HENRIETTA TEMPLE
POR BENJAMIN DISRAELI
AL CONDE ALFRED D’ORSAY
DEDICO ESTOS VOLÚMENES
SU AFECTUOSO AMIGO.
HENRIETTA TEMPLE
LIBRO I.
CAPÍTULO I.
_Algunas noticias sobre la familia Armine, y en especial sobre Sir Ferdinand y Sir Ratcliffe._
La familia Armine entró en Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Ralph d’Armyn fue portaestandarte del Conquistador y participó pródigamente en el botín, como consta en el Libro del Domesday. En la época del censo general, la familia de Ermyn, o Armyn, poseía numerosos señoríos en Nottinghamshire y varios en el condado de Lincoln. William D’Armyn, señor del honor de Armyn, fue uno de los barones que suscribieron la Carta Magna. Su predecesor murió en Tierra Santa, antes de Ascalón. Una sucesión de esforzados barones y valientes caballeros mantuvo la alta fortuna de la familia; y en el curso de las diversas luchas con Francia obtuvieron la posesión de varios hermosos castillos en Guiena y Gascuña. En las Guerras de las Rosas, los Armyn se pusieron del lado de la casa de Lancaster. Ferdinand Armyn, que compartió el exilio de Enrique VII, fue armado caballero en el campo de Bosworth y poco después creado conde de Tewkesbury. Fiel a la Iglesia, el segundo Lord Tewkesbury se vio envuelto en uno de esos numerosos levantamientos que hostigaron los últimos años de Enrique VIII. La rebelión no tuvo éxito, Lord Tewkesbury fue decapitado, su sangre deshonrada y sus numerosas propiedades confiscadas por la Corona. Una rama menor de la familia, que había adoptado el protestantismo, se casó con la hija de Sir Francis Walsingham y atrajo, por sus dotes para la negociación, la atención de la reina Isabel. Fue enviado en misión secreta a los Países Bajos, donde, tras haberse distinguido notablemente, obtuvo a su regreso la restitución del patrimonio familiar de Armine, en Nottinghamshire, al que se retiró tras una carrera eminentemente próspera, y dedicó los últimos años de su vida a la construcción de una mansión familiar, edificada en ese estilo arquitectónico nacional descrito desde entonces con el nombre de su real señora, a la vez magnífico y conveniente. Su hijo, Sir Walsingham Armine, figuró en el primer grupo de barones bajo Jacobo I.
Durante la memorable lucha entre la Corona y los Comunes, en el reinado del infeliz Carlos, la familia Armine se distinguió como caballeros realistas. El segundo Sir Walsingham levantó una tropa de caballería y obtuvo gran crédito al cargar a la cabeza de su regimiento y derrotar a los coraceros de Sir Arthur Haselrigg. Fue la primera vez que aquella banda impenetrable aprendió a huir; pero el vencedor quedó cubierto de heridas. El mismo Sir Walsingham también defendió con éxito Armine House contra los Comunes y comandó la caballería en la batalla de Newbury, donde dos de sus hermanos fueron muertos. Por estos diversos servicios y sufrimientos, Sir Walsingham fue elevado a la dignidad de barón del reino, con el título de Lord Armine, de Armine, en el condado de Nottingham. Murió sin descendencia, pero el título de baronet pasó a su hermano menor, Sir Ferdinando.
La familia Armine, que había recaído en el papismo, siguió la fortuna de Jacobo II, y el cabeza de familia murió en Saint-Germain. Su hijo, sin embargo, había sido lo suficientemente prudente como para permanecer en Inglaterra y apoyar a la nueva dinastía, por lo que logró conservar su título y sus propiedades. Los Armine, sin embargo, permanecieron siempre católicos, y esta circunstancia explica que esta familia, antaño distinguida, ya no figurara en la historia de su país. Por lo tanto, en lo que respecta a la casa de Armine, el tiempo voló durante el siglo siguiente con ala inmemorial. La familia llevó una vida recluida en su propiedad, casándose solo con las grandes familias católicas y engendrando puntualmente baronets.
Finalmente surgió, en la persona del último Sir Ferdinand Armine, uno de esos seres extraordinarios y raramente dotados que solo requieren una oportunidad para influir en la fortuna de su nación y figurar como un César o un Alcibíades. Hermoso, brillante y ambicioso, el joven e inquieto Armine abandonó, a los dieciocho años, la casa de sus padres y su madrastra de país, y entró al servicio imperial. Su sangre y su credo le granjearon una acogida halagadora; su destreza y valor pronto le hicieron distinguirse. El mundo resonaba con historias de su romántica valentía, sus galanterías, sus modales excéntricos y sus intrigas políticas, pues casi logró ser elegido Rey de Polonia. Ya fuera por el disgusto de verse frustrado en este alto objetivo por la influencia de Austria, o ya fuera, como se susurró mucho en aquel entonces, porque se hubiera atrevido a instar su insolente y fallida pretensión sobre un asunto aún más delicado ante la propia Emperatriz Reina, lo cierto es que Sir Ferdinand abandonó repentinamente el servicio imperial y apareció en Constantinopla en persona. El hombre a quien un punto de honor impidió convertirse en protestante en su país natal no tuvo escrúpulos sobre su profesión de fe en Estambul: lo cierto es que el baronet inglés pronto ascendió en el favor del Sultán, adoptó el traje turco, se conformó a las costumbres turcas y, finalmente, dirigió contra Austria una división del ejército otomano. Tras haber gratificado su despecho derrotando a las fuerzas imperiales en un sangriento enfrentamiento y obteniendo una paz favorable para la Sublime Puerta, Sir Ferdinand Armine se quitó el turbante y reapareció repentinamente en su país natal. Tras el esbozo que hemos hecho de los últimos diez años de su vida, es innecesario observar que Sir Ferdinand Armine se convirtió inmediatamente en lo que se llama un hombre de moda; y, como ahora estaba en la Inglaterra protestante, el imperio de la moda era el único en el que el joven católico podía distinguirse. Atribuyamos, pues, caritativamente a la cuenta de sus discapacidades políticas la fantástica disipación y la frenética prodigalidad en las que la vivacidad de su imaginación y la energía de su alma se agotaron. Tras tres años sorprendentes, se casó con Lady Barbara Ratcliffe, cuyo anterior divorcio de su marido, el conde de Faulconville, Sir Ferdinand había provocado. Sin embargo, se separó de su esposa durante el primer año de su unión más consagrada y, retirándose a Roma, Sir Ferdinand se volvió aparentemente devoto. Al cabo de un año, ofreció transferir la totalidad de sus bienes a la Iglesia, a condición de que el Papa le concediera una renta vitalicia y le hiciera cardenal. No considerando Su Santidad apropiado acceder a la proposición, Sir Ferdinand abandonó su capital despechado y, regresando a Inglaterra, reclamó los títulos de Tewkesbury y Armine. Aunque estaba seguro de fracasar en estas pretensiones, y quizás él mismo tan convencido del mal éxito como sus abogados, Sir Ferdinand gastó, no obstante, más de 60.000 libras en su promoción, viéndose ampliamente recompensado por el gasto en la gratificación de su vanidad al mantener su nombre ante el público. Nunca estaba contento si no asombraba a la humanidad; y mientras aparentemente esforzaba todos sus intentos por convertirse en Rey de Polonia, cardenal romano o par inglés, la corona, la coronilla y el capelo escarlata eran en verdad puntos secundarios para él, comparados con la sensación en toda Europa que el esfuerzo estaba ideado y calculado para asegurar.
En su segundo regreso a su país natal, Sir Ferdinand no había vuelto a entrar en sociedad. Para un hombre así, la sociedad, con toda su excitación superficial y toda la variedad sombría con la que intenta nublar la monotonía esencial de su naturaleza, era intolerablemente aburrida y común. Sir Ferdinand, por el contrario, se encerró en Armine, habiendo anunciado previamente al mundo que iba a escribir sus memorias. Esta historia, la construcción de un castillo y la prosecución de sus pretensiones ante la Cámara de los Lores, ocuparon aparentemente su tiempo a su satisfacción, pues permaneció tranquilo durante varios años, hasta que, al estallar la Revolución Francesa, se apresuró a ir a París, convirtiéndose en miembro del Club Jacobino y de la Convención Nacional. El nombre del ciudadano Armine aparece entre los regicidas. Quizás con este voto vengó la pérdida de la corona de Polonia, y la repulsa aún más mortificante que pudo haber recibido de la madre de María Antonieta. Tras la ejecución de las víctimas reales, sin embargo, se descubrió que el ciudadano Armine les había hecho una oferta para salvar sus vidas y levantar una insurrección en La Vendée, a condición de que se le nombrara teniente general del reino. En su juicio, que, por la naturaleza de la acusación y el carácter del acusado, causó para su satisfacción una gran sensación, no hizo esfuerzo alguno por defenderse, sino que pareció gloriarse en el crimen caballeresco. Fue llevado a la guillotina y encontró su destino con la mayor compostura, asegurando al público con aire misterioso que, si hubiera vivido veinticuatro horas más, todo se habría arreglado y los problemas que preveía inminentes para Europa se habrían evitado. Tan exitosamente había jugado Armine su papel, que su misteriosa y dudosa carrera provocó una controversia de la que solo la aparición de Napoleón distrajo la atención universal, y que, en realidad, solo cesó por completo hace pocos años. ¿Cuáles eran sus intenciones? ¿Era o no un jacobino sincero? Si hizo la oferta a la familia real, ¿por qué votó a favor de su muerte? ¿Estaba resuelto, en cualquier caso, a estar a la cabeza de uno de los partidos? Un camino intermedio no encajaba con un hombre así; y así sucesivamente. Interminables fueron las preguntas y sus soluciones, los panfletos y las memorias, que la conducta de este hombre vanidoso provocó, y que ciertamente debieron haber aplacado sus manes. Recientemente se ha descubierto que la acusación contra Armine era perfectamente falsa y puramente maliciosa. Su víctima, sin embargo, no pudo resistirse a la deslumbrante celebridad del crimen imaginario, y prefirió la reputación de cerrar su carrera con una conducta que a la vez desconcertaba y asombraba a la humanidad, a una vindicación que habría privado a su nombre de algunos accesorios brillantes y le habría ahorrado una vida de la que quizás estaba cansado.
Del infeliz objeto de su vanidad y pasión, Sir Ferdinand Armine dejó un hijo, a quien nunca había visto, el actual Sir Ratcliffe. Criado en la tristeza y el aislamiento, la educación había desarrollado fielmente las características de una mente reservada y melancólica. El orgullo de linaje y los sentimientos de religión, que incluso en la temprana juventud se oscurecieron hasta convertirse en fanatismo, no eran incompatibles con afectos fuertes, un sentido estricto del deber y un espíritu de honor caballeresco. De capacidad limitada, era, sin embargo, firme en sus propósitos. Temblando ante el nombre de su padre y devoto del infeliz progenitor cuya presencia apenas había abandonado, ni una palabra de reproche había escapado jamás a sus labios contra el jefe de su sangre, y además uno cuya carrera, por poco que su hijo pudiera simpatizar con ella, seguía manteniendo, en boca y mente de los hombres, el nombre y la memoria de la casa de Armine. A la muerte de su padre, Sir Ratcliffe acababa de alcanzar la mayoría de edad, y heredó inmensas propiedades gravadas con hipotecas, y considerables deudas, que su sentido del honor le habría obligado a pagar, aunque no hubieran sido exigidas por ninguna otra reclamación. Las propiedades de la familia, en su restitución, no habían sido vinculadas; pero, hasta Sir Ferdinand, ningún cabeza de familia había abusado de la confianza de sus antepasados, y las vastas posesiones de la casa de Armine habían descendido intactas; e intactas, en lo que a él respecta, Sir Ratcliffe determinó que debían permanecer. Aunque, mediante la venta de las propiedades, no solo se podrían haber saldado los gravámenes y pasivos, sino que él mismo podría haber quedado en posesión de una independencia moderada, Sir Ratcliffe resolvió de inmediato no desprenderse de nada. Se recaudaron nuevas sumas para el pago de las deudas, y las hipotecas consumían ahora casi la totalidad de las rentas de las tierras sobre las que estaban garantizadas. Sir Ratcliffe obtuvo para sí solo una renta de trescientas libras al año, que entregó a su madre, además de la pequeña porción que ella había recibido en su primer matrimonio; y para sí mismo, visitando Armine Place por primera vez, vagó durante unos días con triste complacencia por aquel magnífico dominio, y luego, bajando de las paredes del magnífico salón el sable con el que su padre había derrotado al ejército imperial, se embarcó para Cádiz, y poco después de su llegada obtuvo una comisión en el servicio español.
Aunque el valor hereditario de los Armine había descendido a su desolado representante, no es probable que, bajo ninguna circunstancia, Sir Ratcliffe hubiera alcanzado eminencia alguna en el país de su adopción temporal. La suya no era una de esas mentes nacidas para mandar y crear; y su temperamento era demasiado orgulloso para servir y solicitar. Su estancia en España, sin embargo, no estuvo del todo exenta de satisfacción. Fue durante esta estancia cuando adquirió el poco conocimiento de la vida y la naturaleza humana que poseía; y el credo y los modales solemnes de la tierra armonizaban con su fe y sus hábitos. Entre aquellos extranjeros, además, el orgulloso joven inglés no sentía tan agudamente la degradación de su casa; y a veces, aunque el suyo no era el don fatal de la imaginación, a veces se entregaba a sueños diurnos sobre su resurgimiento. Inexperto en los negocios, y no dotado de esa rapidez intuitiva que suple la experiencia y a menudo la frustra, Ratcliffe Armine, que no había abandonado el hogar doméstico ni siquiera para los fines de la educación, tuvo, sin embargo, la fortuna de poseer un amigo devoto: y este era Glastonbury, su tutor y confesor de su madre. Fue a él a quien Sir Ratcliffe confió la gestión de sus asuntos, con una confianza que era merecida; pues Glastonbury simpatizaba con todos sus sentimientos, y estaba tan absorto en la gloria de la familia que no tenía mayor ambición en la vida que convertirse en su historiógrafo, y había estado empleado durante años en amasar materiales para una gran obra dedicada a su celebridad.
Cuando Ratcliffe Armine llevaba unos tres años ausente, su madre murió. Su muerte fue inesperada. No había cumplido dos tercios del período asignado por el salmista y, a pesar de muchas penas, seguía siendo hermosa. Glastonbury, quien le comunicó la noticia en una carta en la que intentaba vanamente reprimir su propia aflicción abrumadora, le aconsejó su regreso inmediato a Inglaterra, aunque fuera por una temporada; y el infeliz Ratcliffe siguió su consejo. Por la muerte de su madre, Sir Ratcliffe Armine pasó a poseer, por primera vez, una renta pequeña pero aún así independiente; y tras haber visitado, poco después de su regreso a su país natal, a un noble católico a quien su trato le había sido de cierta utilidad cuando viajaba por España, se enamoró de una de sus hijas, y siendo correspondida su pasión, y no desaprobada por el padre, poco después se casó con Constance, la hija mayor de Lord Grandison.
CAPÍTULO II.
Descripción de Armine.
Tras su matrimonio, Sir Ratcliffe decidió residir en Armine. En uno de los parques más grandes de Inglaterra quedaba aún un fragmento de un vasto edificio isabelino que en los viejos tiempos llevaba el nombre de Armine Place. Cuando Sir Ferdinand comenzó a construir el Castillo de Armine, había derribado la vieja mansión, en parte por el emplazamiento y en parte por los materiales. Largas filas de muros almenados y con muchas ventanas, torres altas y arcos elevados se alzaban ahora en pintoresca confusión sobre la verde colina donde antaño el viejo Sir Walsingham había erigido la hermosa y conveniente morada que, con razón, consideró que podría haber servido al propósito de una larga posteridad. El salón y la escalera principal del castillo y una galería eran lo único terminado, y muchos días había pasado Sir Ferdinand arreglando los cuadros, las armaduras y las curiosidades selectas de estos magníficos aposentos. El resto del edificio era un mero armazón; ni siquiera estaba techado en todas sus partes. Montones de ladrillos, piedras y pilas de madera aparecían en todas direcciones; y los rastros de la repentina detención de una gran obra podían observarse en los fosos de aserrado temporales que aún permanecían, los cobertizos para los obreros y los hornos y calderas que nunca habían sido retirados. El tiempo, sin embargo, que había teñido las descuidadas torres con un tono antiguo y permitido que muchas generaciones de aves veraniegas construyeran sus nidos soleados en todos los puntos ventajosos de los muros inacabados, había ejercido una influencia suavizante incluso sobre estos rudos accesorios, y con el paso de los años habían sido tan empapados por la lluvia, y tan golpeados por el viento, y se habían cubierto tanto de musgo e hiedra, que más bien añadían que restaban al carácter pintoresco de todo el conjunto.
A unos cientos de metros del castillo, pero situado en el mismo terreno elevado y verde, y dominando, aunque bien resguardado, una extensa vista sobre el amplio parque, se encontraba el fragmento del viejo Place que hemos notado. La brecha rugosa y ondulante que marcaba la separación del edificio estaba ahora densamente cubierta de hiedra, que en su juguetona exuberancia se las había arreglado también para trepar por un conjunto restante de altas chimeneas y extenderse sobre la cubierta del gran ventanal ojival. Este fragmento contenía un conjunto de agradables cámaras que, habiendo sido ocupadas por el difunto baronet, estaban, por supuesto, amuebladas con gran gusto y comodidad; y había, además, alojamiento suficiente para un pequeño establecimiento. Armine Place, antes de que Sir Ferdinand, para desgracia de sus descendientes, decidiera en el siglo XVIII construir un castillo feudal, había estado situado en unos famosos jardines de recreo que se extendían en la parte trasera de la mansión sobre un espacio de algunos cientos de acres. Los jardines en las inmediaciones de los edificios habían sufrido, por supuesto, gravemente, pero la mayor parte solo había sido descuidada; y hubo algunos, de hecho, que consideraron, mientras vagaban por los paseos arbolados de este desierto encantador, que su belleza se había visto realzada incluso por este mismo descuido. Parecía un bosque en un hermoso romance; un desierto verde y frondoso donde a Boccaccio le habría encantado cortejar y a Watteau pintar. Tan ingeniosamente se habían planeado los paseos que parecían interminables, ni había un solo punto en todo el parque donde el ojo más agudo hubiera podido detectar un límite. A veces vagabas por esos paseos arqueados y sinuosos queridos por los espíritus pensativos; a veces emergías en un terreno de césped brillante bajo el sol, una pequeña y brillante sabana, y contemplabas con asombro el grupo de cedros negros y poderosos que se elevaban desde su centro, con su follaje afilado y extendido. Lo bello y lo vasto se mezclaban; y en el momento después de que hubieras contemplado con deleite un lecho de geranios o de mirtos, te encontrabas en un anfiteatro de pinos italianos. Un extraño perfume exótico llenaba el aire: pisabas las flores de otras tierras; y arbustos y plantas, que usualmente solo son confiados desde sus invernaderos, como sultanas desde sus celosías, para olfatear el aire y recordar su floración, aprendiendo aquí de la dificultad la filosofía de la resistencia, habían luchado con éxito incluso contra los inviernos del norte, y se daban ahora en una exuberancia nativa y sin podar. Sir Ferdinand, cuando residía en Armine, acostumbraba a llenar estos jardines de recreo con guacamayos y otras aves de plumaje magnífico; pero estos habían huido con su amo, todos menos algunos cisnes que aún flotaban en la superficie de un lago, que marcaba el centro de este paraíso. En los restos del antiguo asiento de sus padres, Sir Ratcliffe Armine y su novia buscaban ahora un hogar.
La cámara principal de Armine Place era una estancia amplia e irregular, con un techo de roble bajo pero ricamente tallado, tachonado de emblemas heráldicos. Este aposento estaba iluminado por la ventana ajimezada que hemos mencionado, cuyos paneles superiores contenían algunos especímenes antiguos de vidrieras pintadas, y habiendo sido habilitada por Sir Ferdinand como biblioteca, albergaba una colección de libros valiosos. Desde la biblioteca se accedía a través de una puerta arqueada de cristal a una pequeña sala, de la cual, al estar muy deteriorada cuando llegó la familia, Lady Armine había aprovechado la oportunidad para satisfacer su gusto en la ornamentación. La había tapizado con un damasco verde guisante de estilo anticuado, que exhibía con ventaja varias copias de pinturas españolas hechas por ella misma, pues era una artista hábil. La tercera y última cámara era el comedor, una estancia algo sombría, al estar ensombrecida por un castaño vecino. Un retrato de Sir Ferdinand, cuando era joven, vestido con traje veneciano, colgaba sobre la chimenea de estilo antiguo; y enfrente colgaba una fina pieza de caza de Schneiders. Lady Armine era una mujer amable y consumada. Había disfrutado de la ventaja de una educación extranjera bajo la inspección de un progenitor cauteloso: y una residencia en el continente, si bien le había proporcionado muchas gracias, no la había despojado, como desgraciadamente ocurre a veces, de aquellas cualidades más sustanciales aunque menos vistosas cuyo valor conoce un marido. Era piadosa y obediente: sus modales eran gratos, pues había visitado cortes y frecuentado círculos refinados, pero afortunadamente no había aprendido a fingir insensibilidad como sistema, ni a creer que la esencia de la buena educación consiste en demostrar a tus semejantes que los desprecias. Su temperamento alegre consolaba la melancolía constitucional de Sir Ratcliffe y, de hecho, había conquistado originalmente su corazón, incluso más que su notable belleza: y mientras al mismo tiempo amaba la vida en el campo, poseía en un gusto por las letras, en una voz hermosa y altamente cultivada, y en un conocimiento científico de la música y de la pintura, todos aquellos recursos que impiden que el retiro degenere en soledad. Sus debilidades, si debemos confesar que no era perfecta, la hacían querer más a su marido, pues su temperamento reflejaba su propio orgullo, y ella poseía el gusto por el esplendor que también era su estado de ánimo natural, aunque las circunstancias le habían obligado a sofocar su satisfacción.
El amor, puro y profundo, había impulsado por sí solo la unión entre Ratcliffe Armine y Constance Grandison. Sin duda, como todos los de su raza, podría haber elegido entre los más ricos de los nobles y caballeros católicos a alguien que se habría sentido orgulloso de haber mezclado su vida con la de ella; pero, con un alma no insensible a los espléndidos accidentes de la existencia, entregó su corazón a quien solo podía pagar el rico sacrificio con devoción. Su pobreza, su orgullo, su peligroso y hereditario don de la belleza, su vida lúgubre, su linaje ilustre, su mente reservada y romántica, habían atraído a la vez su fantasía y cautivado su corazón. Ella compartía todas sus aspiraciones y simpatizaba con todas sus esperanzas; y la antigua gloria de la casa de Armine, y su renacimiento y restauración, eran el objeto de sus pensamientos diarios, y a menudo de sus sueños nocturnos.
Con estos sentimientos, Lady Armine se instaló en su nuevo hogar, apenas con una punzada de que la totalidad del parque en el que vivía estuviera arrendado como terreno de pastoreo, y confiando solo, mientras contemplaba los grupos de ganado rumiante, en que aún podría llegar el día en que los inquilinos astados de las arboledas reanudaran sus umbrosas moradas. El buen hombre y su mujer que hasta entonces habían habitado el antiguo Place, y mostrado el castillo y el recreo a los viajeros de paso, fueron, bajo el nuevo orden de cosas, ascendidos a los respectivos cargos de criado y cocinera, o mayordomo y ama de llaves, como ellos mismos se hacían llamar en el pueblo. Una doncella traída de Grandison para servir a Lady Armine completaba el personal, junto con su hermano pequeño, quien, entre numerosos deberes, desempeñaba el oficio de mozo de cuadra y cuidaba de un par de hermosos ponis blancos que Sir Ratcliffe conducía en un faetón. Este carruaje, notable por su elegancia, era el deleite especial de Lady Armine, y ciertamente la única pieza de esplendor en la que se permitía incurrir a Sir Ratcliffe. En cuanto al vecindario, Sir Ratcliffe, a su llegada, recibió por supuesto una visita del rector de su parroquia y, a través del cortés medio de este caballero, pronto dio a entender que no deseaba que se siguiera el ejemplo de su rector. La insinuación, a pesar de mucha curiosidad, fue por supuesto respetada. Nadie visitó a los Armine. Esta feliz pareja, sin embargo, estaba demasiado absorta en su propia compañía para requerir diversión de otras fuentes que no fueran ellos mismos. La luna de miel transcurrió vagando por los jardines y maravillándose de su propia felicidad maravillosa. Entonces Lady Armine se sentaba en un banco verde y cantaba sus canciones más selectas, y Sir Ratcliffe le pagaba su amabilidad con discursos más dulces incluso que las serenatas. La organización de su vivienda ocupó el segundo mes; cada día presenciaba alguna alteración feliz pero económica de su gusto creativo. El tercer mes, Lady Armine decidió hacer un jardín.
—Deseo —dijo su afectuoso marido, mientras trabajaba con deleite a su servicio—, deseo, mi querida Constance, que Glastonbury estuviera aquí; era un jardinero tan excelente.
—Pidámosle que venga, querido Ratcliffe; y, tal vez, para tal amigo ya hemos dejado transcurrir demasiado tiempo sin enviarle una invitación.
—Bueno, es que somos tan felices —dijo Sir Ratcliffe, sonriendo—; y, sin embargo, Glastonbury es la mejor criatura del mundo. Espero que te guste, querida Constance.
—Estoy segura de que así será, querido Ratcliffe. Dame ese geranio, amor. Escríbele hoy; escribe a Glastonbury hoy mismo.
CAPÍTULO III.
Llegada de Glastonbury.
ADRIAN GLASTONBURY era el hijo menor de una familia inglesa antigua pero decaída. Había sido educado en un colegio de jesuitas en Francia y había entrado a temprana edad al servicio de la Iglesia Romana, cuya comunión su familia nunca había abandonado. En el colegio, el joven Glastonbury se había distinguido tanto por su talento asiduo como por la extrema benevolencia de su carácter. Su mente era una de aquellas a las que el refinamiento es natural, y a las que el aprendizaje y la experiencia nunca despojan de sencillez. Aparentemente sus pasiones no eran violentas; tal vez estaban contenidas por su profunda piedad. Después de su devoción, Glastonbury destacaba por su gusto. Los magníficos templos en los que se celebraban los misterios de la Deidad y los santos a quienes adoraba desarrollaron la predisposición latente hacia lo bello que se convirtió casi en el sentimiento rector de su vida. En las inspiradas e inspiradoras pinturas que coronaban los altares de las iglesias y catedrales en las que oficiaba, Glastonbury estudió el arte por primera vez; y fue mientras se deslizaba a lo largo de la sombra solemne de aquellas naves góticas, contemplando la valiente nervadura de los techos abovedados, cuyas sombras profundas y sublimes contrastaban tan hermosamente con los santuarios brillantes y las delicadas capillas de abajo, que imbibió por primera vez esa pasión por la arquitectura de la Edad Media que más tarde le llevó a muchos un placentero peregrinaje sin más compañía que una cartera y un cuaderno de bocetos. De hecho, Glastonbury era tan consciente de la influencia de la temprana y constante escena de su juventud en su imaginación, que solía atribuir su amor por la heráldica, de la cual poseía un conocimiento notable, a las ventanas blasonadas que perpetuaban la memoria y los logros de muchos fundadores piadosos.
Cuando Glastonbury tenía unos veintiún años, heredó inesperadamente de un tío una suma que, aunque de ninguna manera considerable, era para él una independencia suficiente; y como en ese momento no se ofrecía ninguna oportunidad en el servicio de la Iglesia que considerara un deber seguir, decidió gratificar ese sentimiento inquieto que parece inseparable de la juventud de los hombres dotados de bellas sensibilidades, y que probablemente surge de un deseo inconsciente de abandonar lo común y descubrir lo ideal. Vagó a pie por toda Suiza e Italia; y, tras más de tres años de ausencia, regresó a Inglaterra con varios miles de bocetos y un Hortus Siccus alpino completo. Estaba incluso más orgulloso de esto último que de haber besado el pie del Papa. En los siete años siguientes, la vida de Glastonbury se dividió casi por igual entre los deberes de su sagrada profesión y la gratificación de sus gustos sencillos y elegantes. Residió principalmente en Lancashire, donde se convirtió en bibliotecario de un noble católico del más alto rango, cuya atención había atraído primero al publicar una descripción de la residencia de su Gracia, ilustrada por sus dibujos. El duque, que era un hombre de buen gusto y aficiones anticuarias, y una persona extremadamente benevolente, buscó el trato de Glastonbury a raíz de la publicación, y desde ese momento una estrecha y apreciada intimidad subsistió entre ellos. En ausencia de la familia, sin embargo, Glastonbury encontraba tiempo para muchas excursiones; gracias a las cuales finalmente completó dibujos de todas nuestras catedrales. Aún le quedaban las abadías y las iglesias del oeste de Inglaterra, un tema sobre el que siempre fue elocuente. Glastonbury realizaba todas estas excursiones a pie, armado solo con un bastón de fresno que había cortado en sus primeros viajes, y respecto al cual era supersticioso; de modo que no habría pensado más en viajar sin este bastón que la mayoría de las otras personas sin su sombrero. De hecho, a decir verdad, se sabía que Glastonbury había abandonado la casa ocasionalmente sin ese apéndice necesario, pues, al vivir mucho solo, era un poco distraído; pero en lugar de vanagloriarse de tales excentricidades, siempre le causaban mortificación. Sin embargo, Glastonbury era un favorito universal y siempre un huésped bienvenido. En sus viajes no le faltaban anfitriones; pues no había familia católica que no se hubiera sentido ofendida si él los hubiera pasado sin una visita. Era, en verdad, un personaje raramente consumado. Un erudito admirable y profundo anticuario, poseía también un conocimiento práctico considerable de las ciencias menos severas, era un buen artista y un músico nada despreciable. Su pluma, también, era la de un escritor rápido; si sus sonetos alguna vez se publican, figurarán entre los mejores de nuestra literatura.
Glastonbury tenía unos treinta años cuando fue inducido por Lady Barbara Armine a abandonar un techo donde había pasado algunos años felices, y a emprender la educación de su hijo Ratcliffe, un niño de ocho años. Desde este momento, Glastonbury se retiró en gran medida de sus antiguas conexiones, y abandonó tan completamente su modo de vida anterior, que nunca abandonó su nuevo hogar. Su alumno le recompensó por su celo más por la bondad de su carácter y su conducta intachable que por cualquier brillantez notable de talento o conocimientos: pero Ratcliffe, y particularmente su madre, eran capaces de apreciar a Glastonbury; y es cierto que, cualquiera que fuera la causa, él devolvía su simpatía con profunda emoción, pues cada pensamiento y sentimiento de su existencia parecía dedicado a su felicidad y prosperidad.
Tan grande fue, de hecho, el shock que experimentó ante la inesperada muerte de Lady Barbara, que durante algún tiempo meditó asumir el hábito; y si la ausencia de su alumno impidió la realización de este proyecto, el plan solo fue pospuesto, no abandonado. El rápido matrimonio de Sir Ratcliffe siguió. Las circunstancias habían impedido que Glastonbury estuviera presente en la ceremonia. Le era imposible retirarse al claustro sin ver a su alumno. Los negocios, si no el afecto, hacían necesaria una entrevista entre ellos. Era igualmente imposible que Glastonbury molestara a unos recién casados con su presencia. Cuando, sin embargo, hubieron transcurrido tres meses, comenzó a creer que podría aventurarse a proponer una reunión a Sir Ratcliffe; pero mientras aún meditaba sobre este paso, se le adelantó la recepción de una carta que contenía una cálida invitación a Armine.
Era una hermosa tarde soleada de junio. Lady Armine estaba sentada frente al Place mirando hacia el parque, ocupada con su labor; mientras Sir Ratcliffe, estirado sobre la hierba, le leía el último poema de Scott, que acababan de recibir del pueblo vecino.
—Ratcliffe, querido —dijo Lady Armine—, alguien se acerca.
—¿Un vagabundo, Constance?
—No, no, amor mío; levántate; es un caballero.
—¿Quién podrá ser? —dijo Sir Ratcliffe, levantándose—; tal vez sea tu hermano, amor. ¡Ah! no, es... ¡es Glastonbury!
Y ante estas palabras corrió hacia adelante, saltó sobre la valla de hierro que separaba su césped del parque, ni detuvo su rápido paso hasta alcanzar a un hombre de mediana edad de aspecto muy atractivo, aunque ciertamente no impoluto por el polvo, pues sin duda el huésped había viajado lejos y durante mucho tiempo.
—Mi querido Glastonbury —exclamó Sir Ratcliffe, abrazándolo y hablando bajo la influencia de una emoción en la que raramente incurría—, soy el tipo más feliz del mundo. ¿Cómo estás? Te presentaré a Constance de inmediato. Está deseando conocerte, y perfectamente preparada para quererte tanto como yo. ¡Oh! mi querido Glastonbury, no tienes idea de lo feliz que soy. Es un ángel perfecto.
—Estoy seguro de ello —dijo Glastonbury, seriamente.
Sir Ratcliffe apresuró a su tutor. —Aquí está mi mejor amigo, Constance —exclamó con entusiasmo. Lady Armine se levantó y dio la bienvenida al señor Glastonbury muy cordialmente. —Su presencia, mi querido señor, le aseguro que ha sido largamente deseada por ambos —dijo, con una sonrisa encantadora.
—Sin cumplidos, créame —añadió Sir Ratcliffe—; Constance nunca hace cumplidos. Ella misma eligió su propia habitación. Siempre la llama la habitación del señor Glastonbury.
—¡Ah!, señora —dijo el señor Glastonbury, poniendo su mano muy suavemente sobre el hombro de Sir Ratcliffe, y con la intención de decir algo feliz—, conozco bien a este querido joven; y siempre he pensado que quien pudiera reclamar este corazón debería ser considerada una mujer muy afortunada.
—Y tal se considera su poseedora —respondió Lady Armine con una sonrisa.
Sir Ratcliffe, después de que hubieran pasado unos quince minutos más o menos en conversación, dijo: —Vamos, Glastonbury, has llegado en buen momento, pues la cena está cerca. Déjame mostrarte tu habitación. Me temo que has tenido un día caluroso de viaje. Gracias a Dios, estamos juntos de nuevo. Dame tu bastón; yo me encargaré de él; no temas. Bien, por aquí. ¿Has visto antes el antiguo Place? Cuidado con ese escalón. Oye, Constance —dijo Sir Ratcliffe, con voz contenida, y corriendo de vuelta hacia su mujer—, ¿qué te parece?
—Muy bien, en efecto.
—¿Pero de verdad?
—De verdad, verdaderamente.
—¡Ángel! —exclamó el gratificado Sir Ratcliffe.
CAPÍTULO IV.
Progreso de los asuntos en Armine.
LA vida es aventurera. Perpetuamente ocurren eventos, incluso en la calma de la existencia doméstica, que cambian en un instante todo el curso y tenor de nuestros pensamientos y sentimientos, y a menudo influyen materialmente en nuestras fortunas y nuestro carácter. Es extraño, y a veces tan provechoso como singular, recordar nuestro estado en vísperas de algún conocimiento que transfigura nuestro ser; con algún hombre cuya filosofía revoluciona nuestra mente; con alguna mujer cuyos encantos metamorfosean nuestra carrera. Estas meditaciones retrospectivas son fructíferas en autoconocimiento.
La visita de Glastonbury fue uno de esos incidentes que, por los resultados inesperados que ocasionan, se convierten en eventos. No había sido mucho tiempo huésped en Armine antes de que Sir Ratcliffe y su dama no pudieran evitar comunicarse mutuamente la gratificación que sentirían si se pudiera inducir a Glastonbury a echar su suerte entre ellos. Su temperamento benevolente y plácido, sus muchos logros y el afecto absoluto que evidentemente sentía por todos los que llevaban el nombre, y por todo lo relacionado con las fortunas de Armine, lo señalaban como un amigo igualmente digno de ser apreciado y valorado. Bajo sus auspicios, el jardín de la bella Constance pronto floreció: su gusto guiaba su lápiz, y su voz acompañaba su laúd. Sir Ratcliffe, también, disfrutaba profundamente de su compañía: Glastonbury era para él el único vínculo, en la vida, entre el presente y el pasado. Hablaban juntos de los viejos tiempos; y los recuerdos dolorosos perdían la mitad de su amargura gracias a la ternura de sus simpáticas reminiscencias. Sir Ratcliffe, también, era consciente del valor de tal compañero para su talentosa esposa. Y Glastonbury, además, entre sus muchos logros, tenía la excelente cualidad de no estorbar nunca. Sabía que los jóvenes, y especialmente los jóvenes amantes, no son reacios a veces a estar solos; y sus amigos, en su ausencia, nunca sintieron que estuviera descuidado, porque sus ocupaciones eran tan variadas y sus recursos tan numerosos que estaban seguros de que estaba empleado y divertido.
En el recreo de Armine, al final de una larga avenida de césped de hayas moradas, había una puerta almenada, flanqueada por torres redondas, pensada por Sir Ferdinand para una de las entradas principales de su castillo. Sobre la puerta había pequeñas pero convenientes cámaras, a las que se ascendía por una escalera de caracol en una de las torres; la otra era un mero cascarón. Era el atardecer; la larga vista resplandecía con los rayos agonizantes, que arrojaban también una rica anchura de luz sobre el arco audaz y señorial. Nuestros amigos habían estado examinando las cámaras, y Lady Armine, que estaba un poco cansada por el esfuerzo, permanecía frente al edificio, apoyada en su marido y en su amigo.
—Un hombre podría ir lejos y encontrar una morada peor que ese portal —dijo Glastonbury, pensativo—. Me parece que la vida podría deslizarse agradablemente en esas pequeñas habitaciones, con los libros y dibujos de uno, y esta noble avenida para un paseo pensativo.
—Quisiera al cielo, mi querido Glastonbury, que probaras el experimento —dijo Sir Ratcliffe.
—¡Ah! hágalo, señor Glastonbury —añadió Lady Armine—, ¡tenga piedad de nosotros!
—Al menos, no es tan aburrido como un claustro —añadió Sir Ratcliffe—; y digan lo que digan, no hay nada como vivir entre amigos.
—Me encontrarían muy molesto —respondió Glastonbury, con una sonrisa; y luego, cambiando la conversación, evidentemente más por vergüenza que por desagrado, señaló la singularidad de las hayas moradas.
Su origen era incierto; pero una circunstancia es segura: que, antes de que pasara otro mes, Glastonbury era inquilino vitalicio del portal del castillo de Armine, y todos sus libros y colecciones estaban guardados y organizados de forma segura en las habitaciones con las que se había sentido tan complacido.
La providencia, que así había dispuesto la suerte de Glastonbury, no tardó en extender su benigna influencia sobre las preocupaciones de Sir Ratcliffe. Apenas unos meses después de la instalación de su nuevo inquilino, el hombre de negocios de Sir Ratcliffe, el señor Piggott, llegó a Armine con noticias que, si bien no eran del todo satisfactorias, al menos ofrecían una alternativa a la desesperación.
Un banquero de Londres, un hombre de gran riqueza y ambición que deseaba establecerse en el condado, había expresado su disposición a comprar una gran parte de las tierras de los Armine, aunque no la casa en sí ni el parque circundante. La propuesta era de una cuantía que, según el señor Piggott, permitiría a Sir Ratcliffe pagar la totalidad de sus deudas más apremiantes y conservar una suma pequeña, pero suficiente, para asegurar la manutención de la familia en un estado de relativa holgura durante algunos años.
La noticia cayó como un rayo en la tranquila existencia de Armine. Lady Armine, con su habitual optimismo, vio en ello la salvación, mientras que Sir Ratcliffe, aunque abrumado por la idea de desprenderse de una parte de sus dominios, no pudo sino reconocer la sensatez de la oferta. Glastonbury, en su sabiduría silenciosa, observaba la escena como quien contempla el curso inevitable de una tragedia necesaria.
—Es una parte de mi alma lo que me piden que venda —dijo Sir Ratcliffe, paseando con agitación por la biblioteca tras la partida de Piggott.
—Es la vida de tu hijo, Ratcliffe —respondió Lady Armine, acercándose a él con suavidad—. Es la posibilidad de que Ferdinand no crezca bajo la sombra de la ruina. Piénsalo. ¿Acaso no es un deber sagrado?
Sir Ratcliffe se detuvo ante el retrato de su antepasado. El rostro de Ferdinand, el niño, parecía observarlo con una mirada llena de promesas. La lucha interior era visible en sus facciones; el honor de su linaje chocaba contra la cruda realidad de su presente.
Finalmente, tras días de deliberación y noches de inquietud, Sir Ratcliffe consintió en iniciar las negociaciones. El viaje a Londres se hizo inevitable. Debía comparecer ante los abogados y cerrar el trato personalmente. Fue la primera vez en años que abandonó el hogar, y lo hizo acompañado por Lady Armine y el joven Ferdinand, quien, a sus quince años, miraba el mundo más allá de las verjas de Armine con una mezcla de excitación y temor.
El Londres de aquel entonces, con su bullicio y su opulencia, resultó ser un escenario extraño para un joven criado en la soledad de un castillo. Ferdinand, sin embargo, se movía con una naturalidad impropia de su edad, y su belleza, heredada de su madre y de la estirpe de los Armine, no pasó inadvertida en los círculos donde se movían sus padres.
Durante su estancia en la capital, Sir Ratcliffe se vio obligado a frecuentar los salones de aquellos que consideraba sus iguales, aunque sus circunstancias lo hubieran alejado de ellos. Fue allí, entre el brillo de las candelabros y el murmullo de la alta sociedad, donde la semilla de un destino nuevo comenzó a germinar. Lady Armine, al observar cómo su hijo era recibido con cortesía y curiosidad, empezó a vislumbrar un horizonte donde el nombre de los Armine recuperaba su antiguo esplendor, aunque fuera a través de senderos que su marido, en su melancolía, aún se negaba a recorrer.
Pero Londres no solo trajo promesas. Fue allí donde Sir Ratcliffe se enfrentó, cara a cara, con la magnitud de su propia declinación, al ver la facilidad con la que otros, hombres de comercio y éxito reciente, reclamaban para sí las tierras que durante siglos habían pertenecido a su familia. El contrato fue firmado, pero el precio fue más que oro; fue la marca indeleble de un cambio que, para el orgulloso Sir Ratcliffe, marcaba el fin de una era.
El día después de la conversación en la biblioteca a la que Glastonbury había asistido como involuntario oyente, informó a sus amigos de que le era necesario visitar la metrópoli; y como el joven Ferdinand aún no había visto Londres, propuso que le acompañase. Sir Ratcliffe y Lady Armine accedieron alegremente a esta proposición; y en cuanto a Ferdinand, es difícil describir el deleite que le causó la anticipación de su visita. Los tres días que debían transcurrir antes de su partida no parecieron suficientes para asegurar el completo embalaje de su maleta: y sus maneras excitadas, la rapidez de su conversación y la inquietud de sus movimientos eran de lo más divertido.
—¡Mamá! ¿Es Londres veinte veces más grande que Nottingham? ¿Cómo de grande es, entonces? ¿Viajaremos toda la noche? ¿Qué hora es ahora? Me pregunto si llegará alguna vez el jueves. Creo que me iré a la cama temprano para terminar antes el día. ¿Crees que mi gorra es lo bastante buena para viajar? Compraré un sombrero en Londres. Me levantaré temprano la primera mañana y compraré un sombrero. ¿Crees que mi tío está en Londres? Ojalá Augustus no estuviera en Eton, quizá estaría allí. ¡Me pregunto si el señor Glastonbury me llevará a ver San Pablo! Me pregunto si me llevará al teatro. Daría cualquier cosa por ir al teatro. ¡Me gustaría ir al teatro y a San Pablo! ¡Qué divertido será cenar en el camino!
En verdad parecía que el jueves no llegaría jamás; sin embargo, llegó al fin. Los viajeros se vieron obligados a levantarse antes del sol y conducir hasta Nottingham para tomar su diligencia; así que se despidieron la víspera. En cuanto a Ferdinand, sentía tanto miedo de perder la diligencia que apenas durmió, y nunca estuvo convencido de que llegaba a tiempo hasta que se encontró instalado, con agitación contenida, en el exterior de la diligencia Dart. Era la primera vez en su vida que viajaba en el exterior de un carruaje. Sentía toda la excitación de una experiencia en expansión y de una virilidad creciente. Avanzaban a toda velocidad: al final de cada etapa, Ferdinand seguía el ejemplo de sus compañeros de viaje y descendía, y luego, con los ojos brillantes, se apresuraba hacia Glastonbury, que iba en el interior, para preguntar cómo iba el viaje. —Un viaje espléndido, ¿verdad, señor? Hemos hecho las diez millas en menos de una hora. No tiene idea de qué clase de tipo es nuestro cochero; y el conductor, ¡qué tipo nuestro conductor! No espere aquí ni un momento. ¿Puedo traerle algo? Cenamos en Mill-field. ¡Qué diversión!
A toda velocidad se alejaba el elegante Dart sobre las ricas llanuras de nuestra alegre región central; una visión rápida y deslumbrante de campos de trigo dorados y tierras de pasto; granjas rodeadas de huertos y aldeas sombreadas por los miembros dispersos de algún vasto y antiguo bosque. Luego se alzaban en la distancia las tenues torres azules, o la graciosa aguja, de alguna vieja catedral, y pronto las calzadas extendidas anunciaban su proximidad a alguna capital provincial. El cochero azota a sus caballos de tiro, que rompen en galope; el conductor toca su triunfante corneta; el carruaje salta sobre el noble puente que cruza una corriente cubierta de embarcaciones; edificios públicos, ayuntamientos y cárceles del condado se alzan a cada lado. Traqueteando por muchos caminos inferiores, emergen finalmente en la calle Mayor, observados por todos los observadores, y el posadero del Red Lion, o del White Hart, seguido por todos sus camareros, avanza desde su portal con una sonrisa para recibir a los «caballeros pasajeros».
—El carruaje para aquí media hora, ¡la cena está lista!
Es un sonido delicioso. ¡Y qué cena! ¡Qué profusión de delicias sustanciales! ¡Qué imponentes y tornasolados redondeles de carne! ¡Qué vastas costillas veteadas de mármol! ¡Qué pasteles de ternera gelatinosos! ¡Qué jamones colosales! ¡Esos son evidentemente quesos de premio! ¡Y qué vigorizante es el perfume de esos diversos y variopintos encurtidos! Luego el bullicio que emula a la abundancia; el repicar de campanas, el choque del tránsito, el llamado a los camareros omnipresentes y el sentimiento de omnipotencia que todo lo impregna, desde los invitados, que piden lo que les place, hasta el posadero, que puede producir y ejecutar todo lo que puedan desear. Es una visión asombrosa. ¡Por qué habría de ir un hombre a ver las pirámides y cruzar el desierto, cuando no ha contemplado la catedral de York ni viajado por la carretera! Nuestro pequeño Ferdinand, en medio de toda esta novedad, disfrutó de corazón e hizo amplia justicia a la buena mesa del posadero. Pronto volvieron a rodar por el camino; pero al atardecer, Ferdinand, ante la insistencia de Glastonbury, aprovechó su lugar en el interior y, cansado por el aire y la excitación del día, pronto cayó en un sueño profundo.
Habían transcurrido varias horas cuando, despertando de un sueño confuso en el que Armine y todo lo que había visto recientemente se mezclaban, encontró a sus compañeros de viaje durmiendo y al correo avanzando a toda velocidad por las calles iluminadas de una gran ciudad. Las calles estaban densamente concurridas. Ferdinand miraba con asombro la magnificencia de las tiendas que resplandecían con luces y la multitud de hombres y vehículos que se movían en todas direcciones. El conductor tocó su corneta con triple energía y la diligencia giró repentinamente a través de una entrada arqueada hacia el patio de una posada de estilo antiguo. Sus compañeros de viaje se sobresaltaron y se frotaron los ojos.
—¡Bien! Hemos llegado, supongo —gruñó uno de estos caballeros, quitándose el gorro de dormir.
—Sí, caballeros, me alegra decir que nuestro viaje ha terminado —dijo una voz más educada—; y lo he encontrado muy placentero. Mozo, tenga la bondad de llamarme un coche.
—Y uno para mí —añadió la voz áspera.
—Señor Glastonbury —susurró el asombrado Ferdinand—, ¿es esto Londres?
—Esto es Londres: pero aún tenemos que recorrer dos o tres millas antes de llegar a nuestro alojamiento. Creo que será mejor que bajemos y busquemos nuestro equipaje. ¡Caballeros, buenas noches!
El señor Glastonbury llamó a un coche, en el cual, tras haber depositado sus maletas a salvo, subieron él y Ferdinand; pero nuestro joven amigo estaba tan completamente abrumado por sus sentimientos y por el genio del lugar que fue incapaz de hacer observación alguna. Cada minuto las calles parecían hacerse más espaciosas y brillantes, y la multitud más densa y excitada. Bellos edificios, también, se alzaban ante él; palacios, iglesias, calles y plazas de arquitectura imponente; para su ojo inexperto y su espíritu ingenuo, su ruta parecía un triunfo sin fin. Para el cochero de alquiler, sin embargo, que no tenía imaginación y que estaba más que saciado de experiencia metropolitana, solo parecía que había tenido una carrera extremadamente buena y que estaba trotando desde Bishopsgate Street hasta Charing Cross.
Cuando Jarvis, por tanto, hubo depositado a salvo a sus pasajeros en el hotel Morley’s, en Cockspur Street, y les hubo extorsionado un chelín adicional, en consideración a su evidente rusticidad, dirigió su rumbo hacia la Ópera; pues las nubes se acumulaban y, con el favor de la Providencia, parecía haber una oportunidad hacia medianoche de recoger a algún petimetre indefenso, o algún dandi desesperado y sin coche, la víctima más selecta, bajo un chaparrón nocturno, de estos transportistas públicos.
La cafetería del Morley’s fue una nueva escena de diversión para Ferdinand, y observó con gran entretenimiento los dos periódicos vespertinos repartidos entre doce ansiosos curiosos, y la evidente ansiedad que sufrían, y las sutiles diplomacias a las que recurrían para obtener los envidiados diarios. La entrada de nuestros dos viajeros, al aumentar alarmantemente la demanda sobre la oferta, pareció al principio atraer una atención considerable y no muy amistosa; pero cuando un maligno oficial retirado, para vengarse de la inquieta vigilancia de su vecino, un doctor en divinidad política, ofreció el periódico, que ya había terminado de leer, a Glastonbury, y este lo declinó, la alarma general disminuyó visiblemente. El pobre señor Glastonbury nunca había mirado un periódico en su vida, salvo el County Chronicle, al que contribuía ocasionalmente con alguna comunicación dando cuenta del hallazgo de algunas monedas antiguas, firmado como Antiquarius; o de la exhumación de algunos restos fósiles, a los que más audazmente añadía sus iniciales.
A pesar del extraño estrépito en las calles, Ferdinand durmió bien y, a la mañana siguiente, tras un desayuno temprano, él y su compañero de viaje emprendieron sus peregrinaciones. Joven y optimista, lleno de salud y disfrute, inocente y feliz, era con dificultad que Ferdinand podía contener sus ánimos mientras se mezclaba en el bullicio de las calles. Era una mañana brillante y soleada y, aunque era finales de junio, la ciudad estaba aún muy llena.
—¿Es esto Charing Cross, señor? Me pregunto si alguna vez seremos capaces de cruzar. ¿Es esta la parte más concurrida de la ciudad, señor? ¡Qué buen día, señor! ¡Qué suerte tenemos con el tiempo! ¡Tenemos suerte en todo! ¿De quién es esa casa? ¡Northumberland House! ¿Es del duque de Northumberland? ¿Vive él allí? ¡Cómo me gustaría verlo! ¿Es muy bello? ¿Quién es ese? ¿Qué es esto? El Almirantazgo; ¡oh!, ¡déjeme ver el Almirantazgo! ¡La Guardia a Caballo! ¡Oh!, ¿dónde, dónde? Ajustemos nuestros relojes con la Guardia a Caballo. El conductor de nuestro carruaje siempre ajusta su reloj con la Guardia a Caballo. Señor Glastonbury, ¿cuál es el mejor reloj, el de la Guardia a Caballo o el de San Pablo? ¿Es ese el Tesoro? ¿Podemos entrar? Esa es Downing Street, ¿verdad? Nunca oí hablar de Downing Street. ¿Qué hacen en Downing Street? ¿Sigue siendo esto Charing Cross, o es Parliament Street? ¿Dónde termina Charing Cross y dónde empieza Parliament Street? ¡Por Júpiter, veo la Abadía de Westminster!
Después de visitar la Abadía de Westminster y las dos Cámaras del Parlamento, el señor Glastonbury, mirando su reloj, dijo que era hora de visitar a un amigo suyo que vivía en St. James’s Square. Este era el noble con quien Glastonbury había estado relacionado al principio de su vida, y con quien y cuya familia se había hecho tan favorito que, a pesar de su vida retirada, nunca habían permitido que la conexión se disipase por completo. Durante las muy pocas visitas que había hecho a la metrópoli, siempre pasaba por St. James’s Square y su recepción siempre le aseguraba que su recuerdo proporcionaba placer.
Cuando Glastonbury envió su nombre fue admitido al instante y conducido arriba. La habitación estaba llena, pero consistía solo en una reunión familiar. La madre del duque, que era un personaje interesante, con un hermoso cabello gris, un ojo azul claro y una voz suave, estaba rodeada por sus bisnietos, que estaban en casa por las vacaciones de mediados de verano y que se habían reunido en sus habitaciones esta mañana para consultar sobre diversiones. Entre ellos estaba el heredero presuntivo de la casa, un joven de la edad de Ferdinand y de apariencia atrayente. Era difícil encontrar una familia más amable y agradable, y nada podía superar la bondad con la que todos dieron la bienvenida a Glastonbury. El propio duque apareció pronto. —Mi querido, querido Glastonbury —dijo—, supe que estabas aquí y tenía que venir. Estas serán unas vacaciones para todos nosotros. ¡Vaya, hombre, te entierras vivo!
—Señor Armine —dijo la duquesa, señalando a Ferdinand.
—Señor Armine, ¿cómo está usted? Su abuelo y yo éramos buenos conocidos. Me alegra conocer a su nieto. Espero que su padre, Sir Ratcliffe, y Lady Armine estén bien. Mi querido Glastonbury, espero que haya venido a quedarse mucho tiempo. Debe cenar con nosotros todos los días. Sabe que somos gente a la antigua; no salimos mucho al mundo; así que siempre nos encontrará en casa, y haremos lo que podamos para divertir a su joven amigo. Vaya, ¡debería pensar que tiene la misma edad que Digby! ¿Está en Eton? Su abuelo lo estuvo. Nunca olvidaré la vez que le cortó la coleta al viejo Barnard. ¡Era un hombre maravilloso, el pobre Sir Ferdinand! Lo era, en verdad.
Mientras Su Gracia y Glastonbury mantenían su conversación, Ferdinand se comportó con tanto espíritu y propiedad hacia el resto del grupo, y les dio una narración tan viva y elegante de todos sus viajes hasta la ciudad y las maravillas que ya había presenciado, que quedaron encantados con él; y, en resumen, desde este momento, durante su visita a Londres, apenas estuvo fuera de su compañía y cada día se convirtió en un mayor favorito para ellos. Sus cartas a su madre, pues le escribía casi todos los días, relataban todos sus exitosos esfuerzos para su diversión, y parecía que pasaba sus mañanas en una ronda de visitas turísticas y que iba al teatro todas las noches de su vida. Quizá nunca existió un ser humano que en este momento disfrutara más plenamente de la vida que Ferdinand Armine.
Mientras tanto, mientras él solo pensaba en la diversión, el señor Glastonbury no era desatento a sus intereses más importantes; pues la verdad es que este excelente hombre lo había presentado a la familia solo con la esperanza de interesar los sentimientos del duque en su favor. Su Gracia era un hombre de disposición generosa. Simpatizaba con el relato de Glastonbury mientras le detallaba la desafortunada situación de este joven, nacido de un linaje tan ilustre y, sin embargo, privado por una combinación de circunstancias infelices de casi todas aquellas fuentes naturales de donde podría haber esperado apoyo y protección. Y cuando Glastonbury, viendo que el corazón del duque estaba conmovido, añadió que todo lo que requería para él, Ferdinand, era una comisión en el ejército, para la cual sus padres estaban preparados para adelantar el dinero, Su Gracia declaró al instante que ejercería toda su influencia para obtener su propósito.
El señor Glastonbury quedó, por tanto, más gratificado que sorprendido cuando, pocos días después de la conversación que hemos mencionado, su noble amigo le informó, con una sonrisa, que creía que todo podría arreglarse, siempre que su joven pupilo pudiera encontrar conveniente salir de Inglaterra de inmediato. Había ocurrido inesperadamente una vacante en un regimiento recién destinado a Malta, y se había prometido un alférez para Ferdinand Armine. El señor Glastonbury aceptó agradecido la oferta. Sacrificó una cuarta parte de su moderada independencia en la compra de la comisión y el equipamiento de su joven amigo, y tuvo la satisfacción suprema, antes de que se completara la tercera semana de su visita, de enviar a Armine una Gaceta que contenía el nombramiento de Ferdinand Armine como alférez en los Royal Fusiliers.
CAPÍTULO VIII.
Una visita a la cámara de Glastonbury.
SE ACORDÓ que Ferdinand se uniera a su regimiento en el próximo paquete del Mediterráneo, que no debía salir de Falmouth hasta dentro de quince días. Glastonbury y él, por tanto, no perdieron tiempo en despedirse de sus amables amigos en Londres y apresurarse hacia Armine. Llegaron el día después de la Gaceta. Encontraron a Sir Ratcliffe esperándolos en la ciudad, y la tierna sonrisa y el cordial abrazo con el que saludó a Glastonbury más que recompensaron a aquel buen hombre por todos sus esfuerzos. Había, sin embargo, un grado perceptible de reserva tanto por parte del baronet como de su antiguo tutor. Era evidente que Sir Ratcliffe tenía algo en mente de lo que deseaba desahogarse; y era igualmente aparente que Glastonbury no deseaba darle una oportunidad. Bajo estas circunstancias un tanto incómodas, fue quizá una fortuna que Ferdinand hablara sin cesar, dándole a su padre cuenta de todo lo que había visto, hecho y oído, y de todos los amigos que había hecho, desde el buen Duque de... hasta ese tipo genial, el conductor de la diligencia.
Estaban en las puertas del parque: Lady Armine estaba allí para recibirlos. El carruaje se detuvo; Ferdinand saltó y abrazó a su madre. Ella lo besó, corrió hacia adelante y extendió ambas manos al señor Glastonbury. —Los hechos, no las palabras, deben mostrar nuestros sentimientos —dijo, y las lágrimas brillaron en sus hermosos ojos; Glastonbury, con un sonrojo, presionó su mano contra sus labios. Después de la cena, durante la cual Ferdinand relató todas sus aventuras, Lady Armine le invitó, cuando se levantó, a pasear con ella por el jardín. Fue entonces, con un aire de considerable confusión, aclarándose la garganta y llenando su copa al mismo tiempo, que Sir Ratcliffe dijo a su invitado restante:
—Mi querido Glastonbury, no puedes suponer que crea que los días de la magia han vuelto. Esta comisión, tanto Constance como yo sentimos, es decir, estamos seguros, de que tú estás detrás de todo esto. La comisión está comprada. No podría esperar que el duque, por mucho que sienta su generosa bondad, comprara una comisión para mi hijo: no podría permitirlo. ¡No!, Glastonbury —y aquí Sir Ratcliffe se volvió más animado—, tú no podrías permitirlo, ¿mi honor está a salvo en tus manos? Sir Ratcliffe hizo una pausa esperando una respuesta.
—En ese punto mi conciencia está tranquila —respondió Glastonbury.
—Es, entonces..., debe ser entonces como sospecho —repuso Sir Ratcliffe—. Soy tu deudor por este gran servicio.
—Es fácil contar tus obligaciones conmigo —dijo Glastonbury—, pero las mías hacia ti y los tuyos son incalculables.
—Mi querido Glastonbury —dijo Sir Ratcliffe, apartando su copa mientras se levantaba de su asiento y caminaba de un lado a otro de la habitación—, puedo ser orgulloso, pero no tengo orgullo para ti, te debo demasiado; de hecho, mi querido amigo, no hay nada que no aceptaría de ti, si estuviera en tu poder conceder lo que desearas. No es orgullo, mi querido Glastonbury; no me malinterpretes; no es orgullo lo que impulsa esta explicación; pero... pero..., si tuviera tu dominio del lenguaje me explicaría más fácilmente; pero la verdad es, yo... yo... yo no puedo permitir que sufras por nosotros, Glastonbury, de verdad que no puedo.
El señor Glastonbury miró a Sir Ratcliffe fijamente; luego, levantándose de su asiento, tomó el brazo del baronet y, sin decir palabra, caminó lentamente hacia las puertas del castillo donde se alojaba, y que hemos descrito antes. Cuando llegó a los escalones de la torre retiró su brazo y, diciendo «déjeme ser pionero», invitó a Sir Ratcliffe a seguirlo. Entraron, en consecuencia, en su cámara.
Era una habitación pequeña, forrada con estantes de libros, excepto en un punto, donde estaba suspendido un retrato de Lady Barbara, que ella le había legado en su testamento. El suelo estaba cubierto con tantas cajas y estuches que no era muy fácil trazar un camino una vez que se había entrado. Glastonbury, sin embargo, hizo señas a su compañero para que se sentara en una de sus dos sillas, mientras abría un pequeño gabinete, de cuyo cajón sacó un papel.
—Es mi testamento —dijo Glastonbury, entregándoselo a Sir Ratcliffe, quien lo dejó sobre la mesa.
—No, deseo que tú, mi querido amigo, lo leas, pues te concierne a ti mismo.
—Preferiría conocer su contenido por ti mismo, si lo deseas positivamente —respondió Sir Ratcliffe.
—He dejado todo a nuestro hijo —dijo Glastonbury; pues así, cuando hablaba solo con el padre, a menudo llamaba al hijo.
—Que pase mucho tiempo antes de que disfrute del «legado» —dijo Sir Ratcliffe, enjugándose una lágrima—; mucho, muchísimo tiempo.
—Como al Todopoderoso le plazca —dijo Glastonbury, santiguándose—. Pero vivo o muerto, considero todo como de Ferdinand, y me tengo solo por el administrador de su herencia, que nunca abusaré.
—¡Oh, Glastonbury, no más de esto, te lo ruego!; has desperdiciado una vida preciosa sobre nuestra desamparada estirpe. ¡Ay!, ¡con qué frecuencia y con qué intensidad siento que, de no haber sido por el nombre de Armine, tus grandes talentos y bondad podrían haberte granjeado una envidiable porción de felicidad terrenal!; sí, Glastonbury, te has sacrificado por nosotros.
—¡Ojalá pudiera! —dijo el anciano, con ojos brillantes y una energía de maneras desacostumbrada—. ¡Ojalá pudiera! ¡Ojalá cualquier acto mío, no me importa cuál, pudiera revivir la fortuna de la casa de Armine! ¡Honrado sea por siempre el nombre que, para mí, está asociado con todo lo que es grande y glorioso en el hombre, y [aquí su voz flaqueó y apartó el rostro] exquisito y encantador en la mujer!
—No, Ratcliffe —continuó—, por la memoria de alguien a quien no puedo nombrar, por ese ser bendito y santo de quien derivas tu vida, no negarás, no puedes negar este último favor que te pido, te ruego, te suplico que me concedas: ¡a mí, que siempre he comido de tu pan, y a quien tu techo siempre ha cobijado!
—Mi amigo, no puedo hablar —dijo Sir Ratcliffe, echándose hacia atrás en la silla y cubriéndose el rostro con la mano derecha—; no sé qué decir; no sé qué sentir.
Glastonbury se adelantó y tomó con delicadeza su otra mano. —Querido Sir Ratcliffe —observó, con su voz habitual, tranquila y dulce—, si he errado, me perdonará. Creí que, tras mi larga e íntima relación con su casa; tras haber simpatizado durante casi cuarenta años tan profundamente con todas sus fortunas como si, en efecto, su noble sangre corriera por estas viejas venas; tras haber sido honrado por su parte con una amistad que ha sido el consuelo y el encanto de mi existencia; en verdad, una bendición demasiado grande; creí, más especialmente cuando recordé la libertad con la que me he aprovechado de las ventajas de esa amistad, creí, impulsado por sentimientos que quizás no pueda describir, y pensamientos a los que ahora no puedo dar voz, que podía aventurarme, sin ofensa, en este pequeño servicio: sí, que la ofrenda podría hacerse con el espíritu del más respetuoso afecto, y no carecer del todo de favor ante sus ojos.
—¡Excelente y bondadoso hombre! —dijo Sir Ratcliffe, apretando la mano de Glastonbury entre las suyas—; acepto tu ofrenda en espíritu de perfecto amor. Créeme, queridísimo amigo, no fue ningún sentimiento de falso orgullo lo que por un momento me influyó; solo sentí...
—Que al aventurarme en este humilde servicio me privaba de una parte de mis medios de subsistencia: se equivoca. Cuando aposté mi suerte en Armine, hundí una parte de mi capital en mi vida; tan escasas son mis necesidades aquí, y tan poco permite su querida señora que desee, que, créame, nunca he gastado en mí mismo esta renta asignada; y en cuanto al resto, está, como ha visto, destinado a nuestro Ferdinand. Falta poco tiempo y Adrian Glastonbury habrá de ser reunido con sus padres. ¿Por qué, pues, privarle de la mayor gratificación de sus años restantes? La conciencia de que, para ser realmente útil a aquellos a quienes ama, no es necesario que deje de existir.
—¡Ojalá nunca te arrepientas de tu devoción a nuestra casa! —dijo Sir Ratcliffe, levantándose de su asiento—. Hubo un tiempo en que podíamos dar a quienes nos servían algo mejor que agradecimientos; pero, al menos, estos vienen del corazón.
CAPÍTULO IX.
El último día y la última noche.
ENTRE tanto, la próxima partida de Ferdinand era el gran tema de interés en Armine. Se decidió que su padre le acompañaría a Falmouth, donde debía embarcar; y que harían una visita en su camino al abuelo de este, cuya residencia estaba situada en el oeste de Inglaterra. Esta separación, ahora tan próxima, causó a Lady Armine la más profunda aflicción; pero luchó por reprimir su emoción. Sin embargo, a menudo, mientras parecía ocupada con las tareas comunes del día, las lágrimas resbalaban por sus mejillas; y a menudo se levantaba de su inquieto asiento, mientras estaba rodeada de aquellos a quienes amaba, para buscar la soledad de su cámara y entregarse a su dolor abrumador. Tampoco Ferdinand era menos sensible a la amargura de esta separación. Con toda la emoción de sus nuevas perspectivas, y el sentimiento de la inminente aventura y la imaginaria independencia, tan halagadoras para la juventud inexperta, no podía olvidar que el suyo había sido un hogar muy feliz. Casi diecisiete años de una existencia inocente habían pasado, sin ser perturbados por una sola mala pasión, y sin ser mancillados por una sola acción que pudiera lamentar. El río de su vida se había deslizado reflejando solo un cielo sin nubes. Pero si él había sido obediente y feliz, si en este momento de severo examen su conciencia estaba serena, no podía dejar de sentir cuánto de este estado de ánimo envidiable debía atribuirse a aquellos que habían, por así decirlo, imbuido su vida de amor; cuya invariable afección había desarrollado todos los sentimientos bondadosos de su naturaleza, se había anticipado a todos sus deseos y escuchado todas sus peticiones; le habían ayudado en la dificultad y guiado en la duda; habían invitado a la confianza mediante la bondad, y la habían merecido mediante la simpatía; habían despojado a la instrucción de toda su laboriosidad, y a la disciplina de toda su aspereza.
Era el último día; al día siguiente debía abandonar Armine. Paseó por entre las ruinosas cámaras del castillo, y una multitud de pensamientos y pasiones, como nubes en un cielo tormentoso, recorrieron su hasta entonces sereno y alegre pecho. En esta primera gran lucha de su alma se manifestaron algunos síntomas de su naturaleza latente, y, entre las grietas de la tempestad mental, ocasionalmente captó algunos destellos de autoconocimiento. La naturaleza, que le había dotado de una imaginación fogosa y un valor temerario, había templado esos peligrosos, y, hasta ahora, aquellos dones no desarrollados y no probados, con un corazón de infinita sensibilidad. Ferdinand Armine era, en verdad, una singular mezcla de audacia y ternura; y ahora, mientras miraba a su alrededor y pensaba en su ilustre y caída estirpe, y especialmente en aquel hombre extraordinario, de cuya espléndida y ruinosa carrera, la creación de ese hombre, el edificio circundante, parecía un emblema adecuado, se preguntó si no habría heredado las energías junto con el nombre de su abuelo, y si su ejercicio no podría aún revivir las glorias de su linaje. Sintió dentro de sí tanto el poder como la voluntad; y mientras se entregaba a magníficas ensoñaciones de fama, gloria y acción heroica, de cuya carrera, en efecto, su próxima partida sería el comienzo, la asociación de ideas llevó su recuerdo a aquellos seres de quienes estaba a punto de partir. Su fantasía cayó como un ave del paraíso en pleno vuelo, desplomándose agotada en el cielo: pensó en su inocente y feliz infancia, en la benevolencia reflexiva de su padre, en las dulces atenciones de su madre, y en la devoción de Glastonbury; y preguntó en voz alta, con voz de angustia, si el Destino podría realmente proporcionar una suerte más exquisita que pasar la existencia en estos tranquilos y bellos emparrados con tan amados compañeros.
Su nombre fue llamado: era la voz de su madre. Apartó una lágrima desesperada y salió con rostro sonriente. Su madre y su padre caminaban juntos a poca distancia.
—Ferdinand —dijo Lady Armine, con un aire de afectada alegría—, acabamos de decidir que tienes que enviarme una gacela desde Malta. Y en este tono, hablando de cosas triviales, aunque todas ellas tocando en algún grado el lúgubre incidente del mañana, conversó Lady Armine durante algún tiempo, como si estuviera todo este tiempo poniendo a prueba la fortaleza de su mente, y acostumbrándose a una catástrofe que estaba decidida a enfrentar con entereza.
Mientras caminaban juntos, Glastonbury, que se apresuraba desde sus habitaciones hacia el palacio, pues la hora de la cena estaba cerca, se unió a ellos, y entraron juntos en su hogar. Fue singular en la cena, también, en qué excelente ánimo todos estaban decididos a estar. La cena también, generalmente un refrigerio sencillo, fue casi tan elaborada como el comportamiento de los invitados, y, aunque nadie se sentía inclinado a comer, consistió en cada plato y manjar que se suponía era el favorito de Ferdinand. Sir Ratcliffe, en general tan grave, estaba hoy muy alegre, y produjo un mágnum de clarete que él mismo había descubierto en las viejas bodegas, y del cual incluso Glastonbury, un bebedor habitual de agua, se atrevió a participar. En cuanto a Lady Armine, casi nunca dejó de hablar; encontraba una broma en cada frase, y solo parecía inquieta cuando había silencio. Ferdinand, por supuesto, se entregó al aparente espíritu de la fiesta; y, si un extraño hubiera estado presente, solo podría haber supuesto que estaban celebrando algún aniversario de alegría doméstica. Parecía más una fiesta de cumpleaños que la última reunión social de aquellos que habían vivido juntos tanto tiempo, y se habían amado tanto.
Pero a medida que avanzaba la tarde sus corazones comenzaron a volverse pesados, y todos se alegraron de que la temprana partida de los viajeros al día siguiente fuera una excusa para retirarse rápidamente.
—¡Nada de adioses esta noche! —dijo Lady Armine con aire alegre, mientras apenas devolvía el abrazo habitual de su hijo—. Estaremos todos en pie mañana.
Así, deseando su último buenas noches con el corazón cargado y la lengua vacilante, Ferdinand Armine tomó su vela y se retiró a su cámara. No pudo evitar ejercer un escrutinio inusual cuando hubo entrado en la habitación. Alzó la luz hacia las viejas y acostumbradas paredes, y lanzó una mirada de despedida llena de afecto a las cortinas. Allí estaba el jarrón de cristal que su madre nunca había omitido llenar cada día con flores frescas, y la colcha que era obra de sus propias manos. La besó; y, deshaciéndose de su ropa, se alegró cuando estuvo rodeado por la oscuridad y sepultado en su cama.
Hubo un suave golpe en su puerta. Se sobresaltó.
—¿Estás en la cama, mi Ferdinand? —inquirió la voz de su madre.
Antes de que pudiera responder, oyó abrirse la puerta y observó una figura alta y blanca acercándose a él.
Lady Armine, sin hablar, se arrodilló junto a su lecho y lo tomó en sus brazos. Hundió su rostro en su pecho. Él sintió sus lágrimas sobre su corazón. No podía moverse; no podía hablar. Al fin, sollozó en voz alta.
—Que nuestro Padre que está en el cielo te bendiga, mi querido niño; que Él vele por ti; ¡que Él te preserve! —Muy débil era su voz, aún solemne—. Me habría gustado ahorrarte esto, querido mío. Por ti, no por mí misma, he controlado mis sentimientos. Pero no conocía la fuerza del amor de una madre. ¡Ay! ¿Qué madre tiene un hijo como tú? ¡Oh! Ferdinand, mi primero, mi único hijo: niño de amor, de alegría y de felicidad, que nunca me costaste un pensamiento de tristeza; tan amable, tan gentil y tan obediente; ¿debemos, oh, debemos realmente separarnos?
—Es demasiado cruel —continuó Lady Armine, besando con mil besos a su lloroso hijo—. ¿Qué he hecho para merecer tal miseria como esta? Ferdinand, amado Ferdinand, voy a morir.
—No me iré, madre, no me iré —exclamó salvajemente el joven, soltándose de su abrazo y poniéndose de pie en su cama—. Madre, no puedo irme. No, no, nunca puede ser bueno dejar un hogar como este.
—¡Chist! ¡chist! querido mío. ¿Qué palabras son estas? ¡Qué poco amable, qué malvado es por mi parte decir todo esto! ¡Ojalá no hubiera venido! Solo pretendía escuchar en tu puerta un minuto, y oírte moverte, quizás oírte hablar, y como una tonta... ¡qué traviesa he sido! nunca, nunca me lo perdonaré... como una miserable tonta entré.
—Mi propia, propia madre, ¿qué diré? ¿qué haré? Te amo, madre, con todo mi corazón, con toda mi alma y con la fuerza de mi espíritu: te amo, madre. ¡No hay madre amada como tú eres amada!
—Es eso lo que me vuelve loca. Lo sé. ¡Oh! ¿por qué no eres como otros niños, Ferdinand? Cuando tu tío nos dejó, mi padre dijo: "Adiós", y le estrechó la mano; y él... él apenas nos besó, estaba tan contento de dejar su hogar; pero tú... mañana; no, no mañana. ¿Puede ser mañana?
—Madre, déjame levantarme y llamar a mi padre, y decirle que no me iré.
—¡Dios bueno! ¿qué palabras son estas? ¡No ir! Es toda tu esperanza irte; toda la nuestra, querido niño. ¿Qué diría tu padre si me oyera hablar así? ¡Oh! ¡Ojalá no hubiera entrado! ¡Qué tonta soy!
—Queridísima, queridísima madre, créeme que pronto nos volveremos a ver.
—¿Nos volveremos a ver pronto? ¡Dios! cuán dichoso será el día.
—Y yo... yo te escribiré con cada barco.
—Oh, nunca falles, Ferdinand, nunca falles.
—Y te enviaré una gacela, y la llamarás por mi nombre, querida madre.
—¡Querido niño!
—Sabes que a menudo me he quedado un mes en casa del abuelo, y una vez seis semanas. ¡Pues bien! ocho veces seis semanas, y estaré de vuelta en casa.
—¡Hogar! ¡de vuelta en casa! ocho veces seis semanas; ¡un año, casi un año! Parece una eternidad. Invierno, y primavera, y verano, y de nuevo invierno, todo por pasar. Y durante diecisiete años apenas ha estado fuera de mi vista. ¡Oh! mi ídolo, mi amado, mi querido Ferdinand, no puedo creerlo; no puedo creer que nos vayamos a separar.
—Madre, queridísima madre, piensa en mi padre; piensa en cuán puestas están sus esperanzas en mí; piensa, queridísima madre, cuánto tengo que hacer. Todo depende ahora de mí, ya sabes. Debo restaurar nuestra casa.
—¡Oh! Ferdinand, no me atrevo a expresar los pensamientos que surgen en mí; sin embargo, diría que, si solo tuviera a mi hijo, podría vivir en paz; cómo, o dónde, no me importa.
—Queridísima madre, me desmoralizas.
—Es muy malvado. Soy una tonta. Nunca, ¡no!, nunca me perdonaré esta noche, Ferdinand.
—Dulce madre, te ruego que te calmes. Créeme que realmente nos veremos muy pronto, y de una forma u otra un pajarito me susurra que todavía seremos muy felices.
—¿Pero serás el mismo Ferdinand para mí que antes? ¡Ay! Ahí está, hijo mío. Serás un hombre cuando vuelvas, y te avergonzarás de amar a tu madre. Prométemelo ahora —dijo Lady Armine, con extraordinaria energía—, prométemelo, Ferdinand, que siempre me amarás. No dejes que te hagan avergonzarte de amarme. Bromearán, se mofarán y ridiculizarán todos los afectos hogareños. Eres muy joven, dulce amor, muy, muy joven, y muy inexperto y susceptible. No dejes que arruinen tu franca y hermosa naturaleza. No dejes que te lleven por mal camino. Recuerda Armine, querido, querido Armine, y a aquellos que viven allí. Créeme, oh, sí, en verdad créeme, querido, nunca encontrarás amigos en este mundo como los que dejas en Armine.
—Lo sé —exclamó Ferdinand, con los ojos inundados en lágrimas—; Dios sea mi testigo de cuán profundamente siento esa verdad. Si olvido a ti y a ellos, querida madre, que Dios me olvide a mí.
—Mi Ferdinand —dijo Lady Armine, en tono tranquilo—, estoy mejor ahora. Casi no lamento haber venido ahora. Será un consuelo para mí en tu ausencia recordar todo lo que has dicho. Buenas noches, mi amado niño; mi querido niño, buenas noches. No bajaré mañana, querido. No volveremos a vernos; te diré adiós desde la ventana. Sé feliz, mi querido Ferdinand, y como tú dices en verdad, pronto nos volveremos a ver. ¡Cuarenta y ocho semanas! Pues, ¿qué son cuarenta y ocho semanas? No es ni un año. ¡Coraje, mi dulce niño! mantengamos el ánimo el uno del otro. ¿Quién sabe qué puede salir aún de esta tu primera incursión en el mundo? Estoy llena de esperanza. Confío en que encontrarás todo lo que necesitas. Empaqué todo yo misma. Siempre que necesites algo, escribe a tu madre. Ten en cuenta que tienes ocho paquetes; los he escrito en una tarjeta y la he colocado en la mesa del recibidor. Y ten el mayor cuidado con la espada del viejo Sir Ferdinand. Soy muy supersticiosa respecto a esa espada, y mientras la tengas estoy segura de que tendrás éxito. Siempre he pensado que si la hubiera llevado consigo a Francia todo le habría ido bien. Dios te bendiga, que Dios Todopoderoso te bendiga, niño. Ten buen corazón. Te escribiré todo lo que suceda, y, como dices, pronto nos veremos. En verdad, después de esta noche —añadió en un tono más lúgubre—, no tenemos nada más en qué pensar que en nuestro reencuentro. Me temo que es muy tarde. Tu padre se sorprenderá de mi ausencia. Se levantó de su lecho y caminó de un lado a otro de la habitación varias veces en silencio; luego, acercándose de nuevo a él, lo estrechó en sus brazos y salió de la cámara sin volver a hablar.
CAPÍTULO X.
La ventaja de ser un nieto favorito.
EL agotado Ferdinand encontró consuelo en el sueño. Cuando despertó, el alba apenas comenzaba a romper. Se vistió y salió a contemplar, por última vez, sus bosques hereditarios. El aire era frío, pero el cielo estaba perfectamente despejado, y los rayos del sol naciente pronto se extendieron sobre el azul del firmamento. ¡Cuán fresca, alegre y chispeante era la escena circundante! ¡Con qué disfrute inhaló la suave y renovadora brisa! El rocío vibraba en la hierba, y el canto de los pájaros que despertaban, sacados de sus sueños por la calidez creciente, resonaba desde las arboledas. Desde el montículo verde en el que se encontraba contempló la aglomerada aldea de Armine, un pequeño asentamiento agrícola formado únicamente por los campesinos que vivían en la finca. El humo comenzó a elevarse en rizos azules desde las chimeneas de las cabañas, y el reloj de la iglesia marcó la hora de las cinco. Le pareció a Ferdinand que aquellos trabajadores eran mucho más felices que él, dado que el sol poniente los encontraría aún en Armine: ¡feliz, feliz Armine!
El sonido de las ruedas de un carruaje lo sacó de su ensueño. Había llegado el momento fatal. Se apresuró hacia la puerta según su promesa, para despedirse de Glastonbury. El buen anciano estaba levantado. Estrechó a su alumno contra su pecho y lo bendijo con voz ahogada.
—¡Queridísimo y más bondadoso amigo! —murmuró Ferdinand. Glastonbury colocó alrededor de su cuello un pequeño crucifijo de oro que había pertenecido a Lady Barbara. —Llévalo junto a tu corazón, hijo mío —dijo—; te recordará a tu Dios, y a todos nosotros. Ferdinand abandonó la torre con mil bendiciones.
Cuando llegó a ver el palacio, vio a su padre de pie junto al carruaje, que ya estaba cargado. Ferdinand corrió hacia la casa para recoger la tarjeta que su madre había dejado en la mesa del recibidor para él. Revisó la lista con el viejo y fiel sirviente, y le estrechó la mano. Ya no quedaba nada. Todo estaba listo. Su padre estaba sentado. Ferdinand se quedó un momento pensativo. —¿Dejo que corra a ver a mi madre, señor? —Mejor no, hijo mío —respondió Sir Ratcliffe—, ella no te espera. Vamos, vamos. Así que se sentó lentamente, con los ojos fijos en la ventana de la cámara de su madre; y mientras el carruaje se alejaba, la ventana se abrió y una mano agitó un pañuelo blanco. No vio más; pero mientras lo veía apretó su mano con agonía.
¡Qué diferente fue este viaje a Londres del anterior! Apenas pronunció una palabra. Nada le interesaba más que sus propios sentimientos. El guardia y el cochero, el ajetreo de la posada y los espectáculos pasajeros del camino, le parecieron una colección de impertinencias. De repente pareció que sus sentimientos infantiles le habían abandonado. Se alegró cuando llegaron a Londres, y se alegró de que solo fueran a quedarse en ella un único día. Sir Ratcliffe y su hijo visitaron al Duque; pero, como habían anticipado, la familia había abandonado la ciudad. Nuestros viajeros se alojaron en Hatchett’s, y la noche siguiente partieron hacia Exeter en el correo de Devonport. Ferdinand llegó a la metrópoli del oeste habiendo intercambiado con su padre apenas un centenar de frases. En Exeter, tras una noche de muy bienvenido descanso, tomaron una calesa y procedieron por un camino transversal hacia Grandison.
Cuando Lord Grandison, que hasta entonces desconocía por completo las revoluciones en la familia Armine, comprendió claramente que su nieto había obtenido un cargo sin molestarle por sus influencias, ni ponerle en el desagradable aprieto de negar su dinero, no hubo límites para los extravagantes testimonios de su afecto, tanto hacia su yerno como hacia su nieto. Parecía muy orgulloso de tales parientes; daba palmaditas en la espalda a Sir Ratcliffe, hacía mil preguntas sobre su querida Constance, y abrazaba y babeaba sobre Ferdinand como si fuera un niño de cinco años. Informaba a todos sus invitados diariamente (y la casa estaba llena) de que Lady Armine era su hija favorita, y Sir Ratcliffe su yerno favorito, y Ferdinand especialmente su nieto favorito. Insistía en que Sir Ratcliffe siempre se sentara a la cabecera de su mesa, y siempre colocaba a Ferdinand a su propia mano derecha. Preguntó a su mayordomo en voz alta durante la cena por qué no había servido un tipo particular de Borgoña, porque Sir Ratcliffe Armine estaba allí.
—Darbois —dijo el viejo noble—, ¿no te he dicho que el Clos de Vougeot debe reservarse siempre para Sir Ratcliffe Armine? Es su vino favorito. El Clos de Vougeot directamente para Sir Ratcliffe Armine. No creo, mi querida señora [volviéndose hacia una bella vecina], que haya tenido aún el placer de presentarle a mi yerno, mi yerno favorito, Sir Ratcliffe Armine. Se casó con mi hija Constance, mi hija favorita, Constance. Solo está aquí por unos días, unos poquísimos días, en realidad. Una visita relámpago. Ojalá pudiera ver a toda la familia más a menudo y durante más tiempo. Va de paso hacia Falmouth con su hijo, este joven caballero a mi derecha, mi nieto, mi nieto favorito, Ferdinand. Acaba de recibir su despacho. Destinado a Malta de inmediato. Está en los Fusileros, los Fusileros Reales. Es muy difícil, mi querida señora, en estos días obtener un despacho, especialmente un despacho en los Fusileros Reales. Se requiere mucha influencia, mucha influencia, de hecho. Pero los Armine son una familia antiquísima, con excelentes conexiones, con excelentes conexiones; y, entre usted y yo, el Duque de... haría cualquier cosa por ellos.
Vamos, vamos, Capitán Armine, tome una copa de vino con su viejo abuelo.
—¡Qué unido parece estar el anciano a su nieto! —susurró la dama a su vecino.
—¡Encantador! ¡Sí! —fue la respuesta—, creo que es el nieto favorito.
En resumen, el anciano se excitó tanto al final por la admiración universal prodigada a su nieto favorito, que finalmente insistió en ver al joven héroe con su uniforme; y cuando Ferdinand se despidió, tras un sinfín de bendiciones entre sollozos, sus sentimientos domésticos se elevaron a tal grado de entusiasmo que, sin más, le regaló a su nieto un billete de cien libras.
—Gracias, mi querido abuelo —dijo el atónito Ferdinand, quien realmente no esperaba más de cincuenta, o quizás ni siquiera la mitad de esa suma más modesta—; gracias, mi querido abuelo; se lo agradezco muchísimo, de verdad.
—Ojalá pudiera hacer más por ti; de verdad que sí —dijo Lord Grandison—; pero hoy en día nadie piensa en pagar sus rentas. Eres mi nieto, mi nieto favorito, el único hijo de mi querida hija favorita. ¡Y eres un oficial al servicio de su Majestad, un oficial en los Fusileros Reales, solo piensa en eso! Es la cosa más inesperada que me ha sucedido jamás. Verte tan bien y tan inesperadamente provisto, hijo mío, me ha quitado un gran peso de encima; de verdad que sí. No tienes idea de la ansiedad de un padre en estos asuntos, especialmente de un abuelo. Algún día lo sabrás, te lo aseguro —continuó el noble abuelo, con una expresión entre risita y mueca—; pero no seas alocado, mi querido Ferdinand, no seas demasiado alocado al menos. La sangre joven debe seguir su curso; pero sé cauto; ahora, hazlo; sé cauto, mi querido hijo. No te metas en líos; al menos, no te metas en líos graves; y pase lo que te pase —y aquí su señoría adoptó incluso un tono solemne—, recuerda que tienes amigos; recuerda, mi querido muchacho, que tienes un abuelo, y que tú, mi querido Ferdinand, eres su nieto favorito.
Esta breve visita a Grandison reanimó bastante el ánimo de nuestros viajeros. Sin embargo, cuando llegaron a Falmouth, descubrieron que el paquete postal, que esperaba los despachos del gobierno, aún no iba a zarpar. Sir Ratcliffe apenas sabía si debía afligirse o alegrarse por la demora; pero decidió estar alegre. Así que Ferdinand y él pasaron sus mañanas visitando las minas, el Castillo de Pendennis y las otras atracciones del vecindario; y regresaban por la tarde a su alegre hotel, con buen apetito para su agradable banquete, el cordero de Dartmoor y la nata de Devon.
Al final, sin embargo, llegó la hora de la separación; un mensaje les esperaba en la posada, a su regreso de uno de sus paseos, indicando que Ferdinand debía estar a bordo a primera hora de la mañana siguiente. Aquella noche, la conversación entre Sir Ratcliffe y su hijo fue de una naturaleza más grave de la que solían tener. Le habló en confianza de sus asuntos. De hecho, oscuras insinuaciones habían llegado antes a oídos de Ferdinand; ni, aunque sus padres siempre hubieran evitado herir sus sentimientos, su mente inteligente podría haberse abstenido por completo de adivinar mucho de lo que nunca se le había comunicado formalmente. Aun así, la verdad era peor de lo que había anticipado. Ferdinand, sin embargo, era joven y optimista. Animó a su padre con sus esperanzas y lo apoyó con su simpatía. Expresó a Sir Ratcliffe su confianza en que la generosidad de su abuelo evitaría que por el momento se convirtiera en una carga para su propio progenitor, y se resolvió interiormente a que ninguna circunstancia posible le indujera jamás a abusar de la benevolencia de Sir Ratcliffe.
Llegó el momento de la separación. Sir Ratcliffe estrechó contra su pecho a su único, cariñoso y amado hijo. Derramó sobre Ferdinand la bendición más profunda y ferviente que un padre jamás haya otorgado a un hijo. Pero, con todo este piadoso consuelo, fue un momento de agonía.
LIBRO II.
CAPÍTULO I.
En parte retrospectivo, aunque muy necesario de leer.
Casi cinco años habían transcurrido entre el suceso que formó el tema de nuestro último capítulo y la llamada a Inglaterra del regimiento en el que el Capitán Armine comandaba ahora una compañía. Este periodo de tiempo no había pasado sin fructificar en acontecimientos en la experiencia de aquella familia en cuyo destino y sentimientos he intentado interesar al lector. En este intervalo, Ferdinand Armine había realizado una breve visita a su tierra natal; una visita que sin duda se había visto acelerada, si no absolutamente provocada, por la muerte prematura de su primo Augustus, el presunto heredero de Grandison. Este suceso imprevisto produjo una gran revolución en las perspectivas de la familia Armine; pues, aunque el título y una propiedad vinculada pasaron a una rama lejana, la fortuna absoluta del viejo lord era de gran cuantía; y, como ya no tenía heredero varón vivo, las conjeturas sobre su posible disposición estaban ahora a la orden del día entre todos aquellos que podrían llegar a estar interesados en ella. Sea cual fuere la disposición que el viejo lord decidiera adoptar, parecía casi seguro que la familia Armine se vería enormemente beneficiada. Algunas personas llegaron incluso a expresar su convicción de que todo sería legado al Sr. Armine, de quien todos descubrieron ahora que siempre había sido un favorito particular de su abuelo. En cualquier caso, Sir Ratcliffe, quien siempre mantuvo sobre el asunto un silencio decoroso, pensó que sería bueno que su hijo recordara personalmente a su abuelo su existencia; y fue por sugerencia de su padre que Ferdinand había obtenido un breve permiso de ausencia, a la primera oportunidad, para realizar una visita apresurada a Grandison y a su abuelo.
El viejo lord le brindó una recepción que habría halagado las esperanzas más audaces. Abrazó a Ferdinand y lo apretó contra su corazón mil veces; le dio su bendición de la manera más formal cada mañana y cada noche; y aseguró a todo el mundo que ahora no solo era su favorito, sino su único nieto. Ni siquiera dudó en fingir un creciente disgusto por su propia residencia, porque no estaba en sus manos dejársela a Ferdinand; y se esforzó por consolar al afortunado joven por su privación indispensable con insinuaciones misteriosas de que, quizás, encontraría bastante que hacer con su dinero completando el Castillo de Armine y manteniendo su esplendor adecuado. El optimista Ferdinand regresó a Malta con la convicción de que era el heredero de su abuelo; e incluso Sir Ratcliffe estuvo casi dispuesto a creer que las expectativas de su hijo no carecían de cierta verosimilitud, cuando descubrió que Lord Grandison le había proporcionado absolutamente los fondos para la compra de su compañía.
A Ferdinand le gustaba su profesión. Se había alistado en circunstancias favorables. Se había unido a un regimiento de élite en una guarnición de élite. Malta es, sin duda, una estación encantadora. Su ciudad, La Valeta, iguala en su noble arquitectura, si no es que excede, a cualquier capital de Europa; y aunque debe confesarse que la región circundante no es mucho más que una roca, la cercanía, no obstante, de Berbería, Italia y Sicilia, ofrece recursos inagotables a los amantes de la belleza natural en su más alto grado. Si esa hermosa Valeta, con sus calles de palacios, sus pintorescos fuertes y su magnífica iglesia, coronara solo alguna isla verde y azul del mar Jónico, Corfú por ejemplo, realmente creo que el ideal del paisaje se vería realizado.
Para Ferdinand, que no tenía experiencia en el mundo, la disipación de Malta también resultó encantadora. Debe confesarse que, bajo cualquier circunstancia, el primer estallido de emancipación de la rutina doméstica tiene algo fascinante. Por mucho que te mimen en casa, es imposible romper la cadena de las asociaciones infantiles; es imposible escapar del sentimiento de dependencia y del hábito de la sumisión. ¡Hora encantadora cuando empiezas a dar órdenes a tus propios sirvientes y a montar tus propios caballos, en lugar de los de tu padre! Es delicioso incluso jugar con tus propios muebles; y hay algo varonil y magnánimo en pagar nuestros propios impuestos. Joven, vivaz, amable, culto, apuesto y bien educado, Ferdinand Armine tenía en sí todos los elementos de la popularidad; y la novedad de la popularidad embriagó por completo a un joven que había pasado su vida en un retiro rural, donde había sido apreciado, pero no vitoreado. Ferdinand no solo era popular, sino que estaba orgulloso de serlo. Era popular con el Gobernador, era popular con su Coronel, era popular con su mess, era popular en toda la guarnición. Nunca hubo una persona tan popular como Ferdinand Armine. Era el mejor jinete entre ellos y el tirador más letal; y pronto se convirtió en un oráculo en la mesa de billar y en un héroe en la cancha de tenis. Su refinada educación, sin embargo, afortunadamente lo preservó del destino de muchos otros jóvenes vivaces: no degeneró en un simple héroe de deportes y peleas, el genio de las juergas masculinas, el árbitro de las cenas bulliciosas y el Comus de un club. Sus sentimientos juveniles tuvieron su cauce; pronto exhaló el calor desenfrenado para el cual una escuela pública habría servido como válvula de escape. Regresó a sus libros, su música y su lápiz. Se volvió más tranquilo, pero no fue menos apreciado. Si perdió algunos compañeros, ganó muchos amigos; y, en general, los más bulliciosos juerguistas estaban orgullosos de los logros de su camarada; y a menudo una invitación a una cena de oficiales iba acompañada de una indirecta de que Armine cenaba allí, y de que existía la posibilidad de oírle cantar. Ferdinand se volvió ahora tan popular con la esposa del Gobernador como con el propio Gobernador, era idolatrado por la esposa de su Coronel, mientras que ninguna fiesta en toda la isla se consideraba perfecta sin la presencia del Sr. Armine.
Excitado por su situación, Ferdinand pronto se sintió tentado a incurrir en gastos que sus ingresos no justificaban. La facilidad del crédito no le permitió ni un momento para detenerse; todo lo que quería se le proporcionaba; y hasta que el regimiento abandonó la guarnición, él era muy consciente de que nunca se requería siquiera una liquidación de cuentas. En medio de esta imprudencia, sin embargo, se mantuvo firme en su resolución de no invadir nunca los recursos de su padre. Con dificultad se decidió incluso a retirar la asignación que Sir Ratcliffe insistía en hacerle; y con gusto habría ahorrado a su padre tener que hacer incluso este adelanto, mediante vagas insinuaciones sobre la generosidad de Lord Grandison, si no hubiera temido que esta conducta pudiera haber dado lugar a investigaciones sospechosas y desagradables. No se puede negar que sus deudas le causaban ansiedad ocasionalmente, pero no eran considerables; calmaba su conciencia creyendo que, si fuera presionado, su abuelo difícilmente podría negarse a pagar unas pocas cientos de libras por su nieto favorito; y, en cualquier caso, sentía que el último recurso de vender su despacho aún estaba reservado para él. Si estas vagas perspectivas no disipaban el remordimiento, los escrúpulos de conciencia generalmente se calmaban en la reunión vespertina, en la que su vanidad se veía gratificada. Finalmente, realizó su primera visita a Inglaterra. Aquel fue un encuentro feliz. Su bondadoso padre, su querida, queridísima madre y el fiel Glastonbury experimentaron algunos de los momentos más transportadores de su existencia cuando contemplaron, con mirada admiradora, al héroe que regresaba a ellos. Sus ojos nunca se saciaban de contemplarlo; se colgaban de sus acentos. Luego vino la triunfal visita a Grandison; y después Ferdinand regresó a Malta, en la plena convicción de que era el heredero de quince mil libras al año.
Entre muchas otras, hay una característica de las capitales de la que La Valeta no carece: la facilidad con la que los jóvenes herederos aparentes, presuntos o expectantes, pueden obtener cualquier acomodación que deseen. Los términos; nunca importa los términos, ¿quién piensa en ellos? En cuanto a Ferdinand Armine, quien, como único hijo de un viejo baronet y supuesto futuro heredero de Armine Park, siempre había sido visto por los comerciantes con ojos benévolos, descubrió que su popularidad a este respecto no había disminuido en absoluto por su visita a Inglaterra y sus supuestas consecuencias; ligeras expresiones, pronunciadas a su regreso en la confianza de la compañía festiva, fueron repetidas, tergiversadas, exageradas y circuladas por todas partes. Nos gusta que aquellos a quienes amamos sean afortunados. Todo el mundo se regocija con la buena suerte de un personaje popular; y pronto se entendió generalmente que Ferdinand Armine se había convertido en el siguiente en la sucesión de treinta mil libras al año y un título nobiliario. Además, no tendría que esperar mucho por su herencia. Los usureros aguzaron el oído, y se hicieron tantos ofrecimientos de acomodación y ayuda al afortunado Sr. Armine, que realmente le resultó imposible rechazarlos o rechazar los préstamos que casi se le imponían.
Ferdinand Armine había cruzado el Rubicón. Estaba endeudado. Si los jóvenes supieran la miseria fatal que se están acarreando en el momento en que aceptan un crédito pecuniario al que no tienen derecho, ¡cómo se sobresaltarían en su carrera! ¡cómo se pondrían pálidos! ¡cómo temblarían y unirían sus manos en agonía ante el precipicio en el que se están divirtiendo! La deuda es la madre prolífica de la locura y del crimen; contamina el curso de la vida en todos sus sueños. ¡De ahí tantos matrimonios infelices, tantas plumas prostituidas y políticos venales! Tiene un comienzo pequeño, pero un crecimiento y una fuerza de gigante. Cuando creamos al monstruo, creamos a nuestro amo, que nos acecha a todas horas y agita su látigo de escorpiones para siempre ante nuestra vista. El esclavo no tiene un capataz tan severo. Fausto, cuando firmó el contrato con sangre, no aseguró un destino más terrorífico. Pero cuando somos jóvenes debemos disfrutar. Es cierto; y hay pocas cosas más sombrías que el recuerdo de una juventud que no ha sido disfrutada. ¿Qué prosperidad de la edad adulta, qué esplendor de la vejez, puede compensarlo? La riqueza es poder; y en la juventud, de todas las estaciones de la vida, requerimos poder, porque podemos disfrutar de todo lo que podemos mandar. ¿Qué se debe hacer entonces? Dejo la pregunta a los escolásticos, porque estoy convencido de que moralizar con los inexpertos no sirve de nada.
La conducta de los hombres depende de su temperamento, no de un montón de máximas mohosas. Nadie había sido educado con más cuidado que Ferdinand Armine; en ningún corazón se habían inculcado preceptos más estrictos de conducta moral. Pero era vivaz e impetuoso, con una imaginación ardiente, pasiones violentas y un alma audaz. Era optimista como el día; no podía creer en la noche del pesar y en la oscuridad impenetrable que acompaña a una carrera que ha fracasado. El mundo estaba ante él; y se lanzó a él como un joven corcel en su primera contienda, confiado en que debía correr hacia la victoria y sin soñar nunca con la muerte.
Así intentaría explicar la extrema imprudencia de su conducta a su regreso de Inglaterra. Estaba confiado en sus fortunas futuras; estaba excitado por el aplauso de los hombres y la admiración de las mujeres; estaba decidido a satisfacer, incluso hasta la saciedad, su inquieta vanidad; se lanzó a gastos profusos; compró un yate; alquiló una villa; sus caballos de carreras y sus sirvientes superaban a todos los demás establecimientos, excepto al del Gobernador, en crianza, esplendor y número. Ocasionalmente cansado de la monotonía de Malta, obtuvo un corto permiso de ausencia y pasó unas semanas en Nápoles, Palermo y Roma, donde brilló en círculos brillantes, y de donde regresó cargado con piezas escogidas de arte y lujo, y seguido por el rumor de aventuras extrañas y halagadoras. Finalmente, fue el principal mecenas de la ópera de Malta y trajo a una célebre Prima Donna de San Carlo en su propio barco.
En medio de su carrera, Ferdinand recibió noticias de la muerte de Lord Grandison. Afortunadamente, cuando las recibió estaba solo; no había nadie, por tanto, que presenciara su consternación cuando descubrió que, después de todo, ¡no era el heredero de su abuelo! Tras un gran número de legados triviales a sus hijas, sus maridos, sus hijos y todos sus amigos favoritos, Lord Grandison dejó la totalidad de su propiedad a su nieta Katherine, la única hija que le quedaba de su hijo, quien había muerto temprano en la vida, y hermana del recientemente fallecido Augustus.
¿Qué se podía hacer ahora? La mente optimista de su madre, pues Lady Armine le comunicó la noticia fatal, ya parecía anticipar el único remedio para este «testamento injusto». Era un remedio delicadamente insinuado, pero la intención cayó en un oído fino y dispuesto. ¡Sí! debía casarse; debía casarse con su prima; debía casarse con Katherine Grandison. Ferdinand miró a su alrededor sus magníficas habitaciones; los tapices de damasco de Túnez, los altos espejos de Marsella, las mesas taraceadas, las estatuas de mármol y los jarrones de alabastro que había comprado en Florencia y Roma, y las delicadas esteras que él mismo había importado de Argel. Miró a su alrededor y se encogió de hombros: «Todo esto debe ser pagado —pensó—; ¡y, ay!, ¡cuánto más!». Y entonces le vino a la mente el recuerdo de su padre y sus preocupaciones, y la inocente Armine, y el querido Glastonbury, y su sacrificio. Ferdinand sacudió la cabeza y suspiró.
«Cómo les he pagado —pensó—. Gracias a Dios, no saben nada. Gracias a Dios, solo tienen que soportar sus propias decepciones y sus propias privaciones; pero es inútil moralizar. El futuro, no el pasado, debe ser mi lema. Retirarme es imposible; aún puedo avanzar y conquistar. Katherine Grandison: ¡solo piensa en mi pequeña prima Kate como esposa! Dicen que no es la tarea más fácil del mundo avivar una llama viva en el pecho de una prima. El amor de los primos, proverbialmente, no es de carácter muy romántico. Está bien que no la haya visto mucho en mi vida, y muy poco últimamente. La familiaridad engendra desprecio, dicen. ¿Se atreverá a despreciarme?». Echó un vistazo al espejo. La inspección no fue insatisfactoria. Hundido en una profunda meditación, paseó por la habitación.
CAPÍTULO II.
En el cual el Capitán Armine logra con rapidez un resultado que siempre requiere gran deliberación.
Dio la casualidad de que el regimiento en el que el Capitán Armine tenía el honor de comandar una compañía estaba en ese momento bajo órdenes de llamada inmediata a Inglaterra; y dentro de un mes de haber recibido la noticia fatal de ser, como él la denominaba, desheredado, estaba en camino a su tierra natal. Esta rápida partida fue afortunada, porque le permitió retirarse antes de que la muerte de Lord Grandison fuera conocida generalmente y, por consiguiente, comentada e investigada. Antes de abandonar la guarnición, Ferdinand había arreglado sus asuntos por el momento sin la menor dificultad, ya que todavía era capaz de recaudar cualquier dinero que necesitara.
Al llegar a Falmouth, Ferdinand supo que su padre y su madre estaban en Bath, visitando a su tía soltera, la señorita Grandison, con quien ahora residía su prima. Como el regimiento estaba acuartelado en Exeter, pudo, en muy pocos días, obtener un permiso de ausencia y reunirse con ellos. En el primer arrebato del encuentro, toda decepción fue olvidada, y al cabo de un día o dos, cuando este sentimiento se hubo calmado un poco, Ferdinand percibió que el impacto que sus padres debieron experimentar necesariamente ya estaba considerablemente suavizado por las perspectivas en las que secretamente se deleitaban, y que diversas circunstancias combinadas les inducían a creer que no eran de ninguna manera ilusorias.
Su prima Katherine tenía aproximadamente su misma edad; era dulce, elegante y bonita. Al ser rubia, le sentaba extremadamente bien su riguroso luto. No destacaba por la vivacidad de su mente, aunque no carecía de capacidad de observación, si bien era fácilmente influenciable por aquellos a quienes amaba y con quienes vivía. Su tía soltera ejercía evidentemente un poderoso control sobre su conducta y opiniones; y Lady Armine era la hermana favorita de esta tía soltera. Por lo tanto, sin dirigir aparentemente su voluntad, no faltaron esfuerzos desde este sector para predisponer a Katherine a favor de su primo. Había oído hablar tanto de su primo Ferdinand, de su belleza, de su bondad y de sus logros, que había aguardado su llegada con sentimientos de un interés no común. Y, en verdad, si las opiniones y sentimientos de aquellos con quienes vivía podían influir, no había necesidad de artificio alguno para predisponerla a favor de su primo. Sir Ratcliffe y Lady Armine vivían volcados en su hijo. Parecían apenas tener otra idea, sentimiento o pensamiento en el mundo que no fueran su existencia y su felicidad; y aunque su buen juicio siempre les había preservado del hábito tonto de pronunciar su panegírico en su presencia, compensaban sobradamente esta dolorosa restricción cuando él estaba lejos. Entonces, él era siempre el más apuesto, el más inteligente, el más distinguido, el más bondadoso y el más virtuoso de su sexo. ¡Afortunados los padres bendecidos con tal hijo! ¡Tres veces afortunada la esposa bendecida con tal marido!
Fue, por tanto, con una emoción no común que Katherine Grandison supo que este perfecto primo Ferdinand finalmente había llegado. Había visto poco de él incluso en sus días de muchacho, y aun entonces era más bien un héroe en su círculo liliputiense.
Ferdinand Armine siempre fue admirado en Grandison, y su abuelo siempre hablaba de él como un muchacho verdaderamente espléndido; un muchacho maravillosamente espléndido, su nieto favorito, Ferdinand Armine: y ahora había llegado. Se escuchó su llamada a la puerta, sus pasos en la escalera, la puerta se abrió y, ciertamente, su primera aparición no decepcionó a su prima Kate. Tan apuesto, tan natural, tan gentil y tan cordial; en un momento fueron los mejores amigos. Luego abrazó a su padre con tal fervor y besó a su madre con tal cariño: era evidente que tenía un corazón excelente. Su llegada, en efecto, fue una revolución. Sus días de luto parecieron desaparecer de repente; y aunque, por supuesto, apenas salían a la sociedad y nunca frecuentaban ninguna diversión pública, a Katherine le pareció que, de pronto, vivía en un torbellino de deliciosa alegría. ¡Ferdinand era tan divertido y tan distinguido! Cantaba con ella, tocaba con ella; siempre estaba proyectando largos paseos a caballo y largos paseos a pie durante el verano. Además, su conversación era tan distinta de todo lo que ella había escuchado jamás. Había visto tantas cosas y a tantas personas; todo lo que era extraño y a todos los que eran famosos. ¡Sus opiniones eran tan originales, sus ilustraciones tan oportunas y vivaces, sus anécdotas tan inagotables y brillantes! ¡Pobre, inexperta e inocente Katherine! Su primo, en veinticuatro horas, encontró absolutamente imposible enamorarse de ella; así que decidió hacer que ella se enamorara de él. Tuvo un éxito total. Ella le adoraba. No creía que hubiera nadie en el mundo tan apuesto, tan bueno y tan inteligente. Nadie, en verdad, que conociera a Ferdinand Armine podría negar que era un ser excepcional; pero, si hubiera habido observadores agudos e imparciales que le hubieran conocido en sus horas más jóvenes y felices, quizás habrían notado alguna diferencia en su carácter y conducta, y no una favorable. Era, de hecho, más brillante, pero no tan interesante como en los viejos tiempos; mucho más deslumbrante, pero no tan propenso a encantar. Nadie podía negar su vivo talento y su perfecta educación, pero había una inquietud en él, un estilo excitado y exagerado que podría haber hecho sospechar a algunos que su comportamiento era un esfuerzo y que, bajo un brillo superficial por el cual tantos son engañados, no faltaba una pequeña carencia de lo genuino y sincero. Katherine Grandison, sin embargo, no era una de esas observadoras profundas. Fue fácilmente cautivada. Ferdinand, quien realmente no sentía suficiente emoción como para aventurarse en una escena, le hizo su propuesta mientras cabalgaban por un sendero verde: el sol apenas poniéndose y la estrella de la tarde brillando a través de una avenida. La dama se sonrojó, lloró, sollozó y escondió su rostro hermoso y bañado en lágrimas; pero el resultado fue tan satisfactorio como nuestro héroe podía desear. Los jóvenes jinetes hicieron esperar a sus amigos en la media luna al menos dos horas para la cena, y luego no tuvieron apetito para el banquete cuando llegaron.
Sin embargo, la tía soltera, aunque era una persona muy particular, no hizo esta vez ninguna queja y, evidentemente, estaba lejos de estar insatisfecha con nadie ni con nada. En cuanto a Ferdinand, pidió un vaso de champán y bebió en secreto por su propia salud, como el tipo con más suerte de su conocimiento, con una esposa bonita, amable y de buena cuna, con todas sus deudas pagadas y la casa de Armine restaurada.
CAPÍTULO III.
En el cual Ferdinand regresa a Armine.
SE ESTABLECIÓ que debía transcurrir un año desde la muerte de Lord Grandison antes de que la joven pareja pudiera unirse: un indulto que no causó a Ferdinand un dolor agudo. Mientras tanto, los Grandison pasarían al menos el otoño en Armine, y hacia allá las familias unidas se propusieron pronto dirigir su camino. Ferdinand, que llevaba casi dos meses en Bath y estaba un poco cansado del cortejo, se las arregló para dejar esa ciudad antes que sus amigos, con el pretexto de visitar Londres para arreglar la venta de su comisión; pues se había acordado que debía abandonar el ejército.
A su llegada a Londres, tras haber hablado con su agente y al encontrar la ciudad completamente vacía, partió inmediatamente hacia Armine, para poder tener el placer de estar allí unos días sin la compañía de su prometida; celebrar el inminente primero de septiembre; y, especialmente, abrazar a su querido Glastonbury. Pues no debe suponerse que Ferdinand había olvidado ni por un momento a este inestimable amigo; al contrario, le había escrito varias veces desde su llegada, asegurándole siempre que nada, salvo asuntos importantes, podría impedirle presentarle sus respetos al instante.
Fue con sentimientos de emoción no común, incluso de agitación, que Ferdinand vio alzarse en la distancia los bosques de su antiguo hogar, y pronto las torres y torretas del castillo de Armine. ¿Aquellos venerables vergeles, aquella orgullosa y señorial casa, no habían de apartarse entonces de su antiguo y famoso linaje? Había redimido la herencia de sus grandes ancestros; contempló con complacencia inalterada el magnífico paisaje, que una vez fue para él fuente de tanta ansiedad como afecto. ¡Qué cambio en el destino de los Armine! Su gloria restaurada; su propio hogar, devoto y doméstico, antaño presa de tanto cuidado y tristeza, coronado con holgura, felicidad y alegría; por todas partes una carrera de esplendor y dicha. ¡Y él había hecho todo esto! ¡Qué profeta fue su madre! Siempre se había deleitado en la tierna convicción de que su amado hijo sería su restaurador. ¡Qué sabia y piadosa fue la inquebrantable confianza del bondadoso y viejo Glastonbury en su destino! ¡Con qué puro y profundo deleite escucharía aquel fiel amigo su extraordinaria noticia!
Su carruaje atravesó las puertas del parque como si el cochero fuera consciente del orgullo y la exultación de su señor. Glastonbury estaba listo para darle la bienvenida, de pie en el jardín de flores que él había hecho tan rico y hermoso, y que había sido el encanto y consuelo de muchas de sus horas más humildes.
—¡Mi querido, querido padre! —exclamó Ferdinand, abrazándole, pues así llamaba siempre a su antiguo tutor.
Pero Glastonbury no pudo hablar; las lágrimas temblaron en sus ojos y rodaron por su mejilla ajada. Ferdinand lo llevó al interior de la casa.
—¡Qué bien se le ve, querido padre! —continuó Ferdinand—. Realmente parece más joven y vigoroso que nunca. Recibió todas mis cartas, estoy seguro; y las suyas, ¡qué amable de su parte recordarme y escribirme! Nunca le olvidé, mi querido, querido amigo. Nunca podría olvidarle. ¿Sabe que soy el tipo con más suerte del mundo? Tengo la mejor noticia del mundo para contarle a mi Glastonbury, y le debemos todo a usted, todo. ¿Qué habría sido de Sir Ratcliffe sin usted? ¿Qué habría sido de mí? Imagine la mejor noticia que pueda, querido amigo, y no es tan buena como la que tengo que contarle. ¡Se alegrará, estará encantado! ¡Amueblaremos un castillo! ¡Por Júpiter, amueblaremos un castillo! ¡Lo haremos, de verdad, y usted lo construirá! No más tristeza; no más preocupaciones. Los Armine volverán a levantar la cabeza, ¡por Júpiter que lo harán! Queridísimo de los hombres, me atrevo a decir que me cree loco. Estoy loco de alegría. ¡Cómo ha crecido esa parra virgen! ¡Le he traído tantas plantas, mi padre! Un Hortus Siccus siciliano completo. Ah, John, buen John, ¿cómo está su mujer? Cuide mi estuche de pistolas. Pregúntele a Louis; él sabe todo sobre todo. Bien, querido Glastonbury, ¿cómo ha estado usted? ¿Cómo está la vieja torre? ¿Cómo están los viejos libros, y el viejo bastón, y las viejas armas, y el viejo todo? ¡Querido, querido Glastonbury!
Mientras se descargaba el carruaje y se preparaba la mesa para la cena, los amigos caminaron por el jardín y desde allí pasearon hacia la torre, donde permanecieron un tiempo recorriendo la avenida de hayas. Era evidente, a su regreso, que Ferdinand había comunicado su gran noticia. El rostro de Glastonbury estaba radiante de deleite.
En efecto, aunque ya había cenado, aceptó con prontitud la invitación de Ferdinand para repetir la ceremonia; es más, bebió más de una copa de vino; y, creo, incluso brindó por la salud de cada miembro de las familias unidas de Armine y Grandison. Ya era tarde cuando los compañeros se despidieron y se retiraron a descansar; y creo que, antes de decirse buenas noches, deben de haber hablado de cada circunstancia que había ocurrido en sus vidas desde el nacimiento de Ferdinand.
CAPÍTULO IV.
En el cual se arroja algo de luz sobre el título de esta obra.
¡QUÉ delicioso, tras una larga ausencia, despertarse en una mañana soleada y encontrarse en casa! Ferdinand apenas podía creer que estaba realmente de nuevo en Armine. Se incorporó en la cama, se frotó los ojos y miró las visiones desacostumbradas, aunque familiares, y por un momento Malta y los Royal Fusiliers, Bath y su prometida, fueron todo un sueño; y entonces recordó la visita de su querida madre a esta misma habitación en la víspera de su primera partida. Había regresado; a salvo había regresado, y en la felicidad, para cumplir todas sus esperanzas y recompensarla por toda su solicitud. Nadie se sintió jamás más contento que Ferdinand Armine, más contento y más agradecido.
Se levantó y abrió el ventanal; un perfume rico y estimulante llenó la estancia; miró con un sentimiento de deleite y orgullo el amplio y hermoso parque; los altos árboles alzándose y lanzando sus sombras más altas sobre el césped brillante y cubierto de rocío, y las últimas brumas despejándose de los bosques distantes y mezclándose con el cielo inmaculado. Todo era dulce y silencioso, salvo, en verdad, el canto de los pájaros o el tintineo de algún cencerro inquieto. Era una rica mañana otoñal. Y, sin embargo, con toda la excitación de sus nuevas perspectivas en la vida y la dichosa conciencia de la felicidad de aquellos a quienes amaba, no podía evitar sentir que un gran cambio se había operado en su espíritu desde los días en que solía vagar por este viejo refugio de su niñez. Su inocencia había desaparecido. La vida ya no era ese profundo y continuo trance de deber y amor del que había sido despertado a tantos cuidados; y si no remordimiento, al menos sí a tanto escrúpulo. Entonces no tenía secretos. La existencia no era entonces un subterfugio, sino un estado tranquilo y cándido de serena diversión. Los sentimientos entonces no se comprometían por intereses; y entonces era lo excelente lo que se buscaba, no lo conveniente. "Sin embargo, supongo que así es la vida", murmuró Ferdinand; "moralizamos cuando es demasiado tarde; ni hay nada más tonto que arrepentirse. Un suceso conduce a otro: lo que anticipamos rara vez ocurre; lo que menos esperábamos generalmente sucede; y el tiempo solo puede probar qué es lo que más nos conviene. Y seguramente soy la última persona que debería mostrarse grave. Nuestra antigua casa se alza de sus ruinas; los seres que más amo en el mundo no solo son felices, sino que me deben su felicidad a mí; y yo, yo mismo, con todos los dones de la fortuna lanzados repentinamente a mis pies, ¿qué más puedo desear? ¿No estoy satisfecho? ¿Por qué hago siquiera la pregunta? Estoy seguro de que no lo sé. Surge como un demonio en mis pensamientos y lo estropea todo. La joven es joven, noble y bella, y me ama. ¿Y ella? La amo, al menos supongo que la amo. La amo, en cualquier caso, tanto como amo, o he amado alguna vez, a una mujer. No hay, pues, gran sacrificio por mi parte; no debería haberlo; no lo hay; a menos, en verdad, que sea que a un hombre no le guste renunciar sin luchar a toda su posibilidad de romance y arrebato.
"No sé cómo es, pero hay momentos en los que casi desearía no tener padre ni madre; ¡ay!, ni un solo amigo o pariente en el mundo, y que Armine se hubiera hundido en el mismo centro de la tierra. Si estuviera solo en el mundo, me parece que podría encontrar el lugar que me conviene; ahora todo parece ordenado para mí, por así decirlo, de antemano. Mi espíritu no ha tenido juego. Algo me susurra que, con todo su brillo de prosperidad, esto no es ni sabio ni bueno. Dios sabe que no soy insensible y que desearía ser agradecido; y, sin embargo, si la vida no puede ofrecerme una simpatía más profunda de la que he experimentado hasta ahora, no puedo dejar de considerarla, aun con todas sus dulces reflexiones, poco más que un aburrido engaño".
Mientras Ferdinand moralizaba así ante el ventanal, Glastonbury apareció debajo; y su aparición disipó esta creciente tristeza. "Desayunemos juntos", propuso Ferdinand. "He desayunado hace dos horas", respondió el ermitaño de la puerta. "Espero que en la primera noche de su regreso a Armine haya tenido sueños auspiciosos".
"Mi cama y yo somos viejos compañeros", dijo Ferdinand, "y nos llevamos muy bien. Le diré una cosa, mi querido Glastonbury, daremos un paseo juntos esta mañana y hablaremos de nuestros planes de anoche. Vaya a la biblioteca y revise mis cuadernos de bocetos: los encontrará sobre mi estuche de pistolas, y le seguiré en un momento".
A su debido tiempo, los amigos comenzaron su paseo. Ferdinand pronto se sintió entusiasmado por las diversas sugerencias de Glastonbury para la finalización del castillo; y en cuanto al anciano mismo, entre su creación arquitectónica y la restauración de la familia a la que había estado tan largo tiempo devoto, estaba en un éxtasis de entusiasmo que ofrecía un contraste divertido con su habitual comportamiento manso y sumiso.
"Su abuelo era un gran hombre", dijo Glastonbury, quien en los viejos tiempos raramente se aventuraba a mencionar el nombre del famoso Sir Ferdinand: "no hay duda de que fue un hombre muy grande. Tenía grandes ideas. ¡Cómo se gloriaría de nuestras perspectivas actuales! Es extraño qué fuerte confianza he tenido siempre en el destino de su casa. Estaba seguro de que la Providencia no nos abandonaría. No hay duda de que debemos tener un rastrillo".
"Decididamente, un rastrillo", dijo Ferdinand; "usted mismo hará todos los dibujos, mi querido Glastonbury, y supervisará todo. No tendremos ni un solo anacronismo. Será perfecto".
"Perfecto", repitió Glastonbury; "realmente perfecto. Será un castillo gótico perfecto. Tengo tales tesoros para el trabajo. Todos los esfuerzos de mi vida se han dirigido a este objeto. Tengo todas las blasones de su casa desde la Conquista. Habrá trescientos escudos en el salón. Yo mismo los pintaré. ¡Oh! ¡No hay lugar en el mundo como Armine!"
"Ninguno", dijo Ferdinand; "he visto mucho, pero después de todo no hay nada como Armine".
"Si hubiéramos nacido con este esplendor", dijo Glastonbury, "habríamos pensado poco en él. Hemos sido templados sabia y mansamente. No puedo admirar lo suficiente la sabiduría de la Providencia, que ha templado, mediante una dispensación tan sabia, la sangre demasiado ansiosa de su raza".
"Me daría pena derribar el viejo edificio", dijo Ferdinand.
"No debe ser", dijo Glastonbury; "hemos vivido allí felizmente, aunque con humildad".
"Ojalá pudiéramos trasladarlo a otra parte del parque, como la casa de Loreto", dijo Ferdinand con una sonrisa.
"Podemos cubrirlo con hiedra", observó Glastonbury, mirando con cierta gravedad.
La mañana transcurrió entre estos agradables planes y perspectivas. Finalmente, los amigos se separaron, acordando encontrarse de nuevo en la cena. Glastonbury se retiró a su torre, y Ferdinand, tomando su escopeta, deambuló por la espesura circundante.
Pero no sentía inclinación por la caza. La conversación con Glastonbury había suscitado mil pensamientos sobre los cuales anhelaba reflexionar. Su vida había sido una escena de tan constante excitación desde su regreso a Inglaterra, que había disfrutado de pocas oportunidades de disfrutar de un tranquilo examen de conciencia; y ahora que estaba en Armine, y solo, el contraste entre su situación pasada y presente le golpeó tan fuertemente que no pudo evitar caer en un ensueño sobre sus fortunas. Era maravilloso, todo maravilloso, muy, muy maravilloso. Parecía de hecho, como afirmaba Glastonbury, una dispensación providencial en toda la transacción. La caída de su familia, la heroica y, como ahora parecía, presciente firmeza con la que su padre se había aferrado, en todas sus privaciones, a su patrimonio improductivo, su propia educación, la extinción de la casa de su madre, sus propias locuras, antaño causa de tanta infelicidad, pero que ahora parecía que todo el tiempo le estaban obligando, por así decirlo, a su prosperidad; todos estos y otros mil rasgos y circunstancias revoloteaban por su mente, y cada uno era a su vez objeto de su múltiple meditación. Estaba dispuesto a creer que el destino le había reservado el carácter de restaurador; ese deber, de hecho, lo había aceptado, y sin embargo...
Miró a su alrededor como si quisiera ver qué demonio le susurraba al oído. Estaba solo. Nadie estaba allí ni cerca. A su alrededor se alzaban los silenciosos vergeles, y apenas la voz de un pájaro o el zumbido de un insecto perturbaban la profunda tranquilidad. Pero una nube parecía reposar sobre la frente hermosa y pensativa de Ferdinand Armine. Se dejó caer sobre el césped, apoyando la cabeza en una mano, y con la otra arrancando las flores silvestres, que tan apresuradamente, casi con tanta irritabilidad, arrojaba lejos.
«Por mucho que lo oculte —exclamó—, soy una víctima; por mucho que los disfrace, todos mis motivos son mundanos. Hay, debe de haber, algo mejor en este mundo que el poder, la riqueza y el rango; ¡y sin duda debe de haber una felicidad más arrebatadora incluso que asegurar el bienestar de un progenitor! ¡Ah, sueños en los que tanto y tan cariñosamente me he complacido!, ¿sois, en verdad, después de todo, meras visiones fantásticas y etéreas? ¿Es el amor realmente un engaño, o estoy yo marcado entre los hombres para ser el único exento de su deliciosa esclavitud? Debe de ser un engaño. Todos se ríen de él, todos bromean sobre él, todos coinciden en estigmatizarlo como la vanidad de vanidades. ¿Y acaso mi experiencia contradice esta dura pero común fama? ¡Ay!, ¿qué he visto o conocido para desmentir este mal informe? A nadie, nada. He conocido algunas mujeres más hermosas, ciertamente, que Kate, y muchas, muchísimas menos agraciadas; y algunas se han cruzado en mi camino con una gracia salvaje y brillante que me ha deslumbrado por un momento la vista y, quizá, por un momento, me ha desviado de mi senda. Pero estas estrellas fugaces no han hecho más que brillar transitoriamente en mi cielo, y solo me han hecho, por su brillo evanescente, más consciente de su oscuridad. Déjame creer, pues, ¡oh!, déjame, entre todos los hombres, creer que las formas que inspiran al escultor y al pintor no tienen modelos en la naturaleza; que esa combinación de belleza y gracia, de inteligencia fascinante y devoción afectuosa, sobre la que los hombres cavilan en las horas suaves de su joven soledad, no es más que la promesa de un mundo mejor, y no el encanto de este.
»¡Pero qué terror en esa verdad! ¡Qué desesperación! ¡Qué locura! ¡Sí! ¡En este momento de examen más severo, cuán profundamente siento que la vida sin amor es peor que la muerte! ¡Cuán vanos y vacíos, cuán planos y estériles parecen todos esos espléndidos accidentes de la existencia por los que los hombres luchan, sin este encanto esencial y omnipresente! ¡Qué mundo sin sol! ¡Sí! ¡Sin esta simpatía trascendente, las riquezas y el rango, e incluso el poder y la fama, me parecen en el mejor de los casos meras joyas engarzadas en una corona de plomo!
»¿Y quién sabe si ese ser extraordinario, de cuya magnífica y ruinosa carrera este castillo es, en verdad, un emblema adecuado —digo, quién sabe si el secreto de su curso salvaje e inquieto no se oculta en esta misma triste falta de amor? Quizá mientras el mundo, el mundo tonto y superficial, se maravillaba y moralizaba ante su vida licenciosa, y vertía sus anatemas contra su egoísmo insensible, ¡quizá él, todo el tiempo, suspiraba por algún pecho suave donde verter su pasión desbordante, tal como me sucede a mí!
»¡Oh, Naturaleza! ¿Por qué eres hermosa? Mi corazón no requiere, mi imaginación no puede pintar, una escena más dulce o más justa que estos vergeles circundantes. Esta bóveda azul del cielo, este sol dorado, esta sombra profunda y envolvente, estos arbustos raros y fragantes, aquel bosque de pinos verdes y altísimos, y el brillante deslizamiento de este lago coronado de cisnes; mi alma está encantada con toda esta belleza y esta dulzura; aquí no siento decepción; aquí mi mente no se adelanta a la realidad; aquí no hay motivo para llorar esperanzas no gratificadas y deseos caprichosos. ¿Es, pues, mi destino que solo deba ser frustrado en los deseos más queridos de mi corazón?»
En ese momento, el ladrido fuerte y agitado de sus perros a poca distancia despertó a Ferdinand de su ensueño. Los llamó hacia sí, y pronto uno de ellos obedeció su llamada, pero regresó al instante junto a su compañero con gestos tan significativos, jadeando y aullando, que Ferdinand supuso que Basto estaba atrapado, tal vez, en alguna trampa: así que, tomando su escopeta, se dirigió al rescate del perro.
Para su sorpresa, cuando estaba a punto de salir de un *berceau* hacia un terreno de césped, en cuyo centro crecía un gran cedro, vio a una dama con hábito de amazona de pie ante el árbol, evidentemente admirando sus hermosas proporciones.
Su rostro estaba alzado e inmóvil. Le pareció que era más radiante que la luz del sol. Contempló con arrobamiento el brillo deslumbrante de su tez, la delicada regularidad de sus rasgos y los grandes ojos de tinte violeta, bordeados por las pestañas más largas y oscuras que jamás hubiera visto. Por su posición, su sombrero se había caído hacia atrás, revelando su frente alta y lúcida, y los mechones oscuros y lustrosos que estaban trenzados sobre sus sienes. El semblante en su conjunto combinaba esa salud brillante y esa belleza clásica que asociamos con la idea de alguna ninfa correteando por los prados salpicados de rocío del Ida, o deslizándose entre las arboledas sagradas de Grecia. Aunque la dama apenas habría visto dieciocho veranos, su estatura superaba la altura común; pero el lenguaje no puede describir la asombrosa simetría de su soberbia figura.
No hay más amor que el amor a primera vista. Este es el descendiente trascendente y superior de la simpatía pura y sin mancilla. Todo lo demás es el resultado ilegítimo de la observación, de la reflexión, del compromiso, de la comparación, de la conveniencia. Las pasiones que perduran brillan como el relámpago: abrasan el alma, pero esta queda calentada para siempre. ¡Miserable el hombre cuyo amor surge por grados sobre la gélida mañana de su mente! Ciertamente, algunas horas de calor y lustre pueden correr por su cuenta; algunos momentos de esplendor meridiano, en los que se baña en lo que él cree un sol eterno. ¡Pero luego, cuán a menudo nublado por las nubes del cuidado, cuán a menudo oscurecido por la plaga de la miseria y la desgracia! Y tan seguro como el ascenso gradual de tal afecto es su declive gradual y su melancólica puesta. Entonces, en el crepúsculo frío y tenue de su alma, execra la costumbre; porque ha esperado locamente que los sentimientos pudieran ser habituales sin ser homogéneos, y porque se ha dejado guiar por la observación de los sentidos, y no por la inspiración de la simpatía.
En medio de la tristeza y los trabajos de la existencia, contemplar de repente a un ser hermoso, y sentir instantáneamente la convicción abrumadora de que con esa hermosa forma debe estar entrelazado nuestro destino para siempre; que ya no hay alegría sino en su alegría, ni tristeza sino cuando ella se aflige; que en su suspiro de amor, en su sonrisa de afecto, de ahora en adelante todo es dicha; sentir que nuestra ambición ostentosa se desvanece como una calabaza marchita ante su visión; sentir que la fama es un engaño y la posteridad una mentira; y estar preparado al momento, por este gran objeto, para renunciar y desechar todas las esperanzas, lazos, planes y visiones anteriores; para violar en su favor todo deber de la sociedad; ¡esto es un amante, y esto es el amor! ¡Magnífico, sublime, divino sentimiento! Una llama inmortal arde en el pecho de aquel hombre que adora y es adorado. Él es un ser etéreo. Los accidentes de la tierra no lo tocan. Las revoluciones del imperio, los cambios de credo, las mutaciones de opinión, no son para él sino las nubes y meteoros de un cielo tormentoso. Los planes y las luchas de la humanidad son, según piensa, solo las ansiedades de los pigmeos y las hazañas fantásticas de los monos. Nada puede someterlo. Se ríe por igual de la pérdida de fortuna, de la pérdida de amigos, de la pérdida de reputación. Los hechos y pensamientos de los hombres le son igualmente indiferentes. No se mezcla en sus caminos de endurecido ajetreo, ni se considera responsable ante las vanas imposturas ante las que ellos se inclinan. Es un navegante que, en el mar de la vida, mantiene su mirada fija en una sola estrella; y si esta no brilla, suelta el timón y se gloría cuando su barca desciende al abismo sin fondo.
¡Sí! Era esta poderosa pasión la que ahora se enfurecía en el corazón de Ferdinand Armine, mientras, pálido y tembloroso, se retiraba unos pasos del espectáculo abrumador y se apoyaba contra un árbol en un caos de emociones. ¿Qué había visto? ¿Qué visión arrebatadora había surgido ante su vista? ¿Qué sentía? ¿Qué impulso salvaje, qué delicioso, qué enloquecedor invadía ahora su cuerpo? Una tormenta parecía enfurecerse en su alma, un viento poderoso disipando a su paso las nubes sombrías y los vapores de largos años. Estaba en silencio, en verdad, pues estaba sin habla; aunque la gruesa gota que temblaba en su frente y la ligera espuma que jugaba en su labio probaban el difícil triunfo de la pasión sobre la expresión. Pero, como el viento aclara el cielo, la pasión finalmente tranquiliza el alma. El tumulto de su mente disminuyó gradualmente; los recuerdos fugaces, los pensamientos apresurados que por un momento habían corrido en tan salvaje orden, se desvanecieron y se derritieron, y un sentimiento de brillante serenidad le sucedió, una sensación de belleza y de alegría, y de felicidad flotante y envolvente.
Avanzó y volvió a mirar; la dama seguía allí. Cambiada, en verdad, de posición; había recogido una flor y estaba examinando su belleza.
—¡Henrietta! —exclamó una voz varonil desde el bosque contiguo. Antes de que ella pudiera responder, un extraño se adelantó, un hombre de mediana edad pero de apariencia notablemente atrayente. Era alto y digno, rubio, con nariz aguileña. Uno de los perros de Ferdinand lo seguía ladrando.
—No encuentro al jardinero por ninguna parte —dijo el extraño—; creo que será mejor que volvamos a montar.
—¡Ay de mí! ¡Qué lástima! —exclamó la dama.
—Permítame ser su guía —dijo Ferdinand, adelantándose.
La dama se sobresaltó un poco; el caballero, nada turbado, recibió cortésmente a Ferdinand y dijo: —Siento que somos intrusos, señor. Pero la mujer de la portería nos informó de que la familia no estaba aquí en este momento, y que encontraríamos a su marido en los jardines.
—La familia no está en Armine —respondió Ferdinand—; sin duda, sin embargo, Sir Ratcliffe estaría encantado de que pasearan por los jardines todo lo que quisieran; y como los conozco bien, estaría encantado de ser su guía.
—Es usted realmente demasiado cortés, señor —respondió el caballero; y su hermosa compañera recompensó a Ferdinand con una sonrisa como un rayo de sol, que jugueteó por su rostro hasta que finalmente se asentó en dos exquisitos hoyuelos, y le reveló unos dientes que, por un momento, creyó que eran incluso el rasgo más hermoso de aquel rostro insuperable.
Caminaron lentamente, cada paso revelando nuevas bellezas en su progreso y provocando en sus compañeros renovadas expresiones de arrebato. Los oscuros vergeles, los claros brillantes, los árboles altos y raros, los arbustos exuberantes, el lago silencioso y solitario, los encantaron por turno, hasta que finalmente Ferdinand, que los había guiado con gusto experimentado a través de todos los puntos más llamativos del jardín, los llevó ante los muros del castillo.
—Y aquí está el Castillo de Armine —dijo—; es poco más que un cascarón, y sin embargo contiene algo que podría gustarles ver.
—¡Oh, por supuesto! —exclamó la dama.
—Pero estamos estropeando su deporte —sugirió el caballero.
—Siempre puedo matar perdices —respondió Ferdinand, dejando su escopeta—, pero no siempre puedo encontrar compañeros agradables.
Dicho esto, abrió el macizo portal del castillo y entraron en el vestíbulo. Era una cámara alta, de dimensiones lo suficientemente grandes como para agasajar a mil vasallos, con un estrado y una rica pantalla gótica, y una galería para los músicos. Las paredes estaban colgadas con armas y armaduras admirablemente dispuestas; pero el suelo de mármol multicolor estaba tan cubierto con cajas de muebles apiladas que el efecto general de la escena no solo estaba muy estropeado, sino que incluso era difícil en algunas partes trazar un camino.
—Aquí —dijo Ferdinand, saltando sobre una caja enorme y corriendo hacia la pared—, aquí está el estandarte de Ralph d’Ermyn, que llegó con el Conquistador y fundó la familia en Inglaterra. Aquí está la espada de William d’Armyn, que firmó la Carta Magna. Aquí está la armadura completa del segundo Ralph, que murió ante Ascalón. Esta caja contiene una espada con empuñadura de diamantes, entregada por la Emperatriz al gran Sir Ferdinand por derrotar a los turcos; y aquí hay un sable mameluco, entregado al mismo Sir Ferdinand por el Sultán por derrotar a la Emperatriz.
—Oh, he oído hablar tanto de ese gran Sir Ferdinand —dijo la dama—. Debe de haber sido el personaje más interesante.
—Fue un ser maravilloso —respondió su guía, con una mirada peculiar—, y sin embargo no sé si sus descendientes no tienen motivos para lamentar su genio.
—¡Oh, nunca, nunca! —dijo la dama—; ¿qué es la riqueza para el genio? ¡Cuánto más orgullosa estaría, si fuera una Armine, de tal antepasado que de mil otros, incluso si me hubieran dejado este castillo tan completo como él deseaba que fuera!
—Bueno, en cuanto a eso —respondió Ferdinand—, creo que soy un poco de su opinión; aunque me temo que vivió en una época demasiado tardía para tal orden de mentes. Hubiera sido mejor para él, quizá, si hubiera tenido éxito en convertirse en Rey de Polonia.
—Espero que haya un retrato suyo —dijo la dama—; no hay nada que desee ver tanto.
—Más bien creo que hay un retrato —respondió su compañero, algo secamente—. Intentaremos encontrarlo. ¿No cree que no soy mal *cicerone*?
—Ciertamente, excelente —respondió la dama.
—Percibo que es usted un maestro en su tema —respondió el caballero, brindando así a Ferdinand una fácil oportunidad de decirles quién era. La indirecta, sin embargo, no fue aceptada.
—Y ahora —dijo Ferdinand—, subiremos la escalera.
En consecuencia, subieron una gran escalera de caracol que ocupaba el espacio de una torre redonda, y estaba iluminada desde arriba por una linterna de rico cristal de colores en la que estaban blasonados los escudos de la familia. Luego entraron en el vestíbulo, un apartamento lo suficientemente espacioso para un salón; el cual, sin embargo, no estaba amueblado al estilo gótico, sino cuyo techo pintado, los paneles dorados y el suelo con incrustaciones eran más adecuados para un palacio francés. Las brillantes puertas de este vestíbulo se abrían en muchas direcciones hacia largas suites de cámaras estatales, que en verdad merecían la descripción de cascarones. No eran nada más; de muchas el suelo ni siquiera estaba puesto; las paredes de todas estaban ásperas y enlucidas.
—¡Ah! —dijo la dama—, ¡qué lástima que no esté terminado!
—Es desolador, en efecto —observó Ferdinand—; pero aquí quizá haya algo más de su gusto. Dicho esto, abrió otra puerta y los introdujo en la galería de cuadros.
Era una cámara soberbia de casi doscientos pies de longitud, y contenía solo retratos de la familia, o cuadros de sus hazañas. Era de un color verde pálido, iluminada desde arriba; y el suelo, de roble y ébano, estaba parcialmente cubierto con una sola alfombra persa, de patrón fantástico y tinte brillante, un regalo del Sultán al gran Sir Ferdinand. Los primeros anales de la familia estaban ilustrados por una serie de pinturas de maestros modernos, que representaban la batalla de Hastings, el asedio de Ascalón, el encuentro en Runnymede, las diversas invasiones de Francia y algunos de los incidentes más llamativos en la Guerra de las Dos Rosas, en todos los cuales un valiente Armyn figuraba prominentemente. Finalmente se detuvieron ante el primer retrato contemporáneo de la familia Armyn, uno del Cardenal Stephen Armyn, por un maestro italiano. Este gran dignatario fue legado del Papa en tiempos de Enrique VII, y en sus túnicas escarlatas y silla de marfil parecía un Júpiter papal, no indigno él mismo de blandir el trueno del Vaticano. A partir de él, la serie de retratos familiares era ininterrumpida; y fue muy interesante rastrear, en esta colección excelentemente organizada, la historia del traje nacional. Holbein había conmemorado a los Lores Tewkesbury, ricos en terciopelo, cadenas de oro y joyas. Los estadistas de Isabel y Jacobo, y sus bellas y suntuosas damas, siguieron; y luego vino un galante caballero, por Vandyke. Un cuadro admirable contenía a Lord Armine y sus valientes hermanos, sentados juntos en una tienda alrededor de un tambor, sobre el cual su señoría estaba aparentemente planeando las operaciones de la campaña. Luego siguió una larga serie de baronets poco memorables, y sus esposas e hijas más interesantes, tocadas por el pincel de Kneller, de Lely o de Hudson; escuderos con pelucas y chaquetas escarlatas, y damas empolvadas con polisones y verdugados.
Se detuvieron ante el esfuerzo supremo de la galería, la obra maestra de Reynolds. Representaba un retrato de cuerpo entero de un joven, aparentemente recién pasado su minoría de edad. Solo se exhibía el lado de la figura, y el rostro miraba al espectador sobre el hombro, en una actitud favorita de Vandyke. Era un rostro de belleza ideal. Una profusión de rizos castaños oscuros estaba apartada de una frente alta de brillo deslumbrante. El rostro era perfectamente ovalado; la nariz, aunque pequeña, era alta y aguileña, y exhibía una notable dilatación de la fosa nasal; el labio curvado estaba sombreado por un bigote muy delicado; y la expresión general, en efecto, de la boca y de los grandes ojos grises habría sido quizás arrogante e imperiosa, si la extraordinaria belleza de todo el semblante no la hubiera hecho fascinante.
Era, en efecto, un cuadro para contemplar y al que volver; uno de esos rostros que, tras haberlo visto una vez, nos persiguen a todas horas y revolotean ante el ojo de nuestra mente de forma inesperada y no invitada. Tan grande fue el efecto que produjo en los presentes visitantes de la galería, que permanecieron ante él durante algunos minutos en silencio; la mirada escrutadora del caballero se desvió más de una vez del retrato al rostro de su guía, y el silencio fue finalmente roto por nuestro héroe.
—¿Y qué piensa usted —preguntó— del famoso Sir Ferdinand?
La dama se sobresaltó, lo miró, retiró su mirada y pareció algo confundida. Su compañero respondió: —Creo, señor, que no puedo equivocarme al creer que estoy en deuda por mucha cortesía con su descendiente.
—Creo —dijo Ferdinand— que no tendría muchos problemas para probar mi pedigrí. Generalmente se me considera un parecido feo de mi abuelo.
El caballero sonrió y luego dijo: —Apenas sé si puedo considerarme su vecino, pues vivo a casi diez millas de distancia. Sin embargo, me daría una sincera satisfacción verle en Ducie Bower. No puedo recibirle en un castillo. Mi nombre es Temple —continuó, ofreciendo su tarjeta a Ferdinand—. No necesito ahora presentarle a mi hija. No ignoraba que Sir Ratcliffe Armine tenía un hijo, pero tenía entendido que estaba en el extranjero.
—He regresado a Inglaterra hace dos meses —respondió Ferdinand—, y a Armine hace dos días. Considero afortunado que mi regreso me haya brindado la oportunidad de darle la bienvenida a usted y a la señorita Temple. Pero no deben hablar de nuestro castillo, pues ya saben que es nuestra locura. Por favor, vengan ahora y visiten nuestra vivienda más antigua y humilde, y tomen algún refrigerio después de su largo paseo.
Esta oferta fue declinada, pero con gran cortesía. Abandonaron el castillo, y el Sr. Temple estaba a punto de dirigir sus pasos hacia la portería, donde había dejado sus caballos y los de su hija; pero Ferdinand los convenció de que volvieran a través del parque, lo que les demostró de manera muy satisfactoria que debía ser el camino más corto. Incluso pidió permiso para acompañarlos; y mientras su mozo de cuadra ensillaba su caballo, los llevó al viejo Lugar y al jardín de flores.
—Debe de estar muy fatigada, señorita Temple. Desearía poder convencerla de que entre y descanse.
—En realidad, no: amo demasiado las flores como para dejarlas.
—Aquí hay una que tiene la recomendación de la novedad además de la belleza —dijo Ferdinand, arrancando una rosa extraña y presentándosela—. Se la envié a mi madre desde Berbería.
—Vive usted en medio de la belleza.
—Creo que no recuerdo que Armine se viera tan bien como hoy.
—Una escena selvática requiere sol —respondió la señorita Temple—. Hemos sido muy afortunados en nuestra visita.
—Es algo más brillante que el sol lo que la hace tan hermosa —respondió Ferdinand; pero en ese momento aparecieron los caballos.
CAPÍTULO V.
En el que el Capitán Armine está muy distraído durante la cena.
—Está usted bien montado —dijo el Sr. Temple a Ferdinand.
—Es un berberisco. Lo traje conmigo.
—Es una criatura hermosa —dijo la señorita Temple.
—Oye eso, Selim —dijo Ferdinand—, levanta las orejas, mi corcel. Percibo que es usted una jinete consumada, señorita Temple. Conoce nuestro país, me atrevo a decir, ¿bien?
—Deseo conocerlo mejor. Este es solo el segundo verano que hemos pasado en Ducie.
—Por cierto, supongo que conoce a mi propietario, el Capitán Armine —dijo el Sr. Temple.
—No —dijo Ferdinand—; no conozco a una sola persona en el condado. Yo mismo apenas he estado en Armine en estos cinco años, y mi padre y mi madre no visitan a nadie.
—¡Qué roble tan hermoso! —exclamó la señorita Temple, deseosa de cambiar el tema de conversación.
—Tiene la reputación de haber sido plantado por Sir Francis Walsingham —dijo Ferdinand—. Un antepasado mío se casó con su hija. Él fue el padre de Sir Walsingham, el del retrato de la galería con el bastón blanco. ¿Lo recuerda?
—Perfectamente: ¡ese hermoso retrato! Debe ser, en cualquier caso, un árbol muy viejo.
—Hay pocas cosas que me resulten más placenteras que un lugar antiguo —dijo el Sr. Temple.
—Doblemente placentero cuando está en posesión de una familia antigua —añadió su hija.
—Me temo que tales sentimientos se están desvaneciendo rápidamente —dijo Ferdinand.
—Habrá una reacción —dijo el Sr. Temple.
—No pueden destruir la poesía del tiempo —dijo la dama.
—Espero no tener prejuicios muy arraigados —dijo Ferdinand—; pero confieso que me apenaría ver a Armine en otras manos que no fueran las nuestras.
—Yo nunca volvería a entrar en el parque —dijo la señorita Temple.
—En lo que respecta a consideraciones mundanas —continuó Ferdinand—, tal vez sería mucho mejor para nosotros si nos deshiciéramos de él.
—Debe ser, en verdad, un lugar costoso de mantener —dijo el Sr. Temple.
—Bueno, en cuanto a eso —dijo Ferdinand—, dejamos que el ganado deambule y las ovejas pasten donde nuestros padres cazaban el ciervo y hacían volar sus halcones. Creo que si se levantaran de sus tumbas, se avergonzarían de nosotros.
—¡No! —dijo la señorita Temple—, creo que aquel ganado es muy pintoresco. Pero la verdad es que cualquier cosa luciría bien en un parque como este. Hay tal variedad de perspectivas.
El parque de Armine, en efecto, difería materialmente de esos pastizales de ovejas remendados y potreros ambiciosos a los que hoy se honra con tal título. Era, en verdad, el antiguo coto, poco esquilmado de sus proporciones originales. Tenía muchas millas de circunferencia, abundaba en colinas y valles, y ofrecía gran variedad de aspectos. A veces estaba salpicado de madera antigua, árboles solitarios de extraordinario crecimiento y ricos grupos que parecían coetáneos a la fundación de la familia. Extensiones de campo abierto sucedían a estos, cubiertas de aulagas y helechos. Luego venían imponentes avenidas de sicomoros o castaños españoles, fragmentos de bosques majestuosos que en otros tiempos sin duda llegaban a las cercanías de la mansión; y a estos, a su vez, les sucedían cobertizos modernos.
Al fin, nuestro grupo llegó a la puerta desde donde Ferdinand había calculado que debían abandonar el parque. Él los habría acompañado de buena gana. Se despidió de ellos con pesar, mitigado por la esperanza expresada por todos de una pronta reunión.
—Desearía, Capitán Armine —dijo la señorita Temple—, que tuviéramos su césped para galopar hasta casa.
—A propósito, Capitán Armine —dijo el Sr. Temple—, la ceremonia apenas debería existir entre vecinos del campo, y ciertamente no le hemos dado motivo para quejarse de nuestra reserva. Como está solo en Armine, tal vez podría venir a cenar con nosotros mañana. Si logra venir temprano, veremos si no podemos arreglárnoslas para cazar algún pájaro juntos; y por favor recuerde que podemos ofrecerle una cama, lo cual creo, considerando todas las cosas, que sería sensato aceptar.
—Acepto todo —dijo Ferdinand, sonriendo—; todas sus ofertas. Buenos días, mi queridísimo señor; buenos días, señorita Temple.
—¡Señorita Temple, en efecto! —exclamó Ferdinand, cuando los vio perderse de vista—. ¡Exquisita, encantadora, adorada criatura! Sin ti, ¿qué es la existencia? ¡Cuán sorda, cuán vacía parece todo incluso ahora! ¡Es como si el sol acabara de ponerse! ¡Oh! ¡Esa forma! ¡Ese rostro radiante! ¡Esa voz musical y electrizante! ¡Esos tonos aún vibran en mi oído, o de lo contrario pensaría que todo es una visión! ¿Llegará alguna vez el mañana? ¡Oh! ¡Si pudiera expresarte mi amor, mi abrumadora, mi absorbente, mi ardiente pasión! ¡Hermosa Henrietta! Tienes un nombre, creo, que siempre he amado. ¿Dónde estoy? ¿Qué digo? ¿Qué palabras salvajes, qué palabras enloquecedoras son estas? ¿No soy yo Ferdinand Armine, el prometido, la víctima? Incluso ahora, me parece oír las ruedas del carruaje de mi novia. ¡Dios! Si ella está allí; si de hecho ella está en Armine a mi regreso: no la veré; no hablaré con ellos; huiré. Arrojaré a los vientos todos los lazos y deberes; no seré arrastrado al altar, un miserable sacrificio, para redimir, con mi felicidad perdida, las fortunas mundanas de mi raza. ¡Oh, Armine, Armine! Ella no volvería a entrar en tus muros si otra sangre que no fuera la mía rigiera tus hermosos dominios: ¿y yo, te daré otra dueña, Armine? ¡Sería en verdad una traición! Sin ella no puedo vivir. Sin que su forma salte sobre este césped y brille en estas glorietas, nunca deseo verlas. Todos los incentivos para hacer el miserable sacrificio una vez meditado se desvanecen entonces; pues Armine, sin ella, es un desierto, una tumba, un infierno. Soy libre, pues. ¡Excelente lógico! Pero esta mujer: estoy ligado a ella. ¿Ligado? La palabra me hace temblar. Estremezco: escucho el tintineo de mis cadenas. ¿Estoy realmente ligado? ¡Sí! En el honor. ¡El honor y el amor! ¡Una contienda! ¡Bah! ¡El ídolo debe ceder ante la divinidad!
Con estas palabras salvajes y pensamientos aún más salvajes brotando de sus labios y cruzando su mente; su curso tan irregular y temerario como sus fantasías; ahora galopando ferozmente, ahora deteniéndose en seco, Ferdinand llegó finalmente a casa; y su ojo avizor percibió en un momento que la temida llegada no había tenido lugar. Glastonbury estaba en el jardín de flores, sobre una rodilla ante un jarrón, sobre el cual estaba guiando una enredadera. Levantó la vista al escuchar la aproximación de Ferdinand. Su presencia y sonrisa benévola calmaron en cierto grado las feroces emociones de su alumno. Ferdinand sintió que el sistema de disimulo debía comenzar ahora; además, siempre tenía cuidado de ser muy amable con Glastonbury. No permitiría que ningún ataque de bazo, ni siquiera la enfermedad, pudiera justificar una mirada o expresión descuidada hacia aquel querido amigo.
—Espero, mi querido padre —dijo Ferdinand—, ¿ser puntual a nuestra hora?
—El reloj de sol me dice —dijo Glastonbury— que ha llegado en el momento preciso; y más bien creo que por allí se acerca un aviso para nuestro banquete. ¿Espero que haya pasado su mañana agradablemente?
—Si todos los días pasaran así de dulces, padre mío, sería verdaderamente bendecido.
—Yo también he tenido una excelente mañana. Debe venir mañana y ver mi gran blasonado de los escudos de Ratcliffe y Armine; lo preparo para la galería. Con estas palabras entraron en la Residencia.
—No come, hijo mío —dijo Glastonbury a su compañero.
—He dado un paseo demasiado largo, quizás —dijo Ferdinand, quien, en efecto, estaba demasiado excitado para tener apetito, y tan abstraído que cualquiera, excepto Glastonbury, habría detectado su ausencia mucho antes.
—He cambiado mi hora hoy —continuó Glastonbury—, por el placer de cenar con usted, y creo que mañana será mejor que cambie su hora y cene conmigo.
—A propósito, mi querido padre, usted, que lo sabe todo, ¿da la casualidad de que conoce a un caballero de apellido Temple en este vecindario?
—Creo haber oído que el Sr. Ducie había alquilado el Cenador a un caballero de ese nombre.
—¿Sabe quién es?
—Nunca pregunté; pues no siento interés más que por los propietarios, porque forman parte de mi Historia del Condado. Pero creo haber oído una vez que este Sr. Temple había sido nuestro ministro en alguna corte extranjera. Usted me da una cena excelente y no come nada. Esta paloma está sabrosa.
—Le molestaré. Creo que hubo una vez una Henrietta Armine, ¿padre mío?
—¡La hermosa criatura! —dijo Glastonbury, dejando el cuchillo y el tenedor—; murió joven. Era hija de Lord Armine; y la Reina, Henrietta Maria, fue su madrina. Me apena mucho que no tengamos ningún retrato suyo. Era muy clara, sus ojos de un dulce azul claro.
—¡Oh! No; oscuros, padre mío; oscuros y profundos como la violeta.
—Hijo mío, el escritor de cartas que menciona su muerte los describe como azul claro. No conozco otro registro de su belleza.
—Desearía que hubieran sido oscuros —dijo Ferdinand, recuperándose—; sin embargo, me alegra que hubiera una Henrietta Armine; es un nombre hermoso.
—Creo que Armine hace que cualquier nombre suene bien —dijo Glastonbury—. Nada más de vino, en efecto, hijo mío. ¡No! Si insiste —continuó, con una sonrisa muy benevolente—, brindaré por la salud de la señorita Grandison.
—¡Ah! —exclamó Ferdinand.
—Hijo mío, ¿qué ocurre? —preguntó Glastonbury.
—¡Un mosquito, una mosca, una avispa! Algo me picó —dijo Ferdinand.
—Déjeme traer mi aceite de lirios —dijo Glastonbury—; es un específico.
—¡Oh, no! No es nada, solo una mosca: aguda en el momento; nada más.
La cena terminó; se retiraron a la biblioteca. Ferdinand caminaba por la habitación inquieto y de mal humor; al fin pensó en el piano y, fingiendo ansiedad por escuchar algunas composiciones favoritas de Glastonbury, se las arregló para ocupar a su compañero. Con el tiempo, sin embargo, su viejo tutor lo invitó a tomar su violonchelo y unirse a él en un concierto. Ferdinand, por supuesto, accedió a la invitación, pero el resultado no fue satisfactorio. Tras una serie de errores, que fueron el resultado natural de tener sus pensamientos ocupados en otros asuntos, se vio obligado a alegar un dolor de cabeza, y se alegró cuando pudo escapar a su habitación.
El descanso, sin embargo, ya no lo esperaba en su vieja almohada. Fue al principio delicioso escapar de la restricción sobre sus ensueños que había experimentado recientemente. Se apoyó durante una hora sobre su chimenea vacía en muda abstracción. El frío, sin embargo, con el tiempo lo llevó a la cama, pero no pudo dormir; sus ojos, en efecto, estaban cerrados, pero la visión de Henrietta Temple no le resultaba menos aparente. Recordó cada rasgo de su semblante, cada rasgo de su conducta, cada palabra que ella había expresado. Toda la serie de sus observaciones, desde el momento en que la había visto por primera vez hasta el momento en que se habían separado, fue repetida con precisión; sus mismos tonos considerados y sus mismas actitudes meditadas. Muchas fueron las horas que escuchó sonar; se volvió inquieto y febril. El sueño no podía ser ordenado; saltó de la cama, abrió el ventanal, contempló a la luz de la luna el rosal de Berbería del cual le había entregado una flor. Este espectáculo consolador le aseguró que no había sido, como casi había imaginado, víctima de un sueño. Se arrodilló e invocó todas las bendiciones celestiales y terrenales sobre Henrietta Temple y su amor. El aire nocturno y la ferviente invocación enfriaron su cerebro, y la Naturaleza pronto lo entregó, exhausto, al reposo.
CAPÍTULO VI.
En el cual el Capitán Armine realiza su primera visita a Ducie.
¡SÍ! Es la mañana. ¿Es posible? ¿Volverá a contemplarla? Esa forma de belleza sobrepasante: ese rostro brillante, ese rostro deslumbrante; ¿volverán a bendecir su visión extasiada? ¿Le hablará de nuevo? Esa voz musical y electrizante, ¿volverá a sonar y resonar en su oído arrebatado?
Ferdinand había llegado a Armine tantos días antes de su llegada calculada, que no esperaba que su familia y los Grandison llegaran al menos en una semana. ¡Qué respiro sintió ahora con este retraso! Si es que alguna vez podía aventurarse a pensar en el asunto en absoluto. De hecho, lo apartó de sus pensamientos; el presente fascinante absorbía completamente su existencia. Esperó hasta que llegó el correo; no trajo cartas, ¡cartas ahora tan temidas! Saltó sobre su caballo y galopó hacia Ducie.
El Sr. Temple era el hijo menor de una rama menor de una familia noble. Sin heredar patrimonio alguno, había sido educado para el servicio diplomático, y la influencia de su familia le había procurado pronto nombramientos distinguidos. Era enviado a una corte alemana cuando un cambio de ministerio ocasionó su retiro, y se retiró, tras una larga carrera de servicio capaz y asiduo, reconfortado por una pensión y glorificado por un nombramiento en el Consejo Privado. Era un hombre agudo y consumado, curtido en el mundo, con gran autocontrol, pero devoto de su hija, la única descendiente de una esposa a la que había perdido pronto y amado mucho.
Privada a una tierna edad de aquel progenitor del cual se habría convertido peculiarmente en su carga, Henrietta Temple encontró en la devoción de su padre todo el consuelo de que su desolado estado era susceptible. No fue entregada a la custodia de una institutriz, ni a la supervisión aún menos comprensiva de sus parientes. El Sr. Temple nunca permitió que su hija se separara de él; acarició su vida y dirigió su educación. Residente en una ciudad que se arroga a sí misma, no sin justicia, el título de la Atenas alemana, su pupila aprovechó todas aquellas ventajas que le ofrecían la instrucción de los profesores más hábiles. Pocas personas eran más cultas que Henrietta Temple incluso a una edad temprana; pero sus raros conocimientos no eran sus características más notables. La Naturaleza, que le había otorgado esa extraordinaria belleza que hemos intentado describir, la había dotado de grandes talentos y un alma de temple sublime.
A menudo se comentaba sobre Henrietta Temple (y la circunstancia puede, sin duda, explicarse en cierto grado por la poca interferencia e influencia de las mujeres en su educación) que nunca fue una niña. Se expandió de inmediato de una niña encantadora a una mujer magnífica. Había entrado en la vida muy pronto, y había presidido la mesa de su padre durante un año antes de su retiro de la misión. Pocas mujeres en tan corto período habían recibido tanto homenaje; pero ella escuchaba los cumplidos con un oído descuidado aunque cortés, y recibía aspiraciones más ardientes con una sonrisa. Los hombres, que estaban desconcertados, la votaron fría y sin corazón; pero los hombres deberían recordar que la finura del gusto, así como la apatía del temperamento, pueden dar cuenta de un cortejo infructuoso. Ciertamente, a Henrietta Temple no le faltaba sentimiento; albergaba por su padre sentimientos casi de idolatría, y aquellos conocidos más íntimos o dependientes, mejor calificados para formarse una opinión de su carácter, hablaban de ella siempre como un alma de infinita ternura.
A pesar de su mutua devoción, no había muchos puntos de semejanza entre los caracteres del Sr. Temple y su hija; ella se destacaba por una franqueza de comportamiento y una simplicidad, a la vez que fuerza de pensamiento, que contrastaban con los modales artificiales y las opiniones y conversaciones convencionales de su progenitor. Una mente a la vez reflexiva y enérgica permitió a Henrietta Temple formar sus propios juicios; y una cándida ingenuidad, que su padre nunca pudo erradicar de sus hábitos, generalmente la impulsaba a expresarlos. Era en verdad imposible incluso para él encontrar faltas en estas ebulliciones por mucho tiempo, por más que el diplomático pudiera deplorarlas; pues la Naturaleza había imbuido la existencia de este ser con aquel encanto indefinible que llamamos gracia, de modo que no estaba en tu poder contemplarla un momento sin quedar encantado. Una mirada, un movimiento, una sonrisa soleada, una palabra de música vibrante, y todo lo que te quedaba era adorar. Había, en efecto, en Henrietta Temple esa rara y extraordinaria combinación de fuerza intelectual y suavidad física que marca a la mujer capaz de ejercer una influencia irresistible sobre la humanidad. En los buenos viejos tiempos, podría haber ocasionado el asedio de Troya o la batalla de Actio. Era una de esas mujeres que enloquecen a las naciones, y por las cuales un hombre de genio arriesgaría voluntariamente el imperio del mundo.
Así lo creía al menos Ferdinand Armine, mientras galopaba a través del parque, hablando solo, apostrofando a los bosques y gritando su pasión a los vientos. Apenas era mediodía cuando llegó al Cenador de Ducie. Este era un pabellón palladiano, situado en medio de hermosos jardines y rodeado de verdes colinas. El sol brillaba intensamente, el cielo estaba sin nubes; le pareció que nunca había contemplado una escena más elegante. Era un templo digno de la divinidad que albergaba. Una fachada de cuatro columnas jónicas daba frente a un salón octogonal, adornado con estatuas, que conducía a un salón de considerable tamaño y finas proporciones. Ferdinand pensó que nunca en su vida había entrado en una cámara tan brillante. Las altas paredes estaban cubiertas con un papel indio de vívida fantasía, y adornadas con varios cuadros que su ojo experto le aseguró que eran de gran mérito. La habitación, sin estar inconvenientemente abarrotada, estaba ampliamente provista de muebles, cada artículo de los cuales denotaba un gusto refinado y lujoso: sillones de todo tipo, sofás de lo más acogedores, gabinetes de incrustaciones selectas y mesas grotescas cubiertas con artículos de arte; todas esas encantadoras infinitas naderías, que una persona de gusto podría haber coleccionado fácilmente hace algún tiempo durante una larga residencia en el continente. Una gran lámpara de porcelana de Dresde estaba suspendida del techo pintado y dorado. Las tres altas ventanas se abrían a los jardines y admitían un perfume tan rico y variado que Ferdinand podía creer fácilmente que la hermosa ama, como ella le contó, era en verdad una amante de las flores. Un puente ligero en el bosque distante, que limitaba el césped más lejano, indicaba que había una corriente cerca. Con la belleza de la cámara, la riqueza de la escena exterior y el sol brillante que pintaba cada objeto con su coloración mágica y hacía que todo pareciera aún más hermoso y brillante, Ferdinand permaneció por algunos momentos totalmente absorto. Se abrió una puerta y el Sr. Temple se adelantó y le dio la bienvenida con cordialidad.
Después de haber pasado media hora mirando los cuadros y en la conversación a la que dieron lugar, el Sr. Temple, proponiendo una pausa para el almuerzo, condujo a Ferdinand a un comedor, cuyas decoraciones adecuadas complacían maravillosamente su gusto. Un tinte suave impregnaba cada parte de la cámara: el techo estaba pintado en frescos de tonos grises de carácter clásico y festivo, y la mesa auxiliar, que se encontraba en un nicho sostenido por cuatro columnas magníficas, estaba adornada con selectos jarrones etruscos. El aire de reposo y quietud que distinguía a este apartamento se veía realzado por el vasto invernadero al que conducía, resplandeciente de luz y belleza, grupos de árboles exóticos, plantas de tinte radiante, el sonido de una fuente y las formas magníficas de pájaros tropicales.
—¡Qué hermoso! —exclamó Ferdinand.
—Es bonito —dijo el Sr. Temple, cortando un pastel—, pero somos gente muy humilde y no podemos competir con los señores de los castillos góticos.
—Me parece —dijo Ferdinand— que el Cenador de Ducie es el lugar más exquisito que jamás haya contemplado.
—Si lo hubiera visto hace dos años habría pensado de manera diferente —dijo el Sr. Temple—; le aseguro que temía convertirme en su inquilino. Henrietta tiene derecho a todos los elogios, ya que ella asumió toda la responsabilidad. No hay en las orillas del Brenta una villa más lúgubre y desolada que la que parecía Ducie cuando llegamos; y en cuanto a los jardines, eran un desierto total. Ella lo hizo todo. Era un césped inmenso, desolado y descuidado, usado como pastizal para ovejas cuando llegamos. En cuanto a los techos, casi estuve tentado de encalarlos, y sin embargo, ya ve, han quedado maravillosamente; y, después de todo, solo requería un poco de gusto y trabajo. No he invertido mucho dinero aquí. Construí el invernadero, por supuesto. Henrietta no podía vivir sin un invernadero.
—La señorita Temple tiene toda la razón —sentenció Ferdinand—. Es imposible vivir sin un invernadero.
En ese momento entró en la habitación la heroína de su conversación, y Ferdinand palideció. Ella le extendió la mano con una sonrisa elegante; al tocarla, él tembló de pies a cabeza.
—No se sintió fatigada, espero, por su paseo, señorita Temple —logró decir al fin.
—¡En lo más mínimo! Soy una amazona experimentada. Papá y yo hacemos paseos muy largos juntos.
En cuanto a comer, con Henrietta Temple en la habitación, Ferdinand encontró que era totalmente imposible. En el momento en que ella apareció, su apetito se desvaneció. Ansioso por hablar, pero privado de su fluidez habitual, comenzó a elogiar a Ducie.
—Debe verlo —dijo la señorita Temple—: ¿daremos un paseo por los terrenos?
—Mi querida Henrietta —dijo su padre—, me atrevo a decir que el Capitán Armine está en este momento suficientemente cansado; además, cuando se mueva, quizás le guste tomar su arma; olvidas que es un deportista y que no puede desperdiciar su mañana hablando con damas y recogiendo flores.
—En efecto, señor, se lo aseguro —dijo Ferdinand—, no hay nada que me agrade tanto como hablar con las damas y recoger flores; es decir, cuando las damas tienen tan buen gusto como la señorita Temple, y las flores son tan hermosas como las de Ducie.
—Bueno, verá mi invernadero, Capitán Armine —dijo la señorita Temple—, y después podrá ir a matar perdices. Dicho esto, entró en el invernadero y Ferdinand la siguió, dejando al señor Temple con su pastel.
—Estos naranjales me recuerdan a Palermo —dijo Ferdinand.
—¡Ah! —dijo la señorita Temple—, nunca he estado en el dulce sur.
—Me parece usted una persona nacida para vivir en un palacio siciliano —dijo Ferdinand—, para vagar por arboledas perfumadas y contemplar una luz de luna más cálida que este sol.
—Veo que usted hace cumplidos —dijo la señorita Temple, mirándolo con picardía y encontrándose con una mirada seria y suave.
—Créame, no a usted.
—¿Qué piensa de esta flor? —dijo la señorita Temple, apartándose con bastante rapidez y señalando una planta extraña—. Es la cosa más singular del mundo: pero si alguien que no sea yo la cuida, se marchita. ¿No es divertido?
—No lo creo —dijo Ferdinand.
—Le disculpo por su incredulidad; nadie lo cree; nadie puede; y, sin embargo, es completamente cierto. Nuestro jardinero se rindió desesperado. Me pregunto qué podrá ser.
—Creo que debe ser algún príncipe encantado —dijo Ferdinand.
—¡Si lo pensara, cuánto ansiaría una varita para liberarlo! —dijo la señorita Temple.
—Rompería su varita, si tuviera una —dijo Ferdinand.
—¿Por qué? —dijo la señorita Temple.
—¡Oh! No lo sé —dijo Ferdinand—; supongo que porque creo que usted es lo suficientemente encantadora sin necesidad de una.
—Estoy obligada a considerar esa lógica como excelente —dijo la señorita Temple.
—¿Admira mi fuente y mis pájaros? —continuó, tras una breve pausa—. Después de Armine, Ducie parece un juguete un poco llamativo.
—Ducie es el Paraíso —dijo Ferdinand—. Me gustaría pasar mi vida en este invernadero.
—¿Como un príncipe encantado, supongo? —dijo la señorita Temple.
—Exactamente —dijo el Capitán Armine—; de buena gana me convertiría en este instante en una flor, si estuviera seguro de que la señorita Temple apreciaría mi existencia.
—Cortaría sus zarcillos y lo ahogaría con una regadera —dijo la señorita Temple—; realmente es usted muy siciliano en su conversación, Capitán Armine.
—Vamos —dijo el señor Temple, que se unió a ellos en ese momento—, si realmente les gustaría dar un paseo por los terrenos, ordenaré al guardabosques que nos encuentre en la cabaña.
—Una muy buena propuesta —dijo la señorita Temple.
—Pero debes buscarte un gorro, Henrietta; debo prohibirte que salgas descubierta.
—No, papá, esto servirá —dijo la señorita Temple, tomando un pañuelo, retorciéndolo alrededor de su cabeza y atándolo bajo su barbilla.
—Pareces una anciana, Henrietta —dijo su padre, sonriendo.
—No diré qué parece usted, señorita Temple —dijo el Capitán Armine, con una mirada de admiración—, no sea que piense que esta vez también estaba hablando siciliano.
—Le recompensa por su tolerancia con una rosa —dijo la señorita Temple, arrancando una flor—. Es una devolución por su hermoso regalo de ayer.
Ferdinand presionó el obsequio contra sus labios.
Salieron; se adentraron en un Paraíso, donde las flores más dulces parecían agrupadas en cada combinación de las formas más selectas; cestas, jarrones y parterres de infinita fantasía. Mil abejas y mariposas llenaban el aire con sus formas centelleantes y su alegre música, y los pájaros de las arboledas vecinas se unían al coro de melodía. Los senderos boscosos por los que ahora deambulaban permitían a intervalos vislumbres del paisaje ornamentado, y ocasionalmente la vista se extendía más allá de los límites cerrados, mostrando los racimos y los techos cubiertos de enredaderas del pueblo vecino, o alguna colina boscosa salpicada por una granja o una aguja distante. En cuanto a Ferdinand, paseaba lleno de hermosos pensamientos y fantasías emocionantes, en un estado de ensueño que había desterrado todo recuerdo o conciencia, salvo la del presente. Era feliz; positiva, perfecta y supremamente feliz. Era feliz por primera vez en su vida. No tenía idea de que la vida pudiera ofrecer tal dicha como la que ahora llenaba su ser. Qué cadena de sensaciones miserables, insípidas y artificiales parecía todo el curso de su existencia pasada. Incluso las alegrías de ayer no eran nada comparadas con estas; Armine estaba asociado con demasiado de lo común y lo sombrío como para realizar el ideal en el que ahora se deleitaba. Pero ahora todas las circunstancias contribuían a hechizarlo. La novedad, la belleza de la escena, se mezclaban armoniosamente con su pasión. El sol le parecía un sol más brillante que el astro que iluminaba Armine; el cielo más claro, más puro, más oloroso. Parecía haber una simpatía mágica en los árboles, y cada flor le recordaba a su amada. Y entonces miró a su alrededor y la contempló. ¿Estaba positivamente despierto? ¿Estaba en Inglaterra? ¿Estaba en el mismo globo en el que hasta ahora se había movido y actuado? ¿Qué era esta forma fascinante que se movía ante él? ¿Era realmente una mujer?
O dea certè!
Esa voz, también, ahora más salvaje que el pájaro más salvaje, ahora baja y silenciosa, pero siempre dulce; ¿dónde estaba, qué escuchaba, qué contemplaba, qué sentía? La presencia de su padre solo lo frenó de caer de rodillas y expresarle su adoración.
Al fin, nuestros amigos llegaron a una cabaña pintoresca y cubierta de hiedra, donde el guardabosques, con sus escopetas y perros, aguardaba al señor Temple y a su invitado. Ferdinand, aunque un deportista entusiasta, contempló el espectáculo con consternación. Excécró, al mismo tiempo, la existencia de las perdices y la invención de la pólvora. Resistirse a su destino, sin embargo, era imposible; tomó su escopeta y se giró para despedirse de su anfitriona.
—No me gusta abandonar el Paraíso en absoluto —dijo en voz baja—: ¿debo irme?
—¡Oh! Ciertamente —dijo la señorita Temple—. Le hará mucho bien.
Nunca nadie disparó al principio con tanta torpeza. Con el tiempo, sin embargo, Ferdinand se recuperó lo suficiente como para restaurar su reputación ante el guardabosques, quien, desde su primera observación, comenzó a guiñar el ojo a su hijo, un ayudante de batida, e incluso ocasionalmente se metió la lengua en la mejilla, un gesto significativo perfectamente comprendido por el pilluelo. —Por mi vida, Sam —observó después profundamente—, no pude entender a este Capitán de ninguna manera. Al principio pensé que iba a apoyar el cañón en su hombro. Que me ahorquen si alguna vez vi a tal caballero. Falló todo; y al final, si no alcanzó los disparos más largos al vuelo sin apuntar. Que me ahorquen si alguna vez vi a tal caballero. Lo alcanzó todo. Ese Capitán me desconcertó, ciertamente.
La concurrencia en la cena se vio incrementada por un terrateniente vecino y su esposa, y el rector de la parroquia. Ferdinand fue colocado a la derecha de la señorita Temple. Cuanto más la contemplaba, más hermosa le parecía. Detectaba a cada momento algún encanto antes no observado. Le parecía que nunca había estado en tan agradable compañía, aunque, a decir verdad, la conversación no era de un carácter muy brillante. El señor Temple relató el deporte de la mañana al terrateniente, cuyos oídos se encendieron ante un tema afín, y cada coto del condado fue discutido entonces, con algunos episodios sobre la caza furtiva. El rector, un anciano que había cenado en los viejos tiempos en Armine Place, recordó a Ferdinand la agradable circunstancia, optimista quizás de que la invitación pudiera llevar a una renovación de su trato con aquella hospitalaria mesa. Fue dolorosamente profuso en su descripción de los días públicos del famoso Sir Ferdinand. Desde el servicio de plata hasta los treinta sirvientes con librea, nada fue omitido.
—Nuestro amigo se dedica a los cuentos árabes —susurró Ferdinand a la señorita Temple—; usted puede ser testigo de que vivimos con suficiente tranquilidad ahora.
—Ciertamente nunca olvidaré mi visita a Armine —respondió la señorita Temple—; fue uno de los días agradables de mi vida.
—Y eso es decir mucho, porque creo que su vida debe haber abundado en días agradables.
—No puedo, de hecho, reclamar esa miseria que hace a mucha gente interesante —dijo la señorita Temple—; soy una persona muy común, porque siempre he sido feliz.
Cuando las damas se retiraron, hubo poca inclinación por parte del terrateniente y el rector a seguir su ejemplo; y el Capitán Armine, por tanto, pronto dejó al señor Temple a su suerte y escapó al salón. Se deslizó hacia un asiento en una otomana, al lado de su anfitriona, y escuchó en silencio la conversación. ¡Qué conversación! En cualquier otro momento, bajo cualquier otra circunstancia, Ferdinand se habría sentido molesto y cansado con su curso cotidiano: todos los aburridos detalles de los chismes del condado, en los que la esposa del terrateniente era una experta, y con los que la señorita Temple era demasiado bien educada para no parecer simpatizar; y sin embargo, la conversación, para Ferdinand, parecía encantadora. Cada acento de Henrietta sonaba como ingenio; y cuando inclinaba la cabeza en señal de asentimiento a las deducciones obvias de su acompañante, había en cada movimiento una gracia tan inefable que Ferdinand podría haberse sentado en silencio y escuchado, hechizado, para siempre: y ocasionalmente, también, ella se volvía hacia el Capitán Armine y apelaba en algún punto a su conocimiento o a su gusto. Le parecía que nunca había escuchado sonidos tan dulcemente vibrantes como su voz. Era un estallido de música parecido al de un pájaro, que encajaba bien con el sol brillante de sus ojos violetas.
Sus últimos acompañantes entraron. Ferdinand se levantó de su asiento; las ventanas del salón estaban abiertas; salió al jardín. Sintió la necesidad de estar un momento solo. Avanzó unos pasos más allá del alcance de los hombres y luego, apoyándose en una estatua y enterrando su rostro en su brazo, se dejó llevar por una emoción irresistible. Qué pensamientos salvajes cruzaron su alma impetuosa en ese instante, es difícil de conjeturar. Quizás fue la pasión lo que inspiró ese ensueño convulsivo; tal vez pudo haber sido el remordimiento. ¿Se abandonó a esos sentimientos novedosos que en pocas breves horas habían cambiado todas sus aspiraciones y coloreado toda su existencia; o estaba torturado por ese futuro oscuro y desconcertante, del cual su imaginación en vano luchaba por rescatarlo?
Fue despertado de su ensueño, breve pero tumultuoso, por la nota de música y luego por el sonido de una voz humana. El ciervo que detecta el cuerno del cazador no podría haber comenzado con una emoción más salvaje. Pero solo un órgano hermoso podía emitir esa voz. Se acercó, escuchó; la voz de Henrietta Temple flotó hacia él en el aire, respirando con mil olores. En un momento estuvo a su lado, la esposa del terrateniente estaba de pie junto a ella; los caballeros, por un momento detenidos de una discusión política, formaron un grupo en una parte distante de la sala, el rector aventurándose ocasionalmente en un susurro practicado para reforzar un argumento perturbado. Ferdinand se deslizó sin ser visto por la bella intérprete. La señorita Temple no solo poseía una voz de tono y alcance raros, sino que este delicioso don de la naturaleza había sido cultivado con arte refinado. Ferdinand, él mismo músico y apasionadamente devoto de la melodía vocal, escuchó con un éxtasis no exagerado.
—¡Oh! ¡Hermoso! —exclamó él, cuando la cantante cesó.
—¡Capitán Armine! —exclamó la señorita Temple, mirando a su alrededor con una sonrisa salvaje y fascinante—. Pensé que estaba meditando en el crepúsculo.
—Su voz me convocó.
—¿Le gusta la música?
—Casi nada más.
—¿Canta usted?
—Tarareo.
—Intente esto.
—¿Con usted?
Ferdinand Armine no era indigno de cantar con Henrietta Temple. Su madre había sido su hábil instructora en el arte incluso en su infancia, y su frecuente residencia en Nápoles y otras partes del sur le habían brindado amplias oportunidades de perfeccionar un talento cultivado así de temprano. Pero esta noche el amor por algo más allá de su arte inspiró la voz de Ferdinand. Cantando con Henrietta Temple, vertió ante ella en seguridad toda la pasión que rugía en su alma. La esposa del terrateniente parecía confundida; Henrietta misma palideció; los políticos cesaron incluso de susurrar y avanzaron desde su esquina hacia el instrumento; y cuando el dúo terminó, el señor Temple ofreció sus sinceras felicitaciones a su invitado. Henrietta también se volvió con algunas palabras de elogio hacia Ferdinand; pero las palabras fueron débiles y confusas, y finalmente, solicitando al Capitán Armine que los favoreciera cantando solo, se levantó y desocupó su asiento.
Ferdinand tomó la guitarra y se acompañó en un aire napolitano. Era alegre y festivo, una Ritornella que podría convocar a tu amada a bailar bajo la luz de la luna. Y entonces, entre muchas felicitaciones, ofreció la guitarra a la señorita Temple.
—Nadie escuchará una melodía simple después de algo tan brillante —dijo la señorita Temple, mientras tocaba una cuerda y, tras un ligero preludio, cantó estas palabras:
LA ABANDONADA.
I.
Sí, llorar es locura, Lejos con esta lágrima, Que ninguna señal de tristeza Traicione la angustia salvaje que temo. Cuando lo encontremos esta noche, ¡Que mi corazón esté mudo entonces! Y que mi sonrisa sea tan brillante, Como si nunca fuéramos a separarnos.
II.
¡Muchacha! Dame el espejo Que decía que yo era hermosa; ¡Ay! fatal error, Esta imagen revela mi desesperación. Las sonrisas ya no pueden pasar Sobre esta frente marchita, ¡Y hago añicos este cristal, Como su amor y su frágil voto!
—La música —dijo Ferdinand, lleno de entusiasmo—, es...
—De Henrietta —respondió su padre.
—¿Y las palabras?
—Fueron encontradas en la jaula de mi canario —dijo Henrietta Temple, levantándose y poniendo fin a la conversación.
CAPÍTULO VII.
En el que el Capitán Armine se entrega a un ensueño.
Se anunció el carruaje del terrateniente, y luego llegó el chal de su esposa. Qué feliz se sintió Ferdinand cuando recordó que debía permanecer en Ducie. ¡Permanecer en Ducie!
Permanecer bajo el mismo techo que Henrietta Temple. ¡Qué dicha! ¡Qué dicha arrebatadora! Toda su vida, y la suya no había sido monótona; parecía que toda su vida no podía ofrecer una situación tan aventurera y dulce como esta. Ahora se han ido. El terrateniente y su esposa, y el digno rector que recordaba tan bien a Armine; todos han partido, todas las despedidas han sido pronunciadas; tras este pequeño e inevitable ajetreo, el silencio reina en el salón de Ducie. Ferdinand caminó hacia la ventana. La luna estaba alta; el aire era dulce y silencioso; el paisaje claro, aunque suave. ¡Oh! ¿Qué no habría dado por haber paseado por ese jardín con Henrietta Temple, por haber vertido toda su alma ante ella, por haberle dicho cuán maravillosamente hermosa era, cuán salvajemente fascinante, y cuánto la amaba, cuánto suspiraba por unir su destino al de ella y vivir para siempre en la brillante atmósfera de su gracia y belleza?
—Buenas noches, Capitán Armine —dijo Henrietta Temple.
Se volvió apresuradamente, se sonrojó, palideció. Allí estaba ella, con una luz en la mano, la otra extendida hacia el invitado de su padre. Presionó su mano, suspiró, se vio confundido; luego, soltando repentinamente su mano, caminó rápidamente hacia la puerta del salón, la cual abrió para que ella pudiera retirarse.
—El día más feliz de mi vida ha terminado —murmuró.
—Es usted tan fácilmente contentadizo, entonces, que creo que siempre debe ser feliz.
—Me temo que no soy tan fácilmente contentadizo como imagina.
Ella se ha ido. Deben transcurrir horas, muchas y largas horas, antes de que la vea de nuevo, antes de que vuelva a escuchar esa música, observe esa gracia aérea y se encuentre con el destello brillante de ese ojo fascinante. ¿Qué miseria había en esta idea? Cuán poco parecía haber valorado hasta ahora la alegría de ser su compañero. Maldijo las horas que se habían desperdiciado lejos de ella en el deporte de la mañana; se culpó a sí mismo por no haber abandonado incluso antes el comedor, o por haber dejado el salón por un momento para comunicarse con sus propios pensamientos en el jardín. Con dificultad se contuvo de reabrir la puerta, para escuchar el sonido lejano de sus pasos, o captar, quizás, a lo largo de algún corredor, el eco que se desvanecía de su voz. Pero Ferdinand no estaba solo; el señor Temple aún permanecía allí. Ese caballero levantó el rostro del periódico cuando el Capitán Armine se acercó a él; y, tras algunas observaciones sobre el deporte del día y la esperanza de que repitiera su prueba en la finca mañana, propuso retirarse. Ferdinand, por supuesto, asintió, y en un momento estaba subiendo con su anfitrión la noble escalera italiana; y luego fue conducido desde el vestíbulo a su habitación.
Su visita previa a la cámara había sido tan apresurada que solo había hecho una observación general sobre su apariencia. Poco inclinado a dormir, ahora la examinó más críticamente. En un hueco había una cama francesa de muebles sencillos. En las paredes, que estaban cubiertas con un papel rústico, colgaban varios dibujos que representaban vistas de la Suiza sajona. Eran tan audaces y llenos de espíritu que atraían la atención; pero el ojo rápido de Ferdinand detectó instantáneamente las iniciales de la artista en la esquina. Eran letras que hacían temblar su corazón mientras contemplaba con amorosa admiración sus obras. Ante un sofá, cubierto con una cretona de un patrón correspondiente al papel de las paredes, se colocó una pequeña mesa francesa, sobre la cual había materiales de escritura; y su mesa de aseo y su repisa de chimenea estaban profusamente adornadas con flores raras; por todos lados había síntomas de gusto femenino y consideración femenina.
Ferdinand retiró cuidadosamente de su abrigo la flor que Henrietta le había dado por la mañana, y que había usado todo el día. La besó, la besó más de una vez; presionó su forma algo marchita contra sus labios con cautelosa delicadeza; luego, cuidándola con el máximo esmero, la colocó en un jarrón con agua, el cual, sosteniendo en su mano, se arrojó en una silla cómoda, con los ojos fijos en el regalo que más valoraba en el mundo.
Pasó una hora, y Ferdinand Armine permaneció fijo en la misma posición. Pero nadie que contemplara ese rostro hermoso y pensativo, y la suavidad soñadora de ese gran ojo gris, podría por un momento concebir que sus pensamientos fueran menos dulces que el objeto en el que parecían fijarse. Ningún recuerdo distante lo perturbaba ahora, ningún recuerdo del pasado, ningún miedo al futuro. El presente delicioso monopolizaba su existencia. Los lazos del deber, las demandas del afecto doméstico, las consideraciones mundanas que, por una cruel dispensación, habían parecido, por así decirlo, contaminar incluso su inocente y descuidada juventud, incluso las urgentes apelaciones de su crítica y peligrosa situación; todo, todo fue olvidado en un intenso delirio de amor absorbente.
Pronto se levantó de su asiento y paseó por su habitación durante algunos minutos, con los ojos fijos en el suelo. Luego, despojándose de su ropa y tomando la flor del jarrón, que había colocado previamente sobre la mesa, la depositó en su pecho. —Hermosa, amada flor —exclamó—; ¡así, así ganaré y llevaré a tu dueña!
CAPÍTULO VIII.
Un sueño extraño.
Inquietos son los sueños del amante que es joven. Ferdinand Armine despertó sobresaltado de la agonía de un sueño terrible. Había estado caminando en un jardín con Henrietta Temple, su mano estaba entrelazada con la suya, sus ojos fijos en el suelo, mientras él susurraba palabras deliciosas. Su rostro estaba sonrojado, su habla jadeante y baja. Suavemente rodeó con su brazo libre su forma elegante; ella miró hacia arriba, sus ojos elocuentes se encontraron con los de él, y sus labios temblorosos parecían a punto de unirse en un...
¡Cuando he aquí! el esplendor del jardín se desvaneció, y todo parecía cambiado y tenue; en lugar de los hermosos senderos arqueados, en los que un momento antes parecían vagar, era bajo el techo abovedado de algún templo donde ahora se movían; en lugar del parterre de flores brillantes del que estaba a punto de arrancar una ofrenda para su pecho, un altar se alzó, desde cuyo centro brotó una rápida y lúgubre lengua de fuego. El soñador miró a su compañera, y su forma estaba teñida con el tono oscuro de la llama, y sostenía un pañuelo contra su rostro, como si estuviera presionada por el calor antinatural. Un gran miedo lo invadió repentinamente. Con prisa, pero con ternura, él mismo retiró el pañuelo del rostro de su compañera, y este movimiento reveló el rostro de la señorita Grandison.
Ferdinand Armine se despertó y dio un salto en la cama. Ante él todavía aparecía la inesperada figura. Saltó de la cama, contempló la forma con ojos desorbitados y la boca abierta. Estaba allí, sin duda estaba allí; era Katherine, Katherine su prometida, triste y reprochadora. La figura se desvaneció ante él; él avanzó con la mano extendida; en su desesperación decidió aferrar la forma que escapaba: y encontró en su agarre su bata, que había arrojado sobre el respaldo de una silla.
«Un sueño, y solo un sueño, al fin y al cabo», murmuró para sí mismo; «y, sin embargo, uno extraño».
Tenía la frente caliente; abrió el ventanal. Todavía era de noche; la luna había desaparecido, pero las estrellas seguían brillando. Recordó con esfuerzo la escena con la que se había familiarizado ayer por primera vez. Ante él, serenas y quietas, se alzaban las arboledas de Ducie. ¿Y su dueña? Aquella forma angelical cuya mano había estrechado en su sueño, no era entonces meramente una sombra. Respiraba, vivía, y bajo el mismo techo. Henrietta Temple estaba en ese momento bajo el mismo techo que él: ¿y cuáles serían sus sueños? ¿Serían salvajes como los suyos, o dulces e inocentes como ella misma? ¿Pasaría su figura por su visión cerrada en esta hora encantada, como la de ella había visitado la suya? ¿Habría sido ahuyentada por una aparición tan aterradora? ¿Tenía alguien para ella la misma relación que Katherine Grandison para él? Una suposición temerosa, que se le había ocurrido ahora por primera vez, y que parecía que nunca podría volver a abandonar su mente. Las estrellas se desvanecieron, el aliento de la mañana estaba en el aire, surgió el canto de los pájaros. Exhausto de cuerpo y mente, Ferdinand Armine se arrojó sobre su cama, y pronto se perdió en sueños tan imperturbables como la tumba.
CAPÍTULO IX.
Que espero que resulte tan agradable para el lector como para nuestro héroe.
El sirviente de Ferdinand, a quien había enviado la víspera a Armine, regresó temprano con las cartas de su amo; una de su madre y otra de la señorita Grandison.
Todos ellos debían llegar a la Mansión pasado mañana. Ferdinand abrió estas epístolas con mano temblorosa. La visión de la caligrafía de Katherine, de su Katherine, era casi tan terrible como su sueño. Le recordó, con una realidad espantosa, su situación actual, que había expulsado de sus pensamientos. Había dejado a su familia, su familia que estaba tan dedicada a él, y a la que él tanto amaba, feliz, es más, triunfante, un novio comprometido y regocijado. ¡Lo que había ocurrido durante las últimas cuarenta y ocho horas parecía haber cambiado completamente todos sus sentimientos, todos sus deseos, todos sus puntos de vista, todas sus esperanzas! Había conocido en ese intervalo a un solo ser humano, una mujer, una chica, una joven e inocente chica; había mirado a esa chica y escuchado su voz, y su alma había cambiado como la tierra por la salida del sol. Mientras leía estas cartas en su cama, y reflexionaba sobre su contenido, y todos los pensamientos que sugerían, la extrañeza de la vida, el misterio de la naturaleza humana, le impresionaban dolorosamente. Su melancólico padre, su cariñosa y confiada madre, el devoto Glastonbury, todas las circunstancias mortificantes de su ilustre linaje, surgieron en dolorosa sucesión ante él. Ni podía olvidar sus propias miserables locuras y aquella fatal visita a Bath, cuyas consecuencias resonaban en su memoria como grilletes degradantes y vergonzosos. La carga de la existencia parecía intolerable. Aquel amor doméstico que tanto había consolado su existencia, le recordaba ahora solo las asociaciones más dolorosas. En la locura de sus pensamientos, deseaba estar solo en el mundo, para luchar con su destino y forjar su fortuna. Se sentía un esclavo y un sacrificio. Maldijo Armine, su antigua casa y sus arruinadas fortunas. Sintió que la muerte era preferible a la vida sin Henrietta Temple. Pero incluso suponiendo que pudiera liberarse de su imprudente compromiso; incluso admitiendo que todas las consideraciones mundanas pudieran dejarse de lado, y que el orgullo de su padre, el amor de su madre y las puras esperanzas de Glastonbury pudieran ser ultrajados; ¿qué oportunidad, qué esperanza había de obtener su gran objetivo? ¿Qué era él, qué era él, Ferdinand Armine, libre como el aire de las demandas de la señorita Grandison, con todo sentido del deber desarraigado de su otrora sensible pecho, y existiendo solo para la gratificación de sus propias fantasías salvajes? Un mendigo, peor que un mendigo, sin hogar, sin la posibilidad de un hogar que ofrecer a la dama de su pasión; es más, ¡ni siquiera seguro de que el duro proceso de la ley no pudiera reclamar instantáneamente a su víctima, y él mismo ser arrastrado desde el altar hasta la cárcel!
Sombrío y melancólico, se dirigió al salón; vio a Henrietta Temple, y la nube abandonó su frente, y la ligereza llegó a su corazón. Nunca la había visto tan hermosa, tan fresca y brillante, tan parecida a una hermosa flor con el rocío sobre sus pétalos. Su voz penetró en su alma; su sonrisa soleada calentó su pecho. Su padre también lo saludó con amabilidad y preguntó por su sueño, el cual, le aseguró al señor Temple, había sido satisfactorio.
«Encuentro», continuó el señor Temple, «que el correo me ha traído hoy algunos asuntos que, me temo, requieren la mañana para ser atendidos; pero espero que no olvide su promesa. El guardabosques estará listo siempre que usted lo llame».
Ferdinand murmuró algo sobre molestias e intrusiones, y la esperada llegada de su familia; pero la señorita Temple le rogó que aceptara la oferta, y la negativa fue imposible.
Después del desayuno, el señor Temple se retiró a su biblioteca, y Ferdinand se encontró solo por primera vez con Henrietta Temple.
Ella estaba copiando una miniatura de Carlos I. Ferdinand miró por encima de su hombro.
«¡Un semblante melancólico!», observó.
«Es uno de mis favoritos», respondió ella.
«Sin embargo, usted siempre está alegre».
«Siempre».
«La envidio, señorita Temple».
«¿Qué, está usted melancólico?»
«Tengo todas las razones».
«De hecho, yo habría pensado lo contrario».
«Me considero el más desafortunado de los seres humanos», respondió Ferdinand.
Habló tan seriamente, en un tono de sentimiento tan profundo y amargo, que la señorita Temple no pudo resistirse a mirar a su compañero. Su semblante era sombrío.
«Me sorprende», dijo la señorita Temple; «pienso que pocas personas deberían ser infelices, y sospecho que menos aún lo son de lo que imaginamos».
«Todo lo que deseo», replicó él, «es que la batalla de Newbury hubiera presenciado la extinción de nuestra familia, así como de nuestro título nobiliario».
«Un título, y un título como el suyo, es una gran cosa», dijo Henrietta Temple, «una gran cosa; pero yo no me afligiría, si fuera usted, por eso. Preferiría ser una Armine sin una corona que muchas frentes que conozco con ella».
«Malinterpretó una frase tonta», replicó Ferdinand. «No estaba pensando en la pérdida de nuestra corona, aunque eso sea solo parte del sistema. Nuestra familia, estoy seguro, está condenada. Nacimiento sin honor, tierras sin fortuna, vida sin felicidad, ese es nuestro destino».
«En cuanto a lo primero», dijo la señorita Temple, «los honorables siempre son honrados; el dinero, a pesar de lo que digan, siento que no es la cosa más importante del mundo; y en cuanto a la miseria, confieso que no creo muy fácilmente en la miseria de la juventud».
«¡Ojalá nunca la compruebe!», respondió Ferdinand; «¡ojalá nunca sea, como yo, la víctima de la disipación familiar y del orgullo familiar!». Al decir esto, se dio la vuelta y, tomando un libro, pareció por unos minutos envuelto en sus reflexiones.
De repente, reanudó la conversación en un tono más alegre. Sosteniendo un volumen de Petrarca en la mano, tocó ligeramente, pero con gracia, la poesía italiana; luego se desvió hacia sus viajes, relató una aventura con viveza y respondió a las animadas observaciones de la señorita Temple con alegría y prontitud. La mañana avanzó; la señorita Temple cerró su portafolio y visitó sus flores, invitándolo a seguirla. Su invitación apenas era necesaria, sus movimientos estaban regulados por los de ella; él le era tan fiel como su sombra. Del invernadero entraron en el jardín; a Ferdinand le gustaban tanto los jardines como a la señorita Temple. Ella elogió el jardín de flores de Armine. Él le dio algunos detalles sobre su principal creador. El carácter de Glastonbury interesó mucho a la señorita Temple. El amor es confidencial; no tiene miedo al ridículo. Ferdinand entró con libertad y sin embargo con gracia en detalles familiares, de los cuales, en otro momento y ante otra persona, habría sido el primero en retraerse. La imaginación de la señorita Temple se vio muy interesada por su sencillo, y, para ella, conmovedor relato de este antiguo linaje que vivía en su soledad hereditaria, con todo su noble orgullo y altiva pobreza. La escena, las circunstancias, eran todas tales como para complacer la fantasía de una doncella; y él, el héroe natural de esta singular historia, parecía no carecer de ninguna de esas cualidades heroicas que el espíritu más salvaje del romance podría requerir para la finalización de su hechizo. Hermoso como sus ancestros, y, estaba segura, tan valiente, joven, lleno de espíritu, elegante y culto, un espíritu alegre y audaz se mezclaba con la melancólica melodía de su voz, y ocasionalmente contrastaba con el carácter algo comedido y castigado de su comportamiento.
«Bueno, no se desespere», dijo Henrietta Temple; «las riquezas no hicieron feliz a Sir Ferdinand. Me siento confiada en que la casa volverá a florecer».
«No tengo confianza», respondió Ferdinand; «siento que la lucha contra nuestro destino es infructuosa. Una vez, de hecho, me sentí como usted; hubo un tiempo en que incluso sentía un orgullo ficticio por todas las locuras de mi abuelo. Pero eso pasó; he vivido para execrar su memoria».
«¡Chist! ¡chist!»
«¡Sí, para execrar su memoria! ¡Repito, para execrar su memoria! Sus locuras se interponen entre mí y mi felicidad».
«De hecho, no veo eso».
«¡Ojalá nunca lo vea! No puedo ocultarme a mí mismo que soy un esclavo, y uno miserable, y que su carrera me ha acarreado esta maldición de servidumbre. ¡Pero lejos con esto! Debe pensar de mí, señorita Temple, que soy el más egoísta de los seres humanos; y sin embargo, para hacerme justicia, no recuerdo haber hablado tanto de mí mismo antes».
«¿Quiere pasear conmigo?», dijo la señorita Temple, tras un momento de silencio; «parece poco inclinado a aprovechar la invitación de mi padre al deporte solitario. Pero no puedo quedarme en casa, pues tengo visitas que hacer, aunque me temo que usted las considerará bastante aburridas». «¿Por qué?»
«Mis visitas son a las casas de campo».
«No amo nada más. Solía ser siempre el compañero de mi madre en tales ocasiones».
Así, cruzando el césped, entraron en un hermoso bosque de considerable extensión, que formaba el límite de los terrenos, y, después de algún tiempo pasado en agradable conversación, emergieron a una llanura de no poca extensión o belleza, pues estaba densamente poblada en algunas partes con árboles elevados, mientras que en otras el tojo y el helecho daban riqueza y variedad al vasto desierto de césped verde, apenas marcado, excepto por el ligero casco del palafreno de la señorita Temple.
«No es tan grandioso como Armine Park», dijo la señorita Temple; «pero estamos orgullosos de nuestra llanura».
El humo fino y gris que se elevaba en diferentes direcciones era un faro para las visitas caritativas de la señorita Temple. Era evidente que ella era una visitante tanto habitual como amada. Cada puerta de las casas de campo le era familiar a su entrada. Los niños sonreían ante su acercamiento; sus madres se levantaban y hacían una reverencia con afectuoso respeto. ¡Cuántos nombres y cuántas necesidades tenía que recordar! sin embargo, nada se olvidaba. Algunos eran recompensados por su laboriosidad, otros eran amonestados para no ser ociosos; pero todos eran tratados con una suavidad encantadora más eficaz que los regalos o los castigos. Los ancianos eran consolados por su visita; los enfermos olvidaban sus dolores; y, mientras ella escuchaba con paciente simpatía las largas narraciones de dolores reumáticos, parecía que su presencia en cada vieja silla, sus tiernas preguntas y sus esperanzas optimistas, traían aún más consuelo que sus abundantes promesas de socorro desde la Mansión, en forma de arrurruz y gachas, vino de oporto y enaguas de franela.
Esta escena de dulce simplicidad devolvió viejos días y viejos lugares a la memoria de Ferdinand Armine. Pensó en el tiempo cuando era un niño feliz en su hogar inocente; el niño de su madre, el hijo a quien ella tanto amaba y cuidaba, cuando una nube en su frente traía una lágrima a sus ojos, y cuando un beso de sus labios era su recompensa más querida y deseada. La última noche que había pasado en Armine, antes de su primera partida, surgió en su recuerdo; todo el apasionado cariño de su madre, todo su temor salvaje de que llegara el día en que su hijo no la amara tan entrañablemente como lo hacía entonces. Aquel tiempo había llegado. Hacía solo unas horas, ¡ay!, hacía solo unas horas, y él había suspirado por estar solo en el mundo, y había sentido aquellos lazos domésticos que habían sido la alegría de su existencia como una carga y una maldición. Una lágrima se deslizó por su mejilla; salió de la cabaña para ocultar su emoción. Se sentó en el tronco de un árbol, apartado unos pasos; contempló el sol poniente que doraba el paisaje distante con su luz rica pero pensativa. Las escenas de los últimos cinco años desfilaron ante los ojos de su mente en rápida sucesión; su disipación, su vanidad, su desesperada locura, su hueca mundanidad. ¿Por qué, oh!, ¿por qué había dejado alguna vez su hogar impoluto? ¿Por qué no podría haber vivido y muerto en ese paraíso selvático? ¿Por qué, oh!, ¿por qué era imposible admitir a su hermosa compañera en esa dulce y serena sociedad? ¿Por qué su amor por ella debía hacer que su corazón fuera un rebelde contra su hogar? ¡Dinero! ¡Dinero horrible! Le parecía que la cabaña contigua y el trabajo de sus manos, con ella, eran preferibles a palacios y multitudes de sirvientes sin su presencia inspiradora. ¿Y por qué no armarse de valor y comunicarse en confianza con sus padres? Ellos lo amaban; sí, ¡lo idolatraban! Por él, solo por él, buscaban la restauración de su casa y fortunas. ¿Por qué, Henrietta Temple era un tesoro más rico que cualquiera que sus antepasados hubieran contado. Que la miren, que la escuchen, que respiren como él había hecho en su encanto; ¿y podrían maravillarse, podrían murmurar, ante su conducta? ¿No la admirarían, no la ensalzarían más bien, oh, no lo harían? Pero, entonces, sus deudas, sus abrumadoras deudas. Todo lo demás podría ser enfrentado. Su desesperado compromiso podría romperse; su familia podría reconciliarse con la oscuridad y la pobreza: pero, ¡ruina! ¿Qué hacer con su ruina inminente? Ahora su locura lo aguijoneaba; ahora el escorpión entraba en su alma. No era la disipación de su antepasado, no era el orgullo de su familia entonces, lo que se interponía entre él y su amor; ¡era su propia carrera culpable y sin corazón! Se cubrió la cara con las manos; algo lo tocó ligeramente; era la sombrilla de la señorita Temple.
«Temo», dijo ella, «que mis visitas lo hayan cansado; pero usted ha sido muy amable y bueno».
Se levantó rápidamente, con un leve rubor. «De hecho», respondió, «he pasado una mañana de lo más encantadora, y solo estaba lamentando que la vida consistiera en cualquier otra cosa que no fuera cabañas y usted».
Se les hizo tarde; escucharon la primera campana de la cena en Ducie mientras volvían a entrar en el bosque. «Debemos darnos prisa», dijo la señorita Temple; «la cena es el único tema en el que papá es un tirano. ¡Qué atardecer! Me pregunto si Lady Armine regresará el sábado. Cuando regrese, espero que haga que nos visite, pues quiero copiar los cuadros de su galería».
«Si no fueran reliquias familiares, se los daría», dijo Ferdinand; «pero, tal como están las cosas, solo hay una forma en la que puedo conseguirlo».
«¿Qué forma?», preguntó la señorita Temple, muy inocentemente.
«Lo olvido», respondió Ferdinand, con una sonrisa peculiar. La señorita Temple se vio un poco confundida.
CAPÍTULO X.
Paseo vespertino.
A PESAR de su situación peligrosa, una sensación indefinible de felicidad invadió el alma de Ferdinand Armine, mientras hacía su apresurada toilette y se apresuraba hacia la mesa doméstica de Ducie, donde era ahora el único invitado. Su mirada se encontró con la de la señorita Temple al entrar en la habitación. Parecía brillar sobre él con interés y bondad. Su cortés y agradable anfitrión le dio la bienvenida con calidez refinada. Parecía que ya se había establecido un sentimiento de intimidad entre ellos, y se imaginó a sí mismo ya considerado como un miembro habitual de su círculo. Todos los pensamientos oscuros fueron expulsados. Estaba alegre y agradable, y mantuvo debidamente con el señor Temple esa conversación en la que su anfitrión sobresalía. La señorita Temple hablaba poco, pero escuchaba con evidente interés a su padre y a Ferdinand. Parecía deleitarse en su compañía y sentirse gratificada por el evidente sentido del capitán Armine por las cualidades agradables de su padre. Cuando terminó la cena, todos se levantaron juntos y se dirigieron al salón.
«Ojalá estuviera aquí el señor Glastonbury», dijo la señorita Temple, mientras Ferdinand abría el instrumento. «Debe traerlo algún día, y entonces nuestro concierto será perfecto».
Ferdinand sonrió, pero el nombre de Glastonbury lo hizo estremecerse. Su semblante cambió ante los planes futuros de la señorita Temple. «Algún día», de hecho, ¡cuando también podría aprovechar la oportunidad de presentar a su prometida! Pero la voz de Henrietta Temple expulsó todo cuidado de su pecho; se abandonó al embriagador presente. Ella cantó sola; y luego cantaron juntos; y mientras él arreglaba sus libros, o seleccionaba su tema, mil instancias del interés con el que ella lo inspiraba se desarrollaron. Una vez le tocó la mano, y presionó la suya, sin ser visto, contra sus labios.
Aunque la habitación estaba iluminada, las ventanas estaban abiertas y dejaban entrar la luz de la luna. El hermoso salón estaba lleno de fragancia y de melodía; la más bella de las mujeres deslumbraba a Ferdinand con su presencia; su corazón estaba lleno, sus sentidos arrebatados, sus esperanzas estaban altas. ¿Podría haber un demonio como el cuidado en tal paraíso? ¿Podría la tristeza entrar alguna vez aquí? ¿Era posible que estos brillantes salones y fragantes arboledas pudieran ser contaminados por las miserables consideraciones que reinaban demasiado a menudo supremas en su infeliz pecho? Una escena encantada había surgido repentinamente de la tierra para su deleite y fascinación. ¿Podía ser infeliz? ¡Vaya, si todo se volvía más oscuro incluso de lo que a veces temía, ese hombre no había vivido en vano que había contemplado a Henrietta Temple! Todos los problemas del mundo eran locura aquí; esto era tierra de hadas, y él algún caballero que había caído de un globo sombrío sobre alguna región estrellada que destellaba con brillo perenne.
Las horas pasaron volando; los sirvientes trajeron ese ligero banquete cuya entrada en el campo parece el único método de recordar a nuestros huéspedes que existe un mañana.
«Es la última noche», dijo Ferdinand, sonriendo, con un suspiro. «Una canción más; solo una más. Señor Temple, sea indulgente; es la última noche. Siento», añadió en un tono más bajo para Henrietta, «siento exactamente lo mismo que sentí cuando dejé Armine por primera vez».
«¿Porque va a regresar a él? Eso es obstinación».
«Obstinación o no, desearía no volver a verlo nunca».
«Por mi parte, Armine es para mí la tierra misma del romance».
«Es extraño».
«Ningún lugar en la tierra me ha impresionado más. Es la mejor combinación de arte, naturaleza y asociaciones poéticas que conozco; es, de hecho, única».
«No me gusta diferir con usted en ningún tema».
«Seríamos compañeros aburridos, me temo, si estuviéramos de acuerdo en todo».
«No puedo pensarlo».
«Papá», dijo la señorita Temple, «un pequeño paseo por el césped; un pequeño, pequeño paseo. La luna es tan brillante; y el otoño, este año, aún no nos ha traído rocío». Y mientras hablaba, tomó su bufanda y la envolvió alrededor de su cabeza. «Ahí», dijo, «me parezco al retrato de la paje turca en la Galería de Armine».
Había una gracia juguetona en Henrietta Temple, una sencillez salvaje y brillante, que resultaba aún más encantadora por estar mezclada con una crianza particularmente distinguida. Ninguna persona en la sociedad ordinaria era más calmada, ni gozaba de un dominio propio más completo, y, sin embargo, nadie en las relaciones más íntimas de la vida se entregaba más a esos pequeños arrebatos naturales y espontáneos, que casi parecían recordar a una niña juguetona más que a una mujer refinada; y que, en tales circunstancias, son infinitamente cautivadores. En cuanto a Ferdinand Armine, contemplaba a la paje turca con un semblante radiante de admiración; deseaba que fuera en Turquía donde entonces la contemplaba, o en cualquier otra tierra extraña, donde pudiera haberla subido a su corcel y galopar lejos en pos de un destino tan salvaje como su propia alma.
Aunque el año estaba en decadencia, el verano le había prestado esta noche al otoño, pues era tan suave y dulce. El rayo de luna caía brillantemente sobre Ducie Bower, y el iluminado salón contrastaba eficazmente con el esplendor natural de la escena exterior. El señor Temple le recordó a Henrietta una fiesta brillante que se había celebrado en un palacio sajón, y que ciertas circunstancias de semejanza trajeron a su memoria. Ferdinand no pudo hablar, pero se encontró presionando inconscientemente el brazo de Henrietta Temple contra su corazón. El palacio sajón le trajo a la señorita Temple una melodía salvaje que se había cantado en los jardines aquella noche. Le preguntó a su padre si la recordaba, y tarareó la melodía mientras formulaba la pregunta. Su suave murmullo pronto se expandió en canción. Era una de esas letras salvajes y naturales que surgen en los países montañosos, y que parecen imitar los prolongados ecos que en tales regiones saludan el oído del pastor y del cazador.
¡Oh! ¡Por qué tuvo esta noche que tener un fin!
CAPÍTULO XI.
Un paseo matutino.
FUE la soledad lo que trajo la desesperación a Ferdinand Armine. En el momento en que se quedaba solo, su verdadera situación se le imponía; en el momento en que abandonaba la presencia de Henrietta Temple, se sentía como un hombre bajo la influencia de la música cuando la orquesta se detiene de repente. La fuente de toda su inspiración le fallaba; esta última noche en Ducie fue espantosa. El sueño estaba fuera de toda cuestión; ni siquiera fingió la mímica de retirarse, sino que caminó de un lado a otro de su habitación durante toda la noche, o se arrojaba, cuando estaba exhausto, sobre un sofá inquieto. Ocasionalmente variaba estas ocupaciones monótonas presionando sus labios contra los dibujos que llevaban su nombre; luego, recayendo en una profunda ensoñación, buscaba algún consuelo recordando las escenas de la mañana, todos sus movimientos, cada palabra que ella había pronunciado, cada mirada que había iluminado su alma. En vano intentaba encontrar consuelo en la tierna creencia de que no carecía por completo de interés a sus ojos. Incluso la convicción de que su pasión era correspondida, en la situación en la que estaba sumido, sería, por muy halagador que fuera, más bien una fuente de nueva ansiedad y perplejidad. Tomó un volumen del único estante de libros que estaba colgado contra la pared; era un volumen de Corinne. La ferviente elocuencia de la poetisa sublimaba su pasión; y sin perturbar el tono de su mente excitada, aliviaba en cierto grado su tensión, ocupando su imaginación con otras emociones, aunque similares. Mientras leía, su mente se volvía más calmada y sus sentimientos más profundos, y para cuando su lámpara se volvió espectral bajo la luz púrpura de la mañana que ahora entraba en su cámara, su alma parecía tan aquietada que cerró el volumen, y, aunque el sueño era imposible, permaneció, sin embargo, calmado y absorto.
Cuando los primeros sonidos le aseguraron que algunos se movían en la casa, abandonó su habitación y, tras cierta dificultad, encontró a una criada, con cuya ayuda logró salir al jardín. Se dirigió al terreno comunal donde había observado el día anterior una hermosa lámina de agua. El sol no había salido hacía más de una hora; era una mañana fresca y sonrosada. Los aldeanos apenas comenzaban a salir. El aire de la llanura lo vigorizó, y el canto de los pájaros, y todos esos sonidos rurales que se alzan con el labrador, le trajeron a la mente un grado maravilloso de frescura y serenidad. Ocasionalmente escuchaba el arma de un deportista temprano, para él en todo momento un sonido estimulante; pero cuando se sumergió en el agua y se encontró luchando con ese elemento inspirador, toda pena pareció abandonarlo. Su frente acalorada se volvió fresca y despejada, sus miembros doloridos, vigorosos y elásticos, su alma hastiada, llena de esperanza y alegría. Se demoró en el mundo líquido y vivificante, jugando con la corriente, pues era un nadador experto y practicado; y a menudo, tras noches de disipación sureña, había recurrido a este baño natural en busca de salud y renovación.
El sol se había alzado ya muy por encima del horizonte; el reloj del pueblo había dado hacía mucho las siete; Ferdinand estaba a tres millas de Ducie Bower. Era hora de regresar, pero se demoró en el camino, el aire era tan dulce y fresco, la escena tan bonita, y su mente, en comparación con sus sentimientos recientes, tan calmada e incluso feliz. Justo cuando emergió de los bosques y entró en los terrenos de Ducie, se encontró con la señorita Temple. Ella se quedó boquiabierta, y tenía motivos. Ferdinand, en efecto, presentaba una figura bastante inusual; la cabeza descubierta, el cabello enmarañado y el semblante resplandeciente por el ejercicio, pero su figura vestida con el mismo traje de noche con el que le había dado las buenas noches con tanta ternura.
—¡Capitán Armine! —exclamó la señorita Temple—, veo que es usted un madrugador.
Ferdinand pareció un poco confundido. —La verdad es —respondió— que no me he levantado en absoluto. No podía dormir; por qué, no lo sé: la velada, supongo, fue demasiado feliz para un final tan común; así que escapé de mi habitación tan pronto como pude hacerlo sin molestar a su casa; y he estado bañándome, lo cual me refresca siempre más que el sueño.
—Bueno, yo no podría renunciar a mi sueño, aunque solo fuera por el bien de mis sueños.
—Deseo que hayan sido placenteros. Los «sueños rosados y los sueños ligeros» son para damas tan hermosas como usted.
—Estoy agradecida de cumplir siempre el deseo del poeta; y lo que es más, solo despierto para recoger rosas: ¡mire aquí!
Ella le extendió una flor.
—Lo merezco —dijo Ferdinand—, porque no he descuidado su primer regalo —y le ofreció la rosa que ella le había dado el primer día de su visita—. Está marchita —añadió—, pero aún muy dulce, al menos para mí.
—Ahora es mía —dijo Henrietta Temple.
—Ah, la tirará.
—¿Me cree entonces tan insensible?
—No puede ser para usted lo que es para mí —respondió Ferdinand.
—Es un recuerdo —dijo la señorita Temple.
—¿De qué y de quién? —preguntó Ferdinand.
—De la amistad y de un amigo.
—Es algo ser amigo de la señorita Temple.
—Me alegra que piense así. Creo que soy muy vanidosa, pero ciertamente me gusta ser... apreciada.
—Entonces siempre puede conseguir su deseo sin esfuerzo.
—Ahora creo que somos muy buenos amigos —dijo la señorita Temple—, considerando que nos conocemos desde hace tan poco tiempo. Pero es que a papá le agrada mucho usted.
—Me siento honrado, además de gratificado, por las amables disposiciones de una persona tan agradable como el señor Temple. Puedo asegurar a su hija que el sentimiento es mutuo. ¿La opinión de su padre le influye?
—En todo. Ha sido un padre tan bondadoso que sería peor que la ingratitud ser menos que devota a él.
—El señor Temple es una persona muy envidiable.
—Pero el capitán Armine conoce el deleite de un padre que lo ama. Yo amo a mi padre como usted ama a su madre.
—He vivido, sin embargo, para sentir que la opinión de nadie podría influirme en todo; he vivido para descubrir que incluso el amor filial, y Dios sabe que el mío era lo suficientemente poderoso, es, después de todo, solo un pálido rayo de luz de luna comparado con...
—¡Mire! Mi padre nos saluda con la mano desde la ventana. Corramos a recibirlo.
CAPÍTULO XII.
Que contiene un incidente ominoso.
Los últimos adioses han sido dados: Ferdinand está en camino a Armine, huyendo de la mujer a la que adora para encontrarse con la mujer con la que está comprometido. Refrenó a su caballo al entrar en el parque. Mientras se acercaba lentamente a su hogar, no pudo evitar sentir que, después de una ausencia tan larga, no había tratado a Glastonbury con la bondad y consideración que merecía. Mientras torturaba su ingenio en busca de una excusa para su conducta, observó a su antiguo tutor a lo lejos; y, acercándose a caballo y desmontando, se unió a aquel fiel amigo. Ya sea porque el amor y la falsedad son, bajo cualquier circunstancia, inseparables, Ferdinand Armine, cuya franqueza era proverbial, se encontró envuelto en una larga y confusa narración sobre una visita a un amigo, a quien había conocido inesperadamente, a quien había conocido en el extranjero y a quien debía las mayores obligaciones. Incluso fingió lamentar este distanciamiento temporal de Armine después de una separación tan larga, y alegrarse de su regreso. No se mencionaron nombres, y el confiado Glastonbury, encantado de ser nuevamente su compañero, no le incomodó con ningún interrogatorio. Pero esto era solo el comienzo del sistema de degradante engaño que le aguardaba.
Ferdinand habría dedicado voluntariamente todo su tiempo y sentimientos a su compañero; pero en vano luchó contra la pasión absorbente de su alma. Se detuvo en silencio sobre el recuerdo de los últimos tres días, el período más importante de su existencia. Estaba de mal humor y distraído, silencioso cuando debería haber hablado, divagando cuando debería haber escuchado, arriesgando observaciones al azar en lugar de conversar, o estallando en comentarios apresurados e inapropiados; de modo que, para cualquier crítico mundano de su conducta, habría parecido al mismo tiempo aburrido y excitado. Finalmente, hizo un esfuerzo desesperado por acompañar a Glastonbury a la galería de arte y escuchar sus planes. La escena, en efecto, no le resultó desagradable, pues estaba asociada a la existencia y a la conversación de la dama de su corazón: permaneció extasiado ante el retrato de la paje turca y lamentó mil veces ante Glastonbury que no hubiera un retrato de Henrietta Armine.
—Preferiría tener un retrato de Henrietta Armine antes que toda la galería junta —dijo Ferdinand.
Glastonbury se quedó mirando.
—Me pregunto si alguna vez habrá un retrato de Henrietta Armine. Vamos, mi querido Glastonbury —continuó, con un aire de notable excitación—, hagamos una apuesta al respecto. ¿Cuáles son las probabilidades? ¿Habrá alguna vez un retrato de Henrietta Armine? Estoy bastante fantástico hoy. Se está sonriendo ante mí. Ahora, ¿sabe?, si tuviera un deseo seguro de ser gratificado, sería añadir un retrato de Henrietta Armine a nuestra galería.
—Murió muy joven —observó Glastonbury.
—Pero mi Henrietta Armine no debería morir joven —dijo Ferdinand—. Debería vivir, respirar, sonreír: ella...
Glastonbury se vio muy confundido.
Tan extraño es el amor que este tipo de alusión velada a su pasión secreta alivió y gratificó el pecho sobrecargado de Ferdinand. Persiguió el tema con disfrute. Cualquiera que no fuera Glastonbury podría haber pensado que había perdido la cabeza, pues reía tan fuerte y hablaba tan rápido sobre un tema que parecía casi sin sentido; pero el buen Glastonbury atribuyó estas ebulliciones al espíritu desenfrenado de la juventud, y sonrió con simpatía, aunque no sabía por qué, excepto que su pupilo parecía feliz.
Al final, abandonaron la galería; Glastonbury reanudó sus labores en el vestíbulo, donde estaba copiando un escudo de armas; y después de rondar un corto tiempo inquieto alrededor de su tutor, ahora escapando al jardín para poder meditar sobre Henrietta Temple sin ser molestado, y ahora regresando por unos minutos a su compañero, para que el buen Glastonbury no se sintiera mortificado por su descuido, Ferdinand rompió por completo y vagó lejos hacia el parque.
Llegó al lugar verde y sombreado donde la había visto por primera vez. Allí se alzaba el cedro extendiendo su forma oscura en solitaria grandeza, y manteniendo, por así decirlo, su estado entre sus bosques subordinados. Era la misma escena, casi la misma hora: pero ¿dónde estaba ella? Esperó a que su forma se alzara, y sin embargo no llegó. Gritó Henrietta Temple, pero ninguna visión hermosa bendijo su mirada expectante. ¿Era todo un sueño? ¿Había estado yaciendo bajo estas ramas en un trance extasiado, y solo había despertado a la escalofriante pesadez de la realidad? ¿Qué evidencia había de la existencia de un ser como Henrietta Temple? Si tal ser no existía, ¿de qué valor era la vida? Después de un atisbo del Paraíso, ¿podía respirar de nuevo en este mundo manso y frígido? ¿Dónde estaba Ducie? ¿Dónde estaban sus inmortales cenadores, esas rosas de fragancia sobrenatural y la melodía celestial de sus salones? Ese jardín, en el que vagaba y se colgaba de sus acentos; ese bosque, entre cuyas ramas sombrías ella se deslizaba como un antílope, ese crepúsculo pensativo, que él había contemplado con tan serena emoción; ese paseo a la luz de la luna, cuando su voz flotaba, como la de Ariel, en el cielo púrpura: ¿eran todos fantasmas? ¿Podría ser que esta mañana, esta misma mañana, él hubiera visto a Henrietta Temple, hubiera conversado con ella a solas, le hubiera dicho un suave adiós? ¿Qué, fue este día que ella le dio esta rosa?
Se arrojó sobre el césped y contempló la flor. La flor era joven y hermosa como ella, y apenas expandiéndose hacia la vida perfecta. Para el cerebro fantástico del amor, parecía haber una semejanza entre esta rosa y la que la había recogido. Su tallo era alto, su semblante era brillante, una esencia aromática impregnaba su ser. Mientras la sostenía en su mano, una abeja vino a rondar sus encantos, ansiosa por deleitarse en su fragante belleza. Más de una vez Ferdinand había alejado a la abeja, cuando de repente logró posarse sobre la rosa. ¡Celoso de su rosa, Ferdinand, en su prisa, sacudió la flor, y la cabeza frágil cayó del tallo!
Un sentimiento de profunda melancolía se apoderó de él, contra el cual encontró inútil luchar y que no pudo analizar. Se levantó y, presionando la flor contra su corazón, se alejó y se reunió con Glastonbury, cuya tarea estaba casi terminada. Ferdinand se sentó sobre una de las cajas altas que habían sido guardadas en el vestíbulo, cruzándose de brazos, balanceando las piernas y silbando la melodía alemana que la señorita Temple había cantado la noche anterior.
—Esa es una melodía salvaje y bonita —dijo Glastonbury, quien era un devoto de la música—. Nunca la había escuchado antes. Ustedes los viajeros recogen cosas selectas. ¿Dónde la encontró?
—Estoy seguro de que no puedo decirlo, mi querido Glastonbury; me he estado haciendo la misma pregunta toda la mañana. A veces pienso que la soñé.
—Unos cuantos sueños más así le harían un compositor raro —dijo Glastonbury, sonriendo.
—Ah, mi querido Glastonbury, hablando de música, conozco a un músico, tal músico, un músico a quien me gustaría presentarle por encima de todas las personas en el mundo.
—Siempre le gustó la música, querido Ferdinand; está en la sangre. Usted viene de una familia musical por parte de su madre. ¿Es la señorita Grandison musical?
—Sí, no, es decir, olvido: algún logro común en el arte tiene, creo; pero no estaba pensando en ese tipo de cosas; estaba pensando en la dama que me enseñó esta melodía.
—¡Una dama! —dijo Glastonbury—. Las damas alemanas son altamente cultas.
—¡Sí! Los alemanes, y las mujeres especialmente, tienen un gusto musical notablemente fino —repuso Ferdinand, recuperándose de su error.
—Me gustan mucho los alemanes —dijo Glastonbury—, y admiro esa melodía.
—¡Oh!, mi querido Glastonbury, debería escucharla cantada a la luz de la luna.
—¿De verdad? —dijo Glastonbury.
—Sí, si pudiera escucharla cantarla a la luz de la luna, me atrevo a decir, mi querido Glastonbury, que confesaría que todo lo que había oído, visto o imaginado sobre espíritus encantados flotando en el aire y llenando la atmósfera con sinfonías sobrenaturales, era realizado.
—¡De verdad! —dijo Glastonbury—, ¡una intérprete muy consumada, sin duda! ¿Era profesional? —preguntó Ferdinand—. ¿Quién? —preguntó Ferdinand—. ¿Su cantante?
—¡Profesional! ¡Oh! ¡Ah! ¡Sí! ¡No! No era una cantante profesional, pero era apta para serlo; y esa es una idea excelente también; pues preferiría, después de todo, ser un cantante profesional y vivir de mi arte, antes que casarme contra mi inclinación, o no casarme de acuerdo con ella.
—¡Casarse! —dijo Glastonbury, algo asombrado—; ¿qué, se va a casar contra su voluntad? ¡Pobre criatura devota!
—Devota, en efecto —dijo Ferdinand—; no hay mayor maldición en la tierra.
Glastonbury negó con la cabeza.
—Los afectos no deberían ser forzados —añadió el anciano—; nuestros sentimientos son nuestra propia propiedad, a menudo nuestra mejor propiedad.
Ferdinand cayó en un ataque de abstracción; luego, girándose repentinamente, dijo: —¿Es posible que haya estado fuera de Armine solo dos días? ¡Sabe, realmente me parece un año!
—Es muy amable al decir eso, mi Ferdinand —dijo Glastonbury.
CAPÍTULO XIII.
En el cual el capitán Armine encuentra razones para creer en la existencia de las hadas.
ES difícil describir la inquietud de Ferdinand Armine. Su cena solitaria fue una excusa para dejar a Glastonbury: pero comer es tan imposible como dormir para un hombre que está realmente enamorado. Tomó una cucharada de sopa y, luego saltando de su silla, caminó de un lado a otro de la habitación, pensando en Henrietta Temple. Luego, el mañana se le ocurrió, y esa otra dama que el mañana traería. Ahogó el pensamiento en una copa de claret. ¡Vino, poderoso vino! ¡Tú, la mejor y más segura consolación! ¡Qué preocupación puede resistir tu influencia inspiradora! ¡De qué apuro no puedes, por el momento, rescatar a la víctima! ¿Quién puede negar que nuestra naturaleza espiritual depende en algún grado de nuestra condición corpórea? Un hombre sin desayuno no es un héroe; un héroe bien alimentado está lleno de inventiva audaz. Todo depende de la circulación. Que la sangre fluya libremente y un hombre de imaginación nunca carecerá de recursos. Un pulso fino es un talismán; una vida encantada; un saldo en nuestros banqueros. Es buena suerte; es eternidad; es riqueza. Nada puede resistirse a nosotros; nada puede dañarnos; son riquezas inagotables. Así se sentía Ferdinand Armine, aunque al borde de un precipicio moral. ¡Mañana! ¿Qué hay del mañana? ¿Le intimidaba el mañana? Ni un ápice. Lucharía con el mañana, cargado como pudiera estar de maldiciones, y lo arrojaría a la tierra. No debería ser un día; lo borraría del calendario del tiempo; efectuaría un eclipse moral de su influencia. Amaba a Henrietta Temple. Ella sería suya. ¿Quién podría evitarlo? ¿No era él un Armine? ¿No era el pariente cercano de aquel hombre audaz que pasó toda su vida en la voluptuosa indulgencia de su voluntad desenfrenada? ¡Bravo! Él lo deseaba, y así se haría. Todo se rinde ante la determinación. ¡Qué tonto! ¡Qué miserable y cobarde tonto había sido al asustarse con las sombras endebles de las pequeñas preocupaciones mundanas! Había nacido para seguir su propio placer; era supremo; era absoluto; él era un déspota; desafiaba todo y a todos; y, llenando un enorme vaso a la salud del gran Sir Ferdinand, se retiró, glorioso como un emperador.
En general, Ferdinand no había cometido una indiscreción tan grande como el lector, naturalmente escandalizado, podría imaginar en un principio. Por primera vez en varios días durmió, y durmió profundamente. Después del vino, un sueño reparador es quizá lo que mejor nos predispone ante nuestro destino. Ferdinand despertó renovado y optimista, lleno de una vida inventiva que pronto se tradujo en un flujo de conclusiones improbables. Su plan más racional, sin embargo, parecía consistir en conquistar a Henrietta Temple y convertirse en pirata, o alistarse al servicio de algún estado lejano y convulso. ¿Por qué no podría liberar a Grecia, revolucionar España o conquistar Brasil? Otros se habían embarcado en estas audaces empresas; hombres no más desesperados que él, ni mejor preparados para la carrera. Joven, valiente, guerrero de profesión, con un nombre de gloria tradicional en todas las cortes de la cristiandad, quizá incluso recordado en Asia, parecía el individuo idóneo para labrarse una herencia gloriosa con su espada. Y en cuanto a sus padres, no estaban en el ocaso de la vida; que siguieran soñando en su cómoda oscuridad y manteniéndose en Armine hasta que él regresara para redimir su dominio hereditario. Todo lo que se requería era la aquiescencia de su adorada amante. ¡Quizá, después de todos sus temores necios y todas sus pequeñas ansiedades, pudiera vivir para volver a colocar sobre su frente la antigua corona de Tewkesbury! ¿Por qué no? El mundo es extraño; nada sucede como lo anticipamos: cuando nos sentimos aparentemente asfixiados por lo cotidiano, estamos al borde de adentrarnos en lo aventurero. Si se casaba con la señorita Grandison, su carrera terminaba: una conclusión muy antinatural para alguien tan joven y audaz. Era evidente que debía casarse con Henrietta Temple: ¿y después? Pues entonces ocurriría algo totalmente inesperado e imprevisto. ¿Quién podría dudarlo? ¡Él no!
Se levantó, montó en su caballo y galopó hacia Ducie Common. Su mismo aspecto le enterneció el corazón. Llamó a las cabañas que había visitado dos días antes. Sin preguntar por la señorita Temple, se las arregló para escuchar mil circunstancias relacionadas con ella que le interesaron y encantaron. A lo lejos se alzaban los bosques de Ducie; los contempló como si nunca pudiera apartar la vista de sus formas profundas y silenciosas. ¡Oh, ese dulce cenador! ¿Por qué existía otro mundo fuera de Ducie? Todos sus valientes proyectos de guerra, conquista y saqueo imperial le parecían ahora aburridos y vanos. Le sobrevino náusea ante la idea de la acción. Suspiraba por recoger rosas, por escuchar canciones más dulces que las del ruiseñor y vagar para siempre en arboledas bañadas por la luz de la luna.
Giró la cabeza de su caballo: lenta y tristemente dirigió su curso hacia Armine. ¿Habrían llegado ya? La cruda presencia de la realidad era demasiado para todas sus visiones ligeras y brillantes. ¿Qué era él, después de todo? ¡Este futuro conquistador era un joven oficial con permiso, oscuro salvo en su círculo inmediato, sin herencia y muy endeudado; esperado con ansiedad por sus afectuosos padres y por una joven con la que estaba a punto de casarse por su fortuna! ¡Qué epílogo más impotente para un sueño magnífico!
El correo llegó a Armine por la tarde. Mientras Ferdinand, nervioso como un niño que regresa a la escuela, llegaba tardíamente a casa, reconoció al cartero que se acercaba. ¡Ah! ¿Una carta? ¿Cuál sería su contenido? ¿La bendición de la demora? ¿O era el heraldo de su llegada inminente? Pálido y con el corazón en un puño, rasgó las apresuradas líneas de Katherine. La tía soltera se había caído al bajar de un faetón de poni y había sufrido un accidente grave; su visita a Armine quedaba necesariamente pospuesta. No leyó más. El color volvió a sus mejillas, reforzado por la sangre más vivaz de su corazón. Mil pensamientos, mil esperanzas salvajes y planes aún más descabellados le asaltaron. Aquí había, al menos, una intercesión a su favor; otras ocurrirían. Se sintió afortunado. Corrió a la torre para darle la noticia a Glastonbury. Su tutor atribuyó su agitación al susto e intentó consolarlo. Al comunicar la noticia, se vio obligado a terminar la carta; esta expresaba la esperanza de que, si su visita se posponía más de un día o dos, el queridísimo Ferdinand de Katherine regresara a Bath.
Ferdinand vagó por el parque para disfrutar de su libertad. Una carga había caído repentinamente de su cuerpo; una nube que había acechado su visión se había desvanecido. El día de hoy, que era tan maldito, debía marcarse ahora en su calendario con tiza roja. Incluso Armine le complacía; su cielo era más brillante, sus bosques más vastos y verdes. No habían llegado; no llegarían mañana, eso era seguro; el tercer día, también, era un día de esperanza. ¡Cómo! ¡Tres días, tres días enteros de libertad inesperada e insperada, era una eternidad! ¡Qué no podría ocurrir en tres días! Durante tres días podría permanecer justamente a la espera de nuevas cartas. No se podía anticipar, ni siquiera se deseaba, que regresara instantáneamente con ellos. Vamos, olvidaría esta maldición, sería feliz. El pasado, el futuro, no serían nada; se deleitaría en el auspicioso presente.
Comulgando así consigo mismo, paseó reflexionando sobre Henrietta Temple y construyendo castillos brillantes en el aire. Un hombre ocupado con sus ideas es insensible a la fatiga. Ferdinand se encontró en la puerta del parque que conducía a Ducie; pretendiendo solo un breve paseo, ya había vagado hasta la mitad del camino hacia su amada. Era una tarde deliciosa: el calor del sol había disminuido hacía mucho; el aire era dulce y apenas comenzaba a agitarse; no se oía ningún sonido, salvo el último golpe del hacha del leñador o la nota ocasional de algún pájaro alegre despertando de su siesta. Ferdinand pasó la puerta; entró en el camino sinuoso, el camino que Henrietta Temple tanto había admirado; un hermoso sendero verde con bancos de flores y setos de árboles altos. Paseó, nuestro feliz Ferdinand, sin propósito definido, casi insensible a si avanzaba o regresaba a casa. Arrancó flores silvestres y las presionó contra sus labios porque ella las había admirado; descansó en un banco, se apoyó en una verja, cortó una rama del seto, trazó el nombre de Henrietta Temple en el camino y luego convirtió las palabras en Henrietta Armine, y así… y así… y así, al final, se quedó mirando al verse en Ducie Common.
¡Hermoso páramo! ¡Cómo lo amaba! ¡Qué familiar se le había vuelto cada árbol y cada techo rústico! ¿Podría olvidar alguna vez la mañana en que se bañó en aquellas aguas frescas? ¿Qué lago de Italia, qué ola heroica del mar interior, podría rivalizar en su imaginación con esa simple cuenca? Se acercó a los bosques de Ducie, resplandecientes con el sol poniente. ¡Seguramente no había crepúsculo como el crepúsculo de esta tierra! Los bosques de Ducie son penetrados. Reconoció el sendero por el que ella se había deslizado; se arrodilló y besó esa tierra sagrada. Al acercarse a los jardines, se desvió por un camino lateral para no ser percibido; captó, a través de una vista, un vislumbre lejano de la mansión. La visión de ese techo bajo el cual había sido tan feliz; de ese techo que contenía todo lo que le importaba o en lo que pensaba en este mundo, le sobrepasó. Se apoyó contra un árbol y escondió su rostro.
El crepúsculo se apagó, las estrellas salieron y Ferdinand se aventuró en la oscuridad creciente de la noche para acercarse a la mansión. Se arrojó sobre el césped y observó la habitación donde ella vivía. Las ventanas estaban abiertas, había luces dentro, pero las finas cortinas estaban corridas y ocultaban a los ocupantes. ¡Feliz, feliz cámara! ¡Todo lo que era brillante, hermoso y dulce estaba concentrado en esas encantadoras paredes!
La cortina se retira; un brazo, un brazo que no puede confundirse, tira de la tela. ¿Va a salir? No, no lo hace; pero la ve, distintamente la ve. Ella se sienta en una silla vieja que él había alabado a menudo; su cabeza descansa sobre su brazo, su frente parece pensativa; y en su otra mano sostiene un volumen que apenas parece leer. ¡Oh! ¡Que pueda contemplarla para siempre! Que esta escena celestial, esta hora seráfica, nunca pase. ¡Estrellas brillantes! No os desvanezcáis; viento de verano que juegas sobre su frente, perfumado por sus flores, refreścalo para siempre; hermosa noche, sé por siempre el dosel de una escena tan dulce y silenciosa; ¡que la existencia se deslice observando aquella visión delicada y tierna!
Sueños de amor fantástico: la cortina se cierra; ¡una mano más ruda que la suya la ha ocultado de su vista! Todo ha desaparecido; las estrellas parecen tenues, el aire otoñal es húmedo y áspero; y donde él había contemplado el cielo, un murciélago revolotea salvaje y veloz. Pobre Ferdinand, infeliz Ferdinand, ¡qué aburrido y deprimido se ha vuelto nuestro valiente galán! ¿Fue su padre quien cerró la cortina? ¿Podría él mismo, pensó Ferdinand, haber sido observado?
¡Escucha! Una voz más suave y dulce que la noche irrumpe en el aire. Es la voz de su amada; y, de hecho, con todas sus cualidades singulares y admirables, no había nada más notable en Henrietta Temple que su voz. Era una voz rara; de modo que al hablar, en la conversación ordinaria, aunque no había nadie cuya expresión fuera más natural y menos estudiada, te afectaba profundamente. No podía saludarte, despedirse o hacer un comentario rutinario sin impresionarte con su poder y dulzura. Sonaba como una campana, dulce, clara y vibrante; era asombroso qué influencia tendría una pequeña palabra, pronunciada por esta mujer, sin pensarlo, sobre aquellos a quienes se dirigía. De arcilla tan fina está hecho el hombre.
Aquella hermosa voz recordó a Ferdinand todas sus visiones desvanecidas; renovó el hechizo que lo había encantado recientemente; conjuró de nuevo todos aquellos dulces espíritus que un momento antes se habían cernido sobre él con sus auspiciosas alas. Ciertamente no podía verla; su forma estaba oculta, pero su voz lo alcanzó; una voz sintonizada con la ternura, incluso con el amor; una voz que arrebataba su oído, derretía su alma y se fundía con toda su existencia. ¡Su corazón palpitó, su pulso se aceleró, saltó, avanzó hacia la ventana! ¡Sí! Unos pocos pasos los separan: un solo paso y estará a su lado. Su mano está extendida para agarrar la cortina, su..., cuando de repente la música cesó. Su valor se desvaneció con su inspiración. Por un momento se demoró, pero su corazón le falló y regresó a su soledad.
¡Qué misterio es el amor! Todas las necesidades y hábitos de nuestra vida se hunden ante él. La comida y el sueño, que parecen dividir nuestro ser como el día y la noche dividen el tiempo, pierden toda su influencia sobre el amante. Es un ser espiritualizado, apto solo para vivir de ambrosía y dormir en un paraíso imaginario. Los cuidados del mundo no lo tocan; sus eventos más conmovedores son para él solo incidentes polvorientos de anales pasados. Toda la fortuna del mundo sin su amante es miseria; y con ella, todas sus desgracias un sueño pasajero. Las revoluciones, los terremotos, el cambio de gobiernos, la caída de imperios, no son para él sino juegos infantiles, desagradables para un espíritu varonil. Los hombres aman en la peste y olvidan el contagio, aunque ruge a su alrededor. Llevan una vida encantada y no piensan en la destrucción hasta que toca a su ídolo, y entonces mueren sin dolor, como fanáticos por su credo perseguido. Un hombre enamorado vaga por el mundo como un sonámbulo, con ojos que parecen abiertos para quienes lo observan, pero que, de hecho, no ven nada más que sus propias fantasías internas.
¡Oh, aquella noche en Ducie, a través de cuyas largas horas Ferdinand Armine, en un tumulto de apasionado arrebato, vagó por sus céspedes y arboledas, alimentándose de la imagen de su encantadora dueña, observando la luz solitaria en su habitación que era para él como el faro para un marinero en un viaje tumultuoso! La mañana, la gris y fría mañana, llegó por fin; había desvelado a las estrellas y escuchado los maitines de los pájaros que despertaban. Ya no era posible permanecer en los jardines sin ser visto; regresó al páramo.
¿Qué debía hacer? ¿Hacia dónde dirigir su curso? ¿A Armine? ¡Oh, no a Armine; nunca podría regresar a Armine sin el corazón de Henrietta Temple! Sí, en esa gran aventura se había resuelto ahora; en ese poderoso riesgo todo debía ser apostado. Despreocupado por las consecuencias, un solo objetivo inmenso lo sostenía ahora. ¡La existencia sin ella era imposible! ¡Ay! Un día, un día, un solo y solitario día, no debería pasar sin que él le confesara su pasión y buscara su destino en sus oscuros ojos.
Paseó hasta el extremo del páramo. Era una gran meseta, desde cuyo límite se contempla hacia abajo pequeños valles ricos; y hacia uno de estos, abriéndose camino a través de campos y pastos, de los cuales el suelo fértil era testificado por sus vigorosos setos, descendió ahora. Una granja larga y baja, con hastiales y un amplio porche, un edificio antiguo que en los viejos tiempos podría haber sido alguna residencia señorial, llamó su atención. Su forma pintoresca, sus ángulos y chimeneas retorcidas, su porche cubierto de jazmín y eglantina, su verdosa finca y su huerto rico en frutos rojizos, sus vastos graneros y largas filas de amplias parvas, producían en conjunto un cuadro rural completo y alegre. Cerca de allí, un arroyo, que Ferdinand siguió y que, tras un curso tortuoso y rápido, se vaciaba en una charca profunda y espaciosa, tocada por el rayo de sol temprano y grata a la vista del nadador. Aquí Ferdinand hizo su aseo natural; y luego, regresando lentamente a la granja, buscó un refugio agradable del sol en su fragante porche.
La esposa del granjero, acompañada por una hija bonita de ojos bajos, salió y lo invitó a entrar. Mientras él rechazaba cortésmente su oferta, buscó su hospitalidad. La buena mujer trajo una mesa, la colocó en el porche y la cubrió con un mantel más puro que la nieve. Sus viandas eran huevos frescos, leche caliente recién ordeñada y pan que ella misma había horneado. Incluso un amante podría alimentarse de tan dulce comida. Este valle feliz y este asentamiento alegre tocaron maravillosamente la fantasía de Ferdinand. La estación era suave y soleada, el aire perfumado por las flores que crujían en la brisa, las abejas pronto vinieron a robar su dulzura, y bandadas de palomas blancas y azules sobrevolaban de vez en cuando el cielo desde los hastiales vecinos que eran sus palomares. Ferdinand hizo una comida saludable, si no abundante; y cuando la mesa fue retirada, agotado por la fatiga y la emoción de las últimas veinticuatro horas, se estiró a lo largo en el porche y cayó en un sueño suave y sin sueños.
Pasaron las horas antes de que despertara, vigoroso ciertamente y maravillosamente renovado; pero el sol ya había declinado mucho. Para su asombro, al moverse, cayó de su pecho un hermoso ramillete. Quedó encantado con esta delicada atención de su anfitriona, o quizás de su bonita hija con esos ojos bajos. Parecía haber un refinamiento en el regalo, y en el modo de ofrecerlo, que difícilmente se esperaría de estos rústicos amables pero simples. Las flores, también, eran raras y selectas; geranios como los que solo se encuentran en el cenador de una dama, un jazmín del Cabo, algunos claveles almizclados y una rosa que parecía la hermana de la que él había traído de Ducie. Estaban delicadamente unidas, además, por una cinta azul brillante, sujeta por un alfiler de oro y turquesa. Esto era de lo más extraño; esta era una aventura más adecuada para un palacio siciliano que para una granja inglesa; para los jardines de una princesa que para el porche agrupado de su amable anfitriona. Ferdinand contempló el ramo con una mirada de desconcierto y placer mezclados; luego entró en la granja e hizo preguntas a su anfitriona, pero fueron infructuosas. La bonita hija con los ojos bajos estaba allí también; pero su propia admiración por el regalo, tan genuina y sin restricciones, demostraba, si el testimonio fuera realmente necesario, que ella no era su desconocida bienhechora: admiradora, habría dicho; pero Ferdinand estaba enamorado, y era modesto. Todos estuvieron de acuerdo en que nadie, que ellos supieran, había estado allí; y así Ferdinand, atesorando su hermoso regalo, se vio obligado a dejar a sus nuevos amigos con tanto desconcierto como siempre.
CAPÍTULO XIV.
Que contiene un incidente que es el final de la mayoría de los cuentos, aunque casi el comienzo del presente.
FUE unas dos horas antes de la puesta del sol que el capitán Armine reunió valor para llamar a Ducie Bower. Preguntó por el señor Temple y se enteró con sorpresa de que el señor Temple había dejado Ducie ayer por la mañana rumbo a Escocia. —¿Y la señorita Temple? —dijo Ferdinand—. Está en casa, señor —respondió el criado. Ferdinand fue conducido al salón. Ella no estaba allí. Nuestro héroe estaba muy nervioso; había sido lo suficientemente audaz en el transcurso de su caminata desde la granja, y se había entregado a mil conversaciones imaginarias con su amada; pero, ahora que realmente estaba a punto de conocerla, todo su fuego y fantasía lo abandonaron. Todo se le ocurrió como desfavorable para su propósito; su propia situación, el poco tiempo que la había conocido, su incertidumbre sobre el estado de sus afectos. ¿Cómo sabía él que ella no estaba comprometida con otro? ¿Por qué no habría de estar ella prometida, al igual que él? Esta contingencia se le había ocurrido antes, y sin embargo la había expulsado de sus pensamientos. Empezó a sentir celos; empezó a considerarse un gran tonto; en cualquier caso, decidió no exponerse más. Claramente era prematuro; llamaría mañana o al día siguiente: hablar con ella ahora era ciertamente imposible.
La puerta se abrió; ella entró, ¡radiante como el día! ¡Qué sonrisa! ¡Qué dientes deslumbrantes! ¡Qué hoyuelos arrebatadores! Sus ojos brillaban como el relámpago de verano; le extendió una mano blanca y suave como una de esas palomas que habían jugado a su alrededor por la mañana. Seguramente nunca nadie estuvo dotado de una presencia tan imperial. Tan señorial, tan majestuosa, y sin embargo, a la vez, tan sencillamente graciosa; llena de tal artificio aéreo, en un momento parecía una emperatriz, y luego solo una hermosa niña; y la mano y el brazo que parecían hechos para blandir un cetro, en un instante parecían aptos solo para acariciar una gacela o arrancar una flor.
—¿Cómo está usted? —dijo ella; y él realmente imaginó que iba a cantar. Todavía no estaba acostumbrado a esa voz maravillosa. Irrumpió en el silencio, como una campana de plata apenas tocada por el aire de verano—. Es amable de su parte venir a ver a una doncella solitaria —continuó—; papá me ha abandonado, y sin ninguna preparación. No soporto estar separada de él, y esta es casi la única vez que ha rechazado mi solicitud para acompañarlo. Pero debe viajar lejos y rápidamente. Mi tío lo ha llamado; está muy mal, y papá es su albacea. Hay asuntos; no sé cuáles son, pero me atrevo a decir que no muy agradables. Por cierto, espero que Lady Armine esté bien.
—Mi papá me ha abandonado —dijo Ferdinand con una sonrisa—. Aún no han llegado, y pueden pasar algunos días antes de que lleguen a Armine.
—¡De verdad! Espero que estén bien.
—Sí; están bien.
—¿Vino usted a caballo?
—No.
—¿No vino caminando?
—Apenas sé cómo vine; creo que caminé.
—Debe estar muy cansado; ¡y está de pie! Por favor, siéntese; siéntese en esa silla; sabe que esa es su silla favorita.
Y Ferdinand se sentó en la misma silla en la que la había observado la noche anterior.
—Esta es sin duda mi silla favorita —dijo—; no conozco asiento en el mundo que prefiera a este.
—¿Tomará algún refrigerio? Estoy segura de que sí; debe estar muy cansado. Tome un poco de hock; papá siempre toma hock con agua con gas. Ordenaré un poco de hock con agua con gas para usted. —Se levantó y tocó el timbre a pesar de su protesta.
—¿Y ha estado caminando, señorita Temple? —preguntó Ferdinand.
—Estaba pensando en pasear ahora —respondió ella—, pero me alegro de que haya venido, porque quería una excusa para ser ociosa.
Pasó una hora, y la conversación por ambas partes no fue precisamente brillante. Ferdinand parecía apático, aunque en realidad solo estaba taciturno, dándole vueltas en su mente a muchos incidentes y sentimientos extraños, y buscando luego consuelo para su perplejidad en la visión encantadora que aún podía contemplar. Tampoco la señorita Temple se encontraba en su vena habitualmente chispeante; su vivacidad parecía un esfuerzo; estaba más cohibida, menos fluida que antes. Ferdinand, de hecho, se levantó más de una vez para marcharse; pero seguía allí. Perdió su gorra; buscó su gorra; y luego se volvió a sentar. Se levantó de nuevo, inquieto y desasosegado, deambuló por la habitación, miró un cuadro, arrancó una flor, deshizo la flor en pedazos.
—Señorita Temple —observó al fin—, ¡me temo que soy muy aburrido!
—¿Porque está en silencio?
—¿No es esa una razón suficiente?
—¡Vaya! No lo creo; creo que, por mi parte, me gustan bastante las personas silenciosas; no soporto vivir con alguien que se siente obligado a hablar porque es mi compañero. A veces pasa el día entero sin que papá y yo intercambiemos cincuenta palabras; sin embargo, soy muy feliz; no siento que seamos aburridos —y la señorita Temple continuó con su labor, que había retomado anteriormente.
—¡Ah! pero yo no soy su papá; cuando somos muy íntimos con las personas, cuando nos interesan, nos ocupamos de sus sentimientos, no requerimos perpetuamente de sus ideas. Pero un conocido, como yo, solo un conocido, un miserable conocido, a menos que hable o escuche, no tengo nada que hacer aquí; a menos que contribuya en cierto grado a la diversión o la conveniencia de mi compañía, degenero en un fastidio.
—Creo que usted es muy divertido, y puede ser útil si quiere, mucho; —y le ofreció una madeja de seda, que le pidió que sostuviera.
Era una mano hermosa la que se extendía hacia él; una mano hermosa es una cosa excelente en una mujer; es un encanto que nunca se marchita y, mejor que todo, es un medio de fascinación que nunca desaparece. Las mujeres llevan una mano hermosa consigo hasta la tumba, cuando un rostro hermoso hace mucho tiempo que se ha desvanecido o ha dejado de encantar. La expresión de la mano, también, es inagotable; y cuando los ojos que habremos adorado ya no brillan ni chispean, los rizos con los que habremos jugado están cubiertos por una cofia, o peor, un turbante, y la presencia simétrica que en nuestros sonetos nos ha recordado tantas veces a antílopes y gacelas salvajes, todo, todo ha desaparecido, la mano, la mano inmortal, desafiando por igual al tiempo y al cuidado, sigue venciendo y sigue triunfando; y pequeña, suave y blanca, con una actitud airosa, una suave presión, o un nuevo anillo, renueva con gracia incansable el hechizo que ataba a nuestra juventud enamorada y adoradora.
Pero en el presente caso había ojos tan brillantes como la mano, bucles más lustrosos y exuberantes que los de Helena de Troya, una mejilla rosada como una concha, que se rompía en hoyuelos como una mañana de mayo al sol, y labios de los que se escapaba un perfume más dulce que el de todo el invernadero. Ferdinand se sentó en una silla frente a la señorita Temple, con la madeja extendida.
—¡Ahora esto es mejor que no hacer nada! —dijo, atrapando su mirada con un destello medio amable, medio pícaro—. Sospecho, capitán Armine, que su melancolía proviene de la ociosidad.
—¡Ah! ¡si pudiera estar empleado todos los días de esta manera! —exclamó Ferdinand.
—¡Vaya! no con una rueca; pero debe hacer algo. Debe entrar en el parlamento.
—Olvida que soy católico —dijo Ferdinand.
La señorita Temple se sonrojó ligeramente y habló con bastante rapidez sobre su labor; pero su compañero no quiso abandonar el tema.
—Espero que no esté prejuiciada contra mi fe —dijo Ferdinand.
—¡Prejuiciada! Querido capitán Armine, no me haga arrepentirme demasiado seriamente de una palabra atolondrada. Siento que está mal que los asuntos de gusto se mezclen con los asuntos de creencia; pero, a decir verdad, no estoy muy segura de que un Howard, o un Armine, que fuera protestante como yo, complacería tanto mi fantasía como en su posición actual, la cual, si es un poco inconveniente, es muy pintoresca.
Ferdinand sonrió. —Mi bisabuela era protestante —dijo Ferdinand—, Margaret Armine. ¿Cree que Margaret es un nombre bonito?
—¡La reina Margarita! sí, un nombre fino, creo; salvo su abreviatura.
—Desearía que el nombre de mi bisabuela no hubiera sido Margarita —dijo Ferdinand, muy seriamente.
—Ahora, ¿por qué debería el bautismo de esa respetable dama perturbar su fantasía? —preguntó la señorita Temple.
—Desearía que su nombre hubiera sido Henrietta —respondió Ferdinand—. Henrietta Armine. ¿Sabe que una vez hubo una Henrietta Armine?
—¿La hubo? —dijo la señorita Temple, levantándose—. Nuestra madeja está terminada. Ha sido usted muy bueno. Debo ir a ver mis flores. Venga. Y mientras decía esta pequeña palabra, giró su cuello blanco y bien formado, y miró por encima del hombro a Ferdinand con una expresión pícara en su rostro peculiar a ella. Esa mirada cautivadora, de hecho, esa voz clara y dulce, y esa actitud rápida y graciosa, se mezclaron en un hechizo que era irresistible. Su corazón anhelaba a Henrietta Temple y se elevó ante la llamada de su voz.
Desde el invernadero salieron al jardín. Era una tarde deliciosa; el sol se había ocultado tras la arboleda, y el aire, que había sido algo opresivo durante todo el día, era ahora cálido, pero suave. En Ducie había una vieja y hermosa terraza orientada hacia las colinas occidentales, que bordean el valle en el que se sitúa el Cenador. Estas colinas, una cresta de moderada elevación, pero de forma pintoresca, se separaban justo frente a la terraza, como si fuera a propósito para admitir el sol poniente, como existencias inferiores que, por así decirlo, hubieran dejado paso ante el esplendor de algún poderoso señor o conquistador. El alto y inclinado banco que coronaba esta terraza estaba cubierto de arbustos raros, y ocasionalmente un grupo de árboles altos brotaba entre ellos, rompiendo la vista con una interferencia que distaba mucho de ser poco elegante, mientras que las plantas, extendiéndose desde grandes jarrones de mármol, se habían extendido sobre sus troncos y, a veces, en su juego, habían tocado incluso sus ramas más altas. Entre la terraza y las colinas distantes se extendía una extensión de pastizales, verdes y bien arbolados por sus ricos setos; no se veía ni un tejado, aunque muchas granjas y aldeas estaban cerca; y, en el corazón de una tierra rica y poblada, aquí había una región donde el pastor o el vaquero era la única evidencia de existencia humana. Fue hacia allí, un lugar agradecido a tal hora, hacia donde la señorita Temple y su compañero dirigieron sus pasos. El último rayo de sol destelló a través del horizonte llameante mientras llegaban a la terraza; las colinas, bien arboladas, o presentando un contorno desnudo y agudo al cielo, se alzaban claramente definidas en su forma; mientras que en otra dirección algunas elevaciones más distantes estaban impregnadas de un rico tono púrpura, tocado a veces con un resplandor rosado de luz suave y parpadeante. Toda la escena, de hecho, desde el humilde pastizal que pronto se arrastraría hacia la oscuridad, hasta las orgullosas colinas cuyas crestas brillantes todavía estaban tocadas por el rayo vivo, estaba bañada de una belleza lúcida y una suavidad luminosa, y mezclada con el dosel resplandeciente del cielo brillante. Pero sobre la terraza y las arboledas que se alzaban más allá, y sobre los claros y avenidas hacia los que se abrían, caía toda la gloria del atardecer. Cada momento una nueva sombra, ahora rosada, ahora dorada, ahora mezclando en sus tintes cambiantes toda la gloria del iris, caía sobre los ricos terrenos de recreo, sus grupos de árboles raros y nobles, y sus avenidas tenues o centelleantes.
Las vísperas de los pájaros se desvanecían débilmente, el último mugido del ganado que regresaba sonaba sobre el prado, el tintineo de la campana de las ovejas ya no se oía, la fina luna blanca comenzaba a brillar, y Héspero centelleaba en el cielo que se desvanecía. ¡Era la hora del crepúsculo!
Esa hora deliciosa que suaviza el corazón del hombre, ¿cuál es su magia? No meramente su belleza; no es más hermosa que el amanecer. Es su reposo. Nuestras pasiones tumultuosas se hunden con el sol, hay una fina simpatía entre nosotros y nuestro mundo, y la quietud de la Naturaleza es respondida por la serenidad del alma.
A esta hora sagrada nuestros corazones están puros. Todas las preocupaciones mundanas, todas esas ansiedades y aspiraciones vulgares que en otras estaciones sobrevuelan como buitres nuestra existencia, se desvanecen de la atmósfera serena de nuestra susceptibilidad. Un sentido de belleza y un sentimiento de amor permean nuestro ser. Pero si en tal momento la soledad está llena de alegría, si, incluso cuando estamos solos, nuestra sensibilidad nativa es suficiente para embelesarnos con una dicha tranquila pero emocionante, ¡cuán doblemente dulce, cuán multiplicadas deben ser nuestras finas emociones, cuando la influencia más delicada de la simpatía humana se combina con el poder y la pureza de la naturaleza material y moral, y completa el hechizo exquisito y encantador!
Ferdinand Armine se apartó del hermoso mundo que lo rodeaba para contemplar un semblante más dulce que el aire del verano, más suave que la luna brillante, más luminoso que la estrella de la tarde. La luz sombría de la púrpura tarde caía sobre la presencia tranquila y solemne de Henrietta Temple. Una emoción irresistible le impulsó; suavemente tomó su mano gentil y, inclinando la cabeza, le murmuró: «¡La más hermosa, te amo!»
Como, en la opresiva quietud de alguna noche tropical, una sola gota es el presagio refrescante de un chubasco que aclara los cielos, así incluso esta ligera expresión alivió en un instante la intensidad de sus sentimientos sobrecargados, y cálidas, rápidas y a raudales fluyeron las palabras que exhalaban su ferviente adoración. «¡Sí! —continuó—, en esta hermosa escena, ¡oh! déjame volverme hacia algo aún más hermoso. Hermosa, amada Henrietta, ya no puedo reprimir las emociones que, desde que te contemplé por primera vez, han vencido mi existencia. Te amo, te adoro; la vida en tu sociedad es el cielo; sin ti no puedo vivir. Considérame, ¡oh! no me consideres demasiado audaz, dulce dama; no soy digno de ti, ¡pero déjame amar! No soy digno de ti, pero ¿quién puede serlo? Ah! si tan solo me atreviera a ofrecerte mi corazón, si esa más humilde de todas las posesiones pudiera ser realmente tuya, si mi adoración, si mi devoción, si la consagración de mi vida a ti, pudiera en algún grado compensar su poco valor, si pudiera vivir aunque fuera solo para esperar...»
«No hablas. Señorita Temple, Henrietta, admirable Henrietta, ¿te he ofendido? ¿Soy realmente la víctima de esperanzas demasiado altas y fantasías demasiado supremas? Oh! perdóname, la más hermosa, te ruego tu perdón. ¿Es un crimen sentir, tal vez demasiado profundamente, el sentido de una belleza como la tuya, querida dama? Ah! dime que estoy perdonado; dime realmente que no me odias. Estaré en silencio, nunca volveré a hablar. Sin embargo, déjame caminar contigo. No dejes de ser mi compañera porque he sido demasiado audaz. Ten piedad de mí, ten piedad de mí, queridísima, queridísima Henrietta. Si tan solo supieras cuánto he sufrido, si supieras las noches que no trajeron sueño, los días de fiebre que han sido míos desde que nos conocimos, si supieras cómo me he alimentado solo de una idea dulce, una imagen sagrada de vida absorbente, desde que por primera vez contemplé tu forma trascendente, realmente creo que tendrías piedad, que perdonarías, que tal vez incluso...»
«¡Dime, ¿es mi culpa que seas hermosa! ¡Oh! cuán hermosa, mi alma desgraciada y agotada lo siente demasiado seguramente! ¿Es mi culpa que esos ojos sean como el amanecer, que tu dulce voz estremezca mi cuerpo, y que el más ligero toque de esa mano ligera caiga como un hechizo sobre mi forma embelesada! Ah! Henrietta, ¡sé misericordiosa, sé amable!»
Hizo una pausa por un segundo, y aun así ella no respondió; pero su mejilla cayó sobre su hombro, y la suave presión de su mano fue más elocuente que el lenguaje. Esa pequeña y dulce señal fue para él como el amanecer sobre la tierra brumosa. ¡Lleno de esperanza, alegría y confianza, la tomó en sus brazos, selló sus labios fríos con un beso ardiente y le juró su amor eterno y omnipotente!
La llevó a un viejo banco de piedra colocado en la terraza. Ella seguía en silencio; pero su mano estrechaba la suya, y su cabeza descansaba en su pecho. La luna brillante ahora centelleaba, las colinas y los bosques estaban plateados por su rayo, y los prados lejanos estaban bañados con su luz clara y hermosa. Ni una sola nube cubría el esplendor de las estrellas. ¡Qué alma llena de éxtasis era la de Ferdinand Armine mientras se sentaba esa noche en el viejo banco, en la Terraza de Ducie, resguardando de la brisa creciente la forma temblorosa de Henrietta Temple! Y sin embargo, no era el frío lo que la hacía temblar.
El reloj de la iglesia de Ducie dio las diez. Ella se movió, diciendo, con voz débil: «¡Debemos ir a casa, mi Ferdinand!»
LIBRO III.
CAPÍTULO I.
*En el cual el Capitán Armine demuestra ser un completo estratega.*
La luna de medianoche lanzaba sus amplios rayos sobre los claros y avenidas de Armine, mientras Ferdinand, montando el caballo de la señorita Temple, reentraba en el parque. Su semblante estaba más pálido que la luz espectral que lo guiaba en su camino. Parecía poco un amante comprometido y triunfante; pero en su ceño contraído y su labio apretado podía leerse la determinación de su alma. Ya no había una contienda entre la pobreza y el orgullo, entre el mantenimiento o la destrucción de su antigua casa, entre su antiguo compromiso y su presente pasión; eso era pasado. Henrietta Temple era la luz en el faro en medio de todas sus tormentosas fortunas; hacia allí dirigía todas las energías de su ser; y alcanzar ese puerto, o hundirse, era su resolución inquebrantable.
Estaba bien entrada la noche antes de que volviera a contemplar las torres y torretas de su castillo, y el fragmento cubierto de hiedra del antiguo Lugar parecía dormir en paz bajo su influencia protectora. Un evento salvaje y hermoso había sucedido desde la última vez que abandonó aquellos antiguos muros. ¿Y cuál sería su influencia sobre ellos? Pero no es para el amante apasionado moralizar. Para él, los pesares del pasado y las posibilidades del futuro se pierden por igual en el presente arrebatador y absorbente. Pues un amante que acaba de asegurar el objeto de sus largas y tumultuosas esperanzas es como un buzo que acaba de arrancar una joya del lecho de algún mar raro. Jadeante y salvaje yace sobre la playa, y la gema que aferra es la única idea que absorbe su existencia.
Ferdinand está dentro de su pequeña habitación, esa pequeña habitación donde su madre le había dado una despedida tan apasionada. Ah! ahora ama a otra mujer más que a su madre. Es más, incluso un sentimiento de vergüenza y dolor está asociado con el recuerdo de ese ser cariñoso y elegante, a quien había reconocido una vez como el modelo de toda perfección femenina, y que había sido para él tan gentil y tan devota. Ahuyenta a su madre de sus pensamientos. Es sobre otra voz sobre la que ahora reflexiona; es el recuerdo de la mirada de otra lo que toca su corazón ansioso. Cae en una ensoñación; el pasado apasionado se representa de nuevo ante él; en su ojo brillante y el rápido juego de sus rasgos puede rastrearse el tumulto de su alma. Una duda cruza su frente. ¿Es realmente tan feliz; no es todo un sueño? Saca de su pecho el pañuelo de Henrietta Temple. Reconoce en él sus iniciales mágicas, bordadas con su propio cabello fino y oscuro. Una sonrisa de certeza triunfante ilumina su semblante, mientras presiona rápidamente el memorial contra sus labios, e imprime en él mil besos: y sosteniendo este preciado testimonio de su felicidad contra su corazón, el sueño descendió finalmente sobre el cuerpo agotado de Ferdinand Armine.
Pero la noche que trajo sueños a Ferdinand Armine no le trajo visiones más maravillosas y mágicas que su vida de vigilia. El que ama vive en un trance extático. El mundo que lo rodea no es el mundo del hombre trabajador: es tierra de hadas. Él no es del mismo orden que las miríadas trabajadoras sobre las que parece caminar. Son para él solo un enjambre de insectos de mente humilde y modales humildes. Para él, la especie humana está representada por un solo individuo, y de ella hace un ídolo. Todo lo que es brillante y raro solo está inventado y concebido para adornarla y complacerla. Para ella fueron creadas las flores tan dulces y los pájaros tan musicales. Toda la naturaleza parece tener una relación íntima con el ser que adoramos; y como para nosotros la vida parecería ahora intolerable, una carga de trabajo insoportable y cansado, sin esta simpatía trascendente, no podemos evitar imaginar que si su dulce y sutil origen abandonara ella misma esta escena inspirada, el universo mismo no sería inconsciente de su privación, y algo del lustre del mundo podría ser extrañado incluso por el más insensible.
La mañana estalló tan hermosa como tal amor. Un tinte rosado inundó el cielo suave y trémulo, y tiñó con un matiz delicado los árboles altos y los amplios céspedes, refrescados con el rocío ligero y evanescente. El aire era vocal con mil canciones; todo era brillante y claro, alegre y dorado. Ferdinand despertó de sueños deliciosos, y contempló la escena que respondía a sus propias emociones brillantes y alegres, e inhaló el aire balsámico, etéreo como su propia alma. El amor, que puede iluminar la oscura choza y el lúgubre desván, que arroja un rayo de luz encantadora sobre la ciudad cerrada y ocupada, parece montar con un ala más ligera y brillante en una atmósfera tan brillante como sus propias plumas. ¡Afortunado el joven, cuyo romance de existencia se coloca en una escena adecuada a su carrera justa y maravillosa; afortunada la pasión que se respira en palacios, en medio de las creaciones ennoblecedoras del arte circundante, y saluda al objeto de su cariñosa solicitud en medio de jardines perfumados, y a la sombra de bosques verdes y silenciosos! Cualquiera que sea el curso más duro de su carrera, por mucho que el mundo frío pueda arrojar sus sombras oscuras sobre su camino futuro, aún puede considerarse tres veces bendecido aquel a quien este destino elegante ha caído, y en medio de las tormentas y problemas de la vida posterior puede mirar hacia atrás a estas horas, justas como el amanecer, hermosas como el crepúsculo, con consuelo y satisfacción. La decepción puede marchitar sus energías, la opresión puede magullar su espíritu; pero frustrado, acobardado, abandonado, aplastado, solo donde una vez todo fue simpatía, sombrío donde todo era luz, aún no ha vivido en vano.
Los negocios, sin embargo, se levantan con el sol. La mañana trae cuidados, y aunque con energías renovadas y fuerza renovada, ese es el momento en que estamos mejor calificados para luchar con la cría acosadora, aún así Ferdinand Armine, el hijo involucrado de una raza arruinada, rara vez se levantaba de su lecho, rara vez recuperaba la conciencia después del reposo, sin un dolor. Ni había, de hecho, magia alguna, en el dulce hechizo que ahora lo ataba, para preservarlo de esta negra invasión. La ansiedad era uno de los ingredientes del encanto. Podría haber olvidado sus propias fortunas rotas, su espíritu audaz y optimista podría haber construido muchos castillos para el futuro, tan valientes como el de Armine; pero el mismo recuerdo inspirador de Henrietta Temple, el mismo recuerdo de la víspera pasada y triunfante, solo forzaba más en su memoria la convicción de que estaba, en este momento, comprometido también con otra, y obligado a casarse con dos mujeres.
Esta era la crisis de su destino. La contienda entre el amor y el honor, entre la pasión y el deber, que había estado librando en su pecho desde que vio por primera vez a Henrietta, ahora había alcanzado su punto más agudo. No había más subterfugios, no había más rodeos. El paso que debía dar era irrevocable. La felicidad, esa felicidad que acababa de probar, estaba a punto de ser sacrificada en el altar de la rectitud, o bien, si decidía ser infiel a sus promesas, ¿qué ruina no caería sobre él?
Ferdinand Armine, con la mente agitada por estos pensamientos, regresó a su solitaria granja. La noche ya había caído, y las estrellas, que tantas veces habían presenciado sus momentos de duda, parecían ahora juzgar su indecisión. Entró en su habitación y se dejó caer en una silla, abrumado por el peso de su propia existencia. Allí, en la oscuridad, rodeado de la sencillez de aquel refugio que se había convertido en el templo de su amor, se enfrentó a la verdad.
¿Debía escribirle a Miss Grandison? ¿Debía romper el compromiso que su familia había fomentado y que él mismo, en un momento de debilidad o quizás de obediencia, había aceptado? La sola idea de causar dolor a Katherine le llenaba de remordimiento; pero la sola idea de renunciar a Henrietta le llenaba de horror. ¡Qué dilema! ¡Qué espantosa red de circunstancias la que él mismo había tejido!
Suspiró profundamente. Se levantó y caminó hacia la ventana. La luna se elevaba sobre los árboles de Ducie, iluminando el camino que lo separaba de su amada. ¿Cuántas veces más recorrería ese sendero antes de que la verdad saliera a la luz? Debía actuar, y pronto. El tiempo, ese enemigo implacable de los amantes, no le daría tregua.
Con una resolución repentina, tomó papel y pluma. Sus manos temblaban mientras escribía. No era una carta de despedida, sino una confesión. Pero al llegar a las primeras líneas, se detuvo. ¿Tenía el valor suficiente? ¿Podría destruir, con unas pocas palabras, la paz de dos hogares? Se arrojó de nuevo sobre la mesa, ocultando el rostro entre las manos, y dejó que las lágrimas, esas mensajeras de un corazón dividido, fluyeran libremente. Mañana, se dijo, mañana decidiría. Mañana, bajo la luz del sol y la sonrisa de Henrietta, encontraría la fuerza necesaria para cumplir con su deber, aunque ese deber significara la muerte de su propia alegría.
Sin embargo, una nube oscurecerá el brillo cordial de ese cielo suave y resplandeciente cuando estemos solos; cuando la voz dulce ya no suspire, cuando el ojo brillante ya no resplandezca y la forma que adoramos ya no se mueva ante nuestra visión arrebatada. Nuestra felicidad se convierte demasiado en el resultado de la reflexión. Nuestra fe no es menos devota, pero no es tan ferviente. Creemos en el milagro, pero ya no somos testigos de él.
Y a medida que la luz se extinguía en la cámara de Henrietta Temple, Ferdinand Armine sintió por un momento como si su sol se hubiera puesto para siempre. Parecía que ahora no quedaba prueba alguna de su existencia. ¿Llegaría alguna vez el mañana? Y si llegaba, ¿traerían las horas rosadas a su amada en su radiante carro? ¿Qué pasaría si esa misma noche moría? Se estremeció ante esta salvaje imaginación. Sin embargo, podría ser; tales calamidades funestas habían ocurrido. Y ahora sentía que su vida estaba involucrada en la de ella, y que, bajo tales circunstancias, su muerte instantánea debía completar la catástrofe. Había, pues, mucho en juego. Si hubiera sido su glorioso privilegio que la hermosa mejilla de ella hubiera encontrado almohada en su corazón; si se le hubiera permitido descansar ante la puerta de ella solo como su guardián; incluso si el mismo techo, a cualquier distancia, hubiera cubierto ambas cabezas; tales concepciones oscuras tal vez no habrían surgido para torturarlo; pero tal como estaban, lo perseguían como espíritus malignos mientras emprendía su solitario camino por el campo para llegar a su nueva morada.
¡Ah! llegó la mañana, ¡y qué mañana! ¡Tan brillante como su amor! Ferdinand había pasado una noche de ensueño, y al despertar no pudo reconocer al principio la localidad. No era Armine. ¿Podría ser Ducie? Mientras estiraba sus miembros y se frotaba los ojos, se le podría perdonar por imaginar por un momento que toda la felicidad de ayer era, en efecto, una visión. Estaba, en verdad, profundamente perplejo mientras miraba alrededor de la humilde pero pulcra cámara, y captaba el primer rayo de sol que luchaba por entrar a través de una ventana sombreada por el jazmín. Pero sobre su corazón descansaba un rizo de cabello oscuro y fluido, sujeto por esa misma turquesa con la que imaginaba haber estado soñando. ¡Feliz, feliz Ferdinand! ¿Por qué habrías de tener preocupaciones? ¿Y no puede el curso incluso de tu verdadero amor discurrir sin contratiempos?
No se preocupa por el futuro. ¿Qué es el futuro para alguien tan bendecido? El sol ha salido, la alondra canta, el cielo es más azul que la joya de amor en su corazón. Ella estará aquí pronto. Ninguna imagen sombría lo perturba ahora. La alegría es la dote del alba.
¿Estará ella realmente aquí? ¿Vendrá Henrietta Temple de verdad a visitarlo? ¿Vendrá ese ser consumado ante quien, hace apenas unos días, él estaba extasiado; a cuya mente la idea misma de su existencia ni siquiera se le había ocurrido entonces; vendrá ella aquí pronto a visitarlo? ¡A visitar a su amado! ¿Qué ha hecho él para ser tan feliz? ¿Qué hada lo ha tocado a él y a sus oscuros destinos con su varita? ¿Qué talismán empuña para evocar tales brillantes aventuras de existencia? No se equivoca. Es un ser encantado; un hechizo en verdad impregna su marco; se mueve, en verdad, en un mundo de maravillas y milagros. Pues, ¿qué hada tiene una varita como el amor?, ¿qué talismán puede realizar las hazañas de la pasión?
Abandonó el rústico porche y paseó por el camino que conducía a Ducie. Se sobresaltó ante un sonido: no era más que el salto de un pájaro errante. Entonces, el murmullo de una rueda distante lo puso pálido; y se detuvo y se apoyó en una puerta cercana con el corazón palpitante. ¿Estaba ella cerca? No hay momento en que el corazón palpite con tan delicado suspenso como cuando un amante espera a su amada en los días de primavera de su pasión. El hombre que observa salir el sol desde una montaña no espera un incidente para él más hermoso, más cordial y más impresionante. Con su presencia, parecería que tanto la luz como el calor caen al mismo tiempo sobre su corazón: sus emociones, que hace un momento parecían tenues y gélidas, se vuelven cálidas y soleadas; un sentido vibrante de alegría impregna su marco; el aire es más dulce y sus oídos parecen hacerse eco con la música de mil pájaros.
El sonido de la rueda que se acercaba se hizo más audible; se acercó, más cerca; pero perdió la delicadeza que la distancia le prestaba. ¡Ay! no impulsaba el carro de un hada, ni el carruaje de una heroína, sino un carro, cuyos muelles cargados de impuestos se inclinaban bajo la forma robusta de un honesto granjero que le dio al capitán Armine un alegre buenos días mientras trotaba, y flanqueaba su alegre látigo con despiadada destreza. La estridencia del saludo inesperado, el chasquido de la correa que resonaba, sacudió los finos nervios de un amante fantasioso, y Ferdinand pareció tan confundido que, si el honesto granjero se hubiera detenido solo para observarlo, el viajero podría haber sido realmente disculpado por confundirlo con un cazador furtivo, al menos, por su semblante culpable.
Esta pequeña interrupción mundana rompió las alas de la fantasía creciente de Ferdinand. Cayó a la tierra. La duda se apoderó de él sobre si Henrietta vendría realmente. Estaba decepcionado, y así se volvió desconfiado. Paseó, sin embargo, en dirección a Ducie, aunque lentamente, ya que había más de un camino, y perderse el uno al otro habría sido mortificante.
Su ojo rápido estaba en todas partes; su oído vigilante escuchaba en todas las direcciones: aun así no se la veía, y no se oía ningún sonido salvo el zumbido del día. Se puso nervioso, agitado, y comenzó a conjurar una multitud de incidentes desafortunados. Quizás ella estaba enferma; eso era muy malo. Quizás su padre había regresado repentinamente. ¿Era eso peor? Quizás algo extraño había sucedido. Quizás...
¡Por qué! ¡Por qué su rostro se vuelve tan pálido y por qué su paso es tan repentinamente detenido? Ah, Ferdinand Armine, ¿acaso tu conciencia no está tranquila? Aquella punzada fue aguda. No, no, es imposible; clara, absolutamente imposible; esto es ciertamente débil. ¡Mira! ¡Sonríe! Sonríe ante su debilidad. Agita su brazo como si fuera con desprecio. Arroja, con desafío, sus vanas aprensiones. Su paso es más seguro, y el color vuelve a su mejilla. Y, sin embargo, su padre debe regresar. ¿Estaba preparado para ese suceso? Esta era una pregunta inquisitiva. Provocó una larga y oscura serie de recuerdos acosadores. Se detuvo a reflexionar. ¡En qué red de circunstancias estaba ahora envuelto! Actuara como actuara, la autoexoneración parecía imposible. Una franqueza perfecta ante la señorita Temple podría ser la destrucción de su amor; incluso modificada ante su padre, produciría ciertamente su destierro de Ducie. Como prometido de la señorita Grandison, la señorita Temple lo abjuraría; como amante de la señorita Temple, bajo cualquier circunstancia, el señor Temple lo rechazaría. ¿Bajo qué luz aparecería ante Henrietta si se atreviera a revelar la verdad? ¿No lo vería como el libertino irresistible del momento, comprometiendo con ligereza el corazón de ella como ya lo había hecho con el de otra? Pues ante esa pasión absorbente y abrumadora, pura, primitiva y profunda, a la que ella ahora respondía con un entusiasmo tan fresco, tan ardiente y tan inmaculado, ella solo reconocería el capricho pasajero de un espíritu vano y mundano, ansioso por añadir otro triunfo a una larga lista de conquistas, y orgulloso de otra prueba de su influencia irresistible. ¿Qué seguridad tenía ella de que él, a su vez, no fuera olvidado por otra? ¿Que otro ojo no brillara más que el suyo y otra voz no sonara en su oído con un tono más dulce?
¡Oh, no! No se atrevió a perturbar y mancillar el brillante flujo de su existencia presente; retrocedió ante la palabra fatal que disolvería el hechizo que los encantaba, e introduciría todas las preocupaciones calculadoras de un mundo áspero en el Edén irreflexivo en el que ahora vagaban. Y, respecto a su padre, incluso si el triste compromiso con la señorita Grandison no existiera, ¿con qué rostro podría Ferdinand solicitar la mano de su hija? ¿Qué perspectiva podría ofrecer de prosperidad mundana a la ansiosa consideración de un padre? ¿Era él mismo independiente? ¿No era peor que un mendigo? ¿Podría referir al señor Temple ante Sir Ratcliffe? ¡Ay, sería un insulto para ambos! Mientras tanto, a cada hora el señor Temple podría regresar, o algo podría llegar al oído de Henrietta fatal para todas sus aspiraciones. Armine con todas sus preocupaciones, Bath con todas sus esperanzas; su melancólico padre, su cariñosa y optimista madre, la tierna Katherine, el devoto Glastonbury, todo surgió ante él y se amontonó en su imaginación torturada. En la agonía de su mente deseó estar solo en el mundo: suspiró por algún terremoto que se tragara a Armine y todos sus destinos fatales; y en cuanto a esos padres, tan afectuosos y virtuosos, y a quienes hasta ahora había sido tan obediente y devoto, se apartó de su idea con una sensación de cansancio, casi de aversión.
Se sentó en el tronco de un árbol y hundió el rostro entre las manos. Su ensueño había durado algún tiempo cuando un sonido suave lo perturbó. Levantó la vista; era Henrietta. Había conducido a través del campo en su coche de ponis y sin compañía. Estaba a pocos pasos de él; y al levantar la vista, captó su sonrisa cariñosa. Saltó de su asiento; estuvo a su lado en un instante; su corazón latía tan tumultuosamente que no podía hablar; todos los pensamientos oscuros fueron olvidados; tomó con un toque tembloroso la mano extendida de ella y la contempló con una mirada de éxtasis. Pues, en verdad, ella lucía tan hermosa que le pareció que nunca antes había hecho justicia a su belleza sobresaliente. Había un rubor en su mejilla, como en alguna fruta selecta y delicada; sus ojos violetas centelleaban como gemas; mientras los hoyuelos jugaban y se estremecían en sus mejillas, como a veces se puede observar el rayo de sol sobre la superficie pura de aguas tranquilas. Su semblante, en verdad, estaba coronado de sonrisas. Parecía la cosa más feliz sobre la tierra; la personificación misma de una primavera poética; vivaz, fresca e inocente; centelleante, dulce y suave. Cuando la contemplaba, a Ferdinand le recordaba algún pájaro alegre o un antílope aéreo; ¡lucía tan brillante y alegre!
—Él debe subir —dijo Henrietta con una sonrisa— y conducirla a su cabaña. ¿No me las arreglé bien para venir sola? Tendremos un paseo encantador hoy.
—¡Eres tan hermosa! —murmuró Ferdinand.
—Me conformo si solo tú lo piensas. ¿No me oíste acercarme? ¿Qué hacías? ¿Sumergido en la meditación? Ahora dime la verdad, ¿pensabas en ella?
—En verdad, no tengo otro pensamiento. ¡Oh, mi Henrietta! eres tan hermosa hoy. No puedo hablar de otra cosa que no sea tu belleza.
—¿Y cómo dormiste? ¿Estás cómodo? He traído algunas flores para hacer que tu habitación luzca bonita.
Pronto llegaron a la casa de campo. La buena mujer pareció un poco sorprendida cuando observó a su huésped conduciendo a la señorita Temple, pero mucho más complacida. Henrietta corrió a la casa para ver a los niños, dijo algunas palabras amables a la pequeña doncella y preguntó si su huésped había desayunado. Luego, volviéndose hacia Ferdinand, dijo: —¿Has olvidado que debes darme un desayuno? Será en el porche. ¿No es dulce y bonito? Mira, aquí están tus flores, y te he traído algo de fruta.
El desayuno fue dispuesto. —Pero tú no cumples tu parte, dulce Henrietta —dijo él—; no puedo desayunar solo.
Ella fingió compartir su comida para que él pudiera participar de ella; pero, en verdad, solo se ocupó en arreglar las flores. Sin embargo, se condujo con tanta destreza que Ferdinand tuvo la oportunidad de satisfacer su apetito, sin ser colocado en una posición, incómoda en todo momento, insoportable para un amante, la de comer en presencia de otros que no se unen a uno en la ocupación.
—Ahora —dijo de repente, sentándose a su lado y colocando una rosa en su vestido—, tengo un pequeño plan hoy, que creo que será bastante encantador. Me llevarás a Armine.
Ferdinand se sobresaltó. Pensó en Glastonbury.
Su miserable situación volvió a él. Esta era la gota amarga en la copa; ¡sí!, en la misma plenitud de su rara felicidad expresó una punzada. Su confusión no pasó inadvertida para la señorita Temple; pues ella era muy rápida en su percepción; pero no podía comprenderla. No descansó en su mente, particularmente cuando Ferdinand asintió a su proposición, pero añadió: —Olvidé que Armine es más interesante para ti que para mí. Todas mis asociaciones con Armine son dolorosas. Ducie es mi deleite.
—Ah, mi romance está en Armine; el tuyo en Ducie. Lo que nos rodea, no siempre lo valoramos. Y, sin embargo, amo mi hogar —añadió, en un tono algo comedido, incluso serio—; todas mis asociaciones con Ducie son dulces y placenteras. ¿Lo serán siempre?
Ella dio en una tecla a la que los pensamientos pasajeros de Ferdinand respondían demasiado completamente, pero él refrenó el estado de su mente. A medida que ella se ponía seria, él fingió alegría. —Mi Henrietta debe ser siempre feliz —dijo—, al menos, si el amor de su Ferdinand puede hacerla así.
Ella no respondió, pero apretó su mano. Luego, tras un momento de silencio, dijo: —Mi Ferdinand no debe estar desanimado por el querido Armine. Tengo confianza en nuestro destino; veo un futuro feliz, muy feliz.
¿Quién podría resistirse a una profetisa tan hermosa? No la mente optimista del enamorado Ferdinand Armine. Bebió inspiración de sus sonrisas y se deleitó con los acentos tiernos de su animadora simpatía. —Nunca estaré desanimado contigo —respondió—; eres mi buen genio. ¡Oh Henrietta! ¡qué cielo es estar juntos!
—Te bendigo por estas palabras. No iremos a Armine hoy. Caminemos. Y a decir verdad, pues no me avergüenzo de decirle nada a ti, difícilmente sería discreto, tal vez, estar conduciendo por el campo con este aspecto. Y, sin embargo —añadió, tras un momento de duda—, ¿qué me importa lo que diga la gente? ¡Oh Ferdinand! ¡pienso solo en ti!
¡Qué delicioso paseo dieron aquellas jóvenes y enamoradas criaturas aquella mañana soleada! El aire era dulce, la tierra era hermosa, y sin embargo eran insensibles a todo excepto a su amor mutuo. ¡Inagotable es la conversación de los corazones cariñosos! Una historia sencilla, también, ¡y sin embargo hay tantas maneras de contarla!
—¡Qué extraño que nos hayamos conocido! —dijo Henrietta Temple.
—En verdad, creo que es lo más natural —dijo Ferdinand—; quiero creer que es el cumplimiento de un destino feliz. Pues todo lo que he suspirado ahora lo encuentro, y más, mucho más de lo que mi imaginación podría esperar.
—Solo piensa en ese paseo matutino —reanudó Henrietta—, hace tan poco tiempo, ¡y sin embargo parece una eternidad! Creámos en el destino, querido Ferdinand, o me temo que tendrás que pensar de mí aquello que no desearía.
—Mi propia Henrietta, solo puedo pensar en ti como el más noble y dulce de los seres. ¡Mi amor siempre es igualado por mi gratitud!
—Mi Ferdinand, había leído sobre tales sentimientos, pero no creía en ellos. No creía, al menos, que estuvieran reservados para mí. Y, sin embargo, he conocido a muchas personas, y he visto algo más, mucho más de lo que corresponde a las mujeres de mi edad. Créeme, en verdad, mi ojo hasta ahora ha estado sin deslumbrar, y mi corazón intacto. Él apretó la mano de ella.
—Y entonces —prosiguió ella—, en un momento; pero no pareció como la vida común. ¡Ese hermoso desierto, ese castillo en ruinas! Mientras miraba a mi alrededor, no me sentí como es mi costumbre. Me sentí como si algún destino fuera inminente, como si mi vida y mi suerte estuvieran vinculadas, por así decirlo, con esa escena extraña y silenciosa. Y entonces él se adelantó, y lo contemplé, ¡tan diferente a todos los demás hombres, tan hermoso, tan pensativo! ¡Oh Ferdinand! ¡perdóname por amarte! —y ella giró suavemente la cabeza y escondió su rostro en su pecho.
—Querida Henrietta —susurró con voz baja el amante arrebatado—, el mejor, el más dulce y el más hermoso de los seres, tu Ferdinand, en ese momento, no estuvo menos conmovido que tú. Sin palabras y pálido, había observado a mi Henrietta, y sentí que contemplaba al ser a quien debo dedicar mi existencia.
—Nunca olvidaré el momento en que estuve ante el retrato de Sir Ferdinand. Sabes, mi corazón era profético; no necesitaba esa confirmación de una extraña conjetura. Sentí que debías ser un Armine. Había oído hablar tanto de tu abuelo, tanto de tu familia. Los amaba por su gloria y por sus señoriales tristezas.
—Ah, mi Henrietta, eso es lo único que me irrita. Es amargo presentar a mi novia a nuestra casa de preocupaciones.
—Nunca pensarás que lo es —respondió ella con animación—. Demostraré ser una verdadera Armine. ¡Más feliz en el honor de ese nombre que en las posesiones más ricas! Aún no me conoces. Tu esposa no te deshonrará a ti ni a tu linaje. Tengo un espíritu digno de ti, Ferdinand; al menos, me atrevo a esperarlo. Puedo quebrarme, pero no me doblaré. Lucharemos juntos contra todas nuestras preocupaciones; y mi Ferdinand, animado por su Henrietta, restaurará la casa.
—¡Ay, mi chica de mente noble, me temo que nos espera una dura prueba! Solo puedo ofrecerte amor.
—¿Hay algo más en este mundo?
—Pero, alejarte de un techo de lujo, donde has sido cuidada desde tu cuna, con todo lo que ministra a los delicados deleites de la mujer, hacia... oh, mi Henrietta, no conoces la desalentadora y deprimente carga de las preocupaciones domésticas. Su voz flaqueó al recordar a su melancólico padre; y la decepción, tal vez la destrucción, que su pasión estaba preparando para su techo.
—No habrá preocupaciones; soportaré todo; animaré todo. Tengo energía; de hecho la tengo, mi Ferdinand. La tengo, por joven que sea; a menudo he animado, a menudo he impulsado a mi padre. A veces dice que, de no haber sido por mí, no habría sido lo que es. Es mi padre, el mejor y más amable padre que jamás haya amado a su hija; sin embargo, ¿qué son los padres para ti, mi Ferdinand? y, si pudiera ayudarlo, ¿qué no podría hacer por...?
—¡Ay, mi Henrietta, no tenemos teatro para la acción! Olvidas nuestro credo.
—Era el del gran Sir Ferdinand. Él creó un teatro.
—Mi Henrietta es ambiciosa —dijo Ferdinand, sonriendo.
—Querido, estaría contenta, ¡no!, esa es una frase débil, elegiría, si la elección estuviera en mi poder ahora para seleccionar una vida más grata a mis puntos de vista y sentimientos, alguna soledad encantadora, incluso como Armine, y pasar la existencia sin otro fin que deleitarte a ti. Pero estábamos hablando de otras circunstancias. Tal felicidad, se dice, no es para nosotros. Y deseaba mostrarte que tengo un espíritu que puede luchar con la adversidad, y un alma presagiante de superarla.
—Tienes un espíritu que reverencio, y un alma que adoro, ni hay un ser más feliz en el mundo en este momento que Ferdinand Armine. Con una mujer como tú, todo destino debe ser un triunfo. Has tocado una cuerda de mi corazón que ha sonado antes, aunque en la soledad. No era más que el viento que jugaba en ella antes; pero ahora ese tono resuena con un propósito. Esto es una simpatía gloriosa. Dejemos a Armine a su destino. Tengo una espada, y será difícil si no forjo un destino digno incluso de Henrietta Temple.
La comunión de este día, de cuyo espíritu la conversación recién mencionada puede dar una idea, produjo un efecto estimulante en la mente de Ferdinand. El amor es inspiración; alienta a realizar grandes hazañas y desarrolla la facultad creativa de nuestra naturaleza. Pocos grandes hombres han florecido que, de ser sinceros, no reconocieran las vastas ventajas que experimentaron en los primeros años de su carrera gracias al espíritu y la simpatía de la mujer. Es la mujer cuya admiración presciente pulsa la lira del poeta abatido, cuyo genio será reconocido más tarde por su raza, y que a menudo embalsama la memoria de la gentil dama cuya bondad lo consoló en horas menos gloriosas. ¡Cuánta cartera oficial jamás se habría llevado de no ser por su espíritu optimista y su amor asiduo! ¡Cuántos abogados deprimidos y desesperados han aferrado el Gran Sello y han tomado precedencia ante los príncipes, impulsados por la brisa de su esperanza inspiradora e iluminados por el sol de su sonrisa profética! Una amiga, amable, inteligente y devota, es una posesión más valiosa que parques y palacios; y, sin tal musa, pocos hombres pueden triunfar en la vida, ninguno estar contento.
Los planes y aspiraciones de Henrietta habían liberado a Ferdinand de una carga deprimente. Inspirado por su simpatía creativa, una nueva escena se abrió ante él, adornada por una perspectiva magnífica. Su imaginación optimista buscó refugio en un futuro triunfal. Aquel amor por el cual hasta entonces había preparado su mente para sacrificar toda ventaja mundana pareció transformarse de repente en la fuente misma del éxito terrenal. Henrietta Temple iba a ser la fuente, no solo de su dicha, sino de su prosperidad. En el jolgorio de su audaz fantasía, parecía, por así decirlo, mediante una hermosa retribución, estar ya recompensado por haber consagrado, con tan vacilante prontitud, su corazón en el altar del afecto desinteresado. Tumbado en el diván de su cabaña, se entregó a visiones deslumbrantes; vagó por tierras extrañas con su hermosa compañera y ofreció a sus pies las rápidas recompensas de sus incomparables logros.
Volviendo a su situación inmediata, decidió no perder tiempo en llevar sus asuntos a una crisis. Incluso se estaba preparando para su partida inminente, consolado por la certeza de su pronto regreso, cuando la llegada de su criado le anunció que Glastonbury había abandonado Armine en una de esas excursiones anticuarias a las que estaba acostumbrado. Complacido de que ahora estuviera en su poder cumplir el deseo de Henrietta de visitar su hogar, y quizás, en verdad, no muy mortificado de que hubiera surgido una excusa tan razonable para el aplazamiento de su pretendida partida, Ferdinand se levantó al instante y, tan rápido como pudo, se dirigió a Ducie.
Encontró a Henrietta en el jardín. Había llegado, tal vez, antes de lo esperado; ¡pero qué alegría verlo! Y cuando él mismo propuso una excursión a Armine, su sonrisa agradecida derritió su corazón. De hecho, Ferdinand esta mañana estaba tan alegre y despreocupado, que su excesiva alegría podría haber sido casi tan sospechosa como su pasajera tristeza del día anterior. No menos tierno y afectuoso que antes, su fantasía juguetona se entregó a infinitas expresiones de humor alegre y delicadas travesuras de amor. Cuando la vio por primera vez recogiendo un ramillete, también para él, sin ser visto, se deslizó tras ella de puntillas y, rodeando repentinamente su delicada cintura y levantándola suavemente en el aire, «¡Bien, mariquita!», exclamó, «¡yo también arrancaré una flor!».
¡Ah! Cuando ella volvió su hermoso rostro, lleno de encantadora confusión, y profirió un débil grito de afectuosa sorpresa al captar su mirada brillante, ¡qué felicidad fue la de Ferdinand Armine al sentir que esta criatura encantadora era suya y al presionar contra su pecho su noble y palpitante figura!
«Quizás el año que viene por estas fechas estemos viajando en mulas», dijo Ferdinand mientras agitaba su fusta y el pequeño poni trotaba. Henrietta sonrió. «Y entonces», continuó él, «recordaremos nuestro coche de poni del que ahora arrugamos la nariz. Donna Henrietta, zarandeada hasta la muerte sobre aburridas vegas y buscando su camino a través de rocosas sierras, será una persona muy diferente de la señorita Temple, de Ducie Bower. Espero que no seas muy irritable, hija mía; y por favor, descarga tu mal humor con tu arriero, y no con tu esposo».
«Ahora, Ferdinand, ¿cómo puedes ser tan ridículo?»
«¡Oh! No tengo duda de que tendré que cargar con toda la culpa. "Tú me trajiste aquí", será: "Hombre ingrato, ¿es este tu amor? ¡Ni siquiera caballos de posta!"».
«En cuanto a eso», dijo Henrietta, «quizás tengamos que caminar. Puedo imaginarnos, a ti con una chaqueta andaluza, un arma larga y, me temo, un cigarro; y yo con todo el equipaje».
«Niños y todo», añadió Ferdinand.
La señorita Temple pareció algo recatada, apartó un poco el rostro, pero no dijo nada.
«Pero, ¿qué piensas de Viena, dulcísima?», inquirió Ferdinand en un tono más serio; «en honor a la verdad, creo que podríamos hacer grandes cosas allí. ¡Un regimiento y un cargo de chambelán, como mínimo!»
«En las montañas o en las ciudades seré igualmente feliz, siempre que seas mi compañero», respondió la señorita Temple.
Ferdinand soltó las riendas y dejó caer su fusta. «Mi Henrietta», exclamó, mirándola a la cara, «¡qué ángel eres!».
Esta visita a Armine fue tan encantadora para la señorita Temple; experimentó tal gratificación paseando por el parque y por el viejo castillo, contemplando la torre de Glastonbury, preguntándose cuándo lo vería y hablando con su Ferdinand sobre cada miembro de su familia, que el capitán Armine, incapaz de resistir la corriente irresistible, pospuso de día en día su visita decisiva a Bath y, confiado en el futuro, no permitió que su alma se viera en lo más mínimo intimidada por cualquier posible coyuntura de mala fortuna. Una semana, una semana entera y feliz, transcurrió casi por completo en Armine. Su presencia allí apenas fue notada por la única sirvienta que permanecía; y, si su curiosidad se hubiera visto excitada, no poseía poder alguno para comunicarlo a Somersetshire. Además, ignoraba que su joven amo estaba nominalmente en Londres. A veces, Henrietta arrebataba una hora, lejos de vagar por el jardín y cambiar votos de amor y admiración mutuos, a la galería de cuadros, donde ya había comenzado una copia en miniatura del retrato del gran Sir Ferdinand. Al ponerse el sol, partían en su pequeño carruaje. Ferdinand envolvía a su Henrietta en su capa de piel, pues el rocío del otoño comenzaba a subir, y, así protegidos, el viaje de diez millas siempre resultaba demasiado corto. Es hábito de los amantes, por muy inocente que sea su pasión, volverse cada día menos discretos; pues cada día su compañía casi constante se convierte más en una necesidad. La señorita Temple había logrado casi inconscientemente al principio que el capitán Armine, en ausencia de su padre, no fuera visto demasiado a menudo en Ducie; pero ahora Ferdinand la llevaba a casa cada tarde, tomaba el té en el Bower y la velada terminaba con música y canciones. Cada noche cruzaba el campo hacia su granja más enamorado y entregado.
Una mañana en Armine, estando Henrietta sola en la galería ocupada con su dibujo, y habiéndola dejado Ferdinand por un momento para cumplir algún pequeño encargo para ella, oyó a alguien entrar y, al levantar la vista para captar su mirada de amor, contempló a un hombre venerable, de apariencia suave y benévola, vestido de negro, de pie, como si estuviera un poco sorprendido, a cierta distancia. Ella, no menos confundida, hizo una reverencia, y el caballero se acercó con vacilación y, con un ligero rubor, devolvió el saludo y se disculpó por su intrusión. «Pensó que el capitán Armine podría estar aquí».
«Estuvo aquí hace solo un momento», respondió la señorita Temple; «y sin duda regresará al instante». Luego volvió a su dibujo con mano temblorosa.
«Percibo, señora», dijo el caballero, acercándose y hablando en un tono suave y atractivo, mientras observaba su trabajo con un aire mezclado de timidez y admiración, «que es usted una gran artista».
«Mi deseo de sobresalir puede haber ayudado a mi desempeño», respondió la señorita Temple.
«Está usted copiando el retrato de un personaje muy extraordinario», dijo el extraño.
«¿Cree que se parece al capitán Armine?», inquirió la señorita Temple con cierta vacilación.
«Siempre se ha considerado así», respondió el extraño. La mano de Henrietta flaqueó; miró hacia la puerta de la galería, luego hacia el retrato; nunca había estado tan ansiosa por la reaparición de Ferdinand. Hubo un silencio que ella se vio obligada a romper, pues el extraño estaba mudo e inmóvil, y apenas más seguro que ella misma.
«El capitán Armine estará aquí inmediatamente, no me cabe duda».
El extraño hizo una reverencia. «Si pudiera presumir de criticar una obra tan acabada», observó, «diría que usted ha plasmado, señora, un carácter más juvenil del que presenta el original».
Henrietta no se atrevió a confesar que esa era su intención. Miró de nuevo hacia la puerta, mezcló algo de color y luego lo limpió inmediatamente de su paleta. «¡Qué hermosa galería es esta!», exclamó al cambiar su pincel, que, sin embargo, estaba impecable.
«Es digna de Armine», dijo el extraño.
«Ciertamente, no hay lugar tan interesante», dijo la señorita Temple.
«Me complace oírlo elogiar», dijo el extraño.
«¿Lo conoce usted bien?», inquirió la señorita Temple.
«Tengo la felicidad de vivir aquí», dijo el extraño.
«Entonces no me equivoco al creer que hablo con el señor Glastonbury».
«En efecto, señora, ese es mi nombre», respondió el caballero; «me imagino que a menudo hemos oído hablar el uno del otro. Este es un encuentro muy inesperado, señora, pero por esa razón no menos encantador. Yo mismo acabo de regresar de una excursión de algunos días y entré en la galería sin saber que la familia había llegado. Usted se encontró, supongo, con mi Ferdinand en el camino. ¡Ah! Quizás se sorprenda de mi expresión familiar, señora. Ha sido mi Ferdinand durante tantos años que no puedo acostumbrarme fácilmente a no llamarlo así. Pero soy consciente de que ahora hay otras pretensiones...»
«Mi querido Glastonbury», exclamó Ferdinand Armine, sobresaltado al volver a entrar en la galería, y verdaderamente con el mayor susto que pudiera sentir un hombre que, quizás, hace pocas horas, iba a conquistar en España o Alemania. Al mismo tiempo, pálido y ansioso, y hablando con rapidez excitada, abrazó a su tutor y escrutó el semblante de Henrietta para averiguar si su secreto fatal había sido descubierto.
Ese semblante estaba lleno de cariño y, si no calmado, no más confundido de lo que la inesperada aparición, dadas las circunstancias, podía explicar. «A menudo me ha oído mencionar al señor Glastonbury», dijo, dirigiéndose a Henrietta. «Permítame ahora tener el placer de presentárselo. Mi más viejo, mi mejor amigo, mi segundo padre; un admirable artista, también, puedo asegurárselo. Está cualificado para juzgar incluso su habilidad. ¿Y cuándo llegó, mi querido amigo? ¿Y dónde ha estado? ¿Nuestros viejos lugares? ¿Muchos bocetos? ¿Qué abadía ha explorado, qué tesoros antiguos ha descubierto? ¡Tengo una adición tan buena para su herbario! El cactus de Berbería, justo lo que quería; lo encontré en mi volumen de Shelley; y maravillosamente secado, maravillosamente; le encantará. ¿Qué le parece este dibujo? ¿No es hermoso? Tiene exactamente el carácter, ¿no es así?». Ferdinand hizo una pausa por falta de aliento.
«Estaba observando justo cuando usted entraba», dijo Glastonbury, muy tranquilamente, «a la señorita...»
«Tengo varias cartas para usted», dijo Ferdinand, interrumpiéndolo y temblando de pies a cabeza por miedo a que dijera señorita Grandison. «¿Sabe que es justo la persona que quería ver? ¡Qué afortunado que haya llegado justo ahora! Me molestó encontrar que estaba fuera. ¡No puedo decirle cuánto me molestó!».
«¿Sus queridos padres?», inquirió Glastonbury.
«Están bastante bien», dijo Ferdinand, «perfectamente bien. Estarán tan contentos de verlo, tan contentos. Desean tanto verlo, mi querido Glastonbury. No puede imaginar cuánto desean verlo».
«¿Los encontraré dentro, cree usted?», inquirió Glastonbury.
«¡Oh! Ellos no están aquí», dijo Ferdinand; «todavía no han llegado. Los espero cada día. Cada día los espero. He preparado todo para ellos, todo. ¡Qué otoño tan maravilloso ha sido!».
Y Glastonbury cayó en el señuelo y habló sobre el tiempo, pues era entendido en las estaciones y profetizó, por muchas circunstancias, un invierno duro. Mientras conversaba así, Ferdinand extrajo de Henrietta que Glastonbury no había estado en la galería más que unos pocos minutos; y se sintió seguro de que nada fatal había trascendido. Durante todo este tiempo, Ferdinand estaba repasando su dolorosa situación con desesperada rapidez y presciencia. Todo a lo que aspiraba ahora era a que Henrietta abandonara Armine con la misma feliz ignorancia con la que había llegado: en cuanto a Glastonbury, a Ferdinand no le importaba lo que pudiera sospechar o finalmente descubrir. Estos eran males futuros que se reducían a la insignificancia en comparación con cualquier descubrimiento por parte de la señorita Temple.
Relativamente compuesto, Ferdinand sugirió ahora a Henrietta que dejara su dibujo, que de hecho estaba tan avanzado que podría terminarse en Ducie; y, sin dejar nunca su lado, observando cada mirada y pendiente de cada acento de su antiguo tutor, incluso se aventuró a sugerir que visitaran la torre. La propuesta, pensó, podría calmar cualquier sospecha que pudiera haber sido suscitada por parte de la señorita Temple. Glastonbury expresó su satisfacción ante la sugerencia, y abandonaron la galería y entraron en la avenida de hayas.
«He oído hablar tanto de su torre, señor Glastonbury», dijo la señorita Temple, «soy consciente, se lo aseguro, del honor de ser admitida».
La extrema delicadeza que era característica de Glastonbury preservó a Ferdinand Armine del temido peligro. Ni por un instante pasó por la mente de Glastonbury que Henrietta no fuera la señorita Grandison. Pensó, ciertamente, que era un poco extraordinario que ella llegara a Armine solo en compañía de Ferdinand; pero mucho se podía permitir a los amantes prometidos; además, podía haber alguna compañera, alguna tía o prima, por lo que él sabía, en la mansión. Solo los padres eran los que Ferdinand había dicho que aún no habían llegado. En cualquier caso, sintió en ese momento que Ferdinand, quizás incluso porque estaba solo con su futura esposa, no tenía deseo de que tuviera lugar ninguna presentación formal o felicitación; y, complacido solo de que la futura esposa de su pupilo fuera alguien tan hermosa, tan dotada y tan llena de gracia, alguien aparentemente tan digno en todos los sentidos de su elección y su suerte, Glastonbury volvió a su habitual facilidad y sencillez, y se esforzó por divertir a la joven con la que se había encontrado de forma tan inesperada, y con la que, con toda probabilidad, su destino era estar en el futuro tan íntimamente relacionado. En cuanto a Henrietta, no había ocurrido nada que diera lugar a la más mínima sospecha en su mente. La agitación de Ferdinand ante este encuentro inesperado entre su tutor y su prometida era en todos los aspectos natural. Su compromiso, como ella sabía, era en ese momento un secreto para todos; y aunque, bajo tales circunstancias, ella misma al principio no estaba dispuesta a sentirse muy a gusto, aún así conocía tan bien al señor Glastonbury por referencias, y él era tan diferente de los caracteres comunes del mundo censor, que ella estaba, desde el principio, mucho menos molesta de lo que de otro modo lo habría estado, y pronto recuperó su compostura habitual e incluso se sintió gratificada y divertida con la aventura.
Una carga, sin embargo, cayó del corazón de Ferdinand cuando él y su amada desearon a Glastonbury una buena tarde. Esta entrevista accidental y casi fatal le recordó terriblemente su difícil y peligrosa posición; parecía el comienzo de una serie de malentendidos, mortificaciones y desgracias, que era absolutamente necesario prevenir deteniéndolos al instante con la mayor energía y decisión. Era amargo abandonar Armine y todas sus alegrías, pero, en verdad, la llegada de su familia era muy dudosa: y, hasta que no se hiciera la confesión de su verdadera situación, cada día podía traer algún descubrimiento desastroso. Algunas nubes ominosas en el horizonte formaron una excelente excusa para apresurar a Henrietta hacia Ducie. Abandonaron Armine a una hora inusualmente temprana. Mientras conducían, Ferdinand reflexionaba sobre la aventura de la mañana y se esforzaba por estimularse para la tarea de dirigirse al instante a Bath. Pero no tuvo el valor de confiar su propósito a Henrietta. Sin embargo, cuando llegaron a Ducie, fueron recibidos con noticias que hacían que la decisión, por su parte, fuera absolutamente necesaria. Pero reservaremos esto para el próximo capítulo.
CAPÍTULO V.
Que contiene algo muy inesperado.
LA señorita Temple había subido las escaleras para quitarse el sombrero; Ferdinand estaba ante la chimenea de leña en el salón. Su llama clara y fragante era agradable tras el cielo nublado de su viaje algo frío. Estaba meditando sobre los encantos de su Henrietta y deseando su reaparición, cuando ella entró; pero su entrada lo llenó de alarma. Estaba pálida, sus labios casi tan blancos como su frente. Una expresión de temor estaba impresa en su rostro agitado. Antes de que él pudiera hablar, ella extendió su mano hacia el agarre extendido de él. Estaba fría, temblaba.
«¡Dios mío! ¡Estás enferma!», exclamó. «¡No!», murmuró débilmente, «no enferma». Y luego hizo una pausa, como si se ahogara, inclinando la cabeza con los ojos fijos en el suelo.
La conciencia de Ferdinand le dio un pinchazo. ¿Había oído...?
Pero fue tranquilizado por sus acentos de bondad. «Perdóname, queridísimo», dijo; «estoy agitada; pronto estaré mejor».
Él sostuvo su mano con firmeza mientras ella se apoyaba en su hombro. Tras unos minutos de angustioso silencio, ella dijo con voz ahogada: «Papá regresa mañana».
Ferdinand se puso tan pálido como ella; la sangre huyó a su corazón, su cuerpo tembló, sus rodillas flaquearon, su mano pasiva apenas retenía la de ella; no pudo hablar. Todos los resultados posibles de este regreso cruzaron por su mente y se presentaron en terrible formación ante su imaginación alarmada. No podía encontrarse con el señor Temple; eso estaba fuera de toda duda. Alguna explicación debía suceder inmediata e inevitablemente, y eso precipitaría el descubrimiento fatal. El gran objetivo era evitar cualquier comunicación entre el señor Temple y Sir Ratcliffe antes de que Ferdinand hubiera revelado su situación a su padre. ¡Cómo deseaba ahora no haber pospuesto su partida a Bath! Si tan solo hubiera abandonado Armine cuando se convenció de la dura necesidad, el angustioso futuro habría sido ahora el pasado, las escenas inminentes, por muy terribles que fueran, habrían sucedido; quizás habría estado en Ducie en este momento, con la conciencia tranquila y un propósito franco, y sin dificultades que superar más que aquellas que necesariamente surgirían de la consideración natural del señor Temple por el bienestar de su hija. Estas, por muy difíciles que fueran de combatir, parecían ligeras en comparación con las perplejidades de su complicada situación. Ferdinand llevó a Henrietta a un asiento y se inclinó sobre ella en un silencio agitado, que ella atribuyó solo a su simpatía por su angustia, pero que, en verdad, debía atribuirse más bien a su propio propósito incierto y a la confusión de una inventiva a la que ahora recurría en busca de expedientes desesperados.
Mientras él estaba así reflexionando en su mente sobre el curso que debía seguir ahora, se sentó en la otomana sobre la que descansaban los pies de ella, y presionó su mano contra sus labios mientras convocaba en su auxilio todos los recursos de su imaginación. Finalmente le pareció que el único modo por el cual podría ganar tiempo ahora, y asegurarse frente a explicaciones peligrosas, era involucrar a Henrietta en un compromiso secreto. Había una gran dificultad, era consciente de ello, en lograr este propósito. La señorita Temple estaba dedicada a su padre; y aunque por un momento fue llevada, por la influencia omnipotente de una pasión irresistible, a entrar en un pacto sin la sanción de su progenitor, su actual agitación indicaba con demasiada claridad su agudo sentido de que no se había comportado con él con su acostumbrado espíritu de deber inquebrantable e inmaculado; que, si no absolutamente indelicado, su comportamiento debía parecerle a él muy desconsiderado, muy temerario, quizás incluso insensible. ¡Insensible! ¡Qué, hacia ese padre, ese cariñoso y viudo padre, de quien ella era la única y apreciada hija! Toda su bondad, todo su cuidado incesante, toda su ansiedad, su pronta simpatía, su vigilancia por su diversión, su comodidad, su felicidad, su vigilancia en sus horas de enfermedad, su orgullo por su belleza, sus logros, su afecto, las sonrisas y lágrimas de largos, largos años, todo pasó ante ella, hasta que al final se liberó con un movimiento rápido del agarre de Ferdinand y, juntando sus manos, estalló en un suspiro tan amargo, tan profundo, tan lleno de angustia, que Ferdinand se levantó de su asiento.
—¡Henrietta! —exclamó—, ¡mi amada Henrietta!
—Déjame —respondió ella, en un tono casi de severidad.
Él se levantó y caminó de un lado a otro de la habitación, abrumado por emociones contrapuestas. La severidad de su voz, esa voz que hasta entonces había caído en su oído como el trino de un pájaro de verano, lo llenó de consternación. La idea de haberla ofendido, de haberla ofendido seriamente, de ser para ella, para Henrietta, para Henrietta, esa divinidad a la que su fantasía idólatra se aferraba con tal devoción arrebatadora, en cuyas mismas sonrisas y acentos no es exageración decir que él vivía y tenía su existencia, la idea de ser para ella, aunque fuera por un momento transitorio, un objeto de repugnancia, parecía algo demasiado terrible para pensarlo, demasiado intolerable para la existencia. Todos sus problemas, todas sus preocupaciones, todos sus pesares inminentes, se desvanecieron en el aire, comparados con esta visita imprevista y repentina. ¡Oh! ¿Qué era el mal futuro, qué era el mañana, preñado como podía estar de miseria, comparado con la rápida agonía del instante? Mientras ella sonriera, cada dificultad parecía superable; mientras él pudiera escuchar sus acentos de ternura, no había dispensa con la que no pudiera luchar. Viniera lo que viniera, entronizado en el palacio de su corazón, él era un soberano que podía desafiar al mundo en armas; pero, expulsado de ese gran asiento, era un fugitivo sin esperanza, sin objetivo, sin deseo; ¡aburrido, tímido, agotado, desconsolado!
Y ella le había pedido que la dejara. ¡Dejarla! ¡Henrietta Temple le había pedido que la dejara! ¿Vivía él? ¿Era este el mismo mundo en el que hace unas pocas horas respiraba, y bendecía a su Dios por respirar? ¿Qué había sucedido? ¿Qué extraño evento, qué milagro había ocurrido, para obrar este cambio terrible y funesto? ¿Por qué, si ella lo hubiera sabido todo, si de repente hubiera compartido ese dolor agudo y perpetuo que siempre roía su propio corazón secreto, incluso en medio de sus alegrías; si él le hubiera revelado, si alguien le hubiera traicionado su angustioso secreto, ¿podría ella haber dicho más? Vaya, era para evitar esto, era para ahorrarse esta horrible catástrofe, que él se había involucrado en sus angustiosas e inextricables dificultades. Inextricables debían ser ahora; porque ¿dónde, ahora, estaba la inspiración que antes debía animarlo a tales grandes hazañas? ¿Cómo podría luchar más tiempo con su destino? ¿Cómo podría ahora forjar un destino? Todo lo que le quedaba ahora era morir; y, en la locura de sus sensaciones, la muerte le parecía la consumación más deseable.
El temperamento de un amante es exquisitamente sensible. Mortificado y miserable, en cualquier otro momento Ferdinand, en un arrebato de amor hostigado, podría haber abandonado instantáneamente la presencia de una amante que lo había tratado con tal inesperada e inmerecida dureza. Pero el pensamiento del mañana, la triste convicción de que esta era la última oportunidad para su comunión sin perturbaciones, el recuerdo de que, en cualquier caso, su separación temporal era inminente; todas estas consideraciones habían frenado su primer impulso. Además, no debe ocultarse que más de una vez se le ocurrió que era totalmente imposible permitir que Henrietta se reuniera con su padre en su estado de ánimo actual. Con su espíritu determinado y fuertes emociones, y su dificultad para ocultar sus sentimientos; escociéndole, además, bajo la conciencia de haberse separado de Ferdinand enojada, y de haberlo tratado con injusticia; y, por tanto, doblemente ansiosa por llevar los asuntos a una crisis, un escenario con toda probabilidad se produciría instantáneamente; y Ferdinand retrocedió en este momento ante las consecuencias de cualquier explicación.
¡Desdichado Ferdinand! Le parecía que nunca antes había conocido la miseria. Se retorció las manos en la desesperación; su mente parecía abandonarlo. De repente se detuvo; miró a Henrietta; su rostro seguía pálido, sus ojos fijos en las brasas decadentes del fuego, su actitud inalterada. O ella no era consciente de su presencia, o no elegía reconocerla. ¿Cuáles eran sus pensamientos?
¿Aún en su padre? Quizás comparaba a ese cariñoso y fiel amigo de su existencia, a quien le debía una deuda de gratitud incalculable, con el conocido de la hora, a quien, en un momento de locura, le había prometido el amor que solo podía pagarla. Quizás, en el espíritu de tormento personal, conjuraba contra este extraño demasiado exitoso todos los espectros amenazantes de la sospecha, la desconfianza y el engaño; recordaba en su memoria los cuentos demasiado justos y demasiado frecuentes de la impureza y la ingratitud del hombre; y se torturaba a sí misma por su propia aparición, la víctima merecida de su dureza, su negligencia o su deserción. Y cuando al mismo tiempo había conmocionado y alarmado su fantasía con estas imágenes angustiosas y degradantes, agotada por estas imaginarias vejaciones, y ansiosa por consuelo en su oscuro abatimiento, es posible que hubiera recurrido a la causa aún inocente de su dolor y aprensión, y quizás se hubiera acusado a sí misma de crueldad e injusticia por visitar sobre su cabeza las meras consecuencias de su propio temperamento caprichoso y mórbido. Es posible que hubiera recordado su ternura invariable, su admiración incesante; es posible que hubiera recordado esos acentos apasionados que emocionaron su corazón, esas miradas de afecto arrebatador que fijaron su ojo con fascinación. Es posible que hubiera conjurado esa forma sobre la cual últimamente había meditado en un trance de amor, esa forma brillante con tanta belleza, irradiando tantas gracias, adornada con tanta inteligencia, y santificada por cada asociación romántica que pudiera derretir el corazón o moldear el espíritu de la mujer; es posible que hubiera conjurado esta forma, que era el dios de su idolatría, y corrido de nuevo al altar en un éxtasis de devoción.
Las sombras del atardecer descendían rápidamente, las cortinas de la cámara no estaban cerradas, el resplandor del fuego se había extinguido. La luz parpadeante caía sobre el rostro solemne de Henrietta Temple, ahora enterrado en la sombra, ahora transitoriamente iluminado por la llama caprichosa.
De repente, él avanzó, con un paso demasiado ligero incluso para ser escuchado, se arrodilló a su lado y, no atreviéndose a tocar su mano, presionó sus labios contra su brazo, y con ojos llorosos, y en un tono de tierna queja, murmuró: —¿Qué he hecho?
Ella se volvió, sus ojos se encontraron con los suyos, una expresión salvaje de miedo, sorpresa y deleite jugó sobre su rostro; entonces, estallando en lágrimas, ella pasó sus brazos alrededor de su cuello y escondió su rostro sobre su pecho.
Él no perturbó esta efusión de sus emociones reprimidas. Su corazón palpitante respondió al alma tumultuosa de ella. Finalmente, cuando la fuerza de sus apasionados afectos había disminuido un tanto, cuando los sollozos convulsivos se habían calmado en suaves suspiros, y de vez en cuando él sentía la presión de sus dulces labios sellando su amor lleno de remordimiento y su encantador arrepentimiento sobre su pecho, él se atrevió a decir: —¿Oh! mi Henrietta, ¿no dudabas de tu Ferdinand?
—Queridísimo Ferdinand, eres demasiado bueno, demasiado amable, demasiado impecable, y yo soy muy malvada.
Tomando su mano y cubriéndola de besos, dijo con voz clara, pero muy baja: —Ahora dime, ¿por qué estabas infeliz?
—Papá —suspiró Henrietta—, queridísimo papá, ¡que llegue el día en que deba afligirme al encontrarlo!
—¿Y por qué debería afligirse mi amada? —dijo Ferdinand.
—No lo sé; me pregunto a mí misma, ¿qué he hecho? ¿qué tengo que temer? No es un crimen amar; puede ser una desgracia; Dios sabe que casi he sentido esta noche que tal era. Pero no, nunca creeré que puede ser incorrecto o infeliz amarte.
—Bendita seas, por tan dulces palabras —respondió Ferdinand—. Si mi corazón puede hacerte feliz, la felicidad será tu destino.
—Es mi destino. Soy feliz, completamente feliz, y agradecida por mi felicidad.
—¿Y tu padre —nuestro padre, permíteme llamarlo [ella presionó su mano cuando él dijo esto]— él también será feliz?
—Eso espero.
—Si el cumplimiento de mi deber puede contentarlo —continuó Ferdinand—, el señor Temple no se arrepentirá de su yerno.
—Oh! no lo llames señor Temple; llámalo padre. Me encanta oírte llamarlo padre.
—¿Entonces qué alarma a mi niña?
—Apenas lo sé —dijo Henrietta en un tono vacilante—. Creo... creo que es la rapidez de todo esto. Él se ha ido, él viene de nuevo; él se fue, él regresa; y todo ha sucedido. Tan poco tiempo, también, Ferdinand. Es una vida para nosotros; para él, me temo —y escondió su rostro—, es solo... una quincena.
—Nos hemos visto más el uno al otro, y nos hemos conocido más el uno al otro, en esta quincena, de lo que podríamos haberlo hecho en un conocido que hubiera durado toda una vida.
—Eso es verdad, es muy verdad. Sentimos esto, Ferdinand, porque lo sabemos. Pero papá no sentirá como nosotros: no podemos esperar que él sienta como nosotros. Él no conoce a mi Ferdinand como yo lo conozco. Papá, también, aunque es el más querido, el más amable, el más cariñoso padre que jamás haya existido, aunque no tiene otro pensamiento que mi felicidad y vive solo para su hija, papá naturalmente no es tan joven como nosotros. Es, también, lo que se llama un hombre de mundo. Ha visto mucho; ha formado sus opiniones sobre los hombres y la vida. No podemos esperar que las cambie a tu favor, quiero decir a nuestro favor. Los hombres de mundo son del mundo, mundanos. No creo que siempre tengan razón; yo misma no creo en su infalibilidad. No hay persona más inteligente y más juiciosa que papá. Nadie es más considerado. Pero hay caracteres tan raros que los hombres de mundo no los admiten en sus cálculos generales, y tal es el tuyo, Ferdinand.
Aquí Ferdinand pareció sumido en sus pensamientos, pero presionó su mano, aunque no dijo nada.
—Pensará que nos conocemos desde hace muy poco tiempo —continuó la señorita Temple—. Se sentirá mortificado, quizás alarmado, cuando le informe que ya no soy suya.
—Entonces no se lo informes —dijo Ferdinand.
Ella se sobresaltó.
—Déjame informarle —continuó Ferdinand, dando otro giro a su significado, y observando el rostro de ella con una mirada inquebrantable.
—¡Queridísimo Ferdinand, siempre dispuesto a soportar cada carga! —exclamó la señorita Temple—. ¡Qué generoso y bueno eres! No, sería mejor que hablara yo primero con mi padre. Alma mía, nunca tendré un secreto para ti, y tú, estoy segura, nunca tendrás uno para tu Henrietta. Esta es la verdad; no me arrepiento del pasado, me glorío en él; soy tuya, y estoy orgullosa de ser tuya. Si el pasado volviera a ocurrir, no flaquearía. Pero no puedo ocultarme que, en lo que respecta a mi padre, no me he comportado hacia él con franqueza, con respeto, o con amabilidad. No hay falta en amarte. Incluso si él lo lamentara, no podría culpar tal ocurrencia: pero él lamentará, culpará, tiene derecho tanto a lamentar como a culpar, mi hacer más que amarte... ¡mi compromiso... sin su consejo, su sanción, su conocimiento, o incluso su sospecha!
—Tienes una visión demasiado refinada de nuestra situación —respondió Ferdinand—. ¿Por qué no deberías ahorrarle a tu padre el dolor de tal comunicación, si dolorosa fuera? Lo que ha pasado es entre nosotros mismos, y debería ser entre nosotros mismos. Si le solicito su permiso para ofrecerte mi mano, y él cede su consentimiento, ¿no es esa ceremonia suficiente?
—Nunca he ocultado nada a papá —dijo Henrietta—, pero me guiaré por ti.
—Deja, entonces, todo a mí —dijo Ferdinand—; déjate guiar solo por el juicio de tu propio Ferdinand, mi Henrietta, y créeme que todo saldrá bien. Yo le comunicaré esta noticia a tu padre. ¿Así lo acordaremos? —continuó preguntando.
—Así será.
—Entonces surge la pregunta —dijo Ferdinand—, cuándo sería más aconsejable que yo hiciera la comunicación. Ahora bien, tu padre, Henrietta, que es un hombre de mundo, por supuesto esperará que, cuando la haga, yo esté preparado para hablar definitivamente con él sobre todos los asuntos de negocios. De lo contrario, pensará que estoy jugando con él. Ir y solicitar a un hombre como tu padre, un hombre de mundo astuto y experimentado como el señor Temple, permiso para casarme con su hija, sin mostrarle que estoy preparado con los medios para mantener una familia, es poco menos que una locura. Él se ofendería conmigo, se sentiría predispuesto en mi contra. Debo, por tanto, arreglar algo primero con Sir Ratcliffe.
Mucho, ya sabes, desafortunadamente, no puedo ofrecer a tu padre; pero aun así, dulce amor, debe haber al menos una apariencia de providencia y gestión. No debemos disgustar a tu padre con nuestra unión.
—¡Oh! ¿cómo puede ser disgustado?
—¡Querida! Esto, entonces, es lo que propongo; que, como mañana debemos estar comparativamente separados, yo debería aprovechar los próximos días, e ir a Bath, y llevar los asuntos a algún arreglo. Hasta mi regreso, te aconsejaría que no le dijeras nada a tu padre.
—¿Cómo puedo vivir bajo el mismo techo con él, bajo tales circunstancias? —exclamó la señorita Temple—; ¿cómo puedo mirar a sus ojos, cómo puedo hablarle con la conciencia de un compromiso secreto, con el recuerdo de que, todo el tiempo que él derrocha su afecto sobre mí, mi corazón está anhelando a otro, y que, mientras él está planeando futuras compañías, ¡yo estoy meditando, quizás, una separación eterna!
—Dulce Henrietta, escúchame un momento. Supongamos que te hubiera dejado anoche por Bath, meramente para este propósito, como de hecho pensamos una vez, y que tu padre hubiera llegado a Ducie antes de que yo hubiera regresado para hacer mi comunicación: ¿llamarías a tu silencio, bajo tales circunstancias, un compromiso secreto? No, no, querido amor; esto es un abuso de términos. Sería una consideración delicada para los sentimientos de un padre.
—¡Oh Ferdinand! ¡ojalá estuviéramos unidos, y no tuviéramos preocupaciones!
—No considerarías nuestra unión proyectada como un compromiso secreto si, después de pasar el mañana con tu padre, esperaras que al día siguiente yo le comunicara nuestra posición. ¿Es acaso más un compromiso secreto porque deben transcurrir seis o siete días antes de que tenga lugar esta comunicación, en lugar de uno? ¡Mi Henrietta está realmente luchando con sombras!
—Ferdinand, no puedo razonar como tú; pero me siento infeliz cuando pienso en esto.
—¡Queridísima Henrietta! siente solo que eres amada. Piensa, querida, que llegará el día en que nos reiremos de todas estas preocupaciones. Todo fluirá suavemente todavía, y todos viviremos aún en Armine, el señor Temple y todos.
—A papá le gustas tanto también, Ferdinand, me sentiría miserable si le ofendieras.
—Lo cual ciertamente haría si no hablara primero con Sir Ratcliffe.
—¿De verdad crees eso?
—De hecho estoy seguro.
—¿Pero no puedes escribir a Sir Ratcliffe, Ferdinand? ¿Debes irte realmente? ¿Debemos, de hecho, estar separados? No puedo creerlo; es inconcebible; es imposible; no puedo soportarlo.
—Es, de hecho, terrible —dijo Ferdinand—. Esta consideración por sí sola me reconcilia con la necesidad: conozco bien a mi padre; su única respuesta a una comunicación de este tipo sería una citación inmediata a su lado. Ahora, ¿no es mejor que este encuentro tenga lugar cuando necesariamente debamos estar mucho menos juntos que antes, que en un período posterior, cuando quizás podamos ser compañeros constantes con la sanción de nuestros padres?
—¡Oh Ferdinand! tú razonas, yo solo siento.
Tal observación de la amante de uno es más un reproche que un cumplido. Fue hecha, en el presente caso, a un hombre cuya principal característica era, quizás, una susceptibilidad demasiado peligrosa; un hombre de pasiones profundas y violentas, pero de un temperamento muy dulce y tierno; capaz de profunda reflexión, pero actuando siempre por el impulso del sentimiento, y listo en todo momento para sacrificar cada consideración a su corazón. La perspectiva de la separación de Henrietta, por muy corto que fuera el período, era una agonía absoluta para él; le resultaba difícil concebir la existencia sin la influencia de su presencia perpetua: su despedida incluso por la noche la sentía como una privación onerosa. El único proceso, de hecho, que podría en este momento prepararlo y consolarlo por el dolor inminente hubiera sido la indulgencia franca de los sentimientos que provocaba. Sin embargo, mírenlo, miren a esta infeliz víctima de las circunstancias, forzado a engañar, incluso para la felicidad de ella, al ser a quien idolatraba; obligado, en esta hora de angustia, a refrenar su corazón, no fuera que perdiera por un instante fatal su control sobre su cabeza; y, mientras él mismo era consciente de que no en el ancho mundo, quizás, existía un hombre que estuviera sacrificando más por su amante, obligado a soportar, incluso de los labios de ella, un comentario que parecía imputarle una deficiencia de sentimiento. Y aun así era demasiado; se cubrió los ojos con la mano, y dijo, con una voz baja y quebrada: —¡Ay! mi Henrietta, ¡si supieras todo, no dirías esto!
—Mi Ferdinand —exclamó ella, conmovida por ese tono tierno y melancólico—, ¿por qué, qué es esto? ¡lloras! ¿Qué he dicho, qué he hecho? Queridísimo Ferdinand, no hagas esto. Y se arrojó de rodillas ante él, y miró hacia su rostro con afecto escrutador.
Él inclinó la cabeza y presionó sus labios contra la frente de ella. —¡Oh Henrietta! —exclamó—, ¡hemos sido tan felices!
—Y lo seremos, vida mía. No dudes de mi palabra, todo saldrá bien. Siento tanto, soy tan miserable, por haberte hecho infeliz esta noche. Pensaré en ello cuando te hayas ido. Recordaré lo traviesa que fui. Fue tan malvado, tan, muy, muy malvado; y él fue tan bueno.
—¡Ido! ¡qué palabra tan terrible! ¿Y no estaremos juntos mañana, Henrietta? ¡Oh! ¡qué mañana! Piensa en mí, querida. No permitas que escape ni por un momento de tu memoria.
—Dime exactamente tu camino; déjame saber exactamente dónde estarás a cada hora; escríbeme en el camino; aunque sea solo una línea, solo una pequeña palabra; solo su querido nombre; ¡solo Ferdinand!
—¿Y cómo te escribiré? ¿Debo dirigirme a ti aquí?
Henrietta pareció perpleja. —Papá abre la bolsa cada mañana, y cada mañana debes escribir, o moriré. Ferdinand, ¿qué se puede hacer?
—Me dirigiré a ti a la oficina de correos. Debes enviar a buscar tus cartas.
—Tiemblo. Créeme, será notado. Se verá tan... tan... tan... clandestino.
—Las dirigiré a tu doncella. Ella debe ser nuestra confidente.
—¡Ferdinand!
—Es solo por una semana.
—¡Oh Ferdinand! El amor nos enseña cosas extrañas.
«Querido mío, créeme, es sabio y correcto. Piensa en lo desolados que estaríamos sin una correspondencia constante. En cuanto a mí, te escribiré cada hora y, a menos que tenga noticias tuyas con la misma frecuencia, ¡solo creeré en el mal!».
«Que sea como deseas. Dios sabe que mi corazón es puro. Ya no pretendo regular mi destino. Soy tuya, Ferdinand. Sé tú responsable de todo lo que afecte a mi honor o a mi corazón».
«Un encargo precioso, mi Henrietta, y más querido para mí que toda la gloria de mis ancestros».
El reloj dio las once. Miss Temple se levantó. «¡Es tan tarde, y estamos aquí a oscuras! ¿Qué pensarán? Ferdinand, dulcísimo, aviva el fuego. Tocaré la campana. Vendrán las luces, y entonces...». Su voz vaciló.
«Y entonces...» —repitió Ferdinand. Tomó su guitarra, pero no pudo controlar su voz.
«Es tu guitarra» —dijo Henrietta—; «me alegra que se quede atrás».
El sirviente entró con las luces, corrió las cortinas, avivó el fuego, arregló la estancia y se retiró.
«Poco sabe él de nuestra miseria» —dijo Henrietta—. «Me parecía extraño, cuando sentía mi propia mente, que pudiera haber algo tan tranquilo y mecánico en el mundo».
Ferdinand guardó silencio. Sintió que la hora de la partida había llegado, en efecto, pero no tuvo valor para moverse. Henrietta, tampoco, habló. Se reclinó en el sofá, como agotada, y se colocó el pañuelo sobre el rostro. Ferdinand se inclinó sobre el fuego. Estuvo a punto de abandonar su proyecto, confesárselo todo a su padre por carta y esperar su decisión. Entonces evocó las escenas terribles en Bath, y luego recordó que, en cualquier caso, mañana no debía aparecer en Ducie. «¡Henrietta!» —dijo por fin.
«Un minuto, Ferdinand, solo un minuto» —exclamó en tono exaltado—; «no hables, me estoy preparando».
Él permaneció en su postura inclinada; y a los pocos instantes Miss Temple se levantó y dijo: «Ahora, Ferdinand, estoy lista». Él miró a su alrededor. Su semblante estaba completamente pálido, pero firme y sereno.
«Abracémonos» —dijo ella—, «pero no digamos nada».
Él la estrechó entre sus brazos. Ella tembló. Él imprimió mil besos en sus fríos labios; ella los recibió sin devolverlos. Luego dijo en voz baja: «Déjame salir primero de la habitación»; y, dándole un beso en la frente, Henrietta Temple desapareció.
Cuando Ferdinand, con el corazón hundido y paso vacilante, abandonó Ducie, encontró la noche tan oscura que le resultó extremadamente difícil trazar, o mejor dicho, tantear su camino a través de la arboleda. La necesidad absoluta de vigilar cada paso que daba distrajo en cierta medida su mente de sus dolorosas meditaciones. La atmósfera del bosque era tan cerrada que se felicitó cuando alcanzó sus linderos; pero justo cuando estaba a punto de salir al páramo, y esperaba ver la luz de alguna cabaña como guía en este sombrío desierto, un relámpago que pareció cortar el cielo en dos, y descender como una escalera de fuego desde los cielos más altos hasta la tierra más baja, le reveló por un momento todo el ancho seno del páramo y le mostró que la naturaleza esta noche estaba tan desordenada y perturbada como su propio corazón. Un trueno, que podría haber sido el heraldo del Juicio Final, despertó al ganado de sus sueños. Comenzaron a gemir y mugir ante el viento creciente, y a agruparse bajo los árboles, que emitían con sus ramas dolientes sonidos apenas menos lúgubres y salvajes. Evitando los bosques y dirigiéndose hacia la parte más abierta del campo, Ferdinand observó el progreso de la tempestad.
Porque el viento había subido ahora a tal altura que las hojas y las ramas de los árboles eran arrastradas en vastos remolinos, mientras que las aguas del lago, donde en horas más serenas Ferdinand solía bañarse, eran levantadas de su lecho e inundaban los asentamientos vecinos. Se veían ahora luces moviéndose en las cabañas, y luego el rayo bifurcado, vertiéndose al mismo tiempo desde puntos opuestos del cielo, exponía con una claridad espantosa y un esplendor temible la amplia escena de peligro y devastación.
Ahora descendía la lluvia en torrentes tan abrumadores que parecía como si una tromba de agua hubiera estallado, y Ferdinand jadeaba por respirar bajo su poder opresivo; mientras que el brillo del relámpago multicolor, el estruendo del trueno y el rugido del viento, todos en movimiento simultáneo, indicaban la plenitud de la tormenta. Siguió entonces esa extraña calma que ocurre en el corazón de una tempestad, cuando los elementos ingobernables y desordenados se detienen, por así decirlo, para tomar aliento, y parecen concentrar sus energías para una explosión mayor y final. Llegó al fin; y la tierra misma pareció mecerse con el paso del huracán.
Expuesto a todos los aterradores azares de la tormenta, un ser solitario los contemplaba sin terror. La mente de Ferdinand Armine se calmó a medida que la naturaleza se perturbaba más. Moralizó en medio del torbellino. Contrastó el tumulto y la distracción presentes con la dulce y hermosa serenidad que la misma escena había presentado cuando, poco tiempo atrás, la contempló por primera vez. Su amor, también, había comenzado en la quietud y bajo el sol; ¿iba también a terminar en tormenta y en destrucción?
LIBRO IV.
CAPÍTULO I.
Que contiene una carta de amor.
HAGAMOS una pausa. Hemos intentado trazar, en la parte precedente de esta historia, el desarrollo de esa pasión que es a la vez el principio y el fin de nuestra existencia; esa pasión comparada con cuyos deleites todas las demás gratificaciones de nuestra naturaleza —la riqueza, el poder y la fama— se hunden en la insignificancia; y que, sin embargo, por la inefable beneficencia de nuestro Creador, está abierta a sus criaturas de todas las condiciones, cualidades y climas. Cualquiera que sea el destino del hombre, por desafortunado o oprimido que sea, si tan solo ama y es amado, debe inclinar la balanza a favor de la existencia; pues el amor puede iluminar el techo oscuro de la pobreza y puede aligerar las cadenas del esclavo.
Pero, si la situación más miserable de la humanidad es tolerable con su apoyo, también las situaciones más espléndidas de nuestra vida son tediosas sin su inspiración. El palacio dorado requiere una amante tan magnífica; y el jardín más hermoso, además del canto de los pájaros y el aliento de las flores, reclama el suspiro de la simpatía. Es a los pies de la mujer donde depositamos los laureles que sin su sonrisa nunca se habrían ganado: es su imagen la que tensa la lira del poeta, la que anima nuestra voz en el resplandor de la facción elocuente y guía nuestro cerebro en los augustos trabajos de los consejos de Estado.
Pero esta pasión, tan encantadora en su naturaleza, tan equitativa en su dispensación, tan universal en su influencia, nunca asume un poder tan vasto, ni ejerce una autoridad tan cautivadora, como cuando se experimenta por primera vez. Entonces es verdaderamente irresistible y hechizante, fascinante y despótica; y, cualesquiera que sean los sentimientos más duros que la vida pueda desarrollar, no hay nadie, por insensible o limitado que se haya vuelto, cuya frente no se vuelva pensativa ante el recuerdo del *primer amor*.
La magia del primer amor es nuestra ignorancia de que pueda terminar alguna vez. Es la oscura convicción de que los sentimientos más ardientes pueden enfriarse todavía, y que las emociones más constantes y confirmadas están, no obstante, sujetas a cambio, lo que corrompe el hechizo más débil de nuestras pasiones posteriores, aunque puedan surgir de un corazón que ha perdido poco de su frescura original, y sean ofrecidas a alguien infinitamente más digno de la devoción que nuestro primer ídolo. Contemplar un rostro y creer que para siempre debemos observarlo con la misma adoración; que esos ojos, en cuya luz vivimos, encontrarán siempre los nuestros con miradas mutuas de éxtasis y entrega; ser conscientes de que toda conversación con otros suena insípida y sin espíritu, comparada con la expresión interminable de nuestro afecto; sentir que nuestro corazón se eleva ante la voz amada; y creer que la vida consistirá en lo sucesivo en un paseo por el mundo, estrechando solo una mano cariñosa y apoyándonos solo en un pecho fiel; ¡oh!, ¿debe disiparse realmente esta dulce credulidad? ¿No hay esperanza para ellos tan llenos de esperanza? ¿Ninguna piedad para ellos tan rebosantes de amor?
¿Y puede ser posible que llegue la hora en que los antiguos devotos de una pasión mutua tan exquisita y absorbente puedan encontrarse con indiferencia, casi con inconsciencia, y recordar con esfuerzo sus escenas de felicidad desvanecidas, esa simpatía rápida pero profunda, esa confianza pronta pero ilimitada, todo ese encantador abandono de sí, y ese cariño vigilante y previsor que anticipa todas nuestras necesidades y todos nuestros deseos? Solo imaginar tales vicisitudes hace que el corazón se estremezca. Son imágenes llenas de angustia, miseria y tristeza. El conocimiento de que tales cambios pueden ocurrir revolotea sobre la mente como el pensamiento de la muerte, oscureciendo todas nuestras alegres fantasías con sus alas de murciélago y corrompiendo la atmósfera saludable de nuestra felicidad con sus expiraciones venenosas. No son tanto las ciudades en ruinas que fueron alguna vez las capitales gloriosas del mundo, ni los templos desmoronados que respiran oráculos en los que ya no se cree, ni los arcos de triunfo que han olvidado el nombre heroico que fueron construidos para celebrar, lo que llena la mente con una expresión tan lúgubre de la inestabilidad de las fortunas humanas, como estos tristes espectáculos de afectos agotados y, por así decirlo, fragmentos tradicionales de una pasión expirada.
La mañana, que despuntó dulce, suave y clara, trajo a Ferdinand, con su primer resplandor, una carta de Henrietta.
Henrietta a Ferdinand.
¡Mío propio! No me he acostado en toda la noche. ¡Qué noche tan terrible, qué noche tan aterradora! ¡Pensar que él estaba en el corazón de esa tormenta espantosa! ¿Qué hiciste, qué podrías haber hecho? ¡Cuánto deseaba estar contigo! ¡Y solo pude observar la tempestad desde mi ventana, y esforzar la vista ante cada relámpago, con la vana esperanza de que pudiera revelármelo! ¿Está bien, está ileso? Hasta que mi mensajero regrese solo puedo imaginar el mal. ¡Cuántas veces estuve a punto de enviar a la servidumbre, y sin embargo pensé que debía ser inútil, y podría disgustarle! No sabía qué hacer. Daba vueltas por mi habitación como un pájaro tonto en una jaula. Dime la verdad, mi Ferdinand; no ocultes nada. No pienses en moverte hoy. Si te sientes lo más mínimo mal, pide consejo inmediatamente. Escríbeme una línea, solo una línea, para decirme que estás bien. Estaré en la desesperación hasta que tenga noticias tuyas. No retengas al mensajero ni un instante. Va en mi poni. Promete volver en muy, muy poco tiempo. Rezo por ti, como recé por ti toda la larga noche, que parecía que nunca terminaría. ¡Dios te bendiga, mi Ferdinand! Escribe solo una palabra a tu propia
Henrietta.
Ferdinand a Henrietta.
¡Dulce, queridísima Henrietta!
Estoy perfectamente bien, y te amo, si fuera posible, más que nunca. ¡Cariño, enviar a ver cómo está su Ferdinand! Una chaqueta mojada, y no experimenté mayor mal, no me asusta. La tormenta fue magnífica; no me la habría perdido por nada del mundo. Pero ahora me arrepiento, porque mi Henrietta no durmió. ¡Dulce amor, déjame ir contigo! Tu paje es inexorable. No me deja escribir otra línea. ¡Dios te bendiga, mi Henrietta, mi amada, mi inigualable Henrietta! Las palabras no pueden decirte cuánto te amo, cuánto te adoro, querida mía. Tuya
Ferdinand.
Henrietta a Ferdinand.
¡No! No debes venir aquí. Sería imprudente, sería una tontería. Solo podríamos estar juntos un momento, y, aunque un momento contigo es el cielo, no puedo soportar de nuevo la agonía de la despedida. ¡Oh Ferdinand! ¡Qué me ha costado esa separación! Angustias que no podía concebir que ninguna miseria humana pudiera ocasionar. ¡Mi Ferdinand, ojalá algún día seamos felices! Me parece ahora que la felicidad nunca volverá. Y sin embargo debería estar agradecida de que él estuviera ileso anoche. No me atreví a confesarte antes qué males anticipaba. ¿Sabes? Fui tan tonta que pensé que cada relámpago debía caer sobre tu cabeza. No me atrevo ahora a confesar lo tonta que fui. Dios sea alabado porque él está bien. ¿Pero está seguro de que está completamente bien? Si tienes el más mínimo resfriado, queridísimo, no te muevas. Pospon ese viaje del que dependen todas nuestras esperanzas. Los resfriados traen fiebre. Pero te ríes de mí; eres un hombre y un soldado; te ríes de la precaución de una mujer.
¡Oh, mi Ferdinand, soy tan egoísta que no me importaría si estuvieras enfermo, si tan solo pudiera ser tu enfermera! ¡Qué felicidad, qué felicidad exquisita sería esa!
No te enfades con tu Henrietta, pero estoy nerviosa por ocultar nuestro compromiso a papá. Lo que he prometido lo cumpliré, no temas eso; nunca te engañaré, no, ni siquiera para tu supuesto beneficio; pero siento la carga de este secreto más de lo que puedo expresar, más de lo que deseo expresar. No me gusta decir nada que pueda molestarte, especialmente en este momento, cuando siento desde mi propio corazón cuánto debes necesitar todo el apoyo y consuelo de un cariño inquebrantable. Tengo tanta confianza en tu juicio, mi Ferdinand, que me siento convencida de que has actuado sabiamente; pero vuelve tan pronto como puedas. Sé que deben ser más de una semana; sé que esa perspectiva solo fue sostenida por tu afecto. Deben pasar días antes de que puedas llegar a Bath; y sé, Ferdinand, sé que tu tarea es más difícil de lo que admitirás. Pero vuelve, mío, tan pronto como puedas, y escríbeme a la oficina de correos, como acordaste.
Si estás bien, como dices, deja la granja directamente. La conciencia de que estás tan cerca me inquieta. Recuerda, en unas pocas horas papá estará aquí. Deseo encontrarme con él con toda la calma que pueda reunir.
¡Ferdinand, debo decirte adiós! Mis lágrimas son demasiado evidentes. Mira, caen sobre la página. Piensa en mí siempre. Nunca dejes que tu Henrietta esté ausente de tus pensamientos. ¡Si supieras lo desolada que está esta casa! Tu guitarra está en el sofá; ¡un fantasma de la alegría perdida!
¡Adiós, Ferdinand! No puedo escribir, no puedo contener mis lágrimas. No sé qué hacer. Casi deseo que papá regresara, aunque temo verlo. ¡Siento la desolación de esta casa, estoy tan acostumbrada a verte aquí!
El cielo esté contigo, y te guarde, y te cuide, y te bendiga. Piensa siempre en mí. ¡Ojalá esta pluma pudiera expresar la profundidad y la devoción de mis sentimientos!
Henrietta.
CAPÍTULO II.
*Que, suponiendo que el lector esté interesado en la correspondencia, la prosigue*.
¡QUERIDÍSIMO! Mil, mil gracias, mil, mil bendiciones, por tu carta de Armine, querida, querida Armine, ¡donde algún día seremos tan felices! Fue una carta tan querida, tan larga, tan amable y tan clara. ¡Cómo pudiste pensar por un momento que tu Henrietta no sería capaz de descifrar esa querida, querida letra! Cruza siempre, queridísimo: tu letra es tan hermosa que nunca encontraré la menor dificultad en descifrarla, aunque tus cartas estuvieran cruzadas mil veces. Además, a decir verdad, preferiría encontrar un poco de dificultad al leer tus cartas, pues las leo tan a menudo, una y otra vez, hasta que me las aprendo de memoria, y es un deleite de vez en cuando descubrir alguna expresión nueva que se me escapó en la primera fiebre de la lectura; ¡y entonces seguro será alguna palabra querida, más cariñosa que todas las demás!
¡Oh! Mi Ferdinand, ¿cómo te expresaré mi amor? Me parece ahora que nunca te amé hasta esta separación, que nunca he sido lo suficientemente agradecida contigo por toda tu bondad. Me hace llorar recordar todas las cosas dulces que has dicho, todas las cosas amables que has hecho por mí, y pensar que no te transmití en su momento ni una décima parte de mi sentido de toda tu gentil bondad. ¡Eres tan gentil, Ferdinand! Creo que ese es el mayor encanto de tu carácter. ¡Mi gentil, gentil amor! ¡Tan distinto a todas las demás personas que he conocido! Tu voz es tan dulce, tus modales tan tiernos, estoy segura de que tienes el corazón más amable que haya existido: ¡y luego es un espíritu audaz, también, y eso lo amo!
Ten buen ánimo, mi Ferdinand, todo irá bien. Estoy llena de esperanza, y lo estaría de alegría, si estuvieras aquí, y sin embargo estoy alegre también, cuando pienso en todo tu amor. Puedo sentarme durante horas y recordar el pasado, es tan dulce. Cuando recibí tu querida carta de Armine ayer, y supe de hecho que te habías ido, fui y caminé por nuestros bosques, y me senté en la misma orilla que tanto amábamos, y leí tu carta una y otra vez; y luego pensé en todo lo que habías dicho. Es tan extraño; creo que podría repetir cada palabra que has pronunciado desde que nos conocimos. La mañana que comenzó tan miserablemente pasó antes de que imaginara que pudiera ser mediodía.
Papá llegó una hora antes de la cena. ¡Tan amable y bueno! ¿Y por qué no habría de serlo? Me avergoncé de mí misma después por parecer sorprendida de que fuera el mismo de siempre. Me preguntó si tu familia había regresado a Armine. Dije que los esperabas a diario. Luego me preguntó si te había visto. Dije que muy a menudo, pero que te habías ido a Bath, ya que su regreso había sido impedido por la enfermedad de un pariente. ¿Hice bien en esto? Parecí tan despreocupada como pude cuando hablé de ti, pero mi corazón palpitaba, ¡oh, cómo palpitaba! Espero, sin embargo, no haber cambiado de color; creo que no; pues me había preparado para esta conversación. Sabía que debía suceder. Créeme, Ferdinand, papá realmente te quiere, y está preparado para amarte. Habló de ti con un tono de genuina amabilidad. Le di tu mensaje sobre la caza en Armine; que lamentabas que su partida inesperada te hubiera impedido hablar antes, pero que estaba a su entera disposición, solo que, después de Ducie, todo lo que podías esperar era que la extensión de la tierra compensara la escasez de caza. Quedó muy complacido. ¡Adiós! Que todos los ángeles buenos te guarden. Escribiré cada día a la oficina de correos, Bath. Piensa mucho en mí. Tu fiel
Henrietta.
Carta II.
Henrietta a Ferdinand.
¡Oh Ferdinand, qué cielo es pensar en ti y leer tus cartas! Esta mañana me llegaron dos; la de Londres y las pocas líneas que me escribiste cuando el correo se detuvo en el camino. Sabes, me considerarás muy desagradecida, pero esas pocas líneas queridas, creo que debo confesar, las prefiero incluso a tu hermosa carta larga. Fue tan amable, tan tierno, tan dulcemente considerado, tan parecido a mi Ferdinand, arrebatar los pocos minutos que debían haber sido dedicados al descanso y la comida para escribir a su Henrietta. ¡Te amo por ello mil veces más que nunca! Espero que estés realmente bien: espero que me digas la verdad. Esto es una gran fatiga, incluso para ti. Es peor que nuestras mulas de las que hablamos una vez. ¿Lo recuerda? ¡Oh! ¡Qué espíritu tan alegre tenía mi Ferdinand en aquel día feliz! Lo amo cuando ríe, ¡y sin embargo creo que ganó mi corazón con esos ojos pensativos suyos!
Papá es de lo más amable y no sospecha nada. Ayer te mencioné por primera vez. Tomé tu guitarra y dije a quién pertenecía. Me pareció más natural no guardar silencio sobre ti. Además, queridísimo, papá realmente te aprecia y estoy segura de que te querrá mucho cuando lo sepa todo; y para mí es un placer tan grande oírte alabar y que se hable de ti con bondad por parte de quienes amo. Yo, por supuesto, tengo poco que decir de mí misma. Visito a mis pájaros, cuido mis flores y presto especial atención a todas aquellas que recuerdo que admiraste o tocaste. A veces les susurro y les digo que pronto regresarás, pues, en verdad, parecen echarte de menos y dejar caer sus cabezas como su pobre dueña. ¡Oh! Mi Ferdinand, ¿volveremos a encontrarnos alguna vez? ¿Escucharé, de hecho, alguna vez de nuevo esa dulce voz, y me dirá otra vez que me ama con los mismos acentos que resuenan incluso ahora en mi fascinado oído?
¡Oh, Ferdinand! Este amor es una fiebre, una fiebre de salud. No puedo dormir; apenas puedo mostrarme serena ante mi padre en las comidas. Estoy alterada e inquieta; pero soy feliz, feliz en la conciencia de tu cariñosa devoción. Mañana me propongo visitar nuestra granja. Creo que papá saldrá a cazar mañana. Mi corazón palpitará, imagino, cuando vea nuestro porche. Dios bendiga a mi propio amor; el ídolo de su cariñosa y feliz
Henrietta.
Carta III.
Henrietta a Ferdinand.
¡Queridísimo! Ni una carta desde las pocas líneas en el camino, pero supongo que fue imposible. Mañana me traerá una, supongo, desde Bath. No sé por qué tiemblo cuando escribo esa palabra. Todo va bien aquí, papá es de lo más amable, el mismo de siempre. Hoy fue un poco a tus tierras, muy poco, pero me complació. ¡Ha matado una liebre de Armine! ¡Oh, qué mañana he pasado; tan feliz, tan triste, tan llena de lágrimas y sonrisas! Difícilmente sé si reí o lloré más. ¡Esa querida, querida granja! Y luego todos hablaron de ti. ¡Cómo quieren a mi Ferdinand! Pero así debe hacerlo todo el mundo. Sospecho que la pobre mujer ha perdido su corazón por ti, y estoy medio inclinada a sentir un poco de celos. ¡Te alabó tanto! ¡Tan amable, tan gentil, dando tan pocas molestias y, me temo, demasiado generoso! Exactamente como mi Ferdinand; pero, en verdad, esto era innecesario. Perdóname, amor, pero estoy aprendiendo prudencia.
¿Sabes?, ¿entré en tu habitación? Me las arreglé para subir sola; la buena mujer me siguió, pero estuve allí sola un momento, y, y, y, ¿qué crees que hice? Presioné mis labios contra tu almohada. No pude evitarlo; cuando pensé que su querida cabeza había descansado allí tan a menudo y tan recientemente, no pude dejar de presionar mis labios contra ese favorecido lugar de descanso, y me temo que derramé una lágrima además.
Cuando mi propio amor reciba esto, estará en Bath. ¡Cómo rezo porque encuentres a toda tu familia bien y feliz! Espero que me quieran. Yo ya los quiero a ellos, y al querido, querido Armine. Nunca tendré valor para ir allí de nuevo hasta tu regreso. Es de noche y escribo esto en mi propia habitación. Quizás la hora pueda tener su influencia, pero me siento deprimida. ¡Oh, si estuviera a tu lado! Esta casa está tan desolada sin ti. Todo me recuerda al pasado. Mi Ferdinand, ¿cómo puedo expresarte lo que siento: el afecto, el amor, el arrebato, la alegría apasionada con la que me inspira tu imagen? No seré desgraciada, estaré agradecida al Cielo porque soy amada por alguien tan raro y dotado. Tu retrato está ante mí; lo llamo tuyo; ¡es tan parecido! Es un gran consuelo. Mi corazón está contigo. Piensa en mí como yo pienso en ti. Despierta o dormida, mis pensamientos son igualmente tuyos, y ahora voy a rezar por ti. Tuya
Henrietta.
*****
Carta IX.
¡Mi mejor amado! La semana hace mucho que pasó, pero no dices nada de regresar. ¡Oh, mi Ferdinand, tu Henrietta no es feliz! Leo tus queridas cartas una y otra vez. Deberían hacerme feliz. Siento, en la conciencia de tu afecto, que debería ser la persona más feliz del mundo, y sin embargo, no sé por qué, estoy muy deprimida. Dices que todo va bien; ¿pero por qué no entras en detalles? Hay dificultades; estoy preparada para ellas. Créeme, mi Ferdinand, que tu Henrietta puede soportar tanto como disfrutar. ¿Tu padre, frunce el ceño ante nuestro afecto? Dime, dímelo todo, solo no me dejes en suspenso. Tengo derecho a tu confianza, Ferdinand. Me hace odiarme a mí misma pensar que no comparto tus preocupaciones tanto como tus deleites. Estoy celosa de tus penas, Ferdinand, si es que no puedo compartirlas.
No dejes que tu frente se nuble cuando leas esto. Podría matarme si pensara que podría aumentar tus dificultades. Te amo; Dios sabe cuánto te amo. Seré paciente; y sin embargo, mi Ferdinand, me siento desdichada cuando pienso que todo está oculto a papá, y mis labios están sellados hasta que me des permiso para abrirlos.
Por favor, escríbeme y dime realmente cómo están los asuntos. No temas contarle a tu Henrietta todo. No hay miseria mientras nos amemos; mientras tu corazón sea mío, no hay nada que no pueda enfrentar, nada que, estoy convencida, no podamos superar. Dios te bendiga, Ferdinand. Las palabras no pueden expresar mi amor. Henrietta.
Carta X.
¡El mío propio! Te escribí ayer una carta de quejas. Lo siento mucho, porque tu querida carta ha llegado hoy, y es tan amable, tan tierna, tan afectuosa, que me hace sentir miserable el haberte causado siquiera una sombra de molestia. ¡Queridísimo, cuánto ansío demostrar mi amor! ¡No hay nada que no haría, nada que no soportaría, para convencerte de mi devoción! Haré todo lo que desees. Estaré tranquila, seré paciente, trataré de estar contenta. Dices que estás seguro de que todo saldrá bien; pero no me dices nada. ¿Qué dijo tu querido padre? ¿Tu madre? No temas hablar.
Me pides que te cuente todo lo que estoy haciendo. ¡Oh, mi Ferdinand, la vida es un vacío sin ti! No he visto a nadie, no he hablado con nadie, salvo con papá. Él es muy amable, y sin embargo, de alguna manera u otra, temo estar con él. Esta casa parece tan desolada, tan sumamente desolada. Parece un lugar desierto desde tu partida, un lugar que algún buen genio ha abandonado, y toda la gloria se ha ido. Ya no me preocupo por mis pájaros o flores. Han perdido su música y su dulzura. Y los bosques, no puedo caminar por ellos, y el jardín solo me recuerda el feliz pasado. Nunca he vuelto a la granja. No podría ir ahora, queridísimo Ferdinand; solo me haría llorar. Solo pienso en la mañana, pues me trae tus cartas. Me alimento de ellas, vivo de ellas. Son mi única alegría y consuelo, y sin embargo... pero no más quejas hoy, no más quejas, queridísimo Ferdinand; déjame solo expresar mi devoto amor. ¡Oh, que mi débil pluma pudiera expresar una décima parte de mi cariñosa devoción! Ferdinand, te amo con todo mi corazón, y toda mi alma, y toda la fuerza de mi espíritu. No tengo pensamiento sino para ti, existo solo en tu idea. Escribe, escribe; dime que me amas, dime que no has cambiado. ¡Ha pasado tanto tiempo desde que escuché esa voz, tanto tiempo desde que contemplé ese ojo cariñoso y suave! Ten piedad de mí, mi Ferdinand. Esto es cautiverio. Mil, mil amores. Tu devota
Henrietta.
Carta XI.
Ferdinand, queridísimo Ferdinand, el correo de hoy no me ha traído ninguna carta. No puedo creer a mis sentidos. Creo que el administrador de correos debe haberme creído loca. ¡Ninguna carta! No pude creer su negativa. Me molestó, además, la expresión de su semblante. Este modo de correspondencia, Ferdinand, no deseo murmurar, pero cuando consentí este método clandestino de comunicación, fue por unos días, unos pocos, pocos días, y luego... Pero no puedo escribir. Estoy completamente abrumada. ¡Oh, llegará alguna vez el mañana?
Henrietta.
Carta XII.
Queridísimo Ferdinand, deseo estar tranquila. Tu carta me causa una inquietud muy seria. No me peleo con su tono de afecto. Es tierno, muy tierno, y hubo momentos en los que podría haberme derretido ante tales expresiones; pero, Ferdinand, no es sincero. ¿Por qué estamos separados? Por un propósito. ¿Se ha cumplido ese propósito? Si hubiera de juzgar solo por tus cartas, incluso supondría que no has hablado con tu padre; pero eso es, por supuesto, imposible. Tu padre desaprueba nuestra unión. Lo siento; lo sé; incluso estaba preparada para ello. Ven, pues, y habla con mi padre. Me debe no dejarlo más a oscuras; será mejor, créeme, para ti mismo, que él comparta nuestra confianza. Papá no es un hombre rico, pero ama a su hija. Hagamos de él nuestro amigo. ¡Ah, por qué oculté alguna vez algo a alguien tan amable y bueno! En este momento de desolación, siento, siento profundamente, mi locura, mi maldad. No tengo a nadie con quien hablar, nadie que me consuele. Esta lucha constante por ocultar mis sentimientos me matará. Fue doloroso cuando todo era alegría, pero ahora, ¡oh, Ferdinand! No puedo soportar esta vida por más tiempo. Mi cerebro está débil, mi espíritu perplejo y roto. No diré si me amas; pero, Ferdinand, si tienes piedad de mí, escribe, y escribe definitivamente, a tu infeliz
Henrietta.
*****
Carta XVIII.
Me dices que, en cumplimiento de mis deseos, escribirás definitivamente. Me dices que han ocurrido circunstancias, desde tu llegada a Bath, de una naturaleza muy perpleja y molesta, y que retardan ese acuerdo con tu padre que habías proyectado y en parte arreglado; que es imposible entrar en detalles en cartas; y asegurándome tu amor, añades que has estado ansioso por preservarme de compartir tu ansiedad. ¡Oh, Ferdinand! ¿Qué ansiedad puedes ocultar como la que me has causado? Queridísimo, queridísimo Ferdinand, todavía quiero, debo creer que eres impecable; pero, créeme, una falta de franqueza en nuestra situación, y, creo, en toda situación, es una falta de sentido común. Nunca ocultes nada a tu Henrietta.
Doy ahora por sentado que tu padre ha prohibido nuestra unión; de hecho, esta es la única conclusión que puedo sacar de tu carta. Ferdinand, puedo soportar esto, incluso esto. Sostenida por tu afecto, confiaré en el tiempo, en los eventos, en la bondad de mis amigos, y en esa Providencia rectora, que no abandonará afectos tan puros como los nuestros, para lograr tarde o temprano algún resultado más feliz. Confiada en tu amor, puedo vivir en soledad y dedicarme a tu memoria, yo...
¡Oh, Ferdinand! Arrodíllate ante tu padre, arrodíllate ante tu amable madre; cuéntales todo, cuéntales cómo te amo, cómo los amaré; cuéntales que tu Henrietta no tendrá pensamiento sino para su felicidad; cuéntales que será tan obediente con ellos como devota soy contigo. No pidas nuestra unión, pídeles solo que te permitan cultivar nuestro conocimiento. Que regresen a Armine; que cultiven nuestra amistad; que conozcan a papá; que me conozcan a mí; que me conozcan como soy, con todos mis defectos, confío en que no mundana, no egoísta, no del todo insignificante, no del todo desprevenida para desempeñar el papel que aguarda a un miembro de su familia, ya sea en su esplendor o en su orgullosa humildad; y, si no digna de su hijo (¿pues quién puede serlo?), al menos consciente, profundamente consciente del valor y la bendición de su afecto, y preparada para probarlo con la devoción de mi ser. Haz esto, mi Ferdinand, y la felicidad llegará todavía.
Pero, mi gentil amor, sobre cualquier curso que puedas decidir, recuerda a tu Henrietta. No te reprocho; nunca te reprocharé; pero recuerda la situación en la que me has colocado. En toda mi feliz vida nunca he tenido un secreto con mi padre; y ahora estoy involucrada en un compromiso privado y una correspondencia clandestina. ¡Sé justo con él; sé justo con tu Henrietta! Regresa, te lo suplico de rodillas; regresa instantáneamente a Ducie; revela todo. Él será amable y cortés; él será nuestro mejor amigo; en su mano y en su pecho encontraremos consuelo y apoyo. ¡Dios te bendiga, Ferdinand! Todo irá bien todavía, mi propio, propio amor. Sonrío entre mis lágrimas cuando pienso que pronto nos reuniremos. ¡Oh, qué miseria puede haber en este mundo si solo podemos compartirla juntos?
Tu cariñosa, tu fiel, tu devota
Henrietta.
CAPÍTULO III.
Que contiene la llegada a Ducie de una invitada distinguida.
FUE aproximadamente tres semanas después de que Ferdinand Armine abandonara Ducie cuando el Sr. Temple entró en la sala de desayunos una mañana, con una nota abierta en la mano, y le dijo a Henrietta que se preparara para las visitas, ya que su vieja amiga, Lady Bellair, le había escrito para avisarle de su intención de pasar la noche en Ducie, en su camino hacia el Norte.
—Trae consigo también a la mujer más encantadora del mundo —añadió el Sr. Temple, con una sonrisa.
—Tengo pocas dudas de que Lady Bellair considera a su compañera así en este momento —dijo la Srta. Temple—, quienquiera que sea; pero, en cualquier caso, me alegrará ver a su señoría, quien es sin duda una de las mujeres más divertidas del mundo.
Este anuncio de la pronta llegada de Lady Bellair causó cierto alboroto en el hogar de Ducie Bower; pues su señoría era en todos los aspectos un personaje memorable, y el mayordomo, que recordaba sus visitas al Sr. Temple antes de su residencia en Ducie, despertó mucho la curiosidad de sus compañeros sirvientes con sus insinuaciones sobre las excentricidades de su señoría.
—Tendréis que cuidar del loro, Mary —dijo el mayordomo—; y tú, Susan, debes ocuparte del paje. Todos seremos bien interrogados sobre el estado del establecimiento; así que os aconsejo que estéis preparadas. Su señoría es un caso extraño, y esa es la verdad.
A su debido tiempo, un hermoso carruaje de viaje, adornado con la corona de un vizconde y llevando en el asiento trasero a un corpulento criado y a una doncella, llegó a Ducie. Inmediatamente descendieron y ayudaron al personal reunido de la Bower a desembarcar el contenido del carruaje; pero el Sr. Temple y su hija conocían demasiado bien el carácter de Lady Bellair como para aparecer en este momento crítico. Primero salió una dama majestuosa, de amplias proporciones y vestimenta sumamente magnífica, estando vestida con el extremo de la suntuosa moda, y que, tras ser depositada en los escalones de mármol, estuvo por momentos absorta en el agitado arreglo de su plumaje; alisando su pelisse granate, sacudiendo la cinta dorada de su sombrero esmeralda y ajustando la brillante pelerine de encaje que sombreaba la caída de sus anchos pero bien formados hombros. En una mano, la majestuosa dama balanceaba ligeramente un bolso que era digno de contener el Gran Sello mismo, tan ricos y elaborados eran sus materiales y bordados; y en la otra tomó finalmente un cristal que estaba suspendido de su cuello por una cadena de oro, y miró con un ojo centelleante, tan oscuro como sus rizos de ébano y tan brillante como su mejilla bien coloreada, a la escena circundante.
El loro verde, en su jaula centelleante, le siguió a continuación, y luego salió la más bonita, vivaz, pequeña, mejor vestida y, más extraño que todo, la dama más anciana del mundo. Lady Bellair era de estatura infantil y estaba completamente erguida, a pesar de sus noventa años; la sencilla elegancia de su vestuario, su pequeño sombrero de seda blanca lisa, su vestido de seda gris, su delantal, sus mitones grises y sus zapatos de Cenicienta, contrastaban admirablemente con el vasto y llamativo esplendor de su compañera, no menos que la pequeña pero exquisitamente proporcionada forma de su señoría, sus extremidades perfectamente acabadas y su ojo gris, agudo y sarcástico. La expresión de su rostro ahora, sin embargo, era algo seria. Una llegada era un momento importante que requería toda su practicada circunspección; había tanto que organizar, tanto que recordar y tanto que observar.
El corpulento criado había avanzado y, tomando a su pequeña ama en brazos, como lo haría con una niña, la había depositado en los escalones. Y entonces se escuchó la voz clara, aguda y ahora algo irritable de su señoría.
—¡Aquí! ¿Dónde está el mayordomo? No os quiero a vosotros, estúpidos —dirigiéndose a su propio criado—, sino al mayordomo de la casa, el mayordomo del Señor; ¿cuál es su nombre, el mayordomo del Sr. Zapatos? No puedo recordar nombres. ¡Oh! ¿Estáis ahí, estáis? No os quiero. ¿Cómo está vuestro amo? ¿Cómo está vuestra encantadora dama? ¿Dónde está el loro? No lo quiero. ¿Dónde está la dama? ¿Por qué no contestáis? ¿Por qué miráis tanto? ¡Srta. Temple! ¡No! ¡La Srta. Temple no! ¡La dama, mi dama, mi encantadora amiga, la Sra. Floyd! Sin duda es así; ¿por qué no lo dijiste antes? Pero ella tiene dos nombres. ¿Por qué no dices ambos nombres? Querida mía —continuó Lady Bellair, dirigiéndose a su compañera de viaje—, no sé tu nombre. Dile a toda esta buena gente tu nombre; ¡tus dos nombres! Me gusta la gente con dos nombres. Diles, querida mía, diles; diles tu nombre, Sra. Cuchufleta, o como sea, Sra. Cuchufleta Zapatos.
La Sra. Montgomery Floyd, aunque algo molesta por esta llamada, aún se las arregló para cumplir con la solicitud de la manera más digna; y todos los sirvientes hicieron una reverencia a la Sra. Montgomery Floyd.
Para gran satisfacción de esta majestuosa dama, Lady Bellair, tras escrutar todo y a todos con el mayor detenimiento, indicó alguna intención de entrar, cuando de repente se dio la vuelta:
«Hombre, falta algo. Tenía tres cosas de las que encargarme. El loro y mi encantadora amiga; eso son solo dos. Hay una tercera. ¿Qué es? ¡No lo sabes! Oye, tú, hombre, ¿quién eres? El criado del Sr. Temple. Conocí a tu amo cuando no era más alto que esa jaula. ¿Qué te parece eso?», continuó su señoría con una sonrisa triunfal. «¿De qué te ríes, señor? ¿Habías visto alguna vez a una mujer de noventa años antes? Apostaría a que no. ¿Qué quiero? Quiero algo. ¿Por qué me atormentas al no recordar lo que quiero? Pues bien, conocí a un caballero que hizo fortuna recordando una vez lo que quería un gran hombre. Pero, claro, aquel gran hombre era un ministro de Estado. Me atrevo a decir que, si yo fuera ministro de Estado, en lugar de una vieja de noventa años, te las arreglarías de alguna manera para averiguar lo que quería. No importa, no importa. Vamos, mi encantadora amiga, déjame tomarte del brazo. Ahora te presentaré a la dama más bonita, la más querida, la más inocente y encantadora del mundo. Es mi favorita. Siempre es mi favorita. Tú también eres mi favorita, pero solo lo eres por el momento. Siempre tengo dos favoritas: una para el momento y otra a la que nunca cambio, y esa es mi dulce Henrietta Temple. Ya ves que puedo recordar su nombre, aunque no el tuyo. Pero eres una buena criatura, una querida buena alma, aunque vives en un mal ambiente, querida, un ambiente muy malo, en efecto; gente vulgar, querida; podrán ser ricos, pero no tienen clase. Este es un buen lugar. ¡Para, para!», exclamó Lady Bellair, golpeando el suelo con su pequeño pie y agitando su pequeño brazo. «No te vayas; recuerdo lo que era. ¡Gregory! ¡Corre, Gregory! ¡Es el paje! No había sitio para él detrás y le dije que se tumbara bajo el asiento. ¡Pobre niño querido! Debe de estar asfixiado. Espero que no esté muerto. ¡Oh! Ahí está. ¿Tiene la Srta. Temple un paje? ¿Lleva pluma su paje? Mi paje no lleva pluma, pero llevará una, porque no se asfixió. ¡Eh! Mujer, ¿quién eres? La doncella. Eso pensaba. Siempre reconozco a una doncella. Tú cuidarás de mi paje. Llévatelo enseguida y dale un poco de leche con agua; y tú, paje, pórtate muy bien y no dejes nunca a esta buena joven, a menos que yo te llame. Y, mujer, buena joven, quizás encuentres una vieja pluma del paje de la Srta. Temple. Dásela a este buen niño, porque no se asfixió».
CAPÍTULO IV.
Que contiene algunas noticias de la vizcondesa viuda Bellair.
La vizcondesa viuda Bellair era el último eslabón que quedaba entre los dos siglos. Nacida ella misma en una familia noble, y distinguida tanto por su belleza como por su ingenio, había reinado durante un cuarto de siglo como el tema favorito de Sir Joshua; había coqueteado con Lord Carlisle y charlado con el Dr. Johnson. Pero la cualidad más notable del destino de su señoría era su conservación. El tiempo, que había transcurrido casi un siglo desde su nacimiento, había perdonado tanto sus facultades físicas como mentales. Era casi tan activa de cuerpo, y bastante más vivaz de mente, que cuando, setenta años atrás, saltaba en los jardines de Marylebone o desconcertaba a los caballeros del Club de los Martes en las mascaradas de la Sra. Cornely. Estos maravillosos setenta años, en efecto, habían pasado para Lady Bellair como uno de esos bailes de máscaras en los que antaño había brillado; había vivido en una multitud perpetua de personajes extraños y brillantes. Todo lo que había sido famoso por su belleza, rango, moda, ingenio y genio se había reunido alrededor de su trono; y a esta misma hora una generación joven y admiradora, distinguida por estas cualidades, reconocía alegremente su supremacía y le rendía homenaje. Los héroes y heroínas de su juventud, de su madurez, incluso de su vejez, habían desaparecido; brillantes oradores, profundos estadistas, bardos inspirados, eruditos maduros, guerreros ilustres; bellezas cuyos encantos deslumbrantes habían vuelto loco al mundo; espíritus selectos, cuyas palabras volanderas o cuyos modales caprichosos hacían sonreír o maravillarse a cualquier salón... todo había desaparecido. Había sido testigo de revoluciones en todos los países del mundo; recordaba Brighton como un pueblo pesquero y Manchester como una aldea; había compartido la pompa de los nababs y la profusión de los prestamistas; había estimulado la temprana ambición de Charles Fox y simpatizado con las últimas aspiraciones de George Canning; había sido confidente de los amores tanto de Byron como de Alfieri; había llevado luto por el general Wolfe y ofrecido un festival al duque de Wellington; se había reído con George Selwyn y sonreído a Lord Alvanley; había conocido al primer macarrón y al último dandi; recordaba a las Gunning e introdujo a los Sheridan. Pero ella misma no había cambiado; seguía inquieta por la novedad, ávida de diversión; seguía observando ansiosamente la entrada en escena de algún nuevo flujo de personajes, e infatigable en atraer la atención de cualquiera cuyos talentos pudieran contribuir a su entretenimiento o cuya atención pudiera gratificar su vanidad. Y, realmente, cuando uno recordaba la larga carrera de Lady Bellair y presenciaba al mismo tiempo su forma diminuta y su vitalidad inigualable, uno podría sentirse casi tentado a creer que, si no absolutamente inmortal, era al menos su extraño destino no tanto morir vulgarmente, como llegar a ser, como la heroína del cuento de hadas, cada año más y más pequeña,
«Bella por grados, y hermosamente menor»,
hasta que su señoría pudiera al fin disolverse en una nada etérea, y así desvanecerse más que expirar.
Era costumbre decir que su señoría no tenía corazón; en la mayoría de los casos, una frase sin sentido; en su caso, ciertamente, una injusta. Noventa años de experiencia no se habían desperdiciado, sin duda, en una mente de notable agudeza; pero los sentimientos de Lady Bellair seguían siendo rápidos y cálidos, y podían llegar a ser incluso profundos. Su fantasía era tan vivaz que su atención se captaba pronto; su gusto, tan refinado, que su afecto no se obtenía tan fácilmente. De ahí que adquiriera fama de caprichosa, pues se arrepentía a su tiempo de aquellas primeras impresiones que para ella eran irresistibles; pues, en verdad, Lady Bellair, aunque casi había completado su siglo y pasado toda su vida en los círculos más artificiales, era la criatura misma del impulso. Su primer homenaje, declaraba siempre, se rendía al talento, el segundo a la belleza, el tercero a la sangre. El individuo favorecido que pudiera combinar estas tres espléndidas cualificaciones era, para Lady Bellair, una ninfa o un semidiós. En cuanto a la mera riqueza, realmente la despreciaba, aunque le gustaba que sus favoritos fueran ricos.
Su conocimiento de la naturaleza humana, que era considerable, y su conocimiento de las debilidades humanas, que no tenía rival, no se desperdiciaron en Lady Bellair. La percepción del carácter de su señoría era fina y rápida, y nada la deleitaba tanto como convertir a una persona en una herramienta. Capaz, cuando su corazón era conmovido, de la más fina simpatía y de las acciones más generosas, cuando sus sentimientos no estaban comprometidos no sentía ningún remordimiento al sacar provecho de sus compañeros, o, de hecho, a veces al honrarlos con su intimidad para ese propósito. Pero si uno tenía la habilidad de detectar sus tramas y el valor de hacerle saber que uno era consciente de ellas, nunca la disgustaba, y a menudo ganaba su amistad. Pues Lady Bellair tenía un fino gusto por el humor, y cuando decidía ser cándida, una indulgencia que no era rara en ella, podía diseccionar su propio carácter y conducta con igual espíritu e imparcialidad. En su propio caso no se puede negar que comprendía las tres grandes cualificaciones que tanto valoraba: pues era muy ingeniosa; tenía sangre en sus venas, por usar su propia expresión; y era la mujer más bonita del mundo para su edad. Por lo demás, aunque nadie tenía mejores modales, podía ser muy impertinente; pero si uno la trataba con servilismo, le causaba un disgusto absoluto.
Lady Bellair, después de la temporada de Londres, pasaba siempre dos o tres meses en Bath, y luego se dirigía a la residencia de su bisnieto, el actual vizconde, en el Norte, donde permanecía hasta que Londres volvía a ser atractivo. Parte de su diplomacia doméstica se empleaba cada año, durante su visita a Bath, en descubrir a algún viejo amigo, o hacer algún nuevo conocido, que la llevara a salvo, y la librara de todos los gastos y peligros del camino, a Northumberland; y a menudo mostraba en estos arreglos talentos que Talleyrand podría haber envidiado. Durante la presente temporada, la Sra. Montgomery Floyd, viuda de un rico indio oriental, cuya intención era dirigirse a su finca en Escocia al final del otoño, había sido presentada a Lady Bellair por un amigo muy familiarizado con los arreglos deseados por su señoría. ¡Qué conocimiento tan inestimable en un momento así para Lady Bellair! La Sra. Montgomery Floyd, muy rica y muy ansiosa por estar a la moda, estaba embriagada con la halagadora condescendencia y la anticipada compañía de Lady Bellair. Al principio, Lady Bellair había sugerido tranquilamente que viajaran juntas a Northumberland. La Sra. Montgomery Floyd quedó encantada con la propuesta. Luego, Lady Bellair lamentó que su criada estuviera muy enferma y que tuviera que enviarla a la ciudad inmediatamente en su propio carruaje; y entonces la Sra. Montgomery Floyd insistió, a pesar de los ofrecimientos de Lady Bellair, en que su señoría ocupara un asiento en su carruaje, y no quiso oír ni por un instante que Lady Bellair sufragara, en tales circunstancias, ninguna parte del gasto. Lady Bellair desplegó ante la deslumbrada visión de la Sra. Montgomery Floyd una brillante perspectiva de los nobles señores y ricos escuderos cuyas espléndidas residencias, bajo los auspicios de Lady Bellair, habrían de ser sus lugares de descanso durante su viaje; y con el tiempo Lady Bellair, que tenía una predilección particular por su propio carruaje, propuso que sus criados viajaran en el de la Sra. Montgomery Floyd. La Sra. Montgomery Floyd sonrió con un asentimiento demasiado dispuesto. Terminó con que los criados de la Sra. Montgomery Floyd viajaran a casa de Lord Bellair, donde su señora se reuniría con ellos, en el propio carruaje de esa dama, y Lady Bellair viajando en su propio carruaje con sus propios criados, y la Sra. Montgomery Floyd sufragando los gastos de ambas expediciones.
CAPÍTULO V.
En el cual Lady Bellair da cuenta de algunos de sus amigos.
Lady Bellair realmente amaba a Henrietta Temple. Era su favorita principal y permanente, y siempre se lamentaba de que Henrietta no quisiera ir a quedarse con ella a Londres y casarse con un duque. Lady Bellair era una gran casamentera. Por lo tanto, cuando fue recibida por la bella dueña de Ducie Bower, Lady Bellair fue tan sincera como profusa en sus amables frases. «Mi dulce, dulce joven amiga», dijo, mientras Henrietta inclinaba la cabeza y ofrecía sus labios a la pequeña anciana, «es algo tener una amiga como tú. ¡Qué vieja tiene una amiga tan dulce como yo! Ahora déjame mirarte. Me hace bien al corazón verte. Me siento más joven. Estás más guapa que nunca, lo aseguro. ¿Por qué no quieres venir a quedarte conmigo y dejar que te busque un marido? Ahí está el duque de Derandale, ya está enamorado de ti; porque no hago otra cosa que hablar de ti. No, no deberías casarte con él, no es lo suficientemente bueno. No es lo suficientemente bueno. No es refinado. Me encanta un duque, pero me encanta más un duque que sea refinado. Te casarás con Lord Fitzwarrene. Es mi favorito; es digno de ti. Te ríes; me encanta verte reír. ¡Eres tan fresca e inocente! Ahí está tu digno padre hablando con mi amiga la Sra. Twoshoes; una muy buena criatura, querida, una alma muy digna, pero sin clase; odio las palabras francesas, ¿pero qué otra puedo usar? Y ella llevará cadenas de oro, que detesto. Tú nunca llevas cadenas de oro, estoy segura. El duque de... no quiso casarse conmigo, así que vine a ti», continuó su señoría, devolviendo el saludo del Sr. Temple. «No me preguntes si estoy cansada; nunca estoy cansada. No hay nada que odie tanto como que me pregunten si estoy bien; siempre estoy bien. Ahí, te he traído una encantadora amiga; dale tu brazo; y tú me darás el tuyo», dijo la anciana, sonriendo a Henrietta. «Hacemos un buen contraste; me gusta un buen contraste, pero no uno feo. No puedo soportar nada que sea feo; a menos que sea un hombre realmente muy feo, que sea un genio y muy a la moda. Me gustaba Wilkes y me gustaba Curran; pero eran famosos, la mejor compañía del mundo. Cuando yo era tan joven como tú, Lady Lavington y yo siempre cazábamos en pareja, porque ella era alta y a mí me llamaban la Reina de las Hadas. Las mujeres bonitas, mi dulce niña, nunca deberían estar solas. No es que yo fuera muy bonita, pero siempre estaba con mujeres bonitas, y al final los hombres empezaron a pensar que yo también era bonita».
«Un lugar magníficamente bonito», sonrió la magnífica Sra. Montgomery Floyd al Sr. Temple, «y de todas las personas dulcemente bonitas que he conocido, le aseguro que considero a la Srta. Temple la más encantadora. ¡Además, una gran favorita de Lady Bellair! Sabe que llama a la Srta. Temple su favorita real», añadió la dama con una sonrisa juguetona.
Las damas fueron conducidas a sus aposentos por Henrietta, pues la hora de la cena estaba cerca, y la Sra. Montgomery Floyd mostró cierta ansiedad por no ser apresurada en su aseo. De hecho, cuando reapareció, podría haber sido motivo de asombro cómo pudo haber efectuado una transformación tan completa en un período tan corto. Salvo por una cola, era lo suficientemente espléndida para un cumpleaños en St. James’s, y llevaba tantos brillantes que resplandecía como un candelabro. Sin embargo, como a Lady Bellair le encantaba el contraste, esto quizás no fue desafortunado; porque ciertamente su señoría, con su sencillo traje que solo había sido alterado por la sustitución de una cofia que debería haber sido inmortalizada por Mieris o Gerard Douw, ofrecía uno no poco sorprendente a su suntuosa compañera de viaje.
«Tu cena es muy buena», dijo Lady Bellair al Sr. Temple. «Como muy poco y muy sencillamente, pero odio una mala cena; a todos los demás les disgusta y todos están aburridos. Las mejores cenas ahora son las de un hombre nuevo; olvido su nombre; el hombre que es tan muy rico. Nunca has oído hablar de él, y ella (señalando con su tenedor a la Sra. Montgomery) no conoce a nadie. ¿Cómo se llama? Gregory, ¿cuál es el nombre del caballero con el que ceno tan a menudo? El caballero a quien envío cuando no tengo otro compromiso, y siempre me da una cena, pero que nunca cena conmigo. Solo es rico, y odio a la gente que solo es rica; pero debo invitarlo el año que viene. Lo invito a mis fiestas nocturnas, fíjate; no me importan, pero no quiero gente estúpida, que solo es rica, en mis cenas. Gregory, ¿cómo se llama?»
«Sr. Million de Stockville, mi señora».
«Sí, ese es el hombre, buen Gregory. No tienes ciervos, ¿verdad?», preguntó su señoría al Sr. Temple. «Eso pensaba. Desearía que tuvieras ciervos. Deberías enviar un jamón en mi nombre al Sr. Million de Stockville, y eso sería tan bueno como una cena para él. Si tu vecino, el duque, me hubiera recibido, lo habría enviado desde allí. Te diré lo que haré; escribiré una nota desde este lugar al duque y haré que lo haga por mí. Hará cualquier cosa por mí. Me quiere, el duque, y yo le quiero a él; pero su mujer me odia».
«¿Y ha tenido una temporada alegre en la ciudad este año, Lady Bellair?», preguntó la Srta. Temple. «Querida, siempre tengo una temporada alegre». «¡Qué felicidad!», exclamó suavemente la Sra. Montgomery Floyd. «Creo que no hay nada más delicioso que la alegría».
«¿Y cómo está nuestro amigo el Sr. Bonmot este año?», dijo el Sr. Temple.
«Querido, Bonmot está envejeciendo mucho. Cuenta las mismas historias una y otra vez, y por tanto nunca le veo. No puedo soportar los ingenios que se han venido abajo: no puedo invitar a Bonmot a mis cenas, y le dije la razón; pero dije que estaba en casa todas las mañanas de dos a seis, y que podía venir entonces, pues no sale a fiestas nocturnas, y está susceptible, y así nos hemos peleado».
«Pobre Sr. Bonmot», dijo la Srta. Temple.
«Querida, hay el hombre más maravilloso del mundo, olvido su nombre, pero todo el mundo está loco por tenerlo. Está totalmente de moda. Lo tengo en mis fiestas en lugar de Bonmot, y es mucho mejor. Todo el mundo tiene a Bonmot; pero mi hombre es nuevo, y me encanta algo nuevo. Lady Frederick Berrington me lo trajo. ¿Conoces a Lady Frederick Berrington? ¡Oh! Olvidé, pobre querida, estás enterrada viva en el campo; debo presentarte a Lady Frederick. Es encantadora, te probará, será tu amiga; y no puedes tener una mejor amiga, querida, porque es muy guapa, muy ingeniosa y tiene sangre en sus venas. No te presentaré a Lady Frederick», continuó Lady Bellair a la Sra. Montgomery Floyd; «no es de tu estilo. Te presentaré a Lady Splash and Dashaway; ella será tu amiga».
La Sra. Montgomery Floyd pareció consolada por el espléndido futuro de ser amiga de Lady Splash and Dashaway, y soportó fácilmente, con tal compensación, las observaciones algo molestas de su noble patrona.
«Pero en cuanto a Bonmot», continuó Lady Bellair, «no quiero tener nada que ver con él. El general Faneville, es un querido buen hombre, y me da cenas. Me encantan las cenas: nunca ceno en casa, excepto cuando tengo compañía. El general Faneville no solo me da cenas, sino que siempre me deja elegir a mi propia compañía. Y me dijo el otro día: “Ahora, Lady Bellair, fije su día y nombre a su grupo”. Le dije directamente: “General, cualquiera menos Bonmot”. Sabes que Bonmot es su amigo particular».
«Pero seguramente eso es cruel», dijo Henrietta Temple, sonriendo.
«Soy cruel», dijo Lady Bellair, «cuando odio a una persona soy muy cruel, y odio a Bonmot. El Sr. Fox escribió una vez unos versos sobre mí y me llamó “cruel hermosa”; pero no fui cruel con él, porque yo amaba entrañablemente a Charles Fox; y te quiero a ti, y quiero a tu padre. La primera fiesta a la que asistió tu padre fue en mi casa. ¡Toma, qué te parece eso! Y quiero a mis nietos; los llamo a todos mis nietos. Creo que bisnietos suena tonto; estoy tan feliz de que se hayan casado tan bien. Mi querida Selina es condesa; tú también serás condesa», añadió Lady Bellair, riendo. «Debo verte condesa antes de morir. La Sra. Grenville no es condesa, y es algo pobre; pero algún día serán ricos; y Grenville es un buen nombre: suena bien. Eso es una gran cosa. Odio un nombre que no suena bien».
POR LA tarde, Henrietta entretuvo a sus invitados con música. La Sra. Montgomery Floyd era una entusiasta de la música y estaba muy orgullosa de su íntima amistad con Pasta. —¡Oh!, ¿la conoces, verdad? —Muy bien; me la traerás a mi casa. Cantará en todas mis fiestas; me encanta la música en mis veladas, pero nunca pago por ella, jamás. Si no puede venir por la tarde, intentaré invitarla a cenar, al menos una vez. No me gustan los cantantes ni los acróbatas en las cenas, pero ella está muy de moda y a los jóvenes les gusta; y lo que quiero en mis cenas son jóvenes, jóvenes de muy gran alcurnia. Prefiero tener jóvenes en mis cenas. Tengo algunos; Lord Languid siempre viene a verme, y es muy distinguido, ya sabes, realmente muy distinguido. Va a muy pocos lugares, pero siempre viene a verme.
La Sra. Montgomery Floyd dejó el piano y se sentó junto al Sr. Temple. El Sr. Temple fue galante, y la Sra. Montgomery Floyd, ansiosa por obtener la atención de un caballero a quien Lady Bellair le había asegurado que era de primera categoría. Su señoría misma hizo señas a Henrietta Temple para que se le uniera en el sofá y, tomándole la mano con gran afecto, le explicó todas las tácticas mediante las cuales pretendía concertar un matrimonio entre ella y Lord Fitzwarrene, lamentando al mismo tiempo, muy profundamente, que su querido nieto, Lord Bellair, estuviera casado; pues él, a fin de cuentas, era la única persona digna de ella. —Él sabría apreciarte, querida; él sabría entenderte. ¡Querido Bellair! es tan apuesto y tan ingenioso. ¿Por qué se fue a casar? Y, sin embargo, adoro a su esposa. ¿La conoces? Oh, es encantadora: tan bonita, tan ingeniosa y con tan buena sangre en sus venas. Yo concerté el matrimonio. ¿Por qué no estabas en Inglaterra? Si hubieras venido a Inglaterra solo un año antes, te habrías casado con Bellair. ¡Qué irritante!
—Pero, realmente, querida Lady Bellair, su nieto es muy feliz. ¿Qué más puede desear?
—Bueno, querida, entonces será Lord Fitzwarrene. Daré una serie de fiestas este año e invitaré a Lord Fitzwarrene a todas. No es que sea muy fácil conseguirlo, hija mía. No hay nadie tan difícil como Lord Fitzwarrene. Eso está muy bien. Los hombres siempre deberían ser difíciles. No soporto a los hombres que vienen y cenan contigo cuando tú los quieres.
—¡Qué lugar tan encantador es Ducie! —suspiró la Sra. Montgomery Floyd al Sr. Temple—. El campo es tan delicioso.
—Pero no le gustaría vivir solo en el campo —dijo el Sr. Temple.
—¡Ah!, ¡no me conoce! —suspiró la sentimental Sra. Montgomery Floyd—. ¡Si supiera cuánto amo las flores! ¡Ojalá pudiera ver mi invernadero en Park-lane!
—¿Y qué le pareció Bath este año, Lady Bellair? —preguntó la Srta. Temple.
—¡Oh!, querida, conocí a un hombre encantador allí, olvido su nombre, pero la persona más distinguida que he conocido jamás; tan apuesto, tan ingenioso y con sangre en sus venas, solo que olvido su nombre, y es un nombre muy bueno también. Querida —dirigiéndose a la Sra. Montgomery Floyd—, dime el nombre de mi favorito.
La Sra. Montgomery Floyd pareció un poco desconcertada: —¡Mi gran favorito! —exclamó la irritada Lady Bellair, golpeando su abanico contra el sofá—. ¡Oh!, ¿por qué no recuerdas los nombres? Adoro a la gente que recuerda los nombres. Mi favorito, mi favorito de Bath. ¿Cuál es su nombre? Va a cenar conmigo en la ciudad. ¿Cuál es el nombre de mi favorito de Bath que ciertamente cenará conmigo en la ciudad?
—¿Se refiere al Capitán Armine? —preguntó la Sra. Montgomery Floyd. La Srta. Temple palideció. —Ese es el hombre —dijo Lady Bellair—. Oh, un hombre tan encantador. Te casarás con él, querida; no te casarás con Lord Fitzwarrene.
—Pero olvida que se va a casar —dijo la Sra. Montgomery Floyd.
La Srta. Temple intentó levantarse, pero no pudo. Mantuvo la cabeza baja. Sintió la fiebre en sus mejillas. —¿Es nuestro compromiso, entonces, tan notorio? —pensó para sí misma.
—¡Ah!, sí, olvidé que se iba a casar —dijo Lady Bellair—. Bueno, entonces, tiene que ser Lord Fitzwarrene. Además, el Capitán Armine no es rico, aunque tiene una propiedad muy fina, e iré a hospedarme allí algún día. Y, además, está hasta las cejas de deudas, eso dicen. Sin embargo, se va a casar con una mujer muy rica, así que todo estará bien. Me gusta que las viejas familias en decadencia se recuperen.
Henrietta temía que su padre observara su confusión; recurrió a todo tipo de artificios para evitarlo. «Querido Ferdinand —pensó para sí misma—, tu esposa tan rica te traerá, me temo, una dote bien pobre. ¡Ah!, ¡ojalá estuviera aquí!».
—¿Con quién se va a casar el Capitán Armine? —preguntó el Sr. Temple.
—¡Oh!, una persona muy adecuada —dijo Lady Bellair—. Olvido su nombre. La Srta. Twoshoes, o algo así. ¿Cuál es su nombre, querida?
—¿Se refiere a la Srta. Grandison, señora? —respondió la Sra. Montgomery Floyd.
—Por supuesto, la Srta. Grandison, la gran heredera. La única que queda de los Grandison. Conocí a su abuelo. Fue compañero de escuela de mi hijo.
—El Capitán Armine es un vecino cercano nuestro —dijo el Sr. Temple.
—¡Oh!, lo conoce —dijo Lady Bellair—. ¿No es encantador?
—¿Está segura de que se va a casar con la Srta. Grandison? —preguntó el Sr. Temple.
—Oh, no hay duda en el mundo —dijo la Sra. Montgomery Floyd—. Todo está completamente resuelto. Mi amiga más íntima, Lady Julia Harteville, será una de las damas de honor. He visto todos los regalos. Ambas familias están en Bath en este preciso momento. Vi a la feliz pareja junta todos los días. Son parientes, ya sabe. Es un excelente partido, pues los Armine tienen grandes propiedades, hipotecadas hasta el último acre. He oído que Sir Ratcliffe Armine no tiene ni mil libras al año que pueda llamar suyas. Estamos todos tan complacidos —añadió la Sra. Montgomery Floyd, como si fuera parte de la familia—. ¿No es encantador?
—Se casarán el mes que viene —dijo Lady Bellair—. No concerté exactamente el matrimonio, pero hice algo. Adoro a los Grandison porque Lord Grandison fue amigo de mi hijo hace cincuenta años.
—Nunca conocí a una persona tan complacida como Lady Armine —continuó la Sra. Montgomery Floyd—. La verdad es que el Capitán Armine ha sido salvaje, muy salvaje de hecho; un poco libertino; pero luego, un joven tan apuesto, tan verdaderamente distinguido, como dice Lady Bellair, ¿qué podía esperar? Pero ya ha sentado cabeza. Llevan seis meses comprometidos; desde que regresó del extranjero. Ha estado en Bath todo el tiempo, excepto por una quincena más o menos, cuando fue a su finca para hacer los preparativos necesarios. Todos lo extrañamos mucho. El Capitán Armine era el alma de Bath. Casi me da vergüenza repetir lo que se decía de él —añadió la Sra. Montgomery Floyd, sonrojándose a través de su colorete—; pero decían que todas las mujeres estaban enamoradas de él.
—¡Afortunado hombre! —dijo el Sr. Temple, haciendo una reverencia, pero con una expresión grave.
—Y él dice que solo se va a casar porque está cansado de conquistar —continuó la Sra. Montgomery Floyd—; qué impertinencia, ¿no es así? ¡Pero el Capitán Armine dice esas cosas! ¡Es una persona privilegiada en Bath!
La Srta. Temple se levantó y salió de la habitación. Cuando llegó la hora de retirarse, ella no había regresado. Su doncella trajo un mensaje de que su señora no se sentía muy bien y ofrecía sus excusas por no bajar de nuevo.
CAPÍTULO VII.
_En el cual el Sr. Temple hace una visita a la habitación de su hija_.
HENRIETTA, cuando salió de la habitación, no se detuvo hasta llegar a su propio dormitorio. No tenía luz, pero un rayo de luna disperso reveló lo suficiente.
Se arrojó sobre su cama, ahogada por la emoción. Era incapaz de pensar; un caos de imágenes salvajes revoloteaba en su cerebro. Así había permanecido, tal vez una hora, apenas consciente de sí misma, cuando su sirvienta entró con una luz para arreglar la habitación y casi gritó cuando, al darse la vuelta, vio a su señora.
Esta intrusión le hizo comprender a la Srta. Temple la absoluta necesidad de algún esfuerzo, aunque solo fuera para evitar nuevas interrupciones en ese momento. Recordó dónde estaba, llamó con un esfuerzo algún recuerdo de sus invitados y envió a su padre el mensaje que ya hemos notado. Entonces volvió a estar sola. ¡Cómo deseaba en ese momento estar siempre sola; que la forma y la figura de un ser humano no volvieran a cruzar su vista; que pudiera permanecer en esta habitación oscura hasta morir! Ya no había más alegría para ella; su sol se había puesto, el brillo de su vida había desaparecido; el laúd había perdido su tono, la flor su perfume, el pájaro sus alas aéreas. ¡Qué tragedia tan fugaz, así como fatal! ¡Qué rápido, tras su imprudencia, había llegado su angustia desgarradora! Se acabó la fe, pues él no tenía fe; se acabó el amor, pues el amor la había traicionado; se acabó la belleza, pues la belleza había sido su ruina. ¡Todo lo que hasta ahora hacía la vida deliciosa, todas las emociones nobles, todas las esperanzas brillantes y los raros logros de nuestra naturaleza, eran ahora oscuros engaños, burlas crueles y fantasmas falsos y tramposos! ¡Qué humillación! ¡Qué desesperación! ¡Y él había parecido tan sincero, tan puro, tan afectuoso, tan dotado! ¡Qué! ¿podía ser, podía ser que hace unas pocas semanas este hombre se hubiera arrodillado ante ella, la hubiera adorado? ¡Y ella se había aferrado a sus acentos, y vivido en la luz de sus ojos extasiados, y le había prometido su corazón, dedicado su vida, consagrado todos sus afectos inocentes y apasionados, adorado como a un ídolo! Vaya, ¿qué era la vida para que pudiera traer en su rápida ala vicisitudes tan oscuras, tan agonizantes? No era vida; ¡era frenesí!
Alguien llamó suavemente a su puerta. Ella no respondió, fingió dormir. Sin embargo, la puerta se abrió, sintió, aunque sus ojos estaban cerrados y estaba de espaldas, que había una luz en la habitación. Un paso tierno se acercó a su cama. Solo podía ser una persona, esa persona a quien ella misma había engañado. Sabía que era su padre.
El Sr. Temple se sentó junto a su cama; inclinó la cabeza y presionó sus labios sobre su frente. En su desolación, alguien aún la amaba. No pudo resistir el impulso; extendió su mano sin abrir los ojos, su padre la sostuvo entre las suyas.
—Henrietta —dijo finalmente, en un tono de dulzura peculiar.
—¡Oh!, no hables, padre mío. No hables. Solo tú tienes motivos para reprocharme. Perdóname; perdona a tu hija.
—Vine a consolar, no a reprochar —dijo el Sr. Temple—. Pero si te place, no hablaré; permíteme, sin embargo, quedarme.
—Padre, debemos hablar. Me alivia incluso confesar mi indiscreción, mi fatal locura. ¡Padre, siento, aunque por qué, no lo sé, siento que tú lo sabes todo!
—Sé mucho, mi Henrietta, pero no lo sé todo.
—¿Y si lo supieras todo, no me odiarías?
—¡Odiarte, mi Henrietta! Estas son palabras extrañas para usar con un padre; con un padre, añadiría, como yo. Nadie puede amarte, Henrietta, como tu padre te ama; sin embargo, no me hables simplemente como a un padre; háblame como a tu primer, tu mejor, tu más querido, tu más fiel amigo.
Ella presionó su mano, pero responder, no pudo.
—Henrietta, queridísima, queridísima Henrietta, contéstame una pregunta.
—Tiemblo, señor.
—Entonces hablaremos mañana.
—¡Oh!, no, esta noche. El mañana puede no llegar nunca. No hay noche para mí; no puedo dormir. Me volvería loca si no fuera por ti. Hablaré; responderé a cualquier pregunta. Mi conciencia está bastante clara excepto hacia ti; nadie, ningún poder en la tierra o en el cielo, puede reprocharme, excepto mi padre.
—Él nunca lo hará. Pero, querida, dime; reúne tu valor para enfrentar mi pregunta. ¿Estás comprometida con esta persona?
—Lo estaba.
—¿Positivamente comprometida?
—Mucho antes de esto, supuse que habríamos reclamado tu sanción. Me dejó solo para hablar con su padre.
—¿Puede ser esto el cotilleo ocioso de las mujeres?
—No, no —dijo Henrietta, con una voz de profunda melancolía—; mis temores habían previsto esta oscura realidad. Esta semana ha sido una semana de terror para mí; y, sin embargo, esperé, y esperé, y esperé. ¡Oh!, qué tonta he sido.
—Sé que esta persona fue tu constante compañero en mi ausencia; que te has correspondido con él. ¿Ha escrito muy recientemente?
—Dentro de dos días.
—¿Y sus cartas?
—Han sido últimamente muy vagas. ¡Oh!, padre mío, en verdad, en verdad no me he comportado tan mal como quizás imaginas. Me estremecí ante este compromiso secreto; me opuse con todos los argumentos a mi alcance a esta correspondencia clandestina; pero fue solo por una semana, una sola semana; y las razones, razones plausibles y especiosas, abundaban. ¡Ay!, ¡ay!, todo está explicado ahora. Todo lo que era extraño, misterioso, desconcertante en sus puntos de vista y conducta, y que, cuando cruzaba por mi mente, descartaba con desprecio..., todo está ahora demasiado claro.
—Henrietta, él es indigno de ti.
—¡Shh!, ¡shh!, querido padre. Hace una hora le amaba. Perdónalo, si solo deseas perdonarme a mí.
—Aférrate a mi corazón, hija mía. El amor de un padre ofrece consuelo. ¿No es así?
—Siento que lo es; me siento más tranquila desde que viniste y hemos hablado. Nunca podré volver a ser feliz; mi espíritu está completamente roto. Y, sin embargo, siento que tengo un corazón ahora, lo cual pensaba que no tenía antes de que vinieras. Querido, querido padre —dijo, levantándose y rodeando el cuello del Sr. Temple con sus brazos, apoyándose en su pecho y hablando con una voz dulce pero muy triste—, de ahora en adelante tu felicidad será la mía. No te deshonraré; no me verás afligirme; expiaré, intentaré expiar mis grandes pecados, porque pecados fueron hacia ti.
—Hija mía, llegará el tiempo en que recordaremos esta amargura solo como una lección. Pero conozco demasiado bien el corazón humano como para intentar contener tu dolor ahora; solo vine a calmarlo. Mi bendición está sobre ti, hija mía. No hablemos más. Henrietta, enviaré a tu doncella contigo. Intenta dormir; intenta calmarte.
—Esta gente... mañana... ¿qué haré?
—Déjamelo todo a mí. Quédate en tu habitación hasta que se hayan ido. No necesitas aparecer más.
—¡Oh!, ¡que ningún ser humano me vea de nuevo!
—¡Shh!, ese no es un deseo sabio. Cálmate; todavía seremos felices. Mañana hablaremos; y así, buenas noches, hija mía; buenas noches, mi propia Henrietta.
El Sr. Temple salió de la habitación. Le pidió a la doncella que fuera con su señora, en un tono tan calmado como si, efectivamente, su dolencia hubiera sido solo un dolor de cabeza; y luego entró en su propio apartamento. Sobre la repisa de la chimenea había un retrato de su hija, alegre y sonriente como la primavera; la habitación estaba adornada con sus dibujos. Acercó la silla al fuego y contempló la llama durante algún tiempo, abstraído, y luego escondió su rostro lloroso entre las manos. Sollozó convulsivamente.
CAPÍTULO VIII.
En el cual Glastonbury está muy asombrado.
ERA una noche otoñal y racheada; Glastonbury estaba solo en su torre; de vez en cuando el viento, entre un coro de ramas que gemían y lluvia sibilante, golpeaba su ventana; luego su poder parecía calmarse gradualmente y una quietud perfecta sucedía, hasta que un gemido bajo se escuchaba de nuevo en la distancia, que gradualmente se hinchaba hasta convertirse en tormenta. El rostro del buen anciano no estaba tan sereno como de costumbre. Ocasionalmente, sus pensamientos parecían divagar del folio abierto ante él, y caía en arrebatos de ensueño que imprimían en su semblante una expresión más de ansiedad que de estudio.
El anciano levantó la vista hacia el retrato de la infeliz Lady Armine y lanzó un profundo suspiro. ¿Eran sus pensamientos sobre ella o sobre su hijo? Cerró su libro, lo reemplazó en su estante y, tomando de un gabinete un antiguo crucifijo de marfil tallado, se inclinó ante la imagen de su Redentor.
Incluso mientras estaba inmerso en sus devociones, rezando tal vez por el alma de esa dama pecadora pero santa cuya memoria nunca estaba ausente de sus pensamientos, o por la prosperidad de esa familia a la que había dedicado su fiel vida, se escuchó el ruido de pasos ascendentes en la quietud repentina, e inmediatamente un fuerte golpe en la puerta de su cámara exterior.
Sorprendido por esta interrupción inusual, Glastonbury se levantó y preguntó el motivo de su aún invisible visitante; pero, al escuchar una voz conocida, la puerta fue abierta al instante y Ferdinand Armine, pálido como un fantasma y empapado hasta los huesos, apareció ante él. Glastonbury hizo pasar a su invitado a su celda, repuso el fuego, volvió a arreglar la lámpara y colocó a Ferdinand en su propio sillón.
—Estás mojado; me temo que completamente.
—No importa —dijo el Capitán Armine, con una voz hueca.
—¿De Bath? —preguntó Glastonbury.
Pero su compañero no respondió. Finalmente dijo, con una voz de total desdicha: —Glastonbury, ves ante ti al más miserable de los seres humanos.
El buen padre se sobresaltó.
—¡Sí! —continuó Ferdinand—; este es el final de todo tu cuidado, todo tu afecto, todas tus esperanzas, todos tus sacrificios. Se acabó; nuestra casa está sentenciada; mi vida llega a su fin.
—Habla, mi Ferdinand —dijo Glastonbury, pues su alumno parecía haber recaído en un silencio taciturno—, habla con tu amigo y padre. Desahoga tu mente del peso que la presiona. La vida nunca está sin esperanza, y, mientras esto permanezca —señalando el crucifijo—, nunca sin consuelo.
—No puedo hablar; no sé qué decir. Mi cerebro se hunde bajo el esfuerzo. Es un relato salvaje, complicado; se refiere a sentimientos con los que no puedes simpatizar, pensamientos que no puedes compartir. ¡Oh, Glastonbury!, no hay esperanza; no hay consuelo.
—Cálmate, mi Ferdinand; no solo como tu amigo, sino como sacerdote de nuestra santa iglesia, te llamo a hablar conmigo. Incluso a mí, el más humilde de sus ministros, se me ha dado un poder que puede sostener a los que caen y sanar a los quebrantados de espíritu. Habla, y habla sin miedo; ni te encojas ante la idea de exponer los más recónditos escondrijos de tu pecho; pues puedo simpatizar con tus pasiones, aunque sean tan salvajes como creo que son.
Ferdinand apartó los ojos del fuego en el que estaba mirando y lanzó una mirada escrutadora a su amable confesor, pero el semblante de Glastonbury era plácido, aunque serio.
—Recuerdas —murmuró finalmente Ferdinand— que nos encontramos, nos encontramos inesperadamente, hace unas seis semanas.
—No lo he olvidado —respondió Glastonbury.
—Había una dama —continuó Ferdinand en un tono vacilante.
—A quien confundí con la Srta. Grandison —observó Glastonbury—, pero que, resultó, llevaba otro nombre.
—¿Lo sabes?
—Lo sé todo; porque su padre ha estado aquí.
—¿Dónde están? —exclamó Ferdinand con entusiasmo, levantándose de su asiento y tomando la mano de Glastonbury—. Solo dime dónde están, solo dime dónde está Henrietta, y me salvarás, Glastonbury. Me devolverás a la vida, a la esperanza, al cielo.
—No puedo —dijo Glastonbury, sacudiendo la cabeza—. Hace más de diez días que vi al padre de esta dama por unos breves y dolorosos momentos; con qué propósito, tu conciencia te lo puede informar. Del inesperado encuentro entre nosotros en la galería, mi consecuente malentendido y la conversación que provocó, no estaba tan desprevenido para esta entrevista con él como de otro modo podría haber estado. Créeme, Ferdinand, fui tan tierno con tu conducta como era coherente con mi deber hacia mi Dios y hacia mi prójimo.
—Me traicionaste, entonces —dijo Ferdinand.
«¡Ferdinand! —dijo Glastonbury con tono de reproche—. Confío en que estoy libre de cualquier tipo de engaño. En este caso concreto, ni siquiera tuve que comunicar nada. Tu propia conducta había despertado sospechas; algunos visitantes de Bath a este caballero y su familia lo habían revelado todo; y, en deferencia a las pretensiones de una dama inocente, no pude negarme a confirmar lo que no era un secreto para el mundo en general, lo que ya era conocido por ellos en particular, lo que ni siquiera se ponía en duda y, ¡ay!, no era dudable».
«¡Oh, padre mío, perdóneme, perdóneme; perdone la única expresión irrespetuosa que jamás escapó de los labios de su Ferdinand hacia usted; humildemente le pido su perdón. Pero si supiera todo... ¡Dios! ¡Dios! ¡Mi corazón se rompe! La ha visto, Glastonbury; la ha visto. ¿Ha existido alguna vez en la tierra un ser como ella? Tan hermosa, tan extraordinariamente dotada, con un corazón tan fresco, tan fragante como el amanecer del Edén; y ese corazón mío; y todo perdido, todo ido y perdido! ¡Oh, por qué sigo vivo?». Se dejó caer hacia atrás en su silla, se cubrió el rostro y lloró.
«Quisiera que algún hecho o esfuerzo mío pudiera devolverles a ambos la paz», dijo Glastonbury con los ojos anegados en lágrimas.
«¡Tan inocente, tan verdaderamente virtuosa! —continuó Ferdinand—. Me pareció que nunca supe lo que era la virtud hasta que la conocí. ¡Tan franca, tan generosa! ¡Creo que la veo ahora, con esa dulce sonrisa suya que nunca más podrá darme la bienvenida!».
«Hijo mío, no sé qué decir; no sé qué consejo dar; no sé ni siquiera qué desear. Tu situación es tan complicada, tan misteriosa, que supera mi comprensión. Hay otros cuyas pretensiones, cuyos sentimientos deberían ser considerados. Tú no estás, por supuesto, casado, ¿verdad?».
Ferdinand negó con la cabeza.
«¿Lo sabe todo la señorita Grandison?».
«Nada».
«¿Y tu familia?».
Ferdinand volvió a negar con la cabeza.
«¿Qué es lo que deseas tú mismo? ¿A qué objetivo apuntas? ¿A qué juego has estado jugando tú mismo? No hablo con aspereza; pero realmente no entiendo qué has estado haciendo. Si tienes las pasiones de tu abuelo, también tienes su cerebro. Nunca supuse que fueras "débil de voluntad"».
«Solo tengo un deseo, solo un objetivo. Desde que vi a Henrietta por primera vez, mi corazón y mi resolución no han flaqueado ni un instante; y si ahora no logro alcanzarlos, estoy decidido a no vivir».
«¡Que el Dios de toda bondad tenga piedad de esta casa atribulada!», exclamó Glastonbury, mientras levantaba piadosamente las manos al cielo.
«Fuiste a Bath para comunicar este gran cambio a tu padre —continuó—. ¿Por qué no lo hiciste? Por dolorosa que deba ser la explicación para la señorita Grandison, la injusticia de tu conducta hacia ella se ve agravada por la demora».
«Hubo razones —dijo Ferdinand—, razones que nunca pretendí que nadie conociera; pero ahora no tengo secretos. Querido Glastonbury, incluso en medio de toda esta miseria abrumadora, me arden las mejillas al confesarte que tengo, y he tenido durante años, preocupaciones privadas de naturaleza nada insignificante».
«¿Deudas?», inquirió Glastonbury.
«Deudas —respondió Ferdinand—, y considerables».
«¡Pobre muchacho! —exclamó Glastonbury—. ¿Y eso te llevó al matrimonio?».
«A eso me impulsó toda consideración mundana: mi corazón estaba libre entonces; de hecho, no sabía que tenía corazón; y pensé que el matrimonio haría felices a todos. Pero ahora, en lo que a mí respecta, ¡oh!, preferiría ser el más humilde campesino de este condado, con Henrietta Temple como compañera de mi vida, que vivir en Armine con todo el esplendor de mis ancestros».
«Honor a ellos; fueron grandes hombres», exclamó Glastonbury.
«Soy su víctima», respondió Ferdinand. «No le debo nada a mis ancestros, es más, peor que nada; les debo...».
«¡Silencio, silencio! —dijo Glastonbury—. Aunque solo sea por mí, Ferdinand, guarda silencio».
«Por usted, entonces, no por ellos».
«¿Pero por qué permaneciste en Bath?», inquirió Glastonbury.
«No llevaba allí más que un día o dos cuando mi principal acreedor bajó desde la ciudad y me amenazó. Tenía un poder notarial de un usurero de Malta y hablaba de dirigirme a la Guardia de Caballería. El rumor de que iba a casarme con una heredera había mantenido a estos sujetos tranquilos, pero la demora y mi ausencia de Bath habían despertado sus sospechas. Por lo tanto, en lugar de llegar a una explicación inmediata con Katherine, provocada como había pretendido por mi frialdad y negligencia, me vi obligado a dejarme ver constantemente con ella en público, para evitar ser arrestado. Sin embargo, escribí a Ducie a diario. Tenía confianza en mi energía y mi habilidad. Pensé que Henrietta podría estar por un momento molesta o sospechosa; pensé, sin embargo, que se vería respaldada por el fervor de mi amor. No preví ningún otro mal. ¿Quién podría haber imaginado que estos visitantes infernales vendrían en tal momento a este lugar apartado?».
«¿Y ahora, se sabe todo ahora?», inquirió Glastonbury.
«Nada —respondió Ferdinand—; la dificultad de mi posición era tan grande que estaba a punto de cortar el nudo marchándome de Bath y dejando una carta dirigida a Katherine confesándolo todo. Pero el repentino silencio de Henrietta me volvió loco. Pasó un día tras otro; dos, tres, cuatro, cinco, seis días, y no supe nada. La luna brillaba; el correo estaba a punto de salir. Cedí a un impulso irresistible. No me despedí de nadie. Me subí al coche. Estuve en Londres solo diez minutos. Corrí a Ducie. Estaba desierto. Una anciana me dijo que la familia se había ido, que se habían marchado por completo; no sabía a dónde, pero pensaba que a países extranjeros. Me hundí; me tambaleé hasta un asiento en aquel vestíbulo donde había sido tan feliz. Entonces me vino a la mente que podría descubrir su rumbo y seguirlos. Me apresuré a la posta más cercana. Averigüé su ruta. La perdí para siempre en la siguiente parada. La pista se había esfumado; era día de mercado y, en una gran ciudad, donde se cambian los caballos a cada minuto, hay tanta confusión que mis pesquisas fueron totalmente inútiles. Y aquí estoy, señor Glastonbury —añadió Ferdinand con una especie de sonrisa de loco—. He viajado cuatro días, no he pegado ojo, no he probado bocado; pero he bebido, he bebido bien. Aquí estoy, y estoy tentado de prender fuego a esa maldita pila llamada Armine Castle para que sea mi pira funeraria».
«Ferdinand, no estás bien —dijo el señor Glastonbury, agarrándole la mano—. Necesitas descansar. Debes retirarte; realmente debes hacerlo. Debes obedecerme. Mi cama es tuya».
«¡No! Déjame ir a mi propia habitación —murmuró Ferdinand con voz débil—. Esa habitación donde mi madre dijo que llegaría el día... ¡oh!, ¿qué dijo mi madre? Ojalá solo existiera el amor de madre, y entonces no estaría aquí ni así».
«Te ruego, hijo mío, que descanses aquí».
«¡No! Vamos a la Residencia, por una hora; no dormiré más de una hora. Me iré de nuevo apenas pase la tormenta. Si no fuera por esta maldita lluvia, los habría alcanzado. Y, sin embargo, tal vez estén en países donde no hay lluvia. Ah, ¿quién creería lo que sucede en este mundo? Yo, por una parte, no. Ahora, dame el brazo. ¡Buen Glastonbury! Siempre eres el mismo. Me pareces lo único en el mundo que no cambia».
Glastonbury, con un aire de gran ternura y ansiedad, guio a su antiguo pupilo escaleras abajo. El tiempo estaba más tranquilo. Había algunas grietas de azul oscuro en el cielo negro que revelaban una o dos estrellas. Ferdinand no dijo nada en su camino a la Residencia, excepto una vez, cuando miró al cielo y dijo, como para sí mismo: «A ella le encantaban las estrellas».
Glastonbury tuvo algunas dificultades para despertar al hombre y a su esposa, que eran los habitantes de la Residencia; pero no era muy tarde y, afortunadamente, no se habían retirado a dormir. Se llevaron luces al salón de Lady Armine. Glastonbury condujo a Ferdinand a un sofá, en el que permitió que otros lo acomodaran más que sentarse él mismo. No prestó atención a nada de lo que ocurría, sino que permaneció con los ojos abiertos, mirando débilmente con un aire algo ausente.
Entonces, el buen Glastonbury se ocupó de preparar su habitación, cerrando las cortinas, viendo que la cama estuviera bien aireada y caliente, y añadiendo él mismo leños a la chimenea que pronto empezó a arder. Tampoco olvidó preparar, con la ayuda de la buena mujer, alguna poción caliente que pudiera calmar y reconfortar a su afligido y exhausto pupilo, quien en este momento de angustia y desolación había venido, por así decirlo, a arrojarse al seno de su primer amigo. Cuando todo estuvo dispuesto, Glastonbury bajó junto a Ferdinand, a quien encontró exactamente en la misma posición en la que lo había dejado. No ofreció resistencia a la invitación de Glastonbury de retirarse a su habitación. No se movió ni habló, y sin embargo parecía consciente de todo lo que hacían. Glastonbury y el robusto criado lo llevaron a su estancia, le quitaron las ropas mojadas y lo acostaron en su primera cama. Cuando Glastonbury le dio las buenas noches, Ferdinand le apretó levemente la mano, pero no habló; y fue notable que, mientras se sometía pasivamente a que lo desvistieran y parecía incapaz de ofrecer la más mínima ayuda, alargó la mano para proteger un mechón de cabello oscuro que estaba colocado junto a su corazón.
CAPÍTULO IX.
En el cual Glastonbury descubre que un temperamento sereno no siempre trae una vida serena.
Aquellos sueños tranquilos que la vida regular y el corazón inocente del buen Glastonbury generalmente garantizaban, se vieron tristemente interrumpidos esta noche, mientras permanecía despierto meditando sobre las atribuladas fortunas de la casa de Armine. Parecían ahora ser de lo más turbulentas y sombrías; y ese futuro brillante y feliz, en el que últimamente se había complacido tanto, no ofrecía más que melancolía e inquietud. Tampoco era la amenazada ruptura de aquellos lazos cuya consumación debía restaurar la grandeza y el esplendor de la familia, y todo el dolor, la decepción, la mortificación y la miseria que debían ser su consecuencia, lo que le entristecía. Glastonbury sentía reverencia por esa pasión que arroja tal lustre sobre la existencia y es la fuente pura y prolífica de gran parte de nuestra mejor conducta; hubo un tiempo en que él también había amado, y con una santidad religiosa digna de su carácter y oficio; había sido durante una larga vida el devoto silencioso y sin esperanzas de una pasión casi ideal, aunque feliz, aunque «nunca reveló su amor»; y, de hecho, aunque la inconsciente dueña de sus afectos había sido apartada durante mucho tiempo de aquel mundo donde su fidelidad era casi su único consuelo, esa pasión no había disminuido, y los sentimientos que habían sido inspirados por su presencia eran ahora atesorados por su memoria. Su naturaleza tierna y romántica, que sus venerables canas no habían embotado ni endurecido, le hacía simpatizar profundamente con su infeliz pupilo; la imagen radiante de Henrietta Temple, también, vívidamente impresa en su memoria como estaba, se alzó ante él; recordó su alegría al ver que la compañera elegida para el corazón de su Ferdinand fuera digna de su destino; pensó en esta bella criatura, quizás en la soledad y la enfermedad, presa de las emociones más mortificantes y miserables, con todos sus sentimientos finos y generosos volviéndose contra ella misma; creyéndose engañada, abandonada, ultrajada, allí donde no había esperado más que fidelidad, cariño y apoyo; perdiendo toda confianza en el mundo y en los caminos del mundo; tan animada recientemente por la expectación y tan aérea de gozo, y ahora sin propósito, sin esperanza, desdichada, quizás con el corazón roto. Las lágrimas corrían por la pálida mejilla de Glastonbury mientras revolvía en su mente estos pensamientos lúgubres; y casi inconscientemente se retorció las manos al sentir su total falta de poder para remediar estas tristes y lastimosas circunstancias. Sin embargo, no estaba absolutamente desesperado. Siempre estaba abierta para el piadoso Glastonbury una fuente perenne de confianza y consuelo. Esta era una fuente que siempre era fresca y dulce, y se refugiaba de los duros caminos y las preocupaciones agotadoras del mundo en su flujo saludable y su sombra refrescante, cuando, arrodillado ante su crucifijo, encomendaba al infeliz Ferdinand y a su familia al cuidado protector de una Omnipotencia misericordiosa.
La mañana trajo nuevas ansiedades. Glastonbury estuvo en la Residencia a una hora temprana y encontró a Ferdinand en un estado febril elevado. No había dormido ni un instante, estaba muy excitado, hablaba de marcharse inmediatamente y divagaba en su discurso. Glastonbury se culpó a sí mismo por haberlo dejado un momento y resolvió no hacerlo más. Se esforzó por calmarlo; le aseguró que si se mantenía tranquilo, todo saldría bien; que consultarían juntos qué era lo mejor que se podía hacer; y que él haría averiguaciones sobre la familia Temple. Mientras tanto, envió al criado por el médico más eminente del condado; pero como debían pasar necesariamente varias horas antes de su llegada, la dificultad de mantener a Ferdinand quieto era muy grande. Hablar, eso sí que quería, y de nada más que de Henrietta. Era realmente angustioso escuchar sus frenéticas súplicas a Glastonbury para que se esforzara en descubrir su paradero; sin embargo, Glastonbury nunca se apartó de su lado; y con promesas, expresiones de confianza y el influjo de una calma fingida —pues, en verdad, el querido Glastonbury estaba apenas menos agitado que su paciente—, se evitó que Ferdinand se levantara, y el médico finalmente llegó.
Después de examinar a Ferdinand, con quien permaneció muy poco tiempo, este caballero invitó a Glastonbury a bajar, y dejaron al paciente al cuidado de un criado.
«Este es un caso grave», dijo el médico.
«¡Que Dios Todopoderoso lo preserve!», exclamó el agitado Glastonbury. «¡Dígame lo peor!».
«¿Dónde están Sir Ratcliffe y Lady Armine?».
«En Bath».
«Deben ser llamados al instante».
«¿Hay alguna esperanza?».
«Hay esperanza; eso es todo. Ahora le extraeré sangre copiosamente y luego le pondré ampollas, pero poco puedo hacer. Debemos confiar en la naturaleza. Temo por el cerebro. No puedo explicar su estado por haberse mojado o por su rápido viaje. ¿Tiene alguna preocupación en mente?».
«Mucha», dijo Glastonbury.
El médico negó con la cabeza.
«¡Es una vida preciosa!», dijo Glastonbury, agarrándole del brazo. «Mi querido doctor, no debe dejarnos».
Regresaron al dormitorio.
«Capitán Armine —dijo el médico, tomándole la mano y sentándose en la cama—, tiene un resfriado fuerte y algo de fiebre; creo que debería perder un poco de sangre».
«¿Puedo salir de Armine hoy si me desangran?», inquirió Ferdinand con avidez. «¡Porque irme debo!».
«Yo no me movería hoy», dijo el médico.
«Debo, realmente debo. El señor Glastonbury le dirá que debo».
«Si parte temprano mañana, cubrirá tanto terreno en veinticuatro horas como si se fuera esta tarde», dijo el médico, fijando la venda en el brazo mientras hablaba y haciendo una señal al señor Glastonbury para que preparara la palangana.
«¿Mañana por la mañana?», dijo Ferdinand.
«Sí, mañana», dijo el médico, abriendo su lanceta.
«¿Está seguro de que podré partir mañana?», dijo Ferdinand.
«Completamente», dijo el médico, abriendo la vena.
La sangre oscura fluyó con pesadez; el médico intercambió una mirada ansiosa con Glastonbury; finalmente, se vendó el brazo, se le dio al paciente una poción calmante con la que el médico había acudido preparado, y el doctor y Glastonbury se retiraron. El primero abandonó Armine por tres horas, y Glastonbury se preparó para su dolorosa tarea de comunicar a los padres el peligro inminente de su único hijo.
Nunca había recaído una tarea más difícil sobre un individuo que la que ahora le correspondía al buen Glastonbury, al dirigir los asuntos de una familia que trabajaba bajo tan notables conceptos erróneos sobre la posición y los puntos de vista de sus diversos miembros. Se le ocurrió inmediatamente que era altamente probable que la señorita Grandison, en tal crisis, eligiera acompañar a los padres de su futuro esposo. ¿Qué incidente, en las presentes circunstancias, podría ser más incómodo y más doloroso? ¿Y sin embargo, cómo evitar que ocurriera? ¡Qué grosero sería comunicar el estado real de tales asuntos en cualquier momento por carta! ¡Qué imposible, en el momento en que preparaba a los padres para la alarmante, quizás fatal enfermedad de su hijo, entrar en tales temas en absoluto, mucho menos cuando la revelación misma, en un momento que requería toda su energía y prontitud, solo ocasionaría en Bath escenas apenas menos distractoras y desastrosas que las que ocurrían en Armine! Era claramente imposible entrar en detalles en ese momento; y sin embargo, Glastonbury, mientras redactaba las tristes líneas y suavizaba la triste comunicación con su simpatía, añadió una posdata algo astuta, en la que insistía a Lady Armine sobre la conveniencia, por varias razones, de que solo fuera acompañada por su marido.
CAPÍTULO X.
En el cual Ferdinand Armine está muy preocupado.
La contingencia que temía Glastonbury, sucedió con seguridad; la señorita Grandison insistió en correr inmediatamente hacia su Ferdinand; y como la tía soltera seguía siendo una inválida y era incapaz de soportar las fatigas de un viaje rápido y ansioso, se quedó atrás. A las pocas horas de recibir la carta de Glastonbury, Sir Ratcliffe y Lady Armine, y su sobrina, estaban en camino. Encontraron cartas de Glastonbury en Londres, que les hicieron viajar a Armine incluso durante la noche.
A pesar de todos sus remedios, la fiebre cerebral que el médico previó había ocurrido; y cuando su familia llegó, la vida de Ferdinand no solo estaba en peligro, sino que era desesperada. Era imposible que incluso los padres pudieran ver a su hijo, y no se permitió a nadie entrar en su habitación excepto a su enfermera, al médico y, ocasionalmente, a Glastonbury; pues este nombre, junto con otros menos familiares para el hogar, sonaba tan a menudo en los labios frenéticos del sufriente, que se recomendó que Glastonbury estuviera a menudo a su cabecera. Sin embargo, debía dejarla para recibir al desgraciado Sir Ratcliffe, a su esposa y a su desconsolada compañera. Nunca hubo tanta infelicidad congregada bajo un mismo techo; y sin embargo, quizás Glastonbury, aunque el único que conservaba el menor dominio sobre sí mismo, era, con su triste secreto, el más desdichado de la tribu.
En cuanto a Lady Armine, se sentó ante la puerta de la habitación de su hijo todo el día y toda la noche, apretando un crucifijo en sus manos y absorta en una oración silenciosa. Sir Ratcliffe permaneció abajo, postrado. La infeliz Katherine ofreció en vano el consuelo que ella misma tanto necesitaba; y habría vagado por aquel Armine del que tanto había oído hablar, y donde iba a haber sido tan feliz, siendo un ser abandonado y solitario, de no haber sido por las atenciones del considerado Glastonbury, que aprovechaba cada oportunidad para ser su compañero. Su paciencia, su resignación celestial, su esperanza piadosa, su cuidado vigilante, su consuelo espiritual, ocasionalmente incluso los destellos de conversación agradable con los que intentaba distraer su mente, la consolaron y la mantuvieron. ¿Cuántas veces miró su rostro benigno y no se extrañó de que los Armine estuvieran tan unidos a este amigo encantador y devoto?
Durante tres días, la infeliz familia esperó con terrible anticipación que cada momento fuera testigo del último evento en la vida de su hijo. Su voz distraída captaba demasiado a menudo el oído vigilante y angustiado de su madre; sin embargo, ella no dio evidencia del dolor, excepto apretando su crucifijo con energía acrecentada. Había prometido al médico que se dominaría, que ningún sonido escaparía de sus labios, y cumplió rígidamente el contrato por el cual se le permitió permanecer.
En la víspera del cuarto día, Ferdinand, que nunca había cerrado los ojos, pero que se había vuelto algo más tranquilo durante las últimas doce horas, cayó en un sueño. El médico soltó suavemente la mano que apenas había abandonado, y, saliendo a hurtadillas de la habitación, hizo señas, con el dedo apretado contra sus labios, a Lady Armine para que lo siguiera. Asegurada por el símbolo de que lo peor aún no había sucedido, siguió al médico hasta el final de la galería, y él entonces le dijo que el peligro inmediato había pasado.
«Y ahora, mi querida señora —le dijo el médico—, debe respirar un poco de aire fresco. Oblígueme bajando».
Lady Armine ya no se negó; se dirigió con paso lento hacia Sir Ratcliffe; se apoyó en el pecho de su marido mientras le susurraba sus esperanzas. Salieron juntos. Katherine y Glastonbury estaban en el jardín. La aparición de Lady Armine les dio esperanzas. Había una leve sonrisa en su rostro que no necesitaba palabras para explicarse. Katherine se lanzó hacia adelante y rodeó con sus brazos el cuello de su tía.
«¡Puede salvarse! ¡puede salvarse!», susurró la madre; pues en esta casa silenciosa de muerte inminente habían perdido casi la capacidad, así como el hábito, de hablar en cualquier otro tono.
«Duerme», dijo el médico; «todo peligro presente ha pasado».
«Es demasiada alegría», murmuró Katherine; y Glastonbury se adelantó y atrapó en sus brazos la forma insensible de la joven.
CAPÍTULO XI.
En el que Ferdinand empieza a ser un poco molesto.
DESDE el momento de este feliz sueño, Ferdinand continuó mejorando. Cada día el parte médico era más favorable, hasta que su progreso, aunque lento, se declaró seguro, y ya no se temió ni siquiera una recaída. Pero su médico no le permitía ver a ninguno de los miembros de su familia. Era por la noche, y durante sus sueños, cuando Lady Armine se colaba en su habitación para contemplar a su amado hijo; y, si él se movía lo más mínimo, fiel a su promesa y a la orden del médico, ella se deslizaba al instante detrás de su cortina, o de un gran biombo indio que había colocado allí a propósito. A menudo, de hecho, permanecía en este afectuoso escondite, silenciosa y temblorosa, incluso cuando su hijo estaba despierto, escuchando cada respiración y envidiando a la enfermera que podía contemplarlo sin ser molestada; ni permitía que ningún alimento que se le prescribiera fuera preparado por otras manos que no fueran las suyas, delicadas y afectuosas; y ella misma lo llevaba hasta su puerta. En cuanto al propio Ferdinand, aunque sus respuestas al médico atestiguaban suficientemente la saludable calma de su mente, por lo demás nunca hablaba, sino que permanecía en su cama sin quejarse, y aparentemente sumido en una leve y pensativa abstracción. Finalmente, una mañana preguntó por Glastonbury, quien, con la autorización del médico, acudió inmediatamente a atenderlo.
Cuando se encontró con la mirada de aquel fiel amigo, intentó extender su mano. Estaba tan pálida que Glastonbury tembló mientras la tocaba.
«Le he causado muchas molestias», dijo con voz débil.
«Solo pienso en la felicidad de su recuperación», dijo Glastonbury.
«Sí, estoy recuperado», murmuró Ferdinand; «no era mi deseo».
«¡Oh! esté agradecido a Dios por esta gran misericordia, mi Ferdinand».
«¿No ha sabido nada?», preguntó Ferdinand.
Glastonbury negó con la cabeza.
«No tema hablar; ya no puedo luchar más. Estoy resignado. Estoy muy cambiado».
«Será feliz, querido Ferdinand», dijo Glastonbury, a quien este estado de ánimo le daba esperanzas.
«Nunca», dijo en un tono más enérgico; «nunca».
«Hay muchos que le quieren», dijo Glastonbury, dirigiendo sus pensamientos hacia su familia.
«¡Amor!», exclamó Ferdinand, con un suspiro y en un tono casi reprochador.
«Su querida madre», dijo Glastonbury.
«¡Sí! mi querida madre», respondió Ferdinand, pensativo. Luego, en un tono más rápido: «¿Sabe ella de mi enfermedad? ¿Les escribió usted?».
«Ella lo sabe».
«Entonces vendrá. Temo su llegada. No puedo soportar ver a nadie. A usted, querido Glastonbury, a usted; es un consuelo verle, porque usted ha visto», y aquí su voz flaqueó, «usted ha visto... a ella».
«Mi Ferdinand, piense solo en su salud; y la felicidad, créame, todavía será suya».
«Si tan solo pudiera averiguar dónde está», continuó Ferdinand, «e ir a ella. ¡Sí! mi querido Glastonbury, buen y querido Glastonbury, vaya a ella», añadió en tono implorante; «ella le creería a usted; todo el mundo le cree a usted. Yo no puedo ir; soy impotente; y si fuera, ¡ay!, ella no me creería».
«Es mi deseo hacer todo lo que usted anhele», dijo Glastonbury, «estaría contento de estar siempre trabajando por su felicidad. Pero no puedo hacer nada a menos que usted esté tranquilo».
«Estoy tranquilo; estaré tranquilo; actuaré totalmente como usted desee; solo le ruego que la vea».
«Sobre ese asunto no digamos nada más por el presente», respondió Glastonbury, quien temía que la excitación pudiera llevar a una recaída; sin embargo, ansioso por calmarlo, añadió: «Confíe siempre en mis humildes servicios y en la generosidad de una misericordiosa Providencia».
«He tenido sueños espantosos», dijo Ferdinand. «Creía que estaba en una granja; todo era tan claro, tan vívido. Noche tras noche me parecía verla sentada en esta cama. La tocaba; su mano estaba en la mía; ¡estaba tan ardiente! ¡Una vez, oh!, una vez, una vez pensé que me había perdonado».
«¡Chist! ¡chist! ¡chist!».
«No más: no hablaremos más de ella. ¿Cuándo viene mi madre?».
«Podrá verla mañana, o al día siguiente».
«Ah! Glastonbury, ella está aquí».
«Lo está».
«¿Está sola?».
«Su padre está con ella».
«Mi madre y mi padre. Está bien». Luego, tras una pausa de un minuto, añadió con cierta seriedad: «No me engañe, Glastonbury; vea a lo que me ha llevado el engaño. ¿Está seguro de que están completamente solos?».
«No hay nadie aquí más que sus amigos más queridos; nadie cuya presencia deba causarle la más mínima preocupación».
«Hay uno», dijo Ferdinand.
«Querido Ferdinand, déjeme ahora marcharme, o sentarme a su lado en silencio. Mañana verá a su madre».
«¡Mañana! Ah! mañana. Una vez para mí, el mañana era aún más brillante que el día de hoy». Se dio la vuelta y no habló más. Glastonbury se deslizó fuera de la habitación.
CAPÍTULO XII.
Que contiene la insinuación de una aventura algo misteriosa.
ERA absolutamente necesario que la entrevista de Lady Armine con su hijo se limitara simplemente a observaciones sobre su salud. Cualquier alusión al pasado no solo podría producir una recaída de su fiebre, sino ocasionar explicaciones, siempre dolorosas, pero en el presente llenas de dificultad y peligro. Fue, por tanto, con sentimientos de no poca ansiedad que Glastonbury preparó a la madre para esta primera visita a su hijo, y le hizo ver la necesidad absoluta de no hacer ninguna alusión por el momento a la señorita Grandison, y especialmente a su presencia en la casa. Incluso hizo de esto una especie de confidente a medias del médico, quien, en verdad, había oído lo suficiente durante la fiebre como para despertar sus sospechas; pero esta es una clase de hombres esencialmente discretos, y es bueno que así sea, pues pocos son los secretos familiares que finalmente se les ocultan.
La entrevista ocurrió sin resultados desagradables. Al día siguiente, Ferdinand vio a su padre durante unos minutos. En poco tiempo, Lady Armine se estableció como enfermera de su hijo; Sir Ratcliffe, tranquilo de espíritu, se entretenía con sus deportes; y Glastonbury se dedicó a la señorita Grandison. La intimidad, de hecho, entre el tutor de Ferdinand y su futura novia se hizo cada día más completa, y Glastonbury era casi su inseparable compañera. Ella lo encontró muy interesante. Él era el guía más agradable entre todos los lugares de Armine y sus alrededores, y la paseaba deliciosamente en el faetón de poni de Lady Armine. Él podía compartir, también, todas sus aficiones, y descubrirle muchas otras nuevas. Aunque el tiempo había robado algo de su fuerza a la voz de Adrian Glastonbury, seguía siendo maravillosamente dulce; sus logros musicales eran completos; y podía guiar el lápiz o preparar el herbario, y escribir bellas estrofas con su fina caligrafía italiana en el álbum de una dama. Todas sus colecciones, también, estaban al servicio de la señorita Grandison. Ella manejaba con creciente curiosidad sus medallas, copiaba sus selectos dibujos e incluso comenzó a estudiar heráldica. Su interesante conversación, sus modales suaves y benévolos, su cautivadora sencillez y la elegante pureza de su mente aseguraron su confianza y ganaron su corazón. Ella lo amaba como a un padre, y él pronto ejerció sobre ella una influencia casi irresistible.
Cada mañana tan pronto como despertaba, cada tarde antes de disponerse de nuevo para el reposo nocturno, Ferdinand enviaba a buscar a Glastonbury, y siempre lo veía a solas. Al principio pidió a su madre que abandonara la habitación, pero Lady Armine, quien atribuía estas visitas regulares a una causa espiritual, apenas necesitaba la expresión de este deseo. Sus primeras preguntas a Glastonbury eran siempre las mismas. «¿Había oído algo? ¿Había cartas? Pensaba que podría haber una carta, ¿estaba seguro? ¿Había enviado a Bath; a Londres, por sus cartas?». Cuando se le respondía negativamente, usualmente no se detenía más en el tema. Una mañana le dijo a Glastonbury: «Sé que Katherine está en la casa».
«La señorita Grandison está aquí», respondió Glastonbury.
«¿Por qué no la mencionan? ¿Se sabe todo?».
«No se sabe nada», dijo Glastonbury.
«¿Por qué no la mencionan, entonces? ¿Está seguro de que no se sabe todo?».
«Por sugerencia mía, su nombre no ha sido mencionado. No sabía cómo podría usted recibir la noticia; pero la verdadera causa de mi sugerencia sigue siendo un secreto».
«Debo verla», dijo Ferdinand, «debo hablar con ella».
«Puede verla cuando quiera», respondió Glastonbury; «pero yo no hablaría sobre el gran asunto en este momento».
«Pero ella está viviendo todo este tiempo bajo una ilusión. Cada día mi conducta hacia ella es más infame».
«La señorita Grandison es una joven sabia y admirable», dijo Glastonbury. «La quiero desde el fondo de mi corazón; no recomendaría ninguna conducta que pudiera dañarla, ciertamente ninguna que pueda deshonrarle a usted».
«Querido Glastonbury, ¿qué haré?».
«Guarde silencio; llegará el momento en que pueda hablar. Por ahora, por muy ansiosa que ella esté por verle, hay razones plausibles para que no se encuentren. Sea paciente, mi Ferdinand».
«Buen Glastonbury, buen y querido Glastonbury, soy demasiado rápido e irritable. Perdóneme, querido amigo. Usted no sabe lo que siento. Gracias a Dios, usted no lo sabe; pero mi corazón está roto».
Cuando Glastonbury regresó a la biblioteca, encontró a Sir Ratcliffe jugando con sus perros, y a la señorita Grandison copiando un dibujo.
«¿Cómo está Ferdinand?», preguntó el padre.
«Mejora a diario», respondió Glastonbury. «Si tan solo el primero de mayo estuviera cerca en lugar de la Navidad, pronto volvería a ser él mismo; pero temo el invierno».
«Y sin embargo el sol brilla», dijo la señorita Grandison.
Glastonbury fue a la ventana y miró al cielo. «Creo, mi querida señora, que casi podríamos aventurarnos hoy en nuestra prometida excursión a la Abadía. Un día como este quizá no se repita pronto. Podríamos llevar nuestro cuaderno de dibujo».
«Sería encantador», dijo la señorita Grandison; «pero antes de irme, debo recoger algunas flores para Ferdinand». Dicho esto, saltó de su asiento y salió al jardín.
«Kate es una criatura dulce», dijo Sir Ratcliffe a Glastonbury. «Ah! mi querido Glastonbury, usted no sabe la felicidad que experimento al pensar que pronto será mi hija».
Glastonbury no pudo evitar suspirar. Tomó el lápiz y retocó el dibujo de ella.
«¿Sabe, querido Glastonbury?», continuó Sir Ratcliffe, «tenía pocas esperanzas en nuestra reciente visita. No puedo decir que me hubiera preparado para lo peor, pero lo anticipé. Hemos tenido tanta infelicidad en nuestra familia, que no podía convencerme de que la copa no iba a ser arrebatada de nuestros labios».
«Dios es misericordioso», dijo Glastonbury.
«Usted es su ministro, querido Glastonbury, y uno digno. No sé qué habríamos hecho sin usted en esta terrible prueba; pero, en verdad, ¿qué podría haber hecho yo a lo largo de la vida sin usted?».
«Esperemos que todo sea para mejor», dijo Glastonbury.
«Y su madre, su pobre madre, ¿qué habría sido de ella? Ella nunca podría haber sobrevivido a su pérdida. En cuanto a mí, habría abandonado Inglaterra para siempre, y me habría ido a un monasterio».
«Recordemos solo que él vive», dijo Glastonbury.
«Y que pronto seremos todos felices», dijo Sir Ratcliffe, en un tono más animado. «El futuro está, de hecho, lleno de consuelo. Pero debemos cuidarlo; él es demasiado rápido en sus movimientos. Tiene la sangre de mi padre en él, eso está claro. Nunca pude entender bien por qué dejó Bath tan repentinamente, y corrió de una manera tan extraña a este lugar».
«La juventud es impetuosa», dijo Glastonbury.
«Tuvimos suerte de que estuviera usted aquí, Glastonbury».
«Doy gracias a Dios por haber estado», dijo Glastonbury, con entusiasmo; luego, refrenándose, añadió: «de que haya sido de alguna utilidad».
«Usted siempre es de utilidad. ¿Qué haríamos sin usted? Hace mucho tiempo que me habría hundido. Ah! Glastonbury, Dios en su misericordia le envió a nosotros».
«Mire aquí», dijo Katherine, entrando, con su mejilla sonrosada de animación, «solo dalias, pero se verán bonitas, y alegrarán su habitación. ¡Oh! ¡que pudiera escribirle unas palabritas, y decirle que estoy aquí! ¿No cree que podría, señor Glastonbury?».
«Él sabrá que usted está aquí hoy», dijo Glastonbury. «Mañana...»
«Ah! siempre lo pospone», dijo la señorita Grandison, en un tono medio juguetón, medio reprochador; «y sin embargo es egoísta murmurar. Es por su bien que soporto esta privación, y ese pensamiento debería consolarme. ¡Ay!».
Sir Ratcliffe se adelantó y besó a su sobrina. Glastonbury estaba ocupado con el dibujo: apartó el rostro.
Sir Ratcliffe tomó su escopeta. «Dios te bendiga, querida Kate», dijo; «un paseo agradable y un boceto selecto. Nos encontraremos en la cena».
«En la cena, querido tío; y mejor caza que ayer».
«¡Ja! ¡ja!», dijo Sir Ratcliffe. «Pero Armine no es como Grandison. Si yo estuviera en los viejos cotos, no tendrías motivo para burlarte de mi destreza deportiva».
Los buenos deseos de la señorita Grandison fueron proféticos: Sir Ratcliffe encontró una excelente caza, y regresó a casa muy tarde, y con un ánimo excelente. Era la hora de la cena, y sin embargo Katherine y Glastonbury no habían regresado. Estaba bastante sorprendido. Las sombras de la tarde descendían rápidamente, y los distantes céspedes de Armine ya eran invisibles; el gemido bajo del viento creciente se podía distinguir apenas; y la noche que se acercaba prometía ser cruda y nublada, quizá tempestuosa. Sir Ratcliffe estaba de pie frente al fuego crepitante en el comedor, por lo demás en la oscuridad, pero la llama arrojaba una luz brillante aunque vacilante sobre los Snyders, de modo que las figuras parecían moverse realmente entre las sombras cambiantes, el ojo del jabalí enfurecido casi emitía chispas de rabia, y solo faltaban los gritos de los cazadores y el jadeo de los perros para completar el tumulto de la persecución.
Justo cuando Sir Ratcliffe estaba anticipando algún percance para sus amigos ausentes, y estaba a punto de ir de puntillas hacia Lady Armine, que estaba con Ferdinand, para consultarla, el oído practicado de un hombre que vivía mucho al aire libre captó el sonido distante de las ruedas, y salió a recibirlos.
«Vaya, son tarde», dijo Sir Ratcliffe, mientras el faetón se acercaba a la casa. «Todo bien, espero».
Se adelantó para ayudar a la señorita Grandison. La oscuridad de la tarde le impidió observar sus ojos hinchados y su semblante agitado. Ella saltó del carruaje en silencio, y corrió inmediatamente a su habitación. En cuanto a Glastonbury, solo observó que hacía mucho frío, y entró en la casa con Sir Ratcliffe.
«Este fuego es cordial», dijo Glastonbury, calentándose frente a él: «espero que hayan tenido una buena caza. No tenemos que esperar la cena para la señorita Grandison, Sir Ratcliffe. No bajará esta tarde; no se encuentra muy bien».
«No muy bien: ah! el frío, me temo. Han sido imprudentes al quedarse tan tarde. Debo correr y decírselo a Lady Armine».
«Oblígueme, le ruego, a no hacerlo», dijo Glastonbury; «la señorita Grandison solicitó muy particularmente no ser molestada».
Fue con cierta dificultad que Glastonbury pudo lograr que se cumplieran los deseos de la señorita Grandison; pero finalmente logró que Sir Ratcliffe se sentara a cenar, y fingiendo una alegría que estaba lejos de su espíritu, la hora de las diez llegó finalmente, y Glastonbury, antes de retirarse a su torre, hizo su visita vespertina a Ferdinand.
CAPÍTULO XIII.
En el que las perplejidades familiares aumentan más que disminuyen.
SI ALGUNA vez hubo un hombre que mereciera una vida serena y feliz, ese era Adrian Glastonbury. Había seguido una larga carrera sin herir u ofender a un ser humano; su carácter y conducta eran igualmente impecables; estaba libre de engaño; nunca había dicho una falsedad, nunca se había enredado en el más mínimo engaño; estaba desahogado en sus circunstancias; no tenía parientes que se aprovecharan de su bolsa o de sus sentimientos; y, aunque solo en el mundo, estaba bendecido con un temperamento tan dulce y benévolo, dotado de tantos recursos, y adornado con tantos logros, que parecía estar siempre ocupado, divertido y contento. Y sin embargo, por una extraña contrariedad de los eventos, parecía que esta excelente persona estaba ahora colocada en una situación que es generalmente la consecuencia de pasiones impetuosas no muy escrupulosas en la obtención de sus fines. Aquel pecho, que hasta entonces se habría encogido de ser analizado solo por la refinada modestia de su naturaleza, se había convertido ahora en el depositario de terribles secretos: el día apenas podía pasar sin encontrarlo en una posición que hacía de la equivocación por su parte casi una necesidad, mientras que todas las ansiedades inseparables de los apuros pecuniarios eran forzadas a su atención, y sus sentimientos eran torturados por la simpatía con individuos que no estaban unidos a él por ningún otro lazo, pero a cuyo bienestar se sentía comprometido a sacrificar todos sus intereses, y dedicar todo su tiempo y labor. Y sin embargo no murmuraba, aunque apenas tenía esperanza que lo animara. Bajo cualquier luz que viera los eventos venideros, parecían ominosos solo de mal. Todo a lo que aspiraba ahora era a calmar y apoyar, y era su inquebrantable confianza en la Providencia lo que solo le prohibía desesperar.
Cuando se dirigió a la Mansión por la mañana, encontró todo en confusión. La señorita Grandison no se encontraba nada bien; y Lady Armine, asustada por el reciente peligro del que habían escapado, estaba muy alarmada. Ya no podía ocultar a Ferdinand que su Katherine estaba allí, y quizá Lady Armine estaba algo sorprendida por la calma con la que su hijo recibió la noticia. Pero la señorita Grandison no solo no se encontraba bien, sino que estaba muy obstinada. No quería salir de su habitación, pero insistía en que no se llamara a ningún consejo médico. Lady Armine protestaba, suplicaba, conjuraba; la señorita Grandison apelaba al señor Glastonbury; y Glastonbury, quien era algo médico, fue llamado, y se vio obligado a asegurar a Lady Armine que la señorita Grandison solo sufría de un resfriado y solo requería reposo. Una cálida amistad subsistía entre Lady Armine y su sobrina. Ella siempre había sido la tía favorita de Katherine, y durante el año pasado había habido razones urgentes por las que Lady Armine debería haber acariciado esta predisposición a su favor. Lady Armine era una persona fascinante, y todos sus poderes se habían empleado para obtener una influencia sobre la heredera. Habían tenido mucho éxito. La señorita Grandison esperaba casi con tanto placer ser la hija de Lady Armine como la novia de su hijo. La futura suegra era a su vez tan afectuosa como su sobrina era encantadora; y eventualmente Lady Armine amó a Katherine por sí misma.
En unos pocos días, sin embargo, la señorita Grandison anunció que estaba completamente recuperada, y Lady Armine dedicó de nuevo su atención ininterrumpida a su hijo, quien ahora estaba a punto de levantarse por primera vez de su cama. Pero aunque la señorita Grandison ya no era una enferma, es bastante cierto que si la atención de los otros miembros de la familia no hubiera estado tan completamente absorbida, un cambio muy grande en su comportamiento no podría haber escapado a su atención. Sus flores y dibujos parecían haber perdido su gusto; su alegría la había abandonado. Pasaba una gran parte de la mañana en su habitación; y aunque se le anunció que Ferdinand estaba al tanto de que ella era una inquilina de la Mansión, y que en un día o dos podrían encontrarse, apenas mostró, ante esta perspectiva de reanudar su compañía, tanta gratificación como podría haberse esperado; y aunque diariamente se ocupaba de que su habitación siguiera provista de flores, podría haberse notado que la nota que ella había estado tan ansiosa por enviarle nunca fue escrita. ¡Pero cuánto, bajo el curso más común de las circunstancias, sucede en todos los círculos domésticos que nunca se observa o nunca se nota hasta que la observación es demasiado tarde!
Llegó finalmente el día en que Lady Armine invitó a su sobrina a visitar a su hijo. La señorita Grandison expresó su disposición a acompañar a su tía, pero aprovechó la oportunidad para pedir a Glastonbury que se uniera a ellas; y los tres se dirigieron a la cámara del convaleciente.
La cortina blanca de la habitación estaba corrida, pero aunque la luz era tenue, el aposento no estaba en absoluto a oscuras. Ferdinand estaba sentado en un sillón, apoyado por almohadones. Un pañuelo negro rodeaba su frente, pues le habían rapado la cabeza, a excepción de unos pocos rizos en los costados y en la parte delantera, que se veían rígidos y sin brillo. Estaba tan delgado y pálido, y sus ojos y mejillas estaban tan demacrados y hundidos, que apenas era creíble que, en tan poco tiempo, un hombre pudiera haberse convertido en tal ruina. Cuando vio a Katherine, bajó los ojos involuntariamente, pero le tendió la mano con cierto esfuerzo de sinceridad. Ella estaba casi tan pálida como él, pero tomó su mano. Estaba tan ligera y fría, se sentía tanto como la muerte, que las lágrimas se deslizaron por sus mejillas.
—Apenas me reconoces, Katherine —dijo Ferdinand con voz débil—. Es muy amable de tu parte visitar a un enfermo.
La señorita Grandison no pudo responder, y Lady Armine hizo un comentario para romper la incómoda pausa.
—¿Y qué te parece Armine? —dijo Ferdinand—. Desearía poder ser tu guía. ¡Pero Glastonbury es tan amable!
Cien veces la señorita Grandison intentó responder, hablar, hacer el comentario más trivial, pero fue en vano. Se ponía más pálida a cada momento; sus labios se movían, pero no emitían sonido alguno.
—Kate no se encuentra bien —dijo Lady Armine—. Ha estado muy indispuesta. Esta visita —añadió en un susurro a Ferdinand— es un poco demasiado para ella.
Ferdinand suspiró.
—Madre —dijo finalmente—, debes pedir a Katherine que venga a sentarse aquí contigo; si es que no siente que es un encierro.
La señorita Grandison se giró en su silla y ocultó el rostro con su pañuelo.
—Mi dulce niña —dijo Lady Armine, levantándose y besándola—, esto es demasiado para ti. Realmente debes contenerte. Ferdinand pronto volverá a ser el de siempre; de verdad que sí.
La señorita Grandison sollozó en voz alta. Glastonbury estaba muy angustiado, pero Ferdinand evitó cruzar su mirada; y, sin embargo, al final, Ferdinand dijo con un esfuerzo y con una voz muy amable: —Querida Kate, ven a sentarte a mi lado.
La señorita Grandison sufrió un ataque de nervios; Ferdinand saltó de su silla y le tomó la mano; Lady Armine intentó contener a su hijo; Glastonbury sostenía a la agitada Katherine.
—Por el amor de Dios, Ferdinand, cálmate —exclamó Lady Armine—. Esto es de lo más desafortunado. Querida, querida Katherine, ¡pero si tiene tal corazón! Todas las mujeres de nuestra familia lo tienen, y ninguno de los hombres, es tan extraño. Sr. Glastonbury, agua, por favor, ese vaso de agua; sales volátiles; ¿dónde están las sales volátiles? ¡Mi querida, querida Katherine, te ruego, te ruego que te contengas! Ferdinand está aquí; recuerda, Ferdinand está aquí, y pronto estará bien; pronto estará completamente bien. Créeme, ya es otra cosa. Ahí, bebe eso, cariño, bebe eso. ¿Estás mejor ahora?
—Soy tan tonta —dijo la señorita Grandison con voz lúgubre—. Nunca podré perdonarme por esto. Déjenme ir.
Glastonbury la llevó fuera de la habitación; Lady Armine se volvió hacia su hijo. Él estaba recostado en su silla, con las manos cubriéndose los ojos. La madre se acercó suavemente a él y le enjugó con ternura la frente, en la que colgaban las ligeras gotas de sudor provocadas por su reciente esfuerzo.
—Hemos hecho demasiado, mi querido Ferdinand. ¿Pero quién podría haber esperado que esa querida muchacha se viera tan afectada? Glastonbury tenía razón al evitar que se vieran durante tanto tiempo. Y, sin embargo, es una bendición ver que tiene un corazón tan afectuoso. Eres afortunado, mi Ferdinand: realmente serás feliz con ella.
Ferdinand gimió.
—Nunca seré feliz —murmuró.
—¡Nunca feliz, mi Ferdinand! ¡Oh! No debes estar tan desanimado. Piensa en cuánto mejor estás; piensa, mi Ferdinand, en el cambio a mejor que hay. Pronto estarás bien, querido, y entonces, mi amor, sabes que no puedes evitar ser feliz.
—Madre —dijo Ferdinand—, estás engañada; todos están engañados: Yo... yo...
—¡No! Ferdinand, en verdad no lo estamos. Estoy segura, y doy gracias a Dios por ello, de que cada día estás mejor. Pero has hecho demasiado, esa es la verdad. Te dejaré ahora, amor, y enviaré a la enfermera, pues mi presencia te altera. Intenta dormir, amor. —Y Lady Armine tocó el timbre y salió de la habitación.
CAPÍTULO XIV.
En el cual se arroja algo de luz sobre algunas circunstancias que antes eran más bien misteriosas.
LADY ARMINE propuso entonces que la familia se reuniera en la habitación de Ferdinand después de cenar; pero Glastonbury, cuya opinión sobre la mayoría de los temas prevalecía generalmente, apenas aprobó esta sugerencia. Por lo tanto, solo se llevó a cabo una vez durante la semana que siguió a la escena descrita en nuestro último capítulo, y esa noche la señorita Grandison tuvo un dolor de cabeza tan severo que le fue imposible unirse al círculo. Sin embargo, al fin Ferdinand apareció abajo y se instaló en la biblioteca; por tanto, se volvió absolutamente necesario que la señorita Grandison templara sus nervios ante el estado alterado de su prometido, lo cual al principio había afectado tanto a su sensibilidad; y, por la influencia unida del hábito y del Sr. Glastonbury, es asombroso el progreso que hizo. Incluso al final pudo controlar sus sentimientos de tal manera que, al parecer, contribuyó enormemente a su entretenimiento. Se unió a los conciertos familiares, e incluso una vez le leyó.
Cada mañana, además, le traía una flor y a menudo le ofrecía el brazo. Y, sin embargo, Ferdinand no pudo evitar observar una gran diferencia en su comportamiento hacia él desde que la dejó por última vez en Bath. Lejos de comportarse, como él había temido nerviosamente, como si su derecho a ser su compañera fuera irresistible, su porte, por el contrario, indicaba la disposición más retraída; no lo molestaba con expresiones de afecto y escuchaba las palabras amables que él ocasionalmente se esforzaba por dedicarle con un sentimiento de grave respeto y apacible silencio, que casi lo llenaba de asombro.
Una mañana, siendo el tiempo despejado y agradable, Ferdinand insistió en que su madre, que hasta entonces apenas se había apartado de su lado, saliera a pasear con Sir Ratcliffe; y, como no aceptaba un no por respuesta, Lady Armine accedió a cumplir. Se pidió el carruaje, que llegó a la puerta; y mientras Lady Armine se despedía de él, Ferdinand se levantó de su asiento y tomó el brazo de la señorita Grandison, quien parecía a punto de retirarse; pues Glastonbury permanecía allí, y por lo tanto Ferdinand no estaba sin compañía.
—Veré cómo se van —dijo Ferdinand.
—¡Adiós! —dijo Lady Armine—. Cuida de él, querida Kate. —Y el faetón pronto estuvo fuera de la vista.
—Se parece más a mayo que a enero —dijo Ferdinand a su prima—. Me parece que me gustaría caminar un poco.
—¿Llamo al Sr. Glastonbury? —dijo Katherine.
—No, si mi brazo no es demasiado pesado para ti —dijo Ferdinand. Así caminaron lentamente, tal vez unos cincuenta pasos, hasta que llegaron a un banco del jardín, muy cerca del rosal cuyas flores tanto admiraba Henrietta Temple. Ahora no tenía flores, pero parecía tan desolado como sus amores infelices.
—Un momento de descanso —dijo Ferdinand, y suspiró—. Querida Kate, deseo hablar contigo.
La señorita Grandison se puso pálida.
—Tengo algo en mi mente, Katherine, de lo que intentaría aliviarme.
La señorita Grandison no respondió, pero tembló. —Tiene que ver contigo, Katherine.
Aun así, ella permaneció en silencio y no expresó asombro ante esta extraña alocución.
—Si fuera ahora otra cosa que un objeto de lástima, un hombre miserable y con el corazón roto —continuó Ferdinand—, podría retraerme de esta comunicación; podría delegar en otro esta tarea, humillante como entonces podría ser para mí, dolorosa como debe ser, bajo cualquier circunstancia, para ti. Pero —y aquí su voz vaciló—, pero estoy mucho más allá del poder de cualquier mortificación ahora. El mundo y sus costumbres ya no me afectan. Hay un deber que cumplir; lo cumpliré. He ofendido a mi dulce y gentil prima; gravemente, amargamente, infamemente ofendido.
—¡No, no, no! —murmuró la señorita Grandison.
—Katherine, soy indigno de ti; te he engañado. No es para tu honor ni para tu felicidad que ocurran estos lazos que nuestros amigos anticipan entre nosotros. Pero, Katherine, estás vengada.
—¡Oh! ¡No quiero venganza! —farfulló la señorita Grandison, con el rostro pálido como el mármol y los ojos cerrados convulsivamente—. Cesa, cesa, Ferdinand; esta conversación es una locura; volverás a enfermar.
—No, Katherine, estoy tranquilo. No temas por mí. Hay mucho que decir; debe decirse, aunque solo sea para que no creas que fui un villano sistemático, o que mis sentimientos estaban comprometidos con otra cuando te susurré aquellos votos.
—¡Oh! ¡Cualquier cosa menos eso; habla de cualquier cosa menos de eso!
Ferdinand tomó su mano.
—Katherine, escúchame. Te honro, mi gentil prima, te admiro, te estimo; podría morir contento si tan solo pudiera verte feliz. Con tus encantos y virtudes pensé que podríamos ser felices. Mis intenciones eran tan sinceras como mi creencia en nuestra futura felicidad. Oh, no, querida Katherine, no podría jugar con un pecho tan puro y gentil.
—¿Te he acusado yo, Ferdinand?
—Pero lo harás cuando sepas todo.
—Ya lo sé todo —dijo la señorita Grandison con voz hueca.
Su mano cayó del débil y tembloroso agarre de su primo.
—Ya lo sabes todo —exclamó él finalmente—. ¿Y puedes, sabiéndolo todo, vivir bajo el mismo techo conmigo? ¿Puedes verme? ¿Puedes escucharme? ¿No es mi voz una tortura para ti? ¿No me odias ni me desprecias?
—No está en mi naturaleza odiar nada; menos aún podría odiarte a ti.
—¿Y podrías, sabiéndolo todo, seguir atendiendo mis necesidades y velar por mis tristes menesteres? Este gentil brazo tuyo; ¿podrías, sabiéndolo todo, dejarme apoyarme en él esta mañana? ¡Oh, Katherine! ¡Que un destino feliz sea el tuyo, pues te lo mereces!
—Ferdinand, he actuado como el deber, la religión y, tal vez, algunas otras consideraciones me dictaron. Mis sentimientos no han sido tan considerados como para que ahora deban ser analizados.
—Repróchame, Katherine, merezco tus reproches.
—Puede que los míos no sean los únicos reproches que has merecido, Ferdinand; pero permíteme señalar que de mí no has recibido ninguno. Te compadezco, te compadezco sinceramente.
—¿Glastonbury te lo ha dicho? —dijo Ferdinand.
—Esa comunicación se encuentra entre los otros buenos servicios que le debemos —respondió la señorita Grandison.
—¿Te lo contó? —dijo Ferdinand inquisitivamente.
—Todo lo que era necesario que yo supiera por tu honor, o, como algunos podrían pensar, por mi propia felicidad; nada más, no quise escuchar nada más. No tenía ninguna curiosidad ociosa que satisfacer. Es suficiente que tu corazón sea de otra; no busco, no deseo saber el nombre de esa persona.
—No puedo mencionarlo —dijo Ferdinand—; pero no hay secretos para ti. Glastonbury puede... debería contarlo todo.
—Entre los desgraciados, ella no es la menos miserable —dijo la señorita Grandison.
—¡Oh, Katherine! —dijo Ferdinand, tras un momento de pausa—, dime que no me odias; dime que me perdonas; ¡dime que me crees más loco que malvado!
—Ferdinand —dijo la señorita Grandison—, creo que ambos somos desafortunados.
—Estoy sin esperanza —dijo Ferdinand—; pero tú, Katherine, tu vida aún debe ser brillante y hermosa.
—Nunca podré ser feliz, Ferdinand, si tú no lo eres. Estoy sola en el mundo. Tu familia son mis únicos parientes; me aferro a ellos. Tu madre es mi madre; la amo con la pasión de una niña. Vi nuestra unión solo como el sello de ese sentimiento doméstico que nos ha unido a todos durante mucho tiempo. Mi felicidad depende ahora enteramente de tu familia; siento que la suya está puesta en ti. Es la convicción de la desolación total que ocurriría si nuestro distanciamiento fuera repentinamente dado a conocer a ellos, y tú, que eres tan impetuoso, decidieras cualquier curso imprudente como consecuencia, lo que me ha inducido a sostener el papel doloroso que ahora mantengo. Esta es la razón por la que no quise reprocharte, Ferdinand, por la que no quise pelear contigo, por la que no quise abandonarlos en esta hora de su aflicción.
—¡Katherine, querida Katherine! —exclamó el distraído Ferdinand—, ¿por qué nos separamos alguna vez?
—¡No! Ferdinand, no nos engañemos. Para mí, esa separación, aunque fructífera en el momento presente en mortificación e infelicidad, no debe considerarse del todo un acontecimiento de infortunio absoluto. En mi opinión, Ferdinand, es mejor ser despreciada por un momento que ser ignorada de por vida.
—¡Despreciada! Katherine, por amor de Dios, ten piedad; por amor de Dios, ¡no utilices ese lenguaje! ¡Despreciada! Katherine, en este momento declaro solemnemente que todo lo que siento es lo absoluta e infamemente indigno que soy de ti. Queridísima Katherine, no podemos recordar el pasado, no podemos enmendarlo; pero permíteme asegurarte que en esta misma hora no hay ser en la tierra a quien estime más, a quien reverencie más que a ti.
—Está bien, Ferdinand. No quisiera creer voluntariamente que tus sentimientos hacia mí fueran otros que amables y generosos. Pero entendámonos. Permaneceré por el momento bajo este techo. No malinterpretes mis intenciones. No busco recuperar tus afectos. El pasado me ha demostrado que somos completamente incompatibles el uno para el otro. No poseo esas cualidades deslumbrantes que podrían encadenar un cerebro fogoso como el tuyo. Me conozco a mí misma; te conozco a ti; y no hay nada que me llenaría de más terror ahora que nuestra anticipada unión. Y ahora, después de esta conversación franca, que nuestro futuro trato sea cordial y sin trabas; recordemos que somos parientes. Los sentimientos entre nosotros deberían ser amables por naturaleza: ningún incidente ha ocurrido para perturbarlos, pues no te he herido ni ofendido; y en cuanto a tu conducta hacia mí, desde el fondo de mi corazón te perdono y lo olvido.
—Katherine —dijo Ferdinand, con los ojos llorosos—, ¡la más amable, la más generosa de las mujeres! Mi corazón está demasiado conmovido, mi espíritu demasiado roto, para expresar lo que siento. Somos parientes; seamos más. Dices que mi madre es tu madre. Permíteme hacer valer el privilegio de esa admisión. Permíteme ser un hermano para ti; me encontrarás, si vivo, un hermano fiel.
CAPÍTULO XV.
Que deja los asuntos en general en una posición apenas más satisfactoria que la anterior.
FERDINAND se sintió mucho más tranquilo en su mente después de esta conversación con su prima. Su afectuosa atención hacia él ahora, en lugar de llenarlo como antes de remordimientos, era realmente una fuente de consuelo, si no es una frase demasiado fuerte para describir el estado de alguien tan profundamente desdichado como el Capitán Armine; pues su terrible enfermedad y la inminente muerte no habían disminuido ni afectado en el más mínimo grado su profunda pasión por Henrietta Temple. Su imagen ocupaba incesantemente sus pensamientos; todavía se aferraba a la idea descabellada de que ella aún podría ser suya. Pero su salud mejoraba tan lentamente que había pocas esperanzas de que tomara medidas rápidamente para inducir tal resultado. Todas sus indagaciones sobre ella —y Glastonbury, por sugerencia suya, no había estado ocioso— resultaron totalmente infructuosas. No le cabía duda de que ella había abandonado Inglaterra. ¿Qué podría no haber sucedido, lejos de él, y creyéndose traicionada y abandonada? A menudo, cuando meditaba sobre estas terribles contingencias, lamentaba su recuperación.
Sin embargo, su familia, gracias a la conducta considerada de su admirable prima, seguía contenta y feliz. Su lenta convalecencia era ahora su única fuente de ansiedad. Lamentaban la época desfavorable del año; esperaban con ilusión la influencia benigna de la primavera que se acercaba. Eso debía curar todas sus preocupaciones; y, sin embargo, bien podrían sospechar, al observar su semblante siempre pensativo y a menudo sufriente, que existían causas más profundas que la debilidad física y el dolor corporal para justificar esa expresión malhumorada y abatida. ¡Ay, cuán cambiado estaba aquel Ferdinand Armine, tan lleno de esperanza, y coraje, y juventud, y belleza, que había irrumpido en su visión extasiada a su regreso de Malta! ¿Dónde estaba ahora aquella alegría que hacía brillar todos los ojos, aquel espíritu vivaz que encendía la energía en todos los pechos? Qué miserable era verlo arrastrarse con un bastón lamentable, con su rostro delgado y pálido, y sus miembros vacilantes, sin más ocupación que arrastrarse por el parque, donde, cuando el día era hermoso, su criado colocaba una silla de campaña frente al cedro donde había visto por primera vez a Henrietta Temple; y allí se sentaba, hasta que la brisa poco amable del invierno lo hacía estremecer, mirando al vacío; aunque poblado ante el ojo de su mente con apariciones hermosas y temibles.
¡Y es el amor, es la más deleitable de las pasiones humanas, lo que puede provocar tal miseria! ¿Por qué nunca su curso verdadero transcurre sin problemas? ¿Existe un hechizo sobre nuestro corazón para que sus emociones más nobles conduzcan solo a la desesperación? Cuando Ferdinand Armine, en sus ensueños, rememoraba el pasado; cuando recordaba la hora en que la había visto por primera vez, su primera mirada, el primer sonido de su voz, su visita a Ducie, todas las escenas apasionadas a las que condujo, aquellos dulces vagabundeos a través de sus embrujados senderos, aquellas mañanas brillantes, tan llenas de expectativas que nunca fueron frustradas, aquellos ojos suaves, tan llenos de una ternura que nunca podría cesar; cuando, desde las escenas brillantes, resplandecientes y gentiles que su memoria conjuraba, y todo el transporte y el estremecimiento que los rodeaba como una atmósfera de amor, volvía a su ser destrozado y con el corazón roto, al cielo rígido de arriba, y a lo que parecía a su espíritu, quizás imprudente e ingrato, la simpatía mecánica y el afecto común de sus compañeros, era como si hubiera despertado de algún sueño demasiado vívido y glorioso, o como si hubiera caído desde algún planeta más brillante y favorecido sobre nuestra fría y sosa tierra.
Y, sin embargo, parecería que el techo de Armine Place protegía a una familia que podría ceder ante pocos en la belleza y las cualidades atractivas de sus integrantes, sus felices logros, sus corazones amables y cordiales. Y todos estaban dedicados a él. Era en él solo donde el espíritu noble de su padre seguía habitando con orgullo y alegría: era para calmarlo y gratificarlo que su encantadora madre ejercía todo su cuidado elegante y todos sus dones atractivos. Era por él, y por su causa, que el corazón generoso de su prima se había sometido a la mortificación sin un murmullo, o había dado rienda suelta a su infelicidad solo en la soledad; y era por él que Glastonbury ejercía una devoción que por sí sola podría inducir a un hombre a pensar con complacencia tanto de su especie como de sí mismo. ¡Pero el corazón, el corazón, el corazón celoso y despótico! Rechaza todos los sustitutos, desprecia todo compromiso, y obtendrá su propósito o se romperá.
LIBRO V.
CAPÍTULO I.
Que contiene la aparición en nuestro escenario de un nuevo e importante personaje.
EL Marqués de Montfort era el nieto de aquel noble que había sido el primer patrón de Glastonbury. El viejo duque había muerto hacía algunos años; su hijo le había sucedido en el título, y Digby, aquel joven que el lector recordará que tenía aproximadamente la misma edad que Ferdinand Armine, y que fue su compañero durante la feliz semana en Londres que precedió a su primera visita militar al Mediterráneo, ostentaba ahora el segundo título de la familia.
El joven marqués era un excelente espécimen de una clase inferior en talentos, inteligencia y logros, en espíritu público y en virtudes privadas, a ninguna otra en el mundo: la nobleza inglesa. Su completa educación había sido cuidadosamente conducida; y aunque su credo religioso, pues se recordará que era católico, le había privado de la ventaja de matricularse en una universidad inglesa, el celo de un tutor capaz y culto, y los recursos de una Alma Mater alemana, habían brindado toda oportunidad para el desarrollo de sus considerables talentos. La naturaleza le había prodigado otros dones además de su distinguida inteligencia y su temperamento afable: su belleza personal era notable, y su gracia natural no era menos evidente que sus muchos logros adquiridos.
Al dejar la Universidad de Bonn, Lord Montfort había pasado varios años en el continente europeo, y había visitado y residido en la mayoría de sus cortes y capitales, siendo un huésped admirado y querido; pues, al estar inhabilitado en la época de nuestra historia para ocupar el escaño de sus antepasados en el senado, su país natal no ofrecía reclamos muy urgentes sobre su presencia. Finalmente, se había establecido en Roma como su residencia principal, pues estaba consagrado a las artes, y en su palacio estaban reunidas algunas de las muestras más raras de la invención antigua y moderna.
En Pisa, Lord Montfort había hecho el conocimiento del Sr. Temple, quien residía en esa ciudad para el beneficio de la salud de su hija, de quien sus médicos temían que estuviera en decadencia. Digo el conocimiento del Sr. Temple; pues Lord Montfort solo tenía noticia de la existencia de su hija por la mención ocasional de su nombre, ya que la Srta. Temple nunca era vista. Los modales agradables, la variada información y la mente cultivada del Sr. Temple habían atraído y ganado la atención del joven noble, quien por lo general se apartaba de los ingleses viajeros y toda su arrogante ignorancia. El Sr. Temple, a su vez, estaba igualmente complacido con un compañero igualmente refinado, amable e ilustrado; y su conocimiento habría madurado hasta convertirse en intimidad, de no haber sido porque la enfermedad de Henrietta y su repugnancia a ver a una tercera persona, junto con la renuencia de su padre a que ella estuviera sola, ofrecieron en cierta medida un obstáculo para su cultivo.
Sin embargo, Henrietta se alegraba de que su padre hubiera encontrado un amigo y estuviera entretenido, y le insistía en que no pensara en ella, sino que aceptara las invitaciones de Lord Montfort a su villa. Pero el Sr. Temple las declinaba invariablemente.
—Siempre me siento inquieto cuando estoy lejos de ti, querida —decía el Sr. Temple—; desearía que salieras un poco. Créeme, no es por mí mismo que hago la sugerencia, pero estoy seguro de que obtendrías beneficio del esfuerzo. Desearía que vinieras conmigo a ver la villa de Lord Montfort. No habría nadie allí más que él. No te molestaría en lo más mínimo, es tan tranquilo; y él y yo podríamos pasear, mirar los bustos y conversar. Apenas notarías que está presente, es una persona muy tranquila.
Henrietta negaba con la cabeza; y el Sr. Temple no podía insistir en la petición.
El destino, sin embargo, había decidido que Lord Montfort y Henrietta Temple debían conocerse. Ella había expresado más de una vez el deseo de ver el Campo Santo; era casi el único deseo que había expresado desde que dejó Inglaterra. Su padre, complacido al encontrar que algo podía interesarle, tenía el hábito de recordarle este deseo y sugerirle que lo satisficiera. Pero siempre había una excusa para la postergación. Cuando llegaba la hora del esfuerzo, ella decía, con una leve sonrisa: «Hoy no, querido papá»; y luego, acomodándose el chal, como si incluso en este clima suave tuviera escalofríos, se acomodaba en aquel sofá del que ahora casi nunca se levantaba.
¡Y esta era Henrietta Temple! ¡Ese ser alegre y glorioso, tan lleno de gracia poderosa y hermosa energía, que parecía nacida para un trono y para comandar a una nación de súbditos adoradores! ¿Qué son esas revoluciones políticas, cuyas extrañas y poderosas vicisitudes estamos siempre dilatando, comparadas con las mutaciones morales que ocurren diariamente ante nuestros propios ojos; desarraigando los corazones de las familias, haciendo añicos los círculos domésticos, esparciendo a los vientos los planes y perspectivas de una generación, y marchitando como con moho la cosecha madura de un afecto largamente atesorado!
—Es aquí donde quisiera ser enterrada —dijo Henrietta Temple.
Estaban de pie, el padre y la hija, en el Campo Santo. Ella había estado más alegre esa mañana; su padre había aprovechado un momento feliz, y ella había salido a visitar a los muertos.
Ese vasto y enclaustrado cementerio estaba en silencio e imperturbado; no había un ser humano allí, salvo ellos mismos y el guardián. El sol brillaba intensamente sobre los austeros y antiguos frescos, y Henrietta estaba frente a aquel hermoso sarcófago, que parecía preparado y adecuado para recibir sus destinadas cenizas.
—Es aquí donde quisiera ser enterrada —dijo ella.
Su padre, casi inconscientemente, giró la cabeza para contemplar el semblante de su hija, para ver si había realmente razón para que ella hablara de la muerte. Aquel semblante había cambiado desde el momento en que intentamos por primera vez describirlo débilmente. Aquel ojo centelleante había perdido algo de su brillo, aquella forma soberbia algo de su redondez y su porte de ciervo; la gloria carmesí de aquella mejilla encendida se había desvanecido como el atardecer que se apaga; y, sin embargo, cabría pensar, podría ser el sufrimiento, quizás, la anticipación de la muerte cercana, y por así decirlo, el contacto imaginario con una existencia más serena, pero ciertamente había una expresión más espiritual difundida sobre toda la apariencia de Henrietta Temple, y que para muchos podría ser preferida incluso a aquella belleza más vivaz y radiante que, en sus horas más felices, la hacía la verdadera reina de las flores y el sol.
—Es extraño, querido papá —continuó ella—, que mi primera visita deba ser a un cementerio.
En ese momento, su atención fue atraída por el sonido de las lejanas puertas del cementerio al abrirse, y varias personas entraron pronto. Este grupo consistía en algunas de las autoridades de la ciudad y algunos porteadores, que llevaban sobre una losa de mármol verde antiguo un magnífico jarrón cinerario, que estaba a punto de ser colocado en el Campo. En respuesta a sus preguntas, el Sr. Temple se enteró de que el jarrón había sido excavado recientemente en Catania, y que había sido comprado y donado al Campo por el Marqués de Montfort. Henrietta habría apresurado a su padre a marcharse, pero con toda su prisa no habían llegado a las puertas antes de que apareciera Lord Montfort.
El Sr. Temple encontró imposible, aunque Henrietta presionó su brazo en señal de desaprobación, no presentar a Lord Montfort a su hija. Luego admiró la urna de su señoría, y entonces su señoría solicitó que pudiera tener el placer de mostrársela ellos mismos. Dieron la vuelta; Lord Montfort les explicó su rareza y les señaló su belleza. Su voz era suave y baja, su manera sencilla pero bastante reservada. Mientras dedicaba a Henrietta la deferencia que su sexo exigía, se dirigió principalmente a su padre. Ella no estuvo ni la mitad de molesta de lo que había imaginado; estuvo de acuerdo con su padre en que era un hombre muy tranquilo; incluso se sintió un poco interesada por su conversación, que era refinada y elegante; y le complació que él no pareciera requerir que ella desempeñara ningún papel en el discurso, sino que pareciera bastante contento con ser el amigo de su padre. Lord Montfort parecía estar apegado a su padre y apreciarlo. Y esta era siempre una recomendación para Henrietta Temple.
La urna cineraria dio lugar a una pequeña controversia entre el Sr. Temple y su amigo; y Lord Montfort deseó que el Sr. Temple lo visitara algún día en su casa en el Lung’ Arno, y él le mostraría algunas muestras que pensaba que podrían influir en su opinión. —Apenas me atrevo a pedirle que venga ahora —dijo su señoría, mirando a la Srta. Temple—; y sin embargo, a la Srta. Temple podría gustarle descansar.
Era evidente para Henrietta que a su padre le gustaría ir, y sin embargo estaba a punto de negarse por ella. No podía soportar que se le privara de tanto y tan refinado entretenimiento, y que estuviera condenado a una mañana poco interesante en casa, simplemente por gratificar su humor. Intentó hablar, pero al principio no pudo controlar su voz; al fin, expresó su deseo de que el Sr. Temple aprovechara la invitación. Lord Montfort se inclinó profundamente, el Sr. Temple pareció complacido, y todos se dieron la vuelta juntos y abandonaron el cementerio.
Mientras caminaban hacia la casa, la conversación no decayó. Lord Montfort expresó su admiración por Pisa. —El silencio y el arte son dos grandes encantos —dijo su señoría.
Al fin llegaron a su palacio. Un venerable italiano los recibió. Pasaron a través de un vasto salón, en el que había estatuas, ascendieron por una magnífica escalera doble y entraron en una serie de salones. Uno de ellos estaba amueblado con más atención a la comodidad de lo que a un italiano le importa, y en este se encontraba el gabinete de urnas y jarrones que su señoría había mencionado.
—Esto es poco más que un barracón —dijo Lord Montfort—; pero puedo encontrar un sofá para la Srta. Temple. —Dicho esto, arregló con gran cuidado los cojines del diván y, cuando ella se sentó, colocó un escabel cerca de ella—. Desearía que me permitiera algún día darle la bienvenida en Roma —dijo el joven marqués—. Es allí donde realmente resido.
Lord Montfort y el Sr. Temple examinaron el contenido del gabinete. Había un jarrón que el Sr. Temple admiró mucho por la elegancia de su forma. Su anfitrión lo trajo inmediatamente y lo colocó sobre un pequeño pedestal cerca de la Srta. Temple. Sin embargo, apenas se dirigió a ella, y Henrietta no experimentó ninguna de esas molestas atenciones de las que, en el estado actual de su salud y mente, se retraía. Mientras el Sr. Temple estaba interesado en su búsqueda, Lord Montfort fue a un pequeño gabinete opuesto y trajo un curioso cofre de gemas antiguas. —Quizás —dijo, colocándolo junto a la Srta. Temple—, el contenido de este cofre podría divertirla; —y se alejó hacia su padre.
En el transcurso de una hora, un sirviente trajo algunas frutas y vino.
—Las uvas son de mi villa —dijo Lord Montfort—. Me aventuré a pedirlas, porque he oído que sus efectos saludables han sido maravillosos. Además, en esta temporada, incluso en Italia son raras. Al menos, no puede acusarme de prescribir un remedio desagradable —añadió con una leve sonrisa, mientras entregaba un plato a la Srta. Temple. Ella se movió para recibirlos. Sus cojines se deslizaron de detrás de ella; Lord Montfort los arregló inmediatamente con habilidad y cuidado. Él era tan amable que ella realmente deseó agradecérselo; pero antes de que pudiera pronunciar una palabra, él estaba de nuevo conversando con su padre.
Al fin, el Sr. Temple indicó su intención de retirarse y habló con su hija.
—Este ha sido un gran esfuerzo para ti, Henrietta —dijo—; este ha sido un día realmente ajetreado.
—No estoy cansada; y nos hemos divertido mucho. —Fue el tono más firme en el que había hablado en mucho tiempo. Había algo en su manera que recordó al Sr. Temple su desvanecida animación. El afectuoso padre pareció feliz por un momento. La dulce música de estas simples palabras quedó en su oído.
Se adelantó y ayudó a Henrietta a levantarse. Ella cerró el cofre con cuidado y se lo entregó personalmente a su atento anfitrión. El Sr. Temple se despidió de él; Henrietta se inclinó y casi extendió su mano. Lord Montfort los acompañó hasta la puerta; un carruaje estaba esperando allí.
—¡Ah! hemos mantenido a su señoría en casa —dijo el Sr. Temple.
—Me tomé la libertad de pedir el carruaje para la Srta. Temple —respondió él—. Me siento un poco responsable por su amable esfuerzo de hoy.
CAPÍTULO II.
*En el cual Lord Montfort logra que la Srta. Temple se quede sola*.
—¿Y qué te parece mi amigo, Henrietta? —dijo el Sr. Temple, mientras se dirigían a casa.
—Tu amigo me gusta mucho, papá. Es tan tranquilo como dijiste; es casi la única persona que he visto desde que dejé Inglaterra que no ha irritado mis nervios. Me sentí muy apenada por haber impedido durante tanto tiempo que ambos cultivaran el conocimiento mutuo. Él no interfiere conmigo en lo más mínimo.
—Desearía haberle pedido que nos visitara por la noche —dijo el Sr. Temple, más bien indagando.
—Hoy no —dijo Henrietta—. Otro día, querido papá.
Al día siguiente, Lord Montfort envió una nota al Sr. Temple para preguntar por su hija e insistirle en la importancia de que ella comiera sus uvas. Su sirviente dejó una cesta. El resto de la nota trataba sobre las urnas cinerarias. El Sr. Temple, mientras le agradecía, le aseguró el placer que tanto a su hija como a él les daría verlo por la noche.
Esta fue la primera invitación a su casa que el Sr. Temple se había atrevido a hacerle, aunque ya se conocían desde hacía algún tiempo.
Por la noche, apareció Lord Montfort. Henrietta estaba acostada en su sofá y su padre no la dejó levantarse. Lord Montfort había traído al Sr. Temple algunos diarios ingleses que había recibido de Livorno. Los caballeros hablaron un poco sobre política exterior y discutieron el carácter de varios de los ministros extranjeros más célebres. Lord Montfort dio cuenta de su visita al Príncipe Esterhazy. Henrietta estaba entretenida. La política y la sociedad alemanas llevaron a la literatura alemana. Lord Montfort, sobre este tema, parecía estar completamente informado. Henrietta no pudo evitar unirse a una conversación para la cual estaba plenamente calificada. Dio la casualidad de que lamentó su falta de libros. Lord Montfort tenía una biblioteca; pero estaba en Roma: no importaba; parecía que no le importaba nada enviar a Roma. Tomó nota muy tranquilamente de algunos libros que Henrietta expresó el deseo de ver, y pidió que el Sr. Temple enviara el memorándum a su sirviente.
—Pero seguramente mañana servirá —dijo el Sr. Temple—. Roma está demasiado lejos para enviar esta noche.
—Esa es una razón adicional para la partida inmediata —dijo su señoría con calma.
El Sr. Temple llamó a un sirviente.
—Envía esta nota a mi casa —dijo su señoría—. Mi correo nos traerá los libros en cuatro días —añadió, volviéndose hacia la Srta. Temple—. Siento que tenga que esperar, pero en Pisa realmente no tengo nada.
Desde este día, Lord Montfort pasó todas las noches en casa del Sr. Temple. Su llegada nunca molestaba a la Srta. Temple; ella permanecía en el sofá. Si ella le hablaba, él siempre estaba listo para conversar con ella, pero nunca se entrometía en su sociedad. Parecía perfectamente contento con la compañía de su padre. Sin embargo, con toda esta calma y reserva, no había aire de indiferencia afectada, ni una negligencia intolerable; siempre estaba atento, siempre considerado, a menudo amable. Por muy ocupado que estuviera con su padre, parecía que su vigilancia se adelantaba a todos sus deseos. Si ella se movía, él estaba a su lado; si necesitaba algo, parecería que leía sus pensamientos, pues siempre se le ofrecía. Ella encontraba su sofá arreglado como por arte de magia. Y si un chal faltaba por un momento, Lord Montfort siempre sabía dónde había sido colocado. Mientras tanto, cada mañana traía algo para la diversión del Sr. Temple y su hija; libros, láminas, dibujos, periódicos, diarios de todos los países y caricaturas de París y Londres se mezclaban con grabados del Campo Santo favorito de Henrietta.
Una noche, el Sr. Temple y su invitado hablaban de un célebre profesor de la Universidad. Lord Montfort describió sus extraordinarios conocimientos y descubrimientos, y su rara sencillez. Era uno de esos genios excéntricos que a veces se encuentran en ciudades decadentes con antiguas instituciones de aprendizaje. Henrietta estaba interesada en su descripción. Casi sin pensar, expresó el deseo de verlo.
—Vendrá mañana —dijo Lord Montfort—, si usted gusta. Créame —añadió, en un tono de gran amabilidad—, que si pudiera convencerse de cultivar un poco la sociedad italiana, la recompensaría.
El profesor fue traído. La Srta. Temple estuvo muy entretenida. En pocos días volvió a venir y presentó a un amigo apenas menos distinguido. La sociedad era tan fácil que incluso Henrietta no lo encontró una carga. Ella permanecía en su sofá; los caballeros bebían su café y conversaban. Una mañana, Lord Montfort la había convencido de visitar el estudio de un célebre escultor. El artista estaba lleno de entusiasmo por su búsqueda y les mostró con orgullo su gran obra, una Diana que podría haber hecho envidiar a Endimión. El escultor declaró que era la semejanza perfecta de la Srta. Temple y apeló a su padre. El Sr. Temple no pudo negar el sorprendente parecido. La Srta. Temple sonrió; parecía casi ella misma de nuevo; incluso el reservado Lord Montfort estaba en éxtasis.
—¡Oh! es muy parecido —dijo su señoría—. ¡Sí! ahora es exactamente igual. La Srta. Temple no sonríe a menudo; pero ahora uno creería que ella realmente era el modelo.
Se estaban despidiendo del escultor.
—¿Le gusta? —susurró Lord Montfort a la Srta. Temple.
—Extremadamente; está lleno de ideas.
—¿Le pido que venga a verla esta noche?
—¡Sí, hazlo!
Y así resultó que, con el tiempo, Henrietta se encontró en el centro de un pequeño círculo de hombres eminentes y consumados. Su salud mejoró a medida que meditaba menos sobre sus penas. Le gratificaba ser testigo del placer de su padre. Ya no estaba siempre en su sofá. Lord Montfort le había enviado una silla inglesa, que le resultaba encantadora.
Incluso comenzaron a hacer paseos con él por el campo una hora o más antes del atardecer. El campo alrededor de Pisa es rico y pintoresco; y su compañero siempre se las arreglaba para que hubiera un objetivo en sus breves excursiones. Además, hablaba el dialecto de la región; y realizaron, bajo sus auspicios, una visita a un granjero toscano. Todo esto era agradable; incluso Henrietta estaba convencida de que era mejor que quedarse en casa. La variedad de objetos agradables desviaba su mente a pesar de sí misma. Todavía le quedaban algunos deberes por cumplir en este mundo. Estaba su padre: su padre que había estado tan dedicado a ella, que nunca le había dirigido un solo reproche por todas sus faltas y locuras, y que, en su hora de tribulación, se había aferrado a ella con tanta fidelidad. ¿No era alguna fuente de satisfacción verlo de nuevo comparativamente feliz? ¡Qué egoísta por su parte estropear este elegante e inocente disfrute! Se esforzó por contribuir a la diversión de su padre y su amable amigo, así como para compartirla. El color volvió un poco a su mejilla; a veces estallaba por un momento en algo parecido a su antigua alegría; y aunque estas ebulliciones eran a menudo seguidas por una melancolía y un mal humor, contra los cuales encontraba inútil luchar, aun así, en conjunto, el cambio a mejor era decidido, y el Sr. Temple todavía esperaba que con el tiempo su vista pudiera ser bendecida de nuevo y su vida ilustrada por su propia brillante Henrietta.
CAPÍTULO III.
*En el cual el Sr. Temple y su hija, con su nuevo amigo, hacen una excursión inesperada*.
Una deliciosa mañana, notable incluso en el sur, Lord Montfort los llamó en su carruaje y propuso una pequeña excursión. El Sr. Temple miró a su hija y se sintió encantado de que Henrietta accediera. Ella se levantó de su asiento, de hecho, con una animación inusual, y los tres amigos pronto abandonaron la ciudad y entraron en sus agradables alrededores.
—Fue sabio pasar el invierno en Italia —dijo Lord Montfort—, pero para ver la Toscana en su perfección, elegiría el otoño. No conozco nada más pintoresco que los carros cargados de uvas, arrastrados por bueyes blancos como la leche.
Conducían alegremente a lo largo del pie de colinas verdes, coronadas de vez en cuando por un convento o un hermoso pino piñonero. El paisaje atrajo la admiración de la Srta. Temple. Una villa palladiana se elevaba desde el seno de una suave elevación, coronada por estos pintorescos árboles. Una amplia terraza de mármol se extendía frente a la villa, en la que estaban dispuestos naranjos. A ambos lados se extendía un olivar. El cielo estaba sin una nube y profundamente azul; brillantes rayos de sol iluminaban el edificio. El camino se había serpenteado tan curiosamente en esta última rama de los Apeninos, que el grupo se encontró en un circo de colinas, cubiertas de castaños españoles y olivos, desde donde aparentemente no había salida. Una suave brisa, que era evidente que había pasado sobre las flores silvestres de las montañas, refrescó y encantó sus sentidos.
—¿Podrían creer que estábamos a solo dos horas de viaje de una ciudad? —dijo Lord Montfort.
—De hecho —dijo Henrietta—, si hay paz en este mundo, uno pensaría que el habitante de esa hermosa villa la disfruta.
—Tiene poco que lo perturbe —dijo Lord Montfort—: gracias a su destino y su temperamento.
—Creo que nosotros mismos creamos nuestras miserias —dijo Henrietta, con un suspiro—. Después de todo, la naturaleza siempre nos ofrece consuelo. Pero, ¿quién vive aquí?
—A veces me escabullo a este lugar —respondió su señoría.
—¡Oh! ¿Esta, entonces, es su villa? ¡Ah! ¡nos ha sorprendido!
—Solo pretendía divertirla.
—Es usted muy amable, Lord Montfort —dijo el Sr. Temple—; y le debemos mucho.
Se detuvieron, ascendieron la terraza y entraron en la villa. Solo unas pocas habitaciones estaban amuebladas, pero su aspecto indicaba el gusto y las ocupaciones de su morador. Bustos y libros se hallaban dispersos por doquier; una mesa estaba cubierta con los instrumentos del arte; y la estancia principal se abría a un jardín inglés.
—Este es uno de mis gustos nativos —dijo Lord Montfort— que, creo, nunca me abandonará.
El recuerdo de Henrietta se trasladó a las flores de Ducie y de Armine. En medio de toda la dulzura y la luz del sol, ella parecía triste. Se alejó de sus acompañantes; se sentó en la terraza; sus ojos se anegaron en lágrimas. Lord Montfort tomó el brazo del Sr. Temple y lo condujo hacia el busto de Germánico.
—Permítame mostrárselo a Henrietta —dijo el Sr. Temple—; debo ir a buscarla.
Lord Montfort posó su mano suavemente sobre su compañero. La emoción de Henrietta no había escapado a su rápida mirada.
—La señorita Temple ha hecho un gran esfuerzo —dijo—. No me crea pedante, pero soy algo médico. Hace mucho que percibí que, aunque la señorita Temple debe distraerse, a veces debe quedarse sola.
El Sr. Temple miró a su compañero, pero el semblante de Lord Montfort era inescrutable. Su señoría le ofreció una medalla y luego abrió un portafolio de Marc Antonios.
—Son muy raros —dijo Lord Montfort—; los traigo al campo conmigo, pues, en verdad, en Roma no hay tiempo para estudiarlos. A propósito, tengo un plan —continuó su señoría, en un tono algo vacilante—; desearía poder convencerlos a usted y a la señorita Temple de que me visiten en Roma.
El Sr. Temple se encogió de hombros y suspiró.
—Me siento confiado de que una residencia en Roma beneficiaría a la señorita Temple —dijo su señoría, con una voz un poco menos calmada de lo habitual—. Hay mucho que ver, y me ocuparía de que lo viera de una manera que no la agotara. Además, es el clima más delicioso en esta época. El sol brilla aquí hoy, pero el aire de estas colinas en esta estación es a veces traicionero. Una vida tranquila, con una variedad de objetos, es lo que ella requiere. Pisa es tranquila, pero para ella es demasiado aburrida. Créame, hay algo en el refinamiento y el interés mezclados de Roma que ella encontraría sumamente beneficioso. No vería a nadie más que a nosotros; la sociedad estará a su disposición si ella lo desea.
—Mi querido lord —dijo el Sr. Temple—, le agradezco desde el fondo de mi corazón toda su considerada simpatía; pero no puedo halagarme pensando que Henrietta podría aprovechar su oferta verdaderamente amistosa. Mi hija es una gran inválida. Ella...
Pero aquí la señorita Temple se reunió con ellos.
—Tenemos aquí un vestigio de un delicado templo —dijo Lord Montfort, dirigiendo su mirada a otra ventana—. Lo ve ahora en condiciones favorables; las columnas brillan bajo el sol. Allí, quizás, fue adorada alguna ninfa de los bosques, o algún dios de los ríos.
La primera ruina clásica que había contemplado hasta entonces atrajo la atención de la señorita Temple. No estaba lejos, y ella accedió a la propuesta de Lord Montfort de visitarla. Aquel pequeño paseo fue delicioso. La novedad y la belleza del objeto la interesaron enormemente. También fue encantador verlo bajo los auspicios de un guía tan lleno de información y sentimiento.
—¡Ah! —dijo Lord Montfort—, ¡si pudiera ser yo su cicerone en Roma!
—¿Qué dices, Henrietta? —dijo el Sr. Temple, con una sonrisa—. ¿Iremos a Roma?
La propuesta no alarmó a la señorita Temple tanto como su padre anticipaba. Lord Montfort insistió en la sugerencia con delicadeza; insinuó algunos medios por los cuales el viaje podría hacerse no muy laborioso. Pero como ella no respondió, su señoría no presionó el tema; suficientemente complacido, quizás, de que ella no lo hubiera recibido con una negativa inmediata y decidida.
Cuando regresaron a la villa, encontraron una colación preparada para ellos digna de tan elegante morada. En su calidad de anfitrión, Lord Montfort se apartó un poco de ese comportamiento plácido e incluso contenido que generalmente lo caracterizaba. Su manera era alegre y fluida; y sirvió una copa de Monte Pulciano y se la presentó a la señorita Temple.
—Debe verter una libación —dijo— a la ninfa del santuario.
CAPÍTULO IV.
_Que demuestra que el primer paso es siempre el más difícil_.
Alrededor de una semana después de esta visita a la villa, el Sr. Temple y su hija fueron finalmente inducidos a acompañar a Lord Montfort a Roma. Es imposible hacer justicia a la tierna solicitud con la que realizó todos los preparativos para el viaje. Dondequiera que se detenían, encontraban preparativos para su recepción; y tan admirablemente se había concertado todo, que la señorita Temple al fin se encontró en la Ciudad Eterna con casi tan poca fatiga como cuando llegó a la villa toscana.
El palacio de Lord Montfort estaba en el barrio más distinguido de la ciudad, y situado en medio de vastos jardines llenos de muros de laurel, arcos de encina y fuentes de leones. Llegaron al crepúsculo, y la hora sombría prestó aún mayor espacio a los enormes salones y galerías. Sin embargo, en el conjunto de habitaciones destinadas al Sr. Temple y su hija, todo motivo de comodidad parecía haber sido reunido. Los suelos de mármol estaban cubiertos con esteras y alfombras de la India, las ventanas estaban bien protegidas del aire que podría haber resultado fatal para una inválida, mientras que todo tipo de sillas, divanes y sofás cortejaban la forma lánguida o caprichosa de la señorita Temple, e incluso fue favorecida con una estufa inglesa y protegida por un biombo indio. Los aposentos estaban provistos de todos los libros que se habría podido suponer que la divertirían; había guitarras de la ciudad y de Florencia, e incluso un piano inglés; una biblioteca de la música más selecta; y todos los materiales de arte. El aire de elegancia y alegre comodidad que impregnaba estas estancias, tan inusual en esta tierra, el brillante resplandor del fuego, incluso las agradables velas de cera, todo se combinó para privar al momento de ese sentimiento de tristeza y agotamiento que acompaña a la llegada a un lugar extraño a una hora tardía, y Henrietta miró a su alrededor y casi imaginó que estaba una vez más en Ducie. Lord Montfort presentó a sus compañeros de viaje sus aposentos, les presentó al sirviente que asumiría la gestión de su pequeño hogar, y luego, recordándoles sus promesas mutuas de que serían completamente dueños de sí mismos y no se molestarían por él más que si estuvieran en Pisa, les estrechó la mano a ambos y les dio las buenas noches.
Debe confesarse que el trato de Lord Montfort había brindado consuelo a Henrietta Temple. Era imposible ser insensible a la simpatía y solicitud de alguien tan altamente dotado y tan muy amable. Ni debe negarse que este homenaje, de parte de alguien de su distinguido rango, estuvo totalmente desprovisto de su encanto. Encontrarnos, cuando somos engañados y abandonados, inesperadamente como objeto de estima y consideración, traerá bálsamo a la mayoría de los pechos; pero atraer en tal situación la amistad de un individuo cuyo aviso deferente bajo cualquier circunstancia debe ser halagador, y ser admirado por uno a quien todos admiran, estos son accidentes de la fortuna que pocos podrían atreverse a despreciar. Y Henrietta tenía ahora pocas oportunidades de cavilar sobre el pasado; un torrente de objetos hermosos y sublimes pasaba incesantemente ante su visión. Su gusto vivo y refinado, y su mente altamente cultivada, no podían dejar de responder a estos espectáculos gloriosos. Veía ante sí todo lo que había leído durante mucho tiempo, todo sobre lo que había reflexionado durante mucho tiempo. Su mente se volvía cada día más serena y armoniosa a medida que contemplaba estas creaciones ideales y habitaba en su hermoso reposo. Su compañero, también, ejercía todo arte para evitar que estas diversiones degeneraran en expediciones agotadoras. El Vaticano estaba abierto a Lord Montfort cuando no lo estaba para ningún otro. Visitas cortas, pero numerosas, era su sistema. A veces entraban simplemente para ver una estatua o un cuadro sobre el que estaban leyendo o conversando la víspera anterior; y luego se dirigían a algún estudio moderno, donde su entrada siempre hacía brillar los ojos del escultor. En la cena siempre había algún invitado distinguido a quien Henrietta deseaba ver; y como entendía perfectamente el idioma y lo hablaba con fluidez y gracia, se sentía tentada a entablar conversaciones donde todos parecían encantados de que ella desempeñara su papel. A veces, de hecho, Henrietta volaba a su cámara para suspirar, pero de repente el palacio resonaba con tonos de la más fina armonía, o la voz humana, con su destreza más feliz, se deslizaba hacia ella desde las distantes galerías. Aunque Lord Montfort no era él mismo un músico, y su voz no podía derramar esos sonidos fatales que habían arrebatado su alma de los labios de Ferdinand Armine, estaba bien familiarizado con la magia de la música; y mientras odiaba un concierto formal, los intérpretes más eminentes estaban a menudo a mano en su palacio, para contribuir en el momento oportuno al deleite de sus invitados. ¿Quién podría resistir la suave influencia de una vida tan elegante y serena, o negarse a entregar el espíritu a su suave excitación y a su leve distracción? El color regresó a la mejilla de Henrietta y el brillo a su ojo lánguido: su forma recuperó su resorte aéreo de salud; el sol de su sonrisa estalló una vez más.
Hubiera sido imposible para una persona indiferente no percibir que Lord Montfort presenciaba estos cambios con sentimientos de no poca emoción. Quizás se enorgullecía de su habilidad como médico, pero ciertamente observaba la aparente convalecencia de la hija de su amigo con celoso interés. Y sin embargo, la propia Henrietta no era consciente de que el comportamiento de Lord Montfort hacia ella difiriera en algún grado de lo que era en Pisa. Nunca había estado a solas con él en su vida; ciertamente hablaba más con él que lo acostumbrado, pero entonces, hablaba más con todos; y Lord Montfort ciertamente parecía no pensar en nada más que en su placer, conveniencia y comodidad; pero hacía y decía todo tan silenciosamente que toda esta bondad y solicitud parecían ser el impulso habitual de su naturaleza generosa. Ciertamente era más íntimo, mucho más íntimo, que durante la primera semana de su trato, pero apenas más amable; pues recordaba que él había arreglado su sofá el mismo primer día que se conocieron, aunque ni siquiera se quedó para recibir sus gracias.
Un día surgió una discusión sobre la sociedad italiana entre el Sr. Temple y su anfitrión. Su señoría era un gran admirador del carácter doméstico y la vida privada de los italianos. Sostenía que no existía pueblo que cumpliera más completamente con los deberes sociales que esta nación tan escandalizada, respecto a la cual los ingleses albergan tantos prejuicios tontos, cuyos compatriotas viajeros, dicho sea de paso, rara vez entran en otra sociedad que no sea ese círculo contaminado que debe existir en todas las capitales.
—No tiene idea —dijo, volviéndose hacia Henrietta—, de lo amables y cultas que son las personas de la mejor clase de los italianos. Desearía que me dejara iluminar esta oscura casa alguna noche y ofrecerle una fiesta italiana.
—Me gustaría mucho —dijo el Sr. Temple.
Siempre que Henrietta no expresaba su negativa, Lord Montfort siempre daba por sentado su asentimiento, y se resolvió que la fiesta italiana se llevaría a cabo.
Todas las mejores familias de Roma estuvieron presentes, y ni una sola persona inglesa. Había algunos, quizás, a quienes Lord Montfort podría haber deseado invitar, pero la señorita Temple había expresado por casualidad el deseo de que ningún inglés estuviera allí, y él actuó instantáneamente según su sugerencia.
El palacio estaba magníficamente iluminado. Henrietta apenas había visto antes sus espléndidos tesoros de arte. Lord Montfort, en respuesta a su curiosidad, siempre los había menospreciado juguetonamente, diciendo que debían dejarse para los días lluviosos. Los cuadros más espléndidos y largas filas de estatuas gráciles o solemnes fueron reveladas repentinamente ante ella; se abrieron habitaciones y galerías que nunca se habían observado antes; por todos lados gabinetes de jarrones, grupos de bustos imperiales, bronces raros y masas vívidas de pavimento teselado. Sobre todos estos objetos selectos y hermosos se difundía una luz clara pero suave, y Henrietta nunca recordó un espectáculo más completo y efectivo.
Estas habitaciones y galerías pronto se llenaron de invitados, y Henrietta no pudo ser insensible a la dignidad grácil y atractiva con la que Lord Montfort recibió al mundo de la moda romano. Ese constreñimiento que al principio había atribuido a la reserva, pero que últimamente había atribuido a la modestia, ahora lo abandonaba por completo. Franco, aunque siempre digno, sonriente, apto y siempre feliz, parecía que tenía una palabra agradable para cada oído y una sonrisa particular para cada rostro. Ella permaneció a cierta distancia apoyada en el brazo de su padre, observándolo. De repente, él se volvió y miró a su alrededor. Eran ellos a quienes deseaba atrapar. Se acercó a Henrietta y dijo: —Desearía presentarla a la princesa... Es una anciana, pero de la primera distinción aquí. No le pediría este favor si no pensara que usted estaría complacida.
Henrietta no pudo rechazar su petición. Lord Montfort los presentó a ella y a su padre a la princesa, la persona más agradable e importante de Roma; y habiendo provisto ahora para su diversión inmediata, tuvo tiempo de atender a sus invitados en general. Un concierto admirable ahora, en cierto grado, acalló la conversación general. Las voces de las mujeres más hermosas de Roma resonaron en aquellas estancias. Cuando la música cesó, los invitados vagaron por las galerías, y al final los salones principales se llenaron de bailarines. Lord Montfort se acercó a la señorita Temple. —Hay una habitación en el palacio que nunca ha visitado —dijo—, mi tribuna; está abierta esta noche por primera vez.
Henrietta aceptó su brazo ofrecido. —¿Y qué le parece la princesa? —dijo, mientras caminaban—. Es agradable vivir en un país donde sus invitados se divierten.
Al final de la galería principal, Henrietta percibió una puerta abierta que los admitió en una pequeña cámara octogonal, de arquitectura jónica. Las paredes no estaban colgadas con cuadros, y una sola obra de arte solicitaba su atención. Elevada sobre un pedestal de pórfido, rodeada por una barandilla de flechas de bronce de la más ligera factura, estaba aquella estatua de Diana que tanto habían admirado en Pisa. La mejilla, mediante un antiguo proceso cuyo secreto ha sido recuperado recientemente en Roma, estaba teñida con un delicado resplandor.
—¿Lo aprueba? —dijo Lord Montfort a la admirada Henrietta—. ¡Ah, queridísima señorita Temple —continuó—, es mi felicidad que la rosa también haya regresado a una mejilla más hermosa que esta!
CAPÍTULO V.
Que contiene algunas explicaciones bastante dolorosas.
El lector quizás no se sorprenderá mucho de que el marqués de Montfort pronto se convirtiera en el declarado admirador de la señorita Temple. Hizo la importante declaración de una manera muy diferente a la del infeliz Ferdinand Armine: la hizo al padre de la dama. Persuadido desde hacía mucho de que la enfermedad de la señorita Temple tenía su origen en la mente, y creyendo que en ese caso la indisposición de la joven probablemente había surgido, por una u otra causa, de la decepción de sus afectos, Lord Montfort resolvió ahorrarle a sus sentimientos, desprevenidos, el dolor de una apelación personal. La belleza, el talento, la disposición atractiva y la melancolía lánguida de la señorita Temple habían despertado su admiración y lástima, y finalmente habían ganado un corazón capaz de profundos afectos, pero dotado de un gran autocontrol. No ocultó al Sr. Temple la convicción que lo impulsaba al curso que había creído conveniente seguir, y esta conducta delicada alivió al Sr. Temple en gran medida de la inevitable vergüenza de su posición. El Sr. Temple se contentó con comunicar a Lord Montfort que su hija ciertamente había contraído un compromiso con alguien que no era digno de sus afectos, y que en el momento en que su padre había quedado convencido del carácter del individuo, había abandonado Inglaterra con su hija. Expresó su aprobación incondicional de la propuesta de Lord Montfort, a quien estaba, de hecho, sinceramente unido, y que gratificaba todos aquellos sentimientos mundanos de los que el Sr. Temple naturalmente no estaba exento. En tal alianza, el Sr. Temple reconocía el único modo por el cual la completa recuperación de su hija podría asegurarse. Lord Montfort, en sí mismo, ofrecía todo lo que parecería que la fantasía razonable de una mujer podría desear. Era joven, guapo, amable, culto, sincero y sumamente inteligente; mientras que, al mismo tiempo, como el Sr. Temple bien sabía, su gran posición aseguraría esa gratificación razonable de la vanidad de la que nadie está libre, que es una fuente fértil de felicidad, y que, en todo momento, sometería cualquier recuerdo amargo que pudiera surgir ocasionalmente para nublar el pasado de su hija.
Fue el Sr. Temple quien, ejerciendo todas las artes de su abandonada profesión, ahora entregándose a insinuaciones y ahora a panegíricos, transmitiendo a su hija, con admirable destreza, cuánto contribuía a su felicidad el trato íntimo con Lord Montfort, avivando gradualmente el sentimiento de gratitud hacia tan amable amigo, que ya había sido despertado en el corazón de su hija, hacia uno de celoso aprecio, y finalmente aprovechando su oportunidad con practicada felicidad, fue el Sr. Temple quien finalmente se había atrevido a comunicar a su hija la propuesta que le había sido confiada.
Henrietta negó con la cabeza.
—Tengo un aprecio demasiado grande por Lord Montfort para acceder a sus deseos —dijo la señorita Temple—. Él merece algo mejor que un espíritu magullado, si no un corazón roto.
—Pero, mi queridísima Henrietta, usted realmente toma una visión equivocada e impracticable de los asuntos. Lord Montfort debe ser el mejor juez de lo que contribuirá a su propia felicidad.
—Lord Montfort está actuando bajo un engaño —respondió la señorita Temple—. Si supiera todo lo que ha ocurrido, se retraería de mezclar su vida con la mía.
—Lord Montfort sabe todo —dijo el padre—, es decir, todo lo que debería saber.
—¡De verdad! —dijo la señorita Temple—. Me pregunto por qué no me mira con desprecio; al menos, con lástima.
—Él la ama, Henrietta —dijo su padre.
—¡Ah! ¡amor, amor, amor! No nombre el amor ante mí. No, Lord Montfort no puede amarme. No es amor lo que él siente.
—Usted ha ganado su corazón, y él le ofrece su mano. ¿No son estas pruebas de amor?
—¡Generoso, buen joven! —exclamó Henrietta—; lo respeto, lo admiro; podría haberlo amado. Pero es demasiado tarde.
—¡Mi amada hija, oh, no digas eso! Por mi bien, no digas eso —exclamó el Sr. Temple—. No tengo deseo, no he tenido deseo, hija mía, más que por tu felicidad. Apóyate en tu padre, escúchalo, déjate guiar por su consejo. Lord Montfort posee todas las cualidades que pueden contribuir a la felicidad de una mujer. Un hombre tan raramente dotado nunca conocí. No hay mujer en el mundo, por exaltado que sea su rango, por admirable que sea su belleza, por dotado que sea su ser, que no pudiera sentirse feliz y honrada con el homenaje de tal hombre. Créeme, mi queridísima hija, que esta es una unión que debe conducir a la felicidad. En verdad, si ocurriera, podría morir contento. No tendría más preocupaciones, más esperanzas. Todo habría sucedido entonces lo que el padre más optimista, incluso con una hija como tú, podría desear o imaginar. ¡Seríamos tan felices! Por su bien, por mi bien, por el bien de todos nosotros, queridísima Henrietta, accede a su deseo. Créeme, créeme, él es realmente digno de ti.
—Yo no soy digna de él —dijo Henrietta, con voz melancólica.
—¡Ah, Henrietta, quién es como tú! —exclamó el cariñoso y emocionado padre.
En ese momento un sirviente anunció que Lord Montfort, con su permiso, los visitaría. Henrietta parecía sumida en sus pensamientos. De repente, dijo: —No puedo descansar hasta que esto se resuelva. Papá, déjame con él unos momentos a solas. El Sr. Temple se retiró.
Un tenue rubor subió a la mejilla de su visitante cuando percibió que la señorita Temple estaba sola. Se sentó a su lado, pero estaba inusualmente cohibido.
«Mi querido Lord Montfort», dijo la señorita Temple con calma, «tengo que hablar sobre un tema doloroso, pero he sufrido tanto que no rehuiré este momento. Papá me ha informado esta mañana de que usted ha tenido a bien hacerme el cumplido más grande que un hombre puede hacer a una mujer. Deseo agradecérselo. Deseo reconocerlo en los términos más firmes y cálidos que pueda emplear. Soy consciente del honor, del gran honor que usted me ha destinado. Es, en efecto, un honor del que cualquier mujer podría sentirse orgullosa. Me ha ofrecido un corazón cuyo valor conozco. Nadie puede apreciar el mérito de su carácter mejor que yo. Hago justicia, plena justicia, a sus virtudes, a sus logros, a su talento dominante y a su alma generosa. Exceptuando a mi padre, no hay nadie que ocupe un lugar tan elevado en mi afecto como usted. Ha sido mi amable y verdadero amigo; y le devuelvo una amable y verdadera amistad, fiel y sincera. Más que amigos nunca podremos ser, pues no tengo un corazón que dar».
«Ah, queridísima señorita Temple», dijo Lord Montfort, agitado, «no pido más que esa amistad; pero déjeme disfrutarla en su constante compañía; deje que el mundo reconozca mi derecho a ser su consuelo».
«Usted merece un destino mejor y más brillante. No sería su amiga si pudiera acceder a tal compromiso».
«El único objetivo de mi vida es hacerla feliz», dijo Lord Montfort.
«Estoy segura de que debería ser feliz con un amigo así», dijo Henrietta Temple, «y soy feliz. ¡Qué diferente es el mundo para mí de lo que era antes de conocerle! Ah, ¿por qué quiere perturbar esta vida de consuelo? ¿Por qué quiere hacerme volver a recuerdos que desearía desterrar? ¿Por qué...?»
«Queridísima señorita Temple», dijo Lord Montfort, «¡no me reproche nada! Me hace sentir desgraciado. Recuerde, querida dama, que yo no he buscado esta conversación; que, si fui presuntuoso en mis planes y esperanzas, al menos tomé precauciones para ser el único en sufrir por su incumplimiento».
«¡El mejor y más generoso de los hombres! No querría por nada del mundo ser cruel con usted. Perdone mis palabras distraídas. Pero ¿lo sabe todo? ¿Se lo ha contado todo papá? Es mi deseo».
«No es el mío», respondió Lord Montfort; «no deseo penetrar en sus penas, sino solo aliviarlas».
«Oh, si nos hubiéramos conocido antes», dijo Henrietta Temple; «¡si nos hubiéramos conocido hace un año! Cuando yo era, no digna de usted, pero sí más digna de usted. Pero ahora, con la salud quebrantada, la ligereza de mi espíritu desvanecida, la frescura de mis sentimientos perdida, no, mi amable amigo, ¡mi querido y gentil amigo!, mi afecto por usted es demasiado sincero para acceder a su petición; y dentro de un año Lord Montfort me agradecerá mi negativa».
«Apenas me atrevo a hablar», dijo Lord Montfort, en tono bajo, como si reprimiera su emoción, «si expresara mis sentimientos, podría agitarla. No me aventuraré, pues, a responder a lo que ha expuesto; a decirle que la considero el ser más hermoso y cautivador que jamás haya respirado; o cuánto adoro su espíritu pensativo, y puedo pasar horas sentado contemplando el lenguaje de esos ojos oscuros. Oh, señorita Temple, para mí nunca podría haber sido más hermosa, más fascinante. ¡Ay! Ni siquiera puedo expresar mi amor; soy un desdichado. Y, sin embargo, dulce dama, perdone esta agitación que le he causado; intente amarme aún; soporte al menos mi presencia; y déjeme seguir apreciando esa intimidad que ha arrojado sobre mi existencia un encanto tan inefable». Dicho esto, se aventuró a tomar su mano y la presionó con devoción contra sus labios.
CAPÍTULO VI.
*Que contiene un suceso no menos importante que el que concluyó nuestro segundo libro*.
LORD MONTFORT apenas se sintió desalentado por esta entrevista con la señorita Temple. Su señoría era un devoto creyente en la influencia del tiempo. Era antinatural suponer que alguien tan joven y dotada como Henrietta pudiera mantener finalmente que su carrera había terminado porque sus afectos se habían visto decepcionados por una intimidad que era, como ella confesaba, de un origen tan reciente como la fatal en cuestión. Lord Montfort difería de la mayoría de los hombres en este aspecto, pues la conciencia de esta intimidad ni siquiera le causaba una punzada. Prefería, en efecto, ganar el corazón de una mujer como la señorita Temple, quien, sin haber perdido en absoluto la pureza innata de su naturaleza y la frescura nativa de sus sentimientos, había aprendido no obstante, en cierto grado, a penetrar el misterio de las pasiones, antes que el de una joven tan inexperta en los caminos del mundo que hubiera podido otorgarle un corazón menos experimentado, sí, pero no más inocente. Estaba convencido de que el afecto de Henrietta, una vez obtenido, sería digno de confianza, y que el doloroso pasado solo le haría apreciar con mayor sutileza su devoción de altura, y que, en medio de todos los caracteres deslumbrantes y los espectáculos seductores del mundo, se aferraría a él con una gratitud más firme y un cariño más fiel. Y, sin embargo, Lord Montfort era un hombre de profundas emociones y de un gusto muy refinado. Era un hombre de temperamento tan romántico como Ferdinand Armine; pero, para Lord Montfort, la vida era el romance de la razón; para Ferdinand, el romance de la imaginación. El primero era vivamente sensible a todas las imperfecciones de nuestra naturaleza, pero también le reconocía todas sus excelencias. Observaba con agudeza, calculaba con precisión, y su resultado era, por lo general, la felicidad. Ferdinand, por el contrario, ni observaba ni calculaba. Su imaginación creaba fantasías, y sus impetuosas pasiones luchaban por realizarlas.
Aunque Lord Montfort se abstuvo cuidadosamente de seguir tratando el tema que, no obstante, ocupaba sus pensamientos, tenía un aliado vigilante y hábil en el señor Temple. Ese caballero no perdía oportunidad de defender la causa de su señoría, mientras aparentaba defender solo la suya propia; y este era el modo más hábil de controlar el juicio de su hija.
Henrietta Temple, la más afectuosa y obediente de las hijas, al quedarse a reflexionar, se preguntaba a veces si estaba justificada, a partir de lo que intentaba creer que era un sentimiento puramente enfermizo, para no realizar la felicidad de ese padre que la amaba tanto. No había habido ocultamiento de su situación ni de sus sentimientos. No había habido engaño respecto al pasado. Lord Montfort lo sabía todo. Ella le dijo que solo podía entregarle un espíritu roto. Lord Montfort aspiraba solo a consolarlo. Ella era joven. No era probable que la muerte que una vez anheló le fuera concedida. ¿Iba a llevar siempre esta vida? ¿Debía su padre pasar la carrera aún larga que probablemente le esperaba atendiendo a los tediosos caprichos de una inválida quejumbrosa? Esta era una triste recompensa para toda su bondad: una lúgubre catástrofe para todas sus brillantes esperanzas. Y si alguna vez pudiera consentir en unir su vida a la de otro, ¿qué individuo podría ofrecer pretensiones que pudieran asegurar su tranquilidad, o incluso su felicidad, iguales a las ofrecidas por Lord Montfort? ¡Ah! ¿Quién era igual a él? ¡Tan amable, tan generoso, tan interesante! Era en tal estado de ánimo que Henrietta a veces se volvía con una mirada de ternura y gratitud hacia ese ser que parecía respirar solo para su consuelo y satisfacción. Si es agonizante ser abandonada, al menos hay consuelo en ser apreciada. ¿Y quién la apreciaba? Alguien a quien todos admiraban; alguien para ganar cuya admiración, o incluso atención, toda mujer suspiraba. ¿Qué era ella antes de conocer a Montfort? Si no hubiera conocido a Montfort, ¿qué habría sido incluso en este presente? Recordaba las horas de angustia, los largos días de amarga mortificación, las aburridas, tediosas, desoladas, desesperanzadas y monótonas horas que fueron su suerte cuando yacía en su solitario sofá en Pisa, meditando sobre el romance de Armine y toda su pasión; la catástrofe de Ducie y toda su vileza. Y ahora no había un momento sin bondad, sin simpatía, sin atención considerada y diversión inocente. Si ella estaba quejumbrosa, nadie murmuraba; si era caprichosa, todos cedían a sus fantasías; pero si sonreía, todos eran felices. Querido y noble Montfort, ¡tuya fue la magia que había obrado este cambio! ¿Y para quién fueron hechos todos estos selectos esfuerzos? ¡Para alguien con quien otro había jugado, abandonado, traicionado! Y Montfort lo sabía. Dedicaba su vida al consuelo de una mujer despreciada. ¡Apoyada en el brazo de Lord Montfort, Henrietta Temple podría encontrarse con la mirada de Ferdinand Armine y su rica novia, al menos sin sentirse objeto de compasión!
El tiempo había volado. La primavera italiana, con todo su esplendor, iluminaba los brillantes palacios y las costas púrpuras de Nápoles. Lord Montfort y sus amigos regresaban de Capua en su galera. La señorita Temple estaba sentada entre su padre y su anfitrión. El clima ausonio, la hermosa escena, la dulce compañía, todo se había combinado para producir un día de exquisito disfrute. Henrietta Temple no pudo dejar de expresar su deleite. Su ojo brillaba como la estrella de la tarde que centelleaba sobre las montañas incandescentes; su mejilla era tan radiante como el atardecer.
«¡Ah! ¡Qué día tan feliz ha sido este!», exclamó.
La suave presión de su mano le recordó el deleite que su exclamación había proporcionado a uno de sus compañeros. Con el corazón tembloroso, Lord Montfort se reclinó en la galera; y, sin embargo, antes de que el sol de la mañana hubiera arrojado sus ardientes rayos sobre la ciudad, Henrietta Temple era su prometida.
LIBRO VI.
CAPÍTULO I.
Que contiene un notable cambio de fortuna.
AUNQUE Lord Montfort era ahora el admirador recibido y reconocido de la señorita Temple, su proyectada unión no fue inmediata. Henrietta misma se oponía a tal acuerdo, pero no fue necesario que ella insistiera en este deseo algo poco amable, ya que Lord Montfort estaba ansioso por que ella fuera presentada a su familia antes de su matrimonio, y que la ceremonia se celebrara en su país natal. Por lo tanto, se planeó su regreso a Inglaterra. El evento se vio acelerado por un hecho extraordinario.
La buena fortuna en este mundo, dicen, rara vez viene sola. El señor Temple estaba en ese momento perfectamente contento con su destino. Desahogado en sus propias circunstancias, con el futuro bienestar de su hija a punto de ser asegurado por una unión con el heredero de uno de los pares más ricos del reino, no tenía nada que desear. Su hija era feliz, él sentía la mayor estima y afecto por su futuro yerno, y el mundo le iba bien en todos los aspectos.
Fue en esta plenitud de felicidad que el destino, con su habitual capricho salvaje, resolvió «dorar el oro refinado y pintar el lirio»; y se decidió que el señor Temple se despertara una mañana entre los plebeyos más ricos de Inglaterra.
Sucedió que había un viejo baronet, un gran humorista, sin parientes muy cercanos, que había sido ahijado del abuelo del señor Temple. Nunca había invitado ni alentado ninguna intimidad o conexión con la familia Temple, sino que durante toda su vida se había mantenido alejado de cualquier trato con ellos. El señor Temple, en efecto, solo lo había visto una vez, pero ciertamente en circunstancias bastante ventajosas. Fue cuando el señor Temple era ministro en la Corte alemana, a la que hemos aludido, que Sir Temple Devereux fue visitante en la capital donde el señor Temple era Residente. El ministro le había mostrado algunas cortesías, que era su deber; y Henrietta parecía agradarle. Pero no permaneció mucho tiempo en este lugar; y se negó en ese momento a ser más que su huésped ordinario; y nunca, mediante carta, mensaje u otro modo de comunicación, les había transmitido la más mínima idea de que el hospitalario ministro y su encantadora hija hubieran permanecido un momento en su memoria. Y, sin embargo, Sir Temple Devereux había partido ya de este mundo, donde al parecer el principal objetivo de su carrera había sido evitar hacer un amigo, y había dejado toda su inmensa fortuna al Honorable Pelham Temple, por este legado propietario de una de las mejores fincas en el condado de York, y una propiedad personal muy considerable, los ahorros acumulados de una gran renta y una larga vida.
Este fue un gran acontecimiento. El señor Temple tenía el más profundo respeto por la propiedad. Era imposible que el difunto baronet hubiera dejado su patrimonio a un individuo que pudiera apreciar más plenamente su posesión. Incluso la propiedad personal no carecía de encanto; pero una gran propiedad territorial, y una gran propiedad territorial en el condado de York, y esa gran propiedad territorial flanqueada por una buena y redonda suma de Consols al Tres por Ciento debidamente registrada en la Rotonda de Threadneedle Street... era una combinación de riqueza, poder, consideración y conveniencia que encajaba exactamente con el ideal del señor Temple, y ante cuya fascinación el gusto de pocos hombres sería insensible. Siendo el señor Temple un hombre de familia, no tenía las incómodas vergüenzas de un advenedizo con las que lidiar. «Es la cosa más afortunada del mundo», solía decir, «que el pobre Sir Temple fuera el ahijado de mi abuelo, no solo porque con toda probabilidad nos obtuvo su fortuna, sino porque llevaba el nombre de Temple: nos estableceremos en Yorkshire apenas como extraños, no seremos vistos como una familia nueva, y en poco tiempo todo el asunto será considerado más bien una cuestión de herencia que de legado. Pero, después de todo, ¡qué es eso para mí! Es solo por tu bien, Digby, que me regocijo. Creo que complacerá a tu familia. Liquidaré todo inmediatamente a nombre de Henrietta. Tendrán la satisfacción de saber que su hijo está a punto de casarse con la heredera más rica de Inglaterra».
¡La heredera más rica de Inglaterra! ¡Henrietta Temple la heredera más rica de Inglaterra! ¡Ah! ¡Cuántos sentimientos surgen con ese pensamiento! Extrañamente, el anuncio de este extraordinario suceso trajo menos alegría de lo que se podría haber supuesto a la propia heredera.
Fue en su habitación y sola, que Henrietta Temple meditó sobre este capricho del destino. En vano era ocultarlo, sus pensamientos volvían a Ferdinand. ¡Podrían haber sido tan felices! ¿Por qué no fue sincero? Y tal vez se había sacrificado por su familia, tal vez incluso la angustia personal lo había llevado al acto fatal. Su amable fantasía femenina conjuraba toda atenuante posible de su terrible ofensa. Se entristeció mucho. No podía creer que él hubiera sido falso en Ducie; ¡oh, no! ¡nunca podría creerlo! Él debió ser sincero, y si era sincero, ¡oh!, ¡qué corazón se perdió allí! ¡Qué no habría dado ella por haber sido el medio de salvarlo de todas sus penas! Recordaba su melancolía ocasional, sus palabras de abatimiento, y cómo la tristeza dejaba su frente y sus ojos se iluminaban cuando ella profetizaba con cariño que ella restauraría la casa. Ella podría restaurarla ahora; y ahora él era de otra, y ella, ¿qué era ella? Una esclava como él. Ya no dueña de sí misma, en el único momento en que tuvo el poder de salvarlo. Digan lo que digan, hay una punzada en el afecto frustrado por la que ninguna riqueza, poder, posición, indulgencia vigilante o bondad minuciosa pueden compensar. ¡Ah, el corazón, el corazón!
CAPÍTULO II.
*En el que el lector es presentado de nuevo al capitán Armine, durante su visita a Londres*.
LA SEÑORITA GRANDISON había resuelto tomar una casa en Londres para la temporada, y había obtenido la promesa de su tío y su tía de ser sus huéspedes. La hermana de Lady Armine iba a unirse a ellos desde Bath. En cuanto a Ferdinand, la primavera lo había devuelto gradualmente a la salud, pero no a su antiguo estado de ánimo. Permanecía taciturno e indolente, incapaz de esfuerzo, y presa de los humores más oscuros; sin embargo, ocurrieron circunstancias que hicieron que cierta energía por su parte fuera absolutamente necesaria. Sus acreedores se volvieron importunos, y el arreglo de sus asuntos o la partida de su tierra natal era una alternativa ahora inevitable. El mes de abril, que presenció la llegada de los Temple y Lord Montfort a Inglaterra, dio también la bienvenida a Londres a la señorita Grandison y sus huéspedes. Unas semanas después, Ferdinand, que había evadido el viaje con su familia, y que de ninguna manera quería convertirse en huésped de su prima, se instaló en un hotel tranquilo en las cercanías de Grosvenor-square; pero no del todo solo, pues casi a última hora Glastonbury había solicitado permiso para acompañarlo, y Ferdinand, que valoraba debidamente la compañía de la única persona con la que podía hablar de sus fortunas rotas y sus esperanzas marchitas sin reservas, accedió a su deseo con la mayor satisfacción.
Una residencia repentina en una vasta metrópolis, después de una vida de reclusión rural, tiene sin duda un efecto muy peculiar en la mente. La inmensa población, la multiplicidad de objetos, los importantes intereses que se imprimen cada hora en la inteligencia, los acontecimientos que ocurren continuamente, el ruido, el bullicio, la agitación general y extendida, todo se combina para hacernos sentir agudamente nuestra insignificancia individual; y esas pasiones absorbentes que en nuestra soledad, alimentadas por nuestra imaginación, habían asumido formas tan gigantescas y sustanciales, disminuyen rápidamente, mediante un proceso casi imperceptible, a proporciones menos colosales, y parecen revestidas, por así decirlo, de un aspecto más sombrío. Mientras Ferdinand Armine se abría paso entre las calles concurridas de Londres, urgido por sus propios asuntos acuciantes e inexorables, y consciente del peligro inminente de su carrera, mientras el poder y la riqueza deslumbraban sus ojos en todas direcciones, comenzó a mirar hacia el pasado apasionado con sentimientos de sensación menos aguda que hasta entonces, y casi a lamentar que un destino fatal o su alma impetuosa le hubieran acarreado tanta ansiedad, y le hubieran impulsado a rechazar la brillante copa de la fortuna que se le había ofrecido tan oportunamente. Suspiraba por el disfrute y el reposo; el recuerdo de sus sufrimientos recientes le hacía retroceder ante esa indulgencia imprudente de las pasiones, cuyas consecuencias habían sido tan graves.
Fue en este estado de ánimo, agotado por una visita a su abogado, que entró en un club militar y tomó un periódico. Cuidándose poco de la política, su ojo vagaba, desinteresado, por sus pugnaces artículos de fondo y tediosos informes parlamentarios; y estaba a punto de dejarlo caer cuando un párrafo llamó su atención que absorbió al instante todo su interés. Era en el «Morning Post» donde leía así:
«El Marqués de Montfort, el hijo mayor del Duque de..., cuyo regreso a Inglaterra mencionamos recientemente, ha residido durante varios años en Italia. Su señoría es considerado uno de los nobles más consumados de la época, y fue celebrado en Roma por su patrocinio de las artes. Lord Montfort se unirá próximamente a la hermosa señorita Temple, la única hija del Honorable Pelham Temple. La señorita Temple es considerada una de las herederas más ricas de Inglaterra, ya que sin duda heredará la totalidad de la inmensa fortuna a la que su padre accedió tan inesperadamente. El señor Temple es viudo y no tiene hijos. El señor Temple fue anteriormente nuestro ministro en varias de las Cortes alemanas, donde se distinguió por sus habilidades y su hospitalidad hacia sus compatriotas viajeros. Se dice que el canon de arrendamiento de las fincas de Yorkshire del difunto Sir Temple Devereux no es inferior a 15.000 libras esterlinas al año. La propiedad personal es también muy considerable. Entendemos que el señor Temple ha comprado la mansión del Duque de... en Grosvenor-square. Lord Montfort acompañó al señor Temple y a su amable hija a este país».
¡Qué caos salvaje y ardiente era la mente de Ferdinand Armine cuando leyó este párrafo! Las maravillas que revelaba se sucedían con tal rapidez que durante algún tiempo se vio privado del poder de reflexión. ¡Henrietta Temple en Inglaterra! ¡Henrietta Temple una de las mayores herederas del país! ¡Henrietta Temple a punto de casarse inmediatamente con otro! ¡Su Henrietta Temple, la Henrietta Temple a quien adoraba, y por quien había sido venerado! ¡La Henrietta Temple cuyo hermoso mechón de cabello estaba en este mismo momento sobre su corazón! ¡La Henrietta Temple por quien había perdido fortuna, familia, poder, casi la vida!
¡Oh, mujer, mujer! ¡No pongas tu confianza en la mujer! Y, sin embargo, ¿podía él reprochárselo? ¿Acaso no se creía ella engañada por él, ultrajada, defraudada, desilusionada, abandonada? ¿Y amaba ella, podía amar a otro? ¿Había alguien más a quien hubiera vertido su corazón como a él, con todo ese hermoso torrente de emoción fascinante e inigualable? ¿Había alguien más a quien hubiera entregado su alma pura y apasionada? ¡Ah, no! Él no quería, no podía creerlo. Henrietta nunca podría ser ligera ni falsa. La habían visto, la habían admirado, la habían amado: ¿quién que la viera no la admiraría y la amaría? Y él era la víctima de su despecho, tal vez de su desesperación.
Pero ella aún no estaba casada. Iban, según aquellas líneas, a unirse pronto. Parecía que habían viajado juntos; ese pensamiento le produjo una punzada. ¿No podía verla? ¿No podía explicarlo todo? ¿No podía demostrar que su corazón siempre había sido fiel y cariñoso? ¿No podía contarle todo lo que había sucedido, todo lo que había sufrido, toda la locura de su miseria; y podría ella resistirse a esa voz cuyos acentos habían sido alguna vez su alegría, a esa mirada que una vez llenó su corazón de éxtasis? Y cuando descubriera que Ferdinand, su propio Ferdinand, en verdad nunca la había engañado, que era digno de su afecto elegido y que sufría incluso en ese momento por su dulce causa, ¿qué eran todos los fríos vínculos en los que se había visto envuelta desde entonces? Ella era suya por un vínculo más antiguo y más ardiente. ¿No debía reclamar su derecho? ¿Podía ella negarlo?
¿Reclamar qué? La mano de una heredera. ¿Habría de decirse que un Armine vino a arrastrarse por el lucro, donde debería haber mandado por amor? ¡Jamás! Pensara lo que pensase, su conducta había sido irreprochable hacia ella. No le correspondía a Henrietta quejarse. Ella no era la víctima, si es que en verdad podía haber alguna. Él la había amado, ella había correspondido a su pasión; por ella había hecho el mayor de los sacrificios, renunciado a una espléndida herencia y a un corazón cariñoso y fiel. Cuando pensaba en ella antes, languideciendo tal vez en alguna soledad extranjera, nunca había dejado de reprocharse su conducta, y se había acusado de engaño y crueldad; pero ahora, en este momento de su brillante prosperidad, «estimada como una de las herederas más ricas de Inglaterra» (él rechinó los dientes al recordar aquella frase), y la novia prometida de un gran noble (su antiguo compañero, Lord Montfort, además; ¡qué cosa tan extraña es la vida!), orgullosa, sonriente y próspera, mientras él estaba solo, con el corazón roto y una fortuna peor que desesperada, y todo por su causa, su alma se volvió amarga: le reprochó su falta de sentimientos; la imaginó desprovista de sensibilidad genuina; se explayó sobre su indiferencia desde que se separaron; su silencio, tan extraño, ahora ya no inexplicable; la total falta de interés que ella había mostrado sobre su carrera; se burló de la ligereza de su temperamento; maldijo su capricho; denunció su infernal traición; en el fantasma distorsionado de su imaginación agonizante, ella se convirtió para él incluso en un objeto de odio.
¡Pobre Ferdinand Armine! Era la primera vez que experimentaba las enloquecedoras punzadas de los celos.
¡Sin embargo, cómo había amado a esta mujer! ¡Cómo la había adorado! ¡Y ahora podrían haber sido tan felices! No hay nada que deprima tanto a un hombre como la convicción de la mala fortuna. Parecía, en este regreso repentino, la gran riqueza y el inminente matrimonio de Henrietta Temple, tal combinación, en lo que a Ferdinand Armine se refiere, de circunstancias vejatorias; parecería que había estado tan cerca de la felicidad perfecta y la había perdido, que se sentía bastante cansado de la existencia y meditaba seriamente en privarse de ella.
Sucedió que había prometido este día cenar en casa de su primo; pues Glastonbury, que solía ser su compañero, había aceptado una invitación este día para cenar con la noble viuda de su antiguo patrón. Ferdinand, sin embargo, se encontró totalmente incapaz de entrar en sociedad alguna, y se apresuró a ir a su hotel para enviar una nota de disculpa a Brook-street. Al llegar, Glastonbury estaba a punto de subir a un coche de alquiler, por lo que Ferdinand no tuvo oportunidad de comunicar sus penas a su amigo, incluso si hubiera estado inclinado a ello.
CAPÍTULO III.
*En el cual Glastonbury se encuentra con la última persona del mundo que esperaba, y las extrañas consecuencias.*
CUANDO Glastonbury llegó a la mansión de la buena y vieja duquesa, no encontró a nadie en el salón más que a un joven de aspecto distinguido, cuya persona le era desconocida, pero que sin embargo lo saludó con notable cordialidad. El buen Glastonbury devolvió, con cierta confusión, su cálido saludo.
—Hace muchos años que no nos vemos, Sr. Glastonbury —dijo el joven—. No me sorprende que me haya olvidado. Soy Digby; ¿quizás me recuerda?
—¡Mi querido niño! ¡Mi querido lord! ¡Realmente ha cambiado! Usted es un hombre, y yo soy un anciano. —No, mi querido señor, observo poco cambio. Créame, a menudo he recordado su imagen en mi larga ausencia, y encuentro ahora que mi memoria no me ha engañado.
Glastonbury y su acompañante se enzarzaron en una conversación sobre los viajes de este último y su residencia en Roma, en medio de la cual entró su anfitriona.
—Le he pedido, mi querido señor, que conozca a nuestro círculo familiar —dijo su Gracia—, pues no creo que pueda pedirle bien que conozca a nadie que le quiera más. Hace mucho tiempo que no ve a Digby.
—El Sr. Glastonbury no me reconoció, abuela —dijo Lord Montfort.
—Estos dulces niños han crecido fuera de su vista, Sr. Glastonbury —dijo la duquesa—; pero son muy buenos. Y en cuanto a Digby, realmente creo que viene a ver a su pobre abuela todos los días.
El duque y la duquesa, y dos hijas jóvenes, fueron anunciados entonces.
—Lamento mucho no haber estado en casa cuando usted llamó, Glastonbury —dijo su Gracia—; pero pensé que pronto sabría de usted en casa de la abuela.
—Y, querido Sr. Glastonbury, ¿por qué no subió a verme? —dijo la duquesa más joven.
—Y, querido Sr. Glastonbury, ¿me recuerda? —dijo una hermosa hija.
—¿Y a mí, Sr. Glastonbury, a mí? Soy Isabella.
Sonrojado, sonriente, haciendo reverencias, cohibido por la novedad de su situación, y sin embargo de vez en cuando totalmente a gusto cuando su oído recordaba una voz familiar, el querido Sr. Glastonbury se sintió gratificado y feliz. El duque lo llevó aparte, y pronto se enfrascaron en una conversación.
—¿Cómo está Henrietta hoy, Digby? —preguntó Isabella.
—La dejé hace una hora; hemos estado montando a caballo y esperábamos encontrarles a todos. Estará aquí inmediatamente.
Hubo un golpe y, poco después, la puerta del salón se abrió y se anunció a la Srta. Temple.
—Debo ofrecer las disculpas de papá —dijo Henrietta, avanzando y abrazando a la anciana duquesa—. Espero que pueda llegar por la tarde: pero me pidió que le recordara a su Gracia que su amable invitación solo fue aceptada provisionalmente.
—Tiene mucha razón —dijo la anciana—; y de hecho apenas le esperaba, pues me dijo que había una cena pública a la que estaba obligado a asistir. Estoy segura de que nuestra cena es una muy privada en verdad —continuó la anciana con una sonrisa—. Es realmente una fiesta familiar, aunque hay un miembro de la familia aquí a quien usted no conoce, mi querida Srta. Temple, y a quien, estoy segura, amará tanto como todos nosotros. Digby, ¿dónde está...?
En ese momento se anunció la cena. Lord Montfort ofreció su brazo a Henrietta. —Vamos, abra el camino —dijo la anciana—; las chicas deben valerse por sí mismas, pues no tengo hombres jóvenes hoy para ellas. Supongo que marido y mujer deben separarse, así que debo tomar el brazo de mi hijo; Sr. Glastonbury, usted acompañará a la duquesa. Pero antes de que se mencionara el nombre de Glastonbury, Henrietta estaba a mitad de la escalera.
El duque y su hijo presidieron la cena. Henrietta se sentó a un lado de Lord Montfort, su madre al otro. Glastonbury se sentó a la derecha del duque y frente a su anfitriona; las dos jóvenes en el medio. Todos los invitados se habían sentado sin que Glastonbury y Henrietta se reconocieran; y, como él se sentó en el mismo lado de la mesa que la Srta. Temple, no fue hasta que Lord Montfort pidió al Sr. Glastonbury que tomara vino con él, que Henrietta escuchó un nombre que bien podría haberla puesto pálida.
¡Glastonbury! Nunca pasó por su cabeza en ese momento que fuera el Sr. Glastonbury que ella había conocido. ¡Glastonbury! ¡Qué nombre! ¡Qué asociaciones terribles no inducía! Miró hacia adelante, captó el rostro bien recordado; se hundió en su silla. Pero Henrietta Temple tenía una mente fuerte; esta era seguramente una ocasión para demostrarlo. La atención del Sr. Glastonbury no se vio atraída hacia ella: sabía, en efecto, que había una dama en la mesa, llamada Henrietta, pero estaba absorto con sus vecinos, y su mirada nunca captó a la hija del Sr. Temple. No fue hasta que las damas se levantaron para retirarse que el Sr. Glastonbury contempló esa forma que no había olvidado, y miró a una dama cuyo nombre estaba asociado en su memoria con los momentos más desastrosos y lúgubres de su vida. La Srta. Temple siguió a la duquesa fuera de la habitación, y Glastonbury, perplejo y agitado, volvió a sentarse.
Pero Henrietta era presa de emociones mucho más agudas y perturbadoras. Le pareció que realmente no había estado familiarizada con el estado de su corazón hasta esta repentina aparición de Glastonbury. ¡Cómo recordaba su imagen el pasado! Se había educado a sí misma para considerarlo todo un sueño; ahora vivía ante ella. Aquí estaba uno de los principales actores en esa fatal tragedia de Armine. ¿Glastonbury en la casa, bajo el mismo techo que ella? ¿Dónde estaba Ferdinand? Había alguien cerca que podía decírselo. ¿Estaba casado? No había tenido oportunidad de comprobarlo desde su regreso: no se había atrevido a preguntar. Por supuesto que estaba casado; ¿pero era feliz? Y Glastonbury, quien, si no lo sabía todo, sabía tanto. ¡Qué extraño debe ser para Glastonbury encontrarla! ¡Querido Glastonbury! ¡No había olvidado los días en que escuchaba tan cariñosamente las encantadoras narraciones de Ferdinand sobre toda su vida amable y sencilla! ¡Querido, querido Glastonbury, a quien ella había de amar tanto! Y lo encontraba ahora, y no le hablaba, o lo miraba como a un extraño; y él... él, quizás, la miraría con lástima, ciertamente con dolor. ¡Oh, vida! ¡Qué cosa tan desgarradora es la vida! Y nuestros afectos, nuestros dulces y puros afectos, fuentes de tanta alegría y consuelo, que nutren todas las cosas, y hacen que el suelo más estéril y rígido rebose de vida y belleza, ¡oh, por qué perturbamos el flujo de sus dulces aguas, y contaminamos su fuente inmaculada y saludable! Ferdinand, Ferdinand Armine, ¿por qué fuiste falso?
Se abrió la puerta. Entró el Sr. Glastonbury, seguido por el duque y su hijo. Henrietta estaba sentada en un sillón, una de las hermanas de Lord Montfort, sentada en una otomana a su lado, le sostenía la mano. La mirada de Henrietta se encontró con la de Glastonbury; ella le hizo una reverencia.
—¡Cómo tiembla tu mano, Henrietta! —dijo la joven.
Glastonbury se acercó a ella con paso vacilante. Se sonrojó levemente, parecía extremadamente perplejo. Finalmente llegó hasta ella, se detuvo ante ella y no dijo nada.
—Me ha olvidado, Sr. Glastonbury —dijo Henrietta; pues era absolutamente necesario que alguien rompiera el incómodo silencio, y señaló una silla a su lado.
—Eso sería en verdad imposible —dijo Glastonbury.
—Oh, conocía al Sr. Glastonbury de antes —dijo la joven—. Abuela, solo piensa, Henrietta conocía al Sr. Glastonbury de antes.
—Éramos vecinos en Nottinghamshire —dijo Henrietta, en tono rápido.
—Isabella —dijo su hermana, que estaba sentada al piano—, el arpa te espera. Isabella se levantó, Lord Montfort se acercaba a Henrietta, cuando la anciana duquesa lo llamó.
Henrietta y Glastonbury estaban solos.
—Este es un encuentro extraño, Sr. Glastonbury —dijo Henrietta.
¿Qué podía decir el pobre Glastonbury? Murmuró algo, pero no muy al caso. —¿Ha estado en Nottinghamshire últimamente? —dijo Henrietta.
—Lo dejé hace unos diez días con... —y aquí Glastonbury se detuvo—, con un amigo —concluyó.
—Espero que todos sus amigos estén bien —dijo Henrietta, con voz trémula.
—No; sí; es decir —dijo Glastonbury—, algo mejor de lo que estaban.
—Lamento que mi padre no esté aquí —dijo la Srta. Temple—; él tiene un vivo recuerdo de toda su bondad.
—Bondad, me temo —dijo Glastonbury, en tono melancólico—, que fue de lo más desafortunada.
—Nosotros no lo consideramos así, señor —fue la respuesta.
—Mi querida joven —dijo Glastonbury, pero su voz vaciló al añadir—, hemos tenido una gran infelicidad.
—Lo lamento —dijo Henrietta—. Tenían un matrimonio, creo, esperado en su familia.
—No ha ocurrido —dijo Glastonbury.
—¿En verdad?
—Por desgracia, señora —dijo su acompañante—, si pudiera aventurarme en verdad a hablar de alguien a quien no nombraré, y sin embargo...
—Por favor, hable, señor —dijo la Srta. Temple, con voz amable, pero apagada.
—El niño de nuestros afectos, señora, no es lo que era. Dios, en Su infinita misericordia, lo ha visitado con grandes aflicciones.
—¿Habla del Capitán Armine, señor?
—Hablo en verdad de mi Ferdinand de corazón roto; desearía poder decir el suyo. Oh, Srta. Temple, él es un naufragio. —¡Sí! ¡Sí! —dijo Henrietta en voz baja.
—Lo que ha soportado —continuó Glastonbury—, sobrepasa toda descripción mía. Su vida ha sido perdonada, en efecto, pero bajo circunstancias que casi me hacen lamentar que viva.
—¡No se ha casado! —murmuró Henrietta.
—Vino a Ducie a reclamar a su novia, y ella se había ido —dijo Glastonbury—; su mente se hundió bajo el terrible duelo. Durante semanas fue un maníaco; y, aunque la Providencia nos lo perdonó de nuevo, y su mente, gracias a Dios, está de nuevo entera, es víctima de una profunda melancolía, que parece desafiar tanto la pericia médica como la vicisitud mundana.
—¡Digby, Digby! —exclamó Isabella, que estaba ante el arpa—, Henrietta se está desmayando. Lord Montfort se apresuró justo a tiempo para agarrar su mano fría.
—La habitación está demasiado caliente —dijo una hermana.
—El café es demasiado fuerte —dijo la otra.
—Aire —dijo la joven duquesa.
Lord Montfort llevó a Henrietta a una habitación distante. Había un balcón que daba a un jardín. La sentó en un banco y nunca abandonó su lado, pero logró evitar que nadie se le acercara. Las mujeres se agruparon.
—¡Dulce criatura! —dijo la anciana duquesa—, a menudo me hace temblar; apenas se ha recuperado, Sr. Glastonbury, de una larga y terrible enfermedad.
—¿En verdad? —dijo Glastonbury.
—Pobre y querido Digby —continuó su gracia—, esto lo volverá a trastornar por completo. Estaba tan animado por su salud el otro día.
—¿Lord Montfort? —preguntó Glastonbury.
—Nuestro Digby. Usted sabe que se casará con Henrietta el próximo mes.
—¡Santa Virgen! —murmuró Glastonbury; y, aprovechando la confusión, logró escapar.
LIBRO VI. [CONTINUACIÓN]
CAPÍTULO IV.
*En el cual el Sr. Glastonbury informa al Capitán Armine de su encuentro con la Srta. Temple.*
AÚN era una hora temprana cuando el Sr. Glastonbury llegó a su hotel. Comprendió, sin embargo, que el Capitán Armine ya había regresado y se había retirado. Glastonbury llamó suavemente a su puerta y fue invitado a entrar. El buen hombre estaba pálido y agitado. Ferdinand ya estaba en la cama. Glastonbury tomó una silla y se sentó a su lado.
—Mi querido amigo, ¿qué sucede? —dijo Ferdinand.
—¡La he visto, la he visto! —dijo Glastonbury.
—¿Henrietta! ¿Has visto a Henrietta? —preguntó Ferdinand.
Glastonbury asintió con la cabeza, pero con una expresión de semblante de lo más lamentable.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué dijo ella? —preguntó Ferdinand con voz rápida.
—Sois dos corderos inocentes —dijo Glastonbury, frotándose las manos.
—Habla, mi Glastonbury.
—Desearía que mi muerte pudiera haceros felices a ambos —dijo Glastonbury—; pero temo que eso no os haría ningún bien.
—¿Hay alguna esperanza? —dijo Ferdinand. —¡Ninguna! —dijo Glastonbury—. Prepárate, mi querido niño, para lo peor.
—¿Está casada? —preguntó Ferdinand.
—No; pero está a punto de estarlo.
—Lo sé —dijo Ferdinand.
Glastonbury se quedó mirando.
—¿Lo sabes? ¡Qué! ¿Con Digby?
—Digby, o como sea que se llame; ¡maldito sea!
—¡Chist! ¡Chist! —dijo Glastonbury.
—Que todas las maldiciones...
—Dios no lo quiera —dijo Glastonbury, interrumpiéndolo.
—Insensible, voluble, falsa, traicionera...
—Ella es un ángel —dijo Glastonbury—, un verdadero ángel. Se ha desmayado, y casi en mis brazos.
—¡Desmayado! ¡Casi en tus brazos! Oh, cuéntamelo todo, cuéntamelo todo, Glastonbury —exclamó Ferdinand, saltando de su cama con voz ansiosa y ojos centelleantes—. ¿Me ama ella?
—Me temo que sí —dijo Glastonbury. —¡Temor!
—¡Oh, cuánto compadezco su pobre corazón inocente! —dijo Glastonbury.
—Cuando le conté de todos tus sufrimientos...
—¿Se lo contaste? ¿Qué pasó entonces?
—Y ella misma apenas se ha recuperado de una larga y terrible enfermedad.
—¡Mi propia Henrietta! Ahora podría morir feliz —dijo Ferdinand.
—Pensé que te rompería el corazón —dijo Glastonbury.
—Es el único momento feliz que he conocido en meses —dijo Ferdinand.
—Estaba tan abrumado que perdí la presencia de ánimo —dijo Glastonbury—. Realmente nunca tuve la intención de decirte nada. No sé cómo llegué a tu habitación.
—Querido, querido Glastonbury, soy yo mismo otra vez.
—¡Solo piensa! —dijo Glastonbury—; nunca fui tan infeliz en mi vida.
—He soportado durante las últimas cuatro horas las torturas de los condenados —dijo Ferdinand—, al pensar que ella iba a casarse, a casarse con otro; que ella era feliz, orgullosa, próspera, totalmente indiferente a mí, tal vez totalmente olvidadiza del pasado; ¡y que yo me estaba muriendo como un perro en este maldito caravasar! ¡Oh Glastonbury! Nada de lo que he soportado ha sido igual al infierno de este día. Y ahora has venido y me has hecho comparativamente feliz. Me levantaré directamente.
Glastonbury parecía bastante asombrado; no podía comprender cómo su fatal inteligencia podía haber producido efectos tan directamente contrarios a los que había previsto. Sin embargo, en respuesta a las reiteradas preguntas de Ferdinand, se las arregló para dar una cuenta detallada de todo lo que había ocurrido, y el comentario continuo de Ferdinand siguió siendo uno de constante autocomplacencia.
—Hay, sin embargo, una desgracia —dijo Ferdinand—, con la que no estás familiarizado, mi querido amigo.
—¿En verdad? —dijo Glastonbury—, pensé que sabía lo suficiente.
—¡Por desgracia! ¡Se ha convertido en una gran heredera!
—¿Es eso? —dijo Glastonbury.
—Ahí está el golpe —dijo Ferdinand—. Si no fuera por eso, por el alma de mi abuelo, la arrancaría de los brazos de este jovenzuelo.
—¡Jovenzuelo! —dijo Glastonbury—. Nunca vi un noble más verdadero en mi vida.
—¡Ah! —exclamó Ferdinand.
—¡Vaya, apenas superado por usted mismo! No podía creer lo que veía —continuó Glastonbury—. Era solo un niño cuando lo vi por última vez; pero también lo eras tú, Ferdinand. Créame, no es un rival ordinario.
—¿Es bien parecido?
—En conjunto, de una presencia de lo más principesca. Rara vez he conocido a un personaje tan altamente consumado, o que impresionara más rápidamente con su excelencia moral e intelectual.
—¿Y están positivamente comprometidos?
—Para casarse el próximo mes —respondió Glastonbury.
—¡Oh Glastonbury! ¿Por qué vivo? —exclamó Ferdinand—; ¿por qué me recuperé?
—Mi querido niño, pero hace un momento estabas comparativamente feliz.
—¡Feliz! No querrás insultarme. ¡Feliz! ¡Oh, hay en este mundo una cosa tan deplorable como yo!
—Pensé que hacía mal al decir algo —dijo Glastonbury, hablando como si fuera para sí mismo.
Ferdinand no hizo observación alguna. Se dio la vuelta en su cama, con la cara apartada de Glastonbury.
—Buenas noches —dijo Glastonbury, después de permanecer algún tiempo en silencio.
—Buenas noches —dijo Ferdinand, en un tono débil y lúgubre.
CAPÍTULO V.
*Que, en conjunto, es quizás un capítulo tan notable como cualquier otro en la obra.*
Por desdichado que fuera, los severos asuntos de la vida no podían descuidarse; el capitán Armine estaba obligado a presentarse en Lincoln’s Inn a las diez de la mañana siguiente. Fue al regresar de la oficina de su abogado, cuando estaba a punto de cruzar Berkeley-square, que un carruaje se detuvo de repente en medio de la calzada y una mano femenina aparentemente le hizo señas desde la ventana. Al principio dudó mucho de si era él realmente la persona a quien iba dirigida la señal, pero como al mirar alrededor no había un solo ser humano a la vista, finalmente se acercó con lentitud al carruaje, desde el cual un pañuelo blanco ondeaba ahora con considerable agitación. Algo desconcertado por este incidente, el misterio fue, sin embargo, explicado de inmediato por la voz de Lady Bellair.
—Usted, hombre malvado —dijo su pequeña señoría con gran furia—. ¡Oh! ¡Cómo le odio! Podría cortarle en carne picada; eso es lo que podría hacer. Aquí he estado dando fiestas todas las noches, todo por usted además. Y usted ha estado en la ciudad y nunca me ha visitado. Dígame su nombre. ¿Cómo está su esposa? ¡Oh! usted no está casado. Debería casarse; detesto a un ci-devant jeune homme. Sin embargo, puede esperar un poco. Vamos, James, Thomas, Peter, ¿cuál es su nombre?, abra la puerta y déjelo entrar. Vamos, suba, suba; tengo mucho que decirle. Y Ferdinand descubrió que era absolutamente necesario acceder.
—Ahora, ¿adónde iremos? —dijo su señoría—. Tengo hasta las dos en punto. Me he impuesto la regla de estar en casa todos los días de dos a seis para recibir a mis amigos. Debe venir a visitarme. Puede venir todos los días si quiere. No deje su tarjeta. Detesto a las personas que dejan tarjetas. Nunca las veo; ordeno que todas sean quemadas. No puedo soportar a las personas que dejan pedacitos de papel en mi casa. ¿Quiere ir a alguna parte? ¿No quiere? ¿Por qué no? ¿Cómo está su digno padre, Sir Peter? ¿Su nombre es Sir Peter o Sir Paul? Bueno, no importa, usted sabe a quién me refiero. ¿Y su encantadora madre, mi amiga favorita? Ella es encantadora; es realmente una de mis favoritas. ¿Y no iba usted a casarse? Dígame, ¿por qué no lo ha hecho? La señorita... la señorita... usted sabe a quién me refiero, cuyo abuelo era amigo de mi hijo. ¿Están en la ciudad? ¿Dónde viven? ¡Brook-street! Iré a visitarlos. Vamos, tire de la cuerda y dígale adónde viven.
Y así, en pocos minutos, el carruaje de Lady Bellair se detuvo frente a la casa de la señorita Grandison.
—¿Son madrugadores? —dijo su señoría—. Yo me levanto todas las mañanas a las seis. Me atrevo a decir que no me recibirán; pero preséntese usted, y entonces no podrán negarse.
Como consecuencia de este movimiento diplomático, Lady Bellair consiguió entrar. Apoyada en el brazo de Ferdinand, su señoría fue conducida al salón de la mañana, donde encontró a Lady Armine y a Katherine.
—¡Mi querida señora, cómo está usted! ¡Y mi dulce señorita! ¡Oh! ¡sus ojos son tan brillantes que me siento joven con solo mirarlos! La quiero mucho, de verdad. Su abuelo y mi pobre hijo eran amigos íntimos. Y, mi querida señora, ¿dónde ha estado todo este tiempo? Aquí he estado dando fiestas todas las noches, y todo por ustedes; todo por mis amigos de Bath; contándole a todo el mundo sobre ustedes; sin hablar de otra cosa; todo el mundo deseando verlas; y ustedes nunca han estado cerca de mí. Mis cenas han terminado; no daré más cenas hasta junio. Pero aún me quedan tres veladas; esta noche, deben venir a verme esta noche, y el jueves, y el sábado; deben venir las tres noches. ¡Oh! ¿por qué no me visitaron? Les habría invitado a cenar. ¡Les habría pedido que conocieran a Lord Colonnade y a Lady Ionia! Les habrían venido como anillo al dedo; ¡les habrían encantado! Pero le diré lo que haré; iré a cenar con ustedes algún día. Ahora, ¿cuándo me recibirán? Veamos, ¿cuándo estoy libre? —Al decir esto, su señoría abrió un pequeño libro rojo, que era su inseparable compañero en Londres—. Toda esta semana estoy ocupada; el lunes, los Derricourt, aburridos, pero él es duque. El martes ceno con Bonmot; hemos hecho las paces; él me da una cena. El miércoles, el miércoles, ¿dónde está el miércoles? El general Faneville, mi propia fiesta. El jueves, los Maxbury, mala cena, pero buena compañía. El viernes, Waring Cutts, una casa famosa por su comida; pero eso no es lo mío; sin embargo, debo ir, porque él me envía piñas. Y el sábado, ceno un conejo, sola, a la una, para ir a ver a mi querida y adorada Lady St. Julians en Richmond. Así que no puede ser esta ni la próxima semana. Les enviaré una nota; se lo diré esta noche. Y ahora debo irme, porque faltan cinco minutos para las dos; siempre estoy en casa de dos a seis; recibo a mis amigos; pueden venir todos los días, y deben venir a ver a mi nueva ardilla; mi nieto, ese niño encantador y divertido, me la regaló. Y, mi querida señorita, ¿dónde está esa malvada Lady Grandison? ¿La ve alguna vez, o son enemigas? Ella tiene la propiedad, ¿no es así? Nunca me visita. Dígale que es una de mis mayores favoritas. ¡Oh! ¿por qué no viene? La habría invitado a cenar; y ahora todas mis cenas han terminado hasta junio. Dígame dónde vive y la visitaré mañana.
Dicho esto, y despidiéndose de todas ellas muy cordialmente, su señoría tomó el brazo de Ferdinand y se retiró.
El capitán Armine regresó con su madre y su prima, y se sentó una hora con ellas hasta que anunciaron su carruaje. Justo cuando se marchaba, observó el pequeño libro rojo de Lady Bellair, que ella había dejado olvidado.
—Pobre Lady Bellair, ¿qué hará? —dijo la señorita Grandison—. Debemos llevárselo inmediatamente.
—Yo lo llevaré —dijo Ferdinand—, pasaré por su casa.
Bellair House era la mansión más bonita de May Fair. Era un edificio alargado, de estilo italiano, situado en medio de jardines que, aunque no muy extensos, estaban trazados con tanto arte y gusto que resultaba muy difícil creer que uno se encontrara en una gran ciudad. La casa estaba amueblada y adornada con todo el gusto por el que Lady Bellair se distinguía. Todas las salas de recepción estaban en la planta baja y estaban todas conectadas. Ferdinand, que recordaba las advertencias de Lady Bellair de no dejar tarjetas, atraído por el lugar y sin saber qué hacer consigo mismo, decidió hacerle una visita a su señoría y fue conducido a una biblioteca octogonal, revestida con estanterías bajas bien provistas de volúmenes brillantes, coronadas por una profusión de bustos de mármol, bronces y jarrones etruscos. A cada lado se abría un magnífico salón, amueblado con ese estilo clásico que el difunto, culto e ingenioso Sr. Hope hizo popular por primera vez en este país. Las alas, que se proyectaban profundamente hacia los jardines, comprendían respectivamente un comedor y un invernadero de considerables dimensiones. Aislado en medio de los jardines había un edificio alargado, llamado la sala de verano, revestido con esteras indias y protegido por un lado del aire simplemente por persianas venecianas. Las paredes de esta cámara estaban casi totalmente cubiertas con caricaturas y grabados de las residencias rurales de los amigos de Lady Bellair, a todas las cuales se cuidaba de visitar. Aquí también estaban sus loros, y algunos pájaros de voz más dulce, un mono y la famosa ardilla.
Lady Bellair estaba sentada en una silla cuyo respaldo era mucho más alto que su cabeza; a su lado había una mesita con materiales de escritura, sobre la cual también estaba colocada una magnífica campana, obra de Benvenuto Cellini, con la que su señoría convocaba a su paje, quien, mientras tanto, merodeaba por el vestíbulo.
—¡Me ha traído mi libro! —exclamó, cuando Ferdinand entró con el volumen místico—. Déjemelo, déjemelo. Aquí no puedo decirle a la señora Fancourt qué día puedo cenar con ella. Estoy ocupada toda esta semana y toda la siguiente, y he de cenar con su querida familia cuando yo quiera. Pero la señora Fancourt debe elegir su día, porque ellos pueden esperar. Usted no conoce a este caballero —dijo, volviéndose hacia la señora Fancourt—. Bueno, no les presentaré; él no encajaría con usted; es un caballero refinado y solo cena con duques.
La señora Fancourt, en consecuencia, se mostró muy ansiosa por una presentación.
—General Faneville —continuó Lady Bellair, dirigiéndose a un caballero a su izquierda—, ¿qué día ceno con usted? Miércoles. ¿Está completa nuestra fiesta? Debe hacerle un hueco; es mi mayor favorito. Todas las damas están enamoradas de él.
El general Faneville expresó su profundo sentido del gran honor; Ferdinand protestó diciendo que estaba ocupado el miércoles; la señora Fancourt se mostró muy decepcionada por haber perdido así otra oportunidad de conocer el nombre de un personaje tan distinguido.
Hubo otro golpe en la puerta. La señora Fancourt se marchó. Se anunció a Lady Maxbury y a su hija, Lady Selina.
—¿Lo tiene? —preguntó Lady Bellair con gran entusiasmo, a medida que entraban sus nuevas visitas.
—Ha prometido con toda seguridad —respondió Lady Maxbury.
—¡Querida, buena criatura! —exclamó Lady Bellair—, eres la criatura más querida que conozco. Y usted es encantadora —continuó, dirigiéndose a Lady Selina—; si yo fuera hombre, me casaría con usted directamente. Pues bien, él (volviéndose hacia Ferdinand) no puede casarse con usted, porque ya está casado; pero debería, si no lo estuviera. ¿Y cómo vendrá? —preguntó Lady Bellair.
—Él encontrará el camino —dijo Lady Maxbury.
—¿Y no tengo que pagar nada? —preguntó Lady Bellair.
—Nada en absoluto —dijo Lady Maxbury.
—No soporto pagar —dijo Lady Bellair—. ¿Pero bailará, y traerá sus arcos y flechas? Lord Dorfield protesta que no es nada sin los arcos y las flechas.
—¿Qué, el jefe de Nueva Zelanda, Lady Bellair? —preguntó el general.
—¿Lo ha visto usted? —preguntó Lady Bellair, con ansiedad.
—Todavía no —respondió el caballero.
—Bueno, pues lo verá esta noche —dijo Lady Bellair con aire de triunfo—. Viene a verme esta noche.
Ferdinand se levantó y estaba a punto de marcharse.
—No debe irse sin ver mi ardilla —dijo su señoría—, que mi querido y divertido nieto me regaló: es un muchacho muy divertido. Debe verla, debe verla —añadió su señoría en tono perentorio—. Vaya por esa puerta y encontrará el camino a mi sala de verano, y allí encontrará a mi ardilla.
El inquieto Ferdinand se contentó con abandonar la biblioteca, incluso con la estipulación de visitar primero a la ardilla. Caminó a través de un salón, entró en el invernadero, emergió al jardín y, finalmente, se encontró en la larga sala de verano. Al final de la estancia, una dama estaba sentada, mirando un libro de grabados; al oír un paso levantó los ojos, y Ferdinand contempló a Henrietta Temple.
Se quedó mudo; se sintió clavado en el suelo; todo poder de pensamiento y movimiento lo abandonó por igual.
Allí estaba él, confundido y horrorizado. Tampoco su compañera estaba menos perturbada. Permaneció con los ojos fijos en Ferdinand, con una expresión de miedo, asombro y angustia impresa en sus facciones. Finalmente, Ferdinand se sobrepuso en cierta medida y siguió el primer impulso de su mente, cuando la mente realmente regresó a él: se dispuso a retirarse.
Había dado ya medio paso atrás, cuando una voz, si es que era voz humana la que emitía tonos tan llenos de angustia sofocante, pronunció su nombre.
—¡Capitán Armine! —dijo la voz.
Cómo tembló, aunque mecánicamente obediente a su primer impulso, continuó avanzando hacia la puerta.
—¡Ferdinand! —dijo la voz.
Se detuvo, se volvió, ella agitó la mano con desesperación y luego, apoyando el brazo sobre la mesa, hundió el rostro en él. Ferdinand caminó hacia la mesa en la que ella estaba sentada; ella oyó su paso cerca, pero no levantó la vista ni habló. Finalmente él dijo, con voz queda pero clara:
—Estoy aquí.
—He visto al señor Glastonbury —murmuró ella.
—Lo sé —respondió él.
—Su enfermedad me ha angustiado —dijo ella, después de una breve pausa, con el rostro aún oculto y hablando en tono amortiguado. Ferdinand no respondió, y hubo otra pausa que la señorita Temple rompió.
—Desearía que al menos fuéramos amigos —dijo. Las lágrimas acudieron a los ojos de Ferdinand cuando ella dijo esto, pues su tono, aunque bajo, era ahora dulce. Le tocó el corazón.
—Nuestros sentimientos mutuos ahora tienen poca importancia —respondió él.
Ella suspiró, pero no respondió. Finalmente, Ferdinand dijo:
—Adiós, señorita Temple.
Ella dio un respingo, levantó la vista y su semblante afligido le desgarró el corazón. No sabía qué hacer ni qué decir. No podía soportar su mirada; él, a su vez, desvió los ojos.
—Nuestra miseria es... ha sido grande —dijo ella en un tono más firme—, ¿pero fue obra mía?
—Los miserables pueden soportar los reproches; no se contenga conmigo. Mi situación, sin embargo, demuestra mi sinceridad. Sin duda he cometido errores —dijo Ferdinand—; no podía creer que usted pudiera haber dudado de mí. Fue un error —añadió con tono de gran amargura.
La señorita Temple volvió a cubrirse el rostro mientras decía:
—No puedo recordar el pasado; no deseo detenerme en él. Solo deseo expresarle el interés que tomo en su bienestar, mi esperanza de que todavía pueda ser feliz. ¡Sí! usted puede ser feliz, Ferdinand; Ferdinand, por mi bien, usted será feliz.
—Oh, Henrietta, si es que realmente puedo llamarla Henrietta, esto es peor que esa muerte por la que me maldigo por haber escapado.
—No, Ferdinand, no diga eso. Esfuércese, solo esfuércese, resista al destino irresistible. Su prima, todo el mundo dice que es tan amable; seguramente...
—Adiós, señora, le agradezco su consejo.
—No, Ferdinand, no se irá, no se irá con ira. Perdóneme, compadézcase de mí, hablé por su bien, hablé con la mejor intención.
—Yo, al menos, nunca seré falso —dijo Ferdinand con energía—. No se dirá de mí que rompí promesas consagradas por las más bellas emociones de nuestra naturaleza. No, no, he tenido mi sueño; no fue más que un sueño: pero mientras viva, viviré de su dulce recuerdo.
—¡Ah! Ferdinand, ¿por qué no fue franco; por qué ocultó su situación?
—Ninguna explicación mía puede cambiar nuestras respectivas situaciones —dijo Ferdinand—; me contento, pues, con decir que no fue la señorita Temple quien tuvo motivos para criticar mi conducta.
—Usted es amargo.
—La dama a la que herí me perdonó. Es la más generosa, la más amable de su sexo; aunque solo fuera por gratitud por toda su bondad sobresaliente, jamás pretendería ofrecerle un corazón que nunca podrá ser suyo. Katherine es, en verdad, más que una mujer. Entre mis muchos y casi inigualables pesares, uno de mis dolores más agudos es el recuerdo de que debería haber nublado la vida, aunque fuera por un momento, de esa persona admirable. ¡Ay, ay! que en toda mi miseria la única mujer que simpatiza con mi desgracia sea la mujer a la que he herido. ¡Y tan delicada como generosa! Ni siquiera quiso preguntar el nombre de la persona que había causado nuestra desolación mutua.
—Ojalá ella supiera todo —murmuró Henrietta—; ojalá yo la conociera.
—Su conocimiento no podría influir en los asuntos. Mi propio afecto por mi prima, la completa apreciación que ahora poseo de su carácter, antes tan poco estimado y tan débilmente comprendido por mí, es la misma circunstancia que, con mis sentimientos, impediría nuestra unión. Ella puede, estoy seguro de que lo hará, ser feliz todavía. Yo nunca podré hacerla feliz. Nuestro compromiso de antaño fue más el resultado de acuerdos familiares que de cualquier simpatía. La quiero mucho más ahora de lo que la quería entonces, y sin embargo ella es la última persona en el mundo con la que me casaría. Confío, creo, que mi conducta, si ha nublado por un momento su vida, no la oscurecerá definitivamente, no por mucho tiempo; y ella posee todo encanto, virtud y fortuna para atraer la admiración y la atención de los más favorecidos. Sus sentimientos hacia mí en cualquier momento no pudieron haber sido más que suaves y tranquilos. Es un mero abuso de términos llamar amor a tales sentimientos. Pero —añadió sarcásticamente—, este es un tema demasiado delicado para que yo me extienda en él ante la señorita Temple.
—¡Por el amor de Dios, no sea tan amargo! —exclamó ella; y luego añadió, con una voz mitad angustia, mitad ternura—: ¡Que nunca sea yo recriminada por esos labios! Oh, Ferdinand, ¿por qué no podemos ser amigos?
—Porque somos más que amigos. Para mí, tal palabra de sus labios es una mera burla. No volvamos a encontrarnos nunca. Eso es lo único que nos queda. Poco imaginé que nos habríamos vuelto a ver. No voy a ninguna parte, no entro en ninguna casa; mi visita de esta mañana fue uno de esos caprichos extravagantes con los que no se puede contar. Esta vieja dama, en efecto, parece, de una forma u otra, conectada con nuestro destino. Creo que le estoy muy agradecido.
El paje entró en la habitación.
—Señorita Temple —dijo el muchacho—, mi señora me pidió que le dijera que la duquesa y Lord Montfort están aquí.
Ferdinand dio un respingo y, lanzando, casi inconscientemente, una mirada de feroz reproche a la miserable Henrietta, salió corriendo de la habitación y logró escapar de Bellair House sin volver a entrar en la biblioteca.
CAPÍTULO VI.
Que contiene una reunión vespertina en Bellair House.
Sentada en una otomana en la biblioteca octogonal, lanzando ocasionalmente una mirada a sus salones iluminados y abarrotados, o haciendo señas, con un abanico casi tan largo como ella misma, a un invitado distante, Lady Bellair recibió al mundo en la noche del día que había presenciado el extraño encuentro entre Henrietta Temple y Ferdinand Armine. Su paje, que estaba a la puerta de la biblioteca con un nuevo traje de fantasía, recibía el anuncio de la compañía por parte de los otros sirvientes y él mismo comunicaba la información a su ama.
—El señor Million de Stockville, mi señora —dijo el paje.
—¡Hem! —dijo su señoría, con bastante brusquedad mientras, con una expresión de semblante no muy amable, hacía una reverencia, con su dignidad más altiva, a un personaje de aspecto bastante vulgar con un chaleco lujosamente bordado.
—Lady Ionia Colonnade, mi señora. —Lady Bellair le dedicó un asentimiento sonriente a esta dama bella y clásica, e incluso indicó, con un movimiento de su abanico, que podía sentarse en su otomana.
—Sir Ratcliffe y Lady Armine, mi señora, y la señorita Grandison.
—¡Querida, buena gente! —exclamó Lady Bellair—, ¡qué tarde llegan! ¿Y dónde está su malvado hijo? Vamos, vayan a la siguiente habitación, vayan, vayan, y vean al hombre maravilloso. Lady Ionia, debe conocer a Lady Armine; ella es como usted; es una de mis favoritas. Ahora bien, vayan todos juntos. No quiero que nadie se quede aquí excepto mi sobrina. Esta es mi sobrina —añadió Lady Bellair, señalando a una joven sentada a su lado—; doy esta fiesta para ella.
—El general Faneville, mi señora.
—Llega usted muy tarde —dijo Lady Bellair.
—He cenado en casa de Lord Rochfort —dijo el general haciendo una reverencia.
—¡Rochfort! ¡Oh! ¿dónde están? ¿Dónde están los Rochfort? Deberían estar aquí. Debo, quiero verlos. ¿Cree que Lady Rochfort necesita una institutriz? Porque tengo a una persona encantadora que le vendría muy bien. Vaya y búsquela, General, e indague; y si no necesita ninguna, busque a alguien que la necesite. Pregúntele a Lady Maxbury. Vaya, vaya.
—El señor y la señorita Temple, mi señora.
—¡Oh, mi querida! —dijo Lady Bellair—, ¡mi verdadera querida! siéntese conmigo. Envié a Lady Ionia lejos, porque decidí reservar este lugar para usted. Doy esta fiesta enteramente en su honor, así que debería sentarse aquí. Usted es un buen hombre —continuó, dirigiéndose al señor Temple—; pero no puedo quererle tanto como a su hija.
—Sería demasiado afortunado —dijo el señor Temple, sonriendo.
—Le conocí cuando usted comía papilla —dijo Lady Bellair, riendo.
—La señora Montgomery Floyd, mi señora.
Lady Bellair adoptó su mirada más fría y altiva. La señora Montgomery parecía más esplendorosa que nunca. El esplendor de su larga cola casi requería un paje para sostenerla; llevaba un ramo que habría podido servir de centro de mesa para un banquete. Un joven esbelto, de aspecto bastante distinguido, vestido con sencillez, con un capullo de rosa apenas prendido en su levita negra, pero cuya persona destilaba aromas cuya esencia podría haber agotado un invernadero, holgazaneaba a su lado.
—¿Puedo tener el honor de presentar a su señoría a Lord Catchimwhocan? —susurró la señora Montgomery, exultante por su acompañante, tal vez por su conquista.
Lady Bellair dio una inclinación de cabeza breve y poco amable. La señora Montgomery reconoció al señor y a la señorita Temple. —Ahí, vaya, vaya —dijo Lady Bellair, interrumpiéndola—, nadie debe detenerse aquí; vaya a ver al hombre maravilloso que está en la habitación de al lado.
—Lady Bellair es tan extraña —gimió la señora Montgomery en un susurro apologético a la señorita Temple, y se alejó, cubriendo su retirada con la elegante figura de Lord Catchimwhocan.
—Algún oficial de la guardia irlandesa, supongo —dijo Lady Bellair—. Nunca he oído hablar de él; odio a los oficiales de la guardia.
—Me parece un hombre bastante distinguido —dijo el señor Temple.
—¿Eso cree? —dijo Lady Bellair, que siempre se dejaba influir por la última palabra—. Le invitaré para el jueves y el sábado. Creo que debo haber conocido a su abuelo. Debo decirle que no ande con esa mujer horrible. Es tan sumamente elegante, y usa almizcle; me recuerda a la Reina de Saba —dijo la pequeña dama, riendo—, llena de piedras preciosas e incienso. La odio profundamente.
—Pensé que era una de sus favoritas, Lady Bellair —dijo Henrietta Temple con bastante malicia.
—Una favorita de Bath, querida; una favorita de Bath. Uso mis sombreros viejos en Bath y uso a mis nuevos amigos; pero en la ciudad tengo amigos viejos y vestidos nuevos.
—Lady Frederick Berrington, mi señora. —¡Oh, mi querida Lady Frederick, ahora le voy a dar un capricho! Le presentaré a mi dulce, dulce amiga, de la que siempre le estoy hablando. Usted merece conocerla; usted la saboreará; venga, siéntese, siéntese junto a ella, háblele y corteje un poco.
—Lady Womandeville, mi señora.
—¡Ah! ella servirá para el lord; le encantan los lores. Mi querida señora, llega tan tarde, y sin embargo siempre me alegra tanto verla. Tengo una amiga encantadora para usted, la persona más guapa, moderna y ocurrente, absolutamente cautivadora, y su abuelo fue uno de mis amigos más queridos. ¿Cómo se llama? ¿Cómo se llama? Lord Catchimwhocan. Recuerde, se lo presento y pídale que vaya a su casa a menudo.
Lady Womandeville sonrió, expresó su deleite y siguió su camino.
Lord Montfort, que había llegado antes que los Temple, se acercó a la otomana.
—¿Está la duquesa aquí? —preguntó Henrietta mientras le estrechaba la mano.
—Y Isabella —respondió él. Henrietta se levantó y, tomándole del brazo, se despidió de Lady Bellair.
—Que Dios te bendiga —dijo su señoría con gran énfasis—. No permitas que hables con esa odiosa señora Floyd, tenlo en cuenta.
Cuando Lord Montfort y Henrietta lograron encontrar a la duquesa, ella estaba en el invernadero, que estaba alegremente iluminado con lámparas de colores entre los arbustos. Su Gracia conversaba cordialmente con una dama de apariencia muy atrayente, en quien las huellas de una belleza otrora distinguida eran ciertamente aún considerables, y con su compañera, una persona sumamente bonita, en la flor de la juventud. Lord Montfort y Henrietta fueron presentados inmediatamente a estas damas, como Lady Armine y la señorita Grandison. Después de la escena de la mañana, no era fácil privar a la señorita Temple de su ecuanimidad; tras aquel choque, ningún incidente relacionado con la familia Armine podía resultar sorprendente; incluso deseaba conocer a la señorita Grandison, y se felicitó por la oportunidad que se le había presentado tan rápidamente para satisfacer sus deseos. La duquesa estaba encantada con Lady Armine, cuyos modales eran fascinantes; entre las familias existía algún vínculo de sangre, y Lady Armine, además, siempre había conservado un vivo sentimiento de los servicios del viejo duque hacia su hijo. Henrietta incluso tuvo que escuchar las preguntas que se hacían sobre Ferdinand, y se enteró de que se estaba recuperando lentamente de una enfermedad casi fatal, que no podía soportar las fatigas de la sociedad y que incluso vivía en un hotel por tranquilidad. Henrietta observó el semblante de Katherine mientras Lady Armine daba esta información. Era serio, pero no perturbado. Su Gracia no se separó de sus nuevas amigas en toda la velada, y se despidieron con el deseo expresado mutuamente de que pudieran encontrarse pronto y a menudo. La duquesa calificó a Lady Armine como la persona más encantadora que había conocido; mientras que, por otro lado, la señorita Grandison se mostraba cálida en su admiración por Henrietta Temple y Lord Montfort, a quien consideraba digno incluso de un premio tan raro.
CAPÍTULO VII.
Que contiene una comunicación muy importante.
Entre el encuentro inesperado con el capitán Armine por la mañana y la asamblea nocturna en Bellair House, la señorita Temple había hecho una comunicación a Lord Montfort que no debería pasar desapercibida. Había regresado a casa con su madre y con él, y su silencio y depresión no le habían pasado inadvertidos. Poco después de su llegada se quedaron solos, y entonces Henrietta dijo: —¡Digby, deseo hablar contigo!
—¡Mi amor! —dijo Lord Montfort mientras se sentaba junto a ella en el sofá y le tomaba la mano.
La señorita Temple estaba tranquila; pero habría sido un observador superficial el que no hubiera detectado su agitación contenida.
—Queridísimo Digby —continuó ella—, eres tan generoso y tan amable que no debería sentir reticencia alguna al hablarte sobre este tema; y, sin embargo, me duele mucho. —Ella vaciló.
—Solo puedo expresar mi simpatía ante cualquier pena tuya, Henrietta —dijo Lord Montfort—. Háblame como siempre lo haces, con esa franqueza que tanto me deleita.
—Deja entonces que tus pensamientos vuelvan al incidente más doloroso de mi vida —dijo Henrietta.
—Si lo requieres —dijo Lord Montfort en tono serio.
—No es culpa mía, queridísimo Digby, que una sola circunstancia relacionada con ese triste suceso te sea desconocida. Yo deseaba originalmente que lo supieras todo. Mil veces desde entonces he lamentado que tu consideración por mis sentimientos haya provocado una confianza imperfecta entre nosotros; y hoy ha ocurrido algo que me hace lamentarlo amargamente.
—No, no, queridísima Henrietta; sientes demasiado profundamente —dijo Lord Montfort.
—En verdad, Digby, es así —dijo Henrietta muy apenada.
—Habla, pues, queridísima Henrietta.
—Es necesario que conozcas el nombre de esa persona que una vez ejerció una influencia sobre mis sentimientos, la cual nunca pretendí ocultarte.
—¿Es en verdad necesario? —preguntó Lord Montfort.
—Lo es para mi felicidad —respondió Henrietta.
—Entonces, ciertamente, estoy ansioso por saberlo.
—Está en este país —dijo Henrietta—, está en esta ciudad; puede que mañana esté en la misma habitación que tú; incluso hoy ha estado en la misma habitación que yo.
—¿De veras? —dijo Lord Montfort.
—Lleva un nombre que no te es desconocido —dijo Henrietta—, un nombre, además, que debo aprender a mencionar, y sin embargo...
Lord Montfort se levantó y tomó un lápiz y una hoja de papel de la mesa. —Escríbelo —dijo en tono amable.
Henrietta tomó el lápiz y escribió:
«Armine».
—¿El hijo de Sir Ratcliffe? —dijo Lord Montfort.
—El mismo —respondió Henrietta.
—¿Entonces te enteraste de él anoche? —preguntó su acompañante.
—Así es; de eso también iba a hablarte.
—Soy consciente de la relación del señor Glastonbury con la familia Armine —dijo Lord Montfort con calma.
Hubo una pausa total. Al fin Lord Montfort dijo: —¿Hay algo que desees que haga?
—Mucho —dijo Henrietta—. Queridísimo Digby —continuó tras un momento de vacilación—, no malinterpretes mis palabras; mi corazón, si un corazón así merece la pena poseerlo, es tuyo. Nunca podré olvidar quién me consoló en mi miseria; nunca podré olvidar toda tu delicada ternura, Digby. Ojalá pudiera ofrecerte un retorno más digno de toda tu bondad; pero si la agradecida devoción de mi vida puede recompensarte, quedarás satisfecho.
Él tomó su mano y la llevó a sus labios. —Es en ti, y en tu felicidad, en lo único que puedo pensar —murmuró.
—Ahora déjame contártelo todo —dijo Henrietta con desesperada firmeza—. He sido muy injusta con esta persona.
—¡Ja! —dijo Lord Montfort.
—Me parte el corazón —dijo Henrietta.
—¿Entonces has malinterpretado su conducta? —preguntó Lord Montfort.
—Totalmente.
—Es ciertamente una situación terrible para ti —dijo Lord Montfort—; para todos nosotros —añadió en tono más bajo.
—No, Digby; no para todos nosotros; ni siquiera para mí; porque si tú eres feliz, yo lo seré. Pero por él, ¡sí! No te lo ocultaré, siento compasión por él.
—Tu destino está en tus propias manos, Henrietta.
—No, no, Digby; no digas eso —exclamó la señorita Temple muy seriamente—; no hables en ese tono de sacrificio. No hay necesidad de sacrificio; no habrá ninguno. No voy a flaquear, no flaqueo. Sé firme tú. No me abandones en este momento de prueba. Es por apoyo por lo que hablo; es por consuelo. Estamos unidos por los lazos más puros, los más sagrados. ¿Quién los cortará? ¡No! Digby, seremos felices; pero me interesa el destino de esta persona desdichada. Tú, tú puedes ayudarme a hacerlo más sereno; a hacerle, tal vez, no menos feliz que nosotros mismos.
—No escatimaría esfuerzos —dijo Lord Montfort.
—¡Oh, ojalá no lo hicieras! —exclamó la señorita Temple—. ¡Eres tan bueno, tan noble! Simpatizarías incluso con él. ¿Qué otro hombre en tu situación lo haría?
—¿Qué se puede hacer?
—Escucha: él estaba comprometido con su prima incluso aquel día fatal en que nos conocimos; una dama con todos los encantos y ventajas que uno pensaría que podrían hacer feliz a un hombre; joven, noble y hermosa; de una disposición de lo más amable y generosa, como ha demostrado su conducta posterior; y de gran riqueza.
—¿La señorita Grandison? —dijo Lord Montfort.
—Sí: sus padres esperaban su unión con deleite, no exento del todo de ansiedad.
Los Armine, con todas sus posesiones principescas, están muy endeudados por la conducta del último cabeza de familia. Ferdinand mismo, me entristece decirlo, ha heredado demasiado del espíritu imprudente de su abuelo; sus asuntos, me temo, están terriblemente enredados. Cuando yo le conocí, papá era, como bien sabes, un hombre pobre. Este matrimonio lo habría curado todo; mi Digby, deseo que tenga lugar.
—¿Cómo podemos lograrlo? —preguntó Lord Montfort.
—Conviértete en su amigo, querido Digby. Siempre pienso que puedes hacer cualquier cosa. ¡Sí! Mi única confianza está en ti. Oh, mi Digby, haznos felices a todos.
Lord Montfort se levantó y caminó de un lado a otro de la habitación, aparentemente en profunda meditación. Al fin dijo: —Ten la seguridad, Henrietta, de que para asegurar tu felicidad nada faltará por mi parte. Hablaré con el señor Glastonbury sobre este asunto. Por ahora, querida, pensemos en cosas más ligeras.
CAPÍTULO VIII.
Que es bastante extraño.
Fue en la mañana siguiente a la asamblea en Bellair House cuando Ferdinand fue despertado de sus bienvenidos sueños, pues había pasado una noche casi sin dormir, por su criado, que le traía una nota diciéndole que la había dejado una dama en un carruaje. La abrió y leyó lo siguiente:
«¡Tonto, tonto capitán Armine! ¿Por qué no viniste anoche a mi Vauxhall? Quería presentarte a la doncella más bella del mundo, que además tiene una gran fortuna; pero eso no te importa. ¿Cuándo te vas a casar? La señorita Grandison estaba encantadora, pero desconsolada sin su caballero. Tu madre es un ángel y la duquesa de... está completamente enamorada de ella. Tu padre, además, es un hombre digno. Adoro a tu familia. Ven a visitar a la pobre, vieja y chocha H. B., que está en casa todos los días de dos a seis para recibir a sus amigos. ¿Tiene la encantadora Lady Armine un paje? Tengo uno que le iría como anillo al dedo. Molesta tanto a mi pobre ardilla que me veo obligada a despedirlo; pero es un verdadero tesoro. Esa gran dama, la señora Montgomery Floyd, daría sus orejas por él; pero quiero mucho más a tu madre, así que ella lo tendrá. Vendrá a verla esta noche. Todo el mundo toma el té con H. B. los jueves y los sábados».
—¡La una! —dijo Ferdinand—. Será mejor que me levante y haga una visita a Brook-street, y salve a mi madre de esta amenaza. ¡Ay! Día tras día, y cada uno más miserable que el anterior. ¿Cómo terminará esto?
Cuando Ferdinand llegó a Brook-street, subió sin ser anunciado y encontró en el salón, además de a su madre y a Katherine, a la duquesa, a Lord Montfort y a Henrietta Temple.
Las jóvenes iban vestidas con hábitos de montar. Henrietta apareció ante él, la misma Henrietta a quien había conocido, por primera vez, en el jardín de Armine. La retirada era imposible. Su Gracia recibió a Ferdinand cordialmente y le recordó los viejos tiempos. Henrietta hizo una reverencia, pero estaba sentada a cierta distancia con la señorita Grandison, mirando una labor. Su ocupación cubría su confusión. Lord Montfort se adelantó con la mano extendida.
—Tengo el placer de encontrarme con un viejo amigo —dijo su señoría.
Ferdinand apenas tocó el dedo de su señoría e hizo una reverencia bastante rígida; luego, volviéndose hacia su madre, le entregó la nota de Lady Bellair. —Le concierne más a usted que a mí —observó.
—Usted no estuvo anoche en lo de Lady Bellair, capitán Armine —dijo Su Gracia.
—Nunca voy a ninguna parte —fue la respuesta.
—Ha estado muy enfermo —dijo Lady Armine.
—¿Dónde está Glastonbury, Ferdinand? —dijo Lady Armine—. Nunca viene a vernos.
—Va todos los días al Museo Británico.
—Ojalá me llevara —dijo Katherine—. Nunca he estado allí. ¿Usted sí? —preguntó, volviéndose hacia Henrietta.
—Me avergüenza decir que nunca —respondió Henrietta—. Me parece que Londres es la única ciudad de la que no sé nada.
—Ferdinand —dijo Katherine—, desearía que vinieras con nosotros al Museo algún día. A la señorita Temple le gustaría ir. Usted conoce a la señorita Temple —añadió, como si supusiera, por supuesto, que él no tenía ese placer.
Ferdinand hizo una reverencia; Lord Montfort se adelantó y cambió la conversación hacia las antigüedades egipcias. Tras pasar un cuarto de hora, Ferdinand pensó que ya podía retirarse.
—¿Comes en casa hoy, Katherine? —preguntó.
La señorita Grandison miró a la señorita Temple; las jóvenes susurraron.
—Ferdinand —dijo Katherine—, ¿qué vas a hacer?
—Nada en particular.
—Vamos a montar a caballo y la señorita Temple desea que vengas con nosotros.
—Estaría encantado, pero tengo algunos asuntos que atender.
—Querido Ferdinand, eso es lo que dices siempre. Realmente me pareces la persona más ocupada del mundo.
—Por favor, venga, capitán Armine —dijo Lord Montfort.
—Gracias; realmente no está en mi mano. —Tenía el sombrero en la mano; estaba rogando a Su Gracia que llevara sus saludos al duque, cuando Henrietta se levantó de su asiento y, acercándose a él, dijo: —Haga el favor, capitán Armine, de venir con nosotros; se lo pido como un favor.
¡Esa voz! Oh, llegó a sus oídos «como el dulce sur»; le desarmó por completo. Apenas sabía dónde estaba. Temblaba de pies a cabeza. Su color le abandonó y el infortunado sombrero cayó al suelo; y, sin embargo, ella permanecía ante él, esperando su respuesta, tranquila, muy tranquila, seria, aparentemente un poco ansiosa. La duquesa estaba en conversación seria con su madre. Lord Montfort se había acercado a la señorita Grandison y estaba ocupado organizando un patrón para ella. Ferdinand y Henrietta no estaban observados en absoluto. Él levantó la vista; encontró su mirada; y entonces susurró: —Esto difícilmente es justo.
Ella extendió la mano, tomó su sombrero y lo dejó sobre la mesa; luego, volviéndose hacia Katherine, dijo, en un tono que parecía no admitir dudas: —El capitán Armine cabalgará con nosotros; —y se sentó junto a Lady Armine.
La expedición se retrasó un poco porque Ferdinand tuvo que enviar a buscar su caballo; los demás ya habían llegado mientras tanto. Aun así, esta media hora, por algún medio, terminó desapareciendo. Lord Montfort siguió hablando con la señorita Grandison. Henrietta permaneció sentada junto a Lady Armine. Ferdinand le daba vueltas a una gran cuestión en su mente, y era esta: ¿Era consciente Lord Montfort de la íntima relación entre él y la señorita Temple? ¿Y cuál era el principio motor de su conducta actual? Conjuró mil razones, pero ninguna le satisfizo. Su curiosidad estaba excitada y, en lugar de arrepentirse de su promesa arrancada de unirse a la comitiva, se alegró de que se le brindara así una oportunidad de resolver tal vez un problema en cuyo secreto empezaba ahora a sentirse extremadamente interesado.
Y, sin embargo, en verdad, cuando Ferdinand se vio realmente montado y cabalgando al lado de Henrietta Temple una vez más, pues Lord Montfort era muy imparcial en sus atenciones hacia sus bellas compañeras y Ferdinand se encontraba continuamente junto a Henrietta, realmente empezó a pensar que el mundo estaba hechizado, y era casi escéptico sobre si él era o no Ferdinand Armine. La identidad de su compañera también era tan completa: Henrietta Temple en su hábito de montar era la misma imagen grabada con más fuerza en su memoria. Él la miró y la contempló con una cara de curiosa perplejidad. Ella, en verdad, no habló mucho; la conversación fue siempre general, y mantenida principalmente por Lord Montfort, quien, aunque usualmente silencioso y reservado, hizo en esta ocasión esfuerzos exitosos por ser divertido. Su atención hacia Ferdinand también fue notable; era imposible resistirse a una amabilidad tan genuina y sin afectación. A Ferdinand le dolió en el corazón haber recibido los primeros acercamientos de su señoría con tanta desgana. El remordimiento le hizo ahora doblemente cortés; incluso estuvo una o dos veces casi alegre.
El día fue tan hermoso como un cielo despejado, un sol cálido y una brisa del oeste podían hacerlo. Tentados por tanto disfrute, su paseo fue largo. Era tarde, mucho más tarde de lo que esperaban, cuando regresaron a casa por los verdes senderos de la bonita Willesden, y el parque estaba completamente vacío cuando salieron de Edgware-road hacia Oxford-street.
—Ahora lo mejor que podemos hacer todos es cenar en St. James’-square —dijo Lord Montfort—. Son las ocho y diez. Justo a tiempo, y luego podemos enviar mensajes a Grosvenor-square y Brook-street. ¿Qué dices, Armine? Vendrás, por supuesto.
—Gracias, si me disculparan.
—No, no; ¿por qué disculparte? —dijo Lord Montfort—. Creo que es mezquino abandonarnos ahora, después de todas nuestras aventuras.
—Realmente es usted muy amable, pero nunca ceno fuera.
—¡Cenar fuera! ¡Qué frase! No encontrarás ni a un alma; tal vez ni siquiera a mi padre. Si no vienes, lo estropearás todo.
—No puedo cenar con levita —dijo Ferdinand.
—Yo sí —dijo Lord Montfort—, y sospecho que estas damas deben cenar con sus hábitos.
—¡Oh! ciertamente, ciertamente —dijeron las damas.
—Ven, Ferdinand —dijo Katherine.
—Te lo pido como un favor —dijo Henrietta, volviéndose hacia él y hablando en voz baja.
—Bien —dijo Ferdinand con un suspiro.
—Eso está bien —dijo Montfort—; ahora trotaremos por el parque, y el mozo puede pasar por Grosvenor-square y Brook-street y galopar tras nosotros. Esto es divertido, ¿no?
CAPÍTULO IX.
Que es, en conjunto, casi tan desconcertante como el anterior.
Cuando Ferdinand se encontró cenando en St. James’-square, en la misma habitación donde había pasado tantas horas alegres durante aquel mes juvenil de júbilo que precedió a su primer ingreso en el regimiento, y luego miró frente a sí y vio a Henrietta Temple, le pareció que, por algún proceso mágico u otro, su vida se estaba repitiendo, y que el orden de las escenas y los personajes se había confundido por alguna extraña mala gestión. Sin embargo, se abandonó a la excitación que tan inesperadamente le había influido; estaba inflamado por una especie de deleite salvaje que no podía comprender ni detenerse a analizar; y cuando la duquesa se retiró con las jóvenes a su cónclave secreto en el salón, dijo: «Me gusta mucho el capitán Armine; está lleno de espíritu e imaginación. Cuando lo encontramos esta mañana, ¿sabe?, lo encontré algo tieso y elegante. Lamenté el brillo juvenil que recordaba tan bien, pero veo que me equivocaba».
«Ferdinand ha cambiado mucho —dijo Miss Grandison—. Fue una vez la persona más brillante, creo, que haya existido: casi demasiado brillante; todos a su lado parecían tan sosos. Pero desde su enfermedad ha cambiado por completo. Apenas le he oído hablar ni le he visto sonreír en estos seis meses. No hay en todo el mundo una persona tan miserablemente alterada. Es un verdadero despojo. No sé qué le pasa hoy. Por un momento pareció casi él mismo».
«Quizá se entregó demasiado a sus sentimientos —dijo Henrietta—; quizá vivió demasiado solo después de una enfermedad tan grave».
«¡Oh, no! No es eso —dijo Miss Grandison—, no es exactamente eso. ¡Pobre Ferdinand! Es digno de lástima. Me temo que nunca volverá a ser feliz».
«Miss Grandison apenas debería decir eso —dijo la duquesa—, si los rumores dicen la verdad».
Katherine iba a responder, pero se contuvo.
Henrietta se levantó de su asiento algo bruscamente y le pidió a Katherine que tocara el piano.
La duquesa tomó el «Morning Post».
«¡Pobre Ferdinand! ¡Él también solía cantar tan hermosamente una vez! —dijo Katherine a Miss Temple, en voz baja—. Ahora nunca canta».
«Debes obligarlo», dijo Henrietta.
Miss Grandison negó con la cabeza.
«Tienes influencia sobre él; deberías ejercerla», dijo Henrietta.
«No tengo, ni deseo tener, influencia sobre él —dijo Miss Grandison—. Queridísima Miss Temple, el mundo está equivocado con respecto a mí y a mi primo; y, sin embargo, no debería decirte lo que no he creído conveniente confesar ni siquiera a mi tía».
Henrietta se inclinó y le besó la frente. «Di lo que quieras, queridísima Miss Grandison; hablas con una amiga que te quiere y respetará tu secreto».
Los caballeros entraron en ese momento en la sala e interrumpieron esta interesante conversación.
«No debe abandonar el instrumento, Miss Grandison», dijo Lord Montfort, sentándose a su lado. Ferdinand se puso a conversar con la duquesa; y Miss Temple fue la amable víctima de la pasión de su Gracia por el écarté.
«El capitán Armine es una persona de lo más agradable», dijo Lord Montfort.
Miss Grandison miró fijamente. «Estábamos hablando precisamente de Ferdinand —respondió—, y yo lamentaba su triste cambio».
«Una enfermedad grave, una enfermedad tan grave como la suya, debe cambiar a cualquiera por el momento; pronto volveremos a verlo como siempre».
«Nunca», dijo Miss Grandison con melancolía.
«Usted debe inspirarlo —dijo Lord Montfort—. Percibo que tiene una gran influencia sobre él».
«Le concedo a Lord Montfort una percepción mucho más aguda que esa», dijo Miss Grandison.
Sus ojos se encontraron: incluso la oscura mirada de Lord Montfort se encogió ante la mirada escrutadora de Miss Grandison. Le transmitió que su propósito no había pasado inadvertido.
«Pero usted puede ejercer influencia, si lo desea», dijo Lord Montfort.
«Pero puede que no me plazca», dijo Miss Grandison.
En ese momento se anunció al Sr. Glastonbury. Tenía una invitación general y solía hacer visitas vespertinas cuando la familia estaba libre. Cuando encontró a Ferdinand, Henrietta y Katherine, todos reunidos y con un atuendo tan extraño, su perplejidad fue maravillosa. El tono de relativa soltura, además, con el que Miss Temple se dirigió a él, completó su confusión. Empezó a sospechar que se había producido alguna explicación crítica. Miró a su alrededor buscando información.
«Todos hemos estado montando a caballo», dijo Lord Montfort.
«Así lo percibo», dijo Glastonbury.
«Y como llegamos demasiado tarde para cenar, nos refugiamos aquí», continuó su señoría.
«Lo observo», dijo Glastonbury.
«Miss Grandison es una música admirable, señor».
«Es una dama admirable en todos los aspectos», dijo Glastonbury.
«Quizá usted quiera acompañarla en alguna canzonetta; yo soy tan estúpido que no sé cantar. Ojalá pudiera inducir al capitán Armine».
«Ha dejado de cantar», dijo Glastonbury, con melancolía. «¿Pero Miss Temple?», añadió Glastonbury, haciendo una inclinación ante esa dama.
«Miss Temple también ha dejado de cantar», dijo Lord Montfort, tranquilamente.
«Vamos, Sr. Glastonbury —dijo la duquesa—, hubo un tiempo en que usted y yo cantamos juntos. Intentemos avergonzar a estos jóvenes». Dicho esto, su Gracia se sentó al piano, y el complacido Glastonbury reunió todas sus energías para acompañarla.
Lord Montfort se sentó junto a Ferdinand. «Siento oír que ha estado gravemente enfermo».
«Sí; he quedado algo afectado».
«Esta primavera lo recuperará».
«Eso me dice todo el mundo. No puedo decir que sienta su influencia beneficiosa».
«Debería», dijo Lord Montfort. «A nuestra edad deberíamos recuperarnos rápidamente».
«¡Sí! El tiempo es el gran médico. No puedo decir que tenga mucha más fe en él que en la primavera».
«Bueno, entonces está la Esperanza; ¿qué piensa de eso?»
«No tengo mucha fe», dijo Ferdinand, fingiendo sonreír.
«Crea, entonces, en el optimismo», dijo Henrietta Temple, sin apartar los ojos de las cartas. «Todo lo que es, es lo mejor».
«Ese no es mi credo, Miss Temple», dijo Ferdinand, y se levantó y se disponía a retirarse.
«¿Debe irse? ¡Hagamos todos algo mañana!», dijo Lord Montfort, intercambiando una mirada con Henrietta. «El Museo Británico; Miss Grandison desea ir al Museo Británico. Por favor, venga con nosotros».
«Es usted muy amable, pero...»
«¡Bien! Le escribiré una pequeña nota por la mañana y le contaré nuestros planes», dijo Lord Montfort. «Espero que no nos abandone».
Ferdinand hizo una inclinación y se retiró: evitó encontrarse con la mirada de Henrietta.
Los carruajes de Miss Temple y Miss Grandison fueron anunciados poco después, y, fatigadas por sus trajes de montar, estas damas no permanecieron mucho tiempo.
«Hoy ha sido un día de prueba», dijo Henrietta cuando estaba a punto de despedirse de Lord Montfort. «¿Qué piensas de los asuntos? Te vi hablando con Katherine. ¿Qué piensas?»
«Creo que Ferdinand Armine es un rival formidable. ¿Sabes?, ¡estoy algo celoso!»
«¡Digby! ¿Puedes ser poco generoso?»
«Mi dulce Henrietta, perdona mi ligereza. Hablé en el más absoluto tono de broma. No —continuó, pues ella parecía realmente herida—, dame las buenas noches muy dulcemente».
«¿Hay alguna esperanza?», dijo Henrietta.
«Bien está lo que bien acaba», dijo Lord Montfort, sonriendo; «que Dios te bendiga».
Glastonbury estaba a punto de retirarse cuando Lord Montfort regresó y le pidió que subiera a sus aposentos, pues deseaba mostrarle una curiosa talla antigua.
«Parecía algo sorprendido por los invitados que encontró aquí esta noche», dijo Lord Montfort cuando estuvieron solos.
Glastonbury se mostró algo confundido. «Fue ciertamente un encuentro curioso, considerando todas las cosas», continuó Lord Montfort: «Henrietta nunca me ha ocultado nada del pasado, pero siempre he deseado ahorrarle los detalles. Le dije esta mañana que hablaría con usted sobre el tema, y esa es la razón por la que le he pedido que venga aquí».
«Es una historia dolorosa», dijo Glastonbury.
«Tan dolorosa para mí como para cualquiera», dijo su señoría; «sin embargo, debe ser contada. ¿Cuándo conoció por primera vez a Miss Temple?»
«Nunca lo olvidaré», dijo Glastonbury, suspirando y moviéndose con mucha inquietud en su silla. «La tomé por Miss Grandison». Y Glastonbury se adentró entonces en una historia completa de todo lo que había ocurrido.
«Es una historia extraña, maravillosa», dijo Lord Montfort, «¿y comunicó usted todo a Miss Grandison?»
«Todo menos el nombre de su rival. A eso no quiso escuchar. No era justo, dijo, para alguien tan desafortunado y tan infeliz».
«Parece una persona admirable, esa Miss Grandison», dijo Lord Montfort.
«Es, de hecho, lo más cercano a un ángel que puede haber en la tierra», dijo Glastonbury.
«¿Entonces sigue siendo un secreto para los padres?»
«Así lo quiso ella», dijo Glastonbury. «Ella se aferra a ellos, que la quieren realmente como a una hija; y se encogió ante la desolación que se estaba preparando para ellos».
«¡Pobre muchacha! —dijo Lord Montfort—, ¡y pobre Armine! Por el cielo, le compadezco desde el fondo de mi corazón».
«Si lo hubiera visto como yo —dijo Glastonbury—, ¡más loco que el más loco de los locos! Fue un espectáculo terrible».
«Ah, el corazón, el corazón —dijo Lord Montfort—: es un órgano delicado, Sr. Glastonbury. ¿Y cree usted que su padre y su madre no sospechan nada?»
«No sé qué piensan», dijo Glastonbury, «pero pronto deben saberlo todo». Y pareció estremecerse ante el pensamiento.
«¿Por qué deben saberlo?», preguntó Lord Montfort.
Glastonbury se quedó mirando.
«¿No hay esperanza de suavizar y aplacar todas sus penas? —dijo Lord Montfort—; ¿no podemos reunir de nuevo a estos espíritus jóvenes y separados?»
«Es mi única esperanza —dijo Glastonbury—, y sin embargo a veces la considero una causa perdida».
«Es el único deseo de Henrietta», dijo Lord Montfort; «¿no puede ayudarnos? ¿Quiere unirse a esta conspiración de afecto con nosotros?»
«No necesito espuelas para una obra tan justa», dijo Glastonbury, «pero no puedo ocultarme la extrema dificultad. Ferdinand es el más impetuoso de los seres humanos. Sus pasiones son un torbellino; su voluntad, más violenta de lo que conviene a un mortal que sufre».
«¿Piensa, entonces, que no hay dificultad más que con él?»
«No sé qué decir —dijo Glastonbury—; por muy tranquilo que parezca el temperamento de Miss Grandison, ella tiene cualidades heroicas. ¡Oh! ¡Lo que no habré visto soportar a esa admirable joven! Ay, mi Digby, mi querido señor, pocos pasajes de esta terrible historia están grabados en mi memoria más profundamente que el día en que le revelé el secreto fatal. Sin embargo, y principalmente por su bien, era mi deber».
«¿Fue en Armine?»
«En Armine. Aproveché una oportunidad cuando estábamos solos, sin miedo a ser interrumpidos. Habíamos ido a ver una antigua abadía en el vecindario. Estábamos sentados entre sus ruinas cuando le tomé la mano e intenté prepararla para la funesta noticia. "No todo va bien con Ferdinand", dijo inmediatamente; "hay algún misterio. Hace mucho que lo sospecho". Escuchó mi relato, suavizado todo lo que pude por su bien, en silencio. Sin embargo, su palidez nunca podré olvidarla. Parecía una santa en una hornacina. Cuando terminé, me susurró que la dejara por un corto tiempo, y me alejé, fuera de su vista en efecto, pero tan cerca que pudiera llamarme fácilmente. Me quedé solo hasta el crepúsculo, en un estado de melancólico suspenso que recuerdo incluso ahora con angustia. Al fin oí que pronunciaban mi nombre, con una voz baja pero clara, y miré a mi alrededor y allí estaba ella. Había estado llorando. Le tomé la mano, la apreté y la conduje al carruaje. Cuando nos acercamos a nuestro infeliz hogar, me rogó que pusiera sus excusas a la familia, y durante dos o tres días no la vimos más. Al fin me envió a llamar y me dijo que había estado dando vueltas a todas estas tristes circunstancias en su mente, y que sentía más por los demás incluso que por sí misma; que perdonaba a Ferdinand, y le compadecía, y actuaría hacia él como una hermana; que su corazón estaba distraído con los pensamientos de la infeliz joven, cuyo nombre nunca conocería, pero que si con su ayuda podía lograr su unión, no faltarían medios, aunque su fuente debiera ser ocultada; que por el bien de su tía, a quien está realmente apasionadamente unida, guardaría el secreto hasta que no pudiera mantenerse por más tiempo; y que mientras tanto era de esperar que la salud pudiera ser restaurada a su primo, y la Providencia interviniera de algún modo en favor de esta infeliz familia».
«¡Criatura angelical! —dijo Lord Montfort—. Tan joven, además; creo que tan hermosa. ¡Dios mío! Con tal corazón, ¿qué podría desear Armine?»
«¡Ay! —dijo Glastonbury, y negó con la cabeza—. Usted no conoce el amor de Ferdinand Armine por Henrietta Temple. Es una cosa salvaje y temible; supera la comprensión humana».
Lord Montfort se reclinó en su silla y se cubrió el rostro con las manos. Tras unos minutos levantó la vista y dijo con su tono plácido habitual, y con la frente serena: «¿Tomará algo antes de irse, Sr. Glastonbury?»
CAPÍTULO X.
En el cual el capitán Armine aumenta su conocimiento del valor del dinero, y también se percata de la ventaja de un conocido que quema carbón.
Ferdinand regresó a su hotel de no muy buen humor, dando vueltas en su mente al consejo de Miss Temple sobre el optimismo. ¿Qué podía querer decir? ¿Existía realmente una conspiración para que se casara con su prima, y era Miss Temple una de las conspiradoras? Apenas podía creerlo, y sin embargo era la deducción más probable de todo lo que se había dicho y hecho. Había vivido para presenciar sucesos tan extraños que ningún acontecimiento debería ya asombrarle. ¡Solo pensar que había estado sentado tranquilamente en un salón con Henrietta Temple, y ella declaradamente comprometida para casarse con otra persona que estaba presente; y que él, Ferdinand Armine, debía ser el compañero seleccionado para su paseo matutino, y ser invitado con calma a contribuir a su diversión diaria con su presencia social! ¿Qué vendría después? Si esto no era un insulto, una ultraje grosero, flagrante e insoportable, estaba totalmente perdido para comprender qué se entendía por orgullo ofendido. ¡Optimismo, de verdad! ¡Se sentía mucho más inclinado a abrazar la fe de los maniqueos! ¡Y qué tonto fue al haberse sometido a una situación tan despreciable, tan degradante! ¡Qué infinita debilidad no ser capaz de resistir su influencia, la influencia de una mujer que le había traicionado! Sí, traicionado. Había reconciliado su mente durante algún tiempo con la idea de la traición de Henrietta hacia él. Suavizada por el tiempo, expiada por el largo sufrimiento, atenuada por la constante sinceridad de su propósito, su imprudencia original, por usar su propia frase al describir su mala conducta, había dejado gradualmente de figurar como una causa válida y suficiente para su comportamiento hacia él. Cuando recordaba cómo había amado a esta mujer, lo que había sacrificado por ella y la miseria que en consecuencia había acarreado sobre sí mismo y sobre todos sus seres queridos; cuando contrastaba su peligrosa situación actual con la triunfante prosperidad de ella, y recordaba que mientras él se había dedicado a un amor que resultó falso, ella, que le había abandonado, era, por un capricho del destino, absolutamente recompensada por su inconstancia; se enfurecía, sentía asco, se despreciaba a sí mismo por haber sido su esclavo; empezaba incluso a odiarla. ¡Terrible momento aquel en que nos atrevemos a ver por primera vez con sentimientos de repugnancia al ser que nuestra alma ha idolatrado durante tanto tiempo! Es la más terrible de las revelaciones. Retrocedemos horrorizados, como si estuviéramos cometiendo un acto de profanación.
Otras molestias, sin embargo, de un carácter menos etéreo, aguardaban a nuestro héroe a su regreso al hotel. Allí encontró una carta de su abogado, informándole de que ya no podía esquivar la determinación de uno de los principales acreedores del capitán Armine de arrestarlo instantáneamente por una suma considerable. El pobre Ferdinand, mortificado y acosado, con el corazón y el espíritu rotos, apenas pudo evitar un gemido. Sin embargo, había que tomar alguna medida. Apartó a Henrietta de sus pensamientos y, tratando de reunir algo de su antigua energía, dio vueltas en su mente al desesperado expediente que aún le quedaba.
Su sueño se vio interrumpido por sueños de alguaciles y una vaga idea de Henrietta Temple triunfando en su miseria; pero se levantó temprano, escribió una nota diplomática a su amenazante acreedor, con la que se sentía seguro de ganar tiempo, y luego, haciendo una esmerada higiene, pues cuando un hombre va a intentar pedir dinero prestado es prudente parecer próspero, se dirigió a un barrio de la ciudad donde vivía un caballero con cuyo hermano había tenido algunos tratos previos en Malta, y cuya amistad había entablado en Inglaterra a propósito de ellos.
Fue en ese sombrío barrio llamado Golden-square, cuyo lúgubre reposo golpea tan misteriosamente los sentidos tras el brillante bullicio de la adyacente Regent-street, donde el capitán Armine se detuvo ante una mansión noble pero ahora deslucida, que en tiempos antiguos y más felices podría haber estado habitada por su abuelo o alguno de sus alegres amigos. Una placa de latón en la puerta informaba al mundo de que allí residían los señores Morris y Levison, dedicados al no muy ambicioso oficio de comerciantes de carbón. Pero si todos los que se dedicaban a ese oficio algo humilde pudieran arreglárselas para comerciar con carbón con la misma destreza que los señores Morris y Levison, ¡qué grandes comerciantes de carbón serían!
El pesado portal obedeció la señal del timbre y aparentemente se abrió sin medios humanos; y el capitán Armine, avanzando por un pasillo oscuro pero espacioso, abrió una puerta que le invitaba mediante una inscripción en vidrio esmerilado que le aseguraba que estaba entrando en la oficina de contabilidad. Allí, varios empleados, acomodados dentro de altas paredes de la caoba más oscura y apagada, estaban ocupados; sin embargo, uno avanzó hacia una abertura en esta fortificación y aceptó la tarjeta que le ofrecía el visitante. El empleado examinó el billete con una mirada peculiar; y luego, pidiendo al visitante que se sentara, desapareció. No estuvo mucho tiempo ausente, pero pronto invitó a Ferdinand a seguirle. El capitán Armine fue conducido por una noble escalera hasta un salón que una vez fue espléndido. El techo estaba ricamente tallado, y aún se podían detectar los restos de su otrora magnífico adorno en las tenues formas de deidades desvaídas y los rastros de dorado turbio. Las paredes de este apartamento estaban atestadas de cuadros, dispuestos, sin embargo, con poca atención al gusto, al efecto o al estilo. Una copia desparramada de la Venus de Tiziano flanqueaba a una condesa algo rígida de Hoppner; un paisaje que recordaba a Gainsborough era el compañero de un lunar borroso, que debía de haber figurado en la última exposición; e insípidas matronas romanas de Hamilton y rígidos héroes ingleses de Northcote contrastaban con una gran cantidad de representaciones de segunda categoría de las orgías de campesinos holandeses y retratos de caballos de carreras favoritos y perros de fantasía. La habitación estaba llena de muebles feos de todo tipo, muy sólidos y principalmente de caoba; entre los cuales no había menos de tres escritorios, por no hablar de los enormes sofás de crin. Un aparador de proporciones babilónicas estaba coronado por tres macizas y enormes bandejas de plata, inmensos candelabros de brazo del mismo metal precioso y una ponchera de porcelana que podría haberle sentado bien al enano de Brobdingnag. El suelo estaba cubierto con una alfombra turca desvaída. Pero en medio de todo este sólido esplendor había ciertas insinuaciones de elegancia femenina en el velo de papel rosa finamente cortado que cubría la desnudez de la chimenea vacía pero altamente pulida, y en las pantallas de mano, que estaban profusamente adornadas con cintas del mismo tono, y una de las cuales ofrecía una visión muy precisa si no pintoresca de Margate, mientras que la otra resplandecía con una enorme guirnalda de rosas de repollo y junquillos.
Ferdinand no estuvo mucho tiempo solo, y el Sr. Levison, el propietario de todo este esplendor, entró. Era un hombre bajo y robusto, con un semblante grave pero apuesto, un poco calvo, pero sin embargo con una elaboración en el atuendo que podría haber sentado mejor a un hombre más joven. Llevaba una levita de color ciruela del paño más fino; su chaleco de terciopelo verde estaba custodiado por una cadena de oro que habría sido la envidia de cualquier concejal de una nueva ciudad; un inmenso ópalo brillaba en el pecho de su camisa bordada; y sus dedos estaban cubiertos con anillos muy finos.
«Su servidor, Capitán», dijo el Sr. Levison, y colocó una silla para su invitado.
«¿Cómo estás, Levison?», respondió nuestro héroe con voz natural. «¿Alguna novedad?»
El Sr. Levison se encogió de hombros mientras murmuraba: «Los tiempos están muy mal, Capitán».
—¡Oh!, eso me imagino —dijo Ferdinand—; ojalá les fueran tan bien conmigo como a usted. Por Júpiter, Levison, debe estar haciendo una fortuna inmensa.
El Sr. Levison negó con la cabeza mientras gemía: —Trabajo duro, Capitán; pero los tiempos están terribles.
—¡Tonterías! ¡Vamos! Quiero que me ayude un poco, viejo amigo. No nos andemos con rodeos.
—¡Oh! —se lamentó el Sr. Levison—, no podría haber venido en peor momento; no sé lo que es el dinero.
—Por supuesto. Sin embargo, el hecho es que necesito dinero; y así, viejo amigo, somos viejos conocidos, y debe conseguirlo.
—¿Qué quiere, Capitán? —dijo lentamente el Sr. Levison, con una expresión de miseria.
—¡Oh! Quiero una suma bastante considerable, esa es la verdad; pero solo la necesito por un momento.
—No es el momento, es el dinero —dijo el Sr. Levison—. Sabe que mi socio y yo, Capitán, siempre estamos ansiosos por hacer lo que podamos para servirle.
—Bien, ahora puede hacerme un verdadero servicio y, por Júpiter, nunca se arrepentirá. Al grano: necesito 1.500 libras.
—¡Mil quinientas libras! —exclamó el Sr. Levison—. No hay tanto en el país.
—¡Patrañas! Tiene que aparecer. ¿Para qué sirve toda esta farsa conmigo? Quiero 1.500 libras y debe dármelas.
—Le diré lo que hay, Capitán —dijo el Sr. Levison, apoyándose en el respaldo de una silla y hablando con insensible serenidad—; le diré lo que hay: mi socio y yo estamos siempre muy dispuestos a ayudarle, pero queremos saber cuándo se celebrará la boda, y esa es la verdad.
—Al diablo con la boda —dijo el capitán Armine, bastante desconcertado.
—Ahí está la cuestión, sin embargo —dijo el Sr. Levison, muy tranquilo—. Sabe, Capitán, que hay atrasos en esa renta vitalicia, tres años para el próximo San Miguel. Creo que es San Miguel; déjeme ver. —Dicho esto, el Sr. Levison abrió un escritorio, sacó un volumen de aspecto aterrador y, consultando el terrible índice, pasó a la fatal página del nombre de Armine—. ¡Sí! Tres años para el próximo San Miguel, Capitán.
—Bueno, se le pagará —dijo Ferdinand.
—Esperamos que así sea —dijo el Sr. Levison—; pero es una cifra abultada.
—Bien, ¿pero no obtiene un interés excelente?
—¡Puf! —dijo el Sr. Levison—; ¿diez por ciento? ¡Vaya! Eso es regalar el dinero. ¡Vaya! Eso es sangrarme, Capitán. Con esta nueva ley, las rentas no valen nada. Mi socio y yo ya no hacemos rentas vitalicias. Es tirar el dinero; y con todo este capital bloqueado; y todo para servirle a usted.
—Bien, no quiere ayudarme —dijo Ferdinand, levantándose.
—¿Realmente quiere mil quinientas? —preguntó el Sr. Levison.
—Por Júpiter, así es.
—Bueno, ahora, Capitán, ¿cuándo se celebrará esa boda?
—¿No le he dicho mil veces, a usted y a Morris también, que mi prima no debe casarse hasta que haya pasado un año desde la muerte de mi abuelo? Apenas ha pasado un año. Pero, por supuesto, en este momento, más que en ningún otro, no puedo permitirme estar falto de fondos.
—Muy cierto, Capitán; y nosotros somos los hombres para servirle, si pudiéramos. Pero no podemos. Nunca hubo tiempos así para el dinero; no se ve por ninguna parte. Sin embargo, haremos lo que podamos. Las cosas van muy mal en Malta, y esa es la verdad. Ahí está ese joven Catchimwhocan, estamos muy metidos con él; y ahora que ha dejado los Fusileros y ha entrado en el Parlamento, no nos hace ni caso. Si al menos nos pagara, usted tendría el dinero; ayúdeme Dios, lo tendría.
—Pero él no le pagará —dijo Ferdinand—. ¿Qué puede hacer usted?
—Bueno, tengo un amigo —dijo el Sr. Levison— que sé que tiene trescientas libras en su banco, y podría prestárnoslas; pero tendremos que pagar por ello.
—Supongo que sí —dijo Ferdinand—. Bien, trescientas.
—Yo no tengo ni un chelín —dijo el Sr. Levison—. El joven Touchemup nos dejó ayer en la estacada con 750 libras, así me ayude Dios, y nunca nos avisó. Ahora bien, usted es un caballero, Capitán; nunca paga, pero siempre nos avisa.
Ferdinand no pudo evitar sonreír ante la idea de «caballero» que tenía el Sr. Levison.
—Bien, ¿qué más puede hacer?
—Bueno, entran doscientas mañana —dijo el Sr. Levison—; puedo confiar en eso.
—Bien, eso son quinientas.
—Y usted quiere mil quinientas —dijo el Sr. Levison—. Bueno, a mi socio y a mí siempre nos gusta servirle, y ciertamente es muy incómodo para usted necesitar dinero en este momento. Pero si quiere comprar joyas, puedo conseguirle el crédito que quiera, ya sabe.
—Hablaremos de eso más adelante —dijo Ferdinand.
—¡Mil quinientas libras! —exclamó el Sr. Levison—. Bueno, supongo que debemos conseguir 700 libras de alguna manera, y usted tendrá que aceptar el resto en carbón.
—¡Oh, por Júpiter, Levison, eso es demasiado!
—No veo otra forma —dijo el Sr. Levison, con bastante obstinación.
—Pero, maldita sea, buen hombre, mi querido Levison, ¿qué diablos voy a hacer con 800 libras en carbón?
—¡Señor! Mi querido Capitán, 800 libras de carbón no son nada. Con sus contactos, se deshará de ellos en una mañana. Todo lo que tiene que hacer, ya sabe, es dar a sus amigos una orden de compra a nuestro nombre, y nosotros le daremos el efectivo con un pequeño descuento.
—Entonces puede darme el efectivo ahora con un pequeño descuento, o incluso grande; no puedo deshacerme de 800 libras en carbón.
—Vamos, no son cuatrocientas chaldron, Capitán —replicó el Sr. Levison—. Tres o cuatro amigos harían el trabajo. Vaya, el barón Squash nos compra diez mil chaldron cada año; pero tiene mucha maña, consigue que los clubes se los queden.
—¡El barón Squash, nada menos! ¿Sabe con quién está hablando, Sr. Levison? ¿Cree que voy a convertirme en comerciante de carbón? ¡Su socio, por Júpiter! No, señor; deme las 700 libras, sin el carbón, y cobre el interés que quiera. —No podríamos hacerlo, Capitán. No es nuestra forma de trabajar—. —Le pregunto una vez más, Sr. Levison, ¿me dará el dinero o no?
—¡Vamos, Capitán, no sea tan altanero! No es la forma de hacer negocios. Mi socio y yo deseamos servirle; de verdad. Y si cien libras le son de alguna utilidad, las tendrá bajo su aceptación; y no seremos curiosos sobre qué nombre firma; de verdad que no.
—Bien, Sr. Levison —dijo Ferdinand, levantándose—, veo que no podemos hacer nada hoy. Las cien libras no me servirían de nada. Pensaré en su propuesta. Buenos días.
—¡Ah, hágalo! —dijo el Sr. Levison, haciendo una reverencia y abriendo la puerta—, hágalo, Capitán; deseamos servirle, de verdad. Mire cómo nos portamos con esos atrasos. Piense en el carbón; hágalo. Vamos por un trato; ¡vamos! ¡Vamos, Capitán, me atrevo a decir que ahora podría conseguirnos el negocio del Junior Sarvice Club; y entonces tendrá las setecientas bajo su aceptación por tres meses, a dos chelines por libra; ¡vamos!
CAPÍTULO XI.
En el cual el capitán Armine reanuda inesperadamente su relación con Lord Catchimwhocan, quien le presenta al Sr. Bond Sharpe.
Ferdinand abandonó a su amable amigo el Sr. Levison de muy mal humor; pero justo cuando salía de la casa, un cabriolé, bellamente pintado de un color verde brillante, realzado con un blanco algo cremoso, y tirado por un vistoso caballo de Holstein de tono leonado, con cola y crines fluidas de color blanco leche, y equipado con un arnés casi tan precioso como el aparador del Sr. Levison, se detuvo ante la puerta.
—¡Armine, por Júpiter! —exclamó el conductor con gran cordialidad.
—¡Ah!, ¿eres tú, Catch? —dijo Ferdinand—. ¿Qué? ¿Has estado aquí? —dijo Lord Catchimwhocan—. ¿En el viejo trabajo, eh? ¿"Mi socio y yo" es molesto? Porque tu semblante no es muy radiante.
—Por Júpiter, viejo amigo —dijo Ferdinand, con tono abatido—, estoy en un aprieto y también hecho una furia. Aquí no hay nada que hacer.
—No importa —dijo su señoría—; mantén el ánimo, salta a mi cabriolé y veremos cómo podemos continuar la guerra. Solo voy a decir una palabra a "mi socio y yo".
Dicho esto, su señoría saltó a la casa tan alegre como una alondra, a pesar de que tenía una letra por una buena suma a punto de ser rechazada en el transcurso de unas pocas horas.
—Bueno, mi querido Armine —reanudó cuando reapareció y tomó las riendas—, ahora, mientras conduzco, cuéntamelo todo; porque si hay un hombre en el mundo al que me gustaría "servir", es a ti, mi noble Ferdinand.
Con este estímulo, el capitán Armine no tardó en verter sus preocupaciones en un pecho afín.
—Conozco al hombre para "servirte" —dijo Catchimwhocan.
—El hecho es que estos tipos aquí son unos farsantes a la antigua usanza. La única idea que tienen es dinero, dinero. No tienen nociones ilustradas. Te presentaré a un tipo genial; y si él no hace nuestro negocio, estoy muy equivocado. ¡Coraje, viejo amigo! ¿Qué te parece este comienzo?
—Condenadamente elegante. Por cierto, Catch, muchacho, estás gastando bastante, ya veo.
—Sin duda. Siempre te he dicho que hay un cierto sistema en los asuntos que siempre evita que los hombres se hundan. Ningún tipo se arruina si tiene contactos. ¿Qué hombre que haya tenido su oportunidad ha sido realmente puesto fuera de combate, a menos que fuera alguien que nunca debió entrar en la arena, presumiendo sin grupo, haciéndose el maldito tonto y teniendo a todos por enemigos? Mientras un hombre se mueva y esté en un buen grupo, siempre aparece algo. Yo entré en el Parlamento, ya ves; y tú, tú te vas a casar.
Todo este tiempo, el cabriolé corría por Regent-street, serpenteando por el Quadrant, girando a lo largo de Pall Mall, hasta que finalmente entró en Cleveland-row y se detuvo ante una mansión recién pintada, recién señalizada y extremadamente compacta, cuyo largo llamador de latón de la puerta verde oscuro resonó bajo el toque practicado del criado de su señoría. Incluso el caballo de Holstein leonado, con la crin blanca y fluida, parecía consciente de la localidad y se detuvo ante el lugar de descanso habitual de la manera más natural imaginable. Un criado alto, bien empolvado y con una librea oscura y bien dispuesta, apareció inmediatamente.
—¿En casa? —preguntó Lord Catchimwhocan, con una expresión peculiarmente confidencial.
—Para usted, mi señor —respondió el asistente.
—Salta, Armine —dijo su señoría; y entraron en la casa.
—¿Solo? —dijo su señoría.
—No solo —dijo el criado, guiando a los amigos hacia el comedor—, pero tendrá la tarjeta de su señoría inmediatamente. Hay varios caballeros esperando en el tercer salón; así que he mostrado el camino a su señoría aquí, y me aseguraré de que le vea antes que a nadie.
—Es un buen tipo —dijo Lord Catchimwhocan, metiendo la mano en el bolsillo de su chaleco para darle un soberano; pero al no encontrar uno, añadió—: te recordaré.
El comedor al que fueron conducidos estaba en la parte trasera de la casa y daba a unos jardines agradables. El apartamento estaba en cierta confusión en este momento, pues su anfitrión daba una cena hoy, y sus cenas eran famosas. La mesa estaba dispuesta para ocho invitados; sus detalles indicaban un gusto refinado. Un candelabro de porcelana de Dresde era la pieza central; había todo un servicio del mismo material, incluso en los mangos de los cuchillos y tenedores; y la selecta variedad de cristalería atrajo la atención de Ferdinand. La habitación era alta y espaciosa; estaba amueblada de forma sencilla y sobria; no había un objeto que pudiera distraer el gusto o perturbar la digestión. Pero el aparador, que llenaba un hueco al final del apartamento, presentaba un grupo abarrotado de vajilla de oro que podría haber adornado un palacio; magníficos escudos, altos jarrones, antiguas jarras, copas de marfil tallado engastadas en metal precioso y copas de vidrio rubí antiguo montadas sobre pedestales, brillando con gemas. Este despliegue accidental ofrecía ciertamente un contraste divertido con el esplendor perpetuo del bufé del Sr. Levison; y Ferdinand se preguntaba si resultaría que había una diferencia tan marcada entre los dos propietarios, cuando su compañero y él fueron llamados a la presencia del Sr. Bond Sharpe.
Subieron una escalera perfumada con flores, y en cada rellano había un trípode clásico o un pedestal coronado con un busto. Y luego fueron conducidos a un salón de elegancia parisina; gabinetes buhl, mesas de marquetería, colgaduras del más selecto damasco suspendidas de cornisas bruñidas de antigua talla. Las sillas habían sido saqueadas de un palacio veneciano; los sofás eran parte del botín de la revolución francesa. Había biombos de cristal en marcos dorados, y un reloj que representaba la muerte de Héctor, con la rueda del carro de Aquiles indicando convenientemente la hora. Una mesa redonda de mosaico, montada sobre un pedestal dorado, estaba casi cubierta de papeles; y desde un sillón, sostenido por cojines de aire, se levantó a medias para darles la bienvenida el Sr. Bond Sharpe. Era un hombre no muchos años mayor que el capitán Armine y su amigo; de apariencia elegante, pálido, pensativo y agradable. Un profundo pensamiento estaba impreso en su frente clara y saliente, y la expresión de sus ojos grises hundidos, delicadamente arqueados, era singularmente escrutadora. Su figura era delgada pero compacta. Su vestimenta era sencilla, pero un modelo en su estilo. Iba vestido completamente de negro, y sus únicos adornos eran sus gemelos, que eran de turquesa y de gran tamaño: ¡pero nunca hubo botas iguales, tan brillantes y tan pequeñas!
Dio la bienvenida a Lord Catchimwhocan con una voz apenas por encima de un susurro, y recibió al capitán Armine de una manera igualmente elegante y digna.
—Mi querido Sharpe —dijo su señoría—, voy a presentarte a mi amigo más particular y antiguo compañero de armas. Este es el capitán Armine, único hijo de Sir Ratcliffe y heredero del castillo de Armine. Se va a casar muy pronto con su prima, la señorita Grandison, la mayor heredera de Inglaterra.
—Chist, chist —dijo Ferdinand, encogiéndose ante esta falsa representación, y el Sr. Sharpe, con delicadeza considerada, intentó frenar a su señoría.
—Bueno, no importa, no diré nada sobre eso —continuó Lord Catchimwhocan—. Lo breve y lo largo de esto es que mi amigo Armine está apurado, y debemos continuar la guerra hasta que lleguemos a los cuarteles de invierno. Tú eres justo el hombre para él, y por Júpiter, mi querido Sharpe, si deseas obligarme sensatamente, pues estoy seguro de ser uno de tus amigos más cálidos, harás todo por Armine que la energía humana pueda lograr.
—¿Cuál es la dificultad actual que tiene? —preguntó el Sr. Sharpe a nuestro héroe, en un susurro tranquilo.
—Bueno, la dificultad actual que tiene —dijo Lord Catchimwhocan—, es que necesita 1.500 libras.
—Supongo que ya ha recaudado dinero, capitán Armine —dijo el Sr. Sharpe.
—De todas las formas posibles —dijo el capitán Armine.
—Por supuesto —dijo el Sr. Sharpe—, a su edad uno lo hace naturalmente. Y supongo que está molesto por estas 1.500 libras.
—Estoy amenazado con un arresto inmediato, y arresto en ejecución.
—¿Quién es la parte demandante?
—Bueno, me temo que es alguien inmanejable, incluso para usted. Es una casa en Malta.
—El Sr. Bolus, supongo.
—Exactamente.
—Eso pensé.
—Bueno, ¿qué se puede hacer? —dijo Lord Catchimwhocan.
—¡Oh!, no hay dificultad —dijo el Sr. Sharpe tranquilamente—. El capitán Armine puede tener cualquier dinero que quiera.
—Estaré feliz —dijo el capitán Armine— de pagar cualquier consideración que considere oportuna.
—¡Oh!, mi querido señor, no puedo pensar en eso. El dinero es una droga ahora. Estaré feliz de acomodarle sin darle ninguna molestia. Puede tener las 1.500 libras, si lo desea, en este mismo momento.
—Realmente, usted es muy generoso —dijo Ferdinand, muy sorprendido—, pero siento que no tengo derecho a tales favores. ¿Qué garantía puedo darle?
—Le presto el dinero a usted. No quiero ninguna garantía. Puede devolverme cuando quiera. Déme su pagaré. —Dicho esto, el Sr. Sharpe abrió un cajón y, sacando su chequera, redactó un giro por las 1.500 libras—. Creo que tengo un sello en la casa —continuó, mirando a su alrededor—. Sí, aquí hay uno. Si completa esto, capitán Armine, el asunto puede concluirse de inmediato.
—Por mi honor, Sr. Sharpe —dijo Ferdinand, muy confundido—, no me gustaría parecer insensible a esta extraordinaria amabilidad, pero realmente vine aquí por el más puro accidente y sin ninguna intención de solicitar o recibir tales favores. Y mi buen amigo aquí le ha dado una descripción demasiado brillante de mis recursos. Es muy probable que le cause gran inconveniente.
—Realmente, capitán Armine —dijo el Sr. Sharpe con una ligera sonrisa—, si estuviéramos hablando de una suma de alguna importancia, bueno, uno podría ser un poco más puntilloso, pero por tal bagatela ya hemos perdido demasiado tiempo discutiéndolo. Me alegra servirle.
Ferdinand se quedó mirando, recordando al Sr. Levison y al carbón. El Sr. Sharpe redactó él mismo el pagaré y se lo presentó a Ferdinand, quien lo firmó y guardó el giro en el bolsillo.
—Tengo varios caballeros esperando —dijo el Sr. Bond Sharpe—; lamento no poder aprovechar esta oportunidad de cultivar su amistad, capitán Armine, pero estimaría un gran honor si usted cenara conmigo hoy. Su amigo Lord Catchimwhocan me favorece con su compañía, y podría conocer a una o dos personas que le divertirían.
—Realmente estaré muy feliz —dijo Ferdinand.
Y el Sr. Bond Sharpe volvió a levantarse ligeramente y los acompañó fuera de la habitación.
—Bueno, ¿no es un tipo genial? —dijo Lord Catchimwhocan, cuando estuvieron una vez más en el cabriolé.
—Estoy tan asombrado —dijo Ferdinand— que no puedo hablar. ¿Quién, en nombre de la fortuna, es este gran hombre?
—Un genio —dijo Lord Catchimwhocan—. ¿No crees que es un tipo condenadamente apuesto?
—El tipo más apuesto que he visto jamás —dijo el agradecido Ferdinand.
—¿Y modales excelentes?
—Muy distinguido.
—¡El hombre mejor vestido de la ciudad!
—¡Gusto exquisito!
—¡Qué casa!
—¡Excelente!
—¿Alguna vez viste tal mobiliario? Supera tus habitaciones en Malta.
—Nunca vi nada más completo en mi vida.
—¡Qué vajilla! —¡Milagrosa! —Y, créeme, tendremos la mejor cena de la ciudad.
—Bueno, me ha despertado el apetito —dijo Ferdinand—. Pero, ¿quién es él?
—Bueno, por negocio, es lo que llaman un agente de traspasos; es decir, es abogado por inspiración.
—Es un hombre maravilloso —dijo Ferdinand—. Debe ser muy rico.
—Sí; Sharpe debe valer un cuarto de millón. ¡Y lo ha hecho en tan poco tiempo!
—¡Vaya, no es mucho mayor que nosotros!
—Hace diez años, ese hombre era un boxeador —dijo Lord Catchimwhocan.
—¡Un boxeador! —exclamó Ferdinand.
—Sí; y vencía a todo el mundo. Pero era un genio demasiado grande para el cuadrilátero y se dedicó a las carreras.
—¡Ah!
—Luego montó un garito.
—¡Hum!
—Y después lo convirtió en un club privado.
—¡Oh!
—Todavía mantiene su garito, pero ahora funciona solo. Mientras tanto, es el primer usurero del mundo y estará en el próximo Parlamento.
—Pero si presta dinero en los términos en que me acomoda, difícilmente aumentará su fortuna.
—¡Oh!, puede hacer estas cosas cuando quiere. Le tomó cariño a usted. El hecho es, mi querido amigo, que Sharpe es muy rico y quiere entrar en la alta sociedad. Le gusta obligar a jóvenes distinguidos y puede permitirse arriesgar unos cuantos miles de vez en cuando. Cenando con él hoy, le has pagado de sobra el préstamo. Además, el tipo tiene una gran alma; y, aunque nació en un montón de estiércol, la naturaleza lo destinó a un palacio, y allí se ha colocado.
—Bueno, esta ha sido una mañana notable —dijo Ferdinand Armine, mientras Lord Catchimwhocan lo dejaba en su club—. ¡Estoy muy agradecido, querido Catch!
—Ni una palabra, mi querido amigo. Tú me has ayudado antes, y me alegra ser el medio para asistir al mejor tipo del mundo, y eso es lo que todos pensamos de ti. ¡Au revoir! Cenamos a las ocho.
CAPÍTULO XII.
La señorita Grandison hace un descubrimiento notable.
Mientras tanto, mientras la sombría mañana que Ferdinand había anticipado terminaba con una aventura tan agradable, Henrietta y la señorita Grandison, acompañadas por Lord Montfort y Glastonbury, realizaron su prometida visita al Museo Británico.
«Siento que el capitán Armine no haya podido acompañarnos», dijo Lord Montfort. «Le envié un recado esta mañana temprano, pero ya había salido».
«Tiene muchos asuntos que atender», dijo Glastonbury.
La señorita Temple parecía seria; pensaba en el pobre Ferdinand y en todas sus preocupaciones. Sabía bien a qué asuntos se refería Glastonbury. La idea de que quizá en ese preciso instante estuviera luchando con acreedores rapaces la llenaba de melancolía. Sin embargo, la novedad y la extrañeza de los objetos que la aguardaban desviaron su mente de esas dolorosas reflexiones. La señorita Grandison, que nunca había abandonado Inglaterra, estaba encantada con todo lo que veía; pero la galería egipcia atrajo principalmente la atención de la señorita Temple. Lord Montfort, atento a su promesa a Henrietta, se mostró muy solícito con la señorita Grandison.
«No puedo evitar lamentar que su primo no esté aquí», dijo su señoría, volviendo a una tecla que ya había pulsado. Pero Katherine no respondió.
«Parecía encontrarse mucho mejor gracias al esfuerzo que hizo ayer», continuó Lord Montfort. «Creo que le vendría bien estar más con nosotros».
«Parece que le gusta estar solo», dijo Katherine.
«Me extraña eso», dijo Lord Montfort; «no puedo concebir una vida más feliz que la que todos llevamos».
«Usted tiene motivos para ser feliz, y Ferdinand no», dijo la señorita Grandison, con calma.
«Hubiera pensado que él tenía grandes motivos», dijo Lord Montfort, indagando.
«No hay persona en el mundo tan infeliz como Ferdinand», dijo Katherine.
«¿Pero no podemos curar su infelicidad?», dijo su señoría. «Somos sus amigos; me parece que, con amigas como la señorita Grandison y la señorita Temple, uno nunca debería ser infeliz».
«Apenas puede decirse que la señorita Temple sea amiga de Ferdinand», dijo Katherine.
«Ciertamente, una muy cercana, se lo aseguro».
«Ah, esa es influencia suya».
«No, es su propio impulso».
«Pero ella solo lo conoció ayer por primera vez».
«Le aseguro que la señorita Temple es una amiga del capitán Armine más antigua que yo mismo», dijo su señoría.
«¡De veras!», dijo la señorita Grandison, con aire de considerable asombro.
«Sabe que fueron vecinos en el campo».
«¡En el campo!», repitió la señorita Grandison.
«Sí; el señor Temple, ya sabe, residía no lejos de Armine».
«¡No lejos de Armine!», siguió repitiendo la señorita Grandison.
«Digby», dijo la señorita Temple, dirigiéndose a él en ese momento, «háblele al señor Glastonbury de su esfinge en Roma. Era de granito, ¿no es así?».
«Y tallada con la mayor delicadeza. No recuerdo haber observado nunca una expresión de tan hermosa serenidad. El descubrimiento de que, después de todo, son rostros masculinos resulta bastante mortificante. Amaba su misteriosa belleza».
Lo que Lord Montfort había mencionado sobre el conocimiento previo de Henrietta y su primo hizo que la señorita Grandison reflexionara. Las palabras de la señorita Temple hacia Ferdinand ayer le habían parecido en el momento algo singulares; pero la impresión no se había quedado grabada en su mente. Sin embargo, ahora le parecía muy extraño que Henrietta se hubiera vuelto tan íntima de la familia Armine y de ella misma, y que nunca hubiera mencionado que conocía de antes a su pariente más cercano. Lady Armine no conocía a la señorita Temple hasta que se encontraron en Bellair House. Eso era seguro. La señorita Grandison había sido testigo de su presentación mutua. Ni Sir Ratcliffe tampoco. Y, sin embargo, Henrietta y Ferdinand eran amigos, buenos amigos, viejos amigos, íntimamente conocidos: eso decía Lord Montfort, y Lord Montfort nunca se sonrojaba, nunca exageraba. Todo aquello era muy misterioso. Y si eran amigos, viejos amigos, buenos amigos, y Lord Montfort decía que lo eran, y, por lo tanto, no podía haber duda de la veracidad de la afirmación, su reconocimiento mutuo ayer fue singularmente frío.
No era indicativo de un conocimiento muy íntimo. Katherine lo había atribuido al desgano natural de Ferdinand por ser presentado a alguien ahora. Y, sin embargo, eran amigos, viejos amigos, buenos amigos. ¡Henrietta Temple y Ferdinand Armine! La señorita Grandison estaba tan perpleja que apenas miró otro objeto en las galerías.
Las damas estaban bastante cansadas cuando regresaron del museo. Lord Montfort caminó hasta el Travellers, y Henrietta accedió a quedarse a cenar en Brook-street. Katherine y ella se retiraron al tocador de la señorita Grandison, una bonita habitación donde estaban seguras de estar solas. Henrietta se arrojó sobre un sofá y tomó la última novela nueva; la señorita Grandison se sentó en un otomán a su lado y trabajó en un monedero que estaba haciendo para el señor Temple.
«¿Te gusta ese libro?», dijo Katherine.
«Me gustan las partes vivaces, pero no las serias», respondió la señorita Temple; «el autor ha observado, pero no ha sentido».
«Es satírico», dijo la señorita Grandison; «me pregunto por qué toda esta clase de escritores apunta ahora al sarcasmo. No encuentro que la vida sea la burla constante que ellos hacen de ella».
«Es porque no entienden la vida», dijo Henrietta, «sino que tienen alguna pequeña experiencia de la sociedad. Por eso sus obras dan una impresión pervertida de la conducta humana; pues aceptan como principio aquello que es solo un accesorio insignificante; y hacen de la existencia una sucesión de frivolidades, cuando incluso la carrera del más frívolo tiene sus momentos más profundos».
«Qué vívida es la descripción del escritor sobre un baile o una cena», dijo la señorita Grandison; «todo vive y se mueve. Y, sin embargo, cuando el héroe hace el amor, nada puede ser más antinatural. Sus sentimientos no son ni profundos, ni ardientes, ni tiernos. Todo es afectado y, no obstante, ridículo».
«No desprecio el talento que describe tan vívidamente una cena y un baile», dijo la señorita Temple. «Hasta donde llega, es muy entretenido, pero debería combinarse con materiales superiores. En una buena novela, las costumbres deben observarse y la moral debe sostenerse; requerimos pensamiento y pasión, además de vestuario y la representación viva de los arreglos convencionales; y el pensamiento y la pasión serán mejores gracias a estos accesorios, pues se verán realzados en la novela tal como se realzan en la vida, y el conjunto será más verdadero».
«¿Pero has leído esa escena de amor, Henrietta? ¡Me pareció tan ridícula!».
«Nunca leo escenas de amor», dijo Henrietta Temple.
«Oh, me encanta una historia de amor», dijo la señorita Grandison, sonriendo, «si es natural y tierna, y toca mi corazón. Cuando leo tales escenas, lloro».
«Ah, mi dulce Katherine, eres de corazón tierno».
«Y tú, Henrietta, ¿qué eres tú?».
«De corazón duro. La más insensible de los mortales».
«Oh, ¿qué diría Lord Montfort?».
«Lord Montfort lo sabe. Nunca tenemos escenas de amor».
«¿Y aun así lo amas?».
«Tiernamente; lo amo y lo estimo».
«Bueno», dijo la señorita Grandison, «puedo equivocarme, pero si yo fuera un hombre, no creo que me gustaría que la dama de mis amores me estimara».
«Y, sin embargo, la estima es la única base genuina de la felicidad, créeme, Kate. El amor es un sueño».
«¿Y cómo lo sabes, querida Henrietta?».
«Todos los escritores coinciden en que lo es».
«¿Los escritores a los que acabas de ridiculizar?».
«Una réplica justa; y, sin embargo, aunque tus palabras sean más ingeniosas, créeme, las mías son más sabias».
«Deseo que mi primo despierte de su sueño», dijo Katherine. «Para decirte un secreto, el amor es la causa de su infelicidad. No te muevas, querida Henrietta», añadió la señorita Grandison; «somos tan felices aquí»; pues la señorita Temple, en verdad, parecía no poco turbada.
«Deberías casarte con tu primo», dijo la señorita Temple.
«Poco conoces a Ferdinand o a mí cuando das ese consejo», dijo Katherine. «Nunca nos casaremos; nada es más cierto que eso. En primer lugar, para ser franca, Ferdinand no se casaría conmigo, nada lo induciría; y en segundo lugar, yo no me casaría con él, nada me induciría».
«¿Por qué no?», dijo Henrietta, en tono bajo, sosteniendo su libro muy cerca de su rostro.
«Porque estoy segura de que no seríamos felices», dijo la señorita Grandison. «Amo a Ferdinand y una vez podría haberme casado con él. Es tan brillante que no pude rechazar su propuesta. Y, sin embargo, siento que es mejor para mí que no nos hayamos casado, y espero que pueda resultar mejor para él, pues lo amo muy tiernamente. Él es, de hecho, mi hermano».
«¿Pero por qué no habrían de ser felices?», preguntó la señorita Temple.
«Porque no estamos hechos el uno para el otro. Ferdinand debe casarse con alguien a quien admire, alguien brillante como él, alguien que pueda simpatizar con todas sus fantasías. Soy demasiado tranquila y calmada para él. Tú le irías mucho mejor, Henrietta».
«Eres su prima; es una desgracia; si no lo fueras, él te adoraría y tú simpatizarías con él».
«Creo que no: me gustaría casarme con un hombre muy inteligente», dijo Katherine. «No podría soportar casarme con un tonto, o una persona común; me gustaría casarme con una persona muy superior en talento a mí misma, alguien cuya opinión me guiara en todos los puntos, uno de quien no pudiera diferir. Pero no Ferdinand; es demasiado imaginativo, demasiado impetuoso; no me guiaría, ni se dejaría guiar por mí».
La señorita Temple no respondió, sino que pasó una página de su libro.
«¿Conocías a Ferdinand antes de encontrarlo ayer en nuestra casa?», inquirió la señorita Grandison, con mucha inocencia.
«¡Sí!», dijo la señorita Temple.
«Eso pensaba», dijo la señorita Grandison, «creí que había algo en tu manera que indicaba que se habían conocido antes. No creo que conocieras a mi tía antes de encontrarla en Bellair House».
«No la conocía».
«¿Ni a Sir Ratcliffe?».
«Ni a Sir Ratcliffe».
«¿Pero sí conocías al señor Glastonbury?».
«Sí conocía al señor Glastonbury».
«¡Qué extraño!», dijo la señorita Grandison.
«¿Qué es extraño?», inquirió Henrietta.
«Que hayas conocido a Ferdinand antes».
«No es extraño en absoluto. Vino un día a cazar a casa de papá. Lo recuerdo muy bien».
«Oh», dijo la señorita Grandison. «¿Y el señor Glastonbury vino a cazar?».
«Conocí al señor Glastonbury una mañana que fui a ver la galería de pinturas en Armine. Es la única vez que lo he visto».
«¡Oh!», dijo la señorita Grandison de nuevo, «Armine es un lugar hermoso, ¿no es así?».
«Muy interesante».
«Conoces la pleasaunce».
«Sí».
«No te vi cuando estuve en Armine».
«No; acabábamos de ir a Italia».
«¡Qué hermosa te ves hoy, Henrietta!», dijo la señorita Grandison. «¡Quién podría creer que alguna vez estuviste tan enferma!».
«Estoy agradecida de haberme recuperado», dijo Henrietta. «Y, sin embargo, nunca pensé que regresaría a Inglaterra».
«Debes haber estado muy enferma en Italia, casi al mismo tiempo que el pobre Ferdinand estaba en Armine. ¡Solo piensa, qué extraño que ambos estuvieran tan enfermos al mismo tiempo, y ahora que todos seamos tan íntimos!».
La señorita Temple parecía perpleja y molesta. «¿Es tan extraño?», dijo finalmente en tono bajo.
«Henrietta Temple», dijo la señorita Grandison, con gran seriedad, «he descubierto un secreto; tú eres la dama de la que mi primo está enamorado».
CAPÍTULO XIII.
En el cual Ferdinand tiene el honor de cenar con el señor Bond Sharpe.
Cuando Ferdinand llegó a casa del señor Bond Sharpe, fue recibido por su anfitrión en una magnífica serie de salones y presentado a dos de los invitados que habían llegado anteriormente. El primero era un hombre robusto, pasado la mediana edad, cuyo rostro epicúreo centelleaba con humor. Este era Lord Castlefyshe, un par irlandés de gran celebridad en el mundo del lujo y el juego, agudo en las apuestas, y aún más en las cenas. Nadie sabía exactamente quién era realmente el otro caballero, el señor Blandford, pero tenía la reputación de ser enormemente rico y era proporcionalmente respetado. Había frecuentado la ciudad durante los últimos veinte años y no aparentaba ni un día más que en su primera aparición. Nunca hablaba de su familia, era soltero y, al parecer, no tenía parientes; pero se las había arreglado para identificarse con los primeros hombres de Londres, era miembro de todos los clubes de gran reputación y, en los últimos años, incluso se había convertido en una especie de autoridad; lo cual era extraño, pues no tenía pretensiones, era muy silencioso y solo modestamente ambicioso; buscando, de hecho, ningún éxito más feliz que el de fundirse en la brillante multitud, un átomo aceptado del agregado influyente. Como no destacaba por su talento ni por su persona, y como su establecimiento, aunque bien equipado, no ofrecía ningún esplendor singular, era bastante extraño que un caballero que aparentemente había caído de las nubes, o salido de una perrera, hubiera logrado plantarse tan vigorosamente en un suelo que se encoge ante cualquier cosa no indígena, a menos que esté recomendado por cualidades muy poderosas. Pero el señor Blandford era de buen carácter, y era ahora sencillo y experimentado, y existía una vaga tradición de que era inmensamente rico, un rumor que el señor Blandford siempre desmentía de una manera que confirmaba hábilmente su veracidad.
«¿Cena Mirabel con usted, Sharpe?», preguntó Lord Castlefyshe a su anfitrión, quien asintió.
«Espero que no lo esperen», dijo su señoría. «A propósito, Blandford, ayer te escabulliste».
«Prometí pasar por la casa del pobre duque antes de que se marchara», dijo el señor Blandford.
«¡Oh! ¿Se ha ido, verdad?», dijo Lord Castlefyshe. «¿Se lleva a su cocinero?».
Pero en ese momento el sirviente anunció al conde Alcibiades de Mirabel, a Charles Doricourt y al señor Bevil.
«Excelente Sharpe, ¿cómo estás?», exclamó el conde. «Castlefyshe, ¿qué bêtises le has estado contando a Crocky sobre Felix Winchester? Buen Blandford, excelente Blandford, ¿cómo está mi buen Blandford?».
El señor Bevil era un joven alto y apuesto, de gran familia y gran patrimonio, que pasaba su vida imitando al conde Alcibiades de Mirabel. Siempre se vestía con el mismo sastre, y era su orgullo que su cabriolé o su vis-à-vis fueran constantemente confundidos con el carruaje de su modelo; y, realmente, ahora, mientras la sombra estaba junto a su sustancia, igual de alta, casi igual de apuesto, con la levita forrada de satén abierta con el mismo estilo de fluida grandeza, y revelando un peto de cambray almidonado apenas menos ancho y brillante, el profano podría haber considerado la semejanza como perfecta. Los puños estaban vueltos con precisión no menos compacta, y estaban sujetos por gemelos enjoyados que brillaban con no menos radiancia. El chaleco de satén, las calzas sin arrugas, eran las mismas; y si el pie no era tan pequeño, su pulido parisino no era menos brillante. Pero aquí, desafortunadamente, los poderes miméticos del señor Bevil lo abandonaban.
¡Nos sobresaltamos, pues allí falta el alma!
El conde Mirabel podía hablar en todo momento, y en todo momento bien; el señor Bevil nunca abría la boca. Practicado en el mundo, el conde Mirabel era, sin embargo, hijo del impulso, aunque una gracia natural y un conocimiento intuitivo de la humanidad hacían que cada palabra fuera agradable y cada acto apropiado; el señor Bevil era todo artificio, y no tenía el talento para ocultarlo. El conde Mirabel era alegre, despreocupado, generoso; el señor Bevil era solemne, calculador y más bien tacaño. Parecía que los sentimientos del conde Mirabel se volvían cada día más frescos, y su facultad de disfrute más aguda y deleitable; parecía que el señor Bevil nunca hubiera podido ser un niño, sino que debía haber surgido al mundo ya equipado, como Minerva, con un bastón en lugar de una lanza, y un sombrero de fantasía en lugar de un casco. Su esencia de buena crianza era no asombrarse nunca, y nunca se permitía sonreír, excepto en la compañía de amigos íntimos.
Charles Doricourt era otro amigo del conde Mirabel, pero no su imitador. Sus sentimientos estaban realmente desgastados, pero era un hecho que siempre ocultaba. Había entrado en la vida a una edad notablemente temprana y había experimentado todos los aprietos que heredan los jóvenes. Cualquier otro hombre que no fuera Charles Doricourt se habría hundido bajo estos desastres acumulados, pero Charles Doricourt siempre salía a flote. La naturaleza le había dado un alma intrépida; la experiencia había blindado su corazón con hierro. Pero él siempre sonreía; y audaz, frío, cortante y muy despreocupado, despreciaba profundamente a la humanidad, sobre cuyas debilidades practicaba sin remordimiento. Pero era pulido, divertido y fiel a sus amigos. El mundo lo admiraba y lo llamaba Charley, de lo cual se deducirá que era una persona privilegiada, y era aplaudido por mil acciones que en cualquier otro habrían sido recibidas con decidida reprobación.
«¿Quién es ese joven?», inquirió el conde Mirabel al señor Bond Sharpe, apartando a su anfitrión y fingiendo mirar un cuadro.
«Es el capitán Armine, el único hijo de Sir Ratcliffe Armine. Acaba de regresar a Inglaterra tras una larga ausencia».
«¡Hum! Me gusta su aspecto», dijo el conde. «Es muy distinguido».
La cena y Lord Catchimwhocan fueron anunciados al mismo tiempo; el capitán Armine se encontró sentado junto al conde Mirabel. Las cenas en casa del señor Bond Sharpe eran cenas que sus invitados iban a comer. El señor Bond Sharpe había contratado para su casa club al más célebre de los artistas vivos, un caballero que, según se decía, recibía mil libras al año, cuya comodidad era estudiada por un carruaje y su diversión asegurada por un palco en el teatro francés. Hubo, por tanto, al principio poca conversación, salvo críticas sobre lo que tenían ante ellos, y mayormente panegíricas; cada plato era delicioso, cada vino exquisito; y, sin embargo, incluso en estos comentarios ocasionales, Ferdinand estaba complacido con la vivaz fantasía de su vecino, que ofrecía un elegante contraste con la unción algo grosera con la que Lord Castlefyshe, cuya alma misma parecía envuelta en su ocupación, se expresaba ocasionalmente.
«¿Desea algo de vino, capitán Armine?», dijo el conde Mirabel, con una sonrisa cautivadora. «¿Ha regresado recientemente aquí?».
«Muy recientemente», dijo Ferdinand.
«¿Y está alegre?».
«Según se mire; apenas sé si alegrarme o no».
«Entonces, por todos los medios, alégrese», dijo el conde; «pues si tiene dudas, seguramente debe ser mejor decidirse por estar complacido».
«Creo que este es el país más infernal que ha existido nunca», dijo Lord Catchimwhocan.
«¡Mi querido Catch!», dijo el conde Mirabel, «¿eso crees? Cometes un error, no crees tal cosa, mi querido Catch. ¿Por qué es el más infernal? ¿Es porque las mujeres son las más hermosas, o porque los caballos son los mejores? ¿Es porque es el único país donde puedes conseguir una buena cena, o porque es el único país donde hay buenos vinos? ¿O es porque es el único lugar donde puedes hacerte un abrigo, o donde puedes jugar sin que te engañen, o donde puedes escuchar una ópera sin que tus oídos sean destruidos? Ahora, mi querido Catch, pasas tu vida vistiéndote y jugando al azar, comiendo buenas cenas, bebiendo buenos vinos, haciendo el amor, yendo a la ópera y montando buenos caballos. ¿De qué, entonces, tienes que quejarte?».
«¡Oh! ¡El maldito clima!».
«Al contrario, es el único buen clima que hay. En Inglaterra puedes salir todos los días, y a todas horas; y además, para aquellos que aman la variedad, como yo, no estás seguro de ver el mismo cielo cada mañana que te levantas, lo cual, por mi parte, creo que es la mayor de todas las fuentes existentes de tedio».
«Me reconcilia con mi país, conde», dijo Ferdinand, sonriendo.
«Ah, usted es un hombre sensato; pero ese querido Catch siempre está repitiendo tonterías que oye de alguien más. Mañana», añadió, en voz baja, «estará a favor del clima».
El capitán Armine se sentía muy a gusto con su nuevo conocido. El conde Mirabel era un hombre de mundo, con un aire de despreocupada distinción que resultaba contagioso. Ferdinand, que durante tanto tiempo había vivido en la penumbra de su propia melancolía, encontraba en la chispa vital del conde un refugio inesperado.
«Mañana, Armine», dijo el conde mientras se ajustaba los guantes antes de subir al carruaje, «tenemos que ir a Richmond. Es un deber, una obligación de caballeros. ¿Me acompañará? Tengo un par de caballos que necesitan estirar las patas, y usted necesita aire fresco después de tanto tiempo encerrado en este Londres gris».
Ferdinand aceptó con una sonrisa. El plan le parecía tan inocente como placentero. A la mañana siguiente, el sol brillaba con una intensidad inusual para la estación, y el trayecto hacia Richmond se convirtió en una exhibición de destreza por parte del conde, quien guiaba los caballos con una elegancia que rozaba lo artístico.
Mientras recorrían las veredas arboladas, la conversación derivó hacia temas más personales de los que Ferdinand solía permitir. El conde, con una astucia que ocultaba bajo una capa de frivolidad, comenzó a hablar de la naturaleza del afecto y de las trampas que el destino tendía a los hombres de honor.
«Usted es joven, Armine», observó el conde, dejando que los caballos bajaran el ritmo al entrar en la villa. «Y la juventud es un estado muy peligroso cuando se tiene un corazón demasiado sensible. He visto a hombres como usted, con todo un futuro por delante, arruinarse por una idea, por un recuerdo, por una sombra».
Ferdinand sintió un vuelco en el pecho. «¿A qué se refiere, conde?»
Mirabel lanzó una carcajada breve, casi musical. «No se alarme, mi querido amigo. Solo observo que a veces los hombres se encadenan a sí mismos a una puerta que ya no tiene llave. Richmond es un lugar para olvidar esas cosas. Aquí, el aire tiene un aroma a libertad que no encontrará en Saint James».
Al llegar a una pequeña posada de descanso, un contratiempo menor —una rueda del carruaje que requería ajuste— obligó a los dos hombres a bajar. Fue entonces cuando, mientras el conde atendía al cochero con una amabilidad imperturbable, Ferdinand se encontró frente a frente con una escena que lo dejó paralizado: un grupo de paseantes caminaba por la ribera, y entre ellos, distinguible a pesar de la distancia por su porte y la gracia de sus movimientos, se hallaba Henrietta Temple.
El conde, notando la súbita rigidez de su acompañante, se acercó con discreción y le puso una mano en el hombro. En ese momento, no hubo más bromas, ni más referencias a la *bagatelle*. Sus ojos, por un instante, perdieron su brillo habitual y se fijaron en el rostro de Ferdinand con una comprensión profunda, casi compasiva.
«Ya veo», murmuró el conde en voz muy baja, mientras se alejaban discretamente para no ser vistos. «No necesita decirme nada, Armine. A veces, la aventura que uno busca es la que, precisamente, no puede permitirse encontrar».
Ferdinand guardó silencio, abrumado por la inesperada confesión de los hechos. El secreto, que hasta entonces había guardado como una herida abierta, sentía que empezaba a ser compartido con aquel hombre que, a pesar de sus excentricidades, demostraba poseer una lealtad que rara vez se encontraba en los círculos de la alta sociedad londinense. El viaje de vuelta no fue el paseo alegre de la ida; fue el comienzo de un pacto silencioso entre dos caballeros muy diferentes, unidos por la ironía del azar.
—No puedo soportar ver cómo se destroza un espíritu noble —continuó la señorita Grandison. —Ahí estaba Ferdinand. ¡Oh!, si hubieras conocido a mi primo antes de que fuera desgraciado. ¡Oh!, ¡qué espíritu tenía! Era el ser más brillante que jamás haya existido. Y luego estuve con él durante toda su enfermedad. Fue tan terrible. Casi desearía que hubiéramos podido amarnos. Es muy extraño, debe de haber estado enfermo en Armine precisamente en el mismo momento en que Henrietta estaba enferma en Italia. Y yo estaba con él en Inglaterra mientras tú la consolabas a ella. Y ahora somos todos amigos. Parece haber una especie de extraño destino en nuestros lotes, ¿no crees?
—Un lote afortunado el que pueda estar de algún modo relacionado con la señorita Grandison —dijo Lord Montfort.
En ese momento, su Gracia y Henrietta entraron; el carruaje estaba listo y, en pocos minutos, se dirigían a Whitehall Stairs, donde les esperaba una hermosa embarcación.
Mientras tanto, Ferdinand Armine daba vueltas a los extraños sucesos de ayer. En conjunto, había sido un día emocionante y satisfactorio. En primer lugar, se había liberado de sus dificultades más apremiantes; en segundo lugar, se había divertido mucho; y, en tercer lugar, había hecho una amistad muy interesante, pues así consideraba al conde Mirabel. Justo en el momento en que, holgazaneando tras un desayuno muy tardío, pensaba en Bond Sharpe y su gran carrera, y luego se preguntaba si sería posible seguir los alegres consejos de sus amigos de ayer y no volver a atormentarse nunca más por una mujer, anunciaron al conde Mirabel.
—Mon cher Armine —dijo el conde—, ya ves que cumplí mi promesa y te encontraría en casa.
El conde estaba ante él, el hombre mejor vestido de Londres, fresco y alegre como un pájaro, sin una sola preocupación en su rostro chispeante y con los ojos brillantes de bonhomía. Y, sin embargo, el conde Mirabel había sido el último en abandonar los recientes misterios del señor Bond Sharpe; y, como de costumbre, la luz moteada del alba lo había guiado a su lujosa cama, esa cama que siempre le proporcionaba un sueño sereno, cualesquiera que fueran las aventuras del día o el resultado de la campaña nocturna. ¡Cómo se reía el conde Mirabel de esos pobres diablos que solo despiertan para moralizar sobre su propia locura con el espíritu quebrantado y la cabeza dolorida! De la preocupación no sabía nada; al tiempo desafiaba; la indisposición no podía comprenderla. Nunca había estado enfermo en su vida, ni siquiera por cinco minutos.
Ferdinand se alegró mucho de verlo; había algo en la presencia misma del conde Mirabel que ponía a todo el mundo de buen humor. Su alegría era contagiosa. La melancolía era una farsa en presencia de su sonrisa; y no había combinación posible de apuros que pudiera resistir su amable y brillante burla. En aquel momento, Ferdinand estaba de bastante buen humor con su destino y siguió el juego con eficacia, de modo que pasó casi una hora en una conversación divertida.
—Ayer eras un extraño entre nosotros —dijo el conde Mirabel—; creo que te divertiste bastante. Vi que hiciste justicia a ese excelente Bond Sharpe. Eso demuestra que tienes una mente por encima de los prejuicios. ¿Sabes que era, con mucho, el mejor hombre de la mesa, exceptuándonos a nosotros?
Ferdinand sonrió.
—Es verdad, tiene corazón y cerebro. El viejo Castlefyshe no tiene ni lo uno ni lo otro. En cuanto al resto de nuestros amigos, algunos tienen corazón sin cerebro, y los otros, cerebro sin corazón. ¿Cuál prefieres?
—Es una buena pregunta —dijo Ferdinand—; y, sin embargo, confieso que me gustaría ser insensible.
—¡Ah!, pero no puedes serlo —dijo el conde—, tienes un alma de gran sensibilidad; lo veo al instante.
—Ves muy lejos y muy rápido, conde Mirabel —dijo Ferdinand con un poco de reserva.
—Sí; en un minuto —dijo el conde—, en un minuto leo el carácter de una persona. Sé que estás muy enamorado, porque cambiaste de semblante ayer cuando hablábamos de mujeres.
Ferdinand volvió a cambiar de semblante. —Es usted un hombre extraordinario, conde —observó por fin.
—Por supuesto; pero, mon cher Armine, ¡qué buen día hace! ¿Qué vas a hacer?
—Nada; nunca hago nada —dijo Ferdinand en un tono casi lúgubre.
—¡Un hombre melancólico! Quelle bêtise! Te curaré. Seré tu amigo y te pondré en orden. Ahora, vamos a conducir hasta Richmond; tomaremos una cena ligera, un lenguado, una chuleta y una botella de champán, y luego iremos al teatro francés. Te presentaré a Jenny Vertpré. Está llena de ingenio; quizás nos invite a cenar. Allons, mon ami, mon cher Armine; allons, mon brave! La ceremonia era una farsa para Alcibiades de Mirabel.
Ferdinand no tenía nada que hacer; se sentía atraído por su acompañante. La efervescencia producida por la afortunada aventura de ayer no se había disipado del todo; estaba decidido a olvidar sus penas y, aunque solo fuera por un día, unirse al alegre coro de Vive la bagatelle! Así que, en pocos momentos, estaba cómodamente instalado en el cabriolé más perfecto de Londres, arrastrado por un caballo que trotaba con la orgullosa conciencia de su dueño.
El conde Mirabel disfrutó del viaje a Richmond como si nunca hubiera estado en Richmond en su vida. El sol cálido, la brisa del oeste, cada objeto que pasaba y que lo pasaba reclamaba su elogio o su observación. Inoculó a Ferdinand su alegría, mientras este escuchaba sus historias ligeras y vivaces, y sus comentarios al vuelo, tan llenos de regocijo, de verdad punzante y de audaz fantasía. Cuando llegaron al Star and Garter y pidieron la cena, pasearon por el parque, a lo largo del camino de la terraza; y no habían avanzado cincuenta pasos cuando se encontraron con la duquesa y su grupo, que descansaban en un banco y contemplaban el valle.
Ferdinand habría saludado con gusto y seguido adelante, pero era imposible. Se vio obligado a detenerse y hablar con ellos, y fue difícil librarse de unos amigos que lo saludaron con tanta amabilidad. Ferdinand presentó a su acompañante. Las damas estaban encantadas de conocer a un caballero tan célebre, de quien tanto habían oído hablar. El conde Mirabel, que poseía el tacto más fino del mundo, pero cuyo hechizo secreto, después de todo, era quizá solo que siempre era natural, se adaptó al instante a los personajes, a la escena y a la ocasión. Estaba completamente encantado con estas fuentes de diversión que se habían revelado tan inesperadamente; y en pocos minutos todos habían acordado caminar juntos y, a su debido tiempo, la duquesa estaba rogando a Ferdinand y a su amigo que cenaran con ellos. Antes de que Ferdinand pudiera inventar una excusa, el conde Mirabel había aceptado la propuesta. Después de pasar la mañana juntos tan agradablemente, ir a cenar en habitaciones separadas sería una bêtise. Esta palabra, bêtise, lo decidió todo para el conde Mirabel; una vez que declaraba que algo era una bêtise, no escuchaba más.
Fue un paseo encantador. Nunca estuvo el conde Mirabel más juguetón, más atrayente, más completamente cautivador. Tanto Henrietta como Katherine le sonreían, y la duquesa estaba encantada. Incluso Lord Montfort, que podría haber albergado un prejuicio contra el conde antes de conocerlo —aunque nadie podía tenerlo después— y que esperaba algo bastante brillante, pero presuntuoso, arrogante, fantástico y afectado, se rindió por completo a su amable alegría y a su manera auténtica, natural y sencilla. Así caminaron, hablaron y rieron, y todos estuvieron de acuerdo en que era el día más afortunado y el rencontre más feliz que jamás había ocurrido, hasta que llegó la hora de la cena. El conde estaba al lado de su Gracia, y ella se apoyaba en el brazo de la señorita Temple. Lord Montfort y la señorita Grandison se habían quedado atrás a medida que el grupo aumentaba. Ferdinand revoloteaba entre la señorita Temple y su prima, pero se habría unido a esta última si la señorita Temple no le hubiera dirigido la palabra ocasionalmente. Se alegró, sin embargo, cuando regresaron a la cena.
—Solo nos hemos aprovechado del permiso de su Gracia para unir nuestras cenas —dijo el conde Mirabel, ofreciendo su brazo a la duquesa. Se colocó a la cabecera de la mesa; Lord Montfort tomó el otro extremo. Para sorpresa de Ferdinand, la señorita Grandison, con un descuido bastante notable, se sentó junto a la duquesa, por lo que Ferdinand se vio obligado a sentarse junto a Henrietta Temple, quien quedaba así separada de Lord Montfort.
La cena fue tan alegre como el paseo. Ferdinand fue la única persona que permaneció en silencio.
—¡Qué divertido es! —dijo la señorita Temple, dirigiéndose a Ferdinand y hablando en voz baja.
—Sí; envidio su alegría.
—Sea alegre.
—Se lo agradezco; supongo que lo seré con el tiempo. Todavía no he abrazado toda la filosofía del conde Mirabel. Dice que el hombre que se atormenta durante cinco minutos por una mujer es un idiota. Cuando piense lo mismo, lo que espero que suceda pronto, supongo que estaré tan alegre.
La señorita Temple no se dirigió más a Ferdinand.
Regresaron por agua. Para gran molestia de Ferdinand, el conde no dudó ni un momento en aprovechar la propuesta de la duquesa de que él y su acompañante formaran parte de la tripulación. Dio órdenes inmediatas de que su cabriolé lo esperara en Whitehall Stairs, y Ferdinand descubrió que no había posibilidad de escape.
Era una deliciosa tarde de verano. El sol poniente bañaba las pérgolas de Fulham con una luz refulgente, justo cuando pasaban frente al delicado Rosebank; pero el aire continuó cálido durante mucho tiempo, siempre suave, y los últimos kilómetros de su agradable viaje estuvieron teñidos por la luna joven y brillante.
—Desearía que hubiéramos traído una guitarra —dijo la señorita Grandison—; el conde Mirabel, estoy segura, nos cantaría. —Y usted, usted nos cantará sin guitarra, ¿no es así? —dijo el conde, sonriendo.
—Henrietta, ¿cantarás? —dijo la señorita Grandison. —Contigo.
—Por supuesto; ahora tienen que hacerlo —dijo el conde: y así lo hicieron.
Este deslizamiento hacia la metrópoli en una tarde de verano, tan suave y quieto, con rostros hermosos, como siempre debería ser, y con sonidos dulces, como en aquel presente, hay algo muy fascinante en la combinación. El corazón se abre; es un momento peligroso. Cuando Ferdinand escuchó una vez más la voz de Henrietta, aunque estuviera mezclada con los dulces tonos de la señorita Grandison, el apasionado pasado volvió vívidamente a él. Afortunadamente, no se sentó cerca de ella; se había asegurado de ser el último en la barca. Apartó el rostro, pero su expresión severa no escapó a la observación del conde Mirabel.
—Y ahora, conde Mirabel, debe realmente favorecernos —dijo la duquesa.
—¿Sin guitarra? —dijo el conde, y empezó a tamborilear en su brazo para acompañarse—. Bien, cuando estaba con el duque de Angulema en España, a veces nos entregábamos a una serenata en Sevilla. Trataré de recordar una.
UNA SERENATA DE SEVILLA.
I.
Sal, sal, la estrella que amamos está sobre el bosque del Guadalquivir, y tiñe cada árbol con luz dorada; ¡Ah! Rosalie, una sonrisa tuya sería mucho más brillante.
II.
Sal, sal, las flores que temen florecer en la carrera del sol saludan a la luz de la luna con sus aromas; ¡Ah! Rosalie, ¡un suspiro tuyo sería mucho más dulce!
III.
Sal, sal, una hora de noche, cuando las flores están frescas y las estrellas brillantes, valdría más que un siglo de día llamativo; Entonces, Rosalie, vuela, vuela hacia mí, ¡no te demores más!
—Espero que la dama viniera —dijo la señorita Temple—, después de una canción tan bonita.
—Por supuesto —dijo el conde—, siempre vienen.
—Ferdinand, ¿cantarás? —dijo la señorita Grandison.
—No puedo, Katherine.
—Henrietta, pídele a Ferdinand que cante —dijo la señorita Grandison—; se ha impuesto la norma de no hacer nunca nada que yo le pida, pero estoy segura de que tú tienes más influencia.
Lord Montfort acudió al rescate de la señorita Temple. —La señorita Temple nos ha hablado tan a menudo de su canto, capitán Armine —dijo su señoría; aunque Lord Montfort, en esta afirmación, se apartó un poco de la exactitud habitual de sus declaraciones.
—¡Qué extraño! —pensó Ferdinand—; su indiferencia o su candor me desconciertan. Intentaré cantar —continuó en voz alta—, pero hace un año, realmente, desde que canté por última vez.
Con una voz de singular potencia y melodía, y con una expresión que aumentaba a medida que avanzaba, hasta que el cantante parecía apenas capaz de controlar sus emociones, el capitán Armine procedió así:
CANCIÓN DEL CAPITÁN ARMINE.
I.
Mi corazón es como un laúd silencioso que alguna mano infiel ha dejado de lado; ¡Esos acordes están mudos, esos tonos están callados, que una vez lanzaron una voz de orgullo! Sin embargo, incluso sobre el laúd descuidado el viento del cielo a veces volará, ¡y así también el corazón abatido, a veces responderá a un suspiro!
II.
¡Y sin embargo, sentir el poder de otro puede arrebatar el premio por el que suspiro, y otros ahora pueden arrancar la flor que yo guardaba para este corazón mío! ¡No más, no más! La mano que abandona, el laúd debe caer y quedar hecho pedazos en el silencio: y mi corazón, rompiéndose así, no responde ni siquiera a un suspiro.
La señorita Temple parecía ocupada con su chal; quizás sentía el frío. El conde Mirabel, a cuyo lado estaba sentada, iba a ayudarla. Su rostro estaba vuelto hacia el agua; estaba bañado en lágrimas. Sin parecer notarla, el conde Mirabel se inclinó hacia delante y atrajo la atención de todos, de modo que ella no fue observada y tuvo tiempo de recuperarse. Y, sin embargo, se dio cuenta de que el conde Mirabel había notado su emoción y le agradeció su consideración rápida y delicada. Fue una suerte que el puente de Westminster estuviera ya a la vista, porque después de esta canción del capitán Armine, todos se volvieron aburridos o pensativos; incluso el conde Mirabel guardaba silencio.
Las damas y Lord Montfort subieron a su britzka. Se despidieron cordialmente del conde Mirabel y le rogaron que los visitara en St. James’-square, y el conde y Ferdinand se quedaron solos.
—Cher Armine —dijo el conde mientras conducía subiendo por Charing-cross—, Catch me dijo que te ibas a casar con tu prima. ¿Cuál de esas dos jóvenes es tu prima?
—La chica rubia; la señorita Grandison.
—Eso entendí. Es muy bonita, pero no te vas a casar con ella, ¿verdad?
—No; no lo haré.
—¿Y quién es la señorita Temple?
—Se va a casar con Lord Montfort.
—¡Diable! ¡Pero qué hombre tan afortunado! ¿Qué piensas de la señorita Temple?
—Pienso de ella lo que todos, supongo, deben pensar.
—Es hermosa: es la mujer más hermosa que he visto en mi vida. ¿Se casa por dinero, supongo?
—Es la heredera más rica de Inglaterra; es mucho más rica que mi prima.
—C’est drôle. Pero ella no quiere casarse con Lord Montfort.
—¿Por qué?
—Porque, querido amigo, ella está enamorada de ti.
—¡Por Júpiter, Mirabel, qué tipo eres! ¿Qué quieres decir?
—Mon cher Armine, me gustas más que nadie. Deseo ser, y soy, tu amigo. Aquí hay algún maldito contratiempo. Hay un misterio, y ambos sois víctimas de él. Cuéntamelo todo. Yo te pondré en orden.
—¡Ah!, mi querido Mirabel, esto supera incluso tu habilidad. Pensé que nunca podría hablar de estas cosas a un ser humano, pero me siento atraído por ti por la misma simpatía que tú me halagas expresando por mí mismo. Necesito un confidente, necesito un amigo; soy muy desgraciado.
—¡Eh! bien! No iremos al teatro francés. En cuanto a Jenny Vertpré, podemos cenar con ella cualquier noche. Ven a mi casa y hablaremos de todo. Pero confía en mí, si deseas casarte con Henrietta Temple, eres un idiota si no la consigues.
Dicho esto, el conde tocó a su brillante caballo y, en pocos minutos, el cabriolé se detuvo ante una pequeña pero admirablemente equipada casa en Berkeley-square.
—Ahora, mon cher —dijo el conde—, café y confianza.
CAPÍTULO XV.
En el cual el conde Mirabel comienza sus operaciones con gran éxito.
¿Hay un espectáculo más alegre y elegante en el mundo que Hyde Park, al final de una larga mañana soleada en los alegres meses de mayo y junio? ¿Dónde podemos ver mujeres tan hermosas, caballeros tan galantes, caballos tan finos y carruajes tan brillantes? La escena, además, es digna de accesorios tan agradables: las arboledas, las aguas brillantes y los arcos de triunfo. En la distancia, las brumosas colinas de Surrey y los claros boscosos de Kensington.
Era el día después del memorable viaje desde Richmond. Eminente entre la multitud brillante, el conde Mirabel galopaba sobre su árabe, dispersando alegres reconocimientos y palabras brillantes. Refrenó a su corcel bajo un árbol, bajo cuya sombra estaba reunido un grupo de caballeros indolentes. El conde recibió sus felicitaciones, pues esa misma mañana había ganado su partido de tiro al pichón.
—Solo pensad en ese viejo loco, Castlefyshe, apostando por Poppington —dijo el conde—. ¡Quiero verlo, viejo idiota! ¿Quién sabe dónde está Charley?
—Yo lo sé, Mirabel —dijo Lord Catchimwhocan—. Se ha ido a Richmond con Blandford y las dos pequeñas Furzler.
—¡Ese buen Blandford! Siempre que está enamorado da una cena. Es una forma curiosa de tener éxito.
—A propósito, ¿cenarás conmigo hoy, Mirabel? —dijo el señor de Stockville.
—Imposible, querido amigo; ceno con Fitz-warrene.
—Oye, Mirabel —dijo arrastrando las palabras un joven—, te vi ayer llevando a un hombre a Richmond tú mismo. ¿Quién es tu amigo?
—Nadie que conozcas, ni conocerás. Es el mejor tipo que ha existido; pero está bajo mi guía, y seré muy particular con quién es presentado.
—¡Dios! ¡Me pregunto quién podrá ser! —dijo el joven.
—Oye, Mirabel, vas a ser derrotado con Goshawk, si no tienes cuidado, te lo aseguro.
—Gracias, buen Coventry; si quieres apostar a las probabilidades, yo las aceptaré.
—No, querido amigo, no quiero apostar, pero al mismo tiempo...
—Tienes una opinión que no quieres respaldar. Eso es un lujo, sin duda, porque ciertamente no sirve para nada. Te aconsejaría que lo disfrutes.
—Bueno, debo decir, Mirabel —dijo Lord Catchimwhocan—, que pienso lo mismo sobre Goshawk.
—Oh, no, Catch, no piensas eso; crees que piensas. Ve y toma todas las probabilidades que puedas conseguir sobre Goshawk. Vamos, mañana me dirás que tienes un libro muy bonito. ¿Eh, mon cher Catch?
—¿Pero realmente crees que Goshawk ganará? —preguntó Lord Cathimwhocan con seriedad.
—¡Seguro!
—Bueno, que me maldigan si no voy y tomo las probabilidades —dijo su señoría.
—Mirabel —dijo un joven noble, acercando su caballo al conde y hablando en voz baja—, ¿estarás en casa mañana por la mañana?
—Ciertamente. ¿Pero qué quieres?
—Estoy en un lío del demonio; no sé qué hacer. Quiero que me aconsejes.
—El conde se apartó con este caballero—. ¿Y qué es? —dijo—. ¿Has estado perdiendo?
—No, no —dijo el joven, sacudiendo la cabeza—. Mucho peor. Es el asunto más infernal; no sé qué haré. Creo que voy a cortarme el cuello.
—¡Bêtise! No puede ser tan malo si no es dinero.
—Oh, mi querido Mirabel, no sabes en qué problemas estoy.
—Mon cher Henri, soyez tranquille —dijo el conde con voz amable—. Soy tu amigo. Ten por seguro que lo arreglaré. No pienses más en ello hasta mañana a la una, y luego ven a verme. Si quieres, estoy a tu servicio en este momento.
—No, no, aquí no: hay cartas.
—¡Ja, ja! Bueno, mañana, a la una. Mientras tanto, no escribas ninguna tontería.
En ese momento, la duquesa, con un grupo de jinetes, pasó y saludó al conde Mirabel.
—Oye, Mirabel —exclamó un joven—, ¿quién es esa chica? Quiero saberlo. La he visto varias veces últimamente. ¡Por Júpiter, es una criatura hermosa!
—¿No conoces a la señorita Temple? —dijo el conde—. ¡Imagínate a un hombre que no conoce a la señorita Temple! Es la única mujer en Londres a la que hay que mirar.
Entonces hubo un gran revuelo en el grupo, y no se escuchaba más que el nombre de la señorita Temple. Todos juraban que la conocían muy bien, al menos de vista, y que nunca habían pensado en nadie más. Algunos pidieron al conde que se la presentara, otros meditaban planes mediante los cuales se pudiera lograr ese gran resultado; pero, en medio de toda aquella agitación, el conde Mirabel se alejó al trote y pronto estuvo al lado de la mismísima dama.
—Qué viaje tan encantador el de ayer —dijo el conde a la señorita Temple—. ¿Se divirtió?
—Mucho.
—¡Y pensar que todos ustedes conozcan tan bien a mi amigo Armine! Me quedé asombrado, pues él nunca va a ninguna parte, ni habla con nadie.
—¿Le conoce íntimamente? —dijo la señorita Temple.
—¡Es mi hermano! ¡No hay ser humano en el mundo a quien ame tanto! Si tan solo le conociera como le conozco yo. Ah, chère señorita Temple, no hay hombre en Londres que se le pueda comparar, ¡tan inteligente y tan bueno! ¡Qué corazón! ¡Tan tierno! Y qué talento. No hay nadie tan spirituel.
—¿Le conoce desde hace mucho, conde?
—Desde siempre; pero últimamente encuentro un gran cambio en él. No puedo descubrir qué le ocurre. Se ha vuelto melancólico. Creo que no vivirá.
—¿De verdad?
—No, nunca me equivoco. Ese cher Armine no vivirá.
—Usted es su amigo, ciertamente...
—Ah, sí; pero no sé qué es. Incluso de mí no se preocupa. A veces me las arreglo para llevarlo a dar una vuelta; ayer, por ejemplo; pero hoy, ya ve, no quiere moverse. Ahí está, sentado solo, en un hotel lúgubre, con los ojos clavados en el suelo, oscuro como la noche. Nunca un hombre estuvo tan cambiado. Supongo que algo le ha pasado en el extranjero. Cuando usted le conoció por primera vez, me atrevo a decir, ¿era el más alegre de los alegres?
—En verdad era muy diferente —dijo la señorita Temple, desviando el rostro.
—¿Conoce a ese querido Armine desde hace mucho tiempo?
—Parece mucho tiempo —dijo la señorita Temple.
—Si él muere, y morir debe, no creo que vuelva a tener muy buen ánimo —dijo el conde—. Es lo único que me trastornaría por completo. Ahora, ¿no le parece, señorita Temple, que nuestro cher Armine es la persona más interesante que ha conocido jamás?
—Creo que el capitán Armine es admirado por todos los que le conocen.
—Es tan bueno, tan tierno y tan inteligente. Lord Montfort, ¿le conoce muy bien?
—Fueron compañeros en la infancia, creo; pero han reanudado su trato solo hace poco.
—Debemos interesar a Lord Montfort en su caso. Lord Montfort debe ayudarnos en nuestros esfuerzos por hacer que salga un poco.
—Lord Montfort no necesita que se le incite, conde. Todos estamos igualmente interesados en el bienestar del capitán Armine.
—Desearía que usted intentara averiguar qué le preocupa —dijo el conde Mirabel—. Después de todo, los hombres no podemos hacer mucho. Se requiere una simpatía más delicada de la que podemos ofrecer. Y, sin embargo, haría cualquier cosa por el cher Armine, porque realmente le amo igual que si fuera mi hermano.
—Es afortunado de tener un amigo así.
—Ah, él ya no lo piensa así —dijo el conde—; me evita, no quiere contarme nada. Chère señorita Temple, este asunto me atormenta; terminará mal. Conozco a ese querido Armine tan bien; nadie le conoce como yo; sus sentimientos son demasiado fuertes: nadie tiene sentimientos tan fuertes. Ahora, de todos mis amigos, él es el único hombre que conozco capaz de suicidarse.
—¡Dios no lo quiera! —dijo Henrietta Temple, con énfasis.
—Me levanto cada mañana con aprensión —dijo el conde—. Cuando voy a visitarle cada día, tiemblo al acercarme a su hotel.
—¿Está hablando en serio?
—Muy en serio. Una vez conocí a un hombre en el mismo estado. Era el duque de Crillon. Era mi hermano, mi amigo, como este querido Armine. Estuvimos juntos en la universidad; estábamos en el mismo regimiento. Era exactamente como este querido Armine, joven, hermoso e inteligente, pero con un corazón todo ternura, pasiones terribles. Amaba a Mademoiselle de Guise, mi prima, la chica más hermosa de Francia. Perdóneme, pero le dije a Armine ayer que usted me recordaba a ella. Iban a casarse; pero hubo un contratiempo. Él me envió a buscar; yo estaba en España; ella se casó con el vizconde de Marsagnac. Hasta aquella mañana terrible, él permaneció exactamente en el mismo estado que nuestro querido Armine. Nunca hubo una melancolía tan profunda. Después de la ceremonia, se pegó un tiro.
—¡No, no! —exclamó la señorita Temple con gran agitación.
—Perfectamente cierto. Es el recuerdo terrible de esa espantosa aventura lo que me sobrecoge cuando veo a nuestro querido amigo aquí, porque siento que debe ser amor. Yo tenía la esperanza de que fuera su prima. Pero no es así; debe ser algo que ha sucedido en el extranjero. Solo el amor puede explicarlo. No son sus deudas lo que le abrumaría tanto. ¿Qué son sus deudas? Yo mismo las pagaría. Es un asunto desgarrador. Voy hacia él. ¡Cómo tiemblo!
—¡Qué bueno es usted! —exclamó la señorita Temple, con los ojos anegados en lágrimas—. Le estaré siempre agradecida; quiero decir, todos debemos estarlo. Oh, vaya a verle, vaya a verle directamente; dígale que sea feliz.
—Es la canción que siempre canto —dijo el conde—. Desearía que alguno de ustedes fuera a verle, o le enviara un mensaje. Es prudente mostrarle que hay quienes se interesan por su existencia. Ahora, deme esa flor, por ejemplo, y déjeme llevársela de su parte.
—No le importará —dijo la señorita Temple.
—Inténtelo. Es un capricho que tengo. Déjeme llevarla.
La señorita Temple dio la flor al conde, quien se alejó al trote con su premio.
Eran alrededor de las ocho: Ferdinand estaba sentado solo en su habitación, habiéndose despedido justo de Glastonbury, que iba a cenar en Brook-street. El sol se había puesto, y aun así apenas oscurecía lo suficiente para la luz artificial, particularmente para una persona sin ocupación. Era justo ese momento sombrío y desolador, cuando hasta los más alegres se vuelven pensativos, si están solos. Y Ferdinand estaba particularmente decaído; una reacción había seguido a la excitación de las últimas cuarenta y ocho horas, y en ese momento se sentía singularmente desconsolado, y se recriminaba a sí mismo por ser tan débil como para permitirse ser influenciado por las promesas y proyectos fantásticos de Mirabel, cuando su puerta se abrió de golpe, y el conde, vestido de gala y grácil como un Apolo de Versalles, apareció ante él.
—Cher ami! No puedo detenerme ni un minuto. Ceno con Fitzwarrene y llego tarde. He hecho tu asunto de maravilla. ¡Aquí tienes una flor bonita! ¿Quién crees que me la dio? Ella, pardy. Con la condición, sin embargo, de que te la llevara, con un mensaje; ¡y qué mensaje! que seas feliz.
—Tonterías, mi querido conde.
—Es verdad; pero inventé una buena historia para conseguirla. Es la única manera con las mujeres. Ella piensa que nos conocemos desde el Diluvio. No me delates. Pero, mi querido amigo, no puedo detenerme ahora. Solo, ten en cuenta, todo ha cambiado. En lugar de estar alegre, y buscar su compañía, y divertirla, e intentar así recuperar tu influencia, como hablamos anoche; ten en cuenta, el suicidio es el sistema. Mañana te lo contaré todo. Ella tiene una mente firme y un espíritu elevado, que cree que es principio. Si seguimos el camino de anoche, ella se casará con Montfort y se enamorará de ti después. Eso no funcionará. Así que debemos trabajar sobre sus temores, su generosidad, piedad, remordimiento, etcétera. Llámame mañana por la mañana, a las dos y media; antes no, porque tengo a un chico excelente que vendrá a verme a la una, que está en un apuro. A las dos y media, cher, cher Armine, hablaremos más. Mientras tanto, disfruta de tu flor; y ten la seguridad de que es culpa tuya si no echas al buen Montfort a una zanja muy fina.
CAPÍTULO XVI.
En el cual el señor Temple sorprende a su hija llorando.
El conde Mirabel procedió con sus proyectos con todo el ardor, destreza y audacia de alguien acostumbrado al éxito. De una forma u otra, se las arregló para ver a la señorita Temple casi a diario. Rendía un culto asiduo a la duquesa, en quien había causado una impresión favorable desde el principio; en St. James’-square se encontró con el señor Temple, quien era parcial a la sociedad de un extranjero distinguido. Estaba encantado con el conde Mirabel. En cuanto a la señorita Grandison, el conde la convirtió absolutamente en su confidente, aunque ocultó este paso audaz a Ferdinand. Estableció su intimidad en las tres familias, e incluso mistificó al señor Ratcliffe y a Lady Armine tan completamente que imaginaron que debía ser algún conocido que Ferdinand había hecho en el extranjero; y lo recibieron en consecuencia como a uno de los amigos más antiguos y queridos de su hijo. Pero la circunstancia más divertida de todas era que el conde, quien incluso en los negocios nunca perdía de vista lo que podía divertirle o interesarle, se hizo muy amigo del señor Glastonbury. El conde Mirabel comprendió y apreció el carácter de aquel buen hombre.
Todos los esfuerzos del conde Mirabel se dirigieron a restaurar la influencia de Ferdinand Armine sobre Henrietta Temple; y con este fin no omitió oportunidad de impresionar la idea de su amigo ausente en la mente susceptible de aquella dama. Sus virtudes, sus talentos, sus logros, sus sacrificios; pero, sobre todo, sus sufrimientos misteriosos y el final fatal que el conde estaba convencido de que le esperaba, fueron puestos ante ella bajo una luz tan vívida que absorbieron su pensamiento e imaginación. Ella no pudo resistir la fascinación de hablar sobre Ferdinand Armine con el conde Mirabel. Él era el tema constante de su discurso. Todos sus sentimientos se agruparon ahora en torno a su imagen. Había abandonado por completo su antiguo plan de casarlo con su prima. Eso era desesperado. ¿Se arrepentía de ello? Apenas se atrevía a urgirse a sí misma esta pregunta secreta; y, sin embargo, parecía que su corazón también se rompería si Ferdinand fuera de otra. Pero, entonces, ¿qué sería de él? ¿Iba a quedar desolado? ¿Iba realmente a morir? Y Digby, el amable y generoso Digby; ah, ¿por qué le conocí alguna vez? ¡Desafortunada, infeliz mujer! Y, sin embargo, estaba resuelta a ser firme; no podía flaquear; sería la víctima de su deber aunque muriera en el altar. Casi deseaba haber dejado de vivir, ¡y entonces el recuerdo de Armine volvía a ella tan vívidamente! ¡Y aquellos largos días de placer apasionado! Toda su ternura y toda su verdad; porque él le había sido fiel, siempre le había sido fiel. Ella no era la persona que debía quejarse de su conducta. Y, sin embargo, ella era la única que le castigaba. ¡Qué diferente era la conducta generosa de su prima! Ella lo había perdonado todo; simpatizaba con él, se afligía por él, intentaba calmarlo. Se esforzaba por unirlo a su rival. ¿Qué debe pensar él de ella? ¡Qué insensible, qué egoísta debe demostrarle el contraste! ¿Podía él realmente creer ahora que ella le había amado alguna vez? ¡Oh, no! Él debe despreciarla. Debe creer que estaba sacrificando su corazón al esplendor del rango. ¡Oh, podría creer esto! ¡Su Ferdinand, su romántico Ferdinand, que había arrojado la fortuna y el poder a los vientos solo para ganar ese mismo corazón! ¡Qué recompensa le había dado! Y por toda su fidelidad era castigado; solo, desconsolado, desamparado, abrumado por cuidados vulgares, con el corazón roto, meditando incluso la muerte... La imagen era demasiado terrible, demasiado desgarradora. Escondió el rostro en el cojín del sofá en el que estaba sentada y lloró amargamente.
Sintió un brazo suavemente enroscado alrededor de su cintura; levantó la vista; era su padre.
—Hija mía —dijo—, estás agitada.
—Sí; sí, estoy agitada —dijo, con voz baja.
—No te encuentras bien.
—Peor que no encontrarme bien.
—Dime qué te aflige, Henrietta.
—Un dolor para el que no hay cura.
—¡De verdad! Estoy muy asombrado.
Su hija solo suspiró.
—Háblame, Henrietta. Dime qué ha pasado.
—No puedo hablar; no ha pasado nada; no tengo nada que decir.
—Verte así me hace sentir muy infeliz —dijo el señor Temple—; aunque solo sea por mí, déjame saber la causa de esta emoción abrumadora.
—Es una causa que no le agradará. Olvide, señor, lo que ha visto.
—Un padre no puede. Te ruego que me lo digas. Si me amas, Henrietta, habla.
—Señor, señor, estaba pensando en el pasado.
—¿Es tan amargo?
—¡Ah, que viva yo! —dijo la señorita Temple.
—Henrietta, mi propia Henrietta, hija mía, te suplico que me lo cuentes todo. Algo ha ocurrido; algo debe haber ocurrido para revivir sentimientos tan fuertes. Ha... ha... no sé qué decir, pero tanto sucede que me sorprende; sé, he oído, que has visto a alguien que una vez influyó en tus sentimientos, que has sido arrojada a un contacto inesperado con él; él no ha... no se ha atrevido...
—No diga nada con dureza de él —dijo la señorita Temple salvajemente—; no lo soportaré, ni siquiera de usted.
—¡Hija mía!
—¡Ay! su hija, pero aún así una mujer. ¿Murmuro? ¿Me quejo? ¿Le he instado a comprometer su honor? Estoy lista para el sacrificio. Mi conducta es suya, pero mis sentimientos son míos.
—¡Sacrificio, Henrietta! ¿Qué sacrificio? Solo he oído hablar de tu felicidad; solo he pensado en tu felicidad. Este es un extraño agradecimiento.
—Padre, olvide lo que ha visto; perdone lo que he dicho. Pero deje que este tema se abandone para siempre.
—No puede abandonarse aquí. ¿El capitán Armine prefiere su demanda? —continuó el señor Temple, en un tono de severa investigación.
—¿Y si lo hiciera? Tiene derecho a hacerlo.
—Tan buen derecho como tenía antes. Ahora eres rica, Henrietta, y él quizás sería fiel.
—¡Oh, Ferdinand! —exclamó la señorita Temple, levantando las manos y los ojos al cielo—, ¡y debes soportar incluso esto!
—Henrietta —dijo el señor Temple con una voz de calma fingida, mientras se sentaba a su lado—, escúchame: no soy un padre duro; no puedes reprocharme insensibilidad ante tus sentimientos. Siempre han absorbido mis pensamientos y cuidados; y cómo gratificarlos, y cuando es necesario cómo calmarlos, ha sido durante mucho tiempo la ocupación principal de mi vida. Si has conocido la miseria, muchacha, esa miseria la creaste tú misma. No fui yo quien te involucró en compromisos secretos y correspondencia clandestina; no fui yo quien hizo de ti, de ti, mi hija, sobre quien he prodigado toda la solicitud de largos años, la víctima del primer libertino calculador que se atrevió a jugar con tus afectos y traicionar tu corazón.
—Es falso —exclamó la señorita Temple, interrumpiéndole—; él es tan fiel y puro como yo; más, mucho más —añadió, con voz de angustia.
—Sin duda te ha convencido de ello —dijo el señor Temple, con una mueca de burla—. Ahora, escúchame —continuó, retomando su tono tranquilo—, me has interrumpido; escúchame. Eres la prometida de Lord Montfort; Lord Montfort, mi amigo, el hombre que más amo en el mundo; el más generoso, el más noble, el más virtuoso, el más dotado de los seres humanos. Le diste tu mano libremente, bajo circunstancias que, incluso si no poseyera cada cualidad que debería asegurar el afecto de una mujer, deberían vincularte a él con una fe inquebrantable. Si flaqueas un ápice, te rechazaré para siempre. No serás más hija mía. Soy tan firme como afectuoso; ni haría esto, pero sé bien que estoy haciendo lo correcto. ¡Sí! Toma a este Armine una vez más en tu corazón, y recibirás mi maldición, la más profunda, la más severa, la más mortífera que jamás haya descendido sobre la cabeza de una hija.
—¡Mi padre, mi querido, querido padre, mi amado padre! —exclamó la señorita Temple, arrojándose a sus pies—. Oh, no diga eso; oh, retire esas palabras, esas palabras salvajes, esas terribles palabras. De verdad, de verdad, mi corazón se está rompiendo. Apiádese de mí, apiádese de mí; por el amor de Dios, apiádese de mí.
—Haría más que apiadarme de ti; te salvaría.
—No es como usted piensa —continuó, con los ojos anegados—: de verdad no lo es. Él no ha preferido su demanda, no ha urgido ninguna reclamación. Se ha comportado de la manera más delicada, la más honorable, la más considerada. Solo ha pensado en mi situación. Me encontró por accidente. Mis amigos son sus amigos. No saben lo que ha sucedido entre nosotros. Él no se lo ha susurrado a ningún ser humano. Se ha ausentado de su hogar, para que no nos encontráramos.
—Debes casarte con Lord Montfort de inmediato.
—Oh, mi padre, incluso como usted quiera. Pero no me maldiga; no sueñe con tales cosas terribles; retire esas palabras temibles; ámeme, ámeme; diga que soy su hija. Y Digby, soy fiel a Digby. Pero, de verdad, ¿puedo retirar el pasado; puedo alterarlo? Su recuerdo me superó. Digby sabe todo; Digby sabe que nos vimos; él no me maldijo; fue amable y gentil. ¡Oh, mi padre!
—Mi Henrietta —dijo el señor Temple, conmovido—; ¡mi hija!
—Oh, mi padre, haré todo lo que usted desee; pero no hable más como ha hablado de Ferdinand. Le hemos hecho una gran injusticia; le he hecho un gran daño. Él es bueno y puro; de verdad lo es; si usted supiera todo, no lo dudaría. Siempre fue fiel; de verdad, de verdad lo fue. Una vez le gustó. Hable amablemente de él, padre. Él es la víctima. Si le encuentra, sea gentil con él, señor: porque, de verdad, si usted supiera todo, se apiadaría de él.
CAPÍTULO XVII.
En el cual Ferdinand tiene una entrevista muy tormentosa con su padre.
Si hacemos una pausa ahora para hacer una revisión tranquila y completa del estado y las perspectivas de las tres familias, en cuyos sentimientos y fortunas hemos intentado interesar al lector, debe confesarse que, por brillantes y satisfactorias que pudieran parecer en la superficie, los elementos de discordia, tristeza e infelicidad podrían descubrirse más profundamente, y podrían incluso considerarse como poniéndose en movimiento rápidamente. La señorita Temple era la prometida de Lord Montfort, pero su corazón era del capitán Armine: el capitán Armine, en la estimación de sus padres, era el esposo prometido de la señorita Grandison, mientras que él y su prima habían, de hecho, disuelto su compromiso. El señor Temple sospechaba más que parcialmente la inclinación de su hija por Ferdinand. Sir Ratcliffe, muy sorprendido al ver tan poco a su hijo, y resuelto a que el matrimonio no se retrasara más, estaba a punto de precipitar confesiones, de las que no soñaba, y que iban a naufragar todas las esperanzas de su vida. El conde Mirabel y la señorita Grandison estaban ambos involucrados en una conspiración activa. Lord Montfort solo estaba tranquilo, y si tenía un propósito que ocultar, inescrutable. Todas las cosas, sin embargo, presagiaban una crisis.
Sir Ratcliffe, asombrado por la manera marcada en que su hijo se ausentaba de Brook-street, resolvió llevarlo a una explicación. Al principio pensó que podría haber alguna disputa de amantes; pero el comportamiento de Katherine, y el tono fácil en el que siempre hablaba de su primo, pronto le desengañaron de esta tierna esperanza. Consultó a su esposa. Ahora, a decir verdad, Lady Armine, que era una mujer astuta, no estaba sin sus dudas y perplejidades, pero no se las confesaba a su marido. Muchas circunstancias habían sido observadas por ella que la llenaban de inquietud, pero había apostado todas sus esperanzas en este lance, y era de temperamento optimista. Llevaba una vida agradable. Katherine parecía cada día más apegada a ella, y Lady Armine era de la opinión de que siempre es muy poco juicioso intervenir. Intentó persuadir a Sir Ratcliffe de que todo estaba perfectamente bien, y le aseguró que la temporada terminaría, como todas las temporadas deberían terminar, con el matrimonio.
Y quizás Sir Ratcliffe habría seguido su ejemplo, solo que sucedió que, mientras regresaba a casa una mañana, encontró a su hijo en Grosvenor-square.
—Vaya, Ferdinand, nunca te vemos ahora —dijo Sir Ratcliffe.
—Oh, ustedes son todos tan alegres —dijo Ferdinand—. ¿Cómo está mi madre?
—Ella está muy bien. Katherine y ella han ido a ver el globo, con Lord Montfort y el Conde Mirabel. Entra —dijo Sir Ratcliffe, pues ya estaba casi en su puerta.
El padre y el hijo entraron. Sir Ratcliffe entró en una pequeña biblioteca en la planta baja, que era su sala de estar matutina.
—Hoy cenamos en casa, Ferdinand —dijo Sir Ratcliffe—. Quizás vendrás.
—Gracias, señor, tengo un compromiso.
—Me parece que siempre tienes compromisos. Para una persona a la que no le gusta la alegría, es muy extraño.
—¡Ay! —dijo Ferdinand—. ¿Qué tal le parece su nuevo caballo, señor?
—Ferdinand, deseo decirte unas palabras —dijo Sir Ratcliffe—. No me gusta intervenir innecesariamente en tu conducta; pero la ansiedad de un padre, creo, excusará la pregunta que estoy a punto de hacer. ¿Cuándo propones casarte?
—Oh, no lo sé exactamente.
—Tu abuelo lleva muerto, ya sabes, mucho más de un año. No puedo evitar pensar que tu conducta es singular. No hay nada malo entre Katherine y tú, ¿verdad?
—¿Malo, señor?
—Sí, ¿malo? Quiero decir, ¿hay algún malentendido? ¿Se han peleado?
—No, señor, no nos hemos peleado; nos comprendemos perfectamente el uno al otro.
—Me alegra oírlo, pues debo decir que creo que tu conducta es muy distinta a la de un amante. Todo lo que puedo decir es que yo no gané el corazón de tu madre con tales procedimientos.
—Katherine no se ha quejado de mí, ¿verdad, señor?
—Ciertamente no, y eso me sorprende aún más.
Ferdinand parecía sumido en sus pensamientos. El silencio duró varios minutos. Sir Ratcliffe tomó el periódico; su hijo se inclinó sobre la repisa de la chimenea y contempló el hogar vacío. Finalmente, se dio la vuelta y dijo: —Padre, no puedo soportar esto más; el compromiso entre Katherine y yo está disuelto.
—¡Dios mío! ¿Cuándo y por qué? —exclamó Sir Ratcliffe, cayéndosele el periódico de la mano.
—Hace mucho tiempo, señor; desde que amé a otra mujer, y ella lo supo.
—¡Ferdinand! ¡Ferdinand! —exclamó el infeliz padre; pero estaba tan abrumado que no pudo dar expresión a sus pensamientos. Se arrojó en una silla y se retorció las manos. Ferdinand permaneció quieto y silencioso, como una estatua del Destino, sombrío e inflexible.
—Habla de nuevo —dijo al fin Sir Ratcliffe—. Déjame oírte hablar de nuevo. No puedo creer lo que he oído. ¿Es realmente cierto que tu compromiso con tu prima ha terminado hace mucho?
Ferdinand asintió.
—¡Tu pobre madre! —exclamó Sir Ratcliffe—. Esto la matará. —Se levantó de su asiento y caminó de un lado a otro de la habitación con gran agitación.
—Sabía que algo no iba bien —murmuró para sí mismo—. Ella sucumbirá ante esto; todos debemos sucumbir ante esto. ¡Loco! ¡No sabes lo que has hecho!
—Es en vano arrepentirse, señor; mis sufrimientos han sido mayores que los suyos.
—Ella te perdonará, hijo mío —dijo Sir Ratcliffe, en un tono más rápido y amable—. Has vivido para arrepentirte de tu impetuosa locura; Katherine es amable y generosa; nos quiere a todos; debe quererte a ti; ella te perdonará. ¡Sí! Suplícale que lo olvide; tu madre, tu madre tiene gran influencia sobre ella; la ejercerá, ella intervendrá; eres muy joven, todo saldrá bien todavía.
—Es tan imposible para mí casarme con Katherine Grandison como lo es para usted mismo, señor —dijo Ferdinand, en un tono de calma.
—¿No estás casado con otra?
—En verdad; estoy atado por un vínculo que nunca podré romper.
—¿Y quién es esta persona?
—Debe permanecer sin nombre, por muchas razones.
—Ferdinand —dijo Sir Ratcliffe—, no sabes lo que estás haciendo. Mi vida, la de tu madre, la existencia de nuestra familia, penden de tu conducta. Aún, aún hay tiempo para evitar esta desolación. Estoy controlando mis emociones; ¡deseo que nos salves, a ti, a todos! Arrójate a los pies de tu prima. Ella es de buen corazón; ¡puede ser tuya todavía!
—Querido padre, no puede ser.
—Entonces... ¡entonces, bienvenida la ruina! —exclamó Sir Ratcliffe con voz ronca—. Y —continuó, haciendo una pausa entre cada palabra por la dificultad al hablar—, si la convicción de que has destruido todas nuestras esperanzas, recompensándonos por todo nuestro afecto, nuestra larga devoción, al destruir cada idea cariñosa que haya iluminado nuestras tristes vidas, a la que Constance y yo, pobres tontos, nos hemos aferrado y aferrado; si esta convicción puede consolarte, señor, disfrútala...
—¡Ferdinand! Hijo mío, mi niño, al que nunca he dirigido una palabra cruel, que nunca me dio motivo para culparlo o reprenderlo, tu madre estará pronto en casa, tu pobre, pobre madre. No me dejes recibirla con toda esta miseria. Dime que no es verdad; retrae lo que has dicho; olvidemos estas duras palabras; reconcíliate con tu prima; seamos felices.
—Padre, si la sangre de mi corazón pudiera asegurar su felicidad, mi vida estaría dispuesta; pero esto no puedo hacerlo.
—¿Sabes lo que está en juego? Todo. ¡Todo, todo, todo! Ya no podemos ver Armine; nuestro hogar se ha ido. Tu madre y yo debemos ser exiliados. Oh, no has pensado en esto: di que no has pensado en esto.
Ferdinand ocultó su rostro; su padre, envalentonado, insistió en la cariñosa súplica. —Nos salvarás, Ferdinand, ¿serás nuestro salvador? Todo está olvidado, ¿no es así? ¿Es una disputa de amantes, después de todo?
—Padre, ¿por qué habría de jugar con sus sentimientos? ¿Por qué habría de fingir lo que nunca puede ser? Esta dura entrevista, pospuesta durante tanto tiempo, no debería ser aplazada ahora. No albergue esperanzas, pues no las hay.
—Entonces, por todo poder sagrado, revoco toda bendición que desde tu nacimiento he vertido sobre tu cabeza. Retiro las oraciones que cada noche he invocado sobre tu ser. ¡Gran Dios! Las cancelo. Has traicionado a tu prima; has abandonado a tu madre y a mí; primero has manchado el honor de nuestra casa y ahora lo has destruido. ¿Por qué naciste? ¿Qué hemos hecho para que el vientre de tu madre deba producir tal maldición? ¡Los pecados de mi padre son visitados sobre mí! Y Glastonbury, ¿qué dirá Glastonbury? Glastonbury, quien sacrificó su fortuna por ti.
—El señor Glastonbury lo sabe todo, señor, y siempre ha sido mi confidente.
—¿Es él un traidor? Pues cuando un hijo me abandona, no sé en quién confiar.
—No tiene más pensamientos que para nuestro bienestar, señor. Él lo convencerá, señor, de que no puedo casarme con mi prima.
—¡Muchacho, muchacho! No sabes lo que dices. ¡No casarte con tu prima! Entonces muramos. Sería mejor para todos nosotros morir.
—¡Padre mío! Esté tranquilo, se lo suplico; ha dicho palabras duras; no los he abandonado a usted ni a mi madre; nunca lo haré. Si he agraviado a mi prima, he sufrido severamente, y ella me ha perdonado con toda libertad. Es mi querida amiga. En cuanto a nuestra casa: dígame, ¿querría usted que esa casa fuera preservada a costa de mi felicidad? Usted no es el padre que supuse si tal es, en verdad, su deseo.
—¡Felicidad! Fortuna, familia, belleza, juventud, un espíritu dulce y encantador, si esto no asegura la felicidad de un hombre, no sé qué podría. Y esto deseaba que poseyeras.
—Señor, es en vano que conversemos sobre este tema. Vea a Glastonbury, si quiere. Él al menos podrá asegurarle que ni mis sentimientos son ligeros ni mi conducta precipitada. Lo dejaré ahora.
Ferdinand abandonó la habitación; Sir Ratcliffe no notó su partida, aunque no dejó de percibirla. Lanzó un profundo suspiro y quedó aparentemente sumido en una profunda reflexión.
CAPÍTULO XVIII.
Ferdinand es arrestado por los señores Morris y Levison y llevado a una casa de detención.
Debe confesarse que los asuntos de nuestros amigos estaban en un estado crítico: todos los interesados sentían que algo decisivo en sus respectivas fortunas estaba cerca. Y, sin embargo, tan vanos son todos los planes y cálculos humanos, que la crisis inevitable fue provocada por un incidente que nadie anticipó. Sucedió que la tormentosa entrevista entre Sir Ratcliffe y su hijo fue escuchada por un criado. Este criado, que había sido contratado por la señorita Grandison en Londres, era miembro de un club al que pertenecía un empleado confidencial de los señores Morris y Levison. En la tarde siguiente, cuando este digno caballero de la librea salió por una hora para mirar en esta selecta sociedad, fumar una pipa y hablar de los asuntos de su ama y de la nación, anunció el importante hecho de que el matrimonio entre la señorita Grandison y el capitán Armine «no iba a suceder», lo cual, por su parte, no lamentaba, ya que pensaba que su ama debería apuntar más alto. El empleado confidencial de los señores Morris y Levison escuchó en silencio esta importante inteligencia y la comunicó a la mañana siguiente a sus empleadores. Y así sucedió que muy pocos días después, mientras Ferdinand estaba acostado en su hotel, la puerta de su habitación se abrió repentinamente y un individuo, no de la apariencia más agradable, estando muy marcado por la viruela, apestando a ginebra y vistiendo botas altas y un pañuelo de cuello, entró precipitadamente en su habitación y preguntó si él era el capitán Armine.
—El mismo —dijo Ferdinand—. Y dígame, señor, ¿quién es usted?
—No deseo ser desagradable —fue la respuesta—, pero, señor, usted es mi prisionero.
Hay algo sumamente innoble en un arresto: Ferdinand sintió que le sobrevenía esa náusea que los no iniciados en tales ceremonias deben experimentar. Sin embargo, se sobrepuso y preguntó a instancias de quién se llevaban a cabo estos procedimientos.
—De los señores Morris y Levison, señor.
—¿No puedo llamar a mi abogado y pagar una fianza?
El alguacil negó con la cabeza. —Verá, señor, usted ha sido detenido en ejecución, así que es imposible.
—¿Y el monto de la deuda?
—Es de 2.800 libras, señor.
—Bien, ¿qué debo hacer?
—Pues, señor, debe venir con nosotros. Lo haremos muy tranquilamente. Mi seguidor está en un coche de alquiler en la puerta, señor. Puede subir tan agradable como sea posible. Supongo que le gustaría ir a una casa, y entonces podrá llamar a sus amigos, ya sabe.
—Bien, si baja las escaleras, iré con usted.
El alguacil sonrió. —No puedo perderlo de vista, señor.
—Vaya, no puedo vestirme si usted está aquí.
El alguacil examinó la habitación para ver si había algún modo de escape; no había más puerta que la entrada; la ventana no ofrecía ninguna oportunidad. —Bien, señor —dijo—, me gusta hacer las cosas agradables. Puedo esperar fuera, señor; pero debe darse prisa.
Ferdinand llamó a su criado. Cuando Louis entendió claramente el estado de los asuntos, estuvo ansioso por arrojar al alguacil por la ventana, pero su amo se lo impidió. El señor Glastonbury había salido hacía unas dos horas; Ferdinand envió a Louis con un mensaje a su familia para decirles que estaba a punto de dejar la ciudad por unos días; y encargándole mucho que tuviera cuidado de no dejarles saber en Brook-street lo que había ocurrido, completó su rápido aseo y acompañó al oficial del sheriff al coche de alquiler que estaba preparado para él.
Mientras avanzaban en silencio, Ferdinand meditó sobre cuál sería la forma más recomendable de actuar. Cualquier aplicación a su propio abogado estaba fuera de discusión. Eso se había intentado antes, y se sintió seguro de que no había la menor posibilidad de que ese caballero pagara una suma tan grande, especialmente cuando era consciente de que era solo una parte de los pasivos de su cliente. Pensó en pedir consejo al Conde Mirabel o a Lord Catchimwhocan, pero ¿con qué fin? No les pediría prestado el dinero, incluso si se lo prestaran; y tal como estaban las cosas, se reprochó amargamente haberse aprovechado tan fácilmente de los amables servicios del señor Bond Sharpe. En este momento, no podía persuadirse de que su conducta hubiera sido estrictamente honorable con ese caballero. No había sido franco en la exposición de su situación. El dinero había sido adelantado bajo una falsa impresión, si no prestado absolutamente bajo una falsa pretensión. Maldijo a Catchimwhocan y su ligereza. El honor de los Armine se había ido, como todo lo que alguna vez les perteneció. El resultado de las reflexiones de Ferdinand fue que estaba completamente acabado; que no quedaba esperanza o posibilidad de socorro para él; que su carrera estaba cerrada; y no atreviéndose a contemplar cuáles podrían ser las consecuencias para sus miserables padres, hizo un esfuerzo desesperado por controlar sus sentimientos.
Aquí el coche giró hacia una calle lúgubre, que salía del extremo inferior de Oxford-street, y se detuvo ante una gran pero sombría vivienda, que el compañero de Ferdinand le informó que era una casa de detención. —Supongo que le gustaría tener una habitación privada, señor; puede tener todas las comodidades aquí, señor, y sentirse como en su casa, le aseguro.
En cumplimiento de esta sugerencia, el capitán Armine fue conducido al mejor salón, con ventanas con barrotes, y tratado de la manera más aristocrática. Era evidentemente la cámara reservada solo para caballeros desafortunados de la mayor distinción. Estaba ampliamente amueblada con un espejo, una mesa de juego y un sofá muy duro. Las paredes estaban adornadas con caricaturas anticuadas de Bunbury; los utensilios de la chimenea eran de latón pulido; sobre la repisa de la chimenea estaba el retrato del dueño de la casa, que era evidentemente un retrato muy parecido, y en el que el capitán Armine imaginó que encontraba un ligero parecido con su amigo el señor Levison; y también había algunas fuentes de diversión literaria en la habitación, en forma de una Biblia hebrea y el Calendario de Carreras.
Después de caminar de un lado a otro de la habitación durante una hora, meditando sobre el pasado, pues parecía inútil preocuparse más por el futuro, Ferdinand comenzó a sentirse débil, pues puede recordarse que ni siquiera había desayunado. Así que, tirando de la cuerda de la campanilla con tal fuerza que cayó al suelo, un camarero pequeño y divertido apareció inmediatamente, intimidado por el tono soberano, y habiendo recibido, de hecho, información privada del alguacil de que el caballero en el salón era un aristócrata de primera.
Y aquí, quizás, debería recordar al lector que de todas las grandes distinciones en la vida, ninguna es quizás más importante que la que divide a la humanidad en las dos grandes secciones de ARISTÓCRATAS y PLEBEYOS. Podría parecer a primera vista que si hubiera un lugar en el mundo que debería nivelar todas las distinciones, sería una prisión para deudores. Pero esto sería un error total. Casi en el mismo momento en que el capitán Armine llegó a su triste hotel, un pobre diablo de comerciante que había sido arrestado por cincuenta libras, y arrancado de su esposa y familia, había sido obligado a acudir al mismo asilo. Fue introducido en lo que se denomina la cafetería, que era una cámara larga, baja, sin muebles y con suelo de arena, con una mesa y bancos; y estando muy ansioso por comunicarse con algún amigo para, si fuera posible, efectuar su liberación y evitar ser declarado en quiebra, había seguido tocando mansamente a intervalos durante la última media hora para poder escribir y enviar su carta. El camarero oyó sonar la campana de la cafetería, pero nunca soñó con prestarle atención, aunque en el momento en que sonó la señal de la habitación privada, y sonó con tanto énfasis, subió las escaleras de tres en tres e instantáneamente apareció ante nuestro héroe: y toda esta diferencia fue causada por la simple circunstancia de que el capitán Armine era un ARISTÓCRATA y el pobre comerciante un PLEBEYO.
—Tengo hambre —dijo Ferdinand—. ¿Puedo conseguir algo de comer en este maldito lugar?
—¿Qué le gustaría, señor? Cualquier cosa que elija, señor. ¿Chuleta de cordero, filete, escalope de ternera? ¿Le preparo un pollo en un cuarto de hora; asado o hervido, señor?
—Aún no he desayunado; tráigame algo de desayuno.
—Sí, señor —dijo el pequeño camarero—. ¿Té, señor? ¿Café, huevos, tostadas, tostadas con mantequilla, señor? ¿Desea algo de carne, señor? ¿Jamón, señor? ¿Lengua, señor? ¿Desea algo picante, señor?
—Cualquier cosa, todo, solo sea rápido.
—Sí, señor —respondió el camarero—. Pido perdón, señor. Ninguna ofensa, espero, pero es costumbre pagar aquí, señor. Estaré feliz de complacerlo, señor. Sé lo que es un caballero.
—Gracias, no lo molestaré —dijo Ferdinand—; cámbieme este billete.
—Sí, señor —respondió el pequeño camarero, inclinándose muy bajo mientras desaparecía.
—El caballero del salón principal quiere desayunar. El caballero del salón principal quiere cambio para un billete de diez libras. Desayuno inmediatamente para el caballero del salón principal. Té, café, tostadas, jamón, lengua y algo picante. ¡Un aristócrata de verdad!
Ferdinand estaba tan agotado que había pospuesto toda deliberación sobre su situación hasta haber desayunado; y cuando hubo desayunado, se sintió decaído. Es la consecuencia de todas las comidas. Bajo cualquier luz que viera sus asuntos, parecían inextricables. Estaba ahora en una casa de detención; no podía permanecer mucho tiempo aquí, pronto tendría que estar en una cárcel. ¡Una cárcel! ¡Qué amarga terminación de todos sus grandes planes y esperanzas! ¡Qué situación para alguien que había estado comprometido con Henrietta Temple! Pensó en su prima, pensó en su gran fortuna, que podría haber sido suya. Quizás en este momento estaban todos paseando juntos por el Parque. En unos días todo debía ser conocido por su padre. No dudaba del resultado. Armine sería vendido inmediatamente, y su padre y su madre, con el mísero naufragio de su fortuna, se retirarían al continente. ¡Qué triste vicisitud! Y él lo había hecho todo; él, su único hijo, su única esperanza, en cuya imagen habían vivido, quien iba a restaurar la casa. Miró los barrotes de sus ventanas, era una visión espantosa. Su pobre padre, su cariñosa madre, estaba bastante seguro de que sus corazones se romperían. Nunca podrían sobrevivir a toda esta miseria, esta amarga decepción de todas sus esperanzas. Hace poco menos de un año estaba en Bath, y todo era alegría y triunfo. ¡Qué escena tan salvaje había sido su vida desde entonces! ¡Oh, Henrietta! ¿Por qué nos conocimos? ¡Esa fatal, fatal mañana! El cedro se alzó ante él, recordó, recordó todo. Y el pobre Glastonbury... fue un final miserable. No podía disimularlo ante sí mismo, había sido muy imprudente, había estado loco. ¡Y sin embargo tan cerca de la felicidad, perfecta, perfecta felicidad! ¡Henrietta podría haber sido suya, y podrían haber sido tan felices! Este confinamiento era espantoso; comenzó a presionar sus nervios. Sin ocupación, ni el menor recurso. Tomó el Calendario de Carreras, lo arrojó de nuevo. Conocía todas las caricaturas de memoria, le disgustaban infinitamente. Caminó de un lado a otro de la habitación hasta que estuvo tan cansado que se arrojó sobre el duro sofá. Era intolerable.
Una cárcel debía ser preferible a esto. Debe haber algún tipo de miserable diversión en una cárcel; pero esta innoble, esta humillante soledad, estaba seguro de que se volvería loco si permanecía aquí. Tocó el timbre de nuevo.
—Sí, señor —dijo el pequeño camarero.
—Este lugar es intolerable para mí —dijo el capitán Armine—. Realmente estoy bastante harto de él. ¿Qué puedo hacer?
El camarero pareció un poco perplejo.
—Me gustaría ir a la cárcel de inmediato —dijo Ferdinand.
—¡Señor! ¡Señor! —dijo el pequeño camarero.
—¡Sí! No puedo soportar esto —continuó—; me volveré loco.
—¿No cree que sus amigos vendrán pronto, señor?
—No tengo amigos —dijo Ferdinand—. Espero que nadie venga.
—¡No tiene amigos! —dijo el pequeño camarero, que empezaba a pensar que Ferdinand no era un aristócrata tan grande como había imaginado—. Vaya, si no tiene amigos, señor, lo mejor sería ir a Fleet, creo.
—Por Júpiter, creo que sería mejor.
—El amo cree que sus amigos vendrán, estoy seguro.
—Nadie sabe que estoy aquí —dijo Ferdinand.
—¡Oh! —dijo el pequeño camarero—. Usted quiere que lo sepan, ¿verdad, señor?
—Cualquier cosa antes que eso; deseo ocultar mi desgracia.
—¡Oh, señor! No está acostumbrado a esto; me atrevo a decir que nunca fue atrapado antes, ¿verdad?
—Ciertamente no.
—Ahí está; si tiene paciencia, verá que todo sale bien.
—Nunca, mi buen amigo; nada puede salir bien.
—¡Oh, señor! No está acostumbrado. Un aristócrata como usted, atrapado por primera vez, y por una cifra tan alta, señor, seguro que no será estafado. Nunca he visto tal cosa todavía. Sus amigos seguro que pondrán el dinero, señor.
—Cuanto mayor es la deuda, mayor es la dificultad en satisfacerla, supongo —dijo Ferdinand.
«¡Señor! No, señor: usted no está acostumbrado a esto. Solo los pobres diablos apresados por sus cincuenta o cien libras son los que acaban arruinados. Un aristócrata jamás ha sido apresado por la suma que usted debe, señor, y ha terminado contra la pared. Confíe en mi experiencia. Nunca he visto tal cosa».
Ferdinand apenas pudo contener una sonrisa. Incluso la conversación del pequeño camarero suponía un alivio para él.
«Verá, señor —continuó aquel digno sujeto—, Morris y Levison nunca le habrían dado tan endiablado plazo si no conocieran sus recursos. Confíe en Morris y Levison para eso. ¡Usted arruinado, señor! ¡Un aristócrata como usted, a quien Morris y Levison han confiado tal plazo! ¡Señor! Usted no sabe nada al respecto. Yo mismo podría permitirme ofrecerles quince chelines por libra por su deuda, y sería un buen negocio. Los amigos desembolsarán el dinero, señor, créame».
«Bueno, me supone cierta satisfacción saber que no lo harán, y que Morris y Levison no conseguirán ni un penique».
«Bueno, señor —dijo el incrédulo y pequeño funcionario—, cuando vea que Morris y Levison pierden dos o tres mil libras por un aristócrata que es apresado por primera vez, yo mismo pagaré el dinero; eso es todo lo que sé».
Aquí el camarero se vio obligado a dejar a Ferdinand, pero demostró su confianza en la fortuna de aquel caballero mediante su continua cortesía y, en el transcurso del día, le trajo un periódico viejo. A Ferdinand le pareció que el día no terminaría nunca. El camarero lo importunó con el tema de la cena, elogiando al cocinero y asegurándole que su amo era famoso por el champán. Aunque no tenía apetito, Ferdinand pidió la cena para asegurar el transcurso de algún incidente. El champán lo adormeció; lo llevaron a su habitación y, por un tiempo, olvidó sus preocupaciones en el sueño.
CAPÍTULO XIX.
La crisis avanza rápidamente.
HENRIETTA TEMPLE comenzó una vez más a decaer. Este cambio no pasó inadvertido para su constante compañero, Lord Montfort, y, sin embargo, jamás permitió que ella se percatara de su observación. Todo lo que hizo fue esforzarse aún más por buscar su diversión; si era posible, ser todavía más considerado y tierno. Miss Grandison, sin embargo, fue mucho menos delicada; no perdió oportunidad de hacerle saber a Miss Temple que pensaba que Henrietta estaba muy indispuesta, y que estaba totalmente convencida de que Henrietta estaba pensando en Ferdinand. ¡Es más!, no se contentó con limitar estas insinuaciones a Miss Temple; le transmitió su convicción sobre la indisposición de Henrietta a Lord Montfort y lo fastidió pidiéndole su opinión sobre la causa.
«¿Cuál cree usted que es la causa, Miss Grandison?», dijo su señoría, muy tranquilamente.
«Quizás Londres no le sienta bien; pero entonces, cuando estuvo enferma antes, estaba en el campo; y me parece que es la misma enfermedad. Me extraña que usted no lo note, Lord Montfort. ¡Un amante tan insensible, me sorprende!».
«Es inútil notar aquello que no se puede remediar».
«¿Por qué no llama a quienes pueden ofrecer remedios?», dijo Miss Grandison. «¿Por qué no enviar a buscar a Sir Henry?».
«Creo que es mejor dejar sola a Henrietta», dijo Lord Montfort.
«¿Cree que es la mente, entonces?», dijo Miss Grandison.
«Puede ser», dijo Lord Montfort.
«¡Puede ser! Por mi palabra, usted es muy despreocupado».
«No soy indiferente, Miss Grandison. No hay nada que no haría por el bienestar de Henrietta».
«¡Oh! Sí, lo hay; hay algo», dijo Miss Grandison, bastante maliciosamente.
«Usted es realmente una persona extraordinaria, Miss Grandison», dijo Lord Montfort. «¿Qué puede querer decir con una observación tan extraña?».
«Tengo mi significado; pero supongo que puedo tener un misterio tanto como cualquier otra persona».
«¿Un misterio, Miss Grandison?».
«¡Sí! Un misterio, Lord Montfort. No hay un solo individuo en las tres familias que no tenga un misterio, excepto yo; pero he descubierto algo. Me siento bastante tranquila ahora: todos estamos en igualdad de condiciones».
«Usted es una persona extraña».
«Puede ser; pero soy feliz, pues no tengo nada en la cabeza. Ahora que el pobre Ferdinand le ha dicho a Sir Ratcliffe que no nos vamos a casar, no tengo papel que desempeñar. Odio el engaño; es casi tan amargo como casarse con alguien que está enamorado de otra persona».
«Eso debe ser, en efecto, amargo. ¿Y es esa la razón por la que no se casa con su primo?», preguntó Lord Montfort.
«Puede que esté enamorada de otra persona, o puede que no», dijo Miss Grandison. «Pero, sea como sea, en el momento en que Ferdinand me dijo muy cándidamente que él lo estaba, decidimos no casarnos. Creo que fuimos sensatos; ¿no lo cree usted, Lord Montfort?».
«Si usted es feliz, fueron sensatos», dijo Lord Montfort.
«Sí, soy bastante feliz: tan feliz como puedo ser cuando todos mis mejores amigos son unos desgraciados».
«¿Lo son?».
«Eso creo: mi tía está entre lágrimas; mi tío, en la desesperación; Ferdinand medita el suicidio; Henrietta se está consumiendo; y usted, que es el filósofo de la sociedad, se ve bastante serio. Me imagino que somos un grupo de lo más desgraciado».
«Ojalá pudiéramos ser todos felices», dijo Lord Montfort.
«Y así podríamos, creo yo», dijo Miss Grandison; «al menos, algunos de nosotros».
«Háganos felices, entonces», dijo Lord Montfort.
«No puedo hacerle feliz a usted».
«Creo que podría, Miss Grandison».
En ese momento entró Henrietta y la conversación tomó un rumbo diferente.
«¿Vendrá con nosotras a casa de Lady Bellair, Kate?», dijo Miss Temple. «La duquesa me ha pedido que pase por allí esta mañana».
Miss Grandison expresó su disposición: el carruaje estaba esperando y Lord Montfort se ofreció a acompañarlas. En ese momento, el criado entró con una nota para Miss Grandison.
«De parte de Glastonbury», dijo ella; «querida Henrietta, desea verme inmediatamente. ¿Qué podrá ser? Vayan a casa de Lady Bellair y recójanme a su regreso. Deben hacerlo, de verdad; y entonces todas podremos salir juntas».
Y así quedó arreglado. Miss Temple, acompañada por Lord Montfort, se dirigió a Bellair House.
«No se acerquen a mí», dijo la anciana cuando los vio; «no se acerquen a mí; estoy en la desesperación; no sé qué haré; creo que voy a vender toda mi porcelana. ¿Conocen a alguien que quiera comprar porcelana antigua? La tendrán a precio de ganga. Pero necesito dinero contante; dinero contante es lo que debo tener. No se siente en esa silla; solo está hecha para ser vista. ¡Oh! ¡Si yo fuera rica como ustedes! Me pregunto si mi porcelana valdrá trescientas libras. Podría llorar hasta quedarme ciega, sí, podría. Los hombres malvados; me gustaría hacerlos pedazos. ¿Por qué no está él en el Parlamento? Y entonces no podrían llevárselo. Nunca pudieron arrestar a Charles Fox. Le he conocido en tantos apuros como a cualquiera. Una vez envió todos sus muebles a mi casa desde sus habitaciones. Se alojaba en Bury-street. Siempre miro la casa cuando paso por delante. No jueguen con las plumas; odio a la gente que juega. ¿Dónde está Gregory? ¿Dónde está mi timbre? ¿Dónde está el paje? ¡Niño travieso! ¿Por qué no vienes? Ahí, no quiero nada; no sé qué hacer. ¡Los hombres malvados! El mayor favorito que tenía: ¡era tan encantador! La gente encantadora nunca es rica; él siempre parecía melancólico. Creo que enviaré a buscar al hombre rico con quien ceno; pero olvido su nombre. ¿Por qué no me dicen su nombre?».
«Mi querida Lady Bellair, ¿qué sucede?».
«No me pregunten; no me hablen. Les digo que estoy en la desesperación. ¡Oh! ¡Si fuera rica, cómo castigaría a esos hombres malvados!».
«¿Puedo hacer algo?», dijo Lord Montfort.
«No sé qué pueden hacer. Tengo el tic. Siempre tengo el tic cuando mis amigos están en problemas».
«¿Quién está en problemas, Lady Bellair?».
«Mi más querido amigo; el único amigo que me importa. ¿Cómo pueden ser tan insensibles? Fui a visitarlo esta mañana y su criado estaba llorando. Debo conseguirle un puesto; es un hombre tan bueno y quiere tanto a su amo. Ahora, ¿necesitan un criado? Ustedes nunca necesitan nada. Pregunten a todo el mundo que conozcan si necesitan un criado, un hombre honrado que quiere a su amo. Ahí está, llorando abajo, en la habitación de Gregory. ¡Pobre criatura buena! Yo misma podría llorar, solo que no sirve de nada».
«¿Quién es su amo?», dijo Lord Montfort.
«Nadie a quien conozcan; ¡sí! Lo conocen muy bien. Es mi querido, queridísimo amigo; lo conocen muy bien. Los alguaciles fueron a su hotel ayer, lo sacaron de la cama y lo llevaron a prisión. Oh! Voy a volverme loca. Quiero vender mi porcelana para pagar sus deudas. ¿Dónde está Miss Twoshoes?», continuó su señoría; «¿por qué no contestan? Hacen todo lo posible por atormentarme».
«¿Miss Grandison, Lady Bellair?».
«Por supuesto; es su amante».
«¿El capitán Armine?».
«¿No llevo todo este tiempo diciéndoselo? Lo han llevado a prisión».
Miss Temple se levantó y salió de la habitación.
«¡Pobre criatura! Está muy impresionada. También lo conoce», dijo su señoría. «Me temo que está totalmente arruinado. Llaman a la puerta. Haré una colecta para él. Me atrevo a decir que es mi nieto. Es muy rico y muy bondadoso».
«Mi querida Lady Bellair», dijo Lord Montfort, levantándose, «hágame el favor de no decir una palabra a nadie por el momento. Iré a la habitación de al lado con Henrietta. Es amiga de la familia y está muy afectada. Ahora, mi querida señora, le ruego», continuó su señoría, «que no diga una palabra. El capitán Armine tiene buenos amigos, pero no hable con extraños. Hará daño; realmente lo hará».
«Usted es una buena criatura; usted es una buena criatura. Márchese».
«Lady Frederick Berrington, mi señora», anunció el paje.
«Es muy ingeniosa, pero muy pobre. No sirve de nada hablar con ella. No diré una palabra. Vaya con Miss Cosa-así: vaya, vaya». Y Lord Montfort escapó al salón mientras Lady Frederick entraba.
Henrietta estaba tumbada en el sofá, tenía el rostro oculto, sollozaba convulsivamente.
«Henrietta», dijo Lord Montfort, pero ella no respondió. «Henrietta», dijo él de nuevo, «¡querida Henrietta! Haré lo que tú desees».
«¡Sálvalo, sálvalo!», exclamó ella. «¡Oh! ¡No puedes salvarlo! ¡Y yo lo he llevado a esto! ¡Ferdinand! ¡Queridísimo Ferdinand! ¡Oh! ¡Voy a morir!».
«Por el amor de Dios, cálmate», dijo Lord Montfort, «no hay nada que no haga por ti, por él».
«Ferdinand, Ferdinand, mi propio, mi propio Ferdinand, oh, ¿por qué nos separamos alguna vez? ¿Por qué fui tan injusta, tan malvada? ¡Y él fue fiel! No puedo sobrevivir a su desgracia y miseria. ¡Deseo morir!».
«No habrá desgracia, ni miseria», dijo Lord Montfort, «solo, por el amor de Dios, cálmate. Hay una mujer parlanchina en la habitación de al lado. ¡Silencio! ¡Silencio! Te digo que haré todo».
«No puedes; no debes; ¡no deberías! ¡Amable y generoso Digby! Perdona lo que he dicho; olvídalo; pero, en verdad, soy tan desgraciada que ya no puedo soportar esta vida».
«Pero no serás desgraciada, Henrietta; serás feliz; todo el mundo será feliz. Soy amigo de Armine, de verdad. Lo probaré. Por mi honor, probaré que soy su mejor amigo».
«No debes. Eres la última persona, de verdad. ¡Es tan orgulloso! Cualquier cosa que venga de nosotros será la muerte para él. ¡Sí! Lo conozco, preferiría morir antes que estar en deuda con cualquiera de nosotros».
«Lo pondrás en una deuda aún mayor que esta», dijo Lord Montfort. «¡Sí! Henrietta, si él ha sido fiel a ti, tú no debes ser falsa con él».
«Digby, Digby, no digas palabras tan extrañas. He vuelto en mí. Te dejé para poder estar sola. El mejor y más generoso de los hombres, nunca te he engañado; perdona las emociones que ni siquiera tú debías presenciar».
«Toma mi brazo, querida, caminemos hacia el jardín. Deseo hablar contigo. No tiembles. No tengo nada que decir que no sea para tu felicidad; en todo momento y bajo toda circunstancia, el gran objeto de mis pensamientos».
Levantó a Miss Temple gentilmente del sofá y se alejaron lejos de la observación de Lady Bellair o de los poderes auditivos, aunque no eran despreciables, de su animada invitada.
CAPÍTULO XX.
En el que Ferdinand recibe más de una visita y descubre que la adversidad no le ha privado del todo de sus amigos.
MIENTRAS tanto, la mañana amaneció sobre el desafortunado Ferdinand. Había olvidado sus preocupaciones en el sueño y, cuando despertó, fue con cierta dificultad que recordó el desafortunado incidente de ayer y pudo convencerse de que, en efecto, era un prisionero. Pero los barrotes de la ventana de su dormitorio no le dejaron durante mucho tiempo en una duda placentera.
Su amigo, el pequeño camarero, hizo pronto su aparición. «¿Durmió bien, señor? ¿El mismo desayuno que ayer, señor? ¿Lengua y jamón, señor? ¿Quizás le gustaría un riñón en lugar de un endiablado? Será un cambio».
«No tengo apetito».
«Ya vendrá, señor. Usted no está acostumbrado. Aquí no hay nada más que hacer que comer. Mejor pruebe el riñón, señor. ¿Hay algo que le apetezca?».
«He tomado la decisión de ir a la cárcel hoy».
«¡Señor! No piense en ello. Algo surgirá, señor, crea mi palabra».
Y, a decir verdad, el experimentado camarero no se equivocaba. Pues, al traer el desayuno, seguido por un subordinado con gran pompa de cubiertas plateadas, informó a Ferdinand, con una risita, que un caballero preguntaba por él. «Le dije que sus amigos vendrían, señor».
El caballero fue presentado y Ferdinand contempló al Sr. Glastonbury.
«Mi querido Glastonbury», dijo Ferdinand, apenas atreviéndose a encontrar su mirada, «esto es muy amable, y sin embargo quería haberle ahorrado esto».
«Pobre hijo mío», dijo Glastonbury.
«¡Oh! Mi querido amigo, todo ha terminado. Este es un momento más amargo para usted incluso que para mí, amable amigo. Este es un terrible final para todo su celo y sus labores».
«¡No!», dijo Glastonbury; «no pensemos en nada más que en el presente. ¿Por qué se le mantiene en cautiverio?».
«Mi querido Glastonbury, si fueran solo diez libras, no podría permitirle pagarlas. Así que no hablemos de eso. Esto habría sucedido tarde o temprano. Ha llegado, y ha llegado inesperadamente: pero debe ser soportado, como todas las demás calamidades».
«Pero usted tiene amigos, mi Ferdinand».
«¡Ojalá no los tuviera! Todo lo que deseo ahora es estar solo en el mundo. Si pudiera esperar que mis padres me dejaran en paz, estaría relativamente tranquilo. Pero cuando pienso en ellos, y en el daño que debo causarles, es un infierno, es un infierno».
«Desearía que me dijera su situación exacta», dijo el Sr. Glastonbury.
«No hablemos de ello; ¿sabe mi padre de esto?».
«Aún no».
«Está bien; todavía puede tener un día feliz. Venderá Armine».
Glastonbury negó con la cabeza y suspiró. «¿Es tan grave?», dijo.
«Mi querido amigo, si quiere saber lo peor, tómelo. Estoy aquí por casi tres mil libras, y debo al menos diez mil más».
«¿Y no aceptan fianza?».
«No por esta deuda; no pueden. Es una deuda judicial, la única».
«¿Y no le dieron aviso?».
«Ninguno: deben haberse enterado de alguna manera de que mi infernal matrimonio se había cancelado. Todos han esperado por eso. Y ahora que ve que los asuntos están fuera de remedio, hablemos de otros temas, si es tan amable de permanecer media hora en este calabozo. Lo abandonaré directamente; iré a la cárcel de inmediato».
El pobre Glastonbury, no le gustaba irse, y sin embargo fue una visita de lo más melancólica. ¿Sobre qué podían conversar? La conversación, excepto sobre el tema prohibido de los asuntos de Ferdinand, parecía una burla. Por fin, Ferdinand dijo: «Querido Glastonbury, no se quede aquí; solo nos hace infelices a ambos. Envíe a Louis con algo de ropa para mí y algunos libros. Le avisaré antes de dejar este lugar. Pensándolo bien, no lo haré por dos o tres días, si puedo quedarme tanto tiempo. Vea a mi abogado; no es que vaya a hacer nada; ni puedo esperarlo; pero puede pasar a verme. Adiós, querido amigo».
Glastonbury estaba a punto de retirarse, cuando Ferdinand lo llamó de nuevo. «Este asunto debe mantenerse en silencio», dijo. «Le dije a Louis que dijera que estaba fuera de la ciudad en Brook-street. Lamentaría que Miss Temple se enterara, al menos hasta después de su matrimonio».
Ferdinand estaba una vez más solo con el espejo, la mesa de juego, el sofá duro, las caricaturas que odiaba incluso más que el retrato de su anfitrión, la Biblia hebrea y el Calendario de Carreras. Parecía un año que había estado encerrado en este apartamento, en lugar de un día, de tanto que se había familiarizado con cada objeto. Y, sin embargo, la visita de Glastonbury había sido un acontecimiento, y no pudo dejar de reflexionar sobre ello. Una casa de préstamos parecía un escenario tan extraño, tan poco natural, para tal personaje. Ferdinand recordó la torre en Armine, y todos sus claros y arboledas, brillando bajo el sol de verano y refrescados por la brisa estival. ¡Qué contraste con este calabozo lúgubre, confinado y cerrado! ¿Y era posible que alguna vez hubiera vagado a sus anchas en aquel hermoso escenario con una compañera más hermosa? Tales pensamientos bien podrían volver loco a un hombre. Con todos sus errores, y toda su disposición actual a no intentar atenuarlos, Ferdinand Armine no pudo evitar considerarse desafortunado. Quizás es más angustioso creerse desafortunado que reconocerse imprudente.
Una amante cariñosa o un amigo fiel, cualquiera de ellos es una gran bendición; y cualesquiera que sean los apuros de uno en la vida, cualquiera de ellos puede ser fuente de consuelo. Ferdinand tuvo una amante cariñosa una vez, y si Henrietta Temple lo hubiera amado, bueno, podría haber luchado con todas estas calamidades; pero aquel dulce sueño había pasado. En cuanto a amigos, no tenía ninguno, al menos eso pensaba. No es que tuviera que quejarse de la naturaleza humana. Había experimentado mucha bondad de parte de la humanidad, y muchos fueron los servicios que había recibido de amables conocidos. Con el recuerdo de Catch, por no hablar de Bond Sharpe y, sobre todo, del Conde Mirabel, fresco en su mente, no podía quejarse de sus compañeros. Glastonbury era, en efecto, un amigo, pero Ferdinand suspiraba por un amigo de su propia edad, unido a él por los mismos gustos y simpatías, y capaz de comprender todos sus sentimientos secretos; un amigo que pudiera incluso susurrar esperanza y sonreír en una casa de préstamos.
El día pasó, las sombras del crepúsculo descendían; Ferdinand se volvía cada momento más melancólico, cuando de repente su constante aliado, el camarero, entró a toda prisa en la habitación. «¡Vaya, señor, aquí hay un aristócrata de verdad preguntando por usted! Le dije que todo saldría bien».
«¿Quién es?».
«Aquí viene subiendo».
Ferdinand captó los tonos triunfantes de Mirabel en la escalera.
«¿Cuál es la habitación? Muéstremela directamente. ¡Ah! Armine, mon ami! mon cher! ¿Es esta tu amistad? ¡Estar en este maldito agujero y no enviarme a buscar! C’est une mauvaise plaisanterie pretender que somos amigos. ¿Cómo estás, buen tipo, excelente tipo, excelente Armine? Si no estuvieras aquí, me pelearía contigo. Vete, hombre». El camarero desapareció y el Conde Mirabel se sentó en el duro sofá.
«Querido amigo», continuó el Conde, girando el bastón más bonito del mundo, «esto es una bêtise por tu parte estar aquí y no enviarme a buscar. ¿Quién te ha puesto aquí?».
«Mi querido Mirabel, todo ha terminado».
«¡Pah! ¿Cuánto es?».
«Te digo que estoy arruinado. Se ha corrido la voz de que el matrimonio se ha cancelado, y Morris y Levison me han apresado por todos los atrasos de mis malditas anualidades».
«¿Pero cuánto?».
«Entre dos y tres mil».
El Conde Mirabel soltó un silbido.
«Traje quinientos, que tengo. Debemos conseguir el resto de una forma u otra».
«Mi querido Mirabel, eres el sujeto más generoso del mundo; pero he molestado demasiado a mis amigos. Nada me inducirá a aceptar un sou de ti. Además, entre nosotros, mi menor mortificación en este momento son unas 1.500 libras que Bond Sharpe me dejó el otro día por nada, a través de Catch».
«¡Pah! Sin embargo, lamento eso, porque él nos habría prestado este dinero. Le preguntaré a Bevil».
«Preferiría morir».
«Se lo pediré yo mismo».
«Es imposible».
«Lo arreglaremos: te diré quién lo hará por nosotros. Es un buen tipo, e inmensamente rico: es Fitzwarrene; me debe grandes favores».
«Querido Mirabel, estoy encantado de verte. Esto es bueno y amable. Estoy tan condenadamente aburrido aquí. Me alegra mucho verte; pero no hables de dinero».
«Aquí hay 500 libras; con otros cuatro sujetos de 500 libras podemos arreglarlo».
«¡No más, no más! Te lo suplico».
«Pero no puedes quedarte aquí. Quel drôle appartement! Antes de que Charley Doricourt estuviera en el Parlamento siempre estaba en esta clase de casas, pero lo saqué de alguna manera; me las arreglé. Una vez le compré al sujeto quinientas docenas de champán».
«Una nueva forma de pagar viejas deudas, ciertamente», dijo Ferdinand.
«Te digo... ¿has cenado?».
«Iba a hacerlo; meramente para tener algo que hacer».
«Me quedaré a cenar contigo», dijo el Conde, tocando la campanilla, «y hablaremos de los asuntos. Ríe, amigo mío; ríe, mi Armine: esto es solo una escena. Esto es la vida. ¿Qué podemos comer, hombre? Cenaré aquí».
«La cena del caballero está encargada, mi lord; lista por completo», dijo el camarero. «¿Champán en hielo, mi lord?».
«Por supuesto; todo lo que sea bueno. Mon cher Armine, nos divertiremos».
«Sí, mi lord», dijo el camarero, bajando las escaleras corriendo. «¡Cena para el mejor salón de estar inmediatamente; sopa de guisantes, rodaballo, filete, pato asado y pollo hervido, todo lo que sea bueno, champán en hielo; dos caballeros de primera!».
La cena apareció pronto, y los dos amigos se sentaron.
«¡Potage admirable!», dijo el Conde Mirabel. «El mejor champán que he bebido en mi vida. Mon brave, a tu salud. Este debe ser el criado de Charley, por el vino. Creo que lo haremos subir; nos prestará algo de dinero. ¡El mejor rodaballo que he comido jamás! Te daré un poco de las aletas. ¡Ah! te alegras de verme, mi Armine, te alegras de ver a tu amigo. ¡Encore champagne! ¡Buen Armine, excelente Armine! Mantén el ánimo, yo me encargaré de estos sujetos. Debes comer algo de bifteac. ¡El bifteac más tierno que he probado jamás! Esta es una buena cena. ¡Encore un verre! Hombre, puedes irte; no esperes».
«Por Júpiter, Mirabel, nunca me alegré tanto de ver a nadie en mi vida. Ahora, eres un amigo; me siento muy animado».
«¡Por supuesto! Mantente siempre animado. C’est une bêtise no estar animado. Todo saldrá bien con seguridad. Ya verás cómo me las arreglo con estos sujetos, y vendré a cenar contigo todos los días hasta que salgas: no estarás aquí cuarenta y ocho horas. Al ir a casa, pasaré por Mitchell’s y te conseguiré una novela de Paul de Kock. ¿Has leído alguna vez los libros de Paul de Kock?».
«Nunca», dijo Ferdinand.
«¡Qué hombre tan afortunado por haber sido arrestado! ¡Ahora puedes leer a Paul de Kock! Por Júpiter, eres el sujeto más afortunado que conozco. Ya ves, te creías muy miserable por haber sido arrestado. Es la mejor cosa del mundo, pues ahora leerás Mon Voisin Raymond. Siempre hay dos caras en un asunto».
«Me contento con creerme muy afortunado por tener un amigo como tú», dijo Ferdinand; «pero ahora que han retirado las cosas, hablemos de los asuntos. ¿Has visto a Henrietta?».
«Por supuesto, la veo todos los días».
«Espero que no sepa de mi ruina hasta que se haya casado».
«No lo sabrá, a menos que tú se lo digas».
«¿Y cuándo crees que se casará?».
«Cuando tú quieras».
«¡Cher ami! ¡Point de moquerie!».
«Por Júpiter, hablo muy en serio», exclamó el Conde. «Estoy tan seguro de que te casarás con ella como de que estamos en esta condenada casa de detención».
«¡Tonterías!».
«El juicio más fino del mundo. Si tú no te casas con ella, lo haré yo, pues estoy resuelto a que el buen Montfort no lo haga. Nunca se dirá que intervine sin un resultado. Vaya, si ella se casara con Montfort ahora, arruinaría mi reputación. Casarse con Montfort después de todos mis problemas: cenar con ese buen Temple, y abrir la mente de ese pequeño Grandison, y decirle cosas hermosas a esa buena duquesa; sería un fracaso».
«¡Qué sujeto tan extraño eres, Mirabel!». «¡Por supuesto! ¿Querrías que fuera como los demás y no extraño? ¡Beberemos la belle Henriette! ¡Llena! Serás mi amigo cuando te cases, ¿eh? ¡Mon Armine, excellent garçon! ¡Cómo nos reiremos algún día; y entonces esta cena, esta cena será la mejor cena que hayamos tenido nunca!».
«¿Pero por qué crees que hay la más mínima esperanza de que Henrietta no se case con Montfort?».
«Porque mi conocimiento de la naturaleza humana me asegura que una mujer joven, muy hermosa, muy rica, con un espíritu muy elevado, y única hija, nunca se irá a casar con un hombre cuando está enamorada de otro, y ese otro, querido amigo, como tú. Estás más seguro de conseguirla porque ella está comprometida».
¡Qué cosa tan maravillosa es el conocimiento de la naturaleza humana!, pensó Ferdinand para sí mismo. El conocimiento de la naturaleza humana del Conde es como la experiencia de mi amigo el camarero. ¡Uno me asegura que estoy seguro de casarme con una mujer porque está comprometida con otra persona, y el otro, que está muy claro que mis deudas serán pagadas porque son muy grandes! El Conde permaneció con su amigo hasta las once, cuando todo el mundo quedó encerrado. Se invitó a sí mismo a cenar con él al día siguiente y le prometió que tendría toda una colección de novelas francesas antes de despertar. Y asegurándole una y otra vez que lo consideraba el más afortunado de todos sus amigos, y que si rompía la banca en Crocky’s esta noche, lo cual creía que haría, le enviaría dos o tres mil libras; al mismo tiempo, le estrechó cordialmente la mano y descendió la escalera de la casa de detención, tarareando Vive la Bagatelle.
CAPÍTULO XXI.
La crisis.
AUNQUE, cuando Ferdinand se quedó de nuevo solo con sus reflexiones, no le pareció que hubiera ocurrido nada que debiera cambiar su opinión sobre su suerte desamparada, había, sin embargo, algo inspirador en la visita de su amigo el Conde Mirabel. En verdad, no le pareció estar ni un ápice más cerca de salir de sus dificultades que antes; y en cuanto a las esperanzas descabelladas sobre Henrietta, las descartó de su mente como los meros esquemas fantásticos de un espíritu optimista, y aun así su tristeza, por algún proceso difícil de analizar, había desaparecido en gran medida. No podía ser el champán, pues ese era un remedio que ya había probado anteriormente; era en cierto grado, sin duda, la simpatía mágica de un temperamento alegre: pero principalmente podría, tal vez, atribuirse a la halagadora convicción de que poseía la sincera amistad de un hombre cuya buena voluntad era, bajo todos los puntos de vista, una posesión muy envidiable. Con un amigo como Mirabel, no podía considerarse tan desafortunado como por la mañana. Si era afortunado, y afortunado tan inesperadamente, en este caso, podría serlo en otros. Un vago presentimiento de que había visto lo peor de la vida le sobrevino. Era igualmente inútil justificar la consoladora convicción o resistirse a ella; y Ferdinand Armine, aunque en una casa de detención, se quedó dormido con mejor humor respecto a su destino de lo que había estado durante los últimos ocho meses.
Sus sueños fueron encantadores: imaginó que estaba en Armine, de pie junto al rosal de Berbería. Había luz de luna; era, tal vez, un ligero recuerdo de la noche en que había contemplado el jardín desde la ventana de su cámara, la noche después de haber visto a Henrietta por primera vez. De repente, Henrietta Temple apareció en su ventana y le saludó con la mano con un rostro sonriente. Inmediatamente cortó una flor para ella y se quedó con su ofrenda bajo su ventana. Ella iba con hábito de montar y le dijo que acababa de regresar de Italia. Él la invitó a descender, y ella desapareció; pero en lugar de Henrietta, salió del antiguo Place... la duquesa, quien inmediatamente preguntó si había visto a su primo; y entonces su Gracia, mediante algún proceso confuso común en los sueños, se convirtió en Glastonbury, y señaló el rosal, donde, para su sorpresa, Katherine paseaba con Lord Montfort. Ferdinand llamó a gritos a Henrietta, pero, como ella no aparecía, entró en el Place, donde encontró al Conde Mirabel cenando solo, y bebiendo justo una copa de champán. Se quejó a Mirabel de que Henrietta había desaparecido, pero su amigo se rio de él y dijo que, después de un paseo tan largo, dejando Italia solo ayer, difícilmente podría esperar verla. Satisfecho con esta explicación, Ferdinand se unió al Conde en su banquete, y fue despertado de su sueño, y de su ensueño aparentemente, por Mirabel descorchando una botella.
¡Ah! ¿Por qué despertó alguna vez? Fue tan real; la había visto tan claramente; era la vida; era la misma sonrisa que lucía en Ducie; esa mirada soleada, tan llena de alegría, belleza y amor, ¡por la cual podría vivir para contemplarla! Y ahora estaba en prisión, y ella iba a casarse con otro. ¡Oh, hay cosas en este mundo que bien pueden romper corazones!
El corcho del Conde Mirabel fue, sin embargo, un sonido sustancial, un suave toque en su puerta: respondió, y el camarero entró en su cámara.
«Pido perdón, señor, por molestarle; son solo las ocho».
«¿Entonces por qué demonios me molestas?». «Ha habido otro caballero, señor. Dije que no estaba levantado, y envió sus cumplidos, y dijo que llamaría en una hora, pues deseaba verle particularmente». «¿Era el Conde?».
«No, señor; pero era un caballero, señor, pues tenía una corona en su coche. Pero no quiso dejar su nombre».
«Catch, por supuesto», pensó Ferdinand para sí mismo. «Y enviado por Mirabel. No me extrañaría si, después de todo, han roto la banca en Crocky’s. Nada me inducirá a aceptar un ducado».
Sin embargo, Ferdinand creyó conveniente levantarse, y se las arregló para bajar al mejor salón de estar aproximadamente un cuarto de hora después de la hora señalada. Para su extrema sorpresa, encontró a Lord Montfort.
«Mi querido amigo», dijo Lord Montfort, luciendo un poco confundido; «temo haberle molestado tristemente. Pero no pude arreglármelas para encontrarle ayer hasta que fue tan tarde que me avergonzaba llamar aquí, y pensé, por lo tanto, que usted perdonaría esta visita temprana, ya que, ya que, ya que, deseaba mucho verle».
«Usted es extremadamente amable», dijo el Capitán Armine. «Pero realmente lamento mucho que su señoría haya tenido toda esta molestia».
«¡Oh! ¡Qué es la molestia bajo tales circunstancias!», respondió su señoría. «No puedo perdonarme por ser tan estúpido al no llegar ayer hasta usted. Nunca podré excusarme por la inconveniencia que ha experimentado».
Ferdinand hizo una reverencia, pero estaba tan perplejo que no pudo decir una palabra.
«Espero, mi querido Armine», dijo su señoría, avanzando más bien lentamente, poniendo su brazo dentro del de Ferdinand, y caminando entonces arriba y abajo de la habitación juntos, «espero que actúe en este momento hacia mí como yo lo haría hacia usted, si nuestras situaciones respectivas estuvieran cambiadas».
Ferdinand hizo una reverencia, pero no dijo nada.
«El dinero, usted sabe, buen amigo mío», continuó Lord Montfort, «es una cosa desagradable de la que hablar; pero hay circunstancias que deberían privar tal conversación entre nosotros de cualquier incomodidad que de otro modo podría surgir».
«No soy consciente de ellas, mi lord», dijo Ferdinand, «aunque sus buenos sentimientos merecen mi gratitud».
«Creo que, tras reflexionar, encontraremos que hay algunas», dijo Lord Montfort. «Por el momento, solo esperaré que usted estime esos buenos sentimientos, y que, por mi parte, estoy ansioso porque maduren en una amistad sincera e íntima, como suficiente autoridad para colocar sus asuntos en general en ese estado en que puedan en el futuro nunca privar a su familia y amigos de la sociedad necesaria para su felicidad».
«Mi lord, estoy seguro de que la adversidad ha asumido un tono elegante conmigo, pues ha confirmado mis visiones más amables de la naturaleza humana. No intentaré expresar lo que siento hacia su señoría por esta generosa bondad, pero diré que estoy profundamente impresionado por ella; no menos, porque no puedo aprovecharme en el más mínimo grado de su oferta».
«Usted es demasiado hombre de mundo, estoy seguro, mi querido Armine, para sentirse ofendido por mi franqueza. Hablaré, por lo tanto, sin miedo a ser malinterpretado. Me parece que la oferta que le he hecho es digna de un poco más de consideración. Verá, mi querido amigo, que usted se ha colocado en tal situación que, actúe como actúe, el resultado no puede ser completamente satisfactorio. El curso que debería seguir, por lo tanto, como, de hecho, toda conducta en este mundo debería ser, es una cuestión de cálculo preciso. ¿Ha considerado bien las consecuencias de precipitarse hacia la ruina? En primer lugar, su familia recibirá un golpe del que ni siquiera la prosperidad futura podrá recuperarlos. Su finca familiar, ya en una posición delicada, podría perderse irremediablemente; las consecuencias mundanas de tal vicisitud son muy considerables; cualquier carrera que siga, mientras posea visiblemente Armine, usted siempre ocupará un rango entre la aristocracia de la tierra, y una familia que mantiene tal posición, aunque decadente, se recuperará finalmente. Difícilmente conozco una excepción a esta regla. No creo, de todos los hombres, que usted sea el más adecuado para ofrecer una».
«Lo que dice ha estado presionándonos durante mucho tiempo», dijo el Capitán Armine.
«Entonces, de nuevo», reanudó Lord Montfort, «los sentimientos e incluso los intereses de sus amigos deben ser considerados. ¡Pobre Glastonbury! Yo mismo amo a ese viejo. La caída de Armine podría romperle el corazón; no le gustaría dejar su torre. Vea, conozco su lugar».
«¡Pobre Glastonbury!», dijo Ferdinand.
«Pero sobre todo», continuó Lord Montfort, «la felicidad, más aún, la propia salud y vida de sus padres, de quienes todo está ahora oculto, serían tal vez los últimos y más costosos sacrificios de su temeridad».
Ferdinand se arrojó sobre el sofá y se cubrió el rostro.
«Sin embargo, toda esta miseria, todas estas desgracias, pueden evitarse, y usted mismo convertirse en un hombre tranquilo y feliz, al... pues no deseo subestimar su visión del asunto, Armine... ponerse bajo una obligación pecuniaria conmigo. Una circunstancia que debe evitarse en el curso común de la vida, sin duda; ¿pero es mejor deberme un favor y salvar su finca familiar, preservar su posición, mantener a su amigo, y prevenir la miseria, y probable muerte, de sus padres, o ser capaz de pasar junto a mí en la calle, en altivo silencio si lo desea, con la conciencia de que el lujo de su orgullo ha sido satisfecho a costa de cada circunstancia que hace que la existencia sea deseable?».
«Expone el caso con contundencia», dijo Ferdinand; «pero ningún razonamiento podrá convencerme jamás de que estoy justificado para pedir prestadas 3.000 libras, que nunca podré devolver».
«Acéptelo, entonces».
«Es lo mismo», dijo Ferdinand.
«Creo que no», dijo Lord Montfort; «¿pero por qué dice nunca?».
«Porque es absolutamente imposible que pueda hacerlo alguna vez».
«¿Cómo sabe que no podría casarse con una mujer de gran fortuna?», dijo Lord Montfort. «Ahora me parece exactamente el tipo de hombre que se casaría con una heredera».
«Está pensando en mi prima», dijo Ferdinand. «Pensé que usted había descubierto, o que podría haber aprendido, que no había intención real de nuestra unión».
«No, no estaba pensando en su prima», dijo Lord Montfort; «aunque, a decir verdad, alguna vez tuve la esperanza de que usted se casaría con ella. Sin embargo, eso sé bien que está totalmente fuera de discusión, pues creo que la señorita Grandison se casará con alguien más».
«¡De verdad!», exclamó Ferdinand, un poco agitado. «¡Bien! ¡Que sea feliz! Amo a Kate desde el fondo de mi corazón. ¿Pero quién es el afortunado?».
«Es un secreto de dama», dijo Lord Montfort. «Pero volvamos a nuestro argumento. Para ser breve: o bien, mi querido Armine, usted debe ser convencido por mi razonamiento, o yo debo permanecer aquí como prisionero al igual que usted; pues, a decir verdad, hay una bella dama ante quien no puedo presentarme excepto en su compañía».
Ferdinand cambió de semblante. Solo faltaba esto para confirmar su resolución, que apenas había vacilado. Deber su liberación a la influencia de Henrietta sobre Lord Montfort era demasiado degradante.
«Mi lord», dijo, «ha tocado una fibra que esperaba que me hubiera sido ahorrada. Esta conversación debe, en efecto, cesar. Mi boca está sellada para darle las razones que, no obstante, hacen imperativo para mí rechazar su generosa oferta».
«Bueno, entonces», dijo Lord Montfort, «debo ver si otro puede tener más éxito», y tendió una nota al atónito Ferdinand, con la letra de Henrietta. Cayó de la mano de Ferdinand cuando la tomó. Lord Montfort la recogió, se la dio de nuevo y caminó hacia el otro extremo de la habitación. Fue con extrema dificultad que Ferdinand se convenció de romper el sello. La nota era corta; la mano que trazó las letras debió de temblar. Así decía:
«Queridísimo Ferdinand: Haz todo lo que Digby desee. Él es nuestro mejor amigo. Digby se va a casar con Katherine; ¿eres feliz? Henrietta».
Lord Montfort miró alrededor; Ferdinand Armine yacía sin sentido en el sofá.
Nuestro amigo no era de humor desmayado, pero creemos que las circunstancias pueden excusar la debilidad.
En cuanto a Lord Montfort, tocó el timbre para el pequeño camarero, quien, en el momento en que vio lo ocurrido, se apresuró a salir y volvió a subir corriendo con agua fría, una botella de brandy y una hoja de papel de estraza ardiendo, que declaró era un específico infalible. De una forma u otra, Ferdinand fue recuperado a tiempo, y el pequeño camarero fue expulsado limpiamente.
«Mi querido amigo», dijo Ferdinand, con voz débil; «soy el hombre más feliz que ha vivido jamás; espero que usted lo sea, estoy seguro de que lo será; Katherine es un ángel. Pero no puedo hablar. Es tan extraño».
«Querido amigo, realmente debe tomar una copa de brandy», dijo Lord Montfort. «Es extraño, ciertamente. Pero todos somos felices».
«Apenas sé dónde estoy», dijo Ferdinand, después de unos minutos. «¿Estoy realmente vivo?».
«Pensemos en cómo vamos a salir de este lugar. Supongo que aceptarán mi cheque. Si no, debo irme».
«Oh, no se vaya», dijo Ferdinand. «Si usted se va, no creeré que sea verdad. Mi querido Montfort, ¿es realmente verdad?».
«Ya ve, mi querido Armine», dijo Lord Montfort, sonriendo, «estaba destinado a que yo me casara con una dama que usted rechazó. Y a decir verdad, la razón por la que no llegué ayer a usted, como debería haber hecho, fue una conversación inesperada que tuve con la señorita Grandison. Realmente creo que este arresto fue un incidente afortunado. Llevó los asuntos a una crisis. Hubiéramos seguido jugando a los malentendidos para siempre».
Aquí el pequeño camarero entró de nuevo con una nota y un paquete.
«¿El mismo mensajero los trajo?», preguntó Ferdinand.
«No, señor; el criado del Conde trajo la nota, y espera una respuesta; el paquete llegó por otra persona».
Ferdinand abrió la nota y leyó lo siguiente:
«Berkeley-square, siete y media de la mañana.
Mon Ami: ¡La mejor broma del mundo! He roto la banca de Crocky tres veces. Por supuesto; te lo dije. Gané 15.000 libras. En cuanto despierte te enviaré las tres mil, y te prestaré el resto hasta tu matrimonio. No será dentro de mucho. Escribo esto antes de irme a la cama, para que puedas tenerlo temprano. Adieu, cher ami.
Votre affectionné,
De Mirabel.
«Mi arresto fue sin duda el incidente más afortunado del mundo», dijo Ferdinand, entregándole la nota a Lord Montfort. «Mirabel cenó aquí ayer y fue a jugar a propósito para salvarme. Me lo tomé como una broma. Pero, ¿qué es esto?». Ferdinand abrió el paquete. La letra le era desconocida. Diez billetes de banco de 300 libras cada uno cayeron al suelo.
«¿Vivo en el país de las hadas?», exclamó. «¿Quién puede ser? No puedes ser tú; no puede ser Mirabel. Es maravillosamente extraño».
«Creo que puedo arrojar algo de luz sobre el asunto», dijo Lord Montfort. «Katherine estuvo misteriosamente ocupada con Glastonbury ayer por la mañana. Salieron juntos, y sé que fueron al abogado de ella. No hay duda de que es Katherine. Creo que, dadas las circunstancias del caso, no necesitamos tener reparos en aprovecharnos de esta afortunada remesa. Al menos nos ahorrará tiempo», dijo Lord Montfort, haciendo sonar la campanilla. «Envíe a su amo aquí inmediatamente», continuó dirigiéndose al camarero.
El oficial del sheriff apareció; la deuda, los honorarios, todo fue pagado y el alta debidamente tramitada. Mientras tanto, Ferdinand subió las escaleras para cerrar su neceser; el pequeño camarero corrió tras él para hacerle la maleta. Ferdinand no olvidó a su celoso amigo, quien le susurró esperanza cuando todo era oscuridad. El pequeño camarero se rió entre dientes mientras se metía las diez guineas en el bolsillo. «Ya ve, señor», dijo, «tenía toda la razón. Sabía que sus amigos pagarían. ¡Imagínese a un caballero como usted enviado al trullo! ¡Tonterías! Ya ve, señor, no estaba acostumbrado a ello».
Y así, Ferdinand Armine se despidió de la casa de detención donde, en el transcurso de menos de cuarenta y ocho horas, había conocido tanto la desesperación como el éxtasis. Lord Montfort conducía con una alegría inusual en él.
«Ahora, mi querido Armine», dijo, «no estoy ni un ápice menos enamorado de Henrietta que antes. La amo como tú amas a Katherine. ¡Qué locura casarse con una mujer que estaba enamorada de otra persona! La habría hecho desgraciada, cuando el gran objetivo de toda mi conducta era hacerla feliz. Ahora, Katherine realmente me ama tanto como Henrietta te ama a ti. He tenido este plan en mi cabeza durante mucho tiempo. Calculé bien; estaba convencido de que era la única manera de hacernos felices a todos. Y ahora todos seremos parientes; estaremos constantemente juntos; y seremos hermanos amigos».
«¡Ah!, mi querido Montfort», dijo Ferdinand, «¿qué dirá el señor Temple?».
«Déjamelo a mí», dijo Lord Montfort.
«Tiemblo», dijo Ferdinand, «si fuera posible anticipar dificultades hoy».
«Iré a verlo de inmediato», dijo Lord Montfort; «no me gusta la incertidumbre, y ahora ya no tiene sentido. Todo saldrá bien».
«Solo confío en ti», dijo Ferdinand; «porque soy tan orgulloso como Temple. Le disgusto, y él es demasiado rico para que yo me humille ante él».
«Me hago cargo», dijo Lord Montfort. «El señor Temple es un hombre tranquilo y sensato. Te reirás de mí, pero la verdad es que, con él, debe ser una cuestión de cálculo: por un lado, la felicidad de su hija, una unión con una familia inigualable en linaje, alianzas y posición territorial, a la que solo le falta su riqueza para recuperar todo su esplendor; por el otro, su hija con el corazón roto y un duque como yerno. El señor Temple es un hombre demasiado sensato como para dudar, especialmente cuando le elimino la mayor dificultad que pueda experimentar. ¿Dónde quieres que te deje? ¿En Berkeley-Square?».
CAPÍTULO XXII.
Ferdinand reflexiona sobre su buena fortuna.
EN LOS momentos de sentimientos profundos, tanto en los estallidos repentinos de prosperidad como en las horas más oscuras, el hombre debe estar solo. Se requiere cierta comunión con uno mismo para prepararse para la buena fortuna, así como para afrontar la dificultad, el peligro y la desgracia. Esta revolución violenta y triunfante en sus perspectivas y en su fortuna apenas había sido comprendida completamente por nuestro amigo, Ferdinand Armine; y cuando dejó una nota para el generoso Mirabel, cuyos sueños no quería perturbar a estas tempranas horas ni siquiera con buenas noticias, paseó por Charles-street y hacia el Parque, en uno de esos ensueños salvajes y jubilosos en los que rumiamos la dicha venidera y creamos mil consecuencias gloriosas.
Era una de esas suaves mañanas de verano que son tan deliciosas en una gran ciudad. El cielo estaba despejado, el aire era suave, el agua brillaba bajo el sol y los árboles parecían doblemente verdes y frescos para alguien que recientemente solo había contemplado rejas de hierro. Ferdinand sentía su libertad tanto como su felicidad. Se sentó en un banco y pensó en Henrietta Temple; sacó su nota y la leyó una y otra vez. ¡Era realmente su letra! Inquieto por la alegría inminente, paseó hasta el puente y se apoyó en la balaustrada, contemplando las aguas en un vacío encantado y encantador. ¡Cuántos incidentes, cuántos personajes, cuántos sentimientos pasaron por su memoria! ¡De cuántas dulces y amargas experiencias no estuvo rumiando! Hace veinticuatro horas, se consideraba el más miserable y desamparado de los seres humanos, ¡y ahora todas las bendiciones del mundo parecían llover a sus pies! Una hermosa novia le esperaba, a quien había amado con intensa pasión y que, hace apenas una hora, pensaba que era de otro. Una fortuna noble, que le permitiría redimir su herencia y clasificarlo entre los plebeyos más ricos del reino, iba a ser controlada por alguien que hace unas horas era un prisionero por deudas desesperadas. Los individuos más dotados de la tierra competían entre sí por demostrar quién sentía por él un afecto más sincero. ¿Qué hombre en el mundo tenía amigos como Ferdinand Armine? ¡Ferdinand Armine, quien, hace dos días, se consideraba solo en el mundo! La devoción inquebrantable de Glastonbury, el delicado afecto de su dulce prima, toda la magnanimidad del noble Montfort y la generosidad del consumado Mirabel pasaron ante él y le afectaron maravillosamente. No podía halagarse a sí mismo pensando que realmente merecía tales bendiciones singulares; y, sin embargo, con todos sus defectos, que en él no eran más que las consecuencias de su ardiente juventud, Ferdinand había sido fiel a Henrietta. Su constancia hacia ella era ahora recompensada. En cuanto a sus amigos, el futuro debía demostrar su gratitud hacia ellos.
Ferdinand Armine poseía una gran ternura de carácter y una mente algo meditativa; educado por la adversidad, no cabía duda de que su futura carrera justificaría su destino favorable.
Apenas había pasado un año desde que regresó de Malta, ¡pero qué año tan lleno de acontecimientos! Todo lo que había ocurrido anteriormente parecía de otra vida; toda su experiencia estaba concentrada en ese maravilloso drama que había comenzado en Bath, cuya última escena se acercaba ahora; los personajes: sus padres, Glastonbury, Katherine, Henrietta, Lord Montfort, el conde Mirabel, él mismo y el señor Temple.
¡Ah! ese era un nombre que le perturbaba un poco; y, sin embargo, ahora sentía confianza en la presciencia de Mirabel; ¡no podía dejar de creer que con el tiempo incluso el señor Temple podría reconciliarse! Fue en ese momento cuando el sonido de música militar llegó a sus oídos; le recordó los viejos tiempos; desfiles y guardias en Malta; tiempos en los que no conocía a Henrietta Temple; tiempos en los que, según le parecía ahora, nunca se había detenido a pensar o moralizar. Aquella era una vida loca. ¡Qué baile napolitano era su carrera entonces! De hecho, era bailar sobre un volcán. ¡Y ahora todo había terminado tan felizmente! Oh, ¿podría ser realmente cierto? ¿No era todo un sueño de su propia creación, mientras su mirada se mantenía fija en la abstracción sobre ese río brillante y fluido? Pero entonces estaba la carta de Henrietta. Podría estar hechizado, pero ese era el talismán.
En el estado actual de las cosas, incierto aunque esperanzador, Ferdinand no quería ir a casa. Estaba resuelto a evitar cualquier explicación hasta tener noticias de Lord Montfort. Le aterraba ver a Glastonbury o a su prima. En cuanto a Henrietta, le parecía que nunca tendría el valor de volver a verla a menos que estuvieran solos. El conde Mirabel era la única persona a la que podía confiar su alma, y el conde Mirabel seguía en su primer sueño.
Así que Ferdinand entró en Kensington Gardens y caminó por esos ricos claros y majestuosas avenidas. Al autor de esta historia le parece que los habitantes de Londres apenas son lo suficientemente conscientes de la belleza de sus alrededores. Por todas partes se abren a ellos los retiros más encantadores, ni hay metrópolis en el mundo rodeada de tantas aldeas rurales, parques pintorescos y elegantes casinos. Con la excepción de Constantinopla, no hay ciudad en el mundo que pueda competir con ella ni por un momento. Por su parte, aunque en su tiempo fue algo errante, no se avergüenza en este aspecto de confesar un legítimo gusto londinense; y no sabe dónde puede fluir la vida más placenteramente que a la vista de Kensington Gardens, contemplando el plateado Támesis serpenteando junto a las glorietas de Rosebank, o inhalando desde sus terrazas el aire refinado de la elegante Richmond.
En exactamente diez minutos, está en el poder de todo hombre liberarse de todo el tumulto del mundo; las punzadas del amor, los latidos de la ambición, el desgaste del juego, el tocador recriminatorio, el club conspirador, el antro infernal; y encontrarse en una sublime soledad selvática superior a los cedros del Líbano, e inferior solo en extensión a los bosques de castaños de Anatolia. Kensington Gardens es casi el único lugar que ha hecho realidad su idea de los bosques de Spenser y Ariosto. ¡Qué lástima que, en lugar de una princesa en apuros, solo encontremos a una niñera! Pero aquí está el lugar apropiado y conveniente para rumiar nuestros pensamientos; para proyectar lo grande y lograr lo feliz. Es aquí donde debemos aprender nuestros discursos de memoria, inventar nuestros improvisados; meditar sobre los caprichos de nuestras amantes, destruir un gabinete y salvar a una nación.
Alrededor del momento en que Ferdinand dirigió sus pasos desde estos retiros verdes hacia Berkeley-Square, un sirviente llamó a la señorita Temple ante su padre.
«¿Está papá solo?», preguntó la señorita Temple.
«Solo mi lord está con él», fue la respuesta.
«¡Está Lord Montfort aquí!», dijo la señorita Temple, un poco sorprendida.
«Mi lord ha estado con el amo estas tres horas», dijo el sirviente.
CAPÍTULO XXIII.
Ferdinand recibe la invitación a cenar más interesante que jamás se le haya ofrecido.
«¿No es maravilloso?», dijo Ferdinand cuando terminó de contar su historia al conde Mirabel.
«En absoluto», dijo el conde, «nunca supe nada menos sorprendente. Es exactamente lo que dije, es la terminación más natural del mundo».
«¡Ah, mi querido Mirabel, eres un profeta! ¡Qué afortunado soy de tener un amigo como tú!».
«Por supuesto que lo eres. Toma más café. ¿Qué vas a hacer contigo mismo?».
«No sé qué hacer conmigo mismo. Realmente no me gusta ir a ninguna parte hasta que haya tenido noticias de Montfort. Creo que iré a mi hotel». «Te llevaré. Son las tres». Pero justo en ese momento, el señor Bevil llamó al conde y otra hora desapareció. Cuando estuvieron bien acomodados en el cabriolé, había tantos lugares a los que llamar y tantas personas a las que ver, que eran casi las seis cuando llegaron al hotel. Ferdinand subió las escaleras para ver si había alguna carta de Lord Montfort. Encontró la tarjeta de su señoría y también la del señor Temple; habían llamado hace una media hora; también había una nota. Este era su contenido:
«Grosvenor-square, jueves.
Mi querido Capitán Armine:
Me he preparado con esta nota, pues temo que difícilmente tendré la fortuna de encontrarle en casa. Hace muy poco que he sabido por Henrietta que usted estaba en Londres, y lamento mucho saber que ha estado tan enfermo. Hace tanto tiempo que no nos vemos que espero que cene con nosotros hoy; y, de hecho, estoy tan ansioso por verle que confío en que, si desafortunadamente ha hecho algún otro compromiso, aún pueda arreglárselas para satisfacer mi petición. Es simplemente una reunión familiar; solo se encontrará con nuestros amigos de St. James’-square y su propio círculo de Brook-street. No he invitado a nadie más, salvo a la anciana Lady Bellair y a su amigo el conde Mirabel; y Henrietta está tan ansiosa por asegurar su presencia que le estaré muy agradecido si ejerce su influencia para inducirle a acompañarle, ya que temo que haya pocas esperanzas de encontrarle libre.
Henrietta se une a mí en mis más cordiales saludos; y le ruego que me crea,
Mi querido Capitán Armine,
Cordialmente suyo,
Pelham Temple».
«Bueno, ¿qué pasa?», dijo el conde, cuando Ferdinand regresó al cabriolé con la nota en la mano y luciendo muy agitado.
«¡La nota más extraña!», dijo Ferdinand.
«Dámela», dijo el conde. «¿A eso llamas extraño? Es la epístola más regular que he leído; me lo esperaba. Es un excelente sujeto, ese señor Temple; sin duda cenaré con él y enviaré una excusa a ese viejo Castlefyshe. Una reunión familiar, todo correcto; y me invita a mí, eso es apropiado. No me extrañaría que terminara siendo tu fideicomisario, o tu albacea, o el padrino de tu primer hijo. Ah, ese buen Temple es un hombre sensato. Te dije que arreglaría este asunto por ti. Deberías oírme hablar con ese buen Temple. Le abro la mente. ¡Una reunión familiar; será divertido! No me lo perdería por mil libras. Además, debo ir para cuidarte, pues vas a cometer toda clase de bêtises. Te daré una vuelta por el parque. Sube, mon enfant. Buen Armine, excelente sujeto, ¡sube! Ya ves, tenía razón; siempre tengo razón. Pero te confesaré un secreto: nunca tuve tanta razón como en este caso. ¡Es el mejor negocio que ha existido nunca!».
CAPÍTULO XXIV.
Algunos detalles sobre la fiesta y su resultado.
A PESAR del inspirador compañerismo del conde Mirabel, debe confesarse que el corazón de Ferdinand le falló cuando entró en la casa del señor Temple. De hecho, si no hubiera sido por el ánimo y la alegre burla de su despreocupado amigo, no está muy claro que hubiera logrado subir la escalera. Una niebla cubrió su visión cuando entró en la sala; varias formas, ciertamente, pasaron ante él, pero no pudo distinguir ninguna. Se sintió tan avergonzado que estaba absolutamente miserable. Fue la mano del señor Temple la que se encontró sosteniendo; el comportamiento tranquilo y los tonos suaves de ese caballero lo tranquilizaron un poco. El señor Temple fue cordial, y el conde Mirabel revoloteaba alrededor de Ferdinand y cubría su confusión. Entonces reconoció a la duquesa y a su madre; estaban sentadas juntas, y se acercó y las saludó. No se atrevió a mirar alrededor en busca de la señora de la casa. Lady Bellair estaba hablando con su padre. Finalmente escuchó su nombre pronunciado por el conde. «Armine, mon cher, ¡mira este hermoso trabajo!», y Ferdinand avanzó, o más bien se tambaleó, hacia una ventana donde el conde estaba frente a un grupo, y en un minuto estrechó la mano de Henrietta Temple. No podía hablar. Katherine estaba sentada junto a ella, y Lord Montfort de pie detrás de su silla. Pero el conde Mirabel nunca dejó de hablar, y con tanto arte y tacto, que en pocos momentos había logrado producir una tranquilidad relativa por todas partes.
«Me alegro mucho de que hayas venido hoy», dijo Henrietta. Sus ojos brillaron con un significado extraño, y luego retiró repentinamente su mirada. La rosa de su mejilla alternaba entre brillar y desvanecerse. Fue un momento de gran vergüenza, y después hablaron a menudo de ello.
La cena, sin embargo, fue anunciada pronto, pues Mirabel y Ferdinand habían llegado a propósito en el último momento. Mientras el duque avanzaba para ofrecer su brazo a la señorita Temple, Henrietta le entregó a Ferdinand una flor, como para consolarlo por la separación. Era una mesa redonda; la duquesa y Lady Bellair estaban sentadas a cada lado del señor Temple, el duque a la derecha de la señorita Temple; donde había tantos miembros de la misma familia, era difícil acomodar a los invitados. Ferdinand se contuvo, cuando el conde Mirabel, que se había asegurado un asiento junto a Henrietta, hizo señas a Ferdinand y, diciendo que Lady Bellair deseaba que se sentara junto a ella, empujó a Ferdinand, mientras él mismo se alejaba, hacia el asiento vacante. Henrietta atrapó la mirada del conde cuando este se alejó; era una mirada burlona.
«Me alegro de que te sientes junto a mí», dijo Lady Bellair al conde, «porque eres famoso. Me encanta la gente famosa, y tú eres muy famoso. ¿Por qué no vienes a verme? Ahora por fin te he atrapado, y vendrás a cenar conmigo el 7, el 8 o el 9 del mes que viene; tengo cenas todos los días. Cenarás conmigo el día 8, porque entonces Lady Frederick cena conmigo, y ella te probará. Te sentarás junto a Lady Frederick, y procura coquetear con ella. Me pregunto si eres tan divertido como tu abuelo. Recuerdo haber bailado un minué con él en Versalles hace setenta años».
«Está bien recordado en la familia», dijo el conde.
«¡Ah! ¡pícaro!», dijo la pequeña dama, riendo entre dientes, «¡mientes! Me gusta una mentira a veces», continuó, «pero entonces debe ser una buena. ¿Sabes? Solo te lo digo a ti, pero me temo que las mentiras son más divertidas que la verdad».
«Naturalmente», dijo el conde, «porque la verdad debe ser, en general, un lugar común, de lo contrario no sería verdad».
Mientras tanto, Ferdinand estaba sentado junto a Henrietta Temple. Se le podría perdonar por sentirse un poco desconcertado. De hecho, los maravillosos acontecimientos de las últimas veinticuatro horas eran suficientes para privar a cualquiera de un control total sobre sus sentidos. ¿Qué maravilla, pues, que casi cortara su sopa, comiera su pescado con cuchara y bebiera agua en lugar de vino? De hecho, sufría un grado de excitación nerviosa que le hacía imposible observar las normas de la vida. La presencia de todas esas personas le era insoportable. Cinco minutos a solas con ella en los bosques de Ducie, y se habría sentido bastante tranquilo. ¡La señorita Temple evitó su mirada! Ella estaba, en verdad, tan agitada como él, y habló casi por completo con el duque; sin embargo, a veces intentaba dirigirse a él y decir cosas amables. Le llamó Ferdinand; eso fue suficiente para hacerlo feliz, aunque se sintió muy incómodo. Hacía pocos minutos que estaba sentado cuando observó que Glastonbury estaba a su lado.
«Estoy tan nervioso, querido Glastonbury», dijo Ferdinand, «que no creo que sea capaz de permanecer en la sala».
«He oído algo», dijo Glastonbury con una sonrisa, «que me hace sentir bastante audaz».
«No puedo evitar pensar que todo es un hechizo», dijo Ferdinand.
«No es de extrañar, querido muchacho, que estés hechizado», dijo Glastonbury.
«Ferdinand», dijo la señorita Temple en voz baja, «papá está brindando contigo». Ferdinand levantó la vista y recibió el amable saludo del señor Temple.
«Ese era un buen caballo el que montabas hoy», dijo el conde Mirabel, a través de la mesa, a la señorita Grandison.
«¿A que es bonito? Es de Lord Montfort».
«¡De Lord Montfort!», pensó Ferdinand. «¡Qué extraño parece todo esto!».
«Usted no estuvo en el paseo a caballo esta mañana», dijo su Gracia a Henrietta.
«No he estado muy bien estos días», dijo la señorita Temple.
«Bueno, creo que te ves particularmente bien hoy», respondió el duque. «¿Qué dice usted, Capitán Armine?».
Ferdinand se sonrojó, se mostró confundido ante esta llamada y murmuró algunos cumplidos contradictorios.
«¡Oh! estoy muy bien ahora», dijo la señorita Temple.
«Debe venir a cenar conmigo», dijo Lady Bellair al conde Mirabel, «porque usted habla bien a través de una mesa. Quiero a un hombre que hable bien a través de una mesa. Pocos pueden hacerlo sin bramar. Creo que usted lo hace muy bien».
«Naturalmente», respondió el conde. «Si no lo hiciera bien, no lo haría en absoluto».
«¡Ah! usted es audaz», dijo la anciana. «Me gusta un poco de descaro. Es mejor ser descarado que servil».
«La humanidad suele ser ambas cosas», dijo el conde.
«Creo que lo son», dijo la anciana. «Dígame, por favor, ¿vive aún el viejo duque de Thingabob? Sabe a quién me refiero: fue un emigrado y pariente suyo».
«De Crillon. Ha muerto, y su hijo también».
«Era un gran conversador», dijo Lady Bellair, «pero, claro, era el tirano de la conversación. Ahora bien, los hombres fueron creados tanto para escuchar como para hablar».
«Sin duda», dijo el conde; «pues la Naturaleza nos ha dado dos oídos, pero solo una boca».
«Dijiste que todos podríamos ser muy felices», susurró Lord Montfort a Miss Grandison. «¿Qué piensas?; ¿lo hemos conseguido?»
«Creo que todos parecemos muy confundidos», dijo Miss Grandison. «Qué idea tan afortunada fue invitar a Lady Bellair y al conde. Ellos nunca podrían parecer confundidos».
«Observa a Henrietta», dijo Lord Montfort.
«No es justo. ¡Qué silencioso está Ferdinand!»
«Sí, no está muy seguro de si es Christopher Sly o no», dijo Lord Montfort. «¡Qué fino aprieto has urdido, Miss Grandison!»
«No, Digby, tú fuiste el autor. No puedo dejar de pensar en tu entrevista con el señor Temple. ¡Fuiste muy pronto!»
«Bueno, puedo ser paciente, bella Katherine», dijo Lord Montfort; «pero en este caso rehuí la incertidumbre, más por los demás, sin embargo, que por mí mismo. Ciertamente fue una entrevista singular».
«¿Y no estabas nervioso?»
«Pues no; me sentí convencido de que la entrevista solo podía tener un resultado. Pensé en tus memorables palabras; sentí que estaba haciendo lo que deseabas y que nos estaba haciendo felices a todos. Sin embargo, ¡todo el honor sea para el señor Temple! Ha demostrado ser un hombre sensato».
A medida que la cena avanzaba, hubo un intento por todas partes de mostrarse alegres. El conde Mirabel habló mucho, y Lady Bellair se rió de lo que decía, manteniendo su reputación de ingeniosa. Su señoría llevaba mucho tiempo deseando echarle el guante a su alegre vecino, y era evidente que él era todo un «favorito». Incluso Ferdinand se sintió un poco más a gusto. Se aventuró a aliviar al duque de algunas de sus labores y a trinchar para Miss Temple.
«¿Qué piensas de nuestra reunión familiar?», dijo Henrietta a Ferdinand en voz baja.
«Solo puedo pensar en una cosa», dijo Ferdinand.
«Estoy tan nerviosa», continuó, «que me parece que en cualquier momento voy a gritar y salir de la habitación».
«Siento lo mismo; estoy estupefacto».
«Habla con el señor Glastonbury; bebe vino y habla. Mira, mira a tu madre; nos está observando. Se muere por hablar contigo, y también alguien más».
Al fin, las damas se retiraron. Ferdinand las acompañó hasta la puerta del comedor. Lady Bellair le sacudió el abanico, pero no dijo nada. Él presionó la mano de su madre. «Adiós, primo Ferdinand», dijo Miss Grandison en tono risueño. Henrietta le sonrió al pasar. Fue una mirada elocuente que tocó su corazón. Los caballeros permanecieron dentro mucho más tiempo de lo que era costumbre en la casa del señor Temple. Todos parecían resueltos a beber una gran cantidad de vino, y el señor Temple siempre se dirigía a Ferdinand, si se requería algo, de una manera que parecía reconocer su posición responsable en la familia.
Por mucho que Ferdinand deseara escapar al salón, no pudo aventurarse a dar el paso. Ansiaba hablar con Glastonbury sobre el asunto que absorbía sus pensamientos, pero no tenía valor. Nunca un hombre, que realmente se creía la persona más feliz y afortunada del mundo, se sintió más torpe y avergonzado. ¿Era consciente su padre de lo ocurrido? No podía decidirlo. Aparentemente, Henrietta imaginaba que su madre sí lo era, por la observación que había hecho en la cena. Entonces su padre debía ser consciente de todo. Katherine debía haberlo contado todo. ¿Estaba la familia de Lord Montfort al tanto? ¿Pero de qué servían estas preguntas desconcertantes? Era cierto que Henrietta iba a ser su esposa y que el señor Temple había sancionado su alianza. No podía haber duda de ello, ¿o por qué estaba él allí?
Al fin, los caballeros se levantaron, y Ferdinand volvió a contemplar a Henrietta Temple. Al entrar, ella cruzaba la habitación con unas partituras en la mano, estuvo un momento sola. Él se detuvo, habría hablado, pero sus labios no se movían.
«Bueno», dijo ella, «¿eres feliz?»
«Mi cabeza vaga. Asegúrame que todo es cierto», murmuró con voz agitada.
«Todo es cierto; anda, ve y habla con Lady Armine. Estoy tan nerviosa como tú».
Ferdinand se sentó junto a su madre.
«Bueno, Ferdinand», dijo ella, «he oído cosas maravillosas».
«¿Y espero que te hayan hecho feliz, madre?»
«En verdad sería irrazonable e ingrata si no fuera así; pero te confieso, querido hijo, que estoy tan asombrada como gratificada».
«¿Y mi padre?, ¿lo sabe todo?»
«Todo. Pero solo lo hemos oído de Lord Montfort y Katherine. No hemos tenido comunicación con nadie más. Y nos reunimos aquí hoy de esta manera extraordinaria, y de no ser por ellos estaríamos completamente a oscuras».
«¿Y la duquesa?, ¿lo saben todo?»
«Eso supongo».
«Es muy extraño, ¿no?»
«Estoy completamente desconcertada».
«¡Oh, madre! ¿No es hermosa? ¿No la amas? ¿No seremos todos la familia más feliz del mundo?»
«Creo que deberíamos serlo, querido Ferdinand. Pero no me he recuperado de mi asombro. Ah, hijo mío, ¿por qué no me lo dijiste cuando estabas enfermo?»
«¿No es mejor que los asuntos hayan tomado el curso que han tomado? Pero debes culpar a Kate tanto como a mí; ¡querida Kate!»
«Pienso en ella», dijo Lady Armine; «espero que Kate sea feliz».
«Debe serlo, querida madre; solo piensa en la excelente persona que es Lord Montfort».
«Es en verdad una excelente persona», dijo Lady Armine; «pero si yo hubiera estado comprometida contigo, Ferdinand, y terminara casándome con Lord Montfort, estaría muy decepcionada».
«La duquesa sería de otra opinión», dijo Ferdinand.
Lady Bellair, que estaba sentada en un sofá frente a ellos, y que hasta entonces había estado conversando con la duquesa, quien la había dejado para unirse a los músicos, comenzó a agitar su abanico hacia Ferdinand de una manera que significaba su extremo deseo de que se acercara a ella.
«Bueno, Lady Bellair», dijo Ferdinand, sentándose a su lado.
«Estoy en el secreto, ya sabes», dijo su señoría.
«¿Qué secreto, Lady Bellair?»
«¡Ah! No te comprometerás. Bueno, me gusta la discreción. Siempre lo he visto desde el principio. Nadie ha trabajado por ti como yo. Me gusta el amor verdadero, y le he dejado toda mi porcelana en mi testamento».
«Estoy seguro de que la heredera es muy afortunada, sea quien sea».
«Ah, bribón, sabes muy bien a quién me refiero. Eres descarado; nunca tuviste una amiga más cálida que yo. Siempre te admiré; tienes muchas buenas cualidades y muchas malas. Siempre fuiste un poco descarado. Pero me gusta un poco de picante de descaro; creo que funciona. Oigo que eres muy amigo del conde Thingabob; el conde, con cuyo abuelo bailé hace setenta años. Eso está bien; ten siempre amigos distinguidos. Nunca tengas amigos tontos; no sirven para nada. Supongo que él también está en el secreto».
«De verdad, Lady Bellair, no estoy en ningún secreto. Realmente excita mi curiosidad».
«Bueno, no puedo sacar nada de ti, ya veo. Sin embargo, todo sucedió en mi casa, eso no se puede negar. Te diré lo que haré; les daré a todos una cena, y entonces el mundo estará completamente seguro de que yo hice el emparejamiento».
Lady Armine se unió a ellos, y Ferdinand aprovechó la oportunidad para lograr su escapada hacia el piano.
«Supongo que Henrietta ha encontrado su voz de nuevo, ahora», susurró Katherine a su primo.
«Querida Katherine, en verdad si eres tan maliciosa, te castigaré», dijo Ferdinand.
«Bueno, la comedia está casi concluida. Nos daremos las manos y el telón caerá».
«Y espero que, en tu opinión, no sea una representación infructuosa».
«Pues ciertamente no puedo quejarme del desenlace», dijo Miss Grandison.
Mientras tanto, el conde Mirabel se había hecho con el señor Temple, y no perdió oportunidad de confirmar cada punto de vista favorable que el señor Temple, bajo la influencia de Lord Montfort, había adoptado respecto a Ferdinand y su conducta. El señor Temple estaba completamente convencido de que su hija debía ser muy feliz, y que la alianza, en conjunto, produciría toda la satisfacción que alguna vez había previsto.
La tarde avanzó; se anunciaron los carruajes; los invitados se retiraron; Ferdinand se demoró; el señor Temple escoltaba a Lady Bellair, la última invitada, a su carruaje; Ferdinand y Henrietta estaban solos. Se miraron, sus ojos se encontraron en el mismo momento, solo había una manera de terminar satisfactoriamente sus mutuos aprietos: se lanzaron a los brazos del otro. ¡Ah, fue un momento de éxtasis, dulce, emocionante, rápido! No hubo necesidad de palabras, sus almas saltaron sobre todas las pequeñas explicaciones; sobre sus labios, sus exquisitos y temblorosos labios, él selló su gratitud y su devoción.
Se oyó el sonido de unos pasos, la agitada Henrietta se escapó por una entrada opuesta. El señor Temple regresó, se encontró con el capitán Armine con su sombrero, y preguntó si Henrietta se había retirado; y cuando Ferdinand respondió afirmativamente, le dio las buenas noches y le rogó que desayunara con ellos mañana.
CAPÍTULO XXV.
Que, Aunque Final, Se Espera Que Resulte Satisfactorio.
NUESTRO amable lector comprenderá fácilmente que, desde el feliz día que acabamos de notar, Ferdinand Armine rara vez estuvo ausente de Grosvenor-square, o de la compañía de Henrietta Temple. Ambos eran tan felices que pronto superaron cualquier pequeño apuro que su nueva situación pudiera haberles causado al principio. En este esfuerzo, sin embargo, se vieron muy alentados por el comportamiento tranquilo de Lord Montfort y el porte complaciente de su prometida. El mundo se maravillaba y susurraba, se asombraba e insinuaba, pero nada perturbaba a Lord Montfort, y Katherine tuvo la habilidad de silenciar las burlas. Aunque se acordó que los respectivos matrimonios debían tener lugar lo antes posible, los acuerdos necesariamente ocasionaron retrasos. Mediante la aplicación de sus propiedades en fondos, y mediante una carga sobre sus fincas de Yorkshire, el señor Temple pagó las hipotecas de Armine, que, con una cierta carga vitalicia a su favor, se estableció en estricta vinculación sobre la descendencia de su hija. Una parte de los ingresos se reservaría anualmente para completar el castillo, y hasta que ese edificio estuviera listo para recibirlos, Ferdinand y Henrietta vivirían con el señor Temple, principalmente en Ducie, que el señor Temple había comprado ahora.
A pesar, sin embargo, de los abogados, el día señalado llegó al fin. Ambas felices parejas se casaron al mismo tiempo y en el mismo lugar, y Glastonbury ofició la ceremonia. Lord y Lady Montfort partieron hacia una propiedad en Sussex, perteneciente a su padre; Ferdinand y Henrietta se dirigieron a Armine; mientras Sir Ratcliffe y su esposa hicieron una visita al señor Temple en Yorkshire, y Glastonbury se encontró una vez más en sus viejos aposentos en Lancashire con el duque y la duquesa.
Una vez más en Armine; vagando de nuevo juntos por el viejo jardín; era tan extraño y dulce, que tanto Ferdinand como Henrietta casi empezaron a creer que era bueno que el curso de su amor verdadero no hubiera sido por un momento tan fluido como en el presente, y sintieron que su adversidad los había hecho aún más sensibles a su ilimitada dicha. Y los bosques de Ducie, no fueron olvidados; ni, menos que nada, la vieja granja que había sido su refugio. Ciertamente fueron las personas más felices que jamás vivieron, y aunque han pasado algunos años desde que estos hechos tuvieron lugar, la costumbre no ha empañado el brillo de su amor. No tienen preocupaciones ahora, y sin embargo ambos han conocido lo suficiente de la tristeza como para apreciar rectamente sus ininterrumpidas e ilimitadas bendiciones.
Cuando la luna de miel hubo terminado realmente, pues ninguno de ellos quiso ceder ni un ápice de este buen privilegio a la antigua, Sir Ratcliffe y Lady Armine regresaron a la residencia, y Glastonbury a su torre; mientras el señor Temple se unió a ellos en Ducie, acompañado por Lord y Lady Montfort. El otoño también trajo al conde Mirabel a sacrificar los faisanes, alegre, brillante, despreocupado, de buen corazón como siempre. Siempre ha permanecido como uno de los amigos más queridos de Ferdinand; de hecho, apenas creo que haya alguien a quien Ferdinand esté más apegado. Y después de todo, como suele observar el conde, si no hubiera sido por los apuros de Ferdinand no se habrían conocido. Tampoco fue olvidado Lord Catchimwhocan. Ferdinand Armine no era hombre de descuidar a un amigo o de olvidar un buen servicio; y ha conferido a ese joven noble, de buen carácter aunque algo imprudente, una bondad más sustancial que la hospitalidad que siempre se le brinda alegremente. Cuando Ferdinand devolvió al señor Bond Sharpe sus mil quinientas libras, se aseguró de que el interés apareciera en forma de un jarrón de oro, que ahora no es el menos suntuoso adorno del espléndido aparador de ese digno caballero. Los ciervos han aparecido de nuevo también en el parque de Armine, y más de un pernil humea en la mesa epicúrea de Cleveland-row.
Lady Bellair está tan vivaz como siempre, y promete divertir a la sociedad tanto como la famosa condesa de Desmond,
Que vivió hasta la edad de ciento diez, Y murió al caer de un cerezo entonces; ¡Qué chica tan inquieta!
En sus viajes anuales a través del reino nunca omite poner bajo contribución a cada establecimiento de las tres familias, en cuyas fortunas se vio mezclada tan inesperadamente. Como su señoría insiste en afirmar, y quizás ahora realmente cree, que ambos matrimonios fueron el resultado de su astucia matrimonial, sería el colmo de la ingratitud que pudiera quejarse alguna vez de la falta de una calurosa bienvenida.
En la felicidad creciente de su amada hija, el señor Temple ha olvidado por completo cualquier pequeña decepción que pudiera haber sentido alguna vez por no tener un duque como yerno, y tal duque como su valioso amigo, Lord Montfort. Pero Ferdinand Armine está bendecido con un carácter tan dulce que es imposible vivir con él y no amarlo; y la más cordial intimidad y confianza subsisten entre el padre de Henrietta Temple y su yerno. Del aspecto de los asuntos públicos también, el señor Temple, aunque se guarda este pensamiento para sí mismo, se inclina a creer que una corona aún puede adornar la frente de su hija, y que la baronía de Armine puede ser revivida. Poco después de la aprobación del memorable Acta de 1828, Lord Montfort se convirtió en el representante de su condado natal, y en un miembro activo e influyente de la Cámara de los Comunes. Después de la reforma, el señor Armine también fue devuelto por un distrito electoral situado cerca de la residencia principal del duque, y aunque Lord Montfort y el señor Armine se adhieren a la política Whig de sus familias, ambos también, de la manera más marcada, se han abstenido de votar sobre la cláusula de asignación; y hay pocas dudas de que finalmente apoyarán esa administración británica y nacional que la Providencia sin duda tiene reservada para estos reinos ultrajados y distraídos. Al menos esta es la esperanza más que fundada del señor Temple, quien también está en la Cámara, y actúa totalmente con Lord Stanley. Los Montfort y los Armine más jóvenes se las arreglan, mediante visitas mutuas y una residencia en la ciudad durante la Sesión, para pasar la mayor parte de sus vidas juntos; ambos confiesan honestamente que están un poco enamorados de las esposas del otro, pero esto solo hace que su compañía sea más agradable. El círculo familiar en Armine se ha incrementado considerablemente últimamente; hay un apuesto joven Armine que ha sido bautizado como Glastonbury, una circunstancia que recompensa al inquilino de la torre por toda su devoción, y esta mezcla de su nombre y memoria con la ilustre raza que ha ocupado durante tanto tiempo sus pensamientos y esperanzas, es para él una fuente de constante congratulación personal. El futuro Sir Glastonbury también tiene dos hermanos menores dignos de su sangre, Temple y Digby; y la hermana más encantadora del mundo, con grandes ojos violetas y largas pestañas oscuras, que todavía está en brazos, y que lleva el nombre sagrado de Henrietta. Y así termina nuestra HISTORIA DE AMOR.