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Hypnerotomachia: The Strife of Loue in a Dreame

by Francesco Colonna · in Spanish

[A] [B]...].

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Número 87

LA EXPERIENCIA INGLESA

Su registro en libros impresos antiguos Publicado en facsímil

(FRANCESCO COLONNA)

HYPNEROTOMACHIA

Londres 1592

Da Capo Press Theatrum Orbis Terrarum Ltd. Ámsterdam 1969 Nueva York

* * * * *

Los editores agradecen su gratitud a los conservadores de la Biblioteca Bodleiana, Oxford, por su permiso para reproducir el ejemplar de la Biblioteca.

S.T.C. Núm. 5577 Colación: A-Z (4o.), Aa-Cc (4o.)

Publicado en 1969 por Theatrum Orbis Terrarum Ltd., O. Z. Voorburgwal 85, Ámsterdam & Da Capo Press : una división de Plenum Publishing Corporation :

227 West 17th Street, Nueva York. 10011 Impreso en los Países Bajos

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HYPNEROTOMA- CHIA.

La Lucha de Amor en un Sueño.

En Londres, Impreso para Simon Waterson, y han de venderse en su tienda, en el cementerio de S. Pablo, en Cheape-gate.

1592.

A LAS TRES VECES HO- NORABLES Y SIEMPRE VIVAS VIRTUDES DE SYR PHILLIP SYDNEY CABALLERO; Y AL DERECHO HONORABLE Y A OTROS CUAL- QUIERA QUE FUEREN, QUE VIVIENDO LE AMARON, Y SIENDO DIFUNTO LE DAN LO QUE LE CORRESPONDE.

Al Derecho Honorable Robert Deuorax, Conde de Essex y Ewe, Vizconde Hereford, y Bourghchier, Lord Ferrers de Chartley, Bourghchier y Louaine, Maestro de los Caballos de su Majestad la Reina, y Caballero de la nobilísima orden de la Jarretera: Se desea, la perfección de toda felicidad, y triunfante dicha en esta vida, y en el mundo venidero.

Cuando hube determinado (Derecho honorable) dedicar este Libro a las virtudes imperecederas de aquel inigualable Caballero, Syr Phillip Sydney, me pareció que no podía hallar un personaje más Noble que vuestra señoría, y más apto para patrocinar, amparar y defender mi deber hacia el difunto, que Vuestra Honor, cuya grandeza es tal, y cuyas virtudes tienen tal poder, que quienquiera que las elogie no merece ser tenido por adulador, pero aquel que no lo haga, puede ser considerado un malqueriente. Cómo aceptará esto Vuestra Honor, no me cabe duda, pues la cortesía acompaña a la verdadera nobleza; pero mi humilde ruego es que Vuestra Honor no piense de mí (por el título del Libro y parte del discurso) que soy un enamorado, y que hablo según mis propias pasiones, pues estando privado de mi libertad, y recluido en la tumba del olvido, donde aún permanezco, oprimido por la Melancolía, y fatigado por estudios más profundos, me alegré de engañar el tiempo con estos conceptos, diseccionando en ellos la vanidad de esta vida, y la incertidumbre de sus deleites, en el Sueño de Poliphilus; el cual, si Vuestra Honor tuviera a bien revisar en su tiempo libre, perdonando lo que encuentre erróneo, y sopesando mi buena voluntad, me consideraré dichosísimo.

Y así me despido humildemente, hasta que pueda presentar a Vuestra Honor un asunto más apropiado para la misma.

Devoto de Vuestra Honor,

R. D.

* * * * *

Elegía de un anónimo al Lector.

Cándido Lector, escucha a Poliphilus que narra sueños, sueños enviados del polo supremo, No perderás tu labor, no te pesará haber oído esto, tan vario en cosas abunda la obra. Si grave y adusto desprecias lo erótico, conoce te ruego la serie de cosas tan bien dispuesta. ¿Rechazas? al menos el estilo y la lengua nueva y el nuevo discurso grave, la sabiduría, te pide que mires. Si también a esto eres renuente, contempla las cosas geométricas antiguas, aprende muchas cosas repletas de notas miliares. Aquí hay Pirámides, termas e inmensos Colosos, y la forma antigua de los Obeliscos se abre. Aquí brilla una base diversa, y columnas varias y sus arcos, Zóforos, epistilios, Y capiteles y vigas, y con el cuadrante la simetría de las coronas, y cuanto hace techos soberbios. Aquí verás los palacios cultos de los reyes, el culto de las Ninfas, fuentes y banquetes egregios. De aquí la danza bicolor de los ladrones, y expresada toda la vida de los hombres en las tinieblas Laberínticas. De aquí lee sobre la triple majestad del que truena, lo que dice, y cómo actuó él mismo en las tres puertas. Mira qué forma tuvo Polia, qué culta, los triunfos de Júpiter luego, cuatro, etéreos. Esto además de varios afectos narra del amor, y sus obras y cuánto se enfurece aquel Dios.

Faltas escapadas en la impresión.

[Nota del transcriptor: Las correcciones enumeradas aquí han sido hechas en el texto. En muchos casos la forma impresa es diferente a la mostrada bajo "faltas"; estas formas originales se dan entre [corchetes].]

+------+-------+-------+--------------------+---------------------+ | Fol. | pág. | línea | faltas. | corrección. | | | | | | | | 1. | 2 | 38 | I begin of the | I began the | | 4. | 2 | 8 | member. | members. | | 6. | 1 | 12 | troake, | trunke, | | 6. | 2 | 3 | assured, | azur'd. | | 7. | 1 | 33 | fiing, [fying] | flying. | | 10 | 1 | 23 | Laborinth, | Laborinths. | | | | | [laborinth] | | | 10 | 2 | 20 | Palia. | Polia. | | 11 | 1 | 2 | foote, | fowre. | | 11 | 1 | 29 | cariec, [carreic] | carrier. | | | | | [carreic] | | | 11 | 2 | 3 | backs, [backes] | backe. | | 12 | 1 | 11 | pecee, [peeee] | peece. | | 13 | 1 | 3 | adolestency, | adolescency. | | | | | [adolestencie] | | | 13 | 1 | 5 | soliature. | foliature. | | 14 | 1 | 29 | stone, | sonne. | | 19 | 2 | 12 | soliature, | foliature. | | 19 | 2 | 25 | briganine, | brigandine. | | | | | [bryganine] | | | 19 | 2 | 39 | all. | off. | +------+-------+-------+--------------------+---------------------+

+------+-------+-------+--------------------+---------------------+ | Fol. | pág. | línea | faltas. | corrección. | | | | | | | | 21 | 1 | 38 | subuaging, | suruaighing | | | | | [sub-/vaging | | | | | | at line break] | | | 21 | 2 | 2 | sardins, [Sardins] | sardius. | | 22 | 1 | 7 | vanubraces, | vaumbraces. | | | | | [Vanubraces] | | | 22 | 1 | 12 | coronie, [Coromie] | coronice. | | 22 | 2 | 18 | Daphus, | Daphne. | | 22 | 1 | 28 | chanifered, | chamfered. | | 22 | 1 | 30 | contract, | contrast. | | 22 | 2 | 29 | Aehanthis. | Achanthis. | | | | | [Aehanthus] | | | 23 | 1 | 12 | hapies, [Hapies] | Harpies. | | 23 | 1 | 15 | fishen, | fishie. | | 23 | 2 | 4 | did Anaglipts, | did y^e Anaglipts | | 23 | 2 | 5 | Briapis, | Briaxes. | | 24 | 2 | 22 | Andraene, | Andracine. | | | | | [Andraeme] | | | 24 | 2 | 32 | bel flowred | bell flowre. | | | | | fox gloue, | | | | | | [bell flowered | | | | | | Foxgloue] | | | 26 | 2 | 2 | menifis, | memphis. | | | | | [Meniphis] | | | 26 | 2 | 34 | which my, | which with my | | 28 | 2 | 8 | vastus, [vastues] | vastnes. | +------+-------+-------+--------------------+---------------------+

[Decoración]

Poliphili hypnerotomachia, Donde él muestra que todas las cosas humanas y mundanales no son sino un sueño, y no sino vanidad misma. En la puesta de manifiesto de lo cual, muchas cosas son figuradas dignas de recuerdo.

El Autor comienza su Hypnerotomachia, para establecer la hora y el tiempo cuando en su sueño le pareció que estaba en un tranquilo desierto solitario y llano inhabitado, y desde allí después cómo entró sin advertirlo, antes de darse cuenta, con gran miedo, en un bosque oscuro, sombrío y poco frecuentado.

La descripción de la mañana.

A qué hora, cuando Febo[a] saliendo, embellecía con resplandor la frente de Leucotea[b], y apareciendo de las olas del Océano, sin mostrar completamente sus ruedas giratorias, que habían sido colgadas, sino apresuradamente con sus veloces caballos Piróo y Eoo[c], apresurando su curso, y dando una tintura a las telarañas, entre las verdes hojas y tiernos aguijones de las Rosas Bermejas, en cuya persecución se mostró sumamente veloz y centelleante, ahora sobre las olas que nunca descansan y siempre se mueven, rizó sus cabellos radiantes.

[Nota al margen a: Febo el Sol.]

[Nota al margen b: Leucotea la mañana.]

[Nota al margen c: Piróo y Eoo, los caballos del Sol.]

Sobre cuyo levantamiento, justo en ese instante, la Luna sin cuernos se desmontó, perdiendo de su Carro sus dos caballos, el uno blanco y el otro pardo, y se dirigió al Horizonte[d] diferente del Hemisferio[e] de donde vino.

[Nota al margen d: Horizonte un círculo que divide la media esfera del firmamento de la otra mitad que no vemos.]

[Nota al margen e: Hemisferio es la mitad del compás del cielo visible.]

Y cuando las montañas y colinas estaban hermosas, y los vientos del noreste habían dejado de hacer estériles con la agudeza de sus ráfagas a las tiernas ramas, de inquietar a las cañas movedizas, al Junco pantanoso y al débil Ciprés, de atormentar a las Viñas que se pliegan, de turbar al Sauce que se dobla, y de romper las quebradizas ramas del Abeto, bajo los cuernos del lascivo Toro, como hacen en invierno.

A esa misma hora, mientras las flores de diversos colores y los verdes prados, a la llegada del sol de Hiperión[f], no temen su calor ardiente, estando rociados y salpicados con las lágrimas cristalinas de la dulce mañana, cuando los Alcíones[g] sobre las olas llanas de los mares quieta y calmadamente fluidos, construyen sus nidos a la vista de la arenosa orilla, mientras que la triste Ero, con suspiros ardientes, contemplaba la dolorosa e ingrata partida de su nadador Leandro[h].

[Nota al margen f: Hiperión el Sol.]

[Nota al margen g: Los Alcíones son ciertas aves que construyendo cerca de la orilla sobre las olas, no habrá tormenta hasta que los jóvenes sean incubados.]

[Nota al margen h: Leandro un joven de Abidos, quien al nadar sobre el Helesponto (un mar estrecho) junto a Bizancio, que separa Europa de Asia) hacia Sestos, fue ahogado ante la vista de su amante Ero de Sestos, lo cual al ver ella, se arrojó al mar y murió con él.]

Yo yaciendo sobre mi cama, un amigo oportuno y conveniente para un cuerpo cansado, sin ninguna criatura acompañándome en mi cámara, además de la que atiende a mi cuerpo, y las luces habituales de la noche, quien después de que hubo usado diversos discursos, con el fin de confortarme, habiendo entendido antes de mí, la causa original de mis suspiros huecos y profundos, se esforzó lo mejor posible para moderar, si al menos pudiera, ese, mi estado perturbado y lastimoso. Pero cuando vio que yo estaba deseoso de sueño, se despidió para partir.

Entonces, quedándome solo con las altas cogitaciones del amor, habiendo pasado una larga y tediosa noche sin sueño, a través de mi estéril fortuna y adversa constelación, totalmente desconsolado y pesaroso, por medio de mi inoportuno y no próspero amor, llorando, contaba de punto en punto, qué cosa tan desigual es el amor: y cuán adecuadamente uno puede amar al que no ama: y qué defensa puede haber contra los inhabituales, pero diarios asaltos del amor: para un alma desnuda totalmente desarmada, la lucha sediciosa, especialmente siendo intestina: un ataque fresco todavía con pensamientos inestables y nuevos.

De esta suerte llevado a tan miserable estado, y durante largo tiempo sumergido en una profunda poza de amargos pesares, finalmente mis errantes sentidos cansados de alimentarse todavía de placer insípido y fingido, sino directamente y sin engaño, sobre el raro objeto divino: cuya reverenda Idea está profundamente impresa dentro de mí, y vive grabada en el secreto de mi corazón, del cual procede esta tan grande e incesante lucha, renovando continuamente mis crueles tormentos sin intermisión. Comencé las condiciones de aquellos miserables amantes, quienes por los placeres de sus amantes desean sus propias muertes, y en sus mejores deleites se consideran a sí mismos más desdichados, alimentando sus forjadas pasiones no de otro modo que con imaginaciones fieles. Y entonces, como un cuerpo cansado después de una dura labor, así yo, algo cualificado en apariencia exterior, en el dolor de mis pensamientos pesarosos, y habiendo enclaustrado y cerrado el curso de mis lágrimas destilantes: cuyas gotas habían regado mis pálidas mejillas, a través del dolor amoroso, deseé algún necesario descanso.

Finalmente, estando mis ojos húmedos cerrados dentro de sus párpados inyectados de sangre y rojizos, prontamente entre una vida amarga y una dulce muerte, fui en ellos invadido y vencido, con un sueño pesado, que con mi mente y espíritus vigilantes, no fueron partícipes de tan alta operación.

Me pareció que estaba en un lugar grande, llano y de campo, todo verde y diversamente moteado con flores de muchas clases, por lo que parecía pasablemente adornado. En el cual por razón del aire suave y gentil, hubo un silencio todavía callado: de tal modo que mis oídos atentos no oyeron ruido, ni ningún discurso forjado penetró en ellos, sino con los graciosos rayos del sol, el tiempo deslizante pasaba.

En cuyo lugar con una admiración temerosa, mirando a mi alrededor, dije así para mí mismo. Aquí no aparece criatura humana a mi vista, ni bestia silvana, pájaro volador, casa de campo, tienda de campo, o cabaña de pastores: ni sobre la hierba pude percibir alimentándose ni rebaño de ovejas, o manada de ganado, o rústico pastor con flauta de avena haciendo melodía pastoral, sino solo tomando el beneficio del lugar, y quietud de la llanura, lo cual me aseguró estar sin miedo, dirigí mi curso siempre adelante, mirando a cada lado las tiernas hojas y la hierba espesa, que descansaban sin moverse, sin la visión de ningún movimiento.

Finalmente mis sueños ignorantes me llevaron a un bosque espeso, donde estando ya entrado un poco, no sabía cómo salir de él. Por lo cual, un miedo repentino invadió mi corazón, y se difundió en cada articulación, de modo que mi color comenzó a ponerse pálido, y más por la razón de que estaba solo, y desarmado, y no podía hallar ningún rastro o camino, ni para dirigirme adelante, ni llevarme atrás. Sino un bosque oscuro de espesos arbustos, espinas afiladas, altos fresnos traídos por la Víbora, Olmos resistentes amados de las fructíferas vides, Ébano duro, Fuertes Robles, Haya suave y Avellanos pardos, quienes entreteniendo las ramas de unos y otros, con una buena voluntad natural se opusieron a resistir la entrada del gracioso brillo del sol, con la cobertura verde de sus innumerables hojas. Y de esta suerte me encontré en una sombra fresca, un aire frío y un matorral solitario.

Por lo cual mi razón me persuadió a creer, que este vasto bosque, era solo un receptáculo para bestias salvajes y dañinas, como el Jabalí colmilludo, el furioso y sediento de sangre Oso, la serpiente silbante, y el invasor Lobo, contra los cuales estaba desprovisto para oponer resistencia, sino más bien como una presa enviada entre ellos, miserablemente para que mi carne y huesos fueran desgarrados y roídos en pedazos.

Y así previendo lo peor que pudiera seguir, estaba resuelto no permanecer allí, sino buscar salir, para que pudiera mejor evitar tales sucesos sospechados, y tomándome a mis pies, vagué ahora por este camino, ahora por aquel, a veces a la mano derecha, a veces a la izquierda: ahora adelante, luego atrás, no sabiendo cómo ir entre las espesas ramas y espinas desgarradoras, cargando sobre mi cara: rasgando mis ropas, y teniéndome a veces colgado de ellas, por lo cual mi prisa por salir fue mucho dificultada. En esta labor desacostumbrada: y sin ninguna ayuda, sino solo el mantenimiento del sol todavía sobre un lado, para dirigirme recto adelante: me puse extremadamente caliente y desmayado, no sabiendo qué hacer, sino solo en un cuerpo cansado, contener una mente distraída a través de pensamientos problemáticos, exhalando huecos y profundos suspiros, deseando ayuda de la lastimera Ariadna cretense, quien para destruir a su monstruoso hermano el Minotauro[A] dio al engañoso Teseo un ovillo de hilo, para conducirlo fuera del intrincado laberinto, que yo también por algún medio pudiera ser liberado fuera de este bosque oscuro.

[Nota al margen A: Minotauro un monstruo en Creta, nacido de Pasífae el cual estando encerrado en el laberinto se alimentaba de carne humana, al cual Teseo mató y salió del laberinto por un ovillo de hilo dado por Ariadna la hija del rey Minos, después esposa de Teseo, quien abandonó a ella, y la dejó en una isla deshabitada, no obstante que ella le había salvado la vida.]

[Decoración]

Poliphilus estando así destemplado en este bosque peligroso y oscuro, al final sale, y al llegar a un hermoso Río, esforzándose por descansar y enfriar su calor, oyó una armonía de lo más deliciosa, la cual le hizo olvidar beber, y seguir tras la voz, que le llevó a una peor perplejidad.

El miedo y el deseo de libertad ocupando así mis sentidos, mi entendimiento estaba cegado, ni sabía si era mejor para mí ya desear la muerte odiada, o en tan temible lugar esperar la vida deseada. Así descontento de toda manera, me esforcé, con toda fuerza y diligencia en salir, en lo cual cuanto más me esforzaba más me encontraba enredado, y tan debilitado por el cansancio, que por cada lado temía, cuando alguna bestia cruel viniera y me devorara, o bien sin darse cuenta caer en algún pozo profundo o lugar hueco.

Por lo cual, más temblando que en el mostulento Otoño están las hojas de color amarillo, habiendo dejado su humedad, siendo completamente escudriñadas con el furioso viento del norte, levanté mi corazón a Dios, deseando como Aqueménides estando asustado del horrible Cíclope, antes ser asesinado por las manos de Eneas su enemigo, antes que sufrir una muerte tan odiosa.

Y mi oración devota, sinceramente unida a un corazón contrito, vertiendo una fuente de lágrimas con una creencia firme de ser liberado. Me encontré en un corto espacio puesto en libertad, como un nuevo día salido de una oscura y tempestuosa noche. Mis ojos antes acostumbrados a tal oscuridad obumbrada, difícilmente podían soportar contemplar la luz, a través de la tristeza acuosa. Sin embargo, contento estaba de ver la luz: como uno puesto en libertad, que había estado encadenado en una mazmorra profunda y oscuridad oscura. Muy sediento estaba, mis ropas desgarradas, mi cara y manos arañadas y ortigadas, y además tan extremadamente puesto en calor, que el aire fresco me parecía hacer más daño que bien, ni de ninguna manera aliviaba mi cuerpo, deseoso de mantener su ámbito y libertad recién recuperada.

Y después de que hubo un poco despertado mi mente, y convocado juntos mis sentidos de alguna mejor manera: busqué un medio para calmar mi sed inordinada, procurada e incrementada a través de innumerables suspiros, y labor extrema del cuerpo. Así echando mis ojos con una diligente mirada sobre la llanura, para encontrar alguna Fuente donde pudiera refrescarme: un manantial agradable o cabeza de agua, se ofreció ante mí, con una gran vena hirviendo hacia arriba, alrededor de la cual crecían diversas hierbas dulces y flores de agua, y de la misma fluía una corriente clara y cristalina, la cual dividida en diversas ramas, corría por el bosque desierto, con un cuerpo giratorio y sinuoso, recibiendo en ella otros pequeños canales, descargándose.

En cuyos cursos las piedras levantadas por la naturaleza, y troncos de árboles negados más tiempo por sus raíces a ser sostenidos, causaban un impedimento de parada a su corriente y sibilante caída, lo cual todavía aumentado por otros torrentes disonantes, desde altas y fértiles montañas en la llanura, mostraba un hermoso brillo y curso suave de paso, al cual llegando sin aliento, por medio de mi vuelo temeroso. Iba a ver una pequeña luz oscura, a través de las cimas de los altos árboles, dividiéndose algo sobre el agua, y con el resto de sus cuerpos y ramas, como si fuera separando los cielos de mis ojos levantados. Un lugar horrible para estar, sin acompañamiento de ninguna criatura.

Y repentinamente oyendo la caída de árboles, a través de la fuerza de un torbellino, y ruido de las ramas rotas, con un sonido redoblado y ronco a lo lejos, y sin embargo traído al eco del agua a través del bosque espeso, crecí en un nuevo asombro.

Y en este instante, así aterrorizado y afligido, y sin embargo sin haber recibido daño alguno, estando de rodillas, inclinado hacia abajo y cerrando el hueco de mi mano, determinado con ello a fabricarme un necesario vaso para beber: no bien lo hube puesto en el agua, ofreciendo a mi boca el tan deseado frescor, para así refrigerar y enfriar el calor extremo de mi corazón ardiente, que en aquel momento me habría sido más aceptable que el Hypanis y el Ganges a los indios, el Tigris o el Éufrates a los armenios, o el Xeylus a la nación etíope, o a los egipcios su inundación, imbibiendo su tierra quemada y tostada, o incluso el río Po a los ligurios.

Justo entonces sucedió también que, no bien hube tomado agua en la palma de mi mano, ofreciéndola a mi boca abierta, lista para recibirla: escuché un canto dórico, con el cual me sentí tan deleitado como si hubiera escuchado al tracio Thamiras, el cual se presentó a través de mis oídos ante mi inquieto corazón, con una entrega tan dulce y deleitable, con una voz no terrestre, con una armonía tan grande y una estridencia fingida increíble, y una proporción inusitada, como es posible imaginar, y que por ninguna lengua puede ser suficientemente elogiada. Cuya dulzura me deleitó de tal modo que fui arrebatado de mi memoria, y mi entendimiento fue tan despojado de mí, que dejé caer mi deseada agua a través de las articulaciones flojas de mis manos débiles.

Y entonces, igual que un pájaro, que por la dulzura del reclamo olvida recordar el engaño del cazador, así yo, dejando escapar aquello que la naturaleza necesitaba, me apresuré de vuelta con toda velocidad hacia aquella melodía atractiva, que cuanto más bordeaba, más lejos parecía estar siempre de mí, a veces aquí, a veces allá, y a medida que yo cambiaba de lugar, la misma también cambiaba con una voz deleitable y un consentimiento celestial. Corriendo así vanamente de arriba abajo, sin saber tras qué, me volví más cansado, débil y sediento, y tan apocado, que mis piernas apenas podían, con gran dolor, sostener mi cuerpo destemplado. Y mis atribulados espíritus, incapaces de soportar aquello por más tiempo, ya fuera por el miedo en el que había estado, por la sed extrema, por el largo y fatídico viaje, o por dudar de lo peor que pudiera suceder. Así, acalorado, débil y seco: no sabía qué hacer sino procurar descanso para mis cansados miembros. Me maravillé primero de este extraño accidente, y quedé atónito ante esta armonía inhumana, pero sobre todo porque me hallaba en un país extraño e inhabitado, siendo solo fértil y hermoso a la vista, además de que lamentaba grandemente la pérdida del hermoso río que tanto me había esforzado por encontrar, y que ahora tan ligera y descuidadamente había perdido el beneficio del mismo. De esta manera me vi sumido en una intrincada mente de dudas, finalmente vencido por toda clase de penas, temblando mi cuerpo entero y languideciendo bajo un roble ancho y poderoso, lleno de bellotas, que se erguía en medio de un espacioso y extenso prado verde, extendiendo sus brazos gruesos y frondosos para hacer una sombra fresca, bajo cuyo cuerpo, respirando, descansé sobre las hierbas cubiertas de rocío, y acostado sobre mi costado izquierdo tomé el aire fresco con más brevedad entre mis labios secos y arrugados que el cansado corazón que corre, pellizcado en el ijar y golpeado en el pecho, incapaz de cargar por más tiempo su pesada cabeza o sostener su cuerpo sobre sus rodillas dobladas, sino que, muriendo, se postra. Y yaciendo así en tal agonía, pensé en las luchas de la débil fortuna y los encantamientos de la maliciosa Circe, como si por sus encantos y lamentaciones cuadrangulares hubiera sido privado de mis sentidos. En tales y tan grandes y excesivas dudas: ¡ay de mí!, dónde podría yo, allí entre tan diversas y variadas clases de hierbas, encontrar el Mercurial Moli[A], con su raíz negra, para mi ayuda y remedio. De nuevo me pareció que no era así conmigo. ¿Qué entonces? Pues un duro designio para retrasar mi deseada muerte. Y permaneciendo así en estos pensamientos perniciosos, mi fuerza debilitada: no buscaba otra ayuda que la de extraer y recibir aire fresco en aquel pecho, que palpitaba con un pequeño resto de tibieza vital, tomando en mis manos medio vivo, como mi último refugio, las hojas húmedas y cubiertas de rocío, preservadas en la fresca sombra del roble verde: poniéndolas en mis labios pálidos y secos, con un deseo codicioso de lamerlas para satisfacer mi boca destemplada con su humedad, deseando tal pozo como el que Hipsípila[a] mostró a los griegos: temiendo no fuera que, sin saberlo, mientras me movía por el bosque, fuera mordido por la serpiente Dipsa[b], pues mi sed era tan insoportable. Entonces, renovando mis viejas cogitaciones: mientras yacía bajo este poderoso roble: fui oprimido por un sueño eminente sobre todos mis miembros: donde de nuevo soñé de esta manera.

[Nota al margen A: Moly es una hierba muy elogiada por Homero, y considerada soberana contra los encantamientos de autores modernos, totalmente desconocida.]

[Nota al margen a: Hipsípila fue hija de Toante, rey de Lemnos, quien sola, cuando todas las mujeres de aquella isla habían matado a sus maridos y parientes, salvó a su padre: ella también mostró a los griegos la fuente Langia en el bosque de Nemea en Acaya, donde Hércules mató a un león.]

[Nota al margen b: Dipsa es una clase de serpiente que menciona Lucano, cuya mordedura procura sequedad o sed extrema.]

*Poliphilus muestra que pensó que dormía de nuevo, y en su sueño que estaba en un valle, rodeado de montañas y colinas, cuyo final estaba cerrado de una manera maravillosa con una pirámide poderosa digna de admiración: sobre cuya cima había un alto obelisco, que contempló con gran placer y describe diligentemente.*

Salido de este bosque temeroso y espeso, y olvidando los lugares mencionados por este dulce sueño, ocasionado por mis cansados miembros ahora tendidos: me pareció que estaba en un lugar nuevo y más deleitable, superando con mucho al anterior, que no consistía en montañas fértiles y rocas escarpadas y sinuosas, conteniendo anchas cuevas, sino que era un valle delicado, en el cual se alzaba un pequeño monte de no gran altura, salpicado aquí y allá con robles jóvenes, fresnos, palmeras de hoja ancha, encinas,[a] acebos, castaños, suercist, álamos, olivos silvestres y amapolas, dispuestos unos más altos que otros, según la subida o bajada del lugar; en cuya llanura había otra clase de matorral de simples medicinales como pequeños árboles jóvenes, como la floreciente Genista[b] rodeada de diversas hierbas verdes, trébol, pasto de corte, madreselva, la angélica almizclada, el elapio, pie de cuervo y la hierba de San Benito, con otras hierbas y flores provechosas y desconocidas, aquí y allá diversamente dispuestas. Un poco más allá, en el mismo valle, encontré una llanura arenosa o de grava, aunque salpicada de mechones verdes, en cuyo lugar crecía una hermosa palmera con sus hojas como la reja de un arado, y abundante en frutos dulces y agradables, algunos puestos altos, algunos bajos, algunos en un término medio, algunos en la misma cima, una señal selecta y elegida de victoria. Ni en este lugar había habitación o criatura alguna. Caminando así solitariamente entre los árboles, que crecían distantes unos de otros, me persuadí de que a esta situación ninguna terrenal era comparable: en cuyo pensamiento divisé repentinamente sobre mi mano izquierda un lobo hambriento y carnívoro, boquiabierto ante mí con la boca abierta.

[Nota al margen a: Aesculus es un árbol que da frutos mayores y hojas más anchas que el roble.]

[Nota al margen b: Genista tiene una vaina y una flor amarilla, con ella se atan las vides. Elaphium es como la angélica, pero no en olor, el ciervo frota su cabeza en ella cuando está en terciopelo.]

Ante cuya vista, inmediatamente, mi pelo se erizó y quise gritar, pero no pude: y acto seguido el lobo huyó: por lo cual, volviendo en mí y echando mis ojos hacia las montañas boscosas, que parecían unirse entre sí al ser miradas desde lejos, vi la forma de una torre de una altura increíble, con un chapitel apareciendo imperfectamente, siendo todo de forma y artesanía muy antiguas.

Y acercándome a este edificio, contemplé las montañas graciosas que antes parecían pequeñas desde lejos, al venir más y más cerca, poco a poco, elevarse más y más, pareciéndome al principio que se habían unido con el edificio que era un cierre o final del valle entre montaña y montaña: cosa que pensé digna de notar, y sin más demora me dirigí más cerca de allí. Y cuanto más me aproximaba al mismo, tanto más se mostraba la excelencia de la obra, aumentando mi deseo de contemplarla. Pues no aparecía ya una sustancia de forma desconocida, sino un raro obelisco sobre un vasto armazón y cimiento de piedra, cuya altura, sin comparación, excedía las cimas de las montañas laterales, aunque pensé que hubieran sido el renombrado Olimpo[a], el famoso Cáucaso[b], y no inferior al Cileno[c].

[Nota al margen a: Olimpo, un monte en Grecia entre Macedonia y Tesalia, tan alto que por los poetas es tomado a veces por el cielo.]

[Nota al margen b: Cáucaso, un monte poderoso en Asia que separa la India de Escitia.]

[Nota al margen c: Cileno, un monte de Arcadia, donde Júpiter engendró a Mercurio de Maia.]

Hacia este lugar solitario, viniendo así con deseo, con deleite indecible, contemplé a placer la extraña manera del arte, la inmensidad del armazón y la maravillosa excelencia de la artesanía. Maravillándome y considerando el compás y la anchura de este objeto roto y decaído, hecho del puro y brillante mármol de Paros[d]. Las piedras cuadradas unidas juntas sin cemento alguno, y las piedras angulares cuadrangulares puntiagudas, ajustadas estrechamente y pulidas suavemente, cuyos bordes eran de un color bermellón exquisito, como es posible imaginar: y tan justamente puestas que, entre las juntas, incluso el enemigo de la obra (si es que hubo alguno) no podría haber ideado esconder la punta de la más pequeña aguja española usada por las mejores trabajadoras. Y allí, en tan noble pieza de trabajo, encontré una sustancia proporcionada a cada forma y semejanza que puede pensarse y llamarse a la memoria, parcialmente decaída y algunas permaneciendo aún enteras, con pilares pequeños sobre grandes, con sus excelentes cabezas de un cierre exacto y perfectísimo, almenas coronadas, tallas en relieve, sobresaliendo como bordado, vigas arqueadas, poderosas imágenes metálicas, derribadas y rotas en pedazos, apareciendo hueco el tronco de sus miembros exactos y perfectos de bronce. Esquifes, pequeñas barcas y vasos de piedra numidiana y pórfido, y mármol de diversos colores. Grandes aguamaniles, conductos y otros infinitos fragmentos de notable artesanía, muy diferentes e inferiores de lo que fueron en su perfección, pero ahora traídos de vuelta, por así decir, a su primera deformidad, estando caídos y derribados, unos aquí, otros allá, sobre la tierra de la cual fueron tomados. Entre los lugares rotos y decaídos, de los cuales crecen grandes y variadas hierbas de muro, especialmente la Anagyre inamovible, el lentisco de ambas clases, el eléboro, la cabeza de perro, el lirio de espada verde, la hiedra manchada, la centaura y diversas parecidas. Y en los lugares desmoronados de las paredes rotas crecían el siempreviva y la Cymbalaria colgante, zarzas y espinos punzantes, entre los cuales se arrastraban lagartijas que vi reptando entre las piedras cubiertas de maleza, lo que a primera vista, en este lugar silencioso y solitario, me hizo temer cautelosamente de ellas. Por cada lado yacían caídas piezas suaves y redondas de mármol manchado de serpiente, púrpura y rojo de diversos colores. Fragmentos de extrañas historias, panglíficas y hemiglíficas[E], caracterizadas compendiosamente, mostrando la excelencia de las mismas, acusando indudablemente a nuestra época de que la perfección de tal arte está olvidada.

[Nota al margen d: Paros es una de las 35 islas llamadas Cícladas y Espóradas, en el mar Egeo que divide Europa de Asia.]

[Nota al margen E: Panglíficas son las talladas totalmente de pies a cabeza en todos sus miembros. Hemiglíficas parecen solo la mitad.]

Luego, llegando al frontispicio medio de la gran y excelente obra, vi un solo pórtico grande y maravilloso, digno de gran estimación, proporcionado según la enorme cantidad del resto de toda la obra, el cual estaba colocado entre y continuado en la construcción desde la una y la otra de las montañas, de labios de liebre y arqueado arriba, cuyo espacio entre ambas, según conjeturo, era en medida de seis estadios y doce pasos. La cima de cuyas montañas era perpendicularmente igual, tocando cada una de ellas el cielo azul. Ante cuya vista imaginé conmigo mismo e ideé pensar con qué instrumentos de hierro, con qué labor de manos de hombres y número de trabajadores, tal pieza de trabajo pudo ser, con gran fuerza, enmarcada, con mucho dolor ensamblada y largo tiempo en terminar. Entonces, aquel maravilloso armazón, con gusto, por así decir, unió sus manos y se unió con la una y la otra montaña poderosa, por medio de lo cual, el valle susodicho tenía allí un final, que ningún hombre podía ir más adelante o atrás, sino entrar por este pórtico ancho, grande y abierto.

Sobre este armazón macizo y poderosa artesanía, que tomo por ser en altura desde el techo o cima hasta el pie, cinco partes de un estadio, estaba colocada una alta y maravillosa pirámide, al estilo de un diamante puntiagudo cuadrado, y de tal artesanía increíble que nunca podría ser ideada y erigida sin un coste inestimable, gran ayuda y largo tiempo. De modo que pensé que la excelencia de la misma, impensable, era un espejo, cuya vista era capaz de deslumbrar cualquier ojo humano y abatir el resto de los sentidos espirituales. ¿Qué diré más? Pues hasta donde el alcance de mi capacidad me permite, de esta suerte la describo brevemente.

Cada lado o cuarto de este armazón de cuatro cuadrados, donde se erigía el pie de la pirámide, se extendía en longitud seis estadios[A], lo cual en compás alrededor de cada lado equilátero de igual anchura, se multiplica a 24 estadios. Luego, levantando las líneas en alto desde las cuatro esquinas, tanto como cada esquina dista en longitud de otra, reuniéndose en la cima, de modo que la línea perpendicular pueda caer justo sobre el centro de la diagonal, estirándose desde ambas esquinas de los plintos o pie cuadrado, justa y convenientemente unidas, forman una figura piramidal perfecta. Cuya forma inmensa y maravillosa, con una simetría maravillosa y exquisita y debida proporción, montando laboriosamente pie a pie, contenía 1410 grados o escalones, quitando 10 grados para conformar la cabeza y gracilidad de la pirámide, en cuyo lugar se puso un cubo enorme o piedra de cuatro cuadrados de forma como un dado, sólido y firme de una monstruosa espesura e increíble peso para ser llevado tan alto. Y de la misma piedra de Paros que eran los escalones: cuyo cubo y piedra cuadrada era la base y pie puesto bajo el obelisco, que tengo entre manos describir.

[Nota al margen A: Un estadio son 16 pértigas, siendo cada pértiga 16 pies.]

Esta poderosa piedra grande de punta afilada, deslizándose hacia abajo la parte extrema de esquina a esquina, de lados planos por el diámetro, era de cuatro pasos, en cada esquina equidistante de la cual estaba el pie de una arpía de metal fundido, sus garras y uñas armadas. Firmemente y fuertemente fijadas con plomo, en cada esquina del cubo, o cabeza de cuatro cuadrados de la pirámide, reuniéndose juntas sobre la línea diagonal. De espesor proporcionado en altura dos pasos. Lo cual, cerrándose así y reuniéndose, hizo el zócalo del gran obelisco: cuyo zócalo estaba embellecido con hojas, frutos y flores, de metal fundido brillante, y de convenientes dimensiones. Donde el peso del obelisco era soportado. La anchura del cual era de dos pasos, y siete en altura, afilando artificiosamente la piedra de Tebaida llamada Piro. Sobre cuyas llanuras lisas, puras y brillantes como un espejo, estaban excelentemente cortados jeroglíficos egipcios.

Sobre la punta de cuyo obelisco, con gran arte y diligencia, estaba fijada una base de cobre, en la cual también había un dispositivo giratorio infijo: sobre el cual se erigía la forma de una hermosa ninfa, labrada del susodicho material, capaz de asombrar al espectador continuo y diligente. De tal proporción que la estatura común podría ser considerada y perfectamente vista, a pesar de la excesiva altura de la misma en el aire. Además de la grandeza de la figura o imagen: era una maravilla pensar cómo tal peso podría ser llevado y puesto en tal lugar y tan alto. Cubierta con un hábito soplado por el viento, mostrando parte de la sustancia desnuda de las piernas y muslos: con dos alas creciendo de los omóplatos, y extendidas como si estuviera lista para volar, girando su rostro hermoso y su semblante dulce de mirada hacia sus alas. Las trenzas de su cabello volando, la parte superior o corona desnuda y descubierta. En su mano derecha sostenía, fuera de su vista, una copia o cuerno relleno de muchas cosas buenas, tapado, y la boca hacia abajo, su mano izquierda fijada y fuertemente sostenida a su pecho desnudo. Esta imagen y estatua era girada y movida con cada ráfaga de viento con tal ruido y tintineo en el hueco del dispositivo metálico: como si la casa de la moneda de la Reina de Inglaterra hubiera estado funcionando allí. Y cuando el pie de la veleta o imagen, al girar, rozaba y rechinaba sobre la base de cobre, fijada sobre la punta del obelisco, daba tal sonido como si la campana de la torre del Saint Johns College en la famosa Universidad de Cambridge hubiera sido tocada: o aquella en los pomposos baños del poderoso Adriano: o aquella en la quinta pirámide erigida sobre cuatro. Este obelisco, en mi juicio, era tal que ni el del Vaticano, Alejandría o Babilonia pueden ser comparados equitativamente con él, sino más bien estimados muy inferiores. Contenía en él tal cúmulo de maravillas que no podía mirarlo sin gran asombro. Como también considerar la inmensidad de la obra, la excesiva suntuosidad, la extraña invención, la rara ejecución y la exquisita diligencia del trabajador. ¿Con qué arte inventada? ¿Con qué poder, fuerza humana y medios increíbles, envidiando (si puedo decirlo) la artesanía de los cielos, tales y tan poderosos pesos podrían ser transportados y llevados a los cielos? Con qué grúas, vigas sinuosas, trocles, poleas redondas, dispositivos de cabras y poliplastos, y marcos de arrastre, y poleas de cuerda, siendo inexperto en ello, lo deslizo con silencio.

Y aquí, en el otro lado, sigue la figura.

Volvamos entonces a la enorme pirámide, erigida sobre un plinto fuerte y sólido o pie de cuatro cuadrados, catorce pasos en altura, y en longitud seis estadios, que era el cimiento y fondo de la pesada pirámide, que me persuadí de que no fue traída de ningún otro lugar, sino que con llana labor y artesanía fue labrada de las mismas montañas y reducida a esta figura y proporción en su propio lugar.

Cuya gran obra cuadrante y cuadrada, no unida fuertemente a las rocas colaterales y laterales, sino que estaba entremedias espaciada y separada a diez pasos por ambos lados. Sobre la mano derecha mientras caminaba del susodicho plinto o esquema cuadrado, estaba tallada perfectamente la cabeza viperina de la temerosa Medusa, en una forma furiosa y rigurosa de mirar, y por así decir, gritando: con terribles ojos cavernosos, y huecos, mirando con ceño bajo sus cejas sobresalientes, con una frente arrugada y surcada y boca boquiabierta, que siendo ahuecada con un camino directo desde el cimiento, y sobre piedra por una línea mediana perpendicular al centro de la pirámide que se mostraba a lo lejos, hizo una gran entrada y venida hacia ella, en cuya boca abierta, rodeada de cabellos plegados de una curiosidad irrepetible, artificiosa astucia y costosa artesanía, se mostraban las escaleras giratorias ascendentes, y en lugar de trenzas de cabello trenzadas con encajes, vi temerosas víboras y serpientes sinuosas naciendo del cuero cabelludo de la cabeza monstruosa, retorciéndose confusas juntas y siseando, tan vivamente retratadas y puestas, que me dieron miedo de contemplarlas. En sus ojos estaban colocadas piedras muy brillantes, de tal suerte que, si no hubiera estado persuadido y conocido que eran piedras de verdad, no me habría atrevido a acercarme a ellas.

Y la susodicha entrada, tallada en la roca firme, conducía al pasaje de escalera y brújula en el centro, con peldaños sinuosos que se dirigían a la parte más alta de las majestuosas Pirámides, y se abrían sobre el exterior del zócalo o cubo: sobre el cual estaba fundado el reluciente obelisco. Y entre el resto de las partes notables que contemplé, me pareció que este dispositivo era digno de mención, porque el ingenioso y más astuto arquitecto, con una invención exquisita y perspicua, había hecho a las escaleras ciertos ojuelos o pequeñas ventanas, abrazando los generosos rayos del sol correspondientemente en tres partes, la inferior, la media y la suprema: la inferior tomando luz de la superior, y la superior de la catabasis o inferior, con sus reflexiones opuestas mostrando una luz maravillosamente bella; estaban tan adecuadamente dispuestas por la regla de cálculo del ingenioso matemático, hacia las partes oriental, meridional y occidental del aire, que cada hora del día el sol brillaba dentro y daba luz a toda la escalera, estando los mismos ojuelos o ventanillas dispersos y colocados en diversos lugares de manera simétrica y definida.

A la entrada susodicha a través de la boca abierta de Medusa, llegué por una larga galería a una escalera saliente o descendente que se abría al pie y pavimento del edificio a mi mano derecha contra una de las montañas colaterales y yacentes, entre las cuales había un espacio abierto tallado en la piedra de diez pasos hacia arriba, en el cual ascendí audazmente sin resistencia, y habiendo llegado al comienzo de la escalera en la susodicha boca por innumerables peldaños y grados, no sin gran cansancio y mareo de cabeza, por el frecuente giro, llegué a una altura tan increíble que mis ojos no me permitían mirar hacia el suelo, de tal modo que me pareció que todo lo que había debajo en la llanura había perdido su forma y parecía imperfecto. En la apertura y salida de esta ascensión circular y giratoria, muchos pilares de metal fundido y derretido estaban aptamente dispuestos y seguramente fijados: el espacio intermedio entre uno y otro de un pie, y en altura medio paso, barandados y unidos juntos arriba con una coroneta almenada a lo largo del dicho pilar, y del mismo metal rodeando la abertura de la escalera, para que nadie que saliera desprevenido cayera de cabeza, pues la altura inmensurable del mismo causaría un mareo en la cabeza y traería un tambaleo a los pies: sobre la llanura del obelisco había una tabla de bronce fijada y soldada a la altura de un hombre, con una inscripción antigua en latín, griego y árabe, por la cual entendí claramente que el mismo estaba dedicado al Sol, y la medida de la obra totalmente expuesta y descrita, el nombre del arquitecto anotado en el obelisco en letras griegas.

+LICHA SOLIBIKOS LIOODOMOS O:RTHOSEN ME+ Lichas Libiicus architectus me erexit. Lichas, arquitecto libio, me erigió.

Volvamos y regresemos a la consideración del basamento o zócalo cuadrado, sujeto y sostén de las Pirámides, en cuya frente y parte delantera contemplé grabada una Gigantomaquia y combate entre Gigantes, el único enemigo del aliento vital, magníficamente tallado, con los movimientos rápidos y las vivas agilidades de sus cuerpos grandes y altos, imposible de ser correctamente descrito, el manejo artificial del mismo, como si envidiara la obra de la naturaleza misma, como si sus ojos y pies se hubieran movido juntos y recorrido de una parte a otra, con un pasaje expedito y un curso veloz. De tal suerte parecían sobre sus fuertes y poderosos caballos, algunos siendo arrojados, otros tropezando y cayendo: muchos heridos y lastimados, entregando sus deseadas vidas: algunos pisoteados y dañados bajo los pies de los feroces y desenfrenados caballos. Otros arrojándose la armadura, luchando y forcejeando unos con otros: algunos de cabeza con los talones hacia arriba, cayendo y sin llegar al suelo desde sus caballos. Otros algunos yaciendo sobre la tierra, sosteniendo sus escudos y rodelas, ofendiendo con una mano y defendiéndose con la otra. Muchos con sus cimitarras y alfanjes, algunos con largas espadas de dos manos según la antigua usanza persa, otros con diversas armas mortales de extraña y mortal factura: algunos vistiendo lorigas y yelmos, con diversos dispositivos sobre sus crestas: otros desnudos y desarmados, saltando y precipitándose entre los más densos, mostrando así sus altivos, invencibles e impertérritos ánimos, resueltos a la muerte. Algunos con rostros temerosos gritando, otros mostrando semblantes obstinados y furiosos, aunque estaban seguros de morir, soportando fuertemente la prueba de su dolor y el corte de su hilo fatal, otros asesinados ante ellos, con diversos incognoscibles y extraños instrumentos bélicos y mortales. Mostrando sus fuertes miembros, sus músculos hinchados sobresaliendo, ofreciendo a la vista y a los ojos del observador, el deber de sus huesos y la concavidad en los lugares donde sus fuertes tendones están tensos. Su conflicto y combate parecía tan temible, sangriento, mortal, cruel y horrible: como si Marte mismo hubiera estado luchando con Porfirión y Alcioneo, quienes hacían un ruido como el rebuzno de los asnos.

Esta imaginería cataglífica excedía una estatura y proporción natural y común de hombres, tallada en mármol blanco privado, el fondo del mismo tan negro como el azabache, un contraste perfecto para embellecer y resaltar con cristal pálido y volutas de plata, de innumerables cuerpos enormes, sus últimos esfuerzos, sus acciones presentes, la moda de sus armaduras, la diversidad de sus muertes y la incierta y dudosa victoria. El cumplimiento de la descripción que he emprendido, resulta mutilado y cojo, debido a que mi entendimiento está cansado, mi memoria confundida con la variedad, y mi vista nublada por la continua mirada, que mis sentidos no me permitirán, justa y debidamente, manifestar en parte, mucho menos describir por completo la manera entera de sus curiosos Litoglifos.

Después de esto, me puse a considerar conmigo mismo qué movería y causaría tal orgullo y deseo ardiente en cualquier hombre, para traer de lejos y reunir piedras tan poderosas con tanto trabajo: con qué transporte, quiénes fueron los acarreadores y porteadores, con qué clase de ruedas, y dispositivos rodantes, y soportes de sostenimiento, debería ser traída allí tal cantidad, tan grande y numerosa de piedras, y de qué materia estaba hecho su cemento que las unía y las mantenía juntas, la altura del Obelisco y la majestuosidad de las Pirámides, excediendo el concepto imaginado de Dinócrates propuesto a Alejandro el Grande, sobre una obra a realizarse sobre el monte Athos. Porque la extrañeza de la construcción egipcia podría ceder ante esta. Los famosos laberintos eran muy inferiores, Lemnos no ha de ser mencionada, los teatros de los viejos tiempos eran en comparación solo casetas de guardabosques, ni el famoso Mausoleo se acercaba en nada. Lo cual ciertamente me hace estar absolutamente persuadido de que aquel que escribió sobre las siete maravillas del mundo, nunca oyó hablar de esta: ni en ninguna era se ha visto o imaginado algo igual, no, ni el sepulcro de Nino.

Por último, me pregunté qué cimientos y arcos serían capaces de sostener un peso tan monstruoso, si los pilares eran hexágonos o tetrágonos, y qué variedad de columnas, y qué número podría servir, y de qué suerte estaban proporcionalmente dispuestos y colocados. Para una mejor comprensión y un conocimiento más perfecto de lo cual, me introduje en el abierto y espacioso pórtico y entrada, dentro del cual había una oscuridad y una vasta hondonada: cuyo pórtico, junto con el orgulloso y majestuoso edificio (cosas dignas de memoria) serán en cierta medida descritos como sigue.

Polífilo, después de la descripción de las enormes Pirámides y el Obelisco, discurre sobre obras maravillosas en este Capítulo, a saber, de un caballo de Coloso, de un Elefante, pero especialmente de un Pórtico rarísimo y extraño.

Justa y legalmente se me puede permitir escribir que en todo el mundo nunca hubo otra igual, pieza de trabajo tan pomposa, gloriosa y magnífica, vista por ojos humanos o reportada de manera creíble. La maravillosa excelencia y rara extrañeza de la cual, mientras contemplaba, ya sea con deleite o con admiración, mis sentidos estaban tan cautivados y atados a ella, que ningún otro solaz o placer ocurría o tenía lugar en mi pensamiento velozmente volador.

Sino cuando apliqué mis sentidos a considerar, y dirigí mis ojos con diligente observación, para examinar curiosamente cada parte particular de este objeto dulcemente compuesto y la imaginería más rara y hermosa y cuerpos como de virgen, sin grieta o defecto, con un largo aliento extraído y abriendo algo mi boca, lancé un profundo suspiro. De tal modo que mi amoroso y sonoro aliento, debido a la espesura del aire en este lugar solitario y solo, dio un eco, y me hizo recordar a mi angélica y extremadamente deseada Polia.

¡Ay de mí que tan pequeña o alguna intermisión debiera causar que su adorable y celestial Idea y forma no estuviera siempre impresa en mi mente, y continuara como un compañero diario, en cuyo pecho mi vida está resuelta a habitar y descansar como bajo la protección de un escudo más seguro y aprobado y una defensa segura!

Y por este camino fui llevado a un lugar donde había diversos y variados tipos excelentes de dispositivos y artesanías antiguas: primero que nada, contemplé un pórtico hermosísimo, más allá de toda descripción (por su increíble curiosidad, como jamás se construyó o ideó) y tanto más por cuanto nuestra lengua materna y lenguaje vulgar no pueden ofrecer palabras aptas y peculiares para tal pieza de trabajo artificial.

Ante este hermoso y glorioso pórtico, habéis de entender que al aire libre había un patio cuadrado de treinta pasos de diámetro, pavimentado con mármol fino y puro, punteado en cuatro esquinas, trabajado en damero de diversas modas y variados colores más apropiados: pero en muchos lugares, debido a la ruina del antiguo camino y pilares viejos, rotos en pedazos y cubiertos de maleza.

Y en las partes más externas del susodicho patio, a la mano derecha y a la izquierda, hacia las montañas, había dos filas rectas de pilares, con un espacio entre medio para el areostilo interyecto, como las cantidades de ambas columnas requerían, el primer curso u orden de colocar los pilares, comenzando por ambos lados igual al limbo o parte extrema del frente del pórtico, el espacio entre pilares y pilares XV pasos. De cuyas columnas o grandes pilares, algunos y la mayor parte o número estaban enteros, con sus capiteles o cabezas, trabajados con un trabajo de concha ondulada y follaje o drapeado, sus esquinas sobresaliendo y anilladas o vueltas como un rizo de cabello, o la cabeza superior de una viola base sobre las clavijas, que tensan las cuerdas del instrumento hasta una concordancia musical; con sus astrágalos sujetos, retorciéndose y colgando aquí y allá, haciendo el capitel tres veces más grande que la base del mismo de la columna, sobre lo cual estaba colocado el Epistilo o viga recta, la mayor parte decaída, y muchas columnas viudas y privadas de sus Capiteles, enterradas en la ruina tanto los astrágalos como los fustes de las columnas y sus bases o pies.

Fastidiado junto a este orden o filas fijas de pilares, crecían viejos plátanos, olivos silvestres, pinos y zarzas punzantes. Conjeturé que fue hecho para montar a caballo, para trotar y galopar, el anillo, para gestionar, realizar carreras y corbetas, o bien alguna galería abierta, cubierta cerca por encima, apuntalada con pilares, y de una gran amplitud para caminar seco y tomar un aire templado, no demasiado sutil.

Arriba en este gran Patio pavimentado como se dijo antes, en el pasaje hacia el Pórtico, unos diez pasos, contemplé un prodigioso caballo alado y saltante, de bronce fundido, de una grandeza excedente, sus alas abanicándose. Sus cascos de pie sobre una base o marco liso, de cinco pies de ancho y nueve pies de longitud, en altura proporcional a la anchura y longitud: con su cabeza en libertad y sin bridas: teniendo sus dos pequeñas orejas, una de pie hacia adelante y la otra retirada hacia atrás, con una larga crin ondulada, cayendo desde su cresta hacia el lado contrario: sobre cuyo lomo diversos jóvenes intentaban montar, pero ni uno era capaz de sentarse firme, debido a su velocidad y alto salto, de quienes algunos habían caído, yaciendo ampliamente abiertos al aire, algunos decúbito prono, otros cayendo de cabeza, entre el caballo y la tierra, el resto en vano sosteniéndose por el pelo de su crin, algunos forzando para subir sobre él, y otros esforzándose por recuperarse de debajo de sus pies.

Sobre la parte superior del marco y base, estaba fijada y asegurada con plomo, una base o costra gruesa, del mismo metal que el caballo, y sobre la cual estaba de pie, y aquellos que fueron derribados yacían, algo más corta y estrecha que la base o marco sujeto, toda la masa o composición fundida de una pieza y del mismo metal, maravillosamente fundada. Finalmente, no podrías percibir que nadie estuviera contento con su aspereza, como aparecía por sus semblantes enmarcados, mostrando un descontento que no podían expresar al ser imágenes sin sentido, no difiriendo de otra manera por la excelente astucia del artesano de las criaturas vivientes, y por su superlativa imitación de la naturaleza.

Perilo podría ir a guardar sus pipas, y sonrojarse con su Toro ideado, y Hiram el judío debe aquí ceder el lugar, o cualesquiera otros fundidores.

El Pagma, base o sujeto para que esta máquina metálica se sostuviera, era de una pieza sólida de mármol (de anchura, altura y longitud aptas y convenientes para ese propósito adecuadamente proporcionado) lleno de vetas fluidas, de colores variados y diversamente manchado, maravillosamente agradable a la vista, en infinitas mezclas, confusamente dispuestas.

Sobre el pecho o parte delantera, y extremo de la base de mármol, que estaba opuesto contra el pórtico, había una guirnalda de mármol verde, como las hojas de Esmirnio amargo, mezcladas con hojas muertas de Hierba de la doncella, de color de cabello, dentro de la cual había una piedra redonda, lisa, pura y blanca, en la cual estaban grabadas estas letras capitales romanas.

En el extremo posterior de igual manera había una guirnalda de acónito mortal, con esta inscripción, Equus infaelicitatis. Y sobre el lado derecho estaban grabadas ciertas figuras, formas y representaciones de hombres y mujeres bailando juntos, biformes o facetados, el de adelante sonriendo, el de atrás llorando, y bailando en un círculo, con sus brazos extendidos y asidos de la mano, hombre con hombre y mujer con mujer. Un brazo del hombre bajo el de la mujer, y el otro arriba, y así cerrándose juntos, y sosteniéndose por las manos, se lanzaban uno tras otro, que siempre todavía en un lugar, un semblante sonriente se encontraba con un triste precedente. Su número era siete y siete, tan perfecta y dulcemente contrahechos con vivos movimientos, sus vestiduras ondeando y volando, que el artesano no podía ser acusado de ninguna imperfección, sino que uno no tenía una voz viva para expresar su alegría, y el otro lágrimas saladas para manifestar su dolor: la dicha danza era en forma de dos Semicírculos, con una partición separadora puesta en medio.

Debajo de cuya figura Hemial, estaba inscrita esta palabra TEMPVS. En el lado contrario contemplé muchos de verde adolescencia de proporción similar a la anterior, y en tal compás o espacio, los terrenos de ambos embellecidos y realzados con un exquisito trabajo de follaje de hojas y flores, esta compañía estaba arrancando y recolectando flores de diversas hierbas, y tallos y ramas de arbustos tiernos; y con ellos diversas ninfas hermosas jugueteando y arrebatando deportivamente sus flores recolectadas, y de tal suerte como se dijo arriba debajo de la figura estaban grabadas ciertas letras capitales, para mostrar esta una palabra AMISSIO, conteniendo la novena parte al Diámetro o la cuadratura.

A la primera vista de esto quedé asombrado y atónito, pero con mejor atención y gran deleite reexaminando curiosamente la enorme Máquina fundada, la forma y figura de un caballo hecha por industria humana y habilidad muy encomiable, porque cada miembro sin defecto tenía su armonía perfecta, y cada extremidad su proporción deseada, enseguida llamé a la memoria el desafortunado caballo de Scian.

Y así me mantuve observando el mismo misterio artificial, otro espectáculo y objeto no menos digno de ser mirado que el anterior, se ofreció a mi vista, que era un poderoso Elefante, hacia el cual con intención deseosa me apresuré a acercarme y llegar cerca.

En cuyo intermedio por otro lado oí un ruido luctuoso y un gemido humano, como proveniente de un cuerpo enfermo incluso hasta la muerte: ante lo cual me quedé quieto al principio, mis pelos de punta, pero inmediatamente sin más demora, dirigí mis pasos hacia el lugar de donde oía este ruido lamentable y doleful lamento, forzándome a subir sobre un montón de mármoles arruinados, rotos y caídos. Así avanzando voluntariamente, llegué a un vasto y maravillosamente grande Coloso, los pies del mismo desnudos, y sus plantas huecas, y las piernas como si su carne hubiera sido desperdiciada, consumida y caída. Desde allí con horror vine a mirar la cabeza, donde conjeturé e imaginé que el aire y el viento entrando y saliendo de su boca ampliamente abierta, y los tubos huecos de su garganta, por una invención divina causaban este ruido moderado y gemidos temporizados: yacía con la cara hacia arriba todo de metal fundido, como un hombre de edad media, y su cabeza levantada como con una almohada, con una semejanza de alguien que estuviera enfermo, exhalando por su boca, suspiros y gemidos boqueando, su longitud era de sesenta pasos. Por los pelos de su barba podrías montar hasta su pecho, y por los jirones y trozos rotos de la misma hasta su boca aún lamentante, que gemidoramente permanecía abierta y vacía, por la cual, provocado por el estímulo del deseo curioso, bajé por diversos grados hacia su garganta, de allí a su estómago, y así sucesivamente por caminos secretos, y poco a poco a todas las partes separadas de sus entrañas internas, oh maravillosa concepción. Y cada parte del cuerpo humano teniendo sobre ella escrita su propia apelación en tres idiomas caldeo, griego y latín, que pudieras conocer las entrañas, tendones, huesos, venas, músculos y la carne encerrada, y qué enfermedad es engendrada allí: la causa de la misma, la cura y el remedio, hacia cuyo montón aglomerado y sinuoso de entrañas, había una llegada y entrada conveniente: con pequeños ojuelos y portillos en varios lugares diversamente dispuestos, cediendo a través de ellos una luz suficiente para contemplar las partes separadas de la anatomía artificial, no faltando ningún miembro que se encuentre en un cuerpo natural.

Cuando llegué al corazón, vi y leí cómo el Amor en su primera entrada engendra dolor, y en continuación envía suspiros, y donde el Amor más gravemente ofende: con lo cual fui movido a renovar mi pasión, enviando desde el fondo de mi corazón suspiros profundos y gemebundos invocando y llamando a Polia, de tal suerte que todo el Coloso y la Máquina de bronce resonaron, golpeándome en un miedo horrible: un Arte exquisito más allá de toda capacidad, para que un hombre enmarque su igual no siendo una anatomía en verdad.

Oh la excelencia de los ingenios pasados, y la perfecta edad de oro cuando la Virtud competía con la Fortuna, dejando solo atrás como herencia para este nuestro mundo, un deseo ciego, ignorante y rencoroso de ganancias mundanas.

Al otro lado, percibí, de tamaño similar al Coloso anterior, la parte superior de la cabeza de una mujer, un tanto desnuda, y el resto enterrado entre las ruinas decadentes, según creí, de una mano de obra semejante a la otra; y, al impedirme el paso montículos incompuestos y desordenados de piedras caídas y en ruinas ver aquello, regresé a otro objeto precedente, que era (y no muy distante del caballo directamente hacia adelante) un enorme Elefante de piedra más negra que la obsidiana, espolvoreada con pequeñas motas de oro y destellos de plata, tan densos como polvo brillando al sol. La extrema dureza de la cual mejor mostraba su clara brillantez, de modo que cada objeto apropiado en él se representaba a sí mismo, excepto en aquella parte donde el metal tenía un color contrario. Sobre su ancho lomo estaba puesta una silla o guarnición de bronce, con dos cinchas pasando bajo su gran vientre, entre las cuales, dos, estando fuertemente abrochadas con hebillas de la misma piedra, había entrepuesto un cuadrángulo correspondiente a la anchura del Obelisco colocado sobre la silla, y tan justamente situado que ninguna línea perpendicular caería a ninguno de los lados del diámetro. Sobre tres partes o lados del Obelisco cuadrangular estaban grabados caracteres egipcios. La bestia, tan exacta y astutamente proporcionada como la invención pudo idear y el arte realizar. La susodicha silla y guarnición expuesta y embellecida con tachuelas, joyas colgantes, historias y dispositivos, y sosteniendo por así decirlo un poderoso Obelisco de piedra verde de Lacedemonia, sobre el cuadrado parejo, de dos pasos de ancho y siete de altura, hasta su punta afilada, haciéndose cada vez más pequeño, sobre cuya punta estaba fijada un trígono o bola redonda de una sustancia brillante y resplandeciente.

Esta enorme bestia estaba de pie directamente sobre las cuatro patas, de una mano de obra exquisita sobre el nivel llano, y la parte superior de la base, tallada y astutamente formada, siendo de piedra de pórfido. Con dos dientes grandes y largos, de piedra blanca pura, y clara y compacta, y sujetos. Y a la cincha delantera, a ambos lados, estaba abrochado un petral rico y magnífico, embellecido con diversos ornamentos y variedad de joyas, el tema de lo cual era de la misma sustancia de la silla: sobre la mitad de lo cual estaba grabado en latín Cerebrum est in capite. Y de manera similar, rodeando los exteriores de su cuello hasta la frente de su cabeza grande y voluminosa, estaba allí sujeto con un nudo artificial: del cual un ornamento curioso y muy notable, de trabajo de orfebre, colgaba hacia abajo, cubriendo su espaciosa cara: siendo el mismo ornamento dos veces más largo que ancho, bordeado alrededor, en cuya tabla contemplé ciertas letras, jónicas y arábigas, de esta suerte.

Su trompa devoradora no descansaba sobre el nivel de la base, sino que colgaba un tanto hacia abajo, girada de nuevo hacia su cara. Sus orejas grandes y estriadas, como las de un sabueso, colgaban fláccidas, cuya vasta estatura era poco menos que la de un elefante muy natural. Y en el contorno y los lados largos de la base estaban grabados ciertos jeroglíficos o caracteres egipcios. Estando decente y ordenadamente pulido, con un rebaje requerido, listel, gola, toro, orbículo, astrágalos o neptrulas, con una cima vuelta hacia abajo al pie de la base, y vuelta hacia arriba con traquiles retorcidos y dentículos, agradable y apto a la debida proporción de tan gran sustancia, en longitud 12 pasos, en anchura cinco, y en altura tres, cuya parte superficial y exterior estaba tallada en forma de hemiciclo.

En la parte trasera de cuya base y piedra, sobre la cual esta poderosa bestia estaba de pie, encontré un lugar ascendente de siete escalones, para subir a la superficie plana de la base sobre la cual estaba el elefante. Y en el cuadrángulo reservado perpendicularmente recto bajo la susodicha silla de bronce, había sido cortada y hecha una pequeña puerta y entrada hueca, una obra maravillosa en tan dura sustancia, con ciertos escalones de bronce, a modo de escalera, por los cuales se me ofrecía una subida conveniente al cuerpo del elefante.

A cuya vista deseé extremadamente ver todo el dispositivo y, entrando, ascendí hasta la altura de la base sobre la cual estaba el monstruo cavernoso, hueco, vasto, grande y prodigioso, excepto aquella parte del Obelisco, que estaba contenida dentro del cuerpo vacío de la bestia, y así pasando a la base. Dejando hacia ambos lados del elefante tanto espacio como pudiera servir para que cualquier hombre pasara, ya sea hacia la cabeza o hacia las ancas traseras.

Y dentro, desde la curvatura del espinazo o lomo de la bestia, colgaba por cadenas de cobre una lámpara eterna y luz encalcerada, a través de la cual en esta parte trasera vi un sepulcro antiguo de la misma piedra, con la forma perfecta de un hombre desnudo, de todas sus partes naturales. Teniendo sobre su cabeza una corona de piedra negra como el azabache: sus dientes, ojos y uñas plateados y de pie sobre un sepulcro cubierto como un arca, de trabajo de escamas, y otros rasgos exquisitos, señalando con un cetro de oro, y manteniendo su brazo hacia adelante para dar dirección a la parte delantera.

En su lado izquierdo sostenía un escudo a la moda de la quilla de un barco, o el hueso de una cabeza de caballo, sobre el cual estaba inscrita en letras hebreas, áticas y latinas, esta sentencia que está colocada al otro lado con la figura.

Ante cuya visión insólita y extraña quedé no poco asombrado y algo dudoso de qué imaginar, volviendo mis ojos a la parte contraria, vi de igual manera otra, como la luz encendida antes, y pasando a través de entre el lado de la bestia y la parte del Obelisco allí encerrada, llegué hacia la parte delantera del elefante, donde de igual manera encontré otro sepulcro formado como el anterior, con una estatua o imagen de pie sobre él como la otra, excepto que era una Reina, quien levantando su brazo derecho con su dedo delantero, señalaba hacia aquella parte detrás de sus hombros, y con la otra sostenía una pequeña tabla firme en su mano, en la cual estaba escrito en tres lenguas este epigrama.

Esta novedad digna de ser manifestada, y acertijo secreto a menudo de ser leído, no me era conocido, por lo que permanecí dudoso de qué debería significar la interpretación de este sofisma, no atreviéndome a probar la conclusión. Pero golpeado por el miedo en este lugar oscuro y sin luz, a pesar de la tenue lámpara encendida, estaba más deseoso de contemplar y examinar aquel pórtico y puerta triunfal por ser más legítimo permanecer allí que en otro lugar. Por lo cual, sin más preámbulos, determiné dejar este lugar hasta otra ocasión, para que pudiera con más tranquilidad y ocio contemplarlo, y prepararme para observar la maravillosa obra de la puerta: y así, descendiendo, salí del monstruo destripado, una invención más allá de la imaginación, y un trabajo excesivo y atrevido intento de vaciar tal sustancia dura sobre las otras piedras que son, la mano de obra dentro tan curiosa como la de fuera. Finalmente, vuelto completamente abajo, contemplé en el pórfido a lo largo de los lados notablemente esculpidos y grabados estos jeroglíficos.

Primero, el cráneo con cuernos de un buey, con dos herramientas de labranza sujetas a los cuernos.

Un altar sobre patas de cabra, con un fuego ardiendo encima, en cuya parte frontal había también un ojo y un buitre.

Después de eso, un lebrillo y un aguamanil.

Un huso lleno de hilo, un recipiente antiguo formado con la boca cerrada y atada firmemente.

Una suela y un ojo en su base y dos ramas atravesadas, una de olivo, otra de palmera.

Un ancla y un ganso.

Una lámpara vieja y una mano sosteniéndola.

Un remo de forma antigua con una rama de olivo fructífera sujeta al mango.

Dos garfios o ganchos.

Un delfín y un arca bien cerrada.

Estos jeroglíficos estaban muy bien cortados de esta manera.

Cuyo modo antiguo de escribir, según lo entiendo, se ha de entender así.

*Ex labore Deo naturae sacrifica liberaliter paulatim reduces animum Deo subiectum. Firmam custodiam vitae tuae, misericorditer gubernando tenebit, incolumemque seruabit.*

Dejando pasar este dispositivo y obra excelente, rara, extraña y secreta: volvamos de nuevo al prodigioso caballo, cuya cabeza era magra y pequeña, de una pequeña proporción y sin embargo adecuada al cuerpo, que parecía continuamente mirando fijamente, feroz e impaciente, la carne en sus músculos temblando y vibrando, de tal suerte que parecía más vivo que una imitación fingida, con esta palabra griega en su cara +GENEA+. Había también otras grandes piezas y fragmentos de diversos y variados rasgos entre las ruinas rotas y decadentes, los cuales no miré, corriendo y deslizándome aún, dándome el tiempo solo lugar para considerar y examinar estas cuatro raras maravillas, el pórtico o puerta, el caballo, el Coloso y el elefante.

Oh reverendos artistas de tiempos pasados, qué despecho ha ganado la mano sobre vuestra astucia, que la misma está enterrada con vosotros, y nada queda para nosotros que heredar en esta era.

Al fin, habiendo llegado a este antiguo pórtico, una obra digna de ser vista, maravillosamente compuesta por reglas exquisitas, y por el arte notablemente embellecida, con diversos y variados tipos de cortes, lo cual encendió en mí el deseo de comprender y descubrir los rasgos y la práctica del arquitecto. Comencé de esta manera, haciendo un cuadrado desde las dos columnas a cada lado de un modo perfecto, en el cual tomé la debida proporción de todo el pórtico.

Una figura tetrágona A. B. C. D. dividida por tres líneas rectas, y tres transversales igualmente distantes una de otra, hará dieciséis cuadrados; luego añada a la figura la mitad más en igual proporción, dividiendo el añadido, encontrará veinticuatro cuadrados. Esta figura servirá de credenciales para hacer la inlepturgia y breve demostración que sigue.

Dibuje entonces en la primera figura A. B. C. D. dos diagonales, haga también en la misma dos líneas, y rectas hacia abajo, y la otra transversal, que hacen cuatro cuadrados que se cortan mutuamente.

Luego en el vacío sobre los isópleuros haga cuatro puntos medianos, dibujando líneas de uno a otro, y harán el rombo.

Cuando hube dibujado esta figura de esta manera, inmediatamente reflexioné conmigo mismo, qué razón debería mover a muchos de nuestros trabajadores en estos días ya sea a pensar bien de sí mismos, o a tomar el arte de la construcción en mano, ¿sin saber lo que es? Haciendo tales faltas groseras en iglesias y casas de grandes señores, difamando el arte, y tan ignorantes, que parecen como si no pudieran considerar lo que la propia naturaleza nos enseña al contemplar sus obras.

Y qué parte quiera que no sea agradable con su principio, es sucia y nula. Pues quite el orden y la regla, y ¿qué cosa puede hacer cualquier hombre, ya sea hermosa al ojo, o de encomiable proporción y duradera? Entonces, debe deducirse necesariamente que la causa de tales errores inconvenientes procede de la ignorancia, y tiene su comienzo en la falta de letras. Y esto, no obstante que, aunque la perfección de este arte no varía y cae de su rectitud, sin embargo, el arquitecto discreto y astuto para gracia del objeto, ante los espectadores: puede legítimamente ya sea con adición o disminución, embellecer su obra, manteniendo entera la parte sólida, con su composición universal.

Llamo sólido a lo que es el cuerpo del armazón, que es la intención principal, invención, predisposición y simetría, o debida proporción del edificio sin ninguna adición, rectamente examinada y perfectamente compuesta, lo cual manifestará la habilidad del trabajador, y lo mismo después adornar y embellecer, cuyos añadidos es cosa fácil. En lo cual también se ha de considerar la debida ordenación y colocación de cada cosa, y no poner una corona sobre los pies, sino sobre la cabeza, y así ovalando y denticulando, y otros cortes de variados tipos en sus lugares separados y más aptos, la principal invención y disposición de lo cual, descansa en el arquitecto raro y astuto, pero el trabajo y la labor de ello en el vulgo y clase común de manualistas y sirvientes del arquitecto, quien si quiere hacer bien, no debe en modo alguno estar sujeto a la avaricia.

Y además de su habilidad debe ser honesto, no parlanchín lleno de palabras, sino cortés, amable, benigno, tratable, paciente, alegre y agradable, lleno de nuevos dispositivos, un curioso buscador en todas las artes, y bien aconsejado en su proceder, no sea que con precipitación cometa una falta o absurdidad en su obra, y de esto, baste así.

Después de que Poliphylus hubo hecho una demostración a gran escala de la debida proporción de la Puerta, procede a describir los ornamentos de la misma y su excelencia.

Habiendo sido yo algo prolijo y tedioso en mi propósito anterior, puede ser que haya causado alguna ofensa a aquellos que diariamente se esfuerzan en ocupar sus sentidos en los placenteros discursos del amor. Pero no resultará nada desagradable si con un poco de paciencia, se restringen de hartarse con la empalagosa dulzura de los engañosos deleites, y prueban el gusto de una vianda contraria.

Y por cuanto los afectos de los hombres son naturalmente variables y diferentes uno de otro, en esta ocasión puedo ser disculpado. Pues aunque el pan a veces negado y retenido del cuerpo hambriento puede causar una opinión dura, cuando se le ofrece de nuevo, la malicia es olvidada, y el regalo muy agradecidamente recibido.

Ahora, habiendo hablado en alguna medida del uso correcto de la arquitectura, y del camino y medios directos mediante orden y regla, para descubrir el dispositivo establecido y el cuerpo sólido o base de la obra, con facilidad una vez encontrado, el arquitecto puede usar diversas divisiones en variadas perfecciones, no diferente a un músico astuto, quien habiendo ideado su base llana en medida correcta, con trazos completos, después proporcionará la misma en divisiones, por cromáticas y deleitables mínimas, corcheas y semicorcheas, curiosamente reportando sobre su canto llano. Incluso así, después de la invención, la regla principal y especial para un arquitecto es una cuadratura, la misma dividida en pequeñas partes, la armonía y dulce consentimiento del edificio, se expone a sí misma, y los convenientes añadidos, agradables a su principal.

En todo lo cual este pórtico era más excelente, tanto por la rara invención y maravillosa composición del mismo, y las extrañas adiciones para embellecerlo, de tal suerte tan exquisitas, tan aptamente colocadas, y tan curiosamente cortadas y grabadas, que la parte más pequeña del mismo no podría ser acusada de falta alguna, sino el trabajador elogiado por la perfección de su habilidad.

Primero, sobre mi mano derecha abajo, contemplé un estilípodo o piedra cuadrada, como un altar bajo las bases de las columnas, que teniendo sobre la parte superior una cornisa conveniente y adecuada, y convenientemente curvada, el fondo y la parte más baja de igual manera estaba formada, de modo que el cuadrado y el susodicho estilípodo no era más ancho que largo, sino un cuadrángulo recto. Cuyo altar (como puedo llamarlo) lateralmente alrededor, trabajado con hojas, ahuecado por debajo con una gola, y envuelto sobre sí mismo con la misma foliación y trabajo de hojas, bordeando la cara lisa o tabla del estilípodo de brillante alabastro blanco, pulido y llano, la parte exterior del cuadrángulo, rodeando equiláteramente alrededor del mismo, sobre lo cual con una curiosidad maravillosa estaba grabado un hombre cerca de su edad media, de un semblante hosco y moreno, con una barba informe, espesa, y volviéndose hacia su barbilla, por la dureza de la piel dura, y el difícil crecimiento del vello.

Él estaba sentado sobre una piedra con un delantal de piel de cabra, las partes traseras rodeando su cintura, y atado por detrás con un nudo, y la parte del cuello, con el lado peludo hacia él, colgaba hacia abajo entre sus piernas. Ante él, en el intersticio de esas pantorrillas gruesas y tumorosas, había un yunque sujeto sobre un trozo nudoso de árbol, sobre el cual estaba dando forma a una brigantina o cota de malla de metal ardiente, levantando su martillo, y como si estuviera golpeando sobre su trabajo.

Y allí ante él estaba una mujer más noble, teniendo dos alas emplumadas puestas sobre sus delicados y tiernos hombros, sosteniendo a su hijo un infante desnudo, que estaba sentado con sus pequeñas caderas sobre los muslos grandes y bien proporcionados de la hermosa diosa su madre, y jugando con ella, mientras ella lo sostenía, y poniendo sus pies sobre una piedra, como si hubiera sido una pequeña colina, con un horno en un agujero hueco, en el cual había un fuego ardiente extremadamente caliente.

Esta dama tenía sus hermosas trenzas curiosamente arregladas sobre su frente ancha y alta, y de igual manera rodeando con abundancia su cabeza de un modo tan raro y delicado, que me maravillaba por qué los herreros que estaban allí ocupados en su trabajo no dejaban de mirar todavía tan hermoso objeto. Había también cerca, de igual mano de obra excelente, un caballero de semblante feroz, teniendo sobre sí una armadura de bronce, con la cabeza de Medusa sobre la coraza o placa de pecho, y todo el resto exquisitamente trabajado y embellecido, con una bandolera cruzando su ancho y fuerte pecho, sosteniendo con su musculoso brazo una media pica, y levantando la punta de la misma, y llevando sobre su cabeza un yelmo de cresta alta, el otro brazo sombreado y no visto debido a la figura anterior: Había también un joven en ropas de seda, detrás del herrero, a quien no pude percibir sino del pecho hacia arriba, sobre la cabeza declinante del susodicho herrero. Esta historia relatada, para el mejor y más dulce agrado del ojo, el trabajador la había adornado de esta suerte. El plano llano que era hueco y liso en cada corte de un miembro o cuerpo, sobre la tabla del estilípodo, era como coral rojo y brillante, que hacía tal reflexión sobre los cuerpos desnudos, y sus miembros entre ellos, y rodeándolos alrededor, que parecían de un color rosa carnación.

Sobre el lado izquierdo de la puerta en el altar o estilípodo similar sobre la tabla del mismo, había grabado un joven de semblante decoroso, en quien aparecía gran celeridad: él estaba sentado sobre un asiento cuadrado adornado con una antigua manera de tallado, teniendo sobre su pierna un par de medias botas, abiertas desde la pantorrilla de la pierna hasta el tobillo, desde donde crecía en cada tobillo un ala, y a quien la susodicha diosa con una forma celestial, sus pechos tocándose juntos y crecidos redondos y firmes sin temblar, con sus grandes flancos conformes al resto de su proporción mencionada antes con un semblante dulce, ofrecía al joven y tierno hijo listo para ser enseñado: el joven inclinándose cortésmente hacia el niño, quien estaba ante él sobre sus bonitos pies pequeños, recibiendo de su tutor tres flechas, las cuales de tal suerte eran entregadas que uno podría fácilmente conjeturar y reunir de qué manera debían ser usadas: la diosa su madre sosteniendo el carcaj vacío y el arco sin tensar, y a los pies de este instructor yacía su caduceo viperino.

Allí también vi a un escudero o portador de armaduras y una mujer con un yelmo sobre su cabeza cargando un trofeo o señal de victoria sobre una lanza de esta manera. Una antigua cota de armas colgada, y sobre la parte superior de la misma o cresta, una esfera sobre dos alas, y entre ambas alas esta nota o dicho, *Nihil firmum*, Nada permanente: ella estaba vestida con una prenda delgada llevada por el viento, y sus pechos desnudos.

Los dos pilares rectos de pórfido de siete diámetros sobre cada uno de los susodichos estilípodos y altares cuadrados se extendían hacia arriba de un color pomáceo o leonado, los exteriores brillando claros y suavemente pulidos, achaflanados y canalizados con veinticuatro rebajes o canales en cada columna entre las neptrulas o cordeles.

De estos, la tercera parte era redonda, y la razón de su corte de tal suerte (es decir, dos partes achaflanadas y la tercera redonda) como pensé, era esta: el armazón o templo estaba dedicado a ambos sexos, es decir, a un dios y una diosa, o a la madre y el hijo, o al marido y la esposa, o al padre y la hija, y similares. Y por tanto los trabajadores expertos y astutos en tiempo antiguo para el sexo femenino, solían usar más achaflanado y canalizado y doble variedad que para el masculino, debido a su naturaleza resbaladiza e inconstante.

La causa de tanto achaflanado era mostrar que este era el templo de una diosa, pues el achaflanado manifiesta los pliegues de la vestimenta femenina, sobre los cuales colocaron un capitel con pliegues colgantes, semejantes a cabellos trenzados y rizados, y al tocado femenino, y a veces en lugar de un capitel, la cabeza de una mujer con cabellos encrespados.

Estas columnas notables y hermosas mencionadas se elevaban en longitud sobre sus bases de apoyo de bronce con sus toros y cimacios, labrados con un follaje de hojas de roble y bellotas que se enroscaban alrededor de sus capiteles, posados sobre sus plintos subordinados.

Los capiteles, de la misma sustancia que sus bases, con la proporción precisa, adecuada y conveniente, correspondían a la armonía de toda la obra. Tales como Calímaco, el escultor jefe de Calato, hijo de Júpiter, nunca ejecutó ni se acercó en el erigido sepulcro de la Virgen Corintia, embellecido con el drapeado de doble acanto.

Los plintos sobre los que se apoyaban los capiteles estaban labrados con trabajos de serpenteo y vueltas, y en el centro, decorados con un lirio; el cuenco, guarnecido con dos filas de ocho hojas de acanto, al estilo romano y corintio, de cuyas hojas salían tallos pequeños y delgados, cerrándose juntos en el centro del cuenco, mostrando un lirio hermoso y dulcemente compuesto en el hueco del ábaco o plinto, desde el cual los tallos tiernos se volvían juntos, bajo el compás del ábaco cuadrado, muy parecido al trabajo que Agripa mandó hacer en el pórtico de su maravilloso Panteón.

Vengamos ahora al límite y a la parte inferior de la puerta, destinada a la entrada, que era de una piedra grande, amplia y dura, salpicada de manchas de diversos tipos, blancas, negras y de color arcilla, y otras mezclas diversas: sobre esto se alzaban las jambas rectas y los lados de la puerta, con un aspecto intersticial, tallados interiormente con tan gran destreza como el resto. Sin señal alguna de ganchos o bisagras, ni abajo ni arriba.

El arco de dicha puerta, curvándose como un semicírculo, estaba labrado con curiosidad y abovedado, y como si estuviera atado con encajes como cuentas de bronce, algunas redondas y otras como bayas de eglantina de un color rojizo, colgando al modo antiguo, y plegadas y vueltas entre los tiernos tallos.

El cierre y refuerzo de este hemiciclo o arco, digno de admiración, de un diseño raro y sutil, y de una pulimentación exquisita, se objetaba y presentaba así a mi vista.

Allí contemplé, en una piedra dura y muy negra, un águila desplegada, que sobresalía del tamaño de un águila natural, la cual había prendido y tomado amorosamente con su garra a un dulce niño en sus pañales, sosteniéndolo delicada, cuidadosa y gentilmente, para que sus garras fuertes, afiladas y ganchudas no atravesaran por medio alguno la tierna piel del joven infante.

Sus patas estaban fijadas alrededor del pecho erguido del niño, a quien había dejado desnudo desde el ombligo hacia arriba y hacia abajo, de modo que las caderas desnudas podían verse entre los muslos emplumados del águila. Este pequeño infante y hermosísimo bebé (digno y adecuado para aquel por quien fue prendido) mostraba por su semblante como si estuviera asustado de su fortuna.

Y así, yaciendo en la garra del águila, extendió ambos brazos, y con sus manitas gordezuelas se agarró fuertemente a los huesos remeros de las alas desplegadas del águila, como se ha dicho. Y apretando sus hinchadas y lindas piernas y pies alrededor de su cola extendida y observadora, que yacía detrás de la elevación del arco.

Este niño estaba tallado en la veta blanca de la ágata u ónice, y el águila en la otra veta de la misma piedra llamada sardio, que es de color negro, llamada por algunos cornalina, uniéndose ambas en una misma piedra. Ante lo cual me quedé meditando y alabando para mis adentros la ingeniosa y apta invención del artista en el uso de tal piedra, que por su propia naturaleza para proporciones contrarias ofrecía colores contrarios, y de tal modo que, por el levantamiento de su pequeño plumaje sobre su cera, su pico medio abierto y su lengua apareciendo en medio de él, parecía como si estuviera resueltamente decidida y ansiosamente dispuesta a haberse atiborrado de él.

El hemiciclo o arco, elevándose de forma redonda desde la parte superior de la jamba recta de la entrada, según su grosor, estaba dispuesto en rombos o cuadrados, donde estaban tallados rosas, sus hojas y ramas colgando en un orden curioso y delicioso de contemplar, sobre la entrada de la puerta.

En los dos triángulos ocasionados por el arco, había dos hermosas ninfas de proporciones y formas excelentes, cuyas ropas que cubrían sus cuerpos de vírgenes daban lugar a que sus piernas, pechos y brazos estuvieran al descubierto, con el cabello suelto y volando, y hacia el refuerzo y unión del arco por encima, sostenían un trofeo victorioso.

El fondo de dicho triángulo era de piedra negra, para mejor mostrar la perfección y verdad de los metales en los trofeos, y los hermosos cuerpos de las delicadas vírgenes.

Sobre estas partes mencionadas, estaba el friso, en medio del cual contemplé una tabla de oro, donde estaba este epigrama en letras griegas capitales de plata. De esta manera, relatando:

+THEOIS APHRODITIKAI TO: O: EROTI DIONISOS YKAI DE: ME:TRA EK TO:N IDIO:N MYTRI SUMPATHESTATE:+

_Diis veneri filio amori, Bacchus, & Ceres de propriis, S. substantiis matri pientissim[ae]._

Ambos lados de dicha tabla estaban retenidos y sostenidos por dos niños o espíritus alados de formas perfectas y vivaces, como si fueran cuerpos celestiales, sobre un fondo de jaspe o zafiros azules para realzar los metales y la imaginería.

Sobre la cara del friso, extendiéndose a lo largo sobre las columnas de piedra pórfida, estaban grabados ciertos despojos o corazas, gorgueras de malla, brazales, guanteletes, escudos, rodelas, yelmos, mazas, hachas de batalla, espuelas, aljabas, flechas, dardos, lanzas rotas, alfanjes y otros antiguos instrumentos de guerra. Tanto aéreos y marinos como para el campo, singularmente bien cortados, y manifestando al espectador tanto victorias, fuerza y triunfos, tras una efusión mortal de sangre.

Sobre esto, en orden, se alzaba la cornisa, labrada con tales lineamientos que coincidían decentemente y respondían a la excelencia del resto de la obra: pues de otro modo, como en el cuerpo de un hombre, siendo una cualidad contraria a otra, sigue la enfermedad, oprimiéndose los humores unos a otros en abundancia: así en la edificación, si los adjuntos están inaptamente dispuestos y decentemente distribuidos, resultará una falta deformidad.

Porque un armazón y edificio crece débil y deslucido donde no se puede encontrar una dulce armonía y un orden y concierto modulado.

Cosa que muchos idiotas modernos confunden, siendo ignorantes en la distribución local. Pues un maestro artesano mostrará en su trabajo una alusión o semejanza a una forma y proporción humana bellamente adornada con vestimenta.

Por encima de la cornisa, por una gradación inversa, había cuatro cuadraturas o tablas cuadradas, dos justo sobre las columnas achaflanadas y pilares acanalados, y dos dentro de ellas. En otra división, entre dichas dos tablas contrastadas e interiores, se alzaba una ninfa en su anaglifo, rarísimo y excelente, de oricalco o latón amarillo, sosteniendo en cada mano una antorcha, una de ellas invertida y vuelta hacia abajo, estando extinta y apagada, y la otra ardiendo hacia el Sol. La antorcha ardiente en su mano derecha, y la extinta en su izquierda.

En la cuadratura sobre el lado derecho, contemplé a la celosa Clímene, con su cabello transformado en una hierba llamada doncella de Venus, o hierba de la señora, y a Febo en una cruel indignación y colérico disgusto, siguiéndole ella llorando, de quien él huía apresurando sus rápidos caballos, como quien huye de su enemigo mortal y fatal.

Sobre la tabla sobre las columnas en el lado izquierdo, en un curioso y raro tallado inusual, estaba la semejanza historiada del incómodo y siempre doliente Cipariso, alzando sus manos y brazos hacia el Sol, y haciendo su lamento a Apolo por la cierva herida.

En la tercera tabla junto a la última mencionada, en un trabajo que responde al precedente y anterior, contemplé a Leucótoe, malvadamente asesinada por su propio padre, cambiando y transformando su carne hermosa, joven y tierna en corteza suave, hojas temblorosas y varas que se doblan.

En la cuarta tabla estaba representada la descontenta y desagradable Dafne, ante los deseos ardientes del rizado Delio, rindiendo poco a poco su cuerpo de virgen, sin mancilla, hacia los ardientes cielos, siendo metamorfoseada muy lastimosamente en un laurel verde.

Ahora, sucesivamente en orden sobre las mencionadas tablas y cuadraturas en el friso, donde estas historias estaban representadas en formas, había extendida y colocada sobre una cornisa denticulada y ovalada con estrías interpuestas, entre las aberturas de los óvalos, y el trabajo de hojas y los imbríces con el resto que pertenece al despliegue de la misma (más allá de mi habilidad para relatar) sin falta ni defecto alguno; y finalmente, la cima estaba adornada aquí y allá con hojas de acanto.

Y para volver a la vista del armazón completo, en la disposición del mismo como se ha dicho, las cornisas por una línea perpendicular eran correspondientes y concordantes con la caída de toda la obra, excepto la estilicidia o perímetro, o parte exterior de la cornisa superior solamente.

Sigue mostrar y hablar de la tabla o parte interior del triángulo: dentro del cual, según lo permitían los extremos del mismo triángulo, se presentaba a mi vista una corona o guirnalda de diversas hojas, frutos y tallos, plegados y envueltos juntos de una piedra verde, tejida en cuatro partes, las ataduras de los mismos tallos sostenidas por dos sirenas, sus partes superiores de forma humana, y la que está bajo el ombligo como un pez, una mano arriba y la otra abajo en la guirnalda, sus colas escamosas extendiéndose a las esquinas más bajas del triángulo, sobre la parte superior de la cornisa, teniendo en sus partes extremas sus alas o aletas de pez. Sus rostros como vírgenes, sus trenzas de cabello, parcialmente rizándose sobre sus frentes, algunas vueltas alrededor de sus cabezas y enrolladas, algunas dependiendo hacia abajo sobre sus sienes, y encrespándose y anillándose junto a sus oídos. De entre sus hombros crecían sus alas como harpías, extendiéndose hacia abajo y alcanzando los pliegues y vueltas de sus colas; sobre sus flancos monstruosos crecían sus aletas para nadar, su principio, su sustancia de pez y escamosa, y desde allí continuando sus partes inferiores hacia abajo.

Dentro de dicha guirnalda contemplé una cabra lechera rugosa, a la que un niño pequeño mamaba, sentado bajo su costado sobre sus piernas jóvenes y carnosas, una estirada hacia fuera y la otra retraída y doblada bajo él. Con sus bracitos sosteniéndose por los mechones peludos y ásperos, su semblante y ojos sobre la ubre grande y llena, mamando así. Y una cierta ninfa, como si dijera palabras y diera voces de contentamiento a la cabra, y doblándose hacia abajo con la mano izquierda, sostenía uno de los pies, y con la mano derecha ponía la teta para los besos sonoros del infante que mamaba, y bajo ella estaban estas letras: Amaltea.

Otra ninfa estaba contra la cabeza de la cabra, con un brazo rodeando cuidadosamente el cuello, y con el otro la sostenía por el cuerno.

En medio estaba la tercera ninfa con hojas de ramas verdes en una mano, y en la otra un cuenco de beber a la antigua usanza, más largo que ancho, como un bote por una pequeña asa. Bajo sus pies estaba escrito: Melissa.

Entre una y otra de las tres ninfas preespecificadas, había otras dos que tenían címbalos en sus manos, como si estuvieran tocando y bailando, cada una vestida según la perfección de sus bellezas, con una ejecución artificial de mano de obra en las proporciones emprendidas, que más parecían las sustancias mismas que un litoglifo, una imaginería, ya fuera por Policleto, Fidias o Lisipo, ni los anaglifos a Artemisia, la reina de Caria, Escapas, Briaxis, Timoteo, Leocares y Teón, se acercaban en nada, pues la mano de obra aquí parecía exceder la astucia de cualquier lapidario, escultor, grabador o cortador humano, cualquiera que fuera.

Sobre este triángulo mencionado, y bajo la cornisa superior, en un plano liso estaban estas dos palabras áticas en letras capitales: +DIOS AIGIOCHION+.

Este conspicuo pórtico y puerta, muy digno de ser contemplado, estaba así de una composición maravillosa, excelentemente dispuesto. Si no hubiera explicado la comodulación y armonía de esto particularmente, podría haber sido culpado por mi prolijidad y tedio, y por la falta de palabras adecuadas en la descripción. Y así por esta vez, de esto tanto.

Necesariamente debe seguir que todo el resto de la corte mencionada por cada lado era hermosa de contemplar, y de una mano de obra señorial por lo que aún permanecía en pie: como en la parte interior las naves y columnas cargando y sosteniendo un peso inmensurable y monstruoso, y corintias de un tipo menor, una obra divina y desconocida que abunda en variedad de perfecciones como la proporción requería y la necesidad deseaba para sostener la carga que sobre ellas estaba puesta. Su ornamentación y decoración con obras y dispositivos imitando el atavío de cuerpos principescos dotados como si fuera de una razón artificial. Porque así como para un cuerpo largo, grande y corpulento, piernas fuertes y pies anchos son necesarios para soportar y cargar el mismo: así en un edificio modulado y bien compuesto, para sostener grandes pesos se designan naves, y para la belleza, columnas, corintias y jónicas esbeltas se colocan sobre ellas. Y toda esta obra, incluso de tal suerte como era necesario para la armonía de la misma, así permanecía en una excelencia aprobada.

Con diversidad de colores, dulcemente colocados y aptamente dispuestos, el reflejo de uno embelleciendo al otro, y todos juntos haciendo un objeto gracioso. De pórfido, ofita, numidiana, alabastrita, piropecila, verde lacedemonio y mármol blanco, diversamente veteado, y de andracina con manchas blancas, y muchos otros de tipos extraños y diversas mezclas.

Encontré una rara forma de base, a la moda como un cojín sobre el plinto, sobre el cual se alzaban dos tróquilos o toros, con una interposición de hipotraquelios o fustes, y astrágalos, con un toro superior.

Diversos lugares estaban ocultos y cubiertos con hiedra serpenteante, afieltrada y extendida, llena de bayas negras, y hojas verdes suaves aquí y allá creciendo, y obstaculizando el objeto interior de la obra antigua, con otras hierbas murales y de pared saliendo de las grietas y hendiduras, como la campanilla, ombligo de Venus y erogennet, por algunos llamada amor, a quien él es agradecido, bajando de nuevo hacia el suelo; en otras grietas crecía oreja de ratón, polipodio, adiantum o cabello de venus, el citracus dentado y rizado, la lunaria menor anudada, uvas de gato, polítrico o cabellos de oro y similares, que suelen crecer en edificios decadentes y viejos muros de piedra, de modo que muchas piezas valiosas estaban investidas y ocultas de mí, con tales hierbas y olivos verdes, los adornadores de ruinas.

Había en diversos lugares caídas inestimables y enormes de muchas columnas o más bien pilas confusas de piedras rotas, y culpines deformes montándose desde la tierra.

Entre las cuales piezas caídas podía ver los restos de diversas formas de hombres de variados tipos, muchos desnudos, otros teniendo sus miembros cubiertos con indumentos plegados y plisados, pegados firmemente a sus proporciones desnudas. Algunos de pie sobre el pie izquierdo, otros sobre el derecho en modo recto, con sus cabezas perpendicularmente, sobre el centro entre sus talones, y algunos mirando de lado en altura, cuatro cúbitos de seis pies.

Otros de pie sobre ambos pies, algo distantes uno de otro, y cada uno en una majestad sentado en sus tronos, y el resto con una gracia rara y modesta en sus mejores y designados asientos.

Allí también contemplé innumerables trofeos, despojos de armaduras e infinitos ornamentos, con cabezas de bueyes y caballos de tamaño conveniente, y alrededor de sus cuernos parte de sus guirnaldas de hojas, frutos, ramitas, ramas y flores, y algunos alrededor de parte de sus cuerpos, con niños pequeños montando sobre ellos y jugando, de un modo tan perfecto y ordenado, como el maestro de obras más hábil lleno de variedad, labor, estudio e industria, podría idear y realizar. Con qué cuidado y dolor su habilidad abundante se manifestaba claramente, y con qué placer el efecto de su propósito no oscurecía en nada.

Y con tal euritmia o apta proporción de miembros, mostró la sutileza del arte del lapidario, como si las sustancias no hubieran sido del mármol más duro, sino de tiza blanda o arcilla de alfarero, y con qué trabazón estaban las piedras colocadas, y por qué artillería, regla y medida estaban compuestas y puestas, era maravilloso de imaginar.

Este era el verdadero arte aclarando y descubriendo la ignorancia en la que trabajamos, nuestra detestable presunción y nuestros errores públicamente condenados.

Esta es esa luz clara y perfecta, que dulce y con nuestra voluntad no constreñida atrae nuestros ojos de vista borrosa a contemplar y observar la misma. Pues nadie (a menos que sea aquel que a propósito rehúsa contemplarla) sino que sus ojos deslumbrarían con un deseo continuo de verla.

Esto es lo que acusa a la horrible codicia, la devoradora y consumidora de toda virtud, un gusano codicioso que muerde y es eterno en el corazón de aquel que está cautivado y sujeto a la misma, el obstáculo maldito y estorbo para los ingenios bien dispuestos, el enemigo mortal de la buena arquitectura, y el ídolo execrable de este mundo presente, tan indignamente adorado y damnablemente reverenciado. Tú, veneno mortal para aquel que está infectado contigo, ¡qué obras suntuosas son derribadas y por ti prohibidas!

Con esto, estando yo arrebatado y llevado con indecible deleite y placer en la contemplación de este raro y antiguo monumento venerable de tal gracia y admiración, que no sabía hacia qué parte volverme primero, mirando voluntariamente aquí y allá, y maravillado ante ello, examinando cuidadosamente lo que las historias grabadas me presentaban, mientras me movía de lugar en lugar, con un deleite desconocido y un placer inenarrable de contemplar la misma, boquiabierto ante ellos, olvidándome de mí mismo como un niño pequeño, sin satisfacer nunca mis ojos codiciosos y mi insaciable deseo de mirar y volver a mirar la perfección exquisita de la obra antigua, fui despojado y robado de todos los pensamientos, cualquiera que fueran, exceptuando el recuerdo de mi deseada Polia, que a menudo acudía. Pero con un suspiro extremo y profundo, dejémosla un poco, y volvamos de nuevo a nuestro propósito continuado.

Sin duda alguna, habría de ser una cosa grande y loable describir con verdad y punto por punto, y dejar asentada la increíble obra y la inimaginable composición de una estructura tan vasta y de una magnitud tan enorme, de un edificio tan grandioso, con la excelencia de la entrada en un lugar conspicuo y vistoso, convenientemente situado, donde el deleite que sentí al contemplarlos excedió la grandeza de mi admiración, engendrando en mí tal concepto que me persuadí de que Júpiter no se atrevería a emprender nada semejante para el resto de los dioses, y creyendo ciertamente que ningún artesano o ingenio humano podría abarcar un marco tan inmenso, expresar conceptos tan notables, o imaginar e inventar dispositivos tan raros y adornarlos tan suntuosamente, en un orden y simetría tan singulares, disponerlos y, sin suplemento ni corrección, terminarlos perfectamente. Un orgullo raro e insolente en un edificio. Ocasión por la cual estuve en alguna duda, y no poca, de que si el historiador natural hubiera visto u oído hablar de esto, habría despreciado lo de Egipto, y la astucia y la industria de su ejecución, pues aquí las diversas y variadas obras efectuadas por muchos operarios diferentes parecían, en la perfección de sus debidas proporciones, como si hubieran sido realizadas por uno solo.

Él también habría considerado con igual ligereza la habilidad astuta de Sátiro el arquitecto y otros de fama, especialmente Simandrus, para la obra de Memnón, quien cortó las tres estatuas de Júpiter en una sola piedra, siendo los pies de más de siete codos de largo.

A esto, la representación de la magnánima Semíramis tallada en la montaña Bagistán debe ceder el paso.

Y dejando de hablar de la insolente grandeza de las pirámides de Menfis, aquellos escritores se habrían dedicado en general a esta descripción. Y dejando sin mencionar los famosos teatros, anfiteatros, baños y edificios sagrados y profanos, acueductos y colosos, y aquel de Apolo trasladado por Lioculus. O el templo dedicado a Júpiter por Claudio César. O aquel de Lisipo en Tarento, o la maravilla de Carelindius en Rodas, y la de Xenodorus en Francia y en Roma. Y el coloso de Serapis de nueve codos de largo de esmeralda, o el famoso laberinto de Egipto. O la representación de Hércules en Tiro.

Habrían acomodado sus dulces estilos a la encomio de la que se escuchó como la más excelente de todas, aunque el obelisco de Júpiter, compuesto de cuatro partes, de cuarenta codos de alto, cuatro codos de ancho y dos codos de espesor, en su delubro dentro del templo, se manifiesta como un milagro maravilloso.

Insaciable, lanzando así mis ojos y volviendo mi semblante ahora hacia este lado y ahora hacia aquel, hacia este enorme y poderoso marco, pensé conmigo mismo: si los fragmentos y restos de una antigüedad tan sagrada, y si la arenilla y el polvo de tal monumento decaído pueden engendrar una estupor en su admiración y causar tanto deleite al contemplarlos, qué habría hecho en su mayor orgullo.

Después de este discurso mío, la razón me persuadió a suponer que dentro podría estar el altar de Venus para sus sacrificios místicos y fuegos sagrados, o la representación de su divinidad, o la afrodita de ella misma y de su pequeño arquero, y por lo tanto, con una reverencia devota, habiendo puesto mi pie derecho sobre el límite consagrado de la puerta, vino hacia mí volando un Horix blanco.[A]

[Nota al margen A: Un pájaro de vuelo lento y larga vida, en los monumentos antiguos dedicado por los augures a Saturno.]

Pero de repente, sin mayor consideración o previsión curiosa, entré con mis ojos escrutadores según me dejaba la espaciosa y luminosa entrada, representándome tales vistas que merecen y son dignas de memoria eterna, a ambos lados decoradas con mármol liso y pulido, en cuya parte central estaba encajada una mesa redonda, enclaustrada y rodeada con una piedra verde muy preciosa y, en consecuencia, asociada con una mano de obra curiosa. Y la opuesta de piedra muy negra, despreciando y desdeñando la dureza del hierro, y clara y brillante como un espejo. Por medio de lo cual, mientras pasaba (sin advertirlo), me asusté de mi propia sombra; sin embargo, fui de inmediato reconfortado con un deleite inesperado, pues el lugar que causó mi desasosiego ahora me ofrecía el fundamento de todas las ciencias, historiado en una pintura visible, manifiesta y experta.

Y a ambos lados, debajo de las mismas hermosas y nobles mesas, estaban colocados a lo largo asientos de piedra. El pavimento, limpio y sin polvo, estaba hecho de Ostracus.[A]

[Nota al margen A: Ostracus son conchas trituradas mezcladas con cal, de las cuales se hace un yeso para pavimentar.]

Y de igual manera, el techo superior coloreado estaba puro y libre de arañas y telas de araña, debido al aire fresco continuo que entraba y salía.

El techo de las paredes, como se mencionó anteriormente, se elevaba hasta la curvatura del arco desde los capítulos que se apoyaban sobre sus estrictas y verticales antas incluso hasta el extremo más lejano de la entrada, que era, según mi juicio de perspectiva, doce pasos.

Desde cuya ligadura perpolita y juntas sujetas, el techo de la entrada, en toda su longitud, marchaba con una flexión hemicircular, acorde con las antas y los lados rectos del pórtico descrito anteriormente, lleno de variedades y representaciones exquisitas, raramente grabadas, y de pequeños monstruos acuáticos, como en el agua misma en sus propias y bien dispuestas plemírulas, mitad hombres y mujeres, con sus colas de pez: algunos abrazándose unos a otros con consentimiento mutuo, algunos tocando flautas y otros otros instrumentos fantásticos.

Algunos sentados en carros de extraña forma, y arrastrados en ellos por veloces delfines, coronados y adornados con lirios de agua adecuados al mobiliario de los asientos adornados: algunos con diversos platos y vasijas repletos de muchos tipos de frutas. Otros con copias abundantes, algunos acoplados juntos con bandas, y otros luchando como lo hacían, montando sobre hipopótamos y otras bestias diversas y desconocidas, con una defensa chilonal.

Algunos dispuestos lascivamente, otros a variedad de deportes y fiestas, con esfuerzos vivos y movimientos rápidos, singularmente bien expuestos, y llenando todo el plafón arqueado mencionado anteriormente.

A lo largo, bajo la elevación curva de la entrada, contemplé una mano de obra singular de diversas representaciones y copias, en una excelente teselación, brillante como el oro; y de otros diversos colores, con un borde de dos pies de ancho, rodeando la cubierta giratoria del techo, tanto debajo como arriba, y separándolos de la obra en los lados planos, de colores tan perfectos y frescos como si hubieran sido recién puestos, con una obra de hojas naturales de un verde esmeralda, sobre un fondo pómez o leonado, con flores de acantos y fénices adulteradas con curiosos nudos y giros, y en el espacio contenido de los lados mencionados, vi esta historia antigua pintada.

Europa, una joven dama, nadando hacia Creta sobre un toro prestigioso. Y el edicto del rey Agenor a sus hijos Cadmo, Fénix y Cilicia, para encontrar a su hermana desflorada, lo cual no pudieron hacer, pero después de haber matado valientemente al fiero dragón escamoso que custodiaba la hermosa fuente, y consultado con Apolo, determinaron con sus seguidores, y acordaron construir una ciudad, donde la novilla bramante señalara, por lo cual ese país, incluso hasta el día de hoy, lleva el nombre del bramido de una vaca: Europa. Cadmo construyó Atenas. El otro hermano, Fenicia. El tercero, Cilicia.

Esta obra y pintura mosaica estaba correctamente colocada en orden, como el principio y el fin de la historia requerían, con ficciones en sus colores naturales, sus acciones y grados apretadamente expresados.

En el lado contrario, contemplé de la misma manera a la lasciva y desenfrenada Pasífae ardiendo en lujuria infame, yaciendo en una máquina o armazón de madera, y el toro saltando sobre lo que no sabía.

Después de eso, el monstruoso Minotauro con su forma fea, cerrado y encerrado en el intrincado laberinto. Y después de eso, el encarcelado Dédalo, haciendo artificialmente alas para sí mismo y para su joven hijo Ícaro, quien infelizmente, no observando la regla de su padre, cayó de cabeza en el mar profundo, dejando a los mismos mares su nombre, después de su ahogamiento. Y su discreto padre, estando a salvo según su voto, colgó sus alas en el templo de Apolo.

Sobre lo cual me detuve con la boca abierta, mirando atentamente con mis ojos, y arrebatado en mente por la belleza de la historia, tan bien dispuesta, tan perfectamente ordenada, tan artificialmente pintada y curiosamente expresada, entera y sana, sin ninguna señal de decaimiento; la fuerza de la sustancia glutinosa, que unía y mantenía la teselación o cuadros juntos, era tal y tan perfecta. Pues en ella el artesano había tomado gran trabajo y mostrado una astucia rara.

Y así, pie a pie, avancé audazmente, examinando y contemplando qué dirección y arte de pintura había observado con una distribución de pincel para hacer proporciones completas en un plano suave y liso. Algunas líneas acercándose a mi objeto, y algunas pareciendo como si hubieran estado lejos, difícilmente discernibles, y sin embargo ambas de una cercanía igual. Y la misma, de nuevo, que apenas podía verse, ofrecerse más y más al juicio del ojo, con exquisito parergon y sombreado, aguas, fuentes, montañas, colinas, bosques y bestias, en sus colores naturales, y distantes uno de otro, con luz opuesta. Y en la vestimenta, los pliegues y dobleces tan astutamente perfeccionados y sombreados que, tanto en eso como en todo lo demás, el arte parecía envidiar a la naturaleza misma, y no poco, de lo cual me maravillé grandemente.

De esta manera llegué al extremo más alejado, donde las hermosas historias terminaban, y más allá, hacia el interior, la oscuridad era tal que no me atreví a entrar; y volviendo de nuevo, escuché entre las ruinas un ruido continuo como el crujido de huesos o su tintineo juntos, ante lo cual me quedé quieto, olvidando mi deleite preconcebido al ser interrumpido por ello de la dulzura de los objetos. Finalmente, pude escuchar un crujido como si un buey muerto hubiera sido arrastrado sobre el suelo, el ruido acercándose y acercándose más y más al pórtico por el que debía salir, donde escuché un gran siseo de una enorme serpiente: el miedo repentino en el que estaba me hizo incapaz de gritar pidiendo ayuda, ni vi cómo escapar, sino corriendo hacia la oscuridad y la inmensidad oscura en la que antes temía entrar.

Oh, desgraciado desdichado oprimido por la fortuna adversa y triste, vi en la entrada de la puerta, viniendo hacia mí, no un león dañino agachándose ante Androclo, sino un temible y horrible dragón[A] sacudiendo su lengua trisulcada y tripartida contra mí, rechinando sus dientes y haciendo un sonido chirriante o crujiente, su piel escamosa y de escamas arrastrándose sobre el pavimento florecido, aplaudiendo sus alas sobre su espalda arrugada, con una larga cola doblándose y retorciéndose como una anguila y nunca descansando. ¡Ay de mí! La vista era suficiente para haber aterrorizado al mismo Marte en la seguridad de su armadura guerrera, o para haber hecho temblar al fuerte y poderoso Hércules, a pesar de su maza. Y para llamar a Teseo de su empresa iniciada y audaz intento, y para aterrorizar al gigante Tifón, y para hacer que el corazón más orgulloso y fuerte, cualquiera que fuera, se acobardara y se inclinara. Deseé para mí la rapidez de Atalanta, siendo joven y desarmado, de ninguna manera capaz de enfrentarme a tal fuerza venenosa, y percibiendo su aliento negro e infeccioso humeando por su boca. Estando sin toda esperanza de pasar junto a él, grité devotamente por ayuda divina. Y de repente, volviendo la espalda, tan rápido como pude correr, llevé mi cuerpo temeroso con la ayuda de mis pies de paso rápido hacia la parte interior de los lugares oscuros, penetrando a través de diversas torturas retorcidas, pasajes ambagiosos y caminos desconocidos.

[Nota al margen A: El dragón es ese Abadón y Apolión, el enemigo de la humanidad.]

De modo que pensé estar[A] en el inextricable marco del prudente Dédalo, o de Porsena, tan lleno de caminos y giros, uno entrando en otro, para engañar la intención del que sale, o en la guarida espaciosa del horrible cíclope, o en la cueva hueca del ladrón Carus. De tal suerte que, aunque mis ojos estaban algo familiarizados con la oscuridad, no pude ver nada en absoluto. Sino que me alegré de estirar mis brazos frente a mi cara, tanteando a mi alrededor (como uno que jugaba a la gallina ciega) para no chocar mi cara contra algunos pilares, y sintiendo con mis pies suavemente antes de descansar sobre ellos por miedo a caer en alguna bóveda debajo de estas poderosas pirámides.

[Nota al margen A: Los lugares oscuros son la ignorancia, y la sabiduría de este mundo que no es otra cosa que pura locura.]

Y mirando hacia atrás, si este temible dragón todavía me seguía o no, la luz se había ido por completo. Y yo permaneciendo en un lugar oscuro, lleno de diversos giros y pasajes cruzados, en un terror mayor y una pesadez de mente más mortal que Mercurio. Haciéndose Ibis y Apolo, Tracia, Diana, en el pequeño pájaro Colomene. Y Pan en dos formas. Yo, y más asustado de lo que jamás estuvieron Edipo, Ciro, Creso y Perseo. Y más temblando que el ladrón Tracilio en su piel de oso. En tristeza más abundante que la pobre Psique. Y en peligros más laboriosos que Lucio Apuleyo, cuando escuchó a los ladrones consultando para golpearle en la cabeza y matarle.[A]

[Nota al margen A: Cosby por matar a Lord Browgh.]

Oprimido y cargado con todos estos sustos y terrores antes nombrados, comencé a imaginar que el dragón estaba volando sobre mi cabeza, y con el ruido de sus dientes chirriantes y garras desgarradoras, tomarme con sus fauces devoradoras; mi corazón dándome a entender que el lobo carnívoro con el que soñé era un presagio de este mi último fin dudoso. Y así corriendo arriba y abajo como una pequeña y pobre hormiga, cuando la perdiz está rascando sobre sus montículos y picoteándolas. Con mis oídos vigilantes y atentos, escuchando si el horrible monstruo con su veneno viscoso y sucio y su hedor apestoso se acercaba a mí. Y temiendo cualquier cosa que viniera primero a mi pensamiento.

Encontrándome desarmado, vacío de toda ayuda, en este peligro mortal y miserable perplejidad, aunque la muerte es naturalmente amarga y odiada, sin embargo, en ese momento, la estimé graciosamente, lo cual me pareció que podría sufrir voluntariamente, pero esa voluntad era insuficiente; la esperanza todavía mirando y persuadiéndome de una vida incierta, temerosa e inquieta.

Ay, cómo mi alma y mi cuerpo se resistían a dejar el uno al otro, cuya tristeza me hizo reacio a entretener a un enemigo tan cruel como la muerte; sobre lo cual, armándome de valor, pensé así:

¿Deberá la grandeza de mi amor tan dulcemente encendido decaer ahora, frustrado de cualquier efecto? Pues si en este presente solo se me hubiera presentado una visión de ello, podría haber estado aún más satisfecho.

Pero aún, volviendo de inmediato a la impresión interior de mi objeto más dulce, todavía morando en el secreto de mi corazón, caí en lágrimas, por la pérdida de dos joyas tan dignas. Que eran Polia y mi preciosa vida. Llamándola continuamente con profundos suspiros y sollozos singultuosos, sonando en el aire espeso, enclaustrado bajo los enormes arcos y la secreta cubierta oscura, diciéndome esto a mí mismo.

Si muero aquí así miserable, dolorosa e incómodamente, todo solo, ¿quién será un digno sucesor de una gema tan preciosa? ¿Y quién será el poseedor de tal tesoro de tan inestimable valor? ¿Y qué cielo hermoso mostrará una luz tan clara? Oh, Polífilo más desgraciado, ¿a dónde vas, infortunado? ¿A dónde apresuras tus pasos? ¿Esperas volver a contemplar algún bien deseado? Mira todos tus gratos conceptos y placenteros deleites elevados construidos en tus pensamientos aprensivos, a través de la dulzura del amor, ¿están mortalmente sacudidos y abruptamente precipitados y derribados? Mira cómo tus altivas cogitaciones amorosas son sacudidas en pedazos y aniquiladas. Ay de mí, ¿qué suerte injuriosa y qué constelaciones malévolas te han conducido tan perniciosamente y te han atraído engañosamente a esta miserable oscuridad sombría? Y ahora te han llevado despreciativamente a un montón de miedos mortales, y ahogándote en un mar profundo de penas inefables. A la despiadada devoración y al repentino engullimiento de un monstruo tan sucio, y a ser podrido y digerido en las entrañas apestosas de una bestia tan asquerosa, y a ser arrojado en un lugar tan vil. Oh, muerte lamentable y desacostumbrada. Oh, fin miserable de mi deseada vida. ¿Dónde están mis ojos? ¿Qué son, estériles? ¿Su humor se ha ido? ¿No quedan más lágrimas para caer goteando por mis mejillas llorosas? Bueno, entonces percibo que la muerte está a mis espaldas, ¿quién vio alguna vez tal cambio de fortuna? Mira la muerte infeliz y caprichosa, y la última hora, y el minuto maldito de ella a mano, en esta sombra oscura, donde mi cuerpo y mi carne están destinados a ser alimento para una bestia tan asquerosa. ¿Qué furia? ¿Qué crueldad? ¿Qué miseria más monstruosa puede sufrir una criatura mortal? Que una luz dulce y placentera sea arrebatada de aquellos que están vivos, y la tierra negada a aquellos que están muertos. ¿Qué calamidad porcina y percance deformado me arrebatarán tan gravemente y prematuramente a mi más deseada y floreciente Polia? Adiós, espejo de toda virtud, y verdadera perfección de belleza, adiós.

Y así, más allá de toda medida, sacudido y volcado en tales y tan grandes aflicciones, mi propia alma estaba vejada dentro de mí, esforzándose por ser liberada de mi infortunado y débil cuerpo, pasando arriba y abajo no sabía por dónde. Mis piernas débiles, frágiles y tambaleantes debajo de mí, mis espíritus languideciendo y mis sentidos en una manera idos de mí. Salvo que llamé devotamente al Dios omnipotente para que tuviera piedad de mí, y que algún buen ángel pudiera ser designado para conducirme fuera. Y con eso, he aquí que descubrí una pequeña luz. A la cual, cuán alegremente me apresuré, que cada uno juzgue lo que haría en tal perplejidad.

Vi una lámpara eterna, ardiendo ante un altar que tenía cinco pies de alto y diez pies de ancho, con las imágenes de oro paradas sobre él, que no pude contemplar muy perfectamente, a pesar de la lámpara ardiente; la grosería del aire era tal y tan gran enemiga de la luz.

Y siempre con oídos atentos escuché diligentemente, como no habiéndome librado aún del miedo, y vi algo, las imágenes tenues y los grandes cimientos, y las bóvedas temerosas, y los contrafuertes subterráneos o sostenedores y fortalezas, aquí y allá en infinitos lugares distribuidos, y muchos pilares enormes y poderosos, algunos cuadrados, algunos hexagonales, algunos octogonales, aptamente colocados debajo y proporcionados para sostener la vasta magnitud de las pesadas pirámides.

Allí, teniendo poco deleite en hacer ninguna larga estancia, intenté tomar un camino desconocido más hacia adentro, en cuyo curso emprendido, espié una luz que tanto tiempo había deseado, entrando por una pequeña rendija tan pequeña como pude ver.

Oh, con qué alegría y con qué corazón alegre la contemplé, y con qué ánimo apresuré mis pasos hacia ella. Quizás más rápido que Canistio o Filonides,[A] mi desenfrenada alegría y extremo deseo de acercarme a ella era tal, que revoqué y arrastré de nuevo el divorcio de mi vida descontenta y molesta, confortando sucesivamente mi mente perturbada y mi corazón acobardado. Refrescándome y reasegurándome un poco: llenando de nuevo mi evacuado y vacío corazón, y reponiendo el mismo con sus viejas cogitaciones.

[Nota al margen A: Dos holgazanes estúpidos y perezosos, uno de Melite y otro de Atenas, que pensaban que era un gran trabajo comer su propia comida.]

Ahora me asenté más hacia mi adorable Polia, y até mis afectos más seguramente a ella. Estando persuadido y firmemente opinado, que esta visión fue un trance en el amor, por mostrar que debía morir y perder a mi amor. Oh, cómo me vejó extremadamente. Ni rehusó ni hizo resistencia a ningún agudo y nuevo asalto de amor, que en mi golpeado y dolorido corazón estaría supurando y alimentándose a sí mismo.

Y para este momento, habiendo pasado ya todos los impedimentos y estorbos, se me ofreció una salida espaciosa y ancha. Entonces, por medio de la luz clara, me sentí algo reconfortado y, reasumiendo y reuniendo de nuevo mis pensamientos errantes, y restaurando mi fuerza postrada, mi sospechado y desconocido viaje me hizo salir corriendo: de tal modo que, cuanto más me acercaba a la puerta, mayor me parecía que se volvía. A la cual, finalmente, por voluntad de Dios, llevando Polia en mi pecho amoroso un vigor predominante, llegué, sin cesar de continuar adelante mi veloz carrera: mis manos, que antes llevaba extendidas a tientas para evitar chocar contra los pilares, las usé ahora como un par de remos para apresurarme.

Viajando así con seguridad, llegué a una vista y campiña muy placentera, en la cual aún no estaba exento de miedo, y no osando sentarme a descansar, la impresión del horrible monstruo estaba tan fresca en mi mente que me parecía oírlo todavía detrás de mí, y por tanto no podía olvidarlo tan fácilmente. Mas estaba más bien persuadido de seguir adelante: primero porque el país era tan fértil, agradable y hermoso. Segundo, para poder alejarme lo suficiente del lugar donde tan recientemente me había asustado. Para que entonces, sentándome, pudiera descansar y recomponer mi mente, y olvidar este miedo concebido, en mi entrada por la puerta, la aparición de la blanca Sorix volviendo graciosamente a mi memoria, una provocación exhortatoria y buena ocasión para animarme y confortarme, pues para los augures era un signo grato y propicio de buena suerte.

[Sidenote A: Capillata ministra.]

Al fin estaba resueltamente persuadido de entregarme a la benignidad de mi buena fortuna, que alguna vez podría serme una oficiosa y generosa doncella de prósperos eventos.[A] Y con ello, aguijoneado y provocado a continuar mi camino, hacia donde mis cansadas y débiles piernas quisieran conducirme y llevarme. Y sin embargo (como en buena forma me convenía) estaba algo dudoso de entrar en tal lugar (siéndome desconocido) donde tal vez no me era lícito llegar. Aunque en esto fui mucho más audaz y osado que en la entrada del magnífico pórtico. Y así, con el pecho latiendo fuerte y la mente perpleja, me dije a mí mismo.

No hay causa que deba llevarme a volver atrás, considerando todas las cosas: ¿no es este un lugar más seguro y más apto para huir del peligro? ¿No es mejor arriesgar la vida propia bajo el sol claro y brillante que morir y perecer en una ciega oscuridad? Y así, resuelto a no volver atrás más, con un profundo suspiro llamé a la memoria el placer y el deleite que mis sentidos casi habían perdido: pues la obra que había visto estaba llena de maravillas prodigiosas, y pensando por qué medio fui privado de ellas, recordé los leones de bronce en el Templo de Salomón, que eran de semblantes tan fieros que llevarían a los hombres al olvido.

Y a tal estado temía que el dragón me hubiera llevado, que tan excelentes y maravillosas obras, y raras invenciones, de un modo imposible de realizar por cualquier criatura humana, dignas de ser manifestadas y por mí diligentemente examinadas, debieran ahora haber huido de mi memoria suctoria, de tal modo que no fuera capaz de dar un informe veraz de ellas: pero en esto me contradecía a mí mismo: ni hallé que estuviera en una pasión letárgica; sino que recordaba muy bien y conservaba sin falta alguna, en orden y proporción, todo lo que había visto y contemplado. Y que la monstruosa y cruel bestia era una sustancia muy viva, y no ficción, tal como raramente ha visto hombre mortal alguno, ni siquiera Régulo. El recuerdo mismo de ello hacía que se me erizara el cabello y, de inmediato, me movió a apresurar el paso.

Después, volviendo en mí, pensé lo siguiente: aquí, sin duda alguna (pues así lo imaginaba debido a la gloriosa bondad del hermoso suelo), no hay habitación sino para gente civil, o más bien para ángeles y personajes nobles, y un lugar para que las ninfas lo frecuenten, o para los dioses y antiguos, monarcas y príncipes, de modo que mi deseo persuasivo provocaba mi paso restringido, causando una perseverancia en mi recién comenzado viaje. Y así, como alguien cautivado y sujeto a la aguda espuela del deseo insaciable, me propuse seguir adelante hacia donde la hermosura de mi fortuna me condujera, aún indiferente y más bien lánguida.

Ahora, al llegar a contemplar un país bello y pleno, campos fructíferos y tierras fértiles, encomendé sobremanera el deseo que me movió primero a entrar en ellos. Pero especialmente a dar gracias a aquel que me había sacado del lugar temeroso, al cual ya apenas prestaba atención, estando lo suficientemente lejos de él.

[Decoración]

_Poliphilus muestra la comodidad del país al cual había llegado; viajando por el mismo, llegó a una buena fuente, y cómo vio a cinco hermosas doncellas viniendo hacia él, y el asombro de ellas por su llegada, asegurándole que no sufriría daño e invitándole a ser partícipe de sus solaces._

Así, habiendo salido de este temeroso infierno, oscura hondonada y lugar pavoroso (aunque fuera un sagrado Afrodisio y reverendo templo), y habiendo llegado a una luz deseada, aire amable y país placentero, lleno de contento, me volví para mirar atrás, al lugar de donde salí y donde mi vida, mi vida que hace poco estimaba tan a la ligera, estuvo tan grandemente perpleja y en peligro, donde contemplé una montaña antinatural, con una ascensión moderada y empinada, cubierta y sombreada con hojas verdes y tiernas de encinas, hayas, robles, alcornoques, cerries, esculios, alcornoques, tejos, acebos o acilon.

Y hacia la llanura, estaba cubierta de zarzas, avellanos, avellanos silvestres, ciruelos, aligustres, y blanqueada con sus flores; por la coloreada Xeapie, siendo roja hacia el norte y blanca hacia el sur, plátanos, fresnos y otros similares, extendiendo y estirando sus ramas; dobladas y abrazadas por el correr de las madreselvas y lúpulos, que hacían una sombra placentera y fresca. Bajo la cual crecían la hierba de la golondrina o violeta, dañina para la vista, polipodio dentado y la triental y escolopendria de cuatro pulgadas o lengua de ciervo, eléboro negro o melampodio, tréboles y otras hierbas umbrófilas y flores de bosque, algunas adornadas con ellas y otras sin ellas.

De modo que la boca del lugar oscuro, del cual había escapado, estaba en cierto modo dentro de la alta montaña, toda cubierta de árboles.

Y como pude conjeturar, estaba justo frente al marco antes mencionado y, a mi juicio, había sido alguna pieza rara de trabajo, más antigua que la otra, y por el tiempo gastada y consumida, llevando ahora hiedra y otros árboles de muro, y así se había convertido en un bosque crecido, que apenas podía percibir salida alguna o boca para un paso fácil, sino solo por necesidad, pues estaba rodeado por todas partes de árboles arbustivos y extendidos, de modo que nunca estuve determinado a entrar allí de nuevo.

En el estrecho paso del valle, entre las rocas extendidas y de alta montaña, el aire estaba tenue debido a los vapores retenidos, y aun así estaba tan complacido con ello como Apolo en su divino nacimiento.

Pero dejando pasar este agujero, del cual salí agachándome, vengamos hacia adelante a las dulces libertades que vi a continuación, y eso era un bosque espeso de castaños al pie de la colina, que supuse ser un suelo para Pan o algún dios silvano con sus rebaños y manadas, con una sombra placentera, bajo la cual pasé, y llegué a un antiguo puente de mármol con un arco muy grande y alto, sobre el cual, a ambos lados de los muros, había asientos convenientes para descansar, los cuales, aunque eran bienvenidos para mi cuerpo cansado, tenía más deseo de seguir adelante; sobre cuyos lados del puente, justo encima de la cima del arco, estaba colocada una tabla de pórfido con un hermoso borde de curiosa manufactura, una tabla en un lado y otra en el otro, pero la del lado izquierdo era de ofita.

Sobre la tabla a mi mano derecha, mientras caminaba, contemplé jeroglíficos egipcios de esta suerte: un antiguo yelmo coronado con una cabeza de perro.

La calavera ósea de un buey con dos ramas verdes de árboles atadas firmemente a los cuernos. Y una vieja lámpara. Cuyos jeroglíficos, exceptuando las ramas porque no sé si eran de abeto, piña, alerce o enebro, o similares, interpreto así:

PATIENTIA EST ORNAMENTVM, CVSTODIA ET PROTECTIO VIT[AE].

En el otro lado había grabado un círculo, luego un ancla con un delfín enrollado alrededor de la estrangulación de la misma, lo que conjeturé debía significar esto: +AEI SPEU DE BRADEOS+, siempre apresúrate lentamente.

Bajo el cual antiguo, seguro y hermoso puente corría una agua clarísima y rápida, dividiéndose en dos corrientes separadas, la una hacia un camino y la otra hacia otro, que corrían muy frías, haciendo un suave y continuo ruido, en sus canales congelados, rotos y roídos, por sus orillas comidas y surcadas, llenas de piedras, cubiertas y sombreadas con árboles, cuyas raíces extendidas aparecían desnudas, y alrededor de ellas colgaban tricomán, adiantus y cimbalaria, y barbudas también con diversas pequeñas hebras como suelen crecer alrededor de las orillas de los ríos.

El bosque del que he hablado era de ver muy placentero, ni demasiado espeso ni de mayor circunferencia de lo que uno desearía, sino construyendo una sombra deleitable, con los árboles llenos de pequeños pájaros y aves.

Directo hacia adelante, el puente se extendía y conducía hacia una llanura grande, resonando por todas partes con el dulce trino, las melodiosas grabaciones y el fuerte canto de ellos. En el cual saltaban y corrían pequeñas ardillas, y el soñoliento lirón, y otras bestias inofensivas.

Y de esta manera, como se ha dicho, este país boscoso se mostraba, rodeado por todas partes de altas montañas tanto como la vista alcanzaba, y la llanura cubierta por todas partes con una fina variedad de diversas hierbas dulces, y los claros canales de corrientes cristalinas, deslizándose a lo largo de las colinas con un ruido murmurante hacia el valle nivelado.

Adornado y embellecido con el olivo amargo, laurel, álamo blanco y lisimaquia, álamo negro, alisos y fresno silvestre.

Sobre las colinas crecían altos abetos sin armas, y el alerce llorón, sobre el cual se hace la trementina, y otros similares.

Cuando hube considerado bien este lugar tan fructífero y cómodo para que el ganado y las bestias fueran alimentados y guardados (pues parecía como si deseara la compañía de un pastor y una canción pastoral), reflexioné sobre cuál sería la ocasión de que un lugar tan cómodo yaciera deshabitado. Y lanzando mis ojos más adelante hacia la llanura ante mí, y dejando este lugar anteriormente descrito, pude percibir un edificio de mármol, mostrando su techo sobre las tiernas cumbres de los árboles circundantes. A cuya vista, me sentí maravillosamente alegre y con buena esperanza de que allí encontraría alguna habitación y refugio. Hacia el cual, sin demora, me apresuré. Y al llegar a él, encontré un edificio octogonal con una fuente rara y maravillosa, que no estaba del todo mal. Pues todavía no había calmado y aplacado mi sed.

Este edificio era de ocho esquinas, pequeño hacia la cima y techado con plomo. En un lado estaba colocada una hermosa piedra de mármol puro blanco de cuatro esquinas, mitad más larga de lo que era de ancha, cuya latitud, supuse, era de unos seis pies.

De esta hermosa piedra eran exactamente dos pequeñas medias columnas, achaflanadas con sus bases, sosteniendo un sime recto, con un gola y denticulación adyectada y cordículos, o trabajo de corazones, con sus capítulos bajo un trabe, zóforo y cornisa, sobre los cuales había un trigonal contenido en la cuarta parte de la piedra, liso y llano sin ninguna manufactura en la tabla del mismo, salvo una pequeña guirnalda, dentro de la cual había dos palomas bebiendo en un pequeño vaso.

Todo el espacio no mencionado inclusivo estaba cortado y evacuado; entre las columnas, la gulatura y el trabe transversal contenían una elegante ninfa cigrueda. Y bajo el sime había otro cuarto trabajado con toros, torques, balones y un plinto.

La cual hermosa ninfa yacía durmiendo sobre un paño doblado, metido y enrollado bajo su cabeza. Otra parte convenientemente colocada sobre ella, para ocultar lo desnudo que era femenino y digno de mantenerse secreto. Yaciendo sobre su lado derecho con aquel brazo sujeto retraído, y su palma abierta bajo su hermosa mejilla, sobre la cual descansaba su cabeza.

El otro brazo en libertad, yaciendo a lo largo sobre su cadera izquierda, extendiéndose hasta la mitad de su hermoso muslo. Por sus pequeños pezones (como los de una joven doncella) en sus redondos pechos brotaban pequeños chorros de agua pura y clara fresca, desde el pecho derecho como si hubiera sido un hilo, pero desde el izquierdo más vehementemente. La caída de ambos, recibida en un vaso de piedra de pórfido, con dos receptores unidos juntos en el mismo vaso, separados y distintos de la ninfa seis pies, de pie sobre un marco conveniente de piedra de pedernal. Entre ambos receptores, había otro vaso colocado, en el cual las aguas luchaban juntas y se encontraban, saliendo por los lugares cortados y designados, en el limbo medio de sus receptores, cuyas aguas mezcladas fuera de aquel vaso, se descargaban en un pequeño canal deslizándose lejos, y con uno y con otro, todas las hierbas y flores adyacentes y alrededor eran generosamente beneficiadas.

El del pecho izquierdo giraba tan alto que no mojaba ni estorbaba a nadie que quisiera chupar o beber del agua que fluía y brotaba del pecho derecho.

Y esta excelente imagen estaba tan definidamente expresada que temo que Praxíteles nunca realizó algo parecido para Venus, para Nicomedes, rey de Caria, ídolo que él ordenó fuera adorado por sus súbditos, aunque la belleza del mismo era tal que movía a aquel pueblo inmundo a la concupiscencia carnal.

Pero estaba persuadido de que la perfección de la imagen de Venus no era nada comparada con esta, pues parecía como si una dama hermosísima en su sueño hubiera sido cambiada en piedra, su corazón todavía palpitando y sus dulces labios listos para abrirse, como si no quisiera ser usada así.

De su cabeza, sus trenzas sueltas yacían ondulando sobre la cubierta suprimida, dobladas y plegadas y como despreciando los cabellos del paño aglomerado, sus muslos de una magnitud conveniente y sus rodillas carnosas algo dobladas hacia arriba, y retraídas hacia ella.

Mostrando sus dedos rectos de los pies como si estuvieran instando a sus dedos de las manos a manipularlos y tensarlos, el resto de su cuerpo acorde a las perfecciones de estas proporciones individuales.

Y detrás de ella, el sombreado del frondoso memerillo o madroño, lleno de manzanas pequeñas y suaves y fruta, y pájaros bonitos como si hubieran estado piando y cantando mientras dormía.

A sus pies estaba un sátiro en lujuria lasciva sobre sus pies cabrunos, su boca y su nariz uniéndose como un macho cabrío con una barba creciendo a ambos lados de su barbilla, con dos puntas y corta en el medio como pelo de cabra, y de igual manera alrededor de sus flancos y sus oídos, crecía pelo, con un rostro adulterado entre el de un hombre y el de una cabra, de un modo tan raro como si el excelente artesano en su talla hubiera tenido presentada ante él por la naturaleza la idea y forma de un sátiro.

El mismo sátiro había doblado forzosamente con su mano izquierda una rama del madroño sobre la ninfa dormida, como si quisiera hacerle una sombra favorable con ello, y con la otra mano sosteniendo una cortina por uno de los lados que estaba sujeta al tronco del árbol.

Entre el comare memerillo o madroño, y el sátiro, había dos pequeños sátiros, uno sosteniendo una botella en sus manos y el otro con dos serpientes enrolladas alrededor de sus brazos.

La excelencia, delicadeza y perfección de este figmento y artesanía no pueden ser expresadas suficientemente.

Esto también ayudando a adornar la dulzura del mismo, que es la blancura de la piedra, como si hubiera sido marfil puro.

Me maravillaba también del trabajo del paño de cobertura como si hubiera sido tejido: y de los arcos, ramas y hojas, y de los pequeños pájaros, como si hubieran estado cantando y saltando de arriba abajo sobre sus pies bonitos en cada coyuntura, dedos y garras hechos perfectos, y así el sátiro también. Bajo este raro y maravilloso trabajo tallado entre las gulaturas y undulas, en la parte lisa estaba grabado en caracteres áticos esta poesía: +PANTA TO KADI+.

La sed que había contraído el día anterior estaba tan aumentada que me sentía provocado ahora a calmarla, o más bien tentado por la hermosa belleza del instrumento, cuya frescura era tal que entre mis labios me parecía que se agitaba y temblaba.

Y alrededor de este lugar placentero, y por los canales burbujeantes, crecían el vaticinio, lirios del valle, y la floreciente lisimaquia o hierba de sauce, los juncos pesarosos, mentas, perejil de agua, bálsamo, hidrolapato, o acedera de agua, y otras hierbas aprobadas, y flores finas, un pequeño canal viniendo por una esclusa desde el puente, entrando y descargándose, era la causa de una buena y hermosa poza, ancha y grande, en muy buen orden, recortada alrededor y embellecida con una cerca de dulces rosas y jazmines. Y desde allí corriendo sobre ella, se dispersaba, nutriendo y visitando los campos y tierras adyacentes, abundando en toda clase de hierbas, flores, frutos y árboles.

Crecía también gran cantidad de cinaria grata a Venus, tanaceto silvestre, colocasia, con hojas como un escudo, y hierbas de jardín.

Y desde allí, contemplando los campos llanos, era maravilloso ver la verdura de los mismos, espolvoreada con tal variedad de colores de diversas clases, y flores de diversos modos, como el ranúnculo amarillo, o botón de oro, ojo de buey, satrión, orquídea, centaura menor, meliloto, saxífraga, prímulas, dedos de dama, perifollo silvestre, o aguja de pastor, nabos gentiles, cincoenrama, eufrasia, fresas, con flores y frutos, aguileñas silvestres, agnocasto, milenrama, aquilea, donde con la cual Aquiles sanó a Télefo, y el óxido de la misma punta de lanza que lo hirió. Con el muscarioli blanco, flores de abeja y panenentes de una manera tan hermosa y placentera que me confortaron grandemente (habiendo perdido el camino) solo con mirarlas. Y aquí y allá en una distancia y espacio medible y bien dispuesto. En un orden conveniente y dulce forma dispuesta por una línea justa, crecían las verdes y dulces naranjas, limones, cidras, granadas, sus ramas de agua doblándose hacia abajo a un paso del suelo, cubiertas con hojas de un color verde vidrioso, de una gran altura y volviendo a bajar sus cimas, cargadas con la abundancia de sus flores y frutos, respirando un olor odorífero más dulce y deleitable. Con lo cual mi corazón abatido no se reanimó muy ligeramente (podría ser en un aire pestilente y contagioso y olor mortal).

Por cuya causa me quedé asombrado y en gran duda de qué pensar o hacer, y más bien porque en aquel lugar había visto una fuente tan maravillosa, la variedad de hierbas, los colores de las flores, la colocación ordenada de los árboles, la disposición justa y cómoda del asiento, el dulce trino y canto tranquilo de los pájaros, y el aire templado y saludable. Y con lo cual podría haberme sentido muy contento, y el peor de ellos bien me habría contentado, si hubiera encontrado algún habitante allí. Y algo me dolía que no pudiera permanecer más tiempo en tal lugar donde tantas vistas deleitables se presentaban ante mí. Ni estaba aconsejado para mi mejor seguridad y contento hacia qué camino volverme.

Estando así en tal suspensión de ánimo, trayendo a la memoria el peligro de que acababa de escapar y el lugar presente en que recién había entrado, y pensando en los jeroglíficos que vi en el lado izquierdo del puente, dudaba en apresurarme hacia cualquier adverso accidente imprevisto; y en que tal monumento y advertencia digna de letras de oro no debiera ponerse en vano para los que pasaban, la cual era *Semper festina tarde*. Helo aquí que de súbito, detrás de mí, oí un ruido crujiente, como el viento o el batir de las alas de un dragón. ¡Ay!, no sabía lo que pudiera ser. Y repentinamente espantado, volviéndome, pude percibir a un lado mío que muchos árboles de silicua de Egipto, con sus largas y maduras vainas colgando y batiendo unas contra otras con el viento, se habían caído por sí mismos; lo cual, al percibirlo, me apacigüé de pronto y comencé a hacer burla de mi propia locura.

No había continuado mucho tiempo así, cuando oí una compañía cantante de galantes doncellas que venían hacia mí (por sus voces, de años jóvenes y tiernos) y hermosas (según me pareció), solazándose y deportándose entre las hierbas floridas y la fresca y fría sombra, libres de la sospecha de la mirada de hombre alguno, y haciendo en su andar un gran aplauso entre las agradables flores. La increíble dulzura de su voz musical y consonante, conducida en el aire rorífero y esparciéndose a lo lejos con el sonido correspondiente y la delectable relación de un arpa trinante (para la prueba de cuya novedad me agazapé bajo las bajas ramas de los matorrales contiguos, y las vi venir hacia mí con graciosos ademanes), su cabeza virginal ataviada y recogida en cintas de reluciente oro, e instrofiada y redimida, adornada y engalanada con mirto florido, y sobre su nevada frente brotaban sus temblorosos rizos encrespados, y alrededor de sus hermosísimos hombros volaban sus largas trenzas dispuestas artísticamente a la manera de las ninfas.

Estaban ataviadas con hábitos carpánticos de fina seda de diversos colores y tejidos de tres clases, uno más corto y distinto del otro. El más bajo de púrpura, el siguiente de seda verde y oro o tisú, y el más alto de encrespado cendal blanco, ceñidas sus estrechas cinturas con cinturones de oro por debajo de la parte inferior de sus pechos redondos. Sus mangas, del mismo cendal encrespado, a menudo dobladas, lo que mejoraba y daba gracia al color de fondo. Y atadas alrededor de sus muñecas con cintas de seda, rematadas con obra de platería. Y algunas de ellas con pantoflos sobre sus zapatos, la parte superior del pantoflo de oro y seda de púrpura, obra de hojarasca, mostrando a través de los espacios vacíos de las hojas la fina proporción de sus bonitos, aprisionados y recogidos pies. Sus zapatos se ajustaban ceñidamente bajo los tobillos, con dos solapas que se juntaban sobre los empeines, y cerrados firmemente con botones o broches de oro de una manera delicada. Por encima de los ruedos de sus vestiduras inferiores, había en contorno, en lugar de guarniciones, bordados de corazones, los cuales, soplados de vez en cuando por el suave aire, dejaban al descubierto sus finas piernas.

Y tan pronto como se dieron cuenta de mí, cesaron su canto y detuvieron sus pasos ninfales, quedando asombradas con la vista y con mi venida a este lugar, maravillándose juntas e inquiriendo de mí con murmullos una de otra, pues les parecía yo cosa rara e inusual, por ser forastero y extraño, y por haber llegado por azar a un país tan famoso y renombrado. Así se quedaron quietas, mirando a veces hacia mí y volviendo a musitarse unas a otras, mientras yo permanecía inmóvil como una estatua. ¡Oh, cuán desdichado era yo!, pues sentía temblar todas mis coyunturas como las hojas de un álamo con un viento amargo. Y tem

Sobre la puerta, cuyo intersticio era de una piedra llamada galactita, contemplé a un delfín nadando en las olas en calma, llevando sobre su lomo a un joven que tañía un arpa; y en el lado opuesto, sobre la fría fuente, había otro delfín nadando, y Posidonio cabalgando sobre él con una lanza de anguilas afilada en su mano.

Estas historias estaban perfeccionadas dentro del ámbito de una misma piedra, y resaltadas sobre un fondo muy negro. Entonces, con merecimiento, elogié tanto al arquitecto como al escultor. Por otro lado, la placentera dignidad de las hermosas y bellas ninfas deportivas me satisfizo en gran medida, de modo que no podía comparar si el exceso de mi pasado dolor o mi presente consuelo era el mayor. Y había un olor tan dulce como Arabia jamás produjo otro igual.

Sobre los asientos de piedra, en lugar de un apoditerio, empobrecieron sus vestiduras, ricamente envueltas, al despojarse de sus cuerpos celestiales. Sus bellas trenzas estaban atadas con redes de oro, tejidas de una manera de lo más curiosa. Y sin respeto alguno, me dieron permiso para contemplar sus justos y delicados personajes, reservando su honestidad y honor. Piel indudablemente como las rosas puras y la nieve blanca. Ay de mí, sentí que mi corazón se elevaba y se abría, y que se dedicaba por completo a un deleite voluptuoso. Por lo cual, en ese momento, me consideré el más feliz, solo por contemplar tales delicias, porque no era capaz de resistir las llamas ardientes que me asaltaban en el horno de mi corazón. Y por eso, a veces, como refugio y socorro, no me atrevía a mirar tan de cerca sus atrayentes bellezas, amontonadas en sus cuerpos celestiales. Y ellas, al percibirlo, sonreían ante mi comportamiento tímido, burlándose mucho de mí; y ante ello me sentí alegre y contento de poder, de cualquier manera, ser motivo de su pasatiempo. Pero me sentía muy avergonzado por ser un compañero inadecuado para tal compañía, a no ser porque me rogaron que entrara con ellas, donde permanecí como un cuervo entre palomas blancas, lo que me hacía sentir en parte avergonzado de contemplar y pasar por alto tales objetos selectos.

Entonces, Offressia, una persona de disposición muy agradable, me dijo: dime, joven, ¿cuál es tu nombre? Y yo, con reverencia, les respondí: Poliphilus; me complacerá mucho, dijo ella, si el efecto de tus condiciones es acorde a tu nombre. Y sin engaño, dijeron las demás. ¿Y cómo se llama tu amor más querido? Ante lo cual, tras una pausa, respondí: Polia; entonces ella replicó: ¡Ah, pensé que tu nombre significaría que eras un gran amante, pero ahora percibo que eres un amante de Polia! Y de inmediato añadió más, diciendo: si ella estuviera aquí presente, ¿qué harías? Respondí: Aquello que fuera acorde con su honor y apropiado para su compañía. Dime, Poliphilus, ¿realmente la amas bien? Entonces, soltando un profundo suspiro, respondí: más allá de todas las delicias y la sustancia principal del mayor y más precioso tesoro del mundo entero, y esta opinión ha dejado una impresión eterna en mi corazón aún atormentado. Y ella: ¿dónde has perdido o abandonado tan amada joya? No lo sé, ni sé dónde me encuentro yo mismo. Entonces ella, sonriendo, respondió: si alguien la encontrara para ti, ¿qué recompensa darías? Pero conténtate, ten buen ánimo y prepárate para las delicias, pues volverás a encontrar a tu Polia. Y con estas y otras preguntas similares, agradables y graciosas, estas hermosas vírgenes, divirtiéndose y consolándose, nos lavamos y bañamos juntos.

En el intersticio opuesto de la hermosa fuente exterior, de la bella ninfa durmiente antes mencionada, dentro del baño había otra de estatuas de metal fino y de una mano de obra curiosa, reluciente de un color dorado, de modo que uno podía verse a sí mismo en ella. Las cuales estaban sujetas en un mármol, cortado en cuadratura y evacuado para que las imágenes permanecieran en sus proporciones, con dos medias columnas, es decir, hemiciclos, uno a cada lado, con un trabe, un pequeño zóforo y una cornisa, todo cortado en un mármol sólido, y esta pieza de trabajo no era inferior a ninguna de las restantes que antes había visto, sino que con un arte raro y una invención maravillosa, tanto ideada como ejecutada. En el cuadrado evacuado, vacío y llano, había dos ninfas, poco menos que si hubieran sido criaturas vivas, vestidas de modo que se podía ver algo por encima de sus rodillas, sobre una de sus piernas, como si el viento lo hubiera levantado mientras cumplían su oficio, y sus brazos desnudos, excepto desde el codo hasta el hombro. Y sobre aquel brazo con el que sostenían al niño, el hábito que estaba levantado estaba rechazado. Los pies del infante estaban uno en una de las manos de las ninfas y el otro en la mano de la otra. Las tres expresiones eran sonrientes; y con sus otras manos, sostenían la camisa del niño por encima de su ombligo.

El infante, sosteniendo su pequeño instrumento con ambas manos, continuaba orinando agua fresca y fría en el agua caliente. En este delicioso lugar de placer, me sentía muy alegre y lleno de contento, pero el mismo se veía muy disminuido al pensar que era un cuerpo despreciable entre tales bellezas, y rocío congelado en nieve, y como si fuera un negro o un moro rojizo entre ellas.

Una de ellas, llamada Achoe, muy afable y con semblante placentero, me dijo: Poliphile, toma ese vaso de cristal y tráeme un poco de esa agua fresca. Yo, sin demora, con la intención de hacerlo y sin pensar en otra cosa que en servirla de cualquier forma que me mandara, fui al lugar. Y apenas había puesto mi pie sobre el escalón para recibir el agua tal como caía, cuando el niño que orinaba levantó su miembro y lanzó repentinamente agua tan fría sobre mi rostro que estuve a punto de caer hacia atrás en ese instante. Ante lo cual ellas se rieron tanto, y produjo tal sonido en la redondez y estrechez del baño, que yo también comencé (cuando hube vuelto en mí) a reír hasta casi morir. Después, descubrí la concavidad y percibí que cualquier peso pesado, al ser colocado sobre el escalón móvil, lo haría subir como la tecla y el gato de un virginal, y levantaría el miembro del niño; y al descubrir el artificio y la curiosa mano de obra del mismo, me sentí muy contento. Sobre el zóforo estaba escrito en letras áticas este título: +GELOIASTOS+.

Después de nuestra gran risa y baño, y habiéndonos lavado todos con mil dulces, amorosas y placenteras palabras, juegos de doncellas y pasatiempos, salimos del agua y saltamos sobre los asientos acostumbrados, dando saltitos sobre las puntas de los pies, donde se ungieron con dulces olores, diasdasmáticos y con un licor místico o agua de nuez moscada. Y me ofrecieron también una caja, y me ungí con ella, y encontré en ello gran placer, pues además del excelente aroma y dulce fragancia, era muy bueno para confortar mi cuerpo, piernas y brazos, que habían estado tan cansados en mi peligrosa huida.

Después, cuando nos hubimos arreglado, lo cual fue algo largo a la manera de otras mujeres, debido a tantos adornos y chucherías, abrieron sus vasos de delicadas confituras y se refrescaron, y yo entre ellas, y con una bebida preciosa. Cuando hubieron comido lo suficiente, volvieron de nuevo a sus espejos, con un examen escrupuloso sobre sus cuerpos y el atavío de sus cabezas, y el arreglo de sus cabellos amarillos rizados que colgaban y se enroscaban semicircularmente alrededor de sus rostros divinos. Y cuando terminaron, me dijeron:

Poliphilus, ahora nos dirigimos a nuestra graciosa y excelentísima soberana, la reina Eutherillida, donde encontrarás y concebirás un deleite mayor, pero el agua sigue en tu rostro; ante lo cual comenzaron a renovar sus risas sin medida sobre mí, lanzando miradas y volviendo sus ojos la una hacia la otra, con una mirada amorosa. Al final, se pusieron en marcha, y mientras caminaban juntas en círculo, comenzaron a cantar versos en un tono frigio, sobre la placentera metamorfosis de alguien que, con un ungüento, pensó transformarse en pájaro y, al equivocarse de caja, se convirtió en un rudo asno.

Concluyendo que muchos tomaban ungüentos para un propósito y encontraban que el efecto contradecía sus expectativas.

Ante lo cual comencé a sospechar que habían cantado eso por mí, porque seguían sonriendo mientras se volvían hacia mí. Pero al ver que no percibía ninguna alteración en mí mismo, me contenté con dejarlas reír. De repente me encontré tan lascivamente inclinado, y con tal lujuria pruriginosa, que hacia donde quiera que me volviera, no podía contenerme, y ellas, mientras cantaban, se reían más, sabiendo lo que me había sucedido. Y eso aumentó en mí más y más, de tal manera que no sabía con qué refrenarme y reprimirme de atrapar a una de ellas, como un halcón ávido y ardiente que desciende del aire sobre una bandada de perdices. Estaba aguijoneado por un deseo tan violento, que sentía que aumentaba más y más en un ardor abrasador. Y cuanto más me sentía atraído hacia ese deseo venéreo por las violentas ofertas de objetos tan oportunos y dulces. Un alimento para tal plaga perniciosa y ardor inexperto.

Entonces, una de estas ninfas flamígeras, llamada Aphea, me dijo: ¿Cómo es esto, Poliphilus? Hace poco te veía muy alegre, ¿qué ha alterado tu disposición? Respondí: Perdónenme por atarme y vexarme más que una guirnalda de sauce. Denme permiso para destruirme en un fuego lascivo. Y ante ello todas estallaron en una carcajada y dijeron: ¡Ah, ah! Y si tu deseada Polia, si ella estuviera aquí, ¿qué harías, cómo? Ay, mi deseo, por la misma deidad a la que servís, os ruego no pongáis lino y resina en el fuego, que me quema sin medida. No pongáis brea al fuego en mi corazón, no me hagáis olvidarme de mí mismo, os lo ruego.

Ante esta lamentable y dolorosa respuesta mía, fueron provocadas a una carcajada tan fuerte, en la que se excedieron tanto, que ni ellas ni yo, por el cansancio de la misma, pudimos seguir más adelante, sino que nos vimos obligados a descansar por falta de aliento sobre las flores odoríferas y la hierba fresca, por medio de lo cual, llegué a sentirme algo oportunamente aliviado, menguando y relajándose mi calor poco a poco.

Y mientras descansaban así contentas un rato, bajo la sombra fresca de los árboles frondosos, comencé a ser audaz con ellas, diciendo: Oh, mujeres, que sois quemadoras y destructoras, ¿me tratáis así? Ved qué ocasión ofrecida tengo, que me servirá de excusa para irrumpir y haceros violencia. Y entonces, moviéndome con cierta audacia y fingiendo como si fuera a hacer aquello que de ninguna manera me atrevía, ellas, con un nuevo pasatiempo y risas, se llamaron unas a otras para ayudarse, dejando aquí y allá sus zapatillas doradas y velos para ser llevados por el viento, y sus vasos descuidados en la hierba, corrieron todas lejos, y yo tras ellas, de modo que pude percibir bien que no tenían calambres, ni espasmos, ni pies de plomo, y así, continuando nuestros pasatiempos un buen rato, estando algo complacido de haberlas hecho correr, regresé para recoger sus zapatillas y las cosas que habían dejado atrás. Y acercándome a un río fresco y frío, comenzaron a dejar de reír y a tener piedad de mí, y Geussia, detrás de todas las demás, se inclinó hacia el agua, bellamente adornada con juncos doblados, espigas de agua, vitrix nadadora y abundancia de plantas acuáticas, arrancó la Heraclea Nympha, por algunos llamada lirio de agua o nenúfar, y la raíz de Aron o despertador de petirrojos, por algunos llamada Pes vituli o Serpentaria Minor.

Y Amella o bálsamo gentil, todo lo cual crecía muy cerca y no muy lejos, lo cual me ofreció favorablemente diciendo: de estas que he elegido, toma, y por mi libertad, prueba.

Por lo cual rechacé el nenúfar, y rechacé el dracúnculo por su calor, y acepté la Amella, la cual ella había lavado limpiamente, por medio de lo cual, en muy poco espacio de tiempo, encontré que mi lubricidad venérea y espuela ardiente de deseo cesaba, y mi lujuria intemperante desapareció por completo.

Y cuando mis deseos ilegítimos de la carne fueron refrenados, las agradables ninfas volvieron a mí, y mientras caminábamos, llegamos a un lugar frecuentado y maravillosamente fructífero.

Y allí, en un orden fino y una distancia señalada, había un camino bordeado a ambos lados por cipreses, con sus manzanas de esquinas hendidas, y tan llenos de hojas como su naturaleza les permite, estando el suelo nivelado cubierto por todas partes con Vinca pervinca verde, o laurel y Daphne, y lleno de sus flores azuladas. Dicho camino, de una anchura adecuada y conveniente, conducía directamente a un recinto verde, desde cuyo comienzo, justo entre los cipreses, hasta la entrada y apertura del mencionado recinto, había unos cuatro estadios. Hacia cuyo recinto, cuando llegamos, lo encontré equilátero, con tres cercas como un muro recto, tan alto como los cipreses a ambos lados del camino por el que habíamos pasado, que era totalmente de cidros, naranjos y limoneros, arbustivos con sus hojas entrelazadas, y artificialmente unidos y retorcidos, y el espesor me pareció de seis pies; con una puerta en medio de los mismos árboles, tan bien compuesta como es posible imaginar o hacer. Y arriba, en lugares convenientes, se hicieron ventanas, por medio de las cuales se podían ver las ramas desnudas en esos lugares, pero por sus hojas verdes que producían un verdor más dulce y placentero. Entre los curiosos retorcimientos de las ramas y sus hojas verdes, las flores blancas se mostraban abundantemente, un ornamento singular, exhalando un aroma más deleitable y dulce. Y para complacer la vista, la hermosa fruta no faltaba en ningún lugar donde debiera dar contento. Y después pude percibir que en el espesor intersticial, las ramas (no sin un trabajo maravilloso) estaban tan artificialmente retorcidas y crecidas juntas, que podías ascender por ellas y no ser visto en ellas, ni tampoco ver el camino por donde subías.

Al final, llegando a este terreno verde y deleitable a la vista, y digno de estimación en el entendimiento de un hombre, percibí que era un gran recinto en la fachada de un maravilloso palacio de una arquitectura noblemente simetrizada, que de este clausura frondífera era la cuarta parte, en longitud sesenta pasos. Y este era el hipetro para pasear, al aire libre.

En medio de este gran patio base, contemplé una buena fuente de agua clara, girando desde la misma cima como si fuera hasta los cimientos, que se erguía sobre un pavimento liso a través de pequeños tubos rectos, cayendo en un vaso ahuecado que era de amatista purísima, cuyo diámetro contenía tres pasos, con el espesor en consonancia con ello, dejando la duodécima parte para el espesor del borde, alrededor del cual estaban tallados monstruos acuáticos, de la mejor clase que cualquier inventor o artesano antiguo para la dureza de la piedra pudiera idear trabajar; podría ser obra de Dédalo, por su maravillosa excelencia. Pausanias, si hubiera visto esto, habría sentido poco placer en jactarse de la copa de pie que hizo para Hipparis.

La cual estaba fundada sobre una base o pilar final de jaspe de diversos colores, adulterándose hermosamente uno con otro, siendo cortado en el medio y cerrado con la clara calcedonia, del color del agua de mar turbia, y llevado a un trabajo maravilloso, siendo levantado con vasos huecos estriados, uno sobre otro, con una separación reservada, mediante juntas artificiales y maravillosas. Estaba erguido, sujeto en el centro de un plinto, hecho de ofita verde que era redondo, y algo elevado por encima, rodeando el pórfido, unas cinco pulgadas, que estaba curiosamente trabajado con diversos lineamientos.

Alrededor de la base que sostenía el vaso, cuatro harpías de oro se erguían, con sus garras y pies con espolones sobre la mesa lisa de ofita.

Sus partes traseras hacia la base, una justo opuesta a la otra, con sus alas desplegadas y extendidas, descansaban bajo el vaso con sus rostros femeninos, y teniendo cabello en sus cabezas, desde el mismo se extendía hacia sus hombros, con sus cabezas debajo, y sin tocar el vaso; con sus colas como anguilas, y girando alrededor. Y sobre sus ombligos, un trabajo de hoja antigua. Estas eran muy necesarias para el fortalecimiento del tubo dentro de la base y el pequeño pilar.

Dentro del medio del vientre o ombligo del vaso, sobre la base sujeta, había levantada proporcionalmente de la misma vasija de amatista, una sustancia como un cáliz, hacia adentro, o el molde interior para una campana, tan alto como profundo era el vaso en su medio, nivelado con el borde del mismo.

Sobre el cual se hizo un pie artificioso puesto bajo las tres gracias desnudas de oro fino, de estatura común, uniéndose una a otra.

De los pezones de sus pechos el agua ascendente giraba como hilo de plata. Y cada una de ellas en su mano derecha sostenía una copia llena de toda clase de frutos, que se extendía en longitud por encima de sus cabezas, y en la abertura, las tres se unían en círculo en una, con diversas hojas y frutas colgando sobre los bordes o labios de las copias retorcidas.

Entre la fruta y las hojas, salían seis pequeños tubos, de los cuales el agua brotaba a través de un pequeño agujero.

Y el astuto artífice, porque no quería molestar a un cubito con el toque de otro, con un signo de vergüenza, las imágenes con sus manos izquierdas ocultaban aquella parte que la modestia no querría haber visto, pero considera digna de ser cubierta.

Sobre el borde del vaso hueco, cuya circunferencia era un pie mayor que la inferior, con sus cabezas levantadas sobre sus pies de víbora, con una intercalación conveniente y decente, se colocaron seis pequeños dragones escamosos, de oro puro brillante, con tal dispositivo, que el agua que venía de los pezones de las damas caía directamente sobre la corona evacuada y abierta de la cabeza de los dragones, antes mencionados, con sus alas desplegadas, y como si estuvieran mordiendo, arrojaban y vomitaban la misma agua que caía más allá de la redondez de la ofita, en un receptáculo de pórfido, y redondo, que eran ambos más altos que la planicie del pavimento antes mencionada; donde había un pequeño canal que rodeaba entre la ofita y la porfírita, en anchura un pie y medio, y en profundidad dos pies.

La cual porfírita estaba a tres pies desde la parte plana superior hasta el pavimento, con una ondulación excelente. El resto de las partes de los dragones, por la profundidad moderada del vaso, crecían hasta que todas se encontraban juntas, transformando las partes extremas de sus colas en una foliación antigua, haciendo un hermoso ligamento con la arula o pie puesto bajo las tres imágenes sin ningún obstáculo deformante para la concavidad del vaso precioso. Y entre el asalto verde de los naranjos circundantes, y los reflejos brillantes de la materia reluciente, y el agua pura, había un color tan gracioso en ese singular y preciosísimo vaso, como si el arco iris y las nubes hubieran hecho allí su habitación.

Entonces, en el corpulento abultamiento del vientre del vaso, entre un dragón y otro, a una distancia igual y de una fundición o vaciado sumamente excelente, sobresalían cabezas de león de una ejecución exquisita, las cuales, expulsando por un pequeño tubo el agua que destilaba de los seis conductos situados en la copia superior, la arrojaban hacia fuera. Dicha agua brotaba hacia arriba con tal fuerza que, al volver a caer, lo hacía entre los dragones en el ancho vaso, donde, debido a la altura de la caída y a la forma del recipiente, producía un agradable sonido tintineante.

Toda esta rara obra, compuesta por un ingenio tan agudo y refinado como lo era este insolente y precioso vaso, las cuatro arpías perfectas, el maravilloso y curioso azul, sobre el cual se alzaban las tres imágenes de oro puro, con qué arte, orden y regla, digeridos y hechos perfectos: como soy del todo ignorante en ellos, tanto menos capaz soy de describir el conjunto como merecía, siendo una obra que sobrepasa cualquier alcance y capacidad humana para fraguar algo semejante.

Y puedo decir audazmente que en nuestra edad jamás se vio en piedra y metal tal pieza de trabajo repujada, cincelada y grabada. Pues era un prodigio ver que piedras de tal dureza extrema, como la que servía de base para sostener el vaso, fueran cortadas y labradas para tal fin, como si hubieran sido tan blandas como la cera. Una obra más digna de ser admirada que emprendida.

El patio cuadrado (en cuyo centro se alzaba esta notable obra de la suntuosa fuente) estaba pavimentado con mármol fino de diversos colores y formas. Entre estos estaban incrustados muy bellamente círculos de jaspe, a igual distancia y discordantes del color del pavimento, y las esquinas cerradas con hojas y lirios. Entre las piedras de pavimentación de mármol cuadrado, se dejaba un espacio a modo de friso, el cual estaba relleno con piedras de diversos colores de menor corte, algunas proporcionadas en hojas verdes y flores leonadas. Cianias, fenicias y celidonia, tan bien acordes en sus colores, tan brillantes y colocados severamente por una diligente xesturgia. Tan llenos de colores como un vaso de cristal, repercutido y golpeado por los rayos del sol. Porque los colores circundantes y envolventes, al reunirse en las mismas piedras suaves y limpias, producían un reflejo, sin que ninguna parte fuera defectuosa, ya fuera de los cuadros cuadrados o de los escudetes y trígonos. Sino con un orden suave y recto, bien unido.

Ante lo cual permanecí maravillosamente asombrado para mis adentros, considerando diligentemente la nobleza de la obra, tal como no estaba acostumbrado a ver, y de muy buena gana me habría contentado con permanecer más tiempo contemplándola, pues así lo requería la dignidad del trabajo, pero no pude porque era necesario que siguiera a mis guías.

Entonces, el aspecto de este suntuoso, magnífico y señorial palacio, la aprobada situación del mismo, la debida proporción y la maravillosa composición en mi primera llegada a él, me hicieron sentir maravillosamente contento al contemplar su valía, y, al continuar, me sentí incitado a observar más, por cuya causa me persuadí, como muy bien podía, de que el experto constructor superaba a todos los demás. ¿Qué clase de vigas? ¿Qué manera de techo? ¿De qué suerte estaban dispuestos los salones, cámaras, armarios y aposentos? ¿Con qué clase de artesonado estaban encerrados e incrustados? ¿Con qué estaban colgados? ¿Con qué color y clase de pintura en la parte superior? ¿Qué orden de columnata y qué espacio entre ellas? Ningún otro edificio puede superar a este, sino que muy bien puede ceder el lugar, por la clase de mármol y la manera de grabado.

Allí contemplé los trabajos de Hércules grabados en piedra con la mitad de la representación sobresaliendo o emergiendo, de una manera maravillosa, las pieles, estatuas, títulos y trofeos. Qué entrada, qué majestuoso pórtico, qué aquel de Tito César con su piedra de Fenicia con todo el cincelado y pulido alrededor, no hay nadie cuyo ingenio sea tan tosco como para elogiarlo en comparación con este, sino que preferirá avergonzarse de hablar de él. En cuanto a la digna y excelente manera de vidriar la galería fuera del palacio, el conspicuo pórtico, la forma de construcción, el techo arqueado en la parte superior, embellecido y adornado con follaje y otros lineamientos de oro puro y color azur, y una excelente pintura, que de todo lo que había visto antes hice cuenta final, como no digno de recuerdo. Y habiendo llegado ya a la puerta dentro del pórtico, la entrada estaba cerrada con un tapiz, extendido ante ella de oro y seda, trabajados juntos, y en el mismo dos imágenes. Una de ellas teniendo toda clase de instrumentos a su alrededor, aptos y listos para ponerse a trabajar, y la otra con un semblante virginal, mirando hacia arriba con sus ojos hacia el cielo.

La belleza de las cuales dos era tal, y tan fresca, que miré a mi alrededor si Apeles las había pintado con su pincel.

Y allí mis alegres, hermosas y placenteras compañeras, poniendo cada una sus manos derechas sobre las mías, queriendo que entrara, dijeron: Polífilo, este es el camino habitual por el cual debes entrar en presencia de nuestra graciosa y excelentísima reina.

Pero no puedes tener permiso para entrar aquí a través de esta cortina, antes de que seas recibido por una vigilante e inocente doncella que es la guardiana de esta puerta, y se llama Cinosia. Quien, al oírnos venir, se presentó de inmediato y favorablemente sostuvo el paño, y entramos.

Había una estancia colgada y dividida por otra cortina de excelente tapiz lleno de imaginería, como signos, formas, plantas y bestias, singularmente bien hechos.

En este lugar, a nuestra llegada, otra curiosa mujer vino hacia nosotros, llamada Indalomena, y ella, apartando la cortina, entramos. Y allí había otra estancia semejante, de la segunda en cantidad, con discursos y razones maravillosamente tejidas, con infinitos nudos, hebillas, ataduras y ganchos antiguos, como si hubieran estado sujetos y unidos. En cuyo lugar, sin ninguna demora, la tercera mujer vino y nos recibió muy graciosamente, su nombre era Mnemosina, y ella, llamándonos, nos dio libre permiso para entrar. Donde finalmente mis compañeras me presentaron ante la sagrada majestad de la reina Eleuterílida.

Polífilo muestra lo mejor que puede cuán grande era la majestad de la reina, la manera de su residencia y servicio. Su favorable entretenimiento. Cómo ella se maravilló de él.

Cuando llegué hacia la primera guardiana de la puerta, me quedé algo abochornado, pero aun así la saludé de buena manera, como correspondía. Y ella muy cortésmente me dijo que me acercara. Y de igual manera la segunda.

En cuya guardia vi una alta galería tan larga como el contenido del palacio, cuyo techo estaba todo pintado con un follaje verde, con flores distintas y hojas plegadas, y pequeños pájaros voladores, excelentemente infrigíados de pintura mosaica, como afuera en el primer patio, y los muros de piedra artesonados con labores de virutas de diversos colores.

En la última puerta, la matrona Mnemosina me persuadió muy efectivamente de no dudar de nada, sino que debía seguir firmemente la persuasión real y el saludable consejo de la reina, y perseverar en la ejecución del mismo, pues el fin, sin duda, sería para mi contentamiento.

Y así, teniendo permiso para entrar, he aquí que se presentaron a mis ojos cosas que eran más dignas de ser celestiales que humanas.

Una preparación sumamente majestuosa y suntuosa, en un patio magnífico y espacioso, más allá del palacio, cercano y opuesto al otro, y cuadrado.

El hermoso y precioso pavimento dentro de un compás ajedrezado que lo rodeaba, había un espacio de sesenta y cuatro cuadrados de tres pies, el diámetro de cada uno: de los cuales uno era de jaspe, del color del coral, y el otro verde, salpicado de gotas de sangre que no se podían desgastar; y puestos juntos a la manera de un tablero de ajedrez. Rodeado con un borde, el ancho de un paso, de una rara invención de trabajo, con pequeñas piezas de piedras de diversos colores, y tan compactas juntas como si hubiera sido un extraño trabajo pintado, cortado uniformemente y puesto por regla, que no se podía percibir la unión, sino suave y brillante, y tan bien enmarcado por el nivel y la escuadra, que ningún instrumento circular o esférico se movería a ninguno de los lados sin forzarlo.

Alrededor de esto, finalmente, había otra clase maravillosa de pavimento de tres pasos de ancho, en nudos de jaspe, prasio, calcedonia, ágata y otras clases de piedras de precio.

Y alrededor, por los lados de las paredes, rodeando dicho patio pavimentado como habéis oído, había colocados escaños, de madera de palmera, de color entre un amarillo y leonado, pasablemente bien torneados y formados, cubiertos con terciopelo verde y almohadillados con algún material blando o plumas, fáciles para sentarse, el terciopelo bajado hasta el armazón de los escaños o bancos, y sujeto al mismo con clavos de tachuelas de oro, con cabezas abultadas sobre una regla o cordoncillo de plata lisa.

El alzado de los muros de clausura estaba cubierto con placas de oro batido, con un grabado agradable a la preciosidad del metal.

Y en la superficie igualada y suave de los mismos muros de piedra, por ciertos pilastrellos, cuadrángulos o losanges, de una dimensión igual y correspondencia distinta, en medio de cada uno, había incrustadas perspicuamente joyas redondas, que sobresalían e hinchaban más allá del nivel plano del muro, a la manera de los toros de las basas, y de espesor según la proporción del losange en el que se encontraba, rodeado con hojas dentadas verdes, una doblada sobre la otra, las puntas vueltas hacia la joya.

Y entre el follaje y la gran joya, otro borde de piedras preciosas curiosamente ordenadas y conspicuamente colocadas.

Y en el resto del muro circunvalado de estas joyas redondas que sobresalen, los siete planetas con su naturaleza y propiedades, con un trabajo encáustico, estaban dulcemente pintados, lo cual contemplé con gran deleite. El resto del muro, excluido de la redondez de las joyas dentro de los pilastrellos, estaba relleno y embellecido con infinita variedad de trabajos en plata, y salpicado con diversas piedras inestimables, singularmente bien cortadas y de diversas formas.

El muro del lado izquierdo estaba de igual manera, y opuesto en tondeles. Contra los siete planetas había siete triunfos sobre los sujetos de los mismos planetas predominantes, y en tal arte de pintura como el otro lado.

Y en la parte derecha contemplé sus siete armonías y aspectos amistosos, y el paso de la sangre, con la recepción cualitativa y el retiro y la entrada circulante, con una increíble historia de la operación celestial accidental.

El cuarto alzado formaba el palacio de tal distribución como el otro, a excepción de la puerta, que ocupaba un intersticio vacío. Los otros seis, con una correspondencia regulada y armonía del resto, en las joyas hacia el opuesto y simétrico congreso de los planetas, con sus inclinaciones virtuosas, estaban expresados en las formas de elegantes ninfas, con los títulos y signos de sus naturalezas.

El séptimo cuarto mediano era el frente, colocado directamente contra la séptima joya, representando al planeta Sol, el cual estaba puesto más alto que el resto, debido al trono de la reina.

Cada parte de materia, número, forma y lineamiento, en distribución igualmente correspondiente a su nivel, el derecho con el izquierdo, y aquí y allá, con un exquisito amor, y el congreso estando de acuerdo.

De cuyo excelentísimo patio, cada lado era de veintiocho pasos. De esta suerte estaba este patio abierto, todo rodeado de oro fino, una obra más digna de ser admirada que de ser hablada.

Los pilastrellos eran discrepantes cuatro pasos uno de otro, con una justa partición de siete (un número grato a la naturaleza) de fino y oriental azur, piedra lapislázuli, pasablemente bien coloreada según su clase, con un hermoso esparcimiento de pequeños destellos de oro. En la parte anterior del cual, entre los siete pilastrellos, estaban designadas pequeñas columnas delgadas trabajadas alrededor con hojas, copias, cabezas con cabello como hojas, niños con sus caderas y piernas proporcionadas en ramas, pájaros y copias, y vasos llenos de flores, con otras maravillosas invenciones y dispositivos, desde la parte superior hasta la inferior del anaglifo, como si hubieran crecido desde los cimientos, haciendo y dividiendo en pedazos los espacios; sus capiteles estaban trabajados de una moda acorde al resto.

Sobre los cuales se extendía una viga recta con lineamientos grabados ajustándose a la misma. Y sobre eso un zóforo, conteniendo este trabajo todavía a lo largo, esto es, los cráneos óseos de bueyes, con ramas de mirto llenas de bayas, atadas alrededor de sus cuernos por una toalla de lino.

Sobre ambos lados de ellos había delfines, con sus agallas como hojas, y sus aletas y sus partes extremas de un follaje, y sobre sus cabezas y espaldas ciertos niños desnudos, sujetando sus colas ramificadas levantadas hacia arriba, con hojas y flores, y doblándolas hacia abajo.

La cabeza del delfín teniendo una sima, de la cual una parte se volvía hacia el niño, y la otra se doblaba contra el vaso con un boqueo abierto, y terminando en la cabeza de una cigüeña, con su pico contra la boca abierta de un monstruo, yaciendo con su cara hacia arriba, y ciertos verticilos o cuentas levantándose entre su boca y el pico de ella.

Cuyas cabezas, en lugar de cabello, estaban cubiertas con hojas una sobre otra, llenando el orificio del vaso, y de un labio a otro, y bajo el cuenco del mismo hacia el pie, rodeaba una fina toalla de lino, los extremos colgando desde los nudos, de una manera tan excelente como era conveniente tanto para el lugar como para la materia. Y en el medio sobre las cabezas, estaba la cara de un niño sobre un par de alas.

Y con tales lineamientos estaba el zóforo adornado y cubierto, con una cornisa llena de excelente artesanía. Sobre la parte superior lisa de la cual, por una línea perpendicular sobre los pilares, en la ordenación de los cuadrángulos, estaban colocados y enmarcados ciertos vasos de moda antigua, por una distribución designada, de tres pies de altura, de calcedonia, algunos de amatista, algunos de ágata, algunos de jaspe, con sus vientres surcados y canalados, y cortados con una rara y maravillosa astucia, y con excelentes asas.

En un orden perfecto sobre cada joya sobre la cornisa, estaban aptamente unidos travesaños, cuadrados de siete pies de altura, y el espacio medio entre ellos de oro brillante, con una extensión superadiecta, cerrándose sobre los travesaños rectos extendidos. Y al girar hacia abajo, los travesaños se unían decentemente uno con el otro, con un trabajo topiario. Entendiendo que de los vasos situados sobre la cornisa como se ha dicho, en las esquinas el travesaño y la viña surgirían juntos, pero de los otros vasos, o bien una viña o alguna madreselva de oro, por cursos encontrándose sobre los travesaños transversos, con un espeso estiramiento de sus ramas extendidas, una uniéndose con otra, y retorciéndose juntas con un fino y placentero congreso, cubriendo todo el patio con un rico e inestimable techo, con hojas de diversas formas de esmeralda verde, gratas a la vista, más perfectas que aquella en la que Amenón fue impresionado, y las flores dispersadas y distribuidas de zafiros y berilos. Y con una excelente disposición y artificial, entre las hojas verdes y las venas gruesas, tan preciosos colgaban los racimos de uvas hechos de piedras, acordes y ajustados a los colores naturales de las uvas.

Todos los cuales rarísimos dispositivos, de precio incomparable, increíble y pasado la imaginación, brillaban por todas partes preciosísimamente: no tanto para ser maravillados por la costosidad de la materia, sino por la gran magnitud de la obra.

Porque no sin gran causa, de lugar en lugar, con una diligente y celosa examinación, consideré cuidadosamente la gran extensión de las ramas íntimamente intrincadas, y su fuerza y espesor proporcionados, tan astutamente hechos, por tal arte, intento audaz y propósito continuado, estaban tan aptamente llevados, si por soldadura, o por el martillo, o por fundición, o por los tres, me pareció un trabajo imposible hacer una cubierta de tal amplitud, y tan retorcida y entrelazada.

En el prospecto medio, opuesto contra nuestra entrada, sobre un trono real escalonado, lleno de piedras brillantes en un orden maravilloso, mucho más excelente que el asiento en el templo de Hércules en Tiro, de la piedra Eusebes. La reina, con una majestad imperial sentada sobre él, como una diosa, y de una maravillosa magnanimidad en el semblante: magníficamente vestida con paño de oro, con un suntuoso y curioso atavío sobre su cabeza de un color púrpura, con un borde de perla oriental, sombreando sobre su gran frente, antigua y principesca, presionando siempre sus trenzas de cabello, tan negras como azabache, descendiendo por sus sienes níveas, y el resto de la abundancia de su largo cabello, sujeto alrededor en la parte trasera de su cabeza, y dividido en dos partes o trenzas, envueltas de esta manera y de aquella, detrás de sus pequeñas orejas, sobre su cabeza de proporcionada rectitud, y terminado en la corona con una flor de gran perla oriental y redonda, tales como se encuentran en el promontorio indio de Perimula.

El resto de su largo cabello extendido no se veía, sino que estaba cubierto con un fino velo, ribeteado con oro, colgando desde la dicha flor y nudo de perla, hasta sus delicados hombros, y ondeando al aire.

En medio del borde de su aderezo, sobre la parte más alta sobre el medio de su frente, colgaba una rara joya. Y alrededor de su cuello redondo y níveo, iba un inestimable collar con un pendiente sobre la división de sus pechos redondos, de un diamante de tabla, en forma de huevo, brillante y de un tamaño monstruoso, engastado en oro con trabajo de alambre.

En sus orejas, de manera muy rica, estaban colgados en las puntas dos pendientes, dos grandes carbunclos brillantes de un precio inestimable.

Sus zapatos eran de seda verde, y sus pantuflas de oro bordadas en un trabajo de hojas. Sobre un escabel sobre el cual, y bajo sus pies, estaba tendido un cojín de terciopelo blanco, con un fruncido de seda y perlas orientales de Arabia, dentro del golfo pérsico, con cuatro botones trabajados con piedras preciosas, y borlas de hilo de oro y seda carmesí, dependiendo.

Sobre ambos lados a lo largo, sobre los antedichos bancos cubiertos con terciopelo verde, estaban sentadas sus damas de honor, asistentes en un orden bueno y loable, según sus estados, vestidas con paño de oro en una increíble bravura, como en el mundo pueda verse. Y en medio de ellas, esta renombrada y famosa reina en gran pompa e indecible majestuosidad, y los dobladillos de sus vestiduras tan ribeteados y engastados con perla y piedra, como si la naturaleza hubiera llovido y derramado sobre ella.

Ante su alto e imperial aspecto, con gran reverencia doblando sus rodillas al suelo ante ella, sus mujeres se levantaron de sus asientos, ocasionado por la novedad del espectáculo, y maravillándose grandemente de que yo debiera venir a tal lugar.

Pero me encontré más asombrado, mi corazón desfalleciendo y dilatándose tanto por las tribulaciones que pasé, como por el estado presente en el que fui traído, lo cual me envolvió y me llenó con un extremo asombro, reverente miedo y honesta vergüenza.

Y preguntando ellas a las cinco ninfas que me trajeron, susurrando qué era yo, y la extrañeza de mi suerte, dirigiendo, doblando e intencionalmente fijando todos sus ojos sobre mí. Donde, encontrándome tan vil gusano en tal excelente conspecto, quedé maravillosamente atónito, y como uno que no tenía espíritu.

Pero, siendo preguntadas por ellas el suceso y la manera de mi venida, las ninfas clara, abierta y manifiestamente lo declararon extensamente, ante lo cual la graciosa reina, siendo movida a compasión, me hizo ponerme de pie, y entendiendo cuál era mi nombre, comenzó a decir.

Poliphilo, cobra ánimo y ten buen corazón, y dime cómo has llegado hasta aquí, y por qué medios, y cómo lograste escapar de aquel mortal y horrible Dragón; y cómo encontraste salida de aquella odiosa y ciega oscuridad, pues me han hablado de ello. Pero no me maravillo poco, porque pocos o ninguno se atreven a aventurarse por aquel camino. Mas, viendo que la gracia te ha traído a salvo hasta nosotros, no te negaré (sin importar la causa) un acogimiento grato y favorable.

Ante su liberal invitación, palabras reales y acogida, mejor de lo que hubiera podido imaginar desear, con devotos y honorables agradecimientos, dados abundantemente de punto en punto, conté cómo escapé y huí del Dragón, un temible monstruo. Y, consecuentemente, con cuántos trabajos y fatigas llegué al lugar deseado. Y cómo las cinco Ninfas me encontraron vagando y temeroso. Lo cual, cuando hube declarado extensamente y terminado mi discurso, comencé con gran deseo a prepararme para ser partícipe de sus placenteros y magníficos goces.

Después, me dijo ella con semblante sonriente y agradable: Es digno de considerar que un principio malo y descontento, a menudo termina en un suceso feliz y bueno; y antes de que se os encomiende nada que realizar, en lo que respecta a vuestro amoroso y firme propósito, es nuestro placer, para el alivio y mitigación de tus loables penas, que en esta compañía te asocies especialmente con Philotesia, viendo que los hermosos cielos te han mostrado tu recibimiento y te han traído a nuestra triunfante mansión. Y por tanto, mi Poliphilo, sin más ceremonias toma tu lugar y siéntate, pues verás (con muy buena voluntad) parte de nuestra suntuosa y majestuosa manera de servir, la abundante diversidad y número de mis manjares, más que principescos, el honorable servicio de mi casa y el excelente orden del mismo, la inestimable preciosidad de mi gran abundancia y los grandes efectos de mi generosidad.

Ante tal imperiosa orden, concluido su elocuente y favorable discurso, humilde, y con un poco más de audacia que antes, me senté en uno de los bancos a mi mano derecha (reuniendo mi túnica desgarrada ante mí, con ciertas hojas de zarza aún pegadas en ella) entre las cinco Ninfas que me trajeron, y entre ellas junto a Offresia y Achoe, colocadas detrás de la Reina, y otras seis de la cámara en el otro lado, y en el centro, en lo alto sobre un trono, se sentaba la Reina con majestad imperial.

El dosel sobre el trono era de una coloración esmaltada que contenía una hermosa imagen sin barba, con la cabeza poblada de cabellos amarillos, parte de su pecho cubierto con una tela fina sobre las alas desplegadas de un Águila, que volvía su cabeza hacia arriba, contemplándolo. La cabeza de dicha imagen estaba adornada con una diadema azul, coronada con siete rayos, y al pie del Águila dos ramas de Laurel verde, una hacia un lado y la otra en dirección contraria. Y en cada guirnalda contemplé la figura propia de su planeta, y detrás, a mis espaldas, estaba la joya que contenía la historia del alado Mercurio, y cómo la benignidad de su buena disposición se corrompe cuando está en la maligna cola del venenoso Escorpión. Y mirándome a mí mismo, me avergoncé de ver mi vil hábito entre tan suntuosos atavíos, que me pareció no ser otra cosa que aquella vil y mortífera bestia entre los signos más nobles del Zodíaco. Las hermosas y honorables damas estaban sentadas en orden sobre los bancos, rodeando todo a lo largo los costados de las paredes por el lado derecho, y lo mejor de la Corte, con una rara y extraña clase de peinado femenino, tal como hay en el mundo, con los mechones de sus cabellos envueltos y recogidos en cofias de oro.

Algunas con sus cabellos de color ámbar, rizados y adornados con flores del mismo sobre un alambre, con los extremos curvándose hacia abajo y ondeando sobre sus nevadas frentes y sienes lisas, embellecidas con Rubíes y Diamantes prendidos en el cabello.

Otras del color del Obsidium de la India, negro y brillante, adornadas con flores de Perla de Oriente y collares de lo mismo. Permanecían todas esperando con tan venerante atención que, cuando el servicio era traído a la mesa, todas al mismo instante hacían sus reverentes cortesías doblando las rodillas, y de igual manera cuando se levantaban de sus asientos, cada una vestida con tela de Oro, pero no se sentaban a comer en la misma mesa.

Justo ante la triunfante Reina estaba la apertura de la tercera Cortina, que cubría una gran y hermosa puerta, no de Mármol, sino de raro y duro Jaspe de Oriente, de una obra artificial y antigua, maravillosamente hermosa de contemplar. A ambos lados de esta puerta, sus jóvenes damas Músicas, siete por lado, con vestiduras de Ninfa, notables por su corte y muy ricas; las cuales, en cada cambio de servicio, alteraban su música e instrumentos, y durante el banquete, otras con un acorde angélico y sirenial, afinaban los mismos con sus manos. Luego, de repente, se colocaron armazones de Ébano, con tres patas, y otras mesas temporales, sin ningún ruido ni ajetreo. Cada una lista en su oficio designado, con un cuidado, diligente y afectuoso esfuerzo, entregada por completo a aquel servicio que le era encomendado.

Y primero, ante la Reina, se colocó un armazón de tres patas de esta forma, sobre un círculo de fino Jaspe, con curiosos lineamientos. Al cual había tres soportes, cuyas partes inferiores terminaban en forma de la garra desgarradora de un León, con un exquisito follaje que rodeaba los tallos de los soportes, teniendo en medio de cada uno sujeta la cabeza de un niño entre dos alas, de la cual, entre uno y otro de los soportes, colgaba a modo de Guirnalda un manojo de hojas y frutos unidos, más gruesos hacia el centro, y sobre la cima de los soportes o tallos, se ponía una proyección para sostener la mesa redonda ante la Reina.

Este armazón era inamovible, pero la mesa redonda podía ponerse y quitarse rápidamente, según la sustancia de los recipientes en cada cambio de mesa.

Y acto seguido, como en un abrir y cerrar de ojos, se colocó sobre este armazón de tres patas una mesa redonda de Oro, de tres pies de diámetro, y de un espesor indiferente, y de esta forma y tamaño eran todas las demás.

Sobre esta mesa se puso un tapete perfumado, de tela de Hormisín de color verde, extendido de manera uniforme, largo y hacia abajo hasta el pavimento: con flecos en los lados con hilo trenzado del mismo material, y mezclado con Plata y Oro, que caían bajo un borde de bordado de Perlas y piedras preciosas, con un palmo de distancia del pavimento colgando por cada lado. Y de esta clase eran todos los tapetes, bordados y con flecos.

Después vino una joven dama hermosa y ágil, con un gran lebrillo de Oro lleno de flores de Violetas, leonadas, azules y blancas, y de dulce aroma, como en la primavera temprana, y las esparció sobre las mesas, excepto sobre la de la Reina.

Su sagrada majestad, habiéndose quitado su túnica, tan hermosa como Lolia, esposa de Paulus Aemilius, jamás vio en los triunfos de su marido, permaneció con una túnica de Terciopelo púrpura, teniendo tejidos en ella pájaros, animalitos, hojas y flores en nudos, la labor algo realzada con perlas y piedras, con un velo fino cubriéndolo todo de seda de Chipre, mostrando a través de él las labores cubiertas y la tela debido a la clara sutileza y delgadez del mismo, y un atuendo imperial y gracioso.

Después entraron dos hermosas Damas trayendo una fuente artificiosa que corría continuamente con agua, y que la reabsorbía de nuevo, la cual era de oro fino, y en un recipiente de curiosa hechura, que fue traído ante la Reina, y tras presentarlo sobre la mesa de oro, doblaron sus rodillas hasta el pavimento, y la misma reverencia hicieron al mismo instante todas las demás damas asistentes, tanto al presentar cada cosa como al retirarla. Otras tres bellas Damas las siguieron de cerca, una llevando un aguamanil de oro, la segunda un lebrillo, y la otra una toalla de seda blanca.

La Reina, mientras se lavaba las manos, una de las que llevaba el lebrillo de oro recibía en él el agua, para que no cayera de nuevo en la fuente reabsorbente; y la otra con el aguamanil vertía tanta agua dulce como la que se retiraba, para que la fuente no se vaciara ni se entorpeciera en su curso. La tercera enjugaba y secaba sus manos.

El ancho y gran Receptor de esta fuente era transportado sobre cuatro pequeñas ruedas, las cuales arrastraban sobre cada mesa para lavar las manos de todos los que estaban sentados.

El borde del recipiente donde se erguía la fuente estaba adornado con burbujas de perla que sobresalían, y bajo el mismo se colocó otro de distinta clase, y ambos unidos con dos broches de una exquisita incrustación, fina labor, y preciosamente guarnecidos. Pues entre otras joyas de inestimable precio, en la misma cima, en una flor, había un Diamante en forma de pera, resplandeciente y centelleante, de una magnitud enorme e invisible.

Y tan cerca como mi olfato pudo distinguir, juzgué que el agua era de Rosas, mezclada con el jugo de cáscaras de Limón, y un poco de Ámbar artificialmente compuesto, que producía un olor dulce y agradable.

En medio de esta admirable y estupenda Corte, había colocado un maravilloso recipiente perfumador, no tanto por la excelente y perfecta sustancia del mismo, que era oro puro y fino, sino por la conspicua, rara y antigua moda de la base, que se alzaba sobre tres pies de Harpía, los cuales en un follaje formaban una ligazón triangular en la base, llena de dispositivos, según requería el metal, sobre cada ángulo o esquina de la cual se erguían tres formas desnudas de espíritus voladores, colocados ordenadamente, de dos codos de altura, con sus hombros vueltos uno hacia el otro, y algo cercanos entre sí.

Se erguían sobre la base con el pie derecho hacia la esquina, y el izquierdo estirado hacia el pie fijo del otro niño. Sus codos doblándose hacia arriba, y sujetando el asa del incensario, muy esbelto en el tallo, y hacia arriba en forma de cuenco, algo surcado y de labios anchos.

Había seis en un circuito redondo, uno hacia el otro: Y entre sus hombros, en el punto central de la base triangular, se alzaba un tallo como el de un candelabro antiguo, sosteniendo en su cima tal cuenco o recipiente como el mencionado, y tan ancho que llenaba el espacio vacío en medio entre los otros seis.

Dichos cuencos estaban llenos de carbones ardientes cubiertos de brasas, y en cada recipiente, sobre las cenizas, hervía una pequeña vasija de oro, con licores contrarios infundidos con dulces olores.

Y como sospechaba, cada vasija tenía agua distinta, por así decir, una con agua de Rosas, otra con agua de flores de Naranjo, otra de mirto, hojas tiernas de Laurel verde, flores de saúco y diversos simples sociables semejantes. Y al hervir juntos, producían un olor sumamente agradable y fragante.

En presencia de la magnífica Reina esperaban y atendían siempre tres honorables Ninfas, siendo sus atuendos de oro y seda, maravillosamente tejidos y adornados, y engastados con perlas y piedras. Los forros de sus túnicas, pasando por sus nevados hombros y bajando sobre sus pequeños pechos redondos hasta la parte inferior de sus cinturas, eran del mismo color que las servilletas, dejando ver los agradables valles entre sus bellos pechos, un deleite extremo y un sustento deseado para una mirada estrecha y un ojo codicioso, con mil pequeñas cadenas, bonitas joyas y flores de oro de forma femenina, un dulce cebo para llevar a un hombre de cabeza al olvido de sí mismo, estando hechizado con selectas y amorosas miradas, superando con creces el deseo de cualquier otro manjar delicado. Sus zapatos de oro cortados con medias lunas, y cerrados en la unión de los cuernos o esquinas con botones y flores de orfebrería de forma curiosa, y los mechones de sus bellos y abundantes cabellos sobre sus frentes y sienes entrelazados con grandes y redondas perlas de oriente.

Permanecían así a ambos lados y ante la Reina con una singular y reverente mirada, atendiendo y realizando prestamente el cargo que les estaba encomendado. Y estas servían solo a una Mesa: la cual, al cambiarse, se retiraban y permanecían de pie brazo con brazo, habiendo otras tres ocupado sus lugares; y de las tres que atendían, la del medio era la que trincha.

La otra, en el lado derecho, sostenía un plato debajo por si algo caía; y la tercera, en el lado izquierdo, sostenía una toalla de seda muy blanca y limpia para secar sus labios, y en cada acción, una reverencia.

La toalla no se usaba más que una vez, y luego se arrojaba al pavimento y era retirada por alguien que estaba cerca. Y tantos bocados como ella comía, tantos dulces, perfumados y limpios paños de seda, plegados y finamente trabajados, se utilizaban.

Y lo mismo se hacía con cada invitado, pues nadie en aquel banquete tocaba nada excepto la copa.

Después de que la Reina se hubo lavado, y tuvo su primer servicio, todos los demás se lavaron en la misma fuente, que expulsaba agua por sí misma y la reabsorbía de manera maravillosa por dos pequeños tubos a los lados, y subiendo rectamente en el medio desde el fondo del recipiente, cuyo dispositivo, cuando lo comprendí, me dejó muy satisfecho.

Tras el lavado de la Reina primero, y sucesivamente de todos los demás, se entregó a cada uno de los asistentes una bola redonda de trabajo de alambre de oro llena de pequeños agujeros, y rellena por dentro con pasta de Ámbar de una composición perfectísima, engastada con piedras preciosas, a fin de que sus manos, ojos y sentidos no estuvieran ociosos.

Entonces, en cada cambio de plato, dos Edeabriees que tenían la ordenación de la comida de la Reina, traían al centro de la Corte real sobre cuatro ruedas giratorias un majestuoso repositorio o alacena, en forma de barco, y el resto como un Carro triunfal, del oro más fino, con muchos peces y monstruos marinos, y otras infinitas formas exquisitas maravillosamente labradas, y engastadas con ricas piedras, cuyos destellos y brillos resplandecían alrededor de los lados de la Corte, y se encontraban con los centelleos de las otras joyas ya mencionadas, colocadas adecuadamente por todas partes, como si Febo hubiera sido puesto por una Ninfa para realzar sus ojos y semblante con su brillante resplandor.

A todo este continuo centelleo de inefable hechura, no se podría idear nada de igual comparación, aunque fuera el Templo de Babilonia con las tres estatuas de oro.

Dentro del cual se ponía todo lo necesario y perfumado, que fuera adecuado y conveniente para el cambio de las mesas, como manteles, flores, copas, toallas y recipientes para verter, para beber y platos para comer.

Y estas dos Ninfas plaustrarias, los bajaban y entregaban (según fuera necesario) a los asistentes.

Y cambiada la primera Mesa, todo era traído de vuelta a las plaustrarias, a cuya partida las Trompetas sonaban de tal manera que Piseus Therrenus nunca se le acercó, ni el Trompetero de Maletus al Rey de Hetruria.

Y entonces hacían sonar sus Cornetas, haciendo esto cada vez que el repositorio era sacado, hasta que volvía a entrar, momento en el cual cesaban.

Y cuando la Mesa era cambiada, alteraban sus instrumentos musicales, y al cesar estos, los cantores comenzaban tan celestialmente que habría causado el sueño de las Sirenas, habiendo mezclado con sus voces instrumentos de viento de madera, tales como nunca inventó el Dardanus de Troezene.

Y por este orden establecido, se escuchaban continuamente sonidos melodiosos y armonías placenteras, dulces acordes con música deliciosa, se olían perfumes odoríferos y se consumían abundantemente majestuosos manjares. Y todo, cualquier cosa que fuera, sin falta alguna de gracia o deleite, conforme a la dignidad del lugar.

Para esta primera mesa principesca, todos los recipientes e instrumentos, junto con la mesa misma, eran de Oro puro y fino. Sobre lo cual se presentó una confección Cordial, y según pude conjeturar, estaba hecha de raspadura de cuerno de Unicornio, huesos de Dátiles y Perla, calentados a menudo, apagados y triturados finamente, Maná, piñones, agua de Rosas, Almizcle y Oro líquido, en una preciosa composición por peso, y hechos pastillas con azúcar fina y Amilón.

Esto se comía sin beber nada tras ello, y era una Confección para prohibir todas las Fiebres, y para alejar la pesadumbre de la Melancolía.

Hecho esto en un momento, todo era levantado y retirado, las Violetas arrojadas al suelo y la mesa vacía. Y tan pronto como esto se hacía, se ponía la mesa de nuevo cubierta con tela de Talasike, y también los asistentes, y como al principio, se arrojaban sobre ellos las dulces flores de Cedros, Naranjos y Limones, y sobre eso, presentaban en recipientes de Berilo, y de aquella piedra preciosa era la mesa de la Reina (excepto las jarras de servir, que eran todas de Oro puro y fino), cinco Buñuelos de masa de color Azafrán, y cubiertos con agua de Rosas extremadamente caliente, y azúcar fina en polvo, y luego de nuevo rociados con agua de almizcle, y con azúcar fina como escarcha sobre Hielo. Estos Servicios, de un sabor sumamente agradable y de diversas formas, se presentaban así. El primero, en aceite de flores de Naranjo. El segundo, en aceite de Alhelíes. El tercero, en aceite de flores de Jazmín. El cuarto, en aceite puro de Benjuí.

Y el último, en el aceite de Almizcle y Ámbar. Y cuando hubimos probado bien y comido del mismo alimento deleitable, se nos entregó una hermosa copa del mencionado Berilo, con su cubierta, y cubierta sobre eso también con un fino Velo de seda y Oro, curiosamente plegado en forma de dosel, con los extremos echados sobre los hombros de los portadores, y colgando por sus espaldas.

Y de esta manera presentaban todos los recipientes para beber y otros, con viandas y salsas cubiertas. Dentro de la copa de beber habían infundido un vino precioso, de modo que me pareció que los Dioses de los campos Elíseos habían transformado su poder en la dulzura del licor: superando al vino de Thassus.

Sin demora (tras nuestro beber, siendo esta mesa retirada y las dulces flores arrojadas al pavimento), se extendió inmediatamente un mantel de seda color mora y clavel: con Rosas blancas, rojas, Damasquinas, Almizcladas y amarillas esparcidas sobre el mismo. Y prontamente nuevos asistentes trajeron (vestidos con los mismos colores) seis trozos de pan cortados para cada uno, mezclados y aderezados con médula refinada, rociados con agua de Rosas, Azafrán y jugo de Naranjas, templando el sabor y dorados, y con ellos se pusieron seis trozos de pan blanco puro. Y junto a ellos una confección de jugo de Limones templado con azúcar fina, semillas de Pinos, agua de Rosas, Almizcle, Azafrán y canela selecta, y así se hacían todas las salsas con conveniente gradación y entrega. Los recipientes eran de Topacio y la mesa redonda.

Siendo retirada esta tercera magnífica mesa como se dijo antes, inmediatamente se innovó otra, con un mantel de seda lisa y de color amarillo, (los asistentes adecuados) y esparcida con Lirios de los valles y Narcisos, inmediatamente se presentó este plato, siete bocados de carne de Perdiz en un caldo fuerte, y otros tantos trozos de pan blanco puro. La salsa Acceres, picada y disuelta en Azúcar tres veces cocida, Amilón, Sándalo, Almizcle y agua de Rosas. Los recipientes y la mesa redonda de Crisolita. Por último, ofrecieron una preciosa copa para beber, y así se observó en el resto.

Retirada la cuarta mesa, se solicitó la quinta con un mantel de seda de color carmesí, y del mismo modo los atuendos de las ninfas. Las flores, de color púrpura, amarillo, blanco y leonado. El servicio, ocho bocados de carne de faisán asado reposando en su jugo, y junto con ello, otros tantos trozos de pan blanco fino. La salsa fue esta: agua de azahar, zumo de granadas, azúcar, clavo y canela. Los recipientes eran de esmeralda, y la mesa, de la Reina Soberana.

Retirado esto con mucha solemnidad, se extendió otro mantel de seda de color púrpura, y de igual modo el atuendo de los servidores.

Las flores eran de tres clases: jazmines, leonadas, amarillas y blancas. El servicio fue de nueve bocados de carne de pavo real reconstituyente, humedecidos en su jugo. La salsa era muy verde y ácida, con pistachos, nueces molidas, azúcar, cípero, almidón, almizcle, tomillo, mejorana blanca y pimienta. Los recipientes eran de zafiro, y la mesa, principesca.

En el séptimo cambio, trajeron una suntuosa mesa de marfil blanco, bordeada, guarnecida y finamente labrada con muchas piezas pequeñas sobre la preciosa madera de áloe, unidas y pegadas entre sí, y de un lado a otro labrada con nudos y follaje, flores, recipientes, monstruos, avecillas, y los trazos y tallas rellenos con una pasta negra y una mezcla de ámbar y almizcle. Esto me pareció una cosa sumamente excelente y suntuosa que exhalaba un aroma de lo más delicioso. El mantel, blanco y sutilmente trabajado con calados y seda satinada, el fondo espolvoreado y relleno, y el trabajo blanco y llano, con la representación de figuras, aves, bestias y flores, y del mismo modo el atuendo de los servidores. Las flores: lady-steal, colza, violetas y toda clase de alelíes dulces. Y así variaba por doquier tal diversidad de aromas, traídos por separado, y tan deliciosos para los sentidos, que no puedo expresarlo suficientemente.

Entonces se dio a cada uno una confitura en tres bocados de la cáscara del fruto, dátiles, con pistachos, granos de nuez molidos y puestos en agua de rosas y azúcar de las islas, y almizcle y láminas de oro, batidas y adulteradas con ello, de modo que cada trozo que se tomaba parecía como si fuera todo de oro.

Los recipientes eran de jacinto, y la mesa, circular. Una piedra apta y conveniente para tan excelente disposición, mesa real y banquetes extraños, tales como nunca antes se habían oído.

Tras retirar estos maravillosos dulces, y las flores arrojadas sobre el pavimento con magnificencia principesca, se trajo de inmediato un gran recipiente de oro lleno de carbones encendidos, en el cual se arrojaron los manteles, servilletas y toallas de seda, los cuales ardieron al instante con luz, y después de ser sacados y enfriados, estaban enteros, indemnes y limpios, como al principio. Y esto fue, con todo, lo más maravilloso y extraño de todo lo demás. Y entonces las mesas y sus estructuras fueron desmontadas y retiradas.

Cuyo orden y espectáculos tan excelentes, cuanto más me esforzaba cuidadosamente en considerar, más ignorante y asombrado me hallaba.

Pero en todas las cosas, ciertamente, experimenté un gran placer con mi prevista admiración al ver tal, tan grande, abundante y triunfante suntuosidad de un banquete de un coste tan increíble, que es mejor guardar silencio que no hablar suficientemente en el relato del mismo. Porque los banquetes de Sicilia son, en comparación, pobres, y lo mismo los majestuosos ornamentos de Atalo. Los recipientes corintios, las exquisiteces de Chipre y los banquetes saliares.

Sin embargo, a pesar de tan suprema y excesiva alegría, y deleite cordial, y aquel único y extremo placer (ocasionado por tales e inesperados deleites), fue por una de aquellas tres que en el último cambio servían, coartado, derribado, interrumpido, lisiado, interceptado y hecho vano. Pues ella representaba en su comportamiento el dulce gesto y parecido de Polia, despertando por medio de ellos en mí miradas furtivas.

Esto fue un gran obstáculo para mí en la toma de aquellas agradables exquisiteces y principesca refacción. Sin embargo, mis ojos se desviaban de vez en cuando, con mucho esfuerzo, para contemplar la belleza de las joyas y piedras preciosas, centelleantes y resplandecientes en cada lugar, en tales diversidades de extraña e inédita gloria y visibles adornos, como si todas ellas debieran un tributo a ella, lo cual me hacía sentir un deseo inmoderado de contemplar la correspondencia de su excelente belleza.

Finalmente, de tal orden y manera como se ha dicho, siendo retiradas las mesas, bajé la cabeza, pues no pude seguir tras los últimos dulces que había perdido por estar atento a la que servía.

Entonces, primero ante la sagrada Majestad y real persona de la Reina, y después ante nosotros, cinco hermosas ninfas ataviadas con seda azul y oro curiosamente tejidos en labores, se presentaron todas juntas.

La que estaba en medio portaba una rama de coral, como un árbol, tal cual no se encuentra entre las islas Orcadas, de un codo de alto, que se alzaba sobre una pequeña montaña, la cual era la cubierta de un recipiente de antigua usanza de oro puro, en forma de cáliz, tan alto como la cubierta y el árbol de coral, lleno de curiosa artesanía y labor de hojas, nunca hecho en nuestra edad, ni visto nada semejante.

Entre la gracia del pie y la copa, estaba unido con un asa de artesanía inestimable, y del mismo modo el pie y el cuenco eran de un excelente anaglifo de follaje, monstruos y escilas biformes, tan exquisitamente expresados como podían ser repujados, cincelados o grabados mediante circulación proporcional.

Y la mordiente cubierta del mismo estaba densamente engastada con joyas incomparables; y de igual modo toda la base y el asa donde la conveniencia lo requería, y brillando alrededor.

Sobre las ramas del coral, estaban artificialmente dispuestas ciertas flores abiertas de cinco pétalos, unas de zafiro, otras de jacinto y berilo, y en medio de ellas una pequeña semilla redonda de oro, sujetando los pétalos al tallo de coral.

La cual joven, inclinándose reverentemente hasta la tierra con su rodilla derecha, manteniendo la otra erguida, sobre la cual sostenía esta cubierta de coral, que además de las flores, tenía en las puntas y cimas de otras ramitas o brotes curiosamente insertadas perlas monstruosamente grandes. Otra de ellas tenía una copa llena de un licor precioso, mejor que aquel que la orgullosa Cleopatra dio al capitán romano. Las demás cumplían sus cometidos como se ha dicho, y arrancando uno tras otro, con un pequeño instrumento con dos dientes de oro, ofreciéndonos aquellos frutos, para mí desconocidos, pues nunca había visto nada parecido, los probamos.

Pero el placer inesperado de ellos, y la dulzura de su sabor, no fue para mí otra cosa que una sustancia graciosa que carecía de su forma deseada.

Y fueron restauradas de nuevo las bolas de oro antes mencionadas.

Sobre esto apareció otra obra maravillosa, que era una fuente de flujo perpetuo ideada artificialmente de la materia antes dicha, pero de otra notable moda y artesanía, fundada sobre un eje inamovible, sobre el cual giraban dos ruedas.

Sobre las que se erigía una cuadratura desigual de tres pies de largo, dos pies de ancho y seis pies de alto.

En cada parte angular se sentaba una arpía con ambas alas extendidas y estiradas hasta la anchura de un recipiente superior, erguido sobre el medio del cuadrángulo medido, coronado en los extremos y partes superiores, y embellecido con acanaladuras y follaje, circunvalando la parte inferior.

Y en cada lado, el mismo dividido en tres, la parte central entre la caída de las aguas interceptadas contenía, en medios cuerpos tallados, un triunfo de sátiros y ninfas, con trofeos y exquisitas acciones, excepto en la parte delantera y trasera, moderadamente sinuadas y curvadas hacia adentro. La cual, en lugar de lineamiento cuadrado, contenía una redondez ondulada entre ambos, en la que estaba maravillosamente grabado un pequeño sacrificio con un antiguo altar a ambos lados, con muchas figuras y acciones; el resto que quedaba vacío, las colas de las arpías mencionadas uniéndose y convirtiéndose aquí y allá en hojas, lo cubrían excelentemente.

Del centro mediano de la ecuatura y cuadrángulo antes especificado y descrito, a partir de un follaje antiguo, se elevaba un recipiente de antigua usanza y muy hermoso, cuyo circuito no excedía el contenido del plano cuadrangular, y este, con todo el resto de la obra y cada disquisición, prueba y examen proporcional, tanto en la mayor anchura como en el grosor, con lineamientos de vasija de lo más convenientes, diligentemente delimitado y limado, y luego acabado con una absoluta y pulida deformación.

De cuyo orificio suprimido ascendía otro recipiente hueco, cuyo compás excedía al mencionado recipiente sujeto, surcado y acanalado alrededor, de gran anchura y anchos bordes, tan bien formado como es posible para cualquier orfebre golpear con su martillo.

En cuyo punto central se alzaba y montaba otro recipiente de increíble artesanía.

En el fondo de este tercero había pequeñas nervaduras que se hinchaban hacia afuera, las cimas de las mismas rodeadas por una fila de diversas piedras inestimables, sobresalientes y diferentes en colores, según mejor pudiera contentar al ojo de un lapidario curioso y de hábil entendimiento.

Sobre el mismo, a ambos lados, se hizo la cabeza de un monstruo, de la cual, por ambas manos, procedía el adorno del mismo en una exquisita y rarísima labor de hojas, revistiéndolo alrededor con el congreso de la cabeza opuesta, y embelleciendo finamente aquella parte del recipiente.

Y en el saliente del labio del recipiente, sobre el punto perpendicular de la cabeza, estaba sujeta una anilla, de la cual, a ambos lados, colgaba una guirnalda de ramas, hojas, flores y frutos, haciéndose más grandes hacia el medio, con una atadura pulidísima a ambas anillas.

Sobre la curva media de la guirnalda, y bajo la proyección del labio del recipiente, estaba fijada y colocada la cabeza de un anciano, con su barba y el cabello de su cabeza transformados en hojas de ortiga, y de cuya boca brotaba el agua de la fuente por arte continuamente hacia el hueco del ancho recipiente bajo este.

Sobre la boca de este último recipiente descrito se montaba una colina preciosa, maravillosamente congestionada y formada por innumerables piedras de roca preciosas y redondas, cerrándose una con otra de forma desigual, como si la naturaleza las hubiera unido mientras crecían, haciendo una colina compuesta y redonda, bellamente resplandeciente de diversas clases y colores en un tamaño proporcional.

Y en lo alto, sobre la cima de esta pequeña colina, crecía un fino granado; el cuerpo, ramas y frutos hechos todos de oro, las hojas de esmeralda verde. Los frutos, de su tamaño natural, aptamente colocados aquí y allá, sus lados abiertos, y en lugar de granos estaban llenos de rubíes perfectísimos, tan grandes como los granos.

Después de eso, el ingenioso artífice, al que no le faltaba invención, separó los granos en lugar de la membrana con láminas de plata.

Y, además, en otras manzanas, abiertas pero no maduras, redobló el grosor de la lámina, haciendo los granos de un color oriental; así también hizo las flores de coral perfecto, en las copas llenas de abejas de oro.

Además de esto, de la parte superior del tallo hueco, como un tubo, salía un tallo giratorio, cuya parte más baja descansaba en una cabeza, formada desde el tronco medio o tubo justo sobre el eje.

El cual tallo o soporte, estando fuertemente sujeto, sostenía un recipiente de topacio de forma antigua, cuyo cuenco en el fondo era ancho, y se hinchaba hacia afuera con nervaduras en la abertura, raramente embellecido con una cornisa, y puesto bajo otra.

En cuyo cierre y unión en cuatro divisiones iguales, había cuatro cabezas aladas de un niño pequeño, con cuatro tubos en sus bocas.

El resto montaba tanto como la menor magnitud del recipiente, siendo cerrado en el orificio con un follaje inverso. Sobre el cual se colocó otro recipiente, como si fuera una cubierta circular de una labor de hojas de lo más curiosa, con una pequeña cornisa y un orificio artificial.

Del fondo del cual comenzaba una cola florida de un delfín, sujeta y soldada a la gracia del recipiente, descendiendo con su cabeza aletada con hojas, hacia el borde circundante del recipiente donde estaban fijadas las cabezas de los niños. Y con un moderado hinchamiento alrededor de la cabeza, y estrechándose hacia la cola, se ajustaban a las orejas de una manera hermosa. Y toda esa parte inclinada, con un pulido exquisito, daba una muestra expresa de los lineamientos más curiosos.

El recipiente superior estaba tan perfectamente trabajado que, cuando la rueda se movía, el tallo con el recipiente sobre su cima giraba y vertía agua a través del árbol, y cuando la rueda permanecía quieta, entonces dejaba de girar.

Las ruedas estaban a medio cubrir con dos alas, las puntas girando una hacia un lado y la otra hacia el otro, adornadas con un cincelado de sirenas o escilas.

Esta excelente pieza de trabajo, corriendo así ante cada uno y mojando nuestras manos y pies con una dulzura increíble, tal como nunca antes había sentido, secamos nuestras manos y fue retirado.

Y siendo así rociados con esta rara y majestuosa agua, los servidores, con gran reverencia, presentaron a la Reina primero una gran copa de oro, y su alteza, saludándonos afablemente, bebió néctar, y después cada uno de nosotros, uno tras otro, con reverentes, mutuos y solemnes honores realizados, bebimos una despedida de lo más placentera y cierre de todas las preciosas exquisiteces que habíamos probado y comido.

Por último, siendo retiradas diligentemente las flores fragantes, y todas las cosas que habían sido usadas transportadas desde allí, el pavimento permaneció puro y brillante como un espejo de acero clarísimo, y como si emulara a las preciosas joyas alrededor.

Y estando cada uno sentado en su lugar designado, la alta y poderosa princesa ordenó que entrara una compañía y se colocara sobre los cuadros de jaspe, nunca antes visto ni imaginado por criatura mortal alguna.

Poliphilus continúa para mostrar, además de este gran banquete, una excelente danza o juego, y cómo la Reina lo encomendó a dos de sus ninfas, las cuales lo guiaron y condujeron a la vista de muchas cosas maravillosas, y mientras hablaban, le mostraron los secretos de tales cosas de las que dudaba. Finalmente, cómo llegaron a las tres puertas, en la del medio de las cuales permaneció entre las ninfas amorosas.

Habiendo hablado algo de la excesiva e incomparable gloria, triunfo, tesoro desconocido, abundantes deleites, solemne banquete y el más honorable y suntuoso beber de esta felicísima y rica Reina, si no he expresado distinta y perfectamente su mayor dignidad, que no se maraville la curiosa compañía por ello, pues cualquier ingenio maduro, agudo y presto, adornado con una lengua franca, elocuente y abundante, no es capaz de realizar la menor parte de su deber.

Y mucho menos yo, que sufro continuamente en cada lugar secreto de mi ardiente corazón, una lucha incesante a pesar de la ausencia de Polia, mi señora, dueña de toda mi destreza y carcelera de mis perfecciones.

Además de que, en verdad, las muchas maravillas en excelencia y variedad jamás oídas, tan extrañas, raras y dispares, inestimables y no humanas, han oprimido, cargado y doblegado mis sentidos con la codiciosa y excesiva contemplación y visión de sus variables diversidades, de tal modo que, punto por punto, no soy capaz de describirlas, y mucho menos digno de publicarlas.

Todo y lo más que puedo hacer es pensar en los ricos atuendos, exquisita provisión, curiosos aderezos, perfectas, ambiciosas y lacerantes bellezas sin imperfecciones, sus profundos juicios, elocuencia emiliana y bondad más que principesca, la notable disposición y orden de la arquitectura, la duradera simetría y proporción del edificio, perfecto y absoluto, la nobleza del arte de la albañilería y lapidaria, las direcciones y colocación de las columnas, la perfección de las estatuas y representaciones, el adorno de las paredes, la diversidad de las piedras, la majestuosa entrada y el porche principesco, la gran galería, los pavimentos artificiosos; nadie pensará con cuánto coste y gasto embellecidos y colgados con preciosos tapices y tapicería verde. El espacioso y elevado patio interior, buenos aposentos, cámaras interiores de retiro, salones, baños, biblioteca y pinacoteca, donde se guardaban escudos de armas, tablas pintadas y retratos de extranjeros, y con una majestuosa compostura y orden colocados y solemnemente distribuidos.

En cuya capacidad de concepción, maravillosa ejecución, increíble gasto y alta recomendación del más excelente artífice, dignamente permitido en cada partición y elegante convención de exquisitos lineamientos. También contemplé una maravillosa conlignación retorcida o cubierta de orfebrería, sobre un patio plano cuadrado, creciendo por igual, sin comparación como un cielo, con una distancia dispuesta de muchas clases de proporciones, con diversas dimensiones libeladas, dando sombra sobre el patio, con una eminencia arqueada, que estaba debajo, adornada con lineamientos cornisados y grabados, a ello convenientes, como fascias, gulas y ovas, y las hojas de acanto, lamiendo por así decir en las esquinas del patio cuadrangular. Con rosas y el orden creciente de sus hojas, la hoja superior la menor, sus melladuras alrededor de las hojas y el espacio entre hoja y hoja. Todas las cosas cubiertas con oro puro fino y color azur, con diversas otras proporciones y retratos de sustancia, iguales a su artesanía. El techo de Salantes, rey de la Cólquida, no puede compararse con este.

Luego, la deliciosa fertilidad de los setos, vergeles, jardines regados, fuentes que brotan, arroyos corrientes en canales de mármol, contenidos, formados y mantenidos con un arte increíble, hierbas verdes, siempre frescas y florecientes, un aire dulce, vientos cálidos y primaverales, con un confuso encanto de pájaros que cantan y pían, un aire puro, hermoso y brillante, y que sigue siendo templado y saludable, país libre de peligro y limpio, sin lugares escarpados ni rocosos, azotados y castigados por vientos agudos, ni quemados por un sol intensamente caliente, sino bajo una temperatura dulce y agradable, regocijándose en un medio moderado, entre dos extremos, los campos fructíferos y sin labranza ni abono, rindiendo todas las comodidades, colinas cálidas, verdes bosques y dulces sombras frescas.

También el inestimable mobiliario, el personal doméstico y gran número, su excelente servicio, la diversidad de jóvenes, y todos en la flor de su edad. La deliciosa presencia de las ninfas, tanto sirviendo fuera en la presencia y cámaras, su clase más baja, sus honorables y graciosos comportamientos, su diversidad de atuendos, vestimentas y aderezos engastados con perlas y piedras, de una manera permitida, agradable y encantadora, como cualquiera pueda imaginar o expresar. Con estas infinitas riquezas, supremos deleites y tesoro inmensurable, ni Darío, Creso, o cualquier otro estado humano, pudiera de modo alguno compararse.

Y así para concluir, estando vencido por la gloria de ellos, no sé qué más decir, sino que permanecí asombrado, y como sin sentido, y sin embargo en gran deleite y sin cansancio, contemplando aquellos objetos presentes, y pensando para mis adentros qué destino debería conducirme y llevarme a tal lugar.

Pero después, encontrándome en tal acumulación de gloria, lugar agradable, país feliz, gran contento y compañía triunfante, tal como Clodio el actor en tragedias nunca había visto. Estaba solo moderadamente convertido, a pesar de la promesa de la Reina de favorecer mi deseo amoroso, considerando todo, sino como placeres oculares que hasta ahora había visto y me habían sido presentados, deseando aún una mayor felicidad.

Por cuya causa, y para el mayor despliegue del exceso y la excelencia abundante, más allá de todo el resto de su real magnificencia, sentados todos en su lugar tras el milagroso, maravilloso y suntuoso banquete, sin ninguna demora, ordenó un juego que debían jugar personajes, no solo dignos de ser vistos, sino de eterna memoria, que fue un juego de ajedrez, de esta manera como sigue.

Por la entrada de la cortina entraron treinta y dos ninfas, de las cuales dieciséis estaban ataviadas con tela de oro (ocho uniformemente sin diferencia de grados), después una de esas dieciséis estaba ataviada con ropas principescas como un rey, y la otra como una reina, con dos guardianes de torre o roques, como los llamamos, dos guardianes de consejo o secretarios, que llamamos obispos, y dos caballeros. De igual modo estaban otras ocho con tela de plata, bajo el mismo gobierno y magistratura antes dichos.

Cada una de estas, conforme a sus deberes, ocupó su lugar sobre los cuadros del pavimento; es decir, dieciséis en oro a un lado, en dos filas, y dieciséis en plata al lado contrario.

La música comenzó de repente con una rara invención, sonando una carga con agradable concordancia, participando juntas de una dulce y atronadora melodía, poseedora de una furia divina.

Al son y compás medidos de la música sobre sus cuadros, según plugo al Rey mandar, los peones, girándose con un decoroso movimiento, honrando al Rey y a la Reina, saltaron sobre otro cuadro frente a ellos.

El Rey de los hombres de blanco, sonando su música, mandó avanzar a la que estaba ante la Reina, y esta, con igual comportamiento reverente, marchó hacia adelante, hacia su continente, y quedó inmóvil. Y según la mensuración del tiempo musical en este orden, así cambiaban sus lugares o continuaban bailando sobre los cuadros, hasta que eran tomadas o mandadas avanzar por el Rey.

Si la música mantenía siempre un mismo tiempo, esos ocho peones uniformes pasaban el tiempo marchando hacia adelante a otro cuadro, sin volver jamás hasta que, valerosamente y sin contacto ni desmayo de ánimo, hubieran saltado sobre la línea del cuadrado donde estaba la residencia de la Reina, procediendo en línea recta, a menos que tomara a un prisionero por una línea diagonal.

El obispo iba en línea diagonal, manteniendo siempre aquel cuadro coloreado en el que estuvo al principio.

El caballero, sobre dos cuadros frente a él, toma el siguiente a cualquiera de sus manos, y de un color contrario al que ocupaba inmediatamente antes.

Los guardianes de castillo o torres podían pasar sobre muchos cuadros en línea recta como quisieran al mando, de modo que podían ir uno, dos, tres, cuatro o cinco cuadros, guardando medida y sin detenerse en su marcha.

El Rey podía ir sobre cualquier cuadro si no había nadie en él, o hacia atrás, y hacer que cualquier otro se retirara por él y le hiciera sitio.

La Reina podía ir por cualquier camino, pero lo mejor es cuando está cerca de su esposo por todos lados.

Y siempre que los oficiales de cualquiera de los Reyes encuentren a uno sin guardia de ayuda, lo toman prisionero, y besándose el uno al otro, la que es vencida y tomada sale y se queda a un lado.

Así continuaron jugando y bailando según el tiempo de la música, con gran placer, solaz y aplauso, hasta que el Rey de las ninfas de plata fue vencedor y conquistador.

Este solemne deporte, entre resistencias huyendo hacia atrás y apoyándose los unos a los otros, con tal circulación medida, reverencia, pausa y modesta continencia, duró el espacio de una hora, en lo cual sentí tal placer y deleite que imagino (y no erróneamente) que fui arrebatado de repente del gusto por los deportes del Olimpo a una nueva felicidad.

Terminado este primer juego y obtenida la conquista, todos regresaron a sus lugares acostumbrados, y de igual manera que en el primero, así la segunda vez, cada uno en sus cuadros asignados; cambiando la música su medida, así se alteraron los movimientos y gestos de los jugadores.

Y observando el tiempo de la música en un orden conveniente, y con gesto y arte aprobados, que no hubo necesidad de mandar o decir nada.

Pero las astutas y expertas ninfas, con sus abundantes trenzas derramadas sobre sus delicados hombros, colgaban ondulantes, y en su movimiento hacia adelante fluían a lo largo, mostrando un tanto sus espaldas, llevando sobre sus cabezas guirnaldas y coronas de violetas. Y cuando alguna era tomada, levantaban los brazos y aplaudían. Así, jugando y corriendo de arriba abajo, el primero continuó siendo el vencedor.

En el último juego y danza, habiendo vuelto todas a sus lugares distribuidos, la música sonó de nuevo una medida frigia con tan perfecta y provocadora furia como jamás inventó Marsias de Frigia.

El Rey, con ropas de oro, hizo que la joven doncella que estaba ante la Reina marchara hacia adelante hasta el tercer cuadro, directo en el primer movimiento, tras lo cual inmediatamente se vio una batalla y torneo, con fuerzas tan veloces y repentinas, inclinándose hacia el suelo como si estuvieran agazapadas sobre su guardia, y acto seguido dando saltos con un giro doble sobre el suelo, una justo frente a la otra, y al caer, con todo ello, un giro sobre la punta del pie tres veces alrededor.

Toda esta acción la hicieron al mismo tiempo, con tanta gracia y agilidad que nada podría ser mejor, con sus bajas inclinaciones, altos saltos y giros, sin afectación de esfuerzo, como si pareciera ser con facilidad y despreocupado sosiego, a placer y con dulces gestos, como en tal cosa puede imaginarse y no verse en otro lugar. Jamás molestándose una a otra, sino que quien era tomada prisionera besaba inmediatamente a su conquistador y dejaba el lugar. Y cuanto menor era el número, mayor placer era percibir las políticas de ambos lados para superarse mutuamente.

Y tal orden y movimiento fue usado por cada uno, de manera loable y sin falta, según lo dictaba la medida y el tiempo de la música, agitando incluso a los que miraban a tener un movimiento en sus nervios y mentes para hacer lo mismo; tal era la concordancia y acuerdo entre la naturaleza y la música, especialmente viendo el desempeño de lo mismo en las acciones de los otros.

Por esta ocasión fui movido a traer a la memoria la fuerza de Timoteo, el más astuto músico, quien con su voz y medida sobre su instrumento provocaba al gran Alejandro macedonio a tomar violentamente las armas, y alterando de repente su voz y tono, a olvidar lo mismo y sentarse satisfecho. En este tercer juego, los ataviados de oro triunfaron en la victoria.

Así, honorablemente y con excesivo placer y gran solaz, habiendo terminado este suntuoso festín, cada uno se dispuso a sentarse. Y yo, levantándome, hice reverencia ante el asiento real de su sagrada majestad, y arrodillándome sobre mi rodilla, ella me dijo así:

Poliphilo, olvida ahora y borra de tu memoria todas las penas pasadas, los problemas concurrentes, los pensamientos pensativos y los peligros superados, porque estoy asegurada de tu pronto y pleno contentamiento de deseo.

Y viendo que tu determinación es perseverar resueltamente en las llamas amorosas y el amor de Polia, creo conveniente que, para la recuperación de ello, te dirijas a las tres puertas, que son los lugares de residencia de la alta y poderosa Reina Telosia, en cuyo lugar, sobre cada una de esas puertas y portales, verás inscrito su título y nombre. Léelo diligentemente, pero para tu mejor dirección y salvaguarda, tendrás para acompañarte a dos de mis doncellas, que conocen muy bien el camino hacia allá, y por tanto, sigue adelante indudablemente con un feliz éxito.

Y entonces, con una principesca generosidad, se quitó del dedo un anillo de oro, teniendo engastado en él un ancito, y me lo entregó para que recordara su generosidad.

Ante este consejo y precioso regalo, quedé afásico, no sabiendo qué decir o hacer en compensación o dando gracias. Lo cual, percibiéndolo su Alteza, maternalmente y con una natural prontitud en una majestad grave, volvió su semblante hacia dos nobles y hermosas ninfas, que atendían cerca de su real e imperial trono, diciendo así a una de ellas a su derecha:

Logistica, tú serás quien acompañe a nuestro invitado Poliphilo, y con una sagrada y honorable gracia, se volvió hacia la mano izquierda diciendo: Thelemia, tú también irás con él. Y ambas mostradle e instruid sobre en qué puerta debe permanecer, y entonces, Poliphilo, ellas te llevarán ante otra poderosa y majestuosa Reina, quien si fuere generosa contigo en el entretenimiento eres feliz, si lo contrario, entonces descontento.

No obstante, nadie conoce su intención por su semblante, porque a veces se muestra llena de favor, amor y disposiciones agradables. Otra vez es maligna, adusta, desdeñosa, con inestables pasiones incursivas. Y ella es quien determina tales eventos como los que buscas. Y por su condición oscura, es justamente llamada Telosia.

Su residencia no está en un palacio tan majestuoso como el que ves que habito.

Por tanto, quiero que entiendas que el jefe artífice en la creación de la naturaleza no hizo nada comparable a mí, ni la tierra puede mostrarte mayor tesoro que venir a mi presencia y probar mi generosidad, obtener mi favor y participar de mi cualidad.

Y por tanto, estímalo según su valor, pues lo que encuentras en mí es un talento celestial sobre todas las joyas terrenales, porque no he tenido mi residencia en el hombre desde su caída.

Pueden imaginar acerca de mí, pero no me conocen, ni ejerzo gobierno alguno con ellos para mi propio bien.

Ahora, la Reina Telosia, ella habita en un lugar de nublada oscuridad, su casa es mantenida cerrada y hermética, porque no quiere mostrarse al hombre, ni anatomizar, descubrir y dejar al descubierto cómo es, y por esta causa el evento de su variable determinación es mantenido en secreto.

Pero de una forma maravillosamente considerada, ella se transforma contra el pelo, en diversas modas, no manifestándose, aunque sea deseada.

Y cuando las antiguas puertas sean abiertas para ti, en cada una estará escrito lo que te sucederá, pero no lo percibirás a menos que en alguna parte tu entendimiento y sabiduría miren enigmáticamente y con un juicio recto y sincero hacia ello, y rápidamente consideres sobre ello, porque ella cambia ambiguamente su hábito y semblante, y a través de esta dudosa animadversión, un hombre permanece engañado en su expectativa sin remedio.

Y por tanto, Poliphilo, aquello que estas mis consignadas, fieles y designadas doncellas, por sugerencia, te persuadan, y ante qué puerta debas entrar y permanecer, justo a cuál de esas dos mejor te parezca prestar oído, hazlo: pues ellas tienen algún entendimiento de ella.

Y habiendo hablado así, hizo una señal o ademán con la cabeza a las dos ninfas, Logistica y Thelemia, quienes inmediatamente, sin demora, fueron obedientes a su mando. Y yo, estando listo para hablar, ni sabía qué decir, ni me atrevía ante tan alta majestad, y por tantas grandes generosidades dar una palabra.

Las dos designadas compañeras de mi viaje, muy favorablemente, y con una familiar prontitud y gestos virginales, me tomaron, una por la mano derecha y la otra por la izquierda, y reverentemente obteniendo licencia, primero de la Reina, y despidiéndose del resto, salieron por el mismo camino por el que entré.

Y yo, estando deseoso y no satisfecho, me volví hacia el conspicuo pórtico, para contemplar diligentemente el artificioso palacio, maravilloso y perfecto en el arte de la construcción.

La sutileza del cual ninguna excogitación humana es capaz de imitar.

Y por tanto pensé que la naturaleza había hecho aquello para maravilla de todas sus obras por comodidad, uso, gracia, belleza, aire y durabilidad continua.

Por cuya causa, estaba excesivamente deseoso de quedarme y mirar hacia ello, pero mis líderes y guías no me lo permitieron, y aun así, por el robo de mi ojo en el zóforo, sobre la puerta noté esta inscripción: +HO TE:S PHUSEO:S OLBOS+.

Y tanto como con mis rápidos sentidos pude llevarme, tomé al salir, con tan gran placer y deleite como es posible expresar. ¡Oh, feliz quien pudiera ser aunque fuera un criado o esclavo de cocina en tal paraíso!

Ahora, habiendo llegado al patio bajo, rodeado y guarnecido con naranjos, Thelemia, con gran cortesía, me dijo así: además y por encima de todas las maravillosas y sorprendentes cosas que has visto y contemplado hasta ahora, quedan aún cuatro que verás.

Y sobre el lado izquierdo del incomparable palacio, me llevaron a un hermoso vergel de excogitable gasto, tiempo y sutileza de mano de obra, cuyo continente y circuito era tanto como el plano del palacio, donde estaba la residencia y morada de la Reina.

Alrededor, junto a los muros del vergel, había macetas de jardín convenientes, en las cuales, en lugar de plantas en crecimiento, cada una era de puro cristal, excediendo la imaginación o creencia de un hombre, injertadas en boj, con las raíces y tallos de oro, de donde procedían las otras.

Entre una y otra de las cuales estaba colocado un ciprés, no más alto de dos pasos, y el boj un paso, lleno de múltiples y maravillosos simples, con una excelente imitación de la naturaleza y agradable diversidad en las modas de las flores en distintos colores muy deleitables.

La llanura labial que rodeaba el cuadrante del vergel, saliendo de los muros como un asiento para que estas dichas macetas y árboles estuvieran sobre él, estaba subcoronada con oro por excelentes lineamientos trabajados y adornados. La cara superior de la misma, y sobre la cual esas macetas y árboles se mantenían, estaba cubierta con un yeso de cristal dorado, y una curiosa historiografía a la vista en el mismo, y rodeada y sostenida con alambrado y red de oro.

El muro que rodeaba el vergel, a una distancia conveniente, estaba abombado con columnas de la misma materia, e investido con ligaduras florecientes naturalmente proporcionadas, y aquí y allá había columnas cuadrangulares de oro biseladas, arqueándose de una a otra, con una viga, zóforo y cornisa necesarios, con una proyección adecuada y conveniente sobre el capítulo de cristal sobre la redondez.

La sustancia de cuya proyección subjetiva de la materia quebradiza era de jaspe falso, diversamente coloreado y brillante. Cuya sustancia quebradiza tenía algún espacio vacío entre ella y la otra.

La boca de los arcos estaba cerrada con rombos de cristal claro en forma de triángulo, y los tubos embellecidos por todas partes con una pintura encáustica, muy graciosa a la vista del espectador.

El suelo estaba aquí y allá cubierto con grandes bolas redondas de piedras de cristal, y otras finas proporciones muy placenteras, con un consentimiento mutuo inamovible como perlas brillando sin ninguna adulteración por foliadura. De las flores respiraba una dulce fragancia por algún lavado claro con aceite para ese propósito.

Allí, muy astutamente, Logistica, como una oradora, hizo un discurso en alabanza física de esa excelente confección, de la nobleza de la sustancia, el secreto del arte y la extrañeza de la invención. Lo semejante no se encuentra.

Y después dijo: Poliphilo, vamos y ascendamos por este monte junto al jardín, y permaneciendo Thelemia al pie de la escalera, ascendimos a la cima llana. Donde ella me mostró, con una elocuencia celestial, un jardín de gran compás, hecho en forma de un intrincado laberinto, con callejones y caminos, no para ser pisados, sino para ser navegados, pues en lugar de callejones para pisar, había ríos de agua.

El cual lugar místico era de tierra muy lozana y fructífera, repleto de todo tipo de frutas, embellecido con hermosos manantiales, y verdes hierbas y flores, lleno de todo solaz y deleite. Sobre lo cual habló así:

Imagino, Poliphilo, que no entiendes el estado condicionado de esta maravillosa hazaña, y por tanto, presta atención a mis palabras.

Quienquiera que entra no puede volver atrás, sino como ves aquellas montañas aquí y allá distribuidas, siete circuitos y las vueltas distantes unas de otras.

Y la extrema molestia y dolor de los que entran es esta: en la montaña del medio, dentro del centro de la misma, y la boca abierta de la misma, acecha invisiblemente un viejo dragón devorador mortal; él es la destrucción total para algunos, y otros no son heridos de muerte por él. No puede ser visto ni evitado, ni deja a nadie sin asaltar, sino que, ya sea en la entrada o en su viaje, destruye o hiere. Y si no los mata entre una montaña y otra, pasan los siete circuitos hasta el siguiente monte.

Y los que entran por la primera torre o monte (sobre el cual está este título inscrito: +DOXA KOSMIKE:O:S POMPHOLYS+), navegan en un pequeño navío con viento próspero y seguramente a placer; las frutas y flores caen sobre sus escotillas, y con gran solaz y placer cortan a través de las siete revoluciones con un viento alegre, hasta que la segunda montaña es descubierta y alcanzada. Y nota y contempla, Poliphilo, cuán claro y brillante es el aire en la entrada, sobre lo que es en el centro, alrededor del cual hay una espesa oscuridad.

En la primera montaña o torre hay siempre residente una matrona piadosa y generosa, ante quien se encuentra un antiguo recipiente designado llamado Urna, en preparación, teniendo sobre él siete letras griegas como esta: +THESPION+, lleno de miel designada, y a cada uno que entra, muy cortésmente y con buena voluntad ella le da uno de ellos sin respecto de estado y condición, sino según su entrada.

Habiendo recibido estos, salen y comienzan a navegar en el laberinto, estando el agua rodeada por ambos lados con rosas, árboles y frutas.

Y habiendo navegado las primeras siete revoluciones de Aries, y habiendo llegado a la segunda montaña, allí se encuentran con innumerables tropas de mujeres jóvenes de diversas condiciones, que preguntan a cada uno por la vista de su miel, la cual, siendo mostrada a ellas, conocen inmediatamente la propiedad de la miel y la bondad de la misma, y abrazándolo como su invitado, lo invitan con ellas a pasar a través de las siguientes siete revoluciones, y con diversos ejercicios según su inclinada prontitud, los acompañan hasta la tercera montaña.

En este lugar, el que quiera seguir adelante con su compañera, ella nunca lo abandonará ni lo dejará; pues hay muchas más mujeres voluptuosas y placenteras. Y muchos rechazan a la primera y hacen elección de ellas.

Al partir de la segunda montaña, para llegar a la tercera, encuentran la corriente del agua algo en contra y necesitan remos, pero habiendo caído de la tercera montaña, haciendo su curso hacia la cuarta, encuentran la marea y la corriente más en contra, y en estos siete cursos oblicuos su placer es variable e inconstante.

Habiendo llegado a la cuarta montaña, encuentran a otras mujeres jóvenes combatiendo y luchando, y aquellas, examinando sus tarros de miel, los incitan a su ejercicio, pero a aquellos que rechazan dejar a sus primeras compañeras, los dejan pasar juntos, y en este circuito el agua es aún más contraria y problemática, donde hay necesidad de gran estudio y labor para pasar adelante.

Y habiendo llegado a la quinta montaña, la encuentran especulable, como un espejo donde ven sus representaciones, y en eso toman gran deleite, y con un ferviente deseo pasan su laborioso curso. En esa montaña ven esta sentencia y dicho de oro manifestado: *Medium tenuere beati*: no lineal, ni local, sino temporal, donde mediante un examen sincero y perfecto discierne ese medio con el cual ha unido su felicidad, sabiduría y riquezas; lo cual, si no es bien, en el resto de su curso desfallece más.

Y perdiéndose desde allí, las aguas, debido a los círculos rotos, comienzan a ser muy deslizantes hacia el centro, de modo que con poco o ningún remo son llevados a la sexta montaña. Y allí encuentran mujeres elegantes, con una muestra de modestia celestial y culto divino, con cuyos aspectos y semblantes amables los viajeros son atrapados en su amor, condenando a sus anteriores con desprecio y aborrecible repugnancia. Y con estas se familiarizan y pasan las siete revoluciones.

Habiendo pasado estas con un aire cerrado, oscuro y brumoso, con muchas pérdidas y un viaje penoso, comienzan a recordar lo que han pasado y perdido; pues cuanto más el compás de la revolución se acerca al descubrimiento de la figura del centro, más pronto son pasadas, siempre más cortas y cortas, y más veloz es el curso de la corriente hacia el devorador abismo del centro.

Y luego, con extrema aflicción y amarga angustia, recordando el abuso de sus placeres, y a los compañeros que han abandonado, y los dulces lugares, lo cual aumenta tanto más sus pesares por no poder regresar ni volver con su navío, tal compañía los sigue siempre por la popa con sus castillos de proa. Y lo que más los desmaya es la pesada sentencia sobre el centro mediano, Theonlykos Dys Algetos.

Y allí, considerando el desagradable título, maldicen el momento de su entrada en el laberinto, que tiene en sí tantos deleites diversos y cuyo fin está sujeto a tal miserable e inevitable necesidad.

Y entonces ella, sonriendo, dijo: Poliphilus, sobre la garganta devoradora de este centro se sienta un juez severo, que equilibra las acciones de cada uno y ayuda a quien él quiere ayudar. Y porque sería tedioso contártelo todo, baste esto por ahora. Bajemos hacia nuestra compañera Thelemia, quien, al preguntar la causa de que se detuvieran tanto tiempo arriba, Logistica respondió: no contenta a nuestro Poliphilus solo con contemplar, sino también con entender por mí el secreto de aquellas cosas que no pudo llegar a conocer, en lo cual lo he satisfecho. Y cuando hubo terminado, Thelemia dijo:

Vayamos un rato a otro jardín no menos agradable, contiguo al jardín de cristal, sobre el lado derecho del palacio; y cuando hubimos entrado allí, quedé asombrado con excesiva maravilla al ver la curiosidad de la obra; tan difícil de relatar como increíble de creer: equivalente a la de cristal, con similar disposición de bancos o escaños; sus bordes adornados con cornisamientos y bases doradas, y tales árboles, solo que las bojes y los cipreses eran todos de seda, excepto los troncos y las ramas mayores, o la fortaleza de los brazos; lo demás, como las hojas, flores y la corteza exterior, era de seda fina, sin que faltaran perlas para embellecerlo; y el color perfecto y fino, oliendo como las flores de cristal antes mencionadas, y de igual modo, salvo que los muros que los rodeaban, de maravillosa e increíble suntuosidad, estaban todos cubiertos con una costra de perlas, estrechamente unidas y ensambladas; y hacia la parte superior brotaba hiedra verde, con las hojas espesándose y brotando de entre las perlas, con los zarcillos y venas de oro corriendo en diversos lugares entre las perlas, de una manera sumamente rara y curiosa, como si hubiera sido hiedra real en crecimiento, con bayas de piedras preciosas engarzadas en los tallos en pequeños racimos; y en los arbustos había palomas torcaces de seda, como si estuvieran alimentándose de las bayas, a lo largo de los lados de los muros del jardín cuadrado; sobre los cuales, en orden magistral y preciso, se extendían el arquitrabe y el friso de oro.

La parte lisa y tersa de los asientos donde estaban los bojes, cubierta con historias de amor y venereas, en una labor de seda e hilos de oro y plata, con una proporción imaginaria y una imitación tan perfecta que nadie puede superarla. El suelo del jardín llano era de hojas, hierba y flores de seda, como un hermoso y dulce prado; en medio del cual había un gran y hermoso cenador redondo, hecho con alambre de oro y cubierto con rosas de la misma labor, más hermosas a la vista que si fueran rosas naturales; bajo cuya cubierta, y dentro de dicho cenador alrededor de los lados, había asientos de jaspe rojo, y todo el pavimento redondo de un jaspe amarillo, acorde a la amplitud del lugar, con manchas de diversos colores, que concordaban confusamente en una placentera y adulterada unión, y tan claro y brillante que en cada objeto se representaba a sí mismo. Bajo dicho cenador, la bella y placentera Thelemia, sentándose con deleite, tomó su laúd que llevaba consigo, y con una melodía celestial y una dulzura inaudita, comenzó a cantar en alabanza y deleite de su reina. Y viendo qué gracia le daba la compañía de su compañera Logistica, me maravillaba de por qué Apolo no venía a escuchar la armonía hecha por ellas; era tan melodiosa que por el momento uno habría pensado que no existía mayor felicidad. Y después de que ella terminó sus poemas divinos, Logistica me tomó de la mano y me condujo fuera del cenador, diciéndome:

Poliphilus, has de saber que el diseño de estos objetos es más placentero de entender que de contemplar, y por lo tanto entremos aquí para quedar satisfechos en ambas cosas.

Y desde allí, ella y su compañera me llevaron de este jardín a otro, donde contemplé un arco aeróstilo, desde el suelo doblado hasta la parte superior, de cinco pasos de altura y tres de ancho, y así continuaba alrededor del recinto del jardín, en una proporción ordenada y necesaria, todo revestido y cubierto de hiedra verde, de modo que no se veía ninguna parte de la pared. Y había cien arcos para el cerramiento de este jardín.

Junto a cada uno de los arcos había un altar de pórfido rojo, curiosamente proporcionado con líneas exquisitas; y sobre cada uno de ellos estaba colocada una imagen de oro, como una ninfa, de aspecto raro y hermoso, vestida de diversas maneras y variando en sus atavíos y peinados, inclinando cada una sus ojos hacia el centro del jardín.

En cuyo lugar central se fundó una base, de una piedra de calcedonia clara como el cristal, en forma cúbica; es decir, cuadrada por todos sus lados. Y sobre ella se colocó una piedra redonda, pero plana por ambos lados, de dos pies de altura y, por su diámetro, de un paso y medio de ancho, de jaspe rojo purísimo. Sobre la cual se alzaba una piedra muy negra, de forma triangular, y en cuanto a su anchura, ajustada a la redonda, y de altura un paso y medio. Las esquinas de tal triángulo coincidían con los lados y el borde del plinto o piedra redonda subyacente.

En los frentes pulidos y lisos de tal triángulo, estaba adosada una hermosa imagen, de aspecto celestial, grave y modesto, con sus pies sin tocar la piedra, sino destacando de la misma justo sobre la piedra redonda suprimida y puesta debajo. Sus estaturas eran tan altas como el trígono podía soportar, al cual se adherían firmemente por sus partes posteriores. Sus brazos estaban extendidos, tanto el derecho como el izquierdo, hacia las esquinas del triángulo, donde sostenían un cuerno, lleno y sujeto a las esquinas de la figura triangular; la longitud de cada uno de tales cuernos de oro fino era de siete pies.

Y las imágenes, los cuernos y sus ligaduras con las que estaban atadas en medio y sostenidas, eran todos brillantes, y sus manos envueltas con los diversos cordones, lanzados sobre la parte lisa y tersa de la piedra negra.

Sus hábitos eran ninfales, de una hechura sumamente rara y excelente. El sepulcro de Tarnia, reina de los escitas en Asia, no era comparable.

En la figura cúbica inferior, sobre la superficie lisa de cada cuadrado, estaban grabadas letras griegas, tres, una, dos y tres de esta manera. +DYS A LO: TOS+.

En la circular había tres caracteres jeroglíficos, perpendicularmente bajo los pies de cada imagen. Para el primero, estaba impresa la forma del sol. Luego debajo de otro, la figura de un reloj de arena antiguo.

En tercer lugar, un plato con una llama ardiendo en él.

Sobre la cabeza de la piedra negra triangular, hacia cada esquina, contemplé un monstruo egipcio de oro, cuadrúpedo y yacente. Uno de ellos tenía un rostro totalmente humano. El otro, como mitad hombre y mitad bestia. Y el tercero, como una bestia. Con un velo de lino sobre cada una de sus cabezas, con dos cintas colgando sobre sus orejas, y el resto descendiendo y cubriendo sus cuellos y espaldas, con cuerpos de leones. Sus miradas directamente al frente.

Sobre los lomos de estos tres, se alzaba una maciza aguja de oro, triangular, afilándose hacia la parte superior, cinco veces más alta que ancha en su base. Y sobre cada frente o cara anterior, había grabado un círculo, y sobre un círculo una letra griega, +O+. sobre otro, una letra +O:+. y sobre el tercero, una +N+ griega.

Allí Logistica comenzó a hablarme, diciendo: por estas figuras se describe, hasta donde la razón humana puede mostrar, la armonía celestial. Y entiende, Poliphilus, que estas figuras, con una afinidad y conjunción perpetuas, son monumentos antiguos y jeroglíficos egipcios, que significan esto: _Divinae infinitaeque trinitati unius essentiae_. Lo cual es ahora, por su santa palabra, manifestado de una manera amorosa a todo el mundo, según su voluntad; y sin embargo, no estará de más ver las antigüedades y considerar qué mayor beneficio se obtiene mediante el precioso Evangelio.

La figura inferior fue consagrada a la Deidad, porque es en todo sentido igual y una sola; y por cada lado, y girada en cualquier dirección, de igual estabilidad, sobre cada base, constante y permanente.

La circular redonda que se alza sobre ella no tiene principio ni fin. Sobre cuyos lados circunferenciales se contienen estos tres lineamientos, directamente bajo cada imagen, de acuerdo con la propiedad atribuida.

El sol con su luz reconfortante da vida a todas las cosas, y su naturaleza se atribuye a Dios.

El segundo es el reloj de arena, que es la dirección providente y el gobierno de todo con una sabiduría infinita.

El tercero es un recipiente ardiente, por el cual se entiende una participación de amor.

Y aunque son tres cosas distintas, están contenidas y unidas en una sola sempiternamente, comunicando sus bendiciones con gran amor, como puedes ver por los cuernos en cada esquina de la piedra triangular.

Y continuando su deleitable discurso, dijo: bajo la forma del sol, nota esta palabra griega, Adiegetos. Junto al reloj de arena mira esta, Adiachoristos. Y junto al recipiente de fuego estaba grabado, Adiereynes.

Y con este fin están los tres monstruos colocados bajo el obelisco de oro, porque hay tres grandes opiniones como esos monstruos; y así como el de semblante humano es el mejor, los otros son bestiales y monstruosos.

En la aguja hay tres lados planos, delineados con tres círculos, que significan uno por cada tiempo: el pasado, el presente y el futuro; y ninguna otra figura puede sostener estos tres círculos sino en esa forma invariable. Y ningún hombre mortal puede, en un mismo instante, discernir y ver perfectamente a la vez dos lados de la misma figura, salvo uno integralmente, que es el presente; y por lo tanto, con gran conocimiento fueron grabados estos tres caracteres, +O. O:. N+.

Por cuya causa, Poliphilus, no es que me excuse por ser demasiado prolija y tediosa, sino para enseñarte brevemente y ponerte en el camino correcto. En el conocimiento de esto, entenderás que la primera figura basal solo es conocida por Él mismo y por un Hijo del hombre, que tiene un cuerpo humano glorificado y sin pecado; y su brillo lo vemos solo como en un espejo, y no claramente como es, porque es incomprensible para una sustancia finita.

Pero aquel que está dotado de sabiduría, que considere su brillo glorioso. Pero en cuanto a la tercera figura, que es de color oscuro y negro, donde están las tres imágenes de oro: _La piedra negra es la Ley; el alimento de los cuernos; las tres mujeres, la preservación del género humano._

Ahora bien, aquellos que quieren mirar más alto ven una figura en un aspecto trino, y cuanto más suben hacia la cima, donde está la unión de los tres, por sabios que sean, su entendimiento es imperfecto; y aunque lo vean, no saben lo que ven, sino que existe tal cosa, en comparación con la cual son tontos, su poder es débil y ellos mismos no son nada.

Y allí, habiendo terminado Logistica su autorizado discurso, proveniente de un conocimiento absoluto, profundo juicio y agudeza de ingenio en asuntos divinos, y desconocidos para capacidades débiles, comencé a sentir aquí un deleite mayor que en cualquier otra obra maravillosa que hubiera contemplado con mis ojos ávidos. Considerando conmigo mismo el obelisco místico, la inefable igualdad estataria, inamovible por su durabilidad y perpetuidad, y perdurable e incorruptible.

Donde soplaba un aire dulce del cielo, con vientos invariables, en este jardín redondo lleno de flores, de un terreno grande, circular y permanente; rodeado de toda clase de frutas, agradables al gusto y llenas de salud; con una perpetua verdura, dispuesta y plantada por un orden regular, hermoso, placentero y conveniente; con el perfecto trabajo y esfuerzo de la naturaleza para llevarlo a tal estado, y embellecido con oro precioso.

Y callándose Logistica, ambos me tomaron de las manos, y salimos por la boca de uno de los arcos fuera de los recintos del cercado de hiedra. Y habiendo salido de allí, pasando muy contentos entre ambos, dice Thelemia: apresurémonos ahora hacia nuestras tres puertas a donde somos enviados.

Por lo cual, pasando nosotros a través de un lugar fértil y un campo agradable, a un paso razonablemente conveniente, contemplé los cielos muy claros y brillantes, y engañé el tiempo con conversaciones alegres, dulces y deleitables. Y yo, deseoso de entender cada particular de las inestimables riquezas, indecibles deleites y tesoro incomparable de la sagrada reina (ante la cual Osiris, el constructor de los dos templos de oro, uno a Júpiter y el otro al reino, debe ceder), hice esta pregunta.

Decidme, os lo ruego, bellas ninfas (si mi curiosidad no es para vuestro descontento), entre todas las piedras preciosas que pude contemplar perfectamente de gran estima y precio, una consideré inestimable y sin comparación la más preciosa; el jaspe que tenía la efigie de Nerón tallada, no era mucho más grande. Ni tampoco la coruscante en la estatua de Arsínoe, la reina árabe, era igual a ella. Junto a ella, de tal valor era la joya en la que estaba la representación de Nonio, el senador, como este diamante centelleante y brillante, de una belleza y tamaño raros y nunca vistos, que colgaba de un rico collar alrededor del níveo cuello de la sagrada reina; qué talla tenía, lo cual no pude percibir debido al brillo y a estar algo lejos. Y por ello, siendo ignorante en esto, deseo saberlo.

Logistica, considerando mi honesta petición, me respondió inmediatamente. Sabe esto, Poliphilus, en la joya estaba grabado un trono imperial, y en el trono el poderoso nombre de Jehová en letras hebreas, y ante ese trono son arrojados y hollados bajo los pies los gigantes que orgullosamente se han alzado contra su palabra y resistido su voluntad; sobre el lado izquierdo del trono hay una llama de fuego, sobre la mano derecha un cuerno de salvación, o cuerno lleno de toda buena bienaventuranza, y esto es todo lo que contiene la joya.

Entonces presumí preguntar más, qué significarían estas dos cosas a ambos lados del trono, que eran sostenidas en dos manos. Thelemia me respondió rápidamente: Dios, de su infinita bondad, propone a la humanidad su misericordia y su juicio, que elijan lo que quieran.

Por esto, estando satisfecho, dije además: Viendo que, gratísimas ninfas, mis discursos no os son desagradables y que no estoy satisfecho aún con todo lo que he visto, os ruego que me dejéis entender esto.

Antes del horrible miedo en el que fui puesto por el dragón, contemplé un gran y enorme elefante de piedra, con una entrada en su vientre, donde había dos sepulcros con una escritura, cuyo significado es demasiado místico para mí; era que no debía tocar el cuerpo, sino quitar la cabeza.

Logistica me respondió inmediatamente. Poliphilus, entiendo muy bien tu duda, y por lo tanto has de saber que esta forma y máquina monstruosa no fue hecha sin gran y maravillosa sabiduría humana, mucho trabajo e increíble diligencia, con una perplejidad de entendimiento para conocer el concepto místico. Recuerdas que sobre la cara colgaba un adorno, con ciertos ideogramas iónicos y arábigos, que en nuestra lengua materna significa tanto como trabajo e industria. Significando con ello que en este mundo, quienquiera que desee obtener alguna bendición que le haga bien, debe dejar el cuerpo, que es la comodidad y la ociosidad, y entregarse al trabajo y la industria, que es la cabeza.

No había terminado ella sus palabras, tan placenteras como penetrantes, cuando lo entendí muy bien y le di muchas gracias. Y aun deseoso de ser resuelto en todo aquello sobre lo que tenía dudas, y viendo que podía hablar con audacia, hice esta tercera pregunta. Sabia ninfa, en mi salida del lugar subterráneo vasto y sombrío, mientras pasaba, llegué a un buen puente, y sobre el mismo, en una piedra de pórfido en un lado, y una ofita en el otro, contemplé grabados ciertos jeroglíficos, ambos los interpreté, pero me quedé dudoso de ciertas ramas que estaban atadas a los cuernos del cráneo del buey, y más aún porque estaban en la piedra de pórfido y no en la ofita del otro lado.

Ella me respondió al instante. Las ramas, una es del cardo o espino de Judea, y la otra del terebinto. La naturaleza de cuyas maderas es que una no prende fuego fácilmente y la otra no se dobla, ni se pudre, ni se consume, ni es comida por gusanos. Y así es encomiada la paciencia, que con la ira no se enciende ni por la adversidad será vencida.

La naturaleza de la piedra de pórfido es de este secreto: que en el horno no se quema a sí misma, y también causa que otras piedras cercanas no ardan. Y de tal naturaleza es la paciencia, que no se altera a sí misma ni permite que ninguna otra sobre la que ejerce dominio caiga en furia. Y la piedra ofita es de tal naturaleza también.

Ahora, Poliphilus, te encomio grandemente en que desees entender tales secretos: pues contemplar, considerar y medir los mismos es una virtud encomiable y el camino al conocimiento; por lo cual tuve ocasión de dar innumerables gracias por sus grandes y favorables cortesías.

Y así, con discursos permitidos y deleitables, llegamos a un hermoso río, sobre cuya ribera, además de otros hermosos árboles verdes y florecientes y hierbas acuáticas, contemplé una fina arboleda de plátanos, en la cual había un excelente y hermoso puente sobre el río hecho de piedra, con tres arcos, con pilas que se proyectaban contra los dos frentes, para preservar la obra del puente, siendo sus lados de excelente mano de obra.

Y en la curvatura media del mismo, a ambos lados, había una piedra cuadrada de pórfido, teniendo en ella un cataglifo, un grabado de jeroglíficos.

Sobre la mano derecha mientras cruzaba, contemplé a una mujer, extendiendo sus brazos, sentada solo sobre una nalga, poniendo hacia afuera una de sus piernas como si quisiera levantarse; en su mano derecha, sobre el lado en el que estaba sentada, sostenía un par de alas, y en la otra mano, sobre el lado por el cual se estaba levantando, una tortuga.

Justo frente a ella había un círculo, cuyo centro sostenían dos pequeños espíritus, con sus espaldas vueltas hacia la circunferencia del círculo.

Y entonces Logistica me dijo: Poliphilus, estoy segura de que no entiendes estos jeroglíficos, pero ellos sirven mucho para tu propósito; y por lo tanto son colocados como un monumento y algo a considerar por aquellos que pasan.

El círculo, _Medium tenuere beati_.

El otro, templa tu prisa con la espera, y tu lentitud con el levantamiento, considera esto según veas causa.

Este puente fue construido con una curvatura moderada, mostrando la astuta investigación, prueba, examen, arte y discreción del excelente trabajador e inventor, encomiado en la continuidad y durabilidad del mismo, lo cual muchos de nuestros modernos idiotas, similares a Bayard, sin conocimiento, medida ni arte, zumbando por ahí, no observan ni proporción ni lineamientos, sino todo fuera de orden.

Este puente era todo de mármol puro.

Una vez que hubimos pasado el puente, caminamos a la fresca sombra, deleitándonos con las notas variables y los trinos de los pajarillos, hacia un lugar rocoso y pedregoso, donde altas y escarpadas montañas se alzaban, continuando después hacia abruptos y tediosos parajes montañosos, llenos de piedras rotas y mordidas, elevándose en el aire tanto como un hombre podía mirar, y sin rastro de hierba o planta verde, y allí estaban talladas las tres puertas, en la roca misma, tan claramente como cabía esperar. Una obra muy antigua y fuera de registro, en un asiento muy desagradable.

#Tif'eret Ha'el# #Gidul Ha'a'hava# #Tif'eret Ha'olam#

+THEODOXIA+ +ERO:TOTROPHOS+ +KOSMODOXIA+

GLORI DEI MATER AMORIS GLORIA MVNDI

Sobre cada una de ellas contemplé, en letras jónicas, romanas, hebreas y arábigas, el título que la sagrada reina Eleutherillida me predijo que encontraría. La puerta a mi mano derecha tenía sobre sí esta palabra: Theodoxia. La que estaba a mi izquierda, Cosmodoxia. Y la tercera, Erototrophos. Hacia la cual, tan pronto como llegamos, las damiselas comenzaron a instruirme en los títulos, y al llamar a las resonantes hojas de las puertas, cubiertas a la derecha con musgo verde, estas se abrieron al instante.

Y allí se presentó ante nosotros una mujer anciana, de semblante honorable, que salía de una casa vieja, embarrada y ahumada, que tenía una puerta pequeña, pobre y baja, sobre la cual estaba pintado Pilurania. Ella se acercó con una modestia honesta y recatada, y su lugar de morada estaba en un sitio solitario y una roca sombría, decaída y desmoronada; sus ropas estaban andrajosas, su rostro flaco, pálido y pobre. Con los ojos mirando hacia el suelo, su nombre era Thende. Tenía a su servicio a seis doncellas, vestidas de manera humilde y sencilla. Una se llamaba Parthenia, la segunda Edosia, otra Hypocolinia, la cuarta Pinotidia, la siguiente Tapinosa y la última Prochina. La cual, la reverenda matrona, con su brazo derecho desnudo, señalaba hacia los cielos.

Ella habitaba en un lugar de muy difícil acceso, y lleno de problemas para transitar el camino, estando obstaculizado por espinas y zarzas, muy áspero y desagradable, con una nube brumosa proyectada sobre él, y muy difícil de escalar.

Logistica, percibiendo por mi mirada que no tenía gran gusto por aquel lugar, algo afligida por ello, dijo: esta roca solo se conoce al final. Y entonces Thelemia dijo: Poliphilus, veo que haces poco caso de una mujer tan sufrida. A lo cual, asintiendo con mi semblante, nos alejamos, y cerrándose la puerta, llegamos a la siguiente.

Donde, al llamar, se abrió al instante, y al entrar, nos salió al encuentro una mujer morena, de ojos fieros y errantes, y de semblante vivaz, levantando una espada desnuda y brillante, sobre cuya parte media había una corona de oro y una rama de palmera atravesada.

Sus brazos eran musculosos como los de Hércules, en labores y actos magnánimos y de noble espíritu. Su vientre pequeño. Una boca pequeña, hombros fuertes y encorvados, pareciendo por su semblante ser de un espíritu intrépido, sin miedo a emprender cualquier empresa por difícil que fuera.

Su nombre era Euclelia, muy honorablemente atendida por seis mujeres jóvenes. La primera se llamaba Merimnasia, la segunda Epitide, otra Ergasilea, la cuarta Anectea, la quinta se llamaba Statia y la última se llamaba Olistea.

La situación y el lugar me parecieron penosos, y Logistica, percibiendo mi inclinación, tomó al instante el laúd de Thelemia y comenzó a pulsar una melodía dórica, y cantó al mismo tiempo muy dulcemente, diciendo: Oh Poliphilus, no te canses de sufrir penas en este lugar, pues cuando el trabajo y la fatiga sean superados, llegará un tiempo de descanso. Y su canto fue de tal fuerza que incluso estuve consintiendo en permanecer allí, a pesar de que la habitación parecía laboriosa. Ante lo cual, Thelemia me dijo con seducción: Creo que es muy razonable, mi Poliphilus, que antes de que establezcas tu descanso aquí en este lugar, debas en cualquier caso ver la tercera puerta.

A lo cual consentí con muy buena voluntad, y por tanto, saliendo de allí, llegamos a la otra puerta, donde Thelemia, llamando a un anillo de bronce, se abrió de inmediato, y cuando entramos, vino hacia nosotros una mujer notablemente hermosa, y su nombre era Philtronia.

Sus miradas eran lascivas, lujuriosas e inconstantes, su gracia maravillosamente placentera, de modo que, a primera vista, me arrastró violentamente hacia su amor.

Este lugar era la mansión de la voluptuosidad. El suelo, adornado con pequeñas hierbas y decorado con toda clase de flores variadas, abundaba en solaz y quietud. Brotaban y enviaban en diversos lugares pequeños arroyos de agua, borboteando y deslizándose sobre la grava de ámbar en sus serpenteantes canales aquí y allá, haciendo con alguna caída repentina un sonido continuo y apacible, humedeciendo con gran placer los campos abiertos y haciendo que los lugares sombreados bajo los árboles frondosos fueran frescos y lozanos.

Tenía consigo también a seis mujeres jóvenes de estaturas similares, sumamente hermosas, de semblantes agradables, amorosamente adornadas y vestidas como puede desear una belleza ambiciosa y gestual.

La primera se llamaba Rastonelia. La segunda, Cortasina. La tercera, Idonesa. La cuarta, Triphelia. La quinta, Epiania. Y la última se llamaba Adia.

Estas y su compañía eran muy deleitables para mis ojos, que las contemplaban y escudriñaban. Ante lo cual Logistica, de repente con un semblante triste y apenado, viéndome dispuesto a entregarme abruptamente al amor servil de ellas, me dijo: Oh Poliphilus, las bellezas seductoras y atrayentes de estas son vanas, engañosas y falsificadas, insípidas y desagradables, y por lo tanto, si quisieras mirar con advertencia sus espaldas, entonces odiarías, despreciarías y aborrecerías su asquerosa inmundicia, que abunda en hedor y olor nocivo más que cualquier estercolero, que ningún estómago puede soportar.

Y por lo tanto, lo que es resbaladizo y transitorio, huye y evita; desprecia aquel placer que trae vergüenza y arrepentimiento, vanas esperanzas, una alegría corta y pequeña, con lamentos perpetuos, suspiros dudosos y una vida dolorosa que nunca termina.

Oh placer adulterado y antinatural, cargado de miseria, que contiene tal amargura, como miel, y sin embargo hiel que gotea de las hojas verdes.

Oh vida peor que la muerte, y sin embargo mortal, deleitándose en un dulce veneno; con qué cuidado, tristeza, pensamientos pensativos, intentos mortales y desesperados, eres buscada por los amantes ciegos, quienes, sin miramiento ni consejo, se arrojan de cabeza a un abismo de penas.

Están presentes ante tus ojos, y sin embargo no las ves. Oh, qué y cuán grandes penas, dolor amargo y agudo y vejación soportas, apetito malvado, execrable y maldito.

Oh detestable locura, oh sentidos engañados, por vuestra culpa, con el mismo placer bestial, los miserables hombres mortales son derribados.

Oh lujuria inmunda, furia absurda, deseo desordenado y vano, construyendo nidos con errores y tormentos para los corazones heridos, la destructora total y el abandono ocioso de todas las buenas bendiciones.

Oh monstruo ciego, cómo ciegas, y con qué engaño cubres los ojos y engañas los sentidos del entendimiento de los amantes infelices y miserables con velos y nieblas.

Oh monstruoso y servil, que, rodeado de tantos males, te apresuras hacia un placer tan pequeño, envenenado y fingido.

Logistica, hablando con vehemencia estas y otras palabras similares, con la frente fruncida, arrugada por las penas, y las venas alzándose en una gran rabia, arrojó su laúd al suelo y lo rompió.

Ante lo cual, Thelemia, con un semblante sonriente, asintió hacia mí, como si dijera: deja que Logistica diga lo que le plazca, pero haz lo que tú mismo veas conveniente.

Y Logistica, viendo mi malvada intención y resuelta determinación, inflamada de desdén, me dio la espalda y, con un gran suspiro, se apresuró a marcharse.

Y yo permanecí todavía con mi compañera Thelemia, quien, con una gracia halagadora y sonriente, me dijo: Poliphilus, este es el lugar donde no continuarás por mucho tiempo, pero encontrarás la cosa más querida que amas en el mundo, y que tienes en tu corazón, determinado sin intercesión a buscar y desear.

Y dudando entonces en mi fuero interno, me resolví a que nada podría engendrar quietud o traer contento a mi pobre y afligido corazón, sino mi Polia, la más deseada. La promesa y garantía de Thelemia de que yo obtendría lo mismo engendró en mí cierto consuelo.

Y ella, percibiendo que la señora de este lugar, el asiento mismo y sus mujeres me complacían bien y me entretenían cortésmente, besándome, se despidió y me dijo adiós.

Al cerrarse las puertas metálicas, permanecí enclaustrado entre estas bellas y hermosas ninfas, que comenzaron muy placentera y lascivamente a tratar conmigo; y viéndome rodeado por su lasciva compañía, me sentí provocado por sus persuasivos y atrayentes halagos a la concupiscencia ilícita, sintiendo en mí un deseo ardiente, inflamado por sus aspectos lascivos, una provocación creciente de un fuego lujurioso. Temo que, si Phrine hubiera tenido tal favor y fuerza en el gesto de su habla, el frío Xenocrates habría consentido a su seducción, y no habría sido acusado por ella de ser una imagen de piedra. Sus semblantes eran tan lascivos, sus pechos desnudos y atrayentes, sus ojos halagadores, en sus frentes rosadas, brillantes y errantes, sus formas más excelentes, su vestimenta rica, sus movimientos aniñados, sus miradas mordaces, sus adornos, dulces y preciosos, nada falsificado, sino todo perfeccionado por la naturaleza de una manera excelente, nada deforme, sino todas las partes correspondientes unas con otras.

Sus cabezas amarillas, sus trenzas hermosas y el cabello suave y fino, de tal manera peinado y enrollado en tramas, con encajes de seda y oro, superando cualquier alegría que un hombre pueda contemplar, vueltas alrededor de sus cabezas de una manera excelente, iniluxadas y atadas juntas, sus frentes rodeadas y sombreadas con rizos ondulados, moviéndose de una manera maravillosa, deliciosas, perfumadas y dulces, produciendo una fragancia desconocida. Sus discursos tan persuasivos y agradables como podrían robar el favor de un corazón indispuesto, y atraer violentamente hacia ellas cualquier mente, aunque sea como un sátiro o grosera como sea, para depravar la religión, para atar cada concepto suelto, para hacer amoroso a cualquier campesino rústico y para suavizar cualquier disposición esquiva. Ocasión por la cual, mi mente, totalmente puesta en fuego con un nuevo deseo, y en el calor extremo de la concupiscencia, provocada a caer de cabeza en un apetito lascivo, y ahogada en un amor lujurioso desenfrenado; en la extrema invasión y contagio infeccioso de ello, las damiselas me abandonaron y me dejaron solo en una llanura fructífera.

_En este lugar, siendo dejado solo Poliphilus, una ninfa hermosísima (cuando fue abandonado por la compañía lasciva) se acercó a él, cuya belleza y vestimenta Poliphilus describe amorosamente._

Mi tierno corazón, herido así excesivamente con la provocación amorosa, creo que estaba loco, permanecí tan asombrado, o ciego al menos, porque no pude percibir de qué manera o cómo esta deseada y deleitable compañía me dio el esquinazo; y al final, no sabiendo lo que hacía, sino lanzando mis ojos directamente hacia adelante, contemplé ante mí una fina pérgola de dulce jazmín, algo alta, levantándose y curvándose por encima, toda pintada y decorada con las placenteras y odoríferas flores de tres clases mezcladas, y entrando bajo la misma. Maravillosamente perplejo por la pérdida de mi compañía, no sabía cómo o de qué manera, y llamando a la memoria las diversas, raras y maravillosas cosas pasadas, y sobre todo la gran esperanza y confianza que había concebido por la promesa de la reina, de que encontraría a mi amada Polia.

¡Ay!, dije, con un profundo suspiro, mi Polia, que la pérgola verde resonó de nuevo con ello, mis respiraciones amorosas eran tales, fraguadas dentro y enviadas fuera desde mi corazón ardiente. Y no había entrado más que en esta agonía, y abrumado en esta pasión, cuando al pasar al otro extremo de la pérgola, pude percibir a lo lejos un gran número de jóvenes, solazándose y divirtiéndose muy ruidosamente con diversos sonidos melodiosos, con juegos placenteros y diversos pasatiempos, con gran alegría, y pasando el deleite reunidos, en una gran llanura. Ante esta novedad grata y deseada, me senté maravillado de ello, antes de dar un paso más.

Y he aquí, una ninfa nobilísima y hermosa, con una antorcha ardiente en su mano, partiendo de la compañía, tendió su curso hacia mí, de modo que bien pude percibir que era una doncella real en verdad y no un espíritu, por lo que no me moví ni un ápice, sino que alegremente esperé su llegada, quien con prisa virginal, acceso modesto, semblante estelar y gracia sonriente, se acercó a mí con tal majestad, y sin embargo amistosa, de modo que temo que la amorosa Idalea nunca se mostró así a Marte, ni a ella el bello pastor Adonis. Ni el delicado Ganímedes a Júpiter, o la hermosa Psique a su esposo Cupido.

Por cuya causa, si ella hubiera sido la cuarta entre las tres diosas contendientes, si Jove hubiera sido el juez, como en los sombreados bosques de Mensunlone fue el pastor frigio, sin duda alguna habría sido juzgada de belleza mucho más excelente, y sin equivalencia, más digna de la manzana de oro que todas o cualquiera de las demás. A primera vista me convencí de que había sido Polia, pero el lugar inusitado y su vestimenta me hicieron pensar lo contrario, y por lo tanto mi dudoso juicio permaneció en suspenso, teniendo solo una reverente sospecha de ello.

Esta honorable ninfa tenía su cuerpo virginal, divino y pequeño cubierto con una tela fina y sutil de seda verde, espolvoreada con oro, sobre una camisa de lino puro blanco rizado, cubriendo su delicado y tierno cuerpo, y su piel nívea, tan fina y buena como la que jamás Pamphila, la hija de Platis en la isla de Cos, inventó para tejer. Cuya camisa blanca parecía como si hubiera cubierto rosas de damasco.

El abrigo que llevaba sobre eso no era como nuestras faldas de moda con cinturas francesas, pues su cuerpo dulcemente proporcionado no necesitaba tal estrechamiento, y un uso malsano, que impide la procreación y es enemigo de la salud; sino más bien como un chaleco, con pequeños pliegues y frunces bajo sus pechos redondos y bonitos, sobre su cintura esbelta y pequeña, sobre sus flancos de gran proporción y su pequeño vientre redondo, fuertemente ceñida con un cinturón de oro; y sobre el mismo, una túnica o prenda larga hasta el suelo, y ribeteada abajo.

Esta prenda, siendo muy larga, estaba recogida alrededor de la altura de sus caderas, y delante sobre su vientre, y atada alrededor con el cinturón de matrimonio tachonado de Citherea, el levantamiento de la prenda, llevando sobre el cinturón alrededor de ella como un verdugado francés, y la parte más baja cayendo hacia abajo alrededor de sus pies en pliegues y dobleces, inestable y soplada alrededor con el aire dulce y el viento fresco, haciendo a veces, por la delgadez de la misma, que su forma se viera en él, a lo cual ella parecía con una prontitud resistir y evitar. Su belleza y gracia eran tales que me quedé en duda de si fue engendrada por alguna generación humana; sus brazos extendiéndose hacia abajo, sus manos largas y delgadas, sus dedos pequeños y hermosos, y sus uñas delgadas y rojizas, y brillantes, como si ella hubiera sido la mismísima Minerva. Sus brazos se podían ver a través de la clara delgadez del lino, las alas alrededor del tamaño de su prenda donde salían sus brazos eran de oro, ribeteadas de una manera excelente, y engastadas con perlas y piedras; y del mismo modo, todo el dobladillo alrededor de su vestidura, con ojetes de oro, y perlas, y lentejuelas de oro en diversos lugares, distantemente dispuestas de una manera curiosa y placentera de contemplar.

En ambos lados, bajo los brazos hasta su cintura, su prenda superior estaba sin coser y abierta, pero sujeta con tres botones de gran perla oriental (tales como Cleopatra nunca tuvo para disolver en una poción) en lazos de seda azul, de modo que podías ver su camisa entre la distancia de una perla a otra, cubriendo su delicada, suave y nívea piel delgada; excepto su pequeño cuello y la mitad superior de sus espaciosos y deliciosos pechos, más deseados y que contentaban mis ojos que los arroyos de agua y los ríos frescos al ciervo acosado y perseguido, más agradables que la barca de pescador de Endimión a Cynthia, y más placenteros que Citherea a Orfeo.

Las mangas de su camisa de una largura conveniente, y alrededor de sus muñecas plegadas y atadas con brazaletes de oro, dobles y unidos con perla oriental. Y además de todos sus adornos y gestos graciosos, se esforzaba de vez en cuando con miradas robadas y afectadas, de una manera dulce y placentera, a bajar sus ojos sobre sus pequeños pechos redondos y palpitantes, impaciente por la supresión de su ropa suave y fina; de modo que juzgué tras una buena consideración, y pensé que en la dignidad y el marco honorable de su personaje, el Creador había enmarcado y unido toda la violencia del amor. Las cuatro nodrizas del reino real de Babilonia, llamadas la lengua de los dioses, no tenían ese poder para ganar el favor y el amor del rey, que esta ninfa dulcísima tenía.

Alrededor de su hermoso cuello, más blanco que la nieve escita, llevaba un collar de perla oriental: Cerna, la esposa de César, nunca tuvo uno igual, y dudo que el de Eriphile, que tomó de Amphiaraus, fuera comparable en absoluto. Y en la curvatura hacia abajo sobre la división de sus pechos, entre dos grandes perlas, estaba encadenado un rubí redondo y resplandeciente, y sobre los lados colaterales de dichas perlas, dos zafiros brillantes, y dos perlas, junto a ellos dos esmeraldas, y dos perlas, y después de ellos dos hermosos jacintos: todas estas perlas y piedras estaban encadenadas en un trabajo en losanges, de una manera rara y hermosa.

Su hermosa cabeza, enviando hacia abajo y desplegando una propagación suelta de abundante cabello, como los hilos más pequeños de oro, ondeando con el viento, y sobre su coronilla, una guirnalda de violetas leonadas que olían dulcemente, y cubriendo la misma casi hasta su frente: desde el punto superior medio de la cual, en forma de dos hemiciclos hasta la mitad de sus orejas, se elevaba en tramas rizadas, cayendo de nuevo sobre sus hermosas sienes, ondeando moviblemente y sombreando las mismas, y ocultando la mitad superior de sus pequeñas orejas, más hermosas de lo que jamás se reportó de Mimoria.

El resto de su cabello amarillo descendía sobre su hermoso cuello, hombros bien dispuestos y espalda recta, hasta las pantorrillas de sus piernas esbeltas, ondeando moderadamente y soplado alrededor, en mayor belleza que las plumas de ojos orgullosos del ave de Juno. Tal cabello como Berenice nunca juró en el templo venéreo por su Tholomaus, ni Conus el matemático contempló jamás algo igual colocado en el triángulo.

En su frente, bajo dos sutiles hemiciclos negros y cejas distintas, tales como las que Abacsine en Etiopía no tenía para presumir, ni comparar, ni la propia Juno, miraban hacia afuera y se presentaban dos ojos placenteros, radiantes y brillantes, que obligarían a Júpiter a llover oro, de una vista clara, rápida y penetrante, con un círculo marrón entre la manzana y el blanco lechoso; cerca de los cuales estaban sus mejillas púrpuras y de cereza, embellecidas con dos hoyuelos redondos y sonrientes, adornando el placer de su semblante, del color de las rosas frescas recogidas al salir el sol, y colocadas en un recipiente del cristal de Chipre, y mostrándose a través del mismo, según me pareció.

Bajo su nariz hasta sus labios, pasaba un pequeño valle hasta su boca pequeña de una forma dulcísima, sus labios no abultados o hinchados, sino indiferentes, y de un color rubí, cubriendo dos juegos uniformes de dientes, como marfil, y pequeños, no uno más largo y afilado que otro, sino en orden, uniformemente dispuestos y colocados; de entre los cuales, el amor había compuesto una respiración dulce eterna, de modo que presumí pensar que los dientes blancos como la nieve entre sus graciosos labios no eran otra cosa que perlas orientales, y su aliento dulce, almizcle caliente, y por su voz deleitable, que ella era Thespis con sus nueve hijas.

Y en mi interior, mi atribulado espíritu, inflamado por el deseo, razonaba conmigo mismo: ¿qué hombre mortal, por sabio o prudente que fuera, podría contemplar tal divinidad y no perder la razón? Pues su hablar, con esa suavidad y armonía, parecía emanar de una fuente celestial, capaz de apaciguar las tempestades más fieras y de encadenar la voluntad de cualquier ser viviente. Mientras mis ojos, como si estuvieran hechizados, no podían apartarse de la delicada curva de su cuello y de la gracia de sus movimientos, que se deslizaban con la ligereza de una pluma sobre el aire, sentía cómo mi corazón, antes frío y sosegado, se consumía en una fiebre que ninguna agua del mundo podría mitigar. Esta criatura, de presencia tan excelsa y de una hermosura que desafiaba cualquier descripción, no solo cautivaba mis sentidos, sino que se apoderaba de mi alma entera, obligándome a reconocer su dominio absoluto sobre mis pensamientos más recónditos. Así, en mi desdicha y mi dicha, me hallaba, oscilando entre el temor de mi propia insuficiencia y la esperanza que su dulce trato, como un bálsamo, me infundía, arrastrándome cada vez más lejos hacia los dominios del amor, donde ya no cabía retorno posible.

¡Oh, Poliphilus, cómo puedes abandonar en cualquier momento tu amor inseparable, encendido hacia tu dulce Polia, por cualquier otro? Y con ello, de esta Ninfa, así estrecha y fuertemente atada, más poderosamente que en las garras de un Cangrejo o una Langosta, esforzándome por desatarme, no hallé tarea fácil, de modo que no pude sino atar gravemente mi atribulado corazón al amor y al afecto de esta, que en todo aspecto tenía la verdadera forma, la dulce semejanza y el gracioso comportamiento de mi amadísima Polia. Pero sobre todas las cosas, esto se me acercó más y me dolió peor, cómo podría estar seguro de que ella era Polia. Por lo cual, de mis acuosos ojos, las saladas lágrimas inmediatamente resbalando, me pareció un asunto duro y desdeñable desterrar de mi desamparado y pobre corazón a su antigua soberana Señora y Dueña, y entretener a una nueva, extraña y desconocida Tirana.

Después, me consolé de nuevo pensando que tal vez esta era ella, de acuerdo con el sagrado Oráculo y el verdadero discurso de la poderosa Reina Eleutherillida; y, por tanto, que no debía encogerme ni doblegarme bajo mi carga, pues si no estaba muy engañado, esta era ella en verdad. Y habiendo hecho este pensamiento amoroso y discursivo y este supuesto persuasivo, abandonando todos los demás deseos cualesquiera, determiné solo con mi corazón y mi mente volver de nuevo a esta noble y excelente Ninfa; en cuyo gran amor, estando así atrapado, con extrema compulsión, me sentí audaz con una admiración desacostumbrada, para mirar diligentemente su rara forma y sus amables rasgos, haciendo mis ojos remolinos que devoraban su incomparable belleza; y no bien fueron abiertos, con ardor para tomar el dulce placer de su tan benigna y conspicua presencia, cuando fueron fortalecidos para siempre para mantener con ellos, concordando solícitamente, la asamblea de todos mis otros sentidos cautivos, de modo que de ella y de ninguna otra buscaba yo la mitigación y el apagamiento de mis llamas amorosas. Y de esta suerte llegamos, mientras yo era así cruelmente herido por el exasperante Amor, algo sobre el lado derecho del espacioso campo.

En cuyo lugar había árboles verdes, espesos de hojas y llenos de flores, dando frutos, alrededor del lugar y asiento de tales variables y diversos tipos, nunca marchitos sino siempre verdes, dando gran contento al deleitable observador.

La galante y placentera Ninfa allí se detuvo; y yo también me quedé quieto. Donde, mirando alrededor, por la benignidad de la fructífera llanura, con la mitad de mi vista, porque no podía retraerla del todo del amoroso objeto, contemplé muy cerca de nosotros cierta muestra de una compañía circundante, triunfando y danzando a nuestro alrededor, de jóvenes muy valientes y finos, sin barbas y con cabellos sin cortar, salvo el de sus cabezas, espeso, rizado y retorcido, sin ningún artificio o rizado afeminado; coronados y vestidos con guirnaldas y coronas de diversas flores y Rosas rojas, con Mirto frondoso, con Amaranto púrpura o flor gentil, y Meliloto; y con ellos una gran compañía de jóvenes doncellas, más bellas y delicadas de lo que se pueden hallar en Esparta; ambos géneros vestidos muy ricamente, en sedas de colores cambiantes, ocultando el color perfecto; algunos en Púrpura y Morado, y otros en Sendal rizado blanco, tal como Egipto nunca proporcionó, y de otros diversos colores: algunos leonados, algunos carmesíes, otros verdes, algunos violetas, algunos azules, color melocotón, color pavo real, perfectamente engarzados, como jamás Corica podría ofrecer; y espolvoreados y tejidos con oro, y bordeados y orlados con Perla oriental y piedras engastadas en oro puro; algunos en batas y otros en trajes de caza.

Y la mayoría de las hermosas Ninfas tenían sus bellos cabellos suavemente atados juntos, y tres veces enrollados alrededor, con un excelente nudo final; otras tenían sus inestables y ondulantes trenzas esparciéndose sobre sus bellos cuellos. Algunas, con abundancia de cabello echado sobre sus frentes, y los extremos convirtiéndose en rizos y ensombreciendo la blancura de las mismas; de modo que la Naturaleza y no el Arte se mostraba allí como una hermosa maestra; con cintas y cordones de oro, bordeados con Perla oriental, y otras en cofias de oro, usando alrededor de sus esbeltos cuellos ricos y preciosos collares de Perlas y piedras, y joyas pendientes. Y sobre sus pequeñas orejas colgaban diversas piedras preciosas, y sobre los variables arreglos de sus cabezas, delante en dos semicírculos, estaban puestas sombras de Perla oriental y piedra, en flores de cabello.

Todos los cuales excelentes ornamentos, junto con sus más elegantes personajes, eran fácilmente capaces de alterar cualquier corazón rudo, vil u obstinado.

Sus bellos pechos, de una manera voluptuosa y lasciva, estaban desnudos hasta la mitad; y sobre sus bonitos pies, algunos llevaban sandalias, al modo antiguo, siendo suelas, y el pie desnudo sujeto a las mismas con una pequeña cadena de oro, que subía entre el dedo gordo y el medio, y el dedo pequeño y el siguiente, alrededor del talón sobre el empeine, y sujetándose en la parte superior, entre los dedos y el empeine, en una flor. Otras teniendo zapatos rectos, sujetos sobre el empeine con flores de oro. Sus medias de seda, algunas de Púrpura, algunas de Carnación, algunas de colores partidos: tales como Caius Galicola nunca introdujo primero. Otras usando borceguíes sobre las blancas y turgentes pantorrillas de sus piernas, y atadas con seda; algunos abotonados con oro y piedra preciosa.

Sus frentes, hermosísimas y embellecidas con los movimientos ondulantes de sus cabellos rizados, cubiertas con un fino velo, como una telaraña de araña. Sus ojos, mordaces y seductores, más brillantes que las estrellas centelleantes en un aire claro, bajo sus cejas circulares; con una pequeña nariz entre sus redondas y cerezas mejillas; sus dientes ordenadamente dispuestos, pequeños y uniformes, del color de la plata refinada; sobre el resto, entre sus dulces y suaves labios del color del Coral.

Muchas de ellas cargando instrumentos de Música, tales como nunca fueron vistos en Ausonia, ni en las manos de Orfeo; rindiendo en el prado floreciente y la suave llanura, sonidos de lo más deleitables, con dulces voces y ruidos de alegría y triunfo; y para aumentar la gloria, amorosamente esforzándose y compitiendo unas con otras, con actos solícitos y placenteros, acompañados de bellos discursos y aspectos amistosos. Y en este lugar, con un aplauso de lo más deleitable, contemplé cuatro Triunfos, tan preciosos y suntuosamente expuestos como ningún ojo mortal ha visto jamás.

Poliphilus en este lugar prescrito, contempló cuatro Carros triunfantes, todos engastados con piedras preciosas y joyas, por un gran número de jóvenes, en honor a Júpiter.

El primero de los cuatro maravillosos Carros triunfales tenía cuatro ruedas redondas de Esmeraldas perfectas de Escitia; el resto del Carro me asombraba contemplarlo, al estar hecho todo de Diamantes de tabla; no de Arabia o Chipre, de la nueva Mina, como los llaman nuestros lapidarios; sino de la India, resistiendo los duros golpes del hierro y el acero, soportando el fuego caliente y esforzándose con él, suavizado solo con la sangre caliente de Cabras, agradecida en el arte Mágico; cuyas piedras estaban maravillosamente talladas de una explicatura cataglífica, y engastadas muy curiosamente en oro fino.

Sobre el lado derecho del Carro vi expresada la representación de una noble Ninfa, con muchos acompañándola en un Prado, coronando a toros victoriosos con guirnaldas de flores, y uno permaneciendo junto a ella muy mansamente.

La misma Ninfa, sobre el otro lado, también estaba representada, quien habiendo montado sobre el lomo del toro, que era manso y blanco, él la llevó sobre el mar.

Sobre el extremo delantero contemplé a Cupido, con un gran número de personas heridas y Naciones, maravillándose de verlo disparar al aire. Y en la parte trasera, Marte de pie ante Júpiter, lamentándose porque el muchacho había atravesado su impenetrable Coraza, y mostrando la herida, y con la otra mano sosteniendo su brazo, sostenía esta palabra Nemo.

La forma de este Carro era cuadrangular, de dos cuadrados perfectos, a lo largo, de seis pies de largo y tres pies de altura, con una cornisa saliente arriba y debajo del plinto; y alrededor del mismo un plano, en anchura dos pies y medio, y en longitud cinco pies y medio, llevando hacia la Cornisa, todo él escamoso, con piedras preciosas, con un congreso alterado y orden de colores, variablemente dispuesto. Y sobre las cuatro esquinas estaban sujetas cuatro copas, invertidas, y la boca yaciendo hacia arriba sobre la esquina proyectada de la Cornisa, llenas de frutas y flores talladas de piedras preciosas, como si estuvieran creciendo de un follaje de oro. Los cuernos estaban cincelados cerca de su boca, con las hojas de Amapola, y retorcidos en el vientre; el grácil y hacia afuera doblado, uniéndose firmemente al final del plano, y rompiéndose en un trabajo de hojas dentadas a la antigua, yaciendo a lo largo bajo el dorso de la Copa, y del mismo metal. Sobre cada esquina del Plinto, desde la Cornisa hacia abajo, había un pie como el de las Harpías, con una excelente conversión y giro sobre cualquiera de los lados de las hojas de Acanto.

Las ruedas, sobre los cubos y los ejes, estaban cerradas dentro del Carro, y los lados de este bajo los pies de las Harpías, doblados algo hacia arriba y haciéndose menores, giraban redondos hacia abajo, donde estaban sujetos el mobiliario o rastro para arrastrarlo; y donde estaba el eje, allí sobre el lado del fondo del Carro, sobre el cubo de la rueda, descendía una prepensión uniéndose al Plinto, dos veces tan larga como profunda, de dos follajes, uno extendiéndose hacia un lado y el otro hacia otro lado; y sobre el medio del mismo y la parte más baja, había una Rosa de cinco hojas, en cuya semilla yacía el extremo del eje.

Sobre el susodicho Plano, contemplé la imagen de un toro blanco y manso, engalanado y vestido con flores, de manera similar a un Buey para un Sacrificio. Y sobre su grande y ancho lomo, se sentaba una virgen principesca, con brazos largos y esbeltos, medio desnuda; con sus manos se sostenía por sus cuernos. Su vestimenta era exquisita, de seda verde y oro, maravillosamente tejida, y de una moda de Ninfa, cubriendo su cuerpo y ceñida alrededor de su cintura, bordeada alrededor con Perla y piedra, y una corona de oro brillante sobre su bella cabeza.

Este Triunfo era arrastrado por seis lascivos Centauros, que descendían de la semilla caída del atrevido y presuntuoso Ixión: con un mobiliario de oro sobre ellos, y a lo largo de sus fuertes lados, como caballos, excelentemente formados e ilaqueados a manera de una cadena de frasco, mediante la cual arrastraban el Triunfo; tales como Erictonio nunca inventó, por rapidez.

Sobre cada uno de ellos montaba una bella Ninfa, con sus hombros uno hacia el otro: tres, con sus hermosos rostros hacia el lado derecho de los Triunfos, y tres hacia el izquierdo, con Instrumentos de Música, haciendo juntos una armonía y consorte celestial. Sus cabellos amarillos, y cayendo sobre sus bellos cuellos, con guirnaldas pancarpiales de toda clase de flores sobre sus cabezas. Las dos próximas al Triunfo estaban vestidas en seda azul, como el color del cuello de un Pavo real.

La del medio en un brillante Carmesí: y las dos delanteras en un verde Esmeralda, sin faltarles ningún ornamento para lucirlas, cantando tan dulcemente con pequeñas bocas redondas, y tocando sus instrumentos, dentro de una manera tan celestial, como mantendría a un hombre de no morir jamás.

Los Centauros estaban coronados con hiedra, que es llamada Dendrocyssos. Las dos próximas al triunfo llevaban en sus manos dos vasijas de moda antigua, de Topacio de Arabia, de un brillante color dorado, agradecido a Lucina, y al cual, las olas se calman; esbeltas en la base, hinchándose grandes en el vientre, y disminuyendo pequeñas hacia el Orificio; en altura dos pies, sin orejas; de las cuales ascendía un espeso humo o fuma, de una fragancia inestimable. La del medio hacía sonar Trompetas de oro, con estandartes de seda y oro, sujetos a las Trompetas en tres lugares.

Las otras dos delanteras, con Cornetas de moda antigua, concordando en consorte con los Instrumentos de la Ninfa.

Bajo el cual Carro triunfal, estaban los ejes convenientemente colocados, sobre los cuales giraban las ruedas, y de un lineamiento balístico, haciéndose pequeño hacia el extremo y redondo; los cuales ejes eran de oro fino puro y macizo, nunca enmoheciéndose o corroyéndose; lo cual es el veneno mortal y destructor de la virtud y la paz pacífica.

Este triunfo era solemnemente celebrado, con moderados saltos y danzas alrededor, y gran aplauso; sus hábitos estaban ceñidos con pañuelos, los extremos volando al aire.

Y de igual suerte, aquellos que se sentaban sobre los Centauros, encomiando en su canto, la ocasión y misterio del Triunfo, en voces consonantes y verso cantionel; más placentero de lo que soy capaz de expresar, pero baste esto.

El segundo Triunfo.

El siguiente Triunfo, no era menos digno de ser contemplado que el primero. Las cuatro ruedas, los radios y los cubos, eran todos de Ágata fulkiana, y en diversos lugares vetas blancas: tales como el Rey Pirro no podría mostrar, con la representación de las nueve Musas, y Apolo tocando en medio de ellas sobre su Laúd.

Los ejes y la forma del mismo iguales al otro: pero las Tablas eran de Zafiro azul oriental, teniendo en ellas, tan pequeñas como motas en el Sol, ciertos destellos de oro, agradecidos al Arte Mágico, y amado de Cupido en la mano izquierda.

Sobre la Tabla del lado derecho, contemplé grabada una buena Matrona yaciendo en un lecho principesco, siendo liberada de dos huevos en un majestuoso Palacio; sus parteras y otras Matronas y mujeres jóvenes, estando grandemente asombradas ante la vista. De uno de los cuales, brotó una llama de fuego; y del otro huevo dos estrellas brillantes.

Sobre el otro lado estaban grabados los curiosos Padres, ignorantes de este extraño nacimiento, en el Templo de Apolo, ante su imagen, preguntando por Oráculo la causa y fin de esto, teniendo esta oscura respuesta: Vni gratum Mare. Alterum gratum Mari. Y por esta ambigua respuesta fueron reservados por sus Padres.

Sobre el extremo delantero del Carro, estaba representada de forma muy viva la figura de Cupido, en lo alto de los cielos, con las afiladas puntas de sus flechas doradas, hiriendo y haciendo sangrar los cuerpos de diversas bestias de cuatro patas, serpientes que se arrastran y aves que vuelan. Y sobre la tierra, estaban de pie diversas personas, maravillándose ante la fuerza de tal pequeño esclavo, y el efecto de tal débil y esbelta Flecha.

En el extremo trasero, Júpiter nombrando en su lugar a un pastor prudente y sutil como juez, despertado por él, mientras yacía durmiendo cerca de una fuente bellísima, a cuál de las tres diosas más bellas estimaba él mejor merecedora. Y él, siendo seducido por el ingenioso Cupido, dio la Manzana a la agradable Venus.

Este Carro triunfal era arrastrado por seis Elefantes blancos, acoplados de dos en dos, tales como difícilmente serán encontrados en Agesinua, ni entre los Gandars de la India. Pompeyo nunca tuvo los semejantes en sus Triunfos en África; ni fueron vistos los semejantes en los Triunfos de la conquista de la India; sus trompas armadas con mortales dientes de marfil, pasando en su camino y arrastrando juntos, haciendo un placentero barritar o ruido. Sus muebles y rastros de seda azul pura, trenzados con hilos de oro y plata; las sujeciones en el mobiliario, todas hechas con nudos cuadrados o de amor verdadero, como espigas cuadradas de maíz del Monte Gargano. Sus pretales de oro, engastados con Perla y piedra de diferentes colores; la belleza de una esforzándose por exceder la belleza de la otra. Y así era todo su mobiliario o armaduras para los rastros, de seda como se ha dicho.

Sobre ellos también, montaban (como antes) seis jóvenes y tiernas Ninfas, de igual suerte, pero sus Instrumentos diferentes de los anteriores, pero concordando en consorte; y lo que fuera que hacía la primera, lo mismo hacían estas.

Las dos primeras estaban vestidas de Carmesí: las dos del medio de fino color de cabello: y las delanteras de violeta. Los gualdrapas de los Elefantes eran de tela de oro, bordeados con grandes Perlas y piedras preciosas; y alrededor de sus cuellos había ornamentos de grandes joyas redondas, y sobre sus rostros, grandes bolas de Perlas, con borlas de seda y oro, inestables y giratorias.

Sobre este majestuoso Carro triunfal, contemplé un Cisne blanquísimo, en el amoroso abrazo de una noble Ninfa, la hija de Teseo, de una belleza increíble; y sobre su regazo, sentándose el mismo Cisne, sobre sus blancos muslos. Ella se sentaba sobre dos cojines de tela de oro, fina y suavemente tejidos, con todos los ornamentos necesarios para ellos.

Ella misma vestida de forma de Ninfa, en tela de plata, aquí y allá espolvoreada con oro, sobre uno y bajo tres, sin defecto o falta de nada, necesario para el adorno de tan honorable representación, que al espectador puede ocasionar un placer deleitable. En todo tipo realizado con tan gran aplauso como el primero.

El tercer Triunfo.

Luego siguió el tercer Triunfo, con cuatro ruedas de Crisolita etíope, chispeando oro; lo que ha sido sostenido en el mismo, en los viejos tiempos ha sido pensado bueno para alejar a los espíritus malignos. Las ruedas cubiertas hacia arriba, como se ha dicho, y los cubos y radios de la misma forma, de Heliotropia verde de Chipre; cuya virtud es mantener secreto a la luz del día, a dones divinos, lleno de gotas de sangre.

Esta Historia estaba grabada sobre el lado derecho de la Tabla del mismo, como sigue: Un hombre de gran Majestad, solicitando saber qué debería suceder a su bella hija; su Padre entendiendo que por medios de ella él debería ser desposeído de su Corona y dignidad; y con el fin de que ella no fuera llevada o robada de nadie, construyó una torre poderosa y fuerte, y allí, con una guardia vigilante, causó que fuera mantenida; y ella permaneciendo allí de esta suerte con gran contento, tenía cayendo en su regazo virginal, gotas de Oro.

Sobre el otro lado estaba cincelado un joven valiente, quien con gran reverencia recibía una protección de un escudo de Cristal, y con su espada después cortando la cabeza de una mujer terrible, y después orgullosamente portando su cabeza en signo de victoria; de la sangre caliente de la cual, surgió un caballo volador; quien golpeando sobre una Montaña con uno de sus cascos, hizo que una extraña fuente de agua brotara.

Sobre el extremo delantero contemplé al poderoso Cupido, dibujando su Flecha dorada, y disparando la misma hacia los cielos, causándoles que llovieran sangre; ante lo cual un número estaba maravillosamente asombrado, de todas clases de personas. Sobre el otro extremo, vi a Venus en un desagrado maravilloso, habiendo tomado a su hijo por un Caballero en una Red, y agarrándolo por las alas, estaba a punto de arrancarle las plumas; habiendo arrancado un puñado, que voló alrededor, el pequeño elfo gritando lastimosamente; y otro enviado de Júpiter, lo tomó y salvó de su madre, y presentó a Júpiter; contra cuya boca divina, estaban en Letra Ática estas palabras escritas, +SUMOIPL UKUSTEKAIPKROS+ y él lo cubrió en el regazo de su celestial toga.

Este Carro triunfal, era pomposamente arrastrado con seis feroces Unicornios; sus cabezas como Ciervos, reverenciando a la casta Diana. Los pretales y mobiliario alrededor de sus fuertes pechos, era de oro, engastado con piedra preciosa, y ribeteado con seda de color plata y cabello, atado en nudos, a manera de trabajo de red, y con borlas en cada punto dependiente, sus gualdrapas como la otra antes hablada.

Sobre estos se sentaban, seis vírgenes bellas, en tal pompa y manera como antes, vestidas de tela de oro, tejidas con seda azul en diversas hojas y flores; estas tenían un consorte de instrumentos de viento, llenos de espíritu. Y sobre la parte superior del Carro, estaba colocado un taburete de Jaspe verde, engastado en plata; necesario en el nacimiento, y medicinal para la castidad; al pie era de seis lados, y haciéndose menor hacia el asiento, y desde el medio al pie, acanalado y surcado, y hacia arriba trabajado con adornos; el asiento del cual era algo ahuecado, para sentarse más fácilmente sobre él. Los Lineamientos del mismo de lo más excelente.

Sobre él, se sentaba una ninfa singularmente hermosa, ricamente vestida con tela de oro y seda azul, ataviada como una virgen y adornada con innumerables tipos de perlas y piedras; mostraba un deleite afectuoso al contemplar gotas de oro que caían del cielo en su regazo. Se sentaba con solemne pompa como la otra, y con gran aplauso, con su hermoso y abundante cabello extendiéndose sobre su espalda, coronada con una diadema de oro, engastada con diversas piedras preciosas.

El cuarto Triunfo.

El cuarto Triunfo era llevado sobre cuatro ruedas, con llantas de hierro, forjadas con fuerza sin fuego; todo el resto del carro, en forma semejante al anterior, era de carbunclo ardiente, que mostraba luz en los lugares más oscuros, de un corte exquisito: más allá de toda razón, pensar cómo o dónde era posible que fuera hecho, o por qué artesano.

El lado derecho del mismo contenía esta historia: una mujer honorable encinta, ante quien Júpiter se mostró (como solía hacer con Juno) en truenos y relámpagos; de tal manera que ella se convirtió en cenizas, de las cuales fue recogido un infante.

En el otro lado, contemplé a Júpiter, teniendo a dicho infante en sus manos y entregándolo a un joven con coturnos alados y un báculo con dos serpientes enroscadas alrededor; quien entregó al infante a ciertas ninfas en una cueva para ser criado.

En el extremo delantero, podía ver cómo Cupido, habiendo disparado hacia el cielo con su flecha maliciosa, había hecho que Júpiter contemplara a una ninfa mortal; y un gran número de personas heridas maravillándose de ello.

En el extremo posterior estaba Júpiter sentado en un tribunal como juez, y Cupido apareciendo cojeando ante él, presentando graves quejas contra su amorosa madre, porque por sus medios se había herido a sí mismo extremadamente con el amor de una hermosa doncella, y que su pierna estaba quemada con la gota de una lámpara, presentando también a la joven ninfa y la lámpara en su mano. Y Júpiter con semblante sonriente hablando a Cupido,

Perfer scintillam qui coelum accendis & omnes.

Este monóstico estaba grabado en letras latinas en una tabla cuadrada ante los rostros de sus supremas majestades, el resto como se describe.

Este místico triunfo era tirado por seis bestias moteadas de color amarillo brillante, y veloces como los tigres de Hircania llamados leopardos, acoplados juntos con sarmientos de vides entrelazadas, llenos de tiernas hojas verdes y tallos llenos de racimos verdes. Este carro era arrastrado muy pausadamente.

Sobre el medio de cuya llanura estaba colocada una base de oro por el diámetro más bajo, de un pie y tres palmos de altura, el lataster o borde más bajo redondeado y ahuecado, en el medio bajo la cima o borde superior en forma de palio con nervaduras, reglas y cordoncillos; el plano superior de esta base estaba vaciado, donde descansaban las colas de las cuatro águilas de pie sobre la superficie lisa y plana de la base, las cuales eran de preciosa aetites de Persia, del color de la pluma de un halcón sacre. Y estas estaban de pie con sus hombros uno opuesto al otro, y sus garras de oro sujetas y clavadas en dicha base, vigilando cada una con sus alas, y las puntas florecidas de sus plumas tocándose unas a otras. Sobre estas, como sobre un nido, estaba colocado este maravilloso vaso de jacintos etíopes claros y brillantes, Celso inimicus, Comiti gratiosus. Este vaso estaba incrustado con esmeraldas y vetas de otras diversas piedras preciosas, una obra increíble. La altura del mismo dos pies y medio, la hechura en manera redonda, la anchura por diámetro un pie y medio, y la circunferencia consistía en tres diámetros. Desde las cabezas de las águilas, el fondo o pie del vaso ascendía un tercio, y un borde que rodeaba el grosor de una mano, desde cuyo borde hasta el comienzo del vientre del vaso, y hasta el fondo del pie con este ancho de mano, había un pie y medio. Sobre esto se alzaba la forma del vaso antedicho un palmo y medio más ancho, cuyo medio palmo estaba distribuido al borde, alrededor del brocal de hojas plegadas y flores que sobresalían del jacinto. El diámetro dos cuartos y medio. Bajo este borde sobresalían alrededor ciertas proporciones como cáscaras de nuez, o la quilla de un barco, algo gruesas y anchas en el extremo superior, y disminuyendo hasta desaparecer abajo. De ahí hasta el orificio se elevaba dos cuartos y medio, surcado con chaflanes giratorios, y una excelente cima; y en lugar de asas para tomar el vaso, tenía dos labios que sobresalían y se volvían hacia adentro redondos como la cabeza de una viola de bajo.

Debajo y encima de los bordes, el vaso estaba trabajado con cuentas torneadas, ondulaciones y relieves, y con tales lineamientos fueron trabajados los bordes, tanto debajo como encima. Sobre el borde en el cuello de la tapa, había dos medios anillos, suprimidos en el borde por transversión, uno de ellos justo frente al otro, los cuales eran sostenidos en los dientes mordientes de dos lagartos, o dragones mordientes de esmeralda verde, sobresaliendo de la tapa. Se erguían con sus pies serpentinos sobre la parte inferior de la tapa bajo el cuello, entre los cuales y el vaso inferior, había una cantidad, y desde su gracilamento superior descendiendo, se unía con la cima vuelta hacia adentro del limbo circunferencial o borde, donde mordían estrechamente juntos. Esta tapa hasta el cuello estaba hecha en trabajo de escamas de jacinto, excepto las vetas de esmeralda, para los pequeños dragones, sus vientres y pies sujetándose a la tapa escamosa. Estos pequeños dragones uno contra otro, sus pechos y gargantas ahuecándose desde el borde y la tapa, y sus colas volviéndose hacia arriba de nuevo, servían para las asas de la tapa, justo sobre las del vaso inferior.

La parte inferior girando alrededor, donde la tapa cerraba con el vaso siendo de dos partes, unidas juntas con un excelente foliado, de medio pie de ancho, como si hubieran sido inseparables.

El cuerpo de este vaso estaba todo recorrido por una vid, cuyos hilos y vetas, y pequeños retorcidos rizados, eran de topacio, mucho mejor que el que se encuentra en la isla de Ofiades, las hojas de fina esmeralda, y las ramas de amatista, a la vista lo más hermoso, y al entendimiento maravillosamente contemplable. El vaso sujeto apareciendo a través del mismo de jacinto tan redondo y pulido, como cualquier rueda puede producir: excepto que bajo las hojas había una sustancia dejada, que sostenía el foliado al vaso de jacinto, pasando por encima y separado del sujeto. Las hojas ahuecadas y curvadas con todos los demás lineamientos lapidarios, fueron ejecutadas con tal emulación de la naturaleza que era maravilloso.

Volvamos ahora al borde circunferencial del precioso vaso. En las partes lisas del cual, sobre ambos lados de las colas de los lagartos, contemplé dos historiales dignos de mención, grabados de esta manera. Sobre la parte frontal del vaso, la representación de Júpiter, sosteniendo en su mano derecha una espada resplandeciente, de la veta de los crisolitos etíopes; y en la otra mano un rayo de rubí brillante. Su semblante, con el aroma de la veta de galatitas, y coronado con estrellas como relámpagos, estaba de pie sobre un altar de zafiro. Ante su temible majestad, había una comitiva de ninfas, siete en número, vestidas de blanco, ofreciendo con sus dulces voces cantar, y después transformándose en árboles verdes como esmeraldas llenos de flores azules, y inclinándose con devoción ante su poder: no que todas fueran transformadas en hojas, sino la primera en un árbol, sus pies en raíces, sus brazos y cabezas en ramas, algunas más que otras, pero en una demostración de que todas debían seguir igual, como aparecía por sus cabezas.

Sobre el otro anaglifo, contemplé un personaje majestuoso, alegre y agradable, como un niño joven y gordo, coronado con dos serpientes plegadas, una blanca y otra negra, atadas en un nudo. Descansaba deliciosamente bajo una abundante vid llena de uvas maduras, y sobre la parte superior del marco había pequeños niños desnudos, trepando y sentados en lo alto recogiendo los racimos maduros: otros ofreciéndolos en una cesta al dios, quien los recibía placenteramente: otros yacían profundamente dormidos sobre el suelo, estando borrachos con el dulce jugo de la uva. Otros aplicándose al trabajo del otoño mostoso: otros cantando y tocando la flauta: toda cuya expresión fue perfeccionada por el artesano en piedras preciosas, de tal color como la natural viveza de cada veta, hoja, flor, baya, cuerpo, proporción, forma y representación requería. Y en esta imaginería, aunque era muy pequeña, no había defecto que encontrar en la menor parte perteneciente a ella, sino perfectamente para ser discernida.

De este vaso antes descrito brotaba una vid verde y floreciente, cuyas ramas retorcidas estaban llenas de racimos de uvas, las bayas leonadas de amatista india, y las hojas de selenita verde de Persia: no sujeta al cambio de la luna, deleite de Cupido. Este árbol daba sombra al carro: en cada esquina de este carro triunfal sobre la llanura donde el vaso estaba, estaba colocado un candelabro, de excelente mano de obra, sobre tres pies de coral rojo, bien apreciado por la gente ruda, resistiendo relámpagos y tempestades, favorable y preservativo para el portador: los semejantes no fueron encontrados bajo la cabeza de la Gorgona de Persia, ni en el Océano Eritreo. El tallo de uno de los candelabros era de coral blanco, amado por Diana, de una longitud conveniente, con nudos redondos y articulaciones, en altura dos pies. Otro era de la piedra más fina Dionisias, teniendo manchas que crecían de un color negruzco a un rojo puro, la cual triturada huele dulcemente. El tercero era de perfecta Medea del color del oro oscuro, y teniendo el olor del néctar. El cuarto de preciosa Nebritis de un negro que crecía a un blanco y verde. De los tallos ahuecados de los cuales, ascendía una llama piramidal de fuego eterno, ardiendo continuamente. El brillo de las obras expresado a través del reflejo de las luces, y el centelleo de las piedras preciosas eran tales, que mis ojos se deslumbraban al contemplarlos.

Alrededor de cuyo triunfo celestial, con una maravillosa y solemne pompa, infinitas tropas de ninfas, sus hermosos y abundantes cabellos cayendo sueltos sobre sus hombros, algunas desnudas con delantales de pieles de cabras y cabritos, otras con tímpanos y flautas, haciendo un ruido más agradable, como en la danza llamada Tiaso, en la trieteria de Baco, con ramitas verdes de hojas y ramas de vid, estrofiadas alrededor de sus cabezas y cinturas, saltando y danzando ante los triunfos: inmediatamente después de los triunfos seguía un viejo sobre un asno, y tras él era llevado un macho cabrío adornado para un sacrificio: y una que seguía detrás llevando sobre su cabeza un abanico, haciendo una risa inconmensurable, y usando gestos furiosos y escandalosos. Este fue el orden de estos mimalones, sátiros, y sirvientes de Baco, alcahuetas, Tíades, Náyades y tales como seguían detrás.

La Ninfa muestra a Polífilo la multitud de jóvenes amantes, y sus amores, cuáles eran, y de qué modo amados.

Es muy difícil para un hombre acomodar su discurso a términos aptos, mediante los cuales pueda declarar expresamente la gran pompa, el triunfo incesante, la alegría incesante y los deliciosos saltos alrededor de estos raros y nunca vistos carros, y siendo una vez emprendido, es tan difícil dejarlo: además de la notable compañía de jóvenes muchachos, y las crecientes tropas de innumerables hermosas y placenteras ninfas, más agudas de ingenio, sabias, modestas y discretas, de lo que ordinariamente se ve en tan tiernos años, con sus amantes barbilampiños, apenas teniendo mejillas vellosas, devisando placenteramente con ellas asuntos de amor. Muchos de ellos teniendo sus antorchas ardiendo, otros pastoforales, algunos con antiguos despojos sobre los extremos de varas rectas, y otros con diversos tipos de trofeos sobre lanzas, curiosamente colgados, llevados ante los místicos triunfos, con gritos que resonaban arriba en el aire. Algunos con instrumentos de viento de diversas modas y maneras de giros, sacabuches y flautas. Otros con voces celestiales cantando con deleites inefables, y excesivo consuelo, más allá de la razón humana para imaginar: dentro de ellos pasaban alrededor de los gloriosos triunfos, girando sobre el suelo florido, y césped verde, un lugar dedicado a los felices, sin ningún tocón o árbol, sino que el campo era como una llanura pradera co-adecuada de dulces hierbas y placenteras flores, de todo tipo de colores, y diversas modas variantes, dando un olor tan fragante como es posible hablar, no quemado con el calor extremo del sol, sino moderado, el suelo humedecido con dulces ríos, el aire puro y limpio, los días todos iguales, la tierra continuamente verde, la primavera nunca decayendo sino renovándose, la hierba fresca con variables flores como una pintura, permaneciendo siempre ilesa, con su frescura de rocío, reservando y manteniendo sus colores sin interdicto de tiempo. Allí crecían los cuatro tipos de violetas, prímulas, melilotos, rosa perejil o pasiflora, acianos, nigella, sello de Salomón, vatrachium, aguileña, lirio de los valles, amaranto, flores gentiles, ideosmus, todo tipo de dulces claveles, y pequeñas hierbas florecientes de fragancia odorífera y olor, rosas de Persia, teniendo el olor de almizcle y ámbar, e innumerables tipos de otras sin sembrar, sino creciendo naturalmente en una maravillosa distribución, asomándose desde sus hojas verdes, y barbas muy deleitables de contemplar.

En este lugar podía ver hermosas y valientes mujeres como la arcadia Calisto, hija de Licaón, con la desconocida Diana. La lesbiana Antíopa, hija de Nicteo, y madre de Anfión y Zeto que construyeron Tebas, con su sátiro. Issa, la hija de Macareo, con su pastor. Anticlea, la hija de Eaco, y la joven Dánae. Asterie, la hija de Ceo, y Alcmena con su falso marido. Después contemplé a la placentera Egina solazándose con el río claro y el fuego divino. La hija de Fullo y la de Menenfo, con su falso padre, y la otra de Diodes con su regazo lleno de flores y una serpiente retorciéndose, y la hermosa joven sin más lamentarse por el crecimiento de sus cuernos. Astioquia y Antígona, la hija de Laomedonte, solazándose deleitablemente en sus plumas de cigüeña, y Lurisile, la primera inventora de las ruedas. Garamantide, la ninfa danzante, sosteniendo por su dedo pequeño, y lavando sus delicados y bonitos pies del sudor en el río Bagrada. Después de eso contemplé una codorniz volando, y un halcón persiguiéndola: Erígone teniendo su hermoso pecho brillante clavado lleno de dulces uvas, y la hija del rey Chollo con su toro, Erífila y su marido cambiado: la hija de Alpes y la virgen Melanto con su delfín, Filira, hija del viejo Océano, con el padre de Quirón. Junto a ella, Ceres con su cabeza estrofiada con maduras espigas de maíz abrazando a la Hidra escamosa: y la hermosa ninfa Lara clasificándose con Argifonte: y la dulce Juturna del río Numicio.

Y mientras estaba con excesivo deleite contemplando solo como un ignorante esta rara compañía y místicos triunfos, circundado con estos y tales tipos, y así también los deliciosos campos, pero que me parecía que era una vista encantadora de contemplar, y así debería haber continuado: entonces la graciosa ninfa asociándose y guiándome, viendo mi simplicidad y descuido, con un semblante listo y dulces y placenteras palabras, sin preguntar, me dijo así: Mi Polífilo, ¿ves estos? (mostrándome los del viejo mundo) estos fueron amados de Júpiter, y esta, y esta era tal, y estos estaban enamorados de él, por este medio mostrándome su alto y poderoso linaje, y no sabiendo sus nombres, ella con gran cortesía me los dijo. Después me mostró un gran número de pequeñas vírgenes, bajo el gobierno de tres sobrias y discretas matronas las líderes hacia tan gran deleite: añadiendo a ello muy placenteramente (cambiando su semblante angelical) Mi Polífilo, entenderás que ninguna criatura terrenal puede entrar aquí sin una antorcha encendida como me ves, ya sea con extremo amor y grandes dolores, o por el favor y compañía de esas tres matronas. Y desde su corazón soltando un profundo suspiro, dijo: Esta antorcha he traído aquí por tu causa, pensando en apagarla en aquel templo.

Estos discursos atravesaron mi corazón, eran tan deleitables y deseados, y tanto más, porque ella me llamaba su Polífilo. Sobre lo cual me aseguré, que ella era Polia, y de pies a cabeza encontré una extrema alteración hacia un deleite supremo, mi corazón volando solo hacia ella. Cuales pensamientos fueron revelados por mi semblante, y susurrando pequeños suspiros.

Lo cual ella astutamente percibiendo, rompió en este nuevo accidente con estas palabras: Oh, cuántos hay que verían muy gustosamente estos triunfos, y por lo tanto Polífilo, dirige tus pensamientos a otros asuntos, y contempla qué nobles y dignas ninfas se muestran merecidamente consortes con sus amorosos amantes, corteses y afables: quienes con dulces y placenteras notas en verso medido, alaban y encomiendan unos a otros sin cansancio, incesantemente celebrando sus turnos con excesivo deleite, y ensalzando los triunfos, el aire también lleno de los chirridos de diversos bonitos pájaros, rindiendo un encanto difuso.

Sobre el primer triunfo entre la compañía regocijante, las nueve Musas cantaban, con su líder el divino laúd Apolo.

Después del triunfo seguía la hermosa Partenopea Leria, con una corona de laurel, acompañada con Melantia, cuyos hábitos y voces representaban el orgullo de Grecia, sobre lo cual el gran Macedonio descansaba su cabeza: ella llevaba una lámpara esplendente, comunicando la luz de la misma con su compañera, luego el resto más excelente tanto en voz como en canto.

Allí la hermosa ninfa me mostró a la antigua Ifianasa, y después al viejo padre Himerino sus hijas y su bebida, y una entre los dos hermanos tebanos: estos con placenteros ruidos, dulce música y finas agilidades, pasaron sobre el primer triunfo.

Sobre el segundo triunfo estaba la noble Némesis con la lesbiana Corina, Delia y Neera, con diversas otras ninfas amorosas, haciendo placenteros sonidos sobre instrumentos de cuerda de madera amarilla.

Sobre el tercer triunfo, las gloriosas ninfas me mostraron a Quintilia y Cintia Nauta, con otras, en gran solaz, haciendo dulces armonías, y cantando placenteros versos: allí también contemplé a la virgen Violantilla con su paloma, y la otra lamentándose por su gorrión.

Sobre el cuarto triunfo, ante él iba la lidia Cloe, Lide, Neobole, la dulce Filis, y la hermosa Lice Tiburtina y Pira, con sus arpas cantando y haciendo un ruido más agradable. Tras este cuarto triunfo entre las ménades y sacrificadores de Baco, seguía una doncella amorosa cantando en la encomienda de la cabeza de su amante Plaón, ella deseaba cuernos. Y tras todos ellos me mostró dos mujeres, una de ellas vestida de blanco, y la otra de verde, que venían al final cantando juntas.

Y así marcharon alrededor de una manera muy placentera y deleitable sobre la fresca llanura verde y floreciente: algunas estrofiadas con laurel, algunas con mirto, y otras con otros tipos de flores y guirnaldas, incesantemente sin ningún cansancio o intercesión en una perfección de la felicidad de este mundo, disfrutando mutuamente el aspecto y compañía de los otros.

En cuyas aguas claras crecía el sol de flor púrpura de la ninfa Liríope, alzando la vista desde sus tiernos tallos y hojas. Y todos los bellos ríos estaban llenos de otras flores que crecían dulcemente entre sus hojas verdes y frescas. Este lugar deleitoso era de un circuito espacioso y grande, cercado y rodeado de montañas boscosas, de una altura moderada de laurel verde, frutales memorables, y altos y vellosos pinos, y dentro de los cauces claros, con riberas de grava, y en algunos lugares el fondo era de una hermosa y suave arena amarilla, donde el agua corría veloz y crecía la dríope de tres hojas.

Había una gran compañía de delicadas y hermosas ninfas de tierna edad, con una flor fragante de pudor, y hermosas más allá de toda credibilidad, acompañadas continuamente por sus amantes imberbes. Entre cuyas ninfas, algunas con gran placer y aire lascivo se mostraban en las claras corrientes, juguetonas y alegres, habiéndose recogido con gracia sus finas vestiduras de seda de diversos colores, y sosteniéndolas en el doblez de sus blancos brazos, se veía la forma de sus redondos muslos bajo los pliegues, y sus bellas piernas quedaban al descubierto hasta las rodillas desnudas, llegando las corrientes de agua tan alto: era un espectáculo que habría preparado a uno para aquello que no fuera apto, incluso si él mismo fuera incapaz de ello. Y allí donde el agua estaba más quieta, inclinando sus bellos rostros de belleza extraordinaria, y doblando sus cuerpos de rara proporción, podían contemplar sus formas celestiales como en un gran espejo, rompiendo la imagen con el movimiento de sus pies graciosos, haciendo ruido con el contraste del agua circulante. Algunas se esforzaban solícitamente por ir junto a los cisnes que nadaban mansamente, y se arrojaban agua unas a otras con jovialidad, con la concavidad de sus palmas: otras, de pie fuera del agua sobre la hierba suave y fresca, hacían ramilletes y guirnaldas de diversas flores dulces, y se las daban a sus amantes como prendas de su favorable recuerdo, sin negar sus dulces besos y amorosos abrazos, con las miradas amorosas de sus ojos como estrellas.

Y algunas estaban sentadas sobre las verdes riberas no cubiertas de juncos y cañas, sino hermosamente adornadas con hierbas dulces y flores, entre las cuales las tiernas ninfas que salían mojadas del agua, más claras que el Axio en Migdonia, bajo los árboles umbríos, se sentaban a jugar y a conversar unas con otras en deleitosos abrazos, junto a sus reverentes amantes, no despreciándolos ni rechazándolos con crueldad, sino con un amor sociable y afabilidad benigna, disponiéndose a tal muestra de verdadero afecto, sus dulces gestos y agradable comportamiento mucho más graciosos a la vista que las lágrimas que fluyen ante el fiero y despiadado Cupido, que las fuentes dulces y los rocíos húmedos para los campos verdes, y que la forma deseada para la materia informe.

Algunas cantaban sonetos amorosos y versos de amor, exhalando en ellos desde sus pechos inflamados suspiros ardientes llenos de dulces acentos, capaces de enamorar corazones de piedra: y de suavizar la aspereza del intransitable monte Cáucaso, de detener cualquier furia que el arpa de Orfeo provocara, y el rostro vil y mal pareciente de Medusa, de hacer manso y tratable a cualquier monstruo horrible, y de detener la continua provocación de la devoradora Escila. Algunas descansaban sus cabezas en los castos regazos de sus bellos amores, contando las placenteras ocurrencias de Júpiter, mientras ellos trenzaban sus rizos con flores de dulce aroma.

Otras de ellas fingían que eran abandonadas, y parecían huir y alejarse de aquellos a quienes amaban tiernamente, y entonces había carreras de una tras otra con fuertes carcajadas y gritos femeninos, extendiéndose sus bellas trenzas sobre sus hombros níveos como hilos de oro, atadas con cintas de seda verde: algunas sueltas al modo de las ninfas, otras recogidas en atavíos de oro engastados con perlas. Después, al acercarse unas a otras, se inclinaban y, arrancando las dulces flores con sus bellos y tiernos dedos, las arrojaban a los rostros de sus amantes perseguidores con gran placer y solaz, manteniendo sus fingidos desdenes.

Otras, con gran cortesía, iban poniendo pétalos de rosa uno tras otro dentro de sus escotados pechos, añadiendo después dulces besos, algunas dando a sus amantes (si eran demasiado audaces) pequeños golpecitos en las mejillas con sus palmas inofensivas, poniéndolas rojas como las ruedas de Febo en una mañana bella y clara: con otras contiendas nuevas e impensadas, tales como el amor podía idear. Todas ellas eran agradables, alegres y dispuestas al deleite: sus gestos y movimientos eran juveniles, y de una simplicidad virginal, revistiendo un amor sincero sin ofensa a la virtud honorable: libres y exentas de la ocurrencia de la pena o la emulación de la suerte adversa: sentadas bajo la sombra de la hermana llorosa del blanqueado Faetón, y del inmortal Dafne y el velloso pino de hojas pequeñas y afiladas, el recto ciprés, los verdes naranjos y los altos cedros, y otros excelentes, rebosantes de hojas verdes, flores dulces y frutos agradables que florecían siempre de manera inestimable, dispuestos uniformemente sobre las graciosas riberas, y creciendo ordenadamente a una distancia moderada sobre el suelo herboso, investido con verde vincapervinca o laurel. ¿Qué corazón es tan frío y gélido que no se vería movido al calor, contemplando manifiestamente los deleitosos deberes del amor recíproco, tales que estaba persuadido habrían encendido a la propia Diana?

Por lo cual tuve la osadía de mostrar esa locura que atormentaba mi espíritu interior, envidiando ver lo que otros poseían, que era un deleite continuo en el placer y el solaz sin ninguna fatiga por el hartazgo; y así, muchas veces, estando mi corazón incendiado por mis ojos, y ardiendo extremadamente, mi mente siempre fija en los deleitosos placeres y sus besos sabrosos, y observando con ojo curioso las abundantes recompensas del dios alado, me pareció en ese instante que contemplaba la perfección extrema del placer. Y por este medio permanecí vacilante y sobremanera asombrado, y como quien ha bebido una poción amorosa, recordando los ungüentos de la malvada Circe, las hierbas poderosas de Medea, los cantos dañinos de Birrena y los versos mortales de Pánfila, quedé dudoso de si mis ojos habían visto algo más que humano, y de que un cuerpo bajo, deshonroso y frágil no debería estar donde habitaban criaturas inmortales.

Después de que fui sacado de estos largos y dudosos pensamientos e imaginaciones fantásticas, y recordando todas aquellas maravillosas formas y cuerpos divinos que había visto personalmente con mis ojos, supe entonces que no eran sombras engañosas ni ilusiones mágicas, sino que no los había concebido correctamente.

Y ahora, con seria consideración entre estos, al contemplar a la excelsa ninfa junto a mí, mis ojos llenos de dardos amorosos no cesaban de herir mi corazón apasionado, por medio de lo cual todos mis pensamientos errantes fueron agitados, compactados y fijados en ella, su objeto deseado, recordando a mi alma mortificada para ser atormentada nuevamente en sus primeras llamas, lo cual sufrí con gran crueldad, pues no me atrevía a preguntar si ella era mi deseada Polia, pues me había puesto en duda de ello antes, y ahora, temiendo ofenderla siendo demasiado audaz y demasiado molesto con mi lengua ruda e inculta, muchas veces, cuando mi voz estaba por estallar entre mis labios, por esa ocasión la reprimía. Pero quién debería ser, estaba más allá de mi alcance imaginarlo, y permanecí tan suspicaz al respecto como el engañado Sosia con el fingido Atlantiades. Así, con diligentes miradas y búsquedas cordiales examinando sus rasgos celestiales, invadido por un deseo ardiente sin medida, me dije a mí mismo: Oh, si pudiera ser, si fuera posible, un hombre libre en tal lugar, pues ninguna pena me afligiría, ni peligro inminente me haría temer: aunque la suerte esquiva se opusiera contra mí, gastaría mi vida sin tenerlo en cuenta, no rechazando emprender la laboriosa y gran empresa de las dos puertas mostradas al hijo de Anfitrión.

Gastar la flor de mi juventud y el placer de mis años en los peligros mortales de los mares despiadados, y en los temibles lugares de Trinacria, con los excesivos viajes y terrores de Ulises, en la oscura cueva del horrible Polifemo, el hijo de Neptuno, ser transformado en la compañía de Calipso, aunque perdiera mi vida, o soportar la más dura y larga servidumbre de Androdo, pues toda fatiga se olvida donde el amor es vehemente. Emprender con el amoroso Milán y Ileus correr con Atalanta, o venir solo de tal manera como el fuerte y poderoso Hércules, por su amor Deyanira, hizo con el enorme Aqueloo, de modo que pudiera alcanzar tan gracioso favor, y llegar a tan alto deleite como el permanecer en estos lugares solaces, y sobre todo disfrutar del amor precioso y la inestimable buena voluntad de ella, más bella sin comparación que Casiopea, de mejor aspecto que Castiamira. ¡Ay de mí, mi vida y mi muerte están en su poder! Y si fuera el caso de que parezca indigno de su compañía y de sus encuentros amorosos, aun así, pluguiera a Dios que me fuera concedido como una recompensa y privilegio especial el poder mirarla: y entonces me dije a mí mismo: oh Polífilo, si estos pesados y onerosos pesos de ocurrencias amorosas te oprimen, la dulzura del fruto te atrae a ello; y si los peligros perentorios te golpean de terror, la esperanza del apoyo y la ayuda de tan bella ninfa te animará a ser resuelto. Así, estando mis pensamientos divididos, dije: Oh Dios, si esta es la deseada Polia que veo en este presente, y cuya preciosa impresión, sin intermisión, he llevado siempre en mi corazón ardiente y herido, desde los primeros años de mi amor hasta este presente, estoy contento con todas las penas, y fuera de ella, no deseo otra petición más que esta: que ella pueda ser atraída a mi amor ferviente, que pueda ser igual entre nosotros, o que pueda estar en libertad, pues ya no soy capaz de disimular mi dolor, o esconder la extremidad de mi angustia, muero viviendo, y viviendo estoy como muerto: me deleito en aquello que es mi pena: voy de luto: me consumo en la llama, y sin embargo la llama me nutre, y ardiendo como el oro en el fuerte cemento, sin embargo me encuentro como hielo frío. Ay de mí, que el amor debería ser más doloroso para mí que el peso de Iuarime para Tifón. Me dispersa más que los buitres voraces las entrañas apelotonadas de Titio: me sujeta más que el laberinto sinuoso: me agita más que los vientos del noreste los mares en calma: me despedaza peor que los perros de Acteón a su dueño fugitivo: turba mis espíritus más que la muerte horrible a quienes desean vivir: es más funesto para mi corazón vexado que las entrañas de los cocodrilos para el icneumón. Y tanto más es mi dolor, que con todo el ingenio que tengo, no sé pensar en qué parte del mundo debería estar, sino justo ante el dulce fuego de esta semidiosa, que sin ninguna sustancia corporal me consume: su abundante y bello cabello amarillo, una red y lazo para que mi corazón sea enmascarado en él; su frente ancha y flemática, como lirios blancos, me ata como con una ligadura: sus miradas penetrantes me quitan la vida como dulces provocaciones para afligirme: sus mejillas rosadas exasperan mi deseo, sus labios rubicundos continúan el mismo, y sus deliciosos pechos, como la nieve del invierno sobre las montañas hiperbóreas, son las espuelas afiladas y el látigo mordiente para mis pasiones amorosas: sus gestos adorables y su semblante placentero atraen mi deseo a un deleite imaginativo, amontonando mi pesar. Y a todos estos martirios insultantes y vejaciones penosas de ese impío y engañoso Cupido me expongo, esforzándome poderosamente por soportarlos, y de ninguna manera capaz de resistirlos, sino de dejarme vencer: ni podría rehuirlo, sino que permanecí todavía como alguien perdido sin darse cuenta en el pantano de Babilonia.

Oh Titio, no puedes persuadirme de que tu dolor es igual al mío, aunque los buitres rasguen tu pecho, y tomando tu corazón caliente y humeante, lo despedacen con sus picos curvos, y lo pellizquen con sus garras afiladas, comiéndose también el resto de tu carne, hasta que se hayan hartado, y al poco tiempo de que te hayas renovado de nuevo, comiencen de nuevo a cebarse en ti. Tienes un tiempo para ser revivido de nuevo, y quedar tan sano como siempre estuviste: pero dos ojos sin ninguna piedad ni intermisión me han herido, devorado y consumido, no dejándome tiempo de descanso, o espacio para ser consolado.

Y habiendo tenido estos discursos conmigo mismo, comencé secretamente a llorar y a gemir, y a desear una manera de poder morir, lanzando profundos suspiros como si mi corazón se desgarrara en pedazos con cada uno de ellos. Y muchas veces me había propuesto con voz lamentable pedir su ayuda, pues estaba al punto de la muerte: pero como alguien ahogado y abrumado, consideré que ese camino era vano, y sin propósito, y por lo tanto furiosamente, y como alguien de espíritu enfurecido pensé así: ¿Por qué dudas, Polífilo? La muerte por amor es loable, y por lo tanto mi penosa y maligna fortuna, mi triste accidente y dura suerte en el amor de tan hermosa ninfa, será escrita y reportada cuando yazca enterrado. Lo mismo será cantado en tonos lúgubres sobre dulces instrumentos de música, manifestando la fuerza del amor dañino.

Y así, continuando la locura de mis pensamientos, dije: Puede ser que esta ninfa, por todas las probabilidades, sea alguna diosa reverenda, y por lo tanto mis discursos no serán más que como los juncos crujientes de Arcadia en los costados húmedos y pantanosos del río Labdone, sacudidos con el agudo viento del este, con el borrascoso norte, el nublado sur y el lluvioso viento del suroeste. Además de esto, los dioses serán severos vengadores de tal insolencia, pues los compañeros de Ulises habrían sido preservados del ahogamiento y el naufragio, si no hubieran robado el ganado de Apolo custodiado por Faetusa y su hermana Lampetia. Orión no habría sido muerto por un escorpión, si no hubiera intentado a la fría y casta Diana, y por lo tanto, si yo usara alguna indecencia contra el honor de esta ninfa de cualquier manera, tal venganza o peor sería usada conmigo. Al fin, saliendo de estos pensamientos cambiantes, me consolé grandemente al contemplar y contemplar la excelente proporción y dulce aroma de esta ingenua y rarísima ninfa, conteniendo en ella todo lo que pueda provocar ocurrencias amorosas y dulce amor, dando desde sus bellos ojos miradas tan graciosas y favorables, que con ello templé un poco mis pensamientos molestos y desenfrenados. Y mis suspiros resonantes, reflejados con una esperanza halagadora (oh, el alimento amoroso de los amantes y la salsa de las lágrimas saladas), con estas y no otras riendas manejé mis pensamientos vehementes, y los hice detenerse en una esperanza concebida, fijando mis ojos con excesivo deleite en su bello cuerpo y miembros bien dispuestos, por todo lo cual, mis deseos descontentos fueron gentilmente mitigados y redimidos de esa furia y fuego amoroso, que tan cerca había criado la extremidad de mis pasiones.

La ninfa guía al enamorado Polífilo a otros lugares placenteros, donde contempló a innumerables ninfas solazándose, y también el triunfo de Vertumno y Pomona.

De ninguna manera fui capaz de resistir la fuerza violenta de la artillería de Cupido, y por lo tanto, habiendo la elegante ninfa obtenido amorosamente un dominio irrevocable sobre mí, un amante miserable, fui obligado a seguir todavía sus pasos moderados, que me llevaron a una llanura espaciosa y grande, el límite conterminante del valle verde y florecido de dulce olor, donde también terminaban las montañas adornadas y las colinas fructíferas, cerrando la entrada a este país dorado, lleno de increíble deleite con su unión conjunta: cubierto de árboles verdes de una espesura y distancia conspicuas, como si hubieran sido plantados a mano, como tejos, pinos silvestres, infructíferos pero que destilan resina, altos pinos, abetos rectos, árboles de pez ardiente, el esponjoso alerce, la etérea tea amada por las montañas, celebrada y preservada para las festivales oréades. Allí ambos caminamos por la llanura verde y floreciente, siendo ella mi guía a través de los altos árboles de ciprés, las hayas de hojas anchas, los frescos y sombríos robles llenos de bellotas, y otros carpes, enebros espinosos, avellanos débiles, fresnos quebradizos, laureles verdes y encinas umbríferas, plátanos nudosos y tilos, moviéndose por el dulce aliento del placentero Céfiro, silbando a través de sus tiernas ramas, con una impulsión benigna y favorable.

Todos estos árboles verdes no estaban densamente entrelazados, sino a una distancia conveniente unos de otros, y todos ellos tan aptamente distribuidos que a la vista el espectáculo producía gran deleite.

Este lugar estaba frecuentado por ninfas campestres y dríades, sus cinturas pequeñas y delgadas estaban ceñidas con un trenzado de tiernas corolas de ramas, hojas y flores, y sobre sus cabezas sus cabellos alzados estaban rodeados como con guirnaldas. Entre ellos estaban los faunos con cuernos y los lascivos sátiros, solemnizando sus fiestas faunales, estando reunidos de diversos lugares, dentro de este fértil y placentero país: llevando en sus manos ramas tan tiernas, verdes y extrañas, como no se encuentran en el bosque de la diosa Feronia, cuando los habitantes llevan su imagen al fuego.

De allí entramos en un gran recinto cuadrado rodeado de amplios senderos, rectos de una esquina a otra, con un seto a ambos lados, de la altura de un paso, de enebro espinoso plantado densamente, y mezclado con boj, rodeando el prado verde cuadrado. En las filas de cuyo seto estaban plantadas simétricamente palmeras victoriosas, cuyas ramas estaban cargadas de frutos, apareciendo fuera de sus cáscaras, algunos negros, algunos carmesíes, y muchos amarillos, como no se encuentran en la tierra de Egipto, ni en Dabulam entre los escenitas árabes, o en Hieraconta más allá de los saurómatas. Todos los cuales estaban entremezclados con cidros verdes, naranjos, hipomélides, pistacheros, granados, melocotones, dendromirtos, nísperos y serbales, con diversos otros árboles frutales.

En este lugar, sobre el verde césped del prado floreciente, y bajo las sombras frescas y frías, pude contemplar una gran asamblea de gente extraña, y tales como nunca antes había visto, llena de alegrías y pasatiempos, pero vestida humildemente, algunos con pieles de faunos, pintadas con manchas blancas, algunos con pieles de lince, otros de leopardos: y muchos habían sujetado diversas hojas anchas, entretejiéndolas con diversas flores, cubriendo con ellas su desnudez, cantando, saltando y bailando con gran aplauso.

Estas eran las ninfas hamadríades, rodeando placenteramente a ambos lados al florecido Vertumno, teniendo sobre su cabeza una guirnalda de rosas, y el regazo de su túnica lleno de bellas flores, amando la estación del carnero lanudo. Se sentó en un carro de moda antigua, tirado por cuatro faunos o sátiros con cuernos, con su amorosa y bella esposa Pomona, coronada con frutas delicadas, su cabello colgando sobre sus hombros, de color de lino, y así se sentó participando del placer y la quietud de su marido, y a sus pies yacía un recipiente llamado clepsidra. En su mano derecha sostenía una cornucopia llena de flores, frutas y hojas verdes, y en su mano izquierda una rama de flores, frutas y hojas.

Antes de los carros y de los cuatro sátiros que tiraban de ellos, marchaban dos hermosas ninfas; una de ellas portaba un trofeo con una tabla pendiente, sobre la cual estaba escrita esta inscripción:

Integerrimam corporis valetudinem & stabile robur castasque mensarum delitias, & beatam animi securitatem cultoribus me offero.

Y la otra portaba un trofeo de ciertas ramas verdes atadas juntas, y entre ellas diversos instrumentos rurales sujetos. Estas avanzaban así tras la manera antigua, con grandes ceremonias y mucha solemnidad, rodeando una gran piedra cuadrada semejante a un altar, situada en medio de este hermoso prado, suficientemente humedecido con corrientes de arroyos que manaban de bellas fuentes.

Esta piedra cuadrada o altar era de mármol blanco puro, tallada con curiosidad por un hábil lapidario, sobre cuyo frente se hallaba una expresión maravillosamente buena, de una imagen elegante, tan exacta, que difícilmente se hallará otra igual en otro lugar.

La primera era una hermosa diosa, con sus trenzas flotando al aire, ceñida con rosas y otras flores, sobre una fina vestidura superior que cubría su hermosa y agradable proporción. Sostenía su mano derecha sobre un antiguo recipiente, a modo de anafre, llamado Chytropodus, que despedía una llama de fuego, en la cual arrojaba rosas y flores, y en la otra mano sostenía una rama de dulce mirto, llena de bayas. A su lado estaba de pie un pequeño niño alado que sonreía, con su arco y sus flechas. Sobre su cabeza había dos palomas. Y bajo el pie de esta figura estaba escrito:

Florido veri S.

Sobre el otro lado contemplé, en una excelente talla, la representación de una doncella de rostro virginal, cuya majestuosa prestancia otorgaba gran mérito al curioso ingenio del artífice. Estaba coronada con una guirnalda de espigas de trigo, con su cabello flotando al aire y su hábito de ninfa. En su mano derecha sostenía una cornucopia llena de grano maduro, y en la otra mano tres espigas de maíz, sobre sus tallos pajizos. A sus pies yacía una gavilla de trigo atada, y un niño pequeño con espigas de grano en ambas manos. La suscripción era esta:

Flauae Messi S.

Sobre el tercer lado estaba la semejanza, en un aspecto divino, desnudo, de un niño pequeño, coronado con hojas de vid y de semblante lascivo, sosteniendo en su mano izquierda ciertos racimos de uvas maduras, y en la otra, una cornucopia llena de uvas que colgaban sobre su boca. A sus pies yacía un macho cabrío peludo y esta inscripción debajo:

Mustulento Autumno S.

El último lado cuadrado portaba una imagen real muy bien tallada, su semblante desagradable y austero; en su mano izquierda sostenía un cetro alzado hacia los cielos, el aire nublado, turbulento y tormentoso, y con la otra mano se extendía hacia las nubes cargadas de granizo. Detrás de él, el aire era asimismo lluvioso y tempestuoso. Estaba cubierto con pieles de bestias, y sobre sus pies llevaba sandalias, bajo las cuales estaba escrito:

Hiemi Aeoliae S.

Desde allí, la más hermosa y agradable ninfa me llevó hacia el lado del mar y la orilla arenosa, donde llegamos a un antiguo templo en ruinas, ante el cual, sobre las hierbas frescas y frescas, bajo dulces árboles sombreados, nos sentamos y descansamos, observando mis ojos muy atentamente, con un deseo insaciable, en una sola perfección y cuerpo virginal, la acumulación y reunión de todas las bellezas; un objeto que prohibía a mis ojos contemplar cualquier otra cosa graciosa, excepto aquella, o de tan gran contento.

Donde, refrescando mi corazón ardiente con un gozo secreto y nuevos pensamientos incipientes, y dejando atrás las locuras vulgares y comunes, comencé a considerar el efecto inteligible del amor honesto, y junto con ello la claridad de los cielos, el dulce y suave aire, el lugar encantador, el campo placentero, la hierba verde adornada con diversidad de flores, las bellas colinas engalanadas con espesos bosques, el tiempo tranquilo, los vientos frescos y el lugar fructífero, hermosamente enriquecido con arroyos difluentes, deslizándose por los húmedos valles entre las colinas sinuosas en sus cauces de grava, y hacia los mares próximos con un curso continuo descargándose suavemente.

Un terreno de lo más saludable, la hierba fresca y dulce: y de los árboles resonaban los dulces conciertos de los pequeños pájaros gorjeantes. Las inundaciones y los campos de Tesalia deben ceder ante esto.

Y allí sentados así juntos entre las dulces flores y las rosas olorosas, fijé mis ojos en esta forma celestial de tan bella y rara proporción, a la cual mis sentidos estaban tan aplicados, atraídos y adictos, que mi corazón estaba abrumado por deleites extremos, de modo que permanecí sin sentido, y aun así sumido en un curioso deseo de comprender y saber cuál sería la razón y la causa de que la humedad púrpura en el tacto de su cuerpo, en la suavidad de su mano, fuese tan blanca como la leche pura: y por qué medios la naturaleza había otorgado en su bello cuerpo la fragante dulzura de Arabia. Y por qué industria en su frente estrellada, adornada con hilos de oro aptamente dispuestos, había fijado la parte más hermosa de los cielos, o la resplandeciente Heraclea.

Después, dejando caer mis ojos hacia sus bonitos pies, los contemplé encerrados en cuero rojo recortado sobre blanco, sujetos sobre el empeine con botones de oro en ojales de seda azul. Y desde allí volví mi lasciva mirada hacia arriba, hacia su recto cuello, rodeado con un collar de perlas orientales, esforzándose pero siendo incapaz de igualar la blancura de su dulce piel. Desde allí, descendiendo hacia su pecho brillante y delicioso, de donde brotaban dos manzanas redondas, tales como las que Hércules jamás robó del jardín de las Hespérides. Ni Pomona contempló jamás algo semejante a estas dos, permaneciendo inamovibles en su pecho rosado, más blancas que las colinas de nieve en el ocaso del sol. Entre las cuales descendía un delicioso valle, en el cual estaba el delicado sepulcro de mi corazón herido, que superaba a los famosos Mausoleos.

Entonces, estando contento con un corazón herido, comprendiendo muy bien que mis ojos lo habían arrastrado moribundo hacia todas estas partes elegantes. Sin embargo, no pude refrenar y suprimir mis suspiros amorosos inflamados, o cubrirlos tan estrechamente, que no expresaran mi deseo interior.

Por cuyo medio ella fue cambiada del amor contagioso, y golpeando con sus miradas furtivas (envidiando lo mismo), las volvió sobre mí, de tal suerte que percibí un fuego incandescente difundiéndose lascivamente a través de mis partes interiores y venas huecas: y durante la contemplación de su rarísima y excelente belleza, un deleite melifluo y un dulce consuelo me constriñeron a ello. Así desordenadamente golpeado por el inoportuno aguijón del deseo insaciable, me hallé asaltado por la madre del amor, rodeado por todas partes por su hijo flamígero, e invadido por una forma tan bella, que fui, con estas y otras circunstancias tan excelentes, conducido a tal agonía de mente y enfermedad de cuerpo, y de tal modo debilitado, que el menor cabello de su cabeza era una atadura lo suficientemente fuerte para retenerme, y cada bucle rizado una cadena y grillete para encadenarme, siendo alimentado con la dulzura de su belleza, y enganchado con los agradables señuelos de sus delicias amorosas, que no fui capaz, con ningún artificio, de resistir los calores invasores y los deseos provocadores que seguían asaltándome, que determiné morir antes que soportar más aquello, o en este lugar solitario ofrecerle cualquier deshonor.

Entonces de nuevo me determiné, con humildes peticiones y sumisas súplicas, a decir así:

Ay, mi muy deleitada Polia, morir en este presente por ti es algo que deseo, y mi muerte, si fuera efectuada por estas tus manos pequeñas, delgadas y bellas, su fin me sería más tolerable, dulce y glorioso, porque mi corazón está rodeado por tales llamas atormentadoras, aumentando aún más y más cruelmente, quemándolo sin piedad ni intermisión, de modo que por ello estoy privado de todo descanso.

Y con esto, intentando poner en ejecución otro propósito determinado, he aquí que mi corazón fue atormentado con llamas más agudas, que me pareció estar todo en un fuego brillante. Ah, ay de mí, ¿qué estabas advertido de hacer, Poliphilus? Recuerda la violencia hecha a Deianira y a la casta dama romana. Considera qué les siguió como recompensa, y a otros diversos.

Trae a la mente que poderosos príncipes han sido rechazados por sus inferiores, cuánto más entonces una persona vil y abyecta; pero el paso del tiempo cede ante aquellos que esperan su generosidad. El tiempo hace que los leones fieros se vuelvan mansos, y cualquier bestia furiosa: la pequeña hormiga, con largo trabajo, guarda su alimento invernal en el árbol duro, ¿y acaso una forma divina escondida en un cuerpo humano no tomará la impresión del amor ferviente y, entonces, manteniéndolo, sacudirá todas las pasiones molestas y vejatorias, esperando disfrutar de los frutos amorosos, efectos deseados y agonismos triunfantes?

La ninfa Polia, percibiendo bien el cambio de mi color y la sangre acudiendo de forma más extraña que el Tripolion o el Teucrion, que tres veces al día cambia el color de sus flores, y mi esfuerzo por emitir suspiros abrasadores profundamente lanzados desde el fondo de mi corazón, los templó y mitigó con sus dulces y amigables miradas, pacificando la rabia de mis pasiones opresoras, de modo que, a pesar de mi mente ardiente en estas continuas llamas y agudas provocaciones de amor, me aconsejé esperar pacientemente, incluso con el ave de Arabia en su dulce nido de pequeñas ramas, encendido por el calor del sol, para ser renovado.

Quienquiera que seas, toma de este tesoro lo que te plazca. Te advierto, sin embargo, que cuando tomes la cabeza, no toques el cuerpo.

Cuanto te plazca de este tesoro toma; te advierto...

A los dioses Afrodita y a su hijo Eros, Dioniso y Deméter, de sus propios bienes, con la mayor compasión.

Apresúrate siempre despacio.

Todo es el recipiente.

De todo es el recipiente.

Para mí, dulce y a la vez amargo.

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