Serie de Mujeres Eminentes
Editada por John H. Ingram
EMILY BRONTE
Todos los derechos reservados.
EMILY BRONTE
por
A. MARY F. ROBINSON
Segunda edición.
Londres: W. H. Allen and Co. 13, Waterloo Place 1883.
[Todos los derechos reservados]
Londres: Impreso por W. H. Allen and Co., 13 Waterloo Place. S.W.
CONTENIDO.
PÁGINA
Introducción 1
CAPÍTULO I. Ascendencia 8
CAPÍTULO II. Infancia 18
CAPÍTULO III. Cowan's Bridge 28
CAPÍTULO IV. Niñez 40
CAPÍTULO V. Ir a la escuela 53
CAPÍTULO VI. Adolescencia en Haworth 61
CAPÍTULO VII. En la Rue d'Isabelle 77
CAPÍTULO VIII. Una retrospectiva 92
CAPÍTULO IX. El regreso 103
CAPÍTULO X. Los prospectos 111
CAPÍTULO XI. La caída de Branwell 116
CAPÍTULO XII. Escribiendo poesía 128
CAPÍTULO XIII. Problemas 144
CAPÍTULO XIV. Cumbres Borrascosas: su origen 154
CAPÍTULO XV. Cumbres Borrascosas: la historia 168
CAPÍTULO XVI. 'Shirley' 209
CAPÍTULO XVII. El final de Branwell 217
CAPÍTULO XVIII. La muerte de Emily 223
¡FIN! 233
* * * * *
LISTA DE FUENTES.
1846-56. Las obras de Currer, Ellis y Acton Bell.
1857. Vida de Charlotte Bronte. Sra. Gaskell. 1ª y 2ª ediciones.
1877. Charlotte Bronte. T. Wemyss Reid.
1877. Nota sobre Charlotte Bronte. A. C. Swinburne.
1881. Tres grandes mujeres inglesas. P. Bayne. Manuscrito de la conferencia sobre Emily Bronte. T. Wemyss Reid. Manuscrito de notas sobre Emily y Charlotte Bronte. Srta. Ellen Nussey. Manuscrito de cartas de Charlotte y Branwell Bronte.
1879. Reminiscencias de los Bronte. Srta. E. Nussey.
1870. Cartas inéditas de Charlotte, Emily y Anne Bronte. Hours at Home.
1846. Copia anotada de los poemas de Emily Bronte.
1872. Branwell Bronte: en el "Mirror". G. S. Phillips.
1879. Imágenes del pasado. F. H. Grundy.
1830. Prospecto de la Escuela para Hijas de Clérigos en Cowan's Bridge.
1850. Prefacio a Cumbres Borrascosas. Charlotte Bronte.
1850. Noticia biográfica de Ellis y Acton Bell. Charlotte Bronte.
1850. Cumbres Borrascosas: en el "Palladium". Sydney Dobell. Reminiscencias personales de la Sra. Wood, la Sra. Ratcliffe, la Sra. Brown y el Sr. William Wood, de Haworth.
1811-18. Poemas de Patrick Bronte, B.A., titular de Haworth.
1879. Haworth: pasado y presente. J. Horsfall Turner.
* * * * *
EMILY BRONTE.
INTRODUCCIÓN.
Quizá existan pocas pruebas de excelencia tan seguras como el veredicto popular sobre una obra de arte cien años después de su realización. Debe permitirse tanto tiempo para el vaivén y el rebote del gusto, para el despojo de los oropeles de mal gusto y para permitir que la propia obra de arte forme un público capaz de apreciarla. Nos llegan fragmentos tan maravillosos de elogios isabelinos; y no podemos evitar recordar la cantidad de ejemplares de 'Prometeo liberado' vendidos durante la vida del poeta. Sabemos demasiado bien "qué gachas tomó John Keats", y recordamos con recelo la tortuga con la que convidamos a Hobbs y Nobbs en la cena, y cuán complacientemente los vimos ponerse los laureles después.
Desconfiemos, pues, por todos los medios de nuestra propia estimación y la del público sobre todos los héroes muertos hace menos de cien años. Al reclamar un veredicto infalible, recordemos cuán extrañamente suenan nuestras decisiones al otro lado de la galería de los susurros del Tiempo. ¿Pronunciaremos, por tanto, solo sobre Chaucer y Shakespeare, sobre Gower y nuestro docto Ben? ¡Ay! Estamos demasiado seguros de sus méritos relativos; arriesgamos nuestra reputación sin escrúpulos, sin ardores de batalla. Estos los reservamos para aquellos para quienes el futuro aún no es seguro, para quienes aún se puede decir una palabra oportuna, para quienes aún podemos sentir ese entusiasmo lanzado solo posible cuando el destino es aún desconocido, y, mientras luchamos, imaginamos que la gloria de nuestro héroe está en nuestras manos.
Pero muy gradualmente se gana la victoria. Se forma inconscientemente un gusto por las cualidades necesarias para el siguiente desarrollo del arte: cualidades que Blake en su buhardilla, Millet sin un céntimo, plasmaron en una obra inmortal. Por fin, cuando llega el momento oportuno, algún experto ve el cuadro, quita el polvo al libro y de inmediato proclama su descubrimiento. El Sr. Swinburne, por así decirlo, sopló el polvo de 'Cumbres Borrascosas'; y ahora ocupa el lugar que le corresponde en el estante donde Coleridge y Webster, Hofmann y Leopardi tienen el suyo. Hasta entonces, unas cuantas líneas valientes de bienvenida de Sydney Dobell, un buen verso del Sr. Arnold, una nota del Sr. Reid, era todo el elogio que se le había dado al libro por parte de aquellos con autoridad. Aquí y allá, una obrera de una fábrica de West Riding leía y releía el ejemplar harapiento de la biblioteca de préstamo; aquí y allá, algún niño ávido, insatisfecho y apasionado daba con el libro y lo amaba, a pesar de los reproches, encontrando en él una imaginación que satisfacía y una tormenta que aclaraba el aire; o algún corazón de fibra fuerte sentía sin estremecerse la justicia de esa visión severa de la inevitable ruina heredada que sigue al niño encontrado por azar de un marinero extranjero y una madre de puerto. Pero estos lectores no eran muchos; todavía hoy el libro no es popular.
Porque, en verdad, las cualidades que distinguen a Emily Bronte no son aquellas que son de primera necesidad para un novelista. Ella carece de experiencia; su rango de personajes es estrecho y local; no tiene la atmósfera de amplia humanidad de George Eliot; no tiene el feliz don de Jane Austen de hacernos amar en un libro lo que hemos pasado por alto en la vida; no reconocemos en ella la verdad humana y la pasión, la amargura de humor serena e infalible, que han hecho para Charlotte Bronte un lugar entre Cervantes y Victor Hugo.
Emily Bronte es de una clase diferente. Su imaginación es más estrecha, pero más intensa; ve menos, pero lo que ve está absolutamente presente: ningún escritor ha descrito los páramos, el viento, los cielos, con su fiel pasión, pero esto es todo lo que describe de la Naturaleza. Su naturaleza estrecha y ferviente consideraba como una simple molestia las escenas y personajes triviales tratados con simpatía y humor inmortales en 'Villette' y 'Shirley'; el propio Paul Emanuel le parecía solo un maestro pedante y exigente; pero, por otro lado, para cierta clase de mente, no hay nada en la ficción tan conmovedor como el espectáculo de Heathcliff muriendo de alegría —una alegría antinatural, irreal— su naturaleza de pantera paralizada, anéantie, en un delirio de dicha visionaria.
Solo una imaginación del poder más raro podría concebir tal desenlace, compensando una vida de negra ingratitud no con horrores comunes, no con un frenesí vulgar de manicomio; sino con la torturante aprensión de una felicidad nunca del todo captada, siempre justo más allá del borde de la realización. Solo una imaginación del tacto más fino y raro, absolutamente segura en su pisada sobre ese camino de un solo cabello que conecta este mundo con la tierra de los sueños. Pocos han pisado ese puente peligroso con la valentía de Emily Bronte: ese es su propio terreno y allí gana nuestro mayor elogio; pero ponla sobre la tierra, pídele que interprete para nosotros las vidas comunes de la gente que la rodea, y no puede dar respuesta. El espíritu rápido y certero se mueve con el andar torpe y vacilante de un pájaro acostumbrado a elevarse.
Ella nos cuenta lo que vio; y lo que vio y lo que fue incapaz de ver son igualmente característicos. Toda la naturaleza salvaje de esos páramos, todos los secretos de esas granjas solitarias, todas las capacidades de la única tragedia de pasión y debilidad que tocó su vida solitaria, las adivinó y se las apropió; pero no la vida del pueblo a sus pies, no el bullicio de los molinos, los disturbios, las repentinas alternancias de riqueza y pobreza; no la incesante rivalidad entre la iglesia y la capilla; y mientras West Riding ha conocido el prototipo de casi cada persona y casi cada lugar en 'Jane Eyre' y 'Shirley', ni un solo personaje en 'Cumbres Borrascosas' escaló jamás las colinas alrededor de Haworth.
Digamos que dos extranjeros han pasado por Staffordshire, dejándonos sus informes de lo que han visto. El primero, viajando de día, nos hablará de la horrible negrura del país; pero aún más, sin duda, de esa terrible y paciente lucha del hombre con el fuego y la oscuridad, del valor sombrío de esas vidas desconocidas; y vería por lo que se afanan, mujeres con niños pequeños en brazos; y notaría el cielo azul más allá del humo, doblemente precioso por tan horrible entorno. Pero el segundo viajero ha viajado durante la noche; ni miseria ni fealdad, ni cielo ni niños ha visto, solo una vasta extensión de negrura atravesada por fuegos llameantes, o aquí y allá quemada hasta un rojo opaco por hornos candentes; y ante estos, extraños trabajadores, medio desnudos, apenas humanos, y rojos por el parpadeo saltarín y el destello del fuego. El significado de su trabajo no pudo verlo, sino una fantasmagoría temerosa e impresionante de llamas, negrura y energías ígneas trabajando en la noche envolvente.
Tan diferente apareció el país negro de este mundo a Charlotte, clarividente y compasiva, y a Emily Bronte, una viajera a través de las sombras. Cada una registró fielmente lo que vio, y el lugar era el mismo, ¡pero qué distinta la visión! Las gafas del temperamento colorean el mundo de forma muy diferente para cada espectador; y, para comprender la visión, nosotros también deberíamos mirar por un momento a través del cristal del vidente. Lograr un vistazo tan fugaz, lograr y dar una percepción tan momentánea del carácter de Emily Bronte, ha sido el objetivo que he intentado en este libro. Que no haya cumplido mi deseo es quizás inevitable; la tarea se ha dejado durante demasiado tiempo. Si he hecho algo en absoluto, siento que gran parte de la recompensa se debe a mis muchos y generosos ayudantes. Entre ellos, debo agradecer al Dr. Ingham, mi amable anfitrión en Haworth, a la Sra. Wood, al Sr. William Wood, a la Sra. Brown y a la Sra. Ratcliffe de esa parroquia, todos los cuales habían conocido a la ya desaparecida familia Bronte; y mis agradecimientos se deben no menos al Sr. T. Wemyss Reid, como se verá más adelante, al Sr. J. H. Ingram y al Sr. Biddell, quienes han recopilado mucha información valiosa para mi beneficio; y sobre todo debo gratitud y agradecimiento a la Srta. Ellen Nussey, sin cuya generosa ayuda mi trabajo habría permanecido más ignorante y extraviado. A ella, si hubiera sido más digno, si hubiera sido todo lo que el tema merece, y aun así sin esas sombras de melancolía y problemas que impone la naturaleza de la historia; a ella, si solo hubiera podido hablar del alto y noble carácter de Emily Bronte y no de las grandes pruebas de su vida, me habría aventurado a dedicar este estudio. Pero a la amiga de Emily solo le ofrezco lo que, a través de ella, he aprendido de Emily; ella, que supo tan poco de las vergüenzas y penas de Branwell, no tiene relación con este, su triste y necesario registro. Solo las luces y la luz del sol de mi trabajo le dedico a ella. Puede que haya dado una parte demasiado grande a las sombras, a las múltiples locuras y fracasos de Branwell Bronte. Sin embargo, en la vida de Emily Bronte las influencias formativas fueron tan pocas, y los pecados de este amado y errante hermano tuvieron una parte tan importante en la determinación de la inclinación de su genio, que haberlos pasado por alto habría sido ignorar el impacto que convirtió la fantasía de los 'Poemas' en la tragedia de 'Cumbres Borrascosas'. Habría sido dejar sin contar la paciencia, el valor, el desinterés que perfeccionaron el carácter heroico de Emily Bronte; y dejarla cargada con la calumnia de haber elegido inventar los crímenes y la violencia de sus personajes dramáticos. ¡No, ay! Solo eran reflejos de la pasión y la pena que oscurecían su hogar; no fue ninguna fantasía perversa la que llevó a esa chica pura e inocente a una meditación incesante sobre la fuerza conquistadora del pecado y la supremacía de la injusticia.
Ella meditó sobre el problema día y noche; tomó sus dificultades apasionadamente a pecho; en medio de sus pensamientos atribulados escribió 'Cumbres Borrascosas'. Por el espíritu claro que inspira el final de su obra, sabemos que la tormenta ha pasado; sabemos que su siguiente tragedia habría sido menos violenta. Pero nunca la veremos; porque —y es por esto que la mayoría de nosotros la recordamos— murió repentina y silenciosamente.
Murió antes de que una sola palabra de digno elogio le llegara. Murió con su obra incomprendida y descuidada. Y, sin embargo, no infeliz. Pues su hogar en los páramos le era muy querido, los deberes más pequeños y humildes agradables; amaba a sus hermanas con devota amistad, y tuvo muchas pequeñas felicidades en su vida paciente, alegre y desinteresada. ¡Ojalá pudiera mostrarla tal como era! No la poetisa austera y violenta que, al estilo del cuco, ha usurpado su lugar; sino valiente ante el destino y tímida ante el hombre; severa consigo misma, tolerante con todas las cosas débiles y errantes; silenciosa, aunque a veces chispeante con felices ocurrencias. Pues representarla tal como era sería su monumento más noble y apropiado.
CAPÍTULO I.
ASCENDENCIA.
Emily Bronte nació de padres sin ningún talento peculiar para la literatura. Es cierto que las cartas de su madre están escritas de forma precisa y bonita. Es cierto que su padre publicó algunos tratados y poemas religiosos. Pero en ninguno de los dos casos hay rastro de dote literaria o poética. Pocas, en verdad, son las revistas parroquiales que no podrían mostrar entre sus contenidos poemas y artículos muy superiores a las débiles y carentes de carácter efusiones del padre de los Bronte. El hecho parece importante; porque en este caso no un miembro de una familia, sino toda una familia, está dotada en mayor o menor grado con facultades no derivadas de ninguno de los padres.
Porque los niños pueden heredar genio de padres que ellos mismos no están dotados, como dos corrientes de aire que se unen para formar un líquido con propiedades diferentes a cualquiera de ellas; y nunca es la biografía más valiosa que cuando nos permite percibir por qué combinación de cualidades aliadas, fricción de temperamentos opuestos, recurrencia de rasgos ancestrales, se determina la cosa sutil que llamamos carácter. En este caso, ya que, como he dicho, toda la familia manifestó una brillantez que no se encuentra en ninguno de los padres, tal estudio sería peculiarmente interesante. Pero, desafortunadamente, la historia del padre de los niños y la constitución de la madre de los niños es todo lo que está claro para nuestra investigación.
Sin embargo, incluso de este pedigrí tan corto se declaran dos factores importantes del genio: dos potentes y formativas herencias. De su padre, Currer, Ellis y Acton derivaron una voluntad fuerte. De su madre, la enfermedad que mató a Emily y Anne en la flor de su juventud e hizo que Charlotte fuera siempre delicada y enfermiza. En ambos casos, el niño, Patrick Branwell, resultó muy ligeramente afectado; pero él también murió joven, por excesos que sugieren una mancha de locura en su constitución.
La locura y el genio se encuentran a ambos lados del consumo, sus ángeles peor y mejor. Que nadie llame impío o absurdo clasificar el mayor don para la humanidad como el resultado ocasional de una tendencia hereditaria a la enfermedad tuberculosa. Hay, por supuesto, muchas otras causas determinantes; sin embargo, es cierto que la escrófula o tisis heredada puede manifestarse, no en estas enfermedades, o no solo en estas enfermedades, sino en una alteración, para mejor o para peor, de la condición de la mente. Del mal puede salir el bien, o un mal peor.
El padre de los niños era un hombre nervioso, irritable y violento, que los dotó de una organización nerviosa fácilmente perturbada y una fuerza de voluntad indomable. Las chicas, al menos, mostraron ambas características. Patrick Branwell debe haber sido una copia más débil, más brillante, más violenta, menos tenaz y menos íntegra de su padre; y parece no haber sufrido ninguna modificación de la naturaleza moral paciente y firme de su madre. Ella era el modelo que sus hijas copiaron, en diferentes grados, tanto en carácter como en salud. La pasión y la voluntad se las dio su padre. Su genio no vino directamente de ninguno de los padres; sino de la constitución de sus naturalezas.
Además, por ambas partes, los niños obtuvieron una cepa celta; y esto es un asunto de importancia, que significa una predisposición a la superstición, la imaginación y el horror que es un hilo conductor en toda su obra. Su madre, Maria Branwell, era de una buena familia de clase media de Cornualles, establecida desde hacía mucho tiempo como comerciantes en Penzance. Su padre era hijo de un campesino irlandés, Hugh Prunty, asentado en el norte de Irlanda, pero nativo del sur.
La historia del reverendo Patrick Bronte, B.A. (cuyo fino nombre griego, abreviado de la antigua denominación irlandesa de Bronterre, era tan ingenuamente admirado por sus hijos), es en sí misma una historia notable e interesante.
El reverendo Patrick Bronte era uno de los diez hijos de un propietario campesino en Ahaderg, en el condado de Down. La familia a la que pertenecía heredó fuerza, buen aspecto y unas pocas hectáreas escasas de suelo de cultivo de patatas. Deben haber sido muy pobres, esos diez niños, a menudo hambrientos, fríos y húmedos; pero estas influencias adversas solo parecían fortalecer los tendones de Patrick Prunty y fortalecer su determinación de elevarse por encima de su entorno. Creció siendo un joven alto y fuerte, inusualmente apuesto, con una cabeza bien formada, perfil regular y finos ojos azules. Un modo vivaz e impresionable enmascaraba efectivamente cierto egoísmo y rigor de temperamento que se hicieron evidentes en años posteriores. Parecía un muchacho generoso, rápido e impulsivo. Cuando tenía dieciséis años, Patrick dejó el techo de su padre resuelto a ganarse una posición para sí mismo. En Drumgooland, una aldea vecina, abrió lo que se llama en Irlanda una escuela pública; una especie de escuela de seto para los niños del pueblo. Se dedicó a su oficio durante cinco o seis años, usando su tiempo libre para perfeccionarse en el conocimiento general, las matemáticas y un conocimiento superficial del griego y el latín.
Sus esfuerzos merecían ser coronados por el éxito. El reverendo Sr. Tighe, el clérigo de la parroquia, quedó tan impresionado con la determinación y habilidad de Patrick Prunty que le aconsejó intentar la admisión en una de las universidades inglesas; y cuando el joven tenía unos veinticinco años, fue, con la ayuda del Sr. Tighe, a Cambridge, e ingresó en St. John's.
Dejó Irlanda en julio de 1802, para no volver a visitarla jamás. Nunca quiso volver a mirar las escenas de su temprana lucha. Nunca encontró los medios para volver a visitar a su madre o su hogar, sus amigos o su país. Entre Patrick Bronte, orgulloso de su perfil griego y su nombre griego, el apuesto estudiante de St. John's, y los nueve jóvenes Prunty descalzos y hambrientos de Ahaderg, se extendía una distancia que no se podía medir en millas. Bajo su exterior cálido y apasionado, se ocultaba una resolución fija de salir adelante en el mundo; pero, aunque frío, el joven era justo y abnegado, y mientras su madre vivió, ella recibió veinte libras al año, ahorradas con dificultad de sus escasos ingresos.
Patrick Bronte permaneció cuatro años en Cambridge; cuando se fue, había abandonado su acento irlandés y obtenido su licenciatura. Al dejar St. John's, fue ordenado para un curato en Essex.
La energía del joven, del tipo que solo trabaja para alcanzar un fin personal dado, lo había llevado lejos en el camino al éxito. A los veinte años, maestro de escuela de seto en Drumgooland, Patrick Bronte era a los treinta un respetable clérigo de la Iglesia de Inglaterra, con una posición asegurada y conocidos clericales respetables. Estaba llegando muy cerca de la meta.
No permaneció mucho tiempo en Essex. Se le ofreció un mejor curato en Hartshead, un pequeño pueblo entre Huddersfield y Halifax en Yorkshire. Mientras estaba en Hartshead, el apuesto e inflamable coadjutor irlandés conoció a Maria Branwell en la casa parroquial de su tío cerca de Leeds. No era la primera vez que Patrick Bronte se enamoraba; la gente del barrio solía sonreír ante su facilidad para la adoración, y pensaba que era parte de su carácter entusiasta. Tenían toda la razón; en su extraña naturaleza, la violencia y la frialdad eran igualmente genuinas, ambas siendo un medio para gratificar alguna ambición, deseo o indolencia personal. No es un tipo irlandés poco común; autosuficiente, íntegro, honorable, pero con una inclinación hacia la sutileza: abstemio en sus hábitos, pero con arrebatos de autocomplacencia violenta; cortés e impulsivo con los extraños, aunque frío con los miembros de la casa; naturalmente violento, y a menudo asumiendo la violencia como un instrumento de autoridad; egoísta y obediente; apasionado, y desprovisto de afecto intenso.
El señor Bronte nunca se detuvo a considerar si sus hijos eran felices; para él, eran simplemente un conjunto de pequeñas criaturas de las que era responsable, y a las que, por tanto, debía mantener alimentadas, vestidas y bajo una disciplina estricta. Sus propios intereses, sus escritos, sus paseos y sus deberes parroquiales ocupaban todo su tiempo y su pensamiento. Los niños, por su parte, aceptaban este estado de cosas con la naturalidad de quienes no conocen otra vida. Eran, como ya se ha dicho, silenciosos y reservados, con una madurez precoz que los alejaba de los juegos ruidosos de otros niños. Su mundo era el interior de la casa, con sus pequeñas habitaciones y sus escaleras empinadas, y el exterior, con sus páramos infinitos y salvajes, donde el viento soplaba siempre con una fuerza que parecía querer barrer cualquier rastro de debilidad humana.
La llegada de la tía Branwell supuso un cambio radical en la atmósfera de la casa. Era una mujer de costumbres arraigadas, de una precisión casi mecánica, que trajo consigo un aire de disciplina más rígido, aunque también un poco más de atención hacia el bienestar físico de sus sobrinas y su sobrino. Se instaló en Haworth con la resignación de quien cumple un deber penoso, encontrando en el clima de Yorkshire una fuente constante de quejas y en los suelos de piedra del presbiterio un riesgo constante para su salud. Sin embargo, no carecía de determinación. Pronto impuso sus normas, organizó las labores domésticas y se convirtió en una presencia constante en la educación de los niños, aunque nunca llegó a ganarse el afecto profundo de aquellos pequeños seres reservados.
Para los niños, la tía Branwell era una figura extraña y algo distante, envuelta en sedas y aromas de rapé, que hablaba de un mundo de sol y calor que ellos apenas podían imaginar. A pesar de sus diferencias, ella se esforzó por cumplir su misión, enseñándoles a bordar, a leer y a comportarse con la propiedad que ella consideraba indispensable. Los niños, educados en el aislamiento y la autosuficiencia, escuchaban sus lecciones con una docilidad que ocultaba sus propios mundos interiores, donde los héroes de sus historias y los personajes de sus periódicos eran mucho más reales que la pequeña y severa dama de Cornualles que los vigilaba desde su sillón.
No obstante, bajo la superficie de esta vida reglamentada, la imaginación de los niños seguía floreciendo. Charlotte, Maria, Elizabeth, Emily, Anne y Patrick Branwell encontraban en sus juegos y en sus conversaciones secretas un refugio contra la soledad y la severidad de su entorno. Juntos, creaban imperios, escribían crónicas de mundos fantásticos y discutían sobre la política de su tiempo con una seriedad que hubiera asombrado a cualquier observador externo. Eran, en esencia, una familia unida por un vínculo invisible pero inquebrantable, forjado en el silencio, el estudio compartido y el amor profundo que se profesaban, un amor que les permitía soportar la frialdad de su padre y la rigidez de su tía, manteniendo viva la llama de su propia identidad en medio de la desolación de los páramos.
Así es como la señorita Ellen Nussey recuerda a la anciana y estirada señorita Branwell, unos diez años después de su primera llegada a Yorkshire. Pero siempre se dijo de ella que cambió muy poco. La vívida descripción de la señorita Nussey representará con bastante exactitud a la solterona de cuarenta años que, por un estricto y noble sentido del deber, dejó su agradable hogar sureño para cuidar de los pequeños huérfanos que corrían salvajes en la casa parroquial de Haworth. Es fácil imaginar con qué horrorizado asombro debieron contemplar la tía y sus sobrinas las peculiaridades de las otras.
Sin duda, era una ventaja estimable para los niños tener a alguna dama pariente con autoridad sobre ellos. De ahí en adelante, su tiempo ya no estuvo a su libre disposición. Recitaban las lecciones a su padre, cosían con su tía y aprendían de ella todos los deberes domésticos. La ventaja habría sido una bendición si su tía hubiera sido una mujer de carácter dulce y maternal; pero el cambio de la libertad perfecta a su disciplina de solterona no fue fácil de soportar: un bien amargo, un tónico fortalecedor pero desagradable, que hizo a los niños aún menos expansivos, aún más reservados y silenciosos. Patrick Branwell era el favorito de su tía, el travieso, inteligente, brillante, rebelde y cariñoso Patrick. Después de él, ella siempre prefirió a la bonita y gentil bebé Anne, con sus formas dulces y afectuosas, su pronta sumisión, sus grandes ojos azules y su clara tez rosada. Charlotte, impulsiva, obstinada y poco agraciada, y la ruda y terca Emily, no fueron hechas para ser sus favoritas. Muchas feroces luchas de voluntades, muchas sombrías escuchas de reminiscencias demasiado frívolas, debieron mostrar a la tía y a sus sobrinas la diferencia de sus naturalezas. Maria, también, la que fuera cabeza de la guardería, debió encontrar difícil la sumisión; pero la suya era una naturaleza singularmente dulce y modesta. De Elizabeth se recuerda poco.
El señor Brontë, ahora que los niños estaban dejando atrás la primera infancia, parece haber sentido cierto orgullo por ellos. Probablemente, sus lecciones diarias le mostraban el carácter y el talento ocultos bajo esos rostros pálidos y graves. En una carta a la señora Gaskell relata ejemplos de su talento temprano. Los padres más caseros sonreirán ante los medios, sencillos pero teatrales, que utilizó para descubrir el secreto de las verdaderas disposiciones de sus hijos. Fue una inspiración característica, digna del creador del antiguo nombre de Brontë. Una cierta sencillez de confianza en su propia sutileza le da un sabor picante a la manera de contar la historia:
"Me viene ahora a la mente una circunstancia que bien podría mencionar. Cuando mis hijos eran muy pequeños, cuando, hasta donde recuerdo, la mayor tenía unos diez años y la menor cuatro, pensando que sabían más de lo que yo había descubierto hasta entonces, con el fin de hacer que hablaran con menos timidez, consideré que si se les ponía bajo una especie de cobertura podría lograr mi objetivo; y como daba la casualidad de que tenía una máscara en casa, les dije a todos que se mantuvieran en pie y hablaran con valentía bajo el amparo de la máscara.
"Comencé por la menor (Anne, más tarde Acton Bell) y le pregunté qué era lo que más deseaba una niña como ella; respondió: 'Edad y experiencia'. Le pregunté a la siguiente (Emily, más tarde Ellis Bell) qué era lo mejor que podía hacer con su hermano Branwell, que a veces era un niño travieso; respondió: 'Razona con él; y cuando no quiera escuchar a la razón, azótalo'. Le pregunté a Branwell cuál era la mejor manera de conocer la diferencia entre el intelecto de los hombres y el de las mujeres; respondió: 'Considerando la diferencia entre ellos en cuanto a sus cuerpos'. Entonces le pregunté a Charlotte cuál era el mejor libro del mundo; respondió: 'La Biblia'. Y cuál era el siguiente mejor; respondió: 'El libro de la Naturaleza'. Luego pregunté a la siguiente (Elizabeth, que parece haber tomado muy a pecho las enseñanzas de la señorita Branwell) cuál era el mejor modo de educación para una mujer; respondió: 'Aquel que le hiciera gobernar bien su casa'. Por último, pregunté a la mayor cuál era el mejor modo de emplear el tiempo; respondió: 'Invertirlo en la preparación para una eternidad feliz'. Puede que no haya dicho exactamente sus palabras, pero casi lo he hecho, ya que han dejado una profunda y duradera impresión en mi memoria. La esencia, sin embargo, fue exactamente lo que he expuesto".
El carácter severamente práctico de la respuesta de Emily es un alivio ante la filosofía nada infantil de Branwell, Maria y la bebé. Un niño de cuatro años que prefiere la edad y la experiencia a una tartaleta y algunos dulces debe ser un producto antinatural. Pero los Brontë parecen no haber tenido infancia; discusiones ilimitadas sobre debates, largas caminatas sin compañeros de juego, la lectura libre de revistas metodistas, este es el alimento de su infancia. Años después, cuando invitaron a tomar el té a algunos niños de la escuela, las jóvenes hijas del clérigo tuvieron que pedir a sus pequeños alumnos que les enseñaran a jugar. Era la primera vez que se habían preocupado por intentarlo.
Lo que su infancia realmente les había enseñado era el valor del curioso experimento de su padre. Aprendieron a hablar con valentía bajo una máscara. Contenidas, forzosamente silenciosas, asumiendo una apariencia recatada para ocultar sus pequeños y apasionados corazones, las cinco hermanas nunca expresaron su pensamiento más íntimo en miradas, palabras o gestos. Ahorraron el tiempo libre en el que no podían jugar para inventar historias, dramas y cuentos de hadas, en los que cada una daba rienda suelta, sin ruido, sin miedo a ser reprimidas, a las fantasías que nunca intentaron poner en práctica como suelen hacer otros niños. Charlotte escribía cuentos de heroísmo y aventura. Emily se preocupaba más por los cuentos de hadas, fantasías salvajes, antinaturales y extrañas, sugeridas sin duda en cierta medida por las fantasmagóricas historias irlandesas de su padre. Ya en su guardería, la peculiar inclinación de su genio tomó forma.
Mientras tanto, la vida exterior regular continuaba: levantarse temprano, quitar el polvo y hacer pudines, las lecciones recitadas a su padre, la porción diaria de costura terminada en el dormitorio de la señorita Branwell, porque a esa dama le desagradaba cada vez más el suelo de losas de la sala de estar. Todos los días, alguna hora robada para un paseo por los páramos; tiempos de paz en verano cuando las niñas llevaban su costura bajo los espinos y groselleros achaparrados del jardín, escuchándose indistintamente el sonido del chasquido de los zuecos de la señorita Branwell en el interior. Tiempos felices en los que seis niños, que lo eran todo el uno para el otro, contaban historias maravillosas en voz baja para su propio deleite. Entonces, una primavera, la enfermedad entró en la casa; los niños sufrieron una complicación de sarampión y tos ferina. Nunca volvieron a tener tiempos tan felices, pues se pensó que era mejor que las dos mayores se fueran después de su enfermedad; que cambiaran de aires en alguna buena escuela. El señor Brontë hizo averiguaciones y supo de una institución establecida para hijas de clérigos en Cowan's Bridge, un pueblo en el camino real entre Leeds y Kendal. Tras algunas objeciones, las autoridades escolares consintieron en recibir a las niñas, ya libres de infección, aunque todavía delicadas y necesitadas de cuidados. Allí llevó el señor Brontë a Maria y Elizabeth en julio de 1824. Emily y Charlotte las siguieron en septiembre.
CAPÍTULO III.
COWAN'S BRIDGE.
"Fue en el año 1823 cuando se proyectó por primera vez la escuela para hijas de clérigos. El lugar solo fue contemplado entonces como deseable en sí mismo, y como un sitio que probablemente podría ser factible en algún día lejano. La mención del mismo, sin embargo, a solo dos amigos en el Sur habiendo encontrado su cálida aprobación y una remisión de 70 libras, pareció abrirse una posibilidad para el comienzo de la obra.
"Con esta suma en mano, confiando en Aquel que tiene todos los corazones a su disposición, y a quien pertenecen la plata y el oro, se compraron las instalaciones en Cowan's Bridge, se procedió con las reparaciones y adiciones necesarias, y la escuela fue amueblada e inaugurada en la primavera de 1824. El gasto total de la compra y el equipo ascendió a 2333 libras, 17 chelines y 9 peniques.
"La escasa provisión de una gran parte del clero de la Iglesia Establecida ha sido durante mucho tiempo una fuente de pesar; y se han adoptado medios muy eficaces de diversas maneras para remediarlo. El único objetivo de la Escuela para Hijas del Clero es añadir, en su medida, a estos medios, poniendo una buena educación femenina al alcance del clero más pobre. Y por ellos la ayuda oportuna así proporcionada ha sido debidamente apreciada. La ansiedad y el trabajo que necesariamente conlleva la gestión de tal institución han sido abundantemente recompensados por la gratitud que se ha manifestado entre los padres de las alumnas.
"Ha sido una circunstancia muy gratificante que la Escuela para Hijas del Clero haya podido seguir el diseño de instituciones algo similares en Londres. Las alumnas han llegado a ella como aprendices de la Corporación de los Hijos del Clero; y también de la Escuela para Huérfanos del Clero, en la que la educación es de naturaleza limitada y a las alumnas no se les permite permanecer después de los dieciséis años.
"La escuela está situada en la parroquia de Tunstall, en la carretera de peaje de Leeds a Kendal, entre cuyas ciudades circula un coche diariamente, y a unos tres kilómetros de la ciudad de Kirkby Lonsdale.
"Cada alumna paga 14 libras al año (la mitad por adelantado) por ropa, alojamiento, manutención y educación; 1 libra de entrada para los gastos de libros, y 3 libras de entrada para abrigos, vestidos, capotas, etcétera, que todas visten por igual.[2] De modo que el primer pago que se requiere que una alumna traiga consigo es de 11 libras; y el siguiente pago semestral de 7 libras. Si se aprende francés, música o dibujo, se pagan 3 libras anuales adicionales por cada una de estas.
"La educación se dirige de acuerdo con las capacidades de las alumnas y los deseos de sus amigos. En todos los casos el gran objetivo a la vista es su mejora intelectual y religiosa; y dar esa educación sencilla y útil que mejor pueda prepararlas para regresar con respetabilidad y ventaja a sus propios hogares; o para mantenerse en las diferentes estaciones de la vida a las que la Providencia pueda llamarlas".
... Aquí viene una explicación de las cuentas del tesorero. Entonces el informe recomienza:--
"Por bajos que sean los términos, ha sido angustioso descubrir que en muchos casos los clérigos que han solicitado en nombre de sus hijas no han podido aprovecharse de los beneficios de la escuela debido a la insuficiencia de sus medios para recaudar los pagos requeridos.
"El objetivo de los proyectistas no se realizará plenamente hasta que se proporcionen los medios para reducir los términos aún más, en casos extremos, a discreción del comité. Y confía en que llegará el tiempo en que, ya sea por legados o de otro modo, la escuela pueda ponerse al alcance de aquellos del clero para quienes está especialmente destinada: a saber, los más indigentes.
"La escuela está abierta a todo el reino. Los donantes y suscriptores obtienen la primera atención en la recomendación de alumnas; y la única investigación realizada sobre las solicitudes de admisión es sobre las circunstancias realmente necesitadas del solicitante.
"Hay ahora noventa alumnas en la escuela (el número que puede ser acomodado) y varias están esperando admisión.
"La escuela está bajo el cuidado de la señora Harben, como superintendente, ocho maestras y dos submaestras.
"A Dios pertenece la gloria del grado de éxito que ha acompañado a esta empresa, y que ha superado con creces las expectativas más optimistas. Pero la expresión de un agradecimiento muy reconocido no debe faltar hacia los muchos benefactores que tan pronta y generosamente han prestado su ayuda. Tienen su recompensa en las oraciones constantes que se ofrecen desde muchos corazones agradecidos por todos los que apoyan esta institución".
Así de excelente y moderadamente corre el informe del cuarto año del filantrópico Gymnase Moronval, el Dotheboys Hall evangélico, familiar para los lectores de 'Jane Eyre'. Cuando estas felicitaciones fueron puestas en tipo, aquellos horrores de inanición, crueldad y fiebre ya estaban cumplidos, lo cual trajo la muerte a muchos niños, y a los que vivieron, un recuerdo amargante de injusticia. Las dos chicas Brontë que sobrevivieron a sus días escolares trajeron consigo una profunda desconfianza hacia la bondad humana, una difícil creencia en el afecto sincero, no natural para sus espíritus cálidos y apasionados. Trajeron consigo cuerpos aún más debilitados, propensos a la enfermedad; trajeron el recuerdo de dos queridas hermanas muertas. "A Dios sea la gloria", dice el informe. Más bien, recemos, al reverendo William Carus Wilson.
El informe citado anteriormente se publicó seis años después del otoño en que las pequeñas Brontë fueron enviadas a Cowan's Bridge; no se sabía entonces en qué términos una de aquellas pálidas niñas agradecería a sus benefactores, hablaría de sus ventajas. Finalmente habló, y generaciones de lectores han considerado como trapos inmundos la rectitud de aquella institución, miles de corazones caritativos han latido con indignación ante la vanidad filantrópica que salvaría su propia alma mediante el sufrimiento de los tiernos cuerpos de los niños pequeños. Sin embargo, por una extraña anomalía, este ogro benefactor, este Brocklehurst, debe haber sido un entusiasta celoso y abnegado, con toda su bondad estropeada por un amor imperioso a la autoridad, una presunción extravagante.
Fue en el primer año de la escuela que las pequeñas Brontë dejaron su hogar en los páramos por Cowan's Bridge. Era natural que aún muchas cosas salieran mal y chirriaran en el orden no perfeccionado de la casa; igualmente natural que las niñas no lograran poner excusas: pobres pequeñas prisioneras encerradas, temblando y hambrientas, en un asilo poco amable lejos de los amigos y la libertad.
La escuela, larga y baja, más parecida a una granja sin pretensiones que a una institución, forma dos lados de un rectángulo. Las ventanas traseras dan a un jardín plano de unos setenta metros de ancho. Parte de la casa era originalmente una cabaña; la parte más larga una fábrica de bobinas en desuso, que una vez fue movida por el arroyo que corre al lado del húmedo y pequeño jardín. La planta baja se convirtió en aulas, los dormitorios estaban arriba, el comedor y la sala de las maestras estaban en la cabaña al final. Todas las habitaciones estaban pavimentadas con piedra, de techo bajo, ventanas pequeñas; no construidas para niños en crecimiento, trabajando juntos en grandes clases. Ninguna junta directiva permitiría que los niños más pobres de nuestras calles de Londres trabajaran en aulas tan mal ventiladas.
La fábrica de bobinas, no construida para ser habitada, era, sin duda, defectuosa e insuficiente en cuanto a drenaje. La ubicación de la casa, elegida por su cercanía al arroyo, era húmeda y fría, en una llanura desolada y sin protección, pintoresca en verano con los alisos verdes colgando sobre el balbuceante arroyo, pero amargamente fría en invierno. En esta lúgubre casa de máquinas, el lugar de las ruedas y resortes desplazados fue ocupado por noventa pequeñas niñas humanas hambrientas y en crecimiento, todas vestidas por igual con las toscas prendas de caridad que no les quedaban bien, todas enseñadas a mirar, hablar y pensar de la misma manera, todas elogiadas o expuestas a la reprobación según se parecieran o se alejaran de las máquinas cuyo lugar ocupaban y cuyo movimiento regular y sin pensamiento era el modelo de su vida.
Estos niños debían principalmente su excelente educación, su miserable comida y alojamiento, a los esfuerzos de un rico clérigo de Willingdon, el pueblo más cercano. El reverendo Carus Wilson era una persona importante en el vecindario; una persona a la que se recurría en emergencias, que se enorgullecía de su prudencia, previsión y eficiencia al ayudar a otros. Con esto, no menos un hombre de deseo real y celoso de hacer el bien, una persona enérgica y sentiente capaz de ver males y diseñar remedios. Deseaba ayudar: deseaba no menos que se supiera que él había ayudado. Compadeciéndose de las condiciones miserables de muchos de sus compañeros de trabajo, no descansó hasta haber fundado una escuela donde las hijas del clero pobre recibieran una educación justa a un precio nominal. Cuando el dinero para la escuela estuvo disponible, la propiedad se confió a doce fideicomisarios; el señor Wilson era uno. También era tesorero y secretario. Casi todo el trabajo, el poder, la supervisión, la autoridad del asunto, los tomó sobre sus hombros. No tenía miedo al trabajo, y amaba el poder. Él gestionaría, él sería supervisor, él guiaría, organizaría y aconsejaría. Tan seguro se sentía de su capacidad para mover todos los resortes él mismo, que parece haber ejercido pocos esfuerzos y menos discreción al nombrar a sus subordinados. La buena fortuna le envió a una mujer gentil, sabia y noble como superintendente; pero las otras maestras eran menos capaces, algunas irritables, algunas sin autoridad. El ama de llaves, que debería haber sido elegida con el mayor cuidado, dado que en sus manos residía toda la gestión y preparación de la comida de estos niños en crecimiento, era una mujer descuidada y despilfarradora, sacada de la cocina del señor Wilson, y muy apreciada por él mismo. Sin embargo, a su puerta debemos achacar gran parte de la miseria de "Lowood".
Los fondos eran escasos y algo inciertos. El honor y la necesidad obligaban por igual a una cierta economía. El señor Wilson contrataba la carne, la harina y la leche, y con frecuencia inspeccionaba él mismo los suministros. Pero tal vez no inspeccionaba la cocina. Las alumnas de "Lowood" tenían muchas historias que contar sobre leche agria en ollas sucias; de gachas quemadas con fragmentos repugnantes en ellas procedentes de recipientes de cocina inmundos; de arroz hervido en agua del barril de lluvia, con sabor a hojas muertas y polvo del techo; de carne salada cuando ya estaba contaminada por la descomposición; de horribles pasteles de resurrección hechos de sobras poco apetitosas y grasa rancia. La carne, la harina, la leche y el arroz eran sin duda lo suficientemente buenos cuando el señor Wilson los veía, pero las niñas hambrientas de la escuela con su hambre decepcionada no tenían ni el coraje para quejarse ni la imparcialidad para disculpar. Por lo demás, no era fácil quejarse al señor Wilson. Su agrio evangelicalismo le llevó a la misma conclusión que la avaricia de un maestro de escuela de Yorkshire menos desinteresado; les habría ordenado conquistar la naturaleza humana. Siendo un hombre muy orgulloso, buscaba cultivar la humildad en los demás. Todas las niñas estaban vestidas por igual, todas usando en verano sencillas capotas de paja de campo, vestidos blancos los domingos y nankeen en la semana; todas usando en invierno vestidos de tela púrpura y abrigos púrpura: un atuendo funcional y apropiado que no debería permitir envidias, celos o adulaciones. No debían ser vanidosas, ni tampoco codiciosas. Una petición de comida con mejor sabor habría marcado a quien la pidiera con el desprecio duradero del reverendo William Carus Wilson, fideicomisario, tesorero y secretario. Debían aprender que estaba mal que les gustaran las cosas bonitas para vestir, las cosas ricas para comer, los juegos agradables para jugar; estas pequeñas alumnas tomadas a medio camino por caridad. El señor Wilson era repelido por el lado de la naturaleza infantil que prefiere las manzanas y las peonzas; lo ignoraba deliberadamente.
Una vez en esta lúgubre, fría y hambrienta casa de caridad, había poca esperanza de escapar. Todas las cartas y paquetes eran inspeccionados por la superintendente; no se permitía la entrada de amigos de las alumnas en la escuela, excepto para una breve visita de cortesía. Pero es probable que Maria y Elizabeth, enviadas antes, no tuvieran idea de advertir a sus hermanas menores. Tan desprovistas de toda experiencia estaban, que probablemente imaginaban que todas las escuelas eran como Cowan's Bridge; tan ansiosas por aprender, que sin duda aceptaron voluntariamente el frío, el hambre y la crueldad deliberada, que hicieron su infancia ansiosa y vieja.
La suerte recayó más pesadamente sobre la hermana mayor, Maria, inteligente, gentil y descuidada. La principal lección enseñada en Cowan's Bridge era el valor de la rutina.
Maria, con sus formas descuidadas, sus opiniones rápidas, su gentil e incapaz naturaleza amorosa para convertirse en una máquina, Maria estaba en discordia con cada principio de Cowan's Bridge. Se ganó el amargo resentimiento de una de las maestras, que buscaba todos los medios para humillar y mortificar a la pequeña criatura de naturaleza dulce y sin recursos. Cuando, en septiembre, la brillante y habladora Charlotte y la pequeña Emily llegaron a Cowan's Bridge, encontraron a su idolatrada pequeña madre, su Maria, como el blanco, el hazmerreír y la chivo expiatorio de la escuela.
Las cosas fueron mejores para las dos más jóvenes, Charlotte, una niña vivaz e inteligente, y Emily, la más bonita de las hermanitas, «una niña encantadora, de menos de cinco años, la consentida y protegida de la escuela».[3] Pero aunque al principio, sin duda, estas dos bebés se alegraron por el cambio de aires y la compañía de otros niños, el infortunio estaba por alcanzarlas. No solo por la desagradable escasez de comida o el mero frío en sus cuerpos; vieron a su hermana mayor volverse más delgada y pálida día tras día, sin que nadie cuidara de ella ni se tuviera indulgencia alguna por su debilidad. La pobre niña, maltratada y mal alimentada, enfermó gravemente sin quejarse; pero al fin, hasta las autoridades de Cowan's Bridge se percataron de que se estaba muriendo. Enviaron a buscar al Sr. Bronte en la primavera de 1825. Él no había tenido noticia de su enfermedad en ninguna de las cartas de sus hijas, debidamente inspeccionadas por la superintendente. No había oído relatos sobre la mala comida, las habitaciones húmedas o el abandono. Llegó a Cowan's Bridge y vio a Maria, su pequeña y brillante compañera, delgada, consumida, moribunda. El pobre padre sintió un impacto terrible. Se la llevó a casa, lejos de las tres hermanitas que estiraban el cuello para verla partir. Regresó a Haworth. Pocos días después, murió.
No muchas semanas después de la muerte de Maria, cuando la primavera hizo que Lowood fuera soportable, cuando las tres entristecidas hermanitas ya no se despertaban por la noche a causa del frío, ni caminaban cojeando con los pies sangrantes, sino que podían pasear bajo el sol y recoger flores, cuando abril se convirtió en mayo, una epidemia de enfermedad se apoderó de Cowan's Bridge. Las niñas, una a una, se volvieron débiles y pesadas; ni los regaños ni los textos religiosos las animaban ya. En lugar de pasar sus horas de recreo jugando al dulce aire primaveral, en lugar de recoger flores o correr carreras, estas niñas en pleno crecimiento se volvieron lánguidas, flácidas, indolentes. No había forma de moverlas ni al trabajo ni al juego. La creciente enfermedad entre las alumnas inquietó, por fin, incluso a sus insensibles guardianas. Elizabeth Bronte fue una de las primeras en flaquear. No fue la fiebre lo que la aquejó, esa misteriosa fiebre no declarada que se cernía sobre la casa; su tos frecuente, su ánimo valiente y su tez clara apuntaban a otro destino. La enviaron a casa al cuidado de un criado; y antes de que el verano floreciera en los escasos parterres de las tumbas más recientes del cementerio de Haworth, Elizabeth Bronte había muerto, para no pasar más hambre, frío ni penas. Su dura vida de diez años había terminado. La segunda de las hermanas Bronte había caído víctima de la tisis.
La disciplina se relajó de repente para las que permanecieron en Cowan's Bridge. Había más para comer, pues había menos bocas que alimentar; había más tiempo para jugar y pasear, pues no quedaba nadie para vigilar y restringir a las entusiastas niñas, que jugaban, comían, gritaban y correteaban con cierto sentimiento de alivio, aunque sabían que solo eran libres porque la muerte estaba en la casa y la peste en el aire.
El hueco boscoso de Cowan's Bridge era brumoso, insalubre y húmedo. Las alumnas, mal alimentadas, hacinadas y descuidadas. Su extraña indolencia y pesadez se hicieron cada vez más fuertes con la primavera. De repente, cuarenta y cinco de las ochenta niñas yacían enfermas de fiebre tifoidea. Muchas fueron enviadas a casa solo para morir, algunas murieron en Cowan's Bridge. Todas las que pudieron, reclamaron a sus hijas. Entre los pocos que permanecieron en la hondonada donde se gestaba la fiebre, en la casa contaminada, donde los olores de las pastillas y las medicinas se mezclaban con el tenue y enfermizo olor a fiebre y mortalidad, sin poder vencerlo, entre esos pocos abandonados estaban Charlotte y Emily Bronte.
Gracias a la vida libre y despreocupada, al sol y a la novedosa abundancia de alimentos, las dos niñas no contrajeron la infección. Las cosas, ciertamente, eran más brillantes para ellas ahora, o lo habrían sido si el espíritu indignado en esos diminutos cuerpos hubiera podido perdonar u olvidar la muerte de sus dos hermanas.
La reforma había llegado a Cowan's Bridge y, con pasos agigantados, barrió el antiguo orden de las cosas. El lugar fue declarado insalubre; la ropa, insuficiente; el agua, fétida y salobre. Cuando se pidió al médico que inspeccionaba la escuela que probara la comida diaria de las alumnas, la escupió de su boca. Todo, absolutamente todo debía ser alterado. Fue un tiempo de dolorosa y grave humillación para el Sr. Wilson. Él no había sentido escrúpulos ni dudas; había trabajado muy duro, pensaba que las cosas iban muy bien. Las cuentas estaban en excelente orden, la educación era exhaustiva y buena, el sistema elaborado, las niñas realmente parecían estar adquiriendo un espíritu manso y tranquilo; y, citando el prospecto, «el gran objetivo a la vista es su mejora intelectual y religiosa». Entonces intervino la enfermedad imprevista, y la institución modelo se convirtió en motivo de reproche para el condado y para la orden a la que pertenecía. La gente, sin embargo, no fue injusta con el influyente y adinerado tesorero, fideicomisario y secretario. Admitieron su energía, su capacidad financiera y su talento para la organización. Todo lo que hicieron fue calificar el rigor de su gestión. Continuó siendo tesorero, pero los fondos se confiaron a un comité. Mantuvo su puesto de inspector, pero se nombraron asistentes para compartir sus responsabilidades. La escuela fue puesta a cargo de una nueva ama de llaves; se entregaron raciones de comida más grandes y mejores. Finalmente, se puso en marcha una suscripción para construir una casa mejor en un lugar más saludable. Cuando Charlotte y Emily Bronte fueron a casa para las vacaciones de verano, la reforma estaba en pleno apogeo en Cowan's Bridge.
Regresaron a casa, dos de las cuatro niñas que habían dejado su hogar feliz seis meses antes. Regresaron a casa para no encontrar a la maternal Maria, ni a la robusta y paciente Elizabeth. Los paseos por los páramos, las historias bajo los espinos debían quedar incompletos en adelante. Las dos mayores de aquel pequeño grupo ya no se encontraban en la casa ni en el jardín; yacían tranquilas bajo una gran losa de piedra cerca del banco del vicario en la iglesia. Las tres hermanitas y el único hermanito debieron pensar a menudo en sus tranquilas vecinas cuando el sermón se hacía muy largo. Familiarizada y vecina de la muerte desde tan temprano, una de ellas al menos, la alta y valiente Emily, creció sin pensamientos lúgubres sobre ella, ni sueños de un cielo lejano.
Cuando terminaron las vacaciones, las dos hermanas regresaron a la escuela. Su padre, curiosamente, no tuvo miedo de enviarlas a aquel lugar fatal. Su tía, con sus dos favoritas en casa, no estaba demasiado inquieta. Charlotte y Emily regresaron a Cowan's Bridge. Pero antes del invierno enfermaron: el aire húmedo y el lugar insalubre (pues aún no se había construido la nueva casa) hicieron aflorar la debilidad de su constitución. Teniendo presente el destino de las hermanas mayores, las autoridades advirtieron al Sr. Bronte, y las dos niñas regresaron a casa, a Haworth.
NOTAS AL PIE:
[Nota 2: Se desea encarecidamente que las alumnas usen únicamente su uniforme escolar durante las vacaciones.]
[Nota 3: De la Sra. Harben a la Sra. Gaskell.]
CAPÍTULO IV.
INFANCIA.
El hogar al que regresaron Charlotte y Emily no era un lugar mucho más saludable que aquel que habían dejado; pero era el hogar. Era ventoso, frío y tenía un mal drenaje. El Sr. Bronte se esforzaba constantemente por incitar a sus feligreses a mejorar las condiciones sanitarias del lugar; pero durante muchos años sus esfuerzos fueron en vano. La astuta gente de Yorkshire era reacia a poner su dinero bajo tierra, y era difícil hacerles creer que la verdadera causa de las frecuentes epidemias y fiebres en Haworth era algo que pudiera curarse con un sistema eficaz de drenaje del subsuelo. Era más barato y fácil echarle la culpa a la Providencia. Así que el párroco predicaba en vano. Bien podía predicar, pues su propia casa estaba en el epicentro del mal.
«Al salir de la puerta de la casa parroquial, uno contemplaba el cobertizo del cantero, que estaba apilado con losas listas para su uso, y al oído llegaba el incesante "tic, tic" del cincel que grababa los "In Memoriam" de los difuntos».
Así reza el manuscrito de la señorita Nussey. También habla del sonido constante de la campana de difuntos; de los frecuentes entierros en el abarrotado cementerio. No era un hogar alegre y saludable para niñas sensibles y delicadas.
«Desde las ventanas de la vicaría, la primera vista era el terreno de hierba bordeado por un muro, un par de espinos y algunos arbustos y groselleros que no crecían. Junto a ellos estaba el gran cementerio que casi rodeaba la casa, tan lleno de lápidas que apenas podía verse una franja de hierba».
Más allá, los páramos, los páramos salvajes, áridos y sin árboles, que se extienden por millas y millas, alimentando a unos pocos rebaños de ovejas de montaña, albergando algunas liebres y conejos salvajes, dando lugar de anidación a las aves del cielo y, para uso del hombre, ni grano ni pasto, sino canteras de piedra y pilas de turba que ardían tenuemente allí arriba en las noches de otoño.
Tal es el hogar al que Emily Bronte se aferró con el amor apasionado del suizo por sus montañas blancas, con una nostalgia en la ausencia que tensaba las cuerdas mismas de la vida. Sin embargo, su infancia en aquel hogar sin madre tuvo pocos elementos de felicidad infantil, y su apretada y estricta vida cotidiana se vio entristecida por la pérdida de Maria y Elizabeth, queridas y nunca olvidadas compañeras de juego. Charlotte, ahora la mayor de la familia, solo era dos años mayor que Emily, pero su sentido de la responsabilidad la hacía parecer de una edad muy distinta. Fue la pequeña Anne quien fue la compañera de Emily: la delicada, tímida y bonita Anne, la favorita de la señorita Branwell. Anne solo podía participar en los estados de ánimo más fáciles o ligeros de su hermana, y aun así era tan querida que Emily nunca buscó otra amiga. Así, desde la infancia, se acostumbró a guardar para sí misma sus pensamientos más profundos y sus fantasías más vivas.
Una vida tranquila y regular: cepillar alfombras, coser, quitar el polvo por la mañana. Luego, algunas lecciones necesarias dictadas por su tía en el piso de arriba; después, por la noche, mientras el Sr. Bronte escribía sus sermones en el estudio y la señorita Branwell se sentaba en su dormitorio, las cuatro niñas, solas en el salón o sentadas junto al fuego de la cocina, mientras Tabby, la sirvienta, se movía vivamente, escribían sus revistas o inventaban sus juegos.
Todavía había mucho sobre política en sus juegos. El Sr. Bronte, que se interesaba vivamente por los asuntos del mundo, siempre contaba a las niñas las principales noticias públicas del día y les dejaba leer los periódicos y revistas que caían en sus manos. Así, las pequeñas Bronte parloteaban sobre el Duque de Wellington cuando otros niños todavía tenían a Jack el Matagigantes como héroe; el Marqués de Douro era su Príncipe Encantador; sus Yahoos, los católicos; sus potentes genios malignos, el Ministerio Liberal.
«Nuestros juegos se establecieron», dice Charlotte, la cronista de la familia, en su historia del año 1829: «'Jóvenes', junio de 1826; 'Nuestros compañeros', julio de 1827; 'Isleños', diciembre de 1827. Estos son nuestros tres grandes juegos que no se mantienen en secreto. Los mejores juegos de Emily y míos se establecieron el 1 de diciembre de 1827; los otros, en marzo de 1828. Los mejores juegos significan juegos secretos; son unos muy bonitos. Todos nuestros juegos son muy extraños. Su naturaleza no hace falta que la escriba en papel, pues creo que siempre los recordaré. El juego de los 'Jóvenes' surgió de unos soldados de madera que Branwell tenía; 'Nuestros compañeros', de las Fábulas de Esopo; y los 'Isleños', de varios acontecimientos que sucedieron. Esbozaré el origen de nuestros juegos más explícitamente si puedo. Primero, 'Jóvenes'. Papá le compró a Branwell unos soldados de madera en Leeds; cuando papá llegó a casa era de noche y estábamos en la cama, así que a la mañana siguiente Branwell vino a nuestra puerta» (la pequeña habitación sobre el pasillo; Anne dormía con su tía) «con una caja de soldados. Emily y yo saltamos de la cama, y yo agarré uno y exclamé: '¡Este es el Duque de Wellington! Este será el Duque'. Cuando dije esto, Emily también tomó uno y dijo que sería suyo; cuando Anne bajó, dijo que uno sería suyo. El mío era el más bonito de todos, el más alto y el más perfecto en cada parte. El de Emily era un tipo de aspecto serio, y lo llamamos 'Gravey'. El de Anne era una cosita rara, muy parecida a ella, y lo llamamos 'Niño de espera'. Branwell eligió el suyo y lo llamó Bonaparte».
En otro juego, Emily elige a Sir Walter Scott, al Sr. Lockhart y a Johnny Lockhart como sus representantes; Charlotte, al Duque de Wellington, al Marqués de Douro, al Sr. Abernethy y a Christopher North. Este último personaje era, en efecto, de gran importancia a los ojos de las niñas, pues el Blackwood's Magazine era su lectura favorita. En los estantes de su padre había pocas novelas y pocos libros de poesía. El estudio del clérigo presumía necesariamente de sus obras de teología y consulta; para las niñas, solo quedaban los romances salvajes de Southey, los poemas de Sir Walter Scott, dejados por su madre de Cornualles, y «algunas locas revistas metodistas llenas de milagros, apariciones y advertencias sobrenaturales, sueños ominosos y fanatismo frenético; y las igualmente locas cartas de la Sra. Elizabeth Rowe de los Muertos a los Vivos», familiares para los lectores de 'Shirley'. Para contrarrestar todo este romance y terror, las niñas tenían su interés por la política y el Blackwood's Magazine, «la revista más capaz que existe», dice Charlotte a los trece años. También veían el John Bull, «un alto Tory, muy violento, el Leeds Mercury, el Leeds Intelligencer, un periódico Tory excelente», y así se convirtieron en consumadas fanáticas de todas las cuestiones candentes del día.
La señorita Branwell se encargó de que a las niñas no les faltaran conocimientos más domésticos. Cada una asumió su parte en el trabajo diario y aprendió todos los detalles con tanta precisión como cualquier joven alemana en su escuela de cocina. Emily se tomó muy bien hasta el trabajo doméstico más duro; allí se sentía capaz y necesaria; y, sin duda, arriba, escuchando sombríamente las historias de las antiguas alegrías de la recatada señorita Branwell, esta chica torpe y en crecimiento se alegraba de recordar que ella también era importante para el hogar, a pesar de su ensimismamiento.
A las niñas les iba bastante bien; pero no así a su hermano. La brillante falta de propósito de Branwell, su alegría celta, su amor por la diversión y su corazón ligero lo convertían en el compañero de juegos más encantador, pero en una carga muy preocupante. Los amigos aconsejaron al Sr. Bronte que enviara a su hijo a la escuela, pero la peculiar vanidad que le hacía modelar la juventud de sus hijos en todos los detalles según la suya propia le prohibió seguir sus consejos. Dado que él se había alimentado de patatas, sus hijos no comerían carne. Dado que él había crecido en casa como mejor había podido, ¿por qué habría de ir a la escuela Patrick Branwell? Todos los días, el padre dedicaba una parte de su tiempo a trabajar con su hijo; pero el tiempo de un clérigo no es suyo, y a menudo era llamado para asuntos parroquiales. Sin duda, el Sr. Bronte pensaba que esas horas sin tutor se pasaban, como él las habría pasado, en la preparación seria de tareas difíciles. Pero Branwell, con todo el encanto superficial de su padre, carecía de la fuerza de voluntad subyacente, y poseía, sin freno, la tentación a la autocomplacencia, a la que su padre rara vez cedía, contrarrestándola más bien con un régimen de vida ascético. Esas largas tardes se pasaban, no en el trabajo, sino en una traviesa compañía con los espíritus más salvajes del pueblo, para quienes «el Patrick del Vicario» era el modelo de liderazgo brillante en las travesuras.
Sin duda, su admiración halagaba a Branwell, y él disfrutaba de la ruidosa diversión que compartían. Sin embargo, no descuidó del todo a sus hermanas. Charlotte ha dicho que en ese tiempo lo amaba incluso como a su propia alma: una frase seria en labios tan serios. Pero fueron Emily y Branwell quienes más significaron el uno para el otro: hermano brillante, superficial y exigente; hermana silenciosa, profunda y abnegada, más ansiosa por dar que por recibir. En enero de 1831, Charlotte fue a estudiar a la escuela de la señorita Wooler, en Roe Head, a veinte millas de distancia; y Branwell y Emily se vieron aún más obligados a buscar simpatía y entretenimiento el uno en el otro.
Charlotte estuvo un año y medio en la escuela, y regresó en julio de 1832 para enseñar a Emily y a Anne lo que había aprendido en su ausencia; inglés, francés y dibujo era casi toda la instrucción que podía dar. Afortunadamente, el genio no necesita plan de estudios. Sin embargo, las hermanas se esforzaron por extraer el máximo beneficio de las ventajas que estaban a su alcance. Cada mañana, de nueve a doce y media, trabajaban en sus lecciones; luego caminaban juntas por los páramos, que empezaban a florecer. Aquellos páramos conocieron a una Emily diferente de la niña tranquila de catorce años que ayudaba en las tareas domésticas y aprendía sus lecciones tan regularmente en casa. En los páramos era alegre, juguetona, casi salvaje. Hacía reír a las demás con sus ingeniosas ocurrencias y su trato afable. Se sentía como en casa allí, tomando a los pájaros jóvenes en sus manos con tanta suavidad que no se asustaban, y contándoles historias. Una figura extraña: alta, delgada, angulosa, sin haber terminado aún de crecer; una melena de cabello castaño oscuro, profundos y hermosos ojos color avellana que podían brillar con pasión, rasgos algo fuertes y severos, la boca prominente y resuelta.
Las hermanas, y a veces Branwell, iban lejos por los páramos; a veces hasta Keighley, a cuatro millas, en la hondonada sobre la cresta, invisible desde las alturas, pero siempre bajo una tenue película de humo, que parecía el vapor que se eleva de algún lago ardiente. Las hermanas se suscribieron entonces a una biblioteca circulante en Keighley, y estaban dispuestas a realizar la ardua caminata de ocho millas con tal de traer consigo una novela de Scott o un poema de Southey. En Keighley, además, compraban su papel. El librero solía maravillarse de cómo podían gastar tanto.
Otros días iban por Stanbury Moor hasta la Cascada, una cañada romántica en la ladera del cerro, cubierta de brezos, donde un pequeño arroyo gotea sobre grandes rocas y donde brotan unos abedules esbeltos y delicados, una maravilla en este país estéril. Este era un lugar favorito de Emily, y de hecho a todas les encantaba el paraje. Allí utilizaban parte de su papel, pues seguían manteniendo su vieja costumbre de escribir cuentos y poemas, y les encantaba garabatear al aire libre. Y parte lo utilizaban para dibujar, ya que en aquel tiempo estaban tomando clases, y Emily y Charlotte eran devotas del arte: Charlotte haciendo copias con minuciosidad y fidelidad exacta; Emily dibujando animales y naturalezas muertas con mucha mayor libertad y seguridad en el trazo. Parte del papel de Charlotte debió de irse también en escribir cartas. Había hecho amigas en la escuela, un acontecimiento de gran importancia para aquel círculo reducido. Una de estas amigas, la más querida, era desconocida en Haworth. Muchas veces debieron Emily y Anne escuchar relatos sobre la chica bonita, culta y vivaz, favorita en muchos hogares, que se había ganado el corazón de su tímida y sencilla hermana. Ella estaba, en efecto, acostumbrada a una vida muy diferente, esta joven rubia, pero su juventud brillante y sus placeres sociales no le impidieron ver que la peculiar y anticuada Charlotte Bronte era la persona más notable de su conocimiento. Fue la primera, fuera del hogar de Charlotte, en descubrir su verdadero carácter y genio; y eso a una edad, en una posición, en la que la mayoría de las chicas estarían demasiado ocupadas con visiones de un futuro feliz para sí mismas como para simpatizar con las extrañas actividades y la sensibilidad morbosa de una mente como la que poseía Charlotte. Pero desde tan pronto esta chica la amó; y aún vive, la última en tener un recuerdo íntimo de las costumbres, las personas y los hábitos de la familia Bronte.
En septiembre de 1832, Charlotte salió de casa de nuevo para una visita de quince días al hogar de esta querida amiga. Branwell la llevó allí. Probablemente nunca había estado fuera de casa antes. Estaba con un ánimo radiante por la belleza de la casa y los terrenos, inspeccionando, criticando todo, soltando un torrente de comentarios, rico en términos de estudio, tomando vistas en todas direcciones de la vieja casa almenada y eligiendo «trozos» que le gustaría pintar, deleitando a toda la familia con su brillante inteligencia y sus alegres maneras irlandesas. Mientras tanto, Charlotte observaba, tímida y seria. «¡Te dejo en el Paraíso!», gritó Branwell, y se marchó por el páramo para contar historias fascinantes de su visita a Emily y Anne en el pequeño y austero salón de Haworth.
Emily y Anne escuchaban, fascinadas, los relatos de su hermano. Él siempre estaba lleno de cuentos; su imaginación, siempre activa, transformaba la realidad más gris en un romance aventurero. Pero la vida en Haworth, tras la partida de aquel visitante, volvía a su cauce silencioso. En el otoño de 1836, la casa quedó envuelta en la monotonía habitual. Charlotte y Anne regresaron a Roe Head, pues la educación de las menores seguía siendo una preocupación constante. Emily, sin embargo, permanecía en el hogar, esa fortaleza de piedra donde ella reinaba sobre sus propios pensamientos.
Aquel invierno fue largo, y las hermanas, en la distancia, escribían cartas llenas de anhelos y de pequeños detalles domésticos. Emily, aunque menos dada a la correspondencia que Charlotte, mantenía su mundo interior intacto. Sus poesías empezaban a poblar los cuadernos que escondía con tanto recelo; eran versos que hablaban de la libertad, de los vientos del páramo y de una soledad que no era tristeza, sino una comunión con lo salvaje. Branwell, por su parte, se hundía cada vez más en su propia deriva, buscando en el «Black Bull» una gloria que la realidad le negaba, mientras su padre, el reverendo Bronte, confiaba ciegamente en la rectitud de su hijo.
Para Emily, el paso de las estaciones no era un simple transcurrir del tiempo, sino un ciclo de colores y texturas sobre la tierra que amaba. Las heladas que cristalizaban la hierba, la bruma que envolvía el campanario, el retorno de las aves en primavera; todo era parte de una existencia que ella consideraba completa, a pesar de lo que el mundo exterior pudiera dictaminar. La joven de rostro pálido y ojos encendidos observaba la decadencia de su hermano con una mezcla de compasión y reserva, incapaz de intervenir en una voluntad que se obstinaba en el error.
Cuando el verano de 1837 trajo de nuevo el descanso escolar, el reencuentro en la rectoría fue, como siempre, una mezcla de alegría y de silenciosa observación. Las tres hermanas se reunían, compartiendo sus sueños de literatura, de mundos imaginarios que ellas mismas construían con una intensidad febril. Para Emily, este era el verdadero propósito de la vida: la creación, la expresión de aquello que ardía en su pecho. A menudo, las tres se sentaban juntas, con sus cuadernos, ignorando el paso de las horas, mientras fuera, sobre los páramos, el sol se ponía tras las colinas, tiñendo el cielo de un tono cobrizo que parecía reflejar la melancolía y la pasión de sus almas jóvenes.
Nadie en el pueblo comprendía la profundidad de aquellas muchachas. Para los vecinos, no eran más que las hijas del vicario: una, la mayor, seria y prudente; la otra, la más pequeña, delicada y piadosa; y la del medio, aquella extraña joven que prefería la compañía de los perros a la de los feligreses. Emily no buscaba aprobación; su mundo era autosuficiente. En los paseos por las laderas, cuando el viento le azotaba el rostro, ella encontraba esa chispa de divinidad que los libros no podían ofrecerle. Eran años de formación silenciosa, años en los que el genio se gestaba en la sombra, lejos de las miradas de quienes solo veían una existencia corriente.
Un intervalo de felicidad para la solitaria Emily; la amiga de Charlotte llegó a la gris y fría casa parroquial, animando aquel lugar sombrío con su alegre juventud y sus dulces semblantes. El hogar, con cuatro jóvenes en él, resultaba más atractivo para Branwell que el seductor salón del «Black Bull». La luna de cosecha de aquel año no debió de contemplar encuentro más feliz. «No sería correcto —dice la superviviente de aquellos espíritus entusiastas— pasar por alto una crónica que debería hacerse de la vida de las hermanas juntas, después de sus días de escuela y antes de que su salud se quebrantara por sus esfuerzos para mantenerse; que en esta época todas ellas tuvieron un atisbo de felicidad y disfrute. Empezaban a sentirse conscientes de sus facultades, eran ricas en la compañía mutua, su salud era buena, su ánimo estaba elevado; a menudo había alegría y regocijo; comentaban lo que leían, analizaban los artículos y también a sus autores; la perfección de una conversación sin trabas y la inteligencia iluminaban el final de los días que pasaban demasiado deprisa. La marcha vespertina en la sala de estar, un hábito constante aprendido en la escuela, marcaba el ritmo de sus pensamientos y sentimientos; era libre y rápida; marchaban en parejas, Emily y Anne, Charlotte y su amiga, con los brazos entrelazados al cuello al estilo infantil, excepto cuando Charlotte, en un desborde de espíritu, se apartaba un momento, daba un gracioso pirueta (aunque nunca había aprendido a bailar) y volvía a su marcha».
Así pasaban las noches y los días, de manera feliz por un breve tiempo. Luego Charlotte y Anne regresaron a casa de Miss Wooler, y Emily también aceptó el desafío de la necesidad. No tenía un carácter que permitiera que lo desagradable de cualquier deber le impidiera emprenderlo. Era muy severa en su trato consigo misma, aunque tierna con los que erraban y ansiosa por cargar con las penas de los débiles. No permitía que nadie más que ella misma decidiera lo que le correspondía hacer. No podía ver a Charlotte trabajar y no trabajar ella misma. En casa trabajaba, es cierto, más que los criados; pero sentía que era correcto no solo trabajar, sino ganar su sustento. Así, habiendo recuperado su fuerza natural, dejó Haworth en septiembre, y Charlotte escribe desde la escuela a su amiga: «Mi hermana Emily ha conseguido un puesto como maestra en una gran escuela cerca de Halifax. He recibido una carta suya desde su partida; da un relato espantoso de sus obligaciones; trabajo duro desde las seis de la mañana hasta las once de la noche, con solo media hora de ejercicio entre medias. Esto es esclavitud. Temo que nunca pueda soportarlo».
Lo soportó, sin embargo, durante todo aquel trimestre; regresó a Haworth para un breve descanso en Navidad y volvió a partir hacia la odiada vida que llevaba, trabajando penosamente entre extraños. Pero cuando regresó la primavera, con su febril debilidad, con su belleza y sus recuerdos, a aquel severo lugar de exilio, fracasó. Su salud se quebró, destrozada por una nostalgia largamente resistida. Cansada y mortificada de corazón, Emily volvió de nuevo a buscar la vida y la felicidad en los agrestes páramos de Haworth.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[Nota 4: La señora Gaskell.]
CAPÍTULO VI.
JUVENTUD EN HAWORTH.
Los dos años siguientes transcurrieron de forma muy solitaria para Emily en Haworth; los Brontë eran demasiado pobres para que todos permanecieran en casa, y dado que estaba decidido que Emily no podía vivir fuera, ella trabajaba duro en casa mientras sus hermanas salían al mundo a ganarse el pan. No tenía más amigos que sus hermanas; la lejana Anne era su única confidente. Fuera de su propio círculo, la única persona a la que le importaba conocer era Ellen, la amiga de Charlotte, y, por supuesto, Ellen no iba a Haworth mientras Charlotte estaba fuera. Branwell también estaba ausente. Su primer empleo fue como ayudante en una escuela; pero, mortificado por los sarcasmos de los muchachos sobre su cabello rojo y su «pequeñez abatida», abandonó rápidamente su puesto y regresó a Haworth para confiar su herida vanidad a las tiernas misericordias de la ruda y valiente Emily, o para holgazanear por el pueblo buscando un consuelo más inmediato.
Luego se fue como tutor privado a una familia en Broughton-in-Furness. Una carta suya enviada desde allí a algún espíritu afín en Haworth, fallecido hace mucho, me ha sido prestada por cortesía del señor William Wood, uno de los últimos compañeros de Branwell, en cuyo poder permanece la hoja rasgada y desteñida. Gran parte es ilegible por roturas accidentales y la eliminación deliberada de pasajes privados, y parte de lo que se puede leer no puede citarse; tal como es, la carta es valiosa por mostrar qué cosas en la vida parecían deseables y dignas de alcanzar para este hermano tan lleno de esperanzas de la austera Emily, la valiente Charlotte y la piadosa Anne.
«Broughton-in-Furness, 15 de marzo.
«VIEJO SOTA DE TRIUNFOS,
«No pienses que te he olvidado, aunque he tardado tanto en escribirte. Mi propósito era enviarte una historia en cuanto pudiera encontrar materiales con los que hilarla. Y solo ahora he tenido tiempo de darme la vuelta y saber dónde estoy.
«Si me vieras ahora no me reconocerías, y te reirías al oír la fama que me da la gente. ¡Oh, la falsedad y la hipocresía de este mundo! Estoy instalado en un pueblecito retirado junto a la orilla del mar, rodeado de colinas boscosas que se alzan a mi alrededor, enormes, rocosas y coronadas de nubes. Mi empleador es un magistrado de condado jubilado y gran terrateniente, de carácter muy cordial y generoso. Su esposa es una mujer tranquila, silenciosa y amable; sus hijos son dos muchachos apuestos y llenos de espíritu. Mi casero es un respetable cirujano, y seis días de cada siete está más borracho que un lord; su esposa es un alma bondadosa, bulliciosa y parlanchina; su hija... ¡oh, muerte y condenación! Bien, ¿qué soy yo? es decir, ¿qué creen que soy? Un filósofo muy sobrio, abstemio, paciente, de corazón amable, virtuoso y caballeroso, la viva imagen de las buenas obras, el tesoro de los pensamientos rectos. Las cartas se esconden bajo el mantel, los vasos se meten en el armario si entro en la habitación. No tomo ni licores, ni vino, ni cerveza. Visto de negro y sonrío como un santo o un mártir. Toda dama dice: "¡Qué buen joven es el tutor de los Postlethwaite!". Esto es un hecho, por mi alma viviente, y me río de ellos muy cómodamente; pero en este humor pretendo que sigan. Me despedí durante medio año del viejo amigo whisky en Kendal la noche después de que [me fui]. Había un grupo de caballeros en el Royal Hotel; me uní a ellos y pedí la cena y "toddy tan caliente como el Infierno". Pensaron que yo era médico y me sentaron en la cabecera. Les brindé unos brindis de los más fuertes... regándolos al mismo tiempo hasta que la habitación daba vueltas y las velas bailaban ante sus ojos. Uno era un respetable anciano de cabeza empolvada, mejillas sonrosadas, vientre gordo y dedos con anillos... comenzó con un discurso y, en dos minutos, en medio de una frase grandilocuente, se detuvo, movió la cabeza, miró salvajemente a su alrededor, tartamudeó, tosió, volvió a detenerse, pidió sus zapatillas y así el camarero le ayudó a irse a la cama. Luego, un alto hacendado irlandés y un nativo de la tierra de Israel empezaron a discutir sobre sus países, y en el calor de la discusión descargaron sus vasos cada uno en la garganta de su vecino, en lugar de en la suya propia. Recomendé ampollas, sangrías [aquí ilegible], así que yo también tiré mi vaso al suelo y juré que me uniría a la vieja Irlanda. Se produjo un alboroto general, pero al final nos amansamos, y me encontré en la cama a la mañana siguiente, con una botella de cerveza, un vaso y un sacacorchos a mi lado. Desde entonces no he probado nada más fuerte que leche con agua, ni, espero, lo haré hasta que regrese en pleno verano, cuando veremos qué hacemos. Me estoy poniendo tan gordo como el Príncipe Win en Springhead y tan piadoso como su amigo el pastor Winterbottom. Mi mano ya no tiembla: escribo a los banqueros en Ulverston con el señor Postlethwaite, y me siento a tomar el té y a hablar mal de los demás con ancianas. En cuanto a las jóvenes, tengo una sentada a mi lado ahora mismo, de rostro hermoso, ojos azules, cabello oscuro, dulces dieciocho años. Poco piensa ella que el Diablo está tan cerca. Me encantó ver tu nota, viejo Escudero, pero no entiendo una frase; quizá sabrás a qué me refiero............................................................ ¿Cómo están todos por ahí? Anhelo... [todo desgarrado a continuación] todo sobre la gente de Haworth. ¿Piensa el pequeño Narigón que le he olvidado? ¡No, por Júpiter! Ni Alick tampoco. Le enviaré un recuerdo uno de estos días. Pero debo hablar con alguien más bonita; así que buenas noches, viejo amigo. Escribe directamente y créeme tuya,
«EL FILÓSOFO».
La cacareada reforma de Branwell no se mantuvo por mucho tiempo. Pronto regresó tan desalmado, tan afectuoso, tan vanidoso y tan falto de principios como siempre, para reírse y holgazanear por la empinada calle de Haworth. Luego fue a Bradford como retratista y, tan impresionante es la audacia, logró de hecho ganarse la vida allí durante algunos meses, aunque su educación era de las más escasas y, a juzgar por los ejemplares que aún se conservan en Haworth, su talento natural estaba al nivel del estudiante promedio en cualquier escuela de arte. Su melena leonada, su pose de genio autodidacta, sus versos en el rincón del poeta del periódico no pudieron mantener a flote para siempre a este inculto y manirroto retratista de veinte años. Pronto llegó el fin de su pintura allí. Desapareció de Bradford repentinamente, profundamente endeudado, y se le perdió de vista hasta que, desmoralizado, borracho y consumidor de opio, regresó a casa con Emily en Haworth.
Mientras tanto, la impetuosa Charlotte se estaba volviendo nerviosa y débil, la dulce Anne tísica y abatida, en su trabajo lejos de casa; y Emily trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer con su vieja sirvienta Tabby para la vieja tía que nunca se preocupó por ella y el viejo padre siempre cortés y distante.
Conocían el rostro de la necesidad más de cerca que el de cualquier amigo, aquellas chicas Brontë, y el pellizco de la pobreza recaía sobre su propio pie; por ello siempre fueron consideradas con cualquiera que cayera en la misma situación. Durante las vacaciones de Navidad de 1837, la vieja Tabby cayó en la calle empinada y resbaladiza y se rompió la pierna. Ya tenía casi setenta años y podía hacer poco trabajo; ahora su accidente la dejó completamente fuera de combate, dejando a Emily, Charlotte y Anne pasar sus vacaciones de Navidad haciendo las tareas domésticas y cuidando a la inválida. Miss Branwell, ansiosa por ahorrar trabajo a las chicas y dinero a su cuñado, insistió en que Tabby fuera enviada a casa de su hermana para ser cuidada y que se contratara a otra sirvienta para la casa parroquial. Tabby, argumentaba, estaba bastante bien, su hermana en circunstancias cómodas; la cocina de la parroquia podría suministrarle caldos y jaleas en abundancia, pero ¿por qué desperdiciar el ocio y el escaso patrimonio de las chicas en una vieja sirvienta capaz de mantenerse a sí misma? El señor Brontë fue finalmente persuadido y su decisión dada a conocer. Pero las chicas no fueron persuadidas. Tabby, según ellas afirmaban, era parte de la familia, y se negaron a abandonarla en su enfermedad. No dijeron mucho, pero hicieron más que decir: se pusieron en huelga de hambre. Cuando se sirvió el té, las tres se sentaron en silencio, en ayunas. La mañana siguiente encontró su voluntad aún más fuerte que su hambre: nada de desayuno. Hicieron el trabajo del día y llegó la hora de la cena. Aún resistieron, pálidas y demacradas. Entonces las superiores cedieron.
Las chicas ganaron su victoria; no un capricho obstinado, sino el derecho a hacer un sacrificio generoso y a cargar con una carga honorable.
Aquella Navidad, por supuesto, no hubo visitas, ni tampoco la siguiente. Tabby tardó en recuperarse, pero no agotó la paciencia de sus amigas.
Dos años después, Charlotte escribe a su antigua compañera de escuela:
«21 de diciembre de 1839.
«Estamos en la actualidad, y hemos estado durante el último mes, bastante ocupadas, ya que durante ese tiempo hemos estado sin sirvienta, excepto una niña pequeña para hacer recados. La pobre Tabby se volvió tan coja que al final se vio obligada a dejarnos. Vive con su hermana, en una pequeña casa propia que compró con sus ahorros hace un año o dos. Está muy cómoda y no le falta nada. Como está cerca, la vemos muy a menudo. Mientras tanto, Emily y yo estamos suficientemente ocupadas, como puedes suponer: yo me encargo de planchar y mantener las habitaciones limpias; Emily se encarga de hornear y atiende la cocina. Somos unos animales tan raros que preferimos este modo de arreglárnoslas a tener una cara nueva entre nosotros. Además, no desesperamos del regreso de Tabby, y no será suplantada por una desconocida en su ausencia. Provoqué la ira de mi tía al quemar la ropa la primera vez que intenté planchar; pero ahora lo hago mejor. Los sentimientos humanos son cosas extrañas; soy mucho más feliz limpiando las estufas, haciendo las camas y barriendo el suelo en casa que lo que sería viviendo como una gran dama en cualquier otro lugar».[5]
El año 1840 encontró a Emily, Branwell y Charlotte todos juntos en casa. Desmoralizado y disipado como estaba, Branwell seguía siendo una presencia bienvenida; sus charlas alegres todavía despertaban promesas felices en el ambicioso y amoroso hogar, que esperaba todo de él. Sus errores y faltas las perdonaban; pensando, pobres almas, que las fuertes pasiones que le llevaban por mal camino presagiaban un carácter fuerte y no una voluntad impotente.
Seguía siendo en Branwell en quien depositaban la fama de la familia. Sus poemas, sus historias, no eran para estas chicas más que un medio legítimo de diversión y alivio. El negocio serio de su vida era enseñar, cocinar, limpiar; ganar o ahorrar el mero gasto de su existencia. Ningún sueño de fama literaria daba propósito a los días tranquilos de Emily Brontë. Charlotte y Branwell, más impulsivos, más ambiciosos, habían enviado su obra a Southey, a Coleridge, a Wordsworth, en vana y patética esperanza de ánimo o reconocimiento. No así la más severa Emily, para quien la expresión era a la vez una necesidad y un pesar. El cerebro de Emily, el escritorio cerrado de Emily, estos y nada más conocían el grado de su pasión, su genio, su poder. Y, sin embargo, el poder reconocido habría sido dulce para aquel espíritu dominante.
Mientras tanto, la dificultad inmediata era ganarse la vida. Incluso aquellas chicas pacientes y valientes no podían aceptar la idea de toda una vida pasada en la sombría labor de institutrices por parte de Charlotte y Anne, y en la solitaria monotonía de Emily, que se quedaba en casa. Una salida de este odioso panorama no parecía imposible de alcanzar. Durante años fue la esperanza más descabellada, el sueño acariciado de la autora de 'Cumbres Borrascosas' y la autora de 'Villette'. ¿Y cuál era esta querida y audaz ambición? Tener una escuela de señoritas en Haworth.
Bastante lejos, difícil de alcanzar, les parecía este insignificante y trivial ideal suyo. Pues la casa, con sus cuatro dormitorios, tendría que ser ampliada; pues la educación de las niñas, con su anglo-francés y su música titubeante, tendría que ser adornada con los logros requeridos. Esto llevaría tiempo; tiempo y dinero; dos lujos muy difíciles de conseguir para las atribuladas hijas del vicario de Haworth. Suspiraban y se detenían de repente en la elaboración de sus planes y la redacción de sus circulares. Parecía tan difícil.
Una persona, de hecho, podría ayudarlas. Miss Branwell había ahorrado de su anualidad de 50 libras al año. Tenía una cierta suma; bastante pequeña, pero para Charlotte y Emily parecía tan potente como la varita del hada. La pregunta era: ¿se arriesgaría?
No parecía que fuera así. La anciana siempre había destinado sus ahorros principalmente al querido pródigo que llevaba su apellido, y Emily y Charlotte no eran sus favoritas. Las chicas, de hecho, solo pedían un préstamo, pero ella dudaba, vacilaba, volvía a dudar. Eran demasiado orgullosas para aprovecharse de algo tan a regañadientes ofrecido; y mientras su charla seguía siendo sobre qué medios podrían emplear, mientras seguían trabajando penosamente a través de novelas francesas inapropiadas como «el mejor sustituto para la conversación en francés», abandonaron el sueño por el momento, y Charlotte volvió a buscar un puesto. Pasó casi un año antes de que lo encontrara: un año feliz, lleno de planes y charlas con Emily y libre de cualquier ansiedad más apremiante que la que la delicada salud de Anne siempre daba a sus hermanas. Branwell estaba lejos y le iba bien como jefe de estación en Luddendenfoot, «partido a buscar fortuna en la capacidad salvaje, errante, aventurera, romántica y caballeresca de empleado en el ferrocarril de Leeds y Manchester». Ellen vino a quedarse en Haworth en verano; ahora todo era bastante sociable y animado en la casa gris de los páramos; pues, obligada por una salud quebrantada, el señor Brontë había contratado la ayuda de un coadjutor, y el coadjutor de Haworth traía a sus amigos clérigos por la casa, para gran disgusto de Emily y el aleteo semisentimental de la pensativa Anne, lo que imponía a Charlotte la responsabilidad de hablar por las tres.
En las vacaciones, cuando Anne estaba en casa, toda la vieja alegría y el disfrute de la vida regresaban. Había, además, el coadjutor, «simpático, agradable, alegre, de buen carácter, generoso, descuidado, astuto, voluble y poco clerical», para añadir picante a la situación. «Se sienta frente a Anne en la iglesia, suspirando suavemente y mirando por el rabillo del ojo; y ella está tan tranquila, su mirada tan abatida; son un cuadro», dice la alegre Charlotte. Este primer coadjutor en Haworth estaba exento del desprecio liberal de Emily; era un favorito en la vicaría, un joven inteligente, de espíritu brillante y apuesto, muy en gracia de Miss Branwell. Molestaba y halagaba a la anciana con tal gracia que siempre tenía asegurada una bienvenida; por lo que sus visitas diarias al estudio del señor Brontë casi siempre eran seguidas por una llamada en el salón opuesto, cuando Miss Branwell frecuentemente dejaba su retiro de arriba y se unía a la animada charla. Ella siempre presidía la mesa del té, de la que el coadjutor era un invitado frecuente, y sus sobrinas se mantenían bien entretenidas durante toda la hora del té con las ingeniosas salidas del coadjutor, desconcertando a la anciana en sus pequeños planes de control sobre las tres jóvenes llenas de espíritu. Ninguna disfrutaba de la diversión más que la tranquila Emily, siempre presente y divertida, «su rostro brillando como siempre hacía cuando disfrutaba», me cuenta la señorita Ellen Nussey. Muchas leyendas felices, demasiado familiares para ser citadas aquí, registran el corazón ligero y el espíritu alegre que Emily llevaba en aquellos días sin preocupaciones. Historias tontas y bonitas de su valiente protección de las otras chicas frente a pretendientes demasiado insistentes. Nunca hubo dueña tan gallarda, tan alegre y tan inevitable. En homenaje a la excelencia de su exterior marcial y audaz en tales ocasiones, la pequeña familia la apodó «El Mayor», un nombre que se le quedó en los días en que el brío y la alegría de su porte militar estaban tristemente sobrios, y solo permanecían el coraje y el corazón indomable.
Pero en estos primeros días de 1841, Emily era tan feliz como otras muchachas de campo sanas en un hogar agradable. «Hacía lo que nosotras hacíamos —dice la señorita Nussey— y nunca se ausentaba cuando podía evitarlo; la vida en este periodo debió de ser dulce y placentera para ella». Una vida igual y sin sobresaltos, en la que las pequeñeces parecían de gran importancia. Oímos hablar de las pequeñas alegrías y aventuras de aquellos días, recordadas tan fielmente durante tanto tiempo, con una patética placidez. Son tan leves, y todo su color ha desaparecido, como rosas prensadas, aunque todavía permanece una tenue dulzura. Los desastres cuando la señorita Branwell estaba de mal genio y no tenía humor para recibir a sus invitados; la tan esperada emoción de un paseo por los páramos hasta Keighley, donde el coadjutor iba a dar una conferencia; el sobresalto y el alboroto cuando el coadjutor, al descubrir que ninguna de las cuatro chicas había recibido nunca una tarjeta de San Valentín, propuso enviar una a cada una el siguiente día de San Valentín. «No, no, las mayores nunca lo permitirían, y sin embargo, sería sin duda un acontecimiento recibir una tarjeta de San Valentín; aun así, habría una buena reprimenda de parte de la señorita Branwell». «Oh, no —dijo él—, las echaré al correo en Bradford». Y hasta Bradford caminó, diez millas de ida y otras tantas de vuelta, de modo que en el trascendental 14 de febrero el cartero, tan ansiadamente esperado, trajo cuatro tarjetas, todas en papel delicadamente tintado, todas realzadas por un verso de poesía original, que aludía a alguna característica agradable de cada destinataria. ¡Qué alegría y qué comparación de notas! ¡Qué fingida indignación tan complacida! Las chicas decidieron recompensarle con una moneda de la misma ley, y Charlotte escribió unas rimas llenas de diversión y burla que todas las chicas firmaron —Emily participando en todo ello con mucho espíritu y diversión— y finalmente despachadas con misterio y alegría secreta.
Al fin, esta placentera chanza llegó a su fin. Charlotte buscó trabajo mediante un anuncio y lo encontró. Mientras estaba fuera, recibió una carta de la señorita Wooler, ofreciéndole a Charlotte el traspaso de su escuela en Dewsbury Moor. Era una oportunidad que no se podía perder, aunque no es fácil imaginar qué incentivo podían ofrecer Emily y Charlotte a sus alumnas. Pero era, por encima de todas las cosas, necesario establecer un hogar donde la delicada Anne pudiera estar protegida, donde la nostálgica Emily pudiera ser feliz, donde Charlotte pudiera tener tiempo para escribir, donde todas pudieran vivir y trabajar juntas. La oferta de la señorita Wooler fue aceptada inmediatamente. Se convenció a la señorita Branwell para que prestara a las chicas 100 libras. No llegó respuesta alguna de la señorita Wooler. Entonces la ambiciosa Charlotte, desde su puesto lejos de casa, escribió a la señorita Branwell en Haworth[6]:
«29 de septiembre de 1841.
Querida tía:
No he tenido noticias de la señorita Wooler desde que le escribí manifestándole que aceptaría su oferta. No puedo conjeturar la razón de este largo silencio, a menos que haya surgido algún impedimento imprevisto al cerrar el trato. Mientras tanto, se ha sugerido y aprobado un plan por el señor y la señora ---- y otros, que deseo comunicarle ahora. Mis amigos recomiendan, si deseo asegurar un éxito permanente, retrasar el comienzo de la escuela seis meses más y, por todos los medios, ingeniárnoslas, como sea, para pasar el tiempo intermedio en alguna escuela del continente. Dicen que las escuelas en Inglaterra son tan numerosas, la competencia tan grande, que sin dar tal paso hacia la obtención de superioridad, probablemente tendremos una lucha muy dura y podríamos fracasar al final. Dicen, además, que el préstamo de 100 libras, que usted ha sido tan amable de ofrecernos, quizás no se requiera todo ahora, ya que la señorita Wooler nos prestará el mobiliario; y que, si se pretende que la especulación sea buena y exitosa, la mitad de la suma, al menos, debería emplearse de la manera que he mencionado, asegurando así un reembolso más rápido tanto del interés como del capital.
No iría a Francia ni a París. Iría a Bruselas, en Bélgica. El coste del viaje hasta allí, a la tarifa más cara, sería de 5 libras, la vida allí cuesta poco más de la mitad de lo que cuesta en Inglaterra, y las facilidades para la educación son iguales o superiores a las de cualquier lugar de Europa. En medio año podría adquirir una total familiaridad con el francés. Podría mejorar mucho en italiano e incluso dar un empujón al alemán; es decir, siempre que mi salud siguiera tan buena como lo es ahora...
Estas son ventajas que resultarían de gran provecho cuando comenzáramos realmente una escuela; y, si Emily pudiera compartirlas conmigo, podríamos consolidarnos en el mundo después, algo que nunca podremos hacer ahora. Digo Emily en lugar de Anne; pues Anne podría esperar su turno en algún momento futuro, si nuestra escuela tuviera éxito. Siento la certeza, mientras escribo, de que verá usted la conveniencia de lo que digo. Siempre le gusta utilizar su dinero de la mejor manera. No le gusta hacer compras mezquinas; cuando hace un favor, a menudo lo hace con estilo; y confíe en que 50 o 100 libras, empleadas así, estarían bien invertidas. Por supuesto, no conozco a ningún otro amigo en el mundo a quien pueda dirigirme sobre este tema aparte de usted. Siento una convicción absoluta de que, si se nos permitiera esta ventaja, sería nuestro futuro para toda la vida. Papá quizás piense que es un proyecto descabellado y ambicioso; pero, ¿quién prosperó alguna vez en el mundo sin ambición? Cuando dejó Irlanda para ir a la Universidad de Cambridge, era tan ambicioso como lo soy yo ahora».
Eso era verdad. Debió de tocar una fibra sensible en el pecho del anciano. Absorto en los chismes parroquiales y en sus «Poemas de la cabaña», sin preocuparse ya por el mundo, sino solo por las crónicas de los periódicos, activamente ocioso, viviendo una vida estéril de ascética autocomplacencia, el vicario de Haworth estaba muy orgulloso de su pasado enérgico. Siempre lo había presentado a sus hijos como un modelo a copiar. El llamamiento de Charlotte aseguraría sin duda a su padre como aliado en su causa. La señorita Branwell, por otra parte, no desearía muestras de ambición en sus sobrinas, ya de por sí demasiado incontenibles. Pero se estaba haciendo mayor; sería un consuelo para ella, después de todo, verlas establecidas, y establecidas prósperamente gracias a su generosidad. «Cuento con usted, tía, para ayudarnos. Creo que no se negará», había dicho Charlotte. ¿Cómo, de hecho, podría la señorita Branwell, viviendo en su hogar, ser feliz y negarse?
Sin embargo, tuvieron lugar muchas discusiones antes de que la ansiosa Charlotte obtuviera la respuesta. Emily, a quien afectaba tan de cerca, debió de escuchar esperando en una extraña perturbación de esperanza y miedo. Dejar el hogar... sabía bien lo que significaba. Desde que tenía seis años nunca había dejado Yorkshire; pero aquellos meses de agotadora nostalgia en Roe Head, en Halifax, debieron de acudir de forma muy dolorosa a su memoria. Haworth era salud, contento, la posibilidad misma de existencia para esta joven. Dejar Haworth por una extraña ciudad más allá de los mares, ver rostros extraños por todas partes, oír y hablar una lengua extraña; el bienvenido prospecto de aventura de Charlotte debió de tomar una forma de pesadilla para Emily. Y por esto debía tener esperanza; esto debía desear, suplicar si era necesario y, al menos, apoyar. Pues Charlotte decía que aquello era esencial para su futuro; y en todos los detalles de gestión, la palabra de Charlotte era ley para sus hermanas. Incluso Emily, la independiente e indomable Emily, tan resuelta a mantenerse en cualquier camino elegido, esperaba que Charlotte eligiera el rumbo en los asuntos prácticos.
Finalmente se obtuvo el consentimiento, fue escrito y despachado. La alegre Charlotte dio aviso a sus empleadores y pronto partió hacia casa. Había mucho que hacer. «Cartas que escribir a Bruselas, a Lille y a Londres, mucho trabajo por hacer, además de ropa que remendar». Se decidió que las hermanas renunciarían a su oportunidad de la escuela en Dewsbury Moor, ya que el lugar era bajo y húmedo, y no le había sentado bien a Anne. A su regreso de Bruselas establecerían una escuela en algún lugar costero y saludable en el East Riding. Burlington era el lugar donde su imaginación habitaba principalmente. A este hermoso y saludable lugar, frente al mar, acudirían ávidas alumnas para beneficiarse de la instrucción de tres hijas de un clérigo, «educadas en el extranjero» (durante seis meses), que hablaban francés fluido, italiano mejorado y daban un empujón al alemán. Un centelleante programa de logros danzaba ante sus ojos.
Había, sin embargo, muchas dificultades prácticas que vencer primero. El paso inicial mismo, la elección de una escuela, fue difícil de dar. Charlotte escribe a Ellen:
«20 de enero de 1842.
Esperamos dejar Inglaterra en unas tres semanas, pero aún no estamos seguras del día, ya que dependerá de la conveniencia de una dama francesa que está ahora en Londres, Madame Marzials, bajo cuya escolta hemos de navegar. Nuestro lugar de destino ha cambiado. Papá recibió un informe desfavorable del señor, o mejor dicho de la señora Jenkins, sobre las escuelas francesas en Bruselas, presentándolas como de una categoría inferior en muchos aspectos. Tras investigar más a fondo, una institución en Lille, en el norte de Francia, fue altamente recomendada por Baptist Noel y otros clérigos, y a ese lugar se ha decidido que debemos ir. Las condiciones son 50 libras al año por cada alumna solo por pensión y francés; pero se permitirá una habitación separada por esta suma; sin esta indulgencia son algo más bajas. Consideré amable por parte de mi tía consentir una suma extra para una habitación separada. Encontraremos que es un gran privilegio en muchos aspectos. Lamento el cambio de Bruselas a Lille por muchas razones».
Que Charlotte lamentara el cambio significaba que se iba a descubrir una mejora. Había puesto su corazón en ir a Bruselas; la señora Jenkins redobló sus esfuerzos y al final descubrió el Pensionnat de Madame Heger en la Rue d'Isabelle.
Allí, como todo el mundo sabe, fueron a la escuela Charlotte y Emily Brontë, ambas mayores de edad.
«Dejaremos Inglaterra en unas tres semanas». Las palabras tenían un toque de feliz audacia en los oídos de Charlotte. Desde que a los seis años había salido sola a descubrir la Ciudad Dorada, el romance, el descubrimiento y la aventura eran dulces promesas para ella. A menudo había deseado ver el mundo; ahora lo vería. Había tenido sed de conocimiento; aquí estaba la fuente. Ansiaba añadir nuevas notas a esa gama del carácter humano que podía tocar con tan profunda ciencia; haría una obra maestra de sus adquisiciones. En este momento sus cartas están llenas de atareada alegría, dando cuenta de su trabajo, haciendo planes, divirtiéndose. Una joven tan feliz y esperanzada como cualquiera que habite en la parroquia de Haworth.
Emily es diferente. Es ella quien imaginó a la chica en el cielo que se rompió el corazón llorando por la tierra, hasta que los ángeles la expulsaron con ira y la arrojaron en medio del páramo, para despertar allí sollozando de alegría. No le interesaba conocer gente nueva; odia a los desconocidos; pasear con su bulldog, Keeper, por los páramos es su mejor aventura. Aprender cosas nuevas está muy bien, pero valora por encima de todo la originalidad y el sabor provinciano y salvaje de su hogar. Lo que ama profunda y firmemente es su hogar en el páramo, su propia gente, las criaturas del brezal, los perros que siempre comen de sus manos, las flores en el desolado jardín que solo crecen gracias al cuidado infinito que ella les prodiga. El espino achaparrado bajo el cual se sienta a escribir sus poemas es más hermoso para ella que los cedros del Líbano. A todos y cada uno de ellos debe ahora decir adiós. Es con un tono diferente con el que dice en sus despedidas: «Dejaremos Inglaterra en unas tres semanas».
NOTAS AL PIE:
[Nota 5: Sra. Gaskell.]
[Nota 6: Sra. Gaskell.]
CAPÍTULO VII.
EN LA RUE D'ISABELLE.
La Rue d'Isabelle tenía un carácter propio. Se encuentra bajo tus pies mientras estás en la Rue Royale, cerca de la estatua del General Beliard. Cuatro tramos de escaleras conducen hacia abajo a la calle, mitad jardín, mitad casas viejas, con una gran mansión cuadrada en un extremo, que posee el jardín que se extiende detrás y a su derecha. La casa es antigua; una inscripción en latín muestra que fue donada al gran Gremio de Ballesteros por la Reina Isabel en los primeros años del siglo XVII. El jardín es más antiguo; mucho antes de que el Gremio de los Ballesteros del Gran Juramento, en deferencia al deseo de la Reina Isabel, permitiera que la calle se abriera a través de él, el jardín había sido su lugar de ejercicio. Allí la propia Isabel, miembro de su orden, había abatido al pájaro. Pero el jardín tenía un pasado aún más antiguo; cuando manzanos, perales y callejones de cerezos de Brujas, cuando parcelas de mejorana y menta, de tomillo y albahaca dulce llenaban el huerto y el herbario del Hospital de los Pobres. Y el jardín mismo, antes de que se plantaran árboles o flores, había resonado con el ladrido de los sabuesos del Duque, cuando, en el siglo XIII, había sido la Fosse-aux-chiens. Este jardín histórico, esta mansión, construida por una reina para una gran orden, pertenecía en 1842 al señor y la señora Heger, y era un famoso Pensionnat de Demoiselles.
Allí llevó el vicario de Haworth a sus dos hijas un día de febrero, pasó una noche en Bruselas y regresó directamente a su vieja casa en los páramos, tan moderna en comparación con la mansión en Rue d'Isabelle. Un cambio, sin duda, para Emily y Charlotte. Incluso ahora, Bruselas (sede del catolicismo mucho más que la Roma moderna) tiene un gusto por la pompa que recuerda los días medievales. Las calles decoradas con ramas y esparcidas de flores, por las que pasan lentamente las procesiones de la Iglesia, niños vestidos de blanco, muchachos como ángeles esparciendo rosas, portadores de estandartes con banderas blasonadas. Coristas con sobrepelliz cantando alabanzas en latín, acólitos de escarlata balanceando incensarios, relicarios e imágenes ante los cuales la gente cae de rodillas en oración; todo esto hoy en día no es una vista infrecuente en Bruselas, y debió de ser aún más frecuente en 1842.
El mercado de flores al aire libre, con claveles, altos lirios de la Virgen y delicadas rosas de amor, llenando la pintoresca plaza medieval ante la hermosa y antigua fachada del Hotel de Ville. Santa Gúdula con sus agujas y arcos; la Montagne de la Cour (casi tan empinada como la calle de Haworth), sus ventanas ardiendo por la noche con joyas; el pequeño y encantador parque, sus grandes olmos apenas brotando, sus estatuas estallando apenas de sus vainas invernales de paja; las galerías de pinturas antiguas, sus paredes una sobria gloria de colores, azules profundos como una noche de verano, ricos rojos, dorados pardos, verdes muy vivos.
Todo esto debería haber impresionado a las dos jóvenes hogareñas de Yorkshire; y Charlotte, de hecho, percibió algo de su belleza y extrañeza. Pero Emily, desde un amargo sentido del exilio, desde una natural estrechez de espíritu, se rebeló contra todo ello como un insulto a la memoria de su hogar; anhelaba, desesperada e inútilmente, Haworth. Las dos Brontë eran muy diferentes a las colegialas belgas en el Pensionnat de Madame Heger. Eran, por un lado, ridículamente mayores para estar en la escuela —veinticuatro y veintiséis años— y parecían sentir su posición; su habla era forzada y extraña; todas las «escépticas, malvadas e inmorales novelas francesas, más de cuarenta, el mejor sustituto para la conversación francesa que se puede encontrar», que las chicas habían leído con tanta sencillez de espíritu, no habían curado la amplitud de su acento ni los modismos artificiales de su francés de Yorkshire. Monsieur Heger, de hecho, consideraba que no sabían nada de francés. Sus modales, incluso entre ingleses, eran rígidos y formales; la cordial, vulgar y genial expansión de sus compañeras de escuela belgas debió de hacerlas parecer tan sin vida como marionetas. Su vestimenta... Haworth se había permitido maravillarse por la tosquedad de esas asombrosas mangas de jamón (el capricho favorito de Emily dentro y fuera de la moda), por la languidez mal cortada de esas faldas, lo suficientemente torpes en la redonda y pequeña Charlotte, pero una verdadera caricatura del medievalismo en la figura alta, delgada y esbelta de Emily. Sabían que no estaban en su elemento y permanecían juntas, hablando rara vez. Sin embargo, Monsieur Heger, observando pacientemente, sintió la presencia de un extraño poder bajo esos exteriores toscos.
Un hombrecillo extraño y de mucha penetración, este maestro de escuela francés. «Hombre de celo y de conciencia, posee a un alto grado la elocuencia del buen sentido y del corazón». Fiero y despótico en la exigencia de obediencia, pero tierno de corazón, magnánimo y tiránico, absurdamente vanidoso y absolutamente desinteresado. La escuela de su esposa era un reino para él; aportaba a ella una energía, un celo, una facultad de administración digna de gobernar un reino. Fue con el deleite de un botánico descubriendo una planta rara en su jardín, de un político detectando a un futuro estadista en su guardería, que percibió la facultad inusual que elevaba a sus dos alumnas inglesas por encima de sus compañeras. Las observó en silencio durante algunas semanas. Cuando estuvo completamente seguro, se adelantó y, por así decirlo, las reclamó para sí.
Charlotte aceptó de inmediato el yugo. Todo lo que él le mandaba hacer, ella se esforzaba por realizarlo; seguía sus líneas de pensamiento; adoptaba el estilo que él recomendaba; le daba a cambio de todos sus esfuerzos la obediencia más incansable, la comprensión afectuosa de una gran inteligencia. Escribe a Ellen sobre su deleite al aprender y servir: «Es muy natural para mí someterme, muy antinatural mandar».
No ocurrió así con Emily. Las cualidades que su hermana comprendía y aceptaba, la irritaban indeciblemente. La afición al mando en las pequeñas cosas, la irritabilidad, la vigilancia del fogoso profesor de retórica le eran totalmente desagradables. Contradecía sus teorías en su cara; hacía sus lecciones bien, pero como ella elegía hacerlas. Era tan indomable, fiera e inapacible como Charlotte era dispuesta y sumisa. Y sin embargo, fue Emily quien tuvo la mayor parte de la admiración de Monsieur Heger. Egoísta y exigente la creía él, que nunca cedía a su petulante e inofensivo egoísmo, que nunca se doblegaba ante su benévola tiranía; pero le atribuía facultades lógicas, una capacidad para la argumentación inusual en un hombre, y rara, de hecho, en una mujer. Ella, no Charlotte, era el genio a sus ojos, aunque se quejaba de que su voluntad obstinada la volvía sorda a toda razón, cuando su propia determinación, o su propio sentido de lo correcto, estaba en juego. Imaginaba que podría ser una gran historiadora, así se lo dijo a la señora Gaskell. «Su facultad de imaginación era tal, sus visiones de escenas y personajes habrían sido tan vívidas y tan poderosamente expresadas, y apoyadas por tal alarde de argumentos, que habría dominado al lector, cualesquiera que hubieran sido sus opiniones previas o su percepción más fría de la verdad. ¡Debería haber sido hombre: un gran navegante! —exclamó el pequeño, oscuro y entusiasta retórico—. ¡Su poderosa razón habría deducido nuevas esferas de descubrimiento a partir del conocimiento de las antiguas; y su fuerte voluntad imperiosa nunca habría sido intimidada por la oposición o la dificultad; nunca habría cedido sino con la vida!».
Sin embargo, nunca fueron amigos; aunque Monsieur Heger podía hablar tan bien de Emily en un momento, recuérdese, en el que eran los elogios de Charlotte los que se buscaban, cuando el genio de Emily se consideraba como un duende lunático de potencia de pesadilla. Él y ella eran iguales en ser demasiado imperiosos, demasiado independientes, demasiado obstinados. Un par de espadas, ninguna de las cuales podía servir para envainar a la otra.
Ese tiempo en Bruselas fue desperdiciado para Emily. Los caracteres triviales que Charlotte hizo inmortales simplemente le molestaban. Las nuevas impresiones que dieron otro alcance a la visión de Charlotte no significaban nada para ella. Todo lo que era grandioso, notable y apasionado bajo la superficie de ese convencional Pensionnat de Demoiselles era invisible para Emily. A pesar de su genio, era muy dura y estrecha.
Pobre muchacha, sentía nostalgia de su hogar. Todo aquello no era nada para ella, menos que un sueño, aquel lugar en el que vivía. El ensimismamiento de Charlotte en su nueva vida, su afán por complacer a su maestro, era una debilidad despreciable para aquel corazón amargado. Se reía cuando descubría a su hermana mayor tratando de arreglar sus sencillos vestidos al gusto francés, y caminaba en silencio por las grandes aulas con una feroz satisfacción por sus propias mangas feas, por el corte de Haworth de sus faldas. Rara vez dirigía la palabra a nadie; solo a veces discutía con Monsieur Heger, tal vez secretamente contenta de tener la oportunidad de escandalizar a Charlotte. Si salían a tomar el té, se quedaba quieta en su silla, respondiendo "sí" y "no"; inerte, miserable, con el corazón lleno de lágrimas. Cuando terminaba su trabajo, paseaba por el antiguo jardín de los ballesteros, bajo los árboles, apoyada en el brazo de su hermana menor, pálida, silenciosa: una figura alta y encorvada. A menudo no decía nada en absoluto. Charlotte, también, era muy provechosamente silenciosa; ante sus ojos, 'Villette' estaba tomando forma. Pero Emily no pensaba en Bruselas. Soñaba con Haworth.
Un poema que escribió en esta época bien puede citarse aquí. Fue, nos dice Charlotte, "compuesto al crepúsculo, en el aula, cuando el ocio de la hora de juego de la tarde traía de vuelta, a plena marea, los pensamientos del hogar":
"Un poco de tiempo, solo un poco, La fatigosa tarea se deja a un lado, Y puedo cantar y puedo sonreír Por igual, mientras tengo vacaciones.
"¿Adónde irás, mi corazón acosado? ¿Qué pensamiento, qué escena te invita ahora? ¿Qué lugar, cercano o lejano, Tiene descanso para ti, mi frente cansada?
"Hay un lugar entre áridas colinas, Donde aúlla el invierno y la lluvia azota; Pero, si la lúgubre tempestad hiela, Hay una luz que vuelve a calentar.
"La casa es vieja, los árboles están desnudos, Sin luna sobre ellos se inclina la cúpula del crepúsculo, Pero, ¿qué hay en la tierra tan querido, Tan anhelado, como el hogar de la chimenea?
"El pájaro mudo sentado en la piedra, El musgo oscuro goteando de la pared, El espino marchito, los senderos cubiertos de maleza, Los amo; ¡cómo los amo a todos!
"Y, mientras meditaba, la habitación desnuda, La luz del fuego ajeno se desvaneció; Y de en medio de la sombría penumbra Pasé al día brillante y despejado.
"Un pequeño y solitario camino verde, Que se abría a una vasta explanada; Una lejana, lúgubre y tenue cadena azul De montañas rodeando cada lado:
"Un cielo tan querido, una tierra tan tranquila, Tan dulce, tan suave, un aire tan silencioso; Y —profundizando aún más el encanto onírico— Ovejas salvajes de páramo pastando por todas partes.
"Esa era la escena, la conocía bien; Conocía el barrido del sendero cubierto de hierba, Que, serpenteando sobre cada ondulación, Marcaba las huellas de las ovejas errantes.
"Si hubiera podido demorarme tan solo una hora, Bien habría pagado una semana de trabajo; Pero la verdad ha desterrado el poder de la fantasía, La restricción y la pesada tarea retroceden.
"Incluso mientras permanecía con ojos extasiados, Absorta en una dicha tan profunda y querida, Mi hora de descanso se había desvanecido, Y volvieron el trabajo, la esclavitud, el cuidado".
Charlotte mientras tanto escribe de buen ánimo, incluso con gran alegría, a su amiga: "Creo que nunca soy infeliz, mi vida actual es tan deliciosa, tan agradable, comparada con la de una institutriz. Mi tiempo, constantemente ocupado, pasa demasiado rápido. Hasta ahora, tanto Emily como yo hemos gozado de buena salud y, por tanto, hemos podido trabajar bien. Hay un individuo del que aún no he hablado: Monsieur Heger, el marido de Madame. Es profesor de retórica, un hombre de gran mente, pero muy colérico e irritable de temperamento; un ser pequeño, negro y feo, con un rostro que varía en expresión; a veces toma las facciones de un gato atigrado loco, a veces las de una hiena delirante, ocasionalmente —pero muy raramente— descarta estos peligrosos atractivos y asume un aire no cien veces alejado de lo que llamarías amable y caballeroso. Está muy enfadado conmigo en este momento, porque he escrito una traducción que decidió estigmatizar como 'peu correct'. No me lo dijo, sino que escribió las palabras en el margen de mi libro y preguntó, en frase breve y severa, cómo sucedía que mis composiciones fueran siempre mejores que mis traducciones; añadiendo que el asunto le parecía inexplicable".
El lector ya habrá reconocido en el pequeño, feo y colérico profesor de retórica al único héroe absolutamente natural de una novela de mujer, la querida y caprichosa figura del inmortal Monsieur Paul Emanuel.
"Él y Emily", añade Charlotte, "no se llevan nada bien. Emily trabaja como un caballo y ha tenido grandes dificultades con las que lidiar, mucho mayores que las que yo he tenido".
Emily ciertamente trabajaba duro. Estaba allí para trabajar, y no hasta que hubiera aprendido una cierta cantidad permitiría su conciencia que regresara a Haworth. Fue por la querida libertad por lo que trabajó. Comenzó alemán, un estudio favorito en años posteriores, y con algún propósito, ya que el estilo de Hoffmann dejó su impresión en la autora de 'Cumbres Borrascosas'. Trabajó mucho en música; y en medio año la colegiala torpe se convirtió en una músico brillante y competente. Se dice que su interpretación era singularmente precisa, vívida y llena de fuego. El francés, también, tanto en gramática como en literatura, era un estudio constante.
Monsieur Heger reconoció el hecho de que, al tratar con las Bronte, no tenía que hacer las concesiones habituales para la inexperiencia no desarrollada de una colegiala. Eran mujeres de inteligencia madura y notable. El método que adoptó al enseñarles fue más bien el de un profesor universitario que el que se usa habitualmente en un pensionnat. Elegía alguna obra maestra del estilo francés, algún pasaje de elocuencia o retrato, se lo leía con una breve lección sobre sus cualidades distintivas, señalando qué era exagerado, qué apto, qué falso, qué sutil en la concepción del autor o su modo de expresarlo. Luego eran despedidas para que hicieran una composición similar, sin ayuda de gramática o diccionario, valiéndose en la medida de lo posible de los matices de estilo y las peculiaridades del método del escritor elegido como modelo de la hora. De esta manera, las jóvenes se familiarizaron íntimamente con la técnica literaria de los mejores maestros franceses. Para Charlotte, las lecciones fueron de un valor incalculable, perfeccionando en ella ese estilo claro y preciso que hace que su mejor obra nunca sea tediosa, nunca anticuada. Pero la mera idea de imitar a alguien, especialmente de imitar a cualquier escritor francés, era repulsiva para Emily, "rústica hasta la médula, montaraz, salvaje y nudosa como una raíz de brezo".[7] Cuando Monsieur Heger les explicó su plan, "Emily habló primero; y dijo que no veía ningún bien que se pudiera derivar de él; y que, al adoptarlo, perderían toda originalidad de pensamiento y expresión. Habría entablado una discusión sobre el tema, pero para esto Monsieur Heger no tenía tiempo. Charlotte habló entonces; ella también dudaba del éxito del plan; pero seguiría el consejo de Monsieur Heger, porque estaba obligada a obedecerlo mientras fuera su alumna".[8] Charlotte pronto encontró un gran disfrute en este tipo de composición literaria, sin embargo, el devoir de Emily era el mejor. Ya no pueden verse, por desgracia, ya no están bajo la custodia de una guardiana tan cortés y orgullosa como con la que tuvo que tratar la señora Gaskell; pero ella y Monsieur Heger han expresado sus opiniones de que, en genio, imaginación, poder y fuerza del lenguaje, Emily era superior a las dos hermanas.
Tan grande era la personalidad de esta joven inglesa enérgica, silenciosa, taciturna y mal vestida, que todos los que la conocían reconocían en ella el genio que fueron lentos en percibir en su hermana más sociable y vehemente. Madame Heger, la mundana y fría surveillante de Villette, confesó la fuerza singular de una naturaleza más antipática a la suya. Sin embargo, Emily no tenía compañeros; la única persona de la que oímos hablar, incluso en los términos más negativos de amistad, es una de las maestras, una tal Mademoiselle Marie, "talentosa y original, pero de modales repulsivos y arbitrarios, que han hecho que toda la escuela, excepto Emily y yo, sean sus amargos enemigos". No menos arbitraria y repulsiva parecía la pobre Emily, una ramita de brezo púrpura en discordia con esos brillantes y suaves geranios y lobelias; Emily, de quien todos los amigos supervivientes elogian la abnegación silenciosa y constante, el espíritu genial dispuesto a ayudar, el afecto tímido pero fiel. Estaba tan completamente *hors de son assiette* que incluso sus virtudes estaban fuera de lugar.
Siempre había una cosa que podía hacer, una cosa tan natural como el aliento para Emily: el trabajo decidido. En ese misericordioso ensimismamiento podía olvidar su cansancio angustioso y la extraña discordancia de las cosas; cada lección conquistada era otro paso dado en el largo camino a casa. Y los días permitían un amplio espacio para el trabajo, aunque estuviera sustentado por una dieta algo escasa.
Contando a las internas y externas, la escuela de Madame Heger contaba con más de cien alumnas. Estas estaban divididas en tres clases; la segunda, en la que estaban las Bronte, contenía sesenta estudiantes. En la última fila, una al lado de la otra, absortas y tranquilas, se sentaban Emily y Charlotte. Poco después de levantarse, a las pensionistas se les daba su ligero desayuno belga de café y panecillos. Luego, de nueve a doce, estudiaban. Tres maestras y siete profesores estaban contratados para llevar las diferentes clases. A las doce, un almuerzo de pan y fruta; luego un paseo por el callejón verde, Charlotte y Emily caminando siempre juntas. De una a dos, labores manuales; de dos a cuatro, lecciones de nuevo. Luego la cena: la única comida sólida del día. De cinco a seis la hora era libre, la hora de meditación de Emily. De seis a siete la terrible lecture pieuse, odiosa para el espíritu protestante de las Bronte. A las ocho, una cena de panecillos y agua; luego oraciones y a dormir.
La habitación en la que dormían era un largo dormitorio escolar. Después de todo, no pudieron conseguir el lujo, tan deseado, de una habitación separada. Pero sus dos camas estaban solas juntas en el extremo, veladas por cortinas blancas; discretas y retiradas como ellas mismas. Aquí, después del duro trabajo del día, dormían. En el sueño, uno ya no es un exiliado.
Pero a menudo Emily no dormía. El viejo y bien conocido dolor, el insomnio, el anhelo, comenzaban de nuevo a relajar las fibras mismas de su corazón. "Se produjo el mismo sufrimiento y conflicto, aumentado por el fuerte rechazo de su espíritu recto, herético e inglés ante la gentil jesuitería del sistema extranjero y romano. Una vez más parecía hundirse, pero esta vez se recuperó mediante la pura fuerza de la resolución: con remordimiento interno y vergüenza miró hacia atrás a su fracaso anterior y resolvió conquistar, pero la victoria le costó caro. Nunca fue feliz hasta que llevó su conocimiento difícilmente ganado de vuelta al remoto pueblo inglés, a la vieja casa de la rectoría y a las desoladas colinas de Yorkshire".[9]
¡Pero todavía no, todavía no, esta felicidad! La oportunidad que se había ganado tan arduamente no debía desperdiciarse antes de haber sacado el máximo provecho de ella. Y no estaba completamente sola. Charlotte estaba allí. El éxito que tenía en su trabajo debió ayudar un poco a hacer tolerable su hogar extranjero. Pronto supo lo suficiente de música para dar lecciones a las alumnas más jóvenes. Luego alemán, que le costaba a ella y a Charlotte diez francos extra al mes, así como mucho estudio y lucha severos. Charlotte escribe en verano: "Emily está haciendo rápidos progresos en francés, alemán, música y dibujo. Monsieur y Madame Heger comienzan a reconocer las valiosas partes de su carácter bajo sus singularidades".
Era dudoso, incluso, si volverían a casa en septiembre. Madame Heger hizo una propuesta a sus dos alumnas inglesas para que se quedaran, sin pagar, pero sin salario, durante medio año. Despediría a su maestra de inglés, cuyo puesto ocuparía Charlotte. Emily debía enseñar música a las alumnas más jóvenes. La propuesta era amable y sería ventajosa para las hermanas.
Charlotte se declaró inclinada a aceptarla. "He sido feliz en Bruselas", afirmó. Y Emily, aunque ella, ciertamente, no era feliz, reconoció el beneficio que se derivaría de un período de estudio más largo. Seis meses, después de todo, era un tiempo bastante corto para obtener un conocimiento profundo del francés, con italiano y alemán, cuando añades a estos conocimientos música y dibujo, en los que Emily trabajaba con voluntad. Además, no podía volver a fracasar, no podía regresar a Haworth dejando a Charlotte atrás; tampoco podía arruinar el futuro de Charlotte persuadiéndola de que rechazara los términos de Madame Heger. Así que ambas hermanas acordaron quedarse en Bruselas. No estaban allí completamente sin amigos; dos señoritas Taylor, compañeras de escuela y queridas amigas de Charlotte, estaban en la escuela en el Chateau de Kokleberg, justo fuera de las barreras. Los lectores de 'Shirley' las conocen como Rose y Jessie Yorke. Las Bronte las conocían a menudo, casi cada semana, en casa de unos primos de las Taylor, que vivían en la ciudad. Pero esta diversión, agradable para Charlotte, era simplemente una molestia añadida para Emily. Se sentaba rígida y silenciosa, incapaz de decir una palabra, anhelando estar en algún lugar a sus anchas. La señora Jenkins, también, había comenzado pidiéndoles que pasaran sus domingos con ella; pero Emily nunca decía una palabra, y Charlotte, aunque a veces se emocionaba y hablaba bien y con vehemencia, nunca se aventuraba a dar una opinión hasta que se había girado gradualmente en su silla dando la espalda a la persona a la que se dirigía. Eran tan tímidas, tan rústicas, que la señora Jenkins dejó de invitarlas, sintiendo que no les gustaba negarse y que no encontraban ningún placer en venir. Charlotte, ciertamente, todavía tenía a las Taylor, sus primos y a la familia de un médico que vivía en la ciudad, cuya hija era alumna y amiga suya. Charlotte, también, tenía a Madame Heger y a su admirado profesor de retórica; pero Emily no tenía amigos excepto su hermana.
Sin embargo, se decidió que se quedarían. Las grandes vacaciones comenzaron el 15 de agosto y, como el viaje a Yorkshire costaba tanto, y como estaban ansiosas por trabajar, las chicas Bronte pasaron sus vacaciones en la Rue d'Isabelle. Además de ellas, solo permanecieron seis u ocho internas. Todos sus amigos estaban fuera de vacaciones; pero trabajaban duro, preparando sus lecciones para los maestros que, tan sin vacaciones como ellas, se habían quedado atrás en la blanca, polvorienta, abrasadora e inerte Bruselas, para dar clases a la escasa clase en el pensionnat de Madame Heger.
Así pasaron las lúgubres seis semanas. En octubre comenzó de nuevo el trimestre, las alumnas regresaron, se admitieron nuevas alumnas, Monsieur Heger estaba más gesticulante, vehemente y dominante de lo habitual, y Madame, a su manera tranquila, no estaba menos ocupada. La vida y la juventud llenaron las habitaciones vacías. Las chicas Bronte, bastante tristes ciertamente, porque su amiga Martha Taylor había muerto repentinamente en el Chateau de Kokleberg, fueron, no obstante, capaces de sentirse en una posición más natural para mujeres de su edad. Charlotte, de ahora en adelante, por órdenes de Monsieur Heger, "Mademoiselle Charlotte", era la nueva maestra de inglés; Emily, la maestra asistente de música. Pero, a mediados de octubre, en el primer apogeo de su empleo, llegó un repentino llamado a Haworth. La señorita Branwell estaba muy enferma. Inmediatamente las dos chicas, que le debían tanto, que, de no ser por su generosidad, nunca podrían haber estado tan lejos en momentos de necesidad, decidieron ir a casa. Comunicaron su determinación a Monsieur y Madame Heger, quienes, lo suficientemente generosos como para anteponer el deber de las chicas a su propia conveniencia, las apoyaron en su decisión. Empacaron apresuradamente sus cosas, tomaron pasajes vía Amberes a Londres y se prepararon para partir. En el último momento, con los baúles empacados, a primera hora de la mañana llegó el cartero. Trajo otra carta de Haworth. Su tía había muerto.
Tanto mayor era la necesidad de que se apresuraran a volver a casa. Su padre, dejado sin su compañera de veinte años, para llevar su casa, para leerle por la noche, para discutir con él en igualdad de condiciones, su padre estaría solo y angustiado. De ahora en adelante una de sus hijas debía quedarse con él. Anne estaba en una situación excelente; ¿debían pedirle que la dejara? ¿Y qué pasaba ahora con la escuela, la escuela en Burlington? Había mucho que consultar y considerar; debían apresurarse a volver a casa. Así, conociendo lo peor, con su futuro colgando deforme y suelto ante sus ojos, emprendieron su lúgubre viaje sin saber si podrían regresar o cuándo.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[Nota 7: C. Bronte.]
[Nota 8: Sra. Gaskell.]
[Nota 9: C. Bronte. Memorias de sus hermanas.]
CAPÍTULO VIII.
UNA RETROSPECTIVA.
"¡Pobre, brillante, alegre, temperamental, taciturna, salvajemente excitable, miserable Bronte! Ninguna historia registra tus muchas luchas por el bien; tu ingenio, brillantez, atractivo, afán de emoción; todas las cualidades que te hicieron tan 'buena compañía' y te arrastraron a una tumba prematura".
Así exclama el Sr. Francis H. Grundy, recordando al compañero de sus primeros años, la criatura medio loca y lastimosa que el opio y el brandy habían hecho del inteligente Branwell a los veintidós años. Regresado de Bradford, con su sistema nervioso destrozado por los vapores del opio, había merodeado por Haworth hasta que su padre, tan obstinado como era, percibió el hecho obvio de que cada día de ocio conducía a su único hijo más irremediablemente al pozo de la ruina. Al final, ejerció su influencia para encontrar algún trabajo para Branwell, y obtuvo para su imprudente, fantasioso y mórbido muchacho el puesto de jefe de estación en un pequeño lugar al borde del camino, llamado Luddendenfoot, en el ferrocarril de Lancashire y Yorkshire. Allí fue unos meses antes de que Charlotte y Emily partieran para Bruselas. Fue allí donde el Sr. Grundy lo conoció; un jefe de estación novelesco.
"Si se hubiera elegido una posición para esta extraña criatura con el propósito expreso de llevarlo varios pasos hacia el mal, tendría que haber sido esta. La línea acababa de abrirse. La estación era una ruda choza de madera y no había ningún pueblo cerca. Solo en los parajes salvajes de Yorkshire, con pocos libros, poco que hacer, sin perspectivas y con un salario miserable, sin sociedad afín a su mejor gusto, pero con muchos fabricantes salvajes, juerguistas, testarudos y medio educados, que le darían la bienvenida a sus casas y beberían con él tan a menudo como él decidiera ir, ¿qué iba a hacer este hombre mórbido, que no podía soportar estar solo?"[10]
Lo que Branwell siempre hacía, en fin, era lo que le resultaba más fácil. Se emborrachaba hasta la violencia, cuando no se emborrachaba hasta la sensiblería. Dejaba al mozo en la estación para llevar los libros, y se iba por días "de borrachera" con sus amigos y compañeros de juerga. Por esta época, el Sr. Grundy, entonces ingeniero en Halifax, se encontró con la pobre, solitaria y medio demente criatura, y por un tiempo las cosas fueron un poco mejor.
La bebida y el desenfreno no habían embellecido al querido, risueño y guapo joven de Haworth, de melena leonada. Aquí está su retrato tal como aparecía en ese momento ante su amigo:
"Era insignificante de pequeño, una de las pruebas de su vida. Tenía una masa de pelo rojo, que llevaba cepillado alto sobre la frente —para ayudar a su altura, supongo—, una frente grande, abultada e intelectual, casi la mitad del tamaño de todo el contorno facial; pequeños ojos de hurón, hundidos y ocultos aún más por las gafas que nunca se quitaba; nariz prominente, pero facciones inferiores débiles. Tenía una mirada abatida, que nunca variaba, salvo por una rápida mirada momentánea a largos intervalos. Pequeño y delgado de persona, era lo opuesto a atractivo a primera vista".
Sin embargo, este insignificante retazo de humanidad de ojos hundidos tenía un hechizo para aquellos que lo oían hablar. No había tema, moral, intelectual o filosófico, demasiado remoto o demasiado profundo para que él lo midiera en un momento, con la plomada falaz y siempre lista de su brillante vanidad. Hablaba durante horas: era elocuente, convincente, casi noble; y después acompañaba a su audiencia a la taberna más cercana.
"A veces íbamos en un coche de caballos a Haworth (doce millas) y visitábamos a su gente. Allí estaba en su mejor momento, y era elocuente y divertido, aunque a veces estallaba en lágrimas al regresar y juraba que tenía la intención de enmendarse. Creo, sin embargo, que estaba medio loco y no podía controlarse".[11]
Así deben pensarlo sus amigos con benevolencia. Loco; si acechan, temores mórbidos y fantasías conjuradas por drogas venenosas que nunca se disiparán; si una voluntad postrada bajo el yugo de hábitos inmundos; si una constitución propensa al trastorno nervioso y arruinada por el exceso temprano; si tales cosas que le obligan por una presión diaria imperceptible a elegir las cosas que detestaba, a ser la cosa que temía, a actuar un papel aborrecible para su alma; si tal extrañamiento y falsificación del verdadero ser de un hombre puede contar como locura, el desafortunado e inútil muchacho estaba loco.
Debió de serle humillante, al volver a casa, ser recibido con tanta amabilidad, despertar tantas esperanzas en aquellos que lo habían perdonado con creces y que no imaginaban cuán pesada hipoteca se había impuesto desde entonces sobre su perdón; haber hablado con la recatada y bonita anciana que se privaba de todo cada día para ahorrarle una herencia; observar a la piadosa y dulce Anne, en cuyos sueños nunca habían entrado los pecados contra los que rezaba; y, lo peor de todo, ver a su respetable y bien conservado padre, honrado por toda la parroquia, exitoso, situado por su propia voluntad, severa y constante, muy por encima de los embates de la tentación, pero con un temperamento singularmente parecido al de aquel hijo enfermizo y apasionado.
Así, pues, lloraba al volver a casa; lloraba por su decadencia y, tal vez más sinceramente, por la corta vida de su contrición. Luego, las largas veladas a solas con sus pensamientos en aquel lugar solitario le hacían sentir miedo al arrepentimiento, miedo a Dios, a sí mismo, a la noche, a todo. Bebía.
Tenía arrebatos de un orgullo igualmente contradictorio. «Estaba orgulloso de su nombre, de su fuerza y de sus habilidades». ¡Orgulloso de su nombre! Escribió un poema sobre él, «Bronte», un elogio a Nelson, que se ganó la aprobación condescendiente de Leigh Hunt, Miss Martineau y otros a quienes, por petición expresa suya, fue sometido. ¿Habría oído hablar alguna vez de su docena de tíos y tías, los Prunty de Ahaderg? O, si no, ¿con qué sensaciones debió de escuchar el vicario de Haworth este alarde y triunfo sobre las glorias de su antiguo nombre?
Branwell también tenía arrebatos de pasión, repetición de los caprichos de su padre. «Lo he visto hundir el puño cerrado a través de los paneles de una puerta; parecía calmarlo». El lado áspero de su naturaleza tenía plena libertad y tal vez le granjeaba cierto respeto que se le negaba a su inteligencia en la sociedad en la que se movía principalmente. Durante un tiempo, la compañía del señor Grundy sirvió para rescatarlo de un abandono absoluto al desenfreno. Pero, en medio de esta mejoría, sobrevino el desastre. Cosechó lo que había sembrado.
Esas largas ausencias, bebiendo en las casas de sus amigos, habían sido aprovechadas por el otro único habitante de la estación de Luddendenfoot. El mozo de equipajes se quedaba a cargo de los libros y, siguiendo el ejemplo de su amo, buscaba su propio disfrute antes que el beneficio de sus empleadores. Debió de sacar un buen dinero de aquellas escapadas de Branwell, pues unos meses después de que el vicario de Haworth hubiera conseguido el puesto de su hijo, cuando los libros fueron sometidos a su examen habitual, se descubrieron graves desfalcos. Se inició una investigación que sacó a la luz el peculiar método de Branwell para gestionar la estación. Al joven mismo no se le sospechó de robo real; pero su negligencia había sido tan continua y tan flagrante, y la causa tan desesperada, que fue destituido sumariamente del servicio de la compañía y enviado a casa a Haworth en medio de una terrible desgracia.
Llegó a casa no solo en desgracia, sino enfermo. Nunca fue fuerte, su constitución estaba alterada y quebrantada por sus excesos; sin embargo, curiosamente, la tisis, que se llevó tan prematuramente a las hijas de la casa, más dotadas y de principios más sólidos, la tisis, que podría haber sido producida originalmente por la vida viciosa que había llevado este joven, no reclamó su vida. El carácter de su madre y su enfermedad descendieron solo a sus hijas. Branwell heredó el temperamento violento, las fuertes pasiones y la debilidad nerviosa de su padre sin la fuerza de voluntad y la fibra moral que hacían a su padre notable. Probablemente, este joven brillante, débil, superficial y egoísta reprodujo con bastante exactitud las características de algún antiguo Prunty; pues Patrick Branwell era tan distintivamente irlandés como si hubiera pasado su infancia en la cabaña de su abuelo en Ahaderg.
Regresó a casa para encontrar a todas sus hermanas fuera. Anne en su puesto de institutriz. Emily y Charlotte en la Rue d'Isabelle. Por tanto, nadie que controlara sus hábitos, salvo la pulcra anciana, que se debilitaba día a día y pasaba casi todo el tiempo en su dormitorio para evitar los suelos pavimentados del sótano; y el padre, al que no le gustaba la compañía, tomaba sus comidas a solas por miedo a la indigestión y encontraba necesario pasar el tiempo posterior en perfecta tranquilidad. La mayor parte del día quedaba, por tanto, a la libre y sin supervisión disposición de Branwell.
Haciéndole justicia, parece haber hecho tanto esfuerzo por conseguir un nuevo trabajo como el que implicaba escribir cartas a su amigo Grundy, y probablemente a otros, solicitando empleo. Pero su falta había sido demasiado flagrante para ser perdonada. El señor Grundy parece haber aconsejado al desventurado joven que buscara refugio en la Iglesia, donde la influencia de su padre y de los parientes de su madre podría ayudarlo; pero, como dijo Branwell, no tenía una sola cualificación, «salvo, quizás, la hipocresía». Los hijos de los párrocos rara vez tienen una gran idea de la Iglesia. La energía, la abnegación y la resistencia que un clérigo debería poseer ciertamente no estaban en la línea de Branwell. Además, ¿cómo podría obtener su título? Montgomery, al parecer, le recomendó probar con la literatura. «Todo muy bien, pero tengo poca estima de mí mismo y gran deseo de actividad. Dices que escribes con sentimientos similares a aquellos con los que me dejaste la última vez; no los mantengas más tiempo. Confío en que he cambiado algo, o no valdría la pena ni pensarlo; y aunque nada podría darme tu espíritu jovial y un aspecto exterior acorde con ello, puedo, en el vestir y en la apariencia, emular algo parecido a la decencia ordinaria. Y ahora, dondequiera que me lleven los años venideros —las nieves de Groenlandia o las arenas de África— confío, etc. 9 de junio de 1842»[12].
Es dudoso, a juzgar por las cartas y versos de Branwell, que hubiera resultado algo mucho mejor que el «Cottage in the Wood» de su padre tras seguir el consejo de James Montgomery. Facilidad fluida, a menudo al borde de la bobería, con aquí y allá algún toque brillante y afortunado, con aquí y allá un regusto al himnario convencional y al tono de púlpito: tales efusiones débiles y carentes de carácter son todo lo que queda del pseudogenio atormentado por la pasión de Haworth. El verdadero genio rara vez es, quizás, de un temperamento tan llamativo.
¡Pobre Branwell! Se necesitaba mayor fuerza que la suya para recuperar aquel primer paso en falso hacia la ruina. No puede ayudarse a sí mismo y no encuentra a nadie que lo ayude; apela de nuevo al señor Grundy (en una carta que, por evidencia interna, debe de haber sido escrita por esta época, aunque en su encabezamiento figura un año diferente e imposible):
«ESTIMADO SEÑOR,
No puedo evitar la tentación de animar mi espíritu garabateando unas pocas líneas para usted mientras me siento aquí solo, estando toda la casa en la iglesia; el único ocupante de una antigua rectoría entre colinas solitarias, que probablemente nunca oirá el silbato de una máquina hasta que yo esté en mi tumba.
Tras experimentar, desde mi regreso a casa, un dolor y una enfermedad extremos, con una depresión mental peor que cualquiera de ellos, por fin he recuperado la salud, la fuerza y la cordura, muy superiores, confío, a cualquier cosa mostrada por aquel miserable despojo que usted solía conocer bajo mi nombre. Ahora puedo hablar con alegría y disfrutar de la compañía de otro sin el estímulo de seis vasos de whisky. Puedo escribir, pensar y actuar con algún acercamiento aparente a la resolución, y solo necesito un motivo para esforzarme y ser más feliz de lo que he sido en años. Pero siento que mi recuperación de lo que casi fue locura se ve retrasada al no tener nada que escuchar salvo el viento gimiendo entre chimeneas viejas y fresnos aún más viejos; nada que mirar salvo colinas cubiertas de brezo, recorridas cuando la vida tenía todo por esperar y nada que lamentar para mí; nadie con quien hablar salvo griegos y romanos cascarrabias que han sido polvo durante los últimos cinco [sic] mil años. Y, sin embargo, esta vida tranquila, por su contraste, hace que el año pasado en Luddendenfoot parezca una pesadilla, pues preferiría dar mi mano antes que pasar de nuevo por el descuido rastrero, el libertinaje maligno aunque frío, la determinación de averiguar hasta dónde puede llevar la mente al cuerpo sin que ambos sean arrojados al infierno, lo cual marcó con demasiada frecuencia mi conducta allí, perdido como estaba para todo lo que realmente me gustaba, y buscando alivio en la indulgencia de sentimientos que forman la mancha más negra de mi carácter.
Sin embargo, todavía me queda algo que puede serme útil. Pero no debería permanecer demasiado tiempo en la soledad, pues el mundo olvida pronto a quienes le han dicho 'adiós'. La tranquilidad es una cura excelente, pero ningún medicamento debe continuarse después de la recuperación de un paciente, así que estoy a punto, aunque avergonzado del asunto, de insistirle para que responda a ----.
Disculpe la molestia que le estoy causando a alguien sobre cuya bondad no tengo derecho, y por cuyos servicios no ofrezco más retorno que la gratitud y el agradecimiento, que ya le son debidos. Dé mis sinceros recuerdos al señor Stephenson. Unas pocas palabras para demostrar que no me ha olvidado del todo me complacerán enormemente,
Suyo, etc.»
¡Ay, ninguna mano amiga rescató al desdichado que se hundía de las arenas movedizas de la sensualidad ociosa que lentamente lo engulleron! Sin embargo, en aquel momento, podría haber habido esperanza, de haber sido mantenido alejado del mal. Él mismo no podía salvarse. Su «gran deseo de actividad» parece haber tenido que quedar en suspenso durante algunos meses, pues el 25 de octubre todavía está en Haworth. Entonces vuelve a escribir al señor Grundy. La carta nos sitúa en el momento en que, en la desoladora mañana, Charlotte y Emily emprendieron su viaje a casa; nos revela cuánto sufrimiento real e inmerecido debió de estar ocurriendo junto a las miserias sin propósito de Branwell en la vieja rectoría gris de Haworth. La buena y metódica tía soltera, que durante veinte años había dado lo mejor de su corazón a este sobrino suyo, alegre y afectuoso, había llegado al borde de la tumba, habiendo esperado lo suficiente para ver la desesperada falacia de todos sus sueños para él, de todo su afecto. Branwell, que era realmente de corazón tierno, debió de serenarse entonces.
Le escribe al señor Grundy en un tono sincero y varonil:
«MI ESTIMADO SEÑOR,
No hay ningún malentendido. He tenido una larga asistencia en el lecho de muerte del reverendo señor Weightman, uno de mis amigos más queridos, y ahora estoy asistiendo en el lecho de muerte de mi tía, que durante veinte años ha sido como mi madre. Espero que muera en pocas horas.
Como mis hermanas están lejos de casa, he tenido mucho en mi mente, y estas cosas deben servir como disculpa por lo que nunca se pretendió como una falta de atención a su amistad hacia nosotros.
Había pensado no solo en escribirle a usted, sino al reverendo James Martineau, reconociendo agradecida y sinceramente la recepción de su crítica más amable y veraz —al menos en el consejo, aunque demasiado generosa en los elogios— pero una triste ceremonia debe, me temo, llevarse a cabo primero. Dé mis respetos más sinceros al señor Stephenson, y disculpe este garabato; mis ojos están demasiado nublados por el dolor para ver bien. Créame, su amigo y servidor no muy feliz, pero agradecido,
P. B. BRONTE.»
Pero no fue hasta tres días después cuando llegó el final. Para entonces, Anne estaba en casa para cuidar a la mujer que la había tomado, siendo una niña pequeña, bajo su amor y que siempre la había mantenido allí. Anne siempre había vivido felizmente con Miss Branwell; su espíritu más abatido no resentía las opresiones ocasionales, las pequeñas tiranías, que a Charlotte le rebelaban y a Emily dejaban en silencio. Y, al final, todo el sacrificio constante de aquellos veinte años, pasados por el bien de ellas en un país extraño y odiado, resplandecería y haría querer aún más a la doliente a quienes debían perderla.
El 29 de octubre, Branwell escribe de nuevo a su amigo:
«MI ESTIMADO SEÑOR,
Como no quiero perder a un verdadero amigo, le escribo en protesta por el tono de su carta. Solo la muerte me ha hecho descuidar su amabilidad, y últimamente he tenido tanta experiencia con ella, que su hermana no me culparía ahora por caer en visiones sombrías, ya sea de este mundo o del otro. Soy incoherente, me temo, pero he estado dos noches despierto presenciando un sufrimiento tan agonizante que no desearía que mi peor enemigo lo soportara; y ahora he perdido al orgullo y directora de todos los días felices relacionados con mi infancia. He sufrido tal dolor desde la última vez que le vi en Haworth, que ahora no me importaría estar luchando en la India, o ---- ya que, cuando la mente está deprimida, el peligro es la cura más eficaz».
Miss Branwell había muerto. Todo había terminado: fue enterrada una mañana de martes, antes de que Charlotte y Emily, habiendo viajado día y noche, llegaran a casa. Encontraron al señor Bronte y a Anne sentados juntos, llorando tranquilamente la presencia habitual que ya no volverían a conocer. Branwell no estaba allí. Era la primera vez que vería a sus hermanas desde su gran desgracia; no pudo esperar en casa para darles la bienvenida.
El testamento de Miss Branwell tuvo que ser dado a conocer. La pequeña propiedad que había ahorrado de sus frugales ingresos fue dejada a sus tres sobrinas. Branwell había sido su favorito, el único hijo, llamado con su nombre; pero su desgracia la había herido demasiado profundamente. Ni siquiera fue mencionado en su testamento.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[Nota 10: 'Pictures of the Past'. F. H. Grundy.]
[Nota 11: 'Pictures of the Past'.]
[Nota 12: 'Pictures of the Past'.]
CAPÍTULO IX.
EL REGRESO.
Repentinamente llamadas de lo que había parecido el camino del deber, con todas sus perspectivas futuras rotas, las tres hermanas se encontraron de nuevo juntas en Haworth. No podía haber duda ya de que mantuvieran una escuela en Burlington; si acaso, debía ser en Haworth, donde su padre pudiera vivir con ellas. Los legados de Miss Branwell proporcionarían ampliamente las alteraciones necesarias en la casa; la cuestión ante ellas era si debían comenzar inmediatamente esas alteraciones o, antes que nada, asegurar una educación superior para ellas mismas.
En cualquier caso, una debía quedarse en casa para llevar la casa del señor Bronte. Emily se ofreció rápidamente a ser la elegida. Su ofrecimiento fue bienvenido por todas; ella era la ama de llaves más experimentada. Anne tenía un puesto cómodo, que podría retomar al final de las vacaciones de Navidad, y Charlotte estaba ansiosa por volver a Bruselas.
Ciertamente sería una ventaja para su escuela, aquel sueño acariciado ahora tan probable de hacerse realidad, que las chicas pudieran enseñar alemán, y que al menos una de ellas hablara francés con fluidez y bien. Monsieur Heger escribió al señor Bronte cuando Charlotte y Emily se marcharon, señalando cuán más estables y duraderas se volverían sus ventajas si pudieran continuar otro año en Bruselas. «En un año», dice, «cada una de sus hijas estaría completamente preparada contra el futuro; cada una de ellas estaba adquiriendo al mismo tiempo instrucción y la ciencia para instruir. Mademoiselle Emily ha estado aprendiendo piano, recibiendo lecciones del mejor maestro que tenemos en Bruselas, y ya tenía pequeñas alumnas propias; estaba, por tanto, perdiendo al mismo tiempo un resto de ignorancia, y uno, más embarazoso aún, de timidez. Mademoiselle Charlotte estaba empezando a dar lecciones de francés, y estaba adquiriendo esa seguridad y aplomo tan necesarios para una profesora. Un año más, a lo sumo, y el trabajo se habría completado, y completado bien».
Emily, como sabemos, rechazó el señuelo. Una vez en Haworth, no se la pudo inducir, mediante oferta de ventajas alguna, a abandonar su brezal natal. Por otro lado, Charlotte no deseaba otra cosa. La suya era una naturaleza muy capaz de afecto, de gratitud, de sentimiento. Hubiera sido un duro golpe para ella romper tan repentinamente con su vida ajetreada y tranquila en la vieja mansión, Rue d'Isabelle. Casi imperceptiblemente se había hecho muy amiga del lugar. Mary Taylor se había marchado, es cierto, y la brillante y encantadora Martha dormía allí también, demasiado profundamente para oírla, en el cementerio protestante. Pero en Bruselas, extranjera, herética y lejana, había recuerdos llamando a la directa y sencilla mujercita de Yorkshire. No podía dejar de oír. El profesor de pelo negro y corazón tierno, por quien sentía la reverente y ansiosa amistad que las chicas intelectuales a menudo dan a un hombre mucho mayor que ellas; la familia del doctor; incluso Madame Beck; incluso las colegialas belgas; le gustaría volver a verlas a todas. Quizás no se daba cuenta de cuán diferente parecería el lugar de Bruselas sin su hermana. Y ciertamente sería una ventaja para la escuela que supiera alemán. Por estas, y muchas razones, Charlotte decidió renunciar a un salario de 50 libras al año que se le ofrecía en Inglaterra, y aceptar el de 16 libras que ganaría en Bruselas.
Así se determinó que al final de las vacaciones de Navidad las tres hermanas volverían a estar separadas. Pero primero estuvieron casi tres meses juntas.
Branwell estaba en casa. Incluso entonces, en Haworth, eso era un placer y no una carga. Sus hermanas nunca lo veían en su peor momento; su vehemente arrepentimiento traía convicción a sus corazones. Todavía esperaban por su futuro, todavía se decían unas a otras que los hombres eran diferentes a las mujeres, y que tales pasiones fuertes denotaban una naturaleza que, si alguna vez se dirigía correctamente, sería apasionadamente correcta. No sentían la miserable flacidez de su fibra moral; no sabían que los débiles resbalan cuando intentan ponerse en pie y no pueden marchar erguidos. Eran a la vez demasiado tiernas y demasiado duras con su hermano, porque no podían reconocer qué simple y pobre criatura era aquel genio suyo tan errante.
Así, cuando pasó el primer impacto, la familia reunida estaba de lo más contenta. Ligera y naturalmente, como una hoja de otoño, la vieja tía había salido del hogar, terminados sus largos deberes; y ellas, aunque la amaban y lloraban, estaban más libres por su partida. Ya no había restricción en sus actos, en sus opiniones; eran dueñas en su propia casa. Fue una feliz Navidad, aunque no exenta de carga. Las hermanas, separadas durante tanto tiempo, tenían mucha experiencia que intercambiar, muchos planes que hacer. Tuvieron que volver a visitar sus antiguos lugares en los páramos, blancos ahora de nieve. Hubo paseos a la biblioteca de Keighley en busca de libros que se hubieran añadido durante su ausencia. Ellen vino a Haworth. Luego, a finales de enero de 1843, Anne volvió a sus deberes, y Charlotte partió sola hacia Bruselas.
Emily se quedó atrás con Branwell; pero no por mucho tiempo. Debió de ser por esta época cuando el infortunado joven obtuvo un puesto como tutor en la casa donde Anne era institutriz. Parecía una relación de lo más afortunada; la familia era bien conocida por su respetable posición, provenía de una estirpe eminente en buenas obras, y las hermanas bien podían creer que, bajo la suave influencia de Anne y tales auspicios favorables, su hermano sería guiado por el camino de los justos.
Mas las esperanzas de las hermanas estaban destinadas a una amarga decepción. El joven, que parecía haber encontrado un ancla en su nueva situación, pronto comenzó a mostrar los mismos síntomas de inestabilidad y falta de disciplina que habían frustrado sus anteriores empeños. A medida que avanzaba el verano, las noticias que llegaban a Haworth eran cada vez más inquietantes. Anne, que compartía el techo con él, empezó a enviar cartas que, aunque veladas en su expresión, revelaban una creciente angustia ante el comportamiento de su hermano. Había algo en su conducta, una suerte de agitación febril combinada con períodos de una apatía profunda, que no lograba comprender y que la llenaba de presagios oscuros.
En la casa parroquial, mientras tanto, el ambiente se tornaba cada vez más opresivo. El señor Brontë, cuya salud nunca había sido robusta, acusaba el peso de los años y de las preocupaciones constantes. Su vista, que tanto preocupaba a sus hijas, se deterioraba visiblemente, privándolo de la lectura y el estudio que constituían su mayor solaz. Emily, con su estoicismo habitual, asumía las cargas domésticas, manteniendo el orden en la casa, cuidando del jardín y de sus animales, mientras su mente, lejos de detenerse en la precariedad de su situación, buscaba refugio en la creación literaria y en la contemplación de los páramos.
Charlotte, por su parte, se encontraba dividida entre su deber filial y la necesidad de buscar un porvenir más allá de los confines de Haworth. La idea de la escuela, ese sueño acariciado por las tres, se desvanecía ante la falta de alumnos y la imposibilidad de abandonar a su padre en aquel estado de vulnerabilidad. La correspondencia con sus amistades, especialmente con Ellen Nussey, era su válvula de escape; en esas líneas vertía sus dudas, sus temores y esa ambición contenida que amenazaba con consumirla.
Fue entonces cuando la tragedia, que se había ido gestando en las sombras, comenzó a cobrar una forma más definida. Branwell, tras haber sido despedido de manera ignominiosa de su empleo como tutor, regresó a casa. Su llegada no trajo alivio, sino una atmósfera de desolación y vergüenza. Atrás quedaban las promesas de rectitud; ante los ojos de sus hermanas se presentaba un hombre derrotado, entregado a vicios que no solo minaban su salud, sino que deshonraban el nombre de la familia. La amargura de este regreso marcaría el fin de la inocencia para las hermanas Brontë, obligándolas a enfrentarse a una realidad tan cruda como los inviernos de Yorkshire.
Lo habían enviado a casa un día o dos antes, aparentemente para unas vacaciones. Debía de saber que, por fin, se había descubierto algo; debía de sentir que nunca regresaría. Anne, también, debió de tener sus recelos; sin embargo, aún no se sabía lo peor. Emily, al menos, no podía sospecharlo. No duró mucho esta tregua con la deshonra pública. El mismo día del regreso de Charlotte, llegó una carta para Branwell de parte de su empleador. Todo se había descubierto. Esta carta ordenaba a Branwell no volver a ver a la madre de los niños bajo su cuidado, no poner nunca un pie en su hogar, no escribirle ni hablarle jamás. Branwell, que la amaba apasionadamente, no tuvo en ese momento pensamiento alguno para la vergüenza, la negra deshonra, que había traído a la casa de su padre. Armó un alboroto, desvarió, juró que no podía vivir sin ella; luego clamó contra ella por permanecer con su esposo. Después rezó para que el enfermo muriera pronto; todavía podrían ser felices. ¡Ah, nunca volvería a verla!
Una escena extraña en el tranquilo salón de una vicaría rural, esta angustia de amor culpable, estas reacciones desde el éxtasis vergonzoso hasta la desesperación vergonzosa. Branwell deliraba, atormentado; y el padre ciego escuchaba, con el corazón enfermo, quizá lleno de remordimientos; y la dulce hermana escuchaba, estremeciéndose, como si viera el infierno abierto a sus pies. Emily escuchaba también, indignada por la traición, horrorizada por la vergüenza; pero con una inmensa piedad en su pecho fiero y amoroso.
A esta escena entró Charlotte.
Charlotte, con su vehemente sentido de la justicia; Charlotte, con su firme indignación; cuando por fin comprendió toda la pasión culpable y corrompida que había arruinado dos hogares, se apartó con algo en su corazón repentinamente endurecido, muerto. Era su amor apasionado por este hermano vergonzoso y errante, antaño tan querido para ella como su propia alma. Sin embargo, fue muy paciente. Escribe a una amiga con calma y sin demasiado desdén:
"Hemos tenido un trabajo triste con Branwell. No pensaba en otra cosa que en aturdir o ahogar su agonía mental" (de qué manera, el lector lo sabe ya) "nadie en esta casa podía tener descanso, y al final nos hemos visto obligados a enviarlo fuera de casa durante una semana, con alguien que lo cuide. Me ha escrito esta mañana, expresando cierto sentido de contrición... pero mientras permanezca en casa, apenas me atrevo a esperar paz en la casa. Debemos todas, me temo, prepararnos para una temporada de angustia y desasosiego".[16]
Un tiempo cansado y sin esperanza. Branwell regresó, mejor de cuerpo, pero de ninguna manera más santo en su mente. Su única esperanza era que su enemiga muriera, muriera pronto, y que las cosas volvieran a ser como antes. Ningún pensamiento de arrepentimiento. El dinero que tenía, lo gastaba en ginebra u opio, cualquier cosa para adormecer el recuerdo. Todavía vive una mujer en Haworth que solía ayudar en las tareas domésticas en el "Black Bull". Todavía recuerda cómo, a primera hora de la mañana, pálido, con los ojos rojos, él entraba en el pasillo de la posada, con su hermosa reverencia y el barrido de su sombrero alzado, con su sonrisa cortés y su listo "¡Buenos días, Anne!". Luego se dirigía a la barra y, palpando en sus bolsillos el poco dinero que pudiera tener —seis peniques, ocho peniques, diez peniques, según fuera el caso— pedía tanta ginebra y se sentaba allí a beber hasta que se acababa, luego permanecía allí sentado en silencio; o a veces hablaba apasionadamente de la mujer que amaba, de su belleza, su dulzura, de cómo anhelaba verla de nuevo; le encantaba hablar de ella incluso a un perro; hablaba de ella durante horas a su perro. Sin embargo —no sea que compadezcamos esta desesperación real— echemos un vistazo a una de las cartas de este hombre. ¡Cómo podía tal debilidad vulgar, tal sentimentalismo corrupto y repugnante, tal sensiblería de arrepentimiento tipo Micawber, sentir aún tanto! No es tarea fácil juzgar una miseria demasiado perversa para la lástima, demasiado sincera para el desprecio absoluto.
Es de nuevo al Sr. Grundy a quien escribe:
"Desde que estreché su mano por última vez en Halifax, hace dos veranos, mi vida, hasta hace poco, ha sido de aparente felicidad y complacencia. Usted preguntará: '¿Por qué se queja entonces?'. Solo puedo responder mostrando la corriente subterránea de angustia que llevó mi barca a un remolino, a pesar de las olas superficiales de la vida que parecían llevarme a la paz. En una carta comenzada en la primavera de 1843" (sic; ¿1845?) "y nunca terminada debido a incesantes ataques de enfermedad, intenté decirle que era tutor del hijo de un caballero adinerado cuya esposa es hermana de la esposa de ----, un parlamentario, y prima de Lord ----. Esta dama (aunque su marido me detestaba) me mostró un grado de bondad que, cuando yo estaba profundamente afligido un día por la conducta de su marido, maduró en declaraciones de sentimientos más que ordinarios. Mi admiración por sus atractivos mentales y personales, mi conocimiento de su sinceridad desinteresada, su dulce temperamento y su incansable cuidado por los demás, con una retribución no correspondida donde más debería haberse dado... aunque ella es diecisiete años mayor que yo, todo se combinó en un apego por mi parte, y condujo a reciprocidades que yo apenas había esperado. Hace tres meses recibí una carta furiosa de mi empleador, amenazando con dispararme si regresaba de mis vacaciones que estaba pasando en casa; y cartas de su doncella y de su médico me informaron del estallido, solo frenado por su firme coraje y resolución de que, cualquiera que fuera el daño que le ocurriera a ella, ninguno debería ocurrirme a mí... He estado postrado durante nueve largos meses, totalmente destrozado de cuerpo y deshecho de mente. La probabilidad de que ella quedara libre para entregarse a mí y a su patrimonio nunca surgió para alejar la perspectiva de su declive bajo su presente dolor. Temía, además, la ruina de mi mente y mi cuerpo, que —Dios lo sabe— durante una vida corta han sido puestos a prueba con la mayor severidad. Once noches continuas de horror insomne me redujeron a casi la ceguera, y al ser llevado a Gales para recuperarme, el dulce paisaje, el mar, el sonido de la música me causaron ataques de indescriptible angustia. Usted dirá: '¡Qué tonto!'. Pero si usted conociera las muchas causas que tengo para la tristeza, que ni siquiera puedo insinuar aquí, quizá se apiadaría además de culpar. Ante la amable petición del Sr. Macaulay y el Sr. Baines, me he esforzado por despertar mi mente escribiendo algo digno de ser leído, pero realmente no puedo hacerlo. Por supuesto, usted despreciará al autor de todo esto. Solo puedo responder que el autor hace lo mismo y no desearía vivir si no esperara que el trabajo y el cambio pudieran restaurarlo aún.
"Disculpándome sinceramente por lo que parece un egoísmo llorón, y apenas atreviéndome a insinuar los días en que, en su compañía, podía a veces hundir los pensamientos que 'me recuerdan los días pasados', temo que 'partieron para no volver', permanezco, etc."[17]
¡Infeliz Branwell! Algún consuelo deriva en su máxima tristeza del hecho de que la dama de su amor pueda emplear a su propia doncella y a su médico para escribir cartas a su exiliado amante. Está claro que su orgullo se ve gratificado por esta asociación irregular con un lord. Puede permitirse esperar, estupefacto por la bebida y las drogas, hasta que llegue ese tiempo feliz en el que pueda dar un paso adelante y reclamar "a ella misma y a su patrimonio", en adelante Branwell Brontë, Esq., J.P., y una persona de posición en el condado. Tal futuro paradisíaco amanece sobre este presente purgatorio de dolores y confusión.
Esa frase relativa a "ella misma y su patrimonio" es singularmente apocalíptica. Arroja una luz totalmente nueva sobre un hecho que, en la época de la Sra. Gaskell, se consideraba como una prueba de que aún quedaban restos de conciencia en este miserable sujeto. Unos meses después de su despido, hacia finales de este infeliz año de 1845, se reunió con esta dama en Harrogate por cita previa. Se dice que ella propuso una huida juntos, dispuesta a renunciar a toda su grandeza. Fue Branwell quien aconsejó paciencia y esperar un poco más. Quizá, aunque ella misma era querida, "aunque diecisiete años mayor que yo", "ella misma y su patrimonio" eran estimablemente más queridos.
Y sin embargo, hablaba en serio, sin embargo, era una cuestión de vida o muerte, de cielo o infierno, para él. Si no podía tenerla, no tendría nada. Se arruinaría a sí mismo y a todo lo que pudiera. Lo más probable es que, en esta rabia de vana desesperación, fuera algún bebé apasionado que grita, golpea y desgarra, convulso porque no puede tener la luna.
No es de extrañar que la frialdad de Charlotte, agravada por el continuo ultraje por parte de Branwell, se convirtiera gradualmente en desprecio y silencio. En la medida en que ella se había regocijado con este hermano, esperado todo de él, ahora se alejaba de él, amargamente fría de corazón.
"Empiezo a temer", dice ella, la hermana que antaño fue ambiciosa, "que se haya vuelto incapaz de ocupar cualquier puesto respetable en la vida". No puede pedirle a Ellen que venga a verla porque él está en la casa. "Y mientras él esté aquí, tú no vendrás. Me confirmo más en esa resolución cuanto más veo de él. Desearía poder decirte una palabra en su favor, pero no puedo. Mantendré mi lengua".[18]
Durante un tiempo, esperó que la crisis pasara y que entonces —sin importar cuán humildemente, cuanto más oscuramente mejor— al menos ganara un pan honesto lejos de casa. Tal no era su intención. Profesaba estar demasiado enfermo para dejar Haworth; y enfermo, sin duda, lo estaba por el consumo continuo de opio y la ingesta diaria de tragos. Se aferró a sus cómodos aposentos, al "Black Bull" justo al otro lado del cementerio, sin prestar atención a las molestias que causaba a los demás. "Branwell no ofrece perspectivas de esperanza", dice Charlotte, de nuevo. "¿Cómo podemos estar más cómodos mientras Branwell permanezca en casa y degenere en lugar de mejorar? Se ha insinuado que sería recibido de nuevo donde estuvo destinado anteriormente si se comportara de forma más constante, pero se niega a hacer el esfuerzo. No quiere trabajar, y en casa es un drenaje para todos los recursos, un impedimento para toda felicidad. Pero no sirve de nada quejarse..."
De poca utilidad, en verdad; sin embargo, una vez más se obligó a hacer el esfuerzo sin esperanza, tras otro brote más que habitual del hombre que se estaba bebiendo hasta la locura y la ruina. Escribe en marzo de 1846 a su amiga y consuelo, Ellen:
"Entré en la habitación donde estaba Branwell para hablar con él, aproximadamente una hora después de llegar a casa; fue un trabajo muy forzado dirigirme a él. Podría haberme ahorrado la molestia, ya que no prestó atención y no dio respuesta; estaba estupefacto. Mis temores no fueron vanos. Oigo que consiguió un soberano mientras yo he estado fuera, bajo el pretexto de pagar una deuda apremiante; fue inmediatamente y lo cambió en una taberna, y lo ha empleado como era de esperar...", concluía su relato diciendo que él era un "ser sin esperanza". Es demasiado cierto. En su estado actual, apenas es posible permanecer en la habitación donde él está".[19]
Debe ser por esa época cuando abandonó para siempre las recriminaciones o quejas en este asunto. "Mantendré mi lengua", había dicho, y cumplió su palabra. Durante más de dos años mantuvo un silencio absoluto hacia él; viviendo bajo el mismo techo, presenciando día a día su degradación cada vez más profunda, ninguna sílaba cruzó sus labios hacia él. Dado que no podía (por el bien de aquellos a quienes amaba y podía consolar) rechazar el contacto y la presencia diaria y repugnante del pecado, lo soportó, pero no tendría comunión con ello. Ella no tenía derecho sobre él, él ninguno sobre ella. Observaba sin hablar; ese hombre estaba muerto para ella.
Anne, en quien la fibra de la indignación era menos fuerte, siguió menos severamente el rastro de su hermana.
"Ella había", dice Charlotte en su 'Memoria', "en el curso de su vida tenido que contemplar, de cerca y durante mucho tiempo, los terribles efectos de los talentos mal utilizados y las facultades abusadas; la suya era naturalmente una naturaleza sensible, reservada y abatida; lo que vio caló muy hondo en su mente; le hizo daño".
El espectáculo de este daño, que llegaba inmerecido a una criatura tan querida, frágil e inocente, absorbía toda la piedad de Charlotte. No quedaba ninguna para Branwell.
Pero había un corazón de mujer lo suficientemente fuerte en su compasión como para soportar los disgustos diarios, las debilidades, los pecados de la vida de Branwell, y aun así persistir en la ayuda y el afecto. Noche tras noche, cuando el Sr. Brontë estaba en la cama, cuando Anne y Charlotte habían subido a su habitación, Emily aún permanecía despierta, esperando. A menudo tenía que esperar mucho tiempo en la casa silenciosa antes de que el paso vacilante, el juramento mascullado, la mano torpe en la puerta, le ordenaran despertarse de sus tristes pensamientos y levantarse para dejar entrar al pródigo, y conducirlo a salvo a su descanso. Pero nunca se cansó en su bondad. En ese hogar silencioso, era la silenciosa Emily quien siempre tenía una palabra de ánimo para Branwell; era Emily quien aún recordaba que él era su hermano, sin que ese recuerdo congelara su corazón hasta el entumecimiento. Ella aún esperaba ganarlo de nuevo con amor; y la fuerza misma y la sinceridad de su pasión culpable (un horror y un pecado adicionales a los ojos de sus hermanas) era un reclamo para Emily, siempre comprensiva con los sentimientos violentos. Así fue ella quien, más que las otras, se familiarizó con la agonía, las dudas y la vergüenza de esa alma atormentada; y si, en su escaso conocimiento del mundo, imaginaba que tales pasiones arrebatadas eran naturales, no es sobre ella, con toda seguridad, sobre quien debe recaer la culpa de su piedad.
A medida que pasaba el tiempo y Branwell se volvía peor y más salvaje, era bueno para la solitaria vigilante que fuera fuerte. Al final enfermó, y se contentaba con irse a la cama temprano y yacer allí medio estupefacto por el opio y la bebida. Una de esas noches, estando su padre y Branwell en la cama, las hermanas subieron a dormir. Emily había ido primero a la pequeña habitación del pasillo donde aún dormía, cuando Charlotte, al pasar por la puerta entreabierta de Branwell, vio un extraño resplandor brillante en el interior.
"¡Oh, Emily!", gritó, "¡la casa está en llamas!".
Emily salió, con los dedos en los labios. Había recordado el gran horror de su padre por el fuego; era el único temor de un hombre valiente; no quería cortinas de muselina, ni vestidos ligeros en su casa. Salió silenciosamente y vio la llama; luego, muy pálida y decidida, salió disparada de su habitación escaleras abajo hacia el pasillo, donde todas las noches había cubos llenos de agua. Con uno en cada mano subió las escaleras. Anne, Charlotte, el joven sirviente, encogiéndose contra la pared, acurrucados juntos en un horror asombrado —Emily siguió adelante y entró en la habitación en llamas. En poco tiempo, la brillante luz dejó de arder. Afortunadamente, la llama no había alcanzado la madera: el borracho Branwell, al darse la vuelta en su cama, debió volcar la luz sobre sus sábanas, pues ellas y la cama estaban todas en llamas, y él inconsciente en medio cuando Emily entró, tal como Jane Eyre encontró al Sr. Rochester. Pero no era con ninguna criatura humana razonable y agradecida con la que Emily tenía que tratar. Tras unos largos momentos, las que aún permanecían en el pasillo la vieron salir tambaleándose, blanca, con la ropa chamuscada, medio cargando en sus brazos, medio arrastrando, a su hermano embriagado. Lo colocó en su cama y retiró la luz; luego, asegurando a las chicas histéricas que no podía haber más peligro, les pidió que fueran a descansar —pero dónde durmió ella misma esa noche, nadie lo recuerda ya.
Debió ser muy poco después de esto cuando Branwell comenzó a dormir en la habitación de su padre. El anciano, lo suficientemente valiente, y concibiendo que su presencia podría ser un ligero freno a las furias alcohólicas de su infeliz hijo, persistió en este arreglo, aunque a menudo las chicas le suplicaban que lo abandonara, sabiendo muy bien qué riesgo de vida corría. No era raro que Branwell declarara que o él o su padre deberían estar muertos antes de la mañana; y bien podría suceder que en su delirio insensato asesinara al anciano ciego.
"Las hermanas a menudo escuchaban el disparo de una pistola en la oscuridad de la noche, hasta que el ojo vigilante y el oído atento se volvían pesados y embotados por la tensión perpetua sobre sus nervios. Por las mañanas, el joven Brontë salía de paseo, diciendo con la incontinencia verbal de un borracho: 'El pobre anciano y yo hemos tenido una noche terrible. Él hace lo que puede, ¡el pobre anciano!, pero todo ha terminado conmigo'" (lloriqueando) "'es culpa suya, culpa suya'".[20]
Y en tal progreso fatal transcurrieron dos años, llevando el sufrimiento en esa casa cada vez más bajo, cada vez más profundo, hundiéndola día a día de mal en peor.
NOTAS AL PIE:
[Nota 16: Sra. Gaskell.]
[Nota 17: 'Pictures of the Past'.]
[Nota 18: Sra. Gaskell.]
[Nota 19: Sra. Gaskell.]
[Nota 20: Sra. Gaskell.]
CAPÍTULO XII.
ESCRIBIENDO POESÍA.
Mientras las manos de Emily Brontë estaban llenas de trabajo trivial, mientras su corazón estaba enterrado con su carga de vergüenza y dolor, no crean que su mente estaba más tranquila. Siempre había usado su tiempo libre para estudiar o crear; y la desolación de la existencia hacía que esta vida interior suya fuera doblemente preciosa ahora. Hay una pequeña copia de los 'Poemas' de Ellis, Currer y Acton Bell, que era de la propia Emily, marcada con su nombre y con la fecha de cada poema cuidadosamente escrita bajo su título, con su propia letra estrecha y ordenada. Me ha sido de gran utilidad para clasificar el orden de estos poemas, principalmente himnos a la imaginación, la "Consoladora" de Emily, su "Amor de hada"; suplicándole que encendiera tal luz en el alma que las nubes apagadas de los cielos terrenales pudieran parecer de escasa importancia.
La luz que debía encenderse era en verdad de brillo sobrenatural; una llama desde debajo de la tierra; una llama de relámpago desde los cielos; una baliza de terrible advertencia. Aunque mucho no es apenas evidente en estos primeros poemas, que destellan con fantásticos fuegos de luciérnaga, lindezas de hadas, o arden tan solemnes y pálidos como cirios encendidos a la luz del día alrededor de un féretro, sin embargo, en cualquier forma, "la luz que nunca estuvo en el mar o en la tierra", el extraño brillo transfigurador de la imaginación, está presente allí.
Nadie en la casa vio nunca qué cosas escribía Emily en los momentos de pausa de su preparación de pasteles, en esas breves sentadas bajo las grosellas, en esas largas y solitarias guardias por su hermano borracho. No escribía para ser leída, sino solo para aliviar un corazón cargado. "Un día", escribe Charlotte en 1850, recordando el pasado cercano y desvanecido, "un día en el otoño de 1845, tropecé accidentalmente con un volumen manuscrito de versos con la letra de mi hermana Emily. Por supuesto, no me sorprendió, sabiendo que ella podía escribir y escribía versos. Lo examiné, y algo más que sorpresa se apoderó de mí: una profunda convicción de que no eran efusiones comunes, no eran en absoluto como la poesía que las mujeres escriben generalmente. Pensé que eran condensados y lacónicos, vigorosos y genuinos. Para mi oído, tenían también una música peculiar, salvaje, melancólica y edificante".
Muy cierto; estos poemas con su exceso de imaginación, su música instintiva y rectitud irregular de forma, su impresionante impacto, sus efectos de paisaje, sus escasas alusiones al dogma o al hombre pérfido, no son, en efecto, en absoluto como la poesía que las mujeres escriben generalmente. La mano que pintó esta sola línea,
"La tenue luna luchando en el cielo",
debería haber estrechado la mano de Coleridge. La voz podría haber cantado en concierto con Blake esa que cantó este solo fragmento de canción:
"La esperanza era solo una amiga tímida; Se sentó fuera de la guarida enrejada, Observando cómo tendería mi destino, Incluso como hombres de corazón egoísta.
¡Fue cruel en su miedo; A través de los barrotes, un día lúgubre, Miré hacia afuera para verla allí, Y ella volvió su rostro hacia otro lado!"
Si el poema hubiera terminado aquí, habría sido perfecto, pero este y muchos otros de estos versos tienen la incertidumbre en el cierre que suele caracterizar a la obra temprana. A menudo incoherentes también, las imágenes de un sueño se suceden rápidamente sin conexión lógica; sin embargo, apenas se ven empañadas por la incoherencia, ya que el efecto que buscan producir no es una emoción, ni una convicción, sino una impresión de belleza, o de horror, o de éxtasis. Los contornos inciertos están bañados en un vago aire dorado de imaginación, y se nos muestran con el toque mágico de un Coleridge, un Leopardi: el toque que ofrece un estado de ánimo, una escena, sin apenas un detalle obvio ni del estado de ánimo ni de la escena. Puede que no comprendamos el propósito del canto, comprendemos el sentimiento que lo provocó, como si, al terminar de leer "Kubla Khan", permaneciera en nuestra mente no la visión pictórica del palacio o de la bailarina, sino una participación personal en la elevada fantasía de Coleridge, una puesta en marcha del ensueño, una impresión.
Lea este poema, escrito en octubre de 1845:
"EL FILÓSOFO.
"¡Basta de pensar, filósofo, Demasiado tiempo has estado soñando Sin iluminarte, en este cuarto lúgubre, ¡Mientras el sol de verano está brillando! Alma que barre el espacio, ¿qué triste refrán Concluye tus meditaciones una vez más?
"¡Oh, por el tiempo en que dormiré Sin identidad, Y nunca me importará cómo la lluvia pueda empaparme, O la nieve pueda cubrirme! Ningún cielo prometido, estos deseos salvajes Podrían cumplirlos todos, o la mitad; ¡Ningún infierno amenazado, con fuegos inextinguibles, Someterá esta voluntad inextinguible!
"Así dije, y todavía digo lo mismo; Todavía, hasta mi muerte, diré: Tres dioses, dentro de este pequeño marco, Están guerreando noche y día; El cielo no podría contenerlos a todos, y sin embargo Todos ellos están contenidos en mí, ¡Y deben ser míos hasta que olvide Mi entidad presente! ¡Oh, por el tiempo, cuando en mi pecho Sus luchas hayan terminado! ¡Oh, por el día, cuando descanse, Y nunca sufra más!
"Vi a un espíritu, de pie, hombre, Donde tú estás, hace una hora, Y alrededor de sus pies corrían tres ríos, De igual profundidad, y de igual flujo: Una corriente dorada, y una como sangre, Y una parecía ser de zafiro; Pero, donde unían su triple inundación, Se precipitaba en un mar de tinta. El espíritu lanzó su mirada deslumbrante A través de la oscura noche de ese océano, Entonces, encendiéndolo todo, con un resplandor repentino, La alegre profundidad brilló amplia y brillante: ¡Blanca como el sol, mucho, mucho más hermosa, De lo que fueron sus fuentes divididas!
"Y aun por ese espíritu, vidente, He velado y buscado toda mi vida; Lo busqué en el cielo, el infierno, la tierra y el aire: ¡Una búsqueda interminable, y siempre errónea! Si tan solo hubiera visto su ojo glorioso Iluminar una vez las nubes que me desconciertan, Nunca habría alzado este grito cobarde De dejar de pensar, y dejar de ser; Nunca habría llamado bendito al olvido, Ni, estirando manos ansiosas hacia la muerte, Implorado cambiar por un descanso sin sentido Esta alma sintiente, este aliento vivo:
"¡Oh, déjame morir, para que el poder y la voluntad Puedan cerrar su cruel lucha; Y el bien conquistado, y el mal conquistador, Se pierdan en un solo reposo!"
Alguna apariencia de coherencia puede, sin duda, darse a este poema haciendo que las tres primeras y la última estrofa sean pronunciadas por el interrogador, y la cuarta por el filósofo. Aun así, el tema tiene poco encanto. Lo que nos importa es la sorprendente energía con la que se proyectan las imágenes sucesivas, el tono serio del verso, la imaginación que invierte todos sus cambios. El hombre y el filósofo no son más que la torpe maquinaria de la linterna mágica, cuanto más fuera de la vista, mejor.
"¡Bien conquistado y mal conquistador!" Un pensamiento que debe haber surgido a menudo en la mente de Emily durante este año y los siguientes. Un pensamiento sombrío, suficientemente extraño en la hija de un párroco rural; uno destinado a tener un gran resultado en su obra.
De estas visiones que constituyen la mayor mitad de la contribución de Emily al pequeño libro, ninguna tiene una gracia más inquietante que este ensueño del 5 de marzo de 1844, ejemplificado aquí por unos pocos versos arrebatados de su entorno con suficiente rudeza:
"En una soleada ladera, solo yacía Una tarde de verano; Era el tiempo de bodas de mayo Con su joven amante, junio.
* * * * *
"Los árboles ondeaban sus crestas plumosas, Los alegres pájaros gorjeaban claro; Y yo, de todos los invitados a la boda, Era la única hosca allí.
* * * * *
"Ahora, si fuera realmente así, Nunca pude estar segura, Pero como en un ataque de pena irritable, Me estiré en el páramo,
"Mil miles de fuegos centelleantes Parecían encenderse en el aire; Mil miles de liras plateadas Resonaban lejos y cerca:
"Me pareció que el mismo aliento que respiraba Estaba lleno de chispas divinas, ¡Y todo mi lecho de brezo estaba enguirnaldado Por ese brillo celestial!
"Y, mientras la vasta tierra resonaba A su extraña juglaría, Los pequeños espíritus brillantes cantaban, O parecían cantar, para mí."
* * * * *
Lo que cantaron es, en verdad, de poca importancia: un tono del vago sentimiento panteísta común siempre a los poetas, pero su manera de representar la pequeña sinfonía aérea es encantadora. Recuerda el brillo fantástico de los páramos al atardecer, cuando el sol, deslizándose detrás de una colina occidental, fluye en rayos nivelados hacia una cresta opuesta, dorando con oro pálido la hierba desteñida de color cervato; enredado en la película de las hierbas lilas que siembran, extendido, como la flor en una uva, sobre todo el brezal; chispeando en los bordes crujientes de las flores de brezo, blanco puro, color rosa silvestre, teñido de concha, púrpura; enfatizando cada espolón gris verdoso del sotobosque de líquenes terrestres; golpeando cada rama de brezo salpicada de escarlata y brotes blancos: un efecto iridiscente, brillante y danzante de flores blancas, rosadas y púrpuras; de flor lila, de brotes y ramas de color gris verdoso y gris blanquecino, todo moviéndose y bailando crujientemente juntos en la brisa sobre la cima de la colina. He citado esa noche ventosa en un verso:
"La luna tenue luchando en el cielo."
Aquí hay otro verso para mostrar cuán bien observaba desde la amplia ventana de su dormitorio los cielos grises que se extendían lejos sobre los negros páramos que se extendían lejos:
"Y oh, cuán lenta esa estrella de mirada aguda Ha rastreado el gris frío; ¡Qué, vigilando aún! cuán muy lejos Queda la mañana."
Tales toques directos y vitales recuerdan pasajes bien conocidos en 'Cumbres Borrascosas': las imágenes de Catharine de los páramos; esa exquisita alusión a las campanas de la capilla de Gimmerton, que no se escuchan en los páramos en verano cuando los árboles tienen hojas, pero que siempre se escuchan en Cumbres Borrascosas en días tranquilos después de un gran deshielo o una temporada de lluvia constante.
Pero no, ¡ay!, en tal fantasía, en tal intimidad amorosa con la naturaleza, podría pasarse gran parte de los días dolorosos de Emily. Tampoco estaba en su naturaleza que todos sus sueños fueran alegres. Las mejores canciones, las más singularmente suyas, son todas de desafío y duelo, estados de ánimo tan naturales para ella que parece apenas necesitar la intervención de palabras en su confesión. La música salvaje, melancólica y elevadora de la que Charlotte habla sabiamente es lo suficientemente fuerte como para mover nuestros propios corazones a la tristeza en versos como los siguientes, cosas que no nos tocarían en absoluto si estuvieran escritas en prosa; que no tienen nota personal. Sin embargo, escucha:
"¡Muerte! que golpeaste cuando estaba más confiada En mi cierta fe de alegría por venir: ¡Golpea de nuevo, dividiendo la rama marchita del Tiempo De la raíz fresca de la Eternidad!
"Las hojas, sobre la rama del Tiempo, crecían brillantemente, Llenas de savia, y llenas de rocío plateado; Los pájaros bajo su refugio se reunían cada noche; Diariamente alrededor de sus flores las abejas silvestres volaban.
"La pena pasó, y arrancó la flor dorada."
Solemne, inquietante con una pasión infinitamente más allá de las meras palabras, la mera imagen; porque, de alguna manera maravillosa, la música misma del verso impresiona, nos recuerda, declara las santas pérdidas inevitables de la muerte.
Un poema aún mejor es 'Recuerdo', escrito dos años después, en marzo de 1845; aquí las palabras y el pensamiento son dignos de la música y el estado de ánimo. Tiene una pasión vital en él; aunque difícilmente puede ser pasión personal, ya que, "quince inviernos salvajes" antes de 1845, Emily Bronte era una niña de doce años, sin compañía, salvo por sus hermanas que aún vivían, Branwell, su tía y los sirvientes de la vicaría. Aquí, como en otras partes del presente volumen, el instinto creativo se revela imaginando emociones y no personajes. El artista ha proporcionado la pasión del amante.
"Fría en la tierra, y la nieve profunda amontonada sobre ti, ¡Lejos, lejos, apartada, fría en la tumba lúgubre! ¿He olvidado, mi único Amor, amarte, Separada al fin por la ola que todo lo separa del Tiempo?
"Ahora, cuando estoy sola, ¿mis pensamientos ya no flotan Sobre las montañas, en esa orilla norteña, Descansando sus alas donde el brezo y las hojas de helecho cubren Tu noble corazón por siempre, por siempre jamás?
"Fría en la tierra, y quince inviernos salvajes, De esas colinas marrones, se han derretido en primavera: ¡Fiel, en verdad, es el espíritu que recuerda Después de tantos años de cambio y sufrimiento!
"Dulce Amor de la juventud, perdona si te olvido, Mientras la marea del mundo me arrastra; Otros deseos y otras esperanzas me asedian, Esperanzas que oscurecen, pero no pueden hacerte daño.
"Ninguna luz posterior ha iluminado mi cielo, Ninguna segunda mañana ha brillado jamás para mí; Toda la dicha de mi vida fue dada por tu querida vida, Toda la dicha de mi vida está en la tumba contigo.
"Pero, cuando los días de los sueños dorados habían perecido, E incluso la Desesperación era impotente para destruir, Entonces aprendí cómo la existencia podía ser apreciada, Fortalecida y alimentada sin la ayuda de la alegría.
"Entonces reprimí las lágrimas de pasión inútil, Desteté a mi joven alma de anhelar la tuya; Negué severamente su deseo ardiente de apresurarse Hacia esa tumba ya más mía que tuya.
"Y, aun así, no me atrevo a dejarla languidecer, No me atrevo a entregarme al dolor arrebatador de la memoria; Bebiendo una vez profundamente de esa angustia divinísima, ¿Cómo podría buscar el mundo vacío de nuevo?"
Mejor aún, de una excelencia estándar, es un pequeño poema, que, por algún impulso tímido de avestruz, Emily eligió llamar
"EL VIEJO ESTOICO.
"Las riquezas tengo en ligera estima; Y el Amor lo río con desdén; Y la lujuria por la fama no fue más que un sueño Que se desvaneció con la mañana:
"Y si rezo, la única oración Que mueve mis labios por mí Es: '¡Deja el corazón que ahora llevo, Y dame libertad!'
"Sí, mientras mis días veloces se acercan a su meta, Es todo lo que imploro; En la vida y en la muerte, un alma sin cadenas, Con coraje para soportar."
A lo largo del libro uno reconoce la capacidad de producir algo más fino y bastante diferente de lo que aquí se produce; uno reconoce mucho, pero no al autor de 'Cumbres Borrascosas'. Las grandes impresiones de estado de ánimo y paisaje revelan un temperamento artístico notablemente receptivo; el movimiento espléndido y vigoroso de las líneas muestra que el artista es un poeta. Entonces estamos en un callejón sin salida. No hay indicio de qué tipo de poeta: demasiado reservada para ser constantemente lírica, no hay suficiente evidencia de la facultad dramática para ayudarnos a seguir el rastro verdadero. Todo lo que podemos decir es que tenemos ante nosotros una mente capaz de ilusiones muy completas y reales, obsesionada por la imaginación, siempre fantástica y a menudo terrible; un temperamento reservado, intrépido y melancólico; un carácter de gran fuerza y rudeza, extremadamente tenaz de las impresiones. Debemos llamar al señor Taine y su Milieu para explicar 'Cumbres Borrascosas'.
Este primer volumen revela una imaginación abrumadora que aún no ha alcanzado su salida adecuada. Es doloroso, al leer estos poemas tempranos, sentir cuán despiadada y horrible era a menudo esa fuerte imaginación, aún dirigida hacia ninguna línea decidida. A veces, de hecho, dulces fantasías acudían a Emily, pero a menudo eran visiones de mazmorras negras, escenas de muerte y despedida desesperada, de locura y agonía.
"Así estaba yo, bajo el sol glorioso del Cielo, Y en el resplandor del Infierno; Mi espíritu bebió un tono mezclado, De canto de serafín, y gemido de demonio; ¡Lo que mi alma soportó, mi alma sola Dentro de sí misma puede contarlo!"
Es doloroso, en verdad, pensar que los alrededores de esta imaginación violenta, con su sesgo hacia lo caprichoso y lo aterrador, fueran la soledad, la tristeza, la compañía forzada con la degradación; una vida tan amarga, durante mucho tiempo, y hecha tan amarga por culpa de otro, que Emily daba la bienvenida a sus fantasías, incluso las más sombrías, como una salida feliz de la realidad.
"Oh, terrible es el freno, intensa la agonía, Cuando el oído comienza a oír, y el ojo comienza a ver; Cuando el pulso comienza a palpitar, el cerebro a pensar de nuevo, El alma a sentir la carne, y la carne a sentir la cadena."
Tales fueron los versos que Charlotte descubrió un día de otoño de 1845, que la sorprendieron, con buenas razones, por su originalidad y música. A Emily no le complacía lo que a sus ojos, tan celosos de su libertad, debió parecer una interferencia deliberada con su propiedad. "Mi hermana Emily", continúa Charlotte, "no era una persona de carácter demostrativo, ni una en cuyos recovecos de mente y sentimientos ni siquiera aquellos más cercanos y queridos para ella pudieran inmiscuirse sin permiso; tomó horas reconciliarla con el descubrimiento que yo había hecho, y días persuadirla de que tales poemas merecían ser publicados. Sabía, sin embargo, que una mente como la suya no podía estar sin alguna chispa latente de ambición honorable, y me negué a desanimarme en mis intentos de avivar esa chispa hasta convertirla en llama.
"Mientras tanto, mi hermana menor produjo silenciosamente algunas de sus propias composiciones, dando a entender que, dado que las de Emily me habían dado placer, podría gustarme mirar algunas de las suyas. No podía dejar de ser una jueza parcial, sin embargo, pensé que estos versos, también, tenían una dulce y sincera tristeza propia."
Solo una jueza parcial podría encontrar algo que elogiar en los versos triviales de la dulce Anne. Si el libro tuviera un índice de primeros versos, ¡qué crítica mordaz sobre los contenidos sería!
"Dulces son tus sones, bardo celestial." "Descansaré en este cenador protegido." "Oh, estoy muy cansada, aunque las lágrimas ya no fluyen."
De tales comienzos prevemos demasiado claramente el baño sin esperanza del final. Pobre niña, sus penas reales y profundas, expresadas en frases tan desgastadas y mal ajustadas, son tan poco conmovedoras como la belleza de una dependienta de Londres bajo los adornos de segunda mano listos para usar de su vestuario usado.
Charlotte, sin embargo, conociendo la tristeza real, la mansedumbre real que los inspiró, no antinaturalmente puso en los versos triviales la tristeza de las circunstancias de la escritora. A decir verdad, sus propios poemas no son tales que justifiquen ningún gran rigor de crítica. Son a menudo, como poemas, realmente inferiores a los de Anne, su manera de arrastrar un cuento o una moraleja al final de una letra teniendo un efecto bastante cómico; sin embargo, en conjunto, su parte del libro la distingue claramente como una elocuente e imaginativa narradora, al mismo tiempo que le niega el más mínimo brote, la hoja más pequeña, de esa corona de laureles sin flores que Emily podría reclamar. Pero en ese momento la diferencia no era tan claramente distinguible; aunque Charlotte siempre sintió y reconoció la superioridad de su hermana a este respecto, no fue reconocida como de un tipo que eclipsara por completo sus propios pequeños cuentos en verso, y desluciera por completo las piadosas efusiones de Anne.
Se seleccionó un paquete de manuscritos, un pequeño paquete escrito con tres manos diferentes y firmado con tres nombres. Las hermanas no querían revelar su identidad; decidieron usar un seudónimo y eligieron el común apellido del norte del país, Bell. No querían ser conocidas como mujeres: "teníamos la vaga impresión de que las autoras son propensas a ser vistas con prejuicios"; sin embargo, su escrupuloso honor les impedía usar una máscara para la que no tenían garantía; para satisfacer ambos escrúpulos asumieron nombres que podrían pertenecer por igual a un hombre o a una mujer. En la parte de Yorkshire donde vivían, los niños son a menudo bautizados con nombres de familia; sobre las tiendas veían "Sunderland Akroyd", variado por "Pighills Sunderland", con apenas un John o James para acompañarlos. Así que no había nada extraño para ellas en la moda tan ingeniosamente adaptada a sus propios usos. Ellis velaba a Emily; Currer, a Charlotte; Acton, a Anne. El primero y el último son nombres bastante comunes: una señorita Currer que fue una de las suscriptoras de Cowan's Bridge pudo haber sugerido su seudónimo a Charlotte. Al fin todo detalle fue discutido, decidido, y el paquete enviado a Londres para probar sus fortunas en el mundo:
"Este lanzamiento de nuestro pequeño libro fue un trabajo duro. Como era de esperar, ni nosotras ni nuestros poemas eran buscados en absoluto; pero para esto habíamos estado preparadas desde el principio; aunque inexpertas nosotras mismas, habíamos leído la experiencia de otros. El gran rompecabezas residía en la dificultad de obtener respuestas de cualquier tipo de los editores a los que aplicamos. Estando muy acosada por este obstáculo, me aventuré a aplicar a los señores Chambers de Edimburgo por un consejo: ellos pueden haber olvidado la circunstancia, pero yo no; porque de ellos recibí una breve y profesional pero civil y sensata respuesta, sobre la que actuamos, y al fin abrimos camino."[21]
En última instancia, las tres hermanas encontraron un editor que emprendería el trabajo por comisión; una respuesta favorable vino de los señores Aylott & Jones, de Paternoster Row, quienes estimaron el gasto del libro en treinta guineas. Era mucho para que las tres hermanas ahorraran de sus ganancias, pero estaban ansiosas por imprimir, ansiosas por hacer sacrificios, como si de alguna manera vaga vieran ya la meta gloriosa. Pero por el momento había trabajo que hacer. Compraron uno de los numerosos pequeños manuales que siempre están a la venta para mostrar a la pobre polilla vana de la autoría aficionada cómo quemar menos sus alas: pequeños libros más ansiosamente comprados y leídos que cualquiera de los que traen al mundo. Tal guía del editor, destinada a ambiciosos escolares, compraron y estudiaron los Bronte tan ansiosamente como ellos. A finales de febrero todo estaba resuelto, el tipo de letra decidido, el dinero enviado, los impresores trabajando. La copia de Emily Bronte está fechada el 7 de mayo de 1846.
¡Qué ansiedad al desatar el paquete en el que llegaron esas primeras copias! ¡Qué decepción, salpicada de éxtasis, al leer sus propios versos, inalterados, pero impresos! Una experiencia no tan común entonces como ahora; ser poetisa en aquellos días tenía cierta distinción, y las tres hermanas debieron haber esperado ansiosamente un saludo. Los poemas habían sido enviados a muchas revistas: Colburne's, Bentley's, Hood's, Jerrold's, Blackwood's, su ídolo temprano; a la Edinburgh Review, Tait's Edinburgh Magazine, la Dublin University Magazine; al Athenaeum, la Literary Gazette, el Critic, y al Daily News, el Times, y al periódico Britannia. Seguramente de algún cuarto escucharían una palabra auténtica de advertencia o bienvenida como para confirmar de inmediato sus esperanzas o sus desesperaciones. Se habían acostumbrado a esperar; pero tuvieron que esperar mucho. Por fin, el 4 de julio, el Athenaeum revisó su libro en un breve párrafo, y es notable que, aunque en tales reseñas de los poemas como aparecieron después de la publicación de 'Jane Eyre', es siempre el "fino sentido de la naturaleza", el "intelecto maduro y mano magistral" de Currer Bell, lo que gana todos los elogios; aún así, en este aviso temprano, el crítico aún no cegado ha percibido a quién se debe la palma. A Ellis Bell lo coloca primero de los tres supuestos hermanos, nombrándolo "un espíritu fino y pintoresco con un evidente poder de ala que puede alcanzar alturas no intentadas aquí". Junto a él el crítico clasifica a Currer, por último a Anne. Casi no vieron otro aviso.
El pequeño libro fue evidentemente un fracaso; había nacido muerto de la prensa. ¿Debían morir todas sus esperanzas tan pronto como nacieran? Al menos resolvieron no ser frustradas demasiado pronto, y ya, en medio de su decepción, comenzaron a trazar las tramas de las novelas que escribirían. Como nuestro ejército, ganaban sus batallas al nunca admitir que estaban derrotadas.
Se lo guardaron todo para sí mismas, esta decepción, estas resoluciones. Cuando el curioso cartero preguntó al Sr. Bronte si sabía quién era ese Sr. Currer Bell para quien llegaban siempre tantas cartas, el anciano respondió con sentido de autoridad: "Buen hombre, no hay tal persona en la parroquia"; y cuando, en raras ocasiones, Branwell entraba en la habitación donde estaban escribiendo, no se decía una palabra del trabajo que estaba en curso. Ni siquiera a la hermana Ellen, tan cercana a todos sus corazones, se le hizo confesión alguna de la forma en que pasaban su tiempo.
"No hemos hecho nada (que valga la pena mencionar) desde que estuviste aquí", dice la concienzuda Anne. Sin embargo, su amiga sacó sus propias conclusiones. Por aquel entonces, ella vino a hospedarse en Haworth y a veces (un poco divertida por su reserva) las atormentaba con sus sospechas, ante la alarmada sorpresa de Charlotte. En una ocasión, mientras paseaban juntas por el páramo, un cambio repentino y una luz distinta aparecieron en el cielo.
"Mira", dijo Charlotte; y las cuatro jóvenes miraron hacia arriba y vieron tres soles brillando con claridad sobre sus cabezas. Se quedaron un momento contemplando en silencio el hermoso parhelio; Charlotte, su amiga y Anne se agruparon, mientras Emily, un poco más arriba, permanecía de pie sobre un montículo cubierto de brezos. "¡Esas son ustedes!", dijo Ellen al fin. "Ustedes son los tres soles". "¡Shh!", exclamó Charlotte, indignada ante la ocurrencia demasiado perspicaz de su amiga; pero mientras Ellen, con sus sospechas confirmadas por la vehemencia de Charlotte, volvía a bajar la vista hacia la tierra, miró un instante a Emily. Ella seguía de pie en su montículo, tranquila, satisfecha; y alrededor de sus labios flotaba una sonrisa muy suave y feliz. No estaba enfadada, la independiente Emily. Le había gustado la pequeña ocurrencia.
NOTAS AL PIE:
[Nota al pie 21: 'Memoir'. C. B.]
CAPÍTULO XIII.
PROBLEMAS.
Mientras Emily Bronte se esforzaba por crear un mundo de fantasía y romance natural a su espíritu apasionado, la existencia real y cotidiana en la que debía trabajar y soportar se volvía cada día más angustiosa y turbada. Recordándolo, parece una vida casi insoportable, asfixiada por la vulgar tragedia de las penas de Branwell, las sórdidas preocupaciones que acarreaban sus deudas, la desgastante ansiedad con la que observaban la ceguera inminente del anciano Sr. Bronte. Estos meses de 1846 durante los cuales, recordemos, Emily escribía 'Cumbres Borrascosas', debieron ser los más pesados y sombríos de sus días; fue durante su tedioso transcurso cuando al fin percibió cuán desesperanzada, cuán insensible al bien, debía ser la vida restante de su hermano.
Mientras le quedaba futuro, Branwell nunca alcanzó el límite del envilecimiento. Bebía para ahogar la pena, para adormecer la memoria y el vuelo del tiempo; llegó lejos, pero no tanto como para no poder dar marcha atrás cuando amaneciera el día que lo llamara de nuevo a la prosperidad y la felicidad. Seguía siendo, aunque pervertido y degradado, capaz de reformarse y susceptible a las influencias sagradas. No había desechado finalmente la bondad y el honor; solo los había dejado de lado momentáneamente, como anillos que se quitan para realizar un trabajo pesado; tarde o temprano volvería a ponérselos.
De repente, el futuro le fue arrebatado. Una mañana, unos seis meses después de su despido, llegó una carta para Branwell anunciando la muerte de su antiguo empleador. Todo lo que había deseado yacía a sus pies: el hombre bueno y agraviado había muerto. Su esposa, su fortuna, ahora harían feliz a Branwell. Una nueva vida, ganada mediante el pecado y el odio, debía comenzar; una nueva vida buena, honorable y feliz. Estaba en la naturaleza de Branwell alegrarse cuando la paz y el honor llegaban a él, aunque no hiciera esfuerzo alguno por alcanzarlos, y esa mañana estaba muy feliz.
"Bailó alegremente por el cementerio como si hubiera perdido la cabeza; estaba muy enamorado de esa mujer", dice mi informante.
A la mañana siguiente se levantó, se vistió con esmero y se preparó para un viaje, pero antes incluso de que saliera de Haworth, dos hombres llegaron a toda prisa al pueblo. Enviaron a llamar a Branwell y, cuando este llegó en un gran estado de excitación, uno de los jinetes desmontó y entró con él en el "Black Bull". Entraron en el salón marrón de la posada, el alegre salón revestido de madera donde Branwell tantas veces había imperado sobre sus compañeros de juerga desde su gran silla de tres esquinas. Al cabo de un tiempo, el mensajero se levantó y se marchó; y quienes estaban en la posada creyeron escuchar un ruido extraño en el salón: un balido como el de un ternero. Sin embargo, como eran personas ocupadas, no entraron a ver si había ocurrido algo y, entre el bullicio de sus tareas, el sonido se borró de sus oídos y de su memoria. Horas después, la joven que ayudaba en las tareas domésticas de la posada, la Anne que aún recuerda los fluidos saludos de Branwell, encontró ocasión de entrar en el salón. Entró y lo encontró en el suelo, con un aspecto cambiado y terrible. Se había desplomado en una especie de ataque de estupor. Después de aquel día, fue un ser transformado.
El mensaje que había escuchado había cambiado el curso de su vida. No era la llamada que esperaba, sino una súplica de la mujer a la que amaba para que no se acercara a ella, para que no la tentara a la ruina; si lo veía una vez, el cuidado de sus hijos, la confianza de sus fortunas, todo quedaría perdido. Ella le rogaba que se mantuviera alejado; ansiosa, tal vez, en esta repentina soledad de la muerte, por redimir el pasado, o movida por alguna tierna superstición a estar menos dispuesta a traicionar a los muertos que a los vivos; o, quizás, simplemente deseosa de conservar a toda costa el rango, la posición, los honores a los que estaba acostumbrada. Sea como fuere, Branwell se vio olvidado.
"Oh, terrible corazón de mujer, Que en un día olvida lo que el hombre recuerda, Olvidándolo a él también con ello."
Después de aquel día fue diferente. Se desesperó y bebió hasta la muerte, bebiendo hacia la tumba y el olvido, dioses de su Sabbath, y pidiendo prestado un placer pasajero a un interés aterrador. Pero para un hombre así, la única tentación suprema es el goce: debe obtenerse, aunque la vida y el cielo se pierdan en el empeño. Y mientras él se entregaba a la bebida, "y con toda su actitud daba muestras de un goce intenso",[22] su anciano padre se quedó completamente ciego, Anne se volvió día a día más delicada y falta de aliento, la ambiciosa Charlotte languidecía como un águila en una jaula, y Emily, escribiendo 'Cumbres Borrascosas', calificaba de afectados a quienes encontraban la historia más terrible que la vida.
Era ella quien más veía a su hermano abandonado, pues Anne solo podía estremecerse ante su pecado y Charlotte era demasiado indignada para sentir piedad. Pero Emily, la mujer severa y caritativa, que no se ahorraba ninguna angustia, que amaba llevar con ternura en sus trabajadoras manos a los polluelos de ala rota, Emily no se sentía repelida por su debilidad. ¿Debo despreciar al ciervo por su tímida rapidez al huir, o al lebrato porque no puede morir con valentía, o burlarme de la agonía mortal del lobo porque la bestia es flaca y repugnante de ver?, se pregunta en uno de los pocos poemas personales que nos ha dejado. ¡No! Un no enfático; pues Emily Bronte tenía un lugar en su corazón para todos los hijos salvajes de la naturaleza, y despreciarlos por sus instintos naturales le resultaba imposible. Y así fue como dejó de indignarse ante las locuras de Branwell; se propuso aceptar con una pena sin ira sus vicios naturales. Todo lo que quedó de su prontitud al desdén fue una paciencia extrema que no esperaba reforma, que no pedía mejora; la paciencia que tenía para el lebrato y el lobo, seres despreciables y llenos de daño, aunque no por elección propia; la paciencia de la desesperación aquiescente y sin esperanza.
La piedad de Branwell era toda para sí mismo. No perdonó a la piadosa familia forzada a la contaminación de sus malos hábitos. "Nada sucede en Haworth", dice Charlotte; "nada, al menos, de carácter agradable. Ocurrió un pequeño incidente hace una semana que nos pinchó para que reaccionáramos; pero, si a ti no te produce más placer oírlo que a nosotras presenciarlo, apenas me agradecerás que lo mencione. Fue simplemente la llegada de un agente judicial de visita a Branwell, invitándolo a pagar sus deudas o a hacer un viaje a York. Por supuesto, sus deudas tuvieron que ser pagadas. No es agradable perder dinero, una y otra vez, de esta manera; pero ¿de qué sirve insistir en tales asuntos? No le hará mejor".[23]
Los reproches solo endurecían su corazón y le hacían sentirse más que nunca abusado por las circunstancias y el destino. "A veces",[24] dice el Sr. Phillips, "se quejaba de la forma en que lo trataban en casa y, como ejemplo, relataba lo siguiente:
"Una de las niñas de la escuela dominical, por la que él y toda su casa sentían mucho interés, enfermó gravemente y temían que no sobreviviera.
"'Fui a ver a la pobre criaturita', dijo, 'me senté con ella media hora y le leí un salmo y un himno a petición suya. También tuve muchas ganas de rezar con ella', añadió, con la voz temblorosa por la emoción, 'pero ya ves, no era lo suficientemente bueno. ¿Cómo me atrevía a rezar por otra persona, cuando casi había olvidado cómo rezar por mí mismo? Me fui con el corazón pesado, pues estaba seguro de que moriría, y fui directo a casa, donde caí en melancólicas reflexiones. Necesitaba que alguien me animara. A menudo lo necesito; pero ninguna palabra amable llega a mis oídos, y mucho menos a mi corazón. Charlotte observó mi depresión y preguntó qué me afligía. Así que se lo conté. Me miró con una mirada que nunca olvidaré, si vivo hasta los cien años, lo cual nunca haré. No era ella en absoluto. Me hirió, como si alguien me hubiera dado un golpe en la boca. Involucraba muchísimas cosas. Era una mirada dubitativa. Me recorrió, cuestionando y examinando, como si yo fuera una fiera salvaje. Decía: '¿Me engañan mis oídos, o he oído algo?'. Y luego vino la expresión dolorosa y desconcertada que era peor que todo lo demás. Decía: 'Me pregunto si eso es cierto'. Pero, al salir de la habitación, pareció acusarse a sí misma de haberme hecho una injusticia, y me sonrió con amabilidad y dijo: 'Ella es mi pequeña alumna e iré a verla'. No respondí ni una palabra. Estaba demasiado destrozado. Cuando se fue, vine aquí al 'Black Bull' y pasé la noche allí, por puro disgusto y desesperación. ¿Por qué no podían darme algo de crédito cuando estaba tratando de ser bueno?'"
De este modo avanzaba el verano de 1846, con bastante pesadez, con una mayor economía en el ya frugal hogar, para que las deudas de Branwell pudieran pagarse honorablemente, con temores crecientes por el padre, sobre quien la dispepsia y la ceguera estaban poniendo sus pesadas manos. Ya no podía leer; él, el gran caminante que amaba pasear solo, apenas podía avanzar a tientas; todo lo que le quedaba de vista era la capacidad de reconocer figuras bien conocidas que estuvieran bajo una luz intensa. Sin embargo, seguía predicando; de pie, gris y sin vista en el púlpito, pronunciando las palabras (necesariamente improvisadas) que acudían a sus labios. Él mismo, en su triste vejez y severa resistencia, era un sermón de lo más noble y comprensible.
Su ánimo estaba muy decaído; pues ahora ya no podía olvidarse de sí mismo en sus solitarios estudios, ni pasear solo por los páramos libres cuando la desdicha invadía la estrecha casa de abajo. Vivía ahora por necesidad en relación íntima con sus hijas; dependía de ellas. Y entonces conoció la naturaleza heroica de sus hijas, vio el pequeño trabajo de sus vidas y cómo, con dignidad, lo transformaban en una gracia al llevarlo a cabo. Y entonces vio claramente el temperamento vanidoso, dependiente y apasionado de su hijo, y supo cómo, por falta de instrucción, se había arruinado y arrastrado por el fango la planta que podría haber florecido hermosamente y dado buenos frutos de haber sido tutorada y apoyada; la pobre espaldera que no podía sostenerse sola. Némesis había visitado su hogar. Sintió las consecuencias de su egoísmo, de su arrogancia, de su fría aislamiento, y amargamente, amargamente se lamentó.
La catarata crecía mes a mes, un velo espeso que borraba el mundo; y mes a mes el anciano ciego se sentaba con cansancio a pensar durante el día en la ruina de su querido hijo, pues siempre había querido a Branwell más que a nadie, y se quedaba despierto por la noche escuchando sus pasos; mientras abajo, sola, su hija esperaba con igual cansancio el regreso del pródigo.
Las tres jóvenes observaban y anhelaban ayudar. Hicieron todo lo que pudieron, siendo Charlotte la compañera y ayuda constante de su padre; pero todo lo que podían hacer era poco. No querían resignarse a verlo hundirse en la ceguera. Se ocuparon en recopilar toda la información que pudieron obtener sobre las operaciones de cataratas y los nombres de oculistas. Pero por el momento no había nada que hacer sino esperar y soportar; pues incluso ellas, con sus limitados conocimientos, podían decir que los ojos de su padre aún no estaban listos para el bisturí del cirujano.
Mientras tanto, trabajaban en secreto en sus novelas. Tan pronto como los poemas fueron enviados, e incluso cuando fue evidente que aquella aventura también había fracasado, las hermanas decidieron intentar ganarse la vida escribiendo. Ya no podían abandonar su hogar, siendo su padre un hombre indefenso y Branwell algo peor que indefenso; sin embargo, con gastos siempre crecientes y sin ingresos, era difícil lograr cubrir lo básico. El futuro, también, era incierto; si el caso de su padre resultaba desesperado, si se quedaba completamente ciego, enfermo, incapaz de trabajar, quedarían realmente sin hogar. Con tales presagios sombríos en sus corazones, con tal necesidad imperativa y severa instándolas a luchar y luchar de nuevo, como lucha un nadador frustrado por alcanzar tierra, estas tres hermanas comenzaron su labor. Dos de ellas, con el tiempo, serían conocidas en todo el mundo, serían influencias para todos los tiempos venideros y, una nueva gloria en el mundo no conocida antes de sus días, formarían "con la Sra. Browning, la perfecta trinidad de la fama femenina inglesa".[25] Pero sin pensar mucho en ello, pesada y muy cansadamente, comenzaron su empresa.
Cada noche, cuando se guardaba la costura y comenzaba la escritura, las tres hermanas, sentadas alrededor de la mesa, o más a menudo marchando de un lado a otro de la habitación como en sus días de colegialas, celebraban un consejo solemne sobre el progreso de su trabajo. La división de los capítulos, el nombramiento de los personajes, el desarrollo de los acontecimientos, se decidían entonces, de modo que cada una prestaba una mano al trabajo de la otra. Luego, una vez terminadas tales deliberaciones, se sacaba el papel y se corregían las notas casuales del día y se pasaban en limpio; y durante una hora o más no se oía otro sonido que el chirrido de las plumas sobre el papel y el lamento racheado del viento afuera.
Tal trabajo metódico hace un progreso rápido. En pocos meses cada hermana tenía una novela terminada. Charlotte, un estudio grave y tranquilo de la vida y el carácter belga, 'El profesor'; Anne, un relato minucioso de las tribulaciones de una institutriz, que tituló 'Agnes Grey'. La historia de Emily era muy diferente y menos perceptiblemente entretejida con su propia experiencia. Todos conocemos al menos el nombre de 'Cumbres Borrascosas'.
Las novelas fueron enviadas y al principio parecieron tener aún menos probabilidades de éxito que la escuela o el libro de versos. Editor tras editor las rechazó; entonces, pensando que quizás no era astuto enviar las tres novelas juntas, dado que el fracaso de una podría perjudicar a todas, las hermanas las enviaron por separado para probar suerte. Pero siempre con el mismo resultado: mes tras mes, llegaba el rechazo.
En casa, los asuntos continuaban siendo no menos desalentadores. Branwell a menudo quedaba postrado por violentos ataques de enfermedad, y el Sr. Bronte se volvía más y más ciego. Por fin, a finales de julio, Emily y Charlotte partieron hacia Manchester para consultar a un oculista. Allí oyeron hablar del Sr. Wilson como el mejor, y a él acudieron; pero solo para descubrir que no se podía dar una opinión decisiva hasta que los ojos de su padre hubieran sido examinados. Sin embargo, no desanimadas, regresaron a Haworth; pues al menos habían encontrado a un médico y se habían asegurado de que, incluso a la avanzada edad de su padre, una operación podría tener éxito. Por ello, a finales de agosto, Charlotte, que era la principal compañera de su padre y la que más fácilmente podía ser dispensada en casa, llevó al anciano Sr. Bronte a Manchester. El Sr. Wilson declaró que sus ojos estaban listos para la operación, y el anciano y su hija se instalaron en una pensión durante un mes. "Me pregunto cómo se las arreglarán Emily y Anne en casa con Branwell", dice Charlotte, acostumbrada a ser la guía y líder de aquel pequeño hogar.
Difícilmente, sin duda; pues Anne estaba poco preparada entonces para luchar contra el destino. Nunca se había recuperado completamente de la prolongada miseria de su estancia con Branwell en aquella casa fatal que debía arruinar su futuro y ser arruinada por ellos. Se debilitaba cada vez más, aquella "gentil pequeña", tan tierna, tan poco adecuada para su accidentado y sombrío camino de vida. Emily observaba con el corazón roto; la angustia la envolvía por todos lados; su padre ciego en Manchester; su hermano bebiendo hasta la muerte en casa; su hermana decayendo, palideciendo día a día; y de vez en cuando llegaba una carta anunciando que tal o cual firma de editores no tenía uso para 'Agnes Grey' y 'Cumbres Borrascosas'.
A Charlotte en Manchester no le fue mucho mejor. 'El profesor' le había sido devuelto el mismo día de la operación de su padre, cuando (soportando este golpe no hablado como mejor pudo) tuvo que quedarse en la habitación mientras le extraían la catarata de los ojos. El ejercicio fortalece el valor; esa misma noche, cuando su padre, en su habitación a oscuras, ya no podía hablar ni ser interpelado, esa misma noche comenzó 'Jane Eyre'.
Esto era ser más valiente que la valiente Emily, que no nos ha dejado nada, salvo unos pocos versos, escritos después de 'Cumbres Borrascosas'. Pero en Haworth había trabajo de sobra para cada instante de los días ocupados, y Charlotte, en Manchester, encontraba su inusual ocio y su forzoso confinamiento muy tediosos.
Hacia finales de septiembre, se declaró que el Sr. Bronte estaba en buen camino de recuperación, y él y Charlotte partieron hacia Haworth. Fue un feliz regreso a casa, pues las cosas habían prosperado mejor de lo que Charlotte se había atrevido a esperar durante las últimas semanas de su ausencia. Cada día el anciano se fortalecía y, poco a poco, su vista regresó. Podía ver el glorioso púrpura de los páramos, los páramos de Emily, no menos amados en su dolorosa madurez que en su feliz tiempo de juventud. Podía ver los rostros de sus hijas y el miserable cambio en las facciones de Branwell. Comenzó a ser capaz de leer un poco, muy poco cada vez, y para noviembre estaba lo suficientemente recuperado como para asumir él mismo todo el deber de los tres servicios dominicales.
No mucho después de este tiempo, tres miembros de aquel hogar tranquilo se vieron aún más animados al saber que 'Agnes Grey' y 'Cumbres Borrascosas' habían encontrado aceptación por parte de un editor. Aceptación; pero bajo términos empobrecedores. Aun así, por tanto estaban agradecidas. Escribir y enterrar sin ser leídas las cosas que uno ha escrito es tocar música en un piano mudo. Quien toca, desea ser escuchado.
NOTAS AL PIE:
[Nota al pie 22: George Searle Phillips.]
[Nota al pie 23: Sra. Gaskell.]
[Nota al pie 24: 'Branwell Bronte'. G. S. Phillips.]
[Nota al pie 25: A. C. Swinburne. 'Note on Charlotte Bronte'.]
CAPÍTULO XIV.
'CUMBRES BORRASCOSAS': SU ORIGEN.
Una vieja y gris Rectoría situada entre tumbas, alejada del mundo en su cima azotada por el viento, rodeada por cumbres vecinas salvajes de páramos; un lugar solitario entre fresnos medio muertos y espinos atrofiados, el mundo cortado por un lado por las filas silenciosas de los muertos apiñados, y distanciado por el otro por tramos de brezal de kilómetros de extensión: tal, lo sabemos, era el hogar de Emily Bronte.
Un padre anciano, ciego y desilusionado, antaño propenso a una extraordinaria violencia de temperamento, pero ahora calmado con la edad, mostrando su decepción con la vida mediante un cinismo melancólico que era totalmente sincero; dos hermanas, ambas amadas, una, encendida de genio y rápida al sentimiento, ocultando su entusiasmo bajo el frío comportamiento de la ex institutriz, sin éxito y sin reconocimiento; la otra más gentil, más querida, más bella, muriendo lentamente, pulgada a pulgada, por la funesta vecindad del vicio. Un hermano, apenas menos querido, bebiendo deliberadamente hasta la muerte por una furiosa y frustrada pasión por una amante con la que no podía casarse: estos eran los miembros del hogar de Emily Bronte.
A ella la conocemos: inexperta, valiente, apasionada y llena de piedad. ¿Era sorprendente que resumiera la vida en una amarga línea?
"Bien conquistado y mal conquistador."
Sus propias circunstancias demostraban que el axioma era cierto, y de otras vidas no tenía sino un conocimiento escaso. ¿A quién debía preguntar? ¿A la gentil Ellen, que parecía pertenecer a otro mundo, y que aun así tenía abundantes problemas propios? ¿A los coadjutores, a quienes despreciaba por su estrecha mojigatería? ¿A las gentes del pueblo, de quienes no sabía nada salvo cuando la enfermedad, la desgracia o la muerte la llamaban a sus hogares para brindar ayuda y protección? Su vida solo le había ofrecido una visión del mundo, y no podía comprender que existieran otras que ella no había visto.
"Me veo obligada a confesar", dice Charlotte, "que apenas tenía más conocimiento práctico del campesinado entre el que vivía que el que tiene una monja de la gente del campo que pasa ante las puertas de su convento. El carácter de mi hermana no era naturalmente gregario; las circunstancias favorecieron y fomentaron su tendencia al aislamiento; excepto para ir a la iglesia o para dar un paseo por las colinas, rara vez cruzaba el umbral de su hogar. Aunque su sentimiento hacia la gente que la rodeaba era benevolente, nunca buscó el trato con ellos ni, salvo muy contadas excepciones, llegó a experimentarlo; y, sin embargo, los conocía, conocía sus costumbres, su lenguaje, sus historias familiares; podía oír hablar de ellos con interés y hablar de ellos con detalle, minucioso, gráfico y preciso; pero rara vez intercambiaba una palabra con ellos. De ahí resultó que lo que su mente había recogido de real sobre ellos quedaba demasiado exclusivamente confinado a esos rasgos trágicos y terribles de los que, al escuchar los anales secretos de todo vecindario rudo, la memoria se ve a veces obligada a recibir la impronta. Su imaginación, que era un espíritu más sombrío que alegre, más poderoso que deportivo, encontró en tales rasgos materiales con los que forjó creaciones como Heathcliff, como Earnshaw, como Catharine. Habiendo formado a estos seres, no sabía lo que había hecho. Si los auditores de su obra, cuando se leía en manuscrito, se estremecían bajo la influencia demoledora de naturalezas tan implacables e inexorables —de espíritus tan perdidos y caídos—; si se quejaban de que el mero hecho de escuchar ciertas escenas vívidas y temibles desterraba el sueño por la noche y perturbaba la paz mental durante el día, Ellis Bell se preguntaba qué significaba aquello y sospechaba de afectación en quien se quejaba. De haber vivido, su mente habría crecido por sí misma como un árbol fuerte —más alto y más recto, de ramas más extendidas— y sus frutos maduros habrían alcanzado una sazón más dulce y un brillo más soleado; pero en esa mente solo el tiempo y la experiencia podían obrar; a la influencia de otros intelectos no era susceptible."
Sin embargo, ningún ser humano es totalmente libre, ninguno totalmente independiente de su entorno. Y Emily Brontë, menos que nadie, podía reclamar tal inmunidad. Difícilmente podemos imaginarla como una próspera heredera, amando y siendo amada, llena de espíritu e incluso un tanto descarada; pero con su fantasía caballeresca impregnada de un esplendor gracioso que era solo suyo, apenas podemos imaginar a Emily Brontë como Shirley Keeldar, pero difícilmente a Shirley Keeldar escribiendo *Cumbres Borrascosas*. Emily Brontë, lejos de sus páramos, de su soledad, de su pobreza, de su disciplina, de su compañía con el genio, la violencia y la degradación, habría tomado otro color, tal como las hortensias crecen ahora rojas, ahora azules, según la naturaleza del suelo. No fue su falta de conocimiento del mundo lo que hizo que la novela que escribió se convirtiera en *Cumbres Borrascosas*, no fue su inexperiencia, sino más bien su experiencia, limitada y perversa, ciertamente, y especializada por un temperamento de lo más singular, pero cercana y muy real. Su imaginación estuvo inspirada tanto por las circunstancias de su vida como lo estuvo la de Anne cuando escribió *La inquilina de Wildfell Hall*, o la de Charlotte en su obra maestra *Villette*; pero, como en cada caso la imaginación era de una calidad diferente, la experiencia, actuando sobre ella, produjo un resultado distinto y disímil; un resultado obtenido tanto por la contrariedad como por la armonía de las circunstancias. Pues nuestro entorno nos afecta de dos maneras: sutil y permanentemente, tiñéndonos de parte a parte como el vino tiñe el agua, o, mediante alguna vecindad violenta de fuerza antipática, enviándonos por una tangente lo más lejos posible de la presencia antagónica que nos rodea de forma tan detestable. El hecho de que Charlotte Brontë conociera principalmente a clérigos es en gran medida responsable de *Shirley*, ese elogio satírico de la Iglesia y apoteosis de los maestros de escuela dominical. Pero Emily, viviendo en este mismo ambiente clerical y evangelista, se siente rebelada, forzada al otro extremo; y, mientras refugia sus verdaderas opiniones de sí misma bajo el término omnímodo de "Iglesia Amplia", no encontramos en sus escritos creencia tan fuerte como la creencia en el uso y la gloria presentes de la vida; ningún amor tan grande como su amor por la tierra —la tierra como madre y sepultura—; ninguna afirmación de inmortalidad, sino una profunda certeza de descanso. No hay nota que se pulse tan a menudo en toda su obra, y se pulse con tal variedad de énfasis, como esta: que el bien por el bien es deseable, el mal por el mal es detestable, y que para el justo y el injusto por igual hay descanso en la tumba.
Esta tranquila hija de clérigo, que siempre oye hablar mal de los disidentes, se ha convertido, pues, por puro valor y justicia rebelada, en una disidente ella misma. Una disidente en más de un sentido. Nunca hubo una naturaleza más sensible a las estupideces y la estrechez de la opinión convencional, una naturaleza con más probabilidades de ser encontrada en las filas de la oposición; y con tal naturaleza, la indignación es la fuerza que más a menudo abre la puerta del habla. El impulso de revelar los errores y sufrimientos tal como son realmente es abrumadoramente fuerte, aunque la revelación misma sea imperfecta. ¿Qué revelaría, pues, esta inexperta hija del párroco de Yorkshire? La desemejanza de la vida respecto a las imágenes autorizadas de la vida; la fuerza del mal, solo superable por el lento proceso de la naturaleza que no admite la duración eterna de lo perverso; las sombrías y temibles lecciones de la herencia; la suficiencia de lo finito para lo finito, de la vida para la vida, sin más recompensa que la conducta de vida que cumple quien vive; el parentesco omnipenetrante de los seres vivos, ramita de brezo, alondra que canta, niño confiado, tirano implacable; y, no menos importante, no menos importante para ella que ya se encontraba en su sombra, la paz segura y universal de la muerte.
Un extraño evangelio el de tal predicadora; pero una fe cada vez más enfatizada y arraigada en la mente de Emily por su incapacidad para aceptar la enseñanza rígida y pragmática, el prejuicio estrecho, de los calvinistas de Haworth. Sin embargo, este mismo calvinismo influyó en sus ideas, esta doctrina que rechazó con tanta pasión, llamándose a sí misma discípula del tolerante y reflexivo Frederick Maurice, y escribiendo, desafiando sus llamas y chillidos, los consuelos más tranquilizadores para la mortalidad que recuerdo en nuestra lengua.
No obstante, tan dual es la naturaleza de la fuerza del entorno, esta fe antagónica, que la repelía hasta el extremo opuesto de la creencia, no la envió fuera de ella sin antes haber asimilado algunos de sus principios más severos. De esta doctrina de recompensa y castigo aprendió que para cada tendencia malvada no controlada hay una expiación temible; aunque ella no la situó ciertamente en las llamas del infierno, sino en los instintos pervertidos de nuestros propios hijos. Terribles teorías de pecado incurable y condenado, y de pérdida predestinada, le advirtieron que un linaje malvado solo engendrará contaminación: los hijos de los locos deben ser propensos a la locura; los hijos de los depravados, inclinados a la depravación; la semilla de la planta venenosa brota para asolar y arruinar, solo para ser superada mediante el desarraigo y la esterilización, o mediante el injerto juicioso, el paciente entrenamiento de muchos años.
Así, el Haworth prejuicioso y evangélico había preparado a la mujer que rechazó su dogma hebraico para descubrir por sí misma las verdades subyacentes. Las aceptó en toda su significación. Se le ha reprochado que en ninguna parte muestra el debido aborrecimiento hacia el demoníaco y vengativo Heathcliff. Ella, que lo revela, recuerda la dudosa ascendencia de aquel bebé abandonado en el puerto, "lascar o gitano"; recuerda la infancia ismaelita, demasiado amada y odiada, del pequeño intruso cuya mano estaba contra la mano de todos los hombres. Recordando esto, se somete con tanta paciencia a su alma oscura y a sus instintos salvajes como a su piel cetrina y al "balbuceo que nadie podía entender". De los cardos no se recogen uvas.
No sirve de nada, parece estar diciendo, esperar a que los hijos de padres malvados crezcan, por su propia voluntad y sin ayuda, rectos y nobles. La calidad misma de su voluntad es tan heredada como sus ojos y su cabello. Heathcliff no es un demonio ni un duende; es el niño condenado y sin formación de las vacaciones de algún marinero medio salvaje, violento y traicionero. Y ¿hasta qué punto debemos responsabilizar al pecador de una naturaleza que es, en sí misma, el castigo por el crimen de algún antepasado? Incluso para tales debe haber descanso. No hay posibilidad en la mente justa y reverente de Emily Brontë de que el Dios a quien ella creía fuente y alma misma de la vida pudiera condenar al fuego eterno a las víctimas de tendencias mórbidas no elegidas por ellos mismos. No se necesita purgatorio, ni llama eterna, para purificar los pecados de Heathcliff; su tumba en la ladera crecerá tan verde como cualquier otro trozo de hierba, las ovejas del páramo encontrarán la hierba igual de dulce, el brezo y las campanillas crecerán del mismo color sobre ella que sobre la tumba de un bebé. Pues la vida, el pecado y el castigo terminan con la muerte para el moribundo; él descarga entonces su peso sobre otros hombros, y ninguna visión perturba su descanso.
"Me preguntaba cómo alguien podía imaginar sueños inquietos para los que duermen en esa tierra tranquila." Así termina la última página de *Cumbres Borrascosas*.
Hasta aquí las teorías sobre la vida y el mal que el choque de circunstancias y caracteres extrajo de Emily Brontë. Sucedió, como sabemos, que tuvo ocasión de poner a prueba estas teorías; y de no haber sido por eso, nunca habría podido escribir *Cumbres Borrascosas*. No es que la historia, la concepción, hubieran fracasado. Después de todo, no hay nada más espantoso en la violenta historia de esa granja de las tierras altas que lo que muchas casas solariegas de las Midlands, rodeadas de olmos, o muchas casas de campo salvajes de Gales o Cornualles, podrían revelar. Historias socialmente más dolorosas que la mera violencia bruta de los Earnshaw; de locura y traición, historias de jóvenes engañadas involuntariamente para contraer un matrimonio lunático a fin de que la finca tuviera un heredero; leyendas de violencia temerosa, de niños marginados, esposas deshonradas, maldad horrible y persistente. ¿Quién, en los lugares secretos de su memoria, no guarda tales chismes obsesivos? Y Emily, familiarizada con todas las historias salvajes de Haworth de un siglo atrás, y criada con espeluznantes horrores irlandeses, cuentos de 1798, cuentos de opresión y miseria, Emily, con toda esta tradición inquietante al alcance de su mano, habría tenido menos dificultades para combinar y trabajar los motivos separados en un todo coherente, ya que no conocía a las personas reales cuyas historias sabía de memoria. Ningún recuerdo de modales individuales, dominio o preferencia por un tipo individual, atrapó y desordenó sus teorías, siendo su concepción más completa por su ignorancia. Esto es lo que su fuerte razón y su poder creativo le permitieron lograr. Pero esto no es todo.
Esta es la trama; pero hacer que un personaje hable, actúe, desvaríe, ame, viva, muera, a través de toda una vida de acontecimientos, incluso tal como los lectores se sienten convencidos de que debe haber actuado, haber vivido y muerto, esto exige al menos tanta experiencia de una naturaleza algo similar que pueda servir de base para la imaginación de uno, una reserva de certeza y tranquilidad a la que recurrir en momentos de perplejidad y duda. Branwell, que posó para Anne de forma bastante lamentable para el retrato de Henry Huntingdon, sirvió a su hermana Emily, no ciertamente como modelo, algo que copiar, sino como un mapa de proporciones con el que medir, y al que remitirse, para la correcta investidura de la idea inspirada. El señor Wemyss Reid (cuyo gran conocimiento de la historia de los Brontë y cuya mayor bondad al admitirme en sus ventajas tanto como pudo, no puedo dejar de agradecer suficientemente) —este capaz crítico percibe una semejanza *bona fide* entre el carácter de Heathcliff y el carácter de Branwell Brontë tal como aparecía ante su hermana Emily. Esto, teniendo en cuenta el verso sobre la liebre, confieso que no puedo verlo. Branwell me parece más cercano al hijo miserable de Heathcliff que a Heathcliff mismo. Pero que, al describir el amor ultrajado y frustrado de Heathcliff por Catharine, Emily sí recurrió a su experiencia del sufrimiento de su hermano, este extracto de una conferencia inédita del señor Reid lo revelará suficientemente:
"Fue en la compañía forzada de este hombre perdido y degradado donde Emily recibió, estoy seguro, muchas de las impresiones que fueron posteriormente trasladadas a las páginas de su libro. ¿Acaso no se ha dicho una y otra vez por críticos de todo tipo que *Cumbres Borrascosas* se lee como el sueño de un comedor de opio? Y aquí encontramos que durante todo el tiempo de la redacción del libro, un comedor de opio habitual y confeso estaba al lado de Emily. Dije que quizás la parte más sorprendente de *Cumbres Borrascosas* era la que trata de las relaciones de Heathcliff y Catharine después de que ella se hubiera convertido en esposa de otro. Páginas enteras de la historia están llenas de los desvaríos y rabias del villano contra el hombre cuya vida se interpone entre él y la mujer que ama. Desvaríos similares se encuentran en todas las cartas de Branwell Brontë escritas en este período de su carrera; y podemos estar seguros de que desvaríos similares estaban siempre en sus labios mientras, huraño y más que medio loco, vagaba por las habitaciones de la casa parroquial en Haworth. Es más, he encontrado algunas coincidencias verbales sorprendentes entre el propio lenguaje de Branwell y pasajes de *Cumbres Borrascosas*. En una de sus cartas hay estas palabras en referencia al objeto de su pasión: 'Mi propia vida sin ella será un infierno. ¿Qué puede ser para ella el llamado amor de su miserable y enfermizo marido comparado con el mío?' Ahora, recurran a *Cumbres Borrascosas* y leerán estas palabras: 'Dos palabras comprenderían mi futuro: muerte e infierno; la existencia después de perderla sería un infierno. Sin embargo, fui un tonto al imaginar por un momento que ella valoraba más el afecto de Edgar Linton que el mío. Si él amara con todas las facultades de su ser insignificante, no podría amar en ochenta años tanto como yo en un día'."
Tanta parte tuvo ciertamente Branwell en *Cumbres Borrascosas*. Él fue una página del libro en la que su hermana estudió; sirvió, como todas las cosas sirven inconscientemente al temperamento de un artista, como el bloque tosco de granito del que se talla la obra, e, incluso mientras soportaba con dificultad sus vicios, Emily aprendió sin duda de ellos aquellos secretos más oscuros de la humanidad necesarios para su conjuro trágico. Le sirvieron, aquellos temidos y apasionados arrebatos de su hermano, igual que le sirvieron los páramos que amaba, la fantasía que cortejaba. Extraña varita adivinatoria del genio, que conjura oro del barro más fangoso de la vida común; extraña y terrible facultad que acumula sus tesoros y, casi mecánicamente, obtiene su propio beneficio de nuestras experiencias más leves o más miserables, notando el gesto con el que la madre se entera de la ruina de su hijo, captando la sombra leve y variable que la persiana blanca agitada por el viento envía sobre el rostro muerto junto al que velamos, extrayendo su vida de mil muertes, humillaciones, pérdidas, con una mano en nuestras alegrías más agudas y penas más amargas; esta facultad era de Emily Brontë, y obtuvo su beneficio de la vergüenza de su hermano.
Aquí terminó la contribución de Branwell a la producción de *Cumbres Borrascosas*. Pero no es bueno ignorar su pretensión a la autoría completa; pues en el silencio desdeñoso de aquellos que saben de su falsedad, tales calumnias viven y prosperan como insectos inmundos bajo piedras caídas. La vana jactancia de un soñador sin principios, medio loco por el opio, medio borracho de ginebra, que no significaba nada más que el deseo de ser admirado a cualquier precio, ha recibido demasiada importancia por parte de esos amantes del sensacionalismo que prefieren cualquier mentira asombrosa a una vieja verdad. Sus filas han aumentado con el número de aquellos que, ignorantes de las verdaderas circunstancias de la vida de Emily, consideraron imposible que una joven inexperta pudiera retratar tanta violencia y tal pasión mórbida. Por el contrario, dadas estas circunstancias, nadie más que una joven personalmente inexperta podría haber tratado el tema con la pureza absoluta y asexuada que encontramos en *Cumbres Borrascosas*. ¡Qué infecto, vulgar e ignominioso habría hecho Branwell, confiando en sus propios recuerdos, la pasión frustrada de un aventurero violento por una mujer cuyo marido enfermizo ambos desprecian! Esa pureza como de acero pulido, tan fría y más dura que el hielo, esa libertad en el trato con el amor y el odio, tan audaz como el amor de un niño por la llama brillante del fuego, solo podría pertenecer a alguien cuya intensidad de genio fuera rivalizada por la estrechez de su experiencia —una experiencia limitada no solo por las circunstancias, sino por una naturaleza impermeable a cualquier sentimiento más fogoso que el amor natural al hogar y a los suyos, comenzando antes del recuerdo y tan inconsciente como la respiración.
El crítico, teniendo los poemas de Emily y los pocos versos y cartas restantes de Branwell, no puede dudar de la incapacidad de aquel pródigo desanimado y parlanchín para producir una obra de arte tan sostenida, apasionada y remota. Pues en ningún aspecto el estilo conciso, fogoso e imaginativo de Emily se parece a los amaneramientos débiles, inconexos, a veces vulgares, a veces bonitos, de Branwell. Hay, ciertamente, escasa evidencia de que el escritor de los poemas de Emily pudiera producir *Cumbres Borrascosas*; pero existe, al menos, la imposibilidad de que su obra pudiera estar vacía de fuego, concentración y fantasía salvaje. Tan gran imposibilidad como que la vulgaridad y la cursilería no asomaran sus feas cabezas aquí y allá de entre las mejores frases de Branwell. Y puesto que no hay ni una sola efusión vulgar, trillada o tipo Micawber a lo largo de *Cumbres Borrascosas*; y puesto que la pasión de Heathcliff nunca es tratada de la manera despreciable y presuntamente mundana en la que Branwell describe sus propias sensaciones, y dado que en el momento en que se escribió *Cumbres Borrascosas* él estaba manifiesta y confesadamente demasiado postrado físicamente para cualquier esfuerzo literario, podemos concluir que Branwell no escribió el libro.
Por otro lado, no tenemos solo la evidencia literaria de las cualidades similares en *Cumbres Borrascosas* y en los poemas de Ellis Bell, sino la seguridad expresa y reiterada de Charlotte Brontë, quien nunca soñó, al parecer, que pudiera suponerse que su hermano escribió el libro; el testimonio de los editores que hicieron su trato con Ellis Bell; de la criada Martha que vio a su ama escribiéndolo; y —lo más convincente de todo para aquellos que han apreciado el carácter de Emily Brontë— la imposibilidad de que un espíritu tan íntegro y tan despreocupado por la fama cometiera un fraude miserable para obtenerla.
De hecho, tan infundado es este despreciable rumor que atacarlo parece absurdo, solo que a veces es sabio arriesgarse a un absurdo. Los insectos diminutos, dejados demasiado tiempo sin daño, pueden resultar enemigos peligrosos que dañan irremediablemente la vid fértil sobre la que se fijaron en la seguridad de su pequeñez.
A las tres circunstancias favorables de la obra maestra de Emily, que ya hemos mencionado —la vecindad de su hogar, el carácter de su disposición, la calidad de su experiencia—, debe añadirse una cuarta, de menor grado, y sin embargo no absolutamente sin importancia. Se trata de su conocimiento de la literatura alemana, y especialmente de los cuentos de Hoffmann. En los días de Emily Brontë, el Romanticismo y Alemania tenían un significado único; es cierto que en Londres y en la prosa la influencia alemana se estaba extinguiendo, pero en el lejano Haworth, y en los escritos de poetas como los que Emily leería, en Scott, en Southey, sobre todo en Coleridge, con cuyos poemas los suyos tienen una afinidad tan clara, sigue siendo predominante. De la influencia materialista de Italia, del ateo Shelley, de Byron con su audacia y realismo, del sensual Keats, tendría poca experiencia en su remota rectoría. Y, de haberlos conocido, probablemente no habrían causado impresión alguna en una naturaleza solo susceptible a influencias afines. Thackeray, el héroe de su hermana, podría no haber existido por todo el rastro que encontramos de él en los escritos de Emily; jamás hay una sola alusión en su obra al periodo más trascendental de su vida, aquella visión de los campos más lozanos y los olmos más altos de la Inglaterra central; aquel atisbo de la apresurada y vasta Londres; aquella noche en el río, con el sol deslizándose tras los mástiles, doblemente grande a través de la bruma y el humo en los que las casas, los puentes y los barcos resultan espectrales y tenues. Ni rastro de esto, ni del mar, ni de Bélgica, con su pintoresca vida extranjera; ni tampoco de aquel estilo y método franceses tan cuidadosamente impresos en ella por Monsieur Heger, y que tan decididamente moldearon el arte de su hermana mayor. Pero en medio de sus asuntos en Haworth captamos un destello de ella leyendo su libro alemán por la noche, mientras se sienta en la alfombra de la chimenea con el brazo alrededor del cuello de Keeper; echándole un vistazo en la cocina, donde prepara el pan, con el volumen de su elección apoyado frente a ella; y por el estilo de la novela anotado en borrador, casi simultáneamente a su lectura, sabemos que para ella el estudio del alemán no fue —como el francés y la música— la mera adquisición necesaria de una institutriz, sino una influencia que entró en su mente y ayudó a dar forma a la manera de sus pensamientos.
Tanta introducción es necesaria para explicar, no el genio de Emily Brontë, sino las condiciones de ese genio; no hay utilidad en decir más. El objetivo de mi escrito se ha perdido si las circunstancias de su carrera no están presentes en la mente de mi lector. Es demasiado tarde a estas alturas para hacer más que enumerarlas y señalar brevemente su significado. Tal crítica, frente a la obra viva, se parece demasiado a mirar un mapa en un país verde y hermoso, desde el cual uno puede, en efecto, averiguar los caminos que conducen a él y salen de él, y el tamaño del lugar en relación con los distritos circundantes, pero que no puede ofrecer una semejanza reconocible de la escena que se extiende a nuestro alrededor, con su vida fresca olvidada y su belleza desatendida. Por tanto, pongamos fin a la teoría y volvamos al libro en el que se asienta la fama de nuestra heroína, enfrentado a la eternidad. Puede que al desentrañar su historia y notar la manera en que sus hechos de carácter y circunstancia impresionaron su mente, se nos admita, por un momento, a una comprensión más profunda y clara de su funcionamiento de la que podríamos obtener mediante el estudio más completo de la evidencia externa, la crítica más sincera y comprensiva.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[Nota 26: 'Memoir.' Charlotte Brontë.]
[Nota 27: 'Emily Brontë.' T. Wemyss Reid.]
CAPÍTULO XV.
'CUMBRES BORRASCOSAS:' LA HISTORIA.
En la cima de Haworth Hill, más allá de la calle, se alza una casa de piedra gris, que se muestra como el original de 'Cumbres Borrascosas'. Unos pocos fresnos escasos y azotados por el viento crecen en el frente, los páramos se elevan por detrás extendiéndose a lo largo de millas. Es una casa con ciertas pretensiones, antaño la rectoría de Grimshaw, aquel poderoso predicador wesleyano que, látigo en mano, solía visitar el "Black Bull" los domingos por la mañana y fustigar a los juerguistas hacia la capilla para que escucharan su sermón. Algo caída de sus antiguas pretensiones, es ahora una granja, con una estancia principal de suelo de piedra y revestimiento de roble muy similar a la descrita en 'Cumbres Borrascosas'. Sobre la puerta hay, además, una pieza de talla: H. E. 1659, una semejanza bastante cercana a "Hareton Earnshaw, 1500", pero la "jungla de grifos desmoronados y niños desvergonzados" no se encuentra por ninguna parte. Tampoco notamos "la inclinación excesiva de unos pocos abetos atrofiados al final de la casa y una hilera de espinos macilentos extendiendo todos sus miembros hacia un lado como si implorasen limosna al sol", y, a mi juicio, esta hermosa y vieja granja de Sowdens está demasiado cerca de las fábricas de Haworth para representar la casa solitaria y abandonada de Dios de la fantasía de Emily. Tras haber visto el lugar, como es mi deber, uno regresa más impresionado que nunca por el hecho de que, mientras que cada individuo y cada sitio en las novelas de Charlotte pueden identificarse claramente, la imaginación de Emily y su capacidad para extraer conclusiones son las únicas responsables del carácter de sus creaciones. Esto no quiere decir que no tuviera datos sobre los cuales trabajar. De no haber visto Sowdens, y muchas más casas similares, nunca habría inventado 'Cumbres Borrascosas'; la historia y la pasión de Branwell impulsaron su fantasía a imaginar la historia y la pasión algo similares de Heathcliff. Pero en el proceso de su obra, la naturaleza de sus creaciones superó completamente los hechos y recuerdos que la habían inducido a comenzar. Estos no fueron más que el puñado de polvo que tomó para hacer a su hombre; y las cualidades y defectos de su obra maestra se explican en gran medida cuando recordamos que su creación de personajes no se vio alterada en absoluto por ningún intento de retrato.
Por lo tanto, en 'Cumbres Borrascosas' tenemos que tratar con una historia, una imagen de fantasía; en dibujo y proporción no antinatural, pero ciertamente no pintada según la naturaleza. Por citar los hermosos comentarios de su hermana:
"'Cumbres Borrascosas' fue tallada en un taller salvaje, con herramientas sencillas, a partir de materiales humildes. El escultor encontró un bloque de granito en un páramo solitario; contemplándolo, vio cómo de la roca podía extraerse una cabeza, salvaje, oscura, siniestra; una forma moldeada con al menos un elemento de grandeza: el poder. Trabajó con un cincel tosco, y sin más modelo que la visión de sus meditaciones. Con tiempo y esfuerzo, la roca tomó forma humana; y allí permanece colosal, oscura y ceñuda, mitad estatua, mitad roca; en el primer sentido, terrible y como un trasgo; en el segundo, casi hermosa, pues su color es de un gris suave, y el musgo del páramo la viste; y el brezo, con sus campanas florecientes y su fragancia balsámica, crece fielmente junto al pie del gigante".
Del cincel tosco encontramos abundantes rastros en los primeros capítulos del libro. El manejo de la narrativa es singularmente torpe, introducido por un tal Sr. Lockwood —un extraño en el Norte, un misántropo imaginario, que ha alquilado una granja en el páramo para estar lejos del mundo— y continuado después para él por su ama de llaves para amenizar los largos ocios de una enfermedad invernal. Pero, pasando por alto esta torpeza inicial de concepción, encontramos una manera a la altura de la materia y resentimos un poco la elocuente comparación de Charlotte; pues hay toques, finos y delicados, que solo una mano experimentada puede atreverse a dar, y hay sentimientos en el libro, no solo "terribles y como de trasgo", sino pacientes y constantes, vivaces y tiernos, devoradores y apasionados. Descubrimos, superando el comienzo inexperto, que el estilo de la obra es noble y logrado, y que —lejos de ser una fantasía a medio tallar y casual, una cabeza sobre un tronco de piedra— su plan está pensado con exactitud científica, sin líneas borrosas, sin pistas olvidadas, la obra de un temperamento intenso y poético cuya visión es demasiado vívida para ser incongruente.
Los cuatro primeros capítulos de 'Cumbres Borrascosas' son meramente introductorios. Relatan la visita del Sr. Lockwood allí, su sorpresa ante la rudeza del lugar en contraste con el aire extranjero y el aspecto de buena crianza que distinguían al Sr. Heathcliff y a su hermosa nuera. También notó la profunda hosquedad y el mal genio de todos en la casa. Sorprendido por una tormenta de nieve, se vio, sin embargo, obligado a dormir allí y fue conducido por el ama de llaves a una vieja cámara, largamente sin usar, donde (dado que al principio no podía dormir) se entretenía mirando unos pocos libros enmohecidos apilados en un rincón del alféizar de la ventana. Estos y el alféizar estaban garabateados por todas partes con escritos, Catharine Earnshaw, a veces variado a Catharine Heathcliff, y de nuevo a Catharine Linton. Nada salvo estos tres nombres estaba escrito en el alféizar, pero los libros estaban cubiertos en cada guarda y margen con un comentario a pluma y tinta, una especie de diario, según resultó, garabateado con una mano infantil. El Sr. Lockwood pasó la primera parte de la noche descifrando este registro descolorido; una cadena de percances y carencias infantiles fechada hace un cuarto de siglo. Evidentemente, esta Catharine Earnshaw debía ser pariente de Heathcliff, pues él figuraba en la narrativa como su compañero de fechorías y el chivo expiatorio favorito de la ira de su hermano mayor. Pasado un tiempo, el Sr. Lockwood se quedó dormido, para ser perturbado por sueños angustiosos, en uno de los cuales imaginó que esta infantil Catharine Earnshaw, o más bien su espíritu, llamaba y arañaba el cristal de la ventana rozado por los abetos, rogando ser dejada entrar. Abrumado por el intenso horror de la pesadilla, gritó en sueños. Despertando repentinamente, descubrió para su confusión que su grito había sido escuchado, pues apareció Heathcliff, extremadamente enfadado porque se hubiera permitido dormir a alguien en la habitación del armario de roble.
"Si el pequeño demonio hubiera entrado por la ventana probablemente me habría estrangulado", respondí... "Catharine Linton o Earnshaw, o como quiera que se llamara, ¡debe haber sido un espíritu cambiado, pequeña alma malvada! Me dijo que había estado caminando por la tierra durante veinte años; un justo castigo por sus transgresiones mortales, no me cabe duda".
"Apenas pronunciadas estas palabras recordé la asociación del nombre de Heathcliff con el de Catharine en los libros... Me sonrojé por mi falta de tacto, pero, sin mostrar más consciencia de la ofensa, me apresuré a añadir: 'La verdad es, señor, que pasé la primera parte de la noche en...'. Aquí me detuve de nuevo; estaba a punto de decir 'leyendo esos viejos volúmenes', entonces habría revelado mi conocimiento de sus contenidos escritos tanto como de los impresos; así que continué, 'deletreando el nombre garabateado en ese alféizar: una ocupación monótona calculada para hacerme dormir, como contar, o...'. '¡Qué puede significar usted hablando de esta manera conmigo!', tronó Heathcliff con fiereza salvaje. '¡Cómo... cómo se atreve, bajo mi techo! ¡Dios! ¡está loco para hablar así!'. Y se golpeó la frente con rabia.
"No sabía si resentirme por este lenguaje o continuar mi explicación; pero parecía tan poderosamente afectado que me apiadé y procedí con mis sueños... Heathcliff retrocedió gradualmente al refugio de la cama, mientras yo hablaba; finalmente sentándose casi oculto detrás de ella. Adiviné, sin embargo, por su respiración irregular e interrumpida, que luchaba por vencer un exceso de violenta emoción. Sin querer mostrarle que había escuchado el conflicto, continué mi aseo con bastante ruido... y soliloquié sobre la duración de la noche. '¡Ni siquiera las tres todavía! Habría jurado que eran las seis. El tiempo se estanca aquí: ¡seguramente nos habremos retirado a descansar a las ocho!'
"'Siempre a las nueve en invierno, y levantarse a las cuatro', dijo mi anfitrión, reprimiendo un gemido; y, según imaginé por el movimiento de la sombra de su brazo, secándose una lágrima de los ojos. 'Sr. Lockwood', añadió, 'puede ir a mi habitación: solo estorbará bajando tan temprano... Tome la vela y vaya a donde le plazca. Me uniré a usted directamente. Manténgase fuera del patio, sin embargo, los perros están sueltos; y la casa... Juno monta guardia allí, y... no, solo puede pasear por los escalones y pasillos. ¡Pero, váyase! Vendré en dos minutos'.
"Obedecí, en la medida de salir de la cámara; cuando, ignorante de hacia dónde conducían los estrechos pasillos, me quedé quieto, y fui testigo, involuntariamente, de un acto de superstición por parte de mi arrendador que desmentía extrañamente su aparente sentido. Se subió a la cama y abrió de un tirón la celosía, estallando, mientras tiraba de ella, en una incontrolable pasión de lágrimas. '¡Entra! ¡entra!', sollozaba, '¡Cathy, entra! ¡Oh, tesoro de mi corazón! ¡escúchame esta vez, Catharine, al fin!'. El espectro mostró el capricho habitual de un espectro: no dio señales de existencia; pero la nieve y el viento giraban violentamente a través, alcanzando incluso mi posición y apagando la luz.
"Había tal angustia en el torrente de dolor que acompañaba a este desvarío, que mi compasión me hizo pasar por alto su locura, y me retiré, medio enfadado por haber escuchado en absoluto, y molesto por haber relatado mi ridícula pesadilla, puesto que produjo esa agonía; aunque el porqué estaba fuera de mi comprensión".
El Sr. Lockwood no obtuvo ninguna pista sobre el misterio en 'Cumbres Borrascosas'; y más tarde regresó a Thrushcross Grange, para caer enfermo de una fiebre prolongada. Durante su recuperación escuchó la historia de su arrendador de labios de su ama de llaves, quien había sido anteriormente ocupante de 'Cumbres Borrascosas', y después de eso, durante muchos años, la principal sirviente en Thrushcross Grange, donde la joven Sra. Heathcliff solía vivir cuando aún era Catharine Linton.
"¿Sabe algo de la historia del Sr. Heathcliff?", dijo el Sr. Lockwood a su ama de llaves, Nelly Dean.
"Es la de un cuco, señor", respondió ella.
Es en este punto donde comienza la historia de 'Cumbres Borrascosas', esa historia violenta y amarga de la "pequeña cosa oscura albergada por un buen hombre para su perdición", traída a través del umbral, como Christabel levantó a Geraldine, por piedad hacia la debilidad que, habiéndose vuelto fuerte, aplastará la mano que la ayudó; traída a través del umbral, como se transportan los espíritus malignos, impotentes para entrar por sí mismos, y sin embargo no un demonio malvado, solo un alma humana perdida y ennegrecida por la tiranía, la injusticia y la ruina congénita. La historia de 'Cumbres Borrascosas' es la historia de Heathcliff. Comienza con el viaje repentino del viejo escudero, el Sr. Earnshaw, a Liverpool una mañana de verano al comienzo de la cosecha. Había pedido a los niños que eligieran cada uno un regalo, "solo que sea pequeño, pues iré caminando hasta allí y volveré, sesenta millas cada trayecto": y el hijo Hindley, un muchacho orgulloso y lleno de espíritu de catorce años, había elegido un violín; Cathy, de seis años, un látigo, pues podía montar cualquier caballo del establo; y a Nelly Dean, su humilde compañera de juegos y recadera, le habían prometido un bolsillo lleno de manzanas y peras. Era la tercera noche desde la partida del Sr. Earnshaw, y los niños, soñolientos y cansados, habían rogado a su madre que les dejara quedarse despiertos un poco más —un poco más todavía— para dar la bienvenida a su padre y ver sus nuevos regalos. Al fin —alrededor de las once— el Sr. Earnshaw regresó, riendo y gimiendo por su fatiga; y abriendo su abrigo, que llevaba envuelto en sus brazos, gritó:
"'¡Mirad aquí, mujer! Nunca me había visto tan derrotado por nada en mi vida: pero debéis tomarlo como un regalo de Dios; aunque es casi tan oscuro como si viniera del diablo'.
"Nos amontonamos alrededor, y por encima de la cabeza de la señorita Cathy eché un vistazo a un niño sucio, harapiento y de pelo negro; lo suficientemente grande como para caminar y hablar; de hecho, su rostro parecía mayor que el de Catharine; sin embargo, cuando fue puesto de pie, solo miraba alrededor y repetía una y otra vez un galimatías que nadie podía entender. Estaba asustada, y la Sra. Earnshaw estaba dispuesta a echarlo a la calle: se indignó, preguntando cómo podía ocurrírsele traer a ese mocoso gitano a la casa cuando tenían a sus propios hijos a los que alimentar y cuidar. ¿Qué pretendía hacer con él, y si estaba loco? El amo intentó explicar el asunto; pero estaba realmente medio muerto de fatiga, y todo lo que pude entender, entre sus regaños, fue un relato suyo sobre verlo hambriento y sin hogar, y como si fuera mudo, en las calles de Liverpool, donde lo recogió y preguntó por su dueño. Ni un alma sabía a quién pertenecía, dijo; y siendo su dinero y tiempo limitados, pensó que era mejor llevárselo a casa de una vez que incurrir en vanos gastos allí; porque estaba decidido a no dejarlo como lo encontró".
Así entró el niño en 'Cumbres Borrascosas', causa de disensión desde el primer momento. La Sra. Earnshaw refunfuñó hasta calmarse; los niños se fueron a la cama llorando, pues el violín se había roto y el látigo se perdió al llevar al pequeño extraño durante tantas millas. Pero el Sr. Earnshaw estaba decidido a que se respetase a su protegido; abofeteó a la descarada pequeña Cathy por hacer muecas al recién llegado, y echó a Nelly Dean de la casa por haberlo hecho dormir en las escaleras porque los niños no lo querían en su cama. Y cuando ella se aventuró a regresar algunos días después, encontró al niño adoptado en la familia, y llamado con el nombre de un hijo que había muerto en la infancia: Heathcliff.
Sin embargo, no tenía una posición envidiable. Cathy, de hecho, era muy íntima con él, y el amo le había tomado un cariño extraño, creyendo cada palabra que decía, "pues, en ese aspecto, decía muy poco, y generalmente la verdad", pero la Sra. Earnshaw detestaba al pequeño intruso y nunca intervino en su favor cuando Hindley, que lo odiaba, apaleaba y golpeaba al niño hosco y paciente, quien nunca se quejaba, sino que soportaba todos sus moretones en silencio. Esta resistencia enfurecía al viejo Earnshaw cuando descubría las persecuciones a las que este simple bebé era sometido; el niño pronto descubrió que era un instrumento de venganza de lo más eficiente.
"Recuerdo que el Sr. Earnshaw compró una vez un par de potros en la feria parroquial, y dio uno a cada muchacho. Heathcliff tomó el más hermoso, pero pronto quedó cojo, y cuando lo descubrió, dijo a Hindley: 'Debes intercambiar caballos conmigo, no me gusta el mío; y si no lo haces contaré a tu padre las tres palizas que me has dado esta semana, y le mostraré mi brazo, que está negro hasta el hombro'. Hindley sacó la lengua y le golpeó en las orejas. 'Será mejor que lo hagas de inmediato', insistió, escapando hacia el porche (estaban en el establo). 'Tendrás que hacerlo; y si hablo de estos golpes, los recibirás de vuelta con intereses'. '¡Fuera, perro!', gritó Hindley, amenazándolo con un peso de hierro, usado para pesar patatas y heno. 'Lánzalo', respondió, quedándose quieto, 'y entonces contaré cómo te jactaste de que me echarías a la calle tan pronto como él muriera, y veré si no te echa a ti directamente'. Hindley lo arrojó, golpeándolo en el pecho, y cayó al suelo, pero se levantó inmediatamente, sin aliento y pálido; y de no haberlo evitado yo, habría ido justo así ante el amo y obtenido plena venganza dejando que su estado suplicara por él, insinuando quién lo había causado. 'Toma mi potro, gitano, entonces', dijo el joven Earnshaw. 'Y rezo para que te rompa el cuello; tómalo y vete al diablo, ¡mendigo intruso!, y embauca a mi padre con todo lo que tiene: solo después muéstrale lo que eres, engendro de Satanás. ¡Y toma esto; espero que te saque los sesos de una coz!'
"Heathcliff había ido a desatar a la bestia y trasladarla a su propio establo; pasaba por detrás cuando Hindley terminó su discurso golpeándolo y tirándolo bajo sus pies, y, sin detenerse a examinar si sus esperanzas se habían cumplido, salió corriendo tan rápido como pudo. Me sorprendió presenciar con qué calma el niño se recogió y siguió con su intención; cambiando monturas y todo, y luego sentándose en un fardo de heno para superar el mareo que le causó el violento golpe, antes de entrar en la casa. Le persuadí fácilmente para que me dejara echar la culpa de sus moretones al caballo: le importaba poco qué historia se contara con tal de tener lo que quería. Se quejaba tan raramente, de hecho, de tales cosas que realmente pensé que no era vengativo; fui engañada por completo, como escucharán".
Así pues, la división fue creciendo. Este niño maligno y resignado, de piel extranjera y alma oriental, solo podía engendrar discordia en aquel hogar de Yorkshire. No podía comprender lo que para una mente inglesa era honorable por instinto. Era rápido para sacar ventaja, sufrido, astuto, alimentando su venganza en silencio como un esclavo vengativo, hasta que al fin llegara el momento de la retribución; lo bastante sincero y valiente como para haber crecido noble en otra atmósfera, pero con una inclinación natural a la venganza solapada y sombría. insensible, al parecer, a la gratitud. Orgulloso con el orgullo irracional de un oriental; cruel y violentamente apasionado. Había una mancha tierna y suave en aquel corazón oscuro y huraño; era un amor extraordinariamente grande y paciente por la dulce, atrevida y traviesa Catharine.
Pero este afecto solo sirvió para aumentar el daño que causaba. Él, que había distanciado al hijo del padre, al marido de la esposa, separó al hermano de la hermana con la misma eficacia; pues Hindley odiaba al niño de piel oscura que era el compañero favorito de Cathy. Cuando murió la señora Earnshaw, dos años después de la llegada de Heathcliff, Hindley había aprendido a considerar a su padre más como un opresor que como un amigo, y a Heathcliff como un usurpador intolerable. Así, desde el principio, sembró el mal ambiente en la casa.
Con el paso del tiempo, el señor Earnshaw empezó a decaer. Sus fuerzas le abandonaron de repente y se volvió medio infantil, irritable y extremadamente celoso de su autoridad. Consideraba cualquier desaire hacia Heathcliff como un desaire a su propio criterio; de modo que, en presencia del amo, se respetaba y se cortejaba al niño por deferencia a la debilidad de aquel, mientras que, a sus espaldas, los viejos agravios y el viejo odio se mostraban inquebrantables. Y así, el niño creció amargado y desconfiado. Las cosas mejoraron un poco durante un tiempo, cuando el indomable Hindley fue enviado a la universidad; aun así, seguía habiendo perturbación y desasosiego, pues el señor Earnshaw no amaba a su hija Catharine, y su corazón estaba aún más amargado por las quejas y el descontento del viejo Joseph, el criado; el más tedioso "fariseo santurrón que jamás haya rebuscado en la Biblia para apropiarse de las promesas y arrojar las maldiciones a sus vecinos". Pero Catharine, aunque despreciada por causa de Heathcliff, y casi siempre en problemas por su culpa, le tenía demasiado cariño como para sentir celos. "El mayor castigo que podíamos inventar para ella era mantenerla separada de Heathcliff... Ciertamente tenía unas maneras que nunca vi adoptar a un niño antes; y nos sacaba de nuestras casillas cincuenta veces al día, y más; desde la hora en que bajaba las escaleras hasta la hora en que se iba a la cama, no teníamos ni un minuto de seguridad de que no fuera a estar metida en algún lío. Sus ánimos estaban siempre en su punto más alto, su lengua siempre en marcha... cantando, riendo y molestando a todo el que no hiciera lo mismo. Era una criatura salvaje y traviesa; pero tenía los ojos más hermosos, la sonrisa más dulce y el pie más ligero de la parroquia. Y, después de todo, creo que no tenía mala intención; pues cuando una vez te hacía llorar de verdad, rara vez sucedía que no te hiciera compañía y te obligara a estar tranquilo para que pudieras consolarla. En el juego le gustaba excesivamente hacer de pequeña ama, usando sus manos con libertad y mandando a sus compañeros".
De repente, esta duendecilla bonita y traviesa se quedó huérfana; el señor Earnshaw murió tranquilamente, sentado en su sillón junto a la chimenea una tarde de octubre. El señor Hindley, ahora un joven de veinte años, llegó a casa para el funeral, para gran asombro de la familia trayendo a una esposa consigo.
Una muchacha vivaz, delgada y de ojos brillantes, con un color febril y cambiante, histérica y llena de fantasías, voluble como el viento, ahora caprichosa y llena de elogios y risas, ahora irritable y languideciente. Por lo demás, el ídolo absoluto del corazón de su marido. Una palabra de ella, una frase pasajera de desagrado por Heathcliff, bastaba para reavivar todo el odio anterior del joven Earnshaw hacia el muchacho. Heathcliff fue expulsado de su círculo, ya no se le permitió compartir las lecciones de Cathy, y fue degradado a la posición de un simple criado de granja. Al principio, a Heathcliff no le importó. Cathy le enseñaba lo que aprendía y jugaba o trabajaba con él en los campos. Cathy corría libre con él y participaba en todas sus travesuras; ambos prometían convertirse en unos verdaderos salvajes, mientras Hindley Earnshaw besaba y acariciaba a su joven esposa, completamente ajeno a su destino.
Una aventura cambió repentinamente el curso de sus vidas. Un domingo por la tarde, Cathy y Heathcliff corrieron hasta Thrushcross Grange para mirar por las ventanas y ver cómo pasaban los domingos los pequeños Linton. Miraron dentro y vieron a Isabella en un extremo del salón, que para ellos era espléndido, y a Edgar en el otro, ambos inundados en lágrimas, peleándose de mala manera. Tan alborozados estaban los dos pequeños salvajes de Wuthering Heights ante esta prueba de la inferioridad de sus vecinos, que estallaron en carcajadas. Los pequeños Linton quedaron aterrorizados y, para asustarlos aún más, Cathy y Heathcliff hicieron una variedad de ruidos espantosos; consiguieron aterrorizar no solo a los niños, sino también a sus estúpidos padres, que imaginaron que los gritos provenían de una banda de ladrones decididos a robar la casa. Soltaron a los perros, creyendo tal cosa, y el bulldog se agarró al tobillo desnudo de Cathy, pues ella había perdido sus zapatos en el pantano. Mientras Heathcliff intentaba estrangular a la bestia, el criado se acercó y, tomando a ambos niños prisioneros, los condujo al vestíbulo iluminado. Allí, para humillación y sorpresa de los Linton, se descubrió que el pequeño vagabundo cojo era la señorita Earnshaw, y su compañero de fechorías, "esa extraña adquisición que mi difunto vecino hizo en su viaje a Liverpool: un pequeño lascar, o un náufrago americano o español".
Cathy permaneció cinco semanas en Thrushcross Grange, tiempo durante el cual su tobillo se curó por completo y sus modales mejoraron mucho. La joven señora Earnshaw había hecho todo lo posible, durante esta visita, por tratar de elevar el nivel de la autoestima de Cathy mediante una juiciosa mezcla de ropa fina y halagos. Regresó a casa, pues, convertida en una hermosa y elegante joven, para encontrar a Heathcliff en igual medida deteriorado; el simple criado de granja, cuyas ropas estaban manchadas por tres meses de servicio en el barro y el polvo, con el pelo descuidado y la cara y las manos sucias.
"—Heathcliff, puedes acercarte —gritó el señor Hindley, disfrutando de su desconcierto y gratificado al ver qué joven granuja tan repelente se vería obligado a presentarse—. Puedes venir a dar la bienvenida a la señorita Catharine, como los demás criados". Cathy, al vislumbrar a su amigo en su escondite, voló a abrazarlo; le prodigó siete u ocho besos en la mejilla en un segundo, y luego se detuvo y, retrocediendo, estalló en una carcajada, exclamando: "¡Vaya, qué negro y enfadado te ves! ¡Y qué... qué divertido y sombrío! Pero eso es porque estoy acostumbrada a Edgar e Isabella Linton".
"—Bueno, Heathcliff, ¿me has olvidado? Estrecha mi mano, Heathcliff —dijo el señor Earnshaw con condescendencia—. Una vez de vez en cuando, eso está permitido".
"—No lo haré —respondió el muchacho, encontrando por fin su voz—. No voy a quedarme aquí para que se rían de mí. No lo soportaré".
Desde entonces, la amistad de Catharine con Heathcliff estuvo marcada por celos intermitentes por parte de él y un disgusto intermitente por parte de ella; y por este giro maligno, mucho más que por cualquier brutalidad más burda, Heathcliff anheló vengarse de Hindley Earnshaw. Mientras tanto, Edgar Linton, muy prendado de la hermosa Catharine, iba de vez en cuando a visitar Wuthering Heights. Habría ido mucho más a menudo, de no ser porque sentía terror ante la reputación de Hindley Earnshaw y se resistía a encontrarse con él.
Pues este fino caballero de Oxford, este orgulloso joven esposo, se estaba hundiendo en peores excesos que cualquiera de sus salvajes antepasados Earnshaw. Una pena desafiante lo había llevado a la desesperación. En el verano siguiente a la visita de Catharine a Thrushcross Grange, nació su único hijo y heredero. Una ocasión de grandes regocijos, bruscamente truncada por el descubrimiento de que su esposa, su ídolo, se estaba hundiendo rápidamente en la tisis. Hindley se negó a creerlo, y su esposa mantuvo su espíritu vivaz hasta el final; pero una noche, mientras se apoyaba en su hombro, le dio un ataque de tos, muy leve. Ella rodeó su cuello con sus dos manos, su rostro cambió y murió.
Hindley se desesperó y se entregó a compañías salvajes, a excesos de disipación y a la tiranía. "Su trato hacia Heathcliff era suficiente para convertir a un santo en un demonio". Heathcliff lo soportó con una paciencia sombría, tal como había soportado los golpes y patadas de su infancia, convirtiéndolos en una palanca para obtener ventajas; los dolores y carencias de su cuerpo eran redimidos por una feroz alegría en su corazón, pues en esta degradación de Hindley Earnshaw reconocía el instrumento de su propia venganza.
El tiempo pasó, haciendo cada vez más aguda la diferencia entre este mozo gitano y su hermosa joven ama; el tiempo pasó, dejando a los dos siendo amigos cercanos, pero dejando también en el corazón de Heathcliff un rencor apasionado contra el hombre que, a propósito, lo había hecho indigno de la mano de Catharine, y contra el otro hombre sobre quien esta habría de ser otorgada.
Pues Edgar Linton estaba encaprichado de la traviesa y caprichosa joven belleza de Wuthering Heights. Su carácter violento no le asustaba, aunque su propia naturaleza era singularmente dulce, plácida y débil; su amistad comprometedora con un patán como el joven Heathcliff era solo una molestia trivial fácilmente excusable. Y cuando su padre y su madre murieron de unas fiebres contraídas cuidándola, no la amó menos por la tristeza que ella le causaba. Unas fiebres que ella había contraído voluntariamente en la desesperación, y un repentino hastío de vivir. Una tarde, la linda Cathy entró en la cocina para decirle a Nelly Dean que se había comprometido para casarse con Edgar Linton. Heathcliff, sin ser visto, estaba sentado al otro lado del escaño, en un banco junto a la pared, totalmente oculto para quienes estaban junto al fuego.
Cathy estaba muy alborozada, pero no era en absoluto feliz. Edgar era rico, apuesto, joven, amable, apasionadamente enamorado de ella; aun así, ella se sentía miserable. Nelly Dean, que estaba cuidando al bebé Hareton junto al fuego, perdió finalmente la paciencia ante su descontento caprichoso.
"—Tu hermano estará complacido —dijo—; los viejos señores no pondrán objeciones, creo; escaparás de un hogar desordenado e incómodo a uno rico y respetable; y tú amas a Edgar, y Edgar te ama a ti. Todo parece suave y fácil; ¿dónde está el obstáculo?".
"—¡Aquí! ¡Y aquí! —respondió Catharine, golpeándose con una mano la frente y con la otra el pecho—. Dondequiera que viva el alma. En mi alma y en mi corazón estoy convencida de que me equivoco".
"—Eso es muy extraño. No puedo entenderlo".
"—Es mi secreto. Pero si no te burlas de mí, te lo explicaré. No puedo hacerlo con claridad, pero te daré una sensación de lo que siento".
"Se sentó de nuevo a mi lado; su semblante se volvió más triste y grave, y sus manos entrelazadas temblaban.
"—Nelly, ¿nunca tienes sueños extraños? —dijo, de repente, tras unos minutos de reflexión.
"—Sí, de vez en cuando —respondí.
"—Y yo también. He tenido sueños en mi vida que se han quedado conmigo para siempre, y han cambiado mis ideas; me han atravesado de parte a parte como el vino a través del agua, y han alterado el color de mi mente. Y este es uno: voy a contarlo, pero ten cuidado de no sonreír ante ninguna parte de él".
"—Oh, no, señorita Catharine —grité—. Ya estamos lo bastante tristes sin invocar fantasmas y visiones que nos confundan...".
"Estaba molesta, pero no continuó. Aparentemente cambiando de tema, volvió a empezar al poco tiempo.
"—Si estuviera en el cielo, Nelly, sería extremadamente miserable".
"—Porque no eres apta para ir allí —respondí—; todos los pecadores serían miserables en el cielo".
"—Pero no es eso. Una vez soñé que estaba allí".
"—Te digo que no voy a escuchar tus sueños, señorita Catharine. Me iré a la cama —interrumpí de nuevo.
"Ella se rió y me retuvo, pues hice ademán de dejar mi silla.
"—Esto no es nada —gritó ella—; solo iba a decir que el cielo no parecía ser un hogar; y me rompí el corazón llorando por volver a la tierra; y los ángeles estaban tan enfadados que me arrojaron a mitad del páramo, en lo alto de Wuthering Heights, donde desperté sollozando de alegría. Eso servirá para explicar mi secreto tan bien como el otro. No tengo más motivos para casarme con Edgar Linton que para estar en el cielo; y, si el hombre malvado que está ahí dentro no hubiera rebajado tanto a Heathcliff, no habría pensado en ello. Me degradaría casarme con Heathcliff ahora, así que nunca sabrá cuánto le amo; y eso, no porque sea guapo, Nelly, sino porque es más yo misma que yo misma. De lo que sea que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son iguales; y la de Linton es tan diferente como un rayo de luna del relámpago, o la escarcha del fuego".
"Antes de que terminara este discurso, me di cuenta de la presencia de Heathcliff. Al notar un ligero movimiento, giré la cabeza y lo vi levantarse del banco y salir sin hacer ruido. Había escuchado hasta oír a Catharine decir que la degradaría casarse con él, y luego no se quedó a oír nada más. Mi compañera, sentada en el suelo, no se percató de su presencia ni de su partida por culpa del respaldo del escaño; pero yo di un salto y le mandé callar.
"—¿Por qué? —preguntó ella, mirando nerviosa a su alrededor.
"—Joseph está aquí —respondí, captando oportunamente el rodar de sus ruedas de carro por el camino—, y Heathcliff vendrá con él... Desgraciada criatura, en cuanto te conviertas en la señora Linton, perderá a su amiga, su amor y todo. ¿Has considerado cómo soportarás la separación, y cómo soportará él quedarse completamente abandonado en el mundo? Porque, señorita Catharine...".
"—¡Él, completamente abandonado! ¡Nosotros, separados! —exclamó, con un acento de indignación—. ¿Quién nos va a separar, pregunto yo! Correrán la suerte de Milo. No mientras yo viva, Ellen; por ninguna criatura mortal. Todos los Linton sobre la faz de la tierra podrían disolverse en la nada antes de que yo consintiera en abandonar a Heathcliff... Mis grandes miserias en este mundo han sido las miserias de Heathcliff, y las he observado y sentido cada una desde el principio. Mi gran pensamiento al vivir es él mismo. Si todo lo demás pereciera y él permaneciera, yo seguiría siendo; y si todo lo demás permaneciera y él fuera aniquilado, el universo se convertiría en un extraño poderoso: no parecería parte de él. Mi amor por Linton es como el follaje en los bosques: el tiempo lo cambiará, bien lo sé, como el invierno cambia los árboles. Mi amor por Heathcliff se parece a las rocas eternas que hay debajo; una fuente de poco deleite visible, pero necesaria. Nelly, yo soy Heathcliff. Siempre, siempre está en mi mente: no como un placer, del mismo modo que yo no soy siempre un placer para mí misma, sino como mi propio ser. Así que no vuelvas a hablar de nuestra separación; es impracticable; y...".
"Se detuvo y escondió su rostro en los pliegues de mi vestido; pero se lo aparté con fuerza. Había perdido la paciencia con su locura".
Al principio, aquel plan se le ocurrió a Heathcliff meramente como una idea artísticamente placentera, un castillo en el aire con el que soñar, no para construirlo. Pero un día, tras haber sido descubierto en un cortejo experimental hacia Isabel, Edgar Linton, contento de tener una excusa, lo echó de casa. Entonces, en un paroxismo de odio, de venganza nunca satisfecha y de pasión frustrada, Heathcliff golpeó con el arma envenenada que tenía a mano. Persuadió a Isabel para que huyera con él —tarea nada difícil— y una noche se fugaron juntos para casarse.
Isabel —la pobre, débil, romántica y alegre Isabel— no fue echada de menos al principio; pues una desgracia muy terrible había caído sobre la Grange. Catharine, en un paroxismo de rabia por el despido de Heathcliff, se peleó violentamente con Edgar y se encerró en su habitación. Durante tres días y tres noches permaneció allí sin comer; Edgar, recluido en su despacho, esperando a cada momento que ella bajara a pedirle perdón; Nelly Dean, la única que sabía de su decidida huelga de hambre, resolvió no decir nada al respecto y doblegar, de una vez por todas, el espíritu altivo y apasionado que poseía a su joven y hermosa ama.
Así pasaron tres días. Catharine seguía rechazando toda comida, y la implacable Ellen seguía decidida a dejarla morir de hambre, si así lo deseaba, sin una sola protesta. Al tercer día, Catharine descorrió el cerrojo de su puerta y pidió comida; y ahora Ellen Dean estaba demasiado asustada como para alegrarse. Su ama estaba consumida, demacrada, desencajada, como por meses de enfermedad; la criada, demasiado presuntuosa, recordó la advertencia del médico y temió la ira de su amo cuando descubriera el verdadero estado de Catharine.
En la obstinada insensibilidad de esta criada reside el punto de inflexión de Cumbres Borrascosas; si Ellen Dean hubiera intentado, al principio, consolar a la violenta e infantil Catharine, si le hubiera hecho saber a Edgar la verdadera debilidad que se ocultaba bajo su orgullo, Catharine no habría sufrido una enfermedad fatal ni habría dejado a una niña sin madre; y si la melancólica Isabel, en lugar de ser abandonada a llorar sola por el parque y el jardín, hubiera sido conducida a la habitación de su hermana y se le hubiera mostrado una enfermedad real que cuidar, una miseria real que aliviar, no se habría marchado con Heathcliff ni se habría casado con la desdicha, fruto de un amor fantasioso nacido del ocio. Es característico del genio de Emily Brontë que eligiera medios tan sencillos y cotidianos para la producción de resultados tan terribles.
Un ataque que había sufrido sola y desatendida durante aquellos tres días de inanición aislada había desequilibrado la razón de Catharine. La aparición gradual de su delirio está narrada con un patetismo magistral que Webster no habría necesitado hacer más fuerte, ni Fletcher más encantador y conmovedor:
—Hace un minuto estaba violenta; ahora, apoyada sobre un brazo y sin advertir mi negativa a obedecerla, parecía encontrar una diversión infantil en arrancar las plumas de las rasgaduras que acababa de hacer en las almohadas y colocarlas sobre la sábana según sus distintas especies: su mente había divagado hacia otras asociaciones.
—Esa es de pavo —murmuró para sí misma—, y esta es de pato salvaje, y esta es de paloma. Ah, ponen plumas de paloma en las almohadas; ¡no me extraña que no pudiera morir! Déjame procurar tirarla al suelo cuando me acueste. Y aquí hay una de urogallo; y esta —la conocería entre mil— es de avefría. Pájaro hermoso; planeando sobre nuestras cabezas en medio del páramo. Quería llegar a su nido, pues las nubes habían tocado los cerros y sentía que se acercaba la lluvia. Esta pluma fue recogida del brezal, el ave no fue abatida: vimos su nido en invierno, lleno de pequeños esqueletos. Heathcliff puso una trampa sobre él y los adultos no se atrevieron a acercarse. Le hice prometer que nunca dispararía a una avefría después de eso, y no lo hizo. ¡Sí, aquí hay más! ¿Disparó a mis avefrías, Nelly? ¿Alguna de ellas es roja? Déjame mirar.
—¡Déjate de juegos de niños! —interrumpí, apartando la almohada y girando los agujeros hacia el colchón, pues ella estaba extrayendo el contenido a puñados—. Túmbate y cierra los ojos: estás divagando. ¡Qué desastre! El plumón vuela por todas partes como si fuera nieve.
Fui de un lado a otro recogiéndolo.
—Veo en ti, Nelly —continuó, soñadora—, a una mujer anciana: tienes el pelo gris y los hombros encorvados. Esta cama es la cueva de hadas bajo Peniston Crag, y tú estás reuniendo hechizos para dañar a nuestras novillas; fingiendo mientras estoy cerca que no son más que mechones de lana. Eso es en lo que te convertirás dentro de cincuenta años: sé que ahora no eres así. No estoy divagando; te equivocas, o de lo contrario creería que realmente eras esa bruja marchita, y pensaría que estoy bajo Peniston Crag; y soy consciente de que es de noche, y hay dos velas sobre la mesa que hacen que el armario negro brille como el azabache.
—¿El armario negro? ¿Dónde está eso? —pregunté—. Estás hablando dormida.
—Está contra la pared como siempre —respondió—. Parece extraño. ¡Veo una cara en él!
—No hay ningún armario en la habitación y nunca lo ha habido —dije, volviendo a sentarme y apartando la cortina para poder observarla.
—¿No ves esa cara? —preguntó, mirando fijamente al espejo.
Y dijera lo que dijera, fui incapaz de hacerle comprender que era la suya propia; así que me levanté y lo cubrí con un chal.
—¡Sigue ahí detrás! —prosiguió, ansiosa—, y se ha movido. ¿Quién es? Espero que no salga cuando te hayas ido. ¡Oh, Nelly! ¡La habitación está encantada! Tengo miedo de estar sola.
Tomé su mano en la mía y le pedí que se calmara, pues una sucesión de escalofríos convulsionaba su cuerpo, y ella seguía forzando la vista hacia el espejo.
—¡No hay nadie aquí! —insistí—. Eras tú misma, señora Linton: lo sabías hace un momento.
—¡Yo misma! —jadeó—, y el reloj está dando las doce. ¡Entonces es verdad! Es terrible.
Sus dedos se aferraron a las sábanas y las juntaron sobre sus ojos.
Esta escena fue el comienzo de una larga y terrible fiebre cerebral, de la que, gracias al cuidado devoto e incesante de su marido, Catharine recuperó la vida, pero apenas la razón. Aquello pendía de un hilo, un roce podía inclinarla hacia el lado de la salud o de la locura. No fue hasta el comienzo de esta fiebre cuando se descubrió la huida de Isabel. Su hermano estaba demasiado preocupado por la enfermedad de su esposa como para sentirse tan desconsolado como Heathcliff esperaba. No fue violento con su hermana, ni siquiera se enfadó; simplemente, con la suave y constante persistencia de su naturaleza, se negó a mantener comunicación alguna con la esposa de Heathcliff. Pero cuando, al inicio de la recuperación de Catharine, Ellen Dean recibió una carta de Isabel, declarando la extrema desdicha de su vida en Cumbres Borrascosas, donde Heathcliff era ahora el amo, Edgar Linton concedió voluntariamente a la criada permiso para ir a ver a su hermana.
Al llegar a Cumbres Borrascosas, encontró que aquel antaño próspero hogar estaba gravemente arruinado y deteriorado por años de disipación desmedida; e Isabel Linton, ya metamorfoseada en una mujer demacrada y desganada, de espíritu roto y pálido. Como medio agradable de entretener a su esposa y a su antigua criada, Heathcliff disertó sobre su amor por Catharine y sobre su convicción de que ella no podía querer realmente a Edgar Linton.
—Catharine tiene un corazón tan profundo como el mío: el mar podría contenerse tan fácilmente en ese abrevadero, como todo su afecto monopolizado por él. ¡Bah! Apenas es un grado más querida para ella que su perro o su caballo. No está en él ser amado como yo. ¿Cómo puede amar en él lo que no tiene?
Nelly Dean, sin ser disuadida por la visión de la miseria de Isabel, ni por el recuerdo de los agravios que su amo ya sufría a manos de este estimable vecino, fue finalmente engatusada para llevar una carta de él a la frágil y moribunda Catharine, concertando una entrevista. Pues Heathcliff insistía en que no tenía deseos de causar disturbios, ni de exasperar al señor Linton, sino simplemente de ver a su vieja compañera de juegos una vez más, de saber de sus propios labios cómo estaba, y si en algo podía servirla.
La carta fue tomada y entregada; el encuentro se produjo un domingo, cuando toda la casa, salvo Ellen Dean, estaba en la iglesia. Catharine, pálida, apática, pero más hermosa que nunca en su aturdida debilidad de mente y cuerpo; Heathcliff, violento en su desesperación, viendo la muerte en su rostro, alternando entre reprocharle ferozmente el causarle tanta miseria y acariciar tiernamente el rostro alterado y moribundo. Nunca hubo una escena de amor tan extraña. No es una escena para citar, no es notable por sus pasajes elocuentes o la belleza de sus frases casuales, sino por su pasión sostenida, desesperada, pura, terrible. Debe leerse en su secuencia y en su totalidad. Tampoco puedo pensar en ninguna despedida más terrible, más penetrante en su angustia que esta. Romeo y Julieta se separan; pero solo se han conocido durante una semana. No hay escena que Heathcliff pueda contemplar en la que no haya jugado con Catharine: y, ahora que ella se está muriendo, él no puede velarla. Troilo y Crésida se separan; pero Crésida es falsa, y a Troilo le queda su país. ¿Qué país tiene Heathcliff, el marginado, el aventurero sin nombre? Antonio y su Duquesa; pero ellos se han pertenecido y han sido felices; estos dos están eternamente separados. Su pasión solo se ve acrecentada por su absoluta libertad de deseo; incluso el malvado y desesperado Heathcliff no siente un amor innoble por Catharine; todo lo que pide es que ella viva, y que él pueda verla; que ella pueda ser feliz, aunque sea con Linton. "Nunca la habría desterrado de su sociedad, mientras ella deseara la suya", afirma Heathcliff, y ahora ella está loca de dolor y muriéndose. La consciencia de sus naturalezas tensas y frustradas, además, nos hace lamentar más que deban separarse. De haber sobrevivido, Romeo habría sido feliz con Rosalinda, después de todo; probablemente Julieta se habría casado con Paris. Pero ¿dónde volverá a amar Heathcliff, el pervertido, hosco y embrutecido Heathcliff, cuya única ternura humana ha sido su amor por la caprichosa, vivaz y hermosa joven, ahora aturdida, ahora desgraciada, ahora muriendo en sus brazos? El recuerdo mismo de su violencia y crueldad hace más terrible el espectáculo de este hombre, sentado con su amor moribundo, en silencio; sus rostros ocultos el uno contra el otro, y bañados por las lágrimas del otro.
Al fin se separaron: Catharine inconsciente, medio muerta. Aquella noche nació su hija pequeña, prematura de siete meses; aquella noche murió la madre, irreconociblemente cambiada respecto a la criatura brillante e imperiosa que entró en aquella casa como en un reino, hace menos de un año. A su lado, en la cámara oscurecida, yacía su marido, agotado por la angustia. Fuera, golpeándose la cabeza contra los árboles en una furia berserker contra el destino, Heathcliff se enfurecía, inconsolable.
—Sus sentidos nunca regresaron: no reconoció a nadie desde el momento en que la dejaste —dije—. Yace con una dulce sonrisa en su rostro, y sus últimas ideas vagaron hacia los agradables días pasados. Su vida se cerró en un sueño apacible; ¡ojalá despierte con la misma bondad en el otro mundo!
—¡Ojalá despierte en el tormento! —gritó con una vehemencia aterradora, dando una patada en el suelo y gimiendo en un paroxismo de pasión incontrolable—. ¡Por qué, es una mentirosa hasta el final! ¿Dónde está ella? No allí, no en el cielo, no pereció, ¿dónde? Oh, dijiste que no te importaban mis sufrimientos. Y rezo una oración. La repito hasta que mi lengua se entumece. Catharine Earnshaw, ojalá no descanses mientras yo esté vivo. Dijiste que te maté; ¡pues atorméntame! Creo que los asesinados atormentan a sus asesinos. Sé que los fantasmas han vagado por la tierra. ¡Estate conmigo siempre, toma cualquier forma, vuélveme loco! ¡Solo no me dejes en este abismo donde no puedo encontrarte! ¡Oh, Dios, es inefable! No puedo vivir sin mi vida. No puedo vivir sin mi alma.
Se golpeó la cabeza contra el tronco nudoso; y, levantando los ojos, aulló, no como un hombre, sino como una bestia salvaje que está siendo acosada hasta la muerte con cuchillos y lanzas. Observé varias salpicaduras de sangre en la corteza del árbol, y su mano y su frente estaban manchadas; probablemente la escena que presencié fue la repetición de otras ocurridas durante la noche. Apenas despertó mi compasión, me horrorizó.
Desde este momento, una locura lenta e insidiosa trabajó en Heathcliff. Cuando estaba en su apogeo no era feroz, sino extrañamente silencioso, apenas respirando; callado, como una persona que contiene el aliento para escuchar algún sonido apenas perceptible, como un hombre que esfuerza la vista para ver el punto en el horizonte que surgirá al momento siguiente, al instante siguiente, y crecerá hasta convertirse en el barco que trae a su tesoro a casa. "Cuando me sentaba en la casa con Hareton, me parecía que al salir la encontraría; cuando caminaba por los páramos, la encontraría al entrar. Cuando salía de casa, me apresuraba a regresar; ella debía estar en alguna parte de las Cumbres, estaba seguro; y cuando dormía en su habitación, me sacaban de allí a golpes. No podía acostarme allí; porque en el momento en que cerraba los ojos, ella estaba fuera de la ventana, o deslizando los paneles, o entrando en la habitación, o incluso apoyando su cabecita sobre la misma almohada, como hacía cuando era niña; y tenía que abrir los párpados para ver. Y así los abría y cerraba cien veces por noche para quedar siempre decepcionado. Era una forma extraña de matar, no por pulgadas, sino por fracciones de milímetro, engatusarme con el espectro de una esperanza durante dieciocho años". Esta manía de expectativa, tensando los nervios hasta su límite absoluto, se relajaba a veces; y entonces Heathcliff era peligroso. Cuando estaba lleno con el pensamiento de Catharine, el mundo le era indiferente; pero cuando este recuerdo posesivo disminuía aunque fuera un poco, recordaba que el mundo era su enemigo, que le había robado a Catharine. Entonces la avaricia, la ambición, la venganza, entraban en su alma, y su último estado era peor que el primero. Cruel, con la crueldad insana, la manía sangrienta de un Ezzelin, nunca lo fue; sus crueldades tenían un propósito, el sufrimiento de las víctimas era un detalle, no un fin. Sin embargo, algo del carácter de aquel déspota, refinado hasta torturar la mente y no la carne, casto, cruel, ávido de poder, algo de esa morbosidad sureña en el crimen, distingue a Heathcliff de los villanos de las tragedias inglesas modernas. Situado en el Renacimiento italiano, con Cyril Tourneur como cronista, Heathcliff no habría despertado el estallido de indignación incrédula que recibió su aparición en una novela del siglo XIX.
Poco después del nacimiento de la joven Catharine, Isabel Heathcliff escapó de su marido hacia el sur de Inglaterra. Él no hizo intento alguno de seguirla, y en su nuevo hogar ella dio a luz a un hijo, Linton —fruto de la timidez y el odio, del miedo y la repulsión—, "desde el principio informó de que era una criatura enfermiza y malhumorada". Mientras tanto, la pequeña Catharine creció como la verdadera luz de su hogar, una criatura exquisita con la naturaleza amable y constante de su padre, inspirada por una chispa del fuego de su madre e iluminada por un destello de su caprichosa volubilidad. Tenía los hermosos ojos oscuros de los Earnshaw y la piel clara, facciones regulares y cabello amarillo rizado de los Linton. "Esa capacidad para los afectos intensos me recordaba a su madre. Aun así, no se parecía a ella; su ira nunca era furiosa; su amor nunca era feroz; era profundo y tierno". Cathy era, en verdad, una criatura encantadora, aunque de una naturaleza menos apasionada y extraña que Catharine Earnshaw, no hecha para ser amada tan salvajemente ni tan profundamente desconfiada.
Edgar, convertido en un completo ermitaño, se dedicó a su hija, quien llevó una vida tan feliz y retirada como una princesa en un cuento de hadas, aventurándose rara vez fuera de los límites del parque y nunca sola. Edgar nunca había olvidado su dolor por la muerte de su joven esposa; amaba su recuerdo con constante firmeza. Si —y creo que podemos hacerlo— si admitimos que todo autor tiene alguna cualidad especial con la que, en mayor o menor grado, dota a todos sus hijos —si aceptamos que las personas de Shakespeare son todas meditativas, incluso la vivaz Rosalinda y el bufonesco Dogberry—, si permitimos que todos nuestros conocidos en Dickens son un poco autoconscientes, en George Eliot concienzudos hasta tal punto que incluso Tito Melema siente remordimiento por una conducta que, dado su período y su carácter, le habría dado satisfacción de forma más natural—, entonces debemos admitir que la marca especial de Emily Brontë es la constancia. Constancia apasionada e insana en Heathcliff; perversa, pero intensa en la mayor de las Catharine; firme y sagrada en Edgar Linton; incluso la dura y estrecha Ellen Dean; incluso Joseph, el fariseo hipócrita, son constantes hasta la muerte. El salvaje Hindley Earnshaw bebe hasta morir de pena por perder a su esposa tuberculosa; Hareton ama hasta el final al hombre que ha usurpado su lugar, lo ha degradado y lo ha alimentado a base de golpes y exacciones: y es la constancia en la ausencia lo que amarga y enferma a la joven Catharine. Incluso Isabel Heathcliff, débil como es, no es voluble. Incluso Linton Heathcliff, quien, de todos los personajes de la ficción, puede compartir con Barnes Newcome la mala fama de ser supremamente desagradable, incluso él ama a su madre y a Catharine, y, a su manera egoísta, los ama hasta el final.
Pasaron los años, no ocurrió nada, salvo que Hindley Earnshaw murió, y Heathcliff —a quien se le había hipotecado cada metro de tierra— tomó posesión del lugar; Hareton, que debería haber sido el primer caballero del vecindario, "reducido a un estado de completa dependencia del enemigo inveterado de su padre, vive como un sirviente en su propia casa, privado de las ventajas de un salario, totalmente incapaz de defenderse debido a su falta de amistades y a su ignorancia de que ha sido agraviado".
Los años sin acontecimientos pasaron hasta que Catharine tuvo trece, cuando la señora Heathcliff murió, y Edgar fue al sur de Inglaterra a buscar a su hijo. La pequeña Cathy, durante la ausencia de su padre, se impacientó por su confinamiento en el parque; no había nadie que la escoltara por los páramos, así que un día saltó la valla, se perdió y finalmente fue acogida en Cumbres Borrascosas, lugar del que, y de todos sus habitantes, se le había mantenido en total ignorancia. Prometió mantener la visita en secreto ante su padre, por temor a que despidiera a Ellen Dean. Se sintió muy indignada al saber que el grosero Hareton era su primo; y cuando aquella noche llegó Linton —delicado, bonito y quisquilloso Linton—, prefirió infinitamente su parentesco.
A la mañana siguiente descubrió que Linton se había ido, pues su padre lo había llamado a Cumbres Borrascosas; Edgar Linton, sin embargo, no le dijo a su hija que su primo estaba tan cerca, no permitiría por nada del mundo que ella cruzara el umbral de aquella terrible casa. Pero un día, Cathy y Ellen Dean se encontraron con Heathcliff en los páramos, y él las persuadió a medias, a medias las obligó, a ir a casa y ver a su hijo, convertido en una criatura despreciable, plañidera y enfermiza, a medias violento, a medias aterrorizado. El amable corazoncito de Cathy no veía los defectos, solo veía que su primo estaba enfermo, infeliz, que la necesitaba; fue fácilmente atrapada, un invierno, cuando su padre y Ellen Dean estaban ambos enfermos, en un compromiso secreto con este primo, el único muchacho, salvo el tosco Hareton, que había visto jamás.
Cada noche, cuando terminaba su jornada de cuidados, cabalgaba hasta Cumbres Borrascosas para mimar y acariciar a Linton. Heathcliff hizo todo lo que pudo para favorecer el plan. Sabía que su hijo se estaba muriendo, a pesar de que se tomaba todo cuidado para preservar al heredero de Cumbres Borrascosas y Thrushcross Grange. Es cierto que Cathy tenía un derecho rival; casarla con Linton aseguraría el título, conseguiría una esposa para su hijo moribundo para preservar la línea de sucesión, y ciertamente rompería el corazón de Edgar Linton. El amor de Heathcliff por la venganza y su amor por el poder se combinaron para hacer del plan algo por lo que esforzarse y desear.
Se desesperaba a medida que el muchacho se debilitaba cada vez más; era demasiado probable que muriera antes que su moribundo tío y, si Edgar Linton sobrevivía, Thrushcross Grange se perdería para Heathcliff. Como último recurso, hizo que su hijo le escribiera a Edgar Linton para rogarle una entrevista en terreno neutral. Edgar, quien, ignorante del verdadero carácter de Linton Heathcliff, no veía razón por la que Cathy no debiera casarse con su primo si se amaban, permitió que Ellen Dean llevara a su pequeña ama, ahora de diecisiete años, a los páramos donde Linton Heathcliff debía encontrarse con ellas. Cathy se resistía a dejar a su padre incluso por una hora, pues él estaba muy enfermo; pero le habían dicho que Linton se estaba muriendo, así que se armó de valor para ir una vez más a los páramos: encontraron a Linton en un estado extraño, aterrorizado, agotado, abatido, haciendo un amor espasmódico a Cathy como si fuera una lección que le habían obligado a aprender a golpes. Ella deseaba regresar, pero el muchacho se declaró, y parecía, demasiado enfermo para volver solo. Lo escoltaron a casa, a Heights, y Heathcliff los convenció de entrar, diciendo que iría a buscar un médico para su hijo enfermo. Pero, una vez que estuvieron en la casa, mostró sus cartas. Las puertas fueron atrancadas; los sirvientes y Hareton estaban fuera. Ni las lágrimas ni las súplicas le indujeron a dejar ir a sus víctimas hasta que Catharine fuera la esposa de Linton y, así, le dijo, hasta que su padre hubiera muerto en soledad. Pero cinco días después, Catharine Linton, ahora Catharine Heathcliff, logró escapar a tiempo para consolar las horas postreras de su padre con la falsa creencia en su felicidad; una mentira noble, pues Edgar Linton murió satisfecho, besando la mejilla de su hija, ignorante de la miseria que le aguardaba.
Al día siguiente Heathcliff fue a la Grange para recapturar a su presa, pero ahora a Catharine no le importaba; muerto su padre, recibía todas las afrentas y aguijonazos del destino con una apatía duradera; solo a ella la herían. Pocos días después, Linton murió en la noche, a solas con su esposa. Tras un año de absoluta miseria y soledad, la suerte de Catharine se vio un poco aliviada por la preferencia del señor Heathcliff hacia Ellen Dean para el puesto vacante de ama de llaves en Wuthering Heights.
Pues la presencia absorbente de Catharine Earnshaw casi había aislado a Heathcliff de la enemistad con el mundo; ahora rara vez era violento. Se volvió aún más reacio a la sociedad, sentándose solo, comiendo poco, caminando a menudo durante toda la noche. Su rostro cambió, y la mirada de odio latente dio paso a una expresión aún más alarmante: una apariencia de alegría excitada, salvaje y antinatural. No se quejaba de ninguna enfermedad, sin embargo, estaba muy pálido, exangüe, "y sus dientes visibles de vez en cuando en una especie de sonrisa; su cuerpo estremeciéndose, no como uno se estremece por frío o debilidad, sino como vibra una cuerda tensa: un estremecimiento fuerte, más que un temblor". Por fin, su misteriosa absorción, la tensión de su expectativa, se volvió tan intensa que no podía comer. Animado por el hambre, se sentaba a su comida, luego se sobresaltaba repentinamente, como si viera algo, echaba un vistazo a la puerta o a la ventana y salía. Cansado y pálido, no podía dormir; pero dejaba su cama apresuradamente y salía a pasear por el jardín hasta el amanecer. "'No es mi culpa', respondió, 'que no pueda comer ni descansar. Les aseguro que no es por un plan establecido. Haré ambas cosas tan pronto como pueda. Pero bien podrían pedirle a un hombre que lucha en el agua que descanse a un brazo de distancia de la orilla. Debo alcanzarla primero y luego descansaré. En cuanto a arrepentirme de mis injusticias, no he cometido ninguna injusticia y no me arrepiento de nada. Soy demasiado feliz y, sin embargo, no soy lo suficientemente feliz. La dicha de mi alma mata a mi cuerpo, pero no se satisface a sí misma'".
Mientras tanto, los planes de toda una vida, los propósitos profundamente arraigados de su venganza, se desplomaban sin ser notados a su alrededor, como un castillo de naipes. Su hijo estaba muerto. Hareton Earnshaw, el verdadero heredero de Wuthering Heights, y Catharine, la verdadera heredera de Thrushcross Grange, se habían enamorado el uno del otro. Un final de lo más inesperado e improbable; sin embargo, de lo más natural. Pues Catharine era consentida, culta, hermosa, orgullosa, pero muy afectuosa y de tierno corazón: y Hareton rudo, huraño, ignorante, feroz; pero fiel como el acero, leal, y con un corazón muy amoroso y devoto, constante incluso con el hombre que, a propósito, lo había brutalizado y mantenido en servidumbre. "'¡Hareton es condenadamente aficionado a mí!', rio Heathcliff. 'Reconocerás que he superado a Hindley en eso. Si el villano muerto pudiera levantarse de la tumba para insultarme por los agravios a su descendencia, tendría la diversión de ver a dicha descendencia luchar contra él, indignado de que se atreva a arremeter contra el único amigo que tiene en el mundo'".
"'Nunca podrá salir de su abismo de grosería e ignorancia'", gritó Heathcliff con exultación; pero el amor puede hacer tanto como el odio. Heathcliff, él mismo un gran patán a los veinte años, se las arregló para quitarse su torpeza con el fin de vengarse de sus enemigos; el amor de Catharine Linton inspiró a Hareton a un esfuerzo igual. Esta extraña y áspera historia de amor, tan agridulce como las bayas, tan seca y rígida en su belleza como las ramas de brezo púrpura, es el interés más puramente humano, el único interés tierno de Wuthering Heights. Es el anticlímax necesario y legítimo al triunfo de Heathcliff, la reafirmación final de la preeminencia del derecho. "Bien conquistado y mal conquistador" es a menudo lastimosamente cierto; pero no una ley eterna, solo un accidente demasiado frecuente. Al percibir esto, Emily Brontë muestra la derrota final de Heathcliff, quien, sin parientes ni amigos, se vio al final obligado a ver cómo la propiedad que había acumulado tan cruelmente descendía a sus enemigos hereditarios. Y estaba desconcertado, no tanto por los asuntos amorosos de Cathy y Hareton como por esta repentina reacción contra la violencia, este aflojamiento de las fibras del corazón, que lo dejó sin nervios y anémico, presa de una monomanía invasora. Había pasado su vida aplastando las bayas para su venganza, mezclando esa bebida oscura y enloquecedora; y cuando llegó el momento final, cuando la levantó a sus labios, el deseo lo había abandonado, no tenía gusto por ella.
"No he cometido injusticias", dijo Heathcliff; y aunque su vida había sido animada por el odio, la venganza y la pasión, reflexionemos sobre quiénes han sido sus víctimas. No el viejo Squire que primero lo cobijó; pues el anciano nunca vivió para conocer la vileza de su favorito, y solo obtuvo consuelo de su presencia. Catharine Earnshaw sufrió, no por el carácter de su amante, sino porque se casó con un hombre que simplemente le agradaba, con los ojos abiertos al hecho de que estaba perjudicando al hombre que amaba. "Te lo mereces", dijo Heathcliff, cuando ella estaba muriendo. "Te has matado a ti misma. Porque la miseria, la degradación y la muerte, y nada de lo que Dios o Satanás pudieran infligir nos habría separado jamás: tú, por tu propia voluntad, lo hiciste". No la moralidad de Mayfair, sino una cuyas lecciones, lo suficientemente severas y sombrías, deben ser siempre dolorosamente evidentes para espíritus tan errantes y apasionados. La tercera de las víctimas de Heathcliff entonces, o mejor dicho, la primera, fue Hindley Earnshaw. Pero si Hindley no hubiera sido ya un jugador y un borracho, un hombre violento y sin alma, Heathcliff no habría podido ganar ningún poder sobre él. Hindley dio la bienvenida a Heathcliff, como Fausto al Diablo, porque podía satisfacer sus malos deseos; porque, en su presencia, no había necesidad de recordar la vergüenza, ni los propósitos elevados, ni la bondad abandonada; y cuando llegue el final, y pierda su alma, que recuerde que hubo dos en ese trato.
Isabella Linton fue la víctima más lastimosa. Difícilmente podemos llamarla víctima a quien no requirió engaño, sino que cortejó su perdición. Y después de todo, un matrimonio deseado principalmente para humillar a una cuñada y demostrar que la novia era una persona de importancia, no fue intolerablemente recompensado con tres meses de miseria; después de tanto, se le permite escapar. De Edgar Linton, como hemos visto, los golpes de Heathcliff cayeron a un lado sin daño, como los golpes del verdugo contra un mártir legendario. Nunca supo cuán secundario era el lugar que ocupaba en el corazón de su esposa, nunca conoció la miseria de su única hija, una miseria que pronto se convertiría en alegría. Vivió y murió, paciente, feliz, confiado, sin ser visitado por la violencia y la furia que tenían su centro tan cerca de su hogar.
La joven Catharine y Hareton sufrieron solo un mal temporal; la miseria que soportaron juntos les enseñó a amar; la vara del tirano había florecido en rosas. Y él, solitario y paralizado en el corazón, devorando su alma en amarga soledad, vio todos sus planes de venganza frustrados, tanta elaboración contrarrestada tan sencillamente; fue él quien sufrió.
Él sufría ahora: y Catharine Earnshaw, quien lo ayudó a la ruina con su deserción, y Hindley, quien lo pervirtió con la opresión temprana, sufrieron a sus manos. Pero no los inocentes, los constantes, los nobles; la miseria, al final, desplaza sus brumas opacas ante la luz de espíritus tan claros: [ta drasanti pathein].
"'Es una conclusión pobre, ¿no es así?', dijo Heathcliff, 'una terminación absurda para mis violentos esfuerzos. Consigo palancas y picos para demoler las dos casas, y me entreno para ser capaz de trabajar como Hércules, y cuando todo está listo y en mi poder, descubro que la voluntad de levantar una teja de cualquier techo ha desaparecido'".
* * * * *
"Hace cinco minutos Hareton parecía ser una personificación de mi juventud, no un ser humano: me sentía hacia él de tantas maneras que habría sido imposible abordarlo racionalmente. En primer lugar, su asombroso parecido con Catharine lo conectaba terriblemente con ella. Eso, sin embargo, que podrías suponer lo más potente para detener mi imaginación es en realidad lo menos: pues, ¿qué no está conectado con ella para mí? ¿Y qué no la recuerda? ¡No puedo mirar hacia el suelo sino que sus rasgos están formados en las losas! En cada nube, en cada árbol —llenando el aire por la noche y captado a vistazos en cada objeto durante el día— estoy rodeado por su imagen. Los rostros más ordinarios de hombres y mujeres —mis propios rasgos— se burlan de mí con un parecido. ¡El mundo entero es una colección terrible de memorándums de que ella existió, y que la he perdido! Bien, el aspecto de Hareton era el fantasma de mi amor inmortal; de mis esfuerzos salvajes por mantener mi derecho; mi degradación, mi orgullo, mi felicidad y mi angustia----
"Pero es frenesí repetir estos pensamientos ante ti: solo que te hará saber por qué, con una renuencia a estar siempre solo, su sociedad no es ningún beneficio; más bien una agravación del tormento constante que sufro; y contribuye en parte a hacerme indiferente a cómo sigan él y su prima juntos. Ya no puedo prestarles atención".
La dulce y atrevida Catharine y el tímido y apasionado Hareton se llevaban muy bien. No puedo recordar escena más conmovedora y realista que ese primer cortejo suyo, una tarde lluviosa, en la cocina donde Nelly Dean está planchando la ropa. Hareton, huraño y miserable, sentado junto al fuego, herido por una herida de bala, pero aún más por los múltiples rechazos de la linda Cathy. Ella, con toda su impertinencia, lánguida en el clima húmedo y aburrido, convenciéndolo de estar de buen humor con las más dulces gracias avanzadas. Es extraño que al hablar de 'Wuthering Heights' este hermoso episodio sea tan universalmente olvidado, y solo la violencia y la pasión de los pasajes más terribles se asocien con el nombre de Emily Brontë. Sin embargo, de lo fuerte sale lo dulce; y la mejor miel de las secas campanillas del brezo.
Mientras tanto, Heathcliff los dejó seguir, asustándolos más por su extraño estado de abstracción que por su acostumbrada ferocidad.
Ya no podía prestarles atención. Durante cuatro días no pudo comer ni descansar, hasta que sus mejillas se hundieron y sus ojos se inyectaron en sangre, como una persona que muere de hambre y se queda ciega por la falta de sueño.
Al final, una mañana temprano, cuando la lluvia entraba a raudales por la celosía oscilante de Heathcliff, Nelly Dean, como una buena ama de casa, entró para cerrarla. El amo debía estar levantado o fuera, dijo. Pero al apartar los paneles de la cama cerrada, lo encontró allí, tendido de espaldas, sus ojos abiertos, agudos y feroces; completamente inmóvil, aunque su rostro y garganta estaban lavados por la lluvia; completamente inmóvil, con una mirada de exultación aterradora y realista bajo sus cejas, con labios entreabiertos y dientes blancos y afilados que se burlaban —completamente inmóvil y ahora inofensivo; muerto y rígido.
Muerto, antes de que ninguna venganza lo hubiera alcanzado más que los lentos sufrimientos retributivos de su propio pecho; muerto, asesinado por demasiada esperanza y una alegría antinatural. Nunca antes un villano tuvo un final tan extraño; nunca antes un sufriente tuvo un tormento tan prolongado y siniestro, "engañado con el espectro de una esperanza durante dieciocho años".
Ningún castigo público ni autoritario. Hareton lloró apasionadamente a su tirano perdido, llorando con amarga sinceridad, y besando el rostro sarcástico y salvaje que todos los demás evitaban contemplar. Y la memoria de Heathcliff era sagrada, teniendo en el joven al que arruinó un defensor de lo más valiente. Incluso Catharine nunca podría lamentar sus maldades ante su marido.
Ninguna execración en este mundo o en el siguiente; una gran quietud lo envuelve. Su violencia no fue lo suficientemente fuerte como para alcanzar esa paz final y estropear su plenitud. [Su] tumba está junto a la de Catharine, y cerca de la de Edgar Linton; sobre todas ellas brota el arándano silvestre, y el musgo de turba y el brezo. No se preocupan por la pasión, la dulzura caprichosa, la bondad constante que yacen debajo. Todo es uno para ellas y para las alondras que cantan en lo alto.
"Me demoré alrededor de las tumbas bajo ese cielo benigno; observé las polillas revoloteando entre el brezo y las campanillas, escuché el viento suave respirando a través de la hierba; y me pregunté cómo alguien podría imaginar sueños intranquilos para los que duermen en esa tierra tranquila".
Así termina la historia de Wuthering Heights.
El mundo ahora está de acuerdo en aceptar esa historia como un gran y trágico estudio de la pasión y el dolor, una imagen salvaje de tormenta y páramo, de bondad ultrajada e ingratitud. El mundo que ha coronado al 'Rey Lear' con la inmortalidad, guarda una corona menor para 'Wuthering Heights'. Pero en 1848, los repiques de triunfo que aclamaron el éxito de 'Jane Eyre' no tuvieron eco para la obra de Ellis Bell. Ese genio extraño, melancólico y premonitorio, intenso y estrecho, fue pasado por alto, ignorado. Un autor, de hecho, en una reseña, Sydney Dobell, en el Palladium habló noble y claramente de la energía y el genio de este libro; pero cuando esa clarinada augurio de fama finalmente sonó, Emily no escuchó. Dos años antes la habían depositado en la tumba.
Ningún elogio para Ellis Bell. Es extraño pensar que de las dos hermanas de Charlotte fue Anne quien tuvo el único breve sorbo de fama estimulante. Cuando 'La inquilina de Wildfell Hall' estaba en pruebas, el editor de Ellis y Acton lo vendió a una firma estadounidense como la última y mejor producción del autor de 'Jane Eyre' y 'Wuthering Heights'. Extraño que incluso un editor pudiera cometer tal error, incluso por su propio interés. Sin embargo, este error causó suficiente confusión en Cornhill para hacer necesario que la famosa Charlotte, acompañada por Anne, en su calidad de genio secundario y confundible, fuera a la ciudad y explicara su existencia separada. No había necesidad de molestar al autor de 'Wuthering Heights', esa obra cruda de una mano aprendiz, sobre cuya reproducción no se pelearon los editores; tales honores problemáticos no eran para ella.
"Sin embargo", dice Charlotte, "no debo ser entendida como si hiciera de estas cosas motivo de reproche o queja; no me atrevo a hacerlo; el respeto por la memoria de mi hermana me lo prohíbe. Por ella, cualquier manifestación quejumbrosa habría sido considerada como una debilidad indigna y ofensiva".
¿Cuándo, de hecho, pasó el murmullo de la queja por esos labios pálidos e inspirados? El fracaso no puede haber llegado a ella con ninguna sacudida de sorpresa espantada. Todos sus planes habían fallado; el éxito de Branwell, la escuela, sus poemas: su voluntad fuerte no los había llevado al éxito.
Pero aunque no pudo traer el éxito, pudo apoyarla contra la desesperación. Cuando esta última, más querida y más fuerte obra suya fue pesada en la balanza del mundo y encontrada insuficiente, ella no suspiró, no se resignó y pensó que la batalla había terminado; habría luchado de nuevo.
Pero la batalla había terminado, terminado antes de que se declarara la victoria. No más fracasos, no más esfuerzos para ese espíritu valiente. Fue en julio cuando Charlotte y Anne regresaron de Londres, en julio cuando el brezo está en ciernes; apenas quedó una última rama marchita en diciembre para colocar en el lecho de muerte de Emily.
CAPÍTULO XVI.
'SHIRLEY'.
Mientras 'Wuthering Heights' estaba aún en manos de los críticos, la hermana más afortunada de Emily Brontë estaba ocupada en otra novela. Este libro nunca ha alcanzado el éxito constante de su obra maestra, 'Villette', ni encontró el furor que recibió la primera aparición de 'Jane Eyre'. Es, de hecho, inferior a cualquiera de las dos obras; un estudio muy tranquilo de la vida en Yorkshire, casi mezquino en su interés por las disputas eclesiásticas, casi absurdo en la insuficiencia femenina de sus héroes. Y sin embargo, 'Shirley' tiene una gracia y belleza propias. Esto lo deriva del encanto de sus heroínas: Caroline Helstone, un hermoso retrato en carácter de la amiga más querida de Charlotte, y Shirley misma, un retrato fantástico de Emily Brontë.
Emily Brontë, pero bajo condiciones muy diferentes. Ya no pobre, ya no frustrada, ya no familiarizada con la miseria y amenazada por una muerte prematura; no así, sino como una hermana amorosa habría querido verla, hermosa, triunfante, la niña mimada de la fortuna feliz. Sin embargo, en estas circunstancias alteradas, Shirley mantiene su parecido con la hermana trabajadora de Charlotte; el disfraz, tal vez desconcertando a quienes, como la señora Gaskell, "no tienen una impresión agradable de Emily Brontë", es muy fácilmente penetrado por quienes la aman. Bajo el patético adorno tan amorosamente otorgado, bajo los esplendores prestados de mil libras al año, un rostro hermoso, una casa solariega ancestral, reconocemos a nuestra heroína resistente y obstinada, y sonreímos un poco tristemente ante la ineficiencia de esta mascarada de grandeza, tan indiferente e innecesaria para ella. Reconocemos a la hermana de Charlotte; pero no a la autora de 'Wuthering Heights'. A través de estos años discernimos a la brillante heredera como una persona de importancia infinitamente inferior a la mal vestida y sobrecargada hija del vicario. Shirley imperial, no hay necesidad de agitar tu majestuosa vara, nos hemos inclinado ante ella hace mucho tiempo sin ser cegados; y todos sus esplendores ilusorios no son tan potentes como esa pluma de ganso desgastada que solías manejar en la concurrida cocina de la vicaría de tu padre.
Sin embargo, sin ese admirable retrato tendríamos pocos fundamentos para nuestra concepción del carácter de Emily Brontë. Su obra es singularmente impersonal. Se deduce de ella que amaba los páramos, que desde su juventud la carga de una fantasía trágica había pesado mucho sobre ella; que había visto el rostro del dolor de cerca, encontrando esa mirada de Medusa con una fortaleza rígida y desafiante. Tanto aprendemos; pero esto es muy poco: una verdad unilateral y, por lo tanto, apenas una verdad en absoluto.
El retrato de Charlotte nos da otra visión, y afortunadamente todavía quedan algunos vivos de los no numerosos amigos de Emily Brontë. Cada rasgo, cada reminiscencia pinta con líneas más oscuras y claras la impresión de carácter que 'Shirley' nos deja. Shirley es de hecho la Emily exterior, la Emily que se podía encontrar y conocer hace treinta y cinco años, solo un poco pulida, con los ángulos un poco suavizados, por el cuidado ansioso de una hermana. La Emily más noble, profundamente sufridora, melancólica, compasiva, creadora, solo se encuentra en una palabra suelta aquí y allá, un recuerdo casual, una respuesta feliz, reunidos de las páginas de su obra y el amoroso recuerdo de sus amigos; pero estos restos son tan directos, inusuales, personales y característicos, este contorno es de un tipo tan decidido, que nos afecta más distintivamente de lo que lo hacen muchos retratos punteados y barnizados.
Pero para saber cómo era Emily Brontë, cómo se movía, cómo se sentaba y cómo hablaba, seguimos regresando a "Shirley". Una multitud de recuerdos corroboradores surgen al pasar las páginas. ¿Quién sino Emily estaba siempre acompañada por un "perro bastante grande, fuerte y de aspecto feroz, muy feo, siendo de una raza entre mastín y bulldog"? Nos resulta tan familiar como el león de Una; no necesitamos que se nos diga, Currer Bell, que siempre se sentaba en la alfombra de la chimenea por las noches, con la mano sobre su cabeza, leyendo un libro; recordamos bien cuán necesario era ganárselo como aliado para obtener su afecto. ¿Acaso no nos ha informado una querida amiga que primero se ganó el corazón de Emily al recibir, sin aparente miedo ni encogimiento, los enormes saltos de demostrativa bienvenida de Keeper?
Ciertamente, "la capitana Keeldar", con sus aires de caballero, su desdén inmediato, su amor por la independencia, trae de vuelta con vívido brillo el recuerdo de nuestra vieja conocida, "la Mayor". Reconocemos esa delgadez pálida, que enmascara una fuerza elástica que parece impenetrable a la fatiga; y suspiramos, recordando un pasaje en las cartas de Anne, que registra cómo, cuando el reumatismo, la tos y la gripe convertían la vicaría de Haworth en un hospital durante las visitas del temible viento del este, Emily sola observaba y se preguntaba por qué alguien debería estar enfermo: "ella lo considera un viento muy poco interesante; no afecta a su sistema nervioso". La conocemos, también, por su bondad hacia sus inferiores. Cientos de pequeñas historias se agolpan en nuestras mentes. Delicadezas inolvidables hechas con sus propias manos para la amiga de su criada, visitas todavía recordadas de la primita de Martha a la cocina, donde la señorita Emily traía su propia silla para la niña enferma; anécdotas de su levantarse temprano durante muchos años para hacer el trabajo más duro, porque la primera criada era demasiado vieja y la segunda demasiado joven para levantarse tan pronto; y ella, Emily, era tan fuerte. Cien pequeños sacrificios, más queridos para el recuerdo que la bolsa abierta de Shirley, despiertan en nuestros corazones y nos recuerdan que, después de todo, Emily era la heroína más noble y adorable de las dos.
¡Qué característico, también, el toque que la hace desdeñar todo lo que es dominante, dogmático, declaradamente masculino en los hombres de su círculo! Y es la dulzura misma con el poético Philip Nunnely, el alegre y aniñado Sr. Sweeting, el sentimental Louis, el cojo y devoto primo que la ama de una manera patética y canina. Esa valentía, también, era suya. No solo la carne de Shirley, sino la de Emily, sintió los colmillos desgarradores del perro rabioso al que ella había ofrecido caritativamente comida y agua; no solo la carne de Shirley, sino la suya, se encogió ante la luz escarlata, la punta brillante del hierro italiano con el que inmediatamente cauterizó la herida, yendo rápidamente al lavadero y operándose a sí misma sin decir una palabra a nadie.
Emily, también, sola y desarmada, castigó a su gran bulldog por sus faltas domésticas, desafiando una advertencia expresa de no golpear a la bestia, no fuera que su temperamento incierto lo incitara a lanzarse a la garganta del agresor. Y fue ella quien fomentó sus contusiones. Esta destreza y ternura de Shirley es una vieja historia para nosotros.
Y el amor de Shirley por el atuendo pintoresco y espléndido no deja de tener eco en nuestros recuerdos. Fue Emily quien, comprando en Bradford con Charlotte y su amiga, eligió una tela blanca estampada con truenos y relámpagos lilas, para el horror apenas disimulado de sus compañeras más sobrias. Y le quedaba bien; una criatura alta y ágil, con una gracia mitad regia, mitad indómita en sus movimientos súbitos y flexibles, vistiendo con pintoresca negligencia sus amplias faldas salpicadas de púrpura; su rostro claro y pálido; su cabello castaño, muy oscuro y abundante, sujeto por detrás con una peineta española; sus grandes ojos gris avellana, ahora llenos de un humor indolente e indulgente, ahora brillando con significados ocultos, ahora avivados en llamas por un destello de indignación, "un rayo rojo atravesando el rocío".
Ella también tenía el gusto de Shirley por la gestión de los negocios. Recordamos la inquietud de Charlotte cuando Emily insistió en invertir los legados de la señorita Branwell en acciones del Ferrocarril de York y Midland. "Ella se las arregló de una manera muy espléndida y capaz para mí cuando estaba en Bruselas, e impedida por la distancia de velar por nuestros intereses, por lo tanto, dejaré que siga administrando y asumiré las consecuencias. Desinteresada y enérgica es ciertamente; y, si no es tan tratable o abierta a la convicción como yo desearía, debo recordar que la perfección no es el destino de la humanidad, y, mientras podamos considerar a aquellos a quienes amamos, y con quienes estamos estrechamente aliados, con una estima profunda y nunca sacudida, es poco que nos molesten ocasionalmente por lo que nos parecen nociones obstinadas e irrazonables".
Así habla la amable hermana mayor, la autora de "Shirley". Pero hay algunos que nunca amarán ni el tipo ni el retrato. Sydney Dobell dijo una amarga media verdad cuando, ignorante de la verdadera identidad de Shirley, declaró: "Solo tenemos que imaginar a Shirley Keeldar pobre para imaginarla repulsiva". El orgullo silenciado, la generosidad frustrada, el poder tácito, la pasión contenida de tal naturaleza no son cualidades que conmuevan al mundo cuando las encuentra en una mujer oscura y sencilla. Incluso ahora, muchos no amarán a una heroína tan independiente de su estima. Se resentirán de la franqueza imperiosa, el no cuidar de complacer, la fuerza inquebrantable, la ausencia de triviales ternuras sumisas, por las cuales ella compensa con tan amplia, humana y generosa compasión. "En la naturaleza de Emily", dice su hermana, "los extremos de vigor y simplicidad parecían encontrarse. Bajo una cultura no sofisticada, un gusto inartificial y un exterior sin pretensiones, yacía un poder y un fuego que podrían haber informado el cerebro y encendido las venas de un héroe; pero ella no tenía sabiduría mundana; sus poderes no estaban adaptados a los negocios prácticos de la vida; ella fallaba al defender sus derechos más manifiestos, al consultar su ventaja legítima. Un intérprete debería haber estado siempre entre ella y el mundo. Su voluntad no era muy flexible y generalmente se oponía a su interés. Su temperamento era magnánimo, pero cálido y repentino; su espíritu totalmente inflexible".
Así habla la inspirada intérprete de Emily, cuyo genio no ha hecho popular a su hermana. "Shirley" no es una favorita del público moderno. Emily Brontë nació fuera de tiempo. Atenea, guiando a las ninfas en su carrera precipitada por las estribaciones rocosas del Olimpo, y deteniéndose en plena carrera para levantar en sus brazos a los destetados, tiernos como el rocío, o a los cachorros heridos por azar de la montaña, podría haberla elegido como compañera de caza. O Brunilda, la fuerte valquiria, temerosa del amor del hombre, cuyo deleite es la batalla y las cumbres salvajes de las colinas, perdiendo su inmortalidad para proteger a los indefensos y a los débiles; ella habría reconocido el parentesco de esta hermana última nacida. Pero a nosotros, los modernos, no nos importan estos. Nuestras heroínas son Julieta, Desdémona e Imogen, nuestros ejemplos Dorothea Brooke y Laura Pendennis, mujeres cuyo encanto es una cierta fragancia de afecto. "Shirley" es demasiado independiente para nuestro gusto; y, por lo demás, todos estamos enamorados de Caroline Helstone.
Desinteresada, obstinada, noble Emily Brontë, en este momento, mientras tu mágica hermana tejía para ti, con palabras de oro, una red de destino tan afortunada como los sueños, las verdaderas Nornas estaban hilando una prenda de mortaja más pálida. Nunca verías las cosas más brillantes de la vida. El amor fraternal, la libre soledad, la creación sin elogios, seguirían siendo tus alegrías más conmovedoras. Ningún toque de amor, ninguna pizca de fama, ninguna hora de calma, yacen para ti sobre las rodillas del Destino. Ni rosa ni laurel serán vertidos sobre tu forma ataúd. Mientras tanto, tu hermana escribe y sueña para Shirley. ¡Terrible diferencia entre las ideas y la verdad; maravillosa magia de lo irreal para quitar el aguijón a las heridas verdaderas que soportamos!
Ni rosa ni laurel pondremos reverentemente para el recuerdo sobre la tumba donde duermes; sino la flor que siempre fue tuya, el brezo salvaje y seco. Tú, que eras, en palabras de tu hermana, "de páramo, salvaje y nudosa como una raíz de brezo", creciste hasta tu propia perfección en el erial donde ningún laurel susurra sus hojas pulidas, donde ninguna rosa dulce y frágil se abrió jamás en el corazón de junio. La tormenta y la oscuridad del invierno, la tierra virgen, los vientos devastadores de marzo, las habrían matado por completo; pero todo ello sirvió para hacer al brezo ligero y fuerte, para teñir sus campanas con un púrpura más rojizo, para llenar sus celdas con miel más penetrantemente dulce. El viento frío y la tierra salvaje hacen el brezo; no crecería en los prados protegidos. Y tú, si hubieras conocido el destino que el amor habría elegido, tú tampoco habrías prosperado en tu plena floración. Otra matrona feliz y próspera del norte estaría muerta. Pero ahora vives, cantando todavía a la libertad, el alma imperecedera del coraje y la soledad, otra voz en el viento, otra gloria en las cimas de las montañas, Emily Brontë, la autora de "Cumbres Borrascosas".
NOTAS AL PIE:
[Nota 28: Sra. Gaskell.]
[Nota 29: 'Aviso Biográfico'. C. Brontë.]
CAPÍTULO XVII.
EL FINAL DE BRANWELL.
El otoño del año 1848 fue tempestuoso y salvaje, con cambios súbitos y frecuentes de temperatura y un viento frío y penetrante. Esos gélidos vendavales que giraban alrededor de la pequeña rectoría gris en su expuesta cima, trajeron consigo la enfermedad. Anne y Charlotte se marchitaron y languidecieron; Branwell, también, estaba enfermo. Su constitución parecía destrozada por excesos que no tenía la resolución de abandonar. A menudo dormía la mayor parte del día; o al menos se sentaba a dormitar hora tras hora en un letargo de debilidad; pero con la noche esta apatía cambiaba a violencia y sufrimiento. "Papá, y a veces todos nosotros, tenemos noches tristes con él", escribe Charlotte en los últimos días de julio.
Sin embargo, como el pequeño hogar conocía tan bien las causas de este revés, no se sospechó un peligro inmediato. Estaba débil, ciertamente, y su apetito fallaba; pero los comedores de opio no son fuertes ni tienen hambre. Ni el propio Branwell, ni sus parientes, ni ningún médico consultado en su caso pensó que fuera de peligro inmediato; parecía como si esta vida lúgubre pudiera continuar para siempre, marcando sus horas por un perpetuo balanceo y rebote de exceso y sufrimiento.
Durante este melancólico otoño, el Sr. Grundy se alojaba en Skipton, un pueblo a unas diecisiete millas de Haworth. Consciente de su viejo amigo, invitó a Branwell a ser su huésped; pero el joven moribundo estaba demasiado débil para emprender incluso ese pequeño viaje, aunque anhelaba la emoción del cambio. El Sr. Grundy se sintió tan conmovido por el tono miserable de la carta de Branwell que fue en coche a Haworth para ver por sí mismo qué afligía a su viejo compañero. Se quedó muy conmocionado por el cambio. Pálido, hundido, trémulo, totalmente destrozado; ya no había esperanza para Branwell; había vuelto a consumir opio.
Cualquier cosa por la emoción, por una variación a su incesante dolor. Débil como estaba, y apenas capaz de dejar su cama, ansiaba lastimeramente un nombramiento de cualquier tipo, cualquier razón para dejar Haworth, para deshacerse de sus viejos pensamientos, cualquier puesto en cualquier lugar por amor de Dios, con tal de estar fuera de sus susurros. No tuvo que esperar mucho.
Más tarde, en ese frío y sombrío septiembre, el Sr. Grundy visitó de nuevo Haworth. Envió a buscar a Branwell a la rectoría, y ordenó la cena y un fuego para darle la bienvenida; la habitación se veía acogedora y cálida. Mientras el Sr. Grundy esperaba a su invitado, se presentó el vicario. Él también estaba extrañamente alterado; gran parte de su antigua rigidez de modales había desaparecido; y fue con genuino afecto que habló de Branwell, y casi con desesperación que tocó sus crecientes miserias. Cuando llegó el mensaje del Sr. Grundy, el pobre sufriente, desequilibrado, había estado enfermo en la cama, aparentemente demasiado débil para moverse; pero la inquietud febril que marcó sus últimos años era demasiado fuerte para resistir la oportunidad de emoción. Había insistido en venir, dijo su padre, y estaría listo de inmediato. Entonces el triste anciano, casi ciego, se despidió del anfitrión de su hijo y salió de la posada.
"Presente la puerta se abrió cautelosamente, y apareció una cabeza. Era una masa de cabello rojo, desgreñado y sin cortar, flotando salvajemente alrededor de una frente grande y demacrada; las mejillas amarillas y hundidas, la boca caída, los labios blancos y delgados no temblaban, sino que se sacudían, los ojos hundidos, antes pequeños, ahora brillando con la luz de la locura: todo contaba la triste historia con demasiada seguridad. Me apresuré hacia mi amigo, lo saludé de la manera más alegre, como sabía que más le gustaba, lo arrastré rápidamente a la habitación y le obligué a tomar un vaso fuerte de brandy caliente. Bajo su influencia y la de los alrededores brillantes y alegres, se vio asustado, asustado de sí mismo. Me miró un momento y murmuró algo sobre dejar una cama caliente para salir en la fría noche. Otro vaso de brandy, y el calor que regresaba lo devolvió gradualmente a algo parecido al Branwell de antaño. Incluso cenó algo, cosa que dijo que no había hecho en mucho tiempo; así que nuestra última entrevista fue agradable aunque grave. Nunca conocí su intelecto más claro. Se describió a sí mismo como esperando ansiosamente la muerte, de hecho, anhelándola, y feliz, en estos sus momentos de lucidez, de pensar que estaba tan cerca. Declaró una vez más que esa muerte se debería a la historia que yo conocía, y a nada más.
"Cuando finalmente me vi obligado a irme, extrajo silenciosamente de la manga de su abrigo un cuchillo de trinchar, lo colocó sobre la mesa y, tomándome por ambas manos, dijo que, habiendo perdido toda esperanza de volver a verme, imaginó cuando llegó mi mensaje que era una llamada de Satanás. Vistiéndose, tomó el cuchillo que había ocultado durante mucho tiempo y vino a la posada, con la firme determinación de entrar corriendo en la habitación y apuñalar al ocupante. En el estado excitado de su mente, no me reconoció cuando abrió la puerta, pero mi voz y mi manera lo conquistaron, y 'lo trajeron de vuelta a sí mismo', como él lo expresó. Lo dejé de pie, con la cabeza descubierta en la carretera, con la forma encorvada y las lágrimas cayendo".[30]
Se fue a casa, y unos días después murió. Ese pequeño tiempo intermedio fue más feliz y más tranquilo que cualquier otro que hubiera conocido en años; sus malos hábitos, sus sentimientos endurecidos se deslizaron, como una máscara, del alma ya tocada por la quietud final. Estaba singularmente alterado y suavizado, gentil y amoroso con el padre y las hermanas que tanto habían soportado a sus manos. Era como si hubiera despertado del feroz delirio de una fiebre; débil como estaba y destrozado, podían reconocer de nuevo en él a su Branwell de los viejos tiempos, la esperanza y la promesa de todos sus sueños tempranos. Ni ellos ni él soñaron que el final estaba tan cerca; a menudo había hablado de la muerte, pero ahora que estaba en la sombra de sus alas, no era consciente de esa presencia subyugante. Y es agradable pensar que el dulce comportamiento de sus últimos días no se debió al mero miedo cobarde a la muerte; sino más bien a un retorno del alma a su verdadero yo, un desprendimiento natural de toda fiebre y error extraños, antes de que el sufrimiento de su vida terminara. Media hora antes de morir, Branwell no era consciente del peligro; estuvo en el pueblo dos días antes, y solo estuvo confinado en cama un solo día. La mañana siguiente fue un domingo, el veinticuatro de septiembre. Branwell despertó a ella perfectamente consciente, y a través de la santa quietud de esa madrugada yacía, sin problemas por el miedo ni el sufrimiento, mientras las campanas de la iglesia vecina, la torre vecina cuya fabulosa antigüedad le había proporcionado más de una broma juvenil, llamaban a los aldeanos a la adoración. Todos lo conocían, todos mientras pasaban frente a la casa miraban hacia arriba y se preguntaban si "el Patrick del Vicario" estaba mejor o peor. Pero los de la Rectoría no estaban en la iglesia: vigilaban en la cámara silenciosa y pacífica de Branwell.
De repente, un cambio terrible se produjo en el rostro tranquilo; no había forma de confundir la súbita y conmovedora llamada. Y ahora Charlotte se hundió; siempre nerviosa y tensa, el simple miedo a lo que pudiera venir la dejó postrada. Se la llevaron, y durante una semana guardó cama en la enfermedad y la fiebre. Pero Branwell, el convocado, el verdadero sufriente, enfrentó a la muerte con una cara diferente. Insistió en levantarse; si se había doblegado ante los horrores de la vida desafiaría los horrores de la extinción; moriría como pensaba que nadie había muerto antes, de pie. Así, como algún antiguo héroe celta, cuando comenzó la última agonía, se puso de pie; silenciosos y sobrecogidos, el anciano padre, la orante Anne, la amorosa Emily, observaban. Se puso de pie y murió erguido tras veinte minutos de lucha.
Encontraron sus bolsillos llenos con las cartas de la mujer a la que había amado tan apasionadamente.
Estaba muerto, este Branwell que había retorcido los corazones de su hogar día tras día, que bebía sus lágrimas como vino. Estaba muerto, y ahora lo lloraban con un dolor agudo y amargo. "Todos sus vicios fueron y son nada ahora; recordamos solo sus pesares", escribe Charlotte. Lo enterraron en la misma cripta que se había abierto veintitrés años atrás para recibir los cadáveres infantiles y consumidos de Elizabeth y Maria. Llegó el domingo, recordando minuto a minuto el reflujo de su vida, y Emily Brontë, pálida y vestida de negro, apenas puede haber oído el sermón del funeral de su hermano por mirar la piedra que ocultaba tantos recuerdos, tanta compasión inútil. Se tomó la muerte de su hermano muy a pecho, adelgazando y palideciendo y sin decir nada. Había hecho un esfuerzo por ir a la iglesia ese domingo, y mientras se sentaba allí, tranquila y con los ojos hundidos, tal vez sintió que era bueno haber mirado su lugar de descanso, la tumba donde tanto de su corazón estaba enterrado. Porque, después de su funeral, nunca se recuperó; un resfriado y una tos, contraídos entonces, se apoderaron de ella con temor, y nunca volvió a salir al aire libre después de ese memorable domingo.
Pero al mirar sus ojos tranquilos y sin quejas, no habrías adivinado tanto.
"Emily y Anne están bastante bien", dice Charlotte, el nueve de octubre, "aunque Anne siempre está delicada y Emily tiene un resfriado y tos en este momento".
NOTAS AL PIE:
[Nota 30: 'Imágenes del Pasado'.]
CAPÍTULO XVIII.
LA MUERTE DE EMILY.
Ya para el 29 de octubre de este melancólico año de 1848, la tos y el resfriado de Emily habían progresado tanto como para alarmar a su cuidadosa hermana mayor. Antes de la muerte de Branwell, había sido, a todas luces, el único miembro fuerte de una familia delicada. Al lado de la frágil Anne (ya, si lo hubieran sabido, avanzada en tuberculosis), del destrozado Branwell, de Charlotte, siempre nerviosa y enferma, esta alta y musculosa Emily había parecido una torre de fuerza. Trabajando temprano y tarde, rara vez cansada y nunca quejándose, encontrando su mejor relajación en largos y rudos paseos por los páramos, parecía poco probable que les diera alguna ansiedad conmovedora. Pero las semillas de la tisis yacían profundamente debajo de este hermoso espectáculo de vida y fuerza; el choque de dolor que experimentó por la muerte de su hermano las desarrolló con alarmante rapidez.
El cansancio de la ausencia siempre había resultado demasiado para la fuerza de Emily. Lejos de casa, hemos visto cómo languidecía y enfermaba. El exilio la hacía delgada y pálida, amenazaba los mismos resortes de la vida. Y ahora debía soportar una ausencia inevitable y sin fin, un exilio del que no podía haber retorno. La tensión era demasiado fuerte, el tirón demasiado agudo: Emily no podía soportarlo y vivir. En una pérdida como la suya, privada de un sufriente indefenso, el luto de los que quedan se amarga y acelera cien veces al día cuando llegan los minutos en blanco para los cuales faltan los deberes habituales, cuando el tiempo libre no deseado cuelga alrededor del alma cansada como una prenda sin forma y gravosa. Fue Emily quien se había dedicado principalmente a Branwell. Estando él muerto, el motivo de su vida parecía haberse ido.
Si hubiera sido más fuerte, si hubiera sido más cuidadosa consigo misma al principio de su enfermedad, sin duda se habría recuperado, y nunca sabremos la diferencia en nuestra literatura que una pequeña precaución podría haber marcado. Pero Emily estaba acostumbrada a considerarse resistente; estaba tan habitada a servir a los demás que el tener que acostarse y ser atendida le habría parecido ignominioso y absurdo. Tanto su independencia como su desinterés la hacían muy reacia a causar molestias. Es, además, extremadamente probable que nunca se diera cuenta de la gravedad de su propia enfermedad; el consumo rara vez es una dolencia que desespera; al atacar el cuerpo deja libre al espíritu, el espíritu que no puede comprender un peligro por el cual no es dañado. Un poco más tarde, cuando fue el turno de sufrir de Anne, ella elegía su sombrero de primavera cuatro días antes de su muerte. ¿Quién de nosotros no recuerda algún relato tan patético de la confianza vana y desgarradora de aquellos que, avanzados en la tisis, llevan en sus rostros las marcas de la muerte para que todos las lean, excepto ellos mismos?
Para quienes observan, no hay mayor agonía que contemplar el valiente comportamiento de estos otros, inconscientes de la tumba repentina a sus pies. Charlotte y Anne observaban y temblaban. El 29 de octubre, Charlotte, aún delicada por la fiebre biliosa que la había postrado el día de la muerte de Branwell, escribe estas palabras ya llenas de presentimientos:
«Me siento mucho más inquieta por mi hermana que por mí misma en este momento. El resfriado y la tos de Emily son muy obstinados. Temo que tenga dolor en el pecho, y a veces noto una falta de aliento cuando se ha movido con rapidez. Se ve muy delgada y pálida. Su naturaleza reservada me causa una gran inquietud mental. Es inútil interrogarla; no obtienes respuesta. Es aún más inútil recomendarle remedios; nunca los adopta».[31]
Era, de hecho, una inflamación aguda de los pulmones lo que esta desafortunada enferma intentaba someter por fuerza de voluntad. Para las personas de carácter fuerte es difícil comprender que su enfermedad no está bajo su control. Estar enfermo es, para ellos, un acto de aquiescencia; han consentido a las demandas de su cuerpo débil. Cuando la necesidad exige el sacrificio, les parece tan fácil negarse a sí mismos el descanso, la indulgencia. Enfrentan su voluntad contra su debilidad y pretenden vencer. No se rendirán.
Emily no se rendiría. Se sentía doblemente necesaria para el hogar en esta hora de prueba. Charlotte estaba aún muy débil y enferma. Anne, su querida hermanita, era inusualmente delicada y frágil. Incluso su padre no se había librado del todo. Que ella, Emily, de quien siempre se había dependido para obtener fuerza, coraje y resistencia, se mostrara indigna de la confianza cuando más se la necesitaba; que ella, tan inclinada a asumir todos los deberes, tan necesaria para la gestión diaria de la casa, abandonara su cargo en este momento de prueba, arrojara sus armas en el momento de la batalla y diera a sus compañeros de sufrimiento la carga adicional de su debilidad; tal cosa le era imposible.
Así continuó la vana lucha. No renunciaría a ninguno de sus deberes, y no fue hasta las últimas semanas de su vida que consintió siquiera en que la sirvienta se levantara antes que ella por la mañana y se ocupara de las primeras tareas. No soportaba oír hablar de remedios; declaraba que no estaba enferma, que pronto estaría bien, en el patético autoengaño de la debilidad de espíritu altivo. Y Charlotte y Anne, por cuya causa hacía este sacrificio, sufrían terriblemente por ello. Voluntaria, agradecidamente habrían asumido todas sus obligaciones; ardían en deseos de levantarse y actuar. Pero, viendo lo débil que estaba, no se atrevían a contradecirla; tenían que quedarse quietas y soportar verla trabajar para su comodidad con manos temblorosas y frías como la muerte.
«Día a día», dice Charlotte, «día a día, cuando veía con qué frente afrontaba el sufrimiento, la miraba con una maravilla de angustia y amor. No he visto nada igual; pero, en verdad, nunca he visto a nadie que se le compare en nada. Más fuerte que un hombre, más sencilla que un niño, su naturaleza permanecía sola. El punto terrible era que, estando llena de compasión por los demás, no tenía piedad de sí misma; el espíritu era inexorable con la carne; a la mano temblorosa, a los miembros debilitados, a los ojos que se apagaban, se les exigía el mismo servicio que habían prestado en salud. Estar presente y presenciar esto, y no atreverse a protestar, era un dolor que ninguna palabra puede expresar».
El tiempo pasaba. Ansiosa por probar qué influencia podría ejercer algún amigo, ajeno al hogar, sobre esta hermana obstinada, Charlotte pensó en invitar a la señorita Nussey a Haworth. Emily siempre se había alegrado de recibirla. Pero cuando llegó el momento, se descubrió que la menor perturbación de la rutina diaria solo haría más pesada la carga de Emily. Y ese plan también fue abandonado.
Había pasado otro mes. Emily, más pálida y delgada, pero no menos resuelta, cumplía con sus deberes con la exactitud habitual e insistía en su perfecta salud con desafiante fortaleza. El 23 de noviembre, Charlotte escribe de nuevo:
«Te dije que Emily estaba enferma en mi última carta. Aún no se ha recuperado. Está muy enferma. Creo que si la vieras, tu impresión sería que no hay esperanza. Un aspecto más hundido, consumido y pálido no he contemplado. La tos profunda y persistente continúa; la respiración después del menor esfuerzo es un jadeo rápido; y estos síntomas van acompañados de dolores en el pecho y el costado. Su pulso, la única vez que permitió que se lo tomaran, resultó latir a 115 por minuto. En este estado, se niega resueltamente a ver a un médico; no dará ninguna explicación de lo que siente; apenas permitirá que se haga alusión a sus sentimientos».
«Ningún médico envenenador» debería acercarse a ella, declaraba Emily con la irritabilidad de su enfermedad. Era un insulto a su voluntad, a sus resueltos esfuerzos. No estaba, no quería estar enferma, y por lo tanto no podía necesitar cura. Quizás sentía, en lo profundo de su corazón, la convicción de que su dolencia era mortal; que una demora en la sentencia era todo lo que el cuidado y la pericia podían ofrecer; pues había visto a Maria y Elizabeth marchitarse y morir, y solo hace poco los médicos no habían podido salvar a su hermano.
Pero Charlotte, naturalmente, no sentía lo mismo. Sin que Emily lo supiera, escribió a un gran médico de Londres redactando una declaración del caso y los síntomas tan minuciosa y cuidadosa como pudo. Pero o bien este diagnóstico por conjeturas era demasiado imperfecto, o el médico vio que no había esperanza; pues su opinión fue expresada de forma demasiado oscura para ser de alguna utilidad. Envió un frasco de medicina, pero Emily no quiso tomarla.
Llegó diciembre, y las hermanas, ansiosas y desconcertadas, seguían sin saber qué pensar. Para entonces, el señor Brontë también había percibido el peligro del estado de Emily, y estaba muy preocupado. Sin embargo, ella seguía negando estar enferma de algo más grave que una debilidad pasajera; y el dolor en su costado y pecho parecía disminuir. A veces la pequeña familia se sentía tentada a tomarla por su palabra y creer que pronto, con la primavera, se recuperaría; y luego, al oír su tos, al escuchar la respiración entrecortada con la que subía la pequeña escalera, al contemplar la extrema demacración de su forma, las manos consumidas, los ojos hundidos, sus corazones desfallecían repentinamente. La vida era una contradicción diaria de esperanza y miedo.
Los días se acercaban a la Navidad; ya era mediados de diciembre, y Emily seguía moviéndose por la casa, capaz de servirse a sí misma, de coser para los demás, de tomar una parte activa en los deberes del día. Siempre alimentaba a los perros ella misma. Un lunes por la tarde, debió ser alrededor del 14 de diciembre, se levantó como de costumbre para darles a las criaturas su cena. Se levantó, caminando lentamente, sosteniendo en sus manos delgadas un delantal lleno de trozos de carne y pan. Pero cuando llegó al pasillo de losas, el frío la invadió; se tambaleó sobre el pavimento irregular y cayó contra la pared. Sus hermanas, que la habían seguido tristemente, sin ser vistas, se adelantaron muy alarmadas y le rogaron que desistiera; pero, sonriendo débilmente, continuó y dio a Floss y Keeper su última cena de sus manos.
A la mañana siguiente estaba peor. Antes de que despertara, sus hermanas, que la velaban, oyeron el gemido bajo e inconsciente que revela un sufrimiento que continúa incluso en el sueño; y temieron por lo que el año venidero podría deparar. De la cercanía del final no soñaban. Charlotte había estado fuera, por los páramos, buscando en cada cañada y hueco una ramita de brezo, por pálida y seca que fuera, para llevársela a su hermana amante de los páramos. Pero Emily miró la flor depositada en su almohada con ojos indiferentes. Ya estaba distanciada y ajena a la vida.
No obstante, persistió en levantarse, vestirse sola y hacer todo por sí misma. Se había encendido un fuego en la habitación, y Emily se sentó en el hogar para peinarse. Estaba más delgada que nunca ahora —la chica alta, desgarbada y escurridiza—, su cabello en su abundante y oscura plenitud era todo lo que en ella no estaba marcado por el dedo incandescente de la muerte. Se sentó en el hogar peinando su largo cabello castaño. Pero pronto el peine se deslizó de su débil agarre hacia las cenizas. Ella, la intrépida y activa Emily, lo vio arder y humear, demasiado débil para recogerlo, mientras el olor nauseabundo y odioso a hueso quemado subía hacia su rostro. Al final, la sirvienta entró: «Martha», dijo, «mi peine está ahí abajo; estaba demasiado débil para agacharme y recogerlo».
He visto aquel peine viejo y roto, con un gran trozo quemado; y lo he considerado, lo confieso, más patético que los huesos de las once mil vírgenes de Colonia, o el Santo Rostro de Lucca, ennegrecido por el tiempo. Triste confesión casual de la debilidad humana; lúgubre contrapartida de aquella alma sin cadenas que hasta el final mantuvo su fortaleza y rebelión. La carne es débil. Desde que vi aquella reliquia, el vigoroso verso del último poema de Emily Brontë me ha parecido mucho más heroico, mucho más conmovedor; recordando en qué vestiduras aferradas y prisioneras estaba confinado aquel espíritu libre.
La carne era débil, pero Emily no le concedería indulgencia alguna. Terminó de vestirse y bajó muy lentamente, con la cabeza mareada y pasos vacilantes, al pequeño salón desnudo donde Anne trabajaba y Charlotte escribía una carta. Emily tomó algo de labor e intentó coser. Su respiración entrecortada, su rostro demacrado y alterado eran presagio del final. Pero aún palpitaba un poco de esperanza en aquellos corazones fraternales. «Se debilita cada día más», escribió Charlotte, en aquella memorable mañana de martes; sin ver ciertamente ningún presagio de que este —¡este!— fuera a ser el último de los días y las horas de su debilidad.
La mañana avanzaba hacia el mediodía, y Emily empeoró. Ya no podía hablar, pero —jadeando en un susurro ronco— dijo: «Si envías a buscar a un médico, lo veré ahora». Ay, era demasiado tarde. La falta de aliento y el dolor desgarrador aumentaron; incluso Emily ya no podía ocultarlos. Hacia las dos de la tarde, sus hermanas le rogaron, en medio de la agonía, que les permitiera acostarla. «No, no», gritó; atormentada por la inquietud febril que precede a la última y más quieta paz. Intentó levantarse, apoyándose con una mano en el sofá. Y así, la cuerda de la vida se rompió. Estaba muerta.
Tenía veintinueve años.
La enterraron, pocos días después, bajo el pavimento de la iglesia; bajo la losa de piedra donde yacían su madre, Maria, Elizabeth y Branwell.
Aquella que tanto había llorado a su hermano, verdaderamente lo había encontrado de nuevo, y dormiría bien a su lado.
[Griego: phile met' autou keisomai, philou meta.]
Y aunque ningún viento susurra jamás sobre la tumba en la que no brota brezo perfumado, ni ningún arándano lleva sus ramitas de hojas más verdes y frutos púrpuras, ella no los echará de menos ahora; ella, que se preguntaba cómo alguien podía imaginar sueños inquietos para aquellos que duermen en la tierra tranquila.
La siguieron hasta su tumba: su anciano padre, Charlotte, la moribunda Anne; y al salir de las puertas, se les unió otro doliente: Keeper, el perro de Emily. Caminaba delante de todos, primero en la fila de los dolientes; y quizás ninguna otra criatura había conocido a la mujer muerta tan bien como él. Cuando la hubieron dejado dormir en la oscura y sin aire cripta bajo la iglesia, y cuando hubieron cruzado el desolado cementerio y entraron de nuevo en la casa vacía, Keeper fue directo a la puerta de la habitación donde solía dormir su ama, y se tumbó sobre el umbral. Allí aulló lastimeramente durante muchos días; sin saber que ningún lamento podría despertarla nunca más. Sobre el pequeño salón de abajo se había posado una gran calma. «¿Por qué habríamos de estar de otra manera que en calma?», dice Charlotte, escribiendo a su amiga el 21 de diciembre. «La angustia de verla sufrir ha terminado; el espectáculo de los dolores de la muerte ha pasado; el día del funeral ha quedado atrás. Sentimos que está en paz. No hay necesidad ahora de temblar por la helada fuerte y el viento cortante. Emily no los siente».
La muerte había terminado, en efecto, y el día del funeral había pasado; sin embargo, quedaba un deber para los afligidos dolientes, no menos conmovedor que la visión del rostro muerto y cambiado, no menos aplastante que el golpe de las piedras y los terrones sobre el ataúd de alguien amado. Tomaron el gran escritorio marrón en el que ella solía guardar sus papeles, y clasificaron y pusieron en orden todo lo que encontraron en él. ¡Qué conmovedora la vista de aquella escritura apresurada y casual de una mano ahora rígida en la muerte! ¡Qué preciosas cada una de aquellas páginas cuya semejanza nunca debería hacerse de nuevo hasta la caída de la tierra al final de los tiempos! ¡Qué cercano, qué totalmente cortado, el Pasado!
No encontraron ninguna novela, inacabada o empezada, en el viejo escritorio marrón que ella solía apoyar en sus rodillas, sentada bajo las espinas. Pero descubrieron un poema, escrito al final de la vida de Emily, profundo, sincero, como corresponde a las últimas palabras que uno tiene tiempo de pronunciar. Es la más perfecta y expresiva de sus obras: el monumento más apto a su espíritu heroico.
Así dicen las últimas líneas que trazó jamás:
«No es cobarde mi alma, Ni tiembla en la esfera del mundo, agitada por la tormenta; Veo brillar las glorias del cielo, Y la fe brilla igual, armándome contra el miedo.
¡Oh Dios, dentro de mi pecho, Todopoderosa, siempre presente Deidad! Vida, que en mí descansa, Como yo —vida inmortal— tengo poder en Ti.
Vanos son los mil credos Que mueven los corazones de los hombres: inefablemente vanos; Sin valor como hierbas marchitas, O la más ociosa espuma en medio del mar infinito,
Para despertar la duda en aquel Que se aferra tan fuerte a tu infinitud; Tan seguramente anclado en La firme roca de la inmortalidad.
Con amor que todo lo abraza Tu espíritu anima años eternos, Penetra y se cierne sobre todo, Cambia, sostiene, disuelve, crea y cría.
Aunque la tierra y el hombre desaparecieran, Y los soles y universos dejaran de ser, Y Tú fueras dejado solo, Toda existencia existiría en Ti.
No hay lugar para la Muerte, Ningún átomo que su poder pudiera hacer nulo; Tú —Tú eres el Ser, el Aliento, Y lo que Tú eres nunca podrá ser destruido».
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[Nota al pie 31: Sra. Gaskell.]
¡FIN!
«Murió en un tiempo de promesas».
Así escribe Charlotte, en el primer arrebato de su dolor. «Murió en un tiempo de promesas»; habiendo hecho mucho, en verdad, habiendo hecho lo suficiente para llevar sus facultades a la madura perfección. Y el fruto de esa perfección nos es negado. Murió, entre la finalización de la labor y la concesión del elogio. Antes de que el más mínimo indicio de la inmortalidad que le ha sido otorgada pudiera alcanzarla en su hogar oscuro y distante. Sin un éxito en toda su vida, con su escuela nunca mantenida, sus versos nunca leídos, su novela nunca elogiada, su hermano muerto en la ruina. Todas sus ambiciones se habían marchitado y muerto por el tizón. Pero ella era todavía joven, dispuesta a vivir, ansiosa por intentarlo de nuevo.
«Murió en un tiempo de promesas. La vimos ser arrebatada de la vida en su apogeo».
Verdaderamente un apogeo de dolor, la oscura hora central de la tormenta, oscura por el dolor pasado y la negrura del dolor venidero. Con Branwell muerto, con su hermana más querida muriendo, Emily murió. Si hubiera vivido, ¿qué provecho podría haber sacado de su vida? Para nosotros, ciertamente, habría sido bueno; ¿pero para ella? La fama en la soledad es un alimento amargo; y Anne morirá en mayo; y Charlotte seis años después; y Emily nunca podría hacer nuevos amigos. Mucho mejor para ella, aquel espíritu amoroso y fiel, morir mientras su vida aún era querida, mientras aún había esperanza en el mundo, que persistir unos pocos años más, en la soledad y la debilidad, para abandonar en la fama y la miseria una vida desilusionada.
«Murió en un tiempo de promesas. La vimos ser arrebatada de la vida en su apogeo. Pero es la voluntad de Dios, y el lugar al que se ha ido es mejor que aquel que ha dejado».
Verdaderamente mejor, dejar que su alma hable en el mundo por siempre, que el viento sea más fuerte por su aliento, y el brezo más púrpura por su corazón; mucho mejor perderse en el proceso de la vida, que todo lo abarca y todo lo transmutar, que vivir en un dolor restringido e individual. Así, al menos, correcto o incorrecto, pensaba esta mujer que amaba tanto la tierra. No temía morir. El pensamiento de la muerte no la llenaba de perplejidades; sino de una calma segura y feliz. Consideraba más glorioso que la fama, y más dulce que el amor, entregar su alma a Dios y su cuerpo a la tierra. ¿Y quién de nosotros criticará la creencia que hizo que una vida muy dolorosa fuera contenta?
«Lo que más me molesta es esta prisión destrozada, después de todo. Estoy cansada de estar encerrada aquí. Anhelo escapar a ese mundo glorioso, y estar siempre allí; no viéndolo tenuemente a través de las lágrimas, y deseándolo a través de las paredes de un corazón dolorido; sino realmente con él y en él. Crees que eres mejor y más afortunado que yo, en plena salud y fuerza; sientes lástima por mí... muy pronto eso cambiará. Yo sentiré lástima por ti. Estaré incomparablemente por encima y más allá de todos ustedes».[32]
Ah, sí; incomparablemente por encima y más allá. No solo por la visión aguda con la que ha revelado el mundo glorioso en el que su memoria es viento más fresco, y sol más brillante, no solo por eso; sino porque el recuerdo de su ser viviente es un precepto altísimo y noble. Nunca antes unas manos estuvieron tan inspiradas tanto para la rutina diaria como para una escritura de oro destinada a no desvanecerse nunca. Nunca hubo corazón más honorable y fuerte, ni ninguno más compasivo con la debilidad vergonzosa. Rara vez, en verdad, algún hombre, y más raramente aún alguna mujer, poseyó el inestimable don del genio y nunca lo usó como excusa para una debilidad, una violencia, un fallo, que en otros mortales condenamos. Ningún acto suyo requiere tal disculpa. Por lo tanto, estando muerta, nos persuade al honor; y no solo sus obras, sino la memoria de su vida se levantará y la alabará, a ella que vivió tan bien sin alabanzas.
NOTAS A PIE DE PÁGINA:
[Nota al pie 32: 'Cumbres Borrascosas'.]
EL FIN.
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GEORGE ELIOT. Por Mathilde Blind.
EMILY BRONTE. Por A. Mary F. Robinson.
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MARGARET FULLER. Por Julia Ward Howe.
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"No se debe saltar ni una página de esta interesante monografía".—Graphic.
"Nada es más necesario en los tiempos actuales que breves tratados sobre grandes escritores como estos. La Srta. Blind no ha escatimado esfuerzos para hacer una narración coherente y atractiva, y ha logrado presentarnos una biografía completa; intercalando su relato con críticas incisivas".—British Quarterly Review.
EMILY BRONTE. Por A. Mary F. Robinson.
"La Srta. Robinson hace que la parte biográfica de su libro sea de extremo interés, mientras que su crítica de la autora es justa, escrutadora y brillante".—Truth.
"En el volumen que tenemos ante nosotros encontramos una biografía crítica de la autora de 'Cumbres Borrascosas', que presenta ante la mente una concepción clara y definida del genio más verdadero y puro que este país ha producido. Lo que la Sra. Gaskell hizo por Charlotte Bronte, la Srta. Robinson lo ha hecho con igual gracia y simpatía por su hermana menor".—Manchester Courier.
"Emily Bronte es presentada con amor y fidelidad tanto como mujer como escritora, y el volumen es uno por el que todos los amantes de la literatura agradecerán a la Srta. Robinson y al editor que la persuadió para realizar la tarea".—Derby Mercury.
GEORGE SAND. Por Bertha Thomas.
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"Una vida de George Sand escrita con cuidado y con el conocimiento adecuado debe, y sin duda lo hará, ser de interés para muchos lectores, y este pequeño libro demuestra tanto cuidado como conocimiento".—Vanity Fair.
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Serie de Mujeres Eminentes.
OPINIONES DE LA PRENSA.
MARY LAMB. Por Anne Gilchrist.
"La 'Mary Lamb' de la Sra. Gilchrist es un esbozo esmerado y culto, escrito con conocimiento y sentimiento".—Pall Mall Gazette.
"Para su tarea de registrar esta vida, la Sra. Gilchrist ha aportado evidentemente una amplia lectura y un conocimiento preciso. Hay que felicitarla por la claridad y el interés de su narración, y por el éxito con el que nos ha presentado una de las figuras más gentiles y patéticas de la literatura inglesa".—Academy.
"Un volumen absolutamente encantador, cariñosamente comprensivo en su retrato, y cargado de mucho material nuevo e interesante".—Harper's Magazine.
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MARIA EDGEWORTH. Por Helen Zimmern.
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MARGARET FULLER. Por Julia Ward Howe.
"Una pieza biográfica muy fresca y atractiva, y una digna adición a la serie cuidadosamente seleccionada y bien editada del Sr. Ingram".—Freeman's Journal.
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Serie de Mujeres Eminentes.
OPINIONES DE LA PRENSA.
ELIZABETH FRY. Por la Sra. E. R. Pitman.
"De todos los filántropos ingleses, ninguno exhibe una naturaleza más noble ni es más digno de un registro permanente que la Sra. Fry. Por esta razón, damos la bienvenida al esbozo que sobre ella hace la Sra. Pitman, publicado en la serie de Mujeres Eminentes".—Times.
"Se puede obtener una idea excelente de la noble vida y obra de la Sra. Fry a partir de la sencilla pero impresionante obra de la Sra. Pitman".—Contemporary Review.
"Una de las mejores y más interesantes de la serie".—Literary World.
"Este es un buen libro, digno de un lugar en la interesante serie de Mujeres Eminentes".—Spectator.
"Excelente en su disposición y proporcionado con buen criterio".—Academy.
CONDESA DE ALBANY. Por Vernon Lee.
"La consumada autora ha realizado su trabajo con amor, y no ha dejado piedra sin mover en su esfuerzo por mostrar al mundo el aspecto de carne y hueso de la esposa del joven Pretendiente y de su amante, el poeta Alfieri".—Lady's Pictorial.
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"Hay un poder vívido en la comprensión que tiene Vernon Lee de la vida y la sociedad florentinas, y mucha belleza y brillo de color en sus descripciones".—Saturday Review.
"Esta biografía romántica es tan emocionante como cualquier obra de imaginación, y el estilo incisivo y gráfico de su autora la hace singularmente atractiva".—Morning Post.
HARRIET MARTINEAU. Por la Sra. Fenwick Miller.
"Un relato fiel y comprensivo de esta mujer notable".—Scotsman.
"Como descripción fiel de la vida privada y la brillante carrera literaria de una mujer hecha por otra mujer reflexiva y de mente abierta, este esbozo crítico es admirable".—Whitehall Review.
"No es en ningún sentido de la palabra una compilación, sino una memoria que es un modelo de esa concisión que no es incompatible con un retrato distintivo o con un interés fresco y vivo en la narración".—Daily News.
"La Sra. Miller ha hecho bien su difícil trabajo, y su volumen es uno de los más capaces e interesantes de la capaz e interesante serie a la que pertenece".—Derby Mercury.
Londres: W. H. ALLEN & CO., 13 Waterloo Place. S.W.