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Gulliver's Travels into Several Remote Regions of the World

by Jonathan Swift · in Spanish

LOS VIAJES DE GULLIVER

A varias regiones remotas del mundo

por

JONATHAN SWIFT, D.D.

Editado con introducción y notas por Thomas M. Balliet Superintendente de Escuelas, Springfield, Mass.

Con treinta y ocho ilustraciones y un mapa

PARTE I

UN VIAJE A LILLIPUT

PARTE II

UN VIAJE A BROBDINGNAG

D.C. Heath & Co., Editores Boston Nueva York Chicago

1900

PREFACIO.

¡Y he aquí el libro, de todo su fin despojado, Una inofensiva maravilla para algún niño afortunado.

LORD LYTTON.

Los viajes de Gulliver se publicaron en 1726; y, aunque de ninguna manera estaba destinado a ellos, el libro fue pronto apropiado por los niños, quienes desde entonces han continuado considerándolo como uno de los más encantadores de sus libros de cuentos. No pueden comprender la ocasión que provocó el libro ni apreciar la sátira que subyace en la narración, pero se deleitan con las maravillosas aventuras y vagan llenos de asombro con los ojos abiertos por los nuevos mundos a través de los cuales la vívida y lógicamente precisa imaginación del autor los conduce tan personalmente. Y hay un significado y una moraleja en las historias de los Viajes a Lilliput y Brobdingnag que está totalmente al margen de la sátira política que pretenden transmitir, un significado y una moraleja que el niño más pequeño que pueda leerlo no dejará de captar, y sobre los cuales apenas es necesario que el maestro comente.

Para los niños pequeños, el libro combina en cierta medida el interés de Robinson Crusoe y el del cuento de hadas; su estilo es objetivo, la narración es sencilla y el asunto atrae fuertemente a la imaginación infantil. Para los niños y niñas más maduros y para los adultos, el interés se encuentra principalmente en la aguda sátira que subyace en la narración. Apela, por tanto, a una muy amplia gama de inteligencia y gusto, y puede ser leído con provecho por el niño de diez años y por el joven o la mujer de años maduros.

Esta edición es prácticamente una reimpresión de la original (1726-27). La puntuación y el uso de mayúsculas se han modernizado, algunos arcaísmos se han cambiado y los párrafos se han hecho más frecuentes. Se han omitido algunos pasajes que ofenderían a los oídos modernos y son inadecuados para la lectura de los niños, y se han añadido algunas notas a pie de página explicando palabras obsoletas y expresiones oscuras.

Como libro de lectura en la escuela, que debe adaptarse a la mente promedio, estas historias resultarán adecuadas para las clases desde el quinto o sexto año escolar hasta el grado más alto de la escuela primaria.

THOMAS M. BALLIET.

CONTENIDO.

VIAJE A LILLIPUT.

CAPÍTULO I.

El autor da cuenta de sí mismo y de su familia; sus primeros motivos para viajar; naufraga y nada por su vida; llega a salvo a la orilla en el país de Lilliput; es hecho prisionero y llevado al interior del país.

CAPÍTULO II.

El emperador de Lilliput, acompañado por varios nobles, viene a ver al autor en su confinamiento; se describe la persona y los hábitos del emperador; se designan hombres sabios para enseñar al autor su idioma; gana el favor por su disposición afable; sus bolsillos son registrados y le quitan su espada y pistolas.

CAPÍTULO III.

El autor divierte al emperador y a su nobleza de ambos sexos de una manera muy poco común; se describen las diversiones de la corte de Lilliput; el autor obtiene su libertad bajo ciertas condiciones.

CAPÍTULO IV.

Se describe Mildendo, la metrópolis de Lilliput, junto con el palacio del emperador; una conversación entre el autor y un secretario principal sobre los asuntos de ese imperio; el autor ofrece servir al emperador en sus guerras.

CAPÍTULO V.

El autor, mediante una estratagema extraordinaria, evita una invasión; se le confiere un alto título de honor; llegan embajadores del emperador de Blefuscu y piden la paz.

CAPÍTULO VI.

De los habitantes de Lilliput; su saber, leyes y costumbres; la forma de educar a sus hijos; la manera de vivir del autor en ese país; su defensa de una gran dama.

CAPÍTULO VII.

El autor, siendo informado de un plan para acusarlo de alta traición, escapa a Blefuscu; su recepción allí.

CAPÍTULO VIII.

El autor, por un afortunado accidente, encuentra medios para dejar Blefuscu; y, después de algunas dificultades, regresa a salvo a su país natal.

* * * * *

LISTA DE ILUSTRACIONES A PÁGINA COMPLETA.

"Ordenó a sus generales que formaran las tropas" Mapa de Lilliput y Blefuscu "Yacía yo todo este tiempo... en gran inquietud" "Produciendo sus credenciales" "Estos caballeros hicieron un inventario exacto" "Su majestad imperial tuvo a bien sonreírme muy gentilmente" "Y me creó nardac en el acto" "Se emplearon trescientos sastres" "La felicidad... de cenar conmigo" "Deseaba que lo escuchara con paciencia" "Zarpé... a las seis de la mañana"

Y VEINTITRÉS MÁS PEQUEÑAS EN EL TEXTO.

CONTENIDO

UN VIAJE A BROBDINGNAG.

CAPÍTULO I.

Se describe una gran tormenta; se envía el bote largo a buscar agua, el autor va con él para descubrir el país; es abandonado en la orilla, capturado por uno de los nativos y llevado a la casa de un granjero; su recepción allí, con varios accidentes que ocurrieron allí; una descripción de los habitantes.

CAPÍTULO II.

Una descripción de la hija del granjero; el autor llevado a una ciudad de mercado, y luego a la metrópolis; los detalles de su viaje.

CAPÍTULO III.

El autor es enviado a la corte; la reina lo compra a su amo el granjero, y se lo presenta al rey; disputa con los grandes sabios de su majestad; se le proporciona un apartamento en la corte; está en gran favor con la reina; defiende el honor de su propio país; se pelea con el enano de la reina.

CAPÍTULO IV.

Se describe el país; una propuesta para corregir los mapas modernos; el palacio del rey, y algo de información sobre la metrópolis; la manera de viajar del autor; se describe el templo principal.

CAPÍTULO V.

Varias aventuras que le ocurrieron al autor; la ejecución de un criminal; el autor muestra su destreza en la navegación.

CAPÍTULO VI.

Varios ingenios del autor para complacer al rey y a la reina; muestra su destreza en la música; el rey pregunta sobre el estado de Europa, que el autor le relata; las observaciones del rey al respecto.

CAPÍTULO VII.

El amor del autor por su país; hace una propuesta de mucha ventaja para el rey, que es rechazada; la gran ignorancia del rey en política; el saber de ese país muy imperfecto y limitado; sus leyes, y asuntos militares, y en el estado.

CAPÍTULO VIII.

El rey y la reina hacen un viaje a las fronteras; el autor los acompaña; la manera en que abandona el país contada muy particularmente; regresa a Inglaterra.

NOTA

* * * * *

LISTA DE ILUSTRACIONES A PÁGINA COMPLETA.

"Concluyeron que yo era solo Relplum Sealcath" Mapa de Brobdingnag "Una criatura enorme caminando... sobre el mar" "Tras lo cual la enorme criatura dio un paso corto" "Desenvainé mi hanger para defenderme" "La llamé mi Glumdalclitch" "Esgrimió a la manera de los maestros de esgrima en Inglaterra" "Esta gentil princesa me extendió su dedo meñique" "Ella me llevó ante el rey" "Solo pude vengarme llamándolo hermano" "Los pájaros más pequeños no parecían tener miedo de mí en absoluto" "Me dieron un soplo con sus abanicos" "El ejercicio más violento que jamás haya experimentado" "Has hecho un panegírico admirable" "Ella tenía algún presentimiento" "Alguien llamando en lengua inglesa" "Mi hija se arrodilló, pero no pude verla"

Y DOCE MÁS PEQUEÑAS EN EL TEXTO.

EL PRIMER EDITOR AL LECTOR.

El autor de estos viajes, el Sr. Lemuel Gulliver, es mi antiguo e íntimo amigo; hay asimismo cierto parentesco entre nosotros por parte de madre. Hace unos tres años, el Sr. Gulliver, cansado del concurso de gente curiosa que acudía a él en su casa de Redriff, hizo una pequeña compra de tierras, con una casa cómoda, cerca de Newark, en Nottinghamshire, su condado natal, donde ahora vive retirado, aunque bien estimado entre sus vecinos.

Aunque el Sr. Gulliver nació en Nottinghamshire, donde habitaba su padre, le he oído decir que su familia provenía de Oxfordshire; para confirmar lo cual, he observado en el cementerio de Banbury, en ese condado, varias tumbas y monumentos de los Gulliver. Antes de dejar Redriff, dejó la custodia de los siguientes papeles en mis manos, con la libertad de disponer de ellos como mejor me pareciera. Los he leído cuidadosamente tres veces. El estilo es muy llano y sencillo, y la única falta que encuentro es que el autor, a la manera de los viajeros, es un poco demasiado circunstancial. Hay un aire de verdad que se percibe a través de todo; y, de hecho, el autor se distinguía tanto por su veracidad que se convirtió en una especie de proverbio entre sus vecinos en Redriff, cuando alguien afirmaba algo, decir que era tan cierto como si el Sr. Gulliver lo hubiera dicho.

Por consejo de varias personas dignas, a quienes, con el permiso del autor, comuniqué estos papeles, me aventuro ahora a enviarlos al mundo, esperando que puedan ser, al menos por algún tiempo, un entretenimiento mejor que los garabatos comunes sobre política y partidos.

Este volumen habría sido al menos el doble de grande si no me hubiera tomado la libertad de tachar innumerables pasajes relacionados con los vientos y las mareas, así como con las variaciones y rumbos en los diversos viajes; junto con la descripción minuciosa del manejo del barco en las tormentas, al estilo de los marineros; asimismo la relación de longitudes y latitudes; en lo cual tengo razones para temer que el Sr. Gulliver pueda estar un poco insatisfecho; pero estaba resuelto a ajustar la obra tanto como fuera posible a la capacidad general de los lectores. Sin embargo, si mi propia ignorancia en asuntos marítimos me ha llevado a cometer algunos errores, yo solo soy responsable de ellos, y si algún viajero tiene curiosidad por ver la obra completa, tal como salió de la mano del autor, estaré dispuesto a satisfacerlo.

En cuanto a cualquier otro detalle relacionado con el autor, el lector recibirá satisfacción en las primeras páginas del libro.

RICHARD SYMPSON.

VIAJES.

PARTE I.

UN VIAJE A LILLIPUT.

CAPÍTULO I.

EL AUTOR DA CUENTA DE SÍ MISMO Y DE SU FAMILIA: SUS PRIMEROS MOTIVOS PARA VIAJAR. NAUFRAGA Y NADA POR SU VIDA; LLEGA A SALVO A LA ORILLA EN EL PAÍS DE LILLIPUT; ES HECHO PRISIONERO Y LLEVADO AL INTERIOR DEL PAÍS.

Mi padre tenía una pequeña propiedad en Nottinghamshire; yo era el tercero de cinco hijos. Me envió al Emmanuel College en Cambridge a los catorce años, donde residí tres años y me dediqué intensamente a mis estudios; pero siendo el gasto de mantenerme, aunque tenía una asignación muy escasa, demasiado grande para una fortuna estrecha, fui puesto como aprendiz del Sr. James Bates, un eminente cirujano en Londres, con quien continué cuatro años; y como mi padre me enviaba de vez en cuando pequeñas sumas de dinero, las invertí en aprender navegación y otras partes de las matemáticas útiles para aquellos que pretenden viajar, ya que siempre creí que sería, tarde o temprano, mi destino hacerlo. Cuando dejé al Sr. Bates, bajé a ver a mi padre, donde, con la ayuda de él, de mi tío John y de algunos otros parientes, obtuve cuarenta libras y la promesa de treinta libras al año para mantenerme en Leyden. Allí estudié medicina durante dos años y siete meses, sabiendo que sería útil en largos viajes.

Poco después de mi regreso de Leyden, fui recomendado por mi buen maestro, el Sr. Bates, para ser cirujano del "Swallow", comandado por el capitán Abraham Pannell; con quien continué tres años y medio, haciendo un viaje o dos al Levante y a algunas otras partes. Cuando regresé, resolví establecerme en Londres; a lo cual me animó el Sr. Bates, mi maestro, y por él fui recomendado a varios pacientes. Tomé parte de una casa pequeña en Old Jewry; y, siendo aconsejado a cambiar mi condición, me casé con la Sra. Mary Burton, segunda hija del Sr. Edmund Burton, calcetero en Newgate Street, con quien recibí cuatrocientas libras como dote.

Pero muriendo mi buen maestro, Bates, a los dos años, y teniendo yo pocos amigos, mi negocio comenzó a fallar; pues mi conciencia no me permitía imitar la mala práctica de demasiados entre mis hermanos. Habiendo, por tanto, consultado con mi esposa y algunos de mis conocidos, determiné volver al mar. Fui cirujano sucesivamente en dos barcos e hice varios viajes, durante seis años, a las Indias Orientales y Occidentales, con lo que obtuve algún aumento en mi fortuna. Pasaba mis horas de ocio leyendo a los mejores autores, antiguos y modernos, estando siempre provisto de un buen número de libros; y, cuando estaba en tierra, observando las costumbres y disposiciones de las gentes, así como aprendiendo su idioma, en lo cual tenía una gran facilidad, por la fuerza de mi memoria.

Como el último de estos viajes no resultó muy afortunado, me cansé del mar y pretendí quedarme en casa con mi esposa y mi familia. Me mudé de Old Jewry a Fetter Lane, y de allí a Wapping, esperando conseguir negocio entre los marineros; pero no dio resultado. Después de tres años de expectativa de que las cosas mejoraran, acepté una oferta ventajosa del capitán William Prichard, amo del "Antelope", que estaba haciendo un viaje al Mar del Sur. Zarpamos de Bristol, el 4 de mayo de 1699; y nuestro viaje al principio fue muy próspero.

No sería apropiado, por algunas razones, molestar al lector con los detalles de nuestras aventuras en esos mares. Bástele saber que, en nuestra travesía desde allí a las Indias Orientales, fuimos arrastrados por una tormenta violenta al noroeste de la Tierra de Van Diemen.

Por una observación, nos encontramos en la latitud de 30 grados y 2 minutos sur. Doce de nuestra tripulación habían muerto por trabajo inmoderado y mala comida; el resto estaba en una condición muy débil.

El cinco de noviembre, que era el comienzo del verano en esas partes, estando el tiempo muy brumoso, los marineros vieron una roca a menos de media longitud de cable del barco; pero el viento era tan fuerte que fuimos arrastrados directamente hacia ella y nos partimos inmediatamente. Seis de la tripulación, de los cuales yo era uno, habiendo bajado el bote al mar, logramos alejarnos del barco y la roca. Remamos, según mi cálculo, unas tres leguas, hasta que no pudimos trabajar más, estando ya agotados por el trabajo mientras estábamos en el barco. Nos confiamos, pues, a la misericordia de las olas; y, en cerca de media hora, el bote fue volcado por una ráfaga repentina del norte. Qué fue de mis compañeros en el bote, así como de los que escaparon en la roca o fueron dejados en el barco, no puedo decirlo, pero concluyo que todos se perdieron.

Por mi parte, nadé según la fortuna me dirigía, y fui empujado hacia adelante por el viento y la marea. A menudo dejaba caer las piernas y no podía sentir fondo; pero, cuando estaba casi acabado y no podía luchar más, me encontré dentro de mi profundidad; y, para entonces, la tormenta había disminuido mucho.

La pendiente era tan pequeña que caminé cerca de una milla antes de llegar a la orilla, lo que conjeturé que era alrededor de las ocho de la tarde. Avancé luego cerca de media milla, pero no pude descubrir ninguna señal de casas o habitantes; al menos, estaba en una condición tan débil que no los observé. Estaba extremadamente cansado, y con eso, y el calor del tiempo, y cerca de media pinta de brandy que bebí al dejar el barco, me encontré muy inclinado a dormir. Me acosté sobre la hierba, que era muy corta y suave, donde dormí más profundamente de lo que recordaba haberlo hecho en mi vida, y, según calculé, alrededor de nueve horas; pues, cuando desperté, era apenas luz del día. Intenté levantarme, pero no pude moverme: pues, al haber caído acostado sobre mi espalda, encontré que mis brazos y piernas estaban fuertemente sujetos a cada lado al suelo; y mi cabello, que era largo y espeso, atado de la misma manera. Sentí asimismo varias ligaduras delgadas a través de mi cuerpo, desde mis axilas hasta mis muslos. Solo podía mirar hacia arriba, el sol comenzaba a calentar y la luz ofendía mis ojos.

Oí un ruido confuso a mi alrededor; pero, en la postura en que yacía, no podía ver nada excepto el cielo. En poco tiempo, sentí algo vivo moviéndose en mi pierna izquierda, que, avanzando suavemente sobre mi pecho, llegó casi hasta mi barbilla; cuando, inclinando mis ojos hacia abajo, tanto como pude, percibí que era una criatura humana, no de seis pulgadas de altura, con un arco y una flecha en sus manos, y un carcaj a la espalda. Entretanto, sentí al menos a cuarenta más de la misma especie (como conjeturé) siguiendo al primero.

Estaba sumamente asombrado y rugí tan fuerte que todos corrieron hacia atrás asustados; y algunos de ellos, como se me dijo después, resultaron heridos por las caídas que tuvieron al saltar de mis costados al suelo. Sin embargo, pronto regresaron, y uno de ellos, que se aventuró tanto como para obtener una visión completa de mi rostro, levantando sus manos y ojos a modo de admiración, gritó con una voz aguda, pero distinta: ¡Hekinah degul!; los otros repitieron las mismas palabras varias veces, pero entonces no supe lo que significaban.

Yacía yo todo este tiempo, como el lector podrá creer, en gran inquietud. Al final, luchando por soltarme, tuve la fortuna de romper las cuerdas y arrancar las estacas que sujetaban mi brazo izquierdo al suelo; pues al levantarlo hacia mi cara, descubrí los métodos que habían tomado para atarme, y, al mismo tiempo, con un tirón violento, que me causó un dolor excesivo, aflojé un poco las cuerdas que ataban mi cabello en el lado izquierdo, de modo que apenas pude girar la cabeza unas dos pulgadas.

Pero las criaturas huyeron una segunda vez, antes de que pudiera atraparlas; tras lo cual hubo un gran grito en un acento muy agudo, y después de que cesó, oí a uno de ellos gritar en voz alta: Tolgo phonac; cuando, en un instante, sentí más de cien flechas descargadas sobre mi mano izquierda, que me pincharon como otras tantas agujas; y, además, dispararon otra descarga al aire, como hacemos con las bombas en Europa, de las cuales muchas, supongo, cayeron sobre mi cuerpo (aunque no las sentí), y algunas en mi cara, que cubrí inmediatamente con mi mano izquierda.

Cuando esta lluvia de flechas terminó, comencé a gemir de pena y dolor, y luego, esforzándome de nuevo por soltarme, descargaron otra andanada mayor que la primera, y algunos de ellos intentaron con lanzas clavarme en los costados; pero, por buena suerte, llevaba puesto un jubón de ante, que no pudieron atravesar. Pensé que el método más prudente era permanecer quieto, y mi diseño era continuar así hasta la noche, cuando, estando ya mi mano izquierda suelta, podría liberarme fácilmente; y en cuanto a los habitantes, tenía razones para creer que podría enfrentarme al mayor ejército que pudieran traer contra mí, si todos eran del mismo tamaño que el que vi.

Pero la fortuna dispuso otra cosa de mí. Cuando la gente observó que estaba quieto, no descargaron más flechas: pero, por el ruido que oí, supe que su número aumentaba; y a unas cuatro yardas de mí, frente a mi oído derecho, oí un golpeteo durante más de una hora, como el de personas trabajando; cuando, girando la cabeza hacia ese lado, tanto como las estacas y cuerdas me lo permitían, vi un escenario erigido, a cerca de un pie y medio del suelo, capaz de albergar a cuatro de los habitantes, con dos o tres escaleras para subir a él; desde donde uno de ellos, que parecía ser una persona de calidad, me pronunció un largo discurso, del cual no entendí ni una sílaba.

Pero debo mencionar que, antes de que la persona principal comenzara su oración, gritó tres veces: Langro debul san (estas palabras, y las anteriores, me fueron repetidas y explicadas más tarde). Acto seguido, unos cincuenta habitantes se acercaron y cortaron las cuerdas que sujetaban el lado izquierdo de mi cabeza, lo cual me dio la libertad de girarla hacia la derecha y observar a la persona y los gestos de quien iba a hablar. Parecía ser de mediana edad y más alto que cualquiera de los otros tres que lo acompañaban, uno de los cuales era un paje que le sostenía la cola de la vestimenta y parecía ser algo más largo que mi dedo medio; los otros dos estaban uno a cada lado, para sostenerlo. Representó cada parte de un orador, y pude observar muchos pasajes de amenazas, y otros de promesas, piedad y bondad.

Respondí con pocas palabras, pero de la manera más sumisa, levantando mi mano izquierda y ambos ojos hacia el sol, como invocándolo como testigo: y, estando casi desfallecido de hambre, al no haber probado bocado desde algunas horas antes de abandonar el barco, sentí las exigencias de la naturaleza tan fuertes en mí que no pude evitar mostrar mi impaciencia (tal vez contra las estrictas reglas de la decencia) llevándome frecuentemente el dedo a la boca, para significar que necesitaba comida. El hurgo (pues así llaman a un gran señor, como supe después) me entendió muy bien. Bajó del estrado y ordenó que se aplicaran varias escaleras a mis costados; sobre las cuales subieron más de cien habitantes y caminaron hacia mi boca, cargados con cestas llenas de carne, que habían sido provistas y enviadas allí por órdenes del rey, tras la primera noticia que recibió de mí.

Observé que había carne de varios animales, pero no pude distinguirlos por el sabor. Había paletillas, piernas y lomos, con forma similar a los del carnero, y muy bien preparados, pero más pequeños que las alas de una alondra. Los comí de dos o tres en cada bocado, y tomé tres panes a la vez, del tamaño de balas de mosquete. Me suministraron lo que pudieron, mostrando mil señales de asombro y sorpresa ante mi volumen y apetito. Entonces hice otra señal de que quería beber.

Comprobaron por mi forma de comer que una pequeña cantidad no me bastaría; y, siendo un pueblo muy ingenioso, izaron con gran destreza uno de sus barriles más grandes, lo hicieron rodar hacia mi mano y golpearon la tapa: lo bebí de un trago; lo cual bien podía hacer, pues no contenía ni medio litro y sabía como un vino de Borgoña, pero mucho más delicioso. Me trajeron un segundo barril, que bebí de la misma manera, e hice señas para que me dieran más; pero no tenían ninguno que darme.

Cuando hube realizado estas maravillas, gritaron de alegría y bailaron sobre mi pecho, repitiendo varias veces, como hicieron al principio, Hekinah degul. Me hicieron señas de que debía bajar los dos barriles, pero primero advirtiendo a la gente de abajo que se apartara, gritando en voz alta: Borach nevola; y, cuando vieron los recipientes en el aire, hubo un grito universal de Hekinah degul.

Confieso que, mientras iban y venían por mi cuerpo, sentí a menudo la tentación de atrapar a cuarenta o cincuenta de los primeros que estuvieron a mi alcance y estrellarlos contra el suelo. Pero el recuerdo de lo que había sentido, que probablemente no era lo peor que podían hacerme, y la promesa de honor que les hice —pues así interpreté mi comportamiento sumiso— pronto ahuyentaron esas imaginaciones. Además, ahora me consideraba obligado, por las leyes de la hospitalidad, hacia un pueblo que me había tratado con tanto gasto y magnificencia. Sin embargo, en mis pensamientos no podía dejar de maravillarme ante la intrepidez de estos mortales diminutos, que se atrevían a subir y caminar sobre mi cuerpo mientras una de mis manos estaba libre, sin temblar ante la simple visión de una criatura tan prodigiosa como debía parecerles yo.

Al cabo de un tiempo, cuando observaron que no pedía más comida, apareció ante mí una persona de alto rango de parte de su majestad imperial. Su excelencia, tras haber montado sobre la parte inferior de mi pierna derecha, avanzó hacia mi rostro con una docena de miembros de su séquito; y, produciendo sus credenciales bajo el sello real, que acercó a mis ojos, habló durante unos diez minutos, sin muestras de ira, pero con una especie de resolución determinada, señalando a menudo hacia adelante, lo cual, como descubrí después, era hacia la ciudad capital, situada a media milla de distancia, adonde se había acordado por su majestad en consejo que debía ser trasladado. Respondí con pocas palabras, pero sin resultado, e hice una señal con la mano que tenía libre, poniéndola sobre la otra (pero por encima de la cabeza de su excelencia, por miedo a lastimarlo a él o a su séquito) y luego hacia mi propia cabeza y cuerpo, para significar que deseaba mi libertad.

Pareció que me entendió bastante bien, pues sacudió la cabeza a modo de desaprobación y mantuvo la mano en una postura que indicaba que debía ser llevado como prisionero. Sin embargo, hizo otras señales para dejarme entender que tendría suficiente comida y bebida, y muy buen trato. Ante lo cual, una vez más pensé en intentar romper mis ataduras; pero de nuevo, cuando sentí el escozor de sus flechas en mi cara y manos, que estaban llenas de ampollas, y muchos de los dardos todavía clavados en ellas, y observando, asimismo, que el número de mis enemigos aumentaba, di señales para hacerles saber que podían hacer conmigo lo que quisieran. Tras esto, el hurgo y su séquito se retiraron, con mucha cortesía y semblantes alegres.

Poco después, oí un grito general, con frecuentes repeticiones de las palabras, Peplom selan, y sentí a un gran número de personas en mi lado izquierdo, aflojando las cuerdas hasta tal punto que pude girarme sobre mi derecha y descansar un poco. Pero, antes de esto, me habían untado la cara y ambas manos con una especie de ungüento de olor muy agradable, que, en pocos minutos, eliminó todo el escozor de sus flechas. Estas circunstancias, añadidas al refrigerio que había recibido con sus víveres y bebida, que eran muy nutritivos, me dispusieron al sueño. Dormí unas ocho horas, como me aseguraron después; y no era de extrañar, pues los médicos, por orden del emperador, habían mezclado una poción somnífera en los barriles de vino.

Parece que, en el primer momento en que fui descubierto durmiendo en el suelo tras mi llegada, el emperador recibió noticia de ello, por medio de un correo, y determinó en consejo que yo fuera atado de la manera que he relatado (lo cual se hizo durante la noche, mientras dormía), que se me enviara abundante comida y bebida, y que se preparara una máquina para llevarme a la ciudad capital.

Esta resolución, tal vez, pueda parecer muy audaz y peligrosa, y estoy seguro de que no sería imitada por ningún príncipe de Europa en una ocasión similar. Sin embargo, en mi opinión, fue extremadamente prudente, además de generosa; pues, suponiendo que estas personas hubieran intentado matarme con sus lanzas y flechas mientras yo dormía, sin duda me habría despertado con la primera sensación de dolor, lo cual podría haber despertado mi rabia y fuerza hasta el punto de permitirme romper las cuerdas con las que estaba atado; tras lo cual, como no podían ofrecer resistencia, tampoco habrían podido esperar clemencia.

Esta gente es una excelente matemática, y ha llegado a una gran perfección en la mecánica gracias al apoyo y aliento del emperador, quien es un renombrado protector de las letras. El príncipe tiene varias máquinas fijas sobre ruedas para el transporte de árboles y otros grandes pesos. A menudo construye sus naves de guerra más grandes, algunas de las cuales tienen nueve pies de largo, en los bosques donde crece la madera, y las hace transportar sobre estos ingenios trescientos o cuatrocientos metros hasta el mar. Quinientos carpinteros e ingenieros fueron puestos inmediatamente a trabajar para preparar el mayor ingenio que tenían. Era una estructura de madera, elevada tres pulgadas del suelo, de unos siete pies de largo y cuatro de ancho, moviéndose sobre veintidós ruedas. El grito que oí fue por la llegada de este ingenio, que, al parecer, salió cuatro horas después de mi llegada. Fue colocado paralelo a mí, mientras yo yacía. Pero la principal dificultad era levantarme y colocarme en este vehículo.

Ochenta postes, cada uno de un pie de altura, fueron erigidos para este propósito, y cuerdas muy fuertes, del grosor de un bramante, fueron sujetadas con ganchos a muchos vendajes que los trabajadores habían ceñido alrededor de mi cuello, mis manos, mi cuerpo y mis piernas. Novecientos de los hombres más fuertes fueron empleados para tirar de estas cuerdas mediante muchas poleas sujetas a los postes; y así, en menos de tres horas, fui levantado y lanzado dentro del ingenio, y atado fuertemente.

Todo esto me fue contado; pues, mientras se realizaba toda la operación, yacía en un sueño profundo, por la fuerza de aquel medicamento soporífero infundido en mi bebida. Mil quinientos de los caballos más grandes del emperador, cada uno de unos cuatro pulgadas y media de alto, fueron empleados para arrastrarme hacia la metrópoli, que, como dije, estaba a media milla de distancia.

Unas cuatro horas después de haber comenzado nuestro viaje, me desperté por un accidente muy ridículo; pues, habiéndose detenido el carruaje un momento para ajustar algo que estaba fuera de orden, dos o tres de los jóvenes nativos tuvieron la curiosidad de ver qué aspecto tenía cuando estaba dormido. Treparon al ingenio y, avanzando muy suavemente hacia mi cara, uno de ellos, un oficial de la guardia, metió la punta afilada de su media pica por mi fosa nasal izquierda, lo cual me hizo cosquillas en la nariz como una paja y me hizo estornudar violentamente; tras lo cual se escabulleron sin ser vistos, y pasaron tres semanas antes de que supiera la causa de mi despertar tan repentino.

Hicimos una larga marcha el resto del día, y descansamos por la noche con quinientos guardias a cada lado de mí, la mitad con antorchas y la mitad con arcos y flechas, listos para dispararme si intentaba moverme. A la mañana siguiente, al salir el sol, continuamos nuestra marcha y llegamos a menos de doscientos metros de las puertas de la ciudad cerca del mediodía. El emperador y toda su corte salieron a recibirnos; pero sus grandes oficiales no permitieron de ninguna manera que su majestad pusiera en peligro su persona subiéndose a mi cuerpo.

En el lugar donde se detuvo el carruaje, se alzaba un templo antiguo, considerado el más grande de todo el reino, el cual, habiendo sido profanado algunos años antes por un asesinato antinatural, era, según el celo de aquellas gentes, considerado como profano, y por tanto se había destinado a uso común, habiéndose retirado todos los adornos y mobiliario. En este edificio se determinó que yo debía alojarme. La gran puerta, orientada al norte, tenía unos cuatro pies de altura y casi dos de ancho, a través de la cual podía entrar fácilmente arrastrándome. A cada lado de la puerta había una pequeña ventana, no más de seis pulgadas del suelo; en la de la izquierda, el herrero del rey colocó ochenta y once cadenas, como las que cuelgan del reloj de una dama en Europa, y casi igual de grandes, que fueron cerradas a mi pierna izquierda con treinta y seis candados.

Frente a este templo, al otro lado de la gran carretera, a veinte pies de distancia, había una torreta de al menos cinco pies de altura. Allí ascendió el emperador, con muchos señores principales de su corte, para tener la oportunidad de verme, según me contaron, pues yo no podía verlos. Se calculó que más de cien mil habitantes salieron de la ciudad con el mismo propósito; y, a pesar de mis guardias, creo que no pudieron ser menos de diez mil, en varias ocasiones, los que subieron a mi cuerpo con ayuda de escaleras. Pero pronto se publicó un bando para prohibirlo, bajo pena de muerte.

Cuando los trabajadores descubrieron que me era imposible soltarme, cortaron todas las cuerdas que me sujetaban; ante lo cual me levanté, con una disposición tan melancólica como nunca había tenido en mi vida. Pero el ruido y el asombro de la gente al verme levantar y caminar no se pueden expresar. Las cadenas que sujetaban mi pierna izquierda tenían unas dos yardas de largo y no solo me dieron la libertad de caminar hacia adelante y hacia atrás en un semicírculo, sino que, estando fijadas a menos de cuatro pulgadas de la puerta, me permitieron entrar arrastrándome y acostarme a todo lo largo en el templo.

CAPÍTULO II.

EL EMPERADOR DE LILLIPUT, ACOMPAÑADO POR VARIOS NOBLES, VIENE A VER AL AUTOR EN SU CONFINAMIENTO. SE DESCRIBEN LA PERSONA Y EL HÁBITO DEL EMPERADOR. SE NOMBRAN HOMBRES LETRADOS PARA ENSEÑAR AL AUTOR SU IDIOMA. GANA EL FAVOR POR SU DISPOSICIÓN AFABLE. SE REGISTRAN SUS BOLSILLOS Y SE LE QUITAN SU ESPADA Y PISTOLAS.

Cuando me encontré de pie, miré a mi alrededor, y debo confesar que nunca contemplé una perspectiva más entretenida. El campo a mi alrededor parecía un jardín continuo, y los campos cercados, que generalmente eran de cuarenta pies cuadrados, se asemejaban a otros tantos parterres de flores. Estos campos estaban mezclados con bosques de medio stang, y los árboles más altos, según pude juzgar, parecían tener siete pies de altura. Observé la ciudad a mi mano izquierda, que parecía la escena pintada de una ciudad en un teatro.

El emperador ya había bajado de la torre y avanzaba a caballo hacia mí, lo cual estuvo a punto de costarle caro; pues la bestia, aunque muy bien entrenada, estaba totalmente desacostumbrada a tal visión, que parecía como si una montaña se moviera ante él, y se encabritó sobre sus patas traseras. Pero aquel príncipe, que es un excelente jinete, mantuvo su asiento hasta que sus asistentes corrieron y sujetaron las bridas, mientras su majestad tenía tiempo de desmontar.

Cuando bajó, me examinó por todas partes con gran admiración, pero se mantuvo fuera del alcance de mi cadena. Ordenó a sus cocineros y camareros, que ya estaban preparados, que me dieran comida y bebida, que empujaron hacia adelante en una especie de vehículos sobre ruedas, hasta que pude alcanzarlos. Tomé estos vehículos y pronto los vacié todos; veinte de ellos estaban llenos de carne; cada uno me proporcionó dos o tres buenos bocados. La emperatriz y los jóvenes príncipes de sangre de ambos sexos, asistidos por muchas damas, se sentaron a cierta distancia en sus sillas; pero tras el accidente que le ocurrió al caballo del emperador, bajaron y se acercaron a su persona, la cual ahora voy a describir. Es más alto, casi por el ancho de mi uña, que cualquiera de su corte, lo cual solo es suficiente para infundir respeto a los espectadores. Sus rasgos son fuertes y masculinos, con un labio austriaco y nariz arqueada, su tez aceitunada, su semblante erguido, su cuerpo y extremidades bien proporcionados, todos sus movimientos graciosos y su porte majestuoso. Ya había pasado su mejor momento, teniendo veintiocho años y tres cuartos, de los cuales había reinado unos siete con gran felicidad, y generalmente victorioso. Para mayor comodidad de contemplarlo, me acosté de lado, de modo que mi cara estuviera paralela a la suya, y él estaba a solo tres yardas de distancia. Sin embargo, lo he tenido muchas veces en mi mano desde entonces, y por tanto no puedo equivocarme en la descripción.

Su vestimenta era muy sencilla y simple, y el estilo estaba entre el asiático y el europeo; pero llevaba en la cabeza un casco ligero de oro, adornado con joyas, y una pluma en la cresta. Sostenía su espada desenvainada en la mano, para defenderse en caso de que yo lograra soltarme; tenía casi tres pulgadas de largo; la empuñadura y la vaina eran de oro, enriquecidas con diamantes. Su voz era aguda, pero muy clara y articulada, y podía escucharla distintamente cuando estaba de pie.

Las damas y los cortesanos estaban todos magníficamente vestidos; de modo que el lugar donde estaban parecía asemejarse a una falda extendida en el suelo, bordada con figuras de oro y plata. Su majestad imperial me habló a menudo, y yo le respondí, pero ninguno de los dos pudo entender una sílaba. Había varios de sus sacerdotes y abogados presentes (como conjeturé por sus hábitos), a quienes se les ordenó dirigirse a mí; y les hablé en tantos idiomas como pude chapurrear, que eran: holandés alto y bajo, latín, francés, español, italiano y lengua franca; pero todo fue en vano.

Después de unas dos horas, la corte se retiró, y me quedé con una fuerte guardia para evitar la impertinencia, y probablemente la malicia de la chusma, que estaba muy impaciente por apiñarse a mi alrededor tan cerca como se atrevían; y algunos tuvieron la audacia de dispararme sus flechas mientras estaba sentado en el suelo junto a la puerta de mi casa, una de las cuales pasó muy cerca de mi ojo izquierdo. Pero el coronel ordenó que detuvieran a seis de los cabecillas, y pensó que no había castigo más apropiado que entregármelos atados en mis manos; lo cual hicieron algunos de sus soldados, empujándolos hacia adelante con las culatas de sus picas hasta que estuvieron a mi alcance. Los tomé todos en mi mano derecha, metí a cinco de ellos en el bolsillo de mi casaca; y en cuanto al sexto, puse cara de que iba a comérmelo vivo. El pobre hombre chilló terriblemente, y el coronel y sus oficiales se sintieron muy angustiados, especialmente cuando me vieron sacar mi navaja; pero pronto les quité el miedo, pues, mirándolos con dulzura e inmediatamente cortando las cuerdas con las que estaba atado, lo puse suavemente en el suelo y salió corriendo. Traté al resto de la misma manera, tomándolos uno por uno de mi bolsillo; y observé que tanto los soldados como la gente estaban muy encantados con esta muestra de mi clemencia, lo cual fue representado muy a mi favor en la corte.

Hacia la noche, entré con cierta dificultad en mi casa, donde me acosté en el suelo, y continué haciéndolo durante quince días, tiempo durante el cual el emperador dio órdenes de que me prepararan una cama. Seiscientas camas, de medida común, fueron traídas en carruajes y trabajadas dentro de mi casa; ciento cincuenta de sus camas, cosidas juntas, formaban el ancho y el largo; y estas estaban cuádruples, lo cual, sin embargo, me protegía muy indiferentemente de la dureza del suelo, que era de piedra lisa. Por el mismo cálculo, me proporcionaron sábanas, mantas y colchas, que eran bastante tolerables para alguien que había estado tanto tiempo acostumbrado a las privaciones como yo.

A medida que la noticia de mi llegada se extendía por el reino, atrajo a un número prodigioso de personas ricas, ociosas y curiosas a verme; de modo que los pueblos quedaron casi vacíos; y un gran descuido de las labores agrícolas y de los asuntos domésticos se habría producido si su majestad imperial no hubiera dispuesto, mediante varios bandos y órdenes de estado, contra este inconveniente. Ordenó que aquellos que ya me habían visto regresaran a sus casas y no se atrevieran a acercarse a menos de cincuenta yardas de mi casa sin licencia de la corte; por lo cual los secretarios de estado obtuvieron considerables tasas.

Mientras tanto, el emperador celebraba consejos frecuentes para debatir qué curso debía tomarse conmigo; y más tarde fui asegurado por un amigo particular, una persona de gran calidad, que estaba tan al tanto de los secretos como cualquiera, que la corte tenía muchas dificultades respecto a mí. Temían que me soltara; que mi dieta fuera muy costosa y pudiera causar una hambruna. A veces decidían dejarme morir de hambre, o al menos dispararme en la cara y las manos con flechas envenenadas, lo cual pronto acabaría conmigo: pero de nuevo consideraban que el hedor de un cadáver tan grande podría producir una plaga en la metrópoli, y probablemente extenderse por todo el reino.

En medio de estas deliberaciones, varios oficiales del ejército se dirigieron a la puerta de la gran cámara del consejo y, siendo admitidos dos de ellos, dieron cuenta de mi comportamiento ante los seis criminales antes mencionados, lo cual causó una impresión tan favorable en el pecho de su majestad y de todo el consejo a mi favor, que se expidió una comisión imperial obligando a todos los pueblos situados a novecientas yardas de la ciudad a entregar, cada mañana, seis bueyes, cuarenta ovejas y otros víveres para mi sustento; junto con una cantidad proporcional de pan, vino y otros licores; para cuyo debido pago su majestad dio asignaciones sobre su tesoro. Pues este príncipe vive principalmente de sus propios dominios, rara vez, excepto en grandes ocasiones, imponiendo subsidios a sus súbditos, quienes están obligados a asistirle en sus guerras a su propia costa. También se estableció un grupo de seiscientas personas para que fueran mis sirvientes, a quienes se les asignó un salario para su manutención, y se construyeron tiendas de campaña para ellos de forma muy conveniente a cada lado de mi puerta.

Se ordenó asimismo que trescientos sastres me hicieran un traje a la usanza del país; que seis de los más grandes eruditos de su majestad fueran empleados para instruirme en su lengua; y, por último, que los caballos del emperador, los de la nobleza y los de las tropas de guardia fueran ejercitados frecuentemente ante mi vista, para acostumbrarse a mí.

Todas estas órdenes se llevaron a cabo debidamente y, en unas tres semanas, hice un gran progreso en el aprendizaje de su idioma; durante cuyo tiempo el emperador me honró frecuentemente con sus visitas y se dignó ayudar a mis maestros a enseñarme. Ya empezamos a conversar juntos de alguna manera; y las primeras palabras que aprendí fueron para expresar mi deseo de que tuviera a bien concederme la libertad, lo cual repetía todos los días de rodillas. Su respuesta, según pude comprenderla, fue que esto debía ser obra del tiempo, algo que no podía pensarse sin el consejo de sus ministros, y que primero debía lumos kelmin pesso desmar lon emposo; es decir, jurar la paz con él y su reino. No obstante, que sería tratado con toda amabilidad; y me aconsejó que adquiriera, mediante mi paciencia y comportamiento discreto, la buena opinión de él mismo y de sus súbditos.

Deseaba que no me tomara a mal si daba órdenes a ciertos oficiales apropiados para que me registraran; pues probablemente podría llevar conmigo varias armas que, necesariamente, serían cosas peligrosas si correspondían al volumen de una persona tan prodigiosa. Le dije que su majestad quedaría satisfecho, pues estaba dispuesto a despojarme de mis ropas y vaciar mis bolsillos ante él. Esto lo expresé, en parte con palabras y en parte con señas.

Respondió que, según las leyes del reino, debía ser registrado por dos de sus oficiales; que sabía que esto no podía hacerse sin mi consentimiento y asistencia; que tenía tan buena opinión de mi generosidad y justicia como para confiar sus personas en mis manos; y que todo lo que me tomaran me sería devuelto al dejar el país, o pagado al precio que yo mismo fijara. Tomé a los dos oficiales en mis manos, los puse primero en los bolsillos de mi casaca y luego en todos los demás bolsillos que llevaba, excepto en mis dos faltriqueras y otro bolsillo secreto que no quería que fuera registrado, donde tenía algunas pequeñas necesidades que no eran de consecuencia para nadie más que para mí. En una de mis faltriqueras había un reloj de plata y en la otra una pequeña cantidad de oro en una bolsa.

Estos caballeros, teniendo pluma, tinta y papel, hicieron un inventario exacto de todo lo que vieron; y, cuando terminaron, me pidieron que los bajara para que pudieran entregárselo al emperador. Este inventario lo traduje después al inglés y es palabra por palabra como sigue:

Imprimis, en el bolsillo derecho de la casaca del gran hombre-montaña (pues así interpreto las palabras quinbus flestrin), tras el registro más estricto, encontramos solo un gran trozo de tela basta, lo suficientemente grande como para ser un tapete para la sala principal de estado de su majestad. En el bolsillo izquierdo, vimos un enorme cofre de plata, con una tapa del mismo metal, que nosotros, los registradores, no fuimos capaces de levantar. Pedimos que se abriera y uno de nosotros, al entrar en él, se encontró hasta la mitad de la pierna en una especie de polvo, parte del cual, al volar hacia nuestras caras, nos hizo estornudar a ambos varias veces seguidas. En el bolsillo derecho de su chaleco encontramos un número prodigioso de sustancias blancas y delgadas plegadas una sobre otra, del tamaño de tres hombres, atadas con un cable fuerte y marcadas con figuras negras; que humildemente concebimos que son escritos, con cada letra casi tan grande como la palma de nuestras manos. En el izquierdo, había una especie de artefacto, del cual se extendían veinte largos palos desde la parte trasera, semejantes a las empalizadas ante la corte de su majestad; con lo cual conjeturamos que el hombre-montaña se peina la cabeza, pues no siempre lo molestábamos con preguntas, porque encontramos gran dificultad para hacer que nos entendiera. En el bolsillo grande del lado derecho de su cubierta media (así traduzco la palabra ranfu-lo, con la que se referían a mis calzones), vimos un pilar hueco de hierro, de la longitud de un hombre, sujeto a un trozo fuerte de madera, más grande que el pilar; y en un lado del pilar había enormes piezas de hierro que sobresalían, cortadas en figuras extrañas, de las cuales no sabemos qué pensar. En el bolsillo izquierdo, otro artefacto del mismo tipo. En el bolsillo más pequeño del lado derecho había varias piezas redondas y planas de metal blanco y rojo, de diferente volumen; algunas de las blancas, que parecían ser de plata, eran tan grandes y pesadas que mi compañero y yo apenas podíamos levantarlas. En el bolsillo izquierdo, había dos pilares negros de forma irregular; no podíamos alcanzar la parte superior de ellos sin dificultad, mientras estábamos de pie en el fondo de su bolsillo. Uno de ellos estaba cubierto y parecía de una sola pieza; pero en el extremo superior del otro, apareció una sustancia blanca y redonda, aproximadamente del doble del tamaño de nuestras cabezas. Dentro de cada uno de ellos había encerrada una prodigiosa placa de acero, que, por nuestras órdenes, le obligamos a mostrarnos, porque temíamos que pudieran ser artefactos peligrosos. Los sacó de sus estuches y nos dijo que en su propio país su práctica era afeitarse la barba con uno de ellos y cortar su carne con el otro. Había dos bolsillos en los que no pudimos entrar: estos los llamaba sus faltriqueras. De la faltriquera derecha colgaba una gran cadena de plata, con una clase maravillosa de artefacto en el extremo. Le indicamos que sacara lo que hubiera al final de esa cadena, que resultó ser un globo, mitad de plata y mitad de algún metal transparente; pues en el lado transparente vimos ciertas figuras extrañas, dibujadas circularmente, y pensamos que podíamos tocarlas hasta que descubrimos que nuestros dedos eran detenidos por esa sustancia lúcida. Acercó este artefacto a nuestros oídos, lo cual producía un ruido incesante, como el de un molino de agua; y conjeturamos que es o bien algún animal desconocido, o el dios al que adora; pero estamos más inclinados a esta última opinión, porque nos aseguró (si lo entendimos bien, pues se expresó de manera muy imperfecta), que rara vez hacía algo sin consultarlo. Lo llamaba su oráculo y decía que señalaba el momento para cada acción de su vida. De la faltriquera izquierda sacó una red casi lo suficientemente grande para un pescador, pero ideada para abrirse y cerrarse como una bolsa, y le servía para el mismo uso; encontramos en ella varias piezas macizas de metal amarillo, que, si son de oro auténtico, deben ser de un valor inmenso.

Habiendo registrado así, en obediencia a las órdenes de su majestad, todos sus bolsillos, observamos un cinturón alrededor de su cintura, hecho de la piel de algún animal prodigioso, del cual, en el lado izquierdo, colgaba una espada de la longitud de cinco hombres; y en el derecho, una bolsa o talego, dividido en dos celdas, cada una capaz de albergar a tres de los súbditos de su majestad. En una de estas celdas había varios globos, o bolas, de un metal de lo más pesado, del tamaño de nuestras cabezas, y que requerían una mano fuerte para levantarlas; la otra celda contenía un montón de ciertos granos negros, pero de no gran volumen o peso, pues podíamos sostener unos cincuenta de ellos en las palmas de nuestras manos.

Este es un inventario exacto de lo que encontramos en el cuerpo del hombre-montaña, quien nos trató con gran cortesía y debido respeto a la comisión de su majestad. Firmado y sellado, el cuarto día de la octogésima novena luna del auspicioso reinado de su majestad.

CLEFRIN FRELOC. MARSI FRELOC.

Cuando este inventario fue leído ante el emperador, él me ordenó, aunque en términos muy amables, que entregara los diversos artículos.

Primero pidió mi cimitarra, la cual saqué, con vaina y todo. Entretanto, ordenó a tres mil de sus tropas selectas (que entonces lo acompañaban) que me rodearan a distancia, con sus arcos y flechas listos para disparar; pero no me percaté de ello, pues mis ojos estaban totalmente fijos en su majestad. Luego me pidió que desenvainara mi cimitarra, la cual, aunque tenía algo de óxido por el agua de mar, estaba en la mayor parte excesivamente brillante. Lo hice, y de inmediato todas las tropas dieron un grito entre el terror y la sorpresa; pues el sol brillaba claro y el reflejo deslumbró sus ojos mientras yo agitaba la cimitarra de un lado a otro en mi mano. Su majestad, que es un príncipe magnánimo, se mostró menos intimidado de lo que cabría esperar; me ordenó que la volviera a meter en la vaina y la arrojara al suelo tan suavemente como pudiera, a unos seis pies del extremo de mi cadena.

Lo siguiente que exigió fue uno de los pilares huecos de hierro, con lo cual se refería a mis pistolas de bolsillo. La saqué y, a su deseo, expresé lo mejor que pude su uso; y cargándola solo con pólvora, que, por la hermeticidad de mi bolsa, resultó haberse librado de mojarse en el mar (un inconveniente contra el cual todos los marineros prudentes tienen especial cuidado de prevenir), primero advertí al emperador que no tuviera miedo, y luego la disparé al aire.

El asombro aquí fue mucho mayor que a la vista de mi cimitarra. Cientos cayeron al suelo como si hubieran sido fulminados; e incluso el emperador, aunque se mantuvo firme, no pudo recuperarse en un buen rato. Entregué ambas pistolas, de la misma manera que lo había hecho con mi cimitarra, y luego mi bolsa de pólvora y balas, rogándole que la primera se mantuviera alejada del fuego, pues se encendería con la más mínima chispa y haría volar por los aires su palacio imperial.

Del mismo modo entregué mi reloj, que el emperador estaba muy curioso por ver, y ordenó a dos de sus más altos guardias que lo portaran sobre una pértiga en sus hombros, como hacen los carreteros en Inglaterra con un barril de cerveza. Estaba maravillado por el ruido continuo que hacía y el movimiento del minutero, que podía distinguir fácilmente; pues su vista es mucho más aguda que la nuestra. Pidió las opiniones de sus sabios al respecto, las cuales fueron diversas y remotas, como el lector bien puede imaginar sin que yo las repita; aunque, en verdad, no pude entenderlas muy perfectamente.

Luego entregué mi dinero de plata y cobre, mi monedero, con nueve piezas grandes de oro y algunas más pequeñas; mi cuchillo y navaja, mi peine y tabaquera de plata, mi pañuelo y mi diario de notas. Mi cimitarra, pistolas y bolsa fueron transportadas en carruajes a los almacenes de su majestad; pero el resto de mis pertenencias me fueron devueltas.

Tenía, como observé antes, un bolsillo privado que escapó a su registro, donde había un par de anteojos (que uso a veces por la debilidad de mis ojos), un anteojo de bolsillo y algunas otras pequeñas comodidades; las cuales, al no ser de consecuencia para el emperador, no consideré obligado por honor a revelar; y temía que pudieran perderse o estropearse si me arriesgaba a sacarlas de mi posesión.

CAPÍTULO III.

EL AUTOR DIVIERTE AL EMPERADOR Y A LA NOBLEZA DE AMBOS SEXOS DE UNA MANERA MUY POCO COMÚN. SE DESCRIBEN LAS DIVERSIONES DE LA CORTE DE LILLIPUT. AL AUTOR SE LE CONCEDE LA LIBERTAD BAJO CIERTAS CONDICIONES.

Mi gentileza y buen comportamiento habían ganado tanto al emperador y a su corte, y ciertamente al ejército y al pueblo en general, que empecé a concebir esperanzas de obtener mi libertad en poco tiempo. Tomé todos los métodos posibles para cultivar esta disposición favorable. Los nativos llegaron gradualmente a sentir menos aprensión por cualquier peligro que pudiera provenir de mí. A veces me acostaba y dejaba que cinco o seis de ellos bailaran en mi mano, y al final los niños y niñas se aventuraban a venir a jugar al escondite en mi cabello. Ya había hecho un buen progreso en la comprensión y habla de su idioma.

El emperador tuvo la idea, un día, de entretenerme con uno de los espectáculos del país, en los cuales superan a todas las naciones que he conocido, tanto por destreza como por magnificencia. Ninguno me divirtió tanto como el de los bailarines de cuerda, realizados sobre un delgado hilo blanco, extendido a unos dos pies, a doce pulgadas del suelo. Sobre lo cual desearé libertad, con la paciencia del lector, para extenderme un poco.

Esta diversión solo es practicada por aquellas personas que son candidatas a grandes empleos y altos favores en la corte. Son entrenados en este arte desde su juventud y no siempre son de origen noble o educación liberal. Cuando un gran cargo queda vacante, ya sea por muerte o desgracia (lo cual sucede a menudo), cinco o seis de esos candidatos solicitan al emperador entretener a su majestad y a la corte con un baile en la cuerda, y quien salta más alto, sin caer, obtiene el cargo. Muy a menudo se ordena a los ministros principales que demuestren su habilidad y convenzan al emperador de que no han perdido su facultad. A Flimnap, el tesorero, se le permite hacer una cabriola en la cuerda recta al menos una pulgada más alto que cualquier lord en todo el imperio. Le he visto hacer la voltereta varias veces seguidas sobre un plato, fijado en una cuerda que no es más gruesa que un cordel común en Inglaterra. Mi amigo Reldresal, secretario principal de asuntos privados, es, en mi opinión, si no soy parcial, el segundo después del tesorero; el resto de los grandes oficiales están muy a la par.

Estas diversiones a menudo van acompañadas de accidentes fatales, de los cuales hay gran número registrados. Yo mismo he visto a dos o tres candidatos romperse un miembro. ¡Pero el peligro es mucho mayor cuando se ordena a los mismos ministros que demuestren su destreza! Pues, al competir por sobresalir sobre sí mismos y sus compañeros, se esfuerzan tanto que apenas hay uno de ellos que no haya recibido una caída, y algunos de ellos dos o tres. Me aseguraron que un año o dos antes de mi llegada, Flimnap se habría roto infaliblemente el cuello si uno de los cojines del rey, que accidentalmente yacía en el suelo, no hubiera amortiguado la fuerza de su caída.

Existe asimismo otra diversión, que solo se muestra ante el emperador y la emperatriz y el primer ministro, en ocasiones particulares. El emperador coloca sobre la mesa tres hilos de seda fina, de seis pulgadas de largo; uno es púrpura, el otro amarillo y el tercero blanco. Estos hilos se proponen como premios para aquellas personas a quienes el emperador desea distinguir con una marca especial de su favor. La ceremonia se realiza en la gran cámara de estado de su majestad, donde los candidatos deben someterse a una prueba de destreza muy diferente a la anterior, y tal que no he observado la menor semejanza en ningún otro país del viejo o nuevo mundo.

El emperador sostiene un palo en sus manos, con ambos extremos paralelos al horizonte, mientras los candidatos, avanzando uno a uno, a veces saltan sobre el palo, a veces se arrastran por debajo de él, hacia atrás y adelante varias veces, según se avance o se baje el palo. A veces el emperador sostiene un extremo del palo y su primer ministro el otro: a veces el ministro lo tiene enteramente para sí mismo. Quien realiza su parte con mayor agilidad y resiste más tiempo saltando y arrastrándose, es recompensado con la seda de color azul; el amarillo se da al siguiente, y el verde al tercero, que todos llevan ceñido dos veces alrededor de la cintura; y se ven pocas personas importantes alrededor de esta corte que no estén adornadas con uno de estos cinturones.

Los caballos del ejército y los de las caballerizas reales, habiendo sido conducidos diariamente ante mí, ya no eran asustadizos, sino que se acercaban hasta mis pies sin respingar. Los jinetes los hacían saltar sobre mi mano mientras la sostenía en el suelo; y uno de los cazadores del emperador, sobre un gran corcel, tomó mi pie, zapato y todo, lo cual fue ciertamente un salto prodigioso.

Tuve la fortuna de divertir al emperador un día de una manera muy extraordinaria. Deseé que ordenara traer varios palos de dos pies de altura y del grosor de un bastón ordinario; ante lo cual su majestad ordenó al maestro de sus bosques que diera las instrucciones pertinentes; y a la mañana siguiente llegaron seis leñadores con otros tantos carruajes, tirados por ocho caballos cada uno.

Tomé nueve de estos palos y, fijándolos firmemente en el suelo en forma cuadrangular, de dos pies y medio de lado, tomé otros cuatro palos y los até paralelos en cada esquina, a unos dos pies del suelo; luego até mi pañuelo a los nueve palos que estaban erguidos y lo extendí por todos los lados hasta que quedó tan tenso como la parte superior de un tambor; y los cuatro palos paralelos, elevándose unas cinco pulgadas por encima del pañuelo, servían como bordes a cada lado.

Cuando terminé mi trabajo, pedí al emperador que dejara que una tropa de sus mejores caballos, veinticuatro en número, viniera y se ejercitara sobre esta planicie. Su majestad aprobó la propuesta y los tomé uno por uno en mis manos, listos, montados y armados, con los oficiales apropiados para ejercitarlos. Tan pronto como se pusieron en orden, se dividieron en dos partes, realizaron escaramuzas simuladas, dispararon flechas sin punta, desenvainaron sus espadas, huyeron y persiguieron, atacaron y se retiraron, y, en resumen, descubrieron la mejor disciplina militar que jamás haya contemplado. Los palos paralelos los aseguraron a ellos y a sus caballos de caer por el escenario: y el emperador quedó tan encantado que ordenó que este entretenimiento se repitiera varios días, y una vez tuvo a bien ser levantado y dar la voz de mando; y, con gran dificultad, persuadió incluso a la misma emperatriz para que me dejara sostenerla en su silla cerrada a dos yardas del escenario, desde donde pudo disfrutar de una vista completa de toda la actuación.

Fue mi buena fortuna que no ocurriera ningún accidente grave en estos entretenimientos; solo una vez, un caballo fogoso que pertenecía a uno de los capitanes, al cocear con su casco, hizo un agujero en mi pañuelo y, resbalando su pie, derribó a su jinete y a sí mismo; pero inmediatamente los socorrí a ambos y, cubriendo el agujero con una mano, bajé a la tropa con la otra, de la misma manera que los había tomado. El caballo que cayó sufrió una distensión en el hombro izquierdo, pero el jinete no sufrió daño alguno, y reparé mi pañuelo lo mejor que pude; sin embargo, no quise confiar más en su resistencia en empresas tan peligrosas.

Unos dos o tres días antes de que me pusieran en libertad, mientras entretenía a la corte con proezas de esta clase, llegó un correo para informar a su majestad de que algunos de sus súbditos, al cabalgar cerca del lugar donde fui hallado por primera vez, habían visto una gran sustancia negra tendida en el suelo, de forma muy extraña, que extendía sus bordes tanto como la cámara de dormir de su majestad y se elevaba en el centro hasta la altura de un hombre; que no era criatura viva, como al principio habían temido, pues yacía sobre la hierba sin movimiento; y que algunos de ellos habían caminado a su alrededor varias veces; que, subiéndose unos a los hombros de otros, habían llegado a la parte superior, la cual era plana y uniforme, y, al zapatear sobre ella, descubrieron que estaba hueca por dentro; que humildemente concebían que podría ser algo perteneciente al hombre-montaña; y que, si a su majestad le placía, se encargarían de traerlo con solo cinco caballos.

Inmediatamente supe a qué se referían y me alegré de corazón al recibir esta noticia. Resulta que, al llegar a la orilla tras nuestro naufragio, estaba en tal confusión que, antes de alcanzar el lugar donde fui a dormir, mi sombrero, que había sujetado con un cordel a la cabeza mientras remaba y que se había mantenido pegado todo el tiempo que estuve nadando, se cayó después de llegar a tierra; el cordel, según conjeturo, se rompió por algún accidente que nunca observé, pero pensé que mi sombrero se había perdido en el mar. Supliqué a su majestad imperial que diera órdenes para que me fuera traído tan pronto como fuera posible, describiéndole el uso y naturaleza del mismo; y al día siguiente llegaron los carreteros con él, aunque no en muy buenas condiciones; habían perforado dos agujeros en el ala, a menos de una pulgada y media del borde, y sujeto dos ganchos en los agujeros; estos ganchos estaban atados por una cuerda larga al arnés; y así mi sombrero fue arrastrado por más de media milla inglesa; pero siendo el terreno en aquel país extremadamente suave y nivelado, recibió menos daño del que esperaba.

Dos días después de esta aventura, el emperador, tras haber ordenado que aquella parte del ejército que se aloja en su metrópoli y sus alrededores estuviera lista, tuvo el capricho de divertirse de una manera muy singular. Deseó que me parara como un coloso, con las piernas tan abiertas como pudiera cómodamente. Entonces ordenó a su general (quien era un viejo y experimentado jefe y gran protector mío) que formara a las tropas en orden cerrado y marchara bajo mí; la infantería de veinticuatro en fondo y la caballería de dieciséis, con tambores batiendo, banderas al viento y picas en alto. Este cuerpo consistía en tres mil infantes y mil jinetes.

Había enviado tantos memoriales y peticiones por mi libertad, que su majestad finalmente mencionó el asunto, primero en el gabinete y luego en consejo pleno; donde no fue opuesto por nadie, excepto por Skyrris Bolgolam, a quien le plació, sin provocación alguna, ser mi enemigo mortal. Pero fue aprobado en contra suya por todo el consejo, y confirmado por el emperador. Aquel ministro era galbet, o almirante del reino, poseedor de gran confianza de su señor y persona bien versada en los asuntos, pero de un carácter hosco y agrio. Sin embargo, al final fue persuadido para acceder; pero logró que los artículos y condiciones bajo los cuales yo debía ser puesto en libertad, y a los cuales debía jurar, fueran redactados por él mismo.

Estos artículos me fueron traídos por Skyrris Bolgolam en persona, asistido por dos subsecretarios y varias personas de distinción. Después de que fueron leídos, se me exigió jurar el cumplimiento de ellos, primero a la manera de mi propio país y después por el método prescrito por sus leyes; que consistía en sostener mi pie derecho con mi mano izquierda y colocar el dedo medio de mi mano derecha sobre la coronilla de mi cabeza, y mi pulgar sobre la punta de mi oreja derecha.

Pero como el lector puede tener curiosidad por tener alguna idea del estilo y modo de expresión peculiar de aquel pueblo, así como por conocer los artículos bajo los cuales recuperé mi libertad, he hecho una traducción de todo el instrumento, palabra por palabra, tan fiel como pude, la cual ofrezco aquí al público.

Golbasto Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, Poderosísimo Emperador de Lilliput, deleite y terror del universo, cuyos dominios se extienden cinco mil blustrugs (unas doce millas de circunferencia) hasta las extremidades del globo; monarca de monarcas, más alto que los hijos de los hombres; cuyos pies presionan hasta el centro y cuya cabeza golpea contra el sol; ante cuyo asentimiento los príncipes de la tierra hacen temblar sus rodillas; agradable como la primavera, reconfortante como el verano, fructífero como el otoño, terrible como el invierno. Su majestad más sublime propone al hombre-montaña, recién llegado a nuestros dominios celestiales, los siguientes artículos, que por un juramento solemne estará obligado a cumplir.

Primero. El hombre-montaña no partirá de nuestros dominios sin nuestra licencia bajo nuestro gran sello.

Segundo. No presumirá de venir a nuestra metrópoli, sin nuestra orden expresa, momento en el cual los habitantes tendrán dos horas de aviso para mantenerse puertas adentro.

Tercero. El dicho hombre-montaña limitará sus paseos a nuestros principales caminos reales y no intentará caminar ni acostarse en un prado o campo de cereal.

Cuarto. Mientras camine por dichos caminos, pondrá el máximo cuidado en no pisotear los cuerpos de ninguno de nuestros amados súbditos, sus caballos o carruajes, ni tomar a ninguno de nuestros súbditos en sus manos sin su consentimiento.

Quinto. Si un correo requiere despacho extraordinario, el hombre-montaña estará obligado a llevar en su bolsillo al mensajero y al caballo en un viaje de seis días una vez cada luna, y devolver al dicho mensajero (si así se requiere) a salvo a nuestra presencia imperial.

Sexto. Será nuestro aliado contra nuestros enemigos en la isla de Blefuscu, y hará todo lo posible por destruir su flota, que se prepara ahora para invadirnos.

Séptimo. Que el dicho hombre-montaña, en sus momentos de ocio, sea de ayuda y asistencia a nuestros obreros, ayudando a elevar ciertas piedras grandes, para cubrir el muro del parque principal y otros de nuestros edificios reales.

Octavo. Que el dicho hombre-montaña entregue, en el plazo de dos lunas, un estudio exacto de la circunferencia de nuestros dominios, mediante un cálculo de sus propios pasos alrededor de la costa.

Por último. Que tras su juramento solemne de observar todos los artículos anteriores, el dicho hombre-montaña tendrá una asignación diaria de carne y bebida suficiente para el sustento de 1724 de nuestros súbditos, con libre acceso a nuestra persona real y otras muestras de nuestro favor. Dado en nuestro palacio de Belfaborac, el duodécimo día de la nonagésima primera luna de nuestro reinado.

Juré y suscribí los artículos con gran alegría y contento, aunque algunos de ellos no eran tan honorables como hubiera deseado; lo cual procedía totalmente de la malicia de Skyrris Bolgolam, el gran almirante; tras lo cual mis cadenas fueron inmediatamente desbloqueadas y quedé en plena libertad. El emperador mismo en persona me hizo el honor de estar presente en toda la ceremonia. Presenté mis agradecimientos postrándome a los pies de su majestad: pero él me ordenó levantarme; y después de muchas expresiones graciosas, que, para evitar la censura de vanidad, no repetiré, añadió que esperaba que resultara ser un siervo útil y que mereciera todos los favores que ya me había conferido o pudiera hacerme en el futuro.

El lector puede observar que, en el último artículo para la recuperación de mi libertad, el emperador estipula concederme una cantidad de carne y bebida suficiente para el sustento de 1724 liliputienses. Tiempo después, preguntando a un amigo en la corte cómo llegaron a fijar ese número determinado, me dijo que los matemáticos de su majestad, habiendo tomado la altura de mi cuerpo con ayuda de un cuadrante y encontrando que excedía a la de ellos en la proporción de doce a uno, concluyeron, por la similitud de sus cuerpos, que el mío debía contener al menos 1724 de los suyos y, por consiguiente, requeriría tanto alimento como fuera necesario para mantener a tal número de liliputienses. Por lo cual el lector puede concebir una idea del ingenio de aquel pueblo, así como de la prudente y exacta economía de tan gran príncipe.

CAPÍTULO IV.

MILENDO, LA METRÓPOLI DE LILLIPUT, DESCRITA JUNTO CON EL PALACIO DEL EMPERADOR. UNA CONVERSACIÓN ENTRE EL AUTOR Y UN SECRETARIO PRINCIPAL, SOBRE LOS ASUNTOS DE AQUEL IMPERIO. EL AUTOR SE OFRECE A SERVIR AL EMPERADOR EN SUS GUERRAS.

La primera petición que hice, después de haber obtenido mi libertad, fue que pudiera tener licencia para ver Milendo, la metrópoli; lo cual el emperador me concedió fácilmente, pero con el cargo especial de no hacer daño alguno, ni a los habitantes ni a sus casas. El pueblo tuvo aviso, mediante pregón, de mi designio de visitar la ciudad.

El muro que la rodea tiene dos pies y medio de alto y al menos once pulgadas de ancho, de modo que un carruaje con caballos puede ser conducido muy seguramente a su alrededor; y está flanqueado por fuertes torres a diez pies de distancia. Salté sobre la gran puerta occidental y pasé muy suavemente, y de lado, a través de las dos calles principales, solo en mi chaleco corto, por miedo a dañar los techos y aleros de las casas con los faldones de mi casaca. Caminé con la mayor circunspección para evitar pisar a algún rezagado que pudiera quedar en las calles; aunque las órdenes eran muy estrictas, en el sentido de que toda la gente debía mantenerse en sus casas bajo su propia responsabilidad. Las ventanas de las buhardillas y las azoteas estaban tan abarrotadas de espectadores que pensé que en todos mis viajes no había visto un lugar más populoso.

La ciudad es un cuadrado exacto, siendo cada lado del muro de quinientos pies de largo. Las dos grandes calles, que atraviesan y dividen la ciudad en cuatro cuartos, tienen cinco pies de ancho. Los callejones y callejuelas, en los que no pude entrar, pero que solo contemplé mientras pasaba, son de doce a dieciocho pulgadas. La ciudad es capaz de albergar quinientas mil almas; las casas tienen de tres a cinco pisos; las tiendas y mercados están bien provistos.

El palacio del emperador está en el centro de la ciudad, donde se encuentran las dos grandes calles. Está encerrado por un muro de dos pies de alto y a veinte pies de distancia de los edificios. Tuve el permiso de su majestad para saltar sobre este muro; y siendo el espacio tan amplio entre él y el palacio, pude contemplarlo fácilmente por todos lados.

El patio exterior es un cuadrado de cuarenta pies e incluye otros dos patios; en el más interior están los aposentos reales, que deseaba ver con gran interés, pero me resultó extremadamente difícil; pues las grandes puertas de un cuadrado a otro apenas tenían dieciocho pulgadas de alto y siete de ancho. Ahora bien, los edificios del patio exterior tenían al menos cinco pies de altura y me era imposible saltarlos sin causar un daño infinito a la estructura, aunque los muros estaban fuertemente construidos de piedra tallada y tenían cuatro pulgadas de espesor.

Al mismo tiempo, el emperador tenía un gran deseo de que yo viera la magnificencia de su palacio; pero no pude hacerlo hasta tres días después, los cuales pasé cortando, con mi cuchillo, algunos de los árboles más grandes del parque real, a unas cien yardas de distancia de la ciudad. De estos árboles hice dos taburetes, cada uno de unos tres pies de altura y lo suficientemente fuertes para soportar mi peso.

Habiendo recibido el pueblo aviso por segunda vez, atravesé de nuevo la ciudad hasta el palacio, con mis dos taburetes en las manos. Cuando llegué al lado del patio exterior, me puse sobre un taburete y tomé el otro en la mano; lo levanté por encima del techo y lo puse suavemente en el espacio entre el primero y el segundo patio, que tenía ocho pies de ancho. Entonces salté sobre el edificio muy cómodamente, de un taburete al otro, y subí el primero conmigo con un palo con gancho. Con este artificio entré en el patio más interior; y, tumbándome de lado, acerqué mi rostro a las ventanas de los pisos intermedios, que se habían dejado abiertas a propósito, y descubrí los aposentos más espléndidos que puedan imaginarse. Allí vi a la emperatriz y a los jóvenes príncipes en sus respectivos alojamientos, con sus principales asistentes a su alrededor. Su majestad imperial tuvo a bien sonreírme con mucha gracia y me dio su mano a través de la ventana para que la besara.

Pero no anticiparé al lector más descripciones de esta clase, porque las reservo para una obra mayor, que ya está casi lista para la imprenta, la cual contiene una descripción general de este imperio, desde su primera erección, a través de una larga serie de príncipes, con un relato particular de sus guerras y política, leyes, erudición y religión, sus plantas y animales, sus maneras y costumbres peculiares, con otros asuntos muy curiosos y útiles; siendo mi principal designio, en el presente, solo relatar tales eventos y transacciones que sucedieron al público, o a mí mismo, durante una residencia de unos nueve meses en aquel imperio.

Una mañana, cerca de quince días después de haber obtenido mi libertad, Reldresal, secretario principal (como le llaman) para los asuntos privados, vino a mi casa, asistido solo por un sirviente. Ordenó a su carruaje que esperara a distancia y deseó que le concediera una hora de audiencia; a lo cual accedí prontamente, por consideración a su calidad y méritos personales, así como por los muchos buenos servicios que me había hecho durante mis solicitudes en la corte. Me ofrecí a tumbarme, para que pudiera alcanzar mi oído más cómodamente; pero él prefirió dejar que le sostuviera en mi mano durante nuestra conversación.

Comenzó con cumplidos sobre mi libertad; dijo que podía pretender a cierto mérito en ella. Pero, añadió, si no hubiera sido por la situación actual de las cosas en la corte, tal vez no la habría obtenido tan pronto. Pues, dijo, por muy floreciente que podamos parecer ante los extranjeros, sufrimos dos grandes males: una facción violenta en casa y el peligro de una invasión, por un enemigo poderosísimo, desde el exterior. En cuanto a lo primero, debe entender que, desde hace más de setenta lunas, existen dos partidos en lucha en este imperio, bajo los nombres de Tramecksan y Slamecksan, por los tacones altos y bajos de sus zapatos, por los cuales se distinguen. Se alega, ciertamente, que los tacones altos son más acordes a nuestra antigua constitución; pero, sea como fuere, su majestad ha determinado hacer uso solo de tacones bajos en la administración del gobierno y en todos los cargos que dependen de la corona, como no puede dejar de observar: y particularmente, que los tacones imperiales de su majestad son más bajos, al menos por un drurr, que los de cualquiera de su corte (drurr es una medida de aproximadamente la decimocuarta parte de una pulgada). Las animosidades entre estos dos partidos son tan intensas que no quieren ni comer, ni beber, ni hablar con los otros. Calculamos que los Tramecksan, o tacones altos, nos superan en número; pero el poder está totalmente de nuestro lado. Tememos que su alteza imperial, el heredero a la corona, tenga cierta tendencia hacia los tacones altos; al menos, podemos descubrir claramente que uno de sus tacones es más alto que el otro, lo que le da un cojeo al caminar. Ahora, en medio de estas inquietudes intestinas, estamos amenazados con una invasión de la isla de Blefuscu, que es el otro gran imperio del universo, casi tan grande y poderoso como este de su majestad. Pues, en cuanto a lo que hemos oído afirmar a usted, que hay otros reinos y estados en el mundo, habitados por criaturas humanas tan grandes como usted mismo, nuestros filósofos tienen muchas dudas y preferirían conjeturar que usted cayó de la luna o de una de las estrellas, porque es seguro que cien mortales de su corpulencia destruirían en poco tiempo todos los frutos y ganado de los dominios de su majestad. Además, nuestras historias de seis mil lunas no hacen mención de otras regiones que los dos grandes imperios de Lilliput y Blefuscu. Los cuales dos poderes poderosos han estado, como iba a decirle, comprometidos en una guerra muy obstinada desde hace treinta y seis lunas. Comenzó por la siguiente ocasión: se admite por todas las partes que la forma primitiva de romper los huevos, antes de comerlos, era por el extremo más ancho; pero el abuelo de su actual majestad, siendo niño, al ir a comer un huevo y romperlo según la antigua práctica, ocurrió que se cortó uno de los dedos. Acto seguido, el emperador, su padre, publicó un edicto ordenando a todos sus súbditos, bajo grandes penas, que rompieran el extremo más pequeño de sus huevos. El pueblo se ofendió tanto con esta ley, que nuestras historias nos dicen que ha habido seis rebeliones motivadas por tal cuenta, en las cuales un emperador perdió la vida y otro su corona. Estas conmociones civiles fueron constantemente fomentadas por los monarcas de Blefuscu; y cuando eran sofocadas, los exiliados siempre huían en busca de refugio a aquel imperio. Se calcula que once mil personas han sufrido, en diferentes momentos, la muerte antes que someterse a romper sus huevos por el extremo más pequeño. Muchos cientos de grandes volúmenes se han publicado sobre esta controversia, pero los libros de los Big-endians han estado prohibidos desde hace mucho tiempo, y todo el partido ha sido inhabilitado, por ley, para ocupar empleos. Durante el curso de estos problemas, los emperadores de Blefuscu frecuentemente protestaron, por medio de sus embajadores, acusándonos de crear un cisma en la religión al ofender una doctrina fundamental de nuestro gran profeta Lustrog, en el quincuagésimo cuarto capítulo del Blundecral (que es su Alcorán). Esto, sin embargo, se considera una mera exageración del texto; pues las palabras son estas: que todos los verdaderos creyentes rompan sus huevos por el extremo conveniente. Y cuál es el extremo conveniente, parece, en mi humilde opinión, quedar a la conciencia de cada hombre, o, al menos, en el poder del magistrado principal para determinarlo. Ahora, los exiliados Big-endians han encontrado tanto crédito en la corte del emperador de Blefuscu, y tanta asistencia y estímulo privado de su partido aquí en casa, que una sangrienta guerra se ha llevado a cabo entre los dos imperios durante treinta y seis lunas, con éxito variado; durante cuyo tiempo hemos perdido cuarenta navíos capitales y un número mucho mayor de embarcaciones más pequeñas, junto con treinta mil de nuestros mejores marinos y soldados; y el daño recibido por el enemigo se calcula un poco mayor que el nuestro. Sin embargo, ahora han equipado una numerosa flota y se están preparando justo para hacer un desembarco sobre nosotros; y su majestad imperial, depositando gran confianza en su valor y fuerza, me ha ordenado presentarle este informe de sus asuntos.

Pedí al secretario que presentara mis humildes respetos al emperador y le hiciera saber que pensaba que no me correspondería a mí, que era un extranjero, interferir en partidos; pero que estaba dispuesto, arriesgando mi vida, a defender su persona y su estado contra todos los invasores.

CAPÍTULO V.

EL AUTOR, MEDIANTE UNA ESTRATAGEMA EXTRAORDINARIA, PREVIENE UNA INVASIÓN. SE LE CONFIERE UN ALTO TÍTULO DE HONOR. LLEGAN EMBAJADORES DEL EMPERADOR DE BLEFUSCU Y PIDEN LA PAZ. LOS APOSENTOS DE LA EMPERATRIZ SE INCENDIAN POR ACCIDENTE; EL AUTOR ES INSTRUMENTAL PARA SALVAR EL RESTO DEL PALACIO.

El imperio de Blefuscu es una isla, situada al norte-noreste de Lilliput, de donde está separada solo por un canal de ochocientas yardas de ancho. Todavía no lo había visto; y ante este aviso de una invasión pretendida, evité aparecer por aquel lado de la costa, por miedo a ser descubierto por alguno de los barcos del enemigo, quienes no habían recibido inteligencia de mí, habiendo sido prohibido estrictamente todo trato entre los dos imperios durante la guerra, bajo pena de muerte, y habiendo impuesto un embargo nuestro emperador sobre todas las embarcaciones, cualesquiera que fueran.

Comuniqué a su majestad un proyecto que había formado, consistente en apoderarme de toda la flota enemiga; la cual, según nos aseguraban nuestros exploradores, permanecía anclada en el puerto, lista para zarpar con el primer viento favorable. Consulté a los marinos más experimentados sobre la profundidad del canal, que a menudo habían sondeado, quienes me dijeron que en el centro, con la marea alta, tenía una profundidad de setenta glumgluffs, que son cerca de seis pies de medida europea, y el resto, cincuenta glumgluffs a lo sumo. Caminé hacia la costa noreste, frente a Blefuscu; allí, tumbándome detrás de una loma, saqué mi pequeño anteojo de larga vista y observé la flota enemiga anclada, compuesta por unos cincuenta navíos de guerra y un gran número de barcos de transporte; regresé entonces a mi casa y di órdenes (para lo cual tenía una autorización) de obtener una gran cantidad de la cuerda más resistente y barras de hierro. La cuerda era casi tan gruesa como un hilo de bramante, y las barras tenían el largo y el tamaño de una aguja de tejer. Trencé la cuerda por triplicado para hacerla más fuerte; y, por la misma razón, retorcí tres de las barras de hierro juntas, doblando las extremidades en forma de gancho.

Habiendo fijado así cincuenta ganchos a otros tantos cabos, regresé a la costa noreste y, quitándome la casaca, los zapatos y las medias, entré en el mar con mi jubón de cuero, cerca de media hora antes de la pleamar. Vadeé con toda la prisa que pude y nadé en el centro unas treinta yardas, hasta que sentí el fondo; llegué a la flota en menos de media hora. El enemigo estaba tan asustado al verme que saltaron fuera de sus barcos y nadaron hasta la orilla, donde no debía haber menos de treinta mil almas; entonces tomé mis aparejos y, sujetando un gancho al orificio de la proa de cada uno, até todas las cuerdas juntas por el extremo.

Mientras estaba ocupado en esto, el enemigo disparó varios miles de flechas, muchas de las cuales se clavaron en mis manos y en mi rostro; además del dolor excesivo, me causaron muchas molestias en mi trabajo. Mi mayor temor era por mis ojos, los cuales habría perdido infaliblemente si no se me hubiera ocurrido de repente un recurso. Guardaba, entre otros pequeños objetos necesarios, un par de anteojos en un bolsillo oculto, que, como observé antes, habían escapado a los registradores del emperador. Los saqué y los ajusté lo más firmemente que pude sobre mi nariz y, así armado, continué audazmente con mi labor, a pesar de las flechas del enemigo, muchas de las cuales golpearon contra los cristales de mis anteojos, pero sin otro efecto que el de descolocarlos un poco. Ya había fijado todos los ganchos y, tomando el nudo en mi mano, comencé a tirar: pero ni un solo barco se movía, pues todos estaban sujetos con demasiada firmeza por sus anclas; de modo que la parte más audaz de mi empresa aún estaba por hacerse. Por lo tanto, solté el cabo y, dejando los ganchos fijados a los barcos, corté resueltamente con mi cuchillo los cables que sujetaban las anclas, recibiendo más de doscientos disparos en mi cara y manos; luego tomé el extremo anudado de las cuerdas, a las que estaban atados mis ganchos, y, con gran facilidad, arrastré tras de mí a cincuenta de los mayores navíos de guerra del enemigo.

Los blefuscudianos, que no tenían la menor idea de lo que yo pretendía, quedaron al principio confundidos por el asombro. Me habían visto cortar los cables y pensaron que mi diseño era solo dejar que los barcos fueran a la deriva o chocaran unos con otros: pero cuando percibieron a toda la flota moviéndose en orden y me vieron tirando del extremo, lanzaron tal grito de dolor y desesperación que es casi imposible de describir o concebir. Cuando estuve fuera de peligro, me detuve un rato para extraer las flechas que se habían clavado en mis manos y en mi rostro; y me froté con un poco del mismo ungüento que me habían dado a mi llegada, como mencioné anteriormente. Luego me quité los anteojos y, esperando cerca de una hora hasta que la marea bajó un poco, vadeé a través del centro con mi cargamento y llegué a salvo al puerto real de Lilliput.

El emperador y toda su corte estaban en la orilla, esperando el resultado de esta gran aventura. Vieron los barcos moverse hacia adelante en una gran media luna, pero no pudieron distinguirme a mí, que estaba con el agua hasta el pecho. Cuando avancé hacia el centro del canal, se angustiaron aún más, porque estaba sumergido hasta el cuello. El emperador supuso que me había ahogado y que la flota enemiga se acercaba de manera hostil: pero pronto se vio aliviado de sus temores; pues, como el canal se volvía más somero con cada paso que daba, en poco tiempo llegué a distancia de ser oído; y, levantando el extremo del cable por el que estaba sujeta la flota, grité con voz fuerte: ¡Larga vida al más poderoso emperador de Lilliput! Este gran príncipe me recibió a mi llegada con todos los elogios posibles y me nombró nardac en el acto, que es el título de honor más alto entre ellos.

Su majestad deseó que aprovechara alguna otra oportunidad para llevar todo el resto de los barcos de su enemigo a sus puertos. Y tan inmensa es la ambición de los príncipes, que parecía no pensar en otra cosa que en reducir todo el imperio de Blefuscu a una provincia y gobernarla mediante un virrey; en destruir a los exiliados de los de Extremo Grande y obligar a ese pueblo a romper el extremo más pequeño de sus huevos, con lo cual él permanecería como único monarca de todo el mundo. Pero intenté disuadirlo de este diseño mediante muchos argumentos, extraídos de temas de política, así como de justicia. Y protesté claramente que nunca sería un instrumento para llevar a la esclavitud a un pueblo libre y valiente. Y cuando el asunto se debatió en el consejo, la parte más sabia del ministerio fue de mi opinión.

Esta declaración mía, abierta y audaz, era tan opuesta a los planes y a la política de su majestad imperial que nunca pudo perdonármelo; lo mencionó, de una manera muy astuta, en el consejo, donde, según me dijeron, algunos de los más sabios parecieron, al menos por su silencio, ser de mi opinión; pero otros, que eran mis enemigos secretos, no pudieron evitar algunas expresiones que, de soslayo, me salpicaban a mí. Y, desde este momento, comenzó una intriga entre su majestad y una junta de ministros malintencionados contra mí, que estalló en menos de dos meses y estuvo a punto de terminar en mi total destrucción. De tan poco peso son los mayores servicios para los príncipes, cuando se ponen en la balanza con una negativa a satisfacer sus pasiones.

Alrededor de tres semanas después de esta hazaña, llegó una embajada solemne de Blefuscu, con humildes ofertas de paz; la cual pronto se concluyó, bajo condiciones muy ventajosas para nuestro emperador, con las que no molestaré al lector. Había seis embajadores, con un séquito de unas quinientas personas; y su entrada fue muy magnífica, acorde a la grandeza de su señor y a la importancia de su misión. Cuando su tratado terminó, en el cual les hice varios buenos servicios, gracias al crédito que ahora tenía, o al menos parecía tener en la corte, sus excelencias, a quienes se les había dicho en privado cuánto había sido su amigo, me hicieron una visita formal. Comenzaron con muchos cumplidos sobre mi valor y generosidad, me invitaron a aquel reino en nombre del emperador su señor y desearon que les mostrara algunas pruebas de mi prodigiosa fuerza, de la cual habían oído tantas maravillas; a lo cual les complací de buena gana, pero no molestaré al lector con los detalles.

Cuando hube entretenido por algún tiempo a sus Excelencias, para su infinita satisfacción y sorpresa, les pedí que me hicieran el honor de presentar mis más humildes respetos al emperador su señor, cuyo renombre por sus virtudes había llenado tan justamente a todo el mundo de admiración, y a cuya real persona decidí asistir antes de regresar a mi propio país. En consecuencia, la siguiente vez que tuve el honor de ver a nuestro emperador, le solicité su licencia general para visitar al monarca blefuscudiano, la cual tuvo a bien concederme, como pude percibir claramente, de una manera muy fría; pero no pude adivinar la razón hasta que un susurro de cierta persona me indicó que Flimnap y Bolgolam habían representado mi trato con aquellos embajadores como una señal de desafecto, de lo cual, estoy seguro, mi corazón estaba totalmente libre. Y esta fue la primera vez que comencé a concebir alguna idea imperfecta sobre las cortes y los ministros.

Es de observar que estos embajadores me hablaban mediante un intérprete, pues los idiomas de ambos imperios difieren tanto el uno del otro como cualquiera de los dos en Europa, y cada nación se enorgullece de la antigüedad, belleza y energía de su propia lengua, con un desprecio manifiesto por la de su vecino; sin embargo, nuestro emperador, apoyándose en la ventaja que había obtenido con la incautación de su flota, les obligó a entregar sus credenciales y a pronunciar sus discursos en la lengua lilliputiense.

Y debe confesarse que, debido al gran intercambio de comercio y negocios entre ambos reinos; a la continua recepción de exiliados, que es mutua entre ellos; y a la costumbre en cada imperio de enviar a su joven nobleza y a la alta burguesía al otro, para pulirse viendo mundo y conociendo hombres y costumbres, hay pocas personas de distinción, o mercaderes, o marineros, que vivan en las partes marítimas, que no puedan mantener una conversación en ambas lenguas, como descubrí unas semanas después, cuando fui a presentar mis respetos al Emperador de Blefuscu, lo cual, en medio de grandes desgracias, debido a la malicia de mis enemigos, resultó ser una aventura muy feliz para mí, como relataré en su lugar apropiado.

El lector recordará que, cuando firmé aquellos artículos sobre los cuales recuperé mi libertad, hubo algunos que me disgustaron por ser demasiado serviles; tampoco nada salvo una extrema necesidad me habría obligado a someterme. Pero, siendo ahora un nardac de la más alta graduación en aquel imperio, tales funciones se consideraban por debajo de mi dignidad, y el emperador, para hacerle justicia, nunca me las mencionó ni una sola vez. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que tuviera la oportunidad de hacer a su majestad, al menos como entonces pensaba, un servicio de lo más señalado. Fui despertado a medianoche por los gritos de muchos cientos de personas a mi puerta, por lo que, al despertar de repente, sentí cierto terror. Escuché la palabra burglum repetida incesantemente.

Varios cortesanos del emperador, abriéndose paso entre la multitud, me rogaron que acudiera inmediatamente al palacio, donde el aposento de su majestad imperial estaba en llamas por el descuido de una dama de honor, que se quedó dormida mientras leía una novela. Me levanté en un instante; y habiéndose dado órdenes de despejar el camino ante mí, y siendo además una noche de luna, me las arreglé para llegar al palacio sin pisotear a nadie. Descubrí que ya habían colocado escaleras contra las paredes del aposento y estaban bien provistos de cubos, pero el agua estaba a cierta distancia. Estos cubos eran del tamaño de un dedal grande, y la pobre gente me los suministraba tan rápido como podía; pero la llama era tan violenta que sirvieron de poco. Podría haberla sofocado fácilmente con mi casaca, la cual por las prisas dejé atrás desgraciadamente, y salí solo con mi jubón de cuero. El caso parecía totalmente desesperado y deplorable, y este magnífico palacio habría sido quemado infaliblemente hasta los cimientos si, por una presencia de ánimo inusual en mí, no se me hubiera ocurrido de repente un recurso por el cual, en tres minutos, el fuego quedó totalmente extinguido y el resto de aquel noble edificio, que había costado tantos siglos erigir, preservado de la destrucción.

Ya era de día y regresé a mi casa sin esperar a felicitarme con el emperador; porque, aunque había hecho un servicio eminentemente destacado, no sabía cómo podría su majestad resentir la manera en que lo había realizado: pues, según las leyes fundamentales del reino, es un crimen capital para cualquier hombre, sea cual fuere su calidad, tocar siquiera a la emperatriz o a las princesas reales sin invitación. Pero me sentí un poco reconfortado por un mensaje de su majestad, diciendo que daría órdenes al gran justiciero para tramitar mi perdón de forma oficial, lo cual, sin embargo, no pude obtener. Y se me aseguró en privado que la emperatriz, sintiendo el mayor aborrecimiento hacia mí, y en presencia de sus principales confidentes, no pudo evitar jurar venganza.

CAPÍTULO VI.

DE LOS HABITANTES DE LILLIPUT; SU SABER, LEYES Y COSTUMBRES; LA MANERA DE EDUCAR A SUS HIJOS. EL MODO DE VIVIR DEL AUTOR EN ESE PAÍS.

Aunque pretendo dejar la descripción de este imperio para un tratado particular, mientras tanto me contento con satisfacer al lector curioso con algunas ideas generales. Como el tamaño común de los nativos es algo menor de seis pulgadas de altura, existe una proporción exacta en todos los demás animales, así como en plantas y árboles: por ejemplo, los caballos y bueyes más altos miden entre cuatro y cinco pulgadas de altura, las ovejas una pulgada y media, más o menos; sus gansos son aproximadamente del tamaño de un gorrión, y así las diversas gradaciones hacia abajo, hasta llegar a los más pequeños, que para mi vista eran casi invisibles; pero la naturaleza ha adaptado los ojos de los lilliputienses a todos los objetos apropiados para su visión; ven con gran exactitud, pero no a gran distancia. Y, para mostrar la agudeza de su vista hacia objetos que están cerca, me ha complacido mucho observar a un cocinero desplumando una alondra, que no era tan grande como una mosca común; y a una niña joven enhebrando una aguja invisible con hilo invisible.

Sus árboles más altos tienen unos siete pies de altura; me refiero a algunos de los que están en el gran parque real, cuyas copas apenas podía alcanzar con el puño cerrado. Los otros vegetales están en la misma proporción; pero esto lo dejo a la imaginación del lector.

Diré poco por el momento sobre su saber, que desde hace muchos siglos ha florecido en todas sus ramas entre ellos: pero su manera de escribir es muy peculiar, pues no es de izquierda a derecha como los europeos; ni de derecha a izquierda, como los árabes; ni de arriba abajo, como los chinos, sino al sesgo, desde una esquina del papel a la otra, como las damas en Inglaterra.

Entierran a sus muertos con la cabeza directamente hacia abajo, porque sostienen la opinión de que en once mil lunas todos han de resucitar, periodo durante el cual la tierra (que conciben como plana) se dará la vuelta, y de este modo, en la resurrección, se encontrarán listos, de pie sobre sus pies. Los sabios entre ellos confiesan lo absurdo de esta doctrina, pero la práctica continúa, en cumplimiento con el vulgo.

Hay algunas leyes y costumbres en este imperio muy peculiares; y, si no fueran tan directamente contrarias a las de mi propio y querido país, me sentiría tentado a decir algo en su justificación. Solo es de desear que fueran tan bien ejecutadas. La primera que mencionaré se refiere a los delatores. Todos los delitos contra el estado se castigan aquí con la mayor severidad; pero si la persona acusada logra hacer aparecer claramente su inocencia en el juicio, el acusador es condenado inmediatamente a una muerte ignominiosa; y, de sus bienes o tierras, la persona inocente es recompensada cuádruplemente por la pérdida de su tiempo, por el peligro que corrió, por la dureza de su encarcelamiento y por todos los gastos en que haya incurrido para hacer su defensa, o, si ese fondo fuera insuficiente, es ampliamente suplido por la corona. El emperador también le confiere alguna marca pública de su favor, y se hace proclamación de su inocencia por toda la ciudad.

Consideran el fraude como un delito mayor que el robo y, por tanto, rara vez dejan de castigarlo con la muerte; pues alegan que el cuidado y la vigilancia, con un entendimiento muy común, pueden preservar los bienes de un hombre frente a los ladrones, pero la honestidad no tiene defensa contra una astucia superior; y, puesto que es necesario que haya un intercambio perpetuo de compra y venta, y de tratar a crédito, donde el fraude es permitido y tolerado, o no tiene ley que lo castigue, el comerciante honesto siempre está arruinado, y el pícaro obtiene la ventaja. Recuerdo cuando una vez intercedí ante el rey por un criminal que había estafado a su amo una gran suma de dinero, que había recibido por encargo, y huyó con ella, y al ocurrirme decirle a su majestad, a modo de atenuante, que solo era un abuso de confianza, el emperador pensó que era monstruoso de mi parte ofrecer como defensa el mayor agravante del delito; y, ciertamente, tuve poco que decir en respuesta, más allá de la respuesta común de que diferentes naciones tenían diferentes costumbres; pues confieso que me sentí profundamente avergonzado.

Aunque solemos llamar a la recompensa y al castigo las dos bisagras sobre las cuales gira todo gobierno, nunca pude observar que esta máxima fuera puesta en práctica por ninguna nación excepto la de Lilliput. Cualquiera que allí pueda aportar pruebas suficientes de que ha observado estrictamente las leyes de su país durante setenta y tres lunas, tiene derecho a ciertos privilegios, de acuerdo con su calidad y condición de vida, con una suma proporcional de un fondo destinado a ese uso; asimismo adquiere el título de snillpall, o legal, que se añade a su nombre, pero que no desciende a su posteridad. Y esta gente consideraba un defecto prodigioso de política entre nosotros, cuando les conté que nuestras leyes eran reforzadas solo por penas, sin ninguna mención de recompensa. Es por esta razón que la imagen de la Justicia, en sus tribunales de justicia, está formada con seis ojos, dos delante, otros tantos detrás, y uno a cada lado, para significar circunspección, con una bolsa de oro abierta en su mano derecha y una espada envainada en la izquierda, para mostrar que estaba más dispuesta a recompensar que a castigar.

Al elegir personas para todos los empleos, tienen más consideración por la buena moral que por las grandes capacidades; pues, ya que el gobierno es necesario para la humanidad, creen que el tamaño común del entendimiento humano es apto para algún cargo u otro, y que la Providencia nunca tuvo la intención de hacer de la gestión de los asuntos públicos un misterio, para ser comprendido solo por unas pocas personas de genio sublime, de las cuales rara vez nacen tres en un siglo; pero suponen que la verdad, la justicia, la templanza y similares están al alcance de todo hombre, cuya práctica de virtudes, asistida por la experiencia y una buena intención, calificaría a cualquier hombre para el servicio de su país, excepto donde se requiere un curso de estudio. Pero pensaban que la falta de virtudes morales estaba tan lejos de ser suplida por superiores dotes de la mente, que los empleos nunca podrían ponerse en manos tan peligrosas como las de personas así cualificadas; y, al menos, que los errores cometidos por ignorancia, en una disposición virtuosa, nunca tendrían consecuencias tan fatales para el bien público como las prácticas de un hombre cuyas inclinaciones lo llevaban a ser corrupto, y que tenía grandes habilidades para gestionar, multiplicar y defender sus corrupciones.

De la misma manera, la incredulidad en una Providencia Divina hace a un hombre incapaz de ocupar cualquier cargo público; pues, dado que los reyes se declaran a sí mismos como los diputados de la Providencia, los lilliputienses piensan que nada puede ser más absurdo que el hecho de que un príncipe emplee a tales hombres que reniegan de la autoridad bajo la cual él actúa.

Al relatar estas y las siguientes leyes, solo deseo que se entienda que me refiero a las instituciones originales, y no a las más escandalosas corrupciones en las que este pueblo ha caído debido a la naturaleza degenerada del hombre. Pues, en cuanto a esa infame práctica de obtener grandes empleos bailando sobre cuerdas, o insignias de favor y distinción saltando sobre bastones o arrastrándose por debajo de ellos, el lector debe observar que fueron introducidas por el abuelo del emperador que ahora reina, y que crecieron hasta su altura actual por el aumento gradual de partidos y facciones.

La ingratitud es, entre ellos, un crimen capital, como leemos que lo ha sido en otros países; pues razonan de la siguiente manera: que quien devuelve mal a su benefactor debe ser necesariamente un enemigo común del resto de la humanidad, de quien no ha recibido ninguna obligación, y por lo tanto, tal hombre no es digno de vivir.

Sus nociones relativas a los deberes de los padres y los hijos difieren extremadamente de las nuestras. Su opinión es que los padres son los últimos en quienes se debe confiar la educación de sus propios hijos; y, por tanto, tienen en cada ciudad guarderías públicas, donde todos los padres, excepto los campesinos y trabajadores, están obligados a enviar a sus hijos de ambos sexos para ser criados y educados cuando llegan a la edad de veinte lunas, momento en el cual se supone que tienen algunos rudimentos de docilidad. Estas escuelas son de varios tipos, adecuadas a las diferentes calidades y a ambos sexos. Tienen ciertos profesores, bien capacitados para preparar a los niños para tal condición de vida como corresponde al rango de sus padres, y a sus propias capacidades así como inclinaciones. Diré primero algo de las guarderías masculinas, y luego de las femeninas.

Las guarderías para varones de nacimiento noble o eminente están provistas de graves y doctos profesores, y sus diversos diputados. La ropa y la comida de los niños son sencillas y simples. Son educados en los principios del honor, la justicia, el valor, la modestia, la clemencia, la religión y el amor a su país; siempre están empleados en algún asunto, excepto en los tiempos de comer y dormir, que son muy cortos, y dos horas para diversiones, que consisten en ejercicios corporales. Son vestidos por hombres hasta los cuatro años de edad, y luego están obligados a vestirse por sí mismos, aunque su calidad sea muy elevada; y las mujeres asistentes, que tienen una edad proporcional a las nuestras de cincuenta años, realizan solo los oficios más serviles. Nunca se les permite conversar con los sirvientes, sino que van juntos en grupos pequeños o grandes a tomar sus diversiones, y siempre en presencia de un profesor o uno de sus diputados; mediante lo cual evitan esas tempranas malas impresiones de locura y vicio a las que nuestros niños están sujetos. A sus padres se les permite verlos solo dos veces al año; la visita no dura más que una hora; se les permite besar al niño al llegar y al partir; pero un profesor, que siempre permanece cerca en esas ocasiones, no les permitirá susurrar, ni usar expresiones cariñosas, ni traer regalos de juguetes, dulces y similares.

La pensión de cada familia, para la educación y el entretenimiento de un niño, ante el impago de la cuota, es recaudada por los oficiales del emperador.

Las guarderías para hijos de caballeros ordinarios, comerciantes, mercaderes y artesanos, son manejadas proporcionalmente de la misma manera; solo que aquellos destinados a los oficios son puestos como aprendices a los once años de edad, mientras que las personas de calidad continúan en sus ejercicios hasta los quince, lo que equivale a veintiuno con nosotros; pero el confinamiento se reduce gradualmente durante los últimos tres años.

En las guarderías femeninas, las jóvenes de calidad son educadas casi igual que los varones, solo que son vestidas por sirvientas ordenadas de su propio sexo; pero siempre en presencia de un profesor o diputado, hasta que llegan a vestirse por sí mismas, lo cual es a los cinco años. Y si se descubre que estas niñeras presumen de entretener a las niñas con historias espantosas o tontas, o las necedades comunes practicadas por las camareras entre nosotros, son azotadas públicamente tres veces alrededor de la ciudad, encarceladas por un año y desterradas de por vida a la parte más desolada del país. Así, las jóvenes allí se avergüenzan tanto de ser cobardes y tontas como los hombres, y desprecian todos los adornos personales más allá de la decencia y la limpieza: ni percibí diferencia alguna en su educación, hecha por su diferencia de sexo, salvo que los ejercicios de las mujeres no eran tan robustos, y que se les daban algunas reglas relativas a la vida doméstica, y se les prescribía un ámbito de aprendizaje más pequeño: pues su máxima es que, entre la gente de calidad, una esposa debe ser siempre una compañera razonable y agradable, porque no puede ser joven siempre. Cuando las niñas tienen doce años, que entre ellos es la edad casadera, sus padres o tutores las llevan a casa, con grandes expresiones de gratitud a los profesores, y rara vez sin lágrimas de la joven y sus compañeras.

En las guarderías de mujeres de la clase más baja, las niñas son instruidas en todo tipo de trabajos propios de su sexo y sus diversos grados; las destinadas a aprendices son despedidas a los siete años, el resto se quedan hasta los once.

Las familias más humildes que tienen hijos en estas guarderías están obligadas, además de su pensión anual, que es tan baja como sea posible, a devolver al administrador de la guardería una pequeña parte mensual de sus ganancias, para que sea una dote para el niño; y, por lo tanto, todos los padres están limitados en sus gastos por la ley. Pues los lilliputienses piensan que nada puede ser más injusto que el hecho de que la gente deje la carga de mantener a sus hijos al público. En cuanto a las personas de calidad, dan garantía de apropiar una cierta suma para cada niño, adecuada a su condición; y estos fondos son siempre administrados con buena gestión y la más exacta justicia.

Los campesinos y trabajadores mantienen a sus hijos en casa, siendo su trabajo solo labrar y cultivar la tierra, y por tanto su educación es de poca consecuencia para el público; pero los viejos y enfermos entre ellos son mantenidos por hospitales; pues la mendicidad es un oficio desconocido en este imperio.

Y aquí puede quizás divertir al curioso lector dar cuenta de mi vida doméstica y mi manera de vivir en este país, durante una residencia de nueve meses y trece días. Teniendo inclinación por la mecánica, y siendo además obligado por la necesidad, había hecho para mí una mesa y una silla, lo suficientemente convenientes, a partir de los árboles más grandes del parque real. Doscientas costureras fueron empleadas para hacerme camisas, y lino para mi cama y mesa, todo del tipo más fuerte y grueso que pudieron conseguir; el cual, sin embargo, se vieron obligadas a acolchar juntas en varios pliegues, pues la parte más gruesa era algunos grados más fina que la lona. Su lino suele tener tres pulgadas de ancho, y tres pies hacen una pieza.

Las costureras tomaron mi medida mientras yacía en el suelo, una de pie en mi cuello, y otra en la mitad de mi pierna, con una cuerda fuerte extendida que cada una sostenía por el extremo, mientras una tercera medía la longitud de la cuerda con una regla de una pulgada de largo. Luego midieron mi pulgar derecho, y no pidieron más; pues, por un cálculo matemático, dos veces alrededor del pulgar es una vez alrededor de la muñeca, y así sucesivamente hasta el cuello y la cintura, y con la ayuda de mi vieja camisa, que desplegué en el suelo ante ellas como patrón, me ajustaron exactamente. Tres cientos sastres fueron empleados de la misma manera para hacerme ropa; pero tenían otro artificio para tomar mi medida. Me arrodillé, y elevaron una escalera desde el suelo hasta mi cuello; sobre esta escalera uno de ellos subió, y dejó caer una plomada desde mi cuello hasta el suelo, que correspondía exactamente a la longitud de mi abrigo; pero mi cintura y mis brazos los medí yo mismo. Cuando mi ropa estuvo terminada, lo cual se hizo en mi casa (pues la más grande de las suyas no habría podido contenerla), parecían el mosaico hecho por las damas en Inglaterra, solo que la mía era toda de un color.

Tuve trescientos cocineros para preparar mis alimentos, en pequeñas cabañas convenientes construidas alrededor de mi casa, donde ellos y sus familias vivían, y me preparaban dos platos cada uno. Tomaba veinte camareros en mi mano, y los colocaba sobre la mesa; cien más atendían abajo en el suelo, algunos con platos de carne, y otros con barriles de vino y otros licores, arrojados sobre sus hombros; todo lo cual los camareros de arriba subían, según necesitaba, de una manera muy ingeniosa, mediante ciertas cuerdas, como sacamos el cubo de un pozo en Europa. Un plato de su carne era un buen bocado, y un barril de su licor un trago razonable. Su cordero cede ante el nuestro, pero su carne de res es excelente, he tenido un solomillo tan grande que me he visto obligado a darle tres mordiscos; pero esto es raro. Mis sirvientes estaban asombrados de verme comerlo, huesos y todo, como en nuestro país hacemos con la pata de una alondra. Sus gansos y pavos solía comerlos de un bocado, y debo confesar que superan con creces a los nuestros. De sus aves más pequeñas, podía tomar veinte o treinta al final de mi cuchillo.

Un día su majestad imperial, siendo informado de mi forma de vivir, deseó que él mismo y su consorte real, con los jóvenes príncipes de la sangre de ambos sexos, pudieran tener la felicidad, como le placía llamarla, de cenar conmigo. Vinieron en consecuencia, y los coloqué en sillas de estado sobre mi mesa, justo enfrente de mí, con sus guardias alrededor. Flimnap, el lord alto tesorero, asistió allí también, con su bastón blanco; y observé que a menudo me miraba con semblante agrio, lo cual no quise parecer notar, sino que comí más de lo habitual, en honor a mi querido país, así como para llenar a la corte de admiración. Tengo algunas razones privadas para creer que esta visita de su majestad dio a Flimnap la oportunidad de hacerme malos oficios ante su amo. Ese ministro siempre había sido mi enemigo secreto, aunque exteriormente me acariciaba más de lo que era habitual en la hosquedad de su naturaleza. Representó al emperador la baja condición de su tesorería; que se veía obligado a pedir dinero prestado con un gran descuento; que los billetes del tesoro no circulaban por debajo del nueve por ciento bajo par; que yo había costado a su majestad más de un millón y medio de sprugs (su moneda de oro más grande, aproximadamente del tamaño de una lentejuela); y, en conjunto, que sería aconsejable que el emperador aprovechara la primera ocasión propicia para despedirme.

CAPÍTULO VII.

EL AUTOR, SIENDO INFORMADO DE UN DISEÑO PARA ACUSARLO DE ALTA TRAICIÓN, ESCAPA A BLEFUSCU. SU RECEPCIÓN ALLÍ.

Antes de proceder a dar cuenta de mi salida de este reino, puede ser apropiado informar al lector de una intriga privada que se había estado formando contra mí durante dos meses.

Había sido hasta ahora toda mi vida un extraño en las cortes, para lo cual estaba descalificado por la humildad de mi condición. De hecho, había oído y leído lo suficiente sobre las disposiciones de los grandes príncipes y ministros, pero nunca esperé haber encontrado efectos tan terribles de ellos en un país tan remoto, gobernado, como pensaba, por máximas muy diferentes de las de Europa.

Cuando me preparaba justo para ir a presentar mis respetos al emperador de Blefuscu, una persona considerable en la corte (a quien había sido de gran servicio, en un momento en que se encontraba bajo el mayor desagrado de su majestad imperial) vino a mi casa muy en privado por la noche, en una silla cerrada, y sin enviar su nombre, solicitó entrar. Los portadores de la silla fueron despedidos; puse la silla, con su señoría dentro, en el bolsillo de mi abrigo; y, dando órdenes a un sirviente de confianza de decir que estaba indispuesto y me había ido a dormir, cerré la puerta de mi casa, coloqué la silla sobre la mesa, de acuerdo con mi costumbre habitual, y me senté junto a ella. Después de los saludos comunes, observando el semblante de su señoría lleno de preocupación, e indagando el motivo, deseó que le escuchara con paciencia, en un asunto que concernía altamente a mi honor y mi vida. Su discurso fue en el siguiente sentido, pues tomé notas de ello tan pronto como me dejó:

Debes saber, dijo, que varios comités del consejo han sido convocados últimamente de la manera más privada por tu cuenta; y no hace sino dos días que su majestad llegó a una resolución completa.

Eres muy consciente de que Skyrris Bolgolam (galbet o gran almirante) ha sido tu enemigo mortal casi desde tu llegada: sus razones originales no las conozco; pero su odio ha aumentado desde tu gran éxito contra Blefuscu, por el cual su gloria, como almirante, está muy oscurecida. Este lord, en conjunción con Flimnap el alto tesorero, cuya enemistad contra ti es notoria, Limtoc el general, Lalcon el chambelán, y Balmuff el gran justiciero, han preparado artículos de acusación contra ti, por traición y otros crímenes capitales.

Este prefacio me puso tan impaciente, siendo consciente de mis propios méritos e inocencia, que iba a interrumpir; cuando me suplicó que guardara silencio, y procedió así.

Por gratitud a los favores que me has hecho, obtuve información de todo el proceso, y una copia de los artículos; en lo cual arriesgo mi cabeza por tu servicio.

ARTÍCULOS DE ACUSACIÓN CONTRA QUINBUS FLESTRIN, EL HOMBRE-MONTAÑA.

ARTÍCULO I.

Considerando que, por un estatuto hecho en el reinado de su Majestad Imperial Calin Deffar Plune, se promulga que quien ponga manos sobre la emperatriz, o sobre cualquiera de los hijos reales, estará sujeto a las penas y castigos de alta traición. No obstante, el dicho Quinbus Flestrin, en abierta violación de dicha ley, bajo el pretexto de extinguir el fuego encendido en el apartamento de la más querida consorte imperial de su Majestad, maliciosa y traidoramente la tomó por los brazos, y la levantó alto en el aire con ambas manos, contra el estatuto provisto en ese caso, etc., contra el deber, etc.

ARTÍCULO II.

Que el dicho Quinbus Flestrin, habiendo traído la flota imperial de Blefuscu al puerto real, y siendo después ordenado por su majestad imperial apoderarse de todos los demás barcos del dicho imperio de Blefuscu, y reducir ese imperio a una provincia, para ser gobernada por un virrey desde aquí, y destruir y ejecutar, no solo a todos los exiliados de los Big-endian, sino también a todas las personas de ese imperio que no abandonaran inmediatamente la herejía de los Big-endian. Él, el dicho Flestrin, como un falso traidor contra su más auspiciosa, serena y majestuosa majestad imperial, presentó una petición para ser excusado de dicho servicio, bajo el pretexto de falta de voluntad para forzar las conciencias o destruir las libertades y vidas de un pueblo inocente.

ARTÍCULO III.

Que, considerando que ciertos embajadores llegaron de la corte de Blefuscu, para pedir la paz en la corte de su majestad; él, el dicho Flestrin, ayudó, instigó, consoló y distrajo a dichos embajadores, aunque sabía que eran sirvientes de un príncipe que era recientemente un enemigo abierto de su majestad imperial, y estaba en guerra abierta contra su dicho majestad.

ARTÍCULO IV.

Que el dicho Quinbus Flestrin, contra el deber de un súbdito fiel, se está preparando ahora para hacer un viaje a la corte e imperio de Blefuscu, para lo cual ha recibido solo licencia verbal de su majestad imperial; y bajo pretexto de dicha licencia, intenta falsa y traidoramente emprender dicho viaje, y con ello ayudar, consolar e instigar al emperador de Blefuscu, tan recientemente un enemigo, y en guerra abierta con su majestad imperial antes mencionada.

Hay algunos otros artículos, pero estos son los más importantes, de los cuales te he leído un resumen.

En los diversos debates sobre esta acusación, debe confesarse que su majestad dio muchas muestras de su gran clemencia, instando a menudo los servicios que le habías hecho, y esforzándose por atenuar tus crímenes. El tesorero y el almirante insistieron en que debías ser sometido a la muerte más dolorosa e ignominiosa, prendiendo fuego a tu casa por la noche; y el general debía asistir, con veinte mil hombres armados con flechas envenenadas, para dispararte a la cara y las manos. Algunos de tus sirvientes iban a recibir órdenes privadas de esparcir un jugo venenoso en tus camisas y sábanas, lo que pronto te haría desgarrar tu propia carne, y morir en la mayor tortura. El general se sumó a la misma opinión; así que durante mucho tiempo hubo una mayoría en tu contra: pero su majestad resolviendo, si fuera posible, salvar tu vida, al final convenció al chambelán.

Tras este incidente, Reldresal, secretario principal de asuntos privados, quien siempre se mostró tu verdadero amigo, fue ordenado por el emperador que diera su opinión, lo cual hizo en consecuencia; y en ella justificó los buenos pensamientos que tienes de él. Admitió que tus crímenes eran grandes, pero que todavía había lugar para la misericordia, la virtud más loable en un príncipe, y por la cual su majestad era tan justamente celebrado. Dijo que la amistad entre tú y él era tan bien conocida por el mundo, que quizás la junta más honorable podría pensar que él era parcial; sin embargo, en obediencia a la orden que había recibido, ofrecería libremente sus sentimientos; que si su majestad, en consideración a tus servicios, y conforme a su propia disposición misericordiosa, quisiera ahorrar tu vida, y solo dar órdenes de sacar ambos ojos, humildemente concebía que, mediante este expediente, la justicia podría ser en alguna medida satisfecha, y todo el mundo aplaudiría la clemencia del emperador, así como los procederes justos y generosos de aquellos que tienen el honor de ser sus consejeros: que la pérdida de tus ojos no sería impedimento para tu fuerza corporal, por la cual aún podrías ser útil a su majestad: que la ceguera es una adición al coraje, al ocultarnos los peligros: que el miedo que tenías por tus ojos fue la mayor dificultad para traer la flota del enemigo: y sería suficiente para ti ver por los ojos de los ministros, ya que los más grandes príncipes no hacen más.

Esta propuesta fue recibida con la mayor desaprobación por toda la junta. Bolgolam, el almirante, no pudo mantener su temperamento, sino que levantándose con furia, dijo que se preguntaba cómo el secretario se atrevía a presumir de dar su opinión para preservar la vida de un traidor: que los servicios que habías realizado eran, por todas las razones verdaderas de estado, el gran agravante de tus crímenes: que tú, que extinguiste el fuego de esa manera sin principios, podrías en otro momento inundar y ahogar todo el palacio; y la misma fuerza, que te permitió traer la flota del enemigo, podría servir, al primer descontento, para llevarla de vuelta: que tenía buenas razones para pensar que eras un Big-endian en tu corazón; y, como la traición comienza en el corazón, antes de aparecer en actos manifiestos, así te acusaba como traidor por esa razón, y por lo tanto insistía en que debías ser condenado a muerte.

El tesorero era de la misma opinión. Mostró a qué apuros estaba reducida la renta de su majestad, por el cargo de mantenerte, que pronto crecería insoportable. Que el expediente del secretario de sacar tus ojos estaba tan lejos de ser un remedio contra este mal, que probablemente lo aumentaría, como es manifiesto por la práctica común de cegar a cierto tipo de aves, después de lo cual comían más rápido, y engordaban antes. Que su sagrada majestad, y el consejo, que son tus jueces, estaban plenamente convencidos en sus propias conciencias de tu culpa, lo cual era un argumento suficiente para condenarte a muerte sin las pruebas formales requeridas por la letra estricta de la ley.

Pero su majestad imperial, plenamente decidido contra la pena capital, tuvo la gracia de decir que, puesto que el consejo consideraba la pérdida de tus ojos una censura demasiado leve, en el futuro podría infligirse algún otro castigo. Y tu amigo, el secretario, deseando humildemente ser escuchado de nuevo, en respuesta a lo que el tesorero había objetado concerniente al gran gasto que su majestad incurría al mantenerte, dijo que su excelencia, quien tenía la disposición exclusiva de la renta del emperador, podría proveer fácilmente contra ese mal, disminuyendo gradualmente tu asignación; mediante lo cual, por falta de alimento suficiente, te volverías débil y desfalleciente, perderías el apetito y consumirías en unos pocos meses; tampoco sería entonces tan peligroso el hedor de tu cadáver cuando quedara reducido a más de la mitad; e, inmediatamente después de tu muerte, cinco o seis mil súbditos de su majestad podrían, en dos o tres días, separar la carne de tus huesos, llevársela en carretas y enterrarla en lugares distantes, para evitar infecciones, dejando el esqueleto como monumento de admiración para la posteridad.

Así, por la gran amistad del secretario, todo el asunto fue transigido. Se ordenó estrictamente que el proyecto de matarte de hambre gradualmente se mantuviera en secreto, pero la sentencia de sacarte los ojos fue inscrita en los libros, sin que nadie disintiera salvo Bolgolam, el almirante, quien, siendo una criatura de la emperatriz, era instigado perpetuamente por su majestad a insistir en tu muerte, pues ella había guardado una malicia perpetua contra ti, a causa de ese método ilegal que empleaste para sacarla a ella y a sus hijos la noche del incendio.

Dentro de tres días, se le ordenará a tu amigo el secretario que acuda a tu casa y lea ante ti los artículos de acusación; y luego te notifique la gran clemencia y favor de su majestad y del consejo, por lo cual solo estás condenado a la pérdida de tus ojos, a lo que su majestad no duda que te someterás agradecida y humildemente; y veinte de los cirujanos de su majestad asistirán, con el fin de ver que la operación se realice bien, disparando flechas de punta muy afilada a los globos de tus ojos mientras yaces en el suelo.

Dejo a tu prudencia qué medidas tomarás; y, para evitar sospechas, debo regresar de inmediato, de una manera tan privada como vine.

Su señoría lo hizo así, y yo permanecí solo, bajo muchas dudas y perplejidades de ánimo.

Era una costumbre, introducida por este príncipe y su ministerio (muy diferente, según se me ha asegurado, de las prácticas de tiempos anteriores), que después de que la corte hubiera decretado cualquier ejecución cruel, ya fuera para satisfacer el resentimiento del monarca o la malicia de un favorito, el emperador siempre pronunciaba un discurso ante todo su consejo, expresando su gran clemencia y ternura, como cualidades conocidas y confesadas por todo el mundo. Este discurso era publicado inmediatamente por todo el reino; ni nada aterraba tanto al pueblo como esos encomios a la misericordia de su majestad; porque se observaba que, cuanto más se ampliaban e insistían en estas alabanzas, más inhumano era el castigo y más inocente el sufriente. Sin embargo, en cuanto a mí, debo confesar, no habiendo sido destinado nunca a cortesano, ni por mi nacimiento ni por mi educación, era tan mal juez de las cosas que no podía descubrir la clemencia y el favor de esta sentencia, sino que la concebía (tal vez erróneamente) más bien rigurosa que gentil. A veces pensaba en someterme a juicio; pues aunque no podía negar los hechos alegados en los diversos artículos, esperaba que admitirían alguna atenuación. Pero habiendo leído en mi vida muchos juicios de Estado, que siempre observé terminar como los jueces creían conveniente dirigir, no me atreví a confiar en una decisión tan peligrosa, en una coyuntura tan crítica y contra enemigos tan poderosos. Una vez estuve fuertemente inclinado a la resistencia, pues, mientras tuve libertad, toda la fuerza de ese imperio difícilmente podría someterme, y fácilmente podría haber hecho pedazos la metrópoli a pedradas; pero pronto rechacé ese proyecto con horror, al recordar el juramento que le había hecho al emperador, los favores que recibí de él y el alto título de nardac que me confirió. Tampoco había aprendido tan pronto la gratitud de los cortesanos como para persuadirme de que las severidades actuales de su majestad me eximían de todas las obligaciones pasadas.

Al fin tomé una resolución, por la cual es probable que incurra en alguna censura, y no injustamente; pues confieso que debo la preservación de mis ojos, y consecuentemente mi libertad, a mi propia gran temeridad y falta de experiencia; porque si hubiera conocido entonces la naturaleza de los príncipes y ministros, que he observado desde entonces en muchas otras cortes, y sus métodos de tratar a criminales menos molestos que yo, me habría sometido con gran presteza y prontitud a un castigo tan fácil. Pero, arrastrado por la precipitación de la juventud, y teniendo la licencia de su majestad imperial para presentar mis respetos al emperador de Blefuscu, aproveché esta oportunidad, antes de que hubieran transcurrido los tres días, para enviar una carta a mi amigo el secretario, manifestando mi resolución de partir esa mañana hacia Blefuscu de acuerdo con el permiso que había obtenido; y, sin esperar respuesta, me dirigí a aquel lado de la isla donde yacía nuestra flota. Me apoderé de un gran navío de guerra, até un cable a la proa y, levantando las anclas, me desnudé, puse mis ropas (junto con mi cobertor, que llevaba bajo el brazo) dentro de la embarcación y, arrastrándola tras de mí, entre caminar y nadar, llegué al puerto real de Blefuscu, donde la gente me esperaba desde hacía mucho tiempo; me prestaron dos guías para dirigirme a la ciudad capital, que lleva el mismo nombre. Los sostuve en mis manos hasta que estuve a doscientas yardas de la puerta y les pedí que notificaran mi llegada a uno de los secretarios y le hicieran saber que esperaba allí las órdenes de su majestad. Tuve respuesta en cerca de una hora: que su majestad, asistido por la familia real y los grandes oficiales de la corte, salía a recibirme. Avanzé cien yardas. El emperador y su séquito bajaron de sus caballos, la emperatriz y las damas de sus carruajes, y no percibí que estuvieran en ningún susto o preocupación. Me tendí en el suelo para besar la mano de su majestad y de la emperatriz.

Le dije a su majestad que había venido, según mi promesa y con la licencia del emperador, mi señor, para tener el honor de ver a tan poderoso monarca y ofrecerle cualquier servicio que estuviera en mi poder, coherente con mi deber hacia mi propio príncipe, sin mencionar una palabra de mi desgracia, porque hasta ese momento no tenía información formal de ella y podía suponer que ignoraba por completo tal designio; tampoco podía concebir razonablemente que el emperador revelaría el secreto mientras yo estuviera fuera de su poder, en lo cual, sin embargo, pronto apareció que estaba equivocado.

No molestaré al lector con el relato particular de mi recepción en esta corte, que fue acorde a la generosidad de tan gran príncipe; ni de las dificultades en las que me encontré por falta de casa y cama, viéndome obligado a dormir en el suelo, envuelto en mi cobertor.

CAPÍTULO VIII.

EL AUTOR, POR UN ACCIDENTE AFORTUNADO, ENCUENTRA MEDIOS PARA SALIR DE BLEFUSCU Y, DESPUÉS DE ALGUNAS DIFICULTADES, REGRESA A SALVO A SU PAÍS NATAL.

Tres días después de mi llegada, paseando por curiosidad hacia la costa noreste de la isla, observé, a cerca de media legua en el mar, algo que parecía una barca volcada. Me quité los zapatos y las medias, y caminando doscientas o trescientas yardas, encontré que el objeto se acercaba más por la fuerza de la marea; y entonces vi claramente que se trataba de una barca real, que supuse podría haber sido arrastrada por alguna tempestad desde un barco: por lo cual regresé inmediatamente hacia la ciudad y le pedí a su majestad imperial que me prestara veinte de las embarcaciones más altas que le quedaban tras la pérdida de su flota, y tres mil marineros bajo el mando de su vicealmirante. Esta flota navegó alrededor, mientras yo regresaba por el camino más corto a la costa, donde descubrí la barca por primera vez. Encontré que la marea la había arrastrado aún más cerca. Todos los marineros estaban provistos de cordaje, que yo había trenzado de antemano hasta darle la resistencia suficiente. Cuando llegaron los barcos, me desnudé y caminé hasta quedar a cien yardas de la barca, tras lo cual me vi obligado a nadar hasta alcanzarla. Los marineros me lanzaron el extremo de la cuerda, que até a un orificio en la parte delantera de la barca, y el otro extremo a un navío de guerra. Pero encontré que todo mi trabajo servía de poco; pues, al no hacer pie, no era capaz de trabajar. En esta necesidad, me vi obligado a nadar detrás y empujar la barca hacia adelante tan a menudo como podía con una de mis manos, y, favoreciéndome la marea, avancé tanto que apenas podía mantener la barbilla fuera del agua y sentir el suelo. Descansé dos o tres minutos, y luego le di a la barca otro empujón, y así sucesivamente hasta que el mar no me llegaba más arriba de las axilas; y ahora, habiendo pasado la parte más laboriosa, saqué mis otros cables, que estaban estibados en uno de los barcos, y los até primero a la barca y luego a nueve de las embarcaciones que me acompañaban; siendo el viento favorable, los marineros remolcaron y yo empujé, hasta que llegamos a cuarenta yardas de la orilla, y esperando a que la marea bajara, llegué a pie seco a la barca y, con la ayuda de dos mil hombres, con cuerdas y máquinas, me las arreglé para ponerla sobre su quilla, y encontré que estaba poco dañada.

No molestaré al lector con las dificultades que tuve, con la ayuda de ciertos remos que me costó diez días fabricar, para llevar mi barca al puerto real de Blefuscu, donde una gran multitud de gente apareció a mi llegada, llena de asombro ante la visión de una embarcación tan prodigiosa. Le dije al emperador que mi buena fortuna había puesto esta barca en mi camino, para llevarme a algún lugar desde donde pudiera regresar a mi país natal, y le supliqué las órdenes de su majestad para obtener materiales con que acondicionarla, junto con su licencia para partir, lo cual, después de algunos amables reparos, tuvo a bien concederme.

Me extrañó mucho, durante todo este tiempo, no haber oído hablar de ningún correo relacionado conmigo de parte de nuestro emperador a la corte de Blefuscu. Pero después se me dio a entender en privado que su majestad imperial, sin imaginar nunca que yo tuviera la menor noticia de sus designios, creía que solo me había ido a Blefuscu en cumplimiento de mi promesa de acuerdo con la licencia que me había dado, la cual era bien conocida en nuestra corte, y que regresaría en pocos días cuando terminara la ceremonia. Pero finalmente se inquietó por mi larga ausencia; y, tras consultar con el tesorero y el resto de esa cábala, se despachó a un personaje de alcurnia con la copia de los artículos en mi contra. Este enviado tenía instrucciones de representar al monarca de Blefuscu la gran clemencia de su señor, quien se contentaba con castigarme no más allá de la pérdida de mis ojos; que yo había huido de la justicia y, si no regresaba en dos horas, sería privado de mi título de nardac y declarado traidor. El enviado añadió además que, para mantener la paz y la amistad entre ambos imperios, su señor esperaba que su hermano de Blefuscu diera órdenes de enviarme de regreso a Lilliput, atado de pies y manos, para ser castigado como traidor.

El emperador de Blefuscu, habiendo tomado tres días para consultar, devolvió una respuesta que consistía en muchas cortesías y excusas. Dijo que, en cuanto a enviarme atado, su hermano sabía que era imposible. Que, aunque yo le había privado de su flota, aún me debía grandes obligaciones por muchos buenos servicios que le había hecho al lograr la paz. Que, sin embargo, ambas majestades pronto estarían tranquilas; pues yo había encontrado una embarcación prodigiosa en la orilla, capaz de llevarme por el mar, la cual él había dado órdenes de acondicionar con mi propia asistencia y dirección; y esperaba que en pocas semanas ambos imperios se verían libres de una carga tan insoportable.

Con esta respuesta el enviado regresó a Lilliput, y el monarca de Blefuscu me relató todo lo que había sucedido; ofreciéndome al mismo tiempo (pero bajo la más estricta confianza) su graciosa protección si continuaba a su servicio; en lo cual, aunque lo creí sincero, resolví no poner nunca más confianza en príncipes o ministros donde pudiera evitarlo; y, por tanto, con todos los debidos agradecimientos por sus favorables intenciones, humildemente supliqué ser excusado. Le dije que, puesto que la fortuna, fuera buena o mala, había puesto una embarcación en mi camino, estaba resuelto a aventurarme en el océano, antes que ser causa de diferencia entre dos monarcas tan poderosos. Tampoco encontré al emperador en absoluto disgustado; y descubrí, por cierto accidente, que él estaba muy contento con mi resolución, al igual que la mayoría de sus ministros.

Estas consideraciones me movieron a apresurar mi partida algo antes de lo que pretendía; a lo cual la corte, impaciente por que me fuera, contribuyó muy prontamente. Quinientos obreros fueron empleados para hacer dos velas para mi barca, siguiendo mis instrucciones, acolchando trece pliegues de su lienzo más fuerte. Me tomé la molestia de fabricar cuerdas y cables, trenzando diez, veinte o treinta de los más gruesos y fuertes de los suyos. Una gran piedra, que tuve la suerte de encontrar tras una larga búsqueda por la orilla del mar, me sirvió de ancla. Tuve el sebo de trescientas vacas para engrasar mi barca y otros usos. Pasé trabajos increíbles cortando algunos de los árboles madereros más grandes para remos y mástiles, en lo cual, sin embargo, fui muy asistido por los carpinteros de navío de su majestad, quienes me ayudaron a alisarlos después de que yo hice el trabajo grueso.

En cerca de un mes, cuando todo estuvo preparado, envié a recibir las órdenes de su majestad y a despedirme. El emperador y la familia real salieron del palacio. Me tendí boca abajo para besar su mano, que él me dio muy graciosamente; lo mismo hizo la emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre. Su majestad me presentó cincuenta bolsas de doscientos sprugs cada una, junto con su retrato de cuerpo entero, que puse inmediatamente en uno de mis guantes, para evitar que se dañara. Las ceremonias de mi partida fueron demasiadas para molestar al lector con ellas en este momento.

Almacené la barca con los cadáveres de cien bueyes y trescientos carneros, con pan y bebida en proporción, y tanta carne ya preparada como cuatrocientos cocineros pudieron suministrar. Llevé conmigo seis vacas y dos toros vivos, con otras tantas ovejas y corderos, con la intención de llevarlos a mi propio país y propagar la raza. Y para alimentarlos a bordo, tenía un buen fardo de heno y una bolsa de grano. Me habría gustado mucho llevarme a una docena de nativos, pero esto era algo que el emperador no permitiría de ninguna manera; y, además de un registro diligente en mis bolsillos, su majestad comprometió mi palabra de honor de no llevarme a ninguno de sus súbditos, aunque fuera con su propio consentimiento y deseo.

Habiendo preparado así todas las cosas lo mejor que pude, zarpé el vigésimo cuarto día de septiembre de 1701, a las seis de la mañana; y, cuando hube recorrido unas cuatro leguas hacia el norte, estando el viento en el sureste, a las seis de la tarde divisé una pequeña isla a media legua hacia el noroeste. Avanzé y eché el ancla en el lado de sotavento de la isla, que parecía estar deshabitada. Entonces tomé algo de refrigerio y me fui a descansar. Dormí bien y, según conjeturo, al menos seis horas, pues encontré que el día amaneció dos horas después de despertarme. Fue una noche clara. Comí mi desayuno antes de que saliera el sol; y, levanto el ancla, siendo el viento favorable, seguí el mismo rumbo que había hecho el día anterior, en lo cual me guiaba mi brújula de bolsillo. Mi intención era llegar, si era posible, a una de esas islas que, tenía razones para creer, yacían al noreste de la Tierra de Van Diemen. No descubrí nada en todo ese día; pero al siguiente, alrededor de las tres de la tarde, cuando hube, según mi cálculo, hecho veinticuatro leguas desde Blefuscu, divisé una vela navegando hacia el sureste: mi curso era este franco. La llamé, pero no pude obtener respuesta; sin embargo, encontré que ganaba terreno sobre ella, pues el viento aflojó. Desplegué toda la vela que pude y, en media hora, me divisó, luego colgó su insignia y disparó un cañonazo.

No es fácil expresar la alegría que sentí ante la esperanza inesperada de ver una vez más a mi amado país y las queridas prendas que dejé en él. El barco aflojó sus velas y lo alcancé, entre las cinco y las seis de la tarde, el veintiséis de septiembre; pero mi corazón saltó dentro de mí al ver sus colores ingleses. Puse mis vacas y ovejas en los bolsillos de mi casaca y subí a bordo con todo mi pequeño cargamento de provisiones. El navío era un mercante inglés que regresaba de Japón por los mares del Norte y del Sur; el capitán, el Sr. John Biddle, de Deptford, un hombre muy cortés y un excelente marinero. Estábamos ahora en la latitud de 30 grados sur. Había cerca de cincuenta hombres en el barco; y aquí encontré a un viejo camarada mío, un tal Peter Williams, quien me dio buenas referencias ante el capitán. Este caballero me trató con amabilidad y deseó que le hiciera saber de qué lugar venía y a dónde me dirigía; lo cual hice en pocas palabras, pero él pensó que estaba desvariando y que los peligros que había pasado habían perturbado mi cabeza; por lo cual saqué mi ganado vacuno y lanar de mi bolsillo, lo cual, tras gran asombro, lo convenció claramente de mi veracidad. Luego le mostré el oro que me dio el emperador de Blefuscu, junto con el retrato de su majestad de cuerpo entero y algunas otras rarezas de ese país. Le di dos bolsas de doscientos sprugs cada una y le prometí, cuando llegáramos a Inglaterra, hacerle un regalo de una vaca y una oveja.

No molestaré al lector con el relato particular de este viaje, que fue muy próspero en su mayor parte. Llegamos a los Downs el trece de abril de 1702. Solo tuve una desgracia: que las ratas a bordo se llevaron una de mis ovejas; encontré sus huesos en un agujero, limpios de carne. Logré llevar el resto de mi ganado a salvo a tierra y los puse a pastar en un campo de bolos en Greenwich, donde la finura de la hierba los hizo alimentarse muy alegremente, aunque yo siempre había temido lo contrario: tampoco habría podido preservarlos en un viaje tan largo si el capitán no me hubiera permitido algunos de sus mejores bizcochos, que, reducidos a polvo y mezclados con agua, fueron su alimento constante. Durante el poco tiempo que permanecí en Inglaterra, obtuve un beneficio considerable mostrando mi ganado a muchas personas de calidad y otros; y antes de comenzar mi segundo viaje, los vendí por seiscientas libras.

Desde mi último regreso, encuentro que la raza ha aumentado considerablemente, especialmente las ovejas, lo cual espero que resulte de gran ventaja para la industria lanera, por la finura de los vellones.

No permanecí más que dos meses con mi esposa y mi familia; pues mi insaciable deseo de ver países extranjeros no me permitía continuar por más tiempo. Dejé mil quinientas libras a mi esposa y la instalé en una buena casa en Redriff. Llevé conmigo el resto de mi capital, parte en dinero y parte en mercancías, con la esperanza de mejorar mi fortuna. Mi tío mayor, John, me había dejado una propiedad en tierras, cerca de Epping, de unas treinta libras al año; y yo poseía un largo contrato de arrendamiento del «Black Bull», en Fetter Lane, que me rendía otro tanto: de modo que no corría peligro alguno de dejar a mi familia a cargo de la parroquia. Mi hijo Johnny, llamado así por su tío, estaba en la escuela de gramática y era un niño de buen carácter. Mi hija Betty (que ahora está bien casada y tiene hijos) se dedicaba entonces a sus labores de aguja. Me despedí de mi esposa, de mi hijo y de mi hija, entre lágrimas de ambas partes, y embarqué en el «Adventure», un buque mercante de trescientas toneladas, con destino a Surat, cuyo capitán era John Nicholas, de Liverpool. Pero mi relato de este viaje debe quedar reservado para la segunda parte de mis viajes.

FIN DE LA PRIMERA PARTE.

VIAJES.

PARTE II.

UN VIAJE A BROBDINGNAG.

CAPÍTULO I.

DESCRIPCIÓN DE UNA GRAN TORMENTA; SE ENVÍA EL BOTE PARA RECOGER AGUA; EL AUTOR VA CON ÉL PARA DESCUBRIR EL PAÍS. ES DEJADO EN LA COSTA, CAPTURADO POR UNO DE LOS NATIVOS Y LLEVADO A LA CASA DE UN GRANJERO. SU RECEPCIÓN Y LOS DIVERSOS INCIDENTES QUE ALLÍ OCURRIERON. DESCRIPCIÓN DE LOS HABITANTES.

Habiendo sido condenado por la naturaleza y la fortuna a una vida activa e inquieta, dos meses después de mi regreso dejé de nuevo mi país natal y embarqué en Downs el veinte de junio de 1702, en el «Adventure», al mando del capitán John Nicholas, un hombre de Cornualles, con destino a Surat. Tuvimos una travesía muy próspera hasta llegar al Cabo de Buena Esperanza, donde desembarcamos para recoger agua dulce; pero, al descubrir una vía de agua, desembarcamos nuestras mercancías e invernamos allí: pues, como el capitán cayó enfermo de fiebres, no pudimos abandonar el Cabo hasta finales de marzo. Entonces zarpamos y tuvimos un buen viaje hasta que pasamos el estrecho de Madagascar; pero tras haber llegado al norte de esa isla, a unos cinco grados de latitud sur, los vientos, que en esos mares se observa que soplan con una brisa constante y uniforme entre el norte y el oeste desde principios de diciembre hasta principios de mayo, el diecinueve de abril comenzaron a soplar con mucha mayor violencia y más del oeste de lo habitual, continuando así durante veinte días seguidos, tiempo durante el cual fuimos arrastrados un poco al este de las islas Molucas, y a unos tres grados al norte de la línea, como pudo comprobar nuestro capitán mediante una observación que tomó el dos de mayo, momento en el que el viento cesó y quedó una calma absoluta, de lo cual no me alegré poco. Pero él, siendo un hombre bien experimentado en la navegación de esos mares, nos pidió a todos que nos preparáramos para una tormenta, la cual sobrevino al día siguiente: pues el viento del sur, llamado monzón del sur, comenzó a asentarse, y pronto se convirtió en una feroz tempestad.

Al ver que la cosa iba a empeorar, arriamos la vela de bauprés y nos preparamos para recoger la vela de proa; pero, al empeorar el tiempo, nos aseguramos de que los cañones estuvieran bien sujetos y arriamos la mesana.

El barco escoraba mucho, así que pensamos que era mejor navegar a favor del viento que intentar capear el temporal o dejar el barco a la deriva. Tomamos rizos en la vela de proa y la izamos, cazamos la escota de proa y pusimos el timón a barlovento. El barco viró valientemente. Aseguramos la driza de proa; pero la vela se desgarró, arriamos la verga y metimos la vela en el barco, dejando todo libre de ella. Fue una tormenta muy feroz; el mar rompía de forma extraña y peligrosa. Soltamos el acollador de la caña del timón y ayudamos al hombre del timón. No pudimos bajar nuestro mastelero, sino que dejamos todo como estaba, porque el barco navegaba muy bien a favor del viento, y sabíamos que, con el mastelero arriba, el barco era más estable y avanzaba mejor por el mar, dado que teníamos espacio suficiente. Cuando la tormenta pasó, izamos la vela de proa y la mayor, y pusimos el barco al rumbo. Luego izamos la mesana, la gavia y el velacho. Nuestro rumbo era al este noreste, y el viento soplaba del suroeste. Cazamos las amuras de estribor, soltamos las brazas y los amantillos de barlovento; cazamos las brazas de sotavento y tiramos hacia adelante con las bolinas de barlovento, las tensamos y las aseguramos, y cazamos la amura de mesana a barlovento, manteniéndonos a rumbo, tan cerca como el barco podía navegar.

Durante esta tormenta, seguida de un fuerte viento del oeste-suroeste, fuimos arrastrados, según mis cálculos, unas quinientas leguas hacia el este, de modo que ni el marinero más viejo a bordo podía decir en qué parte del mundo nos encontrábamos. Nuestras provisiones aguantaron bien, nuestro barco estaba en buen estado y nuestra tripulación gozaba de buena salud; pero estábamos en la mayor angustia por falta de agua. Creímos mejor seguir el mismo rumbo, en lugar de virar más hacia el norte, lo que nos habría podido llevar a las partes del noroeste de la Gran Tartaria y al mar Helado.

El dieciséis de junio de 1703, un grumete en el mastelero descubrió tierra. El diecisiete, vimos claramente una gran isla o continente (pues no sabíamos cuál era), en cuyo lado sur había una pequeña franja de tierra que se adentraba en el mar, y una cala demasiado poco profunda para albergar un barco de más de cien toneladas. Echamos el ancla a una legua de esta cala, y nuestro capitán envió a una docena de sus hombres bien armados en el bote, con vasijas para recoger agua, si es que se encontraba alguna. Pedí permiso para ir con ellos, para poder ver el país y hacer los descubrimientos que pudiera.

Al llegar a tierra, no vimos ningún río ni manantial, ni señal alguna de habitantes. Nuestros hombres, por tanto, vagaron por la orilla para encontrar agua dulce cerca del mar, y yo caminé solo alrededor de una milla por el otro lado, donde observé que el país era todo estéril y rocoso. Comencé a cansarme y, al no ver nada que satisficiera mi curiosidad, regresé suavemente hacia la cala; y, teniendo el mar a la vista, vi a nuestros hombres ya metidos en el bote, remando desesperadamente hacia el barco. Iba a gritarles, aunque hubiera servido de poco, cuando observé a una criatura enorme caminando tras ellos en el mar, tan rápido como podía; no se hundía mucho más allá de sus rodillas y daba pasos prodigiosos; pero nuestros hombres le llevaban una ventaja de media legua, y como el mar allí estaba lleno de rocas puntiagudas, el monstruo no pudo alcanzar el bote. Esto me lo contaron después, pues no me atreví a quedarme a ver el desenlace de la aventura; sino que corrí lo más rápido que pude por donde había venido, y luego trepé por una colina empinada, que me dio cierta perspectiva del país. Lo encontré totalmente cultivado; pero lo que primero me sorprendió fue la altura de la hierba, que, en aquellos terrenos que parecían reservarse para el heno, era de unos veinte pies.

Entré en un camino real, pues eso creí que era, aunque a los habitantes solo les servía de sendero a través de un campo de cebada. Caminé un tiempo, pero apenas podía ver a ambos lados, pues estaba cerca la cosecha y el cereal alcanzaba al menos cuarenta pies. Tardé una hora en caminar hasta el final de este campo, que estaba cercado por un seto de al menos ciento veinte pies de altura, y los árboles eran tan altos que no pude calcular su altitud. Había un paso para ir de este campo al siguiente. Tenía cuatro escalones y una piedra para cruzar cuando se llegaba al más alto. Me resultaba imposible trepar por aquel paso porque cada escalón tenía seis pies de altura y la piedra superior más de veinte.

Estaba intentando encontrar algún hueco en el seto cuando descubrí a uno de los habitantes en el campo vecino, avanzando hacia el paso, del mismo tamaño que el que vi en el mar persiguiendo a nuestro bote. Parecía tan alto como el chapitel de una iglesia ordinaria y daba pasos de unas diez yardas, según pude calcular. Me invadió el mayor miedo y asombro, y corrí a esconderme entre el cereal, desde donde le vi en lo alto del paso, mirando hacia el campo de la derecha, y le oí llamar con una voz muchos grados más fuerte que la de una trompeta; pero el ruido estaba tan alto en el aire que al principio pensé que era un trueno. Entonces, siete monstruos como él se acercaron con hoces en las manos, cada una del tamaño de seis guadañas. Estas personas no iban tan bien vestidas como el primero, de quien parecían ser sirvientes o jornaleros; pues, tras pronunciar unas palabras, se pusieron a segar el cereal en el campo donde yo estaba. Me mantuve a la mayor distancia que pude, pero me vi obligado a moverme con extrema dificultad, pues los tallos del cereal a veces no estaban a más de un pie de distancia, de modo que apenas podía pasar mi cuerpo entre ellos. Sin embargo, logré avanzar hasta llegar a una parte del campo donde la lluvia y el viento habían tumbado el cereal. Aquí me fue imposible avanzar ni un paso; pues los tallos estaban tan entretejidos que no podía arrastrarme a través de ellos, y las aristas de las espigas caídas eran tan fuertes y puntiagudas que atravesaban mi ropa y se clavaban en mi carne. Al mismo tiempo, oía a los segadores a menos de cien yardas detrás de mí.

Completamente desanimado por el esfuerzo, y vencido del todo por el dolor y la desesperación, me acosté entre dos surcos y deseé de corazón poder terminar allí mis días. Lamenté la suerte de mi desolada viuda y de mis hijos huérfanos. Lamenté mi propia insensatez y obstinación al intentar un segundo viaje contra el consejo de todos mis amigos y parientes. En esta terrible agitación mental, no pude evitar pensar en Lilliput, cuyos habitantes me consideraban el mayor prodigio que jamás hubiera aparecido en el mundo; donde fui capaz de arrastrar una flota imperial en mi mano y realizar aquellas otras acciones que quedarán registradas para siempre en las crónicas de aquel imperio, mientras que la posteridad apenas las creerá, aunque estén atestiguadas por millones. Reflexioné sobre la humillación que supondría para mí parecer tan insignificante en esta nación como lo sería un solo liliputiense entre nosotros. Pero esto pensé que sería el menor de mis infortunios: pues, como se observa que las criaturas humanas son más salvajes y crueles en proporción a su tamaño, ¿qué podía esperar sino ser un bocado en la boca del primero de estos enormes bárbaros que lograra capturarme? Indudablemente, los filósofos tienen razón cuando nos dicen que nada es grande o pequeño sino por comparación. A la fortuna le podría haber complacido dejar que los liliputienses encontraran alguna nación donde la gente fuera tan diminuta respecto a ellos como ellos lo eran respecto a mí. ¿Y quién sabe si esta prodigiosa raza de mortales podría estar igualmente superada en alguna parte distante del mundo, de la cual aún no tenemos noticia?

Asustado y confundido como estaba, no pude evitar seguir con estas reflexiones, cuando uno de los segadores, al acercarse a diez yardas del surco donde yo yacía, me hizo temer que con el siguiente paso me aplastaría bajo su pie o me cortaría en dos con su hoz. Por eso, cuando estaba a punto de moverse de nuevo, grité tan fuerte como el miedo me permitió. Entonces, la enorme criatura se detuvo en seco y, mirando a su alrededor bajo sus pies durante un tiempo, al fin me divisó mientras yacía en el suelo. Reflexionó un momento, con la cautela de quien intenta atrapar a un animal pequeño y peligroso de tal manera que no sea capaz ni de arañarle ni de morderle, como yo mismo he hecho a veces con una comadreja en Inglaterra.

Finalmente, se atrevió a tomarme entre su dedo índice y su pulgar, y me acercó a menos de tres yardas de sus ojos, para poder contemplar mi forma con mayor perfección. Adiviné sus intenciones, y mi buena fortuna me dio tal presencia de ánimo que decidí no forcejear en lo más mínimo mientras me sostenía en el aire, a más de sesenta pies del suelo, aunque me apretaba dolorosamente los costados por miedo a que me deslizara por entre sus dedos. Lo único que me atreví a hacer fue elevar mis ojos hacia el sol, juntar mis manos en actitud suplicante y decir algunas palabras en un tono humilde y melancólico, acorde con la situación en la que me encontraba. Pues temía en cada momento que me arrojara contra el suelo, como solemos hacer con cualquier pequeño animal odioso que deseamos destruir. Pero mi buena estrella quiso que pareciera complacido con mi voz y mis gestos, y comenzó a mirarme como una curiosidad, maravillándose mucho al oírme pronunciar palabras articuladas, aunque no pudiera entenderlas. Mientras tanto, no pude evitar gemir y derramar lágrimas, girando la cabeza hacia mis costados; haciéndole saber, lo mejor que pude, lo cruelmente herido que estaba por la presión de su pulgar y su dedo. Pareció comprender lo que quería decir; pues, levantando el faldón de su casaca, me colocó suavemente dentro y corrió inmediatamente conmigo hacia su amo, que era un granjero acomodado, la misma persona que había visto primero en el campo.

El granjero, tras haber recibido (como supongo por su conversación) la información que su sirviente pudo darle, tomó un trozo de paja pequeña, del tamaño de un bastón, y con él levantó los faldones de mi casaca, que al parecer pensó que eran algún tipo de cobertura que la naturaleza me había dado. Apartó mi cabello para ver mejor mi rostro. Llamó a sus mozos y les preguntó (como supe después) si habían visto alguna vez en los campos alguna criatura pequeña que se me pareciera. Luego me colocó suavemente en el suelo a cuatro patas, pero me levanté inmediatamente y caminé lentamente hacia adelante y hacia atrás para dejar que aquellas personas vieran que no tenía intención de escapar.

Todos se sentaron en círculo a mi alrededor, para observar mejor mis movimientos. Me quité el sombrero e hice una profunda reverencia ante el granjero. Me arrodillé, levanté mis manos y mis ojos, y pronuncié varias palabras tan fuerte como pude: saqué una bolsa de oro de mi bolsillo y se la presenté humildemente. Él la recibió en la palma de su mano, luego la acercó a su ojo para ver qué era, y después le dio varias vueltas con la punta de un alfiler (que sacó de su manga), pero no pudo sacar nada en claro. Entonces le hice una señal para que pusiera su mano en el suelo. Tomé la bolsa y, abriéndola, vertí todo el oro en su palma. Había seis monedas españolas, de cuatro doblones cada una, además de veinte o treinta monedas más pequeñas. Le vi humedecer la punta de su dedo meñique con la lengua y recoger una de mis piezas más grandes, y luego otra, pero parecía ignorar por completo qué eran. Me hizo una señal para que las volviera a meter en mi bolsa y la bolsa en mi bolsillo, lo cual, tras ofrecérsela varias veces, creí mejor hacer.

El granjero ya estaba convencido de que yo debía ser una criatura racional. Me habló a menudo, pero el sonido de su voz perforaba mis oídos como el de un molino de agua, aunque sus palabras eran lo suficientemente articuladas. Respondí tan fuerte como pude en varios idiomas, y él a menudo acercaba su oído a menos de dos yardas de mí; pero todo fue en vano, pues éramos totalmente ininteligibles el uno para el otro. Entonces envió a sus sirvientes a trabajar y, sacando su pañuelo del bolsillo, lo dobló y extendió sobre su mano izquierda, que colocó plana en el suelo con la palma hacia arriba, haciéndome una señal para que subiera a él, cosa que pude hacer fácilmente, pues no tenía más de un pie de grosor.

Pensé que mi deber era obedecer y, por miedo a caerme, me tendí a lo largo sobre el pañuelo, con cuyo resto me envolvió hasta la cabeza para mayor seguridad, y de este modo me llevó a su casa. Allí llamó a su esposa y me mostró a ella; pero ella gritó y retrocedió, como hacen las mujeres en Inglaterra al ver un sapo o una araña. Sin embargo, cuando hubo observado durante un rato mi comportamiento y lo bien que seguía las señales que hacía su marido, pronto se reconcilió y, poco a poco, se volvió extremadamente cariñosa conmigo.

Eran alrededor de las doce del mediodía y un sirviente trajo la comida. Era solo un plato sustancioso de carne (adecuado para la sencilla condición de un labrador) en una fuente de unos veinticuatro pies de diámetro. La compañía la formaban el granjero y su esposa, tres hijos y una vieja abuela. Cuando se sentaron, el granjero me colocó a cierta distancia de él sobre la mesa, que estaba a treinta pies de altura sobre el suelo. Me llevé un susto terrible y me mantuve lo más lejos posible del borde por miedo a caer. La esposa picó un poco de carne, luego desmenuzó un poco de pan en una tabla y lo puso ante mí. Le hice una profunda reverencia, saqué mi cuchillo y mi tenedor y me puse a comer, lo que les causó un deleite extraordinario.

La ama envió a su criada por una pequeña copa, que contenía unos tres galones, y la llenó de bebida: tomé el recipiente con mucha dificultad con ambas manos y, de la manera más respetuosa, brindé por la salud de su señoría, expresando las palabras tan alto como pude en inglés, lo que hizo que la compañía riera tan cordialmente que casi me quedé sordo por el ruido. Este licor sabía a sidra suave y no era desagradable. Luego el amo me hizo una señal para que fuera al lado de su tabla; pero mientras caminaba por la mesa, estando todo el tiempo muy sorprendido, como el indulgente lector fácilmente concebirá y disculpará, tropecé con una corteza y caí de bruces, pero no recibí daño alguno. Me levanté inmediatamente y, observando que la buena gente estaba muy preocupada, tomé mi sombrero (que sostenía bajo el brazo por cortesía) y, agitándolo sobre mi cabeza, di tres hurras para demostrar que no me había hecho daño con la caída.

Pero avanzando hacia mi amo (como de aquí en adelante lo llamaré), su hijo menor, que estaba sentado a su lado, un niño pícaro de unos diez años, me tomó por las piernas y me sostuvo tan alto en el aire que me temblaron todos los miembros; pero su padre me arrebató de sus manos y al mismo tiempo le propinó tal bofetada en la oreja izquierda que habría derribado a tierra a un escuadrón de caballería europeo, ordenando que fuera retirado de la mesa. Pero temiendo que el muchacho pudiera guardarme rencor, y recordando bien lo traviesos que son por naturaleza todos los niños entre nosotros con los gorriones, conejos, gatitos y cachorros, caí de rodillas y, señalando al niño, hice entender a mi amo lo mejor que pude que deseaba que su hijo fuera perdonado. El padre accedió y el muchacho volvió a ocupar su asiento; tras lo cual me acerqué a él y le besé la mano, que mi amo tomó, obligándolo a acariciarme suavemente con ella.

En medio de la cena, la gata favorita de mi ama saltó a su regazo. Oí un ruido detrás de mí como el de una docena de tejedores de medias en pleno trabajo; y, al volver la cabeza, descubrí que provenía del ronroneo de aquel animal, que parecía ser tres veces más grande que un buey, según calculé al ver su cabeza y una de sus patas mientras su ama la alimentaba y acariciaba. La ferocidad del semblante de esta criatura me descompuso por completo, a pesar de que estaba en el extremo más alejado de la mesa, a más de cincuenta pies de distancia, y aunque mi ama la sujetaba con fuerza por miedo a que diera un salto y me atrapara con sus garras.

Pero sucedió que no hubo peligro; pues la gata no se fijó lo más mínimo en mí cuando mi amo me colocó a tres yardas de ella. Y como siempre me han dicho, y he comprobado por experiencia en mis viajes, que huir o mostrar miedo ante un animal feroz es una forma segura de hacer que te persiga o te ataque, resolví en esta peligrosa coyuntura no mostrar preocupación alguna. Caminé con intrepidez cinco o seis veces ante la mismísima cabeza de la gata y me acerqué a menos de media yarda de ella; tras lo cual, se retiró como si ella me tuviera más miedo a mí. Tenía menos aprensión respecto a los perros, de los cuales entraron tres o cuatro en la habitación, como es habitual en las casas de los granjeros; uno de los cuales era un mastín igual en volumen a cuatro elefantes, y un galgo algo más alto que el mastín, pero no tan grande.

Cuando la cena estaba casi terminada, la nodriza entró con un niño de un año en brazos, quien inmediatamente me divisó y comenzó un chillido que se podría haber oído desde el puente de Londres hasta Chelsea, siguiendo la oratoria habitual de los infantes, para conseguirme como juguete. La madre, por pura indulgencia, me tomó y me puso hacia el niño, quien de inmediato me agarró por la cintura y metió mi cabeza en su boca, donde rugí tan fuerte que el pilluelo se asustó y me dejó caer, y me habría roto el cuello sin lugar a dudas si la madre no hubiera sostenido su delantal debajo de mí. La nodriza, para calmar al bebé, utilizó un sonajero, que era una especie de vasija hueca llena de grandes piedras, sujeta por un cable a la cintura del niño. Mientras ella se sentaba cerca de la mesa sobre la que yo estaba, su aspecto no me asombró poco. Esto me hizo reflexionar sobre las pieles claras de nuestras damas inglesas, que nos parecen tan hermosas solo porque son de nuestra misma estatura, y sus defectos no se pueden ver sino a través de una lupa, donde comprobamos por experiencia que las pieles más suaves y blancas se ven ásperas, gruesas y mal coloreadas.

Recuerdo que, cuando estaba en Liliput, las tez de aquellas personas diminutas me parecían las más hermosas del mundo; y hablando sobre este tema con una persona culta de allí, que era un amigo íntimo mío, dijo que mi rostro le parecía mucho más hermoso y suave cuando me miraba desde el suelo que bajo una visión más cercana, cuando lo tomaba en mi mano y lo traía hacia mí, lo cual confesó que al principio fue una visión muy chocante. Dijo que podía descubrir grandes agujeros en mi piel; que los restos de mi barba eran diez veces más fuertes que las cerdas de un jabalí, y mi tez estaba compuesta de varios colores totalmente desagradables: aunque debo pedir permiso para decir por mí mismo que soy tan blanco como la mayoría de mi sexo y país, y muy poco bronceado por mis viajes. Por otra parte, al hablar de las damas de la corte de aquel emperador, solía decirme que una tenía pecas, otra la boca demasiado ancha, una tercera la nariz demasiado grande, nada de lo cual yo era capaz de distinguir. Confieso que esta reflexión era bastante obvia; lo que, sin embargo, no pude evitar, por temor a que el lector pudiera pensar que aquellas vastas criaturas estaban realmente deformadas: pues debo hacerles justicia al decir que son una raza de gente apuesta; y en particular los rasgos del semblante de mi amo, aunque no fuera más que un granjero, cuando lo contemplaba desde la altura de sesenta pies, parecían muy bien proporcionados.

Cuando terminó la cena, mi amo salió a sus labores y, como pude descubrir por su voz y sus gestos, dio a su esposa la estricta orden de cuidarme. Estaba muy cansado y dispuesto a dormir, lo que, al percibirlo mi ama, me puso en su propia cama y me cubrió con un pañuelo blanco y limpio, pero más grande y grueso que la vela mayor de un buque de guerra.

Dormí unas dos horas y soñé que estaba en casa con mi esposa e hijos, lo que agravó mis penas al despertar y encontrarme solo en una vasta habitación, de entre doscientos y trescientos pies de ancho y más de doscientos de alto, acostado en una cama de veinte yardas de ancho. Mi ama se había ido a sus asuntos domésticos y me había dejado encerrado. La cama estaba a ocho yardas del suelo.

De repente, dos ratas treparon por las cortinas y corrieron olfateando de un lado a otro sobre mi cama. Una de ellas llegó casi hasta mi cara; tras lo cual me levanté espantado y saqué mi espada para defenderme. Los horribles animales tuvieron la audacia de atacarme por ambos lados, y uno de ellos apoyó sus patas delanteras en mi cuello; pero lo maté antes de que pudiera hacerme daño alguno. Cayó a mis pies; y el otro, viendo la suerte de su camarada, escapó, pero no sin una buena herida en el lomo que le propiné mientras huía, lo que hizo que la sangre corriera goteando de él. Tras esta hazaña, caminé suavemente de un lado a otro sobre la cama para recuperar el aliento y los ánimos. Estas criaturas eran del tamaño de un mastín grande, pero infinitamente más ágiles y feroces; de modo que, si me hubiera quitado el cinturón antes de dormir, habría sido destrozado y devorado sin remedio. Medí la cola de la rata muerta y descubrí que tenía dos yardas de largo menos una pulgada; pero me dio náuseas arrastrar el cadáver fuera de la cama, donde seguía sangrando. Observé que aún tenía algo de vida; pero, con un fuerte tajo a través del cuello, lo despaché por completo.

Espero que el amable lector me disculpe por detenerme en estos y otros detalles similares, que, por insignificantes que puedan parecer a mentes vulgares y rastreras, ayudarán sin duda a un filósofo a ampliar sus pensamientos e imaginación, y aplicarlos en beneficio de la vida pública así como de la privada, lo cual fue mi único designio al presentar este y otros relatos de mis viajes al mundo; en los cuales he sido principalmente estudioso de la verdad, sin afectar ningún ornamento de lenguaje o estilo. Pero toda la escena de este viaje causó una impresión tan fuerte en mi mente, y está tan profundamente grabada en mi memoria, que al ponerla en papel no omití ni una sola circunstancia material. Sin embargo, tras una revisión estricta, taché varios pasajes de menor importancia que estaban en mi primer borrador, por miedo a ser censurado como tedioso y trivial, de lo cual los viajeros son a menudo, quizá no sin justicia, acusados.

CAPÍTULO II.

UNA DESCRIPCIÓN DE LA HIJA DEL GRANJERO. EL AUTOR LLEVADO A UNA CIUDAD DE MERCADO Y LUEGO A LA METRÓPOLI. LOS DETALLES DE ESTE VIAJE.

Mi ama tenía una hija de nueve años, una niña de aptitudes prometedoras para su edad, muy diestra con la aguja y hábil vistiendo a su muñeca. Su madre y ella idearon preparar la cuna de la muñeca para mí durante la noche. La cuna se metió en un pequeño armario de cajones, y el cajón se colocó en un estante colgante por miedo a las ratas. Esta fue mi cama todo el tiempo que estuve con esta gente, aunque se hizo más cómoda gradualmente, a medida que comenzaba a aprender su idioma y a hacer saber mis necesidades.

Ella me hizo siete camisas y algo de ropa blanca, de una tela tan fina como se pudo conseguir, que de hecho era más gruesa que el arpillera; y estas las lavaba constantemente para mí con sus propias manos. También fue mi maestra, para enseñarme el idioma. Cuando señalaba algo, ella me decía el nombre en su propia lengua, de modo que en pocos días fui capaz de pedir cualquier cosa que deseara. Era muy bondadosa y no medía más de cuarenta pies de altura, siendo pequeña para su edad. Ella me puso el nombre de Grildrig, que la familia adoptó, y más tarde todo el reino. La palabra significa lo que los latinos llaman nanunculus, los italianos homunceletino y los ingleses mannikin. A ella le debo principalmente mi supervivencia en aquel país. Nunca nos separamos mientras estuve allí; yo la llamaba mi Glumdalclitch, o pequeña nodriza; y sería culpable de gran ingratitud si omitiera esta mención honorable de su cuidado y afecto hacia mí, que deseo de corazón que estuviera en mi mano recompensar como merece.

Comenzó a saberse y comentarse por el vecindario que mi amo había encontrado un extraño animal en el campo, del tamaño de un splacnuck, pero exactamente formado en todas sus partes como una criatura humana; que imitaba asimismo todas sus acciones, parecía hablar en un pequeño lenguaje propio, ya había aprendido varias palabras de las suyas, caminaba erguido sobre dos piernas, era manso y gentil, acudía cuando se le llamaba, hacía todo lo que se le ordenaba, tenía los miembros más finos del mundo y una tez más clara que la hija de un noble de tres años. Otro granjero, que vivía cerca y era amigo particular de mi amo, vino de visita con el propósito de averiguar la verdad de esta historia. Fui inmediatamente presentado y colocado sobre una mesa, donde caminé como se me ordenó, saqué mi espada, la guardé de nuevo, hice mi reverencia al invitado de mi amo, le pregunté en su propio idioma cómo estaba y le dije que era bienvenido, tal como mi pequeña nodriza me había instruido. Este hombre, que era viejo y tenía la vista cansada, se puso sus anteojos para observarme mejor, ante lo cual no pude evitar reírme de muy buena gana, pues sus ojos parecían la luna llena brillando en una habitación a través de dos ventanas. Nuestra gente, que descubrió la causa de mi alegría, me acompañó en la risa, ante lo cual el viejo fue lo bastante tonto como para enfadarse y perder la compostura. Tenía fama de gran avaro; y, para mi desgracia, la merecía con creces por el maldito consejo que dio a mi amo de exhibirme como una curiosidad en un día de mercado en la ciudad siguiente, que estaba a media hora de camino, a unas veintidós millas de nuestra casa. Adiviné que se estaba tramando algo malo cuando observé a mi amo y a su amigo susurrando largo tiempo, señalándome a veces; y mis temores me hicieron imaginar que escuchaba y entendía algunas de sus palabras.

Pero a la mañana siguiente, Glumdalclitch, mi pequeña nodriza, me contó todo el asunto, que había averiguado astutamente de su madre. La pobre niña me puso sobre su pecho y se puso a llorar de vergüenza y dolor. Temía que me ocurriera alguna desgracia a manos de gente ruda y vulgar, que pudiera estrujarme hasta matarme o romperme uno de mis miembros al tomarme con sus manos. También había observado lo modesto que era en mi naturaleza, cómo cuidaba delicadamente mi honor y qué indignidad consideraba ser expuesto por dinero, como espectáculo público, ante la gente más baja. Dijo que su papá y su mamá habían prometido que Grildrig sería suyo, pero ahora descubría que pretendían servirla como hicieron el año pasado cuando fingieron darle un cordero, y sin embargo, tan pronto como estuvo gordo, lo vendieron a un carnicero. Por mi parte, puedo afirmar sinceramente que estaba menos preocupado que mi nodriza. Tenía una fuerte esperanza, que me abandonaba, de que algún día recuperaría mi libertad; respecto a la ignominia de ser llevado de aquí para allá como un monstruo, me consideraba un completo extraño en el país, y que tal desgracia nunca podría cargárseme como reproche si alguna vez regresara a Inglaterra; dado que el propio rey de Gran Bretaña, en mi condición, habría tenido que soportar la misma angustia.

Mi amo, siguiendo el consejo de su amigo, me llevó en una caja el siguiente día de mercado a la ciudad vecina, y llevó consigo a su pequeña hija, mi nodriza, en una almohadilla detrás de él. La caja estaba cerrada por todos lados, con una pequeña puerta para entrar y salir, y unos pocos agujeros de barrena para dejar entrar el aire. La niña había tenido el cuidado de poner dentro el edredón de la cama de su muñeca para que yo pudiera tumbarme. Sin embargo, fui terriblemente sacudido y descompuesto en este viaje, aunque fuera solo de media hora. Pues el caballo daba unos cuarenta pies en cada paso y trotaba tan alto que la agitación era igual a la subida y bajada de un barco en una gran tormenta, pero mucho más frecuente; nuestro viaje fue algo más largo que el de Londres a St. Alban's. Mi amo se apeó en una posada que solía frecuentar; y después de consultar un rato con el posadero y hacer algunos preparativos necesarios, contrató al grultrud, o pregonero, para que diera aviso por toda la ciudad de una extraña criatura que se podía ver en el letrero del Águila Verde, no más grande que un splacnuck (un animal de aquel país, muy finamente formado, de unas seis pies de largo), y que en cada parte del cuerpo se asemejaba a una criatura humana, podía hablar varias palabras y realizar cien trucos divertidos.

Fui colocado sobre una mesa en la sala más grande de la posada, que podía tener cerca de trescientos pies cuadrados. Mi pequeña nodriza estaba de pie sobre un taburete bajo junto a la mesa, para cuidarme y dirigir lo que debía hacer. Mi amo, para evitar una multitud, solo permitía que treinta personas a la vez me vieran. Caminé por la mesa como la niña ordenaba. Ella me hacía preguntas, hasta donde sabía que llegaba mi comprensión del idioma, y yo las respondía tan fuerte como podía. Me di la vuelta varias veces ante la compañía, presenté mis humildes respetos, dije que eran bienvenidos y utilicé algunos otros discursos que me habían enseñado. Tomé un dedal lleno de licor, que Glumdalclitch me había dado como copa, y bebí a su salud. Saqué mi espada y floreé con ella, al estilo de los esgrimistas en Inglaterra. Mi nodriza me dio parte de una paja, que ejercité como pica, habiendo aprendido el arte en mi juventud. Aquel día fui mostrado a doce grupos de compañía, y otras tantas veces obligado a repetir las mismas necedades, hasta que estuve medio muerto de cansancio y fastidio. Porque aquellos que me habían visto hacían informes tan maravillosos que la gente estaba lista para derribar las puertas para entrar.

Mi amo, por su propio interés, no permitía que nadie me tocara excepto mi nodriza, y, para evitar peligros, se colocaron bancos alrededor de la mesa a una distancia tal que me pusiera fuera del alcance de todos. Sin embargo, un colegial desafortunado apuntó con una avellana directamente a mi cabeza, que por muy poco me falló: de lo contrario, venía con tanta violencia que infaliblemente me habría reventado los sesos, pues era casi tan grande como una pequeña calabaza, pero tuve la satisfacción de ver al joven bribón bien golpeado y expulsado de la sala.

Mi amo dio aviso público de que me mostraría de nuevo el siguiente día de mercado, y mientras tanto preparó un vehículo más cómodo para mí, lo cual tenía razones de sobra para hacer; pues estaba tan cansado de mi primer viaje y de entretener a la compañía durante ocho horas seguidas, que apenas podía mantenerme en pie o decir una palabra. Pasaron al menos tres días antes de que recuperara mis fuerzas; y para que no tuviera descanso en casa, todos los caballeros vecinos, de cien millas a la redonda, al oír mi fama, vinieron a verme a la propia casa de mi amo. No podían ser menos de treinta personas con sus esposas e hijos (pues el país estaba muy poblado); y mi amo exigía la tarifa de una habitación llena cada vez que me mostraba en casa, aunque fuera solo para una sola familia; de modo que durante algún tiempo tuve poco descanso cada día de la semana (excepto el miércoles, que es su día de reposo), aunque no me llevaran a la ciudad.

Mi amo, al ver lo rentable que parecía ser, decidió llevarme a las ciudades más importantes del reino. Habiéndose, por tanto, provisto de todo lo necesario para un largo viaje y arreglado sus asuntos en casa, se despidió de su esposa y, el diecisiete de agosto de 1703, unos dos meses después de mi llegada, partimos hacia la metrópoli, situada en el centro de aquel imperio, y a unos tres mil kilómetros de nuestra casa. Mi amo hizo que su hija Glumdalclitch viajara detrás de él. Ella me llevaba en su regazo, en una caja atada a su cintura. La niña la había forrado por todos lados con la tela más suave que pudo conseguir, bien acolchada por debajo, la había amueblado con la cama de su muñeca, me había provisto de ropa blanca y otros artículos necesarios, y lo había dejado todo lo más cómodo que pudo. No teníamos más compañía que un chico de la casa, que cabalgaba detrás de nosotros con el equipaje.

El designio de mi amo era mostrarme en todas las ciudades del camino, y desviarse del camino cincuenta o cien millas, a cualquier pueblo, o casa de personas de calidad, donde pudiera esperar clientela. Hacíamos jornadas cómodas de no más de siete u ocho leguas al día; pues Glumdalclitch, a propósito para ahorrarme esfuerzos, se quejaba de estar cansada con el trote del caballo. A menudo me sacaba de mi caja a petición mía, para darme aire y mostrarme el campo, pero siempre me sujetaba con fuerza mediante una cuerda. Pasamos sobre cinco o seis ríos, muchos grados más anchos y profundos que el Nilo o el Ganges; y apenas había un riachuelo tan pequeño como el Támesis en el puente de Londres. Estuvimos diez semanas en nuestro viaje, y me mostraron en dieciocho grandes ciudades, además de muchos pueblos y familias privadas.

El veintiséis de octubre llegamos a la metrópoli, llamada en su lengua Lorbrulgrud, o el Orgullo del Universo. Mi amo alquiló un alojamiento en la calle principal de la ciudad, no lejos del palacio real, y publicó anuncios de la forma habitual, conteniendo una descripción exacta de mi persona y partes. Alquiló una sala grande de entre trescientos y cuatrocientos pies de ancho. Proveyó una mesa de sesenta pies de diámetro, sobre la cual yo debía representar mi papel, y la cercó con una empalizada a tres pies del borde, y de la misma altura, para evitar que me cayera. Me exhibieron diez veces al día, para asombro y satisfacción de toda la gente. Ya podía hablar el idioma bastante bien, y entendía a la perfección cada palabra que se me decía. Además, había aprendido su alfabeto, y podía arreglármelas para explicar una frase aquí y allá; pues Glumdalclitch había sido mi instructora mientras estábamos en casa, y en las horas libres durante nuestro viaje. Llevaba un pequeño libro en su bolsillo, no mucho más grande que el Atlas de Sanson; era un tratado común para uso de niñas jóvenes, que daba una breve relación de su religión; a partir de esto me enseñó mis letras e interpretó las palabras.

CAPÍTULO III.

EL AUTOR ES LLAMADO A LA CORTE. LA REINA LO COMPRA A SU AMO EL GRANJERO Y LO PRESENTA AL REY. ÉL DISPUTA CON LOS GRANDES SABIOS DE SU MAJESTAD. SE PROVEE UN APARTAMENTO EN LA CORTE PARA EL AUTOR. GOZA DEL ALTO FAVOR DE LA REINA. DEFIENDE EL HONOR DE SU PROPIO PAÍS. SE PELEA CON EL ENANO DE LA REINA.

Los frecuentes trabajos que soporté cada día hicieron en pocas semanas un cambio muy considerable en mi salud; cuanto más ganaba mi amo conmigo, más insaciable se volvía. Había perdido por completo el apetito y estaba casi reducido a un esqueleto. El granjero lo observó y, concluyendo que pronto moriría, resolvió sacar de mí el mejor partido posible. Mientras razonaba y decidía esto consigo mismo, un slardral, o ujier de cámara, vino de la corte ordenando a mi amo que me llevara inmediatamente allí, para la diversión de la reina y sus damas. Algunas de estas últimas ya habían venido a verme y relataron cosas extrañas de mi belleza, comportamiento y buen juicio. Su majestad y quienes la atendían quedaron encantados sin medida con mi porte. Caí de rodillas y rogué el honor de besar su pie imperial; pero esta graciosa princesa tendió su dedo meñique hacia mí, una vez que fui colocado sobre una mesa, el cual abracé con ambos brazos y puse la punta del mismo con el mayor respeto en mis labios.

Me hizo algunas preguntas generales sobre mi país y mis viajes, las cuales respondí tan claramente y con tan pocas palabras como pude. Preguntó si me contentaría con vivir en la corte. Me incliné hasta el tablero de la mesa y respondí humildemente que yo era esclavo de mi amo; pero que si estuviera a mi propia disposición, me sentiría orgulloso de dedicar mi vida al servicio de su majestad. Entonces le preguntó a mi amo si estaba dispuesto a venderme a buen precio. Él, que temía que yo no pudiera vivir ni un mes, estuvo más que dispuesto a desprenderse de mí y exigió mil piezas de oro, las cuales le fueron ordenadas en el acto, siendo cada pieza del tamaño de ochocientos moidores; pero, por la proporción de todas las cosas entre aquel país y Europa, y el alto precio del oro entre ellos, apenas era una suma tan grande como lo serían mil guineas en Inglaterra. Entonces le dije a la reina que, como ahora era el más humilde siervo y vasallo de su majestad, debía pedir el favor de que Glumdalclitch, que siempre me había atendido con tanto cuidado y amabilidad, y sabía hacerlo tan bien, pudiera ser admitida a su servicio y continuar siendo mi niñera e instructora.

Su majestad accedió a mi petición y obtuvo fácilmente el consentimiento del granjero, quien estaba bastante contento de ver a su hija favorecida en la corte, y la pobre muchacha misma no pudo ocultar su alegría. Mi antiguo amo se retiró, despidiéndose de mí y diciendo que me dejaba en un buen servicio, a lo que no respondí palabra, solo le hice una leve inclinación.

La reina observó mi frialdad y, cuando el granjero hubo salido del apartamento, me preguntó la razón. Me atreví a decirle a su majestad que no debía ninguna otra obligación a mi antiguo amo que la de no haberme aplastado el cerebro siendo una pobre criatura inofensiva, encontrada por azar en su campo; obligación que estaba ampliamente recompensada por la ganancia que había obtenido mostrándome por la mitad del reino y el precio por el que ahora me había vendido. Que la vida que había llevado desde entonces era lo suficientemente laboriosa como para matar a un animal diez veces más fuerte que yo. Que mi salud estaba muy deteriorada por el continuo trabajo de entretener a la chusma a cada hora del día, y que, si mi amo no hubiera creído que mi vida corría peligro, su majestad no habría conseguido un trato tan barato. Pero, como estaba fuera de todo temor de ser maltratado bajo la protección de tan grande y buena emperatriz, el ornamento de la naturaleza, el encanto del mundo, el deleite de sus súbditos, el fénix de la creación; esperaba que los temores de mi antiguo amo resultaran infundados, pues ya sentía que mis ánimos revivían por la influencia de su augusta presencia.

Esta fue la suma de mi discurso, pronunciado con grandes incorrecciones y vacilaciones; la última parte estaba completamente estructurada en el estilo peculiar de aquel pueblo, del cual aprendí algunas frases de Glumdalclitch mientras me llevaba a la corte.

La reina, concediéndome gran margen por mi falta de fluidez al hablar, quedó, sin embargo, sorprendida de tanto ingenio y buen sentido en un animal tan diminuto.

Me tomó en su propia mano y me llevó ante el rey, quien se había retirado a su gabinete. Su majestad, un príncipe de mucha gravedad y semblante austero, al no observar bien mi forma a primera vista, preguntó a la reina, de manera fría, cuánto tiempo hacía que se había encariñado con un splacnuck; pues parece que eso era lo que creía que yo era, mientras yacía sobre mi pecho en la mano derecha de su majestad. Pero esta princesa, que posee una cantidad infinita de ingenio y humor, me puso suavemente de pie sobre el escritorio y me ordenó que le diera a su majestad una relación de mí mismo, lo cual hice en muy pocas palabras; y Glumdalclitch, que esperaba en la puerta del gabinete y no podía soportar estar fuera de mi vista, al ser admitida, confirmó todo lo que había sucedido desde mi llegada a casa de su padre.

El rey, aunque es una persona tan instruida como cualquiera en sus dominios, habiendo sido educado en el estudio de la filosofía, y particularmente en las matemáticas; sin embargo, cuando observó mi forma exactamente y me vio caminar erguido antes de empezar a hablar, concibió que podría ser una pieza de relojería (que en ese país ha alcanzado una gran perfección) ideada por algún ingenioso artista. Pero cuando oyó mi voz y descubrió que lo que decía era coherente y racional, no pudo ocultar su asombro. De ninguna manera quedó satisfecho con la relación que le di sobre la forma en que llegué a su reino, sino que pensó que era una historia concertada entre Glumdalclitch y su padre, quienes me habían enseñado un conjunto de palabras para que me vendieran a mejor precio. Ante esta imaginación, me hizo otras varias preguntas y siempre recibió respuestas racionales, no más defectuosas que por un acento extranjero y un conocimiento imperfecto del idioma, con algunas frases rústicas que había aprendido en la casa del granjero y que no se ajustaban al estilo elegante de una corte.

Su majestad envió a buscar a tres grandes sabios, que estaban entonces en su turno semanal según la costumbre de aquel país. Estos caballeros, después de haber examinado mi forma durante un rato con mucha minuciosidad, tuvieron diferentes opiniones sobre mí. Todos estuvieron de acuerdo en que yo no podía haber sido producido según las leyes regulares de la naturaleza, porque no estaba formado con la capacidad de preservar mi vida, ni por velocidad, ni trepando árboles, ni cavando agujeros en la tierra. Observaron por mis dientes, que examinaron con gran exactitud, que yo era un animal carnívoro; sin embargo, siendo la mayoría de los cuadrúpedos muy superiores a mí, y los ratones de campo, junto con algunos otros, demasiado ágiles, no podían imaginar cómo sería capaz de sostenerme, a menos que me alimentara de caracoles y otros insectos, lo cual ofrecieron probar, mediante muchos argumentos eruditos, que no podía hacer de ninguna manera. No querían admitir que fuera un enano, porque mi pequeñez estaba más allá de todo grado de comparación; pues el enano favorito de la reina, el más pequeño jamás conocido en aquel reino, tenía casi treinta pies de altura. Tras mucho debate, concluyeron unánimemente que yo solo era un relplum scalcath, que se traduce literalmente como *lusus naturae*; una determinación exactamente conforme a la filosofía moderna de Europa: cuyos profesores, desdeñando la vieja evasión de las causas ocultas, mediante las cuales los seguidores de Aristóteles intentaron en vano disfrazar su ignorancia, han inventado esta maravillosa solución a todas las dificultades, para el avance inefable del conocimiento humano.

Tras esta conclusión decisiva, supliqué ser escuchado una o dos palabras. Me dirigí al rey y aseguré a su majestad que venía de un país que abundaba en varios millones de ambos sexos y de mi misma estatura; donde los animales, los árboles y las casas estaban todos en proporción, y donde, por consecuencia, podría ser tan capaz de defenderme y encontrar sustento como cualquier súbdito de su majestad podría hacerlo aquí; lo cual tomé como una respuesta plena a los argumentos de aquellos caballeros. A esto solo respondieron con una sonrisa de desprecio, diciendo que el granjero me había instruido muy bien en mi lección. El rey, que tenía un entendimiento mucho mejor, despidiendo a sus sabios, envió a buscar al granjero, quien, por fortuna, aún no se había ido de la ciudad; habiéndolo examinado primero en privado y luego confrontándolo conmigo y con la joven muchacha, su majestad comenzó a pensar que lo que le habíamos dicho podría ser cierto. Deseó a la reina que ordenara que se tuviera un cuidado particular conmigo, y fue de la opinión de que Glumdalclitch debía continuar en su cargo de atenderme, porque observó que teníamos un gran afecto el uno por el otro. Se proporcionó un apartamento conveniente para ella en la corte; se le asignó una especie de institutriz para que cuidara de su educación, una criada para vestirla y otros dos sirvientes para labores domésticas; pero el cuidado de mí fue totalmente apropiado para ella misma. La reina ordenó a su propio ebanista que ideara una caja que pudiera servirme de dormitorio, según el modelo en que Glumdalclitch y yo estuviéramos de acuerdo. Este hombre era un artista sumamente ingenioso y, siguiendo mis instrucciones, en tres semanas terminó para mí una cámara de madera de dieciséis pies cuadrados y doce de alto, con ventanas de guillotina, una puerta y dos armarios, como un dormitorio de Londres. El tablero que formaba el techo debía subirse y bajarse con dos bisagras, para meter una cama ya amueblada por el tapicero de su majestad, la cual Glumdalclitch sacaba cada día para airear, hacía con sus propias manos y, al bajarla por la noche, cerraba el techo sobre mí con llave. Un hábil artesano, famoso por sus pequeñas curiosidades, se encargó de hacerme dos sillas, con respaldos y marcos, de una sustancia no muy distinta al marfil, y dos mesas, con un gabinete para poner mis cosas. La habitación estaba acolchada por todos lados, así como el suelo y el techo, para evitar cualquier accidente por el descuido de quienes me llevaban, y para amortiguar la fuerza de un golpe cuando iba en coche. Pedí una cerradura para mi puerta, para evitar que entraran ratas y ratones: el herrero, tras varios intentos, hizo la más pequeña que jamás se haya visto entre ellos; pues he conocido una más grande en la puerta de la casa de un caballero en Inglaterra. Me las arreglé para guardar la llave en mi propio bolsillo, temiendo que Glumdalclitch pudiera perderla. La reina también ordenó que se consiguieran las sedas más finas que pudieran obtenerse para hacerme ropa, no mucho más gruesa que una manta inglesa, muy engorrosa hasta que me acostumbré a ella. Eran de la moda del reino, parecidas en parte a la persa y en parte a la china, y son un hábito muy serio y decente.

La reina se encariñó tanto con mi compañía que no podía comer sin mí. Tenía una mesa colocada sobre la misma en la que comía su Majestad, justo a su codo izquierdo, y una silla para sentarme. Glumdalclitch permanecía sobre un taburete en el suelo, cerca de mi mesa, para asistirme y cuidarme. Tenía un juego completo de platos y fuentes de plata, y otros utensilios necesarios, los cuales, en proporción a los de la reina, no eran mucho más grandes que lo que he visto en una tienda de juguetes de Londres para el mobiliario de una casa de muñecas: mi pequeña niñera los guardaba en su bolsillo en una caja de plata, y me los daba en las comidas según los necesitaba, limpiándolos siempre ella misma. Nadie comía con la reina excepto las dos princesas reales, la mayor de dieciséis años y la menor de trece años y un mes en aquel momento. Su majestad solía poner un trozo de carne en uno de mis platos, del cual yo mismo cortaba; y su diversión era verme comer en miniatura; pues la reina (que, en verdad, tenía un estómago débil) tomaba en un solo bocado tanto como podrían comer una docena de granjeros ingleses en una comida, lo cual para mí fue durante algún tiempo un espectáculo muy nauseabundo. Mordisqueaba el ala de una alondra, huesos y todo, entre sus dientes, aunque era nueve veces más grande que la de un pavo adulto; y se metía un trozo de pan en la boca tan grande como dos hogazas de doce peniques. Bebía de una copa de oro, más de una barrica de un trago. Sus cuchillos eran dos veces más largos que una guadaña, colocados rectos sobre el mango. Las cucharas, tenedores y otros instrumentos estaban todos en la misma proporción. Recuerdo que cuando Glumdalclitch me llevó, por curiosidad, a ver algunas de las mesas de la corte, donde diez o una docena de estos enormes cuchillos y tenedores eran levantados juntos, pensé que nunca hasta entonces había contemplado un espectáculo tan terrible.

Es costumbre que cada miércoles (que, como he observado antes, es su día de reposo) el rey y la reina, con la descendencia real de ambos sexos, coman juntos en el apartamento de su majestad, ante quien me había convertido ahora en un gran favorito; y, en esos momentos, mi pequeña silla y mesa eran colocadas a su izquierda, frente a uno de los saleros. Este príncipe sentía placer en conversar conmigo, indagando sobre las costumbres, religión, leyes, gobierno y saber de Europa; sobre lo cual le di la mejor relación que fui capaz. Su percepción era tan clara y su juicio tan exacto que hacía reflexiones y observaciones muy sabias sobre todo lo que decía. Pero confieso que después de haberme extendido un poco demasiado hablando de mi amado país, de nuestro comercio y guerras por mar y tierra, de nuestras cismas en la religión y partidos en el estado; los prejuicios de su educación prevalecieron tanto que no pudo evitar tomarme en su mano derecha y, acariciándome suavemente con la otra, tras un buen ataque de risa, me preguntó si era un whig o un tory. Luego, volviéndose hacia su primer ministro, que esperaba detrás de él con un bastón blanco, casi tan alto como el palo mayor del "Royal Sovereign", observó cuán despreciable era la grandeza humana, que podía ser imitada por insectos tan diminutos como yo: y aun así, dice él, me atrevo a asegurar que estas criaturas tienen sus títulos y distinciones de honor; idean pequeños nidos y madrigueras que llaman casas y ciudades; figuran en vestidos y carruajes; aman, luchan, discuten, engañan, traicionan. Y así continuó, mientras mi color iba y venía varias veces con indignación, al oír a nuestro noble país, la maestra de las artes y las armas, el azote de Francia, la árbitra de Europa, la sede de la virtud, la piedad, el honor y la verdad, el orgullo y la envidia del mundo, ser tratado con tanto desprecio.

Pero, como no estaba en condiciones de resentir las injurias, después de reflexionar maduramente, comencé a dudar de si había sido injuriado o no. Pues, tras haberme acostumbrado durante varios meses a la vista y conversación de este pueblo, y haber observado que cada objeto sobre el que posaba mis ojos era de magnitud proporcional, el horror que había concebido al principio por su tamaño y aspecto se había desvanecido tanto que, si hubiera visto entonces a un grupo de lores y damas ingleses con sus galas, y sus trajes de fiesta, representando sus diversos papeles de la manera más cortesana de pavonearse, inclinarse y parlotear, a decir verdad, me habría sentido fuertemente tentado a reírme tanto de ellos como el rey y sus grandes hacían de mí. Tampoco, en verdad, podía evitar sonreírme de mí mismo, cuando la reina solía colocarme sobre su mano frente a un espejo, por el cual ambas personas aparecíamos ante mí a plena vista juntas; y no podía haber nada más ridículo que la comparación; de modo que realmente comencé a imaginarme disminuido muchos grados por debajo de mi tamaño habitual.

Nada me enfureció y mortificó tanto como el enano de la reina, quien, siendo de la menor estatura que jamás hubo en aquel país (pues juro que no tenía ni treinta pies de altura), se volvió tan insolente al ver a una criatura tan inferior a él que siempre se las daba de fanfarrón y miraba con aires de grandeza cuando pasaba a mi lado en la antecámara de la reina, mientras yo estaba de pie sobre alguna mesa, hablando con los lores o damas de la corte, y rara vez dejaba pasar la oportunidad de soltar una palabra hiriente sobre mi pequeñez; contra lo cual solo podía vengarme llamándole hermano, desafiándole a luchar y otros juegos de palabras comunes en boca de los pajes de corte. Un día, en la cena, este pequeño cachorro malicioso estaba tan irritado con algo que le había dicho que, alzándose sobre el marco de la silla de su majestad, me tomó mientras yo estaba sentado, sin pensar en ningún daño; y me dejó caer en un gran cuenco de plata lleno de nata, para luego salir corriendo tan rápido como pudo. Caí de cabeza y, si no hubiera sido un buen nadador, las cosas se habrían puesto muy feas para mí; pues Glumdalclitch, en ese instante, resultó estar en el otro extremo de la sala, y la reina estaba tan asustada que le faltó presencia de ánimo para ayudarme. Pero mi pequeña niñera corrió en mi auxilio y me sacó, después de que yo hubiera tragado más de un litro de nata. Me acostaron; sin embargo, no sufrí otro daño que la pérdida de un traje, que quedó totalmente arruinado. El enano fue azotado severamente y, como castigo adicional, obligado a beberse el cuenco de nata en el que me había arrojado; tampoco volvió a ser restaurado en el favor; pues, poco después, la reina se lo regaló a una dama de alta calidad, de modo que no lo vi más, para mi gran satisfacción; pues no podía saber hasta qué extremo podría haber llevado su resentimiento un pilluelo tan malicioso.

Antes me había gastado una mala pasada que hizo reír a la reina, aunque, al mismo tiempo, ella estaba profundamente molesta y lo habría despedido inmediatamente si yo no hubiera sido tan generoso como para interceder. Su majestad había tomado un hueso con tuétano en su plato y, tras extraerle el tuétano, colocó el hueso en el plato en posición vertical, tal como estaba antes. El enano, atento a su oportunidad, mientras Glumdalclitch había ido al aparador, se subió al taburete sobre el que ella se ponía para cuidarme en las comidas, me tomó con ambas manos y, apretando mis piernas, me encajó en el hueso con tuétano por encima de la cintura, donde quedé atascado durante algún tiempo, ofreciendo un aspecto de lo más ridículo. Creo que pasó cerca de un minuto antes de que nadie supiera qué había sido de mí, pues consideraba indigno de mi persona ponerme a gritar. Pero, como los príncipes rara vez consiguen la comida caliente, mis piernas no se escaldaron, quedando solo mis medias y calzones en un estado lamentable. El enano, ante mi ruego, no recibió otro castigo que una buena azotaina.

La reina me reprendía frecuentemente por mi miedo; y solía preguntarme si la gente de mi país era tan cobarde como yo. La ocasión era la siguiente: el reino está muy infestado de moscas en verano; y estos odiosos insectos, cada uno de ellos tan grande como una alondra de Dunstable, apenas me dejaban descansar mientras comía, con su continuo zumbar y revolotear alrededor de mis oídos. A veces se posaban sobre mis viandas. Otras veces se fijaban en mi nariz o frente, donde me picaban hasta lo vivo, y me costaba mucho defenderme de estos animales detestables, sin poder evitar sobresaltarme cuando se me acercaban a la cara. Era costumbre habitual del enano atrapar un número de estos insectos en su mano, como hacen los escolares entre nosotros, y soltarlos de repente bajo mi nariz, a propósito para asustarme y divertir a la reina. Mi remedio consistía en cortarlos en pedazos con mi cuchillo mientras volaban en el aire, labor en la que mi destreza era muy admirada.

Recuerdo una mañana, cuando Glumdalclitch me había colocado en mi caja junto a una ventana, como solía hacer en los días despejados para que tomara el aire (pues no me atrevía a arriesgarme a dejar la caja colgada de un clavo fuera de la ventana, como hacemos con las jaulas en Inglaterra), después de haber levantado una de mis celosías y sentarme a la mesa para desayunar un trozo de pastel dulce, más de veinte avispas, atraídas por el olor, entraron volando en la habitación, zumbando más fuerte que los zánganos de otras tantas gaitas. Algunas se apoderaron de mi pastel y lo fueron llevando trozo a trozo; otras volaban alrededor de mi cabeza y mi cara, confundiéndome con el ruido y llenándome de terror ante sus aguijones. Sin embargo, tuve el valor de levantarme, desenvainar mi espadín y atacarlas en el aire. Despaché a cuatro de ellas, pero las demás escaparon, e inmediatamente cerré mi ventana. Estas criaturas eran tan grandes como perdices; extraje sus aguijones, encontré que medían una pulgada y media de largo y que eran tan afilados como agujas. Los conservé cuidadosamente todos y, habiéndolos mostrado desde entonces, junto con otras curiosidades, en varias partes de Europa, a mi regreso a Inglaterra, entregué tres de ellos al Gresham College y me quedé con el cuarto.

CAPÍTULO IV.

DESCRIPCIÓN DEL PAÍS. UNA PROPUESTA PARA CORREGIR LOS MAPAS MODERNOS. EL PALACIO DEL REY Y ALGO SOBRE LA METRÓPOLI. LA MANERA DE VIAJAR DEL AUTOR. DESCRIPCIÓN DEL TEMPLO PRINCIPAL.

Tengo ahora la intención de dar al lector una breve descripción de este país, hasta donde viajé por él, que no fueron más de dos mil millas alrededor de Lorbrulgrud, la metrópoli. Pues la reina, a quien siempre acompañaba, nunca iba más lejos cuando seguía al rey en sus viajes, y allí permanecía hasta que su majestad regresaba de inspeccionar sus fronteras. La extensión total de los dominios de este príncipe alcanza unas seis mil millas de largo y de tres a cinco de ancho. De donde no puedo sino concluir que nuestros geógrafos de Europa están en un gran error al suponer que no hay más que mar entre Japón y California; pues siempre fue mi opinión que debe existir un equilibrio de tierra para contrapesar el gran continente de Tartaria; y por lo tanto deberían corregir sus mapas y cartas uniendo esta vasta extensión de tierra a las partes del noroeste de América, en lo cual estaré dispuesto a prestarles mi ayuda.

El reino es una península, terminada al noreste por una cadena de montañas de treinta millas de altura, que son totalmente intransitables debido a los volcanes en sus cimas: ni los más doctos saben qué clase de mortales habitan más allá de esas montañas, o si están habitadas en absoluto. Por los otros tres lados está bordeado por el océano. No hay un solo puerto marítimo en todo el reino, y aquellas partes de la costa donde desembocan los ríos están tan llenas de rocas puntiagudas, y el mar es generalmente tan agitado, que no hay forma de aventurarse ni con el más pequeño de sus botes; de modo que esta gente está totalmente excluida de cualquier comercio con el resto del mundo.

Pero los grandes ríos están llenos de embarcaciones y abundan en peces excelentes, pues rara vez obtienen alguno del mar, ya que los peces marinos son del mismo tamaño que los de Europa y, por consiguiente, no vale la pena pescarlos, por lo que es manifiesto que la naturaleza, en la producción de plantas y animales de tan extraordinario volumen, se limita enteramente a este continente, cuyas razones dejo a la determinación de los filósofos. Sin embargo, de vez en cuando capturan una ballena que llega a estrellarse contra las rocas, de la cual la gente común se alimenta con entusiasmo. He conocido ballenas tan grandes que un hombre apenas podía cargar una sobre sus hombros; y a veces, por curiosidad, son traídas en cestos a Lorbrulgrud: vi una de ellas en un plato en la mesa del rey, que pasaba por una rareza, pero no observé que le entusiasmara; pues creo, de hecho, que su tamaño le disgustaba, aunque he visto una algo más grande en Groenlandia.

El país está bien habitado, pues contiene cincuenta y una ciudades, cerca de cien pueblos amurallados y un gran número de aldeas. Para satisfacer a mi curioso lector, bastará con describir Lorbrulgrud. Esta ciudad se asienta casi a partes iguales a cada lado del río que la atraviesa. Contiene más de ochenta mil casas y unos seiscientos mil habitantes. Tiene una longitud de tres glomglungs (que equivalen a unas cincuenta y cuatro millas inglesas) y dos y media de ancho, según lo medí yo mismo en el mapa real hecho por orden del rey, que fue extendido en el suelo expresamente para mí y medía cien pies: caminé el diámetro y la circunferencia varias veces descalzo y, calculando por la escala, lo medí con bastante exactitud.

El palacio del rey no es un edificio regular, sino un conjunto de construcciones de unas siete millas de contorno: las salas principales tienen generalmente doscientos cuarenta pies de altura, y de ancho y largo en proporción. Se nos asignó un carruaje a Glumdalclitch y a mí, en el cual su institutriz la llevaba frecuentemente a ver la ciudad o a visitar las tiendas; y yo siempre formaba parte del grupo, llevado en mi caja; aunque la niña, a petición mía, a menudo me sacaba y me sostenía en su mano para que pudiera ver más cómodamente las casas y la gente mientras pasábamos por las calles. Calculé que nuestro carruaje tenía aproximadamente la superficie del Westminster Hall, aunque no tan alto: sin embargo, no puedo ser muy exacto.

Además de la gran caja en la que solía ser transportado, la reina ordenó hacer una más pequeña para mí, de unos doce pies cuadrados y diez de altura, para mayor comodidad en los viajes, porque la otra era algo demasiado grande para el regazo de Glumdalclitch y resultaba incómoda en el carruaje. Fue hecha por el mismo artista, a quien dirigí en todo el diseño. Este gabinete de viaje era un cuadrado exacto, con una ventana en el medio de tres de sus caras, y cada ventana estaba enrejada con alambre de hierro por el exterior para evitar accidentes en los viajes largos. En el cuarto lado, que no tenía ventana, se fijaron dos argollas fuertes a través de las cuales la persona que me llevaba, cuando deseaba ir a caballo, pasaba un cinturón de cuero y lo abrochaba alrededor de su cintura. Este era siempre el cometido de algún criado serio y de confianza en quien podía confiar, ya fuera que acompañara al rey y a la reina en sus viajes, o que estuviera dispuesto a ver los jardines, o a hacer una visita a alguna gran dama o ministro de Estado en la corte; pues pronto empecé a ser conocido y estimado entre los oficiales más importantes, supongo que más por el favor de sus majestades que por mérito propio.

En los viajes, cuando me cansaba del carruaje, un criado a caballo se abrochaba mi caja y la colocaba sobre un cojín frente a él; y allí tenía una vista completa del país por tres lados desde mis tres ventanas. Tenía en este gabinete una cama de campaña y una hamaca colgada del techo, dos sillas y una mesa, atornilladas cuidadosamente al suelo para evitar ser zarandeado por la agitación del caballo o del carruaje. Y habiendo estado mucho tiempo acostumbrado a los viajes por mar, esos movimientos, aunque a veces muy violentos, no me descomponían mucho.

Siempre que deseaba ver la ciudad, era en mi gabinete de viaje, que Glumdalclitch sostenía en su regazo dentro de una especie de litera abierta, al estilo del país, transportada por cuatro hombres y atendida por otros dos con la librea de la reina. La gente, que a menudo había oído hablar de mí, sentía mucha curiosidad por amontonarse alrededor de la litera, y la niña era lo bastante complaciente como para hacer que los porteadores se detuvieran y tomarme en su mano para que pudiera ser visto con mayor comodidad.

Tenía muchas ganas de ver el templo principal y, en particular, la torre que le pertenecía, que está considerada la más alta del reino. Así, un día mi nodriza me llevó allí, pero debo decir con franqueza que regresé decepcionado; pues la altura no llega a los tres mil pies, contando desde el suelo hasta el pináculo más alto; lo cual, teniendo en cuenta la diferencia de tamaño entre aquellas gentes y nosotros en Europa, no es motivo de gran admiración, ni está a la altura en proporción (si bien recuerdo) al chapitel de Salisbury. Pero, por no desmerecer a una nación a la que durante toda mi vida reconoceré estar extremadamente obligado, hay que admitir que todo lo que a esta famosa torre le falta en altura, se compensa ampliamente con su belleza y robustez. Pues los muros tienen cerca de cien pies de espesor, construidos con piedra labrada, donde cada una es de unos cuarenta pies cuadrados, y adornados por todos lados con estatuas de dioses y emperadores, talladas en mármol más grandes que el natural, colocadas en sus respectivos nichos. Medí un dedo meñique que se había caído de una de estas estatuas y yacía inadvertido entre unos escombros, y encontré que medía exactamente cuatro pies y una pulgada de largo. Glumdalclitch lo envolvió en su pañuelo y se lo llevó a casa en el bolsillo para guardarlo entre otras chucherías, de las que la niña era muy aficionada, como suelen ser los niños a su edad.

La cocina del rey es, en efecto, un edificio noble, abovedado en la parte superior y de unos seiscientos pies de altura. El gran horno no es diez pasos más ancho que la cúpula de San Pablo, pues medí esta última a propósito después de mi regreso. Pero si describiera la parrilla de la cocina, las prodigiosas ollas y calderas, los trozos de carne girando en los espetones, junto con muchos otros detalles, quizás apenas sería creído; al menos, un crítico severo sería propenso a pensar que exageré un poco, como a menudo se sospecha que hacen los viajeros. Para evitar tal censura, me temo que he caído demasiado en el otro extremo; y que si este tratado llegara a traducirse al idioma de Brobdingnag (que es el nombre general de aquel reino) y se transmitiera allí, el rey y su pueblo tendrían razones para quejarse de que les había hecho un perjuicio con una representación falsa y diminutiva.

Su majestad rara vez mantiene más de seiscientos caballos en sus establos: tienen generalmente de cincuenta y cuatro a sesenta pies de altura. Pero cuando sale en días solemnes, es escoltado por protocolo por una guardia de milicia de quinientos caballos, lo cual, de hecho, me pareció el espectáculo más espléndido que jamás se haya visto, hasta que vi parte de su ejército en formación de batalla, de lo cual encontraré otra ocasión para hablar.

CAPÍTULO V.

VARIAS AVENTURAS QUE LE OCURRIERON AL AUTOR. EL AUTOR DEMUESTRA SU HABILIDAD EN LA NAVEGACIÓN.

Habría vivido lo suficientemente feliz en aquel país si mi pequeñez no me hubiera expuesto a varios accidentes ridículos y molestos, algunos de los cuales me aventuraré a relatar. Glumdalclitch a menudo me llevaba a los jardines de la corte en mi caja más pequeña, y a veces me sacaba de ella y me sostenía en su mano o me bajaba para que caminara. Recuerdo que, antes de que el enano dejara a la reina, nos siguió un día a esos jardines, y habiéndome bajado mi nodriza, estando él y yo muy cerca, junto a unos manzanos enanos, tuve que demostrar mi ingenio con una tonta alusión entre él y los árboles, que resulta ser válida en su idioma, igual que en el nuestro. Ante esto, el malicioso bribón, esperando su oportunidad, cuando yo caminaba bajo uno de ellos, lo sacudió directamente sobre mi cabeza; por lo cual una docena de manzanas, cada una de ellas casi tan grande como un barril de Bristol, vinieron rodando sobre mis oídos; una de ellas me golpeó en la espalda cuando casualmente me agaché y me tiró de bruces al suelo; pero no recibí más daño; y el enano fue perdonado a petición mía, porque yo había dado la provocación.

Otro día, Glumdalclitch me dejó en un césped liso para que me divirtiera, mientras ella caminaba a cierta distancia con su institutriz. Mientras tanto, cayó de repente un chaparrón de granizo tan violento que fui inmediatamente derribado al suelo por la fuerza; y una vez en el suelo, las piedras de granizo me dieron tales golpes crueles por todo el cuerpo como si me hubieran apedreado con pelotas de tenis; sin embargo, me las arreglé para arrastrarme a gatas y refugiarme tumbándome de bruces en el lado resguardado de un borde de toronjil, pero tan magullado de pies a cabeza que no pude salir en diez días. Tampoco hay que extrañarse en absoluto, porque la naturaleza, en aquel país, observando la misma proporción en todas sus operaciones, un granizo es casi mil ochocientas veces más grande que uno en Europa, lo cual puedo asegurar por experiencia, habiendo tenido la curiosidad de pesarlos y medirlos.

Pero un accidente más peligroso me ocurrió en el mismo jardín cuando mi pequeña nodriza, creyendo que me había puesto en un lugar seguro —lo cual yo le pedía a menudo que hiciera para poder disfrutar de mis propios pensamientos— y habiendo dejado mi caja en casa para evitar la molestia de cargarla, se fue a otra parte del jardín con la institutriz y algunas damas de su conocimiento; ella estaba ausente y fuera de alcance, y un pequeño perro que pertenecía a uno de los jardineros principales, habiendo entrado por accidente en el jardín, llegó al lugar donde yo estaba: el perro, siguiendo el rastro, se acercó directamente, y tomándome con el hocico, corrió derecho hacia su amo, moviendo la cola, y me depositó suavemente en el suelo. Por fortuna, había sido tan bien adiestrado que fui llevado entre sus dientes sin el menor daño, ni siquiera desgarrar mi ropa. Pero el pobre jardinero, que me conocía bien y me tenía gran aprecio, se llevó un susto terrible: me tomó suavemente con ambas manos y me preguntó cómo estaba; pero yo estaba tan asombrado y falto de aliento que no pude decir una palabra. A los pocos minutos volví en mí y me llevó a salvo junto a mi pequeña nodriza, quien para entonces había regresado al lugar donde me dejó y estaba en una angustia terrible cuando no aparecía ni respondía cuando llamaba. Ella reprendió severamente al jardinero por culpa de su perro, pero el asunto se ocultó y nunca se supo en la corte; pues la niña tenía miedo de la ira de la reina y, en verdad, en cuanto a mí, pensé que no sería bueno para mi reputación que tal historia corriera por ahí.

Este accidente determinó absolutamente a Glumdalclitch a no dejarme salir nunca más sin su vigilancia. Yo había temido durante mucho tiempo esta resolución, y por tanto le oculté algunas pequeñas aventuras desafortunadas que ocurrieron en aquellos tiempos cuando me dejaban solo. Una vez, un milano, sobrevolando el jardín, se lanzó en picado hacia mí; y si no hubiera desenvainado resueltamente mi espadín y corrido bajo una espesa espaldera, ciertamente me habría llevado en sus garras. Otra vez, caminando hacia la cima de un montículo de topo fresco, caí hasta el cuello en el agujero a través del cual aquel animal había arrojado la tierra. Asimismo, me rompí la espinilla derecha contra la concha de un caracol, con la que tropecé mientras caminaba solo y pensaba en la pobre Inglaterra.

No puedo decir si me sentí más complacido o mortificado al observar en aquellos paseos solitarios que los pájaros pequeños no parecían tenerle ningún miedo, sino que saltaban a una yarda de distancia, buscando gusanos y otros alimentos, con tanta indiferencia y seguridad como si no hubiera ninguna criatura cerca de ellos. Recuerdo que un zorzal tuvo la confianza de arrebatarme de la mano con su pico un trozo de pastel que Glumdalclitch acababa de darme para el desayuno.

Cuando intentaba atrapar a cualquiera de estos pájaros, se volvían valientemente contra mí, esforzándose por picarme los dedos, los cuales no me atrevía a acercar a su alcance; y luego saltaban hacia atrás, despreocupados, para buscar gusanos y caracoles como antes. Pero un día tomé un garrote grueso y lo lancé con todas mis fuerzas con tanta fortuna a un pardillo que lo derribé, y agarrándolo por el cuello con ambas manos, corrí triunfante hacia mi nodriza. Sin embargo, el pájaro, que solo estaba aturdido, al recuperarse me dio tantos golpes con sus alas en ambos lados de la cabeza y el cuerpo, aunque lo sostenía a brazo alzado y fuera del alcance de sus garras, que estuve veinte veces pensando en soltarlo. Pero pronto fui socorrido por uno de nuestros criados, que le retorció el cuello al pájaro, y lo tuve al día siguiente para cenar por orden de la reina. Este pardillo, según recuerdo, parecía ser algo más grande que un cisne inglés.

La reina, que solía oírme hablar a menudo de mis viajes por mar y aprovechaba todas las ocasiones para distraerme cuando estaba melancólico, me preguntó si entendía cómo manejar una vela o un remo, y si un poco de ejercicio de remo no podría ser conveniente para mi salud. Respondí que entendía ambos muy bien; pues, aunque mi ocupación principal había sido la de cirujano o médico del barco, a menudo, en un apuro, me veía obligado a trabajar como un marinero común. Pero no veía cómo podría hacerse esto en su país, donde la chalupa más pequeña era igual a un navío de línea de primera categoría entre nosotros, y un bote como el que yo podría manejar nunca sobreviviría en ninguno de sus ríos.

Su Majestad dijo que, si yo podía idear una embarcación, su propio carpintero la construiría y me proporcionaría un lugar para navegar. El hombre era un artesano ingenioso y, siguiendo mis instrucciones, en diez días terminó un bote de placer, con todo su aparejo, lo suficientemente grande como para transportar cómodamente a ocho europeos. Cuando estuvo terminado, la reina se alegró tanto que lo llevó en su regazo hasta el rey, quien ordenó que se colocara en un estanque lleno de agua, conmigo dentro, a modo de prueba; donde no pude manejar mis dos remos, o pequeños remos, por falta de espacio.

Pero la reina ya había ideado otro proyecto. Ordenó al carpintero que construyera una cubeta de madera de trescientos pies de largo, cincuenta de ancho y ocho de profundidad; que, una vez bien calafateada, para evitar filtraciones, fue colocada en el suelo a lo largo de la pared de una habitación exterior del palacio. Tenía un grifo cerca del fondo para dejar salir el agua cuando empezaba a envejecer; y dos sirvientes podían llenarla fácilmente en media hora. Allí solíamos remar para nuestra propia diversión, así como para la de la reina y sus damas, que se sentían bien entretenidas con mi habilidad y agilidad. A veces izaba la vela, y entonces mi tarea era sólo gobernar, mientras las damas me daban un viento con sus abanicos; y cuando se cansaban, algunos de sus pajes soplaban mi vela hacia adelante con su aliento, mientras yo demostraba mi arte gobernando a estribor o a babor, según me pareciera. Cuando terminaba, Glumdalclitch siempre llevaba mi barca de vuelta a su armario y la colgaba de un clavo para que se secara.

En este ejercicio sufrí un accidente que estuvo a punto de costarme la vida; pues uno de los pajes, después de meter mi barca en la cubeta, la gobernanta, que atendía a Glumdalclitch, muy solícitamente me levantó para colocarme en la barca, pero sucedió que me resbalé de sus manos y, sin duda, habría caído cuarenta pies hasta el suelo, si, por la más afortunada casualidad del mundo, no me hubiera detenido un alfiler de corcho que estaba clavado en el corpiño de la buena señora; la cabeza del alfiler pasó entre mi camisa y la cintura de mis calzones, y así me sostuve en el aire por la mitad, hasta que Glumdalclitch corrió a socorrerme.

Otra vez, uno de los sirvientes, cuya tarea era llenar mi cubeta cada tres días con agua fresca, fue tan descuidado que dejó caer una enorme rana (sin percatarse) de su cubo. La rana permaneció oculta hasta que me metieron en mi barca, pero entonces, al encontrar un lugar de descanso, trepó y la hizo inclinarse tanto hacia un lado que me vi obligado a equilibrarla con todo mi peso en el otro para evitar que volcara. Cuando la rana entró, saltó de una vez la mitad de la longitud de la barca, y luego sobre mi cabeza de un lado a otro. La grandeza de sus rasgos la hacía parecer el animal más deforme que se pueda concebir. Sin embargo, le pedí a Glumdalclitch que me dejara tratar con ella solo. La golpeé un buen rato con uno de mis remos y al final la obligué a saltar de la barca.

Pero el mayor peligro que corrí en aquel reino fue a causa de un mono que pertenecía a uno de los empleados de la cocina. Glumdalclitch me había encerrado en su armario, mientras ella salía a algún recado o visita. Como el tiempo era muy cálido, la ventana del armario estaba abierta, al igual que las ventanas y la puerta de mi caja más grande, en la que solía vivir, debido a su tamaño y comodidad. Mientras estaba sentado tranquilamente meditando en mi mesa, oí algo que entraba por la ventana del armario y saltaba de un lado a otro; ante lo cual, aunque estaba muy asustado, me atreví a asomarme, pero sin moverme de mi asiento; y entonces vi a aquel animal juguetón brincando y saltando arriba y abajo, hasta que al fin llegó a mi caja, que parecía contemplar con gran placer y curiosidad, asomando por la puerta y por todas las ventanas.

Me retiré al rincón más alejado de mi habitación o caja; pero el mono, al mirar por todos lados, me asustó tanto que no tuve presencia de ánimo para esconderme bajo la cama, como podría haber hecho fácilmente. Después de pasar un rato asomándose, riendo y chillando, al fin me vio, y metiendo una de sus patas por la puerta, como hace un gato cuando juega con un ratón, aunque a menudo cambiaba de lugar para evitarlo, al fin agarró el faldón de mi abrigo (que, al ser de seda de aquel país, era muy grueso y fuerte), y me sacó. Me sacó con su pata delantera derecha, y me sostuvo como una enfermera sostiene a un niño, justo como he visto hacer a la misma clase de criatura con un gatito en Europa; y, cuando intenté luchar, me apretó tanto que pensé que era más prudente someterme. Tengo buenas razones para creer que me tomó por un joven de su propia especie, pues a menudo me acariciaba la cara muy suavemente con la otra pata.

En estas diversiones se vio interrumpido por un ruido en la puerta del armario, como si alguien la estuviera abriendo; ante lo cual saltó repentinamente a la ventana por la que había entrado, y de allí a los canalones y bajantes, caminando sobre tres patas, y sosteniéndome en la cuarta, hasta que trepó a un tejado que estaba junto al nuestro. Oí a Glumdalclitch dar un grito en el momento en que me llevaba. La pobre chica estaba casi fuera de sí. Aquel cuarto del palacio estaba todo en un alboroto; los criados corrían a por escaleras; el mono fue visto por cientos en el patio, sentado en la cresta de un edificio, sosteniéndome como a un bebé en una de sus patas delanteras; ante lo cual muchos de los alborotadores de abajo no pudieron evitar reírse; y tampoco creo que deban ser reprendidos, pues sin duda la vista era lo suficientemente ridícula para todo el mundo menos para mí. Algunos de los presentes lanzaron piedras, con la esperanza de hacer bajar al mono; pero esto estaba estrictamente prohibido, o de lo contrario es muy probable que me hubieran reventado las seseras.

Ahora se acercaron las escaleras y las subieron varios hombres, lo que el mono, al observar, y viéndose casi rodeado, al no poder avanzar con suficiente rapidez con sus tres patas, me dejó caer sobre una teja, y se escapó. Aquí me senté durante algún tiempo, a quinientos metros del suelo, esperando en todo momento que el viento me derribara, o que me cayera por mi propio mareo, y me fuera rodando desde la cresta hasta las canaletas; pero un honrado muchacho, uno de los lacayos de mi enfermera, trepó y, metiéndome en el bolsillo de sus calzones, me bajó sano y salvo.

Estaba tan débil y magullado en los costados por los apretones que me había dado aquel odioso animal, que me vi obligado a guardar cama dos semanas. El rey, la reina y toda la corte enviaban todos los días a preguntar por mi salud, y Su Majestad me hizo varias visitas durante mi enfermedad. El mono fue asesinado y se dictó una orden para que no se mantuviera a ningún animal de esa clase cerca del palacio.

Cuando asistí al rey, después de mi recuperación, para darle las gracias por sus favores, se complació en burlarse un poco de mí por esta aventura. Me preguntó cuáles eran mis pensamientos y especulaciones mientras estaba en la pata del mono. Quería saber lo que yo habría hecho en tal ocasión en mi propio país. Le dije a Su Majestad que en Europa no teníamos monos, excepto los que se traían como curiosidades de otros lugares, y que eran tan pequeños que yo podría lidiar con una docena de ellos juntos si se atrevían a atacarme. Y en cuanto a aquel monstruo animal con el que me había enfrentado recientemente (que, en efecto, era tan grande como un elefante), si mis miedos me hubieran permitido pensar hasta el punto de hacer uso de mi daga (mirando fieramente y poniendo la mano en la empuñadura, mientras hablaba), cuando metió la pata en mi cámara, tal vez le habría dado un golpe que lo habría hecho feliz de retirarla con más prisa de la que la metió. Esto lo dije con un tono firme, como una persona que estaba celosa de que se pusiera en duda su valor.

Sin embargo, mi discurso no produjo nada más que una gran carcajada, que todo el respeto debido a Su Majestad por parte de los que lo rodeaban no pudo hacer que contuvieran. Esto me hizo reflexionar sobre lo vano que es el intento de un hombre de honrarse a sí mismo entre aquellos que están fuera de todo grado de igualdad o comparación con él. Y, sin embargo, he visto el ejemplo de mi propia conducta con mucha frecuencia en Inglaterra desde mi regreso, donde un pequeño y despreciable bellaco, sin el menor título de nacimiento, persona, ingenio o sentido común, se atreve a mirar con importancia y a ponerse a la altura de las personas más grandes del reino.

Todos los días proporcionaba a la corte alguna historia ridícula; y Glumdalclitch, aunque me quería con exceso, era lo suficientemente traviesa como para informar a la reina siempre que cometía alguna tontería que le pareciera divertida para Su Majestad. La chica, que había estado indispuesta, fue llevada por su gobernanta a tomar el aire a una hora de distancia, o treinta millas de la ciudad. Se apearon del carruaje cerca de un pequeño sendero en un campo, y Glumdalclitch, al dejar mi caja de viaje, salí de ella para caminar. Había un charco de barro en el camino, y tuve que probar mi agilidad intentando saltar por encima. Tomé carrerilla, pero, por desgracia, salté corto, y me encontré justo en medio, hasta las rodillas. Crucé con alguna dificultad, y uno de los lacayos me limpió lo mejor que pudo con su pañuelo, pues estaba terriblemente embarrado; y mi enfermera me confinó en mi caja hasta que regresamos a casa, cuando la reina fue pronto informada de lo que había pasado, y el lacayo lo extendió por toda la corte; de modo que durante algunos días toda la diversión fue a mi costa.

CAPÍTULO VI

Varios proyectos del autor para complacer al rey y a la reina. Muestra su habilidad en la música. El rey se informa sobre el estado de Inglaterra, que el autor le relata. Observaciones del rey al respecto.

Solía asistir a la cámara del rey una o dos veces por semana, y a menudo lo había visto bajo las manos del barbero, lo que, en efecto, al principio era muy terrible de ver; pues la navaja era casi dos veces más larga que una guadaña ordinaria. Su Majestad, según la costumbre del país, sólo se afeitaba dos veces por semana. Una vez conseguí que el barbero me diera un poco de la espuma o jabón, de la que saqué cuarenta o cincuenta de los cabellos más fuertes, luego tomé un trozo de madera fina y lo corté como el respaldo de un peine, haciendo varios agujeros a igual distancia con una aguja tan pequeña como pude conseguir de Glumdalclitch. Fije los cabellos tan artísticamente, raspándolos y dándoles forma con mi cuchillo hacia las puntas, que hice un peine muy tolerable; lo que era un suministro oportuno, pues el mío estaba tan roto en los dientes que era casi inútil; y no conocía a ningún artista en aquel país tan cuidadoso y exacto como para que se ofreciera a hacerme otro.

Y esto me recuerda una diversión en la que pasé muchas de mis horas de ocio. Le pedí a la mujer de la reina que guardara para mí los cabellos de Su Majestad, de los que, con el tiempo, conseguí una buena cantidad; y, consultando con mi amigo el ebanista, que había recibido órdenes generales de hacer pequeños trabajos para mí, le encargué que hiciera dos armazones de sillas, no más grandes que las que tenía en mi caja, y luego que hiciera pequeños agujeros con un fino punzón en aquellas partes donde pensaba colocar los respaldos y los asientos; a través de estos agujeros tejí los cabellos más fuertes que pude escoger, justo después de la manera de las sillas de mimbre en Inglaterra. Cuando estuvieron terminadas, hice un regalo de ellas a Su Majestad, que las guardaba en su gabinete y las enseñaba como curiosidades, pues en efecto eran la maravilla de todos los que las contemplaban. De estos cabellos (pues siempre tuve un genio mecánico) hice también una bonita bolsita, de unos cinco pies de largo, con el nombre de Su Majestad descifrado en letras de oro, que, con el consentimiento de la reina, regalé a Glumdalclitch. Para decir la verdad, era más para mostrar que para usar, pues no tenía la resistencia necesaria para soportar el peso de las monedas más grandes, y por eso no guardaba nada en ella, sino algunas pequeñas monedas que a las chicas les gustan.

El rey, que era amante de la música, celebraba frecuentes conciertos en la corte, a los que a veces me llevaban y me colocaban en mi caja sobre una mesa para que los oyera; pero el ruido era tan grande que apenas podía distinguir las melodías. Estoy seguro de que todos los tambores y trompetas de un ejército real tocando y sonando juntos justo al lado de tus oídos no podrían igualarlo. Mi práctica era que me quitaran la caja del lugar donde estaban los músicos, lo más lejos que pudiera, luego que cerraran las puertas y ventanas, y corrieran las cortinas de las ventanas, después de lo cual encontraba que su música no era desagradable.

En mi juventud había aprendido a tocar un poco el clave. Glumdalclitch tenía uno en su cámara, y un maestro acudía dos veces por semana para enseñarle. Lo llamé clave porque se parecía un poco a ese instrumento, y se tocaba de la misma manera.

Se me ocurrió la idea de entretener al rey y a la reina con una melodía inglesa en este instrumento. Pero esto parecía extremadamente difícil; pues el clave medía casi sesenta pies de largo, cada tecla era casi un pie de ancho, de modo que con los brazos extendidos no podía alcanzar más de cinco teclas, y para pulsarlas se requería un buen golpe con el puño, lo que sería demasiado trabajo, y para nada. El método que ideé fue el siguiente: Preparé dos palos redondos, del grosor de garrotes comunes; eran más gruesos en un extremo que en el otro, y cubrí los extremos más gruesos con un trozo de piel de ratón, para que al golpear en ellos no dañara las cabezas de las teclas ni interrumpiera el sonido. Delante del clave se colocaba un banco a unos cuatro pies por debajo de las teclas, y me colocaban en el banco. Corría de un lado a otro lo más rápido que podía, golpeando las teclas adecuadas con mis dos palos, e hice un esfuerzo por tocar una jig para gran satisfacción de Sus Majestades; pero fue el ejercicio más violento que he sufrido, y aún así no podía tocar más de dieciséis teclas, ni por lo tanto tocar el bajo y el agudo juntos como hacen otros artistas, lo que era una gran desventaja para mi interpretación.

El rey, que, como ya he observado, era un príncipe de excelente entendimiento, a menudo ordenaba que me trajeran en mi caja y me colocaran sobre la mesa de su tocador. Entonces me ordenaba que sacara una de mis sillas de la caja y me sentara a tres yardas de distancia sobre la parte superior del gabinete, lo que me acercaba casi a la altura de su cara. De esta manera tuve varias conversaciones con él. Un día me tomé la libertad de decirle a Su Majestad que el desprecio que demostraba hacia Europa y el resto del mundo no parecía corresponderse con aquellas excelentes cualidades de la mente que él poseía; que la razón no se extendía con el volumen del cuerpo; al contrario, en nuestro país habíamos observado que las personas más altas solían estar menos dotadas de ella. Que, entre otros animales, las abejas y las hormigas tenían la reputación de ser más industriosas, hábiles y sagaces que muchas de las especies más grandes; y que, por insignificante que me considerara, esperaba vivir para prestar a Su Majestad algún servicio señal. El rey me escuchó con atención y comenzó a concebir una opinión mucho mejor de mí que la que había tenido antes. Me pidió que le diera una relación lo más exacta posible del gobierno de Inglaterra, porque, por muy aficionados que sean los príncipes a sus propias costumbres (pues se hacía una idea de otros monarcas por mis discursos anteriores), le gustaría oír hablar de cualquier cosa que mereciera ser imitada.

Imagina, cortés lector, cuántas veces deseé entonces la elocuencia de Demóstenes o Cicerón, que me hubiera permitido celebrar los elogios de mi propia y querida patria, en un estilo igual a sus méritos y felicidad.

Comencé mi discurso informando a Su Majestad de que nuestros dominios consistían en dos islas, que componían tres poderosos reinos, bajo un soberano, además de nuestras plantaciones en América. Me extendí sobre la fertilidad de nuestro suelo y la templanza de nuestro clima. Hablé a continuación de la constitución de un parlamento inglés, formado en parte por un ilustre cuerpo, llamado Cámara de los Lores, personas de la más noble sangre y de los más antiguos y amplios patrimonios. Describí el extraordinario cuidado que siempre se tenía de su educación en las artes y en las armas, para capacitarlos para ser consejeros tanto del rey como del reino; para tener una participación en la legislatura; para ser miembros del más alto tribunal de justicia, del que no podía haber apelación; y para ser campeones siempre dispuestos a defender a su príncipe y a su país con su valor, su conducta y su fidelidad. Que estos eran el ornamento y el baluarte del reino, dignos seguidores de sus más renombrados antepasados, cuya honra había sido la recompensa de su virtud, de la que su posteridad nunca se había conocido que degenerara. A estos se unían varias personas santas, como parte de aquella asamblea, bajo el título de obispos, cuya tarea particular era cuidar de la religión, y de los que la instruían al pueblo. Estos eran buscados y elegidos en toda la nación por el príncipe y sus consejeros más sabios, entre los miembros del clero más merecidamente distinguidos por la santidad de sus vidas y la profundidad de su erudición, que eran en efecto los padres espirituales del clero y del pueblo.

Que la otra parte del parlamento consistía en una asamblea, llamada Cámara de los Comunes, que eran todos principales caballeros, libremente elegidos y escogidos por el pueblo mismo, por su gran capacidad y amor a su país, para representar la sabiduría de toda la nación. Y que estos dos cuerpos formaban la asamblea más augusta de Europa, a la que, junto con el príncipe, se confiaba toda la legislatura.

A continuación pasé a los tribunales de justicia, sobre los que presidían los jueces, aquellos venerables sabios e intérpretes de la ley, para determinar los derechos y propiedades discutidos de los hombres, así como para el castigo del vicio y la protección de la inocencia. Mencioné la prudente gestión de nuestra hacienda, el valor y los logros de nuestras fuerzas por mar y por tierra. Calculé el número de nuestros habitantes, contando cuántos millones podría haber de cada secta religiosa o partido político entre nosotros. No omití ni nuestros deportes ni nuestras diversiones, ni ningún otro particular que pensara que podría redundar en honor de mi país. Y terminé todo con una breve relación histórica de los asuntos y acontecimientos de Inglaterra durante los últimos cien años.

Esta conversación no terminó en menos de cinco audiencias, cada una de varias horas; y el rey escuchó todo con gran atención, tomando a menudo notas de lo que yo decía, así como memorandos de las preguntas que se proponía hacerme.

Por razones de continuidad, este es el FINAL de la sección anterior, ya traducida. NO la traduzcas de nuevo y NO la repitas en tu respuesta. Ajusta los nombres, la terminología y el registro a los de la misma: ---

y me metió en el bolsillo de sus calzones, me bajó sano y salvo.

Estaba tan débil y magullado en los costados por los apretones que me había dado aquel odioso animal, que me vi obligado a guardar cama dos semanas. El rey, la reina y toda la corte enviaban todos los días a preguntar por mi salud, y Su Majestad me hizo varias visitas durante mi enfermedad. El mono fue asesinado y se dictó una orden para que no se mantuviera a ningún animal de esa clase cerca del palacio.

Cuando asistí al rey, después de mi recuperación, para darle las gracias por sus favores, se complació en burlarse un poco de mí por esta aventura. Me preguntó cuáles eran mis pensamientos y especulaciones mientras estaba en la pata del mono. Quería saber lo que yo habría hecho en tal ocasión en mi propio país. Le dije a Su Majestad que en Europa no teníamos monos, excepto los que se traían como curiosidades de otros lugares, y que eran tan pequeños que yo podría lidiar con una docena de ellos juntos si se atrevían a atacarme. Y en cuanto a aquel monstruo animal con el que me había enfrentado recientemente (que, en efecto, era tan grande como un elefante), si mis miedos me hubieran permitido pensar hasta el punto de hacer uso de mi daga (mirando fieramente y poniendo la mano en la empuñadura, mientras hablaba), cuando metió la pata en mi cámara, tal vez le habría dado un golpe que lo habría hecho feliz de retirarla con más prisa de la que la metió. Esto lo dije con un tono firme, como una persona que estaba celosa de que se pusiera en duda su valor.

Sin embargo, mi discurso no produjo nada más que una gran carcajada, que todo el respeto debido a Su Majestad por parte de los que lo rodeaban no pudo hacer que contuvieran. Esto me hizo reflexionar sobre lo vano que es el intento de un hombre de honrarse a sí mismo entre aquellos que están fuera de todo grado de igualdad o comparación con él. Y, sin embargo, he visto el ejemplo de mi propia conducta con mucha frecuencia en Inglaterra desde mi regreso, donde un pequeño y despreciable bellaco, sin el menor título de nacimiento, persona, ingenio o sentido común, se atreve a mirar con importancia y a ponerse a la altura de las personas más grandes del reino.

Todos los días proporcionaba a la corte alguna historia ridícula; y Glumdalclitch, aunque me quería con exceso, era lo suficientemente traviesa como para informar a la reina siempre que cometía alguna tontería que le pareciera divertida para Su Majestad. La chica, que había estado indispuesta, fue llevada por su gobernanta a tomar el aire a una hora de distancia, o treinta millas de la ciudad. Se apearon del carruaje cerca de un pequeño sendero en un campo, y Glumdalclitch, al dejar mi caja de viaje, salí de ella para caminar. Había un charco de barro en el camino, y tuve que probar mi agilidad intentando saltar por encima. Tomé carrerilla, pero, por desgracia, salté corto, y me encontré justo en medio, hasta las rodillas. Crucé con alguna dificultad, y uno de los lacayos me limpió lo mejor que pudo con su pañuelo, pues estaba terriblemente embarrado; y mi enfermera me confinó en mi caja hasta que regresamos a casa, cuando la reina fue pronto informada de lo que había pasado, y el lacayo lo extendió por toda la corte; de modo que durante algunos días toda la diversión fue a mi costa.

CAPÍTULO VI

Varios proyectos del autor para complacer al rey y a la reina. Muestra su habilidad en la música. El rey se informa sobre el estado de Inglaterra, que el autor le relata. Observaciones del rey al respecto.

Solía asistir a la cámara del rey una o dos veces por semana, y a menudo lo había visto bajo las manos del barbero, lo que, en efecto, al principio era muy terrible de ver; pues la navaja era casi dos veces más larga que una guadaña ordinaria. Su Majestad, según la costumbre del país, sólo se afeitaba dos veces por semana. Una vez conseguí que el barbero me diera un poco de la espuma o jabón, de la que saqué cuarenta o cincuenta de los cabellos más fuertes, luego tomé un trozo de madera fina y lo corté como el respaldo de un peine, haciendo varios agujeros a igual distancia con una aguja tan pequeña como pude conseguir de Glumdalclitch. Fije los cabellos tan artísticamente, raspándolos y dándoles forma con mi cuchillo hacia las puntas, que hice un peine muy tolerable; lo que era un suministro oportuno, pues el mío estaba tan roto en los dientes que era casi inútil; y no conocía a ningún artista en aquel país tan cuidadoso y exacto como para que se ofreciera a hacerme otro.

Y esto me recuerda una diversión en la que pasé muchas de mis horas de ocio. Le pedí a la mujer de la reina que guardara para mí los cabellos de Su Majestad, de los que, con el tiempo, conseguí una buena cantidad; y, consultando con mi amigo el ebanista, que había recibido órdenes generales de hacer pequeños trabajos para mí, le encargué que hiciera dos armazones de sillas, no más grandes que las que tenía en mi caja, y luego que hiciera pequeños agujeros con un fino punzón en aquellas partes donde pensaba colocar los respaldos y los asientos; a través de estos agujeros tejí los cabellos más fuertes que pude escoger, justo después de la manera de las sillas de mimbre en Inglaterra. Cuando estuvieron terminadas, hice un regalo de ellas a Su Majestad, que las guardaba en su gabinete y las enseñaba como curiosidades, pues en efecto eran la maravilla de todos los que las contemplaban. De estos cabellos (pues siempre tuve un genio mecánico) hice también una bonita bolsita, de unos cinco pies de largo, con el nombre de Su Majestad descifrado en letras de oro, que, con el consentimiento de la reina, regalé a Glumdalclitch. Para decir la verdad, era más para mostrar que para usar, pues no tenía la resistencia necesaria para soportar el peso de las monedas más grandes, y por eso no guardaba nada en ella, sino algunas pequeñas monedas que a las chicas les gustan.

El rey, que era amante de la música, celebraba frecuentes conciertos en la corte, a los que a veces me llevaban y me colocaban en mi caja sobre una mesa para que los oyera; pero el ruido era tan grande que apenas podía distinguir las melodías. Estoy seguro de que todos los tambores y trompetas de un ejército real tocando y sonando juntos justo al lado de tus oídos no podrían igualarlo. Mi práctica era que me quitaran la caja del lugar donde estaban los músicos, lo más lejos que pudiera, luego que cerraran las puertas y ventanas, y corrieran las cortinas de las ventanas, después de lo cual encontraba que su música no era desagradable.

En mi juventud había aprendido a tocar un poco el clave. Glumdalclitch tenía uno en su cámara, y un maestro acudía dos veces por semana para enseñarle. Lo llamé clave porque se parecía un poco a ese instrumento, y se tocaba de la misma manera.

Se me ocurrió la idea de entretener al rey y a la reina con una melodía inglesa en este instrumento. Pero esto parecía extremadamente difícil; pues el clave medía casi sesenta pies de largo, cada tecla era casi un pie de ancho, de modo que con los brazos extendidos no podía alcanzar más de cinco teclas, y para pulsarlas se requería un buen golpe con el puño, lo que sería demasiado trabajo, y para nada. El método que ideé fue el siguiente: Preparé dos palos redondos, del grosor de garrotes comunes; eran más gruesos en un extremo que en el otro, y cubrí los extremos más gruesos con un trozo de piel de ratón, para que al golpear en ellos no dañara las cabezas de las teclas ni interrumpiera el sonido. Delante del clave se colocaba un banco a unos cuatro pies por debajo de las teclas, y me colocaban en el banco. Corría de un lado a otro lo más rápido que podía, golpeando las teclas adecuadas con mis dos palos, e hice un esfuerzo por tocar una jig para gran satisfacción de Sus Majestades; pero fue el ejercicio más violento que he sufrido, y aún así no podía tocar más de dieciséis teclas, ni por lo tanto tocar el bajo y el agudo juntos como hacen otros artistas, lo que era una gran desventaja para mi interpretación.

El rey, que, como ya he observado, era un príncipe de excelente entendimiento, a menudo ordenaba que me trajeran en mi caja y me colocaran sobre la mesa de su tocador. Entonces me ordenaba que sacara una de mis sillas de la caja y me sentara a tres yardas de distancia sobre la parte superior del gabinete, lo que me acercaba casi a la altura de su cara. De esta manera tuve varias conversaciones con él. Un día me tomé la libertad de decirle a Su Majestad que el desprecio que demostraba hacia Europa y el resto del mundo no parecía corresponderse con aquellas excelentes cualidades de la mente que él poseía; que la razón no se extendía con el volumen del cuerpo; al contrario, en nuestro país habíamos observado que las personas más altas solían estar menos dotadas de ella. Que, entre otros animales, las abejas y las hormigas tenían la reputación de ser más industriosas, hábiles y sagaces que muchas de las especies más grandes; y que, por insignificante que me considerara, esperaba vivir para prestar a Su Majestad algún servicio señal. El rey me escuchó con atención y comenzó a concebir una opinión mucho mejor de mí que la que había tenido antes. Me pidió que le diera una relación lo más exacta posible del gobierno de Inglaterra, porque, por muy aficionados que sean los príncipes a sus propias costumbres (pues se hacía una idea de otros monarcas por mis discursos anteriores), le gustaría oír hablar de cualquier cosa que mereciera ser imitada.

Imagina, cortés lector, cuántas veces deseé entonces la elocuencia de Demóstenes o Cicerón, que me hubiera permitido celebrar los elogios de mi propia y querida patria, en un estilo igual a sus méritos y felicidad.

Comencé mi discurso informando a Su Majestad de que nuestros dominios consistían en dos islas, que componían tres poderosos reinos, bajo un soberano, además de nuestras plantaciones en América. Me extendí sobre la fertilidad de nuestro suelo y la templanza de nuestro clima. Hablé a continuación de la constitución de un parlamento inglés, formado en parte por un ilustre cuerpo, llamado Cámara de los Lores, personas de la más noble sangre y de los más antiguos y amplios patrimonios. Describí el extraordinario cuidado que siempre se tenía de su educación en las artes y en las armas, para capacitarlos para ser consejeros tanto del rey como del reino; para tener una participación en la legislatura; para ser miembros del más alto tribunal de justicia, del que no podía haber apelación; y para ser campeones siempre dispuestos a defender a su príncipe y a su país con su valor, su conducta y su fidelidad. Que estos eran el ornamento y el baluarte del reino, dignos seguidores de sus más renombrados antepasados, cuya honra había sido la recompensa de su virtud, de la que su posteridad nunca se había conocido que degenerara. A estos se unían varias personas santas, como parte de aquella asamblea, bajo el título de obispos, cuya tarea particular era cuidar de la religión, y de los que la instruían al pueblo. Estos eran buscados y elegidos en toda la nación por el príncipe y sus consejeros más sabios, entre los miembros del clero más merecidamente distinguidos por la santidad de sus vidas y la profundidad de su erudición, que eran en efecto los padres espirituales del clero y del pueblo.

Que la otra parte del parlamento consistía en una asamblea, llamada Cámara de los Comunes, que eran todos principales caballeros, libremente elegidos y escogidos por el pueblo mismo, por su gran capacidad y amor a su país, para representar la sabiduría de toda la nación. Y que estos dos cuerpos formaban la asamblea más augusta de Europa, a la que, junto con el príncipe, se confiaba toda la legislatura.

A continuación pasé a los tribunales de justicia, sobre los que presidían los jueces, aquellos venerables sabios e intérpretes de la ley, para determinar los derechos y propiedades discutidos de los hombres, así como para el castigo del vicio y la protección de la inocencia. Mencioné la prudente gestión de nuestra hacienda, el valor y los logros de nuestras fuerzas por mar y por tierra. Calculé el número de nuestros habitantes, contando cuántos millones podría haber de cada secta religiosa o partido político entre nosotros. No omití ni nuestros deportes ni nuestras diversiones, ni ningún otro particular que pensara que podría redundar en honor de mi país. Y terminé todo con una breve relación histórica de los asuntos y acontecimientos de Inglaterra durante los últimos cien años.

Esta conversación no terminó en menos de cinco audiencias, cada una de varias horas; y el rey escuchó todo con gran atención, tomando a menudo notas de lo que yo decía, así como memorandos de las preguntas que se proponía hacerme.

Cuando hube puesto fin a estos largos discursos, su majestad, en una sexta audiencia, consultando sus notas, propuso muchas dudas, interrogantes y objeciones sobre cada artículo. Preguntó qué métodos se utilizaban para cultivar las mentes y los cuerpos de nuestra joven nobleza, y en qué clase de asuntos pasaban comúnmente la primera y más maleable parte de sus vidas. Qué curso se seguía para proveer a esa asamblea cuando alguna familia noble se extinguía. Qué cualificaciones eran necesarias en aquellos que debían ser creados nuevos lores; si el humor del príncipe, una suma de dinero dada a una dama de la corte o a un primer ministro, o el designio de fortalecer un partido opuesto al interés público, ocurrían alguna vez como motivos en esos ascensos. Qué grado de conocimiento tenían estos lores en las leyes de su país, y cómo lo adquirían, de manera que los capacitara para decidir sobre las propiedades de sus conciudadanos en última instancia. Si estaban siempre tan libres de avaricia, parcialidades o necesidades, que un soborno u otra visión siniestra no pudieran tener cabida entre ellos. Si esos santos lores de los que hablé eran siempre promovidos a ese rango a causa de su conocimiento en asuntos religiosos y la santidad de sus vidas; si nunca habían sido complacientes con los tiempos mientras eran sacerdotes comunes, o esclavos y prostituidos capellanes de algún noble, cuyas opiniones continuaban siguiendo servilmente después de ser admitidos en esa asamblea.

Luego deseó saber qué artes se practicaban para elegir a aquellos que yo llamaba plebeyos; si un extraño, con una bolsa llena, no podría influir en los votantes vulgares para que lo eligieran antes que a su propio terrateniente, o al caballero más considerable de la vecindad. ¿Cómo sucedía que la gente estuviera tan violentamente inclinada a entrar en esta asamblea, lo cual yo admitía que era una gran molestia y gasto, a menudo hasta la ruina de sus familias, sin salario ni pensión alguna? Porque esto parecía un grado tan exaltado de virtud y espíritu público, que su majestad parecía dudar de que tal vez no siempre fuera sincero; y deseó saber si tales caballeros celosos podrían tener alguna intención de reembolsarse los gastos y las molestias en que incurrían, sacrificando el bien público a los designios de un príncipe débil y vicioso, en conjunción con un ministerio corrompido. Multiplicó sus preguntas y me examinó minuciosamente sobre cada parte de este tema, proponiendo innumerables indagaciones y objeciones que no considero prudente ni conveniente repetir.

Sobre lo que dije en relación con nuestros tribunales de justicia, su majestad deseó quedar satisfecho en varios puntos; y esto fui capaz de hacerlo mejor, habiendo sido antaño casi arruinado por un largo pleito en la cancillería, que fue fallado a mi favor con costas. Preguntó qué tiempo se empleaba habitualmente en determinar entre lo justo y lo injusto, y qué grado de gasto. ¿Tenían los abogados y oradores libertad para defender causas manifiestamente conocidas como injustas, vejatorias u opresivas? ¿Se observaba que el partido en religión o política tuviera algún peso en la balanza de la justicia? ¿Eran aquellos oradores defensores personas educadas en el conocimiento general de la equidad, o solo en costumbres provinciales, nacionales y otras locales? ¿Tenían ellos, o sus jueces, alguna participación en la redacción de esas leyes que se tomaban la libertad de interpretar y glosar a su antojo? ¿Habían abogado alguna vez, en diferentes momentos, a favor o en contra de la misma causa, y citado precedentes para probar opiniones contrarias? ¿Eran una corporación rica o pobre? ¿Recibían alguna recompensa pecuniaria por defender o emitir sus opiniones? Y, particularmente, ¿eran admitidos como miembros en el senado inferior?

Pasó luego a la gestión de nuestra tesorería, y dijo que pensaba que mi memoria me había fallado, porque yo calculaba nuestros impuestos en unos cinco o seis millones al año, y, cuando llegué a mencionar los gastos, encontró que a veces ascendían a más del doble; pues las notas que había tomado eran muy minuciosas en este punto, porque esperaba, según me dijo, que el conocimiento de nuestra conducta pudiera serle útil, y no podía estar equivocado en sus cálculos. Pero si lo que le decía era cierto, seguía sin comprender cómo un reino podía arruinarse como una persona privada. Me preguntó quiénes eran nuestros acreedores, y de dónde sacábamos para pagarles. Le extrañaba oírme hablar de guerras tan onerosas y costosas; que ciertamente debíamos ser un pueblo pendenciero, o vivir entre vecinos muy malos, y que nuestros generales debían ser forzosamente más ricos que nuestros reyes. Preguntó qué asuntos teníamos fuera de nuestras propias islas, a menos que fuera por motivos de comercio o tratado, o para defender las costas con nuestra flota. Sobre todo, estaba asombrado de oírme hablar de un ejército mercenario permanente en medio de la paz y entre un pueblo libre. Dijo que si éramos gobernados por nuestro propio consentimiento, en las personas de nuestros representantes, no podía imaginar de quién teníamos miedo, o contra quién debíamos luchar; y quiso escuchar mi opinión sobre si la casa de un hombre privado no podría ser mejor defendida por él mismo, sus hijos y su familia, que por media docena de granujas, recogidos al azar en las calles por salarios bajos, quienes podrían ganar cien veces más degollándolos.

Se rió de mi extraño tipo de aritmética (como tuvo a bien llamarla), al calcular el número de nuestra población mediante una estimación extraída de las diversas sectas entre nosotros, en religión y política. Dijo que no veía razón por la cual aquellos que sostienen opiniones perjudiciales para el público debieran estar obligados a cambiarlas, o no debieran estar obligados a ocultarlas. Y así como era tiranía en cualquier gobierno exigir lo primero, era debilidad no imponer lo segundo: pues a un hombre se le puede permitir guardar venenos en su armario, pero no venderlos por ahí como remedios.

Observó que, entre las diversiones de nuestra nobleza y alta sociedad, yo había mencionado el juego: deseó saber a qué edad se adoptaba habitualmente este entretenimiento, y cuándo se abandonaba; cuánto de su tiempo empleaba: si alguna vez llegaba a ser tan alto como para afectar sus fortunas: si personas viles y despreciables, por su destreza en ese arte, no podrían llegar a grandes riquezas, y a veces mantener a nuestros mismos nobles en dependencia, además de habituarlos a compañeros viles, alejándolos por completo del perfeccionamiento de sus mentes, y obligándolos, por las pérdidas que recibían, a aprender y practicar esa infame destreza sobre otros.

Quedó perfectamente asombrado con el relato histórico que le di de nuestros asuntos durante el siglo pasado, protestando que solo era un montón de conspiraciones, rebeliones, asesinatos, masacres, revoluciones, destierros, los peores efectos que la avaricia, la facción, la hipocresía, la perfidia, la crueldad, la rabia, la locura, el odio, la envidia, la lujuria, la malicia y la ambición podían producir.

Su majestad, en otra audiencia, se tomó la molestia de recapitular la suma de todo lo que yo había dicho; comparó las preguntas que hizo con las respuestas que le había dado; luego, tomándome en sus manos y acariciándome suavemente, se expresó en estas palabras que nunca olvidaré, ni la manera en que las dijo: "Mi pequeño amigo Grildrig, has hecho un panegírico de lo más admirable sobre tu país; has probado claramente que la ignorancia, la ociosidad y el vicio son los ingredientes adecuados para calificar a un legislador; que las leyes son mejor explicadas, interpretadas y aplicadas por aquellos cuyo interés y habilidades residen en pervertirlas, confundirlas y eludirlas. Observo entre vosotros algunos rasgos de una institución, que en su origen podría haber sido tolerable, pero que están medio borrados, y el resto totalmente empañado y manchado por corrupciones. No aparece, por todo lo que has dicho, cómo se requiere ninguna perfección para la obtención de ningún puesto entre vosotros; mucho menos que los hombres sean ennoblecidos a causa de su virtud, que los sacerdotes sean ascendidos por su piedad o aprendizaje, los soldados por su conducta o valor, los jueces por su integridad, los senadores por el amor a su país, o los consejeros por su sabiduría. En cuanto a ti mismo, continuó el rey, que has pasado la mayor parte de tu vida viajando, estoy bien dispuesto a esperar que hasta ahora hayas escapado de muchos vicios de tu país. Pero por lo que he reunido de tu propio relato, y las respuestas que con mucho esfuerzo te he arrancado y extorsionado, no puedo dejar de concluir que la masa de tus nativos es la raza más perniciosa de pequeños y odiosos alimañas que la naturaleza haya permitido jamás arrastrarse sobre la superficie de la tierra".

CAPÍTULO VII

EL AMOR DEL AUTOR POR SU PAÍS. HACE UNA PROPUESTA DE GRAN VENTAJA PARA EL REY, LA CUAL ES RECHAZADA. LA GRAN IGNORANCIA DEL REY EN POLÍTICA. EL APRENDIZAJE DE ESE PAÍS ES MUY IMPERFECTO Y LIMITADO. LAS LEYES, LOS ASUNTOS MILITARES Y LOS PARTIDOS EN EL ESTADO.

Nada más que un amor extremo por la verdad podría haberme impedido ocultar esta parte de mi historia. Fue en vano descubrir mis resentimientos, que siempre eran convertidos en ridículo; y me vi obligado a permanecer con paciencia, mientras mi noble y amado país era tan injuriosamente tratado. Siento tan sinceramente como cualquiera de mis lectores pueda hacerlo, que se haya dado tal ocasión: pero este príncipe resultó ser tan curioso e inquisitivo sobre cada particular, que no podía ser coherente con la gratitud o los buenos modales, negarme a darle la satisfacción que pudiera. Sin embargo, se me puede permitir decir esto, en mi propia vindicación, que eludí astutamente muchas de sus preguntas, y di a cada punto un giro más favorable, por muchos grados, de lo que la estrictez de la verdad permitiría. Pues siempre he tenido esa loable parcialidad por mi propio país, que Dionisio de Halicarnaso, con tanta justicia, recomienda a un historiador: escondería las fragilidades y deformidades de mi madre política, y colocaría sus virtudes y bellezas bajo la luz más ventajosa. Este fue mi sincero esfuerzo, en aquellos muchos discursos que tuve con ese monarca, aunque desafortunadamente fracasó en su éxito.

Pero se deben dar grandes concesiones a un rey que vive totalmente recluido del resto del mundo, y que por lo tanto debe estar completamente desconocido de las costumbres y modos que prevalecen más en otras naciones: la falta de cuyo conocimiento producirá siempre muchos prejuicios, y una cierta estrechez de pensamiento, de la cual nosotros y los países más educados de Europa estamos totalmente exentos. Y sería duro, en verdad, que las nociones de virtud y vicio de un príncipe tan remoto fueran ofrecidas como estándar para toda la humanidad.

Para confirmar lo que he dicho ahora, y para mostrar además los efectos miserables de una educación limitada, insertaré aquí un pasaje que difícilmente obtendrá credibilidad. Con la esperanza de congraciarme más en el favor de su majestad, le hablé de una invención descubierta hace entre trescientos y cuatrocientos años, para amontonar una cierta pólvora en un montón, sobre el cual la menor chispa de fuego que cayera encendería todo en un momento, aunque fuera tan grande como una montaña, y lo haría volar todo por el aire junto con un ruido y una agitación mayores que el trueno. Que una cantidad adecuada de este polvo metida en un tubo hueco de latón o hierro, según su tamaño, impulsaría una bala de hierro o plomo con tal violencia y velocidad que nada podría sostener su fuerza. Que las bolas más grandes disparadas así no solo destruirían filas enteras de un ejército a la vez, sino que derribarían los muros más fuertes hasta el suelo, hundirían barcos con mil hombres en cada uno hasta el fondo del mar; y, cuando estuvieran unidas por una cadena, cortarían mástiles y aparejos, dividirían cientos de cuerpos por la mitad y dejarían todo desolado ante ellos. Que a menudo poníamos este polvo en grandes bolas huecas de hierro, y las disparábamos mediante una máquina contra alguna ciudad que estuviéramos sitiando, lo cual arrancaría los pavimentos, destrozaría las casas, estallaría y lanzaría astillas por todas partes, haciendo saltar los sesos de todos los que se acercaban. Que conocía muy bien los ingredientes, que eran baratos y comunes; entendía la manera de componerlos, y podría dirigir a sus trabajadores sobre cómo fabricar esos tubos de un tamaño proporcional a todas las demás cosas en el reino de su majestad, y el más grande no necesitaría tener más de cien pies de largo; veinte o treinta de cuyos tubos, cargados con la cantidad adecuada de pólvora y balas, derribarían los muros de la ciudad más fuerte de sus dominios en unas pocas horas, o destruirían toda la metrópoli si alguna vez pretendiera disputar sus mandatos absolutos. Esto lo ofrecí humildemente a su majestad como un pequeño tributo de reconocimiento, a cambio de tantas muestras que había recibido de su favor y protección real.

El rey quedó horrorizado ante la descripción que le había dado de esas terribles máquinas, y la propuesta que había hecho. Se asombró de cómo un insecto tan impotente y rastrero como yo (estas fueron sus expresiones), podría albergar ideas tan inhumanas, y de una manera tan familiar, como para parecer totalmente impasible ante todas las escenas de sangre y desolación que había pintado, como los efectos comunes de esas máquinas destructivas, de las cuales, dijo, algún genio maligno, enemigo de la humanidad, debió haber sido el primer inventor. En cuanto a sí mismo, protestó que, aunque pocas cosas le deleitaban tanto como los nuevos descubrimientos en el arte o en la naturaleza, preferiría perder la mitad de su reino antes que ser partícipe de tal secreto, el cual me ordenó, según valorara mi vida, que no mencionara nunca más.

¡Un extraño efecto de principios estrechos y miras cortas! que un príncipe poseedor de cada cualidad que procura veneración, amor y estima; de fuertes dotes, gran sabiduría y profundo aprendizaje, dotado con admirables talentos para el gobierno, y casi adorado por sus súbditos, debiera, por un escrúpulo nimio e innecesario, del cual en Europa no podemos tener concepción, dejar escapar una oportunidad puesta en sus manos, que lo habría hecho amo absoluto de las vidas, las libertades y las fortunas de su pueblo. Tampoco digo esto con la menor intención de restar mérito a las muchas virtudes de ese excelente rey, cuyo carácter soy consciente de que por esta razón se verá muy disminuido en la opinión de un lector inglés; pero tomo este defecto entre ellos como surgido de su ignorancia, al no haber reducido hasta ahora la política a una ciencia, como las mentes más agudas de Europa han hecho. Pues recuerdo muy bien, en un discurso un día con el rey, cuando por casualidad dije que había varios miles de libros entre nosotros, escritos sobre el arte de gobierno, le dio (directamente contrario a mi intención) una opinión muy mezquina de nuestros entendimientos. Profesó tanto abominar como despreciar todo misterio, refinamiento e intriga, ya sea en un príncipe o en un ministro. No podía entender qué quería decir con secretos de estado, donde un enemigo o alguna nación rival no estuvieran en el caso. Limitaba el conocimiento de gobernar dentro de límites muy estrechos, al sentido común y la razón, a la justicia y la clemencia, a la rápida determinación de causas civiles y criminales, con algunos otros temas obvios, que no merecen ser considerados. Y dio como su opinión, que cualquiera que pudiera hacer crecer dos mazorcas de maíz, o dos briznas de hierba en un pedazo de tierra, donde solo crecía una antes, merecería más de la humanidad, y haría un servicio más esencial a su país, que toda la raza de políticos junta.

El aprendizaje de esta gente es muy defectuoso, consistiendo solo en moralidad, historia, poesía y matemáticas, en las cuales se debe admitir que sobresalen. Pero la última de estas se aplica totalmente a lo que puede ser útil en la vida, al mejoramiento de la agricultura, y todas las artes mecánicas; de modo que entre nosotros sería poco estimada. Y en cuanto a ideas, entidades, abstracciones y trascendentales, nunca pude meter la menor concepción en sus cabezas.

Ninguna ley de ese país debe exceder en palabras el número de letras de su alfabeto, que consiste solo en veintidós. Pero de hecho pocas de ellas se extienden incluso a esa longitud. Están expresadas en los términos más llanos y simples, en los cuales esas personas no son lo suficientemente mercuriales para descubrir más de una interpretación; y escribir un comentario sobre cualquier ley es un crimen capital. En cuanto a la decisión de causas civiles, o procedimientos contra criminales, sus precedentes son tan pocos, que tienen poca razón para jactarse de alguna habilidad extraordinaria en ninguno de los dos.

Han tenido el arte de la imprenta, al igual que los chinos, desde tiempos inmemoriales: pero sus bibliotecas no son muy grandes; pues la del rey, que se considera la más grande, no asciende a más de mil volúmenes, colocados en una galería de mil doscientos pies de largo, de donde yo tenía libertad para tomar prestados los libros que quisiera. El carpintero de la reina había ideado en una de las habitaciones de Glumdalclitch, una especie de máquina de madera, de veinticinco pies de altura, formada como una escalera de mano; los peldaños tenían cada uno cincuenta pies de largo: era de hecho un par de escaleras móviles, el extremo más bajo colocado a diez pies de distancia de la pared de la cámara. El libro que tenía ganas de leer se colocaba apoyado contra la pared: primero subía al peldaño superior de la escalera, y volviendo mi cara hacia el libro empezaba en la parte superior de la página, y así caminando hacia la derecha y la izquierda unos ocho o diez pasos, según la longitud de las líneas, hasta que había llegado un poco por debajo del nivel de mis ojos, y luego descendiendo gradualmente, hasta que llegaba al fondo: después de lo cual subía de nuevo, y empezaba la otra página de la misma manera, y así pasaba la hoja, lo cual podía hacer fácilmente con ambas manos, pues era tan gruesa y rígida como un cartón, y en los folios más grandes no superaba los dieciocho o veinte pies de largo.

Su estilo es claro, masculino y suave, pero no florido; pues no evitan nada más que multiplicar palabras innecesarias, o usar expresiones diversas. He leído muchos de sus libros, especialmente aquellos en historia y moralidad. Entre otros, me divertí mucho con un pequeño tratado antiguo, que siempre yacía en el dormitorio de Glumdalclitch, y pertenecía a su institutriz, una grave anciana distinguida, que trataba en escritos de moralidad y devoción. El libro trata de la debilidad del género humano, y es de poca estima, excepto entre las mujeres y el vulgo. Sin embargo, tenía curiosidad por ver qué podía decir un autor de ese país sobre tal tema.

Este escritor recorría todos los lugares comunes de los moralistas europeos, demostrando cuán diminuto, despreciable e indefenso era el hombre en su propia naturaleza; cuán incapaz de defenderse de las inclemencias del aire o de la furia de las fieras; cuánto le superaba una criatura en fuerza, otra en velocidad, una tercera en previsión y una cuarta en laboriosidad. Añadía que la naturaleza había degenerado en estos últimos tiempos decadentes del mundo y que ahora solo podía producir pequeños nacimientos en comparación con los de la antigüedad. Decía que era muy razonable pensar no solo que la especie humana fuera originalmente mucho más grande, sino que también debió haber gigantes en edades pasadas; lo cual, como es afirmado por la historia y la tradición, ha sido confirmado por enormes huesos y cráneos desenterrados casualmente en varias partes del reino, que superan con creces a la común y disminuida raza de hombres de nuestros días. Argumentaba que las leyes mismas de la naturaleza requerían absolutamente que hubiéramos sido creados al principio de un tamaño más grande y robusto, no tan expuestos a la destrucción ante cualquier pequeño accidente, como una teja que cae de una casa, una piedra lanzada por la mano de un niño o ahogarse en un pequeño arroyo. A partir de esta forma de razonar, el autor extraía varias aplicaciones morales, útiles para la conducta de la vida, pero innecesarias de repetir aquí. Por mi parte, no pude evitar reflexionar sobre cuán universalmente extendido estaba este talento de extraer lecciones de moralidad, o, en realidad, más bien motivos de descontento y queja, de las disputas que entablamos con la naturaleza. Y creo que, tras un examen riguroso, esas disputas podrían demostrarse tan infundadas entre nosotros como lo son entre ese pueblo.

En cuanto a sus asuntos militares, se jactan de que el ejército del rey consta de ciento setenta y seis mil infantes y treinta y dos mil jinetes: si es que puede llamarse ejército al que está compuesto por artesanos de las diversas ciudades y granjeros en el campo, cuyos comandantes son solo la nobleza y la alta burguesía, sin paga ni recompensa. Son, en efecto, lo suficientemente expertos en sus ejercicios y están bajo una muy buena disciplina, en lo cual no vi gran mérito; pues ¿cómo habría de ser de otra manera, cuando cada granjero está bajo el mando de su propio terrateniente, y cada ciudadano bajo el de los hombres principales de su propia ciudad, elegidos a la manera de Venecia, mediante votación?

A menudo he visto a la milicia de Lorbrulgrud desplegada para ejercitarse en un gran campo, cerca de la ciudad, de veinte millas cuadradas. No eran en total más de veinticinco mil infantes y seis mil jinetes: pero me resultaba imposible calcular su número, considerando el espacio de terreno que ocupaban. Un caballero, montado sobre un corcel grande, podía medir unos noventa pies de altura. He visto a todo este cuerpo de caballería, ante una orden, desenvainar sus espadas al unísono y blandirlas en el aire. ¡La imaginación no puede concebir nada tan grandioso, tan sorprendente y tan asombroso! Parecía como si diez mil relámpagos estuvieran destellando al mismo tiempo desde cada rincón del cielo.

Sentía curiosidad por saber cómo este príncipe, a cuyos dominios no hay acceso desde ningún otro país, llegó a pensar en ejércitos o a enseñar a su pueblo la práctica de la disciplina militar. Pero pronto fui informado, tanto por conversación como por la lectura de sus historias: pues en el transcurso de muchos siglos, han estado aquejados por la misma enfermedad a la que está sujeta toda la raza humana; la nobleza a menudo contendiendo por el poder, el pueblo por la libertad y el rey por el dominio absoluto. Todo lo cual, sin embargo, felizmente templado por las leyes de ese reino, ha sido a veces violado por cada una de las tres partes, y ha provocado más de una vez guerras civiles, la última de las cuales fue felizmente terminada por el abuelo de este príncipe, mediante un acuerdo general; y la milicia, establecida entonces con consentimiento común, se ha mantenido desde entonces en el cumplimiento más estricto del deber.

CAPÍTULO VIII

EL REY Y LA REINA HACEN UNA EXCURSIÓN A LAS FRONTERAS. EL AUTOR LOS ACOMPAÑA. LA MANERA EN QUE ABANDONA EL PAÍS RELATADA MUY PARTICULARMENTE. REGRESA A INGLATERRA.

Siempre tuve el fuerte impulso de que algún día recuperaría mi libertad, aunque era imposible conjeturar por qué medios o formar proyecto alguno con la menor esperanza de éxito. El barco en el que navegaba fue el primero del que se tuvo noticia que fuera arrastrado a la vista de la costa; y el rey había dado órdenes estrictas de que si en algún momento aparecía otro, fuera llevado a tierra y, con toda su tripulación y pasajeros, traído en un carretón a Lorbrulgrud. Fui tratado con mucha amabilidad: era el favorito de un gran rey y una gran reina, y el deleite de toda la corte; pero era sobre una base que mal convenía a la dignidad del género humano. Nunca pude olvidar esos vínculos domésticos que había dejado atrás. Deseaba estar entre personas con las que pudiera conversar en términos de igualdad y pasear por las calles y campos, sin miedo a ser pisoteado hasta la muerte como una rana o un cachorro joven. Pero mi liberación llegó antes de lo que esperaba y de una manera no muy común: la historia completa y sus circunstancias las relataré fielmente.

Llevaba ya dos años en este país; y hacia el comienzo del tercero, Glumdalclitch y yo acompañamos al rey y a la reina en una excursión a la costa sur del reino. Me llevaron, como de costumbre, en mi caja de viaje, que, como ya he descrito, era un armario muy conveniente de doce pies de ancho. Y había ordenado que se fijara una hamaca con cuerdas de seda desde las cuatro esquinas en la parte superior, para amortiguar los sacudidas cuando un sirviente me llevaba ante él a caballo, como a veces deseaba, y solía dormir en mi hamaca mientras estábamos en el camino. En el techo de mi armario, no directamente sobre el medio de la hamaca, ordené al carpintero que cortara un agujero de un pie cuadrado, para que me diera aire en tiempo caluroso mientras dormía, agujero que cerraba a voluntad con una tabla que se deslizaba hacia atrás y hacia adelante a través de una ranura.

Cuando llegamos al final de nuestro viaje, el rey creyó conveniente pasar unos días en un palacio que tiene cerca de Flanflasnic, una ciudad a dieciocho leguas inglesas de la orilla del mar. Glumdalclitch y yo estábamos muy fatigados; yo había contraído un pequeño resfriado, pero la pobre muchacha estaba tan enferma que tuvo que quedarse en su habitación. Anhelaba ver el océano, que debía ser el único escenario de mi escape, si es que alguna vez sucedía. Fingí estar peor de lo que realmente estaba y pedí permiso para tomar el aire fresco del mar con un paje, a quien tenía mucho afecto y a quien a veces se me había confiado. Nunca olvidaré con cuánta reticencia consintió Glumdalclitch, ni el estricto encargo que le dio al paje de ser cuidadoso conmigo, estallando al mismo tiempo en un mar de lágrimas, como si tuviera algún presentimiento de lo que iba a suceder.

El muchacho me llevó en mi caja a una media hora de camino del palacio hacia las rocas en la orilla del mar. Le ordené que me dejara y, levantando uno de mis cristales, lancé muchas miradas melancólicas y anhelantes hacia el mar. Me encontré no muy bien y le dije al paje que tenía ganas de echar una siesta en mi hamaca, lo que esperaba que me hiciera bien. Entré y el muchacho cerró la ventana herméticamente para evitar el frío. Pronto me quedé dormido, y todo lo que puedo conjeturar es que, mientras dormía, el paje, pensando que no podía ocurrir ningún peligro, fue entre las rocas a buscar huevos de pájaros, habiéndole observado antes desde mis ventanas buscando por allí y recogiendo uno o dos en las hendiduras. Sea como fuere, me encontré repentinamente despierto con un tirón violento en el anillo que estaba sujeto en la parte superior de mi caja para la conveniencia del transporte. Sentí mi caja elevada muy alto en el aire y luego llevada hacia adelante con una velocidad prodigiosa. La primera sacudida estuvo a punto de hacerme caer de mi hamaca, pero después el movimiento fue bastante suave. Llamé varias veces, tan fuerte como pude levantar la voz, pero todo fue en vano. Miré hacia mis ventanas y no pude ver nada más que nubes y cielo. Escuché un ruido justo encima de mi cabeza como el batir de alas, y luego comencé a percibir la lamentable condición en la que me encontraba: que algún águila había atrapado el anillo de mi caja con su pico, con la intención de dejarla caer sobre una roca como una tortuga en su caparazón, y luego extraer mi cuerpo y devorarlo; pues la sagacidad y el olfato de este pájaro le permitían descubrir su presa a gran distancia, aunque estuviera mejor escondida de lo que yo podía estar dentro de una tabla de dos pulgadas.

En poco tiempo observé que el ruido y el aleteo aumentaban muy rápidamente, y mi caja era sacudida arriba y abajo como un letrero en un día ventoso. Escuché varios golpes o puñetazos, según creí, dados al águila (pues estoy seguro de que debe haber sido tal, la que sostenía el anillo de mi caja en su pico), y de repente me sentí cayendo perpendicularmente durante más de un minuto, pero con una rapidez tan increíble que casi perdí el aliento. Mi caída fue detenida por un terrible estruendo, que sonó más fuerte a mis oídos que la catarata del Niágara; después de lo cual quedé completamente a oscuras durante otro minuto, y luego mi caja comenzó a elevarse tanto que pude ver luz desde la parte superior de las ventanas. Percibí entonces que había caído al mar. Mi caja, por el peso de mi cuerpo, las mercancías que había dentro y las anchas placas de hierro fijadas por refuerzo en las cuatro esquinas de la parte superior e inferior, flotaba a unos cinco pies de profundidad en el agua. Supuse entonces, y supongo ahora, que el águila que voló con mi caja fue perseguida por otras dos o tres y obligada a dejarme caer mientras se defendía del resto, que esperaban compartir la presa. Las placas de hierro sujetas al fondo de la caja (pues esas eran las más fuertes) preservaron el equilibrio mientras caía e impidieron que se rompiera en la superficie del agua. Cada unión estaba bien ranurada, y la puerta no se movía sobre bisagras, sino hacia arriba y hacia abajo como una ventana de guillotina, lo que mantenía mi armario tan hermético que entraba muy poca agua. Salí con mucha dificultad de mi hamaca, habiendo aventurado primero a retirar mi tabla deslizante en el techo ya mencionada, ideada a propósito para dejar entrar aire, por cuya falta me encontraba casi asfixiado.

¡Cuántas veces deseé entonces estar con mi querida Glumdalclitch, de quien una sola hora me había separado tanto! Y puedo decir con verdad que en medio de mis propias desgracias no pude dejar de lamentar a mi pobre enfermera, el dolor que sufriría por mi pérdida, el disgusto de la reina y la ruina de su fortuna. Quizás muchos viajeros no hayan estado bajo mayores dificultades y angustias que yo en ese momento, esperando cada instante ver mi caja hecha pedazos, o al menos volcada por la primera ráfaga violenta o ola creciente. Una brecha en un solo panel de vidrio habría sido la muerte inmediata; ni nada podría haber preservado las ventanas sino las fuertes redes de alambre colocadas en el exterior contra accidentes durante los viajes. Vi cómo el agua se filtraba por varias rendijas, aunque las fugas no eran considerables, e intenté taparlas lo mejor que pude. No fui capaz de levantar el techo de mi armario, lo que de otro modo ciertamente habría hecho, y haberme sentado sobre él, donde al menos podría haberme preservado algunas horas más que estando encerrado (como puedo llamarlo) en la bodega. O, si escapaba de estos peligros por un día o dos, ¿qué podía esperar sino una muerte miserable por frío y hambre? Estuve cuatro horas bajo estas circunstancias, esperando, y de hecho deseando, que cada momento fuera el último.

Ya le he dicho al lector que había dos argollas fuertes fijadas en ese lado de mi caja que no tenía ventana, y en las cuales el sirviente que solía llevarme a caballo colocaba un cinturón de cuero y lo abrochaba alrededor de su cintura. Estando en este estado desconsolado, escuché, o al menos creí escuchar, algún tipo de ruido chirriante en ese lado de mi caja donde estaban fijadas las argollas, y poco después comencé a imaginar que la caja era arrastrada o remolcada a lo largo en el mar, pues de vez en cuando sentía una especie de tirón que hacía que las olas subieran cerca de la parte superior de mis ventanas, dejándome casi en la oscuridad. Esto me dio algunas débiles esperanzas de alivio, aunque no era capaz de imaginar cómo podría llevarse a cabo. Me aventuré a desatornillar una de mis sillas, que siempre estaban fijadas al suelo, y habiéndome esforzado mucho para atornillarla de nuevo directamente debajo de la tabla deslizante que había abierto recientemente, me monté en la silla y, poniendo mi boca lo más cerca que pude del agujero, pedí ayuda con voz fuerte y en todos los idiomas que entendía. Entonces até mi pañuelo a un bastón que solía llevar y, empujándolo por el agujero, lo agité varias veces en el aire, para que si algún barco o navío estuviera cerca, los marineros pudieran conjeturar que algún mortal infeliz estaba encerrado en la caja.

No encontré efecto alguno de todo lo que podía hacer, pero percibí claramente que mi armario era movido; y en el espacio de una hora o más, ese lado de la caja donde estaban las argollas y no tenía ventana chocó contra algo que era duro. Temí que fuera una roca y me encontré sacudido más que nunca. Escuché claramente un ruido sobre la cubierta de mi armario como el de un cable, y el chirrido de este al pasar por el anillo. Entonces me encontré izado poco a poco, al menos tres pies más alto de lo que estaba antes. Por lo cual empujé de nuevo mi bastón y mi pañuelo, pidiendo ayuda hasta que estuve casi ronco. En respuesta a lo cual escuché un gran grito repetido tres veces, causándome tales transportes de alegría que no pueden ser concebidos sino por aquellos que los sienten. Escuché entonces un pisar sobre mi cabeza y a alguien llamando a través del agujero con voz fuerte en lengua inglesa. "Si hay alguien abajo, que hable". Respondí que era un inglés, arrastrado por la mala fortuna a la mayor calamidad que criatura alguna haya padecido, y rogué por todo lo que es conmovedor ser liberado de la mazmorra en la que estaba. La voz respondió que estaba a salvo, pues mi caja estaba atada a su barco; y que el carpintero vendría inmediatamente a serrar un agujero en la cubierta, lo suficientemente grande como para sacarme. Respondí que eso era innecesario y que tomaría demasiado tiempo, pues no había más que hacer que dejar que uno de la tripulación metiera su dedo en el anillo y sacara la caja del mar al barco, y así a la cabina del capitán. Algunos de ellos, al oírme hablar de manera tan disparatada, pensaron que estaba loco; otros se rieron; pues, en verdad, nunca se me pasó por la cabeza que ahora me encontraba entre personas de mi propia estatura y fuerza. El carpintero vino y en pocos minutos serruchó un pasaje de unos cuatro pies cuadrados, luego bajó una pequeña escalera por la que subí y desde allí fui llevado al barco en una condición muy débil.

Los marineros estaban todos asombrados y me hicieron mil preguntas, a las que no tenía inclinación alguna a responder. Yo estaba igualmente confundido ante la vista de tantos pigmeos, pues tales los tomaba por ser, después de haber acostumbrado tanto mis ojos a los objetos monstruosos que había dejado atrás. Pero el capitán, el Sr. Thomas Wilcocks, un hombre honesto y digno de Shropshire, observando que estaba a punto de desmayarme, me llevó a su cabina, me dio un cordial para reconfortarme y me hizo acostar en su propia cama, aconsejándome tomar un poco de descanso, del cual tenía gran necesidad. Antes de quedarme dormido, le hice entender que tenía algunos muebles valiosos en mi caja, demasiado buenos para perderlos; una fina hamaca, dos hermosas sillas, una mesa y un armario. Que mi gabinete estaba tapizado por todos lados, o más bien acolchado, con seda y algodón: que si dejaba que uno de la tripulación trajera mi armario a su cabina, lo abriría allí ante él y le mostraría mis bienes. El capitán, al oírme pronunciar estos absurdos, concluyó que estaba delirando: sin embargo (supongo que para apaciguarme), prometió dar órdenes como deseaba y, subiendo a cubierta, envió a algunos de sus hombres a mi armario, de donde (como descubrí después) sacaron todas mis pertenencias y arrancaron el acolchado; pero las sillas, el gabinete y la cama, al estar atornillados al suelo, quedaron muy dañados por la ignorancia de los marineros, quienes los arrancaron por la fuerza. Luego, quitaron algunas de las tablas para el uso del barco, y cuando tuvieron todo lo que quisieron, dejaron que el armazón cayera al mar, el cual, debido a tantas brechas hechas en el fondo y los lados, se hundió inmediatamente. Y en verdad me alegré de no haber sido espectador del estropicio que hicieron; porque estoy seguro de que me habría conmovido sensiblemente al traer a mi mente pasajes anteriores que preferiría haber olvidado.

Dormí algunas horas, pero estuve perpetuamente perturbado con sueños del lugar que había dejado y los peligros de los que había escapado. Sin embargo, al despertar, me encontré mucho más recuperado. Eran cerca de las ocho de la noche y el capitán ordenó la cena inmediatamente, pensando que ya había ayunado demasiado tiempo. Me entretuvo con gran amabilidad, observando que no lucía alterado ni hablaba de forma incoherente; y cuando nos quedamos solos, deseó que le hiciera una relación de mis viajes y por qué accidente vine a ser arrojado a la deriva en ese monstruoso cofre de madera.

Dijo que alrededor de las doce del mediodía, mientras escudriñaba con su catalejo, divisó aquello a distancia y pensó que se trataba de una vela, a la cual tuvo la intención de acercarse, pues no estaba muy desviado de su rumbo, con la esperanza de comprar algo de bizcocho, ya que el suyo empezaba a escasear. Que al acercarse y percatarse de su error, envió su lancha para descubrir qué era; que sus hombres regresaron asustados, jurando haber visto una casa flotante. Que él se rio de su insensatez y fue él mismo en la barca, ordenando a sus hombres que llevaran un cable resistente. Que, al estar el tiempo en calma, remó a mi alrededor varias veces, observando mis ventanas y las rejas de alambre que las protegían. Que descubrió dos grapas en uno de los costados, el cual era todo de tablas, sin abertura alguna para la luz. Ordenó entonces a sus hombres remar hacia ese lado y, sujetando un cable a una de las grapas, les mandó remolcar mi cofre (como ellos lo llamaban) hacia el navío. Cuando estuvo allí, dio instrucciones de fijar otro cable a la argolla situada en la cubierta y elevar mi cofre con poleas, lo cual todos los marineros juntos no pudieron hacer más que dos o tres pies. Dijo que vieron mi bastón y mi pañuelo asomados por el agujero, y concluyeron que algún hombre desdichado debía estar encerrado en la cavidad. Pregunté si él o su tripulación habían visto aves prodigiosas en el aire alrededor del tiempo en que me descubrieron por primera vez; a lo que respondió que, discutiendo este asunto con los marineros mientras yo dormía, uno de ellos dijo haber observado tres águilas volando hacia el norte, pero no notó que fueran de mayor tamaño al habitual, lo cual supongo debe atribuirse a la gran altura a la que se encontraban; y no pudo adivinar la razón de mi pregunta. Le pregunté entonces al capitán a qué distancia calculaba que estábamos de tierra.

Dijo que, según el mejor cálculo que podía hacer, estábamos al menos a cien leguas. Le aseguré que debía estar equivocado casi por la mitad, pues no había dejado el país del que provenía más de dos horas antes de caer al mar. Ante lo cual comenzó de nuevo a pensar que mi cerebro estaba alterado, de lo cual me dio una indirecta y me aconsejó ir a descansar a un camarote que había dispuesto. Le aseguré que estaba bien repuesto con su buen agasajo y compañía, y tan en mis cabales como jamás lo estuve en mi vida.

Entonces se puso serio y deseó preguntarme con franqueza si no me atormentaba la conciencia por algún crimen enorme, por el cual hubiera sido castigado bajo las órdenes de algún príncipe, exponiéndome en ese cofre, tal como grandes criminales en otros países han sido forzados a ir al mar en una embarcación agujereada y sin provisiones; pues aunque lamentaría haber tomado a un hombre tan malvado en su navío, empeñaría su palabra en dejarme a salvo en tierra en el primer puerto al que llegáramos. Añadió que sus sospechas se habían incrementado mucho por algunas declaraciones muy absurdas que yo había hecho, primero a sus marineros y después a él mismo, en relación con mi cofre-armario, así como por mi extraño aspecto y comportamiento mientras cenábamos.

Le rogué que tuviera la paciencia de escuchar mi relato, lo cual hice fielmente, desde la última vez que dejé Inglaterra hasta el momento en que me descubrió por primera vez. Y como la verdad siempre se abre paso en las mentes racionales, este honesto y digno caballero, que tenía cierta tintura de erudición y muy buen juicio, quedó inmediatamente convencido de mi candor y veracidad. Pero, para confirmar aún más todo lo que había dicho, le rogué que diera orden de traer mi gabinete, del cual yo tenía la llave en el bolsillo (pues ya me había informado cómo los marineros habían dispuesto de mi armario). Lo abrí en su propia presencia y le mostré la pequeña colección de rarezas que hice en el país del que había sido tan extrañamente entregado. Estaba allí el peine que había fabricado con las cerdas de la barba del rey. Había una colección de agujas y alfileres, de un pie a medio metro de largo; cuatro aguijones de avispa, como tachuelas de carpintero; algunos cabellos peinados de la reina; un anillo de oro que un día me regaló de la manera más atenta, quitándoselo de su dedo meñique y arrojándolo sobre mi cabeza como un collar. Deseé que el capitán tuviera a bien aceptar este anillo a cambio de sus atenciones, lo cual rechazó rotundamente. Por último, le pedí que viera los calzones que llevaba puestos entonces, que estaban hechos de piel de ratón.

No pude forzarle a aceptar nada más que un diente de lacayo, el cual observé que examinaba con gran curiosidad, y noté que le había gustado. Lo recibió con abundancia de gracias, más de las que tal nadería podía merecer. Fue extraído por un cirujano poco hábil, por error, a uno de los hombres de Glumdalclitch que sufría de dolor de muelas, pero estaba tan sano como cualquiera en su cabeza. Lo hice limpiar y lo puse en mi gabinete. Medía cerca de un pie de largo y cuatro pulgadas de diámetro.

El capitán quedó muy satisfecho con esta sencilla relación que le había dado y dijo que esperaba que, al regresar a Inglaterra, yo obligara al mundo poniéndolo por escrito y haciéndolo público. Mi respuesta fue que pensaba que ya estábamos saturados de libros de viajes; que nada podía pasar ahora que no fuera extraordinario; en lo cual dudaba que algunos autores consultaran menos la verdad que su propia vanidad, o interés, o la diversión de lectores ignorantes; que mi historia podría contener poco más que sucesos comunes, sin esas descripciones ornamentales de extrañas plantas, árboles, aves y otros animales; o de las costumbres bárbaras e idolatría de pueblos salvajes, con las que abundan la mayoría de los escritores. Sin embargo, le agradecí su buena opinión y prometí tener el asunto en consideración.

Dijo que le maravillaba mucho una cosa, y era oírme hablar tan fuerte, preguntándome si el rey o la reina de aquel país eran duros de oído. Le dije que era a lo que me había acostumbrado durante más de dos años, y que yo me maravillaba tanto de las voces de él y sus hombres, que me parecían solo susurros, y aun así podía oírlos bien. Pero cuando yo hablaba en aquel país, era como un hombre hablando en la calle a otro que mira desde lo alto de un campanario, a menos que estuviera colocado sobre una mesa o sostenido en la mano de alguien. Le dije que también había observado otra cosa: que cuando subí por primera vez al navío y los marineros estaban todos a mi alrededor, pensé que eran las criaturas pequeñas más despreciables que jamás había visto. Porque, en verdad, mientras estuve en el país de aquel príncipe, nunca pude soportar mirarme en un espejo, después de que mis ojos se hubieran acostumbrado a tales objetos prodigiosos, porque la comparación me daba una idea tan despreciable de mí mismo. El capitán dijo que mientras cenábamos me observó mirar todo con una especie de asombro, y que a menudo parecía apenas capaz de contener la risa, lo cual no sabía bien cómo tomar, pero lo atribuía a algún desorden en mi cerebro. Respondí que era muy cierto, y me maravillaba cómo podía contenerme cuando veía sus platos del tamaño de una moneda de tres peniques de plata, un muslo de cerdo apenas un bocado, una taza no tan grande como una cáscara de nuez, y así continué, describiendo el resto de sus utensilios domésticos y provisiones de la misma manera. Pues aunque la reina había ordenado un pequeño equipaje con todo lo necesario para mí, mientras estuve a su servicio, mis ideas estaban totalmente ocupadas con lo que veía a cada lado, y pasaba por alto mi propia pequeñez, como la gente hace con sus propios defectos. El capitán entendió muy bien mi burla y respondió alegremente que no observó que mi estómago fuera tan bueno, aunque había ayunado todo el día; y, continuando en su regocijo, protestó que habría dado gustosamente cien libras por haber visto mi armario en el pico del águila, y después en su caída desde tan gran altura al mar; lo cual habría sido ciertamente un objeto de lo más asombroso, digno de que la descripción fuera transmitida a las edades futuras: y la comparación con Faetón era tan obvia que no pudo dejar de aplicarla, aunque yo no admiré mucho la ocurrencia.

El capitán, habiendo estado en Tonquin, fue, en su regreso a Inglaterra, arrastrado hacia el noreste, hasta la latitud de 44 grados y de longitud 143. Pero al encontrar un viento alisio dos días después de que subí a bordo, navegamos hacia el sur durante mucho tiempo y, costeando Nueva Holanda, mantuvimos nuestro rumbo oeste-suroeste, y luego sur-suroeste, hasta que doblamos el Cabo de Buena Esperanza. Nuestro viaje fue muy próspero, pero no molestaré al lector con un diario del mismo. El capitán hizo escala en uno o dos puertos y envió su lancha por provisiones y agua dulce, pero nunca salí del barco hasta que llegamos a los Downs, lo cual fue el tercer día de junio de 1706, cerca de nueve meses después de mi huida. Ofrecí dejar bienes en garantía para el pago de mi pasaje, pero el capitán protestó que no recibiría ni un cuarto. Nos despedimos afectuosamente y le hice prometer que vendría a verme a mi casa en Redriff. Alquilé un caballo y un guía por cinco chelines, que pedí prestados al capitán.

Mientras iba por el camino, observando la pequeñez de las casas, los árboles, el ganado y la gente, empecé a pensar que estaba en Lilliput. Tenía miedo de pisotear a cada viajero que encontraba y a menudo gritaba en voz alta para que se apartaran del camino, de modo que estuve a punto de llevarme un par de golpes en la cabeza por mi impertinencia.

Cuando llegué a mi propia casa, por la cual tuve que preguntar, uno de los criados abrió la puerta, me incliné para entrar (como un ganso bajo una puerta), por miedo a golpearme la cabeza. Mi esposa salió corriendo a abrazarme, pero me incliné más abajo de sus rodillas, pensando que de otro modo nunca sería capaz de alcanzar mi boca. Mi hija se arrodilló para pedir mi bendición, pero no pude verla hasta que se levantó, habiendo estado tanto tiempo acostumbrado a estar con la cabeza y los ojos erguidos a más de sesenta pies; y entonces fui a levantarla con una mano por la cintura. Miré hacia abajo a los criados y a uno o dos amigos que estaban en la casa, como si fueran pigmeos y yo un gigante. Le dije a mi esposa que había sido demasiado ahorrativa, pues encontré que se había consumido a sí misma y a su hija hasta quedar en nada. En resumen, me comporté de manera tan inexplicable que todos fueron de la opinión del capitán cuando me vio por primera vez, y concluyeron que había perdido el juicio. Esto lo menciono como un ejemplo del gran poder de la costumbre y el prejuicio.

En poco tiempo, mi familia, mis amigos y yo llegamos a un entendimiento correcto: pero mi esposa protestó que nunca más volvería al mar; aunque mi destino adverso ordenó de tal manera, que ella no tuvo el poder de impedírmelo, como el lector podrá saber más adelante. Mientras tanto, concluyo aquí la segunda parte de mis desafortunados viajes.

NOTA.

Jonathan Swift nació en Dublín, Irlanda, en 1667, y murió en 1745. Sus padres eran ingleses. Su padre murió antes de que él naciera, y su madre fue mantenida con una escasa pensión por el hermano de su padre. Fue educado en el Trinity College de Dublín, y durante toda su juventud dependió de la generosidad de otros. Su carrera universitaria no fue muy loable, ya sea desde el punto de vista de las maneras, la moral o el aprendizaje. Después de dejar la universidad, viajó por Inglaterra a pie y encontró empleo con un pariente de su madre, Sir William Temple, en cuya casa había una noble biblioteca; y durante dos años Swift compensó algunas de sus carencias estudiando diligentemente en ella. Fue a Oxford en 1692, obtuvo un título y fue ordenado en 1694. Se le dio una parroquia en Irlanda, a la que pronto renunció, regresando al hogar de Sir William Temple, donde permaneció hasta la muerte de este en 1699.

Temple dejó a Swift un legado y le confió la edición y publicación de sus obras. Completada esta tarea, Swift volvió a Irlanda a otra parroquia y se lanzó al panfletismo político con gran efecto, siendo uno de los resultados de sus esfuerzos la obtención de la exención de impuestos para el clero irlandés. Posteriormente se convirtió en Deán de San Patricio en Dublín, y durante un período alcanzó gran popularidad debido a sus poderosos escritos políticos.

Mientras estaba en lo que llamaba su "exilio", escribió Los viajes de Gulliver, que al principio se publicó de forma anónima, guardándose el secreto de la autoría tan celosamente que el editor no sabía quién era el autor. El Dr. Johnson lo caracterizó como "Una producción tan nueva y extraña que llenó al lector de admiración y asombro. Fue leído por altos y bajos, por eruditos e iletrados". En esta obra, Jonathan Swift aparece como uno de los mayores maestros del inglés que jamás hayamos tenido; dotado de un genio imaginativo inferior a pocos; como un crítico agudo y despiadado del mundo, y un amargo relator misántropo de la humanidad en general. El Deán Swift era de hecho un misántropo por teoría, por más que pudiera haber hecho excepciones en su vida privada. Su héroe, Gulliver, descubre raza tras raza de seres que tipifican los géneros en su clasificación de la humanidad. Extremadamente divertidas son las aventuras de Gulliver entre los diminutos liliputienses; solo menos que sus encuentros más peligrosos con los gigantes de Brobdingnag... Por una singular dispensación de la Providencia, solemos leer los Viajes mientras somos niños; nos deleitamos con la maravillosa historia, no nos daña en absoluto el veneno. ¡Pobre Swift! era consciente de la aproximación de la locura; repetía anualmente la maldición de Job sobre el día de su nacimiento; murió loco.

Existen numerosas biografías de Swift; pero probablemente la mejor caracterización del hombre y su vida, más que de sus libros, se encuentra en los Humoristas ingleses de Thackeray, y un estudio más cercano del hombre y sus obras en el "Swift" de Leslie Stevenson, en la colección Hombres de Letras Ingleses de Morley. Las otras biografías sobre él son: Lord Orrery, Observaciones sobre la vida y escritos del Dr. Jonathan Swift, 1751; Hawkes, sobre su vida, 1765; la vida de Sheridan, 1785; la vida de Forster, 1875 (inconclusa); la vida de Henry Craik (1882). La mejor edición de los escritos y correspondencia de Swift es la editada por Scott, 1824.

[90] Faetón, hijo de Apolo, quien fue precipitado al río Erídano por su temeridad al intentar conducir los corceles del sol durante un día.

ANUNCIOS

Clásicos del Hogar y la Escuela de Heath.

PARA LOS GRADOS I Y II.

Mother Goose: Un libro de rimas infantiles, arreglado por C. Welsh. En dos partes. Ilustrado por Clara E. Atwood. Papel, cada parte, 10 centavos; tela, dos partes encuadernadas en una, 30 centavos.

So Fat and Mew Mew de Craik. Introducción de Lucy M. Wheelock. Ilustrado por C.M. Howard. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

Seis clásicos infantiles. La casa que construyó Jack, Mother Hubbard, Cock Robin, La vieja y su cerdo, Dame Wiggins of Lee y Los tres osos. Editado por M.V. O'Shea. Ilustrado por Ernest Fosbery. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

PARA LOS GRADOS II Y III.

Crib and Fly, un cuento de dos terriers. Editado por Charles F. Dole. Ilustrado por Gwendoline Sandham. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

Goody Two Shoes. Atribuido a Oliver Goldsmith. Editado por Charles Welsh. Con veintiocho ilustraciones basadas en los grabados en madera de la edición original de 1765. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

La historia de un burro de Ségur. Traducido por C. Welsh. Editado por Charles F. Dole. Ilustrado por E.H. Saunders. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

PARA LOS GRADOS III Y IV.

La historia de los petirrojos de Trimmer. Editado por Edward Everett Hale. Ilustrado por C.M. Howard. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

Eyes and No Eyes, y otros cuentos de Aiken y Barbauld. Editado por M.V. O'Shea. Ilustrado por H.P. Barnes y C.M. Howard. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

Waste Not Want Not, y otros cuentos de Edgeworth. Editado por M.V. O'Shea. Ilustrado por W.P. Bodwell. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

El rey del río dorado de Ruskin. Editado por M.V. O'Shea. Ilustrado por Sears Gallagher. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

La silla maravillosa y los cuentos que contó de Browne. Editado por M.V. O'Shea. Ilustrado por Clara E. Atwood según la Sra. Seymour Lucas. En dos partes. Papel, cada parte, 10 centavos; tela, dos partes encuadernadas en una, 30 centavos.

PARA LOS GRADOS IV Y V.

La rosa y el anillo, un cuento de hadas de Thackeray. Editado por Edward Everett Hale. Ilustraciones de Thackeray. Papel, 15 centavos; tela, 25 centavos.

Tres cuentos de hadas de Ingelow. Editado por Charles F. Dole. Ilustrado por E. Ripley. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

La vida infantil en Japón y cuentos infantiles japoneses de Ayrton. Editado por William Elliot Griffis. Ilustrado por artistas japoneses. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

Jackanapes de Ewing. Editado por W.P. Trent. Ilustrado por Josephine Bruce. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

El pequeño príncipe cojo de Muloch. Prefacio de Elizabeth Stuart Phelps Ward. Ilustrado por la Srta. E.B. Barry. En dos partes. Papel, cada parte, 10 centavos; tela, dos partes encuadernadas en una, 30 centavos.

PARA LOS GRADOS V Y VI.

Las aventuras de Ulises de Lamb. Editado por W.P. Trent. Ilustraciones según Flamman. Papel, 15 centavos; tela, 25 centavos.

Los viajes de Gulliver. I. Un viaje a Lilliput. II. Un viaje a Brobdingnag. Editado por T.M. Balliet. Completamente ilustrado. En dos partes. Papel, cada parte, 15 centavos; tela, dos partes encuadernadas en una, 30 centavos.

La historia de una vida corta de Ewing. Editado por T.M. Balliet. Ilustrado por A.F. Schmitt. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

Cuentos de los viajes del Barón Munchausen. Editado por Edward Everett Hale. Ilustrado por H.P. Barnes según Doré. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

El pequeño príncipe cojo de Muloch. Prefacio de Elizabeth Stuart Phelps Ward. Ilustrado por la Srta. E.B. Barry. En dos partes. Papel, cada parte, 10 centavos; tela, dos partes encuadernadas en una, 30 centavos.

PARA LOS GRADOS VI Y VII.

Cuentos de Shakespeare de Lamb. Introducción de Elizabeth Stuart Phelps Ward. Ilustrado por Homer W. Colby según Pillé. En tres partes. Papel, cada parte, 15 centavos; tela, tres partes encuadernadas en una, 40 centavos.

Los muchachos de Crofton de Martineau. Editado por William Elliot Griffis. Ilustrado por A.F. Schmitt. Tela, 30 centavos.

El sitio de Leyden de Motley. Editado por William Elliot Griffis. Con diecinueve ilustraciones de grabados antiguos y fotografías, y un mapa. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

Rab y sus amigos y otros cuentos de perros de Brown. Editado por T.M. Balliet. Ilustrado por David L. Munroe según Sir Noel Paton, la Sra. Blackburn, George Hardy y Lumb Stocks. Papel, 10 centavos; tela, 20 centavos.

PARA LOS GRADOS VII, VIII Y IX.

Capítulos sobre animales: perros, gatos y caballos de Hamerton. Editado por W.P. Trent. Ilustrado según Sir E. Landseer, Sir John Millais, Rosa Bonheur, E. Van Muyder, Veyrassat, J.L. Gerome, K. Bodmer, etc. Papel, 15 centavos; tela, 25 centavos.

Dolph Heyliger de Irving. Editado por G.H. Browne. Ilustrado por H.P. Barnes. Papel, 15 centavos; tela, 25 centavos.

La tempestad de Shakespeare. Editado por Sarah W. Hiestand. Ilustraciones según Retzch y el retrato Chandos. Papel, 15 centavos; tela, 25 centavos.

El sueño de una noche de verano de Shakespeare. Editado por Sarah W. Hiestand. Ilustraciones según Smirke y el retrato Droeshout. Papel, 15 centavos; tela, 25 centavos.

La comedia de las equivocaciones de Shakespeare. Editado por Sarah W. Hiestand. Ilustraciones según Smirke, Creswick y Leslie. Papel, 15 centavos; tela, 25 centavos.

Cuento de invierno de Shakespeare. Editado por Sarah W. Hiestand. Ilustraciones según Leslie, Wheatley y Wright. Papel, 15 centavos; tela, 25 centavos.

Robinson Crusoe de Defoe. Editado por Edward Everett Hale. Ilustrado. En cuatro partes. Papel, cada parte, 15 centavos; tela, cuatro partes encuadernadas en una, 60 centavos.

Cuentos verdaderos de aves y bestias de Jordan. Por David Starr Jordan. Ilustrado por Mary H. Wellman. Tela, 40 centavos.

Ondina de Fouqué. Introducción de Elizabeth Stuart Phelps Ward. Ilustraciones según Julius Hoppner. Tela, 30 centavos.

Typee: La vida en los mares del sur de Melville. Introducción de W.P. Trent. Ilustrado por H.W. Moore. Tela, 45 centavos.

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