Frankenstein; o, el Prometeo moderno por Mary Wollstonecraft (Godwin) Shelley
CONTENIDOS
Letter 1 Letter 2 Letter 3 Letter 4 Chapter 1 Chapter 2 Chapter 3 Chapter 4 Chapter 5 Chapter 6 Chapter 7 Chapter 8 Chapter 9 Chapter 10 Chapter 11 Chapter 12 Chapter 13 Chapter 14 Chapter 15 Chapter 16 Chapter 17 Chapter 18 Chapter 19 Chapter 20 Chapter 21 Chapter 22 Chapter 23 Chapter 24
Letter 1
A la Sra. Saville, Inglaterra.
San Petersburgo, 11 de diciembre de 17—.
Se alegrará al saber que no ha acompañado ningún desastre el comienzo de una empresa que usted ha contemplado con tan siniestras premoniciones. Llegué aquí ayer, y mi primera tarea es asegurar a mi querida hermana mi bienestar y la creciente confianza en el éxito de mi empresa.
Ya estoy muy al norte de Londres, y al caminar por las calles de Petersburgo siento una fría brisa del norte que roza mis mejillas, lo cual vigoriza mis nervios y me llena de deleite. ¿Comprende usted este sentimiento? Esta brisa, que ha venido de las regiones hacia las que avanzo, me brinda una probada de esos climas helados. Inspirado por este viento de promesa, mis ensoñaciones se vuelven más fervientes y vívidas. Trato en vano de convencerme de que el polo es el asiento de la escarcha y la desolación; siempre se presenta a mi imaginación como la región de la belleza y el deleite. Allí, Margaret, el sol está siempre visible, su amplio disco apenas roza el horizonte y difunde un resplandor perpetuo. Allí—con su permiso, hermana mía, confiaré en los navegantes precedentes—allí la nieve y la escarcha están desterradas; y, navegando sobre un mar calmado, podremos ser llevados a una tierra que supera en maravillas y en belleza a cualquier región descubierta hasta ahora en el globo habitable. Sus productos y rasgos pueden no hallar ejemplo, como indudablemente lo son los fenómenos de los cuerpos celestes en esas soledades inexploradas. ¿Qué no puede esperarse en un país de luz eterna? Allí podré descubrir el maravilloso poder que atrae la aguja y regular mil observaciones celestes que bastan con este viaje para hacer consistentes sus aparentes excentricidades para siempre. Satisfaré mi ardiente curiosidad con la visión de una parte del mundo nunca antes visitada, y podré pisar una tierra nunca antes marcada por el pie del hombre. Estos son mis incentivos, y son suficientes para vencer todo temor al peligro o a la muerte y para inducirme a comenzar este laborioso viaje con la alegría que siente un niño al embarcarse en una pequeña barca, con sus compañeros de vacaciones, en una expedición de descubrimiento por su río natal. Pero suponiendo que todas estas conjeturas sean falsas, no puede usted disputar el incalculable beneficio que conferiré a toda la humanidad, a la última generación, al descubrir un pasaje cerca del polo que conduzca a esos países, cuya llegada hoy requiere tantos meses; o al averiguar el secreto del imán, que, si es posible, solo puede lograrse mediante una empresa como la mía.
Estas reflexiones han disipado la agitación con que inicié mi carta, y siento mi corazón ardido de un entusiasmo que me eleva al cielo, porque nada contribuye tanto a tranquilizar la mente como un propósito firme—un punto en el cual el alma puede fijar su ojo intelectual. Esta expedición ha sido el sueño favorito de mis primeros años. He leído con ardor los relatos de los diversos viajes que se han hecho con el fin de llegar al Pacífico Norte a través de los mares que rodean el polo. Puede usted recordar que una historia de todos los viajes de descubrimiento componía la totalidad de la biblioteca de nuestro buen tío Thomas. Mi educación fue descuidada, pero yo era apasionadamente aficionada a la lectura. esos volúmenes fueron mi estudio día y noche, y mi familiaridad con ellos aumentó la lástima que sentí, de niña, al conocer la orden moribunda de mi padre que prohibía a mi tío permitirme embarcarme en una vida marítima.
Estas visiones se desvanecieron cuando leí, por primera vez, a los poetas cuyas efusiones encantaron mi alma y la elevaron al cielo. También me convertí en poeta y viví un año en un paraíso de mi propia creación; imaginé que también podría obtener un nicho en el templo donde se consagran los nombres de Homero y Shakespeare. Usted está bien enterada de mi fracaso y de cuán pesadamente llevé la desilusión. Pero justo entonces heredé la fortuna de mi primo, y mis pensamientos se dirigieron al cauce de su anterior inclinación.
Han pasado seis años desde que resolví mi presente empresa. Aún ahora puedo recordar la hora en que me dediqué a esta gran empresa. Comencé endureciendo mi cuerpo al trabajo. Acompañé a los cazadores de ballenas en varias expediciones al Mar del Norte; soporté voluntariamente el frío, la hambruna, la sed y la falta de sueño; a menudo trabajé más que los marineros comunes durante el día y dediqué mis noches al estudio de las matemáticas, la teoría de la medicina y aquellas ramas de la ciencia física de las que un aventurero naval podría derivar la mayor ventaja práctica. En dos ocasiones me contraté a mí mismo como grumete en un ballenero de Groenlandia, y me desempeñé con admiración. Debo confesar que me sentí un poco orgullosa cuando mi capitán me ofreció la segunda dignidad en la nave y me imploró que permaneciera con la mayor seriedad, tan valiosos consideraba él mis servicios.
Y ahora, querida Margaret, ¿no merezco yo cumplir algún gran propósito? Mi vida podría haber transcurrido en la comodidad y el lujo, pero preferí la gloria a cualquier incentivo que la riqueza pusiera en mi camino. ¡Oh, que alguna voz alentadora responda afirmativamente! Mi coraje y mi resolución son firmes; pero mis esperanzas fluctúan, y mis ánimos a menudo se deprimen. Estoy a punto de emprender un viaje largo y difícil, cuyas emergencias demandarán toda mi fortaleza: se me requiere no solo levantar el ánimo de los demás, sino a veces sostener el propio, cuando el de ellos flaquea.
Este es el período más favorable para viajar en Rusia. Deslizan rápidamente sobre la nieve en sus trineos; el movimiento es placentero, y, a mi juicio, mucho más agradable que el de una diligencia inglesa. El frío no es excesivo, si se está envuelto en pieles—un atuendo que ya he adoptado, pues hay gran diferencia entre caminar por la cubierta y permanecer sentado inmóvil durante horas, cuando ningún ejercicio impide que la sangre se congele realmente en las venas. No tengo ambición de perder la vida en el camino entre San Petersburgo y Archangel.
Partiré para aquella ciudad en quince o veinte días; y mi intención es contratar allí una nave, lo cual puede hacerse fácilmente pagando el seguro al dueño, y reclutar tantos marineros como considere necesarios entre los que están acostumbrados a la caza de ballenas. No pienso zarpar hasta el mes de junio; ¿y cuándo regresaré? Ah, querida hermana, ¿cómo podré responder a esa pregunta? Si tengo éxito, pasarán muchos, muchos meses, quizá años, antes de que usted y yo nos encontremos. Si fracaso, me verá pronto de nuevo, o nunca.
Adiós, mi querida y excelente Margaret. Que el cielo derrame bendiciones sobre usted, y guarde mí vida, para que pueda una y otra vez dar testimonio de mi gratitud por todo su amor y bondad.
Su afectuoso hermano,
R. Walton
Letter 2
A la Sra. Saville, Inglaterra.
Archangel, 28 de marzo de 17—.
¡Qué lentamente pasa el tiempo aquí, rodeado de escarcha y nieve! Sin embargo, se ha dado un segundo paso hacia mi empresa. He contratado una nave y estoy ocupado reuniendo a mis marineros; los que ya he reclutado parecen ser hombres en los que puedo confiar y poseen sin duda un coraje intrépido.
Pero tengo una necesidad que nunca he podido satisfacer, y la ausencia del objeto de la cual ahora siento como un mal muy severo, no tengo amigo, Margaret: cuando me entusiasme con el éxito, no habrá nadie que comparta mi alegría; si soy asaltado por la desilusión, nadie se esforzará por sostenerme en la depresión. Es cierto que consignaré mis pensamientos al papel; pero ese es un medio pobre para la comunicación del sentimiento. Deseo la compañía de un hombre que pueda simpatizar conmigo, cuyos ojos respondan a los míos. Puede usted considerarme romántica, querida hermana, pero siento amargamente la falta de un amigo. No tengo a nadie cerca, gentil y a la vez valiente, poseedor de una mente cultivada y espaciosa, cuyos gustos se asemejen a los míos, para aprobar o enmendar mis planes. ¡Cómo repararía tal amigo los defectos de su pobre hermano! Soy demasiado ferviente en la ejecución y demasiado impaciente ante las dificultades. Pero es un mal aún mayor para mí el ser autodidacta: durante los primeros catorce años de mi vida corrí silvestre y no leí nada más que los libros de viajes de nuestro tío Thomas. A esa edad me familiaricé con los poetas célebres de nuestro país; pero sólo cuando dejó de estar en mi poder extraer de esa convicción sus beneficios más importantes percibí la necesidad de familiarizarme con más lenguas que la de mi patria. Ahora tengo veintiocho años y, en realidad, soy más analfabeta que muchos escolares de quince. Es cierto que he pensado más y que mis ensoñaciones son más extensas y magníficas, pero les falta (como dicen los pintores) sustento; y preciso enormemente un amigo que tenga suficiente sentido para no despreciarme como romántica, y suficiente cariño para que yo intente regular mi mente.
Bien, esas son quejas inútiles; ciertamente no hallarè amigo en el ancho océano, ni siquiera aquí en Archangel, entre mercaderes y marineros. Sin embargo, algunos sentimientos, no contaminados por la escoria de la naturaleza humana, laten aun en estos corazones rústicos. Mi teniente, por ejemplo, es un hombre de maravillosa valentía y emprendimiento; está locamente deseoso de gloria, o mejor dicho, para usar mi frase de modo más característico, de ascenso en su profesión. Es inglés, y en medio de prejuicios nacionales y profesionales, no atenuados por la cultura, conserva algunos de los más nobles dones de la humanidad. Lo conocí por primera vez a bordo de una ballenera; al descubrir que estaba desempleado en esta ciudad, lo recluté fácilmente para que asistiera en mi empresa.
El patrón es una persona de excelente disposición y es notable en la nave por su delicadeza y la mansedumbre de su disciplina. Esta circunstancia, sumada a su bien conocida integridad y valor intrépido, me hizo desear mucho contratarlo. Una juventud transcurrida en soledad, mis mejores años pasados bajo su amable y femenina tutela, ha refinado tanto la base de mi carácter que no puedo superar una intensa aversión a la habitual brutalidad ejercida a bordo; nunca he creído que fuera necesaria, y cuando escuché de un marinero igualmente célebre por su bondad de corazón y el respeto y obediencia que su tripulación le profesaba, me sentí particularmente afortunado de poder asegurar sus servicios. Lo supe primero de manera algo romántica, de una dama que le debía la felicidad de su vida. Esta, brevemente, es su historia. Hace algunos años amó a una joven rusa de fortuna moderada, y habiendo amasado una suma considerable en premios, el padre de la muchacha consentió el matrimonio. Él vio a su amada una vez antes de la ceremonia destinada; pero ella estaba bañada en lágrimas, y arrojándose a sus pies, le suplicó que la perdonara, confesando al mismo tiempo que amaba a otro, pero que él era pobre, y que su padre nunca consentiría la unión. Mi generoso amigo tranquilizó a la suplicante, y al enterarse del nombre del amante, abandonó al instante su persecución. Ya había comprado una granja con su dinero, donde había pensado pasar el resto de su vida; pero entregó todo a su rival, junto con los restos de sus premios para comprar ganado, y él mismo solicitó al padre de la joven que consintiera su matrimonio con el amante. Pero el anciano se negó rotundamente, creyéndose obligado por honor a mi amigo, quien, al ver al padre inflexible, abandonó su tierra, sin volver hasta saber que su antigua amante se había casado según sus propias inclinaciones. «¡Qué hombre tan noble!» exclamará usted. Así es; pero a su vez está totalmente inculto: es tan callado como un turco, y una especie de ignorancia negligente lo acompaña, lo cual, aunque hace su conducta más asombrosa, resta interés y simpatía que de otro modo le corresponderían.
Sin embargo, no piense, porque me quejo un poco o porque puedo imaginar una consolación para mis trabajos que tal vez nunca conozca, que vacile en mis resoluciones. Son tan fijas como el destino, y mi viaje solo se retrasa hasta que el clima permita mi embarque. El invierno ha sido terriblemente severo, pero la primavera promete bien, y se considera una estación notablemente temprana, de modo que quizás pueda zarpar antes de lo esperado. No haré nada precipitado: usted me conoce lo suficiente como para confiar en mi prudencia y consideración siempre que la seguridad de los demás quede a mi cargo.
No puedo describirle mis sensaciones ante la inminente perspectiva de mi empresa. Es imposible transmitirle la concepción de la sensación temblorosa, a medio placer y a medio temor, con la que me preparo para partir. Voy a regiones inexploradas, a la “tierra de niebla y nieve”, pero no mataré al albatros; por tanto, no se alarme por mi seguridad o si debo regresar a usted tan desgastado y afligido como el “Viejo Marinero”. Sonreirá ante mi alusión, pero le revelaré un secreto. A menudo he atribuido mi apego, mi apasionado entusiasmo por los peligrosos misterios del océano, a esa producción del más imaginativo de los poetas modernos. Hay algo en mi alma que no entiendo. Soy prácticamente industriosa—meticulosa, una trabajadora que ejecuta con perseverancia y labor—pero además hay un amor por lo maravilloso, una creencia en lo maravilloso, entrelazado en todos mis proyectos, que me impulsa fuera de los caminos comunes de los hombres, incluso al mar salvaje y a las regiones no visitadas que estoy a punto de explorar.
Pero volviendo a consideraciones más queridas. ¿Volveré a encontrarla, después de haber cruzado inmensos mares y haber regresado por el cabo más meridional de África o América? No me atrevo a esperar tal éxito, pero no puedo soportar mirar el reverso del cuadro. Continúe, por ahora, escribiéndome en cada oportunidad: podré recibir sus cartas en ocasiones en que más las necesite para sostener mi ánimo. La quiero con mucho cariño. Recuerdeme con afecto, si jamás vuelve a oír de mí.
Su afectuoso hermano, Robert Walton
Letter 3
A la Sra. Saville, Inglaterra.
7 de julio de 17—.
Mi querida hermana,
Escribo unas breves líneas con premura para decir que estoy a salvo—y bien avanzado en mi viaje. Esta carta llegará a Inglaterra a bordo de un mercante que regresa ahora de Archangel; más afortunada que yo, que quizás no vea mi tierra natal durante muchos años. Sin embargo, estoy de buen ánimo: mis hombres son valientes y aparentemente firmes en su propósito, ni las láminas flotantes de hielo que continuamente nos rodean, indicando los peligros de la región hacia la que avanzamos, parecen desanimarlos. Ya hemos alcanzado una latitud muy alta; pero es pleno verano, y aunque no tan cálido como en Inglaterra, los vientos del sur, que nos empujan rápidamente hacia esas costas que ansío tanto alcanzar, soplan con una cierta calidez renovadora que no había esperado.
No han ocurrido incidentes hasta ahora que merezcan ser relatados en una carta. Uno o dos fuertes vendavales y el surgimiento de una fuga son accidentes que los navegantes experimentados rara vez recuerdan registrar, y estaré contenta si no ocurre nada peor durante nuestro viaje.
Adiós, mi querida Margaret. Tenga la seguridad de que, por mi propio bien y el suyo, no me arriesgaré imprudentemente. Seré fría, perseverante y prudente.
Pero el éxito coronará mis esfuerzos. ¿Por qué no? Hasta ahora he avanzado, trazando una ruta segura sobre mares sin camino, siendo las mismas estrellas testigos y testimonios de mi triunfo. ¿Por qué no seguir adelante sobre el elemento indómito pero obediente? ¿Qué puede detener al corazón determinado y a la voluntad resuelta del hombre?
Mi corazón hinchado derrama involuntariamente estas palabras. Pero debo concluir. ¡Que el cielo bendiga a mi amada hermana!
R.W.
Letter 4
A la Sra. Saville, Inglaterra.
5 de agosto de 17—.
Un accidente tan extraño nos ha sucedido que no puedo evitar registrarlo, aunque sea muy probable que usted me vea antes de que estos papeles lleguen a sus manos.
El lunes pasado (31 de julio) estuvimos casi rodeados de hielo, el cual cerró la nave por todos lados, dejando apenas espacio para que flotara. Nuestra situación fue algo peligrosa, sobre todo porque estábamos rodeados de una niebla muy densa. Por ello echamos anclas, esperando que alguna variación surgiera en la atmósfera y el tiempo.
Alrededor de las dos de la tarde la niebla se disipó, y vimos, extendidos en todas direcciones, vastas e irregulares llanuras de hielo que parecían no tener fin. Algunos de mis compañeros gimieron, y mi propia mente comenzó a tornarse vigilante con pensamientos ansiosos, cuando una visión extraña atrajo de pronto nuestra atención y desvió nuestra preocupación de nuestra propia situación. Percibimos un carruaje bajo, fijado a un trineo y tirado por perros, que avanzaba hacia el norte, a medio kilómetro de distancia; un ser con forma de hombre, pero evidentemente de estatura gigantesca, se sentaba en el trineo y dirigía a los perros. Observamos el rápido progreso del viajero con nuestros telescopios hasta que desapareció entre las distantes irregularidades del hielo.
Esta aparición despertó nuestro asombro sin reservas. Creíamos estar a varios cientos de millas de cualquier tierra; pero esta aparición parecía indicar que, en realidad, no estaba tan distante como habíamos supuesto. Cerrados, sin embargo, por el hielo, resultaba imposible seguir su pista, que habíamos observado con la mayor atención.
Unas dos horas después de este suceso escuchamos el crujido del mar, y antes de la noche el hielo se quebró y liberó nuestra nave. No obstante, permanecimos anclados hasta la mañana, temiendo encontrar en la oscuridad esas grandes masas sueltas que flotan después de la rotura del hielo. Aproveché ese tiempo para descansar unas horas.
Al amanecer, sin embargo, tan pronto como hubo luz, subí a cubierta y encontré a todos los marineros ocupados en un lado de la nave, aparentemente hablando con alguien en el mar. En realidad era un trineo, como el que habíamos visto antes, que había flotado hacia nosotros durante la noche sobre un gran fragmento de hielo. Sólo quedaba vivo un perro; pero había dentro de él un ser humano al que los marineros estaban persuadiendo para que entrara en la nave. No era, como parecía el otro viajero, un salvaje habitante de alguna isla desconocida, sino un europeo. Cuando aparecí en cubierta, el patrón dijo: “Aquí está nuestro capitán, y no permitirá que usted perezca en alta mar.”
Al percibirme, el extraño se dirigió a mí en inglés, aunque con acento extranjero. “Antes de subir a bordo de su nave”, dijo, “¿tendría la amabilidad de informarme a dónde se dirige?”
Puede imaginar mi asombro al oír tal pregunta dirigida a mí por un hombre al borde de la destrucción, y a quien habría supuesto que mi nave hubiese sido un recurso que no habría cambiado por la mayor riqueza que la tierra puede ofrecer. Respondí, sin embargo, que estábamos en una travesía de descubrimiento hacia el polo norte.
Al oír esto pareció satisfecho y accedió a subir a bordo. ¡Dios mío! Margaret, si hubieras visto al hombre que así capitulaba por su seguridad, tu sorpresa habría sido infinita. Sus miembros estaban casi congelados y su cuerpo, horriblemente demacrado por la fatiga y el sufrimiento. Nunca vi a un hombre en un estado tan miserable. Intentamos llevarlo al camarote, pero apenas hubo dejado el aire fresco, se desmayó. En consecuencia, lo trajimos de vuelta a cubierta y le devolvimos la animación frotándolo con brandy y obligándolo a tragar una pequeña cantidad. Tan pronto como mostró señales de vida, lo envolvimos en mantas y lo colocamos cerca de la chimenea de la cocina. Poco a poco se recuperó y tomó un poco de sopa, lo cual lo restableció maravillosamente.
Pasaron dos días de este modo antes de que pudiera hablar, y a menudo temí que sus sufrimientos lo hubieran privado del entendimiento. Cuando se hubo recuperado en cierta medida, lo trasladé a mi propio camarote y lo atendí tanto como mi deber me lo permitía. Nunca vi una criatura más interesante: sus ojos tienen generalmente una expresión de salvajismo, e incluso de locura, pero hay momentos en los que, si alguien le hace un acto de bondad o le presta el más mínimo servicio, todo su rostro se ilumina, por así decirlo, con un rayo de benevolencia y dulzura que jamás vi igualado. Pero por lo general es melancólico y desesperado, y a veces rechina los dientes, como si estuviera impaciente por el peso de las aflicciones que lo oprimen.
Cuando mi invitado se hubo recuperado un poco, tuve grandes problemas para mantener alejados a los hombres, que deseaban hacerle mil preguntas; pero no quise permitir que fuera atormentado por su vana curiosidad, en un estado de cuerpo y mente cuya recuperación dependía evidentemente del reposo absoluto. Una vez, sin embargo, el teniente preguntó por qué había llegado tan lejos sobre el hielo en un vehículo tan extraño.
Su rostro adoptó al instante un aspecto de la más profunda melancolía y respondió: «Para buscar a aquel que huyó de mí».
«¿Y el hombre al que perseguía viajaba de la misma manera?»
«Sí».
«Entonces imagino que lo hemos visto, pues el día antes de recogerlo vimos a unos perros tirando de un trineo, con un hombre en él, a través del hielo».
Esto despertó la atención del extraño, y formuló una multitud de preguntas sobre la ruta que el demonio, como él lo llamaba, había seguido. Poco después, cuando estaba a solas conmigo, dijo: «Sin duda he despertado su curiosidad, así como la de estas buenas personas; pero usted es demasiado considerado para hacer indagaciones».
«Ciertamente; sería en verdad muy impertinente e inhumano de mi parte molestarlo con cualquiera de mis curiosidades».
«Y sin embargo, usted me rescató de una situación extraña y peligrosa; me ha devuelto benévolamente la vida».
Poco después de esto, preguntó si creía que la ruptura del hielo había destruido el otro trineo. Respondí que no podía responder con ningún grado de certeza, pues el hielo no se había roto hasta cerca de la medianoche, y el viajero podría haber llegado a un lugar seguro antes de ese momento; pero de esto no podía juzgar.
Desde este momento un nuevo espíritu de vida animó el cuerpo decadente del extraño. Manifestó el mayor deseo de estar en cubierta para vigilar el trineo que había aparecido antes; pero lo he persuadido de que permanezca en el camarote, pues está demasiado débil para soportar la crudeza de la atmósfera. He prometido que alguien vigilaría por él y le avisaría al instante si algún objeto nuevo apareciera a la vista.
Tal es mi diario de lo que se refiere a este extraño suceso hasta el día de hoy. El extraño ha mejorado gradualmente en salud pero es muy silencioso y parece inquieto cuando alguien, excepto yo, entra en su camarote. Sin embargo, sus modales son tan conciliadores y amables que todos los marineros se interesan por él, aunque han tenido muy poca comunicación con él. Por mi parte, empiezo a amarlo como a un hermano, y su constante y profundo dolor me llena de simpatía y compasión. Debe haber sido una criatura noble en sus mejores días, siendo incluso ahora, en la ruina, tan atractivo y amable.
Dije en una de mis cartas, mi querida Margaret, que no encontraría ningún amigo en el vasto océano; sin embargo, he encontrado a un hombre que, antes de que su espíritu fuera quebrantado por la miseria, habría estado feliz de poseer como al hermano de mi corazón.
Continuaré mi diario sobre el extraño a intervalos, si tuviera algún incidente nuevo que registrar.
13 de agosto de 17—.
Mi afecto por mi invitado aumenta cada día. Excita a la vez mi admiración y mi piedad hasta un grado asombroso. ¿Cómo puedo ver a una criatura tan noble destruida por la miseria sin sentir el más profundo dolor? Es tan gentil, y sin embargo tan sabio; su mente es tan culta, y cuando habla, aunque sus palabras están elegidas con el más exquisito arte, fluyen con rapidez y una elocuencia sin par.
Ahora está muy recuperado de su enfermedad y está continuamente en cubierta, aparentemente vigilando el trineo que precedió al suyo. Sin embargo, aunque infeliz, no está tan absolutamente ocupado por su propia miseria como para no interesarse profundamente en los proyectos de los demás. Con frecuencia ha conversado conmigo sobre los míos, que le he comunicado sin disfraz. Se introdujo atentamente en todos mis argumentos a favor de mi eventual éxito y en cada detalle minucioso de las medidas que había tomado para asegurarlo. Fui fácilmente conducido por la simpatía que mostró a usar el lenguaje de mi corazón, a dar voz al ardiente ardor de mi alma y a decir, con todo el fervor que me calentaba, cuán gustosamente sacrificaría mi fortuna, mi existencia, toda mi esperanza, para el fomento de mi empresa. La vida o la muerte de un hombre no sería sino un pequeño precio a pagar por la adquisición del conocimiento que buscaba, por el dominio que adquiriría y transmitiría sobre los enemigos elementales de nuestra raza. Mientras hablaba, una sombra oscura se extendió por el rostro de mi oyente. Al principio percibí que intentaba reprimir su emoción; puso sus manos ante sus ojos, y mi voz tembló y me falló al ver lágrimas gotear rápidamente de entre sus dedos; un gemido brotó de su pecho agitado. Hice una pausa; finalmente habló, en acentos entrecortados: «¡Hombre infeliz! ¿Comparte mi locura? ¿Ha bebido también del brebaje embriagador? Escúcheme; permítame revelar mi historia, ¡y usted apartará la copa de sus labios!».
Tales palabras, puede imaginar, excitaron fuertemente mi curiosidad; pero el paroxismo de dolor que se había apoderado del extraño venció sus fuerzas debilitadas, y muchas horas de reposo y conversación tranquila fueron necesarias para restaurar su compostura.
Habiendo vencido la violencia de sus sentimientos, pareció despreciarse a sí mismo por ser esclavo de la pasión; y sofocando la oscura tiranía de la desesperación, me llevó de nuevo a conversar sobre mí personalmente. Me preguntó la historia de mis primeros años. El relato se contó rápidamente, pero despertó varias líneas de reflexión. Hablé de mi deseo de encontrar un amigo, de mi sed de una simpatía más íntima con una mente afín de la que nunca había caído en mi suerte, y expresé mi convicción de que un hombre podía jactarse de poca felicidad si no disfrutaba de esta bendición.
«Estoy de acuerdo con usted», respondió el extraño; «somos criaturas sin forma, a medio hacer, si alguien más sabio, mejor, más querido que nosotros —tal como un amigo debería ser— no presta su ayuda para perfeccionar nuestras naturalezas débiles y defectuosas. Una vez tuve un amigo, la más noble de las criaturas humanas, y tengo derecho, por tanto, a juzgar respecto a la amistad. Usted tiene esperanza, y el mundo ante usted, y no tiene causa para la desesperación. Pero yo —yo lo he perdido todo y no puedo comenzar la vida de nuevo».
Mientras decía esto, su rostro se volvió expresivo de un dolor tranquilo y asentado que me tocó el corazón. Pero guardó silencio y poco después se retiró a su camarote.
Incluso con el espíritu quebrantado como está, nadie puede sentir más profundamente que él las bellezas de la naturaleza. El cielo estrellado, el mar, y cada espectáculo que brindan estas regiones maravillosas parecen tener aún el poder de elevar su alma por encima de la tierra. Tal hombre tiene una doble existencia: puede sufrir miseria y sentirse abrumado por las decepciones, pero cuando se ha retirado a sí mismo, será como un espíritu celestial que tiene un halo a su alrededor, dentro de cuyo círculo ningún dolor o locura se aventura.
¿Sonreirá usted ante el entusiasmo que expreso respecto a este vagabundo divino? No lo haría si lo viera. Usted ha sido instruida y refinada por los libros y el retiro del mundo, y por lo tanto es algo exigente; pero esto solo la hace más apta para apreciar los méritos extraordinarios de este hombre maravilloso. A veces he intentado descubrir qué cualidad es la que posee que lo eleva tan inmensamente por encima de cualquier otra persona que haya conocido. Creo que es un discernimiento intuitivo, un poder de juicio rápido pero infalible, una penetración en las causas de las cosas, inigualable en claridad y precisión; añada a esto una facilidad de expresión y una voz cuyas variadas entonaciones son música que subyuga el alma.
19 de agosto de 17—.
Ayer el extraño me dijo: «Puede percibir fácilmente, capitán Walton, que he sufrido infortunios grandes e inigualables. Había decidido en un momento dado que el recuerdo de estos males moriría conmigo, pero usted me ha ganado para alterar mi determinación. Usted busca el conocimiento y la sabiduría, como yo lo hice una vez; y espero ardientemente que la gratificación de sus deseos no sea una serpiente que lo pique, como lo ha sido la mía. No sé si el relato de mis desastres le será útil; sin embargo, cuando reflexiono que usted sigue el mismo camino, exponiéndose a los mismos peligros que me han hecho lo que soy, imagino que usted puede deducir una moraleja adecuada de mi cuento, una que pueda dirigirlo si tiene éxito en su empresa y consolarlo en caso de fracaso. Prepárese para oír sobre sucesos que suelen considerarse maravillosos. Si estuviéramos entre las escenas más mansas de la naturaleza, podría temer encontrar su incredulidad, tal vez su ridículo; pero muchas cosas parecerán posibles en estas regiones salvajes y misteriosas que provocarían la risa de aquellos que no conocen los poderes siempre variados de la naturaleza; ni puedo dudar de que mi cuento transmite en su serie evidencia interna de la verdad de los eventos de los que está compuesto».
Puede imaginar fácilmente que me sentí muy gratificado por la comunicación ofrecida, sin embargo, no podía soportar que renovara su dolor mediante un relato de sus infortunios. Sentí el mayor deseo de escuchar la narración prometida, en parte por curiosidad y en parte por un fuerte deseo de mejorar su destino si estaba en mi poder. Expresé estos sentimientos en mi respuesta.
«Le agradezco», respondió, «por su simpatía, pero es inútil; mi destino está casi cumplido. Solo espero un evento, y entonces descansaré en paz. Entiendo su sentimiento», continuó, percibiendo que deseaba interrumpirlo; «pero usted se equivoca, amigo mío, si así me permite llamarlo; nada puede alterar mi destino; escuche mi historia, y percibirá cuán irrevocablemente está determinado».
Entonces me dijo que comenzaría su narración al día siguiente cuando yo estuviera libre. Esta promesa arrancó de mí los más calurosos agradecimientos. He resuelto cada noche, cuando no estoy imperativamente ocupado por mis deberes, registrar, tan cerca como sea posible en sus propias palabras, lo que ha relatado durante el día. Si estuviera ocupado, al menos tomaré notas. Este manuscrito sin duda le proporcionará el mayor placer; pero a mí, que lo conozco, y que lo oigo de sus propios labios —¡con qué interés y simpatía lo leeré en algún día futuro! Incluso ahora, al comenzar mi tarea, su voz de tono completo resuena en mis oídos; sus ojos brillantes se posan en mí con toda su melancólica dulzura; veo su mano delgada levantada en animación, mientras los rasgos de su rostro están irradiados por el alma interior. Extraña y desgarradora debe ser su historia, espantosa la tormenta que abrazó a la gallarda nave en su curso y la naufragó —¡así!
Capítulo 1
Soy ginebrino de nacimiento, y mi familia es una de las más distinguidas de esa república. Mis ancestros habían sido durante muchos años consejeros y síndicos, y mi padre había desempeñado varios cargos públicos con honor y reputación. Era respetado por todos los que lo conocían por su integridad y su infatigable atención a los asuntos públicos. Pasó sus días más jóvenes perpetuamente ocupado en los asuntos de su país; una variedad de circunstancias habían impedido que se casara temprano, ni fue hasta el declive de la vida que se convirtió en esposo y padre de familia.
Como las circunstancias de su matrimonio ilustran su carácter, no puedo dejar de relatarlas. Uno de sus amigos más íntimos era un comerciante que, desde un estado floreciente, cayó, a través de numerosas desgracias, en la pobreza. Este hombre, cuyo nombre era Beaufort, era de una disposición orgullosa e inflexible y no podía soportar vivir en la pobreza y el olvido en el mismo país donde anteriormente se había distinguido por su rango y magnificencia. Habiendo pagado sus deudas, por lo tanto, de la manera más honorable, se retiró con su hija a la ciudad de Lucerna, donde vivió desconocido y en la miseria. Mi padre amaba a Beaufort con la más verdadera amistad y estaba profundamente apenado por su retiro en estas desafortunadas circunstancias. Lamentaba amargamente el falso orgullo que llevó a su amigo a una conducta tan poco digna del afecto que los unía. No perdió tiempo en tratar de buscarlo, con la esperanza de persuadirlo de comenzar el mundo de nuevo a través de su crédito y asistencia.
Beaufort había tomado medidas eficaces para ocultarse, y pasaron diez meses antes de que mi padre descubriera su morada. Lleno de alegría por este descubrimiento, se apresuró a ir a la casa, que estaba situada en una calle miserable cerca del Reuss. Pero cuando entró, la miseria y la desesperación solo lo recibieron. Beaufort había ahorrado solo una suma muy pequeña de dinero del naufragio de sus fortunas, pero era suficiente para proporcionarle sustento durante algunos meses, y mientras tanto esperaba obtener algún empleo respetable en la casa de un comerciante. El intervalo fue, por consiguiente, pasado en la inacción; su dolor solo se volvió más profundo y doloroso cuando tenía tiempo para la reflexión, y finalmente se apoderó de su mente con tanta fuerza que al final de tres meses yacía en un lecho de enfermedad, incapaz de cualquier esfuerzo.
Su hija lo atendió con la mayor ternura, pero vio con desesperación que su pequeño fondo estaba disminuyendo rápidamente y que no había otra perspectiva de apoyo. Pero Caroline Beaufort poseía una mente de un molde poco común, y su coraje se elevó para apoyarla en su adversidad. Consiguió trabajo sencillo; trenzó paja y por varios medios logró ganar una miseria apenas suficiente para sustentar la vida.
Pasaron varios meses de esta manera. Su padre empeoró; su tiempo estuvo más completamente ocupado en atenderlo; sus medios de subsistencia disminuyeron; y en el décimo mes su padre murió en sus brazos, dejándola huérfana y mendiga. Este último golpe la superó, y ella se arrodilló junto al ataúd de Beaufort llorando amargamente, cuando mi padre entró en la cámara. Vino como un espíritu protector para la pobre chica, quien se confió a su cuidado; y después del entierro de su amigo la condujo a Ginebra y la colocó bajo la protección de un pariente. Dos años después de este evento Caroline se convirtió en su esposa.
Había una diferencia considerable entre las edades de mis padres, pero esta circunstancia parecía unirlos solo más estrechamente en lazos de devoto afecto. Había un sentido de justicia en la mente recta de mi padre que hacía necesario que él aprobara altamente para amar fuertemente. Quizás durante años anteriores había sufrido por la indignidad descubierta tardíamente de un ser amado y así estaba dispuesto a dar un mayor valor al mérito probado. Había una muestra de gratitud y adoración en su apego a mi madre, que difería totalmente de la cariñosa debilidad de la edad, pues estaba inspirada por la reverencia por sus virtudes y el deseo de ser el medio de, en algún grado, recompensarla por las penas que había soportado, pero que daba una gracia inexpresable a su comportamiento hacia ella. Todo se hacía ceder a sus deseos y su conveniencia. Se esforzó por protegerla, como un jardinero protege a una hermosa planta exótica, de todo viento más áspero y por rodearla con todo lo que pudiera tender a excitar una emoción placentera en su mente suave y benevolente. Su salud, e incluso la tranquilidad de su espíritu hasta entonces constante, habían sido sacudidas por lo que había pasado. Durante los dos años que habían transcurrido antes de su matrimonio, mi padre había renunciado gradualmente a todas sus funciones públicas; e inmediatamente después de su unión buscaron el clima agradable de Italia, y el cambio de escena e interés que conlleva un recorrido por esa tierra de maravillas, como un restaurador para su cuerpo debilitado.
Desde Italia visitaron Alemania y Francia. Yo, su hijo mayor, nací en Nápoles, y como infante los acompañé en sus andanzas. Permanecí durante varios años como su único hijo. Por mucho que estuvieran apegados el uno al otro, parecían sacar reservas inagotables de afecto de una verdadera mina de amor para otorgarlas sobre mí. Las tiernas caricias de mi madre y la sonrisa de benevolente placer de mi padre mientras me miraban son mis primeros recuerdos. Yo era su juguete y su ídolo, y algo mejor —su hijo, la criatura inocente e indefensa otorgada a ellos por el Cielo, a quien criar en el bien, y cuyo futuro destino estaba en sus manos dirigir a la felicidad o la miseria, según cumplieran sus deberes hacia mí. Con esta profunda conciencia de lo que debían al ser al que habían dado vida, sumado al espíritu activo de ternura que animaba a ambos, se puede imaginar que mientras durante cada hora de mi vida infantil recibí una lección de paciencia, de caridad, y de autocontrol, fui guiado por un hilo de seda de modo que todo parecía ser solo una cadena de disfrute para mí.
Durante mucho tiempo fui su único cuidado. Mi madre había deseado mucho tener una hija, pero yo continué siendo su única descendencia. Cuando tenía unos cinco años, mientras hacían una excursión más allá de las fronteras de Italia, pasaron una semana en las orillas del lago de Como. Su disposición benevolente a menudo los hacía entrar en las cabañas de los pobres. Esto, para mi madre, era más que un deber; era una necesidad, una pasión —recordando lo que había sufrido, y cómo había sido aliviada— para actuar a su vez como ángel guardián de los afligidos. Durante uno de sus paseos, una pobre choza en los pliegues de un valle atrajo su atención por ser singularmente desolada, mientras que el número de niños medio vestidos reunidos alrededor hablaba de la miseria en su peor forma. Un día, cuando mi padre se había ido solo a Milán, mi madre, acompañada por mí, visitó esta morada. Encontró a un campesino y su esposa, trabajadores, doblados por el cuidado y el trabajo, distribuyendo una comida escasa a cinco niños hambrientos. Entre estos había una que atrajo a mi madre mucho más que al resto. Parecía de un linaje diferente. Los otros cuatro eran pequeños vagabundos de ojos oscuros y robustos; esta niña era delgada y muy clara. Su cabello era del oro vivo más brillante, y a pesar de la pobreza de su ropa, parecía poner una corona de distinción en su cabeza. Su frente era clara y amplia, sus ojos azules sin nubes, y sus labios y el modelado de su rostro tan expresivos de sensibilidad y dulzura que nadie podía contemplarla sin mirarla como de una especie distinta, un ser enviado por el cielo, y que llevaba un sello celestial en todos sus rasgos.
La campesina, al percibir que mi madre fijaba ojos de asombro y admiración en esta hermosa joven, comunicó con entusiasmo su historia. No era su hija, sino la hija de un noble milanés. Su madre era alemana y había muerto al darla a luz. La infante había sido entregada a estas buenas personas para que la criaran: entonces estaban mejor. Llevaban poco tiempo casados y su hijo mayor acababa de nacer. El padre de su protegida era uno de esos italianos nutridos por el recuerdo de la antigua gloria de Italia, uno entre los schiavi ognor frementi, que se esforzaba por obtener la libertad de su país. Se convirtió en víctima de su debilidad. No se sabía si había muerto o si aún languidecía en las mazmorras de Austria. Sus bienes fueron confiscados; su hija quedó huérfana y mendiga. Ella continuó con sus padres adoptivos y floreció en su humilde morada, más hermosa que una rosa de jardín entre zarzas de hojas oscuras.
Cuando mi padre regresó de Milán, encontró jugando conmigo en el vestíbulo de nuestra villa a una niña más hermosa que un querubín de pintura, una criatura que parecía irradiar resplandor con sus miradas y cuya forma y movimientos eran más ligeros que los del rebeco de las colinas. La aparición fue pronto explicada. Con su permiso, mi madre convenció a sus rústicos guardianes para que le cedieran a su protegida. Ellos sentían cariño por la dulce huérfana. Su presencia les había parecido una bendición, pero sería injusto para ella mantenerla en la pobreza y la necesidad cuando la Providencia le ofrecía una protección tan poderosa. Consultaron a su párroco, y el resultado fue que Elizabeth Lavenza se convirtió en habitante de la casa de mis padres, mi más que hermana, la hermosa y adorada compañera de todas mis ocupaciones y mis placeres.
Todos amaban a Elizabeth. El afecto apasionado y casi reverencial con el que todos la consideraban se convirtió, al compartirlo yo, en mi orgullo y mi deleite. En la víspera del día en que fue traída a mi hogar, mi madre había dicho en tono juguetón: «Tengo un bonito regalo para mi Victor, mañana lo tendrá». Y cuando, al día siguiente, me presentó a Elizabeth como su regalo prometido, yo, con seriedad infantil, interpreté sus palabras literalmente y consideré a Elizabeth como mía, mía para proteger, amar y cuidar. Todos los elogios que se le prodigaban los recibía como hechos a una posesión propia. Nos llamábamos familiarmente con el nombre de prima. Ninguna palabra, ninguna expresión podía encarnar la clase de relación en la que ella estaba conmigo, mi más que hermana, pues hasta la muerte ella habría de ser solo mía.
Capítulo 2
Nos criamos juntos; no había ni un año de diferencia en nuestras edades. No hace falta decir que éramos ajenos a cualquier clase de desunión o disputa. La armonía era el alma de nuestra compañía, y la diversidad y el contraste que subsistían en nuestros caracteres nos acercaban más el uno al otro. Elizabeth era de una disposición más tranquila y concentrada; pero, con todo mi ardor, yo era capaz de una aplicación más intensa y estaba más profundamente afectado por la sed de conocimiento. Ella se ocupaba en seguir las creaciones aéreas de los poetas; y en las majestuosas y maravillosas escenas que rodeaban nuestro hogar suizo —las sublimes formas de las montañas, los cambios de las estaciones, la tempestad y la calma, el silencio del invierno y la vida y turbulencia de nuestros veranos alpinos— hallaba amplio margen para la admiración y el deleite. Mientras mi compañera contemplaba con espíritu serio y satisfecho las magníficas apariencias de las cosas, yo me deleitaba investigando sus causas. El mundo era para mí un secreto que deseaba adivinar. La curiosidad, la búsqueda ferviente para aprender las leyes ocultas de la naturaleza, la alegría cercana al éxtasis, a medida que me eran reveladas, se encuentran entre las sensaciones más tempranas que puedo recordar.
Al nacimiento de un segundo hijo, siete años menor que yo, mis padres abandonaron por completo su vida errante y se establecieron en su país natal. Poseíamos una casa en Ginebra y una campagne en Belrive, la orilla oriental del lago, a una distancia de poco más de una legua de la ciudad. Residíamos principalmente en esta última, y la vida de mis padres transcurría en considerable reclusión. Mi carácter era evitar las multitudes y apegarme fervientemente a unos pocos. Era indiferente, por tanto, a mis compañeros de escuela en general; pero me uní en los lazos de la más estrecha amistad a uno de entre ellos. Henry Clerval era hijo de un comerciante de Ginebra. Era un muchacho de singular talento e imaginación. Amaba la empresa, la dificultad e incluso el peligro por sí mismos. Era un ávido lector de libros de caballerías y romances. Compuso canciones heroicas y comenzó a escribir más de un cuento de encantamiento y aventura caballeresca. Intentaba hacernos representar obras de teatro y participar en mascaradas, en las que los personajes eran extraídos de los héroes de Roncesvalles, de la Mesa Redonda del Rey Arturo y de la hueste caballeresca que derramó su sangre para redimir el santo sepulcro de manos de los infieles.
Ningún ser humano podría haber pasado una infancia más feliz que la mía. Mis padres estaban poseídos por el espíritu mismo de la bondad y la indulgencia. Sentíamos que no eran los tiranos que gobernaban nuestro destino según su capricho, sino los agentes y creadores de todos los muchos deleites que disfrutábamos. Cuando me mezclaba con otras familias, discernía claramente cuán singularmente afortunado era mi destino, y la gratitud ayudaba al desarrollo del amor filial.
Mi carácter era a veces violento y mis pasiones vehementes; pero por alguna ley de mi temperamento no se dirigían hacia ocupaciones infantiles, sino hacia un deseo ferviente de aprender, y no de aprender todas las cosas indiscriminadamente. Confieso que ni la estructura de los lenguajes, ni el código de los gobiernos, ni la política de varios estados poseían atractivos para mí. Eran los secretos del cielo y la tierra los que deseaba aprender; y tanto si era la sustancia exterior de las cosas como el espíritu interno de la naturaleza y el alma misteriosa del hombre lo que me ocupaba, mis indagaciones se dirigían siempre a lo metafísico, o en su sentido más elevado, a los secretos físicos del mundo.
Mientras tanto, Clerval se ocupaba, por así decirlo, de las relaciones morales de las cosas. El ajetreado escenario de la vida, las virtudes de los héroes y las acciones de los hombres eran su tema; y su esperanza y su sueño era convertirse en uno de aquellos cuyos nombres están registrados en la historia como los galantes y aventureros benefactores de nuestra especie. El alma santa de Elizabeth brillaba como una lámpara dedicada en un santuario en nuestro pacífico hogar. Su simpatía era nuestra; su sonrisa, su suave voz, la dulce mirada de sus ojos celestiales, estaban siempre allí para bendecirnos y animarnos. Ella era el espíritu vivo del amor para suavizar y atraer; yo podría haberme vuelto hosco en mi estudio, áspero por el ardor de mi naturaleza, de no ser porque ella estaba allí para doblegarme a una semejanza de su propia gentileza. Y Clerval, ¿podría algo malo atrincherarse en el espíritu noble de Clerval? Sin embargo, él podría no haber sido tan perfectamente humano, tan reflexivo en su generosidad, tan lleno de bondad y ternura en medio de su pasión por la aventura, si ella no le hubiera revelado la verdadera belleza de la beneficencia y hubiera hecho del hacer el bien el fin y objetivo de su ambición creciente.
Siento un placer exquisito al detenerme en los recuerdos de la infancia, antes de que la desgracia hubiera contaminado mi mente y cambiado sus brillantes visiones de extensa utilidad en sombrías y estrechas reflexiones sobre uno mismo. Además, al dibujar el cuadro de mis primeros días, registro también aquellos eventos que llevaron, por pasos insensibles, a mi historia posterior de miseria, pues cuando intento explicarme el nacimiento de esa pasión que después gobernó mi destino, encuentro que surge, como un río de montaña, de fuentes innobles y casi olvidadas; pero, hinchándose a medida que avanzaba, se convirtió en el torrente que, en su curso, ha arrastrado todas mis esperanzas y alegrías.
La filosofía natural es el genio que ha regulado mi destino; deseo, por tanto, en esta narración, exponer aquellos hechos que llevaron a mi predilección por esa ciencia. Cuando tenía trece años, fuimos todos a una excursión de placer a los baños cerca de Thonon; la inclemencia del tiempo nos obligó a permanecer un día confinados en la posada. En esta casa encontré por casualidad un volumen de las obras de Cornelius Agrippa. Lo abrí con apatía; la teoría que intenta demostrar y los maravillosos hechos que relata cambiaron pronto este sentimiento en entusiasmo. Una nueva luz pareció amanecer en mi mente y, saltando de alegría, comuniqué mi descubrimiento a mi padre. Mi padre miró descuidadamente la portada de mi libro y dijo: «¡Ah! ¡Cornelius Agrippa! Mi querido Victor, no pierdas tu tiempo con esto; es una triste basura».
Si, en lugar de este comentario, mi padre se hubiera tomado la molestia de explicarme que los principios de Agrippa habían sido totalmente refutados y que se había introducido un sistema moderno de ciencia que poseía poderes mucho mayores que el antiguo, porque los poderes de este último eran quiméricos, mientras que los del primero eran reales y prácticos, en tales circunstancias, sin duda, habría dejado a Agrippa a un lado y habría satisfecho mi imaginación, tibia como estaba, regresando con mayor ardor a mis estudios anteriores. Es incluso posible que el curso de mis ideas nunca hubiera recibido el impulso fatal que me llevó a la ruina. Pero la mirada superficial que mi padre había echado a mi volumen no me aseguraba en absoluto que estuviera familiarizado con su contenido, y continué leyendo con la mayor avidez.
Cuando regresé a casa, mi primer cuidado fue procurar todas las obras de este autor, y después las de Paracelso y Alberto Magno. Leí y estudié las fantasías desenfrenadas de estos escritores con deleite; me parecían tesoros conocidos por pocos además de mí mismo. Me he descrito a mí mismo como alguien siempre imbuido de un ferviente anhelo por penetrar los secretos de la naturaleza. A pesar del intenso trabajo y los maravillosos descubrimientos de los filósofos modernos, siempre salía de mis estudios descontento e insatisfecho. Se dice que sir Isaac Newton confesó que se sentía como un niño recogiendo conchas junto al gran e inexplorado océano de la verdad. Aquellos de sus sucesores en cada rama de la filosofía natural con quienes estaba familiarizado parecían, incluso para la percepción de mi niñez, aprendices dedicados a la misma búsqueda.
El campesino sin instrucción contemplaba los elementos a su alrededor y conocía sus usos prácticos. El filósofo más erudito sabía poco más. Había desvelado parcialmente el rostro de la Naturaleza, pero sus inmortales lineamientos seguían siendo una maravilla y un misterio. Podía diseccionar, anatomizar y poner nombres; pero, por no hablar de una causa final, las causas en sus grados secundarios y terciarios le eran totalmente desconocidas. Había contemplado las fortificaciones y los impedimentos que parecían impedir a los seres humanos entrar en la ciudadela de la naturaleza, y temeraria e ignorantemente me había lamentado.
Pero aquí había libros, y aquí había hombres que habían penetrado más profundamente y sabían más. Creí en su palabra todo lo que afirmaban y me convertí en su discípulo. Puede parecer extraño que tal cosa surgiera en el siglo XVIII; pero mientras seguía la rutina de la educación en las escuelas de Ginebra, fui, en gran medida, autodidacta con respecto a mis estudios favoritos. Mi padre no era científico, y me dejaron luchar con la ceguera de un niño, sumada a la sed de conocimiento de un estudiante. Bajo la guía de mis nuevos preceptores, me adentré con la mayor diligencia en la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida; pero este último pronto obtuvo mi atención indivisa. La riqueza era un objetivo inferior, ¡pero qué gloria acompañaría al descubrimiento si pudiera desterrar la enfermedad del cuerpo humano y hacer al hombre invulnerable a cualquier cosa que no fuera una muerte violenta!
Ni fueron estas mis únicas visiones. La invocación de fantasmas o demonios era una promesa generosamente concedida por mis autores favoritos, cuyo cumplimiento busqué con gran avidez; y si mis encantamientos eran siempre infructuosos, atribuía el fracaso más a mi propia inexperiencia y error que a una falta de habilidad o fidelidad en mis instructores. Y así, por un tiempo, estuve ocupado con sistemas refutados, mezclando, como un inexperto, un millar de teorías contradictorias y forcejeando desesperadamente en un verdadero cenagal de conocimientos multifacéticos, guiado por una imaginación ardiente y un razonamiento infantil, hasta que un accidente cambió de nuevo el curso de mis ideas.
Cuando tenía unos quince años, nos habíamos retirado a nuestra casa cerca de Belrive, cuando presenciamos una tormenta eléctrica de lo más violenta y terrible. Avanzó desde detrás de las montañas del Jura, y el trueno estalló de repente con una intensidad aterradora desde varios puntos del firmamento. Permanecí, mientras duró la tormenta, observando su progreso con curiosidad y deleite. Mientras estaba de pie junto a la puerta, de repente contemplé un rayo de fuego que salía de un viejo y hermoso roble que se alzaba a unas veinte yardas de nuestra casa; y tan pronto como la luz deslumbrante se desvaneció, el roble había desaparecido y no quedaba más que un tocón calcinado. Cuando lo visitamos a la mañana siguiente, encontramos el árbol destrozado de una manera singular. No estaba astillado por el impacto, sino completamente reducido a finas cintas de madera. Nunca vi nada tan completamente destruido.
Antes de esto, no era ajeno a las leyes más obvias de la electricidad. En esta ocasión, un hombre de gran investigación en filosofía natural estaba con nosotros y, excitado por esta catástrofe, entró en la explicación de una teoría que había formado sobre el tema de la electricidad y el galvanismo, que fue a la vez nueva y sorprendente para mí. Todo lo que dijo dejó muy en la sombra a Cornelius Agrippa, Alberto Magno y Paracelso, los señores de mi imaginación; pero por alguna fatalidad, el derrocamiento de estos hombres me disuadió de seguir con mis estudios habituales. Me parecía como si nada fuera o pudiera llegar a conocerse nunca. Todo lo que durante tanto tiempo había ocupado mi atención se volvió despreciable de repente. Por uno de esos caprichos de la mente a los que quizás estamos más sujetos en la primera juventud, abandoné de inmediato mis ocupaciones anteriores, taché la historia natural y toda su progenie como una creación deforme y abortiva, y sentí el mayor desdén por una ciencia pretenciosa que nunca podría siquiera cruzar el umbral del conocimiento real. En este estado de ánimo, me dediqué a las matemáticas y a las ramas de estudio pertenecientes a esa ciencia, por estar construidas sobre cimientos seguros y ser así dignas de mi consideración.
Así de extrañamente están construidas nuestras almas, y por ligamentos tan leves estamos atados a la prosperidad o a la ruina. Cuando miro hacia atrás, me parece como si este cambio casi milagroso de inclinación y voluntad fuera la sugerencia inmediata del ángel guardián de mi vida, el último esfuerzo realizado por el espíritu de preservación para evitar la tormenta que ya estaba colgada en las estrellas y lista para envolverme. Su victoria fue anunciada por una tranquilidad y alegría de alma inusuales que siguieron al abandono de mis antiguos y últimamente tormentosos estudios. Fue así como se me enseñó a asociar el mal con su prosecución, y la felicidad con su desprecio.
Fue un esfuerzo fuerte del espíritu del bien, pero fue ineficaz. El destino era demasiado potente, y sus leyes inmutables habían decretado mi destrucción absoluta y terrible.
Capítulo 3
Cuando hube alcanzado la edad de diecisiete años, mis padres decidieron que debía convertirme en estudiante en la universidad de Ingolstadt. Hasta entonces había asistido a las escuelas de Ginebra, pero mi padre pensó que era necesario para completar mi educación que conociera otras costumbres que las de mi país natal. Mi partida fue, por tanto, fijada para una fecha temprana, pero antes de que pudiera llegar el día resuelto, ocurrió la primera desgracia de mi vida, un presagio, por así decirlo, de mi futura miseria.
Elizabeth había contraído la fiebre escarlata; su enfermedad era grave y estaba en el mayor peligro. Durante su enfermedad, se habían esgrimido muchos argumentos para persuadir a mi madre de que se abstuviera de cuidarla. Al principio había cedido a nuestras súplicas, pero cuando supo que la vida de su favorita estaba amenazada, no pudo controlar más su ansiedad. Ella atendió su lecho de enferma; sus vigilantes cuidados triunfaron sobre la malignidad de la enfermedad; Elizabeth se salvó, pero las consecuencias de esta imprudencia fueron fatales para su salvadora. Al tercer día, mi madre enfermó; su fiebre iba acompañada de los síntomas más alarmantes, y las miradas de sus asistentes médicos pronosticaban el peor desenlace. En su lecho de muerte, la fortaleza y la benignidad de esta mejor de las mujeres no la abandonaron. Ella unió las manos de Elizabeth y las mías. «Mis hijos —dijo—, mis más firmes esperanzas de felicidad futura estaban puestas en la perspectiva de vuestra unión. Esta expectativa será ahora el consuelo de vuestro padre. Elizabeth, amor mío, debes ocupar mi lugar con mis hijos menores. ¡Ay! Lamento que me aparten de vosotros; y, feliz y amada como he sido, ¿no es duro dejaros a todos? Pero estos no son pensamientos adecuados para mí; me esforzaré por resignarme alegremente a la muerte y me permitiré la esperanza de encontraros en otro mundo».
Murió con calma, y su semblante expresaba afecto incluso en la muerte. No hace falta describir los sentimientos de aquellos cuyos lazos más queridos son desgarrados por ese mal tan irreparable, el vacío que se presenta ante el alma y la desesperación que se exhibe en el semblante. Pasa tanto tiempo antes de que la mente pueda persuadirse de que aquella a quien veíamos cada día y cuya existencia misma parecía parte de la nuestra puede haberse marchado para siempre, que el brillo de un ojo amado puede haberse extinguido y el sonido de una voz tan familiar y querida para el oído puede haberse acallado, para no ser escuchado nunca más. Estas son las reflexiones de los primeros días; pero cuando el paso del tiempo demuestra la realidad del mal, entonces comienza la verdadera amargura del duelo. Sin embargo, ¿de quién no ha arrancado esa mano ruda algún vínculo querido? ¿Y por qué debería describir una pena que todos han sentido, y deben sentir? El tiempo llega finalmente en que el duelo es más una indulgencia que una necesidad; y la sonrisa que juega en los labios, aunque pueda considerarse un sacrilegio, no es desterrada. Mi madre había muerto, pero aún teníamos deberes que debíamos cumplir; debemos continuar nuestro curso con los demás y aprender a considerarnos afortunados mientras quede uno a quien el expoliador no haya atrapado.
Mi partida para Ingolstadt, que había sido pospuesta por estos eventos, fue decidida de nuevo. Obtuve de mi padre una tregua de algunas semanas. Me parecía un sacrilegio dejar tan pronto el reposo, cercano a la muerte, de la casa de luto y lanzarme al espesor de la vida. Era nuevo en el dolor, pero no por ello me alarmaba menos. No estaba dispuesto a abandonar la vista de aquellos que me quedaban y, sobre todo, deseaba ver a mi dulce Elizabeth algo consolada.
Ella, en efecto, velaba su dolor y se esforzaba por actuar como consuelo para todos nosotros. Miraba fijamente a la vida y asumía sus deberes con coraje y celo. Se dedicó a aquellos a quienes se le había enseñado a llamar su tío y primos. Nunca fue tan encantadora como en este momento, cuando recordaba el sol de sus sonrisas y las derrochaba sobre nosotros. Olvidaba incluso su propio pesar en sus esfuerzos por hacernos olvidar.
Llegó finalmente el día de mi partida. Clerval pasó la última tarde con nosotros. Se había esforzado por persuadir a su padre de que le permitiera acompañarme y convertirse en mi compañero de estudios, pero en vano. Su padre era un comerciante de mentalidad estrecha y veía la ociosidad y la ruina en las aspiraciones y la ambición de su hijo. Henry sintió profundamente la desgracia de ser privado de una educación liberal. Dijo poco, pero cuando habló, leí en su ojo encendido y en su mirada animada una resolución contenida pero firme de no ser encadenado a los miserables detalles del comercio.
Nos quedamos sentados hasta tarde. No podíamos separarnos el uno del otro ni persuadirnos de pronunciar la palabra «¡Adiós!». Fue dicha, y nos retiramos bajo el pretexto de buscar reposo, cada cual pensando que el otro estaba engañado; pero al amanecer, al descender al carruaje que me llevaría lejos, estaban todos allí —mi padre nuevamente para bendecirme, Clerval para estrechar mi mano una vez más, mi Elizabeth para renovar sus ruegos de que escribiera con frecuencia y para otorgarme las últimas atenciones femeninas a su compañero de juegos y amigo.
Me lancé a la silla que me conduciría lejos y me entregué a las más melancólicas reflexiones. Yo, que siempre había estado rodeado de amables compañeros, siempre empeñado en procurar placer mutuo—ahora estaba solo. En la universidad a la que me dirigía debía formar mis propios amigos y ser mi propio protector. Mi vida había sido hasta entonces notablemente aislada y doméstica, y ello me había engendrado una repugnancia invencible hacia los rostros nuevos. Amaba a mis hermanos, a Elizabeth y a Clerval; eran “caras familiares y conocidas”, pero me consideraba totalmente incapaz para la compañía de extraños. Tales fueron mis reflexiones al iniciar mi viaje; pero al proseguir, mi ánimo y mis esperanzas se elevaron. Deseaba ardientemente la adquisición del conocimiento. A menudo, cuando estaba en casa, me resultaba difícil permanecer en mi juventud confinado en un solo lugar y anhelaba entrar en el mundo y ocupar mi lugar entre los demás seres humanos. Ahora se cumplían mis deseos, y habría sido, de hecho, necedad arrepentirse.
Tuve suficiente ocio para estas y muchas otras reflexiones durante mi viaje a Ingolstadt, que fue largo y fatigante. Finalmente la alta torre blanca del pueblo alcanzó mi vista. Desciendo, fui conducido a mi solitaria habitación para pasar la tarde como quisiera.
A la mañana siguiente entregué mis cartas de presentación y pagué una visita a algunos de los profesores principales. La casualidad —o más bien la maléfica influencia, el Ángel de la Destrucción, que afirmó ejercer un poder omnipotente sobre mí desde el momento en que di mis pasos reacios fuera de la puerta de mi padre— me condujo primero a M. Krempe, profesor de filosofía natural. Era un hombre tosco, pero profundamente imbuido en los secretos de su ciencia. Me formuló varias preguntas sobre mi progreso en las distintas ramas de la ciencia que pertenecen a la filosofía natural. Respondí descuidadamente y, en parte con desprecio, mencioné los nombres de mis alquimistas como los autores principales que había estudiado. El profesor quedó boquiabierto. «¿Acaso», dijo, «has dedicado realmente tu tiempo a estudiar semejantes disparates?»
Respondí afirmativamente. «Cada minuto», continuó M. Krempe con calidez, «cada instante que has malgastado en esos libros está totalmente y absolutamente perdido. Has sobrecargado tu memoria con sistemas explosos y nombres inútiles. ¡Dios mío! ¿En qué tierra desierta has vivido, donde nadie fue tan amable de informarte que esas fantasías que has bebido con tanta avidez tienen mil años y están tan rancias como antiguas? No esperaba, en esta era iluminada y científica, encontrar un discípulo de Alberto Magno y Paracelso. Mi querido señor, debes iniciar tus estudios de nuevo, por completo.»
Dicho esto, se hizo a un lado y anotó una lista de varios libros de filosofía natural que deseaba que yo procurase, y me despidió tras mencionar que a comienzos de la semana siguiente pretendía iniciar un curso de conferencias sobre filosofía natural en sus relaciones generales, y que M. Waldman, otro profesor, dictaría química los días alternos que él omitiera.
Regresé a casa sin desilusión, pues había dicho que hacía tiempo consideraba inútiles a los autores que el profesor había reprochado; pero no regresé con mayor inclinación a retomar esos estudios de ninguna forma. M. Krempe era un hombre bajo y rechoncho, de voz áspera y semblante repulsivo; el maestro, por lo tanto, no me impresionó en favor de sus empeños. En un tono quizá demasiado filosófico y conectado, tal vez, he dado cuenta de las conclusiones a las que llegué respecto a ellos en mis primeros años. De niño no había quedado satisfecho con los resultados prometidos por los modernos profesores de ciencia natural. Con una confusión de ideas que solo puede explicarse por mi extrema juventud y mi falta de guía en tales materias, retrocedí los pasos del conocimiento a lo largo de los senderos del tiempo y cambié los descubrimientos de los investigadores recientes por los sueños de alquimistas olvidados. Además, sentía desprecio por los usos de la filosofía natural moderna. Era muy distinto cuando los maestros de la ciencia buscaban la inmortalidad y el poder; esas ideas, aunque fútiles, eran grandiosas; pero ahora la escena había cambiado. La ambición del investigador parecía limitarse a la aniquilación de esas visiones sobre las cuales se fundaba mayormente mi interés en la ciencia. Se me exigía intercambiar quimeras de magnitud ilimitada por realidades de escaso valor.
Así fueron mis reflexiones durante los dos o tres primeros días de mi residencia en Ingolstadt, que pasé mayormente conociendo los lugares y los residentes principales de mi nuevo domicilio. Pero al comenzar la semana siguiente, pensé en la información que M. Krempe me había dado sobre las conferencias. Y aunque no podía consentir en ir a escuchar a ese presumido y engreído compañero pronunciar sentencias desde un púlpito, recordé lo que había dicho de M. Waldman, a quien nunca había visto, pues hasta entonces había estado fuera de la ciudad.
Por curiosidad y por ocio, entré al salón de conferencias, al que M. Waldman ingresó poco después. Este profesor era muy distinto a su colega. Aparecía de unos cincuenta años, pero con un aspecto que expresaba la mayor benevolencia; unos pocos cabellos grises cubrían sus sienes, pero los de la parte posterior de su cabeza eran casi negros. Su cuerpo era bajo pero notablemente erguido y su voz la más dulce que jamás había escuchado. Inició su lección con una recapitulación de la historia de la química y de los diversos avances realizados por distintos hombres de erudición, pronunciando con fervor los nombres de los descubridores más distinguidos. Luego ofreció una visión superficial del estado actual de la ciencia y explicó muchos de sus términos elementales. Después de realizar algunos experimentos preparatorios, concluyó con un panegírico a la química moderna, cuyas palabras nunca olvidaré:
«Los antiguos maestros de esta ciencia», dijo, «prometían imposibilidades y no realizaron nada. Los maestros modernos prometen muy poco; saben que los metales no pueden ser transmutados y que el elixir de la vida es una quimera, pero estos filósofos, cuyas manos parecen hechas sólo para revolver la tierra, y cuyos ojos para curiosear el microscopio o el crisol, han realizado verdaderos milagros. Penetran en los recovecos de la naturaleza y muestran cómo ella obra en sus escondites. Ascenden a los cielos; han descubierto cómo circula la sangre y la naturaleza del aire que respiramos. Han adquirido nuevos y casi ilimitados poderes; pueden comandar los truenos del cielo, imitar el terremoto e incluso burlarse del mundo invisible con sus propias sombras.»
Así fueron las palabras del profesor —más bien, dejemos decir, las palabras del destino— pronunciadas para destruirme. Mientras continuaba, sentía como si mi alma luchase contra un enemigo palpable; una a una fueron tocadas las distintas llaves que formaban el mecanismo de mi ser; acorde tras acorde se escuchó, y pronto mi mente se llenó de un solo pensamiento, una sola concepción, un solo propósito. «Se ha hecho tanto», exclamó el alma de Frankenstein—«más, mucho más, lograré; siguiendo los pasos ya marcados, allanaré un nuevo camino, exploraré poderes desconocidos y revelaré al mundo los más profundos misterios de la creación.»
No cerré los ojos esa noche. Mi ser interno estaba en un estado de insurrección y tumulto; sentía que el orden surgirá de allí, pero no tenía poder para producirlo. Gradualmente, tras el alba, el sueño llegó. Desperté, y los pensamientos de la noche anterior fueron como un sueño. Sólo quedó la resolución de volver a mis antiguos estudios y dedicarme a una ciencia para la cual creía poseer un talento natural. Ese mismo día pagué una visita a M. Waldman. Sus maneras en privado eran aún más suaves y atractivas que en público, pues había cierta dignidad en su semblante durante la lección que en su propia casa se transformaba en la mayor afabilidad y bondad. Le di casi el mismo relato de mis anteriores empeños que había dado a su colega. Escuchó con atención la breve narración sobre mis estudios y sonrió ante los nombres de Cornelio Agripa y Paracelso, pero sin el desprecio que había exhibido M. Krempe. Dijo que «Estos fueron hombres a cuyo incansable celo los filósofos modernos les deben la mayor parte de los cimientos de su conocimiento. Nos dejaron, como tarea más fácil, dar nuevos nombres y organizar en clasificaciones conectadas los hechos que ellos, en gran medida, fueron instrumentos de hacer lucir. Los trabajos de hombres geniales, aunque dirigidos erróneamente, rara vez dejan de convertirse al fin en ventaja sólida para la humanidad». Escuché su declaración, entregada sin presunción ni afectación, y añadí que su lección había eliminado mis prejuicios contra los químicos modernos; me expresé en términos mesurados, con la modestia y deferencia debidas por un joven a su instructor, sin dejar escapar (la inexperiencia de la vida me habría avergonzado) ninguno de los entusiasmos que estimulaban mis labores previstas. Le solicité su consejo respecto a los libros que debía adquirir.
«Me alegra», dijo M. Waldman, «haber ganado un discípulo; y si tu aplicación es igual a tu capacidad, no tengo duda de tu éxito. La química es esa rama de la filosofía natural en la que se han hecho y podrán hacerse los mayores avances; por eso la he convertido en mi estudio particular; pero al mismo tiempo, no he descuidado las demás ramas de la ciencia. Un hombre sería un muy pobre químico si sólo se atendiera a esa rama del saber humano. Si tu deseo es convertirte en un verdadero hombre de ciencia y no meramente un pequeño experimentador, te aconsejo que te apliques a todas las ramas de la filosofía natural, incluida la matemática.»
Entonces me condujo a su laboratorio y me explicó los usos de sus diversas máquinas, instruyéndome sobre lo que debía adquirir y prometiéndome el uso de las suyas cuando hubiera avanzado lo suficiente en la ciencia como para no alterar su mecanismo. También me entregó la lista de libros que había solicitado, y me despedí.
Así concluyó un día memorable para mí; decidió mi futuro destino.
Capítulo 4
Desde aquel día la filosofía natural, y particularmente la química, en el sentido más amplio del término, se convirtió casi en mi única ocupación. Leía con ardor aquellas obras, tan llenas de genio y discriminación, que los modernos investigadores han escrito sobre estos temas. Asistía a las conferencias y cultivaba el conocimiento de los hombres de ciencia de la universidad, y hallé incluso en M. Krempe mucho sentido sólido e información real, combinados, es cierto, con una fisonomía repulsiva y modales, pero no por ello menos valiosos. En M. Waldman encontré un verdadero amigo. Su gentileza nunca estuvo manchada de dogmatismo, y sus instrucciones se dieron con un aire de franqueza y buena naturaleza que desterró toda idea de pedantería. De mil maneras allanó para mí el camino del saber y hizo que las más abstractas indagaciones resultaran claras y fáciles de comprender. Mi aplicación al principio era fluctuante e incierta; cobró fuerza al avanzar y pronto se volvió tan ardiente y ansiosa que las estrellas a menudo desaparecían bajo la luz de la mañana mientras aún estaba en mi laboratorio.
Al aplicar tan estrechamente, puede concebirse fácilmente que mi progreso fue rápido. Mi ardor sorprendía a los estudiantes, y mi destreza asombraba a los maestros. El profesor Krempe a menudo me preguntaba, con una sonrisa astuta, cómo continuaba Cornelio Agripa, mientras M. Waldman expresaba la más sincera exaltación por mi progreso. Pasaron dos años de ese modo, durante los cuales no visité Ginebra, pero estuve inmerso, corazón y alma, en la búsqueda de algunos descubrimientos que anhelaba realizar. Ninguno salvo los que los han experimentado pueden imaginar los encantos de la ciencia. En otras disciplinas se llega tan lejos como los que fueron antes; no queda nada más por saber; pero en la empresa científica hay alimento continuo para el descubrimiento y la maravilla. Una mente de capacidad moderada que persigue estrechamente un estudio debe, infaliblemente, alcanzar gran destreza en ese estudio; y yo, que buscaba continuamente la consecución de un solo objetivo y estaba envuelto sólo en ello, mejoré tan rápidamente que al cabo de dos años hice algunos descubrimientos en la mejora de ciertos instrumentos químicos, lo que me granjeó gran estima y admiración en la universidad. Cuando alcancé tal punto y había llegado a estar tan bien familiarizado con la teoría y la práctica de la filosofía natural como dependía de las lecciones de cualquiera de los profesores de Ingolstadt, mi residencia allí dejaba de ser propicia para mis progresos; pensé en volver a mis amigos y a mi pueblo natal, cuando un incidente ocurrió que prolongó mi estancia.
Uno de los fenómenos que había atraído particularmente mi atención era la estructura del armazón humano y, en efecto, de cualquier animal dotado de vida. ¿De dónde, a menudo me preguntaba, surgía el principio de la vida? Era una pregunta audaz, y una que siempre se ha considerado un misterio; sin embargo, ¿cuántas cosas estamos a punto de conocer, si la cobardía o la negligencia no restringieran nuestras indagaciones? Medité esas circunstancias en mi mente y determiné de entonces en adelante aplicarme más particularmente a aquellas ramas de la filosofía natural que se relacionan con la fisiología. A menos que hubiera sido animado por un entusiasmo casi sobrenatural, mi dedicación a este estudio
habría sido extenuante y casi imposible. El estudio de la anatomía, por supuesto, debe ser anterior a este; pero, además de esto, debía aprender la causa de la generación y de la vida; incluso estaba obligado a examinar las causas y los efectos de la muerte. Vi cómo la corrupción de la muerte sustituía a la vida. Vi cómo la descomposición de la carne sucedía a la animación. Me detuve a examinar y analizar todos los pormenores de la causalidad en los cambios de la criatura humana. En medio de esta oscuridad, una luz repentina brilló en mí; una luz tan brillante y maravillosa, y sin embargo tan sencilla, que me quedé asombrado de que, entre tantos hombres de genio que habían dirigido sus investigaciones hacia el mismo camino, yo solo hubiera descubierto tan asombrosa e increíble revelación.
Estos pensamientos fortalecieron mi espíritu, mientras proseguía mi empresa con un ardor incansable. Mis mejillas habían palidecido por el estudio y mi persona se había consumido por el encierro. A veces, al borde mismo de la certeza, fracasaba; pero aun así me aferraba a la esperanza que el día siguiente o la hora siguiente podría hacer realidad. Un secreto que solo yo poseía era la esperanza a la que me había dedicado; y la luna contemplaba mis labores de medianoche, mientras, con una avidez incesante y sin aliento, perseguía a la naturaleza hasta sus escondrijos. ¿Quién concebirá los horrores de mi trabajo secreto mientras hurgaba entre la insalubre humedad de la tumba o torturaba a un animal vivo para animar el barro sin vida? Mis miembros tiemblan ahora, y mis ojos se nublan con el recuerdo; pero entonces un impulso irresistible y casi frenético me empujaba hacia adelante; parecía haber perdido toda alma o sensación, salvo por esta única persecución. En realidad, no fue más que un trance pasajero, que solo me hizo sentir con renovada agudeza tan pronto como, al cesar de actuar el estímulo antinatural, hube regresado a mis viejas costumbres. Recogí huesos de los osarios y perturbé, con dedos profanos, los tremendos secretos de la estructura humana. En una habitación solitaria, o más bien celda, en la parte superior de la casa, y separada de todas las demás dependencias por una galería y una escalera, mantuve mi taller de sucia creación; mis ojos se salían de sus órbitas al atender a los detalles de mi empleo. La sala de disección y el matadero suministraron muchos de mis materiales; y a menudo mi naturaleza humana se apartaba con repugnancia de mi ocupación, mientras, todavía impulsado por un afán que aumentaba perpetuamente, llevaba mi trabajo cerca de su conclusión.
Los meses de verano pasaron mientras yo estaba así ocupado, en cuerpo y alma, en una sola persecución. Fue una estación hermosísima; jamás los campos otorgaron una cosecha más abundante ni las vides dieron una vendimia más exuberante, pero mis ojos eran insensibles a los encantos de la naturaleza. Y los mismos sentimientos que me hacían descuidar las escenas que me rodeaban me llevaban también a olvidar a aquellos amigos que estaban a tantas millas de distancia, y a quienes no había visto en tanto tiempo. Sabía que mi silencio los inquietaba, y recordaba bien las palabras de mi padre: «Sé que mientras estés satisfecho contigo mismo, pensarás en nosotros con afecto, y tendremos noticias tuyas con regularidad. Debes perdonarme si considero cualquier interrupción en tu correspondencia como una prueba de que tus otros deberes están igualmente descuidados».
Por lo tanto, sabía bien cuáles serían los sentimientos de mi padre, pero no podía arrancar mis pensamientos de mi ocupación, repugnante en sí misma, pero que se había apoderado irresistiblemente de mi imaginación. Deseaba, por así decirlo, postergar todo lo relacionado con mis sentimientos de afecto hasta que el gran objetivo, que engullía todos los hábitos de mi naturaleza, estuviera completado.
Entonces pensé que mi padre sería injusto si atribuía mi descuido al vicio o a faltas por mi parte, pero ahora estoy convencido de que estaba justificado al pensar que yo no debería estar del todo libre de culpa. Un ser humano en la perfección debería conservar siempre una mente tranquila y pacífica y nunca permitir que la pasión o un deseo transitorio perturben su tranquilidad. No creo que la búsqueda del conocimiento sea una excepción a esta regla. Si el estudio al que te aplicas tiene tendencia a debilitar tus afectos y a destruir tu gusto por aquellos placeres sencillos en los que ninguna aleación puede mezclarse, entonces ese estudio es ciertamente ilícito, es decir, no apropiado para la mente humana. Si esta regla se observara siempre; si ningún hombre permitiera que ninguna búsqueda, sea cual sea, interfiriera con la tranquilidad de sus afectos domésticos, Grecia no habría sido esclavizada, César habría perdonado a su país, América habría sido descubierta más gradualmente, y los imperios de México y Perú no habrían sido destruidos.
Pero olvido que estoy moralizando en la parte más interesante de mi relato, y tus miradas me recuerdan que prosiga.
Mi padre no hizo ningún reproche en sus cartas y solo se fijó en mi silencio preguntando por mis ocupaciones con más detalle que antes. El invierno, la primavera y el verano pasaron durante mis labores; pero no observé la floración ni el despliegue de las hojas —espectáculos que antes siempre me producían un deleite supremo—, tan profundamente absorto estaba en mi ocupación. Las hojas de aquel año se habían marchitado antes de que mi trabajo se acercara a su fin, y ahora cada día me mostraba más claramente cuán bien había tenido éxito. Pero mi entusiasmo se veía frenado por mi ansiedad, y parecía más bien alguien condenado por la esclavitud a trabajar en las minas, o en cualquier otro oficio insalubre, que un artista ocupado en su empleo favorito. Todas las noches me oprimía una fiebre lenta, y me volví nervioso hasta un grado doloroso; la caída de una hoja me sobresaltaba, y evitaba a mis semejantes como si hubiera sido culpable de un crimen. A veces me alarmaba el despojo en que percibía haberme convertido; solo la energía de mi propósito me sostenía: mis labores terminarían pronto, y creía que el ejercicio y la diversión alejarían entonces la enfermedad incipiente; y me prometí ambos cuando mi creación estuviera completa.
Capítulo 5
Fue en una lúgubre noche de noviembre cuando contemplé la culminación de mis esfuerzos. Con una ansiedad que casi llegaba a la agonía, reuní los instrumentos de la vida a mi alrededor, para poder infundir una chispa de ser en la cosa sin vida que yacía a mis pies. Ya era la una de la madrugada; la lluvia tamborileaba tristemente contra los cristales, y mi vela estaba casi consumida, cuando, bajo el resplandor de la luz medio extinguida, vi abrirse el ojo amarillo y opaco de la criatura; respiraba con dificultad y un movimiento convulsivo agitaba sus miembros.
¿Cómo puedo describir mis emociones ante esta catástrofe, o cómo delinear al desgraciado a quien con tales esfuerzos y cuidados infinitos me había esforzado en formar? Sus miembros eran proporcionados, y yo había seleccionado sus rasgos como hermosos. ¡Hermosos! ¡Gran Dios! Su piel amarilla apenas cubría el trabajo de los músculos y arterias subyacentes; su cabello era negro y lustroso, y suelto; sus dientes de una blancura perlada; pero estas exuberancias solo formaban un contraste más horrendo con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las cuencas de color blanco apagado en las que estaban colocados, su tez arrugada y sus labios negros y estirados.
Los diferentes accidentes de la vida no son tan cambiantes como los sentimientos de la naturaleza humana. Había trabajado duramente durante casi dos años, con el único propósito de infundir vida en un cuerpo inanimado. Por esto me había privado de descanso y salud. Lo había deseado con un ardor que superaba con creces la moderación; pero ahora que había terminado, la belleza del sueño se desvaneció, y un horror y un asco sin aliento llenaron mi corazón. Incapaz de soportar el aspecto del ser que había creado, salí precipitadamente de la habitación y continué durante mucho tiempo recorriendo mi dormitorio, incapaz de componer mi mente para dormir. Al fin, la lasitud sucedió al tumulto que había soportado antes, y me arrojé sobre la cama vestido, intentando buscar unos momentos de olvido. Pero fue en vano; dormí, en efecto, pero fui perturbado por los sueños más salvajes. Creí ver a Elizabeth, en la flor de la salud, caminando por las calles de Ingolstadt. Deleitado y sorprendido, la abracé, pero al imprimir el primer beso en sus labios, estos se volvieron lívidos con el tono de la muerte; sus rasgos parecieron cambiar, y pensé que sostenía el cadáver de mi madre muerta en mis brazos; un sudario envolvía su forma, y vi a los gusanos de la tumba arrastrándose entre los pliegues de la franela. Me sobresalté de mi sueño con horror; un rocío frío cubría mi frente, mis dientes castañeteaban y cada miembro se convulsionaba; cuando, bajo la luz tenue y amarilla de la luna, mientras se abría paso a través de los postigos de la ventana, contemplé al desdichado, al miserable monstruo que había creado. Sostenía la cortina de la cama; y sus ojos, si es que pueden llamarse ojos, estaban fijos en mí. Sus mandíbulas se abrieron y murmuró algunos sonidos inarticulados, mientras una mueca arrugaba sus mejillas. Podría haber hablado, pero no oí; una mano estaba extendida, aparentemente para detenerme, pero escapé y bajé corriendo las escaleras. Me refugié en el patio perteneciente a la casa que habitaba, donde permanecí durante el resto de la noche, caminando de un lado a otro con la mayor agitación, escuchando atentamente, captando y temiendo cada sonido como si fuera a anunciar la aproximación del cadáver demoníaco al que tan miserablemente había dado vida.
¡Oh! Ningún mortal podría soportar el horror de aquel rostro. Una momia dotada de nuevo de animación no podría ser tan espantosa como aquel desdichado. Lo había contemplado mientras estaba inacabado; entonces era feo, pero cuando aquellos músculos y articulaciones se volvieron capaces de movimiento, se convirtió en una cosa tal que ni siquiera Dante podría haber concebido.
Pasé la noche miserablemente. A veces mi pulso latía tan rápida y fuertemente que sentía la palpitación de cada arteria; en otros momentos, casi caía al suelo por la languidez y la debilidad extrema. Mezclada con este horror, sentí la amargura de la decepción; los sueños que habían sido mi alimento y mi plácido descanso durante tanto tiempo eran ahora un infierno para mí; ¡y el cambio fue tan rápido, el derribo tan completo!
La mañana, lúgubre y húmeda, amaneció por fin y descubrió a mis ojos insomnes y doloridos la iglesia de Ingolstadt, su aguja blanca y su reloj, que indicaba la sexta hora. El portero abrió las puertas del patio, que esa noche había sido mi asilo, y salí a las calles, recorriéndolas con pasos rápidos, como si buscara evitar al desdichado que temía que cualquier esquina de la calle presentara a mi vista. No me atreví a regresar al apartamento que habitaba, sino que me sentí impulsado a seguir adelante, aunque empapado por la lluvia que caía desde un cielo negro y desconsolado.
Continué caminando de esta manera durante algún tiempo, intentando con el ejercicio físico aliviar la carga que pesaba sobre mi mente. Recorrí las calles sin ninguna idea clara de dónde estaba o qué estaba haciendo. Mi corazón palpitaba con la enfermedad del miedo, y me apresuré con pasos irregulares, sin atreverme a mirar a mi alrededor:
Como alguien que, en un camino solitario, camina con miedo y pavor, y, habiéndose vuelto una vez, camina hacia adelante, y no vuelve a girar la cabeza; porque sabe que un demonio espantoso camina justo detrás de él.
[«El antiguo marinero», de Coleridge.]
Continuando así, llegué por fin frente a la posada en la que solían detenerse las diversas diligencias y carruajes. Aquí me detuve, no sabía por qué; pero permanecí algunos minutos con los ojos fijos en un coche que se dirigía hacia mí desde el otro extremo de la calle. A medida que se acercaba, observé que era la diligencia suiza; se detuvo justo donde yo estaba de pie, y al abrirse la puerta, percibí a Henry Clerval, quien, al verme, saltó al instante. «¡Mi querido Frankenstein!», exclamó él, «¡qué alegría me da verte! ¡Qué suerte que estés aquí justo en el momento en que bajo!»
Nada podía igualar mi alegría al ver a Clerval; su presencia trajo de vuelta a mis pensamientos a mi padre, a Elizabeth y a todas aquellas escenas del hogar tan caras a mi recuerdo. Le agarré la mano y en un momento olvidé mi horror y mi desgracia; sentí de repente, y por primera vez en muchos meses, una alegría tranquila y serena. Di la bienvenida a mi amigo, pues, de la manera más cordial, y caminamos hacia mi universidad. Clerval continuó hablando durante algún tiempo sobre nuestros amigos mutuos y su propia buena suerte al poder venir a Ingolstadt. «Puedes creer fácilmente», dijo él, «cuán grande fue la dificultad para persuadir a mi padre de que todo el conocimiento necesario no estaba comprendido en el noble arte de la contabilidad; y, de hecho, creo que lo dejé incrédulo hasta el final, pues su constante respuesta a mis incansables súplicas era la misma que la del maestro de escuela holandés en El vicario de Wakefield: "Tengo diez mil florines al año sin griego, como copiosamente sin griego". Pero su afecto por mí superó por fin su aversión al aprendizaje, y me ha permitido emprender un viaje de descubrimiento a la tierra del conocimiento».
«Me da la mayor alegría verte; pero dime cómo dejaste a mi padre, a mis hermanos y a Elizabeth».
«Muy bien, y muy felices, solo un poco inquietos porque tienen noticias tuyas tan rara vez. Por cierto, tengo la intención de darte una pequeña reprimenda por su cuenta. Pero, mi querido Frankenstein», continuó, deteniéndose en seco y mirándome fijamente a la cara, «antes no me fijé en lo enfermo que pareces; tan delgado y pálido; parece como si hubieras estado velando durante varias noches».
«Has adivinado bien; últimamente he estado tan profundamente comprometido en una ocupación que no me he permitido el descanso suficiente, como puedes ver; pero espero, espero sinceramente, que todos estos empleos hayan terminado ahora y que al fin sea libre».
Temblaba excesivamente; no podía soportar pensar, y mucho menos aludir, a los acontecimientos de la noche anterior. Caminé a paso rápido, y pronto llegamos a mi universidad. Reflexioné entonces, y el pensamiento me hizo estremecer, que la criatura a la que había dejado en mi apartamento podría estar todavía allí, viva y caminando. Temía contemplar a este monstruo, pero temía aún más que Henry lo viera. Rogándole, pues, que permaneciera unos minutos al pie de la escalera, subí disparado hacia mi habitación. Mi mano ya estaba en la cerradura de la puerta antes de que me diera cuenta. Entonces me detuve, y un escalofrío frío me recorrió. Abrí la puerta con fuerza, como suelen hacer los niños cuando esperan que un espectro esté esperando al otro lado; pero no apareció nada. Entré con miedo: el apartamento estaba vacío, y mi dormitorio también estaba libre de su horrible huésped. Apenas podía creer que tan buena fortuna me hubiera sucedido, pero cuando me aseguré de que mi enemigo había huido realmente, aplaudí con alegría y bajé corriendo hacia Clerval.
Subimos a mi habitación, y el criado trajo pronto el desayuno; pero yo era incapaz de contenerme. No era solo alegría lo que me poseía; sentía que mi carne hormigueaba con exceso de sensibilidad, y mi pulso latía rápidamente. Era incapaz de permanecer ni un instante en el mismo lugar; saltaba sobre las sillas, aplaudía y reía a carcajadas. Clerval al principio atribuyó mi inusual ánimo a la alegría por su llegada, pero cuando me observó más atentamente, vio una demencia en mis ojos para la que no encontraba explicación, y mi risa fuerte, desenfrenada y sin corazón lo asustó y asombró.
«Mi querido Victor», gritó, «¿qué pasa, por el amor de Dios? No te rías de esa manera. ¡Qué enfermo estás! ¿Cuál es la causa de todo esto?»
«No me lo preguntes», grité, poniéndome las manos ante los ojos, pues creí ver al temido espectro deslizarse en la habitación; «él puede decirlo. ¡Oh, sálvame! ¡Sálvame!» Imaginé que el monstruo me agarraba; luché furiosamente y caí al suelo en un ataque.
¡Pobre Clerval! ¿Cuáles debieron ser sus sentimientos? Un encuentro, que él anticipaba con tanta alegría, se convirtió extrañamente en amargura. Pero yo no fui testigo de su dolor, pues estaba sin vida y no recuperé el sentido durante mucho, mucho tiempo.
Este fue el comienzo de una fiebre nerviosa que me confinó durante varios meses. Durante todo ese tiempo Henry fue mi único enfermero. Más tarde supe que, conociendo la avanzada edad de mi padre y su incapacidad para un viaje tan largo, y lo miserable que enfermaría a Elizabeth, les ahorró este dolor ocultando el alcance de mi trastorno. Sabía que yo no podría tener un enfermero más amable y atento que él mismo; y, firme en la esperanza que sentía de mi recuperación, no dudó de que, en lugar de hacer daño, realizaba la acción más amable que podía hacia ellos.
Pero en realidad yo estaba muy enfermo, y seguramente nada más que las atenciones ilimitadas e incansables de mi amigo podría haberme devuelto a la vida. La forma del monstruo al que había otorgado existencia estaba siempre ante mis ojos, y deliraba incesantemente sobre él. Sin duda mis palabras sorprendieron a Henry; al principio creyó que eran los desvaríos de mi imaginación perturbada, pero la pertinacia con la que recurría continuamente al mismo tema le persuadió de que mi trastorno se debía, en efecto, a algún acontecimiento poco común y terrible.
Por grados muy lentos, y con recaídas frecuentes que alarmaron y afligieron a mi amigo, me recuperé. Recuerdo la primera vez que fui capaz de observar los objetos exteriores con algún tipo de placer, percibí que las hojas caídas habían desaparecido y que los brotes jóvenes estaban surgiendo de los árboles que daban sombra a mi ventana. Fue una primavera divina, y la estación contribuyó enormemente a mi convalecencia. Sentí también que los sentimientos de alegría y afecto revivían en mi pecho; mi melancolía desapareció, y en poco tiempo me volví tan alegre como antes de que me atacara la pasión fatal.
«Queridísimo Clerval», exclamé, «qué amable, qué bueno eres conmigo. Todo este invierno, en lugar de pasarlo estudiando, como te prometiste, se ha consumido en mi habitación de enfermo. ¿Cómo podré pagártelo alguna vez? Siento el mayor remordimiento por la decepción de la que he sido la causa, pero me perdonarás».
«Me pagarás por completo si no te alteras, sino que te recuperas tan rápido como puedas; y puesto que pareces con tan buen ánimo, puedo hablarte de un tema, ¿no es así?»
Temblé. ¡Un tema! ¿Qué podría ser? ¿Podría aludir a un objeto en el que ni siquiera me atrevía a pensar?
«Componte», dijo Clerval, que observó mi cambio de color, «no lo mencionaré si te agita; pero tu padre y tu prima estarían muy felices si recibieran una carta tuya escrita de tu puño y letra. Apenas saben lo enfermo que has estado y están inquietos por tu largo silencio».
«¿Es eso todo, mi querido Henry? ¿Cómo pudiste suponer que mi primer pensamiento no volaría hacia esos queridos, queridos amigos a quienes amo y que son tan merecedores de mi amor?»
«Si este es tu estado de ánimo actual, amigo mío, tal vez te alegre ver una carta que ha estado aquí algunos días para ti; es de tu prima, creo».
Capítulo 6
Clerval puso entonces la siguiente carta en mis manos. Era de mi propia Elizabeth:
«Mi queridísimo primo:
Has estado enfermo, muy enfermo, y ni siquiera las constantes cartas del querido y amable Henry son suficientes para tranquilizarme sobre tu cuenta. Tienes prohibido escribir, sostener una pluma; sin embargo, una palabra tuya, querido Victor, es necesaria para calmar nuestras aprensiones. Durante mucho tiempo he pensado que cada correo traería esta línea, y mis persuasiones han contenido a mi tío de emprender un viaje a Ingolstadt. He evitado que se enfrentara a los inconvenientes y quizás peligros de un viaje tan largo, ¡sin embargo, cuántas veces me he arrepentido de no poder realizarlo yo misma! Me imagino que la tarea de atender tu lecho de enfermo ha recaído en alguna vieja enfermera mercenaria, que nunca podría adivinar tus deseos ni atenderlos con el cuidado y el afecto de tu pobre prima. Sin embargo, eso ya pasó: Clerval escribe que, en efecto, te estás recuperando. Espero con ansias que confirmes esta noticia pronto con tu propia letra.
“Recupérate—y vuelve a nosotros. Hallarás un hogar feliz y alegre y amigos que te aman profundamente. La salud de tu padre es vigorosa, y él sólo desea verte, pero también asegurarse de que estés bien; y ninguna preocupación nublará jamás su benévolo semblante. ¡Qué contento estarías al notar la mejoría de nuestro Ernest! Ahora tiene dieciséis años y está lleno de actividad y ánimo. Desea ser un verdadero suizo y entrar al servicio exterior, pero no podemos separarnos de él, al menos hasta que su hermano mayor regrese a nosotros. A mi tío no le agrada la idea de una carrera militar en un país lejano, pero Ernest nunca tuvo tus facultades de aplicación. Considera el estudio como una atroz cadena; su tiempo lo pasa al aire libre, subiendo colinas o remando en el lago. Temo que se convierta en un vago a menos que cedamos y le permitamos ejercer la profesión que ha escogido.
“Poco ha cambiado, salvo el crecimiento de nuestros queridos niños, desde que nos dejaste. El lago azul y las montañas nevadas—nunca cambian; y creo que nuestro hogar plácido y nuestros corazones contentos se rigen por las mismas leyes inmutables. Mis nimias ocupaciones ocupan mi tiempo y me divierten, y soy recompensado por cualquier esfuerzo al ver alrededor solo rostros felices y bondadosos. Desde que nos dejaste, sólo un cambio ha ocurrido en nuestro pequeño hogar. ¿Recuerdas con qué ocasión Justine Moritz entró en nuestra familia? Probablemente no; relataré pues su historia en pocas palabras. Madame Moritz, su madre, era viuda con cuatro hijos, de los cuales Justine era la tercera. Esta niña siempre fue la favorita de su padre, pero por una extraña perversidad, su madre no podía soportarla, y tras la muerte del Sr. Moritz, la trató muy mal. Mi tía observó esto, y cuando Justine tenía doce años, incitó a su madre a permitirle vivir en nuestra casa. Las instituciones republicanas de nuestro país han producido modales más simples y felices que los que prevalecen en las grandes monarquías que lo rodean. Por ello hay menos distinción entre las distintas clases de sus habitantes; y los órdenes bajos, al no estar tan pobres ni tan despreciados, sus modales son más refinados y morales. Un sirviente en Ginebra no significa lo mismo que un sirviente en Francia e Inglaterra. Justine, al ser recibida en nuestra familia, aprendió los deberes de una sirvienta, condición que, en nuestro afortunado país, no incluye la idea de ignorancia ni el sacrificio de la dignidad humana.
“Justine, quizás recuerdes, fue una gran favorita tuya; y recuerdo que una vez comentaste que si estabas de humor malo, una mirada de Justine podía disiparlo, por la misma razón que Ariosto dice acerca de la belleza de Angelica—se mostraba tan franca y feliz. Mi tía sintió una gran afinidad por ella, lo que la indujo a darle una educación superior a la que inicialmente había pensado. Ese beneficio fue totalmente recompensado; Justine fue la criatura más agradecida del mundo: no quiero decir que pronunciara profesiones, nunca oí que le cruzara la boca una palabra, pero podías ver por sus ojos que casi adoraba a su protectora. Aunque su disposición era alegre y en muchos aspectos indiscreta, prestaba la mayor atención a cada gesto de mi tía. La consideraba modelo de toda excelencia y se esforzaba por imitar su fraseología y modales, de modo que aun ahora a menudo me recuerda a ella.
“Cuando mi querida tía murió, todos estaban demasiado ocupados en su propio duelo para notar a la pobre Justine, quien la había atendido durante su enfermedad con la más ansiosa afección. La pobre Justine se encontraba muy enferma; pero otras pruebas le estaban reservadas.
“Uno a uno, sus hermanos y su hermana murieron; y su madre, con la excepción de su hija desamparada, quedó sin hijos. La conciencia de la mujer se perturbó; comenzó a pensar que las muertes de sus favoritas eran un juicio del cielo para castigar su parcialidad. Era católica romana; y creo que su confesor confirmó la idea que ella había concebido. Así, pocos meses después de tu partida a Ingolstadt, Justine fue llamada a casa por su madre arrepentida. ¡Pobre niña! Lloró al abandonar nuestra casa; estaba mucho cambiada desde la muerte de mi tía; el dolor le había suavizado y otorgado una tierna mansedumbre a sus modales, que antes habían sido notables por su vivacidad. Ni su estancia en la casa de su madre fue de naturaleza a restaurar su alegría. La pobre mujer vacilaba mucho en su arrepentimiento. A veces suplicaba a Justine que le perdonara su crueldad, pero con mucha más frecuencia la acusaba de haber causado la muerte de sus hermanos y su hermana. La perpetua inquietud, al fin, sumió a Madame Moritz en un declive, que al principio aumentó su irritabilidad, pero ahora está en paz para siempre. Murió al inicio del primer frío del invierno, al comienzo de este último invierno. Justine acaba de regresar a nosotros; y aseguro que le tengo un cariño tierno. Es muy lista y delicada, y extremadamente bonita; como mencioné antes, su porte y su expresión continuamente me recuerdan a mi querida tía.
“Debo decir también unas palabras a ti, mi querido primo, del pequeño y querido William. Ojalá pudieras verlo; es muy alto para su edad, con dulces ojos azules risueños, largas pestañas oscuras y cabellos rizados. Cuando sonríe, aparecen dos pequeñas hoyas en cada mejilla, rosadas de salud. Ya ha tenido una o dos pequeñas esposas, pero Louisa Biron es su favorita, una niña bonita de cinco años.
“Ahora, querido Victor, me atrevo a decir que deseas ser consentido con un poco de chisme acerca de la gente buena de Ginebra. La bonita señorita Mansfield ya ha recibido las visitas de felicitación por su próximo matrimonio con un joven inglés, John Melbourne, Esq. Su fea hermana, Manon, se casó con el Sr. Duvillard, el rico banquero, el otoño pasado. Tu compañero de escuela favorito, Louis Manoir, ha sufrido varias desgracias desde la partida de Clerval de Ginebra. Pero ya ha recuperado el ánimo, y se dice que está a punto de casarse con una vivaz y bonita francesa, Madame Tavernier. Es viuda y mucho mayor que Manoir; pero es muy admirada y es la favorita de todos.
“He escrito yo mismo en mejores ánimos, querido primo; pero mi ansiedad regresa sobre mí al concluir. Escribe, querido Victor,—una línea—una palabra será una bendición para nosotros. Diez mil gracias a Henry por su amabilidad, su afecto y sus muchas cartas; estamos sinceramente agradecidos. ¡Adiós, primo; cuídate; y, te ruego, escribe!
“Elizabeth Lavenza.
“Ginebra, 18 de marzo, 17—.
“¡Querida, querida Elizabeth!” exclamé, cuando leí su carta: “Escribiré al instante y los aliviaré de la ansiedad que deben sentir.” Escribí, y ese esfuerzo me fatigó mucho; pero mi convalecencia había comenzado, y progresó regularmente. En quince días más pude dejar mi cuarto.
“Una de mis primeras obligaciones al recuperarme fue presentar a Clerval a los varios profesores de la universidad. Al hacerlo, sufrí una especie de trato rudo, poco apropiado a las heridas que mi mente había sufrido. Desde la noche fatal, el fin de mis trabajos y el comienzo de mis desventuras, había concebido una violenta antipatía incluso al nombre de la filosofía natural. Cuando estaba de otro modo bastante recuperado en salud, la visión de un instrumento químico renovaba toda la agonía de mis síntomas nerviosos. Henry lo vio, y retiró todo mi aparato de mi vista. También cambió mi habitación; pues percibió que había adquirido aversión por la sala que antes había sido mi laboratorio. Pero esos cuidados de Clerval fueron en vano cuando visité a los profesores. M. Waldman infligió tortura al elogiar, con bondad y calidez, el asombroso progreso que había hecho en las ciencias. Pronto percibió que yo disgustaba la materia; pero al no adivinar la verdadera causa, atribuyó mis sentimientos a la modestia, y cambió el tema de mi mejora a la ciencia misma, con el deseo, como evidentemente vi, de sacarme de la sombra. ¿Qué podía hacer? Él pretendía agradarme, y me atormentaba. Sentí como si hubiera colocado cuidadosamente, uno a
Clerval habló así mientras nos apresurábamos por las calles; las palabras se imprimieron en mi mente y las recordé después, en soledad. Pero ahora, tan pronto como llegaron los caballos, me subí a un carruaje de cabriolet y me despedí de mi amigo.
Mi viaje fue muy melancólico. Al principio quise apresurarme, pues anhelaba consolar y compadecerme de mis queridos y afligidos amigos; pero cuando me acerqué a mi ciudad natal, mi paso se volvió lento. Apenas podía sostener la multitud de sentimientos que se agolpaban en mi mente. Pasé por escenas familiares a mi juventud, pero que no había visto en casi seis años. ¡Cuánto puede alterarse todo en ese tiempo! Un súbito y desolador cambio se había producido; pero mil pequeñas circunstancias podrían haber, con el tiempo, producido otras alteraciones, que, aunque hechas con mayor tranquilidad, no serían menos decisivas. El miedo me venció; no me atreví a avanzar, temiendo mil males sin nombre que me hacían temblar, aunque no podía definirlos.
Me quedé dos días en Lausana, en este estado de ánimo doloroso. Contemplé el lago: las aguas estaban plácidas; todo alrededor estaba calmo; y las montañas nevadas, “los palacios de la naturaleza”, no cambiaban. Poco a poco la escena serena y celestial me restauró, y continué mi viaje hacia Ginebra.
La carretera corría al borde del lago, que se estrechaba a medida que me acercaba a mi ciudad natal. Distinguí con más claridad los oscuros flancos del Jura y la brillante cumbre del Mont Blanc. Lloré como un niño. «¡Queridas montañas! ¡mi propio hermoso lago! ¿Cómo me
“Lo sé,” continuó la desdichada víctima, “cuán pesada y fatalmente esta circunstancia pesa contra mí, pero no tengo poder para explicarlo; y cuando he expresado mi absoluta ignorancia, sólo me queda conjeturar sobre las probabilidades por las cuales pudo haber sido colocado en mi bolsillo. Pero aquí también me detengo. Creo que no tengo enemigo en la tierra, y ninguno seguramente habría sido tan perverso como para destruirme a la ligera. ¿Acaso el asesino lo colocó allí? No conozco ninguna oportunidad que le haya sido dada para hacerlo; o, si la tuve, ¿por qué habría robado la joya, para desprenderse de ella de nuevo tan pronto?”
“Comprometo mi causa a la justicia de mis jueces, pero no veo lugar para la esperanza. Suplico permiso para que se examinen algunos testigos respecto a mi carácter, y si su testimonio no sobrepasa mi supuesta culpa, debo ser condenado, aunque pondría mi salvación en mi inocencia.”
Se llamaron varios testigos que la habían conocido durante muchos años, y hablaron bien de ella; pero el miedo y el odio al delito del que la suponían culpable los volvieron temerosos e incapaces de presentarse. Elizabeth vio incluso este último recurso, sus excelentes disposiciones y conducta irreprochable, a punto de fallar a la acusada, cuando, aunque violentamente agitada, deseó permiso para dirigirse al tribunal.
“Yo soy,” dijo ella, “la prima del infeliz niño que fue asesinado, o más bien su hermana, pues fui educada y he vivido con sus padres desde entonces e incluso mucho antes de su nacimiento. Por lo tanto puede juzgarse indecente en mí presentarme en esta ocasión, pero cuando veo a una criatura compañera a punto de perecer por la cobardía de sus supuestos amigos, deseo que se me permita hablar, para poder decir lo que sé de su carácter. Conozco bien a la acusada. He vivido en la misma casa con ella, una vez durante cinco años y en otra ocasión casi dos años. Durante todo ese tiempo ella me pareció la criatura humana más amable y benévola. Cuidó a Madame Frankenstein, mi tía, en su última enfermedad, con la mayor ternura y cuidado, y después atendió a su propia madre durante una enfermedad tediosa, de una manera que despertó la admiración de todos los que la conocieron; después volvió a vivir en la casa de mi tío, donde fue querida por toda la familia. Estaba cálidamente apegada al niño que ahora está muerto y actuó hacia él como una madre sumamente cariñosa. Por mi parte, no vacilo en decir que, a pesar de todas las pruebas presentadas contra ella, creo y confío en su perfecta inocencia. No tuvo tentación para tal acción; respecto al adorno del que depende la principal evidencia, si lo hubiera deseado sinceramente, lo habría entregado a ella sin reparos, tanto la estimo y valoro.”
Un murmullo de aprobación siguió al sencillo y poderoso llamamiento de Elizabeth, mas se suscitó por su generosa intervención, y no a favor de la pobre Justine, sobre quien la indignación pública se volvió con renovada violencia, acusándola de la más negra ingratitud. Ella misma lloró mientras Elizabeth hablaba, pero no respondió. Mi propia agitación y angustia fueron extremas durante todo el juicio. Creía en su inocencia; lo sabía. ¿Podría el demonio que (no lo dudé ni por un minuto) asesinó a mi hermano también en su juego infernal haber traicionado al inocente con muerte e ignomínia? No podía soportar el horror de mi situación, y cuando percibí que la voz popular y los semblantes de los jueces ya habían condenado a mi desdichada víctima, salí del tribunal en agonía. Los tormentos de la acusada no fueron iguales a los míos; ella se sustentaba en la inocencia, pero los colmillos del remordimiento desgarraban mi pecho y no cesaban en su agarre.
Pasé una noche de desdicha sin mezcla. Por la mañana me dirigí al tribunal; mis labios y mi garganta estaban resecos. No me atreví a formular la pregunta fatal, pero me conocían, y el oficial adivinó la causa de mi visita. Los boletines habían sido lanzados; estaban todos negros, y Justine fue condenada.
No puedo pretender describir lo que entonces sentí. Ya había experimentado sensaciones de horror, y he procurado dotarlas de expresiones adecuadas, pero las palabras no pueden transmitir la idea de la desesperación que ahoga el corazón que entonces soporté. La persona a quien me dirigí añadió que Justine ya había confesado su culpa. «Esa evidencia», observó, «casi no era necesaria en un caso tan evidente, pero me alegra, y, en verdad, a ninguno de nuestros jueces le gusta condenar a un criminal con pruebas circunstanciales, aunque sean decisivas.»
Era una inteligencia extraña e inesperada; ¿qué podría significar? ¿Me habrían engañado los ojos? ¿Y estaba realmente tan loco como todo el mundo creería que soy si revelara el objeto de mis sospechas? Me apresuré a volver a casa, y Elizabeth exigió con ansia el resultado.
«Prima», respondí, «se ha decidido, como tal vez esperabas; todos los jueces preferían que diez inocentes sufrieran antes que un culpable escapara. Pero ella ha confesado.»
Ese fue un golpe terrible para la pobre Elizabeth, que había confiado firmemente en la inocencia de Justine. «¡Ay!», dijo ella. «¿Cómo podré volver a creer en la bondad humana? Justine, a quien amaba y estimaba como hermana, ¿cómo pudo ponerse esos rostros de inocencia sólo para traicionar? Sus ojos mansos parecían incapaces de cualquier severidad o astucia, y sin embargo ha cometido un asesinato.»
Poco después supimos que la pobre víctima había manifestado el deseo de ver a mi prima. Mi padre quiso que no fuera, pero dijo que lo dejaba a su propio juicio y sentimientos decidir. «Sí», dijo Elizabeth, «iré, aunque ella sea culpable; y tú, Victor, me acompañarás; no puedo ir sola.» La idea de esa visita fue una tortura para mí, pero no pude negarme.
Entramos en la lúgubre cámara de la prisión y vimos a Justine sentada sobre paja al fondo; sus manos estaban encadenadas y su cabeza reposaba sobre sus rodillas. Se levantó al vernos entrar, y cuando quedamos solos con ella, se lanzó a los pies de Elizabeth, llorando amargamente. Mi prima también lloró.
«¡Oh, Justine!», exclamó ella. «¿Por qué me robaste mi última consolación? Confié en tu inocencia, y aunque entonces estaba muy desdichada, no era tan miserable como ahora.»
«¿Y también crees que soy tan, tan perversa? ¿Te unirás también a mis enemigos para aplastarme, para condenarme como asesina?» Su voz se ahogó en sollozos.
«Levántate, mi pobre niña», dijo Elizabeth; «¿por qué te arrodillas, si eres inocente? No soy una de tus enemigas; te creí sin culpa, pese a todas las pruebas, hasta que oí que habías declarado tu propia culpa. Ese informe, dices, es falso; y ten la seguridad, querida Justine, de que nada puede sacudir mi confianza en ti, salvo tu propia confesión.»
«Confesé, pero confesé una mentira. Confesé para obtener absolución; pero ahora esa falsedad pesa más en mi corazón que todos mis demás pecados. ¡Que Dios del cielo me perdone! Desde que fui condenada, mi confesor me ha asediado; me amenazó y coaccionó, hasta que casi llegué a pensar que era el monstruo que él decía que era. Amenazó con la excomunión y el fuego del infierno en mis últimos momentos si continuaba obstinada. Señora, no tuve quien me apoyara; todos me miraban como a un desdichado condenado a la ignominia y la perdición. ¿Qué podía hacer? En una hora vil suscribí una mentira; y ahora sólo soy verdaderamente miserable.»
Se detuvo, llorando, y continuó: «Pensé con horror, dulce señora, que deberíais creer a vuestra Justine, a quien vuestra bendita tía había honrado tan altamente, y a quien amabais, era una criatura capaz de un crimen que sólo el propio diablo podría haber perpetrado. ¡Querido William! ¡más querido hijo bendito! Pronto volveré a verte en el cielo, donde todos seremos felices; y eso me consuela, aunque me dirija a sufrir ignominia y muerte.»
«¡Oh, Justine! Perdóname por haber dudado de ti por un momento. ¿Por qué confesaste? Pero no llores, niña querida. No temas. Proclamaré, probaré tu inocencia. Derretiré los corazones de piedra de tus enemigos con mis lágrimas y oraciones. ¡No morirás! Tú, mi compañera de juegos, mi amiga, mi hermana, no perecerás en la horca. ¡No! ¡No! Nunca podría sobrevivir a tan horrible infortunio.»
Justine movió la cabeza con pesar. «No temo a la muerte», dijo; «esa punzada ya pasó. Dios levanta mi debilidad y me da coraje para soportar lo peor. Dejo un mundo triste y amargo; y si me recuerdas y piensas en mí como en una injustamente condenada, acepto el destino que me espera. Aprende de mí, señora querida, a someterte con paciencia a la voluntad del cielo.»
Durante esa conversación me retiré a un rincón de la celda, donde podía ocultar la horrenda angustia que me poseía. ¡Desesperación! ¿Quién se atrevía a hablar de eso? La pobre víctima, que al día siguiente cruzaría el terrible límite entre la vida y la muerte, no sentía, como yo, tal agonía profunda y amarga. rechinaba los dientes y los trituraba, soltando un gemido que brotó de lo más hondo de mi alma. Justine se sobresaltó. Cuando vio quién era, se acercó a mí y dijo: «Señor, es muy amable que me visite; usted, espero, no cree que sea culpable.»
No pude responder. «No, Justine», dijo Elizabeth; «él está más convencido de tu inocencia que yo, pues aun cuando oyó que habías confesado, no le dio crédito.»
«Le agradezco de veras. En estos últimos momentos siento la más sincera gratitud hacia quienes piensan en mí con bondad. ¡Cuán dulce es el afecto de los demás a un desdichado como yo! Alivia más de la mitad de mi desventura, y siento que ahora podría morir en paz, pues mi inocencia ha sido reconocida por ti
—Cuando reflexiono, querido primo—dijo ella—sobre la miserable muerte de Justine Moritz, ya no veo al mundo y a sus obras como antes me aparecían. Antes miraba los relatos de vicio e injusticia que leía en los libros o escuchaba de otros como cuentos de tiempos antiguos o males imaginarios; al menos eran remotos y más familiares a la razón que a la imaginación; pero ahora la miseria ha llegado a casa, y los hombres me aparecen como monstruos sedientos de sangre ajena. Sin embargo, soy ciertamente injusta. Todos creían que la pobre niña era culpable; y si ella hubiera podido cometer el delito por el que sufrió, sin duda habría sido la más depravada de las criaturas humanas. ¡Por un puñado de joyas, haber asesinado al hijo de su benefactor y amigo, a un niño que ella había criado desde su nacimiento y al que amaba como si fuera propio! No podía consentir la muerte de ningún ser humano, pero ciertamente habría pensado que tal criatura no era apta para permanecer en la sociedad de los hombres. Pero ella era inocente. Lo sé, siento que era inocente; tú compartes la misma opinión, y eso me confirma. ¡Ay, Victor, cuando la falsedad puede parecerse tanto a la verdad, ¿quién puede asegurarse de una felicidad cierta? Siento como si caminara al borde de un precipicio, hacia el cual miles se apiñan y tratan de precipitarme al abismo. William y Justine fueron asesinados, y el asesino escapa; anda por el mundo libre, y quizá respetado. Pero aun si fuera condenado a sufrir en la horca por los mismos crímenes, no cambiaría mi lugar con tan miserable criatura.
Escuché aquel discurso con la mayor agonía. Yo, no en hecho, pero en efecto, era el verdadero asesino. Elizabeth leyó mi angustia en mi semblante y, tomando mi mano con amabilidad, dijo: —Mi querido amigo, debes calmarte. Estos hechos me han afectado, Dios sabe cuán profundamente; pero no estoy tan desdichada como tú. Hay en tu rostro una expresión de desesperación y, a veces, de venganza que me hace estremecer. Querido Victor, destierra esas pasiones oscuras. Recuerda a los amigos que te rodean, que ponen todas sus esperanzas en ti. ¿Acaso hemos perdido el poder de hacerte feliz? ¡Ah! Mientras amemos, mientras seamos fieles el uno al otro, aquí, en esta tierra de paz y belleza, tu patria natal, podremos cosechar toda bendición tranquila; ¿qué podrá perturbar nuestra paz?
¿Y no bastarían esas palabras de quien yo apreciaba antes más que cualquier otra dádiva de la fortuna para ahuyentar al demonio que se ocultaba en mi corazón? Mientras ella hablaba, me acerqué a ella como temeroso, temiendo que en ese mismo instante el destructor estuviese próximo a arrebatarme a ella.
Así, ni la ternura de la amistad, ni la hermosura de la tierra, ni la del cielo, pudieron redimir mi alma del sufrimiento; los más sutiles signos de amor resultaron inútiles. Estaba rodeado por una nube a la que ninguna influencia benéfica podía penetrar. El ciervo herido que arrastra sus miembros desfallecientes hacia una brecha inexplorada, para contemplar la flecha que lo había atravesado y morir, no era sino un símbolo de mí.
A veces lograba sobreponme a la melancolía sombría que me asediaba, pero otras veces las pasiones vertiginosas de mi alma me impulsaban a buscar, con ejercicio corporal y con cambio de lugar, algún alivio a mis insoportables sensaciones. Fue durante una de esas crisis que, de pronto, abandoné mi hogar y, dirigiendo mis pasos hacia los cercanos valles alpinos, busqué en la magnificencia y la eternidad de aquellas escenas olvidar mis penas efímeras, pues humanas. Mis vagabundeos se dirigieron al valle de Chamounix, al que había ido frecuentemente durante mi niñez. Seis años habían transcurrido desde entonces; yo era un naufragio, pero nada había cambiado en esos paisajes salvajes y perpetuos.
Realicé la primera parte del viaje a caballo. Después contraté una mula, más segura y menos propensa a lesionarse en esas carreteras escarpadas. El tiempo era favorable; era a mediados de agosto, casi dos meses después de la muerte de Justine, esa miserable época de la que databa toda mi desdicha. El peso sobre mi espíritu se aligeró notablemente mientras me internaba más en el barranco de Arve. Las inmensas montañas y los precipicios que me rodeaban, el rugido del río entre las rocas y el estrépito de las cascadas hablaban de un poder tan grande como la Omnipotencia, y dejé de temer o inclinarme ante cualquier ser menos todopoderoso que aquel que había creado y regido los elementos, mostrados allí en su forma más terrible. Sin embargo, al ascender más, el valle adquirió un carácter más majestuoso y asombroso. Castillos en ruinas colgando de los acantilados de pinos, la impetuosa Arve y cabañas dispersas entre los árboles formaban una escena de singular belleza. Pero fue realzada y sublimada por los imponentes Alpes, cuyas blancas y relucientes pirámides y cúpulas se alzaban sobre todo, como pertenecientes a otra tierra, a los habitáculos de otra raza de seres.
Pasé el puente de Pélissier, donde el barranco que forma el río se abrió ante mí, y comencé a subir la montaña que lo sobrecoge. Poco después entré en el valle de Chamounix. Este valle es más maravilloso y sublime, aunque no tan pintoresco como el de Servox, por el que acababa de pasar. Las altas y nevadas montañas lo encerraban, pero ya no vi más castillos en ruinas ni campos fértiles. Inmensos glaciares se acercaban a la senda; escuché el estruendo del avalancha y distinguí el humo de su paso. Mont Blanc, el supremo y magnífico Mont Blanc, se alzaba entre las aiguilles circundantes, y su enorme cúpula dominaba el valle.
A menudo, durante el recorrido, me invadía un sentido de placer largamente perdido. Algún recodo del camino, algún objeto nuevo percibido y reconocido, me recordaba días pasados y se asociaba con la alegre jovialidad de la infancia. Los vientos susurraban en tonos apacibles, y la Madre Naturaleza me invitaba a no llorar más. Entonces la amable influencia cesaba; me sentía atado de nuevo a la pena y me entregaba al miserable reflejo de la reflexión. Aceleré a mi animal, intentando olvidar el mundo, mis temores y, sobre todo, a mí mismo—o, en un acto más desesperado, me detuve y me lancé al pasto, agobiado por el horror y la desesperación.
Al fin llegué a la aldea de Chamounix. El agotamiento sucedió al extremo cansancio tanto del cuerpo como de la mente que había soportado. Por un breve lapso permanecí junto a la ventana, observando los pálidos relámpagos que jugaban sobre Mont Blanc y escuchando el estruendo de la Arve que seguía su ruidoso curso bajo ellos. Los mismos sonidos arrulladores actuaban como una nana para mis sensaciones demasiado agudas; cuando apoyé mi cabeza sobre la almohada, el sueño se deslizó sobre mí, y lo sentí al llegar y bendecir al dador del olvido.
Capítulo 10
Pasé el día siguiente vagando por el valle. Me detuve junto a las fuentes de la Arveiron, que nacen de un glaciar que, con lento paso, avanza desde la cumbre de los cerros para bloquear el valle. Ante mí se alzaban los abruptos flancos de inmensas montañas; la pared helada del glaciar se cernía sobre mí; unos pocos pinos destrozados estaban esparcidos alrededor; y el solemne silencio de aquella gloriosa cámara de la naturaleza imperial se rompía sólo por el estruendo de las olas o la caída de algún fragmento colosal, el trueno de la avalancha o el crujido que reverberaba entre las montañas del hielo acumulado, el cual, bajo el trabajo silencioso de leyes inmutables, se desgarraba y rasgaba perpetuamente, como si fuera un juguete en sus manos. Estas escenas sublimes y magníficas me proporcionaron el mayor consuelo que pude recibir. Me elevaron por encima de toda pequeñez de sentimiento y, aunque no eliminaron mi pena, la dominaron y tranquilizaron. En cierta medida también desviaron mi mente de los pensamientos que la habían consumido el último mes. Me retiré a descansar por la noche; mis sueños, como que asistidos y servidos por el conjunto de grandes formas que había contemplado durante el día, se reunían a mi alrededor: la cima inmaculada de nieve, la cumbre reluciente, los bosques de pinos, el barranco escarpado, el águila que surcaba las nubes—todos se agrupaban alrededor mío y me instaban a estar en paz.
¿Dónde se habían refugiado cuando desperté a la mañana siguiente? Todo el aliento del alma había huido con el sueño, y la melancolía oscura nubló cada pensamiento. La lluvia caía a torrentes, y densas nieblas ocultaban las cumbres de las montañas, de modo que ni siquiera veía los rostros de esos poderosos amigos. Aun así, intentaría atravesar su velo brumoso y buscarlos en sus refugios nubosos. ¿Qué eran la lluvia y la tormenta para mí? Mi mula fue conducida a la puerta y resolví ascender al summit de Montanvert. Recordé el efecto que la vista del enorme y perpetuo glaciar había producido en mi mente cuando la vi por primera vez. Entonces me llenó de un éxtasis sublime que dio alas al alma y le permitió elevarse del mundo oscuro a la luz y la alegría. La visión de lo terrible y majestuoso en la naturaleza siempre había solemnizado mi mente y me hacía olvidar los cuidados pasajeros de la vida. Decidí ir sin guía, pues conocía bien el camino, y la presencia de otro destruiría la grandeza solitaria de la escena.
El ascenso es pronunciado, pero el sendero está tallado en curvas continuas y cortas que permiten sobrepasar la perpendicularidad de la montaña. Es una escena terriblemente desolada. En mil lugares se perciben los rastros de la avalancha invernal, donde los árboles yacen rotos y esparcidos en el suelo; algunos totalmente destruidos, otros doblados, apoyándose en las rocas salientes o transversalmente sobre otros árboles. El camino, al subir más, está cruzado por barrancos de nieve, por donde continuamente ruedan piedras desde lo alto; uno de ellos es particularmente peligroso, pues el más mínimo sonido, incluso hablar en voz alta, produce una conmoción de aire suficiente para arrastrar la destrucción sobre la cabeza del que habla. Los pinos no son altos ni exuberantes, pero son sombríos y añaden un aire de severidad a la escena. Miré el valle bajo; inmensas nieblas se elevaban de los ríos que lo cruzaban y se enrollaban en gruesos frailes alrededor de las montañas opuestas, cuyas cumbres estaban ocultas en las nubes uniformes, mientras la lluvia caía del cielo oscuro y aumentaba la impresión melancólica que recibía de los objetos a mi alrededor. ¡Ay! ¿Por qué el hombre se jacta de sensibilidades superiores a las del bruto; solo los vuelve seres más necesarios. Si nuestros impulsos estuvieran confinados al hambre, la sed y el deseo, podríamos estar casi libres; pero ahora nos mueven cada viento que sopla y cada palabra o escena que esa palabra pueda transmitirnos.
Descansamos; un sueño tiene poder de envenenar el sueño. Nos levantamos; un pensamiento errante contamina el día. Sentimos, concebimos o razonamos; reímos o lloramos, abrazamos la dulce aflicción, o desechamos nuestras cares; es lo mismo: pues, sea alegría o tristeza, el camino de su partida sigue libre. Ayer del hombre nunca será como su mañana; nada perdurará sino la mutabilidad.
Era casi mediodía cuando llegué a la cima del ascenso. Durante un tiempo me senté sobre la peña que domina el mar de hielo. Una niebla cubría tanto esa peña como las montañas circundantes. Pronto una brisa disipó la nube y descendí al glaciar. La superficie era muy irregular, alzándose como las olas de un mar agitado, descendiendo bajo, y salpicada de grietas que se hundían profundamente. El campo de hielo medía casi una legua de ancho, y pasé casi dos horas cruzándolo. La montaña opuesta era una roca desnuda y perpendicular. Desde el lado donde estaba, Montanvert estaba exactamente enfrente, a una legua de distancia; y sobre ella se alzaba Mont Blanc, en terrible majestuosidad. Permanecí en una hendidura de la roca, contemplando aquella escena maravillosa y sobrecogedora. El mar, o mejor dicho el vasto río de hielo, serpenteaba entre sus montañas dependientes, cuyas cumbres aéreas colgaban sobre sus recesos. Sus picos helados y relucientes brillaban bajo la luz del sol entre las nubes. Mi corazón, antes triste, ahora se hinchó con algo parecido a la alegría; exclamé:
—Espíritus errantes, si en verdad vagáis y no descansáis en vuestros estrechos lechos, concededme esta tenue felicidad, o llevadme, como vuestro compañero, lejos de los gozos de la vida.
Al decir esto, vi de pronto la figura de un hombre, a cierta distancia, avanzando hacia mí con velocidad sobrehumana. Saltaba sobre las grietas del hielo, entre las que había caminado con cautela; su estatura, al acercarse, parecía superar la del hombre. Me perturbó; una niebla cubrió mis ojos y sentí una ligera indisposición, pero la ráfaga fría de las montañas me restituyó rápidamente. Percibí, cuando la figura se acercaba (¡visión tremenda y abominable!), que era el miserable a quien yo había creado. Temblé de rabia y horror, resolviendo esperar su acercamiento y luego enfrentarlo en mortal combate. Se acercó; su semblante expresaba amarga angustia, combinada con desdén y malignidad, mientras su fealdad inhumana lo hacía casi insoportable a la vista humana. Pero apenas lo noté; la ira y el odio me habían privado al principio de toda palabra, y sólo recuperé la voz para lanzar contra él palabras de furiosa detestación y desprecio.
—¡Diablo! —exclamé— ¿te atreves a aproximarte? ¿No temes la feroz venganza de mi brazo sobre tu miserable cabeza? ¡Vete, vil insecto! O mejor, quédate, para que pueda aplastarte hasta polvo. ¡Y, oh! Si pudiera, con la extinción de tu miserable existencia, restaurar a las víctimas que tan diabólicamente has asesinado!
—Esperaba esta recepción —dijo el demonio—. Todos los hombres odian al miserable; ¿cómo, pues, no debo ser odiado yo, miserable más allá de toda criatura viva? Sin embargo tú, mi creador, me detestas y me desprecias, criatura mía, a quien sólo te enlazan lazos que sólo pueden romperse con la aniquilación de uno de los dos. Pretendes matarme. ¿Cómo osas jugar así con la vida? Cumple tu deber hacia mí, y yo cumpliré el mío contigo y con el resto de la humanidad. Si aceptas mis condiciones, los dejaré en paz; pero si te niegas, llenarás la fosa de la muerte hasta que se sacie con la sangre de tus restantes amigos.
—¡Abominable monstruo! ¡Fiera que eres! Las torturas del infierno son una venganza demasiado leve para tus crímenes. ¡Infame demonio! Me reprochas tu creación; ven, pues, para que pueda extinguir la chispa que tan descuidadamente otorgué.
Mi ira no conocía límites; me lancé sobre él, impulsado por todos los sentimientos que pueden armar a un ser contra la existencia de otro.
Él, con facilidad, me eludió y dijo:
—¡Mantente sereno! Te ruego que me escuches antes de dar rienda suelta a tu odio contra mi devota cabeza. ¿Acaso no he sufrido ya suficiente, que tú busques acrecentar mi miseria? La vida, aunque sólo sea una acumulación de angustia, me es cara, y la defenderé. Recuerda, me has hecho más poderoso que tú; mi altura supera a la tuya, mis articulaciones son más flexibles. Pero no me tentaré a oponerme a ti. Soy tu criatura, y seré aun manso y dócil con mi señor y rey natural si tú también cumples tu parte, la que me debes. Oh, Frankenstein, no seas equitativo con todos los demás y aplástame solo a mí, a quien tu justicia, e incluso tu clemencia y afecto, se deben más. Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, que tú expulsas de la alegría sin culpa alguna. En todas partes veo la dicha, de la cual estoy irrevocablemente excluido. Fui benevolente y bueno; la miseria me volvió demonio. Hazme feliz, y volveré a ser virtuoso.
—¡Vete! No te escucharé. No puede haber comunidad entre tú y yo; somos enemigos. Vete, o probemos nuestra fuerza en combate, en el cual uno debe caer.
—¿Cómo puedo moverte? ¿No habrá súplicas que te hagan voltear una mirada favorable a tu criatura, que implora tu bondad y compasión? Créeme, Frankenstein, fui benevolente; mi alma brillaba con amor y humanidad; pero ¿no estoy solo, miserablemente solo? Tú, mi creador, me aborreces; ¿qué esperanza puedo obtener de tus semejantes, que no me deben nada? Me rechazan y me odian. Las montañas desiertas y los glaciares lúgubres son mi refugio. He vagado aquí muchos días; las cuevas de hielo, a las que no temo, son mi morada, y la única que el hombre no codicia. Estos cielos lúgubres saludo, pues son más amables conmigo que tus semejantes. Si la multitud de la humanidad conociera mi existencia, harían como tú, y se armarían para mi destrucción. ¿Acaso no debo odiar a quienes me aborrecen? No mantendré términos con mis enemigos. Soy miserable, y ellos compartirán mi desdicha. Sin embargo, está en tu poder recompensarme y librarlos de un mal que sólo tú puedes hacer tan grande, que no sólo tú y tu familia, sino miles de otros, serán engullidos por los remolinos de su furia. Deja que tu compasión se conmueva y no me desprecies. Escucha mi relato; cuando lo hayas escuchado, abandóname o compasiónalo, según juzgues que lo merezco. Pero escúchame. Los culpables son, por leyes humanas, sangrientos como son, autorizados a hablar en su propia defensa antes de ser condenados. Escúchame, Frankenstein. Me acusas de asesinato, y sin embargo, con conciencia satisfecha, destruirías a tu propia criatura. ¡Oh, alaba la justicia eterna del hombre! No te pido que me perdones; escúchame, y entonces, si puedes y deseas, destruye la obra de tus manos.
—¿Por qué invocas, a mi memoria, circunstancias que tiemblo al reflexionar, siendo yo la miserable origen y autor? ¡Maldita sea el día, abominable demonio, en que viste la luz por primera vez! ¡Malditas (aunque me maldigo a mí mismo) sean las manos que te formaron! Me has hecho tan desdichado que no hallo palabras para describirlo. No me dejas considerar si soy justo contigo o no. ¡Vete! Alívame de la vista de tu detestable figura.
—Así te alivio, mi creador —dijo, y mostró sus manos detestadas ante mis ojos, los cuales arrojé de mí con violencia—. Así te quito una visión que aborreces. Aun así puedes oírme y concederme tu compasión. Por las virtudes que una vez poseí, exijo esto de ti. Escucha mi relato; es largo y extraño, y la temperatura de este lugar no se ajusta a tus delicadas sensaciones; ven a la cabaña sobre la montaña. El sol aún está alto en los cielos; antes de que descienda para ocultarse tras tus nevados precipicios y alumbre otro mundo, habrás escuchado mi historia y podrás decidir. Depende de ti, si abandono para siempre la vecindad del hombre y llevo una vida inofensiva, o me convierto en la plaga de tus semejantes y autor de tu propia ruina veloz.
Como él dijo esto, él abrió el paso sobre el hielo; yo lo seguí. Mi corazón estaba lleno, y no le respondí, pero al avanzar sopesé los diversos argumentos que había usado y decidí al menos escuchar su relato. Me impulsó en parte la curiosidad, y la compasión confirmó mi resolución. Hasta entonces había supuesto que él era el asesino de mi hermano, y buscaba con ansia una confirmación o negación de tal opinión. Por primera vez también sentí cuáles eran los deberes de un creador con su criatura, y que debía hacerlo feliz antes de quejarme de su maldad. Estos motivos me impulsaron a cumplir su demanda. Cruzamos el hielo, pues, y ascendimos la roca opuesta. El aire estaba frío, y la lluvia volvió a descender; entramos en la cabaña, el demonio con aire de exultación, yo con el corazón pesado y el ánimo deprimido. Pero consentí escuchar, y sentándome junto al fuego que mi odioso compañero había encendido, él empezó entonces su relato.
Capítulo 11
“Es con considerable dificultad que recuerdo la era original de mi ser; todos los hechos de aquel período aparecen confusos e indistintos. Una extraña multiplicidad de sensaciones me asaltó, y vi, sentí, oí y olí al mismo tiempo; y, en verdad, pasó mucho tiempo antes de que aprendiera a distinguir entre las operaciones de mis diversos sentidos. Por grados, recuerdo, una luz más fuerte presionó mis nervios, de modo que me vi obligado a cerrar los ojos. Entonces la oscuridad se cernió sobre mí y me turbó, pero apenas la sentí cuando, al abrir mis ojos, como ahora supongo, la luz volvió a derramarse sobre mí. Caminé y, creo, descendí, pero pronto encontré una gran alteración en mis sensaciones. Antes, cuerpos oscuros y opacos me rodeaban, impermeables a mi tacto o vista; pero ahora descubrí que podía vagar libremente, sin obstáculos que no pudiera sobrepasar o eludir. La luz se volvió cada vez más opresiva para mí, y el calor, fatigándome al andar, busqué un lugar donde pudiera hallar sombra. Este era el bosque cerca de Ingolstadt; y allí me recosté al borde de un arroyo descansando de mi fatiga, hasta que sentí atormentado por el hambre y la sed. Eso me despertó de mi casi letárgico estado, y comí algunas bayas que encontré colgando en los árboles o tendidas en el suelo. Sacié mi sed en el arroyo, y luego acostado, fui vencido por el sueño.
Era oscuro cuando desperté; también sentí frío, y medio asustado, como si instintivamente me encontrara tan desolado. Antes de haber salido de su aposento, por una sensación de frío, me había cubierto con algunas ropas, pero estas fueron insuficientes para protegerme del rocío nocturno. Era un pobre, indefenso, miserable desgraciado; no sabía ni podía distinguir nada; pero al sentir dolor invadiéndome por todos lados, me senté y lloré.
Pronto una luz tenue se deslizó sobre los cielos y me dio una sensación de placer. Me levanté de un salto y contemplé una forma radiante elevarse entre los árboles. [La luna] la contemplé con una especie de asombro. Se movía despacio, pero iluminó mi camino, y volví a salir en busca de bayas. Aún tenía frío cuando bajo uno de los árboles encontré un inmenso manto, con el cual me cubrí, y me senté en el suelo. Ninguna idea distinta ocupaba mi mente; todo estaba confuso. Sentía luz, y hambre, y sed, y oscuridad; innumerables sonidos resonaban en mis oídos, y a todos lados diversos aromas me saludaban; el único objeto que podía distinguir era la brillante luna, y fijé mis ojos en ella con placer.
Varias sucesiones de día y noche pasaron, y el orbe nocturno se había reducido mucho, cuando comencé a distinguir mis sensaciones unas de otras. Gradualmente vi claramente el arroyo claro que me proveía de agua y los árboles que me daban sombra con su follaje. Me alegré cuando descubrí por primera vez que un sonido agradable, que a menudo saludaba mis oídos, procedía de la garganta de los pequeños animales alados que a menudo interceptaban la luz de mis ojos. También comencé a observar, con mayor precisión, las formas que me rodeaban y a percibir los límites del radiante techo de luz que me cobijaba. A veces intenté imitar los agradables cantos de los pájaros, pero fui incapaz. A veces deseé expresar mis sensaciones a mi modo, pero los crudos e inarticulados sonidos que brotaban de mí me asustaron y me sumieron en silencio nuevamente.
La luna había desaparecido de la noche, y otra vez, con una forma menguada, se mostró, mientras yo permanecía aún en el bosque. Mis sensaciones a estas alturas se habían vuelto distintas, y mi mente recibía cada día ideas nuevas. Mis ojos se acostumbraron a la luz y a percibir los objetos en sus verdaderas formas; distinguía el insecto de la hierba, y gradualmente, una hierba de otra. Descubrí que el gorrión no emitía más que notas ásperas, mientras que los del mirlo y del zorzal eran dulces y atrayentes.
Un día, cuando estaba oprimido por el frío, encontré un fuego que habían dejado algunos vagabundos, y me llenó de deleite el calor que experimenté de él. En mi alegría introduje mi mano en las brasas vivas, pero pronto la saqué con un grito de dolor. ¡Qué extraño, pensé, que la misma causa produzca efectos tan opuestos! Examiné los materiales del fuego, y para mi gozo descubrí que estaban compuestos de madera. Recogí rápidamente algunas ramas, pero estaban húmedas y no se quemaban. Me dolió eso y me quedé mirando la operación del fuego. La madera húmeda que había puesto cerca del calor se secó y se inflamó. Reflexioné sobre ello, y al tocar las distintas ramas descubrí la causa y me dediqué a recolectar una gran cantidad de madera, para secarla y disponer de un abundante suministro de fuego. Cuando llegó la noche y trajo el sueño, temí enormemente que mi fuego se extinguiera. Lo cubrí cuidadosamente con madera y hojas secas y puse ramas húmedas sobre él; y entonces, extendiendo mi manto, me acosté en el suelo y caí en sueño.
Era mañana cuando desperté, y mi primera preocupación fue visitar el fuego. Lo descubrí, y una suave brisa lo avivó rápidamente en llama. Observé también y confeccioné un abanico de ramas, que agitó las brasas cuando estaban casi apagadas. Cuando volvió la noche encontré, con placer, que el fuego daba luz además de calor y que el descubrimiento de este elemento me era útil en la comida, pues hallé algunos de los despojos que los viajeros habían dejado, asados, y supieron mucho más sabrosos que las bayas que recolectaba de los árboles. Por ello intenté cocinar mi alimento del mismo modo, colocándolo sobre las brasas vivas. Encontré que las bayas se estropeaban con esta operación, y las nueces y raíces mejoraban mucho.
La comida, sin embargo, se volvió escasa, y a menudo pasaba el día entero buscando en vano unas cuantas bellotas para aliviar los punzantes dolores del hambre. Cuando lo conseguí, resolví abandonar el lugar que había habitado hasta entonces, para buscar uno donde las escasas necesidades que experimentaba fueran más fácilmente satisfechas. En esta emigración lamenté enormemente la pérdida del fuego que había obtenido por accidente y no sabía cómo reproducirlo. Dedique varias horas a la seria reflexión de esta dificultad, pero me vi obligado a renunciar a todo intento de proveerlo, y envuelto en mi manto, avancé a través del bosque hacia el sol poniente. Pasé tres días en esas errancias y al fin descubrí la llanura abierta. Una gran nevada había ocurrido la noche anterior, y los campos eran de un blanco uniforme; la apariencia era desoladora, y sentí mis pies helados por la sustancia húmeda y fría que cubría el suelo.
Era cerca de las siete de la mañana, y anhelaba obtener alimento y refugio; al fin percibí una pequeña cabaña, en una elevación, que sin duda había sido construida para la conveniencia de algún pastor. Era una visión nueva para mí, y examiné la estructura con gran curiosidad. Encontrando la puerta abierta, entré. Un anciano se sentó en ella, cerca de un fuego, sobre el cual preparaba su desayuno. Al oír un ruido y verme, gritó fuertemente, y, abandonando la cabaña, corrió por los campos con una velocidad que su cuerpo debilitado apenas parecía capaz de. Su aspecto, diferente a cualquier otro que hubiera visto antes, y su fuga me sorprendieron algo. Pero quedé encantado por la apariencia de la cabaña; allí la nieve y la lluvia no podían penetrar; el suelo estaba seco; y me presentó entonces como exquisito y divino un refugio como Pandæmonium para los demonios del infierno tras sus sufrimientos en el lago de fuego. Devoré con avidez los restos del desayuno del pastor, que consistía en pan, queso, leche y vino; este último, sin embargo, no me agradó. Entonces, vencido por la fatiga, me acosté entre algo de paja y me dormí.
Era mediodía cuando desperté, y atraído por el calor del sol, que brillaba intensamente sobre el blanco suelo, decidí reanudar mis viajes; y, depositando los restos del desayuno del campesino en una cartera que encontré, proseguí a través de los campos durante varias horas, hasta que al atardecer llegué a un pueblo. ¡Qué milagroso pareció esto! Las cabañas, las casas más ordenadas y las viviendas señoriales despertaron mi admiración por turnos. Las verduras en los huertos, la leche y el queso que vi colocados en las ventanas de algunas casas, atrajeron mi apetito. Entré en una de las mejores de ellas, pero apenas puse el pie dentro de la puerta cuando los niños chillaron, y una de las mujeres se desmayó. Todo el pueblo se despertó; algunos huyeron, otros me atacaron, hasta que, gravemente magullado por piedras y muchas otras armas de proyectil, escapé a la llanura y temerosamente tomé refugio en una humilde choza, bastante desnuda, y que mostraba una apariencia miserable comparada con los palacios que había contemplado en el pueblo. Esta choza, sin embargo, estaba unida a una casa de aspecto pulcro y agradable, pero tras mi tardía y costosa experiencia, no me atrevía a entrar. Mi lugar de refugio estaba construido de madera, pero tan bajo que apenas podía sentarme erguido. No había madera, sin embargo, en el suelo que formaba el piso, pero estaba seco; y aunque el viento entraba por innumerables rendijas, lo encontré un asilo agradable contra la nieve y la lluvia.
Aquí, entonces, me retiré y me acosté feliz de haber hallado un refugio, por miserable que fuera, de la inclemencia de la estación, y aún más de la barbarie del hombre. Tan pronto como amaneció, me escabullí de mi perrera, para poder observar la cabaña adyacente y descubrir si podía permanecer en la morada que había hallado. Se hallaba contra la parte trasera de la casa y rodeada a los lados expuestos por un chiquero y una clara charca de agua. Una parte estaba abierta, y por esa entré; pero ahora cubrí cada rendija por la cual pudiera ser percibido con piedras y madera, pero de tal modo que pudiera moverlas ocasionalmente para pasar; toda la luz que disfrutaba entraba por el chiquero, y eso me bastaba.
Habiendo así dispuesto mi morada y alfombrada con paja limpia, me retiré, pues vi la figura de un hombre a distancia, y recordé demasiado bien mi trato la noche anterior para confiar en su poder. Primero, sin embargo, me había provisto para mi sustento del día con un pan rústico, que robé, y una taza con la cual podía beber más convenientemente que de mi mano del agua pura que fluía junto a mi refugio. El suelo estaba ligeramente elevado, de modo que permanecía perfectamente seco, y por su proximidad a la chimenea de la casa era tolerablemente cálido.
Siendo así provisto, resolví residir en esta choza hasta que algo ocurriera que pudiera alterar mi determinación. Era en verdad un paraíso comparado con el lúgubre bosque, mi antigua residencia, las ramas que goteaban lluvia y la tierra húmeda. Desayuné con placer y estaba a punto de quitar una tabla para procurarme un poco de agua cuando oí un paso, y mirando por una
pequeña hendidura, vi a una joven que llevaba un cubo sobre la cabeza; pasaba frente a la choza hacia el arroyo que corría a poca distancia. Su vestido era tosco, pero su figura era graciosa. Me quedé inmóvil, observándola, y cuando regresó, la seguí con la mirada hasta que entró en la casa. Era una joven hermosa, de cabello oscuro y ojos de una expresión sumamente afectuosa, aunque su rostro estaba marcado por una tristeza que nunca abandonaba sus facciones.
Pasó un tiempo considerable antes de que descubriera una de las causas de la inquietud de esta amable familia: era la pobreza, y sufrían ese mal en un grado muy angustioso. Su alimento consistía enteramente en las verduras de su jardín y la leche de una vaca, que daba muy poca durante el invierno, cuando sus amos apenas podían conseguir comida para mantenerla. Creo que a menudo sufrían los dolores del hambre de manera muy aguda, especialmente los dos jóvenes habitantes de la cabaña, pues en varias ocasiones pusieron comida ante el anciano cuando ellos no se reservaron nada para sí.
Este rasgo de bondad me conmovió profundamente. Yo me había acostumbrado, durante la noche, a robar una parte de sus provisiones para mi propio consumo, pero cuando descubrí que al hacer esto les causaba dolor, me abstuve y me satisfice con bayas, nueces y raíces que recogía en un bosque cercano.
Descubrí también otro medio a través del cual podía ayudar a sus labores. Observé que el joven pasaba gran parte de cada día recolectando leña para el fuego de la familia, y durante la noche solía tomar sus herramientas, cuyo uso descubrí rápidamente, y traía a casa suficiente leña para el consumo de varios días.
Recuerdo que, la primera vez que hice esto, la joven, al abrir la puerta por la mañana, pareció sumamente asombrada al ver una gran pila de leña en el exterior. Pronunció algunas palabras en voz alta, y el joven se le unió, quien también expresó sorpresa. Observé, con placer, que no fue al bosque ese día, sino que lo pasó reparando la cabaña y cultivando el jardín.
Poco a poco hice un descubrimiento de mayor importancia. Encontré que estas personas poseían un método para comunicar sus experiencias y sentimientos entre sí mediante sonidos articulados. Percibí que las palabras que pronunciaban a veces producían placer o dolor, sonrisas o tristeza, en las mentes y los semblantes de quienes las escuchaban. Esta era, ciertamente, una ciencia divina, y deseaba ardientemente familiarizarme con ella. Pero me sentía frustrado en cada intento que hacía con ese propósito. Su pronunciación era rápida y, al no tener las palabras que pronunciaban conexión aparente con objetos visibles, no podía encontrar ninguna pista por la cual pudiera desentrañar el misterio de su referencia. Sin embargo, con gran aplicación, y después de haber permanecido durante el espacio de varias revoluciones de la luna en mi choza, descubrí los nombres que se daban a algunos de los objetos más familiares del discurso; aprendí y apliqué las palabras fuego, leche, pan y leña. Aprendí también los nombres de los habitantes de la cabaña. El joven y su compañera tenían cada uno varios nombres, pero el anciano solo tenía uno, que era padre. A la joven la llamaban hermana o Agatha, y al joven Felix, hermano o hijo. No puedo describir el deleite que sentí cuando aprendí las ideas asociadas a cada uno de estos sonidos y pude pronunciarlos. Distinguí varias otras palabras sin ser capaz todavía de entenderlas o aplicarlas, tales como bueno, queridísimo, infeliz.
Pasé el invierno de esta manera. Los modos gentiles y la belleza de los habitantes de la cabaña me los hicieron muy queridos; cuando estaban infelices, me sentía deprimido; cuando se regocijaban, simpatizaba con sus alegrías. Veía pocos seres humanos además de ellos, y si alguno más llegaba a entrar en la cabaña, sus modos ásperos y su andar grosero solo realzaban ante mí los superiores atributos de mis amigos. El anciano, podía percibir, a menudo intentaba animar a sus hijos, como a veces los llamaba, a deshacerse de su melancolía. Hablaba con un acento alegre, con una expresión de bondad que proporcionaba placer incluso a mí. Agatha escuchaba con respeto, sus ojos a veces llenos de lágrimas, que intentaba secar sin ser vista; pero generalmente encontraba que su semblante y su tono eran más alegres después de haber escuchado las exhortaciones de su padre. No sucedía así con Felix. Él era siempre el más triste del grupo, e incluso para mis sentidos inexpertos, parecía haber sufrido más profundamente que sus amigos. Pero si su semblante era más doloroso, su voz era más alegre que la de su hermana, especialmente cuando se dirigía al anciano.
Podría mencionar innumerables ejemplos que, aunque leves, marcaban las disposiciones de estos amables habitantes de la cabaña. En medio de la pobreza y la carencia, Felix llevaba con placer a su hermana la primera pequeña flor blanca que asomaba bajo el suelo nevado. Temprano en la mañana, antes de que ella se hubiera levantado, limpiaba la nieve que obstruía su camino hacia la lechería, sacaba agua del pozo y traía la leña del cobertizo, donde, para su perpetuo asombro, encontraba siempre sus provisiones repuestas por una mano invisible. Durante el día, creo que trabajaba a veces para un granjero vecino, porque a menudo salía y no regresaba hasta la cena, sin embargo no traía leña consigo. En otras ocasiones trabajaba en el jardín, pero como había poco que hacer en la temporada de heladas, leía al anciano y a Agatha.
Esta lectura me había dejado extremadamente perplejo al principio, pero poco a poco descubrí que pronunciaba muchos de los mismos sonidos cuando leía que cuando hablaba. Conjeturé, por lo tanto, que encontraba en el papel signos para el habla que él entendía, y anhelaba ardientemente comprenderlos también; pero ¿cómo era eso posible cuando ni siquiera entendía los sonidos de los que eran signos? Sin embargo, mejoré sensiblemente en esta ciencia, aunque no lo suficiente para seguir cualquier tipo de conversación, a pesar de que aplicaba toda mi mente al esfuerzo, pues percibía fácilmente que, aunque anhelaba ansiosamente revelarme a los habitantes de la cabaña, no debía intentar hacerlo hasta haber dominado primero su lenguaje, cuyo conocimiento podría permitirme hacer que pasaran por alto la deformidad de mi figura, pues con esto también el contraste presentado perpetuamente ante mis ojos me había familiarizado.
Había admirado las formas perfectas de mis habitantes de la cabaña: su gracia, belleza y delicados cutis; ¡pero cómo me aterré cuando me vi en un estanque transparente! Al principio retrocedí, incapaz de creer que fuera realmente yo quien se reflejaba en el espejo; y cuando me convencí plenamente de que era en realidad el monstruo que soy, me sentí lleno de las más amargas sensaciones de desaliento y mortificación. ¡Ay! Aún no conocía completamente los efectos fatales de esta miserable deformidad.
A medida que el sol se volvía más cálido y la luz del día más prolongada, la nieve se desvaneció y contemplé los árboles desnudos y la tierra negra. Desde este momento, Felix estuvo más ocupado, y las conmovedoras señales de hambruna inminente desaparecieron. Su alimento, como descubrí después, era tosco, pero era saludable; y obtenían una cantidad suficiente. Varias clases nuevas de plantas brotaron en el jardín, las cuales cultivaban; y estas señales de bienestar aumentaban diariamente a medida que avanzaba la estación.
El anciano, apoyándose en su hijo, paseaba cada día al mediodía, cuando no llovía, como descubrí que se llamaba cuando los cielos vertían sus aguas. Esto sucedía frecuentemente, pero un viento fuerte secaba rápidamente la tierra, y la estación se volvió mucho más placentera de lo que había sido.
Mi modo de vida en mi choza era uniforme. Durante la mañana observaba los movimientos de los habitantes de la cabaña, y cuando estaban dispersos en diversas ocupaciones, dormía; el resto del día lo pasaba observando a mis amigos. Cuando se habían retirado a descansar, si había algo de luna o la noche estaba estrellada, salía a los bosques y recogía mi propia comida y combustible para la cabaña. Cuando regresaba, tan a menudo como era necesario, despejaba su camino de la nieve y realizaba aquellas tareas que había visto hacer a Felix. Más tarde descubrí que estas labores, realizadas por una mano invisible, los asombraba enormemente; y una o dos veces los escuché, en estas ocasiones, pronunciar las palabras buen espíritu, maravilloso; pero entonces no entendía la significación de esos términos.
Mis pensamientos ahora se volvieron más activos, y anhelaba descubrir los motivos y sentimientos de estas encantadoras criaturas; tenía curiosidad por saber por qué Felix parecía tan miserable y Agatha tan triste. Pensé (¡necio desgraciado!) que podría estar en mi poder restaurar la felicidad a estas personas merecedoras. Cuando dormía o estaba ausente, las formas del venerable padre ciego, la gentil Agatha y el excelente Felix revoloteaban ante mí. Los consideraba seres superiores que serían los árbitros de mi destino futuro. Formaba en mi imaginación mil cuadros de presentarme ante ellos y de su recepción hacia mí. Imaginaba que sentirían disgusto, hasta que, mediante mi comportamiento gentil y palabras conciliadoras, ganara primero su favor y después su amor.
Estos pensamientos me animaban y me llevaban a aplicar con renovado ardor la adquisición del arte del lenguaje. Mis órganos eran ciertamente ásperos, pero flexibles; y aunque mi voz era muy diferente a la suave música de sus tonos, pronunciaba las palabras que entendía con tolerable facilidad. Era como el asno y el perrito faldero; pero seguramente el gentil asno cuyas intenciones eran afectuosas, aunque sus modales fueran groseros, merecía mejor trato que los golpes y la execración.
Las agradables lluvias y el calor benigno de la primavera cambiaron enormemente el aspecto de la tierra. Los hombres que antes de este cambio parecían haber estado ocultos en cuevas se dispersaron y se emplearon en diversas artes de cultivo. Los pájaros cantaban con notas más alegres, y las hojas comenzaron a brotar en los árboles. ¡Feliz, feliz tierra! Morada adecuada para dioses, que, hace tan poco tiempo, era desolada, húmeda e insalubre. Mis ánimos estaban elevados por la apariencia encantadora de la naturaleza; el pasado estaba borrado de mi memoria, el presente era tranquilo y el futuro dorado por brillantes rayos de esperanza y anticipaciones de alegría.
Capítulo 13
Ahora me apresuro a la parte más conmovedora de mi historia. Relataré eventos que me impresionaron con sentimientos que, a partir de lo que había sido, me han hecho lo que soy.
La primavera avanzaba rápidamente; el clima se volvió agradable y los cielos sin nubes. Me sorprendía que lo que antes era desierto y sombrío ahora floreciera con las más hermosas flores y verdor. Mis sentidos estaban gratificados y refrescados por mil aromas de deleite y mil vistas de belleza.
Fue en uno de estos días, cuando mis habitantes de la cabaña descansaban periódicamente del trabajo —el anciano tocaba su guitarra y los hijos lo escuchaban—, que observé que el semblante de Felix estaba melancólico más allá de toda expresión; suspiraba con frecuencia, y una vez su padre hizo una pausa en su música, y conjeturé por su manera que preguntaba la causa de la pena de su hijo. Felix respondió con un acento alegre, y el anciano estaba recomenzando su música cuando alguien llamó a la puerta.
Era una dama a caballo, acompañada por un campesino como guía. La dama estaba vestida con un traje oscuro y cubierta con un espeso velo negro. Agatha hizo una pregunta, a la cual la desconocida solo respondió pronunciando, con un acento dulce, el nombre de Felix. Su voz era musical pero diferente a la de cualquiera de mis amigos. Al escuchar esta palabra, Felix se acercó apresuradamente a la dama, quien, al verlo, levantó su velo, y contemplé un semblante de belleza y expresión angelicales. Su cabello era de un negro azabache brillante, y curiosamente trenzado; sus ojos eran oscuros, pero gentiles, aunque animados; sus rasgos de una proporción regular, y su cutis maravillosamente claro, cada mejilla teñida con un encantador color rosado.
Felix parecía arrebatado de deleite cuando la vio, cada rasgo de tristeza desapareció de su rostro, y al instante expresó un grado de alegría extática, de la cual apenas podría haber creído que fuera capaz; sus ojos brillaban, mientras su mejilla se sonrojaba de placer; y en ese momento lo pensé tan hermoso como la desconocida. Ella parecía afectada por diferentes sentimientos; secando algunas lágrimas de sus hermosos ojos, tendió su mano a Felix, quien la besó arrebatadamente y la llamó, tan bien como pude distinguir, su dulce árabe. Ella no pareció entenderlo, pero sonrió. Él la ayudó a desmontar y, despidiendo a su guía, la condujo al interior de la cabaña. Tuvo lugar alguna conversación entre él y su padre, y la joven desconocida se arrodilló a los pies del anciano y habría besado su mano, pero él la levantó y la abrazó afectuosamente.
Pronto percibí que, aunque la desconocida pronunciaba sonidos articulados y parecía tener un lenguaje propio, ni ella era entendida por los habitantes de la cabaña ni ella los entendía a ellos. Hicieron muchas señas que no comprendí, pero vi que su presencia difundía alegría por toda la cabaña, disipando su tristeza como el sol disipa las nieblas de la mañana. Felix parecía peculiarmente feliz y con sonrisas de deleite dio la bienvenida a su árabe. Agatha, la siempre gentil Agatha, besó las manos de la encantadora desconocida y, señalando a su hermano, hizo señas que me parecieron significar que él había estado triste hasta que ella llegó. Pasaron algunas horas así, mientras ellos, por sus semblantes, expresaban alegría, cuya causa no comprendía. Pronto descubrí, por la recurrencia frecuente de algún sonido que la desconocida repetía después de ellos, que ella intentaba aprender su lenguaje; y la idea me ocurrió al instante de que debería hacer uso de las mismas instrucciones para el mismo fin. La desconocida aprendió unas veinte palabras en la primera lección; la mayoría de ellas, ciertamente, eran aquellas que yo ya había entendido antes, pero aproveché las otras.
Al llegar la noche, Agatha y la árabe se retiraron temprano. Cuando se separaron, Felix besó la mano de la desconocida y dijo: "Buenas noches, dulce Safie". Él se quedó despierto mucho más tiempo, conversando con su padre, y por la frecuente repetición de su nombre conjeturé que su encantadora huésped era el tema de su conversación. Anhelaba ardientemente entenderlos, y puse todas mis facultades hacia ese propósito, pero me resultó absolutamente imposible.
A la mañana siguiente, Felix salió a su trabajo, y después de que las ocupaciones habituales de Agatha terminaron, la árabe se sentó a los pies del anciano y, tomando su guitarra, tocó algunos aires tan encantadoramente hermosos que de inmediato atrajeron lágrimas de tristeza y deleite de mis ojos. Ella cantó, y su voz fluía en una rica cadencia, hinchándose o desvaneciéndose como un ruiseñor de los bosques.
Cuando terminó, entregó la guitarra a Agatha, quien al principio la rechazó. Ella tocó un aire sencillo, y su voz lo acompañó en acentos dulces, pero diferentes a la maravillosa melodía de la desconocida. El anciano parecía extasiado y dijo algunas palabras que Agatha intentó explicar a Safie, y mediante las cuales parecía querer expresar que ella le proporcionaba el mayor deleite con su música.
Los días pasaron ahora tan pacíficamente como antes, con la única alteración de que la alegría había reemplazado a la tristeza en los semblantes de mis amigos. Safie estaba siempre alegre y feliz; ella y yo mejoramos rápidamente en el conocimiento del lenguaje, de modo que en dos meses comencé a comprender la mayoría de las palabras pronunciadas por mis protectores.
Mientras tanto, también, el suelo negro se cubrió de hierba, y las verdes orillas se salpicaron de innumerables flores, dulces al olfato y a la vista, estrellas de pálido resplandor entre los bosques iluminados por la luna; el sol se volvió más cálido, las noches claras y balsámicas; y mis paseos nocturnos eran un placer extremo para mí, aunque se vieron considerablemente acortados por la puesta tardía y la salida temprana del sol, pues nunca me aventuraba a salir durante la luz del día, temeroso de encontrar el mismo trato que había soportado anteriormente en la primera aldea en la que entré.
Mis días los pasaba en estrecha atención, para poder dominar más rápidamente el lenguaje; y puedo jactarme de que mejoré más rápidamente que la árabe, quien entendía muy poco y conversaba con acentos entrecortados, mientras que yo comprendía y podía imitar casi cada palabra que se decía.
Mientras mejoraba en el habla, también aprendí la ciencia de las letras tal como se enseñaba a la desconocida, y esto abrió ante mí un vasto campo de asombro y deleite.
El libro del cual Felix instruía a Safie era Ruinas de imperios, de Volney. No habría entendido el propósito de este libro si Felix, al leerlo, no hubiera dado explicaciones muy minuciosas. Había elegido esta obra, dijo, porque el estilo declamatorio estaba hecho a imitación de los autores orientales. A través de este trabajo obtuve un conocimiento somero de la historia y una visión de los diversos imperios que existen actualmente en el mundo; me dio una idea de las costumbres, gobiernos y religiones de las diferentes naciones de la tierra. Oí hablar de los perezosos asiáticos, del estupefaciente genio y la actividad mental de los griegos, de las guerras y la maravillosa virtud de los primeros romanos, de su posterior degeneración, del declive de aquel poderoso imperio, de la caballería, el cristianismo y los reyes. Oí hablar del descubrimiento del hemisferio americano y lloré con Safie por el destino desventurado de sus habitantes originales.
Estas maravillosas narraciones me inspiraron sentimientos extraños. ¿Era el hombre, en verdad, a la vez tan poderoso, tan virtuoso y magnífico, pero a la vez tan vicioso y vil? Parecía en un momento un mero vástago del principio del mal y en otro todo lo que se puede concebir de noble y divino. Ser un hombre grande y virtuoso parecía el honor más alto que puede recaer sobre un ser sensible; ser vil y vicioso, como muchos en el registro lo han sido, parecía la degradación más baja, una condición más abyecta que la del topo ciego o el gusano inofensivo. Durante mucho tiempo no pude concebir cómo un hombre podía salir a asesinar a su prójimo, o incluso por qué existían leyes y gobiernos; pero cuando escuché detalles de vicio y derramamiento de sangre, mi asombro cesó y me alejé con disgusto y repugnancia.
Cada conversación de los habitantes de la cabaña abría ahora nuevas maravillas ante mí. Mientras escuchaba las instrucciones que Felix otorgaba a la árabe, el extraño sistema de la sociedad humana me fue explicado. Oí hablar de la división de la propiedad, de la inmensa riqueza y la miseria sórdida, del rango, la descendencia y la sangre noble.
Las palabras me indujeron a volverme hacia mí mismo. Aprendí que las posesiones más estimadas por sus semejantes eran una descendencia elevada e inmaculada unida a las riquezas. Un hombre podría ser respetado con solo una de estas ventajas, pero sin ninguna de ellas era considerado, excepto en casos muy raros, como un vagabundo y un esclavo, ¡condenado a desperdiciar sus poderes para los beneficios de unos pocos elegidos! ¿Y qué era yo? De mi creación y creador era absolutamente ignorante, pero sabía que no poseía dinero, ni amigos, ni ninguna clase de propiedad. Estaba, además, dotado de una figura horriblemente deforme y repugnante; ni siquiera era de la misma naturaleza que el hombre. Era más ágil que ellos y podía subsistir con una dieta más tosca; soportaba los extremos de calor y frío con menos daño para mi estructura; mi estatura excedía con mucho a la de ellos. Cuando miraba a mi alrededor no veía ni oía hablar de nadie como yo. ¿Era yo, entonces, un monstruo, una mancha sobre la tierra, de la cual todos los hombres huían y a quien todos los hombres repudiaban?
No puedo describirles la agonía que estas reflexiones me infligieron; intenté disiparlas, pero la tristeza solo aumentaba con el conocimiento. ¡Oh, si hubiera permanecido para siempre en mi bosque nativo, sin conocer ni sentir más allá de las sensaciones de hambre, sed y calor!
¡Qué naturaleza tan extraña tiene el conocimiento! Se aferra a la mente una vez que la ha capturado, como un liquen a la roca. A veces deseaba sacudirme todo pensamiento y sentimiento, pero aprendí que no había más que un medio para superar la sensación de dolor, y ese era la muerte: un estado al que temía y que, sin embargo, no comprendía. Admiraba la virtud y los buenos sentimientos, y amaba los modales gentiles y las cualidades amables de los habitantes de mi cabaña, pero estaba excluido de toda relación con ellos, excepto por medios que obtenía mediante el sigilo, cuando no era visto ni conocido, y que más aumentaban que satisfacían el deseo que tenía de convertirme en uno de mis semejantes. Las dulces palabras de Agatha y las animadas sonrisas de la encantadora árabe no eran para mí. Las suaves exhortaciones del anciano y la alegre conversación del amado Felix no eran para mí. ¡Miserable e infeliz desgraciado!
Otras lecciones se imprimieron en mí aún más profundamente. Oí hablar de la diferencia de los sexos, del nacimiento y el crecimiento de los niños, de cómo el padre se embelesaba con las sonrisas del infante y las vivaces ocurrencias del niño mayor, de cómo toda la vida y los cuidados de la madre se volcaban en su preciado encargo, de cómo la mente de la juventud se expandía y adquiría conocimiento, del hermano, de la hermana y de todas las diversas relaciones que unen a un ser humano con otro en vínculos mutuos.
Pero, ¿dónde estaban mis amigos y parientes? Ningún padre había velado mis días de infancia, ninguna madre me había bendecido con sonrisas y caricias; o si lo hicieron, toda mi vida pasada era ahora una mancha, un vacío ciego en el que no distinguía nada. Desde mis primeros recuerdos, había sido como era entonces en estatura y proporción. Aún no había visto a un ser que se me pareciera o que reclamara relación alguna conmigo. ¿Qué era yo? La pregunta volvía a surgir, para ser respondida solo con gemidos.
Pronto explicaré hacia dónde tendían estos sentimientos, pero permítanme ahora volver a los habitantes de la cabaña, cuya historia despertó en mí sentimientos tan diversos de indignación, deleite y asombro, pero que todos terminaron en un mayor amor y reverencia por mis protectores (pues así me encantaba, en un engaño inocente y medio doloroso, llamarlos).
Capítulo 14
Pasó algún tiempo antes de que aprendiera la historia de mis amigos. Fue una que no pudo dejar de imprimirse profundamente en mi mente, desplegando como lo hizo una serie de circunstancias, cada una interesante y maravillosa para alguien tan absolutamente inexperto como yo.
El nombre del anciano era De Lacey. Descendía de una buena familia de Francia, donde había vivido durante muchos años en la opulencia, respetado por sus superiores y amado por sus iguales. Su hijo fue educado en el servicio de su país, y Agatha había figurado entre las damas de mayor distinción. Unos meses antes de mi llegada, habían vivido en una gran y lujosa ciudad llamada París, rodeados de amigos y en posesión de todo disfrute que la virtud, el refinamiento del intelecto o el gusto, acompañados de una fortuna moderada, podían proporcionar.
El padre de Safie había sido la causa de su ruina. Era un comerciante turco y había habitado en París durante muchos años, cuando, por alguna razón que no pude averiguar, se volvió odioso para el gobierno. Fue arrestado y arrojado a prisión el mismo día en que Safie llegó de Constantinopla para reunirse con él. Fue juzgado y condenado a muerte. La injusticia de su sentencia fue muy flagrante; todo París estaba indignado; y se juzgó que su religión y su riqueza, más que el crimen que se le imputaba, habían sido la causa de su condena.
Felix había estado accidentalmente presente en el juicio; su horror e indignación fueron incontrolables cuando escuchó la decisión del tribunal. Hizo, en ese momento, un voto solemne de liberarlo y luego buscó los medios. Tras muchos intentos infructuosos de obtener acceso a la prisión, encontró una ventana fuertemente enrejada en una parte sin vigilancia del edificio, que iluminaba el calabozo del infortunado musulmán, quien, cargado de cadenas, esperaba con desesperación la ejecución de la bárbara sentencia. Felix visitó la reja por la noche y dio a conocer al prisionero sus intenciones a su favor. El turco, asombrado y encantado, se esforzó por avivar el celo de su libertador con promesas de recompensa y riqueza. Felix rechazó sus ofertas con desprecio, pero cuando vio a la encantadora Safie, a quien se le permitía visitar a su padre y quien con sus gestos expresaba su viva gratitud, el joven no pudo evitar reconocer ante sí mismo que el cautivo poseía un tesoro que compensaría plenamente su esfuerzo y riesgo.
El turco percibió rápidamente la impresión que su hija había causado en el corazón de Felix y se esforzó por asegurarlo más completamente en sus intereses con la promesa de la mano de ella en matrimonio tan pronto como fuera conducido a un lugar seguro. Felix era demasiado delicado para aceptar esta oferta, pero esperaba la probabilidad del evento como la consumación de su felicidad.
Durante los días siguientes, mientras se llevaban a cabo los preparativos para la fuga del comerciante, el celo de Felix se vio alentado por varias cartas que recibió de esta joven encantadora, quien encontró la manera de expresar sus pensamientos en el idioma de su amante con la ayuda de un anciano, un sirviente de su padre que entendía francés. Ella le agradeció en los términos más fervientes por sus servicios previstos hacia su progenitor, y al mismo tiempo deploró suavemente su propio destino.
Tengo copias de estas cartas, pues encontré la forma, durante mi residencia en la choza, de conseguir los utensilios para escribir; y las cartas estaban a menudo en manos de Felix o Agatha. Antes de partir se las daré; probarán la verdad de mi relato; pero en este momento, como el sol ya ha declinado mucho, solo tendré tiempo de repetirles la esencia de ellas.
Safie relató que su madre era una árabe cristiana, capturada y convertida en esclava por los turcos; recomendada por su belleza, se había ganado el corazón del padre de Safie, quien se casó con ella. La joven habló en términos elevados y entusiastas de su madre, quien, nacida en libertad, despreciaba la esclavitud a la que estaba ahora reducida. Instruyó a su hija en los principios de su religión y le enseñó a aspirar a mayores facultades intelectuales y a una independencia de espíritu prohibida a las seguidoras femeninas de Mahoma. Esta dama murió, pero sus lecciones quedaron indeleblemente impresas en la mente de Safie, quien se enfermaba ante la perspectiva de regresar a Asia y ser encerrada dentro de los muros de un harén, autorizada solo a ocuparse de diversiones infantiles, mal adaptadas al temple de su alma, ahora acostumbrada a grandes ideas y a una noble emulación por la virtud. La perspectiva de casarse con un cristiano y permanecer en un país donde a las mujeres se les permitía ocupar un rango en la sociedad era encantadora para ella.
El día para la ejecución del turco estaba fijado, pero la noche anterior abandonó su prisión y antes de la mañana estaba a muchas leguas de París. Felix había obtenido pasaportes a nombre de su padre, su hermana y el suyo propio. Había comunicado previamente su plan al primero, quien ayudó al engaño abandonando su casa, bajo el pretexto de un viaje, y se ocultó, con su hija, en una parte oscura de París.
Felix condujo a los fugitivos a través de Francia hasta Lyon y cruzó el Mont Cenis hasta Livorno, donde el comerciante había decidido esperar una oportunidad favorable para pasar a alguna parte de los dominios turcos.
Safie resolvió permanecer con su padre hasta el momento de su partida, antes del cual el turco renovó su promesa de que ella se uniría a su libertador; y Felix permaneció con ellos a la espera de ese evento; y mientras tanto disfrutó de la compañía de la árabe, quien mostró hacia él la más simple y tierna afección. Conversaban el uno con el otro a través de un intérprete, y a veces con la interpretación de las miradas; y Safie le cantaba los aires divinos de su país natal.
El turco permitió que esta intimidad tuviera lugar y alentó las esperanzas de los jóvenes amantes, mientras en su corazón había formado planes muy distintos. Detestaba la idea de que su hija se uniera a un cristiano, pero temía el resentimiento de Felix si se mostraba tibio, pues sabía que todavía estaba en poder de su libertador si este decidiera traicionarlo ante el estado italiano que habitaban. Ideó mil planes mediante los cuales podría prolongar el engaño hasta que ya no fuera necesario, y llevarse secretamente a su hija con él cuando partiera. Sus planes se vieron facilitados por las noticias que llegaron de París.
El gobierno de Francia estaba muy enfurecido por la fuga de su víctima y no escatimó esfuerzos para detectar y castigar a su libertador. El complot de Felix fue descubierto rápidamente, y De Lacey y Agatha fueron arrojados a prisión. La noticia llegó a Felix y lo despertó de su sueño de placer. Su ciego y anciano padre y su gentil hermana yacían en un calabozo inmundo mientras él disfrutaba del aire libre y de la compañía de aquella a quien amaba. Esta idea era una tortura para él. Acordó rápidamente con el turco que si este encontraba una oportunidad favorable para escapar antes de que Felix pudiera regresar a Italia, Safie permanecería como pensionista en un convento en Livorno; y entonces, dejando a la encantadora árabe, se apresuró a París y se entregó a la venganza de la ley, con la esperanza de liberar a De Lacey y Agatha mediante este proceder.
No tuvo éxito. Permanecieron confinados durante cinco meses antes de que se llevara a cabo el juicio, cuyo resultado los despojó de su fortuna y los condenó al exilio perpetuo de su país natal.
Encontraron un miserable asilo en la cabaña en Alemania, donde los descubrí. Felix pronto supo que el traicionero turco, por quien él y su familia soportaron tal opresión inaudita, al descubrir que su libertador estaba así reducido a la pobreza y la ruina, se volvió un traidor a los buenos sentimientos y al honor, y había abandonado Italia con su hija, enviando insultantemente a Felix una pequeña suma de dinero para ayudarlo, según decía, en algún plan de mantenimiento futuro.
Tales fueron los eventos que atormentaban el corazón de Felix y lo convirtieron, cuando lo vi por primera vez, en el más miserable de su familia. Podría haber soportado la pobreza, y mientras este sufrimiento hubiera sido el premio de su virtud, se habría vanagloriado de ello; pero la ingratitud del turco y la pérdida de su amada Safie eran desgracias más amargas e irreparables. La llegada de la árabe infundió ahora nueva vida en su alma.
Cuando llegó la noticia a Livorno de que Felix estaba privado de su riqueza y rango, el comerciante ordenó a su hija que no pensara más en su amante, sino que se preparara para regresar a su país natal. La naturaleza generosa de Safie se vio ultrajada por esta orden; intentó protestar ante su padre, pero él la dejó airadamente, reiterando su tiránico mandato.
Unos días después, el turco entró en el apartamento de su hija y le dijo apresuradamente que tenía razones para creer que su residencia en Livorno había sido divulgada y que pronto sería entregado al gobierno francés; en consecuencia, había alquilado un barco para llevarlo a Constantinopla, ciudad a la que zarparía en pocas horas. Tenía la intención de dejar a su hija bajo el cuidado de un sirviente de confianza, para que lo siguiera con calma con la mayor parte de sus propiedades, que aún no habían llegado a Livorno.
Cuando estuvo sola, Safie resolvió en su propia mente el plan de conducta que le correspondería seguir en esta emergencia. Una residencia en Turquía le era aborrecible; su religión y sus sentimientos eran igualmente contrarios a ella. Por algunos papeles de su padre que cayeron en sus manos se enteró del exilio de su amante y supo el nombre del lugar donde residía entonces. Dudó algún tiempo, pero finalmente tomó su determinación. Llevando consigo algunas joyas que le pertenecían y una suma de dinero, abandonó Italia con un acompañante, nativo de Livorno, pero que entendía el idioma común de Turquía, y partió hacia Alemania.
Llegó a salvo a una ciudad a unas veinte leguas de la cabaña de De Lacey, cuando su acompañante cayó peligrosamente enfermo. Safie lo cuidó con la más devota afección, pero la pobre muchacha murió, y la árabe quedó sola, sin conocer el idioma del país y completamente ignorante de las costumbres del mundo. Cayó, sin embargo, en buenas manos. El italiano había mencionado el nombre del lugar al que se dirigían, y después de su muerte la mujer de la casa en la que habían vivido se encargó de que Safie llegara a salvo a la cabaña de su amante.
Capítulo 15
Tal fue la historia de mis amados habitantes de la cabaña. Me impresionó profundamente. Aprendí, a partir de las visiones de la vida social que desarrollaba, a admirar sus virtudes y a deplorar los vicios de la humanidad.
Hasta entonces veía el crimen como un mal distante, la benevolencia y la generosidad estaban siempre presentes ante mí, incitando en mi interior el deseo de convertirme en un actor en la escena ajetreada donde tantas cualidades admirables eran convocadas y exhibidas. Pero al dar cuenta del progreso de mi intelecto, no debo omitir una circunstancia que ocurrió a principios del mes de agosto del mismo año.
Una noche, durante mi acostumbrada visita al bosque vecino donde recolectaba mi propia comida y llevaba leña a casa para mis protectores, encontré en el suelo una maleta de cuero que contenía varios artículos de vestir y algunos libros. Me apoderé ávidamente del premio y regresé con él a mi choza. Afortunadamente, los libros estaban escritos en el idioma cuyos elementos había adquirido en la cabaña; consistían en El paraíso perdido, un volumen de las Vidas de Plutarco y los Sufrimientos del joven Werther. La posesión de estos tesoros me produjo un deleite extremo; ahora estudiaba continuamente y ejercitaba mi mente en estas historias, mientras mis amigos estaban empleados en sus ocupaciones ordinarias.
Difícilmente puedo describirles el efecto de estos libros. Produjeron en mí una infinidad de nuevas imágenes y sentimientos, que a veces me elevaban al éxtasis, pero más frecuentemente me hundían en el abatimiento más profundo. En los Sufrimientos del joven Werther, además del interés de su historia simple y conmovedora, se discuten tantas opiniones y se arrojan tantas luces sobre lo que hasta entonces habían sido para mí temas oscuros, que encontré en él una fuente inagotable de especulación y asombro. Los modales gentiles y domésticos que describía, combinados con sentimientos y emociones elevados, que tenían por objeto algo fuera del yo, concordaban bien con mi experiencia entre mis protectores y con las carencias que estaban siempre vivas en mi propio pecho. Pero pensaba que el propio Werther era un ser más divino de lo que jamás había visto o imaginado; su carácter no contenía pretensión alguna, pero calaba hondo. Las disquisiciones sobre la muerte y el suicidio estaban calculadas para llenarme de asombro. No pretendía entrar en los méritos del caso, sin embargo, me inclinaba hacia las opiniones del héroe, por cuya extinción lloré, sin comprenderla precisamente.
A medida que leía, sin embargo, aplicaba mucho personalmente a mis propios sentimientos y condición. Me encontraba similar pero, al mismo tiempo, extrañamente distinto de los seres sobre los que leía y cuyas conversaciones escuchaba. Simpatizaba con ellos y los comprendía en parte, pero mi mente estaba sin formar; no dependía de nadie y no estaba relacionado con nadie. «El camino de mi partida era libre», y no había nadie que lamentara mi aniquilación. Mi persona era espantosa y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿Qué era yo? ¿De dónde venía? ¿Cuál era mi destino? Estas preguntas surgían continuamente, pero era incapaz de resolverlas.
El volumen de las Vidas de Plutarco que poseía contenía las historias de los primeros fundadores de las antiguas repúblicas. Este libro tuvo un efecto muy diferente sobre mí que los Sufrimientos del joven Werther. Aprendí del desánimo y la melancolía de Werther, pero Plutarco me enseñó pensamientos elevados; me elevó por encima de la miserable esfera de mis propias reflexiones, para admirar y amar a los héroes de épocas pasadas. Muchas cosas que leía superaban mi comprensión y experiencia. Tenía un conocimiento muy confuso de reinos, grandes extensiones de país, ríos poderosos y mares ilimitados. Pero era perfectamente ignorante de las ciudades y las grandes asambleas de hombres. La cabaña de mis protectores había sido la única escuela en la que había estudiado la naturaleza humana, pero este libro desarrolló escenas de acción nuevas y más poderosas. Leía sobre hombres involucrados en asuntos públicos, gobernando o masacrando a su especie. Sentía arder dentro de mí el mayor ardor por la virtud y aborrecimiento por el vicio, en la medida en que entendía el significado de esos términos, relativos como lo eran, tal como yo los aplicaba, al placer y al dolor solamente. Inducido por estos sentimientos, fui, por supuesto, llevado a admirar a los legisladores pacíficos, Numa, Solón y Licurgo, con preferencia a Rómulo y Teseo. Las vidas patriarcales de mis protectores hicieron que estas impresiones se fijaran firmemente en mi mente; tal vez, si mi primera introducción a la humanidad hubiera sido hecha por un joven soldado, ardiendo por la gloria y la matanza, me habría imbuido de sensaciones diferentes.
Pero El paraíso perdido despertó emociones diferentes y mucho más profundas. Lo leí, como había leído los otros volúmenes que habían caído en mis manos, como una historia verdadera. Movió todo sentimiento de asombro y reverencia que la imagen de un Dios omnipotente en guerra con sus criaturas era capaz de excitar. A menudo relacionaba las diversas situaciones, a medida que su similitud me llamaba la atención, con la mía. Como Adán, estaba aparentemente unido por ningún vínculo a ningún otro ser existente; pero su estado era muy diferente al mío en cualquier otro aspecto. Había salido de las manos de Dios como una criatura perfecta, feliz y próspera, protegida por el cuidado especial de su Creador; se le permitía conversar y adquirir conocimientos de seres de naturaleza superior, pero yo era miserable, desamparado y solo. Muchas veces consideré a Satanás como el emblema más adecuado de mi condición, pues a menudo, como él, cuando contemplaba la dicha de mis protectores, la hiel amarga de la envidia surgía dentro de mí.
Otra circunstancia fortaleció y confirmó estos sentimientos. Poco después de mi llegada a la choza, descubrí algunos papeles en el bolsillo de la prenda que había tomado de su laboratorio. Al principio los había descuidado, pero ahora que era capaz de descifrar los caracteres en los que estaban escritos, comencé a estudiarlos con diligencia. Era su diario de los cuatro meses que precedieron a mi creación. Usted describía minuciosamente en estos papeles cada paso que dio en el progreso de su trabajo; esta historia estaba mezclada con relatos de sucesos domésticos. Sin duda recuerda estos papeles. Aquí están. En ellos se relata todo lo que tiene relación con mi maldito origen; el detalle completo de esa serie de circunstancias repugnantes que lo produjeron se pone a la vista; la descripción más minuciosa de mi persona odiosa y detestable se da en un lenguaje que pintaba sus propios horrores y hacía los míos indelebles. Sentí náuseas al leer. «¡Día odioso en el que recibí la vida!», exclamé en agonía. «¡Maldito creador! ¿Por qué formaste un monstruo tan espantoso que incluso tú te apartaste de mí con disgusto? Dios, por piedad, hizo al hombre hermoso y seductor, a su propia imagen; pero mi forma es un tipo inmundo de la tuya, más horrible aún por la propia semejanza. Satanás tenía a sus compañeros, demonios como él, para admirarlo y alentarlo, pero yo estoy solo y soy aborrecido».
«Estas fueron las reflexiones de mis horas de abatimiento y soledad; pero cuando contemplaba las virtudes de los habitantes de la cabaña, sus disposiciones afables y benévolas, me convencía de que, cuando llegaran a conocer mi admiración por sus virtudes, se compadecerían de mí y pasarían por alto mi deformidad física. ¿Podrían acaso alejar de su puerta a alguien, por monstruoso que fuera, que solicitara su compasión y su amistad? Resolví, al menos, no desesperar, sino prepararme de todas las formas posibles para un encuentro con ellos que decidiría mi destino. Pospuse este intento algunos meses más, pues la importancia que le atribuía a su éxito me inspiraba el temor de fracasar. Además, descubrí que mi entendimiento mejoraba tanto con la experiencia de cada día que no estaba dispuesto a comenzar esta empresa hasta que unos pocos meses más hubieran aumentado mi sagacidad.
»Mientras tanto, ocurrieron varios cambios en la cabaña. La presencia de Safie difundió la felicidad entre sus habitantes, y también descubrí que reinaba allí un mayor grado de abundancia. Felix y Agatha pasaban más tiempo en diversiones y conversaciones, y eran asistidos en sus labores por sirvientes. No parecían ricos, pero estaban satisfechos y felices; sus sentimientos eran serenos y pacíficos, mientras que los míos se volvían cada día más tumultuosos. El aumento de conocimientos solo me descubría con mayor claridad lo desgraciado y marginado que era. Abrigué la esperanza, es cierto, pero esta se desvanecía cuando contemplaba mi persona reflejada en el agua o mi sombra bajo la luz de la luna, tal como esa imagen frágil y esa sombra inconstante.
»Me esforcé por aplastar estos temores y fortalecer mi ánimo para la prueba a la que, en pocos meses, resolví someterme; y a veces permitía que mis pensamientos, sin freno de la razón, vagaran por los campos del Paraíso, y me atrevía a imaginar criaturas amables y encantadoras simpatizando con mis sentimientos y animando mi tristeza; sus rostros angelicales destilaban sonrisas de consuelo. Pero todo era un sueño; ninguna Eva calmaba mis penas ni compartía mis pensamientos; estaba solo. Recordaba la súplica de Adán a su Creador. ¿Pero dónde estaba la mía? Él me había abandonado, y en la amargura de mi corazón lo maldije.
»El otoño pasó así. Vi, con sorpresa y dolor, cómo las hojas se marchitaban y caían, y la naturaleza asumía de nuevo el aspecto estéril y desolado que había tenido cuando vi por primera vez los bosques y la hermosa luna. Sin embargo, no presté atención a la crudeza del clima; estaba mejor adaptado por mi constitución para soportar el frío que el calor. Pero mis mayores deleites eran la visión de las flores, los pájaros y todo el alegre atavío del verano; cuando estos me abandonaron, me volqué con más atención hacia los habitantes de la cabaña. Su felicidad no disminuyó con la ausencia del verano. Se amaban y simpatizaban el uno con el otro; y sus alegrías, dependientes de sí mismos, no se veían interrumpidas por los avatares que ocurrían a su alrededor. Cuanto más los veía, mayor se volvía mi deseo de reclamar su protección y bondad; mi corazón anhelaba ser conocido y amado por estas criaturas amables; ver sus dulces miradas dirigidas hacia mí con afecto era el límite máximo de mi ambición. No me atrevía a pensar que se alejarían de mí con desdén y horror. Los pobres que se detenían en su puerta nunca eran rechazados. Pedía, es cierto, mayores tesoros que un poco de comida o descanso: necesitaba bondad y simpatía; pero no me consideraba totalmente indigno de ello.
»El invierno avanzó, y una revolución completa de las estaciones había tenido lugar desde que desperté a la vida. Mi atención en ese momento estaba dirigida únicamente a mi plan de presentarme en la cabaña de mis protectores. Barajé muchos proyectos, pero aquel en el que finalmente me fijé fue entrar en la morada cuando el anciano ciego estuviera solo. Tenía suficiente sagacidad para descubrir que la antinatural fealdad de mi persona era el principal objeto de horror para quienes me habían visto anteriormente. Mi voz, aunque áspera, no tenía nada de terrible; pensé, por tanto, que si en ausencia de sus hijos podía ganarme la buena voluntad y mediación del viejo De Lacey, podría, por su medio, ser tolerado por mis protectores más jóvenes.
»Un día, cuando el sol brillaba sobre las hojas rojas que cubrían el suelo y difundía alegría, aunque negaba calor, Safie, Agatha y Felix partieron para un largo paseo por el campo, y el anciano, por su propio deseo, fue dejado solo en la cabaña. Cuando sus hijos se hubieron marchado, tomó su guitarra y tocó varias melodías lúgubres pero dulces, más dulces y lúgubres de lo que jamás le había oído tocar antes. Al principio, su rostro se iluminó con placer, pero a medida que continuaba, la reflexión y la tristeza le sucedieron; al fin, dejando a un lado el instrumento, se quedó absorto en sus pensamientos.
»Mi corazón latía con rapidez; esta era la hora y el momento de la prueba, que decidiría mis esperanzas o haría realidad mis temores. Los sirvientes se habían ido a una feria cercana. Todo estaba en silencio en la cabaña y sus alrededores; era una oportunidad excelente; sin embargo, cuando procedí a ejecutar mi plan, mis miembros me fallaron y me desplomé en el suelo. Me levanté de nuevo y, ejerciendo toda la firmeza de la que era capaz, retiré las tablas que había colocado ante mi choza para ocultar mi refugio. El aire fresco me reanimó y, con renovada determinación, me acerqué a la puerta de su cabaña.
»Llamé. —¿Quién está ahí? —dijo el anciano—. Pasa.
»Entré. —Perdonen esta intrusión —dije—; soy un viajero que necesita un poco de descanso; me harían un gran favor si me permitieran permanecer unos minutos ante el fuego.
»—Entra —dijo De Lacey—, y veré de qué manera puedo aliviar tus necesidades; pero, desgraciadamente, mis hijos están fuera de casa, y como soy ciego, temo que me resulte difícil conseguir comida para ti.
»—No se preocupe, amable anfitrión; tengo comida; es calor y descanso lo único que necesito.
»Me senté y se hizo el silencio. Sabía que cada minuto era precioso para mí, pero permanecí irresoluto sobre cómo comenzar la conversación, cuando el anciano se dirigió a mí.
»—Por tu idioma, extranjero, supongo que eres compatriota mío; ¿eres francés?
»—No; pero fui educado por una familia francesa y solo entiendo ese idioma. Ahora voy a reclamar la protección de unos amigos, a quienes amo sinceramente y de cuyo favor tengo algunas esperanzas.
»—¿Son alemanes?
»—No, son franceses. Pero cambiemos de tema. Soy una criatura desafortunada y abandonada, miro a mi alrededor y no tengo pariente ni amigo en la tierra. Estas personas amables a las que voy nunca me han visto y saben poco de mí. Estoy lleno de miedos, pues si fracaso allí, seré un marginado del mundo para siempre.
»—No desesperes. Estar sin amigos es, ciertamente, ser desafortunado, pero los corazones de los hombres, cuando no están prejuiciados por ningún interés propio evidente, están llenos de amor fraternal y caridad. Confía, por tanto, en tus esperanzas; y si estos amigos son buenos y amables, no desesperes.
»—Son amables, son las criaturas más excelentes del mundo; pero, desgraciadamente, están prejuiciados contra mí. Tengo buenas disposiciones; mi vida ha sido hasta ahora inofensiva y, en cierto modo, beneficiosa; pero un prejuicio fatal nubla sus ojos, y donde deberían ver a un amigo amable y compasivo, solo contemplan a un monstruo detestable.
»—Eso es ciertamente desafortunado; pero si eres realmente inocente, ¿no puedes hacerles cambiar de opinión?
»—Estoy a punto de emprender esa tarea; y es por eso que siento tantos terrores abrumadores. Amo tiernamente a estos amigos; he estado, sin que ellos lo supieran, durante muchos meses teniendo hábitos de bondad diaria hacia ellos; pero creen que deseo hacerles daño, y es ese prejuicio el que deseo superar.
»—¿Dónde residen estos amigos?
»—Cerca de este lugar.
»El anciano hizo una pausa y luego continuó: —Si me confías sin reservas los detalles de tu historia, tal vez pueda ser útil para hacerles cambiar de opinión. Soy ciego y no puedo juzgar tu rostro, pero hay algo en tus palabras que me persuade de que eres sincero. Soy pobre y un exiliado, pero me producirá un verdadero placer ser de alguna manera útil a un ser humano.
»—¡Excelente hombre! Le agradezco y acepto su generosa oferta. Me levanta del polvo con esta amabilidad; y confío en que, con su ayuda, no seré expulsado de la sociedad y la simpatía de sus semejantes.
»—¡El cielo no lo permita! Incluso si fueras realmente un criminal, pues eso solo puede llevarte a la desesperación, y no instigarte a la virtud. Yo también soy un infortunado; mi familia y yo hemos sido condenados, aunque somos inocentes; juzga, por tanto, si no siento tus desgracias.
»—¿Cómo puedo agradecérselo, mi mejor y único benefactor? De sus labios he oído por primera vez la voz de la bondad dirigida hacia mí; le estaré eternamente agradecido; y su presente humanidad me asegura el éxito con aquellos amigos a los que estoy a punto de conocer.
»—¿Puedo saber los nombres y la residencia de esos amigos?
»Hice una pausa. Este, pensé, era el momento de la decisión, el que iba a robarme o a otorgarme la felicidad para siempre. Luché en vano por reunir la firmeza suficiente para responderle, pero el esfuerzo destruyó toda mi fuerza restante; me hundí en la silla y sollocé en voz alta. En ese momento oí los pasos de mis protectores más jóvenes. No tenía un momento que perder, pero sujetando la mano del anciano, grité: —¡Ahora es el momento! ¡Sálveme y protéjame! Usted y su familia son los amigos que busco. ¡No me abandone en la hora de la prueba!
»—¡Gran Dios! —exclamó el anciano—. ¿Quién eres?
»En ese instante se abrió la puerta de la cabaña y entraron Felix, Safie y Agatha. ¿Quién puede describir su horror y consternación al contemplarme? Agatha se desmayó, y Safie, incapaz de atender a su amiga, salió corriendo de la cabaña. Felix se lanzó hacia adelante y, con una fuerza sobrenatural, me arrancó de su padre, a cuyas rodillas me aferraba; con un transporte de furia, me arrojó al suelo y me golpeó violentamente con un bastón. Podría haberlo despedazado miembro a miembro, como el león desgarra al antílope. Pero mi corazón se hundió dentro de mí con una amarga náusea, y me contuve. Le vi a punto de repetir el golpe, cuando, superado por el dolor y la angustia, abandoné la cabaña y, en el tumulto general, escapé sin ser visto hacia mi choza.
Capítulo 16
»¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué viví? ¿Por qué, en ese instante, no apagué la chispa de la existencia que tan gratuitamente me habías otorgado? No lo sé; la desesperación aún no se había apoderado de mí; mis sentimientos eran de ira y venganza. Podría haber destruido con placer la cabaña y a sus habitantes y haberme saciado con sus gritos y su miseria.
»Cuando llegó la noche abandoné mi refugio y vagué por el bosque; y ahora, ya no reprimido por el miedo a ser descubierto, di rienda suelta a mi angustia en aullidos aterradores. Era como una bestia salvaje que hubiera roto las redes, destruyendo los objetos que me obstruían y recorriendo el bosque con una rapidez de ciervo. ¡Oh! ¡Qué noche tan miserable pasé! Las estrellas frías brillaban con burla, y los árboles desnudos agitaban sus ramas sobre mí; de vez en cuando, la dulce voz de un pájaro irrumpía en medio de la quietud universal. Todos, excepto yo, estaban en reposo o disfrutando; yo, como el archienemigo, llevaba un infierno dentro de mí y, al encontrarme sin consuelo, deseaba arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y luego sentarme a disfrutar de la ruina.
»Pero este era un lujo de sensación que no podía perdurar; me fatigué por el exceso de esfuerzo físico y me hundí en la hierba húmeda con la impotencia enfermiza de la desesperación. No había nadie entre las miríadas de hombres que existían que se apiadara de mí o me ayudara; ¿y debía sentir bondad hacia mis enemigos? No; desde ese momento declaré una guerra eterna contra la especie y, más que contra nadie, contra aquel que me había formado y enviado a esta insoportable miseria.
»Salió el sol; oí las voces de los hombres y supe que era imposible regresar a mi refugio durante ese día. En consecuencia, me escondí en una espesa maleza, decidido a dedicar las horas siguientes a reflexionar sobre mi situación.
»El sol agradable y el aire puro del día me devolvieron cierto grado de tranquilidad; y cuando consideré lo que había pasado en la cabaña, no pude evitar pensar que había sido demasiado apresurado en mis conclusiones. Ciertamente había actuado con imprudencia. Era evidente que mi conversación había interesado al padre en mi favor, y fui un necio al haber expuesto mi persona al horror de sus hijos. Debería haber acostumbrado al viejo De Lacey a mí, y poco a poco haberme revelado al resto de su familia, cuando hubieran estado preparados para mi acercamiento. Pero no creí que mis errores fueran irreparables, y tras mucha reflexión resolví regresar a la cabaña, buscar al anciano y, mediante mis explicaciones, ganármelo para mi causa.
»Estos pensamientos me calmaron, y por la tarde caí en un sueño profundo; pero la fiebre de mi sangre no permitió que me visitaran sueños pacíficos. La horrible escena del día anterior aparecía constantemente ante mis ojos; las mujeres huyendo y el enfurecido Felix arrancándome de los pies de su padre. Desperté agotado y, al ver que ya era de noche, salí a rastras de mi escondite y fui en busca de comida.
»Cuando calmé mi hambre, dirigí mis pasos hacia el conocido camino que conducía a la cabaña. Todo allí estaba en paz. Me arrastré hasta mi choza y permanecí en silenciosa espera de la hora acostumbrada en que la familia se levantaba. Esa hora pasó, el sol subió alto en los cielos, pero los habitantes de la cabaña no aparecieron. Temblé violentamente, temiendo alguna desgracia terrible. El interior de la cabaña estaba oscuro y no oí movimiento alguno; no puedo describir la agonía de este suspense.
»Poco después, pasaron dos campesinos, pero deteniéndose cerca de la cabaña, comenzaron a conversar con gestos violentos; pero no entendí lo que decían, ya que hablaban el idioma del país, que difería del de mis protectores. Poco después, sin embargo, Felix se acercó con otro hombre; me sorprendió, ya que sabía que no había abandonado la cabaña esa mañana, y esperé ansiosamente descubrir por su discurso el significado de estas inusuales apariciones.
»—¿Consideras —le dijo su acompañante— que estarás obligado a pagar tres meses de alquiler y a perder el producto de tu jardín? No deseo sacar ninguna ventaja injusta, y te ruego, por tanto, que te tomes algunos días para considerar tu decisión.
»—Es absolutamente inútil —respondió Felix—; nunca podremos habitar de nuevo tu cabaña. La vida de mi padre corre el mayor peligro debido al terrible acontecimiento que he relatado. Mi esposa y mi hermana nunca se recuperarán de su horror. Te ruego que no razones más conmigo. Toma posesión de tu vivienda y déjame huir de este lugar.
»Felix temblaba violentamente mientras decía esto. Él y su acompañante entraron en la cabaña, donde permanecieron unos minutos, y luego partieron. Nunca volví a ver a ninguno de la familia de De Lacey.
»Continué el resto del día en mi choza en un estado de desesperación total y estúpida. Mis protectores se habían ido y habían roto el único vínculo que me unía al mundo. Por primera vez, los sentimientos de venganza y odio llenaron mi pecho, y no me esforcé por controlarlos, sino que, permitiéndome ser arrastrado por la corriente, incliné mi mente hacia el daño y la muerte. Cuando pensaba en mis amigos, en la voz suave de De Lacey, en los ojos dulces de Agatha y en la exquisita belleza de la árabe, estos pensamientos se desvanecían y un torrente de lágrimas me consolaba un poco. Pero de nuevo, cuando reflexionaba sobre que me habían despreciado y abandonado, la ira regresaba, una rabia de ira, e incapaz de dañar a nada humano, dirigí mi furia hacia objetos inanimados. Al avanzar la noche, coloqué una variedad de combustibles alrededor de la cabaña y, tras haber destruido todo vestigio de cultivo en el jardín, esperé con impaciencia forzada a que la luna se ocultara para comenzar mis operaciones.
»A medida que avanzaba la noche, un viento feroz surgió de los bosques y dispersó rápidamente las nubes que habían quedado en el cielo; la ráfaga avanzaba como una poderosa avalancha y produjo una especie de locura en mi espíritu que rompió todos los límites de la razón y la reflexión. Encendí la rama seca de un árbol y bailé con furia alrededor de la cabaña destinada, con los ojos todavía fijos en el horizonte occidental, cuyo borde la luna casi tocaba. Una parte de su orbe quedó finalmente oculta y agité mi antorcha; se hundió y, con un fuerte grito, prendí fuego a la paja, al brezo y a los arbustos que había recolectado. El viento avivó el fuego y la cabaña fue rápidamente envuelta por las llamas, que se aferraban a ella y la lamían con sus lenguas bifurcadas y destructoras.
»Tan pronto como estuve convencido de que ninguna ayuda podía salvar parte alguna de la morada, abandoné la escena y busqué refugio en los bosques.
»Y ahora, con el mundo ante mí, ¿hacia dónde debía dirigir mis pasos? Resolví huir lejos de la escena de mis desgracias; pero para mí, odiado y despreciado, cualquier país debía ser igualmente horrible. Finalmente, el pensamiento de usted cruzó mi mente. Aprendí de sus papeles que usted era mi padre, mi creador; ¿y a quién podría acudir con más propiedad que a aquel que me había dado la vida? Entre las lecciones que Felix había dado a Safie, la geografía no había sido omitida; había aprendido de ellas las situaciones relativas de los diferentes países de la tierra. Usted había mencionado a Ginebra como el nombre de su ciudad natal, y hacia este lugar resolví dirigirme.
»¿Pero cómo debía orientarme? Sabía que debía viajar en dirección suroeste para llegar a mi destino, pero el sol era mi única guía. No sabía los nombres de las ciudades por las que debía pasar, ni podía pedir información a un solo ser humano; pero no desesperé. Solo de usted podía esperar socorro, aunque hacia usted no sentía más que odio. ¡Creador insensible y desalmado! Usted me había dotado de percepciones y pasiones y luego me arrojó al mundo como objeto de desprecio y horror para la humanidad. Pero solo de usted tenía derecho a pedir piedad y reparación, y de usted decidí buscar esa justicia que intenté en vano obtener de cualquier otro ser que tuviera forma humana».
«Mis viajes fueron largos y los sufrimientos que soporté, intensos. Ya bien entrado el otoño abandoné la región donde tanto tiempo había residido. Viajaba solo de noche, temeroso de encontrarme con el rostro de un ser humano. La naturaleza se marchitaba a mi alrededor y el sol perdió su calor; la lluvia y la nieve caían sobre mí; los grandes ríos se helaban; la superficie de la tierra estaba dura, fría y yerma, y no hallé refugio alguno. ¡Oh, tierra! ¡Cuántas veces proferí maldiciones contra la causa de mi existencia! La dulzura de mi carácter había huido, y todo en mi interior se tornó hiel y amargura. Cuanto más me acercaba a su morada, más intensamente sentía cómo el espíritu de venganza se avivaba en mi corazón. La nieve caía y las aguas se endurecían, pero yo no descansaba. Algunos incidentes me orientaban de vez en cuando, y poseía un mapa de la región, pero a menudo me desviaba mucho de mi camino. La agonía de mis sentimientos no me daba respiro; no ocurría incidente alguno del que mi ira y mi miseria no extrajeran alimento; pero una circunstancia que sucedió cuando llegué a los confines de Suiza, cuando el sol hubo recuperado su calor y la tierra comenzó de nuevo a verse verde, confirmó de manera especial la amargura y el horror de mis sentimientos.
»Generalmente descansaba durante el día y solo viajaba cuando la noche me ponía a salvo de la vista del hombre. Una mañana, sin embargo, al descubrir que mi camino atravesaba un bosque espeso, me aventuré a continuar mi viaje después de que el sol hubo salido; el día, que era uno de los primeros de la primavera, alegró incluso a mí con la hermosura de su luz y la suavidad del aire. Sentí que revivían en mi interior emociones de dulzura y placer que durante mucho tiempo habían parecido muertas. Medio sorprendido por la novedad de estas sensaciones, me dejé llevar por ellas y, olvidando mi soledad y mi deformidad, me atreví a ser feliz. Tiernas lágrimas bañaron de nuevo mis mejillas, e incluso alcé mis húmedos ojos con gratitud hacia el bendito sol, que tal alegría me otorgaba.
»Seguí serpenteando por los senderos del bosque hasta llegar a su límite, bordeado por un río profundo y rápido, hacia el cual muchos de los árboles inclinaban sus ramas, que ya brotaban con la fresca primavera. Aquí hice una pausa, sin saber exactamente qué camino seguir, cuando oí el sonido de unas voces que me indujeron a ocultarme bajo la sombra de un ciprés. Apenas me había escondido cuando una joven vino corriendo hacia el lugar donde me hallaba oculto, riendo, como si huyera de alguien en broma. Continuó su curso a lo largo de las escarpadas orillas del río, cuando de repente su pie resbaló y cayó en la rápida corriente. Salí apresuradamente de mi escondite y, con extremo esfuerzo debido a la fuerza de la corriente, la salvé y la arrastré a la orilla. Estaba sin sentido, e intenté por todos los medios a mi alcance devolverle la vida, cuando fui interrumpido repentinamente por la llegada de un rústico, que era probablemente la persona de la que ella había huido jugueteando. Al verme, se lanzó hacia mí y, arrancando a la joven de mis brazos, se apresuró hacia las partes más profundas del bosque. Lo seguí con rapidez, apenas sabía por qué; pero cuando el hombre vio que me acercaba, apuntó con un arma que llevaba hacia mi cuerpo y disparó. Caí al suelo y mi agresor escapó hacia el bosque con mayor celeridad.
»¡Este fue, pues, el premio a mi benevolencia! Había salvado a un ser humano de la destrucción y, como recompensa, me retorcía ahora bajo el miserable dolor de una herida que destrozaba carne y hueso. Los sentimientos de bondad y dulzura que había albergado apenas unos momentos antes dieron paso a una rabia infernal y al crujir de dientes. Inflamado por el dolor, juré odio eterno y venganza a todo el género humano. Pero la agonía de mi herida me venció; mis pulsaciones se detuvieron y perdí el sentido.
»Durante algunas semanas llevé una vida miserable en los bosques, intentando curar la herida que había recibido. La bala había entrado en mi hombro y no sabía si se había quedado allí o si había atravesado el cuerpo; en cualquier caso, no tenía medios para extraerla. Mis sufrimientos se veían aumentados además por la opresiva sensación de la injusticia y la ingratitud de su infligir. Mis votos diarios se elevaban pidiendo venganza: una venganza profunda y mortal, tal que fuera la única capaz de compensar los ultrajes y la angustia que había soportado.
»Al cabo de unas semanas, mi herida sanó y continué mi viaje. Las fatigas que soportaba ya no podían verse aliviadas por el sol brillante o las suaves brisas de la primavera; toda alegría era solo una burla que insultaba mi estado desolado y me hacía sentir más dolorosamente que no había sido creado para disfrutar del placer.
»Pero mis trabajos llegaban ahora a su fin, y en dos meses a partir de entonces alcancé los alrededores de Ginebra.
»Anochecía cuando llegué, y me retiré a un escondite entre los campos que rodean la ciudad para meditar de qué manera debía dirigirme a usted. Estaba oprimido por la fatiga y el hambre, y demasiado desdichado para disfrutar de las suaves brisas del atardecer o de la vista del sol ocultándose tras las estupendas montañas del Jura.
»En ese momento, un ligero sueño me liberó del dolor de la reflexión, el cual fue interrumpido por la llegada de un niño hermoso que vino corriendo al rincón que había elegido, con toda la alegría de la infancia. De repente, mientras lo contemplaba, me asaltó la idea de que esta pequeña criatura carecía de prejuicios y había vivido demasiado poco tiempo como para haber absorbido horror a la deformidad. Si, por tanto, pudiera atraparlo y educarlo como mi compañero y amigo, no estaría tan desolado en esta tierra poblada.
»Impulsado por este impulso, agarré al niño cuando pasaba y lo atraje hacia mí. En cuanto vio mi forma, se llevó las manos a los ojos y lanzó un grito agudo; le aparté la mano de la cara con fuerza y dije: «Niño, ¿qué significa esto? No tengo intención de hacerte daño; escúchame».
»Luchó violentamente. «¡Déjame ir!», gritó. «¡Monstruo! ¡Ugly wretch! Quieres comerme y hacerme pedazos. Eres un ogro. Déjame ir o se lo diré a mi papá».
»«Muchacho, nunca volverás a ver a tu padre; debes venir conmigo».
»«¡Monstruo horrible! Déjame ir. Mi papá es un síndico, es el señor Frankenstein; él te castigará. No te atreves a retenerme».
»«¡Frankenstein! Perteneces entonces a mi enemigo, a aquel hacia quien he jurado venganza eterna; tú serás mi primera víctima».
»El niño seguía luchando y me colmaba de epítetos que llevaban la desesperación a mi corazón; le agarré la garganta para silenciarlo, y en un momento quedó muerto a mis pies.
»Contemplé a mi víctima y mi corazón se hinchó de exaltación y triunfo infernal; aplaudiendo, exclamé: «Yo también puedo crear desolación; mi enemigo no es invulnerable; esta muerte le traerá desesperación, y otras mil miserias le atormentarán y destruirán».
»Mientras fijaba mis ojos en el niño, vi algo que brillaba en su pecho. Lo tomé; era el retrato de una mujer hermosísima. A pesar de mi malignidad, me suavizó y me atrajo. Durante unos instantes contemplé con deleite sus ojos oscuros, enmarcados por largas pestañas, y sus hermosos labios; pero pronto regresó mi rabia; recordé que estaba privado para siempre de los deleites que criaturas tan bellas podían otorgar y que ella, cuya semejanza contemplaba, al mirarme, habría cambiado ese aire de divina benignidad por uno que expresara repugnancia y espanto.
»¿Puede extrañarle que tales pensamientos me transportaran de rabia? Solo me extraña que en aquel momento, en lugar de desahogar mis sensaciones en exclamaciones y agonía, no me lanzara contra la humanidad y pereciera en el intento de destruirla.
»Mientras estaba abrumado por estos sentimientos, dejé el lugar donde había cometido el asesinato y, buscando un escondite más aislado, entré en un granero que me había parecido vacío. Una mujer dormía sobre un poco de paja; era joven, no tan hermosa, en verdad, como aquella cuyo retrato sostenía, pero de aspecto agradable y floreciente en la lozanía de la juventud y la salud. Aquí, pensé, hay una de esas cuyas sonrisas, que imparten alegría, se otorgan a todos menos a mí. Y entonces me incliné sobre ella y susurré: «Despierta, la más hermosa, tu amante está cerca: aquel que daría su vida solo por obtener una mirada de afecto de tus ojos; amada mía, ¡despierta!».
»La durmiente se movió; un escalofrío de terror me recorrió. ¿Y si despertara, me viera, me maldijera y denunciara al asesino? Así actuaría con seguridad si sus ojos oscuros se abrieran y me contemplaran. El pensamiento era locura; agitó al demonio en mi interior: no yo, sino ella, sufrirá; el asesinato que he cometido porque estoy despojado para siempre de todo lo que ella podría darme, ella deberá expiarlo. El crimen tuvo su origen en ella; ¡que sea suyo el castigo! Gracias a las lecciones de Felix y a las leyes sanguinarias del hombre, había aprendido ahora a causar daño. Me incliné sobre ella y coloqué el retrato de forma segura en uno de los pliegues de su vestido. Ella se movió de nuevo y yo huí.
»Durante algunos días rondé el lugar donde habían tenido lugar estas escenas, a veces deseando verle a usted, a veces resuelto a abandonar el mundo y sus miserias para siempre. Al final, vagué hacia estas montañas y he recorrido sus inmensos recovecos, consumido por una ardiente pasión que solo usted puede satisfacer. No podemos separarnos hasta que haya prometido cumplir con mi petición. Estoy solo y soy miserable; el hombre no quiere asociarse conmigo; pero alguien tan deforme y horrible como yo misma no se negaría a mí. Mi compañera debe ser de la misma especie y tener los mismos defectos. Este ser es el que usted debe crear».
Capítulo 17
El ser terminó de hablar y fijó sus miradas en mí esperando una respuesta. Pero yo estaba aturdido, perplejo e incapaz de ordenar mis ideas lo suficiente como para comprender el alcance total de su proposición. Él continuó:
»Usted debe crearme una hembra con la cual pueda vivir en el intercambio de esas simpatías necesarias para mi existencia. Esto solo usted puede hacerlo, y se lo exijo como un derecho que no debe negarse a concederme».
La última parte de su relato había avivado de nuevo en mí la ira que se había extinguido mientras narraba su vida pacífica entre los campesinos, y al decir esto ya no pude suprimir la rabia que ardía en mi interior.
»Me niego a ello —repliqué—, y ninguna tortura podrá jamás arrancar un consentimiento de mí. Puede convertirme en el más miserable de los hombres, pero nunca logrará que sea despreciable a mis propios ojos. ¿Crearé a otro como usted, cuya maldad conjunta podría desolar el mundo? ¡Váyase! Le he respondido; puede torturarme, pero nunca daré mi consentimiento».
»Usted se equivoca —respondió el demonio—, y en lugar de amenazar, me contento con razonar con usted. Soy malicioso porque soy miserable. ¿Acaso no soy rechazado y odiado por todo el género humano? Usted, mi creador, me haría pedazos y triunfaría; recuerde eso y dígame: ¿por qué debería yo compadecer al hombre más de lo que él me compadece a mí? Usted no llamaría asesinato si pudiera precipitarme en una de esas grietas de hielo y destruir mi estructura, obra de sus propias manos. ¿Debo respetar al hombre cuando él me condena? Que viva conmigo en el intercambio de bondad y, en lugar de injuria, le otorgaría todo beneficio con lágrimas de gratitud por su aceptación. Pero eso no puede ser; los sentidos humanos son barreras insuperables para nuestra unión. Sin embargo, la mía no será la sumisión de una esclavitud abyecta. Vengaré mis injurias; si no puedo inspirar amor, causaré miedo, y especialmente hacia usted, mi archienemigo, porque es mi creador, juro un odio inextinguible. Tenga cuidado; trabajaré en su destrucción y no terminaré hasta desolar su corazón, de modo que maldiga la hora de su nacimiento».
Una rabia diabólica le animaba mientras decía esto; su rostro estaba arrugado en contorsiones demasiado horribles para ser contempladas por ojos humanos; pero pronto se calmó y prosiguió:
»Tenía la intención de razonar. Esta pasión es perjudicial para mí, pues usted no reflexiona que es la causa de su exceso. Si algún ser sintiera emociones de benevolencia hacia mí, se las devolvería centuplicadas; ¡por el bien de esa única criatura, haría las paces con todo el género! Pero ahora me entrego a sueños de dicha que no pueden realizarse. Lo que le pido es razonable y moderado; exijo una criatura de otro sexo, pero tan espantosa como yo mismo; la gratificación es pequeña, pero es todo lo que puedo recibir, y me contentará. Es cierto, seremos monstruos, aislados de todo el mundo; pero por eso mismo estaremos más unidos el uno al otro. Nuestras vidas no serán felices, pero serán inofensivas y libres de la miseria que siento ahora. ¡Oh, creador mío, hágame feliz! ¡Déjeme sentir gratitud hacia usted por un beneficio! ¡Déjeme ver que excito la simpatía de algún ser existente; no me niegue mi petición!».
Me sentí conmovido. Me estremecí al pensar en las posibles consecuencias de mi consentimiento, pero sentí que había algo de justicia en su argumento. Su relato y los sentimientos que ahora expresaba demostraban que era una criatura de sensibilidades refinadas, y ¿no le debía yo, como su creador, toda la porción de felicidad que estaba en mi poder otorgar? Él vio mi cambio de sentimientos y continuó:
»Si usted consiente, ni usted ni ningún otro ser humano volverá a vernos; me iré a las vastas tierras salvajes de América del Sur. Mi alimento no es el del hombre; no destruyo al cordero ni al cabrito para saciar mi apetito; las bellotas y las bayas me proporcionan suficiente alimento. Mi compañera será de la misma naturaleza que yo y se contentará con la misma dieta. Haremos nuestra cama de hojas secas; el sol brillará sobre nosotros como sobre el hombre y madurará nuestro alimento. El cuadro que le presento es pacífico y humano, y usted debe sentir que solo podría negarlo por la arbitrariedad del poder y la crueldad. Por despiadado que haya sido conmigo, veo ahora compasión en sus ojos; déjeme aprovechar el momento favorable y persuadirle de que prometa lo que tan ardientemente deseo».
»Usted propone —repliqué— huir de las moradas del hombre, habitar en esos lugares salvajes donde las bestias del campo serán sus únicas compañeras. ¿Cómo puede usted, que anhela el amor y la simpatía del hombre, perseverar en este exilio? Regresará y buscará de nuevo su bondad, y se encontrará con su aborrecimiento; sus malas pasiones se renovarán y tendrá entonces una compañera que le ayude en la tarea de destrucción. Esto no puede ser; deje de discutir el punto, pues no puedo consentir».
»¡Qué inconstantes son sus sentimientos! Hace solo un momento estaba conmovido por mis representaciones, ¿y por qué se endurece de nuevo ante mis quejas? Le juro, por la tierra que habito y por usted que me hizo, que con la compañera que me otorgue, abandonaré la vecindad del hombre y viviré, como pueda suceder, en los lugares más salvajes. Mis malas pasiones habrán huido, ¡pues encontraré simpatía! Mi vida fluirá tranquilamente y en mis momentos finales no maldeciré a mi hacedor».
Sus palabras tuvieron un efecto extraño en mí. Le compadecí y a veces sentí el deseo de consolarlo, pero cuando lo miraba, cuando veía la masa inmunda que se movía y hablaba, mi corazón se enfermaba y mis sentimientos se transformaban en horror y odio. Traté de sofocar estas sensaciones; pensé que, como no podía simpatizar con él, no tenía derecho a negarle la pequeña porción de felicidad que aún estaba en mi poder otorgar.
»Usted jura —dije— ser inofensivo; pero, ¿no ha mostrado ya un grado de malicia que debería hacerme desconfiar razonablemente de usted? ¿No puede ser esto incluso una finta que aumente su triunfo al dar un margen más amplio a su venganza?».
»¿Cómo es esto? No debe jugarse conmigo, y exijo una respuesta. Si no tengo lazos ni afectos, el odio y el vicio deben ser mi porción; el amor de otro destruirá la causa de mis crímenes, y me convertiré en algo cuya existencia todos ignorarán. Mis vicios son hijos de una soledad forzada que aborrezco, y mis virtudes surgirán necesariamente cuando viva en comunión con un igual. Sentiré los afectos de un ser sensible y quedaré unido a la cadena de la existencia y los acontecimientos de la que ahora estoy excluido».
Hice una pausa durante algún tiempo para reflexionar sobre todo lo que había relatado y los diversos argumentos que había empleado. Pensé en la promesa de virtudes que había mostrado al comienzo de su existencia y en la posterior ruina de todo sentimiento bondadoso por el asco y el desprecio que sus protectores habían manifestado hacia él. Su poder y sus amenazas no fueron omitidos en mis cálculos; una criatura que podía existir en las cuevas de hielo de los glaciares y esconderse de la persecución entre las crestas de inaccesibles precipicios era un ser que poseía facultades con las que sería vano lidiar. Tras una larga pausa de reflexión, concluí que la justicia debida tanto a él como a mis semejantes exigía que accediera a su petición. Volviéndome hacia él, pues, dije:
»Consiento a su demanda, bajo su juramento solemne de abandonar Europa para siempre, y cualquier otro lugar en la vecindad del hombre, tan pronto como ponga en sus manos a una hembra que le acompañe en su exilio».
»Lo juro —gritó—, por el sol, y por el cielo azul, y por el fuego del amor que arde en mi corazón, que si accede a mi plegaria, mientras ellos existan nunca volverá a verme. Parta hacia su hogar y comience sus trabajos; vigilaré su progreso con ansiedad inefable; y no tema, pues cuando esté listo, apareceré».
Dicho esto, me abandonó repentinamente, temeroso, tal vez, de cualquier cambio en mis sentimientos. Lo vi descender la montaña con mayor velocidad que el vuelo de un águila, y rápidamente perdido entre las ondulaciones del mar de hielo.
Su relato había ocupado todo el día, y el sol estaba al borde del horizonte cuando partió. Sabía que debía apresurar mi descenso hacia el valle, ya que pronto me vería envuelto en la oscuridad; pero mi corazón estaba pesado y mis pasos, lentos. La labor de serpentear por los pequeños senderos de la montaña y fijar mis pies firmemente mientras avanzaba me dejaba perplejo, ocupado como estaba por las emociones que los sucesos del día habían producido. La noche estaba muy avanzada cuando llegué al lugar de descanso a medio camino y me senté junto a la fuente. Las estrellas brillaban a intervalos a medida que las nubes pasaban sobre ellas; los pinos oscuros se alzaban ante mí, y aquí y allá un árbol roto yacía en el suelo; era una escena de maravillosa solemnidad y despertó extraños pensamientos en mi interior. Lloré amargamente y, juntando mis manos en agonía, exclamé: «¡Oh, estrellas, nubes y vientos, todos estáis a punto de burlaros de mí! Si realmente os apiadáis de mí, aplastad la sensación y la memoria; dejadme ser como la nada; pero si no, marchaos, marchaos, y dejadme en la oscuridad».
Estos eran pensamientos salvajes y miserables, pero no puedo describirle cómo el parpadeo eterno de las estrellas me pesaba y cómo escuchaba cada ráfaga de viento como si fuera un siroco sordo y feo en su camino para consumirme.
La aurora se mostró antes de que llegase al pueblo de Chamounix; no tomé reposo, sino que regresé inmediatamente a Ginebra. Aun en mi propio corazón no pude dar expresión a mis sensaciones; pesaban sobre mí con la carga de una montaña y su exceso destruía mi agonía bajo ellas. Así volví a casa, y al entrar en la casa me presenté a la familia. Mi aspecto demacrado y salvaje despertó una intensa alarma, pero no respondí a ninguna pregunta, apenas hablé. Sentí como si estuviese bajo un voto, como si no tuviese derecho a reclamar su simpatía, como si jamás volviese a gozar de su compañía. Pero aun así los amaba con adoración; y para salvarlos, resolví dedicarme a la tarea que más detestaba. La perspectiva de tal ocupación hacía que toda otra circunstancia de la existencia pasara ante mí como un sueño, y ese pensamiento sólo me concedía la realidad de la vida.
Capítulo 18
Día tras día, semana tras semana, pasaron en mi regreso a Ginebra; y no hallaba el coraje para recomenzar mi obra. Temía la venganza del demonio decepcionado, mas no podía superar mi repulsión hacia la tarea que se me había impuesto. descubrí que no podía crear una mujer sin dedicar de nuevo varios meses a un estudio profundo y a una disertación laboriosa. Había oído hablar de algunos descubrimientos realizados por un filósofo inglés, cuyo saber era material para mi éxito, y a veces pensé en conseguir el consentimiento de mi padre para visitar Inglaterra con tal propósito; pero me aferré a toda pretensión de dilación y me encogí de hombros ante el primer paso de una empresa cuya necesidad inmediata empezaba a parecerme menos absoluta. En verdad, una transformación había ocurrido en mí; mi salud, que hasta entonces decaía, ahora se hallaba mucho restaurada; y mis ánimos, cuando no estaban constreñidos por el recuerdo de mi desdichada promesa, se elevaban proporcionalmente. Mi padre observó con placer tal cambio, y dirigió sus pensamientos al mejor método para erradicar los restos de mi melancolía, que de a ratos regresaba en ataques, cubriendo con una negra devastación la luz del sol que se aproximaba. En esos momentos busqué refugio en la más perfecta soledad. Pasé días enteros en el lago, solo, en una pequeña barca, observando las nubes y escuchando el rumor de las olas, silencioso e inerte. Mas el aire puro y el brillante sol rara vez dejaron de devolverme, al menos en parte, la compostura; y al regresar saludé a mis amigos con una sonrisa más pronta y un corazón más alegre.
Fue después de mi retorno de una de esas excursiones que mi padre, llamándome a un lado, me dirigió estas palabras:
«Me place observar, querido hijo, que has retomado tus antiguos placeres y pareces volver a ti mismo. Y, sin embargo, sigues desdichado y evitas nuestra compañía. Durante tiempo estuve perdido en conjeturas sobre la causa de tal estado, pero ayer una idea me asaltó, y si está bien fundada, te imploro que la confieses. Reservar una respuesta a tal punto no sólo sería inútil, sino que nos abatiría con una triple miseria a todos nosotros».
Temblé violentamente ante su introducción, y mi padre prosiguió—
«Confieso, hijo mío, que siempre he aguardado tu matrimonio con nuestra querida Elizabeth como vínculo de nuestro confort doméstico y sostén de mis últimos años. Desde la infancia más temprana fuisteis inseparables; estudiaron juntos, y en disposiciones y gustos parecían estar enteramente hechos el uno para el otro. Pero tan ciega es la experiencia del hombre que aquello que concebí como los mejores auxiliares de mi plan puede haberlo destruido por completo. Tal vez la consideres como una hermana, sin desear que llegue a ser tu esposa. O quizá hayas encontrado a otra a quien amar; y al sentirte ligado por honor a Elizabeth, esa lucha pueda originar la penosa miseria que parece afligirte».
«Querido padre, tranquilícese. Amo a mi prima con ternura y sinceridad. Nunca vi mujer que despertara, como Elizabeth, mi más cálida admiración y afecto. Mis esperanzas y perspectivas futuras están enteramente atadas a la expectativa de nuestra unión».
«La expresión de tus sentimientos sobre este asunto, querido Victor, me produce más placer del que he sentido en tiempo. Si sientes así, seremos ciertamente felices, aunque los presentes acontecimientos nos cubran de sombra. Pero es tal sombra la que parece haber tomado tan fuerte dominio de tu mente que deseo disiparla. Dime, pues, si te opones a una inmediata y solemne unión matrimonial. Hemos sido desafortunados, y los recientes sucesos nos han alejado de la tranquilidad cotidiana propia de mis años e infirmidades. Eres joven; sin embargo, no supongo, poseído como estás de una fortuna competente, que un matrimonio prematuro interfiera en los planes de honor y utilidad que pudieras haber trazado. No supongas, no obstante, que pretenda dictarte la felicidad ni que una demora de tu parte me cause grave inquietud. Interpreta mis palabras con franqueza y respóndeme, te conjuro, con confianza y sinceridad».
Escuché a mi padre en silencio y permanecí, por algún tiempo, incapaz de ofrecer respuesta. Revolví rápidamente en mi mente una multitud de pensamientos y traté de llegar a alguna conclusión. ¡Ay! La idea de una unión inmediata con mi Elizabeth me producía horror y consternación. Estaba atado a una solemne promesa que aún no había cumplido y no me atrevía a romper, pues, de hacerlo, ¡qué innumerables miserias podrían sobrecogerme a mí y a mi devota familia! ¿Podría entrar en una fiesta bajo el peso mortal que aún colgaba de mi cuello y me inclinaba al suelo? Debía cumplir mi compromiso y dejar que el monstruo partiera con su compañera antes de permitirme gozar del deleite de una unión que anhelaba para mi paz.
Recordé también la necesidad impuesta sobre mí de viajar a Inglaterra o de iniciar una larga correspondencia con aquellos filósofos de ese país, cuyo saber y descubrimientos eran de indispensable utilidad para mi presente empresa. Este último método de obtener la inteligencia deseada resultaba dilatorio e insatisfactorio; además, sentía una aversión insuperable a la idea de entregarme a mi repugnante tarea en la casa de mi padre mientras mantenía hábitos de trato familiar con los que amaba. Sabía que mil temibles accidentes podrían acontecer, el menor de los cuales revelaría una historia que horrorizaría a todos mis allegados. También era consciente de que a menudo perdería todo dominio de mí mismo, toda capacidad de ocultar las horribles sensaciones que me poseerían durante el progreso de mi inhumana ocupación. Debía apartarme de todo lo que amaba mientras estuviese empeñado en ello. Una vez iniciada, se lograría pronto, y podría regresar a mi familia en paz y felicidad. Cumplida mi promesa, el monstruo se marcharía para siempre. O (según mi imaginación romántica) algún accidente podría ocurrir mientras tanto para destruirlo y poner fin a mi esclavitud para siempre.
Estos sentimientos dictaron mi respuesta al padre. Expliqué mi deseo de viajar a Inglaterra, pero ocultando las verdaderas razones de tal petición, cubrí mis anhelos bajo un pretexto que no despertara sospecha, mientras urgía mi deseo con una sinceridad que fácilmente indujo a mi padre a aceptar. Tras un largo periodo de melancolía absorbente que semejaba locura en su intensidad y efectos, se alegró de ver que era capaz de tomar placer en la idea de tal viaje, y esperó que el cambio de escenario y el variado ocio, antes de mi regreso, me hubieran restaurado por completo.
El tiempo de mi ausencia quedó a mi elección; unos pocos meses, o a lo sumo un año, era el plazo contemplado. Un paternal y amable precepto había tomado para asegurarme un compañero. Sin comunicármelo antes, había, de común acuerdo con Elizabeth, dispuesto que Clerval me acompañara a Estrasburgo. Esto interfería con la soledad que codiciaba para la prosecución de la tarea; mas al comenzar mi viaje la presencia de mi amigo no podía ser obstáculo, y verdaderamente me alegré de que así se me salvaran muchas horas de solitaria y enloquecedora reflexión. No, Henry podría interponerse entre mí y la intrusión de mi enemigo. Si estuviese solo, ¿no forzaría en ocasiones su abominable presencia para recordarme la tarea o contemplar su progreso?
Así, estaba destinado a ir a Inglaterra, y se entendió que mi unión con Elizabeth tendría lugar inmediatamente a mi regreso. La edad de mi padre le hacía extremadamente adverso al retraso. Para mí, había una recompensa que me prometía de mis detestados trabajos: una consolación para mis sufrimientos sin par; la perspectiva de aquel día en que, liberado de mi miserable esclavitud, pudiera reclamar a Elizabeth y olvidar el pasado en mi unión con ella.
Hice los preparativos de mi viaje, pero una sensación me acosaba, llenándome de temor y agitación. Durante mi ausencia dejaría a mis amigos inconscientes de la existencia de su enemigo y desamparados ante sus ataques, irritado como podría estar por mi partida. Mas él había prometido seguirme allá donde fuera, ¿y no me acompañaría a Inglaterra? Esa imaginación era terrible en sí misma, pero reconfortante en cuanto suponía la seguridad de mis amigos. Me atormentaba la idea de que pudiera suceder lo contrario. Pero durante todo el periodo en que fui esclavo de mi criatura me dejé gobernar por los impulsos del momento; y mis presentes sensaciones insinuaban fuertemente que el demonio me seguiría y eximiría a mi familia del peligro de sus maquinaciones.
Fue a finales de septiembre cuando volví a abandonar mi patria. Mi viaje había sido sugerencia mía, y Elizabeth, por tanto, accedió, aunque estaba llena de inquietud ante la idea de mi sufrimiento, lejos de ella, entre las invasiones de la miseria y el dolor. Fue su cuidado quien me proveyó de un compañero en Clerval—y sin embargo el hombre es ciego a mil minuciosas circunstancias que reclaman la atenta atención femenina. Anhelaba que me apresurara a volver; mil emociones conflictivas la dejaron muda mientras me daba un despedida lacrimosa y silente.
Me precipité en la coche que me llevaría lejos, sin saber muy bien a dónde iba, y sin importarme lo que sucedía a mi alrededor. Sólo recordé, y lo reflexioné con amarga angustia, que debía ordenar que mis instrumentos químicos se empaquetaran para acompañarme. Lleno de lúgubres imaginaciones, crucé numerosos y majestuosos escenarios, pero mis ojos estaban fijos y sin observar. Sólo podía pensar en el término de mis viajes y en la obra que me ocuparía mientras duraran.
Después de algunos días de ociosa indolencia, durante los cuales crucé muchas leguas, llegué a Estrasburgo, donde esperé dos días a Clerval. Él vino. ¡Ay, cuán grande era el contraste entre nosotros! Él estaba vivo a cada nueva escena, alegre al contemplar las bellezas del ocaso, y más feliz al ver su alborada y comenzar un nuevo día. Señaló las cambiantes colores del paisaje y las apariencias del cielo. «Esto es vivir», exclamó; «¡ahora disfruto la existencia! Pero tú, querido Frankenstein, ¿por qué desmayas y te entristeces!». En verdad, estaba ocupado por pensamientos lúgubres y no vi la caída de la estrella vespertina ni el dorado amanecer reflejado en el Rin. Y tú, amigo mío, estarías mucho más entretenido con el diario de Clerval, que observaba el entorno con ojo de sentimiento y deleite, que escuchando mis reflexiones. Yo, miserable desgraciado, acosado por una maldición que cerraba toda vía al gozo.
Habíamos acordado descender el Rin en barca desde Estrasburgo hasta Rotterdam, de donde tomaríamos navegación hacia Londres. Durante aquel viaje cruzamos muchas islas de sauces y vimos varias hermosas ciudades. Pasamos un día en Mannheim, y al quinto día desde nuestra partida de Estrasburgo arribamos a Mainz. El cauce del Rin bajo Mainz se vuelve mucho más pintoresco. El río desciende rápidamente y serpentea entre colinas, no altas, pero escarpadas, de formas hermosas. Vimos muchos castillos ruinosos que se alzaban en los bordes de precipicios, rodeados de bosques negros, altos e inaccesibles. Esta parte del Rin, en verdad, presenta un paisaje singularmente variado. En un punto se observan colinas rugosas, castillos en ruinas que miran tremendas caídas, con el oscuro Rin corrriendo bajo; y al girar súbito de un promontorio, viñedos florecientes con orillas verdes y empinadas, un río serpenteante y poblados pueblos que ocupan la escena.
Viajábamos en época de vendimia y oíamos el canto de los obreros mientras deslizábamos por la corriente. Incluso yo, deprimido en ánimo, y mis ánimos continuamente agitados por sentimientos sombríos, estaba satisfecho. Me recosté al fondo de la barca, y al contemplar el cielo azul sin nubes, sentí que bebía una tranquilidad a la cual había sido extraño durante mucho tiempo. Y si esas eran mis sensaciones, ¿quién podrá describir las de Henry? Él se sentía como transportado a la Tierra de las Hadas y disfrutaba de una felicidad raramente probada
Tras pasar algunos meses en Londres, recibimos una carta de una persona en Escocia que había sido anteriormente nuestra visitante en Ginebra. Mencionó las bellezas de su tierra natal y nos preguntó si no bastarían esas atracciones para inducirnos a prolongar nuestro viaje hasta tan al norte como Perth, donde él residía. Clerval deseó con entusiasmo aceptar esa invitación, y yo, aunque detestaba la compañía, anhelaba volver a contemplar montañas y arroyos y todas las obras maravillosas con que la Naturaleza adorna sus lugares elegidos.
Habíamos llegado a Inglaterra a comienzos de octubre, y ahora era febrero. Por consiguiente, determinamos comenzar nuestro viaje hacia el norte al vencerse otro mes. En esta expedición no pretendíamos seguir la gran carretera a Edimburgo, sino visitar Windsor, Oxford, Matlock y los lagos de Cumberland, resolviendo concluir este recorrido alrededor de finales de julio. Empaqué mis instrumentos químicos y los materiales que había reunido, decidido a terminar mis trabajos en algún recóndito rincón de las Highlands del norte de Escocia.
Abandonamos Londres el 27 de marzo y permanecimos unos días en Windsor, paseando por su hermoso bosque. Esa era una escena nueva para nosotros, los alpinistas; los majestuosos robles, la abundancia de caza y los rebaños de ciervos elegantes eran todas novedades para nosotros.
De allí procedimos a Oxford. Al entrar en esta ciudad, nuestras mentes se llenaron del recuerdo de los acontecimientos que allí se habían desarrollado más de ciento cincuenta años atrás. Fue allí donde Carlos I reunió sus fuerzas. Esta ciudad le había permanecido fiel, después de que toda la nación abandonara su causa para unirse al estandarte del Parlamento y la libertad. El recuerdo de aquel desafortunado rey y sus compañeros, el afable Falkland, el insolente Goring, su reina y su hijo, confería un interés peculiar a cada parte de la ciudad que se suponía habrían habitado. El espíritu de los días pasados halló morada aquí, y nos deleitamos al seguir sus pasos. Si esos sentimientos no hubieran encontrado una gratificación imaginaria, la apariencia de la ciudad ya poseía por sí misma suficiente belleza para ganar nuestra admiración. Los colegios son antiguos y pintorescos; las calles son casi magníficas; y la encantadora Isis, que corre a su lado a través de prados de exquisita verdor, se extiende en una plácida extensión de aguas, que refleja su majestuosa conjunción de torres, agujas y cúpulas, abrazadas entre árboles centenarios.
Disfruté de esa escena, y sin embargo mi gozo se amargó tanto por el recuerdo del pasado como por la anticipación del futuro. Yo estaba hecho para una felicidad pacífica. En mi juventud jamás me visitó la desdicha, y si alguna vez me vencía el tedio, la vista de lo bello en la naturaleza o el estudio de lo excelente y sublime en las obras del hombre siempre podía interesar mi corazón y conferir elasticidad a mis espíritus. Pero soy un árbol arrasado; el rayo ha penetrado mi alma; y sentí entonces que sobreviviría para exhibir lo que pronto dejaré de ser: un miserable espectáculo de
arruinado por la desdicha. Sin embargo, aun en este estado, mi corazón se enternece ante la idea de la paz.
Todo volvió a quedar en silencio, pero sus palabras resonaban en mis oídos. Ardía de rabia por perseguir al asesino de mi paz y precipitarlo al océano. Caminé de un lado a otro de mi habitación, apresurado y perturbado, mientras mi imaginación conjuraba mil imágenes para atormentarme y aguijonearme. ¿Por qué no lo había seguido y trabado con él una lucha mortal? Pero había permitido que se marchara, y él había dirigido su rumbo hacia tierra firme. Me estremecía al pensar quién podría ser la siguiente víctima sacrificada a su insaciable venganza. Y entonces volví a pensar en sus palabras: «Estaré contigo en tu noche de bodas». Ese era, pues, el plazo fijado para el cumplimiento de mi destino. En esa hora yo moriría y a la vez satisfaría y extinguiría su malicia. La perspectiva no me movió al miedo; sin embargo, cuando pensé en mi amada Elizabeth, en sus lágrimas y en su infinito dolor cuando encontrara a su amado tan bárbaramente arrebatado de su lado, lágrimas, las primeras que vertía en muchos meses, brotaron de mis ojos, y resolví no caer ante mi enemigo sin una amarga lucha.
La noche pasó y el sol se alzó sobre el océano; mis sentimientos se calmaron, si es que puede llamarse calma cuando la violencia de la rabia se hunde en las profundidades de la desesperación. Abandoné la casa, el horroroso escenario de la contienda de la noche anterior, y caminé por la playa, que casi consideraba una barrera insuperable entre mis semejantes y yo; es más, un deseo de que tal fuera el caso se apoderó de mí. Deseaba poder pasar mi vida en aquella roca estéril, penosamente, es cierto, pero sin ser interrumpido por ningún sobresalto repentino de miseria. Si regresaba, era para ser sacrificado o para ver a aquellos a quienes más amaba morir bajo las garras de un demonio al que yo mismo había creado.
Caminé por la isla como un espectro inquieto, separado de todo lo que amaba y miserable en esa separación. Cuando llegó el mediodía y el sol ascendió más, me tumbé sobre la hierba y fui dominado por un sueño profundo. Había estado despierto toda la noche anterior, mis nervios estaban agitados y mis ojos inflamados por el insomnio y la miseria. El sueño en el que me hundí me refrescó; y al despertar, volví a sentirme como si perteneciera a una raza de seres humanos como yo, y comencé a reflexionar sobre lo ocurrido con mayor serenidad; sin embargo, las palabras del demonio seguían resonando en mis oídos como una campana de difuntos; aparecían como un sueño, pero tan nítidas y opresivas como una realidad.
El sol había descendido mucho y yo aún estaba sentado en la orilla, satisfaciendo mi apetito, que se había vuelto voraz, con un pastel de avena, cuando vi un barco pesquero acercarse a mí, y uno de los hombres me trajo un paquete; contenía cartas de Ginebra, y una de Clerval suplicándome que me reuniera con él. Decía que estaba consumiendo su tiempo infructuosamente donde estaba, que las cartas de los amigos que había hecho en Londres deseaban su regreso para completar la negociación en la que habían entrado para su empresa en la India. Ya no podía retrasar más su partida; pero como su viaje a Londres podría ser seguido, incluso antes de lo que ahora conjeturaba, por su viaje más largo, me rogaba que le dedicara tanta parte de mi compañía como pudiera dispensarle. Me suplicó, por tanto, que abandonara mi solitaria isla y me reuniera con él en Perth, para que pudiéramos proseguir juntos hacia el sur. Esta carta, en cierto grado, me devolvió a la vida, y decidí abandonar mi isla al cabo de dos días.
Sin embargo, antes de partir, había una tarea que realizar, ante la cual me estremecía reflexionar: debía empaquetar mis instrumentos químicos y, para ello, debía entrar en la habitación que había sido el escenario de mi odioso trabajo, y debía manipular aquellos utensilios cuya visión me resultaba nauseabunda. A la mañana siguiente, al amanecer, reuní suficiente valor y abrí la puerta de mi laboratorio. Los restos de la criatura inacabada, a la que yo había destruido, yacían esparcidos por el suelo, y casi sentí como si hubiera destrozado la carne viva de un ser humano. Hice una pausa para recomponerme y luego entré en la cámara. Con mano temblorosa saqué los instrumentos de la habitación, pero reflexioné que no debía dejar las reliquias de mi trabajo para que excitaran el horror y la sospecha de los campesinos; y, en consecuencia, los metí en un cesto, con una gran cantidad de piedras, y al cerrarlo, decidí arrojarlos al mar esa misma noche; mientras tanto, me senté en la playa, ocupado en limpiar y organizar mi aparato químico.
Nada podía ser más completo que la alteración que se había producido en mis sentimientos desde la noche de la aparición del demonio. Antes había considerado mi promesa con una sombría desesperación como algo que, con cualquier consecuencia, debía cumplirse; pero ahora sentía como si se hubiera retirado un velo de ante mis ojos y que, por primera vez, veía con claridad. La idea de reanudar mis labores no se me ocurrió ni por un instante; la amenaza que había escuchado pesaba en mis pensamientos, pero no reflexionaba que un acto voluntario mío pudiera evitarla. Había resuelto en mi propia mente que crear otro como el demonio que había hecho primero sería un acto de la más baja y atroz falta de egoísmo, y desterré de mi mente todo pensamiento que pudiera llevar a una conclusión diferente.
Entre las dos y las tres de la madrugada salió la luna; y entonces, tras subir mi cesto a bordo de un pequeño esquife, navegué a unas cuatro millas de la costa. La escena era perfectamente solitaria; algunos barcos regresaban hacia tierra, pero yo me alejé de ellos. Me sentía como si estuviera a punto de cometer un crimen terrible y evitaba con estremecida ansiedad cualquier encuentro con mis semejantes. En un momento dado, la luna, que antes estaba despejada, fue cubierta repentinamente por una espesa nube, y aproveché ese momento de oscuridad para arrojar mi cesto al mar; escuché el sonido del borboteo mientras se hundía y luego me alejé de aquel lugar. El cielo se nubló, pero el aire estaba puro, aunque enfriado por la brisa del noreste que empezaba a soplar. Pero aquello me refrescó y me llenó de sensaciones tan agradables que resolví prolongar mi estancia en el agua y, fijando el timón en posición directa, me estiré en el fondo del barco. Las nubes ocultaban la luna, todo estaba oscuro y solo oía el sonido del barco mientras su quilla cortaba las olas; el murmullo me arrulló y, en poco tiempo, dormí profundamente.
No sé cuánto tiempo permanecí en esta situación, pero cuando desperté encontré que el sol ya había ascendido considerablemente. El viento era fuerte y las olas amenazaban continuamente la seguridad de mi pequeño esquife. Descubrí que el viento era del noreste y que debía haberme alejado mucho de la costa de la que había partido. Intenté cambiar el rumbo, pero rápidamente comprobé que, si volvía a intentarlo, el barco se llenaría instantáneamente de agua. En esta situación, mi único recurso era dejarme llevar por el viento. Confieso que sentí unas pocas sensaciones de terror. No tenía brújula conmigo y conocía tan poco la geografía de esta parte del mundo que el sol me servía de poco. Podría ser arrastrado al vasto Atlántico y sentir todas las torturas de la inanición o ser tragado por las inconmensurables aguas que rugían y golpeaban a mi alrededor. Ya llevaba muchas horas fuera y sentía el tormento de una sed ardiente, preludio de mis otros sufrimientos. Miré a los cielos, que estaban cubiertos por nubes que volaban ante el viento, solo para ser reemplazadas por otras; miré al mar; iba a ser mi tumba. «Demonio», exclamé, «¡tu tarea ya está cumplida!». Pensé en Elizabeth, en mi padre y en Clerval, todos dejados atrás, sobre quienes el monstruo podría satisfacer sus sanguinarias y despiadadas pasiones. Esta idea me sumió en una ensoñación tan desesperada y aterradora que incluso ahora, cuando la escena está a punto de cerrarse ante mí para siempre, me estremezco al reflexionar sobre ella.
Pasaron algunas horas así; pero gradualmente, a medida que el sol declinaba hacia el horizonte, el viento murió hasta convertirse en una brisa suave y el mar quedó libre de rompientes. Pero estas dieron paso a un fuerte oleaje; me sentí mareado y apenas capaz de sostener el timón, cuando de repente vi una línea de tierra elevada hacia el sur.
Casi agotado, como estaba, por la fatiga y la terrible incertidumbre que soporté durante varias horas, esta repentina certeza de vida corrió como un torrente de cálida alegría hacia mi corazón, y las lágrimas brotaron de mis ojos.
¡Cuán mudables son nuestros sentimientos, y cuán extraño es ese amor aferrado que tenemos a la vida incluso en el exceso de la miseria! Construí otra vela con una parte de mi vestimenta y dirigí con entusiasmo mi rumbo hacia la tierra. Tenía un aspecto salvaje y rocoso, pero a medida que me acercaba percibí fácilmente los vestigios del cultivo. Vi embarcaciones cerca de la orilla y me encontré repentinamente transportado de regreso a las cercanías del hombre civilizado. Seguí cuidadosamente los sinuosos contornos de la tierra y saludé a un campanario que al fin vi surgir detrás de un pequeño promontorio. Como me encontraba en un estado de extrema debilidad, resolví navegar directamente hacia la ciudad, como un lugar donde podría procurar alimento con mayor facilidad. Afortunadamente, tenía dinero conmigo. Al rodear el promontorio percibí una pequeña y pulcra ciudad y un buen puerto, al que entré, con el corazón saltando de alegría por mi inesperada salvación.
Mientras estaba ocupado en fijar el barco y disponer las velas, varias personas se agolparon hacia el lugar. Parecían muy sorprendidas por mi aspecto, pero en lugar de ofrecerme ninguna ayuda, susurraban entre sí con gestos que en cualquier otro momento podrían haberme producido una ligera sensación de alarma. Tal como estaban las cosas, simplemente remarqué que hablaban inglés, y por tanto me dirigí a ellos en ese idioma. «Mis buenos amigos», dije, «¿serían tan amables de decirme el nombre de esta ciudad e informarme de dónde estoy?».
«Lo sabrá pronto lo suficiente», respondió un hombre con voz ronca. «Quizá haya venido a un lugar que no le resulte muy de su gusto, pero no se le consultará respecto a su alojamiento, se lo aseguro».
Me sentí extremadamente sorprendido al recibir una respuesta tan grosera de un extraño, y también me sentí desconcertado al percibir los semblantes ceñudos y airados de sus compañeros. «¿Por qué me responde tan bruscamente?», repliqué. «Seguramente no es costumbre de los ingleses recibir a los extranjeros tan inhóspitamente».
«No sé», dijo el hombre, «cuál sea la costumbre de los ingleses, pero es costumbre de los irlandeses odiar a los villanos».
Mientras continuaba este extraño diálogo, percibí que la multitud aumentaba rápidamente. Sus rostros expresaban una mezcla de curiosidad e ira, lo que me molestó y en cierto grado me alarmó. Pregunté el camino a la posada, pero nadie respondió. Entonces avancé, y un murmullo surgió de la multitud mientras me seguían y rodeaban, cuando un hombre de aspecto desagradable se acercó, me dio un toque en el hombro y dijo: «Venga, señor, debe seguirme ante el señor Kirwin para dar cuenta de usted mismo».
«¿Quién es el señor Kirwin? ¿Por qué debo dar cuenta de mí mismo? ¿No es este un país libre?».
«Sí, señor, bastante libre para la gente honrada. El señor Kirwin es magistrado, y usted debe dar cuenta de la muerte de un caballero que fue encontrado asesinado aquí anoche».
Esta respuesta me sobresaltó, pero pronto me recobré. Yo era inocente; eso podría probarse fácilmente; en consecuencia, seguí a mi conductor en silencio y fui conducido a una de las mejores casas de la ciudad. Estaba a punto de desmayarme por la fatiga y el hambre, pero al estar rodeado por una multitud, pensé que era político reunir toda mi fuerza, para que ninguna debilidad física pudiera ser interpretada como aprensión o culpa consciente. Poco esperaba entonces la calamidad que en pocos momentos me abrumaría y extinguiría en el horror y la desesperación todo temor a la ignominia o a la muerte.
Debo hacer una pausa aquí, pues requiere toda mi fortaleza recordar la memoria de los hechos espantosos que estoy a punto de relatar, con el debido detalle, en mi recuerdo.
Capítulo 21
Fui pronto introducido en presencia del magistrado, un anciano benevolente con modales tranquilos y suaves. Me miró, sin embargo, con cierto grado de severidad, y luego, volviéndose hacia mis conductores, preguntó quiénes comparecían como testigos en esta ocasión.
Cerca de media docena de hombres dieron un paso adelante; y, habiendo sido seleccionado uno por el magistrado, declaró que la noche anterior había estado pescando con su hijo y su cuñado, Daniel Nugent, cuando, alrededor de las diez, observaron un fuerte soplo del norte que se levantaba, y en consecuencia pusieron rumbo a puerto. Fue una noche muy oscura, ya que la luna aún no había salido; no desembarcaron en el puerto, sino, como solían hacer, en una cala a unas dos millas más abajo. Él caminó primero, llevando una parte de los aparejos de pesca, y sus compañeros le siguieron a cierta distancia. Mientras avanzaba por las arenas, tropezó con algo y cayó de bruces al suelo. Sus compañeros se acercaron para ayudarle y, a la luz de su linterna, descubrieron que había caído sobre el cuerpo de un hombre que, a todas luces, estaba muerto. Su primera suposición fue que se trataba del cadáver de alguna persona que se había ahogado y había sido arrojada a la orilla por las olas, pero al examinarlo descubrieron que las ropas no estaban mojadas e incluso que el cuerpo no estaba aún frío. Instantáneamente lo llevaron a la choza de una anciana cerca del lugar e intentaron, pero en vano, devolverle la vida. Parecía ser un joven apuesto, de unos veinticinco años de edad. Aparentemente había sido estrangulado, pues no había rastro de violencia alguna salvo la marca negra de unos dedos en su cuello.
La primera parte de esta declaración no me interesó en lo más mínimo, pero cuando se mencionó la marca de los dedos recordé el asesinato de mi hermano y me sentí extremadamente agitado; mis miembros temblaron y una niebla nubló mis ojos, lo que me obligó a apoyarme en una silla para sostenerme. El magistrado me observó con ojo perspicaz y, por supuesto, sacó un augurio desfavorable de mi actitud.
El hijo confirmó el relato de su padre, pero cuando llamaron a Daniel Nugent, juró positivamente que, justo antes de la caída de su compañero, vio un barco, con un solo hombre dentro, a poca distancia de la orilla; y, hasta donde pudo juzgar por la luz de unas pocas estrellas, era el mismo barco en el que yo acababa de desembarcar.
Una mujer declaró que vivía cerca de la playa y estaba de pie en la puerta de su choza, esperando el regreso de los pescadores, cerca de una hora antes de que se enterara del descubrimiento del cuerpo, cuando vio un barco con un solo hombre dentro alejarse de aquella parte de la orilla donde posteriormente se encontró el cadáver.
Otra mujer confirmó el relato de los pescadores de haber traído el cuerpo a su casa; no estaba frío. Lo pusieron en una cama y lo frotaron, y Daniel fue a la ciudad en busca de un boticario, pero la vida ya se había ido por completo.
Otros varios hombres fueron interrogados sobre mi desembarco, y estuvieron de acuerdo en que, con el fuerte viento del norte que se había levantado durante la noche, era muy probable que hubiera estado dando tumbos durante muchas horas y me hubiera visto obligado a regresar casi al mismo punto del que había partido. Además, observaron que parecía que yo había traído el cuerpo de otro lugar, y era probable que, como no parecía conocer la costa, pudiera haber entrado en el puerto ignorando la distancia de la ciudad de —— desde el lugar donde había depositado el cadáver.
El señor Kirwin, al escuchar este testimonio, deseó que me llevaran a la habitación donde yacía el cuerpo para su entierro, para poder observar qué efecto produciría en mí su visión. Esta idea fue probablemente sugerida por la extrema agitación que yo había exhibido cuando se había descrito el modo del asesinato. Fui, en consecuencia, conducido por el magistrado y varias otras personas a la posada. No pude evitar sentirme impresionado por las extrañas coincidencias que habían tenido lugar durante esta noche trascendental; pero, sabiendo que había estado conversando con varias personas en la isla que había habitado alrededor del tiempo en que se encontró el cuerpo, me sentí perfectamente tranquilo respecto a las consecuencias del asunto.
Entré en la habitación donde yacía el cadáver y fui conducido hasta el ataúd. ¿Cómo puedo describir mis sensaciones al contemplarlo? Aún me siento abrasado por el horror, ni puedo reflexionar sobre aquel terrible momento sin estremecerme y sentir agonía. El examen, la presencia del magistrado y los testigos, pasaron como un sueño de mi memoria cuando vi la forma sin vida de Henry Clerval tendida ante mí. Jadeé buscando aire y, arrojándome sobre el cuerpo, exclamé: «¿Mis maquinaciones asesinas te han privado también a ti, mi queridísimo Henry, de la vida? A dos ya he destruido; otras víctimas aguardan su destino; pero tú, Clerval, amigo mío, bienhechor mío...».
El cuerpo humano no pudo soportar por más tiempo las agonías que padecía, y fui sacado de la habitación en medio de fuertes convulsiones.
A esto le siguió una fiebre. Estuve dos meses al borde de la muerte; mis delirios, como supe después, fueron espantosos; me llamaba a mí mismo el asesino de William, de Justine y de Clerval. A veces suplicaba a mis asistentes que me ayudaran en la destrucción del demonio por el cual era atormentado; y en otras sentía los dedos del monstruo ya agarrando mi cuello, y gritaba en voz alta con agonía y terror. Afortunadamente, como hablaba en mi lengua materna, solo el señor Kirwin me entendía; pero mis gestos y mis amargos gritos fueron suficientes para asustar a los otros testigos.
¿Por qué no morí? Más miserable de lo que jamás hombre alguno fuera antes, ¿por qué no me hundí en el olvido y el descanso? La muerte arrebata a muchos niños florecientes, la única esperanza de sus padres adoradores; ¡cuántas novias y jóvenes amantes han estado un día en la flor de la salud y la esperanza, y al siguiente son presa de los gusanos y la decadencia de la tumba! ¿De qué materiales estaba hecho yo para que pudiera resistir tantos golpes que, como el giro de una rueda, renovaban continuamente la tortura?
Pero estaba condenado a vivir y, a los dos meses, me encontré despertando de un sueño en una prisión, tendido en un lecho miserable, rodeado de carceleros, guardianes, cerrojos y todo el miserable aparato de una mazmorra. Era de mañana, recuerdo, cuando así desperté al entendimiento; había olvidado los pormenores de lo que había sucedido y solo sentía como si alguna gran desgracia me hubiera abrumado repentinamente; pero cuando miré a mi alrededor y vi las ventanas enrejadas y la sordidez de la habitación en la que estaba, todo cruzó mi memoria y gemí amargamente.
Este sonido perturbó a una anciana que dormía en una silla a mi lado. Era una enfermera contratada, la esposa de uno de los carceleros, y su semblante expresaba todas aquellas malas cualidades que a menudo caracterizan a esa clase. Las líneas de su rostro eran duras y toscas, como las de personas acostumbradas a ver, sin compadecerse, espectáculos de miseria. Su tono expresaba su total indiferencia; se dirigió a mí en inglés, y la voz me resultó como una que había escuchado durante mis sufrimientos.
«¿Se siente mejor ahora, señor?», dijo ella.
Respondí en la misma lengua, con voz débil, «Creo que lo soy; pero si todo es verdad, si en verdad no soñé, lamento estar aún vivo para sentir esta miseria y horror».
«En cuanto a eso», replicó la anciana, «si te refieres al caballero que asesinaste, creo que sería mejor para ti estar muerto, pues imagino que te costará mucho. ¡Sin embargo, no es asunto mío! Me han enviado a cuidarte y a ponerte bien; cumplo mi deber con buena conciencia; sería menester que todos hicieran lo mismo».
Me giré, repugnante, ante la mujer que podía pronunciar tan desalmada frase a alguien recién salvado, al borde mismo de la muerte; mas me sentía lánguido e incapaz de reflexionar sobre todo lo ocurrido. Toda la sucesión de mi vida me aparecía como un sueño; a veces dudaba de su veracidad, pues nunca se presentaba a mi mente con la fuerza de la realidad.
A medida que las imágenes que flotaban ante mí se hacían más nítidas, me invadió la fiebre; una oscuridad me rodeaba; nadie estaba a mi lado que me aliviara con la suave voz del amor; ninguna mano querida me sostenía. El médico llegó y recetó medicinas, y la anciana las preparó para mí; pero la primera mostraba una absoluta desidia, y el rostro de la segunda estaba marcado por la brutalidad. ¿Quién más que el verdugo, que cobijaría su galardón, podría interesarse en el destino de un asesino?
Esas fueron mis primeras reflexiones, pero pronto descubrí que el señor Kirwin me había mostrado una extrema bondad. Hizo que la mejor celda de la prisión fuera preparada para mí (¡miserable era, sin duda, lo mejor!); y fue él quien me proveyó de médico y de enfermera. Es cierto que rara vez me venía a ver, pues aunque ardientemente deseaba aliviar los sufrimientos de toda criatura humana, no quería estar presente en las agonías y deliriantes miserias de un asesino. Venía, pues, a veces para cerciorarse de que no fuera descuidado, pero sus visitas eran breves y espaciadas.
Un día, mientras me recuperaba gradualmente, estaba sentado en una silla, con los ojos medio abiertos y las mejillas lividecidas como las de un muerto. Me invadieron la melancolía y la miseria, y con frecuencia reflexioné que sería mejor buscar la muerte que desear permanecer en un mundo que a mis ojos estaba repleto de desdicha. En una ocasión consideré si no debía declararme culpable y sufrir la pena de la ley, menos inocente que la pobre Justine. Así eran mis pensamientos cuando se abrió la puerta de mi celda y entró el señor Kirwin. Su semblante mostraba simpatía y compasión; acercó una silla a la mía y me dirigió la palabra en francés:
«Temo que este lugar le resulte muy chocante; ¿puedo hacer algo para que se sienta más cómodo?»
«Le agradezco, pero todo lo que menciona no me sirve; en toda la tierra no hay consuelo que yo pueda recibir».
«Sé que la simpatía de un desconocido puede ser poco alivio para quien, como usted, está abatido por tan extraña desgracia. Pero espero que pronto abandone este lúgubre refugio, pues sin duda se podrá presentar evidencia que le libre de la acusación criminal».
«Ese es mi menor cuidado; por una serie de extraños sucesos, me he vuelto el más miserable de los mortales. Perseguido y torturado como he sido, ¿puede la muerte ser algún mal para mí?»
«Nada podría ser más desafortunado y agonizante que los extraños azares que han ocurrido recientemente. Fue arrojado, por algún sorprendente accidente, a esta costa, famosa por su hospitalidad, capturado al instante y acusado de asesinato. La primera visión que se le presentó fueron los restos de su amigo, asesinados de manera tan inexplicable y colocados, por así decirlo, por algún demonio en su camino».
Al oír el señor Kirwin esas palabras, pese a la agitación que soportaba al rememorar mis padecimientos, sentí también una notable sorpresa ante el conocimiento que parecía poseer sobre mí. Supongo que mi semblante mostró asombro, pues el señor Kirwin se apresuró a decir:
«En cuanto cayó enfermo, me fueron entregados todos los papeles que llevaba consigo; los examiné para descubrir alguna pista que me permitiera enviar a sus parientes un relato de su desgracia y enfermedad. Hallé varias cartas, y entre ellas una que, por su inicio, descubrí que era de su padre. Escribí de inmediato a Ginebra; han transcurrido casi dos meses desde el envío de mi carta. Pero está enfermo; aun ahora tiembla; no está apto para ningún tipo de agitación».
«Esta suspensión es mil veces peor que el más horrible suceso; dígame qué nueva escena de muerte se ha representado, y de cuyo asesinato debo ahora lamentar».
«Su familia está perfectamente bien», dijo el señor Kirwin con gentileza; «y alguien, un amigo, ha venido a visitarle».
No sé por qué cadena de pensamiento se presentó la idea, pero al instante se precipitó a mi mente que el asesino había venido a burlarse de mi miseria y a provocarme con la muerte de Clerval, como nuevo estímulo para que cumpliese sus deseos infernales. Puse mi mano ante los ojos y exclamé con agonía:
«¡Oh! ¡Llévenlo! No puedo verle; ¡por el amor de Dios, no lo dejen entrar!»
El señor Kirwin me miró con semblante preocupado. No pudo evitar interpretar mi exclamación como una presunción de mi culpa y dijo, con tono bastante severo:
«Hubiera pensado, joven, que la presencia de su padre habría sido bienvenida en vez de inspirar tal repulsión violenta».
«¡Mi padre!», exclamé, mientras cada rasgo y cada músculo se relajaban del dolor al placer. «¿Ha venido ya mi padre? ¡Qué amable, qué muy amable! Pero, ¿dónde está, por qué no se apresura a mí?»
Mi cambio de actitud sorprendió y agradó al magistrado; tal vez pensó que mi anterior exclamación había sido un retorno momentáneo de delirio, y ahora volvió a mostrarse su benevolencia. Se levantó y salió de la habitación con mi enfermera, y en un momento mi padre entró.
Nada, en ese instante, pudo haberme dado mayor placer que la llegada de mi padre. Extendi mi mano hacia él y clamé:
«¿Están entonces seguros —y Elizabeth— y Ernest?»
Mi padre me tranquilizó con la seguridad de su bienestar y procuró, al detenerse en estos asuntos tan interesantes a mi corazón, elevar mi ánimo desalentado; pero pronto sintió que una prisión no puede ser morada de alegría. «¡Qué sitio es éste que habitas, hijo mío!», dijo mirando con tristeza las ventanas con rejas y la apariencia miserable de la celda. «Viajaste en busca de la felicidad, pero una fatalidad parece perseguirte. Y el pobre Clerval—»
El nombre de mi desafortunado y asesinado amigo provocó en mi débil estado una agitación demasiado grande; derramé lágrimas.
«¡Ay! Sí, padre», respondí; «un destino de la más horrible especie se cierne sobre mí, y debo vivir para cumplirlo, o bien habría muerto sobre el féretro de Henry».
No se nos permitió conversar en extensión, pues el precario estado de mi salud exigía toda precaución posible para asegurar la tranquilidad. El señor Kirwin entró e insistió en que mi fuerza no se agotase con excesivo esfuerzo. Pero la presencia de mi padre me pareció como la de un buen ángel, y gradualmente recuperé la salud.
Al abandonarse la enfermedad, me absorbió una melancolía negra y sombría que nada podía disipar. La imagen de Clerval quedaba perpetuamente ante mí, horrenda y asesinada. Más de una vez la agitación que provocaron esas reflexiones hizo que mis amigos temieran una peligrosa recaída. ¡Ay! ¿Por qué conservar tan miserable y detestado una vida? Era, sin duda, para que cumpliese mi destino, que ahora se acerca a su fin. Pronto, oh, muy pronto, la muerte extinguirá estos latidos y me librará del enorme peso de la angustia que me arrastra al polvo; y, al ejecutar la sentencia de justicia, también hallaré reposo. Entonces la aparición de la muerte estaba distante, aunque el deseo permanecía siempre presente en mis pensamientos; y a menudo me sentaba durante horas inmóvil y sin voz, deseando alguna revolución poderosa que nos enterrara a mí y a mi destructor en sus ruinas.
Se acercaba la época de las asambleas. Ya llevaba tres meses en prisión, y aunque seguía débil y en continuo riesgo de recaída, me vi obligado a viajar casi cien millas hasta la villa donde se celebraba el tribunal. El señor Kirwin se encargó de todo lo concerniente a la recolección de testigos y a la organización de mi defensa. Me libraron del oprobio de comparecer públicamente como criminal, pues el caso no se presentó ante la corte que juzga vida y muerte. El gran jurado rechazó la acusación al probar que yo estaba en las Islas Orcadas a la hora en que se halló el cadáver de mi amigo; y, una quincena después de mi traslado, fui liberado de la prisión.
Mi padre se exultó al encontrarme libre de las aflicciones de la acusación criminal, que nuevamente me permitían respirar aire fresco y regresar a mi patria. No compartí esos sentimientos, pues para mí los muros de una mazmorra o de un palacio eran igualmente odiosos. La copa de la vida estaba envenenada para siempre, y aunque el sol brillaba sobre mí, como sobre los felices y alegres de corazón, veía a mi alrededor nada más que una densa y temible oscuridad, penetrada sólo por el destello de dos ojos que me fulminaban. A veces eran los ojos expresivos de Henry, languideciendo en la muerte, órbitas oscuras casi cubiertas por los párpados y largas pestañas negras; otras veces eran los ojos húmedos y nublados del monstruo, como los vi por primera vez en mi cámara de Ingolstadt.
Mi padre trató de despertar en mí los sentimientos de afecto. Habló de Ginebra, que pronto visitaría, de Elizabeth y Ernest; pero esas palabras sólo provocaron en mí gemidos profundos. A veces, en efecto, sentía un deseo de felicidad y pensaba con melancólica alegría en mi querido primo, o anhelaba, con una devoradora maladie du pays, volver a ver el lago azul y el rápido Ródano, tan queridos a mi infancia; pero mi estado general era de torpor, en el cual una prisión era tan bienvenida como el más divino escenario natural; y esos ataques rara vez se interrumpían sino por paroxismos de angustia y desesperación. En esos momentos intentaba a menudo poner fin a la existencia que detestaba, y se requería constante vigilancia para impedir que cometiera algún acto terrible de violencia.
Sin embargo, quedó una obligación para mí, cuyo recuerdo finalmente triunfó sobre mi desesperación egoísta. Era necesario volver sin demora a Ginebra, allí vigilar las vidas de quienes tanto amaba y esperar al asesino, de modo que, si alguna oportunidad me llevaba a su escondite, o si él osara nuevamente abatirme con su presencia, pudiera, con puntería infalible, acabar con la existencia de la monstruosa imagen que había dotado de la burla de un alma aún más monstruosa. Mi padre aun deseaba retrasar nuestra partida, temiendo que no pudiese soportar las fatigas del viaje, pues yo era un naufragio destrozado —la sombra de un ser humano. Mi fuerza se había esfumado. Era un mero esqueleto, y la fiebre, día y noche, acosaba mi cuerpo consumido.
Aún, cuando impulsaba nuestra partida de Irlanda con tanta inquietud e impaciencia, mi padre consideró prudente ceder. Tomamos paso a bordo de una nave con destino a Le Havre y zarpamos con viento favorable desde las costas irlandesas. Era medianoche. Yacía en cubierta mirando las estrellas y escuchando el fragor de las olas. Salve a la oscuridad que cerraba Irlanda a mi vista, y mi pulso latía con una febril alegría al pensar que pronto volvería a ver Ginebra. El pasado se me aparecía a la luz de un sueño espantoso; sin embargo, la nave en que estaba, el viento que me llevaba de la odiosa costa de Irlanda, y el mar que me rodeaba, me decían con fuerza que no había engaño de visión y que Clerval, mi amigo y más querido compañero, había caído víctima mía y del monstruo que yo había creado. Repasé en mi memoria toda mi vida; mi quieta felicidad al residir con mi familia en Ginebra, la muerte de mi madre, y mi partida a Ingolstadt. Recordé, temblando, el entusiasmo loco que me precipitó a la creación de mi horrendo enemigo, y evocó la noche en que él cobró vida. No pude seguir el hilo del pensamiento; mil sentimientos me presionaban, y lloré amargamente.
Desde mi recuperación de la fiebre, había adquirido la costumbre de tomar cada noche una pequeña dosis de laudanum, pues sólo con ese fármaco podía obtener el reposo necesario para la preservación de la vida. Oprimido por el recuerdo de mis diversas desventuras, ahora ingirí doble cantidad de lo habitual y pronto dormí profundamente. Mas el sueño no me dio tregua del pensamiento y la miseria; mis sueños presentaron mil objetos que me atemorizaron. Al alba, fui poseído de una especie de pesadilla; sentí el agarre del demonio en mi cuello y no podía liberarme; gemidos y gritos resonaban en mis oídos. Mi padre, que velaba por mí y percibiendo mi inquietud, me despertó; las olas golpeaban a mi alrededor, el cielo nublado sobre mi cabeza, el demonio ya no estaba allí: una sensación de seguridad, un sentimiento de que se había establecido una tregua entre la hora presente y el inevitable y desastroso futuro, me concedió una especie de calma olvida, a la cual la mente humana, por su estructura, es particularmente suceptible.
Capítulo 22
El viaje llegó a su fin. Desembarcamos y nos dirigimos a París. Pronto descubrí que había sobreexigido mi fuerza y que debía reposar antes de proseguir mi camino. Los cuidados y atenciones de mi padre fueron incansables, pero él desconocía el origen de mis padecimientos y buscaba métodos erróneos para remediar la enfermedad incurable. Deseaba que buscara diversión en la sociedad. Aborrecía el rostro del hombre. ¡Oh, no lo aborrecía! Eran mis hermanos, mis semejantes, y sentía atracción incluso por los más repulsivos entre ellos, como si fueran criaturas de naturaleza angelical y mecanismo celestial. Mas sentía que no tenía derecho a compartir su trato. Había desencadenado un enemigo entre ellos cuya alegría consistía en derramar su sangre y regocijarse en sus gemidos. ¿Cómo sabrían, cada uno y todos, que me aborrecerían y me cazarían del mundo, si conocieran mis actos impíos y los crímenes que en mí tuvieron su origen?
Mi padre cedió al fin a mi deseo de evitar la sociedad y, mediante varios argumentos, procuró desterrar mi desesperación. A veces pensaba que sentía profundamente la degradación de estar obligado a responder a una acusación de asesinato, y se esforzaba por demostrarme la futilidad del orgullo.
«¡Ay, padre mío!», dije, «qué poco me conoce. Los seres humanos, sus sentimientos y pasiones, quedarían degradados si un miserable como yo sintiera orgullo. Justine, pobre y desgraciada Justine, fue tan inocente como yo, y sufrió la misma acusación; murió por ello; y yo soy la causa de ello —la maté. William, Justine y Henry —todos murieron por mis manos».
Mi padre a menudo, durante mi
Bien sabes, Victor, que nuestra unión había sido el plan favorito de tus padres desde nuestra infancia. Nos lo dijeron cuando éramos niños, y se nos enseñó a esperarlo como un acontecimiento que sin duda tendría lugar. Fuimos compañeros de juegos afectuosos durante la niñez, y, creo yo, queridos y estimados amigos el uno del otro al crecer. Pero, así como hermano y hermana a menudo albergan una viva afección mutua sin desear una unión más íntima, ¿no podría ser tal caso también el nuestro? Dime, querido Victor. Respóndeme, te conjuro por nuestra felicidad mutua, con simple verdad—¿no amas a otra?
Has viajado; has pasado varios años de tu vida en Ingolstadt; y te confieso, amigo mío, que cuando te vi el pasado otoño tan desdichado, huyendo a la soledad del trato de cualquier criatura, no pude evitar suponer que pudieras lamentar nuestra unión y creerte obligado, por honor, a cumplir los deseos de tus padres, aunque se opusieran a tus inclinaciones. Pero ese razonamiento es falaz. Te confieso, amigo mío, que te quiero y que en mis etéreos sueños de futuro has sido mi constante amigo y compañero. Mas es tu felicidad la que deseo, así como la mía, cuando te declaro que nuestro matrimonio me haría eternamente miserable, a menos que sea dictado por tu libre elección. Incluso ahora lloro al pensar que, agobiado como estás por las más crueles desdichas, puedas sofocar, con la palabra honor, toda esperanza de aquel amor y dicha que solo a ti te devolverían a ti mismo. Yo, que tengo un afecto tan desinteresado por ti, puedo multiplicar tus miserias por diez al ser un obstáculo a tus deseos. ¡Ah, Victor! Ten la seguridad de que tu prima y compañera de juegos tiene un amor tan sincero por ti que no sería feliz bajo tal suposición. Sé feliz, amigo mío; y si me obedeces en esta única petición, permanece satisfecho de que nada en la tierra podrá interrumpir mi tranquilidad.
No dejes que esta carta te altere; no respondas mañana, ni al día siguiente, ni siquiera hasta que vengas, si ello te causa dolor. Mi tío me enviará noticias de tu salud, y si al encontrarnos percibo aunque sea una sola sonrisa en tus labios, provocada por esta o cualquier otra mi acción, no necesitaré otra felicidad.
Elizabeth Lavenza.
Ginebra, 18 de mayo de 17—
Esta carta revivió en mi memoria lo que antes había olvidado: la amenaza del demonio—«¡Estaré contigo en tu noche de boda!» Tal era mi sentencia, y esa noche el demonio emplearía todo su arte para destruirme y arrancarme del atisbo de felicidad que, en parte, prometía consolar mis sufrimientos. En esa noche había resuelto consumar sus crímenes con mi muerte. Bien, que así sea; entonces tendría lugar una lucha mortal, en la que, si él resultara victorioso, hallaría paz y su dominio sobre mí cesaría. Si fuera derrotado, sería hombre libre. ¡Ay! ¿Qué libertad? La que disfruta el campesino cuando su familia es masacrada ante sus ojos, su choza quemada, sus tierras arrasadas, y él queda a la deriva, sin hogar, sin dinero y solo, pero libre. Tal sería mi libertad, si no fuera porque en mi Elizabeth poseía un tesoro, lamentablemente equilibrado por los horrores de remordimiento y culpa que me perseguirían hasta la muerte.
¡Dulce y amada Elizabeth! Leí y releí su carta, y algunos sentimientos suavizados se adentraron en mi corazón y se atrevieron a susurrar sueños paradisíacos de amor y alegría; pero la manzana ya estaba comida, y el brazo del ángel al descubierto me empujó fuera de toda esperanza. Sin embargo moriría para hacerla feliz. Si el monstruo ejecutaba su amenaza, la muerte sería inevitable; no obstante, consideré de nuevo si mi matrimonio apresuraría mi destino. Mi destrucción podría llegar, de hecho, unos meses antes, pero si mi torturador sospechara que la pospuse, influido por sus amenazas, sin duda hallaría otros medios, quizá más terribles, de venganza. Él había jurado estar conmigo en mi noche de boda, pero no consideró esa amenaza como un vínculo de paz en el intertérmino; pues, como muestra de que aún no se saciaba de sangre, asesinó a Clerval inmediatamente después de pronunciar sus amenazas. Resolví, pues, que si mi unión inmediata con mi prima condujera a la felicidad de ella o de mi padre, los designios de mi adversario contra mi vida no la retrasarían ni una hora.
En tal estado de ánimo escribí a Elizabeth. Mi carta fue serena y afectuosa. «Temo, niña querida», dije, «poco queda de felicidad para nosotros en la tierra; sin embargo, todo lo que algún día pueda gozar está centrado en ti. Ahuyenta tus temores ociosos; a ti solo consagro mi vida y mis esfuerzos por la satisfacción. Tengo un secreto, Elizabeth, terrible; al revelártelo helará tu ser con horror, y entonces, lejos de sorprenderte por mi miseria, solo te preguntarás cómo sobrevivo a lo que he soportado. Confesaré esta historia de desdicha y terror el día después de que se celebre nuestro matrimonio, pues, dulce prima, debe haber perfecta confianza entre nosotros. Pero hasta entonces, te conjuro, no lo menciones ni aludes a él. Te lo ruego encarecidamente, y sé que obedecerás.»
Una semana después de la llegada de la carta de Elizabeth regresamos a Ginebra. La dulce niña me recibió con cálido afecto, pero lágrimas brotaban de sus ojos al contemplar mi figura demacrada y mis mejillas febriles. Observé también un cambio en ella. Estaba más delgada y había perdido gran parte de aquella vivacidad celestial que antes me había encantado; mas su dulzura y sus ojos suaves de compasión la convertían en una compañera más adecuada para un desdichado y abatido como yo.
La tranquilidad que entonces disfrutaba no perduró. La memoria trajo consigo la locura, y al pensar en lo ocurrido una verdadera demencia me poseyó; a veces me sentía furioso y ardiendo de ira, a veces abatido y desanimado. No hablaba ni miraba a nadie, sino que permanecía inmóvil, aturdido por la multitud de miserias que me acosaban.
Solo Elizabeth tenía el poder de sacarme de esos ataques; su voz suave me calmaba cuando la pasión me transportaba y me inspiraba sentimientos humanos cuando caía en la letargia. Lloró conmigo y por mí. Cuando la razón volvía, ella me reprendía e intentaba inducirme a la resignación. ¡Ah! Es bueno que el desventurado sea resignado, pero para el culpable no hay paz. Las agonías del remordimiento envenenan el lujo que, a veces, se encuentra al entregarse al exceso del dolor.
Cerca de mi llegada, mi padre habló de mi matrimonio inmediato con Elizabeth. Guardé silencio.
«¿Tienes, pues, algún otro apego?»
«Ninguno en la tierra. Amo a Elizabeth y espero con deleite nuestra unión. Fijemos, pues, el día; y en él me consagraré, en vida o en muerte, a la felicidad de mi prima.»
«Querido Victor, no hables así. Pesadas desdichas nos han sobrevenido, pero aférrate solo a lo que queda y traslada nuestro amor por los que hemos perdido a los que aún viven. Nuestro círculo será pequeño, pero unido estrechamente por los lazos del afecto y la mutua desgracia. Y cuando el tiempo haya atenuado tu desesperación, nacen nuevos y queridos objetos de cuidado para reemplazar a los de los que fuimos tan cruelmente privados.»
Así fueron las lecciones de mi padre. Mas a mí regresó el recuerdo de la amenaza; y no se puede extrañar que, tan omnipotente como el demonio había sido en sus hechos sangrientos, lo considerara casi invencible, y que al pronunciar las palabras «¡Estaré contigo en tu noche de boda!», tomara el destino amenazado como inevitable. Pero la muerte no era mal para mí si la pérdida de Elizabeth quedaba equilibrada con ella, y por tanto, con semblante satisfecho e incluso alegre, acordé con mi padre que, si mi prima consintiera, la ceremonia tendría lugar en diez días, y así, como imaginaba, pondría el sello a mi destino.
¡Gran Dios! Si en un instante hubiera pensado cuál podría ser la intención infernal de mi adversario diabólico, habría preferido exiliarme para siempre de mi patria y vagar como un paria sin amigos por la tierra, antes que consentir aquel miserable matrimonio. Pero, como si poseyera poderes mágicos, el monstruo me cegó a sus verdaderas intenciones; y cuando pensé que solo había preparado mi propia muerte, apresuré la de una víctima mucho más querida.
A medida que se acercaba el plazo fijado para nuestro matrimonio, ya fuera por cobardía o por presentimiento profético, sentí que mi corazón se hundía dentro de mí. Mas oculté mis sentimientos bajo una apariencia de hilaridad que trajo sonrisas y alegría al semblante de mi padre, aunque apenas engañó el ojo siempre vigilante y más delicado de Elizabeth. Ella aguardaba nuestra unión con plácido contento, no sin una leve sombra de temor, impresión de las pasadas desdichas, temiendo que lo que ahora parecía una felicidad cierta y tangible pronto se disolviera en un vaporoso sueño y no quedara más que un profundo y eterno arrepentimiento.
Se hicieron los preparativos del evento, se recibieron visitas de felicitación, y todos mostraron una apariencia sonriente. Encerré, en la medida de lo posible, dentro de mi propio corazón la ansiedad que allí se acechaba y entré con aparente diligencia en los planes de mi padre, aunque sólo sirvieran de ornamento a mi tragedia. Por efectos de mi padre, una parte de la herencia de Elizabeth le fue restituida por el gobierno austríaco. Una pequeña posesión en las orillas del Como le pertenecía. Se acordó que, inmediatamente después de nuestra unión, nos dirigiríamos a la Villa Lavenza y pasaríamos los primeros días de felicidad junto al hermoso lago donde se alzaba.
Mientras tanto tomé toda precaución para defender mi persona en caso de que el demonio me atacara abiertamente. Portaba pistolas y una daga constantemente al alcance y estaba siempre alerta para impedir artificios; con estos medios gané mayor tranquilidad. De hecho, al aproximarse el día, la amenaza parecía más una ilusión, no digna de perturbar mi paz, mientras que la felicidad que esperaba de mi matrimonio mostraba una mayor apariencia de certeza al acercarse la fecha fijada para su solemnidad, y la oía repetidamente descrita como un acontecimiento que ningún accidente podría impedir.
Elizabeth parecía feliz; mi conducta serena contribuyó en gran medida a calmar su ánimo. Pero en el día que debía cumplir mis deseos y mi destino, ella estaba melancólica, y un presentimiento de mal auguraba en ella; quizá también pensaba en el terrible secreto que había prometido revelarle al día siguiente. Mi padre, mientras tanto, se regocijaba, y en el bullicio de los preparativos sólo reconocía en la melancolía de su sobrina la timidez de una novia.
Tras la ceremonia, se reunió una gran comitiva en casa de mi padre, pero se acordó que Elizabeth y yo iniciaríamos nuestro viaje por agua, durmiendo esa noche en Evian y continuando el trayecto al día siguiente. El día estaba apacible, el viento favorable; todos sonreían ante nuestra partida nupcial.
Aquellos fueron los últimos momentos de mi vida en los que disfruté la sensación de felicidad. Pasamos rápidamente; el sol era ardiente, pero nos protegía un tipo de dosel de sus rayos mientras contemplábamos la belleza del paisaje, a veces en una orilla del lago, donde veíamos el Monte Salêve, las agradables riberas de Montalègre y, a lo lejos, sobrepasando todo, el hermoso Mont Blanc y la cadena de montañas nevadas que en vano intentan emularla; a veces cruzando la orilla opuesta, veíamos el imponente Jura enfrentando su lado oscuro a la ambición que abandonaría su patria, y una barrera casi insuperable para el invasor que deseara esclavizarla.
Tomé la mano de Elizabeth. «Estás triste, amor mío. ¡Ay! Si supieras lo que he sufrido y lo que aún podré soportar, intentarías permitirme probar la quietud y la libertad del desespero que este día, al menos, me permite disfrutar.»
«Sé feliz, querido Victor», respondió Elizabeth; «espero que nada te aflige; y ten la seguridad de que, si no se dibuja un vivo gozo en mi rostro, mi corazón está satisfecho. Algo me susurra que no dependa tanto de la perspectiva que se abre ante nosotros, pero no escucharé esa voz siniestra. Observa cuán rápido avanzamos y cómo las nubes, que a veces ocultan y a veces se elevan sobre la cúpula del Mont Blanc, hacen que esta escena de belleza resulte aún más interesante. Mira también los innumerables peces que nadan en las aguas claras, donde podemos distinguir cada guijarro que yace en el fondo. ¡Qué día divino! ¡Cuán feliz y serena parece toda la naturaleza!»
Así, Elizabeth trató de desviar su pensamiento y el mío de toda reflexión sobre asuntos melancólicos. Mas su humor fluctuaba; la alegría brilló en sus ojos por breves instantes, pero continuamente cedía al ensueño y la distracción.
El sol se hundía más bajo en los cielos; cruzamos el río Drance y observamos su cauce entre los abismos de los altos y los valles de las colinas bajas. Los Alpes se acercan aquí al lago, y nos aproximamos al anfiteatro de montañas que forma su límite oriental. La aguja de Evian brillaba bajo los bosques que la rodeaban y la cadena de montaña sobre montaña que la cobijaba.
El viento, que hasta entonces nos había llevado con asombrosa rapidez, decayó al atardecer a una ligera brisa; el aire tenue apenas agitó el agua y provocó un agradable movimiento entre los árboles al acercarnos a la orilla, de donde se desprendía el más delicioso perfume de flores y heno. El sol se sumó
Tras un intervalo me levanté y, como por instinto, me arrastré hasta la habitación donde yacía el cadáver de mi amada. Había mujeres llorando alrededor; me incliné sobre él y uní mis tristes lágrimas a las suyas; durante todo ese tiempo no se presentó idea clara alguna en mi mente, sino que mis pensamientos divagaban sobre diversos temas, reflexionando confusamente sobre mis desgracias y su causa. Estaba desconcertado, en una nube de asombro y horror. La muerte de William, la ejecución de Justine, el asesinato de Clerval y, por último, el de mi esposa; incluso en aquel momento no sabía si mis únicos amigos restantes estaban a salvo de la malignidad del demonio; mi padre incluso ahora podría estar retorciéndose bajo sus garras, y Ernest podría estar muerto a sus pies. Esta idea me hizo estremecer y me llamó a la acción. Me puse en pie de un salto y resolví regresar a Ginebra con toda la rapidez posible.
No se podían conseguir caballos, y debía regresar por el lago; pero el viento era desfavorable y la lluvia caía a torrentes. Sin embargo, apenas amanecía, y podía esperar razonablemente llegar por la noche. Contraté hombres para remar y tomé un remo yo mismo, pues siempre había experimentado alivio del tormento mental en el ejercicio físico. Pero la desbordante miseria que sentía ahora, y el exceso de agitación que padecía, me dejaron incapaz de cualquier esfuerzo. Arrojé el remo y, apoyando la cabeza sobre mis manos, me entregué a toda idea sombría que surgiera. Si miraba hacia arriba, veía escenas que me eran familiares en mi época más feliz y que había contemplado apenas el día anterior en compañía de quien ahora no era más que una sombra y un recuerdo. Las lágrimas brotaron de mis ojos. La lluvia había cesado por un momento, y vi a los peces jugar en las aguas como lo habían hecho unas pocas horas antes; entonces habían sido observados por Elizabeth. Nada es tan doloroso para la mente humana como un cambio grande y repentino. El sol podía brillar o las nubes podían bajar, pero nada podía aparecérseme como lo había hecho el día anterior. Un demonio me había arrebatado toda esperanza de felicidad futura; ninguna criatura había sido jamás tan miserable como yo; un evento tan espantoso es único en la historia del hombre.
Pero ¿por qué debería detenerme en los incidentes que siguieron a este último evento abrumador? El mío ha sido un relato de horrores; he llegado a su apogeo, y lo que debo relatar ahora solo puede ser tedioso para usted. Sepa que, uno a uno, mis amigos fueron arrebatados; me quedé desolado. Mi propia fuerza está agotada, y debo contar, en pocas palabras, lo que queda de mi espantosa narración.
Llegué a Ginebra. Mi padre y Ernest aún vivían, pero el primero sucumbió ante las noticias que yo traía. Le veo ahora, ¡excelente y venerable anciano! Sus ojos vagaban en el vacío, pues habían perdido su encanto y su deleite: su Elizabeth, su más que hija, en quien se desvivía con todo ese afecto que siente un hombre quien, en el declive de la vida, teniendo pocos afectos, se aferra más fervientemente a los que quedan. ¡Maldito, maldito sea el demonio que trajo la miseria a sus canas y lo condenó a consumirse en la desdicha! No pudo vivir bajo los horrores que se acumularon a su alrededor; los resortes de la existencia cedieron de repente; fue incapaz de levantarse de su cama, y en pocos días murió en mis brazos.
¿Qué fue entonces de mí? No lo sé; perdí el sentido, y las cadenas y la oscuridad fueron los únicos objetos que me oprimían. A veces, ciertamente, soñaba que vagaba por prados floridos y valles agradables con los amigos de mi juventud, pero despertaba y me encontraba en un calabozo. La melancolía siguió, pero poco a poco gané una concepción clara de mis miserias y mi situación y entonces fui liberado de mi prisión. Pues me habían llamado loco, y durante muchos meses, según entendí, una celda solitaria había sido mi habitación.
La libertad, sin embargo, habría sido un regalo inútil para mí, si no hubiera, al despertar a la razón, despertado al mismo tiempo a la venganza. Mientras el recuerdo de las desgracias pasadas me oprimía, comencé a reflexionar sobre su causa: el monstruo que había creado, el miserable demonio al que había enviado al mundo para mi destrucción. Me poseía una furia enloquecedora cuando pensaba en él, y deseaba y rezaba ardientemente poder tenerlo entre mis manos para infligir una gran y señalada venganza sobre su cabeza maldita.
Ni se limitó mi odio durante mucho tiempo a deseos inútiles; comencé a reflexionar sobre los mejores medios para asegurarlo; y con este propósito, alrededor de un mes después de mi liberación, me dirigí a un juez de lo criminal en la ciudad y le dije que tenía una acusación que hacer, que conocía al destructor de mi familia, y que le exigía que ejerciera toda su autoridad para la aprehensión del asesino.
El magistrado me escuchó con atención y bondad. “Esté seguro, señor”, dijo, “de que no escatimaré esfuerzos ni empeño por mi parte para descubrir al villano”.
“Le agradezco”, respondí; “escuche, por lo tanto, la deposición que tengo que hacer. Es, de hecho, una historia tan extraña que temería que no la creyera si no hubiera algo en la verdad que, por maravillosa que sea, fuerza la convicción. La historia es demasiado coherente para ser tomada por un sueño, y no tengo motivo para la falsedad”. Mi manera al dirigirme a él fue impresionante pero tranquila; había formado en mi propio corazón la resolución de perseguir a mi destructor hasta la muerte, y este propósito calmó mi agonía y por un intervalo me reconcilió con la vida. Relaté entonces mi historia brevemente, pero con firmeza y precisión, marcando las fechas con exactitud y sin desviarme nunca hacia invectivas o exclamaciones.
El magistrado pareció al principio perfectamente incrédulo, pero a medida que continuaba se volvió más atento e interesado; lo vi estremecerse a veces con horror; en otras, una viva sorpresa, sin mezcla de incredulidad, quedaba pintada en su semblante.
Cuando hube concluido mi narración, dije: “Este es el ser a quien acuso y por cuya captura y castigo le pido que ejerza todo su poder. Es su deber como magistrado, y creo y espero que sus sentimientos como hombre no se rebelarán ante la ejecución de esas funciones en esta ocasión”.
Este discurso causó un cambio considerable en la fisonomía de mi interlocutor. Había escuchado mi historia con esa especie de media creencia que se da a un cuento de espíritus y eventos sobrenaturales; pero cuando se le pidió actuar oficialmente en consecuencia, toda la marea de su incredulidad regresó. Él, sin embargo, respondió suavemente: “Gustosamente le ofrecería toda ayuda en su búsqueda, pero la criatura de la que habla parece tener poderes que desafiarían todos mis esfuerzos. ¿Quién puede seguir a un animal que puede atravesar el mar de hielo y habitar cuevas y guaridas donde ningún hombre se aventuraría a entrar? Además, han transcurrido algunos meses desde la comisión de sus crímenes, y nadie puede conjeturar a qué lugar ha vagado o qué región puede habitar ahora”.
“No dudo que merodea cerca del lugar que habito, y si de hecho se ha refugiado en los Alpes, puede ser cazado como el rebeco y destruido como una bestia de presa. Pero percibo sus pensamientos; usted no cree mi narrativa y no tiene la intención de perseguir a mi enemigo con el castigo que merece”.
Mientras hablaba, la rabia brillaba en mis ojos; el magistrado se intimidó. “Está usted equivocado”, dijo. “Me esforzaré, y si está en mi poder atrapar al monstruo, esté seguro de que sufrirá un castigo proporcional a sus crímenes. Pero temo, por lo que usted mismo ha descrito como sus propiedades, que esto resulte impracticable; y así, mientras se sigue toda medida apropiada, debería usted prepararse para la decepción”.
“Eso no puede ser; pero todo lo que pueda decir será de poca utilidad. Mi venganza no tiene importancia para usted; sin embargo, aunque admito que es un vicio, confieso que es la pasión devoradora y única de mi alma. Mi rabia es indecible cuando reflexiono que el asesino, a quien he soltado sobre la sociedad, aún existe. Usted rechaza mi justa demanda; no tengo más que un recurso, y me dedico, ya sea en mi vida o en mi muerte, a su destrucción”.
Temblaba con exceso de agitación mientras decía esto; había un frenesí en mis modales, y algo, no lo dudo, de esa altiva fiereza que se dice poseían los mártires de la antigüedad. Pero para un magistrado ginebrino, cuya mente estaba ocupada por ideas muy distintas a las de la devoción y el heroísmo, esta elevación de espíritu tenía mucho de apariencia de locura. Intentó calmarme como una nodriza hace con un niño y volvió a mi historia como los efectos del delirio.
“Hombre”, grité, “¡qué ignorante eres en tu orgullo de sabiduría! Cesa; no sabes lo que dices”.
Salí de la casa enfadado y perturbado y me retiré a meditar en algún otro modo de acción.
Capítulo 24
Mi situación presente era una en la que todo pensamiento voluntario quedaba engullido y perdido. Estaba arrastrado por la furia; la venganza sola me dotaba de fuerza y compostura; moldeaba mis sentimientos y me permitía ser calculador y tranquilo en períodos en los que, de otro modo, el delirio o la muerte habrían sido mi suerte.
Mi primera resolución fue abandonar Ginebra para siempre; mi país, que, cuando era feliz y amado, me era querido, ahora, en mi adversidad, se volvió odioso. Me proveí de una suma de dinero, junto con unas pocas joyas que habían pertenecido a mi madre, y partí.
Y ahora comenzaron mis vagabundeos que han de cesar solo con la vida. He atravesado una vasta porción de la tierra y he soportado todas las penurias que los viajeros en desiertos y países bárbaros suelen encontrar. Cómo he vivido apenas lo sé; muchas veces he extendido mis miembros desfallecientes sobre la llanura arenosa y rogué por la muerte. Pero la venganza me mantuvo vivo; no me atrevía a morir y dejar a mi adversario en existencia.
Cuando abandoné Ginebra mi primera labor fue obtener alguna pista por la cual pudiera rastrear los pasos de mi diabólico enemigo. Pero mi plan era inestable, y vagué muchas horas alrededor de los confines de la ciudad, incierto sobre qué camino debía seguir. Al acercarse la noche me encontré a la entrada del cementerio donde William, Elizabeth y mi padre reposaban. Entré y me acerqué a la tumba que marcaba sus sepulcros. Todo estaba en silencio excepto las hojas de los árboles, que eran agitadas suavemente por el viento; la noche estaba casi oscura, y la escena habría sido solemne y conmovedora incluso para un observador desinteresado. Los espíritus de los difuntos parecían revolotear alrededor y proyectar una sombra, que se sentía pero no se veía, alrededor de la cabeza del doliente.
El profundo dolor que esta escena había suscitado al principio cedió rápidamente ante la rabia y la desesperación. Ellos estaban muertos, y yo vivía; su asesino también vivía, y para destruirlo debía arrastrar mi cansada existencia. Me arrodillé sobre la hierba y besé la tierra y con labios trémulos exclamé: “Por la tierra sagrada sobre la que me arrodillo, por las sombras que vagan cerca de mí, por el profundo y eterno dolor que siento, lo juro; y por ti, oh Noche, y los espíritus que presiden sobre ti, perseguir al demonio que causó esta miseria, hasta que él o yo perezcamos en combate mortal. Con este propósito preservaré mi vida; para ejecutar esta querida venganza volveré a contemplar el sol y pisar la verde hierba de la tierra, que de otro modo debería desaparecer de mis ojos para siempre. Y os llamo a vosotros, espíritus de los muertos, y a vosotros, ministros errantes de la venganza, a ayudarme y conducirme en mi obra. Que el maldito e infernal monstruo beba profundamente de agonía; que sienta la desesperación que ahora me atormenta”.
Había comenzado mi adjuración con solemnidad y un temor que casi me aseguraba que las sombras de mis amigos asesinados escuchaban y aprobaban mi devoción, pero las furias me poseyeron al concluir, y la rabia ahogó mis palabras.
Fui respondido a través de la quietud de la noche por una carcajada fuerte y diabólica. Resonó en mis oídos larga y pesadamente; las montañas la hicieron eco, y sentí como si todo el infierno me rodeara con burla y risas. Seguramente en ese momento debería haber estado poseído por el frenesí y haber destruido mi miserable existencia de no ser porque mi voto fue escuchado y estaba reservado para la venganza. La risa se extinguió, cuando una voz bien conocida y aborrecida, aparentemente cerca de mi oído, se dirigió a mí en un susurro audible: “Estoy satisfecho, ¡miserable desdichado! Has determinado vivir, y estoy satisfecho”.
Me lancé hacia el lugar de donde procedía el sonido, pero el diablo eludió mis manos. De repente, el amplio disco de la luna surgió y brilló de lleno sobre su forma macabra y distorsionada mientras huía con una velocidad más que mortal.
Lo perseguí, y durante muchos meses esta ha sido mi tarea. Guiado por una ligera pista, seguí los serpenteos del Ródano, pero en vano. El azul Mediterráneo apareció, y por un extraño azar, vi al demonio entrar de noche y esconderse en un navío con destino al Mar Negro. Tomé mi pasaje en el mismo barco, pero él escapó, no sé cómo.
Entre los parajes salvajes de Tartaria y Rusia, aunque todavía me evadía, siempre he seguido su rastro. A veces los campesinos, asustados por esta horrible aparición, me informaban de su camino; a veces él mismo, que temía que si perdía todo rastro de él me desesperaría y moriría, dejaba alguna marca para guiarme. Las nieves descendieron sobre mi cabeza, y vi la huella de su enorme paso en la blanca llanura. A usted que comienza la vida, a quien el cuidado es nuevo y la agonía desconocida, ¿cómo puede comprender lo que he sentido y sigo sintiendo? El frío, la necesidad y la fatiga fueron los menores dolores que estaba destinado a soportar; fui maldecido por algún diablo y llevaba conmigo mi infierno eterno; aun así, un espíritu de bondad seguía y dirigía mis pasos y, cuando más murmuraba, me sacaba de dificultades aparentemente insuperables. A veces, cuando la naturaleza, vencida por el hambre, se hundía bajo el agotamiento, se preparaba un banquete para mí en el desierto que me restauraba y alentaba. El alimento era, en verdad, tosco, tal como el que comían los campesinos del país, pero no dudaré de que fue puesto allí por los espíritus que había invocado para ayudarme. A menudo, cuando todo estaba seco, los cielos sin nubes, y yo estaba abrasado por la sed, una ligera nube oscurecía el cielo, derramaba las pocas gotas que me revivían, y se desvanecía.
Seguía, cuando podía, los cursos de los ríos; pero el demonio generalmente los evitaba, ya que era allí donde la población del país se concentraba principalmente. En otros lugares rara vez se veían seres humanos, y generalmente me sustentaba de los animales salvajes que cruzaban mi camino. Tenía dinero conmigo y ganaba la amistad de los aldeanos distribuyéndolo; o traía conmigo algo de comida que había matado, la cual, después de tomar una pequeña parte, siempre presentaba a aquellos que me habían proporcionado fuego y utensilios para cocinar.
Mi vida, mientras transcurría así, era en verdad odiosa para mí, y solo durante el sueño podía probar la alegría. ¡Oh, bendito sueño! A menudo, cuando más miserable, me hundía en el reposo, y mis sueños me arrullaban hasta el éxtasis. Los espíritus que me custodiaban habían provisto estos momentos, o más bien horas, de felicidad para que pudiera retener fuerzas para cumplir mi peregrinaje. Privado de este respiro, me habría hundido bajo mis penurias. Durante el día me sostenía y alentaba la esperanza de la noche, pues en el sueño veía a mis amigos, a mi esposa y a mi amado país; de nuevo veía el rostro benevolente de mi padre, escuchaba los tonos de plata de la voz de mi Elizabeth, y contemplaba a Clerval disfrutando de salud y juventud. A menudo, cuando estaba cansado por una marcha trabajosa, me persuadía de que estaba soñando hasta que llegara la noche y que entonces disfrutaría de la realidad en los brazos de mis queridísimos amigos. ¡Qué agonizante cariño sentía por ellos! ¡Cómo me aferraba a sus queridas formas, mientras a veces acechaban incluso mis horas de vigilia, y me persuadía de que aún vivían! En tales momentos la venganza, que ardía dentro de mí, moría en mi corazón, y seguía mi camino hacia la destrucción del demonio más como una tarea impuesta por el cielo, como el impulso mecánico de algún poder del cual yo no era consciente, que como el deseo ardiente de mi alma.
Cuáles eran sus sentimientos, a quien perseguía, no puedo saberlo. A veces, ciertamente, dejaba marcas por escrito en las cortezas de los árboles o talladas en piedra que me guiaban e instigaban mi furia. “Mi reinado aún no ha terminado” —estas palabras eran legibles en una de estas inscripciones—, “tú vives, y mi poder es completo. Sígueme; busco los hielos eternos del norte, donde sentirás la miseria del frío y la helada, a la cual soy impasible. Encontrarás cerca de este lugar, si no vienes demasiado tarde, una liebre muerta; come y refréscate. Ven, mi enemigo; aún tenemos que luchar por nuestras vidas, pero muchas horas duras y miserables tendrás que soportar hasta que llegue ese período”.
¡Diablo burlón! De nuevo voto venganza; de nuevo te dedico, miserable demonio, a la tortura y a la muerte. Nunca abandonaré mi búsqueda hasta que él o yo perezcamos; y entonces, ¡con qué éxtasis me uniré a mi Elizabeth y a mis amigos difuntos, quienes incluso ahora preparan para mí la recompensa de mi tediosa labor y horrible peregrinaje!
Mientras continuaba mi viaje hacia el norte, las nieves se espesaron y el frío aumentó en un grado casi demasiado severo para soportarlo. Los campesinos estaban encerrados en sus chozas, y solo unos pocos de los más resistentes se aventuraban a salir para capturar a los animales a los que la inanición había forzado a salir de sus escondites para buscar presa. Los ríos estaban cubiertos de hielo, y no se podía conseguir pescado; y así fui privado de mi principal artículo de mantenimiento.
El triunfo de mi enemigo aumentó con la dificultad de mis labores. Una inscripción que dejó decía estas palabras: “¡Prepárate! Tus trabajos solo comienzan; envuélvete en pieles y provéete de comida, pues pronto emprenderemos un viaje donde tus sufrimientos satisfarán mi odio eterno”.
Mi coraje y perseverancia fueron vigorizados por estas palabras burlonas; resolví no fallar en mi propósito, y llamando al Cielo para que me sostuviera, continué con fervor incesante atravesando inmensos desiertos, hasta que el océano apareció a la distancia y formó el límite extremo del horizonte. ¡Oh! ¡Qué diferente era de las estaciones azules del sur! Cubierto de hielo, solo se distinguía de la tierra por su mayor salvajismo y rugosidad. Los griegos lloraron de alegría cuando contemplaron el Mediterráneo desde las colinas de Asia, y aclamaron con éxtasis el límite de sus trabajos. No lloré, pero me arrodillé y con el corazón lleno agradecí a mi espíritu guía por conducirme a salvo al lugar donde esperaba, a pesar de la burla de mi adversario, encontrarlo y luchar con él.
Algunas semanas antes de este período había adquirido una trineo y perros y así cruzado las nieves con velocidad inconcebible. No sé si el demonio poseía las mismas ventajas, pero descubrí que, como antes había perdido terreno diariamente en la persecución, ahora lo ganaba, tanto que cuando vi por primera vez el océano él estaba apenas un día de viaje adelante, y esperé interceptarlo antes de que alcanzara la playa. Con nuevo coraje, pues, prosiguí, y en dos días llegué a una miserable aldea costera. Pregunté a los habitantes sobre el demonio y obtuve información precisa. Un monstruo gigantesco, dijeron, había llegado la noche anterior, armado con una pistola y muchas armas, ahuyentando a los moradores de una cabaña solitaria por el terror de su terrible apariencia. Había llevado su reserva de alimentos de invierno, y colocando todo en un trineo, al cual había atado una numerosa manada de perros entrenados, los había enganchado, y aquella misma noche, para alegría de los aldeanos horrorizados, había proseguido su viaje a través del mar en una dirección que no conducía a tierra; y conjeturaron que pronto sería destruido por la ruptura del hielo o congelado por los eternos frígidos.
Al oír esta información sufrí un acceso temporal de desesperación. Él se me había escapado, y debía iniciar un viaje destructivo y casi interminable a través de los helados montes del océano, entre un frío que pocos de los habitantes podían soportar mucho tiempo y que yo, nativo de un clima generoso y soleado, no podía esperar sobrevivir. Sin embargo, a la idea de que el demonio viviera y triunfara, mi ira y venganza volvieron, y como una poderosa marea, abrumaron todo otro sentimiento. Tras una ligera reposición, durante la cual los espíritus de los muertos flotaban alrededor e instigaban mi labor y venganza, me preparé para mi travesía.
Cambié mi trineo terrestre por uno fabricado para las desigualdades del Océano Helado, y adquiriendo una abundante provisión, partí de la tierra.
No puedo conjeturar cuántos días han pasado desde entonces, pero he soportado una miseria que nada más que el eterno sentimiento de una justa retribución ardiendo en mi corazón pudo haberme permitido sostener. Inmensas y escarpadas montañas de hielo a menudo cerraban mi paso, y con frecuencia oía el trueno del mar terrestre, que amenazaba con mi destrucción. Pero de nuevo la escarcha llegó y aseguró los caminos del mar.
Por la cantidad de provisión que había consumido, debería suponer que había pasado tres semanas en este viaje; y la continua prolongación de la esperanza, que regresaba al corazón, a menudo exprimía amargas gotas de desánimo y aflicción de mis ojos. La desesperación había de hecho casi asegurado su presa, y pronto habría hundido bajo esta miseria. Una vez, después que los pobres animales que me transportaban, con increíble esfuerzo, alcanzaron la cima de una montaña de hielo inclinada, y uno, sucumbiendo a su fatiga, murió, contemplé la extensión ante mí con angustia, cuando de pronto mi ojo captó una mancha oscura sobre la llanura tenue. Esforcé mi vista para descubrir qué podía ser y lancé un grito salvaje de éxtasis cuando distinguí un trineo y las proporciones distorsionadas de una forma bien conocida dentro. ¡Oh! ¡Con cuánta llama ardiente volvió la esperanza a mi corazón! Llenas de lágrimas cálidas mis ojos, que apresuradamente borré, para que no interrumpieran la visión que tenía del demonio; pero aun así mi vista se oscureció por las gotas abrasadoras, hasta que, cediendo a las emociones que me oprimían, lloré en voz alta.
Mas no era tiempo de dilación; deshice a los perros de su compañero muerto, les di una abundante ración de comida, y tras una hora de reposo, absolutamente necesario y sin embargo terriblemente molesto para mí, continué mi ruta. El trineo seguía visible, y no volví a perderlo de vista salvo en los momentos en que por breve tiempo alguna piedra de hielo lo ocultaba entre sus escarpes. De hecho ganaba perceptiblemente sobre él, y cuando, tras casi dos días de viaje, avisté a mi enemigo a no más de una milla de distancia, mi corazón latió dentro de mí.
Mas ahora, cuando aparecí casi al alcance de mi adversario, mis esperanzas fueron súbitamente apagadas, y perdí todo rastro de él más totalmente de lo que jamás lo había hecho. Se oyó un mar terrestre; el trueno de su progreso, mientras las aguas se agitaban y se hinchaban bajo mí, se volvía a cada momento más ominoso y terrible. Presioné, pero en vano. El viento surgió; el mar rugió; y, como con el enorme choque de un terremoto, se partió y crujió con un sonido tremendo y sobrecogedor. El trabajo pronto terminó; en pocos minutos un turbulento mar se alzó entre mí y mi enemigo, y quedé a la deriva sobre un fragmento de hielo esparcido que disminuía continuamente, preparándome así una muerte horrorosa.
De este modo pasaron muchas horas espantosas; varios de mis perros murieron, y yo mismo estaba a punto de hundirme bajo la acumulación de aflicción cuando vi su nave anclada y brindándome esperanzas de socorro y vida. No tenía concepto de que naves llegaran tan al norte y quedé asombrado por la vista. Rápidamente destruí parte de mi trineo para construir remos, y por estos medios, con infinita fatiga, pude mover mi balsa de hielo en dirección a su barco. Determiné, si ustedes iban hacia el sur, confiarme aún a la misericordia de los mares antes que abandonar mi propósito. Esperé inducirles a concederme una barca con la cual pudiera perseguir a mi enemigo. Mas su rumbo era al norte. Me tomaron a bordo cuando mi vigor estaba exhausto, y pronto habría hundido bajo mis multiplicados pesares una muerte que aún temo, pues mi cometido sigue sin cumplirse.
¡Oh! ¿Cuándo permitirá mi espíritu guía, al conducirme al demonio, el reposo que tanto ansío; o deberé morir, y él vivir? Si así es, jura a mí, Walton, que no escapará, que lo buscarás y satisfacerás mi venganza en su muerte. ¿Y me atrevo a pedirte que emprendas mi peregrinación, que soportes las penurias que he padecido? No; no soy tan egoísta. Sin embargo, cuando muera, si él aparece, si los ministros de la venganza lo conducen a ti, jura que no vivirá—jura que no triunfará sobre mis acumulados sufrimientos y sobrevivirá para añadir a la lista de sus crímenes oscuros. Él es elocuente y persuasivo, y una vez sus palabras tuvieron poder incluso sobre mi corazón; pero no confíes en él. Su alma es tan infernal como su forma, llena de traición y malicia demoníaca. No lo escuches; invoca los nombres de William, Justine, Clerval, Elizabeth, mi padre, y del desdichado Victor
La suerte está echada; he consentido en regresar si no somos destruidos. Así se ven truncadas mis esperanzas por la cobardía y la indecisión; regreso ignorante y decepcionado. Se requiere más filosofía de la que poseo para soportar esta injusticia con paciencia.
12 de septiembre.
Se acabó; regreso a Inglaterra. He perdido mis esperanzas de utilidad y de gloria; he perdido a mi amigo. Pero me esforzaré por detallarte estas amargas circunstancias, querida hermana; y mientras soy llevado hacia Inglaterra y hacia ti, no me abandonaré al desaliento.
El 9 de septiembre, el hielo comenzó a moverse y se escucharon rugidos como de truenos a lo lejos, mientras las islas se partían y agrietaban en todas direcciones. Estábamos en el peligro más inminente, pero como solo podíamos permanecer pasivos, mi atención principal estuvo ocupada por mi infortunado huésped, cuya enfermedad aumentó a tal grado que quedó completamente confinado en su cama. El hielo se resquebrajó detrás de nosotros y fue empujado con fuerza hacia el norte; una brisa surgió del oeste y, el día 11, el paso hacia el sur quedó perfectamente libre. Cuando los marineros vieron esto y que su regreso a su país natal estaba aparentemente asegurado, un grito de tumultuosa alegría brotó de ellos, fuerte y prolongado. Frankenstein, que estaba adormilado, despertó y preguntó la causa del tumulto. «Gritan», dije, «porque pronto regresarán a Inglaterra».
«¿Entonces realmente regresan?»
«¡Ay! Sí; no puedo resistir sus demandas. No puedo llevarlos contra su voluntad al peligro, y debo regresar».
«Hazlo, si quieres; pero yo no. Tú puedes renunciar a tu propósito, pero el mío me ha sido asignado por el Cielo, y no me atrevo a desistir. Soy débil, pero seguramente los espíritus que asisten a mi venganza me dotarán de suficiente fuerza». Al decir esto, intentó saltar de la cama, pero el esfuerzo fue demasiado grande para él; cayó hacia atrás y se desmayó.
Pasó mucho tiempo antes de que se recuperara, y a menudo pensé que la vida se había extinguido por completo. Finalmente abrió los ojos; respiraba con dificultad y era incapaz de hablar. El cirujano le dio una poción calmante y nos ordenó dejarlo tranquilo. Mientras tanto, me dijo que a mi amigo ciertamente no le quedaban muchas horas de vida.
Su sentencia estaba dictada, y solo podía afligirme y ser paciente. Me senté junto a su cama, observándolo; sus ojos estaban cerrados y pensé que dormía; pero al poco tiempo me llamó con voz débil y, pidiéndome que me acercara, dijo: «¡Ay! La fuerza en la que confiaba ha desaparecido; siento que pronto moriré, y él, mi enemigo y perseguidor, quizás siga existiendo. No pienses, Walton, que en los últimos momentos de mi existencia siento ese odio ardiente y ese deseo vehemente de venganza que una vez expresé; pero me siento justificado en desear la muerte de mi adversario. Durante estos últimos días he estado ocupado examinando mi conducta pasada; y no la encuentro censurable. En un arrebato de locura entusiasta, creé a una criatura racional y estaba obligado hacia ella a asegurar, en la medida de mis posibilidades, su felicidad y bienestar. Este era mi deber, pero había otro aún más primordial. Mis deberes hacia los seres de mi propia especie tenían mayores reclamos sobre mi atención, porque incluían una mayor proporción de felicidad o miseria. Impulsado por este punto de vista, me negué, e hice bien en negarme, a crear una compañera para la primera criatura. Él mostró una malignidad y un egoísmo sin parangón en el mal; destruyó a mis amigos; dedicó a la destrucción a seres que poseían sensaciones exquisitas, felicidad y sabiduría; y no sé dónde terminará esta sed de venganza. Miserable él mismo para que no pueda hacer a nadie más desdichado, debería morir. La tarea de su destrucción era mía, pero he fallado. Cuando, movido por motivos egoístas y viciosos, te pedí que emprendieras mi obra inacabada, y renuevo esta petición ahora, cuando solo estoy inducido por la razón y la virtud».
«Sin embargo, no puedo pedirte que renuncies a tu país y a tus amigos para cumplir esta tarea; y ahora que regresas a Inglaterra, tendrás pocas posibilidades de encontrarte con él. Pero la consideración de estos puntos, y el sopesar bien lo que puedas estimar como tus deberes, te lo dejo a ti; mi juicio e ideas ya están perturbados por la proximidad de la muerte. No me atrevo a pedirte que hagas lo que considero correcto, pues todavía podría estar engañado por la pasión».
«Que él deba vivir para ser un instrumento de maldad me perturba; en otros aspectos, esta hora, en la que espero momentáneamente mi liberación, es la única feliz que he disfrutado en varios años. Las figuras de los amados muertos revolotean ante mí, y me apresuro a sus brazos. ¡Adiós, Walton! Busca la felicidad en la tranquilidad y evita la ambición, aunque sea solo la aparentemente inocente de distinguirte en la ciencia y los descubrimientos. Pero, ¿por qué digo esto? Yo mismo he sido truncado en estas esperanzas, sin embargo, otro podría tener éxito».
Su voz se volvió más débil mientras hablaba y, finalmente, exhausto por su esfuerzo, se sumió en el silencio. Alrededor de media hora después intentó hablar de nuevo, pero no pudo; apretó mi mano débilmente y sus ojos se cerraron para siempre, mientras la irradiación de una suave sonrisa se desvanecía de sus labios.
Margaret, ¿qué comentario puedo hacer sobre la prematura extinción de este espíritu glorioso? ¿Qué puedo decir que te permita comprender la profundidad de mi dolor? Todo lo que pudiera expresar sería inadecuado y débil. Mis lágrimas fluyen; mi mente está ensombrecida por una nube de decepción. Pero viajo hacia Inglaterra, y allí tal vez encuentre consuelo.
Me interrumpen. ¿Qué presagian estos sonidos? Es medianoche; la brisa sopla favorablemente y la guardia en cubierta apenas se mueve. Nuevamente hay un sonido como de una voz humana, pero más ronca; proviene del camarote donde aún yacen los restos de Frankenstein. Debo levantarme e investigar. Buenas noches, hermana mía.
¡Dios grande! ¡Qué escena acaba de ocurrir! Todavía estoy mareado con el recuerdo de ella. Apenas sé si tendré la fuerza para detallarla; sin embargo, la historia que he registrado estaría incompleta sin esta última y maravillosa catástrofe.
Entré en el camarote donde yacían los restos de mi infortunado y admirable amigo. Sobre él pendía una forma que no encuentro palabras para describir: gigantesca en estatura, pero tosca y distorsionada en sus proporciones. Mientras se inclinaba sobre el ataúd, su rostro estaba oculto por largos mechones de cabello desgreñado; pero una mano vasta estaba extendida, en color y textura aparente como la de una momia. Cuando escuchó el sonido de mi acercamiento, dejó de proferir exclamaciones de dolor y horror y saltó hacia la ventana. Jamás contemplé una visión tan horrible como su rostro, de una fealdad tan repugnante y a la vez espantosa. Cerré los ojos involuntariamente e intenté recordar cuáles eran mis deberes con respecto a este destructor. Le pedí que se quedara.
Se detuvo, mirándome con asombro, y volviéndose de nuevo hacia la forma sin vida de su creador, pareció olvidar mi presencia, y cada rasgo y gesto parecía instigado por la furia más salvaje de alguna pasión incontrolable.
«¡Esa es también mi víctima!», exclamó. «¡En su asesinato mis crímenes se consuman; la miserable serie de mi existencia llega a su fin! ¡Oh, Frankenstein! ¡Ser generoso y abnegado! ¿De qué sirve que ahora te pida que me perdones? Yo, que te destruí irremediablemente al destruir todo lo que amabas. ¡Ay! Él está frío, no puede responderme».
Su voz parecía sofocada, y mis primeros impulsos, que me habían sugerido el deber de obedecer la última petición de mi amigo de destruir a su enemigo, estaban ahora suspendidos por una mezcla de curiosidad y compasión. Me acerqué a este ser tremendo; no me atreví a levantar de nuevo los ojos hacia su rostro, había algo tan aterrador y sobrenatural en su fealdad. Intenté hablar, pero las palabras se apagaron en mis labios. El monstruo continuó pronunciando salvajes e incoherentes reproches contra sí mismo. Finalmente reuní el valor para dirigirme a él en una pausa de la tempestad de su pasión.
«Tu arrepentimiento», dije, «es ahora superfluo. Si hubieras escuchado la voz de la conciencia y atendido las punzadas del remordimiento antes de haber llevado tu diabólica venganza a este extremo, Frankenstein aún habría vivido».
«¿Y tú sueñas?», dijo el demonio. «¿Crees que entonces yo estaba muerto ante la agonía y el remordimiento? Él», continuó, señalando el cadáver, «él no sufrió en la consumación del hecho. ¡Oh! Ni la diezmilésima parte de la angustia que fue la mía durante el prolongado detalle de su ejecución. Un egoísmo espantoso me apresuró, mientras mi corazón estaba envenenado por el remordimiento. ¿Crees que los gemidos de Clerval eran música para mis oídos? Mi corazón estaba hecho para ser susceptible al amor y la simpatía, y cuando fue arrancado por la miseria hacia el vicio y el odio, no soportó la violencia del cambio sin una tortura que ni siquiera puedes imaginar».
«Después del asesinato de Clerval regresé a Suiza, desconsolado y abatido. Sentía lástima por Frankenstein; mi lástima llegaba al horror; me aborrecía a mí mismo. Pero cuando descubrí que él, el autor a la vez de mi existencia y de sus indecibles tormentos, se atrevía a esperar la felicidad, que mientras acumulaba miseria y desesperación sobre mí buscaba su propio disfrute en sentimientos y pasiones cuyo deleite me estaba vedado para siempre, entonces la envidia impotente y la amarga indignación me llenaron con una sed insaciable de venganza. Recordé mi amenaza y resolví que debía cumplirse. Sabía que me estaba preparando una tortura mortal, pero yo era el esclavo, no el amo, de un impulso que detestaba pero que no podía desobedecer. ¡Sin embargo, cuando ella murió! No, entonces no fui miserable. Había desechado todo sentimiento, sometido toda angustia, para desenfrenarme en el exceso de mi desesperación. El mal desde entonces se convirtió en mi bien. Impulsado hasta tal punto, no tuve más opción que adaptar mi naturaleza a un elemento que había elegido voluntariamente. La culminación de mi diseño demoníaco se convirtió en una pasión insaciable. Y ahora ha terminado; ¡ahí está mi última víctima!»
Al principio me sentí conmovido por las expresiones de su miseria; sin embargo, cuando recordé lo que Frankenstein había dicho de sus poderes de elocuencia y persuasión, y cuando volví a lanzar mis ojos sobre la forma sin vida de mi amigo, la indignación se reavivó en mí. «¡Miserable!», dije. «Está bien que vengas aquí a gemir sobre la desolación que has causado. Lanzas una antorcha a un montón de edificios y, cuando se consumen, te sientas entre las ruinas y lamentas la caída. ¡Demonio hipócrita! Si aquel a quien lloras viviera aún, seguiría siendo el objeto, volvería a convertirse en la presa, de tu maldita venganza. No es lástima lo que sientes; solo te lamentas porque la víctima de tu malignidad ha sido retirada de tu poder».
«Oh, no es así, no es así», interrumpió el ser. «Sin embargo, tal debe ser la impresión que te cause lo que parece ser el propósito de mis acciones. Pero no busco un sentimiento de camaradería en mi miseria. Ninguna simpatía podré encontrar jamás. Cuando la busqué por primera vez, era el amor a la virtud, los sentimientos de felicidad y afecto con los que rebosaba todo mi ser, lo que deseaba compartir. Pero ahora que la virtud se ha convertido para mí en una sombra, y que la felicidad y el afecto se han convertido en una desesperación amarga y repugnante, ¿en qué debería buscar simpatía? Me conformo con sufrir solo mientras mis sufrimientos perduren; cuando muera, estoy bien satisfecho de que el aborrecimiento y el oprobio carguen mi memoria. Una vez mi imaginación se calmó con sueños de virtud, de fama y de disfrute. Una vez esperé falsamente encontrar seres que, perdonando mi forma externa, me amarían por las cualidades excelentes que era capaz de desplegar. Me alimenté con altos pensamientos de honor y devoción. Pero ahora el crimen me ha degradado por debajo del animal más despreciable. Ninguna culpa, ninguna maldad, ninguna malignidad, ninguna miseria, puede encontrarse comparable a la mía. Cuando repaso el espantoso catálogo de mis pecados, no puedo creer que soy la misma criatura cuyos pensamientos estuvieron una vez llenos de visiones sublimes y trascendentes de la belleza y la majestad de la bondad. Pero es así; el ángel caído se convierte en un demonio maligno. Sin embargo, incluso ese enemigo de Dios y del hombre tuvo amigos y asociados en su desolación; yo estoy solo».
«Tú, que llamas a Frankenstein tu amigo, pareces tener conocimiento de mis crímenes y de sus desgracias. Pero en el detalle que él te dio de ellos, no pudo sumar las horas y meses de miseria que soporté consumiéndome en pasiones impotentes. Porque mientras destruía sus esperanzas, no satisfacía mis propios deseos. Estos eran siempre ardientes y anhelantes; todavía deseaba amor y compañía, y todavía era rechazado. ¿No hubo injusticia en esto? ¿Debo ser considerado el único criminal, cuando todo el género humano pecó contra mí? ¿Por qué no odias a Felix, quien expulsó a su amigo de su puerta con desprecio? ¿Por qué no execras al rústico que intentó destruir al salvador de su hijo? ¡No, estos son seres virtuosos e inmaculados! Yo, el miserable y el abandonado, soy un aborto, para ser rechazado, pateado y pisoteado. Incluso ahora mi sangre hierve ante el recuerdo de esta injusticia».
«Pero es cierto que soy un miserable. He asesinado a lo adorable y a lo indefenso; he estrangulado al inocente mientras dormía y agarré hasta la muerte la garganta de quien nunca me hizo daño a mí ni a ningún otro ser vivo. He dedicado a mi creador, el espécimen selecto de todo lo que es digno de amor y admiración entre los hombres, a la miseria; lo he perseguido incluso hasta esa ruina irremediable. Ahí yace, blanco y frío en la muerte. Me odias, pero tu aborrecimiento no puede igualar aquel con el que me considero a mí mismo. Miro las manos que ejecutaron el hecho; pienso en el corazón en el que se concibió la imaginación de ello y anhelo el momento en que estas manos se encuentren con mis ojos, cuando esa imaginación ya no atormente más mis pensamientos».
«No temas que seré el instrumento de futuras maldades. Mi trabajo está casi completo. Ni tu muerte ni la de ningún hombre es necesaria para consumar la serie de mi existencia y cumplir lo que debe hacerse, pero requiere la mía. No pienses que seré lento en realizar este sacrificio. Abandonaré tu barco en la balsa de hielo que me trajo hasta aquí y buscaré el extremo más septentrional del globo; reuniré mi pira funeraria y consumiré hasta las cenizas este miserable armazón, para que sus restos no ofrezcan luz a ningún curioso y profano que quiera crear otro igual a lo que he sido. Moriré. Ya no sentiré las agonías que ahora me consumen ni seré presa de sentimientos insatisfechos, aunque inextinguibles. Está muerto quien me llamó a la existencia; y cuando yo ya no sea, el propio recuerdo de ambos desaparecerá rápidamente. Ya no veré el sol o las estrellas ni sentiré los vientos jugar en mis mejillas. La luz, el sentimiento y el sentido desaparecerán; y en esta condición debo encontrar mi felicidad. Hace algunos años, cuando las imágenes que este mundo ofrece se abrieron ante mí por primera vez, cuando sentí la calidez alentadora del verano y escuché el susurro de las hojas y el trino de los pájaros, y esto era todo para mí, habría llorado al morir; ahora es mi único consuelo. Contaminado por crímenes y desgarrado por el más amargo remordimiento, ¿dónde puedo encontrar descanso sino en la muerte?»
«¡Adiós! Te dejo, y en ti al último del género humano que estos ojos contemplarán jamás. ¡Adiós, Frankenstein! Si estuvieras aún vivo y todavía albergaras un deseo de venganza contra mí, estaría mejor saciado en mi vida que en mi destrucción. Pero no fue así; buscaste mi extinción, para que yo no causara una mayor desdicha; y si aún, de algún modo desconocido para mí, no hubieras dejado de pensar y sentir, no desearías contra mí una venganza mayor que la que siento. Truncado como estabas, mi agonía era aún superior a la tuya, pues el amargo aguijón del remordimiento no dejará de supurar en mis heridas hasta que la muerte las cierre para siempre».
«Pero pronto», gritó con triste y solemne entusiasmo, «moriré, y lo que ahora siento no se sentirá más. Pronto estas miserias ardientes se extinguirán. Ascenderé a mi pira funeraria triunfalmente y me regocijaré en la agonía de las llamas torturadoras. La luz de esa conflagración se desvanecerá; mis cenizas serán barridas hacia el mar por los vientos. Mi espíritu dormirá en paz, o si piensa, seguramente no pensará así. Adiós».
Saltó desde la ventana del camarote, mientras decía esto, sobre la balsa de hielo que yacía cerca del navío. Pronto fue arrastrado por las olas y perdido en la oscuridad y la distancia.