CUATRO ROMANCES ARTÚRICOS:
«EREC ET ENIDE», «CLIGÉS», «YVAIN» Y «LANCELOT»
por Chrétien de Troyes
Siglo XII d.C.
Escrito originalmente en francés antiguo, en algún momento de la segunda mitad del siglo XII d.C., por el poeta cortesano Chrétien de Troyes.
BIBLIOGRAFÍA SELECCIONADA:
TEXTO ORIGINAL--
Carroll, Carleton W. (Ed.): «Chrétien DeTroyes: Erec and Enide» (Garland Library of Medieval Literature, Nueva York y Londres, 1987). Editado con traducción (véase la edición de Penguin Classics más adelante).
Kibler, William W. (Ed.): «Chrétien DeTroyes: The Knight with the Lion, or Yvain» (Garland Library of Medieval Literature 48A, Nueva York y Londres, 1985). Texto original con traducción al inglés (véase la edición de Penguin Classics más adelante).
Kibler, William W. (Ed.): «Chrétien DeTroyes: Lancelot, or The Knight of the Cart» (Garland Library of Medieval Literature 1A, Nueva York y Londres, 1981). Texto original con traducción al inglés (véase la edición de Penguin Classics más adelante).
Micha, Alexandre (Ed.): «Les Romans de Chrétien de Troyes, Vol. II: Cligés» (Champion, París, 1957).
OTRAS TRADUCCIONES--
Cline, Ruth Harwood (Trad.): «Chrétien DeTroyes: Yvain, or the Knight with the Lion» (University of Georgia Press, Athens GA, 1975).
Kibler, William W. y Carleton W. Carroll (Trad.): «Chrétien DeTroyes: Arthurian Romances» (Penguin Classics, Londres, 1991). Contiene traducciones de «Erec et Enide» (por Carroll), «Cligés», «Yvain», «Lancelot» y el incompleto «Perceval» de DeTroyes (por Kibler). Altamente recomendado.
Owen, D.D.R (Trad.): «Chrétien DeTroyes: Arthurian Romances» (Everyman Library, Londres, 1987). Contiene traducciones de «Erec et Enide», «Cligés», «Yvain», «Lancelot» y el incompleto «Perceval» de DeTroyes. NOTA: Esta edición reemplazó a la de W.W. Comfort en el catálogo de la Everyman Library. Altamente recomendada.
LECTURAS RECOMENDADAS--
Anónimo: «Lancelot of the Lake» (Trad: Corin Corley; Oxford University Press, Oxford, 1989). Traducción al inglés de uno de los primeros romances en prosa sobre Lancelot.
Anónimo: «The Mabinogion» (Ed: Jeffrey Gantz; Penguin Classics, Londres, 1976). Contiene una traducción de «Geraint and Enid», una versión galesa anterior de «Erec et Enide».
Anónimo: «Yvain and Gawain», «Sir Percyvell of Gales» y «The Anturs of Arther» (Ed: Maldwyn Mills; Everyman, Londres, 1992). NOTA: Los textos están en inglés medio; «Yvain and Gawain» es una obra en inglés medio basada casi exclusivamente en el «Yvain» de Chrétien de Troyes.
Malory, Sir Thomas: «Le Morte D'Arthur» (Ed: Janet Cowen; Penguin Classics, Londres, 1969).
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INTRODUCCIÓN
Chrétien de Troyes ha tenido la peculiar fortuna de convertirse en el más conocido de los poetas franceses antiguos para los estudiosos de la literatura medieval, y de permanecer prácticamente desconocido para todos los demás. El conocimiento que los estudiantes tienen de la obra de Chrétien ha sido posible en los círculos académicos gracias a las admirables ediciones críticas de sus romances, emprendidas y llevadas a término durante los últimos treinta años por el profesor Wendelin Foerster de Bonn. Al mismo tiempo, la falta de familiaridad pública con la obra de Chrétien se debe a la carencia casi total de traducciones de sus romances a las lenguas modernas. El hombre que, hasta donde sabemos, relató por primera vez las aventuras románticas de los caballeros de Arturo, Gawain, Yvain, Erec, Lancelot y Perceval, ha sido olvidado; mientras que la posteridad ha sido más amable con sus deudores: Wolfram von Eschenbach, Malory, Lord Tennyson y Richard Wagner. El presente volumen ha surgido del deseo de ofrecer estos romances de aventuras al lector de lengua inglesa en una versión en prosa basada directamente en la forma más antigua en que existen.
Se han hecho afirmaciones tan extravagantes sobre el arte de Chrétien en algunos círculos que uno se siente poco inclinado a darles siquiera un eco aquí. El lector moderno puede formarse su propia estimación del arte del poeta, y es probable que esa estimación no sea elevada. La monotonía, la falta de proporción, las vanas repeticiones, la motivación insuficiente, las sutilezas tediosas y la indecencia amenazada, si no real, se encuentran entre los defectos más salientes que detendrán y, tal vez, confundirán al lector poco familiarizado con el oficio literario medieval. Ningún servicio mayor puede prestar un editor en tal caso que preparar al lector para pasar por alto estas faltas comunes y presentarle la importancia literaria de este poeta del siglo XII.
Chrétien de Troyes escribió en Champaña durante el tercer cuarto del siglo XII. De su vida no conocemos ni el principio ni el fin, pero sabemos que entre 1160 y 1172 vivió, quizás como heraldo de armas (según Gaston Paris, basado en «Lancelot» 5591-94), en Troyes, donde se encontraba la corte de su mecenas, la condesa María de Champaña. Ella era hija de Luis VII y de aquella famosa Leonor de Aquitania, como se la llama en las historias inglesas, quien, al llegar desde el sur de Francia en 1137, primero a París y más tarde a Inglaterra, pudo haber tenido alguna participación en la introducción de aquellos ideales de cortesía y servicio a la dama que pronto se convertirían en el culto de la sociedad europea. La condesa María, poseyendo los gustos y dones de su madre real, hizo de su corte una estación experimental social, donde estos ideales provenzales de una sociedad perfecta fueron plantados de nuevo en un suelo propicio. Parece, según el testimonio contemporáneo, que la autoridad de esta célebre dama feudal era importante y ampliamente sentida. La antigua ciudad de Troyes, donde ella celebraba su corte, debe ser marcada en grande en cualquier mapa de la historia literaria. Pues fue allí donde Chrétien fue llevado a escribir cuatro romances que juntos forman la expresión más completa que poseemos de un solo autor de los ideales de la caballería francesa. Estos romances, escritos en pareados rimados de ocho sílabas, tratan respectivamente de Erec y Enide, Cligés, Yvain y Lancelot. Otro poema, «Perceval le Gallois», fue compuesto alrededor de 1175 para Felipe, conde de Flandes, a quien Chrétien estuvo vinculado durante sus últimos años. Este último poema no se incluye en la presente traducción debido a su extraordinaria longitud de 32.000 versos, porque Chrétien escribió solo los primeros 9.000 versos, y porque la señorita Jessie L. Weston nos ha dado una versión inglesa del conocido «Parzival» de Wolfram, que cuenta esencialmente la misma historia, aunque con un espíritu diferente. Haber incluido este poema, del cual escribió menos de un tercio, en las obras de Chrétien habría sido injusto para él. Es cierto que el romance de «Lancelot» no fue completado por Chrétien, según se nos dice, pero el poema es suyo en tan gran parte que uno sería demasiado escrupuloso para no llamarlo suyo. Los otros tres poemas mencionados son totalmente suyos. Además, se asignan bastante generalmente al poeta dos líricas insignificantes, el piadoso romance de «Guillaume d’Angleterre» y la elaboración de un episodio de las «Metamorfosis» de Ovidio (vi., 426-674) llamado «Filomena» por su reciente editor (C. de Boer, París, 1909). Todos ellos existen y son accesibles. Pero dado que «Guillaume d’Angleterre» y «Filomena» no se atribuyen universalmente a Chrétien, y dado que no tienen nada que ver con el material artúrico, parece razonable limitar la presente empresa a «Erec y Enide», «Cligés», «Yvain» y «Lancelot».
El profesor Foerster, basando su observación en el mejor conocimiento que poseemos de un asunto oscuro, ha llamado a «Erec y Enide» el romance artúrico más antiguo que se conserva. No es posible disputar esta importante afirmación, pero hagámosla un poco más inteligible. La erudición ha demostrado que desde la alta Edad Media la tradición popular abundaba en Gran Bretaña y Bretaña. La existencia de estas tradiciones comunes a los pueblos britónicos fue señalada a la atención del mundo literario por Guillermo de Malmesbury («Gesta regum Anglorum») y Godofredo de Monmouth («Historia regum Britanniae») en sus historias latinas alrededor de 1125 y 1137 respectivamente, y por el poeta anglonormando Wace inmediatamente después. Los estudiosos han hecho la guerra sobre las teorías de transmisión del llamado material artúrico durante los siglos que transcurrieron entre el tiempo de la actividad del legendario caudillo en el año 500 d.C. y su aparición como un gran personaje literario en el siglo XII. Faltan documentos para la época oscura de la tradición popular antes de la conquista normanda, y los teóricos pueden hacer lo que quieran. Pero Arturo y sus caballeros, tal como los vemos en los primeros romances franceses, tienen poco en común con sus prototipos celtas, tal como los vislumbramos en la leyenda irlandesa, galesa y bretona. Chrétien pertenecía a una generación de poetas franceses que tomaron una gran masa de folclore celta que entendían imperfectamente, e hicieron de lo que, por supuesto, nunca había sido antes: el vehículo para transportar una rica carga de costumbres e ideales caballerescos. Como ideal de conducta social, el código de caballería nunca tocó a las clases medias y bajas, pero era la religión de la aristocracia y del «honnête homme» del siglo XII. Nunca la literatura en ninguna época estuvo más cerca de los ideales de una clase social. Es tan cierto esto que resulta difícil determinar si las prácticas sociales suscitaron la literatura o si, como en el caso del romance pastoril francés del siglo XVII, es más cierto decir que la literatura sugirió a la sociedad sus ideales. Sea como fuere, es apropiado observar que los romances de aventuras franceses retratan a la aristocracia de la baja Edad Media como le gustaría ser. Para las flagrantes inconsistencias entre la realidad y el ideal, uno puede recurrir a las crónicas del período. Sin embargo, incluso la historia habla de muchos pecados feos reprendidos y de muchas hazañas galantes realizadas debido a los ideales corteses de la caballería. La deuda de nuestro propio código social con esta literatura de cortesía y sacrificio frecuente es perfectamente manifiesta.
Cuál fue la fuente inmediata y específica de Chrétien para sus romances es de profundo interés para el estudiante. Desafortunadamente, nos ha dejado en la duda. Habla de la manera más vaga de los materiales que utilizó. No hay evidencia de que tuviera ninguna fuente escrita celta. Por lo tanto, volvemos a los originales literarios latinos o franceses que se han perdido, o a la tradición continental actual que se remonta a una fuente celta. Este problema tan difícil sigue sin resolverse en el caso de Chrétien, como lo es en el caso del anglonormando Beroul, que escribió sobre Tristán hacia 1150. El material evidentemente estaba a mano y Chrétien se apropió de él, sin mucha comprensión de su espíritu primitivo, pero apreciándolo como un marco para la sociedad ideal soñada pero no realizada en sus propios días. Añádase a esta perspicacia literaria una buena base en la fábula clásica, un poco de doctrina eclesiástica, una notable facilidad en la frase, la figura y la rima, y tenemos los cimientos del arte de Chrétien tal como lo encontraremos tras un examen más detenido.
Un poeta narrativo francés del siglo XII tenía tres categorías de temas entre los cuales elegir: leyendas relacionadas con la historia de Francia («matiere de France»), leyendas relacionadas con Arturo y otros héroes celtas («matiere de Bretagne») e historias extraídas de la historia o mitología de Grecia y Roma, corrientes en traducciones latinas y francesas («matiere de Rome la grant»). Chrétien nos dice en «Cligés» que sus primeros ensayos como poeta fueron las traducciones al francés de ciertas partes de las obras más populares de Ovidio: las «Metamorfosis», el «Ars Amatoria» y quizás el «Remedia Amoris». Pero parece haber elegido pronto como su campo especial las historias de origen celta que tratan de Arturo, la Mesa Redonda y otros rasgos del folclore celta. No solo estaba atento al interés literario de este material cuando era racionalizado para satisfacer el gusto de los lectores franceses; a él le corresponde además el crédito de haber dado a un folclore algo crudo aquel pulimento y elegancia que es peculiarmente francés, y que está inseparablemente asociado con las leyendas artúricas en toda la literatura moderna. Aunque Beroul, y quizás otros poetas, habían basado previamente poemas románticos en héroes celtas individuales como Tristán, no obstante, a Chrétien, hasta donde podemos ver, se debe el considerable honor de haber constituido la corte de Arturo como centro literario y punto de reunión para una innumerable compañía de caballeros y damas empeñados en una serie interminable de aventuras amorosas y peligrosas búsquedas. En lugar de atribuir incondicionalmente a Chrétien esta importante convención literaria, uno debe tener en cuenta que todos sus poemas implican familiaridad por parte de sus lectores con los héroes de la corte de la que habla. Uno supondría que otras historias, contadas antes de sus versiones, eran corrientes. Algunos críticos llegarían a sostener que Chrétien llegó hacia el final, en lugar de al principio, de una escuela de escritores franceses de romances artúricos. Pero, si es así, no poseemos esas versiones anteriores, y por falta de rivales Chrétien puede ser aclamado como un innovador en las escuelas de poesía actuales.
Y ahora consideremos las faltas que un lector moderno no tardará en detectar en el estilo de Chrétien. La mayoría de sus faltas salientes son comunes a toda la literatura narrativa medieval. Pueden atribuirse al extraordinario ocio de la clase para la que fue compuesta: una clase que siempre estaba dispuesta a leer una historia antigua contada de nuevo, y que toleraba cualquier descripción, por detallada que fuera. Los pasatiempos de esta clase de lectores eran las justas, la caza y hacer el amor. De ahí el predominio de estos asuntos en la literatura de sus horas de ocio. Ningún detalle de la justa o la caza era desconocido o desagradable para estos lectores; ningún argumento sutil sobre el arte del amor era demasiado abstruso para deleitar a una generación imbuida de casuística amorosa y alegorías. Y si algunas escenas nos parecen indelicadas, tras una comparación con otros autores de su época, Chrétien debe ser absuelto con una sentencia leve. Es seguro que pretendía evitar lo que era indecente, como hacían los escritores de poesía narrativa en general. Para apreciar plenamente el tratamiento casto de Chrétien, uno debe conocer otras formas de literatura medieval, como los fabliaux, las farsas y las obras de moralidad, en las que la cortesía no imponía ninguna restricción. Por la falta de sentido de la proporción de nuestro poeta, y por su descuido en la debida motivación de muchos episodios, no se puede pedir disculpas. No siempre es culpable; algunos episodios denotan maestría poética. Pero un poeta familiarizado, como él lo estaba, con algo de poesía latina de primera clase, y que había hecho de su arte un oficio, debería haber manejado su material con más inteligencia, incluso en el siglo XII. El énfasis no siempre se pone con discriminación, ni su hilo se mantiene siempre libre de enredos al hilar.
Se ha hecho referencia al uso que Chrétien hace de sus fuentes. La tendencia de algunos críticos ha sido minimizar la originalidad del poeta francés señalando analogías sorprendentes en la fábula clásica y celta. Se ha prestado atención especialmente a la defensa de la fuente y al servicio de una amante de las hadas en «Yvain», al cautiverio de los súbditos de Arturo en el reino de Gorre, tal como se narra en «Lancelot», que recuerda de manera tan insistente el tratamiento del reino de la Muerte del cual algún dios o héroe finalmente libera a los que están en cautiverio, y a la muerte fingida de Fenice en «Cligés», con sus muchas variantes. Estos episodios no son más que ejemplos de paralelos que se le ocurrirán al lector observador. El punto difícil de determinar, al hablar de concepciones tan extendidas en la literatura clásica y medieval, es la fuente inmediata de la que estas concepciones llegaron a Chrétien. La lista de obras de referencia adjunta a este volumen permitirá al estudiante profundizar en esta cuestión tan debatida, y nos permitirá prescindir de un examen de los argumentos en este lugar. Sin embargo, se han aducido paralelos tan convincentes para muchos de los episodios de hadas y románticos de Chrétien por parte de los estudiosos de la leyenda irlandesa y galesa que uno no puede dejar de impresionarse por el hecho de que Chrétien estaba en contacto, ya sea por tradición oral o literaria, con las poblaciones de Gran Bretaña y Bretaña, y que tenemos aquí su inspiración más inmediata. El profesor Foerster, oponiéndose firmemente a la llamada teoría anglonormanda que supone la existencia de romances anglonormandos perdidos en francés como fuentes de Chrétien de Troyes, está, sin embargo, bien dentro de la verdad cuando insiste en lo que es, en lo que a nosotros respecta, la originalidad esencial del poeta francés. Al lector general hoy no le importa tanto como al lector del siglo XII cómo el poeta llegó a los motivos y episodios de sus historias, si los tomó prestados o los inventó él mismo. Todo poeta debe ser juzgado no como un «buscador» sino como un «usuario» del acervo común de ideas. El estudio de las fuentes de la poesía medieval, que está siendo llevado a cabo tan obstinadamente por los estudiosos, bien puede arrojar luz sobre las principales corrientes de la tradición literaria, pero no arroja ninguna reflexión, favorable o de otro tipo, sobre el arte personal del poeta en el manejo de su material. En ese punto, puede defender su propia causa ante el jurado.
La originalidad de Chrétien, pues, consiste en su retrato del ideal social de la aristocracia francesa en el siglo XII. Hasta donde sabemos, fue el primero en crear en las lenguas vulgares una vasta corte, donde hombres y mujeres vivían de conformidad con las reglas de la cortesía, donde se decía la verdad, donde la generosidad era abierta, donde los débiles y los inocentes eran protegidos por hombres que se dedicaban al culto del honor y a la búsqueda de una reputación intachable. El honor y el amor combinados para captar la atención de esta sociedad; estas eran su religión en un sentido mucho más real que la de la Iglesia. La perfección era alcanzable bajo este código de ética: Gawain, por ejemplo, era un caballero perfecto. Aunque los ideales de esta corte y los del cristianismo están de acuerdo en muchos puntos, el amor cortés y la moral cristiana son irreconciliables. Este material artúrico, tal como lo utiliza Chrétien, es fundamentalmente inmoral si se juzga por los estándares cristianos. Sin lugar a dudas, tanto los poetas como el público sabían que este era el caso, y en ello residía su encanto para una sociedad en la que las relaciones reales entre los sexos estaban rígidamente prescritas por la Iglesia y por la práctica feudal, más que por los sentimientos de los individuos involucrados. El amor apasionado de Tristán por Iseo, de Lancelot por Ginebra, de Cligés por Fenice, fascina a la sociedad cristiana convencional del siglo XII y del siglo XX por igual, pero solo hay un nombre entre los hombres para relaciones como las suyas, y ni la justicia ni la razón se encuentran por ese camino. Incluso Tennyson, a pesar de todo lo que hizo para espiritualizar este material, se vio obligado a retratar la inevitable disolución y ruina de la corte de Arturo. Chrétien conocía bien la diferencia entre el bien y el mal, entre la razón y la pasión, como el lector de «Cligés» puede aprender por sí mismo. Fenice no era Iseo, y no quería que su Cligés fuera un Tristán. Infidelidad, si se quiere, pero no un «ménage à trois». Tanto «Erec» como «Yvain» presentan una moralidad convencional. Pero «Lancelot» es flagrantemente inmoral, y el poeta tiene cuidado de afirmar que para este romance en particular está en deuda con su mecenas, María de Champaña. Dice que fue ella quien le proporcionó tanto la «matiere» como el «san», el material de la historia y su método de tratamiento.
Los estudiosos han tratado de fijar la cronología de las obras del poeta y se han visto tentados a especular sobre la evolución de sus ideas literarias y morales. La cronología del profesor Foerster es generalmente aceptada, y hay pocas probabilidades de que se equivoque al suponer que la obra de Chrétien se realizó de la siguiente manera: el perdido «Tristán» (cuya existencia es negada por Gaston Paris en «Journal des Savants», 1902, págs. 297 y sigs.), «Erec y Enide», «Cligés», «Lancelot», «Yvain», «Perceval». Los argumentos a favor de esta cronología, basados tanto en la crítica externa como en la interna, pueden encontrarse en las introducciones de las recientes ediciones del profesor Foerster. Cuando especulamos sobre el desarrollo de las ideas morales de Chrétien, no estamos en terreno tan seguro. Como hemos visto, sus normas varían ampliamente en los diferentes romances. Qué parte de esta variación se debe a circunstancias fortuitas impuestas por la naturaleza de su tema o por el gusto de su público, y qué parte a convicciones cambiantes, es fácil de ver, cuando consideramos a algún novelista contemporáneo, lo peligroso que es juzgar las convicciones morales tal como se reflejan en la obra literaria. «Lancelot» debe ser la piedra angular de cualquier teoría construida sobre la evolución moral de Chrétien. La siguiente suposición es sostenible, si la cronología de Foerster es correcta. Después de las obras de su juventud, que consistían en poemas líricos y traducciones que encarnaban los ideales de Ovidio y de la escuela de poetas trovadores contemporáneos, Chrétien tomó el material artúrico y comenzó un nuevo rumbo. «Erec» es el romance artúrico más antiguo que ha sobrevivido en cualquier lengua, pero casi con toda seguridad no es el primero que se escribió. Es una historia perfectamente limpia: de amor, distanciamiento y reconciliación en las personas de Erec y su encantadora amada Enide. El análisis psicológico de los motivos de Erec en la ruda prueba de Enide es digno de atención, y es más sutil que cualquier otra cosa anterior en la literatura francesa con la que estemos familiarizados. El poema es un romance episódico en la biografía de un héroe artúrico, con la cantidad habitual de espacio dedicado a sus aventuras. «Cligés» aparentemente conecta un cuento bizantino de origen dudoso de manera arbitraria con la corte de Arturo. Se piensa que la historia encarna el mismo motivo que el relato extendido del engaño practicado sobre Salomón por su esposa, y que la fuente de Chrétien, como él mismo afirma, fue literaria (cf. Gaston Paris en «Journal des Savants», 1902, págs. 641-655). La escena en la que Fenice finge la muerte para reunirse con su amante es un paralelo de muchas otras en la historia literaria, y, por supuesto, sugerirá la situación en Romeo y Julieta. Este romance ilustra bien el poder de atracción de la corte de Arturo como centro literario y su uso como punto de reunión para caballeros corteses de cualquier extracción. El poema ha sido denominado un «Anti-Tristán», debido a su referencia despectiva al amor de Tristán e Iseo, que, generalmente se supone, había sido narrado por Chrétien en sus primeros años. A continuación puede venir «Lancelot», con su significativa dedicatoria a la condesa de Champaña. De toda la obra del poeta, este relato del rescate de Ginebra por su amante parece expresar más fielmente los ideales de la corte de María, ideales en los que la devoción y la cortesía disfrazan apenas el amor libre. «Yvain» es un retorno a la inclinación natural del poeta, en un romance episódico, mientras que «Perceval» corona su producción con su nota pura y exaltada, aunque sin un toque de ese misticismo religioso que más tarde marcó el «Parzival» de Wolfram von Eschenbach. «Guillaume d'Angleterre» es un romance pseudo-histórico de aventuras en el que se exponen convencionalmente las aflicciones mundanas y la recompensa final de la piedad. No tiene inspiración, su lugar es difícil de determinar y su autoría es cuestionada por algunos. Está al margen del material artúrico, y no hay pistas sobre su lugar en la evolución del arte de Chrétien, si es que realmente es obra suya.
Unas pocas palabras deben dedicarse al lugar de Chrétien en la historia de la poesía narrativa medieval. Los cantos épicos heroicos de Francia, dedicados ya sea al conflicto de la cristiandad bajo el liderazgo de Francia contra los sarracenos, o bien a la lucha y rivalidad de los vasallos franceses entre sí, habían estado vigentes durante quizás un siglo antes de que nuestro poeta comenzara a escribir. Estos poemas épicos, de los cuales han sobrevivido unas tres docenas, retratan una sociedad feudal guerrera, viril y poco sentimental, cuya ocupación principal era luchar y cuyos ideales dominantes eran la fe en Dios, la lealtad a los lazos familiares feudales y la valentía en la batalla. El lugar de la mujer es comparativamente oscuro, y del cortejo amoroso se dice poco. Es una poesía de virilidad vigorosa, de moralidad intransigente y de golpes duros dados y recibidos por Dios, por la cristiandad y por el Rey de Francia. Esta poesía está escrita en versos de diez o doce sílabas agrupados, al principio en «tiradas» asonantadas y más tarde rimadas, de longitud desigual. Estaba destinada a una sociedad que aún era homogénea, y a ella, al principio, sin duda, todas las clases de la población escuchaban con igual interés. Como poesía es monótona, sin sentido de la proporción, rellenada para facilitar la memorización por parte de recitadores profesionales, y sin adornos de figuras, fantasía o imaginación. Su pretensión de precisión histórica engendró prosaismo en su enfoque hacia el estilo de las crónicas. Pero su inspiración era noble, su concepción de los deberes humanos era elevada. Ofrece un retrato realista de la época que la produjo, la era de las primeras cruzadas, y hasta el día de hoy elegiríamos como nuestros modelos de ciudadanía a Roldán y Oliver más que a Tristán y Lancelot. Los poemas épicos, que tratan sobre los personajes pseudo-históricos que habían luchado en guerras civiles y extranjeras bajo Carlomagno, siguieron siendo el alimento literario favorito de las clases medias hasta finales del siglo XIII. El profesor Bedier está actualmente ocupado explicando el extraordinario control que estos poemas tenían sobre el público, y en demostrar que ejercían una función distinta cuando eran explotados por la Iglesia a lo largo del período de las cruzadas para celebrar santuarios locales y promover el cristianismo muscular. Pero el refinamiento que comenzó a penetrar en los ideales de la aristocracia francesa alrededor de mediados del siglo XII anhelaba una expresión diferente en la literatura narrativa. La mitología y la historia griegas y romanas fueron aprovechadas con cierto éxito para satisfacer la nueva demanda. El «Roman de Thèbes», el «Roman d'Alexandre», el «Roman de Troie» y su lógica continuación, el «Roman d'Eneas», son todos intentos del siglo XII de vestir la leyenda clásica con el ropaje de la caballería medieval. Pero más apto para satisfacer la nueva demanda fue el descubrimiento por parte de los alertas anglonormandos, quizás en Bretaña, quizás en el sur de Inglaterra, de un vasto cuerpo de material legendario que, hasta donde sabemos, nunca antes de este siglo había recibido un tratamiento literario elaborado. La existencia de la demanda literaria y este descubrimiento del material para su pronta satisfacción es una de las coincidencias más notables en la historia literaria. Parecería que el orgullo de las poblaciones celtas por un héroe celta, ayudado y secundado por Godofredo de Monmouth, quien mostró por primera vez las posibilidades románticas del material, convirtió al oscuro jefe británico Arturo en un conquistador mundial. Arturo se convirtió así, ya en la «Historia regum Britaniae» de Godofredo, en un protagonista consciente de Carlomagno y en su rival en popularidad. Esta grandiosa concepción de Arturo persistió en Inglaterra, pero esta concepción del jefe británico no interesó a los franceses. Para Chrétien, Arturo no tenía ninguna importancia política. Es simplemente el árbitro de su corte en todos los asuntos de justicia y cortesía. El séquito muy realista de barones viriles y ocupados de Carlomagno es reemplazado por una corte de elegantes caballeros y damas desempleadas. El escenario de Carlomagno es histórico y geográfico; el escenario de Arturo es ideal y está en el aire. En los poemas épicos más antiguos encontramos solo hombres temerosos de Dios y unas pocas mujeres discretas; en los romances artúricos nos encontramos con caballeros y damas, más elegantes y seductores que cualquiera en los poemas épicos, pero menos fortificados por la fe y el sentido del deber contra el vicio porque respiran una atmósfera enervante de ocio y decadencia moral. Aunque la Iglesia hizo el intento en «Parzival», nunca pudo poner sus manos tan eficazmente sobre este material celta, porque contenía demasiados elementos que eran, de raíz, inconsistentes con las enseñanzas esenciales del cristianismo. Una comparación fugaz del fin noble de los Pares de Carlomagno luchando por su Dios y su Rey en Roncesvalles con las carreras fútiles y diletantes de los caballeros de Arturo en justas y cacerías, mostrará mejor que las meras palabras dónde radica la diferencia.
El estudiante de la historia de los ideales sociales y morales encontrará mucho que le interese en los romances de Chrétien. Las referencias medievales muestran que fue considerado por sus sucesores inmediatos, como es considerado hoy cuando se le analiza con justicia, como un maestro del arte de contar historias. Más que cualquier otro poeta narrativo, fue tomado como modelo tanto en Francia como en el extranjero. El profesor F. M. Warren ha expuesto en detalle los puntos más finos en el arte de la poesía tal como lo practicaban Chrétien y sus artesanos contemporáneos (véase «Some Features of Style in Early French Narrative Poetry, 1150-1170» en «Modern Philology», iii., 179-209; iii., 513-539; iv., 655-675). Los poetas de su propia tierra se refieren a él con reverencia, y los poetas extranjeros le hicieron grandes cumplidos mediante la traducción directa y mediante el bordado sobre los temas que él había hecho populares. Los caballeros hechos famosos por Chrétien pronto cruzaron las fronteras y obtuvieron derechos de ciudadanía en condados tan diversos como Alemania, Inglaterra, Escandinavia, Holanda, Italia y, en menor medida, en España y Portugal. La tendencia inevitable de los siglos XIV y XV a reducir la poesía a prosa afectó al material artúrico; vastas compilaciones en prosa finalmente incorporaron en forma impresa el asunto expresado anteriormente en verso, y fue en esta forma como las historias fueron conocidas por generaciones posteriores hasta que el renovado interés por la Edad Media sacó a la luz los manuscritos en verso.
Aparte de ciertos episodios de los romances de Chrétien, al estudiante le interesará más el tratamiento del amor tal como se retrata en ellos. Sobre este tema podemos escuchar hablar al hombre de su tiempo. «Cligés» contiene el cuerpo de la doctrina del amor de Chrétien, mientras que Lancelot es su amante más perfecto. Su deuda con Ovidio aún no se ha indicado con suficiente precisión. Un elaborado código para regir el sentimiento y su expresión fue desarrollado independientemente por los trovadores de Provenza a principios del siglo XII. Estos ideales provenzales de la vida cortés fueron llevados al norte de Francia en parte como resultado de un matrimonio real en 1137 y de la cruzada de 1147, y allí, por poetas como Chrétien, fueron recogidos y fusionados con la doctrina ovidiana en una declaración altamente complicada pero perfectamente definida de las relaciones ideales entre los sexos. En ninguna parte de las lenguas vulgares se puede encontrar una mejor declaración de estas relaciones que en «Cligés».
Así dejamos a Chrétien hablar a través de los siglos por sí mismo y por su generación. Debe ser leído como un narrador más que como un poeta, como un casuista más que como un filósofo. Pero cuando se hacen todas las deducciones, su importancia como artista literario y como fundador de una preciosa tradición literaria lo distingue de todos los demás poetas de las razas latinas entre el fin del Imperio y la llegada de Dante.
--W. W. COMFORT.
EREC ET ENIDE [11]
(Vv. 1-26.) El proverbio del rústico dice que muchas cosas son despreciadas y valen mucho más de lo que se supone. Por lo tanto, hace bien quien aprovecha al máximo cualquier inteligencia que posea. Porque aquel que descuida esta preocupación probablemente omitirá decir algo que posteriormente daría gran placer. Así, Chrétien de Troyes sostiene que uno siempre debe estudiar y esforzarse por hablar bien y enseñar lo correcto; y deriva de una historia de aventura un argumento agradable por el cual se puede probar y saber que no es sabio quien no hace un uso liberal de su conocimiento mientras Dios le dé gracia. La historia trata sobre Erec, el hijo de Lac, una historia que aquellos que se ganan la vida contando historias están acostumbrados a mutilar y estropear en presencia de reyes y condes. Y ahora comenzaré el relato que será recordado mientras dure la cristiandad. Esta es la jactancia de Chrétien.
(Vv. 27-66.) Un día de Pascua en la primavera, el Rey Arturo celebró la corte en su ciudad de Cardigan. Nunca se vio una corte tan rica; pues había allí muchos buenos caballeros, fuertes, audaces y valientes, y ricas damas y doncellas, gentiles y hermosas hijas de reyes. Pero antes de que la corte se disolviera, el Rey dijo a sus caballeros que deseaba cazar al Ciervo Blanco, [12] para observar dignamente la antigua costumbre. Cuando mi señor Gawain escuchó esto, se sintió muy disgustado y dijo: «Señor, no obtendrá ni gracias ni buena voluntad de esta caza. Todos sabemos desde hace mucho tiempo qué es esta costumbre del Ciervo Blanco: quien pueda matar al Ciervo Blanco debe, por cierto, besar a la doncella más hermosa de su corte, pase lo que pase. Pero de esto podría surgir un gran mal, pues hay aquí quinientas doncellas de alto linaje, gentiles y prudentes hijas de reyes, y no hay ninguna de ellas que no tenga un caballero audaz y valiente por amante que estaría dispuesto a sostener, ya sea con razón o sin ella, que la que es su dama es la más hermosa y gentil de todas». El Rey responde: «Eso lo sé bien; sin embargo, no desistiré por ese motivo; pues la palabra de un rey nunca debe ser contradicha. Mañana por la mañana iremos todos alegremente a cazar al Ciervo Blanco en el bosque de la aventura. Y muy agradable será esta caza».
(Vv. 67-114.) Y así se organiza el asunto para la mañana siguiente al amanecer. Al día siguiente, tan pronto como es de día, el Rey se levanta y se viste, y se pone una chaqueta corta para su paseo por el bosque. Ordena que se despierte a los caballeros y que se preparen los caballos. Ya están a caballo y se van, con arcos y flechas. Tras ellos, la Reina monta su caballo, llevando consigo a una doncella. Una doncella era, hija de un rey, y montaba un palafreno blanco. Tras ellos siguió rápidamente un caballero, llamado Erec, que pertenecía a la Mesa Redonda y tenía gran fama en la corte. [13] De todos los caballeros que allí estuvieron, nunca nadie recibió tal elogio; y era tan hermoso que en ninguna parte del mundo necesitaría uno buscar a un caballero más hermoso que él. Era muy hermoso, valiente y cortés, aunque no tenía aún veinticinco años. Nunca hubo un hombre de su edad de mayor caballerosidad. ¿Y qué diré de sus virtudes? Montado en su caballo y vestido con un manto de armiño, venía galopando por el camino, vistiendo una casaca de espléndida seda floreada que fue hecha en Constantinopla. Se había puesto calzas de brocado, bien hechas y cortadas, y cuando sus espuelas de oro estuvieron bien sujetas, se sentó con seguridad en sus estribos. No llevaba consigo más armas que su espada. Mientras galopaba, en la esquina de una calle alcanzó a la Reina y dijo: «Mi señora, si le place, me gustaría acompañarla por este camino, pues no he venido con otro propósito que el de hacerle compañía». Y la Reina le agradece: «Buen amigo, me gusta mucho su compañía, en verdad; pues mejor no podría tener».
(Vv. 115-124.) Entonces cabalgan a toda velocidad hasta llegar al bosque, donde el grupo que se les había adelantado ya había levantado al ciervo. Algunos hacen sonar los cuernos y otros gritan; los sabuesos se lanzan hacia adelante tras el ciervo, corriendo, atacando y ladrando; los arqueros disparan con fuerza. Y delante de todos cabalgaba el Rey en un cazador español.
(Vv. 125-154.) La Reina Ginebra estaba en el bosque escuchando a los perros; a su lado estaban Erec y la doncella, que era muy cortés y hermosa. Pero aquellos que habían perseguido al ciervo estaban tan lejos de ellos que, por mucho que escucharan para captar el sonido del cuerno o el ladrido del sabueso, ya no podían oír ni caballo, ni cazador, ni sabueso. Así que los tres detuvieron sus monturas en un claro al lado del camino. Habían estado allí poco tiempo cuando vieron a un caballero armado solo en su corcel, con el escudo colgado al cuello y la lanza en la mano. La Reina lo divisó desde la distancia. A su lado derecho cabalgaba una doncella de porte noble, y delante de ellos, en un rocín, venía un enano llevando en la mano un látigo anudado. Cuando la Reina Ginebra vio al apuesto y elegante caballero, deseó saber quiénes eran él y su doncella. Así que ordenó a su doncella que fuera rápidamente y le hablara.
—Doncella —dice la Reina—, id y decid a aquel caballero que venga a mí y traiga a su doncella consigo. La doncella sigue al paso hacia el caballero. Pero el malintencionado enano sale a su encuentro con su látigo en la mano, gritando: —¡Detente, doncella, qué buscas aquí! No avanzarás más. —Enano —dice ella—, déjame pasar. Deseo hablar con aquel caballero; pues la Reina me envía aquí. El enano, que era rudo y vil, se plantó en medio del camino y dijo: —No tienes nada que hacer aquí. Vuelve atrás. No es propio que hables a tan excelente caballero. La doncella avanzó e intentó pasar por la fuerza, pues tenía al enano en poca estima al ver que era tan pequeño. Entonces el enano alzó su látigo, al verla venir hacia él, e intentó golpearla en el rostro. Ella alzó el brazo para protegerse, pero él levantó la mano de nuevo y la golpeó, totalmente desprotegida, en su mano desnuda: y con tal fuerza la golpeó en el dorso de la mano que se le puso toda amoratada. Cuando la doncella no pudo hacer otra cosa, muy a su pesar tuvo que regresar. Así que, llorando, dio la vuelta. Las lágrimas acudieron a sus ojos y corrieron por sus mejillas. Cuando la Reina ve a su doncella herida, se siente profundamente afligida e irritada y no sabe qué hacer. —¡Ah, Erec, buen amigo! —dice—, siento un gran pesar por mi doncella, a quien ese enano ha herido. El caballero debe ser, en verdad, descortés al permitir que tal monstruo golpee a una criatura tan hermosa. Erec, buen amigo, id vos al caballero y decidle que venga a mí sin demora. Deseo conocerle a él y a su dama. Erec parte hacia allá, espoleando a su corcel, y cabalga directo hacia el caballero. El innoble enano le ve venir y sale a su encuentro. —Vasallo —dice él—, ¡retrocede! Pues no sé qué negocios tienes aquí. Te aconsejo que te retires. —¡Fuera! —dice Erec—, ¡enano provocador! Eres vil y molesto. Déjame pasar. —No lo harás. —Sí lo haré. —No lo harás. Erec aparta al enano a empujones. El enano no tenía igual en villanía: le propinó un gran golpe con su látigo justo en el cuello, de modo que el cuello y el rostro de Erec quedaron marcados por el golpe del azote; de arriba abajo aparecen las líneas que las correas le han dejado. Sabía bien que no podría obtener la satisfacción de golpear al enano, pues vio que el caballero estaba armado, era arrogante y de malas intenciones, y temió que lo matara pronto si golpeaba al enano en su presencia. La temeridad no es valentía. Así que Erec actuó con sensatez al retirarse sin más dilación. —Mi señora —dice—, ahora los asuntos están peor, pues el ruin enano me ha herido de tal manera que me ha cortado gravemente el rostro. No me atreví a golpearle ni a tocarle; pero nadie debería reprochármelo, pues yo estaba completamente desarmado. Desconfié del caballero armado, quien, siendo un tipo feo y violento, no lo tomaría como una broma y pronto me mataría en su orgullo. Pero esto sí os prometo: que si puedo, aún vengaré mi deshonra o la aumentaré. Pero mis armas están demasiado lejos para ser de utilidad en este momento de necesidad, pues en Cardigan las dejé esta mañana al partir. Y si fuera a buscarlas allí, quizás jamás volvería a encontrar al caballero que cabalga tan deprisa. Así que debo seguirle de inmediato, lejos o cerca, hasta encontrar algunas armas que alquilar o tomar prestadas. Si encuentro a alguien que me preste armas, el caballero pronto me encontrará listo para la batalla. Y podéis estar segura, sin falta, de que ambos combatiremos hasta que él me venza o yo a él. Y si es posible, estaré de vuelta al tercer día, cuando me veréis en casa, ya sea alegre o triste, no lo sé. Señora, no puedo demorarme más, pues debo seguir al caballero. Me voy. A Dios os encomiendo. Y la Reina, de igual modo, más de quinientas veces le encomienda a Dios, para que le proteja de todo mal.
Erec deja a la Reina y no cesa de perseguir al caballero. La Reina permanece en el bosque, adonde ahora había llegado el Rey con el Ciervo. El propio Rey aventajó a los demás en la muerte. Así mataron y capturaron al Ciervo Blanco, y todos regresaron, portando al Ciervo, hasta llegar de nuevo a Cardigan. Después de la cena, cuando los caballeros estaban todos de muy buen ánimo por todo el salón, el Rey, como era costumbre, debido a que había cazado al Ciervo, dijo que otorgaría el beso y así observaría la costumbre del Ciervo. Por toda la corte se escucha un gran murmullo: cada uno promete y jura a su vecino que eso no se hará sin la protesta de la espada o la lanza de fresno. Cada uno desea gallardamente sostener que su dama es la más hermosa del salón. Su conversación no augura nada bueno, y cuando mi señor Gawain la escuchó, debéis saber que no fue de su agrado. Así se dirigió al Rey: —Señor —dice—, vuestros caballeros aquí están muy exaltados, y toda su charla es sobre este beso. Dicen que nunca será otorgado sin disturbios y una pelea. Y el Rey le respondió con sensatez: —Buen sobrino Gawain, dadme consejo ahora, preservando mi honor y mi dignidad, pues no tengo intención de que haya ningún disturbio.
Al consejo acudió una gran parte de los mejores caballeros de la corte. Llegó el Rey Yder, que fue el primero en ser convocado, y tras él el Rey Cadoalant, que era muy sabio y audaz. Kay y Girflet vinieron también, y el Rey Amauguin estaba allí, y un gran número de otros caballeros estaban allí con ellos. La discusión estaba en proceso cuando llegó la Reina y les contó la aventura que había tenido en el bosque, sobre el caballero armado que vio, y sobre el malicioso enanito que había golpeado a su doncella en la mano desnuda con su látigo, y que golpeó a Erec, también, del mismo modo, con un feo golpe en el rostro; pero que Erec siguió al caballero para obtener venganza, o aumentar su vergüenza, y cómo dijo que, si era posible, estaría de vuelta al tercer día. —Señor —dice la Reina al Rey—, escuchadme un momento. Si estos caballeros aprueban lo que digo, posponed este beso hasta el tercer día, cuando Erec esté de vuelta. No hay nadie que no esté de acuerdo con ella, y el propio Rey aprueba sus palabras.
Erec sigue constantemente al caballero que estaba armado y al enano que le había golpeado hasta que llegan a un pueblo bien situado, fuerte y hermoso. Entran directamente por la puerta. Dentro del pueblo había gran alegría de caballeros y damas, de los cuales había muchos y hermosos. Algunos alimentaban en las calles a sus gavilanes y halcones mudados; otros daban aire a sus torzuelos, sus aves de muda y halcones jóvenes amarillos; otros juegan a los dados u otro juego de azar, algunos al ajedrez y otros al chaquete. Los mozos frente a las caballerizas están cepillando y limpiando a los caballos. Las damas se engalanan en sus aposentos. Tan pronto como ven venir al caballero, a quien reconocieron con su enano y su doncella, salen de tres en tres a su encuentro. Al caballero todos lo saludan y honran, pero no prestan atención a Erec, pues no le conocían. Erec sigue de cerca al caballero por el pueblo, hasta que le vio alojado. Entonces, muy alegre, pasó un poco más allá hasta que vio recostado sobre unos escalones a un vavasor ya entrado en años. Era un hombre apuesto, de blancas guedejas, debonair, agradable y franco. Allí estaba sentado, completamente solo, pareciendo estar sumido en sus pensamientos. Erec le tomó por un hombre honrado que pronto le daría alojamiento. Cuando giró por la puerta hacia el patio, el vavasor corrió a su encuentro y le saludó antes de que Erec hubiera dicho una palabra. —Buen señor —dice—, sed bienvenido. Si os dignáis a hospedaros conmigo, aquí está mi casa, lista para vos. Erec responde: —¡Gracias! Con ningún otro propósito he venido; necesito un lugar donde alojarme esta noche.
Erec desmonta de su caballo, al cual el propio anfitrión lleva de la brida y dispensa gran honor a su huésped. El vavasor llama a su esposa y a su hermosa hija, que estaban ocupadas en un taller, haciendo no sé qué. La dama salió con su hija, quien vestía una túnica interior blanca y suave con amplias faldas que caían sueltas en pliegues. Sobre ella llevaba una prenda de lino blanco, que completaba su atavío. Y esta prenda era tan vieja que estaba llena de agujeros por los lados. Pobre, en verdad, era su vestimenta por fuera, pero por dentro su cuerpo era hermoso.
La doncella era encantadora, en verdad, pues la Naturaleza había empleado toda su destreza al formarla. La Naturaleza misma se había maravillado más de quinientas veces de cómo en aquella ocasión había logrado crear algo tan perfecto. Jamás podría esforzarse de nuevo con éxito para reproducir su patrón. La Naturaleza da testimonio sobre ella de que nunca se vio una criatura tan hermosa en todo el mundo. En verdad os digo que jamás Iseo la Bella tuvo unos cabellos dorados tan radiantes que pudieran compararse con los de esta doncella. La tez de su frente y su rostro era más clara y delicada que el lirio. Pero con arte maravilloso, su rostro, con toda su pálida delicadeza, estaba bañado por un carmesí fresco que la Naturaleza le había otorgado. Sus ojos eran tan brillantes que parecían dos estrellas. Dios nunca formó mejor nariz, boca ni ojos. ¿Qué diré de su belleza? En verdad, estaba hecha para ser contemplada; pues en ella uno podría haberse visto a sí mismo como en un espejo. Así salió del taller: y cuando vio al caballero, a quien nunca había visto antes, retrocedió un poco, porque no le conocía, y en su modestia se sonrojó. Erec, por su parte, quedó maravillado al contemplar tanta belleza en ella, y el vavasor le dijo: —Querida y hermosa hija, toma este caballo y llévalo a la caballeriza junto con mis propios caballos. Cuida de que no le falte nada: quítale la silla y la brida, dale avena y heno, cuídalo y cepíllalo, para que esté en buenas condiciones.
La doncella toma el caballo, desata la correa del pecho y le quita la brida y la silla. Ahora el caballo está en buenas manos, pues ella lo cuida de forma excelente. Le coloca un cabestro sobre la cabeza, lo frota, lo cepilla y lo deja cómodo. Luego lo ata al pesebre y le pone abundante heno fresco y dulce y avena. Entonces volvió con su padre, quien le dijo: —Querida y hermosa hija, toma ahora a este caballero de la mano y muéstrale todo honor. Llévalo de la mano hacia arriba. La doncella no se demoró (pues en ella no faltaba cortesía) y lo llevó de la mano hacia arriba. La dama se había adelantado y preparado la casa. Había colocado cojines bordados y mantas sobre los lechos, donde los tres se sentaron: Erec con su anfitrión a su lado, y la doncella frente a ellos. Ante ellos, el fuego arde con fuerza. El vavasor tenía solo un criado, y ninguna doncella para tareas de cámara o cocina. Este hombre estaba ocupado en la cocina preparando carne y aves para la cena. Era un cocinero hábil, que sabía preparar comida en agua hirviendo y aves en el asador. Cuando tuvo la comida preparada de acuerdo con las órdenes que se le habían dado, les trajo agua para lavarse en dos palanganas. La mesa fue puesta pronto, se dispusieron manteles, pan y vino, y se sentaron a cenar. Se saciaron de todo lo que necesitaban. Cuando terminaron y la mesa fue retirada, Erec se dirigió así a su anfitrión, el señor de la casa: —Decidme, buen anfitrión —preguntó—, por qué vuestra hija, que es tan sumamente hermosa e inteligente, va tan pobre e inadecuadamente vestida. —Buen amigo —responde el vavasor—, muchos hombres son dañados por la pobreza, y tal es mi caso. Me aflige verla tan pobremente vestida, y sin embargo no puedo evitarlo, pues he estado tanto tiempo envuelto en guerras que he perdido, hipotecado o vendido todas mis tierras. Y sin embargo, ella iría bien vestida si yo le permitiera aceptar todo lo que la gente desea darle. El propio señor de este castillo la habría vestido de forma adecuada y le habría hecho todo tipo de favores, pues es su sobrina y él es un conde. Y no hay noble en esta región, por rico y poderoso que sea, que no la habría tomado de buena gana por esposa si yo hubiera dado mi consentimiento. Pero espero aún alguna ocasión mejor, cuando Dios le otorgue aún mayor honor, cuando la fortuna traiga aquí a algún rey o conde que la lleve consigo, pues no hay bajo el Cielo rey ni conde que se avergonzara de mi hija, que es tan maravillosamente hermosa que no se puede encontrar su igual. Hermosa, en verdad, es; pero aún mayor, mucho mayor que su belleza, es su inteligencia. Dios nunca creó a nadie tan discreto y de corazón tan abierto. Cuando tengo a mi hija a mi lado, no me importa ni un bledo todo el resto del mundo. Ella es mi deleite y mi pasatiempo, ella es mi alegría y consuelo, mi riqueza y mi tesoro, y no amo nada tanto como a su propia y preciosa persona.
Cuando Erec hubo escuchado todo lo que su anfitrión le contaba, le pidió que le informara de dónde venía toda la caballería que estaba alojada en el pueblo. Pues no había calle ni casa, por pobre y pequeña que fuera, que no estuviera llena de caballeros, damas y escuderos. Y el vavasor le dijo: —Buen amigo, estos son los nobles de los alrededores; todos, jóvenes y viejos, han venido a una fiesta que se celebrará en este pueblo mañana; por eso las casas están tan llenas. Cuando todos se hayan reunido, habrá un gran revuelo mañana; pues en presencia de toda la gente se colocará sobre una percha de plata un gavilán de cinco o seis mudas, el mejor que podáis imaginar. Quien desee ganar el halcón debe tener una amante que sea hermosa, prudente y cortés. Y si hay un caballero tan audaz como para querer defender el valor y el nombre de la más hermosa ante sus ojos, hará que su amante dé un paso al frente y retire el halcón de la percha, si nadie se atreve a interponerse. Esta es la costumbre que observan, y por esto se reúnen aquí cada año. Entonces Erec habla y le pregunta: —Buen anfitrión, que no os desagrade, pero decidme, si lo sabéis, quién es cierto caballero que porta armas de azur y oro, que pasó por aquí hace poco, teniendo muy cerca a una doncella cortesana, precedido por un enano jorobado. A él le respondió entonces el anfitrión: —Ese es quien ganará el halcón sin ninguna oposición de los otros caballeros. No creo que nadie ofrezca oposición; esta vez no habrá golpes ni heridas. Por dos años ya lo ha ganado sin ser desafiado; y si lo gana de nuevo este año, habrá obtenido posesión permanente del mismo. Cada año sucesivo podrá conservarlo sin disputa ni desafío. Rápidamente Erec responde: —No me gusta ese caballero. Por mi palabra, si tuviera algunas armas le desafiaría por el halcón. Buen anfitrión, os ruego como favor que me aconsejéis cómo puedo equiparme con armas, ya sean viejas o nuevas, pobres o ricas, no importa. Y él le responde generosamente: —¡Sería una lástima que sintierais preocupación por eso! Tengo buenas y finas armas que me alegrará prestaros. En la casa tengo una cota de malla de triple tejido, que fue seleccionada entre quinientas. Y tengo unas grebas finas y valiosas, pulidas, hermosas y ligeras de peso. El yelmo es brillante y hermoso, y el escudo fresco y nuevo. Caballo, espada y lanza, todo os lo prestaré, por supuesto; así que no se diga más. —¡Gracias, buen y amable anfitrión! Pero no deseo mejor espada que esta que he traído conmigo, ni otro caballo que el mío, pues me basta con él. Si me prestáis el resto, lo tendré por un gran favor. Pero hay una merced más que deseo pediros, por la cual haré justa compensación si Dios concede que salga de la batalla con honor. Y él le responde con franqueza: —Pedid con confianza lo que queráis, sea lo que sea, pues nada de lo mío os faltará. Entonces Erec dijo que deseaba defender el halón en nombre de su hija; pues ciertamente no habrá ninguna doncella que sea ni una centésima parte tan hermosa como ella. Y si él la lleva consigo, tendrá una buena y justa razón para mantener y probar que ella tiene derecho a llevarse el halcón. Luego añadió: —Señor, no sabéis qué huésped habéis albergado aquí, ni conocéis mi estado y linaje. Soy hijo de un rico y poderoso rey: el nombre de mi padre es el Rey Lac, y los bretones me llaman Erec. Pertenezco a la corte del Rey Arturo, y he estado con él durante tres años. No sé si alguna noticia de mi padre o de mí ha llegado nunca a esta tierra. Pero os prometo y juro que, si me equipáis con armas y me dais a vuestra hija mañana cuando me esfuerce por el halcón, la llevaré a mi país, si Dios me concede la victoria, y le daré una corona para llevar, y será reina de tres ciudades. —¿Ah, buen señor! ¿Es cierto que sois Erec, hijo de Lac? —Ese soy yo, en efecto —dijo él. Entonces el anfitrión se sintió muy complacido y dijo: —Hemos oído hablar de vos en esta tierra. Ahora os tengo en mucha mayor estima, pues sois muy valiente y esforzado. Nada se os negará ahora por mi parte. A vuestra petición os entrego a mi hermosa hija. Entonces, tomándola de la mano, dice: —Aquí, te la entrego. Erec la recibió con alegría, y ahora tiene todo lo que deseaba. Ahora todos están felices allí: el padre está muy encantado, y la madre llora de alegría. La doncella permaneció callada; pero estaba muy feliz y alegre de que estuviera prometida con él, porque él era valiente y cortés: y sabía que algún día sería rey, y ella recibiría honor y sería coronada como rica reina.
Se habían acostado muy tarde aquella noche. Pero ahora las camas estaban preparadas con sábanas blancas y almohadas suaves, y cuando la conversación decayó, todos se fueron a dormir con ánimo alegre. Erec durmió poco aquella noche, y a la mañana siguiente, al despuntar el alba, él y su anfitrión se levantaron temprano. Ambos fueron a rezar a la iglesia y a escuchar a un ermitaño cantar la misa del Espíritu Santo, sin olvidar hacer una ofrenda. Cuando hubieron escuchado la misa, ambos se arrodillaron ante el altar y luego regresaron a la casa. Erec estaba ansioso por la batalla, así que pidió sus armas y le fueron entregadas. La doncella misma le puso las armas (aunque no profirió hechizo ni encanto alguno), le ató las grebas de hierro y las sujetó con correas de piel de ciervo. Le puso el hauberk con sus fuertes mallas y le ató la ventalla. El yelmo reluciente lo colocó sobre su cabeza, y así lo armó bien de pies a cabeza. A su lado le sujetó la espada, y luego ordenó que trajeran su caballo, lo cual fue hecho. Él saltó sobre él con agilidad. La doncella trajo entonces el escudo y la lanza fuerte; le entregó el escudo, y él lo tomó y se lo colgó al cuello por la correa. Ella le puso la lanza en la mano, y cuando él la hubo asido por el extremo, se dirigió así al gentil vavasor: —Buen señor —dijo—, si os place, haced que vuestra hija se prepare ahora; pues deseo escoltarla hasta el gavilán de acuerdo con nuestro pacto. El vavasor, sin demora, hizo ensillar un palafrén bayo. No se puede decir nada del arnés debido a la terrible pobreza que afligía al vavasor. Se pusieron silla y brida, y la doncella montó sin más, libre y con atuendo ligero, sin esperar a que la urgieran. Erec no quiso demorarse más, así que partió con la hija del anfitrión a su lado, seguidos por el caballero y su dama.
Erec cabalga con la lanza erguida y con la hermosa doncella a su lado. Toda la gente, grandes y pequeños, los mira con ojos asombrados mientras pasan por las calles. Y así se preguntan unos a otros: —¿Quién es ese caballero de allá? Debe ser valiente y esforzado, en verdad, para actuar como escolta de esta bella doncella. Sus esfuerzos estarán bien empleados en probar que esta doncella es la más hermosa de todas. Uno le dice a otro: —En verdad, ella debería tener el gavilán. Algunos alababan a la doncella, mientras muchos decían: —¡Dios! ¿Quién podrá ser este caballero, con la bella doncella a su lado? —No lo sé. —Ni yo. Así hablaba cada uno. —Pero su reluciente yelmo le queda bien, y el hauberk, y el escudo, y su aguda espada de acero. Se sienta bien sobre su corcel y tiene el porte de un valiente vasallo, bien formado en brazos, en piernas y pies. Mientras todos permanecen así contemplándolos, ellos, por su parte, no tardaron en tomar posición junto al gavilán, donde a un lado esperaban al caballero. ¡Y ahora, mirad! Lo ven llegar, atendido por su enano y su doncella. Él había oído el rumor de que había llegado un caballero que deseaba obtener el gavilán, pero no creía que pudiera haber en el mundo un caballero tan audaz como para atreverse a luchar con él. Pronto lo derrotaría y lo derribaría. Toda la gente lo conocía bien, y todos le dan la bienvenida y lo escoltan en una multitud ruidosa: caballeros, escuderos, damas y doncellas se apresuran a correr tras él. Liderándolos a todos, el caballero cabalga orgulloso, con su doncella y su enano a su lado, y se abre paso rápidamente hacia el gavilán. Pero a su alrededor había tal presión de la multitud tosca y vulgar que era imposible tocar el halcón o acercarse al lugar donde estaba. Entonces el conde llegó a la escena y amenazó a la población con una vara que sostenía en su mano. La multitud retrocedió, y el caballero avanzó y dijo tranquilamente a su dama: —Mi señora, este pájaro, que está tan perfectamente mudado y es tan hermoso, debería ser vuestro como vuestra justa parte; pues sois maravillosamente hermosa y llena de encanto. Vuestro será seguramente mientras yo viva. Adelantaos, querida mía, y tomad el halcón de la percha. La doncella estaba a punto de extender su mano cuando Erec se apresuró a desafiarla, sin prestar atención a la arrogancia del otro. —¡Doncella! —grita—, ¡retroceded! Id a juguetear con algún otro pájaro, pues a este no tenéis derecho. A pesar de todo, digo que este halcón nunca será vuestro. Pues una mejor que vos lo reclama; sí, mucho más hermosa y más cortés. El otro caballero está muy enfadado; pero Erec no le hace caso y ordena a su propia doncella que se adelante. —Hermosa —grita—, salid. Tomad el pájaro de la percha, pues es justo que vos lo tengáis. ¡Doncella, salid! Pues me jactaré de defenderlo si alguien es tan audaz como para intervenir. Pues ninguna mujer os supera en belleza o valor, en gracia u honor, del mismo modo que la luna no supera al sol. El otro no pudo soportarlo más al oírle ofrecerse tan varonilmente a luchar. —Vasallo —grita—, ¿quién eres tú que así disputas conmigo el halcón? Erec le responde audazmente: —Soy un caballero de otra tierra. Este halcón he venido a obtener; pues es justo, lo digo a pesar de todo, que esta doncella mía lo tenga. —¡Fuera! —grita el otro—, nunca será así. La locura te ha traído aquí. Si deseas tener el halcón, pagarás muy caro por ello. —¿Pagar, vasallo? ¿Y cómo? —Debes luchar conmigo si no me lo cedes. —Hablas con locura —grita Erec—; para mí estas son amenazas ociosas; pues poco te temo. —Entonces te desafío aquí y ahora. La batalla es inevitable. Erec responde: —Que Dios me ayude ahora; pues nunca deseé tanto algo. Pronto escucharéis el ruido de la batalla.
El gran espacio fue despejado, con la gente reunida alrededor. Se alejan el uno del otro la distancia de un acre, luego lanzan sus caballos el uno contra el otro; se alcanzan con las puntas de sus lanzas y se golpean tan fuerte que los escudos son perforados y rotos; las lanzas se parten y crujen; los arzones de las sillas son golpeados hasta hacerse pedazos detrás. Ambos pierden los estribos, de modo que caen al suelo y los caballos corren por el campo. Aunque golpeados por las lanzas, pronto vuelven a ponerse en pie y desenvainan sus espadas. Con gran ferocidad se atacan y se intercambian grandes golpes de espada, de modo que los yelmos son aplastados y hechos sonar. Fiero es el choque de las espadas mientras hacen llover grandes golpes sobre cuello y hombros. Pues esto no es un mero deporte: rompen lo que sea que tocan, cortando los escudos y destrozando los hauberks. Las espadas están rojas con sangre carmesí. La batalla dura mucho; pero luchan con tanto vigor que se vuelven cansados y apáticos. Ambas doncellas están llorando, y cada caballero ve a su dama llorar y elevar sus manos a Dios y rezar para que Él conceda los honores de la batalla a aquel que lucha por ella. —¡Ah! vasallo —dice el caballero a Erec—, retirémonos y descansemos un poco; pues demasiado débiles son estos golpes que damos. Debemos dar mejores golpes que estos; pues ahora se acerca el atardecer. Es vergonzoso y altamente desacreditador que esta batalla dure tanto. Mira allá a esa gentil doncella que llora por ti y clama a Dios. Muy dulcemente reza por ti, como también la mía por mí. Seguramente deberíamos hacer nuestro mejor esfuerzo con nuestras hojas de acero por el bien de nuestras amadas. Erec responde: —Habéis hablado bien. Entonces toman un pequeño descanso, Erec mirando hacia su dama mientras ella reza suavemente por él. Mientras él estaba sentado y la miraba, una gran fuerza se reclutó en su interior. Su amor y belleza le inspiraron gran audacia. Recordó a la Reina, a quien dio su palabra de que vengaría el insulto que se le hizo, o lo haría aún mayor. —¡Ah! desgraciado —dice—, ¿por qué espero? Aún no me he vengado de la injuria que este vasallo permitió cuando su enano me golpeó en el bosque. Su ira revive en su interior mientras convoca al caballero: —Vasallo —dice—, os llamo a la batalla de nuevo. Demasiado hemos descansado; renovemos ahora nuestra lucha. Y él responde: —Eso no es una dificultad para mí. Tras lo cual, se lanzan de nuevo el uno contra el otro. Ambos eran expertos esgrimistas. En su primera estocada, el caballero habría herido a Erec si él no hubiera parado con habilidad. Aun así, lo golpeó tan fuerte sobre el escudo junto a su sien que arrancó un trozo de su yelmo. Rozando de cerca su cofia blanca, la espada desciende, hendiendo el escudo hasta la hebilla y cortando más de un palmo del costado de su hauberk. Entonces debió quedar bien aturdido, ya que el acero frío penetró hasta la carne en su muslo. ¡Que Dios lo proteja ahora! Si el golpe no se hubiera desviado, habría cortado todo su cuerpo. Pero Erec no está de ninguna manera desanimado: le devuelve lo que le debe y, atacándolo audazmente, le golpea sobre el hombro con un golpe tan violento que el escudo no puede resistirlo, ni el hauberk sirve de algo para evitar que la espada penetre hasta el hueso. Hizo que la sangre carmesí fluyera hasta su cinturón. Ambos vasallos son luchadores duros: luchan con honores iguales, pues uno no puede ganar al otro ni un solo pie de terreno. Sus hauberks están tan rasgados y sus escudos tan hachados que en realidad no queda suficiente de ellos para servir como protección. Así que luchan todos expuestos. Cada uno pierde mucha sangre y ambos se debilitan. Él golpea a Erec y Erec lo golpea a él. Erec le propina un golpe tan tremendo sobre el yelmo que lo aturde por completo. Luego se lo deja caer una y otra vez, dándole tres golpes en rápida sucesión, que parten enteramente el yelmo y cortan la cofia debajo. La espada llega incluso al cráneo y corta un hueso de su cabeza, pero sin penetrar el cerebro. Él tropieza y se tambalea, y mientras vacila, Erec lo empuja de modo que cae sobre su lado derecho. Erec lo agarra por el yelmo y lo arranca a la fuerza de su cabeza, y desata la ventalla, de modo que su cabeza y rostro quedan completamente expuestos. Cuando Erec piensa en el insulto que le hizo el enano en el bosque, le habría cortado la cabeza si no hubiera pedido clemencia. —¡Ah! vasallo —dice—, me has derrotado. Clemencia ahora, y no me mates, después de haberme superado y tomado prisionero: eso nunca te traería elogios ni gloria. Si me tocaras más, harías una gran villanía. Toma aquí mi espada; te la rindo. Erec, sin embargo, no la toma, sino que dice en respuesta: —Estoy a un paso de matarte. —¡Ah! gentil caballero, ¡clemencia! Pues, ¿por qué crimen, de hecho, o por qué error habrías de odiarme con odio mortal? Nunca te vi antes que yo sepa, y nunca me he dedicado a hacerte ninguna vergüenza o error. Erec responde: —De hecho, lo habéis hecho. —¡Ah! señor, ¡decidme cuándo! Pues nunca os vi, que yo recuerde, y si os he hecho algún mal, me pongo a vuestra merced. Entonces Erec dijo: —Vasallo, yo soy aquel que estaba en el bosque ayer con la reina Guinevere, cuando permitiste a tu enano maleducado golpear a la doncella de mi señora. Es vergonzoso golpear a una mujer. Y después me golpeó a mí, tomándome por algún tipo vulgar. Fuiste culpable de demasiada insolencia cuando viste tal ultraje y permitiste complacientemente a tal monstruo de patán golpear a la doncella y a mí mismo. Por tal crimen bien puedo odiarte; pues has cometido una falta grave. Te constituirás ahora en mi prisionero, y sin demora irás directo a mi señora, a quien seguramente encontrarás en Cardigan, si hacia allá diriges tu camino. Llegarás allí esta misma noche, pues no está a siete leguas de aquí, creo. Le entregarás a ella a ti mismo, a tu doncella y a tu enano, para hacer como ella dicte; y dile que le envío el mensaje de que mañana vendré satisfecho, trayendo conmigo a una doncella tan hermosa, sabia y fina que en todo el mundo no tiene igual. Tanto puedes decirle verazmente. Y ahora deseo saber tu nombre. Entonces tuvo que decir a pesar de sí mismo: —Señor, mi nombre es Yder, hijo de Nut. Esta mañana no habría pensado que ningún hombre solo por la fuerza de las armas pudiera conquistarme. Ahora he encontrado por experiencia a un hombre que es mejor que yo. Sois un caballero muy valiente, y os doy mi fe aquí y ahora de que iré sin demora y me pondré en manos de la Reina. Pero decidme sin reserva cuál puede ser vuestro nombre. ¿Quién diré que es el que me envía? Pues estoy listo para partir. Y él responde: —Mi nombre te lo diré sin disfraz: es Erec. Ve, y dile que soy yo quien te ha enviado a ella. —Ahora iré, y os prometo que pondré a mi enano, a mi doncella y a mí mismo completamente a su disposición (no tenéis de qué temer), y le daré noticias de vos y de vuestra doncella. Entonces Erec recibió su palabra dada, y el conde y toda la gente alrededor, las damas y los caballeros, estuvieron presentes en el acuerdo. Algunos estaban gozosos, y otros abatidos; algunos estaban apenados, y otros alegres. La mayoría se regocijó por el bien de la doncella con el atuendo blanco, la hija del pobre vavasor, ella de corazón gentil y abierto; pero su doncella y aquellos que estaban dedicados a él estaban apenados por Yder.
Yder, obligado a ejecutar su promesa, no quiso demorarse más, sino que montó su corcel de inmediato. Pero ¿por qué habría de hacer una historia larga? Tomando a su enano y a su doncella, atravesaron los bosques y la llanura, yendo rectos hasta llegar a Cardigan. En el cenador fuera del gran salón, Gawain y Kay el senescal y un gran número de otros señores estaban reunidos. El senescal fue el primero en divisar a los que se acercaban, y dijo a mi señor Gawain: —Señor, mi corazón adivina que el vasallo que viene allá es aquel de quien habló la Reina como habiéndole hecho ayer tal insulto. Si no me equivoco, hay tres en el grupo, pues veo al enano y a la doncella. —Así es —dice mi señor Gawain—; es seguramente una doncella y un enano quienes vienen rectos hacia nosotros con el caballero. El caballero mismo está completamente armado, pero su escudo no está entero. Si la Reina lo viera, lo conocería. ¡Hola, senescal, ve a llamarla ahora! Así que fue directamente y la encontró en uno de los aposentos. —Mi señora —dice él—, ¿recordáis al enano que ayer os enfureció hiriendo a vuestra doncella? —Sí, lo recuerdo muy bien. Senescal, ¿tenéis alguna noticia de él? ¿Por qué lo habéis mencionado? —Señora, porque he visto a un caballero andante armado viniendo sobre un caballo gris, y si mis ojos no me han engañado, vi una doncella con él; y me parece que con él viene el enano, que aún sostiene el azote del que Erec recibió su azote. Entonces la Reina se levantó rápidamente y dijo: —Vamos rápidamente, senescal, a ver si es el vasallo. Si es él, podéis estar seguro de que os lo diré, tan pronto como lo vea. Y Kay dijo: —Os lo mostraré. Subid al cenador donde vuestros caballeros están reunidos. Fue desde allí que lo vimos venir, y mi señor Gawain mismo os espera allí. Mi señora, apresurémonos allá, pues aquí nos hemos demorado demasiado. Entonces la Reina se puso en marcha, y llegando a las ventanas se puso de pie junto a mi señor Gawain, y directamente reconoció al caballero. —¡Ah! mis señores —grita—, es él. Ha pasado por gran peligro. Ha estado en una batalla. No sé si Erec ha vengado su dolor, o si este caballero ha derrotado a Erec. Pero hay muchas abolladuras en su escudo, y su hauberk está cubierto de sangre, de modo que es más rojo que blanco. —En verdad, mi señora —dice mi señor Gawain—, estoy muy seguro de que tenéis toda la razón. Su hauberk está cubierto de sangre, y golpeado y batido, mostrando claramente que ha estado en una pelea. Podemos ver fácilmente que la batalla ha sido caliente. Ahora pronto escucharemos de él noticias que nos darán alegría o pesadumbre: si Erec lo envía a vos aquí como prisionero a vuestra discreción, o si viene con orgullo de corazón a jactarse ante nosotros arrogantemente de que ha derrotado o matado a Erec. Ninguna otra noticia puede traer, creo. La Reina dice: —Soy de la misma opinión. Y todos los demás dicen: —Bien puede ser así.
Entretanto, Yder entra por la puerta del castillo trayéndoles noticias. Todos bajaron del pabellón y fueron a su encuentro. Yder subió a la terraza real y allí desmontó de su caballo. Gawain tomó a la doncella y la ayudó a bajar de su palafrén; el enano, por su parte, desmontó también. Había más de cien caballeros allí de pie, y cuando los tres recién llegados hubieron desmontado, fueron conducidos a presencia del Rey. Tan pronto como Yder vio a la Reina, se inclinó profundamente y la saludó primero a ella, luego al Rey y a sus caballeros, y dijo: «Señora, soy enviado aquí como vuestro prisionero por un caballero, un valiente y noble señor cuyo rostro hizo sufrir ayer mi enano con su azote anudado. Él me ha vencido en armas y me ha derrotado. Señora, al enano os traigo aquí: ha venido a rendirse a vuestra discreción. Me traigo a mí mismo, a mi doncella y a mi enano para que hagáis con nosotros lo que os plazca». La Reina no guarda silencio por más tiempo, sino que le pide noticias de Erec: «Decidme —dice—, si os place, ¿sabéis cuándo llegará Erec?». «Mañana, señora, y con él traerá a una doncella, la más hermosa de cuantas he conocido jamás». Cuando hubo entregado su mensaje, la Reina, que era amable y sensata, le dijo cortésmente: «Amigo, puesto que te has entregado a mi merced, tu reclusión será menos severa; pues no tengo deseo alguno de buscar tu daño. Pero dime ahora, que Dios te ayude, ¿cuál es tu nombre?». Y él responde: «Señora, mi nombre es Yder, hijo de Nut». Y ellos supieron que decía la verdad. Entonces la Reina se levantó y, yendo ante el Rey, dijo: «Señor, ¿habéis oído? Habéis hecho bien en esperar a Erec, el valiente caballero. Os di un buen consejo ayer cuando os aconsejé esperar su regreso. Esto demuestra que es sabio aceptar consejo». El Rey responde: «Eso no es mentira; más bien es perfectamente cierto que quien acepta consejo no es un necio. Felizmente seguimos vuestro consejo ayer. Pero si os importo algo, liberad a este caballero de su cautiverio, siempre que consienta en unirse desde ahora a mi casa y a mi corte; y si no consiente, que sufra las consecuencias». Cuando el Rey hubo hablado así, la Reina liberó de inmediato al caballero; pero fue bajo la condición de que permaneciera en el futuro en la corte. No hubo necesidad de instarle antes de que diera su consentimiento para quedarse. Ahora era de la corte y de la casa a la que antes no pertenecía. Entonces hubo vales prontos a correr y relevarle de sus armas.
Ahora debemos volver a Erec, a quien dejamos en el campo donde había tenido lugar la batalla. Incluso Tristán, cuando mató al feroz Morholt en la isla de San Sansón, no despertó tal júbilo como el que celebraron aquí por Erec. Grandes y pequeños, delgados y robustos, todos le agasajan y alaban su caballería. No hay caballero que no grite: «¡Señor, qué vasallo! ¡Bajo el cielo no hay otro igual!». Le siguen hasta su alojamiento, alabándole y hablando mucho. Incluso el Conde mismo le abraza, pues estaba más alegre que el resto, y dijo: «Señor, si os place, deberíais por derecho alojaros en mi casa, puesto que sois hijo del rey Lac. Si aceptarais mi hospitalidad me haríais un gran honor, pues os considero mi señor. Buen señor, os plazca, os ruego que os alojéis conmigo». Erec responde: «Que no os desagrade, pero no abandonaré esta noche a mi anfitrión, quien me ha hecho gran honor al entregarme a su hija. ¿Qué decís, señor? ¿No es un regalo hermoso y precioso?». «Sí, señor —responde el Conde—; el regalo, en verdad, es fino y bueno. La doncella misma es hermosa y lista, y además de muy noble linaje. Debéis saber que su madre es mi hermana. Ciertamente, me alegra el corazón que os hayáis dignado tomar a mi sobrina. Una vez más os ruego que os alojéis conmigo esta noche». Erec responde: «No me lo pidáis más. No lo haré». Entonces el Conde vio que insistir más era inútil, y dijo: «¡Señor, como os plazca! Bien podemos no hablar más de ello; pero yo y mis caballeros estaremos todos con vos esta noche para alegraros y haceros compañía». Cuando Erec oyó eso, le dio las gracias y regresó a la morada de su anfitrión, con el Conde acompañándole. Damas y caballeros estaban reunidos allí, y el vavasor estaba alegre de corazón. Tan pronto como Erec llegó, más de una veintena de escuderos corrieron rápidamente a quitarle sus armas. Cualquiera que estuviera presente en esa casa podría haber sido testigo de una escena feliz. Erec fue el primero y tomó asiento; luego todos los demás en orden se sientan sobre los divanes, los cojines y los bancos. Al lado de Erec se sentó el Conde, y la doncella de rostro radiante, que alimentaba al tan disputado halcón sobre su muñeca con un ala de avefría. Gran honor, alegría y prestigio había ganado ese día, y estaba muy alegre de corazón tanto por el ave como por su señor. No podría haber estado más feliz, y lo demostraba claramente, sin ocultar su alegría. Todos podían ver cuán alegre estaba, y en toda la casa hubo gran regocijo por la felicidad de la doncella a quien amaban.
Erec se dirigió así al vavasor: «¡Buen anfitrión, buen amigo, buen señor! Me habéis hecho gran honor, y ricamente os será pagado. Mañana me llevaré a vuestra hija conmigo a la corte del Rey, donde deseo tomarla como mi esposa; y si queréis demoraros aquí un poco, enviaré pronto a buscaros. Os haré escoltar al país que es de mi padre ahora, pero que luego será mío. Está lejos de aquí, de ningún modo cerca. Allí os daré dos pueblos, muy espléndidos, ricos y finos. Seréis señor de Roadan, que fue construido en tiempos de Adán, y de otro pueblo cercano, que no es menos valioso. La gente lo llama Montrevel, y mi padre no posee mejor pueblo. Y antes de que pase el tercer día, os enviaré abundancia de oro y plata, de pieles moteadas y grises, y preciosas telas de seda con las que adornaros a vos y a vuestra esposa, mi querida señora. Mañana al alba deseo llevar a vuestra hija a la corte, vestida y ataviada como está ahora. Deseo que mi señora, la Reina, la vista con su mejor vestido de satén y paño escarlata».
Había cerca una doncella muy honorable, prudente y virtuosa. Estaba sentada en un banco al lado de la doncella de la camisa blanca, y era su propia prima, la sobrina de mi señor el Conde. Cuando oyó cómo Erec pretendía llevar a su prima con tan pobre atavío a la corte de la Reina, habló de ello al Conde. «Señor —dice—, sería una vergüenza para vos más que para nadie si este caballero se llevara a vuestra sobrina con él en tan triste estado». Y el Conde respondió: «Gentil sobrina, dadle el mejor de vuestros vestidos». Pero Erec oyó la conversación y dijo: «De ninguna manera, mi señor. Pues estad seguro de que nada en el mundo me tentaría a dejar que tenga otro ropaje hasta que la Reina misma se lo otorgue». Cuando la doncella oyó esto, respondió: «¡Ay! Buen señor, puesto que insistís en llevaros a mi prima así vestida con una camisa blanca y una túnica, y puesto que estáis decidido a que no tenga ninguno de mis vestidos, otro regalo deseo hacerle. Tengo tres buenos palafrenes, tan buenos como los de cualquier rey o conde, uno alazán, uno moteado y el otro negro con las patas delanteras blancas. Por mi palabra, si tuvierais cien de donde elegir, no encontraríais uno mejor que la montura moteada. Los pájaros en el aire no vuelan más velozmente que el palafrén; y no es demasiado vivo, sino que simplemente conviene a una dama. Un niño puede montarlo, pues no es ni asustadizo ni tozudo, ni muerde ni cocea ni se vuelve inmanejable. Quien busque algo mejor no sabe lo que quiere. Y su paso es tan suave y gentil que una persona se siente más cómoda y relajada sobre su lomo que en un barco». Entonces dijo Erec: «Querida, no tengo objeción a que acepte este regalo; de hecho, me complace la oferta y no deseo que ella la rechace». Entonces la doncella llama a uno de sus criados de confianza y le dice: «Ve, amigo, ensilla mi palafrén moteado y tráelo aquí de inmediato». Y él cumple su orden: pone silla y brida y se esfuerza por hacer que luzca bien. Luego salta sobre el palafrén de crines, que está ahora listo para la inspección. Cuando Erec vio al animal, no escatimó sus alabanzas, pues pudo ver que era muy fino y gentil. Así que ordenó a un sirviente que lo llevara de vuelta y lo atara en el establo junto a su propio caballo. Luego todos se separaron, tras una velada agradablemente pasada. El Conde se marcha a su propia morada y deja a Erec con el vavasor, diciendo que le hará compañía por la mañana cuando parta. Toda esa noche durmieron bien. Por la mañana, cuando el alba era brillante, Erec se prepara para partir, ordenando que ensillen sus caballos. Su hermosa amada, también, despierta, se viste y se prepara. El vavasor y su esposa se levantan también, y cada caballero y dama allí se prepara para escoltar a la doncella y al caballero. Ahora están todos a caballo, y el Conde también. Erec cabalga junto al Conde, teniendo a su lado a su amada, siempre pendiente de su halcón. Al no tener otras riquezas, juega con su halcón. Muy alegres iban mientras cabalgaban; pero cuando llegó el momento de partir, el Conde quiso enviar con Erec a un grupo de sus caballeros para hacerle el honor de escoltarle. Pero él anunció que ninguno debía quedarse con él, y que no quería más compañía que la de la doncella. Entonces, cuando les hubieron acompañado una distancia, dijo: «¡En nombre de Dios, adiós!». Entonces el Conde besa a Erec y a su sobrina, y los encomienda a ambos al Dios misericordioso. Su padre y su madre, también, los besan una y otra vez, y no pudieron contener sus lágrimas: al partir, la madre llora, el padre y la hija también. Pues tal es el amor y la naturaleza humana, y tal es el afecto entre padres e hijos. Lloraban de pena, ternura y amor que tenían por su hija; sin embargo, sabían muy bien que su hija iba a ocupar un lugar del que les sobrevendría gran honor. Derramaron lágrimas de amor y piedad cuando se separaron de su hija, pero no tenían otra causa para llorar. Sabían muy bien que finalmente recibirían gran honor por su matrimonio. Así, al partir, muchas lágrimas fueron derramadas, mientras llorando se encomiendan unos a otros a Dios, y así se separan sin más demora.
Erec dejó a su anfitrión; pues estaba muy ansioso por llegar a la corte real. En su aventura encontró gran satisfacción; pues ahora tenía una dama sumamente hermosa, discreta, cortés y gentil. No podía mirarla lo suficiente: pues cuanto más la mira, más le agrada. No puede evitar darle un beso. Es feliz cabalgando a su lado, y le hace bien mirarla. Largo tiempo contempla sus hermosos cabellos, sus ojos risueños y su frente radiante, su nariz, su rostro y su boca, por todo lo cual la alegría llena su corazón. La contempla hasta la cintura, su barbilla y su cuello níveo, su pecho y sus costados, sus brazos y manos. Pero no menos la doncella mira al vasallo con ojo claro y corazón leal, como si estuvieran en competición. ¡No habrían dejado de observarse ni siquiera por la promesa de una recompensa! Eran una pareja perfecta en cortesía, belleza y gentileza. Y eran tan parecidos en calidad, manera y costumbres, que nadie que deseara decir la verdad podría elegir al mejor de ellos, ni al más hermoso, ni al más discreto. Sus sentimientos, también, eran muy parecidos; de modo que eran muy adecuados el uno para el otro. Así, cada uno roba el corazón del otro. La ley o el matrimonio nunca unieron a dos criaturas tan dulces. Y así cabalgaron hasta que justo al dar el mediodía se acercaron al castillo de Cardigan, donde ambos eran esperados. Algunos de los primeros nobles de la corte habían subido a mirar desde las ventanas superiores para ver si podían verlos. La Reina Ginebra corrió arriba, e incluso el Rey vino con Kay y Perceval de Gales, y con ellos mi señor Gawain y Tor, el hijo del Rey Ares; Lucan el copero estaba allí, también, y muchos otros valerosos caballeros. Finalmente, vieron a Erec acercándose en compañía de su dama. Todos le conocieron bien desde tan lejos como pudieron verlo. La Reina está muy complacida, y de hecho toda la corte se alegra de su llegada, porque todos le aman tanto. Tan pronto como hubo llegado ante el vestíbulo de entrada, el Rey y la Reina bajan a su encuentro, saludándole todos en nombre de Dios. Dan la bienvenida a Erec y a su doncella, encomiando y alabando su gran belleza. Y el Rey mismo la tomó y la bajó de su palafrén. El Rey estaba vestido con fino atavío y estaba entonces de humor alegre. Hizo un honor especial a la doncella tomándola de la mano y conduciéndola hasta el gran salón de piedra. Tras ellos, Erec y la Reina también subieron de la mano, y él le dijo: «Os traigo, señora, a mi doncella y mi amada vestida con pobre atuendo. Como me fue dada, así la he traído a vos. Es hija de un pobre vavasor. Por la pobreza muchos hombres honorables son humillados: su padre, por ejemplo, es noble y cortés, pero tiene pocos medios. Y su madre es una dama muy noble, hermana de un rico Conde. No le falta belleza ni linaje, para que yo no me case con ella. Es la pobreza lo que la ha obligado a llevar esta prenda de lino blanco hasta que ambas mangas están desgarradas por el costado. Y aun así, de haber sido mi deseo, podría haber tenido vestidos lo suficientemente ricos. Pues otra doncella, prima suya, deseaba darle un ropaje de armiño y de seda moteada o gris. Pero no quise que vistiera ningún otro ropaje hasta que vos la hubierais visto. Gentil señora, considerad el asunto ahora y ved qué necesidad tiene de un vestido fino y adecuado». Y la Reina de inmediato responde: «Habéis hecho muy bien; es apropiado que tenga uno de mis vestidos, y le daré de inmediato un vestido rico y hermoso, tanto fresco como nuevo». La Reina entonces la llevó apresuradamente a su habitación privada, y dio órdenes de traer rápidamente la túnica fresca y el manto de color púrpura verdoso, bordado con pequeñas cruces, que había sido hecho para ella misma. Aquel que fue a su mandato vino trayendo el manto y la túnica, que estaba forrada con armiño blanco incluso hasta las mangas. En las muñecas y en la banda del cuello había en verdad más de medio marco de peso de oro batido, y en todas partes incrustadas en el oro había piedras preciosas de diversos colores, añil y verde, azul y marrón oscuro. Esta túnica era muy rica, pero no menos precioso, creo, era el manto. Aún no tenía cintas; pues el manto, al igual que la túnica, era completamente nuevo. El manto era muy rico y fino: alrededor del cuello había dos pieles de marta cibelina, y en las borlas había más de una onza de oro; en una, un jacinto, y en la otra, un rubí brillaba más que una vela encendida. El forro de piel era de armiño blanco; nunca se vio ni se encontró uno más fino. La tela estaba hábilmente bordada con pequeñas cruces, todas diferentes, añil, bermellón, azul oscuro, blanco, verde, azul y amarillo. La Reina pidió unas cintas de cuatro varas de largo, hechas de hilo de seda y oro. Las cintas le fueron dadas, hermosas y bien combinadas. Rápidamente las hizo sujetar al manto por alguien que sabía cómo hacerlo, y que era maestro en el arte. Cuando el manto no necesitó más retoques, la alegre y gentil dama abrazó a la doncella del vestido blanco y le dijo alegremente: «Mademoiselle, debéis cambiar este vestido por esta túnica que vale más de cien marcos de plata. Tanto deseo otorgaros. Y poneos también este manto. En otra ocasión os daré más». No pudiendo rechazar el regalo, ella toma el ropaje y le da las gracias por él. Entonces dos doncellas la llevaron aparte a una habitación, donde se quitó su vestido por no tener ya valor; pero pidió y solicitó que fuera dado (a alguna mujer pobre) por el amor de Dios. Luego se pone la túnica, y se ciñe, atando apretadamente un cinturón de oro, y después se pone el manto. Ahora no lucía nada mal; pues el vestido le sentaba tan bien que la hacía parecer más hermosa que nunca. Las dos doncellas tejieron un hilo de oro entre sus cabellos dorados: pero sus trenzas eran más radiantes que el hilo de oro, por fino que fuera. Las doncellas, además, tejieron una diadema de flores de muchos colores variados y la colocaron sobre su cabeza. Se esforzaron lo mejor que pudieron por adornarla de tal manera que no se encontrara falta en su atavío. Ensartados en una cinta alrededor de su cuello, una doncella colgó dos broches de oro esmaltado. Ahora lucía tan encantadora y hermosa que no creo que pudierais encontrar a su igual en tierra alguna, por más que buscarais, tan hábilmente había obrado la Naturaleza en ella. Entonces salió del vestidor a presencia de la Reina. La Reina la agasajó mucho, porque le gustaba y estaba feliz de que fuera hermosa y tuviera modales tan gentiles. Se tomaron de la mano y pasaron a presencia del Rey. Y cuando el Rey las vio, se levantó a su encuentro. Cuando entraron en el gran salón, había tantos caballeros allí que se levantaron ante ellas que no puedo nombrar la décima parte de ellos, ni la decimotercera, ni la decimoquinta. Pero puedo deciros los nombres de algunos de los mejores caballeros que pertenecían a la Tabla Redonda y que eran los mejores del mundo.
Ante todos los excelentes caballeros, Gawain debería ser nombrado el primero, y segundo Erec, hijo de Lac, y tercero Lancelot del Lago. Gornemant de Gohort era el cuarto, y el quinto era el Hermoso Cobarde. El sexto era el Feo Valiente, el séptimo Meliant de Liz, el octavo Mauduit el Sabio y el noveno Dodinel el Salvaje. Que Gandelu sea nombrado el décimo, pues era un buen hombre. A los otros los mencionaré sin orden, porque los números me molestan. Eslit estaba allí con Briien, e Yvain, hijo de Uriien. E Yvain de Loenel estaba allí, así como Yvain el Adúltero. Junto a Yvain de Cavaliot estaba Garravain de Estrangot. Después del Caballero del Cuerno estaba el Joven del Anillo de Oro. Y Tristán, que nunca reía, se sentó junto a Bliobleheris, y junto a Brun de Piciez estaba su hermano Gru el Hosco. El Armero se sentó al lado, quien prefería la guerra a la paz. A continuación se sentó Karadues el de los Brazos Cortos, un caballero de buen talante; y Caveron de Robendic, y el hijo del Rey Quenedic y el Joven de Quintareus e Yder del Monte Doloroso. Gaheriet y Kay de Estraus, Amauguin y Gales el Calvo, Grain, Gornevain y Carabes, y Tor, hijo del Rey Aras, Girflet, hijo de Do, y Taulas, que nunca se cansaba de las armas: y un joven de gran mérito, Loholt, hijo del Rey Arturo, y Sagremor el Impetuoso, a quien no se debe olvidar, ni Bedoiier, el Maestro de Caballerizas, que era diestro en el ajedrez y el trictrac, ni Bravain, ni el Rey Lot, ni Galegantin de Gales, ni Gronosis, versado en la maldad, que era hijo de Kay el Senescal, ni Labigodes el Cortés, ni el Conde Cadorcaniois, ni Letrón de Prepelesant, cuyos modales eran tan excelentes, ni Breón, hijo de Canodán, ni el Conde de Honolan, que tenía tal cabeza de hermoso cabello rubio; él fue quien recibió el cuerno del Rey en un día aciago; nunca tuvo cuidado alguno por la verdad.
Cuando la doncella desconocida vio a todos los caballeros formados mirándola fijamente, bajó la cabeza avergonzada; ni era extraño que su rostro se ruborizara por completo. Pero su confusión le sentaba tan bien que lucía aún más hermosa. Cuando el Rey vio que estaba avergonzada, no quiso apartarse de su lado. Tomándola suavemente de la mano, la hizo sentar a su derecha; y a su izquierda se sentó la Reina, hablándole así al Rey mientras tanto: "Señor, en mi opinión, aquel que puede ganar a una dama tan hermosa por sus armas en otra tierra debería, por derecho, acudir a una corte real. Fue bueno que esperáramos a Erec; pues ahora podéis otorgar el beso a la más hermosa de la corte. ¡Creo que nadie os encontraría falta alguna! Pues nadie puede decir, a menos que mienta, que esta doncella no es la más encantadora de todas las damas aquí presentes, o de hecho en todo el mundo". El Rey responde: "Eso no es mentira; y sobre ella, si no hay oposición, otorgaré el honor del Ciervo Blanco". Entonces añadió a los caballeros: "Mis señores, ¿qué decís? ¿Cuál es vuestra opinión? En cuerpo, en rostro y en todo lo que una doncella debe poseer, esta es la más encantadora y hermosa que se pueda encontrar, bien puedo decir, antes de llegar a donde el Cielo y la tierra se encuentran. Digo que es justo que ella reciba el honor del Ciervo. Y vosotros, mis señores, ¿qué pensáis al respecto? ¿Podéis poner alguna objeción? Si alguno desea protestar, que diga lo que piensa sin dilación. Soy Rey, y debo mantener mi palabra y no permitir bajeza, falsedad o arrogancia. Debo mantener la verdad y la rectitud. Es tarea de un rey leal apoyar la ley, la verdad, la fe y la justicia. No cometería de ninguna manera un acto desleal ni haría daño ni al débil ni al fuerte. No es justo que nadie se queje de mí; ni deseo que caduquen la costumbre y la práctica que mi familia ha solido fomentar. Vosotros, también, sin duda lamentaríais verme esforzarme en introducir otras costumbres y otras leyes que las que observó mi real padre. Sin importar las consecuencias, estoy obligado a mantener y preservar la institución de mi padre Pendragon, quien fue un rey y emperador justo. ¡Ahora decidme plenamente lo que pensáis! Que nadie sea lento en expresar su opinión, si esta doncella no es la más hermosa de mi casa y no debería, por derecho, recibir el beso del Ciervo Blanco: deseo saber lo que pensáis de verdad". Entonces todos exclaman a una voz: "¡Señor, por el Señor y su Cruz! Bien podéis besarla con razón, pues es la más hermosa que existe. En esta doncella hay más belleza que resplandor en el sol. Podéis besarla libremente, pues todos estamos de acuerdo en sancionarlo". Cuando el Rey escucha que esto es grato para todos, ya no demora en otorgar el beso, sino que se vuelve hacia ella y la abraza. La doncella era sensata y estaba perfectamente dispuesta a que el Rey la besara; habría sido descortés, en verdad, resentirse por ello. De manera cortés y en presencia de todos sus caballeros, el Rey la besó y dijo: "Querida mía, os entrego mi amor con toda honestidad. Os amaré con corazón sincero, sin malicia y sin engaño". Mediante esta aventura el Rey llevó a cabo la práctica y el uso al que el Ciervo Blanco tenía derecho en su corte.
Aquí termina la primera parte de mi historia.
Cuando se hubo tomado el beso del Ciervo según la costumbre del país, Erec, como hombre educado y amable, se mostró solícito con su pobre anfitrión. No era su intención dejar de ejecutar lo que había prometido. Escuchad cómo cumplió su convenio: pues le envió ahora cinco mulas de carga, fuertes y lustrosas, cargadas con vestidos y ropas, bocacíes y escarlatas, marcos de oro y vajillas de plata, pieles tanto de veros como grises, pieles de marta cibelina, telas de púrpura y sedas. Cuando las mulas estuvieron cargadas con todo lo que un caballero puede necesitar, envió con ellas una escolta de diez caballeros y sargentos elegidos de entre sus propios hombres, y les encargó encarecidamente que saludaran a su anfitrión y mostraran gran honor tanto a él como a su dama, como si fuera a él mismo en persona; y cuando les hubieran presentado las acémilas que les llevaban, el oro, la plata, el dinero y todos los demás enseres que estaban en las arcas, debían escoltar a la dama y al vavasor con gran honor hasta su reino del Más Allá de Gales. Allí les había prometido dos ciudades, las más selectas y mejor situadas que había en toda su tierra, sin nada que temer de un ataque. Montrevel era el nombre de una, y el nombre de la otra era Roadan. Cuando llegaran a su reino, debían cederles estas dos ciudades, junto con sus rentas y su jurisdicción, de acuerdo con lo que les había prometido. Todo se llevó a cabo tal como Erec había ordenado. Los mensajeros no se demoraron, y a su debido tiempo presentaron a su anfitrión el oro, la plata, las acémilas, las ropas y el dinero, de los cuales había gran abundancia. Los escoltaron al reino de Erec y se esforzaron por servirles bien. Llegaron al país al tercer día y les transfirieron las torres de las ciudades; pues el Rey Lac no puso objeción. Les dio una cálida bienvenida y les mostró honor, amándolos por el bien de su hijo Erec. Les transfirió el título de las ciudades y estableció su soberanía haciendo que caballeros y burgueses juraran que los reverenciarían como sus verdaderos señores feudales. Cuando esto estuvo hecho y cumplido, los mensajeros regresaron a su señor Erec, quien los recibió con alegría. Cuando preguntó por noticias del vavasor y su dama, de su propio padre y de su reino, el informe que le dieron fue bueno y justo.
Poco después de esto, se acercó el tiempo en que Erec celebraría su boda. La demora le resultaba molesta y decidió no sufrir ni esperar más. Así que fue y pidió al Rey que le permitiera casarse en la corte. El Rey le concedió el favor y envió a buscar por todo su reino a los reyes y condes que eran sus vasallos, ordenándoles que ninguno fuera tan osado como para no estar presente en Pentecostés. Nadie se atreve a contenerse y no acudir a la corte ante la llamada del Rey. Ahora os diré, y escuchad bien, quiénes eran estos condes y reyes. Con una rica escolta y cien monturas adicionales llegó el Conde Brandes de Gloucester. Tras él llegó Menagormon, que era Conde de Clivelon. Y el de la Alta Montaña llegó con un séquito muy rico. El Conde de Treverain vino también, con cien de sus caballeros, y el Conde Godegrain con otros tantos. Junto con aquellos que acabo de mencionar llegó Maheloas, un gran barón, señor de la Isla de Voirre. En esta isla no se oyen truenos, no caen rayos, ni rugen tempestades, ni existen sapos o serpientes allí, ni hace nunca demasiado calor o demasiado frío. Graislemier de Fine Posterne trajo veinte compañeros y llevaba consigo a su hermano Guigomar, señor de la Isla de Ávalon. De este último hemos oído decir que era amigo de Morgana la Hada, y tal lo era en verdad. Llegó Davit de Tintagel, que nunca sufrió pena ni dolor. Guergesin, el Duque de Haut Bois, llegó con un equipamiento muy rico. No faltaron condes ni duques, pero de reyes hubo aún más. Garras de Cork, un rey valeroso, estaba allí con quinientos caballeros vestidos con mantos, calzas y túnicas de brocado y seda. Sobre un corcel de Capadocia llegó Aguisel, el rey escocés, y trajo consigo a sus dos hijos, Cadret y Coi, dos caballeros muy respetados. Junto con aquellos que he nombrado llegó el Rey Ban de Gomeret, y solo tenía en su compañía jóvenes, imberbes aún en mentón y labio. Trajo una banda numerosa y alegre, doscientos de ellos en su séquito; y no había nadie, quienquiera que fuese, que no tuviera un halcón o un torzuelo, un esmerejón o un gavilán, o algún precioso halcón palomero, dorado o mudado. Kerrin, el viejo Rey de Riel, no trajo jóvenes, sino más bien trescientos compañeros de los cuales el más joven tenía siete veces veinte años. Debido a su gran edad, sus cabezas eran todas blancas como la nieve y sus barbas llegaban hasta sus cinturones. Arturo los tenía en gran respeto. El señor de los enanos llegó a continuación, Bilis, el rey de las Antípodas. Este rey del que hablo era un enano él mismo y hermano carnal de Brien. Bilis, por una parte, era el más pequeño de todos los enanos, mientras que su hermano Brien era medio pie o una palma entera más alto que cualquier otro caballero del reino. Para mostrar su riqueza y poder, Bilis trajo consigo a dos reyes que también eran enanos y que eran vasallos suyos, Grigoras y Glecidalan. Todos los miraban como prodigios. Cuando llegaron a la corte, fueron tratados con gran estima. Los tres fueron honrados y servidos en la corte como reyes, pues eran caballeros muy perfectos. En resumen, cuando el Rey Arturo vio a todos sus señores reunidos, su corazón se alegró. Entonces, para aumentar la alegría, ordenó bañar a cien escuderos a quienes deseaba armar caballeros. No había ninguno que no tuviera una túnica partida de rico brocado de Alejandría, eligiendo cada uno la que le complacía. Todos tenían armas de un diseño uniforme y caballos veloces y llenos de brío, de los cuales el peor valía cien libras.
Cuando Erec recibió a su esposa, debía llamarla por su nombre correcto. Pues una esposa no es desposada a menos que sea llamada por su nombre propio. Hasta entonces nadie sabía su nombre, pero ahora por primera vez se dio a conocer: Enide era su nombre de bautismo. El Arzobispo de Canterbury, que había acudido a la corte, los bendijo, como es su derecho. Cuando la corte estuvo toda reunida, no hubo juglar en la comarca que poseyera alguna habilidad placentera que no acudiera a la corte. En el gran salón hubo mucha alegría, contribuyendo cada uno con lo que podía al entretenimiento: uno salta, otro hace acrobacias, otro hace magia; hay narración de historias, cantos, silbidos, interpretaciones de partituras; tocan el arpa, la rota, la fídula, el violín, la flauta y la gaita. Las doncellas cantan y bailan, y se superan unas a otras en la alegría. En la boda de aquel día se hizo todo lo que puede dar alegría e inclinar el corazón del hombre al regocijo. Se tocan tambores, grandes y pequeños, y hay música de flautas, pífanos, cuernos, trompetas y gaitas. ¿Qué más diré? No hubo postigo o puerta que permaneciera cerrada; sino que las salidas y entradas estaban todas entreabiertas, de modo que nadie, pobre o rico, fuera rechazado. El Rey Arturo no fue tacaño, sino que dio órdenes a los panaderos, los cocineros y los mayordomos para que sirvieran a todos generosamente con pan, vino y venado. Nadie pidió nada que se le pasara sin obtener todo lo que deseaba.
Había gran regocijo en el palacio. Pero pasaré por alto el resto, y oiréis de la alegría y el placer en la cámara nupcial. Obispos y arzobispos estaban allí en la noche en que los novios se retiraron. En este su primer encuentro, Isolda no fue suplantada, ni Brangien fue puesta en su lugar. La Reina misma se hizo cargo de sus preparativos para la noche; pues ambos le eran queridos. El ciervo cazado que jadea por sed no anhela tanto el manantial, ni el gavilán hambriento regresa tan rápido cuando es llamado, como llegaron estos dos para sostenerse en estrecho abrazo. Aquella noche tuvieron plena compensación por su larga espera. Después de que la cámara hubo quedado despejada, permiten que cada sentido sea gratificado: los ojos, que son la puerta de entrada del amor, y que llevan mensajes al corazón, se satisfacen con la mirada, pues se regocijan en todo lo que ven; tras el mensaje de los ojos llega la dulzura sobremanera grande de los besos que invitan al amor; ambos hacen prueba de esta dulzura y dejan que sus corazones beban tan libremente que difícilmente pueden dejarlo. Así, besarse fue su primer juego. Y el amor que hay entre ellos dio audacia a la doncella y la dejó completamente sin sus temores; sin importar el dolor, lo sufrió todo. Antes de levantarse, ya no llevaba el nombre de doncella; por la mañana era una dama recién hecha. Aquel día los juglares estaban de ánimo feliz, pues todos fueron bien pagados. Fueron plenamente compensados por el entretenimiento que habían dado, y muchos regalos hermosos les fueron otorgados: túnicas de piel de ardilla gris y armiño, de piel de conejo y telas violetas, escarlatas y telas de seda. Ya fuera un caballo o dinero, cada uno obtuvo lo que merecía según su habilidad. Y así las festividades de la boda y la corte duraron casi quince días con gran alegría y magnificencia. Para su propia gloria y satisfacción, así como para honrar más a Erec, el Rey Arturo hizo que todos los caballeros permanecieran quince días completos. Cuando comenzó la tercera semana, todos juntos por consentimiento común acordaron celebrar un torneo. Por una parte, mi señor Gawain se ofreció como garante de que tendría lugar entre Evroic y Tenebroc: y Meliz y Meliadoc fueron garantes por la otra parte. Entonces la corte se separó.
Un mes después de Pentecostés se reunió el torneo y las justas comenzaron en la llanura bajo Tenebroc. Muchos estandartes de rojo, azul y blanco, muchos velos y muchas mangas fueron otorgados como prendas de amor. Muchas lanzas fueron llevadas allí, ondeando los colores plata y verde, o el oro y el azul azur. Había muchos, también, con diversos emblemas, algunos con franjas y otros con puntos. Aquel día se vieron atados sobre muchos yelmos de oro o acero, algunos verdes, algunos amarillos y otros rojos, todos resplandecientes al sol; tantos escudos y blancas lorigas; tantas espadas ceñidas al lado izquierdo; tantos buenos escudos, frescos y nuevos, algunos resplandecientes en plata y verde, otros de azur con hebillas de oro; tantos buenos corceles marcados con blanco, o alazanes, leonados, blancos, negros y bayos: todos se reúnen con prontitud. Y ahora el campo está completamente cubierto de armas. A ambos lados las filas tiemblan y un estruendo se eleva del combate. El choque de las lanzas es muy grande. Las lanzas se rompen y los escudos quedan acribillados, las lorigas reciben golpes y son desgarradas, las sillas quedan vacías y los jinetes deambulan, mientras los caballos sudan y espuman. Las espadas se desenvainan rápidamente sobre aquellos que caen ruidosamente, y algunos corren para recibir la promesa de un rescate, otros para evitar tal deshonra. Erec montaba un caballo blanco y salió solo a la cabeza de la fila para justar, si lograba encontrar un oponente. Del lado opuesto sale a su encuentro Orguelleus de la Lande, montado sobre un corcel irlandés que lo lleva con maravillosa velocidad. En el escudo ante su pecho Erec lo golpea con tal fuerza que lo derriba de su caballo: lo deja tendido y sigue adelante. Luego Raindurant se le opuso, hijo de la vieja dama de Tergalo, cubierto de tela azul de seda; era un caballero de gran proeza. Uno contra otro cargan ahora y asestan fieros golpes en los escudos sobre sus cuellos. Erec, a distancia de lanza, lo derriba sobre el suelo duro. Mientras cabalgaba de regreso se encontró con el Rey de la Ciudad Roja, quien era muy valiente y audaz. Aferran sus riendas por los nudos y sus escudos por las correas interiores. Ambos tenían finas armas, y fuertes caballos veloces, y buenos escudos, frescos y nuevos. Con tal furia se golpean que ambas lanzas vuelan en astillas. Nunca se vio tal golpe. Se precipitan juntos con escudos, armas y caballos. Pero ni cincha ni rienda ni pretal pudieron evitar que el rey llegara a tierra. Así voló de su corcel, llevando consigo silla y estribo, e incluso las riendas de su brida en la mano. Todos aquellos que presenciaron las justas se llenaron de asombro y dijeron que le costó caro justar con tan buen caballero. Erec no quiso detenerse para capturar ni caballo ni jinete, sino más bien justar y distinguirse para que su proeza quedara patente. Estremece a las filas frente a él. Gawain anima a los que estaban de su lado mediante su proeza, y ganando caballos y caballeros para desconcierto de sus oponentes. Hablo de mi señor Gawain, quien se portó muy bien y valientemente. En la lucha derribó a Guincel y tomó a Gaudin de la Montaña; capturó caballeros y caballos por igual: mi señor Gawain actuó bien. Girtlet el hijo de Do, e Yvain, y Sagremor el Impetuoso, trataron tan mal a sus adversarios que los hicieron retroceder hasta las puertas, capturando y derribando a muchos de ellos. Frente a la puerta de la ciudad comenzó de nuevo la contienda entre los de dentro y los de fuera. Allí fue derribado Sagremor, quien era un caballero muy galante. Estaba a punto de ser detenido y capturado, cuando Erec espolea para rescatarlo, rompiendo su lanza en astillas sobre uno de los oponentes. Tan fuerte lo golpea en el pecho que lo hizo abandonar la silla. Luego empuña su espada y avanza sobre ellos, aplastando y partiendo sus yelmos. Algunos huyen y otros le abren paso, pues incluso el más audaz le teme. Finalmente, distribuyó tantos golpes y estocadas que rescató a Sagremor de ellos y los hizo entrar a todos en confusión dentro de la ciudad. Mientras tanto, la hora de vísperas llegaba a su fin. Erec se comportó tan bien aquel día que fue el mejor de los combatientes. Pero al día siguiente lo hizo aún mejor: pues tomó tantos caballeros y dejó tantas sillas vacías que nadie podría creerlo salvo quienes lo habían visto. Todos, a ambos lados, dijeron que con su lanza y escudo había ganado los honores del torneo. Ahora la fama de Erec era tan alta que nadie hablaba sino de él, ni nadie era de tan buen parecer. En semblante se parecía a Absalón, en lenguaje parecía un Salomón, en audacia igualaba a Sansón y en generosidad al dar y gastar era igual a Alejandro. A su regreso del torneo, Erec fue a hablar con el Rey. Fue a pedirle permiso para ir a visitar su propia tierra; pero primero le agradeció como un hombre franco, sabio y cortés por el honor que le había conferido; pues muy profunda era su gratitud. Luego le pidió permiso para marcharse, pues deseaba visitar su propio país y deseaba llevar a su esposa consigo. Esta petición el Rey no pudo denegarla, y aun así hubiera querido que se quedara. Le da permiso y le ruega que regrese tan pronto como sea posible: pues en toda la corte no había caballero mejor o más galante, salvo solo su querido sobrino Gawain; con él nadie podía compararse. Pero después de él, valoraba más a Erec y lo tenía más querido que a cualquier otro caballero.
Erec no quiso demorarse más. Tan pronto como obtuvo la venia del Rey, ordenó a su esposa que hiciera sus preparativos y retuvo como escolta a sesenta caballeros de mérito, con caballos y pieles moteadas y grises. En cuanto estuvo listo para su viaje, apenas se detuvo en la corte, sino que se despidió de la Reina y encomendó a los caballeros a Dios. La Reina le concede permiso para partir. A la hora de prima salió del palacio real. En presencia de todos montó su corcel, y su esposa montó el caballo moteado que había traído de su propio país; entonces toda su escolta montó. Contando caballeros y escuderos, había siete veintenas completas en el séquito. Tras un viaje de cuatro largos días por colinas y laderas, a través de bosques, llanuras y arroyos, llegaron al quinto día a Camant, donde el Rey Lac residía en una ciudad muy encantadora. Nadie vio jamás una mejor situada; pues la ciudad estaba provista de bosques y praderas, de viñedos y granjas, de arroyos y huertos, de damas y caballeros, y jóvenes finos y vivaces, y clérigos educados y de buenos modales que gastaban sus rentas generosamente, de hermosas y encantadoras doncellas, y de prósperos burgueses. Antes de que Erec llegara a la ciudad, envió a dos caballeros por delante para anunciar su llegada al Rey. Cuando escuchó la noticia, el Rey hizo que clérigos, caballeros y doncellas montaran rápidamente, ordenó que se tocaran las campanas y que las calles se colgaran con tapices y telas de seda, para que su hijo pudiera ser recibido con alegría; luego él mismo subió a su caballo. De clérigos había presentes cuatro veintenas, hombres gentiles y honorables, vestidos con capas grises bordadas con marta. De caballeros había quinientos completos, montados en corceles bayos, alazanes o blancos moteados. Había tantos burgueses y damas que nadie podría decir el número. El Rey y su hijo galoparon y cabalgaron hasta que se vieron y reconocieron. Ambos saltan de sus caballos y se abrazan y saludan durante largo tiempo, sin moverse del lugar donde se encontraron por primera vez. Cada parte deseaba alegría a la otra: el Rey agasaja a Erec, pero de pronto se detiene para volverse hacia Enide. Por todas partes está feliz: los abraza y besa a ambos, y no sabe cuál de los dos le complace más. Mientras entran alegremente en el castillo, las campanas suenan todas en repique para honrar la llegada de Erec. Las calles están todas sembradas de juncos, menta e iris, y cubiertas por encima con cortinas y tapices de seda fina y telas de raso. Hubo gran regocijo; pues todo el pueblo se reunió para ver a su nuevo señor, y nadie vio jamás mayor felicidad que la mostrada por igual por jóvenes y viejos. Primero llegaron a la iglesia, donde fueron recibidos muy devotamente en procesión. Erec se arrodilló ante el altar del Crucifijo, y dos caballeros llevaron a su esposa ante la imagen de Nuestra Señora. Cuando hubo terminado su oración, retrocedió un poco y se santiguó con su mano derecha, como debe hacer una dama bien educada. Luego salieron de la iglesia y entraron en el palacio real, donde comenzó la festividad. Ese día Erec recibió muchos regalos de los caballeros y burgueses: de uno, un palafrén de estirpe norteña, y de otro, una copa de oro. Uno le regala un halcón pelegrino dorado, otro un perro perdiguero, este un lebrel, aquel otro un gavilán, y otro un veloz corcel árabe, este un escudo, este un estandarte, este una espada y este un yelmo. Jamás un rey fue visto con más agrado en su reino, ni recibido con mayor alegría, mientras todos se esforzaban por servirle bien. Sin embargo, mayor alegría mostraron por Enide que por él, por la gran belleza que veían en ella, y aún más por su encanto abierto. Ella estaba sentada en una cámara sobre un cojín de brocado que había sido traído de Tesalia. A su alrededor había muchas damas hermosas; mas como la gema brillante eclipsa al pedernal pardo, y como la rosa supera a la amapola, así era Enide más hermosa que cualquier otra dama o doncella que pudiera encontrarse en el mundo, dondequiera que se buscara. Era tan gentil y honorable, de habla sabia y afable, de carácter agradable y porte bondadoso. Nadie podría ser tan atento como para detectar en ella necedad alguna, o señal de maldad o villanía. Había sido tan educada en los buenos modales que había aprendido todas las virtudes que cualquier dama puede poseer, así como la generosidad y el conocimiento. Todos la amaban por su corazón abierto, y quien pudiera hacerle algún servicio se alegraba y se estimaba más por ello. Nadie hablaba mal de ella, pues nadie podía hacerlo. En el reino o imperio no había dama de tan buenos modales. Pero Erec la amaba con un amor tan tierno que ya no le importaban las armas, ni acudía a torneos, ni tenía deseo alguno de justar; sino que pasaba su tiempo mimando a su esposa. Hizo de ella su ama y su amada. Dedicó todo su corazón y mente a acariciarla y besarla, y no buscó deleite en otro pasatiempo. Sus amigos se afligían por esto, y a menudo lamentaban entre ellos que estuviera tan profundamente enamorado. A menudo pasaba del mediodía antes de que abandonara su lado; pues allí era feliz, digan lo que digan. Rara vez abandonaba su compañía, y aun así era tan generoso como siempre con sus caballeros en armas, vestimenta y dinero. No había torneo en lugar alguno al que no los enviara bien vestidos y equipados. Fuera cual fuera el costo, les daba corceles frescos para el torneo y la justa. Todos los caballeros decían que era una gran lástima y desgracia que un hombre tan valiente como solía ser ya no deseara portar armas. Fue tan censurado por todas partes por los caballeros y escuderos que los murmullos llegaron a oídos de Enide, diciendo que su señor se había vuelto cobarde respecto a las armas y los hechos de caballería, y que su modo de vida estaba muy cambiado. Ella se afligió profundamente por esto, pero no se atrevía a mostrar su pena; pues su señor se ofendería de inmediato si ella le hablara. Así que el asunto permaneció en secreto, hasta que una mañana yacían en la cama donde habían tenido placer juntos. Allí yacían en estrecho abrazo, como los verdaderos amantes que eran. Él estaba dormido, pero ella estaba despierta, pensando en lo que muchos hombres en el país decían de su señor. Y cuando comenzó a pensarlo todo, no pudo contener las lágrimas. Tal era su dolor y su mortificación que, por desgracia, dejó escapar una palabra de la que más tarde se arrepintió, aunque en su corazón no había malicia. Comenzó a observar a su señor de la cabeza a los pies, su cuerpo bien formado y su rostro claro, hasta que sus lágrimas cayeron rápidamente sobre el pecho de su señor, y dijo: "¡Ay de mí, que alguna vez abandoné mi país! ¿Qué vine a buscar aquí? La tierra debería por derecho tragarme cuando el mejor caballero, el más intrépido, valiente, justo y cortés que jamás fue conde o rey, ha renunciado por completo a todas sus hazañas de caballería por mi culpa. Y así, en verdad, soy yo quien ha traído vergüenza sobre su cabeza, aunque no habría querido hacerlo a ningún precio". Luego le dijo: "¡Desdichado de ti!". Y entonces guardó silencio y no habló más. Erec no estaba profundamente dormido y, aunque adormilado, escuchó claramente lo que ella dijo. Se despertó ante sus palabras, y muy sorprendido de verla llorar, le preguntó: "Dime, mi preciosa belleza, ¿por qué lloras así? ¿Qué te ha causado dolor o tristeza? Seguramente es mi deseo saberlo. Dime ahora, mi dulce amada; y ten cuidado de no ocultar nada, ¿por qué dijiste que era un desdichado? Porque lo dijiste de mí y de nadie más. Escuché tus palabras con suficiente claridad". Entonces Enide quedó en gran apuro, asustada y consternada. "Señor", dice ella, "no sé nada de lo que dices". "Dama, ¿por qué lo ocultas? La ocultación no sirve de nada. Has estado llorando; puedo verlo, y no lloras por nada. Y en mi sueño escuché lo que dijiste". "¡Ah!, justo señor, nunca lo escuchaste, y me atrevo a decir que fue un sueño". "Ahora vienes a mí con mentiras. Te escucho mentirme tranquilamente. Pero si no me dices la verdad ahora, te arrepentirás más tarde". "Señor, ya que me atormentas así, te diré toda la verdad y no ocultaré nada. Pero temo que no te guste. En esta tierra todos dicen —los oscuros, los claros y los rubicundos— que es una gran lástima que renuncies a tus armas; tu reputación ha sufrido por ello. Todos solían decir hace no mucho que en todo el mundo no se conocía caballero mejor o más galante. Ahora todos andan burlándose de ti —viejos y jóvenes, pequeños y grandes— llamándote recreído. ¿Acaso supones que no me causa dolor escucharte hablar así con desprecio? Me aflige cuando lo escucho decir, y sin embargo me aflige más que me culpen a mí por ello. Sí, soy culpada por ello, lamento decirlo, y todos aseguran que es porque te he atrapado y cautivado de tal manera que estás perdiendo todo tu mérito, y no te importa nada más que yo. Debes elegir otro camino, para que puedas silenciar este reproche y recuperar tu fama anterior; pues he escuchado demasiado de este reproche, y sin embargo no me atreví a revelártelo. Muchas veces, cuando pienso en ello, tengo que llorar por puro dolor. Tal mortificación sentí hace un momento que no pude evitar decir que tenías mala estrella". "Dama", dijo él, "tenías razón, y aquellos que me culpan lo hacen con motivo. Y ahora mismo prepárate para tomar el camino. Levántate de aquí, y vístete con tu túnica más rica, y ordena que se coloque tu silla sobre tu mejor palafrén". Ahora Enide está en gran angustia: muy triste y pensativa, se levanta, culpándose y reprendiéndose a sí misma por las palabras insensatas que pronunció: ella misma se había buscado este destino. "¡Ah!", dijo ella, "¡pobre necia! Yo era demasiado feliz, pues no me faltaba nada. ¡Dios! ¿Por qué fui tan atrevida como para atreverme a pronunciar tal insensatez? ¡Dios! ¿Acaso mi señor no me amaba en exceso? En fe, ay, él era demasiado afectuoso conmigo. Y ahora debo partir al exilio. Pero tengo aún un dolor mayor, que ya no veré a mi señor, quien me amaba con tal ternura que no había nada que él tuviera por más querido. El mejor hombre que jamás nació se había vuelto tan absorto en mí que no le importaba nada más. No me faltaba nada entonces. Yo era muy feliz. Pero es el orgullo el que me incitó: debido a mi orgullo, debo sufrir dolor por decirle tales palabras insultantes, y es justo que sufra dolor. Uno no sabe lo que es la buena fortuna hasta que ha hecho la prueba del mal". Así la dama lamentó su suerte, mientras se vestía adecuadamente con su túnica más rica. Sin embargo, nada le causaba placer, sino más bien causa de profunda mortificación. Luego hizo que una doncella llamara a uno de sus escuderos, y le ordena que ensille su precioso palafrén de estirpe norteña, que ni conde ni rey tuvo jamás uno mejor. Tan pronto como le dio la orden, el tipo no pidió demora, sino que fue directamente y ensilló el palafrén moteado. Y Erec llamó a otro escudero y le ordenó traer sus armas para armar su cuerpo. Luego subió a un cenador e hizo extender una alfombra de Limoges ante él en el suelo. Mientras tanto, el escudero corrió a buscar las armas y volvió y las puso sobre la alfombra. Erec tomó asiento frente a ellas, sobre la figura de un leopardo que estaba retratado en la alfombra. Se prepara y se dispone a ponerse sus armas: primero, se hizo atar un par de grebas de acero pulido; después, se pone una cota de malla, que era tan fina que ni un eslabón podía ser cortado de ella. Esta cota de malla suya era rica, de hecho, pues ni por dentro ni por fuera había hierro suficiente para hacer una aguja, ni podía acumular óxido; pues estaba toda hecha de plata trabajada en diminutos eslabones de triple tejido; y fue hecha con tal destreza que les aseguro que nadie que se la hubiera puesto habría estado más incómodo o dolorido por ello, que si se hubiera puesto una chaqueta de seda sobre su camisa. Los caballeros y escuderos comenzaron a preguntarse por qué estaba siendo armado; pero nadie se atrevió a preguntarle por qué. Cuando le hubieron puesto la cota de malla, un ayuda de cámara le ata alrededor de la cabeza un yelmo estriado con una banda de oro, brillando más que un espejo. Luego toma la espada y se la ciñe, y ordena que le traigan ensillado su corcel bayo de Gascuña. Luego llama a un ayuda de cámara y le dice: "Ayuda de cámara, ve rápido, corre a la cámara junto a la torre donde está mi esposa, y dile que me está haciendo esperar aquí demasiado. Ha pasado demasiado tiempo en su vestimenta. Dile que venga y monte de inmediato, pues la estoy esperando". Y el tipo va y la encuentra toda lista, llorando y lamentándose: y se dirigió a ella de inmediato así: "Dama, ¿por qué te retrasas tanto? Mi señor te está esperando ahí fuera, ya completamente armado. Habría montado hace algún tiempo, si hubieras estado lista". Enide se preguntó grandemente cuál era la intención de su señor; pero muy sabiamente se mostró con un semblante lo más alegre posible, cuando apareció ante él. En medio del patio lo encontró, y el Rey Lac sale corriendo. Los caballeros vienen corriendo también, esforzándose unos con otros por llegar primero. No hay ni joven ni viejo que no vaya a aprender y preguntar si llevará a alguno de ellos consigo. Así que cada uno se ofrece y se presenta. Pero él afirma definitivamente y asegura que no llevará a ningún compañero excepto a su esposa, afirmando que irá solo. Entonces el Rey está en gran angustia. "Justo hijo", dice él, "¿qué pretendes hacer? Deberías contarme tu asunto y no ocultar nada. Dime a dónde irás; pues no estás dispuesto bajo ninguna circunstancia a ser acompañado por una escolta de escuderos o caballeros. Si has emprendido luchar contra algún caballero en combate singular, aun así no deberías por esa razón dejar de llevar una parte de tus caballeros contigo para demostrar tu riqueza y señorío. El hijo de un rey no debería ir solo. Justo hijo, haz que carguen tus bestias de carga ahora, y lleva treinta o cuarenta o más de tus caballeros, y asegúrate de que se tome plata y oro, y todo lo que un caballero necesite". Finalmente Erec responde y le cuenta todo en detalle cómo ha planeado su viaje. "Señor", dice él, "debe ser así. No llevaré caballo extra, ni tengo uso alguno para oro o plata, escudero o sargento; ni pido compañía alguna salvo la de mi esposa solamente. Pero le ruego, pase lo que pase, si yo muriera y ella regresara, que la ame y la tenga por querida por amor a mí y por mi ruego, y le dé mientras viva, sin contienda ni disputa alguna, la mitad de su tierra para que sea suya". Al escuchar la petición de su hijo, el Rey dijo: "Justo hijo, lo prometo. Pero me aflige mucho verte partir así sin escolta, y si fuera por mí, no partirías así". "Señor, no puede ser de otro modo. Me voy ahora, y a Dios los encomiendo. Pero tengan presentes a mis compañeros, y denles caballos y armas y todo lo que un caballero pueda necesitar". El Rey no puede contener las lágrimas cuando se separa de su hijo. La gente de alrededor llora también; las damas y caballeros derraman lágrimas y se lamentan mucho por él. No hay uno que no llore, y muchos en el patio se desmayan. Llorando, lo besan y abrazan, y están casi fuera de sí por el dolor. Creo que no habrían estado más tristes si lo hubieran visto muerto o herido. Entonces Erec dijo para consolarlos: "Mis señores, ¿por qué lloran tan amargamente? No estoy ni en prisión ni herido. No ganan nada con esta muestra de dolor. Si me voy, volveré cuando plazca a Dios y cuando pueda. A Dios los encomiendo a todos y cada uno; así que ahora déjenme ir; demasiado tiempo me mantienen aquí. Estoy apenado y afligido de verlos llorar". A Dios los encomienda y ellos a él.
Así partieron, dejando atrás la tristeza. Erec se pone en marcha y guía a su esposa sin saber hacia dónde, según dicte el azar. "Cabalgad deprisa", dice, "y tened mucho cuidado de no ser tan temeraria como para hablarme de nada de lo que veáis. Cuidaos de no dirigirme la palabra, a menos que yo os hable primero. Cabalgad ahora deprisa y con confianza". "Señor", dice ella, "así se hará". Ella cabalgó delante y guardó silencio. Ni el uno ni la otra dijeron palabra. Pero el corazón de Enide está muy triste, y dentro de sí lamenta así, suave y bajo para que él no la oiga: "Ay", dice, "Dios me había alzado y exaltado a tan gran alegría; pero ahora me ha derribado de repente. La Fortuna, que me había hecho señas, ha retirado ahora rápidamente su mano. No me importaría tanto, ay, si solo me atreviera a dirigirme a mi señor. Pero estoy mortificada y angustiada porque mi señor se ha vuelto contra mí, lo veo claramente, ya que no me habla. Y no soy tan audaz como para atreverme a mirarlo". Mientras ella se lamenta así, un caballero que vivía del robo salió del bosque. Llevaba dos compañeros consigo, y los tres estaban armados. Codician el palafrén que monta Enide. "Señores míos, ¿sabéis las noticias que traigo?", dice a sus dos compañeros. "Si no hacemos ahora un botín, somos unos cobardes buenos para nada y tenemos mala suerte. Aquí viene una dama maravillosamente hermosa, si está casada o no no lo sé, pero va muy ricamente vestida. El palafrén y la silla, con la pechera y las riendas, valen mil libras de Chartres. Yo tomaré el palafrén para mí, y el resto del botín podéis tenerlo vosotros. No quiero nada más por mi parte. El caballero no se llevará a la dama, que Dios me ayude. Pues pretendo darle tal estocada que la pagará caro. Fui yo quien lo vio primero, y así es mi derecho ir el primero y ofrecer batalla". Le dan permiso y él se marcha, agazapado bien bajo su escudo, mientras los otros dos permanecen a distancia. En aquellos días era costumbre y práctica que en un ataque dos caballeros no se unieran contra uno; así, si ellos también lo hubieran asaltado, parecería que habían actuado con traición. Enide vio a los ladrones y se apoderó de ella un gran miedo. "Dios", dice ella, "¿qué puedo decir? Ahora mi señor será asesinado o hecho prisionero; pues hay tres de ellos y él está solo. El combate no es justo entre un caballero y tres. Ese sujeto lo golpeará ahora en desventaja; pues mi señor está desprevenido. Dios, ¿seré entonces tan cobarde como para no atreverme a alzar la voz? Tal cobarde no seré: no dejaré de hablarle". En el acto da media vuelta y lo llama: "Buen señor, ¿en qué estáis pensando? Vienen cabalgando tras vos tres caballeros que os presionan. Temo mucho que os hagan daño". "¿Qué?", dice Erec, "¿qué es eso que decís? Seguramente habéis sido muy audaz al desdeñar mi orden y prohibición. Esta vez seréis perdonada; pero si ocurriera otra vez, no seríais perdonada". Entonces, girando su escudo y lanza, se precipita contra el caballero. Este lo ve venir y lo desafía. Cuando Erec lo oye, lo desafía. Ambos espolean y chocan, manteniendo sus lanzas extendidas. Pero él falló a Erec, mientras que Erec lo trató con dureza; pues conocía bien el ataque correcto. Lo golpea en el escudo con tanta fiereza que lo agrieta de arriba abajo. Ni su cota de malla le sirve de protección: Erec la atraviesa y aplasta en medio de su pecho, y clava un pie y medio de su lanza en su cuerpo. Cuando retrocedió, sacó el astil. Y el otro cayó a tierra. Debía morir, pues la hoja había bebido de su sangre vital. Entonces uno de los otros dos se precipita adelante, dejando a su compañero atrás, y espolea hacia Erec, amenazándolo. Erec agarra firmemente su escudo y lo ataca con corazón valiente. El otro sostiene su escudo ante su pecho. Entonces golpean los escudos blasonados. La lanza del caballero vuela en dos pedazos, mientras Erec clava un cuarto de la longitud de su lanza a través del pecho del otro. No le dará más problemas. Erec lo derriba y lo deja desmayado, mientras espolea en ángulo hacia el tercer ladrón. Cuando este lo vio venir, comenzó a escapar. Tenía miedo y no se atrevió a enfrentarlo; así que se apresuró a refugiarse en el bosque. Pero su huida es de poco provecho, pues Erec lo sigue de cerca y grita en voz alta: "Vasallo, vasallo, da media vuelta ahora y prepárate para defenderte, para que no te mate en plena huida. Es inútil intentar escapar". Pero el sujeto no tiene deseo de dar media vuelta y continúa huyendo con todas sus fuerzas. Persiguiéndolo y dándole alcance, Erec lo golpea de lleno en su escudo pintado y lo arroja al otro lado. A estos tres ladrones no les presta más atención: a uno lo ha matado, a otro herido, y del tercero se deshizo arrojándolo a tierra de su corcel. Tomó los caballos de los tres y los ató juntos por las bridas. En color no eran iguales: el primero era blanco como la leche, el segundo negro y para nada de mal aspecto, mientras que el tercero estaba moteado por todas partes. Regresó al camino donde Enide lo esperaba. Le ordenó que guiara y condujera los tres caballos delante de ella, advirtiéndole severamente que nunca más fuera tan audaz como para decir una sola palabra a menos que él le diera permiso. Ella responde: "Nunca lo haré, buen señor, si es vuestra voluntad". Entonces cabalgan, y ella guarda silencio.
Aún no habían recorrido una legua cuando ante ellos en un valle aparecieron otros cinco caballeros, con las lanzas en ristre, los escudos mantenidos cerca del cuello y sus yelmos brillantes atados con fuerza; ellos también iban en busca de botín. De repente vieron a la dama acercarse a cargo de los tres caballos, y a Erec que iba detrás. Tan pronto como los vieron, se repartieron su equipo entre ellos, tal como si ya hubieran tomado posesión de él. La codicia es algo malo. Pero no resultó como esperaban; pues se hizo una defensa vigorosa. Mucho de lo que un tonto planea no se ejecuta, y muchos hombres pierden lo que creen obtener. Así les sucedió en este ataque. Uno dijo que tomaría a la doncella o perdería la vida en el intento; y otro dijo que el corcel moteado será suyo, y que estará satisfecho con eso. El tercero dijo que tomaría el caballo negro. "Y el blanco para mí", dijo el cuarto. El quinto no se quedó atrás en absoluto y juró que tendría el caballo y las armas del propio caballero. Deseaba ganarlos por sí mismo y quisiera atacarlo primero, si ellos le daban permiso: y ellos dieron su consentimiento de buena gana. Entonces los deja y cabalga adelante en un buen y ágil corcel. Erec lo vio, pero fingió que aún no lo notaba. Cuando Enide los vio, su corazón dio un salto de miedo y gran consternación. "¡Ay!", dijo ella, "no sé qué decir o hacer; pues mi señor me amenaza severamente y dice que me castigará si le digo una palabra. Pero si mi señor estuviera muerto ahora, no habría consuelo para mí. Sería asesinada y tratada con rudeza. ¡Dios! ¡mi señor no los ve! ¿Por qué, entonces, dudo, loca como estoy? De hecho, soy demasiado parca en mis palabras, cuando no le he hablado ya. Sé bien que los que vienen allá están decididos a cometer algún acto malvado. Y ¡Dios!, ¿cómo le hablaré? Él me matará. Bueno, ¡que me mate! Aun así, no dejaré de hablarle". Entonces ella lo llama suavemente: "¡Señor!". "¿Qué?", dice él, "¿qué queréis?". "Vuestro perdón, señor. Quiero deciros que cinco caballeros han salido de aquel matorral, de quienes siento un miedo mortal. Habiéndolos notado, soy de la opinión de que pretenden luchar con vos. Cuatro de ellos se han quedado atrás, y el otro viene hacia vos tan rápido como su corcel puede llevarlo. Temo en cada momento que os golpee. Es verdad, los cuatro se han quedado atrás; pero aun así no están lejos y rápidamente le ayudarán, si surge la necesidad". Erec responde: "Tuvisteis un mal pensamiento cuando transgredisteis mi orden, una cosa que os había prohibido. Y, sin embargo, supe todo el tiempo que no me teníais en estima. Vuestro servicio ha sido mal empleado; pues no ha despertado mi gratitud, sino más bien encendido aún más mi ira. Os lo he dicho una vez y lo digo de nuevo. Esta vez os perdonaré; pero en otra ocasión reprimaos y no volváis a dar la vuelta para observarme: pues al hacerlo seríais muy insensata. No me gustan vuestras palabras". Entonces espolea a través del campo hacia su adversario y ambos se encuentran. Cada uno busca y asalta al otro. Erec lo golpea con tal fuerza que su escudo sale volando de su cuello, y así le rompe la clavícula. Sus estribos se rompen y cae sin fuerzas para levantarse de nuevo, pues estaba gravemente magullado y herido. Uno de los otros apareció entonces, y se atacan ferozmente. Sin dificultad, Erec clava el acero afilado y bien forjado en su cuello bajo la barbilla, seccionando así los huesos y nervios. En la nuca del cuello la hoja sobresale, y la sangre roja y caliente fluye hacia abajo por ambos lados de la herida. Rinde su espíritu y su corazón está quieto. El tercero sale de su escondite al otro lado de un vado. Directamente a través del agua, se acerca. Erec espolea y lo encuentra antes de que saliera del agua, golpeándolo tan fuerte que derriba tanto al jinete como al caballo. El corcel yacía sobre el cuerpo el tiempo suficiente para ahogarlo en la corriente, y luego luchó hasta que con dificultad logró ponerse en pie. Así venció a tres de ellos, cuando los otros dos pensaron que era prudente abandonar el conflicto y no luchar con él. En la huida siguen la corriente, y Erec tras ellos en ardiente persecución, hasta que golpea a uno en la columna tan fuerte que lo arroja hacia adelante sobre el arzón de la silla. Puso toda su fuerza en el golpe y rompe su lanza sobre su cuerpo, de modo que el sujeto cayó de cabeza. Erec le hace pagar caro la lanza que ha roto en él y desenvainó su espada de la vaina. El sujeto se enderezó imprudentemente; pues Erec le dio tres golpes tales que calmó la sed de su espada con su sangre. Secciona el hombro de su cuerpo, de modo que cayó al suelo. Luego, con la espada desenvainada, atacó al otro, mientras intentaba escapar sin compañía ni escolta. Cuando ve a Erec persiguiéndolo, siente tanto miedo que no sabe qué hacer: no se atreve a enfrentarlo y no puede desviarse; tiene que dejar su caballo, pues ya no confía en él. Arroja su escudo y lanza, y se desliza de su caballo a tierra. Cuando lo vio en pie, Erec ya no quiso perseguirlo, sino que se agachó para recoger la lanza, no deseando dejarla atrás, debido a la suya que se había roto. Se lleva su lanza y se marcha, no dejando los caballos atrás: atrapa a los cinco y se los lleva. Enide tuvo un trabajo difícil para guiarlos a todos; pues él le entrega los cinco con los otros tres, y le ordena que avance vivamente y que evite dirigirse a él para que ningún mal o daño le sobrevenga. Así que ni una palabra responde ella, sino que más bien guarda silencio; y así van, llevando consigo los ocho caballos.
Cabalgaron hasta el anochecer sin llegar a ninguna ciudad o refugio. Cuando llegó la noche, se refugiaron bajo un árbol en un campo abierto. Erec ordena a su dama dormir, y él vigilará. Ella responde que no lo hará, pues no es correcto y no desea hacerlo. Es para él dormir quien está más cansado. Muy complacido por esto, Erec accede. Bajo su cabeza colocó su escudo, y la dama tomó su capa y la extendió sobre él de pies a cabeza. Así, él durmió y ella montó guardia, sin dormitar en toda la noche, sino sosteniendo fuertemente en su mano por la brida los caballos hasta que rompió el alba; y mucho se culpó y se reprochó a sí misma por las palabras que había pronunciado, y dijo que actuó mal y que no estaba ni la mitad de maltratada como merecía estar. "Ay", dijo ella, "¿en qué mala hora he sido testigo de mi orgullo y presunción! Podría haber sabido sin duda que no había caballero mejor que, o tan bueno como, mi señor. Lo sabía de sobra antes, pero ahora lo sé mejor. Pues he visto con mis propios ojos cómo no se ha acobardado ante tres o incluso cinco hombres armados. ¡Una plaga para siempre sobre mi lengua por haber pronunciado tal orgullo e insulto como ahora me obligan a sufrir vergüenza!". Toda la noche se lamentó así hasta que amaneció. Erec se levanta temprano y de nuevo toman el camino, ella delante y él detrás. Al mediodía, un escudero los encontró en un pequeño valle, acompañado por dos sujetos que llevaban pasteles y vino y algunos ricos quesos de otoño para aquellos que estaban segando el heno en los prados pertenecientes al Conde Galoain. El escudero era un tipo astuto, y cuando vio a Erec y Enide, que venían de la dirección del bosque, percibió que debían haber pasado la noche en el bosque y no habían tenido nada que comer o beber; pues en un radio de un día de viaje no había pueblo, ciudad o torre, ningún lugar fuerte o abadía, hospicio o lugar de refugio. Así que formó un propósito honesto y dirigió sus pasos hacia ellos, saludándolos cortésmente y diciendo: "Señor, presumo que habéis tenido una dura experiencia anoche. Estoy seguro de que no habéis dormido y habéis pasado la noche en estos bosques. Os ofrezco un poco de este pastel blanco, si os place participar de él. No lo digo con esperanza de recompensa: pues no pido ni exijo nada de vos. Los pasteles están hechos de buen trigo; tengo buen vino y quesos ricos también, un mantel blanco y finas jarras. Si tenéis ganas de almorzar, no necesitáis buscar más lejos. Bajo estas hayas blancas, aquí en la hierba verde, podríais dejar vuestras armas y descansar un rato. Mi consejo es que desmontéis". Erec bajó de su caballo y dijo: "Buen gentil amigo, os agradezco amablemente: comeré algo, sin ir más lejos". El joven sabía bien qué hacer: ayudó a la dama a bajar de su caballo, y los muchachos que habían venido con el escudero sostuvieron los corceles. Luego van y se sientan en la sombra. El escudero alivia a Erec de su yelmo, desata la pieza de la boca de delante de su cara; luego extiende el mantel ante ellos sobre el césped espeso. Les pasa el pastel y el vino, y prepara y corta un queso. Hambrientos como estaban, se sirvieron y bebieron alegremente del vino. El escudero les sirve y no omite atención alguna. Cuando hubieron comido y bebido hasta saciarse, Erec fue cortés y generoso. "Amigo", dice él, "como recompensa, deseo presentaros uno de mis caballos. Tomad el que más os guste. Y os ruego que no sea ninguna dificultad para vos regresar al pueblo y preparar allí un buen alojamiento". Y él responde que hará de buena gana todo lo que sea su voluntad. Entonces se dirige a los caballos y, desatándolos, elige el moteado, y expresa su agradecimiento; pues este parece ser el mejor. Salta arriba por el estribo izquierdo y, dejándolos a ambos allí, cabalgó al pueblo a toda velocidad, donde alquiló habitaciones adecuadas. ¡Ahora mirad! él está de vuelta: "Ahora montad, señor, deprisa", dice él, "pues tenéis un buen alojamiento listo". Erec montó, y luego su dama, y, como el pueblo estaba cerca, pronto habían llegado a su lugar de alojamiento. Allí fueron recibidos con alegría. El anfitrión con bondad les dio la bienvenida, y con alegría y regocijo hizo generosa provisión para sus necesidades.
Cuando el escudero les hubo rendido todo el honor que pudo, volvió a montar en su caballo y lo llevó ante la estancia del Conde, camino de la caballeriza. El Conde y tres de sus vasallos se asomaban desde la estancia cuando el Conde, viendo a su escudero montado en el corcel moteado, le preguntó de quién era. Y él respondió que era suyo. El Conde, muy asombrado, dice: «¿Cómo es eso? ¿De dónde lo has sacado?». «Un caballero al que estimo mucho me lo ha dado, señor», dice él. «Lo he conducido hasta este pueblo y está alojado en casa de un burgués. Es un caballero muy cortés y el hombre más apuesto que jamás he visto. Aunque le hubiera dado mi palabra y juramento, no podría contarle ni la mitad de lo apuesto que es». El Conde responde: «Supongo y presumo que no es más apuesto que yo». «Por mi palabra, señor», dice el sargento, «sois muy apuesto y un caballero. No hay en este país, natural de esta tierra, un caballero al que no superéis en apostura. Pero me atrevo a sostener respecto a este que es más hermoso que vos, si no fuera porque está magullado y amoratado bajo su cota de malla. En el bosque ha estado luchando a solas contra ocho caballeros y se lleva sus ocho caballos. Y viene con él una dama tan hermosa que jamás dama alguna fue ni la mitad de hermosa que ella». Cuando el Conde oye esta noticia, le entra el deseo de ir a ver si es verdad o mentira. «Nunca oí tal cosa», dice; «llévame ahora a su alojamiento, pues ciertamente quiero saber si mientes o dices la verdad». Él responde: «De muy buena gana, señor. Este es el camino y la senda que hay que seguir, pues no está lejos de aquí». «Estoy ansioso por verlos», dice el Conde. Entonces baja, y el escudero desmonta de su caballo y hace que el Conde monte en su lugar. Luego corrió por delante para avisar a Erec de que el Conde iba a visitarlo. El alojamiento de Erec era realmente rico, del tipo al que estaba acostumbrado. Había muchas velas y cirios encendidos por todas partes. El Conde llegó acompañado solo por tres compañeros. Erec, que era de modales corteses, se levantó a recibirlo y exclamó: «¡Bienvenido, señor!». Y el Conde le devolvió el saludo. Ambos se sentaron uno al lado del otro en un lecho blando y blanco, donde conversaron. El Conde le hace una oferta y le insta a aceptar de él una garantía para el pago de sus gastos en el pueblo. Pero Erec no se digna a aceptar, diciendo que está bien provisto de dinero y que no tiene necesidad de aceptar nada de él. Hablan largo y tendido de muchas cosas, pero el Conde mira constantemente hacia el otro lado, donde vislumbró a la dama. Debido a su manifiesta belleza, fijó todo su pensamiento en ella. La miró tanto como pudo; la codició y le agradó tanto que su belleza le llenó de amor. Con gran astucia pidió a Erec permiso para hablar con ella. «Señor», dice, «le pido un favor, y que no le desagrade. Como acto de cortesía y como placer, quisiera sentarme al lado de esa dama. Con buena intención vine a verlos a ambos, y no debería ver mal en ello. Deseo ofrecer a la dama mis servicios en todos los aspectos. Sepa bien que por amor a usted haría todo lo que a ella le pueda complacer». Erec no era en absoluto celoso y no sospechaba maldad ni traición. «Señor», dice, «no tengo objeción. Puede sentarse y hablar con ella. No crea que tengo inconveniente alguno. Le doy permiso de buena gana». La dama estaba sentada a unas dos lanzas de distancia de él. Y el Conde tomó asiento muy cerca de ella en un taburete bajo. Prudente y cortés, la dama se volvió hacia él. «¡Ay!», dijo él, «¡cuánto me apena verla en tan humilde estado! Lo siento y siento gran angustia. Pero si quisiera creer mi palabra, podría tener honor y gran ventaja, y mucha riqueza le sobrevendría. Tal belleza como la suya tiene derecho a gran honor y distinción. La haría mi amante, si le placiera y fuera su voluntad; usted sería mi querida amante y señora sobre toda mi tierra. Cuando me digno a cortejarla así, no debería desdeñar mi pretensión. Sé y percibo que su señor no la ama ni la estima. Si quiere quedarse conmigo, estaría unida a un señor digno». «Señor», dice Enide, «su propuesta es vana. No puede ser. ¡Ah! mejor que no hubiera nacido, o que fuera quemada en una hoguera de espinos y mis cenizas esparcidas, antes que ser en modo alguno infiel a mi señor, o concebir cualquier felonía o traición hacia él. Ha cometido un gran error al hacerme tal propuesta. No accederé a ello de ningún modo». La ira del Conde comenzó a subir. «¿Desdeña amarme, dama?», dice él; «por mi palabra, es usted demasiado orgullosa. ¿Ni por halago ni por ruego hará mi voluntad? Es ciertamente verdad que el orgullo de una mujer aumenta cuanto más se le ruega y se le halaga; pero quien la insulta y deshonra a menudo la encontrará más dócil. Le doy mi palabra de que, si no hace mi voluntad, pronto habrá aquí juego de espadas. Con razón o sin ella, haré que su señor sea muerto aquí mismo ante sus ojos». «¡Ah, señor!», dice Enide, «hay un camino mejor que el que dice. Cometería un acto vil y traicionero si lo matara así. Cálmese de nuevo, le ruego; pues haré su placer. Puede considerarme toda suya, pues soy suya y deseo serlo. No hablé como lo hice por orgullo, sino para aprender y probar si podía encontrar en usted el verdadero amor de un corazón sincero. Pero no querría a ningún precio que cometiera un acto de traición. Mi señor no está en guardia; y si lo matara así, cometería un acto muy feo, y yo tendría la culpa. Todos en la tierra dirían que se había hecho con mi consentimiento. Vaya y descanse hasta mañana, cuando mi señor esté a punto de levantarse. Entonces podrá hacerle daño mejor sin culpa y sin reproche». Con los pensamientos de su corazón no coinciden sus palabras. «Señor», dice ella, «¡créame ahora! No tenga ansiedad; pero envíe mañana a sus caballeros y escuderos y haga que me lleven por la fuerza. Mi señor correrá en mi defensa, pues es lo suficientemente orgulloso y audaz. Ya sea en serio o en broma, haga que lo apresen y lo traten mal, o córtele la cabeza, si quiere. He llevado esta vida ya demasiado tiempo; a decir verdad, no me gusta la compañía de este mi señor. Antes sentiría su cuerpo yaciendo junto a mí en un lecho. Y puesto que hemos llegado a este punto, de mi amor puede estar seguro». El Conde responde: «¡Está bien, mi dama! Dios bendiga la hora en que nació; en gran estado será tenida». «Señor», dice ella, «ciertamente, lo creo. Y aun así quisiera tener su palabra de que siempre me tendrá en estima; no podría creerlo de otro modo». Alegre y divertido, el Conde responde: «He aquí, mi fe le empeñaré lealmente como Conde, Madame, que haré todas sus órdenes. No tenga más miedo de eso. Todo lo que quiera lo tendrá siempre». Entonces ella tomó su palabra empeñada; pero poco la valoró o le importó, salvo para salvar a su señor con ello. Bien sabe cómo engañar a un necio cuando pone su mente en ello. Mejor sería mentirle a él que permitir que su señor fuera aniquilado. El Conde se levantó entonces de su lado y la encomendó a Dios cien veces. Pero de poco le servirá la fe que ella le ha prometido. Erec no sabía nada en absoluto de esto que tramaban para causar su muerte; pero Dios podrá prestarle ayuda, y creo que lo hará. Ahora Erec está en gran peligro y no sabe que debe estar en guardia. Las intenciones del Conde son muy viles al planear robar a su esposa y matarlo cuando está sin defensa. Con disfraz traicionero se despide: «A Dios le encomiendo», dice, y Erec responde: «Y yo a usted, señor». Así se separaron. Ya había pasado una buena parte de la noche. Fuera del camino, en una de las habitaciones, se hicieron dos lechos sobre el suelo. En uno de ellos se tumbó Erec, en el otro fue a descansar Enide. Llena de dolor y ansiedad, no cerró los ojos en toda la noche, sino que permaneció en vela por causa de su señor; pues por lo que había visto del Conde, sabía que estaba lleno de maldad. Sabe muy bien que si una vez se apodera de su señor, no dejará de hacerle daño. Puede estar segura de que será muerto: así que por su causa está angustiada. Toda la noche tuvo que hacer guardia; pero antes del amanecer, si puede lograrlo, y si su señor quiere creer su palabra, estarán listos para partir.
Erec durmió toda la noche seguro hasta el amanecer. Entonces Enide se dio cuenta y sospechó que podría dudar demasiado tiempo. Su corazón era tierno hacia su señor, como una buena y leal dama. Su corazón no era ni engañoso ni falso. Así que se levanta y se prepara, y se acerca a su señor para despertarlo. «¡Ah, señor!», dice ella, «le pido perdón. Levántese pronto ahora, pues está traicionado sin lugar a dudas, aunque inocente y libre de cualquier crimen. El Conde es un traidor probado, y si puede atraparlo aquí, nunca escapará sin que lo haya hecho pedazos. Lo odia porque me desea. Pero si agrada a Dios, que conoce todas las cosas, no será ni muerto ni atrapado. Ayer por la tarde lo habría matado si no le hubiera asegurado que sería su amante y su esposa. Lo verá volver pronto: quiere apoderarse de mí y retenerme aquí y matarlo si puede encontrarlo». Ahora Erec sabe cuán leal es su esposa hacia él. «Dama», dice él, «haga ensillar nuestros caballos pronto; luego corra y llame a nuestro anfitrión, y dígale rápidamente que venga aquí. La traición ha estado mucho tiempo suelta». Ahora los caballos están ensillados y la dama llamó al anfitrión. Erec se había armado y vestido, y ante su presencia vino el anfitrión. «Señor», dijo, «¿qué prisa es esta, que se ha levantado a tal hora, antes de que aparezcan el día y el sol?». Erec responde que tiene un largo camino y un día completo por delante, y por lo tanto se ha preparado para partir, teniéndolo muy presente; y añadió: «Señor, aún no me ha presentado la cuenta de mis gastos. Me ha recibido con honor y bondad, y en ello le redunda un gran mérito. Cancele mi deuda con estos siete caballos que traje conmigo. No los desdeñe, sino quédeselos para usted. No puedo aumentar mi regalo en nada más que el valor de un cabestro». El burgués estaba encantado con este regalo y se inclinó profundamente, expresando sus gracias y gratitud. Luego Erec monta y se despide, y se ponen en camino. Mientras cabalgan, advierte frecuentemente a Enide que si ve algo no debería ser tan audaz como para hablarle de ello. Mientras tanto, entraron en la casa cien caballeros bien armados, y quedaron muy consternados al encontrar que Erec ya no estaba allí. Entonces el Conde supo que la dama lo había engañado. Descubrió las huellas de los caballos, y todos siguieron el rastro, amenazando el Conde a Erec y jurando que, si puede alcanzarlo, nada podrá evitar que tenga su cabeza en el acto. «¡Maldito sea el que se quede atrás ahora y no espolee rápido!», dijo; «quien me presente la cabeza del caballero a quien odio tan amargamente, me habrá servido a mi gusto». Luego se lanzan a toda velocidad, llenos de hostilidad hacia quien nunca los había visto y nunca les había hecho daño de obra o palabra. Cabalgan adelante hasta que lo distinguen; en el borde de un bosque lo divisan antes de que sea ocultado por los árboles. Ni uno solo se detuvo entonces, sino que todos se lanzaron en rivalidad. Enide oye el estrépito y el ruido de sus armas y caballos, y ve que el valle está lleno de ellos. Tan pronto como los vio, no pudo contener su lengua. «¡Ah, señor!», grita, «¡ay, cómo este Conde lo ha atacado, cuando conduce contra usted tal hueste! Señor, cabalgue más rápido ahora, hasta que estemos dentro de este bosque. Creo que podemos distanciarlos fácilmente, pues todavía están muy lejos. Si sigue a este paso, nunca podrá escapar de la muerte, pues no es rival para ellos». Erec responde: «Poco me estima usted, y ligeramente tiene mis palabras. Parece que no puedo corregirla mediante un ruego amable. Pero mientras el Señor tenga piedad de mí hasta que escape de aquí, juro que pagará caro este discurso suyo; es decir, a menos que mi mente cambie». Entonces se da la vuelta directamente y ve al senescal acercándose en un caballo fuerte y veloz. Ante todos ellos toma su posición a la distancia de cuatro disparos de ballesta. No se había deshecho de sus armas, sino que estaba perfectamente equipado. Erec calcula la fuerza de sus oponentes y ve que son cien en total. Entonces aquel que así lo presiona piensa que sería mejor llamar a un pelo. Entonces cabalgan el uno hacia el otro y golpean sus escudos con grandes golpes con sus espadas afiladas y cortantes. Erec hizo que su robusta espada de acero atravesara su cuerpo de parte a parte, de modo que su escudo y cota de malla no lo protegieron más que un jirón de seda azul oscuro. Y a continuación viene espoleando el Conde, quien, como cuenta la historia, era un caballero fuerte y valiente. Pero el Conde en esto fue mal aconsejado cuando vino solo con escudo y lanza. Depositó tal confianza en su propia destreza que pensó que no necesitaba otras armas. Mostró su excesiva audacia corriendo por delante de todos sus hombres más que el espacio de nueve acres. Cuando Erec lo vio solo, se volvió hacia él; el Conde no le tiene miedo, y se encuentran con un choque de armas. Primero el Conde lo golpea con tal violencia en el pecho que habría perdido los estribos si no hubiera estado bien sentado. Hace que la madera de su escudo se parta de modo que el hierro de su lanza sobresale por el otro lado. Pero la cota de malla de Erec era muy sólida y lo protegió de la muerte sin el desgarro de un solo eslabón. El Conde era fuerte y rompe su lanza; entonces Erec lo golpea con tal fuerza en su escudo pintado de amarillo que atravesó más de una yarda de su lanza a través de su abdomen, tirándolo sin sentido de su corcel. Luego se dio la vuelta y cabalgó sin más demora en el lugar. Directamente hacia el bosque espolea a toda velocidad. Ahora Erec está en el bosque, y los demás se detuvieron un rato sobre los que yacían en medio del campo. En voz alta juran y prometen que preferirán seguirlo durante dos o tres días antes que fracasar en capturarlo y masacrarlo. El Conde, aunque gravemente herido en el abdomen, oye lo que dicen. Se incorpora un poco y abre los ojos un poquito. Ahora se da cuenta del acto malvado que había comenzado a ejecutar. Hace que los caballeros retrocedan y dice: «Señores míos, les ordeno a todos, fuertes y débiles, altos y bajos, que ninguno de ustedes sea tan audaz como para atreverse a avanzar ni un solo paso. ¡Vuelvan todos ahora rápidamente! He cometido un acto villano y me arrepiento de mi vil designio. La dama que me engañó es muy honorable, prudente y cortés. Su belleza me encendió de amor por ella; porque la deseaba, quise matar a su señor y retenerla conmigo por la fuerza. Bien merecía este dolor, y ahora me ha sobrevenido. ¡Qué abominablemente desleal y traicionero fui en mi locura! Nunca nació de madre un caballero mejor que él. Jamás recibirá daño a través de mí si puedo evitarlo de alguna manera. Les ordeno a todos que vuelvan sobre sus pasos». Regresan desconsolados, llevando al senescal sin vida sobre el escudo invertido. El Conde, cuya herida no fue mortal, vivió algún tiempo después. Así fue liberado Erec.
Erec parte a toda velocidad por un camino entre dos setos, él y su esposa con él. Espoleando ambos a sus caballos, cabalgaron hasta llegar a un prado que había sido segado. Tras salir del recinto cercado, se toparon con un puente levadizo ante una alta torre, que estaba cerrada por todas partes con un muro y un foso ancho y profundo. Cruzan rápidamente el puente, pero no habían avanzado mucho cuando el señor del lugar los avista desde lo alto de su torre. Sobre este hombre puedo deciros la verdad: que era de muy baja estatura, pero de corazón muy valeroso. Cuando ve a Erec cruzar el puente, baja rápidamente de su torre, y en un gran corcel alazán suyo hace poner una silla de montar, que mostraba representado un león de oro. Luego manda traer su escudo, su lanza rígida y recta, una espada afilada y pulida, su casco brillante y reluciente, su brillante córcega y sus grebas de tejido triple; pues ha visto pasar a un caballero armado ante su palenque contra el cual desea luchar en armas, o si no, este extraño luchará contra él hasta que confiese su derrota. Su orden fue cumplida rápidamente: ved aquí el caballo que ahora es conducido; un escudero lo trajo ya enfrenado y con la silla puesta. Otro compañero trae las armas. El caballero salió por la puerta, tan rápidamente como fue posible, totalmente solo, sin compañero. Erec cabalga por la ladera de una colina, cuando he aquí que el caballero viene galopando por encima de la cima, montado sobre un poderoso corcel que corría a tal ritmo que trituraba las piedras bajo sus cascos más finamente de lo que una muela de molino tritura el grano; y chispas brillantes y relucientes saltaban en todas direcciones, de modo que parecía como si sus cuatro patas estuvieran envueltas en fuego. Enide escuchó el ruido y el alboroto, y casi cae de su palafreno, indefensa y desmayada. No había vena en su cuerpo en la que la sangre no se volviera, y su rostro se puso todo pálido y blanco como si fuera un cadáver. Grande es su desesperación y consternación, pues no se atreve a dirigirse a su señor, quien a menudo la amenaza y la regaña y le ordena que guarde silencio. Está distraída entre dos caminos a seguir, si hablar o guardar silencio. Se aconseja a sí misma, y a menudo se prepara para hablar, de modo que su lengua ya se mueve, pero la voz no puede salir; pues sus dientes están apretados por el miedo, y así encierran su discurso en su interior. Así se amonesta y se reprocha a sí misma, pero cierra la boca y aprieta los dientes para que su discurso no pueda salir. En lucha consigo misma, dijo: "Estoy segura y convencida de que sufriré una pérdida grave si aquí pierdo a mi señor. ¿Debo contárselo todo, entonces, abiertamente? No. ¿Por qué no? No me atrevería, pues así enfurecería a mi señor. Y si la ira de mi señor se despierta una vez, me dejará sola en este lugar salvaje, desgraciada y abandonada. Entonces estaré peor que ahora. ¿Peor? ¿Qué me importa? Que la pena y el dolor sean siempre míos mientras viva, si mi señor no escapa pronto de aquí sin ser entregado a una muerte violenta. Pero si no le informo rápidamente, este caballero que galopa hacia aquí lo habrá matado antes de que se dé cuenta; pues parece de muy mala intención. Creo que he esperado demasiado por miedo a su vigorosa prohibición. Pero ya no dudaré más debido a su restricción. Veo claramente que mi señor está tan absorto en sus pensamientos que se olvida de sí mismo; así que es justo que me dirija a él". Ella le habló. Él la amenaza, pero no tiene deseo de hacerle daño, pues se da cuenta y sabe muy bien que ella lo ama por encima de todo, y él también la ama al máximo. Cabalga hacia el caballero, que lo desafía a la batalla, y se encuentran al pie de la colina, donde se atacan y se desafían. Ambos se golpean con sus lanzas de punta de hierro con todas sus fuerzas. Los escudos que cuelgan de sus cuellos no valen dos cortezas de árbol: el cuero se rasga, y parten la madera, y hacen añicos las mallas de las corazas. Ambos son atravesados hasta las entrañas por las lanzas, y los caballos caen a tierra. Ahora, ambos guerreros eran valientes. Gravemente, pero no mortalmente heridos, se pusieron rápidamente en pie y agarraron de nuevo sus lanzas, que no estaban rotas ni peor por el desgaste. Pero las arrojaron al suelo, y desenvainando sus espadas de la vaina, se atacan el uno al otro con gran furia. Cada uno hiere y daña al otro, pues no hay piedad en ninguno de los dos bandos. Asestan tales golpes sobre los cascos que saltan chispas brillantes cuando sus espadas retroceden. Parten y astillan los escudos; golpean y aplastan las corazas. En cuatro lugares las espadas llegan hasta la carne viva, de modo que están muy debilitados y agotados. Y si ambas espadas hubieran durado mucho sin romperse, nunca se habrían retirado, ni la batalla habría llegado a su fin antes de que uno de ellos hubiera muerto por fuerza. Enide, que los observaba, estaba casi fuera de sí por el dolor. Quien pudiera haberla visto entonces, mientras mostraba su gran aflicción retorciéndose las manos, arrancándose los cabellos y derramando lágrimas, habría visto a una dama leal. Y cualquier hombre habría sido un miserable vulgar si la viera y no se compadeciera de ella. Y los caballeros siguen luchando, derribando las joyas de los cascos y asestándose golpes temibles. Desde la hora tercia hasta la nona, la batalla continuó tan feroz que nadie pudo de ninguna manera discernir quién iba a sacar ventaja. Erec se esfuerza y lucha; dejó caer su espada sobre el casco de su enemigo, partiéndolo hasta el forro interior de malla y haciéndolo tambalearse; pero se mantuvo firme y no cayó. Luego atacó a Erec a su vez, y le asestó tal golpe sobre la cubierta de su escudo que su espada fuerte y preciosa se rompió cuando intentó sacarla. Cuando vio que su espada estaba rota, con despecho lanzó tan lejos como pudo la parte que le quedaba en la mano. Ahora estaba asustado y tenía que retroceder; pues cualquier caballero que carece de su espada no puede hacer mucho daño en la batalla o el asalto. Erec lo persigue hasta que le ruega, por amor de Dios, que no lo mate. "Piedad, noble caballero", grita, "no seas tan cruel y duro conmigo. Ahora que me he quedado sin mi espada, tienes la fuerza y el poder para quitarme la vida o hacerme tu prisionero, pues no tengo medios de defensa". Erec responde: "Cuando así me suplicas, me gustaría oírte admitir abiertamente si estás derrotado y vencido. No volverás a ser tocado por mí si te rindes a mi discreción". El caballero tardó en responder. Entonces, cuando Erec lo vio dudar, para desanimarlo aún más, lo atacó de nuevo, arremetiendo contra él con la espada desenvainada; tras lo cual, aterrorizado, gritó: "¡Piedad, señor! Considérame tu cautivo, ya que no puede ser de otra manera". Erec responde: "Más que eso es necesario. No te librarás tan fácilmente como eso. Dime tu rango y tu nombre, y yo a mi vez te diré el mío". "Señor", dice él, "tenéis razón. Soy el rey de este país. Mis vasallos son irlandeses, y no hay ninguno que no tenga que pagarme renta. Mi nombre es Guivret el Pequeño. Soy muy rico y poderoso; pues no hay terrateniente cuyas tierras toquen las mías en ninguna dirección que transgreda mi mandato y que no haga mi voluntad. No tengo vecino que no me tema, por orgulloso y audaz que sea. Pero deseo mucho ser tu confidente y amigo de ahora en adelante". Erec responde: "Yo también puedo jactarme de ser un hombre noble. Mi nombre es Erec, hijo del rey Lac. Mi padre es rey del País de Gales lejano, y tiene muchas ciudades ricas, hermosos salones y ciudades fuertes; ningún rey o emperador tiene más que él, salvo solo el rey Arturo. A él, por supuesto, lo exceptúo; pues con él nadie puede compararse". Guivret se sorprende mucho por esto, y dice: "Señor, una gran maravilla es esta que escucho. Nunca estuve tan contento de nada como de conocerte. ¡Puedes tener plena confianza en mí! Y si te placiera permanecer en mi país dentro de mis tierras, haré que seas tratado con gran honor. Mientras desees permanecer aquí, serás reconocido como mi señor. Ambos necesitamos un médico, y tengo un castillo mío cerca de aquí, a no ocho leguas de distancia, ni siquiera siete. Deseo llevarte allí conmigo, y allí curaremos nuestras heridas". Erec responde: "Te agradezco lo que te he oído decir. Sin embargo, no iré, gracias. Pero solo pido tanto de ti, que si estuviera necesitado, y oyeras que necesitaba ayuda, no me olvidarías entonces". "Señor", dice él, "te prometo que nunca, mientras yo viva, tendrás necesidad de mi ayuda sin que vaya de inmediato a ayudarte con toda la asistencia que pueda ordenar". "No tengo nada más que pedirte", dice Erec; "me has prometido mucho. Eres ahora mi señor y amigo, si tus hechos son tan buenos como tus palabras". Entonces cada uno besa y abraza al otro. Nunca hubo una despedida tan afectuosa después de una batalla tan feroz; pues por puro afecto y generosidad, cada uno cortó largas y anchas tiras de la parte inferior de su camisa y vendó las heridas del otro. Cuando se hubieron vendado así el uno al otro, se encomendaron mutuamente a Dios.
Así pues, se separaron. Guivret sigue su camino solo, mientras que Erec reanuda el suyo, necesitado con urgencia de emplastos con los que curar sus heridas. No dejó de viajar hasta que llegó a una llanura junto a un alto bosque repleto de ciervos, ciervas, venados, gamas y otras bestias, y todo tipo de caza. Resulta que el rey Arturo, la reina y los mejores de sus barones habían llegado allí ese mismo día. El rey deseaba pasar tres o cuatro días en el bosque para disfrutar y cazar, y había ordenado que trajeran tiendas, pabellones y toldos. Mi señor Gauvain había entrado en la tienda del rey, exhausto tras una larga cabalgada. Frente a la tienda había un haya blanca, y allí había dejado un escudo suyo, junto con su lanza de fresno. Dejó su corcel, todo ensillado y enfrenado, atado a una rama por la rienda. Allí estaba el caballo hasta que pasó Keu el senescal. Se acercó rápidamente y, como para matar el tiempo, tomó el corcel y montó, sin la interferencia de nadie. Tomó también la lanza y el escudo que estaban cerca, bajo el árbol. Galopando sobre el corcel, Keu cabalgó por un valle hasta que, por azar, se encontró con Erec. Erec reconoció al senescal y conocía las armas y el caballo, pero Keu no lo reconoció a él, pues no podía distinguirse por sus armas. Tantos golpes de espada y lanza había recibido en su escudo que todo el diseño pintado había desaparecido de él. Y la dama, que no deseaba ser vista ni reconocida por él, mantuvo astutamente su velo ante su rostro, como si lo hiciera por el resplandor del sol y el polvo. Keu se acercó rápidamente y de inmediato agarró la rienda de Erec, sin siquiera saludarlo. Antes de dejarlo moverse, le preguntó presuntuosamente: «Caballero —dice—, deseo saber quién sois y de dónde venís». «Debéis estar loco para detenerme así —dice Erec—; no lo sabréis por ahora». Y el otro responde: «No os enfadéis; solo lo pregunto por vuestro bien. Puedo ver y distinguir claramente que estáis herido y lastimado. Si venís conmigo, tendréis un buen alojamiento esta noche; me aseguraré de que estéis bien atendido, honrado y cómodo, pues necesitáis descanso. El rey Arturo y la reina están cerca de aquí, en un bosque, alojados en pabellones y tiendas. Con toda buena fe, os aconsejo que vengáis conmigo a ver a la reina y al rey, quienes se complacerán mucho con vos y os mostrarán gran honor». Erec responde: «Decís bien; sin embargo, no iré allí por nada. No sabéis cuál es mi asunto: debo seguir mi camino aún más lejos. Dejadme ir ahora; permanezco demasiado tiempo. Aún queda algo de luz diurna». Keu responde: «Decís locuras cuando rehusáis venir. Creo que os arrepentiréis de ello. Y por mucho que sea contra vuestra voluntad, ambos iréis, tal como el sacerdote va al concilio, queráis o no. Esta noche seréis mal servidos si, olvidando mi consejo, vais allí como extranjeros. Venid ahora rápidamente, pues os llevaré». Ante estas palabras, la ira de Erec se encendió. «Vasallo —dice—, estáis loco por arrastrarme así tras vos por la fuerza. Me habéis tomado completamente desprevenido. Os digo que habéis cometido una ofensa. Pues pensaba estar completamente seguro, y no estaba prevenido contra vos». Entonces pone su mano sobre su espada y grita: «¡Quitad las manos de mi brida, vasallo! Apartaos. Os considero orgulloso e impudente. Os golpearé, aseguraos de eso, si me arrastráis más tiempo tras vos. Dejadme en paz ahora». Entonces él lo suelta y se retira a través del campo más de la anchura de un acre; luego se da la vuelta y, como hombre con malas intenciones, lanza su desafío. Cada uno se lanzó contra el otro. Pero, debido a que Keu estaba sin armadura, Erec actuó cortésmente, giró la punta de su lanza y presentó el extremo trasero en su lugar. Aun así, le dio tal golpe en lo alto de la amplia superficie de su escudo que le causó una herida en la sien, inmovilizando su brazo contra su pecho: lo arroja de bruces contra la tierra. Luego fue a atrapar el caballo y se lo entrega por la brida a Enide. Estaba a punto de llevárselo cuando el herido, con su acostumbrada lisonja, le ruega que se lo devuelva cortésmente. Con bellas palabras lo adula y lo convence. «Vasallo —dice—, que Dios me ayude, ese caballo no es mío. Más bien pertenece a aquel caballero en quien habita la mayor proeza del mundo, mi señor Gauvain el Audaz. Os digo tanto en su nombre para que podáis devolvérselo y así ganar honor. Así seréis cortés y sabio, y yo seré vuestro mensajero». Erec responde: «Tomad el caballo, vasallo, y lleváoslo. Puesto que pertenece a mi señor Gauvain, no es justo que yo deba apropiármelo». Keu toma el caballo, vuelve a montar y, llegando a la tienda real, le cuenta al rey toda la verdad, sin ocultar nada. Y el rey llamó a Gauvain, diciendo: «Buen sobrino Gauvain, si alguna vez fuisteis leal y cortés, id rápidamente tras él y preguntadle de manera amable quién es y cuál es su asunto. Y si podéis influir en él y traerlo con vos ante nosotros, aseguraos de no fallar en hacerlo». Entonces Gauvain monta su corcel, con dos escuderos siguiéndolo. Pronto distinguieron a Erec, pero no lo reconocieron. Gauvain lo saluda, y él a Gauvain: sus saludos fueron mutuos. Entonces dijo mi señor Gauvain con su acostumbrada franqueza: «Señor —dice—, el rey Arturo me envía por este camino a encontraros. La reina y el rey os envían su saludo y os ruegan encarecidamente que vengáis a pasar algún tiempo con ellos (podría beneficiaros y no puede haceros daño), ya que están cerca». Erec responde: «Estoy muy agradecido al rey y a la reina y a vos, que sois, al parecer, tanto de buen corazón como de gentil semblante. No estoy en estado vigoroso; más bien llevo heridas dentro de mi cuerpo: sin embargo, no me desviaré de mi camino para buscar un lugar de alojamiento. Así que no necesitáis esperar más: os agradezco, pero podéis iros». Gauvain era un hombre sensato. Se retira y susurra al oído de uno de los escuderos, ordenándole ir rápidamente y decir al rey que tome medidas de inmediato para desmontar y bajar sus tiendas y venir a instalarlas en medio del camino, a tres o cuatro leguas de donde están ahora. Allí debe alojarse el rey esta noche, si desea encontrarse y extender hospitalidad al mejor caballero, en verdad, a quien pueda esperar ver jamás; pero quien no se desviará de su camino por un alojamiento por orden de nadie. El hombre fue y entregó su mensaje. El rey, sin demora, hace que desmonten sus tiendas. Ahora están bajadas, las acémilas cargadas, y se ponen en marcha. El rey montó a Aubagu, y la reina montó después un palafreno blanco del Norte. Durante todo este tiempo, mi señor Gauvain no dejó de retener a Erec, hasta que este le dijo: «Ayer cubrí más terreno del que haré hoy. Señor, me molestáis; dejadme ir. Ya habéis perturbado una buena parte de mi día». Y mi señor Gauvain le responde: «Me gustaría acompañaros un poco, si no os importa; pues aún falta mucho para la noche». Pasaron tanto tiempo hablando que todas las tiendas estaban instaladas ante ellos, y Erec las ve, y percibe que su alojamiento está dispuesto para él. «¡Ah! Gauvain —dice—, vuestra astucia me ha superado. Con vuestra gran maña me habéis retenido aquí. Ya que ha resultado así, os diré mi nombre de inmediato. Seguir ocultándolo sería inútil. Soy Erec, quien fuera anteriormente vuestro compañero y amigo». Gauvain lo escucha y de inmediato lo abraza. Levantó su yelmo y desató su protección bucal. Con alegría lo estrecha en su abrazo, mientras Erec lo abraza a su vez. Entonces Gauvain lo deja diciendo: «Señor, esta noticia dará gran placer a mi señor; él y mi dama estarán ambos contentos, y debo ir antes para informarles. Pero primero debo abrazar, dar la bienvenida y hablar reconfortantemente a mi dama Enide, vuestra esposa. Mi señora la reina tiene un gran deseo de verla. La oí hablar de ella apenas ayer». Entonces se acerca a Enide y le pregunta cómo está, si se encuentra bien y en buen estado. Ella responde cortésmente: «Señor, no tendría causa de dolor si no estuviera en gran angustia por mi señor; pero tal como es, estoy consternada, pues apenas le queda un miembro sin una herida». Gauvain responde: «Esto me apena mucho. Es perfectamente evidente por su rostro, que está todo pálido y sin color. Yo mismo podría haber llorado al verlo tan pálido y deslucido, pero mi alegría borró mi dolor, pues al verlo me sentí tan dichoso que olvidé cualquier otro sufrimiento. Ahora partid y cabalgad despacio. Yo cabalgaré adelante a toda velocidad para decir a la reina y al rey que me seguís. Estoy seguro de que ambos estarán encantados cuando lo oigan». Entonces se va y llega a la tienda del rey. «Señor —grita—, ahora vos y mi dama debéis estar contentos, pues aquí vienen Erec y su esposa». El rey salta de alegría. «¡Por mi palabra! —dice—, estoy muy contento. No podría oír noticia que pudiera darme tanta felicidad». La reina y todos los demás se regocijan y salen de las tiendas tan rápido como pueden. Incluso el rey sale de su pabellón, y se encontraron con Erec cerca. Cuando Erec ve al rey venir, desmonta rápidamente, y Enide también. El rey los abraza y recibe, y la reina asimismo los besa y abraza tiernamente: no hay nadie que no muestre su alegría. Allí mismo, en el acto, le quitaron la armadura a Erec; y cuando vieron sus heridas, su alegría se convirtió en tristeza. El rey lanza un profundo suspiro al verlas y manda traer un emplasto que Morgan, su hermana, había hecho. Este emplasto, que Morgan había dado a Arturo, era de tal virtud soberana que ninguna herida, ya fuera en nervio o articulación, siempre que fuera tratada con el emplasto una vez al día, podía dejar de ser completamente curada y sanada en una semana. Llevaron al rey el emplasto, que alivió mucho a Erec. Cuando hubieron bañado, secado y vendado sus heridas, el rey lo lleva a él y a Enide a su propia tienda real, diciendo que tiene la intención, por amor a Erec, de permanecer en el bosque quince días completos, hasta que esté completamente restablecido. Por esto, Erec agradece al rey, diciendo: «Buen señor, mis heridas no son tan dolorosas como para desear abandonar mi viaje. Nadie podría retenerme; mañana, sin demora, desearé partir por la mañana, tan pronto como vea el alba». Ante esto, el rey negó con la cabeza y dijo: «Es un gran error que no permanezcáis con nosotros. Sé que estáis lejos de estar bien. Quedaos aquí, y haréis lo correcto. Será una gran lástima y causa de dolor si morís en este bosque. Buen y gentil amigo, quedaos aquí ahora hasta que estéis completamente recuperado». Erec responde: «Basta de esto. He emprendido este viaje y no me detendré de ninguna manera». El rey escucha que de ninguna manera se quedaría por ruego suyo; así que no dice más al respecto y ordena que se prepare la cena de inmediato y se extiendan las mesas. Los sirvientes van a hacer sus preparativos. Era sábado por la noche; así que comieron pescado y fruta, lucio y perca, salmón y trucha, y luego peras, tanto crudas como cocidas. Poco después de la cena, ordenaron preparar las camas. El rey, que tenía a Erec en gran estima, hizo que lo acostaran en una cama solo; pues no quería que nadie durmiera con él que pudiera tocar sus heridas. Esa noche estuvo bien alojado. En otra cama cerca yacía Enide con la reina bajo una cubierta de armiño, y todas durmieron en gran reposo hasta que el día despuntó a la mañana siguiente.
Al día siguiente, tan pronto como amanece, Erec se levanta, se viste, ordena que ensillen sus caballos y manda que le traigan sus armas. Los valets corren y se las traen. Nuevamente el rey y todos los caballeros le instan a permanecer; pero la súplica no sirve de nada, pues no se quedará por nada. Entonces podríais haberlos visto a todos llorar y mostrar tal dolor como si ya lo vieran muerto. Él se pone sus armas y Enide se levanta. Todos los caballeros están profundamente afligidos, pues piensan que no los verán más. Los siguen fuera de las tiendas y mandan llamar a sus propios caballos para poder escoltarlos y acompañarlos. Erec les dijo: «¡No os enfadéis!, pero no me acompañaréis ni un solo paso. ¡Os agradeceré que os quedéis atrás!». Su caballo fue traído a él y monta sin demora. Tomando su escudo y lanza, los encomienda a todos a Dios, y ellos, a su vez, desean lo mejor a Erec. Entonces Enide monta y cabalgan lejos.
Entrando en un bosque, cabalgaron sin detenerse hasta la hora de prima. Mientras atravesaban así el bosque, escucharon a lo lejos el llanto de una doncella en gran angustia. Cuando Erec escuchó el llanto, sintió seguridad por el sonido de que era la voz de alguien en problemas y necesitado de ayuda. Llamando inmediatamente a Enide, le dice: «Dama, hay alguna doncella que va por el bosque llamando en voz alta. Supongo que necesita ayuda y socorro. Voy a apresurarme en esa dirección y ver cuál es su problema. Desmontad y esperadme aquí mientras voy allá». «Con gusto, señor», dice ella. Dejándola sola, se abre camino hasta encontrar a la doncella, que iba por el bosque lamentándose por su amante, a quien dos gigantes habían tomado y llevaban consigo con un trato muy cruel. La doncella estaba rasgando sus vestiduras y arrancándose el cabello y su tierno rostro carmesí. Erec la ve y, maravillándose mucho, le ruega que le diga por qué llora y se lamenta tanto. La doncella grita y suspira de nuevo, luego, sollozando, dice: «Buen señor, no es de extrañar que me lamente, pues desearía estar muerta. Ni amo ni valoro mi vida, pues mi amante ha sido llevado prisionero por dos gigantes malvados y crueles que son sus enemigos mortales. ¡Dios! ¿Qué haré? ¡Ay de mí!, privada del mejor caballero vivo, el más noble y el más cortés. Y ahora está en gran peligro de muerte. Este mismo día, y sin causa, lo llevarán a una muerte vil. Noble caballero, por amor a Dios, os ruego que socorráis a mi amante, si es que podéis prestarle alguna ayuda. No tendréis que correr mucho, pues deben estar aún cerca». «Doncella —dice Erec—, los seguiré, ya que lo pedís, y aseguraos de que haré todo lo que esté en mi poder: o seré hecho prisionero junto con él, o os lo devolveré sano y salvo. Si los gigantes lo dejan vivir hasta que pueda encontrarlo, pretendo medir mi fuerza con la de ellos». «Noble caballero —dijo la doncella—, siempre seré vuestra sierva si me devolvéis a mi amante. Ahora id en nombre de Dios y daos prisa, os lo ruego». «¿Por dónde se encuentra su camino?». «Por aquí, mi señor. Aquí está el sendero con las huellas». Entonces Erec comenzó a galopar y le dijo que lo esperara allí. La doncella lo encomienda al Señor y reza a Dios muy fervientemente que le dé fuerza por Su mandato para derrotar a aquellos que pretenden el mal contra su amante.
Erec partió por el sendero, espoleando a su caballo en persecución de los gigantes. Los siguió hasta que los avistó antes de que salieran del bosque; vio al caballero de miembros desnudos montado sin vestiduras sobre un rocín, con las manos y los pies atados como si hubiera sido arrestado por robo en camino real. Los gigantes no llevaban lanzas, escudos ni espadas afiladas, sino que ambos tenían garrotes y azotes con los que lo golpeaban tan cruelmente que ya le habían abierto la piel de la espalda hasta el hueso. Por sus costados y flancos corría la sangre, de tal modo que el rocín estaba todo cubierto de sangre hasta el vientre. Erec llegó solo tras ellos. Estaba muy triste y afligido por el caballero a quien veía tratar con tanta inquina. Entre dos bosques, en un campo abierto, los alcanzó y les preguntó: «Mis señores —dice—, ¿por qué crimen tratáis tan mal a este hombre y lo lleváis como a un vulgar ladrón? Lo estáis tratando con demasiada crueldad. Lo arrastráis como si hubiera sido sorprendido robando. Es un ultraje monstruoso desnudar a un caballero, atarlo y golpearlo de forma tan vergonzosa. Entregádmelo, os lo ruego con toda buena voluntad y cortesía. No tengo deseo de reclamároslo por la fuerza». «Vasallo —dicen ellos—, ¿qué asunto es este que te incumbe? Debes de estar loco para hacernos tal demanda. Si no te gusta, trata de arreglarlo». Erec responde: «Ciertamente, no me gusta, y no os lo llevaréis tan fácilmente. Puesto que habéis dejado el asunto en mis manos, digo que quien pueda hacerse con él, que se lo quede. Tomad vuestras posiciones. Os desafío. No lo llevaréis más lejos antes de que se repartan algunos golpes». «Vasallo —responden ellos—, estás loco, en verdad, al querer medir tus fuerzas con las nuestras. Si fuerais cuatro en lugar de uno, no tendríais más fuerza contra nosotros que un cordero contra dos lobos». «No sé cómo terminará esto —responde Erec—; si el cielo cayera y la tierra se derritiera, entonces muchas alondras serían atrapadas. Muchos hombres se jactan ruidosamente siendo de poco valor. En guardia ahora, pues voy a atacaros». Los gigantes eran fuertes y feroces, y sostenían en sus manos cerradas sus grandes garrotes con punta de hierro. Erec se lanzó contra ellos con la lanza en ristre. No teme a ninguno de los dos, a pesar de su amenaza y su orgullo, y atraviesa al primero de ellos por el ojo tan profundamente en el cerebro que la sangre y la materia cerebral salen a borbotones por la parte posterior de su cuello; aquel yace muerto y su corazón deja de latir. Cuando el otro lo vio muerto, tuvo motivos para estar gravemente afligido. Furioso, fue a vengarlo: con ambas manos levantó su garrote en alto y pensó golpearlo de lleno sobre su cabeza desprotegida, pero Erec observó el golpe y lo recibió en su escudo. Aun así, el gigante asestó un golpe tal que lo dejó completamente aturdido y casi lo hizo caer a tierra de su corcel. Erec se cubre con su escudo y el gigante, recuperándose, piensa en golpear de nuevo rápidamente sobre su cabeza. Pero Erec había desenvainado su espada y lo atacó con tal ferocidad que el gigante fue duramente tratado: lo golpea tan fuerte en el cuello que lo parte hasta el arzón de la silla. Esparce sus entrañas sobre la tierra y el cuerpo cae de largo, partido en dos mitades. El caballero llora de alegría y, adorando, alaba a Dios que le ha enviado este auxilio. Entonces Erec lo desató, lo hizo vestirse y armarse, y montar uno de los caballos; el otro lo hizo llevar de la mano derecha y le preguntó quién era. Y él respondió: «Noble caballero, tú eres mi señor feudal. Deseo considerarte mi señor, como por derecho debo hacer, pues has salvado mi vida, que justo ahora habría sido cortada de mi cuerpo con gran tormento y crueldad. ¿Qué azar, buen y gentil señor, en nombre de Dios, te guio hasta aquí hacia mí, para liberarme por tu valentía de las manos de mis enemigos? Señor, deseo rendirte homenaje. De ahora en adelante, siempre te acompañaré y te serviré como mi señor». Erec ve que está dispuesto a servirle de buena gana, si puede, y dice: «Amigo, no tengo deseo de tu servicio; pero has de saber que vine aquí a socorrerte a instancias de tu dama, a quien encontré afligida en este bosque. Por ti, ella sufre y gime; pues lleno de dolor está su corazón. Deseo presentarte ante ella ahora. Tan pronto como te haya reunido con ella, seguiré mi camino solo; pues no tienes obligación de ir conmigo. No necesito tu compañía; pero querría saber tu nombre». «Señor —dice él—, como deseéis. Puesto que deseáis saber mi nombre, no debe ocultárseos. Mi nombre es Cadoc de Tabriol: sabed que así soy llamado. Pero puesto que debo separarme de vos, me gustaría saber, si puede ser, quién sois y de qué tierra, donde pueda encontraros y buscaros alguna vez, cuando me aleje de aquí». Erec responde: «Amigo, eso nunca te lo confiaré. No vuelvas a hablar de ello; pero si deseas averiguarlo y honrarme de algún modo, ve rápidamente ahora sin demora a mi señor, el Rey Arthur, quien con todas sus fuerzas está cazando el ciervo en aquel bosque, según creo, a no más de cinco cortas leguas de aquí. Ve allí rápidamente y llévale palabra de que te envío ante él como regalo de parte de aquel a quien ayer dentro de su tienda recibió y alojó con alegría. Y ten cuidado de no ocultarle de qué peligro liberé tanto tu vida como tu cuerpo. Soy muy apreciado en la corte, y si te presentas en mi nombre me harás un servicio y un honor. Allí preguntarás quién soy; pero no puedes saberlo de otra manera». «Señor —dice Cadoc—, seguiré vuestra orden en todos los aspectos. No necesitáis temer nunca que no vaya con el corazón alegre. Le contaré al Rey toda la verdad sobre la batalla que habéis librado en mi nombre». Así hablando, continuaron su camino hasta que llegaron ante la doncella donde Erec la había dejado. El gozo de la joven no conoció límites cuando vio venir a su amante a quien nunca pensó volver a ver. Tomándolo de la mano, Erec se lo presenta con las palabras: «¡No sufráis más, damisela! Ved a vuestro amante alegre y dichoso». Y ella con prudencia responde: «Señor, por derecho nos habéis ganado a ambos. Vuestros deberíamos ser, para servir y honrar. Pero ¿quién podría pagar jamás la mitad de la deuda que os debemos?». Erec responde: «Mi gentil dama, ninguna recompensa os pido. A Dios os encomiendo ahora a ambos, pues demasiado tiempo, me parece, he permanecido aquí». Entonces gira su caballo y se aleja tan rápido como puede. Cadoc de Tabriol con su damisela cabalga en otra dirección; y pronto contó las noticias al Rey Arthur y a la Reina.
Erec continúa cabalgando a gran velocidad hacia el lugar donde Enide lo esperaba con gran inquietud, pensando que seguramente la había abandonado por completo. Y él, también, sentía un gran temor de que alguien, al encontrarla sola, pudiera habérsela llevado. Así que se dio toda la prisa por regresar. Pero el calor del día era tal, y sus armas le causaban tal angustia, que sus heridas se abrieron y rompieron los vendajes. Sus heridas no dejaron de sangrar hasta que llegó directamente al lugar donde Enide lo esperaba. Ella lo divisó y se regocijó; pero no se dio cuenta ni supo del dolor que estaba sufriendo; pues todo su cuerpo estaba bañado en sangre y su corazón apenas tenía fuerzas para latir. Mientras descendía una colina cayó de repente sobre el cuello de su caballo. Al intentar enderezarse, perdió la silla y los estribos, cayendo, como si estuviera sin vida, en un desmayo. Entonces comenzó un pesar tan profundo cuando Enide lo vio caer a tierra. Llena de miedo al verlo, corre hacia él como quien no oculta su dolor. Llora en voz alta y se retuerce las manos: no queda ni un jirón de su vestido sin desgarrar sobre su pecho. Comienza a arrancarse los cabellos y a lacerar su tierno rostro. «¡Ay Dios! —exclama—, buen y gentil Señor, ¿por qué permites que viva así? ¡Ven, Muerte, y mátame prontamente!». Con estas palabras se desmaya sobre su cuerpo. Cuando se recuperó, se dijo a sí misma con reproche: «¡Ay de mí, desventurada Enide; soy la asesina de mi señor, al haberlo matado con mis palabras! Mi señor aún estaría vivo ahora, si yo en mi loca presunción no hubiera pronunciado la palabra que lo comprometió en esta aventura. El silencio nunca dañó a nadie, pero el habla a menudo causa aflicción. La verdad de esto la he probado y comprobado de más de una manera». Junto a su señor tomó asiento, sosteniendo su cabeza sobre su regazo. Entonces comienza su duelo de nuevo. «Por desgracia —dice—, mi señor, infeliz de ti, tú que nunca tuviste igual; pues en ti se veía la belleza y la proeza se manifestaba; la sabiduría te había entregado su corazón, y la generosidad te puso una corona, sin la cual nadie es estimado. Pero ¿qué dije? Un error grave cometí al pronunciar la palabra que ha matado a mi señor: esa palabra fatal y envenenada por la cual debo ser justamente reprochada; y reconozco y admito que nadie es culpable sino yo misma; sola debo ser culpada por esto». Entonces, desmayándose, cae sobre el suelo, y cuando más tarde se sentó de nuevo, solo gime aún más: «Dios, ¿qué haré, y por qué seguir viviendo? ¿Por qué la Muerte se demora y duda en venir a tomarme sin respiro? ¡Verdaderamente, la Muerte me tiene en gran menosprecio! Puesto que la Muerte no se digna quitarme la vida, debo yo misma por la fuerza lograr la venganza por mi acto pecaminoso. Así moriré a pesar de la Muerte, que no atenderá mi llamada de auxilio. Sin embargo, no puedo morir por puro deseo, ni el quejarse me serviría de nada. La espada, que mi señor llevaba dorada, debería por derecho vengar su muerte. No me consumiré más en la angustia, en la oración y en el vano deseo». Saca la espada de su vaina y comienza a contemplarla. Dios, que está lleno de misericordia, hizo que se demorara un poco; y mientras repasa su dolor y su infortunio, he aquí que llega cabalgando a toda prisa un Conde con un numeroso séquito, quien desde lejos había escuchado el fuerte grito de la dama. Dios no quiso abandonarla; pues ahora ella se habría matado, de no haber sido sorprendida por aquellos que le arrebataron la espada y la devolvieron a su vaina. El Conde entonces desmontó de su caballo y comenzó a preguntarle sobre el caballero, y si ella era su esposa o su amada. «Ambas cosas, señor —dice ella—, mi dolor es tal que no puedo contarlo. Ay de mí que no estoy muerta». Y el Conde comienza a consolarla: «Dama —dice—, por el Señor, ¡os ruego que tengáis algo de piedad de vos misma! Es justo que estéis de luto, pero no sirve de nada estar desconsolada; pues aún podéis elevaros a un alto estado. No caigáis en la apatía, sino consolaos; eso será sabio, y Dios os devolverá la alegría. Vuestra maravillosa belleza os reserva buena fortuna; pues os tomaré como esposa y os haré condesa y dama de rango: esto debería traeros mucho consuelo. Y haré que el cuerpo sea retirado y depositado con gran honor. Dejad ya este dolor vuestro que en vuestro frenesí mostráis». Y ella responde: «¡Señor, marchaos! ¡Por el amor de Dios, dejadme en paz! Nada podéis lograr aquí. Nada de lo que uno pudiera decir o hacer podría hacerme feliz de nuevo». Ante esto el Conde retrocedió y dijo: «Hagamos unas andas, sobre las cuales llevar este cuerpo con la dama a la ciudad de Limors. Allí el cuerpo será enterrado. Entonces desposaré a la dama, dé o no su consentimiento: pues nunca vi a nadie tan hermosa, ni deseé a ninguna como a ella. Dichoso soy de haberla encontrado. Ahora haced rápida y prontamente unas andas adecuadas para este caballero muerto. No os detengáis por el esfuerzo, ni por pereza». Entonces algunos de sus hombres sacan sus espadas y pronto cortan dos vástagos, sobre los cuales colocaron ramas en cruz. Sobre este lecho tumbaron a Erec; luego engancharon dos caballos a él. Enide cabalga al lado, sin cesar de lamentarse y a menudo desmayándose y cayendo hacia atrás; pero los jinetes la sostienen con fuerza, e intentan apoyarla con sus brazos, y levantarla y consolarla. Todo el camino hasta Limors escoltan el cuerpo, hasta que llegan al palacio del Conde. Toda la gente los sigue tras ellos: damas, caballeros y habitantes de la ciudad. En medio del salón sobre una tarima extendieron el cuerpo a todo lo largo, con su lanza y escudo al lado. El salón está lleno, la multitud es densa. Cada uno está ansioso por preguntar qué es este problema, qué maravilla hay aquí. Mientras tanto, el Conde toma consejo con sus barones en privado. «Mis señores —dice—, en el acto deseo desposar a esta dama aquí. Podemos juzgar claramente por su belleza y prudente gesto que es de muy gentil rango. Su belleza y noble porte muestran que el honor de un reino o imperio bien podría ser otorgado a ella. Nunca sufriré deshonra a través de ella; más bien pienso ganar más honor. Haced llamar ahora a mi capellán, e id vosotros y traed a la dama. La mitad de toda mi tierra le daré como dote si ella accede a mi deseo». Entonces ordenaron venir al capellán, de acuerdo con la orden del Conde, y a la dama también la llevaron allí, y la hicieron casarse con él por la fuerza; pues ella se negó rotundamente a dar su consentimiento. Pero a pesar de todo, el Conde se casó con ella de acuerdo con su deseo. Y cuando se hubo casado con ella, el condestable hizo de inmediato que se pusieran las mesas en el palacio y que se preparara la comida; pues ya era hora de la cena.
Después de vísperas, aquel día de mayo, Enide estaba en gran angustia, ni su pesar dejó de atormentarla. Y el Conde la instó suavemente con ruegos y amenazas a hacer las paces y ser consolada, y la hizo sentar en una silla, aunque era contra su voluntad. A pesar de ella, la hicieron tomar asiento y colocaron la mesa frente a ella. El Conde toma su lugar al otro lado, casi fuera de sí por la rabia al descubrir que no puede consolarla. «Dama —dice—, debéis ahora dejar este dolor y desterrarlo. Podéis tener plena confianza en mí, que honor y riquezas serán vuestros. Debéis daros cuenta de que el luto no revivirá al muerto; pues nadie vio jamás que tal cosa sucediera. Recordad ahora, aunque pobre erais, que grandes riquezas están a vuestro alcance. Una vez fuisteis pobre; rica ahora seréis. La fortuna no ha sido tacaña con vos, al otorgaros el honor de ser de ahora en adelante aclamada como Condesa. Es verdad que vuestro señor está muerto. Si os afligís y lamentáis por ello, ¿creéis que me sorprende? No. Pero os estoy dando el mejor consejo que sé dar. En que me he casado con vos, deberíais estar contenta. ¡Tened cuidado de no enfurecerme! Comed ahora, como os ordeno hacer». Y ella responde: «Yo no, señor. En fe, mientras viva no comeré ni beberé a menos que primero vea comer a mi señor que yace en aquella tarima». «Dama, eso nunca podrá ser. La gente pensará que estáis loca cuando decís tales despropósitos. Recibiréis una pobre recompensa si dais ocasión hoy para más reproches». A esto no respondió, teniendo sus amenazas en poca estima, y el Conde la golpea en el rostro. Ante esto ella grita, y los barones presentes culpan al Conde. «¡Deteneos, señor! —gritan al Conde—; deberíais estar avergonzado de haber golpeado a esta dama porque no quiere comer. Habéis hecho un acto muy feo. Si esta dama está angustiada por su señor a quien ahora ve muerto, nadie debería decir que está equivocada». «Guardad silencio, todos —responde el Conde—; la dama es mía y yo soy suyo, y haré con ella lo que me plazca». Ante esto ella no pudo guardar silencio, sino que jura que nunca será suya. Y el Conde salta y la golpea de nuevo, y ella grita en voz alta. «¡Ja! miserable —dice—, ¡no me importa lo que me digas, o lo que me hagas! No temo tus golpes, ni tampoco tus amenazas. Golpéame y golpéame, como quieras. Nunca prestaré atención a tu poder tanto como para hacer tu voluntad ni más ni menos, aunque fueras con tus manos ahora mismo a arrancarme los ojos o a despellejarme viva».
En medio de estas palabras y disputas, Erec se recuperó de su desmayo, como un hombre que despierta del sueño. No es de extrañar que se asombrara ante la multitud de gente que veía a su alrededor. Pero grande fue su pesar y grande su aflicción cuando escuchó la voz de su esposa. Bajó al suelo desde el estrado y desenvainó rápidamente su espada. La ira y el amor que profesaba a su esposa le dieron valor. Corre hacia donde la ve y golpea al Conde directamente en la cabeza, de modo que le hace saltar los sesos y, al hundirle la frente, lo deja sin sentido y sin habla; su sangre y sus sesos se derraman. Los caballeros saltan de las mesas, convencidos de que es el diablo quien se ha abierto camino entre ellos. No queda allí nadie, ni joven ni viejo, pues todos fueron presas de un gran desaliento. Cada uno intenta adelantar al otro en su apresurada retirada. Pronto estuvieron todos fuera del palacio y gritaron en voz alta, tanto los débiles como los fuertes: «¡Huid, huid, que viene el cadáver!». En la puerta, el tumulto es grande: cada uno se esfuerza por escapar y empuja y se abre paso como mejor puede. El que queda el último en la creciente muchedumbre desea estar en la primera fila. Así logran escapar en su huida, pues nadie se atreve a detenerse ante la marcha de los otros. Erec corrió a buscar su escudo, colgándoselo al cuello por la correa, mientras Enide toma la lanza. Luego salen al patio. No hay nadie tan audaz como para ofrecer resistencia; pues no creían que pudiera ser un hombre quien así los había expulsado, sino un demonio o algún enemigo que había entrado en el cuerpo muerto. Erec los persigue mientras huyen y encuentra fuera, en el patio del castillo, a un mozo de cuadra en el acto de llevar su corcel al abrevadero, totalmente equipado con brida y silla. Este encuentro fortuito complació mucho a Erec: al acercarse rápidamente al caballo, el muchacho, temeroso, se lo entrega al instante. Erec toma asiento entre los arzones, mientras Enide, sujetándose del estribo, salta sobre el cuello del caballo, tal como Erec, quien le ordenó montar, le había mandado e instruido. El caballo los aleja a ambos; y al encontrar abierta la puerta de la ciudad, escapan sin ser detenidos. En la ciudad había una gran ansiedad por el Conde que había sido asesinado; pero no hay nadie, por valiente que sea, que siga a Erec para vengarse. En su mesa fue asesinado el Conde; mientras Erec, que se lleva a su esposa, la abraza, la besa y la reconforta. En sus brazos la estrecha contra su corazón y le dice: «¡Dulce hermana mía, mi prueba de ti ha sido completa! No te preocupes nunca más, pues ahora te amo más que nunca antes; y estoy seguro y tengo la certeza de que me amas con un amor perfecto. Desde este momento y para siempre, me ofrezco a hacer tu voluntad tal como solía hacer antes. Y si has hablado mal de mí, te perdono y te libero tanto de la ofensa como de la palabra que dijiste». Luego la besa de nuevo y la estrecha con fuerza. Ahora Enide no se siente incómoda cuando su señor la abraza, la besa y le dice de nuevo que todavía la ama. Cabalgan rápidamente durante la noche y se alegran mucho de que la luna brille intensamente.
Mientras tanto, la noticia ha viajado rápido, y no hay nada tan veloz. La noticia había llegado a Guivret el Pequeño de que un caballero herido con armas había sido hallado muerto en el bosque, y que con él había una dama que se lamentaba, y tan maravillosamente hermosa que Isolda habría parecido su doncella. El Conde Oringle de Limors los había encontrado a ambos, había hecho que se llevaran el cadáver y deseaba desposar a la dama; pero ella lo rechazó. Cuando Guivret escuchó esta noticia, no le agradó en absoluto; pues al momento le vino a la mente el pensamiento de Erec. Le vino al corazón y a la mente ir a buscar a la dama y hacer que el cuerpo fuera enterrado honorablemente, si resultaba ser él. Reunió a mil hombres de armas y caballeros para tomar la ciudad. Si el Conde no entregaba voluntariamente el cuerpo y a la dama, lo reduciría todo a fuego y llama. Bajo la clara luz de la luna, guio a sus hombres hacia Limors, con los yelmos atados, vestidos con lorigas y con los escudos colgados al cuello. Así, armados, avanzaron todos hasta casi la medianoche, cuando Erec los divisó. Ahora espera ser atrapado, asesinado o capturado inevitablemente. Hace que Enide desmonte junto a un seto de matorrales. No es de extrañar que esté consternado. «Dama, quedaos aquí», dice, «junto a este seto un rato, hasta que esta gente haya pasado. No quiero que os vean, pues no sé qué clase de gente son, ni qué buscan. Confío en que no atraigamos su atención. Pero no veo por ninguna parte un lugar donde podamos refugiarnos, si desearan hacernos daño. No sé si algún mal me puede sobrevenir, pero no dejaré de salir contra ellos por miedo. Y si alguien me asalta, no dejaré de justar con él. Sin embargo, estoy tan dolorido y cansado que no es de extrañar que me aflija. Ahora debo ir a su encuentro, y vos quedaos tranquila aquí. Tened cuidado de que nadie os vea, hasta que os hayan dejado muy atrás». He aquí ahora a Guivret, con la lanza extendida, quien lo divisó desde lejos. No se reconocieron, pues la luna se había ocultado tras la sombra de una oscura nube. Erec estaba débil y agotado, y su antagonista estaba totalmente recuperado de sus heridas y golpes. Ahora Erec estará lejos de ser prudente si no se da a conocer pronto. Sale de detrás del seto. Y Guivret espolea hacia él sin hablarle en absoluto, ni Erec le dirige palabra alguna: pensó que podía hacer más de lo que podía. Quien intenta correr más de lo que es capaz debe por fuerza rendirse o tomar un descanso. Chocan el uno contra el otro; pero la lucha era desigual, pues uno estaba débil y el otro fuerte. Guivret lo golpea con tal fuerza que lo derriba a tierra desde el lomo de su caballo. Enide, que estaba escondida, cuando ve a su señor en el suelo, espera ser asesinada y maltratada. Saltando del seto, corre a ayudar a su señor. Si antes se afligía, ahora su angustia es mayor. Acercándose a Guivret, agarró la rienda de su caballo y luego dijo: «¡Maldito seas, caballero! Pues has atacado a un hombre débil y agotado, que siente dolor y está mortalmente herido, con tal injusticia que no puedes hallar razón para tu acción. Si hubieras estado solo y sin ayuda, habrías lamentado este ataque, de haber estado mi señor en salud. Ahora sé generoso y cortés, y ten la bondad de hacer cesar esta batalla que has comenzado. Pues tu reputación no mejoraría por haber matado o capturado a un caballero que no tiene fuerzas para levantarse, como puedes ver. Pues ha sufrido tantos golpes de armas que está cubierto de heridas». Y él responde: «¡No temáis, dama! Veo que lealmente amáis a vuestro señor, y os lo alabo. No tengáis miedo alguno de mí ni de mi compañía. Pero decidme ahora sin ocultar nada cuál es el nombre de vuestro señor; pues solo obtendréis ventaja al decírmelo. Quienquiera que sea, decidme su nombre; entonces irá a salvo y sin ser molestado. Ni él ni vos tenéis nada que temer, pues ambos estáis en buenas manos».
Entonces Enide se entera de que está a salvo y le responde brevemente con una palabra: «Su nombre es Erec; no debería mentir, pues veo que sois honesto y de buena intención». Guivret, en su deleite, desmonta y va a caer a los pies de Erec, donde estaba tendido en el suelo. «Mi señor», dice, «iba en vuestra búsqueda y me dirigía a Limors, donde esperaba encontraros muerto. Se me dijo y relató como cierto que el Conde Oringle había llevado a Limors a un caballero que estaba mortalmente herido, y que malvadamente pretendía casarse con una dama a la que había encontrado en su compañía; pero que ella no quería tener nada que ver con él. Y yo venía con urgencia a ayudarla y liberarla. Si se negara a entregarme tanto a la dama como a vos sin resistencia, me estimaría de poco valor si le dejara un pie de tierra sobre el cual sostenerse. Estad seguro de que si no os hubiera amado entrañablemente, nunca habría tomado esto sobre mí. Soy Guivret, vuestro amigo; pero si os he hecho algún daño por mi falta de reconocimiento, seguramente debéis perdonarme». Ante esto, Erec se sentó, pues no podía hacer más, y dijo: «Levantaos, amigo mío. Quedad absuelto del daño que me habéis hecho, puesto que no me reconocisteis». Guivret se levanta, y Erec le cuenta cómo ha matado al Conde mientras estaba sentado a la mesa, y cómo había recuperado posesión de su corcel frente a la cuadra, y cómo los sargentos y los escuderos habían huido a través del patio, gritando: «¡Huid, huid, el cadáver nos persigue!»; luego, cómo estuvo a punto de ser capturado y cómo escapó a través de la ciudad y bajando la colina, llevando a su esposa sobre el cuello de su caballo: toda esta aventura suya le contó. Entonces Guivret dijo: «Señor, tengo un castillo aquí cerca, que está bien situado en un lugar saludable. Para vuestro consuelo y beneficio, deseo llevaros allí mañana y hacer que cuiden vuestras heridas. Tengo dos hermanas encantadoras y vivaces que son hábiles en el cuidado de las heridas: pronto os curarán por completo. Esta noche dejaremos que nuestra compañía se aloje aquí en los campos hasta la mañana; pues creo que un poco de descanso esta noche os hará mucho bien. Mi consejo es que pasemos la noche aquí». Erec responde: «Estoy a favor de hacerlo». Así que allí se quedaron y pasaron la noche. No fueron reacios a preparar un alojamiento, pero encontraron pocas comodidades, pues la compañía era bastante numerosa. Se alojan como mejor pueden entre los arbustos: Guivret hizo montar su tienda y ordenó encender yesca, para que pudieran tener luz y alegría. Hace sacar cirios de las cajas y los encienden dentro de la tienda. Ahora Enide ya no se aflige, pues todo ha salido bien. Ella despoja a su señor de sus armas y ropas, y habiendo lavado sus heridas, las secó y las vendó de nuevo; pues no dejaría que nadie más lo tocara. Ahora Erec no conoce más motivos para reprocharla, pues la ha probado bien y ha descubierto que siente un gran amor por él. Y Guivret, que los trata amablemente, hizo construir una cama alta y larga de colchas acolchadas, tendidas sobre hierba y juncos, que encontraron en abundancia. Allí acostaron a Erec y lo cubrieron. Luego Guivret abrió una caja y sacó dos empanadas. «Amigo», dice, «probad ahora un poco de estas empanadas frías y bebed un poco de vino mezclado con agua. Tengo hasta seis barriles de ello, pero sin diluir no es bueno para vos; pues estáis herido y cubierto de llagas. Hermoso dulce amigo, intentad comer ahora; pues os hará bien. Y mi señora también comerá, vuestra esposa que ha estado hoy en gran angustia por vuestra cuenta. Pero habéis recibido plena satisfacción por todo eso, y habéis escapado. Así que comed ahora, y yo también comeré, hermoso amigo». Entonces Guivret se sentó al lado de Erec, y también Enide, quien estaba muy complacida por todo lo que Guivret hacía. Ambos le instan a comer, dándole vino mezclado con agua; pues sin mezclar es demasiado fuerte y caliente. Erec comió como come un enfermo y bebió un poco, todo lo que se atrevió. Pero descansó cómodamente y durmió toda la noche; pues por su cuenta no se hizo ruido ni disturbio.
A primera hora de la mañana despertaron y se prepararon de nuevo para montar y cabalgar. Erec estaba tan dedicado a su propio caballo que no montaría otro. Le dieron a Enide una mula, pues había perdido su palafrén. Pero ella no estaba preocupada; a juzgar por su aspecto, no le dio importancia al asunto. Tenía una buena mula con un paso suave que la llevaba muy cómodamente. Y le dio gran satisfacción que Erec no estuviera abatido, sino que les asegurara que se recuperaría por completo. Antes de la hora tercia llegaron a Penevric, un castillo fuerte, bien y hermosamente situado. Allí vivían las dos hermanas de Guivret; pues el lugar era bastante agradable. Guivret escoltó a Erec a una habitación deliciosa y aireada en una parte remota del castillo. Sus hermanas, a petición suya, se esforzaron por curar a Erec; y Erec se puso en sus manos, pues le inspiraban una confianza perfecta. Primero, eliminaron la carne muerta, luego aplicaron emplasto y lino, dedicando a su cuidado toda su habilidad, como mujeres que conocían bien su oficio. Una y otra vez lavaron sus heridas y aplicaron el emplasto. Cuatro veces o más cada día le hacían comer y beber, sin permitirle, sin embargo, ajo o pimienta. Pero fuera quien fuera el que entrara o saliera, Enide estaba siempre con él, estando más preocupada que nadie. Guivret entraba a menudo para preguntar e indagar si quería algo. Fue bien atendido y servido, y todo lo que deseaba se hacía de buena gana. Pero las doncellas mostraron alegre y gustosamente tal devoción al cuidarlo que, al cabo de quince días, no sentía ningún dolor ni molestia. Entonces, para devolverle el color, comenzaron a darle baños. No hubo necesidad de instruir a las doncellas, pues entendían bien el tratamiento. Cuando pudo caminar, Guivret hizo confeccionar dos túnicas holgadas de dos tipos diferentes de seda, una adornada con armiño, la otra con vero. Una era de un color púrpura oscuro y la otra a rayas, enviada como regalo por un primo suyo de Escocia. Enide tenía la túnica púrpura adornada con armiño, que era muy preciosa, mientras que Erec tenía la tela a rayas con piel, que no era menos valiosa. Ahora Erec estaba fuerte y sano, curado y recuperado. Ahora que Enide era muy feliz y tenía todo lo que deseaba, su gran belleza regresó a ella; pues su gran angustia la había afectado tanto que estaba muy pálida y marchita. Ahora era abrazada y besada, ahora era bendecida con todas las cosas buenas, ahora tenía su alegría y placeres; pues sin adornos yacen en la cama y cada uno envuelve y besa al otro; nada les da tanto gozo. Han tenido tanto dolor y pesar, él por ella y ella por él, que ahora tienen su satisfacción. Cada uno compite por intentar complacer al otro. De sus otros esparcimientos no debo hablar. Ahora han soldado tanto su amor y olvidado su dolor que apenas lo recuerdan ya. Pero ahora deben seguir su camino; así que pidieron permiso para partir de Guivret, en quien habían encontrado un verdadero amigo; pues los había honrado y servido de todas las formas. Cuando llegó el momento de despedirse, Erec dijo: «Señor, no deseo retrasar más mi partida hacia mi propia tierra. Ordenad que todo sea preparado y recogido, a fin de que pueda tener todo lo que necesito. Desearé partir mañana por la mañana, tan pronto como sea de día. He permanecido tanto tiempo con vos que me siento fuerte y vigoroso. Dios conceda, si a Él le place, que viva para encontraros de nuevo en alguna parte, cuando pueda a mi vez serviros y honraros. A menos que sea capturado o detenido, no espero demorarme en ninguna parte hasta llegar a la corte del Rey Arturo, a quien espero encontrar ya sea en Robais o en Carduel». A lo que Guivret responde prontamente: «¡Señor, no partiréis solo! Pues yo mismo iré con vos y llevaremos compañeros con nosotros, si es de vuestro agrado». Erec accede a este consejo y dice que, de acuerdo con sus planes, desea que el viaje comience. Esa noche hacen los preparativos para su viaje, no deseando demorarse allí más tiempo. Todos se alistan y preparan. A primera hora de la mañana, cuando despiertan, se colocan las sillas sobre los corceles. Antes de partir, Erec va a despedirse de las doncellas en sus habitaciones; y Enide (quien estaba alegre y llena de gozo) lo sigue hasta allí. Cuando sus preparativos para la partida estuvieron hechos, se despidieron de las doncellas. Erec, que era muy cortés, al despedirse de ellas, les agradece su salud y su vida, y les promete su servicio. Luego tomó a una de ellas de la mano —la que estaba más cerca de él— y Enide tomó la mano de la otra: mano a mano salieron del dormitorio hasta el salón del castillo. Guivret les insta a montar de inmediato sin demora. Enide piensa que nunca llegará el momento de que monten. Traen para ella, junto al bloque, un palafrén de buen temperamento, de paso suave, hermoso y bien formado. El palafrén era de fina apariencia y una buena montura: no era menos valioso que el suyo que se había quedado atrás en Limors. Aquel otro era moteado, este era alazán; pero la cabeza era de otro color: estaba marcado de tal manera que una mejilla era toda blanca, mientras que la otra era negra como el cuervo. Entre los dos colores había una línea, más verde que una hoja de vid, que separaba el blanco del negro. Sobre la brida, la pechera y la silla puedo asegurar sin duda que la mano de obra era rica y hermosa. Toda la pechera y la brida eran de oro engastado con esmeraldas. La silla estaba decorada con otro estilo, cubierta con una preciosa tela púrpura. Los arzones eran de marfil, sobre los cuales estaba tallada la historia de cómo Eneas vino de Troya, cómo en Cartago, con gran alegría, Dido lo recibió en su cama, cómo Eneas la engañó y cómo por él ella se mató, cómo Eneas conquistó Laurentum y toda Lombardía, de la cual fue rey toda su vida. Astuta era la mano de obra y bien tallada, toda decorada con oro fino. Un artesano hábil que la hizo pasó más de siete años tallándola, sin tocar ninguna otra pieza de trabajo. No sé si la vendió; pero debería haber obtenido un buen precio por ella. Ahora que Enide fue obsequiada con este palafrén, quedó bien compensada por la pérdida del suyo. El palafrén, así ricamente aparejado, le fue entregado y ella lo montó alegremente; luego, los caballeros y escuderos montaron rápidamente también. Para su placer y deporte, Guivret hizo que llevaran con ellos ricos halcones, tanto jóvenes como mudados, muchos torzuelos y gavilanes, y muchos perros de muestra y galgos.
Cabalgaban sin detenerse desde la mañana hasta el anochecer más de treinta leguas galesas, y entonces llegaron ante las torres de una fortaleza, rica y hermosa, cercada toda por un muro nuevo. Y todo alrededor, bajo este muro, corría una corriente muy profunda, rugiendo y precipitándose como una tempestad. Erec se detiene a contemplarla, y a preguntar y averiguar si alguien podría decirle con certeza quién era el señor de aquella villa. «Amigo —le dijo a su amable compañero—, ¿podrías decirme el nombre de esta villa, y de quién es? Dime si pertenece a un conde o a un rey. Ya que me has traído hasta aquí, dímelo, si es que lo sabes». «Señor —dice él—, lo sé muy bien y le diré la verdad al respecto. El nombre de la villa es Brandigant, y es tan fuerte y hermosa que no teme ni a rey ni a emperador. Si Francia, y toda Inglaterra, y todos los que viven desde aquí hasta Lieja se alinearan para ponerle sitio, jamás la tomarían en sus vidas; pues la isla sobre la que se asienta la villa se extiende cuatro leguas o más, y dentro del recinto crece todo lo que una villa rica necesita: hay fruta, trigo y vino; y de madera y agua no hay carencia. No teme asalto por ninguna parte, ni nada podría reducirla por hambre. El rey Evrain la hizo fortificar, y la ha poseído todos sus días sin ser molestado, y la poseerá toda su vida. Pero no por miedo a nadie la fortificó así; sino que la villa es más placentera de ese modo. Pues si no tuviera muro ni torre, sino tan solo la corriente que la rodea, seguiría siendo tan segura y fuerte que no tendría temor del mundo entero». «¡Dios! —dijo Erec—, ¡qué gran riqueza! Vamos a ver la fortaleza, y tomaremos alojamiento en la villa, pues deseo detenerme aquí». «Señor —dijo el otro con gran angustia—, si no fuera por contrariarle, no nos detendríamos aquí. En la villa hay un paso peligroso». «¿Peligroso? —dice Erec—; ¿sabes algo al respecto? Sea lo que sea, cuéntanoslo; pues con mucho gusto querría saberlo». «Señor —dice él—, temería que usted pudiera sufrir algún daño allí. Sé que hay tanta audacia y excelencia en su corazón que, si le contara lo que sé de la azarosa y difícil aventura, usted desearía entrar. A menudo he oído la historia, y han pasado más de siete años desde que alguien que fuera en busca de la aventura haya regresado de la villa; sin embargo, caballeros orgullosos y audaces han llegado hasta aquí desde muchas tierras. Señor, no tome esto como una broma: pues nunca sabrá el secreto por mí hasta que me haya prometido, por el amor que me ha jurado, que nunca emprenderá esta aventura, de la cual nadie escapa sin recibir vergüenza o la muerte».
Ahora Erec escucha lo que le place, y ruega a Guivret que no se aflija, diciendo: «Ah, hermoso y dulce amigo, permite que nuestro alojamiento sea hecho en la villa, y no te inquietes. Es hora de detenerse para pasar la noche, y así confío en que no te disgustará; pues si alguna honra nos sobreviene aquí, deberías estar muy contento. Te suplico, concediéndote la aventura, que me digas tan solo su nombre, y no insistiré en el resto». «Señor —dice él—, no puedo callar y negar la información que desea. El nombre es muy hermoso de decir, pero la ejecución es muy dura: pues nadie puede salir de ella vivo. La aventura, por mi palabra, se llama "la Alegría de la Corte"». «¡Dios! no puede haber nada más que bien en la alegría —dice Erec—; voy a buscarla. No vayas ahora a desalentarme sobre esto ni sobre ninguna otra cosa, hermoso y gentil amigo; sino dejemos que tomen nuestro alojamiento, pues grandes bienes pueden venirnos de esto. Nada podría refrenarme de ir a buscar la Alegría». «Señor —dice él—, que Dios otorgue su oración, que encuentre la alegría y regrese sin percance. Veo claramente que debemos entrar. Ya que de otro modo no puede ser, entremos. Nuestro alojamiento está asegurado; pues ningún caballero de alto grado, según he oído decir y contar, puede entrar en este castillo con intención de alojarse aquí sin que el rey Evrain se ofrezca a cobijarlo. Tan gentil y cortés es el Rey que ha dado aviso a todos sus villanos, apelando a su amor por él, que ningún caballero forastero encuentre alojamiento en sus casas, para que él mismo pueda hacer honor a todos los caballeros que deseen detenerse aquí».
Así proceden hacia el castillo, pasando el liza y el puente levadizo; y cuando pasaron el lugar de las justas, la gente que estaba reunida en las calles en multitudes ve a Erec en toda su belleza, y al parecer piensan y creen que todos los demás están en su comitiva. Maravillándose mucho, lo miran fijamente; toda la villa estaba conmovida y agitada, mientras deliberan y discuten sobre él. Incluso las doncellas en su canto dejan de cantar y desisten, mientras todas juntas lo miran; y debido a su gran belleza se santiguan, y maravillosamente se compadecen de él. Una a otra susurra bajo: «¡Ay! Este caballero, que está pasando, va de camino a la "Alegría de la Corte". Se arrepentirá antes de regresar; nadie vino nunca de otra tierra a reclamar la "Alegría de la Corte" que no recibiera vergüenza y daño, y dejara su cabeza allí como prenda». Entonces, para que pueda oír sus palabras, gritan en voz alta: «Dios te defienda, caballero, del daño; pues eres maravillosamente apuesto, y tu belleza es digna de gran piedad, pues mañana la veremos apagada. Mañana tu muerte ha llegado; mañana morirás ciertamente si Dios no te guarda y defiende». Erec oye y comprende que están hablando de él por toda la villa baja: más de dos mil se compadecían de él; pero nada le causa desaliento. Pasa sin demora, inclinándose alegremente ante hombres y mujeres por igual. Y todos ellos lo saludan también; y la mayoría de ellos jura con ansiedad, temiendo más que él mismo, por su vergüenza y por su herida. La mera visión de su semblante, su gran belleza y su porte, ha ganado tanto para él los corazones de todos, que caballeros, damas y doncellas por igual temen su daño. El rey Evrain oye la noticia de que llegaban hombres a su corte que traían consigo una numerosa comitiva, y por su arnés parecía que su líder era un conde o un rey. El rey Evrain baja a la calle a recibirlos, y saludándolos grita: «Bienvenida sea esta compañía, tanto al maestro como a todo su séquito. ¡Bienvenidos, caballeros! Desmontad». Desmontaron, y hubo muchos para recibir y tomar sus caballos. Tampoco fue el rey Evrain tardo cuando vio a Enide llegar; sino que inmediatamente la saludó y corrió a ayudarla a desmontar. Tomando su blanca y tierna mano, la condujo al palacio, como requería la cortesía, y la honró de todas las formas que pudo, pues sabía muy bien lo que debía hacer, sin tonterías y sin malicia. Ordenó que una cámara fuera perfumada con incienso, mirra y áloes. Cuando entraron, todos felicitaron al rey Evrain por su buen aspecto. Mano a mano entran en la estancia, el Rey escoltándolos y deleitándose mucho con ellos. ¿Pero por qué habría de describirle las pinturas y los tapices de seda con los que la estancia estaba decorada? Solo perdería el tiempo en necedades, y no deseo desperdiciarlo, sino más bien apresurarme un poco; pues el que viaja por el camino recto adelanta al que se desvía; por tanto, no deseo detenerme. Cuando llegó el tiempo y la hora, el Rey ordena que se prepare la cena; pero no deseo detenerme en eso si puedo encontrar algún camino más directo. Esa noche tuvieron en abundancia todo lo que el corazón desea y anhela: aves, venado y fruta, y vinos de distintas clases. ¡Pero mejor que todo es un ánimo feliz! Pues de todos los platos el más dulce es un semblante alegre y un rostro feliz. Fueron muy ricamente servidos hasta que Erec dejó repentinamente de comer y beber, y comenzó a hablar de lo que más descansaba en su corazón: recordó «la Alegría», y comenzó una conversación sobre ello en la que el rey Evrain se unió. «Señor —dice él—, es hora ya de decirle mi intención, y por qué he venido aquí. Demasiado tiempo me he abstenido de hablar, y ahora ya no puedo ocultar mi objetivo. Le pido "la Alegría" de la Corte, pues no codicio ninguna otra cosa tanto. Concédamela, sea lo que sea, si usted tiene el control de ello». «En verdad, hermoso amigo —responde el Rey—, le oigo decir una gran necedad. Esta es una cosa muy peligrosa, que ha causado dolor a más de un hombre digno; usted mismo eventualmente será muerto y deshecho si no hace caso de mi consejo. Pero si estuviera dispuesto a aceptar mi palabra, le aconsejaría desistir de solicitar algo tan penoso en lo que nunca tendría éxito. ¡No hable más de ello! ¡Guarde silencio! Sería imprudente por su parte no seguir mi consejo. No me sorprende en absoluto que desee honra y fama; pero si viera que usted es dañado o herido en su cuerpo, me sentiría afligido de corazón. Y sepa bien que he visto a más de un hombre arruinado que solicitó esta alegría. Nunca fueron mejores por ello, sino que todos murieron y perecieron. Antes de que llegue la tarde de mañana podrá esperar una recompensa similar. Si desea luchar por la Alegría, deberá hacerlo, aunque me pese mucho. Es algo de lo cual usted es libre de retirarse y dar marcha atrás si desea trabajar por su bienestar. Por tanto se lo digo, pues cometería traición y le haría un daño si no le dijera toda la verdad». Erec le escucha y admite que el Rey le aconseja con razón. Pero cuanto mayor es la maravilla y más peligrosa la aventura, más la codicia y anhela, diciendo: «Señor, le puedo decir que le encuentro un hombre digno y leal, y no puedo culparle. Deseo emprender este favor, ocurra lo que ocurra conmigo. La suerte está echada, pues nunca me retiraré de nada de lo que he emprendido sin ejercer todas mis fuerzas antes de dejar el campo». «Eso lo sé bien —respondió el Rey—; usted está actuando contra mi voluntad. Tendrá la Alegría que desea. Pero estoy en gran desesperación; pues temo mucho que usted sea deshecho. Pero ahora esté seguro de que tendrá lo que desea. Si sale de ello felizmente, habrá ganado tanta honra que ningún hombre jamás ganó mayor; y que Dios, como deseo, le otorgue una gozosa liberación».
Toda aquella noche hablaron de ello, hasta que las camas fueron preparadas y fueron a descansar. Por la mañana, cuando era de día, Erec, que estaba en vela, vio la clara aurora y el sol, y levantándose rápidamente, se vistió. Enide vuelve a estar angustiada, muy triste e inquieta; toda la noche está muy desasosegada con la solicitud y el miedo que sentía por su señor, que está a punto de exponerse a un gran peligro. Pero, no obstante, él se equipa, pues nadie puede hacerle cambiar de opinión. Para su equipamiento, el Rey le envió, cuando se levantó, armas que él puso en buen uso. Erec no las rechazó, pues las suyas estaban gastadas y deterioradas y en mal estado. Aceptó gustoso las armas y se equipó con ellas en la sala. Cuando estuvo armado, desciende los escalones y encuentra su caballo ensillado y al Rey que había montado. Todos en el castillo y en las casas de la villa se apresuraron a montar. En toda la villa no quedó ni hombre ni mujer, erguido o deforme, grande o pequeño, débil o fuerte, que fuera capaz de ir y no lo hiciera. Cuando parten, hay un gran ruido y clamor en todas las calles; pues aquellos de alto y bajo grado por igual gritan: «¡Ay, ay! oh caballero, la Alegría que deseas ganar te ha traicionado, y vas a ganar solo dolor y muerte». Y no hay uno que no diga: «¡Dios maldiga esta alegría! que ha sido la muerte de tantos caballeros. Hoy causará el peor pesar que jamás haya causado». Erec oye bien y nota que por todas partes decían de él: «¡Ay, ay, desdichado fuiste, hermoso, gentil y hábil caballero! Ciertamente no sería justo que tu vida terminara tan pronto, o que el daño viniera a herirte y lastimarte». Oye claramente las palabras y lo que decían; pero a pesar de ello, sigue adelante sin bajar la cabeza, y sin el porte de un cobarde. Quienquiera que hable, él anhela ver y conocer y comprender por qué todos están en tal angustia, ansiedad y pesar. El Rey lo lleva fuera de la villa a un jardín que estaba cerca; y toda la gente lo sigue detrás, rezando para que de esta prueba Dios le conceda un final feliz. Pero no es conveniente que pase adelante, por cansancio y agotamiento de la lengua, sin decirle toda la verdad sobre el jardín, según reza la historia.
El jardín no tenía a su alrededor muro ni cerca excepto de aire: sin embargo, por un hechizo, el jardín estaba por todos lados tan cerrado por el aire que nada podía entrar allí más que si el jardín estuviera encerrado en hierro, a menos que volara por encima de la parte superior. Y durante todo el verano y el invierno, también, había flores y frutos maduros allí; y la fruta era de tal naturaleza que podía ser comida dentro; el peligro consistía en sacarla; pues quien deseara sacar un poco nunca podría encontrar la puerta, y nunca podría salir del jardín hasta que hubiera devuelto la fruta a su lugar. Y no hay ave voladora bajo el cielo, agradable al hombre, sino que canta allí para deleitarlo y alegrarlo, y puede ser escuchada allí en números de todo tipo. Y la tierra, por muy lejos que se extienda, no da especia ni raíz de uso en hacer medicina, sino que había sido plantada allí, y se encontraba en abundancia. A través de una estrecha entrada la gente entró —el rey Evrain y todos los demás—. Erec entró cabalgando, lanza en ristre, al medio del jardín, deleitándose mucho con el canto de las aves que estaban cantando allí; le recordaban su Alegría, la cosa que más anhelaba. Pero vio una cosa maravillosa, que podría despertar miedo en el guerrero más valiente de todos los que conocemos, ya sea Thiebaut el Esclavon, o Ospinel, o Fernagu. Pues ante ellos, sobre estacas afiladas, había cascos brillantes y resplandecientes, y cada uno tenía bajo el borde la cabeza de un hombre. Pero al final había una estaca donde todavía no había nada más que un cuerno. No sabe qué significa esto, sin embargo no retrocede un paso por ello; más bien pregunta al Rey, que estaba a su lado a la derecha, qué puede ser esto. El Rey habla y le explica: «Amigo —dice—, ¿conoce el significado de esta cosa que ve aquí? Debe estar en gran terror de ello, si es que le importa algo su propio cuerpo; pues esta única estaca que está aparte, donde ve este cuerno colgado, ha estado esperando mucho tiempo, pero no sabemos para quién, si para usted o para alguien más. Tenga cuidado de que su cabeza no sea puesta allí; pues tal es el propósito de la estaca. Le había advertido bien de ello antes de que viniera aquí. No espero que usted escape de aquí, sino que será muerto y destrozado. Pues esto sabemos, que la estaca espera su cabeza. Y si resulta que es colocada allí, como el asunto está acordado, tan pronto como su cabeza sea fijada en ella otra estaca será colocada al lado que esperará la llegada de alguien más —no sé cuándo ni quién—. No le diré nada del cuerno; pero nunca nadie ha sido capaz de tocarlo. Sin embargo, aquel que tenga éxito en tocarlo, su fama y honra crecerán hasta dejar atrás a todas las de su país, y encontrará tal renombre que todos vendrán a hacerle honra, y lo tendrán por el mejor de todos ellos. Ahora no hay más de este asunto. Haga que sus hombres se retiren; pues "la Alegría" pronto llegará, y le hará arrepentirse, sospecho».
Entre tanto, el rey Evrain se retira y Erec se inclina ante Enide, cuyo corazón estaba sumido en gran desconsuelo, aunque ella guardaba silencio; pues el dolor en los labios no significa nada si no toca también el corazón. Y él, que bien conocía su corazón, le dijo: «Hermosa hermana querida, dama gentil, leal y prudente, conozco vuestros pensamientos. Tenéis miedo, bien lo veo, y sin embargo no sabéis por qué; pero no hay razón para vuestro desaliento hasta que veáis que mi escudo está hecho añicos y que mi cuerpo está herido, y hasta que veáis las mallas de mi brillante loriga cubiertas de sangre, y mi yelmo roto y destrozado, y a mí derrotado y fatigado, de modo que ya no pueda defenderme, sino que deba rogar y suplicar clemencia contra mi voluntad; entonces podréis lamentaros, pero ahora habéis comenzado demasiado pronto. Dama gentil, aún no sabéis en qué ha de quedar esto; ni yo tampoco. Os angustiáis sin causa. Pero sabed esto con certeza: si tuviera en mí solo tanto coraje como el que inspira vuestro amor, en verdad no temería enfrentarme a ningún hombre vivo. Pero soy un necio al jactarme; mas no lo digo por orgullo, sino porque deseo consolaros. Así pues, consolaos y ¡sea lo que sea! No puedo demorarme más aquí, ni vos podéis venir conmigo; pues, tal como el Rey ha ordenado, no debo llevaros más allá de este punto». Luego la besa y la encomienda a Dios, y ella a él. Pero ella está muy contrariada por no poder seguirle y escoltarle, hasta que pueda saber y ver qué ha de ser esta aventura, y cómo se comportará él. Pero puesto que debe quedarse atrás y no puede seguirle, permanece apenada y afligida. Y él se marchó solo por un sendero, sin compañero de ninguna clase, hasta que llegó a un lecho de plata con una cubierta de tela bordada en oro, bajo la sombra de un sicómoro; y en el lecho, una doncella de cuerpo agraciado y rostro encantador, dotada por completo de toda belleza, estaba sentada completamente sola. Tenía la intención de no decir más de ella; pero quien pudiera considerar bien todo su atavío y su hermosura bien podría decir que nunca Lavinia de Laurentum, que era tan bella y agraciada, poseyó la cuarta parte de su belleza. Erec se acerca a ella, deseando verla más de cerca, y los espectadores van y se sientan bajo los árboles en el huerto. Entonces, he aquí que llega un caballero armado con armas bermejas, y era prodigiosamente alto; y si no fuera tan inmensamente alto, bajo los cielos no habría nadie más hermoso que él; pero, como todos afirmaban, era un pie más alto que cualquier caballero que conocieran. Antes de que Erec lo divisara, gritó: «¡Vasallo, vasallo! Estás loco, por mi vida, al acercarte así a mi doncella. Diría que no eres digno de acercarte a ella. ¡Pagarás caro tu presunción, por mi cabeza! ¡Atrás!». Y Erec se detiene y le mira, y el otro, también, se quedó quieto. Ninguno avanzó hasta que Erec hubo respondido todo lo que deseaba decirle. «Amigo —dice—, uno puede decir locuras tanto como buen juicio. Amenazad todo lo que queráis, y yo guardaré silencio; pues en amenazar no hay sentido. ¿Sabéis por qué? Un hombre a veces cree haber ganado la partida y después la pierde. Así pues, es manifiestamente un necio quien es demasiado presuntuoso y quien amenaza demasiado. Si hay algunos que huyen, hay muchos que persiguen, pero no os temo tanto como para salir corriendo todavía. Estoy dispuesto a hacer tal defensa, si hay alguien que desee ofrecerme batalla, que tendrá que esforzarse al máximo, o de lo contrario no podrá escapar». «No —dijo él—, ¡así me ayude Dios! sabed que tendréis la batalla, pues os desafío y provoco». Y sabed, bajo mi palabra, que entonces las riendas no se sujetaron. Las lanzas que tenían no eran ligeras, sino grandes y cuadradas; ni estaban cepilladas suavemente, sino que eran ásperas y fuertes. Sobre los escudos, con poderosa fuerza, se golpearon el uno al otro con sus armas afiladas, de modo que una braza de cada lanza atraviesa los brillantes escudos. Pero ninguno toca la carne del otro, ni ninguna lanza se quebró; cada uno, tan rápido como pudo, retira su lanza, y ambos precipitándose juntos, regresan a la contienda. Uno contra otro cabalga, y tan ferozmente se golpean que ambas lanzas se rompen y los caballos caen bajo ellos. Pero ellos, al estar sentados sobre sus corceles, no sufren daño; así que rápidamente se levantan, pues eran fuertes y ágiles. Permanecen a pie en medio del jardín, y de inmediato se atacan el uno al otro con sus verdes espadas de acero alemán, y descargan grandes y terribles golpes sobre sus brillantes y resplandecientes yelmos, de modo que los hacen pedazos, y sus ojos disparan llamas. No se pueden hacer mayores esfuerzos que los que ellos hacen esforzándose y fatigándose por herir y dañar al otro. Ambos golpean ferozmente con el pomo dorado y el filo cortante. Tal estragos causaron el uno al otro en dientes, mejillas, nariz, manos, brazos y el resto, en sienes, cuello y garganta, que les duelen todos los huesos. Están muy doloridos y muy cansados; sin embargo, no desisten, sino que se esfuerzan aún más. El sudor, y la sangre que fluye con él, nublan sus ojos, de modo que apenas pueden ver nada; y muy a menudo fallaban sus golpes, como hombres que no acertaban a manejar sus espadas el uno contra el otro. Apenas pueden hacerse daño ya; sin embargo, no desisten en absoluto de ejercer toda su fuerza. Debido a que sus ojos están tan cegados que pierden completamente la vista, dejan caer sus escudos al suelo y se agarran con ira. Cada uno tira y arrastra del otro, de modo que caen sobre sus rodillas. Así luchan largo tiempo hasta que la hora de nona ha pasado, y el gran caballero está tan exhausto que le falta el aliento por completo. Erec lo tiene a su merced, y tira y arrastra de modo que rompe todo el atado de su yelmo, y lo fuerza hasta sus pies. Él cae de bruces contra el pecho de Erec, y no tiene fuerzas para levantarse de nuevo. Aunque le aflige, tiene que decir y reconocer: «No puedo negarlo, me habéis vencido; pero me va mucho contra mi voluntad. Y aun así, podéis ser de tal grado y fama que solo me reportará crédito; e insistentemente pediría, si pudiera ser de alguna manera, que pudiera conocer vuestro nombre, y sentirme así algo reconfortado. Si un hombre mejor me ha derrotado, me alegraré, os lo prometo; pero si ha sucedido que un hombre más vil que yo me ha derrotado, entonces debo sentir un gran pesar, en verdad». «Amigo, ¿deseas conocer mi nombre? —dice Erec—. Bien, te lo diré antes de irme de aquí; pero será bajo la condición de que me digas ahora por qué estás en este jardín. Sobre eso querré saber todo lo que es tu nombre y qué es la Alegría; pues estoy muy ansioso por escuchar la verdad de principio a fin». «Señor —dice él—, sin temor os diré todo lo que deseáis saber». Erec no retiene más su nombre, sino que dice: «¿Has oído hablar alguna vez del rey Lac y de su hijo Erec?». «Sí, señor, le conocía bien; pues estuve en la corte de su padre durante muchos días antes de ser armado caballero, y, si él hubiera tenido su voluntad, nunca le habría dejado por nada». «Entonces deberías conocerme bien, si alguna vez estuviste conmigo en la corte de mi padre, el Rey». «Entonces, bajo mi fe, ha resultado bien. Ahora escuchad quién me ha detenido tanto tiempo en este jardín. Diré la verdad conforme a vuestra orden, sea lo que sea lo que me cueste. Esa doncella que allí se sienta, me amó desde la infancia y yo la amé. Nos complació a ambos, y nuestro amor creció y aumentó, hasta que ella me pidió una merced, pero no me dijo cuál era. ¿Quién negaría nada a su señora? No hay amante que no hiciera seguramente todo el placer de su amada sin falta ni engaño, siempre que pueda de alguna manera. Accedí a su deseo; pero cuando hube accedido, ella quiso también que jurara. Habría hecho más que eso por ella, pero me tomó la palabra. Le hice una promesa, sin saber qué era. El tiempo pasó hasta que fui hecho caballero. El rey Evrain, cuyo sobrino soy, me armó caballero en presencia de muchos hombres honorables en este mismo jardín donde estamos. Mi dama, que está sentada allí, de inmediato me recordó mi palabra, y dijo que le había prometido que nunca saldría de aquí hasta que viniera algún caballero que me conquistara por juicio de armas. Era justo que permaneciera, pues antes que romper mi palabra, nunca debería haberla empeñado. Puesto que conocía el bien que había en ella, no pude revelar ni mostrar a la que tengo más querida que en todo esto estaba disgustado; pues si ella se hubiera percatado, habría retirado su corazón, y no lo habría querido así por nada que pudiera suceder. Así pues, mi dama pensó retenerme aquí por una larga estancia; no pensó que jamás entraría en este jardín algún vasallo que pudiera vencerme. De esta manera, pretendía tenerme absolutamente encerrado con ella todos los días de mi vida. Y habría cometido una ofensa si hubiera recurrido al engaño y no derrotado a todos aquellos contra quienes pudiera prevalecer; tal escape habría sido una vergüenza. Y me atrevo a aseguraros que no tengo amigo tan querido que hubiera fingido en absoluto al luchar con él. Nunca me cansé de las armas, ni rechacé nunca luchar. Habéis visto seguramente los yelmos de aquellos a quienes he derrotado y dado muerte; pero la culpa de ello no es mía, cuando uno lo considera correctamente. No pude ayudarme a mí mismo, a menos que estuviera dispuesto a ser falso, renegado y desleal. Ahora os he dicho la verdad, y tened por seguro que no es poco honor el que habéis ganado. Habéis dado gran alegría a la corte de mi tío y a mis amigos; pues ahora seré liberado de aquí; y porque todos aquellos que están en la corte tendrán alegría de ello, por eso aquellos que esperaban la alegría la llamaron la 'Alegría de la Corte'. La han esperado tanto tiempo que ahora les será concedida por vos que la habéis ganado por vuestra lucha. Habéis derrotado y hechizado mi proeza y mi caballería. Ahora es justo que os diga mi nombre, si queréis saberlo. Me llaman Mabonagrain; pero no se me recuerda por ese nombre en ninguna tierra donde haya estado, salvo solo en esta región; pues nunca, cuando era escudero, dije ni hice conocer mi nombre. Señor, conocíais la verdad respecto a todo lo que me pedisteis. Pero debo deciros aún que hay en este jardín un cuerno que no dudo que habéis visto. No puedo salir de aquí hasta que hayáis hecho sonar el cuerno; pero entonces me habréis liberado, y entonces la Alegría comenzará. Quienquiera que lo escuche y le preste atención, ningún obstáculo le detendrá, cuando escuche el sonido del cuerno, de venir directamente a la corte. ¡Levantaos, señor! ¡Id rápido ahora! Id a tomar el cuerno muy alegremente; pues no tenéis más causa para esperar; así pues, haced lo que debéis hacer». Ahora Erec se levantó, y el otro se levanta con él, y ambos se acercan al cuerno. Erec lo toma y lo hace sonar, poniendo en ello toda su fuerza, de modo que el sonido llega lejos. Grandemente se alegró Enide cuando escuchó la nota, y Guivret también se deleitó grandemente. El Rey está contento, y lo mismo su pueblo; no hay uno que no esté bien dispuesto y complacido con esto. Nadie cesa ni deja de divertirse y de cantar. Erec pudo jactarse aquel día, pues nunca se hizo tal regocijo; no podría ser descrito ni relatado por boca de hombre, pero os diré la suma de ello brevemente y con pocas palabras. La noticia se extiende por el país de que así ha resultado el asunto. Entonces no hubo contención para venir a la corte. Toda la gente se apresura allí en confusión, algunos a pie y otros a caballo, sin esperar los unos a los otros. Y aquellos que estaban en el jardín se apresuraron a quitar las armas de Erec, y por emulación todos cantaron una canción sobre la Alegría; y las damas compusieron un lai al que llamaron el «Lai de la Alegría», pero el lai no es muy conocido. Erec estaba bien saciado de alegría y bien servido a los deseos de su corazón; pero ella, que estaba sentada en el lecho de plata, no estaba ni un poco complacida. La alegría que veía no era en absoluto de su gusto. Pero mucha gente tiene que quedarse quieta y mirar lo que les causa dolor. Enide actuó gentilmente; porque la vio sentada pensativa, sola en el lecho, se sintió movida a ir y hablar con ella y contarle sobre sus asuntos y sobre sí misma, y esforzarse, si era posible, en hacer que ella contara a cambio sobre sí misma, si no le causaba demasiado pesar. Enide pensó ir sola, deseando no llevar a nadie consigo, pero algunas de las más nobles y hermosas damas y doncellas la siguieron por afecto para hacerle compañía, y también para consolar a aquella a quien la alegría trae gran contrariedad; pues ella asumía que ahora su amante no estaría ya con ella tanto como lo había estado, dado que deseaba dejar el jardín. Sin embargo, por decepcionante que pueda ser, nadie puede evitar su partida, pues la hora y el tiempo han llegado. Por lo tanto, las lágrimas corrían por su rostro desde sus ojos. Mucho más de lo que puedo decir estaba ella afligida y angustiada; sin embargo, se sentó derecha. Pero no le importa tanto ninguna de las que intentan consolarla como para que cese su lamento. Enide la saluda amablemente; pero por un momento la otra no pudo responder palabra, siendo impedida por los suspiros y sollozos que la atormentan y angustian. Pasó algún tiempo antes de que la doncella devolviera su saludo, y cuando la hubo mirado y examinado por un momento, pareció que la había visto y conocido antes. Pero no estando muy segura de ello, no tardó en preguntar de dónde era, de qué país, y dónde había nacido su señor; pregunta quiénes son ambos. Enide responde brevemente y le dice la verdad, diciendo: «Soy la sobrina del Conde que ejerce el mando sobre Lalut, la hija de su propia hermana; en Lalut nací y me crié». La otra no puede evitar sonreír, sin escuchar más, pues está tan encantada que olvida su pesar. Su corazón salta de alegría que no puede ocultar. Corre y abraza a Enide, diciendo: «¡Soy vuestra prima! Esta es la pura verdad, y vos sois la sobrina de mi padre; pues él y vuestro padre son hermanos. Pero sospecho que no sabéis y nunca habéis oído cómo vine a este país. El Conde, vuestro tío, estaba en guerra, y a él vinieron a luchar por paga caballeros de muchas tierras. Así, hermosa prima, sucedió que con estos caballeros mercenarios vino uno que era el sobrino del rey de Brandigan. Estuvo con mi padre casi un año. Eso fue, creo, hace doce años, y yo aún no era más que una pequeña niña. Él era muy apuesto y atractivo. Allí tuvimos un entendimiento entre nosotros que nos complació a ambos. Nunca tuve más deseo que el suyo, hasta que al fin comenzó a amarme y me prometió y juró que siempre sería mi amante, y que me traería aquí; eso nos complació a ambos por igual. Él no podía esperar, y yo ansiaba venir aquí con él; así que ambos nos fuimos, y nadie lo supo sino nosotros mismos. En aquellos días vos y yo éramos ambas jóvenes y niñas pequeñas. Os he dicho la verdad; así que ahora contadme a cambio, como yo os he contado, todo sobre vuestro amante, y por qué aventura os ganó». «Hermosa prima, él se casó conmigo de tal manera que mi padre lo supo todo al respecto, y mi madre quedó grandemente complacida. Todos nuestros parientes lo supieron y se regocijaron por ello, como debían hacer. Incluso el Conde estaba contento. Pues él es tan buen caballero que no se puede encontrar uno mejor, y no necesita probar su honor y caballería, y es de muy noble cuna: no creo que nadie pueda ser su igual. Él me ama mucho, y yo le amo más, y nuestro amor no puede ser mayor. Nunca pude retener mi amor de él, ni debería hacerlo. ¿Pues no es mi señor hijo de un rey? ¿Pues no me tomó cuando yo era pobre y desnuda? A través de él ha venido a mí tal honor que nunca fue otorgado tal a una pobre niña indefensa. Y si os place, os contaré sin mentir cómo llegué a ser así elevada; pues nunca seré lenta en contar la historia». Entonces le contó y relató cómo Erec llegó a Lalut; pues no tenía deseo de ocultarlo. Le contó la aventura palabra por palabra, sin omisión. Pero paso sobre ello ahora, porque quien cuenta una historia dos veces hace su relato ahora tedioso. Mientras conversaban así, una dama se escabulló sola, quien envió y contó todo a los caballeros, para aumentar y elevar su placer también. Todos aquellos que lo escucharon se regocijaron ante esta noticia. Y cuando Mabonagrain lo supo, quedó encantado por su amada porque ahora estaba consolada. Y la que les llevó rápidamente la noticia los hizo felices a todos en poco tiempo. Incluso el Rey estaba contento por ello; aunque estaba muy feliz antes, ahora está aún más feliz, y muestra a Erec gran honor. Enide se lleva a su hermosa prima, más hermosa que Helena, más agraciada y encantadora. Ahora Erec y Mabonagrain, Guivret y el rey Evrain, y todos los otros corren a su encuentro y los saludan y les hacen honor, pues nadie es mezquino ni se retiene. Mabonagrain hace mucho por Enide, y ella por él. Erec y Guivret, por su parte, se regocijan por la doncella mientras todos se besan y abrazan unos a otros. Proponen regresar al castillo, pues se han quedado demasiado tiempo en el jardín. Están todos preparados para salir; así pues, salen alegremente, besándose unos a otros en el camino. Todos salen tras el Rey, pero antes de que llegaran al castillo, los nobles estaban reunidos de todo el país alrededor, y todos aquellos que sabían de la Alegría, y que podían hacerlo, vinieron allí. Gran fue la reunión y el apremio. Todo el mundo, alto y bajo, rico y pobre, se esfuerza por ver a Erec. Cada uno se empuja delante del otro, y todos lo saludan y se inclinan ante él, diciendo constantemente: «¡Que Dios salve a aquel a través de quien la alegría y el regocijo vienen a nuestra corte! ¡Dios salve al hombre más bendito que Dios haya traído jamás a la existencia!». Así le llevan a la corte, y se esfuerzan por mostrar su júbilo como sus corazones dictan. Cítaras bretonas, arpas y violas suenan, violines, salterios y otros instrumentos de cuerda, y todo tipo de música que uno pudiera nombrar o mencionar. Pero deseo concluir el asunto brevemente sin demasiada demora. El Rey le honra en la medida de su poder, como hacen todos los otros sin mezquindad. No hay nadie que no ofrezca gustosamente hacer su servicio. Tres días enteros duró la Alegría, antes de que Erec pudiera marcharse. Al cuarto ya no quiso demorarse por ninguna razón que pudieran instar. Había una gran multitud para acompañarle y un apremio muy grande cuando llegó el momento de despedirse. Si hubiera querido responder a cada uno, no habría podido en medio día devolver los saludos individualmente. A los nobles saluda y abraza; a los otros los encomienda a Dios en una palabra, y los saluda. Enide, por su parte, no guarda silencio cuando se despide de los nobles. Los saluda a todos por su nombre, y ellos a su vez hacen lo mismo. Antes de irse, besa a su prima muy tiernamente y la abraza. Luego se van y la Alegría termina.
Se marchan y los otros regresan. Erec y Guivret no se demoran, sino que prosiguen su camino con alegría, hasta que llegaron en nueve días a Robais, donde les dijeron que estaba el Rey. El día anterior le habían sangrado en privado en sus aposentos; con él solo tenía quinientos nobles de su casa. Nunca antes en momento alguno se vio al Rey tan solo, y estaba muy afligido por no tener un séquito más numeroso en su corte. En ese momento llega corriendo un mensajero, a quien ellos habían enviado por delante para avisar al Rey de su llegada. Este hombre entró ante la asamblea, encontró al Rey y a toda su gente, y saludándolo correctamente, dijo: «Soy un mensajero de Erec y de Guivret el Pequeño». Entonces le contó cómo venían a verlo a su corte. El Rey responde: «¡Sean bienvenidos, como caballeros valientes y galantes! En ninguna parte conozco otros mejores que ellos dos. Con su presencia mi corte se verá muy realzada». Entonces envió a buscar a la Reina y le contó la noticia. Los otros hacen ensillar sus caballos para ir al encuentro de los caballeros. Con tal prisa se disponen a montar que no se pusieron las espuelas. Debo afirmar brevemente que la multitud de gente común, incluyendo escuderos, cocineros y mayordomos, ya había entrado en la ciudad para preparar los alojamientos. El grupo principal vino después, y ya se había acercado tanto que habían entrado en la ciudad. Ahora los dos grupos se han encontrado, y se saludan y se besan. Llegan a los alojamientos y se ponen cómodos, quitándose las calzas y acicalándose al ponerse sus ricas vestiduras. Cuando estuvieron completamente engalanados, se encaminaron a la corte. Llegan a la corte, donde el Rey los ve, así como la Reina, que está fuera de sí por la impaciencia de ver a Erec y a Enide. El Rey les hace sentar a su lado, besa a Erec y a Guivret; rodea con sus brazos el cuello de Enide y la besa repetidamente, en su gran alegría. Ni la Reina es lenta en abrazar a Erec y a Enide. Bien podría uno regocijarse de verla ahora tan llena de júbilo. Todos participan con entusiasmo en el festejo. Entonces el Rey hace que se guarde silencio, y apela a Erec y le pide noticias de sus aventuras. Cuando el ruido hubo cesado, Erec comenzó su relato, contándole sus aventuras, sin olvidar ningún detalle. ¿Pensáis ahora que os contaré qué motivo tuvo al partir? No, pues ya sabéis toda la verdad sobre esto y lo demás, tal como os lo he revelado. Volver a contar la historia me supondría una carga; pues el relato no es corto, para que nadie desee comenzarlo de nuevo y adornarlo, tal como él lo contó y relató: de los tres caballeros a los que derrotó, y luego de los cinco, y luego del Conde que se esforzó por hacerle daño, y después de los dos gigantes; todo en orden, uno tras otro, le contó sus aventuras hasta el punto en que se encontró con el Conde Oringle de Limors. «Mucho peligro has pasado, buen gentil amigo», le dijo el Rey; «ahora quédate en esta tierra en mi corte, como sueles hacer». «Señor, ya que lo deseáis, me quedaré muy gustosamente tres o cuatro años completos. Pero pedid a Guivret que se quede aquí también, una petición a la que me gustaría unirme». El Rey le ruega que se quede, y él accede a quedarse. Así que ambos se quedan: el Rey los retuvo consigo, y los tuvo por queridos y los honró.
Erec se quedó en la corte, junto con Guivret y Enide, hasta la muerte de su padre, el rey, que era un hombre anciano y cargado de años. Los mensajeros partieron entonces: los nobles que fueron a buscarlo, y que eran los hombres más importantes de la tierra, buscaron y rastrearon hasta que lo encontraron en Tintagel tres semanas antes de Navidad; le contaron la verdad de lo que había sucedido a su anciano padre de cabellos blancos, y cómo ahora estaba muerto y desaparecido. Esto afligió a Erec mucho más de lo que mostró ante el pueblo. Pero el dolor no es decoroso en un rey, ni le conviene a un rey lamentarse. Allí en Tintagel donde estaba, hizo que se cantaran vigilias por los muertos y Misas; prometió y cumplió sus promesas, como había jurado a las casas religiosas e iglesias; hizo bien todo lo que debía hacer: eligió a más de ciento sesenta y nueve de los pobres desdichados, y los vistió a todos con ropas nuevas. A los clérigos pobres y priores les dio, como era justo, capas negras y forros cálidos para llevar debajo. Por amor a Dios hizo gran bien a todos: a los que estaban necesitados distribuyó más de un barril de monedas pequeñas. Cuando hubo repartido su riqueza, hizo entonces una cosa muy sabia al recibir su tierra de manos del Rey; y entonces suplicó al Rey que lo coronara en su corte. El Rey le ordenó que se preparase rápidamente; pues ambos serán coronados, él junto con su esposa, en la próxima época de Navidad; y añadió: «Debes ir de aquí a Nantes en Bretaña; allí llevarás un emblema real con corona en la cabeza y cetro en la mano; este regalo y privilegio os otorgo». Erec agradeció al Rey, y dijo que ese era un noble regalo. En Navidad el Rey reúne a todos sus nobles, convocándolos individualmente y ordenándoles que vengan a Nantes. Los convocó a todos, y ninguno se quedó atrás. Erec, también, envió aviso a muchos de sus seguidores, y los convocó a venir allí; pero vinieron más de los que él había mandado, para servirle y honrarle. No puedo deciros ni relatar quién era cada uno, y cuál su nombre; pero quienquiera que viniera o no viniera, el padre y la madre de mi señora Enide no fueron olvidados. Se mandó buscar primero a su padre, y vino a la corte con elegante estilo, como un gran señor y un castellano. No hubo gran multitud de capellanes ni de necios palurdos boquiabiertos, sino de excelentes caballeros y de gente bien equipada. Cada día hacían una larga jornada de camino, y cabalgaban cada día con gran alegría y gran despliegue, hasta que en la víspera de Navidad llegaron a la ciudad de Nantes. No hicieron parada hasta que entraron en el gran salón donde estaban el Rey y sus cortesanos. Erec y Enide los ven, y podéis saber cuán alegres estaban. Para encontrarlos se dirigen rápidamente, y los saludan y abrazan, hablándoles tiernamente y mostrando su deleite como debían. Cuando se hubieron regocijado juntos, tomándose de la mano, los cuatro se presentaron ante el Rey, saludándolo y asimismo a la Reina, que estaba sentada a su lado. Tomando a su anfitrión de la mano, Erec dijo: «Señor, ved a mi buen anfitrión, mi amable amigo, que me hizo tal honor que me hizo dueño en su propia casa. Antes de que supiera nada de mí, me alojó bien y con elegancia. Todo lo que tenía me lo entregó, e incluso a su hija me otorgó, sin el consejo ni el parecer de nadie». «Y esta dama que está con él», inquiere el Rey, «¿quién es?». Erec no oculta la verdad: «Señor», dice, «de esta dama puedo decir que es la madre de mi esposa». «¿Es su madre?». «Sí, ciertamente, señor». «Ciertamente, puedo entonces decir que justa y agraciada debe ser la flor nacida de tan bello tallo, y mejor el fruto que uno recoge; pues dulce es el aroma de lo que brota de lo bueno. Hermosa es Enide y hermosa debe ser por toda razón y por derecho; pues su madre es una dama muy hermosa, y su padre es un buen caballero. Ni ella en nada los desmiente; pues desciende y hereda directamente de ambos en muchos aspectos». Entonces el Rey se calla y se sienta, pidiéndoles que se sienten también. Ellos no desobedecen su orden, sino que de inmediato toman asiento. Ahora Enide está llena de alegría cuando ve a su padre y a su madre, pues había pasado mucho tiempo desde que los había visto. Su felicidad ahora aumenta enormemente, pues estaba encantada y feliz, y lo mostraba todo lo que podía, pero no podía hacer tal demostración de modo que su alegría fuera aún mayor. Pero deseo no decir más de eso, pues mi corazón me atrae hacia la corte que ahora estaba reunida en pleno. De muchos y diferentes países había condes y duques y reyes, normandos, bretones, escoceses e irlandeses: de Inglaterra y Cornualles había una reunión muy rica de nobles; pues desde Gales hasta Anjou, en Maine y en Poitou, no había caballero de importancia, ni dama de calidad, sino que los mejores y los más elegantes estaban en la corte en Nantes, como el Rey les había mandado. Ahora escuchad, si queréis, la gran alegría y grandeza, el despliegue y la riqueza, que se exhibieron en la corte. Antes de que sonara la hora de nona, el Rey Arturo nombró a cuatrocientos caballeros o más, todos hijos de condes y de reyes. A cada uno le dio tres caballos y dos pares de trajes, para que su corte hiciera un mejor despliegue. Potente y generoso era el Rey; pues los mantos que otorgó no eran de sarga, ni de pieles de conejo, ni de piel marrón barata, sino de seda pesada y armiño, de piel moteada y sedas floreadas, ribeteados con pesados y rígidos galones de oro. Alejandro, que conquistó tanto que sometió al mundo entero, y que era tan generoso y rico, comparado con él era pobre y mezquino. César, el Emperador de Roma, y todos los reyes cuyos nombres oís en historias y en cantares de gesta, no distribuyeron en ningún festín tanto como Arturo dio el día que coronó a Erec; ni César ni Alejandro se atreverían a gastar tanto como él gastó en la corte. El atuendo se sacaba de los cofres y se esparcía libremente por los salones; uno podía tomar lo que quisiera, sin restricción. En medio de la corte, sobre una alfombra, había treinta fanegas de esterlinas brillantes; pues desde el tiempo de Merlín hasta ese día las esterlinas tenían curso legal en toda Britania. Allí todos se servían, llevándose cada uno esa noche todo lo que quería a su lugar de alojamiento. A las nueve de la mañana del día de Navidad, todos se reunieron de nuevo en la corte. La gran alegría que se avecinaba para él había arrebatado completamente el corazón de Erec. La lengua y la boca de ningún hombre, por hábil que fuera, podría describir la tercera, o la cuarta, o la quinta parte del despliegue que marcó su coronación. Así que es una empresa loca la que emprendo al querer intentar describirlo. Pero puesto que debo hacer el esfuerzo, pase lo que pase, no dejaré de relatar una parte de ello, lo mejor que pueda.
El Rey tenía dos tronos de marfil blanco, bien construidos y nuevos, del mismo patrón y estilo. Quien los hizo sin lugar a dudas era un artesano muy hábil y astuto. Pues tan precisamente hizo los dos iguales en altura, en anchura y en ornamentación, que no podías mirarlos desde todos los lados para distinguir uno del otro y encontrar en uno algo que no estuviera en el otro. No había parte de madera, sino todo de oro y marfil fino. Estaban bien tallados con gran destreza, pues los dos lados correspondientes de cada uno llevaban la representación de un leopardo, y los otros dos la forma de un dragón. Un caballero llamado Bruiant de las Islas los había dado como regalo y presente al Rey Arturo y a la Reina. El Rey Arturo se sentó en uno, y en el otro hizo sentar a Erec, que estaba vestido con seda de aguas. Como leemos en la historia, encontramos la descripción de la túnica, y para que nadie pueda decir que miento, cito como mi autoridad a Macrobio, que se dedicó a la descripción de la misma. Macrobio me instruye cómo describir, tal como lo he encontrado en el libro, la mano de obra y las figuras de la tela. Cuatro hadas la habían hecho con gran destreza y maestría. Una representaba allí la geometría, cómo estima y mide la extensión de los cielos y la tierra, de modo que nada falte allí; y luego la profundidad y la altura, y la anchura, y la longitud; luego estima, además, cuán ancho y profundo es el mar, y así mide el mundo entero. Tal era el trabajo de la primera hada. Y la segunda dedicó su esfuerzo a la representación de la aritmética, y se esforzó mucho por representar claramente cómo enumera sabiamente los días y las horas del tiempo, y el agua del mar gota a gota, y luego toda la arena, y las estrellas una por una, sabiendo bien cómo decir la verdad, y cuántas hojas hay en los bosques: tal es la habilidad de la aritmética que los números nunca la han engañado, ni ella estará nunca en error cuando desee aplicar su sentido a ellos. El tercer diseño fue el de la música, con el cual todo regocijo se encuentra en concordancia, canciones y armonías, y sonidos de cuerda: de arpa, de violín bretón y de viola. Esta pieza de trabajo era buena y fina; pues sobre ella estaban retratados todos los instrumentos y todos los pasatiempos. La cuarta, que a continuación realizó su tarea, ejecutó un trabajo excelente; pues representó allí lo mejor de las artes. Emprendió la astronomía, que logra tantas maravillas y extrae inspiración de las estrellas, la luna y el sol. En ninguna otra parte busca consejo sobre algo que tenga que hacer. Le dan un buen y seguro consejo. Sobre cualquier consulta que les haga, ya sea en el pasado o en el futuro, le dan información sin falsedad y sin engaño. Este trabajo estaba retratado en la tela de la que estaba hecha la túnica de Erec, todo trabajado y tejido con hilo de oro. El forro de piel que estaba cosido dentro, pertenecía a unas extrañas bestias cuyas cabezas son todas blancas, y cuyos cuellos son tan negros como moras, y que tienen espaldas rojas y vientres verdes, y cola azul oscura. Estas bestias viven en la India y se llaman «barbiolets». No comen más que especias, canela y clavos frescos. ¿Qué os diré del manto? Era muy rico y fino y hermoso; tenía cuatro piedras en las borlas: dos crisolitas de un lado, y dos amatistas del otro, que estaban montadas en oro.
Aún Enide no había llegado al palacio. Cuando el Rey ve que se demora, ordena a Gawain que vaya rápidamente a traerla a ella y a la Reina. Gawain se apresura y no fue lento, y con él el Rey Cadoalant y el generoso Rey de Galloway. Guivret el Pequeño los acompaña, seguido por Yder hijo de Nut. Tantos otros nobles corrieron allí para escoltar a las dos damas que habrían bastado para vencer a un ejército; pues había más de mil de ellos. La Reina había hecho su mejor esfuerzo para adornar a Enide. Al palacio la llevaron, escoltándola el cortés Gawain por un lado, y por el otro el generoso Rey de Galloway, que la quería tiernamente a causa de Erec, quien era su sobrino. Cuando llegaron al palacio, el Rey Arturo vino rápidamente hacia ellos, y cortésmente sentó a Enide al lado de Erec; pues deseaba hacerle gran honor. Ahora ordena que se traigan de su tesoro dos coronas macizas de oro fino. Tan pronto como hubo hablado y dado la orden, sin demora las coronas fueron traídas ante él, todas centelleantes con carbunclos, de los cuales había cuatro en cada una. La luz de la luna no es nada comparada con la luz que el menor de los carbunclos podía arrojar. Debido al resplandor que proyectaban, todos los que estaban en el palacio quedaron tan deslumbrados que por un momento no pudieron ver nada; e incluso el Rey estaba asombrado, y sin embargo lleno de satisfacción, cuando vio que eran tan claras y brillantes. Hizo que dos doncellas sostuvieran una de ellas, y la otra dos caballeros. Entonces ordenó a los obispos y priores y a los abades de la Iglesia que se adelantaran y ungieran al nuevo Rey, como es la práctica cristiana. Ahora todos los prelados, jóvenes y ancianos, se adelantaron; pues en la corte había un gran número de obispos y abades. El Obispo de Nantes mismo, que era un hombre muy digno y santo, ungió al nuevo Rey de una manera muy santa y apropiada, y colocó la corona sobre su cabeza. El Rey Arturo hizo traer un cetro que era muy fino. Escuchad la descripción del cetro, que era más claro que un cristal, todo de una esmeralda sólida, tan grande como vuestro puño. Me atrevo a deciros en verdad que en todo el mundo no hay manera de pez, o de bestia salvaje, o de hombre, o de ave voladora que no estuviera trabajada y cincelada sobre él con su figura propia. El cetro fue entregado al Rey, quien lo miró con asombro; luego lo puso sin demora en la mano derecha del Rey Erec; y ahora era Rey como debía ser. Entonces coronó a Enide a su vez. Ahora las campanas tocan a Misa, y van a la iglesia principal a escuchar la Misa y el servicio; van a rezar a la catedral. Habríais visto llorar de alegría al padre de la Reina Enide y a su madre, Carsenefide. En verdad este era el nombre de su madre, y el nombre de su padre era Liconal. Muy felices estaban ambos. Cuando llegaron a la catedral, la procesión salió de la iglesia con reliquias y tesoros a su encuentro. Cruces y libros de oraciones y incensarios y relicarios, con todas las santas reliquias, de las cuales había muchas en la iglesia, fueron todos traídos a su encuentro; ni faltaron cánticos hechos. Nunca se vieron tantos reyes, condes, duques y nobles juntos en una Misa, y la presión era tan grande y espesa que la iglesia estaba completamente llena. Ningún hombre de bajo nacimiento podía entrar allí, sino solo damas y caballeros. Fuera de la puerta de la iglesia un gran número todavía permanecía, tantos habían venido juntos que no pudieron entrar en la iglesia. Cuando hubieron escuchado toda la Misa regresaron al palacio. Estaba todo preparado y decorado: mesas puestas y manteles extendidos; quinientas mesas y más había allí; pero no deseo haceros creer una cosa que no parece cierta. Parecería una mentira demasiado grande si dijera que quinientas mesas estaban puestas en filas en un palacio, así que no lo diré; más bien había cinco salas tan llenas de ellas que con gran dificultad uno podía abrirse paso entre las mesas. En cada mesa había en verdad un rey o un duque o un conde; y cien caballeros estaban sentados a cada mesa. Mil caballeros servían el pan, y mil servían el vino, y mil la carne; todos vestidos con ropas de piel fresca de armiño. Todos son servidos con diversos platos. Aunque no los viera, podría todavía contaros sobre ellos; pero debo atender a otra cosa que a contaros qué tenían para comer. Tenían suficiente, sin querer más; alegre y liberalmente fueron servidos a su gusto.
Cuando esta celebración concluyó, el Rey despidió a la asamblea de reyes, duques y condes, cuyo número era inmenso, y a la otra gente humilde que había venido al festival. Los recompensó liberalmente con caballos, armas y plata, telas y brocados de muchas clases, debido a su generosidad, y debido a Erec a quien amaba tanto. Aquí la historia termina al fin.
[Nota 11: Una versión galesa, "Geraint, hijo de Erbin", incluida en la traducción de "Los Mabinogion" realizada por Lady Charlotte Guest (Londres, 1838-49; puede encontrarse una edición moderna en la Everyman Library, Londres, 1906), cuenta la misma historia que "Erec et Enide" con algunas variaciones. Esta versión galesa también ha sido traducida al francés moderno por J. Loth ("Les Mabinogion", París, 1889), donde puede consultarse con la mayor confianza. La relación entre la prosa galesa y el poema francés es un punto discutible. Cf. E. Philipot en "Romania", XXV. 258-294, y anteriormente, K. Othmer, "Ueber das Verhaltnis Chrestiens Erec und Enide zu dem Mabinogion des rothen Buch von Hergest" (Colonia, 1889); G. Paris en "Romania", XIX. 157, e id. XX. 148-166.]
[Nota 12: Leemos a menudo en los romances sobre una cacería en Pascua (F.). Al igual que aquí, en "Fergus" (ed. Martin, Halle, 1872), p. 2 y ss., los caballeros cazan un ciervo blanco, al que Perceval finalmente mata, pero no hay mención alguna a la ceremonia de otorgar un beso.]
[Nota 13: Chrétien no da en ninguna parte una descripción de la naturaleza de la Mesa Redonda. Para él, es una institución. Layamon en "Brut" y Wace en "Le Roman de Brut" son más específicos en sus relatos sobre esta notable pieza de mobiliario. A partir de sus descripciones, y de otras fuentes en la literatura galesa e irlandesa, es razonable suponer que la Mesa Redonda tenía un lugar en el folclore celta primitivo. Cf. L.F. Mott, "The Round Table" en "Pub. of the Modern Language Association of America", XX. 231-264; A.C.L. Brown, "The Round Table before Wace" en "Harvard Studies and Notes in Philology and Literature", vii. 183-205 (Boston, 1900); Miss J.L. Weston, "A Hitherto Unconsidered Aspect of the Round Table" en "Melanges de philologie romane offerts a M. Wilmotte", ii. 883-894, 2 vols. (París, 1910).]
[Nota 14: Existe un romance dedicado a Yder, del cual G. Paris imprimió un resumen en "Hist. Litt. de la France", XXX., y que ha sido recientemente editado por Heinrich Gelzer: "Der altfranzosische Yderroman" (Dresde, 1913). Aparentemente, hay tres caballeros diferentes con este nombre en los antiguos romances franceses (F.).]
[Nota 15: La palabra "chastel" (de "castellum") suele traducirse como "ciudad" o lugar fuerte dentro de fortificaciones. Solo cuando se refiere claramente a un edificio aislado se utilizará la palabra "castillo".]
[Nota 16: Un "tercelete" es una especie de halcón, del cual el ave macho es un tercio más pequeña que la hembra.]
[Nota 17: Un "vavasor" (de "vassus vassallorum") era un orden inferior de vasallo, pero un hombre libre. Los vavasores son mencionados con respeto en los antiguos romances franceses, como personas de carácter honorable, aunque no de alto linaje.]
[Nota 18: Las numerosas referencias a la historia del Rey Mark, Tristan e Iseut en los poemas existentes de Chrétien apoyan su propia afirmación, hecha al comienzo de "Cligés", de que él mismo compuso un poema sobre el sobrino y la esposa del Rey de Cornualles. Tenemos fragmentos de poemas sobre Tristan de los poetas anglonormandos Beroul y Thomas, quienes fueron contemporáneos de Chrétien. La hipótesis de Foerster de que el perdido "Tristan" de Chrétien era anterior a "Erec" es indudablemente correcta. Que el poeta tratara más tarde el amor de Cligés y Fenice como una suerte de expiación literaria por la inevitable laxitud moral de Tristan e Iseut ha sido sostenido por algunos, y la teoría es aceptable en vista de las referencias que se encontrarán más adelante en "Cligés". Para la opinión contraria de Gaston Paris, véase "Journal des Savants" (1902), p. 297 y ss.]
[Nota 19: En el Mabinogi "Geraint, hijo de Erbin", el anfitrión explica que había privado injustamente a su sobrino de sus posesiones, y que en venganza el sobrino había tomado más tarde todas las propiedades de su tío, incluyendo un condado y esta ciudad. Véase Guest, "The Mabinogion".]
[Nota 110: El loriga era una camisa larga de malla que llegaba hasta las rodillas, usada por los caballeros en combate. El yelmo, y la "cofia" debajo de él, protegían la cabeza; el "ventail" de mallas entrelazadas se usaba a través de la parte inferior de la cara, y estaba sujeto a cada lado del cuello a la "cofia", de modo que protegía la garganta; las grebas cubrían las piernas. El cuerpo del caballero quedaba así bien protegido contra los golpes de espada o lanza. Cf. Vv. 711 y ss.]
[Nota 111: Este pasaje parece implicar que a veces se utilizaban hechizos y encantamientos cuando un caballero se armaba (F.).]
[Nota 112: Las "loges", tan a menudo mencionadas en los antiguos romances franceses, eran balcones de ventana o puntos arquitectónicos ventajosos que dominaban alguna perspectiva agradable. La traducción convencional en los antiguos romances ingleses es "bower" (cenador/estancia).]
[Nota 113: Tristan mató a Morholt, el tío de Iseut, cuando este vino a reclamar tributo al Rey Mark (cf. Bedier, "Le Roman de Tristan", etc., i. 85 y ss., 2 vols., París, 1902). El combate tuvo lugar en una isla, sin nombre en el texto original (id. i. 84), pero identificada más tarde con la isla de St. Samson, una de las islas Sorlingas.]
[Nota 114: El mismo acto de alimentar a un ave de caza con el ala de un chorlito se menciona en "Le Roman de Thebes", 3857-58 (ed. "Anciens Textes").]
[Nota 115: Para tales expresiones figurativas utilizadas para complementar la negación, cf. Gustav Dreyling, "Die Ausdruckweise der ubertriebenen Verkleinerung im altfranzosischen Karlsepos", en "Ausgaben und Abhandlungen" de Stengel, núm. 82 (Marburgo, 1888); W.W. Comfort en "Modern Language Notes" (Baltimore, febrero de 1908).]
[Nota 116: Chrétien, en sus romances posteriores, evitará compilar un libro azul tan prosaico como el que se encuentra en este pasaje, aunque listas similares de caballeros aparecen en los antiguos romances ingleses incluso en tiempos de Malory, aunque de algunos de ellos se sabe poco. Desafortunadamente, para los antiguos romances franceses no tenemos una obra tan completa como la proporcionada para los poemas épicos por E. Langlois, "Table des noms propres de toute nature compris dans les chansons de geste" (París, 1904).]
[Nota 117: La única mención por parte de Chrétien de este hijo de Arturo, cuyo papel es absolutamente insignificante en los romances artúricos.]
[Nota 118: ¿Qué era esta copa de beber y quién se la envió a Arturo? Tenemos "Le Lai du cor" (ed. Wulff, Lund, 1888), que cuenta cómo cierto Rey Mangount de Moraine envió una copa de beber mágica a Arturo. Nadie podía beber de esta copa sin derramar el contenido si era un cornudo. Beber de esta copa era, por tanto, una de las muchas pruebas de castidad vigentes. Se puede arrojar más luz sobre el pasaje de nuestro texto con el poema inglés "The Cokwold's Daunce" (en "Ancient Metrical Ballads" de C.H. Hartshorne, Londres, 1829), donde se describe a Arturo como un cornudo él mismo y como alguien que siempre tiene consigo un cuerno (copa) que se deleita probando en sus caballeros como una prueba de la castidad de sus damas. Para la bibliografía, véase T.P. Cross, "Notes on the Chastity-Testing Horns and Mantle" en "Modern Philology", x. 289-299.]
[Nota 119: Un caso único de tal división del material en los poemas de Chrétien (F.).]
[Nota 120: Outre-Gales=Estre-Gales (v.3883)=Extra-Galliam.]
[Nota 121: Tales descripciones fantasiosas de hombres y tierras son comunes en los poemas épicos franceses, donde generalmente se aplican a los sarracenos (F.). Cf. W.W. Comfort, "The Saracens in Christian Poetry" en "The Dublin Review", julio de 1911; J. Malsch, "Die Charakteristik der Volker im altfranzosischen nationalen Epos" (Heidelberg, 1912).]
[Nota 122: Con lo que nos parece un gusto equivocado, Chrétien retrasa frecuentemente de este modo la mención del nombre de sus personajes principales. El padre y la madre de Enide permanecen anónimos hasta el final de este poema. El lector notará otros casos de esta peculiaridad en "Yvain" y "Lancelot".]
[Nota 123: La doncella Brangien fue sustituida por Iseut, la novia, en la primera noche después de su matrimonio con Mark. Tradiciones similares están asociadas con el matrimonio de Arturo y Ginebra, y de Pipino y Berta de los grandes pies, los padres de Carlomagno. Adenet le Roi, hacia finales del siglo XIII, es el autor de los tratamientos más artísticos de la historia de Berta (ed. A. Scheler, Bruselas, 1874). Cf. W.W. Comfort, "Adenet le Roi: The End of a Literary Era" en "The Quarterly Review", abril de 1913.]
[Nota 124: La lectura "Sanson" (=Sansón) es la sugerencia más reciente (1904) de Foerster para reemplazar la palabra "león" que figura en todos los manuscritos. El nombre de Salomón siempre ha sido sinónimo de sabiduría, y la generosidad de Alejandro era proverbial en la Edad Media. Para Alejandro, cf. Paul Meyer, "Alexandre le Grand dans la litterature francaise du moyen age", 2 vols. (París, 1886), vol. ii., pp. 372-376, y Paget Toynbee, "Dante Studies and Researches" (Londres, 1902), p. 144.]
[Nota 125: De los varios sobrinos de Arturo, Gawain es representado por Chrétien como inigualable en cuanto a valor y cortesía. En los romances ingleses, su carácter se deteriora constantemente.]
[Nota 126: Esta oración contiene el motivo para toda la acción en la secuela. La misma situación se ve amenazada en "Yvain", pero allí Gawain rescata al héroe del letargo, innoble a los ojos de una audiencia feudal, en el que estaba cayendo. Cf. también "Marques de Rome" ("Lit. Verein in Stuttgart", Tubinga, 1889), p. 36, donde la Emperatriz de Roma incita así a su marido a la caza: "Toz jors cropez vos a Postel; vos n'estes point chevalereus, si come vos deussiez estre, si juenes hom come vos estes"; también J. Gower, "Le Mirour de l'omme, 22, 813 y ss.: "Rois est des femmes trop decu, Qant plus les ayme que son dieu, Dont laist honour pour foldelit: Cil Rois ne serra pas cremu, Q'ensi voet laisser sou escu Et querre le bataille ou lit."]
[Nota 127: Esta orden brusca, que implica un cambio tan repentino en la actitud de Erec hacia su esposa, inicia una larga serie de pruebas de la devoción de Enide, que llenan el resto del romance. ¿Por qué trató Erec a su esposa con tal severidad? En el Mabinogi de "Geraint, hijo de Erbin", es evidente que los celos eran el motivo del héroe. El lector de "Erec" puede juzgar si, como creemos, la repentina resolución del héroe no es más bien la de un hombre picado por haber sido justamente reprendido por su esposa por una falta que él mismo no había notado; irritado por la imputación de su esposa, y temeroso de haber perdido su respeto, se lanza a redimir su reputación a sus ojos, y a hacerla retractarse de cualquier insinuación que ella hubiera hecho. Erec está simplemente enfadado consigo mismo, pero descarga su ira sobre su indefensa esposa hasta que se siente seguro del amor y el respeto de ella hacia él.]
[Nota 128: La situación aquí es común. Se encontrarán paralelos en el "Voyage de Charlemagne", en el primer cuento de "Las mil y una noches", en el poema "Biterolf y Dietlieb", y en la balada inglesa de "El Rey Arturo y el Rey Cornualles". El profesor Child, en sus "English and Scotch Ballads", indexa las baladas de su colección que presentan este motivo bajo el siguiente epígrafe: "Rey que se considera el más rico, más magnífico, etc., del mundo, a quien se le dice que hay alguien que lo supera, y se compromete a verlo por sí mismo si esto es así, amenazando con la muerte a la persona que ha afirmado su inferioridad en caso de que esto sea desmentido".]
[Nota 129: La presencia de los irlandeses en este contexto es explicada por G. Paris en "Romania", xx. 149.]
[Nota 130: Kay el Senescal aparece aquí por primera vez en los poemas de Chrétien con el carácter que él regularmente le atribuye. Los lectores del romance artúrico están todos familiarizados con Sir Kay; descubrirán que en Chrétien, el senescal, además de sus innegables cualidades de valentía y franqueza, tiene rasgos menos agradables; es temerario, falto de tacto, mezquino y menospreciador del mérito de los demás. Figura prominentemente en "Yvain" y "Lancelot". Su historia poética aún no ha sido escrita. Su papel en los romances alemanes ha sido tratado por el Dr. Friedrich Sachse, "Ueber den Ritter Kei" (Berlín, 1860).]
[Nota 131: No se comió carne porque era la víspera del domingo.]
[Nota 132: Tanto en los poemas épicos franceses como en los romances de aventuras, es costumbre que los gigantes y todo tipo de patanes rústicos lleven garrotes, siendo las armas de caballería apropiadas para tales criaturas innobles. Se observarán otros ejemplos de esta convención en el texto.]
[Nota 133: A continuación sigue un excelente ejemplo de un antiguo lamento francés por los muertos. Tal lamento era conocido en francés antiguo como un "regret", una palabra que ha perdido su significado específico en inglés.]
[Nota 134: Se encontrarán muchos ejemplos de mujeres expertas en la práctica de la medicina y la cirugía. Sobre el tema, cf. A. Hertel, "Versauberte Oertlichkeiten und Gegenstande in der altfranzosschen Dichtung" (Hannover, 1908); Georg Manheimer, "Etwas liber die Aerzte im alten Frankreich" en "Romanische Forschungen", vi. 581-614.]
[Nota 135: La referencia aquí y en v. 5891 está probablemente sugerida por el "Roman d'Eneas", que cuenta la misma historia que la "Eneida" de Virgilio, en pareados rimados de ocho sílabas en francés antiguo, y que está fechado por la erudición más reciente hacia 1160. Cf. F.M. Warren en "Modern Philology", iii. 179-209; iii. 513-539; iv. 655-675. También M. Wilmotte, "L'Evolution du roman francais aux environs de 1150" (París, 1903). Las escenas de los romances clásicos y medievales fueron durante mucho tiempo temas favoritos de representación en telas y tapices, así como de iluminaciones para manuscritos.]
[Nota 136: Se han avanzado varias conjeturas sobre el significado de esta extraña aventura y su misterioso nombre "La Joie de la cour". Es un episodio completamente ajeno, y Tennyson, en su uso artístico de nuestro héroe y heroína en el idilio de "Geraint and Enid", hizo bien en omitirlo. La explicación de Chrétien, un poco más adelante, de "La Joie de la cour" es débil e insatisfactoria, como si él mismo no entendiera el significado del asunto sobre el que estaba trabajando. Cf. E. Philipot en "Romania", xxv. 258-294; K. Othmer, "Ueber das Verhaltnis Chrestiens Erec und Enide zu dem Mabinogion des rothen Buch von Hergest" (Bonn, 1889); G. Paris en "Romania", xx. 152 y ss.]
[Nota 137: La siguiente descripción de la recepción de Erec se repite con variaciones en el momento de la entrada de Yvain en el "Chastel de Pesme Avanture" ("Yvain", 5107 y ss.) (F.).]
[Nota 138: Para tales descripciones medievales convencionales de castillos, palacios y paisajes de otro mundo, cf. O.M. Johnston en "Ztsch fur romanische Philologie", xxxii. 705-710.]
[Nota 139: Tiebaut li Esclavon, mencionado frecuentemente en los poemas épicos, era un rey sarraceno, el primer marido de Guibourne, quien más tarde se casó con el héroe cristiano Guillermo de Orange. Opinel también era un sarraceno, mencionado en "Gaufrey", p. 132, y el héroe de un poema épico perdido (véase G. Paris, "Historie poetique de Charlemagne", p. 127). Fernagu fue otro rey sarraceno, muerto en un famoso encuentro por Roldán, "Otinel", p. 9 (F.). Para más referencias sobre estos personajes, véase E. Langlois, "Table des noms propres de toute nature compris dans les chansons de geste" (París, 1904).]
[Nota 140: Existe una valla similar rematada con yelmos en el "Lai de la Mule sanz frain", v. 433 (ed. por R.T. Hill, Baltimore, 1911).]
[Nota 141: Para tales cuernos mágicos, cf. A. Hertel, "Verzauberte Oertlichkeiten", etc. (Hannover, 1908).]
[Nota 142: De hecho, no se sabe nada de este "lai", si es que alguna vez existió. Para una definición reciente de "lai", véase L. Foulet en "Ztsch. fur romanische Philologie", xxxii. 161 y ss.]
[Nota 143: El esterlino era el penique de plata inglés, 240 de los cuales equivalían a 1 Libra Esterlina de plata de 5760 granos 925 de ley. Se describe tempranamente como "denarius Angliae qui vocatur sterlingus" ("Ency. Brit").]
[Nota 144: Macrobio fue un filósofo neoplatónico y gramático latino de principios del siglo V d.C. Es mejor conocido como el autor de las "Saturnales" y de un comentario sobre el "Sueño de Escipión" de Cicerón en la obra "De re publica" de dicho autor. Es esta última obra la que probablemente está en la mente de Chrétien, así como de Gower, quien se refiere a él en su "Mirour de l'omme", y de Jean de Meun, el autor de la segunda parte del "Roman de la Rose".]
[Nota 145: Para las hadas y su obra en la Edad Media, cf. L.F.A. Maury, "Les Fees du moyen age" (París, 1843); Keightley, "Fairy Mythology" (Londres, 1860); Lucy A. Paton, "Studies in the Fairy Mythology of Arthurian Romance", Radcliffe Monograph (Boston, 1903); D.B. Easter, "The Magic Elements in the romans d'aventure and the romans bretons" (Baltimore, 1906).]
CLIGÉS [21]
(Vv. 1-44.) Aquel que escribió sobre Erec y Enide, y tradujo al francés los mandatos de Ovidio y el Arte de amar, y escribió la Mordedura del hombro [22], y sobre el Rey Mark y la hermosa Iseut [23], y sobre la metamorfosis de la avefría [24], la golondrina y el ruiseñor, contará ahora otra historia sobre un joven que vivió en Grecia y era miembro del linaje del Rey Arturo. Pero antes de que os diga algo sobre él, oiréis sobre la vida de su padre, de dónde vino y de qué familia. Era tan audaz y tan ambicioso que dejó Grecia y se fue a Inglaterra, que en aquellos días era llamada Bretaña, con el fin de ganar fama y renombre. Esta historia, que pretendo relataros, la encontramos escrita en uno de los libros de la biblioteca de mi señor San Pedro en Beauvais [25]. De allí se extrajo el material del cual Chrétien ha hecho este romance. El libro en el que se cuenta la historia es muy antiguo, y esto añade a su autoridad [26]. De tales libros que han sido preservados aprendemos las hazañas de los hombres de antaño y de los tiempos pasados hace mucho. Nuestros libros nos han informado que la preeminencia en la caballería y el aprendizaje perteneció una vez a Grecia. Luego la caballería pasó a Roma, junto con ese aprendizaje supremo que ahora ha llegado a Francia. Dios quiera que sea apreciado aquí, y que sea hecho tan bienvenido aquí que el honor que se ha refugiado con nosotros nunca parta de Francia: Dios lo había otorgado como parte de otro, pero de griegos y romanos no se oye hablar más, su fama ha pasado, y su ceniza incandescente está muerta.
Chrétien comienza su historia tal y como la hallamos en la crónica, que habla de un emperador poderoso en riqueza y honor que gobernaba sobre Grecia y Constantinopla. Había también una emperatriz muy noble, de la que el emperador tuvo dos hijos. Pero el hijo mayor ya estaba tan adelantado antes de que el menor naciera que, si lo hubiera deseado, podría haberse convertido en caballero y haber tenido todo el imperio bajo su mando. El nombre del mayor era Alejandro, y el del otro, Alis. Alejandro, además, era el nombre del padre, y el de la madre, Tantalis. Ya no diré nada más del emperador ni de Alis; sino que hablaré de Alejandro, quien era tan audaz y orgulloso que despreciaba convertirse en caballero en su propia tierra. Había oído hablar del rey Arturo, que reinaba en aquellos días, y de los caballeros a quienes siempre mantenía a su lado, haciendo así que su corte fuera temida y famosa en todo el mundo. Sin embargo, resulte como resulte el asunto y sea cual sea la fortuna que le aguarde, nada puede contener a Alejandro de su deseo de ir a Britania, pero debe obtener el consentimiento de su padre antes de dirigirse a Britania y a Cornualles. Así pues, Alejandro, hermoso y valiente, va a hablar con el emperador para pedir y obtener su permiso. Ahora le contará su deseo y lo que quiere hacer y emprender. «Buen señor», le dice, «en busca de honor, fama y gloria, me atrevo a pedirle un favor, que deseo que me otorgue ahora sin demora, si está dispuesto a concedérmelo». El emperador piensa que no vendrá ningún mal de esta petición: más bien debería desear y anhelar el honor de su hijo. «Buen hijo», le dice, «te concedo tu deseo; así que dime ahora qué quieres que te dé». Ahora el joven ha logrado su propósito, y se siente muy complacido al ver concedido el favor que tanto deseaba. «Señor», dice él, «¿queréis saber qué es lo que me habéis prometido? Deseo tener una gran abundancia de oro y plata, y tales compañeros de entre vuestros hombres como yo elija; pues deseo salir de vuestro imperio y presentar mi servicio al rey que gobierna sobre Britania, con el fin de que me haga caballero. Os prometo no llevar jamás en mi vida armadura en el rostro ni yelmo sobre la cabeza hasta que el rey Arturo ciña mi espada, si él, graciosamente, accede a hacerlo. Pues de nadie más que de él aceptaré mis armas». Sin dudarlo, el emperador responde: «¡Buen hijo, por el amor de Dios, no hables así! Este país te pertenece por entero, así como la rica Constantinopla. No deberías pensar que soy tacaño cuando estoy dispuesto a hacerte tal regalo. Pronto estaré preparado para hacerte coronar, y mañana serás caballero. Toda Grecia estará en tus manos, y recibirás de tus nobles, como es justo, su homenaje y juramentos de lealtad. Quien rechaza tal oferta no es sabio».
El joven oye la promesa de cómo a la mañana siguiente, después de la misa, su padre está dispuesto a armarlo caballero; pero dice que buscará su fortuna, para bien o para mal, en otra tierra. «Si estáis dispuesto en este asunto a concederme el favor que os he pedido, entonces dadme pieles moteadas y grises, algunos buenos caballos y telas de seda: pues antes de convertirme en caballero deseo alistarme al servicio del rey Arturo. Ni tengo todavía suficiente fuerza para portar armas. Nadie podría inducirme con ruegos o halagos a no ir a la tierra extranjera para ver a sus nobles y a ese rey cuya fama es tan grande por su cortesía y proeza. Muchos hombres de alto rango pierden por la pereza la gran renombre que podrían ganar si vagaran por el mundo. El reposo y la gloria mal se avienen, según me parece; pues un hombre de riqueza no añade nada a su reputación si pasa todos sus días en la holganza. La proeza es molesta para el hombre innoble, y la cobardía es una carga para el hombre de espíritu; así, ambas son contrarias y opuestas. Esclavo de su riqueza es quien pasa sus días almacenándola y aumentándola. Buen padre, mientras tenga la oportunidad, y mientras mi vigor perdure, deseo dedicar mi esfuerzo y energía a la búsqueda de la fama».
Al oír esto, el emperador siente sin duda tanto alegría como pesar: se alegra de que la intención de su hijo esté fijada en el honor y, por otra parte, está afligido porque su hijo está a punto de separarse de él. Sin embargo, debido a la promesa que hizo, a pesar del dolor que siente, debe conceder su petición; pues un emperador debe cumplir su palabra. «Buen hijo», dice, «no debo dejar de hacer tu voluntad cuando te veo así esforzándote por el honor. De mi tesoro puedes tomar dos barcazas llenas de oro y plata; pero cuida de ser generoso, cortés y bien educado». Ahora el joven está muy feliz cuando su padre le promete tanto, pone su tesoro a su disposición y le ordena encarecidamente dar y gastar generosamente. Y su padre le explica la razón de esto: «Buen hijo», dice, «créeme, la generosidad es la dama y reina que da gloria a todas las demás virtudes. Y la prueba de esto no es difícil de hallar. Pues, ¿dónde podrías encontrar a un hombre, por rico y poderoso que sea, que no sea censurado si es tacaño? Ni podrías encontrar a uno, por poco agraciado que sea, a quien la generosidad no traiga buena reputación. Así, la largueza hace al caballero, resultado que no puede lograrse ni por alto nacimiento, cortesía, saber, hidalguía, dinero, fuerza, caballería, audacia, dominio, belleza ni cualquier otra cosa. Pero así como la rosa es más hermosa que cualquier otra flor cuando está fresca y recién abierta, así allí donde habita la largueza, ocupa su lugar por encima de todas las demás virtudes y aumenta quinientas veces el valor de otros buenos rasgos que encuentra en el hombre que se comporta bien. Tan grande es el mérito de la generosidad que no podría contarte ni la mitad de él». El joven ha concluido ahora con éxito las negociaciones para lo que deseaba; pues su padre ha accedido a todos sus deseos. Pero la emperatriz se sintió profundamente afligida cuando supo del viaje que su hijo estaba a punto de emprender. Sin embargo, quienquiera que se lamente o se entristezca, y quienquiera que atribuya su intención a la locura juvenil, y quienquiera que lo culpe y busque disuadirlo, el joven ordenó que sus barcos fueran preparados tan pronto como fuera posible, deseando no demorarse más en su tierra natal. Bajo su mando, los barcos fueron cargados esa misma noche con vino, carne y bizcocho.
Los barcos fueron cargados en el puerto, y a la mañana siguiente Alejandro llegó a la orilla con gran entusiasmo, acompañado por sus compañeros, quienes estaban felices por el viaje en perspectiva. Fueron escoltados por el emperador y la emperatriz en su dolor. En el puerto encuentran a los marineros en los barcos alineados junto al acantilado. El mar estaba en calma y tranquilo, el viento era suave y el clima despejado. Cuando hubo tomado licencia de su padre y dicho adiós a la emperatriz, cuyo corazón estaba apesadumbrado en su pecho, Alejandro subió primero desde el pequeño bote al navío; luego todos sus compañeros se apresuraron, de cuatro en cuatro, de tres en tres y de dos en dos, a embarcar sin demora. Pronto la vela fue desplegada y el ancla levantada. Aquellos en tierra, cuyo corazón está apesadumbrado a causa de los hombres a quienes ven partir, los siguen con la mirada tanto tiempo como pueden; y para observarlos más tiempo, todos suben a una colina alta detrás de la playa. Desde allí contemplan tristemente, tanto tiempo como sus ojos pueden seguirlos. Con dolor, ciertamente, los ven partir, estando solícitos por los jóvenes, para que Dios pueda llevarlos a su puerto sin accidente y sin peligro. Todo el mes de abril y parte de mayo los pasaron en el mar. Sin ningún gran peligro o percance llegaron al puerto de Southampton. Un día, entre las tres de la tarde y las vísperas, echaron el ancla y fueron a tierra. Los jóvenes, que nunca habían estado acostumbrados a soportar incomodidad o dolor, habían sufrido tanto tiempo por su vida en el mar que todos habían perdido el color, e incluso los más fuertes y vigorosos estaban débiles y desfallecidos. A pesar de eso, se regocijan de haber escapado del mar y de haber llegado a donde deseaban estar. Debido a su estado debilitado, pasan la noche en Southampton en un estado de ánimo feliz y preguntan si el Rey está en Inglaterra. Se les dice que está en Winchester y que pueden llegar allí en muy poco tiempo si salen temprano por la mañana y siguen el camino directo. Ante esta noticia se sienten muy complacidos, y a la mañana siguiente, al amanecer, los jóvenes se despiertan temprano y se preparan y equipan. Y cuando estuvieron listos, dejaron Southampton y siguieron el camino directo hasta que llegaron a Winchester, donde estaba el Rey. Antes de las seis de la mañana, los griegos habían llegado a la corte. Los escuderos con los caballos permanecen abajo en el patio, mientras los jóvenes suben ante la presencia del Rey, quien era el mejor que jamás haya existido o existirá en el mundo. Y cuando el Rey los ve venir, le agradan mucho y se ganan su favor. Pero antes de acercarse a la presencia del Rey, se quitan las capas de los hombros, no sea que los consideren mal educados. Así, todos sin manto, llegaron ante el Rey, mientras todos los nobles presentes guardaban silencio, muy complacidos ante la vista de estos jóvenes apuestos y bien educados. Suponen que, por supuesto, todos son hijos de condes o reyes; y, sin duda, así eran, y de una edad muy encantadora, con formas gráciles y bien proporcionadas. Y las ropas que llevaban eran todas de la misma tela y corte, del mismo aspecto y color. Había doce de ellos además de su señor, de quien no necesito deciros más que no había ninguno mejor que él. Con modestia y aire ordenado, era apuesto y bien formado mientras permanecía descubierto ante el Rey. Entonces se arrodilló ante él, y todos los demás, por honor, hicieron lo mismo junto a su señor.
Alejandro, con su lengua bien entrenada para hablar de manera justa y sabia, saluda al Rey. «Rey», dice, «a menos que el informe sea falso y difunda su fama, desde que Dios creó al primer hombre nunca nació un hombre temeroso de Dios de tal potencia como la vuestra. Rey, vuestro extendido renombre me ha atraído para serviros y honraros en vuestra corte, y si aceptáis mi servicio, desearía permanecer aquí hasta ser armado caballero por vuestra mano y por nadie más. Pues a menos que reciba este honor de vuestra mano, renunciaré a toda intención de ser armado caballero. Si aceptáis mi servicio hasta que estéis dispuesto a armarme caballero, retenedme ahora, oh gentil Rey, y a mis compañeros aquí reunidos». A lo que el Rey responde de inmediato: «Amigo, no rechazo ni a ti ni a tus compañeros. Sed bienvenidos todos. Pues ciertamente parecéis, y no lo dudo, ser hijos de hombres de alto linaje. ¿De dónde venís?». «De Grecia». «¿De Grecia?». «Sí». «¿Quién es tu padre?». «Por mi palabra, señor, el emperador». «¿Y cuál es tu nombre, buen amigo?». «Alejandro es el nombre que me fue dado cuando recibí la sal y el aceite santo, y el cristianismo y el bautismo». «Alejandro, mi querido y buen amigo. Os mantendré conmigo con mucho gusto, con gran placer y deleite. Pues me habéis hecho un honor señalado al venir así a mi corte. Deseo que seáis honrados aquí, como vasallos libres que son sabios y gentiles. Habéis estado demasiado tiempo sobre vuestras rodillas; ahora, bajo mi mando, y en adelante, haced vuestro hogar entre hombres y en mi corte; es bueno que hayáis venido a nosotros».
Entonces los griegos se levantan, alegres de que el Rey los haya invitado tan amablemente a quedarse. Alejandro hizo bien en venir; pues no le falta nada de lo que desea, y no hay noble en la corte que no se dirija a él amablemente y le dé la bienvenida. No es tan necio como para estar engreído, ni se jacta ni presume. Conoce a mi señor Gawain y a los demás, uno por uno. Se gana el favor de todos ellos, pero mi señor Gawain se encariña tanto con él que lo elige como su amigo y compañero. Los griegos tomaron los mejores alojamientos que se pudieron encontrar, con un ciudadano de la ciudad. Alejandro había traído grandes posesiones consigo desde Constantinopla, con la intención de prestar atención sobre todo al consejo y parecer del Emperador, para que su corazón estuviera siempre dispuesto a dar y dispensar bien sus riquezas. A este fin dedica sus esfuerzos, viviendo bien en sus alojamientos, y dando y gastando liberalmente, como es apropiado en alguien tan rico, y como su corazón dicta. La corte entera se pregunta de dónde sacó toda la riqueza que otorga; pues por todas partes presenta los valiosos caballos que había traído de su propia tierra. Tanto hizo Alejandro, en el desempeño de su servicio, que el Rey, la Reina y los nobles le profesan gran afecto. El rey Arturo, por este tiempo, deseaba cruzar a Bretaña. Así que convoca a todos sus barones para pedir consejo e indagar a quién puede confiar Inglaterra para que sea mantenida en paz y seguridad hasta su regreso. Por consentimiento común, al parecer, la confianza fue asignada al conde Angres de Windsor, pues fue su juicio que no había señor más confiable en todo el reino del Rey. Cuando este hombre hubo recibido la tierra, el rey Arturo partió al día siguiente acompañado por la Reina y sus damas. Los bretones se regocijan grandemente al oír la noticia en Bretaña de que el Rey y sus barones están en camino.
En el barco en el que navegaba el Rey no entró ningún joven ni doncella, salvo solo Alejandro y Soredamors, a quien la Reina trajo consigo. Esta doncella despreciaba el amor, pues nunca había oído hablar de ningún hombre a quien se dignara amar, fuera cual fuera su belleza, proeza, señorío o nacimiento. Y aun así, la doncella era tan encantadora y hermosa que podría haber aprendido adecuadamente sobre el amor, si le hubiera placido prestar un oído dispuesto; pero nunca quiso pensar en el amor. Ahora el Amor la hará sufrir, y se vengará de todo el orgullo y desdén con que siempre lo ha tratado. Cuidadosamente, el Amor ha apuntado su dardo con el que la atravesó hasta el corazón. Ahora palidece y tiembla, y a pesar de sí misma debe sucumbir al Amor. Solo con gran dificultad puede contenerse de lanzar una mirada hacia Alejandro; pero debe estar en guardia contra su hermano, mi señor Gawain. Caro paga y expía su gran orgullo y desdén. El Amor ha calentado para ella un baño que la calienta y quema dolorosamente. Al principio le es grato, y luego le hace daño; un momento le gusta, y al siguiente no quiere saber nada de él. Acusa a sus ojos de traición y dice: «¡Mis ojos, me habéis traicionado ahora! Mi corazón, usualmente tan fiel, ahora me tiene mala voluntad a causa de vosotros. Ahora lo que veo me angustia. ¿Angustia? No, en verdad, más bien me gusta. Y si realmente veo algo que me angustia, ¿no puedo controlar mis ojos? Mi fuerza debe haber fallado, y poco debería estimarme si no puedo controlar mis ojos y hacer que vuelvan su mirada a otra parte. Así, podré frustrar al Amor en sus esfuerzos por obtener control sobre mí. El corazón no siente dolor cuando el ojo no ve; así pues, si no lo miro, no me vendrá ningún mal. Él no me dirige ninguna petición o ruego, como lo haría si estuviera enamorado de mí. Y puesto que ni me ama ni me estima, ¿lo amaré yo sin recibir nada a cambio? Si su belleza atrae mis ojos, y mis ojos escuchan el llamado, ¿diré que lo amo solo por eso? No, pues eso sería una mentira. Por lo tanto, él no tiene fundamento para quejarse, ni yo puedo hacer ninguna reclamación contra él. Uno no puede amar solo con los ojos. ¿Qué crimen, entonces, han cometido mis ojos, si su mirada solo sigue mi deseo? ¿Cuál es su falta y cuál su pecado? ¿Debería culparlos, entonces? No, en verdad. ¿Quién, entonces, debería ser culpado? Seguramente yo misma, que los tengo bajo control. Mi ojo no mira nada a menos que le dé deleite a mi corazón. Mi corazón no debería tener ningún deseo que me causara dolor. Sin embargo, su deseo me causa dolor. ¿Dolor? Por mi fe, debo estar loca si, para complacer a mi corazón, deseo algo que me perturba. Si puedo, debería desterrar cualquier deseo que me angustie. ¿Si puedo? ¡Loca, qué he dicho! Debo, en verdad, tener poco poder si no tengo control sobre mí misma. ¿Piensa el Amor ponerme en el mismo camino que suele llevar a otros al error? A otros puede llevar al error, pero no a mí, a quien él no le importa. Jamás seré suya, ni nunca lo fui, y jamás buscaré su amistad». Así discute consigo misma, amando un momento y odiando al siguiente. Está en tal duda que no sabe qué camino le convendría más adoptar. Piensa en defenderse del Amor, pero la defensa no es lo que ella quiere. ¡Dios! ¡Ella no sabe que Alejandro también está pensando en ella! El Amor les otorga por igual tal parte como es su derecho. Los trata de manera muy justa y equitativa, pues cada uno ama y desea al otro. Y este amor sería verdadero y correcto si tan solo cada uno supiera cuál es el deseo del otro. Pero él no sabe cuál es el deseo de ella, y ella no conoce la causa de su angustia.
La Reina se fija en ellos y los ve a menudo palidecer, lanzar profundos suspiros y temblar. Pero no sabe ninguna razón por la que deban hacerlo, a menos que sea a causa del mar donde están. Creo que habría adivinado la causa si el mar no la hubiera tomado desprevenida, pero el mar la engaña y la confunde, de modo que no descubre el amor a causa del mar; y es del amor de donde proviene el dolor amargo que los angustia. Pero de los tres involucrados, la Reina pone toda la culpa en el mar; pues los otros dos acusan al tercero ante ella, y lo consideran solo responsable de su culpa. Alguien que no tiene la culpa a menudo es culpado por el error de otro. Así, la Reina pone toda la culpa y la falta sobre el mar, pero es injusto poner la culpa sobre el mar, pues no es culpable de ninguna fechoría. La profunda angustia de Soredamors continuó hasta que la nave llegó al puerto. En cuanto al Rey, es bien sabido que los bretones se sintieron muy complacidos y le sirvieron alegremente como su señor feudal. Pero del rey Arturo no hablaré más en este lugar; más bien escucharéis cómo el Amor angustia a estos dos amantes a quienes ha atacado.
Alejandro la ama y la desea; y ella, a su vez, suspira por su amor, pero él no lo sabe, ni lo sabrá hasta que haya sufrido mucho dolor y mucha pena. Por ella es por quien rinde a la Reina un servicio amoroso, así como a sus damas de compañía; pero ante aquella en quien sus pensamientos están fijos, no se atreve a hablar ni a dirigirle palabra. Si ella solo se atreviera a reclamarle el derecho que cree tener, gustosa le informaría de la verdad; pero no se atreve, y no puede hacerlo. No se atreven ni a hablar ni a actuar conforme a lo que cada uno ve en el otro, lo cual les causa una gran desdicha a ambos, y su amor solo crece y se inflama más. Sin embargo, es costumbre de todos los amantes hartar sus ojos alegremente con la mirada, si no pueden hacer más; y suponen que, puesto que encuentran placer en aquello que causa que su amor nazca y crezca, por tanto debe ser para su provecho; cuando en realidad solo les daña más, al igual que quien se acerca y se sitúa junto al fuego se quema más que quien se mantiene alejado. Su amor aumenta y crece al poco tiempo; pero cada uno se siente abochornado ante el otro, y tanto se oculta y disimula que ninguna llama ni humo surge de las brasas bajo las cenizas. El calor no es menor por ello, sino que se mantiene mejor bajo las cenizas que por encima. Ambos están en gran tormento; pues, para que nadie perciba su problema, se ven forzados a engañar a la gente con un porte fingido; pero al llegar la noche viene el amargo lamento, que cada uno hace en su pecho. De Alejandro os contaré primero cómo se queja y desahoga su pesar. El Amor presenta ante su mente a aquella por quien se encuentra en tal angustia; es ella quien le ha robado el corazón y no le concede descanso en su lecho, porque, en verdad, se deleita recordando la belleza y la gracia de quien, no tiene esperanza, jamás le brindará alegría alguna. «Bien podría tenerme por loco», exclama. «¿Un loco? En verdad, estoy fuera de mí, cuando no me atrevo a decir lo que tengo en mente; pues pronto me iría peor (si guardara silencio). He empeñado mis pensamientos en una empresa loca. ¿Pero no es mejor guardar mis pensamientos para mí que ser llamado necio? Mi deseo no será entonces conocido. ¿Ocultaré entonces la causa de mi angustia, y no me atreveré a buscar ayuda y curación para mi herida? Está loco quien se siente afligido y no busca lo que le traerá salud, si por ventura puede hallarlo en algún lugar; pero muchos buscan su bienestar esforzándose por el deseo de su corazón, y solo persiguen aquello que les trae pesares. ¿Y por qué habría de pedir consejo quien no espera ganar su salud? Solo se esforzaría en vano. Siento mi propia dolencia tan grave que nunca seré sanado por medicina o pócima alguna, por hierba o raíz. Para algunos males no hay remedio, y el mío yace tan profundo dentro que está más allá del alcance de la medicina. ¿No hay, pues, auxilio? Me parece que he mentido. Cuando por primera vez sentí esta dolencia, si me hubiera atrevido a hacer mención de ella, podría haber hablado con un médico que podría haberme curado por completo. Pero no me gusta discutir tales asuntos; pienso que no me prestaría atención y no consentiría en aceptar honorarios. No es de extrañar, pues, si estoy aterrorizado; pues estoy muy enfermo, y sin embargo no sé qué enfermedad es esta que me tiene en su garra, y no sé de dónde ha venido este dolor. ¿No lo sé? Sé muy bien que es el Amor quien me hace este daño. ¿Cómo es eso? ¿Puede el Amor hacer daño? ¿No es acaso amable y bien educado? Solía pensar que no había más que bondad en el Amor; pero lo he hallado lleno de enemistad. Quien no ha tenido experiencia con él no sabe qué trucos juega el Amor. Es un necio quien se une a sus filas; pues siempre busca dañar a sus seguidores. Por mi fe, sus trucos son malos. Es un pobre juego jugar con él, pues su partida solo me hará daño. ¿Qué haré, pues? ¿Me retiraré? Pienso que sería sabio hacerlo, pero no sé cómo hacerlo. Si el Amor me castiga y me amenaza para enseñarme e instruirme, ¿debería despreciar a mi maestro? Es un necio quien desdeña a su señor. Debería guardar y apreciar la lección que el Amor me enseña, pues un gran bien puede pronto provenir de ella. Pero estoy asustado porque me golpea tanto. ¿Y te quejas, cuando no aparece señal de golpe o herida? ¿No estarás equivocado? No, pues me ha herido tan profundo que ha disparado su dardo hasta mi mismo corazón, y aún no lo ha extraído. ¿Cómo ha atravesado tu cuerpo con él, cuando no aparece herida por fuera? Dímelo, pues deseo saberlo. ¿Cómo hizo para entrar? A través del ojo. ¿A través del ojo? ¿Pero no lo ha apagado? No dañó el ojo en absoluto, sino que todo el dolor está en el corazón. Entonces dime, si el dardo pasó a través del ojo, ¿cómo es que el ojo mismo no está dañado o apagado? Si el dardo entró a través del ojo, ¿por qué el corazón en el pecho se queja, cuando el ojo, que recibió el primer efecto, no hace queja alguna de ello? Puedo explicarlo fácilmente: el ojo no está relacionado con el entendimiento, ni tiene parte alguna en él; sino que es el espejo del corazón, y a través de este espejo pasa, sin hacer daño ni perjuicio, la llama que incendia el corazón. Pues, ¿no está el corazón colocado en el pecho como una vela encendida que se pone en un farol? Si retiras la vela, ninguna luz brillará desde el farol; pero mientras la vela dure, el farol no está oscuro en absoluto, y la llama que brilla en su interior no le hace daño ni perjuicio. Del mismo modo con un cristal de ventana, que podría ser muy fuerte y sólido, y sin embargo un rayo de sol podría pasar a través de él sin quebrarlo en absoluto; pero una pieza de vidrio nunca será tan brillante como para permitir ver, a menos que una luz más fuerte golpee su superficie. Sabe que lo mismo es cierto de los ojos que del vidrio y el farol; pues la luz golpea los ojos en los cuales el corazón está acostumbrado a verse reflejado, y ¡he aquí! ve algo de luz afuera, y muchas otras cosas, algunas verdes, algunas púrpuras, otras rojas o azules; y algunas le disgustan, y otras le gustan, despreciando unas y valorando otras. Pero muchos objetos le parecen bellos cuando los mira en el vidrio, lo cual le engañará si no está en guardia. Mi espejo me ha engañado grandemente; pues en él mi corazón vio un rayo de luz con el cual estoy afligido, y que ha penetrado profundamente en mí, causándome perder el juicio. Soy maltratado por mi amigo, quien me abandona por mi enemigo. Bien puedo acusarlo de felonía por el mal que me ha hecho. Pensaba que tenía tres amigos, mi corazón y mis dos ojos juntos; pero parece que me odian. ¿Dónde encontraré jamás un amigo, cuando estos tres son mis enemigos, perteneciendo a mí, y aun así dándome muerte? Mis siervos se burlan de mi autoridad, haciendo lo que les place sin consultar mi deseo. Después de mi experiencia con estos que me han hecho mal, sé muy bien que el amor de un buen hombre puede ser ensuciado por siervos malvados a su servicio. Quien es atendido por un siervo malvado tendrá seguramente causa para arrepentirse, tarde o temprano. Ahora os contaré cómo está hecha y formada la flecha que ha llegado a mi custodia y posesión; pero temo grandemente fracasar en el intento; pues la forma de ella es tan fina que no será de extrañar si fracaso. No obstante, dedicaré todo mi esfuerzo a deciros cómo me parece. La muesca y las plumas están tan cerca la una de la otra, cuando se examinan cuidadosamente, que la línea de separación es tan fina como el grosor de un cabello; pero la muesca es tan suave y recta que en ella seguramente ninguna mejora podría hacerse. Las plumas están coloreadas como si fueran de oro o doradas; pero lo dorado está aquí fuera de lugar, pues sé que estas plumas eran más brillantes que cualquier dorado. Este dardo está armado con los rizos dorados que vi el otro día en el mar. Ese es el dardo que despierta mi amor. ¡Dios! ¡Qué tesoro poseer! ¿Acaso quien pudiera obtener tal premio desearía otras riquezas durante toda su vida? Por mi parte, podría jurar que no desearía otra cosa; no renunciaría ni al aguijón ni a la muesca por todo el oro de Antioquía. Y si valoro tanto estas dos cosas, ¿quién podría estimar el valor de lo que resta? Eso es tan bello y lleno de encanto, tan querido y precioso, que anhelo y deseo contemplar de nuevo su frente, que la mano de Dios ha hecho tan clara que sería vano comparar con ella cualquier espejo, esmeralda o topacio. Pero todo esto es de poco valor para quien ve sus ojos centelleantes; para todos los que los contemplan parecen como dos velas ardiendo. ¿Y de quién es la lengua tan experta como para describir la forma de su nariz bien formada y su rostro radiante, en el cual la rosa baña al lirio de tal modo que lo borra un poco, y así realza la gloria de su semblante? ¿Y quién hablará de su boca risueña, que Dios formó con tanta destreza que nadie podría verla y no suponer que estaba riendo? ¿Y qué hay de sus dientes? Están tan cerca el uno del otro que parece que todos son de una sola pieza sólida, y para que el efecto pudiera ser aún más realzado, la Naturaleza añadió su trabajo manual; pues cualquiera, al verla separar sus labios, supondría que los dientes eran de marfil o de plata. Hay tanto que decir si tuviera que retratar cada encanto detallado de barbilla y orejas, que no sería extraño que pasara por alto alguna pequeña cosa. De su garganta solo diré que el cristal a su lado parece opaco. Y su cuello bajo su cabello es cuatro veces más blanco que el marfil. Entre el borde de su vestido y la hebilla en la garganta separada, vi su seno dejado al descubierto y más blanco que la nieve recién caída. Mi dolor se habría apaciguado en verdad si hubiera visto el dardo entero. Gustoso contaría, si tan solo lo supiera, cuál era la naturaleza del astil. Pero no lo vi, y no es mi culpa si no intento describir algo que nunca he visto. En aquel momento el Amor me mostró solo la muesca y el aguijón; pues el astil estaba oculto en el carcaj, a saber, en la túnica y la camisa en la que la doncella estaba ataviada. Por mi fe, la dolencia que me tortura es la flecha; es el dardo ante el cual soy un desdichado al enfurecerme. Soy un desagradecido al estar indignado. Nunca se romperá ni una paja debido a cualquier desconfianza o disputa que pueda surgir entre el Amor y yo. Ahora deje el Amor que haga conmigo lo que quiera como con alguien que le pertenece; pues así lo deseo, y así me complace. Espero que esta dolencia nunca me abandone, sino que así mantenga siempre su dominio, y que la salud nunca venga a mí excepto de la fuente de mi enfermedad.
El lamento de Alejandro es lo suficientemente largo; pero el de la doncella no lo es menos. Toda la noche yace en tal angustia que no puede dormir ni obtener reposo. El Amor ha confinado dentro de su corazón una lucha y conflicto que perturba su pecho, y que le causa tal dolor y angustia que llora y gime toda la noche, y se revuelve con sobresaltos repentinos, de modo que está casi fuera de sí. Y cuando se ha revuelto y sollozado y gemido y sobresaltado y suspirado de nuevo, entonces miró dentro de su corazón para ver quién y de qué manera era el hombre por quien el Amor la estaba atormentando. Y cuando se ha refrescado un poco pensando a sus anchas, se estira y se revuelve de nuevo, y se burla de todos los pensamientos que ha tenido. Luego toma otro camino, y dice: «Tonta, ¿qué me importa si este joven es de buen linaje y sabio y cortés y valeroso? Todo esto es simplemente para su honor y crédito. ¿Y en cuanto a su belleza, qué me importa? ¡Que su belleza se vaya con él! Pero si así fuera, sería contra mi voluntad, pues no es mi deseo privarlo de nada. ¿Privarlo? ¡No, ciertamente! Eso seguramente no lo haré. Si tuviera la sabiduría de Salomón, y si la Naturaleza hubiera otorgado sobre él toda la belleza que puede poner en forma humana, y si Dios hubiera puesto en mi poder deshacerlo todo, aun así no le haría daño; sino que gustosamente, si pudiera, lo haría aún más sabio y bello. Por mi fe, entonces, ¡no lo odio! ¿Y soy por esa razón su amiga? No, no soy suya más que de cualquier otro hombre. ¿Entonces por qué pienso tanto en él, si no me agrada más que otros hombres? No lo sé; estoy toda confundida; pues nunca pensé tanto en ningún hombre en el mundo, y si tuviera mi voluntad, lo vería todo el tiempo, y nunca apartaría mis ojos de él. ¡Siento tal alegría al verlo! ¿Es esto amor? Sí, creo que lo es. No apelaría a él tan a menudo, si no lo amara por encima de todos los demás. Así que lo amo, pues, que quede acordado. ¿Entonces no haré lo que me plazca? Sí, siempre que él no se niegue. Esta intención mía es errónea; pero el Amor ha llenado tanto mi corazón que estoy loca y fuera de mí, ni ninguna defensa me servirá ahora, si debo soportar el asalto del Amor. Me he comportado con prudencia hacia el Amor durante tanto tiempo, y nunca accedería a su voluntad; pero ahora estoy más que gentilmente dispuesta hacia él. ¿Y qué gracias me deberá él, si no puede tener mi servicio amoroso y buena voluntad? Por la fuerza ha humillado mi orgullo, y ahora debo seguir su placer. Ahora estoy lista para amar, y tengo un maestro, y el Amor me enseñará; pero ¿qué? Cómo he de servir a su voluntad. Pero de eso estoy muy bien informada, y soy tan experta en servirle que nadie podría encontrar falta en mí. No necesito aprender nada más de eso. El Amor querría, y yo también, que fuera sensata y modesta y amable y accesible a todos por el bien de aquel a quien amo. ¿Amaré a todos los hombres, pues, por el bien de uno? Debería ser agradable con todos, pero el Amor no me ordena ser la verdadera amiga de todos. Las lecciones del Amor solo son buenas. No es sin significado que sea llamada por el nombre de Soredamors. Estoy destinada a amar y ser amada a mi vez, y pretendo probarlo con mi nombre, si puedo encontrar la explicación ahí. Hay algún significado en el hecho de que la primera parte de mi nombre es de color dorado; pues lo que es dorado es lo mejor. Por esta razón estimo altamente mi nombre, porque comienza con ese color con el cual el oro más puro armoniza. Y el final del nombre trae el Amor a mi mente; pues quien me llama por mi nombre correcto siempre me refresca con amor. Y una mitad dora la otra con una capa brillante de oro amarillo; pues Soredamors tiene el significado de 'una dorada por el Amor'. El Amor me ha honrado grandemente al dorarme con él mismo. Un dorado de oro real no es tan fino como aquel que me hace radiante. Y haré de ahora en adelante mi mejor esfuerzo para ser su dorado, y nunca más me quejaré de ello. Ahora amo y siempre más amaré. ¿A quién? ¡En verdad, esa es una buena pregunta! A aquel a quien el Amor me ordena amar, pues ningún otro tendrá jamás mi amor. ¿Qué le importará a él en su ignorancia, a menos que yo misma se lo cuente? ¿Qué haré, si no le dirijo mi oración? Quien desea algo debería pedirlo y hacer petición. ¿Qué? ¿Le suplicaré, entonces? No. ¿Por qué? ¿Acaso sucedió alguna vez tal cosa de que una mujer fuera tan atrevida como para cortejar a cualquier hombre; a menos que estuviera completamente fuera de sí? Estaría loca sin duda alguna si pronunciara algo por lo cual pudiera ser reprochada. Si él supiera la verdad por palabra mía, pienso que me tendría en baja estima, y a menudo me reprocharía haber solicitado su amor. ¡Que el amor nunca sea tan bajo que yo sea la primera en preferir una petición que me rebajaría ante sus ojos! ¡Ay, Dios! ¿Cómo sabrá él jamás la verdad, ya que no se la diré? Todavía tengo muy poca causa para quejarme. Esperaré hasta que su atención sea despertada, si es que alguna vez ha de ser despertada. Él seguramente adivinará la verdad, pienso, si alguna vez ha tenido comercio con el Amor, o ha oído hablar de ello de palabra. ¿Oído hablar de ello? Esa es una cosa necia de decir. El Amor no es de tan fácil acceso que cualquiera pueda reclamar conocimiento por oídas solamente y sin experiencia personal. He llegado a conocer eso bien suficiente yo misma; pues nunca pude aprender nada del amor a través de halagos y palabras de cortejo, aunque a menudo he estado en la escuela de la experiencia, y he sido halagada muchas veces. Pero siempre me he mantenido alejada, y ahora él me hace pagar una dura penalidad: ahora sé más al respecto que el buey de arar. Pero una cosa me causa desesperación: temo que él nunca haya estado enamorado. Y si él no está enamorado, y nunca lo ha estado, entonces he sembrado en el mar donde ninguna semilla puede echar raíz. Así que no hay nada que hacer más que esperar y sufrir, hasta que vea si puedo guiarlo con indirectas y palabras cubiertas. Continuaré esto hasta que esté segura de mi amor y se atreva a pedírmelo. Así que no hay nada más sobre el asunto, sino que lo amo y soy suya. Si él no me ama, aun así lo amaré.
Así él y ella expresan su queja, infelices de noche y peor de día, cada uno ocultando la verdad de los ojos del otro. En tal angustia permanecieron mucho tiempo en Bretaña, creo, hasta que el final del verano llegó. Al principio de octubre vinieron mensajeros por Dover desde Londres y Canterbury, trayendo al Rey noticias que le perturbaron. Los mensajeros le dijeron que podría estar demorándose demasiado en Bretaña; pues, aquel a quien había confiado el reino tenía la intención de resistírsele, y ya había convocado un gran ejército de sus vasallos y amigos, y se había establecido en Londres con el propósito de defender la ciudad contra Arturo cuando este regresara.
Al oír estas noticias, el Rey, airado y gravemente disgustado, convoca a todos sus caballeros. Para espolearlos mejor a castigar al traidor, les dice que ellos son los únicos culpables de su tribulación y desavenencia; pues, siguiendo el consejo de ellos, confió su tierra a las manos del traidor, quien es peor que Ganelón. No hay uno solo que no esté de acuerdo en que el Rey tiene razón, pues él no había hecho más que seguir su consejo; pero ahora este hombre debe ser proscrito, y pueden estar seguros de que ni pueblo ni ciudad bastarán para salvar su cuerpo de ser arrastrado por la fuerza. Así se lo aseguran todos al Rey, dándole su palabra bajo juramento, de que le entregarán al traidor, o de lo contrario no volverán a reclamar sus feudos. Y el Rey proclama por toda Bretaña que nadie capaz de portar armas se niegue a seguirlo de inmediato.
Toda Bretaña está ahora alborotada. Jamás se vio un ejército tal como el que reunió el Rey Arturo. Cuando los barcos llegaron para zarpar, parecía que el mundo entero se hacía a la mar; pues incluso el agua quedaba oculta a la vista, cubierta por la multitud de naves. Es ciertamente verdad que, a juzgar por el movimiento, toda Bretaña está en marcha. Ahora los barcos han cruzado el Canal, y el ejército reunido está acampado en la orilla. Alejandro pensó en ir a rogar al Rey que lo hiciera caballero, pues si alguna vez debía ganar renombre, sería en esta guerra. Impulsado por su deseo, lleva a sus compañeros consigo para realizar lo que tiene en mente. Al llegar al campamento del Rey, lo encontraron sentado ante su tienda. Cuando vio a los griegos aproximarse, los llamó hacia sí, diciendo: «Caballeros, no ocultéis qué asunto os ha traído aquí». Alejandro respondió en nombre de todos y le expuso su deseo: «He venido», dice, «a solicitaros, como debo hacer a mi señor natural, en nombre de mis compañeros y en el mío, que nos arméis caballeros». El Rey responde: «Con mucho gusto; y no habrá demora alguna, puesto que habéis expresado vuestra petición». Entonces el Rey ordena que se proporcione el equipo para doce caballeros. Al instante se cumple la orden del Rey. A medida que cada uno pide su equipo, se le entrega: ricas armas y un buen caballo; así recibió cada uno su atavío. Las armas, las ropas y el caballo eran de igual valor para cada uno de los doce; pero el arnés para el cuerpo de Alejandro, si fuera valorado o vendido, valía por sí solo tanto como el de todos los otros doce. A la orilla del agua se desvistieron, y luego se lavaron y bañaron. No deseando que se calentara ningún otro baño para ellos, se lavaron en el mar y lo usaron como su tina.
Todo esto es sabido por la Reina, quien no guarda mala voluntad a Alejandro, sino que más bien lo ama, estima y valora. Desea hacerle un regalo a Alejandro, pero es mucho más precioso de lo que ella piensa. Busca y hurga en todas sus cajas hasta que encuentra una camisa de seda blanca, bien hecha de textura delicada y muy suave. Cada hilo en la costura era de oro, o al menos de plata. Soredamors había tomado parte en la costura aquí y allá, y a intervalos, en las mangas y en el cuello, había insertado junto al oro un mechón de su propio cabello, para ver si se podía encontrar a algún hombre que, por examen minucioso, pudiera detectar la diferencia. Pues el cabello era tan brillante y dorado como el propio hilo de oro. La Reina toma la camisa y se la entrega a Alejandro. ¡Ah, Dios! ¡Qué alegría habría sentido Alejandro si hubiera sabido lo que la Reina le estaba dando! ¡Y qué alegre habría estado también ella, que había insertado su propio cabello, si hubiera sabido que su amante iba a poseerla y usarla! Podría entonces haber sentido un gran consuelo; pues no habría valorado tanto todo el cabello que aún poseía como el poco que Alejandro tenía. Pero, por desgracia, ninguno de los dos sabía la verdad. El mensajero de la Reina encuentra a los jóvenes en la orilla donde se están bañando y entrega la camisa a Alejandro. Él queda muy complacido con ella, estimando el presente tanto más por haberle sido entregado por la Reina. Pero si hubiera sabido el resto, lo habría valorado aún más; a cambio de ella no habría aceptado el mundo entero, sino que, sin duda, habría hecho de ella un relicario y la habría adorado día y noche.
Alejandro no demora más, sino que se viste de inmediato. Cuando estuvo vestido y listo, regresó a la tienda del Rey con todos sus compañeros. La Reina, al parecer, había ido allí también, deseando ver a los nuevos caballeros presentarse. Todos ellos podrían ser llamados apuestos, pero Alejandro, con su cuerpo bien formado, era el más hermoso de todos. Bien, ahora que son caballeros no diré más de ellos por el momento, sino que hablaré del Rey y de su hueste que llegó a Londres. La mayor parte de la gente le permaneció fiel, aunque muchos se aliaron con la oposición. El conde Angres reunió sus fuerzas, consistentes en todos aquellos cuya influencia pudo ser ganada mediante promesas o regalos. Cuando hubo reunido todas sus fuerzas, se escabulló silenciosamente de noche, temiendo ser traicionado por los muchos que le odiaban. Pero antes de marcharse, saqueó Londres tan completamente como pudo de provisiones, oro y plata, lo cual repartió entre sus seguidores. Estas noticias fueron contadas al Rey: cómo el traidor había escapado con todas sus fuerzas y cómo se había llevado de la ciudad tantas provisiones que los afligidos ciudadanos quedaron empobrecidos y en la miseria. Entonces el Rey respondió que no aceptaría rescate por el traidor, sino que lo colgaría si podía atraparlo o ponerle las manos encima. Acto seguido, todo el ejército procedió a Windsor. Como quiera que sea ahora, en aquellos días el castillo no era fácil de tomar cuando alguien decidía defenderlo. El traidor lo aseguró, tan pronto como planeó su traicionera acción, con una triple línea de muros y fosos, y había reforzado las paredes por dentro con estacas afiladas de modo que las catapultas no pudieran derribarlas. Habían puesto gran esmero en las fortificaciones, pasando todo junio, julio y agosto construyendo muros y barricadas, haciendo fosos y puentes levadizos, zanjas, obstrucciones y barreras, y rastrillos de hierro y una gran torre cuadrada de piedra. La puerta nunca se cerraba por miedo o ante un asalto. El castillo se alzaba sobre una colina alta, y alrededor, debajo de él, fluye el Támesis. La hueste acampó en la ribera del río, y ese día solo tuvieron tiempo de instalar el campamento y levantar las tiendas.
El ejército está acampado junto al Támesis, y toda la pradera está llena de tiendas verdes y rojas. El sol, al incidir sobre los colores, hace que el río destelle por más de una legua a la redonda. Los que estaban en la ciudad habían bajado a divertirse en la orilla del río con solo sus lanzas en las manos y sus escudos sujetos ante sus pechos, sin llevar ninguna otra arma en absoluto. Al venir así, mostraron a los que estaban fuera de las murallas que no les tenían miedo. Alejandro permaneció apartado y observó a los caballeros divertirse en ejercicios de armas. Anhela atacarlos y llama a sus compañeros uno a uno por su nombre. Primero Cornix, a quien amaba entrañablemente, luego el valeroso Licorides, luego Nabunal de Micenas, y Acorionde de Atenas, y Ferolin de Salónica, y Calcedor de África, Parménides y Francagel, el poderoso Torin y Pinabel, Nerius y Neriolis. «Señores míos», dice, «siento el llamado a ir con escudo y lanza a conocer a aquellos que se divierten allí ante nuestros ojos. Veo que nos desprecian y nos tienen en poca estima, cuando vienen así sin sus armas a ejercitarse ante nuestros propios ojos. Acabamos de ser armados caballeros y aún no hemos dado cuenta de nosotros mismos contra ningún caballero o pelele. Hemos mantenido nuestras primeras lanzas demasiado tiempo intactas. ¿Y para qué estaban destinados nuestros escudos? Aún no tienen un agujero o grieta que mostrar. No tiene sentido tenerlos excepto en un combate o una pelea. ¡Crucemos el vado y arremetamos contra ellos!». «No os fallaremos», responden todos; y cada uno añade: «Que Dios me ayude, quien os falle ahora no es amigo vuestro». Entonces se ciñen sus espadas, aprietan sus sillas y cinchas, y montan sus corceles con los escudos en la mano. Cuando se hubieron colgado los escudos al cuello y tomado sus lanzas con los estandartes de colores vivos, todos proceden al vado de inmediato. Aquellos del otro lado bajan sus lanzas y cabalgan rápidamente para golpearlos. Pero ellos (en la orilla cercana) sabían cómo devolverles el golpe, sin perdonarlos ni evitarlos, ni cederles un pie de terreno. Más bien, cada hombre golpeó a su oponente tan ferozmente que no hay caballero tan valiente que no se viera obligado a abandonar la silla. No subestimaron la experiencia, la destreza y la valentía de sus antagonistas, sino que hicieron que sus primeros golpes contaran y descabalgaron a trece de ellos. El informe de la pelea y de los golpes que se estaban dando se extendió por el campamento. Pronto habría habido una alegre contienda si los otros se hubieran atrevido a mantener su posición. Por todo el campamento corren a las armas, y levantando un grito cruzan el vado. Y los que estaban en la orilla opuesta emprenden la huida, al no ver ventaja en quedarse donde están. Y los griegos los persiguen con golpes de lanza y espada. Aunque cortaron muchas cabezas, ellos mismos no recibieron una herida y dieron buena cuenta de sí mismos aquel día. Pero Alejandro se distinguió, quien por sus propios esfuerzos se llevó cautivos a cuatro caballeros encadenados. La arena está sembrada de muertos decapitados, mientras muchos otros yacen heridos y lesionados.
Alejandro presenta cortésmente a las víctimas de su primera conquista a la Reina, no deseando que caigan en manos del Rey, quien los habría hecho colgar a todos. La Reina, sin embargo, los hizo apresar y mantener bajo custodia, al estar acusados de traición. Por todo el campamento hablan de los griegos, y todos sostienen que Alejandro actuó con mucha cortesía y sabiduría al no entregar a los caballeros que había capturado al Rey, quien seguramente los habría quemado o colgado. Pero el Rey no está tan satisfecho, y enviando prontamente a buscar a la Reina, le ordena que comparezca ante su presencia y no retenga a aquellos que han demostrado ser traidores hacia él, pues o debe entregarlos u ofenderlo al retenerlos. Mientras la Reina estaba en conferencia con el Rey, como era necesario, sobre los traidores, los griegos permanecieron en la tienda de la Reina con sus damas de compañía. Mientras sus doce compañeros conversaban con ellas, Alejandro no pronunció una palabra. Soredamors tomó nota de esto, sentada como estaba cerca de su lado. Con la cabeza apoyada en la mano, estaba claro que estaba perdida en sus pensamientos. Así permanecieron mucho tiempo, hasta que Soredamors vio en su manga y alrededor de su cuello el cabello que ella había cosido en la camisa. Entonces se acercó un poco más, pensando ahora encontrar una excusa para dirigirle una palabra. Considera cómo puede dirigirse a él primero, y cuál será la primera palabra: si debería dirigirse a él por su nombre; y así toma consejo consigo misma: «¿Qué diré primero?», dice; «¿me dirigiré a él por su nombre, o lo llamaré "amigo"? ¿Amigo? Yo no. ¿Cómo entonces? ¿Lo llamaré por su nombre? ¡Dios! El nombre de "amigo" es hermoso y dulce de tomar en los labios. ¡Si me atreviera a llamarlo "amigo"! ¿Debería atreverme? ¿Qué me prohíbe hacerlo? El hecho de que eso implica una mentira. ¿Una mentira? No sé cuál será el resultado, pero me arrepentiré si no digo la verdad. Por lo tanto, es mejor admitir que no me gustaría decir una mentira. ¡Dios! ¡sin embargo, él no diría una mentira si me llamara su dulce amiga! ¿Y mentiría yo al dirigirme a él así? Ambos deberíamos decir la verdad. Pero si miento, la culpa es suya. ¿Pero por qué su nombre me parece tan difícil que desearía reemplazarlo por un sobrenombre? Creo que es porque es tan largo que debería detenerme en medio. Pero si simplemente lo llamara "amigo", pronto podría pronunciar un nombre tan corto. Temiendo romper a llorar al pronunciar su nombre propio, daría mi sangre si su nombre fuera simplemente "mi dulce amigo"».
Ella da vueltas a este pensamiento en su mente hasta que la Reina regresa del Rey, quien la había convocado. Alejandro, al verla venir, va a su encuentro e inquiere cuál es la orden del Rey concerniente a los prisioneros y cuál será su destino. «Amigo», dice ella, «él me exige que se los entregue a su discreción y que deje que se haga justicia. De hecho, está muy irritado porque no los he entregado todavía. Así que debo enviárselos, ya que no veo otra solución». Así pasaron aquel día; y al día siguiente hubo una gran asamblea de todos los buenos y leales caballeros ante la tienda real para sentarse en juicio y decidir mediante qué castigo y tortura deberían morir los cuatro traidores. Algunos sostienen que deberían ser desollados vivos, y otros que deberían ser colgados o quemados. Y el Rey, por su parte, mantiene que los traidores deberían ser descuartizados. Entonces ordena que sean traídos. Cuando son traídos, ordena que sean atados, y dice que no serán descuartizados hasta que sean llevados bajo la ciudad, para que los que están dentro puedan ver el espectáculo.
Cuando se pronunció esta sentencia, el Rey se dirige a Alejandro, llamándolo su querido amigo. «Amigo mío», dice, «ayer os vi atacar y defenderos con gran valentía. ¡Deseo ahora recompensar vuestra acción! Añadiré a vuestra compañía quinientos caballeros galeses y mil soldados de caballería de esa tierra. Además de lo que os he dado, cuando termine la guerra os coronaré rey del mejor reino de Gales. Pueblos y castillos, ciudades y salas os daré hasta el momento en que recibáis la tierra que vuestro padre posee, y de la cual habéis de ser emperador». Los compañeros de Alejandro se unen a él para agradecer amablemente al Rey por este beneficio, y todos los nobles de la corte dicen que el honor que el Rey ha otorgado a Alejandro es bien merecido.
Tan pronto como Alejandro ve su fuerza, consistente en los compañeros y los hombres de armas que le había placido al Rey darle, de inmediato comienzan a sonar las trompas y trompetas por todo el campamento. Hombres de Gales y Bretaña, de Escocia y Cornualles, tanto buenos como malos sin excepción: todos toman las armas, pues las fuerzas de la hueste eran reclutadas de todas partes. El Támesis estaba bajo debido a la sequía resultante de un verano sin lluvia, de modo que todos los peces estaban muertos, los barcos estaban varados en la orilla y era posible vadear el río incluso en la parte más ancha.
Tras cruzar el Támesis, el ejército se dividió, algunos tomando posesión del valle y otros ocupando el terreno elevado. Los que estaban en la ciudad se dan cuenta de ello, y cuando ven aproximarse el maravilloso despliegue, decidido a reducir y tomar la ciudad, se preparan por su parte para defenderla. Pero antes de que se haga ningún asalto, el Rey hace que los traidores sean arrastrados por cuatro caballos a través de los valles y sobre las colinas y los campos sin arar. Ante esto, el conde Angres se siente muy afligido cuando ve a aquellos a quienes amaba arrastrados fuera de la ciudad. Y su gente también está muy consternada, pero a pesar de la ansiedad que sienten, no tienen intención de rendir el lugar. Deben defenderse, pues el Rey hace evidente a todos que está airado y mal dispuesto, y ven que si les pusiera las manos encima les haría morir una muerte vergonzosa.
Cuando los cuatro fueron descuartizados y sus miembros yacían esparcidos por el campo, entonces comienza el asalto. Pero toda su labor es en vano, pues por mucho que lancen y disparen, sus esfuerzos no tienen efecto. Sin embargo, se esfuerzan al máximo, lanzando sus jabalinas con fuerza y disparando dardos y proyectiles. Por todas partes se oye el fragor de las ballestas y hondas mientras las flechas y las piedras redondas vuelan densamente, como lluvia mezclada con granizo. Así, durante todo el día, continúa la lucha de ataque y defensa, hasta que la noche los separa. Y el Rey hace proclamar qué regalo otorgará a quien logre la rendición de la ciudad: una copa de gran precio que pesa quince marcos de oro, la más rica de su tesoro, será su recompensa. La copa será muy fina y rica, y, a decir verdad, la copa debe ser estimada por su mano de obra más que por el material del que está hecha. Pero por buena que sea la mano de obra y fino el oro, si se dice la verdad, las piedras preciosas engastadas en el exterior de la copa eran de mayor valor. Aquel por cuyos esfuerzos sea tomada la ciudad tendrá la copa, si es solo un soldado de infantería; y si la ciudad es tomada por un caballero, con la copa en su poder nunca buscará su fortuna en vano, si es que hay alguna que encontrar en el mundo.
Cuando se anunció esta noticia, Alejandro no había olvidado su costumbre de ir a ver a la Reina cada atardecer. Aquella noche, también, había ido allí y estaba sentado junto a la Reina. Soredamors estaba sentada sola cerca de ellos, mirándolo con tal satisfacción que no habría cambiado su suerte por el Paraíso. La Reina tomó a Alejandro de la mano y examinó el hilo de oro, que mostraba los efectos del desgaste; pero el mechón de cabello se volvía cada vez más lustroso, mientras que el hilo de oro se empañaba. Y rio al recordar casualmente que el bordado era obra de Soredamors. Alejandro se dio cuenta de esto y le rogó que le dijera, si era oportuno, por qué reía. La Reina tardó en responder y, mirando hacia Soredamors, le ordenó que se acercara. Con alegría, ella fue y se arrodilló ante ella. Alejandro se llenó de júbilo cuando la vio acercarse tanto que podría haberla tocado. Pero no es tan audaz como para siquiera mirarla; más bien pierde tanto el sentido que casi no puede hablar. Y ella, por su parte, está tan abrumada que no puede usar sus ojos; sino que lanza su mirada hacia el suelo sin fijarla en nada. La Reina se maravilla mucho al verla ahora pálida, ahora carmesí, y nota bien en su corazón el porte y la expresión de cada uno. Nota y cree ver que estos cambios de color son fruto del amor. Pero, no deseando avergonzarlos, finge no entender nada de lo que ve. En esto hizo bien, pues no dio muestra alguna de lo que pasaba por su mente más allá de decir: "Mira aquí, doncella, y dinos con verdad dónde fue cosida la camisa que lleva este caballero, y si tuviste algo que ver en ello o si trabajaste algo tuyo en ella". Aunque la doncella siente algo de vergüenza, cuenta la historia con gusto; pues desea que la verdad sea conocida por él, quien, al oírla contar cómo fue hecha la camisa, apenas puede contenerse de alegría para no adorar y venerar el cabello dorado. Sus compañeros y la Reina, que estaban con él, lo molestan y lo avergüenzan; pues su presencia le impide elevar el cabello a sus ojos y a su boca, como habría querido hacer si no hubiera pensado que sería advertido. Se alegra de tener tanto de su dama, pero no espera ni aguarda recibir nunca más de ella: su propio deseo lo hace dudar. Sin embargo, cuando ha dejado a la Reina y está solo, lo besa más de cien mil veces, sintiendo cuán afortunado es. Toda la noche lo aprecia mucho, pero tiene cuidado de que nadie lo vea. Mientras yace en su cama, encuentra un deleite vano y consuelo en lo que no puede darle ninguna satisfacción. Toda la noche aprieta la camisa en sus brazos, y cuando mira el cabello dorado, se siente como el señor de todo el ancho mundo. Así, el Amor hace un tonto de este hombre sensato, que encuentra su deleite en un solo cabello y está en éxtasis por su posesión. Pero este encanto llegará a su fin para él antes del brillante amanecer del sol. Pues los traidores están reunidos en consejo para discutir qué pueden hacer; y cuáles son sus perspectivas. Sin duda podrán hacer una larga defensa de la ciudad si así lo determinan; pero saben que el propósito del Rey es tan firme que no abandonará sus esfuerzos por tomar la ciudad mientras viva, y cuando llegue ese momento, habrán de morir. Y si rindieran la ciudad, no deben esperar ninguna misericordia por hacerlo. Así, cualquiera de los dos resultados parece sombrío en verdad, pues no ven ayuda, sino solo la muerte en ambos casos. Pero esta decisión se toma al final: que a la mañana siguiente, antes de que aparezca el alba, saldrán secretamente de la ciudad y encontrarán el campamento desarmado, y los caballeros aún durmiendo en sus lechos. Antes de que despierten y se pongan sus armaduras, se habrá realizado tal matanza que la posteridad hablará siempre de la batalla de aquella noche. No teniendo más confianza en la vida, los traidores, como último recurso, se suman a este plan. La desesperación los envalentonó a luchar, fuera cual fuera el resultado; pues no ven nada seguro reservado para ellos salvo la muerte o el encarcelamiento. Tal resultado no es atractivo; ni ven utilidad alguna en la huida, pues no ven lugar donde pudieran encontrar refugio si decidieran huir, estando completamente rodeados por el agua y sus enemigos. Así que no pierden más tiempo en hablar, sino que se arman y equipan y hacen una salida por una vieja poterna hacia el noroeste, siendo ese el lado donde pensaban que el campamento menos esperaría un ataque. En filas cerradas salieron y dividieron su fuerza en cinco compañías, cada una compuesta por dos mil soldados de infantería bien armados, además de mil caballeros. Aquella noche ni estrella ni luna habían arrojado un rayo a través del cielo. Pero antes de que llegaran a las tiendas, la luna comenzó a mostrarse, y creo que fue para causarles dolor que salió antes de lo que solía. Así Dios, que se oponía a su empresa, iluminó la oscuridad de la noche, no teniendo amor por estos hombres malvados, sino odiándolos por su pecado. Pues Dios odia a los traidores y la traición más que a cualquier otro pecado. Así que la luna comenzó a brillar para obstaculizar su empresa.
Se ven muy obstaculizados por la luna, ya que brilla sobre sus escudos, y también se ven perjudicados por sus yelmos, pues centellean a la luz de la luna. Son detectados por los centinelas que mantienen la guardia sobre el ejército, quienes ahora gritan por todo el campamento: "¡Arriba, caballeros, arriba! ¡Levantaos rápidamente, tomad vuestras armas y armaos! Los traidores están sobre nosotros". Por todo el campamento corren a las armas, y se esfuerzan apresuradamente por equiparse en la urgente necesidad; pero ni uno solo de ellos abandonó su puesto hasta que estuvieron todos cómodamente armados y montados en sus corceles. Mientras se arman, las fuerzas atacantes están ansiosas por la batalla y presionan hacia adelante, esperando tomarlos desprevenidos y encontrarlos desarmados. Traen desde diferentes direcciones las cinco compañías en las que habían dividido sus tropas: algunos bordean los bosques, otros siguen el río, la tercera compañía se despliega en la llanura, mientras que la cuarta entra en un valle, y la quinta avanza junto a un acantilado rocoso. Pues planeaban caer sobre las tiendas repentinamente con gran furia. Pero no encontraron el camino despejado. Pues los hombres del Rey les resisten, desafiándolos valientemente y reprochándoles su traición. Las puntas de sus lanzas de hierro se astillan y se hacen añicos al encontrarse; se reúnen con las espadas desenvainadas, golpeándose unos a otros y arrojándose unos a otros sobre el rostro. Se precipitan unos contra otros con la furia de leones, que devoran lo que capturan. En esta primera acometida hubo gran matanza por ambos lados. Cuando ya no pueden mantenerse, llega ayuda a los traidores, que se defienden valientemente y venden caras sus vidas. Ven llegar a sus tropas desde cuatro lados para socorrerlos. Y los hombres del Rey cabalgan con fuerza de espuela para atacarlos. Asestan tales golpes sobre sus escudos que, además de los heridos, derriban del caballo a más de quinientos de ellos. Alejandro, con sus griegos, no piensa en perdonarlos, haciendo todo esfuerzo por prevalecer; hacia lo más espeso de la lucha va a golpear a un villano cuyo escudo y cota de malla no sirven de nada para evitar que caiga a la tierra. Cuando ha terminado con él, ofrece su servicio a otro libremente y sin medida, y lo sirve, también, tan salvajemente que expulsa el alma de su cuerpo por completo, y deja el apartamento sin inquilino. Después de estos dos, se dirige a otro, atravesando a un noble y cortés caballero de parte a parte, de modo que la sangre brota por el otro lado, y su alma expirante se despide del cuerpo. A muchos mató y a muchos aturdió, pues como un rayo volador destruye a todos aquellos a quienes busca. Ni cota de malla ni escudo pueden proteger a quien golpea con lanza o espada. Sus compañeros, también, son generosos en el derramamiento de sangre y sesos, pues ellos, también, saben bien cómo asestar sus golpes. Y las tropas reales masacran a tantos de ellos que los rompen y dispersan como a gente de baja cuna que ha perdido la cabeza. Tantos muertos yacían por los campos, y tanto duró la batalla, que mucho antes de que amaneciera el día las filas estaban tan hechas pedazos que las hileras de muertos se extendían por cinco leguas a lo largo del arroyo. El conde Angres deja su estandarte en el campo y se escabulle, acompañado solo por siete de sus hombres. Hacia su ciudad se dirigió por un camino secreto, pensando que nadie podía verlo. Pero Alejandro nota esto, y los ve escapar de las tropas, y piensa que si puede escabullirse sin el conocimiento de nadie, irá a darles alcance. Pero antes de que bajara al valle, vio a treinta caballeros siguiéndolo por el camino, de los cuales seis eran griegos y veinticuatro eran hombres de Gales. Estos pretendían seguirlo a distancia hasta que él necesitara de ellos. Cuando Alejandro los vio venir, se detuvo a esperarlos, sin dejar de observar qué curso tomaban aquellos que regresaban a la ciudad. Finalmente, los vio entrar en ella. Entonces comenzó a planear un acto muy audaz y un diseño muy maravilloso. Y cuando hubo tomado su decisión, se volvió hacia sus compañeros y les dirigió estas palabras: "Mis señores", dice, "ya sea locura o sabiduría, concededme francamente mi deseo si os importa mi buena voluntad". Y ellos le prometieron nunca oponerse a su voluntad en nada. Entonces él dice: "Cambiemos nuestro equipo exterior, tomando los escudos y lanzas de los traidores que hemos matado. Así, cuando nos acerquemos a la ciudad, los traidores dentro supondrán que somos de su bando, y sin importar el destino que les espera, nos abrirán las puertas. ¿Y sabéis qué recompensa les ofreceremos? Si Dios quiere, los tomaremos a todos vivos o muertos. Ahora bien, si alguno de vosotros se arrepiente de su promesa, aseguraos de que, mientras yo viva, nunca lo tendré en estima".
Todos los demás le conceden su petición, y, despojando a los cadáveres de sus escudos, se arman con ellos en su lugar. Los hombres dentro de la ciudad habían subido a las almenas y, reconociendo los escudos, suponen que pertenecen a su bando, sin soñar nunca con la estratagema oculta bajo los escudos. El guardián de la puerta les abre la puerta y los admite en la ciudad. Es engañado y burlado al no dirigirles una palabra; pues ninguno de ellos le habla, sino que silenciosos y mudos pasan, haciendo tal muestra de dolor que arrastran sus lanzas tras ellos y se apoyan en sus escudos. Así parece que están en gran angustia, mientras pasan a su antojo hasta que están dentro de las triples murallas. Dentro encuentran a un número de hombres de armas y caballeros con el Conde. No puedo deciros exactamente cuántos; pero estaban desarmados, excepto ocho de ellos que acababan de regresar de la lucha, e incluso ellos se preparaban para quitarse sus armas. Pero su prisa fue mal considerada; pues ahora la otra parte no finge más, sino que sin desafío alguno a modo de advertencia, se afirman en los estribos y dejan que sus caballos carguen directamente contra ellos, atacándolos con tal rigor que derriban a más de treinta y uno de ellos. Los traidores, con gran consternación, gritan: "¡Estamos traicionados, traicionados!". Pero los atacantes no prestan atención a esto, y dejan que aquellos a quienes encuentran desarmados sientan el temple de sus espadas. De hecho, tres de los que encontraron aún armados fueron tan rudamente tratados que solo cinco quedaron vivos. El conde Angres se precipitó contra Calcedor, y a la vista de todos lo golpeó sobre su escudo dorado con tal violencia que lo dejó muerto en el suelo. Alejandro está muy turbado, y está casi fuera de sí por la rabia cuando ve a su compañero muerto; su sangre hierve de ira, pero su fuerza y coraje se duplican mientras golpea al Conde con tal furia que rompe su lanza. Si fuera posible, vengaría a su amigo. Pero el Conde era un hombre poderoso y un buen y aguerrido caballero, cuyo igual hubiera sido difícil de encontrar, si no hubiera sido un vil traidor. Él ahora devuelve el golpe, haciendo que su lanza se doble de tal manera que se parte y se rompe; pero el escudo del otro se mantiene firme, y ninguno cede ante el otro más de lo que lo haría una roca, pues ambos hombres eran sumamente fuertes. Pero el hecho de que el Conde estuviera en el error lo perturba enormemente y lo turba. La ira de cada uno aumenta a medida que ambos desenvainan sus espadas después de que sus lanzas se hubieran roto. Ningún escape habría sido posible si estos dos espadachines hubieran persistido en continuar la lucha. Pero al final uno u otro debe morir. El Conde no se atreve a mantener su posición por más tiempo, cuando ve yaciendo muertos a su alrededor a sus hombres que habían sido sorprendidos desarmados. Mientras tanto, los otros los presionan con fuerza, cortando, acuchillando y tallando, derramando sus sesos y reprochando al Conde por su traición. Cuando se oye acusado de traición, huye en busca de seguridad a su torre, seguido por sus hombres. Y sus enemigos los siguen, cargando ferozmente contra ellos desde la retaguardia, y no dejando escapar a ni uno solo de todos sobre quienes ponen sus manos. Matan y asesinan a tantos de ellos que supongo que no más de siete lograron escapar.
Cuando hubieron entrado en la torre, se mantuvieron firmes en la puerta; pues aquellos que venían muy de cerca detrás los habían seguido tan de cerca que ellos también habrían entrado a empujones si la entrada hubiera quedado expuesta. Los traidores hacen una valiente defensa, esperando el socorro de sus amigos, que se estaban armando abajo en la ciudad. Pero bajo el consejo de Nabunal, que era un griego de gran sabiduría, el acceso fue bloqueado para que el alivio no pudiera llegar a tiempo; pues aquellos de abajo se habían demorado demasiado, ya fuera por cobardía o por pereza. Ahora solo había una entrada a la fortaleza; así que, si bloquean ese camino de entrada, no necesitan temer que ninguna fuerza se acerque para hacerles daño. Nabunal ordena y exhorta a veinte de ellos a mantener la puerta; pues pronto podría llegar tal compañía con fuerza que les hiciera daño con su asalto y ataque. Mientras estos veinte mantienen la puerta, los diez restantes deberían atacar la torre y evitar que el Conde se atrinchere dentro. El consejo de Nabunal es tomado: diez permanecen para continuar el asalto en la entrada de la torre, mientras que veinte van a defender la puerta. Al hacerlo, se demoran casi demasiado; pues ven acercarse, furiosa y ansiosa por la lucha, una compañía que contenía muchos ballesteros y soldados de infantería de diferentes grados que portaban armas de diversas clases. Algunos llevaban misiles ligeros, y otros hachas danesas, lanzas y espadas turcas, virotes para ballestas, flechas y jabalinas. Los griegos habrían tenido que pagar una cuenta pesada si esta multitud realmente hubiera caído sobre ellos; pero no llegaron al lugar a tiempo. Nabunal, por su previsión y consejo, había bloqueado sus planes, y se vieron obligados a permanecer fuera. Cuando ven que están excluidos, hacen una pausa en su avance, ya que es evidente que no pueden ganar nada haciendo un asalto. Entonces comienza tal llanto y lamento de mujeres y niños pequeños, de ancianos y jóvenes, que aquellos en la ciudad no podrían haber oído un trueno del cielo. Ante esto, los griegos se llenan de alegría; pues ahora saben con certeza que el Conde, por ninguna buena suerte, puede escapar de la captura. Cuatro de ellos suben a las murallas para vigilar no sea que los de fuera, por algún medio o estratagema, entren en la fortaleza y caigan sobre ellos. Los dieciséis restantes regresaron a donde los diez estaban luchando. El día ya estaba rompiendo, y los diez habían luchado tan bien que se habían abierto paso dentro de la torre. El Conde se mantuvo firme contra un poste y, armado con un hacha de batalla, se defendió con gran valentía. A aquellos a quienes alcanza, los parte por la mitad. Y sus hombres se alinean a su alrededor, y no son lentos en vengarse en esta última resistencia del día, los hombres de Alejandro tienen motivos para quejarse, pues de los dieciséis originales ahora quedan solo trece. Alejandro está casi fuera de sí cuando ve el estragos causado entre sus seguidores muertos o agotados. Sin embargo, sus pensamientos están fijos en la venganza: encontrando a mano un garrote largo y pesado, golpeó a uno de los bribones con él tan ferozmente que ni el escudo ni la cota de malla valían un botón para evitar que cayera al suelo. Después de terminar con él, persigue al Conde, y alzando su garrote para golpearlo, le asesta tal golpe con su garrote cuadrado que el hacha cae de sus manos; y estaba tan aturdido y desconcertado que no podría haberse mantenido en pie si no se hubiera apoyado contra la pared.
Tras este golpe, la batalla cesa. Alejandro se lanza contra el Conde y lo sujeta de modo que no puede moverse. De los otros no hay nada que decir, pues fueron dominados fácilmente al ver la captura de su señor. Todos son hechos prisioneros junto con el Conde y llevados lejos en desgracia, conforme a lo que merecían. De todo esto los hombres de fuera no sabían nada. Pero cuando llegó la mañana, encontraron los escudos de sus compañeros tirados entre los muertos una vez terminada la batalla. Entonces los griegos, engañados, hicieron un gran lamento por su señor. Al reconocer su escudo, todos se ven en una agonía de dolor, desfalleciendo ante la vista de su escudo y diciendo que ahora han vivido demasiado. Cornix y Nerius desfallecen primero, luego, recuperando el sentido, desean estar muertos. Así lo hacen Torin y Acorionde. Las lágrimas corren a raudales de sus ojos sobre sus pechos. La vida y la alegría parecen odiosas ahora. Y Parménides, más que el resto, se arrancó los cabellos en una terrible angustia. No podría mostrarse mayor dolor que el de estos cinco por su señor. Sin embargo, su consternación no tiene fundamento, pues es el cuerpo de otro el que se llevan cuando piensan tener a su señor. Su angustia aumenta aún más al ver los otros escudos, que les hacen confundir estos cadáveres con sus compañeros. Así que sobre ellos se lamentan y desfallecen. Pero están engañados por todos estos escudos, pues de sus hombres solo murió uno, cuyo nombre era Neriolis. A este, ciertamente, se lo habrían llevado si hubieran sabido la verdad. Pero sienten tanta ansiedad por los otros como por él; así que se los llevaron todos. En todos los casos menos uno fueron engañados. Pero al igual que el hombre que sueña y toma una ficción por la verdad, así los escudos les hacen suponer que esta ilusión es una realidad. Son los escudos, pues, los que causan este error. Llevando los cadáveres, se alejan y llegan a sus tiendas, donde había una tropa afligida. Al escuchar el lamento levantado por los griegos, pronto se reunieron todos los demás, hasta que no hubo más que un gran clamor. Ahora Soredamors piensa en su mísera condición cuando escucha el llanto y el lamento por su amante. Su angustia y aflicción hacen que pierda el sentido y el color, y su dolor y tristeza aumentan porque no se atreve a mostrar abiertamente un rastro de su angustia. Encerró su dolor en su corazón. Si alguien la hubiera mirado, habría podido ver por la expresión de su rostro qué agonía sufría; pero todos estaban tan absortos en su propia pena que no tenían cuidado por el dolor ajeno. Cada uno lamentaba su propia pérdida. Pues encuentran la ribera del río cubierta de sus parientes y amigos, que habían sido heridos o maltratados. Cada uno lloraba por su propia pérdida, pesada y amarga: aquí hay un hijo llorando a un padre, allí un padre a un hijo; uno desfallece ante la vista de su primo, otro sobre su sobrino. Así, padres, hermanos y parientes lamentan su pérdida por todas partes. Pero por encima de todo es notable el dolor de los griegos; y sin embargo, podrían haber anticipado una gran alegría, pues el dolor más profundo de todo el campamento pronto se transformará en regocijo.
Los griegos de fuera continúan su lamento, mientras que los de dentro se esfuerzan por hacerles saber las noticias que les causarán alegría. Se desarman y atan a sus prisioneros, quienes rezan y les suplican que les corten la cabeza de inmediato. Pero los griegos no están dispuestos, y desprecian sus súplicas, diciendo que los mantendrán bajo custodia y los entregarán al Rey, quien les otorgará tal recompensa como requieran sus servicios. Cuando los hubieron desarmado a todos, los hicieron subir al muro para que fueran vistos por las tropas de abajo. Este privilegio no es de su agrado, y cuando vieron a su señor atado como un prisionero, fueron hombres infelices. Alejandro, sobre los muros, jura a Dios y a todos los santos que no dejará vivir a ninguno de ellos, sino que los matará a todos rápidamente, a menos que vayan a rendirse al Rey antes de que él pueda capturarlos. "Id", dice, "confiadamente ante el Rey por mi mandato, y arrojad vuestras personas a su misericordia. Ninguno de vosotros, excepto el Conde, ha merecido morir. No perderéis ni la vida ni ningún miembro si os rendís al Rey. Si no os liberáis de la muerte clamando por misericordia, poca esperanza debéis tener de salvar vuestras vidas o cuerpos. Id desarmados al encuentro del Rey, y decidle de mi parte que Alejandro os envía a él. Vuestra acción no será en vano; pues mi señor el Rey es tan gentil y cortés que dejará de lado su ira y su enojo. Pero si deseáis actuar de otro modo, debéis esperar morir, pues su corazón estará cerrado a la piedad". Todos acuerdan aceptar este consejo, y no dudan hasta que llegan a la tienda del Rey, donde todos caen a sus pies. La historia que contaron fue pronto conocida en todo el campamento. El Rey y todos sus hombres montaron y espolearon sus caballos hacia la ciudad sin demora.
Alejandro sale de la ciudad para encontrarse con el Rey, quien estaba muy complacido, y para entregarle al Conde. El Rey no tardó en castigarlo adecuadamente. Pero Alejandro es felicitado y alabado por el Rey y todos los demás que lo estiman en gran medida. Su alegría ahuyenta el dolor que habían sentido poco antes. Pero ninguna alegría de los demás puede compararse con la exaltación de los griegos. El Rey le presenta la preciosa copa, que pesa quince marcos, y le dice confiadamente que no hay nada en su posesión tan valioso que no pondría en sus manos si lo pidiera, salvo solo la corona y la Reina. Alejandro no se atreve a mencionar el deseo de su corazón, aunque sabe bien que no se le negaría la mano de su amada. Pero teme tanto desagradarla a ella, cuyo corazón se habría alegrado, que prefiere sufrir sin ella antes que ganarla contra su voluntad. Por lo tanto, pide un poco de tiempo, no deseando presentar su petición hasta estar seguro de su agrado. Pero no pidió tregua ni demora para aceptar la copa de oro. Toma la copa, y cortésmente ruega a mi señor Gawain que acepte esta copa como un regalo suyo, lo cual Gawain hizo muy a regañadientes. Cuando Soredamors supo la verdad sobre Alejandro, quedó muy complacida y encantada. Cuando escuchó que estaba vivo, fue tan feliz que le pareció que nunca podría volver a estar triste. Pero reflexiona que él es más lento en venir de lo que acostumbra. Aun así, a su debido tiempo obtendrá lo que desea, pues ambos, en rivalidad, están ocupados con un pensamiento común.
Le parecía a Alejandro una eternidad antes de poder deleitar sus ojos con siquiera una mirada suave de ella. Hace mucho tiempo habría querido ir a la tienda de la Reina, si no hubiera sido detenido en otra parte. Estaba muy molesto por esta demora, y tan pronto como pudo, se dirigió a la Reina en su tienda. La Reina fue a saludarlo y, sin que él le hubiera confiado nada, ella ya había leído sus pensamientos y sabía lo que pasaba por su mente. Lo saluda a la entrada de la tienda y se esfuerza por darle la bienvenida, sabiendo bien para qué propósito ha venido. Deseosa de concederle un favor, hace señas a Soredamors para que se una a ellos, y los tres entablan una conversación a cierta distancia del resto. La Reina habla primero, en cuya mente no había duda de que esta pareja estaba enamorada. De este hecho está completamente segura, y persuadida además de que Soredamors no podría tener un mejor amante. Ocupó su lugar entre los dos y comenzó a decir lo que era apropiado.
"Alejandro", dice la Reina, "cualquier amor es peor que el odio, cuando atormenta y angustia a su devoto. Los amantes no saben lo que hacen cuando ocultan su pasión el uno del otro. El amor es un asunto serio, y quien no establece audazmente su base firme difícilmente puede tener éxito en completar el edificio. Dicen que no hay nada tan difícil de cruzar como el umbral. Ahora deseo instruirte en la sabiduría del amor; pues sé bien que el Amor te está atormentando. Por lo tanto, he asumido la tarea de instruirte; y ten mucho cuidado de no ocultarme nada, pues he visto claramente en los rostros de ambos que de dos corazones habéis hecho solo uno. ¡Así que ten cuidado, y no me ocultes nada! Estáis actuando muy tontamente al no expresar vuestra mente; pues el ocultamiento será vuestra muerte; así seréis los asesinos del Amor. Ahora os aconsejo que no ejerzáis ninguna tiranía, y que no busquéis ninguna gratificación pasajera en vuestro amor; sino que estéis honorablemente unidos en matrimonio. Así, creo, vuestro amor perdurará mucho tiempo. Puedo aseguraros que, si estáis de acuerdo con esto, arreglaré el matrimonio".
Cuando la Reina hubo dicho lo que pensaba, Alejandro respondió así: "Señora", dice, "no presento ninguna defensa contra la acusación que hacéis, sino que admito la verdad de todo lo que decís. Deseo no ser nunca abandonado por el amor, sino fijar siempre mis pensamientos en él. Estoy complacido y encantado por lo que tan amablemente habéis dicho. Puesto que sabéis cuáles son mis deseos, no veo razón por la cual deba ocultároslos. Hace mucho tiempo, si me hubiera atrevido, los habría confesado abiertamente; pues el silencio ha sido duro. Pero bien puede ser que por alguna razón esta doncella no desee que yo sea suyo y ella mía. Pero incluso si no me concede derechos sobre ella, aun así me pondré en sus manos". Ante estas palabras ella tembló, no teniendo deseo de rechazar el regalo. El deseo de su corazón se traiciona en sus palabras y su semblante. Vacilante, ella se entrega a él, y dice que, sin excepción, su voluntad, su corazón y su cuerpo, todo está a disposición de la Reina, para hacer con ella lo que a bien tenga. La Reina los abraza a ambos y presenta a uno al otro. Luego, riendo, añade: "Te entrego, Alejandro, el cuerpo de tu amada, y sé que tu corazón no retrocede. A quien le guste o no, os entrego a cada uno al otro. ¡Tú, Soredamors, toma lo que es tuyo, y tú, Alejandro, toma lo que es tuyo!". Ahora ella tiene el suyo completo, y él tiene el suyo sin falta. En Windsor aquel día, con la aprobación y el permiso de mi señor Gawain y del Rey, se celebró el matrimonio. Nadie podría contar, estoy seguro, tanto sobre la magnificencia y la comida, sobre el placer y el entretenimiento en esta boda sin quedarse corto de la verdad. En la medida en que sería desagradable para algunos, no me importa desperdiciar más palabras sobre el asunto, sino que estoy ansioso por pasar a otro tema.
Aquel día en Windsor, Alejandro tuvo todo el honor y la felicidad que podía desear. Tres alegrías y honores diferentes fueron suyos: uno fue la ciudad que capturó; otro fue el regalo del mejor reino de Gales, que el Rey Arturo le había prometido darle cuando la guerra terminara; aquel mismo día lo hizo rey en su salón. Pero la mayor alegría de todas fue la tercera: que su amada era reina del tablero de ajedrez donde él era rey. Antes de que hubieran pasado cinco meses, Soredamors se encontró encinta, y la llevó hasta que el tiempo se cumplió. La semilla permaneció en germen hasta que el fruto estuvo completamente maduro. Ningún niño más hermoso había nacido antes o después que aquel a quien ahora llamaron Cligés.
Así nació Cligés, en cuyo honor esta historia ha sido puesta en la lengua romance. Me oiréis contar sobre él y sus valerosas hazañas, cuando haya llegado a la edad adulta y obtenido un buen informe. Pero mientras tanto en Grecia sucedió que aquel que gobernaba sobre Constantinopla se acercó a su fin. Murió, como de hecho debía, no pudiendo sobrevivir a su tiempo. Pero antes de morir reunió a todos los nobles de su tierra para enviar a buscar a su hijo Alejandro, quien estaba felizmente detenido en Britania. Los mensajeros parten de Grecia y comienzan su viaje sobre los mares; pero una tempestad los atrapa en sus garras y daña su barco y compañía. Todos se ahogaron en el mar, excepto un miserable infiel, que era más devoto de Alis, el hijo menor, que de Alejandro, el mayor. Cuando escapó del mar, regresó a Grecia con la historia de que todos se habían perdido en el mar mientras conducían a su señor de regreso de Britania, y que él era el único sobreviviente de la tragedia. Creyeron esta mentira suya y, tomando a Alis sin objeción ni disenso, lo coronaron emperador de Grecia. Pero no pasó mucho tiempo antes de que Alejandro supiera que Alis era emperador. Entonces se despidió del Rey Arturo, no queriendo dejar que su hermano usurpara su tierra sin protesta. El Rey no hace oposición a su plan, sino que le pide que lleve consigo una compañía tan grande de galeses, escoceses y habitantes de Cornualles que su hermano no se atreverá a resistirlo cuando lo vea venir con tal hueste. Alejandro, si le hubiera placido, podría haber liderado una fuerza poderosa; pero no tiene deseo de dañar a su propia gente, si su hermano consiente en hacer su voluntad. Se llevó consigo cuarenta caballeros además de Soredamors y su hijo; a estas dos personas, que le eran tan queridas, no quería dejarlas atrás. Escoltados hasta Shoreham por toda la corte, allí se embarcaron, y con vientos favorables su barco avanzó más rápidamente que un ciervo en fuga. En un mes, creo, llegaron a puerto ante Atenas, una ciudad rica y poderosa. De hecho, el emperador residía allí y había convocado una gran asamblea de sus nobles. Tan pronto como llegaron, Alejandro envió un mensajero privado a la ciudad para saber si lo recibirían o si resistirían su reclamo de ser su único señor legítimo.
El que fue elegido para esta misión era un caballero cortés con buen juicio, llamado Acorionde, un hombre rico y elocuente; él también era nativo del país, habiendo nacido en Atenas. Sus antepasados durante generaciones siempre habían ejercido el señorío en la ciudad. Cuando supo que el emperador estaba en la ciudad, fue y desafió la corona en nombre de su hermano Alejandro, acusándolo abiertamente de haberla usurpado ilegalmente. Al llegar al palacio, encuentra a mucha gente que lo recibe; pero no dice nada a ninguno de los que lo saludan hasta que conoce cuál es su actitud y disposición hacia su señor legítimo. Al entrar en presencia del emperador, ni lo saluda ni se inclina ante él ni lo llama emperador. "Alis", dice, "te traigo noticias de Alejandro, que está allá afuera en el puerto. Escucha el mensaje de tu hermano: él te pide lo que le pertenece, ni exige lo que es injusto. Constantinopla, que tú posees, debería ser suya y será suya. No sería justo ni correcto que surgiera discordia entre vosotros dos. Así que entrégale la corona sin disputa, pues es justo que la entregues".
Alis responde: "Buen y gentil amigo, has emprendido una empresa loca al llevar este mensaje. Hay poco consuelo en tu discurso, pues bien sé que mi hermano está muerto. Debería regocijarme, ciertamente, al saber que todavía estaba vivo. Pero no creeré las noticias hasta que lo haya visto con mis ojos. Murió hace algún tiempo, ¡ay! Lo que dices no es creíble. Y si vive, ¿por qué no viene? Nunca debe temer que no le otorgue algunas tierras. Es un tonto al mantenerse alejado de mí, pues al servirme encontrará provecho. Pero nadie poseerá la corona y el imperio además de mí". No le gustó el discurso del emperador, y no dejó de decir lo que pensaba en la respuesta que dio. "Alis", dice, "que Dios me confunda si se permite que el asunto se mantenga así. Te desafío en nombre de tu hermano, y hablando respetuosamente en su nombre, convoco a todos aquellos a quienes veo aquí a renunciar a ti y unirse a su causa. Es justo que se pongan de su lado y lo reconozcan como su señor. Que aquel que sea leal se presente ahora".
Al decir esto abandona la corte, y el emperador convoca a aquellos en quienes tiene más confianza. Solicita su consejo sobre este desafío por parte de su hermano, y desea saber si puede confiar en que no prestarán apoyo ni ayuda al reclamo de su hermano. Así intenta probar la lealtad de cada uno; pero no encuentra a uno solo que se ponga de su lado en la disputa, sino que todos le piden que recuerde la guerra que Eteocles emprendió contra su propio hermano Polinices, y cómo cada uno murió a manos del otro. "Así, también, puede sucederos a vosotros, si emprendéis una guerra, y toda la tierra será afligida". Por lo tanto, aconsejan que se busque una paz que sea tanto razonable como justa, y que ninguno haga demandas excesivas. Así Alis comprende que si no hace un acuerdo equitativo con su hermano, todos sus vasallos lo abandonarán; así que dice que respetará sus deseos al hacer cualquier contrato adecuado, siempre que, sin importar cómo resulte el asunto, la corona permanezca en su posesión.
Con el fin de asegurar una paz firme y estable, Alis envía a uno de sus oficiales ante Alexander, rogándole que acuda en persona para recibir el gobierno de la tierra, pero estipulando que le deje a él el honor de ser emperador de nombre y de portar la corona: así, si Alexander está dispuesto, la paz podrá establecerse entre ellos. Cuando esta noticia llegó a oídos de Alexander, sus hombres se prepararon con él y fueron a Atenas, donde fueron recibidos con alegría. Pero Alexander no está dispuesto a que su hermano tenga la soberanía del imperio y de la corona a menos que le dé su palabra de no tomar nunca esposa, y que después de él Cligés sea el emperador de Constantinopla. A esto accedieron ambos hermanos. Alexander dictó los términos del juramento, y su hermano aceptó y dio su palabra de que nunca en su vida tomaría esposa en matrimonio. Así se hace la paz y vuelven a ser amigos, para gran satisfacción de los señores. Consideran a Alis como su emperador, pero todos los asuntos se remiten a Alexander. Lo que él ordena se hace, y poco se realiza si no es a través de él. Alis no tiene más que el nombre de emperador, pero Alexander es servido y amado; y aquel que no le sirve por amor, necesariamente debe hacerlo por miedo. Por el efecto de uno u otro de estos dos motivos, tiene toda la tierra bajo su poder. Pero aquel a quien llaman Muerte no perdona ni al hombre fuerte ni al débil, sino que los mata y los sacrifica a todos. Así, Alexander tuvo que morir, pues una enfermedad le atrapó entre sus garras de la cual no pudo obtener alivio. Pero antes de ser sorprendido por la muerte, llamó a su hijo y le dijo: "Buen hijo Cligés, nunca podrás saber si posees destreza y valor a menos que vayas primero a ponerlos a prueba con los bretones y los franceses en la corte del rey Arthur. Si la aventura te lleva allí, condúcete y compórtate de tal manera que tu identidad no sea conocida hasta que hayas probado tu fuerza con los caballeros más excelentes de aquella corte. Te ruego que atiendas mi consejo en este asunto, y si surge la ocasión, no temas medir tu habilidad con tu tío, mi señor Gawain. No olvides este consejo, te lo ruego".
Después de haberlo exhortado así, no vivió mucho tiempo. El dolor de Soredamors fue tal que no pudo sobrevivirle, sino que murió tras él de puro desconsuelo. Alis y Cligés lo lloraron como era debido, pero finalmente cesaron en su aflicción, pues el dolor, como todo lo demás, debe ser superado. Continuar en la tristeza es un error, pues no puede salir nada bueno de ello. Así, el duelo terminó, y el emperador se abstuvo durante mucho tiempo de tomar esposa, siendo cuidadoso con su palabra. Pero no hay corte en todo el mundo que esté libre de malos consejos. Los grandes hombres a menudo se extravían y no observan la lealtad debido a los malos consejos que reciben. Así, el emperador escucha a sus hombres dándole consejos y exhortándole a tomar esposa; y diariamente le exhortan e instan de tal manera que, por su misma insistencia, le persuaden de romper su juramento y acceder a su deseo. Pero él insiste en que aquella que ha de ser señora de Constantinopla debe ser gentil, hermosa, sabia, rica y noble. Entonces sus consejeros dicen que desean prepararse para partir hacia la tierra germana y buscar a la hija del emperador. Ella es la elección que le proponen; pues el emperador de Alemania es muy rico y poderoso, y su hija es tan encantadora que jamás hubo una doncella de tal belleza en la cristiandad. El emperador les otorga plena autoridad, y ellos emprenden el viaje bien provistos de todo lo que necesitan. Siguieron su camino hasta que encontraron al emperador en Regensburg, donde le pidieron que les diera a su hija mayor a instancia de su señor.
El emperador se complació con esta petición y les entregó gustoso a su hija; pues, al hacerlo, no se rebaja ni disminuye su honor de manera alguna. Pero dice que la había prometido al duque de Sajonia, y que no podrían llevársela a menos que el emperador acudiera con un gran ejército, para que el duque no pudiera hacerle daño ni injuria alguna durante el viaje de regreso.
Cuando los mensajeros escucharon la respuesta del emperador, se despidieron y partieron. Regresaron ante su señor y le llevaron la respuesta. Y el emperador seleccionó una compañía elegida de los caballeros más experimentados que pudo encontrar, y llevó consigo a su sobrino, en cuyo interés había jurado nunca tomar esposa, pero no respetará este voto si logra llegar a Colonia. Un día determinado abandona Grecia y se acerca a Alemania, con la intención de tomar esposa a pesar de toda culpa y reproche; pero su honor quedará manchado. Al llegar a Colonia, encontró que el emperador había reunido a toda su corte para una festividad. Cuando la compañía de los griegos llegó a Colonia, había tal cantidad de griegos y alemanes que fue necesario alojar a más de sesenta mil de ellos fuera de la ciudad.
Grande fue la multitud de personas y grande el gozo de los dos emperadores cuando se encontraron. Cuando los barones se hubieron reunido en el vasto palacio, el emperador llamó a su encantadora hija. La doncella no tardó en acudir directamente al palacio. Había sido hecha muy hermosa y bien formada por el Creador, cuyo placer había sido despertar la admiración de la gente. Dios, que la había moldeado, nunca dio al hombre una palabra que pudiera expresar adecuadamente tal belleza como la que ella poseía.
Fenice era el nombre de la doncella, y para ello había una buena razón: pues si el ave Fénix es única como la más bella de todas las aves, así Fenice, me parece a mí, no tenía igual en belleza. Era tal milagro y maravilla que la Naturaleza nunca fue capaz de hacerla igual de nuevo. Para ser más breve, no describiré con palabras sus brazos, su cuerpo, su cabeza y sus manos; pues si viviera mil años, y si mi habilidad se duplicara cada día, aun así desperdiciaría todo mi tiempo tratando de decir la verdad sobre ella. Sé muy bien, si lo intentara, que agotaría mi cerebro y desperdiciaría mis esfuerzos: no sería más que energía malgastada. La damisela se apresuró hasta llegar al palacio, con la cabeza descubierta y el rostro sin velo; y el resplandor de su belleza iluminó el palacio más brillantemente de lo que lo habrían hecho cuatro carbunclos. Cligés permanecía de pie, despojado de su capa, ante la presencia de su tío. El día fuera estaba algo oscuro, pero él y la doncella eran ambos tan hermosos que un rayo surgió de su belleza que iluminó el palacio, tal como el sol de la mañana brilla claro y rojo.
Deseo intentar en muy pocas palabras describir la belleza de Cligés. Estaba en su flor, teniendo ahora casi quince años de edad. Era más apuesto y encantador que Narciso, quien vio su reflejo en el manantial bajo el olmo, y, cuando lo vio, lo amó tanto que murió, dicen, porque no pudo obtenerlo. Narciso era hermoso, pero tenía poco juicio; pero así como el oro fino supera al cobre, así estaba Cligés mejor dotado de sabiduría, y aun así no he dicho todo. Sus bucles parecían hechos de oro fino, y su rostro era de un color rosado fresco. Tenía una nariz bien formada y una boca agraciada, y en estatura estaba construido según el mejor modelo de la Naturaleza; pues en él había unido dones que ella acostumbra a esparcir ampliamente. La Naturaleza fue tan pródiga con él que le dio todo lo que pudo y lo colocó todo en un solo receptáculo. Tal era Cligés, quien combinaba buen juicio y belleza, generosidad y fuerza. Poseía la madera tanto como la corteza; sabía más de esgrima y del arco que Tristán, sobrino del rey Mark, y más sobre aves y sabuesos que él. En Cligés no faltaba ninguna cosa buena.
Cligés estaba en toda su belleza ante su tío, y aquellos que no sabían quién era lo miraban con curiosidad ansiosa. Y por otra parte, se despertó el interés de aquellos que no conocían a la doncella: con asombro la contemplan. Pero Cligés, bajo el dominio del amor, dejó que sus ojos descansaran en ella furtivamente, y los retiró de nuevo tan discretamente que en su tránsito de ida y vuelta nadie podría culpar su falta de habilidad. Alegremente mira a la doncella, pero no nota que ella le corresponde de la misma manera. Sin adularle, sino en amor sincero, ella le entrega sus ojos y toma los de él. Este intercambio le parece bueno a ella, y le habría parecido mejor aún si hubiera sabido algo de quién era él. Pero no sabe nada, salvo que es hermoso y que, si alguna vez ha de amar a alguien por su belleza, no necesita buscar en otro lugar para entregar su corazón. Ella le entregó la posesión de sus ojos y de su corazón, y él empeñó los suyos a cambio a ella. ¿Empeñó? Más bien los dio por completo. ¿Dio? No, por mi fe, miento; pues nadie puede regalar su corazón. Debo expresarlo de otra manera. No lo diré, como algunos han hecho, que hacen que dos corazones habiten en un mismo cuerpo, pues no tiene ni siquiera la apariencia de verdad que pueda haber en un cuerpo dos corazones; e incluso si pudieran estar así unidos, nunca parecería cierto. Pero si les place prestar atención a mis palabras, podré explicar cómo dos corazones forman uno solo sin llegar a identificarse. Solo hasta tal punto se funden en uno que el deseo de cada uno pasa del uno al otro, uniéndose así en un deseo común; y debido a esta armonía de deseo, hay algunos que acostumbran a decir que cada uno tiene ambos corazones; pero un corazón no puede estar en dos lugares. Cada uno siempre conserva su propio corazón, aunque el deseo sea compartido por ambos, tal como muchos hombres diferentes pueden cantar una canción o melodía al unísono. Mediante esta comparación pruebo que para que un cuerpo contenga dos corazones no basta con conocer el deseo del otro, ni tampoco que uno sepa lo que el otro ama y lo que odia; así como las voces que se escuchan juntas parecen fundirse en una sola, y sin embargo no provienen todas de una misma boca, así es con un cuerpo que solo puede contener un corazón. Pero no hay necesidad de más argumentos, pues otros asuntos me apremian. Debo hablar ahora de la damisela y de Cligés, y oirán hablar del duque de Sajonia, que ha enviado a Colonia a un joven sobrino suyo. Este joven informa al emperador que su tío, el duque, envía a decir que no espere paz ni tregua con él, a menos que le envíe a su hija, y que aquel que tiene la intención de llevársela consigo más le vale no emprender el camino a casa, pues encontrará la carretera ocupada y bien defendida a menos que la doncella sea entregada.
El joven pronunció su mensaje bien, sin orgullo y sin insulto. Pero no encontró ni caballero ni emperador que quisiera responderle. Cuando vio que todos guardaban silencio y le trataban con desdén, abandonó la corte con actitud desafiante. Pero la juventud y la sed de actos audaces hicieron que Cligés lo desafiara en combate mientras salía. Para el concurso montan sus corceles, trescientos de ellos a cada lado, exactamente iguales en fuerza. Todo el palacio queda completamente vacío de caballeros y damas, que suben a los balcones, almenas y ventanas para ver y observar a aquellos que estaban a punto de luchar. Incluso la doncella, cuya voluntad el Amor había sometido bajo su dominio, buscó un punto desde el cual ver. Tomó su lugar en una ventana, donde se sentó con gran deleite, porque desde allí podía obtener una vista de aquel a quien guarda secretamente en su corazón sin deseo de retirarlo de allí; pues nunca amará a ningún otro hombre. Pero ella no sabe su nombre, ni quién es, ni de qué raza; pues no es propio hacer preguntas; pero anhela escuchar noticias que traigan alegría a su corazón. Mira por la ventana los escudos con su oro reluciente, y observa a aquellos que llevan los escudos al cuello, mientras se preparan para la prueba de armas. Pero todos sus pensamientos y miradas pronto descansan en un objeto, y ante todos los demás es indiferente. Dondequiera que Cligés va, ella busca seguirlo con sus ojos. Y él a su vez hace lo mejor que puede por ella, y lucha abiertamente, para que ella al menos pueda oír decir que él es audaz y muy hábil: así ella se verá obligada a apreciarlo por su proeza. Ataca al sobrino del duque, que estaba rompiendo muchas lanzas y desconcertando gravemente a los griegos. Pero Cligés, a quien esto desagrada, se apoya firmemente en sus estribos y va a golpearlo con tanta rapidez que, a pesar de sí mismo, tuvo que abandonar los arzones. Cuando se levantó, el alboroto fue grande; pues el joven se levantó y montó, pensando en vengar su vergüenza. Pero muchos hombres solo caen en una desgracia mayor cuando piensan en vengar su vergüenza teniendo la oportunidad. El joven corre hacia Cligés, quien baja su lanza para encontrarlo y le embiste con tal fuerza que lo lleva a tierra de nuevo. Ahora su vergüenza se duplica, y todos sus seguidores están consternados, viendo que nunca podrán abandonar el campo con honor; pues no hay uno solo de ellos tan valiente que pueda mantener su asiento en la silla cuando el embate de Cligés le alcanza. Pero los de Alemania y los griegos se llenan de alegría al ver a su partido expulsar a los sajones, que se retiran desconcertados. Con burla los persiguen hasta que los alcanzan en un arroyo, hacia el cual los empujan para un chapuzón. En la parte más profunda del vado, Cligés descabalgó al sobrino del duque y a tantos de sus hombres que escaparon afligidos y tristes en su vergüenza y confusión. Pero Cligés, dos veces vencedor, regresó con alegría y entró por una puerta que estaba cerca del apartamento donde estaba la doncella; y al pasar por la puerta ella exigió como peaje una tierna mirada, que él le pagó al encontrarse sus ojos. Así fue la doncella sometida por el hombre. Pero no hay alemán de las tierras bajas o altas, que posea el don de la palabra, que no grite: "¡Dios! ¿Quién es este en quien tal belleza resplandece? ¡Dios! ¿Cómo ha sucedido que tan repentinamente haya alcanzado tal éxito?". Así uno y otro preguntan: "¿Quién es este joven, quién es, digo?". Así, pronto en toda la ciudad se sabe cuál es su nombre, y quién es su padre, y cuál fue esa promesa que le había hecho el emperador. Tanto se dijo y se pregonó que la noticia llegó a oídos de aquella que en su corazón se regocijaba porque ya no podía decir que el Amor se había burlado de ella, ni tenía motivo para quejarse. Pues el Amor la ha hecho entregar su corazón al hombre más hermoso, cortés y valiente que pudiera encontrarse en cualquier lugar. Pero se debe emplear algo de fuerza si desea obtener posesión de aquel que no es libre de hacer su voluntad. Esto la pone ansiosa y perturbada. Pues no tiene a nadie con quien tomar consejo respecto a aquel por quien se consume, sino que debe consumirse en pensamientos y vigilias. Se ve tan afectada por estas preocupaciones que pierde su color y se pone pálida, y queda claro para todos que su pérdida de color denota un deseo insatisfecho. Ahora juega menos de lo que solía hacer, y ríe menos y pierde su alegría. Pero oculta su problema y lo disimula si alguien pregunta cuál es su dolencia. Su vieja nodriza se llamaba Thessala, quien era experta en nigromancia, habiendo nacido en Tesalia, donde se enseñan y se obran hechizos diabólicos; pues las mujeres de aquel país realizan muchos encantos y ritos místicos.
Thessala vio pálida y demacrada a aquella a quien el Amor tiene en sus lazos, y así la abordó con un consejo: "¡Dios!", dijo, "¿estás hechizada, mi señora querida, para que tu rostro esté tan pálido? Me pregunto cuál es tu problema. Dime, si puedes, dónde te ataca más este dolor, pues si alguien puede curarte, puedes confiar con seguridad en mí para devolverte la salud. Puedo curar la hidropesía, la gota, la amigdalitis y el asma; soy tan experta en examinar la orina y el pulso que no necesitas consultar a otro médico. Y me atrevo a decir que sé más de lo que jamás supo Medea sobre encantamientos y sobre hechizos que han sido probados como verdaderos. Nunca te he hablado de esto, aunque te he cuidado toda tu vida; y ahora no lo mencionaría si no viera claramente que estás tan afligida como para necesitar mis cuidados. Mi señora, harás bien en decirme cuál es tu enfermedad antes de que su agarre se vuelva más severo. El emperador te ha confiado a mí para que pueda cuidarte, y mi devoción ha sido tal que te he mantenido sana y salva. Ahora todos mis esfuerzos no servirán de nada si no alivio esta dolencia. Cuídate de no ocultarme si esto es enfermedad u otra cosa". La damisela no se atreve a exponer abiertamente su deseo en toda su plenitud, pues teme ser desaprobada y culpada. Y cuando escucha y entiende cómo Thessala se jacta y se valora altamente como experta en encantamientos, hechizos y pociones, decide decirle cuál es la causa de su rostro pálido y sin color; pero primero le hace prometer que guardará su secreto y que nunca se opondrá a su voluntad.
«Nodriza», dijo, «realmente pensé que no sentía dolor, pero pronto me sentiré de otra manera. Pues tan pronto como empiezo a pensar en ello, siento un gran dolor y me siento consternada. Pero cuando una no tiene experiencia, ¿cómo puede saber qué es enfermedad y qué es salud? Mi mal es distinto a todos los otros; pues cuando deseo hablar de él, me causa a la vez alegría y dolor, tan feliz soy en mi aflicción. Y si puede ser que la enfermedad traiga deleite, entonces mi tribulación y mi alegría son una sola, y en mi enfermedad consiste mi salud. Así que no sé por qué me quejo, pues no sé de dónde viene mi mal, a menos que sea causado por mi deseo. Tal vez mi deseo sea mi enfermedad, pero encuentro tanto gozo en él que el sufrimiento que me causa es grato, y hay tanto contento en mi dolor que es dulce sufrir así. Nodriza Thessala, dime ahora la verdad, ¿no es este un mal engañoso, que me encanta y me atormenta a la vez? No veo cómo puedo decir si esto es una enfermedad o no. Nodriza, dime ahora su nombre, naturaleza y carácter. Pero entiende bien que no tengo deseo de ser curada de él, pues mi aflicción me es muy querida». Thessala, que era muy sabia en cuanto al amor y sus síntomas, sabe bien por lo que oye que es el amor lo que la atormenta; los términos tiernos y cariñosos que usa son prueba certera de que está enamorada, pues todas las demás penas son difíciles de soportar, excepto aquella única que proviene del amor; pero el amor transforma su amargura en dulzura y alegría, para luego, a menudo, transformarlas de nuevo. La nodriza, que era experta en este asunto, le responde así: «No tengas miedo, pues te diré al instante el nombre de tu mal. Me dijiste, creo, que el dolor que sientes parece ser más bien alegría y salud: pues de tal naturaleza es el mal de amores, ya que en él, también, hay alegría y dicha. Estás enamorada, pues, como puedo probarte, ya que no encuentro placer en ninguna enfermedad salvo solo en el amor. Toda otra enfermedad es siempre mala y horrible, pero el amor es dulce y pacífico. Estás enamorada; de eso estoy segura, ni veo mal alguno en ello. Pero consideraré muy mal si, por alguna tontería infantil, me ocultas tu corazón». «Nodriza, no hay necesidad de que hables así. Pero primero debo estar segura y cierta de que bajo ninguna circunstancia hablarás de ello a alma viviente alguna». «Mi señora, ciertamente los vientos hablarán de ello antes que yo sin tu permiso, y te doy mi palabra de favorecer tus deseos de tal modo que puedas confiar con seguridad en tener tu alegría cumplida a través de mis servicios». «En ese caso, Nodriza, seré curada. Pero el emperador me está entregando en matrimonio, por lo cual me aflijo y me lleno de pesar; pues quien ha ganado mi corazón es el sobrino de aquel con quien debo casarme. Y aunque él pueda encontrar alegría en mí, sin embargo mi alegría está perdida para siempre, y no hay tregua posible. Preferiría ser despedazada miembro a miembro antes de que los hombres hablen de nosotros como hablan de los amores de Iseut y Tristan, pues se cuentan tantas historias indecorosas que me avergonzaría mencionarlas. Nunca podría decidirme a llevar la vida que Iseut llevó. Tal amor como el suyo era demasiado vil; pues su cuerpo pertenecía a dos, mientras que su corazón era poseído por uno. Así pasó toda su vida, sin negar sus favores a ninguno de los dos. Pero el mío está fijado en un solo objeto, y bajo ninguna circunstancia habrá reparto alguno de mi cuerpo y mi corazón. Nunca mi cuerpo será repartido entre dos accionistas. Quien tiene el corazón tiene el cuerpo también, y puede ordenar a todos los demás que se aparten. Pero no puedo ver claramente cómo puede tener mi cuerpo aquel a quien amo cuando mi padre me entrega a otro, y a su voluntad no me atrevo a resistirme. Y cuando este otro sea señor de mi cuerpo y haga algo que me desagrade, no es correcto que yo llame a otro en mi auxilio. Tampoco puede este hombre casarse con una esposa sin romper su palabra empeñada; pues, a menos que se cometa una injusticia, Cligés ha de tener el imperio tras la muerte de su tío. Pero yo sería bien servida por ti, si fueras tan hábil como para evitar que aquel a quien estoy prometida y comprometida tenga derecho alguno sobre mí. Oh, Nodriza, esfuérzate hasta el fin de que él no rompa la promesa que dio al padre de Cligés, cuando le prometió solemnemente no tomar nunca esposa en matrimonio. Pues ahora, si él se casara conmigo, su promesa sería quebrantada. Pero Cligés me es tan querido que preferiría estar bajo tierra antes que él pierda por mi causa ni un penique de la fortuna que debería ser suya. ¡Que nunca nazca de mí un hijo que cause su desheredación! Nodriza, haz ahora tu mejor esfuerzo, y yo siempre seré tu esclava». Entonces la nodriza le dice y le asegura que lanzará tantos hechizos, y preparará tantas pociones y encantamientos, que ella no necesitará tener preocupación ni miedo alguno respecto al emperador después de que él haya bebido la poción que ella le dará; incluso cuando yazcan juntos y ella esté a su lado, podrá estar tan segura como si hubiera un muro entre ellos. «Pero no te alarmes si, en sueños, él juguetea contigo, pues cuando esté sumido en el sueño tendrá su juego contigo, y estará convencido de que te ha tenido estando bien despierto, ni pensará que todo es un sueño, una ficción o una ilusión. Así, tendrá su juego contigo cuando esté dormido, y pensará que está despierto».
La doncella queda muy complacida y encantada por la bondad y la oferta de ayuda de la nodriza. Su nodriza le infunde una buena esperanza con la promesa que hace, y que se obliga a cumplir; con esta esperanza espera obtener su deseo, a pesar del tedioso retraso, pues si la naturaleza de Cligés es tan noble como ella cree que es, él no puede dejar de sentir compasión por ella cuando sepa que le ama, y que se ha impuesto la virginidad para asegurar su herencia. Así, la doncella cree a su nodriza y deposita plena confianza en ella. Una promete a la otra, y da su palabra, de que esta trama se mantendrá tan secreta que nunca será revelada. En este punto cesa su conversación, y a la mañana siguiente el emperador convoca a su hija. Bajo su mandato ella acude a él. Pero ¿por qué habría de cansarte con detalles? Los dos emperadores han arreglado el asunto de tal manera que el matrimonio es solemnizado, y la alegría reina en el palacio. Pero no deseo detenerme a describir todo esto en detalle. Más bien me dirigiré a Thessala, mientras prepara y templa diligentemente sus pociones.
Thessala prepara su bebida, añadiendo especias en abundancia para endulzarla y templarla. Después de haberla batido y mezclado bien, la cuela hasta dejarla clara, sin sabor acre o amargo, pues las especias que añade le dan una fragancia dulce y agradable. Cuando la poción estuvo preparada, el día había llegado a su fin, las mesas estaban puestas para la cena y los manteles estaban extendidos. Pero Thessala retrasa la cena, porque debe descubrir mediante qué artificio y qué agente puede hacer que se sirva la poción. En la cena, finalmente, todos estaban sentados, y más de seis platos habían sido servidos, y Cligés servía tras el lugar de su tío. Thessala, mientras lo observa, piensa en lo mal que sirve a sus propios intereses, y cómo está ayudando a su propia desheredación, y el pensamiento la atormenta y la preocupa. Entonces, en su bondad, concibe el plan de que la poción sea servida por aquel a quien traerá tanto alegría como honor. Así, Thessala convocó a Cligés; y cuando él hubo acudido a ella, le preguntó por qué lo había enviado a llamar. «Amigo», dijo ella, «deseo presentar al emperador en esta comida una bebida que él estimará mucho, y quiero que no pruebe ninguna otra esta noche, ni en la cena ni cuando vaya a acostarse. Creo que no puede dejar de disfrutarla, pues nunca ha probado una bebida mejor ni una que haya costado tanto. Y te advierto, ten mucho cuidado de no dejar que nadie más beba de ella, pues hay poca cantidad. Y esto también te ruego, que no le hagas saber de dónde vino; sino dile que sucedió por casualidad que la encontraste entre los regalos, y que la probaste tú mismo, y detectaste el aroma de las dulces especias en el aire; entonces, al ver que el vino estaba claro, lo vertiste en su copa. Si por casualidad él preguntara, puedes satisfacerlo con esta respuesta. Pero no tengas sospecha alguna tú mismo, después de lo que he dicho, pues la bebida es pura y saludable, llena de excelentes especias, y creo que algún día puede traerte alegría». Cuando él oyó que le vendría ventaja, tomó la poción y se fue, pues no sabía que hubiera daño alguno en ella. La puso en una copa de cristal ante el emperador, quien la tomó sin cuestionar, confiando en su sobrino. Tras dar un largo trago de la bebida, siente al instante su fuerza, mientras desciende de la cabeza al corazón, y sube de nuevo del corazón a la cabeza, y penetra cada parte de él sin hacerle el menor daño. Y para cuando dejaron las mesas, el emperador había bebido tanto de la agradable bebida que nunca podrá escapar a su influencia. Cada noche dormirá bajo su influencia, y sus efectos serán tales que pensará que está despierto cuando esté profundamente dormido.
Ahora el emperador ha sido engañado. Muchos obispos y abades estuvieron presentes para bendecir y consagrar el lecho nupcial. Cuando llegó el momento de retirarse, el emperador, como era su derecho, yació junto a su esposa aquella noche. «Como era su derecho»; pero la afirmación es inexacta, pues ni la besó ni la acarició, aunque yacieron juntos en una sola cama. Al principio la doncella temblaba de miedo y ansiedad por si la poción no surtía efecto. Pero esta lo ha dominado de tal modo que nunca deseará a ella ni a ninguna otra mujer excepto en sueños. Pero cuando esté dormido tendrá tal juego con ella como uno puede tener en sueños, y pensará que el sueño es real. Sin embargo, ella está en guardia y, al principio, se mantiene alejada de él, para que él no pueda acercarse a ella. Pero ahora él debe necesariamente caer dormido; entonces duerme y sueña, aunque los sentidos están despiertos, y él se esfuerza por ganar los favores de la doncella, mientras ella, dándose cuenta del peligro, defiende su virginidad. Él la corteja y la llama gentilmente su amada, y piensa que la posee, pero en vano. Pero él queda gratificado por esta vana apariencia, abrazando, besando y acariciando algo vacío, viendo y hablando en vano, luchando y esforzándose sin efecto. Sin duda la poción fue efectiva al poseerlo y dominarlo así. Todos sus esfuerzos son de poco provecho, mientras él piensa y está persuadido de que la fortaleza ha sido ganada. Así lo piensa y está convencido, cuando desiste tras sus vanos esfuerzos. Pero ahora puedo decir de una vez por todas que su satisfacción nunca fue más que esto. A tales relaciones con ella estará condenado para siempre si es que puede llevarla a su propia tierra; pero antes de que pueda llevarla a un lugar seguro, juzgo que le esperan problemas. Pues mientras él está en su viaje de regreso, el duque, con quien su novia había sido prometida, aparecerá en escena. El duque reunió una fuerza numerosa y fortificó las fronteras, mientras que en la corte tenía sus espías para informarle cada día de los hechos y preparativos del emperador, y cuánto tiempo van a quedarse, y por qué ruta pretenden regresar. El emperador no tardó mucho después del matrimonio, sino que partió de Colonia con gran entusiasmo. El emperador alemán lo escoltó con una numerosa compañía, temiendo y recelando la fuerza del Duque de Sajonia.
Los dos emperadores continuaron su viaje hasta que estuvieron más allá de Ratisbona, donde una tarde acamparon en un prado junto al Danubio. Los griegos estaban en sus tiendas en los campos colindantes con la Selva Negra. Frente a ellos estaban alojados los sajones, espiándolos. El sobrino del duque permanecía solo sobre una colina, desde donde podía reconocer el terreno en busca de una oportunidad para infligir alguna pérdida o daño al enemigo. Desde aquel punto ventajoso espió a Cligés con tres de sus jóvenes hombres jugueteando con lanzas y escudos, ansiosos por un conflicto y el choque de las armas. Si pudiera encontrar la oportunidad, el sobrino del duque atacaría encantado a los griegos y les haría daño. Partiendo con cinco compañeros, los escondió en un valle cercano a un bosque, de modo que los griegos nunca los vieron hasta que emergieron del valle; entonces el sobrino del duque lanzó un ataque y, golpeando a Cligés, lo hirió levemente en la espalda. Cligés, inclinándose, evita la lanza que pasó junto a él, infligiéndole solo una ligera herida.
Cuando Cligés se sintió herido, cargó contra el joven y lo golpeó con tal fuerza que atravesó su corazón con la lanza y lo dejó muerto. Entonces todos los sajones, temerosos de él, emprendieron la huida a través de los bosques. Y Cligés, ignorante de la emboscada, dejando valiente pero imprudentemente atrás a sus compañeros, los persigue hasta el lugar donde las tropas del duque estaban en fuerza preparándose para atacar a los griegos. Solo va en ardiente persecución de los jóvenes, quienes, desesperados por su señor a quien habían perdido, corren hacia el duque y le cuentan llorando la muerte de su sobrino. El duque no vio gracia alguna en este asunto; y, jurando por Dios y todos Sus santos que no tendrá alegría ni orgullo en la vida mientras viva el asesino de su sobrino, añade que quien le traiga su cabeza será su amigo y le servirá bien. Entonces un caballero se jactó de que, si puede encontrar al hombre culpable, le presentará la cabeza de Cligés. Cligés sigue a los jóvenes hasta que cae entre los sajones, cuando es visto por aquel que se había comprometido a llevarse su cabeza, y que comienza a perseguirlo sin demora. Pero Cligés, con gran prisa, había dado media vuelta para escapar de sus enemigos y llegó a donde había dejado a sus compañeros; no encontró a nadie allí, pues habían regresado al campamento para relatar su aventura. Y el emperador ordenó montar a caballo a los griegos y alemanes en una sola banda. Pronto, por todo el campamento, los caballeros se arman y montan. Mientras tanto, Cligés es perseguido intensamente por su enemigo, armado y con el casco cerrado. Cligés, que nunca quiso ser contado entre los cobardes y los de corazón pusilánime, nota que viene solo. Primero, el caballero lo desafió, llamándolo «compañero», incapaz de ocultar su rabia: «Joven», gritó, «me dejarás aquí una prenda por mi señor a quien has matado. Si no me llevo tu cabeza conmigo, no valgo ni un besante falso. Debo hacer de ella un regalo al duque, y no aceptaré otro rescate. A cambio de su sobrino, haré tal restitución que él se beneficiará del intercambio». Cligés lo oye reprochándole así con audacia y descaro. «Vasallo», dice, «¡mantente en guardia! Pues defenderé mi cabeza, y no la obtendrás sin mi permiso». Entonces comienza el ataque. El otro falló su golpe, mientras que Cligés lo golpeó con tal fuerza que caballo y caballero cayeron juntos en un montón. El caballo cayó sobre él tan pesadamente que le destrozó por completo una de las piernas. Cligés desmontó sobre la hierba y lo desarmó. Cuando lo hubo desarmado, se apropió de sus armas y cortó la cabeza de su enemigo con la espada que acababa de ser suya. Tras separar su cabeza, la fijó firmemente en la punta de su lanza, pensando ofrecérsela al duque, a quien su sobrino había prometido presentar la suya propia si podía encontrarse con él en la contienda. Cligés no había terminado de ponerse el casco del hombre muerto, tomar su escudo y montar su corcel, dejando el suyo vagar libre para aterrorizar a los griegos, cuando vio avanzar, con más de cien estandartes al viento, varios escuadrones completos de griegos y alemanes. Ahora las feroces y crueles luchas pronto comenzarán entre los sajones y los griegos. Tan pronto como Cligés ve a los suyos avanzando, se dirige hacia los sajones, siendo perseguido intensamente por sus propios hombres, que no lo reconocen en su disfraz. No es de extrañar que su tío esté desesperado y temeroso cuando ve la cabeza que él está llevando. Así que todo el ejército lo persigue velozmente, mientras Cligés los guía para provocar una pelea, hasta que los sajones ven que se acerca. Pero ellos también son completamente engañados por las armas con las que se ha armado y equipado. Logra engañarlos y burlarse de ellos; pues el duque y todos los demás, cuando lo vieron acercarse con la lanza en ristre, gritaron: «¡Aquí viene nuestro caballero! En la punta de su lanza lleva la cabeza de Cligés, ¡y los griegos lo están persiguiendo intensamente!». Entonces, mientras sueltan las riendas de sus caballos, Cligés espolea para encontrarse con los sajones, agachado bajo su escudo, la lanza recta con la cabeza fijada. Ahora, aunque era más valiente que un león, no era más fuerte que cualquier otro hombre. Ambas partes piensan que él está muerto, y mientras los sajones se regocijan, los griegos y alemanes se afligen. Pero antes de mucho la verdad saldrá a la luz. Pues Cligés ya no guardó silencio; sino que, arremetiendo ferozmente contra un sajón, lo golpeó con su lanza de fresno en la cabeza y en el pecho, de modo que le hizo perder los estribos, y al mismo tiempo gritó en voz alta: «¡Atacad, caballeros, pues soy Cligés a quien buscáis! ¡Vamos, mis audaces y valientes caballeros! ¡Que nadie se contenga, pues la primera justa ya está ganada! Es un cobarde quien no disfruta de tal plato».
La alegría del emperador fue inmensa al escuchar la voz de su sobrino Cligés, quien los llamaba y exhortaba; sintió un gran placer y alivio. Pero el duque se siente ahora muy mortificado al ver que ha sido traicionado, a menos que sus fuerzas resulten ser las más poderosas. Mientras él reúne a sus tropas en filas apretadas, los griegos hacen lo propio y, estrechándolos, arremeten y se lanzan contra ellos. Por ambas partes se bajan las lanzas al encontrarse para la debida recepción de un ejército enemigo. En el primer choque, los escudos son atravesados y las lanzas hechas añicos, se cortan las cinchas y se rompen los estribos, mientras los caballos de quienes caen a tierra quedan sin jinete. Pero sin importar lo que haga cualquier otro, Cligés y el duque se encuentran en la refriega; manteniendo sus lanzas bajas, se golpean el uno al otro en el escudo con tal violencia que las lanzas, fuertes y bien hechas, vuelan en astillas. Cligés era hábil a caballo y permanece erguido en su silla sin tambalearse ni perder el equilibrio. Pero el duque ha perdido su asiento y, a su pesar, abandona los arzones. Cligés luchó y se esforzó por capturarlo y llevárselo, pero sus fuerzas no fueron suficientes, pues los sajones estaban alrededor luchando para rescatarlo. Sin embargo, Cligés escapa del conflicto sin recibir daño y con un valioso premio; pues se marcha con el corcel del duque, que era más blanco que la lana y valía para un caballero más que la fortuna de Octaviano en Roma. El corcel era árabe. Los griegos y los germanos se llenan de alegría al ver a Cligés sobre tal montura, pues ya habían notado la excelencia y belleza del corcel árabe. Pero no estaban prevenidos contra una emboscada; y antes de que se den cuenta, se causará un gran daño.
Un espía vino al duque, trayéndole noticias bienvenidas. «Duque», dice el espía, «no queda un hombre en todo el campamento de los griegos que sea capaz de defenderse. Si quieres tomar mi palabra, ahora es el momento de hacer capturar a la hija del emperador, mientras los griegos se ven absortos en la batalla y la contienda. Préstame cien de tus caballeros y pondré a la dama en sus manos. Por un camino viejo y recóndito los guiaré con tanto cuidado que no serán vistos ni encontrados por ningún hombre de Germania, hasta que puedan apoderarse de la doncella en su tienda y llevársela tan hábilmente que no se opondrá resistencia alguna». Con esto, el duque queda muy complacido. Envió a cien y más caballeros experimentados con el espía, quien los condujo tan exitosamente que se llevaron a la doncella cautiva sin ejercer fuerza alguna; pues pudieron secuestrarla fácilmente. Después de alejarla un poco de las tiendas, la envían escoltada por doce de los suyos, a quienes acompañan solo por un corto trecho. Mientras los doce guiaban a la doncella, los otros fueron a decirle al duque lo exitosos que habían sido. Satisfecho ahora el deseo del duque, inmediatamente hace una tregua con los griegos hasta el día siguiente. La tregua fue jurada por ambas partes. Los hombres del duque se retiraron entonces, mientras los griegos, sin demora, se dirigieron cada cual a su propia tienda. Pero Cligés se queda atrás solo, apostado sobre una pequeña colina donde nadie lo vio, hasta que vio pasar a los doce con ella, a quien llevaban a toda velocidad. Cligés, en su sed de gloria, cabalga hacia ellos sin demora; pues piensa para sí, y su corazón le dice, que no es por nada que huyen. Así, tan pronto como los divisó, los siguió al galope; y cuando lo vieron venir, les sobrevino un pensamiento insensato: «Es el duque», dijeron, «quien viene. Refrenemos un poco; pues ha dejado a las tropas y cabalga tras nosotros solo». Todos piensan que así es. Todos quieren volverse para recibirlo, pero cada uno desea ir solo. Mientras tanto, Cligés debe descender un profundo valle entre dos montañas. Nunca habría reconocido sus blasones si no hubieran venido a su encuentro o si no lo hubieran esperado. Seis de los doce salen a su encuentro en un enfrentamiento que pronto lamentarán. Los otros seis se quedan con la doncella, llevándola suavemente al paso y con trote ligero. Y los seis cabalgan rápidamente, espoleando valle arriba, hasta que aquel que tenía el caballo más veloz llegó primero a él y gritó en voz alta: «¡Salve, Duque de Sajonia! ¡Que Dios te bendiga! Duque, hemos recuperado a tu dama. Los griegos no la tendrán ahora, pues será puesta en tus manos». Cuando Cligés escuchó las palabras que este individuo gritaba, su corazón no se alegró; más bien le resulta extraño no perder la razón. Nunca ninguna bestia salvaje —leopardo, tigre o león— al ver a sus crías capturadas, fue tan feroz y furiosa como Cligés, quien no valora su vida si abandona a su amada ahora. Preferiría morir antes que no recuperarla. En su aflicción siente una gran ira, que le da el valor que requiere. Insta y espolea al corcel árabe, y se lanza a dar al sajón tal golpe sobre su escudo pintado que, sin exagerar, le hace sentir la lanza en el corazón. Esto le da confianza a Cligés. Impulsó y espoleó al corcel árabe durante más de la extensión de un acre antes de toparse con el siguiente sajón, pues venían de uno en uno, sin temor cada cual a la suerte de su predecesor, pues Cligés lucha con ellos uno a uno. Como los toma así individualmente, nadie recibe la ayuda de otro. Se lanza contra el segundo, quien, como el primero, pensó darle alegría contándole su propia mala suerte. Pero Cligés no tiene interés en atender su charla y vana elocuencia. Hundiendo su lanza en su cuerpo de modo que la sangre brota al ser retirada, le priva de la vida y del don de la palabra. Tras estos dos se encuentra con el tercero, quien espera hallarlo de buen humor y hacerlo regocijar por su propia desventura. Espoleando con entusiasmo, se acercó a él; pero antes de que tuviera tiempo de decir una palabra, Cligés le atravesó una braza de su lanza por el medio del cuerpo, dejándolo sin sentido en el suelo. Al cuarto le da tal golpe que lo deja desmayado en el campo. Después del cuarto va a por el quinto, y tras él ataca al sexto. Ninguno de ellos pudo defenderse, sino que cada uno quedó silencioso y mudo. Ya sentía menos miedo de los otros y los siguió con más audacia, sin pensar más en los seis hombres muertos.
Sin sentir ya ninguna preocupación por ellos, comienza a presentar una deuda de vergüenza y dolor a los otros que se llevan a la doncella. Los alcanzó e hizo una acometida contra ellos como la que hace un lobo hambriento y voraz cuando salta sobre su presa. Ahora siente que su suerte ha llegado, cuando puede mostrar su caballería y valentía abiertamente ante ella, que es su propia vida. ¡Que muera ahora, si no la rescata! Y ella también está a las puertas de la muerte por la ansiedad que siente por él, aunque no sabe que él está tan cerca. Con la lanza en ristre, Cligés realizó un ataque que le complació mucho; pues golpeó primero a un sajón y luego a otro, de modo que con una sola embestida los derribó a ambos, aunque le costó su lanza de fresno. Y ambos caen en tal angustia, estando heridos en el cuerpo, que no tienen poder para levantarse de nuevo y hacerle daño o mal alguno. Los otros cuatro, con amarga rabia, se unen en un ataque contra Cligés; pero él no se amilana ni tiembla, y ellos son incapaces de desmontarlo de su asiento. Desenvainando rápidamente su afilada espada de su vaina, para complacer a aquella que espera su amor, cabalgó con fuerza hacia un sajón y, golpeándolo con su hoja afilada, le cercenó la cabeza y la mitad del cuello del cuerpo: tal fue el límite de su piedad. Fenice, que presencia lo que ocurre, aún no sabe que es Cligés. Desea que lo sea, en efecto, pero debido al peligro presente se dice a sí misma que no lo querría allí. Así, por partida doble muestra la devoción de una amada, temiendo a la vez su muerte y deseando que el honor sea suyo. Y Cligés, espada en mano, ataca a los otros tres, quienes se le enfrentan valientemente y perforan y parten su escudo. Pero son incapaces de ponerle las manos encima o de atravesar las mallas de su cota de malla. Y todo lo que Cligés alcanza no puede resistir su golpe, sino que debe ser partido y desgarrado; pues gira más rápido que una peonza impulsada y azotada por el látigo. La audacia y el amor, que lo tiene cautivado, lo hacen ansioso por la lucha. Presionó a los sajones tan fuerte que los dejó a todos muertos y derrotados, algunos solo heridos y otros muertos, excepto uno a quien dejó escapar, desdeñando matarlo cuando quedó solo a su merced; además, deseaba que le contara al duque la pérdida y el daño que había sufrido. Pero antes de que este individuo dejara a Cligés, le rogó que le dijera su nombre, lo cual repitió más tarde al duque, despertando así su amarga ira.
Ahora la mala suerte había caído sobre el duque, quien estaba en gran angustia y dolor. Y Cligés trae de vuelta a Fenice, cuyo amor lo atormenta y lo perturba. Si no se confiesa ante ella ahora, el amor será por mucho tiempo su enemigo, y el de ella también, si guarda silencio y no dice la palabra que le traerá alegría; pues ahora cada uno puede contar al otro en privado los pensamientos que yacen dentro del corazón. Pero temen tanto ser rechazados que no se atreven a revelar sus corazones. Por su parte, él teme que ella no acepte su amor, mientras que ella también habría hablado si no hubiera temido ser rechazada. A pesar de esto, los ojos de cada uno revelan el pensamiento oculto, si tan solo hubieran prestado atención a esta evidencia. Conversan por la mirada de sus ojos, pero sus lenguas son tan cobardes que no se atreven a hablar en modo alguno del amor que los posee. No es de extrañar si ella duda en comenzar, pues una doncella debe ser una criatura sencilla y retraída; pero él, ¿por qué espera y se contiene si fue tan audaz por ella hace un momento, pero ahora en su presencia es cobarde? ¡Dios! ¿De dónde viene este miedo, que deba encogerse ante una muchacha solitaria, débil y tímida, sencilla y apacible? Es como si viera al perro huir ante la liebre, y al pez perseguir al castor, al cordero al lobo, y a la paloma al águila. De la misma manera, el labrador abandonaría su pico con el que se esfuerza por ganarse el sustento, y el halcón huiría del pato, y el gerifalte de la garza, y el lucio del pececillo, y el ciervo perseguiría al león, y todo estaría al revés. Ahora siento dentro de mí el deseo de dar alguna razón de por qué sucede a los verdaderos amantes que pierden el sentido y la audacia para decir lo que tienen en mente cuando tienen tiempo, lugar y ocasión.
Vosotros que estáis interesados en el arte del Amor, que mantenéis fielmente las costumbres y el uso de su corte, que nunca dejasteis de obedecer su ley, cualquiera que fuera el resultado, decidme si hay algo que complazca debido al amor sin hacernos temblar y palidecer. Si alguien se me opone en esto, puedo refutar inmediatamente su argumento; pues quien no palidece y tiembla, quien no pierde los sentidos y la memoria, está intentando robar y conseguir a escondidas lo que por derecho no le pertenece. El sirviente que no teme a su amo no debería permanecer a su servicio ni realizar su trabajo. Quien no estima a su señor no lo teme, y quien no lo estima no lo tiene por querido, sino que más bien intenta engañarlo y robarle lo que es suyo. El sirviente debería temblar de miedo cuando su amo lo llama o lo convoca. Y quien se entrega al Amor lo reconoce como su señor y maestro, y está obligado a hacerle reverencia, temerle mucho y honrarlo, si desea ser contado en su corte. El amor sin alarma o miedo es como un fuego sin llama o calor, día sin sol, panal sin miel, verano sin flores, invierno sin escarcha, cielo sin luna y libro sin letras. Tal es mi argumento en refutación, pues donde el miedo está ausente el amor no debe ser mencionado. Quien quiera amar debe sentir miedo, pues de lo contrario no puede estar enamorado. Pero que tema solo a aquella a quien ama, y por su causa sea valiente contra todos los demás. Entonces, si siente temor de su dama, Cligés no es culpable de nada malo. Aun así, no habría dejado de hablar inmediatamente con ella de amor, cualquiera que hubiera sido el resultado, de no haber sido porque ella era la esposa de su tío. Esto causa la supuración de su herida, y lo atormenta y le duele más porque no se atreve a pronunciar lo que desea decir.
Así regresan a su gente, y si hablan de algo, no es nada de gran importancia. Cada uno sentado en un caballo blanco, cabalgaron rápidamente hacia el campamento, que estaba sumido en gran dolor. Todo el ejército está fuera de sí por la tristeza, pero están totalmente equivocados al suponer que Cligés ha muerto: de ahí su amargo y punzante dolor. Y por Fenice también están consternados, pensando que nunca la volverán a recuperar. Así, por ella y por él, todo el ejército está en gran angustia. Pero pronto, tras su regreso, todo el asunto cambiará de aspecto; pues ahora han llegado de nuevo al campamento y han cambiado rápidamente el dolor por alegría. La alegría regresa y la tristeza huye. Todas las tropas se reúnen y salen a recibirlos. Los dos emperadores, al escuchar el informe sobre Cligés y la doncella, van a su encuentro con corazones alegres, y cada uno apenas puede esperar a escuchar cómo Cligés encontró y recuperó a la emperatriz. Cligés se lo cuenta, y mientras escuchan, se asombran y ensalzan su coraje y devoción. Pero, por su parte, el duque está furioso, jurando y proclamando su determinación de luchar contra Cligés, si se atreve, en combate singular; y se acordará que si Cligés gana la batalla, el emperador procederá sin ser desafiado y se llevará libremente a la doncella con él, y si él matara o derrotara a Cligés, quien le había hecho tal daño, entonces que no haya tregua o demora que impida a cada parte hacer lo mejor que pueda. Esto es lo que el duque desea, y mediante un intérprete suyo, que conocía tanto la lengua griega como la alemana, anuncia a los dos emperadores su deseo de arreglar así la batalla.
El mensajero entregó su mensaje tan bien en ambos idiomas que todos pudieron entenderlo. Todo el ejército estaba en alboroto, diciendo que Dios no permita que Cligés se involucre jamás en la batalla. Ambos emperadores están asustados, pero Cligés se arroja a sus pies y les ruega que no se aflijan, pero si alguna vez les hizo algún favor, les ruega que le concedan esta batalla como recompensa y galardón. Y si se le negara el derecho a luchar, entonces nunca más servirá por un solo día a la causa y al honor de su tío. El emperador, que amaba a su sobrino como debía, lo levantó de la mano y dijo: «Buen sobrino, estoy profundamente apenado al saber que estás tan ansioso por luchar; pues después de la alegría, cabe esperar tristeza. Me has hecho feliz, no puedo negarlo; pero es difícil para mí ceder en este punto y enviarte a esta batalla, cuando te veo aún tan joven. Y sin embargo sé que estás tan seguro de ti mismo que no me atrevo a negarte jamás nada que elijas pedirme. Ten por seguro que, solo por complacerte, debería hacerse; pero si mi petición tiene algún poder, nunca asumirías esta tarea». «Mi señor, no hay necesidad de más palabras», dijo Cligés; «¡que Dios me maldiga si aceptara el mundo entero y me perdiera esta batalla! No sé por qué debería pedirle ninguna postergación o largo retraso». El emperador llora de piedad, mientras Cligés derrama lágrimas de alegría cuando se le concede el permiso para luchar. Muchas lágrimas se derramaron ese día, y no se pidió tregua ni retraso. Antes de la hora de prima, por el propio mensajero del duque, el desafío a batalla le fue devuelto aceptado tal como él lo había propuesto.
El duque, que piensa y confía plenamente en que Cligés será incapaz de evitar la muerte y la derrota a sus manos, se hace armar rápidamente. Cligés, que está ansioso por la pelea, no siente preocupación sobre cómo se defenderá. Pide al emperador sus armas y desea que lo arme caballero. Así, el emperador le entrega generosamente sus armas, y él las toma, sintiendo su corazón ansioso por la batalla que anticipa con alegría y entusiasmo. No se pierde tiempo en armarlo. Y cuando estuvo armado de pies a cabeza, el emperador, lleno de dolor, ciñe la espada a su costado. Así, Cligés, completamente armado, monta su corcel árabe blanco; de su cuello cuelga por las correas un escudo de marfil, tal que nunca se romperá ni se partirá; y sobre él no había color ni diseño. Toda su armadura era blanca, y el corcel, y el arnés también, todo era más blanco que cualquier nieve.
Cligés y el duque, ya armados, se convocan para encontrarse a medio camino, y estipulan que sus hombres tomen posición a ambos lados, pero sin sus espadas y lanzas, bajo juramento y promesa de que ningún hombre será tan temerario, mientras dure la batalla, como para atreverse a moverse por ninguna razón, como tampoco se atrevería a arrancarse su propio ojo. Cuando esto hubo sido acordado, se encontraron, cada uno ansiando ardientemente la gloria que espera ganar y la alegría de la victoria. Pero antes de que se diera un solo golpe, la emperatriz se hace llevar allí, solícita por el destino de Cligés. Le parece que si él muere, ella también debe hacerlo. Ningún consuelo puede servir para evitar que ella lo acompañe en la muerte, pues, sin él, la vida no tiene alegrías para ella. Cuando todos estuvieron reunidos en el campo —altos y bajos, jóvenes y viejos— y los guardias hubieron tomado su lugar, entonces ambos tomaron sus lanzas y se lanzaron tan salvajemente que ambos rompieron sus lanzas y cayeron al suelo, incapaces de mantener sus sillas. Pero no estando heridos, se levantan rápidamente sobre sus pies y se atacan el uno al otro sin demora. Sobre sus resonantes yelmos tocan tal melodía con las espadas que a quienes están mirando les parece que los yelmos están en llamas y envían chispas. Y cuando las espadas rebotan en el aire, chispas brillantes vuelan de ellas como de un trozo de hierro humeante que el herrero golpea sobre su yunque después de sacarlo de la forja. Ambos vasallos son generosos al repartir golpes en gran cantidad, y cada uno tiene la mejor de las intenciones de devolver rápidamente lo que toma prestado; ninguno se contiene de pagar puntualmente capital e intereses, sin contabilidad y sin medida. Pero el duque está muy mortificado por la ira y el desconcierto cuando no logra derrotar y matar a Cligés en el primer asalto. Tal golpe, maravillosamente grande y poderoso, le da que cae a sus pies sobre su rodilla.
Cuando este golpe derribó a Cligés, el emperador fue presa del miedo, y no se habría sentido más consternado si él mismo hubiera estado bajo el escudo. Tampoco pudo Fenice, en su temor, contenerse por más tiempo, fuera cual fuese el efecto, de gritar: "¡Dios le ayude!", tan fuerte como pudo. Pero esa fue la única palabra que pronunció, pues de inmediato le falló la voz, y cayó hacia adelante sobre su rostro, que resultó algo herido por la caída. Dos nobles de alto rango la levantaron y la sostuvieron sobre sus pies hasta que recuperó el sentido. Pero a pesar de su semblante, nadie que la viera adivinó por qué se había desmayado. Ninguno allí la culpó, sino que, por el contrario, la alabaron por su acto, pues cada uno supone que ella habría hecho lo mismo por él, si hubiera estado en el lugar de Cligés, pero en todo esto andan muy desencaminados. Cligés oyó, y comprendió bien, el sonido del grito de Fenice. Su voz le devolvió la fuerza y el coraje, pues saltó rápidamente y se dirigió con furia hacia el duque, acometiéndolo y atacándolo de tal manera que el duque, a su vez, quedó ahora consternado. Pues ahora lo encontró más feroz para la contienda, más fuerte, más ágil y enérgico que cuando se enfrentaron por primera vez. Y porque temía su acometida, gritó: "Joven, así me ayude Dios, veo que eres valiente y muy audaz. Si no fuera por mi sobrino ahora, a quien nunca olvidaré, con gusto haría las paces contigo y dejaría tu disputa sin intervenir más en ella".
"Duque", dice Cligés, "¿cuál es vuestro deseo ahora? ¿Acaso uno no debe renunciar a su derecho cuando es incapaz de recuperarlo? Cuando se deben afrontar dos males, uno debe elegir el menor. Vuestro sobrino no fue sabio al enredarse con ira conmigo. Podéis estar seguro de que os trataré de igual modo, si tengo la oportunidad, a menos que estéis de acuerdo con mis condiciones de paz". El duque, a quien le parece que el vigor de Cligés crece constantemente, piensa que es mejor desistir en mitad de la carrera antes de quedar totalmente arruinado. No obstante, no se rinde abiertamente, sino que dice: "Joven, veo que eres hábil y alerta y que no careces de valor. Pero aún eres demasiado joven; por tanto, me siento seguro de que si te derroto y te mato no ganaré alabanza ni fama, y nunca me gustaría confesar ante un hombre de honor que he luchado contigo, pues solo te haría honor a ti y ganaría vergüenza para mí. Pero si eres consciente del valor del honor, siempre será una cosa gloriosa para ti haberme resistido durante dos asaltos de armas. Así que ahora mi corazón y mi sentimiento me piden dejar que te salgas con la tuya y no luchar más contigo". "Duque", dice Cligés, "eso no servirá. Ante todos debéis repetir esas palabras, pues nunca se dirá ni se pregonará que me dejasteis ir y tuvisteis piedad de mí. Ante todos aquellos que están reunidos aquí, debéis repetir vuestras palabras, si queréis reconciliaros conmigo". Así que el duque repite sus palabras ante todos. Entonces hacen las paces y se reconcilian. Pero sea como sea que se considere el asunto, Cligés tuvo todo el honor y la gloria de ello, y los griegos quedaron muy complacidos. Por su parte, los sajones no podían reír, habiendo visto todos claramente que su señor estaba agotado y exhausto en ese momento; pero no hay duda alguna de que, si hubiera podido ayudarse a sí mismo, esta paz nunca se habría hecho, y que el alma de Cligés habría sido arrancada de su cuerpo si hubiera resultado posible. El duque regresa a Sajonia apenado, abatido y lleno de vergüenza; pues de sus hombres no hay ni siquiera dos que no lo consideren vencido, derrotado y deshonrado. Los sajones con toda su vergüenza han regresado ahora a Sajonia, mientras que los griegos, sin demora, se dirigen con alegría y regocijo hacia Constantinopla, pues Cligés, por su destreza, les ha abierto el camino. El emperador de Alemania ya no los sigue ni los escolta. Despidiéndose de las tropas griegas, de su hija y de Cligés, y finalmente del emperador, se quedó en Alemania. Y el emperador de los griegos se marcha feliz y con ánimo gozoso. Cligés, valiente y cortés, recuerda el mandato de su padre. Si su tío, el emperador, le da su permiso, irá a pedirle licencia para regresar a Bretaña y allí conversar con su tío abuelo, el Rey; pues tiene el deseo de verlo y conocerlo. Así que se presenta ante el emperador y solicita que consienta en dejarlo ir a Bretaña para ver a su tío y a sus amigos. Amablemente presentó su petición. Pero su tío se negó, cuando hubo escuchado la solicitud que hizo. "Buen sobrino", dijo, "no es mi voluntad que desees abandonarme. Nunca te daré sin pesar este permiso para irte. Pues es mi placer y deseo que seas mi compañero y señor, conmigo, de todo mi imperio".
Ahora Cligés oye algo que no le conviene cuando su tío rechaza la oración y la solicitud que hizo. "Buen señor", dijo, "no soy lo suficientemente valiente y sabio, ni sería adecuado para mí unirme a vos ni a nadie más en el deber de gobernar este imperio; soy demasiado joven e inexperto. Ponen el oro a prueba cuando desean saber si es fino. Y así es mi deseo, en resumen, tratar de probarme a mí mismo, dondequiera que pueda encontrar la prueba. En Bretaña, si soy valiente, puedo aplicarme a la piedra de afilar y a la verdadera prueba, por la cual mi destreza será probada. En Bretaña están los caballeros a quienes el honor y la destreza distinguen. Y quien desea ganar honor debe asociarse con ellos, pues el honor es ganado y obtenido por quien se asocia con caballeros. Y así os pido permiso para irme, y podéis estar muy seguro de que si no me otorgáis el favor y me enviáis allí, me iré sin vuestro permiso". "Buen sobrino, te daré permiso, viendo que estás tan dispuesto que no puedo detenerte ni por la fuerza ni por mis ruegos. Ahora, puesto que los ruegos, la prohibición y la fuerza no sirven, que Dios te dé el deseo y la inclinación de regresar pronto. Deseo que lleves contigo más de una fanega de oro y plata, y te daré para tu placer los caballos que elijas". No había terminado de hablar cuando Cligés se inclinó ante él. Todo lo que el emperador mencionó y le prometió fue traído de inmediato al lugar.
Cligés tomó todo el dinero y los compañeros que deseaba y necesitaba. Para su uso personal tomó cuatro caballos de diferentes colores: uno blanco, uno alazán, uno bayo y uno negro. Pero debo haber pasado por alto algo que no es propio omitir. Cligés va a pedir y obtener permiso para partir de su amada Fenice; pues desea encomendarla a la protección de Dios. Al llegar ante ella, se arroja sobre sus rodillas, llorando tan amargamente que las lágrimas humedecen su túnica y su armiño, mientras mantiene los ojos en el suelo; pues no se atreve a levantar la vista hacia ella, como si fuera culpable de algún crimen y fechoría hacia ella, por lo cual parece superado por la vergüenza. Y Fenice, que tímida y temerosa lo mira, no sabe el motivo de su venida y le habla con dificultad. "¡Levántate, amigo y buen señor! Siéntate aquí a mi lado, y no llores más, y dime cuál es tu deseo". "Señora, ¿qué diré, y qué dejaré sin decir? Vengo a pediros permiso". "¿Permiso? ¿Para hacer qué?". "Señora, debo partir hacia Bretaña". "Entonces dime cuál es tu asunto, antes de que te dé permiso para irte". "Señora, mi padre, antes de que partiera de esta vida y muriera, me rogó que no dejara de ir a Bretaña tan pronto como fuera hecho caballero. No desearía por ninguna razón desatender su mandato. No debo flaquear hasta haber cumplido el viaje. Es un largo camino desde aquí hasta Grecia, y si tuviera que ir allí, el viaje sería demasiado largo desde Constantinopla a Bretaña. Pero es justo que pida permiso a vos, a quien pertenezco por completo". Muchos suspiros y sollozos ocultos marcaron la separación. Pero los ojos de nadie eran lo suficientemente agudos, ni los oídos de nadie lo suficientemente atentos, para aprender de lo que vio y oyó que hubiera amor entre estos dos. Cligés, a pesar del dolor que sentía, se despidió a la primera oportunidad. Está lleno de pensamientos mientras se aleja, y también lo están el emperador y muchos otros que se quedan atrás. Pero más que todos los demás, Fenice está pensativa: no encuentra fondo ni límite a las reflexiones que la ocupan, tan abundantemente se multiplican sus cuidados. Todavía estaba oprimida por el pensamiento cuando llegó a Grecia. Allí era honrada con gran distinción como señora y emperatriz; pero su corazón y su mente pertenecen a Cligés, dondequiera que él vaya, y ella desea que su corazón nunca regrese a ella, a menos que sea traído de vuelta por él, quien perece de la misma enfermedad con la que la ha herido. Si él sanara, ella también se recuperaría, pero él nunca será su víctima sin que ella lo sea también. Su problema aparece en su color pálido y cambiado; pues el color fresco, claro y radiante que la Naturaleza le había dado es ahora un extraño a su rostro. A menudo llora y a menudo suspira. Poco le importan su imperio y las riquezas que son suyas. Ella siempre guarda en su recuerdo la hora en que Cligés se fue, y la despedida que tomó de ella, cómo cambió de color y se puso pálido, y cuán llorosa era su expresión, pues vino a llorar en su presencia humilde y sencillamente sobre sus rodillas, como si estuviera obligado a adorarla. Todo esto es dulce y agradable para ella recordar y pensar. Y después, como un pequeño regalo, toma en su lengua en lugar de especias una dulce palabra que por toda Grecia no desearía que él hubiera usado contrariamente al sentido que ella había entendido cuando él la pronunció por primera vez; pues ella no vive de otro manjar, y no hay nada más que le plazca. Esta palabra sola la sostiene y la nutre, y calma todo su dolor. No le importa comer ni beber otro plato o bebida, pues cuando los dos amantes se separaron, Cligés había dicho que él era "enteramente suyo". Esta palabra es tan dulce y sabe tan bien que desde la lengua agita su corazón, y ella la toma en su boca y en su corazón para estar mucho más segura de ella. Bajo cualquier otro candado no se atrevería a guardar este tesoro. En ninguna parte podría estar alojado tan bien como en su propio seno. Nunca lo dejará expuesto a ningún precio, estando con tal miedo a los ladrones y saqueadores. Pero no hay fundamento para su ansiedad, y no debe temer a las aves de rapiña, pues su tesoro no es movible, sino que es más bien como una casa que no puede ser destruida por el fuego o la inundación, sino que siempre permanecerá fija en un solo lugar. Pero ella no siente confianza en el asunto, así que se preocupa y se esfuerza por encontrar y mantener algún terreno sobre el cual sostenerse, interpretando la situación de diversas maneras. Ella tanto se opone como defiende su posición, y se involucra en el siguiente argumento: "¿Con qué intención diría Cligés 'soy enteramente tuyo' a menos que fuera el amor lo que lo impulsara? ¿Qué poder puedo tener sobre él para que me estime tanto como para hacerme la dueña de su corazón? ¿No es él más hermoso que yo, y de mayor rango que yo? No veo en ello nada más que amor, que podría otorgarme tal favor. Yo, que no puedo escapar de su poder, probaré por mi propio caso que a menos que él me amara, nunca diría que era mío; a menos que el amor lo mantenga en sus redes, Cligés nunca podría decir que era mío más de lo que yo podría decir que era enteramente suyo a menos que el amor me hubiera puesto en sus manos. Pues si él no me ama, al menos no me teme. Espero que el amor que me da a él, a cambio me dé a él a mí. Pero ahora estoy muy consternada porque es una palabra tan trillada, y simplemente puedo estar siendo engañada, pues muchos hay que en términos halagadores dirán incluso a un total extraño: 'yo y todo lo que tengo es vuestro', y son más charlatanes ociosos que las urracas. Así que no sé qué pensar, pues bien podría resultar que lo dijo solo para halagarme. Sin embargo, vi su color cambiar, y lo vi llorando lastimosamente. A mi juicio, las lágrimas y su rostro confundido y pálido no fueron producidos por traición, ni fueron frutos de un engaño. Esos ojos de los que vi rodar las lágrimas no eran culpables de falsedad. Vi suficientes signos de amor, si sé algo al respecto. Sí, en una mala hora pensé en el amor; ay de mí que alguna vez lo aprendí, pues la experiencia ha sido amarga. ¿Lo ha sido, de hecho? Sí, verdaderamente. Estoy muerta cuando no puedo ver a quien ha robado mi corazón con su adulación seductora, debido a lo cual mi corazón abandona su morada y no quiere permanecer conmigo, odiando mi hogar y mi establecimiento. En verdad he sido maltratada por quien tiene mi corazón bajo su custodia. Quien me roba y toma lo que es mío no puede amarme, de eso estoy segura. ¿Pero estoy segura? ¿Por qué entonces lloró? ¿Por qué? No fue en vano, pues hubo causa suficiente. No debo asumir que yo fui la causa de ello, pues uno siempre es reacio a dejar a las personas a quienes ama y conoce. Así que no es extraño si él estaba apenado y afligido y si lloró cuando dejó a alguien a quien conocía. Pero quien le dio este consejo de ir a vivir a Bretaña no podría haberme herido más eficazmente. Está herido hasta lo más profundo quien pierde su corazón. Quien lo merece debería ser tratado mal; pero nunca he merecido tal trato. Ay, infeliz, ¿por qué Cligés me ha matado cuando soy inocente? Pero soy injusta al acusarlo así sin causa. Seguramente Cligés nunca me habría abandonado si su corazón fuera como el mío. Estoy segura de que su corazón no es como el mío. Y si mi corazón está alojado en el suyo, nunca se alejará, y el suyo nunca se apartará del mío, pues mi corazón lo sigue en secreto: han formado tan buena compañía. Pero, después de todo, a decir verdad, son muy diferentes y contrarios. ¿Cómo son diferentes y contrarios? Pues bien, el suyo es el maestro y el mío el esclavo; y el esclavo no puede tener voluntad propia, sino solo hacer la voluntad de su amo y abandonar todos los demás asuntos. ¿Pero qué referencia tiene eso para conmigo? Mi corazón y mi servicio no son preocupación para él. Este arreglo me angustia, que uno sea maestro de ambos. ¿Por qué mi corazón no es tan independiente como el suyo? Entonces su poder sería igualado. Mi corazón es ahora un prisionero, incapaz de moverse a menos que el suyo también se mueva. Y ya sea que su corazón vague o permanezca quieto, el mío debe prepararse para seguirlo en su comitiva. ¡Dios! ¿Por qué nuestros cuerpos no están tan cerca el uno del otro que pudiera de alguna manera traer de vuelta mi corazón! ¿Traer de vuelta? Necia, si lo retirara de su alegría, sería la muerte de él. ¡Que se quede allí! No tengo deseo de desalojarlo, sino más bien deseo que permanezca con su señor hasta que él sienta alguna piedad por él. Pues más allá de allá que aquí debería él tener misericordia de su sirviente, porque ambos están en una tierra extranjera. Si mi corazón conoce bien el lenguaje de la adulación, como es necesario para el cortesano, será rico antes de que regrese. Quien desee estar en las buenas gracias de su señor y sentarse a su lado a su derecha, para estar a la moda hoy en día, debe quitarse la pluma de la cabeza, incluso cuando no hay ninguna allí. Pero hay una mala característica de esta práctica: mientras está suavizando a su señor, quien está lleno de maldad y vileza, nunca será tan cortés como para decirle la verdad; más bien le hace pensar y creer que nadie podría compararse con él en destreza y en conocimiento, y el señor piensa que está diciendo la verdad. Ese hombre no se conoce a sí mismo quien toma la palabra de otro sobre cualidades que no posee. Pues incluso si es un miserable malvado e insolente, y tan cobarde como una liebre, mezquino, loco y deforme, y un villano tanto en palabra como en hecho, sin embargo, algún hombre lo alabará en su cara quien a sus espaldas se burlará de él. Pero cuando en su presencia habla de él a algún otro, lo alaba, mientras su señor finge no oír lo que dicen entre ellos; si, sin embargo, pensara que no sería oído, diría algo que a su señor no le gustaría. Y si a su señor le place mentir, el sirviente está todo listo con su consentimiento, y nunca será reticente en asegurar que todo lo que su señor dice es verdad. Quien frecuenta cortes y señores debe estar siempre listo con una mentira. Así, también, debe hacer mi corazón si quiere encontrar favor con su señor. Que adule y sea obsequioso. Pero Cligés es tal caballero, tan justo, tan abierto y tan leal, que mi corazón, al alabarlo, nunca necesita ser falso o pérfido, pues en él no hay nada que mejorar. Por lo tanto, deseo que mi corazón le sirva, pues, como dice el refrán del pueblo: 'Quien sirve a un noble es realmente malo si no mejora en su compañía'".
Así el amor atormenta a Fenice. Pero este tormento es su deleite, del cual nunca puede cansarse. Y Cligés ha cruzado ahora el mar y llegado a Wallingford. Allí tomó costosos aposentos con gran pompa. Pero sus pensamientos están siempre en Fenice, sin olvidarla ni por una sola hora. Mientras se demora y permanece allí, sus hombres, actuando bajo sus instrucciones, hicieron diligentes averiguaciones. Fueron informados de que los barones del rey Arturo y el Rey en persona habían fijado un torneo que se celebraría en la llanura frente a Oxford, que se encuentra cerca de Wallingford. Allí se organizó la lucha, y debía durar cuatro días. Pero Cligés tendrá tiempo de sobra para prepararse si entretanto necesita algo, pues debe transcurrir más de una quincena antes de que comience el torneo. Ordena a tres de sus escuderos que vayan rápidamente a Londres y compren allí tres juegos diferentes de armas, uno negro, otro rojo, el tercero verde, y que en el camino de regreso cada uno sea mantenido cubierto con tela nueva, de modo que si alguien los encuentra en el camino no pueda conocer el color de las armas que llevan. Los escuderos parten de inmediato y llegan a Londres, donde encuentran disponible todo lo que necesitan. Habiendo terminado este recado, regresan enseguida sin perder tiempo. Cuando las armas que habían traído fueron mostradas a Cligés, quedó bien complacido con ellas. Ordenó que fueran guardadas y ocultas, junto con aquellas que el emperador le había dado junto al Danubio, cuando lo armó caballero. No elijo deciros ahora por qué las hizo guardar; pero se os explicará cuando todos los altos barones de la tierra estén montados sobre sus corceles y se reúnan en busca de fama.
En el día que se había acordado, los nobles de renombre se reunieron. El rey Arturo, con todos sus hombres a quienes había seleccionado de entre los mejores, tomó su posición en Oxford, mientras la mayoría de los caballeros se alineaban cerca de Wallingford. No esperéis que demore la historia y os diga que tales y cuales reyes y condes estaban allí, y que este, aquel y el otro eran del número. Cuando llegó el momento de que los caballeros se reunieran, de acuerdo con la costumbre de aquellos días, salió solo entre dos líneas uno de los caballeros más valientes del rey Arturo para anunciar que el torneo debía comenzar. Pero en este caso nadie se atreve a avanzar y enfrentarse a él para la justa. No hay quien no se contenga. Y hay algunos que preguntan: "¿Por qué se demoran estos caballeros nuestros, sin salir de las filas? Alguien empezará seguramente pronto". Y los otros responden: "¿No veis, pues, qué adversario ha enviado aquella parte contra nosotros? Cualquiera que no lo sepa debería aprender que él es un pilar, capaz de estar al lado de los tres mejores del mundo". "¿Quién es él, entonces?". "¿Cómo, no lo veis? Es Sagremor el Salvaje". "¿Es él?". "Sin duda lo es". Cligés escucha y oye lo que dicen, mientras está sentado en su caballo Morel, vestido con armadura más negra que una mora: pues toda su armadura era negra. A medida que emerge de las filas y espolea a Morel libre de la multitud, no hay uno, al verlo, que no exclame a su vecino: "Ese tipo cabalga bien con la lanza en ristre; es un caballero muy hábil y lleva sus armas con mucha destreza; su escudo se ajusta bien a su cuello. Pero debe ser un loco para emprender por su propia voluntad justar con uno de los caballeros más valientes que pueden encontrarse en toda la tierra. ¿Quién puede ser? ¿Dónde nació? ¿Quién lo conoce aquí?". "Yo no". "Ni yo". "No hay ni un copo de nieve en él; sino que toda su armadura es mucho más negra que la capa de cualquier monje o prior". Mientras así hablan, los dos contendientes dan rienda suelta a sus caballos sin demora, pues están muy ansiosos y deseosos de encontrarse en la pelea. Cligés lo golpea de tal manera que aplasta el escudo contra su brazo, y el brazo contra su cuerpo, tras lo cual Sagremor cae cuan largo es. Cligés va sin titubear y le ordena que se declare su prisionero, lo cual Sagremor hace de inmediato. Ahora el torneo ha comenzado formalmente, y los adversarios se encuentran en rivalidad. Cligés corre por el campo, buscando adversarios con quienes justar, pero no se presenta un caballero al que no derribe o tome prisionero. Sobresale en gloria a todos los caballeros de ambos bandos, pues dondequiera que va a luchar, allí la pelea termina rápidamente. Puede considerarse valiente al hombre que mantiene su posición para justar con él, pues es más mérito atreverse a enfrentarlo que derrotar a otro caballero. Y si Cligés lo lleva prisionero, al menos gana renombre por haberse atrevido a esperar y luchar con él. Cligés gana la fama y la gloria de todo el torneo. Cuando llegó la tarde, se dirigió en secreto a su alojamiento para que nadie pudiera hablar con él. Y para que nadie buscara la casa donde se exhiben las armas negras, las guarda en una habitación para que nadie pueda encontrarlas ni verlas, y cuelga sus armas verdes en la puerta de la calle, donde estarán a la vista y donde los transeúntes las verán. Y si alguien pregunta e inquiere dónde está su alojamiento, no puede saberlo cuando no ve rastro del escudo negro que busca.
Por esta estratagema, Cligés permanece oculto en la ciudad. Y aquellos que fueron sus prisioneros iban de un extremo a otro de la ciudad preguntando por el caballero negro, pero nadie podía darles ninguna información. Incluso el rey Arturo en persona hace que lo busquen por todas partes; pero solo hay una respuesta: "No lo hemos visto desde que dejamos las listas, y no sabemos qué fue de él". Más de veinte jóvenes lo buscan, a quienes el Rey envió; pero Cligés se ocultó tan exitosamente que no pueden encontrar rastro de él. El rey Arturo se llena de asombro cuando se le informa que nadie de alto o bajo grado puede señalar su alojamiento, tanto como si estuviera en Cesarea, Toledo o Creta. "Por mi palabra", dice, "no sé qué puedan decir, pero para mí esto parece una cosa maravillosa. Quizás fue un fantasma lo que apareció en medio de nosotros. Muchos caballeros han sido desmontados, y hombres nobles han empeñado su fe ante alguien cuya casa no pueden encontrar, o incluso su país o localidad; cada uno de estos hombres debe por fuerza faltar a su promesa". Así habló el Rey, pero podría haber hecho lo mismo callándose.
Esa noche entre todos los barones hubo mucha conversación sobre el caballero negro, pues en verdad no hablaban de otra cosa. Al día siguiente se armaron de nuevo sin convocatoria y sin petición. Lancelot del Lago, en quien no falta coraje, sale con la lanza erguida para esperar a un contendiente en la primera justa. Aquí viene Cligés cabalgando rápido, más verde que la hierba del campo, y montado sobre un corcel rojo alazán, que lleva su crin hacia el lado derecho. Dondequiera que Cligés espolea al caballo, no hay nadie, ya sea con cabello o sin él, que no lo mire asombrado y exclame a su vecino a ambos lados: "Este caballero es en todos los aspectos más agraciado y hábil que el que ayer llevaba las armas negras, tal como un pino es más hermoso que una haya blanca, y el laurel que el arbusto de saúco. Todavía no sabemos quién fue el vencedor de ayer; pero sabremos esta noche quién es este hombre". Cada uno responde: "No lo conozco, ni lo vi nunca, que yo sepa. Pero es más hermoso que quien luchó ayer, y más hermoso que Lancelot del Lago. Si este hombre cabalgara armado en una bolsa y Lancelot en plata y oro, este hombre seguiría siendo más hermoso que él". Así todos se ponen de parte de Cligés. Y los dos campeones dirigen sus corceles el uno hacia el otro con toda la fuerza de la espuela. Cligés le da tal golpe sobre el escudo de oro con el león representado en él que lo derriba de su silla y permanece sobre él para recibir su rendición. Para Lancelot no hubo ayuda; así que admitió ser su prisionero. Entonces el ruido comenzó de nuevo con el choque de las lanzas que se rompían. Aquellos que están del lado de Cligés ponen toda su confianza en él. Pues de aquellos a quienes desafía y golpea, no hay ninguno tan fuerte que no deba caer de su caballo a tierra. Ese día Cligés lo hizo tan bien, y desmontó y tomó cautivos a tantos caballeros, que dio el doble de satisfacción a su bando, y ganó para sí mismo el doble de gloria que había ganado el día anterior. Cuando llegó la tarde, se dirigió tan rápido como pudo a su alojamiento, y rápidamente ordenó sacar el escudo bermellón y sus otras armas, mientras ordenaba que las armas que había usado ese día fueran guardadas: el anfitrión las apartó cuidadosamente. De nuevo esa noche los caballeros a quienes había capturado lo buscaron, pero sin tener ninguna noticia de él. En sus alojamientos, la mayoría de los que hablan de él lo hacen con elogios y admiración. Al día siguiente los alegres y valientes caballeros regresan al concurso. Del lado de Oxford sale un vasallo de gran renombre; su nombre era Perceval de Gales. Tan pronto como Cligés lo vio comenzar, y supo con certeza quién era, cuando hubo oído el nombre de Perceval, estaba muy ansioso por competir con él. Salió inmediatamente de las filas sobre un corcel alazán español, y completamente vestido con armadura bermellón. Entonces todos lo observan, maravillándose más que nunca antes, y diciendo que nunca habían visto un caballero tan perfecto. Y los contendientes sin demora espolean hacia adelante hasta que sus poderosos golpes aterrizan sobre sus escudos. Las lanzas, aunque eran cortas y robustas, se doblan hasta que parecen aros. A la vista de todos los que miraban, Cligés golpeó a Perceval tan fuerte que lo derribó de su caballo e hizo que se rindiera sin una larga lucha ni mucho alboroto. Cuando Perceval hubo empeñado su palabra, entonces la justa comenzó de nuevo, y el enfrentamiento se hizo general. A cada caballero con quien Cligés se encuentra, lo obliga a tierra. No abandonó las listas ese día ni siquiera por una sola hora, mientras todos los demás golpeaban contra él como contra una torre; individualmente, por supuesto, y no en grupos de dos o tres, pues tal no era la costumbre entonces. Sobre su escudo, como sobre un yunque, los otros golpean y aporrean, partiéndolo y cortándolo en pedazos. Pero a cada uno que lo golpea allí, él se lo devuelve derribándolo de sus estribos y silla; y nadie, a menos que deseara mentir, podría dejar de decir cuando terminó la justas que el caballero del escudo rojo había ganado toda la gloria ese día. Y todos los mejores y más corteses caballeros habrían deseado hacer su conocimiento. Pero su deseo no fue sentido antes de que él partiera secretamente, viendo el sol ya puesto; e hizo retirar su escudo bermellón y todo su otro arnés, y ordenó que se sacaran sus armas blancas, en las que había sido armado caballero por primera vez, mientras las otras armas y los corceles eran atados afuera junto a la puerta. Aquellos que notan esto se dan cuenta y exclaman que todos han sido derrotados y deshechos por un solo hombre; pues cada día se ha disfrazado con un caballo y un juego de armadura diferentes, pareciendo así cambiar su identidad; por primera vez ahora notaron esto. Y mi señor Gawain proclamó que nunca vio tal campeón, y por lo tanto deseaba hacer su conocimiento y saber su nombre, anunciando que al día siguiente él mismo será el primero en la reunión de los caballeros. Sin embargo, con todo, no se jacta; por otro lado, dice que espera plenamente que el caballero extraño tendrá toda la ventaja con la lanza; pero puede ser que con la espada no sea su superior (pues con la espada Gawain no tenía maestro). Ahora es el deseo de Gawain medir su fuerza al día siguiente con este caballero extraño que cambia cada día sus armas, así como su caballo y arnés. Sus mudas serán pronto numerosas si continúa así cada día, como es su costumbre, descartando su viejo y asumiendo nuevo plumaje. Así, cuando pensaba en la espada y la lanza respectivamente, Gawain menospreciaba y estimaba altamente la destreza de su enemigo. Al día siguiente ve a Cligés volver más blanco que la flor de lis, su escudo agarrado fuertemente por las correas interiores y sentado en su corcel árabe blanco, como había planeado la noche anterior. Gawain, valiente e ilustre, no busca reposo en el campo de batalla, sino que espolea y cabalga hacia adelante, esforzándose lo mejor que puede para ganar honor en la refriega, si puede encontrar un oponente. En un momento ambos estarán en el campo. Pues Cligés no tenía deseo de contenerse cuando escuchó las palabras de los hombres que decían: "Allí va Gawain, que no es un debilucho ni a pie ni a caballo. Es un hombre al que nadie atacará". Cuando Cligés escucha estas palabras, se precipita hacia él en medio del campo; ambos avanzan y se encuentran con un salto más rápido que el del ciervo que oye el sonido de los perros mientras vienen ladrando tras él. Las lanzas son empujadas contra los escudos, y los golpes producen tal estrago que las lanzas se parten, agrietan y rompen hasta el regatón, y los arzones de la silla detrás ceden, y las cinchas y correas del pecho se rompen. Ambos llegan a tierra a la vez y desenvainan sus espadas desnudas, mientras los otros se reúnen alrededor para observar la batalla. Entonces el rey Arturo dio un paso adelante para separarlos y establecer la paz. Pero antes de que se jurara la tregua, las cotas de malla blancas estaban mal desgarradas y rotas, los escudos estaban agrietados y cortados en pedazos, y los cascos aplastados.
El Rey los observó con placer por un tiempo, al igual que muchos otros que dijeron que estimaban los hechos de armas del caballero blanco no menos que los de mi señor Gawain, y aún no estaban listos para decir cuál era el mejor y cuál el peor, ni cuál era probable que ganara, si se les hubiera permitido luchar hasta el final; pero no complació al Rey dejarlos hacer más de lo que habían hecho. Así que dio un paso adelante para separarlos, diciendo: "¡Deteneos ahora! ¡Ay si se da otro golpe! Haced las paces ahora, y sed buenos amigos. Hermoso sobrino Gawain, os hago esta petición; pues sin resentimiento y odio no es conveniente que un caballero continúe luchando y desafiando a su enemigo. Pero si este caballero consintiera en venir a mi corte y unirse a nuestro deporte, no sería para su dolor o daño. Sobrino, hacedle esta petición". "Con gusto, mi señor". Cligés no tiene deseo de negarse, y consiente alegremente en ir cuando el torneo haya concluido. Pues ahora ha cumplido más que suficientemente con el mandato de su padre. Y el Rey dice que no tiene deseo de que el torneo dure demasiado, y que pueden permitirse detenerse de inmediato. Así que los caballeros se retiraron, de acuerdo con el deseo y la orden del Rey. Ahora que debe seguir en la comitiva real, Cligés envía por toda su armadura. Tan pronto como puede, viene a la corte; pero primero, cambió completamente su equipo, y vino vestido al estilo de los franceses. Tan pronto como llegó a la corte, todos corrieron a su encuentro sin demora, haciendo tal alegría y festival que nunca se vio mayor, y todos ellos lo llaman señor a quien había capturado en la justa; pero él no quiso oír nada de esto, y dijo que todos podían quedar libres, si estaban bien seguros y satisfechos de que era él quien los había capturado. Y no hubo uno que no gritara: "¡Vos fuisteis el hombre; estamos seguros de eso! Estimamos altamente vuestro conocimiento, y deberíamos amaros y estimaros y llamaros nuestro señor, pues ninguno de nosotros puede igualaros. Así como el sol supera a las pequeñas estrellas, de modo que su luz no puede verse en el cielo cuando aparecen los rayos del sol, así nuestra destreza está extinguida y abatida en presencia de la vuestra, aunque la nuestra también fue una vez famosa en el mundo". Cligés no sabe qué responder, pues en su opinión todos lo alaban más de lo que merece; le agrada, pero siente vergüenza, y la sangre sube a su rostro, revelando a todos su modestia. Escoltándolo hasta el centro del salón, lo llevaron ante el Rey, donde todos cesaron sus palabras de cumplido y alabanza. Había llegado la hora de la comida, y aquellos cuyo deber era se apresuraron a poner las mesas. Las mesas en el salón fueron extendidas rápidamente, luego, mientras unos tomaban las toallas y otros sostenían los aguamaniles, ofrecieron agua a todos los que venían. Cuando todos se hubieron lavado, tomaron sus asientos. Y el Rey, tomando a Cligés de la mano, lo hizo sentar frente a él, pues deseaba saber este mismo día, si era posible, quién era. De la comida no necesito hablar más, pues los platos estaban tan bien provistos como si la carne de res se vendiera a un penique.
Cuando todos los platos fueron servidos, el Rey ya no guardó silencio. «Amigo mío», dice, «deseo saber si fue por orgullo que no os dignasteis venir a la corte tan pronto como llegaste a este país, y por qué os mantuvisteis alejado de la gente, y por qué cambiasteis vuestras armas; y decidme también cuál es vuestro nombre y de qué linaje provenís». Cligés responde: «No será ocultado». Contó y relató al Rey todo lo que deseaba saber. Y cuando el Rey lo hubo escuchado todo, lo abrazó y le dio mucha importancia, mientras todos se unían para saludarlo. Y cuando mi señor Gawain supo la verdad, él, más que los otros, le dio una cordial bienvenida. Así, todos se unen para saludarlo, diciendo que es muy hermoso y valiente. El Rey lo ama y lo honra por encima de todos sus sobrinos. Cligés se demora con el Rey hasta que llega el verano, visitando mientras tanto toda Bretaña, Francia y Normandía, donde realizó tantas hazañas caballerescas que demostró sobradamente su valor. Pero el amor, cuya herida lleva, no le da paz ni alivio. La inclinación de su corazón lo mantiene fijo en un solo pensamiento. Su pensamiento vuelve a Fenice, quien desde lejos aflige su corazón. Le invade el deseo de regresar, pues ha sido privado demasiado tiempo de ver a la dama más deseada que jamás haya sido deseada por nadie. No prolongará esta privación, sino que se prepara para volver a Grecia, y parte tras despedirse. El Rey y mi señor Gawain se afligieron, bien puedo creerlo, cuando ya no pudieron retenerlo. Pero él está ansioso por volver junto a aquella a quien ama y tanto codicia que el camino le parece largo mientras cruza tierra y mar: tan ardientemente anhela ver a quien le ha robado y arrebatado el corazón. Pero ella le compensa con creces; pues le paga, como si fuera una renta, la moneda de su propio corazón, que no le es menos querida. Pero él no está en absoluto seguro de eso, al no tener contrato ni acuerdo que mostrar; por lo cual su ansiedad es grande. Y ella está en igual angustia, acosada y atormentada por el amor, sin encontrar placer en nada de lo que ve desde aquel momento en que lo vio por última vez. El hecho de que ni siquiera sepa si él está vivo o no llena su corazón de congoja. Pero Cligés se acerca día a día, siendo afortunado al tener vientos favorables, hasta que llega alegremente a puerto ante Constantinopla. Cuando la noticia llegó a la ciudad, nadie necesita preguntar si el emperador estaba alegre; pero cien veces mayor fue la alegría de la emperatriz.
Cligés, con su compañía, habiendo desembarcado en Constantinopla, ha regresado ahora a Grecia. Los hombres más ricos y nobles salen todos a su encuentro al puerto. Y cuando el emperador lo encuentra, quien antes que todos los demás había ido a su encuentro con la emperatriz a su lado, corre a abrazarlo y saludarlo en presencia de todos. Y cuando Fenice le da la bienvenida, cada uno cambia de color en presencia del otro, y es, en verdad, una maravilla, cuando están tan cerca, cómo se abstienen de abrazarse y prodigarse los besos que el amor querría; pero eso habría sido locura y desatino. La gente se reúne de todas partes con el deseo de verlo, y lo conducen a través de la ciudad, unos a pie y otros a caballo, hasta que lo llevan al palacio imperial. Ninguna palabra podrá decir jamás la alegría, el honor y el cortés servicio que allí se desplegaron. Pero cada uno se esforzaba lo mejor que podía por hacer todo lo que pensaba que complacería y gratificaría a Cligés. Y su tío le entrega todas sus posesiones, excepto la corona: desea que satisfaga plenamente su placer y que tome todo lo que desee de su riqueza, ya sea en forma de tierras o tesoros. Pero él no se preocupa por la plata o el oro, mientras no se atreva a revelar sus pensamientos a aquella por quien no puede hallar reposo; y aun así tiene mucho tiempo y oportunidad para hablar, si no temiera ser rechazado; pues ahora puede verla cada día y sentarse a su lado «tête-à-tête» sin oposición ni impedimento, pues nadie ve mal alguno en ello.
Algún tiempo después de su regreso, vino solo un día a la habitación de aquella que no era su enemiga, y podéis estar seguros de que la puerta no estaba trancada a su llegada. A su lado tomó asiento, mientras los otros se alejaban, para que nadie pudiera sentarse cerca de ellos y escuchar sus palabras. Primero, Fenice habló de Bretaña y le preguntó sobre el carácter y la apariencia de mi señor Gawain, hasta que sus palabras finalmente dieron en el tema que la llenaba de pavor. Le preguntó si había entregado su amor a alguna dama o doncella en aquella tierra. Cligés no fue obstinado ni lento en responder a esta demanda, sino que supo al instante qué respuesta dar tan pronto como ella hubo formulado la pregunta. «Señora», dice, «estaba enamorado mientras estuve allí, pero no de nadie de esa tierra. En Bretaña mi cuerpo estaba sin mi corazón, como una pieza de corteza sin la madera. Desde que dejé Alemania no he sabido qué fue de mi corazón, excepto que vino aquí tras vos. Mi corazón estaba aquí y mi cuerpo estaba allí. No estaba realmente lejos de Grecia; pues hasta aquí había llegado mi corazón, por el cual ahora he regresado; sin embargo, no vuelve a su lugar de reposo, ni puedo atraerlo hacia mí, ni deseo hacerlo, aunque pudiera. Y vos, ¿cómo os ha ido desde que llegasteis a este país? ¿Qué alegría habéis tenido aquí? ¿Os gusta la gente, os gusta la tierra? No debería haceros otra pregunta que si el país os agrada». «No me ha complacido hasta ahora; pero en el presente siento cierta alegría y satisfacción, que, podéis estar segura, no perdería por Pavía ni Piacenza. De esta alegría no puedo arrancar mi corazón, ni usaré jamás la fuerza en el intento. Nada más que la corteza queda en mí, pues vivo y existo sin corazón. Nunca he estado en Bretaña y, sin embargo, sin mí, mi corazón ha estado ocupado allí en asuntos que no sé». «Señora, ¿cuándo fue que vuestro corazón estuvo allí? Decidme cuándo fue hacia allá —el tiempo y la estación— si es algo que podáis contarme con justicia a mí o a cualquier otro. ¿Estuvo allí mientras yo estaba allí?» «Sí, pero no os disteis cuenta. Estuvo allí tanto tiempo como vos, y volvió con vos». «¡Dios! Nunca lo vi, ni supe que estaba allí. ¡Dios! ¿Por qué no lo supe? Si hubiera sido informado de esto, ciertamente, mi señora, le habría hecho agradable compañía». «Me habríais correspondido con el consuelo que realmente me debíais, pues habría sido muy amable con vuestro corazón si le hubiera placido venir adonde pudiera haber sabido que yo estaba». «Señora, ciertamente vino a vos». «¿A mí? Entonces no vino a ningún lugar extraño, pues el mío también fue a vos». «Entonces, señora, de acuerdo con lo que decís, nuestros corazones están aquí con nosotros ahora, pues mi corazón está completamente en vuestras manos». «Vos a vuestra vez tenéis el mío, amigo mío; así que estamos en perfecto acuerdo. Y podéis estar seguro, que me ayude Dios, que vuestro tío nunca ha compartido conmigo, pues no fue mi placer y él no pudo. Nunca me ha conocido aún como Adán conoció a su esposa. Por error soy llamada esposa; pero estoy segura de que quien me llama esposa no sabe que sigo siendo virgen. Incluso vuestro tío no es consciente de ello, pues, habiendo bebido de la poción del sueño, piensa que está despierto cuando está dormido, y se imagina que se divierte conmigo mientras yazgo en su abrazo. Pero su exclusión ha sido total. Mi corazón es vuestro, y mi cuerpo también, y de mí nadie aprenderá jamás cómo practicar la villanía. Pues cuando mi corazón se fue hacia vos, os presentó también el cuerpo, y juró que nadie más debería compartirlo jamás. El amor por vos me ha herido tan profundamente que nunca me recuperaría de ello, de la misma forma que el mar no puede secarse. Si yo os amo y vos me amáis, nunca seréis llamado Tristán, ni yo Isolda; pues entonces nuestro amor no sería honorable. Pero os hago esta promesa: que nunca tendréis de mí otra alegría que la que ahora tenéis, a menos que podáis idear algún medio por el cual pueda ser alejada de vuestro tío y su compañía sin que él me encuentre de nuevo, o sea capaz de culparos a vos o a mí, o tener algún fundamento para una acusación. Y mañana me diréis el mejor plan que hayáis ideado, y yo también pensaré en él. Mañana, tan pronto como me levante, venid y hablad conmigo; entonces cada uno de nosotros dirá lo que piensa, y procederemos a ejecutar lo que parezca mejor».
Tan pronto como Cligés escuchó su voluntad, estuvo plenamente de acuerdo con ella y dijo que sería lo mejor. La deja feliz y se marcha él mismo con el corazón ligero. Esa noche, cada uno permanece despierto pensando, con gran deleite, cuál será el mejor plan. A la mañana siguiente, tan pronto como se levantaron, se encuentran de nuevo para tomar consejo en privado, como de hecho deben hacer. Cligés habla primero y dice lo que había pensado durante la noche: «Mi señora», dice, «pienso, y soy de la opinión, de que no podríamos hacer nada mejor que ir a Bretaña; pensé que podría llevaros allí; ahora no os neguéis, pues nunca Helena fue recibida tan alegremente en Troya cuando Paris la llevó allí, pero que aún mayor alegría se sentiría por vos y por mí en la tierra del Rey, mi tío. Y si este plan no es de vuestro agrado, decidme qué pensáis, pues estoy listo, pase lo que pase, para aceptar vuestra decisión». Y ella responde: «Esta es mi respuesta: nunca me iré con vos así; pues después de que nos hayamos ido, todos hablarían de nosotros como lo hacen de Isolda la Rubia y de Tristán. Y en todas partes todos los hombres y mujeres hablarían mal de nuestro amor. Nadie creería, ni es natural que lo hicieran, la verdad del asunto. ¿Quién creería que he evadido y escapado así de vuestro tío, sin motivo alguno, siendo aún virgen? Se me consideraría simplemente como lasciva y disoluta, y se pensaría que vos estáis loco. Es bueno recordar y observar el mandato de San Pablo: si alguien no desea vivir casto, San Pablo aconseja que actúe de modo que no reciba críticas, ni reproches, ni deshonra. Es bueno cerrar bocas malintencionadas, y por lo tanto, si estáis de acuerdo, tengo una propuesta que hacer: me parece mejor consentir en fingir que estoy muerta. Caeré enferma en poco tiempo. Y vos mientras tanto podéis planear algunos preparativos para un lugar de entierro. Poned todo vuestro ingenio en que un sepulcro y un féretro sean construidos de tal forma que no muera en él, ni sea sofocada, y que nadie monte guardia sobre él por la noche cuando vengáis a sacarme. Así que buscad ahora tal retiro para mí, donde nadie pueda verme excepto vos; y que nadie provea ninguna necesidad mía excepto vos, a quien me rindo y me entrego. Nunca, en toda mi vida, deseo ser servida por otro hombre que no sea vos. Mi señor y mi siervo seréis; todo lo que hagáis me parecerá bien; y nunca seré dueña de ningún imperio a menos que vos seáis su amo. Cualquier lugar miserable, por oscuro y repugnante que sea, me parecerá más brillante que todas estas salas si estáis conmigo. Si os tengo donde pueda veros, seré dueña de un tesoro inabarcable y el mundo me pertenecerá. Y si el asunto es manejado con cuidado, no vendrá ningún daño de ello, y nadie podrá jamás hablar mal de esto, pues se creerá en todo el imperio que me estoy pudriendo bajo tierra. Mi doncella, Thessala, que ha sido mi nodriza, y en quien tengo gran confianza, me dará fiel ayuda, pues es muy inteligente y confío plenamente en ella». Y Cligés, cuando escuchó a su amada, responde: «Mi señora, si esto es factible, y si creéis que el consejo de vuestra nodriza es confiable, no tenemos más que hacer que realizar nuestros preparativos sin demora; pero si cometemos alguna imprudencia, estaremos perdidos sin escapatoria. En esta ciudad hay un artesano que corta y talla imágenes maravillosas: no hay tierra donde no sea conocido por las figuras que ha formado, tallado y hecho. John es su nombre, y es siervo mío. Nadie podría igualar los mejores esfuerzos de John en cualquier arte, por variado que sea. Pues, comparados con él, son todos novatos, y como un niño con su nodriza. Imitando sus trabajos, los artesanos de Antioquía y Roma han aprendido todo lo que saben hacer, y además no hay hombre más leal. Ahora quiero hacer una prueba, y si puedo confiar en él, le daré la libertad a él y a todos sus descendientes; y no dejaré de contarle todo nuestro plan si él me jura y me da su palabra de que me ayudará lealmente y nunca divulgará mi secreto».
Y ella responde: «Que así sea». Con su permiso, Cligés dejó la habitación y se marchó. Y ella envía a buscar a Thessala, su doncella, a quien trajo consigo de su tierra natal. Thessala vino al instante sin demora, aunque sin saber para qué era llamada. Cuando preguntó a Fenice en privado cuál era su deseo y placer, ella no le ocultó ninguna de sus intenciones. «Nodriza», dijo, «sé muy bien que cualquier cosa que te diga no irá más lejos, pues te he puesto a prueba minuciosamente y te he encontrado muy prudente. Te amo por todo lo que has hecho por mí. En todos mis problemas acudo a ti sin buscar consejo en otro lugar. Sabes por qué permanezco despierta, y cuáles son mis pensamientos y deseos. Mis ojos contemplan solo un objeto que me complace, pero no puedo tener placer ni alegría en él si no lo pago primero con un alto precio. Pues he encontrado a mi igual; y si lo amo, él me ama a cambio, y si sufro, él sufre también por mi dolor y tristeza. Ahora debo ponerte al tanto de un plan y proyecto en el que ambos hemos acordado privadamente». Entonces le contó y explicó cómo estaba dispuesta a fingir una enfermedad, y cómo se quejaría tan amargamente que al final fingiría estar muerta, y cómo Cligés la robaría por la noche, y entonces estarían juntos todos sus días. Ella piensa que de ninguna otra manera podría soportar vivir más tiempo. Pero si estuviera segura de que consentiría en prestarle ayuda, el asunto se arreglaría de acuerdo con sus deseos. «Pero estoy cansada de esperar por mi alegría y mi suerte». Entonces su nodriza le aseguró que la ayudaría en todo, diciéndole que no tuviera más miedo. Dijo que tan pronto como se pusiera manos a la obra, lograría que no hubiera hombre que, al verla, no creyera ciertamente que el alma había abandonado el cuerpo después de que ella hubiera bebido una poción que la dejaría fría, sin color, pálida y rígida, sin poder hablar y privada de salud; sin embargo, estaría viva y bien, y no tendría sensaciones de ningún tipo, y no sufriría daño alguno por un día y una noche entera pasados en el sepulcro y el féretro.
Cuando Fenice escuchó estas palabras, habló así en respuesta: «Nodriza, me encomiendo a ti y, con plena confianza en ti, no tomaré medidas por mi propia cuenta. Estoy en tus manos; así que piensa en mis intereses y dile a todas las personas que están aquí que se retiren, pues estoy enferma y me molestan». Así, como mujer prudente, les dijo: «Señores míos, mi señora no se siente bien y desea que todos os vayáis. Estáis hablando alto y haciendo ruido, y el ruido le es desagradable. No puede obtener descanso ni reposo mientras estéis en la habitación. Nunca recuerdo que se haya quejado de una enfermedad como esta, tan violenta y grave parece ser. Así que idos y no os sintáis ofendidos». Tan pronto como hubo emitido esta orden, todos se fueron rápidamente. Y Cligés envió a buscar a John para que viniera rápidamente, y así, en privado, le habló: «John, ¿sabes lo que estoy a punto de decir? Eres mi esclavo y yo tu amo, y puedo regalar o vender tu cuerpo como una cosa que es mía. Pero si pudiera confiar en ti en un asunto que medito, quedarías libre para siempre, así como los herederos que puedan nacer de ti». John, en su deseo de libertad, responde al instante: «Mi señor, no hay nada que no haría gustosamente para verme a mí, a mi esposa y a mis hijos libres. Decidme cuáles son vuestras órdenes, pues nada puede ser tan difícil como para causarme trabajo o dolor o ser difícil de ejecutar para mí. Por otra parte, incluso si fuera en contra de mi voluntad, debo obedecer vuestras órdenes y abandonar mis propios asuntos». «Cierto, John; pero este es un asunto del que apenas me atrevo a hablar, a menos que me asegures bajo juramento que me darás ayuda fiel y nunca me traicionarás». «Voluntariamente, señor», responde John: «¡no tengáis nunca miedo por esa cuenta! Pues juraré y empeñaré mi palabra de que, mientras viva, nunca diré una palabra que piense que os afligirá o os causará daño». «Ah, John, incluso si tuviera que morir por ello, no hay hombre a quien me atrevería a mencionar el asunto en el que deseo tu consejo; preferiría que me sacaran un ojo; preferiría ser condenado a muerte por ti antes de que hablaras de ello a otro hombre. Pero te tengo por tan leal y prudente que te revelaré todo mi pensamiento. Estoy seguro de que observarás mis deseos, tanto ayudándome como guardando silencio». «¡En verdad, señor, que me ayude Dios!». Entonces Cligés habla y le explica abiertamente el plan aventurado. Y cuando hubo revelado el proyecto —como me habéis oído exponerlo—, entonces John dijo que prometía construir el sepulcro de acuerdo con su mejor habilidad, y dijo que lo llevaría a ver cierta casa suya que nadie había visto todavía, ni siquiera su esposa o cualquiera de sus hijos. Esta casa, que había construido, se la mostraría si deseaba ir con él al lugar donde, en absoluta privacidad, trabaja, pinta y talla. Le mostraría el lugar más fino y bonito que jamás haya visto. Cligés responde: «Vayamos allá entonces».
Bajo la ciudad, en un lugar remoto, John había empleado mucho trabajo en la construcción de una torre. Hacia allí condujo a Cligés, guiándolo a través de los diferentes pisos, que estaban decorados con finas pinturas. Le muestra las habitaciones y las chimeneas, llevándolo por todas partes de arriba abajo. Cligés examina esta casa solitaria donde nadie vive ni tiene acceso. Pasa de una habitación a otra, hasta que cree haberlo visto todo, y queda muy complacido con la torre y dice que le parece muy hermosa. La dama estará cómoda allí mientras viva, pues nadie conocerá su morada. «No, señor, tiene razón; nunca será descubierta aquí. ¿Pero cree que ha visto todo lo que hay en mi torre y mi hermoso retiro? Aún quedan habitaciones tan ocultas que ningún hombre podría encontrarlas jamás. Y si decide poner a prueba la verdad de esto investigando tan minuciosamente como pueda, nunca podrá ser tan astuto ni ingenioso en su búsqueda como para hallar otro piso aquí, a menos que yo se lo muestre y se lo indique. Debe saber que aquí no faltan baños, ni nada más que una dama necesite, y que yo pueda pensar o recordar. La dama estará aquí a sus anchas. Por debajo del nivel del suelo la torre se ensancha, como verá, y no podrá encontrar por ninguna parte ninguna puerta de entrada. La puerta está hecha de piedra dura con tal destreza y arte que no podrá encontrar la grieta». Cligés dice: «Son cosas maravillosas las que oigo. Guíe el camino y le seguiré, pues estoy ansioso por ver todo esto». Entonces John se puso en marcha, tomando a Cligés de la mano, hasta llegar a una puerta lisa y pulida, toda coloreada y pintada. Cuando John llegó al muro, se detuvo, sosteniendo a Cligés por la mano derecha. «Señor», dice, «no hay nadie que pudiera ver una ventana o una puerta en este muro; ¿y cree usted que alguien podría atravesarlo sin usar violencia y derribarlo?». Y Cligés responde que no lo cree, y que nunca lo creerá, a menos que lo vea primero. Entonces John dice que lo verá de inmediato, y que abrirá una puerta en el muro para él. John, quien construyó esta obra, desengancha la puerta en el muro y la abre para él, de modo que no tiene que usar ninguna fuerza o violencia para forzarla; luego, uno pasando antes que el otro, descienden por una escalera de caracol hasta un apartamento abovedado donde John solía hacer su trabajo, cuando le placía trabajar en algo. «Señor», dice, «de todos los hombres que Dios hizo jamás, nadie más que nosotros dos ha estado donde estamos ahora. Y verá enseguida lo conveniente que es el lugar. Mi consejo es que elija esto como su retiro, y que su amada sea alojada aquí. Estos aposentos son lo bastante buenos para tal huésped; pues hay dormitorios y cuartos de baño con agua caliente en las tinas, que llega a través de tuberías bajo el suelo. Quien busque un lugar cómodo en el que establecer y ocultar a su dama, tendría que ir muy lejos antes de encontrar algo tan encantador. Cuando lo haya explorado minuciosamente encontrará este lugar muy adecuado». Entonces John le mostró todo, finas cámaras y bóvedas pintadas, señalando muchos ejemplos de su trabajo que complacieron mucho a Cligés. Cuando hubieron examinado toda la torre, Cligés dijo: «John, amigo mío, te libero a ti y a todos tus descendientes, y mi vida está absolutamente en tus manos. Deseo que mi amada esté aquí sola, y que nadie lo sepa excepto yo, tú y ella». John responde: «Se agradezco, señor. Ahora hemos estado aquí lo suficiente, y como no tenemos nada más que hacer, regresemos». «Es correcto», dice Cligés, «vámonos». Entonces se marchan y abandonan la torre. A su regreso oyen a todos en la ciudad decir a su vecino: «¿No conoces las maravillosas noticias sobre mi señora, la emperatriz? Que el Espíritu Santo le dé salud, la dama gentil y prudente; pues yace enferma de un grave mal».
Cuando Cligés oyó esta charla fue a toda prisa a la corte. Pero no había alegría ni regocijo allí: pues todo el pueblo estaba triste y postrado a causa de la emperatriz, quien solo finge estar enferma; pues la enfermedad de la que se queja no le causa pesar ni dolor. Pero les ha dicho a todos que no desea que nadie entre en su habitación mientras su enfermedad mantenga su agarre con sus dolores acompañantes en el corazón y la cabeza. Hace una excepción, sin embargo, a favor del emperador y su sobrino, no deseando imponerles una prohibición; pero no le importará si el emperador, su señor, no viene. Por causa de Cligés, se ve obligada a pasar por gran dolor y peligro. Le angustia que él no venga, pues no tiene deseo de ver a nadie más que a él. Cligés, sin embargo, pronto estará allí, para contarle lo que ha visto y encontrado. Entró en la habitación y le habló, pero se quedó solo un momento, pues Fenice, para que pudieran pensar que le molestaba lo que tanto le complacía, gritó en voz alta: «¡Vete, vete! Me perturbas y molestas demasiado, pues estoy tan seriamente enferma que nunca volveré a levantarme». Cligés, aunque complacido por esto, se marcha con rostro triste: nunca verías un semblante tan afligido. A juzgar por su apariencia está muy triste; pero dentro de su corazón está alegre en anticipación de su gozo.
La emperatriz, sin estar realmente enferma, se queja y finge que está enferma. Y el emperador, que tiene fe en ella, no deja de afligirse, y convoca a un médico. Pero ella no permitirá que nadie la vea o la toque. El emperador bien puede sentirse mortificado cuando ella dice que nunca tendrá más que un médico, quien puede restaurarla fácilmente a la salud siempre que le plazca hacerlo. Él puede causarle la muerte o la vida, y a él confía su salud y su vida. Creen que se refiere a Dios; pero su significado es muy diferente, pues no está pensando en nadie más que en Cligés. Él es su dios que puede traerle la salud, o que puede causarle la muerte.
Así, la emperatriz se asegura de que ningún médico la examine; y para engañar más completamente al emperador se niega a comer o beber, hasta que se vuelve toda pálida y azul. Mientras tanto, su nodriza se mantiene ocupada en torno a ella, y con gran astucia buscó en secreto por toda la ciudad, sin el conocimiento de nadie, hasta que encontró a una mujer que estaba irremediablemente enferma con una enfermedad mortal. Para perfeccionar su ardid solía ir a verla a menudo y prometía curarla de su enfermedad; así que cada día solía tomar un orinal en el que examinar la orina, hasta que vio un día que ninguna medicina podría ser de ayuda, y que moriría ese mismo día. Esta orina Thessala la llevó consigo y la guardó hasta que el emperador se levantó, cuando fue a él y dijo: «Si ahora es su voluntad, señor, envíe por todos sus médicos; pues mi señora ha pasado algo de agua; está muy enferma con esta enfermedad, y desea que los doctores la vean, pero no desea que vengan donde ella está». Los doctores llegaron a la sala y encontraron tras examinarla que la orina estaba muy mal y descolorida, y cada uno dijo lo que pensaba al respecto. Finalmente, todos acordaron que nunca se recuperaría, y que apenas viviría hasta las tres, cuando, a más tardar, Dios llevaría su alma hacia Él. A esta conclusión llegaron en privado, cuando el emperador les pidió y conjuró que le dijeran la verdad. Ellos responden que no tienen confianza en su recuperación, y que no puede vivir más allá de las tres, sino que entregará su alma antes de ese tiempo. Cuando el emperador oyó esto, casi cae inconsciente al suelo, así como muchos otros que oyeron la noticia. Nunca hubo gente que hiciera tal lamento como el que hubo entonces por todo el palacio. Sin embargo, no hablaré más de su pesar; pero oiréis de las actividades de Thessala, cómo mezcla y prepara la poción. La mezcló y removió, pues se había provisto mucho tiempo antes con todo lo que necesitaría para la poción. Poco antes de las tres le da la poción a beber. De inmediato su vista se nubló, su rostro se volvió tan pálido y blanco como si hubiera perdido su sangre: no podría haber movido un pie o una mano, aunque la hubieran desollado viva, y no se mueve ni dice una palabra, aunque percibe y oye el pesar del emperador y los gritos que llenan la sala. Las multitudes que lloran se lamentan por toda la ciudad, diciendo: «¡Dios! ¡qué aflicción y desgracia nos ha traído la perversa muerte! ¡Oh, codiciosa y voraz muerte! La muerte es peor que una loba que siempre permanece insaciable. ¡Tal mordisco cruel nunca has infligido al mundo! Muerte, ¿qué has hecho? ¡Que Dios te confunda por haber apagado la luz de la belleza perfecta! Has matado a la criatura más justa y encantadora, de haber vivido, que Dios haya intentado formar jamás. La paciencia de Dios seguramente es demasiado grande cuando permite que tengas el poder de romper en pedazos lo que le pertenece. Ahora Dios debería estar airado contigo, y expulsarte de tu jurisdicción; pues tu insolencia ha sido demasiado grande, así como tu orgullo y falta de respeto». Así, la gente se alborota y se retuerce los brazos y golpea sus manos; mientras los sacerdotes leen sus salmos, haciendo oraciones por la buena dama, para que Dios tenga misericordia de su alma.
En medio de las lágrimas y los gritos, según cuenta la historia, llegaron médicos ancianos de Salerno, donde habían permanecido durante mucho tiempo. Ante la vista del gran duelo se detuvieron a preguntar e indagar la causa de los gritos y lágrimas, por qué toda la gente está en tal tristeza y angustia. Y esta es la respuesta que reciben: «¡Dios! caballeros, ¿no lo saben? El mundo entero estaría fuera de sí como nosotros, si solo supiera del gran pesar y pena y aflicción y pérdida que nos ha sobrevenido este día. ¡Dios! ¿de dónde han venido, pues, que no saben lo que acaba de suceder en esta ciudad? Les diremos la verdad, pues deseamos que se unan a nosotros en el dolor que sentimos. ¿No conocen a la cruel Muerte, que desea y codicia todas las cosas, y en todas partes acecha lo mejor, no saben qué acto loco ha cometido hoy, como es su costumbre? Dios ha iluminado el mundo con un gran resplandor, con una luz brillante. Pero la Muerte no puede refrenarse de actuar como es su costumbre. Cada día, en la medida de su poder, borra a la mejor criatura que puede encontrar. Así que desea probar su poder, y en un cuerpo ha arrebatado más excelencia de la que ha dejado atrás. Habría hecho mejor tomando el mundo entero, y dejando viva y sana esta presa que ahora ha arrebatado. La belleza, la cortesía, y el conocimiento, y todo lo que una dama puede poseer de bondad ha sido tomado y robado de nosotros por la Muerte, que ha destruido toda bondad en la persona de nuestra señora, la emperatriz. Así la Muerte nos ha privado a todos de la vida». «¡Ah, Dios!», dicen los doctores, «sabemos que estás airado con esta ciudad porque no llegamos antes. Si hubiéramos llegado ayer, la Muerte podría haber alardeado de su fuerza si hubiera podido arrancarnos su presa». «Caballeros, madame no les habría permitido a ningún precio verla o ejercer su habilidad. De buenos médicos no había falta, pero madame no permitía que ninguno de ellos la viera o investigara su mal». «¿No?». «Ciertamente, señores, eso no haría». Entonces recordaron el caso de Salomón, quien era tan odiado por su esposa que ella lo engañó fingiendo su muerte. Piensan que esta mujer ha hecho lo mismo. Pero si pudieran de alguna manera lograr su cura, nadie podría hacerles mentir o evitar que expusieran la verdad, si descubrieran algún engaño. Así que se dirigen a la corte, donde había tal ruido y grito que no podrías haber oído el estruendo del trueno de Dios. El principal de estos tres doctores, que sabía más, se acercó al féretro. Nadie le dice «quítate», y nadie intenta detenerlo. Coloca su mano sobre su pecho y costado, y seguramente siente que la vida aún está en el cuerpo: percibe y conoce eso lo suficientemente bien. Ve al emperador de pie cerca, loco y atormentado por su pesar. Al verlo, llama en voz alta: «Emperador, ¡consuélate! Estoy seguro y veo claramente que esta dama no está muerta. ¡Deja tu pesar, y confórtate! Si no te la devuelvo viva, puedes matarme o colgarme».
De inmediato por todo el palacio el ruido se calma y silencia. Y el emperador ordenó al doctor que le dijera plenamente sus órdenes y deseos, cualesquiera que fueran. Si puede devolver la vida a la emperatriz será señor y soberano sobre el emperador mismo; pero si en algún aspecto le ha mentido será colgado como un ladrón común. Y el doctor dijo: «Consiento en ello, y que nunca tenga usted misericordia de mí si no hago que ella le hable aquí. Sin demora y sin tardanza haga que despejen el palacio de inmediato, y que no quede ni un alma. Debo examinar en privado la enfermedad que aflige a la dama. Estos dos doctores, que son mis amigos, permanecerán conmigo solos en la habitación, y que todos los demás salgan». Esta orden habría sido opuesta por Cligés, John y Thessala; pero todos los demás que estaban allí podrían haberse vuelto contra ellos si hubieran intentado oponerse a su orden. Así que guardan silencio y aprueban lo que oyen aprobado por los demás, y abandonan el palacio. Después de que los tres doctores hubieran separado por la fuerza el sudario de la dama, sin usar cuchillo ni tijeras, le dijeron: «Señora, no se asuste, no tenga miedo, ¡sino háblenos con confianza! Sabemos lo suficientemente bien que usted está perfectamente sana y en buen estado. Sea sensata y complaciente ahora, y no se desespere por nada, pues si tiene alguna necesidad de nosotros los tres le aseguraremos nuestra ayuda, ya sea para bien o para mal. Seremos muy leales con usted, tanto en guardar nuestro consejo como en ayudarla. ¡No nos mantenga hablando aquí! Dado que ponemos a su disposición nuestra habilidad y servicio, seguramente no debería negarse». Así piensan engañarla y embaucarla, pero no tienen éxito; pues ella no tiene necesidad ni interés en el servicio que le prometen; así que están perdiendo su tiempo en un esfuerzo vano. Cuando los tres médicos ven que no sacarán nada de ella ni por súplica ni por halagos, entonces la toman de su féretro, y comienzan a golpearla y maltratarla. Pero sus esfuerzos son insensatos, pues no pueden extraer de ella ni una palabra. Entonces la amenazan e intentan aterrorizarla diciendo que si no habla pronto tendrá motivos para arrepentirse de su necedad, pues van a hacerle algo tan maravilloso que tal cosa nunca se hizo al cuerpo de ninguna mujer desgraciada. «Sabemos que estás viva, y no te dignas a hablarnos. Sabemos que finges la muerte, y así querrías engañar al emperador. ¡No nos temas! Si alguno de nosotros te ha enojado, antes de que te hagamos más daño, cesa tu comportamiento loco ahora, pues estás actuando malvadamente; y te prestaremos nuestra ayuda en cualquier empresa, sabia o loca». Pero no puede ser; no tienen éxito. Entonces renuevan su ataque, golpeándola con correas en la espalda, de modo que los verdugones se ven claramente, y se combinan para desgarrar su tierna carne hasta que hacen fluir la sangre.
Cuando la hubieron golpeado con las correas hasta que le cortaron la carne, y cuando la sangre gotea, mientras se desliza de entre las heridas, incluso entonces sus esfuerzos no sirven de nada para extraer de ella un suspiro o palabra, ni para hacer que se mueva o actúe. Entonces dicen que deben procurar fuego y plomo, que derretirán y pondrán sobre sus manos, antes que fracasar en sus esfuerzos por hacerla hablar. Tras conseguir una luz y algo de plomo encienden un fuego y derriten el plomo. Así, los miserables villanos atormentan y afligen a la dama, tomando el plomo hirviendo del fuego y vertiéndolo en las palmas de sus manos. No satisfechos con verter el plomo hasta atravesar sus palmas, los cobardes granujas dicen que, si no habla de inmediato, la extenderán de inmediato sobre la parrilla hasta que esté completamente asada. Sin embargo, ella guarda silencio, y no se niega a que su cuerpo sea golpeado y maltratado por ellos. Ahora estaban a punto de ponerla sobre el fuego para ser asada y parrilleada cuando más de mil damas, que estaban apostadas ante el palacio, llegan a la puerta y a través de una pequeña grieta vislumbran la tortura y angustia que le estaban infligiendo a la dama, mientras con carbón y llama consumaban su martirio. Traen garrotes y martillos para aplastar y derribar la puerta. Gran fue el ruido y el alboroto mientras golpeaban y derribaban la puerta. Si ahora pueden echar mano a los doctores, estos no tendrán que esperar mucho antes de recibir su merecido. Con una sola carrera las damas entran en el palacio, y en el tumulto está Thessala, que no tiene otro objetivo que llegar a su señora. Junto al fuego la encuentra desnudada, gravemente herida y lesionada. La pone de nuevo en el féretro, y sobre ella extiende una tela, mientras las damas van a dar su recompensa a los tres doctores, sin querer esperar al emperador o a su senescal. Por las ventanas los arrojaron al patio, rompiendo los cuellos, costillas, brazos y piernas de todos: nunca se hizo mejor trabajo por ninguna dama.
Ahora los tres médicos han recibido su espantosa recompensa a manos de las damas. Pero Cligés está aterrorizado y lleno de pesar al oír hablar del dolor y el martirio que su amada ha soportado por él. Casi está fuera de sí, temiendo mucho, y con razón, que ella pueda estar muerta o gravemente herida por la tortura que le infligieron los tres médicos, quienes ahora están muertos. Así que se encuentra en la desesperación y el desaliento cuando llega Thessala, trayendo consigo un ungüento muy preciado con el que ya ha frotado suavemente el cuerpo y las heridas de su señora. Cuando la volvieron a colocar en su féretro, las damas la envolvieron de nuevo en una tela de tejido sirio, dejando su rostro al descubierto. Durante toda esa noche no hay disminución de los gritos que lanzan incesantemente. Por toda la ciudad, altos y bajos, pobres y ricos, están fuera de sí por el dolor, y parece como si cada uno se jactara de que superará a todos los demás en su aflicción, y desearía no ser consolado jamás. Toda esa noche continúa el duelo. A la mañana siguiente, John acudió a la corte; y el emperador manda a buscarlo y le da esta orden: "John, si alguna vez hiciste una bella obra, ahora esfuérzate y muestra toda tu habilidad construyendo un sepulcro que, por belleza y mano de obra, no tenga igual". Y John, que ya había realizado la tarea, dice que ya ha terminado uno que es muy fino y hábilmente trabajado; pero cuando comenzó el trabajo no tuvo idea de que en él debería depositarse otro cuerpo que no fuera un cuerpo santo. "Ahora que la emperatriz sea puesta en él y enterrada en algún lugar sagrado, pues ella, creo, es santificada". "Has hablado bien", dice el emperador; "será enterrada allí, en la iglesia de mi señor San Pedro, donde acostumbran a enterrar los cuerpos. Pues antes de su muerte me hizo esta petición, que hiciera que la enterraran allí. Ahora ocúpate de tu tarea y coloca tu sepulcro en la mejor posición del cementerio, donde legítimamente debería estar". John responde: "Está bien, mi señor". John se despide al momento y prepara el sepulcro con gran habilidad; colocó un colchón de plumas dentro, porque la piedra era dura y fría; y para que el olor sea dulce, esparce flores y hojas alrededor. Otra razón para hacer esto fue que nadie pudiera percibir el colchón que él había puesto dentro de la tumba. Ya se había dicho misa por la difunta en las iglesias y parroquias, y las campanas tañían continuamente como es propio para los muertos. Se dan órdenes de traer el cuerpo para ser depositado en el sepulcro, que John, con toda su destreza, ha construido tan ricamente y con tanta elegancia. En toda Constantinopla no queda nadie, pequeño o grande, que no siga al cuerpo entre lágrimas, maldiciendo y reprochando a la Muerte. Caballeros y jóvenes por igual desfallecen, mientras las damas y doncellas se golpean el pecho mientras culpan así a la Muerte: "¡Oh, Muerte!", grita cada una, "¿por qué no aceptaste rescate por mi señora? Ciertamente, tu ganancia fue bastante escasa, mientras que la pérdida para nosotros es grande". Y en este dolor, Cligés seguramente toma parte, pues sufre y se lamenta más que todos los demás, y es extraño que no se quite la vida. Pero aun así decide posponer esto hasta que llegue la hora y el momento para desenterrarla, tomar posesión de ella y ver si está viva o no. Sobre la tumba se encuentran los hombres que bajaron el cuerpo a su lugar; pero, con John allí, no se entrometen en el ajuste del sarcófago, y dado que estaban tan abatidos que no podían ver, John tuvo tiempo de sobra para realizar su tarea especial. Cuando el ataúd estuvo en su lugar, y no había nada más en la tumba, selló herméticamente todas las juntas. Cuando esto estuvo hecho, habría que ser muy hábil para, salvo por fuerza o violencia, quitar o aflojar cualquier cosa que John hubiera puesto dentro.
Fenice yace en el sepulcro hasta que llegó la oscuridad de la noche. Pero treinta caballeros montan guardia sobre ella, y hay diez cirios ardiendo allí, que iluminan el lugar por todas partes. Los caballeros estaban cansados y agotados por la tensión que habían soportado; así que comieron y bebieron esa noche hasta que todos cayeron profundamente dormidos. Cuando llegó la noche, Cligés se escabulle de la corte y de todos sus seguidores, de modo que no hubo un solo caballero o criado que supiera qué había sido de él. No se detuvo hasta que encontró a John, quien le aconseja lo mejor que puede. Le proporciona armas, pero nunca tendrá necesidad de ellas. Una vez armados, ambos espolean hacia el cementerio. El cementerio estaba cerrado por todas partes con un muro alto, de modo que los caballeros, que se habían quedado dormidos tras asegurar la puerta desde el interior, podían estar seguros de que nadie entraría allí. Cligés no ve cómo puede entrar, pues no hay paso a través de la puerta. Y, sin embargo, de alguna manera debe pasar, porque el amor se lo ordena y lo impulsa. Prueba el muro y trepa, siendo fuerte y ágil. Dentro había un jardín plantado con árboles, uno de los cuales estaba tan cerca del muro que lo tocaba. Ahora Cligés tenía lo que necesitaba, y tras descolgarse por el árbol, lo primero que hizo fue ir a abrir la puerta para John. Al ver a los caballeros dormidos, apagaron todas las luces, de modo que el lugar permaneció en la oscuridad. Y John ahora descubre la tumba y abre el ataúd, teniendo cuidado de no causarle daño. Cligés entra en la tumba y saca a su amada, toda débil y postrada, a quien acaricia, besa y abraza. No sabe si alegrarse o arrepentirse de que ella no se agite ni se mueva. Y John, tan rápido como pudo, cerró el sepulcro de nuevo, de modo que no fuera aparente que nadie lo había manipulado. Luego se dirigieron tan rápido como pudieron a la torre. Cuando la hubieron instalado en la torre, en las habitaciones que estaban bajo el nivel del suelo, le quitaron sus ropas de entierro; y Cligés, que no sabía nada de la poción que ella había tomado, la cual la dejó muda y la mantuvo inmóvil, piensa que está muerta, y está en la desesperación con ansiedad mientras suspira pesadamente y llora. Pero pronto llegará el momento para que la poción pierda su fuerza. Y Fenice, que escucha su dolor, lucha y se esfuerza por encontrar fuerzas para consolarlo con una palabra o una mirada. Su corazón casi estalla debido a la tristeza que él muestra. "¡Ah, Muerte!", dice, "qué ruin eres, al perdonar y salvar todas las cosas despreciables y viles; al dejar que sigan viviendo y perduren. ¡Muerte! ¿Estás fuera de ti o borracha, que has matado a mi señora sin mí? ¡Esto es una cosa maravillosa que veo: mi señora está muerta y yo todavía sigo vivo! Ah, preciosa mía, ¿por qué vive tu amante para verte muerta? Uno podría decir con razón que has muerto a mi servicio, y que soy yo quien te ha matado y asesinado. Amada, entonces yo soy la muerte que te ha golpeado. ¿No es eso injusto? Pues es mi propia vida la que he perdido en ti, y he preservado tu vida en mí. Pues, ¿no pertenecían tu salud y tu vida a mí, dulce mía? ¿Y no pertenecían las mías a ti? Pues no amaba nada excepto a ti, y nuestra doble existencia era como una sola. Así que ahora he hecho lo que era correcto al mantener tu alma en mi cuerpo mientras la mía ha escapado de tu cuerpo, y uno debería ir a buscar la compañía del otro, dondequiera que esté, y nada debería separarlos". Ante esto, ella exhala un suave suspiro y susurra débilmente: "Amante mío, no estoy del todo muerta, pero sí muy cerca. Valoro poco mi vida ahora. Pensé que era una broma y una mera pretensión; pero ahora sí que soy digna de lástima, pues la muerte no ha tratado esto como una broma. Será un milagro si escapo con vida. Pues los médicos me han herido gravemente, y han destrozado mi carne y me han desfigurado. Y, sin embargo, si fuera posible que mi nodriza viniera aquí, y si los esfuerzos sirvieran de algo, ella me devolvería la salud de nuevo". "No te preocupes, querida, por eso", dice Cligés, "pues esta misma noche la traeré aquí". "Querido, deja que John vaya por ella ahora". Así que John partió y la buscó hasta que la encontró, y le dijo cómo quería que viniera con él y que no dejara que ninguna otra causa la retuviera; pues Fenice y Cligés la han mandado buscar para que acuda a una torre donde la están esperando; y que Fenice está en un estado grave, por lo que debe venir provista de ungüentos y remedios, y tener en cuenta que no vivirá mucho tiempo si no viene pronto a prestarle ayuda. Thessala corre de inmediato y, tomando ungüentos, emplastos y remedios que había preparado, se encuentra con John de nuevo. Salen secretamente de la ciudad, hasta que llegan directamente a la torre. Cuando Fenice ve a su nodriza, se siente ya curada, debido a la fe y confianza amorosa que deposita en ella. Y Cligés la saluda afectuosamente y dice: "Bienvenida, nodriza, a quien amo y valoro. Nodriza, por amor de Dios, ¿qué piensas de la dolencia de esta joven dama? ¿Cuál es tu opinión? ¿Se recuperará?". "Sí, mi señor, no tenga miedo, pues la restauraré por completo. No pasará una quincena antes de que la haga estar tan bien que nunca antes estuvo tan vivaz y fuerte".
Mientras Thessala está ocupada con sus remedios, John va a proveer a la torre con todo lo que es necesario. Cligés va a la torre y sale de ella con valentía y abiertamente, pues ha alojado allí un halcón en muda, y dice que va a visitarlo; así nadie puede sospechar que va allí por otra razón que no sea el halcón. Hace largas estancias allí noche y día. Ordena a John que guarde la torre, para que nadie entre contra su voluntad. Fenice ya no tiene motivos para quejarse, pues Thessala la ha curado por completo. Si Cligés fuera duque de Almería, Marruecos o Tudela, no lo consideraría valioso ni en una baya de acebo comparado con el gozo que ahora siente. Ciertamente el Amor no se rebajó cuando unió a estos dos, pues les parece, cuando se abrazan y se besan, que todo el mundo debe ser mejor por su alegría y felicidad. Ahora no me pregunten más sobre esto, pues uno no puede tener un deseo en el que el otro no se avenga. Así, solo tienen un deseo, como si ellos dos fueran uno mismo.
Fenice estuvo en la torre, creo, todo ese año y dos meses completos del siguiente, hasta que el verano volvió. Cuando los árboles dan sus flores y hojas, y los pajarillos se regocijan, cantando alegremente sus letanías, sucedió que Fenice una mañana escuchó el canto del ruiseñor. Cligés la sostenía fuertemente abrazada con sus brazos alrededor de su cintura y cuello, y ella lo sostenía en un abrazo similar, mientras decía: "Querido y bello amante mío. Un jardín me vendría bien, en el que pudiera divertirme. Durante más de quince meses no he visto la luz de la luna ni del sol. Si fuera posible, desearía salir allá a la luz del día, pues aquí, en esta torre, estoy confinada. Si hubiera un jardín cerca, donde pudiera ir y divertirme, a menudo me haría bien". Entonces Cligés le promete consultar con John al respecto tan pronto como pueda verlo. En ese mismo momento entró John, como solía hacer a menudo, y Cligés le habló de lo que Fenice deseaba. John responde: "Todo lo que ella pide ya está previsto y abastecido. Esta torre está bien equipada con lo que ella desea y requiere". Entonces Fenice se alegró mucho y le pidió a John que la llevara allí, lo cual dijo que haría con mucho gusto. Entonces John va y abre una puerta, construida de una manera que no puedo describir adecuadamente. Nadie más que John podría haberla hecho, y nadie podría haber afirmado que hubiera una puerta o ventana allí; tan perfectamente estaba oculta.
Cuando Fenice vio la puerta abierta y el sol entrar a raudales, como no lo había visto en muchos días, su corazón palpitó de alegría; dijo que ahora no faltaba nada, puesto que podía abandonar su torre-mazmorra, y que no deseaba otro lugar de alojamiento. Pasó a través de la puerta hacia el jardín, con sus placeres y delicias. En medio del jardín había un árbol injertado cargado de flores y hojas, y con una copa de amplia extensión. Sus ramas estaban tan formadas que todas colgaban hacia abajo hasta que casi tocaban el suelo; el tronco principal, sin embargo, del que brotaban, se elevaba recto hacia el aire. Fenice no desea otro lugar. Bajo el árbol el césped es muy agradable y fino, y al mediodía, cuando hace calor, el sol nunca estará lo suficientemente alto para que sus rayos penetren allí. John había demostrado su habilidad disponiendo y formando las ramas así. Allí va Fenice a divertirse, donde le preparan una cama durante el día. Allí prueban el gozo y la delicia. Y el jardín está cerrado por un muro alto conectado con la torre, de modo que nada puede entrar allí sin pasar primero a través de la torre.
Fenice ahora es muy feliz: no hay nada que le cause disgusto, y no falta nada de lo que desea, cuando su amante está en libertad de abrazarla bajo las flores y las hojas. En la estación en que la gente toma el gavilán y el perro de muestra y caza la alondra y el zorzal pardo o acecha la codorniz y la perdiz, sucedió que un caballero de Tracia, que era joven, alerta e inclinado al deporte caballeresco, llegó un día cerca de la torre en su búsqueda de caza. El halcón de Bertrand (pues tal era su nombre), habiendo errado una alondra, se había alejado volando, y Bertrand pensó cuán grande sería su pérdida si perdiera a su ave de caza. Cuando lo vio bajar y posarse en un jardín bajo la torre, se alegró, pues pensó que ya no podía perderlo. De inmediato fue y trepó por el muro hasta que logró saltarlo, cuando bajo el árbol vio a Fenice y a Cligés durmiendo desnudos en estrecho abrazo. "¡Dios!", dijo, "¿qué me ha pasado ahora? ¿Qué maravilla es esta que veo? ¿No es ese Cligés? Ciertamente lo es. ¿No es esa la emperatriz con él allí? No, pero se le parece. Jamás una cosa se pareció tanto a otra. Su nariz, su boca y su frente son como las de mi señora la emperatriz. Nunca la Naturaleza hizo dos criaturas de tal semejanza. No hay rasgo en esta mujer aquí que no haya visto en mi señora. Si estuviera viva, diría que era ciertamente ella misma". Justo entonces cae una pera y golpea cerca del oído de Fenice. Ella salta y se despierta y, al ver a Bertrand, grita en voz alta: "Querido mío, querido mío, estamos perdidos. Allí está Bertrand. Si se te escapa, estamos atrapados en una mala trampa, pues contará que nos ha visto". Entonces Bertrand se dio cuenta de que era la emperatriz, sin lugar a dudas. Ve la necesidad de irse de inmediato, pues Cligés había traído consigo su espada al jardín y la había dejado junto a la cama. Él saltó ahora y agarró su espada, mientras Bertrand se despedía apresuradamente. Tan rápido como pudo, escaló el muro, y casi estaba a salvo cuando Cligés, viniendo tras él, levantó su espada y le golpeó con tal violencia que le cortó la pierna bajo la rodilla, como si hubiera sido un tallo de hinojo. A pesar de esto, Bertrand escapó, aunque gravemente herido y mutilado. Fuera de sí por el dolor y la ira al ver su lamentable estado, sus hombres al otro lado lo recogieron e insistieron en preguntar quién había sido el que lo trató así. "No me hablen ahora", dice, "sino ayúdenme a montar mi caballo. No se hará mención de esto excepto al emperador. Quien así me ha tratado debe estar, y sin duda lo está, en gran terror; pues está en gran peligro de muerte". Entonces lo subieron a su palafreno y lo llevaron por la ciudad, gravemente afligidos en su miedo mientras tanto. Tras ellos vienen más de veinte mil otros, siguiéndolos a la corte. Y toda la gente corre junta, cada uno esforzándose por llegar primero. Bertrand presentó su queja en voz alta, ante el oír de todos, al emperador: pero lo tomaron por un charlatán ocioso cuando dijo que había visto a la emperatriz toda expuesta. La ciudad está en un fermento de excitación: algunos consideran las noticias que oyen como simple tontería, otros aconsejan e instan al emperador a visitar la torre él mismo. Gran es el ruido y la confusión de la gente que se prepara para acompañarlo. Pero no encuentran nada en la torre, pues Fenice y Cligés hacen su huida, llevándose con ellos a Thessala, quien los consuela y les declara que, si por casualidad ven a gente venir tras ellos para arrestarlos, no deben tener miedo; que nunca se acercarían a hacerles daño dentro del alcance de una fuerte ballesta. Y el emperador, dentro de la torre, hace buscar a John y traerlo. Ordena que sea atado y amarrado diciendo que hará que lo ahorquen o quemen, y hará que sus cenizas sean esparcidas ampliamente. Recibirá su debida recompensa por la vergüenza que ha causado al emperador; pero esta recompensa no será agradable, porque John ha escondido en la torre a su sobrino con su esposa. "Por mi palabra, dices la verdad", dice John; "no mentiré, sino que iré aún más lejos y declararé la verdad, y si he hecho algún mal es justo que sea apresado. Pero ofrezco esto como mi excusa: que un siervo no debe rechazar nada cuando su señor legítimo ordena. Ahora, todo el mundo sabe ciertamente que soy suyo, y esta torre también". "No lo es, John. Más bien es tuya". "¿Mía, señor? Sí, después de él: pero ni yo me pertenezco a mí mismo, ni tengo nada que sea mío, excepto lo que a él le plació otorgarme. Y si usted pensara decir que mi señor es culpable de haberle hecho un mal, estoy listo para emprender su defensa sin ninguna orden de él. Pero me siento alentado a proclamar abiertamente lo que tengo en mente, tal como lo he pensado, pues sé muy bien que debo morir. Así que hablaré sin importar los resultados. Pues si muero por causa de mi señor, no moriré una muerte innoble, porque los hechos son generalmente conocidos sobre ese juramento y promesa que usted hizo a su hermano, que después de usted Cligés debería ser emperador, quien ahora es desterrado como un vagabundo. Pero si Dios quiere, ¡él será emperador todavía! Por tanto, usted está abierto al reproche, pues no debería haber tomado esposa; sin embargo, se casó con ella e hizo a Cligés un mal, y él no le ha hecho ningún mal en absoluto. Y si soy castigado con la muerte por usted, y si muero injustamente por su causa, y si él todavía está vivo, él vengará mi muerte en usted. Ahora vaya y haga lo mejor que pueda, pues si yo muero, usted también morirá".
El emperador tiembla de ira al oír las palabras burlonas que le dirige John. «John», dice, «tendrás tregua hasta que encontremos a tu señor, quien me ha hecho tal agravio, aunque yo lo amaba profundamente y no tenía intención de defraudarlo. Mientras tanto, permanecerás en prisión. Si sabes qué ha sido de él, dímelo de inmediato, te lo ordeno». «¿Que se lo diga? ¿Cómo podría cometer tal traición? Aunque me arrancaran la vida del cuerpo, no se lo revelaría, aunque supiera su paradero. A decir verdad, no sé más que usted adónde han ido, ¡que Dios me ayude! Pero no hay necesidad de sus celos. No temo tanto su ira como para no decir, para que todos puedan oírlo, cómo ha sido engañado, aunque mis palabras no sean creídas. Usted fue engañado y embaucado por la poción que bebió en su noche de bodas. A menos que ocurriera en sueños, mientras dormía, nunca ha tenido placer con ella; pero la noche le hizo soñar, y el sueño le dio tanta satisfacción como si hubiera ocurrido en sus horas de vigilia el que ella lo hubiera tenido en sus brazos: esa fue la suma de su satisfacción. Su corazón estaba tan entregado a Cligés que fingió su muerte por él; y él tuvo tanta confianza en mí que me lo explicó todo y la estableció en mi casa, que legítimamente le pertenece a él. No debería reprochármelo. Debería, ciertamente, ser quemado o ahorcado si traicionara a mi señor o me negara a hacer su voluntad».
Cuando la atención del emperador se vuelve hacia la poción que tuvo a bien beber, y con la cual Thessala lo había engañado, entonces se dio cuenta por primera vez de que nunca había tenido placer con su esposa, a menos que hubiera ocurrido en un sueño: así pues, no fue sino una alegría ilusoria. Y dice que si no toma venganza por la vergüenza y el oprobio que le ha infligido el traidor que ha seducido a su esposa, nunca volverá a ser feliz. «¡Ahora, rápido!», dice, «hasta Pavía, y desde aquí hasta Alemania, que no quede castillo, pueblo o ciudad en el que no se haga una búsqueda. Tendré por más querido que a todos a aquel que me traiga a los dos cautivos. ¡Ahora arriba y abajo, cerca y lejos, buscad diligentemente!». Entonces partieron con celo y pasaron todo ese día en la búsqueda. Pero entre el número de los buscadores, Cligés tenía algunos amigos que, si los encontraban, los habrían llevado a algún escondite antes que arrastrarlos de vuelta. Toda esa quincena se agotaron en una búsqueda infructuosa. Pues Thessala, que actúa como su guía, los conduce con sus artes y hechizos con tanta seguridad que no sienten temor ni miedo ante todo el poder del emperador. No buscan reposo en ningún pueblo ni ciudad; sin embargo, tienen todo lo que desean o anhelan, incluso más de lo que suele ser el caso. Pues todo lo que necesitan es procurado por Thessala, quien busca, escudriña y se abastece para ellos. Tampoco hay nadie que los persiga ahora, pues todos han regresado a sus hogares. Mientras tanto, Cligés no está ocioso, sino que se propone encontrar a su tío, el Rey Arthur. Continuó su búsqueda hasta que lo encontró, y ante él presentó su reclamo y protesta sobre su tío, el emperador, quien, para desheredarlo, se había casado deslealmente, lo cual no era correcto que hiciera; pues había jurado a su padre que nunca se casaría en su vida. Y el Rey dice que con una flota se dirigirá a Constantinopla, y que llenará mil barcos con caballeros, y tres mil más con hombres de armas, hasta que ninguna ciudad o burgo, pueblo o castillo, por fuerte o alto que sea, pueda resistir su asalto. Entonces Cligés no olvidó agradecer al Rey por la ayuda que le ofrecía. El Rey envía a buscar y convocar a todos los altos barones de la tierra, y hace requisar y equipar barcos, naves de guerra, botes y barcazas. Tiene cien barcos cargados y llenos de escudos, lanzas, rodelas y armaduras aptas para caballeros. El Rey hace tales preparativos para la guerra que jamás César o Alejandro hicieron otros iguales. Ordena reunir a su convocatoria a toda Inglaterra, y toda Flandes, Normandía, Francia y Bretaña, y a todos los hombres hasta los Pirineos. Ya estaban a punto de zarpar, cuando llegaron mensajeros de Grecia que retrasaron el embarque y retuvieron al Rey y a su gente. Entre los mensajeros que llegaron estaba John, ese hombre de confianza, pues nunca sería testigo o mensajero de noticias que no fueran ciertas, y que no supiera con certeza. Los mensajeros eran hombres de alto linaje de Grecia, que venían en busca de Cligés. Indagaron y preguntaron por él, hasta que lo encontraron en la corte del Rey, cuando le dijeron: «¡Dios le guarde, señor! Grecia le es entregada, y Constantinopla le es dada por todos los de su imperio, debido al derecho que usted tiene sobre ellas. Su tío (pero usted no lo sabe) ha muerto de la pena que sintió porque no pudo descubrirlo. Su pena fue tal que perdió el juicio; no quería beber ni comer, sino que murió como un hombre fuera de sí. ¡Buen señor, regrese ahora! Pues todos sus señores han enviado por usted. Grandemente lo desean y anhelan, deseando hacerlo su emperador». Algunos hubo que se regocijaron por esto; y otros hubo que habrían visto con gusto a sus huéspedes en otra parte, y a la flota zarpar hacia Grecia. Pero la expedición se abandona, y el Rey despide a sus hombres, y las huestes parten de nuevo hacia sus hogares. Y Cligés se apresura con urgencia en su deseo de regresar a Grecia. No tiene deseo de demorarse. Hechos sus preparativos, se despidió del Rey, y luego de todos sus amigos, y llevándose a Fenice con él, se marcha. Viajan hasta llegar a Grecia, donde lo reciben con el júbilo que deberían mostrar a su legítimo señor, y le entregan a su amada para ser su esposa. Ambos son coronados al instante. A su amante la ha hecho su esposa, pero él todavía la llama su amante y amada, y ella no puede quejarse de ninguna pérdida de afecto, pues él la ama aún como a su amante, y ella también lo ama a él, como una dama debe amar a su amante. Y cada día veía su amor crecer más fuerte: él nunca dudó de ella, ni ella le reprochó nada. Nunca fue mantenida confinada, como tantas mujeres que han vivido después de su tiempo. Pues nunca desde entonces ha habido un emperador que no viviera con temor de su esposa, no fuera a ser engañado por ella, tras oír la historia de cómo Fenice engañó a Alis, primero con la poción que él bebió, y luego más tarde por aquel otro ardid. Por tanto, toda emperatriz, por rica y noble que sea, es custodiada en Constantinopla como en una prisión, pues el emperador no tiene confianza en ella cuando recuerda la historia de Fenice. La mantiene constantemente custodiada en su habitación, ni jamás se permite a hombre alguno en su presencia, a menos que sea un eunuco desde su juventud; en el caso de tales no hay miedo o duda de que el Amor los atrape en sus lazos. Aquí termina la obra de Chrétien.
Arturo, el buen Rey de Britania, cuya proeza nos enseña que también nosotros debemos ser valientes y corteses, celebraba una rica y real corte en aquel precioso día de fiesta que siempre es conocido por el nombre de Pentecostés. La corte estaba en Carduel, en Gales. Cuando la comida hubo terminado, los caballeros se encaminaron a donde eran llamados por las damas, las doncellas y las mozas. Algunos contaban historias; otros hablaban de amor, de las pruebas y las penas, así como de las grandes bendiciones que a menudo recaen sobre los miembros de su orden, la cual era rica y floreciente en aquellos días de antaño. Pero ahora sus seguidores son pocos, pues la han abandonado casi hasta el último hombre, de modo que el amor está muy envilecido. Pues antaño los amantes merecían ser considerados corteses, valientes, generosos y honorables. Pero ahora el amor es objeto de burla, pues aquellos que no tienen entendimiento de él afirman que aman, y al hacerlo mienten. Así, profieren una mofa y mienten al jactarse de lo que no tienen derecho. Pero dejemos a los que aún viven, para hablar de los de tiempos pasados. Pues, a mi parecer, un hombre cortés, aunque esté muerto, vale más que un bribón vivo. Así pues, es mi deseo relatar un asunto muy digno de atención concerniente al Rey cuya fama era tal que los hombres aún hablan de él por todas partes; y coincido con la opinión de los bretones de que su nombre vivirá por siempre jamás. Y en relación con él recordamos a aquellos buenos y selectos caballeros que se entregaron por amor al honor. Pero en este día del que hablo, fue grande su asombro al ver al Rey abandonar su presencia; y hubo algunos que se sintieron contrariados, y que no se guardaron sus palabras, pues nunca antes habían visto al Rey, en ocasión de tal festividad, entrar en su propia cámara para dormir o buscar descanso. Pero este día sucedió que la Reina lo retuvo, y permaneció tanto tiempo a su lado que se olvidó de sí mismo y se quedó dormido. Fuera de la puerta de la cámara estaban Dodinel, Sagremor y Kay, mi señor Gawain, mi señor Yvain, y con ellos Calogrenant, un caballero muy apuesto, que había comenzado a contarles un relato, aunque no era para su crédito, sino más bien para su vergüenza. La Reina pudo oírlo mientras contaba su historia, y levantándose de junto al Rey, se acercó a ellos tan sigilosamente que, antes de que nadie la viera, se había plantado, por así decirlo, justo en medio de ellos. Solo Calogrenant se levantó rápidamente al verla llegar. Entonces Kay, que era muy pendenciero, mezquino, sarcástico y abusivo, le dijo: "Por el Señor, Calogrenant, veo que ahora eres muy audaz y atrevido, y ciertamente me complace verte como el más cortés de todos nosotros. Y sé que estás muy convencido de tu propia excelencia, pues eso es acorde con tu escaso juicio. Y, por supuesto, es natural que mi señora suponga que nos superas a todos en cortesía y valentía. ¡No nos levantamos por pereza, en verdad, o porque no nos importara! Por mi palabra, no es así, mi señor; pero no vimos a mi señora hasta que tú te hubieras levantado primero". "En verdad, Kay", dice entonces la Reina, "creo que reventarías si no pudieras verter el veneno del que estás tan lleno. Eres molesto y mezquino al incomodar así a tus compañeros". "Señora", dice Kay, "si no somos mejores por su compañía, al menos no perdamos por ella. No soy consciente de haber dicho nada por lo que deba ser acusado, así que le ruego que no diga nada más. Es descortés y necio mantener una disputa vana. Esta discusión no debe ir más lejos, ni nadie debe intentar sacar más provecho de ella. Pero puesto que no debe haber más palabras altisonantes, ordénale que continúe el relato que había comenzado". Entonces Calogrenant se dispone a responder de este modo: "Mi señor, poco me importa la disputa, que importa poco y no me afecta. Si has vertido tu desprecio sobre mí, nunca me veré perjudicado por ello. A menudo has hablado de forma insultante, mi señor Kay, a hombres más valientes y mejores que yo, pues eres dado a este tipo de cosas. El montón de estiércol siempre apestará, y los tábanos pican, y las abejas zumbarán, y así un pesado atormentará y se convertirá en una molestia. Sin embargo, con el permiso de mi señora, no continuaré mi relato hoy, y le ruego que no diga nada más al respecto, y que tenga la amabilidad de no darme ninguna orden inoportuna". "Señora", dice Kay, "todos los que están aquí estarán en su deuda, pues desean oírlo hasta el final. ¡No lo haga como un favor para mí! Pero por la fe que debe al Rey, su señor y el mío, ordénele que continúe, y hará bien". "Calogrenant", dice entonces la Reina, "no hagas caso al ataque de mi señor Kay el senescal. Está tan acostumbrado al mal hablar que no se le puede castigar por ello. Te ordeno y solicito que no te enfades por su causa, ni debes dejar por él de decir algo que nos plazca a todos oír; si deseas conservar mi buena voluntad, te ruego que comiences el relato de nuevo". "Ciertamente, señora, es una orden muy inoportuna la que me impone. Antes que contar nada más de mi relato hoy, preferiría que me arrancaran un ojo, si no temiera su disgusto. Sin embargo, cumpliré su mandato, por muy desagradable que sea. Entonces, puesto que así lo quiere, preste atención. Que su corazón y sus oídos sean míos. Pues las palabras, aunque se oigan, se pierden si no se entienden dentro del corazón. Hay algunos hombres que dan su consentimiento a lo que oyen pero no lo entienden: estos hombres solo tienen el oído. En el momento en que el corazón no entiende, la palabra cae sobre los oídos simplemente como el viento que sopla, sin detenerse a permanecer allí; más bien pasa rápidamente si el corazón no está tan despierto como para estar listo para recibirla. Pues solo el corazón puede recibirla cuando llega, y encerrarla en su interior. Los oídos son el camino y el canal por el cual la voz puede llegar al corazón, mientras que el corazón recibe dentro del pecho la voz que entra por el oído. Ahora, quien quiera prestar atención a mis palabras, debe entregarme su corazón y sus oídos, pues no voy a hablar de un sueño, un cuento ocioso o una mentira, con lo que muchos otros les han deleitado, sino que hablaré de lo que vi".
"Sucedió hace siete años que, solitario como un campesino, me dirigía en busca de aventuras, completamente armado como debe estar un caballero, cuando llegué a un camino que se desviaba a la derecha hacia un bosque espeso. El camino allí era muy malo, lleno de zarzas y espinos. A pesar de la molestia y el inconveniente, seguí el camino y el sendero. Casi todo el día estuve cabalgando así hasta que salí del bosque de Broceliande. Del bosque pasé a campo abierto, donde vi una torre de madera a la distancia de media legua galesa: puede haber sido esa distancia, pero no más. Procediendo más rápido que al paso, me acerqué y vi la empalizada y el foso que la rodeaba, profundo y ancho, y de pie sobre el puente, con un halcón que había mudado sobre su muñeca, vi al señor del castillo. No lo había saludado cuando él se adelantó para sostener mi estribo y me invitó a desmontar. Lo hice, pues era inútil negar que necesitaba un lugar donde alojarme. Entonces me dijo más de cien veces a la vez que bendito era el camino por el que había llegado allí. Mientras tanto, cruzamos el puente y, al pasar por la puerta, nos encontramos en el patio. En medio del patio de este vavasor, a quien Dios recompense tal alegría y honor como me brindó aquella noche, colgaba un gong, no de hierro o madera, creo, sino todo de cobre. Sobre este gong, el vavasor golpeó tres veces con un martillo que colgaba de un poste cercano. Aquellos que estaban arriba en la casa, al oír su voz y el sonido, salieron al patio de abajo. Algunos tomaron mi caballo que el buen vavasor sostenía; y vi acercarse hacia mí a una doncella muy hermosa y gentil. Al mirarla con atención, vi que era alta, esbelta y erguida. Era hábil para desarmarme, lo cual hizo con delicadeza y destreza; luego, cuando me hubo vestido con un manto corto de tela escarlata manchado con plumas de pavo real, todos los demás nos dejaron allí, de modo que ella y yo permanecimos solos. Esto me complació, pues no necesitaba mirar nada más. Luego me llevó a sentarme en el campito más bonito, cerrado por un muro por todas partes. Allí la encontré tan elegante, tan elocuente y tan bien informada, de modales y carácter tan agradables, que era un deleite estar allí, y hubiera deseado no verme obligado a moverme nunca. Pero, por desgracia, llegó la noche y había llegado la hora de la cena. El vavasor vino a buscarme. No fue posible más demora, así que accedí a su petición. De la cena solo diré que fue todo según mi corazón, viendo que la doncella tomó asiento a la mesa justo frente a mí. Después de la cena, el vavasor me confesó que, aunque había alojado a muchos caballeros errantes, no sabía cuánto tiempo hacía desde que había acogido a uno en busca de aventuras. Entonces, como favor, me suplicó que regresara pasando por su residencia, si podía hacerlo posible. Así que le dije: '¡Con mucho gusto, señor!', pues una negativa hubiera sido descortés, y eso era lo menos que podía hacer por tal anfitrión."
Esa noche, en verdad, estuve bien alojado, y apenas apareció la luz de la mañana, encontré mi corcel ya ensillado, tal como había solicitado la noche anterior; así, pues, mi petición fue cumplida. A mi amable anfitrión y a su querida hija los encomendé al Espíritu Santo y, tras despedirme de todos, partí tan pronto como me fue posible. No me había alejado mucho de mi lugar de reposo cuando llegué a un claro donde había unos toros salvajes sueltos; peleaban entre sí y hacían un ruido tan espantoso y horrible que, a decir verdad, retrocedí con miedo, pues no hay bestia tan feroz y peligrosa como un toro. Vi sentado sobre un tocón, con un gran garrote en la mano, a un patán rústico, tan negro como una mora, indescriptiblemente grande y horroroso; en verdad, era el ser tan extremadamente feo que ninguna palabra podría hacerle justicia. Al acercarme a este individuo, vi que su cabeza era más grande que la de un caballo o la de cualquier otra bestia; que su pelo estaba en mechones, dejando la frente desnuda por un ancho de más de dos palmos; que sus orejas eran grandes y vellosas, como las de un elefante; sus cejas eran pobladas y su cara chata; sus ojos eran los de un búho y su nariz como la de un gato; sus mejillas estaban hendidas como las de un lobo y sus dientes eran afilados y amarillos como los de un jabalí; su barba era negra y sus bigotes retorcidos; su barbilla se fundía con el pecho y su columna vertebral era larga, pero torcida y jorobada. Allí estaba, apoyado en su garrote y ataviado con un extraño ropaje, que no consistía en algodón ni lana, sino en las pieles recién desolladas de dos toros o dos bueyes: estas las llevaba colgando del cuello. El sujeto saltó de inmediato cuando me vio acercarme. No sé si iba a golpearme o qué pretendía hacer, pero yo estaba preparado para defenderme, hasta que lo vi detenerse y quedarse inmóvil sobre un tronco de árbol, donde medía diecisiete pies de altura. Entonces me miró fijamente pero no dijo ni una palabra, igual que lo hubiera hecho una bestia. Y supuse que no estaba en sus cabales o que estaba borracho. Sin embargo, me atreví a decirle: «Vamos, hazme saber si eres una criatura del bien o no». Y él respondió: «Soy un hombre». «¿Qué clase de hombre eres?». «Tal como me ves ser: no soy de ninguna otra manera». «¿Qué haces aquí?». «Estaba aquí, cuidando este ganado en este bosque». «¿De verdad los cuidabas? ¡Por San Pedro de Roma! No conocen el mando de ningún hombre. Supongo que nadie puede vigilar bestias salvajes en una llanura, en un bosque o en cualquier otro lugar a menos que estén atadas o confinadas dentro». «Bueno, yo cuido y tengo el control de estas bestias para que nunca abandonen esta vecindad». «¿Cómo haces eso? ¡Vamos, dímelo ahora!». «No hay ninguna que se atreva a moverse cuando me ve venir. Pues cuando logro atrapar a una, le doy a sus dos cuernos un tirón tan fuerte con mis manos duras y poderosas que las otras tiemblan de miedo y se reúnen de inmediato a mi alrededor como si pidieran clemencia. Nadie podría aventurarse aquí salvo yo, pues si alguien se metiera entre ellas, moriría al instante. De esta forma soy el amo de mis bestias. Y ahora tú debes decirme a tu vez qué clase de hombre eres y qué buscas aquí». «Soy, como ves, un caballero que busca lo que no puede encontrar; hace mucho que busco sin éxito». «¿Y qué es esto que deseas encontrar?». «Alguna aventura con la que poner a prueba mi destreza y mi valentía. Ahora te ruego y te pido encarecidamente que me des algún consejo, si es posible, sobre alguna aventura o cosa maravillosa». Dice él: «Tendrás que arreglártelas sin ello, pues no sé nada de aventuras, ni nunca oí hablar de tales. Pero si fueras a cierta fuente aquí cercana y cumplieras con la práctica que allí se hace, no regresarías fácilmente. Cerca de aquí puedes encontrar fácilmente un camino que te conducirá hasta allí. Si quieres ir correctamente, sigue el camino recto, de lo contrario podrías extraviarte fácilmente entre los muchos otros senderos. Verás la fuente que hierve, aunque el agua es más fría que el mármol. Está sombreada por el árbol más hermoso que la Naturaleza haya formado jamás, pues su follaje es siempre verde, sin importar el frío del invierno, y un aguamanil de hierro cuelga allí de una cadena lo suficientemente larga como para llegar a la fuente. Y junto a la fuente encontrarás una piedra maciza, como verás, pero cuya naturaleza no puedo explicar, pues nunca he visto nada igual. Al otro lado hay una capilla, pequeña, pero muy hermosa. Si tomas el agua con el aguamanil y la derramas sobre la piedra, verás que se levanta tal tormenta que no quedará ni una bestia dentro de este bosque; cada cierva, corzo, venado, jabalí y ave saldrá fuera. Pues verás descender tales rayos, tales soplos de vendavales y estruendos de árboles, tales torrentes caer, tales truenos y relámpagos que, si puedes escapar de ellos sin problemas ni desgracias, serás más afortunado de lo que jamás fue ningún caballero». Dejé al individuo entonces, después de que me hubo señalado el camino. Debían haber pasado las nueve y quizá se acercaba el mediodía, cuando divisé el árbol y la capilla. Puedo decir verdaderamente que este árbol era el pino más fino que jamás creció en la tierra. No creo que haya llovido nunca tan fuerte como para que una gota de agua pudiera penetrarlo, sino que más bien gotearía desde las ramas exteriores. Del árbol vi colgar el aguamanil, del oro más fino que jamás se haya vendido en feria alguna. En cuanto a la fuente, puedes creerme que hervía como agua caliente. La piedra era de esmeralda, con agujeros como un barril, y había cuatro rubíes debajo, más radiantes y rojos que el sol de la mañana cuando sale por el este. Ahora no diré ni una palabra que no sea cierta. Deseaba ver la maravillosa aparición de la tempestad y la tormenta; pero en ello no fui sabio, pues me hubiera arrepentido de buena gana, si hubiera podido, cuando rocié la piedra perforada con el agua del aguamanil. Pero me temo que vertí demasiada, pues de inmediato vi los cielos romperse de tal modo que desde más de catorce direcciones los relámpagos cegaron mis ojos, y de repente las nubes dejaron caer nieve, lluvia y granizo. La tormenta fue tan feroz y terrible que cien veces pensé que moriría por los rayos que caían a mi alrededor y por los árboles que eran desgarrados. Sabe que estuve en gran apuro hasta que el estruendo se apaciguó. Pero Dios me dio tal consuelo que la tormenta no continuó por mucho tiempo, y todos los vientos se calmaron de nuevo. Los vientos no se atrevieron a soplar contra la voluntad de Dios. Y cuando vi el aire despejado y sereno me llené de alegría otra vez. Pues he observado que la alegría hace olvidar rápidamente las penas. Tan pronto como la tormenta pasó por completo, vi tantas aves reunidas en el pino (si alguien quiere creer mis palabras) que no se veía rama ni ramita que no estuviera completamente cubierta de pájaros. El árbol era aún más hermoso entonces, pues todas las aves cantaban en armonía, aunque el tono de cada una era diferente, de modo que nunca escuché a una cantar la nota de otra. Yo también me regocijé en su alegría y los escuché hasta que hubieron cantado todo su oficio, pues nunca he escuchado un canto tan feliz, ni creo que nadie más lo escuche, a menos que vaya a escuchar lo que me llenó de tal dicha y gozo que quedé sumido en el éxtasis. Permanecí allí hasta que escuché venir a algunos caballeros, pues me pareció que debían ser diez. Pero todo el ruido y la conmoción fueron causados por la llegada de un solo caballero. Cuando lo vi venir solo, rápidamente tomé mi corcel y no perdí tiempo en montarlo. Y el caballero, como con mala intención, avanzó más veloz que un águila, luciendo tan feroz como un león. Desde donde su voz podía alcanzar, comenzó a desafiarme y dijo: «Vasallo, sin provocación me has causado vergüenza y daño. Si hubiera alguna disputa entre nosotros, primero deberías haberme desafiado, o al menos haber buscado justicia antes de atacarme. Pero, señor vasallo, si está en mi poder, sobre ti caerá el castigo por el daño que es evidente. A mi alrededor yace la evidencia de mis bosques destruidos. Quien ha sufrido tiene derecho a quejarse. Y tengo buenas razones para quejarme de que me hayas expulsado de mi casa con rayos y lluvia. Me has causado problemas, y maldito sea quien piense que esto es justo. Pues dentro de mis propios bosques y ciudad has hecho tal ataque contra mí que los recursos de hombres de armas y de fortificaciones no me habrían servido de nada; ningún hombre podría estar seguro, incluso si hubiera estado en una fortaleza de piedra y madera maciza. Pero ten la seguridad de que desde este momento no habrá ni tregua ni paz entre nosotros». Ante estas palabras, nos abalanzamos el uno contra el otro, sosteniendo cada uno su escudo bien agarrado y cubriéndose con él. El caballero tenía un buen caballo y una lanza robusta, y sin duda era toda una cabeza más alto que yo. Así pues, estaba completamente en desventaja, siendo más bajo que él, mientras que su caballo era más fuerte que el mío. Puedes estar seguro de que diré los hechos, para encubrir mi vergüenza. Con la intención de hacer lo mejor posible, le asesté un golpe tan fuerte como pude, golpeando la parte superior de su escudo, y puse toda mi fuerza en ello con tal efecto que mi lanza voló hecha astillas. Su lanza permaneció entera, siendo muy pesada y más grande que cualquier lanza de caballero que haya visto jamás. Y el caballero me golpeó con ella tan fuertemente que me lanzó por encima de la grupa de mi caballo y me dejó tendido en el suelo, donde me dejó avergonzado y agotado, sin dedicarme ni una mirada más. Se llevó a mi caballo, pero a mí me dejó, y regresó por el camino por donde vino. Y yo, que no sabía qué hacer, permanecí allí con dolor y pensamientos atribulados. Sentándome junto a la fuente, descansé allí un rato, sin atreverme a seguir al caballero por miedo a cometer algún acto temerario de locura. Y, de hecho, aunque hubiera tenido el valor, no sabía qué había sido de él. Finalmente, se me ocurrió que cumpliría mi promesa a mi anfitrión y regresaría por el camino de su morada. Esta idea me complació, y así lo hice. Me despojé de todas mis armas para avanzar más fácilmente y así, con vergüenza, desanduve mis pasos. Cuando llegué a su casa aquella noche, encontré a mi anfitrión siendo el mismo hombre cortés y de buen carácter que había descubierto antes. No pude observar que ni su hija ni él mismo me recibieran con menos alegría, ni me hicieran menos honores de los que me habían hecho la noche anterior. Estoy en deuda con ellos por el gran honor que todos me hicieron en esa casa; e incluso dijeron que, hasta donde sabían o habían oído decir, nadie había escapado nunca, sin ser asesinado o mantenido prisionero, del lugar de donde yo regresé. Así fui y así regresé, sintiéndome, mientras lo hacía, profundamente avergonzado. Así que les he contado tontamente la historia que nunca quise volver a contar».
«Por mi cabeza», exclama mi señor Yvain, «eres mi propio primo hermano, y deberíamos querernos bien. Pero debo considerarte loco por haberme ocultado esto durante tanto tiempo. Si te llamo loco, te ruego que no te indignes. Pues si puedo, y si obtengo el permiso, iré a vengar tu vergüenza». «Es evidente que hemos cenado», dice Kay, con su discurso siempre listo; «hay más palabras en una olla llena de vino que en un barril entero de cerveza. Dicen que el gato está alegre cuando está lleno. Después de cenar nadie se mueve, pero cada uno está listo para matar a Noradin, ¡y tú tomarás venganza en Forre! ¿Están tus mantas de silla bien rellenas, y tus grebas de hierro pulidas, y tus estandartes desplegados? Vamos ahora, en nombre de Dios, mi señor Yvain, ¿es esta noche o mañana cuando partes? Dinos, noble señor, cuándo partirás para esta ruda prueba, pues nos gustaría escoltarte hasta allí. No habrá preboste ni condestable que no te escolte con gusto. Y sea como sea, te ruego que no te vayas sin despedirte de nosotros; y si tienes un mal sueño esta noche, ¡por nada del mundo salgas de casa!». «Diablo, señor Kay», responde la Reina, «¿estás fuera de tus cabales para que tu lengua siempre siga así? ¡Maldita sea tu lengua, que está tan llena de amargura! Seguramente tu lengua debe odiarte, pues dice lo peor que sabe a cada hombre. ¡Condenada sea toda lengua que nunca deja de hablar mal! En cuanto a tu lengua, parlotea tanto que te hace odiado en todas partes. No puede hacerte mayor traición. Mira aquí: si fuera mía, la acusaría de traición. Cualquier hombre que no pueda ser curado con el castigo debería ser atado como un loco frente al presbiterio de la iglesia». «Realmente, madame», dice mi señor Yvain, «su insolencia no me importa. En cada corte, mi señor Kay tiene tanta habilidad, conocimiento y valor que nunca será sordo ni mudo. Tiene el ingenio para responder sabia y cortésmente a todo lo que es vil, y esto lo ha hecho siempre. Usted sabe bien si miento al decir esto. Pero no tengo deseo de discutir ni de comenzar nuestras necedades de nuevo. Pues quien da el primer golpe no siempre gana la pelea, sino más bien quien logra la venganza. Quien pelea con su compañero, mejor sería que peleara contra algún extraño. No deseo ser como el sabueso que se pone rígido y gruñe cuando otro perro le ladra».
Mientras hablaban así, el Rey salió de su habitación donde había estado todo este tiempo dormido. Y cuando los caballeros lo vieron, todos se pusieron de pie ante él, pero él les hizo sentarse de inmediato. Tomó su lugar junto a la Reina, quien le repitió palabra por palabra, con su habilidad habitual, la historia de Calogrenant. El Rey la escuchó con avidez y luego juró tres grandes juramentos por el alma de su padre Utherpendragon, y por el alma de su hijo, y también de su madre, que iría a ver esa fuente antes de que hubiera pasado una quincena; y vería la tormenta y las maravillas allí al llegar en la víspera de la fiesta de mi señor San Juan Bautista; allí pasaría la noche, y todos los que quisieran podrían acompañarlo. A toda la corte le pareció bien, pues los caballeros y los jóvenes solteros estaban muy ansiosos por hacer la expedición. Pero a pesar de la alegría y satisfacción generales, mi señor Yvain estaba muy disgustado, pues pretendía ir allí solo; así que estaba apenado y muy molesto por el Rey que planeaba ir. La causa principal de su disgusto era que sabía que mi señor Kay, a quien no se le negaría el favor si lo solicitara, se aseguraría la batalla antes que él mismo, o quizás mi señor Gawain pediría primero por ella. Si cualquiera de estos dos hiciera la petición, el favor nunca se le negaría. Pero, no teniendo deseo de su compañía, resuelve no esperarlos, sino irse solo, si es posible, ya sea para su provecho o su daño. Y quienquiera que se quede atrás, él pretende estar al tercer día en el bosque de Broceliande, y allí buscar si posiblemente puede encontrar el estrecho camino boscoso por el que anhela con vehemencia, y la llanura con el fuerte castillo, y el placer y el deleite de la cortés doncella, que es tan encantadora y hermosa, y con la doncella su digno padre, que es tan honorable y noble de nacimiento que se esfuerza por dispensar honor. Luego verá los toros en el claro, con el gigante patán que los vigila. Grande es su deseo de ver a este sujeto, que es tan robusto, grande, feo y deforme, y tan negro como un herrero. Entonces, también, verá, si es posible, la piedra y la fuente misma, y el aguamanil y las aves en el pino, y hará que llueva y sople. Pero de todo esto no se jactará, ni, si puede evitarlo, nadie sabrá de su propósito hasta que haya recibido de ello o gran humillación o gran renombre: entonces que se sepan los hechos.
Mi señor Yvain se escapa de la corte sin que nadie lo encuentre y se dirige solo a su lugar de alojamiento. Allí encontró a toda su servidumbre y dio órdenes de que ensillaran su caballo; luego, llamando a uno de sus escuderos que estaba al tanto de cada uno de sus pensamientos, le dice: «Vamos ahora, sígueme fuera de allí y tráeme mis armas. Saldré de inmediato por aquella puerta sobre mi palafrén. Por tu parte, no te demores, pues tengo un largo camino que recorrer. Haz que mi corcel sea bien herrado y tráemelo rápidamente donde estoy; luego llevarás de regreso mi palafrén. Pero ten mucho cuidado, te lo ruego, si alguien te pregunta por mí, no darle ninguna satisfacción. De lo contrario, cualquiera que sea tu confianza en mí, nunca más podrás contar con mi buena voluntad». «Señor», dice él, «todo irá bien, pues nadie aprenderá nada de mí. Proceda, y yo le seguiré».
Mi señor Yvain monta al instante, con la intención de vengar, si fuera posible, la deshonra de su primo antes de regresar. El escudero corrió por las armas y el corcel; él montó de inmediato sin demora, pues ya estaba equipado con herraduras y clavos. Luego siguió el rastro de su señor hasta que lo vio de pie y montado, esperando a un lado del camino en un lugar apartado. Le trajo su arnés y su equipo, y luego lo vistió con ellos. Mi señor Yvain no se demoró nada tras ponerse las armas, sino que se abrió paso apresuradamente cada día por las montañas y a través de los valles, por los bosques largos y anchos, por tierras extrañas y salvajes, pasando por muchos parajes espantosos, muchos peligros y muchas estrecheces, hasta que llegó directamente al sendero, que estaba lleno de zarzas y bastante oscuro; entonces sintió que estaba por fin a salvo y que ya no podría perder el camino. Quienquiera que tenga que pagar el precio, él no se detendrá hasta ver el pino que da sombra a la fuente y a la piedra, y a la tempestad de granizo, lluvia, truenos y viento. Esa noche, puede estar seguro, tuvo el alojamiento que deseaba, pues halló al vavasor aún más educado y cortés de lo que le habían contado, y en la doncella percibió cien veces más sensatez y belleza de las que Calogrenant había mencionado, pues no se puede ensayar la suma de las cualidades de una dama o de un hombre de bien. En el momento en que un hombre así se consagra a la virtud, su historia no puede ser resumida ni contada, pues ninguna lengua podría estimar las acciones honorables de tal caballero. Mi señor Yvain quedó muy satisfecho con el excelente alojamiento que tuvo esa noche, y cuando entró en el claro al día siguiente, se encontró con los toros y el rústico patán que le mostró el camino a seguir. Pero más de cien veces se santiguó al ver al monstruo ante él; cómo la Naturaleza había sido capaz de formar una criatura tan espantosa y fea. Luego se dirigió a la fuente y encontró allí todo lo que deseaba ver. Sin dudar y sin sentarse, vertió la jofaina llena de agua sobre la piedra, cuando de inmediato comenzó a soplar y a llover, y se produjo tal tormenta como se había predicho. Y cuando Dios hubo apaciguado la tempestad, las aves vinieron a posarse sobre el pino y cantaron sus gozosos cánticos sobre la fuente peligrosa. Pero antes de que su júbilo hubiera cesado, llegó el caballero, más llameante de ira que un tronco encendido, y haciendo tanto ruido como si estuviera persiguiendo a un robusto ciervo. Tan pronto como se divisaron, arremetieron el uno contra el otro y desplegaron el odio mortal que se tenían. Cada uno portaba una lanza rígida y robusta, con la que asestaron golpes tan poderosos que perforaron los escudos en sus cuellos y cortaron las mallas de sus coseletes; sus lanzas quedaron astilladas y dobladas, mientras los fragmentos salían despedidos hacia lo alto. Luego, cada uno atacó al otro con su espada, y en la lucha cortaron las correas de los escudos y los hicieron pedazos de lado a lado, de modo que los jirones colgaban sin servir ya de cobertura o defensa; pues los habían destrozado tanto que hacían caer las hojas relucientes sobre sus costados, sus brazos y sus caderas. Feroz es, en verdad, su asalto; sin embargo, no se mueven de su lugar más de lo que lo harían dos bloques de piedra. Jamás hubo dos caballeros tan resueltos a la muerte del otro. Tienen cuidado de no desperdiciar sus golpes, sino que los asestan lo mejor que pueden; golpean y doblan sus yelmos, y hacen volar las mallas de sus coseletes de tal manera que derraman no poca sangre, pues los coseletes están tan calientes por el calor de sus cuerpos que apenas sirven de más protección que una casaca. Mientras dirigen la punta de la espada al rostro, resulta maravilloso que una lucha tan feroz y amarga dure tanto tiempo. Pero ambos poseen tal valor que uno no retrocedería ni un pie ante su adversario por nada del mundo hasta haberlo herido de muerte. Sin embargo, en este aspecto fueron muy honorables al no intentar ni dignarse a golpear o dañar a sus corceles de ninguna manera; sino que permanecieron a horcajadas sobre ellos sin poner un pie en tierra, lo que hizo el combate más elegante. Al fin, mi señor Yvain aplastó el yelmo del caballero, a quien el golpe aturdió y dejó tan desfallecido que se desmayó, pues nunca antes había recibido un golpe tan cruel. Bajo su toca, su cabeza quedó partida hasta el mismo cerebro, de modo que las mallas de su brillante coselete quedaron manchadas de sesos y sangre, todo lo cual le causó un dolor tan intenso que su corazón casi dejó de latir. Tenía buenas razones entonces para huir, pues sentía que tenía una herida mortal y que una mayor resistencia no serviría de nada. Con este pensamiento en mente, escapó rápidamente hacia su ciudad, donde el puente fue bajado y la puerta abierta apresuradamente para él; mientras tanto, mi señor Yvain espolea de inmediato tras él a toda velocidad. Como un gerifalte se abalanza sobre una grulla cuando la ve elevarse desde lejos, y luego se acerca tanto que está a punto de apresarla, pero la pierde, así huye el caballero, con Yvain presionándolo tan de cerca que casi puede rodearlo con su brazo, y sin embargo no puede alcanzarlo del todo, aunque está tan cerca que puede oírlo gemir por el dolor que siente. Mientras uno se esfuerza en la huida, el otro se afana en su persecución, temiendo haber desperdiciado su esfuerzo a menos que lo tome vivo o muerto; pues todavía recuerda las palabras burlonas que mi señor Kay le había dirigido. Aún no había cumplido la promesa que había hecho a su primo; ni creerán su palabra a menos que regrese con la prueba. El caballero lo llevó en una rápida persecución hasta la puerta de su ciudad, donde entraron; pero al no encontrar hombre ni mujer en las calles por las que pasaron, ambos cabalgaron velozmente hasta llegar a la puerta del palacio.
La puerta era muy alta y ancha, sin embargo tenía un paso de entrada tan estrecho que dos hombres o dos caballos apenas podían entrar juntos o pasar sin interferencia o gran dificultad; pues estaba construida como una trampa que se coloca para la rata con malas intenciones, y que tiene una hoja arriba lista para caer y golpear y atrapar, y que se libera repentinamente cuando algo, por suavemente que sea, entra en contacto con el resorte. De igual modo, bajo la puerta había dos resortes conectados con un rastrillo arriba, bordeado de hierro y muy afilado. Si algo pisaba este mecanismo, la puerta descendía desde arriba, y quienquiera que fuera alcanzado por la puerta abajo quedaba atrapado y destrozado. Precisamente en el medio, el pasaje era tan estrecho como si fuera un sendero trillado. Directamente a través de él se precipitó el caballero, con mi señor Yvain siguiéndolo locamente a toda prisa, y tan cerca de él que lo sujetaba por el arzón de la silla por detrás. Fue bueno para él que estuviera estirado hacia adelante, pues de no haber sido por esta suerte habría sido cortado por la mitad; pues su caballo pisó el resorte de madera que mantenía el rastrillo en su lugar. Como un demonio infernal, la puerta cayó, atrapando la silla y las ancas del caballo, que cortó de cuajo. Pero, gracias a Dios, mi señor Yvain solo fue ligeramente tocado cuando rozó su espalda tan de cerca que le cortó ambas espuelas al ras de los talones. Y mientras caía así consternado, el otro, con su herida mortal, se le escapó, como ahora veréis. Más adelante había otra puerta igual a la que acababan de pasar; a través de esta escapó el caballero, y la puerta descendió tras él. Así, mi señor Yvain quedó atrapado, muy preocupado y desconcertado al verse encerrado en este pasillo, que estaba tachonado de clavos dorados, y cuyas paredes estaban decoradas ingeniosamente con pinturas preciosas. Pero nada le preocupaba tanto como no saber qué había sido del caballero. Mientras estaba en este lugar estrecho, oyó abrirse la puerta de una pequeña habitación contigua, y salió sola una doncella hermosa y encantadora que volvió a cerrar la puerta tras de sí. Cuando encontró a mi señor Yvain, al principio quedó muy consternada. «Ciertamente, señor caballero», dice ella, «me temo que habéis llegado en una mala hora. Si sois visto aquí, seréis cortado en pedazos. Pues mi señor está mortalmente herido, y sé que sois vos quien ha causado su muerte. Mi señora está en tal estado de dolor, y su gente a su alrededor llora tanto que están listos para morir de rabia; y, además, saben que estáis dentro. Pero por ahora su dolor es tal que no pueden atenderos. En el momento en que vengan a atacaros, no podrán dejar de mataros o capturaros, según elijan». Y mi señor Yvain le responde: «Si Dios quiere, nunca me matarán, ni caeré en sus manos». «No», dice ella, «pues haré todo lo posible por ayudaros. No es propio de un hombre albergar miedo. Así que os considero un hombre de valor, cuando no estáis consternado. Y tened por seguro que si pudiera os ayudaría y os trataría con honor, como vos a vuestra vez haríais por mí. Una vez, mi señora me envió en un recado a la corte del Rey, y supongo que no fui tan experimentada o cortés o tan bien educada como una doncella debería ser; en cualquier caso, no hubo un caballero allí que se dignara a decirme una palabra, excepto vos solo que estáis aquí ahora; pero vos, en vuestra bondad, me honrasteis y me ayudasteis. Por el honor que me hicisteis entonces, ahora os recompensaré. Sé muy bien cuál es vuestro nombre, y os reconocí de inmediato: vuestro nombre es mi señor Yvain. Podéis estar seguro y cierto de que si seguís mi consejo nunca seréis atrapado ni tratado mal. Por favor, tomad este pequeño anillo mío, que me devolveréis cuando os haya liberado». Entonces ella le entregó el pequeño anillo y le dijo que su efecto era como el de la corteza que cubre la madera para que no pueda ser vista; pero debía llevarse de modo que la piedra estuviera dentro de la palma; entonces quien lleva el anillo en su dedo no necesita preocuparse por nada; pues nadie, por muy agudos que sean sus ojos, podrá verlo más que la madera que está cubierta por la corteza exterior. Todo esto le agrada a mi señor Yvain. Y cuando ella le hubo contado esto, lo llevó a sentarse sobre un diván cubierto con una colcha tan rica que el Duque de Austria no tenía ninguna igual, y le dijo que si quería algo de comer ella se lo traería; y él respondió que lo haría con gusto. Corriendo rápidamente a la cámara, regresó enseguida, trayendo un ave asada y un pastel, un mantel, una jarra llena de buen vino de uva cubierta con una copa blanca; todo esto se lo ofreció para comer. Y él, que necesitaba comida, comió y bebió muy gustosamente.
Para cuando hubo terminado su comida, los caballeros estaban inquietos dentro buscándolo y deseosos de vengar a su señor, que ya estaba tendido en su féretro. Entonces la doncella dijo a Yvain: «Amigo, ¿los oís a todos buscándoos? Se está gestando un gran ruido y alboroto. Pero venga quien venga o se vaya quien se vaya, no os mováis por ningún ruido suyo, pues nunca podrán descubriros si no os movéis de este diván. En breve veréis esta habitación llena de gente malintencionada y hostil, que pensará encontraros aquí; y no me cabe duda de que traerán el cuerpo aquí antes del entierro, y comenzarán a buscaros bajo los asientos y las camas. Será divertido para un hombre que no tiene miedo cuando vea a la gente buscando tan infructuosamente, pues todos estarán tan ciegos, tan deshechos y tan desorientados que estarán fuera de sí de rabia. No puedo deciros más ahora, pues no me atrevo a demorarme más aquí. Pero puedo dar gracias a Dios por darme la oportunidad y la ocasión de hacer algún servicio para complaceros, como anhelaba hacer». Entonces ella se alejó, y cuando se hubo ido, toda la multitud de común acuerdo había llegado de ambos lados a las puertas, armada con garrotes y espadas. Había una gran multitud y presión de gente hostil que surgía alrededor, cuando divisaron frente a la puerta la mitad del caballo que había sido cortado. Entonces se sintieron muy seguros de que cuando las puertas se abrieran encontrarían dentro a aquel cuya vida deseaban tomar. Entonces hicieron subir aquellas puertas que habían sido la muerte de muchos hombres. Pero como no había resorte ni trampa preparada para su paso, todos entraron juntos. Luego encontraron en el umbral la otra mitad del caballo que había sido muerto; pero ninguno de ellos tenía ojos lo suficientemente agudos como para ver a mi señor Yvain, a quien habrían matado con mucho gusto; y él los vio fuera de sí de rabia y furia, mientras decían: «¿Cómo puede ser esto? Pues no hay puerta ni ventana aquí por donde algo pudiera escapar, a menos que sea un pájaro, una ardilla, o una marmota, o algún otro animal aún más pequeño; pues las ventanas están enrejadas, y las puertas se cerraron tan pronto como mi señor pasó. El cuerpo está aquí dentro, muerto o vivo, ya que no hay señal de él ahí fuera; podemos ver más de la mitad de la silla aquí dentro, pero de él no vemos nada, excepto las espuelas que cayeron cercenadas de sus pies. Ahora dejemos esta charla ociosa, y busquemos en todos estos rincones, pues seguramente sigue aquí dentro, o si no estamos todos encantados, o los espíritus malignos nos lo han arrebatado». Así, todos, inflamados de rabia, lo buscaron por la habitación, golpeando las paredes, las camas y los asientos. Pero el diván sobre el que yacía fue perdonado y esquivado por los golpes, de modo que no fue golpeado ni tocado. Pero por todas partes golpearon lo suficiente, y levantaron un alboroto en la habitación con sus garrotes, como un ciego que golpea mientras busca. Mientras hurgaban bajo las camas y los taburetes, entró una de las damas más hermosas que criatura terrenal alguna haya visto jamás. Nunca se hizo palabra ni mención de una dama cristiana tan hermosa, y sin embargo estaba tan loca de dolor que estaba a punto de quitarse la vida. De repente, gritó con todas sus fuerzas y luego cayó postrada en un desmayo. Y cuando fue levantada, comenzó a arañarse y a arrancarse el cabello, como una mujer que había perdido la razón. Se arranca el cabello y se rasga el vestido, y se desmaya a cada paso que da; ni nada puede consolarla cuando ve a su esposo ser llevado sin vida en el féretro; pues su felicidad ha llegado a su fin, y así hizo su fuerte lamento. El agua bendita, la cruz y los cirios eran llevados por delante por las monjas de un convento; luego venían misales y incensarios y los sacerdotes, que pronuncian la absolución final requerida para el alma desdichada.
Mi señor Yvain escuchó los gritos y el dolor que nunca podrán describirse, pues nadie podría describirlo, ni jamás fue tal cosa consignada en libro alguno. La procesión pasó, pero en medio de la estancia una gran multitud se congregó alrededor del féretro, pues la sangre fresca y tibia brotaba de nuevo de la herida del hombre muerto, y esto presagiaba ciertamente que el hombre aún estaba presente, aquel que había librado la batalla y lo había matado y derrotado. Entonces buscaron y registraron por todas partes, y revolvieron y removieron todo, hasta que todos estuvieron sudorosos por el apuro y el apremio causados por la visión de la sangre carmesí que brotaba. Entonces, mi señor Yvain recibió buenos golpes y azotes allí donde yacía, pero no por ello se movió en absoluto. Y la gente se volvió cada vez más perturbada a causa de las heridas que se abrían, y se maravillaban de por qué sangraban, sin saber de quién era la culpa. Y cada uno le decía a su vecino: "El asesino está aquí entre nosotros, y sin embargo no lo vemos, lo cual es extrañísimo y misterioso". Ante esto, la dama mostró tal pesar que intentó quitarse la vida, y gritó como fuera de sí: "¡Oh, Dios, entonces no será hallado el asesino, el traidor que arrebató la vida a mi buen señor? ¿Bueno? ¡Ay, el mejor de los buenos, en verdad! Verdadero Dios, Tuya será la falta si permites que escape así. A ningún otro hombre que a Ti debería culpar por ello, pues eres Tú quien lo esconde de mi vista. Jamás se vio tal maravilla, ni tal injusticia como la que me haces al no permitirme ni siquiera ver al hombre que debe estar tan cerca de mí. Cuando no puedo verlo, bien puedo decir que algún demonio o espíritu se ha interpuesto entre nosotros, de modo que estoy bajo un hechizo. O bien es un cobarde y tiene miedo de mí: debe ser un pusilánime para tenerme temor, y es un acto de cobardía no mostrarse ante mí. ¡Ah, espíritu, criatura cobarde! ¿Por qué me tienes tanto miedo, cuando ante mi señor fuiste tan valiente? Oh, cosa vacía y esquiva, ¿por qué no puedo tenerte en mi poder? ¿Por qué no puedo echarte mano ahora? Pero, ¿cómo pudo suceder jamás que mataras a mi señor, a no ser por traición? Sin duda, mi señor jamás habría sido derrotado a tus manos si te hubiera visto cara a cara. Pues ni Dios ni hombre conocieron jamás a nadie como él, ni hay ahora nadie como él. Sin duda, si hubieras sido un hombre mortal, jamás habrías osado enfrentarte a mi señor, pues nadie podía comparársele". Así lucha la dama consigo misma, y así contiende y se agota. Y su gente con ella, por su parte, muestra el mayor dolor posible mientras llevan el cuerpo al entierro. Tras sus largos esfuerzos y búsqueda, están completamente agotados por la pesquisa, y desisten por el cansancio, en tanto que no pueden hallar a nadie que sea en modo alguno culpable. Las monjas y los sacerdotes, habiendo ya terminado el servicio, habían regresado de la iglesia y se habían ido al entierro. Pero a todo esto la doncella en su cámara no prestó atención. Sus pensamientos están con mi señor Yvain, y, acercándose rápidamente, le dijo: "Buen señor, esta gente lo ha estado buscando en masa. Han armado un gran tumulto aquí, y han hurgado en todos los rincones más diligentemente que un perro de caza huroneando una perdiz o una codorniz. Sin duda, usted ha tenido miedo". "Por mi palabra, tienes razón", dice él: "Nunca pensé sentir tanto miedo. Y sin embargo, si fuera posible, de buena gana miraría por alguna ventana o abertura la procesión y el cadáver". Pero no tenía interés ni en el cadáver ni en la procesión, pues de buena gana los habría visto a todos arder, aunque le hubiera costado mil marcos. ¿Mil marcos? Tres mil, ciertamente, por mi palabra. Pero lo decía por la dama de la ciudad, de quien deseaba vislumbrar algo. Así que la doncella lo colocó en una pequeña ventana, y le compensó lo mejor que pudo por el honor que él le había hecho. Desde esta ventana mi señor Yvain divisa a la hermosa dama, mientras ella dice: "¡Señor, que Dios se apiade de vuestra alma! Pues jamás, creo en verdad, ningún caballero montó silla que fuera vuestro igual en aspecto alguno. Ningún otro caballero, mi hermoso y dulce señor, poseyó jamás vuestro honor o cortesía. La generosidad era vuestra amiga y la audacia vuestra compañera. Que vuestra alma descanse entre los santos, mi hermoso y querido señor". Entonces golpea y desgarra todo lo que puede alcanzar con sus manos. Sea cual sea el resultado, es difícil para mi señor Yvain contenerse de correr hacia adelante para sujetar sus manos. Pero la doncella le ruega y le aconseja, e incluso le ordena con urgencia, aunque con cortesía y amabilidad, que no cometa ninguna acción temeraria, diciendo: "Está bien aquí. No se mueva por causa alguna hasta que este dolor se mitigue; deje que toda esta gente se marche, como harán de inmediato. Si actúa como le aconsejo, conforme a mis puntos de vista, gran provecho puede reportarle. Será mejor para usted permanecer sentado aquí, y observar a la gente dentro y fuera mientras pasan por el camino sin que ellos le vean. Pero tenga cuidado de no hablar con violencia, pues considero a ese hombre más imprudente que valiente quien va demasiado lejos y pierde su autodominio y comete algún acto de violencia en el momento en que tiene el tiempo y la oportunidad. Así que, si alberga algún pensamiento temerario, tenga cuidado de no pronunciarlo. El hombre sabio oculta su pensamiento imprudente y obra rectamente si puede. Así que con sabiduría tenga mucho cuidado de no arriesgar su cabeza, por la cual no aceptarían rescate alguno. Sea considerado consigo mismo y recuerde mi consejo. Esté tranquilo hasta que yo regrese, pues no me atrevo a quedarme más tiempo ahora. Podría quedarme tanto tiempo, me temo, que sospecharían de mí al no verme en la multitud, y entonces yo sufriría por ello".
Entonces ella se marcha, y él permanece, sin saber cómo comportarse. Le pesa verlos enterrar el cadáver sin asegurarse nada que llevar de vuelta como prueba de que lo ha derrotado y matado. Si no tiene pruebas ni evidencias será tenido en menos, pues Kay es tan ruin y obstinado, tan dado a la burla, y tan molesto, que nunca podría lograr convencerlo. Andaría por siempre insultándolo, lanzando sus burlas y escarnios como hizo el otro día. Estas burlas aún están frescas y escociendo en su corazón. Pero con su azúcar y miel un nuevo Amor ahora lo ablandó; había estado de caza en sus tierras y había capturado a su presa. Su enemiga se lleva su corazón, y él ama a la criatura que más lo odia. La dama, sin saberlo, ha vengado bien la muerte de su señor. Ella ha conseguido mayor venganza de la que jamás hubiera podido lograr a menos que hubiera sido ayudada por el Amor, que lo ataca tan suavemente que le hiere el corazón a través de los ojos. Y esta herida es más duradera que cualquier otra infligida por lanza o espada. El golpe de espada se cura y sana de inmediato tan pronto como un médico lo atiende, pero la herida de amor es peor cuando está más cerca de su médico. Esta es la herida de mi señor Yvain, de la cual nunca más sanará, pues el Amor se ha instalado con él. Él abandona y se aleja de los lugares que solía frecuentar. No se preocupa por posada ni posadero salvo este, y es muy sabio al dejar un lugar de alojamiento pobre para dirigirse a él. Para dedicarse por completo a él, no tendrá otro lugar de alojamiento, aunque a menudo solía buscar hosterías humildes. Es una vergüenza que el Amor se comporte jamás de forma tan baja como para seleccionar el alojamiento más vil tan fácilmente como el mejor. Pero ahora ha venido a donde es bienvenido, y donde será tratado honorablemente, y donde hará bien en quedarse. Esta es la forma en que el Amor debería actuar, siendo una criatura tan noble que es maravilloso cómo osa descender vergonzosamente a tan bajo estado. Es como aquel que esparce su bálsamo sobre las cenizas y el polvo, que mezcla azúcar con hiel, y sebo con miel. Sin embargo, no actuó así esta vez, sino que más bien se alojó en un lugar noble, por lo cual nadie puede reprochárselo. Cuando el hombre muerto fue enterrado, toda la gente se dispersó, sin dejar clérigos ni caballeros ni damas, exceptuando solo a ella, que no oculta su dolor. Ella sola permanece atrás, a menudo agarrándose la garganta, retorciéndose las manos y golpeándose las palmas, mientras lee sus salmos en su salterio de letras doradas. Todo este tiempo mi señor Yvain está en la ventana mirándola, y cuanto más la mira, más la ama y es cautivado por ella. Hubiera deseado que ella cesara en su llanto y lectura, y que se sintiera inclinada a conversar con él. El Amor, que lo atrapó en la ventana, lo llenó de este deseo. Pero se desespera de realizar su deseo, pues no puede imaginar ni creer que su deseo pueda ser gratificado. Así que dice: "Puedo considerarme un necio al desear lo que no puedo tener. Fue su señor a quien herí mortalmente, ¿y acaso pienso que puedo reconciliarme con ella? Por mi palabra, tales pensamientos son locura, pues en este momento tiene buenas razones para odiarme más amargamente que a nada. Tengo razón al decir 'en este momento', pues una mujer tiene más de una mente. Esa mente en la que está justo ahora confío en que pronto cambiará; de hecho, la cambiará ciertamente, y estoy loco por desesperarme así. ¡Dios quiera que la cambie pronto! Pues estoy condenado a ser su esclavo, ya que tal es la voluntad del Amor. Quien no recibe al Amor con alegría, cuando viene a él, comete traición y felonía. Admito (y que quien quiera, preste atención a lo que digo) que tal persona no merece felicidad ni alegría. Pero si pierdo, no será por tal razón; más bien amaré a mi enemiga. Pues no debería sentir odio alguno por ella a menos que desee traicionar al Amor. Debo amar de acuerdo con el deseo del Amor. ¿Y debería ella considerarme un amigo? Sí, seguramente, puesto que es ella a quien amo. Y la llamo mi enemiga, pues ella me odia, aunque con buenas razones, pues maté al objeto de su amor. Entonces, ¿soy su enemigo? Seguramente no, sino su verdadero amigo, pues nunca amé a nadie antes. Lamento sus hermosos cabellos, que superan al oro en su resplandor; siento las punzadas de la angustia y el tormento cuando la veo rasgarlos y cortarlos, ni podrán secarse jamás sus lágrimas que veo caer de sus ojos; por todas estas cosas estoy afligido. Aunque están llenos de incesantes y siempre fluyentes lágrimas, nunca hubo ojos tan hermosos. La visión de ella llorando me causa agonía, pero nada me duele tanto como la visión de su rostro, que ella lacera sin haber merecido tal trato. Nunca vi tal rostro tan perfectamente formado, ni tan fresco y delicadamente coloreado. Y luego me ha traspasado el corazón verla agarrarse la garganta. Sin duda, es demasiado cierto que está haciendo lo peor que puede. Y sin embargo, ningún cristal ni espejo alguno es tan brillante y suave. ¡Dios! ¿Por qué está así poseída, y por qué no se perdona a sí misma? ¿Por qué retuerce sus hermosas manos y golpea y desgarra su pecho? ¿No sería maravillosamente hermosa de contemplar cuando esté de buen humor, viendo que es tan hermosa en su disgusto? Seguramente sí, puedo jurarlo. Nunca antes en una obra de belleza pudo la Naturaleza superarse a sí misma, pues estoy seguro de que ha ido más allá de los límites de cualquier intento anterior. ¿Cómo pudo suceder jamás entonces? ¿De dónde vino belleza tan maravillosa? Dios debió haberla hecho con Su mano desnuda para que la Naturaleza descansara de más fatiga. Si intentara hacer una réplica, podría pasar su tiempo en vano sin lograr su tarea. Incluso Dios mismo, si intentara, no podría lograr, supongo, hacer jamás otra igual, sea cual sea el esfuerzo que pudiera poner".
Así mi señor Yvain contempla a la que está quebrantada por su dolor, y supongo que nunca volvería a suceder que ningún hombre en prisión, como mi señor Yvain temiendo por su vida, estuviera tan locamente enamorado como para no hacer petición alguna en su propio nombre, cuando quizás nadie más hablará por él. Se quedó en la ventana hasta que vio a la dama marcharse, y ambas verjas fueron bajadas de nuevo. Otro podría haberse afligido por esto, quien preferiría una huida libre a permanecer más tiempo donde estaba. Pero para él es totalmente indiferente si están cerradas o abiertas. Si estuvieran abiertas, seguramente no se iría, no, incluso aunque la dama le diera permiso y lo perdonara libremente por la muerte de su señor. Pues está detenido por el Amor y la Vergüenza que se alzan ante él a ambos lados: siente vergüenza de marcharse, pues nadie creería en el éxito de su hazaña; por otro lado, tiene un deseo tan fuerte de ver al menos a la dama, si no puede obtener ningún otro favor, que siente poca preocupación por su encarcelamiento. Preferiría morir antes que marcharse. Y ahora la doncella regresa, deseando hacerle compañía con su consuelo y alegría, y salir a buscar para él lo que él pueda desear. Pero lo encontró pensativo y totalmente consumido por el amor que se había apoderado de él; ante lo cual ella le dirigió la palabra así: "Mi señor Yvain, ¿qué tal lo ha pasado hoy?" "He estado gratamente ocupado", fue su respuesta. "¿Gratamente? En nombre de Dios, ¿es eso la verdad? ¿Qué? ¿Cómo puede uno disfrutar viendo que es cazado hasta la muerte, a menos que lo busque y desee?" "En verdad", dice él, "mi dulce amiga, de ninguna manera desearía morir; y sin embargo, mientras Dios me contempla, estuve complacido, estoy complacido ahora, y siempre estaré complacido por lo que vi". "Bien, no digamos más de eso", responde ella, "pues puedo entender bien suficiente cuál es el significado de tales palabras. No soy tan necia o inexperta que no pueda entender tales palabras como esas; pero venga ahora conmigo, pues encontraré algún medio rápido para liberarle de su confinamiento. Seguramente le dejaré libre esta noche o mañana, si le place. Venga ahora, le guiaré". Y él responde así: "Puede estar segura de que nunca escaparé secretamente y como un ladrón. Cuando la gente esté toda reunida allí fuera en las calles, podré salir más honorablemente que si lo hiciera subrepticiamente". Entonces la siguió a la pequeña habitación. La doncella, que era amable, aseguró y le otorgó todo lo que deseaba. Y cuando surgió la oportunidad, recordó lo que él le había dicho, cómo había estado complacido por lo que vio cuando lo buscaban en la habitación con intención de matarlo.
La doncella gozaba de tanto favor con su dama que no tenía miedo de decirle nada, sin importar las consecuencias, pues era su confidente y compañera. Entonces, ¿por qué habría de ser reticente al consolar a su dama y en darle consejos que redundaran en su honor? La primera vez le dijo en privado: "Mi señora, me maravilla enormemente verla actuar tan extravagantemente. ¿Cree que puede recuperar a su señor cediendo así a su dolor?" "No, más bien, si tuviera mi deseo", dice ella, "estaría ahora muerta de dolor". "¿Y por qué?" "Para seguirlo a él". "¿A él? Dios no lo quiera, y le dé de nuevo un señor tan bueno como sea consistente con Su poder". "Jamás pronunció usted una mentira como esa, pues Él nunca podría darme un señor tan bueno de nuevo". "Él le dará uno mejor, si usted lo acepta, y puedo probarlo". "¡Vete! ¡Paz! Nunca encontraré a uno tal". "Ciertamente lo hará, mi señora, si consiente. Solo dígame, si quiere, ¿quién va a defender su tierra cuando el Rey Arturo venga la próxima semana al borde de la fuente? Usted ya ha sido informada de esto por cartas enviadas por la Dameisele Sauvage. ¡Ay, qué amable servicio hizo ella por usted! ¡Usted debería estar considerando cómo defenderá su fuente, y sin embargo no cesa de llorar! Si le place, mi querida señora, no debería demorarse. Pues seguramente, todos los caballeros que tiene no valen, como bien sabe, tanto como una sola doncella de cámara. Ni escudo ni lanza serán jamás tomados en mano por el mejor de ellos. Tiene muchos servidores cobardes, pero no hay uno de ellos lo suficientemente valiente como para atreverse a montar un corcel. Y el Rey viene con tal hueste que su victoria será inevitable". La dama, tras reflexionar, sabe muy bien que ella le está dando su consejo sincero, pero ella es irrazonable en un aspecto, como también lo son otras mujeres que son, casi sin excepción, culpables de su propia locura, y se niegan a aceptar lo que realmente desean. "Vete", dice ella; "déjame sola. Si alguna vez te oigo hablar de esto de nuevo te irá mal, a menos que huyas. Me fatigas con tus palabras ociosas". "Muy bien, mi señora", dice ella; "que usted es mujer es evidente, pues la mujer se irrita cuando oye a alguien darle un buen consejo".
Entonces se marchó y la dejó sola. Y la dama reflexionó que había estado equivocada. Se habría alegrado mucho de saber cómo la doncella podría demostrar jamás que sería posible encontrar un caballero mejor de lo que su señor había sido nunca. Se habría alegrado mucho de oírla hablar, pero ahora se lo ha prohibido. Con este deseo en mente, esperó hasta que regresó. Pero la advertencia no sirvió de nada, pues ella comenzó a decirle de inmediato: "Mi señora, ¿es decoroso que os atormentéis así con el dolor? Por amor de Dios, controlaos ahora, y por vergüenza, al menos, cesad en vuestro lamento. No es apropiado que una dama tan grande mantenga su dolor durante tanto tiempo. ¡Recordad vuestro honorable estado y vuestro linaje tan gentil! ¿Pensáis que toda virtud cesó con la muerte de vuestro señor? Hay en el mundo cien hombres tan buenos o mejores". "¡Que Dios me confunda si no mientes! Simplemente nómbrame a uno solo que sea reputado como tan excelente como lo fue mi señor toda su vida". "Si lo hiciera, estaríais enfadada conmigo, entraríais en un arrebato y me estimaríais menos". "No, no lo haré, te lo aseguro". "Entonces, que todo sea para vuestro bienestar futuro si tan solo consintierais, ¡y que Dios incline así vuestra voluntad! No veo motivo para guardar silencio, pues nadie escucha ni presta atención a lo que decimos. Sin duda pensaréis que soy insolente, pero diré libremente lo que pienso. Cuando dos caballeros se han encontrado en un combate de armas y cuando uno ha vencido al otro, ¿cuál de los dos pensáis que es el mejor? Por mi parte, adjudico el premio al vencedor. ¿Ahora qué pensáis?". "Me parece que me estás tendiendo una trampa y que pretendes atraparme con mis palabras". "Por mi fe, podéis estar segura de que tengo razón, y puedo probaros irrefutablemente que aquel que derrotó a vuestro señor es mejor de lo que él mismo era. Lo venció y lo persiguió valientemente hasta que lo aprisionó en su casa". "Ahora", responde ella, "oigo la mayor insensatez que jamás se haya pronunciado. ¡Vete, espíritu cargado de maldad! ¡Vete, niña necia y pesada! ¡No pronuncies jamás tales palabras ociosas, y no vuelvas a venir a mi presencia a decir una palabra en su favor!". "En verdad, mi señora, sabía muy bien que no recibiría gracias de vos, y lo dije antes de hablar. Pero me prometisteis que no estaríais disgustada, y que no estaríais enfadada conmigo por ello. Pero habéis dejado de cumplir vuestra promesa, y ahora, como ha resultado, habéis descargado vuestra ira sobre mí, y he perdido por no haber guardado silencio".
Entonces regresa a la habitación donde mi señor Yvain está esperando, cómodamente custodiado por su vigilancia. Pero él está inquieto cuando no puede ver a la dama, y no presta atención, y no escucha palabra del informe que la doncella le trae. La dama, también, está en gran perplejidad toda la noche, preocupada por cómo debería defender la fuente; y comienza a arrepentirse de su acción hacia la doncella, a quien había culpado e insultado y tratado con desprecio. Se siente muy segura y cierta de que ni por recompensa ni por soborno, ni por afecto alguno que pueda tenerle, la doncella habría mencionado jamás a él; y que debe quererla más que a él, y que nunca le daría un consejo que le trajera vergüenza o embarazo: la criada es una amiga demasiado leal para eso. Así, ¡he aquí!, la dama está completamente cambiada: teme ahora que aquella a quien había hablado duramente no volverá a quererla nunca devotamente; y a aquel a quien había rechazado, ahora le perdona lealmente y con buena razón, viendo que no le había hecho ningún mal. Así argumenta como si él estuviera allí en su presencia, y así comienza su argumento: "Vamos", dice, "¿puedes negar que mi señor fue asesinado por ti?". "Eso", dice él, "no lo puedo negar. En verdad, lo admito plenamente". "Dime, entonces, la razón de tu acción. ¿Lo hiciste para dañarme, impulsado por odio o por rencor?". "Que la muerte no me perdone ahora, si lo hice para dañarte". "En ese caso, no me has hecho ningún mal, ni eres culpable de nada contra él. Pues él te habría matado, si hubiera podido. Así que me parece que he decidido bien y rectamente". Así, mediante sus propios argumentos logra descubrir la justicia, la razón y el sentido común, cómo no hay causa para odiarlo; así moldea el asunto para que se conforme con su deseo, y por sus propios esfuerzos enciende su amor, como un arbusto que solo humea con la llama debajo, hasta que alguien lo sopla o lo agita. Si la doncella entrara ahora, ganaría la disputa por la que había sido tan reprochada, y por la que había sido tan herida. Y a la mañana siguiente, de hecho, apareció de nuevo, retomando el tema donde lo había dejado. Mientras tanto, la dama inclinó la cabeza, sabiendo que había obrado mal al atacarla. Pero ahora está ansiosa por hacer enmiendas, y por preguntar acerca del nombre, el carácter y el linaje del caballero: así que sabiamente se humilla, y dice: "Deseo pediros perdón por las palabras insultantes de orgullo que en mi rabia os dije: seguiré vuestro consejo. Así que decidme ahora, si es posible, sobre el caballero del que tanto me habéis hablado: ¿qué clase de hombre es, y de qué parentesco? Si es adecuado para convertirse en mi compañero, y siempre que esté así dispuesto, os prometo hacerlo mi marido y señor de mi dominio. Pero tendrá que actuar de tal manera que nadie pueda reprocharme diciendo: 'Esta es la que tomó al que mató a su señor'". "En nombre de Dios, señora, así será. Tendréis el señor más gentil, noble y hermoso que jamás haya pertenecido al linaje de Abel". "¡Cuál es su nombre?". "Mi señor Yvain". "Por mi palabra, si es hijo del Rey Urien no es de bajo nacimiento, sino muy noble, como bien sé". "En verdad, mi señora, decís la verdad". "¿Y cuándo podremos verlo?". "Dentro de cinco días". "Eso sería demasiado tiempo; pues deseo que ya hubiera venido. Que venga esta noche, o mañana, a más tardar". "Mi señora, pienso que nadie podría volar tan lejos en un solo día. Pero enviaré a uno de mis escuderos que puede correr rápido, y que llegará a la corte del Rey Arturo al menos mañana por la noche, pienso; ese es el lugar que debemos buscar para él". "Ese es un tiempo muy largo. Los días son largos. Pero decidle que mañana por la noche debe estar de regreso aquí, y que debe darse mayor prisa de lo habitual. Si tan solo hace lo mejor que puede, puede hacer dos días de viaje en uno. Además, esta noche brillará la luna; así que que convierta la noche en día. Y cuando regrese le daré lo que desee que le dé". "Dejad todo cuidado de eso a mí; pues lo tendréis en vuestras manos pasado mañana a más tardar. Mientras tanto convocaréis a vuestros hombres y conferenciaréis con ellos sobre la próxima visita del Rey. Para realizar la defensa habitual de vuestra fuente os incumbe consultar con ellos. Ninguno de ellos será tan audaz como para atreverse a jactarse de que se presentará. En ese caso tendréis una buena excusa para decir que os incumbe volver a casaros. Cierto caballero, altamente cualificado, busca vuestra mano; pero no os atrevéis a aceptarlo sin su consentimiento unánime. Y garantizo cuál será el resultado: sé que todos ellos son tales cobardes que, para cargar a otro con la responsabilidad que sería demasiado pesada para ellos, caerán a vuestros pies y expresarán su gratitud; pues así su responsabilidad llegará a su fin. Pues, quien teme a su propia sombra evita voluntariamente, si es posible, cualquier encuentro con lanza o espada; para tales juegos un cobarde no tiene uso". "Por mi palabra", responde la dama, "así lo querría, y así lo consiento, habiendo concebido ya el plan que habéis expresado; así que eso es lo que haremos. ¿Pero por qué os demoráis aquí? Id, sin demora, y tomad medidas para traerlo aquí, mientras yo convocaré a mis vasallos". Así concluyó su conferencia. Y la doncella finge enviar a buscar a mi señor Yvain a su país; mientras cada día hace que lo bañen, lo laven y lo acicalen. Y además de esto le prepara una túnica de tela escarlata roja, nueva y forrada con piel manchada. No hay nada necesario para su equipo que ella no le preste: una hebilla de oro para su cuello, ornamentada con piedras preciosas que hacen que la gente se vea bien, un cinturón y una bolsa hecha de rico brocado de oro. Lo equipó perfectamente, luego informó a su dama de que el mensajero había regresado, habiendo hecho bien su recado. "¿Cómo es eso?", dice ella, "¿está aquí? Entonces que venga de inmediato, secreta y privadamente, mientras nadie está aquí conmigo. Cuidad de que nadie más entre, pues odiaría ver a una cuarta persona aquí". Ante esto la doncella se marchó, y regresó a su invitado de nuevo. Sin embargo, su rostro no revelaba la alegría que había en su corazón; de hecho, dijo que su dama sabía que lo había estado albergando, y estaba muy irritada con ella. "Un mayor ocultamiento es inútil ahora. La noticia sobre vos se ha divulgado tanto que mi dama conoce toda la historia y está muy enfadada conmigo, colmándome de culpa y reproches. Pero me ha dado su palabra de que puedo llevaros a su presencia sin daño ni peligro alguno. Entiendo que no tendréis objeción a esto, salvo por una condición (pues no debo disfrazar la verdad, o sería injusta con vos): ella desea teneros bajo su control, y desea tal posesión completa de vuestro cuerpo que incluso vuestro corazón no estará libre". "Ciertamente", dijo él, "consiento fácilmente a lo que no será una dificultad para mí. Estoy dispuesto a ser su prisionero". "Así lo seréis: ¡lo juro por esta mano derecha puesta sobre vos! Ahora venid y, bajo mi consejo, comportaos tan humildemente en su presencia que vuestro aprisionamiento no sea penoso. De lo contrario no sintáis preocupación. No creo que vuestra restricción sea molesta". Entonces la doncella lo lleva, ahora alarmándolo, ahora tranquilizándolo, y hablándole misteriosamente sobre el confinamiento en el que se va a encontrar; pues todo amante es un prisionero. Tiene razón al llamarlo prisionero; pues seguramente cualquiera que ama ya no es libre.
Tomando a mi señor Yvain de la mano, la doncella lo lleva adonde será profundamente amado; pero esperando ser mal recibido, no es extraño si tiene miedo. Encontraron a la dama sentada sobre un cojín rojo. Os aseguro que mi señor Yvain estaba aterrorizado al entrar en la habitación, donde encontró a la dama que no le dirigió ni una palabra. Ante esto tuvo aún más miedo, siendo superado por el temor ante la idea de que había sido traicionado. Permaneció allí a un lado tanto tiempo que la doncella finalmente habló y dijo: "Quinientas maldiciones sobre la cabeza de quien lleva a la cámara de una bella dama a un caballero que no se acerca, y que no tiene ni lengua ni boca ni sentido para presentarse". Entonces, tomándolo del brazo, lo empujó hacia adelante con las palabras: "Vamos, dad un paso adelante, caballero, y no tengáis miedo de que mi dama os vaya a morder; sino buscad su buena voluntad y dadle la vuestra. Me uniré a vos en vuestra súplica para que ella os perdone por la muerte de su señor, Esclados el Rojo". Entonces mi señor Yvain juntó las manos, y cayendo de rodillas, habló como un amante con estas palabras: "No reclamaré vuestro perdón, señora, sino más bien os agradeceré cualquier trato que podáis infligirme, sabiendo que ningún acto vuestro podría ser nunca desagradable para mí". "¿Es así, señor? ¿Y qué si pienso mataros ahora?". "Mi señora, si os place, nunca me oiréis hablar de otra manera". "Nunca oí tal cosa como esta: que os pongáis voluntaria y absolutamente dentro de mi poder, sin la coacción de nadie". "Mi señora, no hay fuerza tan fuerte, en verdad, como la que me ordena conformarme absolutamente a vuestro deseo. No temo llevar a cabo ninguna orden que os plazca dar. Y si pudiera expiar la muerte, que ocurrió sin culpa mía, lo haría alegremente". "¿Qué?", dice ella, "¿venid decidme ahora y sed perdonado, si no hicisteis mal al matar a mi señor?". "Señora", dice él, "si me es permitido decirlo, cuando vuestro señor me atacó, ¿por qué estuve mal en defenderme? Cuando un hombre en defensa propia mata a otro que intenta matarlo o capturarlo, decidme si de alguna manera es culpable". "No, si uno lo mira rectamente. Y supongo que no habría servido de nada, si os hubiera hecho ejecutar. Pero me alegraría saber de dónde deriváis la fuerza que os ordena consentir incuestionablemente a lo que sea que mi voluntad pueda dictar. Os perdono todas vuestras fechorías y crímenes. Pero sentaos, y decidnos ahora ¿cuál es la causa de vuestra docilidad?". "Mi señora", dice él, "la fuerza impulsora viene de mi corazón, que está inclinado hacia vos. Mi corazón me ha fijado en este deseo". "¿Y qué impulsó a vuestro corazón, mi bello dulce amigo?". "Señora, mis ojos". "¿Y qué los ojos?". "La gran belleza que veo en vos". "¿Y dónde está la culpa de la belleza en eso?". "Señora, en esto: que me hace amar". "¿Amar? ¿Y a quién?". "A vos, mi señora querida". "¿A mí?". "Sí, verdaderamente". "¿Realmente? ¿Y cómo es eso?". "A tal punto que mi corazón no se moverá de vos, ni se encuentra en otro lugar; a tal punto que no puedo pensar en ninguna otra cosa, y me entrego completamente a vos, a quien amo más de lo que me amo a mí mismo, y por quien, si queréis, estoy igualmente dispuesto a morir o vivir". "¿Y os atreveríais a emprender la defensa de mi fuente por amor a mí?". "Sí, mi señora, contra el mundo". "Entonces podéis saber que nuestra paz está hecha".
Así se reconcilian rápidamente. Y la dama, habiendo consultado previamente a sus señores, dice: "Procederemos desde aquí al salón donde están reunidos mis hombres, quienes, en vista de la evidente necesidad, me han aconsejado y aconsejado tomar un marido a petición suya. Y lo haré, en vista de la necesidad urgente: aquí y ahora me entrego a vos; pues no debería negarme a aceptar como señor a tan buen caballero e hijo de un rey".
Ahora la doncella ha logrado exactamente lo que deseaba. Y el dominio de mi señor Yvain es más completo de lo que podría contarse o describirse; pues la dama lo lleva al salón, que estaba lleno de sus caballeros y hombres de armas. Y mi señor Yvain era tan apuesto que todos se maravillaban al mirarlo, y todos, poniéndose en pie, saludan y hacen una reverencia a mi señor Yvain, adivinando bien mientras lo hacían: "Este es aquel a quien mi señora elegirá. ¡Maldito sea quien se oponga a él! Pues parece un hombre maravillosamente fino. Sin duda, la emperatriz de Roma estaría bien casada con un hombre así. Ojalá hubiera dado su palabra a ella, y ella a él, con la mano entrelazada, y que la boda pudiera tener lugar hoy o mañana". Así hablaban entre ellos. Al final del salón había un asiento, y allí, a la vista de todos, la dama tomó su lugar. Y mi señor Yvain hizo como si pretendiera sentarse a sus pies; pero ella lo levantó y ordenó al senescal que hablara en voz alta, para que su discurso pudiera ser escuchado por todos. Entonces el senescal comenzó, sin ser obstinado ni lento en el habla: "Mis señores", dijo, "nos enfrentamos a la guerra. Cada día el Rey se prepara con toda la prisa que puede comandar para venir a devastar nuestras tierras. Antes de que haya pasado una quincena, todo habrá quedado desolado, a menos que aparezca algún defensor valiente. Cuando mi señora se casó por primera vez, hace no menos de siete años, lo hizo bajo vuestro consejo. Ahora su marido ha muerto, y ella está afligida. Seis pies de tierra es todo lo que tiene quien anteriormente poseía toda esta tierra, y quien era, en verdad, su ornamento. Es una lástima que viviera tan poco tiempo. Una mujer no puede portar un escudo, ni sabe cómo luchar con lanza. La exaltaría y dignificaría de nuevo si se casara con algún señor digno. Nunca hubo mayor necesidad que ahora; ¿recomiendan todos ustedes que tome un esposo, antes de que caduque la costumbre que se ha observado en esta ciudad durante más de los últimos sesenta años?". Ante esto, todos a la vez proclaman que les parece lo correcto, y todos se arrojan a sus pies. Refuerzan su deseo con su consentimiento; sin embargo, ella duda en afirmar sus deseos hasta que, como si fuera contra su voluntad, finalmente habla con la misma intención que habría tenido, de hecho, si todos se hubieran opuesto a su deseo: "Mis señores, ya que es vuestro deseo, este caballero que está sentado a mi lado me ha cortejado y buscado ardientemente mi mano. Él desea comprometerse en la defensa de mis derechos y en mi servicio, por lo cual le agradezco de corazón, como también ustedes lo hacen. Es cierto que nunca lo he conocido en persona, pero a menudo he oído su nombre. Sepan que no es menos hombre que el hijo del Rey Urien. Además de su ilustre linaje, es tan valiente, cortés y sabio que nadie tiene motivo para menospreciarlo. Supongo que ya han oído hablar todos de mi señor Yvain, y es él quien busca mi mano. Cuando el matrimonio se consuma, tendré un señor más noble de lo que merezco". Todos dicen: "Si sois prudente, este mismo día no pasará sin que el matrimonio sea solemnizado. Pues es una locura posponer ni por una sola hora un acto ventajoso". Le suplican con tanta insistencia que ella consiente lo que habría hecho en cualquier caso. Pues el Amor le ordena hacer aquello por lo que pide consejo y asesoramiento; pero hay más honor para él en ser aceptado con la aprobación de sus hombres. Para ella, sus ruegos no son inoportunos; más bien estimulan e incitan a su corazón a que se haga su voluntad. El caballo, que ya va a velocidad, va más rápido aún cuando es espoleado. En presencia de todos sus señores, la dama se entrega a mi señor Yvain. De la mano de su capellán recibió a la dama, Laudine de Landuc, hija del Duque Laudunet, de quien cantan un lai. Ese mismo día, sin demora, se casó con ella, y la boda fue celebrada. Había abundancia de mitras y báculos allí, pues la dama había convocado a sus obispos y abades. Grande fue el gozo y el regocijo, había mucha gente y se mostró mucha riqueza, más de lo que podría contarles, si dedicara mucho pensamiento a ello. Es mejor guardar silencio que ser inadecuado. Así que mi señor Yvain es el maestro ahora, y el hombre muerto ha quedado completamente olvidado. Quien lo mató está ahora casado con su esposa, y disfrutan de los derechos matrimoniales. El pueblo ama y estima a su señor vivo más de lo que jamás lo hicieron con el muerto. Le sirvieron bien en su banquete de bodas, hasta la víspera del día en que el Rey vino a visitar la maravillosa fuente y su piedra, trayendo consigo en esta expedición a sus compañeros y a todos los de su casa; no quedó ni uno solo atrás. Y mi señor Kay comentó: "Ah, ¿qué ha sido ahora de Yvain, quien tras su cena se jactó de que vengaría la vergüenza de su primo? Evidentemente habló bajo los efectos del vino. Creo que ha huido. No se atrevería a volver por nada. Fue muy presuntuoso al hacer tal alarde. Es un hombre audaz quien se atreve a jactarse de lo que nadie le alabaría, y quien no tiene más prueba de sus grandes hazañas que las palabras de algún falso adulador. Hay una gran diferencia entre un cobarde y un héroe; pues el cobarde sentado junto al fuego habla en voz alta sobre sí mismo, teniendo a todos los demás por tontos, y pensando que nadie conoce su verdadero carácter. A un héroe le angustiaría oír relatar su proeza por alguien más. Y, sin embargo, sostengo que el cobarde no se equivoca al alabarse y vanagloriarse, pues no encontrará a nadie más que mienta por él. Si él no se jacta de sus hechos, ¿quién lo hará? Todos pasan por alto sus palabras en silencio, incluso los heraldos, que proclaman a los valientes pero descartan a los cobardes". Cuando mi señor Kay hubo hablado así, mi señor Gawain dio esta respuesta: "¡Mi señor Kay, tened algo de piedad ahora! Dado que mi señor Yvain no está aquí, no sabéis qué asuntos lo ocupan. Ciertamente, nunca se rebajó tanto como para hablar mal de vos en comparación con las cosas amables que ha dicho". "Señor", dice Kay, "guardaré silencio. No diré otra palabra hoy, puesto que veo que os ofende mi discurso". Entonces el Rey, para ver la lluvia, vertió una palangana llena de agua sobre la piedra bajo el pino, y de inmediato la lluvia comenzó a caer. No pasó mucho tiempo antes de que mi señor Yvain, sin demora, entrara en el bosque completamente armado, cabalgando más rápido que al galope en un corcel grande, elegante, fuerte, intrépido y veloz. Y era el deseo de mi señor Kay solicitar el primer encuentro. Pues, cualquiera que fuera el resultado, siempre deseaba comenzar la pelea y justar el primero, o de lo contrario se sentiría muy irritado. Antes que todos los demás, solicitó al Rey que le permitiera luchar primero. El Rey dice: "Kay, puesto que es tu deseo, y dado que eres el primero en hacer la petición, el favor no debe ser negado". Kay le da las gracias primero, luego monta en su corcel. Si ahora mi señor Yvain puede infligirle una leve desgracia, estará muy contento de hacerlo; pues lo reconoce por sus armas. Cada uno agarrando su escudo por las correas, corren el uno hacia el otro. Espoleando sus corceles, bajan las lanzas, que sostienen fuertemente apretadas. Luego las empujan hacia adelante un poco, de modo que las agarraron por los mangos envueltos en cuero, y así, cuando se encontraron, pudieron dar golpes tan crueles que ambas lanzas se rompieron en astillas hasta el mango del fuste. Mi señor Yvain le dio un golpe tan poderoso que Kay dio un salto mortal fuera de su silla y golpeó con su yelmo en el suelo. Mi señor Yvain no tiene deseo de infligirle más daño, sino que simplemente desmonta y toma su caballo. Esto agradó a todos, y muchos dijeron: "¡Ah, ah, mirad cómo yace postrado quien hace un momento despreciaba a los demás! Y, sin embargo, es justo perdonaros esta vez; pues nunca os había sucedido antes". Entonces mi señor Yvain se acercó al Rey, llevando el caballo de la brida en la mano, y deseando entregárselo. "Señor", dice, "ahora tomad este corcel, pues haría mal en retener algo que es vuestro". "¿Y quién sois vos?", responde el Rey; "nunca os reconocería a menos que escuchara vuestro nombre o os viera sin vuestras armas". Entonces mi señor le dijo quién era, y Kay quedó abrumado por la vergüenza, mortificado, humillado y desconcertado por haber dicho que había huido. Pero los demás estaban muy complacidos y valoraron mucho el honor que había ganado. Incluso el Rey estaba muy gratificado, y mi señor Gawain cien veces más que nadie. Pues amaba su compañía más que la de cualquier otro caballero que conociera. Y el Rey le pidió urgentemente que le contara, si era su voluntad, cómo le había ido; pues sentía mucha curiosidad por saber todo sobre su aventura; así que el Rey le ruega que diga la verdad. Y pronto le contó todo sobre el servicio y la bondad de la doncella, sin pasar por alto una sola palabra, sin olvidar mencionar nada. Y después de esto, invitó al Rey y a todos sus caballeros a alojarse con él, diciendo que le harían un gran honor aceptando su hospitalidad. Y el Rey dijo que durante una semana entera le haría con gusto el honor y el placer, y le haría compañía. Y cuando mi señor Yvain le hubo dado las gracias, no se detienen más allí, sino que montan y toman el camino más directo a la ciudad. Mi señor Yvain envía por delante de la compañía a un escudero batiendo un halcón grullero, para que no tomaran a la dama por sorpresa, y para que su gente pudiera decorar las calles ante la llegada del Rey. Cuando la dama escuchó las noticias de la visita del Rey, se sintió muy complacida; ni hubo nadie que, al escuchar la noticia, no estuviera feliz y eufórico. Y la dama los convoca a todos y les pide que vayan a su encuentro, a lo cual no presentan objeción ni protesta, estando todos ansiosos por hacer su voluntad.
Montados en grandes corceles españoles, todos van al encuentro del Rey de Bretaña, saludando primero al Rey Arturo con gran cortesía y luego a toda su compañía. "¡Bienvenidos", dicen, "a esta compañía, tan llena de hombres honorables! ¡Bendito sea quien los trae aquí y nos presenta a tan bellos huéspedes!". Ante la llegada del Rey, la ciudad resuena con la alegre bienvenida que le brindan. Telas de seda son sacadas y colgadas en lo alto como decoración, y extienden tapices para caminar sobre ellos y cubrir las calles con ellos, mientras esperan la aproximación del Rey. Y hacen aún otra preparación, cubriendo las calles con toldos contra los ardientes rayos del sol. Campanas, cuernos y trompetas hacen que la ciudad resuene de tal manera que el trueno de Dios no se habría escuchado. Las doncellas bailan ante él, se tocan flautas y pífanos, se golpean timbales, tambores y címbalos. Por su parte, los ágiles jóvenes saltan, y todos se esfuerzan por mostrar su deleite. Con tales pruebas de su alegría, dan la bienvenida al Rey adecuadamente. Y la Dama salió, vestida con atuendo imperial, una túnica de armiño fresco, y sobre su cabeza llevaba una diadema toda adornada con rubíes. No había nube sobre su rostro, sino que estaba tan alegre y lleno de gozo que era más hermosa, creo, que cualquier diosa. A su alrededor la multitud se apretaba, mientras gritaban al unísono: "¡Bienvenido al Rey de reyes y señor de señores!". El Rey no pudo responder a todos antes de ver a la dama acercándose a él para sostener su estribo. Sin embargo, no esperó a esto, sino que se apresuró a desmontar tan pronto como la divisó. Entonces ella lo saluda con estas palabras: "¡Bienvenido cien mil veces al Rey, mi señor, y bendito sea su sobrino, mi señor Gawain!". El Rey responde: "¡Deseo toda felicidad y buena fortuna a vuestro bello cuerpo y vuestro rostro, criatura encantadora!". Luego, abrazándola por la cintura, el Rey la estrechó alegre y calurosamente como ella hizo con él, echando sus brazos a su alrededor. No diré más de cuán alegremente les dio la bienvenida, pero nadie oyó jamás hablar de gente que fuera tan honorablemente recibida y servida. Podría contarles mucho sobre el gozo si no estuviera malgastando palabras, pero deseo hacer una breve mención de un conocido que se hizo en privado entre la luna y el sol. ¿Saben de quién pretendo hablar? Aquel que era señor de los caballeros, y que era reconocido por encima de todos ellos, debería seguramente ser llamado el sol. Me refiero, por supuesto, a mi señor Gawain, pues la caballería es realzada por él tal como cuando el sol de la mañana derrama sus rayos y alumbra todos los lugares donde brilla. Y la llamo la luna a ella, quien no puede ser de otro modo debido a su sensatez y cortesía. Sin embargo, la llamo así no solo por su buena reputación, sino porque su nombre es, de hecho, Lunete.
El nombre de la doncella era Lunete, y era una morena encantadora, prudente, inteligente y educada. A medida que crece su trato con mi señor Gawain, él la valora mucho y le entrega su amor como a su amada, porque ella había salvado de la muerte a su compañero y amigo; él se pone libremente a su servicio. Por su parte, ella le describe y relata con qué dificultad persuadió a su señora para tomar a mi señor Yvain como su esposo, y cómo lo protegió de las manos de aquellos que lo buscaban; cómo él estaba en medio de ellos pero no lo vieron. Mi señor Gawain se rio a carcajadas ante esta historia suya, y luego dijo: "Mademoiselle, cuando me necesitéis y cuando no, tal como soy, me pongo a vuestra disposición. Nunca me desechéis por alguien más cuando penséis que podéis mejorar vuestra suerte. ¡Soy vuestro, y sed vos de ahora en adelante mi demoiselle!". "Os lo agradezco amablemente, señor", dijo ella. Mientras el trato entre estos dos maduraba así, los otros, también, estaban ocupados coqueteando. Pues había quizás noventa damas allí, cada una de las cuales era bella y encantadora, noble y educada, virtuosa y prudente, y una dama de linaje exaltado, así que los hombres podían ocuparse agradablemente en acariciarlas y besarlas, y en hablarles y mirarlas mientras estaban sentados a su lado; al menos tanta satisfacción tenían. Mi señor Yvain está muy animado porque el Rey se aloja con él. Y la dama les brinda tanta atención a todos, individual y colectivamente, que alguna persona necia podría suponer que las encantadoras atenciones que les mostraba estaban dictadas por el amor. Pero tales personas pueden ser calificadas adecuadamente como necias por pensar que una dama está enamorada de ellas solo porque es cortés y habla con algún tipo desafortunado, y lo hace feliz y lo acaricia. Un necio es hecho feliz por palabras bonitas, y es muy fácilmente engañado. Pasaron toda esa semana en la alegría; el bosque y el arroyo ofrecían mucha diversión para cualquiera que lo deseara. Y quien quisiera ver la tierra que había caído en manos de mi señor Yvain con la dama con la que se había casado, podía ir a divertirse a uno de los castillos que se alzaban en un radio de dos, tres o cuatro leguas. Cuando el Rey se hubo quedado todo el tiempo que quiso, se preparó para partir. Pero durante la semana todos habían rogado urgentemente, y con toda la insistencia a su alcance, que pudieran llevarse a mi señor Yvain con ellos. "¿Qué? ¿Seréis uno de esos", dijo mi señor Gawain a él, "que degeneran después del matrimonio? ¡Maldito sea por Santa María quien se casa y luego degenera! Quien tiene una bella dama como amante o esposa debería ser mejor por ello, y no es correcto que su afecto sea otorgado a él después de que su valía y reputación se hayan ido. Ciertamente, vos también tendríais motivo para lamentar su amor si os ablandarais, pues una mujer retira rápidamente su amor, y con razón, y desprecia a quien degenera de cualquier modo cuando se ha convertido en señor del reino. ¡Ahora debería aumentar vuestra fama! ¡Soltad el freno y el cabestro y venid al torneo conmigo, para que nadie pueda decir que sois celoso! ¡Ahora no debéis dudar más en frecuentar las listas, en participar en la acometida y en contender con fuerza, sea cual sea el esfuerzo que cueste! La inacción produce indiferencia. Pero, en realidad, debéis venir, pues estaré en vuestra compañía. Tened cuidado de que nuestra camaradería no falle por culpa vuestra, buen compañero; por mi parte, podéis contar conmigo. Es extraño cómo un hombre valora la vida de comodidad que no tiene fin. Los placeres crecen más dulces mediante la postergación; y un pequeño placer, cuando es demorado, es mucho más dulce al gusto que un gran placer disfrutado de inmediato. Los dulces de un amor que se desarrolla tarde son como un fuego en un arbusto verde; pues cuanto más tiempo uno se demora en encenderlo, mayor será el calor que producirá, y más tiempo perdurará su fuerza. Uno puede caer fácilmente en hábitos que es muy difícil abandonar, pues cuando uno desea hacerlo, descubre que ha perdido el poder. No malinterpretéis mis palabras, amigo mío: si tuviera una amante tan bella como la que vos tenéis, llamo a Dios y a sus santos por testigo, la dejaría muy a regañadientes; de hecho, sin duda estaría encaprichado. Pero un hombre puede dar a otro un consejo que él mismo no tomaría, tal como los predicadores, que son unos pícaros engañosos, y predican y proclaman lo correcto pero no lo siguen ellos mismos".
Mi señor Gawain habló tan extensamente y con tanta urgencia que él le prometió que iría; pero dijo que debía consultar a su dama y pedir su consentimiento. Ya sea una cosa necia o prudente, no dejará de pedirle permiso para regresar a Bretaña. Entonces tomó consejo con su esposa, quien no tenía ni idea del permiso que él deseaba, mientras se dirigía a ella con estas palabras: "Mi amada señora, mi corazón y alma, mi tesoro, gozo y felicidad, concededme ahora un favor que redundará en vuestro honor y en el mío". La dama da su consentimiento de inmediato, sin saber cuál es su deseo, y dice: "Buen señor, podéis ordenarme vuestro placer, sea cual sea". Entonces mi señor Yvain le pide inmediatamente permiso para escoltar al Rey y asistir a los torneos, para que nadie pueda reprochar su indolencia. Y ella responde: "Os concedo permiso hasta una fecha determinada; pero aseguraos de que mi amor cambiará a odio si os quedáis más allá del plazo que fijaré. Recordad que mantendré mi palabra; si rompéis vuestra palabra, mantendré la mía. Si deseáis poseer mi amor, y si tenéis alguna consideración por mí, recordad volver de nuevo a más tardar un año a partir de la fecha presente, una semana después del día de San Juan; pues hoy es el octavo día desde esa festividad. Estaréis en jaque mate respecto a mi amor si no sois restaurado a mí en ese día".
Mi señor Yvain llora y suspira con tanta amargura que apenas encuentra palabras para decir: «Señora, esta fecha está ciertamente muy lejana. Si pudiera ser una paloma, siempre que me viniera el antojo, a menudo me reuniría con vos aquí. Y ruego a Dios que, en Su beneplácito, no me retenga tanto tiempo lejos. Pero a veces un hombre tiene la intención de regresar pronto sin saber lo que el futuro le tiene reservado. Y no sé cuál será mi destino; quizá alguna urgencia de enfermedad o encarcelamiento pueda retenerme: sois injusta al no hacer una excepción al menos por un impedimento real». «Señor —dice ella—, haré esa excepción. Y, sin embargo, me atrevo a prometeros que, si Dios os libra de la muerte, ningún impedimento se interpondrá en vuestro camino mientras me recordéis. Así pues, poneos ahora en el dedo este anillo mío, que os presto. Y os contaré todo sobre la piedra: ningún amante verdadero y leal puede ser encarcelado ni perder sangre alguna, ni puede ocurrirle daño alguno, siempre que la lleve consigo y la estime, y tenga a su amada en mente. Os volveréis tan duro como el hierro, y os servirá de escudo y de cota de malla. Nunca antes había estado dispuesta a prestarla o confiarla a caballero alguno, pero a vos os la doy por el afecto que os tengo». Ahora mi señor Yvain es libre de partir, pero llora amargamente al despedirse. El Rey, sin embargo, no quiso demorarse más por nada de lo que pudiera decirse: más bien estaba ansioso por que trajeran los palafrenes todos equipados y ensillados. Accedieron de inmediato a su deseo, trayendo los palafrenes, de modo que solo quedaba montar. No sé si debo contaros cómo mi señor Yvain se despidió, y de los besos que le prodigaron, mezclados con lágrimas e impregnados de dulzura. ¿Y qué os diré sobre el Rey, cómo la dama lo escolta, acompañada por sus damas y su senescal? Todo esto requeriría demasiado tiempo. Cuando ve las lágrimas de la dama, el Rey le suplica que no venga más lejos, sino que regrese a su morada. Le rogó con tal urgencia que, con el corazón apesadumbrado, ella dio media vuelta seguida por su compañía.
Mi señor Yvain está tan afligido por abandonar a su dama que su corazón se queda atrás. El Rey puede llevarse su cuerpo, pero no puede llevarse su corazón. Aquella que se queda atrás se aferra tan fuertemente a su corazón que el Rey no tiene poder para llevárselo consigo. Cuando el cuerpo se queda sin corazón, es imposible que siga viviendo. Pues nunca se vio tal maravilla como el cuerpo vivo sin el corazón. Sin embargo, esta maravilla ocurrió ahora: pues mantuvo su cuerpo sin el corazón, que solía estar encerrado en él, pero que ahora no quiso seguir al cuerpo. El corazón tiene una buena morada, mientras que el cuerpo, esperando un regreso seguro a su corazón, de extraña manera toma un nuevo corazón de esperanza, que es tan a menudo engañoso y traicionero. Nunca sabrá de antemano, creo yo, la hora en que esta esperanza le fallará, pues si se demora un solo día más allá del plazo que ha acordado, le será difícil obtener de nuevo el perdón y la buena voluntad de su dama. Sin embargo, creo que se demorará más allá del plazo, pues mi señor Gawain no le permitirá separarse de él, ya que juntos van a justar dondequiera que se celebren torneos. Y a medida que pasa el año, mi señor Yvain tuvo tal éxito que mi señor Gawain se esforzó por honrarlo y le hizo demorarse tanto que todo el primer año se deslizó, y llegó a mediados de agosto del año siguiente, cuando el Rey celebraba la corte en Chester, adonde habían regresado el día anterior de un torneo donde mi señor Yvain había estado y donde había ganado la gloria, y la historia cuenta cómo los dos compañeros no quisieron alojarse en la ciudad, sino que hicieron montar sus tiendas fuera de ella, y celebraron allí la corte. Pues nunca fueron a la corte real, sino que más bien el Rey vino a unirse a la de ellos, porque tenían a los mejores caballeros, y en mayor número, en su compañía. Ahora el Rey Arturo estaba sentado en medio de ellos, cuando Yvain tuvo de repente un pensamiento que le sorprendió más que cualquiera de los que le habían ocurrido desde que se había despedido de su dama, pues se dio cuenta de que había roto su palabra y que el límite de su permiso ya había sido superado. Apenas podía contener las lágrimas, pero logró hacerlo por vergüenza. Seguía sumido en sus pensamientos cuando vio a una doncella acercándose rápidamente sobre un palafren negro con las patas delanteras blancas. Al bajar ante la tienda nadie la ayudó a desmontar, y nadie fue a tomar su caballo. Tan pronto como distinguió al Rey, dejó caer su manto, y así exhibida entró en la tienda y compareció ante el Rey, anunciando que su señora enviaba saludos al Rey, y a mi señor Gawain y a todos los demás caballeros, excepto a Yvain, ese traidor desleal, mentiroso, hipócrita, que la había abandonado engañosamente. «Ella ha visto claramente la traición de aquel que fingía ser un amante fiel mientras era un ladrón falso y traicionero. Este ladrón ha calumniado a mi señora, que no estaba preparada para mal alguno, y a quien nunca se le ocurrió que él le robaría el corazón. Aquellos que aman verdaderamente no roban corazones; hay, sin embargo, algunos hombres, por quienes estos primeros son llamados ladrones, que ellos mismos van engañosamente haciendo el amor, pero en quienes no hay un conocimiento real del asunto. El amante toma el corazón de su dama, por supuesto, pero no huye con él; más bien lo atesora contra aquellos ladrones que, bajo la apariencia de hombres honorables, se lo robarían. Pero esos son ladrones engañosos y traicioneros que compiten entre sí por robar corazones que no les importan en absoluto. El verdadero amante, dondequiera que vaya, estima el corazón y lo trae de vuelta. Pero Yvain ha causado la muerte de mi señora, pues ella supuso que él guardaría su corazón para ella, y que lo traería de vuelta antes de que transcurriera el año. Yvain, tuviste poca memoria cuando no pudiste recordar volver con tu señora en un año. Ella te dio tu libertad hasta el día de San Juan, y tú hiciste tan poco caso de ella que nunca desde entonces un pensamiento hacia ella ha cruzado tu mente. Mi señora había marcado cada día en su cámara, a medida que pasaban las estaciones: pues cuando uno está enamorado, uno está intranquilo y no puede obtener sueño reparador alguno, sino que durante toda la noche debe contar y calcular los días a medida que van y vienen. ¿Sabes cómo pasan el tiempo los amantes? Llevan la cuenta del tiempo y de la estación. Su queja no es presentada prematuramente o sin causa, y no le estoy acusando de ninguna manera, sino que simplemente digo que hemos sido traicionados por aquel que se casó con mi señora. Yvain, mi señora ya no siente interés por ti, sino que te envía a decir por mi medio que no vuelvas nunca más a ella, y que ya no conserves su anillo. Te ordena que se lo devuelvas por mi medio, a quien ves presente aquí. Entrégalo ahora, como estás obligado a hacer».
Insensato y falto de habla, Yvain no puede responder. La doncella se adelanta y le quita el anillo del dedo, encomendando a Dios al Rey y a todos los demás, excepto a él, a quien deja sumido en profunda aflicción. Y su dolor crece: se siente oprimido por lo que oye y atormentado por lo que ve. Preferiría ser desterrado a solas en alguna tierra salvaje, donde nadie supiera dónde buscarlo, y donde ni hombre ni mujer supieran de su paradero más que si estuviera en algún abismo profundo. No odia nada tanto como se odia a sí mismo, ni sabe a quién acudir en busca de consuelo por la muerte que él mismo se ha causado. Pero prefiere enloquecer antes que no vengarse de sí mismo, privado como está de alegría por su propia culpa. Se levanta de su lugar entre los caballeros, temiendo perder el juicio si permanece más tiempo entre ellos. Por su parte, ellos no le prestan atención, sino que le dejan partir solo. Saben bien que no le importa lo más mínimo su charla ni su compañía. Y se aleja hasta quedar lejos de las tiendas y pabellones. Entonces se desató tal tormenta en su cerebro que pierde los sentidos; se desgarra la carne y, despojándose de sus ropas, huye a través de prados y campos, dejando a sus hombres totalmente desconcertados, preguntándose qué habrá sido de él. Salen en su busca por toda la comarca, en los alojamientos de los caballeros, junto a los setos y en los jardines, pero lo buscan donde no puede ser hallado. Siguiendo su huida, prosiguió rápidamente su camino hasta que encontró cerca de un parque a un joven que tenía en la mano un arco y cinco flechas de punta de arpón, muy afiladas y anchas. Tuvo suficiente sentido común para acercarse y tomar el arco y las flechas que aquel sostenía. Sin embargo, no conservaba recuerdo alguno de lo que había hecho. Acecha a las bestias en el bosque, matándolas y comiéndose la carne cruda. Así habitó en el bosque como un loco o un salvaje, hasta que dio con una casita baja perteneciente a un ermitaño, que trabajaba limpiando su terreno. Cuando le vio venir sin nada encima, pudo percibir fácilmente que no estaba en su sano juicio; y así era, como el ermitaño sabía muy bien. Por ello, con miedo, se encerró en su casita y, tomando un poco de pan y agua fresca, los dejó caritativamente fuera, sobre el estrecho alféizar de una ventana. Y hasta allí llega el otro, hambriento por el pan, que toma y come. No creo que hubiera probado antes un pan tan duro y amargo. La medida de cebada amasada con paja, con la que estaba hecho el pan, más agrio que la levadura, no había costado más de cinco sueldos; y el pan estaba enmohecido y seco como la corteza. Pero el hambre le atormenta y estimula su apetito, de modo que el pan le supo a salsa. Pues el hambre es en sí misma una salsa bien mezclada y preparada para cualquier alimento. Mi señor Yvain pronto se comió el pan del ermitaño, que le supo bien, y bebió el agua fresca de la jarra. Cuando hubo comido, se marchó de nuevo al bosque en busca de ciervos y gamos. Y cuando le ve alejarse, el buen hombre bajo su techo ruega a Dios que le defienda y le guarde, no sea que vuelva a pasar por allí jamás. Pero no hay criatura, por poco sentido que tenga, que no regrese con gusto a un lugar donde es bien tratada. Así pues, no pasaba un día mientras estuvo en este ataque de locura sin que llevara a su puerta alguna pieza de caza. Tal era la vida que llevaba; y el buen hombre se encargaba de quitarle la piel y poner a cocinar una buena cantidad de carne de venado; y el pan y el agua en la jarra estaban siempre sobre el alféizar para que el loco comiera. Así tenía algo que comer y beber: carne de venado sin sal ni pimienta, y buena agua fresca del manantial. Y el buen hombre se esforzaba por vender la piel y comprar pan de cebada, o de avena, o de algún otro grano; de modo que, después de eso, Yvain tuvo una provisión abundante de pan y venado, que le bastó durante mucho tiempo, hasta que un día fue encontrado dormido en el bosque por dos doncellas y su señora, a cuyo servicio estaban. Cuando vieron al hombre desnudo, una de las tres corrió, desmontó y lo examinó de cerca, antes de ver nada en él que sirviera para identificarlo. Si hubiera estado ricamente vestido, como lo había estado muchas veces, y si ella hubiera podido verlo entonces, lo habría reconocido rápidamente. Pero tardó en reconocerlo y siguió mirándolo hasta que al fin notó una cicatriz que tenía en el rostro, y recordó que el rostro de mi señor Yvain estaba marcado de la misma manera; estaba segura de ello, pues lo había visto a menudo. Por la cicatriz vio que era él sin lugar a dudas; pero se maravilló mucho de cómo había llegado a encontrarlo tan pobre y despojado. A menudo se santigua de asombro, pero no lo toca ni lo despierta; más bien vuelve a montar en su caballo y, al regresar con las demás, les cuenta entre lágrimas su aventura. No sé si debo demorarme en contarles el dolor que mostró; pero así habló llorando a su señora: «Mi señora, he encontrado a Yvain, quien ha demostrado ser el mejor caballero del mundo y el más virtuoso. No alcanzo a imaginar qué pecado ha reducido al caballero a tal estado. Creo que debe haber tenido alguna desgracia que le hace comportarse así, pues uno puede perder la razón por el dolor. Y cualquiera puede ver que no está en su sano juicio, pues sin duda no sería propio de él comportarse de manera tan indecente a menos que hubiera perdido el juicio. ¡Ojalá Dios le hubiera devuelto el mejor juicio que tuvo jamás, y ojalá consintiera entonces en prestar ayuda a vuestra causa! Pues el conde Alier, que está en guerra con vos, os ha hecho un ataque feroz. Vería la contienda entre ambos resuelta rápidamente a vuestro favor si Dios favoreciera vuestra fortuna de modo que él recuperara el juicio y se encargara de ayudaros en este trance». A esto la señora respondió: «¡Cuidado ahora! Pues ciertamente, si no escapa, con la ayuda de Dios creo que podemos limpiar su cabeza de toda locura y demencia. ¡Pero debemos ponernos en camino de inmediato! Pues recuerdo un cierto ungüento que me regaló Morgan la Sabia, diciendo que no había delirio de cabeza que no curara». Acto seguido, se marchan hacia el pueblo, que estaba muy cerca, pues no había más que media legua de las que tienen en aquel país; y, comparado con las nuestras, dos de sus leguas hacen una y cuatro hacen dos. Y él permanece durmiendo solo, mientras la señora va a buscar el ungüento. La señora abre un estuche suyo y, sacando una caja, se la da a la doncella, y le encarga que no sea demasiado pródiga en su uso: debe frotar solo sus sienes con él, pues no sirve de nada aplicarlo en otro lugar; solo debe ungir sus sienes con él, y el resto debe guardarlo cuidadosamente, pues no tiene nada malo excepto en su cerebro. Le envía también una túnica de piel moteada, un jubón y un manto de seda escarlata. La doncella los toma y lleva en su mano derecha un excelente palafrén. Y añadió a esto, de su propia despensa, una camisa, unas calzas suaves y unos calzones nuevos de corte adecuado. Con todas estas cosas partió rápidamente y lo encontró aún dormido donde lo había dejado. Tras poner su caballo en un cercado donde lo ató fuertemente, llegó con la ropa y el ungüento al lugar donde él dormía. Entonces se atrevió a acercarse al loco para poder tocarlo y manipularlo: luego, tomando el ungüento, lo frotó con él hasta que no quedó nada en la caja, estando tan solícita por su recuperación que procedió a ungirlo por completo con él; y lo usó tan libremente que no hizo caso de la advertencia de su señora, ni de hecho la recordó. Puso más de lo necesario, pero en su opinión estaba bien empleado. Frotó sus sienes y su frente, y todo su cuerpo hasta los tobillos. Frotó sus sienes y todo su cuerpo tanto allí bajo el cálido sol que la locura y la tristeza deprimente pasaron completamente de su cerebro. Pero fue una necedad ungir su cuerpo, pues de eso no había necesidad. Si hubiera tenido cinco medidas de él, sin duda habría hecho lo mismo. Se lleva la caja y se refugia oculta junto a su caballo. Pero deja la túnica atrás, deseando que, si Dios lo llama de nuevo a la vida, pueda verlo todo dispuesto, y pueda tomarlo y ponérselo. Se coloca detrás de un roble hasta que él hubo dormido lo suficiente, y estuvo curado y totalmente restaurado, habiendo recuperado su juicio y su memoria. Entonces ve que está tan desnudo como el marfil, y siente mucha vergüenza; pero habría sentido aún más vergüenza si hubiera sabido lo que había ocurrido. Tal como están las cosas, no sabe nada salvo que está desnudo. Ve la nueva túnica tendida ante sí y se maravilla mucho de cómo y por qué aventura había llegado allí. Pero siente vergüenza y preocupación por su desnudez, y dice que está muerto y totalmente perdido si alguien lo hubiera sorprendido allí y reconocido. Mientras tanto, se viste y mira hacia el bosque para ver si alguien se acercaba. Intenta levantarse y sostenerse, pero no puede reunir fuerzas para alejarse, pues su enfermedad le ha afectado tanto que apenas puede mantenerse sobre sus pies. Entonces, la doncella resuelve no esperar más, sino que, montando, pasa cerca de él, como si ignorara su presencia. Completamente indiferente a de dónde pudiera venir la ayuda, que tanto necesitaba para ser conducido a algún alojamiento donde pudiera recuperar sus fuerzas, le grita con todas sus fuerzas. Y la doncella, por su parte, mira a su alrededor como si no supiera cuál es el problema. Confundida, va de un lado a otro, sin querer dirigirse directamente a él. Entonces él comienza a llamar de nuevo: «¡Doncella, ven por aquí!». Y la doncella dirigió hacia él su palafrén de pasos suaves. Con esta estratagema le hizo pensar que ella no sabía nada de él y que nunca lo había visto antes; al hacerlo, fue sabia y cortés. Cuando llegó ante él, dijo: «Señor caballero, ¿qué deseáis para que me llaméis con tanta insistencia?». «Ah», dijo él, «prudente doncella, me he encontrado en este bosque por algún percance, no sé cuál. Por Dios y por vuestra fe en Él, os ruego que me prestéis, tomando mi palabra como prenda, o bien que me deis, ese palafrén que lleváis de la mano». «Con gusto, señor: pero debéis acompañarme a donde voy». «¿Hacia dónde?», dice él. «A un pueblo que está cerca, más allá del bosque». «Decidme, doncella, si necesitáis de mí». «Sí», dice ella, «necesito; pero creo que no estáis muy bien. Durante las próximas dos semanas al menos deberíais descansar. Tomad este caballo, que sostengo en mi mano derecha, y nos iremos a nuestro alojamiento». Y él, que no tenía otro deseo, lo toma y monta, y proceden hasta llegar a un puente sobre un río rápido y turbulento. Y la doncella arroja al agua la caja vacía que lleva, pensando excusarse ante su señora por el ungüento diciendo que tuvo la mala suerte de que se le cayera la caja al agua pues, cuando su palafrén tropezó bajo ella, la caja se le escapó de las manos, y ella estuvo a punto de caerse también, lo cual habría sido una suerte aún peor. Es su intención inventar esta historia cuando llegue ante la presencia de su señora. Juntos siguieron su camino hasta llegar al pueblo, donde la señora retuvo a mi señor Yvain y pidió a su doncella en privado su caja y su ungüento: y la doncella le repitió la mentira tal como la había inventado, no atreviéndose a decirle la verdad. Entonces la señora se enfureció mucho y dijo: «Esta es ciertamente una pérdida muy grave, y estoy segura y convencida de que la caja nunca volverá a ser encontrada. Pero ya que ha ocurrido así, no hay nada más que hacer al respecto. Uno a menudo desea una bendición que resulta ser una maldición; así yo, que esperaba una bendición y alegría de este caballero, he perdido la más querida y preciosa de mis posesiones. Sin embargo, os ruego que le sirváis en todos los aspectos». «Ah, señora, ¡qué sabiamente habláis ahora! Pues sería una lástima convertir una desgracia en dos».
Entonces no dicen nada más sobre la caja, sino que atienden en todo lo que pueden al confort de mi señor Yvain, bañándolo y lavándole el cabello, haciendo que lo afeiten y lo corten, pues se podría haber cogido un puñado de pelo de su rostro. Se satisface cada uno de sus deseos: si pide armas, se le proporcionan; si quiere un caballo, le proveen uno grande y hermoso, fuerte y fogoso. Se quedó allí hasta que, un martes, el conde Alier llegó al pueblo con sus hombres y caballeros, quienes encendieron fuegos y tomaron botín. Los que estaban en el pueblo se levantaron al instante y se equiparon con armas. Algunos armados y otros desarmados, salieron al encuentro de los saqueadores, que no se dignaron a retirarse ante ellos, sino que los esperaron en un paso estrecho. Mi señor Yvain golpeó a la multitud; había tenido un descanso tan largo que sus fuerzas estaban totalmente restauradas, y golpeó a un caballero en su escudo con tal fuerza que envió al suelo en un montón, creo, al caballero junto con su caballo. El caballero nunca volvió a levantarse, pues tenía la columna rota y el corazón reventado en el pecho. Mi señor Yvain retrocedió un poco para recuperarse. Luego, protegiéndose completamente con su escudo, espoleó hacia adelante para despejar el paso. No se habría podido contar hasta cuatro antes de verle derribar rápidamente a cuatro caballeros. Por lo cual, los que estaban con él se volvieron más valientes, pues a muchos hombres de corazón pobre y tímido, al ver a algún hombre valiente que emprende una tarea peligrosa ante sus ojos, les invade la confusión y la vergüenza, que expulsará el corazón pobre de su cuerpo y le dará otro parecido al de un héroe en coraje. Así, estos hombres se volvieron valientes y cada uno mantuvo su posición en la lucha y el ataque. Y la señora estaba en la torre, desde donde veía la lucha y la acometida para ganar y tomar posesión del paso, y vio tendidos en el suelo a muchos heridos y a muchos muertos, tanto de su bando como del enemigo, pero más del enemigo que del suyo. Pues mi cortés, audaz y excelente señor Yvain los hacía rendirse igual que un halcón hace con la cerceta. Y los hombres y mujeres que habían permanecido dentro del pueblo declaraban mientras observaban la contienda: «¡Ah, qué caballero tan valiente! ¡Cómo hace rendirse a sus enemigos y qué feroz es su ataque! Estaba entre ellos como un león entre los gamos, cuando es impulsado por la necesidad y el hambre. Además, todos nuestros otros caballeros son más valientes y audaces gracias a él, pues, si no fuera solo por él, ni una lanza se habría roto ni una espada se habría desenvainado para golpear. Cuando se encuentra a un hombre tan excelente, debe ser amado y muy apreciado. Ved ahora cómo se prueba a sí mismo, ved cómo mantiene su posición, ved cómo mancha de sangre su lanza y su espada desnuda, ved cómo presiona al enemigo y los persigue, cómo se acerca audazmente a atacarlos, luego cede y se da la vuelta; pero pasa poco tiempo cediendo, y pronto regresa al ataque. Vedlo en la refriega de nuevo, cómo estima poco su escudo, que permite que sea cortado en pedazos sin piedad. Ved qué ganas tiene de vengar los golpes que le asestan. Pues, si alguien utilizara todo el bosque de Argone para hacerle lanzas, supongo que no le quedaría ninguna al anochecer. Pues rompe todas las lanzas que colocan en su encaje, y pide más. ¡Y ved cómo blande la espada cuando la desenvaina! ¡Roldán nunca causó tal estragos con Durandarte contra los turcos en Roncesvalles o en España! Si tuviera en su compañía a algunos buenos compañeros como él, el traidor, cuyo ataque estamos sufriendo, se retiraría hoy desbaratado, o solo se mantendría firme para encontrar la derrota». Entonces dicen que bendita sería la mujer que fuera amada por alguien tan poderoso en armas, y quien sobre todos los demás puede ser reconocido como una vela entre las luces, como la luna entre las estrellas, y como el sol sobre la luna. Se ganó de tal manera los corazones de todos que la destreza que ven en él les hacía desear que hubiera tomado a su señora por esposa, y que fuera señor de la tierra.
Así, hombres y mujeres por igual lo alababan, y al hacerlo no decían sino la verdad. Pues su ataque contra sus adversarios fue tal que se disputaban entre sí quién huía antes. Pero él los acosa de cerca, y todos sus compañeros lo siguen, pues a su lado se sienten tan seguros como si estuvieran resguardados tras un muro de piedra alto y grueso. La persecución continúa hasta que quienes huyen se agotan, y los perseguidores los acuchillan y destripan sus corceles. Los vivos ruedan sobre los muertos mientras se hieren y matan unos a otros. Causan una destrucción terrible entre ellos; y mientras tanto el conde huye con mi señor Yvain tras él, hasta que lo alcanza al pie de una empinada cuesta, cerca de la entrada de una plaza fuerte que pertenecía al conde. Allí fue detenido el conde, sin nadie cerca que le prestara auxilio; y sin demasiada parley mi señor Yvain recibió su rendición. Pues en cuanto lo tuvo en sus manos, y quedaron solo hombre contra hombre, no hubo mayor posibilidad de escape, ni de ceder, ni de defenderse; así que el conde empeñó su palabra de ir a rendirse ante la dama de Noroison como su prisionero, y de hacer la paz que ella dictara. Y cuando hubo aceptado su palabra, le hizo desarmar la cabeza y quitarse el escudo del cuello, y el conde le entregó su espada. Así ganó el honor de llevarse al conde como prisionero y de entregárselo a sus enemigos, quienes no ocultan su alegría. Pero la noticia llegó a la ciudad antes de que ellos mismos arribaran. Mientras todos salen a su encuentro, la propia dama encabeza el camino. Mi señor Yvain sostiene a su prisionero de la mano y lo presenta ante ella. El conde accedió gustoso a sus deseos y demandas, y la aseguró con su palabra, juramento y promesas. Dándole garantías, le jura que vivirá siempre en términos pacíficos con ella, y que le resarcirá todo daño que ella pueda probar, y que reconstruirá las casas que había destruido. Cuando estas cosas fueron acordadas conforme al deseo de la dama, mi señor Yvain pidió permiso para partir. Pero ella no le habría concedido este permiso si él hubiera querido tomarla como amante o casarse con ella. Pero él no permitió que lo siguieran ni escoltaran ni un solo paso, sino que partió apresuradamente: en este caso el ruego no sirvió de nada. Así que emprendió el camino de regreso, dejando muy apenada a la dama, cuya alegría había causado poco antes. Cuando él no quiso detenerse más, ella se sintió más angustiada e inquieta en proporción a la felicidad que él le había traído, pues ella hubiera deseado honrarlo y lo habría hecho, con su consentimiento, señor de todas sus posesiones, o bien le habría pagado por sus servicios cualquier suma que él hubiera nombrado. Pero él no quiso prestar atención a palabra alguna de hombre o mujer. A pesar de su dolor, dejó a los caballeros y a la dama que en vano intentaron detenerlo más tiempo.
Pensativo, mi señor Yvain avanzaba a través de un bosque profundo, hasta que oyó entre los árboles un grito muy fuerte y lúgubre, y se dirigió hacia donde parecía venir. Y cuando hubo llegado al lugar, vio en un claro un león y una serpiente que lo sujetaba por la cola, quemándole los cuartos traseros con llamas de fuego. Mi señor Yvain no se quedó boquiabierto ante este extraño espectáculo, sino que consultó consigo mismo a cuál de los dos debía ayudar. Entonces dice que socorrerá al león, pues una criatura traicionera y venenosa merece ser dañada. Ahora bien, la serpiente es ponzoñosa y el fuego brota de su boca —tan llena de maldad está la criatura—. Así que mi señor Yvain decide que matará primero a la serpiente. Desenvainando su espada, avanza manteniendo el escudo frente a su rostro para no ser dañado por la llama que emerge de la garganta de la criatura, que era más grande que una olla. Si el león lo ataca después, él también tendrá toda la pelea que desee; pero ocurra lo que ocurra después, se decide a ayudarlo ahora. Pues la piedad lo apremia y le pide que lleve socorro y ayuda a la noble y gentil bestia. Con su espada, que corta tan limpiamente, ataca a la malvada serpiente, primero partiéndola hasta la tierra y cortándola en dos, luego continuando sus golpes hasta reducirla a trocitos. Pero tuvo que cortar un pedazo de la cola del león para llegar a la cabeza de la serpiente, que sujetaba al león por la cola. Cortó solo lo necesario e inevitable. Cuando hubo liberado al león, supuso que tendría que pelear con él y que el león se le echaría encima; pero el león no tenía tales intenciones. ¡Escuchen ahora lo que hizo el león! Actuó noblemente y como alguien bien educado; pues comenzó a hacer evidente que se rendía ante él, poniéndose sobre sus dos patas traseras e inclinando su rostro hacia la tierra, con las patas delanteras juntas y extendidas hacia él. Luego cayó de rodillas de nuevo, y todo su rostro estaba húmedo por las lágrimas de la humildad. Mi señor Yvain sabe a ciencia cierta que el león le está agradeciendo y rindiéndole homenaje debido a la serpiente que había matado, librándolo así de la muerte. Quedó muy complacido por este episodio. Limpió su espada del veneno y la suciedad de la serpiente; luego la guardó en su vaina y reanudó su camino. Y el león camina cerca de su lado, sin querer separarse de él en adelante: siempre lo acompañará en el futuro, ansioso por servirlo y protegerlo. Avanza hasta que olfatea en el viento, a lo largo de su camino, algunas bestias salvajes alimentándose; entonces el hambre y su naturaleza lo incitan a buscar su presa y asegurar su sustento. Es su naturaleza hacerlo. Se adelantó un poco en el rastro, mostrando así a su amo que había llegado y detectado el olor y el rastro de alguna caza salvaje. Luego lo mira y se detiene, deseando servir a todos sus deseos y sin querer proceder en contra de su voluntad. Yvain entiende por su actitud que está mostrando que aguarda su beneplácito. Percibe esto y comprende que si él se detiene, él también lo hará, y que si lo sigue, atrapará la presa que ha olfateado. Entonces lo incita y le grita, como lo haría con los perros de caza. De inmediato el león dirigió su nariz hacia el rastro que había detectado, y por el cual no fue engañado, pues no había recorrido ni un tiro de arco cuando vio en un valle a un ciervo pastando solo. Este ciervo atrapará, si se sale con la suya. Y así lo hizo, al primer salto, y luego bebió su sangre aún caliente. Cuando lo hubo matado, lo puso sobre su lomo y lo llevó de regreso a su amo, quien entonces concibió un mayor afecto por él y lo eligió como compañero para toda su vida, debido a la gran devoción que encontró en él. Estaba cerca del anochecer ahora, y le pareció bien pasar allí la noche y desollar del ciervo tanto como quisiera comer. Comenzando a despiezarlo, abre la piel a lo largo de la costilla y, tomando un filete del lomo, golpea un pedernal para sacar una chispa, que atrapa en algo de leña seca; luego pone rápidamente su filete en un asador para cocinarlo ante el fuego, y lo asa hasta que está bien cocinado. Pero no hubo placer en la comida, pues no había pan, ni vino, ni sal, ni tela, ni cuchillo, ni nada más. Mientras comía, el león yacía a sus pies; ni un movimiento hizo, sino que lo observaba atentamente hasta que hubo comido todo lo que pudo del filete. Lo que quedó del ciervo lo devoró el león, hasta los huesos. Y mientras toda la noche su amo apoyaba la cabeza sobre su escudo para obtener el descanso que eso permitía, el león mostró tal inteligencia que permaneció despierto y tuvo cuidado de vigilar al caballo mientras este pastaba la hierba, que proporcionaba algún leve sustento.
Por la mañana se marchan juntos, y el mismo tipo de existencia, al parecer, que habían llevado esa noche, siguieron llevándola los dos durante toda la semana siguiente, hasta que el azar los llevó al manantial bajo el pino. Allí mi señor Yvain casi pierde el juicio por segunda vez, al acercarse al manantial, con su piedra y la capilla que estaba muy cerca. Tan grande fue su angustia que mil veces suspiró "¡ay!" y, lamentándose, cayó en un desmayo; y la punta de su afilada espada, al caer de su vaina, atravesó las mallas de su cota de malla justo en el cuello, al lado de la mejilla. No hay malla que no se abra, y la espada corta la carne de su cuello bajo la brillante armadura, de modo que hace que la sangre brote. Entonces el león cree ver a su amo y compañero muerto. Nunca escucharon narrar ni contar mayor dolor por nada de lo que él comenzó a mostrar ahora. Se revuelca, y araña y grita, y tiene el deseo de matarse con la espada con la que cree que su amo se ha matado a sí mismo. Tomando la espada con sus dientes, la coloca sobre un árbol caído y la asegura en un tronco detrás, para que no resbale ni ceda cuando lance su pecho contra ella. Su intención estaba casi cumplida cuando su amo se recuperó de su desmayo, y el león se contuvo mientras se precipitaba ciegamente hacia la muerte, como un jabalí sin prestar atención a dónde se hiere. Así, mi señor Yvain yace desmayado junto a la piedra, pero, al recuperarse, se reprochó violentamente el año durante el cual había excedido su permiso, y por el cual había incurrido en el odio de su dama, y dijo: "¿Por qué este desdichado no se mata, él que se ha privado así de la alegría? ¡Ay! ¿Por qué no acabo con mi vida? ¿Cómo puedo quedarme aquí y mirar lo que pertenece a mi dama? ¿Por qué el alma aún permanece en mi cuerpo? ¿Qué hace el alma en un armazón tan miserable? Si ya hubiera escapado, no estaría en tal tormento. Es justo odiarme, culparme y despreciarme, tal como de hecho hago. Quien pierde su dicha y contento por culpa o error propio debería odiarse mortalmente. Debería odiarse y matarse. Y ahora, cuando nadie está mirando, ¿por qué me ahorro a mí mismo? ¿Por qué no acabo con mi vida? ¿Acaso no he visto a este león presa de tal dolor por mi causa que estaba a punto, hace un momento, de hundir mi espada en su pecho? ¿Y debería temer a la muerte yo, que he cambiado la felicidad por el dolor? La alegría es ahora una extraña para mí. ¿Alegría? ¿Qué alegría es esa? No diré más de eso, pues nadie podría hablar de tal cosa; y he hecho una pregunta tonta. Esa era la mayor de todas las alegrías, la que estaba asegurada como mi posesión, pero duró solo un poco. Quien pierde tal alegría por su propia fechoría no merece la felicidad".
Mientras se lamentaba de esta manera por su destino, una doncella desolada y en penosa situación, que se encontraba en la capilla, lo vio y oyó sus palabras a través de una grieta en el muro. Tan pronto como se hubo recuperado de su desmayo, ella le llamó: "Dios", dijo ella, "¿quién es ese a quien oigo? ¿Quién es el que así se queja?". Y él respondió: "¿Y quién eres tú?". "Soy una desventurada", dijo ella, "la criatura más miserable que vive". Y él respondió: "¡Calla, insensata! Tu pena es alegría y tu dolor es ventura comparado con aquel en el que yo estoy sumido. En la medida en que un hombre se acostumbra más a la felicidad y al gozo, así queda más perturbado y aturdido que cualquier otro hombre por la pena cuando esta llega. Un hombre de pocas fuerzas puede cargar, por costumbre y hábito, un peso que otro hombre de mayores fuerzas no podría cargar por nada". "A fe mía", dijo ella, "conozco la verdad de ese comentario; pero eso no es razón para creer que tu infortunio es peor que el mío. Ciertamente, no lo creo en absoluto, pues me parece que tú puedes ir a donde elijas ir, mientras que yo estoy prisionera aquí, y tal destino es mi porción que mañana seré apresada y entregada al juicio mortal". "¡Ah, Dios!", dijo él, "¿y por qué crimen?". "Señor caballero, que Dios nunca tenga misericordia de mi alma si he merecido tal destino. No obstante, te diré con verdad, sin engaño, por qué estoy aquí en prisión: se me acusa de traición, y no puedo encontrar a nadie que me defienda de ser quemada o ahorcada mañana". "En primer lugar", respondió él, "puedo decir que mi dolor y mi aflicción son mayores que los tuyos, pues tú aún puedes ser liberada por alguien del peligro en el que te encuentras. ¿No es eso cierto?". "Sí, pero aún no sé por quién. Solo hay dos hombres en el mundo que se atreverían en mi nombre a enfrentarse a tres hombres en batalla". "¿Qué? En nombre de Dios, ¿hay tres de ellos?". "Sí, señor, a fe mía. Hay tres que me acusan de traición". "¿Y quiénes son los que están tan devotos a ti que cualquiera de ellos tendría la audacia de luchar contra tres en tu defensa?". "Responderé a tu pregunta verazmente: uno de ellos es mi señor Gawain, y el otro es mi señor Yvain, por cuya causa mañana seré entregada injustamente al martirio de la muerte". "¿Por cuya causa?", preguntó él, "¿qué has dicho?". "Señor, que Dios me ayude, por causa del hijo del Rey Urien". "Ahora entiendo tus palabras, pero no morirás sin que él muera también. Yo mismo soy ese Yvain, por cuya causa te encuentras en tal angustia. Y tú, según entiendo, eres la que una vez me guardó a salvo en el salón, y salvó mi vida y mi cuerpo entre los dos rastrillos, cuando estaba turbado y angustiado, y alarmado por estar atrapado. Habría sido asesinado o apresado de no ser por tu amable ayuda. Ahora dime, mi gentil amiga, ¿quiénes son los que ahora te acusan de traición y te han confinado en este lugar solitario?". "Señor, no te lo ocultaré, ya que deseas que te lo cuente todo. Es un hecho que no fui lenta en ayudarte honestamente. Bajo mi consejo mi señora te recibió, tras atender mi opinión y mi consejo. Y por el Santo Padrenuestro, más por su bienestar que por el tuyo pensé que lo hacía, y lo sigo pensando. Tanto confieso ahora ante ti: fue su honor y tu deseo lo que busqué servir, ¡que Dios me ayude! Pero cuando se hizo evidente que habías excedido el año en el que debías regresar con mi señora, entonces ella se enfureció conmigo y pensó que había sido engañada al depositar su confianza en mi consejo. Y cuando esto fue descubierto por el senescal —un miserable, taimado y desleal villano, que estaba celoso de mí porque en muchos asuntos mi señora confiaba más en mí que en él—, vio que ahora podía avivar una gran enemistad entre ella y yo. En plena corte y en presencia de todos, me acusó de haberla traicionado en tu favor. Y yo no tuve consejo ni ayuda excepto la mía propia; pero sabía que nunca había hecho ni concebido acto traicionero alguno hacia mi señora, así que grité, como quien está fuera de sí, y sin el consejo de nadie, que presentaría en mi propia defensa a un caballero que lucharía contra tres. El tipo no fue tan cortés como para desdeñar aceptar tal desventaja, ni yo estaba en libertad de retirarme o desistir por nada que pudiera suceder. Así que me tomó la palabra, y me vi obligada a dar fianza de que presentaría en un plazo de cuarenta días a un caballero para luchar contra tres caballeros. Desde entonces he visitado muchas cortes; estuve en la corte del Rey Arthur, pero no encontré ayuda de nadie allí, ni encontré a nadie que pudiera darme noticias buenas sobre ti, pues no sabían nada de tus asuntos". "Te ruego que me digas, ¿dónde estaba entonces mi buen y gentil señor Gawain? Ninguna doncella en apuros necesitó jamás su ayuda sin que le fuera extendida". "Si lo hubiera encontrado en la corte, no podría haberle pedido nada que me fuera negado; pero cierto caballero se ha llevado a la Reina, según me dijeron; ciertamente el Rey estaba loco al enviarla en su compañía. Creo que fue Kay quien la escoltó al encuentro del caballero que se la ha llevado; y mi señor Gawain, en gran angustia, ha ido en su busca. Nunca tendrá descanso hasta que la encuentre. Ahora te he dicho toda la verdad de mi aventura. Mañana seré entregada a una muerte vergonzosa y seré quemada inevitablemente, víctima de tu descuido criminal". Y él responde: "¡Dios no permita que te hagan daño por mi causa! ¡Mientras yo viva no morirás! Puedes esperarme mañana, preparado en la medida de mis fuerzas para ofrecer mi cuerpo en tu causa, como es propio que haga. ¡Pero no te preocupes por decir a la gente quién soy! Sea cual sea el resultado de la batalla, ¡ten cuidado de que no sea reconocido!". "Ciertamente, señor, ninguna presión podría hacerme revelar tu nombre. Preferiría sufrir la muerte, ya que así lo quieres. Sin embargo, después de todo, te ruego que no regreses por mi causa. No querría que emprendieras una batalla que será tan desesperada. Te agradezco tu palabra prometida de que estarías dispuesto a emprenderla, pero considérate ahora liberado, pues es mejor que muera sola a que vea cómo se regocijan con tu muerte así como con la mía; no perdonarían mi vida después de haberte dado muerte a ti. Así que es mejor que tú permanezcas con vida a que ambos encontremos la muerte". "Ese es un comentario muy desagradecido, querida mía", dice mi señor Yvain; "supongo que o bien no deseas ser liberada de la muerte, o bien desprecias el consuelo que te traigo con mi ayuda. No discutiré más el asunto, pues ciertamente has hecho tanto por mí que no puedo fallarte en ninguna necesidad. Sé que estás en gran angustia; pero, si es la voluntad de Dios, en quien confío, los tres serán derrotados. Así que no más sobre ese tema: me voy ahora a encontrar algún refugio en este bosque, pues no hay morada cerca". "Señor", dice ella, "¡que Dios te dé tanto buen refugio como buena noche, y te proteja como deseo de todo lo que pudiera hacerte daño!". Entonces mi señor Yvain parte, y el león como de costumbre tras él. Viajaron hasta que llegaron a la plaza fortificada de un barón, que estaba completamente rodeada por un muro masivo, fuerte y alto. El castillo, estando extraordinariamente bien protegido, no temía ningún asalto de catapulta o máquina de asedio; pero fuera de los muros el terreno estaba tan completamente despejado que no quedaba ni una choza ni una morada en pie. Conocerás la causa de esto un poco más tarde, cuando llegue el momento. Mi señor Yvain se dirigió directamente hacia el lugar fortificado, y siete sirvientes salieron, bajaron el puente y avanzaron a su encuentro. Pero estaban aterrorizados ante la visión del león, al que vieron con él, y le pidieron amablemente que dejara al león en la puerta no fuera que los hiriera o matara. Y él responde: "¡No digáis más de eso! Porque no entraré sin él. O ambos encontraremos refugio aquí o me quedaré fuera; él es tan querido para mí como yo mismo. ¡Sin embargo, no debéis tener miedo de él! Porque lo mantendré tan bien bajo control que podéis estar muy confiados". Ellos respondieron: "¡Muy bien!". Entonces entraron en la villa, y siguieron hasta que encontraron caballeros, damas y encantadoras doncellas bajando por la calle, quienes lo saludan y se apresuran a quitarle la armadura mientras dicen: "¡Bienvenido a nuestro medio, buen señor! ¡Y que Dios conceda que permanezcáis aquí hasta que podáis partir con gran honor y satisfacción!". Altos y bajos por igual le brindan una alegre bienvenida y hacen todo lo que pueden por él, mientras lo escoltan alegremente hacia el interior de la villa. Pero después de haber expresado su alegría, son abrumados por el dolor, lo que les hace olvidar rápidamente su regocijo, mientras comienzan a lamentarse, llorar y golpearse. Así, por un largo espacio de tiempo, no cesan de regocijarse o lamentarse: es para honrar a su invitado que se regocijan, pero su corazón no está en lo que hacen, pues están muy preocupados por un suceso que esperan que ocurra al día siguiente, y se sienten muy seguros y ciertos de que sucederá antes del mediodía. Mi señor Yvain estaba tan sorprendido de que cambiaran tan a menudo de ánimo y mezclaran el dolor con su felicidad, que se dirigió al señor del lugar sobre el asunto. "Por el amor de Dios", dijo, "buen y gentil señor, ¿tendréis la amabilidad de informarme por qué me habéis honrado así y mostrado a la vez tal alegría y tal pesadumbre?". "Sí, si deseas saberlo, pero sería mejor para ti desear la ignorancia y el silencio. Nunca te diré voluntariamente nada que te cause dolor. ¡Permítenos continuar lamentándonos y no prestes atención a lo que hacemos!". "Sería imposible para mí veros tristes y no tomarlo en mi corazón, así que deseo saber la verdad, cualquier pesar que pueda resultar para mí". "Bien, entonces", dijo él, "te lo diré todo. He sufrido mucho a causa de un gigante, quien ha insistido en que le entregue a mi hija, que supera en belleza a todas las doncellas del mundo. Este malvado gigante, a quien Dios confunda, se llama Harpin de la Montaña. No pasa un día sin que se lleve todas mis posesiones sobre las que puede poner sus manos. Nadie tiene mejor derecho que yo a quejarse, a estar apenado y a lamentarse. Bien podría perder el juicio por puro dolor, pues tenía seis hijos que eran caballeros, más hermosos que cualquiera que conociera en el mundo, y el gigante se ha llevado a los seis. Ante mis ojos mató a dos de ellos, y mañana matará a los otros cuatro, a menos que encuentre a alguien que se atreva a luchar contra él para la liberación de mis hijos, o a menos que consienta en entregarle a mi hija; y él dice que cuando la tenga en su poder la entregará para que sea el juguete de los más viles y lascivos tipos de su casa, pues desdeñaría tomarla ahora para sí mismo. Ese es el desastre que me espera mañana, a menos que el Señor Dios me conceda Su ayuda. Así que no es de extrañar, buen señor, si estamos todos entre lágrimas. Pero por tu causa nos esforzamos por el momento en asumir un semblante tan alegre como podemos. Pues es un necio el que atrae a un caballero a su presencia y luego no lo honra; y tú pareces ser un caballero muy perfecto. Ahora te he contado toda la historia de nuestra gran angustia. Ni en la villa ni en la fortaleza nos ha dejado el gigante nada, excepto lo que tenemos aquí. Si te hubieras fijado, habrías visto esta noche que no nos ha dejado ni un huevo, excepto estos muros que son nuevos; pues ha arrasado toda la villa. Cuando hubo saqueado todo lo que quiso, prendió fuego a lo que quedaba. De esta manera me ha hecho muchos malos tratos".
Mi señor Yvain escuchó todo lo que su anfitrión le contaba, y cuando lo hubo oído todo, se complació en responderle: "Señor, siento y me aflige este problema vuestro; pero me maravillo mucho de que no hayáis pedido asistencia en la corte del buen Rey Arthur. No hay hombre tan poderoso que no pudiera encontrar en su corte a algunos que se alegrarían de poner a prueba su fuerza con la suya". Entonces el adinerado hombre le revela y explica que habría tenido ayuda eficiente si hubiera sabido dónde encontrar a mi señor Gawain. "No me habría fallado en esta ocasión, pues mi esposa es su propia hermana; pero un caballero de una tierra extraña, que fue a la corte a buscar a la esposa del Rey, se la ha llevado. Sin embargo, no podría haber tomado posesión de ella por ningún medio de su propia invención de no haber sido por Kay, quien engañó tanto al Rey que puso a la Reina a su cargo y la colocó bajo su protección. Él fue un necio, y ella imprudente al confiarse a su escolta. Y yo soy quien sufre y pierde en todo esto; pues es cierto que mi excelente señor Gawain se habría apresurado a venir aquí, de haber conocido los hechos, por el bien de sus sobrinos y su sobrina. Pero él no sabe nada de esto, por lo que estoy tan angustiado que mi corazón casi se rompe, pues se ha ido en su persecución, aquel a quien Dios traiga vergüenza y aflicción por haberse llevado a la Reina". Mientras escuchaba este relato, mi señor Yvain no deja de suspirar. Inspirado por la piedad que siente, da esta respuesta: "Buen gentil señor, emprendería gustosamente esta peligrosa aventura, si el gigante y vuestros hijos llegaran mañana a tiempo para no causarme demora, pues mañana al mediodía estaré en otro lugar, de acuerdo con una promesa que he hecho". "De una vez por todas, buen señor", dijo el buen hombre, "os agradezco cien mil veces vuestra disposición". Y toda la gente de la casa expresó igualmente su gratitud.
En ese momento salió la doncella de una estancia, con su cuerpo lleno de gracia y su rostro tan hermoso y agradable de contemplar. Venía muy sencilla, triste y silenciosa, pues no tenía fin el dolor que sentía: caminaba con la cabeza inclinada hacia el suelo. Y su madre también salió de una habitación contigua, pues el caballero las había hecho llamar para que conocieran a su huésped. Entraron con los mantos envueltos alrededor de ellas para ocultar sus lágrimas; y él les pidió que se despojasen de los mantos y levantaran la cabeza, diciendo: "No debéis vacilar en obedecer mis órdenes, pues Dios y la buena fortuna nos han traído aquí a un caballero de muy noble cuna que me asegura que luchará contra el gigante. ¡No demoréis más el echaros a sus pies!". "¡Que Dios nunca me permita ver eso!", se apresura a exclamar mi señor Yvain; "ciertamente no sería apropiado bajo ninguna circunstancia que la hermana y la sobrina de mi señor Gawain se postrasen a mis pies. ¡Que Dios me defienda de dar lugar a tal orgullo como para dejar que caigan a mis pies! En verdad, nunca olvidaría la vergüenza que sentiría; pero me alegraría mucho si se consolaran hasta mañana, cuando puedan ver si Dios consiente en ayudarlas. No tengo otra petición que hacer, excepto que el gigante llegue a tan buen tiempo que no me vea obligado a romper mi compromiso en otro lugar; pues no dejaría por nada de estar presente mañana al mediodía en el asunto más importante que jamás pudiera emprender". Así, no desea tranquilizarlas por completo, pues teme que el gigante no llegue lo suficientemente temprano como para permitirle alcanzar a tiempo a la doncella que está encarcelada en la capilla. No obstante, les promete lo suficiente como para despertar una buena esperanza en ellas. Todas por igual se unen en agradecimiento, pues depositan gran confianza en su proeza, y piensan que debe ser un hombre muy bueno cuando ven al león a su lado tan confiado como lo sería un cordero. Se consuelan y se regocijan por la esperanza que depositan en él, y no se entregan más a su dolor. Cuando llegó la hora, lo llevaron a dormir a una habitación bien iluminada; tanto la doncella como su madre lo escoltaron, pues lo apreciaban profundamente, y lo habrían hecho cien mil veces más de haber estado informadas de su proeza y cortesía. Él y el león se acostaron allí juntos y descansaron. Los demás no se atrevieron a dormir en la habitación; pero cerraron la puerta tan fuerte que no pudieron salir hasta el día siguiente al amanecer. Cuando se abrió la habitación, él se levantó y escuchó misa, y luego, debido a la promesa que había hecho, esperó hasta la hora de prima. Entonces, ante el oír de todos, convocó al señor de la ciudad y dijo: "Mi señor, no tengo más tiempo para esperar, sino que debo pedir vuestro permiso para partir de inmediato; no puedo demorarme más aquí. Pero creed de verdad que con gusto y voluntad me quedaría aquí todavía un rato por amor a los sobrinos y a la sobrina de mi amado señor Gawain, si no tuviera un gran asunto entre manos y si no estuviera tan lejos". Ante esto, la sangre de la doncella vibró y hirvió de miedo, así como la de la dama y la del señor. Tenían tanto miedo de que se fuera que estaban a punto de humillarse y echarse a sus pies, cuando recordaron que él no aprobaría ni permitiría su acción. Entonces el señor le hace una oferta de todo lo que quiera tomar de sus tierras o riquezas, con tal de que espere un poco más. Y él respondió: "¡Dios no permita que tome nunca nada de lo vuestro!". Entonces la doncella, que está consternada, comienza a llorar en voz alta y le suplica que se quede. Como una mujer distraída y presa del pavor, le ruega por la gloriosa reina del cielo y de los ángeles, y por el Señor, que no se vaya sino que espere un poco; y entonces, también, por el bien de su tío, a quien dice conocer, amar y estimar. Entonces su corazón se siente conmovido por una profunda piedad cuando la oye conjurarlo en nombre de quien él más ama, y por la señora del cielo, y por el Señor, que es la misma miel y el dulce sabor de la piedad. Lleno de angustia, lanzó un suspiro, pues aunque el reino de Tarsus estuviera en juego, no vería quemada a aquella a quien había prometido su ayuda. Si no pudiera llegar a tiempo, sería incapaz de soportar su vida, o viviría sin juicio; por otra parte, la bondad de su amigo, mi señor Gawain, solo aumentaba su aflicción; su corazón casi se parte en dos al pensar que no puede demorarse. No obstante, no se mueve, sino que se retrasa y espera tanto tiempo que el gigante llegó de repente, trayendo consigo a los caballeros: y colgando de su cuello llevaba una gran estaca cuadrada con un extremo puntiagudo, y con ella los espoleaba frecuentemente. Por su parte, no llevaban ropa que valiera un bledo, excepto unas camisas sucias y inmundas: y sus pies y manos estaban atados con cuerdas, mientras cabalgaban sobre cuatro rocines cojos, que eran débiles, delgados y miserables. Mientras cabalgaban junto a un bosque, un enano, que estaba hinchado como un sapo, había atado las colas de los caballos y caminaba a su lado, golpeándolos sin piedad con un azote de cuatro nudos hasta que sangraban, pensando así hacer algo maravilloso. Así fueron traídos con vergüenza por el gigante y el enano. Deteniéndose en la llanura frente a la puerta de la ciudad, el gigante grita al noble señor que matará a sus hijos a menos que le entregue a su hija, a quien entregará a sus viles compañeros para que se convierta en su juguete. Pues ya no la ama ni la estima, como para dignarse a rebajarse ante ella. Estará constantemente acosada por mil bribones piojosos y andrajosos, desdichados vacíos y mozos de cocina, que todos pondrán sus manos sobre ella. El digno hombre está casi fuera de sí cuando oye cómo su hija será convertida en alcahueta, o si no, ante sus propios ojos, sus cuatro hijos serán ejecutados rápidamente. Su agonía es como la de uno que preferiría estar muerto antes que vivo. Una y otra vez lamenta su destino, llora en voz alta y suspira. Entonces mi franco y gentil señor Yvain comenzó a hablarle así: "Señor, muy vil e insolente es ese gigante que se jacta ahí fuera. ¡Pero que Dios nunca conceda que tenga a vuestra hija en su poder! La desprecia y la insulta abiertamente. Sería una calamidad demasiado grande si una criatura tan encantadora de tan alto linaje fuera entregada para convertirse en juguete de muchachos. ¡Dadme ahora mis armas y mi caballo! Haced bajar el puente levadizo y dejadme pasar. Uno u otro debe ser derribado, o yo o él, no sé cuál. Si tan solo pudiera humillar al cruel desdichado que os oprime así, de modo que liberase a vuestros hijos y viniera a reparar las palabras insultantes que os ha dirigido, entonces os encomendaría a Dios y seguiría con mis asuntos". Entonces van a buscar su caballo y le entregan sus armas, esforzándose tan expeditivamente que pronto lo tienen completamente equipado. Se demoraron lo menos que pudieron en armarlo. Cuando su equipamiento estuvo completo, no quedó nada más que bajar el puente y dejarlo ir. Lo bajaron para él, y él salió. Pero el león de ninguna manera se quedaría atrás. Todos los que se quedaron atrás encomendaron al caballero al Salvador, pues temen excesivamente que su diabólico enemigo, que ya había matado a tantos hombres buenos en el mismo campo ante sus ojos, hiciera lo mismo con él. Así que rezan a Dios para que lo defienda de la muerte, y se lo devuelva sano y salvo, y que Él le dé fuerza para matar al gigante. Cada uno reza suavemente a Dios de acuerdo con su deseo. Y el gigante se acercó ferozmente a él, y con palabras amenazantes le habló así: "¡Por mis ojos, el hombre que te envió aquí ciertamente no te tenía amor! Ninguna mejor manera podría haber tomado para vengarse de ti. Ha elegido bien su venganza por cualquier mal que le hayas hecho". Pero el otro, sin temer nada, responde: "Tratas de lo que no importa. Ahora haz lo mejor que puedas, y yo haré lo mío. La charla ociosa me cansa". Acto seguido, mi señor Yvain, que estaba ansioso por partir, cabalga hacia él. Va a golpearlo en el pecho, que estaba protegido por una piel de oso, y el gigante corre hacia él con su estaca alzada en el aire. Mi señor Yvain le propina tal golpe en el pecho que atraviesa la piel y moja la punta de su lanza con la sangre de su cuerpo a modo de salsa. Y el gigante lo golpea con la estaca y lo hace doblarse bajo los golpes. Mi señor Yvain entonces desenvaina la espada con la que sabía dar golpes feroces. Encontró al gigante desprotegido, pues confiaba tanto en su fuerza que desdeñó armarse. Y aquel que había desenvainado su hoja le dio tal tajo con el filo, y no con el lado plano, que le cortó de la mejilla un trozo apto para asar. Entonces el otro a su vez le dio tal golpe con la estaca que lo hizo cantar en un montón sobre el cuello de su caballo. Acto seguido, el león se eriza, listo para prestar ayuda a su amo, y salta en su ira y fuerza, y golpea y desgarra como si fuera corteza la pesada piel de oso que el gigante llevaba, y arrancó debajo de la piel un gran trozo de su muslo, junto con los nervios y la carne. El gigante escapó de sus garras, rugiendo y bramando como un toro, pues el león lo había herido gravemente. Entonces, levantando su estaca con ambas manos, pensó golpearlo, pero falló su objetivo, cuando el león se inclinó hacia atrás para que fallara su golpe, y cayó exhausto junto a mi señor Yvain, pero sin que ninguno de los dos se tocara. Entonces mi señor Yvain tomó puntería y le asestó dos golpes. Antes de que pudiera recuperarse, había cortado con el filo de su espada el hombro del gigante de su cuerpo. Con el siguiente golpe, hundió toda la hoja de su espada a través de su hígado debajo de su pecho; el gigante cae en el abrazo de la muerte. Y si un gran roble cayera, creo que no haría mayor ruido que el gigante cuando se desplomó. Todos los que estaban en la pared habrían deseado presenciar tal golpe. Entonces se hizo evidente quién era el más veloz, pues todos corrieron a ver el juego, al igual que los sabuesos que han seguido a la bestia hasta que finalmente la alcanzan. Así, hombres y mujeres corrieron en rivalidad sin demora hacia donde yacía el gigante boca abajo. La hija viene corriendo, y su madre también. Y los cuatro hermanos se regocijan después de las penas que han soportado. En cuanto a mi señor Yvain, están muy seguros de que no podrían retenerlo por ninguna razón que pudieran alegar, pero le suplican que regrese y se quede a disfrutar tan pronto como haya completado el asunto que lo llama lejos. Y él responde que no puede prometerles nada, pues todavía no puede adivinar si le irá bien o mal. Pero esto sí le dijo a su anfitrión: que deseaba que sus cuatro hijos y su hija tomaran al enano y fueran a mi señor Gawain cuando oigan de su regreso, y deberían contarle y relatarle cómo se ha comportado. Pues las buenas acciones no sirven de nada si no deseas que se sepan. Y ellos responden: "No es justo que una bondad como esta se mantenga oculta: haremos lo que desees. Pero dinos qué podemos decir cuando lleguemos ante él. ¿Cuyos elogios podemos pronunciar, cuando no sabemos cuál puede ser vuestro nombre?". Y él les responde: "Cuando lleguéis ante él, podéis decir esto: que os dije que 'El Caballero del León' era mi nombre. Y al mismo tiempo debo pediros que le digáis de mi parte que, si no reconoce quién soy, sin embargo me conoce bien y yo le conozco a él. Ahora debo partir de aquí, y lo que más me alarma es que pueda haberme demorado demasiado aquí, pues antes de que pase la hora del mediodía tendré mucho que hacer en otro lugar, si es que puedo llegar allí a tiempo". Entonces, sin más demora, comienza. Pero primero su anfitrión le rogó insistentemente que se llevara consigo a sus cuatro hijos: pues no había ninguno de ellos que no se esforzara por servirlo, si él lo permitiera. Pero no le agradó ni le convino que nadie lo acompañara; así que les dejó el lugar y se fue solo. Y tan pronto como parte, cabalgando tan rápido como su corcel puede llevarlo, se dirige hacia la capilla. El camino era bueno y recto, y sabía bien cómo seguir la ruta. Pero antes de que pudiera llegar a la capilla, la doncella había sido arrastrada y la pira preparada sobre la cual debía ser colocada. Vestida solo con una camisa, fue mantenida atada ante el fuego por aquellos que erróneamente le atribuían una intención que nunca había tenido. Mi señor Yvain llegó y, viéndola junto al fuego al que estaba a punto de ser arrojada, estaba naturalmente indignado. No sería cortés ni sensato quien tuviera alguna duda sobre ese hecho. Así que es cierto que estaba muy indignado; pero alberga dentro de sí la esperanza de que Dios y el Derecho estarán de su lado. En tales ayudantes confía; ni desprecia la ayuda de su león. Corriendo rápidamente hacia la multitud, grita: "¡Dejad a la doncella, gente malvada! No habiendo cometido ningún crimen, no es justo que sea arrojada a una pira o a un horno". Y ellos se apartan a ambos lados, dejando un pasadizo para él. Pero él anhela ver con sus propios ojos a aquella a quien su corazón contempla en cualquier lugar en que se encuentre. Sus ojos la buscan hasta que la encuentra, mientras subyuga y mantiene bajo control su corazón, tal como uno mantiene bajo control con un fuerte freno a un caballo que tira. No obstante, él la contempla alegremente y suspira mientras tanto; pero no suspira tan abiertamente que su acción sea detectada; más bien ahoga sus suspiros, aunque con dificultad. Y es presa de la piedad al oír, ver y percibir el dolor de las pobres damas, que gritaban: "¡Ay, Dios, cómo nos has olvidado! ¡Qué desoladas quedaremos ahora cuando perdamos a una amiga tan amable, que nos dio tal consejo y tal ayuda, e intercedió por nosotras en la corte! Fue ella quien incitó a madame a vestirnos con sus ropas de vero. ¡De aquí en adelante la situación cambiará, pues no habrá nadie que hable por nosotras! ¡Maldito sea quien sea la causa de nuestra pérdida! Pues nos irá mal en todo esto. No habrá nadie que pronuncie tal consejo como este: '¡Mi señora, dad este manto de vero, esta capa y esta prenda a tal y tal dama honesta! En verdad, tal caridad estará bien empleada, pues ella tiene mucha necesidad de ellos'. No se pronunciarán tales palabras de aquí en adelante, pues no hay nadie más que sea franco y cortés; sino que cada uno solicita para sí mismo antes que para otro, aunque no tenga necesidad".
El león se retiró entonces, y habiendo terminado la disputa y las palabras entre ambos, tomaron distancia para la carga. Los tres juntos espolearon hacia él, y él fue a su encuentro al paso. No deseaba ser derribado ni herido en este primer encuentro. Así que dejó que partieran sus lanzas, mientras mantenía la suya intacta, haciendo de su escudo un blanco hacia el cual cada uno rompió su lanza. Luego galopó hasta quedar separado de ellos por el espacio de un acre; pero pronto regresó a la tarea que tenía entre manos, pues no deseaba demorarse. Al acercarse por segunda vez, llegó al senescal antes que a sus dos hermanos, y rompiendo su lanza contra su cuerpo, lo llevó a tierra a pesar suyo, y le propinó un golpe tan poderoso que durante un largo rato permaneció aturdido, incapaz de causarle daño alguno. Y entonces los otros dos fueron hacia él con las espadas desenvainadas, y ambos le asestaron grandes golpes, pero recibieron golpes aún más pesados de su parte. Pues uno solo de los golpes que él asesta vale más que dos de los suyos; así se defiende tan bien que no tienen ventaja alguna sobre él, hasta que el senescal se levanta y hace cuanto puede para herirlo, intento al que se unen los otros, hasta que comienzan a presionarlo y a tomar la delantera. Entonces el león, que observa, no tarda más en prestarle ayuda; pues le parece que ahora la necesita. Y todas las damas, que son devotas de la doncella, suplican a Dios repetidamente y le rezan con fervor para que no permita la muerte ni la derrota de quien ha entrado en la contienda por causa de ella. Las damas, al no tener otras armas, lo ayudan así con sus oraciones. Y el león le brinda una ayuda tan eficaz que, en su primer ataque, golpea con tal ferocidad al senescal, quien ya estaba en pie, que hace volar las mallas del hauberk como si fueran paja, y lo arrastra hacia abajo con tal violencia que desgarra la carne blanda de su hombro y de todo su costado. Desnuda cuanto toca, de modo que las entrañas quedan al descubierto. Los otros dos vengan este golpe.
Ahora están todos igualados en el campo. El senescal está marcado para la muerte, mientras se retuerce y se revuelca en el río rojo de sangre caliente que brota de su cuerpo. El león ataca a los otros; pues mi señor Yvain es completamente incapaz, aunque hizo lo mejor que pudo golpeándolo o amenazándolo, de hacerlo retroceder; pero el león sin duda se siente confiado de que a su amo no le desagrada su ayuda, sino que, al contrario, lo ama más por ello: así que los ataca ferozmente, hasta que tienen motivos para quejarse de sus golpes, y ellos lo hieren a su vez y lo maltratan. Cuando mi señor Yvain ve a su león herido, su corazón se llena de ira en su pecho, y con razón; pero hace tales esfuerzos por vengarlo, y los presiona con tanta fuerza, que los reduce por completo; ya no le resisten, sino que se rinden a él a discreción, debido a la ayuda del león, que ahora se encuentra en gran apuro; pues estaba herido por todas partes y tenía buenos motivos para sufrir. Por su parte, mi señor Yvain de ninguna manera estaba en un estado saludable, pues su cuerpo portaba muchas heridas. Pero no está tan preocupado por sí mismo como por su león, que está en apuros. Ahora ha liberado a la doncella exactamente de acuerdo con su deseo, y la dama ha abandonado de muy buena gana el rencor que le guardaba. Y aquellos hombres fueron quemados en la pira que se había encendido para la muerte de la doncella; pues es correcto y justo que quien ha juzgado mal a otro sufra el mismo tipo de muerte a la que condenó al otro. Ahora Lunete está alegre y contenta por haberse reconciliado con su ama, y juntas estuvieron más felices de lo que nadie lo estuvo jamás. Sin reconocerlo, todos los presentes le ofrecieron, a quien era su señor, su servicio mientras durara la vida; incluso la dama, que poseía sin saberlo su corazón, le rogó insistentemente que permaneciera allí hasta que su león y él se hubieran recuperado por completo. Y él respondió: "Señora, no permaneceré aquí hasta que mi señora me retire su disgusto y su ira: entonces llegará el fin de todas mis fatigas". "En verdad", dijo ella, "eso me apena. Creo que la dama no puede ser muy cortés si guarda mala voluntad contra vos. No debería cerrar su puerta a un caballero tan valeroso como vos, a menos que él le hubiera hecho algún gran mal". "Señora", responde él, "por grande que sea la dureza, me complace lo que sea que sea su voluntad. Pero no me hable más de eso; pues no diré nada sobre la causa o el crimen, excepto a aquellos que están informados de ello". "¿Alguien lo sabe, entonces, además de vosotros dos?" "Sí, en verdad, señora". "Bien, decidnos al menos vuestro nombre, buen señor; entonces seréis libre de iros". "¿Completamente libre, mi señora? No, no seré libre. Debo más de lo que puedo pagar. Sin embargo, no debería ocultaros mi nombre. Nunca oiréis hablar del 'Caballero del León' sin oír hablar de mí; pues deseo ser conocido por ese nombre". "Por el amor de Dios, señor, ¿qué significa ese nombre? Pues nunca os habíamos visto antes, ni hemos oído mencionar este nombre vuestro". "Mi señora, podéis deducir de ello que mi fama no está extendida". Entonces la dama dice: "Una vez más, si no se opusiera a vuestra voluntad, os rogaría que permanecierais aquí". "En realidad, mi señora, no me atrevería, hasta que supiera con certeza que he recuperado la buena voluntad de mi señora". "Bien, pues, id en nombre de Dios, buen señor; y, si es Su voluntad, que Él convierta vuestro pesar y dolor en alegría". "Señora", dice él, "que Dios escuche vuestra oración". Luego añadió suavemente en voz baja: "Señora, sois vos quien tiene la llave, y, aunque no lo sepáis, poseéis el cofre en el que mi felicidad se mantiene bajo llave".
Entonces se aleja con gran pesar, y no hay nadie que lo reconozca salvo Lunete, quien lo acompañó una larga distancia. Lunete sola le hace compañía, y él le ruega insistentemente que nunca revele el nombre de su campeón. "Señor", dice ella, "nunca lo haré". Luego le pidió además que no lo olvidara, y que guardara un lugar para él en el corazón de su ama, siempre que surgiera la oportunidad. Ella le dice que esté tranquilo al respecto; pues nunca será olvidadiza, ni infiel, ni ociosa. Entonces él le agradece mil veces, y parte pensativo y oprimido, a causa de su león que debe llevar consigo, siendo incapaz de seguirlo a pie. Le hace una litera de musgo y helechos en su escudo. Cuando le ha hecho una cama allí, lo coloca tan suavemente como puede, y lo lleva así estirado a todo lo largo en el lado interior de su escudo. Así, en su escudo lo lleva, hasta que llega ante la puerta de una mansión, fuerte y hermosa. Al encontrarla cerrada, llamó, y el portero la abrió con tal prontitud que no tuvo necesidad de llamar más que una vez. Él extiende la mano para tomar su rienda, y lo saluda así: "Entrad, buen señor. Os ofrezco la morada de mi señor, si os place desmontar". "Acepto la oferta con gusto", responde él, "pues tengo gran necesidad de ella, y es hora de encontrar alojamiento".
Acto seguido, pasó por la puerta y vio a los servidores en masa viniendo a su encuentro. Lo saludaron y lo ayudaron a bajar de su caballo, y depositaron sobre el pavimento su escudo con el león en él. Y algunos, tomando su caballo, lo pusieron en un establo: mientras otros muy apropiadamente lo relevaron de sus armas y las tomaron. Entonces el señor del castillo escuchó las noticias, y de inmediato bajó al patio y lo saludó. Y su dama bajó también, con todos sus hijos e hijas y una gran multitud de otras personas, quienes se alegraron de ofrecerle alojamiento. Le dieron una habitación tranquila, porque consideraron que estaba enfermo; pero su buena naturaleza fue puesta a prueba cuando permitieron que el león fuera con él. Su cura fue emprendida por dos doncellas expertas en cirugía, que eran hijas del señor. No sé cuántos días permaneció allí, hasta que él y su león, estando curados, se vieron obligados a continuar su camino.
Pero durante este tiempo sucedió que mi señor de Noire Espine tuvo una lucha con la Muerte, y tan feroz fue el ataque de la Muerte que se vio forzado a morir. Tras su muerte ocurrió que la mayor de dos hijas que tenía, anunció que poseería sin oposición todas las tierras para sí misma durante toda su vida, y que no daría ninguna parte a su hermana. Y la otra dijo que iría a la corte del Rey Arturo para buscar ayuda para la defensa de su reclamación sobre la tierra. Cuando la primera vio que su hermana de ninguna manera le concedería todas las tierras sin oposición, se preocupó mucho y pensó que, de ser posible, llegaría a la corte antes que ella. De inmediato se preparó y equipó, y sin demora alguna, se dirigió a la corte. La otra la siguió e hizo toda la prisa que pudo; pero su viaje fue en vano, pues su hermana mayor ya había presentado su caso a mi señor Gawain, y él había prometido ejecutar su voluntad. Pero existía un acuerdo entre ellos de que si alguien llegara a conocer los hechos por ella, él nunca más tomaría las armas en su nombre, y a este arreglo ella dio su consentimiento.
Justo entonces la otra hermana llegó a la corte, vestida con un manto corto de paño escarlata y armiño fresco. Sucedió que era el tercer día después de que la Reina hubiera regresado del cautiverio en el que Maleagant la había retenido con todos los demás prisioneros; pero Lancelot se había quedado atrás, traicioneramente confinado dentro de una torre. Y ese mismo día, cuando la doncella llegó a la corte, se recibieron noticias del cruel y malvado gigante al que el caballero del león había matado en batalla. En su nombre, mi señor Gawain fue saludado por sus sobrinos y sobrina, quienes le contaron detalladamente todo el gran servicio y las grandes proezas que había hecho por ellos a causa de él, y cómo estaba bien familiarizado con él, aunque no conocía su identidad.
Todo esto fue escuchado por ella, quien quedó sumida por ello en gran desesperación, tristeza y abatimiento; pues, dado que el mejor de los caballeros estaba ausente, pensó que no encontraría ayuda ni consejo en la corte. Ya había hecho varias apelaciones amorosas e insistentes a mi señor Gawain; pero él le había dicho: "Querida mía, es inútil apelar a mí; no puedo hacerlo; tengo otro asunto entre manos, al cual de ninguna manera renunciaré". Entonces la doncella abandonó de inmediato a Gawain y se presentó ante el Rey. "Oh Rey", dijo ella, "he venido a ti y a tu corte por ayuda. Pero no encuentro ninguna, y estoy muy asombrada de no poder obtener consejo aquí. Sin embargo, no sería correcto que me fuera sin despedirme. Mi hermana puede saber, no obstante, que podría obtener con amabilidad cuanto deseara de mi propiedad; pero nunca le entregaré mi herencia por la fuerza, si puedo evitarlo, y si puedo encontrar alguna ayuda o consejo". "Habéis hablado sabiamente", dijo el Rey; "puesto que ella está presente aquí, le aconsejo, recomiendo e insto a que os entregue lo que es vuestro derecho". Entonces la otra, que estaba confiada en el mejor caballero del mundo, respondió: "Señor, que Dios me confunda, si alguna vez le otorgo de mis tierras algún castillo, pueblo, claro, bosque, tierra o cualquier otra cosa. Pero si algún caballero se atreve a tomar las armas en su nombre y desea defender su causa, que dé un paso al frente de inmediato". "Vuestra oferta hacia ella no es justa; necesita más tiempo", respondió el Rey; "si ella lo desea, puede tener cuarenta días para conseguir un campeón, de acuerdo con la práctica de todas las cortes". A lo que la hermana mayor respondió: "Buen Rey, mi señor, podéis establecer vuestras leyes como os plazca, y como parezca bien, ni es mi lugar contradeciros, así que debo consentir el aplazamiento, si ella lo desea". Acto seguido, la otra dice que sí lo desea, y hace la solicitud formal para ello. Entonces encomendó al Rey a Dios y abandonó la corte resolviendo dedicar su vida a la búsqueda por toda la tierra del Caballero del León, quien se dedica a socorrer a las mujeres que necesitan ayuda.
Así comenzó su búsqueda y atravesó muchos países sin oír noticias de él, lo que le causó tal pesar que cayó enferma. Pero fue bueno para ella que sucediera así; pues llegó a la morada de una amiga suya, por quien era muy querida. Para entonces, su rostro mostraba claramente que no gozaba de buena salud. Insistieron en retenerla hasta que les contó su situación; tras lo cual, otra doncella asumió la búsqueda en la que ella había estado ocupada y continuó la búsqueda en su nombre. Así que mientras una permanecía en este retiro, la otra cabalgaba rápidamente todo el día, hasta que llegó la oscuridad de la noche y le causó gran ansiedad. Y su problema se duplicó cuando comenzó a llover con terrible violencia, como si el mismo Dios estuviera haciendo lo peor, mientras ella estaba en lo profundo del bosque. La noche y el bosque le causan gran angustia, pero está más atormentada por la lluvia que por el bosque o la noche. Y el camino era tan malo que su caballo a menudo estaba hasta la cincha en el lodo; cualquier doncella bien podría estar aterrorizada de estar en el bosque, sin escolta, con tan mal tiempo y en tal oscuridad que no podía ver el caballo que montaba. Así que llamó a Dios primero, y luego a su madre, y luego a todos los santos por turno, y ofreció muchas oraciones para que Dios la sacara de este bosque y la condujera a algún lugar de alojamiento. Continuó rezando hasta que escuchó una trompeta, ante lo cual se regocijó enormemente; pues pensó que ahora encontraría refugio, si tan solo pudiera llegar al lugar. Así que se volvió en la dirección del sonido y llegó a un camino pavimentado que conducía directamente hacia la trompeta cuyo sonido escuchó; pues la trompeta había dado tres golpes largos y fuertes. Y se dirigió directamente hacia el sonido, hasta que llegó a una cruz que estaba en el lado derecho del camino, y allí pensó que podría encontrar la trompeta y a la persona que la había hecho sonar. Así que espoleó a su caballo en esa dirección, hasta que se acercó a un puente y divisó los muros blancos y la barbacana de un castillo circular. Así, por casualidad llegó al castillo, fijando su rumbo por el sonido que la había llevado hasta allí. Había sido atraída por el sonido de la trompeta soplada por un vigilante sobre los muros. Tan pronto como el vigilante la divisó, la llamó, luego bajó, y tomando la llave de la puerta, la abrió para ella y dijo: "Bienvenida, doncella, sea quien sea. Estaréis bien alojada esta noche". "No tengo otro deseo que ese", respondió la doncella, mientras él la dejaba entrar. Después de la fatiga y la ansiedad que había soportado ese día, tuvo suerte de encontrar tal lugar de alojamiento; pues estaba muy cómoda allí. Después de la comida, el anfitrión se dirigió a ella y le preguntó a dónde iba y cuál era su búsqueda. Ante lo cual, ella respondió así: "Estoy buscando a alguien a quien nunca vi, hasta donde sé, y nunca conocí; pero lleva un león consigo, y me han dicho que, si lo encuentro, puedo depositar gran confianza en él". "Puedo dar fe de ello", dijo el otro: "pues anteayer Dios lo envió aquí a mí en mi extrema necesidad. Benditos sean los caminos que lo llevaron a mi morada. Pues me alegró vengándome de un enemigo mortal y matándolo ante mis ojos. Fuera de aquella puerta podéis ver mañana el cuerpo de un poderoso gigante, a quien mató con tal facilidad que apenas tuvo que sudar". "Por el amor de Dios, señor", dijo la doncella, "decidme ahora la verdad, si sabéis hacia dónde fue y dónde está". "No lo sé", dijo, "como Dios me ve aquí; pero mañana os pondré en el camino por el que se fue de aquí". "Y que Dios", dijo ella, "me lleve donde pueda oír noticias verdaderas de él. Pues si lo encuentro, estaré muy alegre".
Así continuaron en larga conversación hasta que finalmente se fueron a dormir. Cuando amaneció el día, la doncella se levantó, estando muy preocupada por encontrar el objeto de su búsqueda. Y el dueño de la casa se levantó con todos sus compañeros y la puso en el camino que conducía directamente al manantial bajo el pino. Y ella, apresurándose en su camino hacia la ciudad, llegó y preguntó a los primeros hombres que encontró si podían decirle dónde encontraría al león y al caballero que viajaban en compañía. Y le dijeron que lo habían visto derrotar a tres caballeros en ese mismo lugar. Ante lo cual, ella dijo de inmediato: "Por el amor de Dios, ya que habéis dicho tanto, no me ocultéis nada que podáis añadir". "No", respondieron; "no sabemos nada más de lo que hemos dicho, ni sabemos qué fue de él. Si aquella por cuya causa vino aquí no puede daros más noticias, no habrá nadie aquí para iluminaros. No tendréis que ir lejos, si deseáis hablar con ella; pues ha ido a hacer oración a Dios y a oír Misa en aquella iglesia, y a juzgar por el tiempo que ha estado dentro, sus oraciones se han prolongado".
Mientras hablaban así, Lunete salió de la iglesia, y ellos dijeron: "Ahí está". Entonces ella fue a su encuentro y se saludaron. Le pidió a Lunete de inmediato la información que deseaba; y Lunete dijo que haría ensillar un palafre; pues deseaba acompañarla y la llevaría a un recinto donde lo había dejado. La otra doncella se lo agradeció de todo corazón. Lunete monta el palafre que es traído sin demora, y, mientras cabalgan, le cuenta cómo había sido acusada y cargada de traición, y cómo la pira ya estaba encendida sobre la cual debía ser colocada, y cómo él había venido a ayudarla justo en el momento de su necesidad. Mientras hablaba así, la escoltó hasta el camino que conducía directamente al lugar donde mi señor Yvain se había separado de ella. Cuando la hubo acompañado hasta allí, dijo: "Seguid este camino hasta llegar a un lugar donde, si place a Dios y al Espíritu Santo, escucharéis noticias más fiables de él de las que yo puedo daros. Recuerdo muy bien que lo dejé cerca de aquí, o exactamente aquí, donde estamos ahora; no nos hemos visto desde entonces, y no sé qué ha hecho. Cuando me dejó, necesitaba con urgencia un emplasto para sus heridas. Así pues, os enviaré tras él, y si es la voluntad de Dios, que Él conceda que lo encontréis esta noche o mañana con buena salud. Ahora id: os encomiendo a Dios. No debo seguiros más lejos, no sea que mi señora se disguste conmigo". Entonces Lunete la deja y regresa; mientras la otra prosiguió hasta que encontró una casa, donde mi señor Yvain se había detenido hasta recuperar la salud. Vio a gente reunida ante la puerta, caballeros, damas y hombres de armas, y al señor de la casa; los saludó y les pidió que le dieran, si fuera posible, noticias de un caballero a quien buscaba. "¿Quién es?", preguntaron. "He oído decir que nunca está sin un león". "Por mi palabra, doncella", dice el señor, "acaba de dejarnos. Podéis alcanzarlo esta noche, si sois capaz de no perder de vista sus huellas y tenéis cuidado de no perder el tiempo". "Señor", responde ella, "Dios no lo quiera. Pero decidme ahora en qué dirección debo seguirlo". Y ellos le dicen: "Por este camino, todo recto", y le ruegan que lo salude de su parte. Pero su cortesía no sirvió de mucho; pues, sin prestar atención, galopó de inmediato. El paso le parecía mucho más lento de lo que era, aunque su palafre iba a buen ritmo. Así que galopó a través del barro igual que donde el camino era bueno y llano, hasta que lo divisó con el león como compañero. Entonces, en su alegría, exclama: "Dios, ayúdame ahora. Por fin veo a aquel a quien tanto tiempo he perseguido, y cuya huella he seguido largamente. Pero si persigo y nada gano, ¿qué me aprovechará alcanzarlo? Poco o nada, palabra de honor. Si él no se une a mi empresa, habré desperdiciado todas mis penas". Diciendo esto, se apresuró tanto que su palafre estaba todo sudoroso; pero lo alcanzó y lo saludó. Él le respondió de inmediato: "Que Dios te salve, hermosa, y te libre de la pena y el dolor". "Lo mismo para vos, señor, quien, espero, pronto podrá librarme". Entonces ella se acerca más a él y dice: "Señor, os he buscado durante mucho tiempo. La gran fama de vuestro mérito me ha hecho atravesar muchos condados en mi fatigosa búsqueda de vos. Pero continué mi búsqueda tanto tiempo, gracias a Dios, que al fin os he encontrado aquí. Y si traje alguna ansiedad conmigo, ya no me preocupa, ni me quejo ni la recuerdo ahora. Estoy totalmente aliviada; mi preocupación se ha esfumado en el momento en que me encontré con vos. Además, el asunto no es mío: vengo a vos de parte de una que es mejor que yo, una mujer que es más noble y excelente. Pero si ella se ve decepcionada en sus esperanzas puestas en vos, entonces ha sido traicionada por vuestra buena fama, pues no espera otra ayuda. Mi doncella, privada de su herencia por una hermana, espera con vuestra ayuda ganar su pleito; no quiere a nadie más que a vos para defender su causa. Nadie puede hacerle creer que otro podría prestarle ayuda. Al asegurar su parte de la herencia, habréis ganado y adquirido el amor de aquella que ahora está desheredada, y también aumentaréis vuestra propia fama. Ella misma iba en vuestra búsqueda para conseguir el favor que esperaba; nadie más habría ocupado su lugar, de no haber sido retenida por una enfermedad que le obliga a guardar cama. Ahora decidme, por favor, si os atreveréis a venir, o si declinaréis". "No", dice él; "ningún hombre puede ganar alabanza en una vida de comodidad; y no me echaré atrás, sino que os seguiré alegremente, mi dulce amiga, a dondequiera que os plazca. Y si aquella por cuya causa me habéis buscado necesita de mí, no temáis que no haré todo lo posible por ella. Ahora que Dios me conceda la felicidad y la gracia de resolver a su favor su legítima reclamación".
Conversando así, cabalgaron hasta que se acercaron a la ciudad de Pesme Avanture. No tuvieron deseo de pasar de largo, pues el día ya estaba llegando a su fin. Llegaron cabalgando al castillo, cuando toda la gente, al verlos acercarse, gritó al caballero: "Mal venís, señor, mal venís. Este lugar de alojamiento os fue señalado para que pudierais sufrir daño y vergüenza. Un abad podría jurarlo". "Ah", replicó él, "gente necia y vulgar, llena de toda maldad y desprovista de honor, ¿por qué me habéis asaltado así?" "¿Por qué? Lo sabréis pronto, si vais un poco más allá. Pero no sabréis nada más hasta que hayáis ascendido a la fortaleza". De inmediato mi señor Yvain se vuelve hacia la torre, y la multitud grita, todos chillándole: "Eh, eh, desdichado, ¿adónde vas? Si alguna vez en tu vida te has encontrado con alguien que te causara vergüenza y dolor, tal se te hará allí, adonde vas, como nunca será contado de nuevo por ti". Mi señor Yvain, que escucha, dice: "Gente baja y despiadada, miserable e insolente, ¿por qué me asaltáis así, por qué me atacáis tanto? ¿Qué deseáis de mí, qué queréis, que gruñís de este modo tras de mí?". Una dama, algo avanzada en años, que era cortés y sensata, dijo: "No tienes motivo para enfurecerte: no quieren decir nada malo con lo que dicen; pero, si los comprendieras bien, te están advirtiendo que no pases la noche allá arriba; no se atreven a decirte la razón de esto, pero te advierten y te reprenden porque desean despertarte temores. Esto acostumbran a hacer en el caso de todos los que vienen, para que no entren. Y la costumbre es tal que no nos atrevemos a recibir en nuestras propias casas, por ninguna razón, a ningún caballero que venga de lejos. La responsabilidad es ahora solo tuya; nadie se interpondrá en tu camino. Si deseas, puedes subir ahora; pero mi consejo es volver atrás". "Señora", dice él, "sin duda sería para mi honor y provecho seguir vuestro consejo; pero no sé dónde debería encontrar alojamiento esta noche". "Por mi palabra", dice ella, "no diré más, pues el asunto no es mío. Id adonde os plazca. Sin embargo, me alegraría mucho veros regresar de dentro sin demasiada vergüenza; pero eso difícilmente podría ser". "Señora", dice él, "que Dios os recompense por el deseo. Sin embargo, mi corazón caprichoso me lleva hacia dentro, y haré lo que mi corazón desea". Entonces, se acerca a la puerta, acompañado por su león y su doncella. Entonces el portero le llama y dice: "Ven rápido, ven. Estás de camino a un lugar donde serás retenido con seguridad, y que tu visita sea maldecida".
El portero, después de dirigirle esta bienvenida tan poco amable, subió apresuradamente. Pero mi señor Yvain, sin responder, pasó de largo y encontró una sala nueva y elevada; delante había un patio cerrado con estacas grandes, redondas y puntiagudas, y sentadas dentro de las estacas vio hasta trescientas doncellas, trabajando en diferentes tipos de bordado. Cada una cosía con hilo de oro y seda, lo mejor que podía. Pero tal era su pobreza, que muchas de ellas no llevaban cinturón y parecían descuidadas, por ser tan pobres; y sus ropas estaban desgarradas en el pecho y en los codos, y sus camisas estaban sucias alrededor del cuello. Sus cuellos eran delgados y sus rostros pálidos por el hambre y la privación. Lo ven, mientras él las mira, y lloran, y son incapaces por algún tiempo de hacer nada o de levantar los ojos del suelo, tan abatidas están por la pena. Cuando las hubo contemplado por un rato, mi señor Yvain se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta; pero el portero le cerró el paso y gritó: "No sirve de nada, buen maestro; no saldréis ahora. Os gustaría estar fuera: pero, por mi cabeza, no sirve de nada. Antes de escapar habréis sufrido tal vergüenza que no podríais sufrir más; así que no fuisteis sabio al entrar aquí, pues no hay posibilidad de escapar ahora". "Ni deseo hacerlo, buen hermano", dijo él; "pero decidme, por el alma de vuestro padre, de dónde vinieron las doncellas que vi en el patio, tejiendo telas de seda y oro. Disfruto viendo el trabajo que hacen, pero me angustia mucho ver sus cuerpos tan delgados y sus rostros tan pálidos y tristes. Imagino que serían hermosas y encantadoras, si tuvieran lo que desean". "No os diré nada", fue la respuesta; "buscad a alguien más que os lo cuente". "Eso haré, puesto que no hay mejor manera". Entonces busca hasta que encuentra la entrada del patio donde las doncellas trabajaban: y al presentarse ante ellas, las saluda a todas y ve lágrimas que fluyen de sus ojos, mientras lloran. Entonces les dice: "Que plazca a Dios quitar de vuestros corazones, y convertir en alegría, esta pena, cuya causa no conozco". Una de ellas responde: "Que seáis escuchado por Dios, a quien habéis dirigido vuestra oración. No se os ocultará quiénes somos y de qué tierra: supongo que eso es lo que deseáis saber". "Con ningún otro propósito vine aquí", dice él. "Señor, ocurrió hace mucho tiempo que el rey de la Isla de las Doncellas fue buscando noticias a través de diversas cortes y países, y siguió sus viajes como un tonto hasta que se encontró con este lugar peligroso. Fue una hora de mala suerte cuando llegó aquí por primera vez, pues nosotras, las miserables cautivas que estamos aquí, recibimos toda la vergüenza y la miseria que de ninguna manera hemos merecido. Y tened por seguro que vos mismo podéis esperar una gran vergüenza, a menos que se acepte un rescate por vos. Pero, en cualquier caso, sucedió que mi señor llegó a esta ciudad, donde hay dos hijos del diablo (no lo toméis como una broma) que nacieron de una mujer y un íncubo. Estos dos estaban a punto de luchar con el rey, cuyo terror era grande, pues aún no tenía dieciocho años, y habrían sido capaces de partirlo como a un tierno cordero. Así que el rey, en su terror, escapó de su destino como mejor pudo, jurando que enviaría aquí cada año, según se requiriera, a treinta de sus doncellas, y con este tributo se liberó. Y cuando juró, se acordó que este arreglo permanecería en vigor mientras vivieran los dos demonios. Pero en el día en que fueran conquistados y derrotados en batalla, él sería liberado de este tributo, y seríamos liberadas nosotras que ahora estamos vergonzosamente entregadas a la angustia y la miseria. Nunca más conoceremos lo que es el placer. Pero hablé con locura hace un momento al referirme a nuestra liberación, pues nunca más abandonaremos este lugar. Pasaremos nuestros días tejiendo telas de seda, sin estar nunca mejor vestidas. Siempre seremos pobres y estaremos desnudas, y siempre sufriremos hambre y sed, pues nunca seremos capaces de ganar lo suficiente para procurarnos mejor alimento. Nuestro suministro de pan es muy escaso, un poco por la mañana y menos por la noche, pues ninguna de nosotras puede ganar con su trabajo manual más de cuatro peniques al día para su pan diario. Y con esto no podemos proporcionarnos suficiente comida y ropa. Porque aunque no hay ninguna de nosotras que no gane tanto como veinte sueldos a la semana, aun así no podemos vivir sin dificultades. Ahora debéis saber que no hay una sola de nosotras que no haga veinte sueldos de trabajo o más, y con tal suma hasta un duque sería considerado rico. Así que mientras estamos reducidas a tal pobreza, él, para quien trabajamos, es rico con el producto de nuestro esfuerzo. Nos quedamos despiertas muchas noches, así como todos los días, para ganar más, pues amenazan con hacernos daño cuando buscamos algo de descanso, así que no nos atrevemos a descansar. ¿Pero por qué debería contaros más? Somos tan vergonzosamente tratadas e insultadas que no puedo contaros ni la quinta parte de todo ello. Pero lo que nos hace casi locas de rabia es que muy a menudo vemos caballeros ricos y excelentes, que luchan con los dos demonios, perder sus vidas por nuestra causa. Pagan caro el alojamiento que reciben, como vos haréis mañana. Pues, queráis o no, tendréis que luchar solo y perder vuestra buena fama con estos dos demonios". "Que Dios, el verdadero y espiritual, me proteja", dijo mi señor Yvain, "y os devuelva vuestro honor y felicidad, si es Su voluntad. Debo ir ahora a ver a la gente de allí dentro, y averiguar qué clase de entretenimiento me ofrecerán". "Id ahora, señor, y que os proteja Aquel que da y distribuye todas las cosas buenas".
Entonces caminó hasta que llegó a la sala donde no encontró a nadie, bueno o malo, que se dirigiera a él. Entonces él y su compañero pasaron por la casa hasta que llegaron a un jardín. Nunca hablaron ni mencionaron estabular sus caballos. ¿Pero qué importa? Pues aquellos que los consideraban ya como suyos los habían estabulado cuidadosamente. No sé si su expectativa fue sabia, pues los dueños de los caballos están todavía perfectamente sanos. Los caballos, sin embargo, tienen avena y heno, y están en paja hasta el vientre. Mi señor Yvain y su compañía entran en el jardín. Allí ve, recostado sobre su codo en una alfombra de seda, a un caballero, a quien una doncella le leía de un romance sobre no sé quién. Había venido a recostarse allí con ellos y escuchar el romance una dama, que era la madre de la doncella, como el caballero era su padre; tenían buenas razones para disfrutar viéndola y escuchándola, pues no tenían otros hijos. Ella no tenía aún dieciséis años, y era tan hermosa y llena de gracia que el dios del Amor se habría dedicado enteramente a su servicio, si la hubiera visto, y nunca la habría hecho enamorarse de nadie excepto de sí mismo. Por ella se habría hecho hombre, y dejaría de lado su divinidad, y golpearía su propio cuerpo con aquel dardo cuya herida nunca sana a menos que algún médico vil la atienda. No es apropiado que nadie se recupere hasta que se encuentra con la infidelidad. Cualquiera que sea curado por otros medios no está honestamente enamorado. Podría contaros tanto sobre esta herida, si os complaciera escucharla, que no terminaría mi relato hoy. Pero habría alguien que diría prontamente que solo os contaba una historia ociosa; pues la gente no se enamora hoy en día, ni ama como solían hacerlo, así que no les importa oír hablar de ello. Pero escuchad ahora de qué manera y con qué clase de hospitalidad fue recibido mi señor Yvain. Todos los que estaban en el jardín saltaron sobre sus pies cuando lo vieron venir, y gritaron: "Por aquí, buen señor. Que vos y todos los que amáis seáis bendecidos con todo lo que Dios pueda hacer o decir". No sé si lo estaban engañando, pero lo reciben con alegría y actúan como si estuvieran complacidos de que sea cómodamente alojado. Incluso la hija del señor le sirve muy honorablemente, como se debe tratar a un huésped digno. Ella le libera de todas sus armas, ni fue la menor atención que le otorgó cuando ella misma lavó su cuello y su cara. El señor desea que se le muestre todo honor, como de hecho hacen. Ella saca de su armario una camisa doblada, calzones blancos, aguja e hilo para sus mangas, que ella cose, vistiéndolo así. ¡Que Dios quiera ahora que esta atención y servicio no le resulten demasiado costosos! Ella le dio una hermosa chaqueta para ponerse sobre su camisa, y alrededor de su cuello le colocó un manto nuevo de tela escarlata. Ella se esfuerza tanto en servirle bien que él se siente avergonzado y abochornado. Pero la doncella es tan cortés, abierta y educada que siente que está haciendo muy poco. Y sabe bien que es voluntad de su madre que no deje nada sin hacer por él que crea que pueda ganar su gratitud. Esa noche en la mesa fue tan bien servido con tantos platos que eran demasiados. Los sirvientes que traían los platos podrían haberse cansado de servirlos. Esa noche le hicieron todo tipo de honores, poniéndolo cómodamente en la cama, y sin acercarse a él una sola vez después de que se hubo retirado. Su león yacía a sus pies, como era su costumbre. Por la mañana, cuando Dios encendió Su gran luz para el mundo, tan temprano como era consistente en alguien que siempre era considerado, mi señor Yvain se levantó rápidamente, al igual que su doncella. Oyeron Misa en una capilla, donde fue prontamente dicha para ellos en honor del Espíritu Santo.
Tras la Misa, mi señor Yvain recibió malas noticias, cuando pensó que había llegado el momento de partir y que nada se interpondría en su camino; pero no pudo ser conforme a su deseo. Cuando dijo: «Señor, si es vuestra voluntad y con vuestro permiso, me voy ahora», el señor de la casa respondió: «Amigo, aún no os daré permiso. Hay una razón por la que no puedo hacerlo, pues en este castillo está establecida una costumbre muy terrible que estoy obligado a observar. Haré que se acerquen ahora dos grandes y fuertes compañeros míos, contra los cuales, con razón o sin ella, debéis tomar las armas. Si podéis defenderos de ellos, vencerlos y matarlos a ambos, mi hija os desea como su señor, y la soberanía de esta ciudad y todas sus dependencias os aguarda». «Señor —dijo él—, no tengo deseo alguno de todo esto. Que Dios nunca me conceda a vuestra hija, sino que permanezca con vos; pues es tan hermosa y elegante que el Emperador de Alemania sería afortunado de ganarla como esposa». «No más, buen huésped —respondió el señor—: no hay necesidad de que escuche vuestra negativa, pues no podéis escapar. Quien pueda derrotar a los dos que están a punto de atacaros, debe recibir por derecho mi castillo, toda mi tierra y a mi hija como esposa. No hay forma de evitar o renunciar a la batalla. Pero estoy seguro de que vuestra negativa a tomar a mi hija se debe a la cobardía, pues pensáis que de esta manera podéis evitar por completo el combate. Sabed, sin embargo, sin falta, que debéis luchar. Ningún caballero que se aloje aquí puede escapar. Esta es una costumbre y un estatuto establecidos, que perdurarán aún por muchos años, pues mi hija nunca se casará hasta que los vea muertos o derrotados». «Entonces debo luchar contra ellos a pesar de mí mismo. Pero os aseguro que daría mucho por evitarlo. A pesar de mi renuencia, sin embargo, aceptaré la batalla, ya que es inevitable». Acto seguido, entran los dos horribles y negros hijos del diablo, ambos armados con una maza torcida de cerezo silvestre, que habían cubierto con cobre y rodeado con latón. Estaban armados desde los hombros hasta las rodillas, pero su cabeza y rostro estaban al descubierto, así como sus robustas piernas. Así armados, avanzaron, llevando en sus manos escudos redondos, robustos y ligeros para luchar. El león comienza a estremecerse tan pronto como los ve, pues observa las armas que portan y percibe que vienen a luchar contra su señor. Se enfurece, se eriza de inmediato y, temblando de rabia y audaz impulso, golpea la tierra con su cola, deseando rescatar a su amo antes de que lo maten. Y cuando lo ven, dicen: «Vasallo, aparta al león de aquí para que no nos haga daño. O te rindes a nosotros de inmediato, o bien, te conjuramos, ese león debe ser puesto donde no pueda tomar parte en ayudarte ni en hacernos daño. Debes venir solo a disfrutar de nuestro deporte, pues el león te ayudaría gustosamente, si pudiera». Mi señor Yvain les responde entonces: «Lleváoslo vosotros mismos si le tenéis miedo. Pues estaré bien complacido y satisfecho si él logra haceros daño, y estaré agradecido por su ayuda». Ellos responden: «Por mi palabra, eso no servirá; nunca recibirás ayuda de él. Haz lo mejor que puedas solo, sin la ayuda de nadie. Debes luchar cuerpo a cuerpo contra nosotros dos. Si no estuvieras solo, serían dos contra dos; así que debes seguir nuestras órdenes y retirar a tu león de aquí de inmediato, por mucho que te disguste hacerlo». «¿Dónde queréis que esté? —pregunta—, ¿o dónde queréis que lo ponga?». Entonces le muestran una pequeña habitación y dicen: «Enciérralo ahí». «Se hará, ya que es vuestra voluntad». Luego lo toma y lo encierra. Y ahora le traen armas para su cuerpo y sacan su caballo, que le entregan, y él monta. Los dos campeones, estando ya seguros sobre el león, que está encerrado en la habitación, vienen hacia él para herirlo y hacerle daño. Le dan tales golpes con las mazas que su escudo y yelmo son de poca utilidad, pues cuando le golpean en el yelmo, lo hunden y lo rompen; y el escudo queda roto y deshecho como hielo, pues le hacen tales agujeros que uno podría meter los puños a través de él: su arremetida es verdaderamente terrible. Y él, ¿qué hace contra estos dos demonios? Impulsado por la vergüenza y el miedo, se defiende con todas sus fuerzas. Tensa cada nervio y se esfuerza por lanzar golpes pesados y certeros; ellos no perdieron nada con sus regalos, pues devolvió sus atenciones con doble medida. En su habitación, el corazón del león está apesadumbrado y triste, pues recuerda la buena obra hecha por este noble hombre, quien ahora debe estar en gran necesidad de su servicio y ayuda. Si ahora pudiera escapar de allí, le devolvería la bondad con plena medida y a rebosar, sin descuento alguno. Mira en todas direcciones, pero no ve forma de escapar. Escucha los golpes de la peligrosa y desesperada lucha, y en su dolor se enfurece y está fuera de sí. Investiga, hasta que llega al umbral, que comenzaba a pudrirse; y lo rasca hasta que puede meterse hasta los cuartos traseros, cuando se queda atascado. Mientras tanto, mi señor Yvain estaba muy presionado y sudando profusamente, pues descubrió que los dos sujetos eran muy fuertes, feroces y persistentes. Había recibido muchos golpes y los devolvió lo mejor que pudo, pero sin hacerles daño, pues eran muy hábiles en la esgrima, y sus escudos no eran del tipo que pudiera cortar espada alguna, por muy afilada y bien templada que estuviera. Así que mi señor Yvain tenía buenas razones para temer por su vida, pero logró mantenerse firme hasta que el león se liberó mediante el constante rascado bajo el umbral. Si los bribones no mueren ahora, seguramente nunca lo harán. Pues mientras el león sepa que están vivos, nunca podrán obtener tregua ni paz con él. Agarra a uno de ellos y lo derriba contra la tierra como si fuera un tronco. Los miserables están aterrorizados, y no hay hombre presente que no se regocije. Pues aquel a quien el león ha arrastrado al suelo nunca podrá levantarse de nuevo, a menos que el otro lo socorra. Corre hacia él para traerle ayuda y, al mismo tiempo, protegerse a sí mismo, no sea que el león lo ataque tan pronto como haya despachado al que había arrojado al suelo; tenía más miedo del león que de su amo. Pero mi señor Yvain será un necio ahora si le permite más tiempo de vida, cuando ve que vuelve la espalda y ve su cuello desnudo y expuesto; esta oportunidad resultó bien para él. Cuando el bribón le expuso su cabeza y cuello desnudos, le dio tal golpe que le cercenó la cabeza de los hombros tan silenciosamente que el sujeto nunca se enteró de nada. Luego desmonta, deseando ayudar y salvar al otro del león, que lo mantiene sujeto. Pero no sirve de nada, pues ya está en tales aprietos que un médico nunca podría llegar a tiempo; pues el león, arremetiendo contra él furiosamente, lo hirió tanto en el primer ataque que quedó en un estado terrible. No obstante, arrastra al león hacia atrás y ve que le había arrancado el hombro de su lugar. Ya no teme al sujeto, pues su maza ha caído de su mano y yace como un hombre muerto sin acción ni movimiento; aun así, tiene suficiente fuerza para hablar, y dijo tan claramente como pudo: «Por favor, llevad a vuestro león, buen señor, para que no me haga más daño. De ahora en adelante podéis hacer conmigo lo que sea vuestro deseo. Quien suplica y ruega por misericordia no debe ver rechazada su oración, a menos que se dirija a un hombre sin corazón. Ya no me defenderé, ni volveré a levantarme de aquí por mis propias fuerzas; así que me pongo en vuestras manos». «Habla entonces —dice él—, si admites que estás vencido y derrotado». «Señor —dice—, es evidente. Estoy derrotado contra mi voluntad y me rindo, os lo prometo». «Entonces no necesitas tener más miedo de mí, y mi león te dejará en paz». Entonces es rodeado por toda la multitud, que llega a la escena a toda prisa. Y tanto el señor como su señora se regocijan por él, lo abrazan y le hablan de su hija, diciendo: «Ahora seréis el señor y amo de todos nosotros, y nuestra hija será vuestra esposa, pues os la entregamos como vuestra consorte». «Y por mi parte —dice él—, os la devuelvo. Que quien la tiene se la quede. No tengo nada que ver con ella, aunque no lo digo en menosprecio. No toméis a mal que no la acepte, pues no puedo ni debo hacerlo. Pero entregadme ahora, si queréis, a las doncellas miserables que tenéis en vuestro poder. El acuerdo, como bien sabéis, es que todas saldrán libres». «Lo que decís es cierto —dice él—: y se las cedo y entrego libremente: no habrá disputa al respecto. Pero seréis sabio si tomáis a mi hija con toda mi riqueza, pues es hermosa, encantadora y sensata. Nunca encontraréis un matrimonio tan rico como este». «Señor —responde—, no sabéis de mis compromisos y mis asuntos, y no me atrevo a explicároslos. Pero, podéis estar seguro, cuando rechazo lo que nunca sería rechazado por nadie que fuera libre de dedicar su corazón e intenciones a una chica tan hermosa y encantadora, que yo también aceptaría gustosamente su mano si pudiera, o si fuera libre de aceptarla a ella o a cualquier otra doncella. Pero os aseguro que no puedo hacerlo: así que dejadme partir en paz. Pues la doncella que me escoltó hasta aquí me está esperando. Me ha hecho compañía y no me gustaría abandonarla, pase lo que pase en el futuro». «¿Deseáis iros, buen señor? ¿Pero cómo? Mi puerta nunca se abrirá para vos a menos que mi juicio me ordene dar la orden; más bien permaneceréis aquí como mi prisionero. Estáis actuando con altivez y cometiendo un error al desdeñar tomar a mi hija a mi petición». «¿Desdeñar, mi señor? Por mi alma, no la desdeño. Sea cual sea la pena, no puedo casarme ni quedarme aquí. Seguiré a la doncella que es mi guía: pues de otro modo no puede ser. Pero, con vuestro consentimiento, os empeñaré mi mano derecha, y podéis tomar mi palabra de que, tal como me veis ahora, volveré si es posible, y entonces aceptaré la mano de vuestra hija, cuando os parezca bien». «Que se confunda cualquiera —dice— que os pida vuestra palabra, promesa o garantía. Si mi hija os complace, volveréis lo suficientemente pronto. No volveréis antes, creo, por haber dado vuestra palabra o jurado un juramento. Marchaos ahora. Os libero de todos los juramentos y promesas. Si os detiene la lluvia o el viento, o nada en absoluto, no es de mi incumbencia. No tengo a mi hija en tan poco como para entregárosla a la fuerza. Ahora id a vuestros asuntos. Pues me da exactamente lo mismo si os vais o si os quedáis».
Acto seguido, mi señor Yvain se aleja y no demora más en el castillo. Escoltó a los pobres y mal vestidos desdichados, que ahora eran liberados del cautiverio, y a quienes el señor puso bajo su cuidado. Estas doncellas sienten que ahora son ricas, mientras salen en parejas ante él del castillo. No creo que se regocijarían tanto como lo hacen ahora si Aquel que creó el mundo entero descendiera a la tierra desde el Cielo. Ahora toda esa gente que lo había insultado de todas las formas posibles viene a implorarle misericordia y paz, y lo escolta en su camino. Él responde que no sabe nada de lo que quieren decir. «No entiendo lo que queréis decir —dice—; pero no tengo nada contra vosotros. No recuerdo que hayáis dicho nada que me haya hecho daño». Están muy contentos por lo que oyen, y elogian ruidosamente su cortesía, y después de escoltarlo un largo trecho, todos lo encomiendan a Dios. Entonces las doncellas, tras pedir su permiso, se separaron de él. Cuando lo dejaron, todas se inclinaron ante él, y rezaron y expresaron el deseo de que Dios le concediera alegría y salud, y el cumplimiento de su deseo, dondequiera que fuera en el futuro. Entonces él, que está ansioso por marcharse, dice que espera que Dios los salve a todos. «Id —dice—, y que Dios os conduzca a vuestros países a salvo y felices». Entonces continúan su camino alegremente; y mi señor Yvain parte en la otra dirección. Todos los días de esa semana no cesa de apresurarse bajo la escolta de la doncella, que conocía bien el camino y el lugar retirado donde había dejado a la infeliz y desconsolada doncella que había sido privada de su herencia. Pero cuando ella escuchó las noticias de la llegada de la doncella y del Caballero del León, nunca hubo tal alegría como la que sintió en su corazón. Pues ahora piensa que, si insiste, su hermana le cederá una parte de su herencia. La doncella había estado enferma durante mucho tiempo y acababa de recuperarse de su dolencia. Le había afectado gravemente, como se veía en su rostro. De inmediato salió a su encuentro, saludándolos y honrándolos de todas las formas que pudo. No hay necesidad de hablar de la felicidad que prevaleció esa noche en la casa. No se hará mención de ella, pues la historia sería demasiado larga de contar. Paso por alto todo eso, hasta que montaron a la mañana siguiente y se fueron. Cabalgaron hasta que vieron la ciudad donde el Rey Arturo se había alojado durante quince días o más. Y allí también estaba la doncella que había privado a su hermana de su herencia, pues se había mantenido cerca de la corte, esperando la llegada de su hermana, que ahora se acerca. Pero ella no se preocupa mucho, pues no piensa que su hermana pueda encontrar a ningún caballero que pueda resistir el ataque de mi señor Gawain, y solo queda un día de los cuarenta. Si este único día hubiera pasado, habría tenido el derecho razonable y legal de reclamar la herencia para sí sola. Pero se interpone más de lo que piensa o cree. Esa noche la pasaron fuera de la ciudad en una casa pequeña y humilde, donde, de acuerdo con su deseo, no fueron reconocidos. Al primer indicio del alba a la mañana siguiente, salen necesariamente, pero se esconden hasta que hay plena luz del día.
No sé cuántos días habían pasado desde que mi señor Gawain había desaparecido tan completamente que nadie en la corte sabía nada de él, excepto solo la doncella en cuya causa debía luchar. Se había ocultado a tres o cuatro leguas de la corte, y cuando regresó, estaba tan equipado que incluso aquellos que lo conocían perfectamente no podían reconocerlo por las armas que portaba. La doncella, cuya injusticia hacia su hermana era evidente, lo presentó en la corte a la vista de todos, pues pretendía con su ayuda triunfar en la disputa donde no tenía derechos. Así que le dijo al Rey: «Señor, el tiempo pasa. La hora del mediodía pronto habrá pasado, y este es el último día. Como veis, estoy preparada para defender mi reclamo. Si mi hermana fuera a regresar, no habría nada que hacer más que esperar su llegada. Pero puedo alabar a Dios de que no volverá. Es evidente que no puede mejorar sus asuntos y que su problema ha sido en vano. Por mi parte, he estado lista todo el tiempo hasta este último día, para probar mi derecho a lo que es mío. He probado mi punto completamente sin luchar, y ahora puedo legítimamente ir a aceptar mi herencia en paz; pues no rendiré cuentas de ella a mi hermana mientras viva, y ella llevará una existencia miserable y desgraciada». Entonces el Rey, que bien sabía que la doncella era deslealmente injusta hacia su hermana, le dijo: «Querida mía, por mi palabra, en una corte real uno debe esperar tanto como la justicia del rey se sienta y delibera sobre el veredicto. Todavía no es hora de hacer las maletas, pues es mi creencia que vuestra hermana llegará a tiempo». Antes de que el Rey terminara, vio al Caballero del León y a la doncella con él. Ellos dos avanzaban solos, habiéndose escapado del león, que se había quedado donde pasaron la noche.
El Rey vio a la doncella, a quien no dejó de reconocer, y se sintió muy complacido y encantado de verla, pues estaba de su lado en la disputa, porque tenía consideración por lo que era justo. Alegremente le gritó tan pronto como pudo: «Adelante, hermosa: ¡que Dios os salve!». Cuando la otra hermana oye estas palabras, se vuelve temblando y la ve con el caballero que había traído para defender su reclamo: entonces se puso más negra que la tierra. La doncella, después de ser recibida amablemente por todos, fue a donde estaba sentado el Rey. Cuando hubo llegado ante él, le habló así: «Que Dios salve al Rey y a su hogar. Si mis derechos en esta disputa pueden ser resueltos por un campeón, entonces será hecho por este caballero que me ha seguido hasta aquí. Este franco y cortés caballero tenía muchas otras cosas que hacer en otra parte; pero sintió tanta piedad por mí que dejó de lado todos sus otros asuntos por los míos. Ahora, señora, mi muy querida hermana, a quien amo tanto como a mi propio corazón, haría lo correcto y cortés si me dejara tener tanto de lo que es mío por derecho que pudiera haber paz entre mí y ella; pues no pido nada que sea suyo». «Ni yo pido nada que sea tuyo —respondió la otra—; pues tú no tienes nada y nada tendrás. Nunca podrás hablar tanto como para ganar nada con tus palabras. Puedes secarte de dolor». Entonces la otra, que era muy educada, sensata y cortés, respondió con las palabras: «Ciertamente lamento que dos caballeros tan distinguidos como estos deban luchar en nuestro nombre por un desacuerdo tan pequeño. Pero no puedo dejar de lado mi reclamo, pues estoy en demasiada necesidad de él. Así que os estaría muy agradecida si me dierais lo que es justamente mío». «Seguramente —dijo la otra—, cualquiera sería un necio para considerar tus demandas. ¡Que me queme en fuego maligno y llama si te doy algo para aliviar tu vida! Las orillas del Sena se encontrarán, y la hora de prima será llamada mediodía, antes de que me niegue a llevar a cabo la lucha». «Que Dios y el derecho, que tengo en esta causa, y en los cuales confío y he confiado hasta el presente, ayuden a aquel que en caridad y cortesía se ha ofrecido a mi servicio, aunque no sabe quién soy y aunque somos ignorantes de la identidad del otro».
Así hablaron hasta que su conversación cesó, y luego sacaron a los caballeros al centro del patio. Entonces toda la gente se arremolina, como acostumbran a hacer cuando desean presenciar golpes en la batalla o en el torneo. Pero aquellos que estaban a punto de luchar no se reconocían entre sí, aunque sus relaciones solían ser muy afectuosas. ¿Es que no se aman ahora? Les respondería tanto «sí» como «no». Y demostraré que cada respuesta es correcta. En verdad, mi señor Gawain ama a Yvain y lo considera su compañero, y así lo considera también Yvain, dondequiera que esté. Incluso aquí, si supiera quién era, le daría gran importancia, y cualquiera de los dos daría su cabeza por el otro antes de permitir que le sobreviniera algún daño. ¿No es ese un amor perfecto y elevado? Sí, ciertamente. Pero, por otra parte, ¿no es su odio igualmente manifiesto? Sí; pues es cosa cierta que, sin duda, cada uno se alegraría de haberle roto la cabeza al otro, y de haberlo dañado tanto como para causarle su humillación. Por mi palabra, es una cosa asombrosa que el Amor y el Odio mortal deban habitar juntos. ¡Dios! ¿Cómo pueden dos cosas tan opuestas encontrar albergue en el mismo lugar? Me parece que no pueden vivir juntas; pues una no podría morar con la otra sin dar lugar a ruido y contienda, tan pronto como cada una supiera de la presencia de la otra. Pero en la planta baja puede haber varios apartamentos: pues hay salas y dormitorios. Puede ser lo mismo en este caso: creo que el Amor se había acomodado en alguna habitación oculta, mientras que el Odio se había dirigido a los balcones que dan al camino real, porque desea ser vista. Justo ahora el Odio está en la silla, y espolea y aguijonea hacia adelante como puede, para adelantarse al Amor, que está indispuesto a moverse. ¡Ah! Amor, ¿qué ha sido de ti? Sal ahora, y verás qué hueste ha sido alzada y opuesta a ti por los enemigos de tus amigos. Los enemigos son estos mismos hombres que se aman con un amor tan santo, pues el amor, que no es ni falso ni fingido, es una cosa preciosa y santa. En este caso el Amor está completamente ciego, y el Odio, también, está privado de vista. Pues si el Amor hubiera reconocido a estos dos hombres, habría debido prohibir a cada uno atacar al otro, o hacer cualquier cosa para causarle daño. En este aspecto, pues, el Amor está ciego y desconcertado y engañado; pues, aunque los ve, no logra reconocer a aquellos que le pertenecen legítimamente. Y aunque el Odio es incapaz de decir por qué uno de ellos debería odiar al otro, intenta enfrentarlos injustamente, de modo que cada uno odia al otro mortalmente. Saben, por supuesto, que no se puede decir que ama a un hombre quien desearía dañarlo y verlo muerto. ¿Cómo entonces? ¿Desea Yvain matar a su amigo, mi señor Gawain? Sí, y el deseo es mutuo. ¿Desearía, pues, mi señor Gawain matar a Yvain con sus propias manos, o hacer incluso algo peor de lo que he dicho? No, en realidad no, lo juro y protesto. Uno no desearía herir ni dañar al otro, a cambio de todo lo que Dios ha hecho por el hombre, o por todo el imperio de Roma. Pero esto, a su vez, es una mentira mía, pues es claramente visible que, con la lanza alzada en ristre, cada uno está listo para atacar al otro, y no habrá restricción del deseo de cada uno de herir al otro con intención de dañarlo y causarle pesar. ¡Ahora díganme! Cuando uno haya derrotado al otro, ¿de quién puede quejarse quien ha salido peor parado? Pues si llegan tan lejos como para llegar a los golpes, mucho temo que continuarán la batalla y la contienda hasta que la victoria sea decididamente establecida. Si es derrotado, ¿estará Yvain justificado al decir que ha sido dañado y agraviado por un hombre que lo cuenta entre sus amigos, y que nunca lo ha mencionado sino por el nombre de amigo o compañero? O, si sucede por ventura que Yvain deba herirlo a su vez, o derrotarlo de cualquier manera, ¿tendrá Gawain derecho a quejarse? No, pues no sabrá de quién es la culpa. En ignorancia de la identidad del otro, ambos se retiraron y tomaron su distancia. En este primer choque, sus lanzas se rompen, aunque eran robustas y hechas de fresno. Ni una palabra intercambian, pues si se hubieran detenido a conversar su encuentro habría sido diferente. En ese caso, ningún golpe se habría dado con lanza o espada; se habrían besado y abrazado antes que buscar el daño del otro. Pues ahora se atacan con intención dañina. La condición de las espadas no mejora, ni la de los yelmos y escudos, que están abollados y partidos; y los filos de las espadas están mellados y desafilados. Pues se golpean violentamente, no con el plano de las espadas, sino con el filo, y asestan tales golpes con los pomos sobre las defensas de la nariz y sobre el cuello, frente y mejillas, que quedan todos marcados de negro y azul donde la sangre se acumula bajo la piel. Y sus cotas de malla están tan desgarradas, y sus escudos tan hechos pedazos, que ninguno escapó sin heridas. Su aliento está casi agotado con el esfuerzo de la contienda; martillean el uno al otro tan vigorosamente que cada jacinto y esmeralda engarzados en sus yelmos son aplastados y hechos añicos. Pues se dan tal paliza con sus pomos sobre los yelmos que quedan totalmente aturdidos, mientras casi se sacan los sesos el uno al otro. Los ojos en sus cabezas brillan como chispas, mientras, con puños robustos y cuadrados, y fuertes nervios, y duros huesos, se golpean en la boca tanto como pueden agarrar sus espadas, que les son de gran servicio para asestar sus pesados golpes.
Cuando se hubieron esforzado durante largo tiempo, hasta que los yelmos fueron aplastados, y las mallas de las cotas de malla fueron desgarradas con el martilleo de las espadas, y los escudos fueron partidos y agrietados, se separaron un poco para dar descanso a su pulso y recuperar el aliento. Sin embargo, no se demoran mucho, sino que corren el uno hacia el otro de nuevo más ferozmente que antes. Y todos declaran que nunca vieron a dos caballeros más valerosos. «Esta lucha entre ellos no es broma, sino que están en un asunto grave. Nunca serán recompensados por sus méritos y merecimientos». Los dos amigos, en su amarga lucha, escucharon estas palabras, y escucharon cómo la gente hablaba de reconciliar a las dos hermanas; pero no tuvieron éxito en aplacar a la mayor. Y la menor dijo que lo dejaría al Rey, y no le llevaría la contraria en nada. Pero la mayor era tan obstinada que incluso la Reina Guinevere y los caballeros y el Rey y las damas y la gente de la ciudad se ponen del lado de la hermana menor, y todos se unen en suplicar al Rey que le dé una tercera o cuarta parte de la tierra a pesar de la hermana mayor, y que separe a los dos caballeros que habían mostrado tal valentía, pues sería muy malo si uno debiera dañar al otro o privarlo de cualquier honor. Y el Rey respondió que no intervendría en hacer la paz, pues la mayor es tan cruel que no tiene deseo de ella. Todas estas palabras fueron escuchadas por los dos, que se atacaban tan amargamente que todos estaban asombrados por ello; pues la batalla se libra tan igualadamente que es imposible juzgar cuál tiene la ventaja y cuál la peor parte. Incluso los dos hombres mismos, que luchan, y que están comprando honor con agonía, están llenos de asombro y permanecen pasmados, pues están tan bien igualados en su ataque, que cada uno se pregunta quién podrá ser aquel que le resiste con tal valentía. Luchan tanto tiempo que el día avanza hacia la noche, mientras sus brazos se cansan y sus cuerpos se duelen, y la sangre caliente y hirviente fluye de muchos puntos y gotea bajo sus cotas de malla: están en tal angustia que no es de extrañar si desean descansar. Entonces ambos se retiran para descansar, pensando cada uno para sí mismo que, por mucho tiempo que haya tenido que esperar, al fin ha encontrado a su igual. Durante algún tiempo buscan así reposo, sin atreverse a reanudar la lucha. No sienten más deseo de pelear, debido a la noche que se vuelve oscura, y debido al respeto que sienten por la fuerza del otro. Estas dos consideraciones los mantienen separados, y los instan a mantener la paz. Pero antes de dejar el campo descubrirán la identidad del otro, y el gozo y la piedad se establecerán entre ellos.
Mi valiente y cortés señor Yvain fue el primero en hablar. Pero su buen amigo no fue capaz de reconocerlo por su habla, pues se lo impedía su tono bajo y su voz, que era ronca, débil y quebrada; pues su sangre estaba toda alborotada por los golpes que había recibido. «Mi señor», dice, «¡la noche se acerca! Creo que no nos culparán ni nos reprocharán nada si la noche se interpone entre nosotros. Pero estoy dispuesto a admitir, por mi parte, que siento un gran respeto y admiración por usted, y nunca en mi vida he participado en una batalla que me haya hecho sufrir tanto, ni esperaba ver a un caballero cuya amistad tanto deseara conseguir. Usted sabe bien cómo asestar sus golpes y cómo hacer buen uso de ellos: nunca he conocido a un caballero tan hábil en el intercambio de golpes. Fue contra mi voluntad que recibí todos los golpes que me ha prodigado hoy; estoy aturdido por los golpes que ha asestado sobre mi cabeza». «Por mi fe», responde mi señor Gawain, «usted no está tan aturdido y desfallecido como yo, o más aún. Y si le dijera la pura verdad, creo que no le pesaría oírla, pues si le he prestado algo de lo mío, usted me ha pagado con creces, capital e intereses; pues usted estaba más dispuesto a pagar que yo a aceptar el pago. Pero sea como fuere, puesto que desea que le informe de mi nombre, no se le ocultará: mi nombre es Gawain, el hijo del Rey Lot». Tan pronto como mi señor Yvain oyó aquello, quedó maravillado y profundamente turbado; airado y afligido, arrojó al suelo su espada ensangrentada y su escudo roto, luego desmontó de su caballo y gritó: «¡Ay, qué desgracia es esta! ¡Por qué infeliz ignorancia al no reconocernos hemos librado esta batalla! Pues si hubiera sabido quién era usted, nunca habría luchado contra usted; pero, por mi fe, me habría rendido sin un golpe». «¿Cómo es eso?», pregunta mi señor Gawain, «¿quién es usted, pues?». «Soy Yvain, que le quiere a usted más que a ningún hombre en todo el ancho mundo, pues usted siempre me ha tenido aprecio y me ha mostrado honor en cada corte. Pero deseo hacerle tal reparación y hacerle tal honor en este asunto que confesaré haber sido derrotado». «¿Haría usted tanto por mí?», le pregunta mi gentil señor Gawain; «ciertamente sería presuntuoso por mi parte aceptar tal reparación de usted. Este honor nunca será reclamado como mío, sino que será suyo, a quien se lo cedo». «Ah, buen señor, no diga tal cosa. Pues eso nunca podría ser. Estoy tan herido y agotado que no puedo soportar más». «Ciertamente, no tiene motivo para preocuparse», responde su amigo y compañero; «pero por mi parte, estoy derrotado y vencido; no lo digo como un cumplido; pues no hay extraño en el mundo a quien no le dijera lo mismo, antes que recibir más golpes». Diciendo esto, bajó de su caballo, y se echaron los brazos al cuello, besándose el uno al otro, y cada uno continuando afirmando que es él quien ha sufrido la derrota. La discusión sigue en curso cuando el Rey y los caballeros vienen corriendo de todas partes, al ver su reconciliación; y es grande su deseo de oír cómo puede ser esto, y quiénes son estos hombres que manifiestan tal felicidad. El Rey dice: «Caballeros, dígannos ahora quién es el que ha provocado tan repentinamente esta amistad y armonía entre ustedes dos, después del odio y la contienda que ha habido este día». Entonces su sobrino, mi señor Gawain, le responde así: «Mi señor, será informado de la desventura y el percance que han sido la causa de nuestra contienda. Puesto que usted se ha demorado para oír y conocer la causa de ello, es justo dejarle saber la verdad. Yo, Gawain, que soy su sobrino, no reconocí a este compañero mío, mi señor Yvain, hasta que él, afortunadamente, por voluntad de Dios, me preguntó mi nombre. Después de que cada uno informara al otro de su nombre, nos reconocimos, pero no hasta que lo habíamos resuelto luchando. Nuestra lucha ya ha sido larga; y si hubiéramos luchado aún un poco más, me habría ido mal, pues, por mi cabeza, él me habría matado, con su destreza y la mala causa de aquella que me eligió como su campeón. Pero preferiría ser derrotado que muerto por un amigo en batalla». Entonces la sangre de mi señor Yvain se alborotó, mientras le decía en respuesta: «Buen y querido señor, que Dios me ayude, usted no tiene derecho a decir tanto. ¡Que sepa bien mi señor, el Rey, que en esta batalla soy yo seguramente quien ha sido derrotado y vencido!». «Yo soy el que lo ha sido». «No, yo lo soy». Así grita cada uno, y ambos son tan honestos y corteses que cada uno permite que la victoria y la corona sean el premio del otro, mientras ninguno de los dos lo aceptará. Así se esfuerza cada uno por convencer al Rey y a toda la gente de que ha sido derrotado y derribado.
Pero cuando los hubo escuchado durante un rato, el Rey terminó la disputa. Quedó bien complacido con lo que oyó y con verlos en los brazos del otro, aunque se hubieran herido y lesionado el uno al otro en varios lugares. «Mis señores», dice, «hay un profundo afecto entre ustedes dos. Dan clara prueba de ello, cuando cada uno insiste en que es él quien ha sido derrotado. ¡Ahora déjenmelo todo a mí! Pues creo que puedo arreglarlo de tal manera que redundará en su honor, y todos darán su consentimiento». Entonces ambos le prometieron que harían su voluntad en cada particular. Y el Rey dice que decidirá la disputa justa y fielmente. «¿Dónde está la doncella», pregunta, «que ha expulsado a su hermana de su tierra, y la ha desheredado forzosa y cruelmente?». «Mi señor», responde ella, «aquí estoy». «¿Está ahí? ¡Entonces acérquese a mí! Vi claramente hace algún tiempo que usted la estaba desheredando. Pero su derecho ya no será negado; pues usted misma me ha confesado la verdad. Debe ahora renunciar a su parte en favor de ella». «Señor», dice ella, «si pronuncié una palabra insensata y desconsiderada, no debería usted tomarme la palabra. ¡Por amor de Dios, señor, no sea duro conmigo! Usted es un rey, y debería guardarse del mal y del error». El Rey responde: «Precisamente por eso deseo dar a su hermana sus derechos; pues nunca he defendido lo que es incorrecto. Y usted seguramente ha oído cómo su caballero y el de ella han dejado el asunto en mis manos. No diré lo que le es del todo agradable; pues su injusticia es bien conocida. En su deseo de honrar al otro, cada uno dice que ha sido derrotado. Pero no hay necesidad de demorarse más: puesto que el asunto ha sido dejado en mis manos, o bien usted hará en todos los aspectos lo que yo diga, sin resistencia, o anunciaré que mi sobrino ha sido derrotado en la lucha. Eso sería lo peor que podría pasarle a su causa, y me pesará tener que hacer tal declaración». En realidad, no lo habría dicho por nada; pero habló así para ver si podía asustarla para que devolviera la herencia a su hermana; pues veía claramente que ella nunca renunciaría a nada en favor de ella por palabra alguna suya a menos que fuera influenciada por la fuerza o el miedo. Con miedo y aprensión, ella le respondió: «Buen señor, debo ahora respetar su deseo, aunque mi corazón está muy reacio a ceder. Sin embargo, por muy difícil que sea para mí, lo haré, y mi hermana tendrá lo que le pertenece. Le doy a ella su propia persona como prenda de su parte en mi herencia, para que ella pueda estar más segura de ello». «Dotela con ello, pues, de inmediato», responde el Rey; «¡que lo reciba de sus manos, y que le jure fidelidad! Ámela usted como su vasalla, y que ella la ame a usted como su señora soberana y como su hermana». Así conduce el Rey el asunto hasta que la doncella toma posesión de su tierra, y le ofrece sus gracias por ello. Luego el Rey pidió al valiente y esforzado caballero que era su sobrino que se dejara desarmar; y pidió a mi señor Yvain que dejara también sus armas; pues ahora bien pueden prescindir de ellas. Entonces los dos vasallos dejan sus armas y se separan en igualdad de condiciones. Y mientras se quitan la armadura, ven al león corriendo en busca de su amo. Tan pronto como lo divisa, comienza a mostrar su alegría. Entonces habrían visto a la gente apartarse, y el más audaz entre ellos emprende la huida. Mi señor Yvain grita: «¡Queden quietos, todos! ¿Por qué huyen? Nadie los persigue. No tengan miedo de que el león de allá les haga daño. Créanme, por favor, cuando digo que él es mío, y yo soy suyo, y ambos somos compañeros». Entonces fue conocido a ciencia cierta por todos aquellos que habían oído contar las aventuras del león y de su compañero que este debía ser el mismo hombre que había matado al malvado gigante. Y mi señor Gawain le dijo: «Señor compañero, que Dios me ayude, usted me ha colmado de vergüenza este día. No merecía el servicio que me hizo al matar al gigante para salvar a mis sobrinos y a mi sobrina. He estado pensando en usted desde hace algún tiempo, y estaba turbado porque se decía que nos conocíamos como amigos amorosos. Ciertamente he pensado mucho en el asunto: pero no podía dar con la verdad, y nunca había oído hablar de ningún caballero que hubiera conocido en tierra alguna donde hubiera estado, que fuera llamado 'El Caballero del León'». Mientras charlaban así se quitaron la armadura, y el león vino sin paso lento al lugar donde se sentaba su amo, y mostró tanta alegría como podía una bestia muda. Luego los dos caballeros tuvieron que ser trasladados a una enfermería, pues necesitaban un médico y emplasto para curar sus heridas. El Rey Arturo, que los quería bien, los hizo traer a ambos ante él, y convocó a un cirujano cuyo conocimiento de la cirugía era supremo. Ejerció su arte en curarlos, hasta que hubo sanado sus heridas tan bien y tan rápido como fue posible. Cuando los hubo curado a ambos, mi señor Yvain, que tenía su corazón fijo en el amor, vio claramente que no podría vivir, sino que al final moriría a menos que su dama se apiadara de él; pues moría de amor por ella; así que pensó que se iría de la corte solo, e iría a luchar a la fuente que le pertenecía, donde causaría tal tormenta de viento y lluvia que ella se vería obligada por la fuerza a hacer las paces con él; de lo contrario, no habría fin a la perturbación de la fuente, y a la lluvia y al viento.
Tan pronto como mi señor Yvain sintió que estaba curado y sano de nuevo, partió sin el conocimiento de nadie. Pero tenía consigo a su león, que nunca en su vida quiso abandonarlo. Viajaron hasta que vieron la fuente e hicieron descender la lluvia. No crean que esto es una mentira mía, cuando les digo que la perturbación fue tan violenta que nadie podría contar la décima parte de ella: pues parecía que todo el bosque debía ser tragado sin duda. La dama teme por su ciudad, no sea que, también, se desmorone; los muros se tambalean, y la torre se mece de tal modo que está a punto de caerse. El más valiente turco preferiría ser cautivo en Persia que estar encerrado dentro de esos muros. La gente está tan aterrorizada que maldice a todos sus ancestros, diciendo: «¡Confundido sea el hombre que primero construyó una casa en este vecindario, y todos aquellos que construyeron esta ciudad! Pues en el ancho mundo no habrían podido encontrar un lugar tan detestable, pues un solo hombre es capaz aquí de invadirnos, preocuparnos y hostigarnos». «Debe tomar consejo en este asunto, mi señora», dice Lunete; «no encontrará a nadie que se comprometa a ayudarla en este momento de necesidad a menos que lo busque de lejos. En el futuro nunca estaremos seguros en esta ciudad, ni nos atreveremos a pasar más allá de los muros y la puerta. Sabe bien que, si alguien convocara a todos sus caballeros por esta causa, el mejor de ellos no se atrevería a dar un paso adelante. Si es verdad que no tiene a nadie para defender su fuente, parecerá ridícula y humillada. ¡Redundará grandemente en su honor, en verdad, si aquel que la ha atacado se retira sin luchar! Ciertamente está en una mala situación si no idea algún otro plan para beneficiarse». La dama responde: «Tú, que eres tan sabia, dime qué plan puedo idear, y seguiré tu consejo». «Ciertamente, señora, si tuviera algún plan, se lo propondría con gusto. Pero tiene gran necesidad de un consejero más sabio. Así que ciertamente no me atreveré a inmiscuirme, y junto con los otros soportaré la lluvia y el viento hasta que, si Dios quiere, vea aparecer aquí en su corte a algún hombre digno que asuma la responsabilidad y la carga de la batalla; pero no creo que eso suceda hoy, y aún no hemos visto lo peor de su urgente necesidad». Entonces la dama responde de inmediato: «¡Doncella, hable ahora de otra cosa! No diga más de la gente de mi casa; pues no abrigo más expectativas de que la fuente y su borde de mármol sean defendidos nunca por ninguno de ellos. Pero, si Dios quiere, oigamos ahora cuál es su opinión y plan; pues la gente siempre dice que en tiempos de necesidad uno puede probar a su amigo». «Mi señora, si hay alguien que piense que podría encontrar a aquel que mató al gigante y derrotó a los tres caballeros, haría bien en ir a buscarlo. Pero mientras incurra en la enemistad, la ira y el desagrado de su dama, imagino que no hay bajo el cielo hombre o mujer a quien él seguiría, hasta que se le haya asegurado bajo juramento que se hará todo lo posible para apaciguar la hostilidad que su dama siente por él, y que es tan amarga que él se está muriendo de la pena y la ansiedad que le causa». Y la dama dijo: «Antes de que emprenda la búsqueda, estoy preparada para prometerle bajo mi palabra y jurar que, si él quiere volver a mí, haré abierta y francamente todo lo que pueda para lograr su paz mental». Entonces Lunete le responde: «Señora, no tenga miedo de que no pueda efectuar fácilmente su reconciliación, una vez que sea su deseo hacerlo; pero, si no le importa, tomaré su juramento antes de empezar». «No tengo inconveniente», dice la dama. Con delicada cortesía, Lunete le procuró de inmediato una reliquia muy preciosa, y la dama cayó de rodillas. Así Lunete muy cortésmente la aceptó bajo su juramento. Al administrar el juramento, no olvidó nada que pudiera ser una ventaja insertar. «Señora», dice, «¡ahora levante su mano! No deseo que pasado mañana usted me haga ningún reproche; pues no está haciendo nada por mí, sino que está actuando por su propio bien. Si le place ahora, jurará que se esforzará en interés del Caballero del León hasta que recupere el amor de su dama tan completamente como alguna vez lo poseyó». La dama levantó entonces su mano derecha y dijo: «Juro por todo lo que has dicho, que Dios y Su santo me ayuden, que mi corazón nunca dejará de hacer todo lo que esté a mi alcance. Si tengo la fuerza y la capacidad, le restauraré el amor y el favor que con su dama una vez disfrutó».
Lunete ha hecho ahora bien su trabajo; no había nada que ella hubiera deseado tanto como el objetivo que ahora había alcanzado. Ya le habían sacado un palafrén con un paso cómodo. Con alegría y en un estado de ánimo feliz, Lunete monta y se aleja, hasta que encuentra bajo el pino a aquel que no esperaba encontrar tan cerca. De hecho, había pensado que tendría que buscar lejos antes de descubrirlo. Tan pronto como lo vio, lo reconoció por el león, y viniendo hacia él rápidamente, desmontó sobre la tierra firme. Y mi señor Yvain la reconoció tan pronto como la vio, y la saludó, mientras ella lo saludaba con las palabras: «Señor, estoy muy feliz de haberlo encontrado tan cerca». Y mi señor Yvain dijo en respuesta: «¿Cómo es eso? ¿Me estaba buscando, pues?». «Sí, señor, y en toda mi vida nunca me había sentido tan alegre, pues he hecho prometer a mi señora, si ella no se retracta de su palabra, que será de nuevo su dama como fue una vez el caso, y que usted será su señor; esta verdad me atrevo a decirle». Mi señor Yvain estaba grandemente entusiasmado con las noticias que oye, y que nunca había esperado volver a oír. No podía mostrar suficientemente su gratitud a aquella que había logrado esto para él. Besa sus ojos, y luego su rostro, diciendo: «Ciertamente, mi dulce amiga, nunca podré pagarle por este servicio. Temo que la capacidad y el tiempo me faltarán para hacerle el honor y el servicio que le son debidos». «Señor», responde ella, «¡no se preocupe, y no deje que ese pensamiento le preocupe! Pues tendrá abundancia de fuerza y tiempo para mostrarme a mí y a otros su buena voluntad. Si he pagado esta deuda que debía, tengo derecho solo a tanta gratitud como el hombre que toma prestados los bienes de otro y luego salda la obligación. Incluso ahora no considero que le haya pagado la deuda que le debía». «Ciertamente lo ha hecho, como Dios me ve, más de quinientas mil veces. Ahora, cuando esté lista, vámonos. ¿Pero le ha dicho quién soy yo?». «No, no lo he hecho, por mi palabra. Ella lo conoce solo por el nombre de 'El Caballero del León'».
«¿Y cree usted que, si ella supiera que es usted mi señor, la paz sería más fácil de alcanzar?». «No, ciertamente, no lo creo, pues ella no me conoce de nada, ni yo a ella, salvo por la fama. Sin embargo, no me importa que ella me conozca por mi nombre, pues el nombre de Yvain no le causará ningún daño». «¿Entonces, le diré quién es usted?». «Sí, hágale saber mi nombre, si le place». «Pues bien, señor, ya que así lo desea, iré a decírselo; y usted, a su vez, sígame, pero no se acerque demasiado hasta que yo le haga una señal».
Lunete se adelantó, mientras que mi señor Yvain, con el león, la seguía a poca distancia. Cuando ella llegó ante su señora, le dijo: «Señora, le traigo una noticia maravillosa: el Caballero del León, que ha hecho tanto por usted y que la ha defendido en sus mayores apuros, ha venido a visitarla». La señora, al oír esto, se alegró sobremanera y dijo: «¡Bendito sea Dios! ¡Ojalá pueda yo recompensarle de alguna manera por los grandes servicios que me ha prestado!». Entonces Lunete le preguntó: «¿Y estaría usted dispuesta a otorgarle su gracia y su paz?». «Sin duda —respondió la señora—, pues él bien lo merece por todo lo que ha hecho por mí».
Lunete, al oír esto, se sintió inmensamente feliz. Salió de la cámara y, al encontrar a mi señor Yvain, le tomó de la mano y lo llevó ante la señora. Cuando el caballero se acercó a ella, el león lo seguía con paso majestuoso, como si comprendiera que aquello era importante para su señor. Al entrar, Yvain se inclinó con gran cortesía y respeto, y la señora, al ver a un caballero tan noble y apuesto, se sintió cautivada por su presencia. Lunete se adelantó entonces y dijo: «Señora, este es mi señor Yvain, el caballero a quien usted tanto debe, y a quien, como me ha prometido, otorga ahora su paz y su gracia».
La señora, sorprendida al oír el nombre de Yvain, se quedó un momento pensativa, pero pronto, con una sonrisa amable, se dirigió a él: «Señor Yvain, si es cierto que usted es aquel de quien tanto he oído hablar, y que ha sido mi defensor y mi salvador, no solo le otorgo mi paz, sino que le ofrezco mi amistad y toda la estima que mi corazón pueda albergar. Sean olvidados los agravios pasados y que nuestra reconciliación sea tan firme como lo ha sido su lealtad hacia mí». Yvain, con gran humildad, le agradeció sus palabras y, desde aquel día, entre ambos floreció un amor y una paz que habrían de durar el resto de sus vidas.
«Señor», dice Kay, «escuchad ahora lo que deseo y cuál es el regalo que me habéis prometido. Me considero muy afortunado de obtener tal gracia con vuestro consentimiento. Señor, habéis empeñado vuestra palabra en que me confiaríais a mi señora aquí presente, y en que iríamos tras el caballero que nos aguarda en el bosque». Aunque al Rey le pesa, se la confía, pues jamás se retractaba de su palabra. Pero esto le puso de tan mal humor y tan disgustado que se le notaba claramente en el semblante. La Reina, por su parte, también estaba apenada, y todos los de la casa dicen que Kay había hecho una petición orgullosa, escandalosa y loca. Entonces el Rey tomó a la Reina de la mano y dijo: «Señora, debéis acompañar a Kay sin poner objeción». Y Kay dijo: «Entregádmela ahora y no tengáis miedo, pues la traeré de vuelta perfectamente feliz y a salvo». El Rey la pone bajo su custodia y él se la lleva. Tras ellos salen todos los demás, y no hay uno que no esté triste. Debéis saber que el senescal iba completamente armado, y su caballo fue conducido al centro del patio, junto con un palafrén, como es debido, para la Reina. La Reina caminó hasta el palafrén, que no era ni inquieto ni de boca dura. Afligida y triste, con un suspiro la Reina monta, diciéndose a sí misma en voz baja, para que nadie pudiera oírla: «Ay, ay, si tan solo lo supieras, estoy segura de que jamás permitirías que me llevaran a rastras sin intervenir». Pensó que había hablado en un tono muy bajo; pero el conde Guinable la oyó, pues estaba cerca cuando ella montó. Cuando partieron, todos los hombres y mujeres presentes prorrumpieron en un lamento tan grande como si ya yaciese muerta sobre una parihuela. No creen que ella vuelva a regresar en su vida. El senescal, en su insolencia, la lleva a donde aquel otro caballero la espera. Pero nadie se preocupó tanto como para emprender su persecución; hasta que, al fin, mi señor Gawain se dirigió así al Rey, su tío: «Señor», dice, «habéis hecho una cosa muy insensata, lo cual me causa gran sorpresa; pero si queréis seguir mi consejo, mientras todavía están cerca, yo y vos cabalgaremos tras ellos, junto con todos los que deseen acompañarnos. Por mi parte, no puedo contenerme de ir en su persecución de inmediato. No sería apropiado que no fuéramos tras ellos, al menos lo suficiente para saber qué será de la Reina y cómo va a comportarse Kay». «Ah, buen sobrino», respondió el Rey, «habéis hablado con cortesía. Y puesto que habéis emprendido el asunto, ordenad que traigan nuestros caballos bridados y ensillados para que no haya demora en partir».
Los caballos son traídos al instante, listos y con las sillas puestas. Primero monta el Rey, luego mi señor Gawain y todos los demás rápidamente. Cada uno, deseando ser de la partida, sigue su voluntad y parte. Algunos iban armados, pero no fueron pocos los que iban sin sus armas. Mi señor Gawain iba armado y ordenó a dos escuderos que llevaran del freno dos corceles de repuesto. Y mientras se acercaban así al bosque, vieron al caballo de Kay corriendo hacia fuera; lo reconocieron y vieron que ambas riendas del freno estaban rotas. El caballo corría desbocado, las correas de los estribos estaban todas manchadas de sangre y el arzón de la silla estaba roto y dañado. Todos se sintieron mortificados por ello, y se dieron codazos y sacudieron la cabeza. Mi señor Gawain cabalgaba muy por delante del resto del grupo, y no pasó mucho tiempo antes de que viera venir lentamente a un caballero sobre un caballo dolorido, dolorosamente cansado y cubierto de sudor. El caballero saludó primero a mi señor Gawain, y mi señor Gawain le devolvió el saludo. Entonces el caballero, reconociendo a mi señor Gawain, se detuvo y le habló así: «Veis, señor, mi caballo está sudoroso y en tal estado que ya no me sirve. Supongo que esos dos caballos os pertenecen ahora, con el entendimiento de que devolveré el servicio y el favor, os ruego que me dejéis tener uno u otro, ya sea en préstamo o como regalo». Y él le responde: «Elegid el que prefiráis». Entonces aquel que estaba en gran apuro no trató de seleccionar el mejor, ni el más hermoso, ni el más grande de los caballos, sino que saltó rápidamente sobre el que estaba más cerca de él y se alejó montado. Entonces el que acababa de dejar cayó muerto, pues lo había cabalgado duramente ese día, de modo que estaba agotado y sobrecargado. El caballero, sin demora, va espoleando a través del bosque, y mi señor Gawain lo sigue en su persecución con toda rapidez, hasta que llega al pie de una colina. Y cuando hubo avanzado cierta distancia, encontró muerto al caballo que había dado al caballero, y notó que el suelo había sido pisoteado por caballos, y que escudos y lanzas rotas yacían esparcidos, de modo que parecía que había habido un gran combate entre varios caballeros, y lamentó mucho no haber estado allí. Sin embargo, no se quedó mucho tiempo, sino que pasó rápidamente hasta que vio de nuevo por casualidad al caballero solo a pie, completamente armado, con el yelmo abrochado, el escudo colgando del cuello y la espada ceñida. Había alcanzado un carro. En aquellos días, tal carro servía para el mismo propósito que sirve hoy una picota; y en cada buena ciudad donde hoy hay más de tres mil carros de ese tipo, en aquellos tiempos solo había uno, y este, al igual que nuestras picotas, tenía que servir para todos aquellos que cometen asesinato o traición, y para aquellos culpables de cualquier delito, y para los ladrones que habían robado la propiedad ajena o la habían incautado por la fuerza en los caminos. Quien era condenado por algún crimen era colocado en un carro y arrastrado por todas las calles; desde ese momento perdía todos sus derechos legales y nunca más era escuchado, honrado ni bienvenido en ninguna corte. Los carros eran tan terribles en aquellos días que el dicho se usó entonces por primera vez: «Cuando veas y encuentres un carro, santíguate e invoca a Dios, para que ningún mal te sobrevenga». El caballero a pie, y sin lanza, caminaba detrás del carro y vio a un enano sentado en las varas, que sostenía, como hace un cochero, una larga aguijada en la mano. Entonces grita: «Enano, por el amor de Dios, dime ahora si has visto pasar por aquí a mi señora, la Reina». El miserable y bajo enano no quiso darle ninguna noticia de ella, sino que respondió: «Si quieres subir al carro que estoy conduciendo, sabrás mañana lo que ha sucedido con la Reina». Luego siguió su camino sin prestar más atención. El caballero dudó solo un par de pasos antes de subir. Sin embargo, fue una desgracia para él haber rehuido la vergüenza y no haber saltado de inmediato; pues más tarde se arrepentirá de su demora. Pero el sentido común, que es inconsistente con los dictados del amor, le ordena abstenerse de subir, advirtiéndole y aconsejándole que no haga ni emprenda nada por lo que pueda cosechar vergüenza y deshonra. La razón, que se atreve a hablarle así, llega solo a sus labios, pero no a su corazón; pero el amor está encerrado dentro de su corazón, ordenándole e instándole a montar de inmediato en el carro. Así que salta, ya que el amor así lo quiere, sin sentir preocupación alguna por la vergüenza, puesto que es impulsado por los mandatos del amor. Y mi señor Gawain se apresura tras el carro, y cuando encuentra al caballero sentado en él, su sorpresa es grande. «Dime», gritó al enano, «si sabes algo de la Reina». Y él respondió: «Si eres tan enemigo de ti mismo como lo es este caballero que está sentado aquí, sube con él, si es de tu agrado, y te llevaré junto con él». Cuando mi señor Gawain escuchó aquello, lo consideró una gran insensatez y dijo que no subiría, pues sería deshonroso cambiar un caballo por un carro: «Sigue adelante, y dondequiera que se dirija tu viaje, yo te seguiré».
Acto seguido, se ponen en marcha, uno montado en su caballo, los otros dos viajando en el carro, y así proceden en compañía. Al final de la tarde llegan a una ciudad, que, debéis saber, era muy rica y hermosa. Los tres entraron por la puerta; la gente está muy asombrada de ver al caballero transportado en el carro, y no se esfuerzan por ocultar sus sentimientos, sino que pequeños y grandes, viejos y jóvenes, le gritan burlas por las calles, de modo que el caballero escucha muchas palabras viles y desdeñosas a su costa. Todos preguntan: «¿A qué castigo debe ser consignado este caballero? ¿Ha de ser desollado, colgado, ahogado o quemado en una hoguera de espinos? Dinos, tú, enano, que lo conduces, ¿en qué crimen fue sorprendido? ¿Es condenado por robo? ¿Es un asesino o un criminal?». Y a todo esto el enano no dio respuesta, sin dignarse a responderles. Conduce al caballero a un lugar de alojamiento; y Gawain sigue al enano de cerca hasta una torre, que se alzaba en el mismo nivel frente a la ciudad. Más allá se extendía un prado, y la torre estaba construida cerca, sobre una elevada eminencia de roca, cuya cara formaba un precipicio afilado. Siguiendo al caballo y al carro, Gawain entró en la torre. En el salón encontraron a una doncella elegantemente vestida, más hermosa que la cual no había ninguna en la tierra, y con ella vieron venir a dos hermosas y encantadoras doncellas. Tan pronto como vieron a mi señor Gawain, lo recibieron con alegría y lo saludaron, y luego preguntaron noticias sobre el otro caballero: «Enano, ¿de qué crimen es culpable este caballero, a quien conduces como a un cojo?». Él no quiso responder a su pregunta, sino que hizo que el caballero bajara del carro, y luego se retiró, sin que supieran adónde fue. Entonces mi señor Gawain desmonta, y los criados se adelantan para despojar a los dos caballeros de sus armaduras. La doncella ordenó que trajeran dos mantos verdes, que ellos se pusieron. Cuando llegó la hora de la cena, se sirvió un suntuoso banquete. La doncella se sentó a la mesa junto a mi señor Gawain. No habrían cambiado su alojamiento por ningún otro, pues durante toda la velada la doncella les mostró gran honor y les brindó una compañía justa y agradable.
Cuando hubieron permanecido despiertos el tiempo suficiente, se prepararon dos camas largas y altas en medio del salón; y había otra cama al lado, más hermosa y espléndida que las demás; pues, como testifica la historia, poseía toda la excelencia que uno podría imaginar en una cama. Cuando llegó la hora de retirarse, la doncella llevó a ambos huéspedes a quienes había ofrecido su hospitalidad; les muestra las dos camas, hermosas, largas y anchas, y dice: «Estas dos camas están dispuestas aquí para el acomodo de vuestros cuerpos; pero en aquella de allá jamás yació nadie que no lo mereciera: no fue dispuesta para ser usada por vosotros». El caballero que llegó montado en el carro responde al instante: «Dime», dice, «por qué causa esta cama es inaccesible». Estando plenamente informada de esto, ella responde sin vacilar: «No es tu lugar preguntar ni hacer tal indagación. Cualquier caballero es deshonrado en la tierra después de haber estado en un carro, y no es apropiado que se preocupe por el asunto sobre el que me has preguntado; y sobre todo no es correcto que yazca en la cama, pues pronto pagaría caro su acto. Un lecho tan rico no ha sido preparado para ti, y pagarías caro el haber albergado jamás tal pensamiento». Él responde: «Ya verás eso pronto».... «¿He de verlo?».... «Sí».... «Pronto aparecerá».... «Por mi cabeza», responde el caballero, «no sé quién ha de pagar la penalización. Pero quienquiera que se oponga o desapruebe, tengo la intención de yacer en esta cama y reposar allí a mi gusto». Entonces se desnudó de inmediato en la cama, que era larga y estaba elevada medio codo por encima de las otras dos, y estaba cubierta con una tela de seda amarilla y una colcha con estrellas doradas. Las pieles no eran de ardilla gris, sino de marta cibelina; la cubierta que tenía sobre él habría sido apropiada para un rey. El colchón no estaba hecho de paja, ni de juncos, ni de esteras viejas. A medianoche descendió de las vigas repentinamente una lanza, como con la intención de ensartar al caballero por los costados hasta la colcha y las sábanas blancas donde yacía. A la lanza estaba unido un pendón en llamas. La colcha, la ropa de cama y la cama misma prendieron fuego al instante. Y la punta de la lanza pasó tan cerca del costado del caballero que cortó un poco la piel, sin herirlo gravemente. Entonces el caballero se levantó, apagó el fuego y, tomando la lanza, la balanceó en medio del salón, todo esto sin abandonar su cama; más bien volvió a acostarse y durmió tan seguro como al principio.
Por la mañana, al despuntar el día, la doncella de la torre hizo celebrar misa en su honor y les hizo levantarse y vestirse. Cuando se hubo celebrado la misa para ellos, el caballero que había cabalgado en el carro se sentó pensativo junto a una ventana que daba al prado y contempló los campos de abajo. La doncella se acercó a otra ventana cercana y allí mi señor Gawain conversó con ella en privado durante un rato sobre algo, no sé qué. No sé qué palabras se pronunciaron, pero mientras estaban apoyados en el alféizar de la ventana vieron llevar a lo largo del río, a través de los campos, unas andas sobre las que yacía un caballero y, a su lado, caminaban tres doncellas lamentándose amargamente. Tras las andas vieron acercarse una multitud, con un caballero alto al frente, que llevaba a una bella dama por la rienda del caballo. El caballero de la ventana supo que era la Reina. Siguió mirándola con atención y deleite mientras fue visible. Y cuando ya no pudo verla, tuvo la intención de arrojarse al vacío y destrozar su cuerpo abajo. Y se habría dejado caer si mi señor Gawain no lo hubiera visto y retirado, diciendo: "Le ruego, señor, esté tranquilo ahora. Por el amor de Dios, no piense nunca más en cometer tal locura. Es un error que desprecie su vida". "Tiene toda la razón", dice la doncella; "¿acaso no se conocerán en todas partes las noticias de su deshonra? Desde que ha estado sobre el carro, tiene buenas razones para desear morir, pues estaría mejor muerto que vivo. Su vida de aquí en adelante será sin duda de vergüenza, fastidio e infelicidad". Entonces los caballeros pidieron sus armaduras y se armaron, tratándoles la doncella con cortesía, distinción y generosidad; pues cuando hubo bromeado con el caballero y ridiculizado lo suficiente, le regaló un caballo y una lanza como muestra de su buena voluntad. Los caballeros se despidieron entonces de la doncella con cortesía y amabilidad, saludándola primero y marchando después en la dirección que había tomado la multitud que habían visto. Así salieron de la ciudad sin dirigirse a ellos. Avanzaron rápidamente en la dirección que habían visto tomar a la Reina, pero no alcanzaron a la comitiva, que había avanzado con rapidez. Tras dejar los campos, los caballeros entran en un lugar cercado y encuentran un camino trillado. Avanzaron por los bosques hasta que debían ser las seis, y entonces, en un cruce de caminos, se encontraron con una doncella a la que ambos saludaron, pidiéndole y rogándole cada uno que les dijera, si lo sabía, adónde había sido llevada la Reina. Respondiendo con inteligencia, les dijo: "Si me dierais vuestra palabra, podría poneros en el camino y sendero correctos, y os diría el nombre del país y del caballero que la conduce; pero quien pretenda entrar en ese país debe soportar duras pruebas, pues antes de llegar allí debe sufrir mucho". Entonces mi señor Gawain responde: "Doncella, que Dios me ayude, prometo poner toda mi fuerza a vuestra disposición y servicio, cuando queráis, si ahora me decís la verdad". Y el que había estado en el carro no dijo que le prometería toda su fuerza; sino que proclama, como alguien a quien el amor hace rico, poderoso y audaz para cualquier empresa, que al instante y sin vacilación le prometerá todo lo que ella desee, y se pone por completo a su disposición. "Entonces os diré la verdad", dice ella. Entonces la doncella les relata la siguiente historia: "En verdad, señores míos, Meleagant, un caballero alto y poderoso, hijo del Rey de Gorre, la ha llevado al reino de donde ningún extranjero regresa, sino donde debe permanecer por fuerza en servidumbre y destierro". Entonces le preguntan: "Doncella, ¿dónde está este país? ¿Dónde podemos encontrar el camino hacia allí?". Ella responde: "Eso lo sabréis pronto; pero podéis estar seguros de que encontraréis muchos obstáculos y pasos difíciles, pues no es fácil entrar allí excepto con el permiso del rey, cuyo nombre es Bademagu; sin embargo, es posible entrar por dos caminos muy peligrosos y por dos pasadizos muy difíciles. Uno se llama el puente del agua, porque el puente está bajo el agua, y hay la misma cantidad de agua debajo que encima, de modo que el puente está exactamente en el medio; y solo tiene un pie y medio de ancho y de grosor. Esta opción es ciertamente la que debe evitarse, y sin embargo es la menos peligrosa de las dos. Además, hay una serie de otros obstáculos de los que no diré nada. El otro puente es aún más impracticable y mucho más peligroso, pues nunca ha sido cruzado por el hombre. Es exactamente como una espada afilada, y por eso toda la gente lo llama 'el puente de la espada'. Ahora os he dicho toda la verdad que sé". Pero le piden una vez más: "Doncella, dignaos mostrarnos estos dos pasajes". A lo que la doncella responde: "Este camino de aquí es el más directo hacia el puente del agua, y aquel de allá conduce directamente al puente de la espada". Entonces el caballero, que había estado en el carro, dice: "Señor, estoy dispuesto a compartir con vos sin prejuicios: tomad una de estas dos rutas y dejadme la otra a mí; tomad la que prefiráis". "En verdad", responde mi señor Gawain, "ambas son difíciles y peligrosas: no soy experto en hacer tal elección, y apenas sé cuál de ellas tomar; pero no es correcto que dude cuando vos me habéis dejado la elección a mí: elegiré el puente del agua". El otro responde: "Entonces debo ir sin quejarme al puente de la espada, lo cual acepto hacer". Tras esto, los tres se separan, encomendándose cada uno a los otros muy cortésmente a Dios. Y cuando ella los ve partir, dice: "Cada uno de vosotros me debe un favor de mi elección, cuando yo decida pedirlo. Tened cuidado de no olvidarlo". "Ciertamente no lo olvidaremos, dulce amiga", exclaman ambos caballeros. Entonces cada uno sigue su camino, y el del carro se ocupa en profundas reflexiones, como alguien que no tiene fuerza ni defensa contra el amor que lo mantiene bajo su dominio. Sus pensamientos son tales que se olvida totalmente de sí mismo, y no sabe si está vivo o muerto, olvidando incluso su propio nombre, sin saber si está armado o no, o adónde va o de dónde vino. Solo tiene en mente a una criatura, y por ella su pensamiento está tan ocupado que no ve ni oye nada más. Y su caballo lo lleva rápidamente, sin seguir ningún camino torcido, sino el mejor y el más directo; y así, procediendo sin guía, lo lleva a una llanura abierta. En esta llanura había un vado, al otro lado del cual estaba un caballero armado que lo custodiaba, y en su compañía había una doncella que había venido en un palafrén. A estas alturas, la tarde estaba muy avanzada, y aun así el caballero, inalterado e incansable, perseguía sus pensamientos. El caballo, muy sediento, ve claramente el vado, y tan pronto como lo ve, se apresura hacia él. Entonces el que está al otro lado grita: "Caballero, estoy custodiando el vado y le prohíbo cruzar". Él no le hace caso, ni escucha sus palabras, estando aún sumido en sus pensamientos. Mientras tanto, su caballo avanzaba rápidamente hacia el agua. El caballero le grita que haría bien en mantenerse a distancia del vado, pues no hay paso por ese camino; y jura por el corazón que lleva en su pecho que lo golpeará si entra en el agua. Pero sus amenazas no son escuchadas, y le grita una tercera vez: "Caballero, no entre en el vado contra mi voluntad y prohibición; pues, por mi cabeza, le golpearé tan pronto como lo vea en el vado". Pero está tan sumido en sus pensamientos que no le oye. Y el caballo, dejando rápidamente la orilla, salta al vado y comienza a beber con avidez. Y el caballero dice que pagará por esto, que su escudo y la cota de malla que lleva a la espalda no le ofrecerán ninguna protección. Primero, pone a su caballo al galope, y del galope lo incita a una carrera, y golpea al caballero tan fuerte que lo derriba de plano en el vado que le había prohibido cruzar. Su lanza salió volando de su mano y el escudo de su cuello. Cuando siente el agua, se estremece y, aunque aturdido, salta sobre sus pies, como alguien despertado de un sueño, escuchando y mirando a su alrededor con asombro para ver quién puede ser quien le ha golpeado. Entonces, cara a cara con el otro caballero, dijo: "Vasallo, dime por qué me has golpeado, cuando no era consciente de tu presencia y cuando no te había hecho ningún daño". "Por mi palabra, me habías agraviado", dice el otro: "¿acaso no me trataste con desdén cuando te prohibí tres veces cruzar el vado, gritándote tan fuerte como pude? Seguramente me oíste desafiarte al menos dos o tres veces, y entraste a pesar de mí, aunque te dije que te golpearía tan pronto como te viera en el vado". Entonces el caballero le responde: "Quienquiera que te haya oído o visto, que sea condenado, por lo que a mí respecta. Probablemente estaba sumido en mis pensamientos cuando me prohibiste cruzar el vado. Pero ten la seguridad de que te haría arrepentirte, si pudiera poner una de mis manos en tu brida". Y el otro responde: "¿Y qué con eso? Si te atreves, puedes agarrar mi brida aquí y ahora. No estimo tus orgullosas amenazas ni un puñado de cenizas". Y él responde: "Eso me parece perfecto. Sea como sea el asunto, me gustaría poner mis manos sobre ti". Entonces el otro caballero avanza hacia el centro del vado, donde el otro pone su mano izquierda sobre su brida y su mano derecha sobre su pierna, tirando, arrastrando y presionando tan bruscamente que se queja, pensando que le arrancaría la pierna del cuerpo. Entonces le ruega que lo suelte, diciendo: "Caballero, si te place luchar conmigo en igualdad de condiciones, toma tu escudo, tu caballo y tu lanza, y justas conmigo". Él responde: "Eso no lo haré, por mi palabra; pues supongo que saldrías corriendo tan pronto como te hubieras escapado de mi agarre". Al oír esto, se sintió muy avergonzado y dijo: "Caballero, monta tu caballo, con confianza, pues te daré mi palabra leal de que no flaquearé ni saldré corriendo". Entonces, una vez más, le responde: "Primero, tendrás que jurarlo, e insisto en recibir tu juramento de que no huirás ni flaquearás, ni me tocarás, ni te acercarás a mí hasta que me veas sobre mi caballo; te estaré tratando con mucha generosidad si, cuando estás en mis manos, te dejo ir". No puede hacer otra cosa que prestar su juramento; y cuando el otro lo oye jurar, recoge su escudo y su lanza que flotaban en el vado y para entonces ya habían derivado bastante río abajo; luego regresa y toma su caballo. Tras atraparlo y montarlo, agarra el escudo por las correas del hombro y coloca su lanza en el ristre. Entonces cada uno espolea hacia el otro tan rápido como sus caballos pueden llevarlos. Y el que tenía que defender el vado ataca primero al otro, golpeándolo tan fuerte que su lanza queda completamente astillada. El otro lo golpea a su vez de tal modo que lo arroja de bruces al vado, y el agua se cierra sobre él. Habiendo logrado eso, se retira y desmonta, pensando que podría alejar y perseguir a cien como él. Mientras desenvaina su espada de acero, el otro salta y desenvaina su excelente hoja brillante. Entonces chocan de nuevo, avanzando y cubriéndose con los escudos que brillan con oro. Incesante y sin reposo manejan sus espadas; tienen el valor de repartir tantos golpes que la batalla finalmente se prolonga tanto que el Caballero del Carro siente gran vergüenza en su corazón, pensando que está haciendo un mal comienzo en el camino que ha emprendido, al pasar tanto tiempo derrotando a un solo caballero. Si hubiera conocido ayer a cien como él, no piensa ni cree que hubieran podido resistirle; así que ahora está muy apenado y enfadado por estar en un estado tan agotado que está fallando sus golpes y perdiendo el tiempo. Entonces corre hacia él y lo presiona tan fuerte que el otro caballero cede y huye. Por muy reacio que sea, deja el vado y el cruce libres. Pero el otro lo sigue en persecución hasta que cae hacia adelante sobre sus manos; entonces el del carro corre hacia él, jurando por todo lo que ve que se arrepentirá del día en que lo derribó en el vado y perturbó su ensueño. La doncella, a quien el caballero llevaba consigo, al oír las amenazas, siente gran miedo y le ruega por su bien que se abstenga de matarlo; pero él le dice que debe hacerlo, y no puede mostrarle ninguna misericordia por su bien, dado el vergonzoso agravio que le ha hecho. Entonces, con la espada desenvainada, se acerca al caballero, que grita con gran consternación: "Por amor de Dios y por el mío, muéstrame la misericordia que te pido". Y él responde: "Como Dios pueda salvarme, nadie pecó jamás tanto contra mí que no le mostrara misericordia una vez, por el amor de Dios como es justo, si me lo pidiera en nombre de Dios. Y así tendré misericordia de ti; pues no debo negártela cuando me has suplicado. Pero primero, me darás tu palabra de constituirte mi prisionero cuando yo desee invocarte". Aunque fue difícil hacerlo, se lo prometió. Al instante la doncella dijo: "Oh caballero, puesto que has concedido la misericordia que te pidió, si alguna vez has roto algún vínculo, por mi bien sé ahora misericordioso y libera a este prisionero de su palabra. Déjalo libre a petición mía, a condición de que cuando llegue el momento, haré todo lo posible por pagarte de cualquier manera que elijas". Entonces él se declara satisfecho con la promesa que ella ha hecho y pone al caballero en libertad. Entonces ella se siente avergonzada y ansiosa, pensando que él la reconocerá, lo cual ella no deseaba. Pero él se marcha de inmediato, el caballero y la doncella encomendándolo a Dios y despidiéndose de él. Él les concede permiso para irse, mientras él mismo sigue su camino, hasta que al final de la tarde se encontró con una doncella que venía, muy hermosa y encantadora, bien ataviada y ricamente vestida. La doncella lo saluda con prudencia y cortesía, y él responde: "Doncella, que Dios os conceda salud y felicidad". Entonces la doncella le dijo: "Señor, mi casa está preparada para vos, si aceptáis mi hospitalidad, pero solo encontraréis refugio allí a condición de que os acostéis conmigo; bajo estos términos propongo y hago la oferta". No son pocos los que le habrían agradecido quinientas veces semejante regalo; pero él está muy disgustado y dio una respuesta muy diferente: "Doncella, os agradezco el ofrecimiento de vuestra casa y lo estimo mucho, pero, si os place, lamentaría mucho acostarme con vos". "Por mis ojos", dice la doncella, "entonces retiro mi oferta". Y él, puesto que es inevitable, la deja hacer lo que quiera, aunque a su corazón le pesa dar su consentimiento. Siente solo renuencia ahora; pero mayor angustia será la suya cuando llegue el momento de irse a la cama. La doncella, también, que lo lleva, pasará por la tristeza y la pesadez. Pues es posible que ella lo ame tanto que no desee separarse de él. Tan pronto como él hubo concedido su deseo y anhelo, ella lo escolta a un lugar fortificado, que no tenía igual en Tesalia; pues estaba completamente encerrado por una muralla alta y un foso profundo, y no había hombre dentro excepto aquel a quien ella traía consigo.
Aquí había construido para su residencia una cantidad de hermosas habitaciones y un salón grande y espacioso. Cabalgando a lo largo de una orilla del río, se acercaron a su alojamiento, y se bajó un puente levadizo para permitirles pasar. Cruzando el puente, entraron y encontraron el salón abierto con su techo de tejas. Pasan por la puerta abierta y ven una mesa puesta con un ancho mantel blanco, sobre el cual estaban dispuestos los platos, y las velas encendidas en sus candelabros, y las copas doradas de plata para beber, y dos jarras de vino, una roja y otra blanca. De pie junto a la mesa, al final de un banco, encontraron dos palanganas de agua tibia en las que lavarse las manos, con una toalla ricamente bordada, toda blanca y limpia, con la que secarse las manos. No había valets, sirvientes o escuderos que encontrar o ver. El caballero, quitándose el escudo del cuello, lo cuelga de un gancho y, tomando su lanza, la coloca arriba en un estante. Luego desmonta de su caballo, al igual que la doncella del suyo. El caballero, por su parte, se alegró de que ella no se preocupara de esperar a que él la ayudara a desmontar. Habiendo desmontado, ella corre directamente a una habitación y le trae un manto corto de paño escarlata que le pone encima. El salón no estaba para nada oscuro; pues además de la luz de las estrellas, había muchas velas grandes y retorcidas encendidas allí, por lo que la iluminación era muy brillante. Cuando hubo echado el manto sobre sus hombros, le dijo: "Amigo, aquí está el agua y la toalla; no hay nadie para presentarla u ofrecerla más que yo, a quien veis. Lavaos las manos y luego sentaos, cuando os apetezca hacerlo. La hora y la comida, como podéis ver, exigen que lo hagáis". Él se lava y luego toma asiento con alegría y prontitud, y ella se sienta a su lado, y comen y beben juntos, hasta que llega el momento de levantarse de la mesa.
(Vv. 1043-1206.) Cuando se hubieron levantado de la mesa, la doncella dijo al caballero: «Señor, si no os molesta, salid fuera y divertíos; pero, si os place, no os demoréis más allá del momento en que penséis que yo debo de estar en la cama. No sintáis inquietud ni embarazo; pues entonces podréis venir a mí de inmediato, si cumplís la promesa que habéis hecho». Y él responde: «Cumpliré mi palabra y regresaré cuando crea que ha llegado el momento». Luego salió y se quedó en el patio hasta que pensó que era hora de regresar y cumplir la promesa que había hecho. Volviendo a la sala, no ve nada de aquella que habría de ser su señora, pues ella no estaba allí. Al no encontrarla ni verla, dijo: «Dondequiera que esté, la buscaré hasta encontrarla». No se demora en su búsqueda, al estar obligado por la promesa que le había hecho. Entrando en una de las habitaciones, oye a una doncella dar grandes gritos, y era precisamente aquella con la que estaba a punto de acostarse. Al mismo tiempo, ve la puerta de otra habitación abierta de par en par y, dando un paso hacia ella, ve ante sus mismos ojos a un caballero que la había derribado y la sujetaba desnuda y postrada sobre la cama. Ella, pensando que él había venido, por supuesto, para socorrerla, gritó en alta voz: «¡Soc
orro, socorro, señor! ¡Por el amor de Dios, ayudadme!». El caballero, al verla, se apresuró a entrar. No sintió duda ni temor, sino que se lanzó hacia el otro caballero y, agarrándolo por los cabellos, lo derribó de la cama con gran violencia. El caballero, al verse atacado, se levantó con presteza y, desenvainando la espada, se dispuso a defenderse. El caballero que había entrado no llevaba más arma que su espada, que desenvainó al instante. Comenzaron entonces una pelea feroz, golpeándose con fuerza y destreza. La doncella, al verse libre, se cubrió con una sábana y, temblando, observó la lucha. El caballero que había entrado, lleno de furor, no cesaba de descargar golpes sobre su adversario, quien se defendía con valentía. Pero el primero, impulsado por una fuerza superior, logró acorralarlo contra la pared y, tras un golpe seco, lo dejó malherido. Entonces, el caballero se detuvo y, mirando a la doncella, le dijo: «Señora, ya estáis a salvo; este villano no volverá a molestaros». Ella, con los ojos llenos de gratitud, le dio las gracias por haberla rescatado de tan terrible trance. Él, sin decir más, volvió a envainar su espada y salió de la habitación, dejándola allí, segura y agradecida. Aquella noche, el caballero durmió en otra parte de la casa, pues no deseaba permanecer allí por más tiempo. A la mañana siguiente, al despuntar el alba, se puso en camino, sin conocer el destino que la fortuna le tenía deparado. Pero el recuerdo de aquella doncella y de su rescate no se borraba de su mente, y siguió su marcha con el corazón firme y el ánimo dispuesto para cualquier nueva aventura que se le presentara en el camino.
Entonces la doncella se marcha, y él cabalga solo hasta que se hace muy tarde. Después de vísperas, cerca de completas, mientras proseguía su camino, vio a un caballero que regresaba del bosque donde había estado cazando. Con el yelmo desabrochado, cabalgaba sobre su gran cazador gris, al que había atado la caza que Dios le había permitido tomar. Este caballero se acercó rápidamente al otro, ofreciéndole hospitalidad. «Señor —dice—, la noche pronto estará aquí. Es hora de que seáis razonable y busquéis un lugar donde pasar la noche. Tengo una casa mía cerca, adonde os llevaré. Nadie os hospedará jamás mejor de lo que yo lo haré, en la medida de mis recursos: me alegraré mucho si consentís». «Por mi parte, acepto de buen grado», dice él. El caballero envía inmediatamente a su hijo por delante para preparar la casa y comenzar los preparativos de la cena. El muchacho ejecuta de buen grado su orden sin dilación y se marcha a paso rápido, mientras los otros, que no tienen prisa, siguen el camino con calma hasta que llegan a la casa. La esposa del caballero era una dama muy distinguida; y él tenía cinco hijos, a quienes amaba entrañablemente, tres de ellos meros muchachos y dos ya caballeros; y tenía dos hijas hermosas y encantadoras, que aún estaban solteras. No eran nativos de la tierra, sino que estaban allí confinados, habiendo sido mantenidos largo tiempo como prisioneros lejos de su tierra natal de Logres. Cuando el caballero condujo al otro a su patio, la dama con sus hijos e hijas se levantó y corrió a su encuentro, compitiendo en sus esfuerzos por honrarle, mientras le saludaban y le ayudaban a desmontar. Ni las hermanas ni los cinco hermanos prestaron mucha atención a su padre, pues sabían bien que él así lo quería. Honraron al caballero y le dieron la bienvenida; y cuando le hubieron quitado la armadura, una de las dos hijas de su anfitrión echó su propio manto sobre él, tomándolo de sus hombros y echándolo alrededor de su cuello. No hace falta decir cuán bien fue servido en la cena; pero cuando la comida terminó, no sintieron más vacilación en hablar de diversos asuntos. Primero, el anfitrión comenzó a preguntarle quién era y de qué tierra, pero no inquirió por su nombre. El caballero le respondió prontamente: «Soy del reino de Logres y nunca antes había estado en esta tierra». Y cuando el caballero oyó eso, se quedó muy asombrado, al igual que su esposa e hijos, y cada uno de ellos se sintió profundamente angustiado. Entonces comenzaron a decirle: «¡Ay de que hayáis venido aquí, buen señor, pues solo vendrán problemas de ello! Pues, al igual que nosotros, seréis reducido a la servidumbre y al exilio». «¿De dónde venís, pues?», preguntó él. «Señor, nosotros pertenecemos a vuestro país. Muchos hombres de vuestro país son mantenidos en servidumbre en esta tierra. ¡Maldita sea la costumbre, junto con aquellos que la mantienen! Ningún extraño llega aquí que no sea obligado a quedarse en la tierra donde es detenido. Pues quien lo desee puede entrar, pero una vez dentro, tiene que quedarse. Sobre vuestro propio destino, podéis estar tranquilo, sin duda no escaparéis nunca de aquí». Él responde: «En verdad, lo haré, si es posible». A esto el caballero responde: «¿Cómo? ¿Pensáis que podéis escapar?». «Sí, ciertamente, si es la voluntad de Dios; y haré todo lo que esté en mi poder». «En ese caso, sin duda, todo el resto sería liberado; pues, tan pronto como uno logra escapar honestamente de este confinamiento, entonces todos los demás pueden salir sin oposición». Entonces el caballero recordó que le habían dicho e informado de que un caballero de gran excelencia se dirigía al país para buscar a la Reina, quien estaba retenida por el hijo del rey, Meleagant; y se dijo a sí mismo: «Por mi palabra, creo que es él, y se lo diré». Así que le dijo: «Señor, no me ocultéis vuestros asuntos, si prometo daros el mejor consejo que conozco. Yo también me beneficiaré de cualquier éxito que podáis alcanzar. Reveladme la verdad sobre vuestra misión, para que pueda ser tanto para vuestra ventaja como para la mía. Estoy convencido de que habéis venido en busca de la Reina a esta tierra y entre este pueblo pagano, que es peor que los sarracenos». Y el caballero responde: «Con ningún otro propósito he venido. No sé dónde está confinada mi señora, pero me esfuerzo mucho por rescatarla y necesito urgentemente consejo. Dadme cualquier consejo que podáis». Y él dice: «Señor, habéis emprendido una tarea muy grave. El camino que estáis siguiendo os llevará directamente al puente de la espada. Sin duda necesitáis consejo. Si hicierais caso a mi consejo, procederíais al puente de la espada por un camino más seguro, y me gustaría que fuerais escoltado hasta allí». Entonces él, cuya mente está fija en el camino más directo, le pregunta: «¿Es el camino del que habláis tan directo como el otro?». «No, no lo es —dice—; es más largo, pero más seguro». Entonces él dice: «No me sirve de nada; ¡habladme de este camino que sigo!». «Estoy dispuesto a hacerlo —responde—; pero estoy seguro de que no os irá bien si tomáis otro que no sea el camino que recomiendo. Mañana llegaréis a un lugar donde tendréis problemas: se llama 'el paso pedregoso'. ¿Os diré cuán mal lugar es para pasar? Solo un caballo puede pasar a la vez; ni siquiera dos hombres podrían pasar hombro con hombro, y el paso está bien vigilado y defendido. Encontraréis resistencia tan pronto como lleguéis. Recibiréis muchos golpes de espada y lanza, y tendréis que devolver el mismo tanto antes de lograr pasar». Y cuando hubo terminado el relato, uno de los hijos del caballero, que era caballero, dio un paso adelante, diciendo: «Señor, si no tenéis inconveniente, iré con este caballero». Entonces uno de los muchachos salta y dice: «Yo también iré». Y el padre les da a ambos su consentimiento de buena gana. Ahora el caballero no tendrá que ir solo, y expresa su gratitud, estando muy complacido con la compañía.
Entonces la conversación cesa, y llevan al caballero a la cama, donde estuvo feliz de dormirse. Tan pronto como la luz del día fue visible, se levantó, y aquellos que debían acompañarle se levantaron también. Los dos caballeros se pusieron su armadura y se despidieron, mientras el joven se adelantaba. Juntos siguieron su camino hasta que llegaron a la hora de prima al «paso pedregoso». En medio de él encontraron una torre de madera, donde siempre había un hombre de guardia. Antes de que se acercaran, quien estaba en la torre los vio y gritó dos veces en voz alta: «¡Ay de este hombre que viene!». Y entonces, ¡he aquí! Un caballero salió de la torre, montado y armado con armadura nueva, y escoltado a ambos lados por sirvientes que portaban hachas afiladas. Entonces, cuando el otro se acerca al paso, quien lo defiende comienza a colmarlo de insultos sobre el carro, diciendo: «Vasallo, eres audaz y necio, en verdad, por haber entrado en este país. Ningún hombre debería venir nunca aquí que hubiera montado en un carro, ¡y que Dios le niegue Su bendición!». Entonces espolean el uno hacia el otro a la máxima velocidad de sus caballos. Y quien debía vigilar el paso rompe inmediatamente su lanza y deja caer los dos trozos; el otro le golpea en el cuello, alcanzándole por debajo del escudo, y lo derriba postrado sobre las piedras. Entonces los sirvientes se acercan con las hachas, pero intencionalmente fallan al golpearle, no teniendo deseo de hacerle daño o daño alguno; así que él no se digna a desenvainar su espada, y pasa rápidamente con sus compañeros. Uno de ellos comenta al otro: «Nadie ha visto nunca un caballero tan bueno, ni tiene igual. ¿No es una cosa maravillosa que haya forzado el paso aquí?». Y el caballero dice a su hermano: «Buen hermano, por el amor de Dios, daos prisa en ir y contarle a nuestro padre esta aventura». Pero el muchacho afirma y jura que no irá con el mensaje y que nunca dejará al caballero hasta que lo haya armado caballero; que su hermano vaya con el mensaje, si tanto le preocupa.
Entonces siguen juntos hasta cerca de las tres de la tarde, cuando se encuentran con un hombre, que les pregunta quiénes son. Y ellos responden: «Somos caballeros, ocupados en nuestros propios asuntos». Entonces el hombre dice al caballero: «Señor, me alegraría ofrecer hospitalidad a vos y a vuestros compañeros aquí». Esta invitación se la entrega a quien toma por el señor y maestro de los otros. Y este le responde: «No podría buscar refugio para la noche a tal hora como esta; pues no es bueno demorarse y buscar el descanso cuando uno ha emprendido una gran tarea. Y tengo tales asuntos entre manos que no me detendré por la noche hasta dentro de algún tiempo». Entonces el hombre continúa: «Mi casa no está cerca de aquí, sino a cierta distancia por delante. Será tarde cuando lleguéis allí, así que podéis proceder, seguros de que encontraréis un lugar donde alojaros justo cuando os convenga». «En ese caso —dice—, iré hacia allá». Acto seguido, el hombre se adelanta como guía, y el caballero sigue por el sendero. Y cuando hubieron procedido cierta distancia, se encontraron con un escudero que venía al galope, montado sobre un rocín que era tan gordo y redondo como una manzana. Y el escudero grita al hombre: «¡Señor, señor, daos prisa! Pues la gente de Logres ha atacado con fuerza a los habitantes de esta tierra, y la guerra y la discordia ya han estallado; y dicen que este país ha sido invadido por un caballero que ha estado en muchas batallas, y que dondequiera que desea ir, nadie, por muy reacio que sea, es capaz de negarle el paso. Y dicen además que liberará a aquellos que están en este país, y subyugará a nuestra gente. ¡Ahora tomad mi consejo y daos prisa!». Entonces el hombre comienza a galopar, y los otros están muy encantados con las palabras que han oído, pues están ansiosos por ayudar a su bando. Y el hijo del vavasor dice: «¡Escuchad lo que dice este escudero! ¡Venid y ayudemos a nuestra gente que está luchando contra sus enemigos!». Mientras tanto, el hombre se aleja al galope, sin esperarles, y se dirige rápidamente hacia una fortaleza que se alzaba sobre una colina fortificada; hacia allí se apresura, hasta que llega a la puerta, mientras los otros espolean tras él. El castillo estaba rodeado por un muro alto y un foso. Tan pronto como hubieron entrado, una puerta bajó tras sus talones, de modo que no pudieron volver a salir. Entonces dicen: «¡Vamos, vamos! ¡No nos detengamos aquí!», y persiguen rápidamente al hombre hasta que llegan a otra puerta que no estaba cerrada contra ellos. Pero tan pronto como el hombre hubo pasado, una rastrillo cayó detrás de él. Entonces los otros quedaron muy consternados al verse encerrados, y piensan que deben estar hechizados. Pero él, de quien tengo más que contar, llevaba en el dedo un anillo, cuya piedra era de tal virtud que cualquiera que la mirara quedaba libre del poder del encantamiento. Sosteniendo el anillo ante sus ojos, lo miró y dijo: «Señora, señora, que Dios me ayude, ¡ahora tengo gran necesidad de vuestro socorro!». Esta dama era un hada, que se lo había dado, y que lo había cuidado en su infancia. Y él tenía gran confianza en que, dondequiera que estuviera, ella le ayudaría y socorrería. Pero después de apelar a ella y mirar el anillo, se da cuenta de que no hay encantamiento aquí, sino que están realmente encerrados y confinados. Entonces llegan a la puerta con rejas de un postigo bajo y estrecho. Desenvainando sus espadas, todos golpean con tal violencia que cortan la barra. Tan pronto como estuvieron fuera de la torre, ven que una feroz lucha ya había comenzado en los prados, y que hay al menos mil caballeros involucrados, además de la infantería de bajo rango. Mientras descendían a la llanura, el sabio y moderado hijo del vavasor comentó: «Señor, antes de que lleguemos al campo, sería prudente, me parece, averiguar y aprender de qué lado está nuestra gente. No sé dónde están colocados, pero iré y lo averiguaré, si así lo deseáis». «Deseo que lo hagáis —responde él—, id rápido, y no dejéis de volver enseguida». Él va y regresa de inmediato, diciendo: «Nos ha salido bien, pues he visto claramente que estas son nuestras tropas a este lado del campo». Entonces el caballero montó de inmediato en la lucha y justó con un caballero que se acercaba a él, golpeándole en el ojo con tal violencia que lo dejó sin vida en el suelo. Entonces el muchacho desmonta, y tomando el caballo y las armas del caballero muerto, se arma con habilidad y destreza. Cuando estuvo armado, monta directamente, tomando el escudo y la lanza, que era pesada, rígida y decorada, y alrededor de su cintura se ciñó una espada afilada, brillante y resplandeciente. Entonces siguió a su hermano y señor en la lucha. Este último se comportó valientemente en la refriega durante algún tiempo, rompiendo, partiendo y aplastando escudos, yelmos y cotas de malla. Ninguna madera o acero protegía al hombre a quien golpeaba; o bien lo hería o lo derribaba sin vida del caballo. Sin ayuda, lo hizo tan bien que desbarató a todos los que encontró, mientras sus compañeros hicieron su parte también. La gente de Logres, al no conocerle, se asombra de lo que ve, y pregunta a los hijos del vavasor por el caballero extranjero. Esta respuesta les es dada: «Caballeros, este es quien nos liberará a todos de la servidumbre y la miseria, en las que tanto tiempo hemos estado confinados, y deberíamos hacerle gran honor cuando, para liberarnos, ha pasado por tantos peligros y está dispuesto a enfrentar muchos más. Ha hecho mucho, y hará aún más». Todos están rebosantes de alegría al escuchar estas noticias bienvenidas. La noticia viajó rápido, y fue divulgada, hasta que fue conocida por todos. Su fuerza y valor aumentan, de modo que matan a muchos de los que aún viven, y aparentemente debido al ejemplo de un solo caballero causan mayor estragos que todos los demás combinados. Y si no hubiera sido tan cerca del atardecer, todos se habrían ido derrotados; pero la noche llegó tan oscura que tuvieron que separarse.
A la mañana siguiente, cuando la luz del día despuntó, el caballero se levantó y, tras haberse armado y subido a su caballo, se despidió de todos los presentes. Agradeció a su anfitrión y a su señora por el gran honor y la cálida acogida que le habían brindado; ellos, por su parte, le desearon suerte en su viaje, lamentando profundamente su partida. Sin más demora, el caballero partió con sus dos compañeros, quienes, sin separarse de él, cabalgaban a su lado. El camino no era fácil ni agradable, pues se adentraban en tierras salvajes y desconocidas, pero su determinación era inquebrantable. A medida que avanzaban, los bosques se tornaban más cerrados y las sendas más estrechas, obligándoles a avanzar con cautela ante cualquier posible emboscada.
Pasaron varios días de penosa marcha, enfrentándose a la escasez y al cansancio, hasta que llegaron a una llanura donde divisaron a lo lejos las torres de un castillo que parecía estar rodeado por aguas turbulentas. El caballero, al ver aquel paraje, sintió que su destino estaba cerca. Se acercó a sus compañeros y les dijo: «Aquí debemos separarnos. No es preciso que sigáis adelante, pues el peligro que me aguarda es personal y nadie puede compartir la carga de este juramento». Aunque ellos intentaron disuadirlo y ofrecerle su ayuda, el caballero se mantuvo firme en su decisión, convencido de que su camino debía recorrerlo solo. Así, les agradeció su compañía y les pidió que regresaran a sus hogares con la noticia de que él seguía adelante con su cometido.
El caballero cabalgó en solitario hacia el castillo, cuyos muros se alzaban como una fortaleza inexpugnable. Al llegar, se encontró con que el puente que cruzaba el foso no era más que una hoja de espada afilada y brillante, tendida sobre un abismo donde las aguas rugían con furia. Era el puente de la espada del que tanto se había hablado, y cuya visión bastaría para helar la sangre del hombre más valiente. Sin dudar, se apeó de su caballo y, con una resolución que desafiaba a la muerte misma, se dispuso a cruzar aquel peligroso paso. Sabía que cada paso sobre el filo del acero le costaría heridas profundas, pero el honor y el amor que guiaban su corazón eran fuerzas superiores a cualquier dolor físico.
Mientras caminaba sobre el puente, el metal cortaba sus manos y sus pies, y la sangre manaba de sus heridas, tiñendo el filo de la espada. No obstante, no mostró signo alguno de flaqueza ni emitió un solo gemido. Su mirada estaba fija en la otra orilla, donde el castillo se erguía imponente. Los que observaban desde las murallas, atónitos ante tal muestra de valor, no podían creer lo que veían sus ojos: un hombre desafiando el destino con tal audacia. Cuando finalmente alcanzó el otro lado, se detuvo un instante para recuperar el aliento y comprobar que sus fuerzas, aunque menguadas, aún bastaban para seguir adelante. Se ajustó lo que quedaba de su armadura y, con paso firme, se dirigió hacia la puerta principal del castillo, preparado para lo que allí pudiera aguardarle.
(Vv. 2979-3020.) Cuando el anfitrión hubo bajado la voz y cesado de hablar, uno de sus hijos le siguió y dijo: «Señor, deberíamos poner todos nuestros recursos a vuestro servicio, y entregároslos de pleno derecho en lugar de prometerlos; si tenéis alguna necesidad de nuestra asistencia, no deberíamos esperar a que la pidáis. Señor, no os preocupéis por vuestro caballo, que está muerto. Tenemos aquí buenos y fuertes caballos. Quiero que toméis cualquier cosa nuestra que necesitéis, y elegiréis el mejor de nuestros caballos en lugar del vuestro». Y él responde: «Acepto de buen grado». Acto seguido, hacen preparar las camas y se retiran para pasar la noche. A la mañana siguiente se levantan temprano y se visten, tras lo cual se preparan para partir. Al marcharse, no omiten acto alguno de cortesía, sino que se despiden de la dama, de su señor y de todos los demás. Pero para no omitir nada, debo señalar que el caballero no quiso montar el corcel prestado que estaba listo a la puerta; más bien, hizo que lo montara uno de los dos caballeros que le habían acompañado, mientras él tomaba el caballo de este último, pues así le placía más hacerlo. Cuando cada uno estuvo montado en su caballo, todos pidieron permiso para partir de su anfitrión, que les había servido tan honrosamente. Luego cabalgan por el camino hasta que el día llega a su fin, y al atardecer llegan al puente de la espada.
(Vv. 3021-3194.) Al final de este puente tan difícil, desmontan de sus corceles y contemplan el arroyo de aspecto malvado, que es tan rápido y furioso, tan negro y turbio, tan feroz y terrible como si fuera el arroyo del diablo; y es tan peligroso y profundo que todo lo que cayera en él quedaría tan completamente perdido como si cayera en el mar salado. Y el puente, que lo cruza, es diferente a cualquier otro puente; pues nunca hubo uno como este. Si alguien me pregunta la verdad, nunca hubo un puente tan malo, ni uno cuyo suelo fuera tan malo. El puente sobre el arroyo frío consistía en una espada pulida y reluciente; pero la espada era robusta y rígida, y era tan larga como dos lanzas. En cada extremo había un tronco de árbol en el que la espada estaba firmemente fijada. Nadie necesita temer caer por romperse o doblarse, pues su excelencia era tal que podía soportar un gran peso. Pero los dos caballeros que estaban con el tercero estaban muy desanimados; pues supusieron que dos leones o dos leopardos se encontrarían atados a una gran roca en el otro extremo del puente. El agua, el puente y los leones se combinan para aterrorizarlos tanto que ambos tiemblan de miedo y dicen: «Buen señor, considerad bien lo que tenéis ante vosotros; pues es necesario y preciso hacerlo. Este puente está mal hecho y construido, y su estructura es mala. Si no cambiáis de opinión a tiempo, será demasiado tarde para arrepentirse. Debéis considerar cuál de las varias alternativas elegiréis. Supongamos que lográis cruzar (pero eso no puede ocurrir, del mismo modo que uno no podría contener los vientos y prohibirles soplar, o impedir que los pájaros canten, o volver a entrar en el vientre de su madre y nacer de nuevo; todo lo cual es tan imposible como vaciar el mar de su agua); pero incluso suponiendo que lográis cruzar, ¿podéis pensar y suponer que esos dos feroces leones que están encadenados al otro lado no os matarán, y succionarán la sangre de vuestras venas, y comerán vuestra carne y luego roerán vuestros huesos? Por mi parte, soy lo bastante audaz cuando incluso me atrevo a mirarlos y contemplarlos. Si no tenéis cuidado, sin duda os devorarán. Vuestro cuerpo pronto será desgarrado y hecho pedazos, pues no os mostrarán misericordia. ¡Así que tened piedad de nosotros ahora y quedaos aquí en nuestra compañía! Sería un error que os expusiérais intencionadamente a tal peligro mortal». Y él, riendo, les responde: «Caballeros, recibid mis gracias y gratitud por la preocupación que sentís por mí: proviene de vuestro amor y vuestros corazones amables. Sé muy bien que no os gustaría ver que me ocurriera ningún percance; pero tengo fe y confianza en Dios, que Él me protegerá hasta el final. No temo al puente ni al arroyo más de lo que temo a esta tierra seca; así que pretendo prepararme y hacer el peligroso intento de cruzar. Preferiría morir antes que dar media vuelta ahora». Los otros no tienen nada más que decir; pero cada uno llora de lástima y lanza un suspiro. Mientras tanto, él se prepara, lo mejor que puede, para cruzar el arroyo, y hace una cosa muy maravillosa al quitarse la armadura de los pies y de las manos. Estará en un estado lamentable cuando llegue al otro lado. Va a apoyarse con sus manos y pies desnudos sobre la espada, que estaba más afilada que una guadaña, pues no había conservado en sus pies ni suela, ni empeine, ni calzas. Pero no sintió miedo de las heridas en sus manos o pies; prefirió mutilarse antes que caer del puente y hundirse en el agua de la que nunca podría escapar. De acuerdo con esta determinación, pasa con gran dolor y agonía, siendo herido en las manos, rodillas y pies. Pero incluso este sufrimiento le resulta dulce: pues el Amor, que le conduce y le guía, calma y alivia el dolor. Gateando sobre sus manos, pies y rodillas, avanza hasta que llega al otro lado. Entonces recuerda y evoca a los dos leones que creyó haber visto desde el otro lado; pero, al mirar a su alrededor, no ve ni siquiera un lagarto ni ninguna otra cosa que le haga daño. Levanta la mano ante su rostro y mira su anillo, y mediante esta prueba comprueba que ninguno de los leones está allí, a los que creía haber visto, y que había sido hechizado y engañado; pues no había allí criatura viviente alguna. Cuando los que se habían quedado atrás en la orilla vieron que había cruzado sano y salvo, su alegría fue natural; pero no saben de sus heridas. Él, sin embargo, se considera afortunado por no haber sufrido nada peor. La sangre de sus heridas gotea sobre su camisa por todas partes. Luego ve ante sí una torre, que era tan fuerte que nunca antes había visto una tan fuerte: de hecho, no podría haber sido una torre mejor. En la ventana estaba sentado el rey Bademagu, que era muy escrupuloso y preciso en cuestiones de honor y de lo que era correcto, y que tenía cuidado de observar y practicar la lealtad por encima de todo; y a su lado estaba su hijo, que siempre hacía precisamente lo contrario en la medida de lo posible, pues encontraba su placer en la deslealtad y nunca se cansaba de la villanía, la traición y la felonía. Desde su posición privilegiada habían visto al caballero cruzar el puente con problemas y dolor. El color de Meleagant cambió con la rabia y el disgusto que sentía; pues sabe ahora que será desafiado por la Reina; pero su carácter era tal que no temía a ningún hombre, por fuerte o formidable que fuera. Si no fuera vil y desleal, no podría encontrarse mejor caballero; pero tenía un corazón de madera, sin gentileza ni piedad. Lo que enfureció a su hijo y despertó su ira, hizo al rey feliz y alegre. El rey sabía a ciencia cierta que aquel que había cruzado el puente era mucho mejor que cualquier otro. Pues nadie se atrevería a cruzarlo en quien habitara algo de esa naturaleza malvada que trae más vergüenza a quienes la poseen de la que la proeza trae de honor a los virtuosos. Pues la proeza no puede lograr tanto como la maldad y la indolencia pueden hacer: es verdad fuera de toda duda que es posible hacer más mal que bien.
(Vv. 3195-3318.) Podría decir más sobre estos dos puntos, si no fuera porque me causaría retrasarme. Pero debo pasar a otra cosa y reanudar mi tema, y escucharéis cómo el rey habla provechosamente a su hijo: «Hijo», dice, «fue una suerte que tú y yo viniéramos a mirar por esta ventana; nuestra recompensa ha sido presenciar la hazaña más audaz que jamás haya pasado por la mente de un hombre. Dime ahora si no estás bien dispuesto hacia aquel que ha realizado tal hazaña maravillosa. Haz las paces y reconcíliate con él, y entrega a la Reina en sus manos. No obtendrás gloria en la batalla con él, sino que podrías incurrir en una gran pérdida. Muéstrate cortés y sensato, y envía a la Reina a su encuentro antes de que él te vea. Muéstrale honor en esta tierra tuya, y antes de que lo pida, preséntale lo que ha venido a buscar. Sabes bien que ha venido por la Reina Guinevere. No actúes de modo que la gente te tome por obstinado, necio o orgulloso. Si este hombre ha entrado solo en tu tierra, deberías hacerle compañía, pues un caballero no debería evitar a otro, sino atraerlo y honrarlo con cortesía. Uno recibe honor al mostrarlo él mismo; asegúrate de que el honor será tuyo, si haces honor y servicio a quien es claramente el mejor caballero del mundo». Y él responde: «¡Que Dios me confunda, si no hay un caballero tan bueno, o incluso mejor que él!». Fue una lástima que no se mencionara a sí mismo, de quien no tiene una opinión humilde. Y añade: «¿Supongo que deseas que junte mis manos y me arrodille ante él como su vasallo, y que posea mis tierras por él? ¡Que me ayude Dios, preferiría convertirme en su hombre antes que entregarle a la Reina! ¡Dios no quiera que de tal manera se la entregue! Nunca será entregada por mí, sino que será disputada y defendida contra todos aquellos que sean tan necios como para atreverse a venir en su búsqueda». Entonces, de nuevo el rey le dice: «Hijo, actuarías con mucha cortesía si renunciaras a esta pretensión. Te aconsejo y te ruego que mantengas la paz. Sabes bien que el honor pertenecerá al caballero, si gana a la Reina en la batalla. Sin duda preferiría ganarla en la batalla que como un regalo, pues así realzará su fama. Es mi opinión que la busca, no para recibirla pacíficamente, sino porque desea ganarla por la fuerza de las armas. Así que sería sabio por tu parte privarle de la satisfacción de luchar contra ti. Lamento verte tan necio; pero si no haces caso a mi consejo, el mal vendrá de ello, y la desgracia consiguiente será peor para ti. Pues el caballero no necesita temer hostilidad de nadie aquí salvo de ti. En nombre mío y de todos mis hombres, le concederé una tregua y seguridad. Todavía no he realizado un acto desleal ni practicado traición o felonía, y no empezaré a hacerlo ahora por tu cuenta más de lo que lo haría por cualquier extraño. No deseo adularte, pues prometo que al caballero no le faltará ninguna arma, caballo o cualquier otra cosa que necesite, en vista de la audacia que ha mostrado al llegar hasta aquí. Será custodiado de forma segura y bien defendido contra todos los hombres aquí excepto tú. Deseo que entienda claramente que, si puede mantenerse contra ti, no necesita temer a nadie más». «Os he escuchado en silencio el tiempo suficiente», dice Meleagant, «y podéis decir lo que os plazca. Pero poco me importa todo lo que decís. No soy un ermitaño, ni tan compasivo y caritativo, y no tengo deseo de ser tan honorable como para darle lo que más amo. Su tarea no se llevará a cabo tan rápida o tan fácilmente; más bien resultará de otra manera de lo que vosotros y él esperáis. Vos y yo no tenemos por qué pelearnos porque le ayudéis contra mí. Incluso si disfruta de paz y tregua con vos y todos vuestros hombres, ¿qué me importa eso a mí? Mi corazón no se acobarda por ello; más bien, que me ayude Dios, me alegro de que no tenga que preocuparse por nadie aquí salvo por mí; no deseo que hagáis por mi cuenta nada que pueda interpretarse como deslealtad o traición. Sed tan compasivo como queráis, pero dejadme ser cruel». «¿Qué? ¿No cambiarás de opinión?». «No», dice. «Entonces no diré nada más. Te dejaré solo para que hagas lo mejor que puedas e iré ahora a hablar con el caballero. Deseo ofrecerle y presentarle mi ayuda y consejo en todos los aspectos; pues estoy completamente de su lado».
(Vv. 3319-3490.) Entonces el rey baja y ordena que traigan su caballo. Un gran corcel le es traído, sobre el cual salta por el estribo, y parte con algunos de sus hombres: tres caballeros y dos escuderos ordenó que le acompañaran. No detuvieron su viaje cuesta abajo hasta que llegaron al puente, donde le ven restañando sus heridas y limpiando la sangre de ellas. El rey espera tenerle como invitado durante mucho tiempo mientras sus heridas sanan; pero podría esperar lo mismo a vaciar el mar. El rey se apresura a desmontar, y él, que estaba gravemente herido, se puso en pie de inmediato para recibirlo, aunque no le conocía, y no mostró más evidencia del dolor que sentía en sus pies y manos que si hubiera estado realmente sano. El rey ve que está haciendo un esfuerzo, y corre rápidamente a saludarlo con las palabras: «Señor, estoy muy asombrado de que hayáis caído sobre nosotros en esta tierra. Pero sed bienvenido, pues nadie repetirá jamás el intento: nunca sucedió en el pasado, y nunca sucederá en el futuro que nadie realice una hazaña tan audaz o se exponga a tal peligro. Y sabed que os admiro mucho por haber ejecutado lo que nadie antes se atrevió siquiera a concebir. Me encontraréis muy bien dispuesto, y leal y cortés hacia vosotros. Soy el rey de esta tierra, y os ofrezco libremente todo mi consejo y servicio; y creo saber bastante bien lo que habéis venido a buscar aquí. Venís, estoy seguro, a buscar a la Reina». «Señor», responde, «vuestra suposición es correcta; ninguna otra causa me trae aquí». «Amigo, debéis sufrir penurias para obtenerla», responde; «y estáis gravemente herido, como veo por las heridas y la sangre que fluye. No encontraréis a quien la trajo aquí tan generoso como para entregarla sin una lucha; pero debéis esperar y hacer que cuiden vuestras heridas hasta que estén completamente sanadas. Os daré algo de ungüento de 'las tres Marías', y algo todavía mejor, si puede encontrarse, pues estoy muy solícito por vuestra comodidad y vuestra recuperación. Y la Reina está tan confinada que ningún hombre mortal tiene acceso a ella, ni siquiera mi hijo, que la trajo aquí con él y que se resiente de tal trato, pues nunca un hombre estuvo tan fuera de sí y tan desesperado como él. Pero estoy bien dispuesto hacia vosotros, y os daré con gusto, que me ayude Dios, todo lo que necesitéis. Mi hijo mismo no tendrá armas tan buenas que yo no os dé algunas que sean igual de buenas, y un caballo, también, tal como necesitaréis, aunque mi hijo se enfadará conmigo. A pesar de los sentimientos de cualquiera, os protegeré contra todos los hombres. No tendréis motivo para temer a nadie salvo a quien trajo a la Reina aquí. Ningún hombre amenazó jamás a otro como yo le he amenazado a él, y estuve cerca de expulsarle de mi tierra, por mi disgusto debido a que no quiere entregárosla. Sin duda, es mi hijo; pero no sintáis preocupación, pues a menos que os derrote en batalla, nunca podrá haceros el menor daño contra mi voluntad». «Señor», dice, «os doy las gracias. Pero estoy perdiendo un tiempo aquí que no deseo desperdiciar. No tengo motivo para quejarme, y no tengo ninguna herida que me esté causando dolor. Llevadme donde pueda encontrarle; pues con las armas que tengo, estoy listo para divertirme dando y recibiendo golpes». «Amigo, mejor sería que esperarais dos o tres semanas hasta que vuestras heridas sanen, pues sería bueno que esperarais aquí al menos dos semanas, y bajo ninguna circunstancia podría permitirlo, o mirar, mientras lucháis en mi presencia con tales armas y con tal equipo». Y él responde: «Con vuestro permiso, no se utilizarían otras armas que estas, pues preferiría luchar con ellas, y no pediría el más mínimo aplazamiento, suspensión o retraso. Sin embargo, en deferencia a vos, consentiré en esperar hasta mañana; pero a pesar de lo que cualquiera pueda decir, no esperaré más tiempo». Entonces el rey le aseguró que todo se haría como deseaba; luego hace preparar el lugar de alojamiento, e insistentemente solicita a sus hombres, que están en la compañía, que le sirvan, lo cual hacen devotamente. Y el rey, que de buena gana habría hecho las paces, de haber sido posible, fue de inmediato a su hijo y le habló como quien desea paz y armonía, diciendo: «Buen hijo, ¡reconcíliate ahora con este caballero sin una lucha! No ha venido aquí para divertirse o para cazar o perseguir, sino que viene en busca de honor y para aumentar su fama y renombre, y he visto que necesita mucho descanso. Si hubiera seguido mi consejo, no habría emprendido imprudentemente, ni este mes ni el próximo, la batalla que tanto desea. Si le entregas la Reina, ¿temes alguna deshonra en el hecho? No tengas miedo de eso, pues no puede recaer ninguna culpa sobre ti; más bien es un error conservar aquello a lo que uno no tiene derecho legítimo. Habría entrado con gusto en la batalla de inmediato, aunque sus manos y pies no están sanos, sino cortados y heridos». Meleagant responde a su padre así: «Sois un necio por preocuparos. Por la fe que debo a San Pedro, no seguiré vuestro consejo en este asunto. Merecería ser arrastrado por caballos, si hiciera caso a vuestro consejo. Si él busca su honor, también busco yo el mío; si está en busca de gloria, también lo estoy yo; si está ansioso por la batalla, también lo estoy yo cien veces más que él». «Veo claramente», dice el rey, «que estás decidido en tu empresa loca, y tendrás tu satisfacción. Puesto que tal es tu placer, mañana probarás tu fuerza con el caballero». «¡Que ninguna desgracia mayor me visite nunca que esa!», responde Meleagant; «preferiría mucho más que fuera hoy que mañana. ¡Solo ved cuánto más abatido estoy de lo habitual! ¡Mis ojos están desorbitados y mi rostro está pálido! No tendré alegría o satisfacción o cualquier causa de felicidad hasta que esté realmente comprometido con él».
El rey comprende que todo consejo y ruego son inútiles, así que, de mala gana, deja a su hijo y, tomando un buen y fuerte caballo y unas hermosas armas, se las envía a quien bien las merece, junto con un cirujano que era un hombre leal y cristiano. No había en el mundo hombre más digno de confianza, y era más hábil en la cura de heridas que todos los médicos de Montpellier. Esa noche trató al caballero lo mejor que pudo, conforme a la orden del rey. Ya la noticia era conocida por los caballeros y las doncellas, las damas y los barones de toda la comarca, y durante toda la noche hasta el amanecer, extranjeros y amigos emprendieron largos viajes desde todos los alrededores. Cuando llegó la mañana, había tal muchedumbre ante el castillo que no había espacio para mover un pie. Y el rey, levantándose temprano en su angustia por la batalla, va directamente a ver a su hijo, quien ya se había abrochado sobre la cabeza el yelmo, que era de hechura de Poitiers. Ninguna demora o paz es posible, pues aunque el rey hizo cuanto pudo, sus esfuerzos no surtieron efecto. En medio de la plaza del castillo, donde toda la gente está reunida, se librará la batalla en cumplimiento del deseo y la orden del rey. El rey envía a buscar de inmediato al caballero extraño, y es conducido al terreno, que estaba lleno de gente del reino de Logres. Pues al igual que las personas acostumbran ir a la iglesia a escuchar el órgano en los días de fiesta anuales de Pentecostés o Navidad, así se habían reunido ahora todos. Todas las doncellas extranjeras del reino del Rey Arturo habían ayunado tres días y caminado descalzas en sus camisones, para que Dios dotara de fuerza y coraje al caballero que debía luchar contra su adversario en nombre de los cautivos. Muy temprano, antes de que hubiera sonado la hora de prima, ambos caballeros, completamente armados, fueron llevados al lugar, montados sobre dos caballos igualmente protegidos. Meleagant era muy elegante, ágil y bien formado; el lorondel con sus finas mallas, el yelmo y el escudo colgado del cuello, todo ello le sentaba bien. Todos los espectadores, sin embargo, favorecían al otro caballero, incluso aquellos que le deseaban el mal, y dicen que Meleagant no vale nada comparado con él. Tan pronto como ambos estuvieron en el suelo, el rey se acerca y los retiene tanto como es posible en un esfuerzo por hacer la paz entre ellos, pero no logra persuadir a su hijo. Entonces les dice: «Mantened vuestros caballos hasta que yo llegue a lo alto de la torre. Será solo un pequeño favor, si esperáis tanto tiempo por mí». Luego, con ánimo pesaroso, los deja y va directamente al lugar donde sabía que encontraría a la Reina. Ella le había rogado la noche anterior que la situara donde pudiera tener una vista despejada de la batalla; él le había concedido el deseo y fue ahora a buscarla y traerla, pues estaba muy ansioso por mostrarle honor y cortesía. La colocó en una ventana y tomó su lugar en otra ventana a su derecha. Junto a ellos se habían reunido muchos caballeros y prudentes damas y doncellas, que eran nativos de esa tierra; y había muchos otros, que eran cautivos, y que estaban absortos en sus oraciones y ruegos. Aquellos que eran prisioneros estaban orando por su señor, pues a Dios y a él confiaban su socorro y liberación. Entonces los combatientes, sin demora, hacen que toda la gente se aparte; luego chocan los escudos con los codos, introducen los brazos en las correas y espolean hacia el otro con tal violencia que cada uno envía su lanza dos largos de brazo a través del escudo de su oponente, haciendo que la lanza se parta y astille como una chispa voladora. Y los caballos se encuentran de frente, chocando pecho con pecho, y los escudos y yelmos resuenan con tal estruendo que parece un poderoso trueno; ninguna correa de pecho, cincha, rienda o sobrecincha permanece intacta, y los arzones, aunque fuertes, se rompen en pedazos. Los combatientes no sintieron vergüenza al caer a tierra, ante sus percances, pero rápidamente saltan sobre sus pies y, sin perder tiempo en palabras amenazantes, se precipitan el uno contra el otro más fieramente que dos jabalíes salvajes, y propinan grandes golpes con sus espadas de acero como hombres cuyo odio es violento. Repetidamente recortan los yelmos y los brillantes lorondeles con tal furia que, tras la espada, brota la sangre. Ofrecieron una batalla excelente, en verdad, mientras se aturdían y herían el uno al otro con sus pesados y perversos golpes. Muchos encuentros fieros, duros y largos sostuvieron con igual honor, de modo que los espectadores no podían discernir ventaja alguna en ninguno de los dos bandos. Pero era inevitable que aquel que había cruzado el puente se viera muy debilitado por sus manos heridas. Las personas que estaban de su parte estaban muy consternadas, pues notan que sus golpes se vuelven más débiles y temen que salga perdiendo; les parecía que él se debilitaba mientras Meleagant triunfaba, y comenzaron a murmurar por todas partes. Pero allá en la ventana de la torre había una sabia doncella que pensó para sí que el caballero no había emprendido la batalla ni por ella ni por el bien de la masa que se había reunido en torno a la liza, sino que su único incentivo había sido la Reina; y pensó que, si él supiera que ella estaba en la ventana viéndolo y observándolo, su fuerza y coraje aumentarían. Y si ella hubiera sabido su nombre, con gusto le habría gritado que mirara a su alrededor. Luego se acercó a la Reina y dijo: «Señora, por el amor de Dios y el suyo propio, así como el nuestro, le suplico que me diga, si lo sabe, el nombre de aquel caballero, con el fin de que pueda servirle de alguna ayuda». «Doncella», responde la Reina, «has hecho una pregunta en la que no veo odio ni maldad, sino una buena intención; el nombre del caballero, lo sé, es Lancelot del Lago». «¡Dios, qué feliz y contenta estoy en mi corazón!», dice la doncella. Entonces se inclina hacia adelante y le llama por su nombre tan fuerte que toda la gente lo oye: «¡Lancelot, gira y mira quién está aquí tomando nota de ti!».
Cuando Lancelot escuchó su nombre, no fue lento en girarse: se gira y ve sentada allí arriba en la ventana de la torre a aquella a quien más deseaba ver en el mundo. Desde el momento en que la vio, no giró ni apartó sus ojos y su rostro de ella, defendiéndose con golpes de revés. Y Meleagant, mientras tanto, le atacaba tan fieramente como podía, encantado de pensar que el otro ya no puede resistírsele; y ellos, los del país, también están muy complacidos, mientras que los extranjeros están tan angustiados que ya no pueden sostenerse, y muchos de ellos caen a tierra, ya sea de rodillas o tendidos boca abajo; así, algunos están alegres y otros angustiados. Entonces la doncella gritó de nuevo desde la ventana: «¡Ah, Lancelot, cómo es que te conduces ahora tan tontamente! Una vez fuiste la encarnación de la proeza y de todo lo que es bueno, y no creo que Dios haya hecho jamás un caballero que pueda igualarte en valor y en valía. Pero ahora te vemos tan angustiado que das golpes de revés y luchas contra tu adversario a tus espaldas. Gira, de modo que estés del otro lado y puedas mirar hacia esta torre, pues te ayudará mantenerla a la vista». Entonces Lancelot está tan avergonzado y mortificado que se odia a sí mismo, pues sabe muy bien que todos han visto cómo, desde hace algún tiempo, ha llevado la peor parte de la pelea. Acto seguido, da un salto hacia atrás y maniobra de tal manera que obliga a Meleagant a colocarse en una posición entre él y la torre. Meleagant hace todo lo posible por recuperar su posición anterior. Pero Lancelot se precipita sobre él y le golpea tan violentamente en el cuerpo y el escudo cada vez que intenta rodearlo, que le obliga a girar dos o tres veces a pesar de sí mismo. La fuerza y el coraje de Lancelot crecen, en parte porque cuenta con la ayuda del amor y en parte porque nunca odió a nadie tanto como a aquel con quien está trabado en combate. El amor y el odio mortal, tan feroz que nunca antes se había visto tal odio, lo vuelven tan fogoso y audaz que Meleagant deja de tratarlo como una broma y comienza a sentir temor de él, pues nunca había conocido o visto un caballero tan esforzado, ni ningún caballero le había herido o dañado jamás como lo hace este. Se alegra de alejarse de él, y se estremece y esquiva, temiendo sus golpes y evitándolos. Y Lancelot no le amenaza en vano, sino que le conduce rápidamente hacia la torre donde la Reina estaba apostada en guardia. Allí, junto a la torre, le rindió el homenaje de sus golpes hasta que llegó tan cerca que, si avanzaba un paso más, perdería de vista a ella. Así Lancelot le obligó a retroceder de un lado a otro repetidamente en cualquier dirección que le pluguiera, deteniéndose siempre ante la Reina, su dama, quien había encendido la llama que le obliga a fijar su mirada en ella. Y esta misma llama le agitaba de tal modo contra Meleagant que le permitió conducirle y empujarle a donde él quisiera. A pesar de sí mismo, le conduce como a un ciego o a un hombre con una pierna de madera. El rey ve a su hijo tan apremiado que siente pena por él y le compadece, y no le negará ayuda y asistencia si es posible; pero si desea proceder con cortesía, primero debe pedir el permiso de la Reina. Así que comenzó a decirle: «Señora, desde que os he tenido en mi poder, os he amado y servido y honrado fielmente. Nunca dejé conscientemente de hacer nada en lo que viera que vuestro honor estaba involucrado; ahora recompensadme por lo que he hecho. Pues estoy a punto de pediros un favor que no deberíais conceder a menos que lo hagáis voluntariamente. Veo claramente que mi hijo está llevando la peor parte de esta batalla; no hablo así por el disgusto que siento, sino para que Lancelot, que lo tiene en su poder, no lo mate. Ni deberíais desear verlo muerto; no porque no haya hecho daño tanto a vos como a él, sino porque os hago la petición: así que decidle, por favor, que deje de golpearlo. Si queréis, podéis así recompensarme por lo que he hecho por vos». «Buen señor, estoy dispuesta a hacerlo a petición vuestra», responde la Reina; «aunque sintiera odio mortal por vuestro hijo, a quien es verdad que no amo, aun así me habéis servido tan bien que, para complaceros, estoy muy dispuesta a que desista». Estas palabras no se dijeron en privado, sino que Lancelot y Meleagant oyeron lo que se dijo. El hombre que es un amante perfecto es siempre obediente y hace rápida y alegremente el placer de su señora. Así que Lancelot se vio obligado a hacer la voluntad de su Dama, pues amaba más que Píramo, si es que eso era posible para cualquier hombre. Lancelot escuchó lo que se dijo, y tan pronto como la última palabra hubo salido de su boca, «puesto que deseas que desista, estoy dispuesta a que lo haga», Lancelot no lo habría tocado ni hecho un movimiento por nada del mundo, incluso si el otro lo hubiera matado. No lo toca ni levanta la mano. Pero Meleagant, fuera de sí por la rabia y la vergüenza al oír que ha sido necesario interceder en su favor, le golpea con toda la fuerza que puede reunir. Y el rey bajó de la torre para reprender a su hijo, y entrando en la liza se dirigió a él así: «¿Qué es esto? ¿Es acaso decoroso golpearlo cuando él no te está tocando? ¡Eres demasiado cruel y salvaje, y tu proeza está ahora fuera de lugar! Pues todos sabemos más allá de toda duda que él es tu superior». Entonces Meleagant, ahogándose de vergüenza, le dice al rey: «¡Creo que debéis estar ciego! No creo que veáis nada. Cualquiera debe estar realmente ciego para pensar que yo no soy mejor que él». «¡Busca a alguien que crea tus palabras!», responde el rey, «pues todo el pueblo sabe si hablas con la verdad o mientes. Todos nosotros sabemos muy bien la verdad». Entonces el rey ordena a sus barones que se lleven a su hijo, lo cual hacen de inmediato en ejecución de su orden: se llevaron a Meleagant. Pero no fue necesario usar la fuerza para inducir a Lancelot a retirarse, pues Meleagant podría haberlo dañado gravemente antes de que él hubiera buscado defenderse. Entonces el rey le dice a su hijo: «Que me ayude Dios, ahora debes hacer las paces y entregar a la Reina. Debes poner fin a esta disputa de una vez por todas y retirar tu reclamo». «¡Eso es un gran sinsentido lo que habéis dicho! Os oigo hablar neciamente. ¡Apartaos! ¡Luchemos y no os mezcléis en nuestros asuntos!». Pero el rey dice que intervendrá, pues sabe bien que, si la pelea continuara, Lancelot mataría a su hijo. «¿Él matarme a mí? Más bien pronto lo derrotaría y mataría, si nos dejara solos y nos permitiera luchar». Entonces el rey dice: «Que me ayude Dios, todo lo que dices es inútil». «¿Por qué es eso?», pregunta él. «Porque no lo consentiré. No confiaré tanto en tu locura y orgullo como para permitir que seas asesinado. Un hombre es un necio al cortejar a la muerte, como tú haces en tu ignorancia. Sé bien que me odias porque deseo salvar tu vida. Dios no permitirá que vea y sea testigo de tu muerte, si puedo evitarlo, pues me causaría demasiado dolor». Habla con él y lo reprende hasta que finalmente se restablecen la paz y la buena voluntad. Los términos de la paz son estos: entregará a la Reina a Lancelot, siempre que este último, sin reticencias, luche contra ellos de nuevo dentro de un año a partir del momento en que elija convocarlo: esto no es una prueba para Lancelot. Cuando se hace la paz, toda la gente se arremolina, y se decide que la batalla se librará en la corte del Rey Arturo, quien tiene a Gran Bretaña y Cornualles bajo su mando: allí es donde deciden que será. Y la Reina tiene que consentir, y Lancelot tiene que prometer, que si Meleagant puede probar que es un cobarde, ella volverá con él de nuevo sin la interferencia de nadie. Cuando la Reina y Lancelot hubieron acordado esto, el arreglo concluyó, y ambos se retiraron y se quitaron las armas. Ahora bien, la costumbre en el país era que cuando uno salía, todos los demás podían hacerlo también. Todos invocaron bendiciones sobre Lancelot: y podéis saber que debió sentir una gran alegría, como en verdad la sintió. Todos los extranjeros se reúnen y se regocijan por Lancelot, hablando de manera que puedan ser oídos por él: «Señor, en verdad nos sentimos alegres tan pronto como oímos vuestro nombre, pues sentimos seguridad al instante de que todos seríamos liberados». Había una gran multitud presente en esta alegre escena, mientras cada uno se esfuerza y se abre paso para tocarlo si es posible. Cualquiera que lograba tocarlo estaba más encantado de lo que podría expresar. Había mucha alegría, y también dolor; aquellos que ahora eran liberados se regocijaban sin freno; pero Meleagant y sus seguidores no tienen nada de lo que desean, sino que están pensativos, sombríos y abatidos. El rey se aleja de la liza, llevando consigo a Lancelot, quien le ruega que le lleve ante la Reina. «No dejaré de hacerlo», responde el rey; «pues me parece lo correcto. Y si queréis, os mostraré a Kay el senescal». Ante esto, Lancelot se siente tan alegre que casi cae a sus pies. Entonces el rey lo llevó de inmediato al salón, donde la Reina había ido a esperarlo.
Cuando la Reina vio al rey sosteniendo a Lancelot de la mano, se levantó ante el rey, pero se veía disgustada con el ceño fruncido y no pronunció palabra. «Señora, aquí está Lancelot que ha venido a veros», dice el rey; «deberíais estar complacida y satisfecha». «¿Yo, señor? Él no puede complacerme. No me importa nada verlo». «Vamos, señora», dice el rey, que era muy franco y cortés, «¿qué os induce a actuar así? Sois demasiado desdeñosa con un hombre que os ha servido tan fielmente que ha expuesto repetidamente su vida a un peligro mortal en este viaje por vuestro bien, y que os ha defendido y rescatado de mi hijo Meleagant, que os había agraviado profundamente». «Señor, en verdad ha hecho un mal uso de su tiempo. Nunca negaré que no siento gratitud hacia él». Ahora Lancelot está estupefacto; pero responde muy humildemente como un amante pulido: «Señora, ciertamente estoy apenado por esto, pero no me atrevo a preguntar vuestra razón». La Reina escuchó mientras Lancelot expresaba su decepción, pero para afligirlo y confundirlo, no quiso responder ni una sola palabra, sino que regresó a su habitación. Y Lancelot la siguió con sus ojos y su corazón hasta que ella llegó a la puerta; pero no estuvo mucho tiempo a la vista, pues la habitación estaba cerca. Sus ojos la habrían seguido con gusto, si eso hubiera sido posible; pero el corazón, que es más señorial y dominante en su fuerza, atravesó la puerta tras ella, mientras los ojos permanecían atrás llorando con el cuerpo. Y el rey le dijo en privado: «Lancelot, estoy asombrado de lo que significa esto: y cómo sucede que la Reina no puede soportar veros, y que es tan reacia a hablar con vos. Si alguna vez está acostumbrada a hablar con vos, no debería ser mezquina ahora o evitar la conversación con vos, después de lo que habéis hecho por ella. Ahora decidme, si lo sabéis, por qué y por qué fechoría os ha mostrado tal semblante». «Señor, no me di cuenta de eso hace un momento; pero ella no quiere mirarme ni escuchar mis palabras, y eso me aflige y me causa mucho pesar». «Ciertamente», dice el rey, «ella está en el error, pues habéis arriesgado vuestra vida por ella. Venid ahora, buen dulce amigo, y iremos a hablar con el senescal». «Me alegrará hacerlo», responde él. Entonces ambos van a ver al senescal. Tan pronto como Lancelot llegó donde él estaba, la primera exclamación del senescal fue: «¡Cómo me has avergonzado!». «¿Yo? ¿Cómo es eso?», pregunta Lancelot; «decidme, ¿qué desgracia os he traído?». «Una desgracia muy grande, pues has llevado a cabo lo que yo no pude lograr, y has hecho lo que yo no pude hacer».
Entonces el rey los dejó solos en la habitación y salió solo. Y Lancelot pregunta al senescal si ha estado mal atendido. «Sí —responde él—, y aún lo estoy. Nunca fui más desdichado de lo que soy ahora. Y hace mucho tiempo habría muerto si no fuera por el rey, quien, en su compasión, me ha mostrado tanta dulzura y bondad que voluntariamente permitió que no me faltara nada de lo que necesitaba; pues fui provisto al instante de todo lo que deseaba. Pero, opuesto a la bondad que él me mostraba, estaba Meleagant, su hijo, que está lleno de maldad y quien convocó a los médicos y les ordenó que aplicaran tales ungüentos que habrían de matarme. ¡Tal padre y tal hijastro he tenido! Pues cuando el rey hacía que me aplicaran un buen emplasto en mis heridas en su deseo de que pronto sanara, su traicionero hijo, deseando quitarme la vida, hacía que lo retiraran prontamente y aplicaran algún ungüento nocivo. Pero estoy muy seguro de que el rey ignoraba esto; él no toleraría tales trucos viles y asesinos. Pero no sabéis cuán cortés ha sido con mi señora: ninguna torre fronteriza, desde los tiempos en que Noé construyó el arca, fue jamás vigilada con tanto cuidado, pues él la ha guardado tan vigilantemente que, aunque su hijo se irritaba bajo la restricción, no permitía que la viera sino en presencia del propio rey. Hasta el presente momento, el rey, en su misericordia, le ha mostrado todas las muestras de consideración que ella misma propuso. Ella sola disponía de sus asuntos. Y el rey la estimaba aún más por la lealtad que ella demostraba. Pero, ¿es cierto, como me dicen, que está tan enfadada con vos que ha rechazado públicamente hablaros?». «Os han dicho la verdad exacta —responde Lancelot—, pero, por amor de Dios, ¿podéis decirme por qué está tan disgustada conmigo?». Él responde que no lo sabe y que se siente muy sorprendido por ello. «Bien, sea como ella desee —dice Lancelot, sintiendo su impotencia—; debo ahora despedirme, e iré a buscar a mi señor Gawain, quien ha entrado en esta tierra y quien acordó conmigo que se dirigiría directamente al puente de agua». Entonces, saliendo de la habitación, compareció ante el rey y pidió permiso para dirigirse en esa dirección. Y el rey le concede voluntariamente el permiso para irse. Entonces, aquellos a quienes Lancelot había liberado y entregado de prisión le preguntan qué deben hacer. Y él responde: «Todos aquellos que deseen pueden venir conmigo, y los que deseen quedarse con la Reina pueden hacerlo: no hay razón por la que deban acompañarme». Entonces todos aquellos que así lo desean lo acompañan, más alegres y dichosos de lo que acostumbran. Con la Reina permanecen sus damas, que son de corazón ligero, y muchos caballeros y damas también. Pero no hay uno solo de los que se quedan atrás que no hubiera preferido regresar a su propio país a permanecer allí. Pero, por cuenta de mi señor Gawain, cuya llegada se espera, la Reina los retiene, diciendo que ella nunca se moverá hasta que tenga noticias suyas.
La noticia se extiende por todas partes de que la Reina es libre de irse, y que todos los demás prisioneros han sido puestos en libertad y son libres de irse cuando les convenga y plazca. Dondequiera que la gente de la tierra se reúne, se preguntan unos a otros sobre la veracidad de este informe, y nunca hablan de otra cosa. Están muy enfurecidos de que todos los pasos peligrosos hayan sido superados y que cualquiera pueda entrar y salir como le plazca. Pero cuando los nativos del país, que no habían estado presentes en la batalla, supieron cómo Lancelot había sido el vencedor, todos se dirigieron al lugar por donde sabían que debía pasar, pensando que el rey estaría muy complacido si capturaban a Lancelot y lo llevaban de regreso ante él. Todos sus propios hombres estaban sin sus armas y, por lo tanto, estaban en desventaja cuando vieron a los nativos del país venir armados. No fue extraño que capturaran a Lancelot, quien estaba sin sus armas. Lo llevan de regreso prisionero, con sus pies atados bajo su caballo. Entonces sus propios hombres dicen: «Caballeros, este es un acto malvado; pues el rey nos ha dado su salvoconducto y estamos bajo su protección». Pero los otros responden: «No sabemos cómo sea eso; pero como os hemos tomado, debéis regresar con nosotros a la corte». El rumor, que vuela y corre velozmente, llega al rey de que sus hombres han capturado a Lancelot y le han dado muerte. Cuando el rey lo oye, se aflige profundamente y jura airadamente por su cabeza que aquellos que lo han matado morirán seguramente por el hecho; y que, si puede capturarlos o atraparlos, será su destino ser ahorcados, quemados o ahogados. Y si intentan negar su hecho, no creerá lo que digan, pues le han causado tal dolor y vergüenza que él sería deshonrado si la venganza no fuera ejecutada sobre ellos; pero él será vengado sin lugar a dudas. La noticia de esto se extendió hasta que llegó a la Reina, que estaba sentada a la mesa. Casi se mata al oír el falso informe sobre Lancelot, pero supone que es cierto y, por lo tanto, está en tal consternación que casi pierde la facultad de hablar; pero, debido a los presentes, se fuerza a decir: «En verdad, lamento su muerte, y no es de extrañar que me aflija, pues vino a este país por mi causa y, por lo tanto, debería llorar por él». Entonces se dice a sí misma, para que los demás no escuchen, que nadie necesita pedirle que beba o coma, si es cierto que ha muerto aquel en cuya vida ella encontró la suya propia. Entonces, afligida, se levanta de la mesa y hace su lamento, pero de modo que nadie la oiga ni se percate de ella. Está tan fuera de sí que se agarra repetidamente la garganta con el deseo de suicidarse; pero primero se confiesa a sí misma y se arrepiente con reproches, culpándose y censurándose por el mal que le había hecho a quien, como sabía, siempre había sido suyo, y seguiría siendo suyo si estuviera vivo. Está tan angustiada por el pensamiento de su crueldad que su belleza se ve seriamente afectada. Su crueldad y mezquindad le afectaron y estropearon su belleza más que todas las vigilias y ayunos con los que se afligía. Cuando todos sus pecados se alzan ante ella, los reúne, y mientras los repasa, exclama repetidamente: «¡Ay! ¿En qué estaba pensando cuando mi amante estaba ante mí y debería haberle dado la bienvenida, y no quise escuchar sus palabras? ¿No fui una necia cuando rechacé mirarlo o hablarle? ¿Necia, en verdad? Más bien fui vil y cruel, así me ayude Dios. Lo pretendí como una broma, pero él no lo tomó así, y no me ha perdonado. Estoy segura de que no fue nadie más que yo quien le dio el golpe mortal. Cuando vino ante mí sonriendo y esperando que yo me alegrara de verlo y le diera la bienvenida, y cuando no quise mirarlo, ¿no fue ese un golpe mortal? Cuando rechacé hablar con él, entonces sin duda de un solo golpe lo privé de su corazón y de su vida. Estos dos golpes lo han matado, estoy segura; ningún otro bandido ha causado su muerte. ¡Dios! ¿Podré alguna vez reparar este asesinato y este crimen? No, en verdad; antes se secarán los ríos y el mar. ¡Ay! ¡Cuánto mejor me sentiría y cuánto consuelo tomaría si solo una vez antes de morir lo hubiera tenido entre mis brazos! ¿Qué? Sí, ciertamente, completamente desnudos, para disfrutar mejor de él. Si está muerto, soy muy malvada por no destruirme a mí misma. ¿Por qué? ¿Puede dañar a mi amante que yo siga viviendo después de que él haya muerto, si no encuentro placer en nada excepto en la aflicción que llevo por él? Al entregarme al dolor tras su muerte, las penas mismas que busco serían dulces para mí, si él estuviera todavía vivo. Es incorrecto que una mujer desee morir antes que sufrir por el bien de su amante. Es ciertamente dulce para mí llorarle largamente. Preferiría ser golpeada viva que morir y estar en reposo».
Durante dos días la Reina lloró así por él sin comer ni beber, hasta que pensaron que ella también moriría. Hay mucha gente dispuesta a llevar malas noticias antes que buenas. La noticia llega a Lancelot de que su dama y amada ha muerto. No debéis tener duda del dolor que sintió; cualquiera puede estar seguro de que estaba afligido y vencido por el dolor. De hecho, si queréis saber la verdad, estaba tan abatido que tenía su vida en poca estima. Deseaba suicidarse al instante, pero primero profirió un breve lamento. Hace un nudo corredizo en un extremo del cinturón que llevaba, y luego, llorando, se comunica así consigo mismo: «Ah, muerte, ¿cómo me has acechado y deshecho, cuando estaba en la flor de la salud! Estoy deshecho, y sin embargo no siento dolor excepto el pesar dentro de mi corazón. Este es un terrible dolor mortal. Estoy dispuesto a que así sea, y si Dios quiere, moriré de él. Entonces, ¿no puedo morir de otra manera, sin el consentimiento de Dios? Sí, si Él permite que ate este nudo alrededor de mi cuello. Creo que puedo obligar a la muerte, incluso contra su voluntad, a quitarme la vida. La muerte, que codicia solo a aquellos que la temen, no vendrá a mí; pero mi cinturón la traerá a mi poder, y tan pronto como sea mía, ejecutará mi deseo. Pero, en verdad, vendrá demasiado tarde para mí, ¡pues anhelo tenerla ahora!». Entonces ya no se demora ni duda más, sino que ajusta su cabeza dentro del nudo hasta que descansa alrededor de su cuello; y para que no deje de hacerse daño, sujeta el extremo del cinturón firmemente al arzón de la silla, sin atraer la atención de nadie. Luego se dejó deslizar a tierra, pretendiendo que su caballo lo arrastrara hasta que estuviera sin vida, pues desdeña vivir otra hora. Cuando aquellos que cabalgan con él lo ven caído en tierra, suponen que está en un desmayo, pues nadie ve el nudo que se había atado alrededor del cuello. Rápidamente lo atraparon en sus brazos y, al levantarlo, encontraron el nudo que se había puesto alrededor del cuello y con el que buscaba quitarse la vida. Cortaron rápidamente el nudo; pero el nudo había herido tanto su garganta que por algún tiempo no pudo hablar; las venas de su cuello y garganta están casi rotas. Ahora no podía hacerse daño, incluso si hubiera deseado hacerlo; sin embargo, está apenado de que hayan puesto sus manos sobre él, y casi se consume de rabia, pues voluntariamente se habría suicidado si nadie hubiera reparado en él. Y ahora, cuando no puede hacerse daño, grita: «¡Ah, vil y desvergonzada muerte! Por amor de Dios, ¿por qué no tuviste el poder y la fuerza para matarme antes de que mi dama muriera? Supongo que fue porque no te dignaste a hacer lo que podría ser una acción bondadosa. Si me perdonaste, debe atribuirse a tu maldad. ¡Ah, qué clase de servicio y bondad es esa! ¡Qué bien los has empleado aquí! ¡Una maldición sobre quien te agradezca o sienta gratitud por tal servicio! No sé qué es más mi enemigo: la vida, que me detiene, o la muerte, que no quiere matarme. Cada una me atormenta mortalmente; y bien merecido lo tengo, así me ayude Dios, que a pesar de mí mismo deba seguir viviendo. Pues debería haberme suicidado tan pronto como mi dama, la Reina, mostró su odio hacia mí; ella no lo hizo sin causa, sino que tuvo alguna buena razón, aunque no sé cuál es. Y si hubiera sabido cuál era antes de que su alma fuera a Dios, le habría hecho una reparación tan rica como la habría complacido y ganado su misericordia. ¡Dios! ¿Cuál pudo haber sido mi crimen? Creo que debe haber sabido que monté sobre la carreta. No sé qué otra causa puede tener para culparme. Esto ha sido mi ruina. Si esta es la razón de su odio, ¡Dios! ¿Qué daño podría hacer este crimen? Cualquiera que me reprochara por tal acto nunca supo lo que es el amor, pues nadie podría mencionar nada que, si fuera impulsado por el amor, deba convertirse en un reproche. Más bien, todo lo que uno puede hacer por su dama amada debe ser considerado como una muestra de su amor y cortesía. Sin embargo, no lo hice por mi "dama amada". No sé con qué nombre llamarla, si "dama amada" o no. No me atrevo a llamarla por este nombre. Pero creo que sé esto del amor: que si ella me amara, no debería estimarme menos por este crimen, sino más bien llamarme su verdadero amante, en la medida en que consideré un honor hacer todo lo que el amor me ordenó hacer, incluso montar sobre una carreta. Ella debería atribuir esto al amor; y esta es una prueba cierta de que el amor prueba así a sus devotos y así aprende quién es realmente suyo. Pero este servicio no complació a mi dama, como descubrí por su semblante. Y sin embargo su amante hizo por ella aquello por lo que muchos lo han reprochado y culpado vergonzosamente, aunque ella fue la causa de ello; y muchos me culpan a mí por el papel que he desempeñado, y han convertido mi dulzura en amargura. En verdad, tal es la costumbre de aquellos que saben tan poco del amor, que incluso el honor lo lavan en la vergüenza. Pero quien sumerge el honor en la vergüenza, no lo lava, sino que más bien lo ensucia. Pero ellos, que lo maltratan tanto, son completamente ignorantes del amor; y él, que no teme sus órdenes, se jacta de ser muy superior a él. Pues, incuestionablemente, le va bien a quien obedece las órdenes del amor, y todo lo que hace es perdonable, pero es un cobarde quien no se atreve».
Así hace Lancelot su lamento, y sus hombres permanecen afligidos a su lado, sujetándolo y guardándolo. Entonces llega la noticia de que la Reina no ha muerto. Entonces Lancelot se reconforta de inmediato, y si su dolor por su muerte había sido antes intenso y profundo, ahora su alegría por su vida era cien mil veces mayor. Y cuando llegaron a seis o siete leguas del castillo donde estaba el rey Bademagu, le fueron dadas noticias gratas de Lancelot, cómo estaba vivo y venía sano y salvo, y estas noticias el rey se alegró de oír. Hizo una cosa muy cortés al ir de inmediato a informar a la Reina. Y ella responde: «Buen señor, puesto que lo decís, creo que es verdad, pero os aseguro que, si él estuviera muerto, nunca volvería a ser feliz. Toda mi alegría sería truncada si un caballero hubiera muerto a mi servicio».
Entonces el rey la deja, y la Reina anhela ardientemente la llegada de su amante y su alegría. No tiene deseo esta vez de guardarle ningún rencor. Pero el rumor, que nunca descansa sino que corre siempre incesantemente, llega de nuevo a la Reina en el sentido de que Lancelot se habría suicidado por su causa, si hubiera tenido la oportunidad. Ella se alegra al pensar que esto es verdad, pero no habría querido que hubiera sucedido así por nada, pues su pesar habría sido demasiado grande. Tras esto llegó Lancelot a toda prisa. Tan pronto como el rey lo ve, corre a besarlo y abrazarlo. Siente como si debiera volar, llevado por la ligereza de su alegría. Pero su satisfacción se ve truncada por aquellos que habían tomado y atado a su invitado, y el rey les dice que han venido en una hora malvada, pues todos serán asesinados y confundidos. Entonces respondieron que pensaban que él lo querría así. «Es a mí a quien habéis insultado al hacer vuestro gusto. Él no tiene razón para quejarse —responde el rey—; no lo habéis avergonzado en absoluto, sino solo a mí, que lo estaba protegiendo. Sin embargo, lo miréis como lo miréis, la vergüenza es mía. Pero si os escapáis de mí ahora, no veréis ninguna broma en esto». Cuando Lancelot oye su ira, hace todo lo posible por hacer las paces y ajustar los asuntos; cuando sus esfuerzos han tenido éxito, el rey lo lleva a ver a la Reina. Esta vez la Reina no bajó sus ojos al suelo, sino que fue a su encuentro alegremente, honrándolo todo lo que pudo y haciéndolo sentar a su lado. Entonces hablaron juntos extensamente de todo lo que tenían en sus corazones, y el amor les proporcionó tanto que decir que los temas no faltaron. Y cuando Lancelot ve cuán bien parado está, y que todo lo que dice encuentra favor con la Reina, le dice en confianza: «Dama, me maravillo mucho de por qué me recibiste con tal semblante cuando me viste anteayer, y por qué no quisiste decirme una palabra: casi muero del golpe que me diste, y no tuve el valor de atreverme a preguntarte sobre ello, como ahora me atrevo a hacer. Estoy listo ahora, dama, a hacer enmienda, cuando me hayáis dicho cuál ha sido el crimen que me ha causado tal angustia». Entonces la Reina responde: «¿Qué? ¿No dudaste por vergüenza montar en la carreta? Mostraste que estabas reacio a subir, cuando dudaste por dos pasos enteros. Esa es la razón por la que no quise dirigirme a ti ni mirarte». «Que Dios me salve de tal crimen de nuevo —responde Lancelot—, y que Dios no me muestre misericordia, ¡si no teníais toda la razón! Por amor de Dios, dama, recibid mi enmienda de inmediato, y decidme, por amor de Dios, si podéis perdonarme alguna vez». «Amigo, estás completamente perdonado —responde la Reina—; te perdono voluntariamente». «Gracias por ello, dama —dice entonces él—; pero no puedo deciros aquí todo lo que me gustaría decir; me gustaría hablar con vos más tranquilamente, si fuera posible». Entonces la Reina señala una ventana con su mirada más que con su dedo, y dice: «Ven a través del jardín esta noche y habla conmigo en aquella ventana, cuando todos adentro se hayan ido a dormir. No podrás entrar: yo estaré dentro y tú fuera: ganar entrada será imposible. Podré tocarte solo con mis labios o mi mano, pero, si te place, me quedaré allí hasta la mañana por amor a ti. Nuestros cuerpos no pueden unirse, pues cerca de mí en mi habitación yace Kay el senescal, quien aún sufre por sus heridas. Y la puerta no está abierta, sino firmemente cerrada y bien guardada. Cuando vengas, cuida de que ningún espía te vea». «Dama —dice él—, si puedo evitarlo, ningún espía me verá que pudiera pensar o hablar mal de nosotros». Entonces, habiendo acordado este plan, se separan muy alegremente.
Lancelot sale de la habitación con un ánimo tan dichoso que todos sus pesares pasados han quedado en el olvido. Pero estaba tan impaciente por que llegara la noche que su inquietud hizo que el día pareciera más largo que cien días comunes o que un año entero. Si tan solo hubiera llegado la noche, habría acudido de buen grado al lugar de la cita. La noche, oscura y sombría, ganó por fin su lucha con el día, lo envolvió en su manto y lo ocultó bajo su capa. Cuando vio que la luz del día se oscurecía, fingió estar cansado y agotado, y dijo que, debido a sus prolongadas vigilias, necesitaba descansar. Vosotros, que habéis hecho lo mismo alguna vez, podéis comprender y adivinar bien que finge estar cansado y se va a la cama para engañar a los de la casa; pero no le importaba nada su lecho, ni habría buscado descanso allí por nada del mundo, pues no habría podido hacerlo ni se habría atrevido, y además, no habría deseado poseer el valor ni el poder para ello. Pronto se levantó con suavidad y le complació hallar que no brillaba ni la luna ni estrella alguna, y que en la casa no ardía vela, lámpara ni linterna. Así salió y miró a su alrededor, pero no había nadie velando por él, pues todos creían que dormiría en su lecho durante toda la noche. Sin escolta ni compañía, salió rápidamente al jardín, sin encontrarse con nadie en el camino, y tuvo la fortuna de hallar que una parte del muro del jardín se había derrumbado recientemente. A través de esta brecha pasa rápidamente y se dirige a la ventana, donde se queda, cuidando mucho de no toser ni estornudar, hasta que llega la Reina vestida con una camisa muy blanca. No llevaba manto ni abrigo, sino que se había echado por encima una capa corta de tela escarlata y piel de musaraña. Tan pronto como Lancelot vio a la Reina apoyada en el alféizar de la ventana tras los grandes barrotes de hierro, la honró con un gentil saludo. Ella le devolvió el saludo prontamente, pues él la deseaba, y ella a él. Su charla y conversación no son de asuntos vulgares o tediosos. Se acercan el uno al otro, hasta que cada uno sostiene la mano del otro. Pero están tan angustiados por no poder unirse más plenamente que maldicen los barrotes de hierro. Entonces Lancelot asegura que, con el consentimiento de la Reina, entrará para estar con ella, y que los barrotes no pueden impedírselo. Y la Reina responde: «¿No ves cuán rígidos son los barrotes para doblarlos y cuán difíciles de romper? Nunca podrías retorcerlos, tirar de ellos o arrastrarlos de tal modo que desalojaras uno solo». «Señora —dice él—, no tengáis miedo de eso. Haría falta más que estos barrotes para impedirme el paso. Nada salvo vuestra orden podría frustrar mi poder para llegar a vos. Si tan solo me otorgáis vuestro permiso, el camino se abrirá ante mí. Pero si no es de vuestro agrado, entonces el camino está tan obstruido que no podría pasar de ninguna manera». «Ciertamente —dice ella—, consiento. Mi voluntad no tiene por qué interponerse en vuestro camino; pero debéis esperar hasta que yo me retire de nuevo a mi lecho, para que no os sobrevenga ningún daño, pues no sería ninguna broma ni chanza si el senescal, que duerme aquí, se despertara al oíros. Así que es mejor que me retire, pues no saldría nada bueno de ello si me viera aquí de pie». «Id pues, señora —responde él—; pero no tengáis miedo de que haga ruido alguno. Creo que puedo extraer los barrotes con tanta suavidad y con tan poco esfuerzo que nadie se despertará».
Entonces la Reina se retira y él se prepara para aflojar la ventana. Agarrando los barrotes, tira de ellos y los tuerce hasta que los hace doblarse y los arrastra fuera de sus lugares. Pero el hierro era tan afilado que el extremo de su dedo meñique fue cortado hasta el nervio, y la primera articulación del dedo siguiente fue desgarrada; mas quien está concentrado en otra cosa no prestó atención a ninguna de sus heridas ni a la sangre que goteaba. Aunque la ventana no está baja, Lancelot pasa a través de ella con rapidez y facilidad. Primero encuentra a Kay dormido en su lecho, luego llega al lecho de la Reina, a quien adora y ante quien se arrodilla, estimándola más preciada que la reliquia de cualquier santo. Y la Reina extiende sus brazos hacia él y, abrazándolo, lo aprieta contra su pecho, atrayéndolo al lecho junto a ella y mostrándole toda satisfacción posible; su amor y su corazón se entregan a él. Es el amor lo que la impulsa a tratarlo así; y si ella siente un gran amor por él, él siente cien mil veces más por ella. Pues no hay amor alguno en otros corazones comparado con el que hay en el suyo; en su corazón el amor estaba tan completamente encarnado que era tacaño para con todos los demás corazones. Ahora Lancelot posee todo lo que desea, cuando la Reina busca voluntariamente su compañía y amor, y cuando él la sostiene en sus brazos, y ella lo sostiene en los suyos. Sus juegos son tan agradables y dulces, mientras se besan y acarician, que en verdad les invade una alegría tan maravillosa como nunca se oyó ni se conoció. Pero su alegría no será revelada por mí, pues en una historia no tiene lugar. Sin embargo, la más selecta y deliciosa satisfacción fue precisamente aquella de la que nuestra historia no debe hablar. Aquella noche la alegría y el placer de Lancelot fueron muy grandes. Pero, para su pesar, llega el día en que debe abandonar el lado de su señora. Le costó tanto dolor dejarla que sufrió la agonía de un verdadero mártir. Su corazón se queda ahora donde permanece la Reina; no tiene poder para llevárselo, pues encuentra tanto placer en la Reina que no tiene deseo de dejarla: así, su cuerpo se marcha, y su corazón permanece. Pero queda suficiente de su cuerpo atrás para manchar y teñir las sábanas con la sangre que ha caído de sus dedos. Lleno de suspiros y lágrimas, Lancelot se marcha con gran aflicción. Se lamenta de que no haya tiempo fijado para otro encuentro, pero no puede ser. Con pesar sale por la ventana a través de la cual había entrado tan felizmente. Estaba tan gravemente herido en los dedos que se encontraban en lamentable estado; sin embargo, enderezó los barrotes y los puso de nuevo en su lugar, de modo que ni por un lado ni por otro, ni por delante ni por detrás, era evidente que alguien hubiera extraído o doblado ninguno de los barrotes. Cuando sale de la habitación, hace una reverencia y actúa exactamente como si estuviera ante un santuario; luego se va con el corazón apesadumbrado y llega a su alojamiento sin ser reconocido por nadie. Se lanza desnudo sobre su lecho sin despertar a nadie, y entonces, por primera vez, se sorprende al notar los cortes en sus dedos; pero no le preocupa en absoluto, pues está muy seguro de que la herida fue causada por arrastrar los barrotes de la ventana desde el muro. Por tanto, no estaba en absoluto preocupado, pues habría preferido que le hubieran arrancado ambos brazos del cuerpo antes que no entrar por la ventana. Pero se habría sentido muy enfadado y angustiado si se hubiera hecho daño y herido de tal manera en cualquier otra circunstancia.
Por la mañana, dentro de su habitación con cortinas, la Reina había caído en un sueño ligero; no se había percatado de que sus sábanas estaban manchadas de sangre, sino que supuso que estaban perfectamente blancas, limpias y presentables. Ahora Meleagant, tan pronto como estuvo vestido y listo, fue a la habitación donde yacía la Reina. La encuentra despierta y ve las sábanas manchadas con gotas frescas de sangre, ante lo cual da un codazo a sus compañeros y, sospechando alguna fechoría, mira el lecho de Kay el senescal y ve que sus sábanas también están manchadas de sangre, pues debéis saber que en la noche sus heridas habían comenzado a sangrar de nuevo. Entonces dijo: «Señora, ahora he encontrado la prueba que deseaba. Es muy cierto que cualquier hombre es un necio al intentar confinar a una mujer: desperdicia sus esfuerzos y sus penas. Quien intenta mantenerla bajo guardia la pierde antes que el hombre que no piensa en ella. ¡Una buena vigilancia, en verdad, ha sido mantenida por mi padre, quien os está guardando en mi nombre! Ha logrado impediros el paso hacia mí, pero, a pesar de él, Kay el senescal os ha visto anoche, y ha hecho lo que ha querido con vos, como puede probarse fácilmente». «¿Qué es eso?», pregunta ella. «Como debo hablar, encuentro sangre en vuestras sábanas, lo cual prueba el hecho. Lo sé y puedo probarlo, porque encuentro en vuestras sábanas y en las suyas la sangre que brotó de sus heridas: la evidencia es muy fuerte». Entonces la Reina vio en ambos lechos las sábanas ensangrentadas y, maravillada, se sonrojó de vergüenza y dijo: «Así me ayude Dios, esta sangre que veo sobre mis sábanas nunca fue traída aquí por Kay, sino que mi nariz sangró durante la noche, y supongo que debe ser de mi nariz». Al decir esto, piensa que dice la verdad. «Por mi cabeza —dice Meleagant—, no hay nada en lo que decís. Jurar no sirve de nada, pues habéis sido atrapada en vuestra culpa, y la verdad pronto será probada». Entonces dijo a los guardias que estaban presentes: «Caballeros, no os mováis, y aseguraos de que las sábanas no sean retiradas del lecho hasta que yo regrese. Deseo que el rey me haga justicia, tan pronto como haya visto la verdad». Luego buscó hasta que lo encontró, y cayendo a sus pies, dijo: «Señor, venid a ver lo que no habéis logrado guardar. Venid a ver a la Reina, y veréis las maravillas ciertas que ya he visto y comprobado. Pero, antes de que vayáis, os ruego que no dejéis de ser justo y recto conmigo. Sabéis bien a qué peligro me he expuesto por la Reina; sin embargo, no sois amigo mío y la mantenéis lejos de mí bajo guardia. Esta mañana fui a verla a su lecho, y observé que Kay yace con ella cada noche. Señor, por el amor de Dios, no os enfadéis si estoy descontento y si me quejo. Pues es muy humillante para mí ser odiado y despreciado por alguien con quien se le permite yacer a Kay». «¡Silencio! —dice el rey—; no lo creo». «Entonces venid, mi señor, y ved las sábanas y el estado en el que Kay las ha dejado. Puesto que no creeréis mis palabras, y puesto que pensáis que estoy mintiendo, os mostraré las sábanas y la colcha cubiertas con la sangre de las heridas de Kay». «Vamos pues —dice el rey—, deseo ver por mí mismo, y mis ojos juzgarán la verdad». Entonces el rey va directamente a la habitación, donde la Reina se levantó a su llegada. Él ve que las sábanas están manchadas de sangre en su lecho y en el de Kay por igual y dice: «Señora, va mal la cosa ahora, si lo que mi hijo ha dicho es verdad». Entonces ella responde: «Así me ayude Dios, nunca ni en sueños se pronunció una mentira tan monstruosa. Creo que Kay el senescal es lo suficientemente cortés y leal como para no cometer tal acto, y además, no expongo mi cuerpo en la plaza pública, ni lo ofrezco por mi propia voluntad. Ciertamente, Kay no es el hombre para hacerme una propuesta insultante, y nunca he deseado y nunca desearé hacer tal cosa yo misma». «Señor, os estaré muy agradecido —dice Meleagant a su padre—, si se hace que Kay pague por este ultraje, y la vergüenza de la Reina sea así expuesta. Os corresponde ver que se haga justicia, y esta justicia ahora la solicito y reclamo. Kay ha traicionado al Rey Arturo, su señor, quien tenía tal confianza en él que le confió lo que más amaba en el mundo». «Dejadme responder, señor —dice Kay—, y me exoneraré. ¡Que Dios no tenga piedad de mi alma cuando deje este mundo, si alguna vez yací con mi señora! En verdad, preferiría estar muerto antes que hacerle a mi señor un mal tan feo, y que Dios nunca me conceda mejor salud de la que tengo ahora, sino que me mate en el acto, ¡si tal pensamiento alguna vez entró en mi mente! Pero sé que mis heridas sangraron profusamente anoche, y esa es la razón por la que mis sábanas están manchadas de sangre. Esa es la razón por la que vuestro hijo me sospecha, pero ciertamente no tiene derecho a hacerlo». Y Meleagant le responde: «Así me ayude Dios, los diablos y demonios os han traicionado. Os calentasteis demasiado anoche y, como resultado de vuestros esfuerzos, vuestras heridas sin duda han sangrado de nuevo. No tiene sentido que lo neguéis; podemos verlo, y es perfectamente evidente. Es justo que pague por su crimen quien es tan claramente atrapado en su culpa. Nunca un caballero con tan buen nombre cometió tales iniquidades como esta, y vuestra es la vergüenza por ello». «Señor, señor —dice Kay al rey—, defenderé a la Reina y a mí mismo contra la acusación de vuestro hijo. Me acosa y me angustia, aunque no tiene fundamento para tratarme así». «No podéis luchar —responde el rey—, estáis demasiado enfermo». «Señor, si me lo permitís, lucharé con él, enfermo como estoy, y le mostraré que no soy culpable del crimen que me imputa». Pero la Reina, habiendo enviado secretamente recado a Lancelot, le dice al rey que presentará a un caballero que defenderá al senescal, si Meleagant se atreve a insistir en este cargo. Entonces Meleagant dijo de inmediato: «No hay caballero sin excepción, aunque fuera un gigante, contra quien no lucharé hasta que uno de nosotros sea derrotado». Entonces entró Lancelot, y con él tal tropa de caballeros que toda la sala estaba llena de ellos. Tan pronto como entró, al oír de todos, tanto jóvenes como viejos, la Reina contó lo que había sucedido y dijo: «Lancelot, este insulto me ha sido hecho por Meleagant. En presencia de todos los que oyen sus palabras dice que he mentido, si no lo hacéis retractarse. Anoche, afirmó, Kay yacía conmigo, porque encontró mis sábanas, como las suyas, todas manchadas de sangre; y dice que está convicto, a menos que emprenda su propia defensa, o a menos que alguien más luche la batalla en su nombre». Lancelot dice: «Nunca necesitáis usar argumentos conmigo. ¡Que no plazca a Dios que ni vos ni él seáis así desacreditados! Estoy listo para luchar y probar hasta donde alcance mi poder que nunca fue culpable de tal pensamiento. Estoy listo para emplear mi fuerza en su nombre y defenderlo contra este cargo». Entonces Meleagant se levantó de un salto y dijo: «Así me ayude Dios, estoy complacido y bien satisfecho con eso: nadie piense que me opongo». Y Lancelot dijo: «Mi señor rey, estoy bien familiarizado con demandas y leyes, con juicios y veredictos: en una cuestión de veracidad un juramento debe ser tomado antes de la lucha». Meleagant responde de inmediato: «Accedo a prestar juramento; así que que las reliquias sean traídas de inmediato, pues sé bien que tengo razón». Y Lancelot le responde: «Así me ayude Dios, nadie que haya conocido alguna vez a Kay el senescal dudaría de su palabra en tal punto». Entonces piden sus caballos y piden que les traigan sus armas. Esto se hace prontamente, y cuando los criados los hubieron armado, estaban listos para la lucha. Entonces las santas reliquias son traídas; Meleagant da un paso adelante, con Lancelot a su lado, y ambos caen de rodillas. Entonces Meleagant, poniendo sus manos sobre las reliquias, jura sin reservas: «Así me ayude Dios y esta santa reliquia, Kay el senescal yacía con la Reina en su lecho anoche y tuvo su placer con ella». «Y yo juro que mientes —dice Lancelot—, y además juro que ni yacía con ella ni la tocó. ¡Y que plazca a Dios tomar venganza sobre quien ha mentido, y que Él traiga la verdad a la luz! Además, tomaré otro juramento y juraré, quienquiera que pueda disgustarle o estar descontento, que si se me permite vencer a Meleagant hoy, no le mostraré piedad, ¡así me ayuden Dios y estas reliquias aquí!». El rey no sintió alegría alguna cuando escuchó este juramento.
Una vez prestados los juramentos, trajeron sus caballos, que eran hermosos y buenos en todos los sentidos. Cada uno monta el suyo y cabalgan de inmediato el uno hacia el otro tan rápido como los corceles pueden llevarlos; y cuando los caballos están a media carrera, los caballeros chocan con tal ferocidad que no queda nada de las lanzas en sus manos. Cada uno derriba al otro; sin embargo, no se desalientan, sino que se levantan al instante y se atacan con sus espadas desnudas y afiladas. Las chispas ardientes vuelan por el aire desde sus yelmos. Se acometen con tanta amargura con las espadas desnudas en sus manos que, mientras estocan y retraen, se encuentran con sus golpes y no quieren detenerse ni siquiera para recuperar el aliento. El rey, en su dolor y ansiedad, llamó a la Reina, que había subido a la torre para mirar desde el balcón: le rogó por el amor de Dios, el Creador, que dejara que los separaran. «Lo que sea de su agrado es aceptable para mí», dice la Reina con honestidad: «no me opondré a nada de lo que haga». Lancelot escuchó claramente qué respuesta dio la Reina a la petición del rey, y desde ese momento dejó de luchar y renunció a la contienda al instante. Pero Meleagant no desea detenerse, y continúa golpeándolo y cortándolo. Pero el rey se interpone entre ellos y detiene a su hijo, quien declara bajo juramento que no tiene deseo alguno de paz. Quiere luchar y no le importa la paz. Entonces el rey le dice: «Cállate, acepta mi consejo y sé sensato. No vendrá a ti vergüenza ni daño alguno si haces lo que es correcto y atiendes mis palabras. ¿No recuerdas que has acordado luchar contra él en la corte del Rey Arturo? ¿Y no supones que sería un honor mucho mayor para ti derrotarlo allí que en cualquier otro lugar?». El rey dice esto para ver si puede influir en él de tal manera que lo apacigüe y los separe. Y Lancelot, que estaba impaciente por ir en busca de mi señor Gawain, pide permiso al rey y a la Reina para partir. Con su venia se aleja hacia el puente del agua, y tras él siguió una gran compañía de caballeros. Pero le habría venido muy bien que muchos de los que fueron se hubieran quedado atrás. Hacen largas jornadas de camino hasta que se acercan al puente del agua, pero aún están a una legua de distancia. Antes de que divisaran el puente, un enano salió a su encuentro sobre un poderoso corcel de caza, sosteniendo un azote con el que urgir e incitar a su cabalgadura. De acuerdo con sus instrucciones, preguntó de inmediato: «¿Cuál de vosotros es Lancelot? No me lo ocultéis; soy de vuestra parte; decidme con confianza, pues hago la pregunta por vuestro bien». Lancelot responde en su propio nombre y dice: «Soy aquel a quien buscas y por quien preguntas». «Ah», dice el enano, «noble caballero, deja a esta gente y confía en mí. Ven conmigo a solas, pues te llevaré a un lugar excelente. Que nadie te siga por nada, sino que esperen aquí; pues volveremos pronto». Él, sin sospechar daño alguno en esto, ordena a todos sus hombres que permanezcan allí y sigue al enano que lo ha traicionado. Mientras tanto, sus hombres que lo esperan pueden seguir aguardándolo largo tiempo en vano, pues ellos, que lo han tomado y apresado, no tienen deseo alguno de entregarlo. Y sus hombres están en tal estado de aflicción por su falta de retorno que no saben qué medidas tomar. Todos dicen con pesar que el enano los ha traicionado. Sería inútil preguntar por él: con el corazón apesadumbrado comienzan la búsqueda, pero no saben dónde buscarlo con esperanza alguna de encontrarlo. Así que todos deliberan, y los más razonables y sensatos están de acuerdo en esto, al parecer: ir al paso del puente del agua, que está cerca, para ver si pueden encontrar a mi señor Gawain en el bosque o en la llanura, y luego, con su consejo, buscar a Lancelot. En este plan coinciden todos sin disensión. Hacia el puente del agua se dirigen, y tan pronto como llegan al puente, ven a mi señor Gawain volcado y caído desde el puente a la corriente, que es muy profunda. Un momento se eleva y al siguiente se hunde; un momento lo ven y al siguiente lo pierden de vista. Hacen tales esfuerzos que logran sacarlo con ramas, pértigas y ganchos. No tenía más que su cota de malla a la espalda, y sobre su cabeza estaba fijo su yelmo, que valía por diez de los comunes, y llevaba sus grebas de hierro, que estaban todas oxidadas por el sudor, pues había soportado grandes pruebas y había pasado victoriosamente por muchos peligros y asaltos. Su lanza, su escudo y su caballo quedaron atrás en la otra orilla. Aquellos que lo han rescatado no creen que esté vivo. Pues su cuerpo estaba lleno de agua, y hasta que no se deshizo de ella, no lo oyeron pronunciar palabra. Pero cuando su habla, su voz y el conducto hacia su corazón quedan libres, y tan pronto como lo que dijo pudo ser oído y entendido, intentó hablar y preguntó de inmediato por la Reina, si los presentes tenían noticias de ella. Y ellos respondieron que todavía está con el Rey Bademagu, quien le sirve bien y honorablemente. «¿No ha venido nadie a buscarla a esta tierra?», pregunta entonces mi señor Gawain. Y ellos le responden: «Sí, ciertamente». «¿Quién?». «Lancelot del Lago», dicen, «quien cruzó el puente de la espada y la rescató y liberó, así como al resto de nosotros. Pero hemos sido traicionados por un enano barrigón, jorobado y malhumorado. Nos ha engañado vergonzosamente al seducir a Lancelot lejos de nosotros, y no sabemos qué ha hecho con él». «¿Cuándo fue eso?», pregunta mi señor Gawain. «Señor, cerca de aquí este mismo día nos jugaron esta treta, mientras él venía con nosotros para encontraros». «¿Y cómo ha estado ocupado Lancelot desde que entró en esta tierra?». Entonces comienzan a contarle todo sobre él detalladamente, y luego le hablan de la Reina, cómo ella lo espera y afirma que nada podría inducirla a abandonar el país hasta que lo vea o tenga noticias creíbles de él. A ellos, mi señor Gawain responde: «Cuando dejemos este puente, iremos a buscar a Lancelot». No hay uno solo que no aconseje más bien que vayan a la Reina de inmediato y hagan que el rey busque a Lancelot, pues es su opinión que su hijo Meleagant ha mostrado su enemistad al hacerlo arrojar a prisión. Pero si el rey puede saber dónde está, sin duda hará que se lo entregue: pueden confiar en ello con seguridad.
Todos estuvieron de acuerdo con este plan y emprendieron el camino de inmediato hasta que se acercaron a la corte donde estaban la Reina y el rey. Allí estaba también Kay el senescal y aquel hombre desleal, lleno hasta los topes de traición, que ha despertado la mayor ansiedad por Lancelot por parte del grupo que ahora llega. Sienten que han sido derrotados y traicionados, y lamentan profundamente su desdicha. No es un mensaje amable el que informa de este duelo a la Reina. Sin embargo, ella se comporta con la mayor gracia posible. Resuelve soportarlo, como debe, por el bien de mi señor Gawain. No obstante, no oculta su dolor de modo que no se note un poco. Tiene que mostrar a la vez alegría y pesar: su corazón está vacío por Lancelot, y a mi señor Gawain le muestra una alegría excesiva. Todo aquel que oye hablar de la pérdida de Lancelot está afligido y fuera de sí. El rey se habría alegrado de la llegada de mi señor Gawain y habría estado encantado con su compañía, pero está tan apenado y angustiado por la traición a Lancelot que está postrado y lleno de pesar. Y la Reina le suplica insistentemente que haga que lo busquen, de arriba abajo por toda la tierra, sin postergación ni demora. Mi señor Gawain y Kay y todos los demás se unen a esta súplica y petición. «Dejadme este cuidado a mí y no habléis más de ello», responde el rey, «pues he estado listo para hacerlo desde hace tiempo. Sin necesidad de súplica ni oración, esta búsqueda se llevará a cabo con minuciosidad». Todos hacen una reverencia en señal de gratitud, y el rey envía de inmediato mensajeros por todo su reino, hombres de armas sagaces y prudentes, que preguntaron por él por toda la tierra. Indagaron por él en todas partes, pero no obtuvieron noticias certeras. Al no encontrar nada, regresan al lugar donde permanecen los caballeros; entonces Gawain y Kay y todos los demás dicen que irán en su busca, plenamente armados y con la lanza en ristre; no confiarán en enviar a nadie más.
Un día después de la cena estaban todos en el salón poniéndose sus armas, y se había llegado al punto en que no había nada que hacer más que partir, cuando un criado entró y pasó junto a todos hasta llegar ante la Reina, ¡cuyas mejillas no eran en absoluto sonrosadas! Pues estaba de tal duelo por Lancelot, de quien no tenía noticias, que había perdido todo su color. El criado la saludó, así como al rey, que estaba a su lado, y luego a todos los demás, y a Kay y a mi señor Gawain. Sostenía una carta en la mano que entregó al rey, quien la tomó. El rey hizo que la leyeran en presencia de todos por alguien que no cometió error alguno al leerla. El lector sabía muy bien cómo comunicarles lo que estaba escrito en el pergamino: dice que Lancelot envía saludos al rey como su buen señor, y le agradece el honor y la amabilidad que le ha mostrado, y que ahora se pone a las órdenes del rey. Y sabed que ahora está sano y salvo en la corte del Rey Arturo, y le pide que le diga a la Reina que vaya allí, si ella consiente, en compañía de mi señor Gawain y Kay. Como prueba de lo cual, estampó su firma, la cual debían reconocer, como de hecho hicieron. Ante esto se sintieron muy felices y alegres; toda la corte resuena con su júbilo, y dicen que partirán al día siguiente tan pronto como aclare. Así, cuando rompió el día, se alistan y se preparan: se levantan, montan y parten. Con gran alegría y júbilo, el rey los escolta durante un largo trecho de su camino. Cuando los ha conducido hasta la frontera y los ha visto cruzar a salvo el límite, se despide de la Reina y, del mismo modo, de todos los demás. Y cuando llega el momento de despedirse, la Reina se cuida de expresar su gratitud por toda la amabilidad que le ha mostrado, y rodeando su cuello con sus brazos, le ofrece y promete su propio servicio y el de su señor: no puede hacer mayor promesa. Y mi señor Gawain promete su servicio a él, como a su señor y amigo, y luego Kay hace lo mismo, y todos los demás. Entonces el rey los encomienda a Dios mientras emprenden su camino. Tras estos tres, se despide de los demás y luego vuelve su rostro hacia casa. La Reina y su compañía no se demoran ni un solo día hasta que llegan noticias de ellos a la corte. El Rey Arturo estaba encantado con la noticia de la llegada de la Reina, y está feliz y complacido al pensar que su sobrino había logrado el regreso de la Reina, así como el de Kay y el de la gente menor. Pero la verdad es bastante diferente de lo que él piensa. Toda la ciudad se despeja mientras van a su encuentro, y caballeros y vasallos se unen en gritos a medida que se acercan: «¡Bienvenido sea mi señor Gawain, que ha traído de vuelta a la Reina y a muchas otras damas cautivas, y ha liberado para nosotros a muchos prisioneros!». Entonces Gawain les respondió: «Caballeros, no merezco vuestro elogio. No os molestéis en decir esto nunca más, pues el cumplido no se aplica a mí. Este honor solo me causa vergüenza, pues no llegué a tiempo ante la Reina; mi detención me retrasó. Pero Lancelot llegó allí a tiempo y ganó tal honor como nunca fue ganado por ningún otro caballero». «¿Dónde está, pues, hermoso y querido señor, pues no lo vemos aquí?». «¿Dónde?», repite mi señor Gawain; «en la corte de mi señor el Rey, ciertamente. ¿No está él allí?». «No, no está aquí, ni en ninguna otra parte de este país. Desde que se llevaron a mi señora, no hemos tenido noticias de él». Entonces, por primera vez, mi señor Gawain comprendió que la carta había sido falsificada, y que habían sido traicionados y engañados: por la carta habían sido inducidos a error. Entonces todos comienzan a lamentarse, y llegan así llorando a la corte, donde el Rey pregunta de inmediato por información sobre el asunto. Había muchos que podían contarle cuánto había hecho Lancelot, cómo la Reina y todos los cautivos fueron liberados de su cautiverio por él, y con qué traición el enano lo había robado y alejado de ellos. Esta noticia no es agradable para el Rey, y está muy apenado y lleno de pesar; pero su corazón se aligera tanto por el placer que siente con el regreso de la Reina, que su dolor concluye en alegría. Cuando tiene lo que más desea, poco le importa el resto.
Mientras la Reina estaba fuera del país, creo, las damas y las doncellas que estaban desconsoladas decidieron entre ellas que se casarían pronto, y organizaron un certamen y un torneo. La dama de Noauz era la patrona, junto con la dama de Pomelegloi. No quieren saber nada de aquellos a quienes les va mal, sino que afirman que aceptarán a aquellos que se comporten bien en el torneo. Y hicieron que se proclamara la fecha del certamen con mucha antelación en todos los países cercanos y lejanos, para que hubiera más participantes. Ahora bien, la Reina llegó antes de la fecha que habían fijado, y tan pronto como las damas supieron del regreso de la Reina, la mayoría vino de inmediato ante el Rey y le suplicaron que les concediera un favor y gracia, lo cual hizo. Prometió hacer lo que ellas quisieran, antes de saber cuál podría ser su deseo. Entonces le dijeron que deseaban que dejara que la Reina asistiera a su certamen. Y él, que no estaba acostumbrado a prohibir, dijo que estaba dispuesto, si ella así lo deseaba. En estado de felicidad van a la Reina y le dicen: «Señora, no nos privéis de la gracia que el Rey nos ha concedido». Entonces ella les pregunta: «¿Cuál es esa? ¡No dejéis de decírmelo!». Entonces le dicen: «Si venís a nuestro torneo, él no os contradirá ni se interpondrá». Entonces ella dijo que iría, ya que él estaba dispuesto a que ella fuera. Rápidamente las damas envían noticias por todo el reino de que van a llevar a la Reina el día fijado para el torneo. La noticia se extendió por todas partes, aquí y allá, hasta que llegó al reino de donde nadie solía regresar —pero ahora cualquiera que lo deseara podía entrar o salir sin oposición—. La noticia viajó por este reino hasta que llegó a un senescal del infiel Meleagant —¡que un fuego maligno lo queme!—. Este senescal tenía a Lancelot bajo su custodia, pues a él le había sido confiado por su enemigo Meleagant, quien lo odiaba con odio mortal. Lancelot se enteró de la hora y la fecha del torneo, y tan pronto como supo de ello, sus ojos no estuvieron libres de lágrimas ni su corazón alegre. La dama de la casa, viendo a Lancelot triste y pensativo, le habló así: «Señor, por amor de Dios y por el bien de vuestra propia alma, decidme la verdad», dijo la dama, «por qué estáis tan cambiado. No queréis comer ni beber nada, y veo que no os divertís ni reís. Podéis decirme con confianza por qué estáis tan triste y preocupado». «Ah, señora, por amor de Dios, ¡no os sorprendáis de que esté triste! Verdaderamente, estoy muy abatido, ya que no puedo estar presente donde se reunirá todo lo bueno del mundo: es decir, en el torneo donde habrá una reunión de la gente que hace temblar la tierra. Sin embargo, si os pluguiera, y si Dios inclinara vuestro corazón a dejarme ir allí, podéis estar segura de que tendría cuidado de regresar a mi cautiverio aquí». «Lo haría con gusto», respondió ella, «si no viera que mi muerte y destrucción serían el resultado. Pero tengo tal terror de mi señor, el despreciable Meleagant, que no me atrevería a hacerlo, pues mataría a mi marido de inmediato. No es extraño que le tenga miedo, pues, como sabéis, es muy malo». «Señora, si teméis que no regrese a vos de inmediato después del torneo, haré un juramento que nunca romperé, que nada me impedirá regresar de inmediato a mi prisión aquí tan pronto como termine el torneo». «Por mi palabra», dijo ella, «lo permitiré con una condición». «Señora, ¿qué condición es esa?». Entonces ella responde: «Señor, con la condición de que juréis regresar a mí y prometáis que tendré vuestro amor». «Señora, os doy todo el amor que tengo y juro volver». Entonces la dama ríe y dice: «No tengo motivos para alardear de tal regalo, pues sé que habéis otorgado a otra persona el amor que acabo de pedir. Sin embargo, no desdeño tomar tanto como pueda obtener. Me daré por satisfecha con lo que pueda tener y aceptaré vuestro juramento de que seréis tan considerado conmigo como para regresar aquí como prisionero».
Conforme a su deseo, Lancelot jura por la Santa Iglesia que regresará sin falta. Y la dama le entrega al punto las armas bermejas de su señor, y su caballo, que era maravillosamente bueno, fuerte y bravo. Él monta y parte, armado con hermosas armas nuevas, y prosigue hasta llegar a Noauz. Se puso de parte de este bando en el torneo y tomó alojamiento fuera de la ciudad. Jamás un hombre tan noble eligió un alojamiento tan pequeño y humilde; pero no deseaba alojarse donde pudiera ser reconocido. Había muchos caballeros buenos y excelentes reunidos dentro de la ciudad. Pero había muchos más fuera, pues tantos habían acudido por la presencia de la Reina que ni la quinta parte podía acomodarse dentro. Pues por cada uno que habría estado allí en circunstancias ordinarias, había siete que no habrían venido de no ser por la Reina. Los barones estaban aposentados en tiendas, albergues y pabellones a cinco leguas a la redonda. Además, era maravilloso ver cuántas damas gentiles y doncellas había allí. Lancelot colocó su escudo fuera de la puerta de su alojamiento y luego, para estar más cómodo, se despojó de sus armas y se tendió sobre un lecho que tenía en poca estima; pues era estrecho, tenía un jergón delgado y estaba cubierto con una basta tela de cáñamo. Lancelot se había arrojado sobre el lecho desarmado por completo, y mientras yacía allí en tan pobre estado, ¡he aquí! que entró un tipo en mangas de camisa; era un heraldo de armas, y había dejado su casaca y sus zapatos en la taberna como prenda; así que venía corriendo descalzo y expuesto al viento. Vio el escudo colgado fuera de la puerta y lo observó: pero, naturalmente, no lo reconoció ni supo a quién pertenecía, ni quién era el portador del mismo. Ve la puerta de la casa entreabierta y, al entrar, ve a Lancelot sobre el lecho, y en cuanto lo vio, lo reconoció y se santiguó. Y Lancelot le hizo una señal y le ordenó que no hablara de él dondequiera que fuese, pues si contara que lo conocía, más le valdría que le sacaran los ojos o le rompieran el cuello. «Señor», dice el heraldo, «siempre os he tenido en alta estima, y mientras viva, jamás haré nada que os cause disgusto». Entonces sale corriendo de la casa y grita a grandes voces: «¡Ahora ha llegado aquel que tomará la medida! ¡Ahora ha llegado aquel que tomará la medida!». El tipo grita esto por todas partes, y la gente acude de todos lados y le pregunta qué significa su grito. No es tan temerario como para responderles, sino que sigue gritando las mismas palabras: «¡Ahora ha llegado aquel que tomará la medida!». Este heraldo fue el maestro de todos nosotros cuando nos enseñó a usar la frase, pues fue el primero en hacer uso de ella.
Ahora la multitud estaba reunida, incluyendo a la Reina y a todas las damas, los caballeros y las demás gentes, y había muchos hombres de armas por todas partes, a diestra y siniestra. En el lugar donde había de celebrarse el torneo, había unas grandes gradas de madera para uso de la Reina con sus damas y doncellas. Jamás se vieron gradas tan hermosas; eran largas y estaban bien construidas. Hacia allí se dirigieron las damas con la Reina, deseosas de ver quién saldría mejor o peor librado en el combate. Los caballeros llegan de diez en diez, de veinte en veinte y de treinta en treinta, aquí ochenta y allá noventa, aquí cien, allí todavía más, y más allá el doble aún; de modo que la presión es tan grande frente a las gradas y alrededor que deciden comenzar la justa. A medida que se reúnen, armados y desarmados, sus lanzas sugieren la apariencia de un bosque, pues quienes han acudido al deporte trajeron tantas lanzas que no hay nada a la vista salvo lanzas, pendones y estandartes. Los que van a participar comienzan a justar, y encuentran a muchos de sus compañeros que habían acudido con similar intención. Otros tantos se preparan para realizar otras hazañas de caballería. Los campos, prados y tierras de labor están tan llenos de caballeros que es imposible estimar cuántos hay allí. Pero no había rastro de Lancelot en esta primera reunión de caballeros; pero más tarde, cuando entró en el centro del campo, el heraldo lo vio y no pudo contenerse de gritar: «¡Ved a aquel que tomará la medida! ¡Ved a aquel que tomará la medida!». Y la gente le pregunta quién es, pero él no les revela nada.
Cuando Lancelot entró en el torneo, era tan bueno como veinte de los mejores, y comenzó a luchar con tal denuedo que nadie podía apartar los ojos de él, dondequiera que estuviese. En el bando de Pomelegloi había un caballero valiente y valeroso, y su caballo era fogoso y más veloz que un ciervo salvaje. Era el hijo del rey de Irlanda, y luchaba bien y con gallardía. Pero el caballero desconocido les complacía a todos cien veces más. Con asombro, todos se apresuran a preguntar: «¿Quién es este caballero que lucha tan bien?». Y la Reina llamó privadamente a una doncella astuta y sabia y le dijo: «Doncella, debes llevar un mensaje, y hazlo pronto y con pocas palabras. Baja de la tribuna, acércate a aquel caballero del escudo bermellón y dile en privado que le ordeno que haga su "peor" esfuerzo». Ella va rápidamente y, con inteligencia, ejecuta la orden de la Reina. Buscó al caballero hasta que estuvo cerca de él; entonces le dijo con prudencia y con una voz tan baja que nadie de los que estaban cerca pudiera oír: «Señor, mi señora la Reina os envía a decir por mi medio que hagáis vuestro "peor" esfuerzo». Cuando él la oyó, respondió: «Muy de buen grado», como quien es enteramente suyo. Entonces arremete contra otro caballero con toda la fuerza que su caballo puede llevarlo, y falla su estocada, la cual debería haberle alcanzado. Desde ese momento hasta que cayó la tarde, continuó obrando tan mal como le fue posible, de acuerdo con el deseo de la Reina. Pero el otro, que luchaba con él, no falló su estocada, sino que le golpeó con tal violencia que resultó malparado. Acto seguido emprendió la huida, y desde entonces nunca volvió la cabeza de su caballo hacia ningún caballero, y aunque le fuera la vida en ello, no haría nada a menos que viera en ello su vergüenza, desgracia y deshonor; incluso finge tener miedo de todos los caballeros que pasan de un lado a otro. Y los mismos caballeros que antes le estimaban, ahora le lanzaban burlas y escarnios. Y el heraldo, que había estado diciendo: «¡Él los vencerá a todos uno por uno!», se siente muy abatido y desconcertado cuando oye las bromas despreciativas de aquellos que gritan: «¡Amigo, no digas más! Este sujeto no volverá a tomar la medida de nadie. Ha medido tanto que su vara está rota, de lo cual tanto te has jactado ante nosotros». Muchos dicen: «¿Qué va a hacer? Estaba tan valiente hace un momento; pero ahora es tan cobarde que no hay caballero a quien se atreva a enfrentar. La causa de su éxito inicial debe ser que nunca antes había participado en las armas, y estuvo tan valiente en su primer ataque que el caballero más diestro no se atrevió a resistirle, pues luchaba como un hombre salvaje. Pero ahora ha aprendido tanto de las armas que no deseará volver a portarlas en toda su vida. Su corazón ya no puede soportar el pensamiento, pues no hay nada más cobarde que su corazón». Y la Reina, mientras lo observa, está feliz y bien complacida, pues sabe muy bien, aunque no lo diga, que este es, sin duda, Lancelot. Así, durante todo el día hasta el anochecer, desempeñó su papel de cobarde, y al final de la tarde se separaron. Al partir, hubo una gran discusión sobre quién lo había hecho mejor. El hijo del rey de Irlanda piensa que, sin duda ni contradicción, él posee toda la gloria y el renombre. Pero se equivoca gravemente, pues había muchos otros tan buenos como él. Incluso el caballero bermellón complació tanto a las más bellas y gentiles de las damas y doncellas que lo habían contemplado más que a cualquier otro caballero, pues habían notado cuán bien luchó al principio y cuán excelente y valiente fue; luego se había vuelto tan cobarde que no se atrevía a enfrentar a un solo caballero, e incluso el peor de ellos podía derrotarlo y capturarlo a voluntad. Pero caballeros y damas estuvieron de acuerdo en que al día siguiente regresarían a la liza, y que las doncellas elegirían como sus señores a aquellos que ganaran honor en la lucha de ese día: en este arreglo todos convienen. Luego se dirigen hacia sus alojamientos, y cuando hubieron regresado, aquí y allá los hombres comenzaron a decir: «¿Qué ha sido del peor, el más cobarde y despreciado de los caballeros? ¿Adónde fue? ¿Dónde está oculto? ¿Dónde se le puede encontrar? ¿Dónde debemos buscarlo? Probablemente nunca volvamos a verlo. Pues ha sido ahuyentado por la cobardía, de la cual está tan lleno que no hay mayor cobarde en el mundo que él. Y no le falta razón, pues un cobarde está cien veces más cómodo que un hombre de armas valeroso. La cobardía es fácil de suplicar, y esa es la razón por la que él le ha dado el beso de la paz y le ha quitado todo lo que ella tiene que dar. El valor nunca se rebajó tanto como para alojarse en su pecho o instalarse cerca de él. Pero la cobardía se aloja completamente con él, y ella ha encontrado un huésped que la honrará y servirá tan fielmente que está dispuesto a renunciar a su propio buen nombre por el de ella». Así discuten toda la noche, compitiendo unos con otros en calumnias. Pero a menudo un hombre difama a otro, y aun así es mucho peor él mismo que el objeto de su culpa y desprecio. Así, cada uno decía lo que le placía sobre él. Y cuando amaneció el día siguiente, toda la gente se preparó y regresó al lugar de las justas. La Reina estaba de nuevo en la tribuna, acompañada por sus damas, doncellas y muchos caballeros sin sus armas, que habían sido capturados o derrotados, y estos les explicaban los emblemas heráldicos de los caballeros a quienes más estiman. Así hablan entre ellos: «¿Veis aquel caballero de allí con una banda dorada a través del medio de su escudo rojo? Ese es Governauz de Roberdic. ¿Y veis a ese otro, que tiene un águila y un dragón pintados lado a lado sobre su escudo? Ese es el hijo del Rey de Aragón, que ha venido a esta tierra en busca de gloria y renombre. ¿Y veis a aquel junto a él, que embiste y justa tan bien, portando un escudo con un leopardo pintado sobre un fondo verde en una parte, y la otra mitad es azul azur? Ese es Ignaures el bienamado, un amante en sí mismo y jovial. Y el que porta el escudo con los faisanes representados pico a pico es Coguillanz de Mautirec. ¿Veis a esos dos lado a lado, con sus corceles moteados y escudos dorados que muestran leones negros? Uno se llama Semiramis, y el otro es su compañero; sus escudos están pintados igual. ¿Y veis al que tiene un escudo con una puerta pintada en él, a través de la cual parece estar saliendo un ciervo? Ese es el Rey Ider, en verdad». Así hablan arriba en la tribuna. «Ese escudo fue hecho en Limoges, de donde lo trajo Pilades, quien es muy ardiente y entusiasta por estar siempre en la lucha. Ese escudo, brida y petral fueron hechos en Toulouse, y fueron traídos aquí por Kay de Estraus. El otro vino de Lyon sobre el Ródano, y no hay mejor bajo el cielo; por su gran mérito fue presentado a Taulas del Desierto, quien lo porta bien y se protege con él hábilmente. Aquel escudo es de manufactura inglesa y fue hecho en Londres; veis en él dos golondrinas que parecen estar a punto de volar; sin embargo, no se mueven, sino que reciben muchos golpes de las lanzas de acero de Poitou; quien lo posee es el pobre Thoas». Así señalan y describen las armas de aquellos que conocen; pero no ven nada de aquel a quien habían tenido en tal desprecio, y, al no notarlo en la refriega, suponen que se ha escabullido. Cuando la Reina ve que no está allí, siente la inclinación de enviar a alguien a buscarlo entre la multitud hasta que sea encontrado. No conoce a nadie mejor para enviar en su búsqueda que la que ayer realizó su encargo. Así, llamándola directamente, le dijo: «Doncella, ¡ve y monta tu palafrén! Te envío al mismo caballero al que te envié ayer, y búscale hasta que le encuentres. No te demores por ninguna causa, y dile de nuevo que haga su "peor" esfuerzo. Y cuando le hayas dado este mensaje, observa bien qué respuesta te da». La doncella no se demora, pues había notado cuidadosamente la dirección que tomó la noche anterior, sabiendo bien que sería enviada a él de nuevo. Se abrió paso a través de las filas hasta que vio al caballero, a quien instruye de inmediato que haga su «peor» esfuerzo de nuevo, si desea el amor y el favor de la Reina que ella le envía. Y él responde: «Mis gracias a ella, pues tal es su voluntad». Luego la doncella se marchó, y los valets, sargentos y escuderos comienzan a gritar: «¡Ved esta cosa maravillosa! El de ayer de las armas bermellones está de vuelta. ¿Qué puede querer? ¡Nunca en el mundo hubo un desdichado tan vil, despreciable y cobarde! Está tan en poder de la cobardía que la resistencia es inútil por su parte». Y la doncella regresa ante la Reina, quien la detuvo y no la dejó ir hasta que oyó cuál había sido su respuesta; entonces se regocijó de corazón, sintiendo ya ninguna duda de que este es a quien ella pertenece por completo, y él es suyo de igual manera. Luego le ordena a la doncella que regrese rápidamente y le diga que es su mandato y ruego que él haga su «mejor» esfuerzo; y ella dice que irá de inmediato sin demora. Bajó de la tribuna hasta donde su valet con el palafrén la estaba esperando. Montó y cabalgó hasta que encontró al caballero, a quien dijo de inmediato: «Señor, ¡mi señora ahora envía a decir que hagáis el "mejor" esfuerzo que podáis!». Y él responde: «Dile ahora que nunca es una carga hacer su voluntad, pues lo que a ella place es mi deleite». La doncella no fue lenta en llevar de vuelta este mensaje, pues piensa que complacerá y deleitará mucho a la Reina. Se dirigió tan directamente como fue posible a la tribuna, donde la Reina se levantó y comenzó a salir a su encuentro; sin embargo, no bajó, sino que la esperó en lo alto de los escalones. Y la doncella llegó feliz con el mensaje que tenía que llevar. Cuando hubo subido los escalones y llegado a su lado, dijo: «Señora, nunca vi un caballero tan cortés, pues está más que dispuesto a obedecer cada mandato que le enviáis, pues, si se sabe la verdad, acepta el bien y el mal con el mismo semblante». «Ciertamente», dice la Reina, «eso bien puede ser así». Luego regresa al balcón para observar a los caballeros. Y Lancelot, sin demora, sujeta su escudo por las correas de cuero, pues está encendido y consumido por el deseo de mostrar su proeza. Guiando la cabeza de su caballo, le permite correr entre dos líneas. Todos aquellos hombres engañados y confundidos, que han pasado gran parte del día y de la noche colmándolo de ridículo, pronto estarán desconcertados. Durante mucho tiempo han tenido su deporte, broma y diversión. El hijo del Rey de Irlanda sostenía su escudo fuertemente agarrado por las correas de cuero, mientras espoleaba ferozmente para encontrarlo desde la dirección opuesta. Se encuentran con tal violencia que el hijo del rey de Irlanda, habiendo roto y astillado su lanza, no desea saber más del torneo; pues no fue musgo lo que golpeó, sino tablas duras y secas. En este encuentro, Lancelot le enseñó una de sus estocadas, cuando le clavó el escudo al brazo, y el brazo al costado, y lo derribó de su caballo a tierra. Como flechas, los caballeros vuelan de inmediato, espoleando y picando desde ambos lados, algunos para relevar a este caballero, otros para añadir a su angustia. Mientras algunos intentan así ayudar a sus señores, muchas sillas quedan vacías en la lucha y la refriega. Pero todo ese día Gawain no tomó parte en las armas, aunque estaba allí con los demás, pues sentía tanto placer al ver las hazañas de aquel de las armas pintadas de rojo que lo que los otros hacían le parecía pálido en comparación. Y el heraldo se animó de nuevo, mientras gritaba en voz alta para que todos pudieran oír: «¡Aquí ha venido uno que tomará la medida! Hoy veréis lo que puede hacer. Hoy aparecerá su proeza». Entonces el caballero dirige su corcel y realiza una estocada muy hábil contra cierto caballero, a quien golpea tan fuerte que lo lleva a cien pies o más de su caballo. Sus hazañas con espada y lanza están tan bien ejecutadas que no hay ninguno de los espectadores que no sienta placer al observarlo. Muchos incluso de aquellos que portan armas encuentran placer y satisfacción en lo que hace, pues es un gran deporte ver cómo hace que caballos y caballeros caigan y tropiecen. Apenas se encuentra con un solo caballero que sea capaz de mantener su asiento, y da los caballos que gana a aquellos que los quieren. Entonces aquellos que se habían estado burlando de él dijeron: «Ahora estamos deshonrados y mortificados. Fue un gran error para nosotros burlarnos y vilipendiar a este hombre, pues seguramente vale mil como nosotros en este campo; pues ha derrotado y superado a todos los caballeros del mundo, de modo que no hay nadie ahora que se le oponga». Y las doncellas, que asombradas lo observaban, todas dijeron que podría tomarlas por esposas; pero no se atrevían a confiar en su belleza o riqueza, o poder o nobleza, pues no por su belleza o riqueza este caballero sin igual se dignaría a elegir a ninguna de ellas. Sin embargo, la mayoría de ellas están tan enamoradas de él que dicen que, a menos que se casen con él, no se entregarán a ningún hombre este año. Y la Reina, que las oye jactarse, se ríe para sí misma y disfruta la diversión, pues bien sabe que si todo el oro de Arabia fuera puesto ante él, aun así, aquel que es amado por todas ellas no seleccionaría a la mejor, la más bella o la más encantadora del grupo. Un deseo es común a todas ellas: cada una desea tenerlo como su esposo. Una tiene celos de otra, como si ella fuera ya su esposa; y todo esto es porque lo ven tan adiestrado que, en su opinión, ningún hombre mortal podría realizar tales hazañas como las que él había hecho. Lo hizo tan bien que, cuando llegó el momento de abandonar la liza, admitieron libremente en ambos bandos que nadie había igualado al caballero del escudo bermellón. Todos dijeron esto, y era verdad. Pero cuando se fue, permitió que su escudo, lanza y arreos cayeran donde vio la presión más espesa, luego cabalgó apresuradamente con tal secreto que nadie de toda la hueste notó que había desaparecido. Pero fue directamente de regreso al lugar de donde había venido, para mantener su juramento. Cuando el torneo se disolvió, todos lo buscaron y preguntaron por él, pero sin éxito, pues huyó, no teniendo deseo de ser reconocido. Los caballeros están decepcionados y angustiados, pues se hubieran regocijado de tenerlo allí. Pero si los caballeros estaban afligidos por haber sido abandonados así, aún mayor fue el dolor de las doncellas cuando supieron la verdad, y afirmaron por San Juan que no se casarían en absoluto ese año. Si no pueden tener a aquel a quien verdaderamente aman, entonces todos los demás pueden ser despedidos. Así, el torneo fue levantado sin que ninguno de ellos eligiera esposo. Mientras tanto, Lancelot, sin demora, se dirige a su prisión. Pero el senescal llegó dos o tres días antes que Lancelot, y preguntó dónde estaba. Y su esposa, que había dado a Lancelot sus bellas y bien equipadas armas bermellones, así como su arnés y su caballo, le dijo la verdad al senescal: cómo lo había enviado donde hubo justas en el torneo de Noauz. «Señora», responde el senescal, «verdaderamente no podríais haber hecho nada peor que eso. Sin duda, pagaré por esto, pues mi señor Meleagant me tratará peor de lo que la ley de los buscadores de playa me trataría si yo fuera un marinero en apuros. Seré asesinado o desterrado en el momento en que oiga las noticias, y no tendrá piedad de mí». «Buen señor, no os desalentéis ahora», dijo la dama; «no hay ocasión para el miedo que sentís. No hay posibilidad de su detención, pues me juró por los santos que regresaría tan pronto como fuera posible».
Entonces el senescal monta, y llegando ante su señor, le cuenta toda la historia del episodio; pero al mismo tiempo, le asegura enfáticamente, contando cómo su esposa había recibido su juramento de que regresaría a su prisión. «No romperá su palabra, lo sé», dice Meleagant: «y aun así estoy muy disgustado por lo que tu esposa ha hecho. Por ninguna consideración habría querido que él estuviera presente en ese torneo. Pero regresa ahora, y asegúrate de que, cuando regrese, sea tan estrictamente vigilado que no escape de su prisión o tenga libertad de cuerpo: y envíame palabra de inmediato». «Vuestras órdenes serán obedecidas», dice el senescal. Luego se va y encuentra a Lancelot regresado como prisionero en su patio. Un mensajero, enviado por el senescal, corre de vuelta de inmediato hacia Meleagant, informándole del regreso de Lancelot. Cuando oyó estas noticias, tomó albañiles y carpinteros que, de mala gana o por su propia voluntad, ejecutaron sus órdenes. Convocó a los mejores artesanos de la tierra, y les ordenó construir una torre, y esforzarse por construirla bien. La piedra fue extraída junto a la orilla del mar; pues cerca de Gorre, por este lado, corre un gran brazo ancho del mar, en medio del cual había una isla, como Meleagant bien sabía. Ordenó que la piedra fuera llevada allí y el material para la construcción de la torre. En menos de cincuenta y siete días la torre estuvo completamente construida, alta y gruesa y bien cimentada. Cuando estuvo terminada, hizo llevar allí a Lancelot de noche, y después de ponerlo en la torre, ordenó que las puertas fueran tapiadas, e hizo que todos los albañiles juraran que nunca pronunciarían una palabra sobre esta torre. Era su voluntad que fuera así sellada, y que ninguna puerta o abertura permaneciera, excepto una pequeña ventana. Aquí Lancelot fue obligado a permanecer, y le dieron comida pobre y escasa a través de esta pequeña ventana a ciertas horas, como el desleal miserable les había ordenado y mandado.
Ahora Meleagant ha llevado a cabo todo su propósito y se dirige a la corte del Rey Arthur: ¡helo aquí ya llegado! Y cuando estuvo ante el Rey, habló así con orgullo y arrogancia: "Rey, he programado una batalla para que tenga lugar en tu presencia y en tu corte. Pero no veo rastro de Lancelot, quien aceptó ser mi antagonista. No obstante, como es mi deber, ante todos los aquí presentes, me ofrezco a luchar esta batalla. Y si él está aquí, que dé un paso al frente ahora y acuerde enfrentarse a mí en vuestra corte dentro de un año. No sé si alguien os ha contado cómo se acordó esta batalla. Pero veo caballeros aquí que estuvieron presentes en nuestra conferencia, y que, si quisieran, podrían deciros la verdad. Si él intentara negar la verdad, no emplearía a ningún mercenario para ocupar mi lugar, sino que se lo probaría mano a mano". La Reina, que estaba sentada junto al Rey, lo atrae hacia sí mientras dice: "Señor, ¿sabéis quién es ese caballero? Es Meleagant, quien me secuestró mientras estaba escoltada por Kay el senescal; le causó mucha vergüenza y también daños". Y el Rey le respondió: "Señora, comprendo; sé muy bien que es él quien mantuvo a mi gente en la aflicción". La Reina no dice más, pero el Rey se dirige a Meleagant: "Amigo", dice, "así me ayude Dios, estamos muy tristes porque no sabemos nada de Lancelot". "Mi señor Rey", dice Meleagant, "Lancelot me dijo que seguramente lo encontraría aquí. En ningún otro lugar sino en vuestra corte debo lanzar la convocatoria para esta batalla, y deseo que todos vuestros caballeros aquí presentes me sean testigos de que lo desafío a luchar dentro de un año a partir de hoy, tal como se estipuló cuando acordamos luchar".
Ante esto, mi señor Gawain se levanta, muy angustiado por lo que oye: "Señor, no se sabe nada de Lancelot en toda esta tierra", dice; "pero enviaremos en su busca y, si Dios quiere, aún lo encontraremos antes de que llegue el fin del año, a menos que esté muerto o en prisión. Y si no aparece, entonces concededme la batalla, y lucharé por él: me armaré en lugar de Lancelot, si él no regresa antes de ese día". "Ah", dice Meleagant, "por amor de Dios, mi noble señor Rey, concededle el deseo. Uno mi petición a su anhelo, pues no conozco caballero en todo el mundo con quien más gustosamente pondría a prueba mi fuerza, a excepción solo de Lancelot. Pero tened en cuenta que, si no lucho con uno de ellos, no aceptaré ningún cambio ni sustitución por ninguno de los dos". Y el Rey dice que esto queda entendido, si Lancelot no regresa dentro del plazo. Entonces Meleagant abandonó la corte real y viajó hasta encontrar a su padre, el Rey Bademagu. Para parecer valiente y de consideración ante su presencia, comenzó haciendo una gran fingimiento y adoptando una expresión de maravillosa alegría. Aquel día el rey celebraba una alegre corte en su ciudad de Bade; era su cumpleaños, que celebraba con esplendor y generosidad, y había mucha gente de diversa índole reunida con él. Todo el palacio estaba lleno de caballeros y damas, y entre ellos estaba la hermana de Meleagant, de quien les contaré, más adelante, cuál es mi pensamiento y la razón para mencionarla aquí. Pero no es apropiado que lo explique aquí, pues no deseo confundir ni enmarañar mi material, sino tratarlo directamente. Ahora debo decirles que Meleagant, ante todos, grandes y pequeños, habló así a su padre jactanciosamente: "Padre", dice, "así me ayude Dios, por favor decidme con sinceridad si no debería estar bien satisfecho, y si no es verdaderamente valiente quien puede hacer que se teman sus armas en la corte del Rey Arthur". A esta pregunta, su padre responde de inmediato: "Hijo", dice, "todos los hombres de bien deberían honrar, servir y buscar la compañía de aquel cuyos méritos son tales". Entonces lo halagó con la petición de que no ocultara por qué ha aludido a esto, qué desea y de dónde viene. "Señor, no sé si recordáis", comienza Meleagant, "los acuerdos y estipulaciones que quedaron registrados cuando Lancelot y yo hicimos las paces. Se acordó entonces, creo, y en presencia de muchos se nos dijo, que debíamos presentarnos al cabo de un año en la corte de Arthur. Fui allí en el tiempo señalado, debidamente equipado para mis asuntos allí. Hice todo lo que se había prescrito: llamé y busqué a Lancelot, con quien debía luchar, pero no pude verlo: había huido y escapado. Cuando me vine, Gawain empeñó su palabra de que, si Lancelot no está vivo y no regresa dentro del plazo acordado, no se pedirá más aplazamiento, sino que él mismo luchará la batalla contra mí en lugar de Lancelot. Arthur no tiene caballero, como es bien sabido, cuya fama iguale a la suya, pero antes de que las flores florezcan de nuevo, veré, cuando lleguemos a los golpes, si su fama y sus hechos concuerdan: ¡solo desearía que pudiera resolverse ahora!". "Hijo", dice su padre, "estás actuando exactamente como un necio. Cualquiera que no lo supiera antes, puede enterarse de tu locura por tus propios labios. Un buen corazón verdaderamente se humilla, pero el necio y el jactancioso nunca pierden su necedad. Hijo, a ti dirijo mis palabras, pues los rasgos de tu carácter son tan duros y secos que no hay lugar para la dulzura ni la amistad. Tu corazón es del todo despiadado: estás por completo en las garras de la locura. Esto explica mi escaso respeto por ti, y esto es lo que te hará caer. Si eres valiente, habrá muchos hombres para decirlo en el momento de necesidad. Un hombre virtuoso no necesita elogiar su corazón para realzar sus actos; el acto mismo hablará en su propia alabanza. Tu propia alabanza no te ayuda ni un ápice a aumentar la estima de nadie; de hecho, te tengo en menor estima. Hijo, te castigo; ¿pero con qué fin? Es de poca utilidad aconsejar a un necio. Solo malgasta su fuerza en vano quien intenta curar la locura de un necio, y la sabiduría que uno enseña y expone no vale nada, desperdiciada y sin empleo, a menos que se exprese en obras". Entonces Meleagant se enfureció sobremanera y se puso furioso. Puedo decir verdaderamente que jamás podrías ver a un hombre mortal tan lleno de ira como él estaba; el último vínculo entre ellos se rompió entonces, mientras le decía a su padre estas palabras descorteses: "¿Estáis en un sueño o en un trance cuando decís que estoy loco por contaros cómo están mis asuntos? Pensé que había venido a vos como a mi señor y a mi padre; pero no parece ser el caso, pues me insultáis más indignamente de lo que creo que tenéis derecho a hacer; además, no podéis dar ninguna razón por haberme dirigido así". "Ciertamente, puedo". "¿Cuál es, entonces?". "Porque no veo en ti nada más que locura e ira. Sé muy bien cómo es tu valor, y que te causará grandes problemas todavía. Una maldición sobre quien suponga que el elegante Lancelot, quien es estimado por todos menos por ti, ha huido jamás de ti por miedo. Estoy seguro de que está enterrado o confinado en alguna prisión cuya puerta está cerrada con tanta fuerza que no puede escapar sin permiso. Sin duda me sentiría profundamente apenado si estuviera muerto o en apuros. Sería realmente una lástima que una criatura tan espléndidamente equipada, tan hermosa, tan audaz, y aun así tan serena, pereciera así antes de tiempo. Pero, que le plazca a Dios, esto no es cierto". Entonces Bademagu no dijo más; pero una hija suya había escuchado atentamente todas sus palabras, y debéis saber que era ella a quien mencioné antes en mi relato, y quien no está feliz ahora al escuchar tales noticias de Lancelot. Le queda bien claro que está encerrado, ya que nadie sabe noticia alguna de él ni de sus andanzas. "¡Que Dios nunca me mire si descanso hasta tener noticias seguras y ciertas de él!". Sin dilación, sin hacer ruido ni disturbio, corre y monta una mula hermosa y de paso fácil. Pero debo decir que cuando abandona la corte, no sabe hacia dónde dirigirse. Sin embargo, no pide consejo en su apuro, sino que toma el primer camino que encuentra y cabalga al azar rápidamente, sin acompañamiento de caballero ni escudero. En su afán, se apresura para alcanzar el objeto de su búsqueda. Con entusiasmo se abre paso en su misión, pero no terminará pronto. No puede descansar ni retrasarse mucho en ningún lugar si desea llevar a cabo su plan, liberar a Lancelot de su prisión, si puede encontrarlo y si es posible. Pero en mi opinión, antes de encontrarlo habrá buscado en muchas tierras, después de muchos viajes y muchas búsquedas, antes de tener noticia alguna de él. ¿Pero de qué serviría contarles de sus alojamientos y sus viajes? Finalmente, viajó tanto a través de colinas y valles, arriba y abajo, que más de un mes había pasado, y hasta ahora solo había aprendido lo que sabía antes: es decir, absolutamente nada. Un día cruzaba un campo con un humor triste y pensativo, cuando vio una torre a lo lejos, junto a la orilla de un brazo de mar. No había en una legua a la redonda ninguna casa, cabaña o lugar donde vivir. Meleagant la había hecho construir y había confinado a Lancelot dentro. Pero de todo esto ella aún no estaba al tanto. Tan pronto como avistó la torre, fijó su atención en ella con exclusión de todo lo demás. Y su corazón le da seguridad de que aquí está el objeto de su búsqueda; por fin ha llegado a su meta, a la que la Fortuna, a través de muchas pruebas, la ha dirigido al final.
La doncella se acerca tanto a la torre que puede tocarla con sus manos. Camina alrededor, escuchando atentamente, supongo, por si acaso puede oír algún sonido bienvenido. Mira hacia abajo y contempla hacia arriba, y ve que la torre es fuerte, alta y gruesa. Se sorprende al no ver puerta ni ventana, excepto una pequeña y estrecha abertura. Además, no había escalera ni peldaños alrededor de esta torre alta y escarpada. Por esta razón, supone que fue hecha así intencionadamente y que Lancelot está confinado dentro. Pero decide que, antes de probar bocado, sabrá si esto es así o no. Piensa que llamará a Lancelot por su nombre, y está a punto de hacerlo cuando se ve disuadida al oír desde la torre una voz que profería un gemido maravillosamente triste mientras invocaba a la muerte. Implora a la muerte que venga y se queja de una miseria insoportable. En desprecio del cuerpo y la vida, débilmente silbaba en un tono bajo y ronco: "¡Ah, fortuna, qué desastrosamente ha girado tu rueda para mí! Te has burlado de mí vergonzosamente: hace un tiempo estaba arriba, pero ahora estoy abajo; hace poco estaba bien, pero ahora estoy en un estado lamentable; no hace mucho me sonreías, pero ahora tus ojos están llenos de lágrimas. Ay, pobre desgraciado, ¿por qué confiaste en ella, cuando tan pronto te ha abandonado! ¡Mira, en muy poco tiempo te ha derribado de tu alto rango! Fortuna, estuvo mal de tu parte burlarte de mí así; ¡pero qué te importa a ti! No te importa cómo resulte todo. ¡Ah, Cruz sagrada! ¡Ah, Espíritu Santo! ¡Cómo estoy de desgraciado y arruinado! ¡Cómo se ha cerrado por completo mi carrera! Ah, Gawain, vos que poseéis tal valor, y cuya bondad no tiene paralelo, seguramente puedo asombrarme de que no vengáis a socorrerme. Seguramente tardáis demasiado y no estáis mostrando cortesía. ¡Debería, en efecto, recibir vuestra ayuda aquel a quien solíais amar tan devotamente! Por mi parte, puedo decir verdaderamente que no hay lugar de alojamiento o retiro a ambos lados del mar donde no os habría buscado al menos siete o diez años antes de encontraros, si supiera que estáis en prisión. Pero, ¿por qué me atormento así? Ni siquiera os importo lo suficiente como para tomaros esta molestia. ¡El rústico tiene razón cuando dice que es difícil hoy en día encontrar un amigo! Es fácil poner a prueba al verdadero amigo en momentos de necesidad. ¡Ay! más de un año ha pasado desde que fui puesto dentro de esta torre. ¡Me duele, Gawain, que me hayáis abandonado durante tanto tiempo! Pero sin duda no sabéis nada de todo esto, y no tengo motivos para culparos. Sí, cuando lo pienso, este debe ser el caso, y me equivoqué mucho al imaginar tal cosa; pues estoy seguro de que no por todo lo que el mundo contiene habríais dejado de venir, vos y vuestros hombres, a liberarme de este apuro y angustia, si lo supierais. Si no fuera por otra razón, estaríais obligado a hacerlo por amor a mí, vuestro compañero. Pero es inútil hablar de ello; no puede ser. ¡Ah, que la maldición y la condenación de Dios y de San Silvestre recaigan sobre quien me ha encerrado tan vergonzosamente! Es el hombre más vil que existe, este envidioso Meleagant, ¡por tratarme de la peor manera posible!". Entonces él, que está consumiendo su vida en el dolor, deja de hablar y guarda silencio. Pero cuando ella, que permanecía al pie de la torre, escuchó lo que decía, no se demoró, sino que actuó sabiamente y lo llamó así: "¡Lancelot!", tan fuerte como pudo; "¡amigo, ahí arriba, hablad con alguien que es vuestro amigo!". Pero dentro, él no escuchó sus palabras. Entonces ella llamó aún más fuerte, hasta que él, en su debilidad, la escuchó débilmente y se preguntó quién podría estar llamándolo. Escuchó la voz y escuchó su nombre pronunciado, pero no sabía quién lo llamaba: piensa que debe ser un espíritu. Mira a todo su alrededor para ver, supongo, si podía divisar a alguien; pero no hay nada que ver más que la torre y él mismo. "Dios", dice él, "¿qué es eso que escuché? ¡Escuché a alguien hablar, pero no veo nada! En verdad, esto es algo maravilloso, pues no estoy dormido, sino bien despierto. Por supuesto, si esto sucediera en un sueño, lo consideraría una ilusión; pero estoy despierto, y por lo tanto estoy angustiado". Entonces, con algo de dificultad, se levanta, y con pasos lentos y débiles se mueve hacia la pequeña abertura. Una vez allí, mira a través de ella, hacia arriba y hacia abajo y a ambos lados. Cuando hubo mirado hacia afuera lo mejor que pudo, divisó a quien lo había llamado. No la reconoció a simple vista. Pero ella lo conoció de inmediato y dijo: "Lancelot, he venido desde lejos en vuestra busca. Ahora, gracias a Dios, al fin os he encontrado. Soy aquella que os pidió un favor mientras estabais en vuestro camino hacia el puente de la espada, y lo concedisteis muy gustosamente ante mi petición; era la cabeza que os ordené cortar al caballero conquistado a quien yo odiaba tanto. Debido a este favor y a este servicio que me hicisteis, me he tomado esta molestia. Como recompensa os liberaré de aquí". "Doncella, muchas gracias", respondió entonces el prisionero; "el servicio que os hice será bien recompensado si soy puesto en libertad. Si podéis sacarme de aquí, prometo y me comprometo a ser de ahora en adelante siempre vuestro, ¡así me ayude el santo Apóstol Pablo! Y como pueda ver a Dios cara a cara, nunca dejaré de obedecer vuestras órdenes de acuerdo con vuestra voluntad. Podéis pedir cualquier cosa que tenga, y recibirla sin demora". "Amigo, no tengáis miedo de que no seréis liberado de aquí. Seréis liberado y puesto en libertad este mismo día. Ni por mil libras renunciaría a la expectativa de veros libre antes de la fecha de otro día. Entonces os llevaré a un lugar agradable, donde podáis descansar y estar a gusto. Allí tendréis todo lo que deseéis, sea lo que sea. Así que no tengáis miedo. Pero primero debo ver si puedo encontrar alguna herramienta por aquí con la que podáis agrandar este agujero, al menos lo suficiente para dejaros pasar". "Dios quiera que encontréis algo", dijo él, aceptando este plan; "tengo mucha cuerda aquí dentro, que los bribones me dieron para subir mi comida: duro pan de cebada y agua sucia, que me enferman el estómago y el corazón". Entonces la hija de Bademagu buscó y encontró un pico fuerte, robusto y afilado, que le entregó. Él golpeó, martilló, golpeó y cavó, a pesar del dolor que le causaba, hasta que pudo salir cómodamente. Ahora se siente muy aliviado y feliz, podéis estar seguros, de estar fuera de prisión y de alejarse del lugar donde ha estado confinado tanto tiempo. Ahora está en libertad, al aire libre. Podéis estar seguros de que no volvería, aunque alguien reuniera en un montón y le diera todo el oro que hay esparcido por el mundo.
Ved ahora a Lancelot liberado, pero tan débil que se tambaleaba por su flojedad y postración. Con dulzura, sin hacerle daño, ella lo acomoda ante sí sobre su mula, y luego se alejan rápidamente. Pero la doncella evita deliberadamente el camino trillado, para que no sean vistos, y procede por una senda oculta; pues si hubiera viajado abiertamente, sin duda alguien los habría reconocido y les habría hecho daño, y ella no habría querido que eso sucediera. Así evitó los lugares peligrosos y llegó a una mansión donde a menudo hace su estancia debido a su belleza y encanto. Toda la propiedad y la gente en ella le pertenecían, y el lugar estaba bien equipado, seguro y privado. Allí llegó Lancelot. Y tan pronto como hubo llegado, y se hubo despojado de sus ropas, la doncella lo acostó suavemente en un lecho elevado y hermoso, luego lo bañó y frotó con tanto esmero que no podría describir ni la mitad del cuidado que puso. Lo manipuló y trató con tanta delicadeza como si hubiera sido su padre. Su tratamiento hace de él un hombre nuevo, pues lo reanima con sus cuidados. Ahora no es menos hermoso que un ángel y es más ágil y más vivaz que cualquier cosa que hayáis visto jamás. Cuando se levantó, ya no estaba sarnoso ni demacrado, sino fuerte y apuesto. Y la doncella buscó para él la mejor túnica que pudo hallar, con la cual lo vistió cuando se levantó. Y él se alegró de ponérsela, más rápido que un pájaro en vuelo. Besó y abrazó a la doncella, y luego le dijo con cortesía: «Mi querida, solo a Dios y a vos tengo que agradecer el haber recuperado la salud de nuevo. Dado que os debo mi libertad, podéis tomar y mandar a vuestro antojo mi corazón y mi cuerpo, mi servicio y mi hacienda. Os pertenezco en pago por lo que habéis hecho por mí; pero ha pasado mucho tiempo desde que estuve en la corte de mi señor Arthur, quien me ha mostrado gran honor; y hay mucho allí por hacer. Ahora, mi dulce y gentil amiga, os pido afectuosamente permiso para partir; entonces, con vuestro consentimiento, me sentiría libre de irme». «Lancelot, hermoso, dulce y querido amigo, estoy muy dispuesta», dice la doncella; «deseo vuestro honor y bienestar por encima de todo en todas partes». Entonces le da un caballo maravilloso que posee, el mejor caballo que jamás se haya visto, y él salta sobre él sin siquiera decir a los estribos «con vuestro permiso»: estaba arriba sin haberlos considerado. Luego, a Dios, que nunca miente, se encomiendan el uno al otro con buena intención.
Lancelot estaba tan contento de estar en el camino que, si tuviera que prestar juramento, no podría describir la alegría que sentía por haber escapado de su trampa. Pero se decía a sí mismo repetidamente que desgraciado era el traidor, el réprobo, al que ahora ha engañado y ridiculizado, «pues a pesar de él he escapado». Luego jura por el corazón y el cuerpo de Aquel que hizo el mundo que, ni por todas las riquezas y tesoros desde Babilonia hasta Gante, dejaría escapar a Meleagant, si alguna vez lo tuviera en su poder: ¡pues tiene que agradecerle demasiado daño y vergüenza! Pero los acontecimientos pronto resultarán de manera que esto sea posible; pues este mismo Meleagant, a quien amenaza y presiona duramente, ya había llegado a la corte ese día sin ser convocado por nadie; y lo primero que hizo fue buscar hasta encontrar a mi señor Gawain. Entonces el pícaro traidor probado le pregunta por Lancelot, si había sido visto o hallado, como si él mismo no supiera la verdad. De hecho, no sabía la verdad, aunque pensaba que la sabía bastante bien. Y Gawain le dijo, como era cierto, que no había sido visto, y que no había venido. «Bueno, ya que no lo encuentro», dice Meleagant, «venid y cumplid la promesa que me hicisteis: no esperaré más por vos». Entonces Gawain responde: «Cumpliré pronto mi palabra con vos, si place a Dios en quien deposito mi confianza. Espero saldar mi deuda con vos. Pero si se trata de tirar los dados por puntos, y yo sacara un número más alto que el vuestro, que Dios y la santa fe me ayuden, no me retiraré, sino que seguiré hasta embolsarme todas las apuestas». Entonces, sin demora, Gawain ordena que se arroje una alfombra y se extienda ante él. No hubo sollozos ni intentos de huir cuando los escuderos oyeron esta orden, sino que sin refunfuñar ni quejarse ejecutaron lo que él ordena. Traen la alfombra y la extienden en el lugar indicado; entonces, aquel que la había pedido toma asiento sobre ella y da órdenes de ser armado por los jóvenes que estaban de pie, sin armas, ante él. Había dos de ellos, sus primos o sobrinos, no sé cuáles, pero eran consumados y sabían lo que debían hacer. Lo arman con tanta destreza y bien que nadie podría encontrar falta alguna en el mundo en ellos por error alguno en lo que hicieron. Cuando terminaron de armarlo, uno de ellos fue a buscar un corcel español capaz de cruzar los campos, bosques, colinas y valles más velozmente que el buen Bucéfalo. Sobre un caballo tal como habéis oído, Gawain tomó asiento: el caballero admirado y más consumado sobre quien la señal de la Cruz fue hecha jamás. Ya estaba a punto de asir su escudo, cuando vio a Lancelot desmontar ante él, a quien no esperaba ver. Lo miró con asombro, porque había llegado tan inesperadamente; y, si no me equivoco, estaba tan sorprendido como si hubiera caído de las nubes. Sin embargo, ningún asunto propio puede retenerlo, tan pronto como ve a Lancelot, de desmontar y extenderle sus brazos, mientras lo abraza, saluda y besa. Ahora está feliz y a gusto, cuando ha encontrado a su compañero. Ahora os diré la verdad, y no debéis pensar que miento, que Gawain no desearía ser elegido rey, a menos que tuviera a Lancelot consigo. El Rey y todos los demás se enteran ahora de que, a pesar de todo, Lancelot, a quien tanto tiempo han vigilado, ha regresado sano y salvo. Por lo tanto, todos se regocijan, y la corte, que tanto tiempo lo ha buscado, se reúne para honrarlo. Su felicidad disipa y aleja la tristeza que anteriormente era suya. El dolor emprende la huida y es reemplazado por una alegría que despierta. ¿Y qué hay de la Reina? ¿No participa en el jubileo general? Sí, ciertamente, ella antes que nadie. ¿Cómo es eso? Por amor de Dios, ¿dónde, entonces, podría estar ella guardándose? Nunca estuvo tan alegre en su vida como lo estaba por su regreso. ¿Y acaso no fue ella hacia él? Ciertamente lo hizo; está tan cerca de él que su cuerpo estuvo a punto de seguir a su corazón. ¿Dónde está su corazón, entonces? Estaba besando y dando la bienvenida a Lancelot. ¿Y por qué el cuerpo se ocultó? ¿Por qué no es completa su alegría? ¿Está mezclada con ira u odio? No, ciertamente, en absoluto; pero puede ser que el Rey o alguno de los otros que están allí, y que están observando lo que sucede, habrían captado toda la situación si, mientras todos estaban mirando, ella hubiera seguido los dictados de su corazón. Si el sentido común no hubiera desterrado este impulso loco y este deseo imprudente, su corazón habría sido revelado y su locura habría sido completa. Por lo tanto, la razón cierra y ata su tierno corazón y su intención temeraria, y lo hizo más razonable, posponiendo el saludo hasta que vea y descubra un lugar adecuado y más privado donde les iría mejor que aquí y ahora. El Rey honró altamente a Lancelot, y después de darle la bienvenida, habló así: «No he oído desde hace mucho tiempo noticias de ningún hombre que fueran tan bienvenidas como noticias de vos; sin embargo, estoy muy preocupado por saber en qué región y en qué tierra habéis permanecido tanto tiempo. He hecho que os buscaran por todas partes, durante todo el invierno y el verano, pero nadie pudo encontrar rastro de vos». «Ciertamente, buen señor», dice Lancelot, «puedo informaros en pocas palabras exactamente cómo me ha ido. El miserable traidor Meleagant me ha mantenido en prisión desde la hora de la liberación de los prisioneros en su tierra, y me ha condenado a una vida de vergüenza en una torre suya junto al mar. Allí me puso y me encerró, y allí seguiría arrastrando mi cansada vida, si no fuera por una amiga mía, una doncella para quien una vez realicé un ligero servicio. En pago por el pequeño favor que le hice, me ha recompensado liberalmente: me ha otorgado gran honor y bendición. Pero deseo pagar sin demora a aquel por quien no siento amor, que ha buscado y tramado para mí esta vergüenza y daño. No necesita esperar, pues la suma está toda lista, capital e intereses; ¡pero Dios no permita que encuentre en ello motivo para alegrarse!». Entonces Gawain dijo a Lancelot: «Amigo, será solo un ligero favor para mí, que estoy en vuestra deuda, hacer este pago por vos. Además, estoy todo listo y montado, como veis. Hermoso, dulce amigo, no me neguéis el favor que deseo y solicito». Pero Lancelot responde que preferiría que le arrancaran un ojo, o incluso ambos, antes que ser persuadido a hacer esto: jura que nunca será así. Él debe la deuda y él mismo la pagará: pues con su propia mano lo prometió. Gawain ve claramente que nada de lo que pueda decir sirve de nada, así que se desata y se quita su cota de malla de la espalda, y se desarma por completo. Lancelot se arma de inmediato sin demora; pues está impaciente por saldar y descargar su deuda. Meleagant, que está asombrado más allá de toda medida por lo que ve, ha llegado al final de su buena fortuna, y está a punto de recibir lo que se le debe. Está casi fuera de sí y está a punto de desmayarse. «Ciertamente fui un tonto», dice, «al no ir, antes de venir aquí, a ver si aún mantenía prisionero en mi torre a aquel que ahora me ha jugado esta treta. Pero, Dios, ¿por qué habría ido? ¿Qué motivo tenía para pensar que él podría posiblemente escapar? ¿No está el muro construido lo suficientemente fuerte, y no es la torre suficientemente sólida y alta? No había agujero ni grieta en él, a través de los cuales pudiera pasar, a menos que fuera ayudado desde fuera. Estoy seguro de que su escondite fue revelado. Si el muro estuviera desgastado y hubiera caído en ruinas, ¿no habría sido atrapado y herido o muerto al mismo tiempo? Sí, que Dios me ayude, si se hubiera caído, ciertamente habría muerto. Pero supongo, antes de que ese muro ceda sin ser derribado, que toda el agua del mar se secará sin dejar una gota y el mundo llegará a su fin. No, eso no es; sucedió de otra manera: fue ayudado a escapar, y no podría haber salido de otro modo: he sido superado por alguna artimaña. En cualquier caso, ha escapado; pero si hubiera estado alerta, todo esto nunca habría sucedido, y él nunca habría venido a la corte. Pero ya es demasiado tarde para arrepentirse. El rústico, que rara vez yerra, señala pertinentemente que es demasiado tarde para cerrar el establo cuando el caballo ha salido. Sé que ahora estaré expuesto a gran vergüenza y humillación, si es que no sufro y soporto algo peor. ¿Qué sufriré y soportaré? Más bien, mientras viva, le daré medida completa, si place a Dios, en quien confío». Así se consuela a sí mismo, y no tiene otro deseo que encontrarse con su antagonista en el campo. Y no tendrá que esperar mucho, creo, pues Lancelot va en su busca, esperando pronto conquistarlo. Pero antes de que comience el asalto, el Rey les ordena bajar a la llanura donde se alza la torre, el lugar más bonito de este lado de Irlanda para una pelea. Así lo hicieron, y pronto se encontraron en la llanura de abajo. El Rey baja también, y todos los demás, hombres y mujeres en multitudes. Nadie se queda atrás; pero muchos suben a las ventanas de la torre, entre ellos la Reina, sus damas y doncellas, de quienes ella tenía muchas consigo que eran hermosas.
En el campo se alzaba un sicómoro tan hermoso como cualquier árbol pudiera ser; era de amplia extensión y cubría una gran área, y alrededor crecía un fino borde de hierba fresca y espesa que era verde en todas las estaciones del año. Bajo este hermoso y majestuoso sicómoro, que fue plantado allá por los tiempos de Abel, brota un manantial de agua clara que fluye apresuradamente. El lecho del manantial es hermoso y tan brillante como la plata, y el canal a través del cual fluye el agua está formado, creo, de oro refinado y probado, y se extiende a través del campo hacia un valle entre los bosques. Allí le place al Rey tomar asiento donde nada desagradable está a la vista. Después de que la multitud se ha retirado a la orden del Rey, Lancelot se lanza furiosamente contra Meleagant como contra alguien a quien odia cordialmente, pero antes de golpearlo, gritó con voz fuerte y dominante: «¡Tomad vuestra posición, os desafío! Y tomad mi palabra, esta vez no seréis perdonado». Entonces espolea a su corcel y retrocede la distancia de un tiro de arco. Luego dirigen sus caballos el uno hacia el otro a toda velocidad, y se golpean tan ferozmente sobre sus resistentes escudos que los atravesaron y perforaron. Pero ninguno de los dos es herido, ni la carne es tocada en este primer asalto. Se cruzan sin demora, y regresan a toda velocidad de sus caballos para renovar sus golpes sobre los escudos fuertes y robustos. Ambos caballeros son fuertes y valientes, y ambos caballos son robustos y rápidos. Tan poderosos son los golpes que propinan en los escudos alrededor de sus cuellos que las lanzas pasaron limpiamente a través, sin romperse ni astillarse, hasta que el acero frío alcanzó su carne. Cada uno golpea al otro con tal fuerza que ambos son llevados a tierra, y ninguna pechera, cincha o estribo podría salvarlos de caer hacia atrás sobre el arzón de su silla, dejando la silla sin ocupante. Los caballos corren sin jinete sobre colinas y valles, pero se patean y se muerden entre sí, mostrando así su odio mortal. En cuanto a los caballeros que cayeron a tierra, saltaron tan rápido como fue posible y desenvainaron sus espadas, que estaban grabadas con letras cinceladas. Sosteniendo sus escudos frente al rostro, se esfuerzan por herirse mutuamente con sus espadas de acero. Lancelot no siente temor alguno de él, pues sabía la mitad más de esgrima que su antagonista, habiéndolo aprendido en su juventud. Ambos propinaron tales golpes en el escudo colgado de sus cuellos, y sobre sus yelmos barrados con oro, que los aplastaron y dañaron. Pero Lancelot lo presiona duramente y le propina un poderoso golpe sobre su brazo derecho que, aunque revestido de malla, estaba desprotegido por el escudo, seccionándolo con un solo golpe limpio. Y cuando sintió la pérdida de su brazo derecho, dijo que sería vendido caro. Si es posible, no dejará de exigir el precio; está con tal dolor, ira y rabia que está casi fuera de sí, y tiene una pobre opinión de sí mismo, si no puede anotar contra su rival ahora. Se lanza hacia él con la intención de atraparlo, pero Lancelot anticipa su plan, pues con su espada tajante le inflige a su cuerpo tal corte del que no se recuperará hasta que abril y mayo hayan pasado. Aplasta su protector nasal contra sus dientes, rompiendo tres de ellos en su boca. Y la rabia de Meleagant es tal que no puede hablar ni decir una palabra; ni se digna a pedir clemencia, pues su corazón necio se mantiene firme en tal constreñimiento que incluso ahora todavía lo engaña. Lancelot se acerca y, desatando su yelmo, le corta la cabeza. Nunca más este hombre lo molestará; todo ha terminado con él mientras cae muerto. Ni un alma que estaba presente allí sintió piedad alguna al ver la escena. El Rey y todos los demás allí están jubilosos y expresan su alegría. Más felices de lo que nunca fueron antes, liberan a Lancelot de sus armas, y lo llevan lejos exultantes.
Señores míos, si prolongara mi relato, sería ajeno al propósito, y por tanto concluiré. Godefroi de Leigni, el clérigo, ha escrito la conclusión de «el Carro»; pero que nadie le encuentre falta por haber bordado sobre el tema de Chrétien, pues fue hecho con el consentimiento de Chrétien, quien lo comenzó. Godefroi lo ha terminado desde el punto en que Lancelot fue encarcelado en la torre. Tanto escribió; pero no desearía añadir nada más, por miedo a desfigurar el relato.
[Nota 414: La topografía del reino de Gorre, la tierra donde moran los cautivos retenidos por el rey Bademagu, es muy confusa. Uno supondría al principio que el arroyo atravesado por los dos puentes peligrosos formaba la frontera del reino. Pero aquí (v. 2102), antes de llegar a dicha frontera, ya se encuentra a los cautivos. Foerster sugiere que podríamos estar en una especie de primer plano o tierra fronteriza que es defendida por el caballero en el vado (v. 735 y ss.), y que, aunque no está dentro de los límites del reino, se encuentra, sin embargo, bajo el dominio de Bademagu. En la continuación, el arroyo con los puentes peligrosos se sitúa inmediatamente antes del palacio del Rey (cf. la nota de Foerster y G. Paris en "Romania", xxi. 471, nota).]
[Nota 415: Para los anillos mágicos, véase A. Hertel, op. cit., p. 62 y ss.]
[Nota 416: Esta "dama" era el hada Vivian, "la dama del lago". (F.)]
[Nota 417: Un buen ejemplo de los dilemas morales en los que Chrétien se deleita al colocar a sus personajes. Bajo la desagradable cáscara de la alegoría y la casuística medieval, tenemos aquí el germen del análisis psicológico de los motivos.]
[Nota 418: El origen legendario de este ungüento, llamado así por María Magdalena, María la madre de Santiago y María Salomé, se menciona en el poema épico "Mort Aimeri de Narbonne" (ed. "Anciens Textes", p. 86). (F.)]
[Nota 419: Las universidades de Montpellier y de Salerno fueron los principales centros de estudio médico en la Edad Media. Salerno es referenciada en "Cligés", v. 5818.]
[Nota 420: El héroe del poema es aquí mencionado por primera vez por su nombre.]
[Nota 421: La clásica historia de amor de Píramo y Tisbe, contada por Ovidio et al., era una favorita en la Edad Media.]
[Nota 422: Aquí tenemos la explicación de la fría recepción de Ginebra hacia Lancelot; él había sido infiel al rígido código de la cortesía cuando había vacilado siquiera por un momento en cubrirse de vergüenza por amor a ella.]
[Nota 423: La expresión "or est venuz qui aunera", menos literalmente significa "quien derrotará a todo el campo". Aunque Chrétien se refiere a la expresión como un proverbio corriente, solo se han encontrado otros dos ejemplos de su uso. (Cf. "Romania", xvi. 101, y "Ztsch. fur romanische Philologie", xi. 430.) A partir de este pasaje, G. Paris conjeturó que el propio Chrétien era un heraldo de armas ("Journal des Savants", 1902, p. 296), pero como dice Foerster, el texto difícilmente justifica tal suposición.]
[Nota 424: La evidente satisfacción con la que Chrétien describe en detalle las insignias de los caballeros en el siguiente pasaje da crédito a la conjetura de Gaston Paris de que él era heraldo además de poeta.]
[Nota 425: Según la declaración hecha al final del poema por el continuador de Chrétien, Godefroi de Leigni, debe haber sido aproximadamente en este punto donde el continuador tomó el hilo de la historia. No se sabe por qué Chrétien abandonó el poema donde lo hizo.]
[Nota 426: Bade = Bath. (F.)]
[Nota 427: La situación recuerda a la de "Aucassin et Nicolette", donde Aucassin, confinado en la torre, oye a su amada llamándolo desde el exterior.]
[Nota 428: La figura, por supuesto, está tomada del juego de tirar dados por puntuaciones altas. Para un relato exhaustivo del juego de dados derivado de antiguos textos franceses, cf. Franz Semrau, "Wurfel und Wurfelspiel in alten Frankreich", "Beiheft" 23 de "Ztsch. fur romanische Philologie" (Halle, 1910).]
[Nota 429: El caballo de Alejandro.]