una enmienda al Artículo II, Sección 3, de la Constitución del Estado, eliminando la palabra "varón", que limita el sufragio a los hombres. Pero, aunque estaba totalmente de acuerdo con todo lo que yo tenía que decir sobre la igualdad política de las mujeres, no tuvo el valor de convertirse en el hazmerreír de la convención. Siempre que lo arrinconaba en este punto, como hombre, cambiaba la conversación a los pintores y carpinteros. Sin embargo, estas conversaciones tuvieron el efecto de llevarlo a la primera convención de mujeres, donde nos prestó un buen servicio.

En Seneca Falls mi vida era comparativamente solitaria, y el cambio desde Boston fue algo deprimente. Allí, todos mis amigos cercanos eran reformadores, tenía vecinos cercanos, una casa nueva con todas las comodidades modernas y sirvientes bien entrenados. Aquí nuestra residencia estaba en las afueras del pueblo, los caminos muy a menudo embarrados y sin aceras en la mayor parte del camino, el Sr. Stanton estaba frecuentemente fuera de casa, tenía sirvientes mediocres y un número creciente de niños. Mantener una casa y sus terrenos en buen orden, comprar cada artículo para el uso diario, mantener los guardarropas de media docena de seres humanos en orden adecuado, llevar a los niños a los dentistas, zapateros y diferentes escuelas, o encontrar maestros en casa, constituía en conjunto suficiente trabajo para mantener ocupado a un cerebro, así como a todas las manos que pudiera reclutar para el servicio. Además, la novedad de las tareas domésticas había desaparecido, y mucho de lo que alguna vez fue atractivo en la vida doméstica era ahora molesto. Tenía tantas preocupaciones que la compañía que necesitaba para el estímulo intelectual era una prueba más que un placer.

Había un asentamiento irlandés bastante cerca, y continuamente llegaban quejas a mis oídos de que mis hijos lanzaban piedras a sus cerdos, vacas y a los techos de sus casas. Esto implicaba constantes relaciones diplomáticas en la resolución de diversas dificultades, en las cuales fui tan exitosa que, a la larga, me constituyeron una especie de árbitro en todas sus propias riñas. Si un marido borracho estaba golpeando a su esposa, los niños corrían a buscarme. Corriendo a la escena de la acción, tomaba a Patrick por el cuello y, para su sorpresa y vergüenza, lo obligaba a sentarse y prometer que se comportaría. Nunca tuve a ninguno de ellos ofreciendo la menor resistencia, y con el tiempo todos llegaron a considerarme como alguien que tenía autoridad. Fortalecí mi influencia cultivando buenos sentimientos. Prestaba a los hombres periódicos para leer e invitaba a sus hijos a nuestros terrenos; les daba fruta, de la cual teníamos en abundancia, y la ropa vieja, libros y juguetes de mis hijos. También era su médica; con mi caja de medicamentos homeopáticos me hacía cargo de los hombres, mujeres y niños en caso de enfermedad. Así se establecieron las relaciones más amistosas y, en cualquier emergencia, estos pobres vecinos eran buenos amigos y siempre estaban dispuestos a servirme.

Pero encontré el deber policial bastante molesto, especialmente cuando me llamaban en noches oscuras para evitar que padres borrachos molestaran a sus hijos dormidos, o para atender a madres pobres en los dolores de la maternidad. ¡Ay, ay! ¿Quién puede medir las montañas de dolor y sufrimiento soportadas en la maternidad no deseada en los hogares de ignorancia, pobreza y vicio, donde mujeres y niños aterrorizados son las víctimas de hombres fuertes frenéticos por la pasión y la bebida embriagante?

Hasta este momento la vida había transcurrido con relativa facilidad, pero ahora la verdadera lucha estaba sobre mí. Mis deberes eran demasiado numerosos y variados, y ninguno lo suficientemente estimulante o intelectual como para poner en juego mis facultades superiores. Sufría de hambre mental, que, como un estómago vacío, es muy deprimente. Tenía libros, pero no compañía estimulante. Para añadir a mi insatisfacción general por el cambio desde Boston, descubrí que Seneca Falls era una región malárica, y a su debido tiempo todos los niños fueron atacados por escalofríos y fiebre que, bajo el tratamiento homeopático de aquellos días, duraban tres meses. Los sirvientes estaban afligidos de la misma manera. La limpieza, el orden, el amor por lo bello y artístico, todo se desvaneció en la lucha por lograr lo que era absolutamente necesario hora tras hora. Ahora entendía, como nunca antes, cómo las mujeres podían sentarse a descansar en medio del desorden general. El trabajo doméstico, en tales condiciones, era imposible, así que empaqué nuestra ropa, cerré la casa y me fui a ese puerto seguro, el hogar, como hice siempre después en tiempos de tormenta.

Ahora entendía completamente las dificultades prácticas con las que la mayoría de las mujeres tenían que lidiar en el hogar aislado, y la imposibilidad del mejor desarrollo de la mujer si estaba en contacto, la mayor parte de su vida, con sirvientes y niños. La vida comunitaria del falansterio de Fourier y los hogares cooperativos tenían un nuevo significado para mí. Emerson dice: "Un descontento saludable es el primer paso hacia el progreso". El descontento general que sentía con la porción de la mujer como esposa, madre, ama de casa, médica y guía espiritual, las condiciones caóticas en las que todo caía sin su supervisión constante, y la mirada cansada y ansiosa de la mayoría de las mujeres me impresionaron con un fuerte sentimiento de que se debían tomar algunas medidas activas para remediar los males de la sociedad en general, y de las mujeres en particular. Mi experiencia en la Convención Mundial Antiesclavista, todo lo que había leído sobre el estatus legal de las mujeres y la opresión que veía en todas partes, todo junto barrió mi alma, intensificado ahora por muchas experiencias personales. Parecía como si todos los elementos se hubieran confabulado para impulsarme a algún paso adelante. No podía ver qué hacer o por dónde empezar; mi único pensamiento era una reunión pública para protestar y discutir.

En esta condición mental azotada por la tempestad, recibí una invitación para pasar el día con Lucretia Mott, en casa de Richard Hunt, en Waterloo. Allí conocí a varios miembros de diferentes familias de Amigos, mujeres serias y reflexivas. Vertí, ese día, el torrente de mi descontento largamente acumulado, con tanta vehemencia e indignación que me incité a mí misma, así como al resto del grupo, a hacer y atreverse a cualquier cosa. Mi descontento, según Emerson, debió ser saludable, porque nos movió a todas a una acción pronta, y decidimos, allí mismo, convocar una "Convención de los Derechos de la Mujer". Escribimos la convocatoria esa misma tarde y la publicamos en el Seneca County Courier al día siguiente, el 14 de julio de 1848, dando solo cinco días de aviso, ya que la convención se celebraría el 19 y 20. La convocatoria fue insertada sin firmas; de hecho, era un mero anuncio de una reunión, pero los principales impulsores y gestores fueron Lucretia Mott, Mary Ann McClintock, Jane Hunt, Martha C. Wright y yo misma. La convención, que se celebró durante dos días en la Iglesia Metodista, fue en todos los sentidos un gran éxito. La casa estaba llena en cada sesión, los discursos fueron buenos y una seriedad religiosa dignificó todos los procedimientos.

Estos fueron los pasos iniciales apresurados de "la reforma más trascendental que jamás se había lanzado al mundo: la primera protesta organizada contra la injusticia que había acechado durante siglos el carácter y el destino de la mitad de la raza". Ninguna palabra podría expresar nuestro asombro al descubrir, pocos días después, que lo que nos parecía tan oportuno, tan racional y tan sagrado, debería ser objeto de sarcasmo y ridículo para toda la prensa de la nación. Con nuestra Declaración de Derechos y Resoluciones como texto, parecía como si cada hombre que pudiera manejar una pluma preparara una homilía sobre la "esfera de la mujer". Todos los diarios, desde Maine hasta Texas, parecían esforzarse por ver cuál podía hacer que nuestro movimiento pareciera más ridículo. Los periódicos antiesclavistas nos apoyaron varonilmente, al igual que Frederick Douglass, tanto en la convención como en su periódico, The North Star, pero tan pronunciada era la voz popular contra nosotras, en los salones, la prensa y el púlpito, que la mayoría de las damas que habían asistido a la convención y firmado la declaración, una por una, retiraron sus nombres e influencia y se unieron a nuestros perseguidores. Nuestros amigos nos dieron la espalda y se sintieron deshonrados por todo el procedimiento.

Si hubiera tenido la más mínima premonición de todo lo que seguiría a aquella convención, me temo que no habría tenido el valor de arriesgarme, y debo confesar que fue con miedo y temblor que acepté asistir a otra, un mes después, en Rochester. Afortunadamente, la primera pareció haber atraído todo el fuego, y de la segunda se habló poco. Pero habíamos puesto la bola en movimiento, y ahora, en rápida sucesión, se celebraron convenciones en Ohio, Indiana, Massachusetts, Pensilvania y en la ciudad de Nueva York, y se han mantenido casi todos los años desde entonces.

Las más notables de las primeras convenciones fueron las celebradas en Massachusetts, en las que participaron hombres como Garrison, Phillips, Channing, Parker y Emerson. Fue una de estas la que atrajo por primera vez la atención de la Sra. John Stuart Mill, y sacó de su pluma aquel artículo capaz sobre "La emancipación de la mujer", en la Westminster Review de octubre de 1852.

El mismo año de la convención, el Proyecto de Ley de Propiedad de la Mujer Casada, que había dado lugar a cierta discusión sobre los derechos de la mujer en Nueva York, había sido aprobado por la legislatura. Esto alentó la acción por parte de las mujeres, ya que surgió naturalmente la reflexión de que, si los hombres que hacen las leyes estaban listos para algún paso adelante, seguramente las mujeres mismas deberían expresar algún interés en la legislación. Ernestine L. Rose, Paulina Wright (Davis) y yo habíamos hablado ante comités de la legislatura años antes, exigiendo iguales derechos de propiedad para las mujeres. Habíamos distribuido peticiones para el Proyecto de Ley de Propiedad de la Mujer Casada durante muchos años, y también lo habían hecho los líderes de la aristocracia holandesa, que deseaban ver sus acumulaciones de toda una vida descender a sus hijas y nietos en lugar de pasar a manos de yernos disipados y sin ahorros. El juez Hertell, el juez Fine y el Sr. Geddes de Syracuse prepararon y defendieron los diversos proyectos de ley, en diferentes momentos, ante la legislatura. Por lo tanto, las demandas hechas en la convención no eran del todo nuevas para el público lector y pensante de Nueva York, el primer Estado en tomar alguna medida sobre la cuestión. Como Nueva York fue el primer Estado en poner la palabra "varón" en su constitución en 1778, era apropiado que fuera la primera en una legislación más liberal. El efecto de la convención en mi propia mente fue de lo más saludable. Las discusiones habían aclarado mis ideas sobre los pasos primordiales a dar para la emancipación de la mujer, y la oportunidad de expresarme plena y libremente sobre un tema que sentía tan profundamente fue un gran alivio. Creo que todas las mujeres que asistieron a la convención se sintieron mejor por la declaración de sus agravios, creyendo que se había dado el primer paso para corregirlos.

Poco después de esto, fui invitada a hablar en varios puntos del vecindario. Una noche, en la Casa de Reuniones Cuáquera en Farmington, invité, como de costumbre, a la discusión y a las preguntas cuando hube terminado. Todas esperamos en silencio durante mucho tiempo; finalmente, un hombre de mediana edad, con un sombrero de ala ancha, se levantó y respondió en un tono cantarino: "Todo lo que tengo que decir es, si una gallina puede cantar, déjenla cantar", enfatizando "cantar" con una inflexión ascendente en varias notas de la gama. La reunión se levantó con sentimientos mezclados de sorpresa y diversión. Confieso que me sentí algo mortificada por tener lo que consideraba mis argumentos irrefutables tan sumariamente despachados, y la impresión seria que había causado en la audiencia tan rápidamente disipada. El buen hombre no pretendía ninguna falta de respeto, como me dijo después. Simplemente puso todo el argumento en pocas palabras: "Deja que una mujer haga lo que pueda".

Con estos nuevos deberes e intereses, y una perspectiva más amplia de la vida humana, mis pequeñas molestias domésticas gradualmente tomaron un lugar subordinado. Ahora comencé a escribir artículos para la prensa, cartas a convenciones celebradas en otros Estados y cartas privadas a amigos, para despertarlos a la reflexión sobre esta cuestión.

El pastor de la Iglesia Presbiteriana, el Sr. Bogue, predicó varios sermones sobre la Esfera de la Mujer, criticando la acción de las convenciones en Seneca Falls y Rochester. Elizabeth McClintock y yo tomamos notas y le respondimos en los periódicos del condado. Gradualmente extendimos nuestras labores y atacamos a nuestros opositores en el New York Tribune, cuyas columnas nos estaban abiertas en los primeros días, siendo el Sr. Greeley, en ese momento, uno de nuestros campeones más fieles.

Al responder a todos los ataques, nos vimos obligadas a estudiar derecho canónico y civil, constituciones, Biblias, ciencia, filosofía e historia, sagrada y profana. Ahora mi mente, así como mis manos, estaba completamente ocupada, y en lugar de lamentarme, como había hecho, por lo que había perdido al dejar Boston, intenté de todas las formas aprovechar al máximo la vida en Seneca Falls. Viendo que los refrigerios elaborados impedían muchas reuniones sociales, a menudo daba una reunión nocturna sin ninguno. Les decía a los jóvenes, cada vez que querían un pequeño baile o un momento de alegría, que hicieran de nuestra casa su punto de reunión, y yo encendería las luces y les daría un vaso de agua y un poco de pastel. De esa manera tuvimos muchas reuniones informales agradables. Luego, a imitación de las Conversaciones de Margaret Fuller, comenzamos una que duró varios años. Seleccionábamos un tema cada semana sobre el cual todas leíamos y pensábamos; cada una, a su vez, preparaba un ensayo de diez minutos de duración.

Estas se celebraban, en diferentes hogares, el sábado de cada semana. Al reunirnos elegíamos un oficial presidente para la velada, quien llamaba al orden a la reunión y presentaba al ensayista. Terminado eso, pedía a cada miembro, a su vez, lo que había leído o pensado sobre el tema, y si alguno tenía críticas que hacer sobre el ensayo. Se esperaba que todos contribuyeran con algo. Se obtuvo mucha información de esta manera, y siguieron muchas discusiones picantes. Todas las damas, así como los caballeros, presidían a su vez, y así se familiarizaron con las reglas parlamentarias. La velada terminaba con música, baile y una charla general. De esta manera leíamos y reflexionábamos sobre una amplia gama de temas y reuníamos a las mejores mentes de la comunidad. Muchos jóvenes y mujeres que no pertenecían a lo que se consideraba el primer círculo —pues en cada pequeña aldea rural siempre hay una pequeña camarilla que constituye la aristocracia— tenían las ventajas de una vida social que de otro modo se les negaba. Creo que todos los que participaron en este Club de Conversación darían fe de sus muchas buenas influencias.

Tenía tres amigas jóvenes bastante íntimas en el pueblo que pasaban gran parte de su tiempo libre conmigo, y que añadieron mucho a mi felicidad: Frances Hoskins, quien era directora del departamento de niñas en la academia, con quien discutía política y religión; Mary Bascom, una buena conversadora sobre los temas del día, y Mary Crowninshield, quien tocaba bien el piano. Como me gustaba mucho la música, la llegada de Mary siempre era saludada con deleite. Su madre, también, era una querida amiga mía, una mujer de rara inteligencia, refinamiento y talento conversacional. Era una Schuyler y pertenecía a la aristocracia holandesa en Albany. Murió repentinamente, después de una corta enfermedad. Estuve con ella en las últimas horas y sostuve su mano hasta que la chispa de vida que se apagaba gradualmente se extinguió. Su hijo es el Capitán A.S. Crowninshield de nuestra Marina.

Mis vecinos más cercanos eran una familia muy agradable e inteligente de hijos e hijas. Pero siempre sentí que los hombres de ese hogar eran propensos a dominar. Como la madre era muy amable y abnegada, a las hijas les resultaba difícil rebelarse. Un verano, después de la limpieza general de la casa, cuando la pintura y el papel frescos habían hecho que incluso la cocina pareciera demasiado delicada para la invasión veraniega de moscas, las reinas del hogar decidieron mover la sombría estufa de cocina a un espacioso cobertizo para la leña, donde mantuvo su dignidad durante una semana, en ausencia del jefe de la casa. La madre y las hijas estaban encantadas con el cambio y se preguntaban por qué no lo habían hecho antes durante los meses de verano. Pero su placer duró poco. El padre y los hijos se levantaron temprano la primera mañana después de su regreso y movieron la estufa de vuelta a su lugar antiguo. Cuando la esposa y las hijas bajaron a preparar su desayuno (pues hacían todo su trabajo) estaban llenas de dolor y decepción. El desayuno se comió en silencio, las mujeres humilladas con un sentimiento de su impotencia, y los hombres gratificados con un sentimiento de su poder. Estos hombres probablemente habrían dicho todos que "el hogar es la esfera de la mujer", aunque se tomaron la libertad de regular todo en su esfera.

CAPÍTULO X.

SUSAN B. ANTHONY.

Los informes de las convenciones celebradas en Seneca Falls y Rochester, N.Y., en 1848, atrajeron la atención de alguien destinada a tomar una parte muy importante en el nuevo movimiento: Susan B. Anthony, quien, por su coraje y capacidad ejecutiva, fue llamada jocosamente por William Henry Channing, el Napoleón de nuestra lucha. En este momento ella estaba enseñando en la academia de Canajoharie, un pequeño pueblo en el hermoso valle del Mohawk.

La "Declaración de sentimientos de la mujer" que surgió de aquellas convenciones le resultó sorprendente y divertida, y se rio de buena gana ante la novedad y la presunción de la demanda. Sin embargo, al regresar a casa para pasar sus vacaciones, le sorprendió descubrir que sus sobrios padres y su hermana cuáqueros, tras haber asistido a las reuniones de Rochester, las consideraban muy provechosas e interesantes, y que las demandas planteadas eran apropiadas y razonables. Ella ya estaba interesada en las reformas contra la esclavitud y a favor de la templanza, era miembro activo de una organización llamada "Las Hijas de la Templanza" y había hablado en algunas ocasiones en sus reuniones públicas. Pero el nuevo evangelio de los "Derechos de la Mujer" encontró una pronta respuesta en su mente y, desde entonces, sus mejores esfuerzos han estado dedicados a la emancipación de las mujeres.

Como, a partir de este momento, mi amiga está estrechamente vinculada a mi relato y aparecerá en él con frecuencia, parece apropiado ofrecer un esbozo de su persona.

Lord Bacon dijo acertadamente: "Quien tiene esposa e hijos ha dado rehenes a la fortuna; pues son impedimentos para las grandes empresas, ya sean de virtud o de maldad. Ciertamente, las mejores obras, y de mayor mérito para el público, han procedido de hombres solteros o sin hijos; los cuales, tanto en afecto como en medios, se han casado con el público y lo han dotado".

Este fragmento de filosofía baconiana, al ser igualmente aplicable a las mujeres, fue el tema, no hace mucho tiempo, de una conversación con una inglesa extraordinariamente dotada. Estaba absorta en muchos intereses públicos y había resuelto conscientemente no casarse nunca, por temor a que los cuidados necesariamente implicados en el matrimonio mermaran su tiempo y su pensamiento, en detrimento del bien público. "A menos que", dijo ella, "algunas mujeres se dediquen al servicio público, la sociedad es despojada de guardianes necesarios para las necesidades especiales de los débiles y desafortunados. Debería haber, en el mundo secular, ciertas órdenes que correspondieran en cierta medida a las grandes hermandades de la Iglesia Católica, a cuyos miembros, tan libremente como a los hombres, deberían abrirse todos los cargos, cívicos y eclesiásticos". Que este ideal se hará realidad puede inferirse del hecho de que mujeres excepcionales han sido, en todas las épocas, líderes en grandes proyectos de caridad y reforma, y de que ahora muchas aguardan solo la sanción de su siglo, listas para amplias labores altruistas.

El mundo siempre ha tenido sus vírgenes vestales, sus santas mujeres, madres de ideas más que de hombres; sus Marías, así como sus Martas, quienes, en lugar de ser amas de casa ocupadas, preferían sentarse a los pies de la sabiduría divina y reflexionar sobre los misterios de lo desconocido. ¡Un saludo a Maria Mitchell, Harriet Hosmer, Charlotte Cushman, Alice y Phoebe Cary, Louisa Alcott, la Dra. Elizabeth Blackwell, Frances Willard y Clara Barton! ¡Todo honor a las nobles mujeres que han dedicado vidas fervientes a las necesidades intelectuales y morales de la humanidad!

Susan B. Anthony era de un robusto linaje de Nueva Inglaterra, y fue al pie del viejo Greylock, en South Adams, Massachusetts, donde lanzó su primer grito rebelde. Allí dio sus primeros pasos de bebé, en la escuela del pueblo aprendió las primeras puntadas y se dominó debidamente el abecedario. Cuando cinco inviernos hubieron pasado sobre la cabeza de Susan, llegó un tiempo de gran conmoción doméstica y, a su corta edad, la niña captó la idea de que la permanencia no es la regla de la vida. La familia se mudó a Battenville, Nueva York, donde el señor Anthony se convirtió en uno de los hombres más ricos del condado de Washington. Susan aún puede recordar la majestuosa frialdad de la gran casa: lo grandes que parecían las habitaciones desnudas, con sus suelos pintados de amarillo, en contraste con su propia pequeñez, y la vista desde el aula donde durante tantos años, con sus hermanos y hermanas, prosiguió sus estudios bajo tutores privados.

El señor Anthony era un austero cuáquero hicksita. En los primeros años de vida de Susan, él se oponía por principio a toda forma de diversión frívola, como la música, el baile o la lectura de novelas, mientras que los juegos e incluso las imágenes eran considerados lujos sin sentido. Tales convicciones puritanas podrían haber degenerado fácilmente en mera hipocresía; pero subyacía en todo ello una base amplia y firme de sano respeto por la libertad individual y una valiente adhesión a la verdad. Era un hombre con gran capacidad para los negocios y un administrador minucioso de sus amplios y lucrativos intereses. Veía que la compensación, y no el azar, gobernaba en el mundo comercial, y creía en la misma ley justa, aunque a menudo severa, en la esfera de la moral. Un hombre así no era propenso a caminar humildemente por el sendero trazado por su secta religiosa. Se ofendió pronto al elegir a una bautista como esposa. Por esta primera ofensa fue "desposeído" y, según la costumbre cuáquera, solo podía ser recibido de nuevo en la hermandad declarándose "arrepentido" de su crimen en una reunión general. Estaba lleno de devota gratitud por la buena mujer a su lado, y destinado a estar agradecido hasta el final por esta compañera, tan tranquila, tan justa, tan previsora. Se levantó en la reunión y dijo que estaba "arrepentido" de que las normas de la sociedad fueran tales que, al casarse con la mujer que amaba, ¡había cometido una ofensa! Admitió que estaba "arrepentido" por algo, ¡así que fue aceptado de nuevo en el cuerpo de los fieles! Pero su fe había comenzado a debilitarse en muchos puntos menores de la disciplina. Su abrigo pronto se convirtió en motivo de ofensa y provocó otra reprimenda de aquellos abotonados en prendas conformistas. Las pequeñas formas del cuakerismo empezaron a perder peso para él por completo, y finalmente fue desposeído por permitir que los jóvenes del pueblo aprendieran a bailar en una habitación superior de su vivienda. Se le solicitó este favor bajo el argumento de que los jóvenes estaban bajo una gran tentación de beber si las lecciones se impartían en el hotel; y, siendo un hombre de rígida templanza, accedió fácilmente, aunque sus principios, con respecto al baile, no le permitían a sus propios hijos e hijas participar en la diversión. Pero la sociedad no podía aceptar tal discriminación en lo que consideraba pecado, ni tal compromiso con la frivolidad mundana, por lo que el señor Anthony no volvió a ser visto en las reuniones. Sin embargo, en años posteriores, en Rochester, fue un atento oyente del reverendo William Henry Channing.

El efecto de todo esto en Susan es la cuestión de interés. Sin duda, ella sopesó desde temprano los efectos morales comparativos de los abrigos cortados con capas y los cortados sin ellas, del amor conyugal puramente cuáquero y aquel deteriorado con el afecto bautista. Susan tenía un alma ferviente y una conciencia que tendía a la morbosidad; pero un cuerpo fuerte y equilibrado y una vida familiar sencilla calmaron su naturaleza moral demasiado activa y dieron al mundo, en lugar de una fanática religiosa, a una trabajadora sincera y concentrada. Su madre le enseñó todas las artes del hogar, y fue tal su habilidad que el deber que requería un cuidado especial siempre quedaba en sus manos. Pero siempre, en medio de las tareas escolares y domésticas, su sueño era que, con el tiempo, pudiera ser una cuáquera de "asiento alto". Cada domingo, hasta el momento de la tercera desobediencia, el señor Anthony iba a la casa de reuniones cuáquera, a unos veinte kilómetros de casa, acompañado habitualmente por su esposa e hijos, aunque, al no ser miembros, eran excluidos rígidamente de todas las discusiones de negocios. La exclusión era muy agradable en los días brillantes del verano; pero, en una ocasión de diciembre, resultó decididamente desagradable para la pequeña Susan de siete años. Cuando se cerraron las persianas, al final de la reunión religiosa, y los no miembros se retiraron, Susan se quedó sentada. Pronto vio a una anciana delgada con gafas azules bajar del "asiento alto". Acercándose a ella, la cuáquera dijo suavemente: "Tú no eres miembro; debes salir". "No; mi madre me dijo que no saliera al frío", fue la firme respuesta de la niña. "Sí, pero debes salir; no eres miembro". "Pero mi padre es miembro". "Tú no eres miembro", y Susan sintió como si el espíritu la estuviera moviendo y pronto se encontró en la frialdad exterior. Al sentir que sus dedos y pies se entumecían, y viendo un fuego brillante en una cabaña al otro lado que la llamaba cálidamente, la exiliada de la capilla decidió buscar refugio secular. ¡Pero ay! se enfrentó a un perro enorme y apenas escapó con la piel intacta, aunque sin su chaqueta con capa. Podemos estar seguros de que hubo mucha conversación esa noche junto al fuego del hogar, y la buena esposa bautista declaró que ninguna hija suya volvería a asistir a la reunión hasta ser hecha miembro. A partir de entonces, por petición de su padre, Susan se convirtió en miembro de la iglesia cuáquera.

Más tarde, convicciones definidas echaron raíces en el corazón de la señorita Anthony. La suya es, de hecho, una naturaleza sinceramente religiosa. Ser una cuáquera sencilla y ferviente fue la aspiración de su niñez; pero se resistía a adoptar el lenguaje formal y el vestir sencillo. Pasó horas oscuras de conflicto por todo esto, e interpretó su desgana como evidencia de indignidad. ¡Pobre pequeña Susan! Al mirar atrás con el conocimiento de nuestra vida posterior, traducimos los tormentos del corazón como protestas inconscientes contra etiquetar tu alma libre, contra probar tu convicción razonada de mañana con cualquier shiboleth de la creencia de hoy. Saludamos esta intuición infantil como una profecía de la veracidad intransigente de la mujer madura. A Susan Anthony se le enseñó simplemente que debía entrar en el santo de los santos de sí misma, conocerse y ser fiel a la revelación. Encontró por primera vez palabras para expresar sus convicciones al escuchar al reverendo William Henry Channing, cuya enseñanza tuvo una influencia espiritual duradera sobre ella. Hoy, la señorita Anthony es agnóstica. En cuanto a la naturaleza de la Divinidad y de la vida más allá de su horizonte, no profesa saber nada. Toda la energía de su alma está centrada en las necesidades de este mundo. Para ella, el trabajo es adoración. No se ha mantenido al margen, temblando en las sombras frías de la incertidumbre, sino que ha avanzado con el mundo giratorio, ha hecho el bien que le fue dado hacer y, así, en las horas más oscuras, ha sido sostenida por una fe inquebrantable en la perfección final de todas las cosas. Su creencia no es ortodoxa, pero es religiosa. En la antigua Grecia habría sido estoica; en la era de la Reforma, calvinista; en la época del rey Carlos, puritana; pero en este siglo diecinueve, por las leyes mismas de su ser, es una reformadora.

Para el arduo trabajo que esperaba a la señorita Anthony, sus años de juventud le habían dado preparación. Su padre, aunque hombre de fortuna, hizo cuestión de conciencia educar a sus hijas, así como a sus hijos, para la autosuficiencia. En consecuencia, Susan eligió la profesión de maestra e hizo su primer ensayo durante unas vacaciones de verano en una escuela que su padre había establecido para los hijos de sus empleados. Su éxito fue tan notable, no solo en impartir conocimientos, sino también como disciplinaria, que siguió esta carrera de forma constante durante quince años, con la excepción de algunos meses dedicados en Filadelfia a su propia formación. De las muchas rebeliones escolares que superó, una surge ante mí, prominente en su aspecto ridículo. Esto ocurrió en la escuela del distrito de Center Falls, en el año 1839. Corrían malos informes allí de maestros varones expulsados por cierto muchacho corpulento. El rumor dijo después que venía una doncella cuáquera a enseñar: una doncella cuáquera de principios de paz. Llegó el día previsto y Susan llegó. Parecía muy mansa para el bárbaro de quince años, así que pronto comenzó con sus travesuras. Fue llamado a la tarima, se le dijo que dejara su chaqueta y, acto seguido, con gran asombro recibió de la suave doncella cuáquera, con una vara de abedul aplicada con calma pero con precisión, una exposición del argumentum ad hominem basada en el método de razonamiento a posteriori. Así Susan se apartó de sus principios, pero no de la escuela.

Pero, en poco tiempo, los conflictos en el mundo exterior perturbaron a nuestra joven maestra. La tabla de multiplicar y el libro de ortografía ya no encadenaban sus pensamientos; cuestiones más amplias comenzaron a llenar su mente. Alrededor del año 1850, Susan B. Anthony escondió su férula. Templanza, antiesclavitud, sufragio femenino... tres preguntas preñadas se presentaron exigiendo su consideración. Más alto, siempre más alto, subieron sus llamamientos, hasta que resolvió dedicar su energía y pensamiento a las necesidades candentes de la hora. Debido a la experiencia temprana de las incapacidades de su sexo, la primera demanda de igualdad de derechos para las mujeres encontró eco en el corazón de Susan. Y, aunque al principio se sorprendió al escuchar que las mujeres se habían reunido realmente en convención, y mediante discursos y resoluciones se habían declarado iguales al hombre en derechos políticos, y habían instado a cambios radicales en las constituciones estatales y en todo el sistema de la jurisprudencia estadounidense; sin embargo, el examen más casual la convenció de que estas reclamaciones no eran más que la consecuencia lógica de las teorías fundamentales de nuestra república.

En esta etapa de su desarrollo conocí a mi futura amiga y colaboradora por primera vez. ¡Qué bien recuerdo aquel día! Habiendo anunciado George Thompson y William Lloyd Garrison una reunión antiesclavista en Seneca Falls, la señorita Anthony vino a asistir a ella. Estos caballeros eran mis invitados. Caminando a casa, después de la clausura, nos encontramos con la señora Bloomer y la señorita Anthony en la esquina de la calle, esperando para saludarnos. Allí estaba ella, con su rostro bondadoso y serio y su sonrisa afable, vestida con lana gris, sombrero y todo del mismo color, realzado con cintas azul pálido, la perfección de la pulcritud y la sobriedad. Me gustó profundamente, y por qué no la invité de inmediato a casa a cenar, no lo sé. Ella me acusa de ese descuido y nunca me ha perdonado, pues deseaba ver y oír todo lo que pudiera de nuestros nobles amigos. Supongo que mi mente estaba llena de lo que había escuchado, o de mi cena próxima, o del comportamiento probable de tres muchachos traviesos que habían estado explorando afanosamente las instalaciones mientras yo estaba en la reunión.

Que tenía abundantes motivos de ansiedad respecto a los experimentos filosóficos que estos jóvenes salvajes podrían intentar, el lector lo admitirá cuando se le informe de algunas de sus hazañas. Henry se imaginaba poseedor de raros poderes de invención (una debilidad ancestral durante generaciones), por lo que hizo un salvavidas de corchos y probó sus virtudes en su hermano, que tenía unos dieciocho meses de edad. Acompañado por una tropa de muchachos expectantes, el bebé fue llevado en su cochecito a las orillas del Seneca, desnudado, con el collar de corchos atado bajo sus brazos, y puesto a flotar en el río, mientras el filósofo y sus satélites, en un bote de remos, observaban el experimento. El bebé, acostumbrado a un baño matutino en una tina grande, chapoteaba alegremente, manteniendo la cabeza sobre el agua. Estaba azul como el añil y frío como una rana cuando fue rescatado por su ansiosa madre. Al día siguiente, el mismo infante victimizado fue visto, por un amigo que pasaba, sentado en la chimenea, en el punto más alto de la casa. Sin alarmar a nadie, el amigo subió apresuradamente al tejado y rescató al niño. En otra ocasión, los tres hermanos mayores entraron en conspiración y encerraron al cuarto, Theodore, en el ahumadero. Afortunadamente, hizo sonar la alarma clara y fuerte, y fue puesto en libertad sano y salvo, tras lo cual los tres fueron encerrados en un desván con dos ventanas enrejadas. Patearon sumariamente los barrotes y, deslizándose por el pararrayos, se dirigieron al granero en busca de libertad. El niño más pequeño, Gerrit, entonces de solo cinco años, se despellejó las manos en el descenso. Esta es una muestra justa de la felicidad tranquila que disfruté en los primeros años de la maternidad.

Fue en medio de tales escenas estimulantes donde la señorita Anthony y yo escribimos discursos para convenciones de templanza, antiesclavitud, educación y derechos de la mujer. Aquí forjamos resoluciones, protestas, apelaciones, peticiones, informes agrícolas y argumentos constitucionales; pues hacíamos cuestión de conciencia aceptar cada invitación a hablar sobre cualquier pregunta, con el fin de mantener el derecho de la mujer a hacerlo. Con este fin nos turnábamos en las torres de vigilancia domésticas, dirigiendo diversiones, resolviendo disputas, protegiendo a los débiles contra los fuertes e intentando asegurar la igualdad de derechos para todos, tanto en el hogar como en la nación. Puedo recordar muchos encuentros severos entre mi amiga y el joven experimentador. Es agradable recordar que nunca hirió seriamente a ninguna de sus víctimas, y solo una vez estuvo cerca de dispararse mortalmente con una pistola. La bala atravesó su mano; felizmente, un botón de latón evitó que penetrara en su corazón.

A menudo dicen quienes mejor conocen a la señorita Anthony que ella ha sido mi ángel de la guarda, empujándome y aguijoneándome siempre a trabajar, y que, de no ser por su pertinacia, nunca habría logrado lo poco que he hecho. Por otro lado, se ha dicho que yo forjaba los rayos y ella los disparaba. Quizás todo esto sea, en cierta medida, cierto. Con los cuidados de una familia numerosa podría, con el tiempo, como demasiadas mujeres, haberme absorbido por completo en un egoísmo familiar estrecho, de no haber estado mi amiga explorando continuamente nuevos campos para labores misioneras. Su descripción de un grupo de hombres en cualquier estrado, decidiendo plácidamente cuestiones en las que la mujer tenía un interés igual, sin una voz igual, me incitaba fácilmente a la determinación de lanzar un tizón en medio de su asamblea.

Así, cada vez que veía a aquella majestuosa chica cuáquera cruzando mi césped, sabía que alguna feliz convocatoria de los hijos de Adán iba a ser puesta en jaque por uno de nuestros llamamientos o resoluciones. Se abría la pequeña maleta, rellena de hechos, y allí teníamos lo que el reverendo John Smith y el honorable Richard Roe habían dicho: falsas interpretaciones de textos bíblicos, las estadísticas de mujeres robadas de su propiedad, excluidas de alguna universidad, pagadas a medias por su trabajo, los informes de algún juicio vergonzoso; suficiente injusticia para desviar los pensamientos de cualquier mujer de las medias y los pudines. Entonces sacábamos nuestras plumas y escribíamos artículos para periódicos, o una petición a la legislatura; redactábamos cartas a los fieles, aquí y allá; agitábamos a las mujeres en Ohio, Pensilvania o Massachusetts; pedíamos a The Lily, The Una, The Liberator, The Standard que recordaran nuestros agravios tanto como los del esclavo. Nunca nos reuníamos sin emitir un pronunciamiento sobre alguna cuestión. En pensamiento y simpatía éramos una, y en la división del trabajo nos complementábamos exactamente. Al escribir hacíamos un mejor trabajo del que cualquiera podría hacer sola. Mientras ella es lenta y analítica en la composición, yo soy rápida y sintética. Yo soy la mejor escritora, ella la mejor crítica. Ella proporcionaba los hechos y las estadísticas, yo la filosofía y la retórica, y juntas hemos hecho argumentos que han permanecido inamovibles a través de las tormentas de largos años; argumentos que nadie ha refutado. Nuestros discursos pueden considerarse el producto unido de nuestros dos cerebros.

Tan totalmente una somos que, en todas nuestras asociaciones, siempre lado a lado en el mismo estrado, ni un solo sentimiento de envidia o celos ha ensombrecido nuestras vidas. Nos hemos entregado libremente a la crítica mutua cuando estamos solas, y hemos contendido acaloradamente siempre que hemos diferido, pero en nuestra amistad de años nunca ha habido una ruptura de una hora. Ante el mundo siempre parecemos estar de acuerdo y reflejarnos uniformemente. Como marido y mujer, cada una tiene la sensación de que no debemos tener diferencias en público. Así unidas, en una época temprana comenzamos a estudiar el estado y la nación, el campo futuro de nuestras labores. Leímos, con ojos críticos, las actas del Congreso y las legislaturas, de las asambleas generales y sínodos, de las conferencias y convenciones, y descubrimos que, en todas por igual, la existencia de la mujer era completamente ignorada.

Noche tras noche, junto a una chimenea a la antigua usanza, tramamos y planeamos la agitación venidera; cómo, cuándo y dónde podría introducirse cada cuña, mediante la cual las mujeres pudieran ser reconocidas y sus derechos asegurados. Rápidamente el Estado ardió con disturbios en las convenciones de templanza y de maestros, y la prensa anunció la noticia a lo lejos que delegadas mujeres habían aparecido repentinamente, exigiendo admisión en las convenciones de hombres; que sus derechos habían sido acaloradamente disputados sesión tras sesión, por hombres liberales por un lado, el clero y profesores eruditos por el otro; una mayoría abrumadora rechazando a las mujeres con terribles anatemas y denuncias. Tales batallas se libraron una y otra vez en las principales ciudades de muchos de los estados del Norte, hasta que la intolerancia de los hombres en todas las reformas y profesiones quedó completamente expuesta. Cada derecho logrado, para entrar en una universidad, para estudiar una profesión, para trabajar en alguna nueva industria o para defender una medida de reforma, fue disputado pulgada a pulgada.

Muchos de los que disfrutan ahora de todas estas bendiciones dicen con complacencia: "Si estas pioneras de la reforma hubieran defendido sus medidas con mayor sensatez, de una manera más propia de una dama, con un lenguaje más selecto, con una actitud más deferente, los caballeros no se habrían comportado de forma tan grosera". Ofrezco en estas páginas suficientes características de estas mujeres, de los sentimientos que expresaron, de su educación, ascendencia y posición para demostrar que ningún poder podría haber enfrentado el prejuicio y la intolerancia de aquel periodo con mayor éxito que quienes, con tanta valentía y persistencia, los combatieron y vencieron.

La señorita Anthony llevó primero su bandera de rebelión a las convenciones estatales de maestros, y allí luchó, casi sola, la batalla por la igualdad. Al finalizar la primera década, había obligado al conservadurismo a ceder tanto terreno como para permitir que las mujeres participaran en todos los debates, leyeran ensayos, votaran y ocuparan cargos de honor como funcionarias. Trabajó con igual sinceridad en el movimiento por la templanza, hasta convencerse de que el poder moral de la mujer significaba poco como agente civil mientras no estuviera respaldado por el voto y convertido en ley estatal. Todavía no pierde ocasión de defender la coeducación y la prohibición, y resuelve toda dificultad con el estribillo "sufragio femenino", tan persistente como el "nunca más" del cuervo de Poe.

CAPÍTULO XI.

SUSAN B. ANTHONY--Continuación.

Fue en 1852 cuando el movimiento antiesclavista, a través de los labios elocuentes de hombres como George Thompson, Phillips y Garrison, proclamó por primera vez ante la señorita Anthony sus apremiantes necesidades financieras. A sus palabras inspiradas respondió, cuatro años después, convirtiéndose en agente empleada regularmente en la Sociedad Antiesclavista. Por la causa que abrazó siempre ha hecho las demandas más audaces. En las reuniones abolicionistas solía decir a cada clase por qué debía apoyar financieramente el movimiento; invariablemente instaba a los demócratas a dar generosamente, pues el éxito de la causa les permitiría dejar de doblar la rodilla ante el poder esclavista.

Apenas hay una ciudad, por pequeña que sea, desde Nueva York hasta San Francisco, que no haya escuchado su voz retumbante. ¿Quién puede contar los discursos que ha pronunciado en plataformas de liceos, en iglesias, escuelas, salones, graneros y al aire libre, con un vagón de madera o un carro como tribuna? ¿Quién puede describir las audiencias y círculos sociales variopintos que ha animado e interesado? Ahora la vemos en las lejanas praderas, entreteniendo, con un sentido común genuino, a grandes reuniones de hombres, mujeres y niños sentados sobre tablas toscas en algún edificio inacabado; luego, sosteniendo debates públicos en algún pueblo con editores y clérigos inmaduros; después, navegando por el río Columbia y, con gran premura por cumplir alguna cita, dando tumbos por las escarpadas montañas de Oregón y Washington; y finalmente, ante asambleas legislativas, convenciones constitucionales y comités del Congreso, discutiendo con senadores y jueces la letra y el espíritu del derecho constitucional.

El estilo de oratoria de la señorita Anthony es rápido y vehemente. En el debate es rápida y aguda, y siempre está a la altura de cualquier emergencia. Muchas veces, viajando con ella por el Oeste, especialmente en nuestro primer viaje a Kansas y California, se nos pidió de improviso hablar ante las mujeres reunidas en las estaciones. Llena de consternación, yo solía pedirle que hablara primero; y, sin un segundo de vacilación, siempre podía llenar cinco minutos con palabras apropiadas e inspirarme pensamientos y valor para continuar. El clímax de estas ocasiones ocurrió en una institución para sordomudos en Michigan. Acababa de decirle a mi amiga: "Hay un consuelo en visitar este lugar: no se nos pedirá que hablemos", cuando el superintendente, acercándose a nosotras, dijo: "Señoras, los alumnos están reunidos en la capilla, listos para escucharlas. Prometí invitarlas a hablarles tan pronto como supe que estaban en la ciudad". La posibilidad de dirigirse a tal audiencia era tan novedosa para la señorita Anthony como para mí; sin embargo, caminó prontamente por el pasillo hacia la plataforma, como si fuera a cumplir un deber ordinario, mientras yo, medio distraída por la ansiedad, preguntándome por qué proceso iba a ponerme en comunicación con los sordomudos, la seguí a regañadientes. Pero el modo era bastante sencillo, cuando fue ilustrado. El superintendente, de pie a nuestro lado, repetía en lenguaje de señas lo que se decía tan pronto como era pronunciado; y mediante risas, lágrimas y aplausos, los alumnos demostraron que apreciaban plenamente el patetismo, el humor y el argumento.

Una noche, cruzando el Misisipi en McGregor, Iowa, quedamos atrapadas por el hielo en medio del río. El barco estaba lleno de gente, hambrienta, cansada y molesta por el retraso. Unos caballeros, con quienes habíamos estado hablando en los vagones, iniciaron el grito: "¡Discurso sobre el sufragio femenino!". En consecuencia, en medio del río Misisipi, a medianoche, presentamos nuestras demandas de representación política y debatimos la cuestión del sufragio universal hasta que desembarcamos. Nuestros compañeros de viaje quedaron muy agradecidos por haber acortado las largas horas, y nosotras igualmente por haber logrado varios conversos y haber celebrado una convención en el mismísimo seno de la gran "Madre de las Aguas". Solo una vez en todos estos viajes la señorita Anthony fue tomada por sorpresa, y fue al pedírsele que hablara ante los internos de un asilo de alienados. "¡Dios mío!", dijo, "¡ya es bastante esfuerzo hablar con los cuerdos! ¿Qué podría decir ante una audiencia de lunáticos?". Su compañera, Virginia L. Minor de San Luis, respondió: "Este es un momento de oro para ti, la primera oportunidad que has tenido, según las constituciones, de hablar ante tus 'pares', pues ¿acaso no se niega el derecho de sufragio a 'idiotas, criminales, lunáticos y mujeres'?".

Mucha curiosidad ha despertado la vida amorosa de la señorita Anthony; pero, si ha gozado o sufrido alguno de los triunfos o decepciones habituales de su sexo, aún no ha confiado esta información a sus biógrafos. Aunque pocas mujeres han tenido amistades más sinceras y duraderas, o una correspondencia más extensa con un amplio círculo de hombres nobles, dudo que alguna de ellas pueda alardear de haber recibido de ella una atención excepcional. A menudo ha dicho en tono de broma, cuando se le cuestiona sobre este punto, que no podría consentir que el hombre al que ama, descrito en la Constitución como un ciudadano estadounidense de sexo masculino, blanco, nacido en el país, poseedor del derecho de autogobierno y elegible para el cargo de Presidente de la gran República, uniera sus destinos en matrimonio con una esclava política y paria. "No, no; cuando sea coronada con todos los derechos, privilegios e inmunidades de un ciudadano, podré considerar esta institución social; pero hasta entonces debo concentrar todas mis energías en la emancipación de mi propio sexo". La vida amorosa de la señorita Anthony, al igual que su religión, se ha manifestado en labores constantes y fervientes por los seres humanos en general. Ha sido una hija, hermana y amiga vigilante y afectuosa, y quienes han sentido las pulsaciones de su gran corazón saben con qué calidez late por todos.

Como desde hace mucho tiempo se observa la costumbre, entre las mujeres casadas, de celebrar los aniversarios de su día de bodas, muy apropiadamente se ha tomado la iniciativa, en los últimos años, de honrar los grandes acontecimientos en la vida de las mujeres solteras. Estando unida por los lazos más estrechos a su profesión, la doctora Harriet K. Hunt de Boston celebró sus veinticinco años de fieles servicios como médica ofreciendo a sus amigos y pacientes una gran recepción, a la que llamó sus bodas de plata. Por un sentimiento de la santidad de la obra de su vida, los admiradores de Susan B. Anthony se han sentido movidos a marcar, mediante recepciones y convenciones, sus años de rápido fluir y las décadas transcurridas del movimiento sufragista. Para la ocasión más brillante de este tipo, las tarjetas de invitación fueron las siguientes:

Las damas de la Oficina de la Mujer le invitan a una recepción el martes por la noche, 15 de febrero, para celebrar el quincuagésimo cumpleaños de Susan B. Anthony, cuando sus amigos tendrán la oportunidad de mostrar su aprecio por sus largos servicios en favor de la emancipación de la mujer.

N.º 49 East 23d St., Nueva York,

10 de febrero de 1870.

Elizabeth B. Phelps,

Anna B. Darling,

Charlotte Beebe Wilbour.

En respuesta a la invitación, los salones de la oficina estaban abarrotados de amigos para felicitar a la señorita Anthony por el feliz acontecimiento, muchos de ellos llevando valiosos regalos como expresión de su gratitud. Entre otros presentes se encontraban un hermoso reloj de oro y cheques por valor de mil dólares. Los invitados fueron entretenidos con música, recitaciones, la lectura de muchas cartas picantes de excusa de personas distinguidas y rimas ingeniosas escritas para la ocasión por las hermanas Cary. La señorita Anthony recibió a sus invitados con su habitual sencillez directa, y en breves y fervientes palabras expresó su agradecimiento por los regalos y elogios que le fueron prodigados. Los comentarios de los principales periódicos, al día siguiente, fueron altamente elogiosos, y tan cordiales como divertidos. Todos hicieron hincapié en el hecho de que, al fin, había surgido una mujer lo suficientemente valiente como para afirmar su derecho a envejecer y declarar abiertamente que medio siglo había rodado sobre su cabeza.

La señorita Anthony ha hecho pocos discursos escritos cuidadosamente preparados; pero estos, por los grandes elogios que suscitaron, prueban que puede--a pesar de sus propias declaraciones en contrario--plasmar sus pensamientos genuinos en papel de manera concisa y efectiva. Tras su exhaustivo alegato, en 1880, por una Decimosexta Enmienda ante el Comité Judicial del Senado, el senador Edmunds se le acercó, cuando ella abandonaba el Capitolio, y le dijo que olvidó decirle, en la sala del comité, que ella había hecho un argumento, sin importar cuáles fueran sus sentimientos personales respecto a las conclusiones alcanzadas, que era irrefutable--un argumento, a diferencia de la oratoria habitual de plataforma en las audiencias, adecuado para un comité de hombres formados en el derecho.

Fue en 1876 cuando la señorita Anthony dio su muy criticada conferencia sobre "Pureza Social" en Boston. Respecto al resultado se sentía muy ansiosa; pues la inteligencia de Nueva Inglaterra componía su audiencia, y no calmaba los latidos de su corazón ver, sentada justo frente a la plataforma, a su reverenciado amigo, William Lloyd Garrison. Pero seguramente todo temor se desvaneció cuando sintió la mano del gran viejo abolicionista presionando cálidamente la suya, y le oyó decir que por escuchar a nadie más habría tenido valor para abandonar su habitación de enfermo, y que se sentía plenamente recompensado por su gran discurso, el cual ni en forma ni en fondo habría cambiado en lo más mínimo. Pero es en la correspondencia privada de la señorita Anthony donde uno debe buscar ejemplos de su escritura más eficaz. A menudo falta el verbo o el sustantivo, pero siempre se puede captar el pensamiento, y siempre lo encontrará claro y sugerente. Es un dialecto sorprendentemente extraño, pero que toca, a veces, las cuerdas más profundas del patetismo y el humor, y, cuando es agitado por algún gran acontecimiento, es altamente elocuente.

De ser la mujer más ridiculizada y perseguida sin piedad, la señorita Anthony se ha convertido en la más honrada y respetada de la nación. Sean testigos los elogios de la prensa y el pueblo, y las entusiastas ovaciones que recibió a su partida hacia Europa en 1883. Nunca se concedieron expresiones de pesar más cálidas por una ausencia, ni oraciones más sinceras por un pronto regreso, a ningún estadounidense al partir de sus costas natales. Este lento despertar al carácter de sus servicios muestra el sentido perdurable de justicia en el alma humana. Habiendo pasado el invierno de 1882-83 en Washington, tratando de presionar para que se votara el proyecto de ley para una Decimosexta Enmienda ante el Congreso, y el otoño en una vigorosa campaña por Nebraska, donde se había sometido al pueblo una enmienda constitucional para emancipar a las mujeres, sintió la necesidad imperativa de un cambio total en el curso de sus pensamientos. En consecuencia, después de una de las convenciones más exitosas jamás celebradas en la capital nacional, una ovación muy halagadora en los espaciosos salones del Riggs House y una gran recepción en Filadelfia, zarpó hacia Europa.

Afortunada en estar perfectamente bien durante todo el viaje, nuestra viajera recibió un disfrute perpetuo observando el mar y el cielo siempre cambiantes. Ante el alegre desafío del capitán de encontrar algo tan grandioso como el océano, ella respondió: "Sí, estas poderosas fuerzas de la naturaleza me llenan de asombro; pero este buque, con fuegos profundamente enterrados, maquinaria poderosa, cubiertas espaciosas y mástiles cónicos, caminando sobre las olas como una cosa viva, y todo ello obra del hombre, impresiona aún más profundamente. ¡He aquí! En el poder creativo divino del hombre se cumple la profecía: '¡Seréis como Dioses!'".

En todos sus viajes por Alemania, Italia y Francia, la señorita Anthony nunca fue una mera turista, sino siempre la humanitaria y reformadora bajo la apariencia de viajera. Pocas de las grandes obras maestras del arte le proporcionaron un disfrute real. La aguda apreciación de las bellezas de la escultura, la pintura y la arquitectura, que uno habría esperado encontrar en una naturaleza tan profundamente religiosa, estaba ausente, deformada, sin duda, por su temprana formación cuáquera. Que sus viajes le produjeran más dolor que placer no fue, quizás, tanto porque no tuviera apreciación por la belleza estética, sino porque captó rápidamente la infinitud de la miseria humana; no porque su alma no sintiera las alturas a las que el arte se había elevado, sino porque vibraba en cada fibra por las profundidades a las que la humanidad había caído. Vagando por un palacio magnífico un día, exclamó: "¿Qué encuentras para admirar aquí? Si fuera una escuela de quinientos niños siendo educados en el derecho al autogobierno, yo también podría admirarlo; pero representar el placer de un solo hombre, ¡digo que no!". En los aposentos de uno de los devotos, en el antiguo monasterio de la Certosa, en Florencia, yace, sobre una pequeña mesa, un libro abierto en el que los visitantes se registran. En la ocasión de la visita de la señorita Anthony, la pluma y la tinta resultaron tan poco prometedoras que todo su grupo declinó esta oportunidad de hacerse famoso, pero ella hizo que la pluma rebelde inscribiera: "Igualdad perfecta para las mujeres, civil, política, religiosa. Susan B. Anthony, EE.UU.". Amigos que visitaron el monasterio al día siguiente informaron que se habían trazado líneas sobre este sentimiento herético.

Durante su visita a la casa del señor y la señora Sargent, en Berlín, la señorita Anthony envió muy inocentemente sus cartas en los sobres oficiales de nuestra Asociación de Sufragio, los cuales llevaban los lemas habituales: "Ningún gobierno justo puede formarse sin el consentimiento de los gobernados", etc. A los pocos días, un funcionario trajo de vuelta un gran paquete, diciendo: "Tales sentimientos no tienen permitido pasar por la oficina de correos". Probablemente nada la salvó del arresto como socialista, bajo las tiránicas regulaciones policiales, sino el hecho de que era invitada del Ministro Plenipotenciario de los Estados Unidos.

Mi hijo Theodore escribió sobre la visita de la señorita Anthony a París: "Nunca antes la había visto en el papel de turista. Parecía interesada solo en los monumentos históricos, y en los hombres y cuestiones de la hora. Las galerías del Louvre tenían poca atracción para ella, pero contempló con profundo placer la tumba de Napoleón, Notre Dame y las ruinas de las Tullerías. Siempre estaba dispuesta a escuchar discusiones sobre los problemas políticos que enfrentaba el pueblo francés, las perspectivas de la República, la agitación por el divorcio y la educación de las mujeres. 'Preferiría ver a Jules Ferry que todas las pinturas del Louvre, Luxemburgo y el Salón', comentó en la mesa". Un día o dos después vio a Ferry en el funeral de Laboulaye. Las tres cosas que dejaron la impresión más profunda en la señorita Anthony, durante su estancia en París, fueron probablemente el entierro de Laboulaye (el amigo de los Estados Unidos y del movimiento femenino); la conmovedora manifestación de aniversario de los comunistas, en el cementerio de Père La Chaise, en el mismo lugar donde los últimos defensores de la Comuna de 1871 fueron fusilados despiadadamente y enterrados en una fosa común; y una reunión por los derechos de la mujer, celebrada en un pequeño salón de la Rue de Rivoli, en la que la valiente y visionaria Mlle. Hubertine Auchet era la figura principal.

Mientras estaba en el continente, la señorita Anthony experimentó la desafortunada sensación de ser sordomuda; hablar y no ser entendida, oír y no comprender, fueron para ella amargas realidades. Podemos imaginar a qué desesperación fue llevada cuando su mojigatería cuáquera pudo recibir un juramento enfático en inglés de un funcionario francés con la exclamación: "¡Bien, suena bien escuchar a alguien incluso maldecir en el viejo anglosajón!". Después de dos meses de silencio forzado, se sintió radiante al llegar de nuevo a las islas británicas, donde pudo disfrutar de la oratoria pública y la conversación general. Aquí fue receptora de muchas atenciones sociales generosas, y, el 25 de mayo, una gran reunión pública de personas representativas, presidida por Jacob Bright, fue convocada en nuestro honor por la Asociación Nacional de Gran Bretaña. Ella habló sobre el estatus educativo y político de las mujeres en Estados Unidos, yo sobre su posición religiosa y social.

Antes de cerrar la biografía de mi amiga, trazaré dos hilos de oro en esta vida estrechamente tejida de incidentes. Uno de los mayores servicios prestados por la señorita Anthony a la causa del sufragio fue emitir un voto en la elección presidencial de 1872, con el fin de probar los derechos de las mujeres bajo la Decimocuarta Enmienda. Por esta ofensa, la valiente mujer fue arrestada el día de Acción de Gracias, la festividad nacional transmitida a nosotros por los Padres Peregrinos que escaparon de las persecuciones de Inglaterra. Pidió un recurso de habeas corpus. Siendo rechazado de plano el recurso, en enero de 1873, su abogado prestó fianza. La audaz acusada, al descubrir que era demasiado tarde, que esto no solo la mantenía fuera de la cárcel, sino también su caso fuera de la Corte Suprema de los Estados Unidos, determinó con pesar seguir luchando y obtener lo máximo mediante una decisión en la Corte de Circuito de los Estados Unidos. Su juicio fue fijado para el periodo de Rochester en mayo. Rápidamente recorrió todo el condado, exponiendo ante cada posible jurado la fortaleza de su caso. Cuando llegó el momento del juicio, el Fiscal de Distrito, temiendo el resultado si la decisión se dejaba a un jurado extraído del condado ilustrado de la señorita Anthony, trasladó el juicio al periodo del condado de Ontario, en junio de 1873.

Ahora era necesario instruir a los ciudadanos de otro condado. En esta tarea, la señorita Anthony recibió una valiosa asistencia de Matilda Joslyn Gage; y, para hacer frente a todos estos nuevos gastos, se recibió ayuda financiera generosamente, sin solicitarla, de Thomas Wentworth Higginson, Gerrit Smith y otros simpatizantes. Pero en vano fue todo esfuerzo; en vano el llamamiento de la señorita Anthony a sus jurados; en vano la influencia moral de los principales representantes del colegio de abogados del centro de Nueva York llenando la sala del tribunal, pues el juez Hunt, sin precedentes que lo respaldaran, declarándolo un caso de derecho y no de hecho, se negó a entregar el caso al jurado, reservándose para sí la decisión final. ¿No fue una escena histórica la que se desarrolló allí, en ese pequeño tribunal de Canandaigua? Todas las inconsistencias estaban encarnadas en ese juez, puntual en sus modales, escrupuloso en su vestimenta, concienzudo en las trivialidades y obtuso en los grandes principios, descrito acertadamente por Charles O'Conor como "un juez muy afeminado". Obsérvenlo sentado allí, equilibrando todas las sutilezas de la ley y la equidad en sus balanzas del Viejo Mundo, y diciendo al final: "La prisionera se pondrá en pie". Acto seguido, la acusada se levantó. "La sentencia del tribunal es que pague una multa de cien dólares y las costas de la acusación". Entonces la indisciplinada acusada responde: "Si place a su Señoría, nunca pagaré un dólar de su injusta sanción", y más de lo mismo, todo lo cual ha cumplido. El juez "afeminado" había obtenido alguna percepción de la determinación de la prisionera; así que, no deseando encarcelarla por toda la eternidad, añadió suavemente: "Señora, el tribunal no ordenará su reclusión hasta que se pague la multa".

Fue el 17 de junio cuando se dictó el veredicto. Ese mismo día, poco menos de un siglo antes, la valiente milicia fue repelida en Bunker Hill--atrás, atrás, casi aniquilada; sin embargo, la verdad estaba en sus filas, y la justicia también. Pero, ¿cómo terminó aquella rebelión de colonos débiles? La causa de la condición de la mujer estadounidense, encarnada por el momento en la libertad de un solo individuo, recibió un revés el 17 de junio de 1873; pero, con la misma seguridad con que nuestros héroes revolucionarios fueron finalmente victoriosos, así recibirán los derechos inalienables de nuestras heroínas del siglo XIX su reivindicación final.

En su discurso de 1880, ante la Sociedad Phi Beta Kappa en Harvard, Wendell Phillips dijo —lo cual por regla general es cierto— que «un reformador, para ser consciente, debe estar libre de la necesidad de ganarse el pan». Abriré las cuentas de la señorita Anthony y mostraré que esta reformadora, siendo quizá la excepción que confirma la regla, ha estado constante y concienzudamente endeudada. Al hojear sus anuarios, las páginas ofrecen un registro justo hasta 1863. Aquí comenzó la primera labor hercúlea. La Liga Leal de Mujeres, necesitada urgentemente de fondos, no era una asociación constituida legalmente, así que su secretaria asumió las deudas. Las cuentas aquí se volvieron bastante lamentables, alcanzando el déficit cinco mil dólares. Debía pagarse y, de hecho, se pagará. Se pasaron horas ansiosas y agotadoras llenando el Cooper Institute, semana tras semana, con audiencias que pagaban para escuchar a hombres como Phillips, Curtis y Douglass, quienes contribuyeron con sus servicios y sacaron a la secretaria de sus deudas. Al fin, tras muchas dificultades, su libro de caja de 1863 fue honrosamente archivado. En 1867 podemos leer la cuenta de la segunda labor hercúlea. Se necesitan veinte mil folletos para convertir a los votantes de Kansas al sufragio femenino. Los gastos de viaje a Kansas y los folletos hacen que la columna de deudores supere a la de acreedores en unos dos mil dólares. En estas páginas hay constancia de más de mil dólares obtenidos mediante la solicitud de anuncios, pero no se hace mención de los agotadores y abrasadores días de julio pasados en las calles de Nueva York para procurar este dinero, ni de la pronta aplicación de los ahorros hechos mediante pequeñas economías de su salario del Comité Hovey.

Habría sido una suerte para mi valiente amiga si los libros de caja de 1868, 1869 y 1870 nunca hubieran bajado de sus estantes; pues cantan y cantan, en notas de deudas, hasta que todas se unen en un vasto coro de mucho más de diez mil dólares. Estos fueron los días de The Revolution, el periódico, no la guerra, aunque para la gerente cargada de deudas fuera una batalla. Pagó varios miles de dólares con dinero ganado dando conferencias y con dinero que le habían dado para uso personal. Un Día de Acción de Gracias fue, en verdad, una ocasión para dar gracias; pues recibió, cancelado, de su primo Anson Lapham, su pagaré de cuatro mil dólares. Tras el funeral de Paulina Wright Davis, el afligido viudo puso en manos de la señorita Anthony pagarés cancelados por quinientos dólares, que llevaban al dorso las palabras: «En memoria de mi amada esposa». Otro pagaré más fue cancelado en reconocimiento a su perfecto olvido de sí misma y a su pronta disposición al sacrificio por las necesidades de los demás. Cuando trabajaba, en 1874, para cumplir con cada compromiso a fin de saldar sus deudas, la repentina enfermedad de su madre la llamó a casa. Sin un solo pesar egoísta, la ansiosa hija se apresuró a ir a Rochester. Cuando la recuperación fue segura y la señorita Anthony estaba a punto de regresar a sus agotadoras labores, su madre le dio, al partir, su pagaré por mil dólares, en el que estaba escrito, con trazos temblorosos: «En justa consideración por el tierno sacrificio hecho para cuidarme en mi grave enfermedad». Al fin, toda la deuda de The Revolution fue pagada, excepto la que debía a su generosa hermana, Mary Anthony, quien solía asegurarle con humor que era una candidata ideal para la ley de bancarrotas.

Hay algo humorísticamente patético en la muerte de The Revolution, esa primogénita de la señorita Anthony. La señora Laura Curtis Bullard asumió generosamente el cuidado del problemático niño y, para hacer legal la adopción, dio la contraprestación habitual: un dólar. La misma noche de la transferencia, la señorita Anthony fue a Rochester con el dólar en el bolsillo y el poco cambio que le quedaba tras comprar su billete. Llegó a salvo con sus deudas, pero nada más: ¡le habían robado el bolsillo! Oh, ladrón, ¡si tan solo pudieras saber qué valor de trabajo fiel hurtaste!

Desde finales del año 1876, las cuentas de la señorita Anthony mostraron signos favorables en cuanto a la columna de crédito. De hecho, al cabo de cinco años había un saldo sólido de varios miles de dólares ganados en giras de conferencias. Pero, ¡ay!, las cuentas vuelven a oscurecerse; de hecho, la columna de crédito se desvanece. «La historia del sufragio femenino» se tragó implacablemente todo vestigio de la cuenta bancaria de la señorita Anthony. Pero, en 1886, por el testamento de la señora Eddy, hija de Francis Jackson de Boston, la señorita Anthony recibió veinticuatro mil dólares para el movimiento por el sufragio femenino, lo que la sacó de deudas una vez más.

En vano buscará usted en estos delatores libros pruebas de extravagancia personal; pues, aunque la señorita Anthony considera que es verdadera economía comprar lo mejor, sus gustos son sencillos. ¿No hay algo muy conmovedor en el hecho de que nunca comprara un libro o un cuadro para su propio disfrute? Los escasos balances personales muestran cuatro lapsos de disciplina, lapsos que incluso ahora considera una extravagancia despiadada, a saber: la compra de dos broches económicos, un reloj muy necesario y un par de puños para combinar con un cuello de encaje de aguja regalado por una amiga. Quienes se interesaban por el aspecto personal de la señorita Anthony dejaron hace mucho de confiarle el dinero para comprar cualquier adorno; pues, por muy firme que fuera su resolución de cumplir con el deseo de ellos, el cheque invariablemente encontraba su camino hacia la columna de crédito de esos pequeños libros de caja como «dinero recibido para la causa». Ahora, lector, usted ha sido admitido a una visión privada de los registros financieros de la señorita Anthony y puede apreciar su devoción a una idea. ¿No está de acuerdo conmigo en que quien se «gana el pan» puede ser una reformadora consciente?

Al terminar este boceto de la amiga más íntima que he tenido en los últimos cuarenta y cinco años, con quien he pasado semanas y meses bajo el mismo techo, puedo decir verdaderamente que es el ser humano más recto, valiente, abnegado y magnánimo que he conocido jamás. La he visto acosada por todos lados con las más pequeñas molestias, ridiculizada y tergiversada, calumniada y perseguida; he sabido de mujeres que se negaban a estrechar su mano extendida; mujeres a quienes ella presentó ejemplares de «La historia del sufragio femenino» y lo devolvieron sin prestarle atención; otras que lo conservaron sin una palabra de agradecimiento; otras que escribieron cartas de lo más insultantes en respuesta a las suyas de afectuosa conciliación. Y, sin embargo, bajo todos los fuegos cruzados incidentales a una reforma, jamás su esperanza flaqueó, su respeto por sí misma vaciló, ni un sentimiento de resentimiento ensombreció su mente. A menudo, cuando yo me sentía profundamente desanimada, pensando que la prolongada lucha era un desperdicio de fuerza que en otras direcciones podría ser rica en logros, ella, con su sublime fe en la humanidad, infundía en mi alma una renovada inspiración diciendo: «Compadécete más que culpar a quienes nos persiguen». Tan estrechamente entrelazadas han estado nuestras vidas, nuestros propósitos y experiencias que, separadas, sentimos una incompletud; unidas, tal fuerza de autoafirmación que ningún obstáculo, dificultad o peligro ordinario nos parece insuperable. Al revisar la vida de Susan B. Anthony, siempre la comparo con la columna dórica de la arquitectura griega, tan sencilla, tan grandiosamente se alza, libre de todo adorno extraño, sosteniendo su única gran idea: la emancipación de la mujer.

Como nuestra estimación de nosotras mismas y de nuestra amistad puede diferir algo de la que se toma desde un punto de vista objetivo, ofreceré un extracto de lo que nuestro amigo común Theodore Tilton escribió sobre nosotras en 1868:

«La señorita Susan B. Anthony, una conocida, infatigable y vitalicia defensora de la templanza, la abolición de la esclavitud y los derechos de la mujer, ha sido, desde 1851, la íntima asociada de la señora Stanton en labores reformatorias. Estas célebres mujeres son de edad aproximadamente igual, pero de características de lo más opuestas, e ilustran la teoría de los complementos en el afecto al mantener la una por la otra una amistad de fuerza extraordinaria.

«La señora Stanton es una excelente escritora, pero una pobre ejecutora; la señorita Anthony es una gerente minuciosa, pero una pobre escritora. Ambas tienen grandes cerebros y grandes corazones; ninguna tiene ambición egoísta por la celebridad; pero cada una compite con la otra en un noble entusiasmo por la causa a la que dedican sus vidas.

«Sin embargo, para describirlas críticamente, debería decir que, aunque son opuestas, cada una no tanto complementa las deficiencias de la otra como aumenta las excentricidades de la otra. Así, a menudo estimulan la agresividad mutua y, al mismo tiempo, disminuyen la discreción de la otra.

«Pero, cualesquiera que sean las expresiones imprudentes de una o los métodos impolíticos de la otra, los motivos que animan a ambas son siempre tan blancos como la luz. El bien que hacen es por diseño; el daño, por accidente. Estas dos mujeres, sentadas juntas en sus salones, han sido, durante los últimos treinta años, diligentes forjadoras de toda clase de proyectiles, desde fuegos artificiales hasta rayos, y los han arrojado con explosiones inesperadas en medio de todo tipo de asambleas educativas, reformatorias, religiosas y políticas; a veces para la agradable sorpresa y media bienvenida de los miembros, más a menudo para el desconcierto y postración de numerosas víctimas; y, en unos pocos casos señalados, para el rechinar de dientes de hombres enfurecidos. No conozco a dos incendiarias más pertinaces en todo el país. Ni ellas mismas negarán la acusación. De hecho, este par que hace ruido son los dos palos de un tambor, manteniendo lo que Daniel Webster llamó "el redoble de la agitación"».

CAPÍTULO XII.

MI PRIMER DISCURSO ANTE UNA LEGISLATURA.

Las mujeres habían estado dispuestas durante tanto tiempo a ocupar una posición subordinada, tanto en los asuntos privados como públicos, que un sentimiento de rebelión que crecía gradualmente entre ellas exasperó bastante a los hombres, y sus manifestaciones de hostilidad en las reuniones públicas eran a menudo tan ridículas como humillantes.

Es cierto que esos caballeros estaban todos muy dispuestos a que las mujeres se unieran a sus sociedades e iglesias para hacer el trabajo pesado; para avivar el entusiasmo en ferias y avivamientos, convenciones y presentaciones de banderas; para pagar un dólar cada una a su tesorería por el honor de ser miembros de sus diversas organizaciones; para pedir dinero para la Iglesia; para hacer circular peticiones de puerta en puerta; para visitar salones; para rezar con los vendedores de ron o desafiarlos; para enseñar en la escuela a mitad de precio y sentarse alrededor de los límites de un salón, en convenciones estatales de maestros, como tantas flores de pared; pero no les permitían sentarse en la plataforma, dirigirse a la asamblea ni votar por hombres y medidas.

Aquellas que habían aprendido las primeras lecciones de los derechos humanos de labios de Henry B. Stanton, Samuel J. May y Gerrit Smith no aceptarían tal posición. Cuando las mujeres abandonaron la reforma de la templanza, todo interés en la cuestión se extinguió gradualmente en el Estado y, en la práctica, no se hizo nada en Nueva York durante casi veinte años. Gerrit Smith hizo uno o dos intentos hacia un partido «anti-taberna», pero, como las mujeres no podían votar, no sintieron interés en la medida y el resultado fue el fracaso.

Pronto convencí a la señorita Anthony de que el voto era la clave de la situación; que cuando tuviéramos voz en las leyes, seríamos bienvenidas en cualquier plataforma. Al canalizar el intenso fervor y entusiasmo religioso de esta mujer de gran alma en este cauce, pronto sentí el poder de mi conversa al aguijonearme siempre hacia adelante para un trabajo más incansable. Pronto unidas, corazón a corazón, con ganchos de acero en una amistad que años de confianza y afecto han fortalecido constantemente, hemos trabajado fielmente juntas.

Desde el año 1850 se celebraron convenciones en varios Estados y sus respectivas legislaturas fueron continuamente sitiadas; Nueva York fue inspeccionada minuciosamente por la señorita Anthony y otras. Se hicieron circular innumerables llamamientos, convocatorias de reuniones y peticiones. En 1854 preparé mi primer discurso para la legislatura de Nueva York. Aquello fue un gran acontecimiento en mi vida. Me sentía tan nerviosa por ello, temiendo que no fuera digno de la ocasión, que la señorita Anthony sugirió que me escapara a Rochester y se lo presentara al reverendo William Henry Channing, quien predicaba allí en ese momento. Lo hice, y su opinión fue tan favorable respecto a los méritos de mi discurso que me sentí bastante reconfortada. Mi padre se sintió igual de nervioso cuando vio, por el Albany Evening Journal, que yo iba a hablar en el Capitolio, y me pidió que le leyera mi discurso a él también. En consecuencia, me detuve en Johnstown de camino a Albany y, tarde una noche, cuando estaba solo en su despacho, entré y tomé asiento al lado opuesto de su mesa. En ninguna ocasión, antes o después, me sentí más avergonzada: una audiencia de uno, y ese el uno de todos los demás cuya aprobación más deseaba, cuya desaprobación más temía. Sabía que condenaba todo el movimiento y que estaba profundamente apenado por la parte activa que había tomado. Por lo tanto, era plenamente consciente de que estaba a punto de dirigirme a una audiencia totalmente carente de empatía. Sin embargo, comencé, con una determinación obstinada de dar todo el poder que pudiera a mi manuscrito, y de no desanimarme ni desviarme de mi propósito por ningún llamamiento tierno o crítica adversa. Describí a la viuda en las primeras horas de su dolor, sujeta a las intrusiones de los groseros esbirros de la ley, haciendo inventario de los bienes del hogar, de la vieja silla en la que su ser querido había dado su último aliento, del viejo reloj en el rincón que marcaba la hora en que falleció. Puse todo el patetismo que pude en mi voz y lenguaje en este punto y, para mi inmensa satisfacción, vi lágrimas llenando los ojos de mi padre. No puedo expresar la exaltación que sentí, pensando que ahora vería, con mis ojos, la injusticia que sufrían las mujeres bajo las leyes que él conocía tan bien.

Sintiendo que había tocado su corazón, continué con renovada confianza y, cuando terminé, vi que estaba completamente magnetizado. Con el corazón palpitante esperé a que rompiera el silencio. Evidentemente, estaba reflexionando profundamente sobre todo lo que había escuchado y no habló durante mucho tiempo. Creí haber abierto para él un nuevo mundo de pensamiento. Había escuchado durante mucho tiempo las quejas de las mujeres, pero de los labios de su propia hija habían salido con un patetismo y un poder más profundos. Al final, volviéndose bruscamente, dijo: «Seguramente has tenido una vida feliz y cómoda, con todos tus deseos y necesidades cubiertos; y, sin embargo, ese discurso me llena de remordimiento; pues uno podría preguntarse naturalmente, ¿cómo puede una mujer joven, criada con ternura, que no ha tenido ninguna experiencia personal amarga, sentir tan profundamente los agravios de su sexo? ¿Dónde aprendiste esta lección?». «La aprendí aquí», respondí, «en tu despacho, de niña, escuchando las quejas que las mujeres te hacían a ti. Aquellas que tienen simpatía e imaginación para hacer suyos los pesares de los demás pueden aprender fácilmente todas las duras lecciones de la vida a partir de la experiencia ajena». «¡Bien, bien!», dijo, «has expuesto tus puntos de forma clara y contundente; pero creo que puedo encontrarte leyes incluso más crueles que las que has citado». Sugirió algunas mejoras en mi discurso, buscó otras leyes, y era la una de la mañana antes de que nos diéramos las buenas noches con un beso. Cómo se sintió respecto a la cuestión después de eso no lo sé, ya que nunca dijo nada a favor ni en contra. Me dio con gusto toda la ayuda que necesité, de vez en cuando, para buscar las leyes, y deseaba mucho que todo lo que presentara al público estuviera cuidadosamente preparado.

La señorita Anthony imprimió veinte mil ejemplares de este discurso, lo puso sobre el escritorio de cada miembro de la legislatura, tanto en la Asamblea como en el Senado, y, en sus viajes de aquel invierno, lo hizo circular por todo el Estado. Me alegra decir que nunca me sentí tan ansiosa por el destino de un discurso desde entonces.

La primera convención de mujeres en Albany se celebró en esta época, y tuvimos una especie de reunión prolongada durante dos semanas después. Hubo varias audiencias ante ambas ramas de la legislatura y una sucesión de reuniones en el Association Hall, en las que participaron Phillips, Channing, Ernestine L. Rose, Antoinette L. Brown y Susan B. Anthony. Al estar en la capital del Estado, el debate se suscitó en cada hogar, mientras que los comentarios de la prensa fueron numerosos y variados. Cada pequeño periódico rural tenía algo ingenioso o estúpido que decir sobre el levantamiento de las «de mente fuerte». Aquellos editores cuyas cabezas eran más o menos del tamaño de una manzana fueron los más opuestos al levantamiento de las mujeres, ilustrando lo que Sidney Smith dijo hace mucho tiempo: «Siempre hubo y siempre habrá una clase de hombres tan pequeños que, si las mujeres fueran educadas, no quedaría nadie por debajo de ellos». ¡A la pobre naturaleza humana le encanta tener algo a lo que mirar por encima del hombro!

He aquí una muestra de la forma en que tales editores hablaban en aquella época. El Albany Register, en un artículo sobre «Derechos de la mujer en la legislatura», fechado el 7 de marzo de 1854, dice:

«Mientras las propagandistas femeninas de los derechos de la mujer se limitaron a la exhibición de enaguas cortas y botas de caña alta, y a la celebración de convenciones y discursos en salas de conciertos, la gente estuvo dispuesta a divertirse con ellas, como lo hacen con el ingenio del payaso en el circo, o las actuaciones de Punch y Judy en los días de feria, o la música de caballeros con rostros ennegrecidos, con banjos, panderetas y huesos. Pero la broma se está volviendo rancia. La gente se está empalagando con estas actuaciones y busca una diversión más sana e intelectual. Lo ridículo se está desvaneciendo y el disgusto está ocupando el lugar de las sensaciones placenteras derivadas de la novedad de esta nueva fase de hipocresía y fanatismo infiel.

«La gente comienza a preguntarse hasta qué punto el sentimiento público debería sancionar o tolerar a estas mujeres desexualizadas, que saldrían de la verdadera esfera de la madre, la esposa y la hija, y asumiendo los deberes y los negocios de los hombres, se pavonearían ante la mirada pública y, al participar en la política, las ásperas controversias y el tráfico del mundo, trastornarían las instituciones existentes y arrollarían todas las relaciones sociales de la vida.

«Es una reflexión melancólica que, entre nuestras mujeres estadounidenses, educadas para cosas mejores, se encuentre alguna dispuesta a seguir el liderazgo de propagandistas extranjeras como la exótica con rizos y guantes, Ernestine L. Rose. Podemos entender cómo un hombre como el reverendo Sr. May, o el doctor Channing de cabeza lisa, puede ser engañado por ella para convertirse en uno de sus discípulos. No son los primeros casos de infatuación que pueden sobrevenir a hombres de mente débil, si son honestos en su devoción hacia ella y sus doctrinas; ni serían los primeros ejemplos de una baja ambición que busca la notoriedad como sustituto de la verdadera fama, si fueran deshonestos. Tales hombres existen siempre, y, honestos o deshonestos, su verdadera posición es la de estar atados a los delantales de alguna mujer de mente fuerte, y ser exhibidos como raros especímenes de maldad humana o de debilidad y locura humana. Pero que una estadounidense educada se convierta en su discípula y siga sus enseñanzas dementes es una maravilla».

Cuando vemos el abuso y el ridículo a los que fueron sometidos los mejores hombres por estar en nuestra plataforma en los primeros días, no debemos sorprendernos de que tan pocos hayan sido lo suficientemente valientes como para defender nuestra causa en años posteriores, ya sea en convenciones o en los pasillos de la legislatura.

Tras doce años añadidos de agitación, después de la aprobación de la Ley de Propiedad, Nueva York concedió otros derechos civiles a las mujeres casadas. Pendiente el debate de estos diversos proyectos de ley, Susan B. Anthony hizo circular peticiones, tanto por los derechos civiles como políticos de las mujeres, por todo el Estado, viajando en diligencias, carros abiertos y trineos en todas las estaciones, y a pie, de puerta en puerta a través de pueblos y ciudades, haciendo todo lo posible por despertar a las mujeres a algún sentido de sus derechos naturales como seres humanos, y a sus derechos civiles y políticos como ciudadanas de una república. Y mientras gastaba su tiempo, fuerza y dinero para asegurar estas bendiciones para las mujeres del Estado, ellas le decían bruscamente que tenían todos los derechos que querían, o le cerraban groseramente la puerta en la cara; dejándola fuera, con la petición en la mano, tratándola con tanto desprecio como si estuviera pidiendo limosna para sí misma. Nadie, excepto quienes hicieron ese trabajo en los primeros días, por los esclavos y las mujeres, podrá conocer jamás las penurias y humillaciones que se soportaron. Pero se hizo porque solo a través de las peticiones —un poder aparentemente tan ineficiente— podían las clases privadas de derechos ser escuchadas en los consejos estatales y nacionales; de ahí su importancia.

Las frívolas objeciones que algunas mujeres planteaban a nuestras apelaciones eran tan exasperantes como ridículas. Responderles con cortesía, en todo momento, requería una paciencia divina. En una ocasión, tras dirigirme a la legislatura, algunas de las damas, al felicitarme, me preguntaron en tono despectivo: "¿Qué hace usted con sus hijos?". "Señoras", dije, "no me lleva más tiempo hablar que a ustedes escuchar; ¿qué han hecho ustedes con sus hijos durante las dos horas que han estado sentadas aquí? Pero, para responder a su pregunta, nunca dejo a mis hijos para ir a Saratoga, Washington, Newport o Europa, ni siquiera para venir aquí. Están, en este momento, con una niñera fiel en el Delevan House y, una vez cumplida mi misión, regresaremos todos juntos a casa".

Cuando mis hijos alcanzaron el número mágico de siete, mi buen ángel, Susan B. Anthony, solía llevarse a uno o dos de ellos a su propio hogar tranquilo, a las afueras de Rochester, donde, en una pequeña granja bien cultivada, uno podía disfrutar de un descanso ininterrumpido y de las frutas más selectas de la temporada. Aquel era siempre un puerto seguro para mi amiga, ya que su familia simpatizaba plenamente con las reformas a las que ella dedicó su vida. Guardo muchos recuerdos gratos de mis propias visitas fugaces a aquel hospitalario hogar cuáquero y del amplio espíritu católico de Daniel y Lucy Anthony. A pesar de la oposición y el ridículo que su hija sufría en otras partes, ella disfrutaba de la firme simpatía y confianza de su propio círculo familiar. Su fiel hermana Mary, maestra de gran éxito en las escuelas públicas de Rochester durante un cuarto de siglo y una buena financiera que, con su patrimonio y su salario, había ahorrado un capital, cargó sobre sus hombros el doble deber en el hogar, alegrando los últimos años de sus padres para que Susan pudiera realizar el trabajo público en las reformas en las que todos estaban igualmente interesados. Ahora, con la seria labor de la vida casi terminada, las hermanas viven felizmente juntas, ilustrando otro de los muchos hogares encantadores de mujeres solteras que tanto se multiplican últimamente.

La señorita Anthony, que era una invitada frecuente en mi hogar, a veces montaba guardia cuando yo estaba ausente. Los niños de nuestra casa dicen que, entre sus primeros recuerdos, está el cuadro de "Madre y Susan", sentadas junto a una mesa grande cubierta de libros y papeles, escribiendo siempre y hablando sobre la Constitución, interrumpidas por las visitas ocasionales de otros fieles. Hasta aquí llegaron Elizabeth Oakes Smith, Paulina Wright Davis, Frances Dana Gage, la doctora Harriet Hunt, la reverenda Antoinette Brown, Lucy Stone y Abby Kelly, hasta que todos estos nombres fueron tan familiares para los niños como palabras cotidianas.

Martha C. Wright, de Auburn, era una visitante frecuente en el centro de la rebelión, como llamábamos jocosamente a mi apartada cabaña en Locust Hill. Ella aportaba a estos consejos de guerra no solo su propia sabiduría, sino también la de la esposa y la hermana de William H. Seward, y a veces sugerencias alentadoras del propio gran estadista, de cuyos escritos a menudo extraíamos sentimientos grandiosos y radicales. Lucretia Mott, también, siendo invitada ocasional de su hermana, Martha C. Wright, añadía la dignidad de su presencia a muchas de estas importantes consultas. Ella estaba uniformemente a favor de suavizar nuestros fogosos pronunciamientos. Para la señorita Anthony y para mí, el idioma inglés no tenía palabras lo suficientemente fuertes para expresar la indignación que sentíamos ante la prolongada injusticia hacia las mujeres. Descubrimos, sin embargo, que después de expresarnos de la manera más vehemente y, por tanto, de dar en cierta medida salida a nuestros sentimientos, nos resignábamos a publicar los documentos en términos más moderados. Si los hombres del Estado hubieran conocido los severos reproches, las denuncias, el ingenio, la ironía y el sarcasmo que allí se acumulaban, para luego ser archivados juiciosamente y sustituidos por apelaciones más suaves y persuasivas, habrían estado verdaderamente agradecidos de haber salido tan bien librados.

El senador Seward dejaba frecuentemente Washington para visitar nuestro vecindario, en la casa del juez G.V. Sackett, un hombre de riqueza e influencia política. Una de las anécdotas habituales del senador durante la cena, para ilustrar la influencia purificadora de las mujeres en las urnas, que siempre contaba con gran entusiasmo para mi beneficio especial, era sobre la manera en que la hermana de su esposa ejercía el derecho al sufragio.

Él decía: "La señora Worden, al tener la supervisión de una granja cerca de Auburn, se veía obligada a contratar a dos o tres hombres para su cultivo. Era su costumbre, tras haberlos examinado sobre su capacidad para realizar el trabajo requerido, su conocimiento de herramientas, caballos, ganado y horticultura, preguntarles por su política. Les informaba que, siendo viuda y no teniendo a nadie que la representara, debía tener republicanos para realizar su voto y representar sus opiniones políticas, y siempre sucedía que los hombres que ofrecían sus servicios pertenecían al Partido Republicano. Le comenté un día: '¿Estás segura de que tus hombres votan como prometen?'. 'Sí', respondió ella, 'no confío nada a su discreción. Los llevo en mi carruaje a la vista de las urnas y los pongo a cargo de algún republicano de confianza. Me aseguro de que tengan las boletas correctas y entonces me siento segura de que estoy fielmente representada, y sé que hago lo correcto al actuar así. No tengo marido, ni padre, ni hijo; soy responsable de mis propios impuestos; estoy sujeta a todas las leyes del Estado; debo pagar la pena de mis propios delitos si cometo alguno; por tanto, tengo derecho, de acuerdo con los principios de nuestro gobierno, a la representación, y mientras no se me permita votar en persona, tengo derecho a hacerlo por poder; por eso contrato hombres para que voten mis principios'".

Estas dos hermanas, la señora Worden y la señora Seward, hijas del juez Miller, un hombre influyente, eran mujeres cultas y de una inteligencia natural notable, interesadas en todas las ideas progresistas. Tenían un sentido común poco común y una gran independencia de carácter, una gran sencillez de modales y eran totalmente indiferentes a las pequeñas artes del tocador.

A menudo, mujeres de la alta sociedad me decían que se oponían al movimiento por los derechos de la mujer debido a la publicidad de una convención, la inmodestia de hablar desde una plataforma y el calvario de ver el nombre de una en los periódicos. Varias damas me hicieron tales comentarios un día, mientras un grupo de nosotras estábamos sentadas juntas en uno de los hoteles de moda de Newport. Estábamos celebrando una convención allí en ese momento, y algunas de ellas habían estado presentes en una de las sesiones. "Realmente", les dije, "señoras, me sorprenden; nuestras convenciones no son tan públicas como el salón de baile donde las vi a todas bailando anoche. En cuanto a la modestia, podría ser una cuestión, en muchas mentes, si es menos modesto decir palabras de sobriedad y verdad, vestida sencillamente en una plataforma, que estar espléndidamente ataviada, con los brazos y hombros desnudos, para bailar el vals en brazos de caballeros extraños. Y en cuanto a la prensa, me fijé en que todas leían esta mañana en los periódicos, con evidente satisfacción, los cumplidos personales y las descripciones completas de sus vestidos en el último baile. Supongo que cualquiera de ustedes se habría sentido menospreciada si su nombre no hubiera aparecido en la descripción general. Cuando mi nombre es mencionado, es en relación con algún gran movimiento de reforma. Así, todas sufrimos o disfrutamos de la misma publicidad; todas somos ridiculizadas por igual. Los hombres sabios se compadecen y se burlan de ustedes, y los necios se compadecen y se burlan de mí; ustedes como víctimas de la locura y la moda, yo como representante de muchos de los desagradables 'ismos' de la época, como eligen llamar a las opiniones liberales. Es divertido, al analizar los prejuicios, ver sobre qué cimientos tan endebles descansan". Y las damas a mi alrededor quedaron tan completamente acorraladas que ninguna intentó dar una respuesta.

Recuerdo estar en una fiesta en casa del secretario Seward, en Auburn, una noche, cuando el señor Burlingame, embajador especial de China ante los Estados Unidos, junto con una delegación china, estaban entre los invitados. Tan pronto como comenzó el baile, y las jóvenes y los caballeros, encerrados en los brazos del otro, comenzaron a girar en el vertiginoso vals, estos caballeros chinos quedaron tan impactados que se cubrieron la cara con sus abanicos, asomándose ocasionalmente por cada lado y expresando su sorpresa entre ellos. Nos consideraban las mujeres más inmodestas sobre la faz de la tierra. La modestia y el gusto son cuestiones de latitud y educación; cuanto más sabe la gente —cuanto más se expanden sus ideas por los viajes, la experiencia y la observación—, con menos facilidad se escandalizan. La estrechez de miras y la intolerancia de las mujeres son el resultado de su esfera de pensamiento y acción circunscrita.

Unos años después de que el juez Hurlbert publicara su obra sobre los "Derechos Humanos", en la que defendía el derecho de la mujer al sufragio, y de que yo me hubiera dirigido a la legislatura, nos encontramos en una cena en Albany. El senador y la señora Seward estaban allí. El senador estaba muy alegre en esa ocasión e hizo del juez Hurlbert y de mí el blanco de todas sus burlas sobre la cuestión de los derechos de la mujer, en lo que la mayor parte de la compañía se unió, de modo que nos quedamos bastante solos. Seguros de que teníamos la razón de nuestro lado y los argumentos claramente definidos en nuestras mentes, y siendo ambos tranquilos y dueños de nosotros mismos, y en ingenio y sarcasmo bastante iguales a cualquiera de ellos, luchamos contra el senador, centímetro a centímetro, hasta que tuvo una plataforma muy estrecha sobre la cual mantenerse. La señora Seward mantuvo un silencio ininterrumpido, mientras que aquellas damas que sí abrieron los labios estaban en la oposición, suponiendo, sin duda, que el senador Seward representaba las opiniones de su esposa.

Cuando nos retiramos de la mesa, mi embarazo puede ser fácilmente imaginado. Separada del juez, ahora estaría una hora con un grupo de damas que evidentemente sentían repugnancia hacia todas mis opiniones más queridas. Era la primera vez que conocía a la señora Seward y no conocía entonces las amplias y liberales tendencias de su mente. Qué marea de pensamientos desagradables se precipitó a través de mí en ese corto trayecto desde el comedor hasta el salón. ¡Qué alegremente me habría deslizado por la puerta principal! Pero eso era imposible, así que me decidí a pasear como si estuviera ensimismada y mirar los libros y pinturas hasta que apareciera el juez; ya que daba por sentado que, después de todo lo que había dicho en la mesa sobre la igualdad política, religiosa y social de las mujeres, ninguna dama tendría nada que decirme.

Imaginen, pues, mi sorpresa cuando, en el momento en que la puerta del salón se cerró tras nosotras, la señora Seward, acercándose a mí muy cariñosamente, dijo:

"Permítame agradecerle las valientes palabras que pronunció en la mesa y por su discurso ante la legislatura, que estremeció mi alma mientras lo leía una y otra vez".

Me llené de alegría y asombro. Recuperándome, dije: "¿Es posible, señora Seward, que esté de acuerdo conmigo? Entonces, ¿por qué, cuando fui tan presionada por enemigos en todos los flancos, no vino en mi defensa? Supuse que todas ustedes, damas, eran hostiles a todas mis ideas sobre esta cuestión".

"¡No, no!", dijo ella; "estoy completamente con usted, pero soy una cobarde nata; no hay nada que tema más que el ridículo del señor Seward. Preferiría caminar hacia la boca de un cañón que enfrentarme a él". "Yo también estoy con usted", "Y yo", dijeron otras dos o tres que habían guardado silencio en la mesa.

Nunca tuve una conversación más seria y sentida que con estas damas. La espontaneidad y la seriedad de la señora Seward las había conmovido profundamente, y cuando el senador apareció, las primeras palabras que dijo fueron:

"Antes de despedirnos, debo confesar que fui derrotado justamente por usted y por el juez, basándose en mis propios principios" (pues habíamos citado algunos de sus pronunciamientos más radicales). "Ustedes tienen el argumento, pero la costumbre y el prejuicio están en su contra, y son más fuertes que la verdad y la lógica".

CAPÍTULO XIII.

REFORMAS Y MULTITUDES.

Hubo una mujer brillante entre las muchas en nuestro círculo literario de Seneca Falls a quien le dedicaría más que una breve mención: la señora Amelia Bloomer, quien representaba tres facetas novedosas de la vida de la mujer. Era asistente de correos, editora de un periódico de reforma que abogaba por la templanza y los derechos de la mujer, ¡y defensora del nuevo traje que llevaba su nombre!

En 1849, su marido fue nombrado administrador de correos y ella se convirtió en su delegada, prestó juramento debidamente y, durante la administración de Taylor y Fillmore, sirvió en esa capacidad. Cuando asumió sus funciones, la mejora en la apariencia y la conducta de la oficina fue generalmente reconocida. Una pequeña habitación ordenada contigua a la oficina pública se convirtió en una especie de centro de intercambio para damas, donde aquellas que venían de diferentes partes de la ciudad podían reunirse para hablar sobre las noticias del día y leer los periódicos y revistas que llegaban a la señora Bloomer como editora del Lily. Quienes disfrutaron del breve reinado de una mujer en la oficina de correos pueden testificar fácilmente el vacío que sintieron las damas del pueblo cuando el mandato de la señora Bloomer expiró y un hombre volvió a reinar en su lugar. Sin embargo, ella siguió editando el Lily y su oficina permaneció como un centro de moda durante varios años. Aunque ella usaba el vestido bloomer, su creadora fue Elizabeth Smith Miller, la única hija de Gerrit Smith. En el invierno de 1852, la señora Miller vino a visitarme a Seneca Falls, vestida de una manera algo turca: falda corta, pantalones holgados de paño negro fino; una capa española, del mismo material, que llegaba a la rodilla; sombrero de castor con plumas y pieles oscuras; en conjunto, un traje muy favorecedor y sumamente cómodo para caminar en cualquier tipo de clima. Ver a mi prima, con una lámpara en una mano y un bebé en la otra, subir las escaleras con facilidad y gracia, mientras que yo, con ropajes fluidos, me arrastraba con dificultad, con la lámpara y el bebé fuera de toda cuestión, me convenció rápidamente de que había una dolorosa necesidad de reforma en el vestir de la mujer, y prontamente me puse un atuendo similar. ¡Qué libertad increíble disfruté durante dos años! Como un cautivo liberado de su bola y cadena, siempre estaba lista para una caminata enérgica a través del aguanieve, la nieve y la lluvia, para subir una montaña, saltar una cerca, trabajar en el jardín y, de hecho, para cualquier locomoción necesaria.

Bloomer es ahora una palabra reconocida en el idioma inglés. Como la señora Bloomer tenía el Lily en el que discutir los méritos del nuevo vestido, la prensa abordó generalmente la cuestión y se obtuvo mucha información valiosa sobre los resultados fisiológicos del atuendo de moda de la mujer; el efecto paralizante de las cinturas apretadas y las faldas largas, el peso pesado en las caderas y los tacones altos, todo combinado para desviar la columna vertebral de su eje y sentar las bases para toda clase de enfermedades nerviosas. Pero, aunque todos estaban de acuerdo en que algún cambio era absolutamente necesario para la salud de las mujeres, la prensa ridiculizó rotundamente a aquellas que estaban dispuestas a realizar el experimento.

Unas pocas mujeres sensatas, en diferentes partes del país, adoptaron el traje, y las esposas de los agricultores, especialmente, demostraron su conveniencia. También fue usado por patinadoras, gimnastas, turistas y en sanatorios. Pero, aunque unas pocas se dieron cuenta de sus ventajas, la mayoría se rió de ello con desprecio y colmó de tal ridículo a sus usuarias que pronto descubrieron que la libertad física disfrutada no compensaba la persistente persecución y las pequeñas molestias sufridas a cada paso. Ser observadas groseramente en público y en privado, ser el objeto consciente de críticas y ser seguidas por multitudes de niños en las calles, eran cosas, hasta el último grado, exasperantes. Una copla favorita que nuestros atormentadores coreaban, cuando aparecíamos en lugares públicos, decía así:

"¡Ey! ¡ho! bajo la lluvia y la nieve, el bloomer ahora es la moda que se mueve. Veinte sastres dan las puntadas, veinte mujeres llevan las bragas. ¡Ey! ¡ho! bajo la lluvia y la nieve, el bloomer ahora es la moda que se mueve".

Los cantantes solían ser invisibles detrás de alguna valla o ventana de desván. Aquellas que usaban el vestido pueden recordar innumerables experiencias divertidas y molestas. La paciencia de la mayoría de nosotras se agotó en unos dos años; pero nuestra líder, la señora Miller, se adhirió valientemente al traje durante casi siete años, bajo las circunstancias más difíciles. Mientras su padre estaba en el Congreso, ella lo usó en muchas cenas y recepciones de moda en Washington. Sin embargo, ella fue valientemente apoyada por su marido, el coronel Miller, quien nunca flaqueó en escoltar a su esposa y a sus coadjutoras, por muy poco artísticos que fueran sus trajes. Para las mujeres altas y flacas con pies grandes y para aquellas que eran bajas y robustas, era igualmente difícil. La señora Miller también fue alentada por el intenso sentimiento de su padre sobre la cuestión del vestido de la mujer. Para él, toda la revolución en la posición de la mujer giraba en torno a su vestido. La falda larga era el símbolo de su degradación.

Los nombres de aquellas que usaron el traje bloomer, además de las ya mencionadas, fueron Paulina Wright Davis, Lucy Stone, Susan B. Anthony, Sarah y Angelina Grimké, la señora William Burleigh, Celia Burleigh, Charlotte Beebe Wilbour, Helen Jarvis, Lydia Jenkins, Amelia Willard, la doctora Harriet N. Austin y muchas pacientes en sanatorios cuyos nombres no puedo recordar. Mirando hacia atrás a este experimento, no me sorprende la hostilidad de los hombres en general hacia el vestido, ya que les hacía muy incómodo ir a cualquier parte con aquellas que lo llevaban. La gente miraba fijamente, muchos hombres y mujeres hacían comentarios groseros, los niños seguían en multitudes, con burlas y risas, de modo que los caballeros que acompañaban sentían el deber de prepararse para pelear, a menos que tuvieran suficiente autocontrol para seguir el ritmo uniforme de su camino, como hacían las propias damas, sin prestar la más mínima atención a la conmoción que creaban. Pero el coronel Miller pasó por la prueba con frialdad y determinación obstinada, para molestia de sus conocidos, quienes pensaban que uno de sus deberes como marido era prescribir el vestuario de su esposa.

Aunque no logramos el éxito que esperábamos al hacer popular el vestido, el esfuerzo no se perdió. Éramos muy conscientes de que el vestido no era artístico, y aunque hicimos muchos cambios, nuestro propio buen gusto nunca estuvo satisfecho hasta que tiramos los pantalones holgados y adoptamos leggins abotonados. Después de abandonar el experimento, descubrimos que el traje en el que está representada Diana la Cazadora, y el usado en el escenario por Ellen Tree en la obra "Ion", habría sido más artístico y conveniente. Pero nosotras, que habíamos hecho el experimento, estábamos demasiado felices de movernos desapercibidas y desconocidas como para arriesgar, de nuevo, nuestra felicidad y la de nuestras amigas con más experimentos. Nunca me he preguntado desde entonces por qué las mujeres chinas permiten que los pies de sus hijas sean encerrados en zapatos de hierro, ni por qué las viudas hindúes caminan tranquilamente hacia la pira funeraria; pues grandes son las penas de aquellas que se atreven a resistir los mandatos del tirano Costumbre.

No obstante, la agitación se ha mantenido, en una forma leve, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Lady Harberton, en 1885, estuvo al frente de un movimiento organizado en Londres para introducir la falda bifurcada; la señora Jenness Miller, en este país, está realizando una revolución completa en cada prenda que pertenece al tocador de una mujer; y los zapateros con sentido común nos han concedido, al fin, un tacón bajo y cuadrado para nuestras botas y una suela ancha en la que los cinco dedos pueden extenderse a placer. Evidentemente, un nuevo día de libertad física está amaneciendo por fin para la más coartada y lisiada de las hijas infelices de Eva.

Fue mientras vivía en Seneca Falls, y en uno de los períodos más desesperantes de mi joven vida, que uno de los mejores dones de los dioses llegó a mí en la forma de una buena y fiel ama de llaves. Ella era, de hecho, un tesoro, una amiga y consuelo, una segunda madre para mis hijos, y entendía todos los deberes de la vida y soportaba con gusto sus cargas. Podía llenar cualquier departamento en la vida doméstica, y durante treinta años fue la alegría de nuestro hogar. De no haber sido por esta mujer noble y abnegada, gran parte de mi trabajo público habría sido totalmente imposible. Si mediante palabras o hechos he hecho más fácil el viaje de la vida para cualquier alma en lucha, debo en justicia compartir el reconocimiento de los elogios que se me otorgan con mi pequeña amiga cuáquera Amelia Willard.

Existen dos clases de amas de casa: una, la que consigue lo que quiere, si está dentro del alcance de las posibilidades humanas, y luego acepta los inevitables inconvenientes con alegría y heroísmo; la otra, por una especie de inercia crónica y miedo a asumir responsabilidades, acepta todo tal como lo encuentra, aunque con quejas suaves y continuas. A estas últimas se les llama mujeres afables. Tal era la esposa de nuestro congresista en 1854 y, como yo era el receptáculo de todas sus penas, grandes y pequeñas, me cansé mucho de su afable no resistencia. Entre otras pruebas domésticas, tenía una estufa de cocina que humeaba y goteaba, que no servía ni para hornear ni para asar, un trasto inútil y demasiado pequeño para cualquier propósito. En consecuencia, la mitad de sus viandas se arruinaban al cocinarse, y las cocineras se marchaban una tras otra, disgustadas.

Al contarme, un día, estas desventuras culinarias, derramó lágrimas, lo que despertó tanto mis simpatías que, con sorpresa, exclamé: "¿Por qué no compra una estufa nueva?". Para mi sentido común, sin ayuda, aquello parecía lo más práctico. "Es que", respondió ella, "nunca he comprado ni una aguja de zurcir, para ponerlo en términos graves, sin consultar al Sr. S., y él no cree necesaria una estufa nueva". "¿Qué sabrá él, por favor", dije yo, "sobre estufas, sentado en su sillón en Washington? Si tuviera un viejo cuchillo sin filo con las hojas rotas, pronto se compraría uno nuevo para afilar sus plumas y lápices, y, si intentara cocinar una comida —dando por sentado que supiera hacerlo— en su vieja estufa, la pondría en la calle a la hora siguiente. ¡Ahora, mi consejo es que compre una nueva este mismo día!".

"¡Dios me libre!", dijo ella, "eso lo pondría furioso; me volaría por los aires". "Bueno", repliqué, "¡supongamos que monta un berrinche en toda regla y utiliza todos los improperios más sorprendentes del vocabulario durante quince minutos! ¿Qué es eso comparado con una buena estufa 365 días al año? Simplemente coloque todo lo que él pueda decir en un lado, y todas las ventajas de las que disfrutaría usted en el otro, y verá inmediatamente que su ira inclinaría la balanza". Como mi lógica era irresistible, dijo: "Bueno, si me acompañas y me ayudas a elegir una estufa, creo que asumiré la responsabilidad".

En consecuencia, fuimos a la ferretería y elegimos la estufa más aprobada, de mayor tamaño, con todos los mejores utensilios de cocina, el mejor tubo ruso, etcétera. "Ahora", dijo ella, "tengo la misma necesidad de una buena estufa en mi sala de estar, y me gustaría que los tubos de ambas estufas condujeran a estufas ciegas arriba, y así calentar dos o tres habitaciones en el piso de arriba para que mis hijos jueguen, ya que no tienen otro lugar excepto la sala de estar, donde deben estar siempre conmigo; pero supongo que no es lo mejor hacer demasiado de una sola vez". "Al contrario", respondí, "como su marido es rico, es mejor que consiga todo lo que realmente necesita ahora. El Sr. S. probablemente no se sorprenderá más con dos estufas que con una, y, como espera una escena acalorada por el asunto, cuanto más saque de ello, mejor".

Así que se encargaron las estufas y los tubos, se hicieron los agujeros en el techo y todo estuvo en perfecto funcionamiento al día siguiente. La cocinera estaba encantada con su espléndida estufa y sus brillantes latas, su tetera y caldera de fondo de cobre, y su cálido dormitorio en el piso de arriba; los niños estaban encantados con sus grandes salas de juego, y la señora, exultante con sus comodidades añadidas y esa sensación recién nacida de independencia que se tiene al asumir responsabilidades.

Esperaba al Sr. S. en casa durante las vacaciones y, ocasionalmente, flaqueaba ante la perspectiva de lo que temía que pudiera ser un encuentro desagradable. En tales momentos venía a consultarme sobre lo que diría y haría cuando llegara la crisis. Habiendo estudiado el género homo tanto en las divinas alturas de la exaltación como en los valles de la humillación, pude hacer algunas sugerencias valiosas.

"Ahora", dije, "cuando su marido explote, como cree que hará, no diga ni haga nada; siéntese y mire por la ventana con esa mirada triste y lejana que las mujeres saben muy bien cómo fingir. Si puede invocar lágrimas a voluntad, unas pocas no vendrían mal; una lluvia suave, no lo suficiente como para enrojecer la nariz y los ojos ni para restar belleza a su rostro. Los hombres no pueden resistirse a la belleza y las lágrimas. Nunca estropee su efecto con nada que roce los sollozos y la histeria; tales manifestaciones violentas no son ni refinadas ni artísticas. Una escena en la que una sola persona lleva la voz cantante debe tener un límite de tiempo. Ningún hombre común puede mantenerse al rojo vivo durante quince minutos; si su víctima no dice nada, él pronto se agotará. Recuerde que cada vez que habla en defensa propia, le da un nuevo tema sobre el cual seguir divagando. Si el silencio es alguna vez de oro, es cuando un marido está en pleno berrinche".

A su debido tiempo llegó el Sr. S., cargado de regalos de Navidad, y Charlotte vino a decirme que había superado la prueba. Contaré la escena con sus propias palabras tanto como sea posible. "Mi marido vino ayer, justo antes de la cena, y, como lo esperaba, tenía todas las cosas en orden. Parecía muy feliz de verme a mí y a los niños, y pasamos un rato alegre mirando nuestros regalos y charlando sobre Washington y todo lo que había sucedido desde que nos separamos. Me entristeció, en medio de nuestra felicidad, pensar en cuán pronto cambiaría el curso de sus sentimientos, y deseé en mi alma no haber comprado las estufas. Pero, al fin, se anunció la cena y supe que había llegado la hora. Subió corriendo para dar unos últimos retoques a su aseo, cuando ¡he aquí!, las brillantes estufas y los tubos llamaron su atención. Exploró los aposentos superiores y bajó por la escalera trasera, echó un vistazo a la estufa de la cocina, luego a la del comedor, y se quedó confundido, por un momento, ante la "Morning Glory" niquelada. Entonces exclamó: '¡Cielos y tierra! Charlotte, ¿qué has estado haciendo?'. Recordé lo que me dijiste y no dije nada, sino que miré fijamente por la ventana. No invoqué lágrimas, sin embargo, pues sentía más ganas de reír que de llorar; se veía tan ridículo dando vueltas espasmódicamente, como palomitas de maíz en una sartén caliente, y hablando como si diera un discurso político sobre la corrupción de los demócratas. La primera vez que hizo una pausa para tomar aliento, dije, en mis tonos más suaves: 'William, la cena está lista; me temo que la sopa se enfriará'. Afortunadamente tenía hambre, y ese gran órgano central de la vida y la felicidad hizo valer sus derechos sobre su atención, y tomó asiento a la mesa. Rompí lo que podría haber sido un silencio incómodo, charlando con los niños mayores sobre sus lecciones escolares. Afortunadamente llegaron tarde y no sabían lo que había pasado, así que hablaron con su padre y restauraron gradualmente su equilibrio. Tuvimos una cena muy buena, y no he vuelto a oír una palabra sobre las estufas desde entonces. Supongo que tendremos otra escena cuando se presente la factura".

Unos años más tarde, Horace Greeley vino a Seneca Falls para dar una conferencia sobre la templanza. Como se alojó con nosotros, invitamos al Sr. S., entre otros, a cenar. El tema principal en la mesa fueron las idiosincrasias de las mujeres. El Sr. Greeley contó muchas cosas divertidas sobre su esposa, sobre sus movimientos erráticos y sus repentinas decisiones de hacer y atreverse con lo que parecía más impracticable. Quizás, al levantarse alguna mañana, diría: "Creo que me iré a Europa en el próximo vapor, Horace. ¿Vas a sacar hoy los billetes para mí, la niñera y los niños?". "Bueno", dijo el Sr. S., "debe ser algo parecida a nuestra anfitriona. Cada vez que su marido se va, corta una puerta o una ventana. Ahora solo tienen diez puertas que cerrar cada noche".

"Sí", dije, "y su propia esposa, también, la Sra. S., tiene el crédito de algunas medidas contundentes cuando usted está en Washington". Entonces conté toda la historia, entre estallidos de risa, tal como se relató arriba. La escena de la mesa de comedor dejó al congresista prácticamente convulsionado. El pensamiento de que se había portado tan ridículamente a ojos de Charlotte que ella ni siquiera pudo invocar una lágrima en su defensa, le agradó particularmente. Cuando estuvo lo suficientemente recuperado para hablar, dijo: "Bueno, nunca pude entender cómo fue que Charlotte emergió repentinamente de su servidumbre y manifestó tan rara habilidad ejecutiva. Ahora veo a quién le debo la parte más cómoda de mi vida matrimonial. Le estoy mil veces agradecido; hizo exactamente lo correcto y ella también, y ella ha sido una mujer más feliz desde entonces. Ahora consigue lo que necesita y ya no me molesta con diez mil pequeñas cosas. ¿Cómo puede un hombre saber qué implementos son necesarios para el trabajo que nunca hace? ¡De todos los agentes para alterar la ecuanimidad de la vida familiar, ninguno puede superar a una vieja y destartalada estufa de cocina!".

En el invierno de 1861, justo después de la elección de Lincoln, los abolicionistas decidieron celebrar una serie de convenciones en las principales ciudades del Norte. Todos sus oradores disponibles estaban comprometidos para el servicio activo. El Partido Republicano, habiendo absorbido a los abolicionistas políticos dentro de sus filas por su declarada hostilidad a la extensión de la esclavitud, había llegado al poder con mayorías abrumadoras. Por tanto, los abolicionistas garrisonianos, opuestos a todo compromiso, sintieron que este era el momento oportuno para despertar al pueblo ante la necesidad de mantener a ese partido en sus principios declarados y empujarlo, si fuera posible, un paso o dos hacia adelante.

Fui invitada a acompañar a la Srta. Anthony y a Beriah Green a algunos puntos del centro de Nueva York. Pero pronto descubrimos, por la acción concertada de los republicanos en todo el país, que las convenciones antiesclavistas no serían toleradas. Así, republicanos y demócratas hicieron causa común contra los abolicionistas. La incursión de John Brown, el año anterior, había intimidado a los políticos del Norte tanto como a los esclavistas del Sur, y el sentimiento general era que la discusión de la cuestión en el Norte debería suprimirse por completo.

Desde Búfalo hasta Albany nuestra experiencia fue la misma, variando solo por los fértiles recursos de los actores y su entorno. Treinta años de educación habían cambiado un poco el carácter de las turbas del Norte. Ya no arrastraban a los hombres por las calles con sogas alrededor del cuello, ni interrumpían las reuniones de oración de las mujeres; ya no lanzaban huevos y ladrillos a los apóstoles de la reforma, ni los sumergían en barriles de alquitrán y plumas, simplemente llenaban las salas y, con risas, gemidos, aplausos y vítores, interrumpían eficazmente los procedimientos. Tal fue nuestra experiencia durante los dos días que intentamos celebrar una convención en el St. James' Hall, en Búfalo. Como pagamos por la sala, la turba se divirtió, a nuestra costa, de más de una manera. En cada sesión, a la hora señalada, ocupábamos nuestros lugares en la plataforma, haciendo, en varios intervalos de silencio, renovados esfuerzos por hablar. Al no tener éxito, nos sentábamos y conversábamos entre nosotros y con los muchos amigos que llenaban la plataforma y las antesalas. Así, entre nosotros, tuvimos una recepción agradable y una discusión sobre muchas fases de la cuestión que nos reunió. La turba no solo nos concedió el privilegio de hablar con nuestros amigos sin interrupción, sino que delegaciones de ellos mismos venían detrás de escena, de vez en cuando, para discutir con nosotros el derecho a la libre expresión y la constitucionalidad de la esclavitud.

Estos alborotadores de Búfalo estaban encabezados por el exjuez Hinson, ayudado por miembros más jóvenes de las familias Fillmore y Seymour, y el jefe de policía y cincuenta subordinados, quienes fueron admitidos en la sala gratis, con el propósito expreso de proteger nuestro derecho a la libre expresión, pero quienes, desafiando las órdenes del alcalde, no hicieron el menor esfuerzo en nuestra defensa. En Lockport hubo un débil intento en la misma dirección. En Albion no se pudo conseguir ni sala, ni iglesia, ni escuela, así que celebramos pequeñas reuniones en el comedor del hotel. En Rochester, el Corinthian Hall estaba lleno mucho antes de la hora anunciada. Esta era una turba jocosa y delicadamente perspicaz. En este punto, Aaron Powell se unió a nosotros. Como acababa de levantarse de un lecho de enfermedad, viéndose pálido y demacrado, subió lentamente a la plataforma. La turba notó de inmediato su aspecto de agotamiento y, mientras se sentaba, lanzaron un suspiro audible y simultáneo, como para decir: ¡qué alivio es estar sentado! Tan completamente reflejó la tierna manifestación la condición aparente del Sr. Powell que toda la audiencia estalló en una carcajada. Aquí, también, todos los intentos de hablar fueron inútiles. En Port Byron, un generoso espolvoreado de pimienta de cayena en la estufa pronto cortó todos los argumentos constitucionales y los peanes a la libertad.

Y así fue todo el camino hasta Albany. Todo el Estado estaba en llamas con el espíritu de turba, y desde Boston y varios puntos de otros Estados nos llegaron las mismas noticias. Como la legislatura estaba en sesión y estábamos anunciados en Albany, un miembro radical propuso sarcásticamente: "Que, como la Sra. Stanton y la Srta. Anthony estaban a punto de moverse sobre Albany, se ordene la salida de la milicia para la protección de la ciudad". Afortunadamente, Albany podía presumir entonces de un alcalde demócrata, un hombre de coraje y conciencia, que dijo que el derecho a la libre expresión nunca debería ser pisoteado donde él tuviera el derecho a evitarlo. Y grandiosamente ese hombre determinado mantuvo el orden en su jurisdicción. Durante todas las sesiones de la convención, el alcalde Thatcher se sentó en la plataforma, con su policía apostada en diferentes partes de la sala y fuera del edificio, para dispersar a la multitud tan pronto como se reunía. Si un hombre o un niño silbaba o hacía la menor interrupción, era inmediatamente expulsado. Y el alcalde no solo preservó el orden en las reuniones, sino que, con una compañía de policía armada, nos escoltó, cada vez, hacia y desde el Delevan House. La última noche, Gerrit Smith se dirigió a la turba desde los escalones del hotel, después de lo cual le dieron tres hurras y se dispersaron en buen orden.

Al proponer un voto de agradecimiento para el alcalde, al cierre de la convención, el Sr. Smith expresó sus temores de que hubiera sido una dura prueba para él escuchar estas prolongadas discusiones antiesclavistas. Sonrió y dijo: "Realmente me he sentido profundamente interesado e instruido. Más bien me felicito de que una convención de este carácter haya entrado, por fin, en el ámbito de mis asuntos; de lo contrario, probablemente habría permanecido en la ignorancia de muchos hechos y opiniones importantes que ahora entiendo y aprecio".

Mientras todo esto ocurría públicamente, una experiencia igualmente difícil estaba progresando, día tras día, tras bambalinas. La Srta. Anthony había ayudado a una madre muy maltratada, con su hijo, a escapar de un marido que la había encerrado en un manicomio. La esposa pertenecía a una de las primeras familias de Nueva York, siendo su hermano senador de los Estados Unidos, y el marido, también, un hombre de posición; un gran círculo de amigos y conocidos estaba interesado en el resultado. Aunque estuvo encarcelada en un manicomio durante dieciocho meses, miembros de su propia familia testificaron una y otra vez que no estaba loca. La Srta. Anthony, sabiendo que no lo estaba, y creyendo plenamente que la infeliz madre era víctima de una conspiración, no reveló su escondite.

Conociendo la confianza que la Srta. Anthony sentía en la sabiduría del Sr. Garrison y el Sr. Phillips, se les imploró que usaran su influencia con ella para entregar a las fugitivas. Cartas y telegramas, persuasiones, argumentos y advertencias del Sr. Garrison, el Sr. Phillips y el senador por un lado, y de Lydia Mott, la Sra. Elizabeth F. Ellet y Abby Hopper Gibbons, por el otro, le llovieron día tras día; pero la Srta. Anthony permaneció inamovible, aunque sabía que estaba desafiando y violando la ley y que podría ser arrestada en cualquier momento en la plataforma. Habíamos conocido tantos casos agravados de este tipo que, en consejo diario, resolvimos que esta mujer no sería recapturada si fuera posible evitarlo. Para nosotras parecía un deber tan imperativo proteger a una madre cuerda, que había sido arrancada de una familia de niños pequeños y condenada a la compañía de lunáticos, y ayudarla a huir a un lugar seguro, como ayudar a un fugitivo de la esclavitud a Canadá. En ambos casos se violaba una ley injusta; en ambos casos se desafiaba a los supuestos dueños de las víctimas; por tanto, en cuanto a ley y moral, el acto era el mismo en ambos casos. El resultado demostró la sabiduría de la decisión de la Srta. Anthony, ya que todos aquellos con quienes la Sra. P. estuvo en contacto años después expresaron la opinión de que estaba, y siempre había estado, perfectamente cuerda. Si los oscuros secretos de los manicomios pudieran salir a la luz, nos escandalizaría conocer la gran cantidad de esposas, hermanas e hijas rebeldes que son sacrificadas así a falsas costumbres y leyes bárbaras hechas por hombres para mujeres.

CAPÍTULO XIV.

PUNTOS DE VISTA SOBRE EL MATRIMONIO Y EL DIVORCIO.

La extendida discusión que tenemos, en este momento, sobre el tema del matrimonio y el divorcio, me recuerda a una igualmente emocionante en 1860. Un proyecto de ley muy liberal, presentado en la legislatura de Indiana por Robert Dale Owen, y que fue aprobado por una gran mayoría, despertó mucho pensamiento público sobre la cuestión y convirtió a ese Estado en tierra libre para esposas y maridos infelices. Un proyecto de ley similar fue presentado en la legislatura de Nueva York por el Sr. Ramsey, el cual fue derrotado por cuatro votos, debido, principalmente, a la intensa oposición de Horace Greeley. Él y el Sr. Owen tuvieron una prolongada discusión en el New York Tribune, en la que el Sr. Owen obtuvo decididamente la mejor parte del argumento.

Había habido varios casos agravados de crueldad hacia las esposas entre la aristocracia holandesa, por lo que se habían ejercido fuertes influencias a favor del proyecto de ley sobre la legislatura, pero el Tribune tronaba cada mañana en su columna editorial con sus clamores más fuertes, que reverberaban por todo el Estado. Tan amarga era la oposición al divorcio, por cualquier causa, que pocos se atrevían a participar en la discusión. Fui la única mujer, durante muchos años, que escribió y habló sobre la cuestión. Los artículos sobre el divorcio, por varias mujeres, publicados recientemente en la North American Review, son un signo de progreso, que muestra que las mujeres se atreven a hablar ahora más libremente sobre las relaciones que más profundamente les conciernen.

Mis sentimientos habían sido agitados hasta lo más profundo muy temprano en la vida por los sufrimientos de una querida amiga mía, en cuya boda fui una de las damas de honor. Al escuchar los hechos de su caso, mi mente quedó completamente decidida sobre la sabiduría de una ley de divorcio liberal. Leímos juntas los ensayos de Milton sobre el divorcio, y estuvimos totalmente convencidas sobre el derecho y el deber no solo de la separación, sino del divorcio absoluto. Mientras el proyecto de ley de Nueva York estaba pendiente, Lewis Benedict, uno de los miembros del comité que tenía el proyecto a su cargo, me pidió que me dirigiera a la legislatura. Acepté encantada, sintiendo que aquí había una oportunidad no solo para apoyar a mi amiga en el paso que había dado, sino para despejar el camino para otras esposas infelices que pudieran desear seguir su ejemplo. No pensé en la persecución que estaba atrayendo sobre mí por atacar así una institución tan venerable. Siempre fui valiente al decir lo que veía que era cierto, por la simple razón de que nunca soñé con la oposición. Lo que me parecía correcto pensé que debía ser igualmente claro para todos los demás seres racionales. Por lo tanto, no tenía miedo a la denuncia. Solo me sorprendí cuando la encontré, y ninguna cantidad de experiencias me ha enseñado, hasta ahora, a temer a la opinión pública. Lo que dije sobre el divorcio hace treinta y siete años parece estar bastante en línea con lo que muchos dicen ahora. El problema no estaba en lo que dije, sino en que lo dije demasiado pronto, y antes de que la gente estuviera lista para escucharlo. Puede ser, sin embargo, que les ayudé a prepararse; ¿quién sabe?

Cuando celebrábamos una convención sobre el sufragio femenino en Albany, en el momento designado para la audiencia, Ernestine L. Rose y Lucretia Mott añadieron brevemente sus puntos de vista sobre la cuestión. Aunque la Sra. Mott nos había instado a la Sra. Rose y a mí a ser tan moderadas como fuera posible en nuestras demandas, ella misma, de forma totalmente inconsciente, hizo la declaración más radical de todas al decir que el matrimonio era una cuestión que trascendía el ámbito de la legislación, y que debía dejarse a las partes interesadas. Nos burlamos de Lucretia por su radicalismo, y algunos periódicos nos criticaron con severidad; pero la siguiente carta demuestra que no tenía intención de retractarse de su postura:

"Roadside, cerca de Filadelfia,

"30 de abril de 1861.

"Mi querida Lydia Mott:

"He deseado, desde que me despedí de ti y de nuestras otras queridas amigas en Albany, enviarte unas líneas, y solo he esperado con la esperanza de contribuir con una pequeña 'ayuda sustancial' para su pulcro y valioso 'depósito'. Los veinte dólares adjuntos provienen de nuestra Sociedad Femenina Antiesclavista.

"Veo que la reunión anual en Nueva York no se celebrará esta primavera. La hermana Martha está aquí y esperaba asistir a ambos aniversarios. Pero ahora pensamos que sería mejor no intentar la reunión por los derechos de la mujer, y ella le ha escrito a Elizabeth C. Stanton en este sentido.

"Quedé muy satisfecha de haber estado en la reunión de Albany. Desde entonces me he encontrado con lo siguiente, de un discurso de Lord Brougham, que me agradó por ser tan radical como el mío en su majestuoso Salón de Representantes:

"'Antes de que las mujeres puedan obtener justicia por las leyes de Inglaterra, debe haber una reconstrucción total de todo el sistema matrimonial, pues cualquier intento de enmendarlo resultaría inútil. La gran carta magna, al establecer la supremacía de la ley sobre la prerrogativa, solo garantiza la justicia entre hombre y hombre; para la mujer no queda más que el derecho consuetudinario, acumulaciones y modificaciones del paganismo gótico y romano original, que ninguna cantidad de filtración a través de los tribunales eclesiásticos podría transformar en leyes cristianas. Son declaradas indignas de un pueblo cristiano por grandes juristas; sin embargo, permanecen inalteradas'.

"Así que Elizabeth Stanton verá que tengo autoridad para ir a la raíz del mal.

"Tuya,

"LUCRETIA MOTT."

Aquellas de nosotras que nos reunimos en Albany discutimos el asunto en relación con un debate libre sobre la cuestión del divorcio en la próxima convención en Nueva York. Fue la opinión de las presentes que, dado que las leyes sobre el matrimonio y el divorcio eran muy desiguales para el hombre y la mujer, este era un tema legítimo para debatir en nuestra plataforma; en consecuencia, presenté una serie de resoluciones en la convención anual, en la ciudad de Nueva York, sobre las que hablé durante más de una hora. Fui seguida por Antoinette L. Brown, quien también presentó una serie de resoluciones en oposición a las mías. A ella, a su vez, le respondió Ernestine L. Rose. Wendell Phillips se levantó entonces y, de manera impresionante, declaró que toda la discusión era irrelevante para nuestra plataforma, y propuso que ni los discursos ni las resoluciones constaran en las actas de la convención. Como yo admiraba profundamente a Wendell Phillips y apreciaba su buena opinión, me sentí sorprendida y humillada al encontrarme bajo el peso de su desaprobación. Mi rostro estaba escarlata y temblaba con sentimientos encontrados de duda y miedo: duda sobre la sensatez de mi postura y miedo de que la convención repudiara toda la discusión. Mi emoción era tan evidente que el reverendo Samuel Longfellow, hermano del poeta, que estaba sentado a mi lado, me susurró al oído: "Sin embargo, tienes razón, y la convención te apoyará".

El Sr. Phillips dijo que, como el matrimonio concernía al hombre y a la mujer por igual, y las leyes recaían de forma equitativa sobre ambos, las mujeres no tenían motivos especiales para quejarse, aunque, en mi discurso, yo había citado muchas leyes para demostrar lo contrario. El Sr. Garrison y la reverenda Antoinette L. Brown se opusieron igualmente a la moción del Sr. Phillips, y afirmaron que el matrimonio y el divorcio eran temas legítimos para el debate en nuestra plataforma. La señorita Anthony cerró el debate. Dijo: "Espero que el Sr. Phillips retire su moción de que estas resoluciones no aparezcan en las actas de la convención. Estoy muy segura de que sería contrario a todo uso parlamentario decir que, cuando los discursos que reforzaron y defendieron las resoluciones se reportan y publican en los procedimientos, las resoluciones no deban incluirse allí. Y en cuanto al punto de que esta cuestión no pertenece a esta plataforma, disiento totalmente. El matrimonio ha sido siempre un asunto unilateral, que recae de forma muy desigual sobre los sexos. Con él, el hombre lo gana todo; la mujer lo pierde todo; la ley tiránica y la lujuria reinan supremas en él; la sumisión humilde y la pronta obediencia son lo único que le conviene a ella. Nunca se ha consultado a la mujer; nunca se ha tomado en consideración su deseo respecto a los términos del pacto matrimonial. Por ley, sentimiento público y religión, desde los tiempos de Moisés hasta el día de hoy, nunca se ha pensado en la mujer más que como una pieza de propiedad, para ser dispuesta según la voluntad y el placer del hombre. Y en este mismo momento, según nuestros libros de leyes, según nuestra (mal llamada) ilustrada civilización cristiana, ella no tiene voz alguna para decir cuál debe ser la base de la relación. Debe aceptar el matrimonio tal como el hombre lo propone, o no aceptarlo en absoluto.

"Y además, en el propio terreno del Sr. Phillips, el debate es perfectamente pertinente, ya que casi todos los males de los que nos quejamos surgen de la desigualdad de las leyes matrimoniales, que roban a la esposa el derecho sobre sí misma y sobre sus hijos; que la convierten en esclava del hombre con quien se casa. Espero, por tanto, que se permita que las resoluciones salgan a la luz pública; que pueda haber un informe justo de las ideas que realmente se han presentado aquí; que no se dejen a merced de la prensa secular. Confío en que la convención no votará para prohibir la publicación de esas resoluciones junto con los procedimientos".

El reverendo William Hoisington (el predicador ciego) siguió a la señorita Anthony y dijo: "Publiquen todo lo que han hecho aquí, y dejen que el público lo sepa".

La cuestión fue entonces sometida a votación, sobre la moción del Sr. Phillips, y fue rechazada.

Como el Sr. Greeley, al comentar sobre la convención, adoptó la misma postura que el Sr. Phillips, de que las leyes sobre el matrimonio y el divorcio eran iguales para el hombre y la mujer, les respondí en la siguiente carta al *New York Tribune*.

"Al editor del *New York Tribune*:

"Señor: En nuestra reciente Convención Nacional de Derechos de la Mujer, muchos se sorprendieron al escuchar a Wendell Phillips objetar la cuestión del matrimonio y el divorcio como irrelevante para nuestra plataforma. Dijo: 'No teníamos derecho a discutir aquí ninguna ley o costumbre excepto aquellas donde existiera desigualdad para los sexos; que las leyes sobre el matrimonio y el divorcio recaían por igual sobre el hombre y la mujer; que él sufre, tanto como ella podría hacerlo, las injusticias y abusos de un matrimonio mal avenido'.

"Ahora bien, debe llamar la atención de todo pensador cuidadoso que una inmensa diferencia reside en el hecho de que el hombre ha hecho las leyes de manera astuta y egoísta para sus propios fines. Desde Coke hasta Kent, ¿quién puede citar una sola cláusula del contrato matrimonial donde la mujer tenga la ventaja? Cuando el hombre sufre por una legislación falsa, tiene el remedio en sus propias manos. ¿Se le negará a la mujer el derecho de protesta contra leyes en las que no tuvo voz; leyes que ultrajan los afectos más sagrados de su naturaleza; leyes que trascienden los límites de la legislación humana, en una convención convocada con el propósito expreso de considerar sus agravios? Podría igual de bien objetar una protesta contra la injusticia de ahorcar a una mujer, porque la pena capital recae por igual sobre el hombre y la mujer.

"El contrato de matrimonio no es de ninguna manera igual. La ley permite a la joven casarse a los doce años de edad, mientras que requiere varios años más de experiencia por parte del muchacho. Al entrar en este pacto, el hombre no renuncia a nada de lo que poseía antes, sigue siendo un hombre; mientras que la existencia legal de la mujer queda suspendida durante el matrimonio y, en adelante, no se la conoce sino en y a través del marido. Ella no tiene nombre, no tiene dinero, no tiene hijos, aunque sea una mujer, una heredera y una madre.

"Blackstone dice: 'El marido y la esposa son uno, y ese uno es el marido'. El canciller Kent, en sus *Comentarios*, dice: 'Los efectos legales del matrimonio se deducen generalmente del principio del derecho consuetudinario, por el cual el marido y la esposa son considerados como una sola persona, y su existencia y autoridad legal perdidas o suspendidas durante la continuación de la unión matrimonial'.

"La esposa es considerada por todas las autoridades legales como una *feme covert*, colocada totalmente *sub potestate viri*. Incluso su responsabilidad moral se fusiona en la de su marido. La ley da por sentado que la esposa vive con miedo a su marido; que su mandato es su ley suprema; por lo tanto, una esposa no es punible por el robo cometido en presencia de su marido. Una mujer soltera puede celebrar contratos, demandar y ser demandada, disfrutar de los derechos de propiedad, de su herencia, de su salario, de su persona, de sus hijos; pero, en el matrimonio, la ley le roba todo y cada uno de los derechos naturales y civiles. Kent añade: 'La incapacidad de la esposa para contratar, de tal modo que se obligue a sí misma, no surge de la falta de discreción, sino porque ha entrado en una conexión indisoluble por la cual queda bajo el poder y la protección de su marido'. Ella posee ciertos derechos hasta que se casa; entonces todos quedan suspendidos, para revivir de nuevo en el momento en que el aliento abandona el cuerpo del marido. (Véase *Cowen's Treatise*, vol. 2, p. 709.)

"Si el contrato fuera igual, ¿de dónde provienen los términos 'poder marital', 'derechos maritales', 'obediencia y restricción', 'dominio y control', 'poder y protección', etc., etc.? Se exponen muchos casos que muestran el ejercicio de un poder más que cuestionable sobre la esposa, sostenido por los tribunales. (Véase *Bishop on Divorce*, p. 489.)

"Las leyes sobre el divorcio son tan desiguales como las del matrimonio; sí, mucho más. Las ventajas parecen estar todas de un lado y las penas del otro. En caso de divorcio, si el marido no es la parte culpable, la esposa sale de la asociación sin un centavo. (Kent, vol. 2, p. 33; *Bishop on Divorce*, p. 492.)

"En Nueva York, y en algunos otros estados, la esposa del marido culpable puede ahora demandar el divorcio en su propio nombre, y los costos salen del patrimonio del marido; pero, en la mayoría de los estados, todavía está obligada a demandar en nombre de otro, ya que no tiene medios para pagar los costos, aunque pueda haber aportado miles a la asociación. 'La asignación a la esposa inocente de una pensión alimenticia *ad interim* y dinero para sostener el juicio no se considera un derecho estricto de ella, sino una sana discreción del tribunal'. (*Bishop on Divorce*, p. 581.)

"'Muchos juristas', dice Kent, 'opinan que el adulterio del marido no debería ser notado ni sujeto a las mismas animadversiones que el de la esposa, porque no es evidencia de tal depravación total ni igualmente perjudicial en sus efectos sobre la moral, el buen orden y la felicidad de la vida doméstica. Montesquieu, Pothier y el Dr. Taylor insisten en que los casos del marido y la esposa deben distinguirse, y que la violación del voto matrimonial, por parte de la esposa, es la más perniciosa, y el enjuiciamiento debería limitarse a la ofensa por su parte. (*Esprit des Lois*, tom. 3, 186; *Traité du Contrat de Mariage*, No. 516; *Elements of Civil Law*, p. 254)'.

"¿Diréis: 'Estas son solo las opiniones de hombres'? ¿De qué otra cosa, pregunto, dependen los cientos de mujeres que, en este momento, exigen en nuestros tribunales la liberación de contratos gravosos? ¿No se dejan estos asuntos delicados totalmente a la discreción de los tribunales? ¿No son arrastradas mujeres jóvenes de las mejores familias a nuestros tribunales, a asambleas de hombres exclusivamente, siendo los jueces todos hombres, los jurados todos hombres? ¿Sin una mujer verdadera allí para protegerlas, con su presencia, de interrogatorios groseros e impertinentes, para compadecerse de sus desgracias o para protestar contra sus agravios?

"La administración de justicia depende mucho más de las opiniones de eminentes juristas que solo de la ley, pues la ley es impotente cuando está en desacuerdo con el sentimiento público.

"¿No prueban claramente las citas anteriores la desigualdad? ¿No están la letra y el espíritu mismos del contrato matrimonial basados en la idea de la supremacía del hombre como guardián de la virtud de la mujer, su único protector y apoyo? Fuera del matrimonio, la mujer no pide nada, en este momento, más que el derecho al voto. Es solo en el matrimonio que debe exigir su derecho sobre su persona, sus hijos, su propiedad, su salario, su vida, su libertad y la búsqueda de la felicidad. ¿Cómo podemos discutir todas las leyes y condiciones del matrimonio sin percibir su esencia, fin y objetivo esenciales? Ahora bien, ya sea que la institución del matrimonio sea humana o divina, ya sea considerada indisoluble por los tribunales eclesiásticos o disoluble por los civiles, la mujer, al encontrarse igualmente degradada en cada una de sus fases, siempre la víctima de la institución, tiene el derecho y el deber de examinar la relación y el pacto de arriba abajo, hasta encontrar la verdadera causa de su falsa posición. ¿Cómo podemos presentarnos ante las legislaturas de nuestros respectivos estados y exigir nuevas leyes, o ninguna ley, sobre el divorcio, hasta que tengamos alguna idea de cuál es la verdadera relación?

"Decidimos toda la cuestión de la esclavitud estableciendo los derechos sagrados del individuo. Afirmamos que el hombre no puede poseer propiedad sobre el hombre, y rechazamos todo el código de leyes que entra en conflicto con la verdad evidente de la afirmación.

"De nuevo pregunto, ¿es posible discutir todas las leyes de una relación y no tocar la relación misma?

"Atentamente,

"Elizabeth Cady Stanton."

El debate sobre la cuestión del matrimonio y el divorcio ocupó una sesión entera de la convención y nos atrajo severas críticas de la prensa metropolitana y estatal. Fueron tan alarmantes los comentarios sobre lo que se había dicho que comencé a sentir que, inadvertidamente, había retirado los cimientos del sistema social. Los enemigos fueron implacables en sus denuncias, y los amigos ridiculizaron todo el proceso. Constantemente me pedían una definición de matrimonio y me solicitaban que describiera la vida hogareña tal como sería cuando los hombres cambiaran de esposa cada Navidad. Cartas y periódicos me inundaron, planteando todo tipo de preguntas absurdas, hasta que a menudo lloré de fastidio. Se me atribuyeron tantas cosas que ni había pensado ni había dicho que, a veces, realmente dudaba de mi propia identidad.

Sin embargo, en el curso de los acontecimientos, la agitación se disipó, la tierra pareció girar sobre su eje como de costumbre, las mujeres fueron entregadas en matrimonio, nacieron niños, los fuegos ardieron con tanta brillantez como siempre en los altares domésticos, y la vida familiar, a todas luces, fue tan estable como siempre.

La atención pública volvió a despertarse sobre este tema con el juicio McFarland-Richardson, en el que el primero disparó al segundo, estando celoso de sus atenciones hacia su esposa. McFarland era un marido brutal e imprudente, que había alienado completamente los afectos de su esposa, mientras que el Sr. Richardson, quien durante mucho tiempo había sido un apreciado conocido de la familia, ayudó a la esposa en los días más oscuros de su miseria. Ella era una mujer muy refinada y atractiva, y un gran círculo de amigos leales la apoyó durante el feroz calvario del juicio de su marido.

Aunque McFarland no negó que mató a Richardson, fue absuelto bajo la alegación de locura y, al mismo tiempo, fue nombrado tutor legal de su hijo, un niño que entonces tenía doce años, y salió del tribunal de la mano con él. ¡Qué parodia de la justicia y el sentido común que, mientras un hombre es declarado demasiado loco para ser considerado responsable de quitarle la vida a otro, aún pueda ser capaz de dirigir la vida y la educación de un niño! ¡Y qué insulto para esa madre inteligente, que había dedicado doce años de su vida a su cuidado, mientras su padre indigno no les había proporcionado lo necesario para vivir!

Ella se casó con el Sr. Richardson en su lecho de muerte. La ceremonia fue oficiada por Henry Ward Beecher y el reverendo O.B. Frothingham, mientras hombres como Horace Greeley y Joshua Leavitt presenciaban el solemne servicio. Aunque ninguna sombra había empañado jamás la buena fama de la Sra. Richardson, fue tratada groseramente en el tribunal y despojada de su hijo, a pesar de ser con creces la progenitora más adecuada para que se le confiara su cuidado.

Como la indignación entre las mujeres era general y ardía al rojo vivo con respecto a su trato, la señorita Anthony me sugirió, un día, que sería una oportunidad de oro para dar a las mujeres una lección sobre su impotencia ante la ley, totalmente bajo el poder del hombre en cuanto a sus relaciones domésticas, así como en sus derechos civiles y políticos. En consecuencia, decidimos celebrar algunas reuniones, solo para mujeres, para protestar contra la decisión de este juicio, la conducta general del caso, el tono de la prensa y las leyes que hacían posible robarle a una madre a su hijo.

Muchas damas se alistaron rápidamente en el movimiento. Se me invitó a dar el discurso en la ocasión, y la señorita Anthony organizó dos grandes reuniones, una en el Apollo Hall, en la ciudad de Nueva York, y otra en la Academia de Música, en Brooklyn. El resultado fue todo lo que podíamos desear. La señorita Anthony, con una capacidad ejecutiva maravillosa, hizo todos los arreglos, asumiendo sobre sus propios hombros toda la responsabilidad financiera.

Mi última reflexión sobre esta cuestión la di en *The Arena* en abril de 1894, de la cual cito lo siguiente:

"Existe una demanda en este momento de una enmienda a la Constitución de los Estados Unidos que haga que las leyes de matrimonio y divorcio sean las mismas en todos los estados de la Unión. Como la sugerencia proviene uniformemente de aquellos que consideran que las leyes de divorcio actuales son demasiado liberales, podemos inferir que la ley nacional propuesta es colocar toda la cuestión sobre una base más estrecha, anulando las leyes que se han aprobado con un espíritu más amplio, de acuerdo con las necesidades y experiencias, en ciertas secciones, del pueblo soberano. Y aquí tengamos en cuenta que la ley más amplia posible no haría obligatorio el divorcio para nadie, mientras que una ley restringida, por el contrario, obligaría a muchos, que se casaron quizás bajo leyes más liberales, a permanecer en relaciones incompatibles.

"Como todavía estamos en la etapa experimental en esta cuestión, no estamos calificados para hacer una ley perfecta que funcione satisfactoriamente en un área tan vasta como la que abarcan nuestras fronteras ahora. No veo evidencia en lo que se ha publicado sobre esta cuestión, últimamente, por parte de estadistas, eclesiásticos, abogados y jueces, de que alguno de ellos haya reflexionado lo suficiente sobre el tema para preparar un código bien digerido, o una enmienda integral a la Constitución nacional. Algunos lo ven como un contrato civil, aunque no regido por las leyes de otros contratos; algunos lo ven como una ordenanza religiosa, un sacramento; algunos piensan que es una relación que debe ser regulada por el Estado, otros por la Iglesia, y otros piensan que debería dejarse totalmente al individuo. Con esta amplia divergencia de opinión entre nuestras mentes líderes, es bastante evidente que no estamos preparados para una ley nacional.

"Además, como la mujer es el factor más importante en la relación matrimonial, su emancipación es el paso primordial para decidir la base de la vida familiar. Antes de que la opinión pública sobre esta cuestión cristalice en una enmienda a la Constitución nacional, la esposa y madre debe tener voz en el poder gobernante y debe ser escuchada, sobre este gran problema, en los pasillos de la legislación.

"Hay muchas ventajas en dejar todas estas cuestiones, como ahora, a los estados. El autogobierno local permite más fácilmente realizar experimentos sobre cuestiones debatidas, que son el resultado de las necesidades y convicciones de la comunidad. Cuanto menor sea el área sobre la que se extiende la legislación, más flexibles son las leyes. Al dejar a los estados libres para experimentar en sus asuntos locales, podemos juzgar el funcionamiento de diferentes leyes bajo circunstancias variables y, por tanto, aprender sus méritos comparativos. El progreso que la educación ha logrado en Estados Unidos se debe al hecho de que hemos dejado nuestro sistema de instrucción pública en manos de las autoridades locales. ¡Qué diferente sería la solución de la gran cuestión educativa del trabajo manual en las escuelas, si el asunto tuviera que resolverse en Washington!"

La nación entera podría verse comprometida con un plan que, en unos pocos años, resultaría totalmente impracticable. La asamblea municipal no es solo, como dice Emerson, «la cuna de las libertades estadounidenses», sino también el vivero de la experimentación y la sabiduría yanquis. Inglaterra, con su torpe código nacional de educación, que establece un estándar inflexible de erudición tanto para los niños brillantes de los distritos manufactureros como para las mentes lentas de los condados agrícolas, debería darnos una lección sobre la prudencia de mantener separados el gobierno estatal y el nacional.

Antes de que podamos decidir los motivos justos para el divorcio, debemos obtener una idea clara de lo que constituye el matrimonio. En una relación verdadera, el objetivo principal es el compañerismo amoroso entre hombre y mujer, su capacidad para la ayuda y la felicidad mutuas y para el desarrollo de todo lo que hay de más noble en cada uno. El segundo objetivo es la construcción de un hogar y una familia, un lugar de descanso, paz y seguridad, en el que la vida infantil pueda brotar y florecer como las flores al sol.

El primer paso para convertir lo ideal en real es educar a nuestros hijos e hijas en las ideas más exaltadas sobre la santidad de la vida matrimonial y las responsabilidades de la paternidad. Quisiera que dedicaran, al menos, tanto pensamiento a la creación de un ser inmortal como el que un artista dedica a su paisaje o a su estatua. Obsérvese al artista en sus horas de soledad, comulgando con la gran Naturaleza durante días y semanas en todos sus cambiantes estados de ánimo, y cuando finalmente su sueño de belleza se hace realidad y toma una forma claramente definida, véase con qué paciencia trabaja durante largos meses y años en el cielo y el lago, en el árbol y la flor; y cuando está completo, representa para él más amor y vida, más esperanza y ambición que el niño vivo a su lado, para cuya concepción y desarrollo prenatal nunca se dedicó ni un solo pensamiento lleno de alma. A este período impresionable de la vida humana, pocos padres le prestan atención; sin embargo, aquí debemos comenzar a cultivar virtudes que puedan, por sí solas, redimir al mundo.

Las opiniones contradictorias en las que se representa a la mujer son tan lamentables como variadas. Mientras que el Magníficat a la Virgen se canta en todas nuestras catedrales alrededor del globo cada día de reposo, y su maternidad es exaltada por sus devotos, la maternidad para el resto del género femenino se refiere como una debilidad, una discapacidad, una maldición, una evidencia de la sujeción divinamente ordenada de la mujer. Y, sin embargo, seguramente la mujer real debería tener algunos puntos de semejanza en carácter y posición con la ideal, a quien retratan poetas, novelistas y artistas.

Es una locura hablar de la santidad del matrimonio y la maternidad mientras la esposa es considerada, en la práctica, como una inferior, una súbdita, una esclava. Habiendo decidido que el compañerismo y la paternidad consciente son los únicos motivos verdaderos para el matrimonio, si la relación saca a relucir las peores características de cada parte, o si la atmósfera del hogar es insalubre para los niños, ¿no falta acaso la *raison d'être* misma de la unión y no está el matrimonio prácticamente anulado? No puede llamarse una relación santa —no, ni siquiera deseable— cuando faltan el amor y el respeto mutuo. Y tengamos presente otro hecho importante: la falta de simpatía y contento en los padres indica una incompatibilidad física radical, que resulta en una descendencia mal organizada. Si, entonces, el verdadero objeto del matrimonio fracasa, es interés del Estado, así como de los individuos afectados, procurar que todas esas uniones perniciosas sean disueltas legalmente. En la medida en que la incompatibilidad de carácter frustra los dos grandes objetos del matrimonio, debería ser la causa primordial de divorcio.

El verdadero punto de vista desde el cual observar esta cuestión es la soberanía individual, la felicidad individual. A menudo se dice que los intereses de la sociedad son primordiales y lo primero a considerar. Esta era la idea romana, la idea pagana, de que el individuo estaba hecho para el Estado. La idea central de la barbarie siempre ha sido la familia, la tribu, la nación; nunca el individuo. Pero la gran doctrina del cristianismo es el derecho a la conciencia y al juicio individual. La razón por la que arraigó tanto en los corazones de la gente fue porque enseñaba que el individuo era lo principal; el Estado, la Iglesia, la sociedad, la familia, lo secundario. Sin embargo, una visión integral de cualquier cuestión de interés humano muestra que el mayor bien y la felicidad del individuo y de la sociedad se encuentran en la misma dirección.

La cuestión del divorcio, al igual que la del matrimonio, debería ser resuelta, en lo que respecta a sus relaciones más sagradas, por las propias partes; ni el Estado ni la Iglesia tienen derecho alguno a entrometerse en ello. En cuanto a la propiedad y los hijos, debe ser visto y regulado como un contrato civil. Entonces, la unión debería disolverse con, al menos, tanta deliberación y publicidad como con la que se formó. Podría haber alguna ceremonia y testigos para añadir dignidad y solemnidad a la ocasión. Al igual que el matrimonio cuáquero, que las partes conducen por sí mismas, así, en este caso, sin ninguna declaración de sus desacuerdos, las partes podrían simplemente declarar que, después de vivir juntos durante varios años, se encontraron inadecuados el uno para el otro e incapaces de formar un hogar feliz.

Si el divorcio se hiciera respetable y fuera reconocido por la sociedad como un deber, además de un derecho, hombres y mujeres razonables podrían organizar todos los preliminares, a menudo incluso la división de bienes y la tutela de los hijos, de manera tan satisfactoria como podría hacerse en los tribunales. Donde la madre es capaz de educar a los niños, un padre sensato los dejaría al cuidado de ella antes que ponerlos en manos de un extraño.

Pero donde el divorcio no es respetable, los hombres que no tienen sentimiento paternal a menudo retienen al niño, no tanto por su bien o por su propio afecto, sino para castigar a la esposa por deshonrarlo. El amor por los hijos no es fuerte en la mayoría de los hombres, y sienten poca responsabilidad con respecto a ellos. Véase con qué facilidad despiden a sus hijos varones jóvenes para que se las arreglen solos y, a menos que la ley los obligara a mantener a sus hijos ilegítimos, nunca les dedicarían ni un segundo pensamiento. Pero sobre el alma materna descansan para siempre el cuidado y la responsabilidad de la vida humana. Su amor por el niño nacido fuera del matrimonio a menudo se intensifica por la infinita piedad que siente ante su desgracia. Incluso entre los animales inferiores encontramos a la hembra siempre cuidando a sus crías indefensas.

Limitar las causas de divorcio a defectos o faltas físicas; hacer públicos los procedimientos; hurgar en todos los asuntos personales de hombres y mujeres infelices; considerar el paso como algo cuasi criminal; castigar a la parte culpable en el litigio; todo esto no fortalecerá la frágil naturaleza humana, no garantizará hogares felices, no desterrará los escándalos ni purgará a la sociedad de la prostitución.

No, no; el enemigo del matrimonio, del Estado y de la sociedad no son las leyes de divorcio liberales, sino la atmósfera insalubre que existe en el propio hogar. Un acto legislativo no puede convertir en una unidad a una familia dividida.

CAPÍTULO XV.

LAS MUJERES COMO PATRIOTAS.

El 15 de abril de 1861, el Presidente de los Estados Unidos llamó a filas a setenta y cinco mil milicianos y convocó al Congreso para que se reuniera el 4 de julio, fecha en la que se solicitaron cuatrocientos mil hombres y se votaron cuatrocientos millones de dólares para sofocar la Rebelión.

Estos eventos sorprendentes despertaron a todo el pueblo y cambiaron el curso de sus pensamientos hacia nuevas direcciones. Mientras la vida de la nación pendía de un hilo, y la temible artillería de la guerra ahogaba por igual las voces del comercio, la política, la religión y la reforma, todos los corazones estaban llenos de ansiedad y presagios, todas las manos estaban ocupadas en solemnes preparativos para las terribles tragedias venideras.

En esta hora trascendental, el patriotismo de la mujer brilló con tanta fuerza y espontaneidad como el del hombre; y su sacrificio personal y devoción se desplegaron en campos de acción tan variados. Mientras él se abrochaba la mochila y marchaba a conquistar al enemigo, ella planeaba las campañas que llevaron a la nación a la victoria; luchaba en las filas cuando podía hacerlo sin ser detectada; inspiraba a la comisión sanitaria; reunía los suministros necesarios para el gran ejército; proveía enfermeras para los hospitales; consolaba a los enfermos; suavizaba las almohadas de los moribundos; inscribía los últimos mensajes de amor para aquellos que estaban lejos; y señalaba los lugares de descanso donde caían los hombres valientes. La labor que realizaron las mujeres, las privaciones que soportaron, el tiempo y la fuerza que sacrificaron en la Guerra que convocó a tres millones de hombres a las armas, nunca podrán ser plenamente apreciados.

De hecho, podemos decir con seguridad que apenas hay una mujer leal en el Norte que no haya hecho algo en ayuda de la causa; que no haya contribuido con tiempo, trabajo y dinero para el bienestar de nuestros soldados y el éxito de nuestras armas. La historia de la Guerra nunca estará completa si no se cuentan los logros de las mujeres. Ellas no figuran en los informes oficiales; no son citadas por actos heroicos; los nombres de miles son desconocidos más allá del vecindario donde vivían o de los hospitales donde amaban trabajar; sin embargo, no hay aspecto en nuestra Guerra más loable para nosotros como nación, ninguno que por su novedad positiva sea tan digno de registro.

Mientras la masa de las mujeres nunca filosofa sobre los principios que subyacen a la existencia nacional, hubo quienes en nuestra última Guerra comprendieron el significado político de la lucha; el «conflicto irreprimible» entre la libertad y la esclavitud, entre los derechos Nacionales y Estatales. Ellas vieron que proveer hilas, vendajes y suministros para el ejército, mientras la Guerra no se conducía bajo una política sabia, era trabajar en vano; y aunque muchas organizaciones, activas, vigilantes y abnegadas, se multiplicaron para atender las necesidades materiales del ejército, estas pocas se formaron en una Liga Leal Nacional, para enseñar principios de gobierno sólidos e impresionar en la conciencia de la nación que la libertad para los esclavos era el único camino hacia la victoria. Acostumbradas, como la mayoría de las mujeres, a obras de caridad y al alivio del sufrimiento externo, era difícil despertar su entusiasmo por una idea, persuadirlas de trabajar por un principio. Clamaban por trabajo práctico, algo que sus manos pudieran hacer; por ferias y sociedades de costura para recaudar dinero para las familias de los soldados, por cuadros vivos, lecturas, obras de teatro; cualquier cosa menos convenciones para discutir principios y hacer circular peticiones para la emancipación. No podían ver que el mejor servicio que podían prestar al ejército era sofocar la Rebelión, y que la forma más eficaz de lograrlo era transformar a los esclavos en soldados. Esta Liga Leal de Mujeres dio voz a las solemnes lecciones de la Guerra: Libertad para todos; protección nacional para cada ciudadano bajo nuestra bandera; sufragio universal y amnistía universal.

Después de consultar con Horace Greeley, William Lloyd Garrison, el gobernador Andrews y Robert Dale Owen, la señorita Anthony y yo decidimos convocar una reunión de mujeres en el Cooper Institute para formar una Liga Leal de Mujeres, con el fin de abogar por la emancipación inmediata y el derecho al voto de los esclavos del Sur, como la forma más rápida de terminar la Guerra, por lo que emitimos, en forma de panfleto, y distribuimos ampliamente la siguiente convocatoria:

«En esta crisis del destino de nuestro país, es el deber de todo ciudadano considerar las bendiciones peculiares de una forma republicana de gobierno y decidir qué sacrificios de riqueza y vida se exigen para su defensa y preservación. La política de la Guerra, toda nuestra vida futura, depende de una idea claramente definida del fin propuesto y de las inmensas ventajas que se asegurarán para nosotros y para toda la humanidad mediante su cumplimiento. Ningún simple grito de partido o de sección, ninguna tecnicidad de ley constitucional o militar, ningún lema de astucia o política es lo suficientemente grande como para tocar el gran corazón de una nación en medio de una revolución. Una gran idea —como la libertad o la justicia— es necesaria para encender y sostener los fuegos de un alto entusiasmo.

En esta hora, la mejor palabra y el mejor trabajo de cada hombre y mujer son imperativamente necesarios. Al hombre, por consentimiento común, se le asignan el foro, el campamento y el campo de batalla. Cuál es el trabajo legítimo de la mujer y cómo puede realizarlo mejor es digno de nuestro consejo sincero las unas con las otras. Hemos escuchado muchas quejas sobre la falta de entusiasmo entre las mujeres del Norte; pero cuando una madre pone a su hijo en el altar de su país, pide un objeto igual al sacrificio. Al cuidar a los enfermos y heridos, tejer calcetines, raspar hilas y hacer gelatinas, las más valientes y mejores pueden cansarse si los pensamientos no se elevan con fe hacia algo más allá y por encima de todo ello. El trabajo es adoración solo cuando un propósito noble llena el alma. La mujer está igualmente interesada y es igualmente responsable que el hombre en la resolución final de este problema de autogobierno; por lo tanto, que nadie permanezca como espectadora ociosa ahora. Cuando cada hora está preñada de destino, y cada retraso solo complica nuestras dificultades, es el momento oportuno para que las hijas de la Revolución, en consejo solemne, rompan los sellos de los últimos testamentos de los padres, se apoderen de su derecho de nacimiento a la libertad y lo mantengan como un fideicomiso sagrado para todas las generaciones venideras.

Con este fin, pedimos a las Mujeres Leales de la Nación que se reúnan en la Iglesia de los Puritanos (del Dr. Cheever), en Nueva York, el jueves 14 de mayo próximo.

Que las mujeres de cada Estado estén ampliamente representadas en persona o por carta.

En nombre del Comité Central de Mujeres,

Elizabeth Cady Stanton,

Susan B. Anthony.»

Entre otras resoluciones adoptadas en la reunión se encuentran las siguientes:

«Resuelto: Nunca podrá haber una paz verdadera en esta República hasta que los derechos civiles y políticos de todos los ciudadanos de ascendencia africana y de todas las mujeres estén prácticamente establecidos.

Resuelto: Que a las mujeres de la Revolución no les faltó heroísmo ni sacrificio personal, y nosotras, sus hijas, estamos dispuestas, en esta Guerra, a empeñar nuestro tiempo, nuestros medios, nuestros talentos y nuestras vidas, si fuera necesario, para asegurar la consagración final y completa de América a la libertad.»

Se acordó que el trabajo práctico a realizar para asegurar la libertad de los esclavos era hacer circular peticiones por todos los Estados del Norte. Durante meses, estas peticiones circularon diligentemente por todas partes, como muestran las firmas: algunas firmadas en postes de cercas, arados, yunques, bancos de zapatero; por mujeres de la alta sociedad y aquellas de la industria, por igual en el salón y en la cocina; por estadistas, profesores de universidades, editores, obispos; por marineros, soldados y los hijos del trabajo de manos endurecidas, construyendo ferrocarriles y puentes, cavando canales y en las minas en las entrañas de la tierra. Las peticiones, firmadas por trescientas mil personas, pueden verse ahora en los archivos nacionales en el Capitolio en Washington. Tres de mis hijos pasaron semanas en nuestra oficina en el Cooper Institute, enrollando las peticiones de cada Estado por separado e inscribiendo en el exterior el número de nombres de hombres y mujeres contenidos en ellas. Enviamos llamamientos al Presidente, a la Cámara de Representantes y al Senado, de vez en cuando, instando a la emancipación y a la aprobación de las propuestas Decimotercera, Decimocuarta y Decimoquinta Enmiendas a la Constitución Nacional. Durante estos meses trascendentales, recibimos muchas cartas del senador Sumner, diciendo: «Envíen las peticiones tan pronto como las reciban; me dan oportunidades para discursar».

Robert Dale Owen, presidente de la Comisión de Libertos, fue el más entusiasta en el trabajo de la Liga Leal y acudía a nuestras salas con frecuencia para sugerir nuevas formas de agitación y darnos una idea de lo que ocurría tras bambalinas en Washington. Aquellas que habían estado especialmente involucradas en el movimiento por el sufragio femenino suspendieron sus convenciones durante la guerra y dedicaron su tiempo y pensamiento por completo a los temas vitales de la hora. Al ver el significado político de la guerra, instaron a la emancipación de los esclavos como la forma segura y rápida de cortar el nudo gordiano de la Rebelión. Con este fin, organizaron una liga nacional y reunieron una petición colosal, instando al Congreso a enmendar la Constitución para prohibir la existencia de la esclavitud en los Estados Unidos. Desde su sede en el Cooper Institute, en la ciudad de Nueva York, enviaron llamamientos al Presidente, al Congreso y al pueblo en general; panfletos y formularios de petición, franqueados por miembros del Congreso, fueron esparcidos como copos de nieve desde Maine hasta Texas. Se celebraban reuniones cada semana, en las que se discutía libremente la política del Gobierno, siendo aprobada o condenada.

Que esta Liga realizó una labor educativa oportuna se manifiesta en las cartas recibidas de generales, estadistas, editores y de mujeres en la mayoría de los Estados del Norte, respaldando plenamente su acción y principios. La claridad de las mujeres pensantes sobre la causa de la Guerra, la verdadera política para llevarla a cabo y su firmeza en mantener los principios de la libertad son dignas de consideración. Con esta Liga, los abolicionistas y republicanos cooperaron cordialmente. Se impartió un curso de conferencias en su beneficio en el Cooper Institute, a cargo de hombres como Horace Greeley, George William Curtis, William D. Kelly, Wendell Phillips, E.P. Whipple, Frederick Douglass, Theodore D. Weld, el reverendo Dr. Tyng y el Dr. Bellows. Hay muchas cartas en sus archivos de Charles Sumner, aprobando sus medidas y expresando gran satisfacción por el gran número de peticiones de emancipación que llegaban al Congreso. La prensa republicana, también, fue altamente elogiosa. El *New York Tribune* dijo: «Las mujeres de la Liga Leal han mostrado una gran sabiduría práctica al limitar sus esfuerzos a un solo tema, el más importante al que cualquier sociedad puede aspirar en esta hora, y gran valentía al emprender lo que nunca se ha hecho en el mundo antes: obtener un millón de firmas para una petición».

Los principales periódicos compitieron entre sí en alabar la paciencia y la prudencia, la capacidad ejecutiva, la lealtad y el patriotismo de las mujeres de la Liga, y, sin embargo, estas eran las mismas mujeres que, al exigir derechos civiles y políticos, privilegios e inmunidades para ellas mismas, habían sido denunciadas uniformemente como «insensatas», «imprudentes», «fanáticas» e «impracticables». Durante los seis años que mantuvieron sus propias demandas en suspenso frente a las de los esclavos del Sur, y trabajaron para inspirar al pueblo con entusiasmo por las grandes medidas del partido republicano, fueron altamente honradas como «sabias, leales y perspicaces». Pero cuando los esclavos fueron emancipados y estas mujeres pidieron que se las reconociera en la reconstrucción como ciudadanas de la República, iguales ante la ley, todas estas virtudes trascendentes se desvanecieron como el rocío ante el sol de la mañana. Y así es siempre: mientras la mujer trabaja para secundar los esfuerzos del hombre y exaltar su sexo por encima del suyo propio, sus virtudes pasan incuestionables; pero cuando se atreve a exigir derechos y privilegios para sí misma, sus motivos, modales, vestimenta, apariencia personal y carácter son objeto de burla y denigración.

La libertad, victoriosa sobre la esclavitud en el campo de batalla, tenía ahora enemigos más poderosos que encontrar en Washington. Los esclavos liberados, el amo conquistado, el Sur desolado; las dos razas de pie frente a frente, compartiendo por igual los tristes resultados de la guerra, se volvieron con miradas suplicantes hacia el gobierno general, como si dijeran: «¿En qué situación estamos ahora?», «¿Qué sigue?». Preguntas que nuestros estadistas, acosados por peligros, por temores por la vida de la nación, por divisiones partidistas, por derrotas personales, estaban totalmente desprevenidos para responder. La reconstrucción del Sur implicaba la reconsideración de los principios fundamentales de nuestro Gobierno y los derechos naturales del hombre. El corazón de la nación estaba conmovido por debates prolongados en el Congreso y las legislaturas estatales, en los púlpitos y en los diarios públicos, y en cada hogar sobre estas cuestiones vitales, que tomaron forma definitiva en las tres enmiendas históricas a la Constitución.

El primer punto, su emancipación, resuelto, el estatus político del negro fue lo siguiente en el orden del día; y con este fin se presentaron diversas propuestas al Congreso. Pero exigir su derecho al voto sobre el principio amplio de los derechos naturales estaba rodeado de dificultades, ya que el resultado lógico de tal acción debía ser el derecho al voto de todas las clases marginadas; no solo de las mujeres blancas de todo el país, sino también de las mujeres esclavas del Sur. Aunque nuestros senadores y representantes sentían una aversión honesta a cualquier legislación proscriptiva contra las mujeres leales, en vista de su variado y abnegado trabajo durante la Guerra, la única forma en que podían abrir la puerta constitucional lo suficiente como para dejar pasar al hombre negro era introducir la palabra «masculino» en la Constitución nacional. Después de la generosa devoción de mujeres como Anna Carroll y Anna Dickinson para sostener la política de los republicanos, tanto en la paz como en la guerra, sintieron que no sería elegante por parte de ese partido colocar nuevas barreras en el camino de la mujer hacia la libertad. Pero, ¿cómo podría escribirse la enmienda sin la palabra «masculino»? Esa era la cuestión.

Robert Dale Owen, que se encontraba en Washington y entre bastidores en aquel momento, envió copias de los diversos proyectos de ley a los funcionarios de la Loyal League en Nueva York y nos relató algunas de las divertidas discusiones. Uno de los miembros del comité propuso «personas» en lugar de «varones». «Eso no servirá de nada», dijo otro, «daría el voto a las mujeres de mala vida». «El sufragio para los hombres negros será todo el esfuerzo que el Partido Republicano pueda soportar», dijo otro. Charles Sumner dijo, años después, que escribió más de diecinueve páginas de papel de oficio para deshacerse de la palabra «varón» y, sin embargo, mantener el «sufragio negro» como una medida del partido; pero no pudo lograrse.

La señorita Anthony y yo fuimos las primeras en ver el significado completo de la palabra «varón» en la Decimocuarta Enmienda, e inmediatamente dimos la alarma y enviamos peticiones para una enmienda constitucional que «prohibiera a los Estados privar del derecho al voto a cualquiera de sus ciudadanos por razón de sexo». La señorita Anthony, que había pasado el año en Kansas, partió hacia Nueva York en el momento en que vio la propuesta ante el Congreso de poner la palabra «varón» en la Constitución nacional, y se apresuró a despertar a las mujeres del Este ante el hecho de que había llegado el momento de comenzar de nuevo un trabajo vigoroso para la emancipación de la mujer.

Al salir de Rochester el 11 de octubre, visitó a Martha Wright en Auburn; a Phebe Jones y Lydia Mott en Albany; a las señoras Rose, Gibbons y Davis en la ciudad de Nueva York; a Lucy Stone y Antoinette Brown Blackwell en Nueva Jersey; a Stephen y Abby Foster en Worcester; a las señoras Severance, Dall, Nowell, a la doctora Harriet K. Hunt, a la doctora M.E. Zackesewska y a los señores Phillips y Garrison en Boston, instándoles a unirse para enviar protestas a Washington contra la legislación pendiente. El señor Phillips accedió de inmediato a destinar quinientos dólares del «Fondo Jackson» para comenzar el trabajo. La señorita Anthony y yo pasamos todas nuestras vacaciones de Navidad escribiendo cartas y dirigiendo llamamientos y peticiones a todas partes del país, y, antes del cierre de la sesión de 1865-66, se enviaron al Congreso peticiones con diez mil firmas.

Una de mis cartas decía lo siguiente:

«Al editor del Standard:

«Señor: El señor Broomall de Pensilvania, el señor Schenck de Ohio, el señor Jenckes de Rhode Island y el señor Stevens de Pensilvania tienen cada uno una resolución ante el Congreso para enmendar la Constitución.

«El primer artículo, segunda sección, dice así: "Los representantes y los impuestos directos se prorratearán entre los diversos Estados que puedan estar incluidos en esta Unión, de acuerdo con sus respectivos números".

«El señor Broomall propone enmendar diciendo "electores varones"; el señor Schenck, "ciudadanos varones"; el señor Jenckes, "ciudadanos varones"; el señor Stevens, "votantes varones", ya que, con el paso del tiempo, las mujeres podrían convertirse en "votantes legales" en los diversos Estados y, entonces, cumplirían ese requisito de la Constitución. Pero los requisitos instados por los otros caballeros, ni el tiempo, ni el esfuerzo, ni las Constituciones estatales podrían permitirnos cumplirlos, a menos que, mediante una interpretación liberal de la enmienda, se considerara suficiente una cota de malla para llevar en las urnas. El señor Jenckes y el señor Schenck, en sus proyectos de ley, tienen la gracia de no decir una palabra sobre los impuestos, recordando, quizás, que "la tributación sin representación es tiranía". Pero el señor Broomall, aunque no desea que compartamos los honores del gobierno, con gusto nos aseguraría un lugar en sus cargas; porque, mientras asigna representantes solo a los "electores varones", admite a "todos los habitantes" en los derechos, privilegios e inmunidades de la tributación. ¡Magnánimo miembro del Congreso!

«Llamaría la atención de las mujeres de la nación sobre el hecho de que, bajo la Constitución Federal, tal como existe ahora, no hay ni una palabra que limite el derecho al sufragio a ninguna clase privilegiada. Este intento de hacer girar las ruedas de la civilización hacia atrás, por parte de republicanos que pretenden ser el partido liberal, debería despertar a toda mujer de la nación al ejercicio inmediato del único derecho que tiene en el Gobierno, el derecho de petición. Con este fin, un comité en Nueva York ha enviado miles de peticiones, que deben circularse en cada distrito y enviarse a su representante en Washington tan pronto como sea posible.

«Elizabeth Cady Stanton.

«Nueva York, 2 de enero de 1866».

CAPÍTULO XVI.

LA VIDA DE PIONEROS EN KANSAS--NUESTRO PERIÓDICO, «THE REVOLUTION».

En 1867 se presentó al pueblo del Estado de Kansas la propuesta de extender el sufragio a las mujeres y a los hombres de color y, entre otros oradores del Este, fui invitada a realizar una campaña por todo el Estado. Como las elecciones de otoño estaban pendientes, había una gran emoción por todas partes. El sufragio para los hombres de color era una medida republicana, que la prensa y los políticos de ese partido defendían con entusiasmo.

Como el sufragio femenino no era una cuestión partidista, esperábamos que todos los partidos favorecieran la medida; que pudiéramos, por fin, tener un punto verde en la tierra donde las mujeres pudieran disfrutar de plena libertad como ciudadanas de los Estados Unidos. En consecuencia, en julio, la señorita Anthony y yo partimos, con grandes esperanzas de un viaje de lo más exitoso, y, tras un viaje sin incidentes de mil quinientas millas, llegamos al suelo sagrado donde John Brown y sus hijos habían ayudado a librar las batallas que hicieron de Kansas un Estado libre.

Lucy Stone, el señor Blackwell y Olympia Brown nos habían precedido y abierto la campaña con grandes mítines en todas las ciudades principales. La señorita Anthony y yo hicimos lo mismo. Entonces se decidió que, como íbamos a ir a los límites mismos del Estado, donde no había ferrocarriles, debíamos tomar carruajes y economizar nuestras fuerzas tomando rutas diferentes. Fui escoltada por el exgobernador Charles Robinson. Teníamos un carruaje bajo y cómodo, tirado por dos mulas, en el que guardamos alrededor de un celemín de folletos, dos maletas, un cubo para dar de beber a las mulas, una cesta de manzanas, galletas y otros refrescos que podíamos comprar en el camino. Algunas cosas estaban suspendidas debajo del carruaje, otras empaquetadas detrás y otras debajo del asiento y a nuestros pies. Requería una gran habilidad comprimir el equipaje necesario en el espacio asignado. Como fuimos al borde mismo de la civilización, dondequiera que se pudieran reunir dos docenas de votantes, tuvimos una muestra de la vida de pioneros. Hablamos en cabañas de troncos, en depósitos, escuelas sin terminar, iglesias, hoteles, graneros y al aire libre.

Hablé en un molino grande una noche. Una solitaria vela de sebo brillaba sobre mi cabeza como un halo de gloria; unas pocas linternas alrededor de las afueras de la audiencia hacían que la oscuridad fuera perceptible; pero todo lo que podía ver de mi audiencia era el blanco de sus ojos en la tenue distancia. La gente venía desde veinte millas a la redonda a estas reuniones, celebradas por la mañana, por la tarde o por la noche, según fuera más conveniente.

Como la elección estatal regular iba a tener lugar el próximo noviembre, el interés aumentó de semana en semana, hasta que la emoción de la gente no conoció límites. Había oradores a favor y en contra de cada propuesta ante el pueblo. Esto implicó debates frecuentes sobre todos los principios generales del gobierno y, por lo tanto, se logró un gran trabajo educativo, que es una de las ventajas de nuestras frecuentes elecciones.

Los amigos del sufragio femenino estaban condenados a la decepción. Aquellos en el Este, de quienes dependían para obtener influencia a través de los periódicos liberales, guardaron silencio, y supimos, después, que utilizaron la influencia que tenían para mantener callados a los abolicionistas y republicanos del Estado, ya que temían que la discusión sobre la cuestión de la mujer pusiera en peligro la emancipación del hombre negro. Sin embargo, trabajamos incansablemente y con esperanza, sin ver el juego de los políticos hasta casi el final de la campaña, cuando vimos que nuestra única oportunidad estaba en conseguir el voto demócrata. En consecuencia, George Francis Train, entonces un orador muy eficaz y popular, fue invitado al Estado para ver qué se podía hacer para ganar a la Democracia. Pronto cambió el rumbo, fortaleció a los republicanos y abolicionistas de rodillas débiles y aseguró un gran voto demócrata.

Durante tres meses trabajamos diligentemente, día tras día, soportando todo tipo de incomodidades al viajar, comer y dormir. Como no había caminos ni señales, a menudo perdíamos el camino. Al atravesar cañones y cruzar arroyos, a menudo estaba tan oscuro que el Gobernador se veía obligado a caminar delante para encontrar el camino, quitándose el abrigo para que yo pudiera ver su camisa blanca y conducir lentamente detrás de él. Aunque aparentemente tranquila y serena, tenía un gran temor a estas aventuras nocturnas, ya que temía constantemente que me volcara en alguna colina y rodara al agua. El Gobernador a menudo me felicitaba por mi valentía, cuando yo era plenamente consciente de estar sacudida por la ansiedad. Soy naturalmente muy tímida, pero, al ser silenciosa bajo fuertes emociones de placer o dolor, se me atribuye ser valiente en la hora del peligro.

Durante días, a veces, no podíamos encontrar nada en una mesa pública que pudiéramos comer. Luego, al pasar por un pequeño asentamiento, podíamos comprar arenques secos, galletas, goma arábiga y olmo resbaladizo; esto último, nos dijeron, era muy nutritivo. Con frecuencia nos sentábamos a una mesa con tocino flotando en grasa, café sin leche, endulzado con sorgo, y pan o galletas calientes, verdes por la sosa, mientras que las verduras y la fruta rara vez se veían. Nuestras noches eran miserables, debido a la opinión general entre los pioneros de que una cierta especie de insecto debía necesariamente deambular por las camas en una civilización joven. Una noche, después de viajar por las praderas todo el día, sin comer nada más que lo que nuestra despensa proporcionaba, vimos una luz en una cabaña a lo lejos que parecía hacernos señas. Al llegar, hicimos la pregunta habitual: si podíamos conseguir alojamiento para la noche, a lo cual la respuesta fue inevitablemente un cordial y hospitalario «Sí». Un vistazo a las instalaciones me mostró qué buscar en cuanto a compañía de medianoche, así que le dije al Gobernador: «Renunciaré en su favor a las comodidades que se me ofrecen esta noche y dormiré en el carruaje, como hace usted tan a menudo». Persistí contra todas las fervientes persuasiones de nuestro anfitrión y, a su debido tiempo, me instalé para pasar la noche, y todo alrededor de la casa quedó en silencio.

Acababa de caer en un sueño ligero, cuando un coro de gruñidos pronunciados y una sacudida espasmódica del carruaje me revelaron el hecho de que estaba rodeada por esos cerdos negros de nariz larga, tan famosos por su valentía y pertinacia. Habían descubierto que los escalones de hierro del carruaje eran postes para rascarse de lo más satisfactorios, y cada uno luchaba por su turno. Este rascar sugería pulgas. ¡Ay!, pensé, antes de la mañana seré devorada. Estaba mortalmente cansada y con sueño, pero alcancé el látigo y lo moví perezosamente de un lado a otro; pero pronto descubrí que solo una aplicación constante y muy vigorosa del látigo podía mantenerlos a raya por un momento. Había oído que este tipo de cerdo era muy combativo cuando se frustraban sus deseos, y parecían tener tanta necesidad de alivio que pensé que existía el peligro de que saltaran al carruaje y me atacaran. Este pensamiento era más aterrador que el de las pulgas, así que decidí dormir y dejarlos solos para que se rascaran a su gusto. Pasé una noche triste y nunca volví a intentar el carruaje, aunque tuve muchas experiencias igualmente miserables entre cuatro paredes.

Después de una de estas reuniones fronterizas, nos quedamos otra noche con una familia de dos hermanos solteros y dos hermanas solteras. La casa consistía en una habitación grande, aún sin enlistar ni enlucir. El mobiliario incluía una estufa de cocina, dos camas dobles en rincones alejados, una mesa, una cómoda, un lavabo y seis sillas de madera. Como era tarde, no había fuego en la estufa ni sugerencia de cena, así que el Gobernador y yo comimos manzanas y masticamos olmo resbaladizo antes de retirarnos a soñar con camas cómodas y mesas bien servidas en un futuro cercano.

Los hermanos me cedieron su cama tal como estaba. Había notado que no había un cambio ceremonioso de ropa de cama en tales circunstancias, por lo que había aprendido a eliminar de raíz todas las nociones fastidiosas de limpieza individual y a aceptar lo inevitable. Cuando llegó el momento de retirarse, el Gobernador y los hermanos salieron a hacer observaciones astronómicas o a fumar, según fuera el caso, mientras las hermanas y yo hacíamos nuestro aseo nocturno y nos acomodábamos en los rincones asignados. Una vez hecho esto, los fornidos hijos de Adán hicieron sus camas con pieles y mantas en el suelo. Cuando todo estuvo en calma y reinó la oscuridad, repasé la situación con el corazón apesadumbrado, viendo que estaba obligada a permanecer prisionera en el rincón toda la noche, pasara lo que pasara. Acababa de felicitarme por mi capacidad de adaptación a las circunstancias, cuando de repente me sobresalté con un enfático «¿Qué es eso?». Una voz desde el rincón preguntó: «¿Es cómoda su cama?». «Oh, sí», respondí, «pero pensé que sentí un ratón correr sobre mi cabeza». «Bueno», dijo la voz desde el rincón, «no me extrañaría. He oído tantos chillidos desde ese rincón durante la última semana que le dije a mi hermana que debía haber un nido de ratones en esa cama». Una confesión que probablemente no habría hecho de no estar medio dormida. Este anuncio fue recibido con risas contenidas desde el suelo. Pero no era un asunto de risa para mí. ¡Ay!, qué perspectiva: tener ratones corriendo sobre una toda la noche. Pero no había escapatoria. Las hermanas no se ofrecieron a hacer ninguna exploración y, con mi traje de fatiga, no podía encender una vela y hacerla por mi cuenta. La casa no ofrecía un sillón en el que pudiera sentarme. No podía acostarme en el suelo y la otra cama estaba ocupada. Afortunadamente, estaba muy cansada y pronto me quedé dormida. Lo que hicieron los ratones el resto de la noche nunca lo supe, tan profundos fueron mis sueños. Pero, como mis facciones estaban intactas y mi expresión facial tan benigna como de costumbre a la mañana siguiente, deduje que sus juegos habían sido conducidos de manera más inocente y decorosa. Estas son muestras de muchas experiencias similares que encontramos durante los tres meses de aquellos viajes memorables.

Hasta entonces, mi idea había sido que la vida de pionero era un período de libertad romántica. Cuando pasaban los largos vagones de cubierta blanca, con destino al lejano Oeste, pensaba en la novedad de un viaje de seis meses durante los brillantes días de primavera y verano en una casa sobre ruedas, comidas bajo árboles sombreados y junto a arroyos balbuceantes, durmiendo al aire libre y encontrando un hogar, al fin, donde la tierra era barata, el suelo rico y profundo, y donde los granos, las verduras, las frutas y las flores crecían generosamente con poco trabajo. Pero unos pocos meses de vida de pionero oscurecieron permanentemente mi ideal rosado del vagón de cubierta blanca, los encantadores picnics en el camino y el paraíso al final. Encontré a muchos de estos aventureros en casas sin terminar y destrozados por la malaria; en un caso vi a una familia de ocho, todos enfermos de escalofríos y fiebre. La casa estaba a media milla del agua de manantial de la que dependían y de la cual los más capaces, día tras día, llevaban el elixir necesario a otros que sufrían la sed habitual. Sus narraciones de todas las pruebas del largo viaje eran verdaderamente desgarradoras.

En un caso, una familia de doce personas abandonó su cómoda granja en Illinois, muy en contra de las fervientes protestas de la madre; ella tenía diez hijos, el menor un bebé que llevaba en sus brazos. Todas sus posesiones terrenales estaban almacenadas en tres vagones, y la granja que poseía la madre fue vendida antes de que comenzaran su largo y peligroso viaje. No había razón para irse, excepto que el marido tenía la fiebre del Oeste. Les iba bien en Illinois, en una granja grande a dos millas de un pueblo, pero él tenía visiones de una bonanza cerca del sol poniente. En consecuencia, partieron. Al final de un mes, el bebé murió. Un trozo de madera de la cuna fue todo lo que tuvieron para marcar su solitario lugar de descanso. Con el corazón triste siguieron adelante, y, en pocas semanas, por el dolor por su hijo, su antiguo hogar, sus parientes y amigos, la madre también murió. Ella, también, fue dejada sola en las lejanas praderas, y el triste cortejo siguió adelante. Otro niño pronto compartió el mismo destino, y luego un par de caballos murió, y un vagón, con todas las cosas de las que podían prescindir más fácilmente, fue abandonado. Al llegar a su destino, ninguno de los sueños dorados se hizo realidad. El costoso viaje, las luchas al comenzar en nuevas circunstancias y la pérdida de la laboriosidad y gestión de la madre hicieron que el padre se sintiera tan desanimado y temerario que gran parte de su propiedad se desperdició, y su carrera terrenal pronto terminó. Gracias a la energía heroica y la buena gestión de la hija mayor, el pequeño patrimonio, con el tiempo, se duplicó, y los niños fueron bien criados y educados en los rudimentos del aprendizaje, por lo que todos se convirtieron en miembros respetables de la sociedad. Su consejo para todos los jóvenes es: si están cómodamente establecidos en el Este, quédense allí. ¡No hay camino real hacia la riqueza y la comodidad, incluso en los Estados del Oeste!

A pesar de las incomodidades que sufrimos en la campaña de Kansas, me alegré de la experiencia. Me dio un mayor respeto por mí misma saber que podía soportar tales dificultades y fatigas con un gran grado de alegría. El Gobernador y yo a menudo nos reíamos de buena gana, mientras masticábamos pacientemente nuestra goma arábiga y olmo resbaladizo, al pensar con qué suave estímulo estábamos logrando hazañas tan maravillosas como oradores y viajeros. Fue afortunado que nuestro intenso entusiasmo por el tema nos diera toda la inspiración necesaria, ya que los suministros que reunimos en el camino no eran de ninguna manera lo suficientemente vigorizantes para un propagandismo prolongado.

Disfruté de estos viajes diarios por las vastas praderas, escuchando las descripciones del Gobernador de los primeros días en que los «bushwhackers y jayhawkers» hacían sus incursiones contra los habitantes del joven Estado libre. El coraje y la resistencia de las mujeres, rodeadas de peligros e incomodidades, superaban toda descripción. Considero un gran privilegio haber conocido a tantas mujeres y hombres nobles que habían pasado por tales escenas y superado tales dificultades. Parecían vivir en una atmósfera totalmente ajena a su entorno. Muchas familias educadas de Nueva Inglaterra, decepcionadas por no encontrar las tan comentadas bonanzas, vivían en cabañas de troncos, en lugares solitarios, a millas de cualquier vecino. Pero encontré a Emerson, Parker, Holmes, Hawthorne, Whittier y Lowell en sus estanterías para alegrar sus horas de ocio.

La señorita Anthony y yo a menudo nos consolábamos en medio de vientos adversos con recuerdos del poco tiempo que pasamos bajo el hospitalario techo de la Madre Bickerdyke en Salina. Allí tuvimos camas limpias y cómodas, viandas deliciosas y todo era exquisitamente limpio. Nos entretuvo con sus reminiscencias de la Guerra. Con gran abnegación había servido a su país en el campamento y en el hospital, y estuvo con el ejército de Sherman en esa maravillosa marcha hacia el mar, y aquí la encontramos en el puesto de avanzada de la civilización, decidida a comenzar lo que Kansas más necesitaba: un buen hotel. Pero ¡ay!, era demasiado bueno para esa latitud y resultó ser un fracaso financiero. Fue, para nosotras, un oasis en el desierto, donde habríamos permanecido con gusto si la oposición hubiera venido a nosotras para ser convertida. Pero, como tuvimos que llevar el evangelio de la igualdad de la mujer a los caminos y setos, dejamos a la querida Madre Bickerdyke con profundo pesar. La semilla sembrada en Kansas en 1867 está dando ahora sus frutos legítimos. No hubo un condado en el Estado donde no se celebraran reuniones o se distribuyeran folletos con mano generosa. Si los amigos de nuestra causa en el Este hubieran sido fieles y hubieran hecho por la mujer lo que hicieron por el hombre de color, creo que ambas propuestas se habrían aprobado; pero con una política estrecha, jugando una contra la otra, ambas fueron derrotadas. Una política de injusticia siempre da su propio fruto legítimo en el fracaso.

Sin embargo, las mujeres aprendieron una lección importante, a saber: que es imposible que hasta los mejores hombres comprendan los sentimientos de las mujeres o la humillación de su posición. Cuando nos pidieron que guardáramos silencio sobre nuestra cuestión durante la Guerra y trabajáramos por la emancipación del esclavo, lo hicimos y dedicamos cinco años a su emancipación y derecho al voto. A esta propuesta, mi amiga Susan B. Anthony nunca dio su consentimiento, pero se vio obligada a ceder porque nadie la apoyaba. Yo estaba convencida, en aquel momento, de que era la estrategia correcta. Ahora estoy igualmente segura de que fue un error y, desde entonces, he preferido el juicio de mi amada Susan al del mundo entero. Siempre he descubierto que, cuando vemos las cosas del mismo modo, tenemos la certeza de acertar y, cuando trabajamos juntas, somos fuertes. Después de discutir cualquier punto y estar plenamente de acuerdo, nuestra fe en nuestro juicio conjunto es inamovible y ninguna cantidad de ridículo u oposición tiene la más mínima influencia, venga de donde venga.

Juntas nos opusimos a los republicanos y abolicionistas cuando, por segunda vez, nos hicieron las promesas más solemnes de trabajar con ahínco por nuestro derecho al voto, cuando los esclavos estuvieron a salvo sin lugar a dudas. Jamás cumplieron su promesa hecha durante la Guerra; por lo tanto, cuando nos instaron a guardar silencio en la campaña de Kansas, no estuvimos dispuestas a considerar la propuesta ni por un instante. Las mujeres, en general, despertaron a su deber para consigo mismas. Habían sido engañadas una vez y no podían serlo de nuevo. Si los líderes de los campos republicano y abolicionista podían engañarnos, ¿en quién podíamos confiar?

Una vez más se nos instó a guardar silencio sobre nuestros derechos cuando la propuesta de eliminar la palabra "blanco" de la Constitución de Nueva York se sometió al voto de la gente del Estado, o, mejor dicho, a la mitad de la gente, ya que las mujeres no tenían voz en el asunto. De nuevo dijimos: "¡No, no, caballeros! Si el 'blanco' sale de la Constitución, que el 'varón' salga también. Las mujeres han permanecido junto al negro, hasta ahora, en igualdad de condiciones como clases marginadas, fuera del paraíso político; y ahora, cuando la puerta se abre, es justo que ambos entremos y disfrutemos de todos los frutos de la ciudadanía. Clasificado hasta ahora junto a los idiotas, los lunáticos y los criminales en la Constitución, el negro ha sido el único par respetable que hemos tenido; así que, por favor, no nos separen ahora por otros veinte años, antes de que la puerta constitucional vuelva a abrirse".

Se nos instó persistentemente a dedicar todos nuestros esfuerzos a eliminar la palabra "blanco" y asegurar así el derecho al voto del hombre de color, pues eso, decían, nos abriría el camino para seguir. Varios editores amenazaron con que, si no lo hacíamos, sus periódicos harían todo lo posible a partir de entonces para derrotar cada medida que propusiéramos. Pero fuimos sordas tanto a las persuasiones como a las amenazas, pensando que era más sabio trabajar por las mujeres, que constituían la mitad de la población del Estado, antes que por un pequeño número de hombres de color; quienes, viendo todas las cosas desde el mismo punto de vista que los hombres blancos, serían un poder añadido en nuestra contra.

Resuelta la cuestión en Kansas, regresamos con George Francis Train a Nueva York. Se ofreció a pagar todos los gastos del viaje y las reuniones en todas las ciudades principales del camino, y a asegurarse de que se informara plena y correctamente de nosotros en sus respectivos periódicos. Tras una larga consulta, la señorita Anthony y yo pensamos que lo mejor era aceptar la oferta, y así lo hicimos. La mayoría de nuestros amigos pensaron que fue un grave error, pero el resultado demostró lo contrario. El señor Train estaba entonces en su plenitud: un hombre corpulento y apuesto, un caballero en el vestir y en los modales, que no fumaba, ni mascaba tabaco, ni bebía, ni se entregaba a la gula. Era un orador y actor eficaz, como demostró plenamente uno de sus discursos, que ilustró imitando a la pobre esposa en la tina de lavar y al marido borracho tambaleándose al entrar. Ofrecía a su audiencia bocetos a carboncillo de la vida cotidiana más que argumentos. Siempre complacía a las audiencias populares, e incluso las más exigentes se divertían con sus caricaturas. Como los periódicos dedicaron varias columnas a nuestras reuniones en todos los puntos a través de todos los Estados, la agitación fue generalizada y de gran valor. Sin duda, nuestros amigos, por todas partes, nos abandonaron, y especialmente aquellos que deseaban que guardáramos silencio sobre la cuestión de los derechos de la mujer declararon que "la causa es demasiado sagrada para ser defendida por un charlatán como George Francis Train". Nosotras pensábamos de otro modo, ya que la adhesión del señor Train multiplicó la agitación por dos. Si estas damas y caballeros tan exquisitos hubieran ido a Kansas y ocupado el terreno y proporcionado "los tendones de la guerra", no habría habido campo para la labor del señor Train, y habríamos aceptado sus servicios. Pero, como el terreno estaba desocupado, él tenía, al menos, el derecho de un "okupa" reformista a cultivar las virtudes cardinales y recoger una cosecha moral donde pudiera.

Al llegar a Nueva York, el señor Train hizo posible que estableciéramos un periódico, lo que dio otro impulso a nuestro movimiento. The Revolution, publicado por Susan B. Anthony y editado por Parker Pillsbury y por mí misma, vivió dos años y medio y luego se consolidó con el New York Christian Enquirer, editado por el reverendo Henry Bellows, D.D. Considero el breve periodo en el que edité The Revolution como uno de los más felices de mi vida, y podría añadir que el más útil. Al revisar los editoriales, no encuentro más que uno del que me arrepiento sinceramente, y fue una réplica al señor Garrison, escrita bajo una gran provocación, pero no por mí, y que las circunstancias, en aquel momento, me impidieron desautorizar. Considerando la presión que se ejerció sobre la señorita Anthony y sobre mí, siento ahora que nuestra paciencia y tolerancia con nuestros enemigos en sus ataques malignos contra nuestro buen nombre, a los que nunca respondimos, fueron realmente maravillosas.

Dijimos en todo momento y sobre todos los demás temas exactamente lo que pensábamos, y no publicitamos nada en lo que no creyéramos. No apareció ningún anuncio de remedios de charlatanes en nuestras columnas. Uno de nuestros empleados publicó una vez un anuncio de levadura en polvo, que no vi hasta que apareció el periódico; así que, en el siguiente número, dije, editorialmente, lo que pensaba de ello. Estaba sola en la oficina, un día, cuando un hombre entró haciendo aspavientos. "¿Quién", dijo, "dirige este asunto?". "Encontrará los nombres de los editores y los publicadores", respondí, "en la página editorial". "¿Es usted una de ellos?". "Lo soy", repliqué. "Bien, ¿sabe que acepté pagar veinte dólares para que esa levadura en polvo se anunciara durante un mes, y luego usted la condena editorialmente?". "No tengo nada que ver con la publicidad; la señorita Anthony me paga para decir lo que pienso". "¿Tiene usted más pensamientos que publicar sobre esa levadura en polvo?". "Oh, sí", respondí, "todavía no he agotado el tema". "Entonces", dijo, "¿haré que retiren el anuncio. ¿Cuánto hay que pagar por la única inserción?". "Oh, nada", respondí, "ya que el editorial probablemente le hizo más daño que bien el anuncio". Al marcharse, con visión profética, dijo: "Profetizo una corta vida para este periódico; el mundo de los negocios se basa en la charlatanería, y ustedes no pueden vivir sin ella". Con melancólica certeza, repliqué: "Me temo que tiene razón".

CAPÍTULO XVII.

LYCEUMS Y CONFERENCIANTES.

El Lyceum Bureau fue, en una época, un gran rasgo de la vida estadounidense. Los tres principales despachos se encontraban en Boston, Nueva York y Chicago. Los gerentes, mapa en mano, trazaban viajes, más o menos extensos según la capacidad o voluntad de los oradores, y luego, con una docena o más de víctimas en sus manos, hacían arreglos con los comités en diversos pueblos y ciudades para ponerlos a todos en marcha. Como los gerentes de los despachos se quedaban con el diez por ciento de lo que ganaban los oradores, les interesaba mantener el tiempo bien ocupado. De ahí que los compromisos se hicieran sin la menor consideración por la comodidad de los viajeros. Con nuestras inmensas distancias, a menudo era necesario viajar día y noche, a veces cambiando de tren a medianoche, y quizás llegando al destino media hora antes o menos de subir a la plataforma, y comenzando de nuevo el viaje inmediatamente después de bajar de ella. La ruta siempre estaba cuidadosamente anotada, indicando la hora a la que los trenes salían y llegaban a diversos puntos; pero como los trenes de enlace a menudo no conectaban, uno viajaba, guía en mano, en un constante estado de ansiedad. Como, en los primeros tiempos, los honorarios eran de cien a doscientos dólares por noche, los propios oradores deseaban lograr tanto como fuera posible.

En 1869 di mi nombre, por primera vez, al despacho de Nueva York, y el 14 de noviembre comencé las largas y fatigosas peregrinaciones, desde Maine hasta Texas, que duraron doce años; hablando constantemente durante ocho meses —de octubre a junio— cada temporada. Ese fue el apogeo del periodo de conferencias, cuando una larga lista de hombres y mujeres brillantes estaban constantemente en vuelo. Anna Dickinson, Olive Logan, Kate Field —más tarde, la señora Livermore y la señora Howe—, Alcott, Phillips, Douglass, Tilton, Curtis, Beecher, y, varios años después, el general Kilpatrick, junto con Henry Vincent, Bradlaugh y Matthew Arnold desde Inglaterra; estos y muchos otros eran estrellas de la plataforma de conferencias.

Algunas de nosotras conseguíamos ocasionalmente pasar el domingo juntas, en un buen hotel de alguna ciudad, para descansar, comer bien y hablar de nuestras alegrías y penas, los largos viajes, la comida escasa en los hoteles rurales, las noches lluviosas en las que los comités se sentían desanimados e intentaban recortar nuestros honorarios; el verse obligadas por personas desconsideradas a hablar en el tren; los vagones sobrecalentados y mal ventilados; los salones, a veces demasiado cálidos, a veces demasiado fríos; los bebés llorando entre nuestro público; la lluvia repiqueteando en el techo sobre nuestras cabezas o filtrándose sobre la plataforma: estas eran experiencias comunes. En el Oeste, las mujeres con bebés ocupaban invariablemente los asientos delanteros para que los pequeños, al no entender lo que decías, pudieran entretenerse con tus gestos y tus cambios de expresión facial. Todas estas cosas, tan difíciles, en su momento, para una oratoria concentrada y entusiasta, sirvieron después como temas de conversación divertida. Nos quejábamos unánimemente del té y el café. La señora Livermore tenía la sabiduría de llevar consigo un hornillo de alcohol con su propio té y café, y así se proveía de los estimulantes necesarios para sus esfuerzos oratorios. Las penurias de estos viajes de lyceum nunca podrán ser apreciadas excepto por quienes las han soportado. Con accidentes de trenes y puentes, con inundaciones y bloqueos de nieve, los escollos en una de estas campañas eran incontables.

En una ocasión, cuando tenía el compromiso de hablar en Maquoketa, Iowa, llegué a Lyons alrededor del mediodía, para descubrir que la carretera estaba bloqueada por la nieve y no había posibilidad de que los coches circularan durante días. "Bien", le dije al dueño de la posada, "debo estar en Maquoketa a las ocho de esta noche; ¿tiene un trineo, una pareja de caballos veloces y un conductor experto? Si es así, cruzaré el campo". "¡Oh, sí, señora!", respondió, "tengo todo lo que pide; pero usted no podría soportar un viaje de seis horas con este viento cortante". Habiendo vivido en una región de nieve, con el termómetro a veinte grados bajo cero, no tenía miedo de los vientos y los ventisqueros, así que dije: "Prepare el trineo y lo intentaré". En consecuencia, telegrafié al comité que estaría allí, y me puse en marcha. Iba bien abrigada con una capa y una capucha de piel, una tabla de roble caliente a mis pies y un velo grueso sobre la cabeza y la cara. Mientras el posadero daba el toque final, arrojando una gran piel de bisonte sobre todo y atando las dos colas juntas en la parte posterior de mi cabeza, impidiéndome efectivamente llevarme la mano a la nariz, dijo: "Ahí, si solo puede sentarse perfectamente quieta, llegará bien a Maquoketa; eso es, si llega, de lo que mucho dudo". Fue un viaje largo y difícil contra el viento y a través de los ventisqueros, pero apenas moví un dedo y, al dar el reloj las ocho, entramos en la ciudad. El salón estaba cálido y, como la campana de la iglesia había anunciado mi llegada, una gran audiencia estaba reunida. Como me enteré de que todas las carreteras del norte de Iowa estaban bloqueadas, hice todo el circuito, de punto a punto, en trineo, viajando cuarenta y cincuenta millas al día.

En el Sherman House, en Chicago, tres semanas más tarde, me encontré con el señor Bradlaugh y el general Kilpatrick, que estaban anunciados en la misma ruta por delante de mí. "Bien", dije, "¿dónde han estado ustedes, caballeros?". "Esperando aquí a que abrieran las carreteras. Hemos perdido tres semanas de compromisos", respondieron. Como el general estaba dando conferencias sobre sus experiencias en la marcha de Sherman hacia el mar, le bromeé sobre no ser capaz, en una emergencia, de cruzar el estado de Iowa. Se quedaron muy asombrados y algo avergonzados cuando les hablé de mis largos viajes solitarios por las praderas día tras día. Era el testimonio de todos los despachos que las mujeres podían soportar más fatiga y eran más concienzudas que los hombres al cumplir con sus citas.

El rasgo agradable de estos viajes era la gran labor educativa lograda para la gente a través de su escucha de conferencias sobre todas las cuestiones vitales de la hora. Dondequiera que alguna de nosotras coincidiera en domingo, predicábamos en alguna iglesia; y siempre que tenía una tarde libre, hablaba solo a mujeres sobre el matrimonio, la maternidad y las leyes de la vida y la salud. Hicimos también muchos conocidos encantadores, esparcidos por todo nuestro Mundo Occidental, y vimos cuán cómodas y felices podían ser las personas sensatas, viviendo en las circunstancias más estrechas, sin ninguno de los lujos de la vida. Si la mayoría de las amas de casa pudieran deshacerse de la mitad de su ropa y muebles y poner sus adornos en el museo de la ciudad, la vida se simplificaría y empezarían a saber lo que significa el ocio. Cuando veo a tantas de nuestras mujeres estadounidenses esforzándose por ser artistas, que no pueden hacer una buena hogaza de pan ni una taza de café apetecible, pienso en lo que dijo Theodore Parker cuando el arte era una locura en Boston: "Las bellas artes no me interesan tanto como las artes groseras que alimentan, visten, albergan y reconfortan a un pueblo. Preferiría ser un gran hombre como Franklin que un Miguel Ángel; es más, si tuviera un hijo, preferiría verlo como mecánico, como el difunto George Stephenson, en Inglaterra, que como un gran pintor como Rubens, que solo copiaba la belleza".

Un día encontré en la oficina de The Revolution una invitación para conocer a la señora Moulton en la Academia de Música, donde iba a probar su voz para el próximo concierto a beneficio del Woman's Medical College. ¡Y qué voz por su potencia, patetismo y flexibilidad! Nunca escuché nada igual. Sentada junto a su madre, la señora W.H. Greenough, disfruté por igual del orgullo ansioso de la madre y del triunfo de la hija. Sentí, mientras escuchaba, la verdad de lo que dijo Vieuxtemps la primera vez que la oyó: "Esa es la voz tradicional que los siglos han esperado y anhelado". Cuando, en una ocasión, la señora Moulton cantó una canción de Mozart con el acompañamiento de Auber, alguien presente preguntó: "¿Qué se podría añadir para hacer esto más completo?". Auber miró al cielo y, con una dulce sonrisa, dijo: "Nada más que Mozart debería haber estado aquí para escuchar". Mirando y escuchando, pensé: "Aquí hay otra joya en la corona de la feminidad, para irradiar y glorificar las vidas de todos". Tengo un orgullo de sexo tan intenso que los triunfos de la mujer en el arte, la literatura, la oratoria, la ciencia o el canto despiertan mi entusiasmo como ninguna otra cosa.

Hambrienta, aquel día, de mujeres dotadas, visité a Alice y Phebe Cary y a Mary Clemmer Ames, y juntas le dimos al orgulloso macho blanco tal lección que hizo bien a nuestras almas y no pudo hacerle daño, atrincherado, como está, tras credos, códigos, costumbres y constituciones, con visera y peto de autocomplacencia y vanidad. Al criticar el ensayo de Jessie Boucherett sobre "Mujeres superfluas", en el que aconseja a los hombres en Inglaterra que emigren para dejar espacio y ocupación a las mujeres, el Tribune dijo: "¡La idea de un hogar sin un hombre en él!". Al visitar a las Cary, uno siempre sentía que allí había un hogar —uno muy encantador, además— sin un hombre en él.

Una vez, cuando Harriet Beecher Stowe estuvo en casa del doctor Taylor, tuve la oportunidad de conocerla. En su santuario, rodeada de libros y papeles, estaba terminando su segundo escrito sobre la familia Byron, y su hermana Catherine estaba preparando escritos sobre su labor educativa, preparatorios para una próxima reunión de las damas del consejo escolar. Las mujeres de la familia Beecher, aunque la mayoría de ellas eran esposas y madres, tenían todas una labor vital definida fuera del círculo familiar, y otros objetos de intenso interés además de maridos, bebés, cocinas y conversaciones sociales. Catherine dijo que se oponía al sufragio femenino, y que si pensara que había el menor peligro de que lo consiguiéramos, escribiría y hablaría en contra con vehemencia. Pero, como la nación estaba a salvo de tal calamidad, estaba dispuesta a dejar que la conversación continuara, porque la agitación ayudaba a su trabajo. "Es bastante paradójico", le dije, "que la presión de un principio falso pueda ayudar a uno verdadero; pero cuando tengan a todas las mujeres completamente educadas, saldrán a las urnas y votarán a pesar de ustedes".

Una noche en el tren de Nueva York a Williamsport, Pensilvania, encontré tiempo abundante para pensar en las peculiaridades personales de las muchas mujeres nobles que adornan este siglo diecinueve, y, al recordarlas, una a una, en América, Inglaterra, Francia y Alemania, y todo lo que están haciendo y diciendo, me pregunté cómo podía haber algún hombre tan ciego como para no ver que la mujer ya ha tomado su lugar como par del hombre. Mientras los señores de la creación han estado debatiendo sobre su esfera y trazando sus marcas de tiza aquí y allá, la mujer ha salido silenciosamente fuera de los campos estériles donde estuvo obligada a pastar durante siglos, y está ahora en verdes pastos y junto a aguas tranquilas, un poder en el mundo del pensamiento.

Estas agradables cogitaciones se vieron interrumpidas al enterarme de que había tomado el tren equivocado y debía hacer transbordo en Harrisburg a las dos de la mañana. ¡Con qué rapidez el pensamiento de que debía abandonar mi cómoda litera a tan deslucida hora cambió todo el cariz de la gloriosa feminidad y de cualquier otra bendición terrenal! Sin embargo, sobreviví a la prueba y llegué a Williamsport al amanecer. Tuve un buen público en la ópera esa noche, y fui presentada a muchas personas agradables, que se declararon convertidas al sufragio femenino por mis ministraciones. Entre las muchas joyas nuevas en mi corona, añadí, esa noche, al juez Bently.

En noviembre de 1869, pasé una noche en Filadelfia, con la señorita Anthony, en casa de Anna Dickinson: una pulcra casa de ladrillo de tres pisos en Locust Street. Este refugio de paz, donde la mundialmente famosa mujercita venía, de vez en cuando, a recuperar sus energías sobrecargadas, estaba decorado con mucho gusto, adornado con grabados, libros y estatuas. Su madre, su hermana y su hermano formaban el hogar: un trío agradable y culto. El hermano era un joven apuesto de buen juicio, dado a los comentarios sensatos; la hermana, ingeniosa, intuitiva e incisiva en el habla; la madre, vestida con un rico traje cuáquero, y aunque casi tenía setenta años, aún poseía una gran belleza personal. Era inteligente, digna, refinada y, en sus modales y apariencia, recordaba a Angelina Grimké tal como se veía en sus años más jóvenes. Todo en la casa y sus disposiciones indicaba que era la morada del genio y la cultura, y, aunque Anna estaba ausente, las hospitalidades fueron dispensadas con gracia por su familia. Napoleón y Shakespeare parecían ser los santos patronos de Anna, mirando desde todas partes, desde la pared. La madre nos divirtió con las duras pruebas que su pequeña oradora había infligido a los miembros de la casa por sus caprichos en el mundo de la fama.

En el camino a Kennett Square, un joven caballero nos señaló el hogar de Benjamin West, quien se distinguió, para disgusto de los de ala ancha en general, como pintor de paisajes. Se dice que, al comenzar su carrera, utilizó la cola de un gato en lugar de un pincel. Por supuesto, los primeros intentos de Benjamin fueron a escondidas, y no podía pedirle al paterfamilias dinero para comprar un pincel sin enfrentar el desprecio del buen hombre. Si, en la hora de su necesidad y fresco entusiasmo, la pobre gatita fue llevada al altar del sacrificio, o si la encontró reposando al borde del camino, habiendo pagado la deuda de la Naturaleza, nuestro informante no pudo decirlo; basta con que, con el tiempo, poseyera un pincel y se inmortalizara por su destreza en el uso del mismo. Personajes tan erráticos como Whittier, West y Anna Dickinson sirven para probar que incluso los cuáqueros, pulcros, correctos y perfectos, están sujetos a las mismas debilidades que el resto de la familia humana.

Hacía mucho que había oído hablar de los "Amigos Progresistas" en la región alrededor de Longwood; había leído los muchos edictos que emitían desde sus "reuniones anuales" sobre toda cuestión, sobre la guerra, la pena capital, la templanza, la esclavitud, los derechos de la mujer; había sabido que estaban dando la espalda a la vestimenta, los hábitos y las opiniones de sus Padres; escuchando las ministraciones de mundanos tales como William Lloyd Garrison, Theodore Tilton y Oliver Johnson, en una nueva casa de reunión, toda pintada y barnizada, con cojines, asientos cómodos, alfombras, estufas, un instrumento musical —sombra de George Fox, perdona— y tres repisas con floreros en el "asiento alto" y, más que todo eso, hombres y mujeres estaban sentados indistintamente por toda la casa.

Todo esto lo contemplamos la señorita Anthony y yo con nuestros propios ojos y, en compañía de Sarah Pugh y Chandler Darlington, nos sentamos juntas en el asiento alto y hablamos en la congregación del pueblo. Allí, también, conocimos a Hannah Darlington y Dinah Mendenhall —nombres conocidos desde hace mucho en toda buena obra— y, por espacio de un día, disfrutamos de la dichosa serenidad de aquel paraíso terrenal. Las mujeres de Kennett Square eran célebres no solo por su modelo de administración del hogar, sino también por su rara cultura en todos los temas de interés general.

En noviembre comencé de nuevo uno de mis viajes por el Oeste, pero, ¡ay!, el mismo día cambiaron los trenes y, por tanto, no pude hacer las conexiones para cumplir con mis compromisos en Saginaw y Marshall, y apenas me salvé en Toledo yendo directamente desde los vagones ante la audiencia, con el polvo de veinticuatro horas de viaje en mis prendas. Al no poder llegar a Saginaw, fui directamente a Ann Arbor y pasé tres días muy placenteramente visitando viejos amigos, haciendo nuevos y recorriendo el pueblo, con su gran Universidad. Fui invitada a la cena de Acción de Gracias en casa del señor Seaman, un editor demócrata altamente culto, autor de "Progress of Nations". Un grupo selecto de invitados se reunió alrededor de su hospitalaria mesa en aquella ocasión, sobre la cual su esposa presidió con dignidad y gracia. El sufragio femenino fue el blanco del ingenio y la sátira combinados de la compañía y, tras cuatro horas de ininterrumpido tiroteo, fuegos artificiales y risas, nos dispersamos a nuestras respectivas moradas, bastante agotados por el exceso de disfrute.

Un caballero tuvo la temeridad moral de afirmar que los hombres tenían más resistencia que las mujeres, ante lo cual una dama comentó que le gustaría ver a los mil trescientos jóvenes de la Universidad atados con corsés de varillas de acero, con miriñaques, faldas pesadas, colas, tacones altos, polizones, rodetes y docenas de horquillas clavadas en sus cueros cabelludos, encerrados en la casa año tras año, sin ejercicio vigorizante, sin esperanzas, objetivos ni ambiciones en la vida, y saber si podrían soportarlo tan bien como las chicas. "Nada", dijo ella, "salvo el hecho de que las mujeres, como los gatos, tienen siete vidas, les permite sobrevivir al presente régimen al que la costumbre condena al sexo".

Mientras estaba en Ann Arbor, di mi conferencia sobre "Nuestras chicas" en la nueva iglesia metodista; un edificio grande, bien iluminado y lleno de una audiencia brillante. Los estudiantes, en gran número, estaban allí y fortalecieron los hilos de mi discurso con frecuentes y generosos aplausos; especialmente cuando insté a los Regentes de la Universidad a cumplir con el deber de abrir sus puertas a las hijas del Estado. Había varias chicas espléndidas en Michigan, en aquel tiempo, preparándose para la admisión al departamento de derecho. Como el juez Cooley, uno de los profesores, era un hombre muy liberal, además de un abogado sensato, y estaba fuertemente a favor de abrir la universidad a las chicas, no tuve duda de que las mujeres de Michigan pronto se distinguirían en el foro. Algunos decían que la dificultad principal en el camino de que las chicas de aquel entonces fueran admitidas en la Universidad era la falta de espacio. Eso podría haberse obviado fácilmente diciéndoles a los jóvenes del extranjero que regresaran a las universidades de sus respectivos Estados, para que Michigan pudiera educar a sus hijas. Como las mujeres poseían una buena parte de la propiedad del Estado y habían sido fuertemente gravadas para construir y dotar a esa institución, era justo que compartieran sus ventajas.

La Universidad de Michigan, con sus extensos terrenos, edificios espaciosos, escuelas de medicina y derecho, residencias de profesores y el mejor laboratorio del país, era una institución de la que el Estado estaba justamente orgulloso y, como la matrícula era gratuita, valía la pena el esfuerzo de un largo y duro asedio por parte de las chicas de Michigan para obtener la admisión allí. Les aconsejé organizar sus fuerzas de inmediato, tener sus cañones de minuto, arietes, monitores, proyectiles, bombas, cañones, torpedos y petardos listos, y mantener un constante cañoneo hasta que los graves y reverendos señores abrieran la puerta y gritaran: "¡Basta, es suficiente!".

Las damas de Ann Arbor tenían una excelente biblioteca propia, donde sus clubes se reunían una vez a la semana. Acababan de formar una asociación sufragista. Mi visita terminó con una agradable recepción, en la que fui presentada al capellán, varios profesores y muchas damas y caballeros dispuestos a aceptar la situación. El juez Cooley me dio un relato brillante de las leyes de Michigan; lo fácil que era para las esposas obtener la posesión de todos los bienes y luego romper el vínculo matrimonial y dejar al pobre esposo a la caridad del mundo frío, con sus hijos desamparados a su alrededor. Oí hablar de una dama rica, allí, que hizo un testamento, dándole a su esposo una cuantiosa anualidad mientras permaneciera viudo suyo. Era evidente que el pobre "varón blanco", tarde o temprano, estaba condenado a probar por sí mismo la virtud de las leyes que había hecho para las mujeres. Espero, por el bien de la raza, que no soporte la opresión con la estúpida fortaleza que hemos tenido nosotros durante seis mil años.

En Flint fui agasajada por el señor y la señora Jenny. El señor Jenny era un editor demócrata que creía en el progreso y en allanar caminos para las mujeres en este gran desierto de la vida. Su esposa era una mujer notable. Ella inauguró las Bibliotecas de Damas en Michigan. En Flint tenían un hermoso edificio de ladrillo y casi dos mil volúmenes de libros selectos, propiedad de la asociación, y dinero siempre en la tesorería. Aquí, también, tuve una excelente audiencia y di mi conferencia titulada "Abran la puerta".

En Coldwater, a pesar de su nombre, encontré una audiencia cálida y agradecida. El presidente del liceo era un joven sensato que, después de graduarse en Ann Arbor, decidió, en lugar de pasar hambre en el derecho, trabajar con sus manos y su cerebro al mismo tiempo. Cuando todos los hombres se dediquen a su legítimo negocio de crear riqueza, desarrollar los recursos del país y dejar su mero intercambio al sexo más débil, no tendremos tantas mujeres superfluas en el mundo sin nada que hacer. Es evidente que ha llegado el momento de cazar al hombre hasta su esfera apropiada. Viniendo de Chicago, conocí al gobernador Fairchild y al senador Williams de Wisconsin. Fue encantador encontrarlos completamente fundamentados en la fe del sufragio femenino. Habían sido devotos lectores de la Revolution desde que la señorita Anthony los convenció de suscribirse, el invierno anterior, en Madison. Por supuesto, un nuevo brillo de inteligencia irradiaba sus finos rostros (pues eran hombres notablemente apuestos) y había un nuevo punto en todas sus palabras. El senador Williams, al igual que yo, estaba en una gira de conferencias. "El hombre" era su tema, por lo cual estaba devotamente agradecida; pues, si hay alguna de las criaturas de Dios que necesite conferencias, es esta que siempre nos está aconsejando. Pensé en todos los hombres, desde el padre Gregorio hasta Horace Bushnell, que habían cansado sus cerebros para describir la esfera de la mujer, y cuán señaladamente habían fracasado.

A lo largo de mis viajes por los liceos fui de gran utilidad para el público viajero, manteniendo abiertos los ventiladores en los vagones y cerradas las compuertas de las estufas ardientes, especialmente en los vagones dormitorio por la noche. ¡Cuántas veces al día pensé en lo que el santo Horace Mann intentó impresionar a sus estúpidos compatriotas, que, dado que el aire tiene cuarenta millas de profundidad alrededor del globo, es una pieza inútil de economía respirar cualquier número de pies cúbicos más de siete veces! Los bebés, también, deben estar agradecidos de que yo estuviera en posición de ser testigo de sus agravios. Muchos, gracias a mis intercesiones, recibieron su primer trago de agua y fueron emancipados de gorros de lana, velos, cuerdas apretadas bajo sus barbillas y un sinfín de pañales. Es una afirmación sorprendente, pero verdadera, que he conocido pocas mujeres que sepan cómo cuidar a un bebé. Y este hecho me llevó, en un viaje, a dar una conferencia a mis bellas compatriotas sobre "Matrimonio y Maternidad", con la esperanza de ayudar a la inauguración de una nueva era de bebés felices y saludables.

Después de veinticuatro horas en el expreso me encontré en una agradable habitación en el hotel International en La Crosse, mirando hacia la Gran Madre de las Aguas, en cuyo frío seno el hielo y los vapores luchaban por el dominio. Más allá se extendían los riscos cubiertos de nieve, mirando severamente hacia abajo al Misisipi, como para decir: "Hasta aquí llegarás y no más allá; aunque lento, eres agresivo, siempre empujando donde no deberías; pero todos los intentos en esta dirección son igualmente vanos; desde el alba de la creación, te hemos desafiado, y aquí estamos, hoy, tranquilos, majestuosos, inamovibles. Coquetea cuanto quieras en otras latitudes, con bancos floridos y muelles juveniles en los concurridos mercados de comercio, y socávalos, a todos y cada uno, con tus engañosos cortejos, pero inclínate con reverencia mientras nos contemplas. No tenemos ojos para tu belleza; ni oídos para tu canción interminable; nuestras cabezas están en las nubes, nuestros corazones comulgan con los dioses; tú no tienes parte en los problemas eternos de las eras que llenan nuestros pensamientos, tuyo es el humilde deber de lavar nuestros pies, y luego seguir adelante, recordando mantenerte en tu esfera apropiada, dentro de las cortezas que los sabios geógrafos han visto bien marcar".

Mientras escuchaba a estas colinas complacientes y observaba al pobre Misisipi llorar mientras seguía su curso, para perder sus penas en las profundidades del océano, pensé en cuán parecida es la actitud del hombre hacia la mujer. Que estas colinas orgullosas recuerden que ellas, también, durmieron durante siglos en valles profundos, abajo, abajo, cuando, tal vez, el chispeante Misisipi rodaba sobre sus cabezas, y de no ser por algún estallido generoso, algún levantamiento de la vieja Madre Tierra, deseando que sus hijos de costillas de roca, así como sus agraciadas hijas, pudieran disfrutar de la luz, el sol y la lluvia —de no ser por esta alma de amor en la materia tanto como en la mente— estos riscos y los hijos de Adán, también, podrían no alardear de la altitud de la que se jactan hoy. Aquellos que tienen oídos para oír disciernen ruidos bajos y retumbantes que presagian convulsiones en nuestro mundo social que pueden, tal vez, en el próximo levantamiento, traer a la mujer a la superficie; arriba, arriba, desde las lúgubres profundidades del océano, cavernas oscuras y valles más húmedos. Las hijas de la tierra que luchan pronto caminarán bajo la luz del sol de una civilización superior.

Escoltada por el señor Woodward, un miembro del colegio de abogados, dediqué un día a las atracciones de La Crosse. Primero exploramos el tribunal, un edificio de ladrillo grande y nuevo, desde cuya cúpula tuvimos una gran vista del campo circundante. La sala del tribunal donde se administra justicia era grande, limpia, aireada; el estrado estaba alfombrado y adornado con una gran silla verde acolchada, en la que me senté y, en mi imaginación, convoqué abogados, jurados, prisioneros y gente, y me pregunté cómo me sentiría pronunciando una sentencia de muerte contra un semejante, o, como Porcia, dando un jaque mate sabiamente a los Shylocks de nuestros tiempos. Aquí conocí al juez Hugh Cameron, anteriormente de Johnstown. Nos invitó a su santuario, donde tuvimos una agradable charla sobre nuestras colinas natales, afiliaciones escocesas, el estrado y el colegio de abogados de Nueva York y las leyes de Wisconsin para las mujeres. El juez, habiendo mantenido un feliz estado de soltería, miraba plácidamente los movimientos agresivos del sexo, ya que su felicidad doméstica no se vería afectada en absoluto, ya fuera que la mujer fuera votada arriba o abajo.

Luego inspeccionamos el edificio Pomeroy, que contenía un gran salón terminado con buen gusto y una imprenta, donde se publicaba anteriormente el La Crosse Democrat. Al ver la perfección, el orden y el buen gusto en todos los arreglos, y escuchar la descripción del señor Huron sobre la vida y las principales características de su jefe, parecía imposible reconciliar el tono del Democrat con el estatus moral de su editor. Nunca vi un establecimiento comercial más completo, y el santuario editorial parecía como si pudiera ser la morada de las Musas. Espejos, cuadros, estatuas, libros, música, curiosidades raras y finos especímenes de aves y minerales estaban por todas partes. Sobre la mesa del editor había una hermosa pintura de su joven hija, cuyos cabellos de lino, ojos azules y rostro angelical deberían haber inspirado a un padre a enunciados más nobles y puros de los que solía, en aquel momento, dar al mundo.

Pero las buenas acciones de Pomeroy vivirán mucho después de que sus palabras profanas sean olvidadas. Por todo el establecimiento, tarjetas, colocadas en lugares conspicuos, decían: "Está terminantemente prohibido fumar aquí". También estaba prohibido beber a todos sus empleados. En el momento en que se descubría a un hombre usando bebidas embriagantes, era despedido. En el piso superior del edificio había una habitación grande y agradable, bellamente alfombrada y amueblada, donde los empleados, en sus horas libres, podían hablar, escribir, leer o divertirse de cualquier manera racional.

El señor Pomeroy era humano y generoso con sus empleados, honorable en sus relaciones comerciales e ilimitado en sus caridades con los pobres. Su caridad, honor comercial y espíritu público eran muy elogiados por quienes lo conocían mejor. Que un diario no siempre refleje al editor es tanto culpa de la sociedad como del hombre. Mientras el público pague por personalidades groseras, obscenidad y jerga, los diarios decentes serán superados en el mercado. El hecho de que el La Crosse Democrat encontrara una venta lista en todas partes del país demostraba que el señor Pomeroy reflejaba fielmente el gusto popular. Mientras multitudes ponían los ojos en blanco y lo denunciaban en público, compraban su periódico y lo leían en privado.

Dejé La Crosse en un vapor, justo cuando el sol naciente iluminaba las cimas de las colinas y doraba el Misisipi. Era una mañana encantadora y, en compañía de una joven de dieciséis años, que había viajado sola desde alguna parte remota de Canadá, con destino a un pueblo del norte de Wisconsin, paseé por la cubierta la mayor parte del camino a Winona, una oyente complacida de los incidentes de las experiencias de mi joven compañera. Dijo que, al cruzar el lago Hurón, era la única mujer a bordo, pero que los hombres eran tan amables y corteses que pronto olvidó que estaba sola. Encontré muchas chicas, viajando largas distancias, que nunca habían estado a cinco millas de casa antes, con una autosuficiencia que era notable. Todas hablaban de la manera más halagadora sobre la cortesía de nuestros hombres estadounidenses al cuidar de su equipaje y aconsejarles sobre las mejores rutas.

A medida que te acercas a St. Paul, en Fort Snelling, donde el Misisipi y el Minnesota unen sus fuerzas, el país se vuelve audaz y hermoso. El pueblo mismo, que entonces presumía de unos treinta mil habitantes, está bien situado, con residencias de piedra sustanciales. Fue en uno de estos hogares encantadores donde encontré un puerto de descanso durante mi estancia en la ciudad. La señora Stuart, cuyas hospitalidades disfruté, era una mujer de raro sentido común y salud sólida. Su esposo, el doctor Jacob H. Stuart, fue uno de los primeros cirujanos en ofrecerse como voluntario en la última guerra. En el pánico de Bull Run, en lugar de correr, como todos los demás, se quedó con los heridos y fue hecho prisionero mientras extraía una bala de la cabeza de un rebelde. Cuando fue intercambiado, Beauregard le entregó su espada por su devoción a los moribundos y heridos.

Tuve el placer de ver a varios de los principales caballeros y damas de St. Paul en la Feria de Huérfanos, a donde todos nos dirigimos, después de mi conferencia, para discutir los derechos de la mujer, durante una abundante cena. Aquí conocí a William L. Banning, el creador del ferrocarril de Lake Superior y Mississippi. Asedió al Congreso y a los capitalistas durante una docena de años para construir esta carretera, pero se rieron de él y lo despacharon con burlas y desprecio, hasta que, al fin, Jay Cooke se sintió tan cansado de su constante venir que dijo: "Construiré la carretera para librarme de usted".

Whittier parece haber tenido una visión profética del poblamiento de esta región. Cuando habla del yanqui, dice:

"Está tallando junto a las cataratas de Santa María, Sobre su carro cargado; Está midiendo sobre las Rocas Pintadas, Con ojos ansiosos de ganancia.

"Oigo el azadón en la mina, El hacha en la cañada, El clamor desde el albergue indio, ¡La campana de la capilla de los jesuitas!

"Oigo el paso de los pioneros De naciones aún por ser; El primer lavado bajo de las olas, donde pronto Rodará un mar humano".

La apertura de estas nuevas salidas y minas de riqueza se debió totalmente a la previsión y perseverancia del señor Banning. La primera locomotora que pasó por una parte de la vía había sido bautizada en St. Paul, con las ceremonias adecuadas; la sacerdotisa oficiante era una hermosa doncella. Un barril de agua del Pacífico fue enviado por el hermano del señor Banning desde California, y un pequeño barril fue traído del lago Superior para la ocasión. Un vaso fue puesto en las manos de la señorita Ella B. Banning, hija del presidente, quien luego bautizó la locomotora, diciendo: "Con las aguas del Océano Pacífico en mi mano derecha, y las aguas del lago Superior en mi izquierda, invocando al Genio del Progreso para unir, con banda de hierro, dos grandes sistemas comerciales del globo, dedico esta locomotora al uso del ferrocarril de Lake Superior y Mississippi, y la nombro William L. Banning".

De St. Paul a Dubuque, como los barcos habían dejado de navegar, una ruta indirecta y una noche de incomodidad eran inevitables. Dejando el camino principal a Chicago en Clinton Junction, tuve el placer de esperar en una pequeña posada rural hasta la medianoche por un tren de carga. Esto fue realmente triste, pero, teniendo a mano los bocetos de la señora Child sobre las señoras De Staël y Roland, leí sobre las persecuciones de Napoleón a una y las de Robespierre a la otra, hasta que, por comparación, mi condición era tolerable, y la pequeña habitación escasamente amueblada, con su fuego apagado y su tenue lámpara, parecía un paraíso en comparación con años de exilio de la tierra natal o la celda de la prisión y la guillotina. ¡Qué pequeñas parecen nuestras pruebas ordinarias y triviales en contraste con las montañas de dolor que se han acumulado sobre las grandes almas del pasado! Absorta en la comunión con ellas, las doce llegaron pronto, y con ellas el tren.

Un fornido hijo de Adán me escoltó hasta el coche de pasajeros, lleno de inmigrantes alemanes, con tazas de hojalata, bebés, bolsas y bultos innumerables. Los ventiladores estaban todos cerrados, las estufas encendidas, y el aire era como el del Agujero Negro de Calcuta. Así que, tras depositar mi capa y mi bolsa en un asiento vacío, entreabrí tranquilamente ambas puertas con un trozo de madera, apagué las estufas y abrí todos los ventiladores con el atizador. Pero la brisa celestial, tan grata para mí, tuvo el efecto más infeliz sobre los exiliados que dormitaban. El padre de familia maldijo abiertamente; la compañera de su peregrinación terrenal dijo: «Debemos ir hacia el norte», y, a medida que el pesado velo de gas ácido carbónico se levantaba de las caras de los niños, y el oxígeno puro llenaba sus pulmones y los despertaba a una nueva vida, lanzaron un grito simultáneo de alegría y gratitud, que sus padres confundieron con agonía. En conjunto, hubo un revuelo general. Como me había deslizado silenciosamente hacia mi asiento y apoyado la cabeza para dormir, permanecí sin ser vista: la causa inocente de la purificación y la vejación general.

Llegamos a Freeport a las tres de la mañana. Como la estación para Dubuque estaba casi a media milla al otro lado de la ciudad, le dije a un anciano solitario que estaba allí temblando para recibirnos: «¿Cómo puedo llegar a la otra estación?». «Caminando, señora». «Pero no conozco el camino». «No hay nadie que le acompañe». «¿Cómo va mi baúl?», dije. «Tengo un burro y una carreta para llevarlo». «Entonces», dije, «usted, el burro, el baúl y yo iremos juntos». Así que me subí a la carreta, me senté sobre el baúl, y el anciano se rió de buena gana mientras avanzábamos a tropezones por el barro de aquella ciudad solitaria bajo la pálida luz de las estrellas de la mañana. Justo cuando amanecía, Dubuque, con sus colinas abruptas y su paisaje audaz, apareció a lo lejos. Pronto, bajo el techo de Myron Beach, uno de los abogados más distinguidos del Oeste, con un buen desayuno y una reparadora siesta, las penas de mi noche quedaron olvidadas.

Me entristeció descubrir que la señora Beach, a pesar de ser nativa de Nueva York y haber nacido en el mismo lugar donde se celebró la primera convención de derechos de la mujer en este país, no estaba convencida sobre la cuestión del sufragio femenino. Parecía tener la idea de que votar y llevar la casa no podían combinarse; pero sugerí que, si la nación pudiera disfrutar un poco del admirable sistema con el que ella y otras mujeres administraban sus asuntos domésticos, los intereses del Tío Sam estarían mejor asegurados. Esto es justo lo que la nación necesita hoy, y las mujeres deben despertar a la consideración de que ellas también tienen deberes además de derechos en el Estado. Una audiencia espléndida me saludó en la Ópera y di la charla «Nuestras Muchachas», llevando a muchos pecadores varones al arrepentimiento y agitando a algunas *femmes couvertes* letárgicas hacia un estado de rebelión contra el orden de cosas existente.

Desde Dubuque fui a Dixon, una ciudad grande, donde conocí a varias personas agradables, pero tengo un motivo de queja contra el operador de telégrafos, cuya negligencia al enviar un despacho a Mt. Vernon, escrito y pagado, estuvo a punto de hacerme pasar una noche solitaria en la pradera, sin refugio y sin ser conocida. Al oír que el tren expreso salía el domingo por la tarde, decidí irme, para pasar todo el día en Mt. Vernon antes de dar mi discurso; pero al facturar mi baúl, el encargado de equipajes dijo que el tren no paraba allí. «Bueno», dije, «facture el baúl al punto más cercano donde sí pare», resolviendo que persuadiría al conductor para que parara un minuto, de todos modos. En consecuencia, cuando el conductor pasó, presenté mi caso de la manera más persuasiva y elocuente posible, diciéndole que había telegrafiado a mis amigos para que me encontraran, etcétera, etcétera. Amablemente accedió a hacerlo y volvió a facturar mi baúl. Al llegar, como no había luz, ni sonido, y la estación estaba a media milla de la ciudad, el conductor me instó a ir a Cedar Rapids y volver a la mañana siguiente, ya que era domingo por la noche y la estación podría no estar abierta, y podría verme obligada a pasar toda la noche en el andén con frío.

Pero, como había telegrafiado, le dije que pensaba que alguien estaría allí, y que correría el riesgo. Así que el tren se marchó, dejándome sola. Podía ver las luces en la ciudad distante y los perfiles oscuros de dos grandes molinos cerca, que sugerían presas y canales. Oí, también, el ladrido distante de perros, y pensé que podría haber lobos también; pero ningún sonido humano. El andén era alto y no veía forma de bajar, y no me habría atrevido a hacerlo aunque hubiera podido. Así que caminé por toda la casa, llamé a cada puerta y ventana, grité «¡John!», «¡James!», «¡Patrick!», pero ninguna respuesta. Vestidos con sus mejores galas, sin duda habían ido a visitar a Sally, y sabía que se quedarían hasta tarde. El viento nocturno era frío. ¿Qué podía hacer? La perspectiva de pasar la noche allí me llenó de consternación. Al final, pensé que probaría mis facultades vocales; así que grité tan fuerte como pude, en todas las notas de la escala, hasta que me quedé ronca. Por fin oí un sonido distante, un fuerte grito, que devolví, y así continuamos hasta que la voz se acercó, y, cuando oí los pasos pesados de un hombre cerca, me sentí aliviada. Resultó ser el operador de telégrafos, que había sido un valiente soldado en la última guerra. Dijo que no había llegado ningún mensaje desde Dixon. Me escoltó hasta el hotel, donde algunos miembros del Comité del Liceo vinieron y se rieron de buena gana de mi aventura, especialmente de que, en mi angustia, hubiera llamado a James, John y Patrick, en lugar de a Jane, Ann y Bridget. Parecían argumentar que eso era una admisión, por mi parte, de la superioridad del hombre, pero sugerí que, como mi sexo aún no había sido exaltado a la dignidad de presidir estaciones y salas de equipajes, no habría habido propiedad en llamar a Jane y Ann.

Mt. Vernon se distinguía por un colegio metodista muy floreciente, abierto tanto a chicos como a chicas por igual. El presidente y su esposa eran personas liberales y progresistas. Cené con ellos en su hogar cerca del colegio, y conocí a algunas jóvenes de Massachusetts, que eran profesoras en la institución. Todos los que se reunieron alrededor de la mesa social en esa ocasión eran de la misma opinión sobre la cuestión de la mujer. Incluso la venerable madre del presidente parecía iluminarse con la discusión del tema. Di la charla «Nuestras Muchachas» en la iglesia metodista, y aproveché la oportunidad para felicitarlos por quitar la palabra «obedecer» de su ceremonia matrimonial. Escuché los informes más alentadores sobre el experimento de educar a los sexos juntos. Era la regla en todas las instituciones metodistas en Iowa, y descubrí que los jóvenes caballeros lo aprobaban plenamente.

En Mt. Vernon también conocí al Sr. Wright, ex Secretario de Estado, quien me dio varios datos interesantes con respecto a las mujeres de Iowa. El Estado podía presumir de una mujer que era una abogada capaz, la Sra. Mansfield. La Sra. Berry y la Sra. Stebbins eran notarias públicas. La señorita Addington era superintendente de escuelas en el condado de Mitchell. Fue nominada por una convención en oposición a un tal Sr. Brown. Cuando se hizo la votación, ¡he aquí! hubo un empate. El Sr. Brown ofreció ceder por cortesía, pero ella declinó; así que sortearon y la señorita Addington resultó victoriosa. Una vez hizo un resumen de los títulos de todas las tierras en el condado donde vivía, y recibió un nombramiento para el cargo de parte del Gobernador del Estado, quien solicitó que el documento se extendiera a nombre de «L.» en lugar de Laura Addington. Dijo que ya era suficiente con que Iowa nombrara mujeres para tales cargos, sin que se supiera en todo el mundo. Lamento haber contado los secretos del Gobernador —lo cual hice en todas partes—, pero la causa de la condición de la mujer lo hacía necesario.

CAPÍTULO XVIII.

¡RUMBO AL OESTE!

En el mes de junio de 1871, la señorita Anthony y yo fuimos a California, celebrando reuniones a favor del sufragio en muchas de las principales ciudades desde Nueva York hasta San Francisco, donde llegamos a mediados de julio, a tiempo para experimentar la estación seca y polvorienta.

Nos detuvimos, en el camino, una semana en Salt Lake City. Fue durante la época de la secesión de Godby, cuando varios cientos de mormones abjuraron de aquella parte de la fe de sus padres que autorizaba la poligamia. Se acababa de emitir una decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos declarando a la primera esposa y a sus hijos los únicos herederos legales. Si esta decisión aceleró la secesión, no lo sé; sin embargo, nos dio la ventaja de escuchar todos los argumentos a favor y en contra del sistema. Los que estaban en contra decían que convertía a los hombres en esclavos. Mantener a cuatro esposas y veinte hijos era una carga severa para cualquier marido. Las mujeres que creían en la poligamia tenían mucho que decir a su favor, especialmente con respecto a la santidad de la maternidad durante el período de embarazo y lactancia; una lección de respeto por ese período es enseñada religiosamente a todos los mormones.

Estábamos muy agradecidas por el privilegio que se nos concedió de hablar a las mujeres a solas en el Tabernáculo más pequeño. Nuestra reunión comenzó a las dos y duró hasta las siete, dándonos cinco horas de conversación ininterrumpida. El juez McKeon me había informado de las recientes decisiones y los aspectos legales de las cuestiones, que me instó a presentarles plena y francamente, ya que nadie había tenido tal oportunidad antes de hablar a las mujeres mormonas a solas. Así que aproveché al máximo mi privilegio. Hice una breve historia de la institución del matrimonio en todos los tiempos y países, del matriarcado, cuando la madre era la cabeza de la familia y poseía la propiedad y los hijos; del patriarcado, cuando el hombre reinaba supremo y la mujer era esclavizada; de la poliandria, la poligamia, la monogamia y la prostitución. Tuvimos una discusión plena y libre de cada fase de la cuestión, y todas estuvimos de acuerdo en que todavía estábamos lejos de haber alcanzado la posición ideal para la mujer en el matrimonio, por muy satisfecho que el hombre pudiera estar con sus diversos experimentos. Aunque las mujeres mormonas, como todas las demás, defienden firmemente su propia religión, no están más satisfechas que cualquier otra secta. Todas las mujeres están insatisfechas con su posición como inferiores, y su insatisfacción aumenta en proporción exacta a su inteligencia y desarrollo.

Después de esta convocatoria, las puertas del Tabernáculo se cerraron a nuestras ministraciones, como pensábamos que ocurriría, pero habíamos amontonado una inmensa cantidad de ciencia, filosofía, historia y reflexiones generales en las cinco horas de charlas libres como aquellas mujeres nunca habían escuchado antes. Como los secesionistas acababan de construir un nuevo salón, celebramos reuniones allí todos los días, discutiendo todas las cuestiones vitales de la hora; los hombres y mujeres mormones tomando una parte activa.

Asistimos a la celebración del Cuatro de Julio, y vimos el inmenso Tabernáculo lleno hasta su máxima capacidad. Los diversos Estados de la Unión estaban representados por jóvenes chicas, alegremente vestidas, llevando hermosas banderas y estandartes. Cuando esa inmensa multitud se unió a nuestras canciones nacionales, y el órgano de tono profundo llenó la vasta cúpula, la música fue muy impresionante, y el espíritu de patriotismo manifestado en todas partes fue profundo y sincero.

Mientras estaba entre estas gentes sencillas, tan fervientes en realizar su experimento en la religión y la vida social, y recordaba todas las persecuciones que habían sufrido y todo lo que habían logrado en esa región desolada y lejana, donde habían, de hecho, hecho que «el desierto floreciera como la rosa», aprecié, como nunca antes, el peligro de entrometerse en las ideas religiosas de cualquier pueblo. Su fe encuentra abundante autoridad en la Biblia, en el ejemplo del pueblo elegido de Dios. Cuando los sabios eclesiásticos enseñan a la gente que pueden tomar con seguridad ese libro como guía de sus vidas, deben esperar que sigan la letra y las enseñanzas específicas que yacen en la superficie. La mente ordinaria no generaliza ni ve que los mismos principios de conducta no servirán para todos los períodos y latitudes. Cuando las mujeres comprendan que los gobiernos y las religiones son invenciones humanas; que las Biblias, libros de oración, catecismos y cartas encíclicas son todas emanaciones del cerebro del hombre, ya no serán oprimidas por los mandatos que les llegan con la autoridad divina de «Así dice el Señor».

Esa reunión totalmente democrática en el Tabernáculo me impresionó más que cualquier otra celebración del Cuatro de Julio a la que haya asistido. Como la mayoría de las familias mormonas no tienen sirvientes, las madres deben llevar a sus hijos a donde quiera que vayan —a iglesias, teatros, conciertos y revistas militares— en todas partes y a cualquier lugar. De ahí que el llanto bajo y pensativo del bebé individual, combinándose en grandes números, se convierte en un monótono profundo, como las olas del mar, una especie de acompañamiento de violonchelo a todas sus actuaciones festivas. Fue un poco difícil para mí al principio tener mis períodos brillantes puntuados con un llanto rítmico de todos los lados del salón; pero tan pronto como vi que no distraía a mis oyentes, simplemente levanté la voz y, con un poco de vehemencia añadida, rivalicé honestamente con los bebés. Comentando esta prueba, a uno de los artistas teatrales, respondió: «Es bastante malo para usted, pero ¡ay!, imagíneme en una tierna escena de muerte, cuando la más profunda quietud es indispensable, teniendo mi último suspiro, mi mensaje de despedida a los seres queridos, acentuado con los alegres arrullos o quejas impacientes de cincuenta bebés». Noté en el Tabernáculo que las miserias de la hueste infantil eran en cierta medida mitigadas por constantes tragos de agua fría, llevada en cubos por cuatro ancianos.

La cuestión de mayor interés para nosotras en aquel momento, en el experimento mormón, era el ejercicio del sufragio por parte de las mujeres. Emeline B. Wells, esposa del Alcalde de la ciudad, escribiendo a una convención de Washington, en 1894, dijo sobre las muchas complicaciones que surgían de los diversos proyectos de ley ante el Congreso para robar a las mujeres este derecho:

«Las mujeres han votado en Utah durante catorce años, pero, debido a la pequeña palabra 'varón' que todavía permanece en los estatutos, ninguna mujer es elegible para ningún cargo de emolumento o confianza. En tres legislaturas sucesivas, se han aprobado proyectos de ley, disponiendo que se borre la palabra 'varón'; pero, cada vez, el Gobernador del Territorio, que tiene poder absoluto de veto, ha rechazado su firma. Sin embargo, las mujeres asisten a las reuniones primarias en los diversos distritos y son elegidas como delegadas. También son miembros de comités centrales del condado y territoriales, y así están ganando experiencia política práctica, y preparándose para puestos de confianza.

En 1882 se celebró una convención para redactar una constitución para ser sometida al pueblo y presentada al Congreso de los Estados Unidos. Las mujeres fueron delegadas en esta convención, y participaron en todas sus deliberaciones, y fueron nombradas para actuar en comités con privilegios iguales. Es el primer caso registrado, creo, donde las mujeres han sido miembros y han tomado parte activa en una convención constitucional.

Mucho se ha dicho y escrito, y justamente, también, sobre el sufragio para las mujeres en Wyoming; pero, en mi humilde opinión, si Utah hubiera estado en el mismo terreno que Wyoming, y las mujeres hubieran sido elegibles para cargos, como lo son en ese Territorio, habrían sido, antes de esto, elegidas para la Asamblea legislativa de Utah.

Se informa corrientemente que las mujeres mormonas votan como les dicen sus maridos. Niego enfáticamente la afirmación. Todas las mujeres mormonas que tienen el privilegio de registrarse votan. Cada niña nacida aquí, tan pronto como tiene veintiún años, se registra, y lo considera tanto un deber como decir sus oraciones. Nuestras mujeres votan con la misma libertad que caracteriza a cualquier clase de personas en los actos más concienzudos de sus vidas».

Estas diversas cuestiones fueron felizmente resueltas en 1895, cuando Utah se convirtió en Estado. Su Constitución otorga a las mujeres el derecho a votar en todas las cuestiones, y las hace elegibles para cualquier cargo.

El viaje a través de las Montañas Rocosas fue más interesante y maravilloso de lo que había imaginado. Un fuerte aguacero la mañana en que llegamos a las llanuras alcalinas hizo que el viaje a través de esa región, donde los viajeros sufren tanto, fuera bastante llevadero. Aunque llegamos a California en su estación calurosa y seca, encontramos la atmósfera en San Francisco deliciosa, abanicada por las suaves brisas del Pacífico, refrescada por las aguas de su magnífico puerto. La Puerta de Oro abre de hecho al ojo del viajero uno de los puertos más hermosos del mundo.

Unos amigos habían reservado para nosotras una suite de apartamentos en el Grand Hotel, recién inaugurado entonces. Nuestras habitaciones estaban constantemente decoradas con flores frescas, que nuestras «hijas del sufragio», como ellas mismas se llamaban, nos traían día tras día. Tantas trajeron muestras de su buena voluntad —de hecho, todos nuestros visitantes venían con ofrendas de frutas y flores— que no solo nuestros apartamentos, sino las mesas públicas estaban llenas de especímenes raros y hermosos de todas las variedades. Hablábamos cada noche, ante salas llenas, sobre todas las fases de la cuestión de la mujer, y tuvimos una sucesión de visitantes durante el día. De hecho, durante una semana, tuvimos una ovación perfecta. Como el senador Stanford y su esposa estaban en el mismo hotel, tuvimos muchas entrevistas agradables con ellos.

Mientras estuvimos en San Francisco, tuvimos muchas navegaciones encantadoras en el puerto y paseos a la orilla del mar y durante millas a lo largo de la playa. Pasamos varias horas en la pequeña Ocean House, observando los juegos de las célebres focas. Estas, al igual que los grandes árboles, llevaban nombres de estadistas distinguidos. Un sujeto muy negro fue llamado Charles Sumner, en honor a su amor por la raza negra; otro, con un pequeño estrabismo en el ojo, fue llamado Ben Butler; un espécimen robusto y rotundo que parecía tomarse la vida filosóficamente, fue llamado senador Davis de Illinois; uno muy beligerante, que parecía determinado a empujar a sus cofrades al mar, fue llamado Secretario Stanton. Grant y Lincoln, en una repisa más alta de las rocas, observaban con complacencia los juegos del resto.

California estaba en vísperas de una elección importante, y John A. Bingham de Ohio y el senador Cole estaban haciendo campaña por el Estado para el Partido Republicano. En varios puntos tuvimos el uso de sus grandes tiendas para nuestras audiencias, y de aquellos de sus hábiles argumentos que se aplicaban a la mujer. Como el gran discurso del Sr. Bingham versaba sobre las Enmiendas decimotercera, decimocuarta y decimoquinta, cada principio que estableció enmendaba literalmente a las mujeres de la nación. Conocí al estadista de Ohio una mañana en el desayuno, después de haberlo escuchado la noche anterior. Le dije que su lógica debía obligarlo a abogar por el sufragio femenino. Con una sonrisa muy cínica dijo que «no era la marioneta de la lógica, sino el esclavo de la política práctica».

Conocimos a la mayoría de nuestras coadjutoras del sufragio en diferentes partes de California. Pasé unos días con la señora Elizabeth B. Schenck, una de las pioneras más tempranas en el movimiento sufragista. Era una mujer cultivada y noble, y su pequeña cabaña era una joya de belleza y comodidad, rodeada de hermosos jardines y un seto de geranios de más de tres metros de altura, cubiertos de flores escarlatas. Parecía en conjunto más una glorieta de hadas que una habitación humana. Los molinos de viento por toda California, para bombear agua, son un rasgo muy bonito en el paisaje, además de uno importante, ya que la gente se ve obligada a regar sus jardines durante la estación seca. En agosto, las colinas están tan marrones como las nuestras en diciembre.

Aquí también conocí por primera vez a la familia del senador Sargent y los visité en Sacramento City, donde celebramos una reunión sobre el sufragio por la noche y otra solo para mujeres al día siguiente. En una reunión similar en San Francisco, se dieron cita seiscientas mujeres en el Platt's Hall. Hablamos sobre el matrimonio, la maternidad y la vida social en general. Suponiendo que no había más que mujeres presentes, ya que todas iban vestidas con atuendo femenino, el público se mostró muy libre en sus preguntas, y yo, igualmente, en mis respuestas. Para nuestro asombro, a la mañana siguiente, apareció un informe literal de todo lo que se había dicho en uno de los periódicos principales, acompañado de comentarios de lo más respetuosos. Como siempre escribía y leía con cuidado lo que tenía que decir sobre temas tan delicados, el lenguaje estaba bien elegido y la presentación de los hechos y la filosofía resultó irreprochable; por tanto, dado que la información era tan importante para los hombres como para las mujeres, no lamenté su publicación. Durante el día, un comité de tres caballeros vino a saber si daría una conferencia solo para hombres. Como no tenía ninguna preparada, decliné, con la promesa de hacerlo la próxima vez que visitara California. La idea era novedosa, pero creo que las mujeres podrían hacer mucho bien de esa manera.

Mis lectores pueden estar seguros de que viajeras tan emprendedoras como la señorita Anthony y yo visitamos todas las maravillas, vimos los géiseres, los grandes árboles, el valle de Yosemite y las inmensas cordilleras, amontonadas unas sobre otras, hasta que parecían formar un camino de gigantes de la tierra al cielo. Bajamos las laderas de la montaña con Fox, el célebre cochero; dieciséis personas en un carruaje abierto tirado por seis caballos, bajando, bajando, bajando, tan rápido como podíamos ir. Esperaba que nos hiciéramos pedazos, pero descendimos a salvo en una hora alturas que nos había llevado tres escalar. Fox llevaba las riendas firmes y parecía tan tranquilo como si trotáramos por un terreno llano, aunque cualquier accidente, como un eje caliente, un caballo que tropezara o una rotura en el arnés, nos habría enviado ladera abajo, a dos mil pies, a una destrucción inevitable. Tenía muchas anécdotas divertidas que contar sobre el viaje de Horace Greeley a los géiseres. El distinguido periodista no estaba preparado en absoluto para la carrera cuesta abajo y le suplicó a Fox que frenara. Sentado en la parte delantera, hizo varios intentos de arrebatarle las riendas. Pero Fox le aseguró que esa era la única forma posible en que podían descender a salvo, ya que los caballos podían guiar la diligencia, pero no podían retenerla.

En Stockton conocimos a un grupo de amigos que regresaban del Yosemite, quienes nos dieron información muy valiosa para el viaje. Entre otras cosas, me aconsejaron escribir al señor Hutchins, la principal autoridad allí, para que tuviera un caballo bueno y fuerte listo para llevarme por el sendero empinado y estrecho hacia el valle. Tomamos el mismo cochero y carruaje que nuestros amigos habían encontrado dignos de confianza y partimos temprano por la mañana. El polvo y el calor hicieron que el viaje del día fuera muy fatigoso, pero la perspectiva de ver el maravilloso valle hizo que todas las dificultades fueran de poca importancia. Un grupo bastante grande esperaba para montar sus burros y mulas cuando llegamos. Uno de los asistentes, un hombre casi tan delgado como una varilla de escalera, me preguntó si yo era la dama que había pedido un caballo fuerte; como yo era la más corpulenta del grupo, él llegó fácilmente a esa conclusión, así que mi corcel fue traído prontamente. Pero sabía lo suficiente de caballos y de montar para ver de un vistazo que era un fracaso, con sus cruces bajas y sus cuartos traseros altos, para descender montañas empinadas. Además de su inclinación hacia adelante, su lomo era inmensamente ancho. La señorita Anthony y yo decidimos montar a horcajadas y teníamos trajes hechos para ese propósito; pero, ¡ay!, mi corcel era tan ancho que no podía alcanzar los estribos, y en el momento en que comenzamos a descender, sentí que me iba a ir por encima de su cabeza. Así que me quedé atrás y, cuando el grupo se hubo adelantado, desmonté, aunque mi delgado guía me aseguró que no había peligro, que él «había subido y bajado mil veces». Pero, como yo nunca había estado, sus repetidas experiencias no me inspiraron valor. Decidí caminar. Eso, dijo el guía, era imposible. «Bueno», dije, a modo de compromiso, «caminaré tanto como pueda, y cuando llegue a lo imposible, probaré con esa bestia mal construida. No alcanzo a ver en qué estaban pensando ustedes, los hombres, cuando eligieron a tal animal para este viaje». Y así bajamos lentamente, discutiendo el punto de si era mejor montar o caminar; confiar en las propias piernas o, por casualidad, verse precipitado miles de pies montaña abajo.

Era un día caluroso de agosto; el sol, en el cenit, brillaba con toda su potencia. Mi sangre estaba a temperatura de ebullición por el ejercicio y la vejación. Deslizándome y caminando alternativamente, agarrándome de rocas y ramitas, bebiendo de cada arroyo, cubierta de polvo, chorreando sudor, con las faldas, los guantes y los zapatos hechos jirones, durante cuatro largas horas luché hasta llegar al final, cuando me tendí sobre la hierba y me quedé dormida, completamente agotada, tras haber enviado al guía a decirle al señor Hutchins que había llegado al valle y, como no podía ni montar ni caminar, que enviara una carretilla o a cuatro hombres con una manta para trasladarme al hotel. Ese mismo día, la compañía Mariposa había traído el primer carruaje al valle, el cual, a su debido tiempo, fue enviado en mi auxilio. La señorita Anthony, quien, con un bonito poni mexicano y una silla estrecha, había hecho su descenso con gracia y dignidad, me dio la bienvenida en los escalones del hotel y se rió inmoderadamente de mi situación de indefensión.

A medida que pasaba hora tras hora, dijo, hubo un asombro general sobre qué habría sido de mí; «pero, ¿alguna vez viste un paisaje tan magnífico?». «¡Ay!», le respondí, «no he estado de humor para paisajes. He estado vigilando constantemente mis manos y pies para no acabar en desgracia». Al día siguiente estaba demasiado rígida y dolorida para mover un dedo. Sin embargo, a su debido tiempo desperté a la gloria y grandeza de aquel maravilloso valle, del cual ninguna descripción ni pintura puede dar la menor idea. Con Sunset Cox, el destacado estadista demócrata, y su esposa, tuvimos muchas excursiones agradables por el valle y charlas, durante la noche, en la veranda. Había una sucesión constante de personas yendo y viniendo, incluso en aquella región lejana, y todos tenían sus aventuras que relatar. Pero ninguna igualaba mis experiencias.

Pasamos un día en el Calaveras Grove, descansamos bajo los «grandes árboles» y montamos a caballo a través del tronco caído de uno de ellos. Unos vándalos serraron uno de los ejemplares más magníficos a veinte pies del suelo y, sobre él, los dueños del hotel construyeron una pequeña capilla octogonal. La madera pulida, con corteza como borde, formaba un suelo muy bonito. Aquí solían celebrar servicios dominicales, ya que cabían unas cien personas. Aquí, también, discutimos la cuestión del sufragio, en medio de estos árboles majestuosos que habían luchado contra los vientos durante dos mil años y que probablemente nunca antes habían escuchado tal rebelión como la que predicamos a las hijas de la tierra aquel día.

Aquí, de nuevo, encontramos a nuestros distinguidos estadistas inmortalizados, cada uno con su homónimo entre estos árboles señoriales. Le preguntamos a nuestro guía si había alguno que aún no hubiera sido adjudicado, y si podíamos ponerles nombres de mujeres. Como accedió de buen grado, escribimos en tarjetas los nombres de una docena de mujeres destacadas y los clavamos en sus respectivos árboles. Si Lucretia Mott, Lucy Stone, Phoebe Couzins y Anna Dickinson todavía conservan su identidad y responden cuando la diosa Sylvia las llama en aquel majestuoso bosque, no lo sé. Veinticinco años han pasado desde entonces, y una nueva generación de visitantes y guías puede no haber dejado rastro de nuestro trabajo. Pero susurramos nuestras esperanzas y aspiraciones a los árboles, para que fueran llevadas a los poderes superiores, y las dejamos grabadas indeleblemente en las paredes de la pequeña capilla, y para ojos más mortales esparcimos folletos dondequiera que íbamos, e hicimos de todos nuestros viajes de placer otras tantas propagandas para la emancipación de la mujer.

Regresando de California, hice el viaje directamente de San Francisco a Nueva York. Aunque es un viaje largo para hacerlo sin descanso, disfruté cada momento, ya que encontré unos compañeros de lo más encantadores en el obispo Janes y su hija. Siendo el obispo muy liberal en sus ideas, discutimos las diversas teologías y todas las fases de la cuestión de la mujer. Nunca olvidaré aquellas conversaciones agradables mientras nos sentábamos afuera en la plataforma, día tras día, y bajo la suave luz de la luna a altas horas de la noche. Retomábamos el hilo de nuestro debate cada mañana donde lo habíamos dejado la noche anterior. El obispo me contó sobre la resolución de eliminar la palabra «obedecer» de la ceremonia matrimonial que él presentó, dos años antes, en la Conferencia General Metodista y que fue aprobada con poca oposición. ¡Toda la alabanza para la Iglesia Metodista! Cuando nuestras chicas sean educadas en un autorrespeto adecuado y un orgullo loable de sexo, rechazarán todas estas viejas barbaries del pasado que apuntan de alguna manera a la condición de sujeción de las mujeres ya sea en el Estado, la Iglesia o el hogar. Hasta que las otras sectas sigan su ejemplo, espero que nuestras chicas insistan en que todos sus lazos conyugales sean atados por obispos metodistas.

El servicio matrimonial episcopal no solo se aferra todavía a la palabra «obedecer», sino que tiene una ceremonia de lo más humillante al entregar a la novia. Nunca me sorprendieron tanto sus rasgos odiosos y ridículos como una vez que vi a una mujer alta, de aspecto majestuoso, magníficamente ataviada, casada por uno de los sacerdotes más diminutos que jamás se haya puesto una sobrepelliz y una sotana, entregada por el tutor más pequeño que jamás haya vigilado la fortuna de una mujer, al novio más débil y de aspecto más lánguido que jamás haya colocado una alianza en el dedo nupcial. Al ver a estos liliputienses a su alrededor, pensé, cuando el pequeño sacerdote dijo: «¿Quién entrega a esta mujer a este hombre?», que ella asumiría la responsabilidad y diría: «Yo», ¡pero no! Allí permaneció ella, tranquila, serena, como si no fuera asunto suyo, mientras el pequeño tutor, poniendo su mano en la del pequeño novio, decía: «Yo». Así era esta mujer señorial zarandeada por estos tres hombres insignificantes, a todos los cuales ella podría haber recogido en sus brazos y llevado a sus respectivos lugares de residencia.

Pero las mujeres se están despertando gradualmente a la degradación de estas ceremonias. No hace mucho, en una boda de la alta sociedad, una hermosa joven de dieciocho años se quedó muda ante la palabra «obedecer». Tres veces el sacerdote la pronunció con énfasis y unción sagrada, cada vez más lenta y más fuerte que antes. Aunque los magníficos salones estaban abarrotados, reinaba un silencio sobrecogedor. El padre, la madre y el novio estaban en agonía. La novia, con los ojos bajos, permaneció sin habla. Al final, el sacerdote cerró lentamente su libro y dijo: «La ceremonia ha terminado». Una palabra suplicante del novio, y un tenue «obedecer» se escuchó en la solemnidad del silencio. El sacerdote desabrochó su libro y se selló el compromiso. Las felicitaciones, el festín y todo lo demás continuaron como si no hubiera habido interrupción en el proceso, pero la lección fue recordada y muchas rebeldes fueron creadas por esa breve pausa.

Creo que todos estos reverendos caballeros que insisten en la palabra «obedecer» en el servicio matrimonial deberían ser destituidos por una clara violación de la Decimotercera Enmienda de la Constitución Federal, que dice que no debe haber esclavitud ni servidumbre involuntaria dentro de los Estados Unidos. Mientras le contaba estas experiencias al obispo Janes, él se rió de buena gana y me pidió que se las repitiera a cada recién llegado. Nuestra pequeña sociedad de debate era el centro de atención. Un caballero me preguntó si nuestras convenciones sobre el sufragio femenino eran igual de entretenidas. Le dije que sí; que no había reuniones en Washington tan interesantes y tan concurridas como las nuestras.

Como tenía algo de literatura sobre el sufragio femenino en mi maleta, distribuí folletos a todas las almas sinceras que me acribillaban a preguntas. Como todas las demás cosas, requiere gran discreción el sembrar folletos, no sea que te expongas a un desplante. Nunca le ofrezco uno a un hombre con cabeza pequeña y tacones altos en sus botas, con la barbilla en el aire, porque sé, por la naturaleza de las cosas, que estará celoso de las mujeres superiores; ni a una mujer cuya boca tiene esa expresión de afectada rectitud, porque sé que dirá: «Tengo todos los derechos que quiero». Al ir a Londres un día, unos años después, noté a una hermana piadosa, perteneciente al Ejército de Salvación, ofreciendo tímidamente algunos folletos a varias personas a bordo; todos declinaron fríamente recibirlos. Habiendo tenido mucha experiencia en las alegrías y penas del proselitismo, extendí mi mano y le pedí que me los diera a mí. Se los agradecí y los leí antes de llegar a Londres. No me hizo ningún daño y a ella mucho bien al pensar que podría haber plantado una nueva idea en mi mente. Todo lo que se nos da libremente, creo, por cortesía común, deberíamos aceptarlo con gratitud.

Mientras disfrutaba una vez más de las comodidades del hogar, en las colinas azules de Jersey, la señorita Anthony encendía los fuegos de la libertad en las cumbres de las montañas de Oregón y del Territorio de Washington. A lo largo de los meses de octubre, noviembre y diciembre de 1871, estuvo dando tumbos en diligencias, por caminos escabrosos, hablando en cada aldea donde se podía encontrar una escuela, y esparciendo nuestros folletos refrescantes a los cuatro vientos del cielo.

De 1869 a 1873, la señorita Anthony y yo hicimos varios viajes por Iowa, Misuri, Illinois y Nebraska, celebrando reuniones en la mayoría de las ciudades principales; yo hablando por las tardes a las mujeres solamente sobre «Matrimonio y Maternidad». Como la señorita Anthony tenía otros compromisos urgentes en Kansas y Nebraska, fui sola a Texas, hablando en Dallas, Sherman y Houston, donde me retrasé dos semanas por inundaciones y, por tanto, me vi impedida de ir a Austin, Galveston y algunos puntos de Luisiana, donde estaba anunciada para dar conferencias. De hecho, perdí todas mis citas durante un mes. Sin embargo, había un buen hotel en Houston y muchas personas agradables, entre las cuales hice algunas amistades valiosas. Además de varias reuniones públicas, tuve charlas de salón y esparcí folletos, por lo que mi tiempo no se perdió.

Como las inundaciones habían trastornado mis planes para el invierno, fui directamente de Houston a Nueva York por el ferrocarril Iron Mountain. Anticipaba un viaje bastante solitario; pero, afortunadamente, conocí al general Baird, a quien conocía, y a otros oficiales del ejército, que habían estado en la frontera mexicana para resolver algunos problemas en la «zona libre». Nos divertimos en el largo viaje con el whist y discusiones sobre el sufragio femenino. Notamos a un clérigo de aspecto dispéptico, evidentemente de temperamento bilioso, observándonos muy fijamente y con desaprobación el primer día, y de una manera tranquila nos advertimos unos a otros que, a su debido tiempo, nos daría un sermón sobre el pecado de jugar a las cartas.

Sentado solo, a la mañana siguiente, se sentó a mi lado y me preguntó si le permitiría expresar su opinión sobre el juego de cartas. Dije: «¡Oh, sí! Creo plenamente en la libertad de expresión». «Bueno», dijo él, «yo nunca toco las cartas. ¡Creo que son una invención del diablo para alejar a las almas desprevenidas de todo pensamiento serio sobre los deberes severos de la vida y las realidades de la eternidad! Me entristeció verla a usted, con su cabello blanco, probablemente cerca del final de su carrera terrenal, jugando a las cartas y hablando con esos oficiales del ejército imprudentes, que se deleitan en matar a sus semejantes. ¡No! No creo en la guerra ni en el juego de cartas; esas cosas no preparan el alma para el cielo». «Bueno», dije yo, «usted tiene toda la razón, con sus puntos de vista, al abjurar de la compañía de los oficiales del ejército y de todos los juegos de cartas. Usted, sin duda, disfruta de sus propios pensamientos y del libro que está leyendo más de lo que disfrutaría de la conversación de esos caballeros y de una partida de whist. Debemos regular nuestra conducta según nuestro propio ideal más elevado. Si bien deploro la necesidad de la guerra, sé que en nuestro Ejército hay muchos de los tipos más nobles de virilidad, cuya relación valoro mucho. Yo también disfruto de todos los juegos, desde el ajedrez hasta el dominó. Hay tanto que es triste y severo en la vida que a veces necesitamos dejar de lado sus cargas y entregarnos a diversiones inocentes. Así, ya ve, lo que es sabio desde mi punto de vista es imprudente desde el suyo. Lamento que repudie todas las diversiones, ya que contribuyen a la salud del cuerpo y del alma. Usted lamenta que yo no piense como usted y regule mi vida en consecuencia. Usted está seguro de que tiene razón. Yo estoy igualmente segura de que la tengo. Por lo tanto, no hay nada que hacer en ninguno de los casos más que dejarnos en paz el uno al otro y esperar a que el lento proceso de la evolución nos dé a cada uno un estándar más elevado». Justo entonces, uno de los oficiales me preguntó si estaba lista para una partida de whist, y me excusé de seguir discutiendo. Conocí a muchos de esos santos doloridos en mis viajes, que gastaban tanto pensamiento en la eternidad y en salvar sus almas que perdían todas las alegrías del tiempo, así como esas dulces virtudes de cortesía y caridad que mejor podrían prepararlos para las buenas obras en la tierra y la felicidad en el cielo.

En primavera fui a Nebraska, y la señorita Anthony y yo hicimos de nuevo una gira por el Oeste, a veces juntas y a veces por rutas diferentes. Una convención constitucional estaba en sesión en Lincoln, y se propuso presentar una enmienda para eliminar la palabra «hombre» de la Constitución. Nebraska se convirtió en Estado en marzo de 1867 y tomó «Igualdad ante la ley» como su lema. Su legislatura territorial había discutido, muchas veces, propuestas de legislación liberal para las mujeres, y su legislatura estatal había considerado dos veces propuestas para la emancipación de la mujer. Llevaba conmigo una maleta que contenía los informes de minoría del honorable Benjamin F. Butler como miembro del Comité Judicial de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, a favor del derecho de la mujer a votar bajo la Decimocuarta Enmienda. Mientras cruzábamos el río Platte, al transferir el equipaje al bote, mi maleta cayó al río. Mi corazón se detuvo ante la idea de tal destino para todos aquellos argumentos capaces. Después de que el gran General hubiera estado en aguas turbulentas toda su vida, era doloroso pensar en que alguna de sus lucubraciones pereciera en agua fría al final. Afortunadamente, fueron rescatadas. Al llegar a Lincoln, fui escoltada a la casa del Gobernador, donde extendí los documentos al sol, y pronto estuvieron listos para ser distribuidos entre los miembros de la convención constitucional.

Después de que me dirigí a la convención, algunos de los miembros me llamaron para discutir los puntos de mi discurso. Todos los caballeros fueron serios y respetuosos con una excepción. Un hombre con una cabeza inusualmente pequeña, forma diminuta y piernas torcidas trató, a mi costa, de ser ingenioso y faceto. Durante una breve pausa en la conversación, puso su silla directamente frente a mí y dijo, en tono burlón: «¿No cree que lo mejor que puede hacer una mujer es desempeñar bien su papel en el rol de esposa y madre? Mi esposa me ha regalado ocho hermosos hijos; ¿no es este un trabajo de vida mejor que el de ejercer el derecho al sufragio?».

Había tenido a este hombre bajo observación durante toda la entrevista y vi que los otros miembros estaban molestos por su comportamiento. Decidí, cuando llegara el momento oportuno, darle una respuesta que no olvidaría pronto; así que respondí prontamente a su pregunta, mientras lo observaba lentamente de la cabeza a los pies: «He conocido pocos hombres, en mi vida, que valga la pena repetir ocho veces». Los miembros estallaron en una carcajada, y uno de ellos, dándole una palmada en el hombro, dijo: «Ahí, pequeñín, ya has leído y deletreado; será mejor que te vayas». Esta escena fue anunciada en todos los periódicos de Nebraska y, dondequiera que iba el hombrecito, le preguntaban por qué la señora Stanton pensaba que no valía la pena repetirlo ocho veces.

Durante mi estancia en Lincoln se celebró la inauguración de un ferrocarril. Una inmensa multitud llegada de millas a la redonda se reunió para esta ocasión. Se sirvió un banquete y se pronunciaron discursos al aire libre. Los hombres se felicitaban mutuamente por el maravilloso progreso que el Estado había logrado desde que se convirtió en un territorio organizado en 1854. Al principio, no hubo la más mínima mención a las mujeres. Un orador dijo: «Este Estado fue poblado por tres hermanos, John, James y Joseph, y de ellos ha brotado la gran concurrencia de personas que nos saluda hoy aquí». Me giré y le pregunté al Gobernador si todas estas personas habían brotado, al estilo de Minerva, de los cerebros de John, James y Joseph. Él me instó a plantear esa pregunta al orador; así pues, en una de sus elocuentes pausas, propuse la interrogante, la cual fue recibida con fuertes y prolongados vítores, para satisfacción evidente de las mujeres presentes. El siguiente orador se cuidó mucho de dar el merecido elogio a Ann, Jane y Mary, y ante cada mención de las madres de Nebraska, la multitud respondió calurosamente.

Al brindar por «las mujeres de Nebraska» durante el banquete, dije: «Va por las madres, que llegaron aquí tras largos y tediosos viajes, hacinadas con niños inquietos en carromatos de emigrantes, cocinando las comidas de día y cuidando a los bebés de noche, mientras los hombres dormían. Abandonando hogares confortables en el Este, soportaron todas las privaciones de la vida pionera, sufrieron, junto a los hombres, los ataques de los indios Dakota y la constante aprensión ante las incursiones salvajes, los incendios de las praderas y las devastadoras langostas. Las pruebas del hombre, sus miedos, sus pérdidas, todo cayó sobre la mujer con doble fuerza; sin embargo, la historia guarda silencio sobre el papel que desempeñó la mujer en la vida fronteriza de los primeros pobladores. Los hombres no hacen mención de su heroísmo y paciencia divina; no tienen en cuenta las agonías mentales o físicas que las mujeres soportan en los peligros de la maternidad, muchas veces sin enfermera ni médico en la hora suprema de su necesidad, yendo, como hace toda madre, a las mismísimas puertas de la muerte al dar vida a un ser inmortal».

Viajando por todos estos Estados del Oeste en los primeros tiempos, viendo las privaciones que sufrían las mujeres y escuchando las historias de dolor junto al fuego, me maravillaba que los hombres pudieran olvidar alguna vez la deuda de gratitud que tenían con sus madres, o dejar de conmemorar su papel en el crecimiento de un gran pueblo. Sin embargo, los hombres de Nebraska han derrotado dos veces la enmienda del sufragio femenino.

En 1874, Michigan fue el punto de interés para todos aquellos que habían tomado parte en el movimiento por el sufragio femenino. La legislatura, por una mayoría muy amplia, sometió a votación de los electores una enmienda de la Constitución, a favor de eliminar la palabra «masculino» y, por lo tanto, garantizar los derechos civiles y políticos a las mujeres del Estado. Fue una campaña muy activa. Se celebraron reuniones multitudinarias en todos los pueblos y ciudades principales. El profesor Moses Coit Tyler y un gran número de ministros predicaron, cada domingo, sobre el tema de la posición de la mujer. La conferencia metodista aprobó una resolución a favor de la enmienda por voto unánime. Estuve en el Estado durante el intenso calor de mayo y junio, hablando todas las tardes ante grandes audiencias; por la tarde, solo ante mujeres, y predicando cada domingo desde algún púlpito. Los metodistas, universalistas, unitarios y cuáqueros abrieron sus iglesias a los apóstoles del nuevo evangelio de la igualdad para las mujeres. Hablamos en cárceles, prisiones, asilos, estaciones y al aire libre. Dondequiera que hubiera oídos para escuchar, alzamos nuestras voces y, sobre las alas del viento, las buenas nuevas fueron llevadas a los rincones más remotos del Estado, y los votos de cuarenta mil hombres, el día de la elección, a favor de la enmienda fueron otros tantos testimonios del valor del trabajo educativo realizado.

Hice muchas amistades valiosas en ese viaje, con las que he mantenido amistades de toda la vida. Pasé un día agradable en el hogar del Gobernador Bagley y su esposa, con un grupo de niños bonitos. Descubrí que el Gobernador estaba profundamente interesado en la reforma penitenciaria. Él había contribuido a aprobar una ley que otorgaba a los prisioneros luz en sus celdas y material de lectura agradable hasta las nueve de la noche. Sus ideas sobre lo que deberían ser las prisiones, tal como se expusieron ese día, se han hecho realidad plenamente desde entonces en el gran experimento que se está llevando a cabo con éxito en Elmira, Nueva York.

Visité la prisión estatal en Jackson y me dirigí a setecientos hombres y muchachos, que oscilaban entre los setenta y los diecisiete años de edad. Sentada en la tarima con el capellán, los vi desfilar para almorzar y, mientras comían, tuve la oportunidad de estudiar los rostros tristes y desesperados ante mí. Nunca olvidaré la expresión de desesperanza de un joven, que acababa de ser sentenciado a veinte años, ni lo avergonzada que me sentí de que una persona de mi propio sexo, jugando con dos amantes, hubiera avivado los celos de uno contra el otro, hasta que la tragedia terminó en la muerte de uno y el encarcelamiento casi de por vida del otro. Si las chicas deben ser veraces y transparentes en cualquier relación de la vida, ciertamente es en las del amor, que involucran las pasiones más fuertes de las que es capaz la naturaleza humana. Mientras el capellán me contaba la triste historia, y notaba el rostro refinado y la cabeza bien formada del prisionero, sentí que el joven no estaba bajo las influencias correctas para aprender la lección que necesitaba. El miedo, la coerción, el castigo son los remedios masculinos para la debilidad moral, pero las estadísticas muestran su fracaso durante siglos. ¿Por qué no cambiar el sistema y probar la educación de las facultades morales e intelectuales, entornos alegres, influencias inspiradoras? Todo en nuestro sistema actual tiende a reducir la vitalidad física, el respeto propio, el tono moral y a endurecer en lugar de reformar al criminal.

Mi corazón estaba tan pesado que no sabía qué decir a tal asamblea de desdichados. Le pregunté al capellán qué debía decir. «Lo que usted quiera», respondió. Pensando que probablemente ya habían escuchado suficiente sobre sus pecados, sus almas y el plan de salvación, pensé en contarles las noticias del día. Así pues, les hablé sobre la enmienda del sufragio femenino, lo que estaba haciendo en el Estado, mis encuentros divertidos con los oponentes, sus argumentos, mis respuestas. Les hablé de los grandes cambios que se efectuarían en la vida penitenciaria cuando las madres de la nación tuvieran voz en los edificios y la disciplina. Les conté lo que dijo el Gobernador Bagley y los buenos tiempos por venir cuando las prisiones ya no fueran lugares de castigo, sino escuelas de reforma. Para mostrarles lo que harían las mujeres para hacer realidad este hermoso sueño, les hablé de Elizabeth Fry y Dorothea L. Dix, del experimento de la señora Farnham en Sing Sing y el de Louise Michel en Nueva Caledonia, y, al cerrar, dije: «Ahora quiero que todos los que estén a favor de la enmienda levanten sus manos derechas». Dieron un voto unánime y rieron de buena gana cuando dije: «Realmente deseo que todos ustedes puedan ir a las urnas en noviembre y que podamos encerrar a nuestros oponentes aquí hasta después de la elección». Sentí la satisfacción de que habían tenido una hora feliz y que no había dicho nada para herir los sentimientos de los más desafortunados. Mientras desfilaban hacia sus respectivos talleres, mi fe y esperanza en días más brillantes fueron con ellos. Luego recorrí toda la prisión. Todo parecía limpio y cómodo en la superficie, pero unos días después conocí a un hombre, recién liberado, que había estado allí cinco años por falsificación. Me contó la verdadera esencia del sistema; la vida miserable y sombría que sufrían, y la brutalidad de los guardias. Dijo que la prisión estaba infestada de ratones y alimañas, y que, durante los cinco años que estuvo allí, nunca se había acostado una sola noche para disfrutar de un sueño tranquilo. Los sufrimientos soportados en verano por falta de aire, dijo, eran indescriptibles. En esta prisión, las celdas estaban en el centro del edificio, los pasillos rodeaban todo el lugar junto a las ventanas, por lo que los prisioneros no tenían vista al exterior ni contacto directo con el aire. Por lo tanto, si un guardia descuidado olvidaba abrir las ventanas después de una tormenta, los pobres prisioneros jadeaban por aire en sus celdas, como peces fuera del agua. Mi informante trabajaba en el departamento de colchones, sobre la sala donde se castigaba a los prisioneros. Dijo que podía escuchar el látigo y los gritos de las víctimas desde la mañana hasta la noche. «Por muy duro que sea el trabajo todo el día», dijo, «es un alivio bendito salir de nuestras celdas para marchar por el patio y echar un vistazo a los cielos, respirar una bocanada de aire puro y estar en contacto con otras almas humanas en los talleres, pues, aunque nunca podíamos hablarnos, había una corriente oculta de simpatía transmitida por la mirada que nos hacía uno en nuestra miseria».

Aunque la prensa del Estado estaba mayoritariamente a nuestro favor, hubo algunos editores que, al no tener argumentos, ejercitaron el poco ingenio que poseían en un ridículo burdo. Fue en esta campaña cuando un editor de un diario de Kalamazoo dijo: «Esa antigua hija de Matusalén, Susan B. Anthony, pasó por nuestra ciudad ayer, camino a la reunión de Plainwell, con un sombrero en la cabeza que parecía haber descendido recientemente del arca de Noé». La señorita Anthony a menudo se refería a esta descripción de sí misma y decía: «Si yo hubiera representado a veinte mil votantes en Michigan, ese editor político no habría sabido ni le habría importado si yo era la hija mayor o la menor de Matusalén, o si mi sombrero provenía del arca o de Worth's».

CAPÍTULO XIX.

EL ESPÍRITU DEL 76.

El año 1876 fue uno de intensa emoción y laboriosa actividad en todo el país. La anticipación del cumpleaños centenario de la República, que se celebraría en Filadelfia, despertó el patriotismo del pueblo hasta el punto más alto de entusiasmo. Como cada Estado iba a estar representado en la gran exposición, el orgullo local añadió otro elemento al interés público. Además, todos los que podían permitirse el viaje hacían preparativos ocupados para pasar el 4 de julio, día natal de la República, en medio de los escenarios donde se emitió la Declaración de Independencia en 1776, se inauguró el Gobierno y se celebraron los primeros consejos nacionales. Aquellos interesados en los derechos políticos de las mujeres decidieron hacer del 4 de julio un día de la mujer y celebrar la ocasión, en sus diversas localidades, pronunciando oraciones y leyendo su propia declaración de derechos, con cenas y picnics en los ayuntamientos o arboledas, según fuera más conveniente. Pero muchos de todos los Estados de la Unión hicieron sus arreglos para pasar el período histórico en Filadelfia. Debido también al gran número de extranjeros que vinieron a unirse a las festividades, esa ciudad estaba abarrotada hasta su máxima capacidad. Con la multitud y el calor excesivo, la comodidad fue sacrificada en todas partes por la curiosidad.

El entusiasmo en todo el país había dado un nuevo impulso a las oficinas de conferencias. Al igual que los transbordadores en el puerto de Nueva York, que corren de aquí para allá, cruzando sus trayectorias, toda la lista de conferenciantes estaba en movimiento, volando a cada pueblo y ciudad desde San Francisco hasta Nueva York. Tan pronto como un nuevo ferrocarril pasaba por una aldea de quinientos habitantes que pudiera presumir de una escuela, una iglesia o un hotel, y una persona emprendedora, se inauguraba de inmediato un ciclo de conferencias como parte de los entretenimientos de invierno.

En una ocasión fui invitada, por error, a un pequeño pueblo para dar una conferencia la misma noche en que debían actuar los Christy Minstrels. Se acordó, ya que el pueblo solo tenía un salón, que yo hablara de siete a ocho de la tarde y que los minstrels tuvieran el resto del tiempo. Uno puede ver fácilmente que, con los minstrels en perspectiva, una conferencia sobre cualquier tema serio ocuparía un lugar pequeño en los corazones de la gente en un pueblo donde rara vez tenían entretenimientos de ningún tipo. Todo el tiempo que estuve hablando, hubo un ir y venir detrás del escenario, donde los minstrels se transformaban con pinturas y pelucas rizadas en africanos, riéndose de las bromas de los otros. Como era una tarde cálida y las ventanas estaban abiertas, la alegría de los muchachos en la calle se sumaba al estruendo general. Bajo tales circunstancias, era difícil mantener mi equilibrio. Tenía ganas de reírme de mi propia situación cómica, así que decidí hacer de mi discurso una mezcla de anécdotas e historias, como un collar de cuentas, sostenido por un fino hilo de argumento e ilustración. En el momento en que la manecilla del reloj señaló las ocho, la banda comenzó a tocar, anunciando así que había llegado la hora feliz para los minstrels. A los miembros de mi audiencia que deseaban quedarse se les ofrecieron asientos a mitad de precio; los que no, salieron furtivamente, y la multitud se precipitó, llenando pronto la casa hasta su máxima capacidad. Me quedé y disfruté de la actuación de los minstrels más de lo que había disfrutado la mía.

Como la temporada de conferencias duraba de octubre a junio, llegué tarde a Filadelfia. La señorita Anthony y la señora Gage ya habían pasado por la agonía de encontrar una sede adecuada para la Asociación Nacional de Sufragio. Las encontré cómodamente situadas en la planta baja del número 1431 de Chestnut Street, con el trabajo para el próximo mes claramente trazado. Como era el año de nominar candidatos para la presidencia de los Estados Unidos, los republicanos y demócratas estaban a punto de celebrar sus grandes convenciones. Por lo tanto, había que escribirles cartas recomendando una propuesta de sufragio femenino en sus plataformas y pidiendo asientos para las mujeres en las convenciones, con el privilegio de ser escuchadas en su propio nombre. En estas cartas se concentró nuestra sabiduría unida, y se publicaron veinte mil copias de cada una.

Entonces se pensó que era eminentemente apropiado que se emitiera una Declaración de Derechos de la Mujer. Se pasaron días y noches sobre ese documento. Después de muchos giros de nuestras pinzas analíticas, con una consideración crítica de cada palabra y frase, fue finalmente, por consenso de los competentes, declarado muy bueno. Se ordenó imprimir miles de copias, las cuales fueron dobladas, metidas en sobres, selladas, dirigidas y dispersadas. La señorita Anthony, la señora Gage y yo trabajamos dieciséis horas, día y noche, presionando a todos los que entraban para que ayudaran, y tarde en la noche cargando inmensos paquetes para ser enviados por correo. Con reuniones, recepciones y una sucesión de visitantes, a todos los cuales llenamos de literatura sobre el sufragio femenino, sentimos que habíamos logrado un gran trabajo educativo.

Entre las experiencias más agradables en nuestra sede estuvieron las visitas frecuentes de nuestra querida Lucretia Mott, quien solía venir de su casa de campo trayéndonos huevos, pollo frío y fino té Oolong. Como ella nos había regalado una pequeña tetera negra que, como el misterioso cántaro de leche de Mercurio, se llenaba sola para cada invitado que llegaba, a menudo improvisábamos almuerzos con algunos amigos. Al despedirse, Lucretia siempre hacía una contribución a nuestro agotado tesoro. Aquí tuvimos muchas discusiones prolongadas sobre el papel que debíamos tomar, el 4 de julio, en la celebración pública. Pensamos que sería apropiado para nosotras leer nuestra Declaración de Derechos inmediatamente después de que se leyera la de los Padres, como una acusación contra ellos y sus descendientes varones por su injusticia y opresión. La nuestra contenía tantos cargos, y tan importantes, como los presentados contra el Rey Jorge en 1776. En consecuencia, solicitamos a las autoridades que nos permitieran asientos en la plataforma y un lugar en el programa de la celebración pública, que se llevaría a cabo en el histórico y antiguo Independence Hall. Como el General Hawley estaba a cargo de los arreglos para el día, le escribí lo siguiente:

«1431 Chestnut Street, 1 de julio de 1876.

General Hawley.

Honorable Señor: Como Presidenta de la Asociación Nacional de Sufragio Femenino, estoy autorizada a solicitarle entradas para la plataforma en Independence Hall, para la celebración del 4 de julio. Nos gustaría tener asientos para al menos una mujer representante de cada Estado. También solicitamos su permiso para leer nuestra Declaración de Derechos inmediatamente después de que termine la lectura de la Declaración de Independencia de los Padres. Aunque estos son pequeños favores para pedir como representantes de la mitad de la nación, estaremos bajo grandes obligaciones con usted si se nos conceden.

Respetuosamente suya,

Elizabeth Cady Stanton».

A esto recibí la siguiente respuesta:

«Sede del U.S.C.C., 2 de julio.

Sra. Elizabeth Cady Stanton.

Estimada señora: Le envío con placer media docena de tarjetas de invitación. Como la plataforma ya está llena, es imposible reservar el número de asientos que desea. Lamento decir que también es imposible para nosotros hacer cualquier cambio en el programa a estas alturas. Estamos escasos de tiempo para llevar a cabo lo que ya está propuesto.

Muy respetuosamente suyo,

Joseph R. Hawley,

Presidente, U.S.C.C.»

Ante este rechazo, la señora Mott y yo decidimos que no aceptaríamos los asientos ofrecidos, sino que estaríamos listas para abrir nuestra propia convención convocada para ese día, en la Primera Iglesia Unitaria, donde el reverendo William H. Furness había predicado durante cincuenta años. Pero algunas de nuestras colaboradoras más jóvenes decidieron que ocuparían los asientos y presentarían nuestra Declaración de Derechos. Dijeron con razón: las mujeres serán gravadas para pagar los gastos de esta celebración, y tenemos tanto derecho a esa plataforma y a los oídos de la gente como los hombres, y seremos escuchadas.

Ese histórico 4 de julio amaneció finalmente, uno de los días más opresivos de esa calurosa estación. Susan B. Anthony, Matilda Joslyn Gage, Sara Andrews Spencer, Lillie Devereux Blake y Phoebe W. Couzins se abrieron paso entre la multitud bajo el sol abrasador de Independence Square, llevando la Declaración de Derechos de la Mujer. Esta Declaración había sido hermosamente caligrafiada por una de ellas y firmada por las defensoras más antiguas y destacadas de la emancipación de la mujer. Sus entradas de admisión resultaron ser un «ábrete sésamo» a través de las barreras militares y, unos momentos antes de la apertura de las ceremonias, estas mujeres se encontraron dentro de los recintos de los que la mayoría de su sexo estaba excluida.

La Declaración de 1776 fue leída por Richard Henry Lee de Virginia, en torno a cuya familia se agrupa tanta fama histórica. El momento en que terminó de leer se determinó como el tiempo apropiado para la presentación de la Declaración de la Mujer. No muy seguras de cómo podría ser recibido su acercamiento, no muy seguras de si, en este momento final, se les permitiría llegar al oficial presidente, aquellas damas se levantaron y se dirigieron por el pasillo. El bullicio de los preparativos para el himno brasileño cubrió su avance. Los invitados extranjeros y los oficiales militares y civiles que llenaban el espacio directamente frente a la tribuna del orador, cortésmente cedieron el paso, mientras la señorita Anthony, con palabras adecuadas, presentaba la Declaración al oficial presidente. El rostro del senador Ferry palideció mientras, inclinándose profundamente, sin decir palabra, recibió la Declaración, que de esta manera se convirtió en parte de los procedimientos del día. Las damas se dieron la vuelta, dispersando copias impresas mientras caminaban deliberadamente por la plataforma. Por todas partes se extendían manos ansiosas, los hombres se paraban sobre los asientos y las pedían, mientras el General Hawley, así desafiado y derrotado en su audaz negación a las mujeres del derecho a presentar su Declaración, gritaba: «¡Orden, orden!».

Saliendo, estas damas se dirigieron a una plataforma, erigida para los músicos, frente a Independence Hall. Aquí, bajo la sombra de la estatua de Washington, detrás de ellas la vieja campana que proclamaba «libertad a toda la tierra y a todos sus habitantes», tomaron sus lugares y, ante una multitud que escuchaba y aplaudía, la señorita Anthony leyó la Declaración de la Mujer. Durante la lectura de la Declaración, la señora Gage permaneció junto a la señorita Anthony y sostuvo un paraguas sobre su cabeza, para proteger a su amiga del intenso calor del sol del mediodía. Y así, en la misma hora, en lados opuestos del viejo Independence Hall, los hombres y las mujeres expresaron sus opiniones sobre los grandes principios proclamados en el día natal de la República. La Declaración fue enmarcada hermosamente y ahora cuelga en la oficina del Vicepresidente en el Capitolio en Washington.

Aquellas damas heroicas se apresuraron entonces desde el Independence Hall hacia la iglesia, ya abarrotada con un público expectante, a quienes dieron un informe completo de los procedimientos de la mañana. Los Hutchinson, de fama mundial, estuvieron presentes en su mejor momento, intercalando los discursos con canciones apropiadas y observaciones ingeniosas. Durante cinco largas horas en aquel caluroso día de mediados de verano, una audiencia abarrotada, muchos de ellos de pie, escuchó con profundo interés y finalmente se dispersó de mala gana, coincidiendo todos en que fue una de las reuniones más impresionantes y entusiastas a las que jamás habían asistido.

A lo largo de nuestra Guerra Civil, los esclavos en las plantaciones del Sur tuvieron la fe inquebrantable de que el terrible conflicto resultaría en la libertad para su raza. Del mismo modo, durante todos los aprestos preparativos del Centenario, las mujeres de la nación sintieron la seguridad de que la gran celebración nacional no podría pasar sin la concesión de algunas nuevas libertades para ellas. Por tanto, presionaron con sus demandas en cada punto, en la celebración del cuatro de julio en los edificios de la exposición, y en las convenciones de nominación republicana y demócrata; esperando conseguir una propuesta en las plataformas de ambos grandes partidos políticos.

El Pabellón de la Mujer en los terrenos del centenario fue una idea tardía, tal como los teólogos afirman que fue la mujer misma. Las mujeres del país, después de haber contribuido con casi cien mil dólares al fondo del centenario, descubrieron que no se había hecho ninguna provisión para la exhibición separada de su trabajo. La junta del centenario, de la cual la señora Gillespie era presidenta, decidió entonces recaudar fondos para la erección de un edificio separado, que se conocería como el Pabellón de la Mujer. Cubría un acre de terreno y se erigió a un costo de treinta mil dólares, una suma pequeña en comparación con el dinero que había sido recaudado por las mujeres y gastado en los otros edificios, por no hablar de las asignaciones estatales y nacionales, que los impuestos que se les impusieron habían ayudado en gran medida a engrosar.

El Pabellón no fue una verdadera muestra del arte femenino. Pocas mujeres son, hasta el momento, propietarias de los negocios que su industria hace en gran medida lucrativos. Las fábricas de algodón, en las que trabajan miles de mujeres, son propiedad de hombres. El negocio del calzado, en algunas de cuyas ramas las mujeres realizan más de la mitad del trabajo, está bajo la propiedad de hombres. Ricos bordados de la India, alfombras de suave plumón de Turquía, la muselina de Daca, conocida antiguamente como "El viento tejido", la cerámica y mayólica de la viuda de P. Pipsen, los cartuchos y sobres del Tío Sam, los relojes Waltham, cuyo trabajo mecánico más fino es realizado por mujeres, y diez mil industrias más no encontraron lugar en el pabellón. El Comisionado de los Estados Unidos Meeker de Colorado dijo: "El trabajo de la mujer comprende tres cuartas partes de la exposición; está disperso por cada edificio; quítenlo, y no habría exposición".

Pero este pabellón prestó un buen servicio a la mujer al mostrar sus capacidades como ingeniera. La caldera, que suministraba la fuerza para poner en marcha su trabajo, estaba bajo la responsabilidad de una joven canadiense, la señorita Allison, quien, desde la infancia, había amado la maquinaria, pasando mucho tiempo en los grandes aserraderos y molinos de su padre, operados por motores de doscientos y trescientos caballos de fuerza, que ella a veces manejaba por diversión. Cuando se propuso su nombre para manejar la maquinaria del pabellón, causó mucha oposición. Se decía que el comité, algún día, encontraría el pabellón volado en átomos; que la ingeniera pasaría su tiempo leyendo novelas en lugar de vigilar el manómetro; que la idea era impracticable y no debería ni pensarse. Pero la señorita Allison pronto demostró sus capacidades y la falsedad de estas profecías al tomar su lugar en la sala de máquinas y gestionar su funcionamiento con perfecta facilidad. Seis telares mecánicos, en los que las mujeres tejían alfombras, cintas, sedas, etc., eran accionados por este motor. En un período posterior, la impresión de *The New Century for Woman*, un periódico publicado por la comisión del centenario en el edificio de la mujer, fue realizada por sus medios. La señorita Allison declaró que el trabajo era más limpio, más agradable e infinitamente menos fatigoso que cocinar sobre una estufa de cocina. "Desde que me he visto obligada a ganarme la propia vida", dijo, "nunca he estado ocupada en un trabajo que me guste tanto. Dar clases en la escuela es mucho más difícil, y a uno no le pagan tan bien". Expresó su confianza en su capacidad para manejar los motores de un vapor oceánico, y dijo que había miles de motores pequeños en uso en varias partes del país, y que no existía razón alguna por la que las mujeres no debieran ser empleadas para manejarlos —siguiendo la profesión de ingeniera como un negocio regular—, ya que un motor requiere mucha menos atención de la que dedica una niñera o una madre a un niño.

Pero para haber hecho del Pabellón de la Mujer algo grandiosamente histórico, en sus paredes debería haberse colgado la protesta anual de Harriet K. Hunt contra los impuestos sin representación; los documentos legales notificados a las hermanas Smith cuando, por su negativa a pagar impuestos mientras no estaban representadas, sus vacas Alderney fueron incautadas y vendidas; los documentos emitidos por la ciudad de Worcester para la venta forzosa de la casa y las tierras de Abby Kelly Foster, la veterana abolicionista, porque ella se negó a pagar impuestos, dando la misma razón que nuestros antepasados dieron cuando resistieron la tributación; un modelo del monumento de Bunker Hill, cuya base fue colocada por Lafayette en 1825, pero que permaneció sin terminar durante casi veinte años, hasta que la famosa bailarina alemana, Fanny Ellsler, donó las ganancias de una función pública para ese propósito. Junto a estos deberían haberse exhibido copias enmarcadas de todas las leyes que pesan injustamente sobre las mujeres —aquellas que la despojan de su nombre, sus ganancias, su propiedad, sus hijos, su persona—; también los documentos legales en el caso de Susan B. Anthony, quien fue juzgada y multada por reclamar su derecho al voto bajo la Decimocuarta Enmienda, y la decisión del juez Miller en el caso de Myra Bradwell, negando la protección nacional para los derechos civiles de la mujer; y la decisión posterior del Presidente del Tribunal Supremo Waite de la Corte Suprema de los Estados Unidos contra Virginia L. Minor, negando a las mujeres la protección nacional para sus derechos políticos; decisiones a favor de los derechos de los Estados que ponen en peligro las libertades no solo de todas las mujeres, sino de cada hombre blanco en la nación.

Las contribuciones más apropiadas de la mujer a la Exposición del Centenario habrían sido estas protestas, leyes y decisiones, que muestran su esclavitud política. Pero todo esto quedó para habitaciones fuera de los terrenos del centenario, en Chestnut Street, donde la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer izó su bandera, hizo sus protestas y escribió la Declaración de Derechos de las mujeres de los Estados Unidos.

A muchas personas reflexivas les pareció caprichoso e irrazonable que las mujeres se quejaran de injusticia en esta tierra libre, en medio de tales regocijos universales. Cuando la mayoría de las mujeres son aparentemente felices, es natural suponer que el descontento de la minoría es el resultado de sus desafortunadas idiosincrasias individuales, y no de influencias adversas en las condiciones establecidas. Pero la historia del mundo muestra que la gran mayoría, en cada generación, acepta pasivamente las condiciones en las que nace, mientras que aquellos que exigieron mayores libertades son siempre una pequeña minoría ostracizada, cuyas demandas son ridiculizadas e ignoradas. Desde nuestro punto de vista, honraríamos a cualquier mujer china que reclamara el derecho a sus pies y poderes de locomoción; a las viudas hindúes que se negaron a ascender a la pira funeraria de sus esposos; a las mujeres turcas que se quitaron las máscaras y los velos y abandonaron el harén; a las mujeres mormonas que abjuraron de su fe y exigieron relaciones monógamas. ¿Por qué no honrar igualmente a la minoría inteligente de mujeres estadounidenses que protestan contra las discapacidades artificiales por las cuales su libertad está limitada y su desarrollo detenido? Que solo unas pocas, bajo cualquier circunstancia, protesten contra la injusticia de leyes y costumbres largamente establecidas, no desmiente el hecho de las opresiones, mientras que la satisfacción de la mayoría, si es real, solo prueba su apatía y degradación más profunda. Que una mayoría de las mujeres de los Estados Unidos acepte, sin protesta, las discapacidades que surgen de su privación de derechos es simplemente una evidencia de su ignorancia y cobardía, mientras que la minoría que exige un estatus político superior demuestra claramente su inteligencia y sabiduría superiores.

Al cierre del cuadragésimo séptimo Congreso hicimos dos nuevas demandas: Primero, un comité especial para considerar todas las cuestiones relativas a los derechos civiles y políticos de las mujeres. Naturalmente planteamos la pregunta: como el Congreso tiene un comité especial sobre los derechos de los indígenas, ¿por qué no sobre los de las mujeres? ¿No son las mujeres, como factor en la civilización, de mayor importancia que los indígenas? En segundo lugar, pedimos una habitación, en el Capitolio, donde nuestro comité pudiera reunirse, sin ser molestado, siempre que lo considerara oportuno. Aunque estos puntos fueron debatidos durante mucho tiempo, nuestras demandas fueron finalmente aceptadas. Ahora tenemos nuestro comité especial, y nuestra habitación, con "Sufragio Femenino" en letras doradas, sobre la puerta. En nuestra lucha por lograr esto, mientras nuestro paladín, el senador mayor de Massachusetts, se mantuvo valientemente en la discusión, la oposición no solo ridiculizó la demanda especial, sino todos los intentos de asegurar los derechos civiles y políticos de las mujeres. Como ejemplo de los argumentos de la oposición, doy lo que dijo el senador de Misuri. Es una muestra justa de todo lo que se produjo en ese lado del debate. Los vuelos poéticos del señor Vest son muy inspiradores:

"El Senado tiene ahora cuarenta y un comités, con un pequeño ejército de mensajeros y empleados, la mitad de los cuales, sin exagerar, están literalmente sin empleo. No pretenderé especificar los comités de este cuerpo que no tienen un solo proyecto de ley, resolución o proposición de ningún tipo pendiente ante ellos, y que no lo han tenido durante meses. Pero, señor Presidente, de todos los comités sin trabajo, y habitualmente sin trabajo, en este cuerpo, hay uno que, sin lugar a dudas, podría tomar jurisdicción de este asunto y hacerle amplia justicia. Me refiero a esa institución tan respetable y antigua, el Comité de Reclamaciones Revolucionarias. Durante treinta años ha estado sin trabajo. Durante treinta largos años la superficie plácida de ese mar parlamentario ha estado sin una sola onda. Si el senador de Massachusetts desea un tribunal para un equilibrio y examen judicial tranquilo —un tribunal lejos de la 'ignoble lucha de la multitud enfurecida'— un tribunal eminentemente respetable, digno y único; ¿por qué no enviar esta cuestión al Comité de Reclamaciones Revolucionarias? Es eminentemente apropiado que este tema vaya a ese comité porque, si hay alguna reclamación revolucionaria en este país, es la del sufragio femenino. (Risas.) Revoluciona la sociedad; revoluciona la religión; revoluciona la Constitución y las leyes; y revoluciona las opiniones de aquellos tan anticuados entre nosotros como para creer que la esfera legítima y adecuada de la mujer es el círculo familiar, como esposa y madre, y no como política y votante; aquellos de nosotros que estamos orgullosos de creer que

"La estación más noble de la mujer es el retiro: Sus virtudes más bellas huyen de la vista pública; El valor doméstico... que evita una luz demasiado fuerte.

"Ante ese Comité de Reclamaciones Revolucionarias, ¿por qué no podría esta, la más revolucionaria de todas las reclamaciones, recibir atención inmediata y amplia? Más que eso, como dije antes, si hay algún tribunal que pudiera dedicar tiempo indiviso y atención digna, ¿no es este comité? Si hay un refugio pacífico de descanso, nunca perturbado por ningún proyecto de ley o resolución profana de ningún tipo, es el Comité de Reclamaciones Revolucionarias. Es, en la vida parlamentaria, descrito por ese verso extático en el himno de Watts:

"Allí bañaré mi alma cansada En mares de descanso eterno. Y ni una ola de problemas rodará A través de mi pecho pacífico.

"Por todas las leyes naturales, el estancamiento engendra enfermedad y muerte, y qué podría agitar a esta institución tan venerable y respetable más que una aplicación de las de mentalidad fuerte, con cabello corto y faldas más cortas, invadiendo su digno reino y dilucidando todas las excelencias del sufragio femenino. Además, si estas damas pudieran alguna vez tener éxito en la providencia de Dios en obtener un informe de ese comité, esto terminaría esta cuestión para siempre; porque el público en general y yo mismo incluido, ante ese milagro de seducción femenina e influencia femenina, nos rendiríamos de inmediato, y el sufragio femenino se volvería constitucional y legal. Señor, insisto en que, en deferencia a este comité, en deferencia al hecho de que necesita este tipo de régimen y medicina, todo este tema debería ser remitido así".

Esto da una idea muy justa del carácter de los argumentos producidos por nuestros oponentes, desde la inauguración del movimiento. Pero, como no hay argumentos en un gobierno republicano a favor de una aristocracia de sexo, el ridículo era realmente la única arma disponible. Después de declarar "que ningún gobierno justo puede formarse sin el consentimiento de los gobernados", "que la tributación sin representación es tiranía", es difícil ver sobre qué base la mitad de la población está privada de sus derechos.

CAPÍTULO XX.

ESCRIBIENDO "LA HISTORIA DEL SUFRAGIO FEMENINO".

Los cuatro años siguientes al Centenario fueron años ocupados y felices, de variados intereses y empleos, públicos y privados. Hijos e hijas graduándose de la universidad, trayendo tropas de jóvenes amigos a visitarnos; los habituales enredos matrimoniales, con todas sus promesas de dicha celestial entrelazadas con dudas y temores terrenales; bodas, viajes a Europa, aventuras de negocios; en este torbellino de planes y proyectos nuestras cabezas, corazones y manos estaban plenamente ocupados. Siete niños y niñas bailando alrededor de la chimenea, boyantes con todas las alegrías de la vida abriéndose ante ellos, son suficientes para mantener a los padres más apáticos en las torres de vigilancia de día y ansiosos incluso en el mundo de los sueños de noche. Mi tiempo libre, si es que se puede decir que tuve alguno, fue dedicado durante estos días a festividades sociales. Las inevitables cenas, tés, picnics y bailes con los vecinos del campo, todo venía en rápida sucesión. Vivíamos, en este momento, en Tenafly, Nueva Jersey, no lejos del editor del Sun, Isaac W. England, quien también tenía siete niños y niñas tan llenos de alegría como los nuestros. La señora England y yo participábamos en todos sus juegos con igual entusiasmo. Los más pequeños pensaban que la mitad de la diversión era ver nuestro entusiasmo en la "gallinita ciega", el "zorro y los gansos" y los "sacos de frijoles". ¡Me emociona con deleite, incluso ahora, ver estos juegos!

El señor England era el alma de la hospitalidad. Nunca fue más feliz que cuando su casa estaba llena de invitados, y su despensa con todas las delicias de la temporada. Aunque él y el señor Stanton estaban ambos conectados con ese diario digno, el New York Sun, sin embargo, a menudo se unían a la hilaridad general. Me río, mientras escribo, al recordar todas las travesuras que tuvimos en las colinas azules de Jersey.

Además de los cuidados domésticos que una familia numerosa implicaba, la señora Gage, la señorita Anthony y yo ya estábamos ocupadas recolectando material para "La Historia del Sufragio Femenino". Esto requería una correspondencia interminable. Además, mis viajes de conferencias seguían siendo parte del programa anual. Las convenciones de Washington, también, con llamados, apelaciones, resoluciones, discursos y audiencias ante los Comités del Congreso y las legislaturas estatales, todo esto venía en los procedimientos del año tan regularmente como los pasteles de calabaza para Acción de Gracias, el pudín de ciruelas para Navidad y el patriotismo para el cumpleaños de Washington. Aquellos que hablan por gloria o filantropía siempre son demandados para graduaciones universitarias y oraciones del cuatro de julio, por lo tanto, gran parte de la elocuencia de la señorita Anthony, así como la mía, fue utilizada de esta manera.

El 18 de octubre de 1880, tuve una cena improvisada. Elizabeth Boynton Harbert, May Wright Thompson (ahora Sewall), Phoebe W. Couzins y Arethusa Forbes, regresando de una convención de Boston, todas por casualidad se reunieron bajo mi techo. Tuvimos un tiempo muy alegre hablando sobre los incidentes de la convención, las propiedades de Boston y la situación general. Como les conté muchas reminiscencias tempranas, me preguntaron si había llevado un diario. "No", dije, "no tengo ni un rasguño de pluma del pasado, excepto lo que podría reunirse de muchas cartas familiares". Me instaron a comenzar un diario de inmediato; así que prometí que lo haría en mi próximo cumpleaños.

Mi gran pena ese día era que estábamos instalando una cocina nueva, y no habíamos hecho preparativos para la cena. Esto molestó completamente al genio que presidía mi departamento culinario, ya que no pudo darnos el banquete abundante que sabía que se esperaba en tales ocasiones. Yo, como de costumbre, cuando faltaba algo en los víveres, trataba de ser lo más brillante posible en la conversación; discutiendo el Nirvana, el Karma, la reencarnación, y así desviando la atención de las cosas evanescentes de la tierra a las alegrías de una vida por venir —no es una hazaña fácil de realizar con mujeres de mentalidad fuerte—, pero, al despedirse, parecían felices y refrescadas, y todas prometieron volver.

Pero nunca nos volveremos a reunir allí, ya que los viejos y familiares robles y los majestuosos castaños han pasado a otras manos. Extraños amantes susurran ahora sus votos de fe y confianza bajo el árbol donde una ceremonia de boda de lo más encantadora —la de mi hija Margaret— fue solemnizada un brillante día de octubre. Toda la Naturaleza parecía hacer todo lo posible por realzar la belleza de la ocasión. El verdor era brillante con tintes otoñales, el sol brumoso del mediodía prestaba una suavidad peculiar a cada sombra; incluso los pájaros y los insectos quedaron en silencio. Mientras la marcha nupcial se elevaba suave y clara, dos majestuosos ujieres abrieron el camino; luego un grupo de compañeras de clase de Vassar, alegremente adornadas con sedas de diferentes colores, seguidas por la novia y el novio. Un inmenso perro San Bernardo, por su propia cuenta, cerraba la marcha, llevando el ritmo con paso mesurado. Tomó asiento a plena vista, observando, alternativamente, al clérigo oficiante, a la novia y al novio, y a los invitados, como si dijera: "¿Qué significa todo esto?". Nadie se comportó con más propiedad y nadie se vio más radiante que él, con un rayo de sol en su hermoso pelaje largo, su brillante collar de bronce y su maravillosa cabeza. Bruno no vivió para ver la vieja casa desmantelada, sino que duerme pacíficamente allí, bajo los castaños, y ocupa un gran lugar en muchos de nuestros recuerdos agradables.

El 12 de noviembre de 1880, cumplí sesenta y cinco años y, cumpliendo mi promesa, comencé entonces mi diario. Fue un día brillante y soleado, pero el rey de las heladas estaba trabajando; todos mis grandes y viejos árboles, que se alzaban como centinelas para marcar el límite de mi dominio, estaban despojados de su follaje, y sus colores brillantes se habían desvanecido en un marrón uniforme; pero las plantas de hoja perenne y los cedros altos y rígidos mantuvieron su posición, y, cuando se cubrieron de nieve, su exquisita belleza me trajo lágrimas a los ojos. Uno nunca necesita sentirse solo entre árboles hermosos.

Mis pensamientos estaban con mis hijos ausentes: Harriot en Francia, Theodore en Alemania, Margaret con su esposo y su hermano Gerrit, a medio camino del continente, y Bob todavía en la universidad. Pasé el día escribiendo cartas y caminando de un lado a otro por el porche, y disfruté, desde mis ventanas, de una gloriosa puesta de sol. Solo, en cumpleaños o días festivos, uno es muy propenso a entregarse a tristes retrospecciones. El pensamiento de cuánto más podría haber hecho por el desarrollo perfecto de mis hijos de lo que había logrado, me deprimió. Pensé en todos los errores en mi propia vida y en su educación. Poco se ha dicho sobre las responsabilidades de la vida parental; en consecuencia, poco o nada se ha hecho. Tuve tales visiones de los deberes parentales ese día que llegué a la conclusión de que los padres nunca podrían pagar la deuda que tienen con sus hijos por traerlos a este mundo de sufrimiento, a menos que puedan asegurarles mentes sanas en cuerpos sanos, y suficientes de las cosas buenas de esta vida para permitirles vivir sin una lucha continua por las necesidades de la existencia. No tengo simpatía por la vieja idea de que los hijos deben a los padres una deuda de gratitud por el simple hecho de la existencia, generalmente conferida sin pensar y meramente para su propio placer. ¡Qué poco escuchamos sobre alguna preparación alta o sagrada para el cargo de paternidad! Aquí, en el acto más trascendental de la vida, todo se deja al azar. Hombres y mujeres, inteligentes y prudentes en todas las demás direcciones, parecen no ejercer ninguna previsión aquí, sino que transmiten sus idiosincrasias individuales y familiares de la manera más imprudente.

El 13 de noviembre, el New York Tribune anunció la muerte de Lucretia Mott, de ochenta y ocho años. Habiéndola conocido en el esplendor de la vida, cuando todas sus facultades estaban en su cenit, y en el reposo de la edad, cuando sus poderes comenzaron a menguar, su partida de entre nosotros pareció tan hermosa y natural como el cambio de follaje, de verano a otoño, de algún gran roble viejo que he observado y amado.

La llegada de la señorita Anthony y la señora Gage, el 20 de noviembre, desterró todos los asuntos familiares de mi mente. ¡Qué planificación, ahora, para volúmenes, capítulos, notas al pie, márgenes, apéndices, papel y tipos de imprenta; para grabados, títulos, prefacio e introducción! Nunca había pensado que la publicación de un libro requiriera la consideración de detalles tan interminables. Nos quedamos consternadas ante la masa de material, que crecía más y más con cada correo, y el pensamiento de toda la lectura implicada nos hacía sentir como si nuestro trabajo de toda la vida estuviera ante nosotras. Seis semanas de labor constante todo el día, y a menudo hasta la medianoche, no produjeron una disminución visible en la pila de documentos. Sin embargo, antes de fin de mes teníamos todos nuestros arreglos hechos con editores y grabadores, y seis capítulos impresos. Cuando comenzamos a corregir las pruebas, sentimos como si algo se hubiera logrado. Así trabajamos durante el invierno y hasta bien entrada la primavera, sin más cambios que la Convención de Washington y una reunión nocturna ocasional en la ciudad de Nueva York. Recibimos frecuentes visitas de amigos a quienes nos alegraba ver. Hacia aquí vinieron Edward M. Davis, Sarah Pugh, Adeline Thompson, Frederick Cabot de Boston, el doctor William F. Channing y la dulce pequeña Clara Spence, quien recitó para nosotras algunas de las selecciones más hermosas de su repertorio.

Además, tuvimos innumerables cartas de amigos y enemigos, algunos elogiando y otros condenando nuestra empresa propuesta, y, aunque estuvimos muy solas, nos mantuvimos en contacto con el mundo exterior. Pero el tono de las cartas era tan contradictorio que, si no hubiéramos hecho una evaluación muy justa de nosotras mismas y de nuestros consejeros, habríamos abandonado nuestro proyecto y enterrado todo el valioso material recopilado, para que durmiera en cajas de pino para siempre.

En ese momento recibí una carta muy divertida del reverendo Robert Collyer, sobre la "rectitud literaria", interrogándome por usar una de sus anécdotas en mi boceto de Lucretia Mott, sin darle crédito. Me reí de él con desprecio, porque hubiera pensado que era mi deber haberlo hecho. Le dije claramente que él pertenecía a una clase de "ciudadanos varones blancos", que me habían robado todos los derechos civiles y políticos; de propiedad, hijos y libertad personal; y ahora no le correspondía pedirme cuentas por usar una de sus pequeñas anécdotas que, diez contra uno, había robado a alguna mujer. Le dije que consideraba a toda su clase como presa legítima para el hurto literario. Que las mujeres habían sido gravadas con impuestos para construir universidades para educar a los hombres, y si podíamos recoger una migaja literaria que había caído de sus festines, seguramente teníamos derecho a ella. Además, le dije que el deber del hombre en el mundo era trabajar, cavar y profundizar en busca de joyas, reales e ideales, y ponerlas a los pies de la mujer, para que ella las usara como considerara conveniente; que debería sentirse muy halagado, en lugar de quejarse, de que él hubiera escrito algo que yo consideré digno de usar. Respondió como el noble que es; capaz de asimilar una idea nueva. Admitió que, en vista de las deficiencias de todo su sexo, no tenía ni una palabra que decir en forma de acusación, sino que yacía postrado a mis pies en cilicio y ceniza, preguntándose por qué no había tomado mi punto de vista del caso al principio.

Solo dos veces en mi vida se me ha acusado de citar sin dar el debido crédito. El otro caso fue el de Matilda Joslyn Gage. Había usado, en dos o tres ocasiones, un lema suyo en libros de autógrafos, tal como lo había hecho con sentimientos de Longfellow, Lowell, Shakespeare, Moses o Paul. En largos viajes de conferencias, innumerables libros de autógrafos se encontraban con una en cada esquina, en los vagones, en los depósitos, en la plataforma, en el hotel y en el ómnibus. "Un sentimiento, por favor", gritan media docena de voces. Una escribe apresuradamente diferentes sentimientos para cada uno. De esta manera, desafortunadamente, usé un sentimiento favorito de Matilda. Así que, aquí y ahora, les digo a mis admiradores de autógrafos, desde Nueva York hasta San Francisco, siempre que vean "Hay una palabra más dulce que Madre, Hogar o Cielo; esa palabra es Libertad", recuerden que pertenece a Matilda Joslyn Gage. Espero, ahora, que Robert y Matilda digan, en sus obras póstumas, que hice el *amende honorable*, como siempre me esfuerzo por hacer cuando los amigos sienten que no han sido tratados con justicia.

En mayo de 1881, apareció el primer volumen de nuestra Historia; era un octavo, que contenía 871 páginas, con buen papel, buena impresión, hermosos grabados y bien encuadernado. Le di la bienvenida con el mismo sentimiento de amor y ternura que a mi primogénito. Sentí el mismo placer al oírlo alabado y la misma mortificación al oírlo criticado. La bienvenida más cordial que recibió fue la del reverendo William Henry Channing. Nos escribió que era tan interesante y fascinante como una novela. Le dio una reseña muy halagadora en uno de los periódicos de Londres. John W. Forney, también, escribió una buena crítica y envió una carta amistosa. Mayo W. Hazeltine, uno de los críticos más capaces de este país, en el New York Sun, también le dio una reseña muy cuidadosa y elogiosa. De hecho, recibimos muchos más elogios y menos críticas de las que anticipamos. Comenzamos el segundo volumen en junio. Al leer el material sobre el trabajo de la mujer en la Guerra, sentí cuán poco se aprecian nuestras labores. ¿Quién puede sumar todos los males que sufren las mujeres de una nación a causa de la guerra? Ellas tienen toda la miseria y nada de la gloria; nada que mitigue su cansada espera y vigilancia por los seres queridos que no volverán más.

En la primavera de 1881, para variar la monotonía del trabajo en la historia, decidimos celebrar una serie de convenciones a través de los estados de Nueva Inglaterra. Comenzamos durante la semana de aniversario en Boston, y tuvimos varias reuniones concurridas y entusiastas en el Tremont Temple. Además de nuestras reuniones sobre el sufragio, hablé ante las asociaciones de Religión Libre, Educación Moral y Herencia. Todos nuestros oradores se alojaron en el Parker House, y pasamos un tiempo muy agradable visitándonos en nuestras horas de ocio. Fuimos recibidas por el gobernador Long, en la Casa del Estado. Él pronunció un breve discurso, a favor del sufragio femenino, en respuesta a la señora Hooker. También visitamos al alcalde, en el Ayuntamiento, y recorrimos el gran establecimiento mercantil de Jordan & Marsh, donde los empleados son principalmente niñas jóvenes, que están bien alimentadas y alojadas, y tienen habitaciones agradables, con una buena biblioteca, donde se sientan y leen por la noche. Recorrimos la prisión reformatoria para mujeres de Sherborn, administrada enteramente por mujeres. La encontramos limpia y cómoda, más como un hogar agradable que como un lugar de castigo.

La señora Robinson, la señorita Anthony y yo fuimos invitadas a cenar con el Bird Club. Ninguna mujer, aparte de mí, había tenido ese honor antes. Cené con ellos en 1870, escoltada por "Warrington" del Springfield Republican y Edwin Morton. Allí conocí a Frank Sanborn por primera vez. Frank Bird ocupaba aproximadamente el mismo lugar en la vida política de Massachusetts que Thurlow Weed en el estado de Nueva York durante cuarenta años. Por la noche tuvimos una concurrida recepción en la casa de la señora Fenno Tudor, quien ocupaba una hermosa residencia antigua frente al Common, donde conocimos a una gran reunión de reformadores de Boston. El Día de la Decoración, 30 de mayo, fuimos a Providence, donde fui huésped del doctor William F. Channing. Tuvimos una convención muy exitosa allí. El senador Anthony y el exgobernador Sprague estuvieron en la audiencia y expresaron gran placer, después, por todo lo que habían escuchado. Prediqué en la iglesia del reverendo Frederick Hinckley la tarde del domingo anterior.

Desde Providence me apresuré a casa, para encontrarme con mi hijo Theodore y su novia, que acababan de desembarcar de Francia. Decoramos nuestra casa y jardines con linternas chinas y banderas nacionales para su recepción. Como no tuvimos tiempo de enviar a Nueva York por tela, nuestras banderas, francesas y estadounidenses, fueron todas hechas de percal rojo y azul brillante. El efecto fue bueno cuando llegaron; pero, desafortunadamente, se produjo una fuerte tormenta eléctrica en la noche y empapó tanto nuestras hermosas banderas que se convirtieron en trapos descoloridos. Mi pequeña criada me anunció temprano en la mañana que "los franceses y los estadounidenses habían tenido una gran batalla durante la noche y que el porche estaba cubierto de sangre". Esta fue una noticia alarmante para alguien que apenas despertaba de un sueño profundo. "¡Por qué, Emma!", dije, "¿qué quieres decir?" "Bueno", respondió ella, "la lluvia ha lavado todo el color de nuestras banderas, y el porche está cubierto de arroyos de agua roja y azul". Mientras el sol de la mañana aparecía en toda su gloria, persiguiendo a las nubes oscuras, nuestras decoraciones realmente se veían pálidas y flácidas, y fueron retiradas rápidamente.

Quedé gratamente sorprendida con mi alta y majestuosa nuera, Marguerite Berry. Una chica de aspecto fino de veinte años, derecha, fuerte y sana, modesta y agradable. Puede caminar kilómetros, dibuja de la naturaleza con gran habilidad y rapidez, y habla tres idiomas. Siempre les había dicho a mis hijos: "Cuando se casen, elijan a una mujer con columna vertebral y dientes sanos; recuerden que los dientes muestran la condición de los huesos en el resto del cuerpo". Así que, cuando Theodore me presentó a su esposa, dijo: "Ves que he seguido tu consejo; su columna vertebral es tan recta como debería ser, y cada diente en su cabeza es tan sano como el marfil". Esto me recuerda a un joven que solía instalar mis estufas para el invierno. Un día me dijo que pensaba casarse. "Bueno", dije, "sobre todas las cosas consigue una esposa con columna vertebral y dientes sanos". Con el tubo de la estufa en la mano, se volvió hacia mí con una mirada de sorpresa y dijo: "¿Acaso nacen sin columna vertebral?".

En julio de 1881, sentadas bajo los árboles, la señorita Anthony y yo leímos y discutimos el magnífico discurso de Wendell Phillips ante la Phi Beta Kappa Society en la Universidad de Harvard. Esta sociedad a menudo había hablado de invitarlo, pero temía sus declaraciones radicales. Finalmente, esperando que los años pudieran haber modificado sus opiniones y suavizado un poco su discurso, se le dio una invitación. La élite de Boston, los presidentes y profesores universitarios de todas partes, estaban allí. Una gran audiencia de sabios, letrados y distinguidos en el Estado y la Iglesia se reunió. Se suponía que una audiencia tan conservadora seguramente mantendría a este radical bajo control. ¡Ay! todos estaban condenados, por una vez, a escuchar la verdad desnuda, sobre cada cuestión vital del día. Pensando que esta podría ser su única oportunidad de despertar algún pensamiento liberal en mentes conservadoras, tocó la nota clave de cada reforma; defendió las huelgas laborales, a los nihilistas de Rusia, la prohibición, el sufragio femenino, y exigió la reforma en nuestras prisiones, tribunales de justicia y salones legislativos. Sobre la cuestión de la mujer, dijo:

"La ciencia social afirma que el lugar de la mujer en la sociedad marca el nivel de la civilización. Desde su crepúsculo en Grecia, pasando por la adoración italiana a la Virgen, los sueños de la caballería, la justicia del derecho civil y la igualdad de la sociedad francesa, rastreamos su reconocimiento gradual, mientras que nuestro derecho consuetudinario, como confesó Lord Brougham, era, en relación con las mujeres, el oprobio de la era del cristianismo. Durante cuarenta años, hombres y mujeres sinceros, trabajando silenciosamente, han lavado el oprobio, los libros de leyes de treinta estados han sido remodelados, y la mujer está, hoy, casi frente a frente con su última demanda: el voto. Ha sido una lucha cansada y desagradecida, aunque exitosa. Pero si existe algún refugio contra esa maldición espantosa, el vicio de las grandes ciudades, ante el cual la ciencia social se queda paralizada y muda, es en este reconocimiento más igualitario de las mujeres.

"Si, en esta batalla crítica por el sufragio universal, el legado más noble de nuestros padres para nosotros y la mayor confianza que Dios deja en nuestras manos, hay algún arma que, una vez tomada de la armería, hará que la victoria sea segura, será, como lo ha sido en el arte, la literatura y la sociedad, convocar a la mujer a la arena política. La clase literaria, hasta hace media docena de años, no ha tomado nota de este gran levantamiento; solo para arrojar todo obstáculo en su camino.

"El primer vistazo que obtenemos de la sangre sajona en la historia es esa línea de Tácito en su 'Germania', que dice: 'En todos los asuntos graves consultan a sus mujeres'. Años después, cuando el robusto sentido sajón haya arrojado la superstición judía y el prejuicio oriental, y haya puesto bajo sus pies la erudición fastidiosa y la moda melindrosa, algún segundo Tácito del valle del Misisipi responderá al de las Siete Colinas: 'En todas las cuestiones graves, consultamos a nuestras mujeres'.

"Si los Alpes, amontonados en frío y silencio, son el emblema del despotismo, tomamos alegremente el océano siempre inquieto para el nuestro, solo puro porque nunca está quieto. Para ser tan buenos como nuestros padres, debemos ser mejores. Ellos silenciaron sus miedos y dominaron sus prejuicios, inaugurando la libre expresión y la igualdad sin precedentes en los archivos. Elevemos nuestro nivel, aplastemos el apetito y prohibamos la tentación si corrompe a las grandes ciudades; atrincheremos el trabajo en baluartes suficientes contra esa riqueza que, sin la fuerza decuplicada de las corporaciones modernas, destruyó los estados griegos y romanos; y, con un esfuerzo aún más severo, convoquemos a la mujer a la vida civil, como refuerzo a nuestras filas trabajadoras, en el esfuerzo por hacer que nuestra civilización sea un éxito. No se sienten como la figura en nuestra moneda de plata, mirando siempre hacia atrás.

"'Las nuevas ocasiones enseñan nuevos deberes, El tiempo hace que lo antiguo sea anticuado, Deben seguir subiendo y avanzando, Quienes deseen mantenerse al ritmo de la verdad. ¡He aquí! ante nosotros brillan sus fuegos de guardia... Debemos ser nosotros mismos peregrinos, Lanzar nuestro Mayflower y navegar audazmente A través del desesperado mar invernal, Ni intentar el portal del futuro Con la llave oxidada por la sangre del pasado'".

Ese discurso de Harvard frente a la moda, la intolerancia y el conservadurismo, tan liberal, tan elocuente, tan valiente, es un modelo para cada joven que, como el orador, quisiera dedicar sus talentos a los mejores intereses de la raza, en lugar de a su ambición personal por el simple éxito mundano.

Hacia finales de octubre, la señorita Anthony regresó, después de un descanso de dos meses, y comenzamos a trabajar nuevamente en el segundo volumen de la Historia. Siendo el 2 de noviembre el día de las elecciones, el carruaje republicano, decorado con banderas y vegetación, llegó a la puerta para los votantes. Como yo era dueña de la casa y pagaba los impuestos, y como ninguno de los varones blancos estaba en casa, sugerí que podría bajar y votar, ante lo cual los caballeros que representaban al comité republicano me instaron, muy cordialmente, a hacerlo. Acompañada por mi fiel amiga, la señorita Anthony, subimos al carruaje y fuimos a la urna, instalada en el hotel donde solía ir a pagar los impuestos. Cuando entramos en la sala, estaba llena de hombres. Fui presentada a los inspectores por Charles Everett, uno de nuestros ciudadanos principales, quien dijo: "La señora Stanton está aquí, caballeros, con el propósito de votar. Como es contribuyente, está en su sano juicio y tiene la edad legal, no veo ninguna razón por la que no deba ejercer este derecho de ciudadanía".

Los inspectores quedaron estupefactos. Creo que temían que estuviera a punto de capturar la urna. Uno puso sus brazos alrededor de ella, con una mano cerca de la apertura donde se introducían las boletas, y dijo, con sorpresa y lástima mezcladas: "¡Oh, no, señora! Solo a los hombres se les permite votar". Entonces le expliqué que, de acuerdo con la Constitución de Nueva Jersey, las mujeres habían votado en Nueva Jersey hasta 1801, cuando se les prohibió el ejercicio posterior del derecho por un acto arbitrario de la legislatura, y, por una enmienda reciente a la Constitución nacional, el Congreso había declarado que "todas las personas nacidas o naturalizadas en los Estados Unidos, y sujetas a la jurisdicción de los mismos, son ciudadanos de los Estados Unidos y del Estado en el que residen" y tienen derecho a votar. Les dije que deseaba emitir mi voto, como ciudadana de los Estados Unidos, por los candidatos a cargos de los Estados Unidos. Dos de los inspectores se sentaron y se bajaron los sombreros sobre los ojos, ya sea por vergüenza o por ignorancia, no lo sé. El otro se aferró a la caja y dijo: "No sé nada sobre las Constituciones, estatal o nacional. Nunca leí ninguna; pero sí sé que en Nueva Jersey, las mujeres no han votado en mis días, y no puedo aceptar su boleta". Así que puse mi boleta en su mano, diciendo que tenía el mismo derecho a votar que cualquier hombre presente, y sobre él debe recaer la responsabilidad de negarme mis derechos de ciudadanía.

Durante todo el invierno, la señorita Anthony y yo trabajamos diligentemente en la Historia. Mi hija Harriot vino de Europa en febrero, decidida a que yo regresara con ella, ya que no había terminado sus estudios. Para acelerar mi tarea en la Historia, tomó el remo de la labor, preparó el último capítulo y corrigió las pruebas cuando la oportunidad lo permitía. Como los niños estaban dispersos a los cuatro puntos cardinales y mi esposo pasó el invierno en la ciudad, decidimos alquilar nuestra casa y todos tomarnos unas vacaciones. Pasamos un mes en la ciudad de Nueva York, ocupadas en la Historia hasta la última hora, con intervalos ocasionales de recibir y visitar amigos. Como temía el viaje, los días pasaron demasiado rápido para mi placer.

CAPÍTULO XXI.

EN EL SUR DE FRANCIA.

Habiendo trabajado diligentemente durante casi dos años en el segundo volumen de "La Historia del Sufragio Femenino", esperaba con placer un descanso, en el Viejo Mundo, fuera del alcance y el sonido de mi querida Susan y del movimiento por el sufragio femenino. El 27 de mayo de 1892, navegué con mi hija Harriot en el Château Léoville hacia Burdeos. Los muchos amigos que vinieron a despedirnos trajeron frutas y flores, cajas de jengibre confitado para evitar el mareo, cartas de presentación y literatura ligera para el viaje. Teníamos todos los periódicos diarios y semanales, seculares y religiosos, las nuevas revistas mensuales y varias novelas. Pensamos que haríamos una inmensa cantidad de lectura, pero hicimos muy poco. Comer, dormir, caminar por la cubierta y observar el océano siempre cambiante es casi todo lo que a la mayoría de la gente le importa hacer. La navegación por el puerto esa tarde brillante y cálida fue hermosa, y nos quedamos en cubierta bajo la luz de la luna hasta una hora avanzada.

Dormí poco esa noche, ya que dos gatos seguían entrando y saliendo de mi camarote, y mi litera era tan estrecha que solo podía acostarme en una posición: tan recta como si ya estuviera en mi ataúd. Bajo tales circunstancias pasé la noche, pensando en todo lo que era doloroso en toda mi vida, e imaginando todas las diferentes calamidades que podrían ocurrirle a mi familia en mi ausencia. Fue una noche de severa introspección e intensa insatisfacción. Me alegré cuando amaneció y pude salir a cubierta. Durante el día, mi sofá se amplió un pie, y, por la noche, los gatos fueron relegados a otros cuartos.

Tuvimos un viaje tranquilo, agradable y sin incidentes, hasta la última noche, cuando, al acercarnos a la costa francesa, el clima se volvió oscuro y tormentoso. A la mañana siguiente, nuestro buen vapor avanzó lenta y cuidadosamente por el ancho y fangoso Garona y nos dejó en los bulliciosos muelles de Burdeos, donde mi hijo Theodore esperaba para recibirnos. Mientras nos volvíamos para decir adiós a nuestro robusto barco, mirando sus negros costados de hierro salpicados de espuma salada, una sensación de profunda gratitud se apoderó de nosotras, pues había sido fiel a su confianza y nos había llevado a salvo del Nuevo Mundo al Viejo, a través de miles de millas de mar traicionero.

Pasamos un día conduciendo por Burdeos, disfrutando del simple hecho de haber vuelto a tierra firme después de doce días de encarcelamiento en el océano. Las ciudades marítimas son muy parecidas en todo el mundo. Los bosques de mástiles, los carros pesadamente cargados, los marineros holgazanes, los estibadores rudos y los muelles sucios no son más característicos de Burdeos que de Nueva York, Londres y Liverpool. Pero Burdeos era interesante como lugar de nacimiento de Montesquieu y como capital de la antigua Guyena y Gascuña.

Pero no debo olvidar mencionar un accidente que ocurrió al desembarcar en Burdeos. Llevábamos innumerables piezas de equipaje, un cochecito de bebé, una mecedora, una caja de "La historia del sufragio femenino" para bibliotecas extranjeras, además del número habitual de baúles y maletas, y un cesto en el que había muchas cosas sobre las que no nos decidíamos si llevar o dejar. En él se había arrojado descuidadamente una pistola cargada. Como el cesto fue manejado con un tirón enérgico por algún alegre marinero francés, la pistola se disparó, atravesando el hombro del portador. Cayó sangrando en el muelle. Estando el miedo a la dinamita en su apogeo, la consternación general fue indescriptible. Cada francés, con gestos vehementes, parloteaba a más no poder, pero manteniéndose a una distancia respetuosa del cesto. Nadie sabía qué había causado el problema; pero Theodore estaba decidido a investigar. Procedió a desatar las cuerdas y examinar el contenido, y allí encontró la pistola, de la cual, apuntando hacia arriba, disparó otras dos balas. "¡Ay!", dijo Hattie, "puse esa pistola allí, sin imaginar nunca que estuviera cargada". El hombre herido fue llevado al hospital. Sus lesiones fueron muy leves, pero el incidente nos costó dos mil francos y un sinfín de molestias. Agradecí que, por casualidad, la pistola no se hubiera disparado en la bodega del buque y hubiera prendido fuego al barco, sacrificando posiblemente trescientas vidas por el descuido de una chica. En verdad, no podemos ser demasiado cuidadosos en el uso de armas de fuego.

Burdeos es una vieja ciudad curiosa, con sus innumerables soldados y sacerdotes paseando en todas direcciones. Los sacerdotes, con sus largas sotanas negras y grandes sombreros negros, tienen un aspecto solemne; pero los soldados, caminando perezosamente o vigilando edificios que no parecen estar en peligro por parte de ser vivo alguno, son inútiles y ridículos. Los pesados carros y los arreos mueven al observador no acostumbrado a una compasión constante por los caballos. Además de todo lo necesario para la locomoción, llevan un sinfín de adornos que se elevan dos o tres pies por encima de las cabezas de los caballos: cuernos, campanas, plumas y borlas. Uno de sus carros pesaría tanto como tres de los nuestros, y todos sus carruajes son igualmente pesados.

Fue un día brillante y fresco aquel en que tomamos el tren hacia Toulouse, y disfrutamos del encantador recorrido a través del corazón mismo de la antigua Gascuña y el Languedoc. Era evidente que estábamos en el sur, donde el sol es fuerte, pues, aunque el verano apenas había comenzado, el campo ya lucía un tono marrón. Pero las estrechas franjas de grano en crecimiento, los acres de vides, que parecían arbustos de grosellas jóvenes, y las higueras esparcidas aquí y allá, resultaban extraños a los ojos de una nativa de Nueva York.

Pasamos por muchos lugares históricos durante aquel viaje de tarde remontando el valle del Garona. En Portets se encuentran las ruinas del Castillo de Langoiran, construido antes de que se descubriera América, y, unas pocas millas más allá, llegamos a la región de los famosos vinos de Sauternes y Château-Yquem. Saint Macaire es una ciudad galorromana muy antigua, donde le muestran a uno iglesias, murallas y casas construidas hace quince siglos. Una de las ciudades más grandes tiene una historia típica de esta parte de Francia, donde las guerras de religión y conquista fueron antaño el orden del día. Fue tomada y retomada por los godos, hunos, burgundios y sarracenos, nadie sabe cuántas veces, y perteneció, sucesivamente, a los reyes de Francia, a los duques de Aquitania, a los reyes de Inglaterra y a los condes de Toulouse. A veces me pregunto si los habitantes de nuestras ciudades estadounidenses, cuyo crecimiento y desarrollo han sido libres y sin trabas como el de un niño favorito, aprecian las bendiciones que han sido suyas. Cuán ciertos son los versos de Goethe: "¡América, eres mucho más feliz que nuestro viejo continente; no tienes castillos en ruinas, ni fortalezas; ni recuerdos inútiles, ni enemigos vanos interrumpirán el funcionamiento interno de tu vida!"

Pasamos por Moissac, con su célebre órgano, un regalo de Mazarino; por Castelsarrasin, fundada por los sarracenos en el siglo VIII; por Montauban, aquel baluarte de los primeros protestantes, que sufrió el martirio por su fe religiosa; por Grisolles, construida sobre una calzada romana, y, por fin, al anochecer, llegamos a "la Capital del Sur", esa ciudad del saber: la curiosa e interesante vieja Toulouse.

Laura Curtis Bullard, en su esbozo sobre mí en "Our Famous Women", dice: "En 1882, la Sra. Stanton fue a Francia, de visita a su hijo Theodore, y pasó tres meses en el convento de La Sagesse, en la ciudad de Toulouse". Esto es muy cierto; pero a veces he intentado adivinar qué pensaban sus lectores que hacía yo durante tres meses en un convento. ¿Cansada de las pruebas y tribulaciones de este mundo, había ido allí a prepararme en soledad para el siguiente? ¿Había tomado el velo en mi vejez? ¿O, como los anglicanos de la alta iglesia y los católicos romanos, había hecho de esto mi retiro? En absoluto. Mi hija deseaba estudiar francés de manera ventajosa, mi hijo vivía en las montañas cercanas, y el jardín de La Sagesse, con sus grandes árboles, senderos de grava limpia y sombra fresca, era el lugar más encantador.

En este retiro religioso conocí, de vez en cuando, a algunos de los residentes más radicales y liberales del sur. Toulouse es uno de los centros universitarios más importantes de Francia y lleva con orgullo el honroso título de "la ciudad docta". Con dos miembros distinguidos de la facultad, el difunto Dr. Nicholas Joly y el profesor Moliner de la facultad de derecho, a menudo tenía discusiones de lo más interesantes sobre todas las grandes cuestiones del momento. Que tres herejes —debería decir seis, pues mi hija, mi hijo y su esposa a menudo se unían al círculo— pudieran sentarse así con total seguridad y debatir, de la manera más heterodoxa, en estos recintos sagrados, todas las reformas sociales, políticas y religiosas que Estados Unidos y Francia necesitan para estar en armonía con el espíritu de la época, era una prueba sorprendente del progreso que el mundo ha hecho en la libertad de expresión. Hubo un tiempo en que tales actos nos habrían costado la vida, incluso si nos hubieran sorprendido expresando nuestras herejías en la intimidad de nuestros propios hogares. Pero aquí, bajo los robles de un convento católico, con las hermanas de hábito gris a nuestro alrededor, podíamos señalar las falacias del catolicismo mismo sin miedo ni temblor. Glorioso siglo XIX, ¡qué conquistas son las tuyas!

No diré nada de las pintorescas calles de la antigua Toulouse; nada de los sacerdotes, que pululan como niños en una ciudad inglesa; nada de las fachadas de piedra bellamente tallada de las antiguas mansiones, habitadas antaño por la nobleza del Languedoc, pero ahora dedicadas al comercio y los negocios; nada de las elevadas catedrales de ladrillo, cuyos exteriores recuerdan a Londres y cuyos interiores te trasladan al "espléndido Oriente"; nada del Capitolio, con su galería rica en bustos de los célebres hijos del sur; nada del museo, el jardín público y el ancho río que serpentea a través de todo. Debo dejar todas estas interesantes características de Toulouse y apresurarme hacia las Montañas Negras, a pocas millas de distancia, donde vi la vida rural del Languedoc moderno.

En Jacournassy, la casa de campo de la Sra. Berry, cuya hija se casó con mi hijo Theodore, pasé un mes lleno de sorpresas. ¡Cómo difería todo de Estados Unidos, e incluso de la llanura de abajo! Los campesinos, muchos de ellos al menos, no pueden hablar francés ni entenderlo. Su lengua es un patois, que se asemeja tanto al español como al italiano, y se aferran a él con una pertinacia asombrosa. Sus aperos de labranza no son menos pintorescos que su habla. El arado es una viga larga con una reja muy primitiva en el medio, una vaca en un extremo y un muchacho en el otro. El grano se corta con una hoz y se trilla con un mayal en el suelo del granero, como en los tiempos de las Escrituras. El estiércol se esparce por los campos con las manos. Había cierto placer en estudiar estas formas de antaño. Tuve atisbos de la época anterior a la revolución, cuando el rey gobernaba el estado y los nobles poseían las tierras. Aquí también vi, como nunca antes, qué grandes pasos ha dado el mundo en un solo siglo.

Pero, puertas adentro, uno vuelve a los tiempos modernos. La mesa, las camas y las habitaciones del castillo eran muy similares a las de Toulouse y la ciudad de Nueva York. La cocina no es como la nuestra, sin embargo, a menos que se suponga que la habilidad de Delmonico se ha extendido a todos los hogares de la isla de Manhattan, lo cual, desafortunadamente, no es el caso. ¡Qué producto admirable del genio francés es el arte de cocinar! De valor incalculable han sido las enseñanzas culinarias de Vatel y sus seguidores.

Una de las fuentes de diversión, durante mi estancia en Jacournassy, fue de naturaleza literaria. Mi hijo Theodore estaba entonces ocupado recopilando los materiales para su libro titulado "La cuestión de la mujer en Europa", y cada correo traía manuscritos y cartas de todas partes del continente, escritos en casi todas las lenguas conocidas por Babel. Así que, justo lo que vine al extranjero para evitar, lo encontré en el mismo umbral donde vine a descansar. Teníamos buenos lingüistas en el castillo, y cada documento finalmente salía en ropaje inglés, el cual, sin embargo, a menudo necesitaba mucha alteración y pulido. Esta era mi parte del trabajo. Así que, lejos en el corazón de Francia, en lo alto de las Montañas Negras, rodeada de parientes que hablaban francés y campesinos que hablaban patois, me encontré una vez más traduciendo un mal inglés al mejor que podía dominar, tal como lo había hecho tantas veces en Estados Unidos, cuando era editora de The Revolution, o cuando preparaba el manuscrito para "La historia del sufragio femenino". Pero era trabajo por la causa de mi sexo; estaba ayudando en la creación de "La cuestión de la mujer en Europa", y por eso mi pluma no se volvió lenta ni mi mano se cansó.

El paisaje en las Montañas Negras es muy grandioso y recuerda a las elevadas cordilleras que rodean el valle de Yosemite en California. A lo lejos se encuentran los Pirineos cubiertos de nieve, produciendo una belleza solemne, una soledad profunda. Solíamos ir todas las tardes a donde podíamos ver el sol ponerse y observar las sombras cambiantes en el ancho valle de abajo. Otro gran placer aquí era observar el desarrollo gradual de mi primera nieta, Elizabeth Cady Stanton, nacida en París el 3 de mayo de 1882. Era una niña hermosa; aunque solo tenía tres meses, su cabeza estaba cubierta de cabello oscuro, y sus grandes ojos azules miraban con intensa seriedad desde debajo de su frente bien formada.

Una noche pasé un susto terrible. Yo era la única persona que dormía en la planta baja del castillo, y mi habitación estaba en el extremo opuesto del edificio, con la escalera al otro lado. Con frecuencia me habían advertido que no dejara las ventanas abiertas, ya que alguien podría entrar. Pero, como siempre dormía con la ventana abierta, en invierno y en verano, pensé que correría el riesgo antes que soportar una sensación de asfixia noche tras noche. Las contraventanas eran sólidas, y cerrarlas significaba excluir todo el aire, así que las dejé abiertas unos treinta centímetros, sujetas por un gancho de hierro. Un lugar favorito para un burro mascota era debajo de mi ventana, donde uniformemente había dormido en profundo silencio. Pero una gloriosa noche de luna, probablemente para despertarme a disfrutar con él la belleza exquisita de nuestros alrededores, puso su nariz a través de esta abertura y soltó uno de los rebuznos más prolongados y estruendosos que jamás haya escuchado. Sobresaltada de un sueño profundo, me asusté tanto que al principio no pude moverme. Mi siguiente impulso fue salir corriendo y despertar a la familia, pero, al ver una cabeza oscura en la ventana, pensé que cerraría de golpe la pesada hoja y detendría al intruso antes de salir. Pero justo cuando me acercaba a la ventana, otro rebuzno angustioso anunció el carácter inocente de mi visitante de medianoche. Al asomarme por la ventana para asustarlo, un caballero en la habitación de arriba, con el mismo propósito, arrojó un cubo de agua, que el burro y yo compartimos por igual. Él salió corriendo a paso doble, mientras yo hacía una retirada apresurada.

El 20 de agosto, regresé a Toulouse y a nuestro tranquilo convento. Las hermanas me dieron una bienvenida muy afectuosa y tuve muchas charlas agradables, sentada en los jardines, con los sacerdotes y profesores. Varias veces mi hija y yo asistimos a la misa mayor en la catedral, construida en el siglo XI. Siendo algo completamente nuevo para nosotros, fue un espectáculo muy entretenido. Con nuestras ideas estadounidenses de devoción religiosa, nos parecía que la gente, al igual que el edificio, pertenecía a la Edad Media. Unos cincuenta sacerdotes, con mantos, sotanas y capas —algunos negros, otros amarillos—, con flecos y adornos de oropel, y con toda clase de gestos, genuflexiones, saludos, arrodillamientos y quema de incienso; con oraciones, amonestaciones y sacramentos, llenaban el altar de un movimiento constante.

Un hombre alto, vestido de rojo, hizo rodar una gran cesta llena de pan, que los sacerdotes, con copas de vino, pasaban de un lado a otro entre los que estaban arrodillados ante el altar. Al menos media docena de veces los lugares en el altar se llenaron, principalmente con mujeres. Contamos a los hombres: solo siete, y eran viejos y trémulos, con un pie en la tumba. Toda la representación era hueca y mecánica. La gente entraba, se santiguaba en la puerta con agua bendita y, mientras se arrodillaba y rezaba sus oraciones, miraba a su alrededor examinando el vestido de cada recién llegado, moviendo los labios continuamente, satisfechos con recitar el número asignado de oraciones en un tiempo determinado. El único aspecto positivo de toda la actuación era la gran música. El órgano de tonos profundos, cuyos sonidos reverberaban a través de los elevados arcos, era muy impresionante.

El convento consistía en tres grandes edificios, cada uno de tres pisos de altura, y una residencia para los sacerdotes; también una capilla, donde las mujeres, en sus devociones, podían ser vistas a diversas horas desde las cuatro de la mañana hasta la noche. Encerrados dentro de un alto muro de piedra había hermosos jardines con fuentes y santuarios, donde imágenes de santos difuntos, en nichos iluminados con velas, eran adoradas en ciertos días del año.

Tales eran nuestros entornos, y nuestras mentes naturalmente se detenían a menudo en la naturaleza y el poder de la religión que había construido y mantenido durante siglos estos tranquilos refugios, donde hombres cultos y eruditos, y mujeres de fina sensibilidad, podían encontrar descanso de las luchas del mundo exterior. Las hermanas, que dirigían este gran establecimiento, parecían felices en medio de sus severas y múltiples tareas. Sobre la corriente subterránea de sus vidas no podía juzgar, pero en la superficie todo parecía fluido y satisfactorio. Evidentemente, disfrutaban mucho de la compañía de las otras. Todas las noches, de seis a ocho, se sentaban todas en los jardines en círculo, cosiendo, tejiendo y charlando, con ocasionales estallidos alegres de risa. Su existencia no es, ni de lejos, tan monótona como la de la mayoría de las mujeres en hogares aislados, especialmente la de la esposa del granjero en su hogar solitario, a kilómetros de distancia de un pueblo y una oficina de correos. Enseñaban en una escuela de cincuenta niñas huérfanas, que vivían en el convento y para quienes frecuentemente organizaban entretenimientos. También tenían algunas pensionistas de la antigua aristocracia de Francia, que odian la República y todavía se aferran a su creencia en Papas y Reyes. Con el propósito de perfeccionarse en el idioma, mi hija aprovechaba cada oportunidad para hablar con todos los que encontraba, y así aprendió los secretos de su vida interior. Como la hermana Rose hablaba inglés, deduje de ella el conocimiento que pude sobre sus puntos de vista sobre el tiempo y la eternidad. Descubrí que su fe no había hecho mucho progreso a través de las terribles conmociones de la Revolución Francesa. Aunque los jesuitas han sido expulsados de Francia, y las imágenes de los santos, la Virgen María y Cristo han sido desterradas de las paredes de sus escuelas y colegios, los católicos sinceros son más devotos de su religión debido a estas mismas persecuciones.

Theodore, su esposa y el bebé, y el Sr. Blatch, un joven inglés, vinieron a visitarnos. Las hermanas y las niñas de la escuela manifestaron un gran deleite con el bebé, y las primeras un igual placer por la marcada atención del Sr. Blatch hacia mi hija, ya que los bebés y los cortejos eran cuadros inusuales en un convento. Como mi hija estaba estudiando para un título universitario en matemáticas, fui con ella al Liceo, un apartamento lúgubre en un edificio antiguo y sombrío con paredes desnudas, suelos desnudos, escritorios y bancos destartalados y una vieja estufa oxidada. Sin embargo, en medio de tales alrededores, el profesor siempre aparecía vestido de etiqueta, haciendo una reverencia señorial a su clase. Había oído hablar tanto de las universidades de Francia que me había imaginado grandes edificios, como los de nuestras universidades; pero, en cambio, descubrí que las conferencias se daban en habitaciones aisladas, aquí, allá y en cualquier parte, uniformemente lúgubres por dentro y por fuera.

El primer día visitamos al profesor Depesyrons. Después de hacer todos nuestros arreglos para libros y conferencias, de repente se volvió hacia mi hija y, señalando los volantes de su vestido, su sombrero alegre y algunas flores en un ojal, sonrió y dijo: "¿Todo esto, y sin embargo ama las matemáticas?". Mientras entrábamos en el patio, camino al Liceo, y preguntamos por la sala de conferencias del profesor, los estudiantes en pequeños grupos nos observaban de cerca. El que nos escoltó hizo varias preguntas y descubrió, por nuestro acento, que éramos extranjeras, una excusa suficiente para la novedad de nuestro proceder. El profesor nos recibió de la manera más amable y ordenó al conserje que nos trajera sillas, mesa, papel y lápices.

Luego charlamos agradablemente hasta que llegó la hora de su conferencia. Como tenía poco interés en el tema, y como los problemas se pronunciaban en una lengua extranjera, tomé mi siesta de la tarde. No había peligro de ofender al profesor con tal indiferencia hacia su elocuencia, ya que él se enfrentaba a la pizarra, llenándola de signos y cifras tan rápidamente como podía; luego los borraba para volver a llenarla una y otra vez, sin interrupción en sus explicaciones; hablando tan rápido como su mano se movía. Harriot luchó varios días por seguirlo, pero le resultó imposible, así que abandonamos la persecución tras los cubos y los cuadrados, y ella se dedicó totalmente al estudio del idioma. Estos fueron días, para mí, de descanso y paz perfectos. Todo se movía como por arte de magia, sin prisas ni alborotos, nunca se pronunciaba una palabra brusca o impaciente. Como solo una o dos de las hermanas hablaban inglés, podía leer bajo los árboles ininterrumpidamente durante horas. Emerson, Ruskin y Carlyle fueron mis compañeros elegidos.

Hicimos varios conocidos agradables entre algunas familias irlandesas que intentaban vivir con sus ingresos reducidos en Toulouse. Una de ellas nos dio un baile de despedida. Como varias compañías del ejército francés estaban estacionadas allí, conocimos a un gran número de oficiales en el baile. Siempre había supuesto que los franceses eran bailarines elegantes. Fui una tranquila "observadora en Viena", así que tuve la oportunidad de comparar la habilidad de las diferentes nacionalidades. Todos admitieron que nadie se deslizaba con tanta facilidad y elegancia como los estadounidenses. Parecían moverse sin el menor esfuerzo, mientras que los ingleses, los franceses y los alemanes se esforzaban en su baile, dando saltitos, saltando y sacudiéndose, sin aliento y con la cara roja en cinco minutos. Un gran placer que tuvimos en Toulouse fue la música de la banda militar en los jardines públicos, donde, por medio centavo, podíamos tener una silla y disfrutar de aire puro y música dulce durante dos horas.

Dimos una cena de despedida en el Hotel Tivollier a algunos de nuestros amigos. Con discursos y brindis pasamos un rato alegre. El profesor Joly fue el alma de la ocasión. Había sido profesor en Francia durante cuarenta años y acababa de jubilarse con una pensión. Le regalé "La historia del sufragio femenino", y escribió una reseña muy elogiosa sobre ella en una de las principales revistas francesas. Toda festividad debe tener su fin. Otros deberes me llamaban a Inglaterra. Así que, tras un apresurado adiós a Jacournassy y La Sagesse, a las Montañas Negras y Toulouse, al Languedoc y al Sur, tomamos el tren un día de octubre, justo cuando las primeras hojas empezaban a caer, y, en catorce horas, estábamos en París. No había visto la hermosa capital francesa desde 1840. Mi estancia dentro de sus encantadores muros fue corta, demasiado corta, y me desperté una mañana para encontrarme, tras una ausencia de cuarenta y dos años, de nuevo en las costas de Inglaterra, y antes de que mis ojos estuvieran bien abiertos, el sombrío y viejo Londres me dio la bienvenida de vuelta. Pero las muchas horas felices pasadas en la "alegre Inglaterra" durante el invierno de 1882-83 no han borrado de mi memoria los cuatro meses en el Languedoc.

CAPÍTULO XXII.

REFORMAS Y REFORMADORES EN GRAN BRETAÑA.

Al llegar a Londres entre las nieblas y brumas de noviembre de 1882, la primera persona que encontré, tras una separación de muchos años, fue nuestro venerado y querido amigo William Henry Channing. Su figura alta y elegante estaba algo encorvada; su dulce y reflexivo rostro, algo más triste; los crímenes y miserias del mundo parecían pesar sobre su corazón. Con su refinada y nerviosa organización, la sombría atmósfera moral y física de Londres era el último lugar de la tierra donde aquella hermosa vida debería haber terminado. Lo encontré en animada conversación con mi hija y el joven inglés con quien pronto se casaría, aconsejándoles no solo sobre la importancia del paso que estaban a punto de dar, sino sobre los puntos menores que debían observarse en la ceremonia. A la hora señalada, unos pocos amigos nos reunimos en la capilla de Portland Street, y al acercarnos al altar nuestro amigo apareció con sobrepelliz y toga, su pálido y espiritual rostro más tierno y hermoso que nunca. Este fue el último servicio matrimonial que jamás ofició, y fue tan patético como original. Todo su aspecto estaba tan en armonía con los exquisitos sentimientos que expresó, que quienes escuchábamos sentimos como si, por un momento, hubiéramos entrado con él en el Santo de los Santos.

Algún tiempo después, la señorita Anthony y yo lo visitamos para agradecerle la reseña tan elogiosa que había escrito de "La historia del sufragio femenino". Él nos agradeció a su vez los muchos recuerdos agradables que habíamos revivido en aquellas páginas, "pero", dijo, "también me han llenado de indignación por los repetidos insultos ofrecidos a mujeres tan fervientemente dedicadas a esfuerzos honestos para la elevación de la humanidad. Me sonrojé por mi sexo más de una vez al leer estos volúmenes". Nos quedamos mucho tiempo conversando sobre los acontecimientos relacionados con nuestra gran lucha por la libertad. Se detuvo con ternura en nuestras decepciones y comprendió más profundamente las humillaciones sufridas por las mujeres que cualquier otro hombre que hayamos conocido. Sus opiniones eran tan comprensivas con la humillación de la mujer, a través de la degradación del sexo, como las expresadas por John Stuart Mill en su maravillosa obra "El sometimiento de la mujer". Estaba intensamente interesado en los esfuerzos de Frances Power Cobbe para suprimir la vivisección, y la última vez que lo vi presidía una reunión privada donde la doctora Elizabeth Blackwell dio un admirable discurso sobre la causa y la cura del mal social. El señor Channing habló maravillosamente al cerrar, rindiendo un cálido y merecido homenaje a la clara y concisa revisión de la doctora Blackwell sobre todas las dificultades que implica la cuestión.

Al leer tanto sobre los reformadores ingleses en nuestros periódicos, sobre los Bright, los McLaren, los Taylor; sobre Lydia Becker, Josephine Butler y Octavia Hill, y sobre sus grandes manifestaciones con lores y miembros del Parlamento presidiendo, habíamos anhelado comparar a los actores de aquellas escenas con nuestros oradores de este lado del agua. Por fin los conocimos a todos en grandes reuniones públicas y tertulias privadas, en cenas y recepciones. Escuchamos a sus hombres públicos en el Parlamento, en los tribunales y en el púlpito; a las mujeres en sus diversas asambleas; y llegamos a la conclusión de que los estadounidenses los superan en oratoria y en la conducción de sus reuniones. Una manera vacilante y apologética parece ser la costumbre nacional para un exordio en todas las cuestiones. Incluso sus hombres más capaces que han visitado este país, como Kingsley, Stanley, Arnold, Tyndall y Coleridge, han sido criticados por el público estadounidense por sus defectos de elocución. No tienen oradores que se puedan comparar con Wendell Phillips, George William Curtis o Anna Dickinson, aunque John Bright no tiene par entre sus compatriotas, al igual que la señora Besant entre las mujeres. Las mujeres, por regla general, son más fluidas que los hombres.

Llegué a Inglaterra a tiempo para asistir a la gran manifestación en Glasgow, para celebrar la extensión del sufragio municipal a las mujeres de Escocia. Fue una ocasión notable. El inmenso salón de St. Andrew estaba abarrotado de mujeres; unos pocos hombres fueron admitidos en la galería por media corona cada uno. Más de cinco mil personas estuvieron presentes. Cuando un auditorio escocés está completamente conmovido, nada puede igualar su entusiasmo. La llegada de los oradores a la plataforma fue anunciada con el más salvaje aplauso; todo el público se puso de pie, agitando sus pañuelos y aplaudiendo, y cada cumplido dirigido al pueblo de Escocia fue recibido con estallidos similares. La señora McLaren, hermana de John Bright, presidió y pronunció el discurso de apertura. Tuve el honor, en esta ocasión, de dirigirme a una audiencia por primera vez en el Viejo Mundo. Muchos otros hablaron brevemente. Había demasiados oradores; nadie tuvo tiempo de entrar en calor hasta el punto de la elocuencia.

Nuestro sistema de convenciones, de dos o tres días de duración, con largos discursos discutiendo resoluciones precisas y radicales, es bastante desconocido en Inglaterra. Sus reuniones consisten en una sesión de pocas horas, en la que agrupan a todos los oradores que pueden convocar. Tienen unas pocas resoluciones impresas y moderadas, sobre las cuales no puede haber ninguna diferencia de opinión, con los nombres de quienes van a hablar adjuntos. Cada una de ellas se lee y se pronuncian unos breves discursos, que pueden tener o no la más mínima referencia a las resoluciones, que luego son aprobadas. La última suele ser de agradecimiento a algún lord o miembro de la Cámara de los Comunes, que puede haber condescendido a presidir la reunión o hacer algo por la medida en el Parlamento. La Reina es mencionada con ternura en la mayoría de los discursos, aunque nunca ha hecho nada para merecer la aprobación de las defensoras del sufragio femenino.

Desde Glasgow, un grupo bastante numeroso de los Bright y los McLaren fue a Edimburgo, donde el honorable Duncan McLaren nos dio una cálida bienvenida a Newington House, bajo la misma sombra de los riscos de Salisbury. Estos y las colinas de Pentland son características notables del paisaje al acercarse a esta hermosa ciudad con sus montañas y castillos. Pasamos unos días encantadores conduciendo por los alrededores, visitando viejos amigos y discutiendo el estatus de la mujer a ambos lados del Atlántico. Aquí conocimos a Elizabeth Pease Nichol y a Jane y Eliza Wigham, a quienes no había visto desde que nos sentamos juntas en la Convención Mundial contra la Esclavitud, en Londres, en 1840. Sin embargo, reconocí a la señora Nichol de inmediato; su rostro fuertemente marcado no era fácil de olvidar.

Fui con la familia el domingo a la reunión de los Amigos, donde ocurrió una manifestación de lo más inusual para esa decorosa secta. Me habían dicho que, si me sentía inclinada a ello, se consideraría muy apropiado que hiciera algunos comentarios, y justo cuando estaba dando vueltas a una frase inicial para unos pocos pensamientos que deseaba presentar, un hombre se levantó en una parte remota de la casa y comenzó, con voz baja, a dar su testimonio sobre la verdad que había en él. Todos los ojos se volvieron hacia él, cuando de repente un Amigo se inclinó sobre el respaldo del asiento, lo agarró por los faldones de la levita y lo tiró hacia abajo de una manera de lo más enfática. El pobre hombre enterró su rostro en sus manos y mantuvo un profundo silencio. Me enteré después de que era un pesado, y que el Amigo de atrás pensó que era prudente cortarlo de raíz. Esta escena puso en fuga todas mis intenciones de hablar, no fuera que yo también me saliera de los límites prescritos y fuera suprimida por la fuerza. Comí ese día con la señora Nichol, en Huntly Lodge, donde ha entretenido a su vez a muchos de nuestros reformadores estadounidenses. Sus muros han hecho eco a las voces de Garrison, Rogers, Samuel J. May, Parker Pillsbury, Henry C. Wright, Douglass, Remond y una multitud de filántropos ingleses. Aunque tenía más de ochenta años, seguía despierta a todas las cuestiones del momento y era generosa en sus hospitalidades como antaño.

La señora Margaret Lucas, cuya alma entera estaba en el movimiento de templanza, me escoltó desde Edimburgo a Manchester, para estar presente en otra gran manifestación en el Ayuntamiento, el edificio más fino de ese distrito. Acababa de ser terminado y, con su antesala, comedor y diversos aposentos para entretenimientos sociales, era, con mucho, el salón más perfecto que había visto en Inglaterra. Allí fui recibida por la señora Matilda Roby, quien, junto con su marido, me dio una recepción de lo más hospitalaria. Invitó a varios amigos a almorzar un día, entre otros a la señorita Lydia Becker, editora del *Suffrage Journal* en esa ciudad, y al reverendo señor Steinthal, quien había visitado este país y hablado en nuestra plataforma. El tema principal en la mesa fue John Stuart Mill, su vida, carácter, escritos y su posición con respecto a los derechos políticos de las mujeres. Por la tarde fuimos a ver a Ristori en "La reina Isabel". Habiéndola visto, muchos años antes, en Estados Unidos, me sorprendió encontrarla aún tan vigorosa. Y así, semana tras semana, las reuniones de sufragio, recepciones, cenas, almuerzos y teatros se alternaron agradablemente.

El domingo siguiente escuchamos en Londres un gran sermón de Moncure D. Conway, y tuvimos una agradable entrevista con él y la señora Conway al finalizar la sesión. Más tarde pasamos unos días en su artístico hogar, lleno de libros, cuadros y recuerdos de amigos queridos. Una sala de billar, con tacos, bolas y mesa muy usados —un complemento bastante novedoso para una casa parroquial—, puede, en cierta medida, explicar sus vigorosos sermones. Una recepción en el jardín para el señor y la señora Howells nos dio la oportunidad de ver al novelista estadounidense rodeado de sus amigos ingleses.

Poco después, el señor Conway me pidió que ocupara su púlpito. Me retiré el sábado por la noche, muy nerviosa por mi sermón para el día siguiente, y la sensación aumentó constantemente hasta que llegué a la plataforma; pero una vez allí, todos mis temores se disiparon, y nunca disfruté tanto hablando como en aquella ocasión, pues había estado oprimida durante tanto tiempo por la degradación de la mujer bajo el derecho canónico y la disciplina eclesiástica, que sentí un alivio al verter mi indignación. Mi tema fue: "¿Qué ha hecho el cristianismo por la mujer?", y mediante los hechos de la historia demostré claramente que a ninguna forma de religión debía la mujer un solo impulso de libertad, ya que todas por igual han enseñado su inferioridad y sometimiento. Ninguna virtud elevada puede emanar de tal condición. Cualesquiera alturas de dignidad y pureza que las mujeres hayan alcanzado individualmente no pueden atribuirse de ninguna manera a los dogmas de su religión.

Con mi hijo Theodore, siempre profundamente interesado en mis amigos y en mi trabajo público, visité, durante mi estancia en Londres, a la señora Grey, a la señorita Jessie Boucherett y a la doctora Hoggan, quienes habían escrito ensayos para "La cuestión de la mujer en Europa"; a nuestro ministro estadounidense (el señor Lowell), al señor y la señora George W. Smalley, y a muchos otros hombres y mujeres notables. Por cita previa, tuvimos una hora con el honorable John Bright, en su residencia de Piccadilly. Como su fotografía, junto con su fama, había llegado a Estados Unidos, su fino rostro y cabeza, así como sus opiniones políticas, nos eran bastante familiares. Nos recibió con gran cordialidad y manifestó un conocimiento claro y un profundo interés en relación con todos los asuntos estadounidenses. El libre comercio y el sufragio femenino formaron la base de nuestra conversación; la literatura de nuestros respectivos países y nuestros grandes hombres y mujeres fueron los temas más ligeros de la ocasión. No era sólido en cuanto a los derechos políticos de las mujeres, pero no le está dado a ningún hombre ser igual de claro en todas las cuestiones. Votó a favor de la enmienda de John Stuart Mill al proyecto de ley de sufragio doméstico en 1867, pero dijo: "eso fue un favor personal a un amigo, sin ninguna convicción firme sobre los méritos de lo que consideraba una medida puramente sentimental".

Asistimos a la reunión convocada para regocijarse por la aprobación del Proyecto de Ley de Propiedad de la Mujer Casada, que otorgó a las mujeres de Inglaterra, en 1882, lo que habíamos disfrutado en muchos estados de este país desde 1848. La señora Jacob Bright, la señora Scatcherd, la señora Elmy y varios miembros del Parlamento pronunciaron breves discursos de felicitación a quienes habían sido fundamentales para llevar a cabo la medida. Se admitió generalmente que al tacto y la persistencia de la señora Jacob Bright, más que a cualquier otra persona, pertenecía el crédito de ese logro. Jacob Bright era en ese momento miembro del Parlamento y simpatizaba plenamente con el proyecto de ley; y, mientras la señora Bright ejercía toda su influencia social para hacerlo popular entre los miembros, su marido, plenamente versado en tácticas parlamentarias, se valió de cada tecnicismo para impulsar el proyecto a través de la Cámara de los Comunes. El objetivo principal de la señora Bright al conseguir este proyecto de ley, además de establecer el derecho que todo ser humano tiene a su propia propiedad, era situar a las mujeres casadas en un plano igualitario con las viudas y las solteras, calificándolas así como votantes.

Al día siguiente fuimos a Barn Elms a visitar al señor y la señora Charles McLaren. Él era miembro del Parlamento, cuáquero por nacimiento y educación, y había apoyado, con toda su capacidad, el movimiento sufragista. Su encantadora esposa, hija de la señora Pochin, es digna de la noble madre que estuvo entre las primeras líderes en esa cuestión, hablando y escribiendo con habilidad sobre todas las fases del tema. Barn Elms es una gran propiedad antigua, a unas pocas millas de Londres. Fue la granja lechera de la reina Isabel y fue regalada por ella a sir Francis Walsingham. Desde entonces ha sido habitada por muchas personas notables. Ha existido como propiedad desde la época de los primeros reyes sajones, y el registro de la venta de Barn Elms en la época del rey Athelstan todavía existe. Con sus céspedes bien cuidados, sus hermosos árboles viejos, sus destellos aquí y allá del Támesis serpenteando alrededor de sus fronteras y su riqueza de viejas asociaciones, es, de hecho, un lugar encantador. Nuestro recuerdo de aquellos días no se remontará a los reyes sajones, sino que permanecerá con el liberal anfitrión y anfitriona, los hermosos niños y los muchos conocidos encantadores que conocimos junto a esa chimenea. Dudo que alguno de los antiguos lores y damas que dispensaron sus hospitalidades bajo ese techo superara de alguna manera a los actuales ocupantes. La señora McLaren, interesada en todas las reformas de la época, es radical en sus ideas, una conversadora brillante y, para alguien tan joven, notablemente bien informada sobre todas las cuestiones políticas.

Fue en Barn Elms donde conocí, por primera vez, a la señora Fannie Hertz, a quien debo muchos otros conocidos agradables después. Se dice que conoce a más personas literarias distinguidas que cualquier otra mujer en Londres. La vi, también, varias veces en su casa; encontrando, en sus recepciones de los domingos por la tarde, a muchas personas que deseaba conocer. En una ocasión encontré a George Jacob Holyoake allí, rodeado de varias señoritas, todas defendiendo firmemente a los nihilistas en Rusia y su derecho a conspirar para abrirse camino hacia la libertad. Contaban una dinastía de zares como nada en la balanza frente a las libertades de todo un pueblo. Al unirme al círculo, el señor Holyoake llamó mi atención sobre el hecho de que él era el único a favor de medidas pacíficas. "Ahora", dijo, "he oído decir a menudo en su plataforma que el elemento femenino en la política traería una paz perpetua al gobierno, y aquí todas estas damas están abogando por las peores formas de violencia en nombre de la libertad". "¡Ah!", dije, "pongan sobre sus hombros la responsabilidad de gobernar, y pronto se volverían tan moderadas y conservadoras como parece ser usted". Luego nos dio sus puntos de vista sobre la cooperación, el único remedio para muchos males existentes, lo que pensaba que sería el siguiente paso hacia una civilización superior.

Allí también conocí a algunos positivistas, quienes, aunque liberales en cuestiones religiosas, eran muy estrechos en cuanto a la esfera de la mujer. La diferencia de sexo, que es precisamente la razón por la que hombres y mujeres deberían asociarse en todas las formas de actividad, es para ellos la razón más fuerte por la que deberían estar separados. La señora Hertz pertenece a la escuela positivista de Harrison. Fui con ella a una de las recepciones de la señora Orr, donde conocimos a Robert Browning, un hombre de buen aspecto de setenta años, con cabello y bigote blancos. Era franco, sencillo, juguetón y brillante en la conversación. La señora Orr parecía tener una visión muy pesimista de nuestra esfera de acción actual, que el señor Browning, con colorido poético, intentaba pintar de manera más esperanzadora.

Al día siguiente comí con Margaret Bright Lucas, en compañía de John P. Thomasson, miembro del Parlamento, y su esposa, y, después, fuimos a la Cámara de los Comunes y tuvimos la fortuna de escuchar a Gladstone, Parnell y sir Charles Dilke. Al ver a Bradlaugh sentado fuera del círculo encantado, le envié mi tarjeta y, en el pasillo, tuvimos unos momentos de conversación. Le pregunté si pensaba que eventualmente obtendría su escaño. Él respondió: "Ciertamente lo haré. Abriré la próxima campaña con tal agitación que despertará a nuestros políticos a alguna consideración de los cambios que gradualmente se están produciendo en el rostro de las cosas en este país".

El lugar asignado a las damas en la Cámara de los Comunes es realmente una desgracia para un país gobernado por una reina. Esta oscura percha es la galería más alta, inmediatamente sobre el escritorio del orador y los escaños del gobierno, detrás de una fina red de alambre, por lo que es bastante imposible ver u oír nada. Las dieciséis personas que pueden apiñarse en la primera fila, al estar con sus narices parcialmente a través de la red abierta, pueden tener la satisfacción de ver el arco craneal de sus gobernantes y escuchar un peán ocasional a la libertad, o un gruñido irlandés por la falta de ella. Me dijeron que esta red era para evitar que los miembros en el piso fueran perturbados por la belleza de las mujeres. Al oír esto, comenté que estaba devotamente agradecida de que nuestros hombres estadounidenses no fueran tan fáciles de perturbar, y que la belleza de nuestras mujeres no fuera de un tipo tan peligroso. No pude dejar de contrastar nuestras espaciosas galerías en ese magnífico Capitolio en Washington, así como en nuestros grandes Capitolios estatales, donde cientos de mujeres pueden sentarse a su gusto y ver y oír a sus gobernantes, con estos edificios oscuros y lúgubres. Mi hijo, que tenía un asiento en el piso justo enfrente de la galería de las damas, dijo que no podía comparar nuestra apariencia con nada más que con pájaros en una jaula. No podía distinguir el contorno de nadie. Todo lo que podía ver era el movimiento de plumas y pieles o algún lazo o flor brillante.

En las bibliotecas, los tribunales y la Cámara de los Lores, encontré muchos temas sugerentes de reflexión. Fue interesante encontrar, en las paredes con frescos, muchas escenas históricas en las que las mujeres habían desempeñado un papel prominente. Entre otras, estaba Jane Lane ayudando a Carlos II a escapar, y Alice Lisle ocultando a los fugitivos después de la batalla de Sedgemoor. Las seis esposas de Enrique VIII destacaban, un desfile solemne cuando uno recordaba su triste destino. ¡Ay! ya sea para bien o para mal, las mujeres siempre deben ocupar un gran espacio en las tragedias del mundo.

Pasé unas cuantas horas agradables en la casa donde Macaulay pasó sus últimos años. La biblioteca, antaño espaciosa, y el gran ventanal, con vistas a un hermoso césped, donde se sentaba día tras día a escribir sus brillantes párrafos, poseían para mí un encanto peculiar, como siempre ocurre con los entornos de los genios. Pensé, mientras estaba allí, en cuántas veces habría contemplado inconscientemente cada objeto al buscar palabras lo suficientemente ricas como para dorar sus ideas. La casa era propiedad de los señores Stephen Winckworth, quienes también la habitaban. Fue en una de sus sociables meriendas de domingo donde se revivieron muchos recuerdos gratos del gran historiador.

Una de las mujeres más notables y afables que conocí fue la señorita Frances Power Cobbe. Nos llamó una tarde y tomó conmigo el té de las cinco, una práctica uniforme en Inglaterra. Era de estatura media, robusta, de tez sonrosada y aspecto vigoroso, con una cabeza grande y bien formada, un rostro fuerte y feliz, y dotada de raras facultades para la conversación. Me sentí muy fuertemente atraída por ella. Era franca, cordial y categórica en todas sus opiniones. Nos dio cuenta de sus esfuerzos para rescatar a gatos y perros infelices de manos de los viviseccionistas. También la vimos en su casa y en su oficina de Victoria Street. El orden perfecto en que estaban dispuestos sus libros y papeles, y la exquisita pulcritud de las habitaciones, era refrescante de contemplar.

Mi hija, que tenía opiniones propias y decididas, pronto se enfrentó a la señorita Cobbe sobre la cuestión de la vivisección. Después de examinar varios libros alemanes y franceses, con ilustraciones que mostraban la horrible crueldad infligida a gatos y perros, ella se extendió sobre la hipocresía y la maldad de estos científicos y, dirigiéndose a mi hija, dijo: "¿Darías la mano a uno de estos viviseccionistas?". "Sí", dijo Harriot, "me sentiría orgullosa de estrechar la mano de Virchow, el gran científico alemán, por su bondad hacia una joven estadounidense. Ella solicitó a varios profesores ser admitida en sus clases, pero todos se negaron excepto Virchow; él accedió de inmediato y pidió a sus estudiantes que la trataran con la cortesía debida. 'Si alguno de vosotros se comporta de otra manera', dijo él, 'me sentiré personalmente insultado'. Ella entró en sus clases y prosiguió sus estudios, sin ser molestada y con gran éxito. Ahora bien, ¿se negaría usted, señorita Cobbe, a estrechar la mano de cualquiera de sus estadistas, científicos, clérigos, abogados o médicos que tratan a las mujeres con constantes indignidades e insultos?". "¡Oh, no!", dijo la señorita Cobbe. "Entonces", dijo Harriot, "usted considera el sufrimiento físico de los gatos y los perros como de mayor importancia que la humillación de los seres humanos. El hombre que tortura a un gato con fines científicos no es, a mi juicio, tan bajo en la escala de los seres como aquel que sacrifica a su propia hija a alguna costumbre cruel".

Como en aquel momento estábamos leyendo la "Vida de Carlyle" de Froude, pasamos en coche por la casa donde Carlyle había vivido y nos detuvimos un momento ante la puerta por la que la pobre Jennie entraba y salía tan a menudo con el corazón apesadumbrado. El libro ofrece un doloroso registro de un gran alma luchando contra la pobreza y la decepción; la esperanza del éxito, como autor, tan postergada y nunca realizada. Su estúpido orgullo de independencia y jefatura, y su total indiferencia hacia sus deberes domésticos y la comodidad de su esposa, hacían el cuadro aún más oscuro. ¡Pobre Jennie!, dotada para brillar en cualquier círculo, pero condenada, toda su vida matrimonial, a la servidumbre doméstica en lugar de a las relaciones con el gran hombre para cuya compañía literaria lo había sacrificado todo.

En una de las recepciones de la señorita Biggs, la señorita Anthony y yo conocimos al señor Stansfeld, miembro del Parlamento, quien había trabajado fielmente por la derogación de la Ley de Enfermedades Contagiosas y, en cierta medida, había tenido éxito. Tuvimos el honor de una entrevista con Lord Shaftesbury en una de sus concurridas reuniones, y lo encontramos un poco inseguro sobre la prudencia de permitir que las mujeres casadas voten, por miedo a perturbar la paz familiar. A menudo me he preguntado si los hombres ven, en esta objeción, qué fatal admisión hacen sobre su amor por la dominación.

La señorita Anthony estuvo presente en la gran Conferencia Liberal en Leeds, el 17 de octubre de 1882, a la que la señora Helen Bright Clark, la señorita Jane Cobden, la señora Tanner, la señora Scatcherd y otras varias damas fueron debidamente elegidas delegadas de sus respectivas Ligas Liberales. La señora Clark y la señorita Cobden, hijas de los grandes reformadores de las leyes de cereales, hablaron elocuentemente a favor de la resolución para extender el sufragio parlamentario a las mujeres, que fue presentada por Walter McLaren de Bradford. Cuando la señora Clark hizo su apasionado llamamiento por el reconocimiento de la igualdad política de la mujer en el próximo proyecto de ley para la extensión del sufragio, esa inmensa asamblea de mil seiscientos delegados quedó sumida en un profundo silencio. Que una hija hablara así en aquella gran convención representativa, en oposición a su amado y honrado padre, el reconocido líder de aquel partido, fue un acto de heroísmo y fidelidad a sus propias convicciones más elevadas casi sin parangón en la historia inglesa, y el efecto en la audiencia fue tan emocionante como sorprendente. La resolución fue aprobada por una gran mayoría. En la recepción ofrecida a John Bright esa misma tarde, mientras la señora Clark se acercaba a la tribuna en la que su noble padre estaba estrechando la mano de los amigos que pasaban, le comentó a su marido: "¿Me pregunto si padre habrá oído hablar de mi discurso de esta mañana, y si me perdonará por disentir así públicamente con él?". La duda fue pronto resuelta. Al vislumbrar a su hija, bajó y, estrechando su mano afectuosamente, la besó en ambas mejillas.

A la tarde siguiente, el gran estadista cuáquero fue escuchado por los miles de admiradores que pudieron abarrotar el Victoria Hall, mientras miles, igualmente deseosos de escuchar, no lograron conseguir entradas. Fue un espectáculo magnífico y, en conjunto, una reunión de gente de lo más impresionante. La señorita Anthony, con sus amigas, se sentó en la galería frente a la gran plataforma, desde donde tenían una excelente vista de toda la audiencia. Cuando John Bright, escoltado por Sir Wilfrid Lawson, tomó su asiento, la inmensa multitud se levantó, agitando sombreros y pañuelos, y, con el entusiasmo más salvaje, dio vítores tras vítores en honor al gran líder. Sir Wilfrid Lawson, en sus observaciones introductorias, aludió jocosamente a la resolución adoptada por la Conferencia como algo un poco adelantado a las ideas del orador de la velada. La sala estalló en carcajadas, mientras el Padre del Liberalismo, totalmente convulsionado, se unía a la alegría general.

Pero cuando finalmente llegó su turno de hablar, y el señor Bright repasó los muchos pasos de progreso que había dado el partido Liberal, esquivó astutamente la cuestión de la emancipación de las mujeres de Inglaterra. Se saltó la agitación de 1867 y la enmienda de John Stuart Mill presentada en aquel momento en la Cámara de los Comunes; la extensión del sufragio municipal en 1869; la participación de las mujeres en el establecimiento de escuelas nacionales bajo la ley de 1870, tanto como votantes como miembros de los consejos escolares; el Proyecto de Ley de Propiedad de las Mujeres Casadas de 1882; el gran y creciente voto a favor de la extensión del sufragio parlamentario en la Cámara de los Comunes, y la adopción de la resolución por aquella gran Conferencia el día anterior. Todos estos pasos sucesivos hacia la emancipación de la mujer se acordó cuidadosamente de olvidar.

Mientras estábamos en Londres, la señorita Anthony y yo asistimos a varias entusiastas reuniones de reforma. Escuchamos a Bradlaugh dirigirse a sus electores en aquel memorable día en Trafalgar Square, en la apertura del Parlamento, cuando se anticipaba violencia y las Casas del Parlamento estaban rodeadas por inmensas multitudes, con gran número de militares y policías para mantener el orden. Escuchamos a Michael Davitt y a la señorita Helen Taylor en una gran reunión en Exeter Hall; el primero sobre el autogobierno para Irlanda, y la segunda sobre la nacionalización de la tierra. Los hechos y cifras proporcionados en estas dos conferencias, respecto a la abyecta pobreza del pueblo y el cruel sistema mediante el cual cada pulgada de tierra había sido acaparada por sus opresores, fueron verdaderamente espantosos. Pocos días antes de zarpar, hicimos nuestra última visita a Ernestine L. Rose, y encontramos a nuestra noble coadjutora, aunque delicada de salud, agradablemente situada en el corazón de Londres, tan profundamente interesada como siempre en las luchas de la hora.

Una gran incomodidad, en todos los hogares ingleses, es el inadecuado sistema de calefacción. Un fuego moderado en la chimenea es el único modo de calefacción, y parecen totalmente ajenos al peligro de abrir una puerta hacia un pasillo frío a la espalda de uno, mientras los sirvientes entran y salen con los diversos platos de la cena. Como nosotras, las estadounidenses, sufríamos mucho en tales circunstancias, se decidió, en el hogar de mi yerno, el señor Blatch, instalar una estufa de pasillo, la cual, tras una búsqueda prolongada, fue encontrada en Londres y debidamente instalada como una deidad protectora para desafiar la humedad que impregna todas aquellas viviendas cubiertas de hiedra, así como la neuralgia que atormenta a sus poseedores. ¡Qué bendición resultó ser, más que cualquier otra cosa haciendo que la vieja casa inglesa pareciera un hogar estadounidense! El delicioso calor veraniego que disfrutamos en Estados Unidos en las estaciones más frías es totalmente desconocido para nuestros primos sajones. Aunque muchos vinieron a ver nuestra estufa en perfecto funcionamiento, no pudimos convencerlos de adoptar el sistema estadounidense de calentar toda la casa a una temperatura uniforme. Se aferran a las costumbres de sus padres con una obstinación que es incomprensible para nosotros, que siempre estamos dispuestos a probar experimentos. Los estadounidenses se quejan amargamente de las mismas experiencias de congelación en Francia y Alemania, y, a su vez, los extranjeros critican nuestras casas y lugares de entretenimiento sobrecalentados.

Mientras asistía a una reunión en Birmingham, me alojé con un pariente de Joseph Sturge, cuyo hogar había visitado cuarenta años antes. La reunión fue convocada para discutir la degradación de la mujer bajo la Ley de Enfermedades Contagiosas. Lideradas por Josephine Butler, las mujeres de Inglaterra estaban profundamente conmocionadas por la cuestión de su derogación y desde entonces la han conseguido. Escuché a la señora Butler hablar en muchas de sus reuniones sociales, así como en otras ocasiones. Su estilo no era diferente del que se escucha en las reuniones campestres metodistas de los más cultos de esa secta; su poder reside en su entusiasmo profundamente religioso. En Londres conocimos a Emily Faithful, que acababa de regresar de una gira de conferencias por Estados Unidos, y nos divertimos mucho con sus experiencias. Después de haber realizado largos viajes por todo el país, desde Maine hasta Texas, durante muchos años sucesivos, la señorita Anthony y yo pudimos añadir fácilmente el superlativo a todas sus narraciones.

Fue una agradable sorpresa encontrar al gran número de estadounidenses que habitualmente acudían a las recepciones de la señora Peter Taylor. Graciosa y hermosa, con traje de gala, de pie junto a su marido, quien evidentemente la idolatraba, la señora Taylor parecía tan refinada en su salón como si nunca hubiera estado expuesta a la mirada pública mientras presidía una convención de sufragio. A la señora Taylor se la llama la madre del movimiento sufragista. La reforma no se ha llevado a cabo en todos los aspectos a su gusto, ni sobre lo que ella considera la base de altos principios. Ni ella ni la señora Jacob Bright han estado nunca satisfechas con el proyecto de ley que solicita los derechos de sufragio solo para "viudas y solteras". Haber solicitado este derecho "para todas las mujeres debidamente calificadas", ya que pocas mujeres casadas están calificadas al poseer propiedad por derecho propio, habría sido sustancialmente lo mismo, sin hacer distinciones odiosas. La señora Taylor y la señora Bright sentían que, como las mujeres casadas eran las que más sufrían bajo la ley, deberían ser las primeras en lugar de las últimas en ser emancipadas. Las otras, lideradas por la señorita Becker, afirmaban que era una buena política hacer la demanda para "solteras y viudas", y así excluir la "unidad familiar" y la "jefatura del hombre" de la discusión; y, sin embargo, estos eran los puntos sobre los que se basaban invariablemente las objeciones. Afirmaban que, si se emancipaba a las "solteras y viudas", serían un poder añadido para asegurar a las mujeres casadas sus derechos. Pero la historia del pasado no nos da tal garantía. No es seguro que las mujeres fueran más justas que los hombres, y una pequeña clase privilegiada de aristócratas ha gobernado a sus compatriotas durante mucho tiempo. El hecho de que las solteras en el movimiento abogaran por tal proyecto de ley demuestra que no se podía confiar en ellas para extenderlo. John Stuart Mill, también, siempre se opuso a la exclusión de las mujeres casadas en la demanda de sufragio.

Mi sentido de la justicia fue duramente puesto a prueba por todo lo que oí acerca de las persecuciones de la señora Besant y el señor Bradlaugh por sus publicaciones sobre el derecho y el deber de los padres de limitar la población. ¿Quién puede contemplar la triste condición de multitud de niños pequeños en el Viejo Mundo cuyo destino es crecer en la ignorancia y el vicio —una masa pululante y efervescente que nadie reclama— sin ver la necesidad de una libre discusión de los principios filosóficos que subyacen a estos enredados problemas sociales? Los juicios de Foote y Ramsey, también, por blasfemia, parecían indignos de una gran nación en el siglo XIX. ¡Pensad en hombres bien educados y de buena reputación moral arrojados a la cárcel en régimen de aislamiento, por hablar a la ligera de la idea hebrea de Jehová y del relato del Nuevo Testamento sobre el nacimiento de Jesús! Nuestros clérigos protestantes nunca dudan en hacer que los dogmas y supersticiones de la Iglesia Católica parezcan tan absurdos como sea posible, ¿y por qué no deberían aquellos que imaginan que han superado las supersticiones protestantes hacerlas igualmente ridículas? Todo lo que es verdad puede resistir la investigación y el ridículo.

A finales de abril, cuando las flores silvestres estaban en su apogeo, la señora Mellen y su encantadora hija, Daisy, vinieron a nuestra casa en Basingstoke para disfrutar de su belleza. Como la señora Mellen había conocido a Charles Kingsley y lo había recibido en su residencia en Colorado, sintió el deseo de ver su antigua casa. En consecuencia, una mañana brillante, el señor Blatch nos llevó a Eversley, pasando por Strathfieldsaye, el parque del Duque de Wellington. Este magnífico lugar le fue entregado por el gobierno inglés después de la batalla de Waterloo. Una imponente estatua del duque, que puede verse a kilómetros de distancia, se alza en una de las entradas. Un viaje de unos pocos kilómetros más nos llevó a la iglesia parroquial del canónigo Kingsley, donde predicó durante muchos años, y donde ahora yace enterrado todo lo que de él era mortal. Vagamus por la vieja iglesia, entre las lápidas cubiertas de musgo, y dentro del hogar antaño feliz, ahora silencioso y desierto —estando sus seres queridos dispersos por diferentes partes del globo—. De pie cerca del lugar de descanso final del autor de "Hipatia", sus palabras de advertencia para las mujeres, en una carta a John Stuart Mill, parecían una voz del cielo diciendo, con renovada inspiración y poder: "Este nunca será un buen mundo para las mujeres hasta que el último remanente del derecho canónico sea civilizado y borrado de la faz de la tierra".

Escuchamos al señor Fawcett hablar a sus electores de Hackney en una de sus reuniones de campaña. En el transcurso de sus comentarios mencionó con evidente favor, como una de las medidas venideras, la desestabilización de la Iglesia, y fue recibido con grandes aplausos. Poco después habló del sufragio femenino como otra cuestión que exigía consideración, pero esto fue recibido con risas y burlas, aunque la plataforma estaba llena de defensores de la medida, entre los cuales estaban la esposa del orador y su hermana, la doctora Garrett Anderson. La audiencia estaba evidentemente a favor de liberarse de ser gravados para mantener a la Iglesia, olvidando que las mujeres eran gravadas no solo para mantener una Iglesia sino también un Estado en cuya gestión no tenían voz. El señor Fawcett no era un orador, sino un hombre sencillo y directo. Hacía un gesto, golpeando su puño derecho cerrado contra la palma de su mano izquierda al cierre de todas sus afirmaciones más fuertes, y, aunque era más liberal que su partido, era un gran favorito entre sus electores.

Un viaje agradable que hice en Inglaterra fue a Bristol, para visitar a las señoritas Priestman y a la señora Tanner, cuñadas de John Bright. Me había alojado en la casa de su padre cuarenta años antes, así que nos sentimos como viejas amigas. Las encontré a todas mujeres liberales, y disfrutamos de unos días juntas, hablando sobre nuestras luchas mutuas y admirando el hermoso paisaje por el que esa parte del país es famosa. Las mujeres de Inglaterra estaban justo entonces organizando clubes políticos, y fui invitada a hablar ante muchos de ellos. Hay una seriedad de propósito entre las mujeres inglesas que es muy alentadora ante las prolongadas decepciones que los reformadores inevitablemente sufren. Y el orden de los hogares ingleses, también, entre las clases acomodadas, es muy agradable. Todo continúa año tras año con los mismos sirvientes, el mismo entorno, sin cambios, sin mudanzas, ni siquiera construcciones; en un delicioso contraste con nuestros trastornos periódicos, siempre inciertos sobre adónde iremos después, o cuánto tiempo permanecerán a nuestro lado nuestros principales dependientes.

Desde Bristol fui a Greenbank para visitar a la señora Helen Bright Clark. Una tarde, sus salones estaban abarrotados y se me pidió que diera cuenta del movimiento sufragista en Estados Unidos. Algunos clérigos me cuestionaron sobre la posición de la Biblia respecto a la mujer, tras lo cual di una exposición bastante completa de sus principios generales a favor de la libertad y la igualdad. Como se pueden tejer dos líneas de argumentación distintas de esas páginas sobre cualquier tema, en esta ocasión seleccioné todos los textos más favorables para la justicia hacia la mujer, y cerré exponiendo los límites de su autoridad. La señora Clark, aunque totalmente en sintonía con las opiniones que yo había expresado, temía que mis declaraciones muy liberales pudieran haber escandalizado a algunos de los laicos y clérigos más estrictos. "Bueno", dije, "si los que vemos los absurdos de las viejas supersticiones nunca los desvelamos a otros, ¿cómo va a hacer algún progreso el mundo en las teologías? Estoy en el ocaso de la vida, y siento que es mi misión especial decir a la gente lo que no están preparados para escuchar, en lugar de hacerme eco de opiniones desgastadas". El resultado mostró la sabiduría de mi hablar desde mi propia alma. Para sorpresa de la señora Clark, el clérigo metodista primitivo llamó el domingo por la mañana para invitarme a ocupar su púlpito por la tarde y presentar la misma línea de pensamiento que la noche anterior. Acepté su invitación. Él dirigió los servicios, y yo tomé mi texto de Génesis i. 27, 28, mostrando que el hombre y la mujer fueron una creación simultánea, dotados, desde el principio, con igual poder.

Al regresar a Londres, acepté una invitación para tomar el té una tarde con la señora Jacob Bright, quien, en una conversación seria, nos había servido a cada una una taza de té, y se estaba girando para servirnos algo más, cuando volcó la mesa y todo lo demás: té, pan con mantequilla, pastel, fresas con nata, plata, porcelana, en una masa conglomerada. Reinó el silencio. Nadie se sobresaltó; nadie dijo "¡Oh!". La señora Bright continuó con lo que estaba diciendo como si nada inusual hubiera ocurrido, tocó el timbre y, cuando apareció el sirviente, señalando los escombros, dijo: "Charles, retira esto". Me llené de admiración ante su frialdad, y me sentí devotamente agradecida de que nosotras, las estadounidenses, mantuviéramos un silencio igualmente digno.

En una gran recepción, ofrecida en nuestro honor por el Comité Central Nacional, en Princess' Hall, Jacob Bright, miembro del Parlamento, presidió y pronunció un admirable discurso de apertura, seguido por su hermana, la señora McLaren, con un discurso de bienvenida altamente elogioso. Por petición expresa, la señorita Anthony explicó la situación industrial, legal y política de las mujeres estadounidenses, mientras yo expuse su condición educativa, social y religiosa. John P. Thomasson, miembro del Parlamento, pronunció el discurso de clausura, expresando su satisfacción con nuestras intervenciones y el progreso realizado en ambos países.

La señora Thomasson, hija de la señora Lucas, ofreció varias reuniones, recepciones y cenas —algunas solo para damas—, donde se presentó una abundante oportunidad para un análisis crítico de las idiosincrasias del sexo superior, especialmente en sus tratos con las mujeres. La paciencia de almas tan heroicas como las de Lydia Becker y Caroline Biggs estaba casi agotada por las tergiversaciones de los miembros de la Cámara de los Comunes. ¡Ay de las muchas promesas bellas incumplidas, las esperanzas postergadas, los votos en los que se confiaba plenamente y se daban por contados, todos ausentes en la hora de la acción! Un solo chasquido del látigo del señor Gladstone puso en fuga a cien miembros liberales, miembros a quienes estas nobles mujeres habían dedicado años a educar. Nunca visité la Cámara de los Comunes sin ver a la señorita Becker y a la señorita Biggs tratando de aclarar los principios fundamentales de un gobierno justo a algunos de los legisladores. ¡En verdad, su fe divina y su paciencia merecían una acción más digna por parte de sus supuestos representantes!

La señorita Henrietta Müller ofreció una recepción de despedida a la señorita Anthony y a mí en vísperas de nuestra partida hacia América, cuando tuvimos la oportunidad de reunirnos una vez más con la mayoría de los agradables conocidos que habíamos hecho en Londres. Aunque se anunció para la tarde, en realidad recibimos durante todo el día, ya que muchos no pudieron acudir a la hora señalada. La doctora Elizabeth Blackwell desayunó con nosotras; la señora Fawcett, la señora Saville y la señorita Lord estuvieron con nosotras en el almuerzo; Harriet Hosmer y Olive Logan poco después; la señora Peter Taylor más tarde, y de tres a seis de la tarde los salones estuvieron abarrotados.

Al regresar de Londres, pasé mi cumpleaños, el 12 de noviembre de 1883, en Basingstoke. Fue un día triste para todos nosotros, sabiendo que era el último día con mis seres queridos antes de mi partida hacia América. Cuando imprimí el beso de despedida en la suave mejilla de mi pequeña nieta Nora en la cuna, ella en el amanecer y yo en el ocaso de la vida, me di cuenta de cuán ampliamente nos separaría el vasto océano. La señorita Anthony me encontró en Alderly Edge, donde pasamos unos días con el señor y la señora Jacob Bright. Allí encontramos a sus nobles hermanas, la señora McLaren y la señora Lucas, al joven Walter McLaren y a su encantadora novia, Eva Müller, a quien habíamos escuchado varias veces en la plataforma del sufragio. La bromeamos sobre el paso que había dado recientemente, a pesar del capaz artículo de su hermana sobre la bienaventuranza de la vida soltera. Mientras estuvimos allí, visitamos el lugar de nacimiento del deán Stanley, pero a su muerte la luz y la alegría se apagaron. La vieja iglesia cuyas paredes una vez habían hecho eco a su voz, y la casa donde había pasado tantos años útiles, parecían tristes y desiertas. Pero el día era brillante y cálido, el paisaje hermoso, las vacas y las ovejas seguían pastando en los prados, y la hierba estaba tan verde como en junio. Este es el principal encanto de Inglaterra: es para siempre verde, tal vez en compensación por los muchos días nublados.

Como nuestras buenas amigas la señora McLaren y la señora Lucas habían decidido vernos a salvo a bordo del Servia, nos escoltaron hasta Liverpool, donde conocimos a la señora Margaret Parker y a la señora Scatcherd. Se nos dio otra recepción en la residencia del doctor Ewing Whittle. Se pronunciaron varios discursos cortos y todos los presentes vitorearon a las huéspedes que partían con palabras de esperanza y aliento para la buena causa. Aquí se consideró por primera vez la sabiduría de formar una asociación internacional. La propuesta encontró tanto favor entre los presentes que se nombró un comité para mantener correspondencia con las amigas en diferentes naciones. La señorita Anthony y yo fuimos colocadas en el comité, y aunque este proyecto aún no se ha llevado a cabo por completo, la idea de la cooperación intelectual de las mujeres para asegurar la igualdad de derechos y oportunidades para su sexo fue la base del Consejo Internacional de Mujeres, que se celebró bajo los auspicios de la Asociación Nacional pro Sufragio Femenino en Washington, D. C., en marzo de 1888.

En el Atlántico, durante diez días, tuvimos muchas oportunidades de revisar todo lo que habíamos visto y oído. Sentada en cubierta, hora tras hora, cuántas veces me pregunté sobre el significado del beneficio por el que luchábamos tan fervientemente. Al pedir voz en el gobierno bajo el cual vivimos, ¿hemos estado persiguiendo una sombra durante cincuenta años? Al buscar el poder político, ¿estamos abdicando de ese trono social donde nos dicen que nuestra influencia es ilimitada? ¡No, no! El derecho al sufragio no es una sombra, sino una entidad sustancial que el ciudadano puede tomar y mantener para su propia protección y el bienestar de su país. Un poder directo sobre la propia persona y propiedad, una opinión individual que sea contada en todas las cuestiones de interés público, son mejores que la influencia indirecta, por muy lejos que esta llegue.

Aunque la influencia, como la luz blanca pura, lo impregna todo, a menudo se ve oscurecida por nubes pasajeras y noches de oscuridad. Como los rayos del sol, puede ser saludable, agradable, inspiradora, aunque a veces demasiado directa para el confort, demasiado oblicua para el calor, demasiado dispersa para cualquier propósito. Pero así como el prisma divide los rayos, revelando los colores brillantes de la luz, la soberanía individual revela la belleza del gobierno representativo, y así como la lupa muestra el poder de concentrar los rayos, el poder combinado de la multitud revela la belleza del esfuerzo unido para llevar a cabo una gran medida.

CAPÍTULO XXIII.

LA MUJER Y LA TEOLOGÍA.

Regresando de Europa en el otoño de 1883, después de visitar a un gran círculo de parientes y amigos, pasé seis semanas con mi prima, Elizabeth Smith Miller, en su hogar en Geneva, a orillas del lago Seneca.

A través de la señorita Frances Lord, una mujer de rara cultura e investigación, mi hija y yo nos habíamos interesado en la escuela de teosofía, y leímos "Isis sin velo", de Madame Blavatsky, las obras de Sinnett sobre el "Mundo oculto" y "El camino perfecto", de Anna Kingsford. Llenas de estas ideas, pronto interesé a mis primas en el tema, y resolvimos explorar, tanto como fuera posible, algunos de estos misterios orientales, de los cuales habíamos oído hablar tanto. Buscamos en todas direcciones para encontrar algún piloto que nos iniciara en el rumbo correcto. Escuchamos que Gerald Massey estaba en la ciudad de Nueva York, dando conferencias sobre "El diablo", "Fantasmas" y "Espíritus malignos" en general, así que lo invitamos a visitarnos y dar un ciclo de conferencias en Geneva. Pero, desafortunadamente, estaba enfermo y no pudo abrirnos nuevos campos de pensamiento en ese momento, aunque estábamos muy deseosas de vislumbrar el mundo desconocido y mantener conversación con los inmortales. Como pronto dejé Geneva con mi hija, la señora Stanton Lawrence, nuestros estudios ocultos fueron, por un tiempo, abandonados.

Mi hija y yo a menudo hablábamos de escribir una historia, ella describiendo los personajes y sus entornos y yo ocupándome de la filosofía y los soliloquios. Como no tenía deberes especiales en perspectiva, decidimos que este era el momento de hacer nuestro experimento. En consecuencia, nos apresuramos a la casa familiar en Johnstown, Nueva York, donde podíamos estar completamente solas. Los amigos por todas partes se preguntaban qué nos había llevado allí en lo más crudo del invierno. Pero guardamos nuestro secreto y nos pusimos a trabajar con diligencia, y después de tres meses nuestra historia estaba terminada a nuestra entera satisfacción. Estábamos seguras de que cualquiera que la leyera estaría profundamente interesado y que encontraríamos fácilmente un editor. Pensábamos en "Nuestro romance" a primera hora de la mañana y hablábamos de ello a última hora de la noche. ¡Pero ay! Los críticos amistosos que leyeron nuestra historia señalaron sus defectos, y a su debido tiempo llegamos a sus mismas conclusiones, y el manuscrito inédito descansa ahora en un casillero de mi escritorio. No tuvimos muchos días para lamentar nuestra decepción, ya que Madge fue llamada a su hogar en el Oeste, y la señorita Anthony llegó armada y equipada con montones de documentos para el volumen III de "La historia del sufragio femenino". El verano y el otoño de 1884, la señorita Anthony y yo los pasamos en Johnstown, trabajando diligentemente en la Historia, entregándonos solo a algún paseo ocasional, una caminata por el pueblo al atardecer o un viaje en los tranvías abiertos.

La señora Devereux Blake estaba celebrando una serie de convenciones, en este momento, a través del estado de Nueva York, y le instamos a gastar algunos de sus esfuerzos misioneros en mi pueblo natal, lo cual hizo con buenos resultados. Como la elección escolar estaba cerca, la señorita Anthony y yo tuvimos varias reuniones preliminares para despertar a las mujeres a su deber como votantes y a la necesidad de nominar a alguna mujer como fideicomisaria. Cuando llegó el día de la elección, la gran sala superior de la Academia estaba llena de damas y caballeros. Algunas almas tímidas que deberían haber estado allí se quedaron en casa, temiendo que hubiera un altercado, pero todo se llevó a cabo con decencia y en orden. El presidente, el señor Rosa, dio la bienvenida a las damas a sus nuevos deberes de una manera muy elogiosa. Donald McMartin expuso la ley sobre qué personas eran elegibles para votar en las elecciones escolares. La señora Horace Smith desempeñó el cargo de escrutadora en la ocasión con prontitud y dignidad, y la señora Elizabeth Wallace Yost fue elegida fideicomisaria por una mayoría de siete votos. Es extraño que las mujeres inteligentes, de quienes se supone que sienten algún interés en la cuestión de la educación, sean tan indiferentes al poder que poseen para hacer que nuestras escuelas sean todo lo que deberían ser.

Este fue el año de la campaña presidencial. Los republicanos y los demócratas habían celebrado cada uno sus convenciones de nominación, y todas las clases participaron en la emoción general. Habiendo gran insatisfacción en las filas republicanas, emitimos un manifiesto: "Apoyen al Partido Republicano", no porque amáramos más a Blaine, sino menos a Cleveland. Este último fue elegido, por lo tanto, era evidente que nuestros esfuerzos no tuvieron mucha influencia en cambiar el rumbo de la política nacional, aunque los periódicos republicanos dieron una amplia circulación a nuestro llamamiento. La descripción de Dowden de los esfuerzos del poeta Shelley para difundir uno de sus folletos suprimidos me recordó a los nuestros. Compró fanegas de botellas vacías, en las que colocó sus folletos; después de taparlas bien, arrojó las botellas al mar en varios lugares de veraneo de moda, con la esperanza de que llegaran a la orilla. Caminando por las calles de Londres por la noche, deslizaba sus folletos en las capuchas de las capas de las ancianas, los arrojaba en las puertas de las tiendas y los dejaba en coches y autobuses. Nosotros dispersamos los nuestros en los tranvías, los incluimos en cada carta que escribíamos o periódico que enviábamos por el país.

La noche anterior a la elección, el señor Stanton y el profesor Horace Smith hablaron en el palacio de justicia de Johnstown, y tuvieron puntos de vista algo pesimistas sobre el futuro de la República si James G. Blaine fuera derrotado. Cleveland fue elegido, y todavía vivimos como nación, y somos capaces de digerir a los miles de inmigrantes extranjeros que desembarcan diariamente en nuestras costas. La noche de la elección, un gran grupo de nosotros permaneció despierto hasta las dos de la mañana para conocer las noticias. El señor Stanton había sido durante mucho tiempo uno de los redactores editoriales del New York Sun, y le enviaban telegramas desde esa oficina hasta altas horas de la noche. Sin embargo, la elección estuvo tan reñida que nos mantuvieron en suspenso varios días, antes de que se decidiera definitivamente.

La señorita Anthony se marchó en diciembre de 1884 hacia Washington, y yo me puse a trabajar en un artículo para la North American Review, titulado "¿Qué ha hecho el cristianismo por las mujeres?". Sostuve la tesis de que la mujer no está en deuda con ninguna forma de religión por la libertad de la que disfruta ahora, sino que, por el contrario, el elemento religioso en su naturaleza siempre ha sido pervertido para su completa subyugación. El obispo Spaulding, en el mismo número de la Review, adoptó la postura opuesta, pero no sentí que respondiera a mis puntos.

En enero de 1885, mi sobrina, la señora Baldwin, y yo fuimos a Washington para asistir a la Convención Anual de la Asociación Nacional pro Sufragio Femenino. Se celebró en la iglesia unitaria los días 20, 21 y 22 de ese mes, y resultó un gran éxito, al igual que la recepción habitual ofrecida por la señora Spofford en el Riggs House. Esta querida amiga, una de nuestras más ardientes colaboradoras, siempre hacía de la convención anual un momento para muchos disfrutes sociales. El rasgo principal en esta convención fue el intento de aprobar las siguientes resoluciones:

"Considerando que los dogmas incorporados en los credos religiosos derivados del judaísmo, que enseñan que la mujer fue una idea tardía en la creación, que su sexo es una desgracia, el matrimonio una condición de subordinación y la maternidad una maldición, son contrarios a la ley de Dios (como se revela en la naturaleza) y a los preceptos de Cristo, y,

"Considerando que estos dogmas son un veneno insidioso que mina la vitalidad de nuestra civilización, marchita a la mujer y, a través de ella, paraliza a la humanidad; por lo tanto, se

"Resuelve, que hacemos un llamado al ministerio cristiano, como líderes de pensamiento, para que enseñen y hagan cumplir la idea fundamental de la creación, de que el hombre fue hecho a imagen de Dios, varón y mujer, y se le dieron iguales derechos sobre la tierra, pero ninguno sobre el otro. Y, además, pedimos su reconocimiento de la declaración escritural de que, en la religión cristiana, no hay varón ni mujer, esclavo ni libre, sino que todos son uno en Cristo Jesús".

Como presidenta del comité, presenté una serie de resoluciones que impugnaban la teología cristiana —así como todas las demás formas de religión— por sus enseñanzas degradantes con respecto a la mujer, las cuales la mayoría del comité consideró demasiado fuertes y directas, y, tras mucha deliberación, las sustituyeron por las anteriores, trasladando a los judíos lo que yo había puesto a la puerta de los cristianos. Pensaron que habían recubierto tanto mis ideas con azúcar que las resoluciones pasarían sin discusión. Pero algunos judíos en la convención repudiaron rápidamente esta impresión de su fe y precipitaron la discusión que yo deseaba, pero que nuestras amigas más políticas habrían querido evitar.

Desde el momento de la reunión de la década en Rochester, en 1878, Matilda Joslyn Gage, Edward M. Davis y yo habíamos trabajado asiduamente para despertar a las mujeres a una comprensión de su posición degradada en la Iglesia, y presentamos resoluciones en cada convención anual con ese propósito. Pero fueron suprimidas o enmendadas de tal manera que carecían de sentido. Las resoluciones de la convención anual de 1885, por muy moderadas que sean, llegaron a imprimirse y despertaron la ira del clero, y el domingo siguiente, el doctor Patton de la Universidad de Howard predicó un sermón sobre "La mujer y el escepticismo", en el cual adoptó inequívocamente la postura de que la libertad para la mujer conducía al escepticismo y la inmoralidad. Ilustró su posición señalando a Hipatia, Mary Wollstonecraft, Frances Wright, George Eliot, Harriet Martineau, Mme. Roland, Frances Power Cobbe y Victoria Woodhull. Cometió un grave error en los últimos nombres mencionados, ya que la señora Woodhull era una firme creyente en la religión cristiana, y seguramente cualquiera que estuviera familiarizado con los escritos de la señorita Cobbe nunca la acusaría de escepticismo. Su sermón fue recibido con intensa indignación, incluso por las mujeres de su propia congregación. Cuando descubrió qué torbellino había comenzado, trató de cambiar su posición y explicar gran parte de lo que había dicho. Le pedimos que nos dejara el sermón para su publicación, para no cometer una injusticia contra él. Pero como se contradijo rotundamente al tratar de replantear su discurso, y se negó a dejarnos ver su sermón, quienes le oyeron quedaron disgustados con su sofística y tergiversación.

Sin embargo, nuestras labores en esta dirección están teniendo efecto. Las mujeres ahora están realizando sus ataques a la Iglesia en toda la línea. Exigen su derecho a ser ordenadas como ministras, ancianas, diaconisas, y a ser recibidas como delegadas en todas las convocatorias eclesiásticas. Por fin piden a la Iglesia justo lo que han pedido al Estado durante el último medio siglo: perfecta igualdad; y el clero, como cuerpo, es bastante más hostil a sus demandas que los estadistas.

En mi camino de regreso a Johnstown pasé diez días en Troy, donde prediqué en la iglesia unitaria el domingo por la noche. Durante esta visita tuvimos dos audiencias en el Capitolio de Albany, una en la Cámara del Senado y otra en la Asamblea, ante el Comité de Quejas. En ambas ocasiones, la señora Mary Seymour Howell, la señora Devereux Blake, la señora Caroline Gilkey Rogers y yo nos dirigimos al Comité. Al ser abierto al público, la cámara estaba llena. Hacía casi cuarenta años desde que había hecho mi primer llamamiento en el antiguo Capitolio de Albany. Mis reflexiones fueron tristes y desalentadoras, mientras me sentaba allí y escuchaba a los oradores y recordaba cuánto tiempo habíamos hecho nuestros llamamientos ante ese tribunal, año tras año, en vano. Los miembros del comité presentaban el mismo aspecto tranquilo que sus predecesores, como diciendo: "Sed pacientes, queridas hermanas, la eternidad está ante nosotras; esto es simplemente una cuestión de tiempo. Lo que no pueda llegar en vuestros días, las generaciones futuras seguramente lo poseerán". Siempre es agradable saber que nuestros descendientes disfrutarán de la vida, la libertad y la felicidad; pero, cuando uno está jadeando por una bocanada de libertad, esta reflexión no es satisfactoria.

Al regresar a mis colinas nativas, descubrí que la temporada de Cuaresma había comenzado, lo cual siempre temía debido a la campana solemne que tañía, estando la iglesia episcopal justo enfrente de nuestra residencia. El domingo teníamos las campanas de seis iglesias todas sonando al mismo tiempo. Es extraño cuánto tiempo continúan las costumbres después de que el objeto original ha dejado de existir. Antiguamente, cuando el país estaba escasamente poblado y la gente vivía a grandes distancias, las campanas eran útiles para llamarlos cuando iba a haber un servicio religioso. Pero ahora, cuando las iglesias están siempre abiertas el domingo, y toda congregación conoce la hora de los servicios y todos tienen relojes, las campanas no solo son inútiles, sino que son una molestia terrible para los enfermos y las personas nerviosas. Si alguna vez tengo la fortuna de ser elegida miembro de un consejo municipal, mis primeros esfuerzos se dirigirán hacia la supresión de las campanas.

Para alentar a alguien de mi sexo en la difícil profesión de agente de libros, compré, por esta época, los "Beacon Lights of History" del doctor Lord, y leí el último volumen dedicado a las mujeres, paganas y cristianas, santas y pecadoras. Es muy divertido ver el retorcimiento y la torsión intelectual del autor para mostrar que nadie puede ser bueno o feliz sin creer en la religión cristiana. Al describir a grandes mujeres que no son cristianas, atribuye todas sus locuras y miserias a ese hecho. Al describir a las mujeres paganas, poseedoras de grandes virtudes, atribuye todas sus virtudes a los dones de la Naturaleza, que les permiten elevarse por encima de las supersticiones. Después de insistir en la existencia sombría de aquellos que no son de fe cristiana, retrata de inmediato a su Santa Teresa pasando por veinte años de dudas y miedos sobre la salvación de su alma. Las personas más felices que he conocido han sido aquellas que no se preocuparon en absoluto por sus propias almas, sino que hicieron todo lo posible para mitigar las miserias de los demás.

En mayo de 1885, dejamos Johnstown y tomamos posesión de nuestra casa en Tenafly, Nueva Jersey. Parecía muy agradable, después de vagar por el Viejo Mundo y el Nuevo, estar en mi propio hogar una vez más, rodeada por los grandes árboles que tanto amaba; ver los atardeceres magníficos, las luciérnagas parpadeantes; escuchar a los chotacabras llamar con su nota familiar, mientras los escarabajos de junio y los mosquitos zumban fuera de las redes a través de las cuales no pueden entrar. Muchas personas se quejan del mosquito en Nueva Jersey, cuando puede ser tan fácilmente excluido del círculo familiar mediante redes en todas las puertas y ventanas. Tenía una larga terraza, encerrada en redes, donde el padre de familia, con su pipa, podía meditar y contemplar las estrellas sin ser molestado.

Junio trajo a la señorita Anthony y una caja de documentos frescos para otra temporada de trabajo en el volumen III de nuestra Historia. Tuvimos una visita rápida de la señorita Eddy de Providence, hija de la señora Eddy, quien donó cincuenta mil dólares al movimiento sufragista femenino, y nieta de Francis Jackson de Boston, quien también dejó un generoso legado a nuestra reforma. Encontramos a la señorita Eddy una joven encantadora con gustos artísticos. Nos mostró varios bocetos a pluma que había hecho de algunos de nuestros reformadores, que eran retratos admirables.

Por aquel entonces se publicaron las "Recolecciones al azar" del señor Stanton, las cuales fueron bien recibidas. El Club de Prensa de la ciudad de Nueva York le ofreció una cena con motivo de su octogésimo cumpleaños (27 de junio de 1885), con discursos y brindis de sus amigos de toda la vida. Como no se invitó a ninguna dama, solo puedo juzgar por las crónicas de los periódicos diarios y por lo que pude sonsacar al propio homenajeado que fue una ocasión muy interesante.

Sentada en el cenador, un día fui testigo de una escena de lo más divertida. Dos de los muchachos, en busca de entretenimiento, destruyeron un nido de avispas. Bruno, nuestro gran perro San Bernardo, al verlos saltar por allí, pensó que debía unirse a la diversión. Los chicos trataron de ahuyentarlo, sabiendo que las avispas se meterían en su largo pelaje, pero la curiosidad de Bruno fue mayor que su cautela y se lanzó en medio del enjambre, quedando pronto cubierto por completo. El zumbido y las picaduras pronto hicieron huir al pobre perro aullando. Como de costumbre, en su angustia, corrió hacia Amelia en la cocina, donde ella y las chicas estaban haciendo conservas y planchando. Cuando vieron a las avispas, soltaron las planchas, cucharas, frascos, todo, y salieron corriendo a la calle gritando. Comprendí el peligro a tiempo para entrar a salvo en la casa antes de que Bruno viniera a mí en busca de ayuda y consuelo. Al final, le echaron la manguera hasta que encontró algo de alivio; las doncellas, armadas con toallas, repartieron golpes a diestra y siniestra, y los muchachos, con ramas de hoja perenne, lucharon valientemente. A menudo había oído hablar de "remover un nido de avispas", pero nunca antes había visto una demostración práctica de su peligro. Durante los días siguientes, si Bruno oía cualquier zumbido, corría hacia la casa a toda velocidad. Pero a pesar de estos animados episodios ocasionales, el vol. III siguió avanzando constantemente.

Mis hijos e hijas del sufragio en todos los Estados del Norte y del Oeste decidieron celebrar, el 12 de noviembre de 1885, mi septuagésimo cumpleaños, celebrando reuniones o enviándome regalos y felicitaciones. Este honor fue sugerido por la señora Elizabeth Boynton Harbert en The New Era, un periódico que ella editaba en aquel entonces. La sugerencia tuvo una pronta respuesta. Fui invitada a pronunciar un ensayo sobre "Los placeres de la edad" ante la asociación sufragista de la ciudad de Nueva York. Me tomó una semana pensarlos, pero con la inspiración del "Morituri Salutamus" de Longfellow, casi me convencí de la idea de que "nosotros, los viejos", éramos quienes mejor lo pasábamos.

El día comenzó con telegramas, cartas y paquetes exprés, que siguieron llegando durante toda la semana. De Inglaterra, Francia y Alemania llegaron cablegramas, regalos y cartas de felicitación, y de todas partes llegaron libros, cuadros, plata, bronces, mantas de California y cestas de frutas y flores. Los elogios en prosa y verso fueron tan sinceros y numerosos que el ridículo y las críticas de cuarenta años quedaron enterrados tan profundamente que no volveré a recordarlos. No hay clase que disfrute más de las alabanzas de sus semejantes que aquellos que solo han recibido reproches la mayor parte de sus vidas. La noche del 12 tuvimos una reunión encantadora en casa de la doctora Clemence Lozier, donde leí mi ensayo, tras lo cual la señora Lozier, la señora Blake, la señorita Anthony, "Jenny June" y algunos de los conversos más jóvenes a nuestra causa pronunciaron breves discursos de elogio y felicitación, seguidos de música, recitaciones y refrigerios.

Durante todo el otoño, la señorita Anthony y yo esperamos con ilusión la primavera, cuando esperábamos haber completado el tercer y último volumen de nuestra Historia, y así terminar las labores de diez años. No teníamos ni tiempo ni vista para leer nada que no fueran los documentos imperativos para la Historia. Estaba hambrienta de algún otro alimento mental.

En enero de 1886, fui invitada a cenar con Laura Curtis Bullard, para conocer a Mme. Durand (Henri Gréville), la novelista. Me pareció una mujer política más que una mujer de principios firmes. Como a menudo me resultaba muy incómodo recibir a visitantes distinguidos que deseaban reunirse conmigo en mi casa de campo durante el invierno, la señora Bullard ofreció generosamente invitarlos siempre a su hogar. Ella y su buena madre han hecho su parte en los movimientos de reforma en Nueva York mediante sus generosas hospitalidades.

Al leer los debates en el Congreso, en aquella época, sobre una propuesta de asignación para un monumento al General Grant, me alegré de ver que el senador Plumb de Kansas fue lo suficientemente valiente como para expresar su opinión en contra. Estoy totalmente de acuerdo con él. Mientras multitudes de nuestra gente, que hacen el trabajo del mundo, vivan en buhardillas y sótanos, en la ignorancia, la pobreza y el vicio, es deber del Congreso aplicar el excedente del tesoro nacional a objetivos que alimenten, vistan, alojen y eduquen a estos pupilos del Estado. Si debemos seguir construyendo monumentos a grandes hombres, deberían ser hermosos bloques de viviendas cómodas para los pobres, tales como los que Peabody construyó en Londres. El senador Hoar de Massachusetts favoreció el monumento a Grant, en parte para cultivar los gustos artísticos de nuestra gente. Podríamos cultivar nuestros gustos tanto en viviendas útiles como en monumentos inútiles. Sin duda, hogares salubres y escuelas para los vivos serían monumentos más apropiados para los estadistas sabios que los más puros obeliscos de mármol de Paros entre los sepulcros de los muertos.

Las huelgas, las turbas y el descontento constante de las masas nos advierten que, aunque olvidemos y descuidemos sus intereses y nuestros deberes, lo hacemos bajo el riesgo de todos. Los estadistas ingleses están hoy al límite de sus fuerzas con sus enmarañados problemas sociales e industriales, que amenazan el trono de una larga línea de reyes. El peligro inminente no puede evitarse con medidas superficiales; debe haber un cambio radical en las relaciones entre el capital y el trabajo.

En abril, los rumores de una invasión doméstica, transportados por cada brisa del Atlántico, nos advirtieron que nuestros hijos venían de Inglaterra y Francia: un grupo de seis. Afortunadamente, se había escrito la última línea de la Historia, por lo que la señorita Anthony, con el vol. III y montones de manuscritos, huyó al pacífico hogar de su hermana Mary en Rochester. El esperado grupo zarpó de Liverpool el 26 de mayo en el America. Después de tres días de navegación, la biela se rompió y se vieron obligados a regresar. Mi yerno, W.H. Blatch, estaba tan mareado y disgustado que permaneció en Inglaterra y emprendió un nuevo viaje dos meses después, teniendo un viaje rápido y sin accidentes. Los demás fueron trasladados al Germanic y llegaron a Nueva York el 12 de junio. Diferentes divisiones del grupo fueron llegando hasta la medianoche. ¡Cinco personas y veinte piezas de equipaje! La confusión de tal invasión trastornó bastante el ritmo constante de nuestros días, y tomó algún tiempo para que las personas y los baúles encontraran sus respectivos lugares. Sin embargo, por muy abarrotado que estuviera todo, había mucho espacio en nuestros corazones, y éramos inexpresablemente felices al tener a nuestro rebaño a nuestro alrededor una vez más.

Hacía tiempo que había escuchado tantas opiniones contradictorias sobre la Biblia —algunos decían que enseñaba la emancipación de la mujer y otros su subyugación— que, durante esta visita de mis hijos, se me ocurrió que sería bueno recopilar cada referencia bíblica a las mujeres en un pequeño volumen compacto y ver de qué lado estaba realmente el equilibrio de influencia. Con este fin, propuse organizar un comité de mujeres competentes, con algunos estudiosos del latín, griego y hebreo en Inglaterra y los Estados Unidos, para una revisión exhaustiva del Antiguo y el Nuevo Testamento, y determinar cuál era realmente la situación de la mujer bajo la religión judía y cristiana. Como la Iglesia hasta ahora ha interpretado la Biblia como una enseñanza de la subyugación de la mujer, y ninguna de las revisiones de los eruditos eclesiásticos ha arrojado nueva luz sobre la cuestión, me pareció sumamente apropiado y oportuno que las propias mujeres revisaran el libro. Como ahora están estudiando teología en muchas instituciones de enseñanza, pidiendo ser ordenadas como predicadoras, ancianas, diáconas, y ser admitidas, como delegadas, en Sínodos y Asambleas Generales, y se les niega por motivos bíblicos, me pareció que ya era hora de que las mujeres consideraran esos argumentos y autoridades de las Escrituras.

Una feliz coincidencia me permitió por fin comenzar este trabajo. Mientras mi hija, la señora Stanton Blatch, estaba conmigo, nuestra amiga la señorita Frances Lord, ante nuestra insistencia, vino a Estados Unidos a visitarnos. Desembarcó en Nueva York el 4 de agosto de 1886. Como era domingo, no pudo enviar un telegrama, por lo que no hubo nadie para recibirla, y, mientras estábamos todos charlando en el porche delantero, de repente, para nuestra sorpresa y deleite, apareció en coche. Después de unos días de descanso y de hablar sobre los acontecimientos actuales, expuse el tema, tan cercano a mi corazón, ante ella y mi hija. Respondieron con prontitud y entusiasmo, y nos pusimos a trabajar de inmediato. Escribí a todas las mujeres que pensé que podrían unirse a tal comité, y la señorita Lord repasó la Biblia en pocos días, marcando cada capítulo que hiciera alguna referencia a las mujeres. Descubrimos que el trabajo no sería tan grande como imaginábamos, ya que todos los hechos y enseñanzas con respecto a las mujeres ocupaban menos de una décima parte de todas las Escrituras. Compramos algunas Biblias baratas, recortamos los textos, los pegamos en la parte superior de la página y, debajo, escribimos nuestros comentarios de la manera más clara y concisa posible. No pretendíamos tener sermones o ensayos, sino breves comentarios, para mantener "La Biblia de la Mujer" lo más pequeña posible.

La señorita Lord y yo trabajamos juntas varias semanas, y la señora Blatch y yo, durante el invierno de 1887, escribimos todos nuestros comentarios sobre el Pentateuco. Pero no logramos formar el comité, ni, después de escribir innumerables cartas, hacer que las mujeres entendieran lo que queríamos hacer. Todavía tengo los comentarios de las pocas que respondieron, y las cartas de las que se negaron, un fajo de manuscritos de lo más variado y divertido en sí mismo. Algunas dijeron que la Biblia no tenía ninguna autoridad especial para ellas; que, como la Constitución estadounidense, podía interpretarse para significar cualquier cosa: esclavitud, cuando protegíamos esa "Institución", y libertad, cuando ya no existía más. Otras dijeron que la esfera de la mujer estaba claramente delimitada en las Escrituras, y que todo intento de emancipación era desafiar a la Providencia. Otras dijeron que consideraban que todas las revisiones hechas por hombres hasta ahora habían sido actos de sacrilegio, y esperaban que las mujeres no añadieran su influencia para debilitar la fe de la gente en el origen divino del Libro Sagrado, pues, si los hombres y las mujeres podían cambiarlo en un detalle, podrían hacerlo en todo. En general, la correspondencia fue desalentadora.

Más tarde, la señorita Lord se interesó profundamente por las investigaciones psíquicas, y no pude conseguir que trabajara más. Y tan pronto como terminamos el Pentateuco, la señora Blatch declaró que no iría más lejos; que era la historia más árida que jamás había leído, y la más despectiva hacia las mujeres. Mi amada colaboradora, Susan B. Anthony, dijo que pensaba que era una obra de supererogación; que cuando nuestra igualdad política fuera reconocida y nos convirtiéramos en ciudadanas estadounidenses de pleno derecho, la Iglesia se daría prisa en elevar sus Biblias y libros de oraciones, credos y disciplina al mismo alto nivel de libertad.

Helen Gardener dijo: "Considero esta una propuesta de suma importancia, y si tú y yo podemos estar alguna vez en el mismo lado del Atlántico el tiempo suficiente, uniremos nuestras manos y haremos el trabajo. De hecho, ya he comenzado con las Epístolas de Pablo, y estoy fascinada con el trabajo. Las posiciones insostenibles y anticientíficas que toma con respecto a las mujeres son muy divertidas. Aunque el primer capítulo del Génesis enseña la creación simultánea del hombre y la mujer, Pablo basa la subyugación de la mujer en la prioridad del hombre, y porque la mujer provenía del hombre. Como el hecho histórico es que, desde que la historia tiene memoria, el hombre ha provenido de la mujer, ¿debería estar por lo tanto por siempre encadenado a ella? Lógicamente, según Pablo, debería estarlo".

Consulté a varios amigos, como el doctor William F. Channing, el señor y la señora Moncure D. Conway, Gertrude Garrison, Frederick Cabot y Edward M. Davis, sobre la conveniencia del trabajo, y todos coincidieron en que tal volumen, que mostrara la posición de la mujer bajo las religiones judía y cristiana, sería valioso, pero ninguno tuvo tiempo de ayudar en el proyecto. Aunque, debido a todos estos desalientos, interrumpí mi trabajo, nunca perdí la esperanza de reanudarlo algún día, cuando otras de mis colaboradoras despertaran a su importancia y ofrecieran sus servicios.

El 27 de octubre de 1886, con mi hija, enfermera y nieta, volví a navegar hacia Inglaterra. Saliendo del puerto en la clara mañana, tuvimos una excelente vista de la estatua de la Libertad Iluminando al Mundo de Bartholdi. Tuvimos una lluvia cálida y suave y un mar tranquilo la mayor parte del camino, y, como teníamos un camarote en la cubierta, podíamos tener los ojos de buey abiertos, y así obtener todo el aire que deseábamos. Con novelas y cartas, ajedrez y whist, el tiempo pasó agradablemente, y al noveno día desembarcamos en Liverpool.

CAPÍTULO XXIV.

INGLATERRA Y FRANCIA REVISITADAS.

Al llegar a Basingstoke encontramos esperándonos cordiales cartas de bienvenida de la señorita Biggs, la señorita Priestman, la señora Peter Taylor, la señora Priscilla McLaren, la señorita Müller, la señora Jacob Bright y Mme. de Barrau. Durante el invierno, la señora Margaret Bright Lucas, las doctoras Kate y Julia Mitchell, la señora Charles McLaren, la señora Saville y la señorita Balgarnie pasaron cada una un día o dos con nosotros. El traje de etiqueta de las damas fue una gran sorpresa para mi pequeña nieta Nora. Nunca había visto hombros descubiertos en un salón, y a primera vista no podía creer lo que veía. Lentamente dio la vuelta a la habitación, acercándose cada vez más hasta que tocó el cuello de la dama para ver si estaba cubierto o no con algún tipo de tela peculiar, pero al encontrar la piel desnuda dijo: "Vaya, no estás vestida, ¿verdad? ¡Veo tu piel!". La escena me recordó la divertida descripción en "Elsie Venner" de Holmes, de los esfuerzos de una joven, sentada entre dos viejos caballeros, para lucir sus hombros blancos. El vicario no miraba, sino que rezaba constantemente para no caer en la tentación; pero el médico, con mayor audacia moral, examinaba deliberadamente los encantos ofrecidos, con las gafas sobre la nariz.

En diciembre, Hattie y yo terminamos la "Vida de Shelley" de Dowden, que habíamos estado leyendo juntas. Aquí encontramos una naturaleza sensible y refinada, llena de propósitos nobles, lanzada cuando era demasiado joven para afrontar todas las emergencias de la vida, sin ningún Mentor amoroso que lo protegiera de los errores o ayudara a reparar las consecuencias de sus posiciones falsas. Si hubiera estado rodeado de unos pocos amigos verdaderos, que pudieran apreciar lo que había de grande en él y compadecerse de lo que había de débil, su vida habría sido diferente. Su padre era duro, exigente e irrazonable; por tanto, no tuvo influencia. Su madre no tenía ni la sabiduría para influir en él, ni el valor para reprender a su marido; y ¡ay!, pobre mujer, ella misma estaba en tal esclavitud a las convencionalismos, que no podía entender a un joven que los desafiaba a todos.

También leímos "El servicio del hombre" de Cotton Morrison, que espero sea una nueva inspiración para renovadas labores de todos por la elevación de la humanidad, y "La democracia triunfante" de Carnegie, que muestra el poder que nuestro país está destinado a ejercer y la inmensidad de nuestro dominio. Este libro debe dar a todo ciudadano estadounidense un sentimiento de mayor responsabilidad que nunca antes para desempeñar bien su papel. Leímos, también, la traducción de Harriet Martineau de las obras de Auguste Comte, y encontramos la parte sobre la mujer de lo más insatisfactoria. Él critica la creencia de Aristóteles de que la esclavitud es un elemento necesario de la vida social, pero parece pensar que la subyugación de la mujer en la civilización moderna es un asunto sin importancia.

Durante todo ese invierno, Hattie y yo ocupamos nuestro tiempo estudiando la Biblia y leyendo los comentarios de Clark, Scott y Wordsworth (obispo de Lincoln). No encontramos nada grandioso en la historia de los judíos ni en la moral inculcada en el Pentateuco. Ciertamente, los escritores tenían una idea muy baja de la naturaleza de su Dios. Lo hacen no solo antropomórfico, sino del tipo más bajo, celoso y vengativo, amante de la violencia más que de la misericordia. No conozco otros libros que enseñen tan plenamente la subyugación y degradación de la mujer. Miriam, la hermana mayor de Moisés y Aarón, una genio, una profetisa, con la aptitud familiar para la diplomacia y el gobierno, es continuamente apartada debido a su sexo; se le permite dirigir a las mujeres en el canto y el baile, nada más. Ninguna mujer podía ofrecer sacrificios ni comer las carnes sagradas porque, según los judíos, ella era demasiado impura y santa.

Pero, ¿qué sentido tiene, dicen algunos, atribuir alguna importancia a las costumbres y enseñanzas de un pueblo bárbaro? Ninguno en absoluto. Pero cuando nuestros obispos, arzobispos y clérigos ordenados se paran en sus púlpitos y leen selecciones del Pentateuco con voz reverencial, hacen creer a las mujeres de su congregación que realmente existe alguna autoridad divina para su subyugación. En el trigésimo primer capítulo de Números, al hablar de los despojos tomados de los madianitas, el ganado se resume así: "Cinco mil ovejas, setenta y dos mil bueyes, sesenta y un mil asnos y treinta y dos mil mujeres y niñas", que Moisés dijo que los guerreros podían quedarse para sí mismos. ¡Qué lástima que un Stead no hubiera estado allí, para proteger a las niñas-mujeres de los madianitas y reprender al pueblo elegido del Señor como merecían! Al colocar a las mujeres después de las ovejas, los bueyes y los asnos, tenemos una idea justa de su importancia comparativa en la escala de los seres, entre los guerreros judíos. No es de extrañar que los reverendísimos obispos y el clero de la Iglesia Metodista, que creen en el origen y la autoridad divina del Pentateuco, excluyan a las mujeres de sus grandes convocatorias en la República estadounidense en el siglo diecinueve. En vista del hecho de que a nuestros hijos se les enseña a reverenciar el libro como de origen divino, creo que tenemos derecho a pedir que, en la próxima revisión, todos esos pasajes sean expurgados, y con ese fin, mujeres eruditas y competentes deben tener un lugar igual en el comité de revisión.

La señora Margaret Bright Lucas vino, en febrero, a pasar unos días con nosotros. Se quedó muy conmocionada con muchos textos del Antiguo Testamento, a los que llamamos su atención, y dijo: "Aquí hay una influencia insidiosa contra la elevación de las mujeres, que muy pocas de nosotras hemos tomado en consideración". Ella acababa de regresar de una visita rápida a Estados Unidos; habiendo hecho dos viajes a través del Atlántico y viajado tres mil millas a través del continente en dos meses, y esto a la edad de sesenta y ocho años. Estaba entusiasmada en sus elogios a las mujeres que conoció en los Estados Unidos. Como su nombre ya estaba en el comité para preparar "La Biblia de la Mujer", tuvimos su sincera aprobación de la empresa.

En octubre, Hattie fue a Londres para asistir a una reunión para formar una Federación Liberal de Mujeres. La señora Gladstone presidió. Los discursos pronunciados fueron simplemente absurdos, pidiendo a las mujeres que se organizaran para ayudar al partido Liberal, el cual les había negado constantemente los derechos políticos que ellas habían exigido durante veinte años. El profesor Stuart superó el clímax del insulto cuando instó como "una gran ventaja al conseguir que las mujeres hicieran campaña para el partido Liberal, el hecho de que ofrecerían sus servicios gratis". Los liberales vieron el entusiasmo que las Damas de la Primula habían despertado para el partido Conservador, llevando realmente a ganar la elección, y determinaron utilizar una fuerza similar en sus filas. Pero todo el movimiento fue un insulto a las mujeres.

El interés absorbente, pues, era el Jubileo de la Reina. Las damas formaron sociedades para recaudar fondos y ponerlos a disposición de la Reina. Cada pequeña aldea se dividió en distritos, y diferentes damas hicieron sus rondas, mendigando centavos en cada puerta de los sirvientes y de las masas trabajadoras, y libras de las personas acaudaladas. Una de ellas nos hizo una visita. Pidió a la criada que abrió la puerta ver al resto de los sirvientes, y les mendigó un centavo a cada uno. Luego pidió ver a la señora. Mi hija descendió; pero, en lugar de una libra, le dio una lección sobre la avaricia de la Reina. Cuando se inició el fondo, la gente supuso que la Reina lo devolvería todo al pueblo en liberales dotaciones de instituciones caritativas, pero su Majestad propuso construir un monumento al Príncipe Alberto, aunque ya tenía uno en Londres. "La Reina", dijo mi hija, "debería celebrar su Jubileo otorgando buenos dones a sus súbditos, y no arrebatando a los pobres sus centavos. Entregar la mitad de sus posesiones mundanas a su pueblo empobrecido, conceder la autonomía a Irlanda o hacer que sus escuelas públicas sean gratuitas, serían actos dignos de su Jubileo; pero quitar otro centavo a aquellos que son irremediablemente pobres es un pecado contra la humanidad que sufre". La joven se dio cuenta de la situación y dijo: "No iré más lejos. Ojalá pudiera devolver cada centavo que he tomado de los necesitados".

Los monumentos más adecuados que esta nación puede construir son casas de escuela y hogares para aquellos que hacen el trabajo del mundo. No es respuesta decir que están acostumbrados a los harapos y al hambre. En este mundo de abundancia, todo ser humano tiene derecho a alimento, ropa, cobijo digno y los rudimentos de la educación. "Algo huele a podrido en el estado de Dinamarca" cuando una décima parte de la familia humana, con botas y espuelas, cabalga sobre las masas hacia la destrucción. Detesto las palabras "realeza" y "nobleza", y todas las ideas e instituciones basadas en su reconocimiento. En abril ocurrió la gran reunión en Hyde Park: una reunión de protesta contra el Proyecto de Ley de Coerción Irlandesa. Fue alentador ver que existe una Inglaterra democrática tanto como una aristocrática. Los diarios de Londres dieron relatos muy diferentes de la reunión. Los conservadores dijeron que era una turba de chiflados sin importancia. La razón nos enseña, sin embargo, que no se puede organizar una reunión grande y entusiasta a menos que haya alguna cuestión pendiente que toque el corazón del pueblo. Aquellos que dicen que Irlanda no tiene agravios ignoran tanto la naturaleza humana como los hechos de la historia.

El 14 de abril fui a París, mi hija me escoltó hasta Dover y mi hijo se encontró conmigo en Calais. Fue un día brillante y agradable, y me senté en cubierta y disfruté del viaje, aunque muchos de mis compañeros de viaje estaban pálidos y lánguidos. Girando hacia París en un coche cómodo, a través de los hermosos campos de trigo y viñedos, pensé en la vieja y pesada diligencia, en la que fuimos a París a paso de tortuga cuarenta años antes. Permanecí en París hasta octubre, y nunca disfruté más profundamente de seis meses. Uno de mis mayores placeres fue conocer a mi cuarto hijo, Theodore. Había visto poco de él desde que tenía dieciséis años, ya que pasó cinco años en la Universidad de Cornell y otros tantos en Alemania y Francia. Ya había publicado dos obras, "La vida de Thiers" y "La cuestión de la mujer en Europa". Tener un hijo interesado en la cuestión a la que he dedicado mi vida es una fuente de intensa satisfacción. Decir que he realizado en él todo lo que podría desear es el mayor elogio que una madre cariñosa puede dar.

Mi primera experiencia en un apartamento, viviendo en un plano uniforme, sin subir ni bajar escaleras, fue tan agradable como sorprendente. No tenía idea de la comodidad y conveniencia de este método de llevar una casa. Nuestro apartamento en París consistía en salón, comedor, biblioteca, un vestíbulo de buen tamaño, en el que se encontraba una gran estufa americana, cinco dormitorios, baño y cocina, y un balcón de cincuenta y dos pies de largo y cuatro de ancho. Los primeros días me mareaba mirar hacia abajo desde este balcón a la calle. Temía que toda la estructura se viniera abajo, parecía tan ligera y aireada, suspendida a medio camino entre la tierra y el cielo. Pero mi confianza en su firmeza e integridad creció día a día, y se convirtió en mi refugio favorito, ya que ofrecía una vista magnífica de toda la ciudad y sus alrededores lejanos.

Había tantos estadounidenses en la ciudad, y reformadores franceses que ver, que ofrecí recepciones los miércoles por la tarde durante toda mi visita. A una de nuestras reuniones vino la señorita Maria Deraismes, la única mujer masón en Francia y la mejor oradora del país; su hermana, la señora Féresse-Deraismes, que participa en todos los movimientos de mujeres; el señor Léon Richer, que entonces defendía activamente los derechos civiles y políticos de las mujeres a través de las columnas de su vigoroso diario; la señora Griess Traut, que se especializa en el trabajo por la Paz; la señora Isabelle Bogelot, que más tarde asistió al Consejo de Washington de 1888, y que es una líder en el trabajo de caridad; la difunta señora Emilie de Morsier, quien más tarde fue el alma del Congreso Internacional de 1889, en París; la señora Pauline Kergomard, la primera mujer en ser nombrada miembro del Consejo Superior de Instrucción Pública en Francia, y la señora Henri Gréville, la novelista.

Entre los invitados estadounidenses a nuestras diversas recepciones de los miércoles estaban el señor y la señora John Bigelow, el señor y la señora James G. Blaine, el señor Daniel C. French, el escultor de Concord; la señora J.C. Ayer, el señor L. White Busbey, uno de los editores del Chicago Inter-Ocean; el reverendo doctor Henry M. Field, Charles Gifford Dyer, el pintor y padre de la talentosa joven violinista, la señorita Hella Dyer; el difunto reverendo señor Moffett, entonces cónsul de los Estados Unidos en Atenas, la señora Gobernadora Bagley y su hija de Michigan; Grace Greenwood y su talentosa hija, quien cautivó a todos con su melodiosa voz, y la señorita Bryant, hija del poeta. Un visitante que nos interesó mucho fue el novelista y republicano noruego, Bjornstjorne Bjornson.

Tuvimos varias entrevistas agradables con Frederick Douglass y su esposa, algunas partidas de ajedrez emocionantes con Theodore Tilton, en los agradables apartamentos del difunto W.J.A. Fuller, Esq., y su hija, la señorita Kate Fuller. En esta época también conocí a nuestra brillante compatriota, Louise Chandler Moulton. Al ver tantas caras conocidas, fácilmente podría imaginarme en Nueva York en lugar de en París. Asistí a varias recepciones y cené con la señora Charlotte Beebe Wilbour, disfrutando mucho de sus ingeniosas descripciones de un invierno en el Nilo en su propia dahabeeyeh. Escuché predicar al Padre Hyacinthe y conocí a su esposa estadounidense en varias ocasiones. Daba largos paseos todos los días por los parques y partes agradables de la ciudad. Con conciertos en el jardín, óperas, teatros y el Hipódromo encontré abundante diversión. Nunca me cansé de esta última actuación: la maravillosa inteligencia mostrada allí por los animales era una sorpresa nueva para mí cada vez que iba.

Asistí a una recepción en el Palacio del Elíseo, escoltada por el señor Joseph Fabre, entonces diputado y ahora senador. El señor Fabre es autor de una obra de teatro y varios volúmenes dedicados a Juana de Arco. Me presentó al Presidente y a la señora Jules Grévy. También me presentaron al señor Jules Ferry, entonces Primer Ministro, quien dijo, entre otras cosas: "Siento confesarlo, pero es demasiado cierto, nuestras mujeres francesas están muy por detrás de sus hermanas en Estados Unidos". El hermoso y gran jardín se abrió esa noche (era en julio) y la excelente banda de la Guardia Republicana ofreció un concierto delicioso bajo los grandes árboles. También conocí al yerno del señor Grévy, el señor Daniel Wilson. Era entonces diputado y uno de los políticos más poderosos de Francia. Unos meses más tarde provocó la caída política de su suegro. Tengo un recuerdo vívido de él porque podía hablar inglés, ya que su padre había sido súbdito británico.

Visité las galerías de arte una vez más, después de un lapso de casi cincuenta años, y me llamó la atención el hecho de que, en ese intervalo, varias mujeres habían sido admitidas en lugares de honor. Esto fue especialmente notable en la Galería de Escultura de Luxemburgo, donde dos mujeres, la señora Bertaux y la difunta Claude Vignon, esposa del señor Rouvier, estaban representadas por buenos trabajos: las primeras y únicas mujeres escultoras admitidas en esa galería.

En un desayuno que ofrecimos, conocí al General Cluseret, quien figuró en nuestra Guerra Civil, luego se convirtió en Ministro de Guerra de la Comuna de París y ahora es miembro de la Cámara de Diputados. Aprendió inglés cuando estaba en Estados Unidos y no lo había olvidado del todo. Contó anécdotas de Lincoln, Stanton, Sumner, Fremont, Garibaldi, el Conde de París y muchos otros hombres famosos a quienes conoció, y resultó ser un conversador muy interesante.

Los puestos de libros viejos siempre eran centros de interés atractivos para Theodore y, entre otros tesoros, un día trajo a casa a un niño de catorce años, cuyo oficio había sido cuidar los libros. Era un pequeño brillante y alegre de ascendencia mixta francesa y alemana, que podía hablar inglés, francés y alemán. Era justo lo que deseábamos, para hacer recados y atender la puerta. Como estaba encantado con la idea de venir con nosotros, fuimos a ver a sus padres. Quedamos complacidos con su apariencia y entorno. Supimos que eran miembros de la Iglesia Luterana, que el niño era una de las luces brillantes en la escuela dominical, y el único punto en nuestro acuerdo en el que eran estrictos era que debía asistir regularmente a la escuela dominical y tener tiempo para aprender sus lecciones.

Así que "Immanuel" comenzó una nueva vida con nosotros y, como teníamos una confianza ilimitada en la integridad del niño, excusamos sus defectos y, por un tiempo, creímos todo lo que decía. Pero al poco tiempo descubrimos que en el momento en que salíamos de la casa, él estaba en el salón, investigando cada cajón, tocando el piano o durmiendo en el sofá. Aunque se le dijo que nunca tocara la estufa del pasillo, él iba y abría todos los tiros y la ponía al rojo vivo. Entonces adoptamos el plan de cerrar con llave cada parte del apartamento excepto la cocina. Se divertía quemando agujeros en los estantes de la despensa, cuando la cocinera estaba fuera, y haciendo agujeros, con un barreno, a través de una tabla de pan bellamente tallada. Un día, al hacer una cama extra para un amigo, debajo del colchón se encontraron innumerables cartas que se suponía que debía haber enviado en diferentes momentos. Cuando le reprendíamos por sus travesuras, nos miraba fijamente, pero con tristeza, e inmediatamente después le oíamos bailar por el pasillo cantando "Seguro en los brazos de Jesús". Si hubiera prestado atención a la mitad de lo que le dijimos, habría estado más seguro en nuestras manos que en las de su protector imaginario. Resultó ser un ladrón, un mentiroso sin paliativos, un derviche danzante y, a través de todas nuestras experiencias de seis semanas con él, su lectura principal fue su Biblia y sus libros de escuela dominical. Sin embargo, la experiencia no fue perdida para Theodore: nunca ha sugerido a otro chico desde entonces, y una fiel hija de Eva reina en su lugar.

Durante el verano estuve en manos de dos artistas, la señorita Anna Klumpke, quien pintó mi retrato, y Paul Bartlett, quien moldeó mi cabeza en arcilla. Para acortar la operación, a veces posaba para ambos al mismo tiempo. Aunque ninguno estaba completamente satisfecho con los resultados de sus labores, pasamos muchas horas agradables juntos, discutiendo su arte, sus primeras pruebas y los artistas en general. Cada uno tenía buenos lugares en el Salón, y mención honorífica ese año. Es triste ver a tantas chicas y chicos estadounidenses, que no tienen genio para la pintura o la escultura, pasando sus días en buhardillas, en soledad y pobreza, con la vana esperanza de ganar distinción. Las mujeres de todas las clases se están despertando a la necesidad de mantenerse a sí mismas, pero pocas están dispuestas a hacer el trabajo útil ordinario para el que están capacitadas. En el Salón de ese año se ofrecieron seis mil cuadros, y solo se aceptaron dos mil, y muchos de ellos fueron colocados "en las nubes".

Era encantador en nuestro balcón por la noche observar los pequeños botes, con sus luces, navegando arriba y abajo por el Sena, especialmente el día de la gran fiesta anual (el 14 de julio), cuando toda la ciudad estaba magníficamente iluminada. Paseamos por la ciudad en varias ocasiones a medianoche, para ver la vida: hombres, mujeres y niños disfrutando de las brisas frescas, y los restaurantes todos abarrotados de gente.

El domingo en París es encantador: es el día para las masas de la gente. Todas las galerías de arte, las bibliotecas, las salas de conciertos y los jardines están abiertos para ellos. Todos están vestidos con sus mejores galas, paseando, caminando y haciendo picnics en los diversos parques y jardines; esposos, esposas e hijos riendo y hablando felizmente juntos. Los asientos en las calles y parques están todos llenos de las masas trabajadoras. Los bancos por todo París (a lo largo de los bordillos en cada calle y carretera) muestran el cuidado dado a la comodidad de la gente. Verán a madres y niñeras con sus bebés y niños descansando en estos bancos, trabajadores comiendo sus almuerzos y durmiendo allí al mediodía, los organilleros y sus monos, también, tomando su descanso. En Francia se ve a hombres y mujeres en todas partes juntos; en Inglaterra los hombres generalmente se tambalean solos, preocupándose más por sus pipas y cerveza que por sus madres, esposas y hermanas. La vida social, especialmente entre los pobres, es mucho más natural y armoniosa en Francia que en Inglaterra, porque las mujeres se mezclan más libremente en los negocios y las diversiones.

Viniendo directamente de París a Londres, a uno le impresiona fuertemente la penumbra de esta última ciudad, especialmente por la noche. París, con sus luces eléctricas, es brillante en todas partes, mientras que Londres, con sus escasos chorros de gas luchando aquí y allá con la oscuridad, es tan sombría y desolada como los cuadros de Dante's Inferno de Doré. El domingo, cuando las tiendas están cerradas, el silencio y la soledad de las calles, la negrura ahumada general de los edificios y la atmósfera le dan a uno una impresión melancólica del gran centro de la civilización. Ahora que se ha descubierto que el humo puede ser utilizado y la atmósfera aclarada, es sorprendente que las autoridades no aprovechen el descubrimiento, y así traigan luz, alegría y sol a esa ciudad, y luego limpien el hollín de siglos de sus edificios ennegrecidos.

A mi regreso a Inglaterra pasé un día con la señorita Emily Lord, en su establecimiento de jardín de infancia. Ella acababa de regresar de Suecia, donde pasó seis semanas en el taller de carpintería, estudiando el sistema sueco Slöjd, en el que niños de doce años aprenden a usar herramientas, haciendo cucharas, tenedores y otros utensilios. La señorita Lord nos mostró algunos de sus trabajos, bastante loables para sus primeros intentos. Dijo que los niños en los grados superiores de su escuela disfrutaban inmensamente del trabajo de carpintería y se volvían muy hábiles en el uso de las herramientas.

El 1 de noviembre de 1887, llegamos a Basingstoke una vez más y encontramos todas las cosas en orden. Mi diario habla de varios libros que leí durante el invierno y lo que dicen los autores sobre las mujeres; uno, el "Religio Medici", por Sir Thomas Browne, M.D., en el cual el autor diserta sobre muchos temas elevados, Dios, la Creación, el Cielo, el Infierno, y concede una frase a la mujer. Sobre ella dice: "Nunca me casé más que una vez y encomio la resolución de quienes nunca se casan dos veces, no porque desapruebe las segundas nupcias, ni en todos los casos la poligamia, que, considerando el número desigual de los sexos, también puede ser necesaria. El mundo entero fue hecho para el hombre, pero la duodécima parte del hombre para la mujer. El hombre es el mundo entero, el aliento de Dios; la mujer la costilla y la pieza torcida del hombre. No hablo con prejuicio ni soy adverso a ese dulce sexo, sino que naturalmente estoy enamorado de todo lo que es hermoso. Puedo mirar todo el día un cuadro hermoso, aunque sea solo un caballo".

Pasando a John Paul Friedrich Richter, encontré en su capítulo sobre la mujer muchas declaraciones igualmente ridículas mezcladas con mucha admiración empalagosa. Después de leer algunos volúmenes de Richter, tomé a Heinrich Heine, el poeta y escritor alemán. Dijo: "¡Oh, las mujeres! Debemos perdonarles mucho, porque aman mucho y a muchos. Su odio es, propiamente, solo amor puesto del revés. A veces nos atribuyen alguna falta, porque piensan que pueden, de esta manera, gratificar a otro hombre. Cuando escriben, siempre tienen un ojo en el papel y el otro ojo en algún hombre. Esto es cierto para todas las autoras excepto para la Condesa Hahn Hahn, quien solo tiene un ojo". De la biografía de John Ruskin nos da una visión de su timidez con respecto al sexo, cuando era un hombre joven. Le gustaba mucho la compañía de las chicas, pero nunca supo cómo acercarse a ellas. Dijo que "era perfectamente feliz sirviéndolas, con gusto se convertiría en un puente para que ellas caminaran sobre él, en una viga para sujetar un columpio para ellas, cualquier cosa menos hablarles". ¡Tales son algunas de las selectas muestras de ingenio masculino que recopilé durante mis lecturas de invierno!

En una recepción ofrecida en mi honor por las doctoras Julia y Kate Mitchell, hermanas que ejercen la medicina en Londres, conocí a Stepniak, el nihilista ruso, un hombre de gran presencia y finas dotes de conversación. Estaba a punto de ir a Estados Unidos, temeroso de que nuestro Gobierno hiciera un tratado de extradición con Rusia para devolver a los delincuentes políticos, ya que sabía que esa propuesta se había hecho. Unas semanas más tarde visitó los Estados Unidos y tuvo una audiencia ante un comité del Senado. Señaló el carácter del movimiento nihilista, declarando que los nihilistas son los verdaderos reformadores, los verdaderos amantes de la libertad, sacrificándose por los mejores intereses del pueblo, y sin embargo, como prisioneros políticos, son tratados peor que la clase más baja de criminales en las prisiones y minas de Siberia.

Tuve una entrevista muy desagradable, durante esta visita a Londres, con la señorita Lydia Becker, la señorita Caroline Biggs y la señorita Blackburn, en el Metropole, sobre la elección de delegadas para el Consejo Internacional de Mujeres que pronto se celebraría en Washington. Como había habido algunas disensiones irreconciliables en la asociación de sufragio, y no podían ponerse de acuerdo sobre quién debería ser su delegada, decidieron no enviar ninguna. Escribí de inmediato a la señora Priscilla Bright McLaren, señalando qué vergüenza sería si Inglaterra, por encima de todos los países, no estuviera representada en el primer Consejo Internacional convocado por una asociación de sufragio. Ella respondió rápidamente que eso no debía ser, y actuó de inmediato en el asunto, y a través de sus esfuerzos pronto se autorizó a tres delegadas a ir, representando a diferentes distritos electorales: la señora Alice Cliff Scatcherd, la señora Ormiston Chant y la señora Ashton Dilke.

Hacia finales de febrero de 1888, fuimos de nuevo a Londres para hacer unas pocas visitas de despedida a queridos amigos. Pasamos unos días con la señora Mona Caird, quien entonces estaba leyendo las conferencias de Karl Pearson sobre "La mujer", y exponiendo sus puntos de vista sobre el matrimonio, que más tarde entregó a la Westminster Review, y encendió a la prensa en un calor blanco tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. "¿Es el matrimonio un fracaso?" proporcionó el titular para nuestros anuncios de charlatanes durante mucho tiempo después. La señora Caird era una mujer muy elegante y agradable, y de modales y apariencia tan gentiles que nadie la creería capaz de lanzar tales rayos contra el sufrido pueblo sajón.

Dedicamos un día al príncipe Krapotkine, quien vive en Harrow, en los suburbios de Londres. Un amigo suyo, el señor Lieneff, nos escoltó hasta allí. Encontramos al príncipe, a su esposa y a su hijo en una vivienda muy humilde; suelos sin alfombrar, libros y papeles en estantes de pino, sillas de madera y lo estrictamente necesario para la vida: nada más. No se permiten lujos, sino que dedican todo lo que pueden ahorrar a la publicación de opiniones liberales para ser difundidas en Rusia, y a ayudar a los nihilistas a escapar de los dominios del Zar. El príncipe y la princesa se turnaban para sostener y entretener al bebé, que entonces solo tenía un año; afortunadamente durmió la mayor parte del tiempo, de modo que la conversación fluyó durante algunas horas. Krapotkine nos habló de sus tristes experiencias en prisión, tanto en Francia como en Rusia. Dijo que la serie de artículos de George Kennan en el Century no estaban exagerados, que los sufrimientos de los hombres y mujeres en Siberia y en las cárceles rusas no podían ser descritos con exceso. Uno de los refinamientos de crueldad que practican con los prisioneros es no permitirles nunca escuchar la voz humana. Un soldado siempre acompaña al guardián que distribuye la comida, para asegurarse de que no se diga ni una palabra. En vano el pobre prisionero hace preguntas, nunca se le da respuesta, nunca se le dan noticias del mundo exterior. ¡Uno bien podría preguntarse qué demonios con forma humana ha prescrito tal vida y disciplina carcelaria! Me pregunto si encontraríamos en toda Rusia a un hombre que defendiera el sistema, ¡y sin embargo, alguien es responsable de sus terribles crueldades!

Regresamos a Basingstoke, pasamos los pocos días restantes revisando papeles y haciendo las maletas para el viaje y, el 4 de marzo de 1888, la señora Blatch fue conmigo a Southampton. En el tren conocí a mis compañeras de viaje, la señora Gustafsen, la señora Ashton Dilke y la baronesa Gripenberg, de Finlandia, una mujer encantadora por quien sentí una fuerte atracción. Las otras delegadas zarparon desde Liverpool. Tuvimos un viaje agitado y la mayoría de los pasajeros estuvieron muy enfermos. La señora Dilke y yo, sin embargo, estuvimos bien y en cubierta todos los días, siempre dispuestas a jugar al whist y al ajedrez con unos pocos caballeros que tuvieron la misma fortuna. Me impresionó mucho la bondad y generosidad de la señora Dilke al servir a los demás. Había una señora a bordo con dos niños, cuya niñera se negó en el último minuto a acompañarla. La madre estuvo enferma casi todo el trayecto y la señora Dilke hizo todo lo que estuvo en su mano para aliviarla, entreteniendo al niño pequeño, contándole historias, paseando con él por la cubierta y cuidándolo durante todo el día, lo cual no es una tarea fácil de realizar para una completa desconocida. La pobre madrecita con un bebé en brazos debe haber agradecido tal atención amable.

Cuando el piloto nos encontró frente a Sandy Hook, trajo noticias de la terrible tormenta de nieve que Nueva York acababa de experimentar, por la cual toda comunicación con el mundo en general estaba prácticamente suspendida. El capitán lo llevó al salón para contárnoslo todo. La noticia fue tan sorprendente que al principio pensamos que el piloto estaba bromeando, pero cuando presentó los periódicos metropolitanos para verificar sus declaraciones, escuchamos la lectura y lo que tenía que decir con profundo asombro. La segunda semana de marzo de 1888 será memorable en la historia de las tormentas en los alrededores de Nueva York. La nieve tenía tres metros de profundidad en algunos lugares, y las calles laterales eran intransitables tanto para carruajes como para trineos. Esperaba que la ciudad luciera lo mejor posible para la primera impresión de mis amigos extranjeros, pero nunca se vio peor, con enormes pilas de nieve por todas partes cubiertas de polvo negro.

Salí hacia Washington a las tres en punto, el día después de nuestra llegada, llegué allí a las diez y encontré a mis queridas amigas, la señorita Anthony y la señora Spofford, con los brazos abiertos y el corazón cálido para recibirme. Como el barco se retrasó dos días, nuestros amigos pensaron naturalmente que nosotras también habíamos encontrado la ventisca, pero no habíamos sentido nada de ella; al contrario, los últimos días fueron los más agradables del viaje.

CAPÍTULO XXV.

EL CONSEJO INTERNACIONAL DE MUJERES.

Conforme a la idea de la viabilidad y necesidad de un Consejo Internacional de Mujeres, mencionada en un capítulo anterior, se decidió celebrar la cuarta década del movimiento por el sufragio femenino en los Estados Unidos convocando a tal consejo. En su decimonovena convención anual, celebrada en enero de 1887, la Asociación Nacional pro Sufragio Femenino resolvió asumir la responsabilidad total de celebrar un consejo y extender una invitación, con ese propósito, a todas las asociaciones de mujeres en los oficios, profesiones y reformas, así como a aquellas que abogaban por los derechos políticos. A principios de junio de 1887, se publicó una convocatoria para que dicho consejo se reuniera bajo los auspicios de la Asociación Nacional pro Sufragio Femenino en Washington, D. C., el 25 de marzo de 1888. El gran conjunto de mujeres, provenientes de todos los países del globo civilizado, demostró que la convocatoria para tal consejo era oportuna, mientras que el orden y la dignidad de los procedimientos demostraron que las mujeres eran dignas de la ocasión. Nadie duda ahora de la sabiduría de ese paso inicial ni del poder añadido que las mujeres han ganado sobre el pensamiento popular a través del Consejo Internacional.

Como los procedimientos de la convención fueron reportados completa y gráficamente en el Woman's Tribune en aquel momento, y como sus informes fueron publicados posteriormente en forma de libro, revisados y corregidos por la señorita Anthony, la señorita Foster y por mí, simplemente diré que nuestras más optimistas expectativas sobre su éxito fueron más que superadas. El gran teatro estuvo abarrotado durante toda una semana, y multitud de mujeres capaces hablaron, como si estuvieran especialmente inspiradas, sobre todas las cuestiones vitales de la hora. Aunque el consejo fue convocado y dirigido por la asociación sufragista, estuvieron representadas otras diversas sociedades. La señorita Anthony fue la financiera de la ocasión y recaudó doce mil dólares para el propósito, lo que le permitió pagar todos los gastos de las delegadas en Washington y la impresión del informe en forma de libro. Tan pronto como llegué a Washington, la señorita Anthony me ordenó permanecer concienzudamente en mi propio apartamento y preparar un discurso para pronunciarlo ante los comités del Senado y la Cámara, y otro, como presidenta, para la apertura del consejo. Sin embargo, como la señora Spofford puso su carruaje a nuestro servicio, se me permitió pasear una hora o dos cada día por esa magnífica ciudad.

Uno de los mejores discursos en el consejo fue pronunciado por Helen H. Gardener. Fue una crítica a la postura del doctor Hammond respecto al tamaño y calidad inferiores del cerebro de la mujer. Como el doctor nunca había tenido la oportunidad de examinar los cerebros de las mujeres más distinguidas, y, probablemente, solo los de indigentes y criminales, ella sintió que él no tenía datos sobre los cuales basar sus conclusiones. Además, ella poseía la opinión escrita de varios médicos destacados de que era completamente imposible distinguir el cerebro masculino del femenino.

La audiencia en el Capitolio, después de la reunión del consejo, fue muy interesante, ya que todas las delegadas extranjeras fueron invitadas a hablar, cada una en el idioma de su propio país; dirigirse a sus supuestos representantes en las salas de legislación era un privilegio que nunca habían disfrutado en sus hogares. Es muy notable que las mujeres inglesas nunca hayan hecho la demanda de una audiencia en la Cámara de los Comunes, ni siquiera de un lugar decente para sentarse, donde puedan escuchar los debates y ver las finas proporciones de los representantes. Las delegadas tuvieron varias recepciones brillantes en el Riggs House, y en las casas del senador Stanford de California y del senador Palmer de Michigan. La señorita Anthony y yo pasamos dos meses en Washington aquel invierno. Uno de los grandes placeres de nuestras convenciones anuales era la reunión de nuestros amigos en el Riggs House, donde disfrutamos de la hospitalidad ilimitada del señor y la señora Spofford.

El mes de junio lo pasé en la ciudad de Nueva York, donde asistí a varias de las recepciones del coronel Robert G. Ingersoll y vi al gran orador e iconoclasta en su propio hogar, rodeado de sus admiradores, y escuché cantar a sus hermosas hijas, lo que dio un gran placer a todos los que escucharon, ya que tienen voces notablemente hermosas. Una se ha casado desde entonces y ahora está derramando sus más ricas melodías en la ópera de cuna en su propia guardería.

En el otoño de 1888, como Ohio estaba a punto de celebrar una convención constitucional, a petición de la asociación sufragista escribí un llamamiento a las mujeres del Estado para que exigieran su derecho a votar por los delegados a dicha convención. La señora Southworth hizo publicar y distribuir cinco mil copias de mi llamamiento en la exposición de Columbus. Si diez hombres justos podían salvar a Sodoma, todas las mujeres brillantes que conocí en Cleveland deberían haber salvado a Ohio de la dominación masculina.

El invierno de 1888-89 iba a pasarlo con mi hija en Omaha. Llegué allí a tiempo para presenciar la celebración de la finalización del primer puente entre esa ciudad y Council Bluffs. Hubo una gran procesión en la que estuvieron representadas todas las industrias de ambas ciudades, y que ocupó seis horas en pasar. Tuvimos una posición deseable para contemplar el desfile, y una compañía muy agradable para interpretar los lemas, símbolos y estandartes. El puente prácticamente une las ciudades, ya que los tranvías eléctricos circulan ahora de una a otra en diez minutos. Aquí, por primera vez, vi los tranvías de cable subir y bajar colinas sin ningún medio visible de locomoción.

Como la compañía operaba un tranvía descubierto todo el invierno, tomaba mi paseo diario de nueve millas en él por quince centavos. Mi hijo Daniel, que me escoltaba, siempre se sentaba dentro del coche, mientras yo permanecía en un asiento exterior. Se divertía mucho con los comentarios que escuchaba sobre esa "extraña anciana que siempre viajaba fuera en toda clase de clima invernal". Un día alguien comentó lo suficientemente alto como para que todos lo oyeran: "Es evidente que esa mujer no tiene suficiente inteligencia para entrar cuando llueve". "¡Bendito sea!", dijo el conductor, que me conocía, "esa mujer sabe tanto como la Reina de Inglaterra; demasiado como para entrar aquí junto a una estufa caliente". Qué poco entendemos la posición comparativa de aquellos a quienes a menudo criticamos. Allí me sentaba disfrutando del aire vigorizante, de las puras y frescas brisas, indiferente a la suerte de una vieja capa y capucha que habían cruzado el Atlántico y estado saturadas de agua salada muchas veces, compadeciendo a las mujeres de dentro que respiraban aire cargado de microbios que docenas de personas habían estado exhalando de vez en cuando, sacrificándose por sus elegantes sombreros, capas y vestidos, sufriendo con el calor de la estufa al rojo vivo; y sin embargo, ellas, a su vez, compadeciéndome a mí.

Mi septuagésimo tercer cumpleaños lo pasé con mi hijo Gerrit Smith Stanton, en su granja cerca de Portsmouth, Iowa. Como no nos habíamos visto en varios años, nos llevó mucho tiempo, en la red de la vida, recoger todos los puntos que se habían soltado desde que nos separamos. Me entretuve zurciendo medias y trazando planos para una ampliación de su casa. Pero en la primavera, mi hijo y su esposa llegaron a la conclusión de que habían tenido suficiente de la soledad de la vida en la granja y pusieron rumbo hacia el este.

Poco después de mi regreso a Omaha, la editora del Woman's Tribune, la señora Clara B. Colby, vino a almorzar con nosotros un día. Anunció la próxima convención estatal, en la que se esperaba que yo "hiciera el mejor discurso de mi vida". Tenía todos los preparativos que hacer e me invitó a pasear con ella, para poder hablar por el camino. Contrató la Ópera, hizo arreglos en el Paxton House para una recepción, visitó a todos sus fieles colaboradores para despertar entusiasmo en el trabajo, y subió a los santuarios de los editores —demócratas y republicanos por igual—, pidiéndoles que anunciaran la convención y dijeran una palabra amable por nuestra clase oprimida en nuestra lucha por la emancipación. Todos prometieron avisos y comentarios favorables, y cumplieron sus promesas. La señora Colby, siendo presidenta de la Asociación de Sufragio de Nebraska, abrió la reunión con un discurso capaz y presidió todo el tiempo con tacto y dignidad.

Estuve a punto de tener una experiencia desafortunada en esta convención. La señora que me escoltó en su carruaje a la Ópera llevaba el manuscrito de mi discurso, el cual no eché en falta hasta que casi llegó la hora de hablar, momento en que le dije a una señora que se sentaba a mi lado que nuestra amiga había olvidado darme mi manuscrito. Fue inmediatamente a buscarla y se lo pidió. Ella recordaba haberlo tomado, pero qué había hecho con él, no lo sabía. Se sugirió que podría haberlo dejado caer al bajar del carruaje. ¡Y he aquí! lo encontraron tirado en la cuneta. Como el suelo estaba congelado, ni siquiera estaba sucio. Cuando me enteré de mi estrecho escape, temblé, porque no había preparado ninguna línea de pensamiento para un uso improvisado. Me habría visto obligada a hablar cuando llegara mi turno, y si me hubiera inspirado la audiencia o los buenos ángeles, podría haberlo hecho bien, o podría haber fracasado estrepitosamente. La moraleja de este episodio es: aferraos a vuestro manuscrito.

Debido a la enfermedad de mi yerno, Frank E. Lawrence, él y mi hija fueron a California para ver si el aire balsámico de San Diego restauraría su salud, y así dejamos nuestra casa en Omaha y, el 20 de abril de 1889, en compañía de mi hijo mayor, regresé al Este y pasé el verano en Hempstead, Long Island, con mi hijo Gerrit y su esposa.

Encontramos Hempstead como una tranquila y antigua ciudad holandesa, imperturbable por las ideas progresistas. Aquí hice el conocimiento de Chauncey C. Parsons y su esposa, anteriormente de Boston, quienes eran liberales en sus ideas sobre la mayoría de las cuestiones. La señora Parsons y yo asistimos a una de las reuniones del club Seidl en Coney Island, donde Seidl estaba dando algunos conciertos populares. El club estaba compuesto por doscientas mujeres, a quienes hablé durante una hora en el comedor del hotel. Con las magníficas vistas al océano, los grandes conciertos y las hermosas mujeres, pasé dos días muy encantadores junto al mar.

Mi hijo Henry me había regalado un faetón, bajo y cómodo como una cuna, y disfruté de muchos paseos por Long Island. Fuimos a la casa de Bryant en el lado norte, varias veces, y en mi imaginación vi al viejo poeta en los diversos rincones sombreados, escribiendo sus líneas de amor y alabanza a la naturaleza en todos sus variados estados de ánimo. Caminando entre las hojas de muchos colores que crujían en los días oscuros de noviembre, pude fácilmente entrar en su pensamiento mientras escribía estas líneas:

"Han llegado los días melancólicos, los más tristes del año, de vientos que se lamentan, bosques desnudos y prados pardos y marchitos. Amontonadas en los huecos de la arboleda, las hojas del otoño yacen muertas; crujen con la ráfaga arremolinada y con el paso del conejo."

En septiembre de 1889, mi hija, la señora Stanton Lawrence, vino al Este para asistir a una escuela de cultura física, y mi otra hija, la señora Stanton Blatch, vino de Inglaterra para disfrutar de uno de nuestros inviernos vigorizantes. Desafortunadamente tuvimos lluvia en lugar de nieve, y niebla en lugar de heladas. Sin embargo, tuvimos una agradable reunión en Hempstead. Después de unos días en Nueva York y sus alrededores visitando amigos, fuimos a Ginebra y pasamos varias semanas en la casa de mi prima, la hija de Gerrit Smith.

Ella y yo hemos sido las amigas más fieles y devotas toda nuestra vida, y corresponsales regulares durante más de cincuenta años. En el círculo familiar, a menudo nos referimos a nosotras como "Julius" y "Johnson". Estos eufónicos nombres se originaron de esta manera: cuando los Christy Minstrels aparecieron por primera vez, fuimos una noche a escucharlos. Al regresar a casa, divertimos a nuestros mayores con, según dijeron, un ensayo capital. El ingenio y el filósofo de la ocasión fueron llamados, respectivamente, Julius y Johnson; así que tomamos sus papeles y reprodujimos todos los comentarios brillantes y humorísticos que hicieron. A la mañana siguiente, cuando aparecimos en la mesa del desayuno, el primo Gerrit Smith, con su voz profunda y rica, dijo: "Buenos días, Julius y Johnson", y continuó así durante los pocos días que estuvimos juntas en Albany. Uno tras otro, nuestros parientes adoptaron los seudónimos, y la señora Miller ha sido "Julius" y yo "Johnson" desde entonces.

De Ginebra fuimos a Buffalo, pero, como tenía un fuerte resfriado y una sensación general de depresión, decidí ir al Sanatorio de Dansville y ver qué podían hacer por mí los doctores James y Kate Jackson. Estuve allí seis semanas y probé todos los masajes, pellizcos, baños de vapor; los movimientos suecos de brazos, manos, piernas, pies; dieta, masaje, electricidad, y, aunque solo logré perder cinco libras de peso, me sentí como un nuevo ser. Es un lugar encantador para estar: la casa está agradablemente situada y el paisaje es muy hermoso. Los médicos son todos afables, y una atmósfera alegre impregna todo el establecimiento.

Como la Navidad estaba cerca, las mujeres estaban todas medio locas por los regalos, y mientras los buenos doctores James y Kate hacían todo lo posible por curar las afecciones nerviosas de sus pacientes, ellas frustraban el tratamiento sentándose en el salón con el termómetro a veintidós grados, bordando toda clase de patrones fantasiosos —algunos en muselina, otros en satén, y otros con lanas de colores sobre lienzo—, inhalando los tintes venenosos, forzando los nervios ópticos, contando hilos y puntadas, hora tras hora, hasta quedar completamente agotadas. Hablé a una pobre víctima de la falacia de los regalos de Navidad, y de cómo perjudicaba su salud en tal empleo inútil. "¿Qué puedo hacer?", respondió, "debo hacer regalos y no puedo permitirme comprarlos". "¿Crees", dije yo, "que alguno de tus amigos disfrutaría de un regalo que hiciste a riesgo de tu salud? No creo que haya ningún 'debo' en el asunto. Nunca siento que deba dar regalos, y nunca quiero ninguno, especialmente de aquellos que hacen algún sacrificio para darlos". Toda esta costumbre de los regalos en Navidad, Año Nuevo y bodas ha llegado a ser un fastidio, una pieza de hipocresía que conduce a un sinfín de infelicidad. No conozco una vista más lamentable que ver a una mujer haciendo encaje de bolillos, tejiendo, bordando —trabajando gatos en la punta de alguna zapatilla, o tulipanes en un delantal—. La cantidad de fuerza nerviosa que se gasta de esta manera es suficiente para hacer llorar a los ángeles. Las puntadas necesarias en cada hogar son ya suficientes sin añadir labores de fantasía.

Desde Dansville, mis hijas y yo fuimos a Washington para celebrar el septuagésimo cumpleaños de la señorita Anthony, quien siempre ha sido para ellas como una segunda madre. La señora Blatch dio un discurso en la celebración, y la señora Lawrence hizo una recitación. Primero vino una gran cena en el Riggs House. El comedor estaba hermosamente decorado; de hecho, el señor y la señora Spofford no escatimaron esfuerzos para hacer de la ocasión una que se recordaría durante mucho tiempo. May Wright Sewall fue la maestra de ceremonias. Leyó los brindis y llamó a los diferentes oradores. Phoebe Couzins, la reverenda Anna Shaw, Isabella Beecher Hooker, Matilda Joslyn Gage, Clara B. Colby, el senador Blair de New Hampshire y muchos otros respondieron. Me avergüenza decir que mantuvimos las festividades hasta después de las dos de la mañana. La señorita Anthony, vestida de terciopelo oscuro y encaje de punta, habló al cierre con gran patetismo. Aquellos de nosotros que estuvimos allí no olvidaremos pronto el 15 de febrero de 1890.

Tras hablar ante los comités del Senado y la Cámara, pronuncié el discurso inaugural en la convención anual. La señora Stanton Blatch habló unos minutos sobre el movimiento sufragista en Inglaterra, tras lo cual nos apresuramos hacia Nueva York y embarcamos en el Aller, uno de los vapores de la North German Lloyd, con destino a Southampton. En el barco encontramos al capitán Milinowski, a su esposa y a dos de mis hijos esperando nuestra llegada. Como llevábamos dieciocho piezas de equipaje, a la señora Blatch le llevó algún tiempo revisarlas. Mi faetón, que decidimos llevar, llenó seis cajas. Un carruaje cómodo para dos personas no es común en Inglaterra. Predominan los dogcarts, los vehículos más incómodos que uno pueda utilizar. Por qué algunos de nuestros estadounidenses viajan en esos incómodos carros es una pregunta. Creo que es porque son "tan ingleses". La única razón por la que los ingleses los usan es porque son baratos. El impuesto sobre dos ruedas es la mitad de lo que es sobre cuatro, y en Inglaterra todos los carruajes están gravados. Antes de que los estadounidenses adoptemos modas solo porque son inglesas, sería mejor que descubriéramos la raison d'être de su existencia.

Tuvimos un viaje muy agradable y tranquilo, inusualmente para los tempestuosos meses de febrero y marzo. Como me desagradan los camarotes cerrados, permanecí en el salón de señoras día y noche, durmiendo en un sofá. Tras una travesía de once días, desembarcamos en Southampton el 2 de marzo de 1890. Fue una hermosa noche de luna y tuvimos un agradable trayecto en el pequeño remolcador hasta el muelle. Llegamos a Basingstoke a las once, encontramos a la familia bien y todo en orden.

CAPÍTULO XXVI.

MI ÚLTIMA VISITA A INGLATERRA.

Tan pronto como montamos nuestro carruaje, Hattie y yo salíamos a pasear todos los días, ya que los caminos en Inglaterra están en excelentes condiciones durante todo el año. Tuvimos un tiempo encantador durante la primavera, pero el verano fue húmedo y frío. Entre leer, escribir, ir a Londres y recibir visitas, los meses volaron sin que lográramos hacer ni la mitad del trabajo que nos propusimos.

Como mi hija era miembro del Albemarle Club, invitamos a varios amigos a cenar con nosotros allí en distintas ocasiones. Allí tuvimos una larga charla con el señor Stead, editor de la Pall Mall Gazette, sobre su postura respecto a los asuntos rusos, el "Proyecto de ley sobre la hermana de la esposa fallecida" y las leyes de divorcio de Inglaterra. El señor Stead es un conversador fluido, así como un buen escritor. Es el líder del movimiento de pureza social en Inglaterra. La sensatez de su conducta hacia sir Charles Dilke y el señor Parnell fue cuestionada por muchos; pero hay un toque de fanático religioso en el señor Stead, como en muchos de sus seguidores.

Hubo varios problemas de ética social que conmovieron profundamente al pueblo inglés en el año de nuestro Señor de 1890. Uno fue la amistad platónica de Charles Stewart Parnell con la señora O'Shea, y el otro fue la decisión del Lord Canciller en el caso de la señora Jackson. El púlpito, la prensa y el pueblo compitieron entre sí tratando de destronar al señor Parnell como el gran líder irlandés, pero las fuerzas unidas no lograron destruir su amor propio, ni expulsarlo del Parlamento británico, aunque, tras una valiente y prolongada resistencia por su parte, sí lograron acosarlo hasta la tumba.

Fue lamentable ver a los propios irlandeses, engañados por un sentimiento popular hipócrita en Inglaterra, volverse contra su gran líder, el único que habían tenido en medio siglo capaz de mantener la cuestión irlandesa en primer plano en la Cámara de los Comunes año tras año. El curso de los acontecimientos desde su muerte ha probado la verdad de lo que les dijo, a saber: que no había sinceridad en el interés que los políticos ingleses manifestaban por la cuestión del autogobierno (Home Rule), y que los debates sobre ese punto cesarían tan pronto como ya no fuera forzado a su consideración. Y ahora, cuando han logrado matar a su líder, comienzan a darse cuenta de su pérdida. La cuestión que surgió a través de la fermentación de las opiniones sociales se planteó de manera concisa así: "¿Puede un hombre ser un gran líder, un estadista, un general, un almirante, un juez supremo erudito, un abogado de confianza o un médico hábil, si alguna vez ha quebrantado el Séptimo Mandamiento?"

Expresé mi opinión en la Westminster Review, en aquel momento, en sentido afirmativo. La señora Jacob Bright, la señora Ellen Battelle Dietrick de Boston y Kate Field, en su Washington, estuvieron de acuerdo conmigo. Muchas otras mujeres se manifestaron rápidamente en sentido negativo, y con una amargura hacia quienes sostenían la opinión opuesta que resultaba lamentable.

El caso Jackson fue un estudio provechoso, ya que sacó a relucir otras cuestiones de ética social, así como puntos de derecho que fueron resueltos hábilmente por el Lord Canciller. Parece que inmediatamente después de que el señor y la señora Jackson se casaran, el novio se vio obligado a ir a Australia. Tras dos años regresó y reclamó a su esposa, pero en el intervalo ella sintió una aversión creciente y decidió no vivir con él. Como ella ni siquiera quería verlo, con la ayuda de unos amigos él la secuestró un día cuando salía de la iglesia y la llevó a su casa, donde la mantuvo bajo vigilancia hasta que sus amigos, con un auto de habeas corpus, le obligaron a llevarla ante el tribunal. La idea popular, "basada en el derecho consuetudinario de Inglaterra", era que el marido tenía este derecho absoluto. El tribunal inferior, en armonía con esta idea, mantuvo el derecho del marido y la devolvió a su custodia, pero los amigos apelaron al tribunal superior y el Lord Canciller revocó la decisión.

Respecto al derecho tan frecuentemente invocado, que otorga a los maridos el poder de apresar, encarcelar y castigar a sus esposas, dijo: "Soy de la opinión de que tal derecho no existe en la ley. Soy de la opinión de que tal derecho nunca existió en la ley. Digo que ningún súbdito inglés tiene derecho a encarcelar a otro súbdito inglés, sea su esposa o no". Gracias a esta decisión, la esposa salió del tribunal como una mujer libre. La aprobación de la Ley de Propiedad de las Mujeres Casadas en Inglaterra en 1882 fue el primer golpe contra la vieja idea de la cobertura (coverture), otorgando a las esposas sus derechos de propiedad, cuyos beneficios plenos aún han de realizarse cuando hombres de mente más clara administren las leyes. La decisión del Lord Canciller, dictada el 18 de marzo de 1891, declaratoria de los derechos personales de las mujeres casadas, es un golpe aún más importante en la medida en que los derechos de la persona son más sagrados que los derechos de propiedad.

Hace cien años, el Lord Jefe de Justicia Mansfield emitió su famosa decisión en el caso Somerset: "Que ningún esclavo podía respirar en suelo británico", y el esclavo salió del tribunal como un hombre libre. La decisión del Lord Canciller en el caso Jackson es mucho más importante, más trascendental en sus consecuencias, ya que afecta no solo a una raza sino a la mitad de toda la familia humana. Desde cualquier punto de vista, esta es la mayor decisión legal del siglo. Al igual que el gran Jefe de Justicia del siglo pasado, el Lord Canciller, con una visión más clara que los que le rodean, se eleva a una atmósfera de pensamiento más pura y reivindica los principios eternos de la justicia y la dignidad de la ley británica, al declarar obsoletos todos los estatutos que convierten a las esposas en esclavas de sus maridos.

¿Cuánto tiempo pasará en nuestra República antes de que surja algún hombre lo suficientemente grande como para interpretar nuestra Constitución Nacional de modo que declare que las mujeres, como ciudadanas de los Estados Unidos, no pueden ser gobernadas por leyes en cuya creación no tienen parte? No necesitamos enmiendas constitucionales ni leyes estatutarias, sino jueces en el estrado de nuestra Corte Suprema que, al decidir grandes cuestiones de derechos humanos, se guíen por los amplios principios de la justicia en lugar de por los precedentes. Un rasgo interesante en el juicio del caso Jackson fue que tanto lady Coleridge como la esposa del Lord Canciller estaban sentadas en el estrado y, evidentemente, muy complacidas con la decisión.

Es difícil explicar el hecho de que, mientras las mujeres de las clases más altas en Inglaterra se interesan profundamente por la política y las decisiones judiciales, las mujeres estadounidenses de riqueza y posición son totalmente indiferentes a todos los asuntos públicos. Mientras las mujeres inglesas toman parte activa en las elecciones, celebrando reuniones y haciendo campaña en sus distritos, aquí, incluso las esposas de jueces, gobernadores y senadores hablan con voz contenida de los movimientos políticos y parecen sentir que el conocimiento de las leyes y las constituciones las despojaría irremediablemente de su feminidad.

Hacia finales de abril, con mi pequeña nieta y su niñera, fui a Bournemouth, uno de los balnearios más encantadores de Inglaterra. Teníamos habitaciones en el Cliff House con ventanas que daban al balcón, desde donde teníamos una magnífica vista de la bahía y podíamos oír las olas rompiendo en la orilla. Mientras Nora, con su pala y su cubo, jugaba todo el día en la arena, cavando zanjas y llenándolas de agua, yo me sentaba en el balcón a leer "Diana of the Crossways" y la última novela de Bjornson, "In God's Way", ambas profundamente interesantes. Como todos los personajes de esta última tienen un final triste, no pude ver el significado del título. Si caminaran por el camino de Dios, su carrera debería haber sido exitosa.

Di mi primer paseo por la playa en una silla de inválido. Estas sillas de baño son una característica importante en todos los balnearios de Inglaterra. Son tiradas por un hombre o un burro. El primer día llevé a un hombre, un viejo marinero que hablaba incesantemente de sus aventuras, deteniéndose a descansar cada cinco minutos, disipando todos mis agradables ensueños y convirtiéndose en un aburrimiento insoportable. Al día siguiente le dije al propietario que me consiguiera a un hombre que no hablara todo el tiempo. El hombre que me proporcionó avanzó en absoluto silencio; ni siquiera respondía a mis preguntas. Suponiendo que tenía órdenes de guardar un silencio profundo, tras uno o dos intentos no dije nada. Cuando regresé a casa, el propietario me preguntó qué me había parecido este hombre. "¡Ah!", dije, "era en verdad silencioso y ni siquiera respondía a una pregunta ni iba a donde yo le decía; aun así, me gustó más que el hombre hablador". Se rió de buena gana y dijo: "Este hombre es sordo y mudo. Pensé que me aseguraría de que usted no se aburriera". Me uní a la risa y dije: "Bueno, mañana consígame un hombre que pueda oír pero no pueda hablar, si puede encontrar uno construido bajo ese plan".

Bournemouth es notable ahora como el lugar de enterramiento de Mary Wolstonecraft y los Shelley. Fui a ver el monumento que se había erigido recientemente en su memoria. En un lado está la siguiente inscripción: "William Godwin, autor de 'Justicia política', nacido el 3 de marzo de 1756, fallecido el 7 de abril de 1836. Mary Wolstonecraft Godwin, autora de la 'Vindicación de los derechos de la mujer', nacida el 27 de abril de 1759, fallecida el 10 de septiembre de 1797". Estos restos fueron traídos aquí, en 1851, desde el cementerio de St. Pancras, Londres. En el otro lado están las siguientes inscripciones: "Mary Wolstonecraft Godwin, hija de William Godwin y viuda del difunto Percy Bysshe Shelley, nacida el 30 de agosto de 1797, fallecida el 1 de febrero de 1851. Percy Florence Shelley, hijo de Percy Shelley y Mary Wolstonecraft, tercer baronet, nacido el 12 de noviembre de 1819, fallecido el 5 de diciembre de 1889". En Christ's Church, a seis millas de Bournemouth, hay un bajorrelieve en memoria del gran poeta. Se le representa, goteando algas, en los brazos del Ángel de la Muerte.

Mientras me sentaba en mi balcón hora tras hora, leyendo y pensando en los Shelley, observando los colores cambiantes de las nubes y la hermosa bahía, y escuchando el triste monólogo de las olas, estos dulces versos de Whittier vinieron a mi mente:

"Sus olas se arrodillan en la playa, Como se arrodilla la rodilla humana— Sus mechones blancos inclinándose ante la arena, ¡El sacerdocio del mar!

El cielo azul es el arco del templo, Su crucero, la tierra y el aire, La música de su marcha estelar, El coro de una oración".

Las cartas de América, durante esta estancia en el extranjero, hablaban de muchas pérdidas, una tras otra, en nuestro círculo familiar; nueve fallecieron en dos años. La última fue mi hermana, la señora Bayard, quien murió en mayo de 1891. Era la mayor de nuestra familia, y siempre había sido una segunda madre para sus hermanas menores, y su casa, nuestro segundo hogar.

A finales de junio, la esposa y la hija de mi hijo Theodore vinieron desde Francia para pasar un mes con nosotros. Lisette y Nora, más o menos del mismo tamaño, jugaban y se peleaban de la manera más divertida. Pasaban sus mañanas en el jardín de infancia y las tardes con su poni, pero los días de lluvia me reclutaban para vestir muñecas y contar historias. Tuve la satisfacción de oírles decir que sus muñecas nunca habían estado tan bien vestidas antes, y que mis historias eran mejores que las de cualquier libro. Como componía los maravillosos relatos sobre la marcha, solía cansarme mucho, y a veces, cuando oía venir los piececitos, me escondía, pero ellos buscaban hasta que me encontraban. Cuando mi hijo menor tenía diez años y podía leer por sí mismo, me gradué en cuentacuentos, habiendo practicado en esa línea veintiún años. Juré que no gastaría más aliento en esa dirección, pero el rostro ansioso de un niño pidiendo historias es demasiado para mí, y mi juramento ha sido roto a menudo. Todo el tiempo que estuve en Inglaterra, Nora reclamaba la hora del crepúsculo, y, en Francia, Lisette era igualmente pertinaz. Cuando Victor Hugo se cansaba de contar historias a sus nietos, terminaba con la historia de un anciano que, tras unas pocas experiencias interesantes, tomaba su periódico vespertino y empezaba a leer en voz alta. Los niños escuchaban unos momentos y luego, uno a uno, se deslizaban fuera de la habitación. El anciano de Longfellow, tras muchas escenas emocionantes en su carrera, solía estirarse en el sofá y fingir que dormía. Pero a las abuelas no se les permite protegerse con tales dispositivos; se les exige seguir hilando hasta que llega realmente la hora de dormir.

El 16 de julio, uno de los días más calurosos de la temporada, la señora Jacob Bright y su hija, Herbert Burroughs y la señora Parkhurst vinieron desde Londres, y nos sentamos al aire libre, tomando nuestro almuerzo bajo los árboles y discutiendo sobre teosofía. Más tarde, en el mismo mes, Hattie y yo fuimos a Yorkshire para visitar al señor y la señora Scatcherd en Morley Hall, y pasamos allí varios días. Tuvimos una prolongada discusión sobre los derechos personales. Una parte estaba en contra de toda interferencia gubernamental, como la educación obligatoria y la protección de los niños contra padres crueles; la otra parte estaba a favor de la interferencia estatal que protegiera al individuo en el disfrute de la vida, la libertad y la felicidad. Yo tomé esta última posición. Muchos padres no son aptos para tener el control de sus hijos, por lo tanto, el Estado debería velar por que estén protegidos, alimentados, vestidos y educados. Es mucho mejor para el Estado hacer buenos ciudadanos de sus hijos desde el principio, que, al final, verse obligado a cuidarlos como criminales.

Mientras estábamos en el norte de Inglaterra pasamos unos días en Howard Castle, la residencia de verano de Lord y Lady Carlisle y sus diez hijos. Una familia tan numerosa en la alta sociedad es inusual. Como había conocido a Lord y Lady Amberley en América, cuando visitaron este país en 1867, disfruté conociendo a otros miembros de su familia. Lady Carlisle está a favor del sufragio femenino y habla frecuentemente en público. Es una mujer de gran fuerza de carácter y de impulsos muy generosos. Está tratando de cumplir con su deber compartiendo las cosas buenas de la vida con los necesitados. Los pobres de los alrededores suelen hacer picnics en su parque, y un gran número de niños de las ciudades industriales pasan semanas con sus inquilinos de campo a su costa. Lord Carlisle es un artista y un estudioso. Como tiene un temperamento poético y es estético en todos sus gustos, Lady Carlisle es la gerente comercial de la finca. Es una mujer práctica con una inmensa capacidad ejecutiva. El castillo, con su espacioso comedor y salones, con su capilla, biblioteca, galerías de pinturas y estatuas, sus magníficas vistas, extensos jardines y céspedes, bien merecía una visita. Disfrutamos mucho de nuestra estancia y discutimos sobre todos los temas imaginables.

Cuando regresamos a Basingstoke, tuvimos la visita de la señora Cobb, esposa de un miembro del Parlamento y cuñada de Karl Pearson, cuyas conferencias sobre la mujer tanto había disfrutado. Fue a través de la lectura de su obra, "The Ethic of Free Thought", que el matriarcado causó una impresión tan profunda en mi mente y me movió a escribir un tratado sobre el tema. Las personas que no han leído ni pensado sobre este punto, cuestionan los hechos tal como los exponen Bachofen, Morgan y Wilkeson; pero su verdad, creo, no puede ser cuestionada. Parecen tan naturales en la cadena de razonamiento y en el progreso del desarrollo humano. La señora Cobb hizo algo muy bueno unos días antes de visitarnos. En una gran reunión convocada para promover la elección del señor Cobb, habló John Morley. Ni siquiera dijo "Señoras y señores" al empezar, ni hizo la más mínima referencia a la existencia de seres tales como las mujeres. Cuando terminó, la señora Cobb se levantó en medio de grandes vítores y criticó su discurso, haciendo algunas citas de sus discursos anteriores de naturaleza muy liberal. La audiencia rió y vitoreó, disfrutando plenamente de la reprimenda. Al día siguiente, en su discurso, recordó a sus compatriotas y, al levantarse, dijo: "Señoras y señores".

Durante agosto de 1891, estuve ocupada preparándome para mi viaje, ya que iba a zarpar en el Ems el 23 de agosto. Aunque había cruzado el océano seis veces en los diez años anteriores, temía el viaje más de lo que las palabras pueden describir. Los últimos días estuvieron llenos de tristeza, al despedirme de aquellos tan queridos para mí en países extranjeros, especialmente de esas niñas pequeñas de rizos, tan brillantes, tan bonitas, tan encantadoras en todos sus modos. Hattie y Theodore me acompañaron desde Southampton en el pequeño remolcador hasta el gran barco Ems. Fue muy difícil para nosotros decir el último adiós, pero todos tratamos de ser lo más valientes posible.

Tuvimos un viaje difícil, pero no me mareé ni un momento. Me levanté y me vestí temprano por la mañana, y estuve en cubierta siempre que el tiempo lo permitió. Hice muchos conocidos agradables con quienes jugué al ajedrez y al whist; escribí cartas a todos mis amigos extranjeros, listas para enviar al desembarcar; leí "El egoísta", de George Meredith, y las obras de Ibsen traducidas por mi amiga Frances Lord. Tenía mi propia camarera privada, una agradable mujer alemana que podía hablar inglés. Me daba la mayor parte de mis comidas en cubierta o en el salón de señoras, y por la noche abría la portilla dos o tres veces y ventilaba nuestro camarote; eso hacía que las noches fueran soportables. La última noche antes de desembarcar organizamos un entretenimiento con canciones, recitaciones, lecturas y discursos. Fui invitada a presidir y presentar a los diversos artistas. Llegamos a Sandy Hook la tarde del 29 de agosto y permanecimos allí toda la noche, y a la mañana siguiente navegamos por nuestro hermoso puerto, brillante con los rayos del sol naciente.

Dada la fortuna de tener hijos en ambos hemisferios, aquí, también, encontré a un hijo y a una hija esperando para darme la bienvenida a mi tierra natal. Nuestra ocupación principal durante muchas semanas fue buscar un apartamento acogedor donde mi hija, la señora Stanton Lawrence, mi hijo menor, Bob, y yo pudiéramos establecer nuestro altar familiar y cantar juntos nuestro nuevo salmo de vida. Tras una búsqueda larga y fatigosa encontramos un apartamento. Habiendo vivido siempre en una casa grande en el campo, las dependencias parecieron bastante reducidas al principio, pero pronto comprendí el inmenso ahorro en trabajo y gastos que suponía no tener más espacio del estrictamente necesario, y todo en una sola planta. Ser transportado desde la calle hasta su apartamento en un ascensor en medio minuto, recibir toda la comida y el combustible en la cocina mediante un ascensor en la parte trasera, tener todas las habitaciones caldeadas sin esfuerzo alguno, parecía la materialización de un sueño de hadas. Con una extensa perspectiva de los cielos arriba, del parque y el bulevar abajo, tenía una sensación de libertad y, con un corto tramo de escaleras hasta el tejado (una vía de escape fácil en caso de incendio), de seguridad también.

No bien estuve plenamente establecida en mi nido, fui llamada a Rochester por mi amiga la señorita Anthony para cumplir con una cita que había concertado para mí con la señorita Adelaide Johnson, la artista de Washington, quien debía idealizar a la señorita Anthony y a mí misma en mármol para la Feria Mundial. Encontré a mi amiga sentada recatadamente en la mecedora de su madre, doblando mantelería y toallas para su nuevo hogar, negociando de vez en cuando con carniceros, panaderos y tenderos, preparando pasteles y pudines, hablando con entusiasmo de platos apetitosos y de la belleza de varios artículos de mobiliario que distintos amigos le habían regalado. Todo lo que quedaba allí para recordar al «Napoleón del Movimiento Sufragista» era un gran escritorio cubierto de documentos en el estado habitual de confusión; la señorita Anthony nunca pudo mantener sus papeles en orden. En busca de cualquier documento concreto, revuelve todos los cajones y casilleros, aunque la pequeña rueca de su madre se encuentra justo al lado de su escritorio, un recordatorio constante de todas las virtudes domésticas de la buena ama de casa, para quien el «orden» es de suma importancia y «la primera ley del cielo». La casa estaba exquisitamente limpia y ordenada, la comida era apetitosa, la conversación agradable y provechosa, y el ambiente cordial.

Se asignó una habitación en una casa contigua a la señorita Johnson y a mí, donde un pedestal robusto y una enorme masa de arcilla nos dieron la bienvenida. Y allí, durante casi un mes, observé la transformación de aquella arcilla en proporciones y expresiones humanas, hasta que fue emergiendo gradualmente con los contornos faciales familiares tan queridos para una misma. Sentada allí cuatro o cinco horas cada día, solía entrarme mucho sueño, así que mi artista organizó una serie de pequeñas siestas. Cuando veía venir la crisis, decía: «Trabajaré ahora un rato en la oreja, la nariz o el cabello, pues debe estar bien despierta cuando intente captar la expresión». La recompensé por su paciencia e indulgencia convocando, al estar despierta, la expresión más inteligente y radiante que pude lograr. Como la señorita Johnson es una mujer encantadora, culta, con ideas liberales y brillante en la conversación, extrajo fácilmente lo mejor de mí.

Antes de dejar Rochester, la señorita Anthony y su hermana Mary ofrecieron una recepción en mi honor en su casa. Como estaban allí algunos de los profesores y administradores de la Universidad de Rochester, la cuestión de la coeducación fue discutida abiertamente, y se instó a las autoridades a abrir las puertas de la Universidad a las hijas del pueblo. Resultaba bastante irritante contemplar aquellos hermosos edificios y terrenos, mientras toda joven de esa ciudad debía ir al extranjero para recibir educación superior. La esposa del presidente Hill de la Universidad acababa de darle gemelos, una niña y un niño, y él comentó jocosamente que «si el Creador podía arriesgarse a colocar a los sexos en relaciones tan cercanas, pensaba que podrían caminar con seguridad por el mismo campus y seguir el mismo plan de estudios juntos».

La señorita Anthony y yo fuimos a Ginebra al día siguiente para visitar a la señora Miller y reunirnos, por cita previa, con la señora Eliza Osborne, sobrina de Lucretia Mott e hija mayor de Martha C. Wright. Anticipamos un encuentro alegre, pero la señorita Anthony y yo estábamos tan cansadas que, sin duda, parecimos estúpidas. En una carta posterior a la señora Miller, la señora Osborne preguntó por qué yo estaba «tan solemne». Como me enorgullezco de ser impermeable a la fatiga o a la enfermedad, no podía admitir ninguna discapacidad, así que le devolví la pelota en la siguiente carta:

«Nueva York, 26 West 61st Street,

12 de noviembre de 1891.

«Querida Eliza:

«En una carta reciente a la señora Miller, al hablar del momento en que nos vimos por última vez, dices: "¿Por qué estaba la señora Stanton tan solemne?", a lo que respondo: Desde que un antiguo emperador alemán promulgó un edicto ordenando a todas las mujeres bajo esa bandera que tejieran mientras caminaban por la carretera, mientras vendían manzanas en el mercado, mientras se sentaban en los parques, porque "para mantener a las mujeres lejos de las travesuras sus manos deben estar ocupadas", desde que leí eso, me he sentido "solemne" cada vez que he visto a alguna hija de nuestra gran República tejiendo, haciendo encaje de bolillos, bordando u ocupada con cualquiera de las diez mil absurdidades digitales que ocupan un lugar tan importante en las vidas de las hijas de Eva.

«Esperando las chispas de ingenio, las investigaciones filosóficas, las tradiciones históricas, los descubrimientos científicos, las exploraciones astronómicas, los misterios de la teosofía, la quiromancia, la ciencia mental, las revelaciones del mundo desconocido donde se congregan ángeles y demonios, esperando discusiones sobre todos estos grandes temas, al reunirme con la hija mayor de David y Martha Wright, la sobrina de Lucretia Mott, la cuñada de William Lloyd Garrison, una mujer de aspecto majestuoso de cinco pies y ocho pulgadas de estatura, y bien proporcionada, con gloriosos ojos negros que rivalizan incluso con los de De Staël en poder y patetismo, uno puede imaginar fácilmente la decepción que experimenté cuando tal mujer sacó un trapo de algodón de su bolsillo y comenzó inmediatamente a tejer con la cabeza inclinada. Fijando sus ojos y concentrando sus pensamientos en un trapo de un pie cuadrado; ¡era imposible que la conversación se elevara por encima del nivel del trapo! Fue suficiente para hacer que el optimista más anciano se volviera "solemne" al ver tal ruina de la gloriosa condición femenina.

«Y, peor aún, no solo tejió constantemente, hora tras hora, sino que dedicó las más dulces palabras de aliento a una joven de la Costa del Pacífico, que estaba bordando capullos de rosa en otro trapo, la misma joven a la que yo había intentado rescatar del torbellino del bordado, mostrándole la indecible locura de dedicar sus nervios ópticos a usos tan bajos, cuando fueron diseñados por el Creador para explorar el mundo planetario, con carta y brújula para guiar a poderosos barcos a través del mar, para conducir a los hijos de Adán con el amor más divino de la tierra al cielo. ¡Pensar en los grandes nervios ópticos suplicantes y los músculos con los que expresamos nuestra admiración por todo lo bueno y glorioso en la tierra y el cielo, concentrados en un trapo de algodón! ¡Quién puede sorprenderse de que estuviera "solemne" aquel día! Presenté mi agónica protesta en el acto, pero cayó en saco roto, y con una mueca de satisfacción Eliza siguió tejiendo, y la joven californiana continuó haciendo los capullos de rosa. Miré al espacio y, cuando estuve sola, lloré por mi degenerada compatriota. No solo estuve "solemne" aquel día, sino que me siento profundamente "solemne" siempre que pienso en esa mujer majestuosa y en ese trapo de algodón. (Uno puede comprar una docena entera de estos útiles artefactos, con bordes rojos y flecos, por veinticinco centavos). ¡Oh, Eliza, te suplico que no tejas más!

«Afectuosamente tuya,

«Elizabeth Cady Stanton».

A esto, la señora Osborne envió la siguiente respuesta:

«Querida señora Stanton:

«En su sátira Contra su hermandad que teje, O hace útiles sus dedos, Me pregunto si —no lo niegue— ¡El hábito de Lucretia Mott En su memoria perdura!

«En brillante visión retrospectiva, ¿Puede recordar a la querida Martha Wright Sin su labor o su tejido? Las agujas volando en sus manos, Sobre trapos de lavado o bandas de bebé, ¿O cualquier otra labor apropiada?

«No puedo pensar que pensaran menos, O dejaran de bendecir la compañía Con las riquezas de la conversación, Porque así aprovechaban su tiempo, Y nunca consideraron que fuera un crimen Llenar las horas con puntadas.

«Incluso solían predicar y planear Extender la moda, para que el hombre Pudiera tener esta satisfacción; En lugar de holgazanear como hacen los hombres, Con dedos nerviosos y entrometidos también, ¿Por qué no aparejar la charla con la acción?

«Pero como hija y sobrina, Me enorgullezco de cada pieza De trabajo manual creado; Mientras me deleito en la charla social, O escucho chismes vacíos, Mi ganancia no disminuye.

«Ese emperador alemán que desprecia, Parece a mi mente un monarca nato, Digno de dirigir una columna; Apuesto a que podía hablar y trabajar, Y, no acostumbrado a escabullirse de ninguno, Rara vez era muy solemne.

«Podría decir más sobre este tema, Pero debo, antes de ir a dormir. Burlándome de sus ociosos preceptos, Saco mi aguja y mi lana Y, sin importarme un bledo, Termino este calcetín».

CAPÍTULO XXVII.

SEXAGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA CLASE DE 1832: LA BIBLIA DE LA MUJER.

Regresé de Ginebra a la ciudad de Nueva York a tiempo para celebrar mi septuagésimo sexto cumpleaños con mis hijos. Había viajado constantemente durante los últimos veinte años por Francia, Inglaterra y mi propio país, y tenía tantos amigos y corresponsales, e insistentes invitaciones para hablar en clubes y convenciones, que ahora decidí pasar página y descansar en un sillón. Pero un cambio tan completo en la vida de uno no podía lograrse fácilmente. A pesar de mi resolución de permanecer en reclusión, mi hija y yo fuimos inducidas a unirnos al Club Botta, que debía reunirse una vez al mes, alternativamente, en las residencias de la señora Moncure D. Conway y la señora Abby Sage Richardson. Aunque estaba compuesto por damas y caballeros, resultó soso y poco provechoso. Como el tema de discusión no se anunciaba hasta cada reunión, nadie estaba preparado con una línea de pensamiento bien digerida. También se decidió evitar todas las cuestiones sobre las que pudiera haber graves diferencias de opinión. Esta postura negativa me recordó a un libro de etiqueta que leí en mi juventud, en el que se advertía a los caballeros: «En presencia de damas no discuta ni de política, ni de religión, ni de deberes sociales, sino limítese al arte, la poesía y las cuestiones abstractas que las mujeres no pueden entender. Cuanto menos sepan de un tema, más respetuosamente escucharán». Este club fue nombrado en honor a la señora Botta, anteriormente señorita Anne Lynch, cuyo salón durante muchos años fue el centro social de los literatos de Nueva York.

El 16 de enero de 1892, celebramos la Convención Anual de Sufragio en Washington y, como de costumbre, tuvimos una audiencia ante el Comité del Congreso. Mi discurso sobre la «Soledad del Ser» fue bien recibido y se publicó en el Registro del Congreso. El Woman's Tribune imprimió muchos cientos de ejemplares y se distribuyó ampliamente.

A pesar de mi determinación de descansar, hablé en muchos clubes, escribí artículos para periódicos y revistas, y dos folletos importantes, uno sobre «Limpieza de calles», otro sobre «La apertura de la Exposición de Chicago en domingo». Como el domingo era el único día en que las masas podían visitar aquel magnífico escenario, con su gran lago, su extenso parque, sus canales artificiales y sus hermosos edificios, abogué firmemente por que estuviera abierto en ese día. Cien mil fanáticos religiosos solicitaron al Congreso que no hiciera ninguna asignación para esta magnífica Exposición, a menos que los organizadores se comprometieran a cerrar las puertas el domingo y ocultar esta visión de belleza a la gente común. Afortunadamente, esta vez el sentido de la justicia prevaleció sobre el fanatismo religioso. Envié mis folletos a todos los miembros del Congreso y de las legislaturas estatales, y a los directores de la Exposición, y lo convertí en tema de conversación en cada oportunidad. El parque y partes de la Exposición se mantuvieron abiertos el domingo, pero parte de la maquinaria se detuvo como concesión a las estrechas sectas cristianas.

En junio de 1892, ante la insistencia de la señora Russell Sage, asistí a la inauguración del Edificio Conmemorativo Gurley, donado al Seminario Emma Willard, en Troy, Nueva York, y pronuncié el siguiente discurso:

«SEÑORA PRESIDENTA, MIEMBROS DE LAS ANTIGUAS ALUMNAS:

«Hace justo sesenta años que la clase del 32, a la que pertenecí, celebró una graduación en esta misma sala. Este fue el gran evento de la temporada para muchas familias de todo este Estado. Padres vinieron de todas partes; la élite de Troy y Albany se reunió aquí. Directores de otras escuelas, legisladores distinguidos y clérigos, todos vinieron a escuchar a las jóvenes escanear versos latinos, resolver problemas de Euclides y leer sus propias composiciones en un conjunto heterogéneo. Una larga fila de profesoras esperaba ansiosamente la llamada de sus clases, y sobre todas ellas, nuestra majestuosa Madame Willard presidió con gracia y dignidad reales. Doscientas jóvenes con atuendo de gala, vestidos blancos, fajas brillantes y adornos de coral, con sus cabellos rizados, mejillas sonrosadas y ojos chispeantes, revoloteaban de aquí para allá, algunas regocijándose por haber pasado su calvario, algunas aún de puntillas por la expectación, algunas riendo, algunas llorando; en conjunto, una estampa bellísima e interesante.

«Los conservadores de entonces, como ahora, pensaban que el resultado de la educación superior de las jóvenes sería destruir su delicadeza y refinamiento. Pero como las graduadas del Seminario de Troy nunca se distinguieron en su vida posterior por la falta de estas virtudes femeninas, hasta los más tímidos aceptaron gradualmente la situación y confiaron a sus hijas a la señora Willard. Pero aquella noble mujer soportó durante un largo periodo el mismo ridículo y persecución que sufren hoy las mujeres que dan un paso adelante en la marcha del progreso.

«No veo a mi alrededor ninguno de los rostros familiares que saludaron mi llegada o dijeron adiós en la partida. No sé si alguna de mis compañeras de clase aún vive. La amistad con aquellas a las que conocí y amé más duró solo unos pocos años, luego nuestros caminos en la vida se separaron. No sabría dónde encontrar a ninguna ahora, y si lo hiciera, probablemente nuestras ideas diferirían en todos los temas, pues he vagado por latitudes más allá de la esfera prescrita a las mujeres. Supongo que es muy parecido con muchas de vosotras: los rostros familiares han desaparecido todos, se han ido a la tierra de las sombras, y espero que también de la luz del sol, donde pronto seguiremos nosotras a su vez. Y, sin embargo, aunque las que quedamos somos extrañas unas a otras, tenemos los mismos recuerdos del pasado, del mismo tipo de chicas traviesas y profesoras serias, aunque con nombres diferentes. Los mismos largos pasillos y escaleras desnudas, las aulas de recitación con las mismas viejas pizarras y trozos de tiza sacados, supongo, durante generación tras generación, del mismo pozo; el comedor, con sus pilares inconvenientemente cerca de algunas mesas, con su gruesa vajilla blanca y cuchillos de mango negro, y viandas que nunca nos sentaban bien porque, a decir verdad, teníamos cajas de exquisiteces de casa, o habíamos salido al panadero o al confitero y comprado pasteles y tartas de coco, dulces y chicle, todo prohibido, pero eso añadía sabor. Allí también estaban las salas de música, con sus viejos pianos de segunda mano, algunos con teclas traqueteantes y sonido metálico, en los que se suponía que debíamos tocar nuestras escalas y ejercicios durante una hora, aunque a menudo nos entregábamos a escondidas a la "Marcha Rusa", "Napoleón cruzando el Rin" o nuestros aires nacionales, cuando, tan sigilosamente, el señor Powell, nuestro profesor de música, un inglés presuntuoso, abría suavemente la puerta y decía con voz severa: "¡Por favor, practique la lección que acabo de darle!".

«Nuestro mayor deleite era romper las reglas, pero no nos gustaba que nos atraparan en ello. Como teníamos prohibido hablar con nuestras vecinas durante las horas de estudio, frecuentemente me subía a mi cómoda para hablar a través del hueco de una tubería con una hija del juez Howell de Canandaigua. A menudo nos reunimos después, reímos y hablamos de los viejos tiempos, y mantuvimos nuestra amistad viva hasta el día de su muerte. Una vez, mientras compartía habitación con Harriet Hudson, hermana de la señora John Willard, me sentí impulsada a una actuación muy errática. La señorita Theresa Lee había tocado la campana para retirarse y había hecho sus rondas, como de costumbre, para ver que las luces estaban apagadas y todo estaba en silencio, cuando me asomé por mi puerta y, viendo la campana en lo alto de las escaleras cerca de allí, le di una patada y salió rodando y sonando hasta el fondo. Los pasillos se llenaron instantáneamente de profesoras y alumnas, todas con túnicas blancas, preguntando qué pasaba. Harriet y yo corrimos por ahí interrogando al resto, y qué juerga tuvimos, a trochemoche, arriba y abajo de las escaleras, en las habitaciones de unas y otras, deshaciendo las camas, cambiando la ropa de las chicas de una habitación a otra, etcétera, etcétera. Las lámparas del pasillo, ardiendo tenuemente, nos dieron la luz suficiente para toda clase de depredaciones sin que nos reconocieran, de ahí la ilimitada latitud que todas sentíamos para las travesuras. En todo nuestro curso de seminario —y estuve allí casi tres años— nunca tuvimos una juerga como la de aquella noche. A todas las profesoras les costó restaurar el orden y calmarnos de nuevo para la noche. Nunca se sospechó ninguna irregularidad de Harriet y de mí. Nuestro nivel académico era bueno, por lo que se suponía que reflejábamos toda la moralidad.

«Aunque extrañas, tenemos un vínculo de unión en todos estos recuerdos, de nuestras brillantes compañeras, nuestras buenas profesoras, que nos llevaron a través de las trampas de la lógica, la retórica, la filosofía y las ciencias, y de la noble mujer que fundó la institución, y cuya abnegada devoción a la causa de la educación estamos aquí para celebrar. El nombre de Emma Willard es querido para todas nosotras; conocerla era amarla y venerarla. No solo era buena y dotada, sino que era una mujer hermosa. Tenía una figura finamente desarrollada, cabeza bien formada, rasgos clásicos, modales sumamente cordiales y un profundo respeto por sí misma (una cualidad rara en la mujer), que le confería una dignidad verdaderamente real en cada posición. Viajando por el Viejo Mundo, era notada en todas partes como un personaje distinguido. Y todos estos dones los dedicó al propósito ferviente de su vida, la educación superior de las mujeres.

«Al abrir este seminario, no pudo encontrar mujeres jóvenes capaces de enseñar las ramas superiores, por lo tanto, su primera necesidad fue formarse a sí misma. Amos B. Eaton, que era el director de la Escuela Politécnica Rensselaer para chicos aquí en Troy, me dijo que la señora Willard estudió con él cada rama que él era capaz de enseñar, y formó a un cuerpo de profesoras y alumnas regulares al mismo tiempo. Ella tomaba lecciones del profesor cada tarde cuando él tenía tiempo libre, y estudiaba media noche las ramas que debía enseñar al día siguiente, manteniéndose así por delante de sus clases. Su intensa seriedad y capacidad mental, la prontitud con la que pasaba de un tema a otro, y su memoria retentiva de cada regla y hecho que él le daba, era una sorpresa constante para el profesor.

«Todas sus vacaciones las dedicaba a formar profesoras. Fue la primera en sugerir el sistema de escuelas normales. Recordando su profundo interés por la educación de las mujeres, no podemos honrarla de manera más digna que continuando su labor vital especial. Al mirar a todas las mujeres educadas reunidas aquí hoy e intentar estimar lo que cada una ha hecho en su esfera de acción, las escuelas fundadas, las profesoras enviadas, la inspiración dada a las jóvenes en general, a través de la larga cadena de influencias iniciada por nuestra alma mater, podemos formar una ligera idea de las consecuencias trascendentales y de gran alcance de la vida de Emma Willard. No tenemos sus dificultades que superar, sus pruebas que soportar, pero el deber imperativo recae en cada una de nosotras de terminar la obra que ella comenzó con tanto éxito. Escuelas y universidades de alto nivel están ahora abiertas a las mujeres en todas partes, el sentimiento público les da la bienvenida a cualquier carrera que deseen, y nuestra labor es ayudar a jóvenes valiosas que luchan por una educación superior, fundando becas en instituciones deseables en cada Estado de la Unión. El tributo más apropiado que podemos rendir a Emma Willard es ayudar en la producción de una generación de mujeres completamente educadas».

«Existen dos tipos de becas, igualmente deseables: una permanente, donde el interés de un fondo de año en año mantendrá a una sucesión de estudiantes, y una temporal, para ayudar a algún individuo valioso según lo requiera. Alguien ha sugerido que esta asociación debería ayudar a las niñas jóvenes en su educación primaria. Pero como nuestras escuelas públicas poseen todas las ventajas para una educación completa en los rudimentos del aprendizaje y son gratuitas para todos, nuestras becas deberían otorgarse a aquellas cuya habilidad y seriedad en el departamento primario hayan sido probadas, y cuya capacidad para una educación superior sea plenamente demostrada.

»Este es el mejor trabajo que las mujeres adineradas pueden hacer, y espero que en el futuro doten becas para su propio sexo en lugar de dar millones de dólares a instituciones para muchachos, como han hecho en el pasado. Después de todos los legados que las mujeres han hecho a Harvard, vean qué tacañería muestra esa institución, en su "anexo", con sus hijas. Una vez le pedí a una dama adinerada que diera unos cuantos miles de dólares para iniciar un colegio médico y hospital para mujeres en Nueva York. Dijo que antes de hacer legados siempre consultaba a su ministro y a su Biblia. Él le dijo que no se mencionaba nada en la Biblia sobre colegios para mujeres. Le dije: "Dígale que está equivocado. Si acude a 2 Crónicas 34:22, encontrará que cuando Josías, el rey, envió a los hombres sabios a consultar a Hulda, la profetisa, sobre el libro de leyes descubierto en el templo, encontraron a Hulda en el colegio en Jerusalén, completamente informada sobre asuntos de Estado, mientras que Salum, su marido, era guardián de las vestiduras. Supongo que su trabajo era coser los botones reales"». Pero a pesar de esta autoridad escritural, la rica dama dio treinta mil dólares a Princeton y ni un solo centavo para la educación de su propio sexo.

De todas las voces a las que estos muros han hecho eco durante más de medio siglo, ¡qué pocas quedan para contar la historia de los primeros días, y cuando nos separemos, qué pocos de nosotros volveremos a encontrarnos!; pero sé que llevaremos con nosotros alguna nueva inspiración para el trabajo que aún nos queda por hacer. Aunque muchos de nosotros somos viejos en años, todavía podemos ser jóvenes de corazón. Las mujeres formadas para concentrar todos sus pensamientos en la vida familiar son propensas a pensar —cuando sus hijos han crecido, sus seres queridos se han ido, sus sirvientes han sido entrenados para mantener la maquinaria doméstica en movimiento— que su trabajo en la vida ha terminado, que nadie necesita ya sus pensamientos y cuidados, olvidando por completo que el apogeo de la vida de la mujer está en el lado sombrío de los cincuenta, cuando las fuerzas vitales anteriormente gastadas de otras maneras se almacenan en el cerebro, cuando sus pensamientos y sentimientos fluyen por canales más amplios, cuando la filantropía ocupa el lugar del egoísmo familiar, y cuando desde las profundidades de la pobreza y el sufrimiento el lamento de la humanidad se vuelve tan patético a sus oídos como lo fue alguna vez el llanto de sus propios hijos.

O, tal vez, terminados los apremiantes cuidados de la vida familiar, la mujer puede despertar a algún genio latente en sí misma para el arte, la ciencia o la literatura, con el cual dorar el ocaso de su vida. El hermoso poema de Longfellow, "Morituri Salutamus", escrito para una ocasión similar a esta, está lleno de esperanza y promesa para todos nosotros. Dice:

«Algo nos queda por hacer o intentar; Incluso el árbol más viejo puede dar algún fruto. Catón aprendió griego a los ochenta; Sófocles Escribió su gran Edipo, y Simónides Se llevó el premio del verso de sus pares, Cuando cada uno había contado más de cuatro veces veinte años. Y Teofrasto, a los setenta, Apenas había comenzado sus Caracteres de los hombres; Chaucer, en Woodstock con los ruiseñores, A los sesenta escribió los Cuentos de Canterbury; Goethe en Weimar, trabajando hasta el final, Completó Fausto cuando habían pasado ochenta años. Estos son ciertamente excepciones; pero muestran Hasta dónde puede fluir la corriente del Golfo de nuestra juventud Hacia las regiones árticas de nuestras vidas, Donde poco más que la vida misma sobrevive. Porque la edad es una oportunidad no menos Que la juventud misma, aunque con otro atuendo, Y a medida que el crepúsculo de la tarde se desvanece El cielo se llena de estrellas, invisibles durante el día».

El 21 de diciembre de 1892 celebramos, por primera vez, el "Día de las Antepasadas". Los hombres habían celebrado el "Día de los Antepasados" durante muchos años, pero como nunca se invitaba a las mujeres a unirse a sus festividades, la Sra. Devereux Blake introdujo la costumbre de que las mujeres tuvieran una cena en celebración de ese día. La Sra. Isabella Beecher Hooker pasó dos días conmigo, y juntas asistimos al banquete y pronunciamos discursos. Esta costumbre se observa ahora anualmente, y los caballeros se sientan en la galería tal como las damas lo habían hecho en ocasiones similares.

Mi hijo Theodore llegó de Francia en abril de 1893 para asistir a la Exposición de Chicago, y pasó la mayor parte del verano conmigo en Glen Cove, Long Island, donde mi hijo Gerrit y su esposa estaban domiciliados. Aquí leímos las historias de la vida en puestos militares del capitán Charles King, la "Biografía de Bronson Alcott" de Sanborn y la "Historia del racionalismo" de Lecky.

Aquí visité a Charles A. Dana, el Néstor del periodismo, y a su encantadora familia. Vivía en una hermosa isla cerca de Glen Cove. Su gusto refinado y artístico, mostrado en su residencia de la ciudad en pinturas, estatuas y raros objetos de arte, coleccionados en sus frecuentes viajes al Viejo Mundo, se desplegaba en su hogar isleño en la disposición de una infinita variedad de árboles, arbustos y flores, a través de los cuales se divisaban destellos del estrecho y costas distantes. Rara vez se encuentra a un hombre tan dotado como el difunto editor del Sun. Era un erudito que hablaba varios idiomas; un escritor y orador capaz, y un compañero sumamente afable en el círculo social. Su esposa e hija son mujeres cultas. El nombre de esta hija, Zoe Dana Underhill, aparece a menudo en nuestras revistas populares como autora de relatos breves, notables por sus vívidas descripciones.

Conocí al Sr. Dana por primera vez en la Comunidad de Brook Farm en 1843, en ese brillante círculo de trascendentalistas de Boston, que esperaban en pocos años transformar nuestra civilización egoísta y competitiva en un Paraíso donde todas las virtudes altruistas pudieran hacer posible la cooperación. ¡Pero ay! el material a mano no era lo suficientemente plástico para ese ideal superior. A su debido tiempo, la comunidad se disolvió y los miembros regresaron a sus esferas ancestrales. Margaret Fuller, quien era una visitante frecuente allí, se entregó al matrimonio en la soleada Italia, William Henry Channing a la Iglesia, Bronson Alcott a la educación de los jóvenes, Frank Cabot al mundo del trabajo, el Sr. y la Sra. Ripley a la literatura, y Charles A. Dana a la prensa. El Sr. Dana fue muy afortunado en sus relaciones familiares. Su esposa, la Srta. Eunice MacDaniel, y sus parientes simpatizaban con él en todas sus opiniones más liberales. Durante el verano en Glen Cove tuve el placer de mantener varias conversaciones largas con la Srta. Frances L. MacDaniel y su hermano Osborne, cuya esposa es hermana del Sr. Dana, y quien ahora está asistiendo a la Srta. Prestona Mann en probar un experimento, similar al de Brook Farm, en las Adirondacks.

La Srta. Anthony pasó una semana con nosotros en Glen Cove. Vino a incitarme a escribir documentos para cada Congreso en la Exposición, lo cual hice, y ella los leyó en los diferentes Congresos, añadiendo sus propias palabras contundentes al final. La Sra. Russell Sage también vino y pasó un día con nosotros para instarme a escribir un documento para ser leído en Chicago en la Reunión de Emma Willard, lo cual hice. Unos días después, Theodore y yo le devolvimos la visita. Disfrutamos de unas horas de conversación con el Sr. Sage, quien había hecho una generosa donación de un edificio al Seminario Emma Willard en Troy. Esta escuela fue una de las primeras establecidas (1820) para niñas en nuestro Estado, y recibió una asignación de la legislatura de Nueva York por recomendación del gobernador, De Witt Clinton. El Sr. Sage nos dio una descripción esa noche de la época en que su oficina fue volada con dinamita arrojada por un loco, y de su estrecha escapatoria. Encontramos al gran financiero y a su esposa en una cabaña sin pretensiones con una hermosa vista al mar. Aunque poseedores de una gran riqueza, dieron un buen ejemplo de sencillez y economía, que muchas personas extravagantes harían bien en seguir.

Tras haber visitado la Exposición Universal de Chicago y asistido a un curso de conferencias en Chautauqua, mi hija, la Sra. Stanton Lawrence, regresó a la ciudad, y tan pronto como nuestro apartamento estuvo en orden, me uní a ella. Recientemente había sido nombrada Directora de Educación Física en el Teachers' College de la ciudad de Nueva York. Asistí a varias de sus exhibiciones y conferencias, las cuales fueron muy interesantes. Ella está haciendo todo lo posible por desarrollar, con ejercicios adecuados y vestimenta higiénica, un nuevo tipo de feminidad.

Mi tiempo pasó agradablemente estos días con un paseo en el parque y una hora en el mundo de los sueños, también leyendo "Progreso y pobreza" de Henry George, a William Morris sobre cuestiones industriales, las novelas de Stevenson, "The Heavenly Twins" y "Marcella", y al crepúsculo, cuando no podía ver para leer y escribir, tocando y cantando las viejas melodías y canciones que amaba en mi juventud. Por la noche jugábamos a las damas y al ajedrez. Soy aficionada a todos los juegos, también a la música y a las novelas, por lo tanto, los días pasan rápidamente; nunca me siento sola, la vida es siempre muy dulce para mí y llena de interés.

El invierno de 1893-94 estuvo lleno de emoción, ya que los ciudadanos de Nueva York iban a celebrar una Convención Constitucional. La Dra. Mary Putnam Jacobi se esforzó por movilizar a una nueva clase de hombres y mujeres para actuar a favor de una enmienda que otorgara a las mujeres el derecho al voto. Se enviaron llamamientos por todo el Estado, se celebraron reuniones en salones, y encuentros entusiastas en el Cooper Institute y en el Hotel Savoy. Mi hija, la Sra. Stanton Blatch, que estaba de visita en este país, tomó una parte activa en la campaña y pronunció un elocuente discurso en el Cooper Institute. Extrañamente, algunas de las damas principales formaron un partido fuerte contra la enmienda propuesta y su propia emancipación. Eran llamadas las "Antis". Esta organización opositora adoptó el mismo plan de campaña que los partidarios de la enmienda. Emitieron llamamientos, hicieron circular peticiones y tuvieron audiencias ante la Convención.

La Sra. Russell Sage, la Sra. Henry M. Sanders, la Sra. Edward Lauterbach, la Sra. Runkle y algunos clérigos liberales hicieron todo lo posible para asegurar la inserción de la enmienda en la nueva constitución propuesta, pero el Comité de Sufragio de la Convención Constitucional se negó incluso a someter la enmienda propuesta a votación del pueblo, aunque medio millón de nuestros ciudadanos más inteligentes y respetables habían firmado la petición solicitándoles que lo hicieran. Joseph H. Choate y Elihu Root hicieron todo lo posible por derrotar la enmienda, y tuvieron éxito.

Pasé el verano de 1894 con mi hijo Gerrit, en su casa en Thomaston, Long Island. Las novelas de Balzac, y la "Vida de Thomas Paine" de Moncure D. Conway, junto con las revistas mensuales y los periódicos diarios, fueron mi sustento mental. Mi hija, la Sra. Stanton Lawrence, regresó de Inglaterra en septiembre de 1894, tras haber tenido una agradable visita con su hermana en Basingstoke. En diciembre vino la Srta. Anthony, y escribimos el artículo sobre el sufragio femenino para la nueva edición de la Enciclopedia Johnson.

El 3 de marzo de 1895, Lady Somerset y la Srta. Frances Willard, en vísperas de su partida hacia Inglaterra, vinieron a verme. Discutimos mi proyecto de una "Biblia de la Mujer". Consintieron en unirse a un comité de revisión, pero antes de que el comité se organizara, retiraron sus nombres, temiendo que el trabajo fuera demasiado radical. Deseaba especialmente tener las opiniones de mujeres de todas las sectas, pero aquellas que pertenecían a las iglesias ortodoxas se negaron a unirse al comité o a expresar sus puntos de vista. Quizás temían que su fe pudiera ser perturbada por la fuerte luz de la investigación. Alrededor de media docena de miembros del Comité de Revisión comenzaron conmigo a escribir "Comentarios sobre el Pentateuco".

El pensamiento principal que giraba en mi mente durante los años 1894 y 1895 había sido "La Biblia de la Mujer". Al hablar con amigos comencé a sentir que podría realizar mi plan largamente acariciado. En consecuencia, comencé a leer a los comentaristas de la Biblia y me sorprendió ver lo poco que tenían que decir sobre el factor más importante en la civilización, la madre de la raza, y que ese poco de ninguna manera era elogioso. Cuanto más leía, más sentía la importancia de convencer a las mujeres de que la mitología hebrea no tenía una pretensión especial de un origen superior al de los griegos, siendo mucho menos atractiva en estilo y menos refinada en sentimiento. Sus características objetables habrían sido evidentes hace mucho tiempo si no hubieran sido disimuladas con una fe en su inspiración divina. Durante varios meses dediqué todo mi tiempo a la crítica bíblica y a la historia eclesiástica, y no encontré explicación para el estatus degradado de las mujeres bajo todas las religiones, y en todos los llamados "Libros Sagrados".

Cuando la Parte I de "La Biblia de la Mujer" fue finalmente publicada en noviembre de 1895, causó una gran sensación. Algunos de los periódicos de la ciudad de Nueva York dedicaron una página a su reseña, con imágenes de las comentaristas, de sus críticas e incluso del libro mismo. El clero lo denunció como la obra de Satanás, aunque en realidad era la obra de Ellen Battelle Dietrick, Lillie Devereux Blake, la Rev. Phebe A. Hanaford, Clara Bewick Colby, Ursula N. Gestefeld, Louisa Southworth, Frances Ellen Burr y yo misma. Extractos de ella, y críticas a los comentaristas, se imprimieron en los periódicos de toda América, Gran Bretaña y Europa. Una tercera edición resultó necesaria, y finalmente se publicó una edición en Inglaterra. El Comité de Revisión fue ampliado, y ahora consiste en más de treinta de las principales mujeres de América y Europa.[A]

El mes de agosto de 1895 lo pasamos en Peterboro, en las grandes colinas del condado de Madison, a novecientos pies sobre el valle. La hermosa y antigua mansión de Gerrit Smith aún sigue en pie, rodeada de magníficos árboles, donde había jugado en la infancia, persiguiendo ardillas por el césped y los jardines y vadeando en un modesto arroyo que todavía se arrastra lentamente alrededor de los terrenos. Recordé mientras estaba sentada en el porche cómo una vez, cuando Frederick Douglass vino a pasar unos días en Peterboro, algunos visitantes sureños escribieron una nota al Sr. Smith preguntando si el Sr. Douglass iba a sentarse en la sala y en la mesa del comedor; si era así, durante su visita permanecerían en sus propios apartamentos. El Sr. Smith respondió que sus visitantes siempre eran tratados por su familia como iguales, y tal sería el caso con el Sr. Douglass, quien era considerado uno de los hombres más capaces criados bajo "La Institución Sureña". Así que estas damas tomaron sus comidas en sus propios apartamentos, donde permanecieron la mayor parte del tiempo, y, como el Sr. Douglass prolongó su visita, sin duda desearon en sus corazones no haber tomado nunca esa posición tonta. El resto de nosotros caminábamos con él, brazo a brazo, jugábamos juegos y cantábamos canciones juntos, él tocando el acompañamiento en la guitarra. Supongo que si nuestras prejuiciosas compatriotas hubieran sido presentadas a Dumas en un salón francés, habrían tomado inmediatamente sus sombreros y huido.

Sentada sola bajo los árboles, recordé a las diferentes generaciones que habían pasado, todas conocidas por mí. Aquí había conocido al abuelo, Peter Sken Smith, socio de John Jacob Astor. En sus tratos con los indios adquirieron inmensas extensiones de tierra en la parte norte del Estado de Nueva York, que fueron el núcleo de sus grandes fortunas. A menudo he oído al primo Gerrit quejarse del tiempo que perdía administrando la propiedad. Su hijo Greene era un entusiasta de las ciencias naturales y tenía poco interés en los asuntos de propiedad. Más tarde, su nieto, Gerrit Smith Miller, asumió la carga de administrar la propiedad y, además, se dedicó a la agricultura. Importó una fina raza de ganado Holstein, que ha ganado el primer premio en varias ferias. Su hijo, que lleva el mismo nombre, se dedica a las ciencias naturales, como su tío Greene; cuya fina colección de aves fue presentada por su viuda a la Universidad de Harvard.

La única hija de Gerrit Smith, Elizabeth Smith Miller, es una mujer notable, poseedora de muchos de los rasgos de su noble padre. Tiene una rara habilidad ejecutiva, como se muestra en el despacho de su extensa correspondencia y en el orden perfecto de su casa y terrenos. Ha hecho mucho en el camino de la educación, especialmente para la raza de color, ayudando a establecer escuelas y distribuyendo literatura. Se suscribe a muchos de los mejores libros, periódicos y publicaciones para amigos que no pueden comprarlos por sí mismos. No podemos estimar el bien que ha hecho de esta manera. Cada correo le trae cartas de todas las clases, de instituciones benéficas, prisiones, plantaciones sureñas, puestos del ejército y las lejanas praderas. A todas estas súplicas de ayuda, ella presta oído. Sus caridades son variadas y sin límites, y sus hospitalidades tanto para los pobres como para los ricos, corteses y generosas. El refinamiento y el gusto artístico de la madre sureña y las virtudes heroicas del padre están felizmente mezclados en su hija. En su hermosa casa en el lago Seneca, uno siempre está seguro de conocer a algunos de los representantes más encantadores del pensamiento progresista de nuestros tiempos. Los representantes de todas estas generaciones descansan ahora en el cementerio de Peterboro, y mientras pasaban ante mí en revisión, parecían decir: "¿Por qué te demoras aquí sola durante tanto tiempo?"

Mi hijo Theodore llegó de París en septiembre de 1895, y prestó un servicio muy importante durante los preparativos para la celebración de mi cumpleaños, respondiendo cartas, hablando con reporteros y haciendo valiosas sugerencias a los gerentes sobre muchos detalles en los arreglos, y animándome a pasar por la prueba con mi heroísmo habitual. Nunca me sentí tan nerviosa en mi vida, y tan poco preparada para el papel que estaba en el deber de desempeñar. De tanto hablar a lo largo de muchos años mi voz estaba ronca, por una caída severa estaba bastante coja, y como estar de pie y hablar con claridad son importantes para una oratoria elegante, me sentí como la hija del rey en la obra de Shakespeare "Tito Andrónico", cuando hombres rudos que le habían cortado las manos y la lengua, le dijeron que pidiera agua y se lavara las manos. Sin embargo, sobreviví a la prueba, como verá el lector en el siguiente capítulo.

Después de la celebración de mi cumpleaños, la siguiente ocasión de profundo interés para mí fue la Convención de Chicago de 1896, la plataforma allí adoptada, y la nominación y brillante campaña de William J. Bryan. Hacía tiempo que estaba dando vueltas en mi mente a cuestiones relacionadas con la tarifa y las finanzas, y en las demandas de los demócratas liberales, populistas, socialistas y los hombres y mujeres trabajadores, escuché las notas de clarín de la revolución venidera.

Durante el invierno de 1895-96 estuve ocupada escribiendo alternativamente esta autobiografía y "La Biblia de la Mujer", y artículos para revistas y periódicos sobre todo tema posible, desde Venezuela y Cuba hasta la bicicleta. Sobre este último tema, muchas almas tímidas estaban muy angustiadas. ¿Deben las mujeres montar en bicicleta? ¿Qué deberían vestir? ¿Cuáles son las "intenciones de Dios" respecto a ellas? ¿Deberían montar los domingos? Estas preguntas se hacían con toda seriedad. Tuvimos un simposio sobre estos puntos en uno de los periódicos diarios. Para mí, la respuesta a todas estas preguntas era simple: si la mujer podía montar, era evidentemente la "intención de Dios" que se le permitiera hacerlo. En cuanto a lo que debería vestir, ella debe decidir qué es lo mejor adaptado a su comodidad y conveniencia. Aquellas que prefieren un paseo de unas pocas horas en un buen camino al aire libre que una iglesia cerrada y un sermón aburrido, seguramente tienen el derecho de elegir, ya sea con árboles y flores y pájaros cantores para adorar en "ese templo no hecho por manos, eterno en los cielos", o dentro de cuatro paredes para dormir durante la entonación de ese servicio melancólico que nos relega a todos, sin distinción de sexo o color, a las filas de los "miserables pecadores". Que cada una haga lo que le parezca bien a sus propios ojos, siempre que no invada los derechos de los demás.

En mayo de 1896, volví a Ginebra y descubrí que la fiebre de la bicicleta había llegado allí, con todos sus síntomas más pronunciados; jóvenes y ancianos, profesores, clérigos y damas de la alta sociedad, todos pedaleaban alegremente de un lado a otro para sus asuntos de negocios, visitas sociales y excursiones a pueblos lejanos. Conduciendo por la avenida un día, contamos ochenta bicicletas antes de llegar a la oficina de correos. La antigua sombrerera, tan detestada por nuestros padres e hijos, ha dado paso a esta nueva máquina que nuestras hijas llevan consigo a dondequiera que vayan, guardándola en cajas, sacándola y reajustándola para cada viaje. Ha sido una gran bendición para nuestras chicas, pues las obliga a cultivar su autosuficiencia y su ingenio mecánico, ya que a menudo se ven obligadas a reparar la rueda en caso de accidente. Entre los visitantes en Ginebra se encontraban el Sr. Douglass y su hija, provenientes de la isla de Cuba. Nos dieron relatos muy tristes sobre el estado desolado de la isla y la condición empobrecida de su pueblo. Hacía tiempo que sentía que los Estados Unidos debían intervenir de alguna manera para poner fin a esa cruel guerra, pues España ha demostrado ser incompetente para restaurar el orden y la paz.

NOTAS AL PIE:

[Nota al pie A: La segunda parte de "La Biblia de la mujer", que completa la obra, se publicará en enero de 1898.]

CAPÍTULO XXVIII.

MI OCTOGÉSIMO CUMPLEAÑOS.

Sin mi conocimiento ni consentimiento, mi amiga de toda la vida, Susan B. Anthony, quien siempre parece apreciar los homenajes que se me brindan más incluso que a sí misma, hizo los arreglos para la celebración de mi octogésimo cumpleaños, el 12 de noviembre de 1895. Ella prefirió que esta celebración fuera dirigida por el Consejo Nacional de Mujeres, compuesto por un gran número de organizaciones que representan a todos los departamentos de la labor femenina, aunque, como el sufragio femenino había sido la obra especial de mi vida, habría sido más apropiado si la celebración hubiera estado bajo los auspicios de la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer.

La Sra. Mary Lowe Dickinson, presidenta del Consejo Nacional de Mujeres, asumió la responsabilidad financiera y la extensa correspondencia que esto implicaba, y con raro tacto, perseverancia y habilidad ejecutiva, hizo de la celebración un éxito completo. Al describir esta ocasión, no puedo hacer nada mejor que reproducir, en parte, el relato de la Sra. Dickinson, publicado en The Arena:

"En el mes de junio de 1895, el Consejo Nacional de Mujeres emitió la siguiente invitación:

"'Creyendo que el progreso alcanzado por las mujeres en el último medio siglo puede promoverse mediante una atención más general a sus logros, nos proponemos celebrar, en la ciudad de Nueva York, una convención con este fin. Como momento apropiado para tal celebración, se ha elegido el octogésimo cumpleaños de Elizabeth Cady Stanton. Su medio siglo de trabajo pionero por los derechos de la mujer hace que su nombre sea una inspiración para tal ocasión y su vida un objeto digno del homenaje de todas las mujeres.

"'Este Consejo Nacional está compuesto por veinte organizaciones; estas y todas las demás sociedades interesadas están invitadas a cooperar en el agradecido reconocimiento de la deuda que la generación actual tiene con las pioneras del pasado. Por su interés en el sufragio de la mujer, la influencia de la Sra. Stanton y su colaboradora, la Srta. Anthony, ha permeado todos los departamentos del progreso y los ha convertido en un centro común alrededor del cual pueden reunirse todas las personas interesadas en el desarrollo superior de la mujer'.

"A esta invitación llegaron respuestas, del Viejo Mundo y del Nuevo, expresando simpatía con la celebración propuesta, que tenía la intención de enfatizar un gran principio mostrando la elevación de carácter que había resultado de su encarnación en una personalidad única. El mundo piensa naturalmente en la personalidad antes que en el principio. Tiene, al menos, tanta cortesía inconsciente como para honrar a una mujer noble, incluso cuando no logra comprender correctamente una causa noble. Para dar a este sentimiento su expresión adecuada, para hacer más tangible toda simpatía vaga, para cristalizar el sentimiento creciente a favor de la libertad humana, para dar a la juventud la oportunidad de reverenciar la gloria de la edad, para dar a los corazones su expresión en palabras y canciones, fue quizás el propósito más popular de la reunión. En otras palabras, brindó una oportunidad para que quienes reverenciaban a la Sra. Stanton como una reina entre las mujeres mostraran su reverencia, reconocieran el trabajo que su vida había forjado y vieran en ella un epítome del progreso de un siglo.

"La celebración fue también una ilustración de la idea distintiva del Consejo Nacional de Mujeres, que aspira a dar reconocimiento a todo esfuerzo humano sin exigir uniformidad de opinión como base de cooperación. Pretende actuar sobre una unidad de servicio, a pesar de las diferencias de credo y métodos. Las cosas que separan se retiraron a las sombras donde pertenecen, y todos los corazones lo suficientemente valientes para pensar, y lo suficientemente tiernos para sentir, encontraron fácil unirse en homenaje a una vida que había conocido medio siglo de lucha para liberar a la humanidad de la esclavitud y a la condición femenina de la vergüenza.

"Esta reunión fue el primer reconocimiento general de la deuda que el presente tiene con el pasado. Fue el primer esfuerzo para mostrar hasta qué punto el desarrollo posterior ha sido inspirado y hecho posible por la libertad de pensar y trabajar reclamada en aquel tiempo anterior por mujeres como Lucretia Mott, Lucy Stone, la Sra. Stanton y muchas otras cuyos nombres son sinónimos de noble servicio para la raza. Para aquellos que miraron la reunión desde este punto de vista, no pudo dejar de ser una inspiración.

"Para los seguidores en las líneas de trabajo filantrópico, mirar los rostros y escuchar las voces de mujeres como Clara Barton y Mary Livermore; para la multitud alistada en las concurridas filas de la literatura, sentir en la presencia viva lo que la literatura debe a mujeres como Julia Ward Howe; para el ejército del lazo blanco, dirigirse a su única gran líder de hoy cuya luz, extendiéndose hasta el horizonte, no oscurece ni atenúa la gloria de las líderes de la cruzada del pasado; para los amantes del arte y los estudiantes de arte, recordar a escultoras como Harriet Hosmer y Anna Whitney, y recordar los días en que el arte era un libro cerrado para las mujeres; para los seguidores del arte verdaderamente divino de la curación, honrar a las hermanas Blackwell y la memoria de la Sra. Clemence Lozier; para la misericordia de la cirugía, revelarse en el rostro de la Dra. Cushier, quien ha demostrado para nosotros que el corazón de piedad y la mano de destreza nunca necesitan estar divorciados; para las mujeres que levantan los ojos para encontrarse con el rostro de Phebe A. Hanaford y Anna Shaw y otras mujeres que hoy en el púlpito, así como fuera de él, pueden usar el derecho de una mujer a ministrar a las almas necesitadas; para los que a menudo sufren por leyes injustas, dar la bienvenida a las mujeres abogadas; para la multitud de mujeres trabajadoras, leer hacia atrás a través de la historia de cuatrocientas industrias hasta su comienzo en las 'cuatro', y recordar que cada nueva puerta se había abierto porque algunas mujeres trabajaron y se esforzaron; para todos ellos, los ejercicios fueron parte de un gran peán de acción de gracias, cada fase del progreso tocando su propia cuerda, y encontrando cada una su eco en los corazones que la apreciaban.

"Para el estudiante de historia, o para aquel que puede leer los signos de los tiempos, hubo un significado tan profundo en esta ocasión que hace que uno se retraiga de insistir demasiado en los detalles externos. Sin embargo, como espectáculo únicamente, fue una vista de lo más inspiradora, y una verdaderamente digna de una reina. De hecho, al repasar con la mente las páginas de la historia, ¿qué reina llegó a un trono más triunfante en los corazones de un pueblo agradecido? ¿Qué mujer antes se sentó coronada de plata, bajo un dosel de flores, rodeada no por seguidores serviles sino por hombres y mujeres que trajeron a su corte el servicio más grandioso que habían realizado, su mejor pensamiento cristalizado en discursos y canciones? Más grande que cualquier procesión triunfal que jamás haya marcado un paso real a través de un reino fue saber que en veinte o más ciudades, en muchas iglesias de aldea esa misma noche, se encendieron fuegos festivos, y la multitud celebró, trayendo como tributo no oro ni gemas, sino las aspiraciones más nobles, la gratitud más sincera y los ideales más elevados para la nación y la raza.

"La gran reunión fue solo un eslabón en una cadena; sin embargo, con sus miles de rostros acogedores, con su elocuencia de palabras, con su ofrenda de la más dulce canción de los hijos de una raza que alguna vez estuvo atada pero ahora es libre, con sus destellos pictóricos del viejo tiempo y del nuevo destellando en la noche, con las voces del hogar ofreciendo bienvenida, gratitud y amor, con innumerables saludos de las grandes, verdaderas y valientes almas de muchas tierras, fue de hecho un tributo maravilloso, digno del gran corazón cálido de una nación que lo ofreció, y digno de la mujer tan reverenciada.

"Parecía apropiado que la Sra. Antoinette Sterling, quien, hace veinte años, llevó su voz maravillosa a Inglaterra, donde ganó para ella un lugar único en los corazones de la nación, debiera, al regresar a su país, dar su primer servicio a la condición femenina de su tierra natal. 'Vendré una semana antes', así había escrito, 'para que mi primer trabajo en mi amada América pueda ser hecho por las mujeres. Vengo como mujer y no como artista, y porque me glorío tanto en lo que las mujeres de mi país han logrado'. Así que cuando cantó desde su corazón, '¡Oh, descansa en el Señor; espera pacientemente por Él!', no es de extrañar que pareciera elevar todos los corazones que escuchaban a un reconocimiento del secreto divino y la fuente de poder para todo trabajo.

"Un rasgo encantador del entretenimiento fue una serie de cuadros llamados 'Antes y Ahora', cada uno ilustrando el cambio en la condición de la mujer durante los últimos cincuenta años. Y después de esto, sobre la penumbra brillaron, uno tras otro, los nombres de mujeres nobles como Mary Lyon, Maria Mitchell, Emma Willard y muchas otras que han fallecido. Sobre las sombras y el silencio se rompió la voz de la Sra. Sterling en 'Cruzar la barra' de Tennyson. Y cuando esto terminó, como con una sola voz, toda la audiencia cantó suavemente 'Auld Lang Syne'.

"Y por último, pero no menos importante, debe mencionarse los saludos que llegaron en una lluvia de telegramas y cartas de todas las secciones del país, y muchos de más allá del mar. Estas expresiones, no solo de felicitación personal para la Sra. Stanton, sino manifestaciones de alegría por el progreso en la vida y el pensamiento de la mujer, por las condiciones, ya mucho mejores que en el pasado, y por la esperanza para el futuro, constituirían por sí mismas un capítulo de lo más interesante y maravilloso. Entre ellas se pueden mencionar cartas de Lord y Lady Aberdeen, de Lady Henry Somerset y Frances E. Willard, del canónigo Wilberforce, y muchos otros, incluyendo un discurso de treinta miembros de la familia de John Bright, encabezado por su hermano, el Muy Honorable Jacob Bright; un discurso bellamente grabado, en pergamino, de la Sociedad Nacional de Sufragio Femenino de Escocia, un discurso de la Liga de Sufragio Femenino de Londres, y un cablegrama de la Asociación Liberal de Mujeres de Bristol; una carta de la Sociedad de Derechos de la Mujer de Finlandia, firmada por su presidenta, la baronesa Gripenberg de Helsingfors; telegramas de las pioneras del sufragio de California; y otros del Club de Mujeres de Chicago, de la Sociedad de Sufragio Femenino de Toledo y Ohio, del hijo del Rev. Dr. William Ellery Channing, y un telegrama y una carta de ciudadanos y sociedades de Seneca Falls, Nueva York, acompañados de flores y muchas hermosas piezas de plata de las diferentes sociedades. También hubo cartas del Honorable Oscar S. Strauss, exministro en Turquía, la Srta. Ellen Terry, y decenas de otros. Se recibió un discurso de la Asociación de Mujeres de Utah, acompañado de una hermosa caja de votación de ónix y plata; y de las mujeres Shaker de Mount Lebanon llegó una oda; una copa de la amistad de plata maciza de la Liga de Sufragio de la Ciudad de Nueva York, presentada en la plataforma con unas pocas palabras apropiadas por su presidenta, la Sra. Devereux Blake.

"Cientos de organizaciones y sociedades, tanto en este país como en el extranjero, desearon tener sus nombres registrados como en simpatía con el movimiento. Muchas organizaciones estuvieron presentes como cuerpo, y a uno le recordaba, por la variedad y belleza de las decoraciones de sus palcos, el Carnaval veneciano, mientras los ocupantes miraban hacia abajo desde entre los estandartes de seda y las flores, hacia la multitud de abajo. Toda la ocasión fue de hecho un festival único, único en su presentación, así como en su propósito, plan, carácter y espíritu. Ninguna mujer presente podía dejar de quedar impresionada con lo que debemos a las mujeres del pasado, y especialmente a esta mujer que era la invitada de honor de la ocasión. Y ninguna mujer joven podría desear olvidar la imagen de esta forma anciana mientras, apoyada en su bastón, la Sra. Stanton hablaba a la gran audiencia de más de seis mil personas, como había hablado cientos de veces antes en los pasillos legislativos, y siempre que su palabra pudiera influir en el sentimiento popular a favor de la justicia para toda la humanidad".

Mi celebración de cumpleaños, con todos los testimonios de amor y amistad que recibí, fue una ocasión de pensamiento tan serio y sentimiento tan profundo como nunca antes había experimentado. Habiendo estado acostumbrada durante medio siglo a la culpa más que al elogio, me sorprendió tal manifestación de aprobación; podía soportar cualquier cantidad de críticas severas con complacencia, pero tal efusión de homenaje y afecto me conmovió profundamente. Para calmarme durante esa semana de emoción, pensé muchas veces en el sabio lema de Michelet: "Que el bienestar y la aflicción de la humanidad sean todo para ti, su alabanza y culpa de ningún efecto; no te enorgullezcas con la una ni te abatas con la otra".

Naturalmente, en un momento así revisé mi vida, su marcha y batalla en las carreteras de la experiencia, y conté sus derrotas y victorias. Recordé cuando unas pocas mujeres convocaron la primera convención para discutir sus discapacidades, que nuestros amigos conservadores dijeron: "Habéis cometido un gran error, se reirán de vosotras desde Maine hasta Texas y más allá del mar; Dios ha establecido los límites de la esfera de la mujer y ella debería estar satisfecha con su posición". Su profecía fue más que realizada; fuimos ridiculizadas sin piedad por la prensa y el púlpito tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Pero ahora se celebran muchas convenciones cada año en ambos países para discutir las mismas ideas; las costumbres sociales han cambiado; las leyes han sido modificadas; el sufragio municipal ha sido concedido a las mujeres en Inglaterra y algunas de sus colonias; el sufragio escolar ha sido concedido a las mujeres en la mitad de nuestros Estados, el sufragio municipal en Kansas, y el sufragio pleno en cuatro Estados de la Unión. Así, el principio despreciado en 1848 fue aceptado en Inglaterra en 1870, y desde entonces, año tras año, ha progresado lentamente en Estados Unidos hasta que la cuarta estrella brilló en nuestra bandera en 1896, ¡e Idaho dio el sufragio a sus mujeres! Esa primera convención, considerada un "grave error" en 1848, es referida ahora como "un gran paso en el progreso".

Mi siguiente error fue cuando, como presidenta de la Asociación de Templanza de la Mujer del Estado de Nueva York, exigí la aprobación de un estatuto que permitiera a las esposas un divorcio absoluto por la brutalidad e intemperancia de sus maridos. Me dirigí a la Legislatura de Nueva York unos años después cuando un proyecto de ley similar estaba pendiente, y también a grandes audiencias en varias de nuestras principales ciudades, y por esto fui severamente denunciada. Hoy, los fugitivos de tales vínculos impíos pueden asegurar la libertad en muchos de los Estados del Oeste, y el sentimiento público ilustrado respalda a las madres en su negativa a transmitir un apetito cargado de tantas consecuencias malignas. Esto, también llamado un "error" en 1860, fue considerado un "paso en el progreso" unos años más tarde.

De nuevo, insté a mis colaboradoras mediante discursos, cartas y resoluciones, como un medio de agitación generalizada, a hacer las mismas demandas a la Iglesia que ya habíamos hecho al Estado. Ellas objetaron, diciendo: "Eso es demasiado revolucionario, un ataque a la Iglesia dañaría el movimiento sufragista". Pero hice la demanda constantemente, cuando se presentaba la oportunidad, de que las mujeres fueran ordenadas para predicar el Evangelio y para ocupar los cargos de ancianas, diaconisas y fideicomisarias. Unos años más tarde, algunas de estas sugerencias fueron aceptadas. Algunas iglesias sí ordenaron mujeres como pastoras sobre congregaciones propias, otras eligieron mujeres diaconisas, y unas pocas iglesias permitieron a las mujeres, como delegadas, sentarse en sus conferencias. Así, esta demanda fue en cierta medida honrada y se dio otro "paso en el progreso".

En 1882 traté de organizar un comité para considerar el estatus de las mujeres en la Biblia, y la afirmación de que los escritos hebreos fueron el resultado de la inspiración divina. Se consideró muy presuntuoso para mujeres no versadas en idiomas y en historia eclesiástica emprender tal trabajo. Pero como simplemente nos propusimos comentar sobre lo que se decía de las mujeres en inglés sencillo, y encontramos que estos textos componían solo una décima parte del Antiguo y Nuevo Testamento, no me pareció una empresa difícil o peligrosa. Sin embargo, cuando se publicó la Parte I de "La Biblia de la mujer", de nuevo hubo una desaprobación general por parte de la prensa y el púlpito, e incluso por las propias mujeres, expresada en resoluciones en convenciones de sufragio y templanza. Como otros "errores", este también, a su debido tiempo, será considerado como "un paso en el progreso".

Tales experiencias me han dado confianza en mi juicio, y paciencia con la oposición de mis colaboradoras, con quienes en tantos puntos discrepo. No requiere coraje ahora demandar el derecho al sufragio, legislación de templanza, leyes de divorcio liberales, o que las mujeres ocupen cargos en la iglesia: estas batallas han sido libradas y ganadas y el principio que gobierna estas demandas concedido. Pero todavía requiere coraje cuestionar la inspiración divina de los escritos hebreos en cuanto a la posición de la mujer. ¿Por qué deberían los mitos, fábulas y alegorías de los hebreos ser considerados más sagrados que los de los asirios y egipcios, de cuya literatura se derivaron la mayoría de ellos? Al ver que las supersticiones religiosas de las mujeres perpetúan su esclavitud más que todas las demás influencias adversas, me siento impulsada a reiterar mis demandas de justicia, libertad e igualdad en la Iglesia tanto como en el Estado.

La celebración del cumpleaños fue para mí más que un hermoso espectáculo; más que un tributo personal. ¡Fue el amanecer de un nuevo día para las Madres de la Raza! La armoniosa cooperación de tantas organizaciones diferentes, con intereses y opiniones diversas, en un gran jubileo fue, de hecho, una visión celestial de paz y esperanza; una profecía de que con la exaltación de la Condición Femenina vendrían nueva Vida, Luz y Libertad para toda la humanidad.

Cabot, Frederick, Cady, Juez Daniel, Cady, Eleazer, Cady, Margaret Livingston, Caird, Mona, Cameron, Juez Hugh, Carlisle, Lora y Lady, Carlyle, Thomas, Carnegie, Andrew, Carroll, Anna, Cary, Alice, Cary, Phoebe, Channing, Rev. Dr. William Ellery, Channing, Dr. William F., Channing, Rev. William Henry, Chant, Ormiston, Chapman, Maria, Chase, William, Cheever, Rev. George B., Child, Lydia Maria, Choate, Joseph H., Christie, Margaret, Clark, Helen Bright, Clarkson, Thomas, Cleveland, Grover, Clinton, Gobernador De Witt C., Cluseret, General, Cobb, Sr. y Sra., Cobbe, Frances Power, Cobden, Jane, Cochrane, James, Cochrane, General John, Cochrane, Mary, Colby, Clara B., Cole, Senador Cornelius, Coleridge, Lady, Collyer, Rev. Robert, Combe, Andrew, Comte, Auguste, Conkling, Juez Alfred, Conkling, Roscoe, Conway, Rev. Moncure D., Conway, Sra. de Moncure D., Cooley, Juez Thomas M., Couzins, Phoebe W., Croly, Jennie C., Crowninshield, Capitán A.S., Crowninshield, Mary, Cox, S.S., Coxe, Obispo, Curtis, George William, Cushier, Dra., Cushman, Charlotte,

Dana, Charles A., Dana, Eunice MacDaniel, Darling, Anna B., Darlington, Chandler, Darlington, Hannah, Davis, Edward M., Davis, Paulina Wright, Davitt, Michael, Depesyrons, Profesor, Deraismes, Mme. Féresse, Deraismes, Maria, Dickinson, Anna E., Dickinson, Mary Lowe, Dietrick, Ellen Battelle, Dilke, Sra. de Ashton, Dilke, Sir Charles, Dix, Dorothy L., Dix, General John A., Douglass, Frederick, Douglass, Sr., Dowden, Profesor, Dudley, Blandina Bleecker, Dumas, Alexandre, Durand, Mme. M.E., Dyer, Charles Gifford, Dyer, Hella,

Eaton, Profesor Amos B., Eaton, Daniel C., Eaton, Harriet Cady, Eddy, Srta., Eddy, Sra. de Jackson, Edmunds, Senador George F., Eliot, George, Euet, Elizabeth F., Ellsler, Fanny, Elmy, Sra., Emerson, Ralph Waldo, England, Isaac W., England, Sra. de Isaac W., Everett, Charles,

Fabre, Senador Joseph, Fairchild, Gobernador Lucius, Faithfull, Emily, Farnham, Sra., Fawcett, Henry, M.P., Fawcett, Millicent J., Ferry, Jules, Ferry, Senador Thomas W., Field, Rev. Dr. Henry M., Field, Kate, Fine, Juez, Finney, Rev. Charles G., Fitzhugh, Ann Carroll, Fitzhugh, Srta., Folsom, Abigail, Forbes, Arethusa, Forney, John W., Foster, Abby Kelly, Foster, Rachel, Foster, Stephen, Frederic, Harold, Fremont, General John C., French, Daniel C., Frothingham, Rev. O.B., Froude, James Anthony, Fry, Elizabeth, Fuller, Kate, Fuller, Margaret, Fuller, W.J.A., Furness, Rev. William H.,

Gage, Frances Dana, Gage, Matilda Joslyn, Gardener, Helen H., Garibaldi, General G., Garrison, Gertrude, Garrison, William Lloyd, Garrison, Sra. de W.L., Gay, Sidney Howard, Geddes, Sr., George, Henry, Gestefeld, Ursula N., Gibbons, Abby Hopper, Gillespie, Sra., Gladstone, Right Hon. William E., Gladstone, Sra. de W.E., Godwin, Mary Wollstonecraft, Godwin, William, Grant, General Ulysses S., Greeley, Horace, Greeley, Sra. de Horace, Greene, Beriah, Greenough, Sra. de W.H., Greenwood, Grace, Gréville, Henri, Grévy, Presidente Jules, Grévy, Mme. Jules, Grew, Mary, Grey, Maria G., Grimké, Angelina, Grimké, Sarah, Gripenberg, Baronesa Alexandra, Gurney, John Joseph, Gurney, Samuel, Gustafsen, Sra.,

Hammond, Dr. William A., Hanaford, Rev. Phebe A., Harbert, Elizabeth Boynton, Harberton, Lady, Harvey, Rev. A., Hawley, General Joseph R., Hawthorne, Nathaniel, Hazeltine, Mayo W., Heine, Heinrich, Hertell, Juez, Hertz, Fannie, Hicks, Elias, Higginson, Thomas Wentworth, Hill, Octavia, Hill, Presidente, Hinckley, Rev. Frederick A., Hoar, Senador George F., Hoggan, Dra. Frances E., Hoisington, Rev. William, Holmes, Oliver Wendell, Hooker, Isabella Beecher, Holyoake, George Jacob, Hosack, Rev. Simon, Hoskins, Frances, Hosmer, Harriet, Hovey, Charles, Howe, Julia Ward, Howell, Juez, Howell, Mary Seymour, Howells, William D., Howells, Sra. de William D., Howitt, Mary, Hudson, Harriet, Hugo, Victor, Hunt, Jane, Hunt, Dra. Harriet K., Hunt, Juez Ward, Hunt, Richard, Hurlbert, Juez, Huron, Sr., Hutchinson, Familia, Hutchins, Sr., Hyacinthe, Père,

Ingersoll, Robert G.,

Jackson, Francis, Jackson, Dr. James, Jackson, Dra. Kate, Jackson, Sr. y Sra., Jackson, Sra., Jacobi, Dra. Mary Putnam, Jameson, Anna, Janes, Obispo, Jarvis, Helen, Jenckes, Thomas A., Jenkins, Lydia, Jenney, Sr. y Sra., Johnson, Adelaide, Johnson, Mariana, Johnson, Oliver, Johnson, Sir William, Joly, Profesor Nicholas, Jones, Phoebe, June, Jennie,

Kelley, William D., Kelley, Abby, Kennan, George, Kent, Canciller, Kergomard, Pauline, Kilpatrick, General, Kimber, Abby, King, Capitán Charles, Kingsford, Anna, Kingsley, Canónigo Charles, Klumpke, Anna, Kropotkin, Príncipe,

Laboulaye, Édouard R.L., La Fayette, Marqués de, Lampson, Padre, Lapham, Anson, Lauterbach, Sra. de Edward, Lawrence, Frank E., Lawrence, Margaret Stanton, Lawson, Sir Wilfrid, Leavitt, Joshua, Lecky, W.E.H., Lee, Richard Henry, Lee, Theresa, Lieneff, Sr., Lincoln, Abraham, Livermore, Mary A., Livingston, Coronel James, Livingston, Margaret, Livingston, Mary, Logan, Olive, Long, Gobernador John D., Longfellow, Henry W., Longfellow, Rev. Samuel, Lord, Dr., Lord, Emily, Lord, Frances, Luis Felipe, Lowell, James Russell, Lozier, Dra. Clemence S., Lucas, Margaret Bright, Lyon, Mary,

McClintock, Elizabeth, McClintock, Mary Ann, McKeon, Juez, McLaren, Charles, McLaren, Sra. de Charles, McLaren, Hon. Duncan, M.P., McLaren, Priscilla Bright, McLaren, Walter, McMartin, Donald, McMartin, Duncan, McMartin, Margaret Cady, MacDaniel, Eunice, MacDaniel, Frances L., MacDaniel, Osborne, Macaulay, Thomas Babington, Maire, Rev. Hugh, Mann, Horace, Mann, Prestona, Mansfield, Lord Presidente del Tribunal Supremo, Mansfield, Sra. de A.A., Marsh, Luther R., Martineau, Harriet, Massey, Gerald, May, Rev. Samuel J., Mellen, Sra. de William, Mendenhall, Dinah, Meredith, George, Michel, Louise, Michelet, Jules, Milinowski, Capitán Arthur, Mill, John Stuart, Mill, Sra. de John Stuart, Miller, Charles Dudley, Miller, Coronel, Miller, Elizabeth Smith, Miller, Gerrit Smith, Miller, Jenness, Miller, John B., Miller, Juez, Miller, Juez Samuel F., Minor, Virginia L., Mitchell, Dra. Julia, Mitchell, Dra. Kate, Mitchell, Profesora Maria, Moffett, Rev. Dr., Moliner, Profesor, Morley, John, Morpeth, Lord, Morris, William, Morrison, Cotton, Morsier, Émilie de, Morton, Edwin, Mott, Lucretia, Mott, Lydia, Moulton, Louise Chandler, Moulton, Sra., Müller, Eva, Müller, Henrietta, Murray, Eliza,

Napoleón, Neal, Elizabeth, Nichol, Elizabeth Pease,

O'Connell, Daniel, O'Conor, Charles, Olmstead, Rev. John W., Olmstead, Mary Livingston, Opie, Amelia, Orr, Sra., Osborne, Eliza W., O'Shea, Sra. Kitty, Owen, Robert Dale,

Palmer, Senador John M., Parker, Margaret, Parker, Theodore, Parkhurst, Sra., Parnell, Charles Stewart, Parsons, Chauncey C., Parsons, Sra. de Chauncey C., Patton, Rev. Dr., Peabody, Elizabeth, Pearson, Karl, Pease, Elizabeth, Phelps, Elizabeth B., Phillips, Ann Green, Phillips, Wendell, Pierpont, John, Pillsbury, Parker, Plumb, Senador Preston B., Pochin, Sra., Pomeroy, "Brick", Powell, Aaron, Powell, Profesor, Priestman, Annie, Priestman, Mary, Pugh, Sarah,

Quincy, Edmund,

Ramsey, Sr., Reid, Sra. de Hugo, Remond, Charles, Richer, Léon, Richter, Jean Paul Friedrich, Ripley, George, Ripley, Sra. de George, Richardson, Abby Sage, Ristori, Marquesa Adelaide, Robinson, Gobernador Charles, Roby, Matilda, Rogers, Caroline Gilkey, Rogers, Nathaniel P., Roland, Mme., Rosa, Sr., Rose, Ernestine L., Root, Elihu, Rouvier, M., Runkle, Sra., Ruskin, John,

Sackett, Juez Gerrit V., Sage, Russell, Sage, Sra. de Russell, Sanborn, Frank, Sanders, Sra. de Henry M., Sargent, Senador Aaron A., Sargent, Sra. de Aaron A., Saville, Sra., Scatcherd, Alice Cliff, Scatcherd, Sr., Schenck, Elizabeth B., Schenck, Robert C., Scoble, Rev. John, Seaman, Sr., Seidl, Profesor, Sewall, May Wright, Sewall, Samuel E., Sewall, Sra. de Samuel E., Seward, Gobernador William H., Seward, Sra. de William H., Shaftesbury, Lord, Shaw, Rev. Anna, Shelley, Percy Bysshe, Shelley, Percy Florence, Smalley, George W., Smith, Ann Carroll Fitzhugh, Smith, Elizabeth Oakes, Smith, Gerrit, Smith, Greene, Smith, Profesor Horace, Smith, Sra. de Horace, Smith, Peter Sken, Smith, Sidney, Smith, Hermanas, Somerset, Lady Henry, Southwick, Abby, Southwick, Joseph, Southwick, Thankful, Southworth, Louisa, Spaulding, Obispo, Spence, Clara, Spencer, John C., Spencer, Sarah Andrews, Spofford, Jane Snow, Spofford, Sr., Sprague, Gobernador William, Staël, Mme. de, Stanford, Senador Leland, Stanley, Deán, Stansfeld, Sr., M.P., Stanton, Hon. Daniel Cady, Stanton, Edwin M., Stanton, Elizabeth Cady, nieta de la autora, Stanton, Hon. Gerrit Smith, Stanton, Harriot Eaton, Stanton, Henry, Stanton, Hon. Henry Brewster, Stanton, Margaret Livingston, Stanton, Marguerite Berry, Stanton, Robert Livingston, Stanton, Theodore, Stead, William T., Stebbins, Catharine F., Stebbins, Giles, Stebbins, Sra., Steinthal, Rev., Stepniak, Sterling, Antoinette, Stevens, Thaddeus, Stevenson, Robert Louis, Stewart, Alvan, Stone, Lucy, Stout, Rev. C., Stowe, Harriet Beecher, Straus, Oscar S., Stuart, Charles, Stuart, Dr. Jacob H., Stuart, Sra. de Jacob H., Stuart, Profesor, Sturge, Joseph, Sumner, Charles, Sutherland, Duquesa de, Swift, Isabella, Swift, Teniente,

Tanner, Sra., Taylor, Helen, Taylor, Sra. de Peter A., Terry, Ellen, Thacher, Alcalde, Thomson, Adeline, Thomasson, Hon. John P., M.P., Thomasson, Sra. de John P., Thompkins, Gobernador Daniel D., Thompson, George, Thompson, May Wright, Tilton, Theodore, Train, George Francis, Traut, Mme. Griess, Tree, Ellen, Tudor, Sra. de Fenno, Tyler, Profesor Moses Coit, Tyng, Dr. Stephen,

Underhill, Zoe Dana,

Van Vechten, Abraham, Vest, Senador George G., Victoria, Reina, Vignon, Claude, Villard, Fanny Garrison, Villard, Henry, Vincent, Henry, Virchow, Profesor,

Waite, Presidente del Tribunal Supremo Morrison R., Walter, Ellen Cochrane, Walsingham, Sir Francis, "Warrington", Washington, General George, Weed, Thurlow, Weld, Angelina Grimké, Weld, Theodore D., Wellington, Duque de, Wells, Emeline B., West, Benjamin, Weston, Deborah, Whipple, E.P., Whitney, Anna, Whittier, John G., Whittle, Dr. Ewing, Wigham, Eliza, Wigham, Jane, Wilberforce, Canónigo, Wilberforce, William, Wilbour, Charlotte Beebe, Wilkeson, Catherine Cady, Wilkeson, Samuel, Willard, Amelia, Willard, Emma, Willard, Frances E., Willard, Sra. de John, Williams, Senador C.G., Williams, Elisha, Wilson, Daniel, Winckworth, Sr. y Sra. Stephen, Winslow, Emily, Woodhull, Victoria, Wollstonecraft, Mary, Woodward, Sr., Worden, Sra., Wright, David, Wright, Frances, Wright, Henry C., Wright, Martha C., Wright, Sr., Wright, Paulina,

Yost, Elizabeth W., Yost, Maria,

Zackesewska, Dra. M.E.,

[Porciones de los capítulos X y XI de este libro han sido tomadas con permiso de un artículo escrito por la Sra. Stanton para "Our Famous Women", publicado por A.D. Worthington & Co.]

Public-domain source text from Project Gutenberg, translated into Spanish by AI under our editorial direction. Machine translation of a whole book is not flawless — this exists so you can read a book otherwise closed to you, not as a scholarly edition. How this is made.